Diez Cuentos Cortos
1. Diez Cuentos Cortos
2. índice
3. El niño su gato y su gata
Diez Cuentos Cortos
Alvar y Sofía
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Diez cuentos cortos
por Sofía y Alvar
índice
Los tres hermanos y la piedra. Pág. 7
La granja embrujada. Pág. 10
Remo. Pág. 14
El cristal de fuego. Pág. 20
La sonrisa del árbol. Pág. 24
El gato del viejo pescador. Pág. 28
Juli, Lúea y el monstruo. Pág. 36
Iok y Jam. Y Tarr. Pág. 42
Un muchacho de playa. Pág. 49
El niño, su gata y su gato. Pág. 52
Los tres hermanos y la piedra
Había una vez un granjero que tenía tres hijos, y un día de lluvia el más
chiquito preguntó:
—Papá, ¿mañana puedo ir a comprar yo?
— Sí, claro que podés.
Y al día siguiente fue a comprar él, cuando volvió estaba muy feliz de haber
ido a comprar. En el camino se había encontrado una piedra muy extraña,
que se guardó en un bolsillo. Después de darle la bolsa con las compras y el
vuelto a su padre, se fue detrás de un gran árbol, donde tenía su refugio, a
observar la piedra.
La piedra era oscura, y la cruzaban unas rayas blancas, brillantes como
soles. Mientras el pequeño acariciaba su piedra apareció por detrás el
hermano del medio:
—¿Qué tienes ahí?
—Nada.
—¿Cómo que nada? Dámelo ya o te doy un coscorrón. —Y con un
movimiento brusco arran
có la piedra de las manos del menor y se fue. El hermano del medio le llevó
la piedra al hermano mayor, que cuando la vio se la sacó de la mano y se
fue corriendo a llevársela al hermano menor.
—¿De dónde la has sacado?
—Me la he encontrado en la calle.
El hermano mayor le devolvió la piedra y el hermano menor la guardó y
salió del árbol. Se fue al taller donde solía trabajar el padre y viendo que no
había nadie buscó una pequeña sierra y se puso en un rincón a trabajar.
Lentamente y con paciencia fue cortando la piedra de modo tal que
quedarán tres trozos, y que cada uno tenga una de las líneas blancas y
brillantes. Cuando hubo acabado ya estaba atardeciendo, se guardó una
parte de la piedra en el bolsillo y con las otras partes, una en cada mano, se
fue a buscar a sus hermanos para darles un pedazo a cada uno. Y los
hermanos le dijieon: - Gracias. —No, por favor, si era tan grande. —Y se
fue a decirle algo a su padre:
—Papá, ¿mañana puedo ir a comprar yo?
- Fin
La granja embrujada
Había una vez un gallo y una gallina que tenían muchos pollitos. Un día el
gallo dijo:
—Voy a ir a pedir maíz a la granja, cuando llegó vio que había fantasmas y
zombis y entonces salió corriendo al gallinero. Cuando llegó dijo:
—Es mejor que nos quedemos aca.
La gallina respondió:
—¿Po... —No pudo terminar de hablar porque el gallo le interrumpió:
—Shhhhhhh
Y los pollitos dijeron:
—Pió pió pió —muy ofendidos, y vinieron autos de colores y vieron que
traían más zombis y fantasmas.
El gallo apuró a la gallina y a los pollitos para que escaparan al bosque
antes de que los vieran los zombis y fantasmas, que aun no habían bajado
de los autos. Cuando llegaron a los primeros árboles del bosque, el gallo se
detuvo en seco:
frente a él estaba la zorra, relamiéndose ante el banquete que se le
presentaba y dijo:
—¿Qué hacen por aquí? ¿No saben aun que este es mi territorio y que me
encanta el pollo?
El gallo no podía articular palabra del miedo que tenía, a los zombis y a la
zorra, y se quedó como de piedra. Pero los pollitos que venían detrás, y que
eran muchos, siguieron corriendo sin notar si quiera a la zorra, que alcanzó
a ver gran cantidad de bolitas amarillas que se desparramaban por el suelo y
pasan velozmente por entre sus patas y por todo alrededor. Tanta fue su
sorpresa que no atinó a agarrar a ninguno, ni tan si quiera a la gallina, que
torpe pero velozmente pasó a su lado en busca de sus pollitos.
La zorra como vio que el gallo estaba tan duro se metió a su cueva. Y así el
gallo pudo escapar de la zorra y todos vivieron felices.
- Fin
Remo
Remo, cuando nació, era muy pequeñito. Delgado, finito, casi sin color.
Inmediatamente se dedicó a crecer: comer, descansar, crecer y crecer. A los
pocos días se veía ya su color: rayas negras y blancas, y su forma: de oruga.
A la semana se había comido toda la planta en la que había nacido y salió a
buscar comida. Encontró un lindo arbusto y allí se instaló. A la segunda
luna se lo había comido todo. Se mudó a un arbolito, verde brillante. Le
duró un día, la noche siguiente se tuvo que mudar de nuevo porque había
pelado todo el arbolito. Y así fue que cuando Pol salió de su casa vio una
enorme oruga, negra y blanca, que lo miraba fijamente ocupando todo el
techo de su casa.
Al día siguiente Pol vio que la oruga blanca y negra se estaba comiendo
toda la comida, y no quedaba nada, ni agua en vaso, se había
1j
comido su ropa, sólo le quedaba el piyama. Lolo, su hermano, se quedó
boquiabierto cuando salió del baño y vio que la oruga ocupaba toda la casa.
Salieron los dos por la ventana y miraron el espectáculo de una gran antena
saliendo por una ventana mientras la oruga se movía lentamente, como
latiendo, apretada dentro de la casa. Y en eso, craaaaac: las paredes se
resquebrajaron, el techo tembló y Remo, el enorme, salió caminando de la
casa dejándola totalmente demolida ante la mirada atónita de Pol y Lolo.
Remo, el gigantesco orugón, fue hacia el río, cercano a las ruinas de la casa,
y encontró un gigantesco acantilado que un gigantesco puente salvaba. Se
arrastró por debajo del puente, se empupó, creando una colosal crisálida que
colgaba majestuosa del puente.
Pasó el tiempo. Un mediodía la crisálida se abrió y salieron miles de
mariposas que se dispersaron por el cielo y se posaron todo a lo largo del
largo puente, tomando el sol necesario para volar, en busca de brisas y
flores.
Los dos hermanos veían todo desde el borde del acantilado, y
comprendieron. Cuando la última de las mariposas se hubo ido, cami
naron por el puente y bajaron a lo que había sido la última casa de Remo,
una casa de seda, que a partir de ahora sería el hogar de Pol y Lolo.
- Fin
El cristal de fuego
Se hacían hace mucho tiempo un tipo de cristal que ya no se debe encontrar,
bueno, resulta que un niña llamada Lucía encontró uno de ellos y se lo llevó
a su casa, y se lo mostró a sus papas y le dijieron: ¡uauuuu! Y siguieron
haciendo lo que estaban haciendo. Lucía se fue a su cuarto y cerró la puerta.
Puso el cristal en la mesita y se acostó a descansar. El cristal de fuego
empezó a calentarse, y fue, de a poco, subiendo la temperatura de toda la
casa mientras una llamita azul le brotaba del centro.
Dentro de unos minutos la mamá tocó a la puerta. Toe toe toe.
—Estás ahí.
—Sí mamá.
—Salí que es la hora de comer —dicho esto se fue a comer. En la mesa
tenían todos mucho calor, y abrían las ventanas y soplaban mucho la
comida, lo que les daba más calor. De pronto
la mamá dijo:
—Qué raro que haga tanto calor, algo se debe estar quemando.
—¡Incendio! —Saltó el papá.
Lucía salió disparada a su cuarto y al llegar a la puerta vio que el cristal de
fuego ardía en llamas fantásticas, sin quemar nada alrededor.
—Uauuu —dijo Lucía, y volvió a la cocina donde la miraban fijamente.
—No, es qué... papá y mamá... es mí...
—¡Dilo yá! —Le obligó la mamá.
—Es mi cristal de fuego. Está ardiendo como el... —se detuvo y pensó:
¿cómo estaría ahora?
—Co... como el fuego.
Dicho esto se fue a su pieza a ver cómo estaba su cristal. Para entrar a la
pieza había que cerrar un poco los ojos, de tanta luz que salía del fuego en
llamaradas que salían del cristal. Lucía se acercó, y aunque tenía mucho
calor nunca se quemaba. Agarró el cristal en sus manos y se dio cuenta de
que era más pesado que
antes, y que aunque brillaba como un sol no se quemaba. Se dio vuelta y vio
a través del fuego del cristal a papá y mamá que no sabían que hacer. Salió
de la habitación y pasó entre ellos, salió a la calle, ya estaba atardeciendo,
parecía que el cristal la guiaba y todo brillaba.
- Fin
La sonrisa del árbol
Se hallaba, hace mucho tiempo, un árbol posado en el jardín de un niño
llamado Francisco. El árbol poseía magia y Francisco le dio una pelota de
oro. Francisco todos los tesoros que encontraba se los daba al árbol. Un día
el árbol no pudo más con los tesoros, de todo lo que pesaba la bola de oro,
del pájaro de fuego que le había puesto y de una sonrisa del río. Entonces el
árbol se sacudió y soltó la bola de oro, el pájaro de fuego y la sonrisa se la
puso en las hojas.
Al día siguiente Fran vio que el árbol tenía una sonrisa en cada hoja, y vio
la bola de oro tirada en el suelo, y el pájaro de fuego casi muerto y dijo:
—¡Árbol! ¿Qué has hecho con mis tesoros? —y el árbol no contestó,
porque no sabía hablar.
El niño agarró el pájaro de fuego, la bola de oro y comprendió por qué
había soltado el árbol los tesoros: de tan pesados que eran no
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pudo resisitir más. Entonces llevó al pájaro de fuego a su casa, lo metió en
la estufa para que pueda recuperar las fuerzas. Dejó la bola de oro en su
mesita de luz y fue al jardín donde estaba el árbol y le dijo:
—Perdón árbol por gritarte.
Y entonces fue así que Francisco agarró tesoros más livianos para regalarle
al árbol, y al árbol le creció una sonrisa enorme.
- Fin
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El gato del viejo pescador
Había una vez, en un pueblo muy lejano, un viejo pescador que tenía un
gato, al que alimentaba con los pescados y cangrejos que sacaba del río.
En cierta ocasión en que la pesca no había sido buena, el pescador volvió a
casa con las manos vacías, y se sentó ante el fuego a lamentarse de su mala
fortuna. El gato lo observaba desde lo alto de la estufa mientras se lamía la
pata, y lo escuchaba, hasta que de pronto habló:
—¡Querido pescador! Deja ya de lamentarte que con eso no llenaremos el
buche. Si me lo permites, esta noche iré yo a buscar la comida. Pero tengo
una condición: no me preguntes nunca a dónde voy. — El viejo pescador
asintió suavemente con la cabeza.
A las pocas horas el gato volvió con una cesta colgando de la boca y la dejó
a los pies del viejo pescador. El viejo pescador, más hambriento que
sorprendido, se abalanzó sobre la
- 28
cesta y encontró dos sabrosos cangrejos asados que compartió con el gato.
Mientras comía se dio cuenta de que una de las patas del cangrejo era de
fino oro, y la guardó en una cajita.
Al día siguiente tampoco hubo pesca, y la situación con el gato se repitió.
Esta vez en la canasta había dos jugosos pescados, y el viejo pescador
encontró en el suyo una espina dorada, que guardó en la cajita.
El tercer día la pesca tampoco fue buena y el gato trajo un balde con dos
medusas, y el viejo pescador vio que tenía un téntaculo de puro oro, lo
dobló y lo guardó en la cajita. Cada vez más intrigado, el viejo pescador no
podía dormir imaginando a dónde iba su gato.
El cuarto día hubo tormenta y el pescador se quedó tranquilamente en su
casa, confiando en que el gato saldría una vez más a traer comida, y más
oro. Al atardecer el gato, sin decir palabra, se levantó de su lugar en lo alto
de la estufa, saltó al suelo, salió caminando por la puerta entreabierta y se
perdió en la tormenta. El viejo pescador se puso una capota y salió detrás
del gato, sigilosamente, para averiguar a dónde iba. Pero al llegar a una
esquina lo perdió de vista y tuvo que volver empapado a su casa. Al rato
volvió
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el gato, seco como si nunca hubiera salido de la casa, con un paquetito
colgando de sus dientes, y al ver al viejo pescador todo mojado le dijo:
—¿Acaso habrás tratado de seguirme? ¿A dónde has ido con esta tormenta?
El viejo pescador no supo qué responder, y la ira fue creciendo dentro suyo
ante la impertinencia del gato, que aunque lo había ayudado los últimos días
no era más que un gato viejo y haragán. Pensando en esto soltó:
—¿Tú me preguntas a mí a dónde he ido? Yo no tengo que darte
explicaciones, y menos en mi casa. Tú deberías responder ¿a dónde has ido
a robar el oro que trajiste?
En ese momento el gato, aun con su paquetito en la boca, saltó al fuego y se
hizo humo, un leve humo blanco que salió por la chimenea. Al viejo
pescador le pareció oír la voz del gato que decía: -Lástima, no hubieses
tenido que preocuparte nunca más por la comida, ni por nada...
Cuando el viejo pescador recordó los tesoros que el gato le había llevado
fue a abrir la cajita y encontró: una pinza de cangrejo, una espina de
pescado y un tentáculo seco de medusa.
- Fin
La niña [lili, su hermano Lúea y el monstruo
En una aldea había una niña llamada Juli y un niño muy astuto llamado
Lúea. Un día un monstruo atacó la aldea y la madre de los niños los envió a
otro lugar, pero antes de irse el niño le preguntó:
—Mamá, ¿por qué nos tenemos que ir?
La mamá rápidamente contestó:
—Porque hay peligro.
Los niños se fueron, la aldea murió. Cada vez en cuando el niño recordaba
esto:
—Mamá, ¿Por qué nos tenemos que ir?
—Porque hay peligro.
El tiempo pasó, Juli y Lúea se instalaron en otro pueblo, en la casa de una
viejecita, y le ayudaban en las tareas de la casa que ella ya no podía hacer, y
así aprendieron a vivir de manera sencilla y feliz. A Lúea le gustaba salir al
bosque cuando podía, a conocer a los animales, los árboles y las plantas, y
también cortaba leña. Juli solía sentarse en el jardín a tallar cucharas y
figuritas de madera. Los sábados iban ambos al mercado a cambiar la leña y
las tallas por alimentos y cosas que necesitaban.
Un día estando en el mercado, Lúea vio al monstruo que había atacado su
aldea, paseando tranquilamente entre los puestos y los mercaderes. La gente
parecía loca y gritaban: —¡Aaaaaa aaaaaa! ¡Aaaaaaaa aaaa aaaaaaaaaa! El
monstruo, por suerte, era una figurita de madera, pero él, Lúea, se había
imaginado todo. Pero de repente:
—¡Ggrrrrrrrrrrrrrr! —El monstruo era de verdad y también atacó.
Juli y Lúea corrieron hacia el monstruo y se pusieron uno a cada lado: Juli
con un hermoso cuchillo de madera y Lúea con su hacha, y le gritaron:
—¡Alto ahí! No hemos olvidado lo que has hecho con nuestra aldea, y no
permitiremos que lo hagas de nuevo aquí.
El monstruo, desorientado porque no tenían miedo y porque tenía uno a
cada lado hablándole a la vez, se quedó quieto, sin saber qué ha
cer. En ese momento un muchacho del mercado saltó y empujó con fuerza
al monstruo por la espalda, que cayó de bruces al suelo con gran estrépito.
Juli y Lúea se acercaron, y mientras Juli ayudaba al muchacho a tener al
monstruo quieto Lúea levantó su hacha con la idea de matarlo pero al ver
sus ojos confundidos y su cuerpo temblando de miedo, bajó el hacha y se
hizo un gran silencio. Dejaron al monstruo libre y cuando estuvo
nuevamente de pie miró a Juli, a Lúea y al muchacho, y después a toda la
gente que había alrededor. Bajó la cabeza y se quedó así, como apenado.
Lúea y Juli decidieron invitarlo a su casa, igual que al muchacho.
Con el tiempo Lúea y el monstruo se hicieron buenos amigos.
- Fin
Iok y Jam. Y Tarr
Una vez habrá dos personas en una nave espacial explorando el universo:
Iok y Jam, Jam y Iok.
Después de visitar el planeta en el que llueven vacas, el planeta en que hay
tres soles (tiene tres mediodías y nunca es de noche), y el planeta en que el
agua cae para arriba, ya poco los sorprende, a Iok y Jam. Salvo Tarr, que
por ser una máquina, siempre los sorprende cuando de pronto suena su voz
en la silenciosa cabina:
—Anoche no se lavaron los dientes, deberían hacerlo cuanto antes. O ahora.
—Lástima que no lo podemos desconectar, me tiene cansado —dijo Iok.
—Me tiene harto —dijo Jam.
Tarr, el cerebro positrónico de la computadora de la nave, que además de
sorpresivo podía ser bastante molesto.
En ese momento la nave entera se estremeció: algo la había chocado.
—¿Qué fue eso? ¡Tarr! ¿Se rompió algo?
Tarr respondió:
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—Parece que el piloto automático está descompuesto, inservible. Ahora van
a tener que manejar ustedes todo el tiempo, y quién sabe cuándo tendrán
oportunidad de lavarse los dientes, ahora...
—¡Córtala con los dientes! —dijo Iok.
—Tenemos problemas más importantes —dijo Jam.
Tarr, sin inmutarse respondió:
—No me gusta que me interrumpan cuando estoy hablando, Iok. Más
urgentes no quiere decir más importantes, Jam.
—¡Ojalá pudiéramos desconectarte! ¡Por cacharro hablador! —dijo Iok.
—Por no poder cerrar el pico charlatán —dijo Jam.
Ahora tenían que ubicar algún lugar cercano para poder revisar bien la nave
y reparar el piloto automático, en eso pensaban Iok y Jam, no así Tarr, que
seguía cavilando sobre la importancia de la higiene personal adecuada. Jam
rompió el silencio:
—¡Tarr! ¿Qué es eso que veo a la izquierda?
—Un planeta, parece una anomalía, por eso no les dije nada.
—¡Vamos allá! —gritó contento Iok.
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Jam y Iok, sin mirarse, apretaron al mismo tiempo el mismo botón rojo de
la consola y la nave torció su rumbo hacia el planeta anómalo.
Cuando llegaron a una distancia cercana vieron que el planeta era casi
esférico, como una pelota, y que tenía un agujero que lo atravesaba de lado
a lado: una esfera atravesada por un cilindro, una pelota agujereada.
La nave se estremeció nuevamente, las luces de la cabina parpadearon.
—¿Y ahora? ¿Qué pasó? —dijo Iok.
—Nos atrapó una enorme red, que parece salir del agujero del planeta, y
nos arrastra sin remedio —dijo Tarr.
—¿Y ahora? ¿Qué hacemos? No podemos escapar. ¡Estamos perdidos! —
dijo Jam. Silencio.
—Se me ocurrió una idea —retumbó la voz de Tarr en la nave. Los dos
tripulantes lo miraron, asustados y sorprendidos, buscando sin encontrar
una salida al problema. —Pero antes, tienen que lavarse los dientes.
—¿Qué? —dijo Iok
—¿Ahora? —dijo Jam.
—¿Te volviste loco? —dijeron ambas personas.
—A lavarse los dientes. Y no tengo pico.
Terminó la conversación Tarr y ambas per
OC
sonas obedecieron a la máquina y fueron a lavarse los dientes. Cuando
hubieron terminado Tarr les dijo que se pusieran los trajes espaciales,
salieran de la nave y escaparan de la red, que luego él liberaría la nave y los
rescataría. Ambas personas volvieron a obedecer.
Media hora después Iok y Jam flotaban por entre los hilos de la inmesa red,
hacia el espacio, dejando atrás la nave, que vacía y de a poco se acercaba al
agujero cilindrico del planeta anómalo.
—¿Volverá? —dijo Iok.
—Espero que sí —dijo Jam.
Tarr no dijo nada porque estaba sólo. Y estaba acelerando la nave para que
al entrar a la atmósfera del planeta la temperatura sea mayor y la red se
incinere, dejando libre a la nave. Era una maniobra arriesgada y muy
precisa: si la velocidad fuese demasiado también se quemaría la nave y si
fuese muy poca no se quemaría la red. Además en caso de liberarse de la
red tendría que tener el suficiente tiempo para que la nave pueda escapar de
la gravedad del planeta, de otro modo se estrellaría contra la superficie o
quedaría orbitando el planeta como una pequeña luna vacía. Todo esto
calculaba Tarr, en silencio.
Iok y Jam tampoco hablaban, observaban
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el puntito blanco que ahora era la nave contra el fondo del planeta
agujereado, como una inmensa cuenta de un collar fantástico. De pronto
una llamarada, una espcie de estrella fugaz: salvo que esta vez al apagarse
el resplandor quedaba un puntito blanco brillante: el plan de Tarr había
funcionado, y la nave, ya libre de la red, empezaba a escapar a la gravedad
del planeta.
Cuando Iok y Jam se dieron cuenta de que la nave estaba libre y parecía que
regresaba a buscarlos soltaron un gran suspiro de alivio, y ya más
distendidos se quedaron charlando y preguntándose quién y porqué los
había querido atrapar con la red, por qué ese planeta tenía un agujero en el
medio, si podrían volver alguna vez explorar más de cerca, a dónde irían a
reparar la nave rota y sobre todo: por qué Tarr había hecho lo que había
hecho, y después de salvar la nave regresaba a buscar a dos personas que
flotaban en el espacio.
—¿Volverá? —dijo Iok.
—Espero que sí —dijo Jam.
Tarr no dijo nada.
- Fin
- 47
Un muchacho de playa
Se hallaba en la playa un muchacho, comía banana, manzana, pera y
ciruela; bebía agua y jugo de naranja. Estaba construyendo un gran castillo
de arena, con una gran muralla, con sus torres y sus almenas, su puente
levadizo y su foso, y había parado un rato para descansar y reponer sus
fuerzas.
Después paró de vuelta, vino corriendo un niño y se lo destruyó todo:
—¡Uy!, perdón —y se fue corriendo a carcajadas.
—No sirvo de nada —se dijo. El muchacho era un niño todavía. Seguía
mirando al niño que le había tirado su gran castillo a medio hacer. Se acercó
al mar y caminó un poco hacia adentro, hasta que el agua llegaba a sus
rodillas, y se puso a llorar por su castillo destruido y su trabajo perdido. En
eso vio que un pez sacaba su cabecita del agua y después de mirarlo unos
instantes el pez le habló:
—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué llorás tan amargamente?
—Han destruido mi castillo, que tanto me había costado levantar.
—¿Eres un conde? ¿O quizás un rey?
—Soy un muchacho... o un niño...
—Los niños necesitan sus castillos también, como los rey. ¿Necesitas
ayuda?
El niño miró un rato al pez y asintió con la cabeza.
—Espera un momento ya vuelvo.
Y el pez se perdió nuevamente en el mar.
Cuando se repuso de su sorpresa volvió el niño a las ruinas de su castillo, y
mientras pensaba en su extraño encuentro con el pez hablador, comenzó a
reparar las murallas. Pasaron unos minutos y empezaron a salir del mar
algunos cangrejos de distintos tamaños que se acercaron al castillo. El niño
se apartó, porque eran muchos y porque iban directo hacia él, pero cual no
fue su sropresa cuando vio que cada uno de los cangrejos se ponía a
reconstruir el castillo con sus pinzas y sus patitas. Era una imagen increíble:
cien cangrejos, grandes, medianos y pequeños, construyendo un hermoso
castillo de arena. El niño
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fue hacia el castillo y se puso a construir con sus nuevos compañeros,
cuidando de no pisar ni aplastar a ninguno.
El Jefe de los cangrejos le dijo:
—No necesitamos ayuda.
Esta historia representa que si algo se destruye no hay que ponerse a llorar
sino pedir ayuda.
- Fin
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El niño su gato y su gata
En la familia de Lucas los miércoles Lucas se iba a la escuela, el papá
dormía siestas, la mamá cocinaba pan, el gato comía y bebía y la gata
amamantaba a sus bebés.
En cambio los jueves todos se juntaban en el patio de atrás y cantaban
canciones alrededor de un zapallo. Lucas llevaba el zapallo, el papá traía el
banquito, para el zapallo, la mamá traía un instrumento y el gato comía y
bebía. La gata llevaba a sus cachorritos uno a uno a una madriguera que
tenía en el patio para estar más cerca.
Los viernes Lucas se iba a trabajar, el papá cocinaba pan, la mamá dormía
siestas, el gato comía y bebía, y la gata amamantaba a sus bebés.
Pero el sábado, todo cambió. El gato amamantaba a sus bebés, la gata
comía y bebía y Lucas se quedaba en casa leyendo. El papá y la mamá no
estaban. Así que era un sábado cuando Lucas estaba leyendo y por la
ventana se asomó un peque
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ño ser, mezcla de lagarto y duende, que después de obsérvalo un rato se
metió a la casa, se acercó a Lucas y le dijo: -Necesito de tú ayuda. Lucas,
sorprendido, primero se asustó pero después se tranquilizó y le pregunto al
ser qué necesitaba.
—Ooo, no sabés.
—No, no lo sé.
—Necesito tus herramientas y tu ayuda de arreglar mi nave.
—Ooooo, bueno, está bien, pero antes decíme una cosa: ¿tú eres un
marciano?
—Eeee, así es.
Lucas le dijo que lo lleve a la nave para ver qué tenían que arreglar. Cuando
llegaron a donde debería estar la nave había un cubito brillante. Lucas
preguntó:
—¿Dónde está la nave?
—Esa es la nave —dijo el marciano señalando el cubito brillante.
—¿Y cómo vamos a entrar para arreglarla si es tan chiquita?
El marciano tocó el cubo y desapareció. Lucas se quedó un momento
dudando y tocó también el cubo. De pronto estaba en la sala de mandos de
una nave espacial marciana, del tamaño de una pelota de fútbol, pero
cúbica.
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Cuando se repuso de su sorpresa y hubo mirado bien a todas partes de la
nave, Lucas preguntó:
—¿Qué se te rompió?
—Me parece que es esto —dijo el marciano señalando con su cola de
lagartija una palanca roja.
Lucas se adelantó y le dio una patada a la palanca, que se movió. De pronto
las luces de la nave se prendieron y parecía que estaba despegando, que se
elevaba.
Y se fueron al espacio, hasta que la tierra era un puntito brillante.
Lucas se fue quedando dormido y tuvo un sueño muuuy largo. Cuando se
despertó el ser lo movía con la punta de su cola:
—Ya llegamos, gracias. Podes bajar—le dijo, mostrándole un cubo igual al
de antes.
Lucas lo tocó, y al instante estaba en el patio de su casa, solo. Era el
atardecer y hacia él venían el gato y la gata, y parecía como si le sonrieran,
como si fuesen cómplices de la increíble aventura que estaba viviendo.
- Fin
Gracias a Espiral, Amanda, Matías,
Julieta, Sabrina, Marte, Nicolás, Juana, Andrés, Diego, Mercedes, Barby y
Zoé, que ilustraron estos cuentos.
Gracias Juli, en La Plata, que compaginó el libro.
Mayo - junio de 2020
Sanca, Chascomús, Provincia de Buenos Aires, Argentina, América del Sur,
Planeta Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea, Universo.