Wexford en China: Misterio y Crimen
Wexford en China: Misterio y Crimen
www.lectulandia.com - Página 2
Ruth Rendell
Un cuento chino
Inspector Wexford - 12
ePub r1.0
Titivillus 15.05.15
www.lectulandia.com - Página 3
Título original: The Speaker of Mandarin
Ruth Rendell, 1983
Traducción: Margarita Cavandoli
www.lectulandia.com - Página 4
Para Don
www.lectulandia.com - Página 5
Nota de la Autora
Para la transcripción de palabras y nombres propios chinos he utilizado los
sistemas Wade-Giles y Pinyin. Aunque el Pinyin es el sistema que la
República Popular sustenta oficialmente, el Wade-Giles —desarrollado en el
siglo diecinueve— sigue siendo más familiar para los lectores occidentales.
Por consiguiente, he empleado cada sistema según me pareció más
adecuado y aceptable: por ejemplo, el moderno Pinyin para Lu Xing She, el
Servicio chino de viajes internacionales, pero Ching en lugar de Xing para
nombrar la última dinastía imperial; también he preferido Mao Tse-tung a Mao
Zedong, como señala el Pinyin.
www.lectulandia.com - Página 6
Primera Parte
www.lectulandia.com - Página 7
1
Rodeado de cristal, el cuerpo perfectamente conservado de la mujer a la que llaman
marquesa de Tai yacía algunos metros por debajo de ellos, en el nivel inferior. A su
muerte, acaecida hacía algo más de dos milenios, rondaba la cincuentena. Un vestido
recto, de color blanco, cubría desde el cuello hasta los muslos su delgado cuerpo de
treinta y cuatro kilos. Sus piernas eran de un blanco rosáceo semejante al de los peces
y estaban cubiertas de estrías; en virtud de una fractura tratada, su brazo derecho era
bastante más corto que el izquierdo. Su rostro estaba pálido, abotargado, con el
caballete de la nariz hundido, la boca abierta y la lengua fuera; todo el rostro estaba
enmarcado en una expresión de profunda agonía, como si hubiera muerto
estrangulada.
Sin embargo, no era ésa la situación. Según el folleto del museo y el señor Sung,
la marquesa había padecido tuberculosis y algún problema de vesícula biliar. Poco
antes de expirar a causa de un ataque cardíaco, había consumido ciento veinte
semillas de sandía.
—Ya sabe, ella tiene infalto de miocaldio —dijo el señor Sung, citando el folleto
de memoria, como tenía por costumbre—. Muy enfelma, ya sabe, mal colazón, mala
entlaña. En malcha.
Se desplazaron para mirar por un segundo resquicio los órganos internos y la
duramadre de la marquesa, conservados en frascos con formol. El señor Sung miró
inquisitivamente la cara de su compañero, quizá con la esperanza de descubrir
indicios de náusea o desaliento. Pero la expresión del otro era tan inescrutable como
la propia. El señor Sung suspiró.
—En malcha.
—Le agradecería que dejara de utilizar esa expresión —pidió Wexford de mal
talante—. Si me permite una sugerencia, debería decir «¿Nos vamos?» o «¿Está
listo?».
—Le pelmito la sugelencia. Muchas glacias —replicó el señor Sung seriamente
—. Estoy deseoso de hablal bien. ¿Nos vamos? ¿Está listo?
—Sí, por supuesto.
—Pol favol, no conteste. Así plactico. ¿Nos vamos? ¿Está listo? Bueno, lo he
entendido. Venga, en malcha. ¿Está listo pala tlasladalse al emplazamiento?
Lespóndame, pol favol.
Subieron al taxi. Entre el aire acondicionado del edificio y el del coche, la
temperatura parecía el punto medio de un horno encendido para cocinar lentamente
una cazuela. El taxista los llevó por la ciudad hasta la excavación donde los
arqueólogos habían encontrado los cadáveres de la marquesa, su marido y su hijo,
figuras de barro de criados, provisiones y artefactos para que los acompañaran en su
viaje al más allá. Los demás cuerpos eran esqueletos con las vestimentas
desintegradas. Sólo la marquesa —horrible, grotesca y mirando fijamente con sus
www.lectulandia.com - Página 8
ojos vacíos y ciegos— conservaba las cerosas facciones de la vida, envuelta en su
túnica pintada y en sus veinte capas de prendas de seda.
Wexford y el señor Sung contemplaron el enorme y profundo pozo mortuorio
rectangular a través del enrejado de madera y el señor Sung citó casi de memoria un
considerable fragmento de la Guía Fodor de la República Popular China. Tenía
buena retentiva y, en virtud de la incapacidad de Wexford para descifrar ideogramas,
creía que éste tampoco sabía leer en su propia lengua. Incluso citaba de la Guía
Fodor de Wexford, que la noche anterior había pedido prestada con suma torpeza.
Wexford no le hizo caso. Habría hecho cualquier cosa con tal de quitarse de encima al
señor Sung, con su cara de niñato, sus mejillas sonrosadas y sus ojos rasgados. En
cualquier otro país de la tierra un soborno equivalente a su salario mensual —lo que
aquí habría estado fácilmente al alcance de Wexford— lo habría librado para siempre
del guía-intérprete. Pero no en China, donde hasta la propina estaba prohibida. El
señor Sung era incorruptible. A pesar de su juventud, ya era miembro del partido. Un
aura de fanatismo brotaba de sus ojos y sus músculos fofos se tensaban cada vez que
mencionaba los estadistas que había dado su provincia natal de Hunan, Mao Tse-tung
incluido. Por momentos Wexford sospechaba que llegaría el día, quizá dentro de
veinte años, en que, si aún vivía, abriría el Times y se enteraría de que el nuevo
presidente del Partido Comunista Chino era un tal Sung Lao Zhong, de cuarenta y
siete años, oriundo de Changsha. Era harto probable. El señor Sung llegó al final del
párrafo memorizado y lamentó la llamada del deber, pero se negó a escurrir el bulto.
—Colecto —dijo—. ¿Nos vamos? Ahola visitamos fáblica de polcelana y antes
de comida de la noche el colegio de folmación del plofesolado.
—No, no nos vamos —se rebeló Wexford.
Un mosquito picó a Wexford exactamente encima del hueso del tobillo. El calor
era agobiante. Al igual que la cazuela imaginada, se estaba cocinando lentamente
mientras un sudor viscoso parecido a una salsa goteaba pegajoso por su cuerpo. Se
debía tanto a la humedad como a los treinta y siete grados.
—No, no nos vamos. Volvemos al hotel para darnos una ducha y dormir la siesta.
—No habla otlo holalio pala visital la fáblica de polcelana.
—¿Qué se le va a hacer?
—Es muy impoltante visitai el centlo de estudios al que fue el plesidente Mao.
—Hoy no podrá ser —concluyó Wexford.
La gélida atmósfera del coche desencadenó, más que un hilillo, una efusión de
sudor. Wexford se secó la cara.
—De acueldo, espelo que no lo lamente —replicó el señor Sung y la indignación,
tanto como cualquier otra emoción, provocó una gran confusión en la pronunciación
de las consonantes—. Temo que se alepentilá.
La voz del guía tenía un ligero matiz amenazador. Si hubiera mucha más rebelión
por parte de este visitante obstinado, pensó Wexford, el señor Sung insistiría en que
esas omisiones no eran posibles. Si Lu Xing She —la Oficina China de Turismo—,
www.lectulandia.com - Página 9
cuyo vicario en la tierra era, por así decirlo, el señor Sung, exigía que Wexford
visitara fábricas, parvularios, centros de enseñanza y refinerías de petróleo, recorrería
dichas instituciones y no se hable más del asunto.
El señor Sung giró la cabeza y miró por la ventanilla. Su rostro nunca expresaba
nada, salvo una implacable afabilidad. Su coronilla llegaba aproximadamente al
hombro de Wexford, si bien no era excesivamente bajo tratándose de un chino del sur.
Vestía camisa de algodón blanca como la nieve, pantalón de algodón holgado y de
color oliva, y sandalias de plástico moldeado color castaño. Le había contado a
Wexford que su padre era cuadro del partido y su madre médica, lo mismo que su
hermana y su esposa. Todos convivían en un apartamento de dos habitaciones en una
de las manzanas urbanas semejantes a barracones grises, junto con Tsu Ken, hijo del
señor Sung.
Tocando el claxon a los peatones y a los ciclistas que en sus bicis trasladaban
cualquier cosa, desde un par de cochinillos vivos y regordetes más una gallina hasta
un juego de muebles, el taxi se abrió paso por las monótonas calles y llegó al Hotel
Xiangjiang. En Changsha quedaban muy pocos edificios anteriores a la revolución de
1949, sólo la casa del general del Kuomintang, contigua al hotel con sus techos
verdes y sinuosos, y una destartalada iglesia europea de estuco gris de cuyo origen
nadie tenía la menor idea. El señor Sung se apeó del taxi y acompañó a Wexford
hasta el vestíbulo. Se dieron la mano. Un comportamiento más relajado no habría
satisfecho su sentido del deber. Wexford no pudo hacer nada más para evitar que el
guía lo acompañara hasta el octavo piso en el ascensor. El señor Sung le pidió por
favor que a las siete estuviera listo para asistir al pase al aire libre de una película
sobre la historia de la revolución.
—Nada de eso, muchas gracias —dijo Wexford—. Hay demasiados mosquitos.
—Supongo que todos los vielnes toma la pastilla contla el paludismo.
—De todas maneras, no me gusta que me piquen. —Wexford tenía la sensación
de que se había duplicado el tamaño del hueso de su tobillo—. Extrañamente… —en
un enorme espejo vio reflejada su cara bañada en sudor, quemada por el sol y que no
alcanzaba a ser mínimamente apuesta— …soy muy atractivo para el anofeles, pero
debo aclarar que no es una pasión correspondida. —El señor Sung lo miró sin
comprender, pero con incombustible amabilidad—. No pienso sentarme al aire libre e
invitar a los mosquitos a que me vampiricen.
—Entiendo. Colecto. Vaya al cine del hotel y vea La chica de Shanghai y a
Charlie Chaplin en El gran dictador. La plimela es una buenísima película china
sobre los oblelos de la constlucción. Me sentalé a su lado pala que no se pielda la
histolia.
—¿No preferiría irse a casa y estar con su esposa y su hijo pequeño?
El señor Sung exhibió una enigmática sonrisa y volvió a estrechar la mano de
Wexford.
—Cumplo con mi tlabajo, ¿colecto?
www.lectulandia.com - Página 10
Wexford se tendió en la cama rígida cubierta por una delgada colcha. Por algún
motivo inexplicable, la sábana de abajo era un mantel de cuadros azules y blancos.
Del acondicionador japonés manaban bocanadas irregulares de aire frío, mientras al
otro lado de la ventana la casa del general y los techos de tejas marrones de Changsha
se cocían bajo el calor húmedo y crepitante. Con el agua contenida en el termo que
era una de las cosas agradables de su habitación, Wexford se había preparado un
cuarto litro de té verde en una taza con tapa, pintada de color flor de cerezo. Aquí te
obligaban a cenar a las seis (se desayunaba a las siete y, aunque parezca absurdo, se
almorzaba a las once y media), pero aún faltaba una hora y media. Era incapaz de
tragar la limonada, el refresco de fresa y la gaseosa de casia que esperaban que
bebieras a toda hora para prevenir la deshidratación. Wexford bebía constantemente
té verde, se lo preparaba personalmente y lo hacía cargado, o por un fen —
aproximadamente un tercio de penique— compraba un vaso en cualquier puesto
callejero.
Dormitó después de la segunda taza de té, pero llegó la hora de ducharse y de
ponerse una camisa limpia para cenar. Más tarde le escribiría a su esposa, ahora no
tenía tiempo. Hong Kong, donde ella se hospedaba mientras lo esperaba, le pareció
infinitamente lejana. Bajó al comedor, donde cenaría solo en una mesa, con su
ventilador personal, discretamente escondido del otro y único grupo de extranjeros,
unos italianos que ocupaban la ancha mesa redonda al otro lado del biombo de
bambú. Tomó asiento y pidió una cerveza a la camarera.
Aparecieron los italianos y lo saludaron. La muchacha encendió el ventilador,
abrió el biombo y sirvió la cena a Wexford. Esa noche había pollo y brotes de bambú
con salsa de jengibre, cacahuetes fritos en aceite, espinaca casi cruda de vivo color
verde, calabaza frita y pescado frito. Al ponerse en camino con su sobrino Howard y
con los demás agentes de policía de graduación muy superior a la suya, Wexford
había incluido en su maleta cuchara y tenedor porque temía que el Hotel Pekín no
dispusiera de cubertería occidental. ¡Qué ingenuo había sido! El Hotel Pekín era una
especie de Ritz austero con acondicionador de aire ártico, un enorme centro
comercial y cortinas que se abrían y cerraban mediante un dispositivo eléctrico. Por
algún motivo, ninguno se preocupó de los cubiertos y desde el principio comieron
como los chinos; Wexford ya era tan hábil con los palillos como cualquier dignatario
de la Ciudad Prohibida. Descubrió que se había vuelto tan diestro que hasta podía
coger con los palillos un resbaladizo cacahuete cubierto de aceite. La camarera le
sirvió un cuenco de arroz y la enorme botella verde de cerveza Tsing-tao.
Experimentó una profunda sensación de bienestar en cuanto empezó a comer.
Después de dos semanas, aún le costaba trabajo creer que él, Reg Wexford, policía
rural, estaba en Tartaria, en China, que había caminado por la Gran Muralla, pisado la
Barca de Piedra del Palacio de Verano, tocado las columnas escarlatas del Templo del
Cielo y que ahora estaba de excursión por el sur, viendo tantas maravillas y
experimentando tantas delicias como permitía Lu Xing She.
www.lectulandia.com - Página 11
Cuando Howard Fortune —inspector jefe de Scotland Yard e hijo de la difunta
hermana de Wexford— comunicó durante una reunión familiar que se iba a China en
el verano de 1980, su tío experimentó un sentimiento que no solía carcomerlo: sintió
envidia. Claro que Howard pasaría muchas horas en torno a la mesa de reuniones. El
departamento del gobierno chino que lo había invitado quería asesoramiento sobre
detección y prevención del delito y, sin duda, sus anfitriones se entregarían a uno de
los pasatiempos favoritos de los comunistas: mostrar instituciones nacionales… en
este caso, probablemente, comisarías, tribunales y cárceles. De todas maneras,
Howard y su equipo tendrían tiempo libre para visitar los palacios imperiales, la
Colina del Carbón y el Puente Marco Polo. Toda su vida Wexford había soñado con
recorrer la Ciudad Prohibida y estaba prácticamente convencido de que jamás lo
conseguiría. No dijo nada, animó a Howard y le aconsejó, como todos, que no se
olvidara de comprar jade y seda y de traerse como recuerdo un trocito de la Gran
Muralla.
Una semana después, Howard telefoneó para comunicar que tenía que trasladarse
a Brighton y que, al regreso, visitaría a su tío en Kingsmarkham. Se presentó el
sábado alrededor de las seis de la tarde. Era un hombre cadavérico y gigantesco que,
pese a gozar de una excelente salud, siempre había parecido veinte años mayor. Sus
suegros vivían en Hong Kong. Después del viaje por China, se reuniría con su esposa
en Hong Kong. ¿Qué opinaba su tía Dora de pasar dos o tres semanas con Denise en
esa ciudad?
—¿Reg también? —se había apresurado a preguntar Dora.
Estaba acostumbrada a que su marido la dejara sola largas horas, incluso días.
Pero ella jamás se marcharía y lo dejaría por propia elección.
—Imposible —respondió Howard y meneó la cabeza—. Estará ocupado en otra
parte.
Wexford pensó que Howard se refería a Kingsmarkham. Miró cejijunto a su
sobrino.
—Lo necesitaré en Pekín —añadió Howard.
Reinó el silencio. Wexford preguntó:
—Howard, ¿estás hablando en serio?
—Por descontado que hablo en serio. Tengo carte blanche para seleccionar a los
integrantes de mi equipo y te elijo porque no hay duda de que eres el mejor experto
en previsión. Te lo aviso con mucha antelación para que solicites el visado. Los
visados colectivos son un incordio si quieres deambular en solitario por China, como
estoy seguro será de tu interés.
Era eso lo que hacía mientras Howard, aficionado a las antigüedades, merodeaba
los pabellones de techo amarillo de Pekín en su gozoso tiempo libre, en tanto los
demás miembros del equipo —que alimentaban incipientes brotes enfisémicos—
volaban por los cielos de Asia de regreso a las preocupaciones y los delitos
www.lectulandia.com - Página 12
británicos. Wexford se había tomado dos semanas de sus vacaciones anuales. Había
volado desde Pekín hacía tres días y en el aeropuerto de Changsha lo había recibido
el señor Sung. Jamás olvidaría aquel vuelo, la azafata le sirvió una extraña comida a
base de huevos duros, bizcocho y ciruelas pasas envueltas como caramelos; los
pasajeros —él era el único caucasiano—, los chicos y chicas vestidos con ropa de
algodón azul, los oficiales de alto rango del ejército coreano, marciales y correctos
con sus uniformes de color caqui, se daban aire con abanicos de seda negra con
bordes dorados.
Una tos discreta arrancó a Wexford de su ensueño. El señor Sung estaba de pie a su
lado y sin duda esperaba para llevarlo al cine. Wexford lo convidó a sentarse y a
beber una cerveza, pero el señor Sung no aceptó pues era abstemio. Pero tomó
asiento y dio una perorata a Wexford sobre la educación superior en China,
refiriéndose concretamente al Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín, que había
sido su alma máter. ¿Había visitado Wexford esa universidad mientras estuvo en la
capital? ¿No? Qué extraño, sin duda lo lamentaría, se arrepentiría. Wexford bebió dos
tazas de té verde y comió cuatro litchis y una rodaja de sandía.
—Vaya con cuidado y no se tlague las semillas como la dama de los dos milenios
—dijo el señor Sung que, a su manera, tenía sentido del humor.
El gran dictador estaba doblada al chino. Wexford aguantó diez minutos. Le
pareció que todos los niños de Changsha estaban en la sala y que reían tanto que
parecían a punto de caer de los regazos de sus madres. Presentó sus disculpas al señor
Sung y dijo con absoluta aunque extraña veracidad que tenía frío. El acondicionador
de aire le daba justo en el hombro izquierdo y la nuca. Salió a la calle, donde el aire
poseía un tacto cálido, peludo y polvoriento, parecido al interior de un manguito. En
la acera de enfrente había una tienda que vendía té. Wexford pensó que por la mañana
compraría té, ya que casi se le había terminado el paquete proporcionado por el hotel.
Caminó. Poseía una buen sentido de la orientación, lo que era una bendición
porque los ideogramas de los letreros callejeros lo convertían en analfabeto. La
ciudad estaba débilmente iluminada y era una colmena exótica y fantástica sin la
menor pretensión de belleza. En una ancha carretera de cruce, la gente jugaba a las
cartas en la acera, bajo la luz de las farolas. Recordó el significado del nombre del
hotel y emprendió el retorno hacia el río. La multitud se apiñaba en las calles, seres
amistosos y demasiado corteses para clavarle la mirada, aunque sus hijos lo
contemplaban, reían y señalaban al gigante ojiazul. Las diez de la noche es una hora
muy tardía si te tienes que levantar a las seis. Wexford se preparó una taza de té, se
acostó y poco después cayó en una especie de sueño que nunca había tenido… o que
hacía años que no soñaba.
Se trataba de una pesadilla. Estaba en China, pero era la China de sus años
mozos, antes de que los comunistas tomaran el poder, mucho antes de que la
www.lectulandia.com - Página 13
Revolución Cultural destruyera los templos budistas, taoístas y confucianos, cuando
las ciudades todavía eran enjambres de pagodas amuralladas. Y él era un joven, tal
vez un joven chino. De todos modos, estaba huyendo… quizá de los soldados
nacionalistas, de los comunistas o de los japoneses. Caminaba descalzo y con una
mochila a la espalda, siguiendo un sendero hacia el norte de la ciudad, fuera de sus
fortificaciones.
La puerta de piedra de la ladera de la colina estaba ligeramente entreabierta. Entró
como quien se introduce en un sitio donde refugiarse para pasar la noche y se
encontró en un pasadizo cavernoso que parecía llegar al corazón de la colina. En el
pasadizo hacía frío e imperaba un olor antiguo, malsano y húmedo, si acaso el olor de
la dinastía Han. Caminó y caminó, no precisamente asustado, sólo aprensivo. Aunque
el pasadizo era oscuro, no tuvo dificultades para abrirse paso hasta la enorme cámara
rectangular con las paredes apuntaladas con maderos y aliviada la penumbra por la
luz de una única y pequeña lámpara de aceite de bronce verde.
La lámpara ardía junto a una tabla o banco de madera que le pareció un lecho
idóneo para pasar la noche. Se acercó, quitó la tela de seda pintada que lo cubría y vio
a la marquesa de Tai. Acababa de destapar un sarcófago insertado en una cámara
mortuoria. El rostro de la muerta se demudaba en una mueca de sufrimiento con las
mejillas hinchadas, los ojos negros y saltones, los labios apartados de las encías
hundidas, los dientes amarillentos y escasos y la lengua inflamada. Reculó y
retrocedió porque de las profundidades brumosas y sombrías del féretro emanaba el
olor dulzón de la putrefacción. Al coger la tela de seda para cubrir nuevamente esa
cosa exangüe y horrible, un estremecimiento pareció transitar por las extremidades
estriadas y la marquesa se incorporó y le rodeó el cuello con sus fríos brazos.
Wexford luchó por escapar de la pesadilla y despertó dando un grito. Se
incorporó, encendió la luz y prestó atención al zumbido del acondicionador de aire y
a los latidos de su corazón. ¡Qué imbécil! ¿Fue el cine, el haber cenado pescado frito
sazonado con jengibre o el calor lo que le produjo un sueño digno de la maldición del
sepulcro de la momia? No se debía a que nunca antes había visto el cadáver de una
mujer; por cierto, la mayoría de los que vio estaban mucho peor conservados que el
de la marquesa. Bebió un sorbo de agua y apagó la luz.
Al día siguiente vio por primera vez a la mujer de los pies vendados.
www.lectulandia.com - Página 14
2
No era la primera mujer de ese tipo que veía desde su llegada a China. La primera la
divisó en Pekín, en uno de los puentes de mármol que cruzan el foso que conduce a la
Puerta de la Paz Celestial. Se trataba de una viejecilla minúscula, muy encogida,
como suele ocurrirle a las chinas entradas en años, vestida con chaqueta y pantalón
negros, sujetando el bastón con una mano y sosteniéndose con la otra del brazo de su
hija o de su nuera, ya que sólo podía cojear. Sus pies parecían cascos, quizá delicados
cascos en su juventud y ahora pies zompos y lentos, con medias rosadas y zapatillas
negras de las que calza una cría de cinco años.
Wexford se sintió fascinado y en seguida experimentó una intensa revulsión.
¿Acaso el vendaje de los pies no había surgido en el 500 de nuestra era y
desaparecido con el Kuomintang? Al principio sólo lo habían practicado las
aristócratas, pero la moda se hizo muy popular incluso entre las campesinas, por lo
que en China había sido casi imposible encontrar una muchacha de pies normales y
libres. Se preguntó qué edad tenía la mujer que cruzaba el puente de mármol del
bracete de su hija. Tal vez no superaba los sesenta. Solían iniciar el apretado vendaje
de los pies, girando los dedos hacia abajo y encajándolos en la planta, cuando las
niñas eran poco más que bebés y los huesos poseían flexibilidad. El poder de la moda
era tan dominante que ningún hombre habría querido por esposa a una mujer de pies
normales, una esposa que caminara con desenvoltura. En los años treinta de nuestro
siglo, se prohibió legalmente la práctica de esta costumbre y se quitaron las vendas de
los pies que aún tenían remedio. La fascinación pudo más que el asco, la compasión y
la aversión y Wexford observó atentamente a la anciana. Al fin y al cabo, todos
clavaban la mirada en él.
¿Cómo se sentía ahora esa mujer? ¿Qué sentía? ¿Pena de sí misma, resentimiento,
envidia de sus descendientes más libres y, por si esto fuera poco, de sus casi
coetáneas liberadas? Wexford supuso que no, que no era ése el discurrir de la
naturaleza humana. Pese al dolor que había sufrido, a la restricción de movimientos,
al padecimiento cotidiano de vendar, limpiar y volver a vendar, sin duda la vieja
miraba con desdén a las muchachas que cruzaban el puente a la carrera con sus pies
grandes, íntegros y sanos y, con un gesto de rebuscado desprecio, se arrastraba aún
más orgullosa sobre sus deformidades diminutas y puntiagudas.
La anciana fue la primera de las varias mujeres de este tipo que vio, tal vez diez
en total. Lo llevaron a observar con curiosidad los pies proporcionados y doblados de
la marquesa de Tai, a pesar de que sabía que había nacido varios siglos antes de que
esa costumbre se pusiera de moda. Por la mañana revivió el sueño y llegó a la
conclusión de que era un disparate. No tenía pesadillas, nunca las había tenido, ni
sentía el menor deseo de empezar a tenerlas ahora. Le echó la culpa a la comida.
El desayuno fue, con mucho, la comida menos sabrosa que le sirvieron y miró
resignado las opciones que le presentaron: panecillos fritos, rebanadas de pan salado,
www.lectulandia.com - Página 15
mantequilla rancia, mermelada de ciruelas, pastel de crema de chocolate y galletas de
coco. Le trajeron el té en un hervidor de aluminio y bebió dos tazas. El señor Sung
comenzó a rondarlo antes de que acabara el desayuno.
Lucía una camisa rosa limpia —era una de las personas más pulcras que Wexford
había visto en su vida— y aún tenía húmedo el pelo negro a causa del lavado matinal.
¿Cómo lo conseguía si compartía el cuarto de baño no sólo con cuatro o cinco
familiares, sino con los demás inquilinos del mismo piso? Era realmente encomiable.
Con malestar, Wexford recordó que solía decirse que para los chinos los occidentales
olían mal en virtud del consumo de productos lácteos. Si era verdad, últimamente su
propio olor había mejorado mucho, pensó mientras apartaba la mantequilla verdosa y
casi líquida.
—¿No le molesta viajal en bus con glupo?
—En absoluto. ¿Por qué habría de molestarme?
Como si Wexford hubiese protestado en lugar de estar de acuerdo, el señor Sung
añadió con tono represivo y regañón:
—No es económico lleval bus cincuenta kilómetlos pol un solo homble. Es un
deloche. Mucho mejol viajal con glupo, gente eulopea y nolteamelicana muy
simpática. ¿Colecto?
La gente europea y norteamericana muy simpática se dirigía en tropel al autobús
mientras Wexford salía del hotel. Esas personas parecían cansadas, estaban
desaliñadas y daba la impresión de que lo que menos les interesaba era viajar por el
abrasador campo chino hasta el escenario del nacimiento y la infancia de Mao
Tse-tung. Sin embargo, no tenían otra alternativa. El guía del grupo, con el que el
suyo parloteaba en rápido mandarín mientras fumaba un cigarrillo mentolado de
después del desayuno, tenía el mismo aspecto despiadado, decidido, animado y
aseado que el señor Sung. Era un poco más alto, un poco más delgado, su inglés era
un poco más precario que el del señor Sung y fue presentado a Wexford como el
señor Yu. Se dieron la mano. Resultó que había estudiado en la misma universidad de
lenguas extranjeras que el señor Sung.
De todas las cosas verdes que existen y crecen, la más verde es el arroz. Wexford
miró por la ventanilla plantones de arroz, arroz a medio crecer, arroz casi a punto de
ser cosechado. Ahí estaba la quintaesencia misma del verdor, tal vez el verde perfecto
de Aristóteles, al que los demás verdes debían emular y por el que tenían que luchar.
Hombres y mujeres con las seculares prendas de algodón azul y los sombreros
cónicos de paja labraban los campos con la ayuda de pesados búfalos grises. Para
apartar al señor Sung y al señor Yu de sus entusiastas disquisiciones sobre la
trayectoria política del presidente Mao, Wexford preguntó de qué eran los cultivos y
le respondieron que había cacahuetes, berenjenas, ricino, mandioca, colocasia y soja.
Láminas de agua —albercas, lagos y canales— tachonaban el prolijo paisaje como
gemas en la seda estampada.
Un rato después el señor Yu se levantó, se dirigió a la parte delantera del autobús
www.lectulandia.com - Página 16
y, para beneficio de los turistas, tradujo a un inglés macarrónico varios artículos del
periódico. Wexford intentaba descifrar a qué se refería cuando hablaba de la huelga
de los piratas en Hungría y de las combas de Afganistán cuando uno de los hombres
del grupo se acercó y se sentó a su lado. Era menudo, de cara roja surcada de arrugas
y una maraña de pelo rubio rojizo.
—¿Le molesta que me siente a su lado?
¿Qué otra cosa podía decir, salvo que no le molestaba?
—Soy Lewis Fanning. O me sentaba con usted o me largaba gritando de este
condenado autobús. No es probable que usted sea peor que los de mi grupo y cabe la
posibilidad de que sea mejor.
—Muy amable de su parte.
Wexford se presentó y pidió explicaciones sobre las revelaciones periodísticas del
señor Yu.
—Estaba hablando de pilotos y bombas. Si hubiese sabido que el guía se sumaba
a la excursión, no me habría presentado. Me habría quedado en mi habitación y me
habría emborrachado. Tal como están las cosas, no creo que llegue en mi sano juicio
a Cantón.
Wexford le preguntó para qué había ido si le disgustaba tanto.
—Por todos los santos, no estoy de vacaciones. Estoy trabajando. Soy el
encargado de la excursión. Traje al grupo en tren. ¿Le asombra que me esté volviendo
loco?
—¿En tren desde dónde?
—Desde Calais —respondió Fanning. La incredulidad de Wexford pareció
divertirlo—. Llevo treinta y seis días en diversos trenes, incluido el ferrocarril
transiberiano. He cuidado a diez chiflados por toda Asia. Estuve a punto de perder a
una mujer junto al Muro de Berlín. Desengancharon los vagones y quedó del otro
lado. Se apeó a gritos y se acercó corriendo por las vías, es un milagro que siga viva.
Tengo una alcohólica y otra que no deja en paz a los hombres. Sé sin asomo de dudas
que se ha acostado con cuatro hombres en diversos coches cama del recorrido.
Wexford rió.
—¿Adónde se dirige?
—A Hong Kong. Partimos en tren mañana por la noche, vía Kweilin. Viajo en el
mismo compartimiento con dos tíos que no se hablan desde que salimos de Irkutsk.
Wexford también viajaría en ese tren pero, por lo que sabía, estaría solo con el
señor Sung en un compartimiento de cuatro literas. Titubeó antes de invitar a Lewis
Fanning a reunirse con ellos y finalmente no lo hizo. Escuchó el prolongado relato de
la propension etílica de cierta turista, se enteró de que bebía una botella de whisky
por día y de que, en Ulan Bator, cuatro hombres tuvieron que subirla al tren. La
charla duró hasta que llegaron a Shao Shan y bebieron té antes de escalar la colina
hasta la granja de Mao. En esa región el campo tenía ese aspecto fresco y centelleante
que ocasionalmente ves en Inglaterra en un día extraordinariamente diáfano luego de
www.lectulandia.com - Página 17
un largo período de lluvias. Delante de la casa, los lotos alzaban sus hojas redondas
como parasoles y sus flores rosadas en un estanque poco profundo. El arroz tenía ese
tono verde, suave y tierno del jade imperial. A pesar de todo, el calor era intenso.
Treinta y nueve grados centígrados, informó el señor Yu; Wexford multiplicó por
nueve, dividió por cinco y sumó treinta y dos para enterarse de que la temperatura era
de ciento dos impresionantes grados Fahrenheit. A la sombra se estaba repentina y
sorprendentemente fresco, pero no estuvieron mucho rato al amparo del sol; cuando
bajaron por la colina con las cabezas atiborradas de maoísmo, aún les quedaba por
visitar el museo de curiosidades maoístas antes de almorzar en el hotel.
Wexford era uno de esos ingleses que proclaman que una bebida caliente les
resulta más tonificante y refrescante que una fría. Apenas llegaron al comedor del
hotel se bebió medio litro de té caliente y cargado. El señor Sung compartió mesa con
el señor Yu y dos guías locales. Por alguna inescrutable razón culinaria china,
instalaron al grupo del tren detrás de un biombo y, una vez más, Wexford volvió a
encontrarse a solas.
Le molestaba que el calor lo afectara tanto, Citó erróneamente para sus adentros:
«Mi madre me parió en un clamor norteño». ¿Era ésa la razón por la que se sentía
agobiado y aplastado por la temperatura? A sus espaldas un ventilador agitaba el aire
tibio y pesado. Dos camareras le sirvieron un banquete compuesto por no menos de
siete platos: huevos duros bañados en mantequilla y fritos, capullos de loto, cerdo con
pina, pato con brotes de soja, setas y brotes de bambú, langostinos con guisantes y
rodajas de tomate crudo. Pidió más té. En el momento en que cogió los palillos de
madera tallada y se puso a comer, el sudor brotó como una fuente de su cuerpo y
mojó el respaldo de la silla a través de la camisa.
Al otro lado del comedor los guías comían panecillos fritos, huevos centenarios y
algo que a Wexford le pareció serpiente.
«Son capaces de comer todo bicho que camina», le había comentado Lewis
Fanning al entrar en el comedor. «Comerían ratones si pudieran atraparlos».
Las camareras emitían un cuchicheo de voces suaves y cristalinas. Semejaba el
gorjeo de los pájaros al declinar la tarde. Las voces de los hombres subían y bajaban
con la rara pureza del mandarín antiguo. Wexford se preguntó por qué los europeos
habían dado en llamar amarillos a los chinos. La piel de esos cuatro era de color
marfil claro y translúcido, con un rojo rubor en las mejillas, y tenían las manos
delgadas y bronceadas. Se volvió, se obligó a no mirar fijamente y observó la zona
oscura del comedor de la que salían las camareras, donde vio a una anciana de pie
junto a la puerta.
La mujer lo observaba atentamente. Su rostro estaba pálido y ojeroso y tenía los
ojos negros como uvas pasas. Los chinos casi nunca encanecen, sus cabellos siguen
siendo negros hasta bien entrada la madurez y la cabellera de la anciana, que parecía
tener muchos años, apenas estaba salpicada de canas. Vestía chaqueta gris y pantalón
negro y sus pies vendados se veían minúsculos y en forma de cuña enfundados en las
www.lectulandia.com - Página 18
medias grises y las zapatillas negras de niña. Aunque estaba muy erguida, se apoyaba
en un bastón.
Wexford supuso que era la madre del propietario o la cocinera. La mirada de la
anciana era casi desconcertante. Daba la impresión de que quería decirle algo, de que
se preparaba y se armaba de valor para hablarle. Era una idea descabellada. Las
probabilidades de que sólo hablara chino eran abrumadoras. Sus miradas se cruzaron
nuevamente. Wexford dejó los palillos sobre la mesa, se limpió la boca y se puso de
pie. Era tan evidente que la anciana deseaba comunicarle algo que decidió apelar al
señor Sung y pedirle que hiciera de intérprete.
La mujer desapareció antes de que Wexford llegara a la mesa del señor Sung.
Miró hacia la puerta y ya no había nadie. Sin duda había fantaseado la intención de la
anciana. Se recordó que no estaba en Kingsmarkham, donde a menudo lo
consultaban, le presentaban quejas e incluso le imploraban.
Terminado el almuerzo, salieron a la implacable canícula para visitar la escuela
donde Mao había estudiado y el estanque donde iba a nadar. Cuando regresaban al
autobús, Wexford buscó a la anciana con la mirada. Se asomó al umbrío vestíbulo del
hotel con la esperanza de verla, pero no estaba. Probablemente lo había observado
con tanta atención por el mismo motivo por el que los niños lo miraban: porque aquí
su estatura y su tamaño, su vestimenta, su piel rubicunda y su cabello rubio y raleante
eran tan insólitos como un unicornio galopando calle abajo.
—Ahola visitamos Escuela Nolmal Númelo Uno, casa del plesidente Mao y el
Estanque de las Aguas Límpidas —dijo el señor Sung y subió al autobús con un salto
optimista.
Wexford pasó su último día en Changsha en la Isla de las Naranjas y en el museo
donde se exhibían los objetos de los sepulcros de Mawangdui. Aunque reproducida
en cera, allí yacía la marquesa de Tai, protegida por un cristal pero con la posibilidad
de observarla a poca distancia. Wexford bebió medio litro de té verde en la tienda del
museo, compró algunas piezas de jade para Dora, un abanico de hueso de búfalo que
parecía marfil para su hija menor —Sheila la defensora de la naturaleza no habría
aprobado el marfil— y un cuadro de cañas de bambú y saltamontes con el sello del
pintor en rojo y la firma realizada con caligrafía negra.
Con sus jardines amurallados, sus flores, sus huertos y el río que fluía a poca
distancia, las viejas casas de la isla recreaban cierta atmósfera inglesa. Las paredes
eran de zarzo y argamasa, como las de las casitas de Sewingbury. En medio del calor
brumoso la atmósfera estaba perfumada de jengibre y las flores de cañacoro adquirían
un tinte rojo ladrillo. Cerca del mismo promontorio donde antaño había nadado Mao,
chicos y chicas se bañaban en el río. El señor Sung aprovechó la ocasión para dar a
Wexford una clase magistral sobre la estructura política china, pero el flemático
extranjero no le hizo el menor caso. Con el fin de conseguir el visado, en la solicitud
había rellenado las casillas referentes a religión y política. Con recatado humor había
optado por las opciones más acendradas: conservador, anglicano. En ocasiones se
www.lectulandia.com - Página 19
preguntaba si esas entradas reaccionarias habían llegado a oídos de su guía a través
de un servicio de comunicaciones rojo. Se sentó a la sombra y estudió atentamente el
arco de techo verde y puntiagudo, delicado y enjoyado en contraste con el azul
argentino del cielo.
A través del arco, apoyada en esta ocasión en un bastón con pomo de hueso de
búfalo tallado, pasó la anciana de los pies vendados que había visto en el hotel de
Shao Shan. Wexford soltó una exclamación. El señor Sung interrumpió su discurso y
preguntó bruscamente:
—¿Qué pasa?
—Nada. Simplemente resulta extraordinario. Ayer vi en Shao Shan a aquella
mujer. El mundo es un pañuelo.
—¿Un pañuelo? —preguntó el señor Sung—. China es un país muy extenso. ¿Pol
qué una dama de Shao Shan no puede venil a Changsha? Viene y va como quiele,
todo el pueblo chino está libelado, todos los chinos son libles. ¿Colecto? No veo a
ninguna dama. ¿Dónde está?
El sol cegó a Wexford y lo obligó a parpadear.
—Junto a la puerta. Es una mujer menuda, vestida de negro y con los pies
vendados.
El señor Sung meneó vehementemente la cabeza.
—Es una pésima costumble feudal, ahola se ven muy pocos, casi todos han
muelto. —Con un descarado menosprecio por la verdad, añadió—: Como no pueden
caminal, se quedan en casa.
La mujer se había esfumado. ¿Había vuelto a cruzar el arco? ¿Había bajado por
cualquiera de los senderos empedrados que atravesaban los lechos de flores de
cañacoro? Wexford decidió tomar la iniciativa:
—Si está listo, podemos irnos.
La sorpresa demudó el rostro fofo del señor Sung. Wexford dedujo que ningún
turista se había atrevido a nada, salvo someterse humildemente a sus órdenes.
—Vale, colecto. Nos vamos al Palacio de Yunlu.
Al abandonar la isla se encontraron con el grupo del tren, bajo la guía del señor
Yu. No vio a Lewis Fanning y, al lado del señor Yu y en concentrada conversación
con él, caminaba el más joven y apuesto de los dos hombres que se habían peleado en
el ferrocarril transiberiano. Su enemigo, un hombre alto con figura de huevo, cerraba
la retaguardia del contingente y miraba a su alrededor con actitud nerviosa y
desdichada. El vestuario de las mujeres había sufrido irremediablemente luego de
treinta y seis días de viaje en tren. Sus ropas estaban desteñidas y ajadas por lavados
demasiado frecuentes o sucias y arrugadas por la falta de lavado.
Wexford ya había decidido, sin dificultades, cuál era la ninfómana y quién la
alcohólica: respectivamente, una mujer de vivos colores y otra parda. Además de
estas cuatro personas evidentemente solteras, el grupo se componía de otra mujer
solitaria y mucho mayor y de dos matrimonios de edad, uno de los cuales estaba
www.lectulandia.com - Página 20
acompañado por su hija ya madura. Wexford arribó a la conclusión de que, en
conjunto, la gente joven y guapa no podía darse el lujo de hacer excursiones de cinco
semanas por Asia.
Esa noche los biombos rodeaban por los cuatro costados la mesa del grupo del tren y
Wexford no los volvió a ver hasta que tanto él como ellos subieron al autocar de
Zhuzhou, donde tomarían el tren de Shanghai a Kweilin.
www.lectulandia.com - Página 21
3
Habría sido más práctico y veloz tomar un avión. El grupo de Fanning estaba
obligado a hacer cada etapa del viaje en tren, pero Wexford habría volado encantado.
La cuestión no dependía de su voluntad, sino de la de Lu Xing She y del señor Sung.
En el autocar dispuso de un asiento doble. Observó en silencio a sus compañeros
de viaje. Un par de días en el hotel de Changsha habían servido para reanimarlos y ya
no parecía que los hubieran arrastrado de espaldas por encima de un seto.
Cada uno de los enemigos también había conseguido un asiento doble, uno detrás
del conductor y el otro frente al pasillo, a la misma altura que Wexford. Por el rabillo
del ojo Wexford leyó el marbete atado al maletín del hombre mayor: A. H. Purbank, y
un domicilio de Essex. Purbank rondaba los cuarenta y cinco años, era delgado, tenía
aspecto enfermizo y vestía tejanos holgados y una camisa verde claro de cuello
abierto. Su adversario más acicalado y moreno también llevaba tejanos, pero de
algodón y ceñidos, elegantes y apropiados, y una camiseta de la «amistad». Se había
girado en el asiento y charlaba con la mujer de atrás, que era la hija de uno de los
matrimonios provectos. Poco después Wexford vio que la mujer se levantaba y
ocupaba el asiento vacío junto al de los tejanos ceñidos. Wexford dirigió otra mirada
a Purbank y pensó lo incómodo que debió ser recorrer tantos kilómetros desde
Irkutsk, junto al lago Baikal, con un hombre al que no le dirigías la palabra. ¿Qué
diferencia había estallado entre esos viajeros aparentemente inofensivos? Los dos
eran ingleses de clase media, supuestamente prósperos, sin duda amantes de la
aventura, ambos tenían muchas cosas en común y se habían desentendido tan
acerbamente como para elegir no intercambiar una sola palabra mientras cruzaban las
inconmensurables extensiones de Asia oriental. Si no juntos, al menos debieron
sentarse bastante cerca en las mesas de los hoteles y tal vez les asignaron
habitaciones contiguas. Ahora tendrían que compartir un sitio donde dormir que
medía dos metros y medio por uno y medio y, durante ocho o nueve horas, respirarían
el mismo aire tibio en medio de una traqueteante oscuridad. Era absurdo.
¿Acaso uno, o ambos, figuraba entre los cuatro hombres con los que, según
Fanning, se había entregado a juegos sexuales durante el viaje esa bonita criatura,
maquillada y avejentada, que lucía blusa de lunares y pantalón blanco?
Evidentemente, Fanning exageraba. Seguro que entre sus compañeros de cama no
figuraban el padre de la rubia, ahora dormido con la gorra de algodón blanco sobre
los ojos, ni el hombre canoso y austero de la fea esposa. Wexford pensó que Fanning
no se había referido concretamente a los miembros del grupo y era de suponer que en
el transiberiano viajaban muchos hombres más.
El cielo diáfano se había nublado y había caído una lluvia ligera y tibia. Aún
lloviznaba cuando se dirigieron al andén. Junto a la puerta de cada vagón había una
encargada de uniforme gris con la estrella roja de la República Popular en la gorra. Le
mostraron a Wexford el coche donde pasaría la noche. Aunque estaba limpio y las
www.lectulandia.com - Página 22
literas parecían cómodas, hacía un calor insufrible y el termómetro que colgaba de la
pared marcaba treinta y seis grados y medio. En cuanto el tren arrancó, Wexford abrió
la ventanilla y conectó el ventilador. Por la tela metálica contra las moscas se filtró
una brisa algo más fresca.
En cuanto partieron se presentó el señor Sung. Wexford, que había encontrado un
termo y estaba preparando el Silver Leaf que había comprado en Changsha, le ofreció
una taza de té, pero el señor Sung no aceptó. Aquí también se las ingeniaba para dar
la sensación de que estaba ajetreado y ocupado. Comunicó que el coche restaurante
abría a las ocho y que habría bebidas: cerveza, vinos tinto y blanco, Maotai y tal vez
whisky japonés.
Wexford bebió té y leyó su Guía Fodor. Atardecía, estaba cada vez más oscuro y
el calor ya no era insoportable, aunque el hollín se colaba por la delgada tela
metálica. Envuelta en penumbras, la provincia de Hunan pasó como un suspiro a
medida que el tren avanzaba a una velocidad constante. Un rato más tarde salió al
pasillo para averiguar el paradero de los servicios y del cuarto de baño.
En el primer compartimiento del vagón, pegado al cuarto de baño, cuatro chinos
de Hong Kong jugaban a las cartas, vestidos con camisas de Palm Beach y pantalones
blancos. La puerta del compartimiento contiguo se abrió justo cuando pasaba
Wexford y una voz dijo:
—Disculpe. ¿Podemos molestarlo un momento?
Wexford entró, no del todo reticente. Había experimentado la suficiente
curiosidad por esas dos mujeres como para desear un contacto personal más directo.
La que interiormente había etiquetado de alcohólica estaba tendida en una de las
literas inferiores, con los zapatos en el suelo y los pies hinchados sobre dos
almohadas. La mujer le dedicó una macilenta sonrisa.
—Es terrible hacer esfuerzos permanentes para que los chinos te entiendan —dijo
la otra mujer— y el maldito Yu ha vuelto a desaparecer. Se esfuma cuando más lo
necesitas. Sospecho que está convencido de que hacerse el difícil lo vuelve más
deseable, ¿qué me dices? A propósito, soy Lois Knox y ella es Hilda Avory…
Conozco su nombre porque espié en su equipaje… por favor, por favor, ¿tendría la
amabilidad de poner en marcha el ventilador?
El mozo que había acompañado a Wexford hasta su compartimiento había
encendido el ventilador, por lo que no tuvo dificultades para encontrar el interruptor
astutamente disimulado bajo la mesa.
Lois Knox batió palmas como una chiquilla.
—Puesto que es tan inteligente, ¿puede ser un poco más angelical y encontrar el
modo de apagar la maldita radio?
Wexford había supuesto que la música marcial que lo recibió al entrar en el
compartimiento —ahora interrumpida para transmitir lo que parecía ser una arenga
política— era del agrado de sus ocupantes.
—En realidad, la detestamos, ¿no es así, Hilda? Debería tener un botón, pero está
www.lectulandia.com - Página 23
roto y no hay modo de moverlo. ¿Lograremos conciliar el sueño?
Sus ojos eran de color azul marino brillante, ojos grandes y hermosos con los que
dirigió una intensa mirada al rostro de Wexford. Le colgaban los músculos de la cara
y su barbilla ya no era firme, pero transmitía un aire juvenil a medida que el
ventilador agitaba sus cabellos negros. Se teñía y tenía las raíces castaño grisáceas
tras pasar cinco semanas lejos de la peluquería.
—Está solo, ¿no? —No aguardó confirmación—. Formamos parte del bestial
grupo del tren, pero nunca más, ¡que Dios se apiade de nosotras! Para variar, nos
encantaría un avión y hasta un humilde autobús, ¿no es cierto, Hilda?
Hilda Avory no respondió. Estiró una mano para coger la taza de té, bebió y se
estremeció. Tenía aspecto húmedo, la piel brillante, mechones de pelo pegados a la
frente, trozos del vestido adheridos a sus prietas carnes como si hubiera estado
expuesta a la lluvia o sudado copiosamente.
Wexford se dispuso a buscar los mandos de la radio.
—Si tuviera unos alicates, podría arreglarla.
—¡Imagine lo que sería tratar de explicarle al inescrutable y menudo Yu qué son
unos alicates! ¿Le apetece una taza de té o de laoshan?
—Significa agua mineral en chino —intervino Hilda Avory.
Poseía una voz ronca, sorprendentemente grave.
—Lo siento mucho, pero no tenemos nada con alcohol. Hilda está en dique seco,
¿no es así, querida? Le parece muy insensato tener bebidas a mano, la tentación es
muy grande.
No había respuesta para ese comentario. Wexford aceptó una taza de té. Volvió a
sonar una especie de versión china de Washington Post.
—¿Qué haremos? —se desesperó Lois Knox. Juntó las manos suplicante. Las
uñas pintadas de rojo eran tan largas como las de un manchú—. Por la mañana
deliraremos como locas de atar.
—¿Y si cortamos los cables? —sugirió Wexford.
Desde la otra litera la voz grave respondió:
—No me parece una idea atinada. Oí decir que alguien cortó los cables en China
y que tuvo que pagar la instalación de los cables de todo el tren. Le costó miles de
yuan.
—Veré qué puedo hacer —dijo Wexford.
Acabó la taza de té y salió al pasillo en busca de un mozo.
Sólo encontró un muchacho muy joven que se había dormido, con la cabeza
apoyada en la dura pared, en el cubículo contiguo al cuarto de baño. Wexford cruzó la
intersección con el siguiente vagón y el sudor acumulado en su cuerpo asomó en su
frente y en el bigote. Donde no llegaba la acción de los ventiladores, el calor volvía a
ser insufrible. Afuera sólo se divisaba una espesa oscuridad y unas pocas y débiles
estrellas que apenas se distinguían por la parte superior de las ventanillas. El señor
Sung estaba en un compartimiento, en compañía del señor Yu y de otro chino joven;
www.lectulandia.com - Página 24
los tres analizaban un mapa del río Liao desplegado sobre la mesa.
—El lestaulante able a las ocho en punto —dijo el señor Sung en cuanto lo vio.
Todos los guías suponían que los visitantes de Occidente necesitaban comer y beber
de la mañana a la noche para mantener el equilibrio y que toda petición de los turistas
correspondía indefectiblemente a comida, té o cerveza—. Pasalé a búscalo en cuanto
abla el lestaulante.
—Necesito unos alicates —explicó Wexford.
El señor Sung, el señor Yu y el otro lo miraron con insondable sorpresa. Wexford
recordó que en Pekín había preguntado al intérprete dónde podía comprar aspirinas y
que lo enviaron a un puesto de venta de mandarinas.
—Alicientes —declaró finalmente el señor Sung.
—¿Necesita alimentos? —preguntó el señor Yu—. Tendrá todo lo que quiera en
cuanto abra el restaurante.
—No quiero alicientes ni alimentos, sino alicates.
Wexford hizo movimientos de pinza con los dedos y simuló que arrancaba un
clavo de la pared. El señor Sung lo observó apaciblemente. El señor Yu lo contempló
y rió. El tercero le entregó un libro grande y destartalado que resultó ser un
diccionario de chino-inglés. Wexford señaló con el dedo la palabra «alicates» y su
ideograma correspondiente. Todos sonrieron y asintieron. El señor Sung salió al
pasillo y regresó en compañía de una empleada que entregó a Wexford unas pinzas
para depilarse las cejas.
Wexford se dio por vencido. Eran las ocho menos cuarto y le apetecía una
cerveza. En la unión entre dos vagones se cruzó con la anciana menuda que viajaba
en lo que mentalmente había denominado —aunque seguramente no lo era— ménage
a trois. Portaba una caja de bolsitas de té.
—Buenas noches —lo saludó la mujer—. Vaya aventura, ¿no le parece?
Wexford no supo si la anciana hablaba seria o irónicamente y aún quedó más
confundido cuando la mujer agregó con la cabeza ligeramente inclinada:
—Siempre digo que los ingleses debemos mantenernos unidos.
Wexford supo de inmediato, intuyó casi sin saber cómo, que era una indirecta. No
fue un comentario agudo ni muy inteligente, pese a que ella había pretendido ambas
cosas, y aludía a su fugaz relación con Lois Knox, que probablemente había visto
desde el pasillo. Su tono era seco y se le torcía ligeramente la boca. Era tan menuda y
delgada como las chinas y el traje de pantalón azul marino la volvía sexualmente
anodina. ¿Qué relación tenía con el hombre que, según Fanning, era abogado
retirado? ¿Hermana? ¿Cuñada? ¿Confidente de la esposa o viuda del mejor amigo?
Mientras la vieja entraba en el compartimiento siguiente, Wexford observó que no
llevaba un solo anillo en la mano izquierda.
En el cubículo contiguo al cuarto de baño, el muchacho seguía durmiendo con la
cabeza apoyada en la pared. Wexford reparó en algo que antes no había visto: en el
suelo, entre los pies del muchacho, había una bolsa de tela para herramientas. Entró,
www.lectulandia.com - Página 25
abrió la bolsa y sacó unos alicates.
Al otro lado de las ventanillas se divisaban unos pocos y tenues manchones de
luz. Pasaban por una aldea o por una pequeña ciudad. Antes de que la oscuridad
volviera a dominarlo todo a medida que el tren cobraba velocidad, durante unos
segundos divisó el perfil de una montaña. Wexford se detuvo ante la puerta del
compartimiento de Lois Knox. La radio seguía encendida y sonaba una selección de
fragmentos de El lago de los cisnes. Hilda Avory permanecía tendida en la litera de
abajo y a sus pies, en el extremo, estaba sentado Purbank. Parecía hablar con ellas
sobre el mismo tema que había sido el motivo de la visita de Wexford a China: la
prevención del delito. La expresión de Lois era la de una mujer a la que, desde la más
tierna infancia, le han enseñado que hay que halagar a los hombres a cualquier precio.
Hilda tenía los ojos cerrados y ligeramente apretados.
—Los comunistas hacen muchas declaraciones rimbombantes acerca del modo en
que han acabado con la delincuencia. Está muy bien, pero en la práctica sabemos que
es un cuento chino. Yendo al grano, ¿dónde me robaron el reloj, la tarjeta del Diners
Club y el dinero en efectivo? Pues no fue en Europa, claro que no, sino en la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y por si fuera poco, en el tren. ¿Por qué aquí las
cosas habrían de ser distintas? Hay la misma carencia de bienes materiales, pero si
cabe, así que puedes apostar lo que quieras a que están desesperados por poner sus
manos ávidas y pequeñas en la propiedad de los ricos capitalistas… es decir, en tus
cosas. Por eso te recomiendo que no las dejes en el compartimiento, que las lleves
contigo cuando salgas y que…
Wexford tosió. Lois lo vio, dio un brinco y cruzó las manos. En su ausencia se
había puesto más carmín y sombra para párpados y un vestido escotado de fina tela
amarilla con dibujos negros.
—¡Vaya, qué susto me ha dado! Tony nos ha dado un susto de muerte con
historias sobre robos y asesinatos.
Purbank soltó una carcajada muy de macho, de ésas que sirven para tranquilizar a
las mujercitas.
—¿Acaso he hablado de asesinatos? No he dicho una sola palabra. Simplemente
me refería la inconveniencia de dejar objetos de valor.
—Tiene toda la razón —dijo Wexford.
Tanteó bajo la mesa, logró sujetar el botón roto con los alicates y lo giró en el
sentido contrario a las agujas del reloj. La música dejó de sonar.
—¡Es usted maravilloso, un hombre maravilloso! —gritó Lois—. Escuche este
bendito silencio. ¡Por fin estamos en paz! ¿No te aparece adorable el modo magistral
en que entró en el compartimiento? Tony, tú no podrías hacerlo igual. Sólo dirías que
no queda más remedio que soportar la radio toda la noche y, por añadidura, dejarnos
robar.
—Invita a este hombre con una taza de té —masculló Hilda desde la almohada.
—¡Le daré todo lo que me pida! —Ofreció la taza de té a Wexford, la sujetó con
www.lectulandia.com - Página 26
ambas manos y se inclinó en lo que probablemente pensaba que era la actitud de la
concubina del emperador—. ¡Hilda, ojalá no te hubieras bebido todo el whisky!
En ese momento el señor Yu se presentó en la puerta, informó que el restaurante
estaba abierto y que tuvieran la amabilidad de seguirlo. Lois posiblemente recordó la
advertencia de Purbank, pues recogió su bolso, el cabás, el maletín y algo parecido a
un joyero. Wexford bebió de un sorbo el té tibio y se dio cuenta de que estaba a punto
de verse obligado a formar un cuarteto con esas dos mujeres y Purbank. Puesto que
estaban en China, el restaurante no permanecería abierto mucho tiempo. De
momento, en todos los sitios en que había estado la vida nocturna acababa alrededor
de las diez de la noche. ¿Tenía posibilidades de conciliar el sueño en ese tren mal
ventilado? Se sintió invadido por esas percepciones que resultan del insomnio, no
tanto cansancio como cierto ofuscamiento y la sensación de irrealidad.
Bajaron por el pasillo, Wexford en la retaguardia y Lois inmediatamente delante.
El chico seguía dormido, pero la cabeza ya no reposaba sobre la pared sino encima de
la mesa. Wexford entró de puntillas para guardar los alicates en la bolsa de
herramientas. Lois no reparó en su ausencia y siguió caminando detrás de los demás.
Wexford se detuvo unos segundos junto a la ventanilla e intentó distinguir el terreno
en medio de la oscuridad que pasaba a toda velocidad. Oyó un paso a poca distancia,
justo detrás, se volvió y, aunque a unos metros de distancia, vio que se le acercaba la
anciana de los pies vendados.
En esta ocasión no llevaba bastón. ¿Lo había seguido cuando subió al tren? Cerró los
ojos, los abrió y la anciana ya no estaba. ¿Había entrado en un compartimiento? Una
mano de garras rojas lo cogió del brazo y percibió el perfume de Lois Knox.
—¿Reg? Vamos, querido, creímos que lo habíamos perdido.
La siguió por el pasillo hasta el coche restaurante.
Cortinajes de terciopelo azul, cortinas de encaje y en las sillas esas fundas de
algodón color pardo con cenefas plisadas que cubren los asientos de todas las salas de
espera, los trenes, los aeropuertos e incluso los aviones de China. Lois palmeó la silla
de al lado y Wexford no tuvo más remedio que sentarse. Sobre la mesa había una
fuente de caramelos envueltos, otra de triángulos de bizcocho, una botella de vino
que, según Purbank, contenía licor y otra de licor que contenía vino. Ambos líquidos
tenían el color del Riesling. Wexford pidió una cerveza al camarero. Purbank
encendió un cigarro y habló de la frecuencia de los robos con allanamiento en el área
metropolitana de Essex.
El coche restaurante estaba lleno. Los pasajeros chinos comían fideos y verduras
en cuencos de barro. Los guías bebían té y hablaban en voz baja en Pu Tong Hua.
Detrás de Wexford, los dos matrimonios compartían mesa y el hombre mayor —con
esa voz aguda y jovialmente insensible, típica de tantos cirujanos— informaba a sus
compañeros sobre el antiguo arte de vendar los pies. La esposa del abogado soltó una
www.lectulandia.com - Página 27
exclamación de rechazo cuando el hombre mayor describió la atrofia de los dedos de
los pies.
Llegó la cerveza, que estaba tibia y dulzona. Wexford puso mala cara y llamó al
camarero que deambulaba entre las mesas tetera en mano. Debajo del mantel, Lois le
rozó la pierna con la rodilla.
—Discúlpenme —se excusó Wexford.
Se levantó y se dirigió a la mesa del señor Sung, a quien dijo:
—Avíseme cuando esté en condiciones de irse a dormir. No quiero obligarlo a
seguir en pie.
Surgió un complicado equívoco. ¿Por qué Wexford quería que el señor Sung se
fuera a dormir? No estaba enfermo. En palabras del señor Sung, sólo eran las
veintiuna cien horas. Echaron mano del diccionario. El señor Yu sonrió afablemente
mientras fumaba un cigarrillo. Por fin se supo que el señor Sung no dormiría en el
mismo compartimiento que Wexford, que en ningún momento había tenido intención
de compartirlo y que dormiría con el señor Yu y con otro hombre al que presentó
como el señor Wong. Como el tren no iba lleno, Wexford disponía del
compartimiento para sí. Se acercó a Lewis Fanning y le ofreció una de las literas
libres.
Fanning replicó de una forma muy interesante para los estudiosos de la
personalidad.
—¡Por todos los santos, ni se me ocurriría dejar solos a esos dos! En cuanto les
diera la espalda, intentarían estrangularse. Se harían picadillo. No, le estoy
sumamente agradecido, pero es demasiado arriesgado.
De esas palabras Wexford dedujo que Fanning no temía en modo alguno la noche
que se avecinaba y que esperaba arrancarle el máximo dramatismo para delectación
de los que estuvieran dispuestos a escucharlo. Los señores Sung, Yu y Wong se
pusieron a jugar a las cartas. El cirujano dibujaba diagramas de los metatarsianos,
antes y después de ser vendados, en una servilleta de papel. Wexford volvió a
sentarse. Habían rellenado su taza de té. Evidentemente Hilda Avory había quebrado
su abstinencia pues bebía sin cesar del vaso llenado con la botella de vino que, según
Purbank, contenía el licor chino Maotai. Entretanto, Purbank contaba anécdotas de
robos y escalos que habían llegado a sus oídos. La rodilla de Lois Knox volvió a
rozar la de Wexford y éste notó que los dedos desnudos le acariciaban el tobillo, ya
que la mujer se había quitado las sandalias. El tren atravesaba una oscuridad
insondable, una oscuridad en la que no existía demarcación entre tierra y cielo y que
no estaba quebrada por un solo rayo de luz.
La mujer menuda con traje de pantalón azul entró en el coche restaurante y vaciló
antes de dirigirse a la mesa que ocupaban los dos matrimonios. El abogado se levantó
de un salto y la ayudó a sentarse. Wexford se dio cuenta de que era ella a quien había
visto. Era ella la que bajaba del pasillo cuando se apartó de la ventanilla; ella la que,
mientras él tenía los ojos cerrados, entró en el compartimiento. También era una
www.lectulandia.com - Página 28
criatura menuda y leve, también iba vestida con pantalón y chaqueta oscuros y,
aunque sus pies jamás estuvieron constreñidos por unas vendas, no eran mucho más
grandes que los de una niña y estaban cubiertos por esas zapatillas chinas negras que
vendían en todas partes. Interiormente se rió de sí mismo. Debía de estar muy
cansado y ofuscado para pensar que la china que había visto en Shao Shan y en la Isla
de las Naranjas lo seguía en tren hasta Kweilin. Bebió el té y aceptó un vaso de
Maotai. Tal vez lo ayudara a dormir.
Hilda Avory se incorporó tambaleante y dijo titubeante:
—Creo que, si lo intento, lograré dormir. Lois, no tardes mucho. Me despertarás
si entras como una tromba a medianoche.
—Querida, nunca entro como una tromba —puntualizó Lois y se acercó a
Wexford—. Tony, pórtate como un ángel y échale una mano. Este maldito tren se
sacude demasiado.
Escindido entre comportarse como un caballero y pedir otra botella de
aguardiente de flores de laurel antes de que cerrara el bar, Purbank no supo con qué
carta quedarse. Alertado, Fanning prácticamente había abandonado su asiento.
—Con permiso —dijo Wexford y aprovechó la oportunidad.
Lois soltó una expresión de enojo. Wexford le sonrió como a una niña difícil que,
después de todo, no es la propia hija y a la que tal vez nunca más vuelva a ver. Cogió
del brazo a Hilda, la ayudó a pasar entre las mesas y salieron al pasillo.
Hilda transpiraba copiosamente: exhalaba un sudor desodorizado y con perfume
francés que le goteaba por el brazo y empapaba la manga de la camisa de Wexford.
Al otro lado de la ventanilla un edificio cuadrado y tachonado de puntos luminosos
relampagueó en medio de la oscuridad y se esfumó a medida que el tren seguía su
ruta. Wexford abrió la puerta del compartimiento contiguo al suyo y ayudó a entrar a
Hilda. Reinaba el silencio. Como habían apagado el ventilador, la atmósfera era
pesada, cargada y densamente asfixiante, con un débil olor a hollín. El termómetro
marcaba treinta y cinco grados centígrados o noventa y cinco grados Fahrenheit.
Wexford encendió el ventilador. Hilda se derrumbó en la litera de la izquierda y se
tendió boca abajo. Wexford se quedó unos minutos, la miró y se preguntó si podía
hacer algo más por ella; llegó a la conclusión de que no, se humedeció los labios y se
pasó la lengua por el cielo seco de su boca. El Maotai había despertado una sed
renovada. Cerró la puerta del compartimiento de Hilda y se dirigió al suyo.
El ventilador también estaba apagado. Wexford lo puso en marcha y dobló las
sábanas de la litera inferior izquierda. Habían vuelto a llenar el termo y sobre la mesa
lo aguardaban dos bolsitas de té. El té en bolsitas no suscitaba sus simpatías. Puso
una generosa ración de Silver Leaf en la taza y vertió agua casi hirviendo. La infusión
despidió un fuerte perfume aromático, tan distinto como quepa imaginar al de
cualquier paquete de té comprado en un supermercado de Inglaterra. Mientras bebía
el té, contempló la rutilante oscuridad sin estrellas que pasaba por la ventanilla y al
final cerró la persiana.
www.lectulandia.com - Página 29
Lois Knox y Purbank se acercaban por el pasillo. Oyó sus voces, pero no entendió
qué decían.
—Buenas noches, señoras —se despidió Purbank en voz más alta y sus pisadas se
alejaron.
Wexford aguardó a que el pasillo quedara vacío para ir al cuarto de baño. El
servicio estaba libre y el cuarto de baño ocupado, pues el abogado le había ganado y
llegado primero. En el servicio hacía calor y el olor a amoníaco resultaba
nauseabundo. El tren traqueteaba y tarareaba. Wexford aguardó en el pasillo, mirando
la nada por la ventanilla; se despidió del médico y su esposa cuando pasaron a su
lado, mientras esperaba que el abogado desocupara el cuarto de baño. Pensó que el
enemigo de Purbank y la hija del médico no habían acudido al restaurante. ¿Un
romance de vacaciones? La puerta del cuarto de baño se abrió, el abogado salió, le
dio secamente las buenas noches y se alejó, portando la toalla de color marrón oscuro
y la bolsa de tela escocesa.
Wexford se lavó las manos y la cara y se cepilló los dientes, procurando no tragar
agua. Tendría que haber llevado un poco de agua del termo.
Las puertas de todos los compartimientos estaban cerradas. La bombilla del
pasillo no daba mucha luz. Por enésima vez Wexford se preguntó si en China había
alguna bombilla de cien watios. Abrió suavemente la puerta de su compartimiento.
Boca arriba, con las piernas blanco rosáceas y estriadas extendidas por debajo de
la túnica blanca, el rostro pálido y abotargado, el caballete de la nariz hundido, la
boca abierta y la lengua fuera, la marquesa de Tai yacía en la litera de la derecha.
www.lectulandia.com - Página 30
4
No gritó, ni siquiera jadeó. Cerró los ojos y mantuvo los puños fuertemente
apretados. Sin volver a mirar a la muerta, a esa cosa momificada de dos mil años,
Wexford se dio la vuelta velozmente y salió al pasillo. Ni se enteró de si cerró o no la
puerta.
Bajó por el pasillo. La ventanilla del cuarto de baño estaba abierta, entró y aspiró
aire fresco. Asomó la cabeza por la ventanilla hacia la acelerada oscuridad. Nadie
sabía mejor que él que era una insensatez. Años atrás, cuando aún era joven, había
participado en la investigación de un accidente en el que un hombre asomó la cabeza
por la ventanilla del tren y fue decapitado cuando el vagón se internó en un túnel.
Respiró hondo y cerró los ojos. Pensar le resultaba imposible. Tenía que regresar a su
compartimiento y hacer algo.
La puerta del cuarto de baño se abrió y alguien dijo:
—Ay, lo siento. —Era el viejo médico.
—Ya salía —se justificó Wexford.
Se preguntó si estaba tan pálido como creía. El médico no pareció reparar en nada
extraño. Canturreó en voz baja y se lavó las manos. Wexford caminó de prisa por el
pasillo, tan ciega y velozmente que estuvo a punto de chocar con Lois Knox, que
estaba abriendo la puerta de su compartimiento. Llevaba una bata blanca, corta y
arrugada de broderie anglaise y su rostro tenía el aspecto despojado que adquieren
las caras de las mujeres que suelen estar cubiertas de maquillaje.
Wexford se disculpó. Lois no dijo nada, pero dio un soberano portazo. El policía
contuvo el aliento, se armó de coraje, abrió la puerta de su compartimiento y miró la
litera: estaba vacía.
Wexford se sentó. Cerró los ojos, los abrió, miró la litera y comprobó que seguía
vacía. Le habría encantado un whisky a palo seco o incluso un trago de Maotai, pero
estaba seguro de que a esa hora —eran más de las once— no lo conseguiría aunque
supiera cómo llamar al mozo, cosa de la que no tenía la menor idea. Puso Silver Leaf
en una taza limpia y vertió agua que ya no estaba tan caliente.
No tenía dudas sobre lo que había visto: el cadáver había yacido en la litera. Y lo
que había visto era exactamente lo mismo que vio cuando, a través del resquicio en el
suelo del museo, contempló el sarcófago de cristal colocado debajo. Incluso era el
mismo en el brazo derecho más corto, los pies doblados, la boca ocupada por la
lengua bostezante. Sabía que lo había visto. Con gran cautela y acto seguido con
firmeza, tocó la otra litera y comprobó que había sustentado algo o a alguien. Había
un claro hundimiento en la almohada y una arruga en la sábana. Algo había yacido en
esa litera, lo habían puesto allí y lo habían quitado en su ausencia.
Descubrió que la puerta no tenía cerrojo pero que era posible trabarla encajando
el Blue News de Pekín para impedir que la abrieran desde afuera. Bebió el té. El
ventilador no funcionaba durante la noche y, a pesar de que la ventanilla estaba
www.lectulandia.com - Página 31
abierta, cierto calor pesado impregnaba el compartimiento. Mientras se desvestía, una
idea desagradable cruzó por la cabeza de Wexford. Con ayuda del escalón metálico
adosado a la pared, trepó y comprobó que en las literas de arriba no había nada.
Acababa de recordar un relato muy poco edificante de F. Marion Crawford en el que,
durante una travesía marítima, un viajero encuentra el cadáver de un ahogado —o el
espectro de un ahogado— en la litera superior de su camarote.
Apagó la luz luego de beber otra taza de té. Después de dar vueltas y girar durante
una eternidad, logró dormir sólo una hora. Despertó a las tres, convencido de que esa
noche no volvería a conciliar el sueño.
Se incorporó, encendió la luz y se planteó una pregunta: ¿era posible que lo que
había visto en la litera fuese Lois Knox?
Wexford era un hombre modesto con una idea humilde sobre su propio atractivo, si es
que alguna vez pensaba en ello. Para su esposa era indefectiblemente atractivo, luego
de treinta años de matrimonio, pero se trataba de algo de lo que estar agradecido y
que descartar en tanto tema de meditación. Su vida no había carecido de admiración
por parte de las mujeres, pero nunca se lo tomó a pecho. No se había tomado en serio
a Lois Knox, pero ahora que lo pensaba… si las afirmaciones de Fanning eran ciertas,
al menos parcialmente ciertas, para ella esas vacaciones eran una suerte de
divertimiento sexual. Wexford sabía que una mujer de sus características no
necesitaba considerar atractivo al elegido; le bastaría con que fuera un hombre
accesible, alguien que estimulara su alicaído amor propio durante una noche o una
hora, alguien que apaciguara el pánico, que espantara la decrepitud y la muerte.
Había cometido el error de sonreírle al salir del coche restaurante. ¿Acaso Lois
Knox había interpretado esa sonrisa como una insinuación? Estaba en el pasillo
cuando Wexford regresó del cuarto de baño. Vestía una túnica corta de color blanco o,
al menos, una bata corta del mismo color y parecía ofendida, furiosa con él. ¿Fue ella
la que lo esperaba tendida en la litera? ¿Qué sintió cuando él retrocedió, cerró los
ojos aterrorizado y salió despavorido, sin pronunciar palabra?
Wexford era consciente de que a muchos la situación les causaría gracia. Al fin y
al cabo esa mujer, que ya no era joven ni atractiva, pero que era atrevida y descarada
como una beldad en la flor de la vida, sólo recibió lo que se merecía. Gracias a Dios,
al menos no sabía que la había tomado por un cadáver destripado y mórbido de hacía
dos mil años. ¿Era así? Wexford volvió a cerrar los ojos en el compartimiento
penumbroso, tibio y traqueteante y volvió a ver lo que había visto: la marquesa de
Tai. El rostro no era el de Lois… ¡que Dios se apiadara de él! ¿Y el brazo derecho
más corto? ¿Y esos muslos surcados de profundas estrías?
Tal vez necesitaba gafas permanentes, no sólo para leer. Quizá se estaba
volviendo loco. Aparentemente, si enfermabas de esquizofrenia —cosa harto
probable, ya que existe la esquizofrenia espontánea que se manifiesta en la edad
www.lectulandia.com - Página 32
madura—, sufrías alucinaciones y como no sabías que eran alucinaciones te
comportabas, en síntesis, como él lo había hecho. No seas tonto, se dijo. Duerme un
rato. Como nunca duermes, no es raro que veas visiones. Finalmente logró dormitar
hasta que salió el sol y el ventilador se puso en marcha.
www.lectulandia.com - Página 33
fideos, arroz y verduras. Apareció Purbank y Wong se levantó inmediatamente para
hablar con él. Dijera lo que dijese, provocó una expresión de nerviosismo en
Purbank, que durante unos segundos pareció al borde del pánico. Se alejó del chino y
ocupó una mesa en solitario.
Wexford se sintió aliviado. Volvía a reparar en la conducta del mundo, a ser
dueño de sí y había purificado sus pensamientos de aquello que, después de todo, no
había sido un cadáver yacente en la litera. Alzó la taza mientras el camarero hacía la
ronda con la tetera.
Otro hotel semejante a un barracón gris, de diseño tan falto de inspiración que
Wexford tuvo la certeza de que en su construcción no había participado ningún
arquitecto. Cuando cruzó la habitación y se asomó por la ventana, la panorámica le
bastó para borrar cualquier duda sobre las cosas hechas por la mano del hombre. Las
montañas que configuraban el perfil urbano —y delante de éste una larga cordillera—
tenían formas tan caprichosas que parecían cualquier cosa menos las modelaciones
cársicas de las que hablaba la guía. Esos montes tenían figura de cono, de ciprés, de
hongo. Tachonadas de árboles, se elevaban verticalmente desde la llanura, con las
laderas rectas y las cimas como curvas redondeadas. Eran las montañas de las
pinturas chinas, las mismas que, hasta ese momento, Wexford había considerado
estilizaciones artísticas. Mientras las contemplabas podías olvidarte de los bloques
grises tan parecidos al hotel que con demasiada frecuencia se habían erigido en la
ciudad y ver sólo las montañas cónicas y curvadas, los pequeños tejados marrón
rojizo y por doquier agua, en albercas y lagos, en tanto el río Liao serpenteaba
plateado por todas partes.
En China no era corriente que el mismo guía te acompañara durante un viaje en
tren. Por lo regular, el señor Sung le habría dicho adiós en la estación de Changsha y
un nuevo guía lo habría recibido en Kweilin. Al parecer, el señor Sung era oriundo de
Kweilin y había amañado el viaje por motivos personales. El señor Yu se había
esfumado en la estación de Kweilin en compañía del señor Wong y ahora el grupo de
Fanning estaba en manos de un hombre de aspecto cadavérico, extraordinariamente
alto para ser chino, llamado T’chung. De manera implacable, el nuevo guía había
organizado una excursión a las cuevas para ese grupo de turistas.
Sólo pasarían dos días en Kweilin y, sin duda, debían de sacarles el mayor
provecho. Wexford dio esquinazo al señor Sung y decidió dar un sosegado paseo por
la ciudad a la sombra de las casias. Las bicicletas que atestaban las calles podían
atropellarte con la misma facilidad que en Pekín. Hombres con los hombros hundidos
y los músculos tensos tiraban de carretillas cargadas con bloques de cemento
mientras las mujeres, que llevaban la vara del yugo con una cesta llena en cada
extremo, correteaban con su llamativo trote de culi. Entre las hojas de las casias
volaban mariposas verdes y negras. Wexford pagó un puñado de fen para visitar una
www.lectulandia.com - Página 34
exposición de pintura y de caligrafía con pincel y para pasear por un jardín de
bonsáis. Entró en un colmado oscuro y con olor a especias, atiborrado de botes con
golosinas y compró más té verde. Se quedó un rato y examinó las mercancías:
paquetes de algas disecadas y barriles de arroz, pescado escabechado, raíz de
jengibre, toneles con salsa de soja y tofu en bidones de agua. Cuando se volvió para
mirar pasteles y pastas exhibidos en un expositor de cristal, al otro lado de la tienda,
apoyada en el bastón y contemplando un tonel de arroz —tal como él había hecho
unos segundos antes—, vio a la anciana de los pies vendados.
Tardó menos de una fracción de segundo en darse cuenta de que no era la misma
mujer. La de la tienda se enderezó y giró la cabeza; Wexford vio un rostro semejante
a una nuez tostada, marcado por un centenar de arrugas y con gafas sobre la nariz
diminuta y chata. La mujer lo miró con indiferencia o, por lo menos, sólo mostró un
débil chispazo de curiosidad natural, antes de hablar en rápido sonsonete con el
tendero al que había llamado. Las tiendas chinas eran como las de Inglaterra hacía
cuarenta años, pensó Wexford. Así habían sido en su primera juventud. Los tenderos
eran amables, te atendían con paciencia, se esforzaban, te convertían en el cliente que
siempre tiene razón. ¡Cuánto habían cambiado las cosas! La anciana compró arroz,
dos pastitas, una bolsa de semillas de soja tostadas y partió con ese trote marcado que
tienes que adoptar si te faltan los dedos de los pies y tu empeine está doblado en
forma de U.
Durante la cena se alegró de que continuaran con la discreta costumbre de
proporcionarle un ventilador y una mesa individual rodeada de biombos. Al otro lado
de la divisoria oyó a Purbank y a Lois Knox, que se quejaban de los kilómetros que
habían tenido que recorrer en las cuevas después del viaje en tren. Las camareras le
sirvieron carpa frita, cerdo con berenjenas en salsa de jengibre, fideos finos con setas,
rodajas de pato, huevos duros bañados en mantequilla y fritos. En el hotel preparaban
el té muy fuerte y aromático. Al acabar la cena, Wexford subió a la azotea, al nuevo
bar del que el hotel estaba tan orgulloso.
Era evidente que sus creadores jamás habían visto un bar occidental. Tal vez
habían leído sobre el tema o visto viejas películas. El resultado era una mezcla entre
peleas de borrachos en una aldea inglesa y la taberna de una población con un solo
caballo en una película del Lejano Oeste filmada en los años treinta. Habían instalado
grandes mesas de caballete y sillas plegables de madera en el suelo de cemento de la
azotea, con su pretil también del mismo material. La iluminación procedía de meras
bombillas y de la luna. En la barra podías comprar fuegos de artificio y en una zona
apartada y a oscuras un grupo de chinos lanzaba petardos.
La vista compensaba todas las comodidades de que carecía el bar de la azotea. El
firmamento brillaba con los rayos de luna y por encima de la delgada línea trazada
por el río flotaban las montañas como negras nubes de tormenta. Cuando Wexford,
con un vaso de aguardiente de casia apoyado en el pretil, se asomó para mirar la
ciudad y las montañas, estalló la música procedente del tocadiscos instalado encima
www.lectulandia.com - Página 35
de una mesa de juego. Era un disco de larga duración con villancicos. Las voces
almibaradas del coro de ángeles arrancaron con «Noche de paz», prosiguieron con
«Llega Papá Noel» y luego Bing Crosby canturreó suavemente «Navidades blancas».
En Kweilin hacía más calor que en Changsha, la humedad era pegajosa, las copas de
los árboles estaban pletóricas de hojas y la brillante luna de junio se derramaba sobre
todas las cosas. El disco siguió sonando tenazmente y los yanquis que ocupaban la
mesa contigua a la de Wexford se desternillaron de risa. El chino pulcro y sonriente
que controlaba el gramófono y que había puesto el disco los miró con gratitud.
En el aire inmóvil y quemante sonaba «Noche de paz» por segunda vez —con su
evocación de un frío impío, campanas de medianoche y la estrella de Belén— cuando
Lois Knox apareció por la escalera. Asomó bajo el dosel de cemento que protegía el
bar, en compañía de un australiano fornido y barrigón con el que Wexford había
bajado en el ascensor para ir al comedor. El maquillaje de Lois era reciente, se las
había ingeniado para hacer una visita a la peluquería del hotel y lucía un vestido de
hilo azul recién planchado y tacones del mismo color. Tenía mejor aspecto que nunca
y parecía que ya se había metido en el bote al australiano. Wexford se dio cuenta de
que lo había perdonado, de que ahora Lois podía permitirse perdonarlo. Saludó con la
mano y gritó:
—¡No perturbaremos su ensueño!
El australiano la tomó del brazo y la guió hasta una zona de la azotea donde no
penetraban la luz de la luna ni de las bombillas.
Ocupó una mesa en solitario. Después de lo ocurrido la noche pasada, sería
prudente no abusar de la bebida. Además, el aguardiente de casia era tan dulce que
resultaba empalagoso. Un poco más tarde, Gordon Vinald y Margery Baumann se
presentaron en el bar. Wexford charló un rato con ellos y luego se fue a beber su té
verde y a la cama.
Por la mañana, cuando salió del hotel, tuvo la sensación de que se zambullía en una
nube de vapor. A las ocho menos cuarto la temperatura ya rondaba los treinta grados.
A Wexford le pareció ridículo coger un autobús para recorrer los trescientos o
cuatrocientos metros que lo separaban del embarcadero. Caminó en un intento por
librarse de la sensación de ofuscamiento e irrealidad que aún lo dominaba. El
estruendo del acondicionador de aire lo había despertado a las dos de la mañana y
cuando lo apagó la temperatura aumentó vertiginosamente, rodeándolo como un
manto grueso y mullido. Además, la cama era la más dura que había probado en su
vida: un catre de madera con una delgada capa de guata de algodón. Permaneció
acostado, leyendo y moviendo sus doloridas extremidades. Como había terminado
casi todos los libros que había llevado —La feria de las vanidades, para una tercera
lectura; la obra poética de Lu Yu, ya que estaba en China, y el ganador del Booker del
año anterior—, empezó a leer una rigurosa y exhaustiva antología titulada Obras
www.lectulandia.com - Página 36
maestras de lo sobrenatural. Se alegró de no haber tratado de leer en el tren el primer
relato: «La litera de arriba».
Se sobrepuso gradualmente, se libró de las desdichas de la noche y caminó por la
avenida de casias. La gabarra estaba atracada y subían a bordo el grupo de
norteamericanos y los hombres de negocios australianos. Wexford estaba a punto de
seguirlos cuando el microbús frenó y el señor Sung se apeó malhumorado y
pomposo.
—Está muy mal, no debe andal solo. ¿Pol qué no espeló el bus, como le dije? No
puede subil al baleo sin billete.
Entregó a Wexford un trozo de cartón coloreado. El señor T’chung reunió al
grupo del tren agitando los brazos como quien hace señales con semáforo. Wexford
aceptó el billete, que contenía un mapa del río Liao y donde estaba marcado el
recorrido hasta Yangchou, una serie de ideogramas en tinta rosa y unas palabras algo
pretenciosas: papeles del barco. Sin embargo, la gabarra era muy interesante, una
típica barcaza fluvial con bar y enorme cubierta con tumbonas.
—El buen paisaje comienza diez y media —dijo el señor Sung.
—¿Acaso este paisaje no es bueno? —preguntó Wexford al tiempo que subían la
plancha y zarpaban.
Ancho y broncíneo, el Liao serpenteaba por la ciudad y se internaba entre las
montañas verdes y cónicas.
—Diez y media —repitió el señor Sung—. Entonces hace fotos.
Wexford estaba harto de decirle que no llevaba cámara. Era imposible hacerle
entender al señor Sung que no tener cámara significaba ser libre. Gordon Vinald, la
esposa del abogado y su amiga ya estaban en cubierta y protestaban, ponían película
virgen en las cámaras, luchaban con los teleobjetivos. Wexford ocupó una mesa del
bar en compañía de Margery Baumann, que bebía el té que acababan de servirles. En
ocasiones es posible que una mujer madura tenga el mismo aspecto lozano que una
joven y así aparecía Margery Baumann, con su vestido de algodón de cuadros
blancos y azules y su pelo rubio recién lavado, a las ocho y media de la mañana,
navegando por el Liao.
—Tenía muchas ganas de hacer este viaje —comentó Margery—. Será
maravilloso. Y después… bueno, espero que volvamos a Inglaterra lo antes posible.
—¿También regresarán a Inglaterra en tren?
—No, por favor, no.
Margery tenía una risa simpática y cantarína y reía mucho, pero no por
nerviosismo, pensó Wexford.
La mujer concretó:
—Viajaremos en tren a Cantón, saldremos en tren de China hasta Hong Kong y
luego volaremos a Inglaterra en la vieja y cómoda Swissair.
—¿No ha disfrutado de las vacaciones?
—En algunos aspectos, muchísimo. —Durante unos segundos su mirada adquirió
www.lectulandia.com - Página 37
el aspecto soñador de quien evoca momentos dichosos, quizá románticos. Se volvió
pragmática—. Pero ya he tenido bastante, seis semanas es demasiado. En Inglaterra
me necesitan. Empiezo a sentirme culpable.
—Señorita Baumann, ¿a qué se dedica?
—Soy internista.
Wexford no supo por qué se sorprendió tanto. Al fin y al cabo, los hijos de
médicos suelen ser médicos. Pero Margery Baumann se parecía mucho más al tipo de
mujer que dedica una vida apacible a sus padres ancianos. La mujer siguió hablando:
—Hacía tres años que no disfrutaba de unas vacaciones, sólo algún que otro
puente. Así que conseguí un suplente y me tomé todo el tiempo que me debían… ¡de
un solo y magnífico golpe! —rió.
—¿Trabaja en Londres?
En realidad, no debería hacer tantas preguntas. Era su deformación profesional,
vicios de investigador. A ella no pareció molestarle.
—No, en Guildford.
—¿En serio? No estoy muy lejos, en Kingsmarkham.
—En ese caso, los Knighton están aún más cerca. Son de un sitio llamado
Sewingbury.
—¿Los Knighton?
—Aquéllos —dijo y señaló al abogado y a su esposa, que pasaban junto a las
ventanas.
Lois Knox entró en el bar con el australiano, al que presentó como Bruce.
Wexford le estrechó la mano sin perder la compostura. Bruce habló estentórea y
denigrantemente de la ambivalencia del pensamiento chino, de la forma en que todo
era popular —el dinero del pueblo, el hotel del pueblo, la escuela del pueblo—
cuando, en realidad, los hijos del pueblo no tenían dónde caerse muertos. Se lió con
el señor T’chung, que bebía pacíficamente una taza de té con el señor Sung.
—Dijo que fueron los esclavos los que construyeron las tumbas Ming, ¿no? ¿No
es incorrecto obligar a los seres humanos a erigir un sepulcro monumental para un
maldito emperador?
—Por supuesto —replicó el señor T’chung.
—Pero está muy bien que los hombres construyan una puñetera tumba para Mao
Tse-tung en la Plaza Tien An Men, ¿no? ¿Cuál es la diferencia?
El señor T’chung lo miró con calma.
—Se trata de una pregunta a la que nadie puede responder —respondió con voz
suave y tajante.
Bruce alzó los brazos y soltó una carcajada.
—No nos metamos con la espantosa política —pidió Lois.
Wexford subió a cubierta. La amiga de los Knighton e Hilda Avory ocupaban
sendas tumbonas y bebían, respectivamente, té y Maotai. Hilda dijo con su voz grave
y decreciente:
www.lectulandia.com - Página 38
—Algunos de los que viajaron ayer me contaron que el barco se averió en medio
del río y que tardaron tres horas en repararlo.
—En ese caso, no es probable que hoy vuelva a estropearse.
—No es una cuestión de probabilidades, sino de eficacia. Mi único consuelo
consiste en que este país no está tan mal como Rusia.
Junto a una orilla del río nadaba un grupo de chiquillos y, en la otra, varios
búfalos. En lo alto del acantilado, contra la piedra caliza, revoloteaba un par de
pájaros que parecían águilas. Wexford permaneció en silencio y vio pasar la vida del
río, una aldea de un brazo fluvial en la que se alzaba un pequeño puente curvo, un
templo de tejado azul que la Revolución Cultural había pasado por alto, hombres
pescando con cuervos marinos…
Permaneció bajo el sol tanto como pudo soportar el calor. La señora Knighton
salió a cubierta e, infatigable, tomó fotos de todo lo que vio: búfalos, cuervos
marinos, campesinos labrando, embarcaciones de velas cuadradas color naranja,
incluso un edificio público que, según supuso Wexford, era una depuradora de aguas
residuales. A las diez y media, quemado por el sol, Wexford ya estaba entre cubiertas.
La afirmación del señor Sung era absolutamente válida. De pronto el paisaje se tornó
espectacular, las montañas se rizaron como nubes fantásticas y el agua se tornó
límpida como el cristal, pero atravesada por una poderosa corriente.
El almuerzo se sirvió a la hora preferida de los chinos, a las once y media, y fue la
peor comida que hasta entonces había probado Wexford. El plato principal se
componía de esos órganos y entrañas que en Occidente los seres humanos no
degustan. Se divirtió pensando que la comida china, a la que en Rupert Street o en
Poon’s suelen considerar algo sutil y delicado, también tiene su faceta babosa y
primitiva.
Durante el almuerzo Wexford echó un vistazo a su alrededor y vio al hombre que
durante el trayecto en tren le habían presentado como el señor Wong. Quedó muy
sorprendido. Tal vez no fuera el señor Wong, quizá lo confundía con otro.
Sospechaba que no se equivocaba. Afirmar que para los europeos todos los chinos
son iguales es una falacia tan enorme como decir que todos los chinos tienen la piel
amarilla. Bueno, debía de existir algún motivo que explicara su presencia en la
gabarra, un motivo que probablemente no era nada misterioso para Lu Xing She.
Había el espacio justo para encajar una silla en una de las escaleras de toldilla que
estaban a la sombra. Wexford se acomodó soñoliento mientras la gabarra resoplaba
de Kao Ping a Hua Shan en medio de aguas profundas, pasando delante de barcas a la
deriva en las que habitaban familias enteras, delante de los pescadores con cuervos
marinos, entre las montañas en forma de cúpula en las que los árboles crecían como
el musgo en la piedra. Cuando no quería dormir, era incapaz de mantener los ojos
abiertos…
Lo despertó una conmoción y en seguida se dio cuenta de que la barcaza se había
detenido. Por lo general despertaba de inmediato pero, después de tantas noches de
www.lectulandia.com - Página 39
insomnio y en medio de ese calor húmedo e hipnótico, se despejó lenta y
gradualmente. Lo primero que pensó fue que Hilda Avory tenía razón y que la
gabarra se había averiado. La sala de máquinas estaba detrás de donde se encontraba;
se dio la vuelta y comprobó que estaba vacía.
Se apercibió de que varias cabezas se balanceaban en medio del río. Se incorporó
y avanzó, pero pocos metros más adelante una multitud le cortó el paso. El bar estaba
vacío y en la proa había veinte o treinta personas. Wexford retrocedió y se dirigió
hacia la cubierta. También allí encontró una multitud asomada, pero divisaba el río.
Vio que el señor Sung nadaba totalmente vestido y que en el agua estaba
aparentemente toda la tripulación. No sólo la tripulación… sino Margery Baumann,
Gordon Vinald y Tony Purbank, que nadaban o vadeaban el río, buscando algo, a
alguien…
La señora Knighton sostuvo con sus manos gruesas y rojas la cámara de fotos y le
dijo:
—Alguien cayó por la borda. El pobre no sabía nadar y no logran encontrarlo.
—¿Quién es?
La mujer se dedicó a tomar fotos y respondió con indiferencia:
—No es de los nuestros, sino un chino.
www.lectulandia.com - Página 40
5
Una hora más tarde suspendieron la búsqueda. Poco antes dejaron en tierra a un
miembro de la tripulación para que caminara los seis u ocho kilómetros hasta el sitio
más próximo donde había teléfono. Wexford contempló la figura menuda vestida de
azul que caminaba entre la ribera y los arrozales hasta que se perdió en medio de un
azul y un verde más profundos.
Margery Baumann fue la primera del grupo de rescate que regresó a la barcaza.
Llevaba bañador negro. Wexford pensó que era precisamente el tipo de mujer a la que
nunca se le ocurriría realizar una excursión de ese tipo sin llevar bañador bajo la ropa.
Margery no dijo nada, simplemente bajó al cuarto de baño para secarse y vestirse.
Tembloroso a pesar del calor, Purbank fue el siguiente en regresar. El tripulante que
se había quedado a bordo —joven pero algo mayor que los demás, que en opinión de
Wexford no superaban los dieciocho años— parecía el capitán. Ayudó a subir a
Purbank, intentó decirle algo en vacilante inglés, fracasó, se encogió de hombros y
alzó los brazos.
Gordon Vinald seguía nadando entre los arrecifes que en algunos puntos casi
asomaban sobre la superficie del río. A medida que uno tras otro los chinos
abandonaron la búsqueda, Vinald nadó lenta y de mala gana hacia la gabarra y dejó
que lo subieran. Suspendido el rescate, casi todos habían subido a cubierta o se
habían replegado en el bar. El río estaba vacío, era una lámina turquesa brillante bajo
el cielo azul celeste, y las montañas creaban un horizonte de rizos azulados y
brumosos. ¡Qué río tan bello y apacible! Un río que los artistas habían pintado
durante dos mil años y que, sin duda, seguirían retratando un milenio más. Bajo su
superficie sedosa y ondulante, atrapado entre los dientes de los arrecifes, pendía el
cadáver de un ahogado, un cuerpo menudo, delgado, blanco como una raíz.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Wexford a Purbank—, me quedé dormido.
En calzoncillos azules y dejándose secar por el sol, Purbank se pasó los dedos por
el pelo húmedo.
—Nadie lo sabe a ciencia cierta. ¿No pasa siempre lo mismo cuando alguien cae
por la borda? El tío estaba en la proa, donde nos encontramos ahora. Debía de estar
solo y supongo que acuclillado, como suelen hacer los chinos, y por algún motivo
cayó. No sabía nadar. El capitán Ma pidió que todos los que supieran nadar intentaran
rescatarlo, pero ya se había hundido antes de que yo me zambullera.
—¿Quién era?
—¿Quién era quién?
—El hombre que se ahogó. ¿Quién era?
—Sólo Dios lo sabe. Si quiere que le sea sincero, ni se me ocurrió preguntarlo.
De todos modos, no nos habríamos enterado. Era chino.
—¿Formaba parte de la tripulación?
—No lo sé. Por su modo de preguntar, cualquiera diría que es policía. Sospecho
www.lectulandia.com - Página 41
que la poli china nos hará muchas preguntas cuando lleguemos a Yangchou o como
quiera que se llame.
Evidentemente, el capitán Ma no tenía la menor intención de proseguir hasta
Yangchou. Se encontraban en un recodo del río donde había una aldea con
desembarcadero y allí se dirigían, informó el señor Sung a Wexford. Los motores se
pusieron en marcha y la barcaza empezó a moverse. Los recogería un autobús. Era lo
más conveniente, no tenían de qué preocuparse, se trataba de un incidente lamentable,
pero eso era todo.
—¿Quién era el ahogado, un miembro de la tripulación? —preguntó Wexford.
El señor Sung dudó. Pareció evaluar la respuesta y puso cara de descontento. Por
su larga práctica en el estudio de las reacciones humanas, Wexford pensó que la
expresión del señor Sung no era de dolor por la muerte de un ser humano, sino de
temor por su propio pellejo. Finalmente respondió con reticencia:
—Se llamaba Wong T’ien Shui.
—¿El señor Wong?
El señor Sung asintió con la cabeza. Se quedó mirando por la borda el grupo de
arrecifes, uno de los cuales había rascado la quilla de la gabarra.
—En enero y febrero es imposible navegar por este río —comentó
animadamente.
Wexford se encogió de hombros. Se encaminó al bar y se sirvió una, dos tazas de
té verde. La fuerte infusión lo revivió produciéndole casi el mismo estímulo que el
alcohol. Los pasajeros reunían sus pertenencias —bolsos, impermeables, paraguas,
bolsas de mano, mapas— antes de desembarcar.
—Sea como fuere, ¿qué demonios hacía Wong en esta excursión? —preguntó
Fanning a Wexford con tono quejumbroso—. Suponía que era estudiante. Creía que
asistía a la universidad en Changsha. Los chinos no están autorizados a deambular
por el país, no pueden ir a donde les da la gana. No son libres. Le apuesto cincuenta
yuan a que se armará una de campeonato. Rodarán cabezas. Gracias a Dios mañana
me largo a Cantón con el grupo.
Desembarcaron. En la pequeña playa se encontraba un anciano de barba rala y
dos mechones por bigote. Tres críos jugaban en la arena, a su alrededor. La orilla
también estaba habitada por un centenar de gallinas y patos y dos cabras blancas. El
viejo miró a los occidentales con una especie de curiosidad amable pero impasible.
Intercambió unas pocas palabras con el capitán Ma y asintió con la cabeza.
La aldea se alzaba en lo alto, en la cima de un camino en pendiente. Corrían las
horas más bochornosas del día. Wexford jamás había considerado enemigo al sol,
algo de lo que apartarse, que temer. El grupo serpenteó calle arriba, donde los
espejismos danzaban ante sus ojos a causa de la intensa luz. El suelo estaba cubierto
de polvo castaño rojizo que, a su paso, se alzaba en espirales. El polvo lo cubría todo:
las casuchas que bordeaban el camino, los muros, la hierba, incluso las piernas, los
brazos y las caras de los niños que, mascando puñados de arroz empastado, salían de
www.lectulandia.com - Página 42
sus casas para mirar a los visitantes.
En la cima de la colina seis hombres y una chica construían una casa de
apartamentos. El olor del río y de la polvareda dio paso al aroma más agradable del
sándalo. Apareció una tienda en la que, con excepción de Wexford y Fanning,
entraron inmediatamente todos los miembros del grupo, y al cabo de la aldea se
alzaba una casona de patio tapiado que probablemente había sido el hogar del jefe
militar local. Fanning se acuclilló al estilo oriental en la ancha galería de la tienda y
encendió un cigarrillo.
—Llamo a Yangchou —dijo el señor Sung—. El bus viene plonto.
—Yo llamo —lo corrigió el señor T’chung con tono admonitorio.
Sin dejar de agitar un dedo, el señor Tchung dio una perorata al otro guía con tono
monótono e intimidador. Wexford llegó a la conclusión de que, si alguna vez había
que encontrar nuevo presidente para esta zona del mundo, T’chung Bei Ling tendría
más probabilidades que Sung Lao Zhong.
Aunque Wexford recorrió una o dos callejuelas estrechas, hacía demasiado calor
para recorrer la aldea. Los niños lo seguían formando un grupito que reía en voz baja.
Al regresar una vez más a la plaza o mercado donde se alzaba la tienda, vio a una
anciana inmersa en las sombras de un tejado saliente. Wexford se quedó quieto y la
contempló desde los cabellos negros salpicados de gris, pasando por su cara blanca y
abotargada —el rostro de la marquesa de Tai—, hasta sus minúsculos pies en forma
de cuña y tapados por zapatillas de niña. Se acercó hasta quedar a un metro.
—¿Quiere hablar conmigo? —inquirió, pronunciando claramente cada palabra.
La mujer no respondió. Wexford repitió la frase. Ella pareció encogerse por
timidez o miedo. El señor T’chung se puso a gritar desde el otro lado de la plaza:
—Ha llegado el autobús. Por favor, bajen de prisa la colina hasta el autobús.
Vamos, ha llegado el autobús.
Cuando Wexford dejó de prestar atención a la voz y miró hacia donde estaba la
anciana, ésta había desaparecido. ¿Se había metido en una casa? Era imposible que se
esfumara constantemente introduciéndose en moradas de desconocidos. Wexford se
acercó al umbral en penumbras y miró hacia el interior. Era una casucha mugrienta en
la que un niño comía arroz sentado en el suelo y en la que un cochinillo hozaba en un
rincón. La vieja no estaba y no existía ninguna otra salida. Si durante un segundo
Wexford estaba dispuesto a aceptar la idea de lo sobrenatural…
El grupo del tren y los australianos bajaron la colina hasta donde esperaba el
autobús hablando entusiasmados sobre las compras que habían hecho, olvidado de
momento el ahogado Wong. El autobús estaba aparcado junto a la playa y a su lado
había un inconfundible coche de policía. Había varios agentes en la gabarra, hablando
con el capitán Ma. Un policía se acercó al señor T’chung y le disparó una salva de
preguntas.
—Esta noche la policía del pueblo se presentará en el hotel —informó el señor
T’chung.
www.lectulandia.com - Página 43
En condiciones normales, la situación habría interesado enormemente a Wexford.
Le importaba un bledo porque había observado que, al bajar, la anciana de los pies
vendados lo seguía a cierta distancia. Se volvió una o dos veces, como el viajero de
Shelley —se dijo—, y no vio precisamente un demonio aterrador sino a esa vieja
criatura que cojeaba con ayuda del bastón y que cada vez resultaba más diabólica. A
punto de subir al autobús en medio de ese calor espeso y brillante, que rebotaba en las
aguas azules y mansas hasta convertirse en un resplandor enceguecedor, se obligó a
girar y a mirar descaradamente a sus espaldas. La anciana no estaba. No tenía dónde
ocultarse, pero había desaparecido.
La belleza del paisaje permitió que, para los demás pasajeros, el viaje de regreso en
autobús fuera tan gratificante como la excursión fluvial. Viajaron a través de valles
exuberantes, verdes por el arroz tierno. Wexford pensó en la anciana a la que ya había
visto tres, probablemente cuatro veces. ¿Era real? ¿Era una mujer de carne y hueso
que, por muy increíble que parezca, tenía motivos para seguirlo a lo largo y ancho de
China? ¿O era una alucinación de las que, suponía Wexford, tenían los
esquizofrénicos?
Viajaba al lado de Tony Purbank, que estaba tan callado como él. Purbank era un
individuo de piel blanca que reaccionaba mal ante la exposición al sol y su rostro no
había estado protegido como el de Wexford. Además, lucía una amplia calva a la
altura de la coronilla. En cuanto se sumergió en el refugio de aire acondicionado del
autobús, la frente y la calva adquirieron un rojo fuego. No pronunció palabra y
parecía sufrir una ligera insolación. El señor Sung también hizo el viaje de regreso en
el más absoluto silencio. Desde los asientos traseros, ocupados por Lois Knox, Bruce
y los Knighton, hasta Wexford llegaban las especulaciones constantes acerca de cómo
había caído el señor Wong por la borda.
Wexford esperaba que la anciana se apeara del autobús tras él, pero no fue así.
Experimentó un desconcertante alivio. Subió directamente a su habitación y se
preparó una taza de Silver Leaf. Se recostó y pensó en la esquizofrenia, se preguntó
qué haría si la anciana se mudaba a su lado, si por la noche se metía en su habitación
y se acostaba en la otra cama. Probablemente la vieja nunca había existido. Wexford
hizo memoria. En Changsha había oído el golpeteo de su bastón y su voz al hablar
con su acompañante. Además, si su mente creaba personajes ilusorios que lo
obsesionaban, ¿por qué esa mujer? ¿A partir de qué trasfondo de la experiencia,
procesos inconscientes e incluso traumas, su mente evocaba una anciana china?
Como de costumbre, el té lo reconfortó. ¿Se convencería de que lo que había
visto en la aldea ribereña era un espejismo, una añagaza del calor y la luz?
—Policía del pueblo dice que no hace falta hablal con usted —explicó el señor
Sung, que se acercó a la mesa de Wexford mientras le servían la cena—. Nada de
pleguntas a los tulistas, sólo a la tlipulación. —Hizo una pausa y, escogiendo
www.lectulandia.com - Página 44
cuidadosamente cada palabra, añadió—: Encontlalon cuelpo muelto de Wong T’ien
Shui.
—Pobre hombre —murmuró Wexford—. No debía de tener más de veinte años.
—No sé su edad —dijo el señor Sung—. Pelo es veldad, ela muy joven. Tenía el
cuelpo coltado y… ¿cómo se dice?… tenía muchas helidas de las piedlas.
—¿Heridas?
—Sí, helidas. Muchas piedlas malas bajo el agua, de modo que el cuelpo estaba
coltado y con helidas plofundas.
Como de costumbre, se alzaba un biombo entre la mesa de Wexford y la del
grupo del tren. Wexford sólo percibía el murmullo general de las conversaciones.
Apareció una muchacha con la tetera y Wexford bebió dos tazas, extrañamente
perturbado por la muerte de Wong T’ien Shui. Sólo eran las siete y caía la tarde. Salió
del hotel, cruzó la carretera y enfiló por el estrecho camino elevado que conducía a la
isla del medio del lago. Por alguna razón —sin duda sentimental—, no podía dejar de
imaginar a Wong de chiquillo, hacía no tanto tiempo, asistiendo al parvulario,
recogido por su madre peinada con dos trenzas, comiéndose el buñuelo comprado en
un colmado oscuro y aromático, lanzando una cometa en forma de mariposa o
dragón, volviendo a casa a los brazos de unos abuelos cariñosos. Era una vida
demasiado joven para truncarse de esa manera.
La isla podría haber sido agradable, pero no lo fue a causa de la humedad pesada
y cada vez más densa. Las ondulaciones montañosas parecían azules, estaban
envueltas en niebla y la atmósfera estaba cargada de mosquitos que se desplazaban
perezosamente. Regresó al hotel después de que lo picaran por segunda vez. Aunque
ahora el paludismo y el dengue eran evitables, podías acabar con un brazo o una
pierna hinchados como un globo.
La azotea era demasiado alta para los mosquitos. Sabía que no debía beber a
causa de la tensión arterial y de un problema de peso que acentuaba los factores de
riesgo, pero tenía que encontrar la manera de conciliar el sueño. Compró un botellín
de aguardiente de casia. Los Baumann, los Knighton y Gordon Vinald lo invitaron a
la mesa que compartían apenas un segundo antes de que fuera igualmente reclamado
por el otro grupo —instalado necesariamente a varios metros a raíz de la enemistad
entre Purbank y Vinald—, formado por Lois Knox, Hilda Avory y Purbank. No se
sabía nada de los australianos, de Fanning ni de la amiga de la señora Knighton. Lois
parecía contrariada e Hilda indispuesta, de modo que para Wexford fue un alivio
seguir la regla de aceptar la primera invitación.
Los congregados alrededor de la mesa se dedicaban al pasatiempo favorito de los
turistas: mostrarse los recuerdos que habían adquirido ese día. En cuanto Gordon
Vinald tomó la palabra, la señora Baumann susurró al oído de Wexford que era
anticuario.
—El jade siempre está frío al tacto —explicaba—. Es uno de los métodos más
eficaces con que cuenta el aficionado para comprobar si se trata de jade auténtico. Si
www.lectulandia.com - Página 45
se mantiene frío en una habitación caldeada o en contacto con la piel, lo más probable
es que sea jade.
Gordon Vinald les contó varios timos que se practicaban con el jade. Los
comerciantes inescrupulosos de Hong Kong organizaban muestras de cinco objetos
de plástico por uno de jade o de cinco objetos de plástico por uno de marfil. China era
un lugar seguro. Los chinos tenían principios demasiado sólidos como para engañar o
eran demasiado ingenuos para entender los procedimientos de la estafa. Claro que el
jade que vendían era importado y, por tanto, los podían haber engañado… Wexford
pensó en los objetos que había comprado para Dora, Denise y sus hijas. ¿Eran fríos al
tacto? No se acordaba. Planteó una pregunta de tanteo a Vinald.
—Ocupa la habitación contigua a la mía, ¿no? —Vinald respondió con otra
pregunta—. Como sin duda continuaremos con el horario de parvulario, ¿por qué no
los trae a la mágica hora de las nueve y media y me los muestra?
Margery Baumann rió. Sacó un paquete de su bolso y al abrirlo se esparcieron por
la mesa media docena de tacitas, medallones, un anillo y un colgante con forma de
tortuga. Se puso el anillo. Vinald estudió los objetos y declaró que eran de jade, uno
de ellos de color muy parecido al jade imperial tan apreciado por los emperadores.
Súbitamente, como si no hubiera nadie más presente, tomó la mano de Margery y la
acercó a su mejilla. En apariencia, comprobaba la temperatura del anillo de la mujer
sobre su piel, pero el gesto era el de un amante. Wexford notó que la señora Baumann
sonreía encantada y que Margery se ruborizaba.
Vinald soltó la mano de Margery.
—Es una nefrita auténtica. Margery, has elegido bien. Si no tuvieras una
profesión más valiosa, diría que posees buen olfato para mi especialidad.
Margery no dijo nada, simplemente volvió a reír. El comentario, pronunciado con
el tono en que lo dijo y después de aquel gesto, casi podía conducir a una petición de
matrimonio. Wexford pensó que no se sorprendería si al día siguiente comunicaban la
buena nueva al grupo.
Wexford ofreció aguardiente a los presentes. Los bebedores de cerveza no
aceptaron, si bien las señoras Baumann y Knighton accedieron a beber un vaso. A ese
ritmo, el botellín no le duraría nada. Fue a la barra en busca de otro botellín de
aguardiente mientras en el tocadiscos volvía a sonar «Noche de paz».
De pie junto a la barra, en compañía de una mujer mayor, se encontraba la chica
más guapa que había visto desde su llegada a China.
Mejor dicho, la caucasiana más guapa. Había visto muchas bellezas chinas, pero
pensaba que a las mujeres con el aspecto de su hija Sheila o de su sobrina Denise no
les interesaba visitar la República Popular.
Esa muchacha habría atraído las miradas incluso en el ambiente más sofisticado.
Ella y la mujer mayor estaban ante la barra y charlaban con los tres hombres de
www.lectulandia.com - Página 46
negocios australianos sobre el tema que concentraba la atención de todo el hotel y,
probablemente, de todos los habitantes de Kweilin: la muerte por asfixia de Wong
T’ien Shui. Wexford la oyó decir:
—Siempre pasa algo en esa gabarra. Si creyera en cosas raras, diría que le ha
tocado la china. Tal vez la construyeron encima del ojo de un dragón o de algo por el
estilo.
La joven rió. Los australianos soltaron estentóreas risotadas. Wexford pensó que
la chica tenía acento neozelandés. La mujer mayor —¿su madre?— preguntó a la
muchacha:
—Pandora, ¿tomarás vino tinto o whisky japonés?
Pandora meditó. Era alta y desorbitadamente esbelta, de poco más de veinte años.
Tenía el pelo tan negro como la tintura azabache de Lois Knox, pero el color de
Pandora era natural y le caía recto sobre los hombros como si estuviera mojado. En la
tersa piel blanca no había más maquillaje que una pincelada de verde esmeralda en
los párpados. Sus ojos eran de color verde avellana y tenía las pestañas tan espesas y
oscuras como las de un minino negro. Lucía un vestido verde intenso con faja rosa y
negra y sandalias rosadas. Se decantó por el whisky, se volvió y caminó por la
terraza. Bruce cogió una bandeja y la llenó de botellas y vasos.
Wexford compró el aguardiente y regresó a la mesa. Durante un segundo creyó
divisar a la anciana de los pies vendados junto al pretil, pero miró mejor y sólo vio a
un chino con un petardo en la mano. Los reunidos volvían a hablar de la muerte de
Wong. Al doctor Baumann no le entraba en la cabeza que alguien se ahogara en una
zona donde había tantos arrecifes para asirse. Margery dijo que quizá se había
golpeado la cabeza al caer. Con una desagradable risilla, la señora Knighton opinó
que, fuera como fuese, el suceso había echado a perder lo que prometía ser un paseo
muy interesante. En ese momento Wexford dirigió su atención a los actos de Lois
Knox que, al ver que su australiano aparecía en la azotea con una mujer y dos
hombres, al ver que se acercaba a la mesa ocupada por Pandora, abandonó su asiento,
pidió disculpas a sus acompañantes y se dirigió a toda velocidad hacia la escalera.
Purbank dijo algo ininteligible, pero la brisa nocturna permitió oír la respuesta de
Hilda Avory:
—Claro que se siente desdichada. ¿Y qué puede esperar si a su edad se comporta
de esa manera?
Knighton tenía la mirada perdida. Apenas había participado de la conversación y
a partir de ese momento se abstuvo por completo. Mirando sin ver, parecía que
acababa de tener una visión trascendental o que había visto un fantasma. Sacudió
bruscamente la cabeza y Wexford se sorprendió de su expresión arrebatada. ¿A qué
respondía?
Su esposa mostraba instantáneas familiares a la señora Baumann.
—Tenemos cuatro hijos, tres varones y una mujer, y cuatro nietos realmente
adorables, además de otro en camino.
www.lectulandia.com - Página 47
La señora Baumann estaba a punto de hacer el comentario que correspondía
cuando Knighton tomó la palabra. No se dirigió a nadie en concreto. Miró la
panorámica, el firmamento y recitó:
www.lectulandia.com - Página 48
6
Los tesoros desparramados por la austera habitación del hotel chino la habían
convertido en algo semejante a un rincón de cualquier museo de la Ciudad Prohibida.
Había platos de la famille jaune; piezas de cerámica azul y blanca; un magnífico
jarrón alto de color melocotón con dibujo de aves y de frutas maduras en un
melocotonero; bandejas de laca; cajas de palillos en jade, cornalina y esteatita; tres o
cuatro cuencos sencillos y claros de forma exquisita; un par de vasijas con tapa de
jade tallado, y por todas partes minúsculas piezas de jade tallado, cajas de rapé, sellos
y frascos metálicos para perfume.
—Confieso mi debilidad por las piezas más espléndidas —reconoció Wexford—.
¿Esto demuestra que soy un ignorante incapaz de discriminar?
Vinald rió.
—En realidad, no. El jarrón es extraordinario. Ha tenido suerte al encontrarlo.
Existe un par exactamente igual a éste, creado para la emperatriz viuda.
—¿Entonces no es tan antiguo? —Hasta ahí llegaban los conocimientos de
Wexford.
—Tiene menos de cien años. —Vinald le devolvió los objetos que había
comprado—. Son de jade. Sinceramente, me sorprendería si no lo fueran. ¿Le apetece
una taza de té?
Después de servir el té, Vinald se dedicó a poner orden.
—Partimos mañana y haremos un espantoso viaje indirecto porque no hay ruta
directa de Kweilin a Cantón. Al parecer, en el medio hay montañas.
Vinald guardaba artículos de escritorio en el bolso de mano: un bolígrafo, un
trozo de lacre rojo, una libreta, el papel de carta del hotel. Wexford rió para sus
adentros. ¡A la gente le encantaba conseguir algo a cambio de nada, incluso a los más
acomodados! Este hombre indiscutiblemente rico birlaba tres hojas de papel de carta
cuando, sin duda, podría haber adquirido todas las existencias de Kweilin y haberlas
devuelto sin reparar en el dinero perdido.
Vinald bebió un sorbo de té.
—No vine a China sólo para comprar antigüedades —dijo—. Necesitaba unas
vacaciones, me moría de ganas de disfrutar de unas vacaciones. Pero cuando estuve
aquí me decidí a comprar antigüedades. Ya sabe. China es un verdadero tesoro.
Wexford enarcó las cejas inquisitivo.
—Sí, claro que sí —prosiguió Vinald—. ¿Se imagina todo lo que birlaron durante
lo que llaman la época de la liberación? Y eso para no hablar de la Revolución
Cultural. Sostienen que todo ha pasado a manos del gobierno, pero la verdad es que
se lo robaron a sus legítimos propietarios y, en los casos en que se divulgó la verdad,
los asesinaron.
—En realidad, nunca se sabe la verdad sobre China —aseguró Wexford—. Y no
es una novedad, siempre ha pasado lo mismo.
www.lectulandia.com - Página 49
Vinald disculpó la interrupción con un ligero ademán de impaciencia.
—Le aseguro que si China dispersara por el mundo todo lo que posee, haría saltar
el mercado de antigüedades.
—Lo cual, según mi mejor saber y entender, no le vendría nada bien.
—Es verdad. Me he servido unas pocas chucherías insignificantes. —Vinald sacó
papel de seda de un cajón y se dedicó a envolver objetos, que a continuación guardó
en cajas, algunas de las cuales estaban llenas de paja. Bruscamente preguntó—:
Dígame, ¿le parece mal comprar algo por cincuenta yuan, digamos que unas quince
libras, cuando uno sabe perfectamente que su valor real asciende a quinientas libras?
—Si por mal quiere decir ilegal, yo diría que no es ilegal en ningún rincón del
mundo. Sin duda no es ético, algunos dirían que equivale a aprovecharse de la
inocencia. ¿Por qué? ¿Se ha dedicado a ese tipo de actividad?
—Un poco —respondió Vinald—. Son tan ignorantes que la mitad de las veces
no saben lo que ofrecen. Es posible que en algunas partes no sea ético, pero creo que
aquí no es amoral. Nadie puede pensar que se aprovecha injustamente del gobierno
chino, ¿verdad? No es lo mismo que si se tratara de un individuo que intenta ganarse
la vida.
—¿Y si es una nación la que intenta ganarse la vida? —Wexford abordó el tema
desde otra perspectiva al ver que Vinald no lo entendía—. No envidio tener que llevar
todas esas cosas a Inglaterra.
—La mayoría viajará en mi maleta. —Vinald guardó los platos azules y blancos,
un icono y un cuenco blanco brillante—. Traje el mínimo indispensable de ropa
porque sabía que querría tener espacio.
—¿No tendrá problemas en la aduana?
—No tengo intención de engañarlos. No hay ningún problema siempre y cuando
nadie saque de China algo que tenga más de ciento veinte años de antigüedad.
Wexford le agradeció la comprobación de sus piezas y la taza de té y lo dejó
envolviendo y guardando un icono azul, rojo y dorado. En su habitación, en el rincón
del acondicionador de aire, se encontraba la anciana de los pies vendados. La miró
fijo y ella se convirtió en el perchero de madera del que Wexford había colgado la
chaqueta.
La sombra de la mujer revoloteó a través de la persiana. Wexford supo que no era
real y que la imaginaba porque algo le había ocurrido a sus ojos o a su mente. En la
selección de relatos sobrenaturales que estaba leyendo había un cuento de Somerset
Maugham, «Fin del vuelo», que no tenía nada que ver con aviones, sino que trataba
de un hombre en el Lejano Oriente que le había infligido alguna lesión a un oriental y
después, dondequiera que huía, era perseguido por el oriental, su espíritu o su
fantasma. Claro que él, Wexford, jamás le había hecho el menor daño a una vieja
china.
La habitación volvía a estar vacía, no había ni rastro de la mujer. El
acondicionador de aire creaba una atmósfera fresca. Wexford se metió en la cama y
www.lectulandia.com - Página 50
se tapó la cabeza con el edredón. Como dormir le resultó imposible, se levantó en
mitad de la noche y preparó té. Aunque no había indicios de la anciana, seguía sin
conciliar el sueño y, para imposibilitarlo un poco más, a las cuatro de la mañana al
zumbido del acondicionador de aire se le sumó un rugido torrencial. Llovía.
En cuanto amaneció, se levantó y vio llover por la ventana. Lo único que vio fue
la lluvia chocando contra las ventanas, ya que una bruma densa y blanca ocultaba el
lago, los tejados de la ciudad y las montañas.
Salir era absurdo a menos que fuese imprescindible. El grupo del tren tenía que partir.
Estaban a punto de iniciar el viaje a Cantón, que en línea recta sólo quedaba a
trescientos veinte kilómetros, pero en tren tardarían dos días. Habían apilado el
equipaje en el vestíbulo del hotel. Bajaron en ascensor de a pares y a trios a fin de
esperar al señor T’chung y el autobus.
Wexford estaba sentado en un sillon de caña y leía el cuento de Maugham sobre
el fantasma del oriental. Los Knighton fueron los primeros en bajar, en compañía de
su amiga, que llevaba el traje de pantalón azul oscuro y ya no se parecía tanto a la
anciana de los pies vendados. El autobús estaba aparcado en la puerta del hotel. Lois
Knox salió del ascensor seguida de Hilda Avory.
—Creo que deberíamos despedirnos —dijo Lois y lo miró significativamente,
como si hubiesen compartido alguna intimidad.
Wexford estrechó la mano de Lois, la de Hilda y la de Vinald.
—Que tengan buen viaje.
—Lo mismo digo —añadió Vinald—. ¿Emprenderá el vuelo en un bonito y
pequeño Fokker Friendship? Ojalá tuviéramos la misma suerte.
Los Baumann y Margery lo saludaron con la mano. Fanning se apeó del ascensor
en compañía del señor T’chung.
—Que Dios me ampare —susurró Fanning al oído de Wexford—, pero le juro
que en cuanto regrese a Inglaterra lo más que me alejaré será para viajar hasta la isla
de Wight.
Bajo la protección de los paraguas sostenidos por los guías, avanzaron en fila
india hasta el autobús. En el último momento se sumaron las dos neozelandesas. La
bella Pandora lucía ceñido pantalón amarillo y camiseta del mismo color. Wexford
notó que Lois miraba con acrimonia a Pandora.
La lluvia se tragó al autobús en cuanto partió hacia la estación de trenes. Wexford
bebió té, intentó dormir y leyó un cuento de M. R. James acerca de un hombre
perseguido por el fantasma de un noble sueco al que, sin querer, había liberado de la
tumba. No lo terminó. Había visto que la anciana de los pies vendados cruzaba el
vestíbulo inmediatamente después de la partida del autobús y ahora la divisaba casi
permanentemente en los límites de su campo visual. Si miraba con atención, la vieja
desaparecía, y en cuanto desviaba la vista era apenas consciente de que ella
www.lectulandia.com - Página 51
aguardaba, por así decirlo, en las lindes de su visión.
No tenía sentido preocuparse. En cuanto regresara, pediría al doctor Crocker que
lo enviara al oculista, al especialista en alergias o, si no había más remedio, al
psiquiatra. En lugar de preocuparse —mejor dicho, en lugar de preocuparse más allá
de lo posible—, pensó que tal vez debería llamar a la policía local. Al fin y al cabo,
estaba en China porque era policía, había viajado por invitación expresa del
ministerio de Asuntos Internos. Puesto que había estado en la gabarra cuando ocurrió
el accidente fatal de Wong, ¿no debía presentarse e informarles sobre este hecho?
Pensó sombríamente en la cuestión. ¿Qué pasaría con su desconocimiento del chino y
el indudable desconocimiento del inglés por parte de los chinos? ¿Pediría al señor
Sung que hiciera de intérprete? ¿En qué podría ayudar? Cuando ocurrió el accidente,
él dormía.
No, no se presentaría. Esa actitud equivaldría a «ponerse en evidencia», a mostrar
su mayor sofisticación y la de su nación. Por otro lado, no podía hacer nada ni
decirles nada, salvo delatarse como el testigo probablemente menos eficaz de la
gabarra.
Llovió todo el día. Veinticuatro horas después, justo cuando Wexford empezaba a
pensar que cancelarían el vuelo a causa del mal tiempo, el cielo se limpió, salió el sol
y las montañas rizadas destacaban tanto en el azul transparente que parecía posible
distinguir cada árbol de las laderas. El señor Sung lo acompañó en taxi al aeropuerto.
—Me gustaría explesale el enolme placel que pala mí ha supuesto sel su guía. Le
deseo buen viaj e y una estancia agladable en Kuang-chou.
Wexford sabía que ése era el nombre que los chinos daban a Cantón; tal vez fuera
más correcto decir que, al intentar pronunciar Kuang-chou, Cantón fue lo máximo
que lograron pronunciar los mercaderes europeos que viajaron hasta allí.
—Sea tan amable de tlasmitil mis mejoles deseos a sus amigos y palientes del
Leino Unido y deciles que selán bien lecibidos en China. Todos los amigos selán bien
lecibidos.
El avión no disponía de aire acondicionado. Una vez en vuelo, el vapor entraba en
el interior no presurizado y los pasajeros se dieron aire con abanicos en los que
estaban pintadas las montañas de Kweilin, abanicos repartidos por la azafata.
Wexford era el único europeo a bordo. Sabía que la azafata que se paseaba pasillo
arriba y abajo con abanicos y una bandeja de caramelos era una muchacha de poco
más de veinte años, pero durante unos segundos vio en ella a una anciana de pies
vendados. ¿Volvería a verla en Cantón? ¿Y en Hong Kong? ¿La vería, al igual que el
hombre de Maugham con el oriental, en Inglaterra?
En Cantón lo recibió Lo Nan Chiao, su nuevo guía. El señor Lo le estrechó la
mano, le dio la bienvenida a Kuangchou y le dijo que, si no tenía inconveniente, se
trasladarían directamente al Mausoleo de los Mártires mientras su equipaje seguía
www.lectulandia.com - Página 52
viaje al hotel.
La anciana de los pies vendados lo estaba esperando. Wexford cerró y abrió los
ojos y la anciana se había convertido en una asistente de uniforme. Franqueó las
puertas del Monumento a Sun Yat-sen y acudió a su encuentro cruzando el puente de
Sha Mian. Para entonces Wexford estaba convencido de su demencia, pero el señor
Lo se acercó a hablar con la mujer y luego le comentó que era conocida de su madre.
Wexford sudaba. No siempre había sido una conocida de la madre del señor Lo.
En Cantón hacía aún más calor y había mucha humedad. Intentó preparar té, pero el
agua del termo estaba apenas tibia y sus repetidos pedidos al personal del hotel no le
permitieron conseguir agua casi hirviendo. Durante la cena descubrió una nueva
marca de lao shan, el agua mineral más pura y más fresca que hasta entonces había
probado, y compró doce botellas para sorpresa de la camarera, para quien esa
extravagancia representaba, probablemente, el salario de una semana. La comida era
buena y el café se dejaba beber.
Dormitó en su habitación y lo que le ocurrió pudo ser un sueño en lugar de una
visión. Nunca lo supo con certeza. De todas maneras, siguió los pasos tradicionales
dignos de cualquier relato de fantasmas. Arrojó algo. Prácticamente en cualquier otro
lugar del mundo en la habitación del hotel habría habido un libro sagrado —la Biblia,
el Corán o poemas religiosos sánscritos—, pero tuvo que apañárselas con Obras
maestras de lo sobrenatural. La vieja se esfumó. Wexford estaba agotado. Tenía el
convencimiento de que no lograría dormir y se había preparado para otra noche en
blanco, pero se hundió en un reposo pesado y sin sueños del que no emergió hasta las
seis, hora en que sonó el teléfono.
—Buenos días. Es hora de levantarse —dijo una voz alegre, acostumbrada a los
ritmos cantoneses.
Wexford se sintió mucho mejor. El sol iluminaba las verdes montañas boscosas
que divisaba desde la ventana. A desayunar y luego a la fábrica de porcelanas en
compañía del señor Lo, a la fábrica de Fu-shan, donde se crearon las grandes
porcelanas chinas de antaño y desde la que se exportaron a Europa, en la que sin duda
había sido modelado, pintado y barnizado el jarrón de flores de melocotón adquirido
por Gordon Vinald.
Mientras volvía a cenar en el Hotel Bai-yun, Wexford se dio cuenta de que no
había visto a la anciana desde que se ocultara detrás de un grupo de chicas que
modelaban figurillas en la fábrica. Esa noche no apareció en su habitación, ni
tampoco al día siguiente en el parque de Tung Shan, ni asomó por ninguna parte
aguando la belleza del jardín de orquídeas.
El señor Lo se presentó con el visado de salida de Wexford y un almuerzo
envuelto en papel para que lo comiera durante el viaje en tren hasta Kowloon.
Partieron rumbo a la estación y la anciana no se presentó. Tampoco lo esperaba en el
vagón. Los asientos del tren tenían fundas de algodón color pardo con cenefas
plisadas, y en las ventanas había cortinas de red y cortinados de terciopelo azul claro.
www.lectulandia.com - Página 53
En el circuito cerrado de televisión se turnaban una locutora y un grupo de acróbatas.
Wexford no podía creer que la anciana había desaparecido e incluso intentaba
vislumbrarla en los límites de su campo de visión, pero no logró nada salvo un buen
dolor de cabeza.
www.lectulandia.com - Página 54
Segunda parte
www.lectulandia.com - Página 55
7
Thatto Hall Farm se encuentra a un kilómetro y medio de la pequeña población de
Sewingbury, en un agradable terreno arbolado y accidentado. La casa solariega fue
derribada hace muchos años y la más pequeña, adquirida en 1965 por un matrimonio
de Londres y convertida en segunda residencia, es actualmente la única morada de
Thatto Vale. Paunceley es la aldea más próxima: un conjunto de casitas enlazadas con
Sewingbury por una carretera comarcal y una red de caminos que corren paralelos a
la granja.
Se trata de una casa de ladrillos alta y larga, de unos ciento sesenta años, que
cuenta con seis habitaciones, dos cuartos de baño, un pequeño lavabo y cocina. Los
jardines están cuidados y la casa atendida, incluso tiene aspecto lujoso. En octubre la
viña loca que cubre la mitad de la fachada de la casa se convierte en una llamarada
carmesí y los dos arriates circulares del jardín delantero se llenan de flores enanas en
diversos tonos de morado, rosa y azul oscuro.
Una mañana de octubre la señora Renie Thompson, la mujer de la limpieza de
Thatto Hall Farm, llegó a las nueve y encontró muerta a su patrona en el suelo del
comedor.
Wexford llegó al trabajo media hora más tarde y fue la primera noticia que le dieron.
El nombre despertaba recuerdos, lo mismo que las señas.
—¿Quién ha muerto? —preguntó al sargento Martin, de la brigada de detectives.
—La señora Knighton, señor, la señora Adela Knighton. La mujer que la encontró
dijo que le habían disparado.
—¿El inspector Burden ha ido para allá con el doctor y con Murdoch? Pues bien:
nosotros también iremos.
Era un magnífico día soleado, aunque aún persistía algo de bruma matinal. Los
árboles aún no habían perdido las hojas. Donde el sendero se juntaba con el camino,
delante mismo de la casa, un hombre subió la escalera para salvar la cerca, cargando
al hombro la escopeta y dos conejos muertos. Thatto Hall Farm estaba envuelta en
una bruma dorada. En sus jardines cuidados y cubiertos de rocío se desplegaba una
sucesión de frutos rojos y amarillos de los manzanos silvestres. La puerta estaba
abierta y Wexford se internó en la casa.
Murdoch, el experto en escenarios de crímenes, estaba en el comedor, en
compañía del doctor Crocker y del cadáver. Naughton, especialista en huellas
dactilares, trabajaba en el pasillo. Renie Thompson estaba sentada ante la mesa de la
cocina, frente a Burden, y bebía té cargado. Tenía prácticamente la misma edad que la
extinta patrona, sesenta y pico, y era una mujer fornida y demacrada, con el pelo
teñido de color castaño cubierto por una redecilla, vestida con falda y jersey
protegidos por una bata de flores malva.
www.lectulandia.com - Página 56
—¿Dónde está el señor Knighton? —preguntó Wexford.
—A mí no me lo pregunte. —La señora Thompson mostraba una actitud
descarada y agresiva a pesar de la conmoción—. Vengo todos los lunes, miércoles y
viernes a las nueve en punto y es la primera vez que no está en la casa, junto a ella.
Subí a echar un vistazo. Quiero decir que, después de lo que he visto, él también
podía estar arriba muerto y tendido. Dormían en camas separadas y la de él no estaba
deshecha. Nunca había pasado, nunca desde que entré a trabajar en esta casa, y de eso
hace la tira.
Wexford subió al primer piso. La escalera era de roble encerado, sin alfombra; los
dormitorios estaban enmoquetados y el amplio pasillo de arriba tenía el suelo
encerado y decorado con alfombras azules y gris plata. El dormitorio principal, con la
cama hecha y la deshecha, estaba decorado en diversos tonos de rosa y los otros tres,
respectivamente, en azul, verde y dorado. Muebles Victorianos, cortinas de zaraza
con abrazaderas o anillas, dibujos de Arthur Rackham en finos marcos color plata,
sobre la consola un ramo de siemprevivas en un jarrón Bing and Grondhal, y en cada
dormitorio un florero con un ramo de diversas flores. Todo muy correcto y de buen
gusto. Wexford miró el interior de todos los armarios, incluso debajo de las camas.
Bajó y registró la amplia sala, amueblada de la misma manera convencional. Luego
de echar un vistazo a los cuartos de baño, entró en el lavabo y reparó en que faltaba
un cristal de la ventana. Vivo o muerto, Knighton no estaba en casa.
El doctor Crocker salió del comedor y dijo:
—El viejo Tremlett viene para aquí. Logré dar con él en casa antes de que saliera
hacia el hospital.
—¿Es verdad que a la mujer le dispararon?
—En la nuca. Quien lo hizo debió de apoyar el cañón del arma en el occipital.
Tenía chamuscado el pelo de la nuca.
—¿Le disparó en la nuca? ¿Le apoyó el arma en la nuca y le disparó? La idea me
pone los pelos de punta. Sargento, ¿qué opina? ¿Cree que la mujer oyó ruidos, bajó a
averiguar qué ocurría, que el que lo hizo se acercó sigilosamente por detrás y le
disparó?
—Señor, tal vez oyó la rotura del vidrio. En la ventana del lavabo falta un cristal.
—Pues ha sido recortado. Reúnase con la señora Thompson y averigüe qué
objetos de valor tienen o tenían en la casa.
Wexford se arrodilló y observó el cadáver. Estaba frío y pesado al tacto y la
rigidez cadavérica ya se había producido. Cuanto había visto de Adela Knighton en
China no le había interesado, pero lo olvidó con un gesto de compasión. Era penoso
verla y su muerte no tenía la menor dignidad. Vivita y coleando, había sido una mujer
corriente, robusta, bastante agresiva y solemne. Muerta yacía convertida en un bulto
fofo, su rostro poseía el aspecto de la cera medio derretida, con el pelo rubio ceniza
ennegrecido a la altura de la nuca y alrededor del orificio rojizo y de bordes
chamuscados abierto por la bala. Vestía un camisón aparentemente caro de tela
www.lectulandia.com - Página 57
sedosa, gruesa y brillante, de color melocotón, con bordes y adornos de encaje, y
encima una bata de terciopelo de algodón azul oscuro. Calzaba chinelas sin tacón de
terciopelo negro acolchado. En la mano izquierda llevaba la alianza, un aro de platino
cincelado que había adquirido la delgadez del alambre.
—No da la sensación de que algo muy alarmante la haya obligado a bajar —
comentó Wexford—. Junto a su cama hay un supletorio y el cable no está cortado.
Un Daimler negro entró en la calzada de grava. Acababa de llegar sir Hilary
Tremlett, el patólogo. Wexford se metió en el lavabo del pasillo. Contenía retrete con
cisterna baja, tocador con lavamanos empotrado y un pequeño espejo redondo
colgado de la pared, encima del tocador. La ventana era de guillotina y estaba
dividida en cuatro vidrios, cada uno de noventa y cinco centímetros cuadrados;
alguien había recortado el cristal de uno de los paneles. Wexford llegó a la conclusión
de que le habría sido imposible pasar por esa abertura, aunque hay que reconocer que
era un hombre corpulento de huesos grandes. La mayoría de las mujeres podrían
haberlo atravesado, lo mismo que cualquier hombre de complexión mediana.
Directamente debajo de la ventana, afuera, se extendía un arriate pequeño y
estrecho en el que florecían siemprevivas rosas. Wexford supo que no encontraría
pisadas. Salió a echar un vistazo y no descubrió una sola huella, aunque era evidente
que alguien había borrado los restos de cualquier pisada que pudiera notarse.
La señora Thompson explicaba a Martin que, por lo que sabía, los Knighton
nunca tenían dinero en casa. Renie Thompson dio a entender que, como tanta gente
acomodada, la señora Knighton siempre estaba sin blanca y la mitad de las veces le
pagaba con cheque. No faltaban objetos decorativos ni habían intentado retirar
equipos pesados, televisor, tocadiscos ni ningún otro electrodoméstico.
—Es de suponer que tenía joyas.
—Seguro —dijo Martin dando a entender que no habría pensado en ello si su jefe
no lo hubiese mencionado—. Señora Thompson, ¿qué hay de las joyas?
—Recuerde que yo sólo la veía por la mañana. De nada servirá que me pregunte
si tenía anillos u otras alhajas.
Wexford recordó del viaje a China un reloj de platino y un anillo de prometida
con una piedra cuadrada. Comentó con la señora Thompson la existencia de esas
joyas.
—Si usted lo dice… Pero no me pregunte dónde las guardaba.
—Está bien, no se lo preguntaremos —dijo Wexford, irritado por la actitud
agresiva y susceptible de la mujer de la limpieza—. Echaremos un vistazo. No hay
muchos lugares donde guardarlas. Seguro que no las escondía en la nevera ni en la
chimenea.
Sir Hilary había concluido el examen preliminar y estaban a punto de retirar el
cadáver. Murdoch seguía estudiando meticulosamente tapas de mesas, barandillas y
batientes de puertas. Antes de irse, el médico preguntó a Wexford:
—¿Vivía sola?
www.lectulandia.com - Página 58
—Tiene marido —replicó Wexford.
—¿Dónde está?
—Ojalá lo supiera.
Martin bajó e informó:
—Señor, no hay joyas ni joyero en su habitación ni en ninguno de los
dormitorios.
—De acuerdo. —Al recordar el encuentro alrededor de la mesa de la azotea del
hotel, Wexford preguntó a la señora Thompson—: La señora Knighton tenía hijos.
¿Dónde están?
—Todo lo que sé es que la hija vive en Sewingbury. No me pregunte dónde están
los hijos, creo que todos viven en el extranjero. Tal vez en esa libreta figuren sus
números de teléfono.
Encima de la mesilla del teléfono había una libreta encuadernada en piel.
Wexford recordaba de memoria el número de teléfono de sus hijas. Estaba justa e
íntimamente orgulloso de su memoria, sabía que era excepcional.
—¿Cuál es el nombre de casada de la hija?
—¿El apellido? No tengo ni idea. Nunca tuve necesidad de saberlo. Se llama
Jennifer. El señor Knighton se lo dirá.
—Sí, sin duda conoce el apellido de casada de su propia hija —espetó Wexford
—. Señora Thompson, si quiere puede irse. Es probable que volvamos a llamarla. Ya
le avisaremos.
—¿No me llevan a casa en coche?
—¿Cómo dice?
—Creo que lo menos que pueden hacer es llevarme en coche a casa. Después de
todo, avisé que la había encontrado, ¿no? Los ayudé en la investigación. Dadas las
circunstancias, lo lógico sería que se ocuparan de mi transporte.
Wexford se divertía.
—Lo siento, pero no se acostumbra en este lugar dejado de la mano de Dios.
Puede que lo hagan en Scotland Yard o en Los Angeles. Me temo que ha visto
demasiados seriales policiacos.
Renie Thompson alzó la cabeza y salió enfadada. Wexford rió.
—Pero si vive en Paunceley —dijo Burden—. ¿No cree que lo ha hecho ella?
—Venga ya. No sabe distinguir entre una Beretta y un sacacorchos. Murdoch, ¿ha
terminado? Será mejor emprender el regreso. Martin, quiero que busque a la hija de
Knighton, que vive en Sewingbury… y, si puede, a los hijos. Quiero un registro casa
por casa entre este sitio y Sewingbury y por el otro lado de Thatto Vale a través de
Paunceley. Afortunada o desafortunadamente, no hay tantas casas.
—Señor, ¿qué debemos buscar?
—Todo hecho sospechoso ocurrido durante la noche, el avistamiento de algún
coche extraño, desconocidos que ayer o que por la noche se pasearon a pie. Ah,
también estamos buscando a Knighton, sobre todo estamos buscando a Knighton.
www.lectulandia.com - Página 59
En cuanto se fueron, Wexford le habló de China a Burden. No se refirió al viaje
en general —comentarios que había hecho con moderación a lo largo de las semanas
anteriores—, sino a todo lo que recordaba de Adam y Adela Knighton. No era
mucho. Por una rara paradoja, había prestado más atención a los demás miembros del
contingente del tren que a los Knighton y a su amiga. Tal vez se debió a que los otros
le fueron impuestos y a que, cuando por fin conoció tardíamente a los Knighton, fue
en el momento en que estaba más importunado, acosado y perseguido por aquella
fantasía, alucinación o lo que fuera. Con las mujeres prácticamente no habría cruzado
una sola palabra y con Knighton… ¿qué recordaba de él? Se trataba de un sesentón
alto, delgado y canoso que durante unos segundos pareció haber visto visiones y que,
sin motivos claros, recitó un extraño fragmento de un poema chino. Cuando se lo
contó todo a Burden —omitiendo el comentario de sus propias visiones— e indagó
en su excelente memoria, supo que había reproducido con absoluta fidelidad cada
frase que había oído en boca de Adam y Adela Knighton.
—Tal vez sirva de algo —opinó Burden sin mostrarse demasiado alentador.
Aunque Burden lo comprendió, Wexford replicó enigmáticamente:
—Pues no fue un ladrón, ¿verdad? Ella no se levantó de la cama y bajó a buscar
al ladrón. El ladrón no se situó a sus espaldas ni le clavó el arma en la nuca. No
ocurrió así. ¿Dónde diablos se ha metido Knighton?
—Asesinó a su esposa y huyó con su amiga. Ya sé que no. Hablando en serio, es
lo que parece. No me refiero a que huyera con la amiga de su esposa. No creo que a
esa edad lo hayan hecho. Por la noche tuvo una pelea con ella, le disparó y puso pies
en polvorosa. ¿Es tan disparatado? Parece lo más probable. A esta altura podría estar,
posiblemente está, fuera del país. Los de su posición siempre tienen amigos
acaudalados e influyentes.
—No hacen falta amigos acaudalados e influyentes —puntualizó Wexford—.
Basta con comprar un billete de avión… con la tarjeta American Express.
Actualmente todo es muy fácil. Vale, reconozco que es probable aunque, teniendo en
cuenta que ella estaba en camisón, habría supuesto que se pelearon en el piso de
arriba. Ciertamente jamás habría imaginado que un caballero inglés como Knighton
le disparara a alguien, menos aún a su esposa, en la nuca.
—Ese punto no dejará de molestarlo, ¿verdad?
—Desde luego.
Se encontraban en la sala. Otrora habían sido tres o cuatro habitaciones pequeñas,
pero ahora era una estancia única de unos nueve metros de largo, con puertaventanas
en el fondo y ventanas de bisagra que daban al jardín y la calzada. Un reloj de pared
dio las once con potentes y sonoras campanadas. Wexford percibió otro sonido. Se
acercó a una de las ventanas y miró hacia afuera. Un Ford grande de color azul
oscuro subía por la calzada.
—Es uno de los taxis de la estación de Kingsmarkham —dijo Burden.
—Exactamente.
www.lectulandia.com - Página 60
El taxi paró. Un hombre se apeó del asiento trasero, pagó al chofer y cogió una
maleta de piel negra no muy grande que durante unos segundos había dejado sobre la
grava. Caminó hacia la puerta principal y desapareció de la vista.
—Knighton —lo reconoció Wexford.
El hombre giró la llave en la cerradura. Expectantes, ambos policías
permanecieron totalmente inmóviles. La puerta principal se abrió y se cerró. Sonaron
pasos en el pasillo y Knighton gritó:
—¡Adela!
www.lectulandia.com - Página 61
8
Había llegado el momento de dar a conocer su presencia. Aunque Wexford tosió, es
posible que Knighton no lo oyera porque dio un brusco respingo al ver que en la sala
se encontraban dos hombres.
—¿Qué demonios…?
—Buenos días, señor Knighton —lo saludó Wexford—. Sí, ya nos hemos visto.
Nos conocimos en China. Veo que usted también me ha reconocido. Soy el inspector
jefe Wexford, del Departamento de Investigación Criminal de Kingsmarkham. Y éste
es el inspector Burden.
—Sí, claro, el señor Wexford. Por supuesto que lo recuerdo, aunque no sabía…
¿Qué hacen en mi casa? ¿Ha habido un robo o algo parecido…?
—Aún no lo sabemos. Pero ha ocurrido algo muy grave. Debe estar preparado
para…
—¿Dónde está mi esposa?
Wexford le dio una explicación. Knighton palideció. Deambuló por la sala y se
sentó en un sillón.
—¿Disparado? —preguntó—. ¿Dice que le han disparado… a Adela?
—Señor, temo que es verdad.
—¿Le disparó un intruso y la mató?
—Sí, al parecer le disparó alguien que durante la noche forzó la entrada en la
casa.
Knighton se pasó la mano por la cara.
—Y usted… ¿usted es policía en Kingsmarkham? ¿Vino a casa y encontró muerta
a mi esposa?
—No fui el único que vino. Nos llamó la mujer de la limpieza.
—Santo Dios. ¡Santo Dios del cielo!
Burden había tomado asiento y Wexford hizo lo propio. Knighton seguía blanco
como el papel y con los ojos vidriosos por la sorpresa. Wexford habría jurado que
estaba sorprendido. Reparó en algo que no había notado realmente durante el viaje
por China —sin duda, su lamentable preocupación por la anciana de los pies
vendados lo había distraído—, vio que Knighton era extraordinariamente apuesto.
Aún ahora lo era, pese a que la conmoción había demudado su expresión. ¿Qué
aspecto debió de tener cuando joven? Aún tenía figura de muchacho, el porte esbelto
de los jóvenes, y sus facciones eran clásicas, si bien se habían vuelto algo marmóreas
con los años. Con el tiempo, sus rizos dorados se habían plateado. Por otro lado,
Adela Knighton había sido una mujer corriente, incluso fea. Y su fealdad no era
producto de los años, sino de la que circula por las venas.
Obviamente, todo eso carecía de importancia. Wexford planteó la clásica pregunta
de rigor que siempre lo hacía sentirse como el personaje de un relato policiaco.
—Señor, ¿dónde estuvo anoche?
www.lectulandia.com - Página 62
—¿Dónde estuve? Pasé la noche en Londres, en casa de un amigo. ¿Por qué me lo
pregunta?
—Es una pregunta de rutina.
—Por todos los santos. —Una especie de horrorizada comprensión torció la boca
de Knighton—. Le había entendido que un ladrón…
—Señor, si pudiera decirnos dónde estuvo anoche, cómo se llama su amigo y
algunas cosas más, acabaremos mucho antes con este lamentable asunto.
—De acuerdo. —Knighton dudó una fracción de segundo y añadió—: Un viejo
amigo mío, Henry Lacey, celebró una cena en el club del que ambos somos socios.
Me refiero al Palimpsest de St. James. Quería festejar sus cincuenta años como
abogado, supongo que estaría más en boga decir su jubileo de oro. Me invitó. En
casos como éste pernocto en Londres, pues jamás me ha gustado hacer salir a mi
esposa en coche a la una de la madrugada. Como sin duda sabe, el servicio de taxis de
la estación no funciona a esa hora.
—¿Pasó la noche en el club?
—No, estuve en el piso de un amigo en Hyde Park Gardens.
Sonó el teléfono. Knighton dio otro brusco respingo. Wexford se sorprendió de
que le pidiera autorización para responder. Se limitó a asentir con la cabeza.
Knighton dijo su número en voz baja y suave. A menos que se tratara de alguien
extraordinariamente insensible, quien llamaba se tenía que dar cuenta de que era la
voz de un hombre que recientemente ha sufrido una pérdida. Una apreciación cruel
pero justa, pensó Wexford. Knighton estaba conmocionado pero no triste… tal vez la
pena llegara más adelante.
—Ah, Jennifer… —Era su hija—. ¿Te lo ha dicho la policía? ¿Has hablado con
Rod? Sí, te ruego que vengas… —Colgó y volvió a pasarse la mano por la frente—.
Vendrán mi hijo, mi hija y mi yerno.
—Tengo entendido que tiene cuatro hijos.
—Una hija y tres varones. Uno está en Estados Unidos y el otro en Turquía.
—Mientras esperamos a su hijo y a los señores…
—Norris. Mi yerno es procurador en la empresa Symonds, O’Brien y Ames de
Kingsmarkham.
—Mientras los esperamos, le agradeceré que me proporcione el nombre de su
amigo en Hyde Park Gardens y las señas del señor Henry Lacey.
Jennifer y Angus Norris fueron los primeros en llegar. Ella era una joven vulgar,
regordeta y pecosa, parecida a su madre. Estaba embarazada de siete meses y
Wexford recordó que Adela Knighton había dicho que pronto tendrían otro nieto.
Su hermano Roderick llegó poco más tarde en un Triumph TR7 amarillo después
de conducir a toda velocidad desde Londres. Era apuesto y alto como su padre,
aunque parecía ansioso y tenía unos cuantos años más que Jennifer. Wexford dedujo
www.lectulandia.com - Página 63
que también era abogado. La ley estaba perfectamente representada en la familia
Knighton, a la que le había ocurrido este episodio al margen de la ley. En algunas
ocasiones había visto en los juzgados al yerno activo y menudo, casi de la misma
altura que su esposa y con un mechón de pelo oscuro y rizado alrededor de la calva.
La joven señora Norris exhibía un talante que Wexford ya había visto en mujeres
de clase media alta que han vivido entre algodones. Llamaba mami y papi a sus
padres y hablaba de su familia y de su círculo íntimo como si de una élite se tratara.
—Es terrible, me parece increíble que nos esté ocurriendo a nosotros. Papi es
criminalista, como usted no ignora, y recuerdo que mami decía que por eso nos
enterábamos de la horrorosa cantidad de asesinatos que se perpetran. Papi le decía
que no se preocupara porque de esos asesinatos sólo una fracción tenían lugar entre la
gente bien, que prácticamente se limitaban a las clases bajas. Y ahora la pobre
mami… Es tan injusto. Llevas una vida digna, intentas atenerte a ciertas pautas y
entonces ocurre algo tan aterrador como esto.
Indudablemente el asesinato le habría resultado más comprensible si Renie
Thompson hubiese sido la víctima. De no ser por esos comentarios, Wexford no
habría tenido ocasión de preguntar dónde habían estado la noche anterior ella y su
marido.
—¿A qué hora se refiere? —preguntó Norris—. ¿Qué significa «noche»? —Habló
con el estilo que empleaba para interrogar a testigos nerviosos—. ¿A qué hora
ocurrieron los hechos?
—Señor Norris, de momento ciñámonos a la «noche».
—Lo pregunto porque al anochecer llevé a mi esposa a dar un paseo.
Jennifer Norris emitió un sonido que, dadas las circunstancias, no era una
carcajada, pero se le parecía mucho, una especie de risilla torva y nada divertida. Su
hermano la miró con fríos ojos de magistrado.
—¡Ya está bien, Angus, me llevaste a dar un paseo! Rod, está diciendo que
caminamos río abajo y arriba y que tomamos una copa en Millers, que es en lo que
últimamente consisten nuestras salidas…
Wexford tosió.
—Sí, claro, inspector jefe —dijo Norris, a quien se le habían subido los colores a
la cara—, nos acostamos temprano…
—Angus, se lo explicaré yo. El médico me ha recetado un sedante suave, razón
por la cual duermo como un tronco. Últimamente desconectamos el teléfono antes de
acostarnos, de modo que si la pobre mami intentó comunicarse con nosotros…
Wexford tuvo claro que a Jennifer le era imposible pensar que ella o su marido
estuvieran bajo sospecha. Se trataba de un asesinato relacionado con un robo. Era un
delito de «clase baja».
—A propósito, vivimos en Springhill Lane, en una de las casas viejas —añadió
Jennifer voluntariamente.
Era una faceta de esnobismo provinciano con el que Wexford había topado un par
www.lectulandia.com - Página 64
de veces. Los que habitaban en ese prestigioso barrio de Sewingbury tenían ventaja
sobre sus vecinos si poseían alguna de las casas construidas en el siglo diecisiete.
Había unas seis viviendas de ese tipo, alrededor de las cuales se habían erigido
edificios nuevos durante los últimos veinte años.
—Mami no debió de oír la rotura del cristal. El teléfono estaba junto a su cama y,
si no dio con nosotros, seguramente hubiera intentado llamar a la policía. ¿Es posible
que intentara hacerle frente a un tipo duro?
—¿Entró por la fuerza rompiendo el cristal de la ventana? —preguntó Norris.
—Señor Norris, no fue exactamente así. Digamos que recortaron y quitaron un
cristal de la ventana. Señor Knighton, ¿cuáles fueron sus movimientos anoche?
Roderick Knighton tenía una actitud despreocupada. Consultaba constantemente
el reloj. Ya había hecho varias llamadas telefónicas y durante los intervalos había
declarado que no sabía de qué manera podía ser útil pero que, si de algo podía servir,
bastaba con que su padre, su hermana y el inspector jefe se lo pidieran. Bostezó,
volvió a consultar la hora y le dijo a Wexford que la noche anterior prácticamente no
había pegado ojo; su esposa, la au pair y él habían pasado casi toda la noche en pie
porque su benjamina estaba enferma.
—En realidad, la pobrecilla tiene paperas —explicó.
Jennifer Norris había puesto los pies en alto. Su marido permanecía junto a una de
las ventanas, con aspecto pensativo. Parecía preocupado o desconcertado, aunque
quizá sólo estuviese preocupado por el hecho de que un hombre de su posición —
como sin duda diría de sí mismo— se viera involucrado en un asunto tan
desagradable. El siguiente comentario de Wexford lo obligó a girar lentamente para
cruzar con su esposa una mirada de consternación o, tal vez, de incredulidad.
—Me gustaría que trataran de hacer un inventario de las joyas de la señora
Knighton que han desaparecido.
Para Knighton fue una tarea imposible. Parecía aturdido o perplejo por lo
ocurrido y su rostro carecía de color y de vida. Estaba desganadamente sentado en un
sillón, miraba un punto fijo y de vez en cuando se estremecía intentando salir de su
ensueño. La propuesta de Wexford extrajo de él un ligero asentimiento con la cabeza.
Roderick volvió a ponerse al teléfono, habló discretamente en voz baja y por
momentos ahuecó la mano alrededor del micrófono.
—¿Es que faltan joyas? —preguntó Norris con el tono que usaba ante el tribunal.
—Cabe suponer que sí, en la casa no hay ni una sola joya —replicó Wexford
secamente—. Supongo que la señora Knighton tenía más joyas que la alianza
matrimonial.
—Claro que sí —intervino Jennifer bruscamente. Wexford se preguntó hasta
cuándo soportaría Norris ese tono acerado—. Tenía una pulsera de oro que perteneció
a mi abuela… —declaró y añadió con una clamorosa falta de discreción—: Siempre
dijo que algún día sería mía. —Norris cerró los ojos y puso mala cara—. Y las perlas,
desde luego. Algunos anillos y broches, un par de relojes. No somos el tipo de
www.lectulandia.com - Página 65
personas que se adornan como un árbol de Navidad. Mami decía que era muy vulgar
agujerearse las orejas.
—Señora Norris, le agradeceré que haga todo lo posible por confeccionar una
lista. Sin duda a lo largo de los años su padre le regaló joyas.
Knighton permaneció mudo. Súbitamente Wexford reparó en el gran diamante
cuadrado que la hija lucía en su pequeña y enrojecida mano izquierda.
—No creo que fuera algo habitual —replicó Jennifer.
www.lectulandia.com - Página 66
china. Llegará el día en que no podré soportar más fideos curruscantes.
—Soy incapaz de dejar de impresionar al prójimo con mi sorprendente
virtuosismo con los palillos —dijo Wexford mientras caminaban Queen Street abajo,
rumbo al Dragón Maravilloso—. Mike, le diré una cosa. Lamento haber prestado tan
poca atención a los Knighton durante el viaje por China. Supongo que habría sido
muy provechoso. Lo único que recuerdo bien es que Knighton estaba sentado a la
mesa y de pronto puso cara de haber visto un fantasma. Aunque quizá no fue un
fantasma. —Hizo un pausa y se quedó pensativo—. Tal vez vio el Santo Grial, la
Ciudad de Dios o, si hubiera sido Dante, a Beatriz.
www.lectulandia.com - Página 67
9
Alojada en el cráneo de la muerta, con la salida obstruida por el frontal, había una
bala de una pistola automática Walther PPK 9 mm. Le habían disparado desde la
menor distancia posible y el cañón del arma había estado en contacto con su nuca.
La evaluación más precisa de sir Hilary Tremlett redujo la hora del deceso a un
espacio que iba de las dos y cuarto a las cuatro menos cuarto de la madrugada. Adela
Knighton había sido una mujer normal y sana, de unos sesenta y cinco años, con
algunos kilos de más, que había parido varios hijos y que a lo largo de su vida se
había sometido a diversas intervenciones quirúrgicas. Le hicieron una
mastoidectomía, la operaron de varices, de apendicitis y, cuatro o cinco años atrás, se
había sometido a una histerectomía. Presentaba ligeras magulladuras en el brazo
izquierdo.
Las huellas dactilares recogidas en Thatto Hall Farm resultaron ser las de la
difunta, de Adam Knighton, de Renie Thompson y de Jennifer y Angus Norris. La
tarde el día de la muerte de su madre, la señora Norris entregó a Wexford una lista de
todas las joyas que, en su opinión, poseía su madre. Para entonces los hombres de
Wexford ya habían registrado los terrenos de Thatto Hall Farm y encontrado un
joyero de piel verde bajo el seto de la entrada. También descubrieron otros objetos,
dispersos al azar y sin el claro propósito de ocultarlos, en los arriates, bajo el seto y a
la vera del camino: dos relojes, una pulsera de oro, un collar de perlas, dos anillos de
diamantes y rubíes con engastes antiguos. La señora Norris los identificó como
pertenecientes a su madre e informó a Wexford que no faltaba nada.
El inspector vio claramente qué había ocurrido. No era un ladrón el que había
entrado con nocturnidad y alevosía en Thatto Hall Farm. Quienquiera que se había
hecho con el joyero, en su momento había pretendido que la entrada en la casa
pareciera un asalto. Poco después descartó la idea porque pensó que no convencería a
nadie y, como no quería cargar con joyas de poco valor, las arrojó una tras otra
mientras escapaba.
El autor conocía la casa, conocía la ventana del lavabo. Sabía que la señora
Knighton estaría sola. Había cortado el cristal y puesto ordenadamente las piezas
contra la pared; había entrado en silencio, subido la escalera y despertado a la
durmiente. Ella se vio obligada a levantarse y a bajar a punta de pistola, precediendo
al asesino. Le habían clavado el arma en la nuca y la habían sujetado del brazo. Allí
mismo, en el comedor —¿porque ella se negó a mostrarle algo, a decirle algo, a
llevarlo a alguna parte, a prometerle algo, a traicionarlo o a darle algo?—, el autor
apretó el gatillo y ella cayó muerta al suelo.
Pensaba que los hechos habían ocurrido de esa manera. Al menos le serviría
como hipótesis de trabajo.
www.lectulandia.com - Página 68
—Knighton dice que salió de su casa el martes a las tres de la tarde —dijo Wexford
—. Pidió un taxi que lo trasladara a la estación de Kingsmarkham y tomó el tren de
las tres veintisiete. Tiene coche, un Volvo, pero dice que su esposa quería usarlo y
que si le hubiera pedido que lo llevara a la estación, la habría hecho perder tiempo.
—¿Adónde iba la señora? —preguntó Burden.
Estaban en el coche y viajaban de regreso a Londres.
—De compras a Myringham. Al parecer, era una práctica habitual los martes por
la tarde. Knighton llegó a Victoria a las cuatro y cuarto, cogió el metro hasta
Lancaster Gate y de allí cubrió a pie la corta distancia que lo separaba del piso de su
amigo, Adrian Dobson-Flint, en Hyde Park Gardens. Dobson-Flint se presentó en
casa más temprano que de costumbre para recibirlo.
»La cena en el Palimpsest Club fue a las siete para treinta y siete personas.
Dobson-Flint y él salieron de Hyde Park Gardens en taxi a las siete menos diez,
estuvieron cenando y divirtiéndose en el club hasta las once y media y a esa hora se
retiraron y volvieron andando a casa. Tomaron una copa y se fueron a dormir
alrededor de las doce y media. Como a las diez de la mañana Dobson-Flint tenía que
estar en el tribunal. Ambos se levantaron a las ocho. Dobson-Flint salió poco después
de las nueve. Knighton abandonó el piso a las nueve y veinte y cogió en Victoria el
tren de las diez menos veinte para regresar a Kingsmarkham.
—Sospecha de él —concluyó Burden.
—En realidad, no, pero no sé de quién más sospechar. Creo que es demasiado
pronto para hacer conjeturas. A propósito, la señora Knighton dejó testamento. Angus
Norris me lo contó sin esperar a que se lo preguntara. La representaba su firma. Adela
Knighton tenía bastante dinero propio, algunos miles de libras heredados de una tía,
otros miles de un tío, propiedades de sus padres, algunas acciones de la empresa
familiar. Sea como fuere, tenía doscientas mil libras y las legó a partes iguales entre
sus cuatro hijos.
»Julian, el hijo que vive en Washington, está casado con una norteamericana cuyo
padre es millonario. Roderick tiene un próspero bufete y su esposa es dueña de una
agencia de empleos. Colum, el más pequeño, tiene treinta años, es agregado en la
embajada británica en Ankara y, estuviera o no interesado en la herencia, no hay duda
de que el miércoles a las tres de la mañana estaba en Turquía.
»Me resisto a pensar que una mujer embarazada de siete meses mate a su madre.
Por otro lado, no tenía necesidad de entrar por la ventana. Con excepción de
Knighton y de la señora Thompson, era la única persona que tenía las llaves de la
casa. Indudablemente sabía que su padre pasaría la noche fuera y que su madre
estaría sola. ¿Y qué motivo pudo tener? ¿Las cincuenta mil de la herencia? Norris
sólo es ayudante de procurador, pero indiscutiblemente no tiene un pelo de tonto y es
probable que un día se convierta en socio de la firma. Viven en Springhill Lane,
www.lectulandia.com - Página 69
barrio nada adecuado para gente modesta. De momento podemos descartarlos. Julian
y su esposa estaban en Washington; como ya he dicho, Colum se encontraba en
Ankara y Roderick tiene una coartada, si la necesita, en su esposa, la au pair y su
desafortunado médico de cabecera, para no hablar de su hija enferma de paperas si la
interrogáramos.
La cámara de apelaciones de lo criminal, de la que formaba parte Adrian Dobson-
Flint, era la misma a la que había pertenecido Adam Knighton. Fue la muerte de la
esposa de Knighton —en esas circunstancias— la que probablemente despertó la
expresión de discreto pesar en el rostro del primer oficial, un hombre llamado
Brownrigg, que hizo pasar a Wexford y a Burden al despacho de Dobson-Flint.
El amigo de Adam Knighton era siete u ocho años más joven; se trataba de un
hombre a quien la peluca de abogado debía de sentarle muy bien, ya que era casi
totalmente calvo. Como tenía la cara sin arrugas, sonrosada y juvenil, presentaba el
aspecto de un skinhead. Su despacho también era atípico, pues no era polvoriento y
oscuro ni estaba atestado de libros; era una oficina fresca, pintada de color crema, con
alfombra amarilla y muebles de caoba, provista de una ventana que dejaba entrar la
luz del sol y que daba a un pequeño jardín tapiado.
—Caballeros, ¿en qué puedo servirlos?
La voz afable y modulada de Dobson-Flint anuló en el acto la imagen del
skinhead. Hablaba con el tono que las circunstancias imponían. Su rostro de bebé se
convirtió en una mueca de petulante congoja.
—Debo reconocer que es lo más sorprendente y espantoso que he oído en mi
vida.
Si esas palabras eran veraces, daban un sesgo muy extraño a las actividades
jurídicas de ese hombre a lo largo de los últimos veinticinco años. Wexford le pidió
que le informara acerca de los acontecimientos de la noche del martes. Dobson-Flint
se sentía a sus anchas a la hora de mencionar coartadas, horas, motivos por los cuales
la gente estaba en tal o cual lugar en vez de en otro. A pesar de que durante muchos
años había alzado la voz en público casi todos los días, el sonido parecía gustarle. Se
refirió lúcida y melifluamente a la cena, a la fecha de hacía varias semanas en que
habían recibido las invitaciones, a la hora de la llegada de Knighton a su piso y a la
hora en que ambos salieron y llegaron al Palimpsest. Había un deje de ligera
diversión, el mismo que habría mostrado si hubiera estado jugando con un testigo,
cual un pescador con un salmón. Por debajo parecía discurrir una pregunta tácita: ¿es
tan obtuso como para pensar remotamente en la posibilidad de que mi viejo amigo
Adam Knighton sea sospechoso de asesinato?
Si en algún momento había sentido pesar por la muerte de la esposa de su amigo,
ya estaba superado. Sus ojos de color azul claro chispearon. Se reclinó en el sillón
con las piernas cruzadas a la altura de la rodilla, descansó negligentemente un brazo
en el reposabrazos y con la otra mano se sujetó la barbilla.
—Como hacía una noche magnífica, optamos por no tomar un taxi y decidimos
www.lectulandia.com - Página 70
volver a pie —dijo—. Llegamos a la puerta de casa exactamente a las doce menos
dos minutos. Inspector jefe, supongo que ahora me preguntará con estilo secular por
qué estoy tan seguro de la hora, ¿me equivoco? Le diré que cuando levanté la mano
para introducir la llave en la cerradura, el señor Knighton me comunicó la hora y
añadió que veintiocho minutos de St. James a Bayswater Road era un buen promedio
para dos hombres que ya no estaban en la primera ni en la segunda juventud.
Con personas como Dobson-Flint, Wexford adoptaba una actitud seca y apagada.
Preguntó con voz monocorde:
—Señor, ¿vive solo?
—Sí, claro. Desde hace veinte años, desde que mi esposa y yo decidimos
separarnos por acuerdo mutuo.
Wexford no hizo el menor comentario sobre esa revelación matrimonial. Dobson-
Flint agregó:
—¿Prosigo? El señor Knighton y yo bebimos sendos vasos de Chivas Regal y nos
retiramos aproximadamente a las doce y veinte. Digo «aproximadamente» porque en
este caso el señor Knighton no comentó la hora. Más o menos a las ocho menos
cuarto de la mañana, me levanté, me duché, me vestí y estaba a punto de entrar en la
habitación del señor Knighton con una taza de té chino cuando él se presentó,
completamente vestido, y me comunicó su amable intención de desayunar conmigo.
Como tengo por costumbre, a las nueve y diez partí a ganarme el sustento y dejé que
el señor Knighton siguiera su camino alegremente aunque, en realidad, fue al
encuentro de una espantosa situación.
—Así es, señor. ¿El señor Knighton se queda a menudo en su casa?
—«A menudo» es una expresión incierta —respondió Dobson-Flint con su más
arraigado estilo de criminalista—. Alguien puede decir «a menudo voy al extranjero»,
dando a entender que deja el país tres o cuatro veces al año, y también puede afirmar
«voy al cine a menudo», lo que en este caso significa que acude dos veces por
semana a una sala cinematográfica. —Sonrió.
—¿Qué criterio se aplica a las estancias del señor Knighton en su casa?
—¡Ni uno ni otro! —Respondió Dobson-Flint con tono triunfal—. Tal vez sea
cierto afirmar que, en los tres años que han transcurrido desde su retiro y su mudanza
al campo, ha pasado la noche en casa un promedio de una vez y media por año.
Wexford se puso de pie.
—Señor, ¿hará ahora la pausa para almorzar?
—Si usted lo permite, inspector jefe.
—Señor Dobson-Flint, no lo pregunté en este sentido. Me refiero a que, como
indudablemente estará libre una hora, podemos aprovechar el tiempo y echarle un
vistazo a su piso.
—Por favor, ¿le parece necesario?
Wexford replicó con el mismo tono calmo:
—Es fundamental. Dispongo de coche. Le aseguro que no le crearemos
www.lectulandia.com - Página 71
demasiadas molestias.
Hyde Park Gardens, la serie de casas de mediados del siglo diecinueve que da a
Bayswater Road y a Hyde Park por Lancaster Gate, queda dividido en dos por Brook
Street. El sector este es más antiguo, extenso y lujoso. Allí está la embajada de Sri
Lanka y, según cuenta la leyenda, de una casa antaño propiedad del misterioso duque
de Portland (que siempre iba tapado con un velo negro) sale un pasadizo secreto que
corre por debajo de Baker Street. El piso de Adrian Dobson-Flint se hallaba en la
parte occidental de Hyde Park Gardens. Años atrás, Wexford había estado una vez en
el edificio, pero había utilizado la entrada principal, subido los escalones, franqueado
las puertas dobles, pasado delante de la portería y ascendido por la ancha escalera de
caracol. Suponía que haría lo mismo, pero Dobson-Flint indicó al taxista que se
dirigiera a Stanhope Place, que corre detrás de Hyde Park Gardens. Los hizo subir
hasta la puerta principal de un piso que, aunque situado en la planta baja de la parte
trasera, por delante se habría considerado sótano o semisótano. Wexford sólo tardó
unos segundos en deducir que desde esos pisos a los que se accedía por Stanhope
Place, los vecinos de Hyde Park Gardens podían entrar o salir sin utilizar la entrada
principal ni encontrarse casualmente con los porteros.
Desde el umbral, Wexford preguntó:
—¿A qué hora llegó el martes el señor Knighton?
—Yo llegué a casa a las cinco —respondió Dobson-Flint—. Digamos que a las
cinco y diez. Sí, creo que a las cinco y diez.
Entraron en el apartamento. Contaba con dos dormitorios y el destinado a los
huéspedes era el más cercano a la puerta principal. Dobson-Flint dejó las llaves en un
platillo de peltre que se encontraba en la consola, en el que ya había otro llavero y las
llaves del coche sujetas a una leontina.
—Señor Dobson-Flint, ¿tiene el sueño pesado? —inquirió Burden.
—Diría que sí, pues soy capaz de dormir en medio del peor atasco de tráfico de
Londres.
No había nada interesante que ver. Wexford preguntó:
—¿Los Knighton eran un matrimonio bien avenido?
No esperaba una respuesta sincera sino, lisa y llanamente, alguna respuesta.
Dobson-Flint respondió con exaltado y forzado entusiasmo.
—Se eran profundamente fieles. Se adoraban. Los Knighton son lo que suele
llamarse una familia unida. Hasta que esta terrible tragedia cayó sobre ellos, los
Knighton vivían el uno para el otro. Me parece que ninguno de los dos tuvo jamás
ojos para otra persona.
Dobson-Flint rechazó la invitación de Wexford para llevarlo de regreso y partió
en taxi, dejándolos en la calle, frente a la puerta principal de su casa.
—Habla demasiado —opinó Wexford pensativo.
—¿Se refiere a la mutua devoción de los Knighton? —preguntó Burden.
—La última frase es muy extraña: «Me parece que ninguno de los dos tuvo jamás
www.lectulandia.com - Página 72
ojos para otra persona». No es lo que se piensa cuando se analiza la felicidad
hogareña ni cuando hablamos de sesentones. ¿Por qué lo dijo? Mike, es extraño, pero
tengo la sensación de que lo ocurrido, y quizá de lo que está ocurriendo, tiene que ver
con personas treinta años más jóvenes que los Knighton. Tengo la sospecha de que se
trata de un crimen pasional… aunque no he conocido a ninguna persona menos
propensa a la pasión que la señora Knighton.
—¿Y el calvo de camisa almidonada también percibe lo pasional?
—Mike, no sea rígido. Pues sí, creo que sí. Knighton pudo regresar a Sussex en
plena noche, matar a su mujer y regresar varias horas antes de que Dobson-Flint se
esmerara preparando té chino.
—¿Cómo? No hay tren entre la una menos cinco y las siete menos veinte.
—No estaba obligado a viajar en tren. De hecho, el tren no le habría servido de
nada porque no habría podido llegar de Kingsmarkham a Sewingbury. Pero pudo
hacerlo en coche.
—Sabemos que no. Su coche estaba guardado en el garaje de Thatto Hall Farm.
—Mike, vayamos con tiento. ¿Qué hizo entre su llegada a Victoria a las cuatro y
cuarto y su aparición en Hyde Park Gardens a las cinco y diez? ¿Tardó cincuenta y
cinco minutos en trasladarse de Victoria a Lancaster Gate? Quizás estuvo haciendo
otra cosa. Pudo dirigirse a una empresa de alquiler de coches, alquilar un vehículo y
devolverlo a la mañana siguiente.
»Le bastaba con reservar un coche por teléfono, recogerlo a las cinco menos
cuarto, conducirlo hasta aquí y dejarlo aparcado delante de un parquímetro. Mientras
veníamos, me pareció que toda la zona está bordeada de parquímetros. Como el
horario de pago acaba a las seis y media, le bastaba con meter monedas para una hora
y media. En cuanto Dobson-Flint se acostó, Knighton dejó el piso, se sirvió un juego
de llaves del platillo de peltre, recuperó el coche alquilado y partió a Sewingbury… a
las tantas de la noche, el viaje sólo dura una hora. Entró por la puerta principal,
despertó a Adela, le disparó y se llevó el joyero. Luego cortó el cristal de la ventana
del lavabo, de regreso a la carretera, en cuyo arcén dejó aparcado el coche,
desperdigó las joyas y arrojó el joyero. Una hora después volvía a encontrarse en
Hyde Park Gardens y sólo eran las tres y media. ¿Qué le parece?
—Los riesgos eran excesivos —opinó Burden—. ¿Y si a Dobson-Flint se le
hubiese ocurrido entrar en su habitación?
—¡Imposible! ¿No se ha dado cuenta? A este tipo de individuos jamás se le
ocurriría hacer semejante cosa. Tal vez a sus hijos, pero ellos jamás. Dobson-Flint
sólo habría entrado en la habitación si Knighton hubiese gritado pidiendo ayuda… e
incluso así habría tenido reparos.
—A propósito, el hijo de Knighton vive en Londres —comentó Burden mientras
regresaban al coche—. ¿Por qué Adam Knighton no pasó la noche en su casa?
—Roderick Knighton y su esposa viven muy lejos, en Mill Hill. Demasiado lejos
si uno depende de taxis y de transportes públicos. Al menos creo que ésta es la
www.lectulandia.com - Página 73
explicación que Knighton daría. Claro que, si estaba organizando un viaje de
asesinato en plena noche, Bayswater Road queda muchísimo más cerca de Sussex.
www.lectulandia.com - Página 74
dónde estaba la caja de caudales y que, al negarse ella a hablar, el arma se disparara
accidentalmente? ¿Sirve de algo esta conjetura?
Knighton había sido un abogado lúcido, incluso genial. Era difícil creerlo ante
tamaños disparates. Wexford recordó comentarios de los periódicos: «El señor Adam
Knighton, defensor de…», «Magistral presentación de la acusación a cargo de Adam
Knighton…». Algo débil y blando se había apoderado del severo rostro aquilino.
Durante la estancia en China, había semejado el rostro de una noble ave de rapiña,
pero ahora las facciones parecían de cera y daba la impresión de que una mano cálida
las había rozado y emborronado. Alrededor de la boca se había producida una
patética relajación de los músculos. Wexford pensó a su pesar y finalmente se
convenció de que Knighton lloraba cuando estaba solo, cuando se metía en su
dormitorio y se aislaba de esos hijos considerados y que lo acompañaban en tan
penoso momento. Su rostro era el de un hombre que ha llorado hasta la saciedad.
—Señor, ¿alguna vez tuvo un arma?
La pregunta iba dirigida a Julian Knighton, que exclamó:
—¡Por favor, no! ¡Jamás!
Wexford desvió la mirada hacia Adam Knighton.
—Cuando llegué aquí y me consideré un caballero rural de fin de semana, tenía
una escopeta. La vendí hace cinco años.
Jennifer Norris susurró algo al oído de su cuñada. Ambas mujeres miraron a
Wexford con acritud.
—Si se me permite, me gustaría echar otro vistazo a la casa —dijo el inspector
jefe.
—Creía que mi hermano había dejado claro que en la casa ya no hay caja de
caudales —intervino Jennifer Norris con el tono que una castellana del siglo
diecinueve utilizaba para dirigirse al mayordomo.
—Está clarísimo. —Wexford miró a Adam Knighton.
—Inspector jefe, haga lo que quiera.
Al salir, Wexford cerró la puerta de la sala y subió hasta la habitación en la que
Adela Knighton había dormido sola la noche del martes y de la que había sido
perentoria y aterradoramente arrancada. Desde su vista anterior, alguien había hecho
la cama. El examen de la ropa de la señora Knighton no le permitió averiguar nada.
Tanto los bolsillos de los abrigos como los bolsos estaban vacíos. En el alféizar, entre
cortinas con rosas estampadas y recogidas con alzapaño, había un candelero de
porcelana, un pebetero y sujetalibros que abarcaban el material de lectura de una
persona que ha abandonado el hábito en la adolescencia: dos o tres obras de Jeffrey
Farnols, Precioso Bane, Historia de una granja africana, El cristianismo de C. S.
Lewis y Cranford de la señora Gaskell. Wexford buscaba algo que dos días antes no
había buscado conscientemente al registrar el escritorio de la planta baja.
El tocador sólo tenía un cajón. Wexford lo abrió: pañuelos, una caja de pañuelos
de papel, un paquete de horquillas, dos pañitos para lavarse la cara —aún sin estrenar
www.lectulandia.com - Página 75
—, una caja de cartón con algodón. Sendos bargueños de caoba sostenían lámparas
de porcelana rosada con pantallas de tul rosa. En cada bargueño había un cajón. El de
la señora Knighton contenía un frasco de aspirinas, dos pañuelos más, un anticuado
juego de manicura con mangos de plata, gotas nasales y un estuche con gafas; el de
Knighton guardaba un estuche con gafas, dos bolígrafos, un bloc, un tubo de pastillas
para la garganta y una máquina de afeitar de pilas en su bolsa de piel. Cada bargueño
tenía un pequeño armario debajo del cajón. En el de la señora Knighton había unas
chinelas de terciopelo negro perlado y un álbum de fotos de piel marrón; el de
Knighton contenía un montón de libros, sin duda su lectura de antes de dormirse de
hacía semanas o meses, del presente y probablemente del futuro inmediato. En
opinión de Wexford se trataba de una selección sorprendente.
Flor mortal, de Han Suyin, y un libro de lingüística titulado Sobre el chino. Esas
dos obras eran elecciones comprensibles pues recientemente Knighton había visitado
China. Ana Karenina, El retorno del nativo y Sonetos traducidos del portugués, amén
de Cartas de amor de los Browning, de Elizabeth Barrett. Wexford los miró intrigado.
Por su mente pasó la palabra «romántico». Con excepción del texto de lingüística, el
resto eran obras voluptuosamente románticas. No parecían el material de lectura del
abogado viejo, canoso, marchito y desdichado que se encontraba en la planta baja.
Pero estaban ahí porque las había leído, las estaba leyendo o tenía el propósito de
leerlas.
Abrió Sonetos traducidos del portugués en la página señalada por el punto de
lectura: «Si me amas, que no sea por nada / Salvo por amor al amor…». El punto de
lectura era un trozo de papel arrancado del bloc y en él figuraban unos pocos versos
apuntados con la letra estilizada y redonda de Knighton. No pertenecían a Elizabeth
Barrett ni era el fragmento citado por Knighton en el pretil de Kweilin, aunque
indudablemente se trataba de poesía china:
Ciertamente, era muy curioso. Podía suponerse que Knighton lo había escrito
después de la muerte de su esposa, luego de que alguien la matara y los separara.
Wexford pensó que no, que Knighton no había escrito esos versos después del martes.
El papel estaba arrugado por el uso, por haber sido insertado infinidad de veces en el
libro de sonetos. Cuando salió al rellano y se asomó por la puerta abierta del
dormitorio «verde» de enfrente, vio la cama abierta y un batín de cuadros marrones
colgado del respaldo de una silla. El viudo había abandonado momentáneamente la
habitación compartida con su esposa.
Los cuatro seguían en la sala. Jennifer Norris continuaba recostada con los pies en
www.lectulandia.com - Página 76
alto. Su padre y ella bebían té. Barbara Knighton acomodaba las últimas rosas
estivales en un jarrón de cobre, capullos de octubre de la segunda o tercera floración.
Las rosas estaban algo desteñidas y pachuchas y parecían de papel.
—Señor Knighton, me gustaría hacerle una última pregunta. ¿Qué pasó con las
fotos que la señora Knighton y usted tomaron durante las vacaciones?
—¿Qué fotos?
—No aparecen en el álbum que encontré en la mesilla de noche de la señora
Knighton, aunque están todas las de las vacaciones anteriores.
—Papá, ¿tomaste fotos durante el último viaje?
Knighton vaciló. Wexford temió que se agarrara al clavo ardiente que se le ofrecía
y declaró con firmeza:
—Creo que no cabe la menor duda de que tanto usted como la señora Knighton
tomaron fotos.
Sus miradas se cruzaron. Wexford se preguntó si interpretaba correctamente la
expresión del viudo. ¿O acaso se imaginaba la reacción ante la realidad de que no
había nada más lamentable que el encuentro casual entre él y ese policía durante las
vacaciones en China?
—Sí, hicimos algunas instantáneas —replicó lánguidamente—. Si salieron, si
alguna vez las revelamos, seguro que andan por casa.
En Thatto Hall Farm no estaban.
Wexford no habló más del tema. Pensó en Adam Knighton, en su nostálgica
debilidad por lo romántico, en su actitud apática y por momentos atormentada u
obsesionada, en la posibilidad de que —amante de la poesía y de las grandes historias
de amor— hubiese apoyado una pistola en la nuca de su esposa para clavarle una bala
en el cerebro.
La investigación se realizó el lunes por la mañana y el funeral al día siguiente en
All Saints de Sewingbury. Y a habían comprobado que ninguna empresa de alquiler
de coches situada en un radio de tres kilómetros con respecto a la morada de Adrian
Dobson-Flint había alquilado un vehículo a alguien que respondiera a la descripción
de Adam Knighton. También se había suspendido la búsqueda del arma en las
proximidades de Thatto Vale.
Sewingbury cuenta con cuatro mil almas, campo de golf, convento, escuela de
señoritas, un molino abandonado a orillas del Kingsbrook y una extensa plaza de
mercado que por regla general está atestada de coches aparcados. La iglesia se alza en
mitad de la colina que conduce al río y a la nueva presa. El chofer de Wexford siguió
el camino de Springhill Lane, cruzó el puente recién construido, bordeó la ribera
donde acaba el sendero de Thatto Vale y subió por River Street.
La familia Knighton se había reunido en pleno: Adam, delgado, demacrado, con
la cabeza descubierta y vestido con un abrigo negro con cinturón; Roderick con traje
oscuro y corbata negra y Caroline, su esposa, con ceñido traje negro de chaqueta y
tacones de charol del mismo color. Julian y su esposa vestían colores claros, gris y
www.lectulandia.com - Página 77
verde respectivamente, pero quizá para compensarlo eran los más compungidos.
Wexford dedujo que el joven rubio de nariz picuda y la muchacha delgada, morena y
con rasgos griegos tenían que ser Colum y señora. Sólo faltaba Jennifer, pero estuvo
representada por su marido, que llegó tarde y a pie.
Al salir de la iglesia cuando acabó el oficio, después de la partida de la familia,
Wexford —que se había sentado en el último banco— miró casualmente hacia el
pasillo por encima del hombro. La mujer menuda y mayor, que recordaba del viaje a
China como la amiga de Adela Knighton, caminaba hacia él desde uno de los
primeros bancos. Wexford había olvidado su existencia hasta ese instante.
Notó que ella se sorprendió al verlo. Lo miró con la misma expresión que él debió
de poner al ver a su perseguidora de los pies vendados. La mujer desvió bruscamente
la mirada.
Wexford salió de la iglesia y la esperó en el atrio.
www.lectulandia.com - Página 78
10
—Soy Irene Bell. Por lo que recuerdo, en China no fuimos presentados.
—Yo soy el inspector jefe Wexford, del Departamento de Investigaciones
Criminales de Kingsmarkham. ¿Cómo está, señorita Bell?
—De modo que es policía y vive aquí. ¡Qué extraña coincidencia! Debió ser toda
una sorpresa para el pobre Adam. Está destrozado, ¿no le parece? Sinceramente,
todos estamos muy afectados. Adela y yo fuimos juntas a la escuela, nos conocíamos
prácticamente desde la más tierna infancia. Si no me equivoco, fuimos amigas
durante medio siglo.
—Es mucho tiempo —coincidió Wexford—. Señorita Bell, ¿podemos hablar?
—¿Quiere decir ahora mismo? Bueno, ¿por qué no? No pienso ir a la casa. No me
interesan las comilonas ni las borracheras de los funerales. Nadie pretende ser
irreverente, pero la gente olvida para qué ha ido, alguien empieza a reírse y la reunión
se convierte en pura jarana. En mi opinión, es de muy mal gusto.
Wexford asintió con la cabeza para expresar su acuerdo. Irene Bell parecía una
mujer de carácter.
—Después la acompañaré a la estación de Kingsmarkham. ¿Considera irreverente
una taza de té?
—Una buena taza de té caliente sería muy reconfortante —replicó la señorita
Bell.
Era baja y robusta, que no gorda, de cara redonda y facciones marcadas, con los
cabellos oscuros sin demasiadas canas y muy rizados por la permanente. El traje de
pantalón azul habría sido inadecuado para la ocasión y, además, muy ligero, ya que la
noche anterior había helado por primera vez y una suave y ligera escarcha aún
persistía en los rincones umbríos. Irene Bell vestía un traje de tweed gris oscuro,
blusa de seda beige y cómodos escarpines negros. Le contó a Wexford que hasta
hacía tres años había sido la encargada de la agencia de viajes de Swiss Cottage,
cerca de donde vivía. De hecho, fue esa agencia la que organizó el viaje transasiático
para los Knighton y ella. No era la primera vez que los tres salían juntos de
vacaciones. Había ido con ellos a Egipto y a diversos recorridos por Europa. Dijo que
así le hacía compañía a Adela, comentario que a Wexford le llamó la atención.
En pleno Kingsmarkham, Wexford la llevó al Willow Pattern, la cafetería de High
Street, y pidió té para dos. Irene Bell se negó a probar bocado, quizás en virtud de
que era impropio comer inmediatamente después de haber enterrado a tu mejor
amiga. Evidentemente, eso había sido la señora Knighton, una amiga íntima y
querida, tan próxima como una hermana; cuando la señorita Bell se refirió a ella en
esos términos, una expresión de profundo pesar demudó su rostro duro. Comentó que
era madrina de Jennifer, «tía Irene» para los jóvenes Knighton y tan íntima de la
familia como podía serlo alguien que no tenía lazos de sangre. Wexford la dejó hablar
un rato sobre su amistad de toda la vida con la difunta y notó que, pese a que llamaba
www.lectulandia.com - Página 79
por su nombre a todos los hijos de la señora Knighton y a que hablaba de sus hijos,
en ningún momento mencionó a Adam Knighton. Wexford la interrumpió para volver
sobre lo que ella había dicho en el coche:
—Antes dijo que le hacía compañía a la señora Knighton. ¿No le bastaba con la
de su marido? —Irene Bell se encogió de hombros y sonrió a medias. Wexford
prosiguió—: Señorita Bell, ¿era un matrimonio feliz?
—Alguien dijo que el matrimonio no es feliz en la misma medida en que tampoco
lo es la vida misma.
—Lo dijo Samuel Johnson. ¿Y usted qué opina?
—Señor Wexford, en un sentido amplio no tengo una gran opinión del
matrimonio. Persiste demasiado. Si durara, digamos, cinco años, me parecería una
institución excelente. ¿Hay alguien capaz de soportar a la misma persona mañana,
tarde y noche durante cuarenta años? Casi todos piensan que una mujer de mi edad no
se ha casado porque no tuvo oportunidades. Pues no es así. —Irene Bell rió. Fue una
risa seca que no tenía casi nada de divertida ni de agradable—. No soy muy atractiva
y nunca lo he sido, pero lo mismo puede decirse de la mayoría de las mujeres casadas
que nos rodean. Si la gente sólo se casara porque es bonita o encantadora, el mundo
estaría lleno de solteros. No, el matrimonio nunca me tentó. No me gusta mucho
compartir. No me interesan la cocina, las tareas domésticas, los bebés ni el sexo.
Reconozco que he probado el sexo. Lo intenté tres veces hace cuarenta años y, a mi
juicio, tengo suficiente para toda la vida. Hablaba del matrimonio en general. En
concreto, respondiendo a su pregunta, creo que los Knighton eran tan felices como la
mayoría. La pobre Adela sentía un gran afecto por él. Adela hizo su elección, la
respetó y fue una buena esposa, nadie tuvo jamás una esposa mejor.
Knighton no te gusta, se dijo Wexford para sus adentros. ¿O se trata de algo más
complejo? ¿Se debe a que alguna vez Knighton te gustó hasta la locura?
—Nunca tuvieron mucho que decirse. Cuando afirmo que no tengo una gran
opinión del matrimonio, me refiero parcialmente a esto. ¿De qué otro modo nos
comunicamos cuando todo está dicho y hecho? Se dicen muchas idioteces sobre el
lenguaje de las miradas, el lenguaje del amor, la comunión muda, todas esas bobadas.
Le aseguro que entre Adela y Adam no existía nada parecido. Adela no era una mujer
de ese calibre. Adam… bueno, debo reconocer que siempre me ha causado gracia que
un hombre leyera poesía.
—Casi toda la poesía ha sido escrita por hombres.
—Ésa es otra historia —dijo la señorita Bell—. No me líe. Me parece afectado el
que un hombre lea… ¿cómo se llaman? Ah, sí, sonetos.
—¿El señor Knighton le era infiel? —preguntó Wexford de sopetón—. ¿Tenía
aventuras con otras mujeres?
Irene Bell se sobresaltó. Estaba a punto de llevarse la taza a los labios.
Interrumpió el movimiento y bajó lentamente la taza hasta el platillo.
—Por Dios, no. ¡Qué idea descabellada! Tiene sesenta y tres años.
www.lectulandia.com - Página 80
—No siempre tuvo sesenta y tres años. Además, es un hombre muy apuesto y
posee lo que yo llamaría prestancia. —Wexford hizo una pausa. Cuánta intimidad y
sinceridad habían intercambiado en diez minutos, mientras bebían una taza de té.
Tuvo la sensación de que, en ese momento, no se habrían ocultado nada.
Lamentablemente Irene Bell no tenía nada más que decir. Wexford agregó—: Muchos
hombres de sesenta y tres años se horrorizarían ante la sugerencia de que su vida
emocional está cumplida.
La señorita Bell soltó un cacareo seco y bastante brusco.
—Ve que el fatídico día se aproxima, ¿no? Puede descartar esa hipótesis, Adam
nunca hizo nada semejante. ¿Con quién podía tener una aventura? Nunca vio a otra
mujer, salvo la esposa del pastor. Si cree que mató a la pobre Adela para liarse con
otra, se equivoca de todas todas. Adam sería incapaz de apuntar a alguien con un
arma, no hablemos ya de disparar. Dejó de cazar palomas porque llegó a la
conclusión de que no era ético. Una vez vi cómo lo picaba una avispa a la que intentó
echar por la ventana porque no quería matarla. —Volvió a reír y, con mano
temblorosa, depositó la taza en el platillo—. ¡Lo sabía! Esto se está convirtiendo en
una fiesta, en una juerga, y no quiero tener nada que ver. Me parece de muy mal
gusto. Le agradezco que me invitara a una taza de té y le agradeceré que ahora me
lleve a la estación.
Wexford intentó ganar tiempo:
—Señorita Bell, sólo cinco minutos más y luego la llevo. Quiero preguntarle algo
relacionado con China. ¿Recuerda la noche en que estábamos en el bar de la azotea
del hotel de Kweilin?
Irene Bell se estaba poniendo los guantes.
—Hacía un calor sofocante y en el tocadiscos sonaba «Navidades blancas». Claro
que me acuerdo.
—El señor Knighton tuvo un sobresalto y palideció. Vio algo o a alguien y quedó
profundamente perturbado. ¿Usted lo notó?
—Diría que no.
—Uno o dos minutos después, la señora Knighton dijo que se iba a dormir y tanto
usted como ella abandonaron la mesa.
—Es posible, pero no lo recuerdo.
—¿El señor Knighton no le comentó nada al día siguiente? ¿No le dijo nada a la
señora Knighton en su presencia? Por ejemplo, ¿no dijo «anoche vi en la azotea algo
que me dejó pasmado»?
—No. ¿Por qué no se lo pregunta a él?
—Es lo que haré. Usted tomó muchas fotos, lo mismo que la señora Knighton.
¿Su amiga le mostró las fotos que hizo?
—Hace algunas semanas —respondió Irene Bell—. Vino a la ciudad y, como de
costumbre, almorzamos juntas. Mientras comíamos miramos las fotos.
—¿Qué hizo la señora Knighton con sus fotos?
www.lectulandia.com - Página 81
—Se las llevó, por supuesto. Pensaba guardarlas en un álbum que había
comprado.
www.lectulandia.com - Página 82
entere de que su mujer ha sido asesinada precisamente esa noche.
—Lo que demuestra que fue premeditado. Tal vez por alguien que sabía que él
estaría fuera, tal vez por el propio Knighton en connivencia con un tercero o quizá
Knighton lo hizo solo.
—Estamos interrogando a todos los habitantes de Hyde Park Gardens acerca de la
posibilidad de que hayan visto a Knighton la noche de autos —dijo Burden. Titubeó y
añadió bastante avergonzado—: Sé que parece traído por los pelos…
—Es a mí a quien acusan de esas manías —lo interrumpió Wexford.
—Quizá es contagioso. Tal vez se debe a que… bueno, a que leo más que antes.
—Era de todos sabido que la culta esposa de Burden tenía la costumbre de
recomendarle libros, era una de esas raras personas a las que les gusta que les lean en
voz alta y había descubierto en su marido inesperadas dotes histriónicas para la
lectura. Burden se había ruborizado ligeramente—. Me refiero a la literatura,
reconozco que últimamente sólo he leído novelas.
Wexford estalló y citó a Jane Austen:
—¡Sólo novelas! ¡Sólo algunas obras en las que el conocimiento más profundo de
la naturaleza humana, la descripción más dichosa de su diversidad, las efusiones más
intensas de ingenio y humor se transmiten al mundo con el lenguaje mejor elegido!
—Ya está bien, que nos diga de una buena vez qué idea se le ha ocurrido —
propuso el doctor Crocker.
—Ocurre que… reconozco que parece algo salido de una novela de Conan Doyle.
Por otro lado, a veces uno se entera por la prensa… —Al ver que Wexford
entrecerraba los ojos impaciente, Burden añadió a la carrera—: Se habla de
exconvictos, en realidad de cualquier tipo de delincuentes, que juraron vengarse del
juez que los condenó. ¿Correcto? Estoy convencido de que nos hemos topado con
casos reales… al menos con intentos. Pensé que, dada la situación, en este caso puede
haber ocurrido algo de este cariz.
—Knighton no era juez.
—No, pero el acusado de un caso en el que Knighton actuó como fiscal pudo
sentir hacia él casi lo mismo que hacia el juez. Tal vez sintió que la presentación de
las pruebas en su contra por parte de Knighton influyó en el jurado más que el
resumen del juez. Puesto que, en virtud de la actuación de Knighton como fiscal,
alguien fue condenado cuando esperaba la absolución o recibió una condena el doble
de larga de lo que preveía, ¿no es posible que ese sujeto decidiera desquitarse en
cuanto lo pusieran en libertad? Por lo que recuerdo, Knighton asumió la acusación al
menos en doce casos. Los diarios publicaron su nombre con frecuencia.
—¿Quiere decir que mató a la señora Knighton para vengarse de su marido? —
Wexford se mostró interesado. La idea no le disgustaba—. Es una posibilidad, sobre
todo si, como dice, Knighton logró que le cayeran diez años en vez de cuatro o cinco.
¿Y por qué no le disparó a Knighton?
—Hay muchos hombres casados para los que la vida no vale la pena sin su esposa
www.lectulandia.com - Página 83
—acotó Burden. Miró preocupado al médico, como si esperase que se burlara de él
—. Es lo que sentí a la muerte de Jean y, esperando que no suene ridículo, debo decir
que es lo que ahora siento hacia Jenny.
Aunque sus compañeros no soltaron la carcajada, Burden rió estridentemente.
—Knighton llevaba casado mucho tiempo —dijo Crocker—. Por lo que presentan
las postales y las historietas humorísticas y todo lo demás, se diría que los
matrimonios dejan de quererse, pero no es cierto. El acostumbramiento a lo largo de
muchos años, las cosas compartidas, esa extraña unicidad… ¡Dios mío! Joven Mike,
aún no has tenido tiempo de enterarte: no sabes de la misa la mitad.
Irene Bell tampoco, pensó Wexford y citó:
www.lectulandia.com - Página 84
—¿Qué estuviste leyendo?
—Está bien, está bien. Leí Obras maestras de lo sobrenatural, pero no lo terminé.
—No cambiaría tu imaginación por todo el té chino.
—Todas las alucinaciones son producto de la imaginación. Pero eso no las vuelve
menos reales para el que alucina. ¿Crees que sólo se debió al libro y al insomnio?
—Y a que te deshidrataste y bebiste ese repugnante Maotai del que trajiste una
botella.
—Empiece a preocuparse si ve a la señora tambalearse por el puente de
Kingsbrook —apostilló Burden.
Wexford lo miró con simpatía.
—Puesto que no podemos correr el riesgo de dejar de investigar las posibilidades
de la venganza como motivo, ocúpese de averiguar las circunstancias presentes de
todos los delincuentes a los que Knighton acusó en los quince años anteriores a su
retiro. Y por las dudas, las de los delincuentes a los que su defensa no sirvió de nada.
Creo que estará bastante ocupado. En cuanto a mí, «dispararé una mina en China con
pólvora simpática».
www.lectulandia.com - Página 85
11
Donaldson fue a aparcar el coche mientras Wexford cruzaba Kensington Church
Street en dirección a la tienda sobre cuyo escaparate, con letra romana dorada, sólo
figuraba la palabra «Vinald». En el escaparate, en solitario esplendor, reposaba un
jarrón. No era una de las piezas que Vinald había adquirido en China sino un jarrón
alto como un hombre menudo, de porcelana negra que apenas brillaba, con el dibujo
de un dragón rojo sangre con garras doradas.
En el interior de la tienda había una alfombra negra, suave y mullida como el
pelaje de un felino. El local estaba discretamente iluminado por apliques de brazos
rococó dorados y por un único foco que iluminaba una espineta, clavecín o lo que
fuera. En la larga estancia se exhibían unos pocos objets d’antiquité más: frutas de
cera bajo una campana de cristal; un reloj de porcelana, en cuya esfera jugueteaban
un Eros y una Psique de porcelana de Chelsea; una jarra de cristal alta y delgada y,
sobre la consola, un libro de estampas de Audubon, abierto en la página donde
aparecía una foto de pájaros verdes y amarillos.
Wexford se presentó a la encargada y preguntó por Gordon Vinald. La mujer le
informó que el señor Vinald estaba en una subasta y no regresaría hasta última hora
de la tarde. Preguntó si le urgía verlo. Wexford respondió afirmativamente y añadió
que volvería más tarde.
—¿Le interesa hablar con la señora Vinald? Sé que está en casa. Telefoneó hace
unos minutos.
Ciertamente, Vinald no estaba casado cuando Wexford lo vio por última vez.
—No sabía que estuviera casado.
La encargada sonrió como si encontrara algo tierno o conmovedor en los
primeros tiempos de un matrimonio.
—Se ha casado hace un mes. ¿Quiere que telefonee a la señora Vinald? La casa
está a la vuelta de la esquina, en Searle Villas.
Wexford se apercibió de la situación. ¿Cómo no lo había previsto? Vinald se
había casado con Margery Baumann.
—Señor Wexford, la señora Vinald dice que si quiere pasar por su casa lo recibirá
con mucho gusto.
Searle Villas estaba justo a la vuelta de la esquina. El jardín de la número 16
seguramente daba a la parte trasera de la tienda. Se trataba de la casa en una hilera de
viviendas victorianas que, en Kingsmarkham, nadie habría mirado dos veces, pero
que sin duda en ese barrio valía medio millón. Lo hizo pasar, plumero en mano, una
joven negra de tejanos. La muchacha abrió una puerta y dijo indiferente:
—Aquí está.
La habitación era un museo amueblado, aparentemente, con sobrantes de la
tienda. En medio de la alfombra china estaba sentada una gata atigrada, corpulenta,
robusta y de pelaje exuberante, que al verlo dejó de limpiarse para clavarle sus
www.lectulandia.com - Página 86
brillantes ojos de circón. De pie junto a la chimenea de mármol, con un blanco brazo
apoyado en la repisa, se encontraba la bella y morena Pandora.
www.lectulandia.com - Página 87
pobre señora Knighton. Me enteré de su nombre porque Gordon me lo dijo después
de que leyéramos en los diarios que la habían asesinado.
Wexford pensó que había llegado la hora de declarar que él también había estado
en China. Pandora se sorprendió y confundió. ¿Había seguido a la señora Knighton,
estaba vigilándola? No, no lo entendía. ¿Realmente había visto con anterioridad a
Pandora Vinald? Siempre cuesta trabajo entender que una mujer muy hermosa, sobre
todo de rostro delicado y tierna expresión, sea tan corta de entendederas. Wexford
llegó a la conclusión de que, por decirlo de la manera más amable posible, Pandora
Vinald no era muy inteligente. No se parecía en nada —salvo en un sentido vital— a
Margery Baumann.
—¿Ha visto a algún miembro del grupo del tren desde que llegó a Londres? —
inquirió Wexford.
—No, no hemos visto a nadie. Gordon opina que las amistades de las vacaciones
son una birria, que con ellas nunca se llega a nada.
—Nada que ver con los romances de vacaciones.
Tardó unos segundos en captar el sentido de esas palabras, pero en cuanto cayó en
la cuenta soltó una satisfecha carcajada. Meditabunda Selima se irguió y se lavó la
cara con frenesí, como hacen los felinos, como si de pronto una voz interior le
hubiese advertido de una mancha que la afeaba. Pandora Vinald dijo:
—La señora Knox nos envió una foto. Mejor dicho, se la envió a Gordon.
Estábamos nosotros y otras personas. No se nos veía bien: la foto dejaba mucho que
desear. Gordon dijo que no respondiera, que si contestaba le daría pie, pero me
pareció poco amable y me puse en el lugar de la mujer. —Sonrió y añadió
ingenuamente—: Le escribí para darle las gracias, le dije que la foto era bonita, una
mentira piadosa, y comenté que estábamos a punto de casarnos.
—¿Aún tiene las señas de la señora Knox?
La gata se bajó de la chaise longue, caminó majestuosa hasta la puerta y lanzó un
maullido agudo e impaciente. Como nadie le hizo caso, soltó una serie de cuasi
gritos.
—Basta, Selima, maldita bestia ruidosa. Está espantosamente consentida. La
anterior esposa de Gordon la dejaba hacer lo que le daba la gana, incluso afilarse las
uñas en unas piezas antiguas de valor prácticamente incalculable. Es insufrible. —
Abrió la puerta y la gata salió con una morosidad rayana en la insolencia—. ¿Ha
dicho las señas? En realidad, tengo la dirección de todos. La agencia de viajes envió a
Gordon una lista de las personas y sus señas antes de que salieran de viaje. Está en el
escritorio. ¿Le interesa?
Figuraban todos en orden alfabético:
Sra. H. Avory. 19 Oswestry Place, Rosia Bay, Gibraltar. Dr. C. Baumann y Sra. Four
Winds, Southwood Hill, Purley, Surrey.
www.lectulandia.com - Página 88
Dra. M. Baumann. 2 Crestleigh Drive, Guildford, Surrey. Srta. I. M. Bell. Flat 6,
Meleager Court, Queen Charlotte Road, Londres NW3.
Sr. L. Fanning (coordinador del viaje). 105 Kingsland House, New King’s Road,
Londres SW6.
Sr. A. D. Knighton y Sra. Thatto Hall Farm, Myringham Road, Sewingbury, Sussex.
Sra. L. Knox. 26 Redvers Lodge, Redvers Road, Rosia Bay, Gibraltar.
Sr. A. H. Purbank. 10 Fairmead Farm Court, Disraeli Road, Buckhurst Hill, Essex.
Sr. G. W. M. Vinald. 16 Searle Villas, Londres W8.
www.lectulandia.com - Página 89
acabo de recordar que es jueves y que tiene función de tarde.
—Sheila Wexford —dijo la señorita Bell—. Usted es su padre. Y también otras
cosas. ¿Tiempo de mujerzuelas sigue en cartel? No es mi obra favorita, pero me
encantó su interpretación.
Wexford pensó que Irene Bell le caía la mar de simpática. Aceptó una taza de té y
un sándwich de jamón de York. Comentó que tal vez ella pudiera decirle en qué lugar
de Hampstead habían vivido los Knighton. Irene Bell se lo dijo mientras servía la
segunda taza de té.
—El otro día tendría que haber sido más amable —reconoció Irene Bell—. Estaba
afectada y no me pareció correcto. Hay tanto más que comentar, aunque no estoy
segura de que sean aspectos que le interesen.
—Todo me interesa.
—¿También cosas prehistóricas? —Frunció el ceño al tiempo que evocaba el
pasado. Añadió—: Espero que encuentre al asesino de Adela y que reciba su
merecido. Actualmente no pasará mucho tiempo entre rejas… supongo que unos
cinco años, tiempo que aprovechará para estudiar en la universidad a distancia. Luego
lo pondrán en libertad con un traje nuevo y cincuenta libras del cepillo de los pobres.
—No es exactamente así —dijo Wexford y no pudo disimular su sonrisa.
—¿Sabe una cosa? Tuvieron que casarse de penalty —comentó repentinamente.
—¿Cómo ha dicho?
—Adam y Adela. ¿No sabe qué significa la expresión? Se utilizaba tanto en sus
tiempos como en los míos. Ya no funciona. Ahora las chicas tienen hijos o abortan y
la mitad de las veces son los chicos los que les suplican que se casen. Adela se
enamoró de Adam a primera vista. La hermana de Adam había estudiado con
nosotras. Nos pidió que fuéramos damas de honor en su boda y así conocimos a
Adam. Las tres teníamos veinticuatro años y Adam veintiuno. Estudiaba en Oxford.
Creo que el otro día le dije que los hombres nunca me han interesado demasiado,
pero Adam era otra cosa. No era guapo, sino bello. Todas se pirran por un hombre
«alto, moreno y apuesto» pero, en mi opinión, nada supera a un rubio realmente
guapo. Aunque parezca pura sensiblería, Adam semejaba el dios de una pintura. Yo
sentía un gran afecto por Adela. A pesar de todo, creo que habría sido la primera en
coincidir conmigo al decir que nunca fue una gran belleza. Recuerde que Adela tenía
buena cuna, procedía de los Aylhurst. Se trata de una rama menor de los Aylhurst de
Staffordshire, un apellido de rancio abolengo.
Irene Bell hizo una pausa. Wexford no se esperaba que fuera tan esnob y le
sorprendió que la mujer se expresara con tanta sinceridad. También debía tener
presente que había sido la mejor amiga de la señora Knighton…
—Su padre era Gerald Aylhurst, magistrado del municipio. No entiendo cómo
Adam se interesó por ella. Nunca lo comprendí. Tal vez se sintió halagado porque
Adela era algo mayor, no lo sé. He oído decir a hombres de mi generación que en su
juventud sufrieron a causa de una profunda frustración sexual… nada que ver con lo
www.lectulandia.com - Página 90
que pasa actualmente, ¿eh? Tal vez fue por eso. Adela no se negó, aunque sin duda
usted recuerda que en 1939 las niñas bien solían decir no. Sea como fuere, quedó
encinta y, puesto que no existían dos soluciones Adam tuvo que casarse con ella.
Creo que jamás puso en duda que debía casarse con ella, pero le confió a su hermana,
y ésta me lo contó, que cuando le plantearon claramente la situación, decidió que
prefería morir. Dijo que estaba enamorado de otra mujer y que prefería suicidarse a
casarse con Adela.
—¿Quién era la otra?
—No me lo pregunte, ni ponga esa cara: yo no era la otra. Vamos, Adam
Knighton no me habría mirado dos veces. No sé quién era, tal vez una chica de
Oxford, y la verdad es que cuarenta años después no tiene la menor importancia.
Wexford coincidió en que, después de tanto tiempo, el asunto era irrelevante.
Irene Bell prosiguió:
—Como sabemos, no se suicidó. Los Aylhurst organizaron una boda de blanco
por todo lo alto en la iglesia del pueblo. Fue de muy mal gusto, porque Adela estaba
de cuatro meses y se le notaba. Adam regresó a Oxford, aprobó los finales, dicho sea
de paso obtuvo matrícula de honor, y en septiembre nació Julian. Debían de llevarse
bastante bien porque en noviembre del año siguiente Adela dio a luz a Roderick.
Corría 1941 y Adam partió con su regimiento al Lejano Oriente, creo que a Birmania.
Estuvo fuera cuatro años. A su regreso, se preparó para la magistratura, logró ingresar
y, como todos sabemos, tuvo mucho éxito. Solía verlos bastante a menudo.
Compartía piso con otra chica en Maitland Park y ellos vivían en una de las calles
próximas a Haverstock Hill, cerca de la estación de Belsize Park. Adam la trataba de
un modo peculiar, con una especie de paciencia tolerante pero exasperada. ¿Está
claro? Actualmente dirían que la reprimía constantemente. Recuerdo la vez en que,
cuando compraron el primer televisor, Adam dijo que quería ver Los hermanos
Karamazov. Adela preguntó: «Querido, ¿es un número del circo Palladium de
Londres?». Aunque jamás la leí, yo sabía que era una famosa novela rusa. Es el tipo
de error que puede cometer cualquiera. Suena a grupo de acróbatas, ¿no le parece?
Adam llamó a sus hijos y les dijo: «Oíd lo que acaba de decir la intelectual de vuestra
madre». Al rato telefoneó el marica de Dobson-Flint y Adam se lo comentó. Adela
tuvo dos hijos más. Creo que lo hizo para retener a Adam. No estoy segura, pero es lo
que pienso.
—¿Está diciendo que el señor Knighton tenía aventuras?
—No lo sé. Las cosas llegaron al extremo de que nunca estaba en casa. Solía
decir que se quedaba trabajando y tal vez fuera verdad. También estaba obligado a
recibir muchos invitados y lo cierto es que Adela siempre cumplió a las mil
maravillas con esa tarea. Como ya he dicho, era una buena esposa, se ocupaba de su
marido, se tomaba muchas molestias. Dio a luz a Jennifer y a Colum, pero este hecho
no pareció influir demasiado en Adam. Se habían mudado a Fitzjohn’s Avenue,
Adam dormía en casa y es todo lo que puedo decir. Fue cierto durante… ¿cuánto
www.lectulandia.com - Página 91
tiempo, cinco años? Sea como fuere, durante años, después del nacimiento de Colum,
Adela tuvo marido en la medida en que un hombre dormía en la otra cama de su
habitación. Más tarde, súbitamente, lo recuerdo a la perfección, debió de ser a finales
de los cincuenta, Adam regresó. Vivía en casa, comía allí, llevaba a pasear a Adela…
todo lo que se le ocurra. Fue como si hubiera sufrido una conmoción y recobrado la
sensatez. Estoy convencida de que Adela lo amenazó con dejarlo y llevarse a los
niños, quitárselos. Adam sentía un gran cariño por sus hijos. Lo cierto es que regresó
para quedarse. A partir de entonces fueron una pareja modélica, aunque nunca
tuvieron mucho que decirse. Le aseguro que del viejo Adam no quedaba nada. Estaba
mortalmente aburrido y resignado. La pobre y vieja Adela siguió machacando con
que era una buena esposa, pero se vio obligada a llevarme de vacaciones con ellos. La
capacidad de soportar a un hombre que no te habla durante días tiene límites. Por
favor, se entiende que no tenga una gran opinión del matrimonio cuando éste fue el
que conocí más a fondo.
www.lectulandia.com - Página 92
años treinta, y entraron en un salón donde el matrimonio Baumann tomaba el té al
estilo de los años treinta: sándwiches de pepino, pan con mantequilla y mermelada de
fresa, bizcocho y natillas. El doctor Baumann llevaba pantalón gris de franela, camisa
blanca, corbata con los colores de su universidad y chaqueta deportiva; su esposa
lucía un vestido de tarde floreado y collar de perlas. Servía el té con tetera de plata.
La situación se parecía exactamente al escenario de una obra de los tiempos de la
comedia de salón y, de no ser por el estado otoñal del jardín y por el cielo plomizo,
cabía esperar la entrada inesperada, a través de las puertaventanas, de un joven con
pantalón de franela y raqueta de tenis en la mano.
Wexford calibró la escena mientras Margery informaba a sus padres sobre su
cargo y el motivo de su visita. Cuando acabó su discurso, los Baumann se mostraron
menos desconcertados.
—Ya que ha venido, siéntese y tome una taza de té —invitó lánguidamente la
señora Baumann.
—Lilian, supongo que le encantará probar un trozo de tu exquisito pastel. —El
doctor Baumann se puso de pie—. Iré a buscar un plato. Reconozco que no tengo
claro por qué ha venido, pero sé que él no sería el hombre por quien le tengo si no le
gusta el extraordinario pastel de mamá.
—Señor Wexford, ¿leche y azúcar?
—Se lo agradezco, pero no tomo azúcar.
—¿Qué es exactamente lo que quiere que le digamos? —quiso saber Margery.
—En principio, todo lo que recuerden de los Knighton. Muchas gracias, es muy
amable de su parte. —El doctor Baumann acababa de regresar con un plato del
servicio de té y una pequeña servilleta con borde de encaje. Wexford, que estaba
intermitentemente a dieta, se vio obligado a aceptar una generosa ración de bizcocho
de limón relleno de mermelada—. Viajaron en tren con ellos. Me gustaría que me
informaran de todo cuanto recuerden.
—Ajá, de modo que eso es lo que este hombre quiere —sintetizó el doctor
Baumann—. ¿Qué dices, querida? ¿Y tú, Margery? Este hombre se sorprenderá de lo
observadoras que son mis mujeres. ¿Qué opina del pastel? —preguntó a Wexford con
tono imperioso.
Era la primera vez que el cirujano se dirigía directamente al inspector. Wexford
había llegado a la conclusión de que el médico adquirió la costumbre de hablar en
tercera persona por sus referencias constantes a pacientes postrados en beneficio de
los discípulos.
—Es muy rico. Señora Baumann, ¿tendría la amabilidad de transmitirme la
impresión que le causaron los Knighton?
La había dejado profundamente apabullada.
—No me causaron la menor impresión. Eran… ¿cómo decirlo? Se trata de gente
corriente, muy simpática. Llegamos a esa conclusión, ¿no, Cyril? Me refiero a
entonces, al día en que hablamos de los demás miembros del grupo, ya sabe, los
www.lectulandia.com - Página 93
comentarios de rigor. Le dije a mi marido que los Knighton me caían muy simpáticos,
lo mismo que la mujer que los acompañaba, la señorita Bell. El señor Knighton es
abogado, recuerdo haber leído su nombre en los periódicos. Me pareció un hombre
muy informado.
—Ella es antisemita —espetó Margery de sopetón.
Una sombra cruzó fugazmente el rostro de la señora Baumann. Su marido sonrió
demasiado amplia y tolerantemente. A Wexford no se le había ocurrido pensar que
eran judíos, pero no cabía duda de que lo eran.
—Es una cuestión bastante desagradable —explicó Margery—. Resultó muy
embarazosa. No me gusta que la gente se llame judía gratuitamente y ella tachó de
viejo judío a su marido cuando éste no quiso gastar dinero ya no recuerdo en qué. Mi
madre perdió a toda su familia en el holocausto… ¿La señora Knighton se paró a
pensar lo que sintió mi madre?
—No fue la primera vez ni será la última en que tu madre y yo nos veamos
obligados a soportar semejantes comentarios. —Baumann tomó de la mano a su
esposa—. Pero no es esto lo que a él le interesa. Quiere que hablemos de amenazas,
chantajes e intentos de asesinato. Y de revólveres que se disparan en medio de la
noche y de arsénico en el chop suey.
—No creo que…
—Por favor, no. No hubo nada de eso. Sé que los hombres como usted buscan
algo en lo que hincar el diente. Margery, este hombre está convencido de que jamás
leí una novela policíaca.
Wexford reprimió un suspiro. Lloviznaba y caía la tarde. Margery encendió un
par de apliques y una lámpara de mesa en cuya pantalla de pergamino estaba pintado
un galeón.
—Señor Wexford, en realidad no advertimos nada excepcional en los Knighton.
—Entonces les preguntaré otra cosa. ¿Recuerdan la noche en que todos
estábamos sentados en una mesa del bar de la azotea del hotel de Kweilin? Me refiero
a ustedes tres, el señor Vinald, los Knighton, la señorita Bell y yo. Aquella noche
Knighton vio algo que lo dejó pasmado, pareció llevarse una enorme y agradable
sorpresa. Me gustaría saber qué vio.
Divertido ante una peculiaridad que atribuyó más al inspector jefe que a
Knighton, el doctor Baumann rió y meneó la cabeza. ¡Qué pregunta! ¿Qué respuesta
esperaba?
—Debo decir que no noté nada —respondió la señora Baumann satisfecha de sí
misma.
La hija de los Baumann miró a Wexford.
—Sin duda fue aquella chica guapísima, la que hizo tan buenas migas con
Gordon Vinald durante el viaje de retorno. Pandora no sé qué más. Una chica de
Nueva Zelanda. Cuando llegó a la azotea, todos los hombres se volvieron para
mirarla. —Cuando mencionó a Vinald, su voz dejaba traslucir un deje de malestar,
www.lectulandia.com - Página 94
pero no de dolor—. Yo reparé en la expresión del señor Knighton. Se sorprendió de
ver súbitamente una joven tan llamativa… bueno, una joven hermosa.
—Yo ni siquiera la vi —declaró el doctor Baumann con tono triunfante.
—Papá, es posible que tú no la vieras, pero diría que todos los hombres que
estaban en la azotea repararon en ella. Sé exactamente a qué se refiere el señor
Wexford, vi lo mismo que él. Supongo que el señor Knighton es muy sensible a la
belleza, que en el grupo brillaba por su ausencia, ¿no es así? Lo que me sorprendió de
los integrantes del grupo era que todos parecíamos más viejos que Matusalén.
—¡Margery! —exclamó su madre—. ¡No eres más que una joven! En la señorita
Pandora no sé qué más, no vi tanta belleza como para tanta alharaca.
—Ahora es la señora Vinald —informó Wexford.
La señora Baumann puso cara de pocos amigos y su hija se mostró cínicamente
divertida.
—Se lo tiene bien merecido —opinó la señora Baumann—. No me cayó bien, no
era nada simpático. Y estoy segura de que no es trigo limpio, los anticuarios nunca
han sido honrados.
—¡Mamá, no exageres! Fue muy amable con nosotros. Estás encantada con el
pequeño jarrón y nunca lo habrías comprado si Gordon no te hubiese dicho que valía
mucho más de lo que pedían por él. Y es verdad. Señor Wexford, mi padre lo hizo ver
por un experto y el tasador dijo que valía trescientas libras. No está mal si pensamos
que mamá lo compró por veinte.
Margery cogió un pequeño jarrón azul y blanco de la mesa de café y se lo entregó
a Wexford. Para el inspector era inconcebible que alguien pagara trescientas libras
por semejante birria: una pieza de cerámica tosca, blancuzca y jaspeada con un pájaro
azul y unos cuantos garabatos. En la base llevaba un pequeño sello rojo.
—No se puede sacar de China ninguna pieza que tenga más de ciento veinte años
—añadió Margery—. En las antigüedades estampan el sello rojo para demostrar que
están dentro de los límites y que, en consecuencia, pueden salir del país.
Wexford le devolvió el pequeño jarrón.
—¿Sabe por casualidad por qué motivo discutieron el señor Vinald y el señor
Purbank, hasta el extremo de no dirigirse la palabra a partir del momento en que el
tren salió de Irkutsk?
Margery rió.
—Sé que no se dirigieron la palabra, pero ignoro las causas. Gordon dijo que
Purbank era «una persona muy desagradable» y no dio más explicaciones.
Wexford regresó a casa, a otro matrimonio bien avenido y casi anciano: el propio.
Dora veía por la tele una vieja película británica, Mariposa de la nieve, con Trevor
Howard y Milborough Lang.
—Me gustaría saber si dentro de treinta años la gente verá las películas
www.lectulandia.com - Página 95
antológicas de Sheila.
—Si tenemos en cuenta que jamás ha rodado una película, lo dudo —respondió
Wexford—. No querrás que se vaya a Hollywood, ¿verdad?
—Me gustaría que, además de actuar en el teatro, interpretara un par de películas
de primera. Claro que existe esa vieja serie de televisión, pero no la tengo en cuenta.
Me gustaría que se la recordara… bueno, que su belleza quedara inmortalizada. En un
escenario maravilloso y en una película tan fina como ésta. Al fin y al cabo, ¿cuál
será el aspecto actual de Milborough Lang? Debe de rondar los cincuenta y cinco.
Wexford siempre hacía lo imposible para arrancar a su esposa de esos arrebatos
nostálgicos. Claro que para él Dora tenía prácticamente el mismo aspecto que cuando
se casaron. Cuando aparecieron los créditos, el inspector se levantó y apagó el
aparato.
—Ojalá hubieras estado conmigo en Kweilin. Habrías observado a la gente.
Habrías charlado, como de costumbre, habrías llegado a conocer a todos. No te
habrías dejado distraer por… alucinaciones, como me ocurrió a mí.
Dora se mostró ligeramente preocupada.
—Reg, ojalá supiéramos a qué se debieron esas alucinaciones.
—Al insomnio y al Maotai.
—No me lo creo. Dudo que hayas bebido más de dos sorbos de ese brebaje.
Wexford se encogió de hombros.
—Tal vez habrías podido explicarme la razón por la cual un hombre que ve pasar
una chica bonita por la azotea pone cara de haber contemplado a la virgen María.
Sonó el teléfono. Era Burden.
—He recibido más ayuda de la que cabía esperar de Brownrigg, primer oficial del
juzgado donde trabajaba Knighton. Es meticuloso y tiene archivados todos los casos
juzgados en los últimos veinte años. Lo llamo porque, desde mediodía, le ha
telefoneado tres veces un tal Vinald. Le daré su número.
Wexford marcó y atendió el propio Vinald:
—Inspector jefe, ¡cuánto me alegro de que haya llamado! Intenté ponerme en
contacto con usted desde que mi esposa me informó de su visita. —La voz sonaba
cordial, zalamera y muy nerviosa—. Me gustaría saber exactamente qué quiere de mí.
—Señor Vinald, sólo pretendía recabar toda colaboración que usted o su esposa
pudieran prestarme sobre el señor Knighton y su difunta esposa.
Hicieron una breve pausa. Vinald carraspeó.
—Hay algo más, ¿verdad? No creo que sea lo único que busca.
Wexford se devanó los sesos. Intentaría seguirle la corriente, aunque a tientas.
—Supongo que recuerda tanto como yo la última noche en Kweilin.
—Por supuesto. Y soy consciente de que se impone una explicación más
esclarecedora. Creo que debería comenzar por el momento en que nos reunimos en el
bar de la azotea…
—Señor Vinald —lo interrumpió Wexford—, preferiría no hablar de este tema
www.lectulandia.com - Página 96
por teléfono. Mañana iré a visitarlo. Nos veremos en su tienda a las doce en punto.
—De acuerdo. Estaré esperándolo. Le aseguro que existe una explicación muy
simple y racional de la cuestión…
—Buenas noches, señor Vinald —dijo Wexford con firmeza.
Era mejor confrontarlo por la mañana y oír la historia cara a cara. Disfrutó con la
sensación de suspense, de revelación postergada. Era posible… no, probablemente
era seguro que al día siguiente Vinald le contara lo que tanto había afectado a
Knighton en la azotea.
Wexford creía saberlo, aunque no en sus más íntimos detalles: Knighton había
visto a Pandora Vinald. Claro que no había sido la mera visión de una muchacha
atractiva lo que desencadenó su expresión. Los que lo habían sugerido no midieron
sus palabras. Era la visión de esa belleza concreta y Knighton no puso aquella cara
porque la veía por primera vez, sino porque volvía a verla, quizá después de algunos
años.
La muchacha que antaño había significado mucho para Knighton —¿la muchacha
que había amado?— apareció en la azotea y por pura casualidad él estaba ahí, alzó la
mirada y la vio con alegría, asombro y estupor.
www.lectulandia.com - Página 97
Tercera parte
www.lectulandia.com - Página 98
12
El inspector Burden era un conservador convencional que creía a pie juntillas en la
ley y el orden. La menor transgresión de dichos principios lo irritaba, y despreciaba a
los delincuentes. Esa extraña compenetración con la mente delictiva y sus vericuetos
que algunos policías poseen hasta el punto de que no hay mucha diferencia entre ellos
y su moral, y los criminales y la propia, era ajena a Burden, le repugnaba. Tal vez por
eso fuera un policía con menos éxito del que cabía esperar. Entre los delincuentes y
Burden se extendía un gran abismo que se tornaba más ancho y profundo a medida
que envejecía.
Era un hombre insensible y le faltaba compasión. Fiel a un estereotipo que no
tenía por tal, solía decir que se guardaba la compasión para la víctima del atracador,
el asediado cabeza de familia e, incluso, para el fisco. Era un creyente convencido en
la justicia del castigo y formaba parte de esa mayoría de policías —con la que
Wexford no tenía nada que ver— partidarios de la reimplantación de la pena capital.
No sólo como castigo al asesinato de policías. Le resultaba incomprensible que los
franceses, lo bastante sensatos para mantener la guillotina durante tanto tiempo, ahora
postularan su abolición.
Los reincidentes le desagradaban aún más que los jóvenes alborotadores y los
atracadores. Su esposa le había enseñado aquella palabra, él solía llamarlos
exconvictos, pero a la hora de la verdad daba igual. Antes de salir de casa le comentó
a Jenny que le había tocado la mala suerte de pasar el día, quizá los próximos días,
buscando a exconvictos. Y sin la satisfacción del ama de casa que persigue
cucarachas, ya que cuando los encontrara no podría hacer nada.
Sentía una aversión muy poco profesional por Adam Knighton, pero tenía que
verlo antes de salir a trabajar. Renie Thompson le abrió la puerta. Lo hizo pasar a la
sala donde, ligeramente sorprendido, comprobó que su jefe ya había llegado, que
estaba sentado frente a Knighton y a punto de concluir un interrogatorio sobre el tema
que lo obsesionaba. En los últimos días, Knighton se había puesto más demacrado,
calzaba pantuflas y se cubría los hombros con una gruesa chaqueta de punto gris. Se
había convertido en un anciano, ya no quedaban huellas de su prestancia y estilo.
Wexford saludó a Burden con la cabeza y el viudo intentó levantarse de la silla.
—Señor Knighton, por favor no se levante —pidió Wexford—. Si es tan amable,
me gustaría que siguiera pensando en lo que acabo de preguntarle.
Knighton se encogió de hombros. Tenía el ceño fruncido.
—Ya le he dicho que apenas lo recuerdo. La situación ha perturbado mi memoria
—reconoció amargamente, como quien recuerda una época idílica que nunca volverá
—. Fue realmente hermoso, ¿verdad? Creo que fue el panorama más bello que he
visto en mi vida. Supongo que si en la azotea puse cara de sorpresa, fue por la belleza
del espectáculo. —Una sonrisa espectral surcó su rostro y lo convirtió en una
calavera.
www.lectulandia.com - Página 99
Wexford hizo un gesto de impotencia y se volvió hacia Burden. Había hecho lo
imposible. El hombre mentía, sin duda, y esa última frase era muy ambigua. Burden
planteó la posibilidad de que el asesinato fuera obra de alguien que quiso
«desquitarse» del antiguo fiscal. La sonrisa desapareció de labios de Knighton y dio
la sensación de que estaba a punto de desmayarse. Cogió de manos de Burden las
listas confeccionadas por Brownrigg.
Knighton tardó unos instantes en dominarse, pero lo intentó. Habló con tono casi
normal:
—Veo que figura Hayward. Gilbert o «Gib» Hayward. Me amenazó en el
juzgado. El jurado acababa de entregar el veredicto de culpabilidad y Hayward
esperaba la sentencia. Cuando el juez le preguntó si tenía algo que añadir, profirió
amenazas a gritos contra mí. Fue muy alarmante, pero en realidad no podía hacer
nada. He recibido anónimos, pero de nada le servirán porque son anónimos, ¿no es
así? —Knighton barbotaba como loco, pensó Burden, con tal de decir algo, lo que
fuera, en lugar de revelar sus verdaderos sentimientos, sus más recónditos temores—.
Ah, aquí figura este otro, Peter Kevin Smith. Fui su defensor. Por algún motivo,
pensó que no había hecho bien mi alegato. Le cayeron cinco años y al día siguiente su
madre fue a verme, logró llegar hasta mi despacho en el juzgado, entró y amenazó
con que su hijo me mataría en cuanto saliera.
—Señor, ¿alguno de estos nombres le produce la sensación de que hay alguien
que podría haber hecho algo más que proferir amenazas?
Knighton devolvió las listas como si no le gustara tenerlas, como si le
desagradara el contacto del papel con sus manos.
—Ninguno. Me figuro que ninguno llevó a la práctica semejante amenaza contra
mi… mi esposa. ¿Es tan persistente la memoria del ser humano?
—La de algunos, sí —apostilló Wexford enigmáticamente. Añadió—: Todo
depende de lo que quieran recordar.
La vieja acudió a abrir la puerta y miró a Burden con tanto odio y desprecio que el
policía supo que no podía dar crédito a la coartada que presentara en favor de su hijo.
No fue necesario que la madre presentara una coartada. En primer lugar, en los
diez años transcurridos desde que salió de la cárcel, Peter Kevin Smith había
engordado demasiado para colarse por la ventana. En segundo lugar, llevaba la mano
derecha escayolada y era diestro. Se la había fracturado en una caída en la calle —
borracho, supuso Burden— y para demostrar que ocurrió antes del primero de
octubre, mostró la tarjeta de citas del servicio de traumatología del hospital donde lo
atendían, y en la que figuraban visitas que se remontaban al 18 de septiembre.
El siguiente en la lista era Sidney Maurice Wills, de Southwark. Resultó más
interesante que Smith porque era delgado, enjuto, fuerte y estaba en plena forma.
Además, sólo era un treintón y llevaba menos de un año en libertad. Knighton había
sido fiscal en un extraño caso en el que declararon a Wills culpable de complicidad
en un asesinato y de ocultar un cadáver. Se había encargado de deshacerse del
cadáver de una mujer muerta a navajazos por un amigo suyo y posteriormente lo
había enterrado en unas obras de carretera.
—En lugar de perder el tiempo conmigo, tendría que averiguar a quién le pagó el
cabrón de Knighton para hacer la faena.
Por lo que averiguaron, Vinald había ido a Birmingham para reunirse con el agente de
un coleccionista de porcelanas de Sudamérica. Había llevado algunas piezas que sacó
de China y dos jarrones adquiridos en los últimos meses. Sólo había cometido un
error al decir que la reunión había tenido lugar el primero en vez del segundo de
octubre.
Aunque Vinald lo explicó con gran labia, no pudo ocultar un profundo
nerviosismo subyacente. Algo lo asustaba y su temor iba en aumento. Wexford y
Burden lo visitaron en casa en lugar de en la tienda y Pandora apareció en la sala
mientras estaban hablando. ¿Vinald temía por ella?
Pandora lucía un vestido de punto blanco, cinturón y zapatos color bronce y
peinaba su pelo negro y brillante según la moda de ese momento: liso por arriba y
con rizado renacentista a los lados. Estaba tranquila, en modo alguno nerviosa. De
pronto Wexford tuvo la certeza de que se había equivocado al relacionarla con
Se sintió algo raro al beber la taza de té del desayuno, pese a que era Assam de
Twining y no tenía nada que ver con el té verde. Después de desayunar buscó entre
sus libros, encontró Obras maestras de lo sobrenatural y, tal como sospechaba,
comprobó que el último relato de la selección era «Té verde». Si hubiese leído el
libro hasta la última página, habría conocido la solución al problema cuando su
ansiedad alcanzó el punto culminante.
¿Cómo interpretar lo que había visto el cazador furtivo, lo de Purbank y las fotos?
Burden estaba ocupado con informes procedentes de Middlesbrough, Manchester y
Newcastle, informes que dejaban en limpio al resto de los hombres a los que
Knighton había acusado, respectivamente, de asesinato, incendio premeditado y
lesiones corporales graves. En la casita próxima a la presa de Sewingbury, Wexford
intentó obtener de Bingley una explicación más satisfactoria. El viejo volvió a señalar
a Vinald en la foto y se justificó diciendo que el hombre que había visto se parecía a
Vinald más que a cualquier otro. Sólo estaba seguro de que había visto caminar a un
hombre por el sendero alrededor de las tres de la mañana y de que ese hombre
regresaba de Thatto Vale.
El día siguiente nunca llegó para Adam Knighton. Por la mañana Wexford pensó que
fue como un déjà vu o la repetición de un vídeo. Fue como ir al cine y asistir a todo el
programa para ver de nuevo el principio. Salvo que eso lo hacías si la película te
gustaba mucho. En cuanto a ésta, la primera vez no le había gustado y la segunda…
La misma ficha técnica, el mismo comienzo. Empezaba cuando a las nueve de la
mañana Renie Thompson telefoneaba a comisaría y Burden, el especialista en huellas
dactilares, el experto en escenas de crímenes y el doctor Crocker se trasladaban a
Thatto Hall Farm. Brillaba el sol, el césped estaba cubierto de rocío y sólo un purista
habría notado que las siemprevivas estaba más maduras y que la escarcha había
quemado las hojas de las dalias, que el sol se hallaba más alto porque habían atrasado
una hora los relojes. Hasta ese punto, todo era como entonces. La divergencia sólo
apareció cuando entraron en la casa, pues en esta ocasión era Knighton el que estaba
muerto… y por su propia mano.
—Dos en un mes —declaró la señora Thompson—. Hace que lo pienses dos veces
Wexford sentía que las cartas le quemaban el bolsillo. Tenía justificaciones para abrir
el sobre dirigido a la señora Ingram y leer la misiva. El suicida pierde el derecho a la
intimidad y, para colmo, este suicida era el principal sospechoso de un asesinato.
Además de madre de Pandora Vinald, ¿quién era la señora Ingram? ¿Qué relación
había tenido con Adam Knighton para que éste le escribiera una carta en su lecho de
muerte?
Le telefonearía antes de abrir la carta. Cogió el auricular para pedir en centralita
que le buscaran el número y volvió a colgar. En la azotea del hotel de Kweilin,
Pandora estaba en compañía de otra mujer, una mujer mucho mayor y de pelo blanco.
A pesar de lo mucho que había pensado en los acontecimientos de aquella noche en el
bar de la azotea y de sus recuerdos de los presentes, en ningún momento había
incluido a esa mujer. La belleza de Pandora la había eclipsado.
Tal vez a él, quizás a casi todos los que las vieron juntas, pero no a Knighton.
Sentado a la mesa con su esposa, Knighton la había visto como Dante a Beatriz y en
un abrir y cerrar de ojos su vida y sus esperanzas se transformaron. A diferencia de
Dante, Knighton no la veía por primera vez. Wexford estaba seguro de que era así. Su
personalidad presentaba una faceta romántica que sentía debilidad por los avatares de
la pasión, aunque fuera incapaz de aceptar la posibilidad de que un hombre de la edad
de Knighton se enamorara a primera vista de una mujer de la edad de la señora
Ingram.
Seguramente la conocía de antes, desde hacía años. Cuando lo interrogaron,
Knighton declaró que su carrera habría quedado truncada si hubiese abandonado a su
esposa e hijos para irse con una joven actriz. Por aquel entonces la señora Ingram
debía de ser joven, en los tiempos en que de lunes a viernes los Knighton vivían en
Amada mía: Ya habré muerto cuando leas esta carta. Me hice la ilusión de que juntos
seríamos felices, soñaba con ello y durante unos días pareció que estaba a nuestro
alcance. Creí que, mientras tú y yo estuviéramos por fin juntos, podría soportar
cualquier cosa, pero estaba equivocado. El amor que siento por ti es la emoción más
intensa que he experimentado en mi vida, más potente aún que el cariño que siento
hacia mis hijos. Hace treinta años que te amo y siempre llevo tu imagen en mi mente.
Pero los remordimientos son más fuertes que el amor. No sabía lo que hacía
La señora Ingram no había llorado al leer la carta, pero al ver a Wexford las lágrimas
rodaron por sus mejillas. Lloró en silencio, como si no fuera consciente de sus
emociones.
—Siéntese, señora Ingram. ¿Está en condiciones de hablar o prefiere que
esperemos?
—Más vale que hablemos ahora —pronunció con dignidad esas amargas palabras
y se sentó—. Por favor, me gustaría recuperar mi carta.
—Luego. Se la daré antes de irme. Le agradeceré que me cuente la historia desde
el principio.
La mujer se echó hacia atrás y meneó la cabeza.
—Diga lo que diga, Adam no la mató. No pudo matarla.
—Tendrá que reconocer que pudo hacerlo y lo hizo. Hablemos del señor
Knighton y usted. Nos hará bien a los dos. ¿Puede contárselo a alguien más? ¿Hay
alguien que esté dispuesto a escucharla?
—No —susurró.
Él tenía treinta y dos y ella veinticinco. Se conocieron en una cena que dio el mismo
Henry Lacey que invitó a Knighton la víspera de la muerte de su esposa. Adela
también había asistido. La joven Milborough Lang se hizo famosa de la noche a la
mañana cuando estrenaron su primera película, Mariposa de la nieve, la historia
extraña y casi mística de una sorda. Le siguió el éxito en las tablas, interpretando a
Petra en Un enemigo del pueblo, de Ibsen. Wexford recordó que había visto Mariposa
de la nieve cuando la estrenaron. Como probablemente ocurría con Greta Garbo, su
Ryan Ingram había muerto de un infarto hacía tres años. Pandora se había casado a
los diecinueve años, pero el matrimonio fue un fracaso. En parte para distraerse de
ese chasco y del divorcio consecuente, Pandora y su madre emprendieron un viaje
que las llevaría a dar la vuelta al mundo y que acabó en Londres, en ambos casos por
amor.
—Adam me reconoció en el acto. Seguramente es verdad que el amor es ciego
porque en veinticinco años he cambiado más que la mayoría de las personas. Yo
también lo reconocí, por supuesto. Fue extraordinario verlo allí sentado, todavía con
Adela.
La señora Ingram se levantó y cerró las cortinas para aislarse de la tarde que caía.
Cuando encendió la lámpara de mesa, bajo la luz brillaron los magníficos colores del
El viento amainó y el cielo estaba tan encapotado que tuvieron que encender la luz de
la sala del 52 de Dogshall Road. La luz se traslucía a través de las cortinas verdes sin
forrar. El muchacho fue el primero en irse, vestido ahora con prendas de cuero y
portando un casco protector. Montó la Yamaha aparcada junto al Ford y tronó en
dirección al puente. Poco después volvió a abrirse la puerta y salió Silver Perry.
Convencionalmente vestido con traje oscuro y abrigo corto también oscuro, bajo la
declinante luz se parecía a Adam Knighton, pero a un Knighton degradado, vulgar,
maleado. Era un poco más bajo y carecía de la prestancia del hombre por el que había
dicho que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, a sacrificar su vida.
—¿Empleó esas palabras? —Wexford se sorprendió.
—Sí, cuando contó su vida a la prensa —respondió Burden—·. Estuve a punto de
decírselo, se lo iba a contar pero me interrumpió con su hipótesis sobre la pistola. En
El Vídeo Club recuerdan que Coney Newton estuvo hasta las tres y Newton sostiene
que estuvo con Perry, pero en el club nadie me dijo que hubiera visto a Perry.
Perry besó a Renie Thompson en el umbral y se alejó de prisa. Wexford supuso
que se metería en el Ford, pero evidentemente no le pertenecía, había ido a pie. Y a
pie regresaba bajo la llovizna fina y gris que caía incesantemente. Las farolas estaban
encendidas y semejaban rombos de color naranja entre las ramas desnudas de los
árboles. Perry se subió el cuello del abrigo, se metió las manos en los bolsillos y echó
a andar. Probablemente iba a la estación del metro, situada cuatrocientos metros más
arriba, después de la joroba.
Donaldson condujo lentamente el coche, algo rezagado con respecto a Perry.
Empezó a sonar el claxon, pero Donaldson no hizo el menor caso.
—Creo que ahora va a cruzar —dijo Wexford—. Gire en la esquina.
¿Qué había pasado por la mente de Knighton en aquel momento? ¿Lo había
considerado factible incluso entonces o sólo le había seguido la corriente a Silver
Perry y lo había complacido antes de librarse de él para siempre? Wexford supuso
que se habían encontrado en un pub o en un banco de plaza. Estaba seguro de que fue
la única vez que se reunieron. Perry impaciente, agradecido, satisfecho de que el
egregio hombre se dignara dirigirle la palabra; Knighton inenarrablemente
escandalizado, horrorizado y tentado. Levante la mano, pronuncie la palabra, es
suficiente; ella morirá y podrá dar alas a los deseos de su corazón. ¡Qué disparate
maligno y perverso! Hundido en la más profunda desdicha, más valía quitarse la vida
que soportar eso, incluso era mejor que aguantar semejante sarta de despropósitos.
Pero «mandarín», bastaba con una palabra…
—Y un día, hace poco, Knighton lo llamó y pronunció la palabra —sintetizó
Burden.
—Fue a principios de septiembre. Contesté y durante un rato nadie habló, aunque
se oía respirar a alguien. Pensé que era un bromista cuando esa voz pronunció la
palabra. Tartamudeó y habló muy bajo. Lo más gracioso del caso es que me había
olvidado. En todos esos años no volví a ver al señor Knighton ni a oír su voz. Al
principio tuve noticias por Renie, pero pasé mucho tiempo sin saber nada de él. No
me enteré de que se había retirado ni sabía que se habían mudado definitivamente a
Sussex. La voz pronunció esa palabra. Oí decir «man» y pensé que diría «mande»,
pero colgó antes de que yo pudiera decir esta boca es mía. Debí de reconocerla
inconscientemente o algo por el estilo porque esa palabra me persiguió todo el día.
De pronto recordé. Después de tantos años podría compensar al señor Knighton, por
fin cumpliría mi promesa.
Wexford se incorporó y dio la espalda a Silver Perry.
—Es repugnante. —Se detuvo junto a la ventana y contempló la selva de
cemento, siguió el recorrido de un avión salpicado de luces y respiró hondo para
dominar la cólera que lo embargaba—. Continúe y evítenos los sentimientos nobles.
—¿Se dejó llevar por esa palabra, por una única palabra que ni siquiera oyó bien?
—preguntó Burden.
—Lo sabía —aseguró Silver—. Me acerqué a su despacho, pero no apareció y
finalmente vi que su nombre ya no figuraba en el letrero de la puerta. Fui a
Hampstead y me bastó echar un vistazo para comprobar que estaba plagado de esos
puñeteros árabes. Llamé un par de veces a Thatto Hall Farm y, aunque él respondió la
primera y ella la segunda, no saqué nada en claro.
Habían terminado. Ya no había nada que hacer hasta que, a la mañana siguiente, se
reuniera el tribunal especial. Hacía muchas horas que era de noche, con esa oscuridad
húmeda y brumosa de noviembre. Wexford cogió el abrigo y se lo colgó del hombro.
—Un trago no me vendría nada mal.
—Vayamos a mi casa —propuso Burden.
Wexford estaba muy cansado, tanto como después de las noches de insomnio en
China. Le daba vueltas la cabeza, tenía la impresión de que estaba atestada de cifras,
tergiversaciones y mentiras. Pero no había nada más en qué pensar ni de qué hablar
salvo de lo que habían hecho hasta entonces y siguieron dándole al tema.
—¿Está seguro de que Bingley vio a Perry en el bosque? —preguntó Burden.
—¿Pudo ser de otra manera? Bingley estaba tan confundido que se convenció de
que el hombre que vio regresaba de Thatto Vale en lugar de ir hacia allí. Además,
Perry fue por la carretera y volvió por el sendero. Si Perry llegó a Thatto Hall Farm a
las tres, tardó diez o quince minutos en cortar el cristal y otros diez para recorrer la
casa y encontrar el cadáver, lo más probable es que fueran las cuatro menos diez
cuando pasó por el sitio donde estaba Bingley. O donde había estado, ya que a esa
hora seguramente Bingley había vuelto a su casa.
Utilizaron el coche de Wexford porque Jenny se había llevado el de Burden. El
inspector jefe condujo despacio a causa del cansancio.
—Bingley vio a un hombre de pelo cano —insistió Burden.
—¿Podemos estar seguros? Acudió a nosotros porque la sobrina le dijo que era su
deber. Había visto a un hombre regresando a Sewingbury por el sendero a las tres de
la madrugada del dos de octubre. Tenía miedo de venir a vernos por sus actividades
como cazador furtivo. Para satisfacernos, se inventa una historia lo más parecida a lo
que cree que nos caerá bien. Knighton es alto y tiene el pelo gris o plateado. Bingley
conoce a Knighton de vista o ha visto su foto en los diarios. En consecuencia, dice
que el hombre que vio era alto y de pelo gris. Cuando le muestro las fotos, el asunto
toma otro cariz. Entonces recuerda el verdadero aspecto del hombre que vio en el
bosque. De los presentes en las fotos no señala a Knighton, que es el más parecido a
Silver Perry. Señala a Gordon Vinald, que no se le parece porque es juvenil, moreno,
bastante bajo y tirando a delgado.
Aunque la luz del porche estaba encendida, el bungalow de Burden se encontraba
sumido en la oscuridad. Wexford se apeó del coche y caminó por el sendero hacia la
luz. Algo suave y sigiloso surgió entre las sombras y se frotó contra la pernera de su
pantalón. El inspector jefe dio un brinco porque estaba fatigado y la jornada había
sido agotadora. Burden abrió la puerta y Wexford lo siguió al interior de la casa,
llevando al gato en brazos.
—Bingley no pudo señalar en las fotos al hombre que mató a Adela Knighton