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La identidad (el self)
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La identidad (el
self)
Margot Pujal i Llombart
P08/80500/00572
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© FUOC • P08/80500/00572 La identidad (el self)
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Índice
Introducción............................................................................................... 5
Objetivos....................................................................................................... 10
1. Identidad personal e identidad social.......................................... 13
1.1. Identidad cosificada y la perspectiva biológica .......................... 14
1.2. Identidad 'enmascarada' según el psicoanálisis .......................... 17
2. La experiencia de la identidad: ¿quién soy yo?......................... 21
2.1. Dimensión fenomenológica de la identidad .............................. 21
2.2. La agencia .................................................................................... 22
2.3. Narrativa de sí mismo ................................................................. 23
2.4. Identidad singular e identidad múltiple ..................................... 25
2.5. Diversidad cultural ...................................................................... 26
3. Identidad y categorías sociales...................................................... 28
3.1. Procesos de categorización, comparación y diferenciación
social ............................................................................................ 28
3.2. Prejuicios y discriminación ......................................................... 32
3.3. Categoría social del género ......................................................... 34
4. La presentación del yo y la gestión de impresiones.................. 39
4.1. La estructuración social de la experiencia de identidad ............. 39
4.2. Gestión de impresiones y presentación del yo ........................... 42
5. Identidad e interacción simbólica................................................ 44
5.1. Negociación del significado de la situación como fuente de
identidad ..................................................................................... 44
5.2. Construcción sociohistórica de la identidad .............................. 45
6. Anexos................................................................................................... 49
6.1. Anexo 1 ....................................................................................... 49
6.2. Anexo 2 ....................................................................................... 49
6.2.1. Del gran inquisidor al gran consumidor ....................... 49
6.3. Anexo 3 ....................................................................................... 70
6.4. Anexo 4 ....................................................................................... 71
6.4.1. La 'mirada' psicosocial 'emergente' y su aplicación al
estudio de una categoría social como por ejemplo la
juventud ......................................................................... 71
Resumen....................................................................................................... 84
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© FUOC • P08/80500/00572 La identidad (el self)
Propuestas de reflexión........................................................................... 85
Glosario........................................................................................................ 86
Bibliografía................................................................................................. 87
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© FUOC • P08/80500/00572 5 La identidad (el self)
Introducción
Presentación
El tema de la identidad es fundamental en la psicología social contemporánea. Identidad
Constituye una ocasión privilegiada para analizar cómo, los procesos sociales,
La definición de identidad que
determinan y conforman los fenómenos psicológicos. La definición de iden- ofrece la disciplina se distan-
tidad que ofrece la disciplina se distancia tanto de las utilizadas por la psicolo- cia tanto de las utilizadas por
la psicología como de las pro-
gía como de las propuestas por la sociología. Las primeras reciben el apelativo puestas por la sociología.
de individualistas; plantean que la identidad es una posesión idiosincrásica y
particular de cada persona. Habría un núcleo natural, diferenciado y propio,
caracterizando nuestras identidades. Las segundas son las denominadas "so-
ciológicas". Habitualmente prefiguran un individuo que es una especie de re-
ceptáculo lleno de normas y pautas sociales de interacción. La identidad de
la persona queda reducida a una especie de programa o protocolo que queda
conformado completamente por las estructuras sociales y que el individuo se
limita a ejecutar.
La noción psicosocial de identidad se aleja de la psicológica al recono-
cer la importancia fundamental que tiene el contexto en la creación de
nuestras identidades. Pero se distancia también de la sociológica al sos-
tener que la persona no es un autómata social, sino que detenta agen-
cia. Es decir, el individuo interpreta las situaciones sociales, tiene capa-
cidad de elección entre diferentes alternativas y genera proyectos que
en ocasiones contradicen o alteran las pautas socioculturales aprendi-
das e imperantes.
En el proceso de construcción de la identidad, la psicología social ha destacado
el papel que juegan las categorías sociales. Una de las conclusiones más im-
portantes que muestra el módulo sostiene que la categoría grupal proporciona
una identidad o posición social y, al mismo tiempo, opera como perspectiva
de lectura y percepción de la realidad social. En esta percepción siempre va
implícito un proceso de comparación social que genera un "nosotros" frente a
un "ellos". Este proceso constituiría la condición necesaria para la formación
de estereotipos y comportamientos de discriminación.
Este módulo sistematiza los contenidos y las explicaciones relacionadas con
la temática de la identidad y avanza respuestas a las preguntas fundamentales
que se desprendían del módulo anterior. Los objetivos de esta segunda unidad
pretenden: a) clarificar la diferencia que hay entre las explicaciones de la iden-
tidad de naturaleza individualista, las de naturaleza puramente social y las ex-
plicaciones psicosociales; b) enfatizar el papel que tiene el lenguaje, la cultura
y el contexto social en la definición de la identidad: c) mostrar el impacto que
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© FUOC • P08/80500/00572 6 La identidad (el self)
nociones como la de rol o estatus tienen en la comprensión de la influencia
que ejerce la estructura social en la identidad de las personas; d) analizar cómo
operan las categorías sociales en la construcción de la identidad social y; e)
clarificar cómo se generan estereotipos, comportamientos de discriminación
y efectos xenófobos.
Introducción
La noción de identidad que se propone en este módulo tiene sus condiciones
de posibilidad en dos clásicos desarrollos intelectuales en el campo de la psi-
cología social.
Nos referiremos, en primer lugar, a la crítica que muchos autores han desarro-
llado tanto contra la versión sociológica de la identidad, como contra la psico-
lógica. La primera perspectiva es rechazada porque entiende al individuo co-
mo una clase de máquina social, completamente determinada por la estructu-
ra y el aprendizaje social que realiza de la misma. Entre sus múltiples carencias
estaría la de no clarificar los procesos de innovación, creación e interpretación
nueva de lo social. Las personas aparecen como entes sobredeterminados por
los contextos sociales.
Entre las definiciones de identidad que pertenecen a la perspectiva más psi-
cologizante, las más famosas son las que ofrece el psicoanálisis y las que se
centran en el estudio de las bases biológicas del comportamiento. La noción
de identidad que emplea el psicoanálisis se apoya en la consideración de que
existe una estructura inconsciente, y las principales críticas que ha recibido
están en la línea de rechazar que exista una arquitectura psíquica, más o me-
nos invariante, que sea parecida para todos los individuos y supere cualquier
frontera, ya sea cultural o simbólica. La concepción biologicista disfruta de
gran prestigio social, ya que está considerada como la más científica. Sus mé-
todos de trabajo son los que utilizan las ciencias naturales. Esta perspectiva
tiene dos grandes problemas: uno de índole teórica; rechaza ampliamente el
hecho de que la naturaleza simbólica del lenguaje con el que interpretamos
el yo y la cultura en la que se forma confieren a la identidad un conjunto
de significados que van más allá de lo que sería un núcleo natural de defini-
ción del comportamiento de la persona, es decir, olvida el papel que juegan
los significados en nuestra representación del yo. Además, no considera que
éstos son contingentes social y culturalmente. Y el segundo, el más importan-
te, de índole ética; las teorías biológicas sobre el comportamiento pueden ins-
trumentalizarse fácilmente y conducir a propuestas de segregacionismo, dife-
rencias raciales, xenofobia y legitimizar comportamientos de discriminación y
violencia social contra las personas consideradas inferiores. Interpretar la cau-
sa de nuestro comportamiento como el resultado de una determinación natu-
ral, que proviene del sustrato biológico, puede legitimizar la marginación y la
destrucción de los considerados por los grupos de poder como amenazadores
o poco adecuados al canon biológico.
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© FUOC • P08/80500/00572 7 La identidad (el self)
Definiciones psicologizantes de identidad
Entre las definiciones de identidad que pertenecen a la perspectiva más psicologizante,
las más famosas son la que ofrece el psicoanálisis y las que se centran en el estudio de
las bases biológicas del comportamiento.
El segundo desarrollo intelectual, ya clásico en la disciplina, y que posibilita la
aparición de definiciones de identidad propias a la psicología social es la de-
nominada teoría de la categorización-identidad-comparación social de Henri
Tajfel.
Esta teoría recoge los resultados de un conjunto de trabajos revolucionarios en Otro punto de vista
su momento. La novedad residía en el nivel que proponían para localizar las
Tajfel aportó una nueva ma-
explicaciones de la psicología social. Tajfel rechazó los puntos de vista habi- nera de entender los procesos
tuales de la disciplina que ubicaban las explicaciones de los procesos psicoso- psicosociales. Éstos dejaron de
localizarse en el individuo y pa-
ciales en el individuo. Por ejemplo, criticó las formulaciones del prejuicio que saron a depender de propie-
dades estructurales de la socie-
veían en éste una expresión de un malestar personal o una inadaptación indi- dad.
vidual. Para el autor, los prejuicios expresan propiedades estructurales de una
sociedad, que sirven para crear categorías en virtud de las cuales las personas
clasifican y evalúan la realidad social de su entorno inmediato. La conducta
individual opera respondiendo a ciertas líneas que sólo están determinadas de
manera indirecta por la psicología del individuo. Tajfel afirma que no puede
haber psicología social individual microscópica sin especificar el marco social
y cultural en el que ocurre.
De forma abreviada, la línea argumental de las propuestas de Tajfel sería la
siguiente:
a) Las personas utilizan categorías para ordenar, simplificar y comprender la
realidad social. El material con que se elaboran estas categorías está determi-
nado por procesos sociales a gran escala. En el uso de tales categorías las pro-
pias personas se adscriben a sí mismas y adscriben a los demás en ciertos gru-
pos particulares que guardan relación con el sexo, la raza, la clase social, etc.
Dos de estas categorías son fundamentales: "el nosotros" (hace referencia a los
integrantes de mi grupo) y "el ellos" (hace referencia a los integrantes de otros
grupos).
b) El sentido de identidad social está determinado por su pertenencia a dife-
rentes grupos. La identidad constituye la parte de autoconcepto que está re-
lacionada con el conocimiento que tenemos de pertenecer a ciertos grupos
sociales y a la significación emocional y evaluativa resultante.
c) Las personas prefieren tener un autoconcepto positivo en vez de uno nega-
tivo y, como buena parte de este autoconcepto se desarrolla mediante la per-
tenencia a diferentes grupos, es lógico que quieran pertenecer a grupos social-
mente valorados. Ya que el criterio de valor no es absoluto, sino relativo, los
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© FUOC • P08/80500/00572 8 La identidad (el self)
individuos establecen comparaciones con otros grupos. Esta idea ya había sido
planteada por la teoría de la comparación social desarrollada previamente por
Festinger (1954).
d) El resultado de las comparaciones es crucial; da lugar a sesgos que permiten
diferenciar de forma favorable al endogrupo de los exogrupos. El uso de la dis-
criminación de los exogrupos contribuye a la construcción de una identidad
social positiva y con ello los sujetos incrementan su autoestima.
e) Pero ¿qué ocurre si la comparación con el exogrupo resulta negativa, esto
es, cuando los miembros del grupo constatan su inferioridad en relación con
algún aspecto? En este caso, los grupos desfavorecidos hacen uso de un con-
junto de estrategias (movilidad, creatividad y movilización social) para mejo-
rar su identidad.
Los resultados de los trabajos de H. Tajfel, es decir, el hecho de que se
genera una percepción dicotómica de grupos y que existe un prejuicio
perceptivo y comportamental a favor del propio grupo, son una cons-
tatación del arraigamiento social de las personas y de que no se puede
entender adecuadamente su ser y su tarea sin referir ambas cosas a las
fuerzas y marcos sociales que lo determinan históricamente. No es po-
sible, pues, pensar que los intereses del grupo social sean ajenos o ex-
trínsecos a la persona: entran a formar parte de ella, condicionando y
orientando su conocimiento, su sentir y su proceder.
Pero las propuestas de este autor ofrecen otra constatación. Muestran que la Nociones
existencia de los estereotipos es una consecuencia directa de los procesos de interrelacionadas
categorización social y que los prejuicios aparecen como corolario de esta per- Categorización, estereotipos y
cepción estereotipada de la realidad. Categorización, estereotipos y prejuicios prejuicios son tres nociones es-
trechamente relacionadas.
son tres nociones estrechamente relacionadas.
Los estereotipos son categorizaciones grupales, generalmente de carácter ne-
gativo. Para el psicoanálisis eran mecanismos de defensa, para otras orienta-
ciones reflejaban la cultura y los problemas propios de la sociedad donde apa-
recen. Para el modelo de la categorización no son más que meras categoriza-
ciones grupales que orientan la percepción de las personas, la determinan y
marcan el curso de su acción, con el que frecuentemente tienden a producir
la confirmación de lo que establecen como característico del grupo.
Para la psicología social, la categorización constituyó un primer paso para en- La categorización
tender la dimensión social que opera en la constitución de la identidad. Pero
En la psicología social la cate-
no respondía a todos los interrogantes. Aún se hacía necesario analizar cómo gorización constituyó un pri-
se estructuraba socialmente la experiencia de la identidad y qué papel jugaba mer paso para entender cómo
opera la dimensión social so-
el significado y lo simbólico en tal estructuración. Como indicamos en el mó- bre lo psicológico y, al mismo
tiempo, lo constituye.
dulo, aparecen trabajos que encuentran en la noción de rol (modelo organi-
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© FUOC • P08/80500/00572 9 La identidad (el self)
zado de comportamientos que se desprende de la posición determinada que
ocupa la persona dentro de un conjunto interaccional) y la posibilidad de su
interiorización un camino para entender cómo intervienen, la estructura so-
cial y el estatus, en la configuración de la identidad. Y muchos estudios recu-
rren a teorías como el interaccionismo simbólico, el construccionismo social
o autores como G.H. Mead, para describir la identidad como el efecto de un
juego complejo de interacciones simbólicas y de significado que se pone en
marcha cada vez que interaccionamos con los demás.
Como habréis podido observar, la psicología social no puede definir la
identidad al margen de elementos como el contexto social, el marco
histórico, la estructuración social concreta de una sociedad determinada
y el significado o la dimensión simbólica que se genera de todo ello.
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© FUOC • P08/80500/00572 10 La identidad (el self)
Objetivos
Por medio de este tema os ofrecemos, de manera breve, las diferentes perspec-
tivas teóricas existentes para la conceptualización de la identidad individual y
social, bajo el prisma de la influencia recíproca que la sociedad y el individuo
se ejercen mutuamente, y valorando también las implicaciones ideológicas de
las diferentes alternativas.
Así, pues, los objetivos básicos del módulo didáctico son:
1. Reconocer la diferencia entre una explicación de la identidad de natura-
leza individualista, una social y una psicosocial.
2. Tomar conciencia de la importancia del lenguaje y la narración de uno
mismo, así como de la cultura y el contexto social para la construcción
de la identidad.
3. Entender los efectos xenófobos que se desprenden de la teoría biologicista.
4. Establecer las diferencias conceptuales entre las explicaciones más indivi-
dualistas de la identidad (la biologicista y la psicoanalítica).
5. Analizar las implicaciones del uso de categorías sociales para la construc-
ción de la identidad social y para la formación de estereotipos y de com-
portamientos de discriminación hacia los individuos que pertenecen a
categorías diferentes.
6. Extrapolar el funcionamiento de las categorías sociales en la temática es-
pecífica del género sexual.
7. Reconocer la importancia de las concepciones de rol y estatus para enten-
der la influencia que la estructura social ejerce en la configuración de la
identidad de las personas.
8. Entender la idea de representación de un rol y la idea de gestión de im-
presiones dirigidas a los demás.
9. Conceptualizar la identidad como el producto que surge de la interacción
simbólica.
10. Tomar conciencia de la dimensión sociohistórica de las identidades.
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© FUOC • P08/80500/00572 11 La identidad (el self)
En caso de que queráis profundizar con las lecturas recomendadas la temática
que presenta el módulo, podéis continuar con el siguiente objetivo:
•�Identificar el impacto y los usos, en nuestra sociedad, de los diferentes tipos
de explicación de la identidad expuestos, centrándose en los efectos que pre-
sentan sobre las personas en términos de poder y discriminación social.
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© FUOC • P08/80500/00572 13 La identidad (el self)
1. Identidad personal e identidad social
La separación entre la identidad personal y la identidad social es un valor social
fuertemente arraigado en la cultura de Occidente, cuya tradición�científica,
así como su�psicología, han participado de forma mayoritaria.
Sin embargo, la psicología social que planteamos aquí tiene como primera ta-
rea disolver esta falsa separación entre lo individual y lo social, para recuperar
su relación intrínseca en lo que llamamos psicosocial. Desde esta perspectiva,
se considera que, dada la gran cantidad de procesos de influencia social en
el yo que se han puesto de manifiesto, por una parte, y dada, por la otra, la
imposibilidad de conocer la identidad más allá de su intermediación lingüís-
tica, encontrar en la identidad un remanente natural, diferente de lo social, se
convierte en un propósito imposible en lo que concierne a las posibilidades y
limitaciones de los investigadores.
El lenguaje es un vehículo de transmisión de formas culturales e históricas y
actúa como tal, lo que implica que el investigador que estudia la identidad
proyecta una forma concreta de entenderla y una idea particular del yo me-
diante las palabras y expresiones que utiliza, por lo que no existe ninguna ma-
nera de estudiarla más allá de los valores sociales e ideológicos que la rodean.
Así, la identidad�social y la identidad�individual no son realidades separa-
bles, sino que se constituyen mutuamente; y lo hacen por medio del elemen-
to social, cultural e ideológico, inherente al lenguaje que utilizamos cuando
narramos cualquier aspecto relacionado con el yo. Por ejemplo, sólo hace un
par de décadas que podemos sentirnos "estresados", ya que antes no existían
ni la palabra ni el estado psicológico del estrés, por el hecho de que el ritmo
de vida no era tan acelerado como ahora y no se necesitaba una palabra para
interpretar y legitimar los efectos específicos que esta forma de vida contem-
poránea produce en las personas.
En este sentido, el self (la identidad) no resulta fijo e inmutable, con propie-
dades que pueden trascender los contextos culturales, geográficos y tempora-
les (como plantearán las perceptivas biologicistas). No puede separarse de la
sociedad y de las circunstancias donde se define, porque éstas conforman la
condición que posibilita su definición y su uso social. La idea de homosexual
sólo tiene sentido en una sociedad donde exista una clara separación entre
masculino y femenino, y un proyecto político basado en la familia nuclear,
que tiene la función de mantener estas dos instituciones sociales. Así pues, la
forma como entendemos la identidad depende directamente de la sociedad,
la historia y los grupos que han participado en su interpretación y narración.
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© FUOC • P08/80500/00572 14 La identidad (el self)
Pero antes de exponer la perspectiva más psicosocial de la identidad, debemos
referirnos a dos perspectivas ampliamente conocidas en psicología, las cuales
han tenido bastante importancia a pesar de haber participado de la separación
entre lo individual y lo social, y haberse decantado hacia lo individual.
Por una parte, se trata de la perspectiva biologicista, centrada en el estudio
de las bases biológicas del comportamiento; pretende trasladar los principios
de la evolución natural al estudio de la identidad para averiguar la dimensión
hereditaria y genética. Y por la otra, hablaremos de la perspectiva del psicoa-
nálisis, elaborada por Sigmund Freud, centrada en el estudio del inconsciente
y del impacto que las relaciones afectivas han ido dejando, a lo largo de nues-
tra infancia, en la forma como sentimos y actuamos en la edad adulta.
1.1. Identidad cosificada y la perspectiva biológica
Ciertamente, nuestro cuerpo/biología tiene una función muy importante, tan-
to en la relación con nosotros mismos como en la relación con los demás.
Se trata de una condición casi imprescindible en cualquier tipo de relación.
La presencia física o el reconocimiento de los rasgos físicos de una persona
(apariencia, voz, movimientos, etc.) tienen una incidencia directa en la rela-
ción que mantenemos con ella y la forma como la percibimos. Además, por
medio de la experiencia propia de nuestro cuerpo podemos saber que nos su-
cede algo e interpretar en qué estado nos encontramos: nerviosos, cansados,
deprimidos, etc.
Pero la experiencia del cuerpo está también estrechamente relacionada con
el desarrollo de la conciencia de éste, que es fruto del aprendizaje de la inter-
pretación de lo que sentimos en diferentes estados psicológicos. También to-
mamos conciencia del cuerpo a partir de su efectividad en las acciones y los
movimientos que llevamos a cabo. Finalmente, la forma como las otras per-
sonas reaccionan ante él y la forma como lo miran acaba constituyéndolo y
dándole forma.
Por lo tanto, debemos tener presente que cualquier vivencia y experiencia psi-
cológica asociada a la identidad halla un correlato biológico en el cuerpo (hor-
monal, bioquímico, cerebral, etc.), al mismo tiempo que tiene uno social y
uno contextual. Para darse cuenta de la importancia del organismo en la ex-
periencia y percepción que tenemos del yo, sólo hace falta que nos bebamos
unos cuantos whiskys y valoremos los cambios en la percepción del sí mismo.
Existen dos grandes teorías bastante conocidas que han estudiado las bases
biológicas del comportamiento: la de Eysenck y la sociobiología de Wilson.
Eysenck, en sus investigaciones en relación con la personalidad, se dedicó a
analizar estadísticamente la forma como se agrupan los diferentes rasgos de
personalidad. Concluyó de estos estudios que se dan dos dimensiones cen-
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© FUOC • P08/80500/00572 15 La identidad (el self)
trales que estructuran la personalidad del individuo, la del continuum extra-
versión-introversión y la de la emocionalidad a través del continuum neuro-
sis-estabilidad.
A.�Extravertido
Eres sociable, te gustan las fiestas, tienes muchos amigos, necesitas tener a gente con
quien hablar y no te gusta mucho leer o estudiar solo. Deseas vehementemente emo-
ción, aprovechas las oportunidades, a menudo te arriesgas, actúas "en caliente" y,
por lo general, eres un individuo impulsivo. Eres aficionado a las inocentadas, tienes
siempre una respuesta a punto y generalmente te gusta reír y estar alegre. Prefieres
moverte y hacer cosas, tiendes a ser agresivo y sales de quicio pronto. En general,
no guardas los sentimientos bajo un control estricto y no eres siempre una persona
de fiar.
B.�Introvertido
Eres un tipo de persona silenciosa y retraída, introspectiva, más aficionada a los libros
que a la gente; eres reservado y distante si no estás con los amigos íntimos. Tiendes
a planificar de antemano, a pensar antes de actuar, y desconfías del impulso del mo-
mento. No te gusta la emoción, tomas los asuntos de cada día con la seriedad que
hace falta y te gusta vivir ordenadamente. Guardas los sentimientos bajo un control
estricto, raramente actúas agresivamente y no sales de quicio fácilmente. Eres de fiar,
un poco pesimista y das mucho valor a las normas éticas.
Personalidad extrovertida y personalidad introvertida según H. Eysenck
El modelo de la identidad de Eysenck se considera jerárquico, en el sentido
que entiende que estas dos dimensiones son la base de la estructura general de
la personalidad, así como de su continuidad a lo largo del tiempo. Pero, ¿de
qué depende este centro álgido de la personalidad en torno al cual se estruc-
tura? Eysenck señala que la emocionalidad y la extraversión tienen una base
biológica en el nivel de arousal o de activación de la persona y en el funciona-
miento del sistema nervioso autónomo individual.
De acuerdo con él, las características de personalidad desarrolladas por cada
uno de nosotros provienen, mayoritariamente, de las disposiciones innatas
marcadas por la biología. Así, los aprendizajes que efectuamos a partir de las
experiencias y situaciones con las que nos encontramos cotidianamente se
consideran modelados por la biología.
Sin embargo, del hecho de observar un correlato fisiológico que acompaña el
comportamiento de una persona no se desprende directamente que éste sea su
causa, ya que también podríamos plantearlo al revés. Por ejemplo, podríamos
decir que es la voluntad de agredir a alguien, como respuesta a su forma de
actuar con nosotros, lo que provoca un elevado nivel de activación general,
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© FUOC • P08/80500/00572 16 La identidad (el self)
y no que es esta activación del arousal la causante del impulso violento. Así
pues, una vez disponemos de los datos que buscábamos, hay que interpretarlos
desde un modelo teórico que debemos decidir previamente.
La sociobiología, por su parte, también considera que muchos aspectos de la
personalidad dependen de condiciones innatas, pero lo plantea de forma dife-
rente. Se centra en el análisis del comportamiento social de los humanos como
si se tratara de una especie diferente que va cambiando a medida que se adapta
al medio y, por lo tanto, se centra en el estudio de la base biológica que tienen
los grupos para adaptarse�al�medio, y no en las diferencias individuales.
Pero ¿cuál es el sentido y la finalidad de estas teorías biologicistas de la perso-
nalidad? ¿La perspectiva teórica de la que parten y la metodología que utilizan
resultan apropiadas para el estudio del yo?
Desde la orientación de la psicología social que exponemos aquí, parece bas-
tante evidente que no. Por una parte, esta perspectiva no tiene en cuenta el
hecho de que la naturaleza simbólica del lenguaje con el que interpretamos
el yo y la cultura en la que éste se conforma le atribuyen un conjunto de sig-
nificados particulares que van más allá del yo natural. En este sentido, la bio-
logía del comportamiento no es la dimensión más adecuada para entender y
explicar la identidad, ya que ésta básicamente está organizada por medio de
significados que se establecen social y culturalmente, pero que son variables
y contingentes en las diferentes culturas y los diferentes grupos. Por ejemplo,
del hecho de ser seropositivo y estar infectado por el virus del sida (dato bioló-
gico) no se desprenden directamente las connotaciones de inmoralidad, irres-
ponsabilidad, etc. que nuestra sociedad atribuye a estas personas por razones
ideológicas y de control social, ni los miedos que esta interpretación genera.
Y para acabar este punto, hay que tener muy presente que la perspectiva bio-
logicista, con un gran prestigio social por ser considerada la más científica (ya
que ha hecho uso del mismo método que las ciencias naturales), ha sido tam-
bién la más utilizada por los regímenes políticos racistas y autoritarios (nazis-
mo, segregacionismo, etc.) para legitimar los comportamientos de discrimina-
ción y violencia social contra las personas consideradas inferiores.
Hay que andar con pies de plomo al estudiar las explicaciones biologicistas
de la identidad, porque las características de esta perspectiva provocan que
sea muy fácil utilizarla cuando se pretende discriminar a los grupos sin poder
buscar una cabeza de turco emisario a quien responsabilizar de los problemas.
La cosificación�de�la�identidad, es decir, el hecho de interpretar que la causa
de nuestro comportamiento es natural y se encuentra en la biología, puede
conducir a legitimar la marginación y la destrucción de aquellos cuyo com-
portamiento es considerado, por los grupos con poder, poco conveniente y
amenazador. En contraposición a este tipo de explicaciones innatistas del yo,
podemos proporcionar una explicación en términos de aprendizaje social.
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© FUOC • P08/80500/00572 17 La identidad (el self)
Masculino y femenino no son un dato de nacimiento, sino un aprendizaje cultural.
1.2. Identidad 'enmascarada' según el psicoanálisis
Sigmund Freud es el inspirador de la tradición psicoanalítica, de la que ha
derivado también una teoría de la personalidad y un método terapéutico, pero
aquí sólo nos centraremos en su vertiente de teoría dirigida a la comprensión
del yo. La corriente psicoanalítica se refiere a la noción de personalidad y no
de identidad, ya que este último concepto es bastante reciente. Pero ambos
términos hacen referencia a la forma como sentimos y actuamos, por lo que
se da un cambio de palabra y de explicación, pero no de centro de atención.
Freud, con su teoría psicoanalítica, es el primero en considerar dos cues-
tiones básicas para entender la personalidad: a) la historia individual se
centra y se configura a partir de los procesos emocionales, y b) la per-
sonalidad es producida por una disociación y una desconexión entre lo
que nos sucede y lo que pensamos, entre la motivación y la conciencia.
Para Freud, resulta central el postulado según el cual el pasado de la persona
(sobre todo las primeras relaciones afectivas) incide, de forma decisiva, en la
estructuración de su identidad actual. Así pues, la personalidad no se considera
innata, sino construida mediante las experiencias personales que hemos teni-
do a través de las interacciones sociales más significativas. Pero, según Freud, la
influencia en la edad adulta de las experiencias emocionales que hemos vivido
durante la infancia pasa desapercibida muy a menudo, ya que las personas no
son conscientes de ellas, y pueden dar�un�significado�a�lo�que�hacen,�o�a�lo
que�les�sucede,�muy�diferente�y�muy�alejado�del�que�realmente�tiene.
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© FUOC • P08/80500/00572 18 La identidad (el self)
Así pues, el psicoanálisis se propone estudiar cómo afecta a su presente el pa-
sado (la historia emocional a partir de las relaciones) de la persona, lo que
implica considerar la identidad como algo dinámico, y no como una entidad
fija ni consciente, contrariamente a lo que planteábamos en la perspectiva
biologicista.
En la teoría clásica de Freud se encuentra la idea básica según la cual la forma
como la historia va configurando la personalidad depende en gran medida
de la experiencia relacional en lo que concierne a dos pulsiones básicas, el
eros y el thánatos (la primera, referida al placer y al principio de vida, y la
otra, al dolor o al principio de muerte), que se sitúan en el centro del universo
motivacional de la persona, sea ésta consciente o no. La definición que hizo
Freud de estas pulsiones básicas es la siguiente: fuerzas internas, fuertemente
arraigadas en la biología pero que no se corresponden con la idea de instinto,
que nos conducen hacia la relación con los demás y con las cosas e ideas del
mundo externo. El origen o la fuente de la energía pulsional, en el caso del eros,
consistía en determinadas zonas erógenas. A partir de esta consideración de la
pulsión, Freud propone un modelo�de�desarrollo�psicosexual de la persona-
lidad con cuatro fases que hay que superar, con el fin de rehuir la ansiedad y
los conflictos mentales en la edad adulta; estas etapas, a excepción de la pri-
mera, se centran en las zonas erógenas: la fase latente, la fase bucal, la fase
anal y la fase fálica. La fijación o imposibilidad de superar alguna de estas fases
de desarrollo psicosexual puede tener una incidencia importante en la vida
adulta, haciendo recurrentes los sentimientos y las emociones vividas en la
infancia en relación con la fase no superada.
Así, la identidad puede configurarse por medio de una dinámica mental con-
flictiva y con estrategias de defensa psicológica (negación, sublimación, racio-
nalización, etc.) desarrolladas para combatir la ansiedad que los conflictos psi-
cológicos comportan. Por ejemplo, Adorno explicó algunos prejuicios racistas
como efectos de algún tipo de mecanismo de defensa, que actuaba para negar
experiencias que se habían tenido durante la infancia.
De todo lo que hemos dicho hasta ahora, se desprenden diferentes implica-
ciones de la teoría psicoanalítica para la noción de identidad:
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a) Gran parte de nuestra forma de ser y actuar refleja motivaciones y conflictos Lecturas
inconscientes, a lo que nuestra conciencia responde elaborando racionaliza- complementarias
ciones y explicaciones engañosas. Dado que la información
que podemos proporcionar
aquí sobre el psicoanálisis es
b) Muchos de los aspectos de la identidad se forjan en nuestra infancia con muy simplificada, propone-
mos dos obras para quienes
las experiencias emocionales que vivimos.
deseen profundizar en esta
perspectiva:
c) La identidad de una persona no corresponde necesariamente a una unidad Theodor Adorno (1965). La
personalidad autoritaria. Bue-
coherente en sí misma. Aunque el yo integre los diferentes aspectos de la per- nos Aires: Proyección.
sonalidad, éstos pueden llevarnos a actuar y sentir de forma conflictiva y, por Y la otra, que engloba la evo-
lución de teoría de Freud has-
lo tanto, se produciría un grado importante de ansiedad. ta los años ochenta:
Jorge Tizón García (1982).
Apuntes para una psicología
basada en la relación. Barcelo-
na: Hora.
E. Munch: El grito
¿Podemos considerar que esta perspectiva es más o menos adecuada que las
otras para el estudio de la identidad? Evidentemente, la valoración que reali-
cemos sobre ello no puede ser global, dado que cualquiera de las perspectivas
pone en juego diferentes formas de significar el funcionamiento del yo que
pueden ser contraargumentadas. Sin embargo, esta teoría ha aportado algunos
aspectos que se han mostrado bastante útiles para las aproximaciones actuales
al concepto de identidad.
Por una parte, se ha criticado el hecho de que la teoría de Freud puede implicar
una concepción determinista de la personalidad, en el sentido de que ésta se
considera encorsetada�por�una�serie�de�pulsiones�innatas (esta parte es la
más criticable desde la psicología social). Pero, por la otra, es sabido que, a
partir de los planteamientos clásicos de Freud, se ha elaborado un conjunto de
aproximaciones innovadoras que recogen la orientación psicoanalítica, como
es el caso de determinadas lecturas marxistas del psicoanálisis, que resultan
muy sugerentes en el sentido que reelaboran y completan concepciones en las
que el psicoanálisis había puesto un fuerte énfasis.
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© FUOC • P08/80500/00572 20 La identidad (el self)
Es el caso, por ejemplo, de la importancia y la utilidad de considerar
y redefinir la historia personal integrándola en una historia social, así
como de la reconceptualización del inconsciente para entenderlo como
el remanente colectivo que influye en el comportamiento individual,
pero del que no se tiene plena conciencia. De esta forma, el inconscien-
te se convierte en un elemento social y compartido y, por lo tanto, sus-
ceptible de elaborarse en la conciencia a partir del conocimiento de las
relaciones sociales y de dominación que, a lo largo del tiempo, se van
inscribiendo en el cuerpo y en la psicología de las personas particulares.
Y para finalizar esta breve y simplificada visión de la perspectiva psicoanalíti-
ca, sólo hay que decir que esta perspectiva, a diferencia de la biologicista, ha
sido la más marginada y desconsiderada de manera injusta dentro del mundo
académico y científico, por el hecho de que se ha valido de un método pro-
pio, el de la interpretación y la introspección, y no se ha conformado con la
metodología de las ciencias naturales, que ha sido la única reconocida cientí-
ficamente durante mucho tiempo. Por lo tanto, se trata de una teoría utilizada
de forma minoritaria y, sobre todo, considerada en su vertiente clínica y tera-
péutica, no como una teoría de la personalidad y del hecho social.
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© FUOC • P08/80500/00572 21 La identidad (el self)
2. La experiencia de la identidad: ¿quién soy yo?
2.1. Dimensión fenomenológica de la identidad
Sin embargo, a pesar de todo lo que hemos expuesto hasta ahora, la experien-
cia de la identidad no ha existido desde siempre, sino que se encuentra estre-
chamente vinculada a aquello que se denomina conciencia, a la conciencia
que�tenemos�del�mundo�que�nos�rodea�y�de�nosotros�mismos�formando
parte�de�él. Más concretamente, para experimentarnos como yo necesitamos
pensar en cómo nos sentimos, qué cosas nos suceden y cómo nos las explica-
mos, etc. En este sentido, hasta que no formulamos por medio del lenguaje a
otra persona, o a nuestro propio interior, cómo nos sentimos en un momento
determinado y por qué, no tenemos una experiencia directa de la identidad.
La conciencia (más allá de lo innato y lo inconsciente) es una condición ne-
cesaria para conocer quiénes somos.
Esto sucede, por ejemplo, cuando pensamos que estamos enfadados porque
hemos ido a comprar y no hemos cogido todo lo que nos hacía falta, o bien
si nos sentimos deprimidos porque pensamos que en el trabajo las cosas no
El Pensador de
Rodin
nos salen como las planificamos, etc.
Así pues, la�perspectiva�fenomenológica�hace�referencia�a�la�experiencia
subjetiva�que�tenemos�del�yo�mediante�la�conciencia. Pero la psicología se
centró durante mucho tiempo en el estudio exclusivo de los comportamientos,
dejando de lado los pensamientos que acompañaban estos comportamientos,
porque los consideraba demasiado complicados. Por lo tanto, esta perspectiva
fue durante mucho tiempo proscrita; sólo hace dos décadas que se ha recupe-
rado.
Conciencia del yo
Nuestra identidad, más que ninguna otra cosa, está conformada por la forma como pen-
samos: "El proceso de autoconformación de nosotros mismos depende de las creencias
que tenemos sobre cómo somos: de las historias que explicamos sobre nosotros. Explica-
mos a los demás lo que ellos esperan de nosotros, o bien otras cosas, enviándoles señales
encaminadas a acciones o estilos concretos.
Las historias pueden ser muy variadas. Si buscamos un trabajo, explicaremos nuestra
competencia y la capacidad que tenemos para trabajar, así como la gran dedicación que
hemos puesto en formarnos profesionalmente, más que en ninguna otra cosa. Pero tam-
bién nos explicamos historias a nosotros mismos. Somos nuestra historia privada, la cual
se extiende hasta donde nos es posible recordar. Y pensamos como si fuera nuestra ver-
dad, de la que otras historias sólo pueden desviarse un poco."
Extraído de: J. Glover (1988). I: The Philosopy and Psychology of Personal Identity (p. 139).
Harmondswort: Penguin.
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2.2. La agencia
La experiencia subjetiva del yo, por otra parte, está estrechamente relacionada
con la conciencia�de�agencia –de pensar que como persona particular tengo el
poder de producir efectos en mí y en los demás, como por ejemplo, cuando me
propongo convencerme de dejar de fumar o cuando llevo a cabo el proyecto
de enamorar a alguien.
Asociado a la noción de agencia encontramos el sentimiento de que somos
seres libres que podemos escoger, y que actuamos como lo hacemos porque es
nuestra voluntad. De hecho, las leyes asumen, de forma general, que somos los
únicos responsables y los agentes de nuestras acciones, y eso coincide proba-
blemente con lo que muchas personas piensan de ellas mismas y de los demás.
Ciertamente, aparte de las necesidades primarias (comer, dormir y beber) y las
limitaciones del dinero, resulta fácil pensar que el resto de nuestras acciones
las realizamos porque queremos.
La conciencia�de�sí�mismo, junto con el sentimiento de agencia o la capaci-
dad de escoger entre diferentes alternativas, son características consideradas
intrínsecas a la condición de persona, y pueden hacernos suponer que, efecti-
vamente, podemos crear nuestro self y jugar un papel importante en la cons-
trucción de nuestra identidad. Ésta es una capacidad que se nos atribuye muy
a menudo; proviene de la ideología liberal y se justifica a partir de la observa-
ción de la toma de decisiones en la vida cotidiana sobre los estudios, el trabajo,
la elección de amigos y de pareja, el lugar donde vivimos, los programas de
TV que vemos, los diarios que leemos, la ropa que llevamos, etc.
La agencia
Las decisiones que tomamos van conformando el tipo de persona que somos: "Los grados
en los que conformamos nuestras vidas son diferentes. Si controlamos nuestras acciones
a partir de determinados proyectos que hemos llevado a cabo nos convertimos en perso-
nas activas y no pasivas. Podemos darnos cuenta de las influencias que tienen lugar en
nosotros a partir del tipo de vida que llevamos. Pero, en otras ocasiones, tenemos más
conciencia de nosotros mismos, y eso empieza ya a cambiarnos. Hacemos proyectos so-
bre el tipo de persona que queremos ser. Alguien puede querer ser más valiente, más to-
lerante, más independiente o más perezoso. Así, el hecho de conformar nuestras propias
características implica un proceso de autoconstrucción."
Extraído de: J. Glover (1988). I: The Philosopy and Psychology of Personal Identity (p. 131).
Harmondswort: Penguin.
Sin embargo, nuestras posibilidades de escoger se encuentran bastante limita-
das, en términos objetivos y también subjetivos, por las condiciones sociales
en las que vivimos y en las que hemos vivido a lo largo de nuestra historia
(tipo de educación, cultura, familia, clase social, etc.). Hasta que no hayamos
tomado conciencia de estas limitaciones no podremos trascenderlas. Está cla-
ro, pues, que todas estas pseudodecisiones van influyendo y transformando el
tipo de persona en que nos hemos convertido.
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El abanico de elecciones y decisiones que tomamos y la forma como nos com-
portamos van configurando nuestro estilo individual. Pero este estilo puede
interpretarse como contingente o como la expresión de una esencia natural.
Esta última interpretación puede implicar una carga emocional importante,
que puede llevarnos a valorar cualquier crítica que se nos realice como un ata-
que al tipo de persona que somos y, por lo tanto, crear el efecto de "cerrarse
en banda".
2.3. Narrativa de sí mismo
Pero la conciencia que tenemos de nosotros depende directamente del len-
guaje, que juega un papel muy importante en la experiencia subjetiva de la
identidad. Por medio de las palabras que conocemos y que hemos aprendido,
podemos representarnos, interpretarnos y formarnos una imagen de nosotros
mismos y de los demás. Con el lenguaje, que es de naturaleza simbólica (tiene
la capacidad de ir más allá de las cosas en sí mismas), podemos referirnos con-
tinuamente a diferentes aspectos de nuestra experiencia, tanto a objetos per-
ceptibles, como la longitud de nuestra nariz o el color de nuestro gato, como
a cuestiones más abstractas, como nuestro sentido de la justicia o la felicidad
que sentimos.
Sin embargo, las palabras y los conceptos que utilizamos tienen asociadas de
forma intrínseca connotaciones y valoraciones�sociales fruto de la ideología
dominante, que pueden ser positivas o negativas, pero que difícilmente son
neutras. Palabras como joven, introvertido, ama de casa, extrovertido, seropo-
sitivo, nacionalista, basurero, político, etc., todas comportan valores sociales
implícitos. Estos valores conducen a favorecer unas identidades, como joven,
por ejemplo, en detrimento de otras que implican la valoración contraria, co-
mo la categoría de viejo. Por medio de estos valores, de los cuales en muchas
ocasiones ni siquiera somos conscientes, ya que forman parte de aprendizajes
que hemos interiorizado de forma acrítica, las ideologías, las normas sociales y
la cultura intervienen y estructuran la forma como nos percibimos a nosotros
mismos y la imagen que nos formamos, así como la forma en la que percibi-
mos los fenómenos que tienen lugar y a las personas que nos rodean.
Sobre la importancia del lenguaje
"Los colectivos que hablan diferentes lenguajes, en la práctica, viven diferentes "mundos
de realidad".
El lenguaje es de naturaleza heurística, es decir, sus formas predeterminan para nosotros
formas concretas de observación y de interpretación. El lenguaje constituye una guía de
la realidad, pero de la realidad de naturaleza social, no individual."
Extraído de: Edward�Sapir. Cultura, lenguaje y persona. Selección de ensayos publicada
por David G. Madelbaum (Berkeley: University of California Press, 1949).
Así pues, el lenguaje y el pensamiento nos llevan a actuar y reaccionar con
respecto a las cosas, no tanto por lo que éstas son, sino por cómo nosotros las
interpretamos por medio de las palabras que utilizamos. Y lo mismo sucede en
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nuestro yo, actuamos�por�la�imagen�que�narramos�sobre�el�sí�mismo�más
que�en�virtud�de�lo�que�podríamos�realmente�hacer�desde�una�perspectiva
más�objetiva.
En este mismo sentido, el lenguaje y el pensamiento tienen la capacidad de
trascender el tiempo y el espacio, ya que con el lenguaje podemos trasladarnos
años atrás, adelantarnos y sentir algo que nos gustaría que nos sucediera en
el futuro, imaginarnos a personas y lugares concretos que no están presentes
físicamente, acompañados de todas las sensaciones que nos provocan, etc. El
lenguaje nos permite vivir una realidad diferente, que no está atrapada en el
tiempo y el espacio objetivos, y que quizá nunca lo esté, pero que es igual de
importante y real para nuestra experiencia del sí mismo.
Lenguaje y configuración del yo
Fátima Mernissi (1994). Sueños en el umbral. Barcelona: Muchnik Editores S. A.
Se trata de una novela que explica las memorias de una niña en un harén: "cuando te
ves atrapada, desvalida tras los muros –decía tía Habiba–, sueñas con escapar. Y la magia
surge cuando entiendes ese sueño y haces que las fronteras se desvanezcan. Los sueños
pueden cambiar tu vida y, a la larga, el mundo (...) Puedes transformar esas imágenes en
palabras. ¡Y las palabras no cuestan nada!"
En este sentido, hay que tener presente el�poder�que�tiene�la�narración�que
realizamos�de�nosotros�mismos y de las cosas que nos rodean, ya que toda
esta realidad construida narrativamente tiene efectos concretos y modela lo
que hacemos y lo que sentimos. Pensar que somos inteligentes tiene efectos
diferentes en nuestra vida, puede llevarnos a tener éxitos por la confianza que
hemos depositado en nosotros, mientras que puede suceder lo contrario si
nos creemos incapaces. Además, no podemos librarnos del lenguaje, ya que
no podemos percibir el mundo y a los demás de forma directa más allá del
lenguaje, sino que éste mediatiza cualquier parcela de realidad.
La relación entre el concepto de self y el de identidad es una relación�de�in-
clusión. Así, nos referimos al self como al núcleo de la identidad, el centro
del yo que se hace patente mediante las enunciaciones que emitimos sobre
nosotros como, por ejemplo, cuando exclamamos "¡estoy harto de que me to-
men el pelo!".
Este sentido del self/identidad depende en gran parte del grado de desarrollo
de nuestra capacidad�de�pensar�simbólicamente, la habilidad para dirigir y
reflejar nuestras propias acciones y para pensar en el mundo que nos rodea.
Podemos hablar de autoconciencia o conciencia de sí mismo en el sentido
de que ésta se halla centrada en el yo; la definimos como la conciencia que
poseemos de ser una persona particular y diferente de las demás, y de reflejar
en la propia experiencia de ser lo que es esta persona.
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2.4. Identidad singular e identidad múltiple
Hasta aquí hemos considerado la identidad individual como una identidad
única y diferenciada, como una identidad singular conformada por un con-
junto de rasgos coherentes entre sí. Pero esta idea de la identidad no es com-
patible con el hecho de que en la vida moderna nos encontramos situaciones
muy diferentes, que requieren características variadas en una misma persona
para afrontarlas.
En este sentido, algunos autores consideran que parte de nuestra identidad
depende de las situaciones que hemos tenido que afrontar, ya que los diferen-
tes contextos exigen de nosotros diferentes manifestaciones. Las característi-
cas que debe mostrar una mujer cuando sólo se encarga de cuidar de su hijo
no son las mismas que las requeridas cuando trabaja en el campo, además de
hacerse cargo de los hijos. No se nos pide lo mismo cuando actuamos de padre
de familia que cuando estamos entre amigos viendo un partido de fútbol o
en el trabajo, haciendo de banquero; por ejemplo, la misma persona puede
actuar en un momento determinado de forma autoritaria como capataz en
una empresa, y en otro, de forma solidaria como sindicalista convencido.
También los diferentes tipos de relación que establecemos requieren que nos
mostremos disimilares. No manifestaremos las mismas actitudes y el mismo
talante si la persona con quien hablamos es nuestro jefe, padre, paciente, ve-
cino o vecina o amigo o amiga íntimos.
Podemos considerar, pues, que parte de la identidad es dependiente del
abanico de relaciones que ponemos en acción y de las diferentes situa-
ciones en las que nos hemos encontrado.
Si consideramos la experiencia de la identidad desde la perspectiva de su�desa-
rrollo�y�su�transformación, también podemos hacer referencia a una multi-
plicidad de sentidos del yo. Es el caso, por ejemplo, de pensar en el pasado
y darnos cuenta de nuestra crueldad cuando insultábamos a alguien por el
simple hecho de ser gitano, sin que esta persona nos hubiera hecho nada. Así,
creamos narrativas diferentes sobre nosotros mismos a lo largo del tiempo, por
el simple hecho de diferenciarlas, al situarlas en el pasado y en el presente.
Siendo, pues, tan compleja la experiencia y el desarrollo de la identidad a lo
largo del tiempo y de los diferentes contextos, los cuales requieren formas par-
ticulares de relación, no es sorprendente que exista un cierto grado de frag-
mentación o multiplicidad del yo.
Sin embargo, la problematización y la extrañeza que la identidad múltiple
provoca en nosotros sólo puede entenderse como producto directo de una
norma cultural, fuertemente arraigada en nuestra sociedad, que proviene del
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liberalismo y el individualismo, y�que�asocia�el�comportamiento�externo�y
explícito�de�las�personas�a�cualidades�internas�de�éstas,�que�se�consideran
naturales�y�preexistentes. La dominación de esta norma nos conduce, a me-
nudo, a no darnos cuenta de las presiones que el contexto y los demás ejercen
sobre nosotros a fin de que actuemos de una forma determinada.
También hay que decir que esta identidad múltiple, aparentemente contradic-
toria, ha sido explicada por la psicología social desde otras perspectivas, como
es el caso del interaccionismo simbólico y el socioconstruccionismo, pero las
dejaremos para el último punto del tema.
2.5. Diversidad cultural
A todo lo que hemos dicho debemos añadir el modelado que la cultura con-
creta efectúa de la identidad. La cultura es entendida aquí como el conjunto
de tradiciones, normas, símbolos y valores que conforman una sociedad y que
se mantienen mediante el aprendizaje, la interiorización y la transmisión en-
tre las personas que forman parte de ella.
Así, la identidad individual de la que hemos hablado, como entidad autóno-
ma, particular, privada y racional, también es un modelo formado por medio
de la cultura, en este caso, relativo al occidental, y no arraigado de forma uni-
versal a la naturaleza humana.
En este sentido, y a pesar de que todas las culturas tienen algún tipo de con- Lectura complementaria
cepto de self, existen grandes diferencias entre ellas en lo que concierne al sig-
Una de las obras, bastante
nificado y a la forma de entenderlo. Por ejemplo, mientras que en Occidente reciente y muy interesante,
las relaciones íntimas están fuertemente vinculadas a sentimientos privados, sobre esta temática es la si-
guiente: Peter B. Smith y Mi-
en China se considera que la elección de la pareja es algo que guarda relación chael Harris Bond (1993). So-
cial Psychology Across Cultures.
con el grupo familiar, el cual, como colectivo, es el responsable de la elección.
Analysis and perspectives. New
Esta forma de entender la vida privada de las personas depende en gran medi- York: Harvester Wheatsheaf.
da del hecho de pensar que somos autónomos, o de considerar que la persona
sólo consiste en una parte del conjunto del grupo, y por lo tanto, no puede
actuar de forma independiente.
Sin embargo, las diferencias culturales han derivado, en la mayoría de casos,
en desigualdades y prejuicios que han conducido a conflictos y discrimina-
ciones sociales graves y que han llegado, incluso, a la destrucción�del�otro –
persona diferente–, por lo que se ha podido observar una profunda ideología
xenófoba, etnocéntrica y racista, según la cual existen formas de ser que, de
manera absoluta, son consideradas mejores que otras, lo que conduce a legiti-
mar la destrucción de las identidades construidas como inferiores. El ejemplo
paradigmático de lo que decimos ha sido el nazismo, pero podemos encontrar
muchas otras muestras del mismo hecho en la vida cotidiana, en relación con
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los inmigrantes del sur, por ejemplo. Expondremos el funcionamiento de este
tipo de creencias y comportamientos en el punto de este tema que hace refe-
rencia a la relación entre la identidad y las categorías sociales.
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3. Identidad y categorías sociales
3.1. Procesos de categorización, comparación y diferenciación
social
Hemos empezado este tema haciendo referencia a un doble sentimiento de
identidad, que va desde la identificación con otras personas (lo que implica
tener una identidad social o compartida) hasta el hecho de considerarnos úni-
cos (que implica poseer una identidad personal). Las teorías de la identidad
que hemos expuesto hasta ahora (al menos, la biologicista y la psicoanalítica)
están, sobre todo, centradas en la vertiente personal de la identidad. Pero, a
partir de este momento, introduciremos la vertiente más social, que concluirá,
en el último punto, con la interacción de ambas vertientes en una sola, a la
que llamaremos perspectiva�psicosocial, que pretende rehuir tanto el reduc-
cionismo psicológico, como el sociológico.
Ciertamente, a la pregunta "quién soy yo" podemos responder utilizando ca-
tegorías grupales, además o en lugar de los atributos individuales. Por ejem-
plo, podemos decir "soy una mujer, inmigrante, senegalesa, de clase baja, de
pueblo y peluquera". Cada una de estas categorías señala los grupos sociales
de pertenencia y la posición o el estrato social que ocupa cada una de estas
categorías en nuestra sociedad.
Pero también hace referencia a un sentimiento y una experiencia concretos y
particulares del yo, en el sentido de que otra persona en las mismas circuns-
tancias objetivas podría utilizar otro tipo de categorías grupales para definirse,
como por ejemplo, "soy madre, divorciada, joven, conservadora y creyente".
También es cierto que estas categorías no son sólo un nombre sin ningún tipo
de implicación, sino que cada una implica un conjunto específico de roles,
atributos, representaciones y percepciones sociales que igualan a la persona al
resto de los integrantes de la categoría, ignorando su idiosincrasia personal.
Aparte de eso, la representación que tenemos de una determinada categoría
depende de la ideología que defendemos. Utilizamos aquí la ideología para
hacer referencia a las explicaciones que la sociedad proporciona del compor-
tamiento grupal o categorial. Por ejemplo, desde la ideología, dominante se
puede considerar que las mujeres no deben ejercer determinados trabajos por
el hecho de que su biología las limita. Desde la ideología progresista, en cam-
bio, se considera que las diferencias atribuidas a las mujeres no son ciertas,
sino que son fruto de un proceso de representación y aprendizaje sociales.
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© FUOC • P08/80500/00572 29 La identidad (el self)
Así pues, ¿la pertenencia a los grupos es una cuestión subjetiva y no objetiva?
¿De qué depende que nos identifiquemos con un grupo y no con otro? ¿Y por
qué sucede, a veces, que los demás nos perciben por medio de unas catego-
rías determinadas que no se corresponden con las que nosotros nos sentimos
realmente identificados? Podemos considerarnos catalanes, y comportarnos
como tal, mientras que nuestros vecinos no paran de tratarnos como si fuéra-
mos andaluces ("charnegos") y, por lo tanto, diferentes de ellos, por ejemplo.
¿Cómo podemos explicar este tipo de percepciones equivocadas e identifica-
ciones desconcertantes?
Un tigre de madera
"El lanzamiento de este año se llama Eldrick Tiger Woods, tiene 19 años y aún no es
profesional. Cumple todas las condiciones de lo políticamente correcto y, además, es
afroamericano. No le gusta que digan que es negro –soy indio (1/8), negro (1/4), asiático
(1/4 chino y 1/4 tailandés) y blanco (1/8), dice. O sea, que es una injusticia hacia todas
mis herencias individualizarme como negro. No es justo". Pero figura como tal en las
estadísticas que le señalan como el primer afroamericano al jugar el Masters desde que
Jim Thorpe lo hiciera en 1988."
Tal como se ve con esta autodescripción que hace de sí mismo un afroamericano, pensar
que las categorías sociales existen de forma pura es una falacia que no se corresponde
con la realidad.
Tampoco debemos olvidar que cada sociedad presenta unas categorías dispo-
nibles según su historia; son estas categorías las que determinan las identida-
des sociales posibles. El adjetivo tránsfuga, en relación con el mundo de la po-
lítica, no existirá en una sociedad donde no haya diferentes partidos políticos;
ni cornudo, en una sociedad donde exista la poligamia, como en los harenes
árabes.
Con el fin de entender estas situaciones, haremos referencia a los procesos por
medio de los cuales las personas se identifican o se diferencian en categorías
sociales determinadas, así como a las consecuencias que implican estas iden-
tificaciones, en términos de prejuicios, en la percepción de los demás y en la
discriminación comportamental hacia estos otros.
La teoría�de�la�identidad�social�de�Tajfel nos permite entender gran parte de
estos procesos de identificación y desidentificación. Esta teoría engloba tres
procesos psicosociales: la�comparación,�la�categorización�social�y�la�iden-
tificación, que actúan conjuntamente. Los tres procesos hacen referencia a la
forma como percibimos a las otras personas y a nosotros mismos, tomando
como base de esta percepción la pertenencia de las personas a los grupos. Por
ejemplo, el hecho de ser heterosexuales puede llevarnos a establecer una dife-
renciación en otros aspectos, –que no tienen nada que ver con el comporta-
miento sexual– de aquellas personas que practican la homosexualidad, aspec-
to que no percibiríamos si existiera la categoría y la creencia de que todo el
mundo es potencialmente andrógino.
Por lo tanto, podemos considerar que no actuamos ni nos relacionamos con la
gente tanto por lo que las personas son, sino por cómo nos las representamos
o cómo las percibimos e interpretamos. Estas percepciones y representaciones
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© FUOC • P08/80500/00572 30 La identidad (el self)
de los demás se hallan fuertemente moduladas y afectadas por el sentimiento
de pertenencia de los individuos a determinados grupos. Así pues, la categoría
grupal proporciona una identidad o posición social y, al mismo tiempo, fun-
ciona como prisma de lectura y percepción de la realidad social que nos rodea.
En esta percepción del otro siempre hay implícito un proceso de compara-
ción�social, establecido a partir de un patrón o criterio que actúa de guía de la
comparación. Así pues, si miramos a alguien por el color de la piel, llegaremos
a una determinada percepción y valoración, y si lo hacemos por sus ideas po-
líticas, llegaremos a otra. No hay que decir, sin embargo, que, en términos de
relevancia social y ética, la calidad de ambas valoraciones no tiene nada que
ver. El tipo de comparación que realizamos en un primer momento depende
en gran parte del proceso de socialización, pero con el tiempo podemos inter-
venir y sustituir unos aprendizajes por otros.
Por otro lado, la comparación social es muy dependiente del proceso de cate- Lecturas recomendadas
gorización�social, que hace referencia "al conjunto de procesos psicológicos
Henri Tajfel (1981). Grupos
que conducen a ordenar el entorno en términos de categorías: grupos de per- humanos y categorías sociales.
tenencia, objetos y acontecimientos, en tanto que se consideran equivalentes Barcelona: Herder.
John C. Turner (1990). Redes-
para la acción, las intenciones o las actitudes de un individuo". cubrir el grupo social. Madrid:
Morata.
Este proceso de la categorización social comporta unos efectos específicos que
son la�acentuación�ilusoria�de�semejanza�entre�las�personas�que�forman
parte�de�una�misma�categoría, por ejemplo, la creación de semejanzas entre
"los diferentes catalanes", así como la�creación�exagerada�de�diferencias�en-
tre�personas�pertenecientes�a�categorías�diferentes, es decir, entre un hom-
bre y una mujer cualesquiera, o entre un europeo y un asiático.
Se puede considerar que la categorización tiene un valor�instrumental, en el
sentido que organiza, estructura y simplifica la información de la que dispo-
nemos del medio social; pero también tiene un valor ideológico, de control
social, en el sentido que estructura grupalmente la sociedad según los intereses
y valores de los grupos dominantes. Se puede considerar también un sistema
de orientación que construye y define el lugar particular de cada persona en
la sociedad, ya que no sólo las otras personas y los otros objetos se adscriben a
una determinada categoría social, sino que uno mismo también se encuentra
adscrito, aspecto que se halla estrechamente relacionado con el concepto de
identidad social, entendida como "la parte del autoconcepto que proviene del
conocimiento de la pertenencia a determinados grupos sociales, junto con los
significados valorativos y emocionales asociados a estas pertenencias". Las primeras
sufragistas
Así pues, la percepción/valoración que hacemos de nosotros mismos depende
del punto de comparación que establezcamos. Es decir, si la identidad social
surge del tipo de comparación intergrupal que realizamos en el contexto es-
pecífico y no existe previamente, es fácil pensar que estableceremos esta com-
paración social de manera que salgamos ganando. Escogeremos compararnos
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© FUOC • P08/80500/00572 31 La identidad (el self)
con aquellas categorías que nos permitan salir favorecidos de la comparación,
y diferenciarnos en términos de identidad social, buscando lo que Tajfel de-
nomina una distintividad�social�positiva.
Con este proceso de comparación social establecemos diferenciaciones del ti-
po "nosotros frente aellos", el endogrupo frente al exogrupo, diferenciación
que la mayoría de veces es fruto de una competencia social y de un conflicto
de intereses. Pero la consecuencia de esta división entre nosotros-ellos es el
etnocentrismo, es decir, el favoritismo hacia el propio grupo y el menospre-
cio, la discriminación y, eventualmente, la agresión hacia el grupo contrario.
Así pues, la función de las categorías sociales, sobre todo de aquellas que son
consideradas como naturales y no construidas socialmente (contingentes e
históricas) es la de legitimar la dominación y obstaculizar la solidaridad entre
posiciones sociales diferentes.
Parece que cuanto más se extrema la dicotomía entre las categorías en térmi-
nos de nosotros frente aellos, más se disuelve el ámbito del sentido común
en el que podrían encontrarse los diferentes grupos que se encuentran en una
sociedad para negociar la convivencia y el futuro. En momentos de conflictos
sociales agudizados se acentúa más esta discriminación, lo que conduce a con-
siderar cualquier circunstancia y fenómeno desde la perspectiva de la identi-
ficación o la oposición con el propio grupo.
Así, todo se considera según si lo dice uno de los nuestros o no:
"en la captación y definición de la realidad cotidiana ya no se mira si
algo es interesante o aburrido, bello o feo, bueno o malo, honesto o
deshonesto; el sentido de lo que sucede y de lo que se hace se empieza
a entender primordial y casi exclusivamente a la luz de su asignación a
uno de los grupos contendientes (nosotros o ellos)".
Extraído de: Ignacio Martín-Baró (1980). Acción e ideología. Psicología
social desde Centroamérica (p. 278). Buenos Aires: UCA Ediciones.
Con relación a esta percepción etnocéntrica de la realidad se da un curioso fe-
nómeno perceptivo intergrupal que Bronferbrenner (1961) llamó el efecto es-
pejo. Consiste en el hecho de que los dos grupos contrapuestos tienden a per-
cibirse con las mismas características, aunque invertidas: descubren en ellos
las mismas características positivas, y en el otro, las mismas características ne-
gativas.
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© FUOC • P08/80500/00572 32 La identidad (el self)
El planisferio también da una visión etnocéntrica de la Tierra.
Sin embargo, el prejuicio favorable hacia el propio grupo viene mediatizado
por un proceso de valoración social de éste. Así, en determinados grupos do-
minados podemos encontrar una preferencia y un favoritismo hacia el exo-
grupo dominante en lugar del prejuicio etnocéntrico, efecto que denomina-
mos prejuicio�sociocéntrico. Es el caso, por ejemplo, de un trabajador que
admira personalmente a su jefe por el hecho de que se encuentra en un estatus
más alto y tiene socialmente más consideración y más reconocimiento, o de
las mujeres que han adoptado roles masculinos por el hecho de que se valoran
más positivamente que los femeninos.
3.2. Prejuicios y discriminación
Seamos conscientes o no, y en tanto que actores sociales, en nuestra vida co-
tidiana interpretamos las interacciones y situaciones sociales utilizando cate-
gorías sociales. Éstas nos permiten prever las acciones de los demás y, al mis-
mo tiempo, avanzarnos y ajustarnos a ellas, pero este proceso muchas veces
es independiente de las acciones que el otro lleva a cabo de forma efectiva.
Sin embargo, no�todas�las�categorías�sociales�funcionan�de�la�misma�mane-
ra,�algunas�son�más�utilizadas�y�más�visibles�socialmente�que�otras, sobre
todo aquellas que hacen referencia a los grupos minoritarios o sin poder: ho-
mosexual, mujer, negro, inmigrante, niño, etc., a diferencia de blanco, hom-
bre, burgués, heterosexual, autóctono, adulto.
Esta incidencia que tienen las categorías en las interacciones sociales ha lleva-
do a la psicología social a plantearse el tema del prejuicio.
El prejuicio se entiende como una actitud generalmente negativa hacia
determinadas personas, que está originada por el hecho de que perte-
necen a determinadas categorías sociales y no por sus características o
actuaciones individuales.
Con relación a la noción de prejuicio encontramos el concepto de estereotipo.
Podríamos decir que el estereotipo está formado por el conjunto de creencias
sociales que se asocian a una categoría grupal, que provocan los prejuicios y
los justifican. Así pues, la acción de estereotipar constituye un proceso de per-
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© FUOC • P08/80500/00572 33 La identidad (el self)
cepción, significación y representación de las otras personas y de la realidad
que funciona de forma bastante rígida y a la que se orienta este proceso, o
bien, un proceso que cumple la función de mantener los valores sociales do-
minantes, que emerge de la existencia de determinadas relaciones de poder y
desigualdades sociales y que las mantiene.
En definitiva, la existencia de los estereotipos puede considerarse como la
consecuencia directa de los procesos de categorización�social, al mismo tiem-
po que los prejuicios aparecen como la consecuencia de esta percepción este-
reotipada de la realidad. Así, pues, los tres procesos están estrechamente rela-
cionados.
Por otro lado, la percepción de las personas que recibimos por medio del es-
tereotipo funciona de tal manera que no resulta nada fácil destruir estas re-
presentaciones que distorsionan la realidad. Al contrario, se da una fuerte ten-
dencia a mantenerlas. El hecho de utilizar el estereotipo como referente de
interpretación nos conducirá a fijarnos sólo en las acciones de la persona que
sean coherentes con nuestro estereotipo y a desestimar aquellas informacio-
nes que resulten poco o nada coherentes con él. Con este proceso de análisis
selectivo, los estereotipos se autoconfirman continuamente, son persistentes
y, por lo tanto, difíciles de cambiar, aunque tengamos ante nosotros informa-
ciones objetivas y contradictorias que podrían desdecirlos.
Esta percepción por medio de los estereotipos también puede hacer que vea-
mos directamente aquello�que�no�es, a través de un proceso de proyección
social que depende de nuestras expectativas, de lo que esperábamos encontrar.
Además de sesgar la percepción y filtrar la información que debemos gestionar,
los estereotipos también inciden sobre el comportamiento, dirigen las accio-
nes que emprendemos para con las personas que son objeto de estereotipo y
prejuicio y provocan que éste sea discriminatorio y las perjudique.
La discriminación hace referencia al comportamiento, a las acciones especí-
ficas dirigidas a las personas afectadas por los prejuicios, y tienen un doble
objetivo: favorecer a los miembros de la propia categoría y, al mismo tiempo,
perjudicar a los miembros de otras categorías.
Este trato discriminatorio hacia los demás puede tener un grave impacto, de
manera que puede afectar directamente a la identidad y a la psicología de las
personas que forman parte de los grupos discriminados, que están compuestos
sobre todo por minorías o grupos sin poder. Una de las consecuencias de ello
es la baja�autoestima�o�la�percepción�negativa�de�uno�mismo, así como un
fuerte sentimiento de inferioridad. Estos efectos pueden conducir a maltratar-
se o a dejarse pisar y a presentar actitudes de sumisión. Otra consecuencia en lo
que concierne a la actitud es la predisposición�al�fracaso de los miembros de
estos grupos o categorías, que conduce fácilmente al fracaso real, a causa de la
poca confianza que se tiene en uno mismo. Ya para acabar, un último efecto es
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el conocido como efecto�Pigmalión, según el cual el comportamiento nega-
tivo hacia alguien, a causa de unas características específicas que no tiene pero
que le atribuimos, puede crear en la otra persona lo que esperábamos encon-
trar, puede generar el comportamiento que sostenía nuestra discriminación.
El hecho de que se considere que las mujeres poseen menos control emocional
puede ser el efecto de las condiciones en las que han sido obligadas a vivir
(como personas que se ocupan de los demás) más que de algún elemento in-
herente a su naturaleza.
Para concluir, sólo hay que recordar que los estereotipos, en tanto que pro-
ductos ideológicos, orientan la percepción y la acción de los grupos sociales
en su interacción con las otras personas y categorías, lo que puede llevarlos
a una desatención selectiva sistemática y a potenciar la continua ignorancia
de aquellos aspectos de la realidad social que determinan la producción de las
características estereotipadas.
3.3. Categoría social del género
Plantearemos el funcionamiento de esta categoría grupal como ejemplo para-
digmático de todo lo que acabamos de explicar.
Ciertamente, la identidad sexual es percibida como una evidencia por la ma-
yoría de nosotros, se experimenta como una de las dimensiones más natura-
les, sólidas e incuestionables de nuestro yo. Así, aunque nos cueste, podemos
dejar de pertenecer al grupo de los fumadores si nos lo proponemos, pero di-
fícilmente podemos dejar de ser mujer, aunque se da la posibilidad del tran-
sexualismo, pero es una opción muy costosa en muchos aspectos y, además,
implica un cambio de aspecto fisiológico pero no un cambio psicológico.
Pero ¿está claro qué es y qué significa ser hombre o ser mujer? ¿Se trata de
una diferenciación de orden genético y biológico que tiene consecuencias en
el orden psicológico? ¿O bien la masculinidad y la feminidad son sólo dos
construcciones sociales, culturales e ideológicas que tienen poco que ver con
la biología? En la literatura psicológica se hace referencia a la noción de sexo
cuando se considera que esta identidad asienta su base en la biología, y se uti-
liza el concepto de género cuando se parte de una explicación cultural y social
de la identidad. Desde la psicología social que desarrollamos aquí, se conside-
ra que la identidad sexual es, ante todo, una cuestión cultural e ideológica,
vinculada al control social y a la reproducción del orden social instituido.
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Sin embargo, como consecuencia de los prejuicios que los estereotipos sexua-
les producen en la gente (prejuicios de los que los científicos y científicas tam-
poco escapan), la psicología ha ignorado tradicionalmente esta cuestión, de la
misma manera que lo ha hecho con otras categorías sociales o construcciones
estereotipadas de colectivos, lo que le ha llevado, muchas veces, a producir un
conocimiento sexista, haciendo de la parte el todo, es decir, centrándose en
la psicología masculina e ignorando el resto. Así, este sexismo que ha carac-
terizado el conocimiento científico en general y el psicológico en particular
se ha enmascarado en psicología por medio de la construcción de�un�único
modelo�de�normalidad�psicológica que teóricamente se considera universal,
pero que, en la práctica, se encuentra muy próximo a lo que socialmente se
asocia al mundo masculino y a las condiciones de vida de los hombres.
Por otra parte, la psicología también ha formulado algunas teorías de la iden-
tidad sexual más tendentes a reproducir y justificar la dicotomía sexual, que a
entender sus condiciones históricas de producción y las posibilidades de cam-
bio social, con el fin de transformar la desigualdad y la situación de domina-
ción en la que se encuentran la mayoría de las mujeres.
Así, se han intentado demostrar diferencias de inteligencia y de temperamen-
to entre los sexos por medio de constructos anatomicofisiológicos que han
tenido el efecto de mantener a la mujer sumisa con respecto al hombre. Es-
tas diferencias, al mismo tiempo, han servido como argumento hasta no hace
mucho, hasta los años sesenta, para pedir una educación radicalmente dife-
rente para hombres y mujeres. Así, la desigualdad entre los sexos se interpre-
taba como diferencias de personalidad, en la manera de ser entre el hombre y
la mujer, y se defendía su complementariedad, lo que resultaba bastante útil
para mantener el modelo clásico y jerárquico de familia.
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© FUOC • P08/80500/00572 36 La identidad (el self)
La tradición de estudios en psicología diferencial, dedicada a estudiar las di- Lecturas recomendadas
ferencias entre las mujeres y los hombres, comenzó a encontrarse con graves
A partir de la década de los
problemas en las décadas de los años sesenta y setenta a partir, entre otras ochenta, se ha producido
razones, de la emergencia de los movimientos de protesta sociales feministas. bastante bibliografía sobre la
identidad sexual desde una
Éstos pusieron de manifiesto que el discurso de la diferencia entre los sexos no perspectiva crítica, sobre to-
do en América del Norte e In-
era un discurso sobre la diversidad, sino sobre la discriminación sexual, reali-
glaterra. Os damos aquí dos
zado desde el poder para mantener una situación de dominación de la mujer referencias que han sido tra-
ducidas:
y que, por lo tanto, niega la alteridad real de ésta y subordina su desarrollo y
James S. Amelang y Mary
su proyecto de vida al desarrollo y al proyecto de vida del hombre. Nash (Ed.). (1990). Historia y
género. Las mujeres en la Euro-
pa moderna y contemporánea.
En el ámbito académico, el cuidadoso análisis que elaboraron Maccoby�y�Jac- Valencia: Ediciones Alfons el
Magnànim.
klin (1974) sobre las diferencias sexuales hizo concluir que, a excepción de
Thomas Laqueur (1994). La
algunas habilidades verbales o relativas a la agresión, el resto de diferencias construcción del sexo. Madrid:
Cátedra, Universidad de Va-
propugnadas históricamente entre los sexos (motivación, competencia, tem- lencia, Instituto de la Mujer.
peramento, habilidades intelectuales, etc.) obedecían sólo a un conjunto�de
creencias,� estereotipos� y� representaciones� sociales que no tenían ningún
fundamento en la realidad.
Más recientemente, otros estudios han puesto de manifiesto que no existe na-
da demostrado ni demostrable en lo que concierne a la existencia de diferen-
cias naturales entre la psicología de los hombres y la de las mujeres.
De cómo el conocimiento científico ha construido una psicología diferente para los hombres y
para las mujeres...
Diferencias sexuales
A. Creencias infundadas sobre las diferencias sexuales
1.�Que las mujeres son más sociables que los hombres.
2.�Que las mujeres son más sugestionables que los hombres.
3.�Que las mujeres tienen una autoestima menor.
4.�Que las mujeres son mejores para las tareas sencillas y repetitivas, y los
hombres para las tareas que exigen procesos cognoscitivos más elevados y la
inhibición de respuestas aprendidas anteriormente.
5.�Que los hombres son más analíticos.
6.�Que las mujeres están más influidas por la herencia, y los hombres por el
ambiente.
7.�Que las mujeres no tienen motivación de éxito.
8.�Que las mujeres son de carácter auditivo y los hombres de carácter visual.
B. Diferencias sexuales suficientemente comprobadas
1.�Que las mujeres tienen más habilidad verbal que los hombres.
2.�Que los hombres destacan en habilidad visual-espacial.
3.�Que los hombres destacan en habilidad matemática.
4.�Que los hombres son más agresivos.
C.Aspectos sujetos a verificación
1.�Sensibilidad táctil.
2.�Miedo, timidez y angustia.
3.�Nivel de actividad.
4.�Tendencia a competir.
5.�Tendencia a dominar.
6.�Tendencia a someterse.
7.�Conducta maternal.
Fuente: Maccoby y Jacklin, 1974.
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Más sexismo en la ciencia...
El eterno femenino
Características Se dice
Irracionalidad, emotividad La mujer razona menos que el hombre, es me-
nos intelectual y lógica, pero más intuitiva que
el hombre; se deja traicionar por el corazón, es
cambiante en sus estados de ánimo y en sus
emociones.
Pasividad, conformismo, capacidad de adap- La mujer es naturalmente pasiva y se confor-
tarse, abnegación, sumisión, dedicación ma con las cosas tal como vienen dadas, acep-
ta los acontecimientos, tiene una gran capaci-
dad de abnegación y dedicación a los demás.
Debilidad, necesidad de apoyo La mujer es un ser débil e indefenso que se de-
ja llevar por los sentimientos; no sabe afrontar
las situaciones de responsabilidad; necesidad
de centrar su vida en el otro.
Infantilismo, superficialidad Aunque no se diga expresamente (como se hi-
zo desde Aristóteles a Moebius), la mujer es
considerada, de hecho, como un ser interme-
dio entre el hombre y el niño, al que no pue-
den confiarse grandes responsabilidades; su-
perficial en su manera de ser, no se puede res-
ponsabilizar de las cosas importantes.
Coquetería Le gusta gustar, ser atrayente, coquetear, por
eso vive atrapada en un mundo de cosméti-
cos, modas y peinados.
Las creencias tradicionales en lo que concierne a la mujer, que todavía hoy se
mantienen en parte y que distorsionan evidentemente su realidad, no homo-
génea, son los tres mitos siguientes: la mujer como esposa amante, como ma-
dre altruista y buena por naturaleza y el eterno femenino, que hace referencia
a su dimensión más sensual y misteriosa.
La larga historia que ha tenido este pensamiento sexista ha dejado muchas
secuelas en las mentalidades actuales, aunque desde hace un par de décadas se
estén llevando a cabo importantes cambios sociales, sobre todo en términos
jurídicos (las leyes del divorcio y del aborto, los programas de integración la-
boral de la mujer, etc.).
Ciertamente, para una minoría de mujeres han cambiado muchos aspectos, y
podríamos decir que éstas tienen acceso a casi las mismas cosas que los hom-
bres (trabajos cualificados, carrera política, empresarial, artística, relaciones
personales no desiguales, etc.), pero tras estos cambios objetivos no hay siem-
pre, por parte del hombre o la mujer, una forma diferente de entender la di-
cotomía de género o identidad sexual, o una disolución de esta dicotomía.
Y, seguramente, este hecho se debe a que el cambio de rol sexual en el ámbi-
to público sólo ha sido llevado a cabo por algunas mujeres, pero no ha sido
recíproco en el hombre en el mundo privado. Más bien podríamos decir que,
si tradicionalmente han existido dos estilos de vida opuestos, uno muy bien
visto en detrimento del otro, ahora continúan existiendo, pero ha habido una
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minoría de mujeres que han dejado la esfera privada para dedicarse a la públi-
ca y proyectarse personalmente, y la sociedad ha sido suficientemente flexible
para permitirlo, pero en ningún caso podemos hablar de un cambio más glo-
bal o de una disolución de los estereotipos sexuales.
Por esta razón, el cambio social que han protagonizado algunas mujeres las ha
dejado, muchas veces, en una situación todavía más difícil y estresante que la
que tenían antes, sean ellas conscientes o no. Aunque trabaje, la mujer conti-
núa siendo, más que el hombre y más que las instituciones públicas, la encar-
gada de compatibilizar el trabajo con las tareas de la crianza y la educación
de los hijos. En el trabajo, algunas mujeres se ven obligadas a demostrar que
los estereotipos todavía vigentes sobre la mujer no son ciertos en su caso, lo
que las obliga a esforzarse más que si fueran hombres. Y para "amenizar" este
conjunto de tareas y responsabilidades varias, que muchas veces ellas aceptan
de forma acrítica, también se les pide que conserven su belleza, que siempre
se ha considerado como la esencia de la feminidad.
El velo
Manuel Vicent
Se las puede ver en cualquier aeropuerto, con chaqueta de marca y falda por encima
de las rodillas, piernas firmes con medias oscuras, tacón alto y un maletín en la mano.
Suelen tener cerca de 40 años. En el momento de abordar el avión están rodeadas de
otros ejecutivos o compañeros de la empresa. A ellos nadie les obliga a ser guapos.
Algunos tienen barriga, llevan los zapatos sucios y la corbata con el nudo torcido e
incluso se les permite ser un poco estúpidos, pero ellas, que son directivas o secreta-
rias, van impecables, si bien se les nota un velo de falsa dureza o de angustia debajo
del maquillaje. Probablemente hacen pesas para estar en forma, controlan su dieta
con gran sacrificio y tienen que demostrar en cada reunión de trabajo que son más
inteligentes, más rápidas, más eficientes que los hombres si quieren ser tomadas en
consideración. Estas mujeres constituyen la última conquista de la revolución feme-
nina. Nadie las compadece. Mandan en los despachos y para eso deben expresarse en
cada minuto con agresividad redoblada y un talento superior sin un solo desmayo.
Nadie cree que estos espléndidos ejemplares femeninos están siendo también sojuz-
gados. Estremece pensar a qué grado de violencia se ven sometidas las mujeres en la
mayor parte del mundo. Pienso en esas valerosas argelinas que tienen que desafiar
directamente el cuchillo de los fanáticos para respirar en libertad. Existen en otros
pueblos infinitas mujeres sin nombre, sin rostro, sin rebelión alguna, moralmente
humilladas, pero un hecho parece evidente: este siglo en el futuro será definido por la
revolución femenina que se ha cruzado como un dique en la corriente de la historia
obligándola a elevarse de nivel. Por eso, cualquier regresión moderna se ceba primero
en la mujer. Pienso en el velo de hierro que cubre el rostro de las argelinas y en el
velo de dureza que se ven obligadas a lucir las nuevas troyanas que triunfan en los
despachos del Occidente cristiano. Es la misma opresión bajo otro lápiz de labios.
El País, 23 de abril
Así pues, hay que andar con mucho cuidado cuando decimos que la situación de la
mujer actualmente está cambiando en un sentido positivo y la comparamos con la
que era su situación tradicional.
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© FUOC • P08/80500/00572 39 La identidad (el self)
4. La presentación del yo y la gestión de impresiones
4.1. La estructuración social de la experiencia de identidad
Estructura social y rol son concepciones que se relacionan estrechamente. El
concepto de rol proviene del mundo del teatro, está relacionado con el arte
dramático y tiene que ver con la idea básica de que las personas representan
diferentes�papeles,�o�roles,�en�relación�con�la�estructura�social�en�la�que
se�insertan. Así pues, podemos definir el rol como un modelo organizado de
comportamientos que se desprende de la posición determinada que ocupa la
persona dentro de un conjunto interaccional. Por ejemplo, quien ha escrito
este módulo ha tenido el rol de profesor o profesora, y quien lo lee representa
el de alumno o alumna.
Los roles, por otra parte, también pueden intervenir en la configuración�de Lecturas recomendadas
la�identidad de las personas, dada la naturaleza relacional del yo y la interio-
Conviene recordar en este
rización que podemos realizar de los roles que nos tocan. Así, alguien que se punto, referido a la drama-
dedica a cuidar enfermos (enfermero) tendrá más desarrollada la característi- turgia, tres de las obras más
significativas del mismo au-
ca de estar atento y ser sensible al estado de los demás, a diferencia de quien tor, Erving Goffman (1959).
La presentación de la persona
se dedica a hacer diagnósticos (médico), que puede haber desarrollado la ha-
en la vida cotidiana. Buenos
bilidad de la atención selectiva a determinados síntomas específicos, desesti- Aires: Amorrortu.
mando la información sobre el estado general de la persona, habilidades que (1967). Estigma. La identi-
dad deteriorada. Buenos Aires:
pueden trasladarse a ámbitos de la vida cotidiana que no tienen nada que ver Amorrortu.
con la práctica profesional. (1963) Ritual de la interacción.
Buenos Aires: Tiempo con-
temporáneo.
En relación con el concepto de rol encontramos el concepto de estatus, que se
refiere sobre todo a la valoración,�el�prestigio�o�el�significado�que la sociedad
otorga a un determinado rol. Así, los roles de médico y enfermero, además
de implicar comportamientos y actitudes diferentes, implican también una
valoración y un prestigio diferentes y desiguales.
Así pues, la experiencia de la identidad, el sentido de nuestro yo, puede ser el
resultado de la construcción de la estructura social en la que nos incluimos y de
los roles representados por los interlocutores que tenemos a nuestro alrededor,
según los diferentes contextos. Puede ser algo ajeno a uno mismo, en el sentido
que puede ser el efecto de los roles que los interlocutores tienen en relación
con nosotros, y del significado que éstos atribuyen a los contextos en los que
nos encontramos. Esta idea estructural de la identidad proviene de la tradición
teórica� de� la� dramaturgia desarrollada por Goffman, mediante la cual se
elabora una estrecha analogía entre el mundo del teatro y la dinámica de la
Jan Veermer:
vida cotidiana. El estudio del
artista
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© FUOC • P08/80500/00572 40 La identidad (el self)
Cualquier actividad que desempeñe una persona tiene algún tipo de influen-
cia en el comportamiento de aquellos que están a su alrededor; Goffman de-
nomina este tipo de interacción actuación�de�un�rol. El simple hecho de ha-
blar, por ejemplo, necesita la presencia de alguien que escuche (o que lo finja),
es decir, genera en el otro la acción de estar atento.
Durante una actuación se pueden desarrollar rutinas o pautas preestablecidas
de acción que pueden ser presentadas o representadas múltiples veces. Las ór-
denes, por ejemplo, siempre van desde el padre hacia el hijo o la hija, y difí-
cilmente encontraremos que circulen en el sentido inverso. En este sentido,
Goffman conecta�la�actuación�de�las�personas�con�la�idea�de�rol: una per-
sona que desarrolla la misma rutina ante un mismo público en diferentes oca-
siones, desarrollará probablemente una relación estandarizada con este públi-
co (Deutsch y Krauss, 1965).
En este sentido, muchas de las actuaciones que llevamos a cabo o que obser-
vamos tienen lugar en lo que E. Goffman califica de establishments. El esta-
blishment hace referencia a un lugar cerrado, con barreras para la percepción,
donde se desarrolla regularmente un tipo determinado de actividad. Implica
un escenario en el que se gestionan impresiones durante la interacción. Una
persona que está situada en una tarima de un aula y que tiene delante a un pú-
blico de estudiantes esperando que empiece la clase, difícilmente puede hacer
otra cosa que dar una clase, según los comportamientos y las actitudes que se
esperan de alguien que se dispone a dar una clase, que le impedirán quedarse
callado, por ejemplo.
Tal como señala Goffman, casi siempre debemos diferenciar dos regiones en el
establishment: el fondo o la región�invisible�para�el�público y el frenteo la re-
gión�visible�para�el�público, que puede denominarse fachada, y que podemos
considerar como símil de imagen. La primera región, la no visible, se utiliza
para preparar la actuación de una rutina (rol), y la segunda tiene la función de
ofrecer esta actuación al público. Así pues, difícilmente proporcionaremos una
serie de contenidos coherentes, en su globalidad, si damos una clase teórica
de dos horas sin haberla preparado antes, es decir, improvisando.
El público, así, sólo tiene acceso a una parte de la actuación, la que se corres-
ponde con la fachada o región visible, en la que se le pide que mantenga las
maneras y la integridad del rol. Además, en la fachada se actúa de una manera
fija para definir y dar un sentido único y comprensible a la situación.
La cara�visible�de�la�actuación o fachada está configurada por diferentes ele-
mentos, que se espera que sean congruentes entre sí:
a) la dimensión física que impone el escenario de la acción (el aula es un es-
cenario específico, con una mesa, varias sillas, una pizarra, etc.).
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b) la dimensión personal, que determina la apariencia de los actores: edad,
sexo, gestos, etc. (un profesor de universidad difícilmente tendrá menos de
veinte años, por ejemplo). Al mismo tiempo, esta dimensión personal está
configurada por:
• la apariencia o conjunto de estímulos que nos informan sobre el estatus
del actor, por ejemplo, la actitud inquisitiva en el caso de un profesor au-
toritario;
• los comportamientos que nos informan sobre el rol que la persona tiene,
que es, en nuestro ejemplo, la acción de proporcionar contenidos teóricos
de forma comprensible.
Las apariencias normales, o una buena actuación de rol, permiten al público
inferir información que no tiene de forma objetiva y dar muchas cosas por
sabidas, lo que implica el ejercicio de un cierto� control� del� actor� sobre� el
comportamiento� del� público, que es quien ocupa el rol complementario.
Así, alguien que se dispone a robar en una tienda no puede entrar mal vestido
y comportándose de forma diferente del resto de compradores si no quiere
que los demás se pongan en guardia y frustren sus planes. Actuar como los de-
más esperan que lo hagamos, aunque tengamos intenciones ocultas diferen-
tes, permite que seamos nosotros quienes controlemos la situación, y no ellos.
Así, la dimensión pública del comportamiento o fachada tiende a insti-
tucionalizarse en función de las expectativas del público y a adquirir un
significado y una estabilidad que son independientes de las tareas espe-
cíficas que los actores llevan a cabo, lo que significa que se convierte en
una representación colectiva y en un hecho en sí mismo, que puede ser
independiente de lo que sucede realmente.
Cada sujeto, al interactuar en un establishment determinado y en una situación
concreta, lleva a cabo una representación –performance–,que se halla sujeta
a un programa�prefijado –rutina– (si hay varios programas, hay que escoger
uno) y que está marcado�por�unos�roles. Por medio de este proceso, la actua-
ción de cada persona se combina con las actuaciones de las demás, con el fin de
formar un equipo y cooperar entre sí para la definición�de�la�situación (una
clase, una conversación, un examen, una consulta, etc.) y para la representa-
ción de una rutina. Sus integrantes tienden a relacionarse entre sí a través de
vínculos de dependencia recíproca (cada uno tiene que confiar en la conducta
correcta de los demás) y de familiaridad recíproca (son cómplices en el mante-
nimiento de una apariencia determinada), ya que deben compartir y guardar
secretos que podrían hacer tambalear la representación y su significado.
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Así, si se dan roles o hechos que alteran la actuación y repercuten en la auto-
imagen, en la interacción –definición de la situación– o en la estructura social
–establishment, etc.–, los actores y el público procuran salvaguardar la repre-
sentación por medio de diferentes técnicas.
Pero, si por la razón que sea la conducta propia de la región� no� visible se
convierte en visible, podemos encontrarnos con lo que se denomina una si-
tuación enojosa. Esta situación está provocada por la aparición de un compor-
tamiento inesperado, que va en contra de las expectativas y que, inequívoca-
mente, tiene la fuerza para cuestionar las asunciones que se tenían sobre la
identidad y el rol, como mínimo, de uno de los participantes en la interacción.
Es el caso, por ejemplo, de una profesora que consideramos muy buena, pero
sobre quien descubrimos que da unas clases que no son más que la copia literal
de un determinado manual.
Y, para acabar, sólo hace falta decir que se dan situaciones que están más for-
malizadas que otras (la situación de una clase, de una boda, del público de
un espectáculo, etc.), lo que hace que resulte más fácil la identificación del
proceso de rutina que hemos explicado, que en situaciones no formalizadas
explícitamente (por ejemplo, el tipo de interacción que se da en un grupo de
amigos), pero eso no significa que estas últimas situaciones no tengan la mis-
ma tendencia a funcionar de forma institucionalizada.
4.2. Gestión de impresiones y presentación del yo
Aquí nos centraremos en el estudio que realiza Goffman de las estrategias�de
presentación� del� yo, que las personas utilizan para generar e incidir sobre
las impresiones que los demás se forman de ellas. ¿Qué técnicas utiliza la gen-
te para presentarse de forma socialmente aceptable ante los demás, y en qué
condiciones las utilizan?
La presentación del yo es una estrategia�de�interacción, basada en la dialécti-
ca establecida entre dos partes de la identidad, que Mead conceptualizó como
el yo y el mí (este autor es el promotor del interaccionismo simbólico, que
presentaremos en el punto que viene a continuación).
La realidad de una situación de interacción casi�nunca�es�perceptible�en�el
mismo�momento, lo que provoca que el�individuo�deba�fiarse�de�las�apa-
riencias�o�de�las�primeras�impresiones, de las cuales se sirve para decidir cuál
será su comportamiento y el trato que dirigirá a las personas con quienes debe
relacionarse. Así, las impresiones que causamos en los demás tienen el papel
de promesas y de reclamos, ya que generan efectos en ellos. Por este motivo,
el observado tiende a manipular la impresión que produce, y se convierte en
un actuante o actor que tergiversa la realidad, en tanto que sus actos se trans-
forman en gestos para el auditorio y no son la expresión directa de lo que
realmente quiere hacer. En otras palabras, podemos decir que la actividad se
dramatiza. En este sentido, los actuantes no están preocupados por el proble-
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ma moral que representa cumplir las normas sociales por medio de las cuales
son juzgados por los demás, sino por construir la impresión convincente de
que satisfacen o cumplen las mencionadas normas. Así,�el�individuo�pone
en�juego�dos�roles�genéricos,�el�de�actuante�y�el�de�actor,�cada�uno�de�los
cuales�origina�un�self, el self de actor y el self del personaje que pone en es-
cena el actor.
Los diferentes individuos no son igualmente hábiles ni tienen los mismos re-
cursos para intervenir en la impresión que quieren que los demás se lleven
de ellos, o en la impresión que quieren que se utilice como base de la inter-
acción. Esta habilidad, en gran medida, es fruto de la capacidad o margen de
intervención que el yo tiene sobre el mí.
Tal como señaló Mead, el mí está fuertemente controlado por los demás,
es decir, constituye nuestra herencia social y cultural, adquirida con la
socialización, que ha quedado incrustada en la identidad de uno mismo.
En cambio, el yo hace referencia a la conciencia, al conocimiento de los
elementos que la situación de interacción pone en juego, y a la voluntad
específica de incidir de alguna forma concreta e idiosincrásica en esta
situación.
Así pues, sólo a través de esta conciencia y de este conocimiento podemos
intervenir y cambiar la situación tal como es, es decir, dejar de conformarnos
con ella si no nos gusta, para ejercer un cierto grado de libertad.
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5. Identidad e interacción simbólica
5.1. Negociación del significado de la situación como fuente de
identidad
El interaccionismo�simbólico inspirado por Mead es otra corriente teórica de
la psicología social, del cual se desprende una forma diferente de entender el
self o la identidad. Esta corriente presenta algunos elementos comunes con la
perspectiva dramatúrgica de E. Goffman, explicada en el punto anterior, pero
también tiene divergencias importantes.
Desde esta perspectiva, se considera que el self o la identidad no preexiste en
las interacciones sociales, sino que surge en el transcurso de éstas, se considera
que está constituido por las respuestas de los otros hacia uno mismo y por las
respuestas de uno mismo hacia sí y, al mismo tiempo, hacia los demás. En este
sentido, Cooley, a principios de siglo, plantea que a partir de la imagen y las
miradas que los demás reflejan de nosotros, como si fueran nuestro espejo,
nos configuramos una imagen de nosotros mismos. Por otra parte, nosotros
también nos convertimos en los observadores de nosotros mismos según la
imagen que los demás nos devuelven. Pero para hacerlo, debemos ser capaces
de ponernos en el lugar del otro y saber observarnos. Según Mead (un autor
también clásico de principios de siglo), a la percepción que tendremos de no-
sotros según estas miradas (que construyen el mí), responderemos efectuando
reajustes, modificaciones o cambios según lo consideremos conveniente, se-
gún los criterios que adoptamos de forma más racional (desde el mí). Se pasa,
pues, de una concepción sustancializada del self a una concepción�relacional
y�emergente de éste.
De la misma manera que el self depende de la interacción con los demás, tam- Lectura recomendada
bién depende del contexto o la situación en que tiene lugar la interacción y de
Para el concepto de identi-
la forma como los actores negocian el significado que dan al contexto. La de- dad (conformado por el yo
finición de la situación y el sentido global obtenido en la interacción se rela- y el mí), que proviene de la
orientación del interaccionis-
cionan estrechamente. De hecho, de la forma como se significa o se interpreta mo simbólico, podéis consul-
tar la obra clásica:
el contexto y la interacción, depende la emergencia de un tipo de self u otro.
George H. Mead (1982). Espí-
ritu, persona y sociedad. Barce-
De todo lo que acabamos de decir se desprende una nueva conceptualización lona: Paidós.
de la identidad/self, que es diferente de las que hemos expuesto en los puntos
anteriores. A continuación veremos de forma sintetizada cuáles son las carac-
terísticas de esta nueva conceptualización de la identidad.
• La identidad se considera un elemento situado en el contexto y depen-
diente de él y, al mismo tiempo, como múltiple, en el sentido de que surge
en el proceso particular de interacción y de significación del contexto es-
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pecífico en el que tiene lugar esta interacción. La identidad, pues, siempre
se sitúa y va cambiando según las situaciones en las que se manifiesta, por
lo que podemos afirmar que es múltiple.
• La identidad es emergente y no existe antes que las relaciones, sino que
surge en el proceso local de las interacciones sociales concretas y particu-
lares.
• La identidad es recíproca, responde en parte a las respuestas que nos dan
los demás sobre nosotros mismos. Por medio de las interacciones concretas
nos vamos definiendo de manera recíproca.
• La identidad es negociada por medio de los ajustes sucesivos que constru-
yen la intersubjetividad o significación compartida. Los demás son nues-
tro espejo, pero no nos conformamos de forma total con la imagen que
los demás nos proporcionan de nosotros mismos, sino que la ajustamos
a nuestra manera de pensarnos, que, al mismo tiempo, repercute en la in-
teracción con el otro.
• Dado que siempre venimos de unas interacciones y nos dirigimos hacia
otras, la identidad es a la vez la� causa� y� el� resultado de la interacción
social.
Y, finalmente, sólo hay que decir que tendemos a producir las acciones y los
comportamientos sociales que confirman la identidad social que queremos
construir y reflejar en los demás.
Desde esta noción de self, la comprensión de la vida social no se basa en el
conocimiento de los principios psicológicos vinculados al individuo, sino que
lo psicológico constituye el resultado del proceso continuo de negociación y
conflicto entre las personas.
Esta concepción del self imposibilita la comprensión de nuestro yo a partir
de la introspección y la reflexión descontextualizada, de manera que obliga�a
reconocer�el�rol�que�los�demás�tienen�en�la�construcción�del�yo. En lugar
de considerar a los individuos como si fueran ellos los que establecen las rela-
ciones, a partir del interaccionismo simbólico, hay que pensarlos como mani-
festaciones o productos de las relaciones.
5.2. Construcción sociohistórica de la identidad
Aparte de la dimensión relacional y emergente de la identidad que propone el
interaccionismo simbólico, las aproximaciones actuales a la noción de identi-
dad, como es el caso del socioconstruccionismo, ponen un énfasis especial en
la recuperación de la dimensión sociohistórica del self.
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En este sentido, la concepción�de�self��dominante�en�Occidente, según la
cual éste es considerado como "independiente, autosuficiente, autónomo y
separado, con un núcleo interior del que surge todo, es decir, con atributos
internos que son interpretados como los motivos del comportamiento indivi-
dual", es contextualizada y considerada a la luz del contexto histórico que lo
ha hecho surgir.
Esta concepción dominante del self que caracteriza la mentalidad occidental
resulta muy útil para la reproducción del tipo de sociedad en que vivimos. Así,
este self está estrechamente vinculado a la ideología dominante, que hace re-
ferencia a las ideas de individualidad, autonomía y libertad como valores cen-
trales. El concepto de autonomía, por ejemplo, resulta útil e imprescindible
para el ejercicio de la capacidad de elección y de libertad que, necesariamente,
debe caracterizar a un individuo que participe en una sociedad que funciona
a partir de un proceso democrático. Sin la construcción de este tipo de perso-
nas, el proceso democrático como forma de mantenimiento del orden resulta
inviable.
Así pues, los fenómenos que se consideraban de naturaleza psicológica o com-
portamental según una concepción ahistórica de la persona, y como fenóme-
nos que tienen su origen en la mente o en la misma persona, pasan a ser con-
siderados como construcciones� situadas� históricamente� y� emergentes� en
los�procesos�sociales. De esta manera, se elimina cualquier indicio de carácter
natural, necesario y universal en la concepción individualista que Occidente
tiene de la persona.
Así pues, las identidades dejan de considerarse la propiedad privada de los
individuos para pasar a ser construcciones sociales, proscritas o prescritas, de
acuerdo con los intereses políticos del orden social dominante. Por ejemplo,
la construcción del heterosexual como identidad prescrita, por el hecho de
tener un papel bastante útil en la reproducción de un determinado concepto
de familia, contrasta con la idea del homosexual o la lesbiana como identi-
dades que han sido proscritas a causa de las disfunciones y los cambios con
los que amenazan el orden social establecido. Por lo tanto, la definición y los
contenidos que se asocian a las identidades de las personas en cada momento
histórico siempre cumplen una función social e ideológica específica.
De alguna manera, podríamos decir que cada época histórica construye al in-
dividuo que más le conviene, que cualquier cambio histórico, para estabili-
zarse durante un cierto tiempo, requiere el modelado del individuo necesario
para mantenerlo y reproducirlo.
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Gergen ha realizado un recorrido por la construcción de los diferentes mode-
los de identidad que han sido creados en los últimos momentos históricos. El
self�romántico del siglo XIX, por ejemplo, atribuía a cada individuo caracte-
rísticas de profundidad personal: pasión, alma, creatividad y fuerza moral, que
iban acompañadas de un vocabulario que permitía la formación de relaciones
fuertemente comprometidas. Cuando llega la visión moderna del mundo, a
principios del siglo XX, el vocabulario romántico empieza a verse como una
desviación, al adquirir connotaciones negativas, y el self romántico acaba con-
vertido en reducto de inadaptados.
Bonaventura
Carles Aribau
por Ramon
El self�moderno, en contraposición con el romántico, atribuye a los individuos Martí i Alsina
características vinculadas a la habilidad de razonar, por medio de sus creencias,
opiniones e intenciones conscientes. La razón y la observación son, desde esta
perspectiva, los elementos centrales de la naturaleza humana. Esta visión, por
otro lado, se hace extensiva a los diferentes ámbitos: las ciencias, la forma de
gobernar, los negocios y las relaciones personales.
Así, durante mucho tiempo, la disciplina de la psicología ha cumplido, y cum-
ple todavía, la función de contribuir a la construcción de un self conveniente
para el orden social, función que cumple utilizando un conjunto de opera-
ciones�que�producen�y�regulan�las�identidades. La utilización de los tests
psicológicos, por ejemplo, es la tecnología más clara en este sentido: la seme-
janza de la persona con el modelo social de identidad dominante en nuestra
sociedad, por ejemplo, puede ser interpretada dentro de la psicología como
el hecho de tener un atributo o calidad inherente a sí mismo, que se denomi-
na inteligencia, la cual está estrechamente relacionada con el modelo de self
moderno.
Actualmente, Gergen hace referencia al nacimiento de un nuevo self, el satu- Lecturas recomendadas
rado, que surge de la crisis de los selfs romántico y moderno. Éste se asocia a
La obra de referencia en lo
la condición�posmoderna, y surge de los efectos que el avance imparable de que concierne al tema de la
las nuevas tecnologías tiene en las relaciones y de la gran variedad de víncu- identidad en la sociedad ac-
tual es la siguiente:
los que nos posibilitan estas tecnologías, las cuales han propiciado la ruptura Kenneth Gergen (1992). El yo
con las formas de vida habituales y han dado lugar a una intensificación de saturado. Barcelona: Paidós
Contextos.
los intercambios sociales y a nuevas claves de relaciones. Sin embargo, según
También hay otras dos obras
Gergen, alrededor del self saturado no se ha construido un nuevo vocabulario bastante significativas con re-
lación a la idea de la identi-
que permita nuevas comprensiones del yo, ni tampoco una identificación de dad como construcción so-
nuevos atributos, sino que el único impacto que se cuestiona es el mismo con- cial:
John Shotter (1984). Social
cepto de esencia personal. Así pues, este self saturado que resulta del proceso accountability and selfhood.
de agonía que sufre el self moderno desde hace un par de décadas no sabemos Oxford: Blackwell.
John Shotter; Kenneth Ger-
en qué acabará pero, en todo caso, el resultado final dependerá de la actuación
gen (1989). Texts of identity.
y de los proyectos de cada uno de nosotros. London: Sage.
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Y acabamos con una idea de Foucault, que fue uno de los autores que más
contribuyó a la construcción de la idea moderna de self, "lo que categoriza al
individuo, le otorga una identidad, le impone una ley de verdad que él debe
admitir y el resto debe reconocer en él; es una forma de poder que hace del
individuo un sujeto, constituye una forma de dominarlo".
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6. Anexos
6.1. Anexo 1
El País, 27.1.1995
6.2. Anexo 2
6.2.1. Del gran inquisidor al gran consumidor
Medios de comunicación, formación de consciencias y construc-
ción de identidades
1)�Éranse�una�vez�dos�finalidades�contrapuestas...
Un escrito como éste es un medio de comunicación y, por lo tanto, está des-
tinado a crear opinión. Crear opinión, para mí, nunca ha sido un hecho pa-
sivo. Si la opinión se encarna en una serie de personas, en las que sean, crea
una energía de acción, una actividad para cambiar una situación o, al menos,
forcejear para cambiarla.
Al preparar este tema, recuperé el material que había utilizado para hacer al-
gunos libros sobre comunicación e información, en los cuales dedicaba una
parte a las relaciones desiguales dentro de lo que podríamos considerar el mer-
cado de la comunicación mundial y de los movimientos transaccionales de
información.
Recuperé también el material de un simposio al que había asistido en México,
finalizada casi la década de los setenta, donde se encontraban también Matte-
lard, Schiller, Hester y teóricos chilenos que procedían del grupo de comuni-
caciones y comunicólogos de la Unidad Popular. Estos últimos habían creado
una revista interesantísima llamada Comunicación y cultura, sin duda, la revista
de más alto nivel que se ha publicado en lengua castellana sobre investigación
en comunicación.
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Este simposio estaba dedicado al tema de Información y Nuevo Orden
Internacional.Allí fue la primera vez que empecé a escuchar, de una manera sis-
temática, un lenguaje sustitutorio del tradicional, aplicado a las relaciones de
dependencia cultural, económica y política; un discurso que exploraba lo que
en el periodismo empezaban a denominarse "relaciones Norte-Sur", o "cen-
tro-periferia", poniendo de manifiesto que estas etiquetas lingüísticas implica-
ban una suavización del conflicto de fondo que podía haber en el contenido
que designaban.
Aquel simposio expresaba, para mí, la culminación de una filosofía tercermun-
dista, estilo UNESCO. La UNESCO, precisamente, había dedicado muchos es-
fuerzos para avanzar por ese camino, valorando el peso que tenían dichas re-
laciones dentro de la correlación de fuerzas internas de cada país del Tercer
Mundo.
Hace unos diez o quince años había una cierta ambición de cambio. Existían
lo que podríamos llamar dos finalidades encontradas y explícitas: la finalidad
de mantener las relaciones de desigualdad y de dominación y, por otra parte,
la finalidad de cuestionarlas.
La primera finalidad ambicionaba imponer un sentido de la historia apoyado
en la hegemonía indiscutible del capitalismo. Tal hegemonía creaba una cul-
tura de mercado y un colonialismo basado aparentemente en las reglas del
mercado. La segunda, intentaba replicar con un modelo alternativo que po-
día plantear otra solución; un modo distinto de organizar la cultura, la comu-
nicación, la adquisición de identidad y de sentido de la realidad desde otra
perspectiva.
2)�La�intolerancia�del�norte.�Una�sensación�de�oscuridad
Pese a sus esfuerzos, los países del llamado Tercer Mundo nunca llegaron a
afectar demasiado el dominio del mundo que ejercían las grandes potencias,
en todas las dimensiones.
Sin embargo, ya pudimos comprobar cómo esa filosofía de la UNESCO, al tra-
tar de equilibrar el conocimiento entre el Primero, el Segundo y el Tercer Mun-
do, no fue tolerada por sus patrocinadores. Molestaron especialmente las con-
clusiones de un informe, en las que se denunciaban las relaciones de desigual-
dad entre lo que ahora llamamos Norte-Sur, es decir entre el mundo coloniza-
dor y el mundo colonizado. Y se creó un conflicto de subvención económica
cuyo principal protagonista fue Estados Unidos, que retiró su aportación.
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Ahora, leyendo los últimos trabajos sobre la cuestión que están a mi alcance,
he observado que, cualitativamente, se tiene la sensación de estar exactamente
igual que entonces. O, peor todavía, según cómo se mida la magnitud del
problema. La situación real de las relaciones de carácter comunicacional se ha
oscurecido.
Hoy se puede apreciar que el intento de crear alternativas y de enarbolar una
visión crítica, si no desarmado del todo, al menos está un tanto desorientado
y a la deriva, aunque se mantiene en aquellos que consideran la materia del
Tercer Mundo como el centro de su investigación y de su dedicación.
En este momento podríamos describir las relaciones Norte-Sur como unas re-
laciones de dependencia. El Norte está en condiciones de imponer al Sur no
solamente un colonialismo y una sucursalización de la verdad que recibe, sino,
incluso, de imponerle un falso imaginario sobre sí mismo y una falsa conscien-
cia sobre cuáles son sus auténticas necesidades y su verdadera identificación.
3)�Del�cambio�y�sus�requisitos
Cuando se plantea la necesidad del cambio de una situación, por cuanto ésta
se revela injusta o deteriorada, una primera cuestión es: ¿hay un sujeto de
cambio?, ¿hay alguien interesado en ese cambio?
No quisiera ofender a nadie citando a Marx, pero Marx escribió algunas cosas
que aún son citables. Por ejemplo, las tesis contra Feuerbach. Allí dice que
hasta entonces los filósofos habían pensado el mundo y que de lo que se trata
es de cambiarlo. Ahora bien, cambiarlo en función de alguien que desee el
cambio, de alguien a quien eso le beneficie y, por lo tanto, pueda convertirse
en un sujeto activo para que el mundo cambie.
Es un sujeto a escala social o a escala internacional sobre el cual tendríamos
que preguntarnos. Porque, alguien interesado en que cambien estas relaciones
de dependencia –de carácter comunicacional, en el caso que nos ocupa, o de
cualquier otro carácter– debe ser consciente de encontrarse en una condición
de subalternidad que le interesa modificar. Si se le ha extirpado dicha cons-
ciencia, el sujeto de cambio nunca se movilizará ni nunca existirá como tal.
4)�De�cómo�se�forma�(nos�forman)�la�consciencia.�Las�tres�fuentes
Cómo se crea, en el sujeto interesado, la consciencia para apelar al cambio
de estas relaciones. Ante todo, tendríamos que fijarnos en cómo se crea una
consciencia individual y una consciencia social.
Lo primero que contribuye a formar una consciencia –un saber acerca de las
cosas y de sí mismo– son las tempranas informaciones recibidas a través del
medio más próximo.
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Cuando alguien nace, lo hace en un fragmento determinado de la sociedad,
en una casa concreta y en un barrio concreto. Delante de su ventana hay una
ventana concreta, una señora o un señor determinados; un paisaje y un pai-
sanaje específicos. Más o menos, se tiene la intuición de que el ser humano
ya tiene un papel atribuido dentro de las circunstancias de su nacimiento. És-
ta es una primera fuente de conocimiento de la realidad y de formación de
la consciencia. A partir de esa información la persona empieza a hacerse una
idea de qué puede esperar o qué le está pasando. Es una primera inmersión
involuntaria en los datos de la realidad.
La segunda fuente de información es la sabiduría convencional trasmitida; la
más próxima, además de la sabiduría convencional generalizada.
Se trata de lo que sabe la gente de la calle en que se vive, del medio ambiente
propio. Lo que sabe la gente de la familia, lo que saben los padres. Esta sabi-
duría convencional es muy sofisticada aunque muchas veces esté muy poco
connotada, muy poco cargada de contenidos y de información. Es el resumen
de una memoria de aprehensión de la realidad de generaciones y generaciones,
que se trasmite y pasa a ser la sabiduría convencional inmediata de cada cual.
Estas dos primeras fuentes son instrumentos casi automáticos para crear una
consciencia de quién se es, qué se necesita y qué relaciones de dependencia
se tienen con los demás.
La tercera fuente inmediata es externa, es la educación. La educación a la que
somos sometidos, a través de unos filtros que están controlados, básicamente,
por el poder.
La educación es un sistema de transmisión del patrimonio; una manera de
adquirir consciencia de lo que ha ocurrido en función de la consciencia que se
debe tener sobre lo que está ocurriendo y lo que habrá de ocurrir. La educación
debe prepararnos para tener nuestro propio saber sobre la situación en que es-
tamos y la situación en que podemos estar. Qué proyecto personal y colectivo
hemos de tener con respecto al futuro.
Los márgenes para luchar contra los códigos del poder trasmitidos por la edu-
cación son realmente muy escasos. Ha habido casos muy curiosos –que leemos
en los libros– en los cuales unos padres muy cultos, molestos por la educación
adocenada que puede trasmitir el sistema, deciden ser ellos mismos los educa-
dores de sus hijos y les trasmiten su propio saber.
Eso pasa en algunas novelas rusas del siglo XIX pero en la vida real, ahora, este
ejercicio sería imposible. En realidad somos muy dependientes de lo que la
educación quiera trasmitir a esa consciencia que forma nuestra propia identi-
dad. Y nos es muy difícil –a no ser que tengamos unos elementos de antago-
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nismo, que casi siempre suelen ser circunstanciales– forcejear con el sistema
de valores retransmitido por la educación, con los niveles de consciencia que
construye.
Por ejemplo, es evidente que el catalán, en los años cincuenta y sesenta, espe-
cialmente el de familia nacionalista catalana, cuando la educación franquista
le trasmitía una desidentificación nacional, tenía mecanismos de resistencia
crítica para que eso no alterase su consciencia de catalanidad. O un izquierdis-
ta español vencido en la guerra civil, a pesar de la versión de su historia que
le trasmitían cuando el franquismo, a través de los libros o la educación, tenía
mecanismos propios de sabiduría convencional para rechazar esa propuesta
de formación de su consciencia y podía distanciarse de ella, relativizándola.
Pero en situaciones normales la gente carece de armas para resistirse a tal pro-
puesta. El receptor de mensajes educacionales se entrega a ellos, porque le vie-
nen de unos mecanismos que son prácticamente incontestables.
5)�Los�medios,�la�gran�máquina�de�formación�de�consciencia�universal
Sobre estas tres fuentes irrumpen los contenidos trasmitidos por unas máqui-
nas de informar. Desde aquellas basadas en lo casi artesanal –el anuncio que
está en la panadería de enfrente–, hasta esa máquina universal fraguada sobre
complejos elementos, que incluye las cadenas distribuidoras de televisión y
el propio sistema de Mundo Visión: el enorme aparato que se encarga de la
transmisión de jerarquías de valores estándar, de mensajes estándar, a todo el
mundo. Esa gran maquinaria está bastante bien ensamblada con la maquinita
más artesanal y más inmediata que en estos momentos podemos tener delante
de nuestra casa.
Así, en un momento dado, actúa sobre todos nosotros –pertenezcamos al Norte
o al Sur– una gran máquina de formación de consciencia universal. Esta parte
de la idea de que ahora el mundo es un mercado único y por tanto se plantea
el juego entre un emisor único y un receptor único como referente.
Los códigos emisores uniformados, cuando llegan al receptor, son procesados,
metabolizados, por elementos de descodificación que tienden a asimilarlos.
Solamente pueden ser modificados por nuestro propio sustrato personal, so-
cial, cultural; o en el caso de sectores sociales, por su propio sustrato, patrimo-
nio, historia; por su propia sabiduría convencional.
Los mensajes adocenados, uniformados, que llegan de dicha máquina univer-
sal pueden ser mínimamente filtrados, adaptados y modificados según el pro-
pio sustrato. De ese instrumental se deriva una consciencia, un conocimiento
sobre nosotros y los demás que incluye, a la vez, patrimonio y proyecto.
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© FUOC • P08/80500/00572 54 La identidad (el self)
El patrimonio es un saber elevado que orienta hacia una acción y el proyecto
es una esperanza de realización que, a su vez, está condicionado por el patri-
monio, la consciencia, la identidad.
Los medios de comunicación y los mecanismos culturales a los que me he re-
ferido hacen una selección del saber del pasado y mantienen aquellos cono-
cimientos que les parece que nos son necesarios y nos van alimentando con
ellos; es decir, nos van socializando, en cierto sentido, y nos van dando lo que,
según ellos, nos interesa. Luego orientamos esa consciencia hacia un proyecto
personal y un proyecto social en función de un papel que muchas veces ya
está pre-atribuido.
Desde que existe la sociedad humana, todos los sistemas de formación de cons-
ciencia se han aplicado a la conservación del orden establecido. Es decir, la
función fundamental de los medios de comunicación, como sistemas estables
–sea cual sea la zona histórica que examinemos y el grado de universalidad
que, en un momento determinado, tenga esa mirada sobre una parte de la
historia–, ha tendido a la conservación del orden establecido. Son medios, en
sí mismos, conservadores, que tratan de perpetuar lo ya dado, lo ya existente.
6)�De�cómo�se�reproducen�los�sistemas,�escribas,�chamanes�y�comunidades
Los medios de comunicación han sido y son instrumentos supeditados a la
finalidad del poder; los contemplemos desde la aldea vecinal hasta la famo-
sa aldea global –que tiene de globalidad, precisamente, el ser una radiografía
exacta de la desigualdad y de la no globalidad generalizada que contiene.
Voy a citar la carta de un escriba del antiguo Egipto, dirigida a su hijo, quien
está en una escuela de escribas, recomendándole que aprenda a escribir. Al
leerla, podríamos hacer una abstracción, suponiendo que no están en el anti-
guo Egipto sino en la Barcelona de hoy en día; o no digamos ya en Santiago de
Chile o en cualquier lugar de África, Somalia, por ejemplo. Un escriba somalí
bien relacionado con las tropas de ocupación de la ONU.
Tengamos en cuenta que el escriba al que me estoy refiriendo no es un escritor,
no es un creador. El escriba era un copista; un reproductor del mensaje del
poder y de todo tipo de instituciones. Era el que estaba dotado del mecanismo
del lenguaje y eso le convertía en una gran prebenda. En medio de una pobla-
ción fundamentalmente analfabeta, el que estaba en condiciones de escribir
se transformaba en un médium extraordinario del poder.
El escriba de nuestro ejemplo reseña a su hijo las razones de por qué es im-
portante aprender a escribir. Es, de hecho, una apología del trabajo intelectual
sobre el trabajo manual y la utilizo como una prueba sintomática de cómo se
estaba forjando ya entonces la diferencia entre ambos tipos de trabajo.
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© FUOC • P08/80500/00572 55 La identidad (el self)
Dice:
"Yo he considerado que el trabajo manual es violento, entrega tu corazón a
las letras. También he contemplado al hombre que se ha liberado del trabajo
manual y de seguro que no hay nada más valioso que las letras. De la misma
manera que un hombre se zambulle en el agua, igualmente debes descender
a las profundidades de la literatura egipcia.
He visto al herrero dirigiendo su fundición y al metalúrgico ante el horno
encendido; sus dedos son como la piel del cocodrilo y huelen peor que los
huevos de pescado. Y el carpintero que trabaja o sierra la madera, ¿acaso puede
descansar más que el labriego? Sus campos son la madera, sus instrumentos
de trabajo, el cobre; al descansar por la noche sigue trabajando más que sus
brazos durante el día; de noche enciende la lámpara.
El destino del tejedor que trabaja en la habitación cerrada es peor que el de
la mujer. Sus piernas están dobladas, encogiendo el pecho, sin que pueda res-
pirar libremente. Si un solo día deja de producir la cantidad de tela que le
corresponde es golpeado como el lirio en el estanque. Sólo comprando a los
vigilantes de las puertas con sus dádivas, puede llegar a ver la luz del sol.
Te digo que el oficio del pescador es el peor de todos; hay meses que no puede
subsistir con su trabajo en el río; se mezcla con los cocodrilos y si le fallan los
bloques de papiro, debe gritar para pedir socorro; si no le dicen dónde está el
cocodrilo, el miedo ciega sus ojos.
Realmente no hay mejor ocupación que la del escriba, que es la mejor de todas,
el hombre que conoce el arte de escribir es superior a los demás por ese simple
hecho y eso no puede decirse de las otras ocupaciones de las que te he hablado.
Realmente, todo trabajador reniega de sus compañeros y, en cambio, nadie le
dice al escriba: 'ara los campos de ese hombre'. Un día que pases en la clase
es mejor para ti que una eternidad fuera de ella; los trabajos que hagas allí
perdurarán como las montañas.
Verdaderamente nuestra diosa está en el camino de Dios. Es el sostén del es-
criba, tanto en el día de su nacimiento como cuando, habiéndose convertido
en hombre, entró en la cámara del consejo. Realmente, no hay escriba que no
coma los manjares del palacio del rey."
La función del comunicador dentro de cualquier modo de producción y de
evolución social que examinemos ha estado dedicada fundamentalmente a
reproducir la ideología del poder dominante y a consagrar un determinado
sentido –utilizo "sentido" con la idea de "finalidad"– del orden establecido.
Si hacemos un examen del monopolio de la comunicación, de la capacidad
de comunicar, empezando por el que se ejercía en una sociedad esclavista,
hasta el del sistema de mercado libre que podemos tener en una sociedad de-
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mocrática; desde la brutalidad del soberano o el déspota –dueño de decidir
autocráticamente quién podía comunicar y quién no podía– hasta hoy, que
se ejerce por mecanismos más sofisticados; descubrimos que de hecho, en el
fondo, sigue habiendo una gran capacidad para controlar quién se apropia de
los códigos y qué códigos se trasmiten, por parte del poder.
En ambos casos se parte de la posición de que, en definitiva, ya hay unos
códigos convencionales que van a encontrar una gran receptividad y otros,
que a base de ser alternativos y muchas veces críticos, no van a ser asimilados
por el metabolismo social.
Dentro del esquema histórico evolutivo de la civilización, el feudalismo creó
la figura del gran chamán religioso. Siempre recuerdo una imagen de la Edad
Media, en que la campana es el toque de rebato que convoca a los fieles a
recibir el único mensaje posible, otorgado por el único transmisor de saber
posible: el gran chamán. Es el sacerdote el depositario del saber; quién tiene el
privilegio y el monopolio de trasmitirlo. Luego, en el capitalismo se practica
la reivindicación instrumental de las libertades. Sin embargo, se pasa de la
vindicación instrumental de las libertades a la instrumentalización de su uso.
Como vemos, la reproducción de las ideas dominantes y de la filosofía del
mundo permiten justificar un orden determinado. Los medios de comunica-
ción no sólo han sido consecuencia de modos de producción y organización
social sino que han tendido a perpetuarlos.
Pero así como hay una teoría científica que dice que en el hombre sobreviven
todos los cerebros que ha tenido: el cerebro del anfibio, el del reptil, el del
mono –es una simplificación, evidentemente– yo tengo la teoría de que en el
actual sistema de dominación de los medios de comunicación, continuamos
teniendo el cerebro del esclavista, el cerebro del feudalista y, evidentemente,
el cerebro al que ha dado lugar el capitalismo, más o menos modificado según
zonas organizativas, por los barnices y los estuches de la posmodernidad.
7)�Comunicar�para�el�cambio.�El�problema�de�las�altas�tecnologías
Cuando se han gestado ideas de cambio, es decir, cuando han aparecido esos
sujetos de cambio –armados de ideas para transformar las cosas, para abrirse
camino y para crear opinión; y, a partir de la opinión, la energía y la acción
requeridas– han tenido que burlar las reglas establecidas por los medios de co-
municación, recurriendo a otros alternativos; siempre en desigualdad de con-
diciones con los sistemas de comunicación establecidos.
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© FUOC • P08/80500/00572 57 La identidad (el self)
Eso era, no diremos fácil, pero al menos instrumentalmente asimilable en la
época en que los soportes del mensaje estaban muy condicionados por la ma-
nualidad o por una relación espacio-tiempo al alcance del esfuerzo físico hu-
mano. A medida que se complica la máquina de comunicar, la capacidad de
dar un mensaje alternativo al del sistema es cada vez menor.
Esto, en buen romance, significa que hubo un tiempo en el cual a un escrito
justificatorio del poder, impreso con un sistema de máquina simple, se le po-
día oponer algo parecido, hecho en una máquina más o menos clandestina;
o reproducido por copistas, como se hizo prácticamente hasta la Revolución
Francesa. Entonces, había un juego que permitía un cierto "tête a tête", una
cierta contraposición.
En el momento en que la maquinaria alcanza una sofisticación tal que los
mensajes se uniforman y llegan a través de un satélite, es muy difícil que al-
guien pueda discutir su hegemonía.
En cualquier caso, siempre, cuando se ha tenido que trasmitir una idea de
cambio movida por una sensación de injusticia y por una comprobación de la
injusticia, se ha tenido que recurrir a mensajes alternativos. En épocas de gran
sofisticación, también la sofisticación de lo alternativo tiene que pensarse o,
al menos, tiene que repensarse.
La libertad de expresión y comunicación está limitada –no es un descubri-
miento nuevo– por el poder instrumental de ejercerla y por la capacidad de
encontrar el utillaje a su servicio. Si esto ha sido una pieza clave en la lucha
de clases dentro de lo que hoy llamamos Norte, sigue siendo –y cada vez lo
será más– un elemento muy importante en la relación desigual entre el Norte
y el Sur, en la relación de dependencia informativa entre lo que hoy llamamos
Norte y lo que llamamos Sur.
8)�La�pesadilla�mediática:�un�imaginario�impuesto�desde�el�norte
El esquema al que nos hemos referido se ha aplicado a la formación de nues-
tra conciencia individual, social y nacional. Pudiéramos extenderlo ahora a
la creación de un nuevo imaginario que se llama el Norte. Tratando de dar a
dicho imaginario una cierta materialidad, aunque sigamos en el territorio de
la abstracción, el Norte sería el conjunto de naciones-estados más o menos
organizados, desarrollados, que acumulan la mayor parte de los beneficios de-
rivados del orden internacional capitalista.
Ese Norte ha construido un imaginario de sí mismo; ha construido una idea,
una consciencia de sí mismo y está dotado de todo un instrumental mediático
para conseguirlo. Al mismo tiempo, crea un imaginario, una consciencia del
Sur que no solamente utiliza para su propio provecho –para tener una idea de
qué es el Sur– sino que procura inculcarla al mismísimo Sur.
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© FUOC • P08/80500/00572 58 La identidad (el self)
Es decir, la gravedad de las relaciones del Norte y el Sur en el campo de la
comunicación radica no sólo en cómo el Norte puede clasificar la imagen del
Sur sino en cómo puede imponer al Sur la imagen de sí mismo, la consciencia
de sí mismo. Si antes al Sur se le había extirpado la conciencia, ahora, esta
imposición sería el resultado perfecto de la operación.
El Norte empieza por construir una consciencia de sustratos y un imaginario
que razona en claves de modernidad. Son claves alejadas de cualquier código
culpabilizador: el Norte es así porque se lo merece; porque a lo largo de una
extensa coyuntura histórica ha sido más listo, más inteligente, más activo; ha
incorporado antes la modernidad y por lo tanto ha conseguido un final feliz
de la hegemonía universal.
Y en ese camino, desde el período más duro de tensión histórica, ha logrado,
a través de todo un ejercicio de replanteamiento semántico, sustituir palabras
que eran no solamente un continente, sino un continente que traducía un
contenido determinado.
Si uno dice: "este país o este señor están ejerciendo colonialismo", carga la fra-
se de un contenido peyorativo. En cambio si uno habla de las relaciones cen-
tro-periferia, Norte-Sur, relaciones de dependencia internacional, nuevo orden
internacional, etc., ése es un lenguaje aséptico no agresivo. Es un lenguaje ex-
culpatorio y por lo tanto no tiene por qué alimentar ningún complejo, ni fo-
mentar ningún autoanálisis. "El Norte ha llegado a la hegemonía, no solamen-
te por su propia capacidad de adaptación y racionalización del crecimiento
material; ha llegado a eso en contra de la incapacidad material y cultural del
Sur"; ése es el eufemismo que atrapa a los que antes llamábamos países del Ter-
cer Mundo. Es decir, el Norte se merece ser el Norte y el Sur se merece ser el Sur.
Éste es un mensaje constantemente trasmitido a través de los aparatos comu-
nicacionales, de la máquina de comunicar del Norte. Además desde la insta-
lación de la posmodernidad, el Norte está en condiciones de suprimir todo lo
que habían sido las tensiones características de la modernidad y de imponer
su finalidad como la única que en estos momentos merece ser objeto de deseo.
Niega cualquier otra finalidad, cualquier otro sentido de la historia que pueda
oponerse al suyo.
9)�Los�instrumentos�mediáticos�de�dominación
El Norte parte de una potencialidad económica ascendente que corre pareja
con su potencialidad para fijar la consciencia del Sur y su imaginario. Dicha
potencialidad fija objetivos culturales de consumo dentro del propio Norte y
cuenta con instrumentos de dominación de los medios. Esa máquina universal
de informar y crear conciencia forma un sujeto adicto, subalterno y alienado
con respecto a los intereses de los países subdesarrollados, se apoya, a distintos
niveles, en diversos instrumentos.
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© FUOC • P08/80500/00572 59 La identidad (el self)
Tradicionalmente, se ha analizado hasta la saciedad el papel de las agencias
internacionales de información como instrumentos muy ligados al reparto
del mundo en zonas de influencia y al desarrollo del imperialismo. Es decir,
cualquier reparto imperialista desde el año 1870 hasta el que se pueda hacer
en el futuro –cuando haya cuatro bloques capitalistas– tendrá que ver con
zonas de influencia más o menos correspondientes al ejercicio de las agencias
internacionales.
Aunque esta visión químicamente pura y dura ha sido modificada por la pro-
pia dialéctica de la situación a lo largo de todo este siglo, las agencias inter-
nacionales, por su propia capacidad y volumen, siguen cumpliendo un papel
importante a la hora de fijar la hegemonía cuantitativa y cualitativa de la in-
formación trasmitida desde los centros de emisión de los países más poderosos
del Norte.
El poder mediático de los países del Norte se ejerce obedeciendo a una razón
de bloque; más precisamente, a una razón de hemisferio, como se pudo medir
en la guerra del Golfo. Aunque por ser una cultura informática de mercado,
cualquiera podía enviar un corresponsal al escenario de la guerra del Golfo, de
modo que estaban presentes todas las agencias, cuando llegaban al escenario
de la guerra –que se llamaba así, escenario– se encontraban con unos biombos
tapando la información, controlados por el ejército americano y sus aliados.
Si alguno lograba infiltrarse detrás de esos biombos, obtenía la información –
dentro del juego del mercado libre de noticias, insisto– y la enviaba a su propio
periódico, a su propio centro de emisión, ésta pasaba por un filtro coincidente
con un determinado sentido de la historia, que podía imponer todo el poder
cultural e ideológico del medio al cual pertenecía el corresponsal.
Es decir, incluso dentro de ese mecanismo de información internacional, al
mismo tiempo que se conserva el instinto de la hegemonía, se mantiene tam-
bién el instinto de conservación de bloque, de sector, de hemisferio, que ha
caracterizado siempre la tradición imperialista.
Un segundo nivel a considerar sería la desigualdad en los soportes de men-
sajes. Yo recuerdo que cuando la UNESCO empezó a ponerse pesada en esa
cuestión, insistió mucho en un dato que luego nos haría sonreír; es un dato de
los años cincuenta: decía que con el papel que se empleaba en un dominical
norteamericano podía abastecerse de información todo un día a la India. Hoy
basta ver la prensa española y la angustia que cualquier comprador de diarios
experimenta cada domingo al no saber qué hacer con todo lo que le dan. A
mí siempre se me caen y luego tengo que recoger el reguero. Comparemos la
cantidad de papel que se desperdicia en el Norte con la cantidad de papel que
se sigue utilizando en el Sur. Si nos ponemos mucho más exigentes, veremos
que el control de los satélites de información hace que el Sur esté totalmente
alejado de tener los propios.
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© FUOC • P08/80500/00572 60 La identidad (el self)
Otro elemento es la capacidad de trasmitir referentes de conducta; es decir,
el cómo se comporta la gente. La conducta de las personas viene derivada de
mecanismos de imitación a partir de figuras prestigiadas, elementos de familia,
personas que admirar y modas de comportamiento. En este momento en el
mundo, la industria norteamericana del telefilme está en condiciones de im-
poner pautas de comportamiento personal, jerarquías de valores y lenguaje a
un mercado prácticamente incontrolable de seres humanos. Yo he visto algu-
nos telefilmes norteamericanos, desde Malasia hasta América Latina y Europa,
traducidos a la lengua de cada país, imponiendo pautas, gestualidad.
Detrás de la gestualidad hay toda una declaración de principios de cómo eres,
qué piensas, qué crees, cómo te relacionas con los demás. Estos principios
imponen la identificación con un referente privilegiado, que se corresponde
a una jerarquía de valores de carácter norteño.
No niego que a pesar de los mecanismos uniformizadores del mensaje y de la
prepotencia de los centros emisores del Norte, los medios también han supe-
rado las barreras que frenaban avances en la comprensión de nuevas relaciones
interpersonales más humanas; y que gracias a la televisión se ha conseguido
que llegasen a zonas importantes de la tierra una información y unos saberes
que de otra manera no lo hubieran hecho. Pero se ha pagado el inmenso pre-
cio de un nivel importante de desidentificación y, por ende, algo más grave
que eso, la amputación de la necesidad de conservarla y no ser un extraño con
respecto a uno mismo en el aspecto personal y social.
10)�Una�sola�verdad,�una�sola�racionalidad,�un�solo�mercado
Estamos asistiendo, en las relaciones entre el Norte y el Sur y dentro del pro-
pio Norte, a una inmensa contradicción entre la teoría de la pluralidad y la
uniformidad real del mensaje.
De hecho, en los últimos cinco, seis o siete años –y yo creo que de esta pesadilla
se derivará una reacción en sentido contrario– asistimos a la fijación de que en
el mundo hay una verdad, un mercado, una racionalidad. Y lo que se trasmite
custodia la imposición de esa verdad única, de ese mercado único y de esa
racionalidad única.
Los efectos destructores de esa posición son la alienación de la consciencia y
la amputación de cualquier posibilidad de rebeldía individual, social y étnica.
Es decir, la desaparición de cualquier consciencia que pueda enfrentarse a este
proceso constante de autoextrañarse y de convertirse en un extraño dentro
del propio ámbito. Así, se condiciona la entrega sumisa a la consciencia y al
imaginario de la modernidad y del progreso tal como lo fija el Norte.
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© FUOC • P08/80500/00572 61 La identidad (el self)
El Tercer Mundo aparece entonces como un mercado sucursalizado o como
un centro emisor mimético. No se le ha dejado en condiciones de connotar
la consciencia de sus propias necesidades, tener una imagen de sí mismo y
combatir porque no sea succionada su identidad.
He hablado antes del encuentro de México en los años setenta, recordando
que una parte muy activa de esa reunión la desempeñaron chilenos formados
en la cultura de la comunicación creada por la Unidad Popular. Pues bien,
entre el Chile capaz de crear Comunicación y cultura y el Chile que contemplé
hace pocos meses, controlado por los mecanismos y estamentos culturales del
Opus Dei, hay veinte años de golpe elitista. Pero hay también la inmersión de
uno de los países más desarrollados –en el sentido convencional de la palabra–
de América del Sur dentro de esa incorporación de centro emisor mimético.
Es decir, una teoría desarrollista, unos mecanismos de desarrollo económico y
una filosofía economicista de las relaciones han gestado la victoria de un sec-
tor social emergente. Es un sector cuantitativamente minoritario, comparado
con el resto de la población que registra altos niveles de pobreza; sin embargo,
está en condiciones de crear una apariencia, un imaginario, una consciencia
del propio país conectadas con ese referente privilegiado que traduce los va-
lores del Norte, sin que tal referente se corresponda con las necesidades de la
inmensa mayoría del país. Este sector ha estado en condiciones de falsificar
la capacidad receptiva del sujeto potencial de todo un pueblo, de toda una
sociedad.
11)�Del�gran�inquisidor�–por�el�gran�hermano–�al�gran�consumidor
Los medios de comunicación tienden, pues, a imponer el referente emergen-
te, el referente del triunfador social histórico, que se correspondería con ese
prototipo del ciudadano emergente del Norte al que llamaré "el Gran Consu-
midor". Se impone el referente del gran triunfador del Norte, del que incluso
podemos dibujar un retrato robot, con un vestuario, una conducta, un com-
portamiento, una gestualidad, que en estos momentos pueden ser una pro-
puesta universal.
Podemos encontrar la propuesta de ese ciudadano emergente en situaciones
casi pintorescas, con un correlato objetivo realmente negador. En cualquier
sociedad agraria atrasada puede aparecer de pronto, como referente, el Gran
Consumidor del Norte.
Y es que a escala universal –y ahí está lo preocupante y lo esperanzador, porque
cuando las contradicciones se universalizan, las respuestas también se univer-
salizan– este prototipo, este nuevo referente que se ofrece como algo a imi-
tar, dentro de este mercado uniformado que recibe prácticamente los mismos
mensajes, se corresponde a una adaptación a las nuevas condiciones de otro
viejo referente de dominación de la consciencia.
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© FUOC • P08/80500/00572 62 La identidad (el self)
Desde el momento en que desaparecen las sociedades protegidas por las ideas
espiritualistas, por las verdades reveladas –esas sociedades que en muchos si-
tios, casi hasta nuestros días, fueron fraguadas por la alianza del poder espiri-
tual y el poder temporal– y cuando fracasa la actividad de lo religioso como
conductor de la moral, de las pautas de conducta individual y social, el estado
trata de sustituir al Gran Inquisidor: es la parábola de la novela Los Hermanos
Karamazov de Dostoyevski.
Para uno de los personajes, si Dios ha muerto, todo está permitido y eso es
terrible. Él cree en una sociedad jerarquizada, con unos valores que vienen
de la espiritualidad; el poder del estado que sustituye al Gran Inquisidor y se
convierte él mismo en Gran Inquisidor. Eso, en una tradición despótica, puede
producirse.
Cuando se introduce la ética y la estética de la democracia, ese Gran Inquisidor
se ve obligado a buscar consenso para ser aceptado. De alguna manera tiene
que garantizar el orden nacional, internacional, europeo, lo que sea, pero tie-
ne que ser mínimamente aceptado. Los mecanismos de aceptación vienen a
través de la persuasión, de la imposición del referente privilegiado y de un or-
den determinado que se vende como el necesario para la propia supervivencia
y las propias necesidades.
Uno de los esfuerzos para que el Gran Inquisidor sea, no sólo impuesto, sino
aceptado, estaría reflejado en el Norte en la imagen literaria –pido perdón por
recurrir a las imágenes literarias, pero la literatura, de vez en cuando, sirve para
algo– sería el Gran Hermano creado por Orwell: ese elemento de poder que a
través de la disuasión está en condiciones de imponer un consenso impidiendo
que haya otros mensajes que sean alternativos y puedan combatir el propio.
Ha habido persuasión del Gran Hermano dentro de los regímenes totalitarios
fascistas o estalinistas. La persuasión a través del Gran Hermano sería la figura
que garantiza que el Gran Inquisidor tiene que ser aceptado no solamente por
una acción directa de imposición.
Pero se hace aún más sofisticado con la aparición de esa nueva criatura que
dentro de la comunicación es, hoy en día, el referente dominante. Es el que
podríamos llamar el Gran Consumidor.
El Gran Consumidor sería el resultado de la alianza entre el Gran Inquisidor
y el Gran Hermano, creando un referente de triunfador social abstracto, el
emergente. El Gran Consumidor se ofrece como un referente, indiscriminada-
mente, al marginado Africano, al extremeño, al latinoamericano. Todos ellos
quedan al margen del mensaje si no están a la altura del referente propuesto.
Sea por la vía del totalitarismo o sea por la del mercado único de mensajes al
que estamos llegando, si abrimos los estuches mediáticos que se nos ofrecen,
dentro de ellos el mensaje es muy parecido. Pese a la aparente pluralidad de
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estuches, lo único que cambia es, quizá , el propietario de los mismos. Una
vez el propietario será el Banco Exterior; otra, el Banco Central Hispanoame-
ricano, otra vez será "La Caixa"; depende de quién haya concedido el crédito
al dueño del medio en cuestión. Pero la jerarquía de valores y los mensajes
que se trasmiten son parecidísimos.
12)�Limpiar�culpas,�fijar�desigualdades,�suscitar�malentendidos
Han desaparecido las causas históricas que explicaban la desigualdad señalan-
do al que la causaba. Se ha instaurado la desaparición de toda causalidad, con
un supuesto fatalista y fatal: que aquel que no ha llegado a la fotografía actual
del mundo en una buena situación es porque ha nacido perdedor, porque está
condenado a ser un marginal, si ha tenido la desgracia de nacer en Somalia
y no en Wall Street.
Ésa es la consciencia que se trasmite como instrumento para fijar por siempre
unas determinadas desigualdades y unas determinadas relaciones de depen-
dencia. Algo falla en el marginado por no haber conseguido ser emergente.
Estando así las cosas, quizá a lo máximo a lo que podamos aspirar es que, in-
cluso en el terreno de la comunicación, se pueda practicar una cierta benefi-
cencia; es decir, lo que le sobra comunicacionalmente al Norte puede, de vez
en cuando, dársele al Sur. Se le pueden regalar cupos de Datel, le pueden rega-
lar una parcela y las maquinarias de Mundo Visión. Si le interesa, le pueden
dar de vez en cuando alguna cosa pero, evidentemente, nunca lo colocarán en
una situación de discutir las relaciones de dependencia con respecto al Gran
Hermano, al Gran Inquisidor del Norte.
El concepto de opulencia comunicacional que desde el Norte generaron los
teóricos de la comunicación, fundamentalmente franceses, en los años seten-
ta, hoy puede llegar a su última expresión. Con los teléfonos de bolsillo, por
ejemplo, la capacidad de estar comunicando constantemente hace que am-
plios segmentos sociales tengan la sensación de vivir en plena opulencia co-
municacional. Dicha sensación se incorpora al imaginario colectivo.
Esa sensación, sin embargo, se contradice con la miseria comunicacional real
que existe; miseria de carácter cuantitativo y, sobre todo, de carácter cualita-
tivo. Inmensos, mayoritarios sectores de la población –sean de aquí o sean, a
escala mundial, de lo que llamamos Tercer Mundo– están siendo impotentes
para adquirir consciencia de quiénes son y qué necesitan; y, en cambio, están
completamente entregados a la idea de sí mismos que les imponen, al imagi-
nario que les imponen y a las necesidades que les dejan tener.
Desde el punto de vista de la más estricta neutralidad informativa, yo recuerdo
cuando se produjeron los hechos del Congo a final de los cincuenta, comien-
zos de los sesenta; la máxima aportación española a aquellos sucesos fue una
guaracha que escribió un cantante de entonces. La canción decía:
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"Qué pasa en el Congo
que a blanco que pillan lo hacen mondongo".
Esto muestra el nivel de saber que sobre el Congo tenía la canción ligera espa-
ñola de aquella época.
La prensa no andaba mucho mejor, porque las agencias internacionales –aún
con la influencia de la agencia francesa más importante y la introducción de
la americana y las inglesas– crearon una ceremonia de la confusión perfecta-
mente orquestada hasta el punto que nadie sabía quién se había comido a
quién, porque la idea que se transmitía era que se estaban comiendo los unos
a los otros. A los salvajes no los podías descolonizar porque al día siguiente
estaban armando la marimorena.
Somalia, Yugoslavia, 1993, treinta y tres años después. ¿Qué saber real pode-
mos tener de lo que está pasando, desde los medios dominantes, si no recu-
rrimos a las revistas especializadas; a revistas que ya tienen una finalidad, un
sentido de fijar consciencia e historia diferentes? Absolutamente nada, excep-
to que de pronto aparece un extraño general en Somalia que mata americanos.
De pronto son los americanos los que lo matan a él. Los italianos se quieren
ir, no se quieren ir.
El saber convencional de la gente con respecto a lo que está ocurriendo allí
es "envío o nada". Vale decir, en teoría, repartir bocadillos. En cambio, resulta
que debajo de Somalia hay una importante bolsa de petróleo. Hay una serie de
informaciones contradictorias, de manera que no acabas de saber muy bien lo
que está ocurriendo en 1993, en el mundo de la opulencia comunicacional, de
Mundo Visión, de un utillaje informativo como jamás se ha conocido antes.
Yugoslavia, muy bien. Quién se acuerda ahora de dónde empezó el asunto –
y, total, no estoy pidiendo memoria histórica para el año 31, estoy pidiendo
memoria histórica para los años 91-92, es decir, el momento en que Alemania
y Francia tienen distintos intereses creados en la zona; que a unos les conviene
nacionalizar inmediatamente Croacia y Eslovenia y a otros les interesa apun-
talar el poder de Serbia. En buena medida, ahí empezó a destaparse la olla de
los conflictos que luego parecieron desbordar toda capacidad de contención
¿Qué información se nos ha dado? –me refiero yo a la información estándar,
insisto, no a la información que cada uno busca para sentirse ideológicamente
alimentado, ese es otro canal– ¿Qué información se ha recibido?
13)�El�sur�dentro�del�norte.�El�proyecto�Europa
Debemos ponernos en guardia sobre qué quiere decir Europa y qué quiere decir
Estados Unidos.
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© FUOC • P08/80500/00572 65 La identidad (el self)
La hegemonía jamás se puede identificar con un territorio o con una sociedad
en su conjunto; hay sectores de un territorio o de una sociedad que en este
momento son totalmente internacionales o multinacionales y que están, de
hecho, luchando por conservar un sistema que legitima su propia hegemonía,
pero que tampoco se pueden identificar exactamente con una nación o estado
concretos.
En cualquier caso, la tendencia de impedir la transformación hacia una cons-
ciencia alternativa, de impedir conservar la propia identidad, unos rasgos cul-
turales que abastezcan de esa identidad, que se está produciendo en el mundo
subdesarrollado, en el Tercer Mundo y en la relación Norte-Sur, pregunto si no
está presente también entre nosotros.
Pregunto si el Tercer o Cuarto Mundo no están también aquí, desde la pers-
pectiva de que, en la manipulación del lenguaje, la aparición de este nuevo
código lingüístico de los emergentes y los sumergidos ocurre en la sociedad
en que vivimos.
Hasta qué punto la alianza bastante impía de los emergentes –cuyo espectro,
en las sociedades europeas más avanzadas, podría abarcar un 60% de la pobla-
ción, en otras no tanto, y se va reduciendo– puede llegar a ser una conjura
implícita, no escrita –aunque ya empieza a estar escrita en algunas filosofías
que viven el Norte y el Sur– dentro de la propia Europa.
Europa, ¿qué es eso? Empezamos a tener una idea de que algo existe cuando
tenemos un imaginario. Ese imaginario se alimenta con su memoria, su propia
información cultural. Europa no tiene, ni siquiera ahora, ese imaginario de sí
misma. La división Norte-Sur, dentro de la propia Europa, es una división real.
Y dentro del Sur europeo hay otra división Norte-Sur.
Las claves no se dan, en realidad, en ese terreno sino en que, en un sistema
como el que vivimos o alimentamos, la desigualdad es una regla fundamental.
Y la desigualdad, cuando se establece, hace que los que están en posiciones
de predominio y de privilegio tengan la tendencia de acumular más que los
otros; por lo tanto, la desigualdad se acentúa.
Hasta que no se invente una ley correctora de esto –hay caminos correcto-
res, evidentemente, desde una política de fiscalidad– la tendencia general es
la acentuación de las diferencias entre el Norte y el Sur, dentro de la propia
Europa, en la medida en que se imponen valores de carácter filosófico y po-
lítico basados en la competencia, en la individualidad, en la iniciativa, en la
desaparición de los filtros que pueden corregir la libertad de la competencia.
Entonces, Europa, ¿qué idea ha tenido de sí misma? Unos cuantos, que pode-
mos llamar los intelectuales orgánicos de la europeidad, y que son una gente
bien intencionada, entre los cuales me podría sentir a gusto –todos hemos leí-
do a unos cincuenta autores europeos, nos sentimos más o menos vinculados
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© FUOC • P08/80500/00572 66 La identidad (el self)
culturalmente, hemos viajado, más o menos hablamos las lenguas que nos
pueden comunicar, cuando vamos a una ciudad podemos entender su arqui-
tectura– tenemos una cierta comunidad –comunión– de los santos informa-
dos; eso nos puede unir y tener un pequeño grupo de europeos, una cierta
ida y un imaginario europeo. Pero si reunimos a la sociedad europea real y le
preguntamos qué es Europa, cuando se rasca un poco aparece debajo toda la
sabiduría convencional que han heredado y todos los antiguos prejuicios: un
francés con respecto a un alemán, un alemán del norte con respecto a un bá-
varo, un francés con respecto a un belga y un francés con respecto a un espa-
ñol, como un madrileño con respecto a un catalán. Es decir, todos los tópicos
de la sabiduría convencional se mantienen.
Si analizamos qué clase de información convencional ha recibido el nuevo
europeo unificado para cambiar esos criterios y vemos los libros de historia,
observamos que los héroes nacionales siguen siendo los héroes nacionales, las
victorias providenciales siguen siendo victorias providenciales. No se ha mo-
dificado para nada la memoria, no se ha modificado la sabiduría convencional
basada en tópicos.
Proyecto, al menos desde una perspectiva hacia el futuro: ¿qué proyecto eu-
ropeo diferenciado existe? Entonces aparecen los "mejores": Europa puede ser
una tercera vía imponiendo un estado asistencia universal porque aquí aún
hay consciencia de raíz crítica; aquí es donde se han desarrollado todos los
movimientos sociales y políticos de rebelión del industrialismo y eso ha creado
un sustrato cultural crítico que permite que podamos influir sobre un modelo
de desarrollo capitalista más humano, en contra de un modelo de desarrollo
capitalista salvaje como el que puede imponerse en otras latitudes.
Eso, en realidad, forma parte de un desideratum teórico de los doscientos cin-
cuenta asistentes a simposios. Porque los simposios corren el peligro de servir
sólo para que luego haya almacenes enormes llenos de ponencias que nunca
leerá nadie.
Creo que, al mismo tiempo, ese proyecto encierra una verdad. En Europa hay
un sustrato crítico que puede no haber en otras latitudes y puede alimentar la
construcción de un modelo no tan salvaje. Pero luego vamos a ver qué ocurre
cuando este modelo de desarrollo capitalista tenga que competir realmente
con otros bloques capitalistas, sea el norteamericano, sea el japonés; o el de
China, cuando lo acaben de construir. Esos bloques, cuando tengan que com-
petir entre ellos, a ver cómo se las entienden y a ver qué modelos de conducta
y de consistencia pueden arbitrar.
14)�Organización�y�educación�crítica:�cuestiones�de�supervivencia
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© FUOC • P08/80500/00572 67 La identidad (el self)
Una palabra sobre los profesionales de los medios de comunicación. Su fun-
ción suele estar situada entre el propietario de los medios y el receptor pasivo.
Son como un intermediario dentro de esa relación. Sometidos a una economía
de mercado mediático, se enfrentan a condiciones muy duras; porque es un
mercado limitado y hay muchos profesionales para pocos puestos de trabajo.
Entonces, una de dos: o se convierten en héroes todas las noches y se juegan
el puesto –lo cual tampoco se puede pedir, para que no aumente el censo del
paro– o bien tienen que someterse a ciertas reglas de juego; siempre y cuando,
no se progrese en el terreno de la organización y de una solidaridad profesio-
nal, lo que daría lugar a una mayor capacidad de acción.
Yo no le puedo pedir un esfuerzo crítico a un compañero que es un trabajador
anónimo de un periódico y que no tiene la fuerza que le da un prestigio de
firma de mercado, que se juegue el tipo. En eso, lo único que nos podría dar
fuerza sería una organización de los profesionales, defendiendo unas pautas
de consciencia, un código de conducta profesional.
Hay otra tarea que vengo proponiendo desde que me invitaron a las primeras
"escoles d'estiu" ('escuelas de verano'). Yo no puedo entender todavía cómo
veinticinco años después de la reconstrucción de la razón democrática peda-
gógica en Cataluña, con el renacimiento del movimiento pedagógico raciona-
lista, no se ha incorporado la lectura de los medios de comunicación en las
escuelas. Es decir, el enseñar a descodificar. No lo entiendo; cuando es un ele-
mento educativo fundamental. Nos rasgamos las vestiduras cuando no ense-
ñan historia, pero aprender a ver y descodificar un mensaje televisivo es cues-
tión de supervivencia, no es una broma. No se trata de inculcar a los niños que
la televisión es perversa. Se trata de saberla leer. Lo primero que han de apren-
der para leer un mensaje es quién tiene la propiedad de un medio en particular
y, a partir de ahí, pueden empezar a leer las claves de los mensajes, los códigos
internos de cada lingüística comunicacional. Todo esto es una educación que
serviría para que pudieran actuar críticamente ante el mensaje que les llega.
15)�Pero�la�realidad�tendrá�la�última�palabra...
No quisiera permanecer en una posición pesimista. Yo creo que siempre la
consciencia de cambio y la necesidad del cambio surgen, sobre todo, de un
medio de comunicación extraordinario y fundamental; irrebatible e inoculta-
ble que es la realidad.
La realidad tiene y enseña sus propias condiciones. Se puede aplazar la eviden-
cia de la realidad mediante ejercicios de hipnosis o encantamientos colectivos
mediáticos cada vez más poderosos; pero llega un momento en que las factu-
ras y las grietas que se abren en la realidad acaban por imponerse.
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© FUOC • P08/80500/00572 68 La identidad (el self)
La alianza de los emergentes para sofocar la identidad del sumergido no es
un ejercicio que se esté haciendo solamente a escala planetaria, entre Norte
y Sur –un Tercer Mundo que aparecería como condenado desde la Biblia, por-
que uno de los hijos de aquel patriarca se portó muy mal con él– sino que
la situación de aquí presenta una sintomatología similar. El crimen perfecto
de esta manipulación comunicacional en las relaciones de desigualdad y de
dependencia es conseguir que el marginado no sepa que lo es; no sólo esto
sino que además se sienta culpable por ser un marginado. Y el primer abordaje
hacia una solución sería hacer descubrir al marginado que lo es, y por qué.
Históricamente, nunca hay movimientos hacia adelante que sean constantes.
Hay momentos de reflujo que coinciden, además, con situaciones de crisis
económica. Mecanismos conservadores –"que me quede, por lo menos, como
estoy"– que paralizan un tanto las actitudes altruistas, aunque parezcan lo con-
trario.
Aparentemente, las ideas estaban mucho más claras hace veinte, treinta o cua-
renta años. A la vista de cómo conjuntos completos de verdades, que parecían
muy claras, han fracasado –o han fracasado en su experiencia concreta, no
como propuesta general– habría que plantearse hasta qué punto sí vale la pe-
na que hayan dejado ese vacío; porque dicho vacío obligará a que las mismas
condiciones de la realidad que generan un sentido crítico, generen una reac-
ción quizá mejor encaminada que la del pasado.
Yo creo que, cualitativamente, la situación es muy diferente a la que ha sido en
el último siglo. Nada está tan claro como pudo estarlo en algunos momentos,
en los que quizá estuvo excesivamente claro.
Durante los años treinta parecía que todo tenía que conseguirse inmediata-
mente, costase lo que costase. Eso se dice muy tranquilamente, pero en los
costos están miles y miles de seres humanos, millones de personas; sacrificios
increíbles.
Quizá ahora tenemos una idea diferente del ritmo histórico, no porque se haya
deducido teóricamente, sino porque lo ha obligado la propia realidad.
En el capítulo positivo del balance, pocas veces habíamos sido tan libres de
pensar la realidad; en cambio, pocas veces hemos estado tan amenazados por
la capacidad de un sistema de imponer verdades uniformadas de una manera
tan total. Pero insisto en que, por más que inculquen unas verdades, si no
coinciden con la realidad más inmediata, un día u otro se produce la quiebra;
y la hipnosis mediática desaparece.
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© FUOC • P08/80500/00572 69 La identidad (el self)
La hipnosis mediática puede romperse a poco que haya agentes sociales acti-
vistas en el sentido más laxo y generoso de la palabra porque algo que hemos
de descartar es esa inculcación ideológica del neoliberalismo de que ninguna
minoría debe influir sobre la sociedad ¡y ellos qué son y qué hacen, si no!
En definitiva, llega un momento en que, por una situación social e históri-
ca determinada, sectores sociales están en condiciones de ver críticamente la
realidad y otros no lo están; y siempre ha sido así. Eso no quiere decir que se
impongan como una minoría mesiánica e iluminada pero si están en condi-
ciones de trasmitir una visión crítica, lo tienen que hacer.
Sigo creyendo que lo que determina el cambio son las correlaciones de fuerzas.
El Sur está ahora más desarmado que nunca, se ha desmontado su capacidad
de agresión; en la América Latina, por ejemplo, se hizo un ejercicio sistemático
para quitársela. El Sur, así, no tiene elementos de presión claros hacia el Norte.
Ahora se está en una situación muy difícil por lo siguiente: la incorporación al
sistema se realiza por la incorporación al mercado. Esta incorporación está ya
tan codificada, están tan cerrados los márgenes a través de los cuales te puedes
meter o no meter, que ya te hacen entrar de una manera subalterna.
Los propios sectores emergentes del Sur son cómplices, evidentemente, con
una determinada jerarquía de valores, con un determinado sentido histórico,
con un determinado orden internacional. Seguirán siendo cómplices siempre
y cuando les garanticen un estatus.
Antes, para garantizar la domesticación de un país del Sur –fuese del mundo
árabe, fuese de América Latina– tenías que asegurarte cuatro generales, cin-
cuenta oligarcas y cuatro o cinco efectivos más. En estos momentos, es hacer
tuyo a un sector más amplio que es los que podemos llamar emergentes. Por
ejemplo, en el Chile actual pueden ser un millón de personas; en la Argentina
actual, otro tanto. Así, conviertes en una sucursal del sistema a ese país.
El Norte, en estos momentos, sólo se siente amenazado por un sector del Sur: la
posible alianza del mundo árabe. Porque allí confluyen fuertemente la mano
de obra y la fuente energética fundamental para el desarrollo del Norte y una
ideología de combate y reinterpretación de las relaciones de dependencia.
Aunque para mí, dicha ideología está bajo el mando del fundamentalismo
religioso y eso es negativo, en definitiva está cargada de elementos de combate
civil, que la convierten en una fuerza ideológica y una fuerza política. Éste es
el riesgo real que siente el Norte.
Pero con América Latina, el Norte se siente bastante tranquilo. Los que más le
pueden molestar son los mejicanos, por la bomba demográfica.
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© FUOC • P08/80500/00572 70 La identidad (el self)
Frente a eso, tiene que haber una serie de esfuerzos coincidentes; un cambio
en las relaciones de fuerzas de esos países, agrupados en sectores geopolíticos
y plantearlo como una presión hacia el Norte. El cambio vendrá al encontrar
esos elementos de presión desde el Sur hacia el Norte y por la creación de una
"quinta columna" con vanguardias críticas del Norte.
Por otra parte, el Sur debe tener consciencia de qué quiere decir ser Sur; y, a
partir de esa consciencia, adivinar que es un sujeto histórico de cambio y tiene
que transformar unas relaciones objetivas, para lo cual se requiere un trabajo
de consciencia bastante fuerte.
En todo caso, unas relaciones de injusticia nunca pueden ser eternas y las
pesadillas generan despertares y generan movimientos en sentido contrario.
Históricamente, cuando han quemado unos determinados mecanismos y han
sido sustituidos por otros. Porque quien no llora, no mama. Ni a nivel nacional
ni a nivel internacional se ha conseguido nada sin presión.
Manuel Vázquez Montalbán en: Pérez, C. (ed.) (1994).
La Aldea Global. Barcelona. Deriva Ed.
6.3. Anexo 3
El País, 13.11.1994.
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6.4. Anexo 4
6.4.1. La 'mirada' psicosocial 'emergente' y su aplicación al
estudio de una categoría social como por ejemplo la
juventud
1) El interés por conocer una serie de datos sobre determinadas categorías so-
ciales, como por ejemplo "las mujeres", "los jóvenes", "los ancianos", "los es-
tudiantes", etc., ha trascendido el restringido círculo de los estudiosos de la
sociedad y ha pasado a ser un asunto de dominio público como bien lo de-
muestran las innumerables encuestas y debates que aparecen en los medios
de comunicación de masas. Dibujar el "retrato robot" de la mujer española, de
la juventud catalana o del adolescente vasco parece en efecto sumamente im-
portante si consideramos, como lo hiciera Touraine, que los cambios sociales
que se dan en nuestro tipo de sociedad ya no tienen a las clases económicas
como motor principal, sino que se fraguan en buena medida en base a las ca-
tegorías sociales construidas en torno al sexo, a la edad o a la etnicidad, entre
otros criterios. De aquí que se multipliquen los sondeos, las encuestas y las
entrevistas de todo tipo. Sin embargo, un acto, tan inocente en apariencia,
como es el de elaborar una encuesta, recoger unos datos, extraer a partir de
ellos una serie de conocimientos sobre una categoría social, suscita una serie
de interrogantes que no pueden ser pasados por alto. Por ejemplo:
- ¿Quién y desde dónde, desde qué posición y desde qué marco de referencia,
mira, con mirada científica, el fenómeno social en cuestión?
- ¿Para qué y por qué se investiga ese fenómeno? ¿Qué se pretende y se busca
con ello?
- ¿Cuáles son las implicaciones y la naturaleza del conocimiento producido?
- ¿Cuáles son los efectos sociales que se desprenden a su vez de ese conoci-
miento?
- ¿Qué es lo que yace tras la exigencia de rigor metodológico con el cual se
pretende describir objetivamente el fenómeno social investigado?
Estas preguntas nos obligan, por su propia naturaleza, a situarnos sobre distin-
tos meta-niveles. En primer lugar sobre un meta-nivel de carácter epistemoló-
gico, con sus inevitables prolongaciones de tipo político.
En segundo lugar, sobre un meta-nivel que podríamos llamar "substantivo" y
que está relacionado con la naturaleza misma de los "fenómenos", o de los "ob-
jetos", o de los "hechos" sociales.
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© FUOC • P08/80500/00572 72 La identidad (el self)
En tercer lugar, sobre un meta-nivel de carácter metodológico.
Pero antes de proceder a este triple conjunto de consideraciones es preciso
despejar toda pretensión de "neutralidad" o de "objetividad". También noso-
tros hablamos desde una determinada posición y desde un cierto marco de
referencia que condiciona fuertemente los análisis ofrecidos. Se trata concre-
tamente de una postura que, parafraseando a Moscovici, podríamos calificar
de "mirada psicosocial emergente"claramente enfrentada a ciertos cánones de
la psicología social "instituida".
Conviene pues caracterizar esta mirada psicosocial emergente en cada uno de
los tres meta-niveles indicados para confrontar luego las exigencias propias
de esta mirada con el problema de, pongamos por caso, la juventud y con la
forma en que se puede estudiar esta categoría social.
1)�Exigencias�de�la�mirada�psicosocial�en�cuanto�al�meta-nivel�epistemo-
lógico
Lo que define substancialmente a la mirada psicosocial "emergente", es su ro-
tunda y frontal oposición a los supuestos empiricistas y naturalistas que per-
manecen ampliamente vigentes en el seno de la comunidad científica. Entien-
do el término "empiricismo" en su sentido amplio, es decir, en un sentido que
engloba, además del empiricismo clásico, tanto el positivismo como el neo-
positivismo, y, en cierta medida, el refutabilismo Popperiano. Asimismo, en-
tiendo por "naturalismo" tanto la creencia de que los presupuestos "objetivistas"
y los métodos observacionales propios de las ciencias naturales clásicas valen
también para las ciencias sociales, como la tendencia a "naturalizar" los fenó-
menos sociales, es decir, a reificarlos y a "deshistorizarlos".
Este enfrentamiento radical con el empiricismo y con el naturalismo conlle-
va una serie de implicaciones entre las cuales destacaré una: el rechazo de la
pretendida objetividad científica, es decir, el rechazo de la metáfora que, en
palabras de Rorty, asimila el conocimiento científico a un espejo en el cual se
refleja la realidad. Quienes aceptan esta metáfora reconocen que las impurezas
del espejo impiden conseguir un reflejo fiel, pero están convencidos que el
progreso metodológico, el "buen hacer" metodológico, detecta y lima paulati-
namente esas impurezas ofreciéndonos una visión cada vez más clara y cada
vez más exacta de la realidad.
En el campo de las ciencias sociales, el anti-objetivismo tiene dos consecuen-
cias importantes:
a) En primer lugar, se niega que pueda darse un conocimiento científico-social
"objetivo", en el sentido de que su dimensión normativa, su incidencia axioló-
gica, tan sólo radicaría en los diversos usos, buenos o malos, que de este cono-
cimiento se puede hacer. La mirada psicosocial emergente sostiene que, tanto
por razones lógicas como por razones sustantivas no puede haber neutralidad
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del saber científico social. Las clásicas dicotomías entre hechos y valores por
una parte, y entre teoría y práctica por otra, se desvanecen radicalmente a par-
tir del momento en que el investigador forma parte del objeto que estudia y a
partir del momento en que el proceso de investigación produce y transforma
significaciones sociales. Todos sabemos hoy, y el movimiento feminista nos
ha enseñado mucho al respecto, que, incluso en la vida cotidiana, las palabras
que utilizamos conllevan tomas de partido en el campo ontológico. Ningún
discurso científico sobre lo social es inocente ni puede serlo porque no se ela-
bora desde fuera de la sociedad ni tampoco se escucha desde fuera de la socie-
dad. El saber sobre lo social presenta, además de su vertiente cognoscitiva, una
inseparable dimensión práctica. Esto significa que el saber sobre lo social pro-
duce siempre efectos sociales en retorno, o lo que es lo mismo, el saber sobre
lo social constituye siempre, por propia naturaleza, un saber normativamente
comprometido, se quiera o no, se sea consciente de ello o no. Simplificando
mucho las cosas se puede considerar que los inevitables efectos socio-políti-
cos que produce el saber sobre lo social, pueden contribuir o bien a mante-
ner el status-quo social, es decir, en definitiva, las relaciones de dominación y
de explotación que son obvias para cualquier observador que no sea cínico,
o bien a promover alguna forma de emancipación social, ayudando a crear
nuevas realidades sociales. No olvidemos además, como muy bien lo apuntan
Habermas y Moscovici, que el objetivo del conocimiento no debe limitarse a
sistematizar lo existente, sino que consiste también en inventar lo que aún no
existe, incluso a nivel social.
No estoy diciendo que la producción de saber sobre lo social deba supeditarse
a consideraciones de tipo normativo y político. El lyssenkismo está aún dema-
siado cercano para que se pueda caer en semejantes aberraciones. Pero estas
consideraciones también son legítimas y necesarias, ya que no es concebible
alcanzar un saber "verdadero" sobre lo social. Esta imposibilidad constituye la
segunda implicación del anti-objetivismo que conviene desarrollar.
b) No se dice nada nuevo al afirmar que los "datos" siempre son dependientes
de las teorías. Hace tiempo que esto quedó firmemente establecido: la supuesta
"base observacional" sobre la cual se levanta el saber científico, consiste siempre
en una base teórico-observacional. Los "datos" siempre se ven con ayuda de
unas gafas teóricas. Es precisamente por esto por lo que una teoría es práctica-
mente irrefutable a partir de los datos que ella misma contribuye a establecer
como tales datos. Los datos no hablan por sí solos, su valor depende de la ca-
lidad de la teoría que los hace ser.
Hablar de la "calidad" de una teoría sugiere que ciertas teorías son mejores que
otras. Esto es efectivamente así, y reconocerlo indica que no se está defendien-
do aquí una variedad de relativismo epistemológico. Lo que ocurre es que des-
de las nuevas orientaciones epistemológicas asumidas por la psicología Social
emergente los criterios diferenciadores y evaluativos de las teorías no pasan
principalmente por la mejor o peor adecuación a unos observables que, en
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última instancia, quedan definidos por la propia teoría, sino que pasan por
criterios de generatividad científica, de productividad social, de fertilidad ex-
plicativa y, también, de valoración normativa y axiológica.
En resumen, desde la mirada psicosocial emergente ningún conocimiento se
considera como susceptible de ser objetivo, ni en el sentido de su supuesta
neutralidad normativa, ni en el sentido de una supuesta sumisión a los datos
empíricos.
2)�Exigencias�de�la�mirada�psicosocial�sobre�el�meta-nivel�sustantivo
Me limitaré a señalar tres aspectos que son cruciales para la conceptualización
de lo social y para la definición del objeto psicosocial.
a) la importancia de lo simbólico y del significado.
b) la prevalencia de los procesos sobre los productos.
c) la importancia de lo relacional.
a)�La importancia de lo simbólico y del significado
La mirada psicosocial emergente sitúa lo simbólico y la significación en el cen-
tro mismo de su conceptualización de lo social. Se ha dicho, muy acertada-
mente, que el ser humano es un animal hermenéutico, es decir, un ser esen-
cialmente productor y consumidor de significados. Esta característica humana
requiere sin embargo una explicación, y creo que la podemos encontrar sen-
cillamente en el hecho de que el ser humano es un ser social y en el hecho
de que su sociedad, cualquier sociedad humana, es ante todo un tejido, una
institución y un proceso, intrínsecamente simbólicos. El ser humano es un
animal hermenéutico simplemente porque todo ser humano es, por decirlo
en palabras de Castoriadis, un fragmento ambulante de su propia institución
social, es decir, un fragmento ambulante de un magma de significados, que es
en lo que consiste finalmente esa institución social. Castoriadis, en sus refle-
xiones sobre la "institución imaginaria de la sociedad" apunta al hecho de que
todo ser social, todo lo que "es" a nivel social, tan sólo cobra existencia a partir
del momento en que está inserto en un campo o en una red de significados
que le confieren sentido. De la misma forma que un objeto físico no puede
constituirse en "objeto visible para nosotros" si no tiene la propiedad de emitir,
absorber o refractar ciertas longitudes de onda, tampoco se torna perceptible
para nosotros un hecho social que no esté dotado de significación, que no sea
"legible" desde el código simbólico de nuestra sociedad. Dicho de otro modo,
lo social sólo puede ser si es significante. Daré un ejemplo, tomado del pro-
pio Castoriadis: ser "macho" o "hembra" no es un hecho social, es simplemente
un hecho biológico natural. Ser hombre o mujer es un hecho social, y un he-
cho social tremendamente importante. Pero este hecho social tan sólo cobra
existencia cuando la diferencia sexual biológica se transforma en significación
imaginaria social, es decir, en una significación socialmente construida que
remite a su vez el magma de todas las significaciones sociales imaginarias que
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configuran nuestra sociedad. Lo mismo ocurre por supuesto con el hecho bio-
lógico de tener tal o cual edad cronológica y su transformación en el hecho
social de ser joven, adolescente o viejo. Foucault no dice otra cosa cuando afir-
ma que "la locura no existe"o, más precisamente, que no existe ningún objeto
natural que pueda ser calificado de "locura".
Pasemos ahora a:
b)�La prevalencia de los procesos sobre los productos
Los productos son mucho más accesibles a nuestra percepción y a nuestro
entendimiento que los procesos de los cuales resultan. Se dice por ejemplo que
nos es mucho más fácil dar cuenta de nuestros productos mentales o de los
resultados de nuestras acciones que de los procesos mentales o de los procesos
conductuales que han desembocado en tal o cual concreción.
La mirada psicosocial emergente quiere ser precisamente una mirada que no se
deja cautivar por los productos que aparecen ante ella, y quiere ser una mirada
focalizada sobre los procesos, pero ¿por qué este énfasis sobre los procesos?
• En primer lugar porque los propios productos sociales presentan general-
mente un modo de existencia que es básicamente procesual. Las institu-
ciones sociales, las estructuras sociales, y en definitiva la propia sociedad
como tal, se mantienen bajo la forma de "cosas", de entidades estables y
recognoscibles por medio de un constante proceso de producción, es decir,
por medio de un "turn-over" permanente. Si se para el proceso, el producto
deja ipso facto de existir. No se puede pensar, por lo tanto, lo social a partir
de metáforas extraídas del mundo de los objetos sólidos; es preciso recurrir
al mundo de los fluidos. Una "cosa social", una institución por ejemplo, se
asemeja mucho más a un torbellino que mantiene su forma y su identidad
gracias al constante proceso de circulación de sus moléculas de agua, que
no a una construcción sólida.
Cuando se pierde de vista este carácter procesual de las entidades sociales
es muy fácil caer en el error de reificarlas y de verlas como algo exterior a
la actividad humana que las reproduce de forma ininterrumpida.
• En segundo lugar, el énfasis sobre los procesos se revela importante por-
que lo propio del ser social estriba en que es fundamentalmente un ser
"en devenir", como muy bien lo había visto G.H. Mead. El ser social no es
un ser "ya hecho", sino que es un "ser en el hacer", en constante reproduc-
ción/ transformación de sí mismo, permanentemente abierto sobre lo que
aún no ha sido. El ser social es tiempo y en este sentido es irremediable-
mente historia. No es que el ser social exista "en" el tiempo, sino que los
seres sociales, y el ser humano en especial, son propiamente "configuracio-
nes de tiempo". Olvidarse de esto y pensar lo social en términos de produc-
tos conduce muy fácilmente a infravalorar su dimensión histórica, así co-
mo su relativa indeterminación. El resultado es que se tiende entonces a
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"naturalizar" lo social por una parte y, por otra parte, a caer de lleno en
la "falacia teleológica" magníficamente descrita por Foucault. Ambas cosas
aparecen claramente si recurrimos a una analogía con el lenguaje. Cuando
vemos un producto lingüístico, un texto por ejemplo, tenemos tendencia,
primero a considerar que quien lo ha escrito no ha hecho más que plas-
mar sobre el papel lo que ya tenía formulado en su mente, como si se tra-
tara simplemente de una translación desde un tipo de soporte a otro. En
segundo lugar, tenemos tendencia a considerar que todo el proceso de es-
critura estaba encaminado a producir necesariamente el texto en cuestión,
como lo demuestra aparentemente el hecho de que se ha producido este
texto precisamente y no otro. Parece como si el producto final, el texto tal
y cual está efectivamente escrito, hubiera presidido su propio proceso de
producción y hubiera constituido, desde el principio, el resultado sobre el
cual "tenía" que desembocar necesariamente ese proceso. Pero todos sabe-
mos que esto no es así. Cuando se empieza a hablar, cuando se empieza a
escribir, se entra en un proceso de construcción, guiado por un "plan" bas-
tante vago y débilmente estructurado, cuyo resultado final no está estric-
tamente prefigurado ni totalmente determinado. Lo que se va diciendo, lo
"ya dicho" especifica en parte lo que se puede decir después y lo que se va
a decir efectivamente después, pero nunca lo determina de forma estricta.
El texto escrito, el discurso concluido, no preexisten en modo alguno a
su elaboración, se van inventando, se van autoconstruyendo a través de
un proceso en el cual lo ya construido crea literalmente las condiciones,
nunca totalmente especificadas, de su propio desarrollo. Es en este sentido
que se puede decir que el texto se "automatiza" parcialmente de su autor.
Una vez que el proceso de escritura se ha puesto en marcha, es el propio
texto quien dicta al autor los pasos siguientes, pero este dictado nunca es
estrictamente imperativo, el autor guarda un margen de libertad. Cuando
consideramos el producto acabado tenemos tendencia a olvidar esta dia-
léctica constante entre libertad y necesidad. O bien atribuimos al autor la
total responsabilidad de su texto, otorgándoles una libertad absoluta en su
creación, olvidándonos de los imperativos del código, o bien codificamos
el texto considerándolo como el resultado predeterminado y el desenlace
necesario del proceso de escritura emprendido. Lo mismo ocurre a nivel
social cuando nos olvidamos de los procesos y nos centramos en los pro-
ductos. La dialéctica entre necesidad y libertad se rompe entonces, que-
dándose como algunos, como Durkheim, con la necesidad y "reificando"
lo social, quedándose otros, como Weber, con la libertad y, por así decir-
lo, "voluntarizando" lo social. El ser humano aparece en un caso con un
muñeco movido por los hilos del código social y la sociedad aparece en
el otro caso como la libre construcción de la actividad individual. Sólo la
consideración de lo social en términos de procesos permite conciliar la re-
lativa autonomía de las estructuras sociales con la relativa autonomía de
los agentes sociales.
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© FUOC • P08/80500/00572 77 La identidad (el self)
c)�Por fin, y en tercer lugar, la mirada psicosocial emergente otorga una importancia
primordial a los aspectos relacionales
En efecto, si admitimos que el ser social constituye un ser "en razón de su sig-
nificado" y constituye básicamente un "entramado simbólico", nos vemos obli-
gados ipso facto a rechazar todo reduccionismo individualista en el estudio y
en la explicación, tanto de la conducta humana como de la forma de ser de
los seres humanos. Las razones son simples, el significado nunca está "dado"
en las cosas, es una "estructura ausente" que debe ser construida y elaborada;
es bien sabido que lo simbólico consiste precisamente en la capacidad de ser
aquello que no se es, de estar por aquello que no está presente, y ello en razón
de una convención, más o menos "motivada" en el sentido de los lingüistas.
Este carácter convencional del magnificado, junto con el hecho de que todo
significado remite siempre a un entramado de otros significados, implica que
la construcción de los significados se fragua en la interacción social, en la re-
lación con los demás y también en la relación con la institución social en su
conjunto, o mejor dicho, en relación con el magma de significados que insti-
tuyen la sociedad y la configuran como código simbólico.
No tiene sentido por lo tanto mirar de forma aislada al individuo, al grupo,
a tal o cual categoría o institución social, sino que la mirada debe focalizarse
directamente sobre los procesos relacionales que se establecen entre las enti-
dades sociales (individuo/individuo, individuo/grupo, individuo/institución,
grupo/grupo, etc.).
En resumen, y para cerrar este punto, las condiciones de existencia de lo social
se expresan en términos de significación, su modo de existencia es de natu-
raleza procesual y su análisis psicosocial debe focalizarse sobre su dimensión
relacional.
3)�Exigencias�de�la�mirada�psicosocial�sobre�el�meta-nivel�metodológico
La mirada psicosocial emergente se muestra extremadamente reservada res-
pecto del sacrosanto rigor metodológico con el cual se suele valorar la bondad
de una investigación social.
Aquí también cabe mencionar tres aspectos que motivan esa reserva:
a)�los efectos "perversos" del rigor metodológico.
b) la exclusión de los "saberes implícitos".
c) la neutralización indebida de las variables intervinientes.
a)�Los efectos "perversos" del rigor metodológico
Se considera habitualmente que el secreto para conseguir el conocimiento más
exacto posible de la realidad investigada y para describirla con la mayor fide-
lidad posible radica en entremar el rigor metodológico: estricto control de va-
riables cuando se trabaja en situación experimental, correcta selección de las
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© FUOC • P08/80500/00572 78 La identidad (el self)
muestras y ausencia de ambigüedad de las preguntas cuando se trabaja en si-
tuación de campo, y, en ambos casos, acertado y sofisticado tratamiento esta-
dístico de los datos: esas son las condiciones estándar para alcanzar una buena
imagen de la realidad.
Dejaremos de lado por un momento el incómodo hecho de que las variables y
los datos dependen de las gafas teóricas con las que se miran y supondremos
que sea factible cuando menos acercarse a la descripción objetiva de la realidad
social. Pues bien, el propio esfuerzo por atenerse lo más "objetivamente" posible
a la descripción de la realidad, conlleva, como consecuencia "perversa" la dis-
torsión de dicha realidad y el enmascaramiento de algunas de sus característi-
cas más fundamentales. Como bien lo ha sugerido Argyris, es el propio intento
de estudiar la realidad social "tal y como es" el que imposibilita precisamente
conocerla "tal y como es". En efecto, ciertos rasgos de la realidad social sólo se
hacen visibles cuando se procede a confrontar esa realidad social con formas
sociales alternativas a las ya existentes. Ciertos rasgos sólo aparecen "por dife-
rencia" con un modelo distinto del existente. Por lo tanto, para conocer mejor
lo existente es indispensable generar una dialéctica entre el mundo existente
y los mundos posibles, entre las formas sociales establecidas y formas sociales
alternativas. En definitiva, la voluntad de atenerse a una descripción rigurosa
de las "cosas tal y como son" transforma ciertas características de las cosas en
características "racionalmente invisibles".
Así mismo, el empeño en incrementar la sensibilidad de las técnicas de inves-
tigación social y de incrementar el rigor de esas técnicas para mejorar así la
"validez interna" de las investigaciones tiene como consecuencia "perversa" no
solamente el hecho de disminuir la "validez externa" como es bien sabido, sino
también el hecho de incidir negativamente sobre la propia "validez interna",
puesto que, como bien lo ha demostrado Meelh, el incremento de la potencia
o de la precisión de los instrumentos utilizados en ciencias humanas hace más
fácil el rechazo de la hipótesis nula y por lo tanto hace más difícil la discon-
firmación de las hipótesis.
b)�La exclusión de los "saberes implícitos"
Es bien sabido que, en ciencias sociales, gran parte de los "datos" se recogen
mediante "auto-informes verbales" emitidos por los sujetos en respuesta a "estí-
mulos verbales", es decir, a preguntas o enunciados presentados por los investi-
gadores. El problema surge cuando se considera, al igual que lo hace Giddens,
que junto con su "consciencia discursiva", los sujetos poseen una "consciencia
práctica" que escapa al orden de lo que se puede verbalizar. Los sujetos poseen un
saber social "implícito" o práctico que utilizan eficazmente en sus acciones y en
sus relaciones con los demás, pero que serían incapaces de enunciar explíci-
tamente, de la misma forma que los sujetos conocen prácticamente y se atie-
nen generalmente a las reglas sintácticas del lenguaje aunque sean absoluta-
mente incapaces de verbalizar esas reglas gramaticales. Por lo tanto, cuando
se formulan preguntas a los sujetos, tan sólo se consigue traer a la luz lo que
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© FUOC • P08/80500/00572 79 La identidad (el self)
pertenece a su conciencia discursiva. Cuando el sujeto "da cuenta" de sus opi-
niones, de sus actitudes, de sus creencias e incluso de sus prácticas sociales o
de su identidad, lo hace únicamente en función de su saber explícito sobre
estas características. Los datos que se recogen están sesgados de partida por su
ubicación exclusiva en el campo de la conciencia discursiva, y es precisamente
esa conciencia la que más sensible se muestra a las influencias ideológicas y a
las "radicalizaciones" socialmente sugeridas.
Llegar hasta el nivel de los saberes implícitos exige un trabajo de interpretación
de los datos, un alejamiento de la literalidad de los datos y una penetración en
la subjetividad del sujeto, que son difícilmente compatibles con los cánones
de la objetividad descriptiva.
Por fin, el tercer aspecto está relacionado con:
c)�La neutralización indebida de las variables intervinientes
Son muchos los factores que intervienen simultáneamente en la producción
de una conducta, o simplemente de una respuesta verbal, cuando se trata de
un ser dotado de capacidad hermenéutica, como es el caso del ser humano.
La neutralización de las variables "no pertinentes" constituye una exigencia de
todo "buen hacer" metodológico, incluso en los estudios de campo. Por ejem-
plo conviene neutralizar el sesgo de asertividad en las respuestas o bien los
efectos que tiene la deseabilidad social sobre las respuestas. Es bien sabido que
la "presentación del yo", o el manejo estratégico de las impresiones que uno crea
en los demás, constituyen prácticas habituales, sumamente importantes en
nuestro tipo de sociedad.
Todos intentamos incidir en la imagen que los demás se hacen de nosotros
mismos. Por supuesto, también lo hace el sujeto que participa en un experi-
mento o que contesta a una entrevista, por muy anónima que ésta parezca. Es-
te hecho interfiere con las respuestas "auténticas", las "altera" y se considera por
lo tanto que es "malo" para la objetividad de la investigación y que conviene
neutralizarlo. ¿Pero qué es lo que conseguimos entonces? Como muy bien lo
dice Sampson, lo que dibujamos entonces es una imagen absolutamente de-
formada de la realidad. En efecto, si es verdad que las estrategias de auto-pre-
sentación configuran la forma de ser de los seres que viven en nuestro tipo
de sociedad, estamos obligados a dar cuenta de este hecho en nuestras inves-
tigaciones. De lo contrario estamos desvirtuando la realidad bajo el pretexto
de acercarnos más objetivamente a ella. En nombre de la objetividad no se
puede poner entre paréntesis, o sacrificar, la realidad con el pretexto de que
ésta perjudica a la objetividad.
En resumen, y para concluir este punto, el rigor metodológico orientado a in-
crementar la objetividad descriptiva genera una serie de "efectos perversos" que
sesgan de forma sistemática nuestro conocimiento de la realidad. El problema
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está en que, si lo que hemos dicho cuando hemos tratado el meta-nivel episte-
mo-político es cierto, entonces el rigor metodológico revierte sobre la realidad
a través de sus productos transformándola en una determinada dirección.
Bien, vamos a intentar ver cómo revierte todo lo dicho hasta el momento sobre
una categoría social como es la juventud, sobre nuestra conceptualización de
ésta y sobre la forma de investigarla.
Quizá sea útil empezar con una serie de preguntas:
¿Hay algo que se corresponda, en el plano ontológico, con lo que nosotros
llamamos la juventud y, para ser más concretos aún, con la juventud catalana?;
en caso afirmativo ¿cuál es su modo de existencia?; y por fin, en función de
ese modo de existencia ¿cuáles son las condiciones de su investigación?
Existen, por supuesto, muchos individuos que residen en Catalunya y cuya
edad está comprendida entre tales y cuales años. Pero esto constituye una reali-
dad poblacional y biológica, demográfica si se quiere, que no nos interesa co-
mo tal. No nos preguntamos acerca del color de los cabellos de estos indivi-
duos, ni de su talla, ni de su peso ni del estado de su dentadura. Lo que nos
interesa es la dimensión social del fenómeno y en este sentido tenemos que
admitir que, por supuesto, la juventud catalana constituye plenamente una
realidad social. Lo que pasa es que el modo de existencia de esa realidad no es
ni mucho menos del mismo orden que el modo de existencia de la realidad
demográfica a la que nos hemos referido.
En tanto que realidad social, la juventud catalana sólo existe en virtud del en-
tramado simbólico que la constituye como tal. Se trata de una categoría social
y como tal la juventud catalana no es sino una abstracción y una construcción
social, se trata enteramente de una producción simbólica de la sociedad. No
podemos dialogar con la juventud catalana ni ésta puede contradecir cualquier
cosa que afirmemos sobre ella. Por así decirlo, no tiene rostro ni voz.
Lo primero que deberíamos hacer por lo tanto, en una perspectiva decidida-
mente nominalista, es no contribuir a reificar y a naturalizar lo que no es sino
una mera construcción social. Esto no significa que la juventud catalana sea
una pura entelequia. Sabemos hace tiempo, y el propio Marx lo admitía, que
las construcciones simbólicas pueden engendrar efectos tan materiales como
las propias fuerzas materiales y que los mitos, las ideas y los símbolos pueden
tener tanta fuerza como los tanques. Si la juventud catalana saca su existencia
de la red de significados sociales que la instituye como tal, tanto para ella mis-
ma como para los demás componentes de la sociedad, está claro que conocer
la juventud catalana pasa esencialmente por dilucidar el entramado simbólico
que lo hace existir como categoría social más o menos netamente delimitada.
Esta actividad hermenéutica es la que debería constituir el grueso de la inves-
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tigación y es en función de este conocimiento que adquirirán sentido los da-
tos puntuales referidos a la tasa de asociacionismo, de prácticas religiosas, de
satisfacción con la escuela, etc. que nos ofrecen habitualmente las encuestas.
En segundo lugar es obvio que no puede haber una "descripción" objetiva de
esa realidad que llamamos juventud catalana. Lo único que podemos hacer es
ofrecer una aprehensión de esa realidad a través de una teoría determinada.
Por supuesto, siempre hay una teoría detrás de los datos que se ofrecen, pero
esa teoría debe explicitarse con detalle. De lo contrario se contribuye a fomen-
tar la impresión de que los datos son "datos objetivos", como si nos hubiésemos
limitado a "extraerlos" directamente de la realidad y en consecuencia se con-
tribuye a dejar creer que la realidad es objetivamente tal y como la describen
nuestros datos.
En tercer lugar, no podemos actuar como si la juventud catalana fuese "un pro-
ducto" que está ahí, ubicado en algún lugar de la sociedad catalana, con propie-
dades y características que le otorgan un carácter de cosa estable bien delimi-
tada, fuertemente integrada. La juventud catalana es un proceso, en el doble
sentido de que, por una parte, no se trata de una categoría en la cual "se está",
sino de una categoría por la cual se "pasa" y es en ese pasar por ella como se
la va construyendo, reproduciendo, transformando día a día, y por otra parte,
en el sentido de que su forma de ser es la de estar en un perpetuo devenir que
se define por su apertura sobre el futuro y también por su naturaleza histórica,
es decir, que se define como un proceso cuyo momento presente depende en
parte de la "memoria" que se guarda del pasado. Es por lo tanto muy difícil
conocer la juventud catalana sin tomar en cuenta esta dimensión dinámica,
esta dimensión temporal e histórica. Los datos recogidos en un momento de-
terminado no adquieren todo su sentido hasta que no se los contextualiza en
una perspectiva histórica.
En cuarto lugar, cuando se declara, en base a una serie de datos, que la juven-
tud catalana tiene tales o cuales características, se fomenta la idea de que un
joven insertado en esa categoría tiene fuertes probabilidades de presentar las
características propias de la categoría, como si el código moldeara a quienes
participan de él. Con esto se infravalora sistemáticamente el hecho de que si
bien la categoría social tiene una cierta autonomía, es decir, tiene unas carac-
terísticas que no dependen de la actividad consciente o inconsciente de sus
miembros y que inciden sobre cada uno de sus miembros, también los indi-
viduos disponen de una cierta autonomía en el sentido de que son ellos quie-
nes a través de sus acciones configuran, reproduciéndolas y transformándolas,
gran parte de las características de su categoría de pertenencia.
En quinto lugar, parece claro que la identidad de la juventud catalana debe ser
analizada en términos relacionales y debe ser contextualizada. No solamente
porque la forma en que uno se ve a sí mismo y la forma en que uno ve al
mundo están indisolublemente ligadas, sino porque la identidad siempre es
"diacrítica", es decir, que se construye por diferencias con lo "otro". Esas diferen-
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cias, lejos de situarse en el ámbito individual, se establecen a nivel de grupos
sociales, puesto que son los grupos de pertenencia quienes proporcionan el
lenguaje de la identidad y puesto que son los grupos de pertenencia, siempre
múltiples, quienes conforman la identidad personal. Pero hay más, y es que
la identidad, como muy bien lo dice Zavalloni y como lo habían visto Dilthey
y también Husserl, está constituida, no sólo por el yo o el sí mismo, sino que
resulta de un constante juego de interacciones, simbólicas entre los dos polos
constituidos por yo y por el otro. En otras palabras, yo y el otro son indiso-
ciables. No puedo definirme como joven si no es en relación al no joven, o
como catalán si no es en relación a lo no catalán. Esta dimensión relacional,
esta dialéctica del yo en relación con el otro, estas pertenencias grupales, no
pueden estar ausentes de un acercamiento a la identidad. En particular no se
puede conocer la identidad si no se pide al sujeto que defina también quienes
son "los otros". Tampoco tiene sentido estudiar la juventud catalana sin tener
en cuenta su relación con la sociedad global y especialmente la situación his-
tórica por la que pasa actualmente la sociedad catalana.
En sexto lugar, no hay que olvidar que las preguntas en términos de perte-
nencias categoriales siempre suscitan unas respuestas que enmascaran la he-
terogeneidad radical de toda categoría social. Los seres humanos utilizan sus
experiencias concretas, así como sus vivencias subjetivas, para dar cuerpo a
esas abstracciones que son las categorías sociales. Siempre recurren implícita-
mente a imágenes particulares, a ejemplos concretos para conceptualizar las
categorías, y estas imágenes particulares, estos ejemplos concretos siempre co-
rresponden a un sub-grupo particular dentro de la categoría. En ese sub-grupo
particular que representa para una persona a la categoría en su conjunto. Esto
significa que incluso los miembros de una categoría no tienen los mismos re-
ferentes implícitos cuando hablan de esa categoría y que conviene por lo tanto
entrar en la esfera de los significados subjetivos que estructuran la representa-
ción de las categorías. Una pregunta referente a la juventud catalana puede no
ser ambigua, dos personas pueden dar respuestas que tengan efectivamente la
juventud catalana como referente, pero una de ellas hablará de la juventud
catalana de forma ciertamente genérica aunque pensando en los estudiantes
de Bellaterra y la otra lo hará también de forma genérica pero pensando en los
jóvenes parados de Santa Coloma por ejemplo.
En séptimo lugar, es obvio que el conocimiento producido sobre la juventud
catalana revierte sobre la juventud catalana en tanto que afecta la imagen que
los otros tienen de ella y la imagen que ella tiene de sí misma, sobre todo si
contribuye a hacer creer que ese conocimiento es científico, riguroso y que
constituye por lo tanto una fiel representación de lo que es la juventud cata-
lana. Estos efectos son múltiples, y tan sólo destacaré uno de ellos: describien-
do objetivamente a la juventud catalana se fomenta la creencia en el deter-
minismo social. Si la juventud catalana es de tal o cual forma esto significa
que mi forma de ser en tanto que joven catalán no depende de mí sino que
obedece a unos determinismos sociales que me conforman con tales o cuales
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características. No puedo nada contra ello ni puede hacer nada tampoco para
que la juventud catalana en su conjunto sea distinta, con lo cual se fomenta
la pasividad social.
En octavo lugar me parece que para conocer la juventud catalana sería útil
poder contrastar las características que debería tener según nosotros una ju-
ventud, emancipada, crítica, feliz, etc. con las características de la juventud
catalana actual. Esto nos permitiría quizá descubrir algunos de los condicio-
nantes que pesan hoy sobre los jóvenes catalanes y que no pueden aparecer en
una interrogación directa de la realidad. Asimismo, sería interesante formular
una serie de hipótesis sobre cómo es la juventud catalana, sobre la base de lo
que sabemos de la sociedad catalana y de las sociedades modernas en general.
La disconfirmación de algunas de esas hipótesis constituiría el hecho más in-
teresante que podría acontecernos ya que nos obligaría a reformular nuestras
teorías y nos descubriría, por otra parte, algunos puntos problemáticos de la
juventud catalana.
Concluyamos antes de que este catálogo de sugerencias se parezca a algo así
como la tabla de los diez mandamientos para estudiar la juventud catalana.
Es obvio que si alguien se preguntase con ironía desde qué monte Sinaí se
ha dictado, tendría toda la razón de mostrarse sarcástico. También es obvio
que en este texto no se aporta nada concreto sobre la juventud catalana y que
tan sólo se enuncia una serie de principios genéricos formulados desde una
postura bastante heterodoxa.
Ya se sabe que lo peor que les puede pasar a las heterodoxias es convertirse
en ortodoxias. Esperamos pues que sean pocos los lectores que se identifiquen
con los planteamientos expresados en este texto.
Tomás Ibáñez
Universidad Autónoma de Barcelona
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© FUOC • P08/80500/00572 84 La identidad (el self)
Resumen
Este módulo efectúa un recorrido teórico por las principales perspectivas que
se han dedicado al estudio de la identidad, desde las más individualistas, que
ponen el centro de explicación en el individuo, pasando por las más sociales,
que consideran que el origen de la identidad se encuentra fuera de él, en la
sociedad, hasta acabar en la perspectiva psicosocial, centrada en una explica-
ción dialéctica que parte de la idea de que el individuo y la sociedad se van
conformando mutuamente. Dentro de las teorías más individualistas encon-
tramos la biologicista, la más determinista; esta teoría considera que la iden-
tidad asienta su base en aspectos innatos que se encuentran en la biología de
cada uno, la cual tiene un fuerte impacto en la sociedad donde vivimos; la
fenomenológica, que sitúa el centro de atención en el estudio de la concien-
cia y en la experiencia subjetiva que tenemos del sí mismo; y, finalmente, la
psicoanalítica, que enfatiza el análisis de la historia relacional de la persona.
En lo que concierne a las teorías más sociales, se ha expuesto la teoría de la
categorización social de Tajfel, junto con las nociones de estereotipo, prejuicio
y discriminación, por una parte, y por la otra, la teoría dramatúrgica de Goff-
man, que se sirve de las nociones de rol y de estatus para señalar la dimensión
estructural de la identidad. Todo este recorrido acaba en una nueva perspecti-
va psicosocial de la identidad, centrada en la dimensión simbólica, histórica
y construida de la identidad, la cual recoge algunos elementos teóricos del in-
teraccionismo simbólico.
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© FUOC • P08/80500/00572 85 La identidad (el self)
Propuestas de reflexión
El segundo módulo muestra cómo la identidad es un fenómeno producido históricamente
y completamente dependiente de marcos sociales y culturales. Para la psicología social, la
identidad ha dejado de considerarse "un poco" individual. Los contenidos y la definición que
se asocian usualmente a las identidades de las personas en cada momento histórico cumplen,
de esta manera, una función social e ideológica.
El módulo recorre las perspectivas que han estudiado el tema de la identidad, muestra las
propuestas de las actitudes más individualistas y las afirmaciones de las más sociológicas,
y propone una definición psicosocial que parte de la idea de que individuo y sociedad se
afectan mutuamente.
Algunas de las grandes preguntas que se perfilan después de la lectura de esta segunda parte
de nuestra introducción a la psicología social, hacen referencia al origen, a la génesis social
de nuestras creencias y opiniones. Se relacionan con interrogantes sobre cómo se constitu-
yen nuestros pensamientos, si reproducen o no un statu quo determinado, y por qué. Tales
cuestiones nos permiten conectar con el módulo siguiente dedicado a revisar la formación
de actitudes, su organización y cambio.
No obstante, antes de adentrarnos en la lectura del siguiente módulo os proponemos que
reflexionéis sobre los problemas siguientes:
El segundo módulo sostiene que la identidad está conformada socialmente. Pues bien, ¿me-
diante qué recursos sería factible pensar en alterar una construcción social sobre una identi-
dad determinada cuando se sustenta en posiciones de poder y privilegio? Por ejemplo, pen-
semos en un supuesto colectivo de empresarios que piensa que la mujer, dadas sus respon-
sabilidades maternales, no puede hacerse cargo de responsabilidades de primera línea y sólo
puede ocupar lugares de trabajo relacionados con el mando intermedio de las organizacio-
nes. ¿De qué manera podrían alterar esta imagen las mujeres que trabajan en las empresas
de este colectivo?
La denominada teoría de la categorización-identidad-comparación social de H. Tajfel esta-
blece un vínculo directo y necesario entre la identidad social positiva, nuestra identidad en
definitiva, y la producción de estereotipos y prejuicios hacia el exogrupo y sus miembros.
¿Significa todo esto que es inevitable la producción de los comportamientos discriminato-
rios? ¿Podríamos definir algún mecanismo para evitar la generación de prejuicios sin que ello
afectara a nuestra identidad? Si nuestra identidad depende de la infravaloración de los otros,
¿estamos condenados a vivir con los estereotipos y prejuicios?
Todos sabemos que algunas situaciones límite como las guerras han producido fenómenos
de máxima violencia hacia el "otro" como son, por ejemplo, los campos de exterminio o los
planes de limpieza étnica. Pero también hemos observado que situaciones de nuestra abso-
luta cotidianeidad como, por ejemplo, un partido de fútbol o una manifestación, generan
fenómenos de violencia y encarnizamiento hacia "el otro" o hacia personas que exhiben al-
guna diferencia. ¿Explicarían la emergencia de estos fenómenos las propuestas de H. Tajfel?
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Glosario
categorización social Conjunto de procesos psicológicos que llevan a ordenar el entorno
en términos de categorías: grupos de pertenencia, de objetos y de acontecimientos, en tan-
to que sean considerados equivalentes para la acción, las intenciones o las actitudes de un
individuo.
discriminación Comportamientos o acciones específicos, que se dirigen a las personas
afectadas por los prejuicios, y que tienen un doble objetivo: favorecer a los miembros de la
propia categoría y, al mismo tiempo, perjudicar a los miembros de otras categorías.
dramaturgia Idea relacionada con la idea básica de que las personas representan diferentes
papeles, o roles, en relación con la estructura social donde se incluyen. La idea de rol hace
referencia a un "modelo organizado de comportamientos que se desprende de la posición
determinada que ocupa la persona dentro de un conjunto interaccional".
estereotipo Conjunto de creencias generalizadas que están socialmente asociadas a una
categoría grupal, las cuales provocan los prejuicios y los justifican.
explicación biologicista Características de personalidad desarrolladas por cada uno de
nosotros que provienen, por un lado, de las disposiciones innatas marcadas por la biología,
y por el otro, de los aprendizajes que realizamos a partir de las experiencias y situaciones
en que nos encontramos cotidianamente, aunque éstas tienen su límite en la biología (la
herencia y la fisiología).
explicación fenomenológica Experiencia subjetiva que tenemos del yo a través de la
conciencia. La experiencia del yo, por otra parte, está estrechamente asociada a la "conciencia
de agencia" –de pensar que, como persona particular, tenemos el poder de producir efectos
en nosotros y en los demás.
gestión de impresiones Estrategias de presentación del yo que la gente utiliza para generar
las impresiones que los demás se forman de ellos e incidir sobre ellas.
interacción simbólica Condición de posibilidad de la emergencia del self. Éste no existe
antes que las interacciones sociales, sino que surge o emerge en el transcurso de éstas. Los
otros, por lo tanto, tienen un papel importante en la construcción del yo.
narrativa de sí mismo Por medio de las palabras aprendemos, y hemos aprendido, que
con el lenguaje podemos representarnos a nosotros mismos. El lenguaje, que es de naturaleza
simbólica, nos conduce a actuar y reaccionar ante las cosas no tanto por lo que éstas son,
sino por cómo nosotros nos las representamos con las palabras que utilizamos. Actuamos
más dependiendo de la imagen que nos narramos sobre el uno mismo, que en virtud de lo
que podríamos realmente hacer desde una perspectiva más objetiva.
prejuicio Actitud, generalmente negativa, hacia determinadas personas, que se origina por
el hecho de la pertenencia de éstas a determinadas categorías sociales, y no por las caracte-
rísticas o actuaciones individuales de las personas en cuestión.
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Bibliografía
Amelang, J. S. y Nash, M.(1990). (Ed.). Historia y género. Las mujeres en la Europa moderna
y contemporánea. Valencia: Edicions Alfons el Magnànim.
Gergen, K. (1992). El yo saturado. Barcelona: Paidós Contextos.
Goffman, E.(1959). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Buenos Aires: Amorror-
tu.
Mead, G. H. (1982). Espíritu, persona y sociedad. Barcelona: Paidós.
Tajfel, H. (1981). Grupos humanos y categorías sociales. Barcelona: Herder.
Turner, J. C. (1990). Redescubrir el grupo social. Madrid: Morata.
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