TEMA 7: LAS ACTITUDES
TEMA 7: LAS ACTITUDES
1. INTRODUCCIÓN:
2. QUÉ SON LAS ACTITUDES
3. FUNCIONES DE LAS ACTITUDES
4. ORIGEN DE LAS ACTITUDES
5. INFLUENCIA ENTRE ACTITUDES Y CONDUCTA: LA TEORÍA DE LA DISONANCIA
COGNITIVA
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1. INTRODUCCIÓN:
¿Estás a favor o en contra de la legalización de las drogas? ¿Cómo que se debe limitar la
entrada de migrantes a nuestro país? ¿Te parece adecuada la política de empleo del gobierno?
¿Te gusta el sushi?, ¿Y el chocolate? ¿Cómo te cae el novio de tu amiga? Todas estas preguntas
aluden a actitudes y lo que tienen en común es que en ellas se pide una evaluación. Se solicita
la valoración, desde un punto de vista personal, de algo o de alguien. Constantemente
estamos evaluando diferentes aspectos de nuestro entorno físico y social, por lo que se
podrían poner cientos de ejemplos de expresión de actitudes a lo largo del día, tanto en lo que
respecta a las preferencias por objetos y personas, como o referido a la expresión de
opiniones. Las actitudes son una parte importante de la Psicología humana. Las personas están
a favor o en contra de determinadas ideas o conductas, aman u odian a determinados
individuos, y les gustan o disgustan ciertas cosas. Pocas veces nos sentimos indiferentes ante
e1 mundo que nos rodea. Algunas de nuestras actitudes son tan importantes que muchas
personas son capaces de morir por defender sus convicciones, y también mucha gente ha
matado por actitudes sexistas, racistas, nacionalistas o religiosas. El racismo, el sexismo, el
nacionalismo y el fanatismo religioso también son ejemplos de actitudes.
El papel de las actitudes es trascendental en distintos procesos psicológicos que están
relacionados con diferentes dominios de análisis característicos de la Psicología Social:
individual, interpersonal, grupal y societal. Por ejemplo, la autoestima, positiva o negativa, es
el resultado de una actitud hacia uno mismo. Si clasificamos a una persona de acuerdo con
alguna sus actitudes, es frecuente que se infiera que tendrá una serie de actitudes
relacionadas. Así, al catalogar a persona como ecologista por su preocupación por el medio
ambiente, no sólo inferiremos que su actitud hacia el transporte público o hacia el reciclado de
desechos va a ser favorable, sino que es fácil que le atribuyamos actitudes en contra de la
fabricación de armas o a favor de una globalización no capitalista. Esta impresión que nos
hemos formado de esa persona influirá, sin duda, en la forma en la que vamos a relacionarnos
con ella si tratamos sobre temas medioambientales. También los prejuicios son actitudes, en la
mayoría de los casos negativas, hacia grupos concretos. Del mismo modo, podemos considerar
que algunas actitudes hacia principios abstractos, como la igualdad o la justicia, subyacen en
los valores y la ideología sobre los que se sustentan las leyes que rigen en una sociedad
concreta.
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2. QUÉ SON LAS ACTITUDES
Definición de actitud
Si se tiene en cuenta la importancia de las actitudes dentro del marco de la Psicología Social,
no resulta extraño que hayan surgido numerosas definiciones a lo largo de la historia de esta
disciplina. En todas las aproximaciones conceptuales a este término, el elemento común en el
que coinciden las definiciones recoge siempre su carácter de valoración. Las actitudes se
refieren siempre a un .ente determinado., que técnicamente se denomina el objeto de actitud,
que puede ser prácticamente cualquier cosa, ya que todo lo que sea susceptible de ser
valorado puede ser objeto de actitud. Los objetos de actitud pueden ser concretos (las
gardenias, el Museo Picasso), abstractos (la libertad, la igualdad), ideas y opiniones
(socialismo, pena de muerte), conductas (uso de preservativos, reciclado de productos),
personas (el presidente de los Estados Unidos) o grupos (los homosexuales, los andaluces).
Como veremos en el siguiente apartado, la valoración de un objeto de actitud depende de
varios factores.
Las bases de las actitudes
Las actitudes son un constructo complejo, en el que pueden confluir diferentes experiencias de
la persona en relación con el objeto de actitud. Esas experiencias previas son una fuente de
información que le sirven de base para evaluar dicho objeto). Las actitudes pueden basarse en
creencias y conocimientos (componente cognitivo), en sentimientos y emociones
(componente afectivo), o en las experiencias en comportamientos anteriores (componente
conductual). Es decir, cada uno de estos tres componentes pueden constituir la estructura que
da origen a una determinada actitud, favorable o desfavorable, hacia un objeto. Por ejemplo,
una persona puede estar convencida de que la comida japonesa es muy sana (evaluación
cognitiva, basada en creencias), encontrar el sashimi muy sabroso (evaluación afectiva, basada
en sentimientos) y apetecerle comer habitualmente pescado crudo (evaluación conductual,
basada en la tendencia a esa acción). Estos tres tipos de componentes (creencias, emociones y
conductas) no están necesariamente separados ni necesariamente unidos en la valoración del
objeto. Es difícil pensar que una persona con fuertes convicciones en contra de la pena de
muerte (componente cognitivo) no se entristezca o se indigne cuando se ejecuta a otro ser
humano en alguno de los países en los que las leyes lo admiten (componte afectivo). No
obstante, las actitudes pueden consistir en componentes únicamente cognitivos o afectivos, y
no es necesario que la persona manifieste los tres tipos de componentes. Volviendo al ejemplo
de la comida japonesa, se puede mantener la creencia de que el pescado crudo es muy sano y,
sin embargo, la falta de hábito de comerlo puede producir repugnancia por este tipo de
comida. En este caso, la respuesta afectiva negativa podría llevar a no consumir el sashimi. El
conjunto de las valoraciones que se hacen de un objeto constituyen la evaluación final que
hemos definido como actitud.
La estructura que da origen a una determinada actitud es la integración de las evaluaciones
basadas uno, dos, o tres de sus componentes. Las evaluaciones de cada uno de ellas pueden
no coincidir. Por ejemplo, las creencias pueden ser favorables al objeto y los sentimientos
desfavorables. Cuando los elementos de uno de los componentes, o los componentes entre sí,
no son consistentes en evaluación, las actitudes son ambivalentes. Es muy frecuente que las
personas muestren ambivalencia actitudinal hacia objetos que tienen aspectos positivos y
negativos. Por ejemplo, es común encontrar ambivalencia actitudinal hacia el ejercicio físico o
la alimentación. Sobre estos temas, se pueden observar creencias favorables o desfavorables
dependiendo de las dimensiones que se consideren, o del momento en el que la actitud sea
accesible, así como comportamientos contradictorios. No es extraño que una persona esté
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dispuesta a seguir una alimentación sana y a que reducir las grasas de su dieta debido al
conocimiento que tiene de lo nocivo de este tipo de alimentos para su salud y que, sin
embargo, cambie su actitud cuando tiene ocasión de comer alguno de sus platos favoritos con
alto contenido en este tipo de nutrientes.
Esta cuestión puede tener una serie de aplicaciones en la vida real. Por ejemplo, cuando se
quiere eliminar conductas indeseables, como podría ser la de consumo de tabaco, es
importante tener en cuenta las creencias a favor y en contra que mantienen la actitud hacia
fumar. En este sentido, una buena estrategia para modificar las actitudes favorables hacia el
consumo de tabaco no sólo debería destacar las creencias negativas, como fumar puede
matar, sino atacar aspectos positivos vinculados al uso de tabaco, como pueden ser las
creencias de que dejar el tabaco engorda o que fumar combate el estrés.
No hay que confundir la actitud con los componentes en los que se basa. La actitud es un
constructo psicológico no observable, de carácter evaluativo, que media entre un objeto y las
respuestas que la persona da ante ese objeto. Aunque no se pueda observar directamente, se
supone que esa valoración positiva o negativa de un objeto lleva aparejada una predisposición
a responder de determinada manera hacia él. Dicho con otras palabras, llamamos actitud a
una experiencia psicológica, en relación un objeto, que influye en las reacciones y conductas
de la persona ante ese objeto. Por esa razón, las actitudes se infieren a partir de su expresión
en forma de respuestas que se dan al objeto de actitud. Esas respuestas pueden ser de tres
tipos: cognitivas, afectivas y conductuales.
Medida de la intensidad de las actitudes
La magnitud de una actitud depende de su valencia y de su intensidad. En primer lugar, la
evaluación tiene una valencia: positiva o negativa. En segundo lugar, si consideramos la actitud
como un continuo, con un extremo positivo y otro negativo, la intensidad representa el grado
o extremosidad de esa valencia. Por ejemplo, respecto a la investigación con células madre de
embriones, no sólo se puede estar a favor o en contra, sino evaluar el grado de esa posición. La
intensidad o fuerza de una actitud depende de las siguientes variables (Krosnick y F'etty,
1995):
a) importancia de la actitud para esa persona;
b) intensidad o extremosidad de su evaluación;
c) conocimiento del objeto de actitud, y
d) accesibilidad de la actitud (facilidad de activación de la actitud en la mente de la persona).
Hay que tener en cuenta que cuanto más intensa es una actitud más persistente es en el
tiempo, más resistente es al cambio y más influye en la conducta. Si las actitudes son un
fenómeno subjetivo, interno y complejo, ¿cómo se pueden medir? No existe un método ideal,
pero sí diferentes técnicas que deben elegirse y adecuarse al tipo de actitudes que se desea
medir y a la población sobre la que se realiza la investigación. La medida de las actitudes se
puede clasificar en dos grandes bloques: medidas explícitas e implícitas. La medición es
explícita cuando se pregunta directamente a las personas, e implícita cuando se estudian
indirectamente respuestas que se piensa que están asociadas a esas actitudes.
- Medidas Explícitas:
Tradicionalmente, las actitudes se han medido mediante procedimientos de auto informe,
para los que han elaborado cuestionarios basados en escalas de diferentes características Unas
de las más frecuentemente utilizadas con las de “tipo Likert” (1932). En esta variedad de
escalas, la persona manifiesta su grado de acuerdo o de oposición a una serie de enunciados
que recogen distintos factores o dimensiones que las personas podrían tener en cuenta al
evaluar el objeto de actitud. La medida de la actitud se obtiene a partir de la suma de todos los
ítems.
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Cuadro. Escala Likert para evaluar la actitud hacia el preservativo.
Por favor, indique su grado de acuerdo o desacuerdo con las siguientes afirmaciones acerca de
los preservativos. Señale su opinión teniendo en cuenta que: 1= Totalmente en desacuerdo; 2=
Algo en desacuerdo; 3= Ni acuerdo, ni desacuerdo; 4= Algo de acuerdo; 5= Totalmente de
acuerdo.
1. Son engorrosos, incómodos, complicados de usar 1 2 3 4 5
2. Tranquilizan y dan seguridad en la relación 1 2 3 4 5
3. Las personas que utilizan preservativo en sus 1 2 3 4 5
relaciones son responsables
4. Su colocación es un juego erótico más 1 2 3 4 5
5. Interrumpen el acto sexual 1 2 3 4 5
Los items 1 y 5 al estar formulados de forma “negativa” deberán “redecodificarse” para poder
sumar la puntuación de todos los items y obtener así un indicador global de la actitud. De este
modo, una alta puntuación (cercana a 25) reflejará una actitud muy positiva hacia el
preservativo y una baja puntuación (cercana a 5) una actitud negativa.
- Medidas Implícitas:
Hay temas, como son los relacionados con estereotipos, prejuicio o discriminación hacia
diferentes grupos sociales (por ejemplo, inmigrante, mujeres o personas de otro grupo étnico)
y, en general, la expresión de actitudes socialmente no aceptadas, que son difíciles de medir
de forma fiable con métodos explícitos, ya que las personas tienden a responder en función de
lo aprobado socialmente. Por esa razón, es necesario buscar medidas más sutiles. En esos
cacos, se emplean procedimientos que impiden que los sujetos sean conscientes del objetivo
de medida de la investigación. Algunas evaluaciones son tan automáticas que se expresan,
incluso, sin que controlemos la respuesta. En esas situaciones, las actitudes se denominan
implícitas, precisamente porque no somos capaces de identificar la relación entre nuestra
actitud y la respuesta que damos al objeto de actitud. Entre este tipo de medidas se incluyen
las siguientes:
a) Observación de conductas no verbales, como la postura del cuerpo, el contacto ocular
o la agitación nerviosa; se han utilizado, por ejemplo, para medir si existen prejuicios
hacia miembros de otros grupos
b) medidas fisiológicas, como la conductividad de la piel, el electromiograma facial (para
medir reacciones musculares como fruncir el entrecejo o sonreír, a veces tan fugaces
que son difíciles de apreciar a simple vista) o la activación de determinadas áreas
cerebrales que se sabe que están relacionadas con la expresión de emociones positivas
o negativas hacia un estímulo, y .
c) medidas basadas en la latencia de respuesta, con las que se trata de comprobar la
activación de la actitud hacia un estímulo a través de la velocidad con la que se
realizan una serie de asociaciones.
3. FUNCIONES DE LAS ACTITUDES
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¿Para qué nos sirven las actitudes? El análisis funcional de las actitudes ha permitido delimitar
una serie de funciones psicológicas en los procesos de interacción de una persona con su
medio físico y social. Kalz (1960) ha propuesto que las actitudes desarrollan cuatro funciones
principales: de conocimiento, instrumental, defensiva del yo, y expresiva de valores.
- Función de conocimiento:
Las actitudes nos ayudan a comprender nuestro entorno y a darle significado, ya que
proporcionan un mecanismo de evaluación que permite clasificar rápidamente la nueva
información en dimensiones bueno-malo, agradable-desagradable, o bonito-feo.
- Función Instrumental:
Las actitudes pueden servir a la persona para obtener refuerzos o para evitar castigos. Esta
función también se denomina de ajuste o utilitaria porque permite lograr determinadas metas
o beneficios concretos. Por ejemplo, mostrar una actitud favorable hacia un estilo de música o
hacia una forma de vestir puede ser útil a un adolescente para integrarse en el grupo de pares
al que quiere pertenecer. Las personas desarrollan actitudes positivas hacia los objetos que les
aportan beneficios y actitudes negativas hacia aquellos objetos que asocian a consecuencias
adversas.
- Función defensiva del yo
Las actitudes también pueden contribuir a mantener la autoestima, es decir a hacer que nos
sintamos satisfechos con nosotros mismos. Un ejemplo característico de esta función sería
mostrar una actitud negativa hacia los inmigrantes culpándoles de los problemas personales
de desempleo. Desde un enfoque de orientación psicoanalítica, Adorno y sus colaboradores
explican las actitudes etnocéntricas y xenófobas hacia determinados grupos como una forma
de proyectar la propia frustración culpando a grupos minoritarios de lo que sucede en su
entorno (Adorno, kel-Brunswik, Levinson y Sanford, 1950). Este tipo de actitudes sociales
pueden estar motivadas por mecanismos de defensa que se ponen en juego cuando la
autoestima está amenazada. Algunas actitudes de negación del peligro, como no tomar
medidas para la prevención del SIDA, o las actitudes positivas hacia el consumo de drogas,
cumplirían esa función defensiva del yo negando la amenaza de contraer una enfermedad.
- Función expresiva de valores:
Frecuentemente, la expresión de determinadas actitudes es una especie de tarjeta de
presentación de la persona a través de la que se ofrece una faceta de la identidad. De ese
modo, las actitudes pueden servir para reafirmar aspectos importantes del autoconcepto. Es lo
que se conoce como autoafirmación. Expresar públicamente actitudes que son centrales en su
sistema de valores permite a la persona mostrar creencias que le sirven de principios generales
como, por ejemplo, la justicia o la igualdad. En general, las actitudes religiosas y políticas
cumplen más esta función de expresión de valores que funciones instrumentales. Es
importante tener en cuenta que una misma actitud puede cumplir diferentes funciones para
distintas personas, y que una actitud puede servir para varias funciones a una misma persona.
Por ejemplo, una profesora puede estar a favor de la integración de discapacitados en el aula
porque esta medida favorece que se contrate a más profesores (función instrumental), o
porque está a favor de la igualdad de oportunidades para todas las personas (expresiva de
valores), o porque forma parte de un equipo educativo en el que prima esta actitud hacia la
integración en el aula (función instrumental, en este caso de ajuste social). Las funciones de
una misma actitud también pueden cambiar en el tiempo y servir a una persona para
diferentes propósitos en diferentes momentos. Por esa razón, se puede afirmar que las
actitudes son multifuncionales.
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4. ORIGEN DE LAS ACTITUDES
Las actitudes tienen sus raíces en el aprendizaje social, ya que se aprenden, se expresan y se
modifican en contextos sociales. Pero, también, muchas actitudes se desarrollan sobre una
base biológica. Las teorías que se han desarrollado para explicar los procesos mediante los
que se forman las actitudes sirven también para explicar las causas que contribuyen a
modificarlas.
- Influencias Biológicas:
Hay evidencia de que ciertas actitudes pueden estar influenciadas por aspectos genéticos, y
tener su origen en mecanismos innatos que han favorecido a la especie en las épocas
ancestrales en las que el ser humano se diferenció de otras especies. Algunas de las fobias muy
extendidas, como el miedo a las serpientes o a determinados sonidos, pueden tener su base
en peligros reales para la supervivencia nuestros ancestros. Del mismo modo, determinadas
aficiones muy generalizadas pudieron contribuir a esa supervivencia, aunque actualmente
hayan dejado de cumplir esa función. Pensemos, por ejemplo, en la afición por el dulce o las
grasas, alimentos que en una cultura de cazadores-recolectores permitían acumular reservas
para los momentos de carestía, cumpliendo una función biológica para el mantenimiento de la
especie. Sin embargo, en la actualidad la afición desmedida hacia este tipo de alimentos es una
de las lacras de las sociedades desarrolladas por los problemas de obesidad que origina.
No obstante, es muy importante tener presente que los factores genéticos no pueden explicar
totalmente la formación de actitudes en un individuo concreto, ya que los factores de
socialización modularían esa predisposición.
- El efecto de mera exposición:
Las actitudes se pueden adquirir a través de la experiencia directa con objeto de actitud. Uno
de los mecanismos psicológicos que requieren menos procesamiento cognitivo para que se
forme una actitud se conoce como efecto de mera exposición a un estímulo. Este fenómeno se
puede describir como el aumento de la favorabilidad hacia un estímulo neutro (es decir, un
estímulo que en un principio no nos provocaba ninguna actitud, ni positiva negativa) al
aumentar la exposición repetida al mismo.
. Es lo mismo que nos sucede, por ejemplo, con la música, que suele gustarnos más cuando la
hemos oído repetidas veces. Lógicamente, si ya existe una actitud negativa previa hacia el
objeto, las exposiciones repetidas aumentan la negatividad de la evaluación. Por otra parte, la
repetición exagerada de la exposición puede llevar a una especie de hartazgo que no
favorecería, precisamente, una actitud positiva, sino todo lo contrario.
- Infuencia del contexto en la formación y cambio de actitudes:
No siempre evaluamos de la misma manera el mismo objeto. Las actitudes dependen de la
información accesible en cada momento. Ello incluye información ya existente en la memoria,
habitualmente accesible, así como la información accesible concretamente en cada situación
temporal. Por lo tanto, las actitudes están sujetas a las influencias del contexto. Así, por
ejemplo, el juicio que hacemos de un amigo en una situación concreta dependerá de que en
ese momento evoquemos características de esa persona que evaluamos positiva o
negativamente. En ese momento, ese amigo nos gustará más si pensamos en los buenos ratos
que hemos pasado a su lado o en los favores que nos ha hecho que si, por el contrario,
pensamos en las veces que nos ha dejado plantados en una cita o ha abusado de nuestra
confianza contando nuestras confidencias a otras personas.
5. INFLUENCIA ENTRE ACTITUDES Y CONDUCTA
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En el presente apartado se exponen las principales teorías sobre la relación entre actitudes y
conducta. En primer lugar, se incluyen dos grandes modelos teóricos que indican el modo en
que las actitudes influyen en la conducta: el modelo MODE y la teoría de la acción razonada y
sus ampliaciones posteriores. El modelo MODE (MODE son las siglas de Motivation and
Opportunity as Determinan& of attitudes to behaviour processes) se desarrolla para explicar
cómo influyen las actitudes previas hacia un objeto en el procesamiento de la información
relacionada con ese objeto. La teoría de la acción razonada se centra en la influencia de la
actitud hacia un comportamiento específico. A continuación, se considerarán los elementos
esenciales de la teoría de la disonancia cognitiva, una aproximación cuyo objetivo es explicar el
cambio de actitud que sigue a determinadas conductas, es decir, cómo la conducta puede
cambiar las actitudes.
Influencia de las actitudes en la conducta
La creencia generalizada de que las actitudes guían el comportamiento está en el origen del
interés de los psicólogos por investigar sistemáticamente en este campo. Si fuera cierta esta
relación, cualquier cambio en las actitudes modificaría el comportamiento.
Influencia de la conducta en las actitudes: LA TEORÍA DE LA DISONANCIA COGNITIVA
El deseo de coherencia es una de las principales motivaciones humanas. En la década de los
sesenta surgen una serie de teorías que analizan las consecuencias de actuar en contra de las
propias actitudes. En general, estas teorías giran en torno a la necesidad de mantener
coherencia entre creencias, entre diferentes actitudes, y entre actitudes y conducta, para así
mantener el bienestar psicológico.
Festinger desarrolla su teoría al observar, en la vida cotidiana, que la discrepancia entre la
conducta y las actitudes provoca malestar y estrés emocional. Sustituye los términos
consistencia e inconsistencia por otros con un significado menos asociado a la lógica:
consonancia y disonancia. El núcleo de la teoría se puede resumir en los siguientes términos: la
existencia de cogniciones que no son coherentes (consonantes) entre sí produce en la persona
un estado psicológico de incoherencia (disonancia) que es incómodo y que la persona se
esforzará en paliar intentando hacer esas cogniciones más coherentes (Festinger, 1957).
Utilizando estos conceptos, formula las dos hipótesis básicas de su teoría (Fedinger, 1957;
1975, p. 5):
1. La disonancia es psicológicamente incómoda, por lo que las personas tratan de
reducirla para lograr la consonancia
2. Cuando la disonancia está presente, además de intentar reducirla, la persona evita
activamente las situaciones e informaciones que pudieran aumentarla
Las explicaciones que da Festinger respecto a cada uno de los elementos clave sobre los que se
fundamenta la teoría son esenciales para su comprensión.
Una vez que se ha realizado una conducta que de alguna manera es contraria a las actitudes
previas, surgen una serie de cogniciones que son consonantes o disonantes con esa conducta.
Por ejemplo, si una persona que quiere ahorrar se ha gastado una fuerte suma de dinero en
una fiesta, consonante con esa conducta serían creencias del tipo “sólo se vive una vez”, “ya
me lo quitaré de otra cosa”, mientras que serían disonantes creencias como “me he gastado
los ahorros de tres meses...”.
Grado de disonancia
Como hemos señalado, la disonancia cognitiva es un factor motivacional, similar al hambre o a
la frustración, que se origina cuando existen cogniciones que no concuerdan entre sí. Igual que
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el hambre nos motiva a buscar alimentos para reducirla, la disonancia cognitiva induce
cambios psicológicos dirigidos a reducir el malestar que provoca. La disonancia cognitiva se
podría definir como una experiencia psicológicamente desagradable, provocada por la
inconsistencia entre actitudes y comportamiento, que se acompaña de sensaciones de
inquietud. El mayor o menor grado de malestar psicológico o, lo que es lo mismo, la magnitud
de la disonancia depende de dos factores:
1. de la proporción de cogniciones disonantes en relación con las cogniciones consonantes,
2. de la importancia de cada una de esas cogniciones para la persona.
Por ejemplo, si Ana deja de salir con sus amigas para preparar un examen, pensar que ha
perdido la tarde de diversión es una creencia disonante, mientras que pensar que así asegura
que puede llegar preparada y tranquila al examen es una creencia consonante con su
conducta. Como hemos señalado, la magnitud de la disonancia dependerá del número de
creencias consonantes y disonantes, y de la importancia de esas creencias. Así, si Ana cree que
esa tarde sus amigas se van a encontrar con un chico que le gusta, su disonancia será mayor
que si piensa que va a ser una tarde como otras muchas. Una vez que aparece la disonancia,
existen diferentes estrategias para disminuirla:
a) añadir nuevos elementos consonantes en la conducta realizada (en el ejemplo, podría
convencerse a sí misma de que le entusiasma aprender esa asignatura);
b) aumentar la importancia de los elementos consonantes (Ana podría pensar que ese examen
es decisivo)
c) quitar importancia a los elementos disonantes (pensar que es más importante el estudio
que la diversión).
La disonancia es muy común y puede surgir por diferentes razones. Dado que la teoría es
aplicable a situaciones muy diversas, en la investigación se han ido perfilando una serie de
paradigmas que se utilizan, dependiendo de los objetivos del estudio, en aquellas situaciones
en las que típicamente se produce disonancia: a) después de tomar una decisión (paradigma
de la libre elección); b) después de actuar en contra las creencias y actitudes (paradigma de la
complacencia inducida); c) después de exponerse a información inconsistente con las creencias
(paradigma de la desconfirmación de creencias), o d) después de realizar conductas que
requieren esfuerzo (paradigma de la justificación del esfuerzo).
El paradigma de la libre elección: disonancia después de tomar una decisión
Siempre que una persona tiene que elegir entre dos formas de actuar igualmente atractivas
surge un conflicto, debido a que elegir - un objeto o una forma de comportarse implica
renunciar a la otra alternativa. Una vez que se ha optado por una de las dos conductas,
permanecen en la mente los aspectos positivos que hacían atractiva la conducta rechazada y
los negativos de la elegida. Todas esas creencias, que aún persisten, son disonantes con la
conducta realizada. Después de una conducta de elección, la magnitud de la disonancia
aumenta dependiendo: a) de lo importante que sea la decisión; b) del grado de similitud entre
las alternativas posibles, ya que si se piensa que la diferencia no es muy grande no se
producirá disonancia, y c) del atractivo de la alternativa rechazada. Consecuentemente, la
disonancia que sigue a una elección se puede reducir mediante alguno de los siguientes
procedimientos:
a) restar importancia a la decisión tomada,
b) considerar que el resultado final al que lleva cualquiera de las dos alternativas es el mismo,
O
C) cambiar el atractivo de ambas alternativas.
En el primer experimento que utilizó este paradigma para probar los supuestos de la teoría de
la disonancia en situaciones de elección, Brehm (1956) simuló un estudio de mercado y pidió a
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unas alumnas que evaluaran el atractivo de ocho pequeños electrodomésticos.
Posteriormente, en función de la condición experimental (alta o baja disonancia) les dio a
elegir entre dos productos que podrían llevarse: a) un grupo debía elegir entre dos aparatos de
similar evaluación en la fase anterior (elección &difícil), lo que implicaba alta valoración de la
alternativa rechazada y alta disonancia; b) el otro grupo elegía entre un producto bien
valorado y otro de más baja valoración (elección fácil), por lo que se esperaba baja disonancia
ya que la alternativa rechazada no era bien evaluada. El grupo control recibió como obsequio
el producto mejor valorado, sin que tuviera que elegir. A continuación, tenían que volver a
evaluar los productos. El grupo control no cambió su valoración del producto elegido ni del
resto. Los otros dos grupos valoraron más positivamente el producto elegido y peor el
rechazado en relación con la primera evaluación. El cambio total observado se debe a la
necesidad de reducir la disonancia y se midió teniendo en cuenta el cambio neto de la primera
a la segunda puntuación, tanto del producto elegido como del rechazado. El cambio en su
actitud fue mayor en la condición de difícil elección, es decir, la de alta disonancia.
El paradigma de la complacencia inducida
Son muchos los experimentos que han contribuido al desarrollo y a la confirmación de la
teoría. No obstante, el más emblemático es el de Festinger y Carlsmith (1 951), en el que se
comprobó qué sucede cuando una persona se ve forzada a decir o a hacer algo contrario a su
actitud. Es muy común que se realicen conductas contra actitudinales por muy diversas
razones como, por poner algún ejemplo, ganar dinero, evitar sanciones, o no herir la
sensibilidad de otras personas. Justificar ese tipo de conductas tas contrarias a las actitudes
puede resultar más o menos fácil, dependiendo de los argumentos que podamos esgrimir para
racionalizarlas. Con frecuencia, la discrepancia entre las actitudes y la conducta se debe a
algún tipo de coacción externa. Por ejemplo, una persona que está en contra de hacer horas
extraordinarias puede consentir en realizarlas porque se lo pide su jefe. En ese caso, existe una
condescendencia pública que no surge de un cambio en las opiniones. Este tipo de
condescendencia forzosa se produce en muchas ocasiones ante el ofrecimiento de un premio
si se cumple con ese requerimiento o por la amenaza de un castigo si no se realiza
determinada conducta. Una vez que se ha consentido en realizar ese tipo de conducta, el
comportamiento público y la actitud privada son contradictorios. Esta argumentación, que se
ha puesto como ejemplo, es la que pusieron a prueba Festinger y Carlsmith (1 959) para
demostrar la teoría de la disonancia cognitiva.
Primeramente, estos autores indujeron en todos sus sujetos experimentales disonancia entre
las actitudes y la conducta. A la mitad de los participantes les dieron la oportunidad de
justificar la conducta ofreciéndoles un incentivo alto, mientras que la otra mitad no obtenía
ningún incentivo y, por lo tanto, no tenían razones que les permitieran justificar por qué
actuaron en contra de su actitud. Aquellos que pudieron justificar lo que habían hecho fueron
los que cambiaron su actitud para hacerla consonante con la conducta.
Concretamente, se les pedía a todos los participantes que ejecutaran durante una hora una
tarea sumamente aburrida, como mover clavijas, con el pretexto de que en eso consistía el
experimento. A continuación, se provocaba disonancia pidiéndoles que ayudaran al
experimentador comunicando a otros estudiantes que esperaban fuera que la tarea que iban a
realizar era muy interesante, para así convencerles de que participaran en ese experimento.
Dependiendo de la manipulación experimental, a un grupo de participantes se le ofrecía 20
doloras y a otro 1 dólar por esa colaboración. Al grupo control no se le pidió que ayudara al
experimentador. Según la teoría, los sujetos que habían recibido 20 dólares no deberían sentir
disonancia, ya que el dinero que habían recibido les permitía explicar y justificar su conducta
por una causa externa. Los que sólo habían recibido 1 dólar sí que sentirían disonancia, ya que
una cantidad tan baja de beneficio no justificaba el decir una mentira a los compañeros.
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Cuando posteriormente se midió la actitud hacia la tarea, el grupo control y el que recibió los
20 dólares manifestaron una actitud mucho más negativa hacia la tarea que el grupo que había
recibido 1 dólar. Este último grupo, para evitar la disonancia, pasó a creer que la tarea no era
tan aburrida a pesar de haber estado una hora realizando una conducta realmente tediosa.
El paradigma de la desconfirmación de creencias
Cuando una persona recibe información que es incompatible con sus creencias, esa nueva
información puede generar nuevas cogniciones que sean incongruentes con las ya existentes,
por lo que se produciría disonancia. Esa disonancia se puede reducir por varias vías, una de las
cuales sería cambiar creencias previas. Pero, si esas creencias son importantes, es muy común
que esa información se malinterprete, o que se rechace y se busque una información que
reafirme las anteriores creencias. Festinger,, Riecken y Schachter (1956) se infiltraron en una
secta para observar qué sucedería cuando una de sus creencias se desconfirmara
objetivamente. Esta secta había anunciado que serían abducidos a otro planeta en una fecha
concreta por unos extraterrestres con los que se comunicaban, ya que habían si elegidos para
salvarse antes de que se inundara la Tierra. Pasado ese día sin que sucediera nada, la líder del
grupo les anunció que, gracias a la bondad de los miembros de la secta, Dios había salvado
mundo. Antes de este hecho, el grupo no hacía proselitismo, pero a raíz de que se
desconfirmara su creencia fundamental comenzaron a predicar activamente. Persuadir a otros
era consonante con sus creencias y la mejor forma de reafirmarlas. Así, añadieron nuevas
cogniciones consonantes con la conducta anterior.
La disonancia lleva, con frecuencia, a buscar información sesgada con el objeto de aumentar
los elementos consonantes y evitar los disonantes. Incluso cuando una persona recibe
involuntariamente formación que contradice sus ideas, un mecanismo común para evitar la
disonancia es negar la veracidad de esa información o invalidarla con cualquier excusa. Por esa
razón es tan difícil cambiar opiniones (por ejemplo, políticas) ya existentes, ya que las personas
tendemos a seleccionar aquella formación que confirma nuestras creencias y rara vez
admitimos las opiniones de personas o medios comunicación que no comparten nuestro punto
de vista.
El paradigma de la justificación del esfuerzo
Siempre que se emprende cualquier actividad que supone un esfuerzo desagradable, aunque
sea para lograr algo deseado, se produce disonancia. La explicación es que creer que una
actividad no es agradable es disonante con emprender esa actividad. Aronson y Mills (1959)
probaron esta idea por primera vez en una investigación en la que unas estudiantes tenían que
superar una serie de pruebas para poder asistir a unas reuniones de grupo. La mitad de la
muestra pasó por pruebas que exigían mucho esfuerzo y la mitad por pruebas muy fáciles. A
pesar de que posteriormente las reuniones de grupo resultaron francamente tediosas, el
grupo al que le costó mucho esfuerzo acceder a ellas las evaluó muy positivamente. Otros
muchos estudios han puesto de manifiesto que lo que más esfuerzo cuesta es lo que más se
valora.
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Psicología Social. CEU. Curso 2023/24