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Cacería Mortal en el Cerro

Cuento corto. La bestia

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La bestia

La perseguimos hasta el pico menos alto del cerro, es decir, la conducimos. Carlo iba delante, siempre más

ágil, más fuerte, más cazador que yo. En la forma más deleznable de admitirlo yo solo lo aventajaba

sospechosamente en el ajedrez, el modo que él mismo había elegido para calmar nuestros ratos. La bestia

nos impuso distancia, era más atlética que Carlo, pero Carlo lo sabía, por eso la dejó ir y la cercó entre

nuestros rifles y los acantilados, no menos mortales. Llevábamos un perro que nos ayudó con su oficio, con

su olfato y con su instinto, y fue tan perseverante en seguir a la bestia como nosotros; pareciera que el

animal adivinaba en nuestros espíritus el motivo que nos movía.

Llevábamos cuatro horas de cacería, los penúltimos rayos de sol se ocultaban tras el pico mayor del cerro y

el frío y la oscuridad empezaban a jugar a favor de aquel que huía. El perro sin embargo, estaba más

decidido aun, la cercanía de la bestia enardecía su olfato; y con la única distracción de Carlo se soltó y

corrió por su presa. Carlo enseguida supo que lo habíamos perdido; solo en esas circunstancias el débil

cuerpo del hombre tiene supremacía sobre el del animal, porque éste carece eso que al hombre lo potencia y

lo hace infinitamente perspicaz, su miedo a la muerte. Encontramos el cuerpo del animal, la luna nos mostró

un rojo bermellón en su boca y esto me dio ánimo sabiendo un oponente debilitado. El propio Carlo le dio

un sepulcro justo al perro y dictó unas palabras que me emocionaron pero que no puedo, o aquí desde el

éter, que no debo recordar. Ya sin la guía del perro, encendimos nuestros reflectores y dimos comienzo al

final de nuestra cacería.

Las pistas de sangre figuraban botones de terciopelo rojo en el cerro ya desértico; la vegetación con su alma

perruna nos cubría las espaldas. Usábamos los reflectores en abanico, cortando en caso cualquier figura que

se moviese para intercambiar rayos de luz por balas de rifle. La bestia estaba cercada y se sabía cercada, y

soltaba por ello algún gemido para amedrentarnos, o para arengarse, o en última instancia para justificarse.

Para ella los acantilados no eran un final compatible, sí para aquel que tiene el don del suicida; ni tampoco

la de enfrentarnos en el campo descubierto a lo guerrero oriental. Su persecución había intensificado su odio

y al final de cuentas, vencida por vencida, solo quería lastimarnos o en un golpe de suerte matarnos.

Cuando la vimos daba su espalda al vacío. De inmediato nos mostró la extensión metálica en una de sus

garras. Carlo eligió el lado izquierdo del ataque, yo adopté el derecho. Los gemidos de la bestia se hicieron

más continuos y de raíz mas endebles. Apoyamos nuestros reflectores en el piso de modo que su luz nos
alerte de sus intenciones -de las malas- y de sus dudas. Nuestro respeto a las armas permitió que el momento

sea eterno. Gracias a Dios nunca, quizás por su insensata demencia, la bestia entendió que la víspera de su

ataque no debía obedecer una espera que lo debilitara más aun. De todas formas nuestros rifles y su puñal se

odiaban más que sus dueños, y el final no se hizo esperar.

La bestia movía su cabeza de un lado a otro, como abarcando mas espectadores que los presentes. Carlo

adelantó dos pasos sin advertirme -yo lo desaprobé en silencio-, entonces la bestia se abalanzó sobre él y

desvió su rifle produciendo un estallido al aire, cuando al mismo tiempo hundía su puñal en Carlo dejándolo

inmóvil. Y así quedé yo, también en un terror inmóvil, con el caño de mi rifle alineando la cabeza de la

bestia con mi ojo izquierdo. Estuve un minuto, o diez, con mi pie tratando de enfocar el reflector en la

bestia para evitar que un tiro impreciso me causara la muerte. Cuando la luz alcanzó el perfil izquierdo de su

cabeza pude ver su cara desgarrada por la furia del perro. La bestia ahora mitad ciega no podía verme.

Apagué el reflector y comencé a acercarme desde su sombra para lograr una distancia que asegure un

disparo mortal. A la vez que mis pasos se repetían la concatenación reveladora fue casi inevitable; supe que

Carlo había soltado el perro para degradar nuestra búsqueda; supe que él antepondría su instinto de cazador

y su deber, pero que a su vez permitiría una traición colateral a sus pericias; supe que Carlo optó para atacar

a la bestia por el flanco izquierdo -sabiéndola ciega del ojo izquierdo-; supe que lo hizo porque de ese modo

la bestia tenía mas chances de matarme a mí que enfrentarlo a él en la tiniebla; supe que sus dos pasos

imprudentes habían sido en sí dos pasos imprudentes. Ya a una distancia sensata cargué el arma y enfrenté

mi destino. La bestia lo intuyó y giro su cabeza para verme con su ojo vivo. Un disparo sonó en el ámbito,

no el mío sino el de Carlo, y la bala entró en mi frente como un golpe de cachiporra. Luego otro disparo y la

bestia cayó muerta.

Con los vestigios de sangre supe mis últimas cosas; supe que Carlo tomó mi vida porque era la vida de

cazador que un don nadie como yo le debía; supe que solo la bestia, Carlo –su padre-, mi hija, y yo,

sabíamos de la atrocidad; supe que Carlo en su agonía iría por la vida de mi hija, y luego por la suya; supe

que se extinguirían los rastros de la violación excepto en los ojos de Dios; supe que de ser necesario Carlo

iría por Dios porque en el ajedrez de su vida a todas las piezas les había asignado poder de peón; supe que el

amor de un padre a un hijo es incondicional, pero el del hijo al padre está adoctrinado por la supervivencia.

Khaleb .

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