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TODOS IGUALES, TODOS DIFERENTES

Aunque la Declaración de 1948 afirmara la universalidad de los derechos


humanos, lo esencial queda todavía por hacer. Este proceso de
"universalización" no significa la imposición de un modelo único, a partir de
un único punto, sino la aparición en diversos puntos de una misma voluntad
de reconocimiento de estos derechos comunes a todos los seres humanos. Así
pues, la universalidad implica compartir el significado, incluso enriquecerlo a
través del intercambio entre culturas.

Todas las sociedades viven, cada una a su manera, algún aspecto de las exigencias de
los derechos humanos". Se trata de "acercar estas " diferentes maneras " para que se
interpenetren y se enriquezcan mutuamente"1. Es cierto que a veces se le ha
reprochado a la Declaración de 1948 el expresar el predominio de la cultura occidental.
Si este reproche tiene en parte su fundamento (a pesar de la presencia de redactores
no occidentales), en cambio la Declaración no expresa una ideología etnocentrista o
imperialista; al contrario, legitima el movimiento de descolonización que surgirá más
tarde y la lucha contra todo tipo de discriminación, ya que está basada en el concepto
"universal no exclusivo"2.
No sugiere la unificación, sino más bien la armonización entre los sistemas de derecho,
pues admite las diferencias (y por lo tanto cierto relativismo cultural) con la condición
de que sean compatibles con los principios fundadores comunes (lo cual preserva la
armonía de conjunto y por ende el universalismo). Admitir diferencias significa
reconocer que la Historia y diversos factores de tipo político, cultural, religioso,
económico y social pueden condicionar la percepción de los derechos humanos, y que
"cada hombre sólo accede a la humanidad por medio de una cultura específica" 3.
Pero aquí es donde surge el riesgo de fragmentación que ha hecho que un filósofo
como Michael Walzer defienda una concepción "minimalista" de la moral universal y de
los derechos humanos, por considerar que no existe una memoria colectiva a escala
mundial ni igualdad de recursos económicos. Esta constatación parece basarse en una
concepción estereotipada, en la que el mundo no cambiara y la historia se repitiera sin
cesar. Así pues, parece discutible. Pero no por ello debe ser ignorada. Dar por
supuesto el caracter evolutivo del proceso no conduce a negar la existencia de los
obstáculos mencionados, sino a examinarlos bien para encontrar el modo de
superarlos.
En un mundo que se ha "dislocado", como se dice a veces, los obstáculos aparecen a lo
largo de varias líneas de fractura. Unas disocian los derechos civiles y políticos de los
derechos económicos y sociales, oponiendo el individualismo de los países ricos (en el
norte y el oeste) al espíritu de solidaridad que caracterizaría a los países pobres (en el
este y el sur). Otras separan, e incluso a veces enfrentan, a los diferentes
instrumentos llamados "regionales" para la protección de los derechos humanos; o
anuncian un repliegue en torno al concepto de nación, a través de las reservas que
limitan el alcance de estos textos, a pesar de haber sido ratificados oficialmente.

Espíritu de solidaridad e indivisibilidad de los derechos


Los derechos humanos, profundamente arraigados en el individualismo occidental,
marcarían el olvido de la solidaridad, base y sostén de las sociedades tradicionales,
tanto en el sur como en el este 4. Sin embargo, el deber de fraternidad, inscrito en la
divisa republicana francesa, encabeza la Declaración Universal: "todos los seres
humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Están dotados de razón y
conciencia y deben actuar con espíritu fraternal los unos con los otros ", y el artículo
29 hace hincapié en los "deberes del individuo hacia la comunidad".
La Declaración enumera además, junto a los derechos civiles y políticos, diversos
derechos económicos, sociales y culturales. Y los dos Pactos de la ONU adoptados en
1966 insisten en los derechos colectivos, hasta tal punto que la palabra "humanos"
desapareció incluso del título. Estos textos de alcance jurídico y no puramente
simbólico como lo era la Declaración, que se consideran complementarios e
indivisibles, reconocen los "derechos económicos, sociales y culturales" y los "derechos
civiles y políticos".
La disimetría apareció más tarde. Por un lado, cuando se ratificaron los Pactos, ya que
ciertos estados occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, no respetaron el
compromiso inicial que consistía en ratificar y aplicar de forma simultánea los dos
textos y decidieron ratificar sólo el Pacto sobre los derechos civiles y políticos, dando
así un pretexto, a China ante todo, para privilegiar el otro Pacto.
Por otro lado, la disimetría no es sólo coyuntural sino también estructural, pues atañe
a los mecanismos de control que determinan la eficacia del sistema de protección de
los derechos.
Por motivos históricos, potenciados por la "guerra fría" entre la URSS y Estados
Unidos, la puesta en práctica de un control, considerado como una injerencia
intolerable, fue lenta, progresiva e incompleta. Sobre estos dos puntos, todavía queda
mucho que hacer y es necesario recordar continuamente el principio de indivisibilidad
de los derechos.
Recordemos que tras los Pactos de la ONU, a los que precedió la Convención "europea"
de salvaguarda de los derechos humanos y de las libertades fundamentales (1950),
siguió toda una serie de instrumentos internacionales de protección de los derechos
humanos, para América (Convención Americana de 1969), para África (Carta Africana
de Derechos Humanos y de los Pueblos de 1981) o para los estados de la Liga Árabe
(Carta Árabe de Derechos Humanos de 1994).

La amenaza de los particularismos


Esta fragmentación de los derechos humanos traduce sin duda cierta resistencia frente
al universalismo de la Declaración de 1948, a pesar de que se afimara de nuevo en
1993 por los 180 estados que participaron en la Conferencia de Viena organizada por
la ONU, y a pesar de que todos estos textos regionales se refieran a la Declaración,
cuyo carácter universal parecieron aceptar.
En realidad, la diferencia esencial está relacionada con los mecanismos de control, que
suponen la prueba indiscutible para asegurar la eficacia de un sistema de protección,
además de hacer alarde de una lista de derechos. La gran innovación de la posguerra
mundial, en materia de control, ha sido el haber introducido el principio de recurso
individual contra un estado en caso de violación de los derechos fundamentales,
situando los derechos humanos en el campo jurídico y no sólo político, que a partir de
ahora pueden invocarse a nivel nacional, gracias al control que ejercen los tribunales
constitucionales, pero también a escala mundial, utilizando los instrumentos
internacionales de protección de los derechos humanos 5. Pero la noción misma de
recurso varía mucho de un texto a otro.
En definitiva, los particularismos ligados a la regionalización de los derechos humanos
son multiformes. Según los preámbulos de estas convenciones y cartas, son de tipo
cultural y a veces religioso, y expresan también, a través del contenido de los derechos
enunciados, una visión más o menos individualista de los derechos humanos. Pero las
mayores diferencias son de orden político, según los estados acepten o no el principio
de recurso ante un organismo internacional de caracter jurisdiccional, que deberán
financiar, y cuya función consistirá, si es necesario, en condenarlos por una decisión
hecha pública.
Pero la fragmentación de los derechos humanos puede adoptar formas más sutiles, lo
vemos por ejemplo, cuando un estado, que aparentemente actúa según las normas y
ratifica el texto internacional, abusa de la técnica de las "reservas" para, en realidad,
nacionalizar el texto. Es una forma de rechazar la internacionalización y volver al
concepto de "cada uno en su casa".
En esta época de mundialización económica, la universalidad de los derechos humanos
está más que nunca a la orden del día. Muestra el camino para inventar un derecho
común verdaderamente plural6, y no caer en una mundialización hegemónica.

Mireille Delmas-Marty

Profesora de la Universidad París I, Panteón-Sorbona


1. P. Imbert, "L'apparente simplicité des droits de l'Homme, réflexions sur les differents aspects
de l'universalité des droits de l'Homme", Revue universelle des droits de l'Homme, n°1, 1989.
2. Alain Le Guyader, "Ethique et droits de l'Homme", Etat de droit et droits fondamentaux dans
la francophonie, revue de l'Institut des hautes études francophones, 1995; n°1.
3. P. Imbert, op. cit.
4. Véase C. Amega King, "La protection des droits de l'Homme et de la démocratie est-elle
étrangère à la tradition africaine?", Bulletin IDEF, 1997; Li Xiaoping, "L'esprit de droit chinois,
perspectives comparatives", RIDC, 1997.
5. Véase Libertés et droits fondamentaux, introducción, textos y comentarios, dirección M.
Delmas-Marty y C. Lucas de Leyssac, ed. Seuil, París, 1996, coll. Points.
6. Véase Les Trois défis d'un droit mondial, ed. Seuil, 1998.

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