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Wexford en China: Misterio y Crimen

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Los misterios eran un asunto cotidiano para el jefe inspector Wexford, pero

aun a él le parecía extraordinario que un policía inglés caminara por la Gran


Muralla, llegara a pisar el bote de piedra del Palacio de Verano, y tocara las
columnas escarlatas en el Templo del Cielo. El gobierno chino deseaba ser
aconsejado sobre la detección y prevención de actos criminales, y Rex
Wexford no era hombre que desperdiciara una buena oportunidad. Y cuando
la conferencia concluyó decidió tomarse dos semanas de vacaciones y
conocer un poco mejor el país. En esa semana se encontró entre otra gente
con el matrimonio Knighton. Por una curiosa coincidencia, ya de vuelta en
Londres, descubriría que el matrimonio Knighton se verá envuelto en un
crimen.

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Ruth Rendell

Un cuento chino
Inspector Wexford - 12

ePub r1.0
Titivillus 15.05.15

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: The Speaker of Mandarin
Ruth Rendell, 1983
Traducción: Margarita Cavandoli

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

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Para Don

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Nota de la Autora
Para la transcripción de palabras y nombres propios chinos he utilizado los
sistemas Wade-Giles y Pinyin. Aunque el Pinyin es el sistema que la
República Popular sustenta oficialmente, el Wade-Giles —desarrollado en el
siglo diecinueve— sigue siendo más familiar para los lectores occidentales.
Por consiguiente, he empleado cada sistema según me pareció más
adecuado y aceptable: por ejemplo, el moderno Pinyin para Lu Xing She, el
Servicio chino de viajes internacionales, pero Ching en lugar de Xing para
nombrar la última dinastía imperial; también he preferido Mao Tse-tung a Mao
Zedong, como señala el Pinyin.

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Primera Parte

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1
Rodeado de cristal, el cuerpo perfectamente conservado de la mujer a la que llaman
marquesa de Tai yacía algunos metros por debajo de ellos, en el nivel inferior. A su
muerte, acaecida hacía algo más de dos milenios, rondaba la cincuentena. Un vestido
recto, de color blanco, cubría desde el cuello hasta los muslos su delgado cuerpo de
treinta y cuatro kilos. Sus piernas eran de un blanco rosáceo semejante al de los peces
y estaban cubiertas de estrías; en virtud de una fractura tratada, su brazo derecho era
bastante más corto que el izquierdo. Su rostro estaba pálido, abotargado, con el
caballete de la nariz hundido, la boca abierta y la lengua fuera; todo el rostro estaba
enmarcado en una expresión de profunda agonía, como si hubiera muerto
estrangulada.
Sin embargo, no era ésa la situación. Según el folleto del museo y el señor Sung,
la marquesa había padecido tuberculosis y algún problema de vesícula biliar. Poco
antes de expirar a causa de un ataque cardíaco, había consumido ciento veinte
semillas de sandía.
—Ya sabe, ella tiene infalto de miocaldio —dijo el señor Sung, citando el folleto
de memoria, como tenía por costumbre—. Muy enfelma, ya sabe, mal colazón, mala
entlaña. En malcha.
Se desplazaron para mirar por un segundo resquicio los órganos internos y la
duramadre de la marquesa, conservados en frascos con formol. El señor Sung miró
inquisitivamente la cara de su compañero, quizá con la esperanza de descubrir
indicios de náusea o desaliento. Pero la expresión del otro era tan inescrutable como
la propia. El señor Sung suspiró.
—En malcha.
—Le agradecería que dejara de utilizar esa expresión —pidió Wexford de mal
talante—. Si me permite una sugerencia, debería decir «¿Nos vamos?» o «¿Está
listo?».
—Le pelmito la sugelencia. Muchas glacias —replicó el señor Sung seriamente
—. Estoy deseoso de hablal bien. ¿Nos vamos? ¿Está listo?
—Sí, por supuesto.
—Pol favol, no conteste. Así plactico. ¿Nos vamos? ¿Está listo? Bueno, lo he
entendido. Venga, en malcha. ¿Está listo pala tlasladalse al emplazamiento?
Lespóndame, pol favol.
Subieron al taxi. Entre el aire acondicionado del edificio y el del coche, la
temperatura parecía el punto medio de un horno encendido para cocinar lentamente
una cazuela. El taxista los llevó por la ciudad hasta la excavación donde los
arqueólogos habían encontrado los cadáveres de la marquesa, su marido y su hijo,
figuras de barro de criados, provisiones y artefactos para que los acompañaran en su
viaje al más allá. Los demás cuerpos eran esqueletos con las vestimentas
desintegradas. Sólo la marquesa —horrible, grotesca y mirando fijamente con sus

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ojos vacíos y ciegos— conservaba las cerosas facciones de la vida, envuelta en su
túnica pintada y en sus veinte capas de prendas de seda.
Wexford y el señor Sung contemplaron el enorme y profundo pozo mortuorio
rectangular a través del enrejado de madera y el señor Sung citó casi de memoria un
considerable fragmento de la Guía Fodor de la República Popular China. Tenía
buena retentiva y, en virtud de la incapacidad de Wexford para descifrar ideogramas,
creía que éste tampoco sabía leer en su propia lengua. Incluso citaba de la Guía
Fodor de Wexford, que la noche anterior había pedido prestada con suma torpeza.
Wexford no le hizo caso. Habría hecho cualquier cosa con tal de quitarse de encima al
señor Sung, con su cara de niñato, sus mejillas sonrosadas y sus ojos rasgados. En
cualquier otro país de la tierra un soborno equivalente a su salario mensual —lo que
aquí habría estado fácilmente al alcance de Wexford— lo habría librado para siempre
del guía-intérprete. Pero no en China, donde hasta la propina estaba prohibida. El
señor Sung era incorruptible. A pesar de su juventud, ya era miembro del partido. Un
aura de fanatismo brotaba de sus ojos y sus músculos fofos se tensaban cada vez que
mencionaba los estadistas que había dado su provincia natal de Hunan, Mao Tse-tung
incluido. Por momentos Wexford sospechaba que llegaría el día, quizá dentro de
veinte años, en que, si aún vivía, abriría el Times y se enteraría de que el nuevo
presidente del Partido Comunista Chino era un tal Sung Lao Zhong, de cuarenta y
siete años, oriundo de Changsha. Era harto probable. El señor Sung llegó al final del
párrafo memorizado y lamentó la llamada del deber, pero se negó a escurrir el bulto.
—Colecto —dijo—. ¿Nos vamos? Ahola visitamos fáblica de polcelana y antes
de comida de la noche el colegio de folmación del plofesolado.
—No, no nos vamos —se rebeló Wexford.
Un mosquito picó a Wexford exactamente encima del hueso del tobillo. El calor
era agobiante. Al igual que la cazuela imaginada, se estaba cocinando lentamente
mientras un sudor viscoso parecido a una salsa goteaba pegajoso por su cuerpo. Se
debía tanto a la humedad como a los treinta y siete grados.
—No, no nos vamos. Volvemos al hotel para darnos una ducha y dormir la siesta.
—No habla otlo holalio pala visital la fáblica de polcelana.
—¿Qué se le va a hacer?
—Es muy impoltante visitai el centlo de estudios al que fue el plesidente Mao.
—Hoy no podrá ser —concluyó Wexford.
La gélida atmósfera del coche desencadenó, más que un hilillo, una efusión de
sudor. Wexford se secó la cara.
—De acueldo, espelo que no lo lamente —replicó el señor Sung y la indignación,
tanto como cualquier otra emoción, provocó una gran confusión en la pronunciación
de las consonantes—. Temo que se alepentilá.
La voz del guía tenía un ligero matiz amenazador. Si hubiera mucha más rebelión
por parte de este visitante obstinado, pensó Wexford, el señor Sung insistiría en que
esas omisiones no eran posibles. Si Lu Xing She —la Oficina China de Turismo—,

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cuyo vicario en la tierra era, por así decirlo, el señor Sung, exigía que Wexford
visitara fábricas, parvularios, centros de enseñanza y refinerías de petróleo, recorrería
dichas instituciones y no se hable más del asunto.
El señor Sung giró la cabeza y miró por la ventanilla. Su rostro nunca expresaba
nada, salvo una implacable afabilidad. Su coronilla llegaba aproximadamente al
hombro de Wexford, si bien no era excesivamente bajo tratándose de un chino del sur.
Vestía camisa de algodón blanca como la nieve, pantalón de algodón holgado y de
color oliva, y sandalias de plástico moldeado color castaño. Le había contado a
Wexford que su padre era cuadro del partido y su madre médica, lo mismo que su
hermana y su esposa. Todos convivían en un apartamento de dos habitaciones en una
de las manzanas urbanas semejantes a barracones grises, junto con Tsu Ken, hijo del
señor Sung.
Tocando el claxon a los peatones y a los ciclistas que en sus bicis trasladaban
cualquier cosa, desde un par de cochinillos vivos y regordetes más una gallina hasta
un juego de muebles, el taxi se abrió paso por las monótonas calles y llegó al Hotel
Xiangjiang. En Changsha quedaban muy pocos edificios anteriores a la revolución de
1949, sólo la casa del general del Kuomintang, contigua al hotel con sus techos
verdes y sinuosos, y una destartalada iglesia europea de estuco gris de cuyo origen
nadie tenía la menor idea. El señor Sung se apeó del taxi y acompañó a Wexford
hasta el vestíbulo. Se dieron la mano. Un comportamiento más relajado no habría
satisfecho su sentido del deber. Wexford no pudo hacer nada más para evitar que el
guía lo acompañara hasta el octavo piso en el ascensor. El señor Sung le pidió por
favor que a las siete estuviera listo para asistir al pase al aire libre de una película
sobre la historia de la revolución.
—Nada de eso, muchas gracias —dijo Wexford—. Hay demasiados mosquitos.
—Supongo que todos los vielnes toma la pastilla contla el paludismo.
—De todas maneras, no me gusta que me piquen. —Wexford tenía la sensación
de que se había duplicado el tamaño del hueso de su tobillo—. Extrañamente… —en
un enorme espejo vio reflejada su cara bañada en sudor, quemada por el sol y que no
alcanzaba a ser mínimamente apuesta— …soy muy atractivo para el anofeles, pero
debo aclarar que no es una pasión correspondida. —El señor Sung lo miró sin
comprender, pero con incombustible amabilidad—. No pienso sentarme al aire libre e
invitar a los mosquitos a que me vampiricen.
—Entiendo. Colecto. Vaya al cine del hotel y vea La chica de Shanghai y a
Charlie Chaplin en El gran dictador. La plimela es una buenísima película china
sobre los oblelos de la constlucción. Me sentalé a su lado pala que no se pielda la
histolia.
—¿No preferiría irse a casa y estar con su esposa y su hijo pequeño?
El señor Sung exhibió una enigmática sonrisa y volvió a estrechar la mano de
Wexford.
—Cumplo con mi tlabajo, ¿colecto?

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Wexford se tendió en la cama rígida cubierta por una delgada colcha. Por algún
motivo inexplicable, la sábana de abajo era un mantel de cuadros azules y blancos.
Del acondicionador japonés manaban bocanadas irregulares de aire frío, mientras al
otro lado de la ventana la casa del general y los techos de tejas marrones de Changsha
se cocían bajo el calor húmedo y crepitante. Con el agua contenida en el termo que
era una de las cosas agradables de su habitación, Wexford se había preparado un
cuarto litro de té verde en una taza con tapa, pintada de color flor de cerezo. Aquí te
obligaban a cenar a las seis (se desayunaba a las siete y, aunque parezca absurdo, se
almorzaba a las once y media), pero aún faltaba una hora y media. Era incapaz de
tragar la limonada, el refresco de fresa y la gaseosa de casia que esperaban que
bebieras a toda hora para prevenir la deshidratación. Wexford bebía constantemente
té verde, se lo preparaba personalmente y lo hacía cargado, o por un fen —
aproximadamente un tercio de penique— compraba un vaso en cualquier puesto
callejero.
Dormitó después de la segunda taza de té, pero llegó la hora de ducharse y de
ponerse una camisa limpia para cenar. Más tarde le escribiría a su esposa, ahora no
tenía tiempo. Hong Kong, donde ella se hospedaba mientras lo esperaba, le pareció
infinitamente lejana. Bajó al comedor, donde cenaría solo en una mesa, con su
ventilador personal, discretamente escondido del otro y único grupo de extranjeros,
unos italianos que ocupaban la ancha mesa redonda al otro lado del biombo de
bambú. Tomó asiento y pidió una cerveza a la camarera.
Aparecieron los italianos y lo saludaron. La muchacha encendió el ventilador,
abrió el biombo y sirvió la cena a Wexford. Esa noche había pollo y brotes de bambú
con salsa de jengibre, cacahuetes fritos en aceite, espinaca casi cruda de vivo color
verde, calabaza frita y pescado frito. Al ponerse en camino con su sobrino Howard y
con los demás agentes de policía de graduación muy superior a la suya, Wexford
había incluido en su maleta cuchara y tenedor porque temía que el Hotel Pekín no
dispusiera de cubertería occidental. ¡Qué ingenuo había sido! El Hotel Pekín era una
especie de Ritz austero con acondicionador de aire ártico, un enorme centro
comercial y cortinas que se abrían y cerraban mediante un dispositivo eléctrico. Por
algún motivo, ninguno se preocupó de los cubiertos y desde el principio comieron
como los chinos; Wexford ya era tan hábil con los palillos como cualquier dignatario
de la Ciudad Prohibida. Descubrió que se había vuelto tan diestro que hasta podía
coger con los palillos un resbaladizo cacahuete cubierto de aceite. La camarera le
sirvió un cuenco de arroz y la enorme botella verde de cerveza Tsing-tao.
Experimentó una profunda sensación de bienestar en cuanto empezó a comer.
Después de dos semanas, aún le costaba trabajo creer que él, Reg Wexford, policía
rural, estaba en Tartaria, en China, que había caminado por la Gran Muralla, pisado la
Barca de Piedra del Palacio de Verano, tocado las columnas escarlatas del Templo del
Cielo y que ahora estaba de excursión por el sur, viendo tantas maravillas y
experimentando tantas delicias como permitía Lu Xing She.

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Cuando Howard Fortune —inspector jefe de Scotland Yard e hijo de la difunta
hermana de Wexford— comunicó durante una reunión familiar que se iba a China en
el verano de 1980, su tío experimentó un sentimiento que no solía carcomerlo: sintió
envidia. Claro que Howard pasaría muchas horas en torno a la mesa de reuniones. El
departamento del gobierno chino que lo había invitado quería asesoramiento sobre
detección y prevención del delito y, sin duda, sus anfitriones se entregarían a uno de
los pasatiempos favoritos de los comunistas: mostrar instituciones nacionales… en
este caso, probablemente, comisarías, tribunales y cárceles. De todas maneras,
Howard y su equipo tendrían tiempo libre para visitar los palacios imperiales, la
Colina del Carbón y el Puente Marco Polo. Toda su vida Wexford había soñado con
recorrer la Ciudad Prohibida y estaba prácticamente convencido de que jamás lo
conseguiría. No dijo nada, animó a Howard y le aconsejó, como todos, que no se
olvidara de comprar jade y seda y de traerse como recuerdo un trocito de la Gran
Muralla.
Una semana después, Howard telefoneó para comunicar que tenía que trasladarse
a Brighton y que, al regreso, visitaría a su tío en Kingsmarkham. Se presentó el
sábado alrededor de las seis de la tarde. Era un hombre cadavérico y gigantesco que,
pese a gozar de una excelente salud, siempre había parecido veinte años mayor. Sus
suegros vivían en Hong Kong. Después del viaje por China, se reuniría con su esposa
en Hong Kong. ¿Qué opinaba su tía Dora de pasar dos o tres semanas con Denise en
esa ciudad?
—¿Reg también? —se había apresurado a preguntar Dora.
Estaba acostumbrada a que su marido la dejara sola largas horas, incluso días.
Pero ella jamás se marcharía y lo dejaría por propia elección.
—Imposible —respondió Howard y meneó la cabeza—. Estará ocupado en otra
parte.
Wexford pensó que Howard se refería a Kingsmarkham. Miró cejijunto a su
sobrino.
—Lo necesitaré en Pekín —añadió Howard.
Reinó el silencio. Wexford preguntó:
—Howard, ¿estás hablando en serio?
—Por descontado que hablo en serio. Tengo carte blanche para seleccionar a los
integrantes de mi equipo y te elijo porque no hay duda de que eres el mejor experto
en previsión. Te lo aviso con mucha antelación para que solicites el visado. Los
visados colectivos son un incordio si quieres deambular en solitario por China, como
estoy seguro será de tu interés.
Era eso lo que hacía mientras Howard, aficionado a las antigüedades, merodeaba
los pabellones de techo amarillo de Pekín en su gozoso tiempo libre, en tanto los
demás miembros del equipo —que alimentaban incipientes brotes enfisémicos—
volaban por los cielos de Asia de regreso a las preocupaciones y los delitos

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británicos. Wexford se había tomado dos semanas de sus vacaciones anuales. Había
volado desde Pekín hacía tres días y en el aeropuerto de Changsha lo había recibido
el señor Sung. Jamás olvidaría aquel vuelo, la azafata le sirvió una extraña comida a
base de huevos duros, bizcocho y ciruelas pasas envueltas como caramelos; los
pasajeros —él era el único caucasiano—, los chicos y chicas vestidos con ropa de
algodón azul, los oficiales de alto rango del ejército coreano, marciales y correctos
con sus uniformes de color caqui, se daban aire con abanicos de seda negra con
bordes dorados.

Una tos discreta arrancó a Wexford de su ensueño. El señor Sung estaba de pie a su
lado y sin duda esperaba para llevarlo al cine. Wexford lo convidó a sentarse y a
beber una cerveza, pero el señor Sung no aceptó pues era abstemio. Pero tomó
asiento y dio una perorata a Wexford sobre la educación superior en China,
refiriéndose concretamente al Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín, que había
sido su alma máter. ¿Había visitado Wexford esa universidad mientras estuvo en la
capital? ¿No? Qué extraño, sin duda lo lamentaría, se arrepentiría. Wexford bebió dos
tazas de té verde y comió cuatro litchis y una rodaja de sandía.
—Vaya con cuidado y no se tlague las semillas como la dama de los dos milenios
—dijo el señor Sung que, a su manera, tenía sentido del humor.
El gran dictador estaba doblada al chino. Wexford aguantó diez minutos. Le
pareció que todos los niños de Changsha estaban en la sala y que reían tanto que
parecían a punto de caer de los regazos de sus madres. Presentó sus disculpas al señor
Sung y dijo con absoluta aunque extraña veracidad que tenía frío. El acondicionador
de aire le daba justo en el hombro izquierdo y la nuca. Salió a la calle, donde el aire
poseía un tacto cálido, peludo y polvoriento, parecido al interior de un manguito. En
la acera de enfrente había una tienda que vendía té. Wexford pensó que por la mañana
compraría té, ya que casi se le había terminado el paquete proporcionado por el hotel.
Caminó. Poseía una buen sentido de la orientación, lo que era una bendición
porque los ideogramas de los letreros callejeros lo convertían en analfabeto. La
ciudad estaba débilmente iluminada y era una colmena exótica y fantástica sin la
menor pretensión de belleza. En una ancha carretera de cruce, la gente jugaba a las
cartas en la acera, bajo la luz de las farolas. Recordó el significado del nombre del
hotel y emprendió el retorno hacia el río. La multitud se apiñaba en las calles, seres
amistosos y demasiado corteses para clavarle la mirada, aunque sus hijos lo
contemplaban, reían y señalaban al gigante ojiazul. Las diez de la noche es una hora
muy tardía si te tienes que levantar a las seis. Wexford se preparó una taza de té, se
acostó y poco después cayó en una especie de sueño que nunca había tenido… o que
hacía años que no soñaba.
Se trataba de una pesadilla. Estaba en China, pero era la China de sus años
mozos, antes de que los comunistas tomaran el poder, mucho antes de que la

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Revolución Cultural destruyera los templos budistas, taoístas y confucianos, cuando
las ciudades todavía eran enjambres de pagodas amuralladas. Y él era un joven, tal
vez un joven chino. De todos modos, estaba huyendo… quizá de los soldados
nacionalistas, de los comunistas o de los japoneses. Caminaba descalzo y con una
mochila a la espalda, siguiendo un sendero hacia el norte de la ciudad, fuera de sus
fortificaciones.
La puerta de piedra de la ladera de la colina estaba ligeramente entreabierta. Entró
como quien se introduce en un sitio donde refugiarse para pasar la noche y se
encontró en un pasadizo cavernoso que parecía llegar al corazón de la colina. En el
pasadizo hacía frío e imperaba un olor antiguo, malsano y húmedo, si acaso el olor de
la dinastía Han. Caminó y caminó, no precisamente asustado, sólo aprensivo. Aunque
el pasadizo era oscuro, no tuvo dificultades para abrirse paso hasta la enorme cámara
rectangular con las paredes apuntaladas con maderos y aliviada la penumbra por la
luz de una única y pequeña lámpara de aceite de bronce verde.
La lámpara ardía junto a una tabla o banco de madera que le pareció un lecho
idóneo para pasar la noche. Se acercó, quitó la tela de seda pintada que lo cubría y vio
a la marquesa de Tai. Acababa de destapar un sarcófago insertado en una cámara
mortuoria. El rostro de la muerta se demudaba en una mueca de sufrimiento con las
mejillas hinchadas, los ojos negros y saltones, los labios apartados de las encías
hundidas, los dientes amarillentos y escasos y la lengua inflamada. Reculó y
retrocedió porque de las profundidades brumosas y sombrías del féretro emanaba el
olor dulzón de la putrefacción. Al coger la tela de seda para cubrir nuevamente esa
cosa exangüe y horrible, un estremecimiento pareció transitar por las extremidades
estriadas y la marquesa se incorporó y le rodeó el cuello con sus fríos brazos.
Wexford luchó por escapar de la pesadilla y despertó dando un grito. Se
incorporó, encendió la luz y prestó atención al zumbido del acondicionador de aire y
a los latidos de su corazón. ¡Qué imbécil! ¿Fue el cine, el haber cenado pescado frito
sazonado con jengibre o el calor lo que le produjo un sueño digno de la maldición del
sepulcro de la momia? No se debía a que nunca antes había visto el cadáver de una
mujer; por cierto, la mayoría de los que vio estaban mucho peor conservados que el
de la marquesa. Bebió un sorbo de agua y apagó la luz.
Al día siguiente vio por primera vez a la mujer de los pies vendados.

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No era la primera mujer de ese tipo que veía desde su llegada a China. La primera la
divisó en Pekín, en uno de los puentes de mármol que cruzan el foso que conduce a la
Puerta de la Paz Celestial. Se trataba de una viejecilla minúscula, muy encogida,
como suele ocurrirle a las chinas entradas en años, vestida con chaqueta y pantalón
negros, sujetando el bastón con una mano y sosteniéndose con la otra del brazo de su
hija o de su nuera, ya que sólo podía cojear. Sus pies parecían cascos, quizá delicados
cascos en su juventud y ahora pies zompos y lentos, con medias rosadas y zapatillas
negras de las que calza una cría de cinco años.
Wexford se sintió fascinado y en seguida experimentó una intensa revulsión.
¿Acaso el vendaje de los pies no había surgido en el 500 de nuestra era y
desaparecido con el Kuomintang? Al principio sólo lo habían practicado las
aristócratas, pero la moda se hizo muy popular incluso entre las campesinas, por lo
que en China había sido casi imposible encontrar una muchacha de pies normales y
libres. Se preguntó qué edad tenía la mujer que cruzaba el puente de mármol del
bracete de su hija. Tal vez no superaba los sesenta. Solían iniciar el apretado vendaje
de los pies, girando los dedos hacia abajo y encajándolos en la planta, cuando las
niñas eran poco más que bebés y los huesos poseían flexibilidad. El poder de la moda
era tan dominante que ningún hombre habría querido por esposa a una mujer de pies
normales, una esposa que caminara con desenvoltura. En los años treinta de nuestro
siglo, se prohibió legalmente la práctica de esta costumbre y se quitaron las vendas de
los pies que aún tenían remedio. La fascinación pudo más que el asco, la compasión y
la aversión y Wexford observó atentamente a la anciana. Al fin y al cabo, todos
clavaban la mirada en él.
¿Cómo se sentía ahora esa mujer? ¿Qué sentía? ¿Pena de sí misma, resentimiento,
envidia de sus descendientes más libres y, por si esto fuera poco, de sus casi
coetáneas liberadas? Wexford supuso que no, que no era ése el discurrir de la
naturaleza humana. Pese al dolor que había sufrido, a la restricción de movimientos,
al padecimiento cotidiano de vendar, limpiar y volver a vendar, sin duda la vieja
miraba con desdén a las muchachas que cruzaban el puente a la carrera con sus pies
grandes, íntegros y sanos y, con un gesto de rebuscado desprecio, se arrastraba aún
más orgullosa sobre sus deformidades diminutas y puntiagudas.
La anciana fue la primera de las varias mujeres de este tipo que vio, tal vez diez
en total. Lo llevaron a observar con curiosidad los pies proporcionados y doblados de
la marquesa de Tai, a pesar de que sabía que había nacido varios siglos antes de que
esa costumbre se pusiera de moda. Por la mañana revivió el sueño y llegó a la
conclusión de que era un disparate. No tenía pesadillas, nunca las había tenido, ni
sentía el menor deseo de empezar a tenerlas ahora. Le echó la culpa a la comida.
El desayuno fue, con mucho, la comida menos sabrosa que le sirvieron y miró
resignado las opciones que le presentaron: panecillos fritos, rebanadas de pan salado,

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mantequilla rancia, mermelada de ciruelas, pastel de crema de chocolate y galletas de
coco. Le trajeron el té en un hervidor de aluminio y bebió dos tazas. El señor Sung
comenzó a rondarlo antes de que acabara el desayuno.
Lucía una camisa rosa limpia —era una de las personas más pulcras que Wexford
había visto en su vida— y aún tenía húmedo el pelo negro a causa del lavado matinal.
¿Cómo lo conseguía si compartía el cuarto de baño no sólo con cuatro o cinco
familiares, sino con los demás inquilinos del mismo piso? Era realmente encomiable.
Con malestar, Wexford recordó que solía decirse que para los chinos los occidentales
olían mal en virtud del consumo de productos lácteos. Si era verdad, últimamente su
propio olor había mejorado mucho, pensó mientras apartaba la mantequilla verdosa y
casi líquida.
—¿No le molesta viajal en bus con glupo?
—En absoluto. ¿Por qué habría de molestarme?
Como si Wexford hubiese protestado en lugar de estar de acuerdo, el señor Sung
añadió con tono represivo y regañón:
—No es económico lleval bus cincuenta kilómetlos pol un solo homble. Es un
deloche. Mucho mejol viajal con glupo, gente eulopea y nolteamelicana muy
simpática. ¿Colecto?
La gente europea y norteamericana muy simpática se dirigía en tropel al autobús
mientras Wexford salía del hotel. Esas personas parecían cansadas, estaban
desaliñadas y daba la impresión de que lo que menos les interesaba era viajar por el
abrasador campo chino hasta el escenario del nacimiento y la infancia de Mao
Tse-tung. Sin embargo, no tenían otra alternativa. El guía del grupo, con el que el
suyo parloteaba en rápido mandarín mientras fumaba un cigarrillo mentolado de
después del desayuno, tenía el mismo aspecto despiadado, decidido, animado y
aseado que el señor Sung. Era un poco más alto, un poco más delgado, su inglés era
un poco más precario que el del señor Sung y fue presentado a Wexford como el
señor Yu. Se dieron la mano. Resultó que había estudiado en la misma universidad de
lenguas extranjeras que el señor Sung.
De todas las cosas verdes que existen y crecen, la más verde es el arroz. Wexford
miró por la ventanilla plantones de arroz, arroz a medio crecer, arroz casi a punto de
ser cosechado. Ahí estaba la quintaesencia misma del verdor, tal vez el verde perfecto
de Aristóteles, al que los demás verdes debían emular y por el que tenían que luchar.
Hombres y mujeres con las seculares prendas de algodón azul y los sombreros
cónicos de paja labraban los campos con la ayuda de pesados búfalos grises. Para
apartar al señor Sung y al señor Yu de sus entusiastas disquisiciones sobre la
trayectoria política del presidente Mao, Wexford preguntó de qué eran los cultivos y
le respondieron que había cacahuetes, berenjenas, ricino, mandioca, colocasia y soja.
Láminas de agua —albercas, lagos y canales— tachonaban el prolijo paisaje como
gemas en la seda estampada.
Un rato después el señor Yu se levantó, se dirigió a la parte delantera del autobús

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y, para beneficio de los turistas, tradujo a un inglés macarrónico varios artículos del
periódico. Wexford intentaba descifrar a qué se refería cuando hablaba de la huelga
de los piratas en Hungría y de las combas de Afganistán cuando uno de los hombres
del grupo se acercó y se sentó a su lado. Era menudo, de cara roja surcada de arrugas
y una maraña de pelo rubio rojizo.
—¿Le molesta que me siente a su lado?
¿Qué otra cosa podía decir, salvo que no le molestaba?
—Soy Lewis Fanning. O me sentaba con usted o me largaba gritando de este
condenado autobús. No es probable que usted sea peor que los de mi grupo y cabe la
posibilidad de que sea mejor.
—Muy amable de su parte.
Wexford se presentó y pidió explicaciones sobre las revelaciones periodísticas del
señor Yu.
—Estaba hablando de pilotos y bombas. Si hubiese sabido que el guía se sumaba
a la excursión, no me habría presentado. Me habría quedado en mi habitación y me
habría emborrachado. Tal como están las cosas, no creo que llegue en mi sano juicio
a Cantón.
Wexford le preguntó para qué había ido si le disgustaba tanto.
—Por todos los santos, no estoy de vacaciones. Estoy trabajando. Soy el
encargado de la excursión. Traje al grupo en tren. ¿Le asombra que me esté volviendo
loco?
—¿En tren desde dónde?
—Desde Calais —respondió Fanning. La incredulidad de Wexford pareció
divertirlo—. Llevo treinta y seis días en diversos trenes, incluido el ferrocarril
transiberiano. He cuidado a diez chiflados por toda Asia. Estuve a punto de perder a
una mujer junto al Muro de Berlín. Desengancharon los vagones y quedó del otro
lado. Se apeó a gritos y se acercó corriendo por las vías, es un milagro que siga viva.
Tengo una alcohólica y otra que no deja en paz a los hombres. Sé sin asomo de dudas
que se ha acostado con cuatro hombres en diversos coches cama del recorrido.
Wexford rió.
—¿Adónde se dirige?
—A Hong Kong. Partimos en tren mañana por la noche, vía Kweilin. Viajo en el
mismo compartimiento con dos tíos que no se hablan desde que salimos de Irkutsk.
Wexford también viajaría en ese tren pero, por lo que sabía, estaría solo con el
señor Sung en un compartimiento de cuatro literas. Titubeó antes de invitar a Lewis
Fanning a reunirse con ellos y finalmente no lo hizo. Escuchó el prolongado relato de
la propension etílica de cierta turista, se enteró de que bebía una botella de whisky
por día y de que, en Ulan Bator, cuatro hombres tuvieron que subirla al tren. La
charla duró hasta que llegaron a Shao Shan y bebieron té antes de escalar la colina
hasta la granja de Mao. En esa región el campo tenía ese aspecto fresco y centelleante
que ocasionalmente ves en Inglaterra en un día extraordinariamente diáfano luego de

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un largo período de lluvias. Delante de la casa, los lotos alzaban sus hojas redondas
como parasoles y sus flores rosadas en un estanque poco profundo. El arroz tenía ese
tono verde, suave y tierno del jade imperial. A pesar de todo, el calor era intenso.
Treinta y nueve grados centígrados, informó el señor Yu; Wexford multiplicó por
nueve, dividió por cinco y sumó treinta y dos para enterarse de que la temperatura era
de ciento dos impresionantes grados Fahrenheit. A la sombra se estaba repentina y
sorprendentemente fresco, pero no estuvieron mucho rato al amparo del sol; cuando
bajaron por la colina con las cabezas atiborradas de maoísmo, aún les quedaba por
visitar el museo de curiosidades maoístas antes de almorzar en el hotel.
Wexford era uno de esos ingleses que proclaman que una bebida caliente les
resulta más tonificante y refrescante que una fría. Apenas llegaron al comedor del
hotel se bebió medio litro de té caliente y cargado. El señor Sung compartió mesa con
el señor Yu y dos guías locales. Por alguna inescrutable razón culinaria china,
instalaron al grupo del tren detrás de un biombo y, una vez más, Wexford volvió a
encontrarse a solas.
Le molestaba que el calor lo afectara tanto, Citó erróneamente para sus adentros:
«Mi madre me parió en un clamor norteño». ¿Era ésa la razón por la que se sentía
agobiado y aplastado por la temperatura? A sus espaldas un ventilador agitaba el aire
tibio y pesado. Dos camareras le sirvieron un banquete compuesto por no menos de
siete platos: huevos duros bañados en mantequilla y fritos, capullos de loto, cerdo con
pina, pato con brotes de soja, setas y brotes de bambú, langostinos con guisantes y
rodajas de tomate crudo. Pidió más té. En el momento en que cogió los palillos de
madera tallada y se puso a comer, el sudor brotó como una fuente de su cuerpo y
mojó el respaldo de la silla a través de la camisa.
Al otro lado del comedor los guías comían panecillos fritos, huevos centenarios y
algo que a Wexford le pareció serpiente.
«Son capaces de comer todo bicho que camina», le había comentado Lewis
Fanning al entrar en el comedor. «Comerían ratones si pudieran atraparlos».
Las camareras emitían un cuchicheo de voces suaves y cristalinas. Semejaba el
gorjeo de los pájaros al declinar la tarde. Las voces de los hombres subían y bajaban
con la rara pureza del mandarín antiguo. Wexford se preguntó por qué los europeos
habían dado en llamar amarillos a los chinos. La piel de esos cuatro era de color
marfil claro y translúcido, con un rojo rubor en las mejillas, y tenían las manos
delgadas y bronceadas. Se volvió, se obligó a no mirar fijamente y observó la zona
oscura del comedor de la que salían las camareras, donde vio a una anciana de pie
junto a la puerta.
La mujer lo observaba atentamente. Su rostro estaba pálido y ojeroso y tenía los
ojos negros como uvas pasas. Los chinos casi nunca encanecen, sus cabellos siguen
siendo negros hasta bien entrada la madurez y la cabellera de la anciana, que parecía
tener muchos años, apenas estaba salpicada de canas. Vestía chaqueta gris y pantalón
negro y sus pies vendados se veían minúsculos y en forma de cuña enfundados en las

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medias grises y las zapatillas negras de niña. Aunque estaba muy erguida, se apoyaba
en un bastón.
Wexford supuso que era la madre del propietario o la cocinera. La mirada de la
anciana era casi desconcertante. Daba la impresión de que quería decirle algo, de que
se preparaba y se armaba de valor para hablarle. Era una idea descabellada. Las
probabilidades de que sólo hablara chino eran abrumadoras. Sus miradas se cruzaron
nuevamente. Wexford dejó los palillos sobre la mesa, se limpió la boca y se puso de
pie. Era tan evidente que la anciana deseaba comunicarle algo que decidió apelar al
señor Sung y pedirle que hiciera de intérprete.
La mujer desapareció antes de que Wexford llegara a la mesa del señor Sung.
Miró hacia la puerta y ya no había nadie. Sin duda había fantaseado la intención de la
anciana. Se recordó que no estaba en Kingsmarkham, donde a menudo lo
consultaban, le presentaban quejas e incluso le imploraban.
Terminado el almuerzo, salieron a la implacable canícula para visitar la escuela
donde Mao había estudiado y el estanque donde iba a nadar. Cuando regresaban al
autobús, Wexford buscó a la anciana con la mirada. Se asomó al umbrío vestíbulo del
hotel con la esperanza de verla, pero no estaba. Probablemente lo había observado
con tanta atención por el mismo motivo por el que los niños lo miraban: porque aquí
su estatura y su tamaño, su vestimenta, su piel rubicunda y su cabello rubio y raleante
eran tan insólitos como un unicornio galopando calle abajo.
—Ahola visitamos Escuela Nolmal Númelo Uno, casa del plesidente Mao y el
Estanque de las Aguas Límpidas —dijo el señor Sung y subió al autobús con un salto
optimista.
Wexford pasó su último día en Changsha en la Isla de las Naranjas y en el museo
donde se exhibían los objetos de los sepulcros de Mawangdui. Aunque reproducida
en cera, allí yacía la marquesa de Tai, protegida por un cristal pero con la posibilidad
de observarla a poca distancia. Wexford bebió medio litro de té verde en la tienda del
museo, compró algunas piezas de jade para Dora, un abanico de hueso de búfalo que
parecía marfil para su hija menor —Sheila la defensora de la naturaleza no habría
aprobado el marfil— y un cuadro de cañas de bambú y saltamontes con el sello del
pintor en rojo y la firma realizada con caligrafía negra.
Con sus jardines amurallados, sus flores, sus huertos y el río que fluía a poca
distancia, las viejas casas de la isla recreaban cierta atmósfera inglesa. Las paredes
eran de zarzo y argamasa, como las de las casitas de Sewingbury. En medio del calor
brumoso la atmósfera estaba perfumada de jengibre y las flores de cañacoro adquirían
un tinte rojo ladrillo. Cerca del mismo promontorio donde antaño había nadado Mao,
chicos y chicas se bañaban en el río. El señor Sung aprovechó la ocasión para dar a
Wexford una clase magistral sobre la estructura política china, pero el flemático
extranjero no le hizo el menor caso. Con el fin de conseguir el visado, en la solicitud
había rellenado las casillas referentes a religión y política. Con recatado humor había
optado por las opciones más acendradas: conservador, anglicano. En ocasiones se

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preguntaba si esas entradas reaccionarias habían llegado a oídos de su guía a través
de un servicio de comunicaciones rojo. Se sentó a la sombra y estudió atentamente el
arco de techo verde y puntiagudo, delicado y enjoyado en contraste con el azul
argentino del cielo.
A través del arco, apoyada en esta ocasión en un bastón con pomo de hueso de
búfalo tallado, pasó la anciana de los pies vendados que había visto en el hotel de
Shao Shan. Wexford soltó una exclamación. El señor Sung interrumpió su discurso y
preguntó bruscamente:
—¿Qué pasa?
—Nada. Simplemente resulta extraordinario. Ayer vi en Shao Shan a aquella
mujer. El mundo es un pañuelo.
—¿Un pañuelo? —preguntó el señor Sung—. China es un país muy extenso. ¿Pol
qué una dama de Shao Shan no puede venil a Changsha? Viene y va como quiele,
todo el pueblo chino está libelado, todos los chinos son libles. ¿Colecto? No veo a
ninguna dama. ¿Dónde está?
El sol cegó a Wexford y lo obligó a parpadear.
—Junto a la puerta. Es una mujer menuda, vestida de negro y con los pies
vendados.
El señor Sung meneó vehementemente la cabeza.
—Es una pésima costumble feudal, ahola se ven muy pocos, casi todos han
muelto. —Con un descarado menosprecio por la verdad, añadió—: Como no pueden
caminal, se quedan en casa.
La mujer se había esfumado. ¿Había vuelto a cruzar el arco? ¿Había bajado por
cualquiera de los senderos empedrados que atravesaban los lechos de flores de
cañacoro? Wexford decidió tomar la iniciativa:
—Si está listo, podemos irnos.
La sorpresa demudó el rostro fofo del señor Sung. Wexford dedujo que ningún
turista se había atrevido a nada, salvo someterse humildemente a sus órdenes.
—Vale, colecto. Nos vamos al Palacio de Yunlu.
Al abandonar la isla se encontraron con el grupo del tren, bajo la guía del señor
Yu. No vio a Lewis Fanning y, al lado del señor Yu y en concentrada conversación
con él, caminaba el más joven y apuesto de los dos hombres que se habían peleado en
el ferrocarril transiberiano. Su enemigo, un hombre alto con figura de huevo, cerraba
la retaguardia del contingente y miraba a su alrededor con actitud nerviosa y
desdichada. El vestuario de las mujeres había sufrido irremediablemente luego de
treinta y seis días de viaje en tren. Sus ropas estaban desteñidas y ajadas por lavados
demasiado frecuentes o sucias y arrugadas por la falta de lavado.
Wexford ya había decidido, sin dificultades, cuál era la ninfómana y quién la
alcohólica: respectivamente, una mujer de vivos colores y otra parda. Además de
estas cuatro personas evidentemente solteras, el grupo se componía de otra mujer
solitaria y mucho mayor y de dos matrimonios de edad, uno de los cuales estaba

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acompañado por su hija ya madura. Wexford arribó a la conclusión de que, en
conjunto, la gente joven y guapa no podía darse el lujo de hacer excursiones de cinco
semanas por Asia.

Esa noche los biombos rodeaban por los cuatro costados la mesa del grupo del tren y
Wexford no los volvió a ver hasta que tanto él como ellos subieron al autocar de
Zhuzhou, donde tomarían el tren de Shanghai a Kweilin.

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Habría sido más práctico y veloz tomar un avión. El grupo de Fanning estaba
obligado a hacer cada etapa del viaje en tren, pero Wexford habría volado encantado.
La cuestión no dependía de su voluntad, sino de la de Lu Xing She y del señor Sung.
En el autocar dispuso de un asiento doble. Observó en silencio a sus compañeros
de viaje. Un par de días en el hotel de Changsha habían servido para reanimarlos y ya
no parecía que los hubieran arrastrado de espaldas por encima de un seto.
Cada uno de los enemigos también había conseguido un asiento doble, uno detrás
del conductor y el otro frente al pasillo, a la misma altura que Wexford. Por el rabillo
del ojo Wexford leyó el marbete atado al maletín del hombre mayor: A. H. Purbank, y
un domicilio de Essex. Purbank rondaba los cuarenta y cinco años, era delgado, tenía
aspecto enfermizo y vestía tejanos holgados y una camisa verde claro de cuello
abierto. Su adversario más acicalado y moreno también llevaba tejanos, pero de
algodón y ceñidos, elegantes y apropiados, y una camiseta de la «amistad». Se había
girado en el asiento y charlaba con la mujer de atrás, que era la hija de uno de los
matrimonios provectos. Poco después Wexford vio que la mujer se levantaba y
ocupaba el asiento vacío junto al de los tejanos ceñidos. Wexford dirigió otra mirada
a Purbank y pensó lo incómodo que debió ser recorrer tantos kilómetros desde
Irkutsk, junto al lago Baikal, con un hombre al que no le dirigías la palabra. ¿Qué
diferencia había estallado entre esos viajeros aparentemente inofensivos? Los dos
eran ingleses de clase media, supuestamente prósperos, sin duda amantes de la
aventura, ambos tenían muchas cosas en común y se habían desentendido tan
acerbamente como para elegir no intercambiar una sola palabra mientras cruzaban las
inconmensurables extensiones de Asia oriental. Si no juntos, al menos debieron
sentarse bastante cerca en las mesas de los hoteles y tal vez les asignaron
habitaciones contiguas. Ahora tendrían que compartir un sitio donde dormir que
medía dos metros y medio por uno y medio y, durante ocho o nueve horas, respirarían
el mismo aire tibio en medio de una traqueteante oscuridad. Era absurdo.
¿Acaso uno, o ambos, figuraba entre los cuatro hombres con los que, según
Fanning, se había entregado a juegos sexuales durante el viaje esa bonita criatura,
maquillada y avejentada, que lucía blusa de lunares y pantalón blanco?
Evidentemente, Fanning exageraba. Seguro que entre sus compañeros de cama no
figuraban el padre de la rubia, ahora dormido con la gorra de algodón blanco sobre
los ojos, ni el hombre canoso y austero de la fea esposa. Wexford pensó que Fanning
no se había referido concretamente a los miembros del grupo y era de suponer que en
el transiberiano viajaban muchos hombres más.
El cielo diáfano se había nublado y había caído una lluvia ligera y tibia. Aún
lloviznaba cuando se dirigieron al andén. Junto a la puerta de cada vagón había una
encargada de uniforme gris con la estrella roja de la República Popular en la gorra. Le
mostraron a Wexford el coche donde pasaría la noche. Aunque estaba limpio y las

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literas parecían cómodas, hacía un calor insufrible y el termómetro que colgaba de la
pared marcaba treinta y seis grados y medio. En cuanto el tren arrancó, Wexford abrió
la ventanilla y conectó el ventilador. Por la tela metálica contra las moscas se filtró
una brisa algo más fresca.
En cuanto partieron se presentó el señor Sung. Wexford, que había encontrado un
termo y estaba preparando el Silver Leaf que había comprado en Changsha, le ofreció
una taza de té, pero el señor Sung no aceptó. Aquí también se las ingeniaba para dar
la sensación de que estaba ajetreado y ocupado. Comunicó que el coche restaurante
abría a las ocho y que habría bebidas: cerveza, vinos tinto y blanco, Maotai y tal vez
whisky japonés.
Wexford bebió té y leyó su Guía Fodor. Atardecía, estaba cada vez más oscuro y
el calor ya no era insoportable, aunque el hollín se colaba por la delgada tela
metálica. Envuelta en penumbras, la provincia de Hunan pasó como un suspiro a
medida que el tren avanzaba a una velocidad constante. Un rato más tarde salió al
pasillo para averiguar el paradero de los servicios y del cuarto de baño.
En el primer compartimiento del vagón, pegado al cuarto de baño, cuatro chinos
de Hong Kong jugaban a las cartas, vestidos con camisas de Palm Beach y pantalones
blancos. La puerta del compartimiento contiguo se abrió justo cuando pasaba
Wexford y una voz dijo:
—Disculpe. ¿Podemos molestarlo un momento?
Wexford entró, no del todo reticente. Había experimentado la suficiente
curiosidad por esas dos mujeres como para desear un contacto personal más directo.
La que interiormente había etiquetado de alcohólica estaba tendida en una de las
literas inferiores, con los zapatos en el suelo y los pies hinchados sobre dos
almohadas. La mujer le dedicó una macilenta sonrisa.
—Es terrible hacer esfuerzos permanentes para que los chinos te entiendan —dijo
la otra mujer— y el maldito Yu ha vuelto a desaparecer. Se esfuma cuando más lo
necesitas. Sospecho que está convencido de que hacerse el difícil lo vuelve más
deseable, ¿qué me dices? A propósito, soy Lois Knox y ella es Hilda Avory…
Conozco su nombre porque espié en su equipaje… por favor, por favor, ¿tendría la
amabilidad de poner en marcha el ventilador?
El mozo que había acompañado a Wexford hasta su compartimiento había
encendido el ventilador, por lo que no tuvo dificultades para encontrar el interruptor
astutamente disimulado bajo la mesa.
Lois Knox batió palmas como una chiquilla.
—Puesto que es tan inteligente, ¿puede ser un poco más angelical y encontrar el
modo de apagar la maldita radio?
Wexford había supuesto que la música marcial que lo recibió al entrar en el
compartimiento —ahora interrumpida para transmitir lo que parecía ser una arenga
política— era del agrado de sus ocupantes.
—En realidad, la detestamos, ¿no es así, Hilda? Debería tener un botón, pero está

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roto y no hay modo de moverlo. ¿Lograremos conciliar el sueño?
Sus ojos eran de color azul marino brillante, ojos grandes y hermosos con los que
dirigió una intensa mirada al rostro de Wexford. Le colgaban los músculos de la cara
y su barbilla ya no era firme, pero transmitía un aire juvenil a medida que el
ventilador agitaba sus cabellos negros. Se teñía y tenía las raíces castaño grisáceas
tras pasar cinco semanas lejos de la peluquería.
—Está solo, ¿no? —No aguardó confirmación—. Formamos parte del bestial
grupo del tren, pero nunca más, ¡que Dios se apiade de nosotras! Para variar, nos
encantaría un avión y hasta un humilde autobús, ¿no es cierto, Hilda?
Hilda Avory no respondió. Estiró una mano para coger la taza de té, bebió y se
estremeció. Tenía aspecto húmedo, la piel brillante, mechones de pelo pegados a la
frente, trozos del vestido adheridos a sus prietas carnes como si hubiera estado
expuesta a la lluvia o sudado copiosamente.
Wexford se dispuso a buscar los mandos de la radio.
—Si tuviera unos alicates, podría arreglarla.
—¡Imagine lo que sería tratar de explicarle al inescrutable y menudo Yu qué son
unos alicates! ¿Le apetece una taza de té o de laoshan?
—Significa agua mineral en chino —intervino Hilda Avory.
Poseía una voz ronca, sorprendentemente grave.
—Lo siento mucho, pero no tenemos nada con alcohol. Hilda está en dique seco,
¿no es así, querida? Le parece muy insensato tener bebidas a mano, la tentación es
muy grande.
No había respuesta para ese comentario. Wexford aceptó una taza de té. Volvió a
sonar una especie de versión china de Washington Post.
—¿Qué haremos? —se desesperó Lois Knox. Juntó las manos suplicante. Las
uñas pintadas de rojo eran tan largas como las de un manchú—. Por la mañana
deliraremos como locas de atar.
—¿Y si cortamos los cables? —sugirió Wexford.
Desde la otra litera la voz grave respondió:
—No me parece una idea atinada. Oí decir que alguien cortó los cables en China
y que tuvo que pagar la instalación de los cables de todo el tren. Le costó miles de
yuan.
—Veré qué puedo hacer —dijo Wexford.
Acabó la taza de té y salió al pasillo en busca de un mozo.
Sólo encontró un muchacho muy joven que se había dormido, con la cabeza
apoyada en la dura pared, en el cubículo contiguo al cuarto de baño. Wexford cruzó la
intersección con el siguiente vagón y el sudor acumulado en su cuerpo asomó en su
frente y en el bigote. Donde no llegaba la acción de los ventiladores, el calor volvía a
ser insufrible. Afuera sólo se divisaba una espesa oscuridad y unas pocas y débiles
estrellas que apenas se distinguían por la parte superior de las ventanillas. El señor
Sung estaba en un compartimiento, en compañía del señor Yu y de otro chino joven;

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los tres analizaban un mapa del río Liao desplegado sobre la mesa.
—El lestaulante able a las ocho en punto —dijo el señor Sung en cuanto lo vio.
Todos los guías suponían que los visitantes de Occidente necesitaban comer y beber
de la mañana a la noche para mantener el equilibrio y que toda petición de los turistas
correspondía indefectiblemente a comida, té o cerveza—. Pasalé a búscalo en cuanto
abla el lestaulante.
—Necesito unos alicates —explicó Wexford.
El señor Sung, el señor Yu y el otro lo miraron con insondable sorpresa. Wexford
recordó que en Pekín había preguntado al intérprete dónde podía comprar aspirinas y
que lo enviaron a un puesto de venta de mandarinas.
—Alicientes —declaró finalmente el señor Sung.
—¿Necesita alimentos? —preguntó el señor Yu—. Tendrá todo lo que quiera en
cuanto abra el restaurante.
—No quiero alicientes ni alimentos, sino alicates.
Wexford hizo movimientos de pinza con los dedos y simuló que arrancaba un
clavo de la pared. El señor Sung lo observó apaciblemente. El señor Yu lo contempló
y rió. El tercero le entregó un libro grande y destartalado que resultó ser un
diccionario de chino-inglés. Wexford señaló con el dedo la palabra «alicates» y su
ideograma correspondiente. Todos sonrieron y asintieron. El señor Sung salió al
pasillo y regresó en compañía de una empleada que entregó a Wexford unas pinzas
para depilarse las cejas.
Wexford se dio por vencido. Eran las ocho menos cuarto y le apetecía una
cerveza. En la unión entre dos vagones se cruzó con la anciana menuda que viajaba
en lo que mentalmente había denominado —aunque seguramente no lo era— ménage
a trois. Portaba una caja de bolsitas de té.
—Buenas noches —lo saludó la mujer—. Vaya aventura, ¿no le parece?
Wexford no supo si la anciana hablaba seria o irónicamente y aún quedó más
confundido cuando la mujer agregó con la cabeza ligeramente inclinada:
—Siempre digo que los ingleses debemos mantenernos unidos.
Wexford supo de inmediato, intuyó casi sin saber cómo, que era una indirecta. No
fue un comentario agudo ni muy inteligente, pese a que ella había pretendido ambas
cosas, y aludía a su fugaz relación con Lois Knox, que probablemente había visto
desde el pasillo. Su tono era seco y se le torcía ligeramente la boca. Era tan menuda y
delgada como las chinas y el traje de pantalón azul marino la volvía sexualmente
anodina. ¿Qué relación tenía con el hombre que, según Fanning, era abogado
retirado? ¿Hermana? ¿Cuñada? ¿Confidente de la esposa o viuda del mejor amigo?
Mientras la vieja entraba en el compartimiento siguiente, Wexford observó que no
llevaba un solo anillo en la mano izquierda.
En el cubículo contiguo al cuarto de baño, el muchacho seguía durmiendo con la
cabeza apoyada en la pared. Wexford reparó en algo que antes no había visto: en el
suelo, entre los pies del muchacho, había una bolsa de tela para herramientas. Entró,

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abrió la bolsa y sacó unos alicates.
Al otro lado de las ventanillas se divisaban unos pocos y tenues manchones de
luz. Pasaban por una aldea o por una pequeña ciudad. Antes de que la oscuridad
volviera a dominarlo todo a medida que el tren cobraba velocidad, durante unos
segundos divisó el perfil de una montaña. Wexford se detuvo ante la puerta del
compartimiento de Lois Knox. La radio seguía encendida y sonaba una selección de
fragmentos de El lago de los cisnes. Hilda Avory permanecía tendida en la litera de
abajo y a sus pies, en el extremo, estaba sentado Purbank. Parecía hablar con ellas
sobre el mismo tema que había sido el motivo de la visita de Wexford a China: la
prevención del delito. La expresión de Lois era la de una mujer a la que, desde la más
tierna infancia, le han enseñado que hay que halagar a los hombres a cualquier precio.
Hilda tenía los ojos cerrados y ligeramente apretados.
—Los comunistas hacen muchas declaraciones rimbombantes acerca del modo en
que han acabado con la delincuencia. Está muy bien, pero en la práctica sabemos que
es un cuento chino. Yendo al grano, ¿dónde me robaron el reloj, la tarjeta del Diners
Club y el dinero en efectivo? Pues no fue en Europa, claro que no, sino en la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y por si fuera poco, en el tren. ¿Por qué aquí las
cosas habrían de ser distintas? Hay la misma carencia de bienes materiales, pero si
cabe, así que puedes apostar lo que quieras a que están desesperados por poner sus
manos ávidas y pequeñas en la propiedad de los ricos capitalistas… es decir, en tus
cosas. Por eso te recomiendo que no las dejes en el compartimiento, que las lleves
contigo cuando salgas y que…
Wexford tosió. Lois lo vio, dio un brinco y cruzó las manos. En su ausencia se
había puesto más carmín y sombra para párpados y un vestido escotado de fina tela
amarilla con dibujos negros.
—¡Vaya, qué susto me ha dado! Tony nos ha dado un susto de muerte con
historias sobre robos y asesinatos.
Purbank soltó una carcajada muy de macho, de ésas que sirven para tranquilizar a
las mujercitas.
—¿Acaso he hablado de asesinatos? No he dicho una sola palabra. Simplemente
me refería la inconveniencia de dejar objetos de valor.
—Tiene toda la razón —dijo Wexford.
Tanteó bajo la mesa, logró sujetar el botón roto con los alicates y lo giró en el
sentido contrario a las agujas del reloj. La música dejó de sonar.
—¡Es usted maravilloso, un hombre maravilloso! —gritó Lois—. Escuche este
bendito silencio. ¡Por fin estamos en paz! ¿No te aparece adorable el modo magistral
en que entró en el compartimiento? Tony, tú no podrías hacerlo igual. Sólo dirías que
no queda más remedio que soportar la radio toda la noche y, por añadidura, dejarnos
robar.
—Invita a este hombre con una taza de té —masculló Hilda desde la almohada.
—¡Le daré todo lo que me pida! —Ofreció la taza de té a Wexford, la sujetó con

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ambas manos y se inclinó en lo que probablemente pensaba que era la actitud de la
concubina del emperador—. ¡Hilda, ojalá no te hubieras bebido todo el whisky!
En ese momento el señor Yu se presentó en la puerta, informó que el restaurante
estaba abierto y que tuvieran la amabilidad de seguirlo. Lois posiblemente recordó la
advertencia de Purbank, pues recogió su bolso, el cabás, el maletín y algo parecido a
un joyero. Wexford bebió de un sorbo el té tibio y se dio cuenta de que estaba a punto
de verse obligado a formar un cuarteto con esas dos mujeres y Purbank. Puesto que
estaban en China, el restaurante no permanecería abierto mucho tiempo. De
momento, en todos los sitios en que había estado la vida nocturna acababa alrededor
de las diez de la noche. ¿Tenía posibilidades de conciliar el sueño en ese tren mal
ventilado? Se sintió invadido por esas percepciones que resultan del insomnio, no
tanto cansancio como cierto ofuscamiento y la sensación de irrealidad.
Bajaron por el pasillo, Wexford en la retaguardia y Lois inmediatamente delante.
El chico seguía dormido, pero la cabeza ya no reposaba sobre la pared sino encima de
la mesa. Wexford entró de puntillas para guardar los alicates en la bolsa de
herramientas. Lois no reparó en su ausencia y siguió caminando detrás de los demás.
Wexford se detuvo unos segundos junto a la ventanilla e intentó distinguir el terreno
en medio de la oscuridad que pasaba a toda velocidad. Oyó un paso a poca distancia,
justo detrás, se volvió y, aunque a unos metros de distancia, vio que se le acercaba la
anciana de los pies vendados.

En esta ocasión no llevaba bastón. ¿Lo había seguido cuando subió al tren? Cerró los
ojos, los abrió y la anciana ya no estaba. ¿Había entrado en un compartimiento? Una
mano de garras rojas lo cogió del brazo y percibió el perfume de Lois Knox.
—¿Reg? Vamos, querido, creímos que lo habíamos perdido.
La siguió por el pasillo hasta el coche restaurante.
Cortinajes de terciopelo azul, cortinas de encaje y en las sillas esas fundas de
algodón color pardo con cenefas plisadas que cubren los asientos de todas las salas de
espera, los trenes, los aeropuertos e incluso los aviones de China. Lois palmeó la silla
de al lado y Wexford no tuvo más remedio que sentarse. Sobre la mesa había una
fuente de caramelos envueltos, otra de triángulos de bizcocho, una botella de vino
que, según Purbank, contenía licor y otra de licor que contenía vino. Ambos líquidos
tenían el color del Riesling. Wexford pidió una cerveza al camarero. Purbank
encendió un cigarro y habló de la frecuencia de los robos con allanamiento en el área
metropolitana de Essex.
El coche restaurante estaba lleno. Los pasajeros chinos comían fideos y verduras
en cuencos de barro. Los guías bebían té y hablaban en voz baja en Pu Tong Hua.
Detrás de Wexford, los dos matrimonios compartían mesa y el hombre mayor —con
esa voz aguda y jovialmente insensible, típica de tantos cirujanos— informaba a sus
compañeros sobre el antiguo arte de vendar los pies. La esposa del abogado soltó una

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exclamación de rechazo cuando el hombre mayor describió la atrofia de los dedos de
los pies.
Llegó la cerveza, que estaba tibia y dulzona. Wexford puso mala cara y llamó al
camarero que deambulaba entre las mesas tetera en mano. Debajo del mantel, Lois le
rozó la pierna con la rodilla.
—Discúlpenme —se excusó Wexford.
Se levantó y se dirigió a la mesa del señor Sung, a quien dijo:
—Avíseme cuando esté en condiciones de irse a dormir. No quiero obligarlo a
seguir en pie.
Surgió un complicado equívoco. ¿Por qué Wexford quería que el señor Sung se
fuera a dormir? No estaba enfermo. En palabras del señor Sung, sólo eran las
veintiuna cien horas. Echaron mano del diccionario. El señor Yu sonrió afablemente
mientras fumaba un cigarrillo. Por fin se supo que el señor Sung no dormiría en el
mismo compartimiento que Wexford, que en ningún momento había tenido intención
de compartirlo y que dormiría con el señor Yu y con otro hombre al que presentó
como el señor Wong. Como el tren no iba lleno, Wexford disponía del
compartimiento para sí. Se acercó a Lewis Fanning y le ofreció una de las literas
libres.
Fanning replicó de una forma muy interesante para los estudiosos de la
personalidad.
—¡Por todos los santos, ni se me ocurriría dejar solos a esos dos! En cuanto les
diera la espalda, intentarían estrangularse. Se harían picadillo. No, le estoy
sumamente agradecido, pero es demasiado arriesgado.
De esas palabras Wexford dedujo que Fanning no temía en modo alguno la noche
que se avecinaba y que esperaba arrancarle el máximo dramatismo para delectación
de los que estuvieran dispuestos a escucharlo. Los señores Sung, Yu y Wong se
pusieron a jugar a las cartas. El cirujano dibujaba diagramas de los metatarsianos,
antes y después de ser vendados, en una servilleta de papel. Wexford volvió a
sentarse. Habían rellenado su taza de té. Evidentemente Hilda Avory había quebrado
su abstinencia pues bebía sin cesar del vaso llenado con la botella de vino que, según
Purbank, contenía el licor chino Maotai. Entretanto, Purbank contaba anécdotas de
robos y escalos que habían llegado a sus oídos. La rodilla de Lois Knox volvió a
rozar la de Wexford y éste notó que los dedos desnudos le acariciaban el tobillo, ya
que la mujer se había quitado las sandalias. El tren atravesaba una oscuridad
insondable, una oscuridad en la que no existía demarcación entre tierra y cielo y que
no estaba quebrada por un solo rayo de luz.
La mujer menuda con traje de pantalón azul entró en el coche restaurante y vaciló
antes de dirigirse a la mesa que ocupaban los dos matrimonios. El abogado se levantó
de un salto y la ayudó a sentarse. Wexford se dio cuenta de que era ella a quien había
visto. Era ella la que bajaba del pasillo cuando se apartó de la ventanilla; ella la que,
mientras él tenía los ojos cerrados, entró en el compartimiento. También era una

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criatura menuda y leve, también iba vestida con pantalón y chaqueta oscuros y,
aunque sus pies jamás estuvieron constreñidos por unas vendas, no eran mucho más
grandes que los de una niña y estaban cubiertos por esas zapatillas chinas negras que
vendían en todas partes. Interiormente se rió de sí mismo. Debía de estar muy
cansado y ofuscado para pensar que la china que había visto en Shao Shan y en la Isla
de las Naranjas lo seguía en tren hasta Kweilin. Bebió el té y aceptó un vaso de
Maotai. Tal vez lo ayudara a dormir.
Hilda Avory se incorporó tambaleante y dijo titubeante:
—Creo que, si lo intento, lograré dormir. Lois, no tardes mucho. Me despertarás
si entras como una tromba a medianoche.
—Querida, nunca entro como una tromba —puntualizó Lois y se acercó a
Wexford—. Tony, pórtate como un ángel y échale una mano. Este maldito tren se
sacude demasiado.
Escindido entre comportarse como un caballero y pedir otra botella de
aguardiente de flores de laurel antes de que cerrara el bar, Purbank no supo con qué
carta quedarse. Alertado, Fanning prácticamente había abandonado su asiento.
—Con permiso —dijo Wexford y aprovechó la oportunidad.
Lois soltó una expresión de enojo. Wexford le sonrió como a una niña difícil que,
después de todo, no es la propia hija y a la que tal vez nunca más vuelva a ver. Cogió
del brazo a Hilda, la ayudó a pasar entre las mesas y salieron al pasillo.
Hilda transpiraba copiosamente: exhalaba un sudor desodorizado y con perfume
francés que le goteaba por el brazo y empapaba la manga de la camisa de Wexford.
Al otro lado de la ventanilla un edificio cuadrado y tachonado de puntos luminosos
relampagueó en medio de la oscuridad y se esfumó a medida que el tren seguía su
ruta. Wexford abrió la puerta del compartimiento contiguo al suyo y ayudó a entrar a
Hilda. Reinaba el silencio. Como habían apagado el ventilador, la atmósfera era
pesada, cargada y densamente asfixiante, con un débil olor a hollín. El termómetro
marcaba treinta y cinco grados centígrados o noventa y cinco grados Fahrenheit.
Wexford encendió el ventilador. Hilda se derrumbó en la litera de la izquierda y se
tendió boca abajo. Wexford se quedó unos minutos, la miró y se preguntó si podía
hacer algo más por ella; llegó a la conclusión de que no, se humedeció los labios y se
pasó la lengua por el cielo seco de su boca. El Maotai había despertado una sed
renovada. Cerró la puerta del compartimiento de Hilda y se dirigió al suyo.
El ventilador también estaba apagado. Wexford lo puso en marcha y dobló las
sábanas de la litera inferior izquierda. Habían vuelto a llenar el termo y sobre la mesa
lo aguardaban dos bolsitas de té. El té en bolsitas no suscitaba sus simpatías. Puso
una generosa ración de Silver Leaf en la taza y vertió agua casi hirviendo. La infusión
despidió un fuerte perfume aromático, tan distinto como quepa imaginar al de
cualquier paquete de té comprado en un supermercado de Inglaterra. Mientras bebía
el té, contempló la rutilante oscuridad sin estrellas que pasaba por la ventanilla y al
final cerró la persiana.

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Lois Knox y Purbank se acercaban por el pasillo. Oyó sus voces, pero no entendió
qué decían.
—Buenas noches, señoras —se despidió Purbank en voz más alta y sus pisadas se
alejaron.
Wexford aguardó a que el pasillo quedara vacío para ir al cuarto de baño. El
servicio estaba libre y el cuarto de baño ocupado, pues el abogado le había ganado y
llegado primero. En el servicio hacía calor y el olor a amoníaco resultaba
nauseabundo. El tren traqueteaba y tarareaba. Wexford aguardó en el pasillo, mirando
la nada por la ventanilla; se despidió del médico y su esposa cuando pasaron a su
lado, mientras esperaba que el abogado desocupara el cuarto de baño. Pensó que el
enemigo de Purbank y la hija del médico no habían acudido al restaurante. ¿Un
romance de vacaciones? La puerta del cuarto de baño se abrió, el abogado salió, le
dio secamente las buenas noches y se alejó, portando la toalla de color marrón oscuro
y la bolsa de tela escocesa.
Wexford se lavó las manos y la cara y se cepilló los dientes, procurando no tragar
agua. Tendría que haber llevado un poco de agua del termo.
Las puertas de todos los compartimientos estaban cerradas. La bombilla del
pasillo no daba mucha luz. Por enésima vez Wexford se preguntó si en China había
alguna bombilla de cien watios. Abrió suavemente la puerta de su compartimiento.
Boca arriba, con las piernas blanco rosáceas y estriadas extendidas por debajo de
la túnica blanca, el rostro pálido y abotargado, el caballete de la nariz hundido, la
boca abierta y la lengua fuera, la marquesa de Tai yacía en la litera de la derecha.

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No gritó, ni siquiera jadeó. Cerró los ojos y mantuvo los puños fuertemente
apretados. Sin volver a mirar a la muerta, a esa cosa momificada de dos mil años,
Wexford se dio la vuelta velozmente y salió al pasillo. Ni se enteró de si cerró o no la
puerta.
Bajó por el pasillo. La ventanilla del cuarto de baño estaba abierta, entró y aspiró
aire fresco. Asomó la cabeza por la ventanilla hacia la acelerada oscuridad. Nadie
sabía mejor que él que era una insensatez. Años atrás, cuando aún era joven, había
participado en la investigación de un accidente en el que un hombre asomó la cabeza
por la ventanilla del tren y fue decapitado cuando el vagón se internó en un túnel.
Respiró hondo y cerró los ojos. Pensar le resultaba imposible. Tenía que regresar a su
compartimiento y hacer algo.
La puerta del cuarto de baño se abrió y alguien dijo:
—Ay, lo siento. —Era el viejo médico.
—Ya salía —se justificó Wexford.
Se preguntó si estaba tan pálido como creía. El médico no pareció reparar en nada
extraño. Canturreó en voz baja y se lavó las manos. Wexford caminó de prisa por el
pasillo, tan ciega y velozmente que estuvo a punto de chocar con Lois Knox, que
estaba abriendo la puerta de su compartimiento. Llevaba una bata blanca, corta y
arrugada de broderie anglaise y su rostro tenía el aspecto despojado que adquieren
las caras de las mujeres que suelen estar cubiertas de maquillaje.
Wexford se disculpó. Lois no dijo nada, pero dio un soberano portazo. El policía
contuvo el aliento, se armó de coraje, abrió la puerta de su compartimiento y miró la
litera: estaba vacía.
Wexford se sentó. Cerró los ojos, los abrió, miró la litera y comprobó que seguía
vacía. Le habría encantado un whisky a palo seco o incluso un trago de Maotai, pero
estaba seguro de que a esa hora —eran más de las once— no lo conseguiría aunque
supiera cómo llamar al mozo, cosa de la que no tenía la menor idea. Puso Silver Leaf
en una taza limpia y vertió agua que ya no estaba tan caliente.
No tenía dudas sobre lo que había visto: el cadáver había yacido en la litera. Y lo
que había visto era exactamente lo mismo que vio cuando, a través del resquicio en el
suelo del museo, contempló el sarcófago de cristal colocado debajo. Incluso era el
mismo en el brazo derecho más corto, los pies doblados, la boca ocupada por la
lengua bostezante. Sabía que lo había visto. Con gran cautela y acto seguido con
firmeza, tocó la otra litera y comprobó que había sustentado algo o a alguien. Había
un claro hundimiento en la almohada y una arruga en la sábana. Algo había yacido en
esa litera, lo habían puesto allí y lo habían quitado en su ausencia.
Descubrió que la puerta no tenía cerrojo pero que era posible trabarla encajando
el Blue News de Pekín para impedir que la abrieran desde afuera. Bebió el té. El
ventilador no funcionaba durante la noche y, a pesar de que la ventanilla estaba

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abierta, cierto calor pesado impregnaba el compartimiento. Mientras se desvestía, una
idea desagradable cruzó por la cabeza de Wexford. Con ayuda del escalón metálico
adosado a la pared, trepó y comprobó que en las literas de arriba no había nada.
Acababa de recordar un relato muy poco edificante de F. Marion Crawford en el que,
durante una travesía marítima, un viajero encuentra el cadáver de un ahogado —o el
espectro de un ahogado— en la litera superior de su camarote.
Apagó la luz luego de beber otra taza de té. Después de dar vueltas y girar durante
una eternidad, logró dormir sólo una hora. Despertó a las tres, convencido de que esa
noche no volvería a conciliar el sueño.
Se incorporó, encendió la luz y se planteó una pregunta: ¿era posible que lo que
había visto en la litera fuese Lois Knox?

Wexford era un hombre modesto con una idea humilde sobre su propio atractivo, si es
que alguna vez pensaba en ello. Para su esposa era indefectiblemente atractivo, luego
de treinta años de matrimonio, pero se trataba de algo de lo que estar agradecido y
que descartar en tanto tema de meditación. Su vida no había carecido de admiración
por parte de las mujeres, pero nunca se lo tomó a pecho. No se había tomado en serio
a Lois Knox, pero ahora que lo pensaba… si las afirmaciones de Fanning eran ciertas,
al menos parcialmente ciertas, para ella esas vacaciones eran una suerte de
divertimiento sexual. Wexford sabía que una mujer de sus características no
necesitaba considerar atractivo al elegido; le bastaría con que fuera un hombre
accesible, alguien que estimulara su alicaído amor propio durante una noche o una
hora, alguien que apaciguara el pánico, que espantara la decrepitud y la muerte.
Había cometido el error de sonreírle al salir del coche restaurante. ¿Acaso Lois
Knox había interpretado esa sonrisa como una insinuación? Estaba en el pasillo
cuando Wexford regresó del cuarto de baño. Vestía una túnica corta de color blanco o,
al menos, una bata corta del mismo color y parecía ofendida, furiosa con él. ¿Fue ella
la que lo esperaba tendida en la litera? ¿Qué sintió cuando él retrocedió, cerró los
ojos aterrorizado y salió despavorido, sin pronunciar palabra?
Wexford era consciente de que a muchos la situación les causaría gracia. Al fin y
al cabo esa mujer, que ya no era joven ni atractiva, pero que era atrevida y descarada
como una beldad en la flor de la vida, sólo recibió lo que se merecía. Gracias a Dios,
al menos no sabía que la había tomado por un cadáver destripado y mórbido de hacía
dos mil años. ¿Era así? Wexford volvió a cerrar los ojos en el compartimiento
penumbroso, tibio y traqueteante y volvió a ver lo que había visto: la marquesa de
Tai. El rostro no era el de Lois… ¡que Dios se apiadara de él! ¿Y el brazo derecho
más corto? ¿Y esos muslos surcados de profundas estrías?
Tal vez necesitaba gafas permanentes, no sólo para leer. Quizá se estaba
volviendo loco. Aparentemente, si enfermabas de esquizofrenia —cosa harto
probable, ya que existe la esquizofrenia espontánea que se manifiesta en la edad

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madura—, sufrías alucinaciones y como no sabías que eran alucinaciones te
comportabas, en síntesis, como él lo había hecho. No seas tonto, se dijo. Duerme un
rato. Como nunca duermes, no es raro que veas visiones. Finalmente logró dormitar
hasta que salió el sol y el ventilador se puso en marcha.

Por la mañana todo se ve desde otra perspectiva. Repetimos asombrados esta


perogrullada probablemente porque es una verdad como la copa de un pino. Es
invariablemente así. La fresca y pragmática luz de la mañana barre con lo temible, lo
angustioso, lo monstruoso y lo macabro. Aunque la luz que inundó el compartimiento
de Wexford no era muy fresca, cumplió su misma misión purificadora. No estaba
loco, veía perfectamente y, sin duda, la noche pasada no debió beber tanto Maotai.
Los hechos demostraron muy pronto que había sido Lois Knox la que estuvo en la
litera inferior. Ella y Hilda Avory compartían una mesa del coche restaurante con el
abogado, su esposa y la amiga de la esposa; con excepción de Lois, todos alzaron la
cabeza para darle los buenos días. Lois leía en voz alta un fragmento de la guía de
Kweilin; cuando Wexford pasó, hizo un alto en la lectura, miró por la ventanilla y
luego prosiguió con tono fluido.
Wexford se sentó frente a Fanning.
—¿Qué tal pasó la noche? Veo que esos dos no se han matado.
—Bien, gracias. El señor Purbank y yo dormimos a pierna suelta. Gracias a Dios,
el señor Vinald no nos honró con su presencia. Por lo que sé, y aunque el tema no me
fascina, creo que ocupó la litera libre en el compartimiento del doctor Baumann.
—¡Qué original! —exclamó Wexford.
—No hay nada como pasar unos días en el transiberiano para olvidar los más
preciados principios de nuestra educación. No quiero decir que entre los Baumann y
el señor Vinald se hayan relajado las costumbres. Papá y Gordon ocuparon las literas
de arriba, y mamá y Margery las de abajo.
Wexford observó a la mujer rubia y rolliza que estaba sentada al lado de su padre
y frente a Gordon Vinald; comía la versión china de una tortilla española que siempre
aparecía bajo la pomposa denominación genérica de «huevos» y que, sin falta,
servían como desayuno dondequiera que había estado. Era una mujer agradable, de
rostro sereno, y no había cometido el mismo error que Lois: destacar sus formas
embutiéndose un pantalón y una camiseta ceñidos. Miró a Lois. Se había peinado
cuidadosamente y maquillado para conseguir una aceptable apariencia juvenil. No
guardaba el menor parecido con la marquesa de Tai y sugerirlo habría sido una cruel
difamación. Sus miradas se cruzaron y Lois desvió los ojos con calculado desdén.
—¿Ya le ha tirado los tejos la señora Knox? —preguntó Fanning inocentemente.
—Por Dios, no —replicó Wexford.
—Sólo era una pregunta.
Los señores Sung, Yu y Wong comían, con ayuda de los palillos, cuencos de

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fideos, arroz y verduras. Apareció Purbank y Wong se levantó inmediatamente para
hablar con él. Dijera lo que dijese, provocó una expresión de nerviosismo en
Purbank, que durante unos segundos pareció al borde del pánico. Se alejó del chino y
ocupó una mesa en solitario.
Wexford se sintió aliviado. Volvía a reparar en la conducta del mundo, a ser
dueño de sí y había purificado sus pensamientos de aquello que, después de todo, no
había sido un cadáver yacente en la litera. Alzó la taza mientras el camarero hacía la
ronda con la tetera.

Otro hotel semejante a un barracón gris, de diseño tan falto de inspiración que
Wexford tuvo la certeza de que en su construcción no había participado ningún
arquitecto. Cuando cruzó la habitación y se asomó por la ventana, la panorámica le
bastó para borrar cualquier duda sobre las cosas hechas por la mano del hombre. Las
montañas que configuraban el perfil urbano —y delante de éste una larga cordillera—
tenían formas tan caprichosas que parecían cualquier cosa menos las modelaciones
cársicas de las que hablaba la guía. Esos montes tenían figura de cono, de ciprés, de
hongo. Tachonadas de árboles, se elevaban verticalmente desde la llanura, con las
laderas rectas y las cimas como curvas redondeadas. Eran las montañas de las
pinturas chinas, las mismas que, hasta ese momento, Wexford había considerado
estilizaciones artísticas. Mientras las contemplabas podías olvidarte de los bloques
grises tan parecidos al hotel que con demasiada frecuencia se habían erigido en la
ciudad y ver sólo las montañas cónicas y curvadas, los pequeños tejados marrón
rojizo y por doquier agua, en albercas y lagos, en tanto el río Liao serpenteaba
plateado por todas partes.
En China no era corriente que el mismo guía te acompañara durante un viaje en
tren. Por lo regular, el señor Sung le habría dicho adiós en la estación de Changsha y
un nuevo guía lo habría recibido en Kweilin. Al parecer, el señor Sung era oriundo de
Kweilin y había amañado el viaje por motivos personales. El señor Yu se había
esfumado en la estación de Kweilin en compañía del señor Wong y ahora el grupo de
Fanning estaba en manos de un hombre de aspecto cadavérico, extraordinariamente
alto para ser chino, llamado T’chung. De manera implacable, el nuevo guía había
organizado una excursión a las cuevas para ese grupo de turistas.
Sólo pasarían dos días en Kweilin y, sin duda, debían de sacarles el mayor
provecho. Wexford dio esquinazo al señor Sung y decidió dar un sosegado paseo por
la ciudad a la sombra de las casias. Las bicicletas que atestaban las calles podían
atropellarte con la misma facilidad que en Pekín. Hombres con los hombros hundidos
y los músculos tensos tiraban de carretillas cargadas con bloques de cemento
mientras las mujeres, que llevaban la vara del yugo con una cesta llena en cada
extremo, correteaban con su llamativo trote de culi. Entre las hojas de las casias
volaban mariposas verdes y negras. Wexford pagó un puñado de fen para visitar una

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exposición de pintura y de caligrafía con pincel y para pasear por un jardín de
bonsáis. Entró en un colmado oscuro y con olor a especias, atiborrado de botes con
golosinas y compró más té verde. Se quedó un rato y examinó las mercancías:
paquetes de algas disecadas y barriles de arroz, pescado escabechado, raíz de
jengibre, toneles con salsa de soja y tofu en bidones de agua. Cuando se volvió para
mirar pasteles y pastas exhibidos en un expositor de cristal, al otro lado de la tienda,
apoyada en el bastón y contemplando un tonel de arroz —tal como él había hecho
unos segundos antes—, vio a la anciana de los pies vendados.
Tardó menos de una fracción de segundo en darse cuenta de que no era la misma
mujer. La de la tienda se enderezó y giró la cabeza; Wexford vio un rostro semejante
a una nuez tostada, marcado por un centenar de arrugas y con gafas sobre la nariz
diminuta y chata. La mujer lo miró con indiferencia o, por lo menos, sólo mostró un
débil chispazo de curiosidad natural, antes de hablar en rápido sonsonete con el
tendero al que había llamado. Las tiendas chinas eran como las de Inglaterra hacía
cuarenta años, pensó Wexford. Así habían sido en su primera juventud. Los tenderos
eran amables, te atendían con paciencia, se esforzaban, te convertían en el cliente que
siempre tiene razón. ¡Cuánto habían cambiado las cosas! La anciana compró arroz,
dos pastitas, una bolsa de semillas de soja tostadas y partió con ese trote marcado que
tienes que adoptar si te faltan los dedos de los pies y tu empeine está doblado en
forma de U.
Durante la cena se alegró de que continuaran con la discreta costumbre de
proporcionarle un ventilador y una mesa individual rodeada de biombos. Al otro lado
de la divisoria oyó a Purbank y a Lois Knox, que se quejaban de los kilómetros que
habían tenido que recorrer en las cuevas después del viaje en tren. Las camareras le
sirvieron carpa frita, cerdo con berenjenas en salsa de jengibre, fideos finos con setas,
rodajas de pato, huevos duros bañados en mantequilla y fritos. En el hotel preparaban
el té muy fuerte y aromático. Al acabar la cena, Wexford subió a la azotea, al nuevo
bar del que el hotel estaba tan orgulloso.
Era evidente que sus creadores jamás habían visto un bar occidental. Tal vez
habían leído sobre el tema o visto viejas películas. El resultado era una mezcla entre
peleas de borrachos en una aldea inglesa y la taberna de una población con un solo
caballo en una película del Lejano Oeste filmada en los años treinta. Habían instalado
grandes mesas de caballete y sillas plegables de madera en el suelo de cemento de la
azotea, con su pretil también del mismo material. La iluminación procedía de meras
bombillas y de la luna. En la barra podías comprar fuegos de artificio y en una zona
apartada y a oscuras un grupo de chinos lanzaba petardos.
La vista compensaba todas las comodidades de que carecía el bar de la azotea. El
firmamento brillaba con los rayos de luna y por encima de la delgada línea trazada
por el río flotaban las montañas como negras nubes de tormenta. Cuando Wexford,
con un vaso de aguardiente de casia apoyado en el pretil, se asomó para mirar la
ciudad y las montañas, estalló la música procedente del tocadiscos instalado encima

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de una mesa de juego. Era un disco de larga duración con villancicos. Las voces
almibaradas del coro de ángeles arrancaron con «Noche de paz», prosiguieron con
«Llega Papá Noel» y luego Bing Crosby canturreó suavemente «Navidades blancas».
En Kweilin hacía más calor que en Changsha, la humedad era pegajosa, las copas de
los árboles estaban pletóricas de hojas y la brillante luna de junio se derramaba sobre
todas las cosas. El disco siguió sonando tenazmente y los yanquis que ocupaban la
mesa contigua a la de Wexford se desternillaron de risa. El chino pulcro y sonriente
que controlaba el gramófono y que había puesto el disco los miró con gratitud.
En el aire inmóvil y quemante sonaba «Noche de paz» por segunda vez —con su
evocación de un frío impío, campanas de medianoche y la estrella de Belén— cuando
Lois Knox apareció por la escalera. Asomó bajo el dosel de cemento que protegía el
bar, en compañía de un australiano fornido y barrigón con el que Wexford había
bajado en el ascensor para ir al comedor. El maquillaje de Lois era reciente, se las
había ingeniado para hacer una visita a la peluquería del hotel y lucía un vestido de
hilo azul recién planchado y tacones del mismo color. Tenía mejor aspecto que nunca
y parecía que ya se había metido en el bote al australiano. Wexford se dio cuenta de
que lo había perdonado, de que ahora Lois podía permitirse perdonarlo. Saludó con la
mano y gritó:
—¡No perturbaremos su ensueño!
El australiano la tomó del brazo y la guió hasta una zona de la azotea donde no
penetraban la luz de la luna ni de las bombillas.
Ocupó una mesa en solitario. Después de lo ocurrido la noche pasada, sería
prudente no abusar de la bebida. Además, el aguardiente de casia era tan dulce que
resultaba empalagoso. Un poco más tarde, Gordon Vinald y Margery Baumann se
presentaron en el bar. Wexford charló un rato con ellos y luego se fue a beber su té
verde y a la cama.

Por la mañana, cuando salió del hotel, tuvo la sensación de que se zambullía en una
nube de vapor. A las ocho menos cuarto la temperatura ya rondaba los treinta grados.
A Wexford le pareció ridículo coger un autobús para recorrer los trescientos o
cuatrocientos metros que lo separaban del embarcadero. Caminó en un intento por
librarse de la sensación de ofuscamiento e irrealidad que aún lo dominaba. El
estruendo del acondicionador de aire lo había despertado a las dos de la mañana y
cuando lo apagó la temperatura aumentó vertiginosamente, rodeándolo como un
manto grueso y mullido. Además, la cama era la más dura que había probado en su
vida: un catre de madera con una delgada capa de guata de algodón. Permaneció
acostado, leyendo y moviendo sus doloridas extremidades. Como había terminado
casi todos los libros que había llevado —La feria de las vanidades, para una tercera
lectura; la obra poética de Lu Yu, ya que estaba en China, y el ganador del Booker del
año anterior—, empezó a leer una rigurosa y exhaustiva antología titulada Obras

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maestras de lo sobrenatural. Se alegró de no haber tratado de leer en el tren el primer
relato: «La litera de arriba».
Se sobrepuso gradualmente, se libró de las desdichas de la noche y caminó por la
avenida de casias. La gabarra estaba atracada y subían a bordo el grupo de
norteamericanos y los hombres de negocios australianos. Wexford estaba a punto de
seguirlos cuando el microbús frenó y el señor Sung se apeó malhumorado y
pomposo.
—Está muy mal, no debe andal solo. ¿Pol qué no espeló el bus, como le dije? No
puede subil al baleo sin billete.
Entregó a Wexford un trozo de cartón coloreado. El señor T’chung reunió al
grupo del tren agitando los brazos como quien hace señales con semáforo. Wexford
aceptó el billete, que contenía un mapa del río Liao y donde estaba marcado el
recorrido hasta Yangchou, una serie de ideogramas en tinta rosa y unas palabras algo
pretenciosas: papeles del barco. Sin embargo, la gabarra era muy interesante, una
típica barcaza fluvial con bar y enorme cubierta con tumbonas.
—El buen paisaje comienza diez y media —dijo el señor Sung.
—¿Acaso este paisaje no es bueno? —preguntó Wexford al tiempo que subían la
plancha y zarpaban.
Ancho y broncíneo, el Liao serpenteaba por la ciudad y se internaba entre las
montañas verdes y cónicas.
—Diez y media —repitió el señor Sung—. Entonces hace fotos.
Wexford estaba harto de decirle que no llevaba cámara. Era imposible hacerle
entender al señor Sung que no tener cámara significaba ser libre. Gordon Vinald, la
esposa del abogado y su amiga ya estaban en cubierta y protestaban, ponían película
virgen en las cámaras, luchaban con los teleobjetivos. Wexford ocupó una mesa del
bar en compañía de Margery Baumann, que bebía el té que acababan de servirles. En
ocasiones es posible que una mujer madura tenga el mismo aspecto lozano que una
joven y así aparecía Margery Baumann, con su vestido de algodón de cuadros
blancos y azules y su pelo rubio recién lavado, a las ocho y media de la mañana,
navegando por el Liao.
—Tenía muchas ganas de hacer este viaje —comentó Margery—. Será
maravilloso. Y después… bueno, espero que volvamos a Inglaterra lo antes posible.
—¿También regresarán a Inglaterra en tren?
—No, por favor, no.
Margery tenía una risa simpática y cantarína y reía mucho, pero no por
nerviosismo, pensó Wexford.
La mujer concretó:
—Viajaremos en tren a Cantón, saldremos en tren de China hasta Hong Kong y
luego volaremos a Inglaterra en la vieja y cómoda Swissair.
—¿No ha disfrutado de las vacaciones?
—En algunos aspectos, muchísimo. —Durante unos segundos su mirada adquirió

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el aspecto soñador de quien evoca momentos dichosos, quizá románticos. Se volvió
pragmática—. Pero ya he tenido bastante, seis semanas es demasiado. En Inglaterra
me necesitan. Empiezo a sentirme culpable.
—Señorita Baumann, ¿a qué se dedica?
—Soy internista.
Wexford no supo por qué se sorprendió tanto. Al fin y al cabo, los hijos de
médicos suelen ser médicos. Pero Margery Baumann se parecía mucho más al tipo de
mujer que dedica una vida apacible a sus padres ancianos. La mujer siguió hablando:
—Hacía tres años que no disfrutaba de unas vacaciones, sólo algún que otro
puente. Así que conseguí un suplente y me tomé todo el tiempo que me debían… ¡de
un solo y magnífico golpe! —rió.
—¿Trabaja en Londres?
En realidad, no debería hacer tantas preguntas. Era su deformación profesional,
vicios de investigador. A ella no pareció molestarle.
—No, en Guildford.
—¿En serio? No estoy muy lejos, en Kingsmarkham.
—En ese caso, los Knighton están aún más cerca. Son de un sitio llamado
Sewingbury.
—¿Los Knighton?
—Aquéllos —dijo y señaló al abogado y a su esposa, que pasaban junto a las
ventanas.
Lois Knox entró en el bar con el australiano, al que presentó como Bruce.
Wexford le estrechó la mano sin perder la compostura. Bruce habló estentórea y
denigrantemente de la ambivalencia del pensamiento chino, de la forma en que todo
era popular —el dinero del pueblo, el hotel del pueblo, la escuela del pueblo—
cuando, en realidad, los hijos del pueblo no tenían dónde caerse muertos. Se lió con
el señor T’chung, que bebía pacíficamente una taza de té con el señor Sung.
—Dijo que fueron los esclavos los que construyeron las tumbas Ming, ¿no? ¿No
es incorrecto obligar a los seres humanos a erigir un sepulcro monumental para un
maldito emperador?
—Por supuesto —replicó el señor T’chung.
—Pero está muy bien que los hombres construyan una puñetera tumba para Mao
Tse-tung en la Plaza Tien An Men, ¿no? ¿Cuál es la diferencia?
El señor T’chung lo miró con calma.
—Se trata de una pregunta a la que nadie puede responder —respondió con voz
suave y tajante.
Bruce alzó los brazos y soltó una carcajada.
—No nos metamos con la espantosa política —pidió Lois.
Wexford subió a cubierta. La amiga de los Knighton e Hilda Avory ocupaban
sendas tumbonas y bebían, respectivamente, té y Maotai. Hilda dijo con su voz grave
y decreciente:

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—Algunos de los que viajaron ayer me contaron que el barco se averió en medio
del río y que tardaron tres horas en repararlo.
—En ese caso, no es probable que hoy vuelva a estropearse.
—No es una cuestión de probabilidades, sino de eficacia. Mi único consuelo
consiste en que este país no está tan mal como Rusia.
Junto a una orilla del río nadaba un grupo de chiquillos y, en la otra, varios
búfalos. En lo alto del acantilado, contra la piedra caliza, revoloteaba un par de
pájaros que parecían águilas. Wexford permaneció en silencio y vio pasar la vida del
río, una aldea de un brazo fluvial en la que se alzaba un pequeño puente curvo, un
templo de tejado azul que la Revolución Cultural había pasado por alto, hombres
pescando con cuervos marinos…
Permaneció bajo el sol tanto como pudo soportar el calor. La señora Knighton
salió a cubierta e, infatigable, tomó fotos de todo lo que vio: búfalos, cuervos
marinos, campesinos labrando, embarcaciones de velas cuadradas color naranja,
incluso un edificio público que, según supuso Wexford, era una depuradora de aguas
residuales. A las diez y media, quemado por el sol, Wexford ya estaba entre cubiertas.
La afirmación del señor Sung era absolutamente válida. De pronto el paisaje se tornó
espectacular, las montañas se rizaron como nubes fantásticas y el agua se tornó
límpida como el cristal, pero atravesada por una poderosa corriente.
El almuerzo se sirvió a la hora preferida de los chinos, a las once y media, y fue la
peor comida que hasta entonces había probado Wexford. El plato principal se
componía de esos órganos y entrañas que en Occidente los seres humanos no
degustan. Se divirtió pensando que la comida china, a la que en Rupert Street o en
Poon’s suelen considerar algo sutil y delicado, también tiene su faceta babosa y
primitiva.
Durante el almuerzo Wexford echó un vistazo a su alrededor y vio al hombre que
durante el trayecto en tren le habían presentado como el señor Wong. Quedó muy
sorprendido. Tal vez no fuera el señor Wong, quizá lo confundía con otro.
Sospechaba que no se equivocaba. Afirmar que para los europeos todos los chinos
son iguales es una falacia tan enorme como decir que todos los chinos tienen la piel
amarilla. Bueno, debía de existir algún motivo que explicara su presencia en la
gabarra, un motivo que probablemente no era nada misterioso para Lu Xing She.
Había el espacio justo para encajar una silla en una de las escaleras de toldilla que
estaban a la sombra. Wexford se acomodó soñoliento mientras la gabarra resoplaba
de Kao Ping a Hua Shan en medio de aguas profundas, pasando delante de barcas a la
deriva en las que habitaban familias enteras, delante de los pescadores con cuervos
marinos, entre las montañas en forma de cúpula en las que los árboles crecían como
el musgo en la piedra. Cuando no quería dormir, era incapaz de mantener los ojos
abiertos…
Lo despertó una conmoción y en seguida se dio cuenta de que la barcaza se había
detenido. Por lo general despertaba de inmediato pero, después de tantas noches de

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insomnio y en medio de ese calor húmedo e hipnótico, se despejó lenta y
gradualmente. Lo primero que pensó fue que Hilda Avory tenía razón y que la
gabarra se había averiado. La sala de máquinas estaba detrás de donde se encontraba;
se dio la vuelta y comprobó que estaba vacía.
Se apercibió de que varias cabezas se balanceaban en medio del río. Se incorporó
y avanzó, pero pocos metros más adelante una multitud le cortó el paso. El bar estaba
vacío y en la proa había veinte o treinta personas. Wexford retrocedió y se dirigió
hacia la cubierta. También allí encontró una multitud asomada, pero divisaba el río.
Vio que el señor Sung nadaba totalmente vestido y que en el agua estaba
aparentemente toda la tripulación. No sólo la tripulación… sino Margery Baumann,
Gordon Vinald y Tony Purbank, que nadaban o vadeaban el río, buscando algo, a
alguien…
La señora Knighton sostuvo con sus manos gruesas y rojas la cámara de fotos y le
dijo:
—Alguien cayó por la borda. El pobre no sabía nadar y no logran encontrarlo.
—¿Quién es?
La mujer se dedicó a tomar fotos y respondió con indiferencia:
—No es de los nuestros, sino un chino.

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Una hora más tarde suspendieron la búsqueda. Poco antes dejaron en tierra a un
miembro de la tripulación para que caminara los seis u ocho kilómetros hasta el sitio
más próximo donde había teléfono. Wexford contempló la figura menuda vestida de
azul que caminaba entre la ribera y los arrozales hasta que se perdió en medio de un
azul y un verde más profundos.
Margery Baumann fue la primera del grupo de rescate que regresó a la barcaza.
Llevaba bañador negro. Wexford pensó que era precisamente el tipo de mujer a la que
nunca se le ocurriría realizar una excursión de ese tipo sin llevar bañador bajo la ropa.
Margery no dijo nada, simplemente bajó al cuarto de baño para secarse y vestirse.
Tembloroso a pesar del calor, Purbank fue el siguiente en regresar. El tripulante que
se había quedado a bordo —joven pero algo mayor que los demás, que en opinión de
Wexford no superaban los dieciocho años— parecía el capitán. Ayudó a subir a
Purbank, intentó decirle algo en vacilante inglés, fracasó, se encogió de hombros y
alzó los brazos.
Gordon Vinald seguía nadando entre los arrecifes que en algunos puntos casi
asomaban sobre la superficie del río. A medida que uno tras otro los chinos
abandonaron la búsqueda, Vinald nadó lenta y de mala gana hacia la gabarra y dejó
que lo subieran. Suspendido el rescate, casi todos habían subido a cubierta o se
habían replegado en el bar. El río estaba vacío, era una lámina turquesa brillante bajo
el cielo azul celeste, y las montañas creaban un horizonte de rizos azulados y
brumosos. ¡Qué río tan bello y apacible! Un río que los artistas habían pintado
durante dos mil años y que, sin duda, seguirían retratando un milenio más. Bajo su
superficie sedosa y ondulante, atrapado entre los dientes de los arrecifes, pendía el
cadáver de un ahogado, un cuerpo menudo, delgado, blanco como una raíz.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Wexford a Purbank—, me quedé dormido.
En calzoncillos azules y dejándose secar por el sol, Purbank se pasó los dedos por
el pelo húmedo.
—Nadie lo sabe a ciencia cierta. ¿No pasa siempre lo mismo cuando alguien cae
por la borda? El tío estaba en la proa, donde nos encontramos ahora. Debía de estar
solo y supongo que acuclillado, como suelen hacer los chinos, y por algún motivo
cayó. No sabía nadar. El capitán Ma pidió que todos los que supieran nadar intentaran
rescatarlo, pero ya se había hundido antes de que yo me zambullera.
—¿Quién era?
—¿Quién era quién?
—El hombre que se ahogó. ¿Quién era?
—Sólo Dios lo sabe. Si quiere que le sea sincero, ni se me ocurrió preguntarlo.
De todos modos, no nos habríamos enterado. Era chino.
—¿Formaba parte de la tripulación?
—No lo sé. Por su modo de preguntar, cualquiera diría que es policía. Sospecho

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que la poli china nos hará muchas preguntas cuando lleguemos a Yangchou o como
quiera que se llame.
Evidentemente, el capitán Ma no tenía la menor intención de proseguir hasta
Yangchou. Se encontraban en un recodo del río donde había una aldea con
desembarcadero y allí se dirigían, informó el señor Sung a Wexford. Los motores se
pusieron en marcha y la barcaza empezó a moverse. Los recogería un autobús. Era lo
más conveniente, no tenían de qué preocuparse, se trataba de un incidente lamentable,
pero eso era todo.
—¿Quién era el ahogado, un miembro de la tripulación? —preguntó Wexford.
El señor Sung dudó. Pareció evaluar la respuesta y puso cara de descontento. Por
su larga práctica en el estudio de las reacciones humanas, Wexford pensó que la
expresión del señor Sung no era de dolor por la muerte de un ser humano, sino de
temor por su propio pellejo. Finalmente respondió con reticencia:
—Se llamaba Wong T’ien Shui.
—¿El señor Wong?
El señor Sung asintió con la cabeza. Se quedó mirando por la borda el grupo de
arrecifes, uno de los cuales había rascado la quilla de la gabarra.
—En enero y febrero es imposible navegar por este río —comentó
animadamente.
Wexford se encogió de hombros. Se encaminó al bar y se sirvió una, dos tazas de
té verde. La fuerte infusión lo revivió produciéndole casi el mismo estímulo que el
alcohol. Los pasajeros reunían sus pertenencias —bolsos, impermeables, paraguas,
bolsas de mano, mapas— antes de desembarcar.
—Sea como fuere, ¿qué demonios hacía Wong en esta excursión? —preguntó
Fanning a Wexford con tono quejumbroso—. Suponía que era estudiante. Creía que
asistía a la universidad en Changsha. Los chinos no están autorizados a deambular
por el país, no pueden ir a donde les da la gana. No son libres. Le apuesto cincuenta
yuan a que se armará una de campeonato. Rodarán cabezas. Gracias a Dios mañana
me largo a Cantón con el grupo.
Desembarcaron. En la pequeña playa se encontraba un anciano de barba rala y
dos mechones por bigote. Tres críos jugaban en la arena, a su alrededor. La orilla
también estaba habitada por un centenar de gallinas y patos y dos cabras blancas. El
viejo miró a los occidentales con una especie de curiosidad amable pero impasible.
Intercambió unas pocas palabras con el capitán Ma y asintió con la cabeza.
La aldea se alzaba en lo alto, en la cima de un camino en pendiente. Corrían las
horas más bochornosas del día. Wexford jamás había considerado enemigo al sol,
algo de lo que apartarse, que temer. El grupo serpenteó calle arriba, donde los
espejismos danzaban ante sus ojos a causa de la intensa luz. El suelo estaba cubierto
de polvo castaño rojizo que, a su paso, se alzaba en espirales. El polvo lo cubría todo:
las casuchas que bordeaban el camino, los muros, la hierba, incluso las piernas, los
brazos y las caras de los niños que, mascando puñados de arroz empastado, salían de

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sus casas para mirar a los visitantes.
En la cima de la colina seis hombres y una chica construían una casa de
apartamentos. El olor del río y de la polvareda dio paso al aroma más agradable del
sándalo. Apareció una tienda en la que, con excepción de Wexford y Fanning,
entraron inmediatamente todos los miembros del grupo, y al cabo de la aldea se
alzaba una casona de patio tapiado que probablemente había sido el hogar del jefe
militar local. Fanning se acuclilló al estilo oriental en la ancha galería de la tienda y
encendió un cigarrillo.
—Llamo a Yangchou —dijo el señor Sung—. El bus viene plonto.
—Yo llamo —lo corrigió el señor T’chung con tono admonitorio.
Sin dejar de agitar un dedo, el señor Tchung dio una perorata al otro guía con tono
monótono e intimidador. Wexford llegó a la conclusión de que, si alguna vez había
que encontrar nuevo presidente para esta zona del mundo, T’chung Bei Ling tendría
más probabilidades que Sung Lao Zhong.
Aunque Wexford recorrió una o dos callejuelas estrechas, hacía demasiado calor
para recorrer la aldea. Los niños lo seguían formando un grupito que reía en voz baja.
Al regresar una vez más a la plaza o mercado donde se alzaba la tienda, vio a una
anciana inmersa en las sombras de un tejado saliente. Wexford se quedó quieto y la
contempló desde los cabellos negros salpicados de gris, pasando por su cara blanca y
abotargada —el rostro de la marquesa de Tai—, hasta sus minúsculos pies en forma
de cuña y tapados por zapatillas de niña. Se acercó hasta quedar a un metro.
—¿Quiere hablar conmigo? —inquirió, pronunciando claramente cada palabra.
La mujer no respondió. Wexford repitió la frase. Ella pareció encogerse por
timidez o miedo. El señor T’chung se puso a gritar desde el otro lado de la plaza:
—Ha llegado el autobús. Por favor, bajen de prisa la colina hasta el autobús.
Vamos, ha llegado el autobús.
Cuando Wexford dejó de prestar atención a la voz y miró hacia donde estaba la
anciana, ésta había desaparecido. ¿Se había metido en una casa? Era imposible que se
esfumara constantemente introduciéndose en moradas de desconocidos. Wexford se
acercó al umbral en penumbras y miró hacia el interior. Era una casucha mugrienta en
la que un niño comía arroz sentado en el suelo y en la que un cochinillo hozaba en un
rincón. La vieja no estaba y no existía ninguna otra salida. Si durante un segundo
Wexford estaba dispuesto a aceptar la idea de lo sobrenatural…
El grupo del tren y los australianos bajaron la colina hasta donde esperaba el
autobús hablando entusiasmados sobre las compras que habían hecho, olvidado de
momento el ahogado Wong. El autobús estaba aparcado junto a la playa y a su lado
había un inconfundible coche de policía. Había varios agentes en la gabarra, hablando
con el capitán Ma. Un policía se acercó al señor T’chung y le disparó una salva de
preguntas.
—Esta noche la policía del pueblo se presentará en el hotel —informó el señor
T’chung.

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En condiciones normales, la situación habría interesado enormemente a Wexford.
Le importaba un bledo porque había observado que, al bajar, la anciana de los pies
vendados lo seguía a cierta distancia. Se volvió una o dos veces, como el viajero de
Shelley —se dijo—, y no vio precisamente un demonio aterrador sino a esa vieja
criatura que cojeaba con ayuda del bastón y que cada vez resultaba más diabólica. A
punto de subir al autobús en medio de ese calor espeso y brillante, que rebotaba en las
aguas azules y mansas hasta convertirse en un resplandor enceguecedor, se obligó a
girar y a mirar descaradamente a sus espaldas. La anciana no estaba. No tenía dónde
ocultarse, pero había desaparecido.

La belleza del paisaje permitió que, para los demás pasajeros, el viaje de regreso en
autobús fuera tan gratificante como la excursión fluvial. Viajaron a través de valles
exuberantes, verdes por el arroz tierno. Wexford pensó en la anciana a la que ya había
visto tres, probablemente cuatro veces. ¿Era real? ¿Era una mujer de carne y hueso
que, por muy increíble que parezca, tenía motivos para seguirlo a lo largo y ancho de
China? ¿O era una alucinación de las que, suponía Wexford, tenían los
esquizofrénicos?
Viajaba al lado de Tony Purbank, que estaba tan callado como él. Purbank era un
individuo de piel blanca que reaccionaba mal ante la exposición al sol y su rostro no
había estado protegido como el de Wexford. Además, lucía una amplia calva a la
altura de la coronilla. En cuanto se sumergió en el refugio de aire acondicionado del
autobús, la frente y la calva adquirieron un rojo fuego. No pronunció palabra y
parecía sufrir una ligera insolación. El señor Sung también hizo el viaje de regreso en
el más absoluto silencio. Desde los asientos traseros, ocupados por Lois Knox, Bruce
y los Knighton, hasta Wexford llegaban las especulaciones constantes acerca de cómo
había caído el señor Wong por la borda.
Wexford esperaba que la anciana se apeara del autobús tras él, pero no fue así.
Experimentó un desconcertante alivio. Subió directamente a su habitación y se
preparó una taza de Silver Leaf. Se recostó y pensó en la esquizofrenia, se preguntó
qué haría si la anciana se mudaba a su lado, si por la noche se metía en su habitación
y se acostaba en la otra cama. Probablemente la vieja nunca había existido. Wexford
hizo memoria. En Changsha había oído el golpeteo de su bastón y su voz al hablar
con su acompañante. Además, si su mente creaba personajes ilusorios que lo
obsesionaban, ¿por qué esa mujer? ¿A partir de qué trasfondo de la experiencia,
procesos inconscientes e incluso traumas, su mente evocaba una anciana china?
Como de costumbre, el té lo reconfortó. ¿Se convencería de que lo que había
visto en la aldea ribereña era un espejismo, una añagaza del calor y la luz?
—Policía del pueblo dice que no hace falta hablal con usted —explicó el señor
Sung, que se acercó a la mesa de Wexford mientras le servían la cena—. Nada de
pleguntas a los tulistas, sólo a la tlipulación. —Hizo una pausa y, escogiendo

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cuidadosamente cada palabra, añadió—: Encontlalon cuelpo muelto de Wong T’ien
Shui.
—Pobre hombre —murmuró Wexford—. No debía de tener más de veinte años.
—No sé su edad —dijo el señor Sung—. Pelo es veldad, ela muy joven. Tenía el
cuelpo coltado y… ¿cómo se dice?… tenía muchas helidas de las piedlas.
—¿Heridas?
—Sí, helidas. Muchas piedlas malas bajo el agua, de modo que el cuelpo estaba
coltado y con helidas plofundas.
Como de costumbre, se alzaba un biombo entre la mesa de Wexford y la del
grupo del tren. Wexford sólo percibía el murmullo general de las conversaciones.
Apareció una muchacha con la tetera y Wexford bebió dos tazas, extrañamente
perturbado por la muerte de Wong T’ien Shui. Sólo eran las siete y caía la tarde. Salió
del hotel, cruzó la carretera y enfiló por el estrecho camino elevado que conducía a la
isla del medio del lago. Por alguna razón —sin duda sentimental—, no podía dejar de
imaginar a Wong de chiquillo, hacía no tanto tiempo, asistiendo al parvulario,
recogido por su madre peinada con dos trenzas, comiéndose el buñuelo comprado en
un colmado oscuro y aromático, lanzando una cometa en forma de mariposa o
dragón, volviendo a casa a los brazos de unos abuelos cariñosos. Era una vida
demasiado joven para truncarse de esa manera.
La isla podría haber sido agradable, pero no lo fue a causa de la humedad pesada
y cada vez más densa. Las ondulaciones montañosas parecían azules, estaban
envueltas en niebla y la atmósfera estaba cargada de mosquitos que se desplazaban
perezosamente. Regresó al hotel después de que lo picaran por segunda vez. Aunque
ahora el paludismo y el dengue eran evitables, podías acabar con un brazo o una
pierna hinchados como un globo.
La azotea era demasiado alta para los mosquitos. Sabía que no debía beber a
causa de la tensión arterial y de un problema de peso que acentuaba los factores de
riesgo, pero tenía que encontrar la manera de conciliar el sueño. Compró un botellín
de aguardiente de casia. Los Baumann, los Knighton y Gordon Vinald lo invitaron a
la mesa que compartían apenas un segundo antes de que fuera igualmente reclamado
por el otro grupo —instalado necesariamente a varios metros a raíz de la enemistad
entre Purbank y Vinald—, formado por Lois Knox, Hilda Avory y Purbank. No se
sabía nada de los australianos, de Fanning ni de la amiga de la señora Knighton. Lois
parecía contrariada e Hilda indispuesta, de modo que para Wexford fue un alivio
seguir la regla de aceptar la primera invitación.
Los congregados alrededor de la mesa se dedicaban al pasatiempo favorito de los
turistas: mostrarse los recuerdos que habían adquirido ese día. En cuanto Gordon
Vinald tomó la palabra, la señora Baumann susurró al oído de Wexford que era
anticuario.
—El jade siempre está frío al tacto —explicaba—. Es uno de los métodos más
eficaces con que cuenta el aficionado para comprobar si se trata de jade auténtico. Si

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se mantiene frío en una habitación caldeada o en contacto con la piel, lo más probable
es que sea jade.
Gordon Vinald les contó varios timos que se practicaban con el jade. Los
comerciantes inescrupulosos de Hong Kong organizaban muestras de cinco objetos
de plástico por uno de jade o de cinco objetos de plástico por uno de marfil. China era
un lugar seguro. Los chinos tenían principios demasiado sólidos como para engañar o
eran demasiado ingenuos para entender los procedimientos de la estafa. Claro que el
jade que vendían era importado y, por tanto, los podían haber engañado… Wexford
pensó en los objetos que había comprado para Dora, Denise y sus hijas. ¿Eran fríos al
tacto? No se acordaba. Planteó una pregunta de tanteo a Vinald.
—Ocupa la habitación contigua a la mía, ¿no? —Vinald respondió con otra
pregunta—. Como sin duda continuaremos con el horario de parvulario, ¿por qué no
los trae a la mágica hora de las nueve y media y me los muestra?
Margery Baumann rió. Sacó un paquete de su bolso y al abrirlo se esparcieron por
la mesa media docena de tacitas, medallones, un anillo y un colgante con forma de
tortuga. Se puso el anillo. Vinald estudió los objetos y declaró que eran de jade, uno
de ellos de color muy parecido al jade imperial tan apreciado por los emperadores.
Súbitamente, como si no hubiera nadie más presente, tomó la mano de Margery y la
acercó a su mejilla. En apariencia, comprobaba la temperatura del anillo de la mujer
sobre su piel, pero el gesto era el de un amante. Wexford notó que la señora Baumann
sonreía encantada y que Margery se ruborizaba.
Vinald soltó la mano de Margery.
—Es una nefrita auténtica. Margery, has elegido bien. Si no tuvieras una
profesión más valiosa, diría que posees buen olfato para mi especialidad.
Margery no dijo nada, simplemente volvió a reír. El comentario, pronunciado con
el tono en que lo dijo y después de aquel gesto, casi podía conducir a una petición de
matrimonio. Wexford pensó que no se sorprendería si al día siguiente comunicaban la
buena nueva al grupo.
Wexford ofreció aguardiente a los presentes. Los bebedores de cerveza no
aceptaron, si bien las señoras Baumann y Knighton accedieron a beber un vaso. A ese
ritmo, el botellín no le duraría nada. Fue a la barra en busca de otro botellín de
aguardiente mientras en el tocadiscos volvía a sonar «Noche de paz».
De pie junto a la barra, en compañía de una mujer mayor, se encontraba la chica
más guapa que había visto desde su llegada a China.

Mejor dicho, la caucasiana más guapa. Había visto muchas bellezas chinas, pero
pensaba que a las mujeres con el aspecto de su hija Sheila o de su sobrina Denise no
les interesaba visitar la República Popular.
Esa muchacha habría atraído las miradas incluso en el ambiente más sofisticado.
Ella y la mujer mayor estaban ante la barra y charlaban con los tres hombres de

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negocios australianos sobre el tema que concentraba la atención de todo el hotel y,
probablemente, de todos los habitantes de Kweilin: la muerte por asfixia de Wong
T’ien Shui. Wexford la oyó decir:
—Siempre pasa algo en esa gabarra. Si creyera en cosas raras, diría que le ha
tocado la china. Tal vez la construyeron encima del ojo de un dragón o de algo por el
estilo.
La joven rió. Los australianos soltaron estentóreas risotadas. Wexford pensó que
la chica tenía acento neozelandés. La mujer mayor —¿su madre?— preguntó a la
muchacha:
—Pandora, ¿tomarás vino tinto o whisky japonés?
Pandora meditó. Era alta y desorbitadamente esbelta, de poco más de veinte años.
Tenía el pelo tan negro como la tintura azabache de Lois Knox, pero el color de
Pandora era natural y le caía recto sobre los hombros como si estuviera mojado. En la
tersa piel blanca no había más maquillaje que una pincelada de verde esmeralda en
los párpados. Sus ojos eran de color verde avellana y tenía las pestañas tan espesas y
oscuras como las de un minino negro. Lucía un vestido verde intenso con faja rosa y
negra y sandalias rosadas. Se decantó por el whisky, se volvió y caminó por la
terraza. Bruce cogió una bandeja y la llenó de botellas y vasos.
Wexford compró el aguardiente y regresó a la mesa. Durante un segundo creyó
divisar a la anciana de los pies vendados junto al pretil, pero miró mejor y sólo vio a
un chino con un petardo en la mano. Los reunidos volvían a hablar de la muerte de
Wong. Al doctor Baumann no le entraba en la cabeza que alguien se ahogara en una
zona donde había tantos arrecifes para asirse. Margery dijo que quizá se había
golpeado la cabeza al caer. Con una desagradable risilla, la señora Knighton opinó
que, fuera como fuese, el suceso había echado a perder lo que prometía ser un paseo
muy interesante. En ese momento Wexford dirigió su atención a los actos de Lois
Knox que, al ver que su australiano aparecía en la azotea con una mujer y dos
hombres, al ver que se acercaba a la mesa ocupada por Pandora, abandonó su asiento,
pidió disculpas a sus acompañantes y se dirigió a toda velocidad hacia la escalera.
Purbank dijo algo ininteligible, pero la brisa nocturna permitió oír la respuesta de
Hilda Avory:
—Claro que se siente desdichada. ¿Y qué puede esperar si a su edad se comporta
de esa manera?
Knighton tenía la mirada perdida. Apenas había participado de la conversación y
a partir de ese momento se abstuvo por completo. Mirando sin ver, parecía que
acababa de tener una visión trascendental o que había visto un fantasma. Sacudió
bruscamente la cabeza y Wexford se sorprendió de su expresión arrebatada. ¿A qué
respondía?
Su esposa mostraba instantáneas familiares a la señora Baumann.
—Tenemos cuatro hijos, tres varones y una mujer, y cuatro nietos realmente
adorables, además de otro en camino.

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La señora Baumann estaba a punto de hacer el comentario que correspondía
cuando Knighton tomó la palabra. No se dirigió a nadie en concreto. Miró la
panorámica, el firmamento y recitó:

Subía bordo y estaba decidido a partir


cuando desde la orilla me llegó el zapateado de tu canción.
El estanque de flores de melocotón es insondable,
pero no tan profundo como el amor de tu adiós.

Los Baumann estaban realmente incómodos. En el rostro de Vinald persistió una


sonrisa modesta. La señora Knighton miró a su amiga, ésta le correspondió y aquélla
alzó ligeramente la mirada.
—Es un poema de Li Po —dijo Knighton con su tono más corriente, frío y seco
—. Me refiero al célebre poeta chino del siglo ocho.
—Irene, no sé qué opinas tú, pero yo subiría a mi habitación —dijo la señora
Knighton.
—Bajarías —precisó su amiga.
—Claro, bajaría. No tardes, el día ha sido muy largo —se dirigió a su marido.
Como alguien que practica ejercicios faciales, sonrió de oreja a oreja y añadió
jovialmente—: Buenas noches a todos.
Knighton se puso de pie con la actitud de alguien que, por amabilidad, respeta
una regla vieja y pasada de moda. En cuanto las mujeres partieron y el matrimonio
Baumann recogió sus cosas y se dispuso a seguirlas, en lugar de sentarse, Knighton
se alejó de la mesa hasta un rincón perdido de la azotea, apoyó los codos en el pretil y
contempló el paisaje iluminado por la luna.
Wexford quedó de carabina de los enamorados. Dio las buenas noches a Margery,
bajó a su habitación y se preparó una taza de té. La anciana de los pies vendados
había partido al sitio donde se reúnen esas materializaciones cuando están fuera de
servicio. Se repantigó con «El corazón delator», de Poe, y aguardó a oír las pisadas
de Vinald en el pasillo… a menos que olvidara su cita y que esa noche sus pasos
sonaran en el pasillo de abajo, donde estaba la habitación de Margery.
No había transcurrido más de media hora cuando oyó el interruptor de la luz en la
habitación de Vinald. Wexford reunió sus objetos de jade y llamó a la puerta del
anticuario.

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Los tesoros desparramados por la austera habitación del hotel chino la habían
convertido en algo semejante a un rincón de cualquier museo de la Ciudad Prohibida.
Había platos de la famille jaune; piezas de cerámica azul y blanca; un magnífico
jarrón alto de color melocotón con dibujo de aves y de frutas maduras en un
melocotonero; bandejas de laca; cajas de palillos en jade, cornalina y esteatita; tres o
cuatro cuencos sencillos y claros de forma exquisita; un par de vasijas con tapa de
jade tallado, y por todas partes minúsculas piezas de jade tallado, cajas de rapé, sellos
y frascos metálicos para perfume.
—Confieso mi debilidad por las piezas más espléndidas —reconoció Wexford—.
¿Esto demuestra que soy un ignorante incapaz de discriminar?
Vinald rió.
—En realidad, no. El jarrón es extraordinario. Ha tenido suerte al encontrarlo.
Existe un par exactamente igual a éste, creado para la emperatriz viuda.
—¿Entonces no es tan antiguo? —Hasta ahí llegaban los conocimientos de
Wexford.
—Tiene menos de cien años. —Vinald le devolvió los objetos que había
comprado—. Son de jade. Sinceramente, me sorprendería si no lo fueran. ¿Le apetece
una taza de té?
Después de servir el té, Vinald se dedicó a poner orden.
—Partimos mañana y haremos un espantoso viaje indirecto porque no hay ruta
directa de Kweilin a Cantón. Al parecer, en el medio hay montañas.
Vinald guardaba artículos de escritorio en el bolso de mano: un bolígrafo, un
trozo de lacre rojo, una libreta, el papel de carta del hotel. Wexford rió para sus
adentros. ¡A la gente le encantaba conseguir algo a cambio de nada, incluso a los más
acomodados! Este hombre indiscutiblemente rico birlaba tres hojas de papel de carta
cuando, sin duda, podría haber adquirido todas las existencias de Kweilin y haberlas
devuelto sin reparar en el dinero perdido.
Vinald bebió un sorbo de té.
—No vine a China sólo para comprar antigüedades —dijo—. Necesitaba unas
vacaciones, me moría de ganas de disfrutar de unas vacaciones. Pero cuando estuve
aquí me decidí a comprar antigüedades. Ya sabe. China es un verdadero tesoro.
Wexford enarcó las cejas inquisitivo.
—Sí, claro que sí —prosiguió Vinald—. ¿Se imagina todo lo que birlaron durante
lo que llaman la época de la liberación? Y eso para no hablar de la Revolución
Cultural. Sostienen que todo ha pasado a manos del gobierno, pero la verdad es que
se lo robaron a sus legítimos propietarios y, en los casos en que se divulgó la verdad,
los asesinaron.
—En realidad, nunca se sabe la verdad sobre China —aseguró Wexford—. Y no
es una novedad, siempre ha pasado lo mismo.

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Vinald disculpó la interrupción con un ligero ademán de impaciencia.
—Le aseguro que si China dispersara por el mundo todo lo que posee, haría saltar
el mercado de antigüedades.
—Lo cual, según mi mejor saber y entender, no le vendría nada bien.
—Es verdad. Me he servido unas pocas chucherías insignificantes. —Vinald sacó
papel de seda de un cajón y se dedicó a envolver objetos, que a continuación guardó
en cajas, algunas de las cuales estaban llenas de paja. Bruscamente preguntó—:
Dígame, ¿le parece mal comprar algo por cincuenta yuan, digamos que unas quince
libras, cuando uno sabe perfectamente que su valor real asciende a quinientas libras?
—Si por mal quiere decir ilegal, yo diría que no es ilegal en ningún rincón del
mundo. Sin duda no es ético, algunos dirían que equivale a aprovecharse de la
inocencia. ¿Por qué? ¿Se ha dedicado a ese tipo de actividad?
—Un poco —respondió Vinald—. Son tan ignorantes que la mitad de las veces
no saben lo que ofrecen. Es posible que en algunas partes no sea ético, pero creo que
aquí no es amoral. Nadie puede pensar que se aprovecha injustamente del gobierno
chino, ¿verdad? No es lo mismo que si se tratara de un individuo que intenta ganarse
la vida.
—¿Y si es una nación la que intenta ganarse la vida? —Wexford abordó el tema
desde otra perspectiva al ver que Vinald no lo entendía—. No envidio tener que llevar
todas esas cosas a Inglaterra.
—La mayoría viajará en mi maleta. —Vinald guardó los platos azules y blancos,
un icono y un cuenco blanco brillante—. Traje el mínimo indispensable de ropa
porque sabía que querría tener espacio.
—¿No tendrá problemas en la aduana?
—No tengo intención de engañarlos. No hay ningún problema siempre y cuando
nadie saque de China algo que tenga más de ciento veinte años de antigüedad.
Wexford le agradeció la comprobación de sus piezas y la taza de té y lo dejó
envolviendo y guardando un icono azul, rojo y dorado. En su habitación, en el rincón
del acondicionador de aire, se encontraba la anciana de los pies vendados. La miró
fijo y ella se convirtió en el perchero de madera del que Wexford había colgado la
chaqueta.
La sombra de la mujer revoloteó a través de la persiana. Wexford supo que no era
real y que la imaginaba porque algo le había ocurrido a sus ojos o a su mente. En la
selección de relatos sobrenaturales que estaba leyendo había un cuento de Somerset
Maugham, «Fin del vuelo», que no tenía nada que ver con aviones, sino que trataba
de un hombre en el Lejano Oriente que le había infligido alguna lesión a un oriental y
después, dondequiera que huía, era perseguido por el oriental, su espíritu o su
fantasma. Claro que él, Wexford, jamás le había hecho el menor daño a una vieja
china.
La habitación volvía a estar vacía, no había ni rastro de la mujer. El
acondicionador de aire creaba una atmósfera fresca. Wexford se metió en la cama y

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se tapó la cabeza con el edredón. Como dormir le resultó imposible, se levantó en
mitad de la noche y preparó té. Aunque no había indicios de la anciana, seguía sin
conciliar el sueño y, para imposibilitarlo un poco más, a las cuatro de la mañana al
zumbido del acondicionador de aire se le sumó un rugido torrencial. Llovía.
En cuanto amaneció, se levantó y vio llover por la ventana. Lo único que vio fue
la lluvia chocando contra las ventanas, ya que una bruma densa y blanca ocultaba el
lago, los tejados de la ciudad y las montañas.

Salir era absurdo a menos que fuese imprescindible. El grupo del tren tenía que partir.
Estaban a punto de iniciar el viaje a Cantón, que en línea recta sólo quedaba a
trescientos veinte kilómetros, pero en tren tardarían dos días. Habían apilado el
equipaje en el vestíbulo del hotel. Bajaron en ascensor de a pares y a trios a fin de
esperar al señor T’chung y el autobus.
Wexford estaba sentado en un sillon de caña y leía el cuento de Maugham sobre
el fantasma del oriental. Los Knighton fueron los primeros en bajar, en compañía de
su amiga, que llevaba el traje de pantalón azul oscuro y ya no se parecía tanto a la
anciana de los pies vendados. El autobús estaba aparcado en la puerta del hotel. Lois
Knox salió del ascensor seguida de Hilda Avory.
—Creo que deberíamos despedirnos —dijo Lois y lo miró significativamente,
como si hubiesen compartido alguna intimidad.
Wexford estrechó la mano de Lois, la de Hilda y la de Vinald.
—Que tengan buen viaje.
—Lo mismo digo —añadió Vinald—. ¿Emprenderá el vuelo en un bonito y
pequeño Fokker Friendship? Ojalá tuviéramos la misma suerte.
Los Baumann y Margery lo saludaron con la mano. Fanning se apeó del ascensor
en compañía del señor T’chung.
—Que Dios me ampare —susurró Fanning al oído de Wexford—, pero le juro
que en cuanto regrese a Inglaterra lo más que me alejaré será para viajar hasta la isla
de Wight.
Bajo la protección de los paraguas sostenidos por los guías, avanzaron en fila
india hasta el autobús. En el último momento se sumaron las dos neozelandesas. La
bella Pandora lucía ceñido pantalón amarillo y camiseta del mismo color. Wexford
notó que Lois miraba con acrimonia a Pandora.
La lluvia se tragó al autobús en cuanto partió hacia la estación de trenes. Wexford
bebió té, intentó dormir y leyó un cuento de M. R. James acerca de un hombre
perseguido por el fantasma de un noble sueco al que, sin querer, había liberado de la
tumba. No lo terminó. Había visto que la anciana de los pies vendados cruzaba el
vestíbulo inmediatamente después de la partida del autobús y ahora la divisaba casi
permanentemente en los límites de su campo visual. Si miraba con atención, la vieja
desaparecía, y en cuanto desviaba la vista era apenas consciente de que ella

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aguardaba, por así decirlo, en las lindes de su visión.
No tenía sentido preocuparse. En cuanto regresara, pediría al doctor Crocker que
lo enviara al oculista, al especialista en alergias o, si no había más remedio, al
psiquiatra. En lugar de preocuparse —mejor dicho, en lugar de preocuparse más allá
de lo posible—, pensó que tal vez debería llamar a la policía local. Al fin y al cabo,
estaba en China porque era policía, había viajado por invitación expresa del
ministerio de Asuntos Internos. Puesto que había estado en la gabarra cuando ocurrió
el accidente fatal de Wong, ¿no debía presentarse e informarles sobre este hecho?
Pensó sombríamente en la cuestión. ¿Qué pasaría con su desconocimiento del chino y
el indudable desconocimiento del inglés por parte de los chinos? ¿Pediría al señor
Sung que hiciera de intérprete? ¿En qué podría ayudar? Cuando ocurrió el accidente,
él dormía.
No, no se presentaría. Esa actitud equivaldría a «ponerse en evidencia», a mostrar
su mayor sofisticación y la de su nación. Por otro lado, no podía hacer nada ni
decirles nada, salvo delatarse como el testigo probablemente menos eficaz de la
gabarra.

Llovió todo el día. Veinticuatro horas después, justo cuando Wexford empezaba a
pensar que cancelarían el vuelo a causa del mal tiempo, el cielo se limpió, salió el sol
y las montañas rizadas destacaban tanto en el azul transparente que parecía posible
distinguir cada árbol de las laderas. El señor Sung lo acompañó en taxi al aeropuerto.
—Me gustaría explesale el enolme placel que pala mí ha supuesto sel su guía. Le
deseo buen viaj e y una estancia agladable en Kuang-chou.
Wexford sabía que ése era el nombre que los chinos daban a Cantón; tal vez fuera
más correcto decir que, al intentar pronunciar Kuang-chou, Cantón fue lo máximo
que lograron pronunciar los mercaderes europeos que viajaron hasta allí.
—Sea tan amable de tlasmitil mis mejoles deseos a sus amigos y palientes del
Leino Unido y deciles que selán bien lecibidos en China. Todos los amigos selán bien
lecibidos.
El avión no disponía de aire acondicionado. Una vez en vuelo, el vapor entraba en
el interior no presurizado y los pasajeros se dieron aire con abanicos en los que
estaban pintadas las montañas de Kweilin, abanicos repartidos por la azafata.
Wexford era el único europeo a bordo. Sabía que la azafata que se paseaba pasillo
arriba y abajo con abanicos y una bandeja de caramelos era una muchacha de poco
más de veinte años, pero durante unos segundos vio en ella a una anciana de pies
vendados. ¿Volvería a verla en Cantón? ¿Y en Hong Kong? ¿La vería, al igual que el
hombre de Maugham con el oriental, en Inglaterra?
En Cantón lo recibió Lo Nan Chiao, su nuevo guía. El señor Lo le estrechó la
mano, le dio la bienvenida a Kuangchou y le dijo que, si no tenía inconveniente, se
trasladarían directamente al Mausoleo de los Mártires mientras su equipaje seguía

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viaje al hotel.
La anciana de los pies vendados lo estaba esperando. Wexford cerró y abrió los
ojos y la anciana se había convertido en una asistente de uniforme. Franqueó las
puertas del Monumento a Sun Yat-sen y acudió a su encuentro cruzando el puente de
Sha Mian. Para entonces Wexford estaba convencido de su demencia, pero el señor
Lo se acercó a hablar con la mujer y luego le comentó que era conocida de su madre.
Wexford sudaba. No siempre había sido una conocida de la madre del señor Lo.
En Cantón hacía aún más calor y había mucha humedad. Intentó preparar té, pero el
agua del termo estaba apenas tibia y sus repetidos pedidos al personal del hotel no le
permitieron conseguir agua casi hirviendo. Durante la cena descubrió una nueva
marca de lao shan, el agua mineral más pura y más fresca que hasta entonces había
probado, y compró doce botellas para sorpresa de la camarera, para quien esa
extravagancia representaba, probablemente, el salario de una semana. La comida era
buena y el café se dejaba beber.
Dormitó en su habitación y lo que le ocurrió pudo ser un sueño en lugar de una
visión. Nunca lo supo con certeza. De todas maneras, siguió los pasos tradicionales
dignos de cualquier relato de fantasmas. Arrojó algo. Prácticamente en cualquier otro
lugar del mundo en la habitación del hotel habría habido un libro sagrado —la Biblia,
el Corán o poemas religiosos sánscritos—, pero tuvo que apañárselas con Obras
maestras de lo sobrenatural. La vieja se esfumó. Wexford estaba agotado. Tenía el
convencimiento de que no lograría dormir y se había preparado para otra noche en
blanco, pero se hundió en un reposo pesado y sin sueños del que no emergió hasta las
seis, hora en que sonó el teléfono.
—Buenos días. Es hora de levantarse —dijo una voz alegre, acostumbrada a los
ritmos cantoneses.
Wexford se sintió mucho mejor. El sol iluminaba las verdes montañas boscosas
que divisaba desde la ventana. A desayunar y luego a la fábrica de porcelanas en
compañía del señor Lo, a la fábrica de Fu-shan, donde se crearon las grandes
porcelanas chinas de antaño y desde la que se exportaron a Europa, en la que sin duda
había sido modelado, pintado y barnizado el jarrón de flores de melocotón adquirido
por Gordon Vinald.
Mientras volvía a cenar en el Hotel Bai-yun, Wexford se dio cuenta de que no
había visto a la anciana desde que se ocultara detrás de un grupo de chicas que
modelaban figurillas en la fábrica. Esa noche no apareció en su habitación, ni
tampoco al día siguiente en el parque de Tung Shan, ni asomó por ninguna parte
aguando la belleza del jardín de orquídeas.
El señor Lo se presentó con el visado de salida de Wexford y un almuerzo
envuelto en papel para que lo comiera durante el viaje en tren hasta Kowloon.
Partieron rumbo a la estación y la anciana no se presentó. Tampoco lo esperaba en el
vagón. Los asientos del tren tenían fundas de algodón color pardo con cenefas
plisadas, y en las ventanas había cortinas de red y cortinados de terciopelo azul claro.

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En el circuito cerrado de televisión se turnaban una locutora y un grupo de acróbatas.
Wexford no podía creer que la anciana había desaparecido e incluso intentaba
vislumbrarla en los límites de su campo de visión, pero no logró nada salvo un buen
dolor de cabeza.

Estaba a punto de abandonar China. Serenamente, sin pausa ni revuelo en la frontera,


el tren cruzó la divisoria en Sum-chun y entró en los Nuevos Territorios de Hong
Kong. Wexford ya tenía la absoluta certeza de que no volvería a ver a la anciana de
los pies vendados. Espectro o alucinación, por algún motivo se había presentado ante
él en Shao Shan y, de la misma forma inexplicable, lo había abandonado en Cantón.
Wexford estaba cansado, tambaleante, aliviado. El tren fresco y espacioso corría
afablemente hacia la colonia de la Corona, de regreso al lujo, la mediocridad, un nivel
de vida «demasiado alto», lechos mullidos, hacia el capitalismo.
Dora lo esperaba en el andén de la estación de Kowloon. Había echado de menos
a su marido y suponía que él también porque, después de todo, llevaban más de
treinta años casados, pero quedó ligeramente sorprendida por el ardor de su abrazo.

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Segunda parte

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7
Thatto Hall Farm se encuentra a un kilómetro y medio de la pequeña población de
Sewingbury, en un agradable terreno arbolado y accidentado. La casa solariega fue
derribada hace muchos años y la más pequeña, adquirida en 1965 por un matrimonio
de Londres y convertida en segunda residencia, es actualmente la única morada de
Thatto Vale. Paunceley es la aldea más próxima: un conjunto de casitas enlazadas con
Sewingbury por una carretera comarcal y una red de caminos que corren paralelos a
la granja.
Se trata de una casa de ladrillos alta y larga, de unos ciento sesenta años, que
cuenta con seis habitaciones, dos cuartos de baño, un pequeño lavabo y cocina. Los
jardines están cuidados y la casa atendida, incluso tiene aspecto lujoso. En octubre la
viña loca que cubre la mitad de la fachada de la casa se convierte en una llamarada
carmesí y los dos arriates circulares del jardín delantero se llenan de flores enanas en
diversos tonos de morado, rosa y azul oscuro.
Una mañana de octubre la señora Renie Thompson, la mujer de la limpieza de
Thatto Hall Farm, llegó a las nueve y encontró muerta a su patrona en el suelo del
comedor.

Wexford llegó al trabajo media hora más tarde y fue la primera noticia que le dieron.
El nombre despertaba recuerdos, lo mismo que las señas.
—¿Quién ha muerto? —preguntó al sargento Martin, de la brigada de detectives.
—La señora Knighton, señor, la señora Adela Knighton. La mujer que la encontró
dijo que le habían disparado.
—¿El inspector Burden ha ido para allá con el doctor y con Murdoch? Pues bien:
nosotros también iremos.
Era un magnífico día soleado, aunque aún persistía algo de bruma matinal. Los
árboles aún no habían perdido las hojas. Donde el sendero se juntaba con el camino,
delante mismo de la casa, un hombre subió la escalera para salvar la cerca, cargando
al hombro la escopeta y dos conejos muertos. Thatto Hall Farm estaba envuelta en
una bruma dorada. En sus jardines cuidados y cubiertos de rocío se desplegaba una
sucesión de frutos rojos y amarillos de los manzanos silvestres. La puerta estaba
abierta y Wexford se internó en la casa.
Murdoch, el experto en escenarios de crímenes, estaba en el comedor, en
compañía del doctor Crocker y del cadáver. Naughton, especialista en huellas
dactilares, trabajaba en el pasillo. Renie Thompson estaba sentada ante la mesa de la
cocina, frente a Burden, y bebía té cargado. Tenía prácticamente la misma edad que la
extinta patrona, sesenta y pico, y era una mujer fornida y demacrada, con el pelo
teñido de color castaño cubierto por una redecilla, vestida con falda y jersey
protegidos por una bata de flores malva.

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—¿Dónde está el señor Knighton? —preguntó Wexford.
—A mí no me lo pregunte. —La señora Thompson mostraba una actitud
descarada y agresiva a pesar de la conmoción—. Vengo todos los lunes, miércoles y
viernes a las nueve en punto y es la primera vez que no está en la casa, junto a ella.
Subí a echar un vistazo. Quiero decir que, después de lo que he visto, él también
podía estar arriba muerto y tendido. Dormían en camas separadas y la de él no estaba
deshecha. Nunca había pasado, nunca desde que entré a trabajar en esta casa, y de eso
hace la tira.
Wexford subió al primer piso. La escalera era de roble encerado, sin alfombra; los
dormitorios estaban enmoquetados y el amplio pasillo de arriba tenía el suelo
encerado y decorado con alfombras azules y gris plata. El dormitorio principal, con la
cama hecha y la deshecha, estaba decorado en diversos tonos de rosa y los otros tres,
respectivamente, en azul, verde y dorado. Muebles Victorianos, cortinas de zaraza
con abrazaderas o anillas, dibujos de Arthur Rackham en finos marcos color plata,
sobre la consola un ramo de siemprevivas en un jarrón Bing and Grondhal, y en cada
dormitorio un florero con un ramo de diversas flores. Todo muy correcto y de buen
gusto. Wexford miró el interior de todos los armarios, incluso debajo de las camas.
Bajó y registró la amplia sala, amueblada de la misma manera convencional. Luego
de echar un vistazo a los cuartos de baño, entró en el lavabo y reparó en que faltaba
un cristal de la ventana. Vivo o muerto, Knighton no estaba en casa.
El doctor Crocker salió del comedor y dijo:
—El viejo Tremlett viene para aquí. Logré dar con él en casa antes de que saliera
hacia el hospital.
—¿Es verdad que a la mujer le dispararon?
—En la nuca. Quien lo hizo debió de apoyar el cañón del arma en el occipital.
Tenía chamuscado el pelo de la nuca.
—¿Le disparó en la nuca? ¿Le apoyó el arma en la nuca y le disparó? La idea me
pone los pelos de punta. Sargento, ¿qué opina? ¿Cree que la mujer oyó ruidos, bajó a
averiguar qué ocurría, que el que lo hizo se acercó sigilosamente por detrás y le
disparó?
—Señor, tal vez oyó la rotura del vidrio. En la ventana del lavabo falta un cristal.
—Pues ha sido recortado. Reúnase con la señora Thompson y averigüe qué
objetos de valor tienen o tenían en la casa.
Wexford se arrodilló y observó el cadáver. Estaba frío y pesado al tacto y la
rigidez cadavérica ya se había producido. Cuanto había visto de Adela Knighton en
China no le había interesado, pero lo olvidó con un gesto de compasión. Era penoso
verla y su muerte no tenía la menor dignidad. Vivita y coleando, había sido una mujer
corriente, robusta, bastante agresiva y solemne. Muerta yacía convertida en un bulto
fofo, su rostro poseía el aspecto de la cera medio derretida, con el pelo rubio ceniza
ennegrecido a la altura de la nuca y alrededor del orificio rojizo y de bordes
chamuscados abierto por la bala. Vestía un camisón aparentemente caro de tela

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sedosa, gruesa y brillante, de color melocotón, con bordes y adornos de encaje, y
encima una bata de terciopelo de algodón azul oscuro. Calzaba chinelas sin tacón de
terciopelo negro acolchado. En la mano izquierda llevaba la alianza, un aro de platino
cincelado que había adquirido la delgadez del alambre.
—No da la sensación de que algo muy alarmante la haya obligado a bajar —
comentó Wexford—. Junto a su cama hay un supletorio y el cable no está cortado.
Un Daimler negro entró en la calzada de grava. Acababa de llegar sir Hilary
Tremlett, el patólogo. Wexford se metió en el lavabo del pasillo. Contenía retrete con
cisterna baja, tocador con lavamanos empotrado y un pequeño espejo redondo
colgado de la pared, encima del tocador. La ventana era de guillotina y estaba
dividida en cuatro vidrios, cada uno de noventa y cinco centímetros cuadrados;
alguien había recortado el cristal de uno de los paneles. Wexford llegó a la conclusión
de que le habría sido imposible pasar por esa abertura, aunque hay que reconocer que
era un hombre corpulento de huesos grandes. La mayoría de las mujeres podrían
haberlo atravesado, lo mismo que cualquier hombre de complexión mediana.
Directamente debajo de la ventana, afuera, se extendía un arriate pequeño y
estrecho en el que florecían siemprevivas rosas. Wexford supo que no encontraría
pisadas. Salió a echar un vistazo y no descubrió una sola huella, aunque era evidente
que alguien había borrado los restos de cualquier pisada que pudiera notarse.
La señora Thompson explicaba a Martin que, por lo que sabía, los Knighton
nunca tenían dinero en casa. Renie Thompson dio a entender que, como tanta gente
acomodada, la señora Knighton siempre estaba sin blanca y la mitad de las veces le
pagaba con cheque. No faltaban objetos decorativos ni habían intentado retirar
equipos pesados, televisor, tocadiscos ni ningún otro electrodoméstico.
—Es de suponer que tenía joyas.
—Seguro —dijo Martin dando a entender que no habría pensado en ello si su jefe
no lo hubiese mencionado—. Señora Thompson, ¿qué hay de las joyas?
—Recuerde que yo sólo la veía por la mañana. De nada servirá que me pregunte
si tenía anillos u otras alhajas.
Wexford recordó del viaje a China un reloj de platino y un anillo de prometida
con una piedra cuadrada. Comentó con la señora Thompson la existencia de esas
joyas.
—Si usted lo dice… Pero no me pregunte dónde las guardaba.
—Está bien, no se lo preguntaremos —dijo Wexford, irritado por la actitud
agresiva y susceptible de la mujer de la limpieza—. Echaremos un vistazo. No hay
muchos lugares donde guardarlas. Seguro que no las escondía en la nevera ni en la
chimenea.
Sir Hilary había concluido el examen preliminar y estaban a punto de retirar el
cadáver. Murdoch seguía estudiando meticulosamente tapas de mesas, barandillas y
batientes de puertas. Antes de irse, el médico preguntó a Wexford:
—¿Vivía sola?

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—Tiene marido —replicó Wexford.
—¿Dónde está?
—Ojalá lo supiera.
Martin bajó e informó:
—Señor, no hay joyas ni joyero en su habitación ni en ninguno de los
dormitorios.
—De acuerdo. —Al recordar el encuentro alrededor de la mesa de la azotea del
hotel, Wexford preguntó a la señora Thompson—: La señora Knighton tenía hijos.
¿Dónde están?
—Todo lo que sé es que la hija vive en Sewingbury. No me pregunte dónde están
los hijos, creo que todos viven en el extranjero. Tal vez en esa libreta figuren sus
números de teléfono.
Encima de la mesilla del teléfono había una libreta encuadernada en piel.
Wexford recordaba de memoria el número de teléfono de sus hijas. Estaba justa e
íntimamente orgulloso de su memoria, sabía que era excepcional.
—¿Cuál es el nombre de casada de la hija?
—¿El apellido? No tengo ni idea. Nunca tuve necesidad de saberlo. Se llama
Jennifer. El señor Knighton se lo dirá.
—Sí, sin duda conoce el apellido de casada de su propia hija —espetó Wexford
—. Señora Thompson, si quiere puede irse. Es probable que volvamos a llamarla. Ya
le avisaremos.
—¿No me llevan a casa en coche?
—¿Cómo dice?
—Creo que lo menos que pueden hacer es llevarme en coche a casa. Después de
todo, avisé que la había encontrado, ¿no? Los ayudé en la investigación. Dadas las
circunstancias, lo lógico sería que se ocuparan de mi transporte.
Wexford se divertía.
—Lo siento, pero no se acostumbra en este lugar dejado de la mano de Dios.
Puede que lo hagan en Scotland Yard o en Los Angeles. Me temo que ha visto
demasiados seriales policiacos.
Renie Thompson alzó la cabeza y salió enfadada. Wexford rió.
—Pero si vive en Paunceley —dijo Burden—. ¿No cree que lo ha hecho ella?
—Venga ya. No sabe distinguir entre una Beretta y un sacacorchos. Murdoch, ¿ha
terminado? Será mejor emprender el regreso. Martin, quiero que busque a la hija de
Knighton, que vive en Sewingbury… y, si puede, a los hijos. Quiero un registro casa
por casa entre este sitio y Sewingbury y por el otro lado de Thatto Vale a través de
Paunceley. Afortunada o desafortunadamente, no hay tantas casas.
—Señor, ¿qué debemos buscar?
—Todo hecho sospechoso ocurrido durante la noche, el avistamiento de algún
coche extraño, desconocidos que ayer o que por la noche se pasearon a pie. Ah,
también estamos buscando a Knighton, sobre todo estamos buscando a Knighton.

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En cuanto se fueron, Wexford le habló de China a Burden. No se refirió al viaje
en general —comentarios que había hecho con moderación a lo largo de las semanas
anteriores—, sino a todo lo que recordaba de Adam y Adela Knighton. No era
mucho. Por una rara paradoja, había prestado más atención a los demás miembros del
contingente del tren que a los Knighton y a su amiga. Tal vez se debió a que los otros
le fueron impuestos y a que, cuando por fin conoció tardíamente a los Knighton, fue
en el momento en que estaba más importunado, acosado y perseguido por aquella
fantasía, alucinación o lo que fuera. Con las mujeres prácticamente no habría cruzado
una sola palabra y con Knighton… ¿qué recordaba de él? Se trataba de un sesentón
alto, delgado y canoso que durante unos segundos pareció haber visto visiones y que,
sin motivos claros, recitó un extraño fragmento de un poema chino. Cuando se lo
contó todo a Burden —omitiendo el comentario de sus propias visiones— e indagó
en su excelente memoria, supo que había reproducido con absoluta fidelidad cada
frase que había oído en boca de Adam y Adela Knighton.
—Tal vez sirva de algo —opinó Burden sin mostrarse demasiado alentador.
Aunque Burden lo comprendió, Wexford replicó enigmáticamente:
—Pues no fue un ladrón, ¿verdad? Ella no se levantó de la cama y bajó a buscar
al ladrón. El ladrón no se situó a sus espaldas ni le clavó el arma en la nuca. No
ocurrió así. ¿Dónde diablos se ha metido Knighton?
—Asesinó a su esposa y huyó con su amiga. Ya sé que no. Hablando en serio, es
lo que parece. No me refiero a que huyera con la amiga de su esposa. No creo que a
esa edad lo hayan hecho. Por la noche tuvo una pelea con ella, le disparó y puso pies
en polvorosa. ¿Es tan disparatado? Parece lo más probable. A esta altura podría estar,
posiblemente está, fuera del país. Los de su posición siempre tienen amigos
acaudalados e influyentes.
—No hacen falta amigos acaudalados e influyentes —puntualizó Wexford—.
Basta con comprar un billete de avión… con la tarjeta American Express.
Actualmente todo es muy fácil. Vale, reconozco que es probable aunque, teniendo en
cuenta que ella estaba en camisón, habría supuesto que se pelearon en el piso de
arriba. Ciertamente jamás habría imaginado que un caballero inglés como Knighton
le disparara a alguien, menos aún a su esposa, en la nuca.
—Ese punto no dejará de molestarlo, ¿verdad?
—Desde luego.
Se encontraban en la sala. Otrora habían sido tres o cuatro habitaciones pequeñas,
pero ahora era una estancia única de unos nueve metros de largo, con puertaventanas
en el fondo y ventanas de bisagra que daban al jardín y la calzada. Un reloj de pared
dio las once con potentes y sonoras campanadas. Wexford percibió otro sonido. Se
acercó a una de las ventanas y miró hacia afuera. Un Ford grande de color azul
oscuro subía por la calzada.
—Es uno de los taxis de la estación de Kingsmarkham —dijo Burden.
—Exactamente.

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El taxi paró. Un hombre se apeó del asiento trasero, pagó al chofer y cogió una
maleta de piel negra no muy grande que durante unos segundos había dejado sobre la
grava. Caminó hacia la puerta principal y desapareció de la vista.
—Knighton —lo reconoció Wexford.
El hombre giró la llave en la cerradura. Expectantes, ambos policías
permanecieron totalmente inmóviles. La puerta principal se abrió y se cerró. Sonaron
pasos en el pasillo y Knighton gritó:
—¡Adela!

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Había llegado el momento de dar a conocer su presencia. Aunque Wexford tosió, es
posible que Knighton no lo oyera porque dio un brusco respingo al ver que en la sala
se encontraban dos hombres.
—¿Qué demonios…?
—Buenos días, señor Knighton —lo saludó Wexford—. Sí, ya nos hemos visto.
Nos conocimos en China. Veo que usted también me ha reconocido. Soy el inspector
jefe Wexford, del Departamento de Investigación Criminal de Kingsmarkham. Y éste
es el inspector Burden.
—Sí, claro, el señor Wexford. Por supuesto que lo recuerdo, aunque no sabía…
¿Qué hacen en mi casa? ¿Ha habido un robo o algo parecido…?
—Aún no lo sabemos. Pero ha ocurrido algo muy grave. Debe estar preparado
para…
—¿Dónde está mi esposa?
Wexford le dio una explicación. Knighton palideció. Deambuló por la sala y se
sentó en un sillón.
—¿Disparado? —preguntó—. ¿Dice que le han disparado… a Adela?
—Señor, temo que es verdad.
—¿Le disparó un intruso y la mató?
—Sí, al parecer le disparó alguien que durante la noche forzó la entrada en la
casa.
Knighton se pasó la mano por la cara.
—Y usted… ¿usted es policía en Kingsmarkham? ¿Vino a casa y encontró muerta
a mi esposa?
—No fui el único que vino. Nos llamó la mujer de la limpieza.
—Santo Dios. ¡Santo Dios del cielo!
Burden había tomado asiento y Wexford hizo lo propio. Knighton seguía blanco
como el papel y con los ojos vidriosos por la sorpresa. Wexford habría jurado que
estaba sorprendido. Reparó en algo que no había notado realmente durante el viaje
por China —sin duda, su lamentable preocupación por la anciana de los pies
vendados lo había distraído—, vio que Knighton era extraordinariamente apuesto.
Aún ahora lo era, pese a que la conmoción había demudado su expresión. ¿Qué
aspecto debió de tener cuando joven? Aún tenía figura de muchacho, el porte esbelto
de los jóvenes, y sus facciones eran clásicas, si bien se habían vuelto algo marmóreas
con los años. Con el tiempo, sus rizos dorados se habían plateado. Por otro lado,
Adela Knighton había sido una mujer corriente, incluso fea. Y su fealdad no era
producto de los años, sino de la que circula por las venas.
Obviamente, todo eso carecía de importancia. Wexford planteó la clásica pregunta
de rigor que siempre lo hacía sentirse como el personaje de un relato policiaco.
—Señor, ¿dónde estuvo anoche?

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—¿Dónde estuve? Pasé la noche en Londres, en casa de un amigo. ¿Por qué me lo
pregunta?
—Es una pregunta de rutina.
—Por todos los santos. —Una especie de horrorizada comprensión torció la boca
de Knighton—. Le había entendido que un ladrón…
—Señor, si pudiera decirnos dónde estuvo anoche, cómo se llama su amigo y
algunas cosas más, acabaremos mucho antes con este lamentable asunto.
—De acuerdo. —Knighton dudó una fracción de segundo y añadió—: Un viejo
amigo mío, Henry Lacey, celebró una cena en el club del que ambos somos socios.
Me refiero al Palimpsest de St. James. Quería festejar sus cincuenta años como
abogado, supongo que estaría más en boga decir su jubileo de oro. Me invitó. En
casos como éste pernocto en Londres, pues jamás me ha gustado hacer salir a mi
esposa en coche a la una de la madrugada. Como sin duda sabe, el servicio de taxis de
la estación no funciona a esa hora.
—¿Pasó la noche en el club?
—No, estuve en el piso de un amigo en Hyde Park Gardens.
Sonó el teléfono. Knighton dio otro brusco respingo. Wexford se sorprendió de
que le pidiera autorización para responder. Se limitó a asentir con la cabeza.
Knighton dijo su número en voz baja y suave. A menos que se tratara de alguien
extraordinariamente insensible, quien llamaba se tenía que dar cuenta de que era la
voz de un hombre que recientemente ha sufrido una pérdida. Una apreciación cruel
pero justa, pensó Wexford. Knighton estaba conmocionado pero no triste… tal vez la
pena llegara más adelante.
—Ah, Jennifer… —Era su hija—. ¿Te lo ha dicho la policía? ¿Has hablado con
Rod? Sí, te ruego que vengas… —Colgó y volvió a pasarse la mano por la frente—.
Vendrán mi hijo, mi hija y mi yerno.
—Tengo entendido que tiene cuatro hijos.
—Una hija y tres varones. Uno está en Estados Unidos y el otro en Turquía.
—Mientras esperamos a su hijo y a los señores…
—Norris. Mi yerno es procurador en la empresa Symonds, O’Brien y Ames de
Kingsmarkham.
—Mientras los esperamos, le agradeceré que me proporcione el nombre de su
amigo en Hyde Park Gardens y las señas del señor Henry Lacey.

Jennifer y Angus Norris fueron los primeros en llegar. Ella era una joven vulgar,
regordeta y pecosa, parecida a su madre. Estaba embarazada de siete meses y
Wexford recordó que Adela Knighton había dicho que pronto tendrían otro nieto.
Su hermano Roderick llegó poco más tarde en un Triumph TR7 amarillo después
de conducir a toda velocidad desde Londres. Era apuesto y alto como su padre,
aunque parecía ansioso y tenía unos cuantos años más que Jennifer. Wexford dedujo

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que también era abogado. La ley estaba perfectamente representada en la familia
Knighton, a la que le había ocurrido este episodio al margen de la ley. En algunas
ocasiones había visto en los juzgados al yerno activo y menudo, casi de la misma
altura que su esposa y con un mechón de pelo oscuro y rizado alrededor de la calva.
La joven señora Norris exhibía un talante que Wexford ya había visto en mujeres
de clase media alta que han vivido entre algodones. Llamaba mami y papi a sus
padres y hablaba de su familia y de su círculo íntimo como si de una élite se tratara.
—Es terrible, me parece increíble que nos esté ocurriendo a nosotros. Papi es
criminalista, como usted no ignora, y recuerdo que mami decía que por eso nos
enterábamos de la horrorosa cantidad de asesinatos que se perpetran. Papi le decía
que no se preocupara porque de esos asesinatos sólo una fracción tenían lugar entre la
gente bien, que prácticamente se limitaban a las clases bajas. Y ahora la pobre
mami… Es tan injusto. Llevas una vida digna, intentas atenerte a ciertas pautas y
entonces ocurre algo tan aterrador como esto.
Indudablemente el asesinato le habría resultado más comprensible si Renie
Thompson hubiese sido la víctima. De no ser por esos comentarios, Wexford no
habría tenido ocasión de preguntar dónde habían estado la noche anterior ella y su
marido.
—¿A qué hora se refiere? —preguntó Norris—. ¿Qué significa «noche»? —Habló
con el estilo que empleaba para interrogar a testigos nerviosos—. ¿A qué hora
ocurrieron los hechos?
—Señor Norris, de momento ciñámonos a la «noche».
—Lo pregunto porque al anochecer llevé a mi esposa a dar un paseo.
Jennifer Norris emitió un sonido que, dadas las circunstancias, no era una
carcajada, pero se le parecía mucho, una especie de risilla torva y nada divertida. Su
hermano la miró con fríos ojos de magistrado.
—¡Ya está bien, Angus, me llevaste a dar un paseo! Rod, está diciendo que
caminamos río abajo y arriba y que tomamos una copa en Millers, que es en lo que
últimamente consisten nuestras salidas…
Wexford tosió.
—Sí, claro, inspector jefe —dijo Norris, a quien se le habían subido los colores a
la cara—, nos acostamos temprano…
—Angus, se lo explicaré yo. El médico me ha recetado un sedante suave, razón
por la cual duermo como un tronco. Últimamente desconectamos el teléfono antes de
acostarnos, de modo que si la pobre mami intentó comunicarse con nosotros…
Wexford tuvo claro que a Jennifer le era imposible pensar que ella o su marido
estuvieran bajo sospecha. Se trataba de un asesinato relacionado con un robo. Era un
delito de «clase baja».
—A propósito, vivimos en Springhill Lane, en una de las casas viejas —añadió
Jennifer voluntariamente.
Era una faceta de esnobismo provinciano con el que Wexford había topado un par

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de veces. Los que habitaban en ese prestigioso barrio de Sewingbury tenían ventaja
sobre sus vecinos si poseían alguna de las casas construidas en el siglo diecisiete.
Había unas seis viviendas de ese tipo, alrededor de las cuales se habían erigido
edificios nuevos durante los últimos veinte años.
—Mami no debió de oír la rotura del cristal. El teléfono estaba junto a su cama y,
si no dio con nosotros, seguramente hubiera intentado llamar a la policía. ¿Es posible
que intentara hacerle frente a un tipo duro?
—¿Entró por la fuerza rompiendo el cristal de la ventana? —preguntó Norris.
—Señor Norris, no fue exactamente así. Digamos que recortaron y quitaron un
cristal de la ventana. Señor Knighton, ¿cuáles fueron sus movimientos anoche?
Roderick Knighton tenía una actitud despreocupada. Consultaba constantemente
el reloj. Ya había hecho varias llamadas telefónicas y durante los intervalos había
declarado que no sabía de qué manera podía ser útil pero que, si de algo podía servir,
bastaba con que su padre, su hermana y el inspector jefe se lo pidieran. Bostezó,
volvió a consultar la hora y le dijo a Wexford que la noche anterior prácticamente no
había pegado ojo; su esposa, la au pair y él habían pasado casi toda la noche en pie
porque su benjamina estaba enferma.
—En realidad, la pobrecilla tiene paperas —explicó.
Jennifer Norris había puesto los pies en alto. Su marido permanecía junto a una de
las ventanas, con aspecto pensativo. Parecía preocupado o desconcertado, aunque
quizá sólo estuviese preocupado por el hecho de que un hombre de su posición —
como sin duda diría de sí mismo— se viera involucrado en un asunto tan
desagradable. El siguiente comentario de Wexford lo obligó a girar lentamente para
cruzar con su esposa una mirada de consternación o, tal vez, de incredulidad.
—Me gustaría que trataran de hacer un inventario de las joyas de la señora
Knighton que han desaparecido.
Para Knighton fue una tarea imposible. Parecía aturdido o perplejo por lo
ocurrido y su rostro carecía de color y de vida. Estaba desganadamente sentado en un
sillón, miraba un punto fijo y de vez en cuando se estremecía intentando salir de su
ensueño. La propuesta de Wexford extrajo de él un ligero asentimiento con la cabeza.
Roderick volvió a ponerse al teléfono, habló discretamente en voz baja y por
momentos ahuecó la mano alrededor del micrófono.
—¿Es que faltan joyas? —preguntó Norris con el tono que usaba ante el tribunal.
—Cabe suponer que sí, en la casa no hay ni una sola joya —replicó Wexford
secamente—. Supongo que la señora Knighton tenía más joyas que la alianza
matrimonial.
—Claro que sí —intervino Jennifer bruscamente. Wexford se preguntó hasta
cuándo soportaría Norris ese tono acerado—. Tenía una pulsera de oro que perteneció
a mi abuela… —declaró y añadió con una clamorosa falta de discreción—: Siempre
dijo que algún día sería mía. —Norris cerró los ojos y puso mala cara—. Y las perlas,
desde luego. Algunos anillos y broches, un par de relojes. No somos el tipo de

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personas que se adornan como un árbol de Navidad. Mami decía que era muy vulgar
agujerearse las orejas.
—Señora Norris, le agradeceré que haga todo lo posible por confeccionar una
lista. Sin duda a lo largo de los años su padre le regaló joyas.
Knighton permaneció mudo. Súbitamente Wexford reparó en el gran diamante
cuadrado que la hija lucía en su pequeña y enrojecida mano izquierda.
—No creo que fuera algo habitual —replicó Jennifer.

El doctor Moss, socio de Crocker y médico de cabecera de Adam Knighton, se


presentó a la una y ofreció a su paciente somníferos, sedantes y su contenida
solidaridad. Roderick dijo que tenía que marcharse y que, si podía colaborar en algo,
bastaría con que le telefonearan. Dejó una serie de números. Jennifer Norris comentó
con su marido que ya podían llamar a Washington a su hermano, que allá ya eran las
ocho de la mañana. Le había enviado un telegrama a su hermano de Ankara.
Wexford regresó a comisaría.
El registro domiciliario no había dado frutos. Wexford no se sorprendió. Thatto
Hall Farm estaba muy aislada. Aunque aún estaba pendiente el informe de sir Hilary
Tremlett, Crocker había dicho que la muerte se produjo, aproximadamente, entre las
dos y las cuatro de la mañana. Sólo al día siguiente tendrían más datos: el tipo de
arma empleada, la causa exacta del deceso, amén de si el cadáver presentaba otras
lesiones.
—No fue un robo con allanamiento, ¿verdad? —preguntó Burden—. Fue un
intento tosco y chapucero de que pareciera un robo.
Wexford asintió con la cabeza.
—Probablemente ni siquiera lo hizo alguien que responde a las características de
lo que Jennifer Norris denomina un «tipo duro».
—Nadie diría que Knighton es un tipo duro —añadió Burden con cautela.
Wexford enarcó las cejas.
Burden se acomodó en el único asiento que había con excepción de la silla
giratoria de Wexford, la cual, con un gran esfuerzo imaginativo, podía considerarse
un sillón.
—Para ser inocente, se ha montado una coartada maravillosa. Se va a Londres,
cena en St. James y pasa la noche en Hyde Park Gardens. Casi nunca pernocta fuera
de casa y justo asesinan a su esposa la noche que está fuera. Cuando lo conoció en
China, ¿habría dicho… bueno, que quería a su esposa? ¿Se trataba de un matrimonio
feliz?
—El matrimonio es un antiguo y extraño jaleo, ¿no le parece? Es muy difícil
responder a esa pregunta, no lo sé.
—Una gran ayuda. En realidad, vine para invitarlo a comer. ¿Qué le parece La
Perla de África? Oh, no, por su expresión deduzco que prefiere insistir con la comida

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china. Llegará el día en que no podré soportar más fideos curruscantes.
—Soy incapaz de dejar de impresionar al prójimo con mi sorprendente
virtuosismo con los palillos —dijo Wexford mientras caminaban Queen Street abajo,
rumbo al Dragón Maravilloso—. Mike, le diré una cosa. Lamento haber prestado tan
poca atención a los Knighton durante el viaje por China. Supongo que habría sido
muy provechoso. Lo único que recuerdo bien es que Knighton estaba sentado a la
mesa y de pronto puso cara de haber visto un fantasma. Aunque quizá no fue un
fantasma. —Hizo un pausa y se quedó pensativo—. Tal vez vio el Santo Grial, la
Ciudad de Dios o, si hubiera sido Dante, a Beatriz.

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Alojada en el cráneo de la muerta, con la salida obstruida por el frontal, había una
bala de una pistola automática Walther PPK 9 mm. Le habían disparado desde la
menor distancia posible y el cañón del arma había estado en contacto con su nuca.
La evaluación más precisa de sir Hilary Tremlett redujo la hora del deceso a un
espacio que iba de las dos y cuarto a las cuatro menos cuarto de la madrugada. Adela
Knighton había sido una mujer normal y sana, de unos sesenta y cinco años, con
algunos kilos de más, que había parido varios hijos y que a lo largo de su vida se
había sometido a diversas intervenciones quirúrgicas. Le hicieron una
mastoidectomía, la operaron de varices, de apendicitis y, cuatro o cinco años atrás, se
había sometido a una histerectomía. Presentaba ligeras magulladuras en el brazo
izquierdo.
Las huellas dactilares recogidas en Thatto Hall Farm resultaron ser las de la
difunta, de Adam Knighton, de Renie Thompson y de Jennifer y Angus Norris. La
tarde el día de la muerte de su madre, la señora Norris entregó a Wexford una lista de
todas las joyas que, en su opinión, poseía su madre. Para entonces los hombres de
Wexford ya habían registrado los terrenos de Thatto Hall Farm y encontrado un
joyero de piel verde bajo el seto de la entrada. También descubrieron otros objetos,
dispersos al azar y sin el claro propósito de ocultarlos, en los arriates, bajo el seto y a
la vera del camino: dos relojes, una pulsera de oro, un collar de perlas, dos anillos de
diamantes y rubíes con engastes antiguos. La señora Norris los identificó como
pertenecientes a su madre e informó a Wexford que no faltaba nada.
El inspector vio claramente qué había ocurrido. No era un ladrón el que había
entrado con nocturnidad y alevosía en Thatto Hall Farm. Quienquiera que se había
hecho con el joyero, en su momento había pretendido que la entrada en la casa
pareciera un asalto. Poco después descartó la idea porque pensó que no convencería a
nadie y, como no quería cargar con joyas de poco valor, las arrojó una tras otra
mientras escapaba.
El autor conocía la casa, conocía la ventana del lavabo. Sabía que la señora
Knighton estaría sola. Había cortado el cristal y puesto ordenadamente las piezas
contra la pared; había entrado en silencio, subido la escalera y despertado a la
durmiente. Ella se vio obligada a levantarse y a bajar a punta de pistola, precediendo
al asesino. Le habían clavado el arma en la nuca y la habían sujetado del brazo. Allí
mismo, en el comedor —¿porque ella se negó a mostrarle algo, a decirle algo, a
llevarlo a alguna parte, a prometerle algo, a traicionarlo o a darle algo?—, el autor
apretó el gatillo y ella cayó muerta al suelo.
Pensaba que los hechos habían ocurrido de esa manera. Al menos le serviría
como hipótesis de trabajo.

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—Knighton dice que salió de su casa el martes a las tres de la tarde —dijo Wexford
—. Pidió un taxi que lo trasladara a la estación de Kingsmarkham y tomó el tren de
las tres veintisiete. Tiene coche, un Volvo, pero dice que su esposa quería usarlo y
que si le hubiera pedido que lo llevara a la estación, la habría hecho perder tiempo.
—¿Adónde iba la señora? —preguntó Burden.
Estaban en el coche y viajaban de regreso a Londres.
—De compras a Myringham. Al parecer, era una práctica habitual los martes por
la tarde. Knighton llegó a Victoria a las cuatro y cuarto, cogió el metro hasta
Lancaster Gate y de allí cubrió a pie la corta distancia que lo separaba del piso de su
amigo, Adrian Dobson-Flint, en Hyde Park Gardens. Dobson-Flint se presentó en
casa más temprano que de costumbre para recibirlo.
»La cena en el Palimpsest Club fue a las siete para treinta y siete personas.
Dobson-Flint y él salieron de Hyde Park Gardens en taxi a las siete menos diez,
estuvieron cenando y divirtiéndose en el club hasta las once y media y a esa hora se
retiraron y volvieron andando a casa. Tomaron una copa y se fueron a dormir
alrededor de las doce y media. Como a las diez de la mañana Dobson-Flint tenía que
estar en el tribunal. Ambos se levantaron a las ocho. Dobson-Flint salió poco después
de las nueve. Knighton abandonó el piso a las nueve y veinte y cogió en Victoria el
tren de las diez menos veinte para regresar a Kingsmarkham.
—Sospecha de él —concluyó Burden.
—En realidad, no, pero no sé de quién más sospechar. Creo que es demasiado
pronto para hacer conjeturas. A propósito, la señora Knighton dejó testamento. Angus
Norris me lo contó sin esperar a que se lo preguntara. La representaba su firma. Adela
Knighton tenía bastante dinero propio, algunos miles de libras heredados de una tía,
otros miles de un tío, propiedades de sus padres, algunas acciones de la empresa
familiar. Sea como fuere, tenía doscientas mil libras y las legó a partes iguales entre
sus cuatro hijos.
»Julian, el hijo que vive en Washington, está casado con una norteamericana cuyo
padre es millonario. Roderick tiene un próspero bufete y su esposa es dueña de una
agencia de empleos. Colum, el más pequeño, tiene treinta años, es agregado en la
embajada británica en Ankara y, estuviera o no interesado en la herencia, no hay duda
de que el miércoles a las tres de la mañana estaba en Turquía.
»Me resisto a pensar que una mujer embarazada de siete meses mate a su madre.
Por otro lado, no tenía necesidad de entrar por la ventana. Con excepción de
Knighton y de la señora Thompson, era la única persona que tenía las llaves de la
casa. Indudablemente sabía que su padre pasaría la noche fuera y que su madre
estaría sola. ¿Y qué motivo pudo tener? ¿Las cincuenta mil de la herencia? Norris
sólo es ayudante de procurador, pero indiscutiblemente no tiene un pelo de tonto y es
probable que un día se convierta en socio de la firma. Viven en Springhill Lane,

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barrio nada adecuado para gente modesta. De momento podemos descartarlos. Julian
y su esposa estaban en Washington; como ya he dicho, Colum se encontraba en
Ankara y Roderick tiene una coartada, si la necesita, en su esposa, la au pair y su
desafortunado médico de cabecera, para no hablar de su hija enferma de paperas si la
interrogáramos.
La cámara de apelaciones de lo criminal, de la que formaba parte Adrian Dobson-
Flint, era la misma a la que había pertenecido Adam Knighton. Fue la muerte de la
esposa de Knighton —en esas circunstancias— la que probablemente despertó la
expresión de discreto pesar en el rostro del primer oficial, un hombre llamado
Brownrigg, que hizo pasar a Wexford y a Burden al despacho de Dobson-Flint.
El amigo de Adam Knighton era siete u ocho años más joven; se trataba de un
hombre a quien la peluca de abogado debía de sentarle muy bien, ya que era casi
totalmente calvo. Como tenía la cara sin arrugas, sonrosada y juvenil, presentaba el
aspecto de un skinhead. Su despacho también era atípico, pues no era polvoriento y
oscuro ni estaba atestado de libros; era una oficina fresca, pintada de color crema, con
alfombra amarilla y muebles de caoba, provista de una ventana que dejaba entrar la
luz del sol y que daba a un pequeño jardín tapiado.
—Caballeros, ¿en qué puedo servirlos?
La voz afable y modulada de Dobson-Flint anuló en el acto la imagen del
skinhead. Hablaba con el tono que las circunstancias imponían. Su rostro de bebé se
convirtió en una mueca de petulante congoja.
—Debo reconocer que es lo más sorprendente y espantoso que he oído en mi
vida.
Si esas palabras eran veraces, daban un sesgo muy extraño a las actividades
jurídicas de ese hombre a lo largo de los últimos veinticinco años. Wexford le pidió
que le informara acerca de los acontecimientos de la noche del martes. Dobson-Flint
se sentía a sus anchas a la hora de mencionar coartadas, horas, motivos por los cuales
la gente estaba en tal o cual lugar en vez de en otro. A pesar de que durante muchos
años había alzado la voz en público casi todos los días, el sonido parecía gustarle. Se
refirió lúcida y melifluamente a la cena, a la fecha de hacía varias semanas en que
habían recibido las invitaciones, a la hora de la llegada de Knighton a su piso y a la
hora en que ambos salieron y llegaron al Palimpsest. Había un deje de ligera
diversión, el mismo que habría mostrado si hubiera estado jugando con un testigo,
cual un pescador con un salmón. Por debajo parecía discurrir una pregunta tácita: ¿es
tan obtuso como para pensar remotamente en la posibilidad de que mi viejo amigo
Adam Knighton sea sospechoso de asesinato?
Si en algún momento había sentido pesar por la muerte de la esposa de su amigo,
ya estaba superado. Sus ojos de color azul claro chispearon. Se reclinó en el sillón
con las piernas cruzadas a la altura de la rodilla, descansó negligentemente un brazo
en el reposabrazos y con la otra mano se sujetó la barbilla.
—Como hacía una noche magnífica, optamos por no tomar un taxi y decidimos

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volver a pie —dijo—. Llegamos a la puerta de casa exactamente a las doce menos
dos minutos. Inspector jefe, supongo que ahora me preguntará con estilo secular por
qué estoy tan seguro de la hora, ¿me equivoco? Le diré que cuando levanté la mano
para introducir la llave en la cerradura, el señor Knighton me comunicó la hora y
añadió que veintiocho minutos de St. James a Bayswater Road era un buen promedio
para dos hombres que ya no estaban en la primera ni en la segunda juventud.
Con personas como Dobson-Flint, Wexford adoptaba una actitud seca y apagada.
Preguntó con voz monocorde:
—Señor, ¿vive solo?
—Sí, claro. Desde hace veinte años, desde que mi esposa y yo decidimos
separarnos por acuerdo mutuo.
Wexford no hizo el menor comentario sobre esa revelación matrimonial. Dobson-
Flint agregó:
—¿Prosigo? El señor Knighton y yo bebimos sendos vasos de Chivas Regal y nos
retiramos aproximadamente a las doce y veinte. Digo «aproximadamente» porque en
este caso el señor Knighton no comentó la hora. Más o menos a las ocho menos
cuarto de la mañana, me levanté, me duché, me vestí y estaba a punto de entrar en la
habitación del señor Knighton con una taza de té chino cuando él se presentó,
completamente vestido, y me comunicó su amable intención de desayunar conmigo.
Como tengo por costumbre, a las nueve y diez partí a ganarme el sustento y dejé que
el señor Knighton siguiera su camino alegremente aunque, en realidad, fue al
encuentro de una espantosa situación.
—Así es, señor. ¿El señor Knighton se queda a menudo en su casa?
—«A menudo» es una expresión incierta —respondió Dobson-Flint con su más
arraigado estilo de criminalista—. Alguien puede decir «a menudo voy al extranjero»,
dando a entender que deja el país tres o cuatro veces al año, y también puede afirmar
«voy al cine a menudo», lo que en este caso significa que acude dos veces por
semana a una sala cinematográfica. —Sonrió.
—¿Qué criterio se aplica a las estancias del señor Knighton en su casa?
—¡Ni uno ni otro! —Respondió Dobson-Flint con tono triunfal—. Tal vez sea
cierto afirmar que, en los tres años que han transcurrido desde su retiro y su mudanza
al campo, ha pasado la noche en casa un promedio de una vez y media por año.
Wexford se puso de pie.
—Señor, ¿hará ahora la pausa para almorzar?
—Si usted lo permite, inspector jefe.
—Señor Dobson-Flint, no lo pregunté en este sentido. Me refiero a que, como
indudablemente estará libre una hora, podemos aprovechar el tiempo y echarle un
vistazo a su piso.
—Por favor, ¿le parece necesario?
Wexford replicó con el mismo tono calmo:
—Es fundamental. Dispongo de coche. Le aseguro que no le crearemos

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demasiadas molestias.
Hyde Park Gardens, la serie de casas de mediados del siglo diecinueve que da a
Bayswater Road y a Hyde Park por Lancaster Gate, queda dividido en dos por Brook
Street. El sector este es más antiguo, extenso y lujoso. Allí está la embajada de Sri
Lanka y, según cuenta la leyenda, de una casa antaño propiedad del misterioso duque
de Portland (que siempre iba tapado con un velo negro) sale un pasadizo secreto que
corre por debajo de Baker Street. El piso de Adrian Dobson-Flint se hallaba en la
parte occidental de Hyde Park Gardens. Años atrás, Wexford había estado una vez en
el edificio, pero había utilizado la entrada principal, subido los escalones, franqueado
las puertas dobles, pasado delante de la portería y ascendido por la ancha escalera de
caracol. Suponía que haría lo mismo, pero Dobson-Flint indicó al taxista que se
dirigiera a Stanhope Place, que corre detrás de Hyde Park Gardens. Los hizo subir
hasta la puerta principal de un piso que, aunque situado en la planta baja de la parte
trasera, por delante se habría considerado sótano o semisótano. Wexford sólo tardó
unos segundos en deducir que desde esos pisos a los que se accedía por Stanhope
Place, los vecinos de Hyde Park Gardens podían entrar o salir sin utilizar la entrada
principal ni encontrarse casualmente con los porteros.
Desde el umbral, Wexford preguntó:
—¿A qué hora llegó el martes el señor Knighton?
—Yo llegué a casa a las cinco —respondió Dobson-Flint—. Digamos que a las
cinco y diez. Sí, creo que a las cinco y diez.
Entraron en el apartamento. Contaba con dos dormitorios y el destinado a los
huéspedes era el más cercano a la puerta principal. Dobson-Flint dejó las llaves en un
platillo de peltre que se encontraba en la consola, en el que ya había otro llavero y las
llaves del coche sujetas a una leontina.
—Señor Dobson-Flint, ¿tiene el sueño pesado? —inquirió Burden.
—Diría que sí, pues soy capaz de dormir en medio del peor atasco de tráfico de
Londres.
No había nada interesante que ver. Wexford preguntó:
—¿Los Knighton eran un matrimonio bien avenido?
No esperaba una respuesta sincera sino, lisa y llanamente, alguna respuesta.
Dobson-Flint respondió con exaltado y forzado entusiasmo.
—Se eran profundamente fieles. Se adoraban. Los Knighton son lo que suele
llamarse una familia unida. Hasta que esta terrible tragedia cayó sobre ellos, los
Knighton vivían el uno para el otro. Me parece que ninguno de los dos tuvo jamás
ojos para otra persona.
Dobson-Flint rechazó la invitación de Wexford para llevarlo de regreso y partió
en taxi, dejándolos en la calle, frente a la puerta principal de su casa.
—Habla demasiado —opinó Wexford pensativo.
—¿Se refiere a la mutua devoción de los Knighton? —preguntó Burden.
—La última frase es muy extraña: «Me parece que ninguno de los dos tuvo jamás

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ojos para otra persona». No es lo que se piensa cuando se analiza la felicidad
hogareña ni cuando hablamos de sesentones. ¿Por qué lo dijo? Mike, es extraño, pero
tengo la sensación de que lo ocurrido, y quizá de lo que está ocurriendo, tiene que ver
con personas treinta años más jóvenes que los Knighton. Tengo la sospecha de que se
trata de un crimen pasional… aunque no he conocido a ninguna persona menos
propensa a la pasión que la señora Knighton.
—¿Y el calvo de camisa almidonada también percibe lo pasional?
—Mike, no sea rígido. Pues sí, creo que sí. Knighton pudo regresar a Sussex en
plena noche, matar a su mujer y regresar varias horas antes de que Dobson-Flint se
esmerara preparando té chino.
—¿Cómo? No hay tren entre la una menos cinco y las siete menos veinte.
—No estaba obligado a viajar en tren. De hecho, el tren no le habría servido de
nada porque no habría podido llegar de Kingsmarkham a Sewingbury. Pero pudo
hacerlo en coche.
—Sabemos que no. Su coche estaba guardado en el garaje de Thatto Hall Farm.
—Mike, vayamos con tiento. ¿Qué hizo entre su llegada a Victoria a las cuatro y
cuarto y su aparición en Hyde Park Gardens a las cinco y diez? ¿Tardó cincuenta y
cinco minutos en trasladarse de Victoria a Lancaster Gate? Quizás estuvo haciendo
otra cosa. Pudo dirigirse a una empresa de alquiler de coches, alquilar un vehículo y
devolverlo a la mañana siguiente.
»Le bastaba con reservar un coche por teléfono, recogerlo a las cinco menos
cuarto, conducirlo hasta aquí y dejarlo aparcado delante de un parquímetro. Mientras
veníamos, me pareció que toda la zona está bordeada de parquímetros. Como el
horario de pago acaba a las seis y media, le bastaba con meter monedas para una hora
y media. En cuanto Dobson-Flint se acostó, Knighton dejó el piso, se sirvió un juego
de llaves del platillo de peltre, recuperó el coche alquilado y partió a Sewingbury… a
las tantas de la noche, el viaje sólo dura una hora. Entró por la puerta principal,
despertó a Adela, le disparó y se llevó el joyero. Luego cortó el cristal de la ventana
del lavabo, de regreso a la carretera, en cuyo arcén dejó aparcado el coche,
desperdigó las joyas y arrojó el joyero. Una hora después volvía a encontrarse en
Hyde Park Gardens y sólo eran las tres y media. ¿Qué le parece?
—Los riesgos eran excesivos —opinó Burden—. ¿Y si a Dobson-Flint se le
hubiese ocurrido entrar en su habitación?
—¡Imposible! ¿No se ha dado cuenta? A este tipo de individuos jamás se le
ocurriría hacer semejante cosa. Tal vez a sus hijos, pero ellos jamás. Dobson-Flint
sólo habría entrado en la habitación si Knighton hubiese gritado pidiendo ayuda… e
incluso así habría tenido reparos.
—A propósito, el hijo de Knighton vive en Londres —comentó Burden mientras
regresaban al coche—. ¿Por qué Adam Knighton no pasó la noche en su casa?
—Roderick Knighton y su esposa viven muy lejos, en Mill Hill. Demasiado lejos
si uno depende de taxis y de transportes públicos. Al menos creo que ésta es la

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explicación que Knighton daría. Claro que, si estaba organizando un viaje de
asesinato en plena noche, Bayswater Road queda muchísimo más cerca de Sussex.

Varios efectivos buscaban el arma en bordes de hierbas, setos, campos y senderos;


incluso vadearon el Kingsbrook a su paso por Thatto Vale. Wexford se preguntó si el
arma era propiedad de Knighton. Un criminalista retirado sabía perfectamente dónde
conseguir una automática. Como se había descubierto gracias a un delgadísimo
arañazo en la bala que había segado la vida de Adela Knighton, el arma corta
presentaba una protuberancia del tamaño de una cabeza de alfiler, una diminuta
imperfección semejante a una verruga, en el interior del cañón.
Era un día húmedo y gélido, más frío que de ordinario para esa época del año y
más oscuro que lo habitual para esa hora del día. Las colinas y los bosques
circundantes estaban cubiertos por la bruma gris. La pistola podía estar oculta en
cualquier parte: un pequeño tubo metálico en medio de incalculables toneladas de
tierra, mantillo y agua. También cabía la posibilidad de que estuviera limpia y
lustrada, cubierta con una tela afelpada y guardada en un cajón. El inspector jefe
subió por la calzada hasta Thatto Hall Farm.
De Estados Unidos habían llegado, esa misma mañana, Julian Knighton y su
esposa Barbara. Julian era bajito, fornido y de cara redonda, como su madre, y
rondaba la cuarentena. Sin duda los Knighton pertenecían a ese grupo de matrimonios
que, como la reina, habían tenido hijos en dos etapas. El primer par, los dos hijos
mayores, debían de tener diez y ocho años respectivamente cuando nació Jennifer, y
el matrimonio tuvo otro hijo dos o tres años más tarde, el aún ausente Colum.
Adam Knighton parecía enfermo, consternado por la pena. Tenía la cara tensa.
Wexford recordó lo asombrado, lo incrédulo que se mostró cuando le comunicó la
muerte de su esposa. Sólo un actor genial era capaz de fingir semejante intensidad de
sentimientos. Knighton miró al inspector jefe con ojos hundidos y atormentados.
Dado su estado de buena esperanza, la señora Norris se recostó en un sillón con los
pies en alto. Barbara Knighton bebía de un vaso algo que podía ser té helado o
whisky muy aguado. Su marido planteó una hipótesis a Wexford:
—Inspector jefe, me parece harto probable que el autor esperara encontrar una
caja de caudales. A decir verdad, en otra época mi padre tenía una caja de caudales en
casa, pero la quitó cuando los robos se convirtieron en moneda corriente en
Sewingbury. Su presencia parecía anunciar que uno quería proteger objetos de mucho
valor.
—Fue en los tiempos en que aún utilizábamos la casa como refugio de fin de
semana —intervino el padre—. Los domingos por la noche, antes de regresar a
Hampstead, solía guardar objetos de valor en la caja de caudales. ¿Es posible que
buscara algo así? ¿Existe esa probabilidad? ¿Cabe pensar que dispararan a mi esposa
por error? ¿Es probable que el autor la amenazara con la pistola si se negaba a decirle

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dónde estaba la caja de caudales y que, al negarse ella a hablar, el arma se disparara
accidentalmente? ¿Sirve de algo esta conjetura?
Knighton había sido un abogado lúcido, incluso genial. Era difícil creerlo ante
tamaños disparates. Wexford recordó comentarios de los periódicos: «El señor Adam
Knighton, defensor de…», «Magistral presentación de la acusación a cargo de Adam
Knighton…». Algo débil y blando se había apoderado del severo rostro aquilino.
Durante la estancia en China, había semejado el rostro de una noble ave de rapiña,
pero ahora las facciones parecían de cera y daba la impresión de que una mano cálida
las había rozado y emborronado. Alrededor de la boca se había producida una
patética relajación de los músculos. Wexford pensó a su pesar y finalmente se
convenció de que Knighton lloraba cuando estaba solo, cuando se metía en su
dormitorio y se aislaba de esos hijos considerados y que lo acompañaban en tan
penoso momento. Su rostro era el de un hombre que ha llorado hasta la saciedad.
—Señor, ¿alguna vez tuvo un arma?
La pregunta iba dirigida a Julian Knighton, que exclamó:
—¡Por favor, no! ¡Jamás!
Wexford desvió la mirada hacia Adam Knighton.
—Cuando llegué aquí y me consideré un caballero rural de fin de semana, tenía
una escopeta. La vendí hace cinco años.
Jennifer Norris susurró algo al oído de su cuñada. Ambas mujeres miraron a
Wexford con acritud.
—Si se me permite, me gustaría echar otro vistazo a la casa —dijo el inspector
jefe.
—Creía que mi hermano había dejado claro que en la casa ya no hay caja de
caudales —intervino Jennifer Norris con el tono que una castellana del siglo
diecinueve utilizaba para dirigirse al mayordomo.
—Está clarísimo. —Wexford miró a Adam Knighton.
—Inspector jefe, haga lo que quiera.
Al salir, Wexford cerró la puerta de la sala y subió hasta la habitación en la que
Adela Knighton había dormido sola la noche del martes y de la que había sido
perentoria y aterradoramente arrancada. Desde su vista anterior, alguien había hecho
la cama. El examen de la ropa de la señora Knighton no le permitió averiguar nada.
Tanto los bolsillos de los abrigos como los bolsos estaban vacíos. En el alféizar, entre
cortinas con rosas estampadas y recogidas con alzapaño, había un candelero de
porcelana, un pebetero y sujetalibros que abarcaban el material de lectura de una
persona que ha abandonado el hábito en la adolescencia: dos o tres obras de Jeffrey
Farnols, Precioso Bane, Historia de una granja africana, El cristianismo de C. S.
Lewis y Cranford de la señora Gaskell. Wexford buscaba algo que dos días antes no
había buscado conscientemente al registrar el escritorio de la planta baja.
El tocador sólo tenía un cajón. Wexford lo abrió: pañuelos, una caja de pañuelos
de papel, un paquete de horquillas, dos pañitos para lavarse la cara —aún sin estrenar

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—, una caja de cartón con algodón. Sendos bargueños de caoba sostenían lámparas
de porcelana rosada con pantallas de tul rosa. En cada bargueño había un cajón. El de
la señora Knighton contenía un frasco de aspirinas, dos pañuelos más, un anticuado
juego de manicura con mangos de plata, gotas nasales y un estuche con gafas; el de
Knighton guardaba un estuche con gafas, dos bolígrafos, un bloc, un tubo de pastillas
para la garganta y una máquina de afeitar de pilas en su bolsa de piel. Cada bargueño
tenía un pequeño armario debajo del cajón. En el de la señora Knighton había unas
chinelas de terciopelo negro perlado y un álbum de fotos de piel marrón; el de
Knighton contenía un montón de libros, sin duda su lectura de antes de dormirse de
hacía semanas o meses, del presente y probablemente del futuro inmediato. En
opinión de Wexford se trataba de una selección sorprendente.
Flor mortal, de Han Suyin, y un libro de lingüística titulado Sobre el chino. Esas
dos obras eran elecciones comprensibles pues recientemente Knighton había visitado
China. Ana Karenina, El retorno del nativo y Sonetos traducidos del portugués, amén
de Cartas de amor de los Browning, de Elizabeth Barrett. Wexford los miró intrigado.
Por su mente pasó la palabra «romántico». Con excepción del texto de lingüística, el
resto eran obras voluptuosamente románticas. No parecían el material de lectura del
abogado viejo, canoso, marchito y desdichado que se encontraba en la planta baja.
Pero estaban ahí porque las había leído, las estaba leyendo o tenía el propósito de
leerlas.
Abrió Sonetos traducidos del portugués en la página señalada por el punto de
lectura: «Si me amas, que no sea por nada / Salvo por amor al amor…». El punto de
lectura era un trozo de papel arrancado del bloc y en él figuraban unos pocos versos
apuntados con la letra estilizada y redonda de Knighton. No pertenecían a Elizabeth
Barrett ni era el fragmento citado por Knighton en el pretil de Kweilin, aunque
indudablemente se trataba de poesía china:

No mates a las ocas salvajes del sur;


deja que vuelen hacia el norte.
Cuando las cobres, abate a la pareja,
de forma que nada las separe.

Ciertamente, era muy curioso. Podía suponerse que Knighton lo había escrito
después de la muerte de su esposa, luego de que alguien la matara y los separara.
Wexford pensó que no, que Knighton no había escrito esos versos después del martes.
El papel estaba arrugado por el uso, por haber sido insertado infinidad de veces en el
libro de sonetos. Cuando salió al rellano y se asomó por la puerta abierta del
dormitorio «verde» de enfrente, vio la cama abierta y un batín de cuadros marrones
colgado del respaldo de una silla. El viudo había abandonado momentáneamente la
habitación compartida con su esposa.
Los cuatro seguían en la sala. Jennifer Norris continuaba recostada con los pies en

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alto. Su padre y ella bebían té. Barbara Knighton acomodaba las últimas rosas
estivales en un jarrón de cobre, capullos de octubre de la segunda o tercera floración.
Las rosas estaban algo desteñidas y pachuchas y parecían de papel.
—Señor Knighton, me gustaría hacerle una última pregunta. ¿Qué pasó con las
fotos que la señora Knighton y usted tomaron durante las vacaciones?
—¿Qué fotos?
—No aparecen en el álbum que encontré en la mesilla de noche de la señora
Knighton, aunque están todas las de las vacaciones anteriores.
—Papá, ¿tomaste fotos durante el último viaje?
Knighton vaciló. Wexford temió que se agarrara al clavo ardiente que se le ofrecía
y declaró con firmeza:
—Creo que no cabe la menor duda de que tanto usted como la señora Knighton
tomaron fotos.
Sus miradas se cruzaron. Wexford se preguntó si interpretaba correctamente la
expresión del viudo. ¿O acaso se imaginaba la reacción ante la realidad de que no
había nada más lamentable que el encuentro casual entre él y ese policía durante las
vacaciones en China?
—Sí, hicimos algunas instantáneas —replicó lánguidamente—. Si salieron, si
alguna vez las revelamos, seguro que andan por casa.
En Thatto Hall Farm no estaban.
Wexford no habló más del tema. Pensó en Adam Knighton, en su nostálgica
debilidad por lo romántico, en su actitud apática y por momentos atormentada u
obsesionada, en la posibilidad de que —amante de la poesía y de las grandes historias
de amor— hubiese apoyado una pistola en la nuca de su esposa para clavarle una bala
en el cerebro.
La investigación se realizó el lunes por la mañana y el funeral al día siguiente en
All Saints de Sewingbury. Y a habían comprobado que ninguna empresa de alquiler
de coches situada en un radio de tres kilómetros con respecto a la morada de Adrian
Dobson-Flint había alquilado un vehículo a alguien que respondiera a la descripción
de Adam Knighton. También se había suspendido la búsqueda del arma en las
proximidades de Thatto Vale.
Sewingbury cuenta con cuatro mil almas, campo de golf, convento, escuela de
señoritas, un molino abandonado a orillas del Kingsbrook y una extensa plaza de
mercado que por regla general está atestada de coches aparcados. La iglesia se alza en
mitad de la colina que conduce al río y a la nueva presa. El chofer de Wexford siguió
el camino de Springhill Lane, cruzó el puente recién construido, bordeó la ribera
donde acaba el sendero de Thatto Vale y subió por River Street.
La familia Knighton se había reunido en pleno: Adam, delgado, demacrado, con
la cabeza descubierta y vestido con un abrigo negro con cinturón; Roderick con traje
oscuro y corbata negra y Caroline, su esposa, con ceñido traje negro de chaqueta y
tacones de charol del mismo color. Julian y su esposa vestían colores claros, gris y

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verde respectivamente, pero quizá para compensarlo eran los más compungidos.
Wexford dedujo que el joven rubio de nariz picuda y la muchacha delgada, morena y
con rasgos griegos tenían que ser Colum y señora. Sólo faltaba Jennifer, pero estuvo
representada por su marido, que llegó tarde y a pie.
Al salir de la iglesia cuando acabó el oficio, después de la partida de la familia,
Wexford —que se había sentado en el último banco— miró casualmente hacia el
pasillo por encima del hombro. La mujer menuda y mayor, que recordaba del viaje a
China como la amiga de Adela Knighton, caminaba hacia él desde uno de los
primeros bancos. Wexford había olvidado su existencia hasta ese instante.
Notó que ella se sorprendió al verlo. Lo miró con la misma expresión que él debió
de poner al ver a su perseguidora de los pies vendados. La mujer desvió bruscamente
la mirada.
Wexford salió de la iglesia y la esperó en el atrio.

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—Soy Irene Bell. Por lo que recuerdo, en China no fuimos presentados.
—Yo soy el inspector jefe Wexford, del Departamento de Investigaciones
Criminales de Kingsmarkham. ¿Cómo está, señorita Bell?
—De modo que es policía y vive aquí. ¡Qué extraña coincidencia! Debió ser toda
una sorpresa para el pobre Adam. Está destrozado, ¿no le parece? Sinceramente,
todos estamos muy afectados. Adela y yo fuimos juntas a la escuela, nos conocíamos
prácticamente desde la más tierna infancia. Si no me equivoco, fuimos amigas
durante medio siglo.
—Es mucho tiempo —coincidió Wexford—. Señorita Bell, ¿podemos hablar?
—¿Quiere decir ahora mismo? Bueno, ¿por qué no? No pienso ir a la casa. No me
interesan las comilonas ni las borracheras de los funerales. Nadie pretende ser
irreverente, pero la gente olvida para qué ha ido, alguien empieza a reírse y la reunión
se convierte en pura jarana. En mi opinión, es de muy mal gusto.
Wexford asintió con la cabeza para expresar su acuerdo. Irene Bell parecía una
mujer de carácter.
—Después la acompañaré a la estación de Kingsmarkham. ¿Considera irreverente
una taza de té?
—Una buena taza de té caliente sería muy reconfortante —replicó la señorita
Bell.
Era baja y robusta, que no gorda, de cara redonda y facciones marcadas, con los
cabellos oscuros sin demasiadas canas y muy rizados por la permanente. El traje de
pantalón azul habría sido inadecuado para la ocasión y, además, muy ligero, ya que la
noche anterior había helado por primera vez y una suave y ligera escarcha aún
persistía en los rincones umbríos. Irene Bell vestía un traje de tweed gris oscuro,
blusa de seda beige y cómodos escarpines negros. Le contó a Wexford que hasta
hacía tres años había sido la encargada de la agencia de viajes de Swiss Cottage,
cerca de donde vivía. De hecho, fue esa agencia la que organizó el viaje transasiático
para los Knighton y ella. No era la primera vez que los tres salían juntos de
vacaciones. Había ido con ellos a Egipto y a diversos recorridos por Europa. Dijo que
así le hacía compañía a Adela, comentario que a Wexford le llamó la atención.
En pleno Kingsmarkham, Wexford la llevó al Willow Pattern, la cafetería de High
Street, y pidió té para dos. Irene Bell se negó a probar bocado, quizás en virtud de
que era impropio comer inmediatamente después de haber enterrado a tu mejor
amiga. Evidentemente, eso había sido la señora Knighton, una amiga íntima y
querida, tan próxima como una hermana; cuando la señorita Bell se refirió a ella en
esos términos, una expresión de profundo pesar demudó su rostro duro. Comentó que
era madrina de Jennifer, «tía Irene» para los jóvenes Knighton y tan íntima de la
familia como podía serlo alguien que no tenía lazos de sangre. Wexford la dejó hablar
un rato sobre su amistad de toda la vida con la difunta y notó que, pese a que llamaba

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por su nombre a todos los hijos de la señora Knighton y a que hablaba de sus hijos,
en ningún momento mencionó a Adam Knighton. Wexford la interrumpió para volver
sobre lo que ella había dicho en el coche:
—Antes dijo que le hacía compañía a la señora Knighton. ¿No le bastaba con la
de su marido? —Irene Bell se encogió de hombros y sonrió a medias. Wexford
prosiguió—: Señorita Bell, ¿era un matrimonio feliz?
—Alguien dijo que el matrimonio no es feliz en la misma medida en que tampoco
lo es la vida misma.
—Lo dijo Samuel Johnson. ¿Y usted qué opina?
—Señor Wexford, en un sentido amplio no tengo una gran opinión del
matrimonio. Persiste demasiado. Si durara, digamos, cinco años, me parecería una
institución excelente. ¿Hay alguien capaz de soportar a la misma persona mañana,
tarde y noche durante cuarenta años? Casi todos piensan que una mujer de mi edad no
se ha casado porque no tuvo oportunidades. Pues no es así. —Irene Bell rió. Fue una
risa seca que no tenía casi nada de divertida ni de agradable—. No soy muy atractiva
y nunca lo he sido, pero lo mismo puede decirse de la mayoría de las mujeres casadas
que nos rodean. Si la gente sólo se casara porque es bonita o encantadora, el mundo
estaría lleno de solteros. No, el matrimonio nunca me tentó. No me gusta mucho
compartir. No me interesan la cocina, las tareas domésticas, los bebés ni el sexo.
Reconozco que he probado el sexo. Lo intenté tres veces hace cuarenta años y, a mi
juicio, tengo suficiente para toda la vida. Hablaba del matrimonio en general. En
concreto, respondiendo a su pregunta, creo que los Knighton eran tan felices como la
mayoría. La pobre Adela sentía un gran afecto por él. Adela hizo su elección, la
respetó y fue una buena esposa, nadie tuvo jamás una esposa mejor.
Knighton no te gusta, se dijo Wexford para sus adentros. ¿O se trata de algo más
complejo? ¿Se debe a que alguna vez Knighton te gustó hasta la locura?
—Nunca tuvieron mucho que decirse. Cuando afirmo que no tengo una gran
opinión del matrimonio, me refiero parcialmente a esto. ¿De qué otro modo nos
comunicamos cuando todo está dicho y hecho? Se dicen muchas idioteces sobre el
lenguaje de las miradas, el lenguaje del amor, la comunión muda, todas esas bobadas.
Le aseguro que entre Adela y Adam no existía nada parecido. Adela no era una mujer
de ese calibre. Adam… bueno, debo reconocer que siempre me ha causado gracia que
un hombre leyera poesía.
—Casi toda la poesía ha sido escrita por hombres.
—Ésa es otra historia —dijo la señorita Bell—. No me líe. Me parece afectado el
que un hombre lea… ¿cómo se llaman? Ah, sí, sonetos.
—¿El señor Knighton le era infiel? —preguntó Wexford de sopetón—. ¿Tenía
aventuras con otras mujeres?
Irene Bell se sobresaltó. Estaba a punto de llevarse la taza a los labios.
Interrumpió el movimiento y bajó lentamente la taza hasta el platillo.
—Por Dios, no. ¡Qué idea descabellada! Tiene sesenta y tres años.

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—No siempre tuvo sesenta y tres años. Además, es un hombre muy apuesto y
posee lo que yo llamaría prestancia. —Wexford hizo una pausa. Cuánta intimidad y
sinceridad habían intercambiado en diez minutos, mientras bebían una taza de té.
Tuvo la sensación de que, en ese momento, no se habrían ocultado nada.
Lamentablemente Irene Bell no tenía nada más que decir. Wexford agregó—: Muchos
hombres de sesenta y tres años se horrorizarían ante la sugerencia de que su vida
emocional está cumplida.
La señorita Bell soltó un cacareo seco y bastante brusco.
—Ve que el fatídico día se aproxima, ¿no? Puede descartar esa hipótesis, Adam
nunca hizo nada semejante. ¿Con quién podía tener una aventura? Nunca vio a otra
mujer, salvo la esposa del pastor. Si cree que mató a la pobre Adela para liarse con
otra, se equivoca de todas todas. Adam sería incapaz de apuntar a alguien con un
arma, no hablemos ya de disparar. Dejó de cazar palomas porque llegó a la
conclusión de que no era ético. Una vez vi cómo lo picaba una avispa a la que intentó
echar por la ventana porque no quería matarla. —Volvió a reír y, con mano
temblorosa, depositó la taza en el platillo—. ¡Lo sabía! Esto se está convirtiendo en
una fiesta, en una juerga, y no quiero tener nada que ver. Me parece de muy mal
gusto. Le agradezco que me invitara a una taza de té y le agradeceré que ahora me
lleve a la estación.
Wexford intentó ganar tiempo:
—Señorita Bell, sólo cinco minutos más y luego la llevo. Quiero preguntarle algo
relacionado con China. ¿Recuerda la noche en que estábamos en el bar de la azotea
del hotel de Kweilin?
Irene Bell se estaba poniendo los guantes.
—Hacía un calor sofocante y en el tocadiscos sonaba «Navidades blancas». Claro
que me acuerdo.
—El señor Knighton tuvo un sobresalto y palideció. Vio algo o a alguien y quedó
profundamente perturbado. ¿Usted lo notó?
—Diría que no.
—Uno o dos minutos después, la señora Knighton dijo que se iba a dormir y tanto
usted como ella abandonaron la mesa.
—Es posible, pero no lo recuerdo.
—¿El señor Knighton no le comentó nada al día siguiente? ¿No le dijo nada a la
señora Knighton en su presencia? Por ejemplo, ¿no dijo «anoche vi en la azotea algo
que me dejó pasmado»?
—No. ¿Por qué no se lo pregunta a él?
—Es lo que haré. Usted tomó muchas fotos, lo mismo que la señora Knighton.
¿Su amiga le mostró las fotos que hizo?
—Hace algunas semanas —respondió Irene Bell—. Vino a la ciudad y, como de
costumbre, almorzamos juntas. Mientras comíamos miramos las fotos.
—¿Qué hizo la señora Knighton con sus fotos?

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—Se las llevó, por supuesto. Pensaba guardarlas en un álbum que había
comprado.

Wexford encontró a Burden y al doctor Crocker en su despacho del segundo piso de


la comisaría. Hablaban de armas. Burden tenía una réplica de una Walther PPK 9
mm, que le había quitado a un joven gamberro que la utilizó para amenazar a una
estrella pop de gira y que, una vez cerrado el caso, acabó inexplicablemente en el
cajón del escritorio de Wexford y allí quedó.
—Me siento más cómodo con el bisturí —dijo el médico—. Reg, ¿qué tal ha ido
el funeral? Me sorprende que gente que no es religiosa celebre funerales. Como
prácticamente han abandonado el devocionario, se convierten en encuentros
aburridos, incómodos y grotescos.
—Los funerales hay que celebrarlos, ¿no? —intervino Burden.
—Si quieres decir legalmente, la respuesta es negativa. La gente organiza
funerales porque cree que está obligada a hacerlo, pero no es así. Basta con que le
pidas al empresario de pompas fúnebres que disponga tranquilamente de ti cuando el
crematorio está libre. Eso es todo. Ten en cuenta que te costará casi lo mismo.
Actualmente un funeral asciende, más o menos, a quinientas libras.
Wexford, que hasta entonces había guardado silencio, se sentó ante su escritorio,
cogió la réplica de la Walther, la giró lentamente entre sus manos y dijo:
—Estaba en la azotea, bebiendo aguardiente, cuando de pronto vio algo que lo
dejó azorado. Atención, no fue algo desagradable, sino todo lo contrario. Me
arriesgaría a conjeturar que vio algo hermoso. ¿Qué demonios vio?
—Una chica muy guapa —aventuró el médico.
—Venga ya. Sólo pones esa cara al ver una chica guapa si has estado
incomunicado los últimos veinte años.
—¿Un viejo amigo? —preguntó Burden—. ¿Tal vez alguien que defendió hace
años y que pensó que no volvería a ver?
—En ese caso, ¿por qué no se levantó inmediatamente y fue a hablar con esa
persona? ¿Por qué se acercó al pretil, se asomó y se dedicó a recitar poesía china?
—Más vale que se lo pregunte a él.
—Se lo preguntaré, pero estoy seguro de que eludirá la verdad. Entre otras cosas,
tenemos que averiguar quiénes sabían que pasaría fuera de casa la noche del martes.
No le hemos prestado mucha atención a esta faceta y sospecho que había muchos
enterados. De buenas a primeras, todos los que asistieron a la fiesta de las bodas de
oro en el Palimpsest Club. Probablemente la mayoría de los conocidos de la señora
Knighton en Sewingbury. Y amigos o parientes a los que ella escribió o con quienes
habló por teléfono.
—O sea que te parece sospechoso que ocurriera justo esa noche —dijo el médico
—. Es extraño que un hombre que sólo está fuera de casa una vez al año vuelva y se

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entere de que su mujer ha sido asesinada precisamente esa noche.
—Lo que demuestra que fue premeditado. Tal vez por alguien que sabía que él
estaría fuera, tal vez por el propio Knighton en connivencia con un tercero o quizá
Knighton lo hizo solo.
—Estamos interrogando a todos los habitantes de Hyde Park Gardens acerca de la
posibilidad de que hayan visto a Knighton la noche de autos —dijo Burden. Titubeó y
añadió bastante avergonzado—: Sé que parece traído por los pelos…
—Es a mí a quien acusan de esas manías —lo interrumpió Wexford.
—Quizá es contagioso. Tal vez se debe a que… bueno, a que leo más que antes.
—Era de todos sabido que la culta esposa de Burden tenía la costumbre de
recomendarle libros, era una de esas raras personas a las que les gusta que les lean en
voz alta y había descubierto en su marido inesperadas dotes histriónicas para la
lectura. Burden se había ruborizado ligeramente—. Me refiero a la literatura,
reconozco que últimamente sólo he leído novelas.
Wexford estalló y citó a Jane Austen:
—¡Sólo novelas! ¡Sólo algunas obras en las que el conocimiento más profundo de
la naturaleza humana, la descripción más dichosa de su diversidad, las efusiones más
intensas de ingenio y humor se transmiten al mundo con el lenguaje mejor elegido!
—Ya está bien, que nos diga de una buena vez qué idea se le ha ocurrido —
propuso el doctor Crocker.
—Ocurre que… reconozco que parece algo salido de una novela de Conan Doyle.
Por otro lado, a veces uno se entera por la prensa… —Al ver que Wexford
entrecerraba los ojos impaciente, Burden añadió a la carrera—: Se habla de
exconvictos, en realidad de cualquier tipo de delincuentes, que juraron vengarse del
juez que los condenó. ¿Correcto? Estoy convencido de que nos hemos topado con
casos reales… al menos con intentos. Pensé que, dada la situación, en este caso puede
haber ocurrido algo de este cariz.
—Knighton no era juez.
—No, pero el acusado de un caso en el que Knighton actuó como fiscal pudo
sentir hacia él casi lo mismo que hacia el juez. Tal vez sintió que la presentación de
las pruebas en su contra por parte de Knighton influyó en el jurado más que el
resumen del juez. Puesto que, en virtud de la actuación de Knighton como fiscal,
alguien fue condenado cuando esperaba la absolución o recibió una condena el doble
de larga de lo que preveía, ¿no es posible que ese sujeto decidiera desquitarse en
cuanto lo pusieran en libertad? Por lo que recuerdo, Knighton asumió la acusación al
menos en doce casos. Los diarios publicaron su nombre con frecuencia.
—¿Quiere decir que mató a la señora Knighton para vengarse de su marido? —
Wexford se mostró interesado. La idea no le disgustaba—. Es una posibilidad, sobre
todo si, como dice, Knighton logró que le cayeran diez años en vez de cuatro o cinco.
¿Y por qué no le disparó a Knighton?
—Hay muchos hombres casados para los que la vida no vale la pena sin su esposa

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—acotó Burden. Miró preocupado al médico, como si esperase que se burlara de él
—. Es lo que sentí a la muerte de Jean y, esperando que no suene ridículo, debo decir
que es lo que ahora siento hacia Jenny.
Aunque sus compañeros no soltaron la carcajada, Burden rió estridentemente.
—Knighton llevaba casado mucho tiempo —dijo Crocker—. Por lo que presentan
las postales y las historietas humorísticas y todo lo demás, se diría que los
matrimonios dejan de quererse, pero no es cierto. El acostumbramiento a lo largo de
muchos años, las cosas compartidas, esa extraña unicidad… ¡Dios mío! Joven Mike,
aún no has tenido tiempo de enterarte: no sabes de la misa la mitad.
Irene Bell tampoco, pensó Wexford y citó:

No mates a las ocas salvajes del sur;


deja que vuelen hacia el norte.
Cuando las cobres, abate a la pareja,
de forma que nada las separe.

—¿De dónde lo has sacado?


Wexford dio una explicación:
—He pedido en la biblioteca que averigüen de dónde procede. Se trata de un
poema chino de una selección de versos T’ang, del siglo nueve. El poeta se llamaba
Shen Hsun y lo más curioso es que su esposa y él murieron a manos de un siervo.
Todo apunta a China. Tengo la sensación, la tuve casi desde que se produjo el
asesinato, de que la clave está en China.
—No te será fácil regresar —opinó el médico.
—No, pero al menos puedo visitar a las personas con las que Adela Knighton
recorrió Asia. No olvides que yo también las conocí. Hubo varias cosas raras… —
Les habló de los dos hombres que no se habían dirigido la palabra desde Irkutsk hasta
Kweilin, de la forma en que el señor Wong había muerto ahogado—. En China ambos
tomaron fotos, estaban todo el día con la cámara de aquí para allá. ¿Qué pasó con
esas fotos? ¿Por qué no están en el álbum de la señora Knighton ni guardadas en su
casa? Cada vez estoy más convencido de que tenemos que mirar a China y a lo que
allí sucedió. Ojalá hubiera prestado más atención. No podía saber qué ocurriría más
adelante, pero por lo general me gusta observar a la gente, mirar cómo actúa. Pero
estaba muy preocupado por la mujer de los pies vendados.
Crocker lo miró y preguntó:
—¿Qué mujer?
Wexford le contó tímidamente la historia. A menudo había pensado que debía
hablar con Crocker, pero hasta ese momento no lo había hecho. Si los síntomas
desaparecen, ¿quién se preocupa por las causas de la enfermedad? Aunque ni siquiera
había sonreído ante las confidencias maritales de Burden, ahora Crocker soltó la
carcajada.

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—¿Qué estuviste leyendo?
—Está bien, está bien. Leí Obras maestras de lo sobrenatural, pero no lo terminé.
—No cambiaría tu imaginación por todo el té chino.
—Todas las alucinaciones son producto de la imaginación. Pero eso no las vuelve
menos reales para el que alucina. ¿Crees que sólo se debió al libro y al insomnio?
—Y a que te deshidrataste y bebiste ese repugnante Maotai del que trajiste una
botella.
—Empiece a preocuparse si ve a la señora tambalearse por el puente de
Kingsbrook —apostilló Burden.
Wexford lo miró con simpatía.
—Puesto que no podemos correr el riesgo de dejar de investigar las posibilidades
de la venganza como motivo, ocúpese de averiguar las circunstancias presentes de
todos los delincuentes a los que Knighton acusó en los quince años anteriores a su
retiro. Y por las dudas, las de los delincuentes a los que su defensa no sirvió de nada.
Creo que estará bastante ocupado. En cuanto a mí, «dispararé una mina en China con
pólvora simpática».

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Donaldson fue a aparcar el coche mientras Wexford cruzaba Kensington Church
Street en dirección a la tienda sobre cuyo escaparate, con letra romana dorada, sólo
figuraba la palabra «Vinald». En el escaparate, en solitario esplendor, reposaba un
jarrón. No era una de las piezas que Vinald había adquirido en China sino un jarrón
alto como un hombre menudo, de porcelana negra que apenas brillaba, con el dibujo
de un dragón rojo sangre con garras doradas.
En el interior de la tienda había una alfombra negra, suave y mullida como el
pelaje de un felino. El local estaba discretamente iluminado por apliques de brazos
rococó dorados y por un único foco que iluminaba una espineta, clavecín o lo que
fuera. En la larga estancia se exhibían unos pocos objets d’antiquité más: frutas de
cera bajo una campana de cristal; un reloj de porcelana, en cuya esfera jugueteaban
un Eros y una Psique de porcelana de Chelsea; una jarra de cristal alta y delgada y,
sobre la consola, un libro de estampas de Audubon, abierto en la página donde
aparecía una foto de pájaros verdes y amarillos.
Wexford se presentó a la encargada y preguntó por Gordon Vinald. La mujer le
informó que el señor Vinald estaba en una subasta y no regresaría hasta última hora
de la tarde. Preguntó si le urgía verlo. Wexford respondió afirmativamente y añadió
que volvería más tarde.
—¿Le interesa hablar con la señora Vinald? Sé que está en casa. Telefoneó hace
unos minutos.
Ciertamente, Vinald no estaba casado cuando Wexford lo vio por última vez.
—No sabía que estuviera casado.
La encargada sonrió como si encontrara algo tierno o conmovedor en los
primeros tiempos de un matrimonio.
—Se ha casado hace un mes. ¿Quiere que telefonee a la señora Vinald? La casa
está a la vuelta de la esquina, en Searle Villas.
Wexford se apercibió de la situación. ¿Cómo no lo había previsto? Vinald se
había casado con Margery Baumann.
—Señor Wexford, la señora Vinald dice que si quiere pasar por su casa lo recibirá
con mucho gusto.
Searle Villas estaba justo a la vuelta de la esquina. El jardín de la número 16
seguramente daba a la parte trasera de la tienda. Se trataba de la casa en una hilera de
viviendas victorianas que, en Kingsmarkham, nadie habría mirado dos veces, pero
que sin duda en ese barrio valía medio millón. Lo hizo pasar, plumero en mano, una
joven negra de tejanos. La muchacha abrió una puerta y dijo indiferente:
—Aquí está.
La habitación era un museo amueblado, aparentemente, con sobrantes de la
tienda. En medio de la alfombra china estaba sentada una gata atigrada, corpulenta,
robusta y de pelaje exuberante, que al verlo dejó de limpiarse para clavarle sus

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brillantes ojos de circón. De pie junto a la chimenea de mármol, con un blanco brazo
apoyado en la repisa, se encontraba la bella y morena Pandora.

Pandora no lo reconoció. Probablemente ni siquiera había reparado en su existencia la


vez anterior. Mientras que un hombre de la edad de Wexford repara inevitablemente
en semejante mujer y la recuerda, para ella el inspector jefe carecía de realidad.
La mujer llevaba el pelo más largo, con flequillo simétricamente cortado estilo
paje, lo que le confería el aspecto de la reina egipcia. Se había pintado los labios de
rojo bermellón y los párpados de verde jade. Wexford llegó a la conclusión de que la
había visto antes —antes del encuentro en la azotea del hotel—, o de que Pandora se
parecía mucho a alguna beldad famosa. ¿Una estrella cinematográfica de sus años
mozos? ¿Hedy Lamarr? ¿Lupe Vélez? Pandora vestía ceñido jersey de seda negra y
falda de terciopelo estampado en rojo y negro y sus piernas eran las más bonitas que
Wexford había visto en su vida, incluso mejor torneadas —pensó deslealmente— que
las de su hija Sheila.
—Creo que ha venido para hablar de la difunta señora Knighton. ¿Me equivoco?
Wexford se sorprendió y frunció el ceño.
—¿Qué otro asunto lo traería por aquí? —El gangueo la convirtió en un ídolo con
los pies de barro, dejó de ser una diosa—. Viajé con ella hasta Hong Kong. Mejor
dicho, hasta Inglaterra, si incluimos el viaje en avión. Siéntese.
La gata saltó ágilmente a pesar de sus dimensiones y ocupó la silla antes de que
Wexford tomara asiento.
—Venga, Selima, fuera. —Pandora cogió a la gata y la arrojó en la chaise longue
—. Se llama Meditabunda Selima por algún motivo del que mi marido está al tanto,
tiene que ver con un poema.
—La más remilgada de los gatos atigrados —sugirió Wexford.
—Es posible. No soy muy dada a la poesía.
En cierto sentido, era poética. Cualquiera habría querido dedicarle un poema o
escribir un poema sobre su figura. Con una ligera sensación de desengaño, Wexford
se dio cuenta de qué hablaba Pandora. A pesar de su belleza y del perfil
hollywoodense, era de carne y hueso, terrenal.
—¿En qué puedo servirle?
—No estoy seguro, señora Vinald. Estoy confundido. ¿Usted viajó en el tren que
cruzó Asia?
Pandora negó con la cabeza.
—Conocimos al grupo del tren en Kweilin. Vi por primera vez a mi marido en el
hotel de esa ciudad. Estábamos realizando un viaje alrededor del mundo. Fuimos de
Auckland a Yakarta, de Yakarta a Singapur, de Singapur a Pekín. Después de Hong
Kong pensábamos ir a Bombay, pero repentinamente Londres se convirtió en un lugar
mucho más atractivo. Le recuerdo que no creo haber cruzado una sola palabra con la

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pobre señora Knighton. Me enteré de su nombre porque Gordon me lo dijo después
de que leyéramos en los diarios que la habían asesinado.
Wexford pensó que había llegado la hora de declarar que él también había estado
en China. Pandora se sorprendió y confundió. ¿Había seguido a la señora Knighton,
estaba vigilándola? No, no lo entendía. ¿Realmente había visto con anterioridad a
Pandora Vinald? Siempre cuesta trabajo entender que una mujer muy hermosa, sobre
todo de rostro delicado y tierna expresión, sea tan corta de entendederas. Wexford
llegó a la conclusión de que, por decirlo de la manera más amable posible, Pandora
Vinald no era muy inteligente. No se parecía en nada —salvo en un sentido vital— a
Margery Baumann.
—¿Ha visto a algún miembro del grupo del tren desde que llegó a Londres? —
inquirió Wexford.
—No, no hemos visto a nadie. Gordon opina que las amistades de las vacaciones
son una birria, que con ellas nunca se llega a nada.
—Nada que ver con los romances de vacaciones.
Tardó unos segundos en captar el sentido de esas palabras, pero en cuanto cayó en
la cuenta soltó una satisfecha carcajada. Meditabunda Selima se irguió y se lavó la
cara con frenesí, como hacen los felinos, como si de pronto una voz interior le
hubiese advertido de una mancha que la afeaba. Pandora Vinald dijo:
—La señora Knox nos envió una foto. Mejor dicho, se la envió a Gordon.
Estábamos nosotros y otras personas. No se nos veía bien: la foto dejaba mucho que
desear. Gordon dijo que no respondiera, que si contestaba le daría pie, pero me
pareció poco amable y me puse en el lugar de la mujer. —Sonrió y añadió
ingenuamente—: Le escribí para darle las gracias, le dije que la foto era bonita, una
mentira piadosa, y comenté que estábamos a punto de casarnos.
—¿Aún tiene las señas de la señora Knox?
La gata se bajó de la chaise longue, caminó majestuosa hasta la puerta y lanzó un
maullido agudo e impaciente. Como nadie le hizo caso, soltó una serie de cuasi
gritos.
—Basta, Selima, maldita bestia ruidosa. Está espantosamente consentida. La
anterior esposa de Gordon la dejaba hacer lo que le daba la gana, incluso afilarse las
uñas en unas piezas antiguas de valor prácticamente incalculable. Es insufrible. —
Abrió la puerta y la gata salió con una morosidad rayana en la insolencia—. ¿Ha
dicho las señas? En realidad, tengo la dirección de todos. La agencia de viajes envió a
Gordon una lista de las personas y sus señas antes de que salieran de viaje. Está en el
escritorio. ¿Le interesa?
Figuraban todos en orden alfabético:

Sra. H. Avory. 19 Oswestry Place, Rosia Bay, Gibraltar. Dr. C. Baumann y Sra. Four
Winds, Southwood Hill, Purley, Surrey.

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Dra. M. Baumann. 2 Crestleigh Drive, Guildford, Surrey. Srta. I. M. Bell. Flat 6,
Meleager Court, Queen Charlotte Road, Londres NW3.
Sr. L. Fanning (coordinador del viaje). 105 Kingsland House, New King’s Road,
Londres SW6.
Sr. A. D. Knighton y Sra. Thatto Hall Farm, Myringham Road, Sewingbury, Sussex.
Sra. L. Knox. 26 Redvers Lodge, Redvers Road, Rosia Bay, Gibraltar.
Sr. A. H. Purbank. 10 Fairmead Farm Court, Disraeli Road, Buckhurst Hill, Essex.
Sr. G. W. M. Vinald. 16 Searle Villas, Londres W8.

Agradeció la colaboración a la señora Vinald y se despidió. Afuera, adornando una de


las columnas que flanqueaban la puerta, Selima estaba sentada como una esfinge. Sin
pensar en lo que hacía, Wexford extendió la mano para hacerle una caricia y recibió
un arañazo que le dejó una hilera de puntos ensangrentados.
En casa de los Fanning, en el enorme piso situado debajo de World’s End, sólo
estaba la esposa, una mujer enjuta en cuya cabellera teñida se distinguían las raíces
canosas. Fue seca y poco atenta con Wexford. Su marido estaba nuevamente de viaje,
paseando a un grupo por el Egeo, y no regresaría hasta fin de mes.
Purley, donde vivían los Baumann, le quedaba de camino a casa, en la ruta de
Brighton Road. Wexford decidió que antes echaría un vistazo al que había sido el
hogar de los Knighton previa mudanza definitiva a Sussex. Pidió a Donaldson que lo
llevara a Hampstead.
Su conocimiento de Londres era superior al de Burden, pero igual dejaba mucho
que desear. Sólo cuando vio un letrero de Swiss Cottage se acordó de que Irene Bell
le había dicho que vivía en ese barrio, aunque él había pensado que las señas
correspondían a Hampstead.
—Intente dar con Queen Charlotte Road.
Donaldson sabía dónde quedaba sin necesidad de consultar el callejero porque,
mucho antes de unirse al cuerpo de policía, había intentado trabajar en Londres como
taxista y llegado al extremo de pasear por la ciudad en bicicleta para adquirir
«conocimientos». Meleager Court era una manzana que, en apariencia, se componía
exclusivamente de balcones de ladrillo rojo intercalados entre plátanos. Ese día Irene
Bell tenía el mismo aspecto que cuando la conoció, con un traje de pantalón gris que
en los años cuarenta —en plena juventud de Wexford— había recibido el nombre de
«traje de sirena». La mujer no se sorprendió de verlo.
—Inspector jefe, acabo de preparar nuestro veneno predilecto. Pase. Cuidado con
el escalón. En mi opinión, hay que ser inglés de pura cepa para tomar té a la una de
la tarde. ¿Le preparo un sándwich o ya ha almorzado?
—Pensaba comer en casa de mi hija. Vive colina arriba, en Keats Grove. Pero

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acabo de recordar que es jueves y que tiene función de tarde.
—Sheila Wexford —dijo la señorita Bell—. Usted es su padre. Y también otras
cosas. ¿Tiempo de mujerzuelas sigue en cartel? No es mi obra favorita, pero me
encantó su interpretación.
Wexford pensó que Irene Bell le caía la mar de simpática. Aceptó una taza de té y
un sándwich de jamón de York. Comentó que tal vez ella pudiera decirle en qué lugar
de Hampstead habían vivido los Knighton. Irene Bell se lo dijo mientras servía la
segunda taza de té.
—El otro día tendría que haber sido más amable —reconoció Irene Bell—. Estaba
afectada y no me pareció correcto. Hay tanto más que comentar, aunque no estoy
segura de que sean aspectos que le interesen.
—Todo me interesa.
—¿También cosas prehistóricas? —Frunció el ceño al tiempo que evocaba el
pasado. Añadió—: Espero que encuentre al asesino de Adela y que reciba su
merecido. Actualmente no pasará mucho tiempo entre rejas… supongo que unos
cinco años, tiempo que aprovechará para estudiar en la universidad a distancia. Luego
lo pondrán en libertad con un traje nuevo y cincuenta libras del cepillo de los pobres.
—No es exactamente así —dijo Wexford y no pudo disimular su sonrisa.
—¿Sabe una cosa? Tuvieron que casarse de penalty —comentó repentinamente.
—¿Cómo ha dicho?
—Adam y Adela. ¿No sabe qué significa la expresión? Se utilizaba tanto en sus
tiempos como en los míos. Ya no funciona. Ahora las chicas tienen hijos o abortan y
la mitad de las veces son los chicos los que les suplican que se casen. Adela se
enamoró de Adam a primera vista. La hermana de Adam había estudiado con
nosotras. Nos pidió que fuéramos damas de honor en su boda y así conocimos a
Adam. Las tres teníamos veinticuatro años y Adam veintiuno. Estudiaba en Oxford.
Creo que el otro día le dije que los hombres nunca me han interesado demasiado,
pero Adam era otra cosa. No era guapo, sino bello. Todas se pirran por un hombre
«alto, moreno y apuesto» pero, en mi opinión, nada supera a un rubio realmente
guapo. Aunque parezca pura sensiblería, Adam semejaba el dios de una pintura. Yo
sentía un gran afecto por Adela. A pesar de todo, creo que habría sido la primera en
coincidir conmigo al decir que nunca fue una gran belleza. Recuerde que Adela tenía
buena cuna, procedía de los Aylhurst. Se trata de una rama menor de los Aylhurst de
Staffordshire, un apellido de rancio abolengo.
Irene Bell hizo una pausa. Wexford no se esperaba que fuera tan esnob y le
sorprendió que la mujer se expresara con tanta sinceridad. También debía tener
presente que había sido la mejor amiga de la señora Knighton…
—Su padre era Gerald Aylhurst, magistrado del municipio. No entiendo cómo
Adam se interesó por ella. Nunca lo comprendí. Tal vez se sintió halagado porque
Adela era algo mayor, no lo sé. He oído decir a hombres de mi generación que en su
juventud sufrieron a causa de una profunda frustración sexual… nada que ver con lo

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que pasa actualmente, ¿eh? Tal vez fue por eso. Adela no se negó, aunque sin duda
usted recuerda que en 1939 las niñas bien solían decir no. Sea como fuere, quedó
encinta y, puesto que no existían dos soluciones Adam tuvo que casarse con ella.
Creo que jamás puso en duda que debía casarse con ella, pero le confió a su hermana,
y ésta me lo contó, que cuando le plantearon claramente la situación, decidió que
prefería morir. Dijo que estaba enamorado de otra mujer y que prefería suicidarse a
casarse con Adela.
—¿Quién era la otra?
—No me lo pregunte, ni ponga esa cara: yo no era la otra. Vamos, Adam
Knighton no me habría mirado dos veces. No sé quién era, tal vez una chica de
Oxford, y la verdad es que cuarenta años después no tiene la menor importancia.
Wexford coincidió en que, después de tanto tiempo, el asunto era irrelevante.
Irene Bell prosiguió:
—Como sabemos, no se suicidó. Los Aylhurst organizaron una boda de blanco
por todo lo alto en la iglesia del pueblo. Fue de muy mal gusto, porque Adela estaba
de cuatro meses y se le notaba. Adam regresó a Oxford, aprobó los finales, dicho sea
de paso obtuvo matrícula de honor, y en septiembre nació Julian. Debían de llevarse
bastante bien porque en noviembre del año siguiente Adela dio a luz a Roderick.
Corría 1941 y Adam partió con su regimiento al Lejano Oriente, creo que a Birmania.
Estuvo fuera cuatro años. A su regreso, se preparó para la magistratura, logró ingresar
y, como todos sabemos, tuvo mucho éxito. Solía verlos bastante a menudo.
Compartía piso con otra chica en Maitland Park y ellos vivían en una de las calles
próximas a Haverstock Hill, cerca de la estación de Belsize Park. Adam la trataba de
un modo peculiar, con una especie de paciencia tolerante pero exasperada. ¿Está
claro? Actualmente dirían que la reprimía constantemente. Recuerdo la vez en que,
cuando compraron el primer televisor, Adam dijo que quería ver Los hermanos
Karamazov. Adela preguntó: «Querido, ¿es un número del circo Palladium de
Londres?». Aunque jamás la leí, yo sabía que era una famosa novela rusa. Es el tipo
de error que puede cometer cualquiera. Suena a grupo de acróbatas, ¿no le parece?
Adam llamó a sus hijos y les dijo: «Oíd lo que acaba de decir la intelectual de vuestra
madre». Al rato telefoneó el marica de Dobson-Flint y Adam se lo comentó. Adela
tuvo dos hijos más. Creo que lo hizo para retener a Adam. No estoy segura, pero es lo
que pienso.
—¿Está diciendo que el señor Knighton tenía aventuras?
—No lo sé. Las cosas llegaron al extremo de que nunca estaba en casa. Solía
decir que se quedaba trabajando y tal vez fuera verdad. También estaba obligado a
recibir muchos invitados y lo cierto es que Adela siempre cumplió a las mil
maravillas con esa tarea. Como ya he dicho, era una buena esposa, se ocupaba de su
marido, se tomaba muchas molestias. Dio a luz a Jennifer y a Colum, pero este hecho
no pareció influir demasiado en Adam. Se habían mudado a Fitzjohn’s Avenue,
Adam dormía en casa y es todo lo que puedo decir. Fue cierto durante… ¿cuánto

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tiempo, cinco años? Sea como fuere, durante años, después del nacimiento de Colum,
Adela tuvo marido en la medida en que un hombre dormía en la otra cama de su
habitación. Más tarde, súbitamente, lo recuerdo a la perfección, debió de ser a finales
de los cincuenta, Adam regresó. Vivía en casa, comía allí, llevaba a pasear a Adela…
todo lo que se le ocurra. Fue como si hubiera sufrido una conmoción y recobrado la
sensatez. Estoy convencida de que Adela lo amenazó con dejarlo y llevarse a los
niños, quitárselos. Adam sentía un gran cariño por sus hijos. Lo cierto es que regresó
para quedarse. A partir de entonces fueron una pareja modélica, aunque nunca
tuvieron mucho que decirse. Le aseguro que del viejo Adam no quedaba nada. Estaba
mortalmente aburrido y resignado. La pobre y vieja Adela siguió machacando con
que era una buena esposa, pero se vio obligada a llevarme de vacaciones con ellos. La
capacidad de soportar a un hombre que no te habla durante días tiene límites. Por
favor, se entiende que no tenga una gran opinión del matrimonio cuando éste fue el
que conocí más a fondo.

Hermosa casa de múltiples habitaciones, de ladrillo rosa rubio, probablemente


eduardiana, con los aguilones y los cristales romboides a los que eran tan afectos los
eduardianos. Se alzaba en mitad de camino de la gran colina de Hampstead, a la
derecha. El jardín se componía de grupos de rododendros, una encina y un laberinto
ovalado. Mientras Wexford contemplaba desde el coche la casa donde los Knighton
habían convivido en tan penosa proximidad, por la puerta principal salió un hombre
de nariz ganchuda en albornoz. En los tiempos que corren, sólo un árabe puede darse
el lujo de comprar semejante casa y habitarla.
—El matrimonio es un acto desesperado —murmuró Wexford casi para sus
adentros—. Las ranas de Esopo eran muy sabias. Sentían gran afinidad por el agua,
pero no se zambullían en el pozo porque no sabían salir.
Donaldson guardó silencio. Sin embargo, esa noche le comentó a Loring que la
vida estaba repleta de sorpresas, que siempre habían supuesto que el inspector jefe se
llevaba bien con su esposa.
—Señor, ¿ahora vamos a Purley? —preguntó uno o dos minutos más tarde.
—A Purley y después a Guildford.
Se libraron de ese recorrido por Surrey. Del mismo modo que Wexford se había
sorprendido al ver que Margery Baumann no le abrió la puerta de la casa de Vinald,
ahora se sobresaltó al ver que abría esta otra. Margery Baumann lo reconoció en el
acto y se asombró como cualquiera que viera en la entrada de la casa de sus padres al
mismo hombre que tres meses antes había conocido en China de manera casual.
Wexford explicó que era inspector de la policía y la causa por la que estaba allí.
Margery Baumann entendió más rápido que Pandora Vinald. Margery dijo que como
los viernes no tenía quirófano hasta tarde, pasaba la velada con sus padres. Ya habían
recorrido el pasillo de paneles de madera de la opulenta casa de los Baumann, estilo

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años treinta, y entraron en un salón donde el matrimonio Baumann tomaba el té al
estilo de los años treinta: sándwiches de pepino, pan con mantequilla y mermelada de
fresa, bizcocho y natillas. El doctor Baumann llevaba pantalón gris de franela, camisa
blanca, corbata con los colores de su universidad y chaqueta deportiva; su esposa
lucía un vestido de tarde floreado y collar de perlas. Servía el té con tetera de plata.
La situación se parecía exactamente al escenario de una obra de los tiempos de la
comedia de salón y, de no ser por el estado otoñal del jardín y por el cielo plomizo,
cabía esperar la entrada inesperada, a través de las puertaventanas, de un joven con
pantalón de franela y raqueta de tenis en la mano.
Wexford calibró la escena mientras Margery informaba a sus padres sobre su
cargo y el motivo de su visita. Cuando acabó su discurso, los Baumann se mostraron
menos desconcertados.
—Ya que ha venido, siéntese y tome una taza de té —invitó lánguidamente la
señora Baumann.
—Lilian, supongo que le encantará probar un trozo de tu exquisito pastel. —El
doctor Baumann se puso de pie—. Iré a buscar un plato. Reconozco que no tengo
claro por qué ha venido, pero sé que él no sería el hombre por quien le tengo si no le
gusta el extraordinario pastel de mamá.
—Señor Wexford, ¿leche y azúcar?
—Se lo agradezco, pero no tomo azúcar.
—¿Qué es exactamente lo que quiere que le digamos? —quiso saber Margery.
—En principio, todo lo que recuerden de los Knighton. Muchas gracias, es muy
amable de su parte. —El doctor Baumann acababa de regresar con un plato del
servicio de té y una pequeña servilleta con borde de encaje. Wexford, que estaba
intermitentemente a dieta, se vio obligado a aceptar una generosa ración de bizcocho
de limón relleno de mermelada—. Viajaron en tren con ellos. Me gustaría que me
informaran de todo cuanto recuerden.
—Ajá, de modo que eso es lo que este hombre quiere —sintetizó el doctor
Baumann—. ¿Qué dices, querida? ¿Y tú, Margery? Este hombre se sorprenderá de lo
observadoras que son mis mujeres. ¿Qué opina del pastel? —preguntó a Wexford con
tono imperioso.
Era la primera vez que el cirujano se dirigía directamente al inspector. Wexford
había llegado a la conclusión de que el médico adquirió la costumbre de hablar en
tercera persona por sus referencias constantes a pacientes postrados en beneficio de
los discípulos.
—Es muy rico. Señora Baumann, ¿tendría la amabilidad de transmitirme la
impresión que le causaron los Knighton?
La había dejado profundamente apabullada.
—No me causaron la menor impresión. Eran… ¿cómo decirlo? Se trata de gente
corriente, muy simpática. Llegamos a esa conclusión, ¿no, Cyril? Me refiero a
entonces, al día en que hablamos de los demás miembros del grupo, ya sabe, los

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comentarios de rigor. Le dije a mi marido que los Knighton me caían muy simpáticos,
lo mismo que la mujer que los acompañaba, la señorita Bell. El señor Knighton es
abogado, recuerdo haber leído su nombre en los periódicos. Me pareció un hombre
muy informado.
—Ella es antisemita —espetó Margery de sopetón.
Una sombra cruzó fugazmente el rostro de la señora Baumann. Su marido sonrió
demasiado amplia y tolerantemente. A Wexford no se le había ocurrido pensar que
eran judíos, pero no cabía duda de que lo eran.
—Es una cuestión bastante desagradable —explicó Margery—. Resultó muy
embarazosa. No me gusta que la gente se llame judía gratuitamente y ella tachó de
viejo judío a su marido cuando éste no quiso gastar dinero ya no recuerdo en qué. Mi
madre perdió a toda su familia en el holocausto… ¿La señora Knighton se paró a
pensar lo que sintió mi madre?
—No fue la primera vez ni será la última en que tu madre y yo nos veamos
obligados a soportar semejantes comentarios. —Baumann tomó de la mano a su
esposa—. Pero no es esto lo que a él le interesa. Quiere que hablemos de amenazas,
chantajes e intentos de asesinato. Y de revólveres que se disparan en medio de la
noche y de arsénico en el chop suey.
—No creo que…
—Por favor, no. No hubo nada de eso. Sé que los hombres como usted buscan
algo en lo que hincar el diente. Margery, este hombre está convencido de que jamás
leí una novela policíaca.
Wexford reprimió un suspiro. Lloviznaba y caía la tarde. Margery encendió un
par de apliques y una lámpara de mesa en cuya pantalla de pergamino estaba pintado
un galeón.
—Señor Wexford, en realidad no advertimos nada excepcional en los Knighton.
—Entonces les preguntaré otra cosa. ¿Recuerdan la noche en que todos
estábamos sentados en una mesa del bar de la azotea del hotel de Kweilin? Me refiero
a ustedes tres, el señor Vinald, los Knighton, la señorita Bell y yo. Aquella noche
Knighton vio algo que lo dejó pasmado, pareció llevarse una enorme y agradable
sorpresa. Me gustaría saber qué vio.
Divertido ante una peculiaridad que atribuyó más al inspector jefe que a
Knighton, el doctor Baumann rió y meneó la cabeza. ¡Qué pregunta! ¿Qué respuesta
esperaba?
—Debo decir que no noté nada —respondió la señora Baumann satisfecha de sí
misma.
La hija de los Baumann miró a Wexford.
—Sin duda fue aquella chica guapísima, la que hizo tan buenas migas con
Gordon Vinald durante el viaje de retorno. Pandora no sé qué más. Una chica de
Nueva Zelanda. Cuando llegó a la azotea, todos los hombres se volvieron para
mirarla. —Cuando mencionó a Vinald, su voz dejaba traslucir un deje de malestar,

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pero no de dolor—. Yo reparé en la expresión del señor Knighton. Se sorprendió de
ver súbitamente una joven tan llamativa… bueno, una joven hermosa.
—Yo ni siquiera la vi —declaró el doctor Baumann con tono triunfante.
—Papá, es posible que tú no la vieras, pero diría que todos los hombres que
estaban en la azotea repararon en ella. Sé exactamente a qué se refiere el señor
Wexford, vi lo mismo que él. Supongo que el señor Knighton es muy sensible a la
belleza, que en el grupo brillaba por su ausencia, ¿no es así? Lo que me sorprendió de
los integrantes del grupo era que todos parecíamos más viejos que Matusalén.
—¡Margery! —exclamó su madre—. ¡No eres más que una joven! En la señorita
Pandora no sé qué más, no vi tanta belleza como para tanta alharaca.
—Ahora es la señora Vinald —informó Wexford.
La señora Baumann puso cara de pocos amigos y su hija se mostró cínicamente
divertida.
—Se lo tiene bien merecido —opinó la señora Baumann—. No me cayó bien, no
era nada simpático. Y estoy segura de que no es trigo limpio, los anticuarios nunca
han sido honrados.
—¡Mamá, no exageres! Fue muy amable con nosotros. Estás encantada con el
pequeño jarrón y nunca lo habrías comprado si Gordon no te hubiese dicho que valía
mucho más de lo que pedían por él. Y es verdad. Señor Wexford, mi padre lo hizo ver
por un experto y el tasador dijo que valía trescientas libras. No está mal si pensamos
que mamá lo compró por veinte.
Margery cogió un pequeño jarrón azul y blanco de la mesa de café y se lo entregó
a Wexford. Para el inspector era inconcebible que alguien pagara trescientas libras
por semejante birria: una pieza de cerámica tosca, blancuzca y jaspeada con un pájaro
azul y unos cuantos garabatos. En la base llevaba un pequeño sello rojo.
—No se puede sacar de China ninguna pieza que tenga más de ciento veinte años
—añadió Margery—. En las antigüedades estampan el sello rojo para demostrar que
están dentro de los límites y que, en consecuencia, pueden salir del país.
Wexford le devolvió el pequeño jarrón.
—¿Sabe por casualidad por qué motivo discutieron el señor Vinald y el señor
Purbank, hasta el extremo de no dirigirse la palabra a partir del momento en que el
tren salió de Irkutsk?
Margery rió.
—Sé que no se dirigieron la palabra, pero ignoro las causas. Gordon dijo que
Purbank era «una persona muy desagradable» y no dio más explicaciones.

Wexford regresó a casa, a otro matrimonio bien avenido y casi anciano: el propio.
Dora veía por la tele una vieja película británica, Mariposa de la nieve, con Trevor
Howard y Milborough Lang.
—Me gustaría saber si dentro de treinta años la gente verá las películas

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antológicas de Sheila.
—Si tenemos en cuenta que jamás ha rodado una película, lo dudo —respondió
Wexford—. No querrás que se vaya a Hollywood, ¿verdad?
—Me gustaría que, además de actuar en el teatro, interpretara un par de películas
de primera. Claro que existe esa vieja serie de televisión, pero no la tengo en cuenta.
Me gustaría que se la recordara… bueno, que su belleza quedara inmortalizada. En un
escenario maravilloso y en una película tan fina como ésta. Al fin y al cabo, ¿cuál
será el aspecto actual de Milborough Lang? Debe de rondar los cincuenta y cinco.
Wexford siempre hacía lo imposible para arrancar a su esposa de esos arrebatos
nostálgicos. Claro que para él Dora tenía prácticamente el mismo aspecto que cuando
se casaron. Cuando aparecieron los créditos, el inspector se levantó y apagó el
aparato.
—Ojalá hubieras estado conmigo en Kweilin. Habrías observado a la gente.
Habrías charlado, como de costumbre, habrías llegado a conocer a todos. No te
habrías dejado distraer por… alucinaciones, como me ocurrió a mí.
Dora se mostró ligeramente preocupada.
—Reg, ojalá supiéramos a qué se debieron esas alucinaciones.
—Al insomnio y al Maotai.
—No me lo creo. Dudo que hayas bebido más de dos sorbos de ese brebaje.
Wexford se encogió de hombros.
—Tal vez habrías podido explicarme la razón por la cual un hombre que ve pasar
una chica bonita por la azotea pone cara de haber contemplado a la virgen María.
Sonó el teléfono. Era Burden.
—He recibido más ayuda de la que cabía esperar de Brownrigg, primer oficial del
juzgado donde trabajaba Knighton. Es meticuloso y tiene archivados todos los casos
juzgados en los últimos veinte años. Lo llamo porque, desde mediodía, le ha
telefoneado tres veces un tal Vinald. Le daré su número.
Wexford marcó y atendió el propio Vinald:
—Inspector jefe, ¡cuánto me alegro de que haya llamado! Intenté ponerme en
contacto con usted desde que mi esposa me informó de su visita. —La voz sonaba
cordial, zalamera y muy nerviosa—. Me gustaría saber exactamente qué quiere de mí.
—Señor Vinald, sólo pretendía recabar toda colaboración que usted o su esposa
pudieran prestarme sobre el señor Knighton y su difunta esposa.
Hicieron una breve pausa. Vinald carraspeó.
—Hay algo más, ¿verdad? No creo que sea lo único que busca.
Wexford se devanó los sesos. Intentaría seguirle la corriente, aunque a tientas.
—Supongo que recuerda tanto como yo la última noche en Kweilin.
—Por supuesto. Y soy consciente de que se impone una explicación más
esclarecedora. Creo que debería comenzar por el momento en que nos reunimos en el
bar de la azotea…
—Señor Vinald —lo interrumpió Wexford—, preferiría no hablar de este tema

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por teléfono. Mañana iré a visitarlo. Nos veremos en su tienda a las doce en punto.
—De acuerdo. Estaré esperándolo. Le aseguro que existe una explicación muy
simple y racional de la cuestión…
—Buenas noches, señor Vinald —dijo Wexford con firmeza.
Era mejor confrontarlo por la mañana y oír la historia cara a cara. Disfrutó con la
sensación de suspense, de revelación postergada. Era posible… no, probablemente
era seguro que al día siguiente Vinald le contara lo que tanto había afectado a
Knighton en la azotea.
Wexford creía saberlo, aunque no en sus más íntimos detalles: Knighton había
visto a Pandora Vinald. Claro que no había sido la mera visión de una muchacha
atractiva lo que desencadenó su expresión. Los que lo habían sugerido no midieron
sus palabras. Era la visión de esa belleza concreta y Knighton no puso aquella cara
porque la veía por primera vez, sino porque volvía a verla, quizá después de algunos
años.
La muchacha que antaño había significado mucho para Knighton —¿la muchacha
que había amado?— apareció en la azotea y por pura casualidad él estaba ahí, alzó la
mirada y la vio con alegría, asombro y estupor.

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Tercera parte

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El inspector Burden era un conservador convencional que creía a pie juntillas en la
ley y el orden. La menor transgresión de dichos principios lo irritaba, y despreciaba a
los delincuentes. Esa extraña compenetración con la mente delictiva y sus vericuetos
que algunos policías poseen hasta el punto de que no hay mucha diferencia entre ellos
y su moral, y los criminales y la propia, era ajena a Burden, le repugnaba. Tal vez por
eso fuera un policía con menos éxito del que cabía esperar. Entre los delincuentes y
Burden se extendía un gran abismo que se tornaba más ancho y profundo a medida
que envejecía.
Era un hombre insensible y le faltaba compasión. Fiel a un estereotipo que no
tenía por tal, solía decir que se guardaba la compasión para la víctima del atracador,
el asediado cabeza de familia e, incluso, para el fisco. Era un creyente convencido en
la justicia del castigo y formaba parte de esa mayoría de policías —con la que
Wexford no tenía nada que ver— partidarios de la reimplantación de la pena capital.
No sólo como castigo al asesinato de policías. Le resultaba incomprensible que los
franceses, lo bastante sensatos para mantener la guillotina durante tanto tiempo, ahora
postularan su abolición.
Los reincidentes le desagradaban aún más que los jóvenes alborotadores y los
atracadores. Su esposa le había enseñado aquella palabra, él solía llamarlos
exconvictos, pero a la hora de la verdad daba igual. Antes de salir de casa le comentó
a Jenny que le había tocado la mala suerte de pasar el día, quizá los próximos días,
buscando a exconvictos. Y sin la satisfacción del ama de casa que persigue
cucarachas, ya que cuando los encontrara no podría hacer nada.
Sentía una aversión muy poco profesional por Adam Knighton, pero tenía que
verlo antes de salir a trabajar. Renie Thompson le abrió la puerta. Lo hizo pasar a la
sala donde, ligeramente sorprendido, comprobó que su jefe ya había llegado, que
estaba sentado frente a Knighton y a punto de concluir un interrogatorio sobre el tema
que lo obsesionaba. En los últimos días, Knighton se había puesto más demacrado,
calzaba pantuflas y se cubría los hombros con una gruesa chaqueta de punto gris. Se
había convertido en un anciano, ya no quedaban huellas de su prestancia y estilo.
Wexford saludó a Burden con la cabeza y el viudo intentó levantarse de la silla.
—Señor Knighton, por favor no se levante —pidió Wexford—. Si es tan amable,
me gustaría que siguiera pensando en lo que acabo de preguntarle.
Knighton se encogió de hombros. Tenía el ceño fruncido.
—Ya le he dicho que apenas lo recuerdo. La situación ha perturbado mi memoria
—reconoció amargamente, como quien recuerda una época idílica que nunca volverá
—. Fue realmente hermoso, ¿verdad? Creo que fue el panorama más bello que he
visto en mi vida. Supongo que si en la azotea puse cara de sorpresa, fue por la belleza
del espectáculo. —Una sonrisa espectral surcó su rostro y lo convirtió en una
calavera.

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Wexford hizo un gesto de impotencia y se volvió hacia Burden. Había hecho lo
imposible. El hombre mentía, sin duda, y esa última frase era muy ambigua. Burden
planteó la posibilidad de que el asesinato fuera obra de alguien que quiso
«desquitarse» del antiguo fiscal. La sonrisa desapareció de labios de Knighton y dio
la sensación de que estaba a punto de desmayarse. Cogió de manos de Burden las
listas confeccionadas por Brownrigg.
Knighton tardó unos instantes en dominarse, pero lo intentó. Habló con tono casi
normal:
—Veo que figura Hayward. Gilbert o «Gib» Hayward. Me amenazó en el
juzgado. El jurado acababa de entregar el veredicto de culpabilidad y Hayward
esperaba la sentencia. Cuando el juez le preguntó si tenía algo que añadir, profirió
amenazas a gritos contra mí. Fue muy alarmante, pero en realidad no podía hacer
nada. He recibido anónimos, pero de nada le servirán porque son anónimos, ¿no es
así? —Knighton barbotaba como loco, pensó Burden, con tal de decir algo, lo que
fuera, en lugar de revelar sus verdaderos sentimientos, sus más recónditos temores—.
Ah, aquí figura este otro, Peter Kevin Smith. Fui su defensor. Por algún motivo,
pensó que no había hecho bien mi alegato. Le cayeron cinco años y al día siguiente su
madre fue a verme, logró llegar hasta mi despacho en el juzgado, entró y amenazó
con que su hijo me mataría en cuanto saliera.
—Señor, ¿alguno de estos nombres le produce la sensación de que hay alguien
que podría haber hecho algo más que proferir amenazas?
Knighton devolvió las listas como si no le gustara tenerlas, como si le
desagradara el contacto del papel con sus manos.
—Ninguno. Me figuro que ninguno llevó a la práctica semejante amenaza contra
mi… mi esposa. ¿Es tan persistente la memoria del ser humano?
—La de algunos, sí —apostilló Wexford enigmáticamente. Añadió—: Todo
depende de lo que quieran recordar.

¿En qué sentido podía serle útil la información de las listas?


Podía descartar a los que Knighton había defendido con éxito y a los que había
acusado sin éxito. Quedaban tantos que Burden llegó a la conclusión de que debía ser
implacable, dividirlos según las circunstancias de cada caso, quizá pasar por alto los
delincuentes menores y ocuparse sólo de asesinos, homicidas, ladrones a mano
armada y delincuentes agresivos que habían provocado graves lesiones. ¿Podía correr
el riesgo de suponer que no había sido una mujer? En un primer momento pensó que
sí. Fue incapaz de imaginar que una mujer que no rivalizara personalmente con Adela
Knighton la arrancara de la cama, la obligara a bajar y le disparara a sangre fría. Sería
muy distinto si se tratara de una amiguita de Knighton, una mujer que tuviera motivos
para odiar a Adela o estar resentida con ella. Pero a Knighton no se le conocía
ninguna amiguita.

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El asesino tampoco podía ser un viejo chocho. La edad de Knighton era la
máxima que Burden podía atribuirle a alguien capaz de trepar y colarse por la
ventana; a sus sesenta y tres años, Knighton estaba delgado y se mantenía en forma.
El asesino tenía que ser delgado y, como máximo, de edad madura. Empezó a
confeccionar su lista, en la que, en lugar destacado, figuraban «Gib» Hayward y Peter
Kevin Smith, que a la sazón contaban, respectivamente, cincuenta y dos y cuarenta y
seis años. Sin embargo, podían estar gordos e incluso muertos.
Hayward había matado a un hombre en una reyerta a las puertas de un pub del
oeste de Londres y Peter Kevin Smith había golpeado a una anciana en el estómago y
le había reventado el bazo antes de forzar la caja registradora de su estanco. Limitó la
lista, descartó mujeres, mayores de sesenta y cinco, falsificadores, estafadores,
ladrones vulgares y corrientes, asaltantes de bancos —aunque no estaba seguro de
que fuera lo correcto— y acabó con dieciséis sospechosos. De hecho, en los archivos
de Brownrigg había más personas agradecidas que hostiles hacia Knighton. Sin duda,
había sido el tipo de abogado que idolatran periodistas y delincuentes aguerridos:
espectacular, poco escrupuloso, ingenioso, acerbo y sutil.
Viajó con Wexford hasta el punto en que sus caminos se dividían. Aunque había
encomendado a Martin que visitara a «Gib» Hayward en Brighton, se proponía ver
personalmente a Peter Kevin Smith.
—Aún vive con su fiel y solidaria madre —comentó Burden antes de que se
despidieran.
Wexford se quedó el coche y Burden cogió el metro hacia Mile End.
En esta ocasión Meditabunda Selima estaba sentada en el escaparate, no al
costado del jarrón alto, sino junto a la tela afelpada azul que cubría la peana. Estaba
cómodamente enroscada y parecía un sillón mullido, de color marrón leonado. La
mujer de las grandes gafas no estaba. Si no hubieran concertado una cita en el hábitat
natural de Vinald, quizá Wexford no lo habría reconocido. En China siempre había
llevado tejanos. Su aspecto era muy distinto con el traje de buen tweed gris oscuro,
camisa blanca impecable y corbata gris con zigzag. Parecía más viejo, más inteligente
y mucho más afable.
—Inspector jefe, tome asiento. Estoy encantado con su visita.
El comentario llamó la atención de Wexford porque, para cualquier inteligencia
menos refinada, habría sido evidente que estaba allí por obligación más que por
altruismo. Escogió una silla que supuso era Hepplewhite porque en una ocasión había
detenido a un hombre que robó media docena. Vinald se sentó enfrente, en el cojín de
raso amarillo del confidente. Se inclinó en actitud de intimidad y se lanzó en voz baja
hacia… ¿hacia qué? ¿La respuesta a una pregunta implícita, una perorata sobre la
iconoclasia o, simplemente, una defensa?
—Inspector jefe, estoy seguro de que estamos de acuerdo en que China queda
muy lejos y es una tierra muy extraña para nosotros. ¿Quién sabe cuánto durará el
régimen actual? ¿Qué significan treinta años? En términos históricos, es nada. La

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próxima camarilla que asuma el poder lo hará a través de una revolución sangrienta.
¿Qué sucederá durante la próxima insurrección? Prácticamente lo mismo que ocurrió
durante la Revolución Cultural: la anarquía. Ejércitos formados por jóvenes de
dieciséis años a los que la máxima autoridad les dirá que destruyan todas las
antigüedades que encuentren. ¿Sabía que en cada aldea de China había un templo, ya
fuera taoísta, budista o confuciano, y que en muchas había un templo de cada
tendencia? ¿Dónde están ahora? Conocemos la respuesta: destruidos, arrasados y sus
emplazamientos están arados, como ocurrió en la antigua Cartago. Cuando los
sentimentales se quejan de nuestros presuntos robos en China durante, por ejemplo, la
rebelión de los boxers, doy gracias a Dios por esas… apropiaciones. Gracias a Dios
en el Museo Británico tenemos el trono de la emperatriz viuda. ¿Se imagina lo que
habrían hecho los guardias rojos con esa maravilla?
Wexford no sabía a qué apuntaba Vinald, pero era evidente que se sentía culpable.
Preguntó con ecuanimidad:
—¿Qué habrían hecho?
—Sólo un idealista romántico insiste en decir que el fin no justifica los medios. El
fin consiste en salvar para el mundo tesoros artísticos de incalculable valor. Y no son
patrimonio exclusivo de China sino, indiscutiblemente, de toda la humanidad. Son
nuestra herencia porque el arte hermana a todos los hombres. Por consiguiente,
sostengo que debemos coger lo que podamos, por medios lícitos o ilícitos… y no es
que mis medios sean ilícitos, en absoluto. —Gracias a su larga experiencia, Wexford
empezaba a captar el sentido de las palabras de su interlocutor. Vinald añadió más
seguro—: Mi escala es bastante reducida… Apenas habría imaginado que valía la
pena mientras…
—Señor Vinald, si el cuerpo de policía llegara a la conclusión de que lo que usted
considera una escala bastante reducida no vale la pena de ser investigado, la anarquía
pronto reinaría en nuestro país. —Estaba decidido a llegar al fondo de las palabras de
Vinald, pero no era ése el momento oportuno—. Puesto que es tan sincero conmigo,
creo que no le molestará responder a unas pocas preguntas. —Vinald se había puesto
muy nervioso—. Para empezar, ¿dónde estuvo la noche del primero de octubre?
Wexford se sorprendió de que Vinald no necesitara pararse a pensar. Había
personas con una memoria excelente, que en un abrir y cerrar de ojos podían decirte
qué habían hecho cualquier noche de las últimas dos semanas. Wexford pertenecía a
esa categoría.
—Estuve toda la noche en casa con mi esposa. Ya sabe dónde vivo, en las Villas,
a la vuelta de la esquina. La madre de mi esposa se presentó con un amigo, un
operador cinematográfico o algo parecido, después de la cena. Se quedaron casi hasta
medianoche y luego mi esposa y yo nos fuimos a dormir.
Wexford le pidió las señas de la suegra y así se enteró de que tenía un piso en
Cadogan Avenue.
—No sé dónde vive su acompañante. Recuerdo que se llama Phaidon, Denis

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Phaidon, con pe hache.
Como si estuviera a punto de irse, Wexford se incorporó y preguntó con engañosa
displicencia:
—A propósito, ¿por qué discutieron el señor Purbank y usted durante el viaje en
tren a Irkutsk?
—¿Cómo?
Wexford repitió pacientemente la pregunta.
—¿Y qué tiene que ver con todo esto?
—¿Con qué, señor Vinald?
—Con el hecho de que yo compre antigüedades o de que asesinaran a la señora
Knighton —murmuró Vinald.
—No es más que otra de las pequeñeces por las que nos parece que vale la pena
preocuparse —replicó Wexford.
Vinald se encogió de hombros.
—De todos modos, no lo recuerdo. Ocurrió hace mucho tiempo. Hice todo lo
posible por olvidarlo y lo he conseguido. Ese individuo no era más que una persona
muy desagradable.
Al moverse los gatos nunca hacen ruido. Wexford reparó en que Meditabunda
Selima había abandonado el escaparate sólo cuando percibió un ligerísimo susurro
junto a la pernera del pantalón. La gata caminó majestuosa y lentamente hacia la
trastienda como si fuera la dueña del cotarro y no hubiera nadie más.

La vieja acudió a abrir la puerta y miró a Burden con tanto odio y desprecio que el
policía supo que no podía dar crédito a la coartada que presentara en favor de su hijo.
No fue necesario que la madre presentara una coartada. En primer lugar, en los
diez años transcurridos desde que salió de la cárcel, Peter Kevin Smith había
engordado demasiado para colarse por la ventana. En segundo lugar, llevaba la mano
derecha escayolada y era diestro. Se la había fracturado en una caída en la calle —
borracho, supuso Burden— y para demostrar que ocurrió antes del primero de
octubre, mostró la tarjeta de citas del servicio de traumatología del hospital donde lo
atendían, y en la que figuraban visitas que se remontaban al 18 de septiembre.
El siguiente en la lista era Sidney Maurice Wills, de Southwark. Resultó más
interesante que Smith porque era delgado, enjuto, fuerte y estaba en plena forma.
Además, sólo era un treintón y llevaba menos de un año en libertad. Knighton había
sido fiscal en un extraño caso en el que declararon a Wills culpable de complicidad
en un asesinato y de ocultar un cadáver. Se había encargado de deshacerse del
cadáver de una mujer muerta a navajazos por un amigo suyo y posteriormente lo
había enterrado en unas obras de carretera.
—En lugar de perder el tiempo conmigo, tendría que averiguar a quién le pagó el
cabrón de Knighton para hacer la faena.

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—Vaya, ¿le pagó a alguien?
—Es lógico, ¿no se da cuenta? No lo hizo personalmente, del mismo modo que es
incapaz de reparar un enchufe o de ocuparse de su Rolls Royce. Seguro que contrató
a un profesional. Por ejemplo, a Chipstead. Estaba con la pandilla de Lee, no sé si
todavía vive, últimamente no me mezclo con esos tipos, es sólo un decir. Por favor,
¿tendré que enseñarle a hacer su trabajo?
Wills tenía una coartada casi tan buena como la de Smith; mejor dicho, la tendría
en cuanto la verificaran. Había pasado una semana de vacaciones en Minehead con
una chica a la que llamaba su prometida y regresado a Londres el 3 de octubre.
Le quedaban ocho londinenses más por ver. Los restantes apuntados vivían en el
norte de Inglaterra y recibirían la visita de la policía local. Del octeto londinense,
George Lake había celebrado las bodas de plata en un restaurante de su barrio natal
de Wandsworth hasta la una de la madrugada; Mojinder Singh, sij de Southall, había
estado en casa con su numerosa familia, compuesta por esposa, suegros, dos
hermanos y seis hijos; Norman Trimley y Brian Gage estaban demasiado gordos;
Henry Rossi había cumplido los setenta y dos y le fallaba el cerebro; George
Catchpole había estado trabajando en un turno de noche y Walter «Silver» Perry…
—¿Cree que Silver es capaz de hacerle daño al señor Knighton? —gritó la señora
Perry en el piso de protección oficial en lo alto de la torre de Bethnal Green—. Silver
adora el suelo que pisa el señor Knighton. Le salvó la vida.
Burden estuvo a punto de ponerse a llorar. Comprendió que había embrollado las
listas. Todo se debía a que le había tocado cumplir una tarea que le resultaba harto
desagradable. Silver Perry había matado a cachiporrazos a un vigilante nocturno
varios años antes de que abolieran la pena capital. Al menos eso creían todos los
lectores de periódicos del país; sin embargo, la genialidad de Adam Knighton logró
su absolución. Burden recordó lejanamente que el acusado vendió su historia a News
of the World y, mientras evocaba, la señora Perry depositó en sus manos un álbum de
recortes. Ahí estaba la media página, el primer capítulo, amarilleada por el paso del
tiempo. «Creo sinceramente que debo mi cordura y, sin duda, mi vida, al señor
Knighton…». ¡Vaya con los periodistas! Estaba devolviendo el álbum de recortes
cuando entró Perry en persona.
Era un hombre alto, casi sesentón, con el pelo como el de una vieja que acaba de
lavarse, marcarse y peinarse. El de Silver era de color metálico natural, naturalmente
rizado y, según la foto de News of the World, tenía el mismo aspecto que cuando
contaba treinta y tres años. Miró a Burden con cara de cura y dijo seriamente:
—Sacrificaría mi vida por el señor Knighton.
—¿Seguro? No sé de qué le serviría.
Silver continuó con su discurso como si Burden no hubiera abierto la boca.
—Lamenté enterarme de su gran pérdida. Al decir de todos era un marido tan
fiel…
Burden no había oído en ningún sitio que Knighton fuese un marido fiel. Se

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marchó y como el ascensor no llegaba, bajó los cuarenta y cinco metros por la
escalera.
Le faltaba ver a un hombre. Coney Newton, que también vivía en el East End,
había violado a una chica y luego la había acuchillado, pero no de muerte. Casi un
año después, cuando la muchacha se recuperó, Knighton la ridiculizó en la barra de
los testigos, pero el jurado no quiso saber nada y Newton fue condenado a ocho años
de cárcel. Con excepción del paranoico Newton, nadie podía decir que Knighton no
había hecho lo imposible por él.
—Tenga en cuenta que no le guardo rencor. Le dije a Silver que no estaba
cabreado con el picapleitos ni lo consideraba a él responsable de…
—¿Qué Silver? —preguntó Burden.
—Silver Perry, uno de mis amigotes. Fue por él, por lo que dijo en los papeles,
que decidí que me defendiera Knighton. Les dije que quería un tío llamado Knighton
y que no crearía problemas. No estoy resentido, claro que no, pero podría haberme
ahorrado problemas. Tanto jaleo, eso de decirle al jurado que la chica se lo había
buscado, no me sirvió de nada, fue puro espectáculo. También se lució usando un
montón de palabras largas, haciendo que la tía se ruborizara y arrancando carcajadas.
Le repetí al infinito que debió limitarse a decir que yo no estaba presente. Es verdad,
no estaba presente. Lo único que pretendía era que él dijera la pura verdad, que no
estaba presente.
—¿He de suponer que responderá lo mismo cuando le pregunte dónde estuvo la
noche del martes primero de octubre?
Coney Newton miró atentamente a Burden. Era un cincuentón delgado,
demacrado y canoso, con una muralla de dientes grises y salientes. En todos los
sentidos, un pájaro de cuidado.
—Le aseguro que no estaba en ninguna parte donde no debiera estar —respondió
y dio una rebuscada explicación acerca de que aquella noche había estado en un pub
en compañía de un tal Rocky, cuyo apellido ignoraba; más tarde en casa de su
hermana y por último en un club a la vuelta de Leicester Square con el «viejo Silver».
—¿Estuvo en el club en compañía de Silver Perry?
—Es lo que acabo de decir.
—¿Hasta qué hora?
—Creo que hasta las dos —replicó Newton y volvió a mirar atentamente a
Burden.
Tendría que comprobarlo, lo mismo que las coartadas de Lake, Singh y
Catchpole. Probablemente el club —Newton dijo que se llamaba El Vídeo— estaba
cerrado a esa hora, pero Burden tenía que hacer tiempo antes de reunirse con
Wexford. Cogió el autobús y subió al primer piso: su modo predilecto de pasear por
Londres.
En realidad, primero tendría que haber visitado a Newton, para comprobar luego
la coartada con Perry. Sin duda, a Perry jamás se le ocurriría apoyar la falsa historia

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de alguien que pretendiera hacer daño a su héroe. Antes que nada, visitaría El Vídeo.
Tal como cabía esperar, estaba cerrado. Dado el endurecimiento de las leyes
contra la pornografía, las fotos que aparecían en la estrecha cartelera con cristal
contigua a la puerta sólo eran lánguidos primeros planos de nalgas y senos, bocas
suculentas y pródigos flancos. De la puerta colgaba un letrero de cartón en el que se
informaba que el club era privado y sólo para socios; debajo un cartel anunciaba un
concierto de rock. Había tres timbres y Burden hizo sonar el del medio.
Un rato después una joven negra con bermudas de terciopelo y camiseta roja
abrió la puerta. Miró a Burden, le advirtió que hasta las seis no había nada que hacer,
que sólo se recibía con cita previa y entonces pareció enterarse de que Burden
preguntaba por el club. Rió tontamente y dijo que Moggy abría a las ocho. Burden
caminó por Charing Cross Road y se preguntó qué tal le iría a Wexford.

Purbank no quiso decirle el motivo de la disputa. También declaró que lo había


olvidado y, como era más reservado que Vinald, no añadió que ese individuo era una
persona muy desagradable.
Su piso en los límites de Epping Forest formaba parte de una casa de
apartamentos con ventanales enormes que daban a las copas de los árboles. Purbank
resultó ser contable y trabajaba en casa, en una amplia habitación tristemente
amueblada en moderados tonos de color gachas de avena, cartón y barro. Al igual que
Vinald, se puso muy nervioso con la visita de Wexford. Cuando el inspector le
preguntó si había estado en contacto con algún miembro del grupo del tren, en
concreto si alguno le había enviado fotos, lo negó con la vehemencia de quien suplica
que no lo agredan.
No parecía saber nada de nada sobre los Knighton. En el tren, los solteros se
congregaron y los matrimonios guardaron las distancias, aunque en todo momento los
Knighton habían formado un trío con Irene Bell. Negó que en el bar de la azotea del
hotel de Kweilin hubiese reparado en algo extraordinario, salvo en lo que denominó
música «absurda». Al recordarlo, rió nervioso.
Wexford llegó a la conclusión de que las posibilidades de que Purbank hubiese
asesinado a Adela Knighton eran infinitamente remotas. Sin embargo, se sorprendió
de que Purbank no pudiera dar cuenta de sus movimientos durante la noche del
primero de octubre. Se limitó a decir que había estado solo en casa, al menos eso
suponía, no lo recordaba con claridad, pero pensaba que había estado solo en casa y
que no había recibido visitas ni llamadas telefónicas. Parecía un hombre sin amigos,
no tanto un solitario sino aquél cuya actitud aburrida y descortés a un tiempo espanta
a todo amigo potencial.
Con la cabeza cargada de ideas sobre China, recordando el país y preguntándose
dónde demonios habían ido a parar las fotos que Adela Knighton tomó en China,
Wexford cruzó el vestíbulo de la casa de apartamentos de Purbank y se encontró cara

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a cara con un chino. En otras circunstancias no lo habría mirado dos veces, ni siquiera
en Kingsmarkham, donde por lo menos había un restaurante chino. A pesar de todo,
estando donde estaba lo miró con la misma cara con que lo habían contemplado los
chinos de Changsha.
El hombre le habló afablemente en un inglés algo agudo.
—Buenas tardes. ¿Busca a alguien?
Wexford recobró el dominio de sí mismo.
—No. Gracias de todos modos.
Para ser chino, era alto; rondaba la cuarentena y parecía profesional por el traje
oscuro, la corbata de seda color ciruela y el maletín de cuero rojo oscuro. Aunque con
acento, su inglés era fluido y correcto.
—Hace un día horrible —comentó el chino—. Empieza el frío. —Sonrió y se
alejó rumbo al ascensor.
Wexford echó un vistazo a las placas con los nombres que había encima de los
timbres. Número 7: Y. S. y M. Hsia. Ahí estaba la madre del cordero. Purbank vivía
en el 8. Nada impedía que Purbank tuviera un vecino chino. En su país había muchos
miles de inmigrantes procedentes de Hong Kong, Taiwan y Singapur. La mayoría
vivía en las ciudades y en los suburbios, en un piso de Buckhurst Hill como en
cualquier otra parte. Sin embargo, era extraño. El hecho lo llevó a pensar en Purbank,
al que casi había descartado por insignificante, bajo una nueva perspectiva.
Recogió a Burden en el lugar acordado, junto al Puente de Londres. Llovía
copiosamente y el inspector permanecía en pie bajo el paraguas.
—Tenemos que echar un vistazo a la cuenta bancaria de Knighton —dijo
Wexford—. Hay que averiguar si ha retirado cantidades elevadas desde que regresó
de China.
Burden preguntó incrédulo:
—¿Se lo imagina contratando a un asesino profesional?
—Como todos, Knighton no está más allá del bien y del mal. Mike, da lo mismo
lo que Knighton le haya dicho a su esposa e hijos, lo cierto es que el asesinato no es
patrimonio exclusivo de la clase obrera. El que se haya manifestado en esos términos
no es más que una expresión de su debilidad de carácter, de su labilidad, y acrecienta
mis sospechas sobre su culpabilidad. Lo creo más capaz de contratar a un asesino
profesional que de hacerlo por su propia mano.
—Tal vez eso explique por qué está tan avergonzado —dijo Burden con
inesperada sagacidad—, por qué parece odiarse tanto a sí mismo.

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13
Si los Vinald despertaban en él más interés que cualesquiera otros miembros del
grupo del tren, se debía a que estaba casi convencido de que fue el hecho de ver a
Pandora Vinald —entonces soltera— lo que suscitó aquella expresión extraordinaria
de asombro en el rostro de Knighton. En alguna parte y por alguna razón Knighton ya
la había visto y, si su cara podía tomarse como indicativo, había algo más que el mero
hecho de verla. El paso siguiente consistía en visitar a Jennifer Norris en su «antigua»
casa de Springhill Lane.
Ese día se parecía más que nunca a su madre. Acababa de hacerse la permanente
y su cara brillaba como una moneda recién acuñada. Wexford esperaba que lo hiciera
pasar una mujer de la limpieza o el equivalente actual de una criada, y que lo guiara
hasta una estancia de lujo opulento. Se sorprendió de encontrarla sola y de que lo
guiara hasta una habitación modestamente amueblada. La señora Norris no le ofreció
asiento.
—¿Quiere saber a qué otros sitios fueron de vacaciones mis padres? ¿Quiere decir
desde que papi se retiró?
—Señora Norris, le agradecería que retrocediera cinco años.
¿Qué edad tenía Pandora? Sin duda era más joven que Jennifer. Tal vez no
superaba los veinticuatro.
La mujer no respondió de inmediato. Le era imposible desaprovechar la
oportunidad de explayarse sobre la prosperidad y el ascendiente social de su familia.
—Le diré una cosa, mami tenía algo que llamaba su fondo para vacaciones. Así
sacaba el máximo provecho de su dinero. Quería viajar de verdad, en lugar de
practicar en enero los deportes de invierno consabidos y de pasar el verano en una
playa del Mediterráneo, como hacen las masas. —Esa frase estuvo a punto de dejar
sin aliento a Wexford. No dijo esta boca es mía—. Angus invirtió los fondos por
cuenta de mi madre y ella retiraba dinero siempre que querían hacer un viaje. Era
fantástico. Así hicieron el viaje a China. A mami le encantaba viajar.
Wexford asintió con la cabeza.
—¿Adónde fueron la primera vez que apelaron a… bueno, la primera vez que
utilizaron esos fondos?
—Creo que a Egipto. Aunque tal vez estuvieron en Tailandia y Java. Creo que en
algún momento fueron a México, pero no estoy absolutamente segura. En una
ocasión visitaron Yugoslavia y Corfú. —La señora Norris descartó los Balcanes por
considerarlos un paseo de segunda que merecía la misma atención que la costa sur de
Inglaterra—. Pero eso fue hace al menos seis años.
Sin perder la paciencia, Wexford le preguntó si alguna vez sus padres habían
visitado Nueva Zelanda.
—Nadie va a Nueva Zelanda de vacaciones, ¿no le parece? —Era una chica de
horizontes limitados—. Tenemos una especie de primo lejano en Sídney, o tal vez en

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Melbourne, por ahí abajo, y pasaron una temporada con él, creo que un mes.
—¿Pasaron un mes en Australia? ¿Cuándo?
—Ay, hace siglos, han pasado seis o siete años.
Era como forzar la situación. A Wexford le costó trabajo figurarse que un
Knighton de cincuenta y seis años saltara de Sídney a Auckland y se enamorara de
una chica de diecisiete. Al fin y al cabo, ¿qué daba a entender semejante
comportamiento? ¿Que siete años después la chica seguía amándolo, que se había
reunido en China con él y se había cargado a la esposa rival?
—Mami tenía planeado un viaje a la India y Nepal —dijo Jennifer Norris—.
Pobre mami, pensaba viajar en febrero.
Por primera vez Wexford percibió indicios de sentimientos profundos en la
expresión de Jennifer Norris.
Al recorrer el pasillo rumbo a la puerta principal, en las paredes de una especie de
estudio Wexford vio algo que, nada más llegar a comisaría, lo hizo llamar al sargento
Johnson. Éste estaba al tanto de todo.
—Señor, desde hace años Norris tiene licencia de armas en vigor. La tenía mucho
antes de casarse, cuando aún vivía en el piso de High Street. Pasamos revista y nos
ocupamos de que guarde bajo llave el material mortal. Lo que vio colgado de la pared
son, básicamente, viejas escopetas para cazar aves, fusiles de chispa y otras
chucherías por el estilo. También dispone de armas modernas. Tengo aquí una lista
actualizada de todo lo que posee.
—¿Y no tiene una Walther PPK?
Johnson negó con la cabeza.
—Al comenzar la investigación del caso, cuando usted dio las directrices, fue el
primero que visité.
No podía ser de otra manera.
Wexford entró en su despacho y encontró dos paquetes con la correspondencia.
Uno había llegado por correo y el otro —un sobre de papel de estraza grande y sin
sellos— fue entregado en mano. Fue el primero que miró. El sobre contenía un
ejemplar de librería de viejo con una selección de cuentos de Sheridan Le Fanu —el
escritor Victoriano de lo macabro— y un trocito de papel arrancado de un fajo de
recetas, en el que estaba garabateada la palabra Len. Wexford se preguntó qué
tramaba el doctor Crocker, pero no había leído nada de Le Fanu y pensó que le
vendría muy bien para relajarse durante la tarde del sábado y el domingo, que
pensaba tomarse libres.
En el otro paquete, el que había llegado por correo, no había el menor indicio
sobre la identidad del remitente. Wexford quitó el papel de estraza y encontró ocho
carpetas de cartulina de las que utilizan los servicios de revelado fotográfico. En lo
alto de cada carpeta figuraba el apellido «Knighton». Sin duda, eran las instantáneas
que los Knighton habían tomado durante las vacaciones y se las había enviado un
ilustre desconocido. En el paquete aparecían con letras de imprenta su nombre y las

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señas de la comisaría de Kingsmarkham. El matasellos era de Londres: Chingford, E.
4.
Examinó minuciosamente las fotos. No hacía falta ser muy perspicaz para saber
que faltaban tres o cuatro fotos. También se habían esfumado los negativos
correspondientes, ya que la tira de celuloide estaba cortada. Por consiguiente, ningún
«fallo de revelado» explicaba su ausencia. ¿Cuáles eran las que faltaban?
Las primeras seis carpetas contenían fotos de Europa del Este y Rusia, incluida
una de una estación de trenes rusa que las autoridades habrían incautado de haber
conocido su existencia. Las fotos ausentes correspondían a las dos carpetas restantes,
las de China. Wexford reconoció Changsha, el sepulcro de la marquesa de Tai en
Mawangdui, la casa natal de Mao en Shao Shan. Había varias imágenes de las
montañas en forma de rizo de Kweilin, evidentemente tomadas desde la azotea del
hotel. Luego no había nada hasta la estatua de las cinco cabras de Cantón. ¿Qué se
había hecho de la excursión por el río Liao, el paseo más espectacular que puede
hacerse entre Pekín y Hong Kong? ¿Los Knighton habían dejado la cámara en el
hotel? Wexford sabía que no. Recordaba a Adela Knighton en cubierta, tomando
fotos de los pescadores con cuervos marinos, las aldeas, las embarcaciones con velas
cuadradas de color naranja. Por algún motivo, de momento insondable para Wexford,
alguien —el remitente del paquete— había retirado esas fotos e indudablemente las
había destruido junto con los negativos.

Knighton no se opuso a que investigaran su situación económica. Impávido, entregó a


Wexford los últimos extractos de cuenta, de los que recibía uno por mes. Cuando
Wexford le preguntó por qué se los enviaban con tanta frecuencia, Knighton
respondió que hacía un año había quedado en números rojos a causa del pago de un
débito que no recordaba. Desde entonces el banco lo mantenía al corriente mediante
extractos periódicos. Antes de retirarse había tenido una cuenta personal, pero desde
la jubilación su esposa y él sólo operaban con la cuenta conjunta. Los extractos
correspondían a dicha cuenta. Knighton llamó por teléfono a su sucursal y pidió al
interventor que diera a Wexford información sobre la cuenta personal, cerrada hacía
tres años.
En los extractos del año anterior nada indicaba que hubiera retirado una
considerable cantidad de dinero cuyo fin no pudiera explicarse. Mensualmente
ingresaba una buena suma que, dedujo Wexford, era la pensión de Knighton; también
había inyecciones de cantidades mayores, probablemente intereses de las inversiones
de Knighton o de su esposa. En abril ingresaron en cuenta cuatro mil libras,
claramente procedentes del fondo para vacaciones de la señora Knighton, y dos
semanas después retiraron una cantidad equivalente para pagar por adelantado la
excursión en tren. Evidentemente, Knighton no había retirado una sola libra para
pagar a un asesino.

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Claro que era imposible saber si esa cuenta personal era la única que tenía. En su
registro anterior de la casa y del escritorio, y los cajones, Wexford no había
encontrado más talonario de cheques que el de la cuenta conjunta y el de la personal
que Knighton ya había cerrado.
—Señor Knighton, me gustaría que nos acompañara a comisaría para conversar.
Será provechoso para usted hablar conmigo y con mi colega, el inspector Burden.
—No entiendo por qué no podemos hablar aquí.
—Es posible que usted no lo entienda, pero yo sí. En comisaría será más sencillo
para todos.
—¿Quiere decir más intimidatorio para mí? Le aseguro que estoy bastante
intimidado. —Knighton inclinó cansinamente la cabeza—. Ignoro si responde al
miedo, a la conmoción o a cualquier otro factor, pero tengo la sensación de padecer
una especie de amnesia, lo que un loquero llamaría olvido. —Knighton empleó con
naturalidad la antigua y peculiar expresión para referirse a un alienista—. Me parece
que estoy viviendo en medio de una bruma letárgica.
Wexford reparó en que no incluía el dolor entre las emociones que lo angustiaban.
—Si me van a interrogar, quiero tener asesoramiento legal. —Era extraño que
alguien que había sido abogado reclamara la asistencia de un letrado—. Quiero que
esté presente mi abogado.
—Señor, es uno de sus derechos —replicó Wexford con más afabilidad de la que
sentía.
Fue una entrevista de lo más curiosa en virtud de la sinceridad de Knighton en
ciertos temas y su obtusa reserva en otros. No hizo falta la presencia de un letrado.
Tal vez Knighton llegó a la conclusión de que, con la experiencia de toda una vida a
sus espaldas, era capaz de asesorarse a sí mismo.
Utilizaron una de las salas de entrevistas menos parecida a una celda. Tenía
alfombra y las sillas eran de respaldo recto, pero con el asiento acolchado. Knighton
ocupó un lado de la mesa y Wexford y Burden se sentaron enfrente. El viudo tenía
mal aspecto, sus ojos se convertían rápidamente en agujeros oscuros, algún
remordimiento lo cargaba de años como si lo carcomiera el cáncer. Parecía estar en
las últimas, hartísimo. Pero fue capaz de hacer un pedante chiste leguleyo.
En la sala hacía frío. No encendían la calefacción central hasta el primero de
noviembre. Wexford pidió una pequeña estufa eléctrica y disculpas a Knighton por el
frío y la incomodidad general.
—De minimis non curat lex —declaró Knighton con su mueca espectral.
Es posible que la policía no tenga en cuenta las fruslerías, pero los abogados no se
pierden una. En consonancia con los deseos expresados por Wexford, Knighton
elaboró largas y minuciosas hipótesis sobre el modo en que un asesino potencial se
podía haber enterado de que pasaría fuera la noche del primero de octubre. Volvió a
mencionar a las personas con las que había hablado de su proyectado viaje a Londres:
su esposa, su hija, su yerno, amigos del pueblo, su hijo Roderick y su hija Jennifer.

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Dobson-Flint también estaba enterado. Knighton fue incapaz de recordar a cuántas
personas se lo había dicho. Súbitamente espetó:
—Ha preguntado a mis hijos, a la señorita Bell, a Adrian Dobson-Flint y me temo
que a muchos más, si el mío fue un matrimonio feliz. A mí no me ha consultado.
—Dadas las circunstancias, dimos por sentado que habría respondido que lo fue
—intervino Burden.
—Inspector, en una investigación por asesinato no hay nada que pueda darse por
sentado. No fue un matrimonio feliz. Nunca lo fue. Durante años todos supieron que
no me entendía con mi esposa. Ella sentía por mí lo mismo que muchas mujeres hacia
sus maridos: yo le pertenecía, era su protector y tenía derecho a mi presencia
constante en su vida. Supongo que nunca se detuvo a pensar si yo le interesaba o no.
No me gustaba. Y con el correr de los años, me gustó cada vez menos.
Esa declaración logró silenciar momentáneamente a Burden. Hizo falta algo más
para anonadar a Wexford.
—Señor Knighton, ¿le gustaría hacer una nueva declaración?
—No pienso confesar nada nuevo, si a eso se refiere. Mi esposa no me gustaba,
pero lamento amargamente su muerte. Daría todo lo que tengo… —titubeó y
Wexford pensó que iba a decir «para devolverle la vida», pero el viudo concluyó la
frase de la siguiente manera—: para hacer retroceder el reloj hasta antes del primero
de octubre.
—Fue un marido a disgusto —sintetizó Wexford—. ¿Fue fiel?
—Durante veinticinco años lo fui. Antes… hubo una mujer con la que quise
casarme, pero como era imposible dejamos de vernos. Tenía que pensar en mis hijos.
—Y en su carrera —apuntó Wexford.
Knighton reculó e hizo un ligero ademán.
—Sí, también en mi carrera. Me habría gustado conseguir una judicatura. Tal
como discurrieron las cosas, nunca la obtuve. Permítame añadir que sabía que no la
conseguiría si abandonaba a mi esposa e hijos para unirme a una actriz joven.
Hablaron una hora más. Gates se presentó con café y un plato con sándwiches de
jamón de York y queso. Knighton aceptó el café, pero se negó a probar bocado.
Wexford le preguntó qué sabía de armas. Knighton respondió que de la Walther PPK
no sabía nada salvo que, en literatura, era el arma empleada en los últimos libros de
James Bond y, en la realidad, el arma reglamentaria de la policía de Estocolmo.
Cuando la tarde se arrastraba hacia las cinco, permitieron que Knighton regresara a
casa.

El lunes por la mañana ocurrieron dos hechos significativos. El primero fue el


derrumbamiento de la coartada de Gordon Vinald. Tantearon a la señora Ingram y a
Denis Phaidon y ambos coincidieron en que habían ido a casa de los Vinald a tomar
café y unas copas, pero no el martes primero de octubre, sino el miércoles dos. Con

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toda inocencia, Phaidon lió aún más las cosas cuando explicó que en principio
pensaban visitarlos el martes, pero tuvieron que postergarlo hasta la noche siguiente
porque, según Pandora, su marido había tenido que viajar por negocios a
Birmingham.
Wexford estaba leyendo el informe sobre los Vinald y evaluando la situación
cuando el policía Archbold, de la brigada de detectives —el mismo que, en compañía
de Bennett y Loring aún realizaba el registro domiciliario en Sewingbury—, entró
para comunicarle que por fin habían encontrado un testigo. Se trataba de Thomas
Bingley, un viejo jubilado, antiguo agricultor. La noche de autos había estado en el
bosque por el que pasaba el sendero de Sewingbury a Thatto Vale…
—¿Un viejo? —lo interrumpió Wexford—. ¿Estaba en el bosque a las dos y
media de la madrugada? ¿Qué demonios hacía?
—Señor, se trata de un cazador furtivo. Al parecer, se dedica a los faisanes. Por
eso tardamos tanto en encontrarlo, se había ocultado. Fue su sobrina la que nos dio la
pista; pensó que debíamos saber que, en esta época del año, su tío suele estar a
menudo en ese sendero por la noche. Suponemos que coloca trampas móviles y se
acerca a recoger el botín en plena noche.
—¿Y estaba allí la noche del crimen? Me parece que es llovido sobre mojado.
Cazaba furtivamente aves el mismo día que se levantó oficialmente la veda.
—Tiene la cara muy dura —reconoció Archbold—. Señor, la cuestión es que vio
a un hombre en ese sendero. La noche era clara, brillaba la luna y asegura haber visto
a un hombre alto y delgado, de pelo cano o blanco, caminando de prisa por el sendero
en dirección a Sewingbury.
—Y con una automática humeante en la mano —apostilló Wexford.
Por casualidad, gracias al paquete anónimo, Wexford tenía en su poder fotos en
las que aparecían varios de los posibles sospechosos. Mostró a Bingley una foto de
Knighton en la pequeña sala de la desagradable casita del viejo en Sewingbury Mili.
Bingley miró la foto, se rascó la cabeza y dijo que tal vez fuera el hombre que había
visto, aunque no lo recordaba tan alto. Consideró posible a Purbank, retratado en el
pretil del hotel de Kweilin charlando con Irene Bell. Dudó y con el meñique —un
dedo diminuto con la uña rota— señaló a alguien que aparecía en segundo plano, un
hombre que tenía el pelo cubierto por un sombrero de paja. Se trataba de Vinald.
—El tipo que vi se parecía mucho a éste.
—No se puede confiar en lo que dice un hombre así —comentó Burden en cuanto
salieron de la casita y llegaron a la orilla del río.
—Ha hecho un patoso esfuerzo por congraciarse con nosotros, pues teme que lo
fichemos como cazador furtivo. Es de los que piensan que nos sentará mal que diga
que no sabe nada.
Wexford paseó la mirada por los diques de cemento recién construidos,
localmente apodados «la presa», a través de los cuales ahora discurría el Kingsbrook.
Había habido mucha polémica sobre la conveniencia de esa obra. El río que tres

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semanas antes había fluido entre riberas llenas de juncos (y atiborradas de basura)
estaba canalizado a lo largo de un barranco simétrico en el que había una zona de
descanso pavimentada, agujeros para árboles y un nuevo arco de ladrillo que
comunicaba con el puente de Springhill Lane.
—Ahora que está terminado, no tiene tan mal aspecto —comentó Wexford.
Evocó mentalmente el Liao, el paisaje de montañas ondeantes, el cielo de color azul
porcelana, las aguas revueltas… y a Wong ahogado—. Purbank es canoso.
—A otro perro con ese hueso. A falta de pan, buenas son tortas.
—No voy tan descarriado. Purbank no tiene coartada para la noche del crimen. Y
quizá tenga un motivo. —Caminaron hasta el coche, que los aguardaba donde el
sendero hacia Thatto Vale se unía con la carretera—. Del conjunto de fotos de
Knighton, faltan tres o cuatro y los negativos. ¿Y si Adela Knighton le envió las fotos
a Purbank? El matasellos del paquete que me enviaron era de Chingford y, según mi
mapa del Gran Londres, Chingford está muy cerca de Buckhurst Hill, donde vive
Purbank. Supongamos que una o más instantáneas mostraran a Purbank en situación
comprometida, en una situación que de ningún modo querría que se hiciera pública.
—¿Qué situación, por ejemplo?
—No lo sé. No he visto las fotos. Pero cabe suponer que Purbank dedujo que
Adela Knighton no le envió las fotos por amabilidad o interés, sino para hacerle saber
que estaba enterada. Y tal vez estaba enterada.
—¿Y qué podemos hacer?
—De momento, nada. En primer lugar, averiguaremos por qué mintió Vinald y
dijo que estaba en casa, bebiendo en familia, cuando en realidad se había trasladado a
Birmingham. O a Herstmonceux o Mevagissey. Nunca se puede estar seguro con un
mentiroso así. Lo más interesante de su coartada es que también justificaba los
movimientos de Pandora. Y ahora todo está en veremos.

Por lo que averiguaron, Vinald había ido a Birmingham para reunirse con el agente de
un coleccionista de porcelanas de Sudamérica. Había llevado algunas piezas que sacó
de China y dos jarrones adquiridos en los últimos meses. Sólo había cometido un
error al decir que la reunión había tenido lugar el primero en vez del segundo de
octubre.
Aunque Vinald lo explicó con gran labia, no pudo ocultar un profundo
nerviosismo subyacente. Algo lo asustaba y su temor iba en aumento. Wexford y
Burden lo visitaron en casa en lugar de en la tienda y Pandora apareció en la sala
mientras estaban hablando. ¿Vinald temía por ella?
Pandora lucía un vestido de punto blanco, cinturón y zapatos color bronce y
peinaba su pelo negro y brillante según la moda de ese momento: liso por arriba y
con rizado renacentista a los lados. Estaba tranquila, en modo alguno nerviosa. De
pronto Wexford tuvo la certeza de que se había equivocado al relacionarla con

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Knighton. Lo más probable era que nunca hubiesen intercambiado dos palabras.
—¿Entonces la noche del martes usted y su esposa estuvieron solos en casa?
Ambos respondieron que sí de inmediato y al unísono. La prisa los relajó y
sonrieron torpemente. Pandora se encogió de hombros y abrió los ojos
desmesuradamente.
—Tengo que insistir en que me aclare el motivo de su disputa con el señor
Purbank.
Vinald hizo silencio unos instantes. Sonrió con estoicismo y sacó el máximo
partido de la situación.
—Si insiste, le diré que insinuó constantemente que yo convertía la excursión en
lo que denominó una orgía de compras.
—Aunque así fuera, ¿de qué manera lo afectaba?
—Dio a entender que cada vez que visitábamos lugares de interés y que podíamos
elegir dónde ir, yo me decantaba por los sitios en los que había obras de arte en venta
en lugar de ir a museos, de ver panorámicas espectaculares o ese tipo de cosas.
—Esos comentarios pudieron irritarlo, pero no fueron ofensivos, ¿no está de
acuerdo?
—Tiene que ver con el modo en que lo dijo. Está más relacionado con las
implicaciones que con las palabras propiamente dichas.
—El señor Purbank afirma que ha olvidado el motivo de la disputa.
Era patente la satisfacción que ese comentario produjo en Vinald. Sonrió
jovialmente. Cogió del bracete a su esposa.
—Purbank es una persona muy desagradable. Sinceramente, no aguanté más
cuando declaró que le diría al guía que yo pretendía convertir las vacaciones de los
demás en un negocio para hacer mi agosto. Lo abofeteé y… no volvimos a dirigirnos
la palabra.
Wexford supo que mentía; mejor dicho, que estaba dando una versión muy
edulcorada de la verdad, fuera cual fuese. Mientras bajaban la escalera para irse,
Wexford hizo una pausa para acariciar la cabeza de Meditabunda Selima, que estaba
sentada en una urna, en medio de lobelias marchitas. La gata aguantó sus mimos, se
sacudió con desagrado, abandonó la urna de un salto y se alejó.
—No todo lo que tienta tu mirada deambulante y tu corazón despreocupado es un
premio lícito… —recitó Wexford.
—¿Y eso a título de qué?
—Es el poema del que proviene el nombre de la gata. Venga, nos vamos al V y A.
Antaño Burden no habría estado seguro, pero su esposa había acabado con esas
incertidumbres.
—Al Museo Victoria y Albert —informó a Donaldson, el experto en Londres.
Preguntó a Wexford—: ¿Para qué vamos al museo?
—Para admirar el arte chino —replicó el inspector jefe.
Esa noche, cansado a pesar de que no había llegado muy tarde a casa, Wexford

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terminó de leer «Carmilla», la novela corta sobre vampiros de Le Fanu, y abordó el
siguiente relato de la selección: «Té verde».

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14
No se lo contó a Burden. Mejor dicho, no se lo contó a nadie, salvo a su esposa.
Sentado en la cama y leyendo a Le Fanu mientras Dora leía a su lado a Charlotte
Brontë, llegó perplejo al final del relato y se echó a reír.
Dora lo interrumpió para preguntar:
—¿Quieres decir que estaba escribiendo un libro, que se sentía muy cansado y
que se mantuvo despierto bebiendo té verde? ¿Tomaba cantidades ingentes como si
de un estimulante se tratara?
—Digamos que bebió una taza de té verde tras otra. Y que se sintió aterrorizado
por el ser parecido a un simio que empezó a ver en un rincón de la habitación. Más
adelante lo vio en la calle y lo imitó cuando subió al autobús. Yo vi a la anciana de
los pies vendados.
—Supongo que el libro te lo envió Len Crocker.
—Tú lo has dicho. Len se dio cuenta de que llegué a alucinar del mismo modo
que el reverendo Jennings en el relato de Le Fanu. Ya te he dicho que también bebí
una taza tras otra de té verde. Creo que llegué a tomar un promedio de ocho o nueve
litros diarios.
Wexford rió al recordar. Al pensar en la cuestión antes de dormirse, no quedó
plenamente convencido con esa explicación. Se sentía aliviado, se quitaba de encima
una preocupación acuciante, no cabía duda de que el té verde había provocado las
visiones, pero… ¿no había nada más? Aunque tal vez jamás lo averiguara, tenía que
haber algo más.

Se sintió algo raro al beber la taza de té del desayuno, pese a que era Assam de
Twining y no tenía nada que ver con el té verde. Después de desayunar buscó entre
sus libros, encontró Obras maestras de lo sobrenatural y, tal como sospechaba,
comprobó que el último relato de la selección era «Té verde». Si hubiese leído el
libro hasta la última página, habría conocido la solución al problema cuando su
ansiedad alcanzó el punto culminante.
¿Cómo interpretar lo que había visto el cazador furtivo, lo de Purbank y las fotos?
Burden estaba ocupado con informes procedentes de Middlesbrough, Manchester y
Newcastle, informes que dejaban en limpio al resto de los hombres a los que
Knighton había acusado, respectivamente, de asesinato, incendio premeditado y
lesiones corporales graves. En la casita próxima a la presa de Sewingbury, Wexford
intentó obtener de Bingley una explicación más satisfactoria. El viejo volvió a señalar
a Vinald en la foto y se justificó diciendo que el hombre que había visto se parecía a
Vinald más que a cualquier otro. Sólo estaba seguro de que había visto caminar a un
hombre por el sendero alrededor de las tres de la mañana y de que ese hombre
regresaba de Thatto Vale.

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Wexford y Burden almorzaron en el Dragón Maravilloso: rollos de primavera y
ternera con cebolla, brotes de soja, castañas de agua y setas chinas. Burden pidió té
de jazmín y, con un estremecimiento contenido, Wexford se limitó al agua Perrier,
Hacía cinco minutos que había regresado a su despacho cuando desde la centralita le
avisaron que abajo había una chica que quería verlo. Una tal señorita Elf.
—¿Qué ha dicho?
—Elf, señor Wexford, ya sabe, como los elfos, los gnomos y las hadas.
El inspector jefe estuvo a punto de preguntar: «¿Es de color verde claro?», pero
de momento «verde» era una palabra impronunciable.
—Que alguien la acompañe a mi despacho.
Loring acompañó a la joven hasta el despacho de Wexford y se retiró en cuanto el
inspector le hizo una señal. Era una chiquilla menuda y rubia, de poco más de metro
y medio, y parecía muy joven. A primera vista, aparentaba catorce o quince. Tenía
cara de bebé, inocente, con unos ojazos de color azul claro. Vestía tejanos, camiseta
roja y sudadera roja y blanca, zapatillas deportivas de lona azul y blanca con suela de
goma y, como no llevaba bolso, se presentó con las manos en los bolsillos.
—¿Señorita Elf? —preguntó Wexford.
—Servidora.
La voz de la joven no tenía nada que ver con su aspecto.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Soy yo la que puedo ayudarlo. ¿Vale que me siente? Le traigo información. Un
amigo mío… mejor dicho, un cliente, me dijo que la pasma buscaba al vejete que la
madrugada del primero de octubre daba vueltas por Hache Pe Ge. No se lo dije al
colega, pero me pareció mejor presentarme por lo que vi. Quiero decir que lo vi.
La parrafada no era muy coherente. En los cálculos de Wexford, la señorita Elf
había envejecido dos años, pero lo cierto es que el inspector seguía confundido.
—¿Vive en Hyde Park Gardens o en Stanhope Place? ¿Sus padres viven en el
barrio?
La muchacha soltó la carcajada.
—No, no. Será mejor que empiece por el principio, ¿vale? Le diré quién soy, a
qué me dedico y qué hacía una chica como yo en un sitio como ése a aquella hora.
—¿A qué se dedica? —preguntó Wexford parsimoniosamente.
—Soy puta —respondió la señorita Elf.

Wexford lo sospechaba. Le desagradaba la gente que intentaba sorprenderlo, se


preguntaba cuándo se enterarían de que nada lo sorprendía y de que hacía treinta años
que no se le movía un pelo por nada.
—Deduzco que quiere decir que ejerce la prostitución, que es una chica de
alterne.
—Ni más ni menos.

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—Parece muy joven.
—Por ahí van los tiros, ¿no? Quiero decir que el busilis es que parezco muy
joven. Digamos que eso fue lo que me metió en el oficio, el parecer tan joven. Tenía
un producto raro que ofrecer y el mercado estaba en alza. En realidad, tengo
veinticuatro añetes. Verá, a los Victorianos ya les iba tirarse a crías de doce años y
cuando empecé aparentaba esa edad. ¿No cree que ahora me darían quince?
Wexford asintió con la cabeza y no pudo abstenerse de preguntar:
—¿Elf es su verdadero apellido?
Su risa sonó estentórea y ronca, con un deje áspero.
—Verdadero de verdad. Nací Elf, única hija de los Elf. Qué destino el mío, ¿no?
Pero no se preocupe, llámeme Sharon.
Wexford decidió no aceptar la propuesta. Pensaba que probablemente la mayoría
de los clientes eran hombres de su edad y conocía suficientes prostitutas para saber
que la señorita Elf lo contemplaría con los mismos ojos que a ellos, lo consideraría
esclavo de los mismos deseos y de las mismas necesidades perversas que los llevaban
a buscar mocosas. Se sintió algo colérico y asqueado y luego pensó que, de todos
modos, lo que ocurría ahora era diez mil veces mejor que en los tiempos en que ese
tipo de hombres poseían a mocosas.
—Volvamos a la noche del primero de octubre —dijo fríamente.
Sharon Elf clavó en Wexford sus ojazos azules.
—El tío de Stanhope Place es un cliente habitual. De hecho, se le parece. —No
notó el respingo de Wexford o, si lo percibió, no se dio por enterada—. Aquella
noche me llamó a las ocho y me pidió que fuera a visitarlo a medianoche. O mejor
doce y media, ya que tenía gente a cenar y seguro que a las doce y media todos se
habrían marchado.
—¿Dónde vive su cliente?
—En una de las casas que dan a la parte trasera de Hache Pe Ge.
—Ya entiendo, Hyde Park Gardens.
—Tal como ocurrieron las cosas tenía tiempo de sobra. Quedé citada con otro
cliente a las once en St John’s Wood, de donde me fui a las doce y veinte, doce y
veinticinco. Cogí un taxi que me dejó en Stanhope Place a la una menos veinte. Y
ahora me preguntará por qué recuerdo tan bien la hora. La verdad es que no quería
poner en un aprieto a mi cliente… ya me entiende, por si sus invitados no se habían
ido a la hora prevista. Miré veinte veces el reloj y era exactamente la una menos
veinte cuando llegamos. Miré la casa de mi cliente y vi que estaban encendidas la luz
del pasillo y la del dormitorio, pero no la del salón. Me di cuenta de que no había
moros en la costa. Resumiendo, estaba pagando la carrera cuando del fondo de Hache
Pe Ge salió un vejete, quiero decir de uno de los pisos de la planta baja… en realidad,
de los sótanos. Cruzó la calle y cogió mi taxi.
—¿Oyó adonde se dirigía?
—Lo siento, pero en esto no puedo ayudarlo. Verá, no me interesaba, no tenía

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motivos para interesarme. Al menos en ese momento.
—¿Y cómo es que ahora lo sabe? —inquirió Wexford.
La señorita Elf respondió llanamente:
—Anoche me telefoneó mi cliente de Stanhope Place y fui a visitarlo alrededor de
las diez. Me contó que la pasma lo había interrogado. Era la primera vez que nos
veíamos en tres semanas. De lo contrario, me lo habría comentado antes.
Wexford habría sido capaz de bendecir a Purbank o a quienquiera que le envió las
fotos. Estaban resultando muy útiles. Había una de todo el grupo del tren en la azotea
del hotel de Kweilin. Sólo faltaba Adela Knighton, que era quien la había tomado.
Sin dudar un instante, Sharon Elf señaló a Knighton.
—Es éste.
—¿Está segura de que es el mismo hombre que a la una menos veinte de la noche
del primero de octubre vio en Stanhope Place?
—Absolutamente segura —replicó alegremente—. Lo miré de la cabeza a los
pies. Verá, me gustó.
A Wexford le dio vueltas la cabeza. ¿Era verdad entonces que funcionaba en
ambos sentidos? Si los viejos cansados buscaban niñas tan jóvenes que no eran
capaces de verlos críticamente y que no sabían cómo comportarse, ¿acaso las niñas
buscaban abuelos sustitutos? De todos modos, Wexford se alegró de que la señorita
Elf se fuera y después de su partida abrió un rato la ventana, pese a que se sintió
ridículo y se preguntó quién era él para juzgar a otro ser humano. Quizá sólo
pretendía quitar el olor a suelas de goma y a jabón Palmolive.
Analizó la información que Sharon Elf le había proporcionado. Existía la prueba
de Bingley y ahora ésta. Accionó el intercomunicador y dijo que si alguien veía al
inspector Burden le pidiera que subiera. Burden se presentó con un informe sobre el
último hombre de la lista, Dudley Preston, al que Knighton había defendido de
homicidio involuntario y de conducir ebrio, pero al que no logró salvar de tres años
de cárcel.
—¿Sabe que tiene la ventana abierta de par en par? Este despacho parece una
nevera.
—Si quiere, ciérrela.
Wexford le habló de Sharon Elf y de lo que había visto.
Burden torció críticamente las comisuras de los labios. Wexford pensó que el
gesto se debía más a la profesión de la señorita Elf que al hecho de que la coartada de
Knighton se hubiese venido abajo.
—¿Y cree lo que dice una mujer de esa calaña?
—Mike, a veces parece un alguacil Victoriano. No entiendo que una chica de
alterne no pueda ser tan veraz como cualquiera. Se mire como se mire, es un oficio
honrado, cobra por lo que da. Ya está bien de mojigaterías. Tengo que creerle porque
lo señaló en una fotografía del grupo del tren.
Burden se encogió de hombros.

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—Si es verdad, y no tengo más remedio que creer que lo es, la situación toma
muy mal cariz para Knighton. Cabe suponer que en cuanto Dobson-Flint y él se
retiraron a sus habitaciones, Knighton se preparó para volver a salir. Sin duda dio
vueltas mientras Dobson-Flint estaba en el baño y luego se largó, llevándose uno de
los juegos de llaves de la mesa de la entrada. Como era muy tarde para tomar el tren,
debió de viajar en taxi hasta el sitio donde lo esperaba un coche alquilado. Nunca se
sabe. Tal vez alquiló un coche cerca de Victoria Station y lo dejó aparcado por ahí. Lo
aparcó cuando llegó a Londres y metió suficientes monedas en el parquímetro para
que pudiera seguir allí hasta las seis y cuarto. Como a partir de las seis y media el
aparcamiento es gratuito, no tenía de qué preocuparse. Supongo que ahora tendremos
que visitar las agencias de alquiler de coches cercanas a Victoria. Si subió al taxi a la
una menos veinte, a menos diez ya estaba en Victoria. No conozco Londres muy bien,
pero sé que a esa hora de la noche no hay mucho tráfico. A más tardar a la una subió
al coche y emprendió viaje. No tardó más de una hora, por lo que podemos calcular
que llegó a las dos.
—Quince minutos para recortar el cristal, tal vez unos pocos más para darse
ánimos… sí, todo cuadra.
—No necesitaba entrar por la ventana, tenía llave.
—Pero tuvo que recortar el cristal.
—Claro que sí —reconoció Burden—. Qué tonto soy, seguro que lo hizo. Y no
pudo hacerlo después de matarla. Sin embargo, hay algo que… ¿se lo imagina
arrancándola de la cama, obligándola a bajar y disparándole en la nuca?
—Mike, hay muchas cosas de las que no creo capaces a los seres humanos, pero
eso no significa que no las hagan.
—A mí me resulta incomprensible. Sobre todo tratándose de una mujer con la que
has estado casado más de cuarenta años. No le haces algo así a tu esposa. Knighton
no es uno de esos ricachones con los que he tratado. ¿Nosotros no lo
consideraríamos… mejor dicho, hay alguien que no sea capaz de considerarlo un
hombre civilizado?
—Hay muchas cosas que a mí tampoco me gustan. Mike, este asunto huele mal,
pero tenemos pruebas. Sharon Elf lo vio largarse del piso de Dobson-Flint a la una
menos veinte. Alrededor de las tres Bingley vio que un hombre regresaba andando a
Sewingbury y no era Vinald. Adela Knighton murió entre las dos y cuarto y las tres y
media. Los horarios coinciden. Si no regresaba secretamente a Sussex, ¿qué hacía
cogiendo un taxi a la una menos veinte de la noche, mientras su amigo suponía que
estaba durmiendo? Tenemos que verlo, debemos traerlo otra vez a comisaría.
Debemos averiguar dónde está el arma.
—¿Cuál sería el móvil?
—A veces los móviles aparecen tardíamente. Además, alguien dijo que todo
hombre casado tiene motivos para asesinar.
Wexford estaba a punto de levantar el auricular cuando sonó el teléfono. Desde

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centralita le anunciaron una segunda visita.
—Señor, aquí hay alguien que quiere verlo, el señor Shah. —La voz sonó más
baja—: Es chino.
—No parece un apellido chino.
¿Sha? ¿Shah? ¿Era indio o tibetano? Wexford estaba desconcertado. Comprendió:
el apellido se pronunciaba, más o menos, Shah, pero en realidad se escribía Hsia.
El visitante era el vecino de Purbank en Fairmead Farm Court, Buckhurst Hill.
—Por favor, quédese —pidió el inspector jefe a Burden.
Entró en el despacho el hombre alto de traje oscuro con el que Wexford se había
cruzado en el vestíbulo del edificio de apartamentos. Hoy vestía un traje oscuro de
tono ligeramente distinto y acarreaba el mismo maletín de la vez anterior. Su pelo
negro era tan liso y brillante que parecía pintado sobre el cráneo. Su mirada era
apacible e inteligente, con expresión de afable impasividad. Ofreció a Wexford una
mano delgada y morena clara en la que lucía un sello de obsidiana y oro.
—Mi colega, el inspector Burden —los presentó Wexford—. El señor Hsia.
Hsia hizo una ligera reverencia.
—Supongo que usted es el inspector jefe Wexford. Espero no haberme presentado
en mal momento.
—En absoluto. ¿Por qué no se sienta? Podríamos tomar una taza de té, ¿no le
parece?
Wexford accionó el intercomunicador.
Hsia se sentó y apoyó tensamente los brazos en el reposabrazos. Como guiado por
una técnica oriental de relajación, alzó los brazos y depositó serenamente las manos
sobre las piernas.
—Inspector jefe, he venido a decirle algo que el señor Purbank, mi vecino y
amigo, es incapaz de comunicarle. Tal vez parezca que traiciono la confianza del
señor Purbank, pero temo por su salud si este secreto persiste. Está muy asustado y
quiero ayudarlo contándole toda la verdad. —Hsia suavizó su expresión y soltó una
risilla pesarosa—. Quizá piense que soy yo el que necesita guardar el secreto porque
también soy el delincuente. ¿Puedo comenzar?
Wexford asintió con la cabeza. Les llevaron el té. Al inspector jefe le sorprendió
ver que Hsia le añadía leche y dos terrones de azúcar.
—Me llamo Hsia Yuseng. Sabe dónde vivo. Trabajo para el Kowloon and
Fuchow Bank de London Wall. —Hizo un alto y Wexford pensó que «trabajo para»
no era más que un eufemismo. Hsia prosiguió con su discurso—: Casi todos suponen
que nací en Hong Kong o en Taiwan, pero no es así. Vi la luz en Shao Shan, en la
República Popular… de hecho, como usted bien sabe, en la misma aldea que el
difunto presidente Mao. Nací allí diez años antes de lo que llaman la liberación.
—¿Por qué dejó China? —preguntó Wexford.
Hsia se llevó la taza de té a los labios y dio un sorbo.
—¿Me permite? —preguntó y extendió su mano enjoyada para coger una galleta

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—. Cometí un delito. Tenía veintiún años. Si me hubieran detenido… y me habrían
cogido, en China no hay forma de ocultar esas cosas… si me hubieran detenido, me
habrían ejecutado.
Wexford se humedeció los labios. Inevitablemente, siempre relacionaba la pena
capital con el asesinato.
—¿Qué delito cometió?
—Violé a alguien —replicó el afable y pulido señor Hsia y torció las comisuras
de los labios en una sonrisa con la que parecía pedir disculpas.

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15
Burden se atragantó con el té. Se secó la boca con un pañuelo blanco, almidonado y
con sus iniciales bordadas y dijo:
—Discúlpenme.
—¿Ha dicho que violó a alguien? —preguntó Wexford.
—Yo y tres más. No se imagina cómo era la vida allí, la privación, la opresión, la
represión. La chica se lo buscó, nos provocó, hizo una insinuación con la mirada, con
su modo de andar. Y cuando ocurre primero con amigo y después conmigo, ella se
aterroriza y más tarde se lo cuenta a su padre, cuadro del partido. —Debido al
nerviosismo que le producía relatar los hechos, el inglés de Hsia empeoró y se tornó
macarrónico. Recobró el dominio de sí mismo y relajó sus manos apretadas—. En
China se ejecuta por eso. Entonces y ahora. Mi tío, hermano de mi madre, era
camionero y todas las semanas se desplazaba a Cantón. Me llevó en el camión, me
escondió y de Cantón pasé a los Nuevos Territorios. Verá, estoy sintetizando una
larga historia pero así ocurrieron las cosas. Caminé hasta la frontera, entré en los
Nuevos Territorios y llegué a Hong Kong. Hablaba un poco de inglés, lo había
estudiado en la Universidad de Changsha, así que tiempo después vine a Inglaterra
con mi esposa, con la que me había casado en Hong Kong, y cuyo padre es director
del Kowloon and Fuchow Bank. A partir de entonces todo me va muy bien. —Volvió
a sonreír y en esta ocasión inclinó ligeramente la cabeza.
Wexford miró la cara fofa y de color pergamino, las facciones rígidas que han
llevado a que el adjetivo «inescrutable» se relacione invariablemente con los chinos.
En las entrelineas de la larga historia sintetizada se incluían aventuras, terrores,
privaciones y luchas insospechadas. Wexford nunca había visto nadie menos parecido
a un violador que Hsia Yu-seng.
—Lo que nos ha contado es muy interesante pero ¿qué tiene que ver con el señor
Purbank? —inquirió el inspector jefe.
—A eso voy —declaró Hsia y asintió con la cabeza—. He dicho que todo me va
bien y es verdad, salvo en un aspecto. Me refiero a mi madre. Verá, mi padre murió
en las refriegas de 1949 y mi madre es viuda, vive con mi hermano y su familia. Yo
era su favorito y siempre me ha entristecido la imposibilidad de hacerle llegar
noticias. Nunca le envié una carta porque temo por su vida y no tengo la menor
posibilidad de entrar en la República Popular. A menudo he pensado modos de
hacerle llegar noticias, pero no hay nada mejor que lo que ya hizo mi suegro:
transmitirle únicamente el mensaje de que estoy vivo. Y un día mi vecino, el señor
Purbank, le cuenta a mi esposa que se va en tren a China.
—Empiezo a aclararme —comentó Wexford—. El itinerario del señor Purbank
pasaba por Shao Shan y le pidió que transmitiera un mensaje a su madre.
—Le pregunté si estaba dispuesto a llevar una carta a mi madre. Por mi suegro
supe que la esposa de mi hermano es cocinera en el Hotel Wu Jiang, por lo que pensé

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que el señor Purbank no tendrá problemas, seguramente comerá en ese hotel cuando
visite la aldea natal de Mao y podrá preguntar por la cocinera para alabar sus platos.
Tenía que preguntarle el nombre y entregarle sigilosamente mi carta si respondía
«señora Hsia». Todo salió mal porque el señor Purbank perdió mi carta cuando le
robaron algunas cosas en Rusia. Se puso muy nervioso y quería hacer las cosas bien,
pero no sabía qué hacer. Pidió al intérprete que le dijera a la cocinera «el amigo de su
hermano está aquí», cosa que el intérprete hizo. Muy nerviosa, mi cuñada manda
llamar a mi madre, que ahora es una vieja de más de setenta años.
Con los pies vendados, pensó Wexford. En consecuencia, cuando la vio por
primera vez, cuando la vio mientras almorzaba en el Hotel Wu Jiang, no fue una
alucinación debida al té verde. Fue una mujer de carne y hueso la que vio aquella vez
junto al biombo, aguardando noticias de su hijo.
—Prosiga.
—Entonces el señor Purbank se asustó de veras porque todo lo que dijera sería
traducido por el intérprete, por el guía e intérprete oficial de Lu Xing She. Sabía que
yo había cometido un delito y que, si se enteraban, tal vez los expulsaran al grupo y a
él de China, de modo que a través del intérprete dice a mi madre y a mi cuñada que
ha cometido un error, que ha habido un malentendido. Pero mi madre no se da por
satisfecha. Supongo que adivina que el señor Purbank tiene mucho que decir y que
está asustado. Al día siguiente cuando mi primo, hijo del tío que me salvó la vida,
parte a Changsha, mi madre lo acompaña para buscar al señor Purbank…
Fue la segunda vez que la vi, en la Isla de las Naranjas, pensó Wexford.
—… y lo encuentra, pero no pueden comunicarse, salvo por señas, y los dos
tienen mucho miedo, el señor Purbank y mi pobre madre. Tiene la suerte que
mientras el señor Purbank camina por las calles de Changsha se le acerca un
estudiante llamado Wong y le propone practicar inglés. —A esa altura Hsia utilizaba
exclusivamente el presente y Wexford recordó que en alguna parte había leído que el
mandarín carece de tiempos verbales—. ¿Ocurre a menudo en la China actual?
—Sí, es normal.
—El señor Purbank tiene la genial idea de pedirle a Wong que haga de intérprete.
Mi madre se sienta a esperar en el vestíbulo del Hotel Wu Jiang. El señor Purbank le
cuenta mi historia a Wong, le dice que vivo en Inglaterra, trabajo para el Kowloon
and Fuchow Bank, que tengo esposa, dos hijos varones en el internado, le cuenta todo
de mí. Wong se lo transmite a mi madre, que se siente muy feliz y parte llena de
alegría cuando mi primo la manda llamar. Pero aquí no acaba la historia para el señor
Purbank. Es posible que Wong sea un elemento criminal o tal vez sea cierto que sólo
pretende escapar de la República Popular. Sintetizando, sigue al señor Purbank
durante el viaje en tren hasta Kweilin y le suplica que lo saque de China. Según dice
el señor Purbank, siempre le pide dinero, como si lo amenazara culpándolo de que ha
hecho algo malo que le creará problemas a menos que le dé dinero.
—¿Está sugiriendo que Wong chantajeó al señor Purbank? ¿Estaba dispuesto a

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divulgar la historia del contacto con su madre si el señor Purbank no accedía a
ayudarlo a salir de China y a darle dinero?
—Sí, algo así. El señor Purbank estaba muy asustado, Wong lo seguía a todas
partes y, aunque fue horrible, no se sintió demasiado afligido por el accidente en la
barcaza que recorría el Liao, en el que Wong murió ahogado. —Las facciones rígidas
esbozaron una sonrisa reflexiva—. Cuando regresó a Inglaterra, el señor Purbank
pensó que sus problemas se habían acabado. Tiempo después la señora Knighton, a la
que alguien mató de un balazo, le envía las fotos del recorrido por el Liao. En ellas
aparece hablando con Wong y el señor Purbank vuelve a sentirse aterrorizado…
—Señor Hsia, ¿vio esas fotos?
—No, pero me hablaron de ellas. Verá, el marido de la señora Knighton tiene que
ver con el derecho y el señor Purbank teme que la historia se dé a conocer y provoque
un incidente internacional. Así que quema las fotos y los negativos, le envía las que
quedan y vuelve a ponerse muy nervioso porque usted puede pensar que mató a la
señora Knighton…
Wexford estuvo a punto de echarse a reír. Algo que él sabía y que Hsia
evidentemente ignoraba lo obligó a guardar las formas.
—Ha hecho muy bien en venir a verme —afirmó.
—Me pareció lo más sensato. Ahora le diré dónde estaba el señor Purbank a partir
de la medianoche del primero de octubre: con mi esposa y conmigo en nuestro piso.
—Hsia se dispuso a marcharse, extendió la mano y agregó—: Temo que le parece
más seguro ser sospechoso del asesinato de la señora Knighton que el que se divulgue
que se relaciona con personas políticamente tan peligrosas como nosotros.
Desde la ventana del despacho, Wexford lo vio cruzar el patio de la comisaría y
subir a su BMW último modelo, de color azul marino. Resultaba extraño pensar que
ese impecable capitalista fuese hijo de la anciana de los pies como pezuñas, hijo de la
precursora e instigadora de sus alucinaciones.
—¿Se lo cree? —preguntó Burden—. ¿Cree que Purbank temía que se produjera
un conflicto internacional simplemente porque aparecía en unas fotos conversando
con un disidente chino?
—Hsia está convencido de que es así.
—Ya. Se crió y alcanzó la madurez en un país que probablemente tiene el sistema
político más represivo de todo el planeta.
—Por si sirve de algo, le diré lo que pienso. Nunca podré demostrarlo, sólo me
baso en mis intuiciones, pero estoy seguro de que Purbank tiró por la borda a Wong.
Se sentía acosado por la persecución de Wong. Una vez en la barcaza se acercó por
detrás a Wong, que estaba en la proa, le dio un suave empujón y lo arrojó por la
borda. Me atrevo a suponer que no pretendía matarlo, sino asustarlo, demostrarle de
manera confusa que no se dejaría usar y explotar tal como Wong pretendía. Diría que
se olvidó del asunto poco después de su regreso a Inglaterra. Ya conocemos el viejo
refrán: si alzando la mano pudieras conseguir un millón de libras y matar a un chino,

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¿lo harías? Por regla general se considera que casi nadie dudaría. Tal vez Purbank
pensó que las cosas discurrían por esos derroteros. Cuando Wong se ahogó, pregunté
a Adela Knighton qué había ocurrido y contestó con indiferencia que alguien se había
ahogado, «no uno de los nuestros, sino un chino». Purbank alzó la mano y consiguió
paz, si no dinero. Estaba a veinte mil kilómetros de distancia, hay muchos chinos y…
hasta que recibió la foto en la que aparece su mano acercándose a la espalda de
Wong.
Burden asintió. Era bastante verosímil. Algunos sospechosos quedaban limpios de
toda culpa y aparecían nuevos implicados. La palabra violación le recordó a Coney
Newton y lo que tenía que decirle a Wexford sobre El Vídeo Club. La noche anterior
Loring había estado allí haciendo preguntas.
—Lo lleva un tal Jimmy Moglander, «Moggy» para sus compinches. Newton
estuvo en el club. Él y tres o cuatro más que lo acompañaban estuvieron allí hasta la
hora de cierre, el miércoles por la mañana. ¡Qué vida se dan estos delincuentes! Tanto
Moglander como el barman recuerdan que Newton estuvo en el club. Parece que
están libres de sospecha todos los exconvictos que podían estar resentidos con
Knighton.
—¿Qué hacemos con Knighton?
—Será mejor que espere hasta mañana.
—Tiene razón. —Wexford empujó la silla para atrás y se incorporó—. Mike, me
voy a casa. Si me quedo aquí, seguro que aparece alguien más y me cuenta que vio a
una vieja con los pies vendados trepar por la ventana del lavabo de la casa de
Knighton. Dejaremos a Knighton en barbecho hasta mañana.

El día siguiente nunca llegó para Adam Knighton. Por la mañana Wexford pensó que
fue como un déjà vu o la repetición de un vídeo. Fue como ir al cine y asistir a todo el
programa para ver de nuevo el principio. Salvo que eso lo hacías si la película te
gustaba mucho. En cuanto a ésta, la primera vez no le había gustado y la segunda…
La misma ficha técnica, el mismo comienzo. Empezaba cuando a las nueve de la
mañana Renie Thompson telefoneaba a comisaría y Burden, el especialista en huellas
dactilares, el experto en escenas de crímenes y el doctor Crocker se trasladaban a
Thatto Hall Farm. Brillaba el sol, el césped estaba cubierto de rocío y sólo un purista
habría notado que las siemprevivas estaba más maduras y que la escarcha había
quemado las hojas de las dalias, que el sol se hallaba más alto porque habían atrasado
una hora los relojes. Hasta ese punto, todo era como entonces. La divergencia sólo
apareció cuando entraron en la casa, pues en esta ocasión era Knighton el que estaba
muerto… y por su propia mano.

—Dos en un mes —declaró la señora Thompson—. Hace que lo pienses dos veces

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antes de entrar en casa ajena. Creí que estaba descansando, pero la puerta del
dormitorio no estaba cerrada, sino entreabierta, así que llamé y asomé la cabeza…
Desde la última visita de Wexford, Knighton había retornado al dormitorio que
compartía con su esposa, el mismo en el cual, la noche anterior, se había desvestido,
puesto el pijama de algodón azul y un batín de lana marrón, se había tendido en la
cama y entregado a la eternidad. En la mesilla de noche se veía una botella de coñac
casi vacía, una copa de vino —no de coñac— vacía y un tubo de plástico que
anteriormente había contenido cincuenta cápsulas de Tuinal.
—Probablemente el médico se lo recetó para el insomnio.
—Gracias a Dios, no fui yo —intervino Crocker—. Le habría dado Mogadón. El
único modo de suicidarte con Mogadón es tragarte tantas pastillas que mueres por
atragantamiento.
El médico cerró los ojos de color azul claro y fijos de Knighton. En la mesilla de
noche había dos sobres cerrados y escritos con la letra redonda y perfecta del suicida.
Uno iba dirigido al forense.
—¿Quién es la señora M. Ingram? —preguntó Crocker.
—Sólo Dios lo sabe. —Wexford leyó las señas: Thain Court, Cadogan Avenue,
Londres, SW1. Supo de quién se trataba—. Parecería ser la suegra de un anticuario al
que casualmente conozco. Veo que Knighton le ha puesto sello a la carta, pero la
entregaré en mano.
Afuera, a la altura de la ventana pero más abajo, crujió la grava. Wexford se
asomó, se guardó las cartas en el bolsillo y dijo:
—Ya llegan Angus y Jennifer.
La cara cerúlea y blanco amarillenta de Knighton parecía llevar muerta tanto
tiempo como la de la marquesa de Tai. Semejaba la porcelana, pero de una porcelana
que se habían olvidado de colorear antes de vidriarla.
—Pobre infeliz, no tenía escapatoria —comentó Wexford.
—¿Fue Knighton el asesino?
—No me refería al crimen. Tengo la sensación de que su angustia era de carácter
moral, de que no podía eludir los dictados de su conciencia. —Salieron del
dormitorio y cerraron la puerta—. Hasta ahora no te había dado las gracias por el
libro.
—No estaba seguro de que pudiera suceder en la vida real.
—Pues te diré que sí y que no —replicó Wexford enigmáticamente.
Jennifer y su marido estaban en el vestíbulo. La expresión de la mujer era tan
hosca como de costumbre. Al bajar la escalera, Wexford oyó las últimas palabras que
Jennifer le dirigía a la señora Thompson, algo así como que podía tener un parto
prematuro porque nadie colaboraba en las tareas de la casa y a causa de esta nueva
conmoción. Angus Norris estaba tan afligido y afectado como si Knighton hubiese
sido su padre.
—Señor Norris, es un hecho lamentable —dijo Wexford. Era una frase que

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pronunciaba cada vez que se encontraba en circunstancias como éstas. Aunque
evasiva, expresaba el mínimo adecuado a la situación.
Norris la tomó literalmente y declaró con una especie de trágica exaltación:
—Un suceso espantoso, espantoso.
El rostro de Angus Norris era pálido y estaba arrugado como el de algunos
adolescentes, aunque ello no los envejece. Buscó a su esposa con la mirada, tal vez
para consolarla o para que lo consolara, pero Jennifer se había ido a la sala y estaba
sentada con los pies en alto. Norris preguntó delicadamente, dominando el tono de
voz:
—Dejó… ¿dejó una nota explicando por qué se suicidó o algo por el estilo?
—Algo por el estilo —replicó Wexford y siguió al médico hacia el exterior de la
casa.
El TR7 amarillo de Roderick Knighton estaba aparcado junto al destartalado
Citroën de los Norris en la calzada de grava. El abogado se apeó del coche, entró
corriendo en la casa y cerró la puerta prácticamente de un portazo.

Wexford sentía que las cartas le quemaban el bolsillo. Tenía justificaciones para abrir
el sobre dirigido a la señora Ingram y leer la misiva. El suicida pierde el derecho a la
intimidad y, para colmo, este suicida era el principal sospechoso de un asesinato.
Además de madre de Pandora Vinald, ¿quién era la señora Ingram? ¿Qué relación
había tenido con Adam Knighton para que éste le escribiera una carta en su lecho de
muerte?
Le telefonearía antes de abrir la carta. Cogió el auricular para pedir en centralita
que le buscaran el número y volvió a colgar. En la azotea del hotel de Kweilin,
Pandora estaba en compañía de otra mujer, una mujer mucho mayor y de pelo blanco.
A pesar de lo mucho que había pensado en los acontecimientos de aquella noche en el
bar de la azotea y de sus recuerdos de los presentes, en ningún momento había
incluido a esa mujer. La belleza de Pandora la había eclipsado.
Tal vez a él, quizás a casi todos los que las vieron juntas, pero no a Knighton.
Sentado a la mesa con su esposa, Knighton la había visto como Dante a Beatriz y en
un abrir y cerrar de ojos su vida y sus esperanzas se transformaron. A diferencia de
Dante, Knighton no la veía por primera vez. Wexford estaba seguro de que era así. Su
personalidad presentaba una faceta romántica que sentía debilidad por los avatares de
la pasión, aunque fuera incapaz de aceptar la posibilidad de que un hombre de la edad
de Knighton se enamorara a primera vista de una mujer de la edad de la señora
Ingram.
Seguramente la conocía de antes, desde hacía años. Cuando lo interrogaron,
Knighton declaró que su carrera habría quedado truncada si hubiese abandonado a su
esposa e hijos para irse con una joven actriz. Por aquel entonces la señora Ingram
debía de ser joven, en los tiempos en que de lunes a viernes los Knighton vivían en

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Hampstead y pasaban los fines de semana en Sussex, en que Jennifer y Colum eran
críos, en que con su elocuencia Knighton salvó de ser ejecutado por lo menos a un
asesino.
Valía la pena destacar que, la primera vez que la vio en Londres, Pandora le
recordó una célebre beldad de hacía treinta años. Había pensado en Hedy Lamarr y en
Lupe Vélez. Eres el vivo retrato de tu madre y en ti ella evoca los mejores años de su
vida… La señora Ingram tenía amigos en la industria cinematográfica. Había ido a
casa de su hija y de su yerno con un operador de cine.
Mientras veía Mariposa de la nieve, Dora se había preguntado por el aspecto
actual de Milborough Lang y comentado que debía de rondar los cincuenta y cinco.

Wexford entregó personalmente la carta dirigida al forense, el doctor Neville


Parkinson. Después fue al encuentro de Burden para almorzar en el Dragón
Maravilloso.
—Me extraña que no tenga apetito —comentó Burden.
Wexford jugueteaba distraídamente con la comida.
—Aquí también preparan comida al estilo de Sezuán —dijo Wexford—. Me gusta
más que la que sirven en la mayoría de los restaurantes, al estilo de Hunán.
Burden parecía impresionado.
—¿Oyó hablar de La buena persona de Sezuán, de Bertold Brecht? El grupo de
teatro local la estrena a fin de mes. No estaría de más que fuera a verla.
—¿Su esposa interpreta el papel principal? —Wexford se dio cuenta de que había
dado en el clavo por la expresión recatada de Burden. Hundió los palillos en el
cuenco para coger un poco de okra mientras Burden, constreñido a la cuchara, lo
observaba con cautela. Wexford descartó a la polifacética Jenny Burden con una
sonrisa irónica—. Fue como meterse en aguas turbulentas. Knighton era demasiado
mayor para ese tipo de ejercicio. Era demasiado mayor para tener una amante y
también para asesinar a su esposa.
—¿Qué decía la carta dirigida a Parkinson?
—Era muy breve. Creo que puedo citarla de memoria: «Quiero informarle que la
madrugada del 2 de octubre asesiné a mi esposa, Adela Knighton, con una automática
Walther PPK. Como consecuencia de dicho acto, cuando lea esta carta yo ya me
habré quitado la vida». La firmó y punto.
Burden se sirvió un vaso de agua mineral.
—Me gustaría saber de dónde sacó el arma y, si a eso vamos, qué hizo después
con la automática.
—A mí me gustaría saber unas cuantas cosas más. Mike, estoy sinceramente
convencido de que son estas dudas las que… bueno, no diré que me alteran, sino que
me ponen inquieto.
—¿Quiere decir que opina que se trata de una falsa confesión?

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Wexford no replicó directamente:
—La culpa lo carcomía, ¿no? Hasta usted lo notó. —Apartó el plato. Dudó unos
instantes antes de pedir té verde al camarero—. Sin duda, quería verla muerta. La
noche en cuestión dejó la casa de Dobson-Flint y regresó aquí. Tuvo que matarla.
¿Por qué lo dice si no la asesinó? No se trata de una confesión falsa corriente y
moliente. Knighton se suicidó. El propósito de una confesión falsa consiste en llamar
la atención y el psicópata que hace algo semejante no frustra sus objetivos
suicidándose inmediatamente después.
—Claro que no —confirmó Burden con absoluta certeza.
—Vámonos. Llamaré a la señora Ingram y luego iré a visitarla.

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16
La moda había trazado un círculo completo y la ropa que vestía no era muy distinta
de la que había lucido en sus películas: traje de franela gris con falda recta, blusa de
seda color perla con cuello alto y plisado, medias con costura y tacones. Su figura era
la de toda la vida. Sin embargo, ese pelo negro y sedoso suele ser el tono más
vulnerable al paso de los años. Ahora era más blanco que su piel y tenía el cutis
surcado de arrugas.
La llamada telefónica de Wexford no la sorprendió. ¿Tenía algún motivo para
sorprenderse? Seguramente hacía semanas que aguardaba la visita de la, policía. El
hecho de que fuera Wexford era harina de otro costal. La mujer lo recibió con actitud
cordial y burlona simpatía.
Fueron a la sala. El piso formaba parte de un pequeño bloque de apartamentos en
alquiler durante cortos períodos; era elegante, incluso lujoso, y estaba ubicado en una
de las zonas residenciales más cotizadas del mundo. Carecía de personalidad. Era una
suite de habitaciones de motel, con suelos Wilton de color beige, cortinas y tapizados
color chocolate y, aquí y allá, murales que eran una mezcla de Samuel Palmer y
Rowland Hilder o montajes de latas aplastadas y trozos de bambú. La mujer había
añadido algunos toques: un par de acuarelas; un icono rojo, azul y dorado; uno o dos
jarrones que probablemente procedían de Vinald y muchas flores. Había llenado
floreros y cuencos con lo que octubre daba, dalias y crisantemos y con lo que octubre
no daba pero ella podía pagar: rosas, claveles y gladiolos.
La mujer se sentó en el sofá, con las rodillas juntas, el cuerpo ligeramente
inclinado y la cabeza en alto: una actitud típica de Milborough Lang. De pronto a
Wexford se le cayó el alma a los pies y la compadeció.
—Tengo entendido que conocía bien a Adam Knighton.
La mujer se puso instantáneamente en guardia.
—¿Qué significa «conocía»? No lo entiendo. Claro que lo conozco.
Sin duda sintió lo mismo el hombre que, en plena noche, corrió la cortina de
Príamo. Al igual que éste, ella temió lo peor.
—Señora Ingram, utilicé esa palabra deliberadamente. Soy portador de malas
noticias. Creo que son malas noticias. —La mujer estaba inmóvil, con los ojos
clavados en Wexford—. Prepárese para recibir un duro golpe: el señor Knighton ha
muerto.
La señora Ingram abrió la boca y juntó las manos.
—Lo encontraron muerto esta mañana —añadió Wexford.
—¿Quiere decir… que se suicidó?
—Sí.
—¿Cómo? —preguntó con voz casi inaudible.
—Con coñac y una sobredosis de somníferos. Dejó una nota para el forense y otra
para usted. He traído la suya.

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La señora Ingram lucía un anillo con un diamante del tamaño de una uva en el
dedo corazón de la mano delgada y surcada de venas que extendió hacia el inspector.
Del cuello para arriba había envejecido diez años desde el momento en que Wexford
le comunicó la muerte de Knighton.
—Le agradezco que haya venido personalmente a decírmelo.
La señora Ingram se puso de pie: una forma educada de despedirlo.
—Estoy seguro de que quiere leer la carta en privado, pero después tendrá que
mostrármela.
La mujer apretó la carta contra su pecho, con las manos cruzadas en la actitud
tradicional de una muchacha que oculta una carta de amor a su padre o a su marido.
La señora Ingram seguía siendo una actriz.
—Señora Ingram, tengo que verla. Puede estar relacionada con el asesinato de la
señora Knighton. Debo ver la carta y luego usted y yo hablaremos.
—Si no se la muestro, ¿conseguirá una orden, un mandamiento judicial o algo
que me obligue a entregarla?
Wexford asintió con la cabeza.
—Así es. Pero estoy seguro de que me permitirá verla sin llegar a esos extremos,
¿verdad?
—Sí. —Hundió la uña del pulgar en el reverso del sobre y comenzó a abrirlo—.
Permítame que me retire a leerla.
Wexford sabía que corría un riesgo, pero no tuvo valor para negarse. Mientras la
mujer no estuvo y la puerta que separaba las habitaciones permaneció entreabierta
como si hubiera adivinado lo que él temía, Wexford pensó en lo que Irene Bell le
había comentado sobre la actitud de Knighton hacia los suyos en otro tiempo. «Los
cinco años posteriores al nacimiento de Colum, Adela tuvo marido en la medida en
que un hombre dormía en la otra cama de su habitación». Colum Knighton rondaba la
treintena. Todo encajaba. «Súbitamente Adam regresó. Vivía en su casa, comía allí,
llevaba a pasear a Adela… hacía de todo». ¿Qué más había dicho Irene Bell? «Fue
como si hubiera sufrido una conmoción y recobrado la sensatez». En realidad,
después de cinco años de relación, Milborough Lang lo dejó y se casó con otro.
La señora Ingram regresó a la sala y le entregó la carta con rapidez, con un gesto
casi displicente. Aunque había una lámpara encendida, Wexford se acercó a la
ventana y leyó la carta bajo la luz agonizante.

Amada mía: Ya habré muerto cuando leas esta carta. Me hice la ilusión de que juntos
seríamos felices, soñaba con ello y durante unos días pareció que estaba a nuestro
alcance. Creí que, mientras tú y yo estuviéramos por fin juntos, podría soportar
cualquier cosa, pero estaba equivocado. El amor que siento por ti es la emoción más
intensa que he experimentado en mi vida, más potente aún que el cariño que siento
hacia mis hijos. Hace treinta años que te amo y siempre llevo tu imagen en mi mente.
Pero los remordimientos son más fuertes que el amor. No sabía lo que hacía

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cuando maté a Adela. Aunque he pasado la vida relacionado con el mal, ignoraba
cuán insidioso es, ignoraba que destruye el goce de todo, incluso el goce del amor.
Jamás imaginé que ese acto destinado a darme felicidad me arrojaría a un infierno
de vergüenza y odio hacia mí mismo, un infierno que me acompaña día y noche, cada
instante de cada día.
No es algo con lo que pueda vivir ni quiero que lo compartas conmigo. En
consecuencia, he decidido ponerle fin. Hace veinticinco años me retuvieron mis hijos,
la responsabilidad y mis miedos. Supongo que esta vez tendré valor. Tal vez no se
trate de valor, sino de la falta de coraje, la falta de fortaleza para continuar con la
vida que ahora estoy soportando.
¿Recuerdas que solíamos leer poesía china? Aquí van dos versos de Chang Chi:
Te devuelvo tus perlas brillantes con una lágrima en cada una.
Lamento que no nos hayamos conocido cuando todavía era soltero.
Buenas noches, amor mío, y que Dios te bendiga.
Adam.

La señora Ingram no había llorado al leer la carta, pero al ver a Wexford las lágrimas
rodaron por sus mejillas. Lloró en silencio, como si no fuera consciente de sus
emociones.
—Siéntese, señora Ingram. ¿Está en condiciones de hablar o prefiere que
esperemos?
—Más vale que hablemos ahora —pronunció con dignidad esas amargas palabras
y se sentó—. Por favor, me gustaría recuperar mi carta.
—Luego. Se la daré antes de irme. Le agradeceré que me cuente la historia desde
el principio.
La mujer se echó hacia atrás y meneó la cabeza.
—Diga lo que diga, Adam no la mató. No pudo matarla.
—Tendrá que reconocer que pudo hacerlo y lo hizo. Hablemos del señor
Knighton y usted. Nos hará bien a los dos. ¿Puede contárselo a alguien más? ¿Hay
alguien que esté dispuesto a escucharla?
—No —susurró.

Él tenía treinta y dos y ella veinticinco. Se conocieron en una cena que dio el mismo
Henry Lacey que invitó a Knighton la víspera de la muerte de su esposa. Adela
también había asistido. La joven Milborough Lang se hizo famosa de la noche a la
mañana cuando estrenaron su primera película, Mariposa de la nieve, la historia
extraña y casi mística de una sorda. Le siguió el éxito en las tablas, interpretando a
Petra en Un enemigo del pueblo, de Ibsen. Wexford recordó que había visto Mariposa
de la nieve cuando la estrenaron. Como probablemente ocurría con Greta Garbo, su

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fama no se debía a sus cualidades dramáticas, sino a su belleza, su donaire y su
aspecto casi ultraterrenal. Milborough Lang había sido extraordinariamente hermosa.
—Formábamos una pareja guapa —dijo la señora Ingram, que parecía haber
adivinado el pensamiento de Wexford—. Isak Dinesen sostiene que la vida no es más
que un proceso por el cual los cachorros juguetones se convierten en perros viejos y
sarnosos. En realidad, nunca fuimos una pareja. Adam tenía a Adela y a sus cuatro
hijos. Colum nació tres meses antes de que nos conociéramos. Me confesó que Adela
había tenido los dos últimos hijos para asegurarse de que él no la abandonara y
funcionó, ¡ya lo creo! Nos veíamos siempre que podíamos. En un sentido estricto,
seguía conviviendo con Adela, dormían bajo el mismo techo. Sé que fue un modo
cruel y odioso de comportarse con ella. Creo que me sentí más culpable que Adam.
La señora Ingram hizo una pausa y se pasó los dedos por las mejillas para apartar
las lágrimas casi secas. Prosiguió el relato:
—Lo pagamos, claro que sí. Fuimos castigados. Los ratos que pasábamos juntos
siempre fueron precipitados, parecía una carrera contra reloj. Adam tenía que volver
al trabajo, a los juzgados, con Adela, y yo tenía mi carrera. Recibí una oferta de
Hollywood, la acepté y rodé la espantosa La mente sobre la materia, pero fui incapaz
de quedarme en Estados Unidos sin Adam. Fui yo la que provocó la ruptura. No
podíamos seguir de aquella manera. Aunque habían pasado cinco años, Colum sólo
tenía cinco y habría supuesto quince años más de precipitaciones, subterfugios,
pasión y embrollos permanentes. Fue un romance, jamás existió la posibilidad de que
se convirtiera en una relación cotidiana y encarnada. Conocí a Ryan Ingram. Quería
casarse conmigo y llevarme a Nueva Zelanda. El pobre y querido Ryan se
consideraba una especie de Raniero del Nuevo Mundo, el príncipe que trasladaría a
su amada de la lucha incesante de las pantallas a una vida de paz y riqueza. Parece
que tengo debilidad por los hombres románticos, ¿no cree? Sea como fuere, me casé
con él, nos fuimos y Adam y yo no nos escribimos ni nos vimos en veinticinco
años… hasta que aparecí en la azotea de aquel hotel de China.

Ryan Ingram había muerto de un infarto hacía tres años. Pandora se había casado a
los diecinueve años, pero el matrimonio fue un fracaso. En parte para distraerse de
ese chasco y del divorcio consecuente, Pandora y su madre emprendieron un viaje
que las llevaría a dar la vuelta al mundo y que acabó en Londres, en ambos casos por
amor.
—Adam me reconoció en el acto. Seguramente es verdad que el amor es ciego
porque en veinticinco años he cambiado más que la mayoría de las personas. Yo
también lo reconocí, por supuesto. Fue extraordinario verlo allí sentado, todavía con
Adela.
La señora Ingram se levantó y cerró las cortinas para aislarse de la tarde que caía.
Cuando encendió la lámpara de mesa, bajo la luz brillaron los magníficos colores del

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icono, el dorado del marco y de la corona de la virgen. Súbitamente Wexford recordó
que en un suplemento dominical había leído un artículo ilustrado sobre iconos como
aquél, procedentes de las cercanías del lago Baikal…
Milborough Ingram sonrió algo apenada y prosiguió:
—Adela se fue a dormir. Adam se acercó a nuestra mesa y dijo… para guardar las
formas, ya me entiende. ¡Ay, esa prudencia omnipresente! Dijo: «Señorita Lang, hace
años nos conocimos en la casa de Henry Lacey en Londres. Supongo que no lo
recuerda». «Claro que me acuerdo», respondí. Pandora charlaba con unos
australianos y creo que no reparó en Adam. Los jóvenes no se aclaran, no les
interesamos. ¿Por qué habrían de preocuparse por nosotros? Adam preguntó con voz
trémula: «¿Puedo invitarla a una copa?». Me disculpé ante los demás y entramos en
el hotel. Jamás bebí aquella copa… pero creo que ahora un trago no me vendría nada
mal. ¿Qué le parece?
Wexford asintió. La mujer sirvió dos grandes vasos de whisky con hielo.
—Acabamos en una especie de salón de banquetes, un lugar enorme y sombrío.
Entramos y nos pusimos a charlar. Adam dijo que usted también estaba en el hotel.
¿No es extraño? Me pregunto dónde estaba en ese momento.
—Su yerno me estaba mostrando una colección de porcelanas.
La señora Ingram frunció sus cejas delicadas y oscuras.
—Está asustadísimo porque piensa que usted lo persigue por haberle vendido no
sé qué a un sudamericano. ¿Realmente va tras él?
Wexford sonrió.
—Estoy seguro de que, si se enteraran, los chinos lo perseguirían. Pero China está
muy lejos.
—Es verdad, China está muy lejos —repitió con tono grave—. En una ocasión
Adam me habló del mandarín chino, me dijo que casi nadie dudaría en asesinar a un
mandarín si así conseguían un millón de libras. China está tan lejos, es tan remota,
incluso hoy. Si bastara con hacer una señal, dijo Adam… —Se sentó y lo miró—.
Aquella noche, en China, todo parecía fácil. Adam dejaría a Adela. El tiempo nos
había allanado el camino y podríamos estar juntos.
—Después de veinticinco años sin verse y de un matrimonio, ¿aún deseaba vivir
con Adam Knighton?
Tardó en responder y bebió un trago de whisky. Finalmente dijo:
—Seré sincera. No sentía lo mismo que en el pasado. ¿Es posible que una persona
corriente y realista sienta lo mismo veinticinco años después? Adam no era una
persona corriente y realista. No pretendo halagarme si digo que él sentía lo mismo e
incluso algo más. Deseaba hacerlo feliz. Me habría gustado volver a casarme… y con
él. Sí, ya lo creo que me habría gustado.
—El señor Knighton regresó a Inglaterra y usted y su hija hicieron lo propio en el
mismo avión. ¿Habló con Adela Knighton?
—No. Me había visto una sola vez, treinta años antes, en aquella cena, y como es

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lógico no se acordaba de mí. Adam y yo no volvimos a hablarnos hasta que nos
encontramos en Londres. Pandora y Gordon se gustaron nada más conocerse. Por eso
fue fácil viajar a Londres, era lo que Pandora deseaba, si hubiese puesto reparos,
habría venido sin mí. Una vez aquí, alquilé este piso y Adam solía visitarme. Adela y
él venían a Londres a pasar el día, viajaban juntos en tren y se separaban, él para
visitar viejos amigos mientras ella iba de compras y visitaba a una amiga en Primrose
Hill. Yo hacía de viejos amigos. Ocurría prácticamente lo mismo que veinticinco años
atrás. Las pautas se repiten, ¿no le parece? Yo estaba en mi piso y Adam seguía
viviendo con su esposa. Nos regía el reloj, como en el pasado. Casi desde el principio
supe que no abandonaría a Adela. Lo enfrenté por esta cuestión y… pobre Adam,
lloró, lloró de verdad, fue terrible. Dijo que después de cuarenta años no podía
dejarla. Era incapaz de hacer pasar a Adela y a sus hijos por ese trance. El cuarto de
siglo transcurrido no parecía existir. Yo me había casado, tenido una hija y vivido en
las antípodas mientras él se convertía en asesor letrado, se retiraba y tenía nietos…
pero todo seguía igual, fue sobrecogedor. Y el pobre Adam me amaba, me quería más
que yo a él. Entonces intenté romper, como en los viejos tiempos. Le dije que seguir
así era imposible, que se trataba de una mera repetición de la historia. Añadí que ya
estaba demasiado vieja y que regresaría a mi casa de Auckland en cuanto venciera el
contrato del piso.
—¿Lo esgrimió como amenaza?
La mujer alzó los hombros y en sus labios asomó el espectro de la sonrisa de
Milborough Lang.
—Sí, supo que me iría si la relación no se tornaba más estable.
La sonrisa encolerizó a Wexford.
—Señora Ingram, en ese caso podemos decir que es parcialmente responsable del
asesinato de Adela Knighton y, por lo tanto, del suicidio de Adam Knighton.
La mujer se incorporó de un salto, perdida toda serenidad, y gritó:
—¡No es verdad! ¡Adam no la mató! ¡Ya le he dicho que no pudo ser él!
—El señor Knighton lo ha reconocido. Estábamos bastante seguros antes de su
confesión… pues todas las pruebas, indirectas y de otro tipo, apuntaban a que había
sido el autor. Tenía un móvil, la posibilidad de cometer el crimen y estaba allí.
—Adam no estaba allí —aseguró la señora Ingram con más calma—. Estaba aquí,
conmigo.

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—Parece absurdo que un hombre de más de sesenta años escape de la casa de su
amigo y cruce Londres en taxi para estar con su amada, una mujer de cincuenta y
cinco. Sólo pretende pasar la noche con ella y regresar al alba. Una especie de Romeo
y Julieta jubilados. Pero ocurre, ocurrió realmente —comentó la señora Ingram.
Wexford le creyó pues era evidente que decía la verdad.
—¿A qué hora llegó?
La mujer respondió de inmediato. ¿Había sido la única noche completa que
pasaron juntos?
—Pocos minutos después de la una.
Knighton no era el primero que confesaba un crimen que no había cometido,
pensó Wexford. Sin embargo…
—¿Después lo volvió a ver?
—Hablamos mucho por teléfono. Lo vi… ¿tres, cuatro veces?
—¿Y nunca dijo nada que diera a entender que había matado a su esposa?
—¿Cómo pudo hacerlo si estuvo todo el tiempo aquí, conmigo? Lo noté apenado,
me pareció atormentado. Pero hay que tener en cuenta que habían asesinado a su
esposa y, al margen de lo que sintiera por ella y por mí, Adela era su esposa. —
Milborough Ingram se llevó una mano a la frente y se sostuvo la cabeza. Su voz había
adquirido un deje titubeante—. Jamás volvió a hablar de casarnos, de estar juntos. Lo
noté distinto, había cambiado. Pensé que estaba enfermo. Le recomendé que se
tomara unos días de descanso y añadí que lo acompañaría. Me clavó la mirada, me
tomó la mano y no dejó de mirarme. —Cogió su vaso de whisky—. Dios mío, no
debería beber más. Me emborracharé y me sentiré muy mal. Desde los dieciocho años
me han machacado que no debo beber porque echaré a perder mi figura y mi rostro.
Cuesta mucho olvidar esos consejos. Pero ahora no tiene la menor importancia.
Wexford se levantó dispuesto a irse. La señora Ingram intentaba dominarse, pero
daba la sensación de que estaba a punto de estallar.
—¿Quiere que le diga a su hija que venga a verla?
—Se lo agradezco mucho, pero estoy mejor sola.
Wexford desvió la mirada de ese rostro arrasado que en otros tiempos había sido
hermoso. Miró el icono. Recordó que lo había visto antes en la habitación de Vinald
en el hotel de Kweilin.
—Pagué a mi yerno doscientas libras por esa pieza.
Wexford percibió algo áspero en el tono de voz de la señora Ingram.
—Estoy seguro de que las vale —comentó afablemente.
—Sin duda. Después Pandora me contó que cambió el icono por dos tejanos y
que uno de los pantalones ni siquiera era suyo.
Había hablado con profunda amargura. Se desahogaba con Gordon Vinald de la
injusticia del mundo. Se mostró avergonzada de tamaña indiscreción.

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—Ahora no tiene la menor importancia —repitió.
Wexford no dijo nada. Se despidió de la señora Ingram y caminó hasta donde
Donaldson lo esperaba con el coche. Tabard Road, Kingsmarkham, el bungalow que
para Wexford era casi tan conocido como su hogar al otro lado del pueblo. Dora
Wexford había resuelto con paciencia y aceptación la dificultad de ser la esposa de un
policía; Jenny Burden lo solucionó más positivamente, dedicando las tardes a dar y
recibir clases a grupos de teatro y a tríos de cuerda. Burden explicó que su mujer
estaba en su ensayo. Se acercó a la nevera y sacó dos latas de cerveza.
—Knighton no estaba loco —concluyó Wexford—. No fue presa del delirio y la
mató. Era consciente de que no había esgrimido el arma, apretado el gatillo y
disparado. Pretendía señalar que era moralmente responsable, que dio instrucciones a
un tercero para que lo hiciera.
—Pues bien, no fue alguien pagado. Sabemos que no se desprendió de una
elevada suma de dinero.
Pensativo, Wexford añadió:
—Intuyo que no fue algo tan directo, más bien se trató de asentir, de alzar la
mano y matar al mandarín.
—Me he perdido. —Burden adoptó una expresión de desconcierto, expresión que
utilizaba cada vez menos desde su segundo matrimonio. Esa cara llevó a Wexford a
decir que le recordaba a Goering, que sostenía que, cada vez que oía la palabra
cultura, sacaba el revólver. A veces reaparecía y tornaba estúpida la expresión
habitualmente intuitiva del inspector—. No tengo la menor idea de lo que significa.
—Pues no se lo puedo aclarar. No soy complicado adrede, todavía no lo tengo
claro. Le hablaré de Vinald y Purbank. Ya sé por qué se pelearon. Vinald le birló un
tejano a Purbank para cambiarlo por un icono.
—¿Qué?
—Deduzco que vio el icono en poder de un campesino del extremo oriental de
Rusia. Por lo que me han contado, los rusos se pirran por los tejanos. Probablemente
Vinald no tenía tiempo o el vendedor del icono no podía quedarse, de modo que
Vinald volvió a meterse en el vagón y cogió uno de sus tejanos. Como no tenía
ningún otro tejano limpio, no quería desprenderse de su ropa o lo que fuera, se
apoderó de un tejano de Purbank. Estoy seguro de que después se lo explicó y se
ofreció a pagarlo, pero Purbank se ofendió y no quiso saber nada más de Vinald.
Burden rió a carcajadas.
—¿Y por qué no nos lo contó?
—Vinald no dijo nada porque quedaba como un vulgar ratero. Purbank guardó
silencio porque la situación lo deja en ridículo. ¿Hay algo más indigno que el hecho
de que te birlen un pantalón? Es una especie de despojamiento.
—Supongo que sí —admitió Burden—. Si le molesta, deje el gato en el suelo.
El gato negro de Jenny, tan agil y sinuoso como fornida era Meditabunda Selima,
había saltado delicadamente a las rodillas de Wexford. El inspector jefe acarició el

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lomo suave y resbaladizo del minino.
—¿Ha llegado a la conclusión de que Vinald es ladrón?
—¿Recuerda que cuando fuimos al V y A presté especial atención a la cerámica
Sung? La llaman verdeceledón. Es blanca, gris o verde clara, con pretensiones de
imitar el jade, y ronda el milenio de antigüedad. Confiando en mi ignorancia, durante
nuestra estancia en Kweilin, Vinald me mostró la cerámica verdeceledón que había
comprado. No se equivocaba con respecto a mi desconocimiento. Dijo que esas
piezas Ching tenían cien años y, como es obvio, le creí. Me mostró un cuenco
blancuzco, un cacharro opaco y sencillo, y recuerdo que pensé que Dora no lo habría
aceptado en casa. ¿Se imagina a alguien dispuesto a pagar diez mil libras por esa
pieza?
—¿Diez mil libras por un trasto blanco de hace cien años?
—Mike, convengamos en que no tiene cien años. Ahí está la madre del cordero.
¿Y si tuviera ocho siglos de antigüedad? En la habitación de Vinald vi una barra de
lacre, pero no me llamó la atención. Entonces no sabía que cualquier antigüedad que
salga de China debe llevar el sello de lacre del gobierno. Vinald adquirió piezas de
valor incalculable a personas que no sabían lo que hacían, las compró por cuatro
chavos y luego les estampó el sello de lacre. Sobre todo a aquel cuenco… el mismo
que el primero de octubre llevó a Birmingham y vendió al agente de un coleccionista
sudamericano por la friolera de diez mil libras.
—¿Qué podemos hacer?
—¿En qué sentido? ¿Entregarlo al gobierno chino? ¿Sabe qué respondería si le
planteáramos lo que acabo de explicarle? Diría que pagó un buen precio por el
cuenco convencido de que se trataba de una pieza Ching. Claro que llevaba el sello
de lacre. Nos preguntaría de qué estamos hablando. Diría que sólo cuando regresó a
Inglaterra y estudió a fondo la pieza descubrió que había pagado cinco libras por una
cerámica Sung.
A medida que Wexford lo acariciaba, el gato emitía un ronroneo ronco y
retumbante. Sin dejar de menear la cabeza ante la trapacería del anticuario, Burden
fue a buscar más cerveza. Wexford cambió de tema:
—¿No tenía dos listas cuando se dedicó a visitar a los exconvictos? ¿Una con los
que Knighton ayudó a condenar y otra con los que fueron absueltos o recibieron una
condena leve gracias a su defensa?
—Exactamente.
—¿Cuál era el sentido de la lista alternativa?
—¿Se refiere a los que logró que fueran absueltos?
—Me refiero a lo siguiente: ¿cuál es el sentido de apuntar a los que no tenían
motivos para vengarse de Knighton?
—En realidad, ninguno. Brownrigg y yo anotamos todos los casos en los que
había intervenido Knighton y nos parecieron importantes. Puse en la columna de la
derecha a los que mostraban una actitud positiva hacia Knighton y… bueno, en la de

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la izquierda a los que tal vez desearan vengarse. Pero me lié y…
Wexford no quiso enterarse.
—¿Aún tiene las listas?
—Por supuesto.

Por la mañana, Wexford echó un vistazo a las listas.


—Coney Newton figura en ambas listas. ¿Por qué lo condenaron?
—Por violación e intento de asesinato —replicó Burden—. Figura en las dos
listas porque… me pareció que tenía motivos para estarle agradecido a Knighton, que
logró que lo condenaran sólo a siete años, o para sentir rencor porque Knighton no
consiguió que lo absolvieran. Aunque suene disparatado, no parecía guardarle rencor,
daba la impresión de que consideraba que Knighton no lo había defendido con
eficacia. De todos modos, Coney Newton tiene una coartada incontestable para la
noche del crimen, coartada confirmada por Silver Perry.
—¿No le parece bien que respalde sus palabras un ciudadano ejemplar como
Silver Perry?
—Estuvieron juntos en un club —replicó Burden algo picado—. Estuve en el
club. No cabe la menor duda de que…
—Vale. ¿Quién es Henry Thomas Chipstead?
—En otros tiempos fue un gángster del East End de Londres. Hace veinte años lo
juzgaron por una acusación de lesiones físicas graves y Knighton logró que lo
absolvieran. Wills… —Burden señaló con el dedo ese apellido, apuntado en la
columna de la izquierda—. Wills dio a entender que quizá Knighton había apelado a
«un profesional como Chipstead». Ésas fueron las palabras exactas que utilizó.
Añadió que Chipstead había formado parte de la pandilla de Lee y que, por lo que
sabía, ya podía estar muerto. Pero no está muerto, sino vivito y coleando en
Leytonstone. Actualmente tiene más de setenta años y sabemos que Knighton no
pagó a nadie.
—¿Cuál fue la contribución de Wills a la desintegración de la sociedad?
Burden sonrió irónicamente.
—Complicidad. Aunque no mató a la mujer en cuestión, fue cómplice. Por la
noche ocultó el cadáver en las obras de una autopista y uno de los peones lo encontró
antes de que extendieran la capa asfáltica… ¿Qué le pasa?
—Ya sé dónde metió la automática —dijo Wexford lentamente.
—¿Dónde la metió quién?
—Bueno, eso está por verse. Quiero decir que sé dónde metió la automática
quienquiera que haya asesinado a la señora Knighton. Usted acaba de decírmelo. Lo
deduje de lo que dijo sobre Wills y las obras de la autopista.
—¿Cómo?
—Mike, está en la presa, en la presa de Sewingbury Mili.

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Había que admitir que las posibilidades eran escasas. Burden opinaba que «ellos»
jamás permitirían la demolición de todo el cemento y los ladrillos, el dique y el
pavimento, sólo para buscar un arma, que no era lo mismo que un cadáver. Además,
añadió con escepticismo, eran elevadas las probabilidades de que la pistola no
estuviera allí.
—En cuanto consiga el mandamiento judicial —declaró Wexford—, iniciarán la
demolición como si estuvieran buscando un alfiler y tuvieran que derribar la Facultad
de Agronomía de Sewingbury.
El coronel Charles Griswold, jefe de policía de Mid-Sussex, estaba tan nervioso
como Burden. Wexford no habría conseguido el mandamiento judicial si el maestro
de obras que supervisó la construcción de la «presa» no le hubiese asegurado al jefe
de policía que, cuando el primero de octubre los trabajadores dieron por terminada la
jornada, sólo quedaba por completar la zona empedrada. Había añadido que a las
cinco de aquella tarde las zonas por empedrar estaban al descubierto, con excepción
de la capa de cimientos duros extendida sobre el terreno.
—Supongamos que dejó el coche en la plaza del mercado de Sewingbury —
postuló Wexford—. Cogió el sendero de Thatto Vale y llegó a Thatto Hall Farm
alrededor de las dos. Entró en la casa por la ventana del lavabo o con su llave y dejó
la impresión de que se había colado por la ventana. Despertó a la señora Knighton, la
obligó a bajar a punta de pistola, le disparó, montó una apariencia de robo chapucero
y regresó por el sendero, donde Bingley lo vio alrededor de las tres. En el extremo del
sendero correspondiente a Sewingbury vio el empedrado casi terminado de la presa y
sólo tardó unos segundos en enterrar el arma bajo los cimientos.
El día era frío y soplaba un viento glacial. Crecido por las últimas lluvias, el
Kingsbrook corría y saltaba bajo el puente de Springhill y discurría por el nuevo
canal. Los mismos contratistas que habían construido la «presa» fueron a derribar una
parte. En cuanto retiraran las piedras del empedrado, el sargento Martin y Archbold
se acercarían y tantearían bajo los cimientos en busca de la automática.
Wexford asistió unos minutos a la investigación sobre el suicidio de Adam
Knighton. Angus Norris estaba presente, pero no había más representación familiar.
Wexford sabía que no podían hacer otra cosa que aplazar la investigación. El
doctor Parkinson leía en voz alta la confesión de Knighton y de vez en cuando citaba
las palabras de Wexford en el sentido de que era imposible que Knighton fuera
materialmente responsable de la muerte de su esposa. El inspector jefe salió de
puntillas del juzgado. Al otro lado del patio que separaba los juzgados de la
comisaría, Donaldson lo aguardaba al volante del coche y Burden ya había ocupado
el asiento trasero. Lo sacudió una fuerte ráfaga de viento, que agitó su bufanda como
si fuera una bandera.
—La orilla del río no es el mejor sitio para pasar esta mañana —opinó Burden y
se frotó las manos.

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—Habla como Mole.
—¿Quién?
—Es igual. De todos modos, nos vamos a la Humareda, mejor dicho a sus
cercanías. Quizá deberíamos llamarla Bruma. Donaldson, ¿Leytonstone es el tipo de
barrio donde podamos comer?
Muy a su pesar, el experto en Londres tuvo que reconocer que no tenía la menor
idea: nunca había estado allí.
—Supongo que vamos a visitar a Chipstead —dijo Burden.
—Henry Thomas Chipstead, en el cincuenta y dos de Dogshall Road,
Leytonstone. Tiene setenta y tres años y al parecer no se ha liado en nada desde que,
cuando contaba cincuenta, Knighton lo sacó del aprieto. Pero por algún lado hay que
empezar.
—Me gustaría que me explicara aquello de matar al mandarín.
Estaban en la autopista rumbo a Londres. El viento arreciaba y las ráfagas
sacudían y balanceaban el pesado coche. De vez en cuando gruesas gotas de lluvia
chocaban contra el parabrisas.
—Tengo la sospecha de que hace muchísimos años Knighton tuvo motivos para
estar en contacto con un delincuente que era asesino o matón profesional —dijo
Wexford—. Probablemente lo defendió. Visto el caso, el absuelto fue a ver a
Knighton y le dijo algo así como: señor Knighton, si alguna vez puedo hacer algo por
usted, bastará con que pronuncie una palabra, ya sabe de qué hablo, codazo, codazo,
cualquier cosa que quiera que se haga sin llamar la atención. Sin duda, Knighton se
mostró moralmente ultrajado, pero más adelante se puso a pensar. Sólo lo meditó
mucho después, cuando le habría venido de perillas para quitar a alguien de en
medio. Lo mejor era que no habría que pagar. No necesitaba darle precisiones al
exconvicto ni entregarle tres o cuatro mil libras en billetes usados, ni nada que se le
parezca. Incluso podría pensar que no había sido el instigador. ¿Y si sólo se trataba de
llamar por teléfono y decir, por ejemplo, mi esposa está sola la noche del primero de
octubre? ¿Y si fue aún más sutil y sencillo? Para un hombre como Knighton, los
remordimientos y la culpa posteriores habrían sido tan intensos como si hubiera
pagado a un asesino o apretado personalmente el gatillo.
—Habría sido tan culpable como el autor material del crimen —opinó Burden.
—Claro que sí, pero muchos hombres no se sentirían culpables en la misma
medida. Ahí reposa la analogía con el mandarín. La vida de uno de los miles de
millones de chinos es una vida humana como la de la propia esposa o hijo, pero no se
la percibe así porque está muy lejos, muy apartada de nuestra mirada. Y si basta con
que alguien alce la mano… Me parece que a Knighton le bastó con alzar la mano o
hacer algo igualmente sencillo para librarse de su esposa y tener a Milborough
Ingram.
Entraron en Londres por el túnel de Blackwall. Desde la boca norte Leytonstone
no quedaba muy lejos. La ventolera arremolinaba las hojas secas de los límites de

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Epping Forest. Dogshall Road era una calle larga y recta que, con una joroba, pasaba
por encima de una línea del ferrocarril suburbano y luego se hundía para pasar por
debajo de otra. Las cunetas estaban cubiertas de hojas y los árboles de las aceras —
tres veces más altos que las pequeñas terrazas cuadradas de las viviendas— se
desnudaban hostigados por el viento. Había una iglesia de ladrillo rojo y un atrio
prefabricado con techo de amianto, pero nada más aliviaba la infinita monotonía de
las hileras de casas victorianas, la larga serie de coches aparcados en doble fila.
Donaldson estacionó a poca distancia de la casa número diecisiete.
—No está bien moralizar, pero éste es un buen ejemplo de que el delito no da
beneficios, ¿no le parece? —preguntó Wexford—. Durante años, durante la mayor
parte de su vida, Chipstead se ganó la vida a través de la violencia. No diré que fue
inútil porque no lo fue, ya que provocó muchos sufrimientos, afectó negativamente a
la sociedad, provocó miedo, creó dificultades a la policía, costó dinero a los
contribuyentes. Pero no parece haber beneficiado en demasía al propio Chipstead.
Los tres hombres miraron lo que Chipstead había conseguido: una conejera de
ladrillos marrones, de hacía cien años, con un muro de cemento de metro ochenta —
que la separaba de la calle—, en el que reposaban un cubo de basura y un geranio
seco plantado en una lata. En la fachada sólo había tres ventanas y todas tenían las
cortinas echadas. Wexford se apeó del coche y Burden lo siguió.
La casa presentaba un aspecto vacío y desolado, como si sus habitantes la
hubieran clausurado y abandonado. Como no había timbre, Wexford sacudió
enérgicamente la aldaba y no se hizo ilusiones de que contestaran. Uno o dos
segundos más tarde se oyó una voz de mujer y sonaron pisadas en la escalera.
Les abrió la puerta Renie Thompson.

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18
—Henry era mi hermano —dijo Renie Thompson.
Se quedaron en la entrada. Había luz en la planta alta y un grupo de mujeres
susurraba.
—¿Por qué dice que era su hermano? —preguntó Wexford.
—¿No sabe que ha muerto? Hoy es el funeral. Si quiere que le sea sincera, le diré
que cuando llamó a la puerta, pensé que era el empresario de pompas fúnebres. —
Renie Thompson vestía abrigo gris y sombrero de fieltro negro. Miró agresivamente a
los policías, sus expresiones ambiguas y desconfiadas—. Les gustaría que su muerte
significara algo más, ¿eh? Me lo sé de memoria. Pero simplemente ha muerto.
—Señora Thompson, dénos los datos básicos y nosotros sacaremos conclusiones.
Una mujer, sin duda otra hermana, había empezado a bajar la escalera. Se detuvo
a mitad de camino y, aferrada a la barandilla, miró y escuchó.
—Trabajé para la señora Knighton desde el año sesenta. Fueron los mejores
patronos que quepa imaginar. Henry había sido acusado de algo que nunca hizo y
pensé que seguramente le gustaría que lo defendiera el señor Knighton. Y así fue. El
señor Knighton estuvo de su parte porque me conocía a mí y logró que absolvieran a
Henry, por supuesto, sobre todo si tenemos en cuenta que Henry era inocente.
La mujer de la escalera chasqueó la lengua.
—Henry adoraba al señor Knighton.
—Lo mismo que tú, Renie —intervino la mujer de la escalera.
—Ustedes son una familia de Sewingbury, ¿no? —inquirió Burden. Ambas
mujeres asintieron y lo miraron con prevención—. ¿Su hermano estuvo enfermo
antes de morir?
En ese momento bajó la tercera hermana, al tiempo que se abrochaba el abrigo de
astracán negro.
—Pasó seis meses en el hospital —respondió Renie Thompson—. Lo tenía en el
pecho, ya me entiende, en los pulmones, y luego en la columna vertebral.
Sonó la aldaba. La mujer del abrigo de astracán abrió la puerta y el viento arrastró
una hoja seca que se le adhirió al abrigo. En la puerta estaban dos hombres de negro,
con sendos sombreros en la mano.
—Está bien —dijo Wexford—, de momento no les crearemos más
incomodidades.
Entre los restantes coches aparcados se veían dos Daimler negros, uno vacío y el
otro con el cadáver del antiguo gángster en un ataúd cubierto de flores. Wexford y
Burden regresaron al coche. Donaldson les informó que por radio había llegado un
mensaje: habían encontrado la pistola bajo el empedrado de la presa.
Wexford asintió con la cabeza. Tenía la vista fija en la casa de Chipstead. Hasta
ese momento no se le había ocurrido pensar que en el interior, además de las tres
hermanas, había otras personas. Sin duda, esas personas habían permanecido en

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silencio detrás de la ventana salediza, con las cortinas cerradas, a la espera de
acompañar el cadáver de Chipstead hasta el cementerio o el crematorio. Por la calle
bajaron en tropel un hombre y una mujer mayores del bracete, un chico de dieciocho
años con chaqueta y corbata negras prestadas, un hombrecillo pelirrojo, un gordo
prácticamente lampiño y un hombre alto de cabellos plateados.
—Aquél es Silver Perry —informó Burden.
—¿Eran viejos compinches?
—Es evidente. En realidad, no me sorprende.
Las hermanas y la pareja mayor subieron al Daimler. El resto de la comitiva se
acomodó en un viejo Ford Popular azul marino.
—Donaldson, ¿adónde cree que van? —quiso saber Wexford.
—Al crematorio de Londres, señor, en Manor Park —respondió Donaldson
prestamente—. Veinte minutos de ida, otros veinte para cantar un himno y arrojar al
fuego a nuestro querido hermano, y veinte minutos para volver.
—En ese caso, más vale que vayamos a almorzar.

El viento amainó y el cielo estaba tan encapotado que tuvieron que encender la luz de
la sala del 52 de Dogshall Road. La luz se traslucía a través de las cortinas verdes sin
forrar. El muchacho fue el primero en irse, vestido ahora con prendas de cuero y
portando un casco protector. Montó la Yamaha aparcada junto al Ford y tronó en
dirección al puente. Poco después volvió a abrirse la puerta y salió Silver Perry.
Convencionalmente vestido con traje oscuro y abrigo corto también oscuro, bajo la
declinante luz se parecía a Adam Knighton, pero a un Knighton degradado, vulgar,
maleado. Era un poco más bajo y carecía de la prestancia del hombre por el que había
dicho que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, a sacrificar su vida.
—¿Empleó esas palabras? —Wexford se sorprendió.
—Sí, cuando contó su vida a la prensa —respondió Burden—·. Estuve a punto de
decírselo, se lo iba a contar pero me interrumpió con su hipótesis sobre la pistola. En
El Vídeo Club recuerdan que Coney Newton estuvo hasta las tres y Newton sostiene
que estuvo con Perry, pero en el club nadie me dijo que hubiera visto a Perry.
Perry besó a Renie Thompson en el umbral y se alejó de prisa. Wexford supuso
que se metería en el Ford, pero evidentemente no le pertenecía, había ido a pie. Y a
pie regresaba bajo la llovizna fina y gris que caía incesantemente. Las farolas estaban
encendidas y semejaban rombos de color naranja entre las ramas desnudas de los
árboles. Perry se subió el cuello del abrigo, se metió las manos en los bolsillos y echó
a andar. Probablemente iba a la estación del metro, situada cuatrocientos metros más
arriba, después de la joroba.
Donaldson condujo lentamente el coche, algo rezagado con respecto a Perry.
Empezó a sonar el claxon, pero Donaldson no hizo el menor caso.
—Creo que ahora va a cruzar —dijo Wexford—. Gire en la esquina.

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Donaldson viró bruscamente a la izquierda en el preciso instante en que Perry se
acercaba al bordillo para cruzar la calle. Un costado del coche apareció ante él como
si fuese un muro. Silver Perry dio un paso atrás cuando la portezuela del coche se
abrió y Wexford se apeó.
—Silver, ¿quiere que lo llevemos?
Wexford tenía un mandamiento judicial, pero no lo necesitó. Perry formaba parte
de esa categoría de seres humanos que distinguen a un policía en una playa nudista o
en un baile de disfraces. Para él fue moco de pavo detectar a tres polis en un suburbio
de Londres, en un coche, bajo la lluvia. A pesar de todo, durante una fracción de
segundo pareció que intentaría escapar. En esa fracción su rostro mostró la chispa de
esperanza, la llamarada del pánico, la sensata comprensión que lo llevó a reprimir
tantas emociones. Se encogió de hombros y subió al coche. La lluvia goteaba por su
brillante melena blanca.
—Donaldson, ¿sabe dónde queda Cyril Street, en Bethnal Green? —preguntó
Burden.
—Me las ingeniaré para encontrarla, señor.
—Está cerca de Globe Road —colaboró Perry.
—¿O nos lo llevamos con nosotros? Perry, hemos encontrado su arma. A la larga,
las armas de fuego siempre aparecen.
—¿Qué arma? ¿De qué arma me habla? —preguntó Perry.
—Será mejor que primero vayamos a Cyril Street y que luego tomemos una
decisión —aconsejó Wexford—. Silver, ¿lo pasó bien en el funeral? Por todos los
santos, huele a coñac barato.
—Se cree muy gracioso. No lo pasé bien. Henry Chipstead era un amigo de toda
la vida.
—Todos sabemos que es usted muy bueno con sus amigos. Capaz de sacrificar la
vida por ellos y otras chorradas. Tal vez sea más adecuado decir capaz de sacrificar la
vida de otros. —Wexford observó los ojos de color azul claro de Silver Perry, ojos
acuosos, más alargados y aviesos que los de Knighton—. No tiene coartada para la
noche del primero de octubre. Lo vieron cerca de Thatto Hall Farm. Lo vieron
caminar por el sendero de Thatto Vale a Sewingbury a las tres de la madrugada.
Silver Perry guardó silencio. El coche serpenteó por el sistema vial
unidireccional, recuperó en las calles de doble dirección y pasó de los suburbios
orientales de Londres hasta llegar al East End. Llovía copiosamente y los limpia-
parabrisas funcionaban a alta velocidad.
—Dejó el coche en la plaza del mercado de Sewingbury —añadió Burden—.
Seguramente conoce bien el lugar.
Perry no reconoció nada y dijo en voz baja:
—Renie y yo… hace un siglo conocí a fondo a Renie.
—Al regresar vio las obras y enterró la pistola porque sabía que al día siguiente
quedaría cubierta por una capa de cemento.

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Perry palmeó la espalda de Donaldson.
—Hijo, tuerza a la izquierda en la segunda.
—Supongo que Knighton le pagó algo a cambio de tantas molestias —machacó
Burden—. Al menos le reembolsó el dinero del arma.
Perry suspiró.
—Mi esposa está afuera, ha ido a visitar a su hermana. Prefiero que no la metan
en esta historia.
Apareció el alto tallo de una torre, salpicada de cuadrados de luz, y las torres
aledañas: dormitorios verticales. Había varios cientos de coches en la calzada negra,
brillante y húmeda, la calzada libre de hojas porque no había árboles que pudieran
perderlas. Wexford envió a Donaldson a tomar el té en una cafetería de Globe Road.
El ascensor subió y subió hasta el nido de Perry y el tipo de panorámica que en otros
tiempos nos habría dejado boquiabiertos y que ahora es moneda corriente para los
que viajan en avión y los que frecuentan restaurantes giratorios.
No había nadie en casa. Todo estaba a oscuras. Perry encendió una o dos luces y
los llevó a la habitación que no tenía nada que ver con la idea establecida de lo que es
un ático, salvo por la altura. Silver Perry dijo:
—Hablaré. Ya es demasiado tarde para preocuparse por el señor Knighton. Donde
se ha ido, nada puede afectarlo.
¡Qué vulgar sentimentalismo el de esta gente!, pensó Wexford. Era realmente
prototípico. En una ocasión Perry había matado a sangre fría y había cometido
espeluznantes actos violentos, para no hablar de que aceptó el encargo de Knighton
para que matara a su esposa, pero hablaba como una viejecita inocente y crédula.
—Usted aún no está en ese paradisíaco más allá y muchas cosas pueden afectarlo
—precisó Wexford.
—¿Quiere decir que piensa amonestarme?
Wexford meneó la cabeza.
—Por ahora no. Díganos cómo conoció al señor Knighton.
—Fue hace veinticinco años, quizá más. De no ser por él, me habrían ahorcado.
—Silver miró a Burden—. Usted lo sabe. Escribí mi biografía para un periódico,
recorté el artículo y se lo hice llegar al señor Knighton. Jamás respondió, claro que
no, ¿cómo iba a responder un hombre de su posición? Una noche lo esperé en
Lincoln’s Inn y nos pusimos a charlar.
—¿Así de sencillo?
Wexford intentó imaginar la escena: el encuentro entre ese pícaro taimado y
Knighton, que al final «se ponían a charlar». Seguramente Knighton lo habría
fulminado con la mirada y, si Perry insistía, lo habría amenazado con avisar a la
policía.
—No fue «así de sencillo». No lo importuné ni lo molesté. Sólo dije que quería
darle las gracias como Dios manda, hablé en voz baja. Le dije que por él era capaz de
hacer cualquier cosa.

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En ese instante Wexford comprendió. La integridad de Knighton hacía agua por
los cuatro costados, ya se había corrompido. Durante cinco años había sido amante de
Milborough Lang y entonces supo que no podrían seguir de esa manera inestable y a
salto de mata. Milborough se iría y él se quedaría con Adela. A menos que…
—Esa música celestial según la cual «era capaz de hacer cualquier cosa por él»,
¿también incluía quitar de en medio a su esposa?
Silver torció el gesto por la rotundidad de esas palabras.
—Él sabía de qué iba la cosa. Yo lo sabía, él lo sabía y sobraban las palabras. Esa
frase quería decir que lo ayudaría a conseguir lo que deseaba y él sabía lo que yo
quería decir.
—¿Y cómo sabía lo que Knighton deseaba? —preguntó Burden.
—Ya he dicho que tuve que esperar. Lo hice varias veces y lo seguí hasta que
logré encontrarlo a solas. Un par de veces vi que se encontraba con una chica. Era
una actriz de fama mundial.
—¿Rechazó Knighton su generosa propuesta?
—El señor Knighton era un hombre de escrúpulos, una persona muy escrupulosa
—aseguró Silver con una especie de sabio respeto—. Hay que estar en su posición.
Le dije que nunca olvidaría lo que había hecho por mí y que cuando quisiera ya sabía
qué, fuera cuando fuese, bastaría con que me avisara. Le aseguré que no lo
molestaría. Sabía que una persona de su posición no quiere que la vean con gente
como yo, lo entendía perfectamente. Por entonces vivía en un cuarto de Cambridge
Heath. Cuando el ayuntamiento nos instaló aquí, le envié unas líneas con las señas y
el teléfono. Jamás respondió, claro que no. —Silver alzó los ojos y los clavó en los de
Wexford—. Estaba preocupado, pensaba mucho en que no había hecho nada por
compensarle, era algo que me pesaba en la conciencia.
—¿Dónde?
—Como todo hijo de vecino, sé el significado de la palabra gratitud.
—No, Silver, como todo hijo de vecino, no —puntualizó Wexford—. Su forma de
entender la gratitud es patológica. —Meneó reflexivamente la cabeza—. ¿Qué tenía
que hacer Knighton, llamarlo por teléfono y decirle que había cambiado de idea?
—Ya le he dicho que jamás lo expresamos con palabras. Era algo sutil, nos
entendimos perfectamente. Claro que tenía que llamarme. Lo organicé porque sabía
que no querría pedírmelo a calzón quitado. —Silver se agitó en la silla. Se había
dejado el abrigo. Pero ahora se lo quitó y lo arrojó sobre el brazo del sillón. A sus
espaldas, la deslumbrante panorámica tintineaba como una miríada de estrellas
fugaces—. Le dije que me llamara por teléfono si alguna vez quería ya sabía qué. No
dijo ni pío. Lo miré a los ojos. No es necesario que lo diga, añadí. Marque mi número
y cuando yo conteste pronuncie una palabra. La que se le ocurra, siempre y cuando
yo la conozca. —La frente de Silver estaba cubierta de sudor, de gotitas que llegaban
casi hasta la línea del nacimiento del cabello blanco, semejante a una peluca—. En
ningún momento respondió directamente. Me miró y se puso a contar la historia de

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un mandarín chino, ahora no recuerdo los detalles. Ya está, dije, mandarín. Llame,
cuando yo responda diga «mandarín» y sabré de qué va la cosa. Todo esto ocurrió
hace veinticinco años, casi veintiséis. «Mandarín», repetí, «cuando quiera pronuncie
esa palabra, yo sabré de qué me habla… y haré lo que haga falta».

¿Qué había pasado por la mente de Knighton en aquel momento? ¿Lo había
considerado factible incluso entonces o sólo le había seguido la corriente a Silver
Perry y lo había complacido antes de librarse de él para siempre? Wexford supuso
que se habían encontrado en un pub o en un banco de plaza. Estaba seguro de que fue
la única vez que se reunieron. Perry impaciente, agradecido, satisfecho de que el
egregio hombre se dignara dirigirle la palabra; Knighton inenarrablemente
escandalizado, horrorizado y tentado. Levante la mano, pronuncie la palabra, es
suficiente; ella morirá y podrá dar alas a los deseos de su corazón. ¡Qué disparate
maligno y perverso! Hundido en la más profunda desdicha, más valía quitarse la vida
que soportar eso, incluso era mejor que aguantar semejante sarta de despropósitos.
Pero «mandarín», bastaba con una palabra…
—Y un día, hace poco, Knighton lo llamó y pronunció la palabra —sintetizó
Burden.
—Fue a principios de septiembre. Contesté y durante un rato nadie habló, aunque
se oía respirar a alguien. Pensé que era un bromista cuando esa voz pronunció la
palabra. Tartamudeó y habló muy bajo. Lo más gracioso del caso es que me había
olvidado. En todos esos años no volví a ver al señor Knighton ni a oír su voz. Al
principio tuve noticias por Renie, pero pasé mucho tiempo sin saber nada de él. No
me enteré de que se había retirado ni sabía que se habían mudado definitivamente a
Sussex. La voz pronunció esa palabra. Oí decir «man» y pensé que diría «mande»,
pero colgó antes de que yo pudiera decir esta boca es mía. Debí de reconocerla
inconscientemente o algo por el estilo porque esa palabra me persiguió todo el día.
De pronto recordé. Después de tantos años podría compensar al señor Knighton, por
fin cumpliría mi promesa.
Wexford se incorporó y dio la espalda a Silver Perry.
—Es repugnante. —Se detuvo junto a la ventana y contempló la selva de
cemento, siguió el recorrido de un avión salpicado de luces y respiró hondo para
dominar la cólera que lo embargaba—. Continúe y evítenos los sentimientos nobles.
—¿Se dejó llevar por esa palabra, por una única palabra que ni siquiera oyó bien?
—preguntó Burden.
—Lo sabía —aseguró Silver—. Me acerqué a su despacho, pero no apareció y
finalmente vi que su nombre ya no figuraba en el letrero de la puerta. Fui a
Hampstead y me bastó echar un vistazo para comprobar que estaba plagado de esos
puñeteros árabes. Llamé un par de veces a Thatto Hall Farm y, aunque él respondió la
primera y ella la segunda, no saqué nada en claro.

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—¿Qué significa que no sacó nada en claro?
—Tenía que averiguar los movimientos de la mujer. Debía encontrarla a solas. Un
día vi al señor Knighton saliendo de Victoria Station, eran las cuatro de la tarde del
miércoles primero de octubre. Como llevaba el neceser, supe que pasaría la noche
fuera de casa.
—¿Y qué hacía usted en la estación?
—De algo tengo que vivir. Debo ganarme el pan. Conducía un minitaxi y acababa
de dejar a un cliente. El señor Knighton buscaba un taxi y estuve a punto de
ofrecerme a llevarlo. Pero sabía que no le gustaría que lo vieran conmigo. Se me
ocurrió una gran idea. La tuve al ver el neceser. Él pasaría la noche en Londres y ella
estaría sola. Calculé que estaría sola. Un par de semanas antes había visitado al pobre
Henry en el hospital, me encontré con Renie y comentó que la hija de los Knighton se
había casado, que esperaba un hijo y todas esas historias. Supuse que la vieja estaría
sola. Pensé que si estaba decidido a hacerlo, más me valía acabar de una buena vez,
más me valía actuar esa misma noche.
A Wexford le pareció que se abría la puerta. Se oyeron movimientos en la entrada
y apareció la mujer que le había gritado a Burden. Al igual que su marido, tenía un
agudo olfato para detectar policías y dirigió a Wexford una mirada que otros dedican
a los maleantes y a los vagabundos. Wexford y Burden fueron al vestíbulo.
—¿Nos lo llevamos a comisaría y presentamos una acusación?
Wexford se encogió de hombros.
—No tenemos de qué acusarlo —dijo—. Me temo que ni tan siquiera podríamos
hacer prosperar un cargo de complicidad.
Regresaron a la sala. La mujer había desaparecido y Silver Perry bebía algo que
se parecía mucho al whisky. Evidentemente se lo habían racionado, como si se tratara
de un tónico reconstituyente.
—Trabajé hasta medianoche. Logré que un colega, su nombre no hace a la
cuestión, ya no tiene importancia, lo convencí de que, si alguien hacía preguntas,
dijera que habíamos estado juntos en El Vídeo. Resumiendo, el último cliente me
hizo perder media hora y eran las dos, más bien las dos y cuarto o y veinte, cuando
llegué a Sewingbury. Dejé el coche en la plaza del mercado y caminé. Regresé por el
sendero, pero fui por la carretera porque no estaba seguro de orientarme
correctamente si la luna se ocultaba. Eran las tres pasadas cuando llegué a Thatto Hall
Farm. Saqué el cortavidrio y recorté el cristal de la ventana del lavabo. Me llevó diez
minutos, puede que quince. El interior de la casa no estaba tan oscuro porque brillaba
la luna. Me quité los zapatos y subí la escalera. Las puertas de todos los dormitorios
estaban abiertas y entré en el principal, convencido de que allí la encontraría. Tenían
camas separadas y una estaba revuelta. Más tarde regresé al dormitorio, cogí el joyero
y desparramé algunas alhajas para que diera la impresión de que lo había hecho
alguien de afuera. Verán, él era un aficionado, no conocía el oficio. Eché un vistazo a
los demás dormitorios y, como no la encontré, bajé. Les aseguro que empecé a

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preguntarme qué pasaba en esa casa.
Silver acabó su bebida y depositó bruscamente el vaso sobre la mesa. Retomó la
palabra:
—La encontré tendida en el suelo. Estaba muerta, liquidada de un balazo. En
seguida supe que el señor Knighton había llegado antes que yo y lo había hecho
personalmente.

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19
Wexford tenía el arma en la mano. Cuanto dedujeron de su análisis figuraba en el
informe que estaba en su escritorio. Era una automática Walther PPK del 9 y
aproximadamente en mitad del cañón, en la parte inferior, presentaba un minúsculo
defecto semejante a una verruga que marcaba con un rasguño delgado como un
cabello cada bala que salía. Burden miró por encima del hombro y preguntó:
—¿Qué pensaba usar Perry, las manos?
—Eso parece. Son un arma de la que no es necesario desprenderse. Vaya historia,
¿no? Perry está convencido de que la mató Knighton e ignora que la mujer no murió
hasta once horas después de que Knighton partiera para Londres. Pensó que Knighton
se había cansado de esperar a que cumpliera su promesa y la mató personalmente. —
Wexford dejó la pistola sobre el escritorio—. Mike, no tengo tiempo que perder con
este tipo de delincuentes, pero creo que dice la verdad cuando afirma que se
avergonzó de haberle fallado a Knighton. Como desde principios de septiembre le
había dado largas al asunto, Knighton se vio obligado a hacerlo por su propia mano.
Pensó que Knighton no había simulado bien el robo con escalo, mejor dicho, no había
hecho nada por el estilo, así que se llevó el joyero y, sin confiar demasiado en nuestra
perspicacia, dispersó las alhajas de la señora Knighton por el jardín.
Según su declaración y a pesar de la estratagema con las joyas de la señora
Knighton y de las pruebas del robo con escalo, Perry esperaba que detuvieran
inmediatamente a Knighton y lo acusaran del asesinato de su esposa. Se maldijo por
la demora que, en su opinión, había llevado a Knighton a cometer el crimen. A
Knighton no le pasó nada y lo achacó a la eficacia policial. Si alguna vez dudó de la
culpabilidad de Knighton, el suicidio borró toda sombra de sospecha.
—No hay duda de que Knighton estaba convencido de que Perry la mató —
Wexford expresó sus pensamientos en voz alta—. Desde el instante en que el dos de
octubre volvió a casa y yo le comuniqué que su esposa había muerto asesinada,
estuvo seguro de que lo había hecho Perry siguiendo sus instrucciones. Eso explica
que en todo momento tuviéramos la impresión de que estaba sorprendido pero no
tanto, de que se sentía culpable pero inocente. El día de comienzos de septiembre en
que telefoneó a Perry… me gustaría saber qué lo impulsó a llamar, qué ocurrió.
Jamás lo sabremos. ¿Adela había descubierto su relación con Milborough Ingram y lo
amenazó o se burló de él? ¿La señora Ingram había mencionado que pensaba volver a
Nueva Zelanda? ¿O Adela se puso a fantasear otras vacaciones, sabemos que en
febrero quería ir a India o Nepal, salida que una vez más lo habría separado de
Milborough? Fuera como fuese, recordó la misma tentación de hacía veinticinco años
y esta vez sucumbió. Mike, no puedo creer que se lo tomara en serio. Debió de
parecerle una fantasía. Con excepción de Silver Perry, que no está cuerdo del todo,
para cualquiera habría sido una fantasía. Figúreselo saliendo una tarde del piso de
Milborough Ingram y yendo al encuentro de Adela para regresar a casa con ella. Tal

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vez vio la cabina en una esquina o en la estación y entonces recordó el pasado,
recordó la palabra «mandarín». No era más que un sueño, ya no podía ocurrir. Le
bastaba con pronunciar la palabra «mandarín» para que el asesinato se perpetrara y
accediera a la felicidad. En la fantasía, en los sueños, no en la realidad. Entró en la
cabina, marcó el número de Perry y pronunció la palabra. Mejor dicho, dijo algo
parecido. Salió, se reunió con Adela y sin duda llegó a la conclusión de que era un
ingenuo.
Burden rodeó el escritorio y se sentó. Tenía el ceño fruncido.
—Debió de preguntarse si ocurriría algo.
—Es probable. Pero no pasó nada, ¿verdad? Transcurrieron tres o cuatro semanas
y todo seguía igual. Supongo que pensó que Silver Perry había olvidado la palabra
«mandarín», había envejecido, se había reformado o nunca había dicho en serio que
estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por él. Lo supo en cuanto mataron a Adela,
pero no accedió a la felicidad. No tenía libertad, futuro ni anhelos gozosos. Encontró
remordimientos en lugar de felicidad porque estaba convencido de que Perry la había
matado al oír su palabra, pese a que sólo fue un susurro murmurado veinticinco años
después.
—Se suicidó gratuitamente —opinó Burden—. Se suicidó por una ilusión. Podría
haber sido feliz, haberse vuelto a casar. Ni él ni Perry habían hecho nada.
—Mike, la intención existía —puntualizó Wexford pensativo—. Y era algo más
que el deseo de que su esposa muriera, ¿no le parece? Por muy difusa que parezca,
era una instrucción explícita que le había dado a un matón y asesino de poca monta
con el que nunca debió tratar. ¿No cree que a Knighton le habría seguido
remordiendo la conciencia aunque hubiéramos encontrado al que cometió el crimen
mientras estaba vivo? Le pesaba, se sentía asqueado y sospecho que también pudrió
sus sentimientos hacia el gran amor de su vida. Los hombres como Knighton no
deberían cometer delitos ni siquiera por delegación, más les vale no implicarse en
delitos que imaginan que han perpetrado indirectamente.
Burden miró la hora.
—Tiene que haber llegado. Son poco más de las diez. —Como Wexford no
respondió, añadió tajantemente—: Me refiero al verdadero asesino. Usted dijo que
prefería que no fueran a buscarlo a su casa.
—En estas circunstancias, no. —Wexford suspiró—. Aunque no hará gran
diferencia, sólo un par de horas. Sospecho que no hablará demasiado, pero no
necesitamos su confesión. Todo está claro como el agua. Debí verlo desde el primer
momento, pero China se interpuso, China y lo que allí ocurrió me confundieron. Y
hay que reconocer que China tuvo mucho que ver con el móvil.
—Compró el arma a cara descubierta en una armería respetable, Warrington
Weapons de London Wall —dijo Burden—. Fue fácil. Y nos allana el terreno.
—La contabilidad que llevaba, o que no llevaba, también será una prueba
irrecusable. Mike, dedicaremos el día a evaluar sus malabarismos financieros. Venga,

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vamos a buscarlo.

Habían terminado. Ya no había nada que hacer hasta que, a la mañana siguiente, se
reuniera el tribunal especial. Hacía muchas horas que era de noche, con esa oscuridad
húmeda y brumosa de noviembre. Wexford cogió el abrigo y se lo colgó del hombro.
—Un trago no me vendría nada mal.
—Vayamos a mi casa —propuso Burden.
Wexford estaba muy cansado, tanto como después de las noches de insomnio en
China. Le daba vueltas la cabeza, tenía la impresión de que estaba atestada de cifras,
tergiversaciones y mentiras. Pero no había nada más en qué pensar ni de qué hablar
salvo de lo que habían hecho hasta entonces y siguieron dándole al tema.
—¿Está seguro de que Bingley vio a Perry en el bosque? —preguntó Burden.
—¿Pudo ser de otra manera? Bingley estaba tan confundido que se convenció de
que el hombre que vio regresaba de Thatto Vale en lugar de ir hacia allí. Además,
Perry fue por la carretera y volvió por el sendero. Si Perry llegó a Thatto Hall Farm a
las tres, tardó diez o quince minutos en cortar el cristal y otros diez para recorrer la
casa y encontrar el cadáver, lo más probable es que fueran las cuatro menos diez
cuando pasó por el sitio donde estaba Bingley. O donde había estado, ya que a esa
hora seguramente Bingley había vuelto a su casa.
Utilizaron el coche de Wexford porque Jenny se había llevado el de Burden. El
inspector jefe condujo despacio a causa del cansancio.
—Bingley vio a un hombre de pelo cano —insistió Burden.
—¿Podemos estar seguros? Acudió a nosotros porque la sobrina le dijo que era su
deber. Había visto a un hombre regresando a Sewingbury por el sendero a las tres de
la madrugada del dos de octubre. Tenía miedo de venir a vernos por sus actividades
como cazador furtivo. Para satisfacernos, se inventa una historia lo más parecida a lo
que cree que nos caerá bien. Knighton es alto y tiene el pelo gris o plateado. Bingley
conoce a Knighton de vista o ha visto su foto en los diarios. En consecuencia, dice
que el hombre que vio era alto y de pelo gris. Cuando le muestro las fotos, el asunto
toma otro cariz. Entonces recuerda el verdadero aspecto del hombre que vio en el
bosque. De los presentes en las fotos no señala a Knighton, que es el más parecido a
Silver Perry. Señala a Gordon Vinald, que no se le parece porque es juvenil, moreno,
bastante bajo y tirando a delgado.
Aunque la luz del porche estaba encendida, el bungalow de Burden se encontraba
sumido en la oscuridad. Wexford se apeó del coche y caminó por el sendero hacia la
luz. Algo suave y sigiloso surgió entre las sombras y se frotó contra la pernera de su
pantalón. El inspector jefe dio un brinco porque estaba fatigado y la jornada había
sido agotadora. Burden abrió la puerta y Wexford lo siguió al interior de la casa,
llevando al gato en brazos.
—Bingley no pudo señalar en las fotos al hombre que mató a Adela Knighton

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simplemente porque no aparecía en ellas. En consecuencia, señaló al que más se le
parecía. Escogió al único sujeto del grupo que era joven, moreno, bajo y delgado.
La araña de la sala se encendió y la bombilla de la lámpara de mesa parpadeó,
chisporroteó y se apagó. El resplandor enceguecedor procedente del techo hizo que
Wexford retrocediera y pestañeara. Burden apagó la araña.
—Iré a buscar una bombilla nueva. Ahora tendré que adivinar dónde las guarda
Jenny. ¿Qué le gustaría hacer después? ¿No sería buena idea tomar un whisky?
—No debería —dijo Wexford casi con la misma actitud que había adoptado
Milborough Ingram, aunque el inspector jefe pensaba en su salud más que en su
figura y su rostro—. De todos modos, me lo echaré al coleto.
Permaneció a oscuras, aunque no del todo porque del recibidor llegaba un poco
de luz. La puerta de servicio sonó estentóreamente cuando Burden salió en dirección
al garaje. El gato se consagró a las impertinencias típicas de los felinos: miró el vacío,
siguió la nada con los ojos alrededor de la sala. Se bajó del regazo de Wexford, se
sentó en el suelo, movió ligeramente la cola y miró hacia la puerta y la luz.
En medio de esa penumbra —aparentemente salida de la nada— surgió una
anciana china con los pies vendados, pantalón oscuro y chaqueta acolchada; caminó
con sus pies menudos y pasos medidos y se detuvo en el umbral. El corazón de
Wexford dejó de latir. Tuvo la sensación de que había sufrido un síncope y los latidos
acompasados le resultaron casi dolorosos.
—¿Qué hace sentado a oscuras? —preguntó Jenny Burden—. ¿Dónde está Mike?
Wexford logró recuperar la voz:
—Ha salido a buscar una bombilla.
Jenny Burden entró en la cocina con las altas sandalias con suela de madera que
le constreñían el paso y regresó en seguida con una bombilla. La lámpara de la mesa
se encendió y Wexford vio a la esposa de Burden, disfrazada de china pero no de
vieja, con una peluca negra que ocultaba sus rubios cabellos. El gato se frotó contra
Jenny y serpenteó entre sus tobillos.
—¿Es usted la buena persona de Sezuán?
—Tuvimos ensayo general. Como ya había anochecido, pensé que podía volver a
casa tal como estaba. —Besó a Burden, que había aparecido con los vasos de whisky
—. Si me disculpáis, iré a cambiarme.
—Por Dios, supongo que volvió a pensar que alucinaba —comentó Burden.
Wexford guardó silencio y cogió el vaso de whisky con mano firme.
—¿Entonces Bingley vio a Angus Norris? —preguntó Burden.
—Sin lugar a dudas. Después de entrar en Thatto Hall Farm con la llave de su
esposa, sacó a su suegra de la cama, la obligó a bajar y la mató. Regresó a su casa por
el sendero, motivo por el cual Bingley lo vio a las tres de la madrugada.
—Supongo que le dijo que su esposa estaba enferma, de parto prematuro o algo
por el estilo y que no habían podido hablar con ella por teléfono. Le disparó en la
nuca porque, como todo caballero que se precia, dejó que la dama lo precediera. Y

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como su esposa podía ponerse de parto en cualquier momento…
—Espero que sea un consuelo para ella —murmuró Wexford sombríamente—. La
madre, el padre y ahora el marido. El suicidio de Knighton destrozó a Norris.
¿Recuerda su cara? No se lo esperaba. Sospecho que creía que, matando a Adela, le
hacía un favor a Knighton. Supongo que no lo planeó, al menos con gran
premeditación. No fue a Londres ni a Warrington Weapons y compró el arma
sabiendo lo que haría. La adquirió porque colecciona armas de fuego. Más adelante,
tal vez el mismo primero de octubre, su esposa le comentó que su padre pasaría la
noche en Londres. Jennifer dormía profundamente porque tomaba somníferos. No se
enteró de que su marido se ausentó una hora. Supongo que Norris estaba desesperado.
Se había casado con una mujer que esperaba que la mantuvieran al mismo nivel que
su madre, sus hermanos mayores y sus esposas, y él no daba la talla. Sólo contaba
con lo que ganaba como ayudante de procurador en la firma Symonds, O’Brien and
Ames. Sólo son suposiciones, pero estoy seguro de que compró la casa en que vivía
con una hipoteca muy por encima de sus posibilidades. La carestía de la vida fue en
aumento y otro tanto ocurrió con las tasas de interés de la hipoteca. Es patente que
esa casa ni siquiera está adecuadamente amueblada. Hoy hemos visto su situación
económica lo suficiente para saber que tenía grandes deudas. Había un niño en
camino, lo que probablemente significaba que Jennifer reclamaría una criada. Las
preocupaciones económicas lo devoraron. Cogió la automática, caminó hasta Thatto
Hall Farm y mató a la madre de Jennifer, convencido de que todos pensaríamos que
la señora Knighton se había levantado de la cama, bajado y dejado pasar a un
desconocido. Está claro que Norris está cortado por el mismo patrón que la familia de
su esposa: cree pertenecer a una élite que está por encima de toda sospecha.
—La empresa donde trabaja llevaba los asuntos de la señora Knighton. Como le
redactaron el testamento, Norris sabía qué recibiría su esposa: cincuenta mil libras.
—Sólo era un móvil secundario, un dividendo extraordinario. El móvil principal
fue el fondo para vacaciones de la señora Knighton.
—No encontramos una sola referencia, un solo registro sobre esta cuestión.
—Deduzco que Norris pensó que así estaba más seguro. Me atrevería a decir que
incluso tuvo la loca idea de que, si se presentaba el momento de la verdad, negaría
que su suegra le hubiese confiado una abultada cifra para inversiones. Pero eso habría
supuesto que tanto él como su esposa cortaran con la familia Knighton y renunciaran
a la herencia. Y no tuvo valor, sólo se atrevió a matarla.
—Probablemente usó dinero del fondo de vacaciones para sus propios fines y,
más allá de toda esperanza, se hizo la ilusión de que podría cubrir el déficit antes de
que Adela reclamara una suma considerable.
Wexford asintió con la cabeza.
—Al fin y al cabo, en abril tuvo que entregarle cuatro mil libras para el viaje a
China, cifra considerable para unas simples vacaciones.
—Ocurrió hace más de seis meses —puntualizó Burden—. ¿Por qué la mató

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ahora?
—Porque le pidió dinero. Adela Knighton quería visitar la India y Nepal en
febrero. ¿Cuánto habría costado ese viaje para dos personas? Como mínimo, lo
mismo que el viaje a China. Probablemente en el fondo para vacaciones ya no
quedaba tanto dinero. Norris podría pagar sus deudas con la herencia de Jennifer.
Podría devolver lo que había utilizado del fondo y presentar todo el dinero en cuanto
Knighton o su cuñado empezaran a hacer preguntas.
—¿No es extraño que un hombre prefiera matar y pasar quince años preso, para
no hablar de perder a su esposa y a su hijo, cosa que sin duda ocurrirá, antes que dar
la cara y reconocer que ha perdido dinero?
Wexford se encogió de hombros.
—En un sentido u otro, todos somos cobardes.
El inspector jefe alzó la mirada y sonrió cuando apareció Jenny vestida de sí
misma.

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RUTH RENDELL (Londres, 1930 - 2015). Fue una escritora británica de novela
negra. Ha publicado también bajo el seudónimo Barbara Vine. Su primera novela
publicada fue From Doon with Death en 1967 en la que aparece por primera vez uno
de sus personajes más populares, el inspector Wexford. Aparte de la serie Wexford,
ha escrito más de treinta novelas negras y numerosos cuentos de misterio.
Ha ganado numerosos premios, tales como la Gold Dagger por su contribución al
género negro de la Crime Writers Association, tres premios Edgar Allan Poe, el
National Book Award, etc.
Es característico de su técnica literaria el uso del intertexto, utilizando clásicos
incuestionables de la literatura inglesa y universal para crear, a partir de ellos, nuevos
argumentos, por ejemplo, en Carne trémula (1986) utiliza elementos de Crimen y
castigo de Dostoyevski; La casa de las escaleras (1988) tiene como una de sus
principales líneas argumentales la intriga de Las alas de la paloma de Henry James y
utiliza también fragmentos de El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald.
Algunas de sus obras han sido llevadas a la pequeña pantalla.

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