1.dedicatoria Mortal - Ruth Rendell
1.dedicatoria Mortal - Ruth Rendell
Margaret en casa. Era la primera vez que ocurría en los casi seis años de
matrimonio. El inspector Burden intentó calmarlo; pensó que el hombre
estaba sugestionado por la literatura policíaca a la que era aficionado. Pero
la esposa no regresó esa noche. Al día siguiente, el Departamento de
Investigación Criminal de Kingsmarkham comenzó a indagar. Margaret era
predicadora laica en la Iglesia; una mujer dedicada a su hogar que vestía de
forma muy sencilla y nunca se maquillaba. El cadáver estaba junto a un árbol
en un bosquecillo de las proximidades. Entre las hierbas, un lápiz de labios.
Y en el desván del modesto hogar de los Parsons, varios libros de poesía en
ediciones de lujo con dedicatorias manuscritas. Las firmaba Doon. El
inspector jefe Wexford debía hallarlo.
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Ruth Rendell
Dedicatoria mortal
Inspector Wexford - 01
ePub r1.0
Titivillus 03.05.15
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Título original: From Doon With Death
Ruth Rendell, 1964
Traducción: Celia Filipetto Isicato
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Para Doon
TC «Me has destrozado el corazón»
Me has destrozado el corazón. Ya está, lo he escrito. Aunque no para que
lo leas, Minna, porque nunca te enviaré esta carta; no se arrugará ni
amarilleará bajo los efectos de tu risa, los labios finos, la boquita arrugada,
esa risa como música de salterio…
¿Debo hablarte de la Musa que me esperaba? Quería que caminaras a mi
lado para adentrarnos en sus abovedados salones. ¡Nos esperaban los
manantiales del Helicón! Te habría dado el alimento del alma, el pan de la
prosa y el vino de la poesía. Ay, el vino, Minna, el vino… que es la sangre
del trovador, roja como una rosa.
Nunca haré ese viaje, Minna, porque cuando te ofrecí el vino me pagaste
con las aguas de la indiferencia. Envolví en oro el pan pero tú ocultaste mis
hogazas en el cántaro del desprecio.
Realmente me has destrozado el corazón y has estrellado la copa de vino
contra la pared…
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Llámala una vez más,
con voz que ella reconozca,
«¡Margaret, Margaret!»
Matthew Arnold, El tritón abandonado
—Creo que está usted sacando las cosas de quicio, señor Parsons —dijo Burden.
Estaba cansado y se proponía llevar a su mujer al cine; Además, lo primero en
que había reparado en cuanto Parsons lo hizo pasar a la habitación habían sido los
libros de la estantería contigua a la chimenea. Los títulos bastaban para poner
nervioso al más sensato e inquietar a cualquiera cuando no existían motivos para la
inquietud: Palmer el envenenador, El juicio de Madeleine Smith, Tres novias
ahogadas, Procesos famosos, Antología de destacados juicios británicos.
—¿No le parece que se ha dejado sugestionar por estas lecturas?
—Me interesa el delito —repuso Parsons—, es un tema al que soy aficionado.
—Ya lo veo. —Burden no pensaba sentarse si podía evitarlo—. No puede decir
que su mujer ha desaparecido. Hace una hora y media que ha llegado usted a casa y
ella no está. Eso es todo. Seguramente ha ido al cine. Por cierto, yo mismo me
dispongo a ir a ver una película con mi mujer. Es probable que la veamos al salir.
—Margaret no haría una cosa así, señor Burden. Yo la conozco y usted no. Hace
casi seis años que estamos casados y en todo ese tiempo nunca he vuelto a casa para
encontrarme con que no había nadie.
—Le diré lo que voy a hacer. Me pasaré un momento al volver del cine. Pero ya
puede usted apostar hasta el último céntimo a que para entonces su mujer habrá
regresado. —Comenzó a dirigirse hacia la puerta—. Si lo prefiere, pásese usted por la
comisaría. No estará de más.
—No, no iré. Lo que ocurre es que como vive usted al final de la calle y es
inspector…
«Y estoy de permiso —pensó Burden—. Si fuera médico en lugar de policía
podría, además, tener pacientes en la consulta privada. Apuesto a que si tuviera que
pagarme honorarios mis servicios ya no le interesarían tanto».
«Sí que tiene gracia la cosa. Las esposas normales y corrientes, tan
convencionales como la señora Parsons, las esposas que siempre tienen lista la cena
para sus maridos a las seis en punto no suelen salir así de repente sin dejar una nota»,
pensó en la oscuridad de la sala de cine semivacía.
—¿No me habías dicho que la película era buena? —le susurró a su mujer.
—A los críticos les gustó.
—Los críticos.
Otro hombre, seguro que era eso. ¿Pero la señora Parsons con otro hombre? O un
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accidente, quizá. Se había mostrado un poco renuente a que Parsons telefoneara de
inmediato a la comisaría.
—Oye, cariño —dijo—. Esto no hay quien lo aguante. Quédate tú a ver el final.
Tengo que volver a ver a Parsons.
—Ojalá me hubiera casado con ese periodista al que tanto le gustaba.
—Estás de guasa —le dijo Burden—. Se habría pasado toda la noche fuera de
casa para sacar el periódico a la calle. O para acostarse con la secretaria del director.
Subió presuroso por Tabard Road y aminoró la marcha al llegar a la casa
victoriana donde vivía Parsons. Estaba a oscuras, las cortinas del mirador de la planta
baja estaban descorridas. La señora Parsons debió de ser una mujer orgullosa de su
casa. ¿Debió de ser? ¿Y por qué no «era»?
Parsons le abrió sin darle tiempo a llamar. Conservaba su aspecto pulcro, con su
traje un tanto raído y la corbata de nudo apretado. Pero en el rostro lucía una palidez
verdosa. A Burden le recordaba la cara de un ahogado que había visto en cierta
ocasión en un depósito de cadáveres. Le habían vuelto a poner las gafas sobre la nariz
abultada para facilitarle las cosas a la chica que había ido a identificarlo.
—No ha vuelto —le dijo con una voz que presagiaba un resfriado pero que
probablemente no fuera más que miedo.
—Tomemos una taza de té —sugirió Burden—. Y mientras, hablaremos del
asunto.
—No dejo de preguntarme qué puede haberle ocurrido. Esta zona es tan abierta.
Claro que estando en el campo es lógico, ¿no?
—Esto le pasa por leer esos libros —le dijo Burden—. No es sano.
Volvió a mirar las cubiertas de papel satinado. En el lomo de uno se veía una
mezcolanza de revólveres y cuchillos contra un fondo rojo sangre.
—No son para profanos —añadió—, ¿puedo hacer una llamada?
—Sí, el teléfono está en el salón.
—Hablaré con la comisaría. Quizá tengan alguna novedad de los hospitales.
El salón tenía todo el aspecto de no haber sido utilizado jamás. No sin cierta
consternación reparó en su limpia pobreza. Por el momento no había visto ningún
mueble que aparentara menos de cincuenta años. Burden estaba acostumbrado a
entrar en todo tipo de casas y reconocía un mueble antiguo en cuanto lo veía. Pero los
de esa casa no eran antiguos y nadie los habría elegido por bonitos o raros. Eran
sencillamente viejos. «Lo bastante viejos como para ser baratos —pensó Burden—, y
al mismo tiempo lo bastante nuevos como para no ser caros». La tetera silbó y oyó a
Parsons trasteando con las tazas en la cocina. Una taza cayó al suelo con estrépito.
Sonó como si aún conservaran el viejo piso de cemento. Volvió a pensar para sus
adentros que estar sentado en aquellas habitaciones de techo alto, oír los inexplicables
crujidos de las escaleras y el aparador, leer acerca de venenos, ahorcamientos y
sangre bastaba para poner la carne de gallina a cualquiera.
—He dado parte de la desaparición de su esposa —le informó a Parsons—. De los
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hospitales no hay ninguna novedad.
Parsons encendió la luz de la habitación de atrás y Burden lo siguió. Debajo de la
pantalla de pergamino que colgaba del centro del techo debía de haber una bombilla
de pocos vatios. Unos sesenta calculó. La pantalla dirigía toda la luz hacia abajo
dejando sumido en la oscuridad el techo con sus decoraciones de frutas bulbosas de
yeso y en sombras más negras los rincones. Parsons depositó las tazas en el aparador,
un enorme trasto de caoba que, con sus gradas, sus galerías y estantes salientes
adornados con molduras, más parecía una fantástica casa de madera que un mueble.
Burden se sentó en una silla de brazos de madera y asiento de pana marrón. El frío
del suelo de linóleo se filtraba a través de la suela de los zapatos.
—¿Tiene alguna idea de dónde puede haber ido su mujer?
—Lo he estado pensando. Me he devanado los sesos y no se me ocurre ningún
sitio.
—¿Qué me dice de los amigos de su mujer? ¿De su madre?
—Su madre ha muerto. Y aquí no tenemos muchos amigos. Nos trasladamos hace
apenas seis meses.
Burden revolvió su té. Fuera el aire estaba cargado y húmedo. Dentro, en aquella
estancia oscura de gruesas paredes, imaginó que siempre debía parecer invierno.
—No me gusta tener que decírselo, pero alguien acabará preguntándoselo. Tanto
da que sea yo. ¿Es posible que se haya ido con otro hombre? Lo siento, pero tenía que
preguntárselo.
—Claro que tenía que preguntármelo. Ya lo sé, está todo aquí. —Dio un golpecito
a la librería—. Las preguntas de rutina, ¿no? Pero se equivoca. Margaret no. Es de
risa. —Hizo una pausa sin reírse—. Margaret es una buena mujer. Es predicadora
laica en la iglesia de Wesleyan que está al final de la calle.
«No tiene sentido que insista», pensó Burden. Le gustara o no, otros se
encargarían de interrogarlo y de hurgar en su vida privada, si cuando llegara el último
tren y el último autobús hubiera entrado en la cochera de Kingsmarkham ella aún no
había vuelto a su casa.
—Supongo que habrá mirado usted por toda la casa, ¿verdad? —le dijo.
Llevaba un año pasando en su coche dos veces al día por aquella calle pero era
incapaz de recordar si la casa en la que se encontraba tenía dos o tres plantas. Su
cerebro de policía intentó volver a proyectar la imagen de la retina en su ojo de
investigador. Una ventana mirador en el piso de abajo, dos ventanas de guillotina
encima del mirador y… sí, otras dos más pequeñas más arriba, debajo de los
párpados empizarrados del tejado. «Una casa fea —dijo para sus adentros—, fea e
inhóspita».
—Miré en los dormitorios —repuso Parsons. Dejó de pasearse y la esperanza le
coloreó las mejillas. El miedo volvió a hacerlas palidecer cuando añadió—: ¿Cree
que podría estar arriba en los desvanes? ¿Desmayada o algo así?
«Difícilmente seguirá allí si lo único que ha tenido es un desmayo —pensó
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Burden—. Una hemorragia cerebral es más probable, o algún tipo de accidente».
—Es evidente que debemos comprobarlo —dijo—. Había dado por sentado que
ya lo había hecho usted.
—La llamé pero no me contestó nadie. Apenas vamos por ahí arriba. Esas
habitaciones no se usan.
—Vamos —dijo Burden.
La luz del pasillo era más tenue aún que la del comedor. La pequeña bombilla
proyectaba un pálido fulgor sobre la estrecha alfombra tejida de color rosa, sobre el
linóleo imitación parquet en tonos marrones claros y oscuros. Parsons subió las
empinadas escaleras seguido de Burden. La casa era bastante grande, pero los
materiales que habían utilizado para construirla eran de mala calidad y la mano de
obra, inexperta. Al primer descansillo daban cuatro puertas de aspecto endeble con
entrepaños pero sin molduras. Los rectángulos planos de conglomerado entre los
peinazos le recordaban a Burden las ventanas tapiadas de las casas viejas.
—He mirado en los dormitorios —dijo Parsons—, ¡santo cielo, quizá esté ahí
arriba, tendida en el suelo, indefensa!
Señaló hacia lo alto del estrecho tramo de escaleras sin alfombrar y Burden reparó
que había dicho «¡Santo cielo!», no «¡Ay, Dios!» o «¡Dios mío!» como habrían hecho
otros hombres.
—Acabo de recordar que en el desván no hay bombillas. —Parsons entró en el
primer dormitorio, desenroscó la bombilla de la lámpara central y le dijo—: Fíjese
por dónde camina.
En la escalera reinaba la más absoluta oscuridad. Burden abrió de par en par la
puerta que tenía delante. A esas alturas estaba seguro de que iban a encontrarla
despatarrada en el suelo y quería acabar con aquello lo antes posible. Mientras subían
las escaleras imaginaba la cara que iba a poner Wexford cuando le dijera que la mujer
había estado en la casa desde el principio.
Del desván salía un frío húmedo mezclado con olor a alcanfor. La habitación se
encontraba parcialmente amueblada. Burden alcanzó a distinguir apenas la silueta de
una cama. Parsons se acercó a ella a trompicones, se puso de pie sobre el cubrecamas
de algodón y enroscó la bombilla en el portalámparas. Como las de abajo, emitió una
luz precaria que se coló débilmente por la pantalla plagada de agujeritos y fue a
decorar el techo y las paredes pintadas al temple con puntos amarillos. La ventana no
tenía cortinas. Por el negro cuadrado se filtró la luz fría y brillante de la luna para
volver a desaparecer al ocultarse tras el borde escalonado de una nube.
—Aquí no está —anunció Parsons.
Había dejado unas huellas polvorientas sobre la tela blanca que, como una
mortaja, cubría el armazón de la cama.
Burden la levantó y miró debajo de la cama, el único mueble de la estancia.
—Mire en la otra habitación —le dijo.
Parsons volvió a repetir los movimientos monótonos y enloquecedoramente
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lentos de quitar la bombilla. Iluminados únicamente por el frío brillo que penetraba
por la ventana, subieron al segundo desván, que era más pequeño y estaba más
atestado. Burden abrió un aparador y levantó las tapas de dos baúles. Notó que
Parsons lo miraba fijamente; quizá estuviera pensando en lo que él llamaba su afición
y en las cosas que los baúles podían contener. Pero esos baúles estaban llenos de
libros, libros viejos de los que a veces se encuentran en las mesas de las librerías de
segunda mano.
El aparador estaba vacío y el papel que recubría las paredes se estaba despegando,
pero no había arañas. La señora Parsons era una mujer orgullosa de su casa.
—Son las diez y media —dijo Burden echando un vistazo a su reloj—. El último
tren no llega hasta la una. Podría venir en él.
—No ha ido a ninguna parte en tren —comentó Parsons, obstinado.
Volvieron a bajar haciendo antes una pausa para volver a colocar la bombilla en el
primer dormitorio. El hueco de la escalera tenía un no sé qué de siniestro y
espeluznante que, según Burden, habría quedado fácilmente disipado con pintura
blanca y luces más potentes. Mientras iban descendiendo pensó momentáneamente en
aquella mujer y en la vida que llevaba allí, atareada con sus quehaceres, tratando de
sacarle un poco de elegancia a la madera color de barro, al feo linóleo surcado de
ondulaciones.
—No sé qué hacer —dijo Parsons.
Burden no quería volver al pequeño comedor con los muebles grandes, donde los
esperaban las dos tazas con los restos del té. A esas horas Jean ya habría regresado
del cine.
—Podría intentar usted llamar a sus amigos de la iglesia —le sugirió al tiempo
que se dirigía hacia la puerta.
Si Parsons hubiera sabido cuántas denuncias recibían sobre desaparición de
mujeres y qué porcentaje tan reducido de ellas aparecían muertas en los campos o a
trozos en baúles…
—¿A estas horas de la noche?
Parsons se mostró escandalizado casi, como si las costumbres de toda una vida, la
regla que establece que nunca se ha de llamar a nadie después de las nueve de la
noche, no debiera violarse ni siquiera en casos extremos.
—Tómese un par de aspirinas y procure dormir —le aconsejó Burden—. Si
ocurriera algo llámeme. Ya hemos informado a la comisaría. No podemos hacer más.
En cuanto sepan algo se lo dirán.
—¿Qué me dice de mañana por la mañana?
«Si fuera una mujer —reflexionó Burden—, me rogaría que me quedara. Se me
colgaría del brazo y me pediría: “¡No me deje!”».
—Pasaré a verlo de camino a la comisaría —repuso.
Parsons no cerró la puerta hasta que Burden hubo recorrido la mitad de la calle.
Se volvió en una ocasión y vio su cara blanca y perpleja y el tenue resplandor del
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vestíbulo proyectado sobre el umbral de bronce. Entonces se sintió inútil por no haber
podido proporcionar ningún consuelo a aquel hombre y levantó la mano a manera de
saludo.
Las calles estaban desiertas, tranquilas con el silencio casi tangible del campo por
la noche. Tal vez en esos momentos la mujer estaba en la estación, cruzando
presurosamente el andén, oprimida por la culpa, bajando las escaleras de madera,
uniendo mentalmente los hilos de la coartada que había pergeñado. Tendría que ser
una buena coartada, se dijo Burden al pensar en el hombre que esperaba en la
precaria frontera entre la esperanza y el pánico.
No le iba de paso, pero se dirigió a la esquina de Tabard Road y miró hacia High
Street. Desde allí alcanzaba a divisar hasta el comienzo de Stowerton Road donde los
últimos coches abandonaban el antepatio de El Olivo y la Paloma. La plaza del
mercado estaba vacía, las únicas personas que se veían eran un par de enamorados
asomados al puente de Kingsbrook. Mientras miraba, el autobús de Stowerton
apareció entre los pinos albares y el horizonte. Volvió a desaparecer en la bajada que
había después del puente. Cogidos de la mano, los enamorados echaron a correr hacia
la parada del centro de la plaza del mercado y el autobús se detuvo cerca de los
puestos desmantelados del ganado. No bajó nadie. Burden suspiró y volvió a casa.
—No ha aparecido —le informó a su mujer.
—Es curioso, Mike. Hubiera jurado que no es de las que se marchan con otro
hombre.
—¿No era demasiado atractiva?
—Yo no lo diría exactamente así —repuso Jean—. Pero tenía un aspecto tan…
tan respetable. Zapatos planos, nada de maquillaje, una permanente discreta y el pelo
recogido con horquillas. Ya sabes lo que quiero decir. Debes de haberla visto.
—Es posible —admitió Burden—. Pero no reparé en ella.
—Yo no diría que es una mujer fea. Tiene una cara especial, un tanto anticuada, el
tipo de caras que se ven en los álbumes familiares. Puede que no llegaras a admirar su
rostro, Mike, pero no se te olvidaría.
—Pues a mí se me ha olvidado —dijo Burden.
Relegó a la señora Parsons al fondo de su mente y se pusieron a hablar de la
película.
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Una mañana la hembra del pájaro no se acurrucó en el nido,
no regresó ni esa tarde ni la siguiente,
ni volvió a aparecer jamás.
Walt Whitman, El pájaro pardo
Burden se durmió enseguida, acostumbrado a las crisis. Incluso allí, una pequeña
ciudad de mercado que esperaba encontrar aburrida después de Brighton, los del
Departamento de Investigación Criminal rara vez estaban ociosos.
El teléfono sonó a las siete.
—Burden al habla.
—Soy Ronald Parsons. Mi mujer no ha vuelto a casa. Ah, señor Burden, y no se
ha llevado abrigo.
Estaban a finales de mayo y había hecho un tiempo frío y borrascoso. Una brisa
fuerte onduló las cortinas del dormitorio. Se incorporó en la cama.
—¿Está seguro? —le preguntó.
—Como no podía dormirme me dediqué a revisar su ropa y estoy seguro de que
no llevaba abrigo. Sólo tiene tres: un impermeable, el abrigo de invierno y otro viejo
que se pone para arreglar el jardín.
Burden le sugirió que tal vez se hubiera puesto un traje chaqueta.
—Sólo tiene un traje sastre y está en su armario. Creo que debía de llevar puesto
un vestido de algodón, uno nuevo. —Hizo una pausa y después de carraspear, aclaró
—: Se lo acababa de hacer.
—Voy a vestirme —le dijo Burden—. Pasaré a recogerlo dentro de media hora e
iremos juntos a la comisaría.
Parsons se había afeitado y vestido. Tenía los ojos muy abiertos por el miedo.
Acababa de lavar las tazas de té que habían utilizado la noche anterior y las había
puesto a escurrir en un escurridor casero de varillas de madera. A Burden le maravilló
el inveterado hábito de la respetabilidad que impulsaba a aquel hombre, víctima de
una crisis, a acicalarse y a poner su casa en orden.
Trató de dejar de observar fijamente aquel agujero de cocina, la caldera que había
en un rincón, la vieja cocina de gas con patas, la mesa forrada con hule verde fijado
con chinchetas. No tenían lavadora ni nevera. Como la pintura se desconchaba y
había herrumbre rojo por todas partes, tenía aspecto sucio. Sólo después de mirar
atentamente, cuando Parsons no reparaba en él, Burden descubrió que en realidad
reinaba allí una limpieza rayana en un patético fanatismo.
—¿Está usted en condiciones? —preguntó. Parsons cerró la puerta trasera con
una llave enorme. Le tembló la mano apoyada contra los azulejos veteados—. ¿Lleva
usted la foto?
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—En el bolsillo.
Al pasar delante del comedor volvió a reparar en los libros. Los títulos de las
cubiertas rojas, amarillas y negras saltaban a la vista. Ahora que ya había llegado la
mañana, y la mujer continuaba sin aparecer, Burden se preguntó si Tabard Road no
acabaría engrosando la crónica de calles siniestras junto a Hilldrop Crescent y
Rillington Place.
¿Acaso se publicaría un relato sobre la desaparición de Margaret Parsons en otro
libro como aquéllos, desde cuya cubierta miraría la cara de su compañero? Los
asesinos siempre tienen cara de hombres corrientes. ¡Cuánto menos horripilante sería
si el asesino llevara la marca de Caín para que todo el mundo la viera! ¿Pero Parsons?
Podía haberla matado, pues instrucción no le faltaba. Lo probaban sus libros de texto.
Burden pensó en el abismo que separa la teoría de la práctica. Dejó de fantasear y
siguió a Parsons hasta la puerta principal.
Kingsmarkham había despertado y comenzaba a animarse. Las tiendas seguían
cerradas, pero los autobuses llevaban ya dos horas funcionando. De vez en cuando el
sol brillaba en haces de un fulgor aguado y luego volvía a ocultarse detrás de las
nubes blancas, densas y azules, cargadas de lluvia. La cola del autobús llegaba casi
hasta el puente; unos hombres, solos o en parejas, bajaban hacia la estación tocados
con bombín, armados con precavidos paraguas. La costumbre de años les había
quitado el miedo a la hora larga de viaje que los separaba de Londres.
Burden se detuvo en el cruce y esperó a que un tractor anaranjado cruzara la calle
principal.
—Todo continúa como si nada hubiera pasado —observó Parsons.
—Menos mal —dijo Burden y giró a la izquierda—. Eso nos ayuda a mantener el
sentido de la medida.
La comisaría se encontraba, como era adecuado, en el camino de acceso a la
ciudad, a manera de vigilante bastión o de advertencia. Era nueva, blanca y cuadrada
como una caja de jabón y, en opinión de Burden, inútilmente decorada aquí y allá con
colores de caja de jabón. Contra los arcos altos y antiguos de los olmos, a pocos
metros de la última casa estilo Regencia, su blancura y su brillo resaltaban
ostentosamente como lo hubiera hecho una basura llamativa en el claro de un bosque.
Su traslado a Kingsmarkham había coincidido con el fin de las obras, pero aún
ahora, al ver la comisaría no dejaba de sorprenderse. Observó la reacción de Parsons
cuando traspusieron el umbral de la puerta principal. ¿Se mostraría atemorizado o
simplemente precavido como cualquier ciudadano de a pie? En realidad, le pareció
sencillamente asombrado.
No era la primera vez que aquel lugar irritaba a Burden. La gente esperaba
encontrarse con pino y linóleo, tapetes verdes y corredores con eco, pues resultaban
más represores para los delincuentes y más reconfortantes para los inocentes. El
mármol y las baldosas veteadas irregularmente con un dibujo que hacía aguas, el
tablón de anuncios con pinzas, el amplio mostrador negro en forma de parábola que
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se adentraba hasta la mitad del vestíbulo, sugerían que por encima de todas las cosas
debían reinar el orden y una armonía de diseño. Era como si el destino personal de los
hombres y mujeres que entraban por las puertas de batientes importara menos que los
expedientes impecables del inspector jefe Wexford.
Dejó al aturdido Parsons entre una planta de plástico y una silla con forma de
cuenco de cuchara, una cuchara esponjosa, color rojo cual jarabe para la tos. Mientras
llamaba a la puerta de Wexford pensó que era absurdo construir una caja de cemento
llena de trastos como aquélla en medio de las casas amontonadas de High Street.
Wexford le gritó que entrara y abrió la puerta de un empellón.
—El señor Parsons está fuera, señor Wexford.
—Está bien. —Wexford echó un vistazo a su reloj—. Lo veré ahora.
Era más alto que Burden, corpulento sin llegar a ser gordo, tenía cincuenta y dos
años y era el prototipo de actor, que interpreta a un policía importante. Había nacido
al final del camino, en Pomfret, y vivido la mayor parte de su vida en aquella zona de
Sussex; conocía a casi toda la gente y se conocía el distrito lo bastante bien como
para considerar como una simple decoración el mapa que colgaba de la pared
amarilla como un botón de oro.
Parsons entró muy nervioso. Tenía una mirada furtiva y cautelosa y había en él
algo desafiante, como si supiera que iban a herirlo en su orgullo y se estuviera
preparando para defenderse.
—Es algo muy preocupante para usted —dijo Wexford con voz firme y segura sin
recalcar ninguna palabra en particular—. Me comenta el inspector Burden que no ha
visto a su mujer desde ayer por la mañana.
—Así es. —Sacó del bolsillo la instantánea de su mujer y la depositó sobre el
escritorio de Wexford—. Es ella, Margaret. —Con un movimiento de cabeza indicó
hacia Burden y explicó—: Él me dijo que usted querría verla.
En la foto se veía una mujer más bien joven, vestida con una blusa de algodón y
una falda acampanada; estaba de pie en el jardín de los Parsons con los brazos caídos
a los lados y una postura un tanto rígida. Lucía una sonrisa forzada y miraba en
dirección al sol; parecía agitada, como si le faltara el resuello o acabaran de distraerla
de alguna tarea del hogar, de fregar los platos, por ejemplo, y se hubiera quitado el
delantal para secarse las manos y salir corriendo sendero abajo, hacia su marido, que
la esperaba con su cámara de cajón.
Tenía los ojos entornados y las mejillas infladas; en realidad podía haber estado
exclamando «¡Patata!». No vio allí ni rastro del delicado camafeo que le habían
sugerido las palabras de Jean.
Wexford miró la foto y preguntó:
—¿Es la mejor que tiene?
Parsons tapó la instantánea con la mano como si acabaran de profanarla. Puso una
cara como si fuera a enfurecerse pero se limitó a decir:
—No tenemos costumbre de hacemos fotos de estudio.
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—¿Y de pasaporte?
—No me puedo permitir el lujo de hacer vacaciones en el extranjero.
Parsons habló con amargura. Echó un rápido vistazo a las persianas venecianas, el
escaso trozo de alfombra rústica, la silla de Wexford con su asiento de paño asargado
color malva, como si aquéllos fueran signos de opulencia personal más que el
mobiliario suministrado por una autoridad independiente.
—Señor Parsons, me gustaría que me describiera a su esposa —le dijo Wexford
—. ¿Quiere tomar asiento?
Burden llamó al joven Gates y lo puso a escribir con un solo dedo en la pequeña
máquina gris.
Parsons se sentó. Empezó a hablar despacio, como avergonzado, como si le
hubieran pedido que descubriera la desnudez de su mujer.
—Es rubia —dijo—. Tiene el pelo rubio y rizado y los ojos muy azules. Es guapa.
Miró desafiante a Wexford y Burden preguntándose si habrían reparado en la
impresión de desaliño que causaba aquella foto.
—Creo que es guapa —prosiguió—. Tiene la frente más bien alta. —Se tocó la
suya, que era estrecha—. No es muy alta, medirá entre metro cincuenta y dos o
cincuenta y cinco. Wexford siguió mirando la foto.
—¿Es delgada? ¿De buena complexión?
Parsons se revolvió en la silla.
—De buena complexión, diría. —Un incómodo sonrojo le tino el pálido rostro—.
Tiene treinta años. Los cumplió hace pocos meses, en marzo.
—¿Cómo iba vestida?
—Llevaba un vestido verde y blanco. Bueno, blanco con flores verdes y una
chaqueta de punto amarilla. Ah, y sandalias. En verano nunca se pone medias.
—¿Llevaba bolso?
—Nunca ha usado bolso. No fuma ni se maquilla, ¿sabe usted? No le hace falta
llevar bolso. Sólo el monedero y la llave.
—¿Tiene alguna marca que la identifique?
—La cicatriz de la operación de apendicitis —repuso Parsons sonrojándose otra
vez.
Gates sacó la hoja de papel de la máquina y Wexford le echó una ojeada.
—Hábleme de lo que ocurrió ayer por la mañana, señor Parsons —le pidió—.
¿Cómo estaba su mujer? ¿Intranquila? ¿Preocupada?
Parsons se dio unas palmadas en las rodillas que tenía separadas. Fue un gesto de
desesperación; de desesperación y exasperación.
—Estaba como siempre —repuso—. No noté nada. No era una mujer emotiva. —
Se miró los zapatos y repitió—: Estaba como siempre.
—¿De qué hablaron?
—No lo sé. Del tiempo. No conversábamos demasiado. Tengo que estar en la
oficina a las ocho y media, trabajo en la Compañía de Aguas del Sur, en Stowerton.
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Le dije que hacía muy buen día y ella me contestó que sí, pero que había demasiado
sol y que seguramente llovería, porque un tiempo tan bueno no podía durar. Y tuvo
razón. Llovió a cántaros toda la mañana.
—Y usted se fue a trabajar. ¿Cómo? ¿En autobús, en tren o en coche?
—No tengo coche…
Puso cara de estar dispuesto a enumerar todas las demás cosas que no poseía, de
modo que Wexford se apresuró a añadir:
—Entonces, ¿fue en autobús?
—Cojo siempre el que sale de la plaza del mercado a las ocho treinta y siete. Me
despedí de ella. No me acompañó a la puerta. Pero eso no significa nada. Nunca lo
hacía. Estaba lavando los platos.
—¿Le comentó lo que iba a hacer el resto del día?
—Lo de siempre, supongo, hacer la compra y dedicarse a la casa. Ya sabe, las
cosas que hacen siempre las mujeres. —Hizo una pausa y de repente añadió—: Oiga,
ella nunca se hubiera suicidado. No tenga usted ideas raras. Margaret no se habría
matado. Es una mujer religiosa.
—Está bien, señor Parsons. Cálmese y trate de no preocuparse. Haremos todo lo
que podamos para encontrarla.
Wexford se quedó pensativo, con una expresión insatisfecha en el rostro, y
Parsons pareció interpretar aquella expresión. Se puso en pie de un salto, temblando.
—Sé lo que está pensando —le gritó—. Está pensando que acabé con ella. Sé
cómo funciona la mente de los policías. Lo he leído.
Tratando de quitar tensión a la situación, Burden se apresuró a explicarle a su
jefe:
—El señor Parsons está en vías de convertirse en un estudioso del crimen.
—¿Del crimen? —repitió Wexford enarcando las cejas—. ¿De qué crimen?
—Lo haremos acompañar a su casa en coche —dijo Burden a Parsons—. Yo que
usted, me tomaría el día libre. Pídale a su médico que le recete algo para dormir.
Parsons salió tembloroso, andando como un parapléjico; desde la ventana, Burden
contempló cómo subía al coche, junto a Gates. Las tiendas empezaban a abrir ya y el
dueño de la frutería de enfrente bajaba el toldo, anticipándose al día soleado. «Si
fuera un miércoles corriente, un día normal de la semana —pensó Burden—,
Margaret Parsons estaría en estos momentos arrodillada al sol, lustrando aquel
umbral de bronce reluciente o abriendo las ventanas para ventilar aquellas
habitaciones enmohecidas. ¿Dónde estará, despertando en los brazos de su amante o
tendida en el lugar de su definitivo reposo?».
—Se ha largado, Mike —dijo Wexford—. Como acostumbraba decir en estos
casos mi padre, se ha ido por tabaco y no volverá más. De todos modos, será mejor
que investiguemos como de costumbre. Usted mismo puede encargarse ya que la
conocía de vista.
Burden cogió la foto y se la metió en el bolsillo. Primero se dirigió a la estación
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pero el revisor y los empleados de la taquilla estaban seguros de que la señora
Parsons no había viajado.
Pero la mujer que atendía el quiosco de periódicos la reconoció enseguida por la
foto.
—Es extraño —le dijo—. La señora Parsons siempre viene los martes a pagar los
periódicos. Ayer fue martes pero estoy segura de que no la vi. Espere un momento,
que ayer por la tarde atendió mi marido. —Acto seguido gritó—: ¡George, ven aquí
un momento!
El propietario del quiosco salió de la parte de la tienda que daba a la calle. Abrió
su libro de pedidos y recorrió con el dedo el borde de una de las páginas.
—No —dijo—. No vino. Todavía nos debe dos libras con dos peniques. —Miró a
Burden con curiosidad, sediento de explicaciones—. Es extraño. Siempre pagaba
religiosamente.
Burden volvió a High Street para empezar a preguntar en las tiendas. Entró
decidido en el gran supermercado y se dirigió al mostrador de la salida. La mujer de
la caja estaba sin hacer nada, arrullada por la música de fondo. Cuando Burden le
enseñó la foto pareció volver súbitamente a la vida.
Sí, conocía a la señora Parsons de nombre y de vista. Era cliente habitual de la
casa y, como de costumbre, el día anterior había estado comprando.
—Serían eso de las diez y media —le informó—. Siempre viene a la misma hora.
—¿Le habló? ¿Recuerda algo que le dijera?
—Vaya, pide usted mucho. Un momento, empiezo a recordar. Le comenté que era
un problema adivinar qué darles de comer y ella me dijo que sí, y que no apetecía
comer ensalada con tiempo lluvioso. Me comentó que había comprado unas chuletas,
que iba a prepararlas rebozadas y yo medio me miré las cosas que llevaba en la cesta.
Pero después me dijo que no las llevaba, que las chuletas las había comprado el lunes.
—¿Recuerda cómo iba vestida? ¿Si llevaba un vestido verde de algodón y una
chaqueta de punto amarilla?
—No, no, de eso nada. Ayer por la mañana todas nuestras clientes llevaban
impermeable. Un momentín, eso me recuerda otra cosa. Dijo: «Jolín, está
diluviando». Me acuerdo porque dijo «jolín» como las colegialas. Y después dijo:
«Tendré que comprarme algo para taparme la cabeza». Entonces yo le sugerí: «¿Por
qué no se lleva una de nuestras capuchas que están de oferta?». Y ella me preguntó si
no me parecía horrible tener que comprar una capucha para la lluvia en pleno mes de
mayo. Pero se llevó una. Lo sé con toda seguridad porque tuve que cobrársela aparte
puesto que ya le había hecho la cuenta de lo que tenía en la cesta.
Abandonó el mostrador y condujo a Burden hacia una estantería donde había un
montón de capuchas transparentes todas mezcladas, de color rosado, azul,
albaricoque y blanco.
—La verdad es que no resguardan de la lluvia —le confió—. Y menos cuando
diluvia, no sé si me explico. Pero son más bonitas que las de plástico. Más monas. Se
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llevó una de color rosa. Me acuerdo porque le comenté que le hacía juego con el
vestido rosado sin mangas que llevaba puesto.
—Muchísimas gracias —le dijo Burden—. Me ha sido usted de gran ayuda.
Fue a preguntar a las tiendas que había entre el supermercado y Tabard Road,
pero nadie recordaba haber visto a la señora Parsons. En Tabard Road mismo, los
vecinos se mostraron asombrados e impotentes. La señora Johnson, vecina de
Margaret Parsons, la había visto salir después de las diez y regresar a las once menos
cuarto. Después, calculaba que a eso de las doce, desde su cocina había visto a la
señora Parsons salir al jardín a tender dos pares de calcetines. Media hora más tarde,
había oído abrirse y cerrarse despacio la puerta principal de los Parsons. Pero eso no
quería decir nada. El lechero siempre iba tarde, ya se habían quejado, y a lo mejor lo
único que había hecho era sacar la mano para entrar las botellas del porche.
La tarde anterior habían organizado una venta en la sala de subastas que había en
la esquina de Tabard Road. Burden maldijo para sus adentros porque aquello
implicaba que los coches habrían aparcado en doble fila a lo largo de toda la calle.
Cualquiera que por la tarde se hubiera asomado a las ventanas de la planta baja no
habría podido ver la acera de enfrente, pues la fila de coches aparcados uno detrás del
otro le habría tapado la vista.
Se pasó por la cochera de autobuses y finalmente, en un intento más desesperado,
por las empresas de alquiler de coches, pero no averiguó absolutamente nada.
Cargado de presagios regresó lentamente a la comisaría. El suicidio quedaba
completamente descartado. Una mujer que planea quitarse la vida no conversa
alegremente acerca de las chuletas que piensa prepararle al marido para la cena, ni
tampoco acude al encuentro de su amante sin bolso ni abrigo.
Entretanto, Wexford había registrado la casa de Parsons desde la fea cocina hasta
los dos desvanes. En un cajón de la cómoda de la señora Parsons encontró dos
camisones de franela de algodón más bien gastados y desteñidos pero
cuidadosamente doblados, un camisón estampado de algodón y un cuarto, arrugado y
quizá con dos noches de uso, en la cama de matrimonio, debajo de la almohada más
cercana a la pared. Parsons dijo que su mujer no tenía más camisones y que su bata,
confeccionada en una lanilla azul con unos vivos en azul más oscuro, seguía colgada
de la percha detrás de la puerta del dormitorio. No tenía una bata de verano y su
único par de zapatillas se lo encontró Wexford ordenadamente guardado, tacón contra
puntera, en un armario del comedor.
Al parecer, Parsons había estado en lo cierto. El monedero y la llave no
aparecieron por ninguna parte. En invierno calentaban la casa con el fuego de dos
chimeneas, y el agua, con un calentador de inmersión. Wexford mandó a Gates que
revisara las dos chimeneas y buscara en el cubo de la basura, vaciado el lunes por
última vez por el Ayuntamiento de la Villa de Kingsmarkham, pero no encontró ni
rastro de ceniza. La parrilla de la chimenea del comedor estaba cubierta con una hoja
doblada de periódico que, ligeramente manchada de hollín, llevaba la fecha del 15 de
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abril.
Parsons informó que el viernes anterior le había dado a su mujer cinco libras para
los gastos de la casa. Por lo que él sabía, no tenía ahorros acumulados de las semanas
anteriores. Al revisar el aparador de la cocina, Gates encontró dos billetes enrollados
de una libra en la lata de cacao que había en uno de los estantes. Si el viernes la
señora Parsons había recibido sólo cinco libras y con ellas había comprado comida
para ella y su marido para el resto de la semana, era evidente que en el monedero
extraviado debía de haber, como mucho, unos cuantos chelines.
Wexford había abrigado la esperanza de encontrar un diario, una agenda o una
carta que les sirviera de ayuda. En el portacartas de bronce que colgaba de la pared
del comedor, junto a la chimenea, sólo había una factura del carbón, una circular de
una empresa dedicada a la reparación de sistemas de calefacción central (¿no sería
que después de todo la señora Parsons tenía sus sueños?), dos cupones del jabón y un
presupuesto de un albañil por la reparación de unas humedades en la pared de la
cocina.
—Señor Parsons, ¿su mujer no tenía ningún pariente? —le preguntó Wexford.
—Sólo a mí. No nos tratábamos con nadie. Margaret no hacía… no hace amigos
con facilidad. Yo me crié en un orfanato y cuando perdió a su madre, Margaret se fue
a vivir con una tía. Al morir su tía nos prometimos.
—¿Dónde fue eso, señor Parsons? Me refiero a dónde se conocieron.
—En Londres. En Balham. Margaret enseñaba en un parvulario y yo me alojaba
en casa de su tía.
Wexford suspiró. ¡Balham! Se ampliaba la red. Sin embargo, nadie hace un viaje
de sesenta kilómetros sin llevar bolso ni abrigo. Por el momento decidió dejar
Balham de lado.
—Supongo que nadie telefonearía a su mujer el lunes por la noche, ¿verdad? ¿Le
llegó alguna carta ayer por la mañana?
—No telefoneó nadie, no vino nadie y no recibimos ninguna carta. —Parsons
parecía orgulloso de su vida vacía, como si aquello fuera una muestra de
respetabilidad—. Nos sentamos a hablar. Margaret estaba haciendo punto. Me parece
que parte del tiempo lo dediqué a hacer un crucigrama.
Abrió el armario donde guardaban las zapatillas, del estante superior sacó una
labor azul con cuatro agujas y añadió:
—Me pregunto si la terminará alguna vez. —Apretó el ovillo de lana y se clavó
las agujas en la palma de la mano.
—No tema —le dijo Wexford con una cordialidad cargada de falsa esperanza—,
la encontraremos.
—Si han terminado ustedes con los dormitorios, creo que iré a echarme un rato.
El médico me ha dado algo para dormir.
Wexford reunió a todos los hombres disponibles y los puso a buscar en las casas
vacías de Kingsmarkham y alrededores, y en los campos sin cultivar entre High
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Street y Kingsbrook Road y, al promediar la tarde, en el mismo arroyo Kingsbrook.
Aplazaron las operaciones de dragado hasta que cerraran las tiendas y se dispersara la
gente, pero a pesar de ello, una multitud se agolpó sobre el puente para asomarse al
parapeto y contemplar cómo trabajaban sus hombres. Wexford, que detestaba
aquellas situaciones macabras, aquella sed de imágenes fuertes apenas disimuladas
por una máscara de asombrada compasión, los miró ceñudo e intentó persuadirlos
para que despejaran el puente, pero la gente regresaba despacio en grupos de a dos o
de a tres. Por fin, cuando oscureció y los hombres llevaban vadeada una buena zona
hacia el norte y el sur de la ciudad, suspendió la búsqueda.
Entretanto, Ronald Parsons, bajo el efecto de barbitúricos, se había dormido en su
colchón lleno de bultos. Por primera vez en seis meses el polvo había comenzado a
depositarse sobre la cómoda, el estante de hierro de la chimenea y el suelo de linóleo.
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Antes de que sus fríos miembros
se tornen demasiado rígidos,
casta y suavemente,
arréglaselos,
y sus ojos,
que miran ciegamente el vacío,
ciérraselos.
Thomas Hood, El puente de los suspiros
El jueves por la mañana, el repartidor del pan, que era nuevo en su trabajo, visitó la
granja propiedad de un hombre llamado Prewett, situada en la carretera principal de
Kingsmarkham a Pomfret. No había nadie en la granja, de manera que dejó en el
alféizar de la ventana una hogaza grande de pan blanco y una pequeña de pan
integral, regresó adonde había dejado aparcada la furgoneta y se dejó el portón
abierto.
Al poco tiempo, una vaca se arrimó al portón y de un empellón lo abrió de par en
par. El resto del rebaño, una decena de animales, la siguió y bajó zigzagueando por el
sendero. Por suerte para el señor Prewett (porque el camino hacia el cual se dirigían
era de acceso libre), a las vacas les llamaron la atención unas matas de cerrajas que
crecían en las lindes de un bosquecillo. Una por una cruzaron pesadamente la zona de
hierba para dedicarse a arrancar las cerrajas y, poco a poco, lentamente, fueron
penetrando en la espesura. Los brezos crecían tupidos y el bosque estaba en
penumbras. No encontraron más cerrajas ni más hierba húmeda y suculenta.
Sorprendidas de encontrarse atrapadas, se quedaron quietas y empezaron a mugir
esperanzadamente.
Fue en ese bosque donde, a la una y media de la tarde, el vaquero de Prewett
encontró a las vacas y el cadáver de la señora Parsons.
A las dos, Wexford y Burden llegaron en el coche de este último, mientras Bryant
y Gates llevaban al doctor Crocker y a dos hombres con cámaras. Prewett y Bysouth,
el vaquero, aleccionados por los conocimientos adquiridos en las series de televisión,
no habían tocado nada y Margaret Parsons yacía tal como Bysouth la había
encontrado: hecha un ovillo en su vestido de algodón húmedo, con la cabeza envuelta
en la chaqueta de punto amarilla.
Burden apartó las ramas para formar un arco y junto con Wexford se acercó para
poder verla desde arriba. La señora Parsons yacía contra el tronco de un espino de
unos dos metros cuarenta de altura. Las ramas crecían hacia fuera y hacia abajo como
las varillas de un paraguas y formaban una especie de tienda parecida a un iglú.
Wexford se agachó y le levantó suavemente la chaqueta. El vestido nuevo tenía
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un escote más bien pronunciado en la espalda. Un círculo purpúreo, como una cinta
fina, le rodeaba el cuello. Burden la observó fijamente y los ojos azules parecieron
devolverle la mirada. Una cara anticuada, le había dicho Jean, una cara que no se
olvida. Pero con el tiempo se le olvidaría, como se le olvidaban todas. Nadie dijo
palabra. El cadáver fue fotografiado desde distintos ángulos y el médico le examinó
el cuello y la cara hinchada. Después le cerró los ojos y Margaret Parsons dejó de
mirarlos.
—Vaya por dónde —dijo Wexford—. Vaya por dónde. —Meneó la cabeza. Al fin
y al cabo, no se podía decir otra cosa.
Transcurrido un instante, se arrodilló y palpó entre la hojarasca. En la caverna de
finas ramas dobladas se respiraba un aire opresivo y desagradable pero sin olores.
Wexford levantó el cadáver por los brazos y le dio la vuelta para buscar el monedero
y la llave. Burden lo vio recoger algo. Era una cerilla usada, medio quemada.
Salieron de la tienda de espino para colocarse donde había un poco más de luz y
Wexford le preguntó a Bysouth:
—¿Cuánto llevan aquí las vacas?
—Tres horas o más, señor.
Wexford le lanzó a Burden una mirada cargada de significado. El bosque estaba
muy pisoteado y los pocos espacios abiertos de terreno se hallaban cubiertos de
estiércol. Antes del desayuno, en ese bosquecillo podía haber tenido lugar una lucha
maratoniana, pero para la hora de la comida las vacas de Prewett habían borrado
absolutamente todo rastro; un combate de lucha libre o una pelea entre un asesino y
una mujer aterrada. Wexford mandó a Bryant y a Gates que buscaran entre la maraña
de zarzas plagadas de mosquitos mientras él y Burden regresaban al coche con el
granjero.
El señor Prewett era lo que se conocía como un caballero dedicado al campo y sus
botas de montar bien lustradas, ahora un tanto cubiertas de manchas, no hacían más
que confirmar esa etiqueta. Las coderas de piel de su chaqueta entallada color tabaco
tenían todo el aspecto de haber sido cosidas por un sastre particular.
—¿Quién utiliza el sendero, señor?
—Tengo un rebaño de vacas Jersey que pasta al otro lado del camino de Pomfret
—respondió Prewett. Su acento no era el de los hombres del campo—. Bysouth las
saca por la mañana y por la tarde las trae de vuelta por ese sendero. De vez en cuando
lo utiliza algún que otro tractor, ya sabe.
—¿Qué me dice de las parejas de enamorados?
—Algún que otro coche —respondió Prewett con disgusto—. Claro que se trata
de un camino privado. Tan privado, inspector jefe, como el sendero que conduce a su
garaje, pero hoy en día nadie respeta la propiedad privada. No creo que los chicos y
las chicas del pueblo vengan por aquí a pie. Los campos son mucho más… ¿cómo
decirlo? Más saludables. Pero sí vienen coches. Se puede aparcar debajo de esas
ramas colgantes y cualquiera que de noche pasara cerca no se percataría.
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—¿Ha notado usted alguna huella extraña de neumáticos entre hoy y el martes,
señor?
—¡Oh, vamos!
Prewett agitó una mano no muy callosa hacia la entrada del sendero y Burden
comprendió a qué se refería. El sendero estaba cubierto de huellas de neumáticos; de
hecho, se había convertido en camino precisamente gracias a esas huellas.
—Los tractores entran y salen, el ganado lo pisotea…
—Pero usted tiene coche, señor. Con tantas idas y venidas es extraño que nadie
viera nada anormal.
—Debe usted tener presente que sólo se utiliza para ir y venir. Nadie para por
aquí. Toda mi gente tiene trabajo que hacer. Son buenos muchachos y se dedican a lo
suyo. En cualquier caso, tendrá usted que descontamos a mi mujer y a mí. Hemos
estado en Londres desde el lunes hasta esta misma mañana, pero de todas maneras,
casi siempre utilizamos la entrada principal. El sendero es un atajo, inspector jefe.
Está bien para los tractores pero mi coche se queda atascado en el lodo. —Hizo una
pausa y luego agregó bruscamente—: Cuando estoy en la ciudad, no me importa que
me tomen por un campesino de manos callosas.
Wexford escudriñó el sendero y sólo encontró un embrollo de profundas y
zigzagueantes rodadas con las marcas de los neumáticos de tractores y los hondos
pozos redondos dejados por los cascos de los animales. Decidió dejar para más
adelante la conversación con los cuatro hombres de Prewett y la estudiante de
agricultura hasta que se estableciera la hora en que había muerto la señora Parsons.
Burden regresó a Kingsmarkham y como conocía a Parsons le tocó darle la
noticia. Parsons le abrió la puerta medio aturdido, como si estuviera sonámbulo.
Cuando Burden se lo dijo, de pie en el comedor, junto a aquellos horribles libros, no
pronunció palabra sino que cerró los ojos y se balanceó.
—Iré a buscar a la señora Johnson —dijo Burden—. Le pediré que le prepare un
poco de té.
Parsons se limitó a asentir con la cabeza. Le dio la espalda y se asomó a la
ventana. Con una sensación parecida al espanto, Burden vio que los dos pares de
calcetines seguían tendidos.
—Quisiera estar un momento a solas.
—De todos modos voy a avisarle. Puede venir más tarde.
El viudo arrastró los pies calzados con zapatillas de color caqui.
—De acuerdo —dijo—. Y gracias. Es usted muy amable.
En la comisaría encontró a Wexford sentado ante su escritorio, mirando la cerilla
quemada. En tono meditativo dijo:
—¿Sabe, Mike? Da la impresión de que alguien encendió esta cerilla para echar
una buena mirada. Eso significa que había oscurecido. Alguien sostuvo esta cerilla
hasta casi quemarse los dedos.
—¿Bysouth?
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Wexford negó con la cabeza.
—Había luz, la suficiente como para verlo todo. No, quienquiera que haya
encendido esta cerilla quería asegurarse de que no se dejaba nada que pudiera
inculparlo. —Metió en un sobre el trozo de madera chamuscada—. ¿Cómo ha
reaccionado Parsons? —preguntó.
—Es difícil de decir. Estas cosas siempre son un golpe, aunque las estés
esperando. Está tan sedado con lo que le ha dado el médico que me pareció que no
tuvo ninguna reacción.
—Crocker está practicándole la autopsia. La indagatoria se ha fijado para el
sábado a las diez.
—¿Podrá Crocker establecer la hora de la muerte, señor?
—En algún momento del martes. Podría habérselo dicho. Debieron de matarla
entre las doce y media y las… ¿a qué hora dijo usted que lo llamó Parsons el martes
por la tarde?
—Exactamente a las siete y media. Íbamos a irnos al cine y estaba controlando la
hora.
—Entre las doce y media y las siete y media, entonces.
—Eso confirma mi teoría, señor.
—Cuéntemela. Yo no tengo ninguna.
—Bien, Parsons dijo que llegó a casa a las seis pero que no lo vio nadie. El
primero que se enteró que estaba en su casa a las siete y media fui yo…
—Bien, le escucho. Asómese un momento y pídale a Martin que nos traiga un
poco de té.
Burden pidió el té a gritos y luego siguió explicando su teoría:
—Supongo que la mató Parsons. Por lo que sabemos ella no conoce a nadie aquí
y como usted siempre dice, el marido es el primer sospechoso. Suponga que Parsons
quedó con su mujer en la cochera de autobuses de Kingsmarkham.
—¿Y eso para qué?
—Pues pudo haberle dicho que cenarían en algún lugar de Pomfret o que darían
un paseo, o irían de picnic o cualquier otra cosa.
—¿Y las chuletas qué, Mike? La mujer no tenía ningún plan cuando habló con la
chica del supermercado.
—Tienen teléfono. Pudo haberle llamado a la hora del almuerzo, para entonces ya
había empezado a escampar, le pidió que fuera a la cochera y cogiera el autobús de
las seis menos diez, y le sugirió que fueran a cenar a Pomfret. Al fin y al cabo, quizá
tengan costumbre de salir a cenar fuera. Sólo conocemos sus costumbres por lo que él
nos dijo.
Martin entró con el té; Wexford se dirigió a la ventana con la taza en la mano y
miró hacia High Street. El sol lo obligó a entrecerrar los ojos, tiró de la cuerdecita de
la persiana y entornó los listones.
—El autobús de Stowerton no llega a Pomfret —adujo—. Al menos el de las seis
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menos veinticinco. Tiene el final en Kingsmarkham.
Burden sacó del bolsillo una hoja de papel.
—No, pero el de las seis menos veintitrés, sí. Va de Stowerton a Pomfret pasando
por Forby y Kingsmarkham. —Se concentró en las cifras que había apuntado—. Se lo
expondré de este modo:
Parsons telefonea a su mujer a la hora de comer y le pide que coja el autobús de
Stowerton que llega a Kingsmarkham a las seis menos diez, dos minutos antes que el
otro autobús, el que va a la cochera. Ahora bien, él pudo haber cogido ése si salió un
par de minutos antes.
—Tendrá que comprobarlo, Mike.
—Bien, la señora P. coge el autobús. Pasa por Forby a las seis y un minuto y llega
a Pomfret a las seis y media. Al llegar a la parada más cercana al bosque que hay
junto a la granja de Prewett, Parsons le comenta que hace una tarde preciosa y le pide
que bajen para hacer a pie el resto del trayecto…
—Desde esa zona hay un kilómetro largo hasta Pomfret. De todos modos, puede
que les gustara dar paseos por el campo.
—Parsons le dice que conoce un atajo a campo traviesa que conduce hasta
Pomfret…
—¿Pasando por un bosque oscuro prácticamente impenetrable, y una zona de
cardos y hierba alta y mojada?
—Ya lo sé, señor. A mí tampoco me gusta nada esa parte. Pero quizá vieran algo
en el bosque, un ciervo, un conejo o algo así. En fin, que de un modo u otro Parsons
consigue que ella entre en el bosque y la estrangula.
—¡Ah, estupendo! La señora Parsons sale a cenar al campo, a un pub de moda,
pero no se opone a meterse en un bosque húmedo y sucio para perseguir un conejo.
¿Qué hará con él cuando lo atrape? ¿Comérselo? Su marido la sigue y cuando ella se
encuentra en la parte más espesa del bosque él le dice: «¡No te muevas, cariño, que
voy a sacar un trozo de cuerda del bolsillo para estrangularte!». ¡Por el amor de Dios!
—Pudo haberla matado en el sendero y arrastrado el cadáver hasta los arbustos.
Es un sendero oscuro y por el camino de Pomfret nunca pasa nadie. Pudo haber
cargado con su cuerpo; él es un hombre corpulento y después de pasar las vacas, las
huellas ya no se verían.
—Es verdad.
—El autobús vuelve a salir de Pomfret a las siete menos diecinueve minutos,
llega a Forby a las siete y nueve y a la cochera de Kingsmarkham a las siete y veinte.
Eso le da a Parsons aproximadamente un cuarto de hora para matar a su mujer y
regresar a la parada del autobús que se encuentra al otro lado del camino de Pomfret.
El autobús pasa por ahí a eso de las siete menos catorce minutos. Sube corriendo por
Tabard Road y cinco minutos más tarde entra en su casa, justo a tiempo para
llamarme a mí a las siete y media.
Wexford volvió a sentarse en la pequeña silla giratoria con el cojín color púrpura.
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—Se arriesgaba demasiado, Mike —le dijo—. Pudieron haberlo visto fácilmente.
Tendrá que comprobarlo con los de la compañía de autobuses. No creo que recojan
muchos pasajeros en la parada que hay cerca de la granja de Prewett. ¿Qué hizo con
el monedero y la llave?
—Tirarlos entre los arbustos. No tenía mucho sentido esconderlos. El problema es
que no se me ocurre un móvil.
—Ah, el móvil —dijo Wexford—. Todo marido tiene un móvil.
—Yo no —replicó Burden, irritado.
Llamaron a la puerta y entró Bryant.
—He encontrado esto en las lindes del bosque, del lado del sendero, señor —
informó Bryant. Con la mano enguantada, sostenía entre la punta de los dedos un
pequeño cilindro dorado.
—Una barra de labios —dijo Wexford.
Se cubrió los dedos con un pañuelo, tomó la barra que Bryant le tendía y le dio la
vuelta para ver la etiqueta circular que llevaba en la base.
—Marta Artica —leyó en voz alta—. Aquí parece que pone algo así como ocho y
seis en tinta violeta. ¿Algo más?
—Nada más, señor.
—Muy bien, Bryant. Vaya con Gates hasta la Compañía de Aguas del Sur, en
Stowerton, y averigüe exactamente (y cuando digo exactamente me refiero al minuto
exacto) a qué hora salió de trabajar Parsons el martes por la tarde.
»Con esto su teoría parece una soberana tontada, Mike —le comentó cuando
Bryant se hubo marchado—. Les pediremos a los muchachos de huellas digitales que
lo investiguen, pero le pregunto: ¿es probable que pertenezca a la señora Parsons? No
lleva bolso, no se maquilla y es más pobre que las ratas. ¡A cenar a Pomfret, y un
cuerno! Pero lleva un lápiz de labios en el monedero o metido en el sujetador, un
lápiz de labios de ocho chelines con seis peniques, por cierto, y cuando llegan al
bosque ve un conejo. Abre el monedero para sacar la escopeta, supongo, lanza el
lápiz de labios al arroyo, corre tras el conejo, enciende una cerilla para alumbrar el
camino, ¡y cuando está en medio del bosque, se sienta y deja que su marido la
estrangule!
—Ha enviado usted a Bryant a Stowerton.
—Porque tuvo tiempo de hacerlo —repuso Wexford. Hizo una pausa y se quedó
mirando la barra de labios—. Por cierto, he comprobado la versión de los Prewett. No
hay duda de que estaban en Londres. La madre de la señora Prewett está gravemente
enferma, y según el Hospital Universitario prácticamente no se movieron de su lado
desde el lunes antes de la hora de comer hasta bien entrada la noche, y ayer durante
casi todo el día. La anciana se reanimó un poco anoche y ellos abandonaron el hotel
de Tottenham Court Road esta mañana después de desayunar. De modo que quedan
descartados.
Cogió la hoja de papel sobre la que había colocado el lápiz de labios Marta Artica
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y se la tendió a Burden para que lo viese. Las huellas estaban medio borradas pero en
el capuchón redondeado había una bien clara.
—Es una barra de labios nueva —observó Wexford—. Apenas la han utilizado.
Quiero encontrar a la dueña de esta barra de labios, Mike. Volveremos a ir a casa de
Prewett y hablaremos con esa chica campesina o como se haga llamar.
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Posees brillante y justa belleza,
nobles modales, aspecto libre,
ojos en los que la preocupación no ha entrado;
¿qué más te podemos pedir?
Bryan Waller Procter, Hermione.
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tuvo que pasar cerca del bosque en dos ocasiones. Wexford lo interrogó a fondo, pero
el hombre insistía en que no había visto nada raro. No había oído ningún ruido
extraño y tampoco había visto coches en el sendero ni aparcados en el camino de
Pomfret. Según los otros tres hombres había ido más deprisa que de costumbre, prisa
que atribuyeron a su ansiedad por saber cómo estaría la cerda.
La lechigada no terminó de nacer hasta las seis y media. El veterinario fue a
lavarse las manos a la cocina y todos tomaron una taza de té. A las siete se marchó
por el mismo lugar por el que había llegado, la entrada principal, y llevó en su coche
a Edwards, a Traynor y a Bysouth que vivían en unas casitas para trabajadores de una
aldea llamada Clusterwell, a unos tres kilómetros de Flagford. La señora Creavey
durmió en la granja mientras los señores Prewett estuvieron fuera. El encargado hizo
su última ronda a las ocho y se marchó a su casa, situada a unos cincuenta metros en
dirección al camino de Clusterwell.
Wexford habló con el veterinario para confirmar estos datos y decidió que, de no
ser por un milagro propio de las historias de misterio, ninguno de ellos habría tenido
tiempo de asesinar a la señora Parsons y ocultar su cadáver en el bosque. Sólo
Bysouth había utilizado el sendero que pasaba junto al bosque, y a menos que hubiera
dejado a sus animales peligrosamente cerca de un camino vecinal, estaba libre de
toda sospecha. No había duda de que la señora Creavey había estado sola y que nadie
la había visto desde las tres y media hasta las seis y media, pero tendría por lo menos
sesenta años, estaba gorda y era famosa por su artritis.
Wexford intentó establecer la hora en la que Bysouth había pasado por el sendero
al ir a buscar el ganado y al volver, pero el vaquero no llevaba reloj y su vida parecía
regirse por el sol. Insistió vehementemente en que había estado preocupado por la
cerda que estaba pariendo y que no había visto a nadie en el sendero, ni en el bosque
ni caminando por los campos.
Dorothy Sweeting era la única de ellos que remotamente podría haber comprado
la barra de labios Marta Artica. Pero cuando una mujer tiene por costumbre
maquillarse, su rostro sin pintar suele presentar un aspecto particularmente
descarnado y desnudo. Dorothy Sweeting tenía la cara bronceada y brillante y todo el
aspecto de no haberse protegido con cremas ni polvos. Los hombres casi se echaron a
reír cuando Wexford les preguntó si la habían visto alguna vez con los labios
pintados.
—Señorita Sweeting, no fue usted a la granja en todo el día, ¿verdad?
Dorothy Sweeting tenía la risa fácil y soltó la carcajada. Se tomaba aquel
interrogatorio como si fuera una serie o una historia de detectives hecha realidad.
—A la granja, no —respondió—, pero estuve cerca de ella. ¡Dios mío, soy
culpable! —Al ver que Wexford no se reía, prosiguió—: Después de la conferencia
fui a ver a mi tía a Sewingbury y hacía una tarde tan bonita que me bajé del autobús
un kilómetro antes de llegar a Pomfret y anduve el resto del camino. El viejo Bysouth
estaba entrando las vacas y me paré un momento a charlar con él.
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—¿Qué hora sería?
—Cerca de las cinco. Cogí el autobús que pasa a las cuatro y diez por
Sewingbury.
—Está bien, señorita Sweeting. Sus huellas quedarán destruidas una vez que
hayamos acabado con la comprobación.
La chica se desternilló de risa. Observando sus enormes manos y los antebrazos
gruesos como los del herrero del pueblo, Burden se preguntó qué pensaría hacer con
su vida una vez que se diplomara en fuera cual fuese la rama del arte bucólico que
estuviera estudiando.
—Por mí, pueden conservarlas todo lo que quieran —dijo ella—. Me gustaría
ocupar un puesto en el registro central de delincuentes.
Regresaron a Kingsmarkham por la carretera tranquila y semidesierta. Faltaba aún
una hora para el ajetreo del atardecer. El sol ya no brillaba tanto y el cielo aborregado
se fue espesando hasta adquirir el aspecto de la cuajada cuando se separa del suero de
la leche. A los costados del camino raleaban las flores de mayo; estaban medio
chamuscadas como si las hubiera tocado un fuego pasajero.
Wexford los precedió y entró en la comisaría donde mandaron comparar las
huellas de la señorita Sweeting con las de la barra de labios. Tal como Wexford
esperaba no eran iguales. Las gruesas yemas de los dedos de la estudiante se parecían
más a las de un hombre que a las de una mujer.
—Quiero encontrar a la dueña de esa barra de labios, Mike —volvió a decir—.
Quiero que registren a fondo todas las perfumerías y farmacias de la zona. Será mejor
que se encargue usted personalmente porque no será cosa fácil.
—¿Es preciso que esa barra esté relacionada con la señora Parsons, señor
Wexford? ¿No podría ser que se le cayera a alguien que pasó por el sendero?
—Vea usted, Mike, esa barra de labios no estaba junto al camino. Estaba justo en
las lindes del bosque. Además del hecho de que no utilizan el sendero, Sweeting y la
señora Creavey no se pintan los labios y aunque se los pintaran es muy difícil que
tuvieran una barra de labios de un tono rosa amarronado como éste. Usted sabe tan
bien como yo que cuando una mujer sólo se pinta los labios los días de fiesta, por un
motivo u otro, en señal de osadía, quizá, siempre elige un rojo brillante. Éste es un
color sucio, el tono que se compraría una mujer rica que ya tuviera una decena de
barras de labios y quisiera darse un capricho.
Burden conocía bien Kingsmarkham pero consultó la guía de comercios de la
zona donde encontró que había siete farmacias en High Street, tres más en calles
laterales y una en un pueblo que había sido absorbido como suburbio de
Kingsmarkham. Teniendo en cuenta que Wexford había hablado de una mujer rica,
empezó la investigación por High Street.
En el supermercado había un mostrador de cosméticos, pero sólo tenían un
número limitado de productos de las marcas más caras. La dependienta conocía a la
señora Parsons de nombre, pues había leído en un periódico sobre su desaparición.
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También la conocía de vista y se quedó de lo más intrigada. Burden no le comentó
que habían encontrado el cadáver y no perdió más tiempo haciéndole preguntas
cuando se enteró de que, por lo que la dependienta recordaba, en el último mes la
señora Parsons sólo había comprado un bote de talco barato.
—Es un producto nuevo —le dijo la dependienta de la siguiente tienda—. Acaba
de salir. Viene en una gama de tonalidades color piel, suaves y sutiles, pero no
tenemos stock. Es un producto con poca salida.
Subió al puente de Kingsbrook, pasó delante de la casa estilo georgiano donde se
encontraba la Oficina de Empleo Juvenil, dejó atrás la casa estilo Reina Ana en la que
un abogado había puesto su bufete y entró en una tienda recientemente abierta en una
manzana de chalets. La tienda era brillante y limpia y en ella se exhibía una llamativa
gama de tarros, potes y botellitas de perfume. Le informaron que tenían bastante
stock de aquella marca, pero que todavía estaban esperando que les llegara el pedido
de la gama color piel.
Las aguas del arroyo estaban tranquilas y claras. Burden divisó las piedras planas
y redondas del fondo. Se asomó al parapeto y vio saltar unos peces. Después siguió
su camino zigzagueando entre grupos de colegialas, adolescentes con sombreros de
panamá y americanas rojas, esquivando cochecitos y carritos de la compra. Había
pasado por cuatro tiendas antes de encontrar la que vendía la gama en tonos piel. Pero
nada más habían vendido una barra de un color llamado Visón Vivo, y no
acostumbraban a marcar los precios en la mercancía. La muchacha de la quinta
tienda, una criatura de porte regio, con el cabello como algodón de azúcar peinado en
forma de pina, le dijo que ella misma llevaba los labios pintados con Marta Artica.
Vivía en el apartamento que había encima de la tienda y subió a buscar el lápiz de
labios. Era idéntico al que encontraron en el bosque con la única diferencia de que no
tenía el precio escrito en la base.
—Es un tono difícil de llevar —le explicó la muchacha—. Vendimos un par de
los otros colores, pero esa tonalidad medio amarronada despista a las clientas.
En este lado de High Street ya no quedaban más tiendas, sólo un par de casas
grandes, la iglesia metodista, la de la señora Parsons, un tanto apartada del camino,
detrás de una extensión de gravilla, y una fila de casitas, antes de que empezaran los
campos. Cruzó la calle a la altura de El Olivo y la Paloma y entró en la farmacia que
había entre la floristería y la inmobiliaria. Alguna vez Burden había comprado crema
de afeitar en aquella tienda y conocía al hombre que salió del laboratorio de la
trastienda. Pero el hombre negó de entrada con la cabeza. No vendían cosméticos de
aquella marca.
Sólo le quedaban dos tiendas por visitar: un sitio diminuto con potes de crema
para el pelo y cepillos de dientes en el escaparate y un elegante emporio con
escaparate doble, unas escaleras que llevaban a la entrada y ventana mirador. El
vendedor de crema para el pelo ni siquiera había oído hablar de Marta Artica. Se
subió a una escalerita y bajó de un estante una caja de cartón llena de cilindros de
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plástico verde.
—Hace dos semanas que no vendo lápices de labios —le comentó.
Burden abrió la puerta de la tienda con escaparate doble y pisó una alfombra
color vino. En los mostradores y mesas doradas parecían haberse reunido todos los
perfumes de Arabia. Un aroma a almizcle, ámbar gris y heno recién segado asaltó sus
fosas nasales. Detrás de una pirámide de cajas, con incrustaciones brillantes y atadas
con cintas, alcanzó a ver la nuca de una chica, una chica con el pelo corto, rubio y
rizado que vestía un jersey color amarillo claro. Tosió; la chica se volvió y Burden
comprobó que se trataba de un hombre.
—¿No es un tono delicioso? —inquirió el muchacho—. Tan joven, fresco e
inocente. Sí, es definitivamente uno de los nuestros. Marco todos los precios con esto.
—Cogió un bolígrafo color violeta que había junto a la caja.
—Supongo que no podrá decirme usted a quién le vendió éste, ¿verdad?
—¡Ay, me encanta hacer de detective! Seamos absolutamente precisos y llevemos
a cabo una verdadera investigación.
Abrió un cajón con el tirador hecho en cristal tallado y extrajo una bandeja con
lápices de labios dorados. Había varios en cada uno de los compartimientos.
—Veamos. De Visón Vivo he vendido tres. Empecé con una docena de cada
color. Tigre de Trinidad… ¡ay, Dios, he vendido nueve! La verdad, es un rojo
bastante corrientucho. Aquí estamos, de Marta Artica he vendido cuatro. Vamos a
ver, vamos a ver, ahora voy a concentrarme.
Para darle ánimos, Burden le dijo que le estaba siendo de gran ayuda.
—Tenemos una clientela regular, lo que podríamos llamar un segmento de la
sociedad pudiente. No quiero parecerle esnob, pero la verdad es que prefiero evitar
las líneas más baratas. Ahora me acuerdo. La señorita Clements, de la inmobiliaria,
me compró uno. No, se llevó dos, uno para ella y otro como regalo de cumpleaños
para no sé quién. La señora Darrell compró otro. Me acuerdo porque se llevó Visón
Vivo y cambió de idea justo cuando se marchaba de la tienda. Volvió a entrar y lo
cambió, pero mientras se decidía entró otra persona buscando un tono de carmín rosa
claro. ¡Claro, la señora Missal! Echó un vistazo porque la señora Darrell se había
probado el carmín en la muñeca y dijo: «¡Es el color ideal para mí!». La señora
Missal tiene un gusto exquisito y digan lo que digan. Marta Artica es un tono pensado
para pelirrojas como ella.
—¿Y cuándo fue eso? —inquirió Burden—. ¿Cuándo recibió usted la gama color
piel?
—Espere un segundito. —Lo comprobó en el libro de pedidos—. El jueves
pasado, hace una semana. A la señorita Clements le vendí los dos que se llevó en
cuanto llegaron. El viernes, calculo yo. El sábado no estuve en la tienda y los lunes
suele haber poco movimiento. Ya sabe, día de colada. Los martes cerramos temprano
y sé que ayer no vendí ninguno. Tuvo que ser martes por la mañana.
—Me ha ayudado usted muchísimo, gracias —dijo Burden.
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—No tiene por qué darlas. Ha puesto usted una chispa de vida en mi trabajo de
cada día. Por cierto, la señora Missal vive en esa casa preciosa, una verdadera joya,
que hay delante de El Olivo y la Paloma y la señora Darrell es propietaria del chalet
de las cortinas rosadas que hay en la nueva manzana de Queen Street.
Resultó ser que la señorita Clements llevaba las dos barras de labios en el bolso,
la suya ya utilizada y la otra que había comprado para regalo y que seguía envuelta en
papel de celofán. Cuando Burden salió de la inmobiliaria echó un vistazo al reloj. Las
cinco y media. Había logrado pasar por todas las tiendas antes de que cerraran.
Encontró a la señora Darrell en el chalet contiguo al suyo. Tomaba el té con una
amiga, pero bajó por la escalera de caracol que había al final de la calle y subió por la
que se encontraba al lado, y al cabo de cinco minutos regresó con un lápiz de labios
intacto de Marta Artica que llevaba el precio de ocho con seis marcado en tinta
violeta en la base.
El autobús de Stowerton a Pomfret subía la cuesta cuando él dejaba Queen Street
y se disponía a cruzar el antepatio de El Olivo y la Paloma. Consultó su reloj y vio
que eran las seis menos diez. Quizá hubiera salido tarde de Stowerton, quizá se
retrasaba con frecuencia. «Malditas sean esas estúpidas y sus barras de labios —se
dijo—, seguro que la mató Parsons».
La joya de casa era el caserón estilo Reina Ana, muy arreglado, pintado de
blanco, con mucho hierro forjado y maceteros en las ventanas. La puerta principal era
amarilla y estaba flanqueada por unas urnas de piedra donde crecían iris azules.
Burden tocó la campana de barco con badajo de cobre que colgaba de un trozo de
cuerda. Pero tal como había esperado nadie fue a abrirle. El garaje, un cobertizo para
carruajes remodelado, estaba vacío y las puertas abiertas. Volvió a bajar los
escalones, cruzó la calle y fue andando hasta la comisaría mientras se preguntaba
cómo le habría ido a Bryant en la Compañía de Aguas del Sur.
Wexford se mostró satisfecho por lo de la barra de labios. Esperaron a que Bryant
regresara de Stowerton antes de bajar a cenar a El Olivo y la Paloma.
—Al parecer, esto descarta a Parsons —comentó Wexford—. Se marchó de la
Compañía de Aguas a las cinco y media o algo más tarde. Pero no antes. No pudo
haber cogido el de las seis menos veintiocho.
—No —dijo Burden, renuente—, y no pasa otro autobús hasta las seis y dos.
Entraron en el comedor de El Olivo y la Paloma y Wexford pidió una mesa junto
a la ventana desde la que pudieran vigilar la casa de la señora Missal.
Cuando terminaron el cordero asado y se disponían a dar cuenta de la tarta de
grosellas, las puertas del garaje continuaban abiertas y nadie había entrado en la casa
ni salido de ella. Burden se quedó sentado a la mesa mientras Wexford pagaba la
cuenta, y cuando iba a levantarse para seguirlo hasta la puerta, vio a una rubia con un
vestido de algodón entrar por High Street desde Sewingbury Road. Pasó delante de la
iglesia metodista, de la fila de chalets, subió corriendo los escalones de la casa de la
señora Missal y entró por la puerta principal.
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—Vamos, Mike —dijo Wexford.
Agitó con fuerza el badajo de la campana.
—¡Vaya chisme más puñetero! —exclamó—. Detesto este tipo de cosas.
Esperaron unos segundos. Les abrió la chica rubia.
—¿Señora Missal?
—La señora Missal, el señor Missal y las niñas han salido —repuso. Hablaba con
un fuerte acento extranjero—. Todos han ido a la playa.
—Somos agentes de policía —le dijo Wexford—. ¿Cuándo cree que volverá la
señora Missal?
—Ahora son las siete de la tarde. —Se volvió y echó un vistazo al reloj de caja
negro—. Siete y media, ocho. No sé. Vuelvan más tarde. Ella estará aquí.
—Si no le importa, la esperaremos —replicó Wexford.
Traspusieron el umbral y pisaron la alfombra de un azul aterciopelado. El
vestíbulo era cuadrado; de su parte central partía una escalera que se bifurcaba en el
décimo escalón. Burden vio un comedor con el suelo reluciente parcialmente cubierto
por alfombras indias de colores pálidos. En uno de los extremos de la estancia los
ventanales daban a un amplio jardín, aparentemente interminable. El vestíbulo estaba
fresco y flotaba en él un sutil y extraño olor a flores.
—¿Le importaría decirme su nombre, señorita, y qué hace aquí? —le preguntó
Wexford.
—Inge Wolff. Soy la niñera de Dymphna y Priscilla.
«¡Dymphna!», pensó Burden, horrorizado. Sus hijos se llamaban John y Pat.
—Bien, señorita Wolff. Si nos indica dónde podemos sentamos, podrá continuar
usted con su trabajo.
La muchacha abrió la puerta que había a la izquierda del vestíbulo y Wexford y
Burden se encontraron en un amplio salón cuyas ventanas mirador daban a la calle.
La alfombra era verde, las sillas y el enorme sofá estaban tapizados en una tela de
lino verde estampada con dibujos de rododendros blancos y rosados. Otros
rododendros naturales, con flores del tamaño de platitos de café en las largas ramas,
abarrotaban dos floreros blancos. Burden tuvo la sensación de que cuando pasara la
época de los rododendros, la señora Missal llenaría los floreros de espuelas de
caballero y pondría la tapicería a juego.
—Aquí no escasea la pasta —dijo Wexford lacónicamente cuando la chica se
hubo retirado—. Es el decorado que imaginaba cuando dije que es el tipo de mujer
que se compraría el lápiz de labios Marta Artica por darse un capricho.
—¿Le apetece un cigarrillo?
—¿Se ha vuelto usted loco, Burden? De paso, ¿por qué no se quita la corbata?
Estamos en Sussex, no en México.
Burden se guardó el paquete y los dos permanecieron sentados en silencio. Al
cabo de un rato dijo:
—Apuesto a que lleva la barra de labios en el bolso.
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—Verá usted, Mike, se vendieron cuatro con el precio marcado en tinta violeta;
¿no es así? La señorita Clements tiene dos, la señora Darrell tiene uno. Yo tengo el
cuarto.
—Podría haber una farmacia en Stowerton, en Pomfret o en Sewingbury que
marcara los lápices de labios con tinta violeta.
—Efectivamente, Mike. Y si la señora Missal es capaz de enseñarme el suyo,
mañana por la mañana, lo primero que hará usted es irse derecho a Stowerton para
empezar a preguntar en las tiendas de allí.
Pero Burden no lo escuchaba. Su silla daba al mirador y estiró el cuello.
—Se acerca un coche —anunció—. Un Mercedes verde aceituna, modelo 1962.
Matrícula XPQ189Q.
—Vale ya, Mike, que no me lo pienso comprar.
Cuando el vehículo entró por el sendero haciendo crujir la gravilla y alguien abrió
una de las puertas, Burden agachó la cabeza.
—¡Caray! —exclamó—. Es un bombón.
Del coche bajó una mujer en pantalones blancos y se dirigió al pie de las
escaleras. Llevaba el pelo rojo recogido con un pañuelo de seda estampado en tonos
azules claros y oscuros que le hacía juego con la camisa. A Burden le pareció
hermosa, aunque su rostro era duro, como si la piel bronceada estuviese estirada en
un marco de acero. No se le pagaba para admirar sino para observar. Para él, lo más
significativo de aquella mujer era que no llevaba los labios pintados de rosa
amarronado sino de un rojo dorado. Se apartó del mirador y la oyó que decía en voz
alta:
—¡Estoy hasta el gorro de estos malditos críos! Pete, te apuesto lo que quieras a
que esa condenada de Inge todavía no ha vuelto.
Alguien metió la llave en la cerradura de la puerta principal y Burden oyó que
Inge Wolff cruzaba el vestíbulo a la carrera para acudir al encuentro de sus
empleadores. Una de las niñas lloraba.
—¿Policías? ¿Cuántos policías? Ah, vamos, no me lo creo, Inge. ¿Dónde han
aparcado el coche?
—Seguramente preguntan por mí, Helen. Ya sabes que siempre dejo el Mercedes
mera sin luces.
En el salón, Wexford sonrió.
La puerta se abrió de repente rebotando cerca de uno de los floreros como si
hubiera recibido la patada de un pie petulante. Primero entró la pelirroja. Llevaba
gafas de sol con la montura decorada en pedrería y aunque ya no había sol y el salón
estaba en penumbra, no se molestó en quitárselas. Su marido era alto y corpulento,
tenía el rostro hinchado y surcado de venitas purpúreas. Llevaba los faldones de la
camisa por encima del vientre como si fuera una amplísima camisola de embarazada.
Burden dio un respingo al ver el estampado de botellas, platos y vasos sobre un fondo
de cuadros blancos y rojos.
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Tanto él como Wexford se pusieron de pie.
—¿Señora Missal?
—Sí, soy Helen Missal. ¿Qué diablos quiere?
—Somos agentes de policía, señora Missal, y estamos investigando la
desaparición de la señora Margaret Parsons.
El señor Missal se lo quedó mirando. Tenía los gruesos labios húmedos pero él
seguía lamiéndoselos.
—Siéntense, por favor —les pidió—. No logro imaginar por qué quieren hablar
con mi mujer.
—Yo tampoco —añadió Helen Missal—. ¿Qué es esto, un estado policial?
—Espero que no, señora Missal. Tengo entendido que el martes por la mañana se
compró usted una barra de labios nueva.
—¿Y qué? ¿Es un delito?
—Si fuera usted tan amable de enseñármela, señora, me daré por satisfecho y no
le haremos perder más tiempo. Estoy seguro de que estarán cansados después de
pasar el día en la playa.
—No lo sabe usted bien —dijo y le sonrió.
A Burden le pareció que de repente la mujer se mostraba más cautelosa y más
afable.
—¿Alguna vez se ha sentado sobre una piruleta de menta? —le preguntó entre
risas al tiempo que señalaba una levísima mancha azul verdosa que llevaba en los
fondillos del pantalón—. ¡Menos mal que tenemos a Inge! Esta noche no quiero
volver a ver a esos dos desgraciados.
—¡Helen! —exclamó Missal.
—El lápiz de labios, señora Missal.
—Ah, sí, el lápiz de labios. Pues sí, me compré uno, un color asqueroso que se
llamaba Marta no sé cuántos. Lo perdí anoche en el cine.
—¿Está usted segura de que lo perdió en el cine? ¿Lo preguntó? ¿Al encargado
por ejemplo?
—¿Por una barra de labios de ocho chelines con seis peniques? ¿Tan pobre le
parezco? Fui al cine y…
—¿Fue usted sola, señora?
—Claro que fui sola. —Burden notó que se ponía a la defensiva, pero las gafas
oscuras le ocultaban los ojos—. Fui al cine y cuando volví, ya no llevaba el lápiz en
el bolso.
—¿Es éste?
Wexford le enseñó la barra de labios en la palma de la mano y la señora Missal
tendió los largos dedos de uñas pintadas de plateado como el blindaje de una
armadura.
—Me temo que tendré que pedirle que venga conmigo a la comisaría para tomarle
las huellas digitales.
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—¿Qué significa esto, Helen?
Missal posó la mano sobre el brazo de su mujer y ésta se la quitó de encima como
si le hubiera dejado una sucia marca.
—No lo entiendo, Helen. ¿Es que alguien te ha robado la barra de labios, alguien
relacionado con esa mujer?
Ella siguió mirando el lápiz de labios que tenía en la mano. Burden se preguntó si
se daba cuenta de que ya lo había cubierto de huellas.
—Supongo que es mío —dijo despacio—. Está bien, admito que debe de ser mío.
¿Dónde lo ha encontrado, en el cine?
—No, señora Missal. Lo encontraron en las lindes de un bosque, cerca de la
carretera de Pomfret.
—¿Qué? —Missal se puso en pie de un salto. Miró a Wexford y luego a su mujer
—. ¡Quítatelas de una vez! —le gritó al tiempo que le arrancaba las gafas.
Burden comprobó que la mujer tenía los ojos verdes, un tono verde ligeramente
azulado, con reflejos dorados. Por un instante en aquellos ojos vio reflejarse el
pánico; pero entonces, ella entornó los párpados, los únicos escudos que le quedaban,
y fijó la vista en su regazo.
—Fuiste al cine —dijo Missal—. Has dicho que fuiste al cine. ¿Cómo cuadra lo
del bosque y la carretera de Pomfret? ¿Qué diablos pasa aquí?
Muy despacio, como si se lo estuviera inventando, Helen Missal dijo:
—Alguien debió de encontrar mi lápiz de labios en el cine. Y luego se le habrá
perdido. Eso es todo. Así de simple. No entiendo a qué viene tanto alboroto.
—Ocurre que hoy, a la una y media, hemos encontrado el cadáver de la señora
Parsons en ese bosque.
Helen Missal se estremeció y se aferró a los brazos de la silla. Burden creyó que
hacía un esfuerzo supremo por no gritar. Finalmente dijo:
—Pues es obvio, ¿no? Su asesino, quienquiera que sea, me robó la barra de labios
y luego la tiró en el… en el lugar del crimen.
—El caso es —le aclaró Wexford— que la señora Parsons murió el martes. No la
entretendré más, señora. Por el momento. Sólo una cosa más, ¿tiene usted coche
propio?
—Sí, un Dauphine rojo. Lo guardo en el otro garaje que da a Kingsbrook Road.
¿Por qué?
—Sí, ¿por qué? —intervino Missal—. ¿A qué viene todo esto? Ni siquiera
conocíamos a esa señora Parsons. ¿No estará usted insinuando que mi mujer…?
¡Dios mío, ojalá me lo explicaran!
Wexford miró primero a la mujer y luego al marido, y después se levantó.
—Quisiera echarle un vistazo a los neumáticos, señor Missal —le dijo.
Missal pareció comprender de pronto la situación. Se sonrojó hasta ponerse del
color del ladrillo y su rostro se crispó como el de un bebé a punto de echarse a llorar.
Había en su cara desesperación, desesperación y un dolor del que Burden no quería
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ser testigo. Después, Missal se dominó. En un tono quedo y reservado que parecía
disimular una multitud de acusaciones y preguntas sobreentendidas, dijo:
—No opongo ningún reparo a que vean el coche de mi mujer, pero no logro
imaginarme qué relación puede tener ella con esta mujer.
—Yo tampoco, señor —dijo Wexford alegremente—. Eso mismo queremos
averiguar. Sé tanto como usted.
—Venga de una vez, dale la llave del garaje, Pete —dijo la mujer—. Ya te digo
que no sé nada más. Qué culpa tengo yo si me robaron el lápiz de labios.
—Daría lo que fuera por poder ocultarme detrás de esos rododendros y oír lo que
le dice el marido —comentó Wexford cuando subían por Kingsbrook Road en
dirección al garaje de Helen Missal.
—Y lo que ella le contesta —dijo Burden—. Señor, ¿cree usted que está bien que
los dejemos aquí esta noche? Seguro que ella tiene el pasaporte al día.
Wexford le contestó con tono inocente:
—Ya me imaginaba que podría preocuparle ese aspecto, Mike, de manera que voy
a reservar una habitación en El Olivo y la Paloma. Un trabajito para Martin. Tendrá
que pasarse la noche en vela. Pobre hombre, qué pena me da.
El jardín de los Missal era grande y tenía forma de rombo. En el extremo norte,
en el lado donde el ángulo del rombo era oblicuo, el jardín lindaba con el arroyo
Kingsbrook, y en el otro, un seto de tarayes lo separaba de Kingsbrook Road. Burden
abrió los portones de madera de cedro que daban acceso al garaje y apuntó la
matrícula del coche de Helen Missal. El parabrisas trasero quedaba prácticamente
tapado por un cachorro de tigre de peluche.
—Mike, quiero que saque una muestra de esos neumáticos —dijo Wexford—.
Tenemos otra que hemos cogido del sendero, junto a la granja de Prewett. En cierto
modo tenemos suerte de que la tierra esté prácticamente formada por estiércol de
vaca endurecido.
—Caray —dijo Burden dando un respingo al ponerse de pie. Volvió a cerrar con
llave los portones—. Ésta sí que es una zona de millonarios.
Metió el barro seco en un sobre y señaló hacia las casas que había al otro lado del
camino: una mansión con torreones, un chalet estilo hacienda con dos garajes dobles
y una casa nueva con balcones de madera oscura tallada.
—Muy bonita si se puede uno permitir el lujo —dijo Wexford—. Vamos. Voy a
buscar el coche e iré a hablar otra vez con Prewett y, de paso, con el encargado del
cine. Haga el favor de volver y dejarle esa llave a Inge o como quiera que se llame,
después se puede ir a casa. Mañana tendré que hablar con la joven Inge.
—¿Cuándo volverá a ver a la señora Missal?
—O mucho me equivoco —respondió Wexford—, o no me dará tiempo a citarla,
porque será ella quien venga a verme.
[Link] - Página 38
5
Si ella te contesta que no,
¿harás una reverencia y la dejarás marchar?
W. J. Linton, Corazón desfalleciente
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—¿Ah, no? —inquirió Wexford.
—No quiero decir que le haya mentido, sino que he omitido trozos.
—¿Ah, sí?
—Verá, la cuestión es que no fui sola al cine. Fui con un amigo. —Sonrió como
lo hace una persona mundana a otra—. No hay nada entre nosotros, pero ya sabe
usted lo sosos que son los maridos.
—Debería saberlo —repuso Wexford—. Ejerzo de marido.
—Ya, bueno, cuando llegué a casa no encontraba mi lápiz de labios, creo que se
me cayó en el coche de mi amigo. Ah, té para mí. ¡Qué amabilidad la suya!
Llamaron a la puerta y entró Burden.
—La señora Missal me estaba comentando lo de su ida al cine el miércoles por la
noche —le dijo Wexford y siguió escribiendo. Ya había llenado medio folio.
—Fue una buena película, ¿no es así, señora Missal? Lamentablemente yo me
tuve que ir cuando estaba por la mitad. —Burden buscó una tercera taza de té—.
¿Qué pasó con el agente secreto? ¿Acabó casándose con la rubia o con la otra?
—Pues con la otra —repuso Helen Missal tranquilamente—. La que tocaba el
violín. Puso el mensaje en una especie de código musical y cuando volvieron a
Londres se lo tocó a los del MI5.
—Es increíble las cosas que se inventan —comentó Burden.
—Bien, no quiero entretenerla más, señora Missal…
—He de irme volando. Tengo hora en la peluquería.
—Si me da usted el nombre de su amigo, el que la acompañó al cine…
Helen Missal miró primero a Wexford, luego a Burden y de nuevo a Wexford.
Éste hizo una bola con la hoja de papel y la lanzó a la papelera.
—No puedo. No quiero meterlo en esto.
—Yo de usted me lo pensaría, señora. Piénseselo mientras le arreglan el pelo.
Burden le abrió la puerta y la mujer salió deprisa sin volverse a mirar atrás.
—Estuve hablando con una vecina mía —le dijo a Wexford—, una tal señora
Jones que vive en el número nueve de Tabard Road. Ya sabe, la que nos comentó que
el martes por la tarde había coches aparcados en Tabard Road. Pues bien, le pregunté
si podía recordar alguna de las marcas o los colores y me dijo que se acordaba de un
coche en particular, uno de color rojo con un tigre en la parte de atrás. No sabe el
número de la matrícula porque los veía de costado y, además, estaban aparcados uno
muy cerca del otro.
—¿Cuánto tiempo estuvo aparcado el coche?
—La señora Jones no supo decírmelo. Pero me comentó que lo vio por primera
vez a eso de las tres y que seguía allí a la salida de los colegios. Claro que no supo
precisarme si estuvo allí todo el tiempo.
—Aprovecharé que la señora Missal está en la peluquería, Mike —dijo Wexford
—, para hablar con Inge. Como dice la señora Missal, «menos mal que tenemos a
Inge».
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En el suelo del comedor había una lata de cera y un par de trapos; las alfombras
indias estaban desplegadas fuera sobre el suelo de mosaico, delante de los ventanales.
Al parecer, Inge Wolff tenía otros deberes además de ocuparse de Dymphna y
Priscilla.
—Diré todo lo que sé —le confió con dramatismo—. ¿Qué importa si me echan?
De todas maneras la semana que viene vuelvo para Hannover.
«Tal vez —pensó Wexford—, pero por otra parte, tal vez no». Tal y como estaban
las cosas, era posible que a Inge Wolff la necesitaran en Inglaterra los dos meses
siguientes.
—Lunes la señora Missal quedó en casa todo el día. Salió a la mañana
únicamente a comprar. Martes también compró a la mañana, porque de tarde cierran
tiendas.
—¿Qué me dice del martes por la tarde, señorita Wolff?
—Ah, martes tarde salió. Primero nosotros almorzamos. A la una. Yo, la señora
Missal y las niñas. ¡Ah, pensar que la semana que viene no más niñas! Después de
almuerzo yo lavé los platos y ella subió su dormitorio a acostarse. Cuando bajó dijo:
«Inge, salgo con el coche», se llevó la llave y bajó jardín al garaje.
—¿A qué hora sería eso, señorita Wolff?
—Tres, dos y media. No sé. —Se encogió de hombros—. Volvió después, a las
cinco o seis.
—¿Qué me dice del miércoles?
—Ah, miércoles. Tengo medio día libre. Muy bueno. Dymphna viene comer a
casa y vuelve a escuela. Yo me voy. La señora Missal queda en casa con Priscilla.
Cuando viene nochecita ella salió, siete, siete y media. No sé. En esta casa siempre
entran y salen. Como un juego.
Wexford le enseñó las fotos de la señora Parsons.
—¿Ha visto alguna vez a esta mujer, señorita Wolff? ¿Vino aquí alguna vez?
—En Kingsmarkham hay muchas mujeres como ésta. Todas iguales menos las
ricas. Las que vienen aquí no son como ésta. —Lanzó una carcajada burlona—. Ah,
es cómico. Me río de ver esto. Como ésta no viene ninguna aquí.
Cuando Wexford regresó a la comisaría, Helen Missal esperaba sentada en el
vestíbulo de entrada, con la cabellera pelirroja recogida en elaborados rizos.
—¿Se lo ha pensado usted mejor, señora Missal?
La condujo hasta su despacho.
—En cuanto al miércoles por la noche…
—Con toda franqueza, señora Missal, no me interesa demasiado lo que pasó el
miércoles por la noche. Pero el martes por la tarde…
—¿Por qué el martes por la tarde?
Wexford puso la foto sobre su mesa donde la señora Missal pudiera verla. Luego
colocó encima el lápiz de labios. El pequeño cilindro dorado salió rodando sobre la
brillante superficie de la instantánea hasta detenerse.
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—La señora Parsons fue asesinada el martes por la tarde —le explicó
pacientemente—, y encontramos su lápiz de labios a unos cuantos metros de su
cadáver. De manera que, como puede usted comprender, no me interesa lo que pasó
el miércoles por la noche.
—¿No irá usted a pensar que…? ¡Ay, Dios mío! Mire, inspector jefe, el martes
por la tarde estuve aquí. Fui al cine.
—Esa sala debe de mantenerse gracias a usted, señora. Es una lástima que no viva
en Pomfret. El cine de ahí tuvieron que cerrarlo por falta de espectadores.
Helen Missal inspiró hondo y soltó el aire con un profundo suspiro. Enroscó los
pies en las patas metálicas de la silla.
—Supongo que tendré que contárselo todo —admitió—. Quiero decir que será
mejor que le diga la verdad. —Lo dijo como si se tratara siempre de un último y
desagradable recurso y no de una obligación moral.
—Quizá sería lo mejor, señora.
—Verá usted, le dije que fui al cine el miércoles para tener una coartada. En
realidad, salí con un amigo. —Le lanzó una sonrisa seductora—. Del que no puedo
darle el nombre.
—Por el momento —aclaró Wexford sin dejarse seducir.
—El miércoles por la noche iba a salir con un amigo, de modo que no podía
contárselo a mi marido, ¿no le parece? Por eso dije que iba a ir al cine. Lo cierto es
que nos limitamos a dar un paseo en coche. Pero tenía que ver la película, ¿no?
Porque mi marido siempre… En fin, que es evidente que iba a preguntarme cosas de
la película. Por eso tuve que ir al cine el martes por la tarde.
—¿Con su coche, señora Missal? Pero si vive usted a unos cuantos metros del
cine.
—Imagino que ha hablado con esa imbécil de Inge. Se lo explico, tuve que
llevarme el coche para que ella se creyera que me iba lejos. De compras no podía ir
porque los martes por la tarde las tiendas cierran y además, yo nunca voy andando a
ninguna parte. Y ella lo sabe. Pensé que si no me llevaba el coche, ella adivinaría que
había ido al cine y que le parecería raro que volviera a ir el miércoles.
—El servicio doméstico tiene sus inconvenientes —apuntó Wexford.
—Una verdad como un templo. Y eso es todo. Me llevé el coche, lo aparqué en
Tabard Road y… ¡Dios mío! Ahí vivía esa mujer, ¿no? Pero no podía aparcar en High
Street porque… —Volvió a ensayar una sonrisa coqueta—. Por esas ridículas normas
de aparcamiento que han puesto ustedes.
—¿Conocía usted a esta mujer, señora? —le espetó Wexford bruscamente.
—¡Vaya susto acaba de darme! Déjeme ver. No, no lo creo. No es el tipo de
persona con la que podría relacionarme, inspector jefe.
—Señora Missal, ¿con quién salió el miércoles por la noche cuando perdió la
barra de labios?
Las sonrisas, las confesiones pueriles no le sirvieron de nada. Echó la silla hacia
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atrás y le gritó:
—No voy a decírselo. No se lo diré. ¡No puede obligarme! No puede retenerme
aquí.
—Ha venido usted por su propio pie, señora —le recordó Wexford. Abrió la
puerta de par en par sonriéndole con simpatía—. Iré a verla esta tarde, cuando su
marido esté en casa. Quizá entonces logremos aclararlo todo.
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Burden fue en su coche hasta Stowerton y aparcó en el antepatio de la
concesionaria de Missal. Un hombre vestido con un mono salió del despacho
acristalado y avanzó entre las filas de surtidores de gasolina.
—Póngame diez litros y dos potes de carburante, por favor —dijo Burden—.
¿Está el señor Missal?
—Ha salido con un cliente.
—Vaya, qué lástima —dijo Burden—. Pasé por aquí el martes por la tarde y
tampoco lo encontré…
—Siempre va y viene. Va y viene. Le repasaré el parabrisas.
—¿Y la señora Missal?
—Hará como tres meses que no la veo. La última vez sería en marzo. Vino a dejar
el Mercedes y le hundió la rejilla. ¡Mujeres al volante!
—Menuda pelea habrán tenido, ¿eh? Típico de Pete.
—Ha dado usted en el clavo. El señor Missal dijo que nunca más. Ni el Mercedes
ni ninguno de los otros coches.
—Vaya, vaya —dijo Burden. Le dio un chelín al hombre; más habría levantado
sospechas—, cuando ya se ha dicho y se ha hecho de todo, el matrimonio es un
campo de batalla.
—Le diré que ha estado usted.
Burden encendió el motor y puso la primera.
—No se moleste —le advirtió—. Lo veré esta noche.
Se dirigió a la salida y frenó bruscamente para no chocar con el descapotable
amarillo que desde Maryfield Road entraba de sopetón. Iba al volante un señor
mayor; a su lado estaba Peter Missal.
—Ahí lo tiene si quiere hablar con él —le gritó el dependiente.
Burden aparcó y luego entró por las puertas de batientes. Esperó junto a un Mini
que daba vueltas despacio en un tiovivo escarlata. Vio a Missal fuera que hablaba con
el conductor del descapotable. Al parecer no cerraron trato, porque el otro hombre se
fue andando y Missal entró en la sala de exposición.
—¿Qué pasa ahora? —le preguntó a Burden—. No me gusta que me vengan a
perseguir a mi lugar de trabajo.
—No lo entretendré mucho —dijo Burden—. Estaba comprobando lo del martes
por la tarde. No hay duda de que estuvo usted aquí todo el día. Yendo y viniendo,
claro.
—No es asunto suyo dónde estuve.
Cuando el Mini pasó a su lado, Missal le quitó una mota de polvo de la aleta y
luego añadió:
—En realidad, fui a Kingsmarkham a ver un cliente. Es cuanto pienso decirle.
Respeto la intimidad personal y es una lástima que usted no haga lo mismo.
—En caso de asesinato, señor, la vida privada no siempre suele ser asunto de uno.
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Su mujer tampoco parece haberse percatado de ese punto. —Se dirigió hacia las
puertas.
—Mi mujer… —Missal lo siguió, y mirando hacia ambos lados para asegurarse
de que no hubiera nadie cerca, con muy mal talante siseó—: Quite ese montón de
chatarra de mi entrada. Está usted obstruyendo el paso.
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6
¿Quién era su padre?
¿Quién era su madre?
¿Tenía hermana?
¿Tenía hermano?
¿O había una más querida
aún y una más próxima
que todas las demás?
Thomas Hood, El puente de los suspiros
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libros de crímenes que faltaban, pero sacó un volumen de uno de los estantes
inferiores.
—Veo que tiene una guía del distrito de Kingsmarkham. —La abrió y vio de reojo
una foto en colores de la plaza del mercado—. No es nueva.
—Mi mujer vivió aquí… bueno, aquí exactamente, no. Fue en Flagford. Estuvo
allí un par de años al acabar la guerra. Su tío estaba destinado en la RAF, en Flagford,
y su tía tenía una casita en el pueblo.
—Hábleme de la vida de su mujer.
—Nació en Balham —dijo Parsons. Dio un respingo para no pronunciar el
nombre de pila—. Sus padres murieron cuando era niña y se fue a vivir con esta tía.
Cuando tenía unos dieciséis años vino a vivir a Flagford, pero no le gustaba. Su tío
murió, no lo mataron ni nada por el estilo, sino que murió del corazón, y entonces su
tía se volvió a Balham. Mi mujer fue a la universidad en Londres y empezó a enseñar.
Después nos casamos. Eso es todo.
—Señor Parsons, me dijo usted el miércoles que su mujer se había llevado la
llave de la puerta principal. ¿Cuántas llaves tenían ustedes de esa puerta?
—Sólo dos. —Parsons se sacó del bolsillo una llave sencilla marca Yale y se la
enseñó a Wexford—. La mía y la de… la de Margaret. La llevaba en un llavero. El
llavero es un aro con una cadena de plata de la que cuelga un dije en forma de
herradura. —Con voz tranquila añadió—: Se lo regalé cuando vinimos a vivir aquí.
El monedero es de color marrón, de plástico marrón con un broche dorado.
—Quiero saber si su mujer tenía costumbre de ir a la granja de Prewett. ¿Conocía
usted a los Prewett o a cualquiera de sus trabajadores? Tienen allí a una chica que se
llama Dorothy Sweeting. ¿Alguna vez le habló de ella su mujer?
Parsons nunca había oído hablar de la granja hasta que encontraron allí el cadáver
de su esposa. A ella no le interesaba demasiado el campo ni los paseos por el campo y
el apellido Sweeting no le decía nada.
—¿Conoce a alguna persona llamada Missal?
—¿Missal? No, me parece que no.
—Una mujer alta, guapa, pelirroja. Vive en la casa que está enfrente de El Olivo y
la Paloma. Su marido tiene un concesionario de coches. Un tipo corpulento que lleva
un coche grande de color verde.
—No conocemos… no conocíamos a nadie así. —Se le crispó la cara y levantó la
mano para taparse los ojos—. Esto está lleno de esnobs. No teníamos nada en común
con este lugar, no debimos haber venido nunca. —Su voz se apagó hasta convertirse
en un murmullo—. Si nos hubiésemos quedado en Londres, ella estaría viva.
—¿Por qué vinieron, señor Parsons?
—La vida en el campo es más barata, o uno se piensa que es más barata hasta que
prueba.
—¿De modo que el hecho de que se mudaran aquí no guardaba ninguna relación
con el que su mujer hubiera vivido en Flagford?
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—Margaret no quería venir, pero me surgió este trabajo y ya se sabe, los pobres
no podemos elegir. Cuando estuvimos en Londres ella tuvo que ponerse a trabajar.
Pensé que aquí encontraría un poco de paz. —Tosió para aclararse la voz y acabó
sollozando—. Y vaya si la encontró.
—Señor Parsons, creo que en el desván hay algunos libros. Me gustaría echarles
un vistazo.
—Puede llevárselos —dijo Parsons—. No quiero volver a ver un libro mientras
viva. Pero en ellos no encontrará nada. Ella nunca se los miraba.
Las oscuras escaleras le resultaron familiares a Burden y con esa familiaridad
perdieron gran parte del aire siniestro que habían tenido en su primera visita. El sol
destacaba el polvo que había por todas partes y bajo su luz suave la casa ya no
parecía la escena de un crimen sino sencillamente una reliquia destartalada. Olía a
cerrado y Wexford abrió la ventana del desván. Sopló una capa de polvo depositada
sobre la superficie del baúl más grande y levantó la tapa. Estaba atestado de libros;
sacó los de arriba del todo. Eran novelas: dos de Rhoda Broughton, Evelina publicada
en la Biblioteca Everyman y John Halifax y Gentleman de la señora Craik. Las
guardas estaban en blanco y de entre las páginas no cayó nada cuando sacudió los
libros. Debajo de la primera capa había dos pilas de cuentos escolares; entre ellos,
unos que parecían las obras completas de Angela Brazil. Wexford los dejó en el suelo
y sacó otra pila de volúmenes de aspecto caro, algunos encuadernados en cabritilla,
otros en piel perfumada o seda tornasolada.
El primero que abrió estaba encuadernado en cabritilla verde pálido y sus páginas
fileteadas en oro. En la guarda alguien había escrito cuidadosamente con tinta y en
letra de imprenta:
Y debajo ponía:
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abajo. Vaya a saber, este lugar necesita limpieza.
—¿Y quién es Doon? —preguntó Burden.
—Se supone que es usted detective. Así que investíguelo.
Dejó el libro en el suelo y cogió el siguiente. Era el Oxford Book of Victorian
Verse, con su sobrecubierta negra y gris perla; en su interior, Doon había escrito otro
mensaje en letra de imprenta. Wexford lo leyó en voz alta y tono neutro:
—«Sé que te apetecía tener este libro, Minna. No sabes cómo me alegré cuando
fui a Foyle’s y lo encontré allí esperándome. Joyeux Noël, Doon, Navidad, 1950.»
El siguiente libro era aún más espléndido, encuadernado en seda roja tornasolada
y piel negra.
—Echemos un vistazo al número tres —dijo Wexford—. Poemas de Christina
Rossetti. Muy bonito, con letras doradas y todo. Veamos qué tiene que decir Doon
esta vez. «Un regalo pero no de cumpleaños, querida Minna, de Doon, que te desea
eterna felicidad. Junio, 1950». Me pregunto si la señora P. no le compraría a Minna
todo el lote a precio barato.
—Supongo que la señora P. podría ser Minna, una especie de apodo.
—A mí también se me ocurrió —comentó Wexford sarcásticamente—. Unos
libros magníficos, Mike, no son de esos que se regalarían para una rifa de la iglesia, y
las rifas de la iglesia parecen haber sido una de las actividades de la señora Parsons.
Fíjese en este grupo: Omar Khayyam, Hojas de hierba de Whitman, William Morris.
O mucho me equivoco o ese Omar Khayyam ha costado tres o cuatro libras. Aquí hay
otro más. Versos de Walter Savage Landor. Es un libro anticuado y las hojas no están
cortadas.
Leyó en voz alta la dedicatoria de la guarda:
—«“Prometo llevar de vuelta conmigo / lo que tú recibirás con arrobo, / el único
presente adecuado para ti. / Del que ningún mortal será despojado”. Adecuado, ¿no te
parece, Minna? Con amor de Doon. 21 de marzo de 1951.»
»No fue muy adecuado, ¿verdad? Y Minna, quienquiera que sea, no lo recibió con
arrobo. Ni siquiera se molestó en cortar las páginas. Volveré a hablar con Parsons,
Mike, luego pediremos que vengan a buscar todos estos libros y los lleven a la
comisaría. Este desván me da grima.
Pero Parsons no sabía quién era Minna y se mostró sorprendido cuando Wexford
le mencionó la fecha del 21 de marzo.
—Nunca había oído a nadie llamarla Minna —manifestó con disgusto, como si el
nombre fuera un insulto a su memoria—. Mi mujer nunca me habló de un amigo
llamado Doon. Nunca he mirado bien esos libros. Margaret y yo vivimos en la casa
que le dejó su tía hasta que nos mudamos aquí y esos libros siempre estuvieron en el
baúl. Nos los trajimos junto con los muebles, eso es todo. Lo de la fecha no lo
entiendo, Margaret cumplía años el 21 de marzo.
—Podría significar mucho o tal vez nada —comentó Wexford cuando estaban en
el coche—. Doon habla de Foyle’s, y Foyle’s por si no lo sabía usted, mi amigo
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provinciano, está en Londres, en Charing Cross Road.
—Pero la señora P. tenía dieciséis años en 1949 y estuvo dos años en Flagford.
Debía de vivir a unos doce kilómetros de aquí cuando Doon le regaló esos libros.
—Cierto. Pero también es posible que viviera aquí y fuera a Londres a pasar el
día. Me pregunto por qué escribiría las dedicatorias en letra de imprenta, Mike. ¿Por
qué no las escribió en letra cursiva? ¿Y por qué la señora P. escondió los libros como
si se avergonzara de ellos?
—Habrían causado mejor impresión en sus visitas que Las doncellas en el
balneario o como quiera que se llamen —dijo Burden—. Este Doon estaba colado
por ella.
Wexford se sacó del bolsillo la foto de la señora Parsons. ¡Increíble que una mujer
como aquélla hubiera despertado pasiones o inspirado un verso!
—Te deseo eterna felicidad —dijo en voz baja—, pero el amor no es como la
rosa. Me pregunto si el amor podría ser un bosque oscuro y enmarañado, una cuerda
tensada alrededor de un cuello dócil.
—¿Una cuerda? —inquirió Burden—. ¿Por qué no un pañuelo o esa capucha
rosada de nailon? No está en la casa.
—Podría ser. Puede usted apostar la vida a que esa capucha está junto con el
monedero y la llave. Muchas mujeres han sido estranguladas con una media de
nailon, Mike. ¿Por qué no con una capucha de nailon?
Se había llevado consigo los libros de Swinburne y de Christina Rossetti. Según
Burden no era demasiado en lo que basarse, un montón de libros viejos y un
muchacho escurridizo. «Doon —pensó—, Doon. Teniendo en cuenta que Minna era
un apodo, seguramente Doon también lo sería. Doon ya no sería un muchacho, sino
un hombre de treinta o treinta y cinco años, un hombre casado, tal vez con hijos, que
se habría olvidado de su antiguo amor». Burden se preguntó dónde estaría Doon.
Perdido, absorbido quizá por el gran laberinto de Londres, o quizá siguiera viviendo a
pocos kilómetros de allí… El corazón le dio un vuelco cuando recordó la nueva finca
de la fábrica en Stowerton, los intrincados senderos de Pomfret con un chalet solitario
cada doscientos metros, y hacia el norte, Sewingbury donde, desde el núcleo del
antiguo pueblo y a manera de radios, partía una serie de caminos en los que había
casas y más casas de la posguerra. Aparte de todo esto, estaba Kingsmarkham mismo
y sus pueblos aledaños, Flagford, Forby…
—Supongo que Missal no podría ser Doon, ¿verdad? —comentó con aire
esperanzado.
—Si lo es —repuso Wexford—, ha cambiado notablemente.
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Y anoche, Minna, anoche te vi. No como te he visto frecuentemente en
mis sueños, sino en la vida real. Te seguí, buscaba los lirios que tú
pisabas… Vi el anillo de oro que llevabas en el dedo, el grillete de un amor
importuno, y en mi corazón lloré amargamente. ¡Yo también he conocido
los terrores de la noche!
Sin embargo, mi fiesta ha sido siempre la fiesta del espíritu y para ese
otro morador de mis portales, mi carne ha sido como una vela sin llama en
una urna sellada. La luz de mi alma se ha apagado bajo el embate del
vendaval. Pero aunque la urna esté atrofiada y la llama ya no pueda
avivarse, la mecha del espíritu llora, ansiosa por alcanzar la mano que
sostiene el cirio del compañerismo, la antorcha de la dulce confianza, la
chispa de dos amigos que vuelven a encontrarse.
Te veré mañana y volveremos a recorrer las calles plateadas de nuestra
juventud. No temas, pues la razón cabalgará en mi brida y la tierna
moderación sujetará mis riendas. Minna, ¿acaso no puede salir todo bien,
no puede ser todo agradable como el sol caliente en el rostro de los niños?
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7
Cuando ella deshaga
todas las artimañas que a mi alrededor ha tejido…
Francis Thompson, La amante de la visión
Cuando Wexford y Burden entraron por el portón, a las siete de la tarde, delante de la
casa de Missal había aparcado un Jaguar negro; no era nuevo pero estaba muy bien
cuidado. Lo único sucio eran sus ruedas: los tapacubos estaban salpicados de barro
seco.
—Ese coche lo tengo visto de alguna parte —dijo Wexford—. Pero no sé de
dónde. Estoy envejeciendo.
—Tienen amigos a tomar un cóctel —sentenció Burden.
—A mí también me gustaría pasármelo bien —gruñó Wexford. Llamó al timbre.
Tal vez la señora Missal se había olvidado de que irían a verla o tal vez Inge no
había sido informada. Se mostró sorprendida pero al mismo tiempo malévolamente
satisfecha. Como su ama, llevaba el pelo recogido en lo alto de la cabeza, aunque con
menos éxito. En la mano izquierda sostenía un pote de paprika.
—Todos están dentro —dijo—. Dos vienen a cenar. ¡Qué hombre! Le digo yo qué
desperdicio tener hombres como él enterrados en la campiña inglesa. La señora
Missal dice: «Inge, tienes que hacer lasaña». Todo italiano, paprika, pasta,
pimientos… ¡Aah, es sólo un juego!
—Muy bien, señorita Wolff. Quisiéramos ver a la señora Missal.
—Los acompaño. —Rió entre dientes; al abrir la puerta del salón anunció como
quien acaba de descubrir algo valioso—: ¡Han venido los policías!
En los sillones floreados había cuatro personas sentadas y sobre la mesita se veían
cuatro copas de jerez seco. Todos permanecieron inmóviles sin decir palabra durante
un momento, pero Helen Missal se sonrojó profundamente. Luego se volvió hacia el
hombre que estaba sentado entre ella y su marido, abrió la boca y volvió a cerrarla.
«De modo que ése es el tipo del que Inge nos ha hablado en el vestíbulo —se dijo
Burden—. ¡Quadrant! Con razón Wexford ha reconocido el coche».
—Buenas noches, señor Quadrant —dijo Wexford. Una ligera inflexión en su
manera de saludar indicó que le sorprendía verlo en compañía de aquellas personas.
—Buenas noches, inspector jefe. Buenas noches, inspector Burden.
Burden lo conocía desde hacía tiempo, de encontrárselo en los tribunales, pues
era abogado; lo conocía desde hacía tiempo y le caía fatal. Respondió al saludo con
una inclinación de cabeza a Quadrant y a la mujer, probablemente la esposa de éste,
que ocupaba el cuarto sillón. En cierto modo se parecían, los dos eran delgados y
morenos, con la nariz recta y los labios rojos y curvados. Quadrant tenía las mismas
facciones que un grande de un cuadro de El Greco, que un grande o un monje, pero
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por lo que Burden sabía era inglés. Los labios latinos debieron de inspirar por vez
primera en un pueblo de Cornualles y Quadrant debía de ser el descendiente de un
marinero de la Armada. Su mujer iba magníficamente vestida, con la despreocupada
elegancia de los muy ricos. A Burden le dio la impresión de que comparado con el
suyo, el traje azul que lucía Helen Missal parecía comprado en las rebajas de unos
grandes almacenes. Llevaba los dedos cargados de anillos, y si las piedras eran falsas,
quedaba sumamente vulgar, aunque Burden no creía que lo fueran.
—Me temo que volvemos a importunarle, señor —le dijo Wexford a Missal
mientras miraba de reojo a Quadrant—. Si no le importa, quisiera hablar con su
esposa.
Missal se puso de pie; una rabia impotente le crispaba el rostro. El traje ligero de
color gris plateado que llevaba lo hacía más gordo que nunca. Entonces Quadrant
hizo algo extraño. Sacó un cigarrillo de la caja que había sobre la mesa, se lo metió
en la boca y lo encendió por el lado del filtro. Fascinado, Burden se quedó mirando
cómo se atragantaba y lo apagaba en el cenicero.
—Estoy harto de todo esto —gritó Missal—. No podemos siquiera disfrutar de
una velada tranquila en compañía de nuestros amigos sin que vengan a acosarnos.
Estoy hasta la coronilla. Mi mujer ya se lo ha explicado todo, con eso debería bastar.
—Estamos investigando un asesinato, señor —le dijo Wexford.
—Nos disponíamos a cenar —dijo Helen Missal, malhumorada. Se alisó la falda
azul y jugueteó con el collar de cuentas de marfil—. Será mejor que vayamos a tu
estudio. Pete. Inge se pasará todo el rato entrando y saliendo del comedor. ¡Dios!
Maldita sea, ¿por qué no me dejarán en paz? —Volviéndose hacia la mujer de
Quadrant le dijo—: ¿Me disculpas un momento, Fabia? Es decir, si eres capaz de
quedarte y cenar con las clases delincuentes.
—¿Seguro que no quieres que Douglas te acompañe? —Fabia Quadrant parecía
divertida y Burden se preguntó si los Missal les habrían advertido de la inminente
visita sugiriéndoles quizá que era para averiguar sobre una infracción de
aparcamiento—. Como abogado tuyo, quiero decir —aclaró.
Pero Wexford había hablado de asesinato y cuando encendió el cigarrillo,
Quadrant estaba asustado.
—No tardes mucho —le pidió Missal.
Entraron en el estudio y Wexford cerró la puerta.
—Devuélvame mi barra de labios —le dijo Helen Missal—, quiero cenar.
Wexford le contestó sin inmutarse:
—Y yo quiero saber con quién salió usted la noche que perdió la barra de labios,
señora.
—Era un amigo —repuso. Levantó tímidamente la vista y miró a Wexford
gimiendo como una niña que pide permiso para invitar a una amiguita a tomar el té
—. ¿Es que no me está permitido tener amigos?
—Señora Missal, si continúa usted negándose a decirme quién es ese hombre, no
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me quedará más remedio que interrogar a su marido.
Burden se estaba acostumbrando a los repentinos cambios de humor de la señora
Missal, pero a pesar de ello, no estaba preparado para aquel estallido de violencia.
—¡Maldito cabrón!
—Ese tipo de insulto no me afecta en lo más mínimo, señora. Verá, estoy
acostumbrado a moverme en círculos en los que ese lenguaje es uno de los puntos de
referencia. Cómo se llama ese hombre, por favor. Le recuerdo que estamos
investigando un asesinato.
—Si es preciso que lo sepa, era Douglas Quadrant.
«Eso explica lo del atragantamiento con el cigarrillo de hace unos instantes»,
pensó Burden.
—Inspector Burden —dijo Wexford—, ¿quiere usted llevar al señor Quadrant al
comedor (olvídese de la cena de la señorita Wolff) y pedirle su versión de lo ocurrido
el miércoles por la noche? ¿O fue el martes por la tarde, señora Missal?
Burden salió. Lanzando un suspiro, Wexford dijo:
—Muy bien, señora, ahora quiero volver a oír lo que ocurrió el miércoles por la
noche.
—¿Qué va a decir ese tipo delante de mi marido?
—El inspector Burden es una persona muy discreta. Si encuentro todo en orden,
no me cabe la menor duda de que podrá usted convencer a su marido de que al señor
Quadrant le hemos consultado pura y exclusivamente en su calidad de abogado.
Eso fue precisamente lo que arguyó Burden al regresar al salón.
—¿Hay alguna dificultad con la señora Missal, inspector? —inquirió Fabia
Quadrant como quien pregunta a un subordinado si ha satisfecho los deseos de un
invitado—. Espero que mi marido logre solucionarlo.
Quadrant se levantó perezosamente. A Burden le sorprendió que no ofreciera
resistencia. Entraron en el comedor y Burden apartó dos sillas del costado de la mesa.
Ésta estaba puesta con manteles individuales, altas copas de un tono púrpura
ahumado, cubiertos de acero sueco y servilletas plegadas en forma de nenúfar.
—Un hombre tiene que buscarse la vida —dijo Quadrant tranquilamente cuando
Burden le preguntó acerca de su paseo con Helen Missal—. La señora Missal está
felizmente casada. Igual que yo. De vez en cuando nos gusta compartir
peligrosamente nuestras vidas. Un paseo, una copa… No le hacemos daño a nadie y
todo el mundo tan feliz. —Lo confesaba con una sinceridad desarmante.
Burden se preguntó por qué. No parecía guardar relación alguna con la forma en
que reaccionó cuando llegaron. ¿Todo el mundo tan feliz? Missal no parecía feliz…
¿Y la mujer de los anillos qué? Se consolaba con el dinero. Pero ¿qué pintaba la
señora Parsons en todo aquello?
—Fuimos en coche hasta el sendero —le explicó Quadrant—, aparcamos y nos
quedamos en las lindes del bosque a fumarnos un cigarrillo. Ya sabe usted cómo se
pone de humo el interior del coche, inspector. —Con este comentario, Burden era
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ascendido a la categoría de hombre de mundo—. Me temo que del lápiz de labios no
sé nada. La señora Missal es una mujer despreocupada. Suele ser descuidada con las
baratijas. —Sonrió—. Tal vez sea por eso que me gusta.
¿Lo había visto? Parte del tiempo sí, pero estaba claro que no había vigilado a
Quadrant durante todo el día.
—Supongo que todo esto ocurrió el miércoles —sugirió Burden—, y no el martes
por la tarde, ¿verdad?
—Vamos, inspector. El martes estuve todo el día en los tribunales. Usted mismo
me vio.
—Nos gustaría echarle un vistazo a los neumáticos de su coche, señor Quadrant.
En cuanto se lo pidió, Burden supo que de nada le serviría, pues Quadrant
reconoció haber estado en el sendero el miércoles.
En el estudio, Wexford obtenía de Helen Missal una versión parecida.
—No nos metimos en el bosque —le dijo la señora Missal—. Nos quedamos
debajo de los árboles. Me llevé el bolso porque tenía bastante dinero y creo que debió
de caérseme la barra de labios cuando abrí el bolso para sacar el pañuelo.
—¿Y en ningún momento perdieron de vista el coche?
La red estaba tendida y Helen Missal cayó en ella.
—No, en ningún momento —respondió—. Nos quedamos hablando debajo de los
árboles.
—Debe de ser usted una persona nerviosa, señora Missal, nerviosa y sumamente
precavida. Estaba usted en compañía del señor Quadrant y no perdió de vista el
coche, pero aun así temía que alguien intentara robarle el bolso delante de sus propias
narices.
La mujer se mostró asustada y Wexford tuvo la certeza de que no se lo había
dicho todo.
—Pues así fue como ocurrió. No pretenderá que le justifique absolutamente todo
lo que hago.
—Pues sí lo pretendo, señora. Imagino que ha guardado usted la entrada del cine,
¿verdad?
—¡Dios mío! ¿Es que no va a darme un solo instante de respiro? Por supuesto que
no me guardé la entrada.
—Pues no es usted muy previsora, señora. Lo prudente habría sido guardarla por
si su marido quería verla. Sería interesante que buscara esa entrada y cuando la
encuentre, me gustaría que me la llevase a la comisaría. Las entradas están numeradas
y será fácil establecer si la suya fue expedida el martes o el miércoles.
Quadrant lo esperaba en el comedor, de pie junto al aparador, leyendo las
etiquetas de dos botellas de vino blanco. Burden estaba sentado a la mesa.
—Ah, inspector jefe —dijo Quadrant en el tono que utilizaba para derretirles el
corazón a los magistrados—. «¡Ay, qué tela más enmarañada tejemos la primera vez
que intentamos engañar!».
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—Ojalá pudiera usted convencer a la señora Missal de la verdad de esa máxima,
señor. Es una mala suerte que el miércoles por la noche fuera a elegir precisamente
ese sendero para su… su conversación con la señora Missal.
—Le puedo asegurar, inspector jefe, que realmente fue fruto de la mala suerte. —
Siguió mirando las botellas de Barsac, empañadas y muy frías—. De haberme
percatado que el cadáver de la señora Parsons estaba en el bosque, como es natural,
me habría puesto inmediatamente en contacto con usted. En mi situación, en mi
peculiar situación, siempre me preocupo por proporcionarles a ustedes, buena gente,
la mayor ayuda posible.
—Una situación peculiar, ¿verdad, señor Quadrant? Yo la llamaría un golpe
maligno del destino.
Missal y la señora Quadrant seguían sentados en el salón sin hablar. Según
Burden daban toda la impresión de tener muy poco en común. Helen Missal y el
abogado entraron en fila sonriendo alegremente, como si hubieran estado jugando a
un juego de salón. Planteada la charada, ésta había tocado a su fin una vez
descubierta la palabra. Ya podían irse a cenar.
—Quizá ahora ya podamos cenar —dijo Missal.
Wexford se lo quedó mirando.
—Tengo entendido que el martes por la tarde estuvo usted en Kingsmarkham, ¿no
es así, señor Missal? ¿Sería usted tan amable de decirme dónde estuvo exactamente y
si lo vio alguien?
—No, no voy a decírselo —respondió Missal—. Y un cuerno voy a decírselo.
Envía usted a su secuaz…
—Ay, Peter —lo interrumpió Fabia Quadrant—. ¡Secuaz! ¡Vaya palabra!
Burden se quedó tieso, esperando.
—Envía a su subalterno a ponerme en evidencia delante de mis clientes y mis
empleados. Persigue a mi mujer. ¡Que me zurzan si voy a decirle lo que hago cada
minuto de mi vida!
—Pues a mí no me quedó más remedio —dijo Helen Missal. Parecía contenta
consigo misma, encantada de que el centro de atención hubiera pasado de ella a su
marido.
—Me gustaría sacar una muestra de los neumáticos de su coche —le dijo
Wexford.
Burden se preguntó no sin cierta desesperación si iban a tener que sacar muestras
de barro de los neumáticos de todos los coches de Kingsmarkham.
—El Mercedes está en el garaje —le informó Missal—. Adelante, está usted en su
casa. Si hace lo que le viene en gana aquí dentro, ¿por qué no iba a ponerse cómodo
también fuera? A lo mejor le gustaría pedirme prestado el jardín para que sus
muchachos practiquen deporte.
Fabia Quadrant sonrió levemente y su marido frunció los labios y miró hacia
abajo. Pero Helen Missal no se rió. Echó un rápido vistazo a Quadrant y a Burden le
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pareció notar que se estremecía ligeramente. Después levantó la copa y se bebió el
jerez de un solo trago.
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—Quadrant se asustó, señor. Se asustó mucho al vernos entrar.
—Sería porque adivinó que lo descubriríamos. Su mujer estaba presente. Es
natural.
—¿No le parece entonces que debería haberse mostrado más cauteloso con
respecto a este asunto? Pero no lo fue. Incluso fue demasiado abierto.
—Es posible que no tuviera miedo de que lo interrogáramos sobre este asunto.
Sino de las preguntas que pudiéramos hacerle.
—O de lo que podía decimos la señora Missal.
—Fuera como fuese, o no se lo preguntamos o bien ella dio la respuesta
adecuada. La respuesta adecuada desde el punto de vista de él, claro.
—Le pregunté por lo del martes. Me dijo que estuvo todo el día en los tribunales.
Dice que yo lo vi. La Verdad es que lo vi en diversas ocasiones.
Wexford gimió y repuso:
—Yo también lo vi, pero no lo estaba vigilando, he ahí la gran diferencia. Estuve
en la Sala Primera. Él actuaba como defensor en el piso de abajo, en el caso del
conductor ebrio. Déjeme pensar. Levantaron la sesión a la una y volvieron a las dos.
—Fuimos a almorzar al Carousel…
—Él también. Lo vi. Pero nosotros comimos arriba, Mike. Puede que él también.
No lo sé. A las dos ya estaba otra vez en los tribunales y no llevaba coche. Cuando
está tan cerca de casa va siempre andando.
—Ese Missal podría tomar ejemplo de Quadrant —dijo Burden—. Así
adelgazaría un poco. Es un tipo de lo más desagradable, señor. ¡Secuaz! —exclamó
disgustado.
—Subalterno, Mike —le corrigió Wexford sonriendo.
—¿Qué le impide decirnos dónde estuvo el martes?
—Cualquiera sabe, pero sus neumáticos estaban limpios como una patena.
—Pudo haber dejado el coche en el camino de Pomfret.
—Es cierto.
—Quizá a la señora Missal se le metiera en la cabeza que Quadrant salía con la
señora P. Wexford empezó a impacientarse.
—Ah, vamos —dijo—. ¿Dougie Q. y la señora P.? Lleva años saliendo con otras.
Es del dominio público. ¿Pero no se ha fijado en la clase de mujeres que le gustan?
Sepa usted que los sábados por la mañana, High Street está plagada de mujeres que él
ha desechado, y que para consolarse por haber perdido la castidad o a sus maridos
ostentan sus Mini-Minors cero kilómetros. La señora P. no era su tipo. De todos
modos, la señora Missal no habría cometido un asesinato por él. Para ella, Dougie no
era más que un modo diferente de pasar una velada aburrida, digamos que algo mejor
que la tele.
—Creía que sólo los hombres lo veían de ese modo.
A Burden siempre le sorprendían las ocasionales manifestaciones de cruda
franqueza de su jefe. Wexford, que se mostraba siempre intuitivo y ocasionalmente
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lírico, también podía llegar a ser grosero.
—Arriesgaba mucho para tratarse de una relación ocasional —añadió Burden.
—Necesita usted animarse un poco, Mike —le espetó Wexford—. El Oxford
Book of Victorian Verse de Minna es justo lo que le hace falta. Voy a prestárselo para
que se lo lea antes de irse a la cama.
Burden cogió el libro y lo hojeó: Walter Savage Landor, Coventry Patmore,
Caroline Elizabeth Sarah Norton… Los nombres parecían venir de muy lejos, los
poetas llevaban tiempo convertidos en polvo. ¿Qué relación podrían tener con la
difunta Minna y con los estridentes Missal? Amor, pecado, dolor. Eran las palabras
que se encontraban casi en cada verso. Después de las impertinencias de Quadrant
sonaban casi como ridículos anacronismos.
—Un nexo de unión, Mike —le dijo Wexford—. Es lo que nos hace falta, una
relación.
Pero esa noche no iba a encontrar ninguna. Wexford se llevó tres de los otros
libros («Por si nuestro señor Doon subrayó algo o puso alguna marca de algún tipo»)
y salieron bajo la brisa vespertina. Más allá del puente el coche de Quadrant seguía
esperando.
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Hace tiempo uno de mis primos,
algo pequeñito dijo el espejo…
James Thomson, En la estancia
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»Al morir Geoffrey Ives de trombosis coronaria (Hospital de la RAF de
Sewingbury, julio de 1951), la señora Ives, su hija y Margaret Godfrey regresaron a
Balham y vivieron juntas en el número 42 de St. John’s Road. Desde septiembre de
1951 hasta julio de 1953, Margaret Godfrey estudió magisterio en la Escuela para
Maestras de Albert Lake, Stoke Newington, Londres.
»El 15 de agosto de 1952, Anne Ives se casó con el soldado raso Wilbur Stobart
Katz, del ejército de los Estados Unidos, en la capilla metodista de Balham y
abandonó el Reino Unido con destino a los Estados Unidos junto con el soldado Katz
en octubre de 1952 (se desconoce fecha exacta).
»Margaret Godfrey pasó a formar parte del personal del parvulario de Holderness
Road, Balham, en septiembre de 1953.
»Ronald Parsons (empleado administrativo), de veintisiete años, comenzó a
residir como inquilino en el número 42 de St. John’s Road en abril de 1954. Muerte
por cáncer de la señora Ethel Ives (Hospital Guy’s, Londres); certificado de
defunción presentado en Balham por Margaret Godfrey en mayo de 1957. Margaret
Godfrey y Ronald Parsons se casaron en la capilla metodista de Balham en agosto de
1957 y fijaron su residencia en el número 42 de St. John’s Road, casa que la señora
Ives dejó en herencia por partes iguales a la señora Parsons y a la señora Anne Mary
Ives de Katz.
»El Ayuntamiento de Balham adquirió por expropiación forzosa la casa del
número 42 de St. John’s Road en noviembre de 1962, y los Parsons se mudaron a
Kingsmarkham, Sussex, después de que la señora Parsons dimitiera de su puesto en la
escuela de Holderness Road.
»(Referencias: Registro de Nacimientos y Defunciones del Registro Civil de
Balham; reverendo Albert Derwent, ministro de la capilla metodista de Balham;
archivos de la RAF; archivos de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos;
Departamento de Educación del Ayuntamiento de Londres; Guy’s Hospital;
Ayuntamiento del Partido de Balham)».
—Me pregunto dónde estará ahora la señora de Wilbur Katz —dijo Burden.
—¿Tiene usted primos en Estados Unidos, Mike? —inquirió Wexford en un tono
tranquilo y engañosamente amable.
—Creo que sí.
—Yo también, igual que casi toda la gente que conozco. Pero nadie sabe nunca
dónde se encuentran exactamente y ni siquiera si están vivos o muertos.
—Me comentó usted que tenía una idea, señor.
Wexford cogió el informe y con su grueso índice señaló el segundo párrafo.
—Se me ocurrió anoche —dijo—, en el intervalo entre Whitman y Rossetti.
Suenan a apellidos de pistoleros, ¿verdad? ¡Caray, Mike, tenía que habérseme
ocurrido antes! Parsons dijo que su mujer vino aquí a los dieciséis años pero tampoco
me sugirió nada. Mire si seré burro que supuse que la señora Parsons había terminado
sus estudios por esa época. Pero Mike, era maestra, hizo magisterio. ¡Cuando estuvo
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en Flagford debió de ir a la escuela! Calculo que vendrían a Flagford en cuanto se
sacó el título de bachillerato o como se llame ahora, y cuando llegó aquí continuó con
sus estudios.
—Aquí sólo hay dos escuelas para chicas —comentó Burden—. La escuela
secundaria de Kingsmarkham y St. Catherine’s, ese convento de Sewingbury.
—Pues ahí seguro que no iría. Era metodista y, por lo que sabemos, su tía también
lo era. Al menos la prima se casó en una capilla metodista. Qué mala suerte que sea
sábado y la escuela esté cerrada.
»Quiero que me encuentre a la directora. Puede usted escaparse de la indagatoria,
ya estaré yo allí. La directora es una tal señorita Fowler y vive en York Road. Vea qué
puede averiguar. Deben de guardar los archivos. Lo que queremos es una lista de las
muchachas que estuvieron en el curso de Margaret Godfrey entre septiembre de 1949
y julio de 1951.
—Menuda faena localizarlas a todas, señor.
—Ya lo sé, Mike, pero de un modo u otro debemos encontrar la manera de salir
adelante. Y ésta podría ser nuestra oportunidad. Lo sabemos todo sobre la vida de
Margaret Parsons en Balham, y por lo que sabemos era sumamente aburrida. En mi
opinión, en su vida sólo se produjeron dos acontecimientos sensacionales. El amor y
la muerte, Mike, el amor y la muerte. Y la cuestión es que los dos acontecimientos
tuvieron lugar en mi distrito. Alguien la amó aquí, y cuando regresó, alguien la mató.
Una de esas chicas podría recordar a su novio, un novio posesivo con una memoria
poderosa.
—Cómo me gustaría —dijo Burden— que viniera a vernos un ciudadano
consciente de sus deberes cívicos y simpatizante de la poli, para decimos que conocía
a la señora P., y que salió con ella en 1950 o aunque sea que la vio en una tienda la
semana pasada.
Siguió dándole vueltas al informe de Balham y luego añadió:
—No gozaban de muy buena salud, ¿verdad, señor? Cáncer, trombosis
coronaria…
—Cuando Parsons nos contó una parte de la historia de su mujer —comentó
Wexford en tono pausado—, me pregunté por qué nos dijo: «Su tío murió, no lo
mataron ni nada por el estilo». Se trata de un detalle, pero ahora entiendo por qué. A
los padres de la señora Parsons los mataron, pero no de la forma en que nosotros
entendemos cuando hablamos de matar.
Cuando hubo cruzado el palacio de justicia, situado detrás de la comisaría,
Burden telefoneó a la señorita Fowler. Le contestó una voz profunda y educada, que
pronunció cuidadosamente el nombre del titular del teléfono y el número. Burden
comenzó a explicarle quién era pero la señorita Fowler lo interrumpió. Sí, Margaret
había estado en la escuela, aunque apenas la recordaba. Sin embargo, hacía poco se la
había encontrado en Kingsmarkham y posteriormente, al ver su foto en los periódicos
la había asociado al caso de la mujer asesinada.
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—Sinceramente, inspector, ¡qué cosa más espeluznante! —Lo dijo como si el
hecho la hubiera ofendido más que afligido, o bien como si la educación impartida en
su escuela hubiera eximido automáticamente a cualquiera de sus alumnos de ser
víctimas de un asesinato.
Se disculpó por importunarla y le preguntó sí podía proporcionarle la lista que le
pedía Wexford.
—Telefonearé a la señora Mortlock, la secretaria de la escuela —le comunicó la
señorita Fowler—. Le pediré que se pase un momentín por la escuela y eche un
vistazo a los archivos. ¿Quiere volver a llamarme alrededor de mediodía, inspector?
Burden le dijo que se lo agradecía muchísimo.
—De nada. No es ninguna molestia —repuso la señorita Fowler—. De verdad.
La indagatoria concluyó en media hora; el informe del doctor Crocker ocupó diez
minutos de ese tiempo. Declaró que la muerte fue causada por estrangulación
mediante ligadura, de un pañuelo o un trozo de tela quizá. Aparte de este aspecto, el
cadáver de la señora Parsons no presentaba ninguna contusión y no se habían
producido abusos sexuales. Había sido una mujer sana, con un ligero exceso de peso
para su altura. En su testimonio, Wexford manifestó que, en su opinión, resultaba
imposible determinar si se había producido una lucha, ya que las vacas de Prewett
habían pisoteado el bosque. Volvieron a llamar al estrado al médico, que manifestó
que había encontrado unos cuantos rasguños superficiales en las piernas de la
víctima. Eran tan ligeros que no se molestó en establecer si se habían producido antes
o después de la muerte.
El juez determinó en su veredicto que se había producido un asesinato a manos de
una o varias personas desconocidas.
Ronald Parsons permaneció sentado sin decir palabra todo el tiempo que duró la
indagatoria mientras retorcía un pañuelo sobre su regazo. No levantó la cabeza
cuando el forense le ofreció unas muestras de condolencia de puro trámite y demostró
que lo había oído asintiendo levemente. Se le veía tan abatido por la pena que
Wexford se sorprendió cuando se le acercó mientras cruzaba el patio de lajas, le tocó
el brazo y sin ningún preámbulo le dijo:
—Esta mañana llegó una carta para Margaret.
—¿Cómo que una carta? —inquirió Wexford deteniéndose. Había visto algunas
de las cartas de la señora Parsons, anuncios y facturas del carbón.
—De su prima de Estados Unidos —le explicó Parsons. Inspiró hondo y se
estremeció bajo el sol caliente.
Al mirarlo bien, Wexford se dio cuenta de que ya no se le veía estupefacto. Lo
embargaba una amargura nueva.
—La abrí.
Lo dijo con una especie de remordimiento. Su mujer había muerto y ellos se
dedicaban a hurgar en sus pertenencias. Hasta las cartas, cartas recibidas
póstumamente, iban a ser revisadas, sus palabras examinadas meticulosamente del
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mismo modo que habían abierto y examinado su cadáver.
—No sé… no estoy en condiciones de pensar nada —dijo—, pero en ella habla de
una persona llamada Doon.
—¿La ha traído usted? —le preguntó Wexford bruscamente.
—La llevo en el bolsillo.
—Iremos a mi despacho.
Si Parsons notó los libros de su mujer esparcidos por la oficina, no lo manifestó
en modo alguno. Se sentó y le entregó el sobre a Wexford. En la solapa, justo debajo
del corte dentado que Parsons le había hecho para abrirlo, figuraba una dirección
manuscrita: «Rte. Sra. Katz, Sunflower Park 1183, Slate City, Colorado, EE. UU.»
—Ésa es la señorita Anne Ives —dijo Wexford—. ¿Le escribía a su mujer con
regularidad?
Parsons se mostró sorprendido al oír ese nombre.
—No regularmente —repuso—. Una o dos veces al año. Nunca he conocido a la
señora Katz.
—¿Sabe si su mujer le escribió alguna vez desde que vinieron aquí?
—No sabría decírselo, inspector jefe. Para serle sincero, la señora Katz no me
interesaba demasiado. Acostumbraba escribirle a Margaret y, contarle todas las cosas
que tenía, coches, lavadoras y demás… No sé si eso le sentaba mal a Margaret. Le
tenía mucho cariño a su prima y nunca me comentó que le molestara enterarse de esas
cosas. Pero yo le dije bien claro lo que me parecía y entonces ella dejó de enseñarme
las cartas.
—Señor Parsons, tengo entendido que su mujer y la señora Katz heredaron por
partes iguales la casa de la señora Ives. ¿No será que…?
Parsons lo interrumpió diciendo con amargura:
—Le compramos su parte, inspector jefe. Le pagamos hasta el último penique de
las setecientas libras que nos costo. Con un préstamo de un banco de Londres. Mi
esposa tuvo que emplearse todo el día para que pudiéramos pagar el crédito, y cuando
terminamos de pagarlo, el Ayuntamiento nos la compró y nos pagó novecientas
libras. Tenían una especie de orden para hacerlo.
—Una orden de expropiación forzosa —le explicó Wexford—. Comprendo. —Se
asomó por la puerta y gritó—: ¡Sargento Camb! Tráiganos té, por favor, y una taza
extra. Señor Parsons, si no le importa, voy a leer esa carta.
Estaba escrita en un papel fino de color azul y la señora Katz había encontrado
muchas cosas que contarle a su prima. Las primeras dos páginas se referían
exclusivamente a las vacaciones que los Katz habían pasado en Florida junto con sus
tres hijos, al coche nuevo de la señora Katz, a la barbacoa que le había comprado su
marido. Invitaba a los Parsons a ir de vacaciones a Slate City. Wexford comprendió
entonces por qué Parsons se había mostrado molesto.
La última página era la más interesante:
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Caray, Meg, me quedé de una pieza cuando me enteré de que Ron y tú os
habíais vuelto a Kingsmarkham. Apuesto a que fue idea de Ron. ¡Y has vuelto
a ver a Doon! Cómo me gustaría saber quién es. Tienes que decírmelo y
dejarte de darme pistas.
De todas maneras, no entiendo por qué tienes que estar asustada de Doon.
¡Hazme el favor! ¿Asustada de qué? Nunca hubo nada en ello. (Ya sabes a
qué me refiero, Meg). Me resulta increíble que Doon te siga teniendo cariño.
¡¡Siempre has sido una mal pensada!! Y si volver a ver a Doon implica
pasearte en coche y aceptar unas cuantas invitaciones a comer, yo en tu lugar
no sería tan escrupulosa.
¿Cuándo vais a compraros un coche? Wil dice siempre que no sabe cómo
os las arregláis…
—Esta carta puede ser muy importante, señor Parsons —dijo Wexford—. Me
gustaría quedármela.
Parsons se levantó sin haber probado el té.
—Ojalá no hubiera llegado —dijo Parsons—. Quería recordar a Margaret tal
como la conocí. Yo pensaba que era distinta. Ahora sé que era como las demás, salía
con otro hombre para conseguir cosas de él.
—Me temo que eso es lo que parece —comentó Wexford en tono cauteloso—.
Dígame, ¿no tenía usted ni idea de que su mujer podía estar saliendo con este
hombre, este tal Doon? Todo parece indicar que Doon la conocía de cuando vivió en
Flagford y que volvió a salir con ella cuando se mudó aquí. Debió de ir a la escuela
de aquí, señor Parsons. ¿Lo sabía?
¿Se mostraba Parsons furtivo, o era sencillamente un deseo de aferrarse a lo poco
que le quedaba de vida privada, su matrimonio roto por la infidelidad y la muerte, lo
que provocó su sonrojo y su inquietud?
—Mi mujer no fue feliz en Flagford. No quería hablar de esa época y yo dejé de
preguntarle. Imagino que sería porque eran un hatajo de esnobs. Respetaba la
reticencia de mi mujer, inspector jefe.
—¿Le habló alguna vez de sus novios?
—Ése era un capítulo cerrado —repuso Parsons—, para los dos. Yo no quería
saber, ¿me comprende? —Se dirigió a la ventana y al asomarse entrecerró los ojos
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como si fuera de noche y no pleno día—. No éramos de esa clase de gente. No
éramos de esa gente que tiene líos por ahí. —Se interrumpió al recordar la carta y
añadió—: Me resulta imposible de creer. No puedo creer eso de Margaret. Era una
buena mujer, inspector jefe, una mujer cariñosa. No puedo dejar de pensar que esa
Katz se inventaba muchas cosas que no eran ciertas, se las sacaba de la imaginación.
—Sabremos algo más cuando nos pongamos en contacto con Colorado —le dijo
Wexford—. Espero conseguir la última carta que su mujer le escribió a la señora
Katz. No hay motivos para que no se la faciliten a usted.
—Gracias por nada —dijo Parsons.
Vaciló un instante, tocó la cubierta verde de los versos de Swinburne y luego salió
rápidamente del despacho.
«Se trata de una posible salida —pensó Wexford—, por fin una salida posible».
Descolgó el teléfono y le pidió a la operadora que lo pusiera con Estados Unidos.
Mientras esperaba que le pasaran la llamada, pensó que había sido una mujer extraña,
una mujer extraña y reservada que llevaba una doble vida. Para su marido y para el
mundo poco observador había sido un ama de casa prudente y sensata que usaba
sandalias y un vestido de algodón, una maestra de parvulario que le sacaba brillo al
escalón de la entrada de su casa con Brasso y asistía a las actividades sociales de la
iglesia. Pero alguien, alguien generoso, romántico y apasionado había sido incitado y
enloquecido por ella a lo largo de doce años.
[Link] - Página 66
9
A veces un grupo de damiselas alegres…
Tennyson, La dama de Shalott
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y francamente no sería capaz de decirle sus nombres ni sus edades. Podrían tener
dieciocho o treinta años. Ya sabe cómo son estas cosas, es difícil calcularle la edad a
la gente menor que una. —Miró a Burden, le sonrió y le dijo—: Usted sí que es
joven.
Burden volvió a hablarle de la lista. Los nombres estaban por orden alfabético. La
leyó en voz alta esperando las reacciones de la señorita Fowler:
—«Lyn Annesley, Joan Bertram, Clare Clarke, Wendy Ditcham, Margaret Dolan,
Margaret Godfrey, Mary Henshaw, Jillian Ingram, Anne Kelly, Helen Laird, Marjorie
Miller, Hilda Pensteman, Jane Probyn, Fabia Rogers, Deirdre Sachs, Diana Stevens,
Winifred Thomas, Gwen Williams, Yvonne Young».
Debajo de los nombres, la señora Morpeth había escrito con aire triunfal: «¡¡Clare
Clarke es profesora titular de nuestra escuela!!».
—Me gustaría hablar con la señorita Clarke —dijo Burden.
—Vive en Nectarine Cottage, en el primer sendero a la izquierda por el camino de
Stowerton —le informó la señorita Fowler.
—Fabia es un nombre poco corriente —comentó Burden despacio.
La señorita Fowler se encogió de hombros y se alisó el pelo gris de tiesas ondas.
—No es una mujer especialmente original —le dijo—. Una de esas personas que
prometen mucho, como acabo de comentarle, pero que nunca llegó a nada. Vive aquí,
en alguna parte. Tanto ella como su marido son muy conocidos en los círculos
sociales. Helen Laird era otra. Muy bonita, muy confiada. Siempre metida en líos.
Con chicos, ya sabe. ¡Qué tonterías, la verdad! Creí que iba a ser actriz, pero al final
acabó casándose. Y después está la señorita Clarke, claro…
Burden tuvo la impresión de que la señorita Fowler había estado a punto de
incluir a la señorita Clarke en la lista de fracasadas, pero la lealtad hacia el personal
de su escuela se lo impidió. Y él no quiso insistir. Le había dado una pista mucho más
preocupante.
—¿Qué ha sido de la vida de Helen Laird?
—En realidad no sé nada, inspector. La señora Morpeth me comentó en cierta
ocasión que se había casado con un vendedor de coches. ¡Vaya desperdicio!
Apagó el cigarrillo en un cenicero pintarrajeado con colores al agua y de evidente
cocción casera y siguió diciendo en un tono algo tristón:
—Se marchan de la escuela y las olvidamos, pero al cabo de quince años aparece
en primero una cría y piensas, esa cara la tengo vista de alguna parte. Claro que la
tienes vista… la de su madre.
«Dymphna y Priscilla», pensó Burden, casi seguro. Dentro de poco tiempo, el
rostro de Dymphna, la misma cabellera pelirroja tal vez, despertaría en la memoria de
la señorita Fowler un recuerdo largo tiempo perdido.
—Sin embargo —añadió como si le estuviera leyendo el pensamiento—, todo
tiene un límite. Dentro de dos años, me retiro.
Le dio las gracias por la lista y se marchó. En cuanto llegó a la comisaría,
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Wexford le enseñó la carta de la señora Katz.
—Todo parece indicar que Doon es el asesino, señor —comentó Burden—,
quienquiera que sea el tal Doon. ¿Qué hacemos ahora, esperar noticias de Colorado?
—No, Mike, tendremos que seguir investigando. Está claro que la señora Katz no
sabe quién es Doon, y a lo máximo que podemos aspirar es a que nos proporcione los
antecedentes y la última carta que la señora P. le envió antes de morir. Probablemente
resultará que Doon fue un novio que tuvo la señora P. cuando estuvo aquí en la
escuela. Confiemos en que no haya tenido muchos.
—He estado dándole vueltas a ese punto —dijo Burden—, porque la verdad, tal
como diría la señorita Fowler, esas dedicatorias de los libros de Minna no parecen
obra de un chico, a menos que se tratara de un chico muy maduro. Son demasiado
pulidas, demasiado fluidas. Doon podría ser un hombre mayor que se fijó en ella.
—Ya lo he pensado —dijo Wexford—, y he investigado a Prewett y a sus
hombres. Prewett compró la granja en 1949, cuando tenía veintiocho años. Es una
persona culta y muy bien podría haber escrito esas dedicatorias, pero el martes estuvo
en Londres. De eso no cabe duda, a menos que se hubiera confabulado con dos
médicos, un eminente cardiólogo, una monja y sabe Dios cuántas enfermeras, además
de su propia esposa.
»Draycott lleva apenas dos años en este distrito y estuvo en Australia desde 1947
hasta 1953. Bysouth a duras penas sabe escribir su nombre, por lo que queda
descartado el que fuera capaz de encontrar fragmentos de poesías para enviarle a su
amada, y lo mismo puede decirse de Traynor. Edwards estuvo en el ejército desde
1950 a 1951, y es imposible que Dorothy Sweeting supiera lo que ocurría en la vida
amorosa de Minna hace doce años. Porque entonces tenía siete.
—Muy bien pues, tendremos que sacar lo que podamos de la lista —concluyó
Burden—. Creo que le interesará mucho cuando vea algunos de los nombres, señor.
Wexford cogió la lista y cuando leyó los nombres de Helen Laird y Fabia Rogers
blasfemó con rabia. Burden había escrito a lápiz «Missal» y «Quadrant» con un signo
de interrogación al lado de cada apellido.
—Alguien trata de pasarse de listo —dijo Wexford—, y no voy a permitirlo.
Rogers. Es hija del viejo Rogers y señora, que viven en Pomfret Hall. Están forrados.
Son dueños de una fábrica de pintura. No hay ninguna razón por la que tuviera que
decirnos que conocía a la señora P. Cuando hablamos con Dougie, lo de Doon no
parecía tan importante. Pero la señora Missal… ¡Mire que decirnos que no conocía a
la señora P. habiendo estado en la misma clase!
Se había puesto rojo de rabia. Burden sabía cómo detestaba su jefe que le tomaran
el pelo.
—Estaba dispuesto a olvidarme de esa entrada de cine, Mike, pero ahora no estoy
tan seguro. Ahora mismo voy a volver a tratar este asunto con la señora Missal —dijo
señalando la lista con el dedo—. Entretanto, puede empezar a entrevistar a estas
mujeres.
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—Tenía que ser una escuela de señoritas —masculló Burden—. Las mujeres se
cambian el apellido, los hombres no.
—Es inevitable —le espetó Wexford—. Desde que se celebró la indagatoria, el
señor Griswold me ha llamado dos veces. Me está marcando de cerca.
Griswold era el superior de Wexford. Burden comprendió a qué se refería su jefe.
—Ya lo conoce usted, Mike. A la menor dificultad, el tío manda llamar a gritos a
los de Scotland Yard —dijo Wexford y salió dejando a Burden con la lista y la carta.
Antes de embarcarse en su cacería de mujeres, Burden volvió a leer la carta. Le
sorprendió porque daba una idea del carácter de la señora Parsons y revelaba un
aspecto que antes no había sospechado. Estaba resultando ser mucho menos pura de
lo que habían pensado.
«… Y si volver a ver a Doon implica pasearte en coche y aceptar unas cuantas
invitaciones a comer, yo en tu lugar no sería tan escrupulosa», le había escrito la
señora Katz. Pero al mismo tiempo, ignoraba quién era Doon. La señora Parsons se
había mostrado extrañamente reservada y enigmática al ocultarle la identidad de
aquel novio a su prima, que además había sido su íntima amiga.
«Una mujer de lo más extraña y un novio extraño también —pensó Burden—. La
relación que tuvo con el tal Doon había sido de lo más extraña. La señora Katz pone
en su carta: “…no entiendo por qué tienes que estar asustada”, y más adelante:
“Nunca hubo nada en ello”. ¿A qué se referiría con eso de que nunca hubo nada en
ello? Pero la señora P. estaba asustada. ¿De qué, de sus proposiciones deshonestas?
La señora Katz dice que siempre ha sido una mal pensada. Lógico —reflexionó—.
Toda mujer virtuosa estaría asustada y pensaría mal de un hombre que le prestara
demasiada atención. Pero al mismo tiempo nunca hubo nada en ello. La señora P. no
debe mostrarse tan escrupulosa».
Burden siguió esforzándose en vano. La carta era un rompecabezas, igual que su
destinataria. Al dejarla sobre la mesa y dirigirse al teléfono tuvo la certeza de dos
hechos: Doon no se había propasado; quería algo más, algo que asustó a la señora
Parsons pero que, en opinión de su prima, era tan inofensivo que mostrarse
demasiado escrupulosa la habría hecho aparecer como una mal pensada. Sacudió la
cabeza como quien queda desconcertado ante un complicado acertijo y comenzó a
marcar un número.
Marcó primero el número de Bertram porque en el listín no había ningún
Annesley y, dicho sea de paso, tampoco figuraban Penstman ni Sachs. Pero el señor
Bertram que se puso dijo tener más de ochenta años y ser soltero. Acto seguido,
marcó el número de los únicos Ditcham que encontró, pero a pesar de que estuvo más
tiempo del razonable escuchando los timbrazos ininterrumpidos, no contestaron.
El número de la señora Dolan comunicaba. Esperó cinco minutos y volvió a
marcar. Esta vez le contestó. Sí, era la madre de Margaret Dolan, pero Margaret era
ahora la señora de Heath y vivía en Edimburgo. De todos modos, Margaret nunca
había llevado a casa a ninguna chica apellidada Godfrey. Había sido muy amiga de
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Janet Probyn y de Deirdre Sachs, con las que formaba una pandilla más bien cerrada.
La madre de Mary Henshaw había fallecido. Burden habló con su padre. Su hija
seguía viviendo en Kingsmarkham. Burden le preguntó si estaba casada. El señor
Henshaw se partió de la risa y Burden tuvo que armarse de paciencia y esperar. El
hombre se recuperó y le informó que sí, que su hija se había casado con un tal Hedley
y que en ese momento estaba ingresada en el hospital del condado.
—Me gustaría hablar con ella —le dijo Burden.
—Es imposible —repuso Henshaw sumamente divertido—. A menos que se
ponga usted una bata blanca. Está dando a luz a su cuarto hijo. Creí que llamaba
usted del hospital para darme la buena noticia.
La señora Ingram lo puso en contacto con Jillian Ingram, ahora señora de
Bloomfield. Pero no le pudo decir gran cosa de Margaret Parsons, salvo que en la
escuela había sido guapa y delgada, que le gustaba la lectura y que era tímida.
—¿Ha dicho usted guapa?
—Sí, era guapa, no sé, atractiva. De acuerdo, he visto los periódicos. Pero ya sabe
usted, la belleza no tiene por qué durar.
Burden lo sabía, pero aun así, se sorprendió.
Anne Kelly se había marchado a Australia, Marjorie Miller…
—Mi hija murió en un accidente de coche —le informó una voz ronca, cargada de
dolor al revivir el recuerdo—. Increíble, la policía debería de ser la primera en
saberlo.
Burden suspiró. A Pensteman, Probyn, Rogers, Sachs… ya las tenía controladas.
En el listín local encontró nada menos que veintiséis Stevens, cuarenta Thomas,
cincuenta y dos Williams y doce Young.
Seguirles la pista a todas le ocuparía hasta última hora de la tarde. Clare Clarke
tal vez podría echarle una mano. Cerró el listín y partió hacia Nectarina Cottage.
Los ventanales estaban abiertos cuando Inge Wolff hizo pasar a Wexford al
vestíbulo y pudo oír los gritos de las niñas que se estaban peleando. La siguió por el
jardín y al principio no vio más que dos niñas pequeñas: la mayor era una copia en
diminuto idéntica a su madre, pelirroja, de ojos brillantes; la más joven era regordeta
y rubia y tenía la cara pecosa. Las dos peleaban por hacerse con una barca mecedora,
un trasto rojo y amarillo de parque de atracciones con un mascarón en forma de
conejo.
Inge corrió hacia ellas gritando.
—¡Estáis jugando a lo bruto como niños! ¡Aquí ha venido este policía a meteros
en la cárcel!
Pero las niñas se aferraron con más fuerza de las cuerdas y Dymphna, que estaba
de pie, empezó a darle patadas en la espalda a su hermana.
—Si es policía, ¿cómo es que no lleva uniforme? —inquirió.
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Alguien se echó a reír y Wexford se dio media vuelta rápidamente. Helen Missal
se encontraba en una hamaca que colgaba entre una morera y la pared de una glorieta;
bebía té sin leche en un vaso. Al principio sólo le vio la cara y un brazo color miel
que colgaba del borde de la loneta. Cuando se acercó más, comprobó que estaba
tomando el sol. Sólo llevaba un biquini que formaba un ocho blanco como el hielo y
un triángulo sobre el fondo de su piel dorada. Wexford se sintió incómodo y esa
incomodidad alimentó su rabia convirtiéndola en ira.
—¡Otra vez no! —exclamó la señora Missal—. Ahora sé cómo se siente el zorro.
Lo pasa fatal.
A Missal no se lo veía por ninguna parte, pero de detrás de una barrera verde
oscura de macrocarpeas Wexford alcanzó a oír el zumbido de una cortadora de
césped.
—¿Podemos entrar, señora Missal?
La mujer vaciló un momento. A Wexford le pareció que quizá estuviera atenta a
los sonidos provenientes del otro lado del seto. El ruido de la cortadora cesó para
proseguir de inmediato mientras ella parecía contener el aliento. Sacó los pies de la
hamaca y Wexford notó que en el tobillo izquierdo llevaba una fina cadena de oro.
—Supongo que sí —le respondió—, ¿qué otro remedio me queda?
Lo precedió, entró por las puertas abiertas, cruzó el fresco comedor donde
Quadrant había examinado el vino y pasó al salón de los rododendros. Se sentó y
dijo:
—Y bien, ¿qué pasa ahora?
La forma en que exhibía su desnudez contra la zaraza verde y rosa tenía un no sé
qué de ultrajante y malévolo. Wexford apartó la mirada. La mujer estaba en su propia
casa y él no tenía ningún derecho a pedirle que se cubriera. Por lo tanto, sacó la foto
del bolsillo y se la enseñó.
—¿Por qué me dijo que no conocía a esta mujer?
Sus ojos dejaron de reflejar miedo y se llenaron de sorpresa.
—No la conocía.
—Fueron juntas a la misma escuela, señora Missal.
Le arrebató la instantánea y la miró fijamente.
—De eso nada. —El pelo cobrizo le cayó sobre los hombros, brillante como un
penique nuevo—. Al menos, creo que no. Por el aspecto que tiene aquí, debía de ser
bastante mayor que yo. Estaría al menos en sexto cuando yo hacía primero. La
verdad, no sabría decírselo.
—La señora Parsons tenía treinta años —le dijo Wexford severamente—, la
misma edad que usted. Su apellido de soltera era Godfrey.
—Me encanta eso de «apellido de soltera[1]». Es una forma tan caritativa de
expresarlo, ¿verdad? Está bien, inspector jefe, ahora me acuerdo. Pero ha envejecido,
se la ve diferente…
Sonrió de repente; una sonrisa de triunfal deleite, y Wexford se maravilló de que
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esa mujer tuviera la misma edad que la pobrecilla infeliz que había encontrado
muerta en el bosque.
—Es lamentable que el jueves por la tarde no pudiera recordarlo, señora Missal.
Se ha puesto usted en una situación de lo más desagradable. Primero, al mentirnos
deliberadamente al inspector Burden y a mí, y segundo, al ocultarnos la importancia
de los hechos. El señor Quadrant le explicará que estoy en mi pleno derecho si la
acuso de ser cómplice…
Helen Missal lo interrumpió, malhumorada:
—¿Por qué se mete conmigo? Fabia también la conocía, y además… Bueno, debe
de haber mucha más gente que la conocía.
—Se lo estoy preguntando a usted —le dijo Wexford—. Hábleme de ella.
—Si lo hago, ¿me promete que se irá y no volverá más?
—Dígame la verdad, señora, y me marcharé con mucho gusto. Soy un hombre
muy ocupado.
Helen Missal cruzó las piernas y se acarició las rodillas. Eran como las de una
niña, una niña pequeñita que jamás se hubiera subido a un árbol o perdido un baño.
—A mí no me gustaba estudiar —le dijo en tono de confidencia—, la escuela era
un sitio muy limitado, no sé si me explico. Le supliqué a mi padre que me sacara al
finalizar mi primer trimestre en sexto…
—Hábleme de Margaret Godfrey, señora Missal.
—Ah, sí, Margaret Godfrey. Era una especie de cero a la izquierda. ¿No le parece
una expresión encantadora? La saqué de un libro. Una especie de cero a la izquierda.
Era una de esas personas que se mantiene al margen, no era muy lista, ni muy guapa,
ni nada. —Volvió a echar un vistazo a la foto—. Margaret Godfrey. Vaya, parece
increíble. Le diría incluso que no era del tipo de las que acaban asesinadas.
—¿Y cuáles serían las del tipo que acaban asesinadas, señora Missal?
—Pues… alguien como yo, por ejemplo —repuso entre risas.
—¿Con quién se trataba más, con quién acostumbraba salir?
—Déjeme pensar. Iba con Anne Kelly y una zorra debilucha y granujienta
llamada Bertram y con una tal Diana no sé cuántos…
—Sería Diana Stevens.
—Dios mío, lo sabe usted todo, ¿eh?
—Me refería a sus novios.
—No tengo ni idea. La verdad es que en ese aspecto yo estaba bastante ocupada.
Lo miró haciéndole un mohín provocativo y Wexford se preguntó, por primera
vez con un cierto asomo de pena por ella, si su timidez aumentaría a medida que, con
los años, su belleza fuera declinando hasta volverse grotesca.
—Anne Kelly —dijo el inspector jefe—. Diana Stevens, una chica llamada
Bertram. ¿Qué me dice de Clare Clarke y de la señora Quadrant? ¿Cree usted que se
acordarán?
Le había dicho que no le gustaba estudiar, pero cuando comenzó a hablar, su voz
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se tornó más suave de lo que Wexford recordaba y su expresión más amable. Por un
momento se olvidó de su rabia, de las mentiras que le había contado, del provocativo
traje de baño que llevaba, y la escuchó.
—Es curioso pero al pensar en esos nombres, lo he vuelto a recordar todo.
Acostumbrábamos a sentarnos en una especie de jardín abandonado. Fabia y yo y una
chica llamada Clarke a la que veo de vez en cuando, y Jill Ingram y esa tal Kelly y…
y Margaret Godfrey. Se suponía que debíamos estudiar, pero no pegábamos golpe.
Hablábamos de… de… no lo sé…
—¿De novios, señora Missal? —En cuanto lo hubo dicho, Wexford se dio cuenta
de que había cometido una torpeza.
—No, no —respondió ella bruscamente—. Se equivoca usted. En el jardín, no.
Era un sitio sin cultivar, había un viejo estanque, arbustos, un banco. Hablábamos
de… pues de nuestros sueños, de lo que queríamos hacer, de lo que íbamos a hacer
con nuestras vidas.
Se interrumpió y Wexford vio de pronto, como en una visión, un lugar verde y
descuidado, las muchachas con sus libros, y en su imaginación oyó sus risas, los
suspiros cargados de ambición. A punto estuvo de dar un salto al oír el cambio en el
tono de la señora Missal. Como si se hubiera olvidado de su presencia, murmuró
rabiosamente:
—¡Yo quería ser actriz! Mis padres no me dejaron. Me obligaron a quedarme en
casa hasta que se me pasaron las ganas. Todo quedó en agua de borrajas.
Se echó hacia atrás el pelo y con la punta de los dedos se alisó las arrugas que se
le habían formado en el entrecejo.
—Conocí a Pete, y nos casamos. —Arrugando la nariz, añadió—: La historia de
mi vida.
—No se puede tener todo —le dijo Wexford.
—No. A otras les pasó lo mismo que a mí…
Vaciló. Wexford contuvo el aliento. Tuvo la corazonada de que iba a oír algo de
enorme importancia, algo que permitiría atar los cabos sueltos y terminar de hacer un
paquete con el caso para presentárselo al señor Griswold. Los ojos verdes se
agrandaron y brillaron; pero después, la incandescencia se apagó y se tornaron casi
opacos. En el vestíbulo crujió una tabla del suelo y Wexford oyó el sonido apagado
de una suela de goma al pisar una alfombra tupida. Helen Missal palideció
visiblemente.
—¡Dios mío! —exclamó—. Por favor, por lo que más quiera, no me pregunte por
la entrada de cine. ¡Por favor!
Wexford maldijo para sus adentros cuando se abrió la puerta y apareció Missal.
Iba con la camiseta sudada, debajo de las axilas tenía unas manchas húmedas. Le
echó una mirada a su mujer y en sus ojos se reflejó una extraña mezcla de disgusto y
concupiscencia.
—Ve a ponerte algo —le gritó—. Vamos, ponte algo de ropa.
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Se levantó, incómoda, y Wexford imaginó que las palabras del marido aparecían
escritas sobre el cuerpo de Helen Missal como una frase obscena garrapateada en un
póster.
—Estaba tomando el sol —dijo ella.
Missal dio media vuelta y se enfrentó a Wexford.
—Haciendo de mirón, ¿eh? —Tenía la cara roja por el esfuerzo y los celos—.
Vaya con el poli, lo que ha visto.
Wexford quiso enfadarse, oponer su rabia fría a la del otro, pero sólo sintió
lástima.
—Su mujer ha podido ayudarme —se limitó a decir.
—Juraría que sí. —Missal abrió la puerta y casi empujó a su mujer para que
pasara—. Ha sido amable con usted, ¿eh? Es su especialidad, ser amable con todo
quisque.
Se palpó la camiseta húmeda como si le disgustara su cuerpo.
—Adelante —le dijo—, y ahora empiece conmigo. ¿Qué hacía usted en
Kingsmarkham el martes por la tarde, señor Missal? El nombre del cliente, señor
Missal. Vieron su coche en Kingsbrook Road, señor Missal. Vamos, adelante. ¿No
quiere saberlo?
Wexford se puso de pie y avanzó hacia la puerta. Las pesadas flores blancas,
rosadas y pardo rojizas le rozaron las piernas. Missal lo miró fijamente como un perro
sobrealimentado y falto de ejercicio que se muere por soltar un aullido desinhibido.
—¿No quiere saberlo? No me vio nadie. Pude haber estrangulado a esa mujer.
¿No quiere saber qué hice? ¿No quiere?
Wexford no lo miró. Había visto al desnudo el alma de demasiados hombres
como para querer deleitarse viendo a ése despojarse de todas sus máscaras.
—Ya sé lo que hizo —le dijo, prescindiendo del «señor Missal»—. Me lo acaba
de decir usted mismo, en esta habitación. —Abrió la puerta y agregó—: Aunque no
con tantas palabras.
La casa de Douglas Quadrant era mucho más amplia y mucho menos agradable a
la vista que la de los Missal. Destacaba en una elevación, en medio del terreno
cubierto de arbustos, a unos quince metros del camino. Un frondoso cedro suavizaba
en parte su aspecto austero, pero a mitad del sendero de entrada, Wexford recordó
unas casas similares construidas en granito que había visto en el norte de Escocia, que
poseían un vago aire gótico y en cuyos extremos se levantaban torres de tejado
inclinado.
El jardín tenía algo raro pero tardó unos minutos en comprender en qué consistía
la rareza. El césped estaba bien cortado, los arbustos eran los convencionales, pero
flotaba en él un aire sombrío. No había flores. El jardín de Douglas Quadrant ofrecía
un paisaje estilo Monet en grises, pardos y diversos tonos de verde.
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Después de los iris azules de la señora Missal, de los rododendros naturales y
artificiales de su salón, aquella imponente monotonía tendría que haberle producido
alivio. Sin embargo, le resultó tremendamente deprimente. Era evidente que las flores
no podían florecer porque no las habían plantado, pero daba la sensación de que se
debía a que la tierra era yerma o el aire inclemente.
Wexford subió el tramo de anchos escalones bajo la mirada inexpresiva de las
ventanas adornadas con cortinas en verde oliva, burdeos y gris oscuro, y tocó el
timbre. No tardó en abrirle una mujer de unos setenta años, sorprendentemente
uniformada con un vestido marrón, una cofia beige y un delantal. Era lo que se
conocía como una persona de edad avanzada. Estaba seguro de que en esa casa no iba
a encontrar ninguna teutona rubia y frívola.
La mujer se lo miró como si fuera a calificarlo de «una persona», una criatura no
muy alejada de un vendedor ambulante, que debería saber que no debía presentarse
por la puerta principal. Preguntó por la señora Quadrant y le entregó su tarjeta.
—La señora está tomando el té —le dijo, sin inmutarse por la corpulencia de
Wexford ni su aire de encarnación de la justicia—. Veré si puede atenderlo.
—Dígale que el inspector jefe Wexford quisiera hablar un momento con ella. —
Afectado por la atmósfera, añadió—: Si es usted tan amable.
Traspuso el umbral y se quedó en el vestíbulo. Era tan espacioso como una
habitación grande y, por sorprendente que pareciera, los tapices con escenas de caza
enmarcados que colgaban de las paredes no contribuían en nada a disminuir su
tamaño. Volvió a encontrar la misma ausencia de color, pero allí no era absoluta.
Disimulados en la vestimenta de los cazadores y en los palafrenes, Wexford advirtió
unos destellos dorados, rojo sangre y un heráldico tono morado rojizo.
La anciana lo miró desafiante, como dispuesta a discutir con él, pero mientras
Wexford cerraba firmemente la puerta, alguien gritó:
—¿Quién es, Nanny?
Reconoció la voz de la señora Quadrant y recordó cómo la noche anterior se
había sonreído ante un chiste de mal gusto de Missal.
Nanny se dirigió a la doble puerta que había delante de él. La abrió de un modo
que sólo había visto en las películas y, por grotesco e incongruente que pareciera,
ante sus ojos surgió una escena ridícula e increíblemente graciosa de una película de
los hermanos Marx. La escena desapareció en cuanto entró en la habitación.
Douglas y Fabia Quadrant estaban solos, sentados a ambos extremos de una mesa
baja cubierta con un mantel de encaje. Al parecer acababan de servirles el té porque
el libro que había estado leyendo la señora Quadrant yacía abierto sobre el brazo de
su silla. La plata vieja de la tetera, la jarra de crema y el azucarero estaba tan pulida y
brillante que en ella se reflejaban sus largas manos en contraste con los colores
sombríos de la estancia. Hacía cuarenta años que Wexford no veía una tetera de cobre
como aquélla hirviendo suavemente sobre una llama de alcohol.
Quadrant comía pan con mantequilla nada más, pero el pan no tenía corteza y
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estaba cortado en finísimas rebanadas.
—Es un placer inesperado —dijo poniéndose de pie.
En esta ocasión no se repitió el torpe incidente de los cigarrillos. Posó la taza
graciosamente en la mesa y le hizo señas a Wexford para que ocupara un sillón.
—Ya conoce a mi mujer, ¿verdad?
«Es como un gato —pensó Wexford—, un gato flaco e independiente que se pasa
el día ronroneando y que por la noche sale a recorrer tejados». ¡Y aquella estancia, la
plata, la porcelana, las cortinas largas color borravino, como sangre transformada en
terciopelo! Y en medio de aquel ambiente, la señora Quadrant, de cabello oscuro,
elegantemente vestida de negro, le daba crema a su gato. Pero al encenderse las
lámparas, él se marchaba a hurtadillas para disfrutar de sus felinos placeres al abrigo
de los arbustos y la creciente oscuridad.
—¿Té, inspector jefe? —inquirió la señora Quadrant y acto seguido vertió un
poco de agua en la tetera.
—No, gracias.
«Ha cambiado mucho —pensó Wexford—, desde aquellos días en el jardín
abandonado, o quizá, incluso entonces, su uniforme de gimnasia fuera de una marca
más cara y llevara el pelo mucho mejor cortado que las demás muchachas. Es
hermosa —se dijo—, pero parece mayor, mucho mayor que Helen Missal. Sin hijos,
con mucho dinero, y sin nada que hacer en todo el día más que darle crema a un gato
vagabundo. ¿Le importarán las infidelidades de su marido, sabrá acaso que le es
infiel?». Wexford se preguntó lleno de curiosidad si los celos que habían hecho
enrojecer a Missal no habrían hecho palidecer y envejecer a la mujer de Quadrant.
—¿Qué puedo hacer por usted? —inquirió Quadrant—. Esperaba que me
visitaran esta mañana. A juzgar por lo que leo en los periódicos, no están ustedes
haciendo demasiados progresos. —Poniéndose del lado de la ley, añadió—: Esta vez
les ha tocado un asesino escurridizo, ¿me equivoco?
—Las cosas se van aclarando —respondió Wexford pesadamente—. En realidad,
venía a hablar con su esposa.
—¿Conmigo? —Fabia Quadrant se tocó uno de los pendientes de platino y
Wexford advirtió que tenía las muñecas finas y los brazos con los tendones y las
venas muy marcados como los de una mujer mucho mayor—. Ah, ya sé. Porque
conocía a Margaret, quiere decir. Nunca fuimos muy amigas, inspector jefe. Debe de
haber un montón de gente capaz de contarle algo más de lo que yo sé.
«Es posible —pensó Wexford—, si supiera dónde encontrarla».
—Después de que su familia se marchara de Flagford no volví a verla. Hasta hace
unas semanas. Nos encontramos en High Street y tomamos un café. Descubrimos que
habíamos seguido caminos muy diferentes y… ¡en fin!
Al comparar Tabard Road con la casa en la que se encontraba en ese momento,
Wexford se dijo que aquélla era una forma exageradamente modesta de describir la
cuestión. Fue ordenando sus impresiones como lo hacía siempre, en una serie de
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imágenes, y por un segundo le pareció estar presenciando aquel encuentro: la señora
Quadrant con sus anillos, su cabello lacio exquisitamente peinado y Margaret
Parsons, incómoda con su chaqueta de punto y unas sandalias que le habrían parecido
comodísimas hasta que se topó con su antigua compañera. ¿Qué tenían en común, de
qué habrían conversado?
—¿De qué le habló, señora Quadrant?
—Bueno, de los cambios que encontró aquí, de la gente que conocimos en la
escuela, ya sabe, de ese tipo de cosas.
La gobernanta y la señora de la finca. Wexford suspiró para sus adentros.
—¿Conoce usted a Anne Ives?
—¿Se refiere a la prima de Margaret? No, no la he visto nunca. No iba a la
escuela con nosotras. Era mecanógrafa administrativa o algo por el estilo.
«Otra más del populacho —pensó Wexford—, otro miembro de la despreciable
mayoría, el setenta y cinco por ciento de abajo».
Quadrant escuchaba mientras seguía sentado columpiando elegantemente una
pierna. Parecía divertirle el aire de superioridad de su mujer. Se terminó el té, arrugó
la servilleta y cogió un cigarrillo. Wexford observó cómo sacaba una caja de cerillas
del bolsillo y encendía una. ¡Cerillas! Eso sí que era extraño. «Si Quadrant se hubiera
comportado de un modo consecuente, tendría que haber utilizado un encendedor, uno
de esos encendedores de mesa parecidos a una tetera de estilo georgiano», pensó
Wexford, haciendo trabajar a fondo su imaginación. Junto al cuerpo de la señora
Parsons habían encontrado una sola cerilla, una sola cerilla medio quemada…
—Vamos a ver, señora Quadrant, hablemos de los novios de Margaret Godfrey.
¿Recuerda usted a alguno?
Se inclinó hacia adelante, tratando de impresionarla con la urgencia de su
pregunta. Un leve destello que podría haber sido de malicia o sencillamente de
reminiscencia surcó los ojos de la señora Quadrant hasta desaparecer. Quadrant
exhaló con fuerza.
—Tuvo un novio —repuso.
—Intente recordar, señora Quadrant.
—Debería acordarme —dijo ella, y Wexford estaba seguro de que lo recordaba,
seguro de que se tomaba su tiempo para impresionar—. Era como un teatro, como un
teatro de Londres.
—¿El Palladium, el Globe, el Haymarket? —Quadrant se divertía—. ¿El Prince
of Wales?
Fabia Quadrant se rió por lo bajo. Era una risa disimulada y cruel, comprensiva
para con su marido, ligeramente hostil para con el inspector jefe. A pesar de sus
infidelidades, Quadrant y su mujer compartían algo, algo más fuerte, supuso
Wexford, que la confianza conyugal corriente.
—Ya lo recuerdo, era Drury. Dudley Drury. Vivía en Flagford.
—Gracias, señora Quadrant. Acaba de ocurrírseme que quizá su marido la
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conocía también.
—¿Yo?
Quadrant pronunció el monosílabo con una histérica incredulidad. Luego soltó
una sonora carcajada. Fue como si aquella hilaridad cruel y sorda llenara la estancia
con un aire maligno. No hizo ruido alguno, pero Wexford notó que el menosprecio
saltaba de la risa de aquel hombre como un animal al acecho, menosprecio, desdén e
ira, uno de los pecados mortales.
—¿Que si la conocía? ¿En qué sentido? ¡Le aseguro, mi apreciado inspector jefe,
que no la conocía en absoluto!
Asqueado, Wexford apartó la mirada. La señora Quadrant tenía la vista fija en el
regazo. Era como si se hubiera retirado presa de una especie de vergüenza.
—Con respecto a ese tal Drury —le dijo Wexford—, ¿sabe usted si alguna vez lo
llamó Doon?
¿Fue su imaginación o una mera coincidencia el que en ese preciso momento la
risa de Quadrant cesara como arrancada de cuajo?
—¿Doon? —repitió su mujer—. Pues no, nunca la oí llamar así a nadie.
Ella no se movió cuando Wexford se levantó para marcharse, sino que se limitó a
despedirse con un movimiento de cabeza y luego volvió a coger el libro que había
estado leyendo. Quadrant lo acompañó rápidamente hasta la salida y cerró la puerta
antes de que hubiera llegado al final del tramo de escalones, como si hubiera ido a
venderle cepillos o a leer el contador de la luz. ¡Dougie Q! Si alguna vez había
existido un tipo capaz de estrangular a una mujer para después hacer el amor con otra
a pocos metros del cadáver… Pero ¿por qué? Profundamente sumido en sus
pensamientos, bajó por Kingsbrook Road, cruzó al otro lado del camino y habría
pasado delante del garaje de Helen Missal sin detenerse de no haber oído una voz que
lo llamaba.
—¿Ha visto a Douglas?
Su tono era añorante pero se había animado un poco desde la última vez que la
viera. En lugar del biquini llevaba un vestido de seda estampado, zapatos de tacón y
un enorme sombrero.
Wexford consideró aquella pregunta como impropia de su dignidad.
—La señora Quadrant me ha ayudado a rellenar unos cuantos huecos —repuso.
—¿Ah, sí, Fabia? Me deja usted pasmada. Es muy discreta. Da igual, siendo
Douglas como es. —Por un instante la sensualidad le llenó el semblante—. Es
magnífico, ¿no? Es espléndido.
Se estremeció, se pasó la mano por la cara y al retirarla, Wexford comprobó que
la lujuria había desaparecido.
—Dios mío —dijo en un tono nuevamente alegre e injurioso—, ¡hay gente que no
sabe apreciar lo que tiene!
Abrió los portones del garaje y luego el maletero del Dauphine rojo y sacó un par
de zapatos más bajos.
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—Me pareció que quería usted decirme algo —comentó Wexford y al cabo de un
momento, agregó—: Cuando su marido nos interrumpió.
—Puede que sí, puede que no. Pero ahora creo que no le diré nada.
Cuando se hubo cambiado de zapatos, se dirigió al coche con pasos de baile y
abrió la portezuela.
—¿Se va al cine? —inquirió Wexford.
Cerró de un portazo y arrancó.
—¡Váyase al cuerno! —le gritó a Wexford por encima del rugido del motor.
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Éramos jóvenes, éramos alegres,
éramos muy pero muy sensatos,
y en nuestro festín la puerta quedaba abierta…
Mary Coleridge, Inoportuno
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A Burden le pareció muy rara, una mujer hecha y derecha vestida como la Gretel
de Humperdinck.
—Pase y venga a reunirse conmigo y con Di en la mazmorra —le dijo.
Burden la siguió hasta la cocina. «Cuidado con los escalones», decía otra nota
pegada en la puerta; la vio justo a tiempo para no tragarse los tres escalones y acabar
tendido en el suelo de lajas de pizarra.
La cocina era mucho más fea que la de la señora Parsons y mucho menos limpia.
Pero por la ventana entraba un sol brillante y una rosa roja se apretaba contra los
cristales romboidales.
La mujer a la que la señorita Clarke había llamado Di no tenía nada de extraño.
Sentada a la mesa, comiendo tostadas, podía haber sido el doble de la señora Parsons,
con la única diferencia de que esta mujer tenía el pelo negro y llevaba gafas.
—Inspector Burden, ésta es Di Plunkett —le dijo Clare Clarke—. Siéntese,
inspector… en ese taburete no. Está manchado de grasa… y tómese una taza de té.
Burden rechazó el té y se sentó en una silla de madera que parecía bastante
limpia.
—No me importa si habla mientras como —le dijo la señorita Clarke volviendo a
soltar una risita. Echó un vistazo al tarro de mermelada y le comentó enfadada a su
compañera—: ¡Caray! Sudafricana. Ahora sí que no me apetece. —Hizo un puchero
y añadió con dramatismo—: ¡Se me han quitado todas las ganas!
Pero Burden comprobó que se servía una generosa ración y untaba la mermelada
en una gruesísima rebanada de pan. Con la boca llena le dijo:
—Dispare. Soy toda oídos.
—Lo único que quiero saber es si me puede dar los nombres de los novios que
tuvo la señora Parsons cuando era Margaret Godfrey, cuando usted la conoció.
La señorita Clarke chasqueó los labios.
—Ha venido usted al lugar indicado —repuso—. Tengo una memoria de elefante.
—Ya lo puedes decir, ya —comentó Di Plunkett—, y no es sólo la memoria.
Las dos se echaron a reír; la señorita Clarke con un gran sentido del humor.
—Me acuerdo perfectamente de Margaret Godfrey —dijo—. Cerebro de segunda,
aspecto anémico, personalidad remilgada y un tanto torpe. Con todo, de mortuis y
cosas así, ya sabe. (Derriba esa mosca. Di. En el estante, detrás de tu enorme melón,
hay uno de esos rociadores revienta bichos). La Margaret esa no era muy sociable, no
tenía espíritu comunitario. Salía con una chica llamada Bertram, que se esfumó en la
bruma de los tiempos. (¡La has pillado, Di!). Hubo una época en que se hizo más
amiga de Fabia Rogers. ¡Vaya con la Fabia! Por no mencionar a Diana Stevens, de
siniestro recuerdo…
La señorita o la señora Plunkett los interrumpió con una carcajada y agitando el
producto insecticida hizo ademán de rociarle la cabeza a la señorita Clarke. Burden
movió su silla para que no le diera.
Esquivándola y sin parar de reír. Clare Clarke siguió diciendo:
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—¡Ahora más conocida en el distrito rural de Stowerton como la señora de
William Plunkett, uno de los hijos más ilustres de esta villa de tuertos!
—Eres la monda. Clare —gimió la señora Plunkett—. No sabes cómo envidio a
las chicas que van ahora a la escuela. Cuando me acuerdo de lo que tuvimos que
aguantar…
—¿Qué me dice de los novios, señorita Clarke?
—Cherchez l’homme, ¿eh? Le he dicho que ha venido usted al lugar indicado. Di,
¿te acuerdas de la primera vez que salió con él y nos fuimos a sentar detrás de ellos
en el cine? Jo, vaya, no lo olvidaré mientras viva.
—El colmo del empalago —dijo la señora Plunkett—. «¿Te importa si te cojo de
la mano, Margaret?». La verdad. Clare, creí que se te iba a reventar una vena.
—¿Cómo se llamaba?
Burden estaba aburrido y enfadado a la vez. Creía que los años se habían
encargado de endurecerlo, pero el cuerpo de aquella mujer hecho un ovillo verde y
blanco en el bosque flotaba delante de sus ojos; eso y el rostro de Parsons. Cayó
entonces en la cuenta de que no le había gustado ni una sola de las personas que
habían entrevistado. ¿Es que ninguna de ellas conservaba una pizca de piedad, de
compasión?
—¿Cómo se llamaba? —insistió, fatigado ya.
—Dudley Drury. Por ésta se lo juro, Dudley Drury.
—Vaya nombre con el que irse a la cama —comentó la señora Plunkett.
Clare Clarke le susurró al oído pero lo bastante fuerte como para que Burden lo
oyera:
—¡Nunca se acostó con él! Puedes apostarlo.
La señora Plunkett vio la cara que puso Burden y se mostró un tanto avergonzada.
A la defensiva, en un esfuerzo tardío por colaborar, dijo:
—Sigue viviendo por aquí, si quiere usted hablar con él. Vive por la estación de
Stowerton. ¿No pensará que mató a Meg Godfrey?
—Era bastante guapa —dijo de repente Clare Clarke—. Él le tenía mucho cariño.
Entonces ella no tenía ese aspecto, ya sabe, no se parecía en nada a esa parodia atroz
que sacaron en el periódico. Creo que guardo una foto en alguna parte. De todas las
chicas juntas.
Burden había conseguido lo que buscaba. Quería marcharse. Ya era un poco tarde
para fotos. Si el jueves hubieran podido ver una, podría haberles ayudado, pero ya
estaba bien.
—Gracias, señorita Clarke —le dijo—, señora Plunkett. Buenas tardes.
—Adiós. Ha sido un placer conocerlo. —Lanzó una risita—. No vemos muchos
hombres por aquí, ¿eh, Di?
Cuando se hallaba en mitad del sendero cubierto de maleza se paró en seco. A la
casita se acercaba silbando una mujer vestida con pantalones de montar y camisa de
cuello abierto. Era Dorothy Sweeting.
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«Dodo», pensó. Lo habían confundido con alguien llamado Dodo y Dodo era
Dorothy Sweeting. Por experiencia, Burden sabía que pasara lo que pasara en las
novelas policiacas, en la vida real la coincidencia es más frecuente que la
conspiración.
—Buenas tardes, señorita Sweeting. Le sonrió con alegre inocencia.
—Vaya, hola —repuso—, ¡qué casualidad, usted por aquí! Vengo de la granja. En
el bosque se ha juntado un montón de gente, ni que fuera una final de fútbol. Debería
usted verlos.
Todavía no habituado a la curiosidad inhumana de los hombres, Burden suspiró.
—¿Sabe usted el arbusto donde la encontraron? —prosiguió Dorothy Sweeting
entusiasmada—. Pues bien, Jimmy Traynor está vendiendo ramas a chelín cada una.
Le dije al señor Prewett que debía cobrar media corona para dejarlos entrar.
—Espero que no esté pensando en seguir su consejo, señorita —replicó Burden
en tono de advertencia.
—No tiene nada de malo. Una vez cayó un avión en las tierras de un tipo que
conocía y fueron tantos los visitantes que acudieron que el hombre tuvo que convertir
un campo en aparcamiento.
Burden se arrimó contra el seto para dejarla pasar.
—Se le estará enfriando el té, señorita Sweeting —le dijo.
—¿Qué harán después? —inquirió Wexford—. Si no nos ponemos firmes,
acabarán arrancando hasta la última ramita de ese bosque para llevársela como
recuerdo.
—¿Quiere que envíe a un par de muchachos, señor? —preguntó Burden.
—Hágame el favor, y de paso me trae una guía de calles. Iremos juntos a ver a
ese tal Drury.
—¿Entonces no esperará a tener noticias de Colorado?
—Drury es una gran posibilidad, Mike. Podría ser Doon. A pesar de lo que diga
Parsons sobre la castidad de su mujer, no puedo dejar de pensar que cuando volvió a
establecerse aquí, se encontró otra vez con Doon y sucumbió a sus encantos. En
cuanto al motivo que lo impulsó a matarla… en fin, lo único que puedo decir es que
los hombres que tienen una aventura con alguna mujer a veces acaban
estrangulándola, y la señora P. podía estar dispuesta a aceptar los paseos en coche y
las comidas pero no a pagar por los servicios prestados.
»Tal como yo lo veo, Mike, Doon estuvo viendo a la señora P. y la invitó a salir el
martes por la tarde con la intención de convencerla para que se convirtiera en su
amante. No podían verse en casa de ella, en el camino de Pomfret. La mujer se llevó
la capucha porque hacía mal tiempo y no contaba con estar en el coche todo el rato.
Aunque no quisiera a Doon como amante, lo más seguro era que no deseaba que la
viera con el pelo mojado.
Burden no veía claro el factor tiempo y así se lo hizo saber al inspector jefe.
—Si la mató a primeras horas de la tarde, ¿por qué encendería Doon una cerilla
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para verla? Y si la mató más tarde, ¿por qué la señora P. no pagó los periódicos antes
de salir con él y por qué no le advirtió a Parsons que llegaría tarde?
Wexford se encogió de hombros y respondió:
—No tengo la más remota idea. Dougie Q. usa cerillas, las lleva en el bolsillo.
Igual que la mayoría de los hombres. Se comporta de una manera muy rara, Mike. A
veces se muestra muy colaborador, y otras, abiertamente hostil. Aún no hemos
acabado con él. La señora Missal sabe más de lo que dice…
—Bueno, y también está Missal —lo interrumpió Burden.
Wexford se quedó pensativo. Se frotó la barbilla y dijo:
—No veo ningún misterio en lo que hizo el martes. Está celosísimo de su mujer y,
por lo que sabemos, motivos no le faltan. Estoy dispuesto a apostar a que la sigue
cuando puede. Es probable que sospeche de Quadrant, y cuando su mujer le dijo que
iba a salir el martes por la tarde, volvió pitando a Kingsmarkham por si las moscas, la
vio salir, se convenció de que no iba al despacho de Quadrant y regresó a Stowerton.
Sabía que si iba a ver a Dougie se vestiría de punta en blanco. Cuando la vio partir en
el coche hacia Kingsbrook Road con la misma ropa que llevaba esa mañana, contaría
con que iba de compras a Pomfret, donde no cierran los martes, y por fin podría
respirar tranquilo. Estoy seguro de que fue así como ocurrió.
—Sería muy propio de él —convino Burden—. Cuadra. ¿Sabe si Quadrant vivía
aquí hace doce años?
—Sí, ha vivido aquí siempre, quitando los tres años que estuvo en Cambridge,
pero regresó en 1949. De todas maneras, la señora P. no era su tipo. Le pregunté si la
conocía y el hombre se echó a reír, pero vaya forma de reírse. De verdad, Mike, hizo
que se me helara la sangre.
Burden miró a su jefe con respeto. Se le ocurrió entonces que debía de haber sido
todo un espectáculo para que le helara la sangre a Wexford.
—Supongo que las otras debieron de ser solo, bueno, juguetes, y que la señora P.
sería un amor de toda la vida.
—¡Caray! —rugió Wexford—. Nunca debí permitir que leyera ese libro.
¡Juguetes, amor de toda la vida! Me revuelve usted el estómago. Por el amor de Dios,
averigüe dónde vive Drury. Así podremos ir a verlo.
Según la guía, Drury, Dudley J. y Drury, Kathleen vivían en el número 14 de
Sparta Grove, Stowerton. Burden conocía el lugar; era una calle de pequeñas casas de
antes de la guerra, separadas por una pared medianera, que no estaba lejos de donde
Peter Missal tenía su garaje. No era el tipo de ambiente que había imaginado para
Doon. Wexford y él tomaron un par de bocadillos del Carousel y llegaron a
Stowerton a eso de las siete.
La casa de Drury tenía la puerta principal amarilla y muchos rosales
cuidadosamente atados a la espaldera que rodeaba el porche. En el centro del jardín
había un pequeño estanque hecho con una bañera de plástico en cuyo borde se veía
un gnomo de yeso empuñando una caña de pescar. Era evidente que alguien había
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estado limpiando el Ford Popular en el sendero de acceso al garaje. Probablemente a
la señora Katz no le habría hecho ninguna gracia como vehículo para los paseos
clandestinos, pero estaba lo bastante brillante como para haber encandilado a
Margaret Parsons.
La aldaba era de hierro forjado, en forma de cabeza de león con un aro en la boca.
Wexford llamó con fuerza, pero nadie acudió a recibirlos, de manera que abrió el
portón lateral y entraron al huerto de atrás. Un hombre sacaba patatas de un bancal de
hortalizas que había junto a la valla posterior.
Wexford tosió y el hombre se volvió. Tenía la cara roja y brillante y, a pesar del
calor, llevaba abrochados los puños de la camisa de manga larga. Su pelo rubio y la
blancura de sus muñecas confirmaron la impresión de Wexford de que tenía la piel
muy sensible al sol. Burden consideró que no era el tipo de hombre al que pudiera
interesarle la poesía o enviar versos sueltos a su amada; en todo caso, no era el tipo
de hombre que comprara libros caros y escribiera delicadas y peregrinas dedicatorias
en las guardas de esos libros.
—¿Señor Drury? —inquirió Wexford tranquilamente.
Drury, se sobresaltó hasta el punto de parecer asustado, pero podía tratarse
sencillamente de una reacción de sorpresa al ver su huerto invadido por dos hombres
mucho más corpulentos que él. Tenía el labio superior cubierto de sudor, y quizá se
debiera al trabajo manual que estaba realizando.
—¿Quiénes son ustedes?
Era una voz fina, un tanto estridente; sonaba como si su evolución hacia una
mayor resonancia se hubiera detenido en la pubertad.
—Soy el inspector jefe Wexford y éste es el inspector Burden. De la policía del
condado.
Drury había cuidado bien de su huerto. Aparte de un par de metros cuadrados de
los que había arrancado las patatas, alrededor de los parterres de flores había varios
bancales en los que acababa de remover la tierra. Enterró las púas de la horca en el
suelo y se limpió las manos en los pantalones.
—¿Está relacionado con Margaret? —preguntó.
—Creo que será mejor que entremos en la casa, señor Drury.
Por un par de puertaventanas, mucho menos elegantes que las de la señora Missal,
los hizo pasar a una salita atestada de muebles utilitarios de la posguerra.
Alguien acababa de tomar una cena solitaria. El mantel seguía sobre la mesa y los
platos sucios habían sido amontonados sin excesivo entusiasmo.
—Mi mujer está fuera —dijo Drury—. Esta mañana se llevó a los niños a la
playa. ¿Qué puedo hacer por ustedes?
Se sentó en una silla de comedor, le ofreció otra a Burden y, respetuoso del
protocolo, dejó el único sillón para Wexford.
—¿Por qué acaba de preguntar si está relacionado con Margaret, señor Drury?
—La reconocí en la foto del periódico. Vaya susto me llevé. Anoche fui a un
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servicio y no se hablaba de otra cosa. Me sentí bastante incómodo, la verdad, porque
había conocido a Margaret a través de la iglesia.
Burden supuso que debía de tratarse de la iglesia metodista de Flagford. Recordó
entonces un cobertizo pintado de color castaño con un tejado de chapas, al norte del
terreno comunal del pueblo.
Drury ya no parecía asustado, sino triste. A Burden le impresionó su parecido con
Ronald Parsons, no sólo en el aspecto físico, sino en su manera de hablar y de
comportarse. Igual que sus facciones vulgares, el pelo rubio y fino; ese hombre tenía
el mismo aire defensivo, la misma tonada monótona. Se le contrajo un músculo en la
comisura de los labios. Habría resultado difícil imaginar a nadie menos parecido a
Douglas Quadrant.
—Hábleme de su relación con Margaret Godfrey —le pidió Wexford.
Drury se mostró sorprendido.
—No fue una relación —objetó.
Burden se preguntó de qué pensaría que lo acusaban.
—Fue una de mis novias. Era una cría que iba a la escuela. La conocí en la iglesia
y la invité a salir pues… una docena de veces.
—¿Cuándo fue la primera vez que la invitó a salir, señor Drury?
—Hace mucho tiempo. Doce o trece años… no me acuerdo. —Se miró las manos
en las que se le secaban los restos de tierra—. ¿Me permiten que me vaya a lavar un
poco?
Salió de la habitación. A través de la ventanilla para servir Burden lo vio abrir el
grifo de agua caliente y enjuagarse las manos debajo del chorro. Wexford se apartó
del campo visual de Drury y se dirigió a la estantería. Entre los Penguin y las
Reader’s Digest había un libro encuadernado en cabritilla azul marino. Wexford lo
sacó rápidamente, leyó la dedicatoria y se lo pasó a Burden.
La misma letra de imprenta, el mismo estilo intenso y amoroso. Encima del título.
El retrato de Dorian Gray, Burden leyó:
«No sólo de vino vive el hombre, Minna, pero éste es el mejor de los alimentos.
Adiós. Doon, julio de 1951».
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Te vencieron con la palabra,
te abuchearon, te destrozaron,
Antes que tú, hombres mejores corrieron la misma suerte.
Matthew Arnold, La última palabra
Drury regresó con una sonrisa cautelosa en los labios. Se había arremangado la
camisa y tenía las manos sonrosadas. Cuando vio el libro que tenía Wexford, se le
borró la sonrisa y dijo con agresividad:
—Creo que se está tomando usted libertades que no debe.
—¿De dónde ha sacado este libro, señor Drury? Drury escudriñó el título del libro
miró a Wexford y se sonrojó. Se repitió el tic y movió la barbilla.
—Cielos —dijo—, me lo regaló ella. Me había olvidado de que lo tenía.
Wexford adoptó un aire severo. Su grueso labio inferior se proyectó hacia afuera
dándole un aspecto prognato.
—Oiga, me regaló ese libro cuando salía con ella. Ahí pone julio, debió de ser por
entonces. Julio, eso es. —Desapareció el sonrojo y se puso pálido. Se sentó
pesadamente—. No me cree, ¿verdad? Mi mujer se lo dirá. Lleva en ese estante desde
que nos casamos.
—Señor Drury, ¿por qué le regaló este libro la señora Parsons?
—Llevábamos unas semanas saliendo. —Miró a Wexford con los mismos ojos
que la liebre cuando la enfocan con los faros de un coche—. Fue el verano de… no
me acuerdo. ¿Qué pone ahí? Del cincuenta y uno. Estábamos en casa de su tía. Llegó
un paquete para Margaret y lo abrió. Se puso furiosa y lo tiró, lo tiró al suelo, pero yo
lo recogí. Había oído hablar de la novela y pensé… bueno, si quiere saberlo, pensé
que era un libro medio verde y quise leerlo. Ella me dijo:
«Toma, quédatelo, si quieres». O algo por el estilo. No me acuerdo con detalle de
lo que me dijo. Fue hace mucho tiempo. Minna se había hartado del tal Doon y me
pareció que estaba como avergonzada de él…
—¿Minna?
—Fue entonces cuando empecé a llamarla Minna por el nombre que venía escrito
en el libro. ¿Qué he dicho? ¡Por lo que más quiera, no me mire de ese modo!
Wexford se metió el libro en el bolsillo.
—¿Cuándo la vio por última vez?
Drury tiró del cordel que sujetaba el asiento de su silla y empezó a deshilachar los
hilos de algodón rojo. Finalmente dijo:
—Se marchó en agosto. Su tío acababa de morir…
—No, no. Me refiero a últimamente.
—La vi la semana pasada. Pero no es ningún delito ver a alguien que conocía,
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¿verdad? Yo iba en el coche y la reconocí. Estaba en High Street, en Kingsmarkham.
Me paré un momento y le pregunté cómo estaba y esas cosas…
—Siga. Quiero todos los detalles.
—Me comentó que se había casado y le dije que yo también. Me dijo que había
venido a vivir a Tabard Road y yo le dije que teníamos que reunimos un día con su
marido y… con Kathleen. Kathleen es mi mujer. En fin, le dije que la llamaría y eso
fue todo.
—¿Le dijo su nombre de casada?
—Por supuesto que sí. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—Señor Drury, acaba de comentar usted que reconoció su foto en el periódico.
¿No reconoció su nombre?
—Su nombre, su cara, ¿qué más da? No estoy ante el tribunal. No puedo fijarme
en cada palabra que digo.
—Limítese a decir la verdad y no tendrá que fijarse en cada palabra que diga. ¿Le
telefoneó?
—Por supuesto que no. Iba a hacerlo, pero después leí que había muerto.
—¿Dónde estuvo el martes entre las doce y media y las siete?
—En el trabajo. Trabajo en la ferretería de mi tío en Pomfret. Pregúntele, le dirá
que estuve ahí todo el día.
—¿A qué hora cierra la tienda?
—A las cinco y media, pero los martes siempre trato de salir temprano. Mire, sé
que no me creerá.
—Póngame a prueba, señor Drury.
—Sé que no me creerá, pero mi mujer se lo dirá, y mi tío también. Los martes
siempre voy a Flagford a recoger el pedido de verdura de mi mujer. Hay un vivero en
el camino de Clusterwell. Hay que llegar puntual a las cinco y media, de lo contrario,
cierran. Bien, el martes pasado estuve muy ocupado y llegué tarde. Procuro salir a las
cinco, pero ya eran y cuarto pasadas. Cuando llegué al vivero de Spellman no
encontré a nadie. Fui por la parte de atrás de los invernaderos y los llamé, pero se
habían marchado.
—¿De modo que volvió usted a casa sin la verdura?
—No. Bueno, sí, pero no volví enseguida. Había tenido un día muy agitado y me
mosqueé tanto al encontrar el vivero cerrado, que me llegué a El Cisne y me tomé
una copa. Me atendió una chica. No la había visto nunca. Diga, ¿tiene que enterarse
de esto mi mujer? Es que soy metodista, ¿sabe? Y se supone que no debo beber.
Burden contuvo el aliento. ¡Estaban investigando un asesinato y el hombre se
preocupaba por la copa que se había tomado en secreto!
—¿Fue a Flagford por la carretera principal de Pomfret?
—Sí. Pasé con el coche por delante de ese bosque donde la encontraron. —Drury
se levantó y buscó infructuosamente los cigarrillos en la repisa de la chimenea—.
Pero no me detuve. Fui directo a Flagford. Tenía prisa por retirar el pedido… Mire,
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inspector jefe, yo no le habría hecho nada a Minna. Era una buena chica. Le tenía
aprecio. ¡Yo no haría algo así, no mataría a nadie!
—¿Quién más la llamaba Minna aparte de usted?
—Por lo que yo sé, sólo ese tal Doon. Nunca me dijo su verdadero nombre. Me
daba la impresión de que se avergonzaba de él. Dios sabe por qué. Era rico y, además,
inteligente. Ella me comentó que era inteligente. —Se enderezó, los miró con aire
beligerante y añadió—: Me prefirió a mí.
Se levantó de repente y se quedó mirando la silla deshilachada. Entre los platos
sucios había una botella de leche medio llena con restos de nata cuajada alrededor del
borde. Se sirvió un poco de leche en una taza de té vacía y se la bebió, dejando un
charquito en el plato.
—Yo que usted me sentaría —le sugirió Wexford.
Se dirigió al vestíbulo y le hizo señas a Burden. Éste se le acercó. La alfombra
estaba desgastada por el roce de la puerta de la cocina y uno de los niños de Drury
había garrapateado el papel pintado con un pastel azul.
—Llame a El Cisne, Mike —le dijo.
Creyó oír a Drury moverse en la silla y, al acordarse de que las puertaventanas
estaban abiertas, se volvió rápidamente. Pero Drury seguía sentado a la mesa, con la
cabeza sepultada entre las manos.
Las paredes eran delgadas y alcanzó a oír la voz de Burden en la habitación del
frente y después, un leve trino cuando colgó el teléfono. Burden cruzó la habitación
con pasos pesados, entró en el vestíbulo y se detuvo. El silencio era absoluto y
Wexford se alejó un poco de la puerta entornada sin dejar de vigilar a Drury por la
abertura.
Burden se encontraba junto a la puerta principal. En la pared, al pie de la estrecha
escalera, había un perchero, un trasto metálico en forma de zigzag con unos tiradores
de colores llamativos en vez de ganchos. De dos de los tiradores colgaba una
americana deportiva de hombre y un impermeable de niño, y del tirador más próximo
a la escalera, una capucha rosa de nailon transparente.
—En eso no se marcan las huellas —dijo Wexford—. Vuelva al teléfono, Mike.
Voy a necesitar ayuda. Que vengan Bryant y Gates ahora mismo.
Descolgó la capucha, cruzó el diminuto vestíbulo en tres zancadas y le enseñó su
hallazgo a Drury.
—¿De dónde ha sacado esto, señor Drury?
—Debe de ser de mi mujer —respondió Drury. Y de repente, en tono perentorio y
belicoso, añadió—: ¡No es asunto suyo!
—El martes por la mañana la señora Parsons compró una capucha igual a ésta. —
Wexford comprobó que Drury volvía a venirse abajo, presa de la desesperación—.
Quiero que me dé permiso para registrar la casa, Drury. Cuidado con lo que me
contesta, porque puedo conseguir una orden. Sólo tardará un poco más.
Drury tenía cara de echarse a llorar.
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—Haga lo que le dé la gana —dijo—. Pero ¿me puedo fumar un cigarrillo? He
dejado los míos en la cocina.
—El inspector Burden se los traerá cuando acabe de telefonear —le dijo Wexford.
Empezaron a registrar la casa y media hora más tarde Gates y Bryant se les
unieron. Wexford le ordenó a Burden que se pusiera en contacto con el tío de Drury
en Pomfret, con el vivero de Spellman y el encargado del supermercado.
—La chica de El Cisne libra esta noche —dijo Burden—, pero vive en Flagford,
en el número 3 de Cross Roads Cottages. No tiene teléfono. Se llama Janet Tipping.
—Mandaremos a Martin ahora mismo. Intente sacarle a Drury un número de
teléfono donde podamos localizar a su mujer. Si no se ha ido lejos, a Brighton o a
Eastbourne, podrá acercarse usted esta noche en un momento. Cuando haya
terminado de registrar esto a fondo, voy a volver a hablar con la señora Quadrant. Ha
reconocido tener «una cierta amistad» con la señora P. y es prácticamente la única
persona que era amiga de ella, aparte de nuestro amigo que está en la otra habitación.
Burden tensó la capucha rosa y comprobó su resistencia.
—¿De veras cree que es Doon? —inquirió con incredulidad.
Wexford siguió abriendo cajones, tanteando entre la maraña de lápices de colores,
tarjetas, carretes de hilo, trozos de papel cubiertos con los garabatos de los niños. La
señora Drury no era un ama de casa ordenada y en todos los armarios y cajones
reinaba el caos.
—No lo sé —repuso—. De momento parece que sí, pero quedan un montón de
cabos sueltos. No encaja con mis suposiciones, Mike, y como no podemos
permitirnos el lujo de guiarnos por suposiciones…
Examinó a fondo todos los libros de la casa, no más de veinte o treinta, pero no
encontró ningún otro de Doon dedicado a Minna. No había poesía victoriana y las
únicas novelas aparte de El retrato de Dorian Gray eran de género policiaco y
editadas en rústica.
En un gancho del armario de la cocina, Bryant encontró un manojo de llaves. Una
correspondía a la puerta principal, otra a la caja fuerte que había en el dormitorio de
Drury, dos más a las puertas del comedor y a la habitación del frente y una quinta al
garaje. Las llaves del coche de Drury estaban en la americana que colgaba del
perchero y la de la puerta trasera en la cerradura. Al buscar monederos, Wexford sólo
encontró uno verde y blanco de plástico con forma de cara de gato. Estaba vacío y en
el interior había una etiqueta en la que ponía: «Susan Mary Drury». La hija de Drury
se había llevado sus ahorros a la playa.
Se llegaba al desván a través de una puerta trampilla que había en el techo.
Wexford le ordenó a Bryant que fuera al garaje de Drury a coger la escalera para
subir a registrar el desván. Dejó a Gates abajo con Drury y salió a buscar su coche.
De paso, tomó una muestra del barro pegado en los neumáticos del Ford azul.
Caía una fina llovizna. Eran las diez y estaba oscuro para tratarse de una noche
estival. «Si la mató Drury a las cinco y media —reflexionó—, habría sido todavía
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pleno día, demasiado temprano como para que le hiciera falta alumbrarse con una
cerilla. ¡Mira que ir a encontrarnos una cerilla! De todo lo que podía haberse dejado,
una cerilla era, sin duda, lo menos inculpatorio. ¿Y por qué no había pagado los
periódicos? ¿Qué había hecho en las largas horas que mediaron entre el momento en
que salió de su casa hasta que se reunió con Doon? Por otra parte, Drury está
terriblemente asustado…». Wexford también había reparado en el parecido entre
Drury y Ronald Parsons. Era razonable deducir que ese tipo de personalidad atraía a
Margaret Parsons y que había elegido a su marido porque le recordaba a su antiguo
amor.
Encendió las luces largas, puso en marcha el limpiaparabrisas y emprendió el
regreso hacia Kingsmarkham.
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¿Erais tú y ella a quien encontré cenando la semana pasada,
con el cabello y los ojos de un negro Tolomeo?
Sir Edwin Arnold, A un par de zapatillas egipcias
De noche la casa tenía un aspecto inhóspito. El rugoso granito gris brilló bajo las
luces del coche de Wexford y las hojas de la glicina sin flores aferradas a él lucían un
lívido tono verde amarillento.
Los Quadrant tenían invitados a cenar. Wexford aparcó al lado del Daimler negro
y subió los escalones que llevaban a la puerta principal. Llamó varias veces al timbre;
Quadrant mismo le abrió la puerta despacio, con una lentitud casi ofensiva.
Para cenar en casa de Helen Missal se había puesto un traje de calle. En su propia
casa, con su mujer y sus invitados, la vestimenta ascendía a la categoría del traje de
etiqueta. Pero no había nada de vulgar en Quadrant, nada de chalecos de fantasía, ni
de coqueteos con el azul marino. La chaqueta era negra e impecable, la camisa —
siempre que podía, a Wexford le gustaba sacar a relucir alguna cita adecuada—, «más
blanca que nieve reciente sobre el plumaje de un cuervo».
No le dijo palabra; fue como si con la mirada traspasara a Wexford y contemplara
fijamente el jardín que había a espaldas de éste. Había en su porte una majestuosidad
insolente no disipada por los tapices que enmarcaban su figura. Wexford recordó
entonces que, después de todo, aquel hombre no era más que un abogado de
provincias.
—Quisiera volver a hablar con su esposa, señor Quadrant.
—¿A estas horas?
Wexford le echó un vistazo a su reloj y, al mismo tiempo, Quadrant apartó un
poco el puño de la camisa, cerrado con gemelos de plata y ónice que destellaron bajo
la luz tenue, posó la mirada en la esfera de platino de su reloj y dijo:
—Es sumamente inconveniente. —No hizo ademán de dejar pasar a Wexford—.
Mi esposa no es una mujer particularmente fuerte y además da la casualidad de que
estamos cenando con mis suegros…
«El viejo Rogers y su parienta, de Pomfret Hall», pensó Wexford vulgarmente.
Siguió allí, imperturbable, sin sonreír.
—De acuerdo, está bien —dijo Quadrant—, pero sea breve, ¿quiere?
En el vestíbulo, a espaldas de Quadrant, se notó un ligero movimiento. Un traje
castaño, un atisbo de tela color café, apareció un instante contra el fondo de árboles
bordados de los tapices, y luego, la niñera de la señora Quadrant desapareció.
—Será mejor que pase a la biblioteca. —Quadrant lo condujo a una estancia
amueblada con sillas de cuero azul—. No voy a ofrecerle una copa puesto que está
usted de servicio.
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Sus palabras fueron un tanto ofensivas. Acto seguido, Quadrant le lanzó esa
sonrisa rápida y felina que le era típica y le dijo:
—Discúlpeme, voy a buscar a mi mujer.
Se volvió con el movimiento lento y gracioso de un paso de baile, hizo una breve
pausa y cerró la puerta al salir, dejando a Wexford encerrado.
«De manera que no permitirá que interrumpa la fiesta familiar», pensó Wexford.
El hombre estaba nervioso, ocultaba un temor indefinido en la forma en que lo hacen
los hombres de su clase, con un exceso de sangre fría.
Mientras esperaba, echó un vistazo a los libros. Había cientos de ellos, cubrían
todas las paredes. Mucha poesía y novela victoriana, pero casi la misma cantidad de
poesía de los siglos XVII y XVIII. Wexford se encogió de hombros. Kingsmarkham
estaba rodeada de casas como aquélla, bastiones de la riqueza, casas con bibliotecas,
bibliotecas con libros…
Fabia Quadrant entró casi sin hacer mido. Llevaba un vestido largo y negro y
Wexford recordó entonces que el negro no era un color sino la absorción total de la
luz. Traía el semblante alegre aunque se la veía un tanto agitada; lo saludó
animadamente.
—Hola otra vez, inspector jefe.
—No la entretendré demasiado, señora Quadrant.
—¿No va a sentarse?
—Gracias. Es sólo un momento.
La observó mientras se sentaba y cruzaba las manos sobre el regazo. El diamante
que llevaba en la mano izquierda brillaba en el nido oscuro formado por sus rodillas.
—Quiero que me cuente todo lo que pueda recordar acerca de Dudley Drury —le
pidió.
—Fue mi último trimestre en la escuela —le dijo—. Margaret me contó que tenía
un novio, el primero, quizá. No lo sé. Ocurrió hace apenas doce años, inspector jefe,
pero no éramos como las adolescentes de ahora. Entonces no era nada fuera de lo
común el no tener novio a los dieciocho. ¿Me comprende?
Hablaba despacio y con claridad, como si estuviera dándole una lección a un
niño. Había algo en su actitud que enfurecía a Wexford y se preguntó si alguna vez
aquella mujer había tenido que darse prisa en la vida, si alguna vez habría tenido que
comer de pie o correr para no perder el tren.
—Era un tanto inusual, tal vez, pero no resultaba raro, no llamaba la atención.
Margaret no me presentó a su amigo, pero me acuerdo de su nombre porque se parece
a Drury Lane y nunca había oído ese apellido.
Wexford intentó dominar su impaciencia.
—¿Qué le contó de él, señora Quadrant?
—Muy poco. —Hizo una pausa y lo miró como si temiera traicionar a un hombre
en peligro—. Sólo una cosa. Me contó que era celoso, celoso de una manera fanática.
—Ya.
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—No le gustaba que ella tuviera más amigos. Me dio la impresión de que era un
chico emotivo y posesivo.
«Características que a duras penas entenderías, ¿verdad?», pensó Wexford.
Recordó entonces las veleidades de Quadrant y volvió a dudar. La voz extrañamente
aguda y reprobadora de la señora Quadrant interrumpió sus reflexiones.
—Se quedó muy afectado cuando ella se mudó a Londres. Margaret me contó que
se puso fatal, que le decía que sin ella no merecía la pena vivir. Ya puede usted
imaginarse, ese tipo de cosas.
—Pero apenas llevaba unas semanas saliendo con ella.
—Me limito a contarle lo que ella me dijo, inspector jefe.
Sonrió como si se encontrara a una inmensa distancia de Drury y Margaret
Godfrey, a años luz, con el espacio infinito de por medio.
—No pareció importarle —prosiguió diciendo—. Margaret no era una persona
sensible.
Se oyeron unos pasos quedos en el vestíbulo y la puerta se abrió a espaldas de
Wexford.
—Ah, eres tú —dijo Fabia Quadrant—. El inspector jefe Wexford y yo hemos
estado hablando de amores de juventud. Para mí es más bien como malgastar el
espíritu en un yermo de vergüenzas.
«Pero eso no es el amor de juventud», pensó Wexford tratando de recordar de
dónde era la cita. Se parecía mucho más a lo que había visto aquella tarde en el rostro
de Helen Missal.
—Sólo una cosa más, señora Quadrant. Al parecer, en los dos años que vivió en
Flagford la señora Parsons se interesó por la poesía de la época victoriana. Me
pregunto si tendrá eso algún significado especial.
—Nada siniestro, si es eso a lo que se refiere —repuso—. La poesía del siglo XIX
formaba parte del programa de Literatura Inglesa, cuando cursamos el bachillerato en
el año 1951. Creo que ahora lo llaman de otra manera.
Fue entonces cuando Quadrant hizo algo extraño. Pasando entre Wexford y la
señora Quadrant cruzó la biblioteca y sacó un libro de los estantes. Puso la mano
sobre aquel libro sin vacilar. Wexford tuvo la impresión de que habría sido capaz de
cogerlo con los ojos cerrados o en la oscuridad.
—Ay, Douglas —protestó la señora Quadrant—, que no querrá verlo.
—Mire.
Wexford leyó la etiqueta ornamentada, pegada en el reverso de la cubierta:
«A Fabia Rogers por los notables resultados obtenidos en el examen de
bachillerato, 1951».
En su oficio, no era conveniente quedarse sin palabras, pero en ese momento no
encontró la frase adecuada para fomentar el orgullo reflejado en el rostro sombrío de
Quadrant ni mitigar la incomodidad del de su esposa.
—Ya me marcho —dijo por fin.
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Quadrant guardó bruscamente el libro y cogió a su mujer del brazo. Ella apoyó la
mano firmemente en la manga de su chaqueta. De repente dieron la impresión de
estar muy unidos, no obstante, se trataba de una comunión extrañamente asexuada.
«Como dos hermanos —pensó Wexford—, un Tolomeo y una Cleopatra».
—Buenas noches, señora Quadrant. Me ha sido usted de gran ayuda. Le pido
disculpas por haberla molestado… —Volvió a echar un vistazo a su reloj y
regodeándose con la animadversión de Quadrant, añadió—: A estas horas.
—No ha sido nada, inspector jefe —le dijo y soltó una confiada risita de
desaprobación, como si en realidad fuera una esposa felizmente casada con un marido
devoto.
Lo acompañaron juntos hasta la puerta, ella cogida de su brazo. Quadrant volvió a
mostrarse mundano y cortés, pero una de sus manos estaba cerrada en un puño y los
nudillos parecían como afiladas piedras blancas bajo la piel morena.
Contra la pared de la comisaría había una bicicleta apoyada; una bicicleta con un
cesto, luces de aspecto práctico y una abultada bolsa de herramientas. Wexford entró
en la recepción y a punto estuvo de tropezar con una señora rubia y gorda que llevaba
una cazadora de cuero sobre una falda a la bávara.
—Perdone usted.
—No es nada —le dijo—. No me he fracturado nada. No será usted el tío ese, el
inspector jefe, ¿verdad?
El sargento que estaba sentado detrás del escritorio se sonrió ligeramente,
disimuló la sonrisa con una tosecilla y se tapó la boca con la mano.
—Soy el inspector jefe Wexford. ¿En qué puedo ayudarla?
La mujer buceó en el fondo del bolso que llevaba colgado del hombro en busca de
algo.
—En realidad, se supone que yo voy a ayudarlo a usted. Uno de sus hombres vino
a verme a mi casa…
—Señorita Clarke —dijo Wexford—. ¿Quiere usted pasar a mi despacho?
Sus esperanzas aumentaron inexplicablemente. Para variar, alguien iba a verlo.
Pero volvieron a decaer cuando vio lo que la señorita Clarke tenía en la mano: otra
foto más.
—La encontré entre un montón de trastos —le explicó—. Si está usted volviendo
el pueblo patas arriba en busca de gente que conociera a Margaret, esto podría
ayudarle.
Se trataba de una instantánea ampliada. En ella se veía una docena de muchachas
colocadas en dos filas y estaba claro que no se trataba de una foto oficial.
—La sacó Di —le comentó la señorita Clarke—. Di Stevens. Tiene ahí a lo
mejorcito del sexto curso. —Lo miró e hizo una mueca, como temerosa de haber
cometido una tontería al llevarle aquella foto—. Puede quedársela si le sirve de algo.
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Wexford se la metió en el bolsillo con la intención de mirársela más tarde, aunque
dudaba que le sirviera de algo. Cuando acompañaba hasta la salida a la señorita
Clarke, se encontró con el sargento Martin que regresaba de entrevistar al encargado
del supermercado. No llevaban un registro de las capuchas de color rosa vendidas a lo
largo de la semana, sino del total de ventas en todos los colores. Habían recibido el
artículo el lunes, y hasta el sábado por la noche se habían vendido veintiséis
capuchas. El encargado calculaba que alrededor del veinticinco por ciento de las
capuchas eran de color rosa y, haciendo un cálculo muy aproximado, suponía que se
habrían vendido unas seis de ese tono.
Wexford envió a Martin a Flagford a buscar a Janet Tipping. Después marcó el
número de Drury. Le contestó Burden. En la casa no habían encontrado nada. La
señora Drury estaba en Hastings, con su hermana, pero la hermana no tenía teléfono.
—Martin tendrá que llegarse hasta allí —dijo Wexford—. De usted no puedo
prescindir. ¿Qué dijo Spellman?
—El martes cerraron a las cinco y media en punto. Drury recogió el pedido de
verduras de su mujer el miércoles.
—No sé para qué compra verdura, con el huerto que tiene.
—Encargó tomates, un pepino y un calabacín, señor.
—Hablando de huerto, voy a enviarle unas luces para que empiecen a cavar.
Imagino que el monedero y la llave podrían estar enterrados junto con las patatas de
Drury.
Dudley Drury se encontraba en un estado lamentable cuando Wexford regresó a
Sparta Grove. Se paseaba por la habitación pero daba la impresión de que se le
doblaran las rodillas.
—Ha vomitado, señor Wexford —le explicó Gates.
—Mala suerte —dijo Wexford—. ¿Qué se piensa que soy, un inspector sanitario?
Habían terminado de registrar la casa y ésta parecía mucho más ordenada que al
principio. Cuando llegaron las luces, Bryant y Gates comenzaron a cavar en el bancal
de patatas. Desde las ventanas del comedor, Drury contemplaba con el rostro pálido
cómo removían la tierra. «Este hombre —pensó Wexford—, dijo una vez que la vida
no merecía la pena sin Margaret Parsons. ¿De verdad le habría parecido insoportable
si otro hombre la hubiera hecho suya?».
—Me gustaría que me acompañara a la comisaría, Drury.
—¿Va a detenerme?
—Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas más —repuso Wexford—. Sólo
unas cuantas preguntas más.
Entretanto, Burden había ido hasta Pomfret, despertado al ferretero y comprobado
la coartada de su sobrino.
—Los martes Dud siempre sale temprano —gruñó—. Cada semana se va más
temprano. Más bien a eso de las cinco que a las cinco y cuarto.
—¿Diría usted entonces que el martes pasado salió alrededor de las cinco?
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—No me gustaría decir las cinco. Las cinco y diez o y cuarto. Yo estaba ocupado
en la tienda. Vino Dud y me dijo: «Ya me voy, tío». No iba a dedicarme a controlarlo,
¿no?
—¿Serían entonces las cinco y diez o las cinco y cuarto?
—Por lo que yo sé, podrían haber sido las cinco y veinte.
Seguía lloviznando. La carretera principal estaba negra y brillante. Fuera lo que
fuese que hubiera visto la señorita Sweeting esa tarde, el sendero y el bosque estaban
desiertos. El viento agitaba las copas de los árboles. Burden aminoró la marcha, y
pensó qué extraño era que un rincón tan poco interesante del campo, debido al uso
que de él había hecho una persona, se convirtiera de repente en un escondite siniestro
y horrible, en el punto de mira de los curiosos y quizá, en los años por venir, en el
objetivo de la mitad de cuantos visitaran el vecindario. A partir de aquel momento, en
la guía de lo macabro el castillo de Flagford ocuparía el segundo lugar, después del
bosque de Prewett.
Se encontró a Martin en el antepatio de la comisaría. No había manera de
localizar a Janet Tipping. Como hacía siempre, los sábados por la noche había salido
con su novio, y con un despliegue de agresiva indiferencia, la madre le había
informado a Martin que tenía por costumbre regresar a la una o las dos de la
madrugada. La casa estaba desordenada y la madre era una mujer dejada. No sabía
dónde estaba su hija, y cuando Martin le pidió que sugiriera algún lugar posible,
repuso que probablemente Janet y su amigo habrían ido a dar un paseo a la playa en
la moto del chico.
Burden llamó a la puerta de Wexford y el inspector jefe le gritó que entrara.
Drury y Wexford estaban sentados frente a frente.
—Volvamos a repasar lo del martes por la tarde —le decía Wexford.
Burden se dirigió sin hacer ruido a una de las sillas de acero y paño. El reloj de la
pared, situado entre el archivador donde seguían los libros de Doon y el mapa de
Kingsmarkham, indicaba que faltaban diez minutos para la medianoche.
—Me marché de la tienda a las cinco y cuarto y fui en coche directamente hasta
Flagford. Cuando llegué al vivero de Spellman vi que habían cerrado, así que me di
una vuelta para echar un vistazo en los invernaderos. Los llamé un par de veces pero
ya no quedaba nadie. Oiga, todo esto ya se lo he contado.
—Es verdad, Drury —admitió Wexford tranquilamente—, pero digamos que
tengo mala memoria.
Drury estaba alterado y hablaba con voz chillona. Sacó el pañuelo y se secó la
frente.
—Eché un vistazo para ver si encontraba mi pedido, pero no lo encontré. —
Carraspeó—. Estaba hasta el gorro porque mi mujer quería la verdura para el té.
Recorrí despacio el pueblo con la esperanza de encontrar al señor Spellman y así
poder pedirle que me entregara la verdura, pero no lo vi.
—¿Vio a alguien conocido, a alguien que conociera de cuando vivía en Flagford?
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—Había unos niños —respondió Drury—. No sé quiénes eran. Oiga, ya le he
contado el resto. Fui al bar El Cisne y me atendió esa chica…
—¿Qué tomó?
—Media pinta de cerveza negra. —Se sonrojó. Burden se preguntó entonces si el
sonrojo era por haber mentido o por haber faltado a los mandatos de su religión—.
No había nadie en el bar. Tosí y al cabo de un rato la chica salió de la trastienda. Le
pedí la cerveza y le pagué. Seguro que se acordará.
—No se preocupe, se lo preguntaremos.
—No se quedó en la barra. Yo estaba solo. Cuando me terminé la cerveza, volví
al vivero de Spellman para comprobar si había alguien. No vi a nadie y me fui a casa.
Drury se levantó de un salto y se agarró al borde del escritorio. Los papeles de
Wexford temblaron y el auricular del teléfono se sacudió.
—Oiga —gritó—, ya se lo he dicho. Yo no le habría puesto un dedo encima a
Margaret.
—Siéntese —le ordenó Wexford. Drury se acurrucó en la silla con la cara
crispada—. Estaba muy celoso de ella, ¿verdad? —Había adoptado un tono
comprensivo, conversador—. No quería que tuviera más amigos que usted.
—Eso no es verdad. —Intentó gritar pero no pudo dominar la voz—. Era sólo una
chica con la que salía. No sé qué quiere decir con eso de los celos. Claro que no
quería que saliera con otros chicos cuando estaba conmigo.
—¿Fue usted su amante, Drury?
—No. —Volvió a sonrojarse ante el insulto—. No tiene usted ningún derecho a
preguntarme esas cosas. Apenas tenía dieciocho años.
—Le hizo usted muchos regalos, ¿verdad? Le regaló muchos libros.
—Fue Doon quien se los regaló, no yo. Había terminado con Doon cuando
empezó a salir conmigo. Yo nunca le regalé nada. No podía permitirme ese lujo.
—¿Dónde está Foyle’s, Drury?
—En Londres. Es una librería.
—¿Compró allí algún libro para regalárselo a Margaret Godfrey?
—Le he dicho que nunca le regalé ningún libro.
—¿Qué me dice de El retrato de Dorian Gray? No se lo regaló usted. ¿Por qué se
lo guardó? ¿Porque pensó que iba a escandalizarla?
—Ya le he dado una muestra de mi letra de imprenta —le dijo Drury con tono
monótono.
—La letra de imprenta cambia mucho en doce años. Hábleme del libro.
—Ya se lo he dicho. Estábamos en la casa de su tía y le llegó un paquete con el
libro. Lo abrió y cuando vio quién se lo había enviado, dijo que no quería quedárselo.
Finalmente lo dejaron sentado y en silencio en compañía del sargento. Burden y
Wexford salieron.
—He enviado la muestra de la letra de Drury al grafólogo de St. Mary’s Road —
le informó Wexford—. ¡Pero es letra de imprenta, Mike, y han pasado doce años! Da
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la impresión de que quien escribió esas dedicatorias lo hizo en letra de imprenta
porque su caligrafía era mala o difícil de leer. La letra de Drury es muy redonda y
clara. Tengo la sensación de que no escribe demasiado y que su caligrafía nunca ha
madurado.
—Es la única persona con la que hemos hablado que llamaba Minna a la señora P.
—adujo Burden—, y que conocía la existencia de Doon. En su casa había una de esas
capuchas, y si bien podría ser una de las otras cinco, también podría tratarse de la de
la señora P. Si se marchó de la ferretería de su tío a las cinco y diez o las cinco y
cuarto, pudo muy bien haber estado en el bosque de Prewett a las cinco y veinte, y a
esa hora, las vacas de Bysouth llevaban allí cerca de hora y media.
Los teléfonos llevaban rato sin sonar, un rato inusualmente prolongado para el
ritmo atareado de la comisaría. ¿Qué había pasado con la llamada que esperaban
desde la hora del almuerzo? Misteriosamente, Wexford pareció leerle el pensamiento.
—De un momento a otro nos llamarán de Colorado —dijo—. Teniendo en cuenta
que la diferencia horaria es aproximadamente de siete horas, y suponiendo que la
señora Katz haya estado fuera todo el día, a esta hora estará llegando a su casa. Si
aquí son las doce y media de la noche, en la costa oeste de Estados Unidos deben de
ser entre las cinco y las seis. La señora Katz tiene niños pequeños. Imagino que habrá
salido con su familia y no han podido ponerse en contacto con ella. Pero tiene que
regresar más o menos a esta hora y espero que no tarde mucho más.
Burden pegó un salto al oír el timbrazo agudo. Contestó la llamada y le pasó el
auricular a Wexford. En cuanto éste abrió la boca, Burden dedujo que le daban más
pruebas negativas.
—Sí —dijo Wexford—. Sí, muchísimas gracias. Ya comprendo. Qué se le va a
hacer… Sí, buenas noches.
Se volvió hacia Burden y le dijo:
—Era Egham, el grafólogo. Dice que Drury pudo haber escrito esas dedicatorias.
Está claro que la letra es forzada, que quiere ocultar algo, pero dice que era muy
madura para un chico de dieciocho años, y que si es de Drury, tendría que haber
evolucionado mucho más que lo que indica la muestra que le pasamos.
»Y hay otro punto a su favor. Saqué una muestra de la banda de rodadura de sus
neumáticos y aunque los muchachos del laboratorio no han terminado de analizarla,
están casi seguros de que a ese coche no lo han aparcado en un sendero con barro
desde que lo compraron. Lo que yo saqué era casi todo arena y polvo. Vamos a
tomarnos un té, Mike.
Burden señaló con el pulgar en dirección a la puerta.
—¿Una taza para él también, señor Wexford?
—Caray, claro que sí —repuso Wexford—. ¿Cuántas veces tengo que decirle que
no estamos en México?
Margaret Godfrey era una de las cinco chicas sentadas en el banco de piedra y se
hallaba en el centro de la fila. Las que se encontraban detrás, apoyaban las manos en
los hombros de las que estaban sentadas. Wexford contó doce caras. La instantánea
que había sacado Diana Stevens era clara y definida y a pesar del tiempo transcurrido,
el parecido era evidente. Recreó mentalmente la cara que había visto en el terreno
húmedo y volvió a mirar con renovada curiosidad el rostro al sol.
Todas las demás sonreían, menos Margaret Godfrey. Su cara estaba relajada. La
frente blanca era muy alta; los ojos, grandes e inexpresivos. Tenía los labios cerrados
y las comisuras apuntaban levemente hacia arriba; miraba a la cámara de un modo
muy parecido al que la Gioconda había mirado a Leonardo. En aquellas facciones
serenas, la discreción rivalizaba con algo más. «Esta chica —pensó Wexford—, tiene
todo el aspecto de haber pasado por una experiencia que la mayoría de sus
compañeras no habría imaginado siquiera, y que no le dejó las marcas del sufrimiento
o de la vergüenza, sino sencillamente de una tranquilidad altiva».
El uniforme de gimnasia resultaba incongruente. Podía muy bien haber lucido un
vestido de cuello alto, con mangas ahuecadas. Su pelo, lacio entonces, y no ondulado
como lo había llevado después, le rozaba los pómulos y le cubría las sienes en dos
ondas brillantes.
Wexford echó un vistazo al silencioso Drury, sentado a unos cinco metros de él.
Después, ocultó la foto con las manos y siguió contemplándola fijamente. Cuando
entró Burden seguía mirándola y el té se le había enfriado.
Eran casi las tres de la madrugada.
—Está aquí la señorita Tipping —le informó Burden.
Wexford salió del jardín soleado, cubrió la instantánea con una carpeta y dijo:
—Hágala pasar.
Janet Tipping era una chica regordeta, de aspecto saludable; un cono de cabellos
cubiertos de laca le coronaba la cara estúpida y suspicaz. Al ver a Drury, no le
cambió la expresión vacía e indiferente.
—Y yo qué sé —dijo—. Fue hace mucho tiempo.
«No fue hace doce años —pensó Burden—, sino hace cuatro días».
—Tal vez lo atendí. Quiero decir que le sirvo cerveza negra a cientos de tíos…
Drury se la quedó mirando con los ojos como platos, como si tratara de meterle
en la memoria cansada y poco precisa los elementos para que lo reconociese.
—Oiga —dijo la chica—, no quiero que por mí cuelguen a nadie.
Querida Nan:
Me imagino tu sorpresa al leer mi nueva dirección. Sí, hemos vuelto aquí
y vivimos a un tiro de piedra de la escuela, y a pocos kilómetros de nuestro
antiguo domicilio. Tuvimos que vender la casa de la tía y perdimos bastante
dinero. Así que cuando a Ron le salió un trabajo aquí, pensamos que podría
ser la solución. Se supone que vivir en el campo sale más barato, pero te
puedo asegurar que todavía no lo hemos notado.
A pesar de lo que os pensabais, me gustaba bastante vivir en Flagford. Me
fui por lo que tú ya sabes. Créeme, Nan, lo de Doon me tenía realmente
asustada, de manera que ya te puedes imaginar la poca gracia que me hizo
encontrarme con él de repente a las pocas semanas de habernos mudado.
Aunque soy mucho mayor, todavía me da miedo y me siento un poco
asqueada. Le dije que era mejor no remover el pasado, pero Doon no quiere
¿Un matrimonio feliz? ¿Acaso podía ser feliz un matrimonio que se bamboleaba
inestablemente en un mar de engaños y subterfugios? Burden dejó la carta, luego
volvió a cogerla y la leyó de nuevo. Wexford le refirió su conversación con el jefe de
policía y la cara se le despejó un poco.
—Nunca podremos probarlo —dijo Burden.
—Ah, una cosa, vaya y dígale a Drury que Gates lo acompañará a su casa. Si
quiere demandarnos, me atrevo a aventurar que Dougie Q. lo ayudará de buena gana.
Pero no se lo diga y no le permita que venga a verme. Me pone el cuerpo malo.
Empezaba a clarear. El cielo se veía gris y brumoso y las calles se estaban
secando. Entumecido y rígido de tanto estar sentado, Wexford decidió dejar el coche
en la comisaría e irse andando a su casa.
Le gustaba el amanecer aunque no era lo bastante resuelto como para disfrutar de
él a menos que fuera imprescindible. Le ayudaba a pensar. No había nadie en las
calles. La plaza del mercado parecía mucho más grande que de día, y en la cuneta,
por donde entraban los autobuses, había un charco de agua. En el puente se topó con
un perro; resueltamente dedicado a sus asuntos, trotaba a buen paso, con la cabeza
alta, como si se dirigiera a un objetivo preciso. Wexford se detuvo un segundo a mirar
Parsons llevaba traje oscuro. La corbata que no era nueva, utilizada quizá para otras
ocasiones de luto, mostraba las marcas brillantes de una plancha demasiado caliente,
manejada por mano inexperta. Cosido a la manga izquierda llevaba un parche
romboidal de tela negra.
—Quisiéramos volver a registrar la casa —le dijo Burden—, si no le importa
dejarme la llave.
—No me importa lo que hagan —repuso Parsons—. El ministro me ha invitado a
la comida dominical. No volveré hasta la tarde.
Se puso a quitar de la mesa las cosas del desayuno, guardó cuidadosamente la
tetera y el frasco de mermelada en los sitios que les había asignado la mujer muerta.
Burden lo observó recoger el periódico del domingo, que no había desplegado ni
leído, y echar en él las migas de las tostadas antes de meterlo en el cubo que había
debajo del fregadero.
—En cuanto pueda, venderé la casa —dijo.
—Mi mujer pensaba asistir al oficio —le comentó Burden.
Parsons siguió dándole la espalda. Con la tetera vertió agua sobre la única taza, el
platito y un plato más grande.
—Me alegro —dijo—. Se me ocurrió que a la gente le gustaría asistir, la gente
que no podrá ir mañana al entierro.
El fregadero tenía manchas marrones, y sobre la marca dejada por el nivel del
agua se habían pegado las migas y las hojas de té.
—Supongo que todavía no tendrán una pista, ¿verdad? Me refiero al asesino.
Aquello resultaba grotesco. Entonces, Burden se acordó de lo que leía ese hombre
mientras su mujer hacía punto.
—Todavía no.
Secó la vajilla con el paño de cocina y luego se secó las manos.
—Da igual —dijo con aire cansado—. Con eso no voy a recuperarla.
Iba a hacer un día caluroso, el primer día realmente caluroso del verano. En High
Street el calor formaba nubes de vapor que eran como espejismos, lagos que rielaban
para desaparecer cuando Burden se aproximaba; en el asfalto del camino, donde la
noche anterior la lluvia había dejado sus charcos, refulgía ahora un agua fantasmal.
Las largas caravanas de coches iniciaban el peregrinaje hacia la playa, y en el cruce,
Gates, con su camisa azul, dirigía el tráfico agitando los brazos. Burden sintió el peso
de su propia americana.
Wexford lo esperaba en su despacho. A pesar de que las ventanas estaban abiertas
El suelo del desván estaba cubierto de libros, algunos abiertos, lanzados boca
abajo con fuerza, otros sobre el lomo, con las páginas desplegadas como abanicos y
las cubiertas arrancadas. Uno había ido a parar contra una pared, como si hubiera sido
lanzado allí para caer abierto en la ilustración de una muchacha con cola de caballo y
un palo de hockey. La mujer de Quadrant se hallaba arrodillada en medio de aquel
caos y aferraba un puñado de hojas arrugadas de papel de color.
Cuando se abrió la puerta y vio a Wexford se notó que hacía un esfuerzo inmenso
para no comportarse como si aquélla fuera su casa, como si estuviera buscando algo
en su propio desván y los cuatro que entraban fueran visitas inesperadas. Por un
instante Burden tuvo la descabellada impresión de que iba a estrecharles la mano.
Pero no dijo palabra y sus manos parecían paralizadas. Comenzó a alejarse de ellos
en dirección a la ventana, levantando poco a poco los brazos y apretando contra las
mejillas las manos cargadas de anillos. Al retroceder, sus tacones se engancharon en
uno de los libros desparramados por el suelo, el anuario de una niña, tropezó y cayó
de lado sobre el más grande de los dos baúles. Al hundírsele un anillo en la carne, en
el pómulo se le grabó una marca en forma de estrella.
Quedó tendida donde había caído hasta que Quadrant se adelantó y la ayudó a
incorporarse. Entonces gimió suavemente, volvió la cara y la ocultó en el hombro de
su marido.
Desde la puerta, Helen Missal pateó el suelo y exclamó:
—¡Quiero irme a casa!
—¿Quiere cerrar la puerta, inspector Burden? —Wexford se dirigió hacia la
ventana y la abrió con la misma calma que si se hubiera encontrado en su despacho
—. Necesitamos un poco de aire —dijo.
Era un cuarto pequeño como una caja de zapatos y de color caqui, como el
interior de una caja de zapatos. No entró brisa pero la ventana se abrió de par en par
dejando pasar un calor más saludable.
—Me temo que no hay mucho sitio —dijo Wexford como un anfitrión pidiendo
disculpas—. El inspector Burden y yo nos quedaremos de pie y usted, señora Missal,
puede sentarse en el otro baúl.
Para gran sorpresa de Burden, la mujer obedeció. Comprobó que no apartaba los
ojos de la cara del inspector jefe, como si se encontrara bajo hipnosis. Se había puesto
«Habría dejado que lo detuvieran, los habría acompañado —pensó Burden—, manso
como una oveja». En ese momento, seguro ya de su inmunidad, perdió el aplomo y el
pánico, la última emoción que Burden habría asociado con Quadrant, se dibujó en sus
ojos.
Su mujer se apartó de él y se incorporó en su asiento. Había estado llorando todo
el tiempo que duró la historia de Wexford y tenía los labios y los párpados hinchados.
Las lágrimas, quizá porque el llanto es una debilidad de los jóvenes, le daban un aire
de niña. Llevaba un vestido amarillo hecho con una tela cara e inarrugable que caía
recto y liso como una túnica. Hasta ese momento no había dicho palabra y se la veía
exaltada y sin aliento por todo lo que había callado.
—Cuando me enteré de que Doon era una mujer —dijo Wexford—, casi todo
empezó a encajar. Explicaba el empeño de la señora Parsons por mantener el secreto,
por qué engañó a su marido sintiendo, al mismo tiempo, que no lo engañaba, por qué
Drury creía que se avergonzaba de Doon, el por qué escondió los libros un tanto
asqueada…
«Y por qué la señora Katz, que sabía el sexo de Doon pero no su nombre, sentía
tanta curiosidad», pensó Burden. Explicaba también la carta que los había intrigado el
día anterior. «No entiendo por qué tienes que estar asustada. Nunca hubo nada en
ello…». La prima, la confidente, lo había sabido desde el principio. Para ella no era
un secreto, sino un hecho que conocía desde hacía mucho tiempo por lo que le había
parecido innecesario contárselo al jefe de policía de Colorado hasta que éste había
indagado. Luego había salido como una sencilla posdata a la entrevista telefónica.
«Pero vamos, hombre —le había dicho a Wexford—. ¿Se creía que era un
chico?».
Helen Missal había vuelto a ponerse en la sombra. El baúl donde estaba sentada
se encontraba contra la pared y el sol formó una mancha más brillante en el azul
brillante de su falda dejando su rostro en penumbra. Se restregaba las manos sobre el
regazo y la ventana se reflejaba diez veces en el espejo de sus uñas.
—Su comportamiento fue muy peculiar, señora Missal —dijo Wexford—. En
primer lugar, me mintió al decirme que no conocía a la señora Parsons. Tal vez sea
verdad que no la reconociera en la foto. Pero con personas como usted es muy difícil
de precisar. Da usted tantas falsas alarmas que al final sólo podemos enterarnos de lo
Fabia Quadrant se adelantó para hablar. Su voz parecía provenir de muy lejos
cuando recitó de memoria el resto de la estrofa:
Doon le había escrito a Minna exactamente ciento treinta y cuatro cartas. No le había
enviado ni una; ni siquiera habían salido de la biblioteca de los Quadrant donde las
encontró Wexford ese domingo por la tarde, en el cajón de un escritorio. Estaban
envueltas en una capucha rosa y junto a ellas había un monedero marrón con un
broche dorado. La noche anterior Wexford había estado en ese mismo lugar,
ignorante de todo, su mano a pocos centímetros de la capucha, el monedero y
aquellas cartas delirantes.
Al darles un vistazo, Burden comprendió por qué Doon había escrito las
dedicatorias de los libros de Minna en letra de imprenta. La caligrafía lo descorazonó.
Parecía y resultaba difícil de descifrar.
—Supongo que será mejor que nos las llevemos —dijo—. ¿Vamos a tener que
leérnoslas todas, señor?
Wexford había hecho una somera selección y separado las más significativas de
las más abiertamente enloquecidas.
—Imagino que sólo la primera y las dos últimas —dijo—. Pobre Quadrant. ¡Qué
infierno de vida! Nos las llevaremos todas a la comisaría, Mike. Tengo la incómoda
sensación de que Nanny está escuchando detrás de la puerta.
Fuera, el calor y la luz brillante le habían robado a la casa parte de su carácter. Era
como un grabado en acero. ¿Quién iba a comprarla ahora sabiendo lo que había
albergado? Burden suponía que podía convertirse en escuela, o en hotel, o en
residencia de ancianos. A los mayores tal vez no les importara conversar, recordar,
ver la televisión en la sala donde Fabia Quadrant había escrito a la mujer que mató.
Cruzaron el jardín hasta el coche.
—«Verde placer y pena gris» —dijo Wexford—. Resume bien lo que es este sitio.
Se sentó en el asiento del acompañante y se marcharon de allí.