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Resumen - La Sociedad Paliativa

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Resumen: “LA SOCIEDAD PALIATIVA” – Byung-Chul Han - 2021

El dolor hoy
RESUMEN DE DELFI – IDEA GENERAL DEL TEXTO
En su libro “La sociedad paliativa”, Byung-Chul Han parte de la idea del dolor para
atravesar los conceptos de toda su obra. Su tesis es que en la sociedad impera una fobia al
dolor, el cual se trata de eliminar a toda costa, incluso allí donde es constituyente de la
existencia humana como en el amor, la política, el arte y la psicología.
Según Han, en la actual sociedad del rendimiento el dolor es considerado síntoma de
debilidad. El reino del “me gusta” no da cabida al sufrimiento: todo lo alisa y pule, hasta
eliminar su aspereza y resultar agradable.
En su reivindicación de la negatividad del sufrimiento, Han dice que olvidamos que el
dolor purifica y opera como catarsis. Y terminaríamos aplanados por la cultura de la
complacencia sumidos en el infierno de lo igual, esa zona paliativa de bienestar.
Para Han, no hay felicidad sin dolor, ya que esta aparece fragmentada: el dolor se sostiene
en la felicidad, que es también algo doliente.
RESUMEN DE CADA CAPÍTULO EN DETALLE
Texto inicia con una cita a Walter Benjamín y una vez que terminamos de leer todo el
escrito, podemos resignificar y entender a qué se refiere concretamente con esa cita: “De
entre todas las sensaciones corporales, el dolor es la única que representa para el hombre
una especie de corriente navegable cuyo caudal nunca se seca y lo conduce hasta el mar.
Siempre que el hombre trata de abandonarse al placer, este resulta ser un callejón sin
salida.”
ALGOFOBIA
“¡Cuéntame qué es para ti el dolor y te diré quién eres!” Jünger propone esta frase para
pensar que, la relación que tenemos con el dolor revela el tipo de sociedad en que vivimos.
Los dolores son señales cifradas, ya que contienen la clave para entender la respectiva
sociedad. Por eso, toda crítica social tiene que desarrollar su propia hermenéutica del dolor.
Se nos escapa el carácter de signo que tiene el dolor si dejamos que solo la medicina se
ocupe de él.
Hoy estamos rodeados de una algofobia o fobia al dolor, un miedo al sufrimiento. La
tolerancia al dolor disminuye rápidamente. La algofobia acarrea una amnesia permanente
evitando todo estado doloroso. Vemos en el ámbito social que cada vez se deja menos
margen a los conflictos que podrían generar confrontaciones.
La algofobia domina también la política. La falta de alternativa es un analgésico político.
En lugar de discutir y luchar por alcanzar argumentos mejores uno cede a la presión del
sistema. Se está propagando y asentando una posdemocracia, una democracia paliativa. La
política paliativa no es capaz de llevar a cabo reformas profundas que puedan ser dolorosas,
de modo que, prefiere usar analgésicos que traen efectos provisionales y que no hacen más
que tapar las disfunciones y desajustes sistemáticos. Esta política paliativa no tiene valor de
enfrentarse al dolor, todo es una mera continuación de lo mismo.
La algofobia actual se basa en un cambio de paradigma. Vivimos en una sociedad de la
positividad que trata de librarse de toda forma de negatividad (el dolor es la negatividad por
excelencia). Incluso la psicología pasa de ser una psicología del sufrimiento a ser una
psicología positiva que se ocupa del bienestar, la felicidad y el optimismo. Se propone
entonces, evitar los pensamientos negativos y reemplazarlos por ideas positivas. Incluso la
psicología positiva somete al dolor a una lógica del rendimiento. Entonces, se busca
convertir al hombre en un sujeto insensible al dolor en la medida de lo posible y
continuamente feliz. La misión de la psicología positiva de proporcionar felicidad está
ligada a la promesa de bienestar permanente a base de medicamentos.
La sociedad paliativa coincide con la sociedad del rendimiento. El dolor se interpreta como
síntoma de debilidad, y es algo que hay que ocultar o eliminar. La pasividad del
sufrimiento no tiene cabida en la sociedad activa dominada por las capacidades. Hoy las
sociedades paliativas no permiten dar vida al dolor ni expresarlo lingüísticamente
convirtiéndolo en una pasión.
La sociedad paliativa es además una sociedad del “me gusta”. Es víctima de un delirio por
la complacencia. Todo se aísla y pule hasta que resulte agradable. El like es el signo y
también el analgésico del presente. Domina no solo los medios sociales, sino todos los
ámbitos de la cultura. Nada debe doler. Olvidamos que el dolor purifica, que opera una
catarsis. La cultura de la complacencia carece de la posibilidad de catarsis, y así es como
uno se asfixia entre las escorias de la positividad.
La cultura de la complacencia tiene causas muy variadas. En primer lugar, se explica por la
comercialización y mercantilización de la cultura. Los productos culturales están cada vez
más sometidos a la presión del consumo, por lo que, al tener que ser consumibles, tienen
que ser agradables. Esta conversión de la cultura en economía viene acompañada de la
conversión de la economía en cultura (se potencian mutuamente). Se añade a los bienes de
consumo una plusvalía cultural. Prometen vivencias culturales y estéticas, de modo que el
diseño pasa a ser más importante que el valor de uso. La esfera del consumo invade la
esfera cultural. Los bienes de consumo se presentan como obra de arte. Se borra la
separación entre cultura y comercio, entre arte y consumo, entre arte y propaganda. La
conversión de la economía en cultura afecta también a la producción. La producción
posindustrial se apropia de las formas de las practicas artistas. Tiene que ser creativa. Pero,
como estrategia económica, la creatividad no permite más que variaciones de lo mismo. No
puede alcanzar lo totalmente distinto. Carece de la negatividad de la fractura, que es
dolorosa. El dolor y el comercio se excluyen.
El arte tiene que poder resultar chocante, molestar, perturbar, e incluso tiene que poder
doler. El arte está en un sitio distinto. Es esta extrañeza lo que constituye el aura de la obra
de arte. El dolor es la brecha por la que entra totalmente distinto.
Una conciencia incapaz de estremecerse es una conciencia cosificada. No es capaz de tener
una experiencia. La vida que rechaza todo dolor es una vida cosificada. Lo única que
mantiene la vida con vida es “estar impresionado por lo otro”. De lo contrario se queda
apresada en el infierno de lo igual.
LA OBLIGACIÓN DE SER FELIZ
El dolor es una compleja configuración cultural. Su presencia y su significado en la
sociedad dependen también de las formas de poder.
Sociedad premoderna – relación íntima con el dolor. Espacios de poder rebosan de gritos
de dolor. El dolor sirve como medio de poder. Cuerpos mortificados son insignias de poder.
En “Vigilar y castigar” Foucault señala que en la sociedad disciplinaria el dolor se somete
a un cálculo disciplinario. Esta sociedad está organizada en función de la producción
industrial, por lo que, el poder disciplinario fabrica cuerpos capaces de aprender como
medios de producción. El poder mantiene relación con el dolor: las obligaciones y las
prohibiciones se inculcan infligiendo dolor al sujeto que debe obedecer hasta que se afianza
en su cuerpo. Dolor como papel constructivo. El sujeto ya no se exhibe públicamente, sino
que se relega a espacios disciplinarios cerrados como cárceles, fábricas o escuelas.
Jünger - “disciplina” es la forma mediante la cual el ser humano mantiene el contacto con el
dolor. El “trabajador” de Jünger es la figura de la disciplina. Con el dolor se endurece.
Cosmovisión heroica – La vida, el cuerpo, se prepara para encontrarse con el dolor. El
cuerpo se considera un puesto avanzado que el ser humano es capaz de lanzar al combate y
sacrificar manteniéndose a gran distancia.
Época posindustrial y posheroica – el cuerpo no es medio de producción. A diferencia del
cuerpo disciplinado, el cuerpo hedonista, que se gusta y se disfruta a sí mismo sin
orientarse a un fin superior, desarrolla una postura de rechazo hacia el dolor. Le parece que
el dolor carece de sentido y utilidad. En la sociedad neoliberal del rendimiento, las
negatividades dejan paso a positividades tales como la motivación, la autorealización. Los
espacios disciplinarios son sustituidos por zonas de bienestar. El dolor pierde toda
referencia al poder y al dominio y pasa a convertirse en un asunto médico.
La nueva fórmula de dominación es “Sé feliz”. La positivada de la felicidad desbanca a la
negatividad del dolor.
La automotivación o autorealización hacen que el dispositivo neoliberal de felicidad sea
muy eficaz, pues el poder se las arregla sin necesidad de hacer demasiado. El sometido sin
necesidad de que lo obliguen desde afuera se explota voluntariamente asimismo creyendo
que se está realizando. El imperativo de "ser feliz" genera una presión que es más
devastadora que el imperativo de ser obediente. Se vuelve un poder elegante y no duele. La
sumisión la lleva a cabo como autorealización. Como se hace pasar por libertad, es más
invisible que el poder disciplinario.
Hay algo también de la vigilancia que asume una forma elegante. Constantemente se nos
incita a que comuniquemos nuestras necesidades y deseos, y contemos nuestra vida
(desnudamiento pornográfico acaba siendo lo mismo que la vigilancia panóptica).
El dispositivo neoliberal de felicidad nos distrae de la situación de dominio establecida
obligándonos a una introspección anímica. Se encarga de que cada uno se ocupe solo de sí
mismo, de su propia psicología, en lugar de cuestionar críticamente la situación social. Hay
que mejorar los estados anímicos.
Así es como la psicología positiva consuma el final de la revolución. Los que salen al
escenario ya no son los revolucionarios, sino unos entrenadores motivacionales que se
encargan de que no aflore el descontento. Los motivadores (siglo XXI) hablan desde el
lugar de: hay que dar la bienvenida al cambio por mucho que asuste y verlo como una
oportunidad.
La sociedad paliativa se inmuniza frente a la crítica insensibilizando mediante
medicamentos o induciendo un embotamiento con ayuda de los medios. También los
medios sociales y juegos de ordenador actúan como anestésicos. La anestesia social impide
el conocimiento y reflexión y reprime la verdad.
El dispositivo de felicidad aísla a los hombres y conduce a una despolitización de la
sociedad y a una pérdida de solidaridad. Cada uno debe preocuparse por sí mismo de su
propia felicidad como un asunto privado. El sufrimiento se interpreta como resultado del
propio fracaso. Por eso, en lugar de revolución lo que hay es depresión. La sociedad
paliativa despotiza el dolor sometiéndolo al tratamiento medicinal y privatizándolo. De este
modo se reprime y se desbanca la dimensión social del dolor.
En la sociedad neoliberal, el cansancio es apolítico en la medida que representa un
cansancio del yo. Es un síntoma del sujeto narcisista del rendimiento que se ha quedado
desfondado. En lugar de generar un nosotros, las personas se aíslan. El cansancio del yo es
la mejor profilaxis contra la revolución.
El dispositivo neoliberal de felicidad cosifica la felicidad. Se caracteriza por no poder
disponer de ella. Le es inherente una negatividad. La verdadera felicidad solo es posible en
fragmentos. Es justamente el dolor lo que preserva a la felicidad de cosificarse. Y le otorga
duración. El dolor trae la felicidad y la sostiene. Según Nietzsche, dolor y felicidad van
juntos y, quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la profunda felicidad.
SUPERVIVENCIA
El virus refleja la sociedad en que vivimos. Hoy, se absolutiza la supervivencia como si nos
halláramos en un permanente estado de guerra. Entonces, la sociedad paliativa resulta ser
una sociedad de la supervivencia.
Con la pandemia, el virus invade la zona paliativa de bienestar transformándola en una
cuarentena, es decir, más se reduce la vida a una supervivencia y más miedo se tiene de
morir. La pandemia vuelve a hacer visible la muerte que habíamos reprimido (los medios
de comunicación muestran toda esa muerte poniendo nerviosa a la gente).
La sociedad de la supervivencia pierde toda la capacidad de valorar la vida buena. La
prolongación de la vida a cualquier precio se acaba convirtiendo a nivel global en el valor
supremo que relega todos los demás valores. El campo del trabajo se llama “teletrabajo”.
Como consecuencia de la pandemia, todos guardan distancia social y llevan mascarillas
protectoras. El otro aparece como un potencial portador del virus. La fe es sustituida por la
unidad de cuidados intensivos y respiradores y la muerte domina la vida por completo. La
vacía convirtiéndola en supervivencia.
La vida es despojada de toda narrativa que le otorgue sentido, por lo tanto, ya no es
narrable, sino, medible y numerable. Nada promete duración y se han perdido muchos
rituales y prácticas culturales que daban estabilidad a la vida. Si hoy nos resulta difícil
morir se debe a que ya no es posible hacer que el final de la vida llene a la muerte de
sentido.
El capitalismo absolutiza la supervivencia, de modo que, vive la fe en que un aumento de
capital significa una disminución de la muerte. Entonces, se acumula capital para escapar a
la muerte, el capital como la capacidad de sobrevivir. Dado que el tiempo es limitado, se
hace acumulación del tiempo del capital. Toda la economía del crecimiento y del
rendimiento se subordina a la supervivencia.
Esta sociedad dominada por la supervivencia es una sociedad de muertos vivientes. Somos
demasiado vitales para morir y estamos demasiado muertos para vivir. Nos parecemos al
virus, ese ser que sobrevive sin vivir realmente.
La sociedad paliativa es una sociedad de la positividad, donde se hace desaparecer al otro
en cuanto que enemigo. Se eliminan fronteras, umbrales y se desactiva el rechazo
inmunológico de lo distinto. La negatividad del enemigo no tiene lugar acá, debido a que,
uno guerreo sobre todo contra sí mismo, la autoexplotación voluntaria.
El virus llega a la sociedad y la sume en un estado de shock que la paraliza. Por lo que, las
fronteras se vuelven a cerrar, los espacios de aíslan unos de otros, se restringen
movimientos y contactos. La sociedad retrocede a la modalidad de rechazo inmunológico y
nos hallamos ante un regreso del enemigo.
La pandemia actúa como el terrorismo que ataca a la supervivencia trayéndole muerte.
Todos son tratados como si fueran terroristas potenciales porque pueden ser portadores de
un virus.

SINSENTIDO DEL DOLOR


Actualmente el dolor se percibe como algo que carece de sentido y hay que tratarlo con
analgésicos (aflicción meramente corporal).
Valéry propone un personaje de un sujeto burgués moderno que experimenta el dolor como
un sinsentido, como una aflicción corporal. Valéry expresa: “el dolor no significa nada”, lo
cual es tan trágico como “Dios ha muerto” de Nietzsche.
Estamos expuestos al cuerpo vaciado de sentido y de lenguaje, y el dolor aparece como un
objeto reacio a todo significado. Para este personaje que propone Valéry, el dolor no es
narrable, por lo que, el personaje enmudece ante el dolor, lo deja sin lenguaje, destruyendo
su mundo y encapsulándolo en un cuerpo mudo.
En el caso místico cristiano, la narración comienza con el dolor, le da lenguaje y así se hace
más profunda la relación con Dios. Se crea una intimidad.
Según Freud, el dolor es un síntoma que apunta a un bloque en la historia de una persona. A
cauda de ese bloqueo el paciente no está en condiciones de seguir dentro de esa historia.
Los dolores psicógenos son expresión de apalabras sepultadas y reprimidas. La palabra se
ha cosificado. La terapia consiste en liberar a la persona de este bloque lingüístico.
El dolor se ha cosificado hoy en un tormento puramente corporal. El sinsentido del dolor
indica que nuestra propia vida se ha quedado vaciada de sentido, reducida a pura
supervivencia y que ha dejado de narrar.
Benjamín piensa que el proceso de sanación empieza ya con la narración que el paciente
cuenta confidencialmente al medica al comienzo del tratamiento. Es el dolor lo que pone en
marcha a la narración. Hoy vivimos en una época posnarrativa, lo que, define nuestra vida
no es la narración sino el recuento. La narración es la capacidad del espíritu para superar la
contingencia del cuerpo. Por eso no va tan desencaminada la idea de Benjamín de que la
narración podría curar toda enfermedad.
El personaje de Valéry anticipa al hombre hipersensible de la modernidad tardía que parece
dolores sin sentido. Hoy el espíritu se desintegra como capacidad narrativa.
Modernidad – se desarrolla una hipersensibilidad. La algofobia nos vuelve en extremo
sensibles al dolor. El cuerpo disciplinado está bastante insensibilizado, no se ocupa de sí
mismo, sino que, está vuelto hacia afuera. En nuestro caso, la atención está hacia nuestro
propio cuerpo. Hay una introspección narcisista e hipocondríaca que se corresponde a
nuestra hipersensibilidad.
Las personas padecen hoy el síndrome de “la princesa y el guisante” (parábola de la
hipersensibilidad del sujeto de la modernidad tardía) – La paradoja de este síndrome de
dolor consiste en que cada vez se sufre más por cada vez menos. El dolor es subjetivo e
incluso dolores insignificantes pueden resultar insoportables. Lo que duele es el persistente
sinsentido de la vida misma.
LA ASTUCIA DEL DOLOR
El dolor no desaparece, solo cambia de forma de manifestarse. Para Jünger el dolor es una
fuerza elemental que no podemos hacer desaparecer. Jünger dice que el dolor es relegado a
los márgenes en provecho de un mediano bienestar.
Simbad el Marino que toma el dorso de un pez por una isla segura, viene a ser una metáfora
permanente de la ignorancia humana. EL humano se cree a salvo, pero es solo una cuestión
de tiempo que los elementos lo arrastren al abismo. La violencia que él ejerce sobre la
naturaleza lo contraataca con una fuerza mayor.
Jünger habla de la economía del dolor: si el dolor es reprimido, ocultamente se va
acumulando de forma de “capital invisible” que va aumentando con los intereses de los
intereses. Propone la astucia del dolor, donde el dolor elude las protecciones artificiales al
filtrarse gota a gota en la vida hasta llenarla por completo. El aburrimiento no es otra cosa
que la disolución del dolor en el tiempo.
Evidentemente no se puede expulsar el dolor de la vida, pues el dolor no disminuye a pesar
de los grandes progresos en su tratamiento médico. Ni siquiera los analgésicos logran
acabar con los dolores.
En la sociedad paliativa se multiplican los dolores mudos, relegados a los márgenes, que
persisten en su sinsentido y para los que no hay palabras ni imágenes.
Los dolores se basan en diversas formas de violencia: violencia de la negatividad
(represiones ejercidas por otros) y la violencia de la positividad (provoca dolores por
sobrecarga, exceso de positividad).
La sociedad neoliberal del rendimiento presenta rasgos autoagresivos. El sujeto se inflige
violencia a sí mismo, se explota voluntariamente hasta derrumbarse. (para hacerse amo y
liberarse, el siervo le saca al amo el látigo para autoflagelarse). HOY, autolesionarse es una
epidemia global. Por las redes sociales circulan imágenes de cortes profundos
autoinfligidos. Son las nuevas imágenes del dolor. Remite a una sociedad dominada por el
narcisismo, en la que cada uno está sobrecargado de sí mismo hasta límites insoportables.
Autolesionarse es un intento vano de desprenderse de esta carga del ego, de escapar de uno
mismo.
Viktor von Weizsacker describe una escena de curación en la infancia – niña que pone
mano a niño donde le duele y allí ya inicia el proceso de la curación.
Hoy nos alejamos de esa escena y cada vez es más rara la experiencia de asistencia como
sanación de ser tocado e interpelado. Vivimos en una sociedad aquejada de una soledad y
un aislamiento creciente. La competencia cada vez mayor y la perdida de solidaridad y
empatía, aíslan a las personas. Quizás los dolores sean, igual que aquellos cortes
autoinfligidos, un grito del cuerpo pidiendo cariño y cercanía e incluso, amor;
recordándonos que hoy apenas se producen contactos. Ningún analgésico pude reemplazar
esa escena de curación a través del contacto.
DOLOR COMO VERDAD
En un ensayo, Viktor van Weizsacker define el dolor como la encarnación de una verdad.
Los vínculos entablados resultan ser verdaderos cuando duelen las separaciones. Toda
verdad es dolorosa. La sociedad paliativa es una sociedad sin verdad, un infierno de lo
igual.
El dolor solo puede aparecer donde hay un auténtico vinculo de pertenencia que está
amenazado. Así que, sin dolor somos ciegos, incapaces de ver la verdad y conocer.
No hemos vivido ni amado sin dolor. Solo una relación viva, una verdadera convivencia es
capaz de resentirse de dolor. Por el contrario, un juntamiento inerte y funcional no siente
ningún dolor, ni siquiera cuando se rompe. Es el dolor en lo que distingue la convivencia
viva de este juntamiento muerto.
El dolor es vínculo. Quien rechaza toda situación dolorosa es incapaz de entablar vinculo.
Hoy se evitan los vínculos intensos, que podrían llegar a ser dolorosos. Todo se desarrolla
en una zona paliativa de confort. El otro como dolor desaparece. El amor como consumo,
que cosifica al otro degradándolo a objeto sexual, no duele.
El dolor es diferencia. Sin dolor, tanto el mundo como el cuerpo se sumen en una
indiferencia. Entonces Viktor se pregunta: ¿para qué sirven los dolores? A través del dolor
puedo hacer la experiencia acerca de qué es lo mío y qué es lo que poseo, es decir, a través
del dolor reconozco las partes de mi cuerpo y entiendo que cada parte posee un lenguaje del
dolor. Tal vez ya sabía de su existencia, pero solo el dolor me alecciona del valor y la
importancia que tienen para mí.
Entonces, el mundo sin dolor es el infierno de lo igual, donde reina la indiferencia, la igual
validez de todo, por lo que, desaparece lo incomparable.
El dolor es realidad. En la sociedad paliativa, la anestesia permanente hace que el mundo se
vuelva irreal. El continuo “me gusta” provoca un embotamiento, un desmantelamiento de la
realidad. La digitalización es una anestesia. Lo único que nos podría sacar de la anestesia
es una dolorosa conmoción causada por la realidad. El virus restituye la realidad y ésta se
vuelve a notar en forma de una fricción viral.
El dolor agudiza la percepción de sí mismo. Perfila el yo. Traza sus contornos. El aumento
de conductas autolesivas se puede interpretar como un desesperante intento por parte del yo
narcisista y depresivo de cerciorarse de sí mismo, de sentirse a sí mismo. Siento dolor,
luego existo. Si el dolor desaparece del todo, buscamos algo que lo sustituya. De este
modo, la sociedad paliativa engendra paradójicamente extremistas, es decir, en una
sociedad anestesiada se necesitan estímulos cada vez más enérgicos para proporcionar a la
gente alguna sensación de estar viva. Las drogas, la violencia y el horror quedan como los
únicos estímulos que todavía pueden despertar una experiencia del propio yo.

POÉTICA DEL DOLOR


La belleza es el color complementario del dolor. Ante el dolor, el espíritu imagina belleza.
El dolor mueve al espíritu a construir un mundo salvífico opuesto al mundo existente y que
haga la vida más fácil.
El dolor estimula la imaginación. El arte es para Nietzsche un “mago que salva, que
proporciona remedios”, y que por arte de magia se hace desaparecer lo insoportable y lo
horrible de la existencia.
También Nietzsche denominaría nuestra sociedad una sociedad paliativa. La vida se
debilita reduciéndose a una agradable supervivencia. Nietzsche diría que de la vida
desaparece lo trágico, que afirma la vida a pesar del dolor y el sufrimiento extremos.
La anestesia general de la sociedad hace que desaparezca por completo la poética del dolor.
En la sociedad paliativa nos olvidamos por completo de hacer que el dolor sea narrable, de
expresarlo con el lenguaje. Hoy el dolor está totalmente desconectado de la imaginación
estética. Se le priva de lenguaje para reducirlo a un asunto de técnica medicinal. En la
sociedad paliativa el dolor pasa a ser un callejón sin salida.
El ruido de la comunicación hace que prosiga el infierno de lo igual. Impide que acontezca
algo totalmente distinto. El infierno de lo igual es una zona paliativa de bienestar. De él se
expulsa el dolor, pues este es un estorbo para la circulación de comunicación. La
comunicación alcanza su máxima velocidad cuando lo igual se junta con lo igual. El “me
gusta” la acelera. El dolor, por el contrario, actúa contra ella.
Hoy ya no estamos dispuestos a exponernos a los dolores. En la sociedad paliativa como
infierno de lo igual no es posible ningún lenguaje ni ninguna poética del dolor. Solo
permite la prosa de la complacencia.
DIALÉCTICA DEL DOLOR
El espíritu es dolor. Solo gracias al dolor el espíritu alcanza su nuevo conocimiento, una
forma superior de saber y de conciencia. En el camino de formación, el espíritu entra en
contradicción consigo mismo y eso le duele (ese dolor se encarga de que el espíritu se
forme). El espíritu supera la dolorosa contradicción desarrollándose hasta alcanzar su forma
superior. El dolor es el motor de la formación dialéctica del espíritu. Sin dolor el espíritu
sigue siendo igual a sí mismo, no se transforma.
El espíritu “solo alcanza su verdad hallándose absolutamente desgarrado de sí mismo”. Su
poder se revela en que “mira a lo negativo a la cara” y se queda a su lado. Por el contrario,
lo positivo, se atrofia reduciéndose a ser muerto. La negatividad del dolor es lo único que
mantiene con vida al espíritu. El dolor es vida.
Sin dolor no es posible aquel conocimiento que rompe radicalmente con lo que había hasta
ahora. En toda experiencia hay un momento en que se tiene que sufrir y pasar por eso. La
vivencia, en cambio, no causa ningún cambio de estado. Divierte en lugar de transformar.
Solo el dolor causa un cambio radical. En la sociedad paliativa prosigue lo igual. Viajamos
por todas partes sin hacer ninguna experiencia. Nos enteramos de todo sin alcanzar un
auténtico conocimiento. Las informaciones no conducen ni a la experiencia ni al
conocimiento. Carecen de la negatividad de la transformación.
El dolor es lo que distingue al pensar del calcular, de la inteligencia artificial. No es capaz
de engendrar lo totalmente distinto y en eso se diferencia del espíritu. El dolor hace que el
pensamiento sea más profundo. A diferencia del cálculo, el pensar crea una perspectiva
totalmente nueva del mundo, e incluso un nuevo mundo. Solo lo vivo, la vida capaz de
sentir dolor, es capaz de pensar. La inteligencia artificial carece justamente de esta vida.
La inteligencia artificial no es más que un aparato de cálculo. Es capaz de aprender, pero es
incapaz de tener experiencias. El dolor es lo único que transforma la inteligencia en
espíritu. No hay algoritmos del dolor. “Solo el gran dolor”, “el dolor lento y duradero” que
se toma su tiempo, dice Nietzsche, es “el último liberador del espíritu”.
La sociedad paliativa está presa en un infierno de lo igual. Carece de la fuerza dialéctica de
la transformación.
Nietzsche atribuye al dolor incluso su nueva valoración de todos los valores. El dolor
convulsiona los sentidos referenciales habituales y obliga al espíritu a un cambio radical de
perspectiva, que ponga todo bajo una nueva luz. A diferencia del placer, el dolor pone en
marcha procesos reflexivos. Hace al espíritu más vidente. Inaugura una nueva manera de
ver.
La sociedad paliativa huye compulsivamente de lo negativo y se aferra a lo positivo que
solo sirve para reproducir lo mismo. La perseverancia en las mismas formas se basa en una
algofobia.
ONOTOLOGÍA DEL DOLOR
Lo que le interesa a Jünger es nuestra relación con el dolor: “el dolor es una de esas claves
con las que no solo se descifra lo más íntimo, sino también el mundo. Cuéntame qué es
para ti el dolor y te diré quién eres.”
Heidegger comenta “cuéntame qué es para ti el ser y te diré cómo te vas a ocupar del
dolor”. Él aborda la pregunta por el dolor desde el ser. El ser es lo único que nos
proporciona el acceso a la esencia, al misterio del dolor. Ser es dolor. Heidegger tiene en
mente una ontología del dolor.
El dolor es el estado de ánimo en general de la finitud humana. Heidegger lo piensa desde
la muerte: “El dolor es la muerte en pequeño. La muerte es el dolor en grande.” La muerte
llega hasta la vida como un “misterio del ser”. La muerte significa que el hombre guarda
relación con lo indisponible, con lo totalmente distinto, lo cual no viene de él.
El ser solo se puede percibir en el dolor de a “pura cercanía que resiste la lejanía”. El dolor
sostiene la existencia humana. En eso se diferencia del placer. No es un estado temporal
que se pudiera remediar. ---- Cuanto mayor es la alegría, tanto más pura es la tristeza que
duerme en ella y, ambas, a su modo, son dolorosas. El término que corresponde al dolor, el
ánimo que de él recibe su tono poniéndose al unísono con él, es la melancolía.
El ocultamiento es la figura fundamental del pensamiento heideggeriano. De la verdad
como ´estar al descubierto´ forma parte esencial el ´ocultamiento´.
El lema del orden digital es transparencia. Esta elimina todo ocultamiento. El orden digital
también hace transparente el lenguaje, es decir, lo hace disponible al cosificarlo
reduciéndolo a informaciones. El mundo se vuelve transparente cuando es transformado en
datos. Los algoritmos y la inteligencia artificial hacen transparente también la conducta
humana, es decir, la hacen predecible y manejable.
Lo único que se puede hacer con un mundo que solo consta de cosas disponibles es
consumirlo. El mundo disponible pierde el aura, e incluso el aroma.
El orden digital es anestésico. Elimina determinadas formas del tiempo y de la percepción.
Heidegger diría que provoca el olvido del ser. La impaciencia, hace que desaparezca lo
duradero. Lo disponible no tiene fragancia. La temporalidad de lo digital es la
instantaneidad.
Una realidad que hoy perdemos bajo la necesidad de hacerlo todo disponible.
El dolor no es una sensación subjetiva que remita a una carencia, sino una fecundación o
concepción, incluso una concepción del ser.

ÉTICA DEL DOLOR


Las reflexiones de Jünger sobre el dolor están marcadas por la idea de la disciplina. Jünger
asocia incluso los medios modernos, como la fotografía y el cine, con la técnica
disciplinaria, cuyo objetivo es insensibilizar al hombre para el dolor. Según Jünger, la
fotografía se haya ´fuera de la zona de la sentimentalidad´, se caracteriza por una mirada
fría. Encarna la mirada disciplinada del ojo humano. La fotografía es la ´expresión de
nuestro peculiar modo de ver, que es ciertamente un modo cruel´, proyecta situaciones
gratas y a la vez, otras catastróficas.
Los medios digitales no son medios disciplinarios. Hoy no vivimos en la sociedad
disciplinaria, sino en la sociedad del consumo. Incluso la relación que tenemos con las
imágenes violentas es pornográfica, convirtiendo incluso el matar en un asunto indoloro.
Las pornográficas imágenes violentas hacen el efecto de analgésico, ya que nos
insensibilizan para el dolor de los demás.
También el exceso de imágenes dolorosas y violentas en los medios de masas y en la red
nos obliga a la pasividad e indiferencia del espectador callado. La cantidad de estas
imágenes es tan inabarcable que no podemos procesaras cognitivamente. Ya el hecho de
que nuestra atención sea fragmentario impide que nos sintamos concernidos.
La progresiva pérdida de empatía apunta al profundo acontecimiento de que el otro
desaparece. La sociedad paliativa elimina al otro como dolor. El otro es cosificado y
reducido a objeto. El otro como objeto no duele.
Tiempos de pandemia – el sufrimiento de los demás nos resulta aún más lejano. Los
hombres mueren en soledad en las unidades de cuidados intensivos, faltos de cariño
personal. La ´distancia social´ agudiza la pérdida de empatía.
También los medios digitales favorecen la desaparición del otro. Reducen la resistencia del
otro haciéndolo disponible. Cada vez somos menos capaces de percibir al otro en su
alteridad.
Elias Canetti llama ´desnudez anímica´ a la indefensión frente al otro, que me hace
vulnerable. Hace que resulte imposible ser indiferente hacia el otro. La desnudez anímica
se expresa como angustia por otros. Es esta angustia por otros la que me enseña quién soy
yo: ¿A qué se debe que solo en la angustia sea totalmente yo mismo? Solo me conozco en
la angustia. Es una angustia por otros.
Hoy estamos perdiendo por completo la desnudez anímica, el estar expuestos, el dolor por
el otro. Nuestra alma está encallecida, de modo que no somos nada sensibles ni receptivos
para el otro. La burbuja digital nos blinda cada vez más frente al otro. Sin sentir dolor por el
otro no tenemos forma de acceder al dolor del otro.

EL ÚLTIMO HOMBRE
Libro de Fukuyama, donde el capítulo final se titula: “El último hombre”. Según ese
capítulo, la democracia liberal genera una sociedad paliativa que es encarnada por el
´último hombre´ de Nietzsche. Administra una anestesia permanente.
La democracia liberal favorece la aparición del último hombre.
El último hombre es más bien un fenómeno genuino de la Modernidad. No prefiere el
sistema liberal. Por eso, es compatible con un régimen totalitario. Jünger se vuelve
resueltamente contra la Modernidad. En “Sobre el dolor” evoca el final de la época del
último hombre: los medios técnicos aun poseen un duro carácter de confort.
Jünger pone la mirada en el año 2000 y escribe: ´El último hombre, profetizado por
Nietzsche, es ya historia pasada´. Jünger se refiere aquí a la sociedad que no conoce el
dolor. Pues, el siglo es justamente la época del último hombre.
La sociedad paliativa como sociedad de la supervivencia no presupone forzosamente la
democracia liberal. A raíz de la pandemia nos encaminamos hacia un régimen biopolitico
de control policial. El régimen de vigilancia digital está asumiendo rasgos totalitarios,
socava la idea liberal de libertad. El capitalismo se está convirtiendo hoy en un capitalismo
de la vigilancia. Permanentemente somos vigilados y manipulados por plataformas
digitales, que seleccionan y explotan nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones. La
psicopolítica digital nos precipita a una crisis de libertad.
Hoy revelamos voluntariamente incluso datos personales. Nos desnudamos no por
obligación, sino por una necesidad interior. Aquí nos hallamos ante una dialéctica de la
libertad. La comunicación ilimitada como expresión de la libertad se torna una vigilancia
total.
El último hombre no es ningún defensor de la democracia liberal. El confort representa para
él un valor superior a la libertad. La psicopolítica digital, que hace fracasar la idea liberal de
libertad, no perturba su bienestar. Y su histeria por la salud hace que constantemente se esté
vigilando a sí mismo (control interior). Cuando la dictadura interior se topa con la
vigilancia biopolítica, no se percibe como opresión, pues viene en nombre de la salud, por
eso el último hombre se siente libre en el régimen biopolítico. Dominación y libertad
coinciden aquí de nuevo.
En su obra, David Pearce anuncia su futuro libre de dolor. La historia de la evolución hace
que los “dolores corporales” y “psíquicos” estén destinados a desaparecer. También
deberían superarse las penas de amor, las ´crueldades de las formas tradicionales del amor
que destruyen el alma´. El objetivo del transhumanismo es una ´sublime felicidad que todo
lo penetra´. El transhumanismo deja también atrás al último hombre, este sigue siendo aún
demasiado humano. No logra librarse de un aburrimiento total. El transhumanismo opina
que con medios biotécnicos se podrá eliminar incluso el aburrimiento.
La vida indolora en una felicidad permanente habrá dejado de ser una vida humana. Muerte
y dolor van juntos. Quien pretenda erradicar todo dolor tendrá que eliminar también la
muerte. Pero una vida sin muerte ni dolor ya no es una vida humana, sino una vida de
muertos vivientes. El hombre posiblemente llegue a alcanzar la inmortalidad, pero habrá
sido al precio de la vida.

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