Los usos de la narración Ricardo Piglia1
Este libro plantea un problema central, especialmente en estos tiempos: ¿Qué quiere
decir entender un relato? O en todo caso, ¿Cuál es la compresión que está en juego en
una narración? En Gente y cuentos quienes intervienen en la discusión literaria son
personas ajenas a la literatura, muchas de ellas sin educación formal y en condiciones
de pobreza y marginalidad. En ese punto la apuesta de este libro la aproxima a las
Lecciones de literatura de Nabokov, también destinadas a discutir los textos con un
grupo alejado de los contextos literarios estudiados (los undergraduates de los colleges
estadounidenses).
Enfrentados con las tendencias dominantes de la crítica literaria actual, ambos libros se
proponen definir antes que nada los procedimientos de uso de la narración: en el caso
de las clases de Nabokov, los mapas, los diagramas y los esquemas; en el caso de la
experiencia de los grupos de Sarah Hirschman, los lugares, las formas y los criterios de
lectura y discusión. La crítica no es un modelo teórico, sino una caja de herramientas,
un atlas que señala los caminos de acceso a la literatura...
Hay dos grandes tradiciones culturales, que Leo Strauss ha identificado con dos
ciudades, Atenas y Jerusalén: por un lado, la tradición del concepto y la discusión
filosófica de la tradición griega; por el otro, la tradición de la Biblia, con las parábolas,
los relatos y las profecías que revelan el sentido. La narración no argumenta con
conceptos, es un modo de hacer ver y de dar a entender; no se enfrenta una
significación equivocada a una significación cierta, el conocimiento circula de otro
modo. La vieja distinción de Henry James entre telling and showing, entre decir y
mostrar, es una clave en el funcionamiento del relato. La narración revela significados
sin nombrarlos, los señala, los hace ver. Podríamos decir que se busca mostrar
(enseñar) un sentido que está implícito.
Hacia 1840 Edgar Poe define la forma moderna del cuento en tensión con la
información periodística. El periodismo de masas que surge en ese momento se funda
básicamente en informaciones que no tienen fin. El cuento teorizado por Poe se
estructura, en cambio, como un suceso cerrado y autosuficiente. Se define ahí el
conflicto entre narración e información, que no ha dejado de crecer y de expandirse en
el mundo actual. La narración pone en juego la conclusión y la experiencia, mientras
que la información (incluso la información cultural) es un proceso de acumulación
acelerada de datos, del que no surge, estrictamente hablando, la cuestión del sentido.
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Prólogo de Gente y cuentos ¿A quién pertenece la literatura? Las comunidades encuentran su voz a
través de los cuentos, Sarah Hirschman.
La circulación sin fin constituye la característica más relevante de la información, y su
especialidad, como ha señalado Walter Benjamín en El narrador, reside en que el
sujeto no está implicado en la interminable repetición de las noticias. Si la sociedad de
masas expone a los sujetos a un exceso de información, en cambio el relato los define
limitando la dispersión y dándoles a los acontecimientos la forma de una experiencia
individual.
A narrar no se aprende en la universidad. La narración es un saber general, que se
ejercita desde la infancia. Contar historias es una de las prácticas más estables de la
vida social. Un día en la vida de cualquiera de nosotros está hecho también de las
historias que contamos y nos cuentan, de la circulación de relatos que intercambiamos
y desciframos instantáneamente en la red de la vida social. Estamos siempre
convocados a narrar. “Contame” es una de las grandes exigencias sociales.
Todos ejercemos la narración y sabemos lo que es un buen relato. ¿Pero qué sería un
buen relato? Una historia que le interesa no sólo a quien la cuenta, sino también a
quien la recibe. Un ejemplo cotidiano es el relato de los sueños. El que cuenta un
sueño afronta los problemas que tienen los narradores que creen que las historias que
les interesan a ellos serán interesantes para todos. Cuando uno cuenta un sueño,
cuando uno dice “Soñé con la casa de mi infancia”, esa imagen tiene para el narrador
una significación extraordinaria, porque recuerda bien cómo era esa casa de la infancia.
Pero hay que saber transmitir ese recuerdo y ese sentimiento. De modo que un buen
narrador no es solamente el que ha vivido la experiencia, el sentimiento de la
experiencia, sino aquel que es capaz de transmitir esa emoción. Por eso, cuando me
cuentan un sueño –lo digo también un poco en broma– trato de ver si estoy en el
sueño, si aparezco ahí, porque eso haría al sueño un poco más interesante, o más
peligroso quizá, pero en todo caso yo quedaría implicado en esa historia ajena. La
narración depende de esa implicación y está siempre ligada al que recibe el relato (en
esa relación se ha fundado la poética del cuento, desde Poe a Borges). El relato se
acelera o se distiende según el interés que produce, y ésa es una clave en la historia
moderna de la narración...
La narración es una de las formas originales del uso del lenguaje. Algunos autores,
como André Jolles o como Georges Dumézil, incluso piensan que la narración está en el
origen de la cultura. Por su lado, Karl Popper, en su ensayo Replies to my Critics, en
Paul A. Schlipp (ed.), The Philosophy of Karl Popper, ha señalado: “Yo propongo la tesis
de que lo más característico del lenguaje humano es la posibilidad de contar historias.
Bien puede ser que esta habilidad haya existido en el mundo animal. Pero sugiero que
el momento en que el lenguaje se volvió humano se encuentra en la más estrecha
relación con el momento en que el hombre inventó un cuento.” Narrar sería la
condición de posibilidad de ese acontecimiento –enigmático, un poco milagroso– en el
que surge el lenguaje. Se usan las palabras para nombrar algo que no está ahí, para
reconstruir una realidad ausente, para encadenar los acontecimientos, establecer un
orden, reconstruir ciertas relaciones de sentido. Podemos recordar el ejemplo que
daba el novelista inglés Edgard Morgan Forster en su libro Aspectos de la novela: “‘El
rey murió y luego murió la reina’ es un hecho. ‘El rey murió y luego murió la reina, de
tristeza’ es un relato”. Se preserva la sucesión en el tiempo, pero el sentimiento de la
causalidad (“de tristeza”) lo eclipsa. La motivación, el sentido, por qué suceden las
cosas, es la base del arte narrativo.
La narración es una historia de larguísima duración. “El relato es inmensamente
antiguo, se remonta a los tiempos neolíticos, quizás aun a los paleolíticos. El hombre
de Neandertal oyó relatos, si podemos juzgarlo por la forma del cráneo”, señala el
mismo Forster. Siempre se han contado historias. Podríamos incluso inferir el comienzo
de la narración al imaginar el primer relato. Supongamos que el primer narrador se
alejó de la cueva, quizá buscando algo para comer, persiguiendo una presa, cruzó un río
y luego un monte y desembocó en un valle y vio algo ahí, extraordinario para él, y
volvió para contar esa historia. Podemos imaginar que el primer narrador fue un
viajero. De hecho, el viaje es una de las estructuras centrales de la narración: alguien
sale del mundo cotidiano, va a otro lado y cuenta lo que ha visto, narra la diferencia. Y
ese modo de narrar, el relato como viaje, es una estructura de larguísima duración que
ha llegado hasta hoy. No hay viaje sin narración; en un sentido, se viaja para narrar.
También podríamos pensar que hay otro origen del acto de narrar. Porque sabemos
que no hay nunca un origen único, hay por lo menos dos comienzos, dos modos de
empezar. Imaginemos ahora que el primer narrador fue al adivino –el chamán, el
rastreador– de la tribu, el que narra una historia posible a partir de rastros y vestigios
oscuros. Hay unas huellas, unos indicios que no se termina de comprender; es
necesario descifrarlos, y descifrarlos es construir un relato. Esta otra vía nos conduce a
la sospecha de que el primer narrador fue tal vez alguien que leía signos, que leía el
vuelo de los pájaros, las huellas en la arena, el dibujo en el caparazón de las tortugas y
que, a partir de esos rastros, reconstruía una realidad ausente, un sentido olvidado o
futuro. A esa reconstrucción de una historia a partir de ciertas huellas que están ahí, en
el presente, a ese paso a otra temporalidad, lo nombraremos el relato como
investigación. Hay algo que no sabemos y el relato lo reconstruye, lo imagina, lo narra.
Etimológicamente, narrador quiere decir “el que sabe”, “el que conoce”, y notamos esa
identidad en dos sentidos, el que conoce otro lugar porque ha estado allí y el que tiene
las técnicas que permiten adivinar, conocer, narrar lo que no está aquí.