Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 25. “Isassi y otros”. Causa N° 52035/2021.
23/8/2023.
HECHOS
Isassi, López y Nieva, policías de una Brigada de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires persiguió a un
grupo de jóvenes que circulaban en un auto y les disparó. Uno de los proyectiles hirió a uno de los
jóvenes que fue trasladado a un hospital en donde falleció. Los otros tres jóvenes fueron privados de
su libertad. En ese contexto, tanto el joven herido como los otros tres fueron torturados.
Finalmente, los agentes realizaron modulaciones fraudulentas para fraguar lo que había ocurrido y
dispusieron maniobras para acusar falsamente a los jóvenes por la comisión de un supuesto delito.
Entonces, teniendo conocimiento del ilícito cometido por el personal de la brigada, el subcomisario
Inca, el principal Cuevas y los comisarios Romero, Du Santos y Ozán ayudaron a Isassi a alterar las
pruebas del delito orquestando un procedimiento policial fraudulento y manteniendo en
consecuencia ilegítimamente privados de la libertad a los tres jóvenes. En ese contexto, Isassi, por
orden de Inca, insertó en el habitáculo del vehículo de los jóvenes un revólver de juguete.
Finalmente, mientras se suscitaba el procedimiento policial ilícito orquestado por el personal de la
Brigada, el oficial Baidón le aplicó tormentos psicológicos a uno de los jóvenes sobrevivientes al
proferirle todo tipo de frases amenazantes, menospreciantes y discriminatorias como “ah, son
villeros. A ustedes hay que pegarles un tiro en la cabeza; mataron a su compañero”, “¿futbolistas
ustedes con esa pinta? Son villeros, están robando ustedes”, “villeros de mierda”, “negros de mierda”
o “altos negros de mierda” cuando este se encontraba privado de la libertad. Por estos hechos, los
funcionarios policiales fueron imputados por diversos delitos y la causa fue elevada a juicio oral.
DECISIÓN
El Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 25 condenó a Isassi, Nieva y López a la pena de
prisión perpetua por el delito de homicidio quíntuplemente agravado por haber sido cometido con
arma de fuego, con alevosía, por odio racial, con el concurso premeditado de dos o más personas y
abusando de su función siendo integrante de las fuerzas de seguridad; en concurso ideal con el
delito de homicidio quíntuplemente agravado por haber sido cometido con arma de fuego, con
alevosía, por odio racial, con el concurso premeditado de dos o más personas y abusando de su
función siendo integrante de las fuerzas de seguridad en grado de tentativa en perjuicio de otros
tres jóvenes. Todo ello en concurso real con el delito de privación ilegítima de la libertad por abuso
de sus funciones o sin las formalidades prescriptas por la ley en calidad de coautor. Asimismo, Isassi
fue condenado por el delito de falsedad ideológica por haber hecho insertar declaraciones falsas en
un instrumento público. Además, condenó a INCA, Cuevas, Romero, Du Santos a la pena de seis
años de prisión e inhabilitación especial por el término de diez años por el delito de encubrimiento
por haber ayudado a alterar las pruebas de un delito, agravado por tratarse el hecho precedente de
un delito especialmente grave y por ser el autor funcionario público, todo ello realizado en ejercicio
de sus funciones, en calidad de coautor, en concurso ideal con el delito de privación ilegítima de la
libertad por abuso de sus funciones o sin las formalidades prescriptas por la ley en calidad de
coautor. Por su parte, Ozán fue condenado a la pena de seis años de prisión por el delito de
encubrimiento por haber ayudado a Isassi a alterar las pruebas de un delito, agravado por tratarse el
hecho precedente de un delito especialmente grave y por ser el autor funcionario público, todo ello
realizado en ejercicio de sus funciones, en calidad de coautor, en concurso ideal con el delito de
privación ilegítima de la libertad por abuso de sus funciones o sin las formalidades prescriptas por la
ley en calidad de coautor. Por último, Baidón fue condenado a la pena de ocho años de prisión,
inhabilitación absoluta y perpetua para ejercer cargos públicos.
ARGUMENTOS
“[L]os policías podrían haber adoptado cualquier otro tipo de actitud si lo que resultó sospechoso
fue ver a los chicos deteniéndose en la ochava: desde frenar para observar qué era lo que en
concreto hacía uno de los jóvenes] mientras iba al kiosco hasta modular la alerta, previo a
contemplar la posibilidad de intervención armada – la que siempre debe ser el último recurso y en
situaciones excepcionales previstas en la ley como posteriormente se analizará en otro tramo de la
sentencia-, para que junto a otros policías de la zona pudieran actuar; o simplemente se le hiciera un
seguimiento al vehículo por intermedio de los dispositivos tecnológicos [...] que la Policía de la
Ciudad contaba como para hacer un dispositivo ‘cerrojo’ o para ver hacia dónde se dirigían en caso
de haber creído que podía tener relación con las tareas que estaban llevando a cabo. Pero nada de
eso ocurrió y, por el contrario, optaron por esperarlos a casi dos cuadras para iniciar un seguimiento
que culminó en una emboscada mortal cuando encontraron un espacio relativamente abierto y
prácticamente desolado para encerrarlos y disparar, pues no eran otras sus intenciones como se
vio”.
“Desde la óptica del artículo 284 del Código Procesal Penal de la Nación se trató de un
procedimiento nulo desde sus inicios: 1) los niños no estaban intentando cometer ningún delito de
acción pública; 2) no se estaban fugando de ninguna detención; 3) no había indicio vehemente
alguno de culpabilidad; 4) ni tampoco fueron sorprendidos en flagrancia”.
“En [‘Fernández Prieto y Tumbeiro vs Argentina] [la Corte IDH] consideró que tanto la interceptación
y posterior registro del rodado en el que viajaba Fernández Prieto, por policía de Provincia de
Buenos Aires y la detención y registro corporal de Tumbeiro, por la Policía Federal, no cumplieron
con el estándar de legalidad, fueron arbitrarias y constituyeron una injerencia en sus vidas privadas.
Además, en el caso de Tumbeiro concluyó que su detención fue además discriminatoria y una
violación al derecho a la igualdad ante la ley. [...] De tal modo, si para detener o identificar a una
persona mayor de edad deben satisfacerse tales extremos, cuanto más si lo que se pretende es
hacerlo respecto de menores de edad. Ello en el supuesto caso ya descartado que hubieran actuado
con buena fe y ánimo de realizar un procedimiento legal, situación que dista de la realidad de lo
acontecido…”.
“[Los efectivos policiales] nunca tuvieron la intención de [detener] [a los jóvenes] con fines de
identificación y requisa. De todos modos, [...] la situación de hecho permite aseverar que toda
detención en ese contexto habría sido ilegal. [...] [N]o se daba ninguna de las causas expresamente
tipificadas por la ley (aspecto material del principio de legalidad) para autorizar una detención y que
tampoco se siguieron los procedimientos objetivamente definidos por la ley (aspecto formal del
principio de legalidad) de obligada aplicación en esos casos…”.
“[Los efectivos] [nunca] se identificaron como policías, ni dieron voz de alto. Tampoco colocaron las
balizas ni accionaron la sirena del móvil no identificable en que se desplazaban. Tampoco pidieron
refuerzos, ni requirieron un operativo cerrojo”.
“[Los policías imputados] actuaron con alevosía, calificante que fue prevista en el segundo inciso del
art. 80 del Código Penal. [...] [S]e aprovecharon de la situación de indefensión de los cuatro niños,
que actuaron a traición y obrando sobre seguro, esto es, sin riesgo para ellos. Ambas notas que
caracterizan la alevosía se encuentran aquí presentes”.
“Tenían claro [los efectivos de la Brigada] que los menores no representaban peligro alguno para
ellos y en tales condiciones les dispararon. El ataque fue sorpresivo, inesperado y de tal magnitud
para las víctimas que no pudieron resistir ni siquiera mínimamente. Es menester reiterar, los
ofensores obraron sin que hubiera riesgo alguno para ellos y la ponderación de ese estado de cosas
fue determinante para la decisión de actuar. No había terceros que pudieran abortar la acción
delictiva de los policías o emprender una defensa de los jóvenes, los integrantes de la brigada
buscaron el lugar adecuado para llevarlo a cabo. Hubo preordenación. Ellos los vieron de cerca
cuando estaban detenidos en el semáforo [...] y no se encontraban cometiendo delito alguno ni
había la menor sospecha de que pudieran realizarlo en un futuro inmediato. [...] [No] existió
enfrentamiento alguno y menos aún armado, los únicos que estaban armados fueron los tres
condenados. Los niños carecían de armas y ni siquiera se ‘enfrentaron’ a ellos, simplemente
buscaron escapar de la situación para salvaguardar su integridad física”.
“[D]entro del [agravante de odio racial] puede quedar comprendido el genocidio (entendido como
exterminio en masa de un grupo nacional, racial o político), [...] [e] involucra también la muerte de
una sola persona, siempre que el motivo determinante de la acción, esto es su elemento subjetivo,
sea la aversión o repulsión a una persona o grupo de personas en razón de su pertenencia a una raza
o religión”.
“En el caso concreto, [...] [los] autores obraron motivados por ese odio racial, seleccionaron a sus
víctimas, mediante una visión estereotipada y discriminadora y actuaron en consecuencia. Luego
pretendieron justificar sus acciones, convirtiendo a los niños inocentes en presuntos delincuentes,
alterando las pruebas del caso”.
“[E]l odio, es un término confuso, pero que puede bajarse a la realidad no sólo como rabia, ira o
desagrado, sino que además conlleva un sesgo contra personas o grupos de personas de
características específicas. En los delitos de odio, las victimas devienen seleccionadas por
discriminación, basándose en prejuicios fincados en la intolerancia o animadversión que las sindican
como amenaza a la seguridad del resto de la sociedad. Esa determinación resulta específica. [...] [En]
el supuesto que nos ocupa, hubo selección, individualización, acecho, seguimiento y fulminación o
ejecución. No había causa o motivo, solo prejuicio y el prejuicio conduce inexorablemente al odio.
[...] Es que además de no seguir discretamente hasta determinado sitio, o eventualmente
determinar el lugar desde el que saliera el vehículo que llevaba a los alegres jugadores de fútbol, o
quizás verificar a dónde se dirigían, con quién o quiénes contactaban o qué hacían, los interceptaron
y sin más dispararon. Esa maniobra conllevaba una clara selección, totalmente ajena a la presunta
diligencia encomendada, que además frustró la posterior que se había dispuesto realizar”.
“Con evidencia se demuestra que se trató de un acto de “limpieza”. Ese tipo de ataque, lejos de
aparecer espontáneo, a juzgar por las imágenes captadas por las diferentes cámaras, que muestran
el modo en que se llevó a cabo, luce como una estrategia pergeñada en función de datos cuanto
menos prejuiciosos y cargados de odio por discriminación racial”.
“El odio racial indudablemente existe y se manifiesta en la argentina mediante discriminación contra
aquellas personas esencialmente no blancas, entendido ello, no en el sentido de color de piel, sino
en un sentido peyorativo. El ‘negro’ en la argentina -desde la perspectiva racista-, supone una
categoría de persona limitada intelectualmente, a quien se lo descalifica, desprecia, que tiene otras
costumbres, gustos y cultura que se desmerecen, que suelen encontrarse en situaciones de
vulnerabilidad y pueden provenir del interior del país o de países limítrofes y suelen asentarse en el
peor de los casos en barrios de emergencia. En definitiva, tiene una posición socioeconómica baja y,
si a ello se suma que su piel puede ser morocha, oscura o marrón - la discriminación y el odio racial,
cobran mayor énfasis-. En algunos casos es una manifestación de la aporofobia, término que la Real
Academia define como fobia a las personas pobres o desfavorecidas; en otros lo es, lisa y llanamente
de la xenofobia”.
“Incluso puede darse la paradoja de que una persona sea discriminada por odio racial, por otra
que reúne sus mismos caracteres, pero que quizás está inserto en el mercado laboral y social con
un trabajo de mejor calidad y salario; situación que podría darse en el caso de algunos de los
policías imputados…”.
“No podemos dudar en base al desarrollo de los hechos que los seleccionaron por su apariencia,
por conducirse presuntamente saliendo de un barrio de emergencia, por la vestimenta, por
circular en un rodado que quizás supusieron robado o que no estaba al alcance de ellos, y que,
por tal motivo, esperaron el momento que consideraron oportuno para acometer contra ellos
para matarlos. De hecho, se suponía que investigaban tráfico de estupefacientes en la zona y
quizás eso les ofrecía una amplia gama de posibilidades de justificar cualquier exceso, como el
apuntado”.
“[D]etrás de ese motivo impulsor de la voluntad de actuar se encuentra el señalamiento de una
idea de pretensión de sometimiento. Los agentes provocan la muerte de su víctima debido a que
ésta no acepta adecuar su comportamiento a los parámetros -que sin sustento legal alguno- ellos
procuran imponerle. Los victimarios, buscan impedir, al damnificado -de manera absolutamente
ilegítima- que ejerza sus derechos individuales en paridad de condiciones con el resto de los
ciudadanos. Esa circunstancia torna más grave su comportamiento ilícito que el de aquel que
simplemente mata sin ese aditamento”.
“[L]a pretensión de sometimiento de la víctima -por su pertenencia al grupo racial odiado- al
arbitrio de los victimarios, que se encuentra detrás del motivo que impulsa la acción de éstos, es
lo que da cuenta de un mayor grado de ilicitud y da sustento a la mayor severidad de la reacción
penal. [...] [C]ualquiera sea la ubicación dogmática de estos elementos subjetivos, lo importante
es que su consagración en los textos legales no implique habilitar la persecución de las personas
por su manera de pensar o por sus características de personalidad o la imposición de castigos
más severos…”.
“[E]l plus sancionatorio, no depende del pensamiento racista de los autores -por más deplorable
que pueda parecernos-, sino por el contrario, de la mayor gravedad del injusto (material) que
ejecutaron ya que conlleva una pretensión de someter a su voluntad el quehacer de los sujetos
racializados a riesgo de sufrir ataques contra su vida (mayor daño social). [...] En el caso concreto,
la ilegítima decisión de los integrantes de la brigada, de seguir a los cuatro adolescentes, cuando
salían de la cancha en la que se habían probado para ser admitidos en un club de fútbol
profesional [...], solo puede ser explicada a partir de la aplicación de estereotipos fundados en el
color de su piel -marrón- y en sus rasgos físicos que podrían corresponder con la población de
ascendencia aborigen, es decir, en la atribuida pertenencia a un grupo racial odiado y a cuyos
integrantes se pretende someter, a su vestimenta, a su posible pertenencia a un sector social que
habita en un barrio de emergencia”.
“El color de la piel -tal como reiteradamente lo expuso el representante de la querella-, fue sin
duda percibido y ponderado a fines referidos por el texto legal por los policías a la hora de
comenzar su accionar ilícito. Esa condición, sumada a su juventud, su sexo masculino, su
vestimenta y el barrio humilde por el que transitaban, explican su selección y que fueron
posteriormente objeto del actuar ilegítimo de los policías de la brigada. Es por eso, que la figura
resulta aplicable en el caso”.
“Pretendemos destacar, que a luz de las normas procesales locales y específicas que ellos debían
respetar la Resolución 45/113 en el marco de esa actuación tiene fuerza de ley. En ese mismo
cuerpo legal -RPPJ- se establece además la presunción de minoridad (y del principio “favor
minoris” receptado en el art. 3° ley 26.061). Esto es, que hasta tanto se demuestra lo contrario,
se debe tratar a las personas objeto de la intervención policial cómo si fueran menores de edad.
Esa previsión legal imponía que se aplicara respecto de ellos toda la normativa específica
establecida en favor de los adolescentes (art. 3 RPPJ) y muy especialmente la regla 11 b de la
Resolución 45/113 que define qué debe entenderse por detención”.
“[E]l contenido fundamental del art. 7 de la Convención Americana de Derechos Humanos
(CADH), es la protección de la libertad del individuo contra toda interferencia ilegal o arbitraria
del Estado. La norma en cuestión prevé en el primer numeral una cláusula general que establece
que toda persona tiene derecho a la libertad y a la seguridad personal. De igual manera, contiene
otras específicas que consagran diversas garantías entre ellas las de no ser privado de la libertad
ilegalmente (art. 7.2). La violación de cualquiera de esos numerales -van del 2 al 7- implicará
necesariamente la violación del art. 7.1 de este tratado que tiene jerarquía constitucional…”.
“[L]a acción de los adolescentes de no detener el coche constituyó el ejercicio del derecho a la
legítima defensa. A esos fines debe considerarse que la irregular acción de la policía configuró
una agresión ilegítima que ellos no habían provocado y que la conducta defensiva ejecutada no
resultó groseramente desproporcionada en relación con el ataque que ya había sido iniciado y
aún persistía. El abuso funcional adquirió su máximo alcance cuando los policías dispararon
contra los tripulantes del coche provocando la muerte de [uno de los jóvenes] y poniendo en
peligro concreto la vida de los otros jóvenes. En ese contexto, es claro, que no se hallaban
habilitados para disparar”.
“La norma que habilita el uso de armas de fuego a los funcionarios policiales establece con toda
claridad que no deberán efectuarse disparos que tengan altas probabilidades de tener efectos
mortales, salvo la concurrencia de situaciones excepcionales que no se daban en el caso. Siendo
así, es claro, que en la instancia los policías no se hallaban autorizados a disparar. En la situación
concreta, reitero, los policías no tenían razón legítima alguna para interrumpir la marcha del
rodado en que viajaban los adolescentes, no tenían deber alguno que cumplir que tuviera ese
contenido. No obstante, dado lo alegado por la defensa -que no condice con lo ocurrido en el
debate-, corresponde dar respuesta a esa parte. En ese sentido, entendemos, que aun cuando se
considerara de forma hipotética que pudieran haber contado con un deber de actuar de ese
modo (detención con fines de requisa) y con la consecuente autorización legal para hacerlo que
es su contracara, tampoco su accionar habría sido justificado”.
“[N]o existió proporción alguna entre la actividad que realizaron que consistió en disparar sin
siquiera dar primero la voz de alto y aquella con la cual respondieron los niños. Esto es la huida
del rodado y el consecuente riesgo de impacto que se materializó en la producción de una lesión
leve. Es más, la acción alternativa -omitir los disparos y ponerse a resguardo-, no implicaba para
los policías la asunción de un riesgo mayor y tampoco implicaba resignar la posibilidad de
interceptarlos, requisarlos e identificarlos en un momento posterior. [...] Nada les impedía emitir
una comunicación radial para que otro móvil policial los interceptara y detuviera sin poner en
riesgo a los adolescentes ni a personal policial ni a terceras personas (art. 98 último párrafo de la
ley 5688). Así las cosas, corresponde afirmar, que los disparos que realizaron en contra de los
adolescentes que viajaban en un rodado para impedir su huida no puede ser justificado como
cumplimiento de un deber…”.
“[L]as acciones realizadas por los encartados determinaron la privación ilegítima de la libertad de
cuatro niños por abuso de sus funciones o sin las formalidades prescriptas por la ley. Si bien
ambas modalidades aparecen como tipos diferentes de un mismo delito y de allí su nomen iuris,
ambas parten del abuso funcional y comparten su aspecto subjetivo. No cabe dudar que la
intervención armada a la que sometieron a los niños -intempestiva, irracional, arbitraria e
ilegalmente- fue el inicio del cercenamiento del derecho a la libertad de los jóvenes. A partir de
ese momento y hasta que fueron luego aprehendidos formalmente, ese derecho les fue
restringido. No nos olvidemos que Isassi moduló que mantuvieron un enfrentamiento armado, de
modo que la alerta irradiada iba a culminar irremediablemente en sus detenciones”.
“[L]a falsedad ideológica que moduló Isassi y la posterior colocación del arma plástica dentro de
la Suran en la que se desplazaban los jóvenes, fue determinante para que las autoridades
judiciales mantuvieran la situación de detención de los niños. [...] [E]sa falsedad insertada en
documentos públicos como lo son las actas policiales, los partes de novedades y declaraciones
testimoniales prestadas tenían como fin convertir a cuatro jóvenes deportistas en presuntos
infractores a la ley penal. No lograron matarlos a todos, entonces había que investirlos de la
condición de imputados para así justificar su proceder homicida. En base a tales afirmaciones
falsas se efectuaron las consultas con las autoridades judiciales que avalaron tales detenciones
hasta que lograron advertir que las presuntas víctimas en realidad eran los victimarios y que los
imputados menores, eran en realidad los verdaderos damnificados por los hechos”.
“La falsedad ideológica presupone en el agente la obligación jurídica de decir la verdad sobre la
existencia histórica de un acto o hecho y sus modalidades circunstanciales, en cuanto sean ellas
productoras de efectos previstos en el derecho. Se extiende un documento que reviste
formalmente el carácter de auténtico, pero con un contenido falso. [...] En el caso concreto
consistió en imputar a personas inocentes la comisión de un delito de acción pública sabiendo
que ello no era cierto, lo que generó que se convalidara la detención de los menores. Su conducta
fue más allá toda vez que justificó lo expuesto en las modulaciones con la colocación para su
posterior secuestro de un arma plástica en el automóvil en el que se desplazaban los menores
agredidos. El delito se consumó toda vez que el sumario se instruyó como tal e incluso produjo
efectos jurídicos en perjuicio de los niños”.
“[H]emos sostenido en este acápite que la única conducta atribuible a Baidón debe subsumirse
jurídicamente en el delito de tortura. [...] La figura transcripta se aparta de la previsión del
derecho internacional interamericano que no exige una gravedad o intensidad determinada de
las penas o sufrimientos mentales. Así es que se corresponde en mayor medida con la convención
universal que sí reclama que los dolores o sufrimientos físicos o mentales sean graves. En cambio,
si se ajusta a lo estipulado por el pacto americano en cuanto a que no reclama alguna finalidad
específica. El núcleo del tipo es la imposición de cualquier clase de tortura. Las conductas que
atrapa esta figura afectan al espacio de libertades que mantiene incólume todo detenido, es
decir, el que corresponde a su dignidad personal, como así también, a las expectativas de
corrección en la actuación pública de todo funcionario”.
“En cuanto a la tortura psicológica cabe señalar que se ha reconocido que las amenazas y el
peligro real de someter a una persona a lesiones físicas produce, en determinadas circunstancias,
una angustia moral de tal grado que puede ser considerada “tortura psicológica” [...]. Las
expresiones que Baidón pronunció entonces fueron las siguientes: “a estos villeritos, hay que
darle un tiro en la cabeza a cada uno. Donde tenés la falopa, donde está el arma con la que
mataste a tu amigo”. Es evidente que una frase de este tenor, pronunciada por un funcionario
policial, dirigida a adolescentes que se encontraban detenidos y que acababan de ver como había
sido herido de muerte su amigo -Lucas Santiago González- por los disparos dirigidos en contra de
todos ellos por quienes a la postre resultaron policías locales, tiene entidad objetiva para
amedrentar al destinatario. Más aun, si se trata de un niño que se encuentra detenido de manera
absolutamente injustificada y por tanto ilegal. A eso se suma, que la frase fue dicha en la vía
pública, en el lugar de la detención y a poco tiempo de su concreción y encontrándose y
sintiéndose desprotegidos y agredidos por la propia autoridad que debía obrar en sentido
contrario, esto es, brindándoles protección”.
“[E]n esas circunstancias de tiempo y lugar, las manifestaciones de Baidón no podían ser
escuchadas por terceros dado el resguardo perimetral que ya había sido colocado para mantener
alejada a la ciudadanía. Tampoco estaban acompañados por persona adulta de su confianza ni
había autoridades judiciales o de la defensa o de la asesoría tutelar presentes que pudieran
garantizar el respeto a los derechos del joven. Es decir, en un contexto temporal y espacial, en el
que el niño era especialmente vulnerable [...]. Así las cosas, cabe insistir, en que las conductas
subsumibles en este tipo penal afectan la dignidad personal que corresponde a cada persona por
el sólo hecho de serlo y también al correcto ejercicio de la función pública y a la confianza de los
ciudadanos en que las autoridades policiales se van a desempeñar de conformidad con la
legislación aplicable (legalidad). En definitiva, se trata de un delito pluriofensivo. [...] La detención
exigida por la figura puede ser legal o ilegal -como lo es en este caso-. A esta altura, debe
señalarse, que no se requiere una sujeción formal del detenido al autor y que alcanza con que el
funcionario policial tenga un poder de hecho sobre la víctima. En el caso que nos ocupa no pueda
albergarse duda alguna sobre que ambos niños se hallaban bajo ese poder fáctico del oficial
Baidón”.
“[E]l colectivo de personas “marronas” no agota el espectro de personas que sufren
discriminación por pertenecer a sectores de la sociedad que viven en la pobreza -con
independencia de su color- o su origen tanto del interior del país o de la inmigración de países
limítrofes, de Centroamérica y de los continentes africano y asiático. En ese sentido, se destaca
que quienes responden a ese estereotipo deben soportar controles policiales constantes y
detenciones arbitrarias -irracionales por imprevisibles o desproporcionadas- o ilegales -contrarias
a la ley- con motivo de la raza a que se les adjudica pertenecer -por los rasgos físicos que
presentan- más allá del mayor o menor grado de acierto de esa atribución, lo que resulta
irrelevante”.