Permaneced en Mí 9.
Vida espiritual
El cristiano ha de resplandecer no sólo por los dones que ha recibido de Dios,
sino también por lo que él pone de su parte, y se le ha de reconocer por todo su
porte: su andar, su mirar, sus gestos, sus palabras.
1º Aprovechémonos del don de Dios.
Puesto que gozamos del don tan precioso del bautismo, hagamos todo lo po-
sible por no desmerecer ese beneficio. Porque, si los pecados cometidos antes de
recibir ese honor eran dignos de castigo, ¿cuánto más no lo serán los cometidos
después de ese inefable beneficio?
Y no sin razón digo ahora esto, sino porque veo algunos que se portan más
tibiamente después del bautismo que quienes no han sido aún iniciados en los
divinos misterios. Su conducta en nada se distingue de la de los paganos. De ahí
que ni en la pública plaza ni en la iglesia misma es posible saber de pronto quién
es cristiano y quién pagano. Habría que esperar al momento de los misterios di-
vinos y ver quiénes son echados fuera y quiénes permanecen dentro. Y, sin em-
bargo, habría que reconocerlos no por el lugar, sino por las costumbres.
Natural es que las dignidades externas se reconozcan también por signos ex-
ternos; nuestra religión, sin embargo, ha de reconocerse por el alma. El cristiano
no ha de aparecer cristiano sólo por la ofrenda que hace, sino también por la vida
nueva que ha de llevar. El cristiano tiene que ser luz y sal del mundo. Mas, si no
brillas ni para ti mismo, si no te preservas ni de tu propia podredumbre, ¿en qué
te podremos ya reconocer? ¿En que te has bañado en las sagradas corrientes? Pero
esto es para ti motivo de castigo, pues la grandeza del honor recibido es agravan-
te de pena para quienes no se deciden a vivir de manera digna de ese honor.
No digo esto porque hayamos de acomodar nuestra conducta a la ostentación;
sí, para que la acomodemos a la edificación de los demás.
Pero ahora, por dondequiera que busque reconocerte, en todas partes hallo que
apareces con los signos contrarios. Si quiero saber quién eres por el lugar en que
estás, veo que te pasas el día en los hipódromos, en los teatros, en ocupaciones
contra ley, en reuniones con gentes desalmadas de los mercados, en tratos con
Hojitas de Fe nº 531 –2– VIDA ESPIRITUAL
hombres corrompidos; si por tu cara, te veo reír continuamente a carcajadas y tu
rostro disoluto, como el de una ramera podrida, que tiene la boca abierta; si por
tus vestidos, veo que no vas mucho mejor que los farsantes del teatro; si por tus
compañías, por todas partes llevas una escolta de parásitos y aduladores; si por
tus palabras, nada sano, nada necesario, nada que diga con los deberes de la vida,
oigo que salga de tu boca; si por tu mesa, en fin, la acusación tendría que ser
aquí más grave.
2º Cristianos peores que animales.
¿Cómo, pues, dime, podré reconocerte por cristiano, si todo lo dicho vota en
contra tuya?
Pero ¡qué digo cristiano! Yo no puedo saber claramente ni si eres hombre.
Coceas como un asno, saltas como un toro, relinchas sobre las mujeres como un
caballo, eres goloso como un oso, engordas tu carne como una mula, eres renco-
roso como un camello, rapaz como un lobo; te irritas como una serpiente, picas
como un escorpión, eres astuto como una zorra, guardas el veneno de tu maldad
como un áspid y una víbora, haces la guerra contra tus hermanos como el mismo
demonio perverso. ¿Cómo voy a ponerte en el número de los hombres, si no veo
en ti los caracteres de la naturaleza humana? ¡Y hete aquí que, tratando de buscar
la diferencia entre el cristiano y el catecúmeno, estoy a pique de no encontrar ni
la diferencia entre el hombre y la fiera!
¿Cómo te llamaré, pues? ¿Una fiera? Pero las fieras no tienen más que uno
de los vicios que hemos enumerado; tú, en cambio, los llevas todos juntos con-
tigo, y vas más lejos que las fieras en el camino de la irracionalidad.
¿Te llamaré entonces demonio? Pero el demonio no es esclavo de la tiranía
del vientre ni se deja llevar del amor al dinero. Si, pues, tienes más defectos que
las fieras y que el mismo demonio, ¿cómo, dime, te llamaremos hombre? Y, si no
se te puede llamar hombre, ¿cómo te daremos el nombre de cristiano?
3º Mirémonos en el espejo de la vida de los Santos.
Y lo más grave es que, hallándonos en tal estado, no pensamos en la deformi-
dad de nuestra alma, ni caemos en la cuenta de su horrible aspecto.
Cuando te sientas en una peluquería a cortarte el pelo, al punto tomas en la
mano un espejo y miras y remiras cómo te queda el corte y preguntas a los pre-
sentes y al mismo peluquero cómo ha compuesto el copete de la frente. Y, aun
siendo ya un viejo, muchas veces no te avergüenzas de chiflarte por las fantasías
de la gente moza.
Pero que nuestra alma esté deforme, y hasta que haya tomado forma de fiera,
de aquellas Escila y Quimera de que nos hablan las fábulas paganas; de eso, ni
nos damos siquiera cuenta.
VIDA ESPIRITUAL –3– Hojitas de Fe nº 531
Y, sin embargo, también aquí tenemos un espejo espiritual, mucho mejor y
más provechoso que el otro material. Este espejo no sólo nos pone delante nuestra
deformidad, sino que, si queremos, nos la transforma en belleza incomparable.
Tal es la memoria de los hombres santos, las historias de su bienaventurada vida,
la lección de las Escrituras, las leyes que por Dios nos han sido dadas.
Si una vez te decides a mirarte en las imágenes de aquellos santos, no sólo
verás la deformidad de tu propia alma, sino que, visto que lo veas, de nada más
necesitarás para librarte de esa fealdad. ¡Tan provechoso es para nosotros ese
espejo, y con tal facilidad realiza la transformación!
4º Domemos la fiera de nuestra propia naturaleza.
Que nadie, por tanto, permanezca en la forma de animal. Porque, si un esclavo
no tiene derecho a entrar en la casa del padre, ¿cómo tú, si te conviertes en fiera,
podrás pisar los umbrales del cielo? ¡Y qué digo fiera! Tú eres más fiero que cual-
quier fiera.
Estas, si bien por naturaleza son feroces, por arte humano llegan muchas veces
a domesticarse. Mientras que tú, que cambias su ferocidad natural en mansedum-
bre contra naturaleza, ¿qué excusa tendrás al cambiar tu mansedumbre natural en
ferocidad contra naturaleza? Lo que es naturalmente feroz, lo vuelves manso; y
tú, que naturalmente eres manso, te haces feroz.
Domesticas y amansas a un león, y tú tienes un corazón más fiero que un león.
Dos dificultades hay para domar a un león: que no tiene razón y que es el más
fiero de los animales. Sin embargo, por la superior inteligencia que Dios te ha
dotado, tú llegas a dominar su naturaleza. Ahora, pues, ¿cómo tú, que en los ani-
males sales vencedor hasta de la naturaleza, traicionas en ti mismo tu naturaleza
y tu libertad?
Si te mandara amansar a otro hombre, no creería haberte mandado nada im-
posible; sin embargo, podías alegar que no eras tú dueño de su voluntad y que
no todo dependía de ti. Ahora la fiera está en tu mano; tú eres su dueño absoluto.
5º La Sangre de Cristo mata nuestras pasiones.
¿Qué excusa, pues, tienes de no dominar tu naturaleza? ¿Qué aceptable pre-
texto puedes alegar, cuando de un león haces un hombre, y tú, que eres hombre,
consientes en convertirte en león? A este le regalas lo que es de tu naturaleza, y
para ti no guardas lo que es de tu propia naturaleza. A los animales feroces te
empeñas en levantarlos a nuestra nobleza, y a ti mismo te derribas del trono de tu
realeza y te precipitas en la locura de ellos.
Considera, si te place, que también la ira es una fiera. Toda la habilidad que
otros muestran en domar a los leones, muéstrala tú en domarte a ti mismo, y haz
mansa y pacífica a esa fiera. También ésta tiene dientes y uñas terribles, y si no la
Hojitas de Fe nº 531 –4– VIDA ESPIRITUAL
amansas, te lo destruirá todo. Ni un león ni una víbora pueden despedazar tus en-
trañas como la ira, que te las despedaza a cada momento con sus dientes de hierro.
Porque la ira no daña sólo al cuerpo, sino que destruye también la salud del alma,
devorando, destrozando, disipando toda su fuerza, y dejándola inhábil para todo.
Cuando uno tiene gusanos en las entrañas, llega a no poder ni respirar, pues tiene
su interior todo consumido. Pues ¿cómo nosotros podremos engendrar nada no-
ble, teniendo dentro tan enorme serpiente como es la ira, que nos devora también
todo nuestro interior?
Ahora, pues, ¿cómo nos libraremos de esta calamidad? Bebiendo una bebida
capaz de matar los gusanos y serpientes que llevamos dentro. ¿Y qué bebida es
ésa –me diréis– que tiene tan maravillosa virtud? Esa bebida es la preciosa Sangre
de Cristo, con tal que se beba con confianza. Ella puede acabar con todas nuestras
enfermedades. Juntémosle la diligente audición de las divinas Escrituras, y a la
audición de estas la limosna, y por todos estos medios lograremos matar las pa-
siones que destruyen nuestra alma.
6º Sólo vivimos si mortificamos nuestras pasiones.
Y sólo entonces viviremos. Ahora no es mucho mejor nuestro estado que el de
los muertos. No, no es posible que, viviendo nuestras pasiones, vivamos también
nosotros, sino que tenemos por fuerza que morir. Si nosotros no las matamos
ahora aquí, ellas nos matarán sin remedio a nosotros después. Digo mal, antes de
aquella muerte eterna, ya aquí nos harán sufrir el último suplicio.
Porque la pasión es cruel, tiránica e insaciable, y hora a hora se nos come y
no se detiene jamás. Tiene dientes de león, y aún más duros que el león. El león,
apenas se harta, deja allí el cadáver que devoraba; pero las pasiones ni se hartan
ni se apartan hasta dejar junto al diablo al hombre en quien hicieron presa.
Es tanta su violencia, que aquella servidumbre de que Pablo hacía gala res-
pecto a Cristo, hasta el punto de despreciar por su amor a la vez el cielo y el in-
fierno, esa misma imponen ellas a los que son víctimas suyas. Y es así que, quien
ha caído en el amor de la carne, del dinero o de la gloria, a trueque de satisfacer
esas pasiones, se ríe en adelante del infierno, y no se le da un comino del reino
de los cielos.
No hay, pues, por qué dejar de creer a Pablo, cuando nos dice que hasta tal
punto amaba él a Cristo. Pues, si vemos quienes hasta ese punto se hacen escla-
vos de sus pasiones, ¿qué motivo hay para que nos parezca increíble el caso de
Pablo? Justamente la causa porque es en nosotros tan débil el amor de Cristo, es
porque toda nuestra fuerza se nos gasta en esas pasiones, y somos rapaces, y
somos avaros, y somos esclavos de la vanagloria, que es la cosa más vil que se
pueda imaginar.1
© Fundación San Pío X – Casa San José
Carretera M-404, km. 4,2 – 28607 El Alamo (Madrid)
FOTOCÓPIAME – DIFÚNDEME – PÍDEME a:
[email protected]