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Despojas Del Viejo Hombre

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Efesios 4:22-24

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está
corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra
mente, y vestíos del nuevo hombre.
Despojarse de la pasada manera de vivir y renovarse mediante la nueva manera
de vivir es un principio por medio del cual las posibilidades que están en Cristo
pueden resultar evidentes en nuestra experiencia. La advertencia del apóstol
consiste en la necesidad de que reconozcamos constantemente y rechacemos
estas suposiciones falsas y subyacentes que tienen que ver con nuestra antigua
naturaleza y con la antigua manera de vivir. Esto no tiene que ver tan sólo con
las acciones, pues, como verá usted, tiene que ver también con nuestra manera
de pensar y nuestras actitudes. Esto es lo que causa el problema y es esto lo
que debemos rechazar.

Despojarse significa que hay algo de lo que tiene usted que deshacerse, algo
que debe eliminar. Pablo está usando los términos más sencillos para ilustrar lo
que debemos hacer en cuanto a la manera de pensar y de las actitudes en la
vida. Es preciso que rechacemos estas suposiciones básicas que han sido las
que han causado nuestros problemas, que las eliminemos y las rechacemos,
despojándonos de ellas, de la misma manera que se quitaría usted la ropa sucia.

Es preciso que hagamos esto, porque la corrupción en la vida tiene que ver con
estas actitudes equivocadas. Pablo dice que la antigua manera de vivir es
corrupta y degenerada. Está muerta; es asquerosa, egoísta, y temeraria. Estas
son las cosas que han hecho que la vida resulte miserable. Él enfatiza el hecho
de que podemos reconocer estas actitudes por la manera en que se manifiestan
y que son “codicias engañosas”. Por desgracia, esta palabra codicia es un
término que se interpreta de manera muy equivocada en nuestros días, porque
normalmente la relacionamos con algo sexual, pero esta palabra es mucho más
amplia que eso, ya que significa un estímulo causado por un impulso básico.
Nos acercaremos más al significado esencial de esta palabra si usamos el
término estímulo o impulso. Estos estímulos engañosos los sentimos
constantemente cuando reaccionamos ante diversas situaciones en las cuales
nos encontramos.

El primer paso en cuanto a experimentar lo que Dios desea para nosotros es


reconocer esto. Despojarse de lo viejo, ese es el primer paso. El otro es
reconocer las maravillosas posibilidades de una nueva vida. En esa frase
“renovarse en el espíritu de nuestras mentes” encontramos la diferencia
fundamental entre un cristiano y una persona que no lo es. Es verdad que a
veces las personas que no son cristianas son conscientes de que hay cosas que
están mal en sus vidas, pero sencillamente cambian la expresión que se refiere
al mismo egocentrismo básico. Cambian la forma exterior, pero el problema
sigue siendo básicamente el mismo.
Pero de todos los seres humanos, sólo los cristianos tienen la posibilidad de
hacer algo totalmente diferente, viviendo conforme a un principio
completamente distinto, porque han sido renovados en la actitud de sus mentes.
Y eso sucede en la vida regenerada cuando el Espíritu de Dios entra en el
corazón que cree en Jesucristo. Cuando creemos en Jesucristo y le recibimos
como nuestro Señor y Salvador, somos renovados en las actitudes de nuestra
mente. El nuevo ser se manifiesta entonces como semejante a Dios porque es la
imagen de Jesucristo; es Su vida vivida en usted. De manera que adopte usted
esa clase de vida, porque está a su alcance.

Padre, ayúdame a entender y a poner en práctica el gran principio de eliminar al


antiguo ser y a ponerme el nuevo.

Aplicación a la vida
Las falsas concupiscencias nos engañan, porque creemos que nos harán
felices. ¿Hay cosas que todavía seguimos haciendo porque no hemos renovado
nuestras mentes en la Verdad que se halla en nosotros?
De un modo u otro, cada uno a su manera, los cristianos en todas partes están
preguntando la misma pregunta. No preguntan: “¿Cómo podemos estar seguros
de que cuando nos muramos iremos al cielo?”. Aquellos que recientemente se
han incorporado a la vida cristiana están interesados por estos aspectos, y es
correcto que así sea. Pero la mayoría de los cristianos en todas partes son cada
vez más conscientes de que hay mucho más sobre el cristianismo que una
promesa de que cuando nos muramos iremos al cielo. Ni siquiera están
preguntando la pregunta: “¿Cómo puedo saber si los pecados de mi pasado
están perdonados?”. De nuevo, esta es un área de interés apropiada para
aquellos que acaban de entrar en la fe cristiana. Pero la pregunta que encuentro
que los cristianos están preguntando, surgiendo de un profundo interés
evidente casi en todas partes, es la pregunta: “Si Cristo realmente puede vivir y
amar por medio de mí, ¿entonces como dejo que haga eso? ¿Cuál es el proceso,
qué debo hacer en realidad, para que esto ocurra en mi vida?”.
Estoy enormemente animado por el hecho de que esa pregunta esté siendo
preguntada, ya que revela que los cristianos se están alejando del concepto de
que el cristianismo es meramente una forma de escapar el infierno e ir al cielo
algún día. Por ciertos que sean esos conceptos, no son el asunto esencial en la
fe cristiana. Es muy alentador ver a los cristianos volviéndose conscientes por
fin de todas las grandes provisiones que hay en Jesucristo para vivir hoy, ahora
mismo, que esto es a lo que primariamente está apuntando en nuestras vidas. El
cristianismo tiene la intención de cambiar a los hombres para vivir de forma
distinta en medio del tipo de mundo en el cual estamos viviendo ahora. Hay un
hambre que está siendo creada por el Espíritu de Dios en todas partes por este
tipo de vida. Hay un descontento con la mediocridad que se está extendiendo, y
es un cambio muy bienvenido. Hay una insatisfacción con la forma de vivir
cristiana que es anémica, pálida, tibia, sin brillo, que tantos han experimentado
durante tanto tiempo que es repulsiva para ambos, los hombres y para Dios. En
el libro de Apocalipsis el Señor Jesús lo dice claramente a la iglesia de
Laodicea. Dice: “Pero por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de
mi boca” (Apocalipsis 3:16). Ese tipo de cristianismo es la razón de ese
movimiento inquieto de nuestro día que reta y acusa a la iglesia de impotencia y
irrelevancia.
Ahora Pablo da la respuesta a esta pregunta básica cristiana en el cuarto
capítulo de Efesios. Ha declarado ya que el sitio para comenzar a vivir la vida
cristiana es con un cambio de pensamiento. Vimos previamente, en los
versículos 17 a 20, que debemos comenzar por tener nuestra mente cambiada.
Nuestra vida del pensamiento debe de volverse distinta. No podemos seguir
pensando de la misma forma que lo hacíamos antes de ser cristianos. No
podemos imitar ni adoptar el pensar de aquellos que no son cristianos en
cuanto a la vida en general, el pensar del mundo. Pablo nos enseñó por qué.
Rastreó el pensamiento oscurecido e inútil del mundo y abiertamente lo llama
“ignorancia”.
Ahora bien, esa es una palabra que es difícil de aceptar para muchos. Hay
aquellos que preguntan: “¿Cómo puedes decir esto en relación a los logros
intelectuales de los hombres hoy? ¿Cómo puedes negar los tremendos logros
de la ciencia en nuestros días? ¿Cómo te atreves a decir esto en una comunidad
que tiene más ganadores del premio Nobel y del premio Pulitzer por metro
cuadrado que cualquier otro sitio sobre la faz de la tierra? ¿Cómo puedes decir
que el pensamiento del mundo es ignorancia? ¿Cómo puedes dejar de lado tan
fácilmente la cuidadosa e impecable lógica de los grandes pensadores de este
mundo?”. La respuesta, por supuesto, es: “No estamos intentando denegar la
lógica o el brillo del intelecto en lo más mínimo”. Estos son muy obvios en el
pensamiento del mundo. El aspecto que el apóstol está objetando no es la lógica
del mundo, sino su premisa, o sea, sus asunciones y metas subyacentes a lo
que está apuntando; es a lo que piensa que será llevado a cabo por su
pensamiento actual. Por lo tanto, debe de haber un cambio en nuestro
pensamiento, ya que el pensamiento del mundo es defectivo, es imperfecto,
ensombrecido, oscurecido con el error.
Cualquiera de ustedes que haya aprendido el ingenioso arte de hacer las
cuentas (yo nunca lo he dominado) sabe cómo un solo error puede cambiar toda
el panorama. No tienes que tener muchos errores en un libro de cuentas; sólo
necesitas uno, una ligera transposición en las cifras, un error en la resta, y
aunque el resto de la adición puede estar absolutamente impecable,
perfectamente lógica, aritméticamente correcta en toda la columna, todo está
mal. No hay nada tan desalentador como llegar al final de una columna y
descubrir que te faltan tres centavos y no sabes dónde están.
De la misma forma, el error subyace bajo el pensamiento del mundo. Hay mucha
verdad en el razonamiento del mundo, hay mucha lógica. Como mostramos
antes, hay mucha verdad genuina que el mundo ha tomado de la exposición a la
verdad de Dios a través de muchos siglos, pero está entremezclada con error, y
el problema es cómo distinguir lo verdadero de lo falso, cómo saber lo que es
falso. Pero el apóstol está mostrando que hay un error fundamental que se ha
introducido en el pensamiento humano que se revela en las asunciones básicas
con las que comienza la gente. Es aquí que debemos de comenzar a hacer
cambios en la vida cristiana. El cristianismo es un estilo de vida totalmente
distinto, y, por tanto, debemos de pensar de forma distinta.
Ahora bien, ¿cómo haces eso? Esa es la cuestión. Pablo se enfrenta a esta
pregunta en los versículos 22 a 24. En una forma muy práctica pone la respuesta
frente a nosotros, como siempre lo hace, primero en una declaración general
que revela el principio implicado. Esta declaración general es todo para lo que
tenemos tiempo ahora, pero sigue en el capítulo, aplicando este principio a
varias situaciones, todas aplicaciones prácticas de este principio básico y
subyacente. Ahora examinemos el principio mismo.
En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está
corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra
mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad
de la verdad. (Efesios 4:22-24)
Bueno, ahí está. No puedes ponerlo de forma más simple. Despojaos de lo viejo
y vestíos de lo nuevo. Ese es el principio por el cual las posibilidades que están
en Cristo pueden hacerse evidentes en términos de nuestra experiencia. Es al
seguir este procedimiento específico de despojarse de lo viejo y vestirse de lo
nuevo. Sólo necesita ser pensado cuidadosamente para que podamos entender
exactamente lo que significa esto. Fíjate, primero, que hay un reconocimiento
del atractivo de la vieja vida sobre el cristiano. Está la presencia de la vieja
naturaleza identificada, el “viejo hombre”, tal como es, literalmente, en el griego.
La admonición del apóstol ha de estar constantemente reconociendo y
rechazando estas asunciones falsas, subyacentes, que vienen del viejo hombre,
la vieja vida, el viejo modo de vivir. No son meramente hechos, notarás, sino
perspectivas, actitudes. Esto es lo que causa el problema, y esto es lo que
debemos de rechazar.
El Apóstol Pablo aquí utiliza una figura muy útil en las dos frases, “despojaos” y
“vestíos”. Despojaos significa el desvestirse de algo, quitárselo. Cuando vas a
tu dormitorio de noche para prepararte para la cama, te quitas la ropa, te
desvistes de ella y las dejas de lado. Si tienes una prenda manchada, te la quitas
y te pones algo nuevo. Está utilizando el término más simple para ilustrar lo que
debemos de hacer en el ámbito del pensamiento, las actitudes de la vida.
Debemos de rechazar esas asunciones básicas que nos han causado
problemas, despojándonos de ellas, rechazándolas, desvistiéndonos de ellas tal
y como te quitarías tu ropa sucia.
Debemos de hacer esto porque, desde estas actitudes equivocadas viene la
corrupción de la vida. Dice que el modo de vida anterior estaba corrupto,
decaído, muerto, fétido, infeliz, inquieto. Estas son las cosas que han hecho la
vida infeliz o miserable. Muestra que podemos reconocer estas actitudes por la
forma en la que operan. Son “deseos engañosos”. Desafortunadamente, esta
palabra deseo es grandemente malentendida en nuestro día. Invariablemente la
asociamos con algo sexual. El deseo es un deseo sexual; esa es la forma en la
que usualmente la interpretamos. Pero nos acercaremos más al significado
esencial en este pasaje de esta palabra si utilizamos el término ansia. Estas
ansias engañosas están constantemente presentándose en nosotros al
reaccionar a varias situaciones en las cuales nos encontramos.
Por ejemplo está el ansia de realizarte a ti mismo al permitirte una orgía de
gastos. Ese es un tipo de ansia que está describiendo aquí, el ansia de hacerte
feliz a ti mismo al poseer cosas. Tal ansia es engañosa, como nos dice la
Palabra de Dios, ya que el hombre nunca fue hecho para ser satisfecho
poseyendo cosas. Sin embargo, ¿quién de nosotros no experimenta esta ansia a
diario? Revisamos las páginas de las revistas y vemos los bellos aparatos y los
notables artilugios que la ciencia ha puesto a nuestra disposición. Miramos los
aparatos ajados y gastados y los artilugios de nuestra casa y sentimos un ansia,
¿no es cierto? Queremos salir y comprar una televisión en color. Ya no
podemos estar satisfechos con la televisión en blanco y negro que tanto nos
cautivó cuando la compramos al principio. Simplemente debemos de tener un
coche nuevo; ¡el viejo está polvoriento! Hay una exposición continua a este tipo
de ansia, ¿no es así? ¿Ves cómo está describiendo la vida? Estas ansias
básicas parecen prometer mucho, pero nunca cumplen. Por lo tanto, son
engañosas; no cumplen las promesas;no satisfacen realmente. Es posible vivir
nuestras vidas, como lo hacen muchos cristianos y como lo hacen
invariablemente los mundanos, intentando continuamente satisfacer esas ansias
que nunca son satisfechas.
Con respecto a esto, pienso en un viaje en tren a San Francisco hace algunos
años en que vi a una joven mujer sentada al otro lado del pasillo donde estaba
yo, fumando un cigarrillo tras otro. Encendía uno después de otro todo el
camino a la ciudad, y finalmente arrugó el paquete y lo tiró al suelo. Noté que era
la marca que tenía el logo escrito en él: “Satisfacen”, y pensé: “Me pregunto
cuántos se necesitan”. Por lo tanto, son “ansias engañosas”.
Existe el ansia de utilizar a otros para nuestra propia ventaja. ¿Alguna vez has
sentido el ansia de manipular a otros, de manipularlos en formas sutiles,
inteligentemente ocultas, para conseguir que hagan lo que quieres para tu
ventaja, con poco interés para ellos? No tienes su interés en mente, sino el tuyo.
Tal ansia parece ofrecernos mucho. Pensamos que si podemos ser inteligentes
en esto, o ser inusualmente sutiles, podemos conseguir que la gente haga lo
que queremos, y entonces tendremos el mundo en nuestras manos; podemos
obtener lo que sea que queramos. Pero no ocurre. Es un ansia engañosa.
Está el ansia de fastidiar a otros para que cumplan lo que queramos. Esta es una
estrategia diferente para la misma cosa. Es el ansia de perseguirles, darles la
lata, organizar manifestaciones, rodearles, acosarles, golpearles, fastidiarles,
para que hagan lo que queremos que se haga. Esta es otra forma de satisfacer la
autoestima, de servir al ansia básica de la vida. Parece que nos va a hacer
felices, porque constantemente estamos sintiendo esta ansia básica de
satisfacernos a nosotros mismos, de ser un edificador de imperios, de ser reyes
en nuestros propios dominios. Pero esta es la mentira básica, el engaño de la
vida, porque no funciona. Nunca ha funcionado, y nunca funcionará.
Quizás el ansia que sentimos es el ansia de mentir o engañar para sobrevivir,
para ganar una ventaja. Todas estas son ansias básicas de hacer la misma cosa,
para satisfacer el deseo básico de estar en el centro de las cosas, el centro de
atención, el foco de la vida a nuestro alrededor. Hay el ansia de criticar lo que no
entendemos, el ansia de tener nuestros sentimientos dolidos y permitirnos la
autocompasión, el ansia de adoptar la actitud de un mártir y sentirnos
humillados por cualquier fallo de nuestra parte. Hay el ansia de ser impaciente
con otros, el ansia de estar irritados cuando nuestra opinión no es aceptada, y el
ansia de la autoprotección cuando nuestra posición es atacada. Hay el ansia de
pelear con aquellos que no piensan como nosotros, el odiar o echarle la culpa a
otros. Hay el ansia santurrona, que nos hace sentir justificados, mejores, más
limpios, más respetables que otra persona. Estas son las ansias de las cuales
está hablando el apóstol.
El cristiano ha de dejar estas cosas de lado porque ha descubierto el secreto.
Todavía siente todas estas cosas con la misma fuerza que las sentía antes de
convertirse en cristiano. Las siente tan fuertemente como el mundano, pero ha
aprendido un secreto: Son parte de la vieja vida, el viejo hombre, que fue
juzgado en la cruz de Cristo. Eso es lo que retrata la Cena del Señor. Es un
recordatorio pictórico para nosotros de que en la cruz de Jesucristo Dios hizo
una cosa increíble. Está registrado para nosotros en Segunda de Corintios [Link]
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”. Él se convirtió en
nuestra vieja vida, nuestra vida egocéntrica. Jesús se volvió eso en la cruz. Si la
Palabra de Dios no nos lo hubiera dicho, nunca lo sabríamos y nunca seriamos
capaces de entender nada de las profundidades del misterio de la cruz. ¿Por qué
este terrible juicio sobre este santo hombre? ¿Por qué está horrible oscuridad,
por qué esta terrible convulsión de la naturaleza? ¿Por qué estos misterios
impenetrables? Se reduce a esta cosa básica: “por nosotros lo hizo pecado”. Se
le hizo ser lo que somos nosotros por haber nacido de Adán. Cuando se
convirtió en pecado, murió; fue condenado a muerte. La sentencia de muerte fue
ejecutada sobre Él. Es la forma elocuente de Dios de decirnos que todas estas
ansias que surgen de la vida del yo, el viejo hombre, no tienen ningún valor. No
hacen nada por nosotros; son engañosas. Prometen mucho, pero no entregan
nada.
Por lo tanto, el primer paso en experimentar lo que Dios tiene planeado para
nosotros es el reconocerlo. Despojaos de lo viejo, desvestíos de ello, dejadlo de
lado, negaos a aceptarlo, ya no lo justifiquéis o le deis sitio en vuestra vida. Ese
es el primer paso, pero es solo la mitad de la imagen. El otro es reconocer, como
lo hace Pablo, las maravillosas posibilidades de la nueva vida, del nuevo
hombre. Dice (déjame traducirlo un poco diferentemente aquí): “siendo
renovados, habiendo sido renovados en el espíritu de vuestras mentes, poneos
la nueva naturaleza, creados a imagen de Dios en verdadera justicia y santidad”.
En la frase: “habiendo sido renovados en el espíritu de vuestras mentes”, tienes
la diferencia fundamental entre un cristiano y uno que no es cristiano. Es cierto,
por supuesto, que los que no son cristianos a veces se dan cuenta que hay
cosas mal en sus vidas, que las actitudes que muestran son destructivas y hay
cosas que están haciendo que están mal, así que las cambian. Pero meramente
cambian a otra expresión del orgullo básico de la vida.
Pero sólo los cristianos, sólo ellos de todos los seres humanos (y no dudo en
decir esto porque es claramente la enseñanza de la Palabra de Dios desde el
principio al final) tienen la posibilidad de hacer algo enteramente diferente,
viviendo en un principio enteramente diferente, un nivel diferente, porque han
sido renovados en el espíritu de su mente. Eso describe la regeneración de la
vida por el Espíritu de Dios entrando al corazón que cree en Jesucristo. Cuando
creemos en Jesucristo y le recibimos como nuestro Señor, nuestro Salvador,
somos renovados en el espíritu de nuestra mente. Nuestra vida básica y
fundamental es cambiada. En el versículo 22, la traducción (en inglés) dice:
“despoja de tu vieja naturaleza”. Rechazo esa palabra “tu”. No está en el
original. Es “despoja de la vieja naturaleza”. La cuestión es que ya no es tuya.
Está ahí, pero ya no te identificas con ella. Cristo es tu vida ahora; una diferencia
radical ha surgido. Ahora te identificas con Él. Si quieres dejar la palabra tu en el
mismo pasaje, tómala y muévela del versículo 22 y colócala en el versículo 24:
“vístete de tu nueva naturaleza, creada en la imagen de Dios en verdadera
justicia y santidad”.
Está la palabra de liberación. El nuevo hombre hecho ala imagen de Dios, es la
vida de Dios, es la imagen de Jesucristo, es Su vida vivida en ti. Así que, vístete
de ese tipo de vida porque está disponible para ti, es tuya. Si eres cristiano, ya
tienes a Cristo, y estas nuevas ansias de amar, de padecer pacientemente, de
entender, de aceptar incluso a la gente que es difícil y dura, de corregir
suavemente a aquellos que necesitan corrección, de ser fiel en el tiempo difícil,
todas estas son parte de la nueva naturaleza. Fíjate cómo es descrito como
resultando en verdadera justicia en contraste con la falsa, que es un pretexto,
una postura, una fachada. Pero esto es real, es genuino, es amor sincero. No es
algo simulado para el momento; no es una sonrisa pintada en la cara, con un
corazón hostil detrás de ella, sino un corazón genuino, verdadera justicia,
comportamiento correcto que tiene un propósito.
Y, no sólo eso, es santo. Ahora ahí hay una palabra la cual nos hace sentir
incómodos, santidad. Normalmente pensamos en alguna persona mojigata que
parece haber sido bañada en líquido de embalsamar. Esa es nuestra imagen de
la santidad. Pero déjame utilizar otra palabra que es una traducción precisa de
esta palabra: integridad. Eso significa salud del ser, integridad de personalidad,
un hombre completo, como Dios tenía la intención que fuera el hombre. Pues
bien, eso resulta de la vida del Señor Jesucristo morando en el interior. Pero el
proceso tiene dos componentes: despojaos y vestíos. Nuestro problema es que
tenemos miedo de despojarnos del viejo hombre, por miedo de que seamos
dejados con un cáscara vacía de vida. Nunca se nos ocurre que el Espíritu Santo
está simplemente esperando que nos despojemos de estas cosas para poder
apresurarse y llenarnos con la integridad que es la intención de Dios para el
hombre, la integridad de Cristo.
Despojarse del viejo hombre es como sacar agua de los pulmones de un hombre
casi ahogado. No haces eso porque quieres que sus pulmones estén vacíos, lo
haces porque quieres que el aire entre para que pueda vivir. Lo que las
Escrituras nos revelan es que esta vieja vida egocéntrica nuestra, este viejo
hombre, el yo, se ha estado asfixiando, matándonos. Nos ha estado impidiendo
respirar el aire para el que estábamos diseñados respirar. El único aire para el
que se nos diseñó respirar es Dios. Sin embargo, encontramos tanta dificultad
para creer esto que consecuentemente no lo experimentamos. Todo el asunto se
resume en una súplica a la voluntad. Despojaos; vestíos. Esa es una decisión
que se te pide que hagas siempre que reconozcas las ansias engañosas que
vienen desde dentro: despojaos y vestíos. Rechaza lo viejo y vuélvete al Señor
que mora dentro de ti, y di: “Gracias, Señor, por el hecho de que Tú en mí eres
capaz de hacer por medio de mí y en mí aquello que has deseado hacer”.
Despojaos de lo viejo, negaos a que la vieja naturaleza se manifieste o tenga
algún lugar, y entonces lo nuevo estará ahí para ocupar su lugar.
Ahora aquí mismo nos encontramos con algunas excusas familiares y gastadas
por el tiempo. Alguien dice: “Bueno, he intentado esto, pero no funciona para
mí. Funciona para otra gente, lo puedo ver. Pero lo he intentado, y no funciona”.
Bien, esa declaración necesita ser examinada muy cuidadosamente, ya que es
una de las formas sutiles en la que la carne, la vida del yo, le echa la culpa a
Dios por nuestro fracaso. Está realmente diciendo que Dios es parcial, le da
ayuda a alguna gente, pero no te dará ayuda a ti. Tiene favoritos. Comparte con
algunos el gran secreto, pero para otros, como tú, lo hace tan difícil y
complicado que no puedes entenderlo. Eso es una mentira. La verdad es, nunca
lo quisiste realmente, al menos no tan desesperadamente como para hacer lo
que dice el apóstol, para despojarte de lo viejo. Todavía tratas de aferrarte al
placer de manifestar la carne egocéntrica. Y mientras que te aferres a eso,
entonces por supuesto no puedes vestirte de Dios, no puedes vestirte de la
nueva vida.
“Bueno, lo hago lo mejor que puedo”, alguien dice, pero los resultados no son
mucho mejor que lo peor que puedes hacer. Lo mejor que puedes hacer es
todavía la carne refinada, el viejo hombre pulido. La excusa es una forma de
justificar nuestra reticencia a rendirnos, nuestra reticencia a rechazar estas
ideas y realmente tratarlas como lo que Dios las ha llamado en la cruz:
pecaminosas, malvadas, equivocadas, pero bajo la apariencia de al menos estar
haciendo un esfuerzo en esa dirección. “Bueno, lo intentamos.” Pero este no es
un asunto experimental; este es un proceso que es absolutamente seguro. No
hay ninguna duda sobre esto; no es un tema de resultados a medias. Esto
funciona. Despojaos, y podéis vestiros. No hay ninguna otra forma. Estos son
principios completamente contradictorios, pero la decisión es nuestra.
Ayer, en el sur de California, un hombre llamó a mi puerta y pidió hablar
conmigo sobre un problema. Era un hombre cristiano, y su problema era este:
Había hecho negocios con otros hombres cristianos, y el negocio, por
circunstancias que no eran totalmente su culpa, había fracasado y habían tenido
que declararse en bancarrota. Ahora se estaba enfrentando al ansia interior de
aceptar la posición que tenía frente a la ley y dar por pérdidas sus deudas de tal
manera que sus acreedores sufrirían la pérdida. Se estaba enfrentando al ansia
de tomar ventaja de eso. Todas sus amistades le estaban diciendo que eso era
lo que debía de hacer, y hasta su mujer había estado de acuerdo. Pero estaba
preocupado. Se preguntaba si tenía el derecho moral, como cristiano, a hacer
esto y pedir a sus acreedores que tomaran la pérdida. Al repasar las Escrituras
juntos se hizo claro que no tenía ese derecho. La Palabra de Dios dice: “No
debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros” (Romanos 13:8) y “procurad
lo bueno delante de todos los hombres” (Romanos 12:17). Al enfrentarse a eso,
tuvo que tomar una decisión definitiva: el despojarse del ansia de tomar el
camino fácil al precio de la paz con Dios dentro de su corazón. Al hablar, hizo
esa decisión. Dijo: “Veo lo que necesito hacer. Aceptaré esa obligación de pagar
la deuda a esos hombres. Ninguno de ellos va a perder un centavo a causa de
este negocio. Me tomará algún tiempo, pero les voy a pagar la deuda”. Cuando
dijo eso, su cara se iluminó, y me miró y dijo: “¡Qué carga se ha quitado de mi
vida! Sé que esto va a ser difícil de hacer, e incluso mi mujer no va a aceptar
esto, pero ya tengo un sentimiento de paz sobre todo este asunto, y eso vale la
pena”.
Pues bien, eso es, exactamente. El cristiano es llamado a vivir sobre una base
diferente. Cuando lo hace, descubrirá que hay disponibilidad de Dios que
sostiene la vida interior, que le mantiene tranquilo, ajustado, feliz, completo, en
medio de los problemas y las presiones y las demandas que se le hacen. De eso
es de lo que está hablando Pablo, y debemos de vivir en base a eso.
Al venir a la Cena del Señor, se nos está recordando de nuevo, en la forma
gráfica de Dios, cuál es el principio básico del vivir cristiano. Somos alejados de
la vieja vida por la aceptación de la muerte de Jesucristo como una experiencia
válida para nosotros, alejados de las filosofías de vida falsas y egocéntricas. Y
estamos expuestos ahora a la manifestación de una actitud de vida bastante
diferente, una forma bastante diferente de reaccionar a las situaciones.
Oración:
Padre, concédenos ahora la claridad de entender este gran principio, al
reunirnos alrededor de esta mesa hoy. Que tenga un nuevo significado para
nosotros. Que nos demos cuenta que esto no tiene que ver sólo con hacer
posible para nosotros poder ir al cielo cuando muramos, sino que está
declarando algo que hace posible ser libre de las tensiones interiores, los
agobios, las plagas, las neurosis, las divisiones interiores, las luchas y los
miedos que nos acosan en nuestra vida cristiana. Ayúdanos a tener un solo
propósito, a ser gente íntegra, manifestando en nuestras vidas la fragancia, el
amor, la compasión, el entendimiento, la aceptación de Jesucristo nuestro
Señor. Lo pedimos en Su nombre. Amén.
En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está
viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra
mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad
de la verdad.”
Como seguidores de Cristo debemos de entender que ya morimos al viejo
hombre y que ya hemos crucificado nuestra carne con sus pasiones y deseos, y
que también ya somos libres de todo pecado y de toda condenación. En fe,
debemos de creer en ello y trabajar día con día para lograrlo.
La Palabra de Dios nos dice que Cristo ya nos hizo nuevas criaturas y, por lo
tanto, ya no debemos de vivir de acuerdo a nuestra pasada forma de ser, porque
ya somos nuevas criaturas y no debemos andar como el mundo anda: en odio,
en amarguras, en pleitos, en contiendas, en infidelidades, en chismes, en
codicia, etc. (la lista es larga); sino más bien, debemos aprender a vivir bajo los
estatutos de Dios. Si en el padre nuestro oramos “…venga a nosotros tu
reino…”, entonces tenemos que aprender a vivir bajo las leyes de reino, o no?
Ayer recordaba precisamente mí pasada forma de vivir, la cual era una vida de
excesos y prioridades por encima de Dios, en la cual Él no figuraba porque
según yo tenía el control en todos los aspectos de mi vida: trabajo, familia,
dinero, vicios, etc., jactándome que todo se debía al gran “carácter” que yo
tenía, al “gran temple” que yo tenía como “líder” o “alto funcionario bancario”.
Hoy me acuerdo y la verdad me da pena la vida de banalidad y la vida tan vacía
que llevaba.
Cuando conocí a Cristo y empecé a cambiar mi equivocada forma de vivir (y sigo
en ello) recibí burlas y críticas, pero no me importó, en lo absoluto, porque
cuando recibí a Cristo en mi corazón y empecé a conocerle me di cuenta que mi
“carácter” realmente parecía una caricatura frente al CARÁCTER DEL
MAESTRO, FRENTE AL CARÁCTER DE UN HOMBRE DE VERDAD, si, un
hombre, pero no un hombre cualquiera, el HIJO DEL HOMBRE, MI SEÑOR
JESUCRISTO. Cómo sería de maravilloso mi encuentro con Él, que hoy estoy
aquí, sirviéndole!!!
Dios nuestro Señor me ha enseñado que el concepto de carácter que prevalece
en el mundo es muy diferente al carácter de Dios, pues el carácter del seguidor
de Cristo no se demuestra con actitudes prepotentes y soberbias, ni aguantando
o soportando presiones o situaciones innecesarias y ni asumiendo o copiando
actitudes de otros a quienes “admiramos”; en resumen, no podemos ir por la
vida viviendo propósitos de otros. No. De ninguna manera.
El carácter que viene a nosotros por parte de Dios nuestro Señor, es aquél que
viene precisamente a través de Jesucristo, carácter el cual nos lleva a la victoria
total en Cristo y nos permite llegar a ser humildes, mansos, justos,
misericordiosos, perdonadores, llenos del amor de Dios y con una paz que
sobrepasa todo entendimiento. En otras palabras, el carácter de Cristo nos lleva
a la obediencia absoluta de los mandatos de Dios.
Yo los invito a que nos armemos de valor, si, mucho valor, y decidamos seguir a
Cristo, y ya en ello, podamos llegar a conocerle y amarle, porque no podemos
amar lo que no conocemos. Y ya en ello, entonces buscar esa intimidad con Él, a
fin de poder tomar día con día un poco de Su gracia, un poco de Su carácter.
Dios les bendiga abundantemente.

Despojaos del viejo hombre: ¿qué significa esto?


¿Cuándo el apóstol Pablo escribió acerca de que nuestro “viejo hombre” fue
crucificado, a que se refería? Y ¿qué impacto tienen esas palabras para un
cristiano en la actualidad?
Despojaos del viejo hombre: ¿qué significa esto?
El apóstol Pablo escribió que “que nuestro viejo hombre fue crucificado
juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no
sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6). Él también habló acerca de “Haced
morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). ¿Qué significaba eso?
¿Estaba en un estado depresivo simplemente por todas las constantes
amenazas de muerte que enfrentaba? ¿Era masoquista? ¿O estaba tratando de
enseñar lecciones espirituales importantes para todos los cristianos?

El resultado final del pecado


Si vamos a analizar este tema, deberíamos considerar algo más que Pablo
escribió: “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). ¡Pablo sabía
que la paga o lo que ganábamos cuando pecábamos (que significa trasgresión
de la ley —1 Juan 3:4) es la muerte! Pero Pablo se arrepintió y sus pecados del
pasado le fueron perdonados. Sin embargo, aunque Pablo fue perdonado y
convertido, él seguía luchando contra el pecado.

Podemos pensar que después de nuestro arrepentimiento inicial y conversión,


no habrá necesidad de arrepentirse porque ya habremos sido justificados del
pecado por la sangre de Jesucristo.

Pero veamos lo que el apóstol Juan escribió acerca de un verdadero cristiano:


“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la
verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que
no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”
(1 Juan 1:8-10).

Afortunadamente, cuando pecamos después del bautismo, podemos ir ante Dios


en arrepentimiento y confesar nuestro pecado. También debemos continuar el
proceso de arrepentimiento, (Lea más acerca de este proceso que se debe estar
desarrollando en “El arrepentimiento de obras muertas” y “¿Qué es
conversión?”.) Entonces siempre debemos estar en una actitud de
arrepentimiento.
En esta oración que Jesucristo utilizó como ejemplo, incluyó la necesidad de
pedirle a Dios que nos perdone (Mateo 6:12).

A la luz de este entendimiento, Pablo utilizó una frase que ningún otro escritor
del Nuevo testamento usó para describir la necesidad de tener una actitud de
arrepentimiento y de estar vigilantes en contra del pecado.

Pablo se estaba despojando al viejo hombre


En el libro de Efesios, Pablo también abordó el tema del “viejo hombre”. “Mas
vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído, y habéis
sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la
pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme
a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos
del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”
(Efesios 4:20-24).

La palabra despojaos en este versículo, significa esencialmente “alejar” o


“renunciar a”. Pablo estaba enseñando a los miembros a alejar su viejo hombre
—la forma natural egoísta y pecadora en que pensamos y actuamos en este
mundo de maldad. Nuestro viejo hombre es engañoso (Jeremías 17:9), incluso
nos puede convencer de que no necesitamos cambiar o que el camino de Dios
es muy duro. Se opone naturalmente a Dios y sus leyes (Romanos 8:7). Nuestro
viejo hombre produce lo que Pablo llama en Gálatas 5:19-21: “las obras de la
carne”, incluye adulterio, iras, celos, envidias y borracheras.

En Efesios 4:25-32 Pablo explica cómo podemos despojarnos del viejo hombre y
nos dice que debemos ir en dirección contraria de la que hemos llevado hasta el
momento. Ésta es una descripción de lo que es el verdadero arrepentimiento.

Veamos otra carta de las de Pablo para ver dónde habla de esta “muerte”. Él
escribió en Colosenses 3:2-3: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de
la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en
Dios”.

Cuando nos bautizamos, esto representa la muerte espiritual del “viejo hombre”
(ver Romanos 6:3-4). Pero esa “muerte” es un proceso a lo largo de toda la vida
para cada uno de nosotros. (Para más acerca de este tema, lea “¿Qué
representan los símbolos del bautismo?”.)

Pablo continúa esta idea en Colosenses 3:4-5: “Cuando Cristo, vuestra vida, se
manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.
Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones
desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría”.
Haced morir lo terrenal en vosotros
Lo que Pablo quiere decir es que una vez estamos “muertos al pecado” tenemos
que continuar en un proceso de “hacer morir” las cosas que pueden volver
debido a nuestra naturaleza carnal. Otras traducciones dicen “den muerte a los
miembros que están sobre la Tierra”. ¿Qué quería decir Pablo cuando hizo esta
afirmación?

Veamos lo que dice Albert Barnes al respecto: “Mortifiquen por tanto sus
miembros —ya que ustedes están muertos al pecado y al mundo, y habrán de
aparecer con Cristo en las glorias de su Reino, somete toda propensión carnal y
maligna de tu naturaleza. La palabra ‘mortificar’ significa hacer morir (nota de
Romanos 8:13 y Gálatas 5:24) y el significado acá era que ellos debían someter
totalmente las propensión maligna, para que así no quedara ningún remanente
de vida; eso quiere decir que no estaban viviendo de ninguna manera para
complacerlos. Aquí la palabra ‘miembros’ se refiere a los diferentes miembros
del cuerpo humano —como el asiento de los malos deseos y pasiones”.

Lo que Pablo decía era que una vez estábamos “muertos al pecado” debíamos
continuar “haciendo morir” las cosas que podían volver debido a nuestra
naturaleza carnal.

¡Es una batalla de todos los días!


“No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con
sus hechos” (Colosenses 3:9). La Versión Estándar Internacional dice: “Dejen de
mentirse unos a otros, ahora que se han quitado el ropaje de la vieja naturaleza
con sus vicios”. Quitarse el ropaje de la vieja naturaleza o “mortificar las obras
del cuerpo” toma tiempo. Dios nos revela paulatinamente acerca de nosotros
mismos, mientras lo buscamos y le pedimos su guía y ayuda.

Pablo moría a diario porque constantemente estaba vigilando y poniendo afuera


el pecado y los “miembros” pecaminosos de su naturaleza carnal.

Veamos Romanos 6:11-12: “Así también vosotros consideraos muertos al


pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el
pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus
concupiscencias”.

Vemos que aun décadas después de la conversión de Pablo, él seguía peleando


esa batalla para sobreponerse al pecado y la carnalidad. Él se daba cuenta que
aunque él hubiera muerto al pecado y hubiera entregado su vida a Dios como
cristiano y como siervo de Jesucristo, todavía tenía “miembros” de su
naturaleza carnal que debía hacer morir de vez en cuando.
“Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado.
Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que
aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es
buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora
en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer
el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el
mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino
el pecado que mora en mí” (Romanos 7:14-20)

¡Pablo admitió que todavía tenía que luchar contra el pecado! Nosotros también
tenemos que luchar contra el pecado.

¡Las buenas noticias!


¡Las buenas noticias son que mientras nos despojamos del viejo hombre y
hacemos morir sus obras pecaminosas, podemos reemplazarlo con algo más!
“No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con
sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó
se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Colosenses 3:9-10).

Una vez quitamos las obras, pensamientos y acciones del viejo hombre,
debemos “revestirnos” con el nuevo hombre. Pablo explica que nosotros somos
“renovados en conocimiento”. ¡Logramos esto por medio del estudio y
utilizando la Palabra de Dios para parecernos cada vez más a Él! (Lea nuestro
artículo acerca del valor del estudio de la Biblia.)

Veamos estas alentadoras palabras en Romanos 6:5-11: “Porque si fuimos


plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo
seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue
crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin
de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado
del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él;
sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la
muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió
una vez por todas; más en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros
consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor
nuestro”.

Entonces, tal como el apóstol Pablo hizo, peleamos la batalla para vencer el
pecado y hacer morir el viejo hombre —todos los días. Las buenas noticias son
que debemos revestirnos del nuevo hombre. Estamos vivos delante de Dios
cuando empezamos a reemplazar el “viejo hombre” con un nuevo estilo de vida.
Ese estilo de vida solo puede venir por medio del Espíritu Santo de Dios y
Jesucristo viviendo en nosotros (Efesios 4:24-32 y Gálatas 2:20-21).
¿Cuáles son las características que acompañan al nuevo hombre?:

Una nueva manera de pensar

Una nueva manera de hablar


Una nueva manera de andar
Una nueva manera de pensar
Para vestirse del nuevo hombre el creyente necesita cambiar su forma de
pensar. Necesita renovar su mente (Efesios 4:23), no solo como un cambio del
modo de pensar, sino también del contenido de los pensamientos. No se trata de
reajustar la vieja manera de pensar, sino de adquirir una nueva mentalidad.
Entre la acción de despojarse del viejo hombre y de vestirse del nuevo hombre
está el renovar la mente. Así lo expresa Efesios 4:22-24: “En cuanto a la pasada
manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los
deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del
nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.
En Romanos 12:2 el apóstol Pablo hace un similar llamado:”No os conforméis a
este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro
entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios,
agradable y perfecta”.
Una de las características del viejo hombre es su entendimiento oscurecido que
le impide percibir y razonar las realidades espirituales (Efesios 4:16-17).
Cambiar la mentalidad es, pues, fundamental para generar cambios en la
conducta, porque las personas actúan de acuerdo a como piensan. Detrás de los
comportamientos y actitudes está una creencia, paradigma o mapa. De modo
que, si se quiere cambiar la conducta, se necesita cambiar la forma de pensar.
El creyente necesita aprender a pensar con la mente de Cristo (1 Corintios 2:16),
lo cual equivale a desarrollar una mentalidad bíblica, una perspectiva teológica,
vale decir, una mentalidad regida por principios Escriturales. Para ello, el
creyente requiere estudiar y meditar la palabra de Dios, ya que esta es dada para
corregir y transformar la forma de pensar, para desarrollar una mente espiritual.
SEIS CARACTERÍSTICAS QUE IDENTIFICAN A UN VERDADERO CRISTIANO
A los cristianos no se les conoce por su pertenencia a una religión, por su
asistencia regular a un culto religioso, porque de su pecho cuelgue una cruz o
lleve un rosario en su mano. Jesús dejó claramente establecido que por nuestro
fruto seríamos conocidos. Es con nuestra conducta, con nuestra manera de vivir
y de relacionarnos con los demás, que podemos ser conocidos como cristianos.
Ahora pensaremos sobre seis características que identifican a un cristiano de
verdad.
1. BUEN TESTIMONIO
Dios demanda de todo cristiano que sea un testigo fiel y como modelo de testigo
fiel envió a Su hijo Jesucristo, quien nos amó. Testificar no es sólo de palabra,
principalmente es con nuestra manera de obrar o testimonio de vida. Es amar al
prójimo, evitar de hacer lo malo y hacer el bien. El Apóstol Pablo nos desafía a
ser epístolas vivas. Jesús es el “Testigo Fiel” por excelencia-
“…y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de
los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su
sangre” (Apocalipsis 1:5)
Como cristianos podemos ser testigos fieles o falsos. Es fiel quien hace la
voluntad del Padre y sigue las enseñanzas de Jesús. Es falso quien llamándose
cristiano lleva una vida pecaminosa, siendo adúltero, vicioso, corrupto, etc.
“El testigo verdadero no mentirá; más el testigo falso hablará mentiras.”
(Proverbios 14:5)
2. IMITADOR DE LO BUENO
Los humanos tendemos a imitar modelos y los publicistas lo saben muy bien,
lindas señoritas o caballeros de buen ver, lucen prendas de vestir que luego
adquirimos pensando en vernos como ellos. Dios conoce nuestras debilidades y
por eso envió a Su hijo como el Varón Perfecto cuya estatura debemos alcanzar;
en otras palabras, Jesús es el modelo a imitar y bien lo entendió el Apóstol
Pablo, quien escribió a los corintios, exhortándoles a imitarle a él, así como
Pablo imitaba a Cristo.
“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” (1ª Corintios 11:1)
Es imposible llamarnos cristianos si llevamos una vida de pecado. El que hace
lo malo no es de Dios ni le ha visto. La Biblia diferencia entre la práctica del
pecado y un pecado eventual, ya que todos pecamos, todos cometemos errores,
pero lo que Dios no acepta es que hagamos del pecado una práctica y
pretendamos justificarnos en la vida de pecado de líderes religiosos; si eso
hacemos estaremos imitando lo malo.
“Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero
el que hace lo malo, no ha visto a Dios” (3ª Juan 11)
3. NUEVA CRIATURA
Ser cristiano obliga a ser diferente. Al que lleva una vida de pecado en la Biblia
se le identifica como mundano y al que observa una conducta correcta por su fe
cristiana, se le conoce como nueva criatura o hijo de Dios. Jesús explicó a
Nicodemo que los humanos podemos nacer dos veces. El nacimiento de la
carne que es cuando nacemos del vientre de nuestras madres, y el nacimiento
del Espíritu que es cuando entregamos nuestras vidas a Jesús y orgullosamente
nos decimos cristianos.
El nuevo nacimiento significa dejar atrás al viejo hombre con todos sus defectos
y pecados e iniciar una nueva vida.
“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de
nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3)
Si seguimos practicando el pecado, el viejo hombre no quedó atrás, no tenemos
una vida nueva, ni hemos experimentado el nuevo nacimiento. Es decir, no
somos cristianos y no podemos ver el Reino de Dios, por una sencilla razón:
vivimos en el reino de las tinieblas. Pero la solución es nacer de nuevo y estar
en Cristo.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2ª Corintios 5:17)
Jesús es misericordioso, perdona nuestros pecados y nos ofrece la oportunidad
de librarnos del viejo hombre, de sus vicios y malos deseos.
“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está
viciado conforme a los deseos engañosos” (Efesios 4:22)
4. ARREPENTIDO Y CONVERTIDO
Si nos llamamos cristianos y andamos en malos pasos, Dios nos exhorta al
arrepentimiento y que comencemos a obrar bien, de lo contrario amonesta que
vendrá pronto y podrá privarnos de Su luz si no nos hubiéremos arrepentido. Si
después de un examen de conciencia confesamos ante Dios nuestros pecados,
Él es fiel y justo para perdonarnos. El perdón de Dios es la puerta de entrada a
Su Reino.
“Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras
obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te
hubieres arrepentido.” (Apocalipsis 2:5)
El arrepentimiento es el compromiso ante Dios de no continuar en malos pasos.
Al arrepentimiento le sigue la conversión que significa dar un giro de 180º a
nuestra vida. Sin conversión nuestros pecados no son borrados, ni podemos
recibir las bendiciones que provengan de la presencia del Señor.
“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados;
para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hechos 3:19)
Dios envió a Su hijo Jesús para que nosotros nos libremos de nuestras
maldades.
“A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que
os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.” (Hechos 3:26)
Algunos creen ser salvos porque nacieron en un hogar cristiano o porque
asisten a determinada iglesia o religión cristiana; dicen creer en Jesús, pero sus
obras testifican lo contrario, o sea, son testigos falsos ¿Les servirá de algo la fe
sin obras? La respuesta está en la Palabra de Dios.
“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene
obras? ¿Podrá la fe salvarle?” (Santiago 2:14)
La Biblia es contundente, una fe sin obras es muerta, y si las obras del que dice
tener fe son malas, su fe es “remuerta”.
“Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú
tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe
por mis obras.” (Santiago 2:17 – 18)
5. ESPÍRITU DE SERVICIO
Según el diccionario bíblico, los nicolaítas dividían al pueblo de Dios en laicos y
sacerdotes. Según estos, los únicos que servían a Dios y tenían autoridad eran
los sacerdotes. Dios aborrece a los nicolaítas porque ha instituido el sacerdocio
universal, cada cristiano es rey (tiene autoridad) y es sacerdote (sirve en la obra
de Dios). Hasta el día de hoy , muchos cristianos siguen la doctrina de los
nicolaítas y van a las iglesias, participan de actos litúrgicos o asisten a
reuniones cristianas, pero para ser servidos y no se sienten responsables, ni
comprometidos a servir en la obra de Dios.
“Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo
también aborrezco.” (Apocalipsis 2:6)
Jesús es claro, que le siga el que le sirve y será honrado por el Padre. El que no
le sirve que no le siga. Mucho ayuda el que poco estorba; y el que no vive para
servir, no sirve para vivir.
“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi
servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan 12:26)
A Dios se le sirve con alegría. Quien no sienta la necesidad y la alegría de
servirle, debe ser sincero con Dios y consigo mismo, debe arrepentirse y
convertirse, después servirá con alegría. A Dios se le sirve sirviendo a nuestro
prójimo, dando de comer al hambriento, de beber al sediento y vistiendo al
desnudo. Jesús dijo lo que hicisteis a un necesitado a mí me lo hiciste. También
se le sirve compartiendo Su Palabra que es el pan que alimenta nuestro espíritu.
“Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo.” (Salmos
100:2)
6. PROMOTOR DEL REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA
El pecado es la injusticia, San Juan en su primera epístola, capítulo 5 versículo
17, lo afirma así: “Toda injusticia es pecado”. Jesús por su parte sufrió el
martirio en la cruz para quitar el pecado del mundo y por eso en la oración
modelo pidió a Dios Padre: “… venga Tu Reino y hágase Tu voluntad aquí en la
tierra…”.
El cristianismo no es una fe espiritualista, pietista, docetista o ultramundana. El
cristianismo no es una fe de ultratumba. Ser cristiano significa sentirme
desafiado a cambiar mi vida en lo individual, pero sin quedarme atrapado en el
individualismo. Porque ser cristiano implica ser sal, levadura y luz del mundo.
La sal sirve para que los cuerpos no se corrompan, así, a un pescado se le
recubre de sal preservándolo de la descomposición. Las sociedades o naciones
son masas que padecen la injusticia, la pobreza, la enfermedad y otros males;
necesitan de la levadura cristiana que las levante y les haga superar sus males.
Las naciones andan a oscuras, tropezándose unos con otros sin encontrar el
camino, aquí es donde el cristiano debe ser lámpara de luz. Ante un mundo que
se derrumba ante la injusticia, un cristiano debe ser promotor de la esperanza,
debe ser promotor del Reino de Dios y su justicia, que es la buena nueva de
Jesús. Un cristiano no puede ni debe vivir de espaldas a los problemas que
afligen a su nación.
INICIO PREDICAS CRISTIANAS

DIOS FE Y MILAGROS PROMESAS DE DIOS


Los Muros Derribados
Siguiendo con el tema del Dios que pelea nuestras batallas, es propicia la
ocasión para hablar de aquellos muros que repentinamente cierran el paso a las
promesas de Dios y nos paralizan en el camino a la vida abundante...

A veces nos adelantamos a lo que Dios está haciendo por nuestra


desesperación y los muros no caen.
A veces nos adelantamos a lo que Dios está haciendo por nuestra
desesperación y los muros no caen.

LOS MUROS DERRIBADOS (Josué 6:1-5)

INTRODUCCIÓN: Siguiendo con el tema del “Dios que pelea nuestras batallas”,
es propicia la ocasión para hablar de aquellos muros que repentinamente
cierran el paso a las promesas de Dios y nos paralizan en el camino a la vida
abundante, ejemplificada por la tierra prometida. Los muros de la antigüedad
constituían una muy clara señal de protección enemiga, por lo tanto, no estaban
de adornos para hacer lucir más atractivas las ciudades.

Jerusalén estuvo rodeada de muros casi desde su propia fundación. Cuando la


ciudad fue destruida, y llevada en cautiverio, sus muros fueron destruidos, y con
ello el templo, su más excelsa gloria arquitectónica.

La caída de los muros de las ciudades son una muestra de un gran asedio y con
ello su conquista. Un caso muy nombrado fue el muro de Berlín en noviembre 09
de 1989. Con su caída, también caía la llamada “cortina de hierro”, poniendo fin
al comunismo en Europa Central y Oriental. La Alemania de Hitler quedó abolida
con la caída de aquel infranqueable muro. Los muros son un símbolo de
separación, de imposibles humanos y de obstáculos para las promesas divinas.
Esa era la situación planteada con los muros de la ciudad de Jericó.

La dificultad más obvia que vendría a la mente de Josué era precisamente esta.
¿Cómo tomar la ciudad con semejante fortaleza? Porque la ciudad de Jericó no
podía ser tomada si primero no caían sus muros. Josué sabía de la promesa de
la tierra prometida, sin embargo, ahora hay un muro impenetrable alrededor de
la promesa.

¿Cómo entrar a la ciudad y conquistarla? Y es aquí donde debemos saber que


Dios hará la mayor parte en todas nuestras conquistas. En las batallas peleadas
por Dios, su estrategia siempre es impensable. Lo menos imaginable llega a ser
posible. Pero, para todas sus batallas, Dios invita a su pueblo a unirse a trabajar,
a esperar y a conquistar su promesa. Sigamos a Dios en su estrategia para
pelear nuestras batallas.

[Link] ROMPE LOS MUROS, PERO NECESITA MI MARTILLO

1. Una ciudad totalmente cerrada v. 1. La manera cómo el autor nos muestra la


condición impenetrable de Jericó nos hace ver un imposible desde el punto de
vista humano. Tal era el cierre de aquellos muros que “nadie entraba ni salía”.
Para Israel era impensable derribar las murallas de Jericó con el uso de sus
fuerzas. La ciudad estaba “cerrada, bien cerrada”. Por cuanto nadie podía ni
salir ni entrar, el asunto se complicaba más. No había un orificio para entrar.
¿Cuál es el significado de esto?

Hay muros que se levantan frente a nosotros que los consideran infranqueables.
Hay obstáculos, al mejor estilo de Jericó, que detienen nuestro crecimiento y
desarrollo en la fe. ¿Cuál es su muro que le impide avanzar? ¿Será su propio
carácter, sus complejos, su pasado, su trabajo? ¿Por qué enfrentar a Jericó
antes de conquistar la tierra prometida?
Porque Dios espera que nosotros hagamos la parte que nos corresponde. Dios
espera nuestra procesión diaria alrededor del muro. Todos somos llamados para
rodear la ciudad. En eso consiste el trabajo de la iglesia del Señor.

2. Ya Dios estaba dentro de la ciudad v. 2. En la manera cómo cayeron los


muros de Jericó hay elementos que desafían toda lógica humana. Los críticos
bíblicos encuentran en estos episodios abundante material para atacar la
inerrancia de la palabra, ridiculizando o racionalizando debido a esta fantástica
historia.
Pero, por otro lado, ¿qué militar que no tuviera una firme confianza en el Dios de
Israel podría creer que con tan solo dar todas esas vueltas se derrumbaría
semejante muralla? Aquella estrategia, vista tan inofensiva, aunque sí muy
original y espectacular ¿no parecía más bien un desfile de locos?
Pues ciertamente parecía de todo, menos una estrategia militar. Sin embargo, en
toda esta historia, la promesa del versículo 2 hace la diferencia en todo lo que va
a ocurrir. El Señor que se le apareció a Josué, como “Príncipe del ejército de
Jehová” (5:14), le dio una primicia totalmente alentadora.
Como ya Dios estaba en la ciudad, se la había entregado con su rey, pero
además con todo su ejército. El único ejército cuya victoria la da por anticipada,
es el cristiano. La procesión no debe parar, porque pronto caerán los muros.
3. Haciendo como Dios dijo v. 3. Así había dicho Dios: “Rodearéis, pues, la
ciudad todos los hombres de guerra; yendo alrededor de la ciudad una vez; y
esto haréis durante seis días” v. 3 Así es cómo Dios lo estableció. Si Dios dice
que lo hagamos de esa manera, ¿nos negaríamos a obedecer? La verdad de esta
estrategia divina es que Dios no necesita de mis recursos ni de armas humanas
para enfrentar a los enemigos más poderosos.

Y aunque sus métodos parecen ilógicos, los resultados son inobjetables.


Aunque al principio se vea la orden como una locura, al final habrá razones para
adorar su nombre. Dios usa lo más sencillo para demostrar su poder y bendecir
a su pueblo.

La iglesia debe entender este principio. A veces ella está tan saturada de los
planes humanos que le cuesta pensar en alguna “locura divina” para llegar a
cumplirlos. Lo mismo es aplicado en la vida cristiana. Queremos ver cosas tan
espectaculares que no nos imaginamos a Dios trabajando en la simplicidad. ¿En
qué consiste el éxito para vencer los muros que hoy parecen impenetrables? En
una vida de obediencia. No será de otra manera.

II. DIOS ROMPE LOS MUROS, PERO NECESITAMOS ESPERAR

Cuando uno ve todas las recomendaciones de Dios para la toma de Jericó,


surgen preguntas lógicas, ante lo ilógico del plan de Dios. ¿Por qué esperar una
semana para la conquista? ¿Por qué no gritar desde el primer día? ¿Por qué
Dios no obró de una vez? ¿Qué propósito hubo en dar tantas vueltas si Dios
pudo derribar el muro para que el pueblo entrara?

1. Las vueltas de la paciencia v. 3. Dios pudo haber ordenado una invasión


frontal contra Jericó, pero en lugar de eso ordenó rodear la ciudad. Pudo haber
utilizado escaleras para llegar hasta la ciudad; pero la estrategia de Dios fue
crear pánico en los moradores detrás del muro y a su vez dar confianza a Israel
para el ataque final. No todos los obstáculos pueden enfrentarse de la misma
forma. Hay “muros espirituales” que exigen caminar alrededor de ellos en
oración antes que caigan.
Bien podríamos pensar que toda aquella multitud dando vueltas alrededor del
muro con tanta intensidad, siguiendo el plan de Dios, fue ablandando el terreno
para el asalto final. Esperar es el asunto más difícil en la oración. Pero el dar
vueltas en oración alrededor del muro va creando un sentido de mayor
confianza en el que camina, y a su vez le hará ver al enemigo el coraje para
enfrentarlos, aunque esté detrás de sus murallas para defenderse.

Hay muros en nuestras vidas cayéndose con las primeras vueltas. Pero otros,
por ser más fuertes, requerirán de una marcha de los siete días, de una mayor
fe. Sin embargo, la victoria será el resultado final.

2. La importancia del tiempo establecido v. 4. ¿Por qué los muros no cayeron el


primer día que salió el pueblo y rodeó la ciudad? Porque Dios determinó que
fuera una semana completa. Fue el tiempo que él puso en su sola potestad como
lo ha hecho con todo. Seis días para ir una vez y regresar. Cada uno de estos
días tuvo que estar lleno de un gran dramatismo.

Imagínese a las esposas y a los hijos haciendo cada pregunta al final de la


jornada. Imagínese a los habitantes de Jericó oyendo durante seis días las
trompetas y luego por la tarde un completo silencio. Imagínese el estado de
expectación de Israel y el creciente pánico de Jericó. Y el séptimo día, el plan era
tocar las bocinas y gritar hasta que cayera el muro.

¡Qué difícil tuvo que ser para los hombres de guerra quedarse quietos, solo
caminando en procesión! Los tiempos de Dios producen impaciencia en
nosotros. Somos dados a querer que las cosas sucedan al instante. Nos cuesta
detectar los tiempos divinos. Pero Dios no nos da las cosas de inmediato,
porque está trabajando en nuestro carácter y en su propósito. Cuando nos
adelantamos a su tiempo, echamos a perderlo todo.

3. El lugar del arca en la espera v. 8. Dios había indicado el día del grito general
de parte de los israelitas, mientras tanto todos deberían guardar silencio. Y en
esto, el llevar el arca del pacto por los sacerdotes, sugiere esa idea del silencio,
reverencia y la espera.

La presencia del arca, símbolo de la gloria de Dios, crea un orden santo. Así
pues, en esta historia hay que destacar el lugar que ocupó el arca, el
instrumento de la presencia divina como poderosa arma de combate. Notemos
el orden y solemnidad. Están los soldados delante de los sacerdotes que van
tocando las bocinas. Detrás de ellos va el arca llevada por sacerdotes
escogidos.

El resto de la procesión va en la retaguardia, todos caminando y esperando las


órdenes. Así fue como Dios lo quiso. ¡Cuán difícil fue para los soldados
permanecer callados durante tanto tiempo! ¡Cuán importante es la solemnidad y
silencio antes de los gritos! Cuando hay mucho ruido en la vida se opaca la
presencia divina.

El mandamiento que menos cumplimos es el que dice: “Calle delante de él toda


la tierra”. En los planes de Dios hay momentos cuando hay que esperar delante
de su presencia. El recordatorio del Salmos 37:7 sigue siendo muy oportuno
para cada situación en la vida.

III. DIOS ROMPE LOS MUROS, PERO NECESITAMOS ENTRAR

Al terminar la última vuelta del séptimo día, la voz de Josué despertó el


sosegado aire vespertino con la orden: “Gritad, porque Jehová os ha entregado
la ciudad” v. 16. ¿Puede imaginarse semejante grito? ¿Sabe usted lo que esto
produjo en los habitantes de Jericó, quienes ya estaban sumidos en tal
desolación, como si un hechizo misterioso hubiese caído sobre su rey y el
pueblo, quedando sin aliento como dice Josué 5:1, esperando de una manera
defensiva sin haber hecho ningún ataque previo a una población que era menos
indefensa que ellos? Y una vez que aquel grito llenó la tierra, los muros de
Jericó cayeron.

1. Hay que cumplir la promesa hecha v. 17b. Como en el caso del diluvio, donde
una sola familia se salvó porque le creyó a Dios y a su promesa, aquí también
una sola familia fue salvada de semejante destrucción y juicio. Hablamos de
Rahab, la ramera, y toda su familia. Su valeroso acto de fe escondiendo a los
espías ahora es retribuido por su salvación. De esta manera el Señor cumple sus
promesas. En las batallas contra el mal, él destruye al enemigo según la
promesa v. 2, pero preserva a los creyentes.

Esta es una de la esperanza que tenemos para el juicio final. La destrucción de


Jericó es una especie de juicio final anticipado. Dios destruirá a los enemigos,
pero salvará a todos los creyentes. La promesa de esta victoria fue cumplida.

Así como Dios la dijo, así se cumplió. Uno de los textos que debemos recordar
es el que nos dice: “Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para
que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Número
23:19). Dios no falta a sus promesas. Las cumplió ayer y las cumplirá hoy.

2. No debe dejarse vestigios del anatema v. 18. Cuando el muro de Jericó cayó,
el ejército de Israel entró y destruyó toda la ciudad. La orden divina era
apremiante, y eso fue lo que hizo el pueblo. Se dice que ellos entraron “y
destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres,
jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas y los asnos” v. 21.
A diferencia de Saúl, quien perdonó lo mejor del ganado, y justificó haberlos
dejado vivos para dedicarlos al Señor (Cfs. 1 Samuel 15:15), Israel mató a todo lo
que tenía vida en aquel lugar.

Cuando Dios ordena destruir todo, esa orden debe cumplirse sin dejar nada
pendiente. Si el hombre trata de ser más misericordioso que Dios, se pone en
una línea de rebelión. En la vida espiritual necesitamos destruir todo lo que es
motivo de pecado, porque fue llevado por su Hijo a la cruz del calvario. La
presencia de un “anatema” siempre está vigente en nuestras vidas. La tentación
de verlo y tomarlo pareciera estar al alcance de la mano. La orden dada es para
no codiciar nada de lo que es maldito (anatema).

3. Debe consagrarse al Señor lo mejor v. 19. Cuando Jericó cayó nadie ganó
nada excepto ofrecerlo al Señor. ¿A caso no es esto lo que sucede siempre?
Dios rompe el muro, pero la victoria siempre será suya. Aun cuando Dios ordenó
una destrucción total de la ciudad anatema, dio la orden de tomar el oro, plata,
bronce y el hierro.

Todos estos objetos de valor deberían entrar al tesoro de Jehová. El término


“consagrados” al Señor es de mucha importancia para destacarse. No se nos
dice que ellos deberían tomar esto para sus propios beneficios.

Y si Dios permitió que estos objetos fueran recogidos y atesorados, fue porque
él mismo tenía su propio propósito con el correr del tiempo. El oro y la plata
representan lo excelente y la calidad; han representado también la pureza y lo
permanente.

Jericó era símbolo del poder del pecado, del mundo y de Satanás. Ellos fueron
reducidos a ceniza, pero su tesoro le pertenecía a Jehová. No en vano dice la
Biblia, “mía es el oro y mía es la plata, dice Jehová”. Debo consagrar lo mejor al
Señor, incluyendo el oro y la plata.

CONCLUSIÓN: En la caída de los muros de Jericó encontramos tres lecciones


importantes. Primero que el pueblo se involucró en el trabajo. Todos trabajaron:
sacerdotes, soldados y el pueblo.
Note como el grito de la multitud hizo que cayera el muro. En segundo lugar,
hubo que esperar hasta completar los días puesto por Dios. A veces nos
adelantamos a lo que Dios está haciendo por nuestra desesperación y los muros
no caen. Y, en tercer lugar, el pueblo ganó la victoria.
¿Hay algo imposible para Dios? Los arqueólogos han descubierto que los
muros cayeron hacia dentro, siendo preservado solo el lugar de Rahab, la
ramera. Por muy grande que sean los muros, caerán frente a la omnipotencia
divina. ¿Cuál es tu muro que parece infranqueable? Recuerda que con nosotros
está nuestro “Josué” para derribarlos. Nada se le ha opuesto hasta ahora. Todo
se derrumba en su presencia. Amén

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