Natalia Talavera 29 – 08 – 13
DNI 93 720 665
TEORÍA PSICOANALÍTICA I
REPRESIÓN, INCONCIENTE Y OLVIDO
En el presente trabajo se busca establecer la articulación entre el concepto de
represión, inconsciente y olvido. Para ello se ofrece una breve exposición de cada uno de los
conceptos, señalando los puntos en que cada cual se entreteje con los otros.
El concepto de represión es definido por Freud como el estado al que accede una
moción pulsional que, al enfrentarse con resistencias, se vuelve inoperante. Constituye uno
de los cuatro destinos de la pulsión. Para que la represión tenga lugar se requiere que el
displacer al que se accede por medio de una satisfacción pulsional tenga mayor fuerza que el
placer que podría obtenerse con ella (Cfr. Freud, 1915ª: 142).
En sus primeras elaboraciones teóricas, principalmente en Las neuropsicosis de
defensa, Freud utiliza un concepto que antecede al de represión: la defensa. Asimismo, la
noción de conflicto, fundamental en la génesis de la teoría analítica, juega un papel relevante
en el desarrollo conceptual de la represión y del inconsciente. Si bien en Inhibición, síntoma y
angustia la represión reemplazará al término de la defensa, éste último no será abandonado
por Freud (Cfr. Delgado, 2012: 152-4).
En su texto La represión, Freud señala que la represión es un mecanismo de defensa
que debe su existencia a la separación nítida entre lo que él llama la “actividad conciente” y
la “actividad inconciente del alma”. La función del mecanismo represivo es evitar que lo
pulsional devenga acto, pues para el neurótico implica algo de la dimensión del peligro; lo
ideal es que la pulsión sólo prolifere a nivel de la fantasía. La esencia de este mecanismo
radica en rechazar o en desalojar algo de la dimensión conciente y mantenerlo separado de
sus límites. En este sentido, se afirma que represión e inconciente son correlativos (Cfr.
Freud, 1915ª: 142). Pero ¿cómo surge la diferenciación entre la conciencia y aquello que
denominamos lo inconciente? Para responder a esta pregunta, se torna prioritario desarrollar
algunos de los caracteres de la represión.
La represión primordial es un constructo teórico y lógico del cual se vale Freud para
poder explicar el surgimiento de la división subjetiva. Se parte de la suposición de la
existencia de una fase primera de la represión, la cual consiste en que “a la agencia
representante [Representanz] psíquica (agencia representante-representación) de la pulsión 1
se le deniega la admisión en lo conciente” (Cfr. Freud, 1915ª: 143). De este modo se
establece una fijación pulsional a partir de la cual el representante psíquico de la pulsión
permanecerá reprimido para siempre, sin posibilidad de ser recuperado por la memoria, y la
pulsión quedará ligada a él (Cfr. Delgado, 2012: 162).
La represión primordial señala el punto de la imposibilidad en la estructura. De
acuerdo con Lacan, implica aquello que no puede ni podrá ser dicho jamás por medio de la
1
La agencia representante de pulsión es definida por Freud como una representación o un grupo de ellas que son
investidas por la pulsión con un monto determinado de energía psíquica, o lo que en otros términos sería la libido o el
interés.
asociación libre: el ombligo del sueño en Freud. Es “un agujero no reconocido Unerkannt. Es
lo Real, un punto imposible” (Lacan, 1966). La represión primordial instaura la creación de un
grupo psíquico que constituye los inicios de un inconsciente estructural. La noción de un
sujeto del psicoanálisis no tendría cabida sin la idea de este grupo psíquico.
La represión propiamente dicha (represión secundaria) constituye la segunda etapa de
la represión. El representante psíquico original que ha quedado reprimido en la primera etapa
crea retoños psíquicos. La represión secundaria recae sobre estos retoños. También recae
sobre pensamientos que, a pesar de provenir de otro lugar, se asocian estrechamente con el
representante psíquico reprimido. Si bien la represión implica la repulsión desde lo conciente
sobre lo que debe ser reprimido, Freud señala que sin una fuerza de atracción este proceso
es imposible. Para que algo pueda ser desalojado de la conciencia es indispensable la
participación de dos fuerzas: la de repulsión, que pertenece a la represión secundaria e
implica “la censura entre preconsciente e inconsciente” (Delgado, 2012: 166); y la de
atracción, que parte de lo reprimido primordial, se efectúa por medio del mecanismo de la
contra investidura y recae sobre todo aquello que pueda establecer un vínculo asociativo con
el representante psíquico primordial e irrecuperable (Cfr. Freud, 1915ª: 143).
Además de las dos fuerzas señaladas, existe otro factor que se torna decisivo para la
intervención del proceso represivo y el destino de las representaciones psíquicas. Es el factor
cuantitativo. Cuando el grado de investidura libidinal (energía psíquica) de una
representación aumenta se origina un conflicto psíquico 2, a partir del cual ocurre la represión.
Eso implica que “un aumento de la investidura energética actúa en el mismo sentido que el
acercamiento a lo inconciente” (Freud, 1915ª: 1437). Mientras un retoño de lo reprimido
presente una investidura libidinal baja permanecerá libre de represión a pesar de que su
contenido sea capaz de provocar un conflicto con la dimensión conciente.
Con respecto a todo lo anterior, vale hacer una aclaración. La represión sólo es
aplicada a la representación (Vorstellung), nunca a la pulsión3. Ésta es en sí el monto de
afecto que se desprende de la representación psíquica una vez reprimida y que encuentra su
descarga o expresión en los afectos. Anteriormente se señaló que la esencia y condición
para la represión es que el afecto obtenido a raíz de una satisfacción pulsional se torne
displacentero4. Se dijo, además, que la represión implica un “esfuerzo de desalojo” (Freud,
1900:590) de la representación psíquica penosa que busca inhibir el displacer que se
desprende de ella. De acuerdo con esto, la meta de la represión es entonces “la sofocación
del desarrollo de afecto” sin lo cual “su trabajo queda inconcluso” (Freud, 1915b: 174). Por
ende, la represión debe entenderse como el mecanismo que sustrae la investidura
energética (o libido) de la representación, perteneciente al sistema Prcc, para que una vez
desinvestida pueda, entonces, recibir investidura por parte del sistema Icc.
Además de todo lo anterior, un punto importante que no debe olvidarse es que, como
señala Lacan, “la represión no puede distinguirse del retorno de lo reprimido por el cual
2
Es decir, cuando una representación psíquica es inconciliable con el yo por su contenido sexual y es expulsada de la
cadena de representaciones.
3
De acuerdo con Delgado (2012: 154), la pulsión es un término intermedio entre lo consciente y lo inconsciente. En la
medida en que no pertenece al estatuto de lo inconsciente no es posible hablar de pulsiones reprimidas.
4
Al inicio del trabajo.
aquello de lo que el sujeto no puede hablar, lo grita por todos los poros de su ser” (Lacan,
1966: 371). En este sentido, siempre que un representante psíquico sea sometido al
mecanismo de la represión aparecerá en su lugar un sustituto como lo reprimido que retorna.
El monto afectivo es desplazado a otro representante que ahora lo porta, como efecto de la
censura y de la desfiguración (Cfr. Delgado, 2012: 157). Lo que resulta de esto es una
formación sustitutiva, en la cual podemos incluir al síntoma histérico como el ejemplo más
paradigmático. Son precisamente los sustitutos, en su calidad de efectos, los que permiten
inferir la existencia de un mecanismo represivo en el aparato psíquico. Su constitución
depende en sobremanera del papel de la contra-investidura que parte del sistema conciente
– preconsciente; su función es seleccionar un fragmento del representante psíquico sobre el
cual ha de recaer la investidura libidinal de la pulsión y que al mismo tiempo satisface las
demandas punitivas que provienen de la conciencia.
Las formaciones sustitutivas, en tanto retornos de lo reprimido, representan un éxito
en la defensa, pues no podría pensarse en una represión secundaria si se prescinde de los
lapsus, los actos fallidos, los olvidos, los sueños, los chistes o los síntomas. Por otro lado,
cuando la represión fracasa5 aparece lo compulsivo, aquello que no se puede reprimir y que
se ejemplifica perfectamente en los rituales y en los ceremoniales obsesivos.
La represión implica siempre la existencia de un conflicto previo en el aparato
psíquico. Cuando el proceso represivo entra en funcionamiento lo que es reprimido pasa a
formar parte de la dimensión inconsciente. En este sentido, el concepto de represión y el de
inconsciente son solidarios; ninguno puede ser pensado si se prescinde del otro. Ahora es
necesario profundizar sobre el concepto del inconsciente para encontrar los puntos en los
cuales este concepto junto con el de represión y la cuestión del olvido se articulan en
psicoanálisis.
Freud señala que el inconsciente6 es un concepto necesario y legítimo. La razón para
lo primero es que existen determinados actos psíquicos que escapan al conocimiento tanto
de sanos como de enfermos y hacen de los datos de la conciencia un texto carcomido por las
omisiones, los olvidos y las equivocaciones. Parecería ser que se trata de exteriorizaciones y
de actos que pertenecen a otra persona (a un Otro en términos lacanianos) y que, por lo
tanto, no pueden ser explicados y aclarados mediante la asociación a la vida anímica propia.
Por otra parte, es un concepto legítimo porque permite la construcción de una teoría sobre la
etiología de fenómenos clínicos que de otro modo quedarían como incógnitas.
El Icc está caracterizado por cinco rasgos fundamentales. El primero de ellos es la no
contradicción que funciona en lo que Freud llama el núcleo del inconsciente. Este núcleo está
conformado por representaciones psíquicas que buscan la manera de descargar su
investidura y que el autor denomina “mociones de deseo”. Estas mociones pulsionales
5
Un ejemplo muy utilizado por Freud para ilustrar el fracaso de la represión es el caso clínico del Hombre de los lobos. A
partir de la fobia que se desarrolla en este paciente, el autor analiza que el papel de la represión se limitó solamente a
eliminar y sustituir una representación por otra. Sin conseguir, empero, un ahorro de displacer. Pues éste se manifestaba
nuevamente ante el encuentro del animal temido; exactamente la misma situación que habría ocurrido ante el encuentro
del objeto cuya representación había sido desplazada. Contrariamente, en la histeria se puede hablar de un éxito en la
represión porque el síntoma conversivo es vivenciado con un total desconocimiento acerca de sus causas, belle
indifférence des hystériques (Freud, 1915a: 150).
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A partir de ahora se escribirá con la abreviación que propone Freud: Icc.
trabajan de forma coordinada; son capaces de subsistir en mutua compañía sin contradecirse
o influirse entre sí. Como señala Delgado (2012: 173) “en el inconsciente pueden convivir,
coexistir dos términos opuestos”. El segundo carácter del Icc es la ausencia de negación,
duda o certeza. Si esto existe es por el trabajo de la censura entre el sistema inconsciente y
el sistema preconsciente. Lo que se advierte en la afirmación “no estoy seguro” “es
precisamente indicio de que hay algo que preservar. Y la duda, entonces, es signo de la
resistencia” (Lacan, 2011: 43). El siguiente rasgo es la movilidad y nos remite a lo que Freud
denominó el proceso primario, el cual involucra dos mecanismos fundamentales para la
desfiguración de los sueños: la condensación y el desplazamiento. En el Icc, las intensidades
de la investidura energética presentan una mayor movilidad que cuando logran entrar en el
sistema Conciente-Preconsciente. Por medio del desplazamiento una representación
psíquica es capaz de traspasar a otra el monto afectivo que posee (es lo que ocurre en la
fobia); valiéndose del mecanismo de la condensación, esa representación puede atraer hacia
sí las investiduras libidinales de otras representaciones (por ejemplo, el síntoma en la
histeria). Otro de los caracteres es la atemporalidad. Se trata de un tiempo lógico distinto al
tiempo al que se sujeta la conciencia. De este modo, en la experiencia del sujeto algo que
cronológicamente ocurrió después puede aparecer antes de otra cosa que lo antecedió 7.
Esto sucede porque en el Icc el orden de la temporalidad y de la causa-efecto ha sido
trastocado; “no responde al ordenamiento pasado, presente, futuro. Puede aparecer lo que
es el pasado en la historia de un sujeto como lo más nuevo, y lo más nuevo como pasado,
pueden estar invertidos los términos de qué es primero y qué es segundo” (Delgado, 2012:
174). Finalmente, el Icc se caracteriza también por estar al servicio de la realidad psíquica y,
por tanto, del principio de placer.
Freud llama la atención ante un punto muy importante: si bien el representante
psíquico que ha sido reprimido permanece en un estado inconsciente (inconsciente
dinámico), existe la evidencia de que es capaz de tener efectos en las vivencias del sujeto,
los cuales pueden acceder a la conciencia. Por ello afirma que todo lo reprimido debe ser
inconsciente; pero agrega una aclaración: no todo lo inconsciente es reprimido. Freud intenta
mostrar que lo Icc tiene una amplitud mucha más extensa de lo que las formaciones
sustitutivas pueden testimoniar. A este inconsciente que no está reprimido se lo denominará
ello. En el síntoma la confluencia del ello con lo reprimido se clarifica. Por un lado la
formación sintomática es la realización de un deseo que está vetado por su calidad de ser
incestuoso. La censura desfigura al representante psíquico que contiene los objetos edípicos
y lo convierte en un símbolo que parecería no guardar ninguna relación con ellos. Por otro
lado, el síntoma también implica una satisfacción de la pulsión, que se logra rodeando un
objeto parcial. Esto nada tiene que ver con lo reprimido; por el contrario, demuestra que el
inconsciente va mucho más allá de él.
Lacan, por su parte, en el onceavo de sus seminarios retoma una cuestión importante
con respecto a la teoría freudiana, a saber, la conceptualización del Icc en tanto que muestra
una hiancia; una abertura estructural en la cual algo sucede. Con la represión primordial se
inaugura el inconsciente y junto con él algo del “orden de lo no realizado”, “de lo no nacido”,
7
Un claro ejemplo se encuentra en el caso Emma, citado por Freud en su Proyecto de psicología.
que constituye el agujero (Lacan, 2011: 30). En este lugar de la abertura Lacan introduce la
ley significante. Con ello muestra que a nivel del Icc y a nivel del sujeto hay algo que puede
ser homologable: “eso habla y eso funciona de manera tan elaborada como a nivel de lo
consciente, el cual pierde así lo que parecía ser privilegio suyo” (Lacan, 2011: 32). Pero para
el psicoanálisis el sujeto se encuentra en el plano de la enunciación en la medida en que su
aparición es un acto fugaz que, así como aparece, se pierde para ser encontrado
nuevamente. Siempre es el sujeto quien habla y es sujeto precisamente por su
indeterminación, por su desplazamiento metonímico a lo largo de la cadena significante, cuya
captación se da en la dimensión de la sorpresa, de lo inesperado, y hace surgir el deseo.
Pero eso que habla lo hace bajo la forma del tropiezo; representa la falla que pone en
evidencia la fisura en la estructura y posibilita el surgimiento de la ausencia. Es lo que Freud
llama Icc y que se presentifica como sorpresa, rebasando al sujeto. En términos de Lacan, se
trata de un hallazgo “siempre dispuesto a escabullirse de nuevo, instaurando así la
dimensión de la pérdida” (Lacan, 2011: 33). Así, el Icc se define ónticamente como lo
evasivo, pero que puede ser circunscrito en una estructura temporal. Es un fenómeno que se
presenta bajo la forma de la discontinuidad y hace que algo aparezca como una vacilación.
El concepto de Icc no puede prescindir del concepto de “corte”. Pues la función del
corte se vincula profundamente con la función del sujeto. No hay sujeto sin corte, dado que el
significante es incapaz de existir si no es sometido a un proceso de separación en la cadena
significante. Es precisamente la hiancia originada por la represión primordial la que inaugura
esta posibilidad.
El Icc está constituido por pensamientos. Implica la ruptura entre el campo de la
percepción y el de la consciencia; es un lugar intemporal que obliga a pensar en otro tipo de
localidad, un espacio diferente, otro escenario, a saber, un “entre” percepción y consciencia.
Es una especie de sugestión en la cual participan dichos que provienen de un Otro. Cada
individuo es constituido como el efecto de esa sugestión que carga con los deseos, las
sentencias y los silencios de los progenitores y, por ende, de una cultura que siempre espera
algo de nosotros y que nunca se conforma con los resultados. Como señala Delgado (2012:
173), se trata de “dichos que funcionan como órdenes, como verdaderos amos en el
inconsciente”.
Con respecto a todo lo que se ha desarrollado hasta ahora surge una pregunta:
¿Cómo se articula el olvido con la represión y el Icc?
Se dijo anteriormente que el Icc está formado por pensamientos. La manera en cómo
éstos se inscriben en este sistema es por medio de huellas mnémicas que se fijan en sus
vivencias. Las huellas mnémicas son marcas que surgen a partir de las percepciones que
llegan por nuestros sentidos; su principal función es la memoria. Las huellas mnémicas son
definidas por Freud como “alteraciones permanentes sobrevenidas en los elementos de los
sistemas” (Freud, 1900: 531). La condición para que estas marcas logren enlazarse y
constituir la memoria es la simultaneidad que se da entre ellas. Cuando esto ocurre se trata
de una asociación.
El olvido implica el presunto rompimiento en la cadena asociativa de ideas. Una
especie de corte que carcome la completud y la coherencia de los enunciados. A diferencia
de otras disciplinas, como por ejemplo las ciencias cognitivas, para el psicoanálisis el olvido
no es el efecto necesario de una interrupción en la sinapsis neuronal o de una
disfuncionalidad orgánica o química. Más bien se trata de los efectos de una censura. Es
algo que se resiste a ser dicho y que mantiene un vínculo con pensamientos más profundos
y de contenido aterrador para quien se dispone a pronunciarlos. Por eso Freud señala que el
mecanismo de la censura, en este caso en la forma de un inocente olvido, debe ser
“reconocido y honrado entonces como guardián de nuestra salud mental” (Freud, 1900: 559).
Así decimos que el olvido depende más de una resistencia que de cualquier arbitrariedad o
desequilibrio en la homeostasis.
Cuando se habla de Icc y de represión también se debe pensar en la existencia de dos
tipos de olvidos. Uno de ellos, más relacionado con el referido hace unos momentos, tiene
que ver con la participación del mecanismo de la censura, vinculado a la represión
secundaria o represión propiamente dicha. La censura consiste en una operación de
borramiento (Cfr. Lacan, 2011: 34). de ciertos pensamientos en la conciencia, lo cual genera
lagunas en la memoria. Es una especie de examen encargado de seleccionar y de rechazar
de forma individual a cada uno de los representantes psíquicos que intentan atravesar los
límites de la consciencia. Aquellos que no lo logran son reprimidos y permanecen
inconscientes. Pero esto no quiere decir que desaparezcan, pues, como señala Freud el
mecanismo de la represión “no impide a la agencia representante de pulsión seguir
existiendo en lo inconciente, continuar organizándose, formar retoños y anudar conexiones.
En realidad, la represión sólo perturba el vínculo con un sistema psíquico: el de lo conciente”
(Freud, 1915ª: 144). Inclusive, la representación que es reprimida se desarrolla con más
fuerza y menores impedimentos en el escenario inconsciente. Se enriquece a tal punto que
es capaz de encontrar formas extremas para manifestarse y aun parecer algo ajeno y
atemorizante para el sujeto.
La otra forma de olvido se vincula a la dimensión estructural. Es efecto de la represión
primaria y remite a la hiancia como causa del sujeto. El olvido estructural es ese
representante psíquico que ha sido borrado de la memoria para siempre. Es lo irrecuperable
en la estructura. Remite a la castración estructural, a la falla que es propia de la dimensión
subjetiva en psicoanálisis, a la dimensión significante que constituye al lenguaje. A este
olvido, que nos introduce en el mundo de lo simbólico, le debemos “la ilusión de que cuando
hablamos lo hacemos nosotros; cuando en realidad, cuando hablo, no hablo yo, habla el Otro
en mí […] esto es fundamentalmente la dimensión del olvido” (Delgado, 2012: 156).
Finalmente, se trata del deseo, ese intento por recuperar lo imposible, motor sin el cual el
aparato psíquico se estancaría en la ilusión de una completud alcanzada.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Delgado, O. (2012). Lecturas Freudianas 1. Buenos Aires: UNSAM
Freud, S. (1900) La interpretación de los sueños. En Obras Completas, Tomo V. Buenos
Aires: Amorrortu.
Freud, S. (1915a). La represión. En Obras Completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu.
Freud, S. Lo inconsciente (1915b). En Obras completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu.
Lacan, J. (2012). El Seminario 5, “Las formaciones del inconsciente”. Buenos Aires: Ed.
Paidós
Lacan, J. (2011). El Seminario 11, “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”.
Buenos Aires: Ed. Paidós.
Lacan, Jacques (1966). Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de
Freud. Escritos 1. Buenos Aires: Ed. Paidós.
Lacan, Jacques. Respuesta a Marcel Ritter. Estudios de Psicosomática Vol. II. Ed. Atuel-CAP,
1994.