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LA VOZ
Si lo que decimos es importante, no lo es menos la voz con que lo expresamos.
Es evidente que nadie regala una piedra preciosa o una alhaja valiosa en un estuche de
papel o de cartón, sino que siempre selecciona un estuche que realce el mérito de la
joya. En el caso de la comunicación oral a voz es el estuche, por lo tanto, el orador debe
esmerarse porque esté en concordancia con la categoría de su mensaje. La voz pobre,
chillona, apagada o disonante, empobrece el contenido de su discurso.
No desdeñamos que cada quien trae de nacimiento una voz determinada, que
sólo con muchos trabajos y dedicándose durante años exhaustivamente a ello, podría
modificarla sustancialmente. Sin embargo, para efecto del aprendizaje de la oratoria no
se requiere para la voz un esfuerzo y dedicación tales como si se tratara de dominar el
arte del canto. En principio, basta con atender tres aspectos: fortalecerla, modularla y
educar la pronunciación.
Lo anterior tiene su lógica: para ser efectiva una exposición, en primer lugar el
auditorio debe escucharnos sin necesidad de gritar. Los grandes oradores jamás gritan y
sin embargo se hacen oír, porque ellos conocen y saben aprovechar el secreto de la
resonancia. La resonancia no es un atributo o cualidad de unos, es una cualidad que
todos podemos aprovechar y desarrollar en beneficio personal. Veamos cómo:
La voz se produce mediante las vibraciones de las cuerdas vocales, como
resultado de la fuerza del aire expirado que pasa entre ellas. Una lógica regularización
de la voz, se traduce en una mayor claridad y belleza de timbre, en un tono mesurado, y
en general, en una elocución melodiosa.
Dicho de otro modo:
La voz es un instrumento de viento, no de cuerda. Su fuente de poder es el aire
suministrado por los pulmones, ayudados estos por los músculos del tórax y los
músculos abdominales; el oscilador es la laringe y los resonadores o cajas de resonancia
son: la laringe misma, la faringe, la cavidad bucal y los senos nasales.
Como puede verse, el mecanismo vocal involucra la acción coordinada de
mucho órganos del abdomen, el tórax, la garganta y la cabeza, de manera absolutamente
coordinada y cualquier modificación en uno de ellos modifica todos los demás. De
hecho, virtualmente el cuerpo entero influye en el sonido de la voz, ya sea directa o
indirectamente.
Sin ahondar más en la parte anatómica correspondiente a la zona de las cuerdas
vocales, hemos de insistir en aprovechar nuestros resonadores (TODOS los antes
mencionados) para reforzar el sonido que emitimos.
Interferir en el viaje de la voz, causa una producción impropia del sonido. Si
cortamos la cavidad bucal, permitiendo viaje hacia los senos, tendremos un tono de voz
nasal, que es pesado, delgado y nublado. Si cortamos los senos y permitimos que el tono
de voz se refuerce solamente con la cavidad bucal, produciremos una voz gruesa y
gangosa. En una palabra, ambas voces resultan faltas de resonancia. El sonido o voz,
para que sean correctos deben de salir de la nariz y boca al mismo tiempo, así se tendrá
timbre y plenitud, será placentera y resonante.
DICCIÓN
Ya mencionamos anteriormente que la Ortología es el estudio de la correcta
pronunciación de las palabras conforme a la forma en que están escritas; es decir, la
ortología es a la elocución lo que la ortografía es a la redacción: saber cuándo se
pronuncia “r” y no “rr”, cuándo la “x” se pronuncia como “s” y cuándo como “j”, etc.
Pero no sirve de nada conocer estas reglas si no se emplea una dicción clara a la hora de
pronunciarlas.
La dicción es uno de los pilares en la técnica de la expresión oral, para
dominarla es necesario conocer perfectamente el funcionamiento de los órganos de la
fonación y realizar arduas rutinas de ejercitación de los músculos de la laringe, de la
faringe, de la boca y en particular de la lengua. Así, el orador podrá ajustar la
adaptación neumofonética entre la columna de aire espirado, las cuerdas vocales y las
cavidades de resonancia, realizando adecuadamente los movimientos de apertura, de
oclusión y de cierre que llevan a la formación y correcta pronunciación de las vocales,
de las consonantes, y por ende de las sílabas y las palabras.
Para ayudar a conseguir una mejor dicción se aconsejan ejercicios como los que
se mencionan a continuación, con la indicación de que se practiquen sin - tensiones
musculares, sin tensiones en la lengua y abriendo las ventanas de la nariz para prevenir
la tensión de los labios.
Practicar palabras que comiencen o terminen con “L” o “R”, ejemplos: fatal,
ferrocarril, correr, millar y otras por estilo. Procurando pronunciarlas con la plena
conciencia de sentir la vibración atrás de la nariz y atrás de los dientes superiores. Se
deben practicar primero en un solo tono, dominado éste, realizar el ejercicio en otras
tonalidades.
Una frase conveniente para este tipo de ejercicio es el popular trabalenguas:
“rápido corren los carros cargados de azúcar del ferrocarril”.
Para reforzar los beneficios que se obtienen con este tipo de ejercicio, debe
practicarse también con palabras en las que resalte el sonido de la “N”: canción,
nombre, conocido, cañón, también, manden, honor, y otras similares.
Estos ejercicios, aparentemente sencillos, si son realizados con constancia,
ayudarán grandemente a desarrollar la resonancia de la voz y permitirán que el orador
sea escuchado por toda su audiencia, sin gritar y sin forzar sus cuerdas vocales.
Otra recomendación es tomar clases de canto, y practicar la lectura en voz alta,
corrigiendo los malos hábitos y dando flexibilidad a la voz para adaptarla al sentimiento
que se quiere expresar.
ENTONACIÓN
Para algunas personas, hablar en público es una habilidad innata; sin embargo,
para la gran mayoría es fruto del conocimiento, el trabajo, la depuración de malos
hábitos expresivos y el desarrollo de determinadas habilidades comunicativas. Una de
ellas es saber modular su voz para darle variedad a su discurso y mayor expresividad a
su mensaje.
José Martí decía al respecto: “La variedad debe ser una ley en la enseñanza de
materias áridas. La atención se cansa de fijarse durante largo tiempo en una misma
materia y el oído gusta de que distintos tonos de voz lo sorprendan y lo cautiven en el
curso de la peroración.”
Es muy importante darle a la voz las inflexiones correspondientes al estado de
ánimo que el orador quiera infundir en sus oyentes y según el objetivo de su discurso.
Así como los ademanes y gestos deben ser acordes con cada parte del mensaje, también
debe serlo la entonación de su voz.
Un discurso pronunciado con un tono de voz monótono perderá muy pronto la
atención del público, una vez ocurrido lo cual, el público lo encontrará tedioso y hasta
difícil de soportar.
En cambio, un discurso en el que hay tonos de voz que se elevan en las partes
vehementes o dramáticas; y tonos que, inclusive, bajan, hasta el susurro en las partes
reflexivas o emotivas, mantiene el interés del público y le dejan más grabado el
mensaje.
Hay que procurar siempre hacerse oír por toda la concurrencia presente, así
como matizar los tonos de la voz según lo que sea acorde a lo que se está diciendo.
Debemos recordar que el manejo de los gestos, de los ademanes y de la voz, son los
instrumentos corporales con los que el orador transmite las emociones.
RESPIRACIÓN
La voz requiere de respiración adecuada, ya que simplemente no puede
funcionar sin la exhalación de aire como poder motriz. No olvidemos que el aire es el
que hace vibrar las cuerdas vocales; por lo tanto, el volumen que almacenamos y el
suministro que de él hagamos, nos permitirá exponer expresiones completas con su
adecuada puntuación y claridad, tanto al principio como al final de la misma.
Por otro lado, debemos asentar que la función principal de la respiración es
oxigenar la sangre y que, su utilización como energía aplicada a la emisión de la voz es
una función secundaria; sin embargo, si queremos que nuestros discursos sean eficaces,
debemos adquirir el hábito de una racional forma de respirar, pues aunque parezca
mentira muchos, en realidad, no sabemos respirar.
Respirar indica tomar el aire, pero respirar correctamente, significa tomar la
mayor cantidad posible de él, con ello nuestra salud mejora y presentaremos además una
voz con las modulaciones adecuadas a las emociones que manifestamos en nuestro
mensaje.
En el principiante, la condición mental es por lo general desfavorable, ello
provoca una alteración de su condición física que motiva en ocasiones hasta una pérdida
total de la voz; esto se debe a que la tensión nerviosa precipita bióxido de carbono en la
sangre, hay fuerte generación de adrenalina, disminuyendo con ello el poder de
raciocinio, se suda, se sofoca y hasta se presentan desmayos. Para contrarrestar esta
condición, la receta es simple: además de un control mental personal, hay que acelerar
la oxigenación de la sangre para que nuestro cerebro trabaje con la normalidad debida.
Para una mejor oxigenación y un volumen mayor de aire, hemos de respirar con
propiedad, es decir, diafragmáticamente.
Los pulmones son dos vísceras esponjosas, conteniendo millones de
pequeñísimas cavidades o bolsas de aire. Se localizan en la caja toráxica, limitada al
frente por el esternón, atrás por la columna vertebral, lateralmente por las costillas y en
su parte inferior por el diafragma o músculos diafragmáticos. Esto - nos indica que la
máxima expansión pulmonar ha de ser hacia abajo, pues el músculo de forma convexa,
llamado diafragma se aplasta hacia abajo, permitiéndoles mayor capacidad a estas
vísceras.
El mecanismo es sencillo, expelemos todo el aire y dejamos que nuestros
pulmones, por la presión externa, se llenen, pero con nuestra acción voluntaria
deformemos hacia abajo en su totalidad al músculo diafragmático y expansionemos la
parte inferior y lateral abajo de las últimas costillas.
Si nos acostamos boca arriba y colocamos una mano en la zona donde terminan
las costillas, nos damos cuenta exacta de la forma correcta y olvidada de respirar. Si
hacemos presión con la mano, esta es impulsada hacia arriba en cada aspiración, lo cual
se debe a que el diafragma está trabajando correctamente, cosa que no sucede cuando se
está de pié y se ha perdido el hábito de respirar diafragmáticamente. Esto se debe a que
hemos perdido esta sana costumbre.
Respirando bien, se piensa mejor; disminuye el nerviosismo y se logra la voz
adecuada para agradar a los oyentes.
MODULACIÓN
La modulación de la voz, de las intenciones, del tiempo de exposición, etc.,
forman parte de las técnicas que el orador adquiere y aplica en forma personal. Es decir,
no son técnicas de la Oratoria, sino del orador, pues, son los aspectos particulares que
cada comunicador va aprendiendo con su práctica muy personal.
Conforme el orador va adquiriendo experiencia, va encontrando las mejores
formas que él, en lo individual, tiene para comunicarse mejor, de tal suerte que con la
práctica y la experiencia, el orador puede ir “rompiendo” las reglas e irlas sustituyendo
con sus propias técnicas. Cabe insistir en que el dominio de las reglas es condición
previa para el descubrimiento, aplicación y dominio de las técnicas propias.
Definitivamente, existen personas con dotes innatas; efectivamente, puede haber
elocuencia sin haber estudiado el arte oratorio, como existe y es posible encontrar un
diamante sin pulir. Pero aun los llamados genios de cualquier arte se han tenido que
pulir mediante el estudio de las reglas y preceptos de su arte.
Afirmar que por poseer grandes dotes para la práctica de cierto arte es inútil el
estudio y dominio de las reglas de dicho arte, equivale a decir que teniendo oído
delicado y sensibilidad exquisita para la música, de nada sirve estudiar las reglas de
armonía o composición que rigen la práctica musical.
Baste el ejemplo de uno de los más grandes genios musicales de todos los
tiempos, Wolfgang Amadeus Mozart, quien fue iniciado por su padre en el estudio de
las normas y reglas musicales a la edad de tres años. O el caso de Pablo Picasso, quien
antes de convertirse en el gran innovador del arte pictórico que llegó a ser, desde muy
joven estudió pintura en forma académica, con tal nivel de aprovechamiento que
alcanzó una maestría incomparable en estilos diametralmente opuestos a los que le
dieron fama y fortuna.
De igual manera, el proceso mediante el cual el orador va encontrando su técnica
particular, recogiéndola con paciencia y con constancia en el camino de su experiencia,
es el proceso mediante el cual va encontrando su estilo personal.
EL LENGUAJE CORPORAL
Al respecto del desempeño corporal del orador vale la pena recordar lo que
mencionan Leggett y Velilla, en su libro Persuasión: “La comunicación no verbal
supone un componente esencial en el proceso comunicativo oral. La comunicación no
verbal implica cualquier forma de comunicación que no suponga el uso de las palabras”
(Leggett y Velilla, 2008, p. 148).
Y tampoco podríamos dejar de mencionar lo que dice Mark Knapp acerca del
paralenguaje: “Para decirlo sencillamente, el paralenguaje se refiere a cómo se dice algo
y no a qué se dice” (Knapp, 1991, p. 24).
De hecho, ya mencionamos anteriormente que un orador eficaz deberá conocer y
dominar aspectos de paralenguaje, kinésica y ortología. Y es que cuando el orador toma
la tribuna para exponer un mensaje o desarrollar un discurso, se convierte en el actor
principal, en la figura central o foco de atracción de su auditorio; por ello ha de
desenvolverse en forma tal que quienes lo escuchan, no se sientan defraudados o
decepcionados del resultado de su desenvolvimiento en la tribuna, catalogándosele
como comparsa en vez del actor o primera figura que esperaban ver en él.
El orador es considerado en la tribuna como actor, por lo que debemos acotar
que el actor se vale de gestos, líneas, imágenes, entonaciones, etc., para que su
actuación resulte acorde con el personaje que representa. El orador puede tomar estas
formas mímicas a título accesorio, en medida más restringida y de manera puramente
secundaria, puesto que lo principal en él son las ideas y las palabras con lo que sugiere
las imágenes, sin estar obligado a representarlas plásticamente. Podríamos decir que el
orador, considerado actor en la tribuna, es un personaje que actúa dentro de una mímica
modulada, pero lo suficientemente entrenado para dar más claridad a su idea y al
pensamiento con que la describe. De ahí que debe tener muy claras varias cosas:
Los gestos, que son el soporte de la comunicación, su parte no verbal, pueden
reemplazar completamente lo verbal (Descamps, 1992, p. 167).
Algunos estudios han concluido que las personas que se comunican de forma no
verbal a través de movimientos activos tienden a ser valoradas como cálidas,
agradables, enérgicas y más cercanas... (Leggett & Velilla, 2008, p. 148).
Cuando hacemos discursos o presentaciones, debemos asegurarnos de que el
mensaje que estamos transmitiendo mediante nuestros gestos coincida con el que
realmente deseamos comunicar (Leggett & Velilla, 2008, p. 156).
El orador que toma en cuenta estas consideraciones y actúa acorde con las
circunstancias, indudablemente se destaca.
Una de las más importante enseñanzas de los señalamientos anteriores es que, en
algunas ocasiones, un ademán es más expresivo que muchas palabras.
Hay personas se vician en el ademán corto, del codo a la muñeca y de la muñeca
a los dedos. Estos ademanes pueden ser correctos si corresponden a lo que se quiere
decir; pero, cuando se habla de grandes hechos o de generalidades, es conveniente hacer
el ademán con todo el brazo, desde el hombro hasta la punta de los dedos con armonía y
naturalidad.
Para saber cuándo el ademán corresponde a una palabra y a su significado, se
enlistan a continuación algunas clases de ademanes, que son los que se utilizan con más
frecuencia.
1°.- Al saludar y al finalizar. Al saludar inicialmente y al finalizar el discurso, no
es necesario hacer ademanes; pero, en caso de hacerlos, deberán ser pocos y cortos, con
la mano abierta y los dedos juntos. El primer ademán, y el último, es - más conveniente
hacerlos con una ligera inclinación de cabeza y tronco.
2º.- El ademán de castigo o culpabilidad. Este ademán es frecuente y debe
hacerse cerrando la mano y señalando a un lugar determinado con el índice. Cuando el
orador mencione en un discurso: “he ahí al culpable” o “recibirá su merecido castigo”
puede señalar a un lugar imaginario; pero no debe cometer el error de usar este ademán
con demasiada frecuencia, ni de hacerlo sin dirigir la vista hacia el lugar que se señala
con el dedo. Por lo regular, el principiante y el mal orador reparten dedazos a diestra y
siniestra, sin percatarse de la dirección hacia la que van dirigidos.
Jamás debe señalarse hacia el auditorio y, cuando sea necesario decir: “todos
ustedes”, y se necesite un ademán, deberá hacerse con la mano completamente abierta, y
cubriendo con el ademán todo el auditorio.
3o.- El ademán descriptivo o que indica. Este ademán es el más usual de todos,
pero el orador debe ser muy consciente de este ademán para que siempre corresponda a
lo que quiere indicar o describir. Por ejemplo, imaginemos que dice: “con todo el poder
de mi pensamiento” y, al mismo tiempo, en lugar de llevarse la mano a la frente o a la
cabeza, señala hacia sus pies. No faltará algún chistoso que diga o haga notar que todo
el poder de su pensamiento está en sus pies, como el orador lo indicó con su ademán.
4°.- El ademán que da énfasis o sirve para recalcar una idea. Este ademán sirve
para hacer más reales y notorias las cosas que indican las palabras. 5°.- Los ademanes
sugestivos o que sirven para imitar. Este tipo de ademán siempre es exagerado, porque
la mayoría de las veces sirve para sugerir o imitar la actuación o defecto de otra
persona; sin embargo, se llega a lograr el objetivo si este ademán se efectúa apegándose
a la realidad de lo que se quiere sugerir o de lo que se quiera imitar.
Para concluir este apartado, recordemos lo que destacó Albert Mehrabian en su
libro “Nonverbal Communication”, quien tras estudiar numerosas situaciones de
comunicación, llegó a la conclusión de que el 55% de la comprensión viene de la
expresión del rostro; el 38%, de la forma en que se pronuncian las palabras y sólo un
7%, del sentido de las palabras (Descamps, 1992, p. 168).
LA RELACIÓN EMISOR-RECEPTOR
Antes que nada, el orador debe mostrar seguridad ante el auditorio al que
pretende convencer, liderar o guiar, pues es improbable que alguien quiera seguir a un
líder indeciso y temeroso.
Una de las piezas oratorias que mejor ejemplifican esto es la famosa arenga de
Enrique V a sus soldados como preámbulo a la histórica batalla de Agincourt, el 25 de
octubre de 1415, cuando un ejército inglés de menos de seis mil hombres se enfrentó a
más de 36 franceses, derrotándolos en su propia tierra. Sin entrar en detalles de logística
militar, esta gesta, inmortalizada por Shakespeare en 1599, es considerada gloriosa por
el valor y capacidad guerrera de los ingleses, pero sobre todo, porque se considera que
el motor y fuerza que los llevó al triunfo fueron las palabras de Enrique.
El rey, lejos de demostrar miedo en una de las situaciones de mayor peligro,
daba la impresión de que se sentía seguro en todo momento y esto lo legitimaba como
líder e inspiraba valor y energía a su ejército para afrontar la más dura prueba.
Seguramente hubo momentos en los que Enrique realmente sintiera miedo,
puesto que el valor no consiste en la ausencia del miedo, tan natural y humano, sino en
su control y dominio, pero gracias a las palabras que pronunció aquel día de San Crispín
se le considera un líder indoblegable como Churchill, el más grande británico, y desde
luego Wellington, el vencedor de Napoleón.
Así pues, al igual que el Rey Enrique V, el orador, como director de grupos, no
puede dar la impresión de inseguridad, pues esto debilita en grado sumo su imagen de
líder.
Y esa impresión de seguridad puede notarse desde el primer momento.
Es conocida la idea que dice que la primera impresión es la que cuenta, y que no
hay una segunda oportunidad de causar una buena primera impresión.
Quizá esto no sea tan estricto ni tan definitivo, pero debemos reconocer que
tiene mucho de verdad. A veces, la primera impresión puede revertirse, pero de una
manera mucho más difícil que aquella con la que se formó originalmente. Por esto es
muy importante que el orador cause una primera impresión de seguridad en lo que va a
hacer y decir.
Independientemente de los aspectos del vestido decoroso y de los buenos
modales, así como del léxico adecuado, esa primera impresión debe centrarse en la
actitud que el público perciba que asume el orador.
¿Cómo se justifica que un grupo de personas, grande o pequeño, le otorguen su
atención a otra persona?
Se ha dicho que la primera función de un líder es resolver problemas.
Ésta es la justificación de que uno hable y muchos escuchen: se espera del que
habla que aporte la solución a un problema, de la índole que éste sea.
El orador debe presentarse al público con una actitud de decisión y
determinación, proyectando dominio de sí mismo y del escenario en el que está, sin
titubeos, dando la impresión que sabe por dónde es el camino.
Desde luego, cuando uno se para al frente y propone la solución de un problema,
es porque está convencido de que ésa es la solución. Tiene la convicción de que el
camino que le está señalando al grupo, es el adecuado. Pero esto no basta. Además de
tener la convicción, debe demostrar de inmediato que la tiene, para inspirar confianza en
el auditorio y lograr su objetivo de que lo sigan en su planteamiento.
Lo más interesante de todo esto es que la primera impresión que causa el orador,
sea de seguridad o de inseguridad, la causa generalmente no con las primeras palabras
con las que empieza su mensaje, sino antes de comenzar a hablar.
Muchas veces, antes de que el orador pronuncie la primera palabra, ya está
consumada la primera impresión. El público comienza a calificar al orador y a formarse
una imagen de él, desde el momento mismo en que es individualizado, es decir, desde
que se le señala para que hable, o desde que él mismo pide la palabra: ¿Cómo se puso
de pie? ¿Lo hizo ágilmente o de manera titubeante y temerosa? Si él pidió la palabra,
¿levantó la mano con decisión y por todo lo alto, o tímidamente? ¿Cómo estaba
sentado? Su cabeza, ¿estaba erguida o cabizbaja? Cuándo se dirigía al estrado o
escenario, ¿Cómo caminó? ¿Con paso firme y decidido o arrastrando los pies con el
ánimo vacilante de quien va al cadalso? Cuándo se colocó frente al público, ¿Qué nos
dicen las posturas de sus manos? ¿Se sujetan la una a la otra? ¿Están atrás o adelante?
¿Qué nos dicen la postura de su cabeza, la de sus piernas? Su mirada ¿Es directa o
esquiva?
Es muy probable que el público no haya escuchado nunca nada acerca del
lenguaje corporal, pero como se trata de un lenguaje instintivo y, en muchos aspectos,
de carácter universal, el público, consciente o inconscientemente, interpretará todos los
gestos, ademanes y posturas del orador, tan pronto como éste sea identificado en su
asiento como el que hará uso de la palabra.
Por otra parte, cabe destacar que, no obstante que el orador cultive la seguridad
en sí mismo, por regla general debe ser modesto en su actitud, huyendo de toda pose y
circunstancia de las que puedan colegirse que tiene grandes pretensiones así como un
desproporcionado concepto de su mérito propio. Nada le daña tanto al orador como
esto; más fácilmente se le toleran y perdonan los defectos mayores, que la vanidad y la
presunción, aún cuando vayan acompañadas por el saber y por la elocuencia.
Finalmente es importante señalar que la valentía que tan indispensable y
necesaria es para el orador y que se refleja en una actitud segura e impactante, debe ser
atemperada por otra virtud que es la templanza, la cual consiste en dominar firmemente,
con la razón, los arrebatos del ánimo.
LA IMPROVISACIÓN
Aquel que se precia de ser orador debe documentarse para su efectiva
preparación y debe practicar antes de exponer; sin embargo se debe considerar que
existen ocasiones en que el orador, obligado por las circunstancias tiene que tomar la
palabra, sin previa preparación, es decir tiene que improvisar.
Improvisar, según el Diccionario de la Real Academia, significa: “Hacer alguna
cosa de pronto y sin preparación”; por lo tanto, en la comunicación oral, ha significado:
“hablar sin preparación”.
En el campo de la oratoria no debería existir el término improvisación, puesto
que toda persona que habla de algo, es porque está preparada para hacerlo. Pero, de
todos modos, improvisar no es recomendable porque el discurso resulta, por regla
general, deslucido y falto de brillantez, o cuando menos falto de unidad.
Si una persona, por su gran cultura, tiene facilidad para hacer improvisaciones y
puede hacerlo bien, es seguro que, si se prepara anticipadamente, su actuación será
superior. Sin embargo, en muchas ocasiones las circunstancias obligan a las personas a
improvisar; por ello mencionaremos algunos lineamientos o recursos que pueden servir
para vencer esta circunstancia adversa para cualquier orador.
Estos lineamientos son recomendaciones que le servirán al orador en forma
efectiva para salvar la enorme dificultad que entraña la improvisación. Están dictadas
por la experiencia, pero pueden ser variadas, adaptadas e incrementadas por medio de la
experiencia personal, o crear una fórmula propia.
Primera Recomendación.- Si el orador va a asistir a una junta, reunión, fiesta,
banquete o conferencia, debe pensar en las posibilidades que existen de que se le invite
a tomar la palabra; de este modo tendrá tiempo para prepararse y cuando le toque su
turno no será una sorpresa y, seguramente, su éxito será rotundo. Esta recomendación es
en realidad el recurso clave para estas ocasiones, puesto que, a más de dejar la
magnífica impresión con el discurso que se supone improvisado, se capta uno la
simpatía de la concurrencia, misma que hablará muy favorablemente de su gran
habilidad y cultura.
Segunda Recomendación.- Si el orador olvidó el recurso anterior y asiste como
invitado a un evento social, y se le pide diga algunas palabras relacionadas con el
suceso; no debe negarse, pues corre el riesgo de que la insistencia de la concurrencia se
torne burlesca y al final tenga que tomar la palabra. En esta situación el público le será
adverso ya que si la improvisación resulta buena, pensarían que el orador es pedante o
presumido y que ya estaba preparado; y si resulta mala, les dio la oportunidad de
confirmar la actitud burlesca con que le insistieron para que hable.
Tercera Recomendación.- Supongamos que el evento social en el que tiene que
hablar improvisadamente el orador, se refiere a la inauguración de una residencia. La
actitud a seguir es la siguiente: Un ordenamiento mental de una serie de preguntas
relativas al evento, tales como:
a).- ¿Cuánto tiempo hace que conozco a los dueños?
b).- ¿Cuál ha sido su desenvolvimiento económico?
c).- ¿Qué fue necesario para lograrlo?
d).- ¿Cuáles fueron los motivos sentimentales y románticos que les sirvieron de
estímulo?
e).- ¿Quiénes participan directamente de este bienestar?
f).- ¿Cómo los amigos se sienten partícipes de esta satisfacción?
Hecho esto, deberá preparar un principio de acuerdo con los esquemas que
mencionaremos más adelante. Principio que puede fundarse en la siguiente verdad: La
casa propia consolida la estabilidad familiar y permite una proyección más sólida en
cuanto a la Paz y la Felicidad de todo hogar.
Debe concluirse la exposición con alguna forma que combine con el principio o,
simplemente, basta terminar felicitando con sinceridad a los anfitriones.
Cuarta Recomendación.- Cada ocasión obliga a un temario distinto, que ha de
formularse el mismo orador. De este temario y la condición mental que demuestre, se
desprenderá el resultado de su actuación.
Quinta Recomendación.- Para salir airoso de cualquier situación futura, por más
comprometida que sea, es necesario practicar y adquirir, aunque lentamente, una
adecuada cultura a través de la lectura de buenos libros, magazines, revistas, etc. Para
hacer comienzos interesantes y finales de favorable impresión, debemos acostumbrarnos
a memorizar ordenadamente frases y pensamientos que encontremos en el trayecto de
nuestra búsqueda relativa. El orador debe organizar todo tipo de frases que a modo de
comienzos, puedan adaptarse mediante modificaciones sencillas a diversas situaciones.
Sexta Recomendación.- Para adquirir habilidad o destreza en la organización de
improvisaciones cortas (tres minutos), el orador puede escribir en pequeños pedazos de
papel los títulos de diversos temas, doblarlos y escoger uno al azar. Cualquiera que le
toque, deberá tratar de organizarlo mentalmente en tres minutos, y luego decirlo en voz
alta. Este ejercicio es más efectivo reuniéndose con amigos y practicando en grupo. Si
cada uno habla sobre el tema elegido al azar, los demás adquirirán nuevos
conocimientos, ya que las ideas, vocabulario y formas de desarrollar el tema, pueden
resultar distintos. De este ejercicio en grupo, cuando se selecciona el mismo tema, quien
realmente muestra interés, podrá obtener resultados verdaderamente positivos, pues no
debe conformarse con preparar el tema y decirlo, debe también pensar en lo que dicen
los demás, en la forma en que ellos organizaron, como lo ejecutaron y al mismo tiempo,
como podrían mejorar lo que dijeron los integrantes del grupo.
Aquél orador que ponga en práctica estas recomendaciones en poco tiempo
descubrirá que el poder de su imaginación personal no tendrá límites, su agilidad mental
aumentará y, lógicamente, por el deseo personal de investigación y por la preocupación,
por lo que otros dicen, su vocabulario será enriquecido.
Si en la primera oportunidad que se presente, el orador improvisa y fracasa, no
debe preocuparse, sino que esto le sirva de experiencia y demostración de que siempre
que hable frente a un auditorio, debe tener preparación previa. Y si en esa misma
oportunidad, su éxito no se hace esperar, no debe confiarse, más bien debe pensar que
intervino la suerte y que le tocó un tema que sabía, y que si ese mismo tema hubiera
sido preparado, las proporciones de su éxito habrían sido mayores.
Las improvisaciones totales no existen, lo que sucede es que existen oradores
con habilidad, práctica, experiencia y capacidad para tratar cualquier tema en el
momento deseado. Mientras que uno no es poseedor de esas facultades, es necesario
preocuparse por preparar lo que va a decir. Si en alguna ocasión escuchó alguna persona
que, no reuniendo las facultades mencionadas, aparentemente improvisó
satisfactoriamente, debe estar seguro de que esa persona ya sabía que tendría que hablar
y que se preparó con anterioridad.
EL SALUDO INICIAL
Salvo en el caso particular de una Oración Fúnebre, el orador, antes de
pronunciar alguna palabra del contenido de su discurso, debe cumplir con las reglas
básicas que exige la cortesía; es decir, debe comenzar por dar las gracias a la persona
que lo presentó, e inmediatamente después, hacer la salutación en concordancia con la
jerarquía de los que integran el auditorio. Veamos varios ejemplos:
En nuestra Institución.- Señores Profesores, Señores Consejeros, Damas y
Caballeros (o bien compañeros). Si hubiere algún invitado de Honor, deberá ser para él
el primer saludo.
En un banquete.- En primer lugar, se debe saludar al festejado o a la persona que
ofrece el ágape. Si existe algún invitado de Honor, se le saludará en primer lugar y
después a los invitados en general.
En una Junta de Ejecutivos.- En primer lugar, al Presidente o la persona que
asista en su representación. Los saludos posteriores estarán en relación con la jerarquía
de los que integran dicha junta. En una casa particular.- A los dueños de la misma
corresponde el saludo primero.
En un banquete de boda.- A los padres de los contrayentes, a los invitados en
general y por último a los desposados, si queremos que nuestros últimos pensamientos
sean para ellos.
Esto debe de tomarse como una norma, porque la conducta inicial habla de una
educación refinada y una gran experiencia en el Arte de de la expresión oral, es decir, en
el Arte de hablar en público.
Poner ejemplos de discursos que tuvieron éxito porque se iniciaron con la
salutación correcta no nos servirá para ilustrar la importancia de lo que buscamos; en
cambio, el ejemplo de la triste experiencia de un saludo equivocado, nos enseñaría
mucho más de la reacción desfavorable de nuestro auditorio.
BIBLIOGRAFÍA
BERISTÁIN, Helena. Diccionario de Retórica y Poética. México: Editorial Porrúa, 1997, 520 pp.
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