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Crónicas de un Éteradicto

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

Jean Lorrain fue poeta, cuentista, novelista, homosexual

declarado (afecto al maquillaje, las joyas y los perfumes, su

amigo Jules Barbey d’Aurevilly se refería cariñosamente a él

como «Monsieur La Putain») y, principalmente, toxicómano.

Su desmedida y duradera pasión por el éter, que como el

láudano, la morfina o el opio, circulaba cuantiosamente por

los cenáculos literarios decadentistas del fin de siècle, le va-

lió nueve úlceras en el intestino que ter minaron por matar-

lo. Estos breves relatos sobre eteromanía, en cuyo título re-

suenan las Confesiones de un opiómano inglés de Thomas

de Quincey, retratan sutilmente las sombrías alucinaciones

provocadas por el abuso de esa droga y por la excesiva ex-

posición a otros «tóxicos» complementarios: el alcohol, la

literatura y el arte. Caricaturas mórbidas, perversas, excesi-

vas del dandy baudeleriano, a los personajes que habitan

estas páginas el desarreglo de los sentidos no les depara

ningún paraíso, más bien todo lo contrario: sólo paranoia,

confusión y un sistema nervioso colapsado.

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

Jean Lorrain, nacido Paul Duval en Fécamp, en 1855, y

muerto en 1906, en París, consumidos sus intestinos por el

abuso de éter, produjo una literatura sintomática, epigonal,

calificada por algunos como de segunda generación (del

romanticismo) y por otros, de decadente, en momentos en

que lo epigonal se convertía en gesto, en actitud, y empe-

zaba a leerse de manera renovada.

La vida de Lorrain estuvo siempre acompañada del es-

cándalo, que muchas veces él mismo provocó. Textos de

adolescencia irritaron a sus vecinos de Fécamp, que se vie-

ron burlados en ellos. Su gusto por los excesos y los prejui-

cios que había sobre su homosexualidad le hicieron imposi-

ble la per manencia en su lugar natal. Instalado en París pa-

ra estudiar derecho, fue un asiduo frecuentador de cafés,

teatros, cabarets, salones, fiestas. Cotizado periodista de la

vida social (dicen que era el mejor pago de la ciudad), es-

cribía a un ritmo superior al de las cien crónicas por año. Se

batió a duelo con Marcel Proust y a punto estuvo de hacer-

lo con Guy de Maupassant. André Gide y Paul Verlaine lo

acusaron de plagio. Hacía circular rumores sobre sus pares.

Fue enjuiciado por denigrar a sus contemporáneos retra-

tándolos como personajes en sus relatos, y multado porque

algunos de sus cuentos representaban un ultraje a las bue-

nas costumbres.

Autor de una obra cuantiosa, escribió cuentos, novelas,

poesías, piezas de teatro, correspondencia, críticas de arte,

notas periodísticas, argumentos de ballet, discursos. Une

femme par jour (crónicas), Monsieur de Bougrelon (novela

homenaje a Barbey d’Aurevilly), Histoires de masques (con-

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

junto de nouvelles) y Monsieur de Phocas (novela) son algu-

nas de sus obras más conocidas. En este grupo se destaca

particular mente Relatos de un bebedor de éter, en cuyo tí-

tulo resuenan las Confesiones de un opiómano inglés de

otro decadente: Thomas de Quincey.

La moda de inhalar éter se había impuesto entre los cír-

culos cultos de las sociedades acomodadas desde media-

dos del siglo XIX, impulsada por la propagación de unos es-

critos de William James sobre el tema, y por la apología del

consumo que hacían figuras como Guy de Maupassant.

Cuenta Jean-Louis Brau en su Historia de las drogas que a

partir de 1860 se observan numerosos casos de intoxica-

ción por culpa del éter y el clorofor mo. En 1830 el éter ya

estaba de moda en los Estados Unidos: la alta sociedad de

Nueva York, de Boston y de Filadelfia organizaba unas con-

curridas aeter parties. Veinte años más tarde, lo mismo ha-

ría la sociedad francesa.

El éter se ingiere de dos for mas posibles: por adminis-

tración pulmonar o bucal. Para conseguir los efectos busca-

dos, generalmente se mojaba en éter una tela que se aspi-

raba varias veces. Al llegar al cerebro, el éter disminuye la

actividad nor mal de las neuronas. Si se lo consume oral-

mente, en dosis de veinte o treinta gotas, los efectos duran

entre dos y tres horas. Dosis bajas producen una desinhibi-

ción manejable y una sensación de agudizamiento de los

sentidos y del pensamiento. Dosis más altas provocan aluci-

naciones visuales y auditivas, y una desinhibición mayor

que puede expresarse en el terreno sexual. El empleo habi-

tual de éter causa dolores de estómago y vómitos, insom-

nio, irritabilidad, debilidad física y pérdida del deseo car nal.

Con poco tiempo de uso frecuente, se genera una depen-

dencia física y psíquica considerable; la abstinencia ocasio-

na desde postraciones nerviosas hasta violentos ataques de

delirium tremens, con desenlaces mortales. La absorción

descontrolada tiene efectos desastrosos para el aparato di-

gestivo, ya que, inmediatamente volatilizado por el calor

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

del cuerpo, el éter reseca las mucosas, produciendo irrita-

ciones muy dolorosas.

Aseguran los críticos que, a partir de 1880, cuando más

activamente participa de la vida noctur na en París, Lorrain

empieza a tener problemas con el consumo de éter. Conti-

nuamente sufre dolores de estómago, no puede dor mir, se

vuelve irritable. En 1893 es operado de nueve úlceras intes-

tinales. Relatos de un bebedor de éter es publicado en

1895. Ese año vuelve a ser operado de los intestinos, y a

partir de entonces debe vivir bajo el cuidado de su madre.

Se mudan a Niza, en busca de sol, renegando de la «enve-

nenada» vida parisina, aunque él continuamente visita la

capital. Hacen varios viajes por el sur de España y por el

África mediterránea. Lorrain muere en 1906, a los 51 años,

con el aparato digestivo destruido por el vicio. Bajo la llu-

via, todo el París de las artes y el espectáculo acompañó su

féretro hasta la estación de Saint-Lazare, donde se lo em-

barcó hacia Fécamp, en cuyo cementerio fue enterrado.

Los Relatos de un bebedor de éter constituyen peque-

ñas escenas enmarcadas, en las cuales a lo largo de la si-

tuación que se cuenta se describen los efectos que provoca

en el narrador y sus amigos la ingesta de éter. A partir de

una conversación, de un recuerdo, se reconstruye la historia

de una aparición en un ámbito en el cual se mezclan, y mu-

chas veces se hacen indistinguibles, la realidad y el sueño.

Hay algo minimal en los relatos de Lorrain, en la misma me-

dida en que hay algo de Chéjov en la narrativa minimalista.

Las coordenadas espacio temporales son acotadas: suele

tratarse de un espacio cerrado, una habitación, en general,

con una decoración relativamente exótica, en la cual el pro-

tagonista es presa de alucinaciones visuales y sonoras.

La descripción es minuciosa, porque más allá de lo na-

rrativo, hay en Lorrain un afán con algo de científico, de ti-

pológico (nótense sus menciones a Lombroso) por describir

los efectos mentales de la ingesta de éter. Esto vuelve a los

Relatos de un bebedor de éter un libro clave en la literatura

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

moder na de las drogas, que en ese momento se observa

casi en espejo con De Quincey y Baudelaire, y que luego se

continuará con textos clásicos de Jean Cocteau, Aldous Hu-

xley, Henri Michaux, William Burroughs. Lorrain anticipa la

descripción meticulosa e hipnótica, de carácter analítico se

diría, que luego se desarrollará más entrado el siglo XX.

Se ha señalado, además, que Lorrain es uno de los me-

jores escritores fantásticos de su época. El efecto buscado

es el miedo: ruidos y voces que se aproximan, la intuición

de la existencia de presencias extrañas, invisibles, en el mis-

mo espacio, seres y elementos que se metamorfosean y

degradan en monstruosidades. Hombres que son animales

que son larvas. Pero Lorrain parece haber aprendido mejor

que muchos la gran lección de Edgar Allan Poe, que limpió

la literatura de terror gótico de toda la inflamación arquitec-

tónica medieval, de las cuestiones proféticas y los senti-

mientos desbocados. La opción de Lorrain pasa también

por lo detectivesco. Así, lo fantástico que pueda tener la

historia finalmente remite a los efectos del éter. La ingesta

es la clave que resuelve el enigma, que ordena el descon-

cierto. A veces ese descubrimiento es explícito, for ma parte

del argumento, pero otras veces, no: todo el relato tiene

una carga alucinatoria muy fuerte cuya causa no se devela

jamás. Y es porque ya no lo que se narra, sino el mismo ac-

to de narrar está tomado por los efectos del vicio.

Probablemente haya mucho de autobiográfico en estos

cuentos. Las descripciones de los ambientes coinciden pa-

labra por palabra con las descripciones de cada lugar al

que se mudaba en París, que Lorrain le contaba a su madre

por carta. Sus filiaciones literarias las exhibe el autor en las

mismas dedicatorias y epígrafes de sus cuentos: los ya

nombrados Baudelaire y Poe, Marcel Schwob, Oscar Wilde

y Joris Karl Huysmans, con quien la crítica lo ha vinculado

más.

Jefe de los servicios secretos de la ciudad de Médam,

empleado metódico que odiaba la bohemia y se había de-

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

dicado a la literatura con la misma disciplina que a la poli-

cía, Huysmans publicó unos primeros textos de impronta

naturalista, escuela con la que comulgaba, pero esa mirada

naturalista, con su concepción deter minista de los aconteci-

mientos, lo dirigió luego hacia el mundo de lo refinado en

A contrapelo (À rebours), novela que lo convirtió en una

suerte de paradigma del decadentismo, y que impactó mu-

cho a Lorrain cuando fue publicada, en 1884.

La crítica ha definido el decadentismo a través de algu-

nos de sus rasgos: una actitud ante el comportamiento que

enfatiza los aspectos refinados y mórbidos, una exaltación

del arte por el arte que minimiza las funciones sociales o

morales de la literatura y pone toda la intensidad en realzar

el goce estético desinteresado. La postura decadente refle-

ja el rechazo de una sociedad de masas a la que se denun-

cia en nombre de una disposición aristocratizante.

En los relatos de Lorrain, el imaginario romántico que

está en el origen del decadentismo se ha degradado. El

que antes era un flâneur paseando por París ahora es un

ciudadano fóbico que odia a los pobres y a los extranjeros.

El albatros de Baudelaire, imagen del poeta del siglo XX, se

ha convertido en un murciélago. El mar encrespado de

Wordswoth y Coleridge es un triste puerto de provincia. El

cuervo de Poe, una lechuza. El ocultismo es la ciencia del

conocimiento. Son las Cumbres borrascosas, de Emily

Brontë, transfor mándose en las Montañas de la locura, de

H. P. Lovecraft. Pero su mayor innovación tal vez no haya

que buscarla tanto en los textos leídos linealmente, sino en

la relación vertical que se establece entre los cuentos y la fi-

gura de autor que estos relatos generan. Un autor casi des-

pegado de la narración que con las for mas estéticas de una

literatura en pleno proceso de cierre construye (más que

escribir, porque las partes «ya están escritas») un pequeño

objeto precioso, un objeto del que conoce detalles, nerva-

duras, brillos. El relato es de un exotismo con aires demo-

níacos que uno exhibe a sus amigos. Y lo novedoso es ese

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

gesto de exhibición que marca el desapego del autor con

su obra. Porque en esa exhibición no sólo se ve la obra:

también se ve al autor, mostrándo(se).

Se trata de la configuración del escritor como persona-

je, anticipo inmediato del artista como obra y continuación

natural del dandy baudeleriano. En ese gesto de exhibición

de quien se muestra a sí mismo, están en potencia los artis-

tas sin obra, como Arthur Cravan, y los vanguardistas como

Tristan Tzara, que se imponía la equidistancia con cada tex-

to que escribiera. Su vinculación con la Revue Blanche, de

Félix Fénéon, y con Stéphane Mallar mé, su participación en

las diversas publicaciones de Émile Goudeau (el inventor

de esos «movimientos» protovanguardistas que fueron Los

Hidrópatas, Los Hirsutos, Los Fumistas), sus asistencias al

Chat Noir, cabaret al que también iban Erik Satie y Claude

Debussy, su larga amistad con Alphonse Allais, la emoción

que le produjo el estreno del Ubu Rey, de Alfred Jarry, y

uno de sus libros de poemas, que se llama Moder nidades

señalan la íntima proximidad de Lorrain con lo nuevo que

se estaba desplegando.

Así, a pesar de que carga con el peso enor me de la he-

rencia romántica, la de Lorrain es una literatura que sobre-

sale por su carácter desapegado. La levedad de su texto,

que es más la escenificación de un relato que el relato en sí

mismo, vincula a Lorrain directamente con la radicalidad de

las vanguardias del siglo XX. Como si él, y algunos de sus

contemporáneos, hubiesen llegado al punto en que se em-

pieza a pensar que la tradición no es ya lo que se impone y

condiciona, sino una elección que se hace. Lorrain no al-

canza a decirlo, pero se adivina en esa cuestión del orden

de lo inasible que hay en los Relatos de un bebedor de

éter, que a partir de entonces, las tradiciones se convierten

en ficciones que cada escritor ar ma y cuenta como quiere.

En este sentido, estos cuentos son sintomáticos de ese mo-

mento que clausura una literatura y abre otra.

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Ezequiel Alemian

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LA CASA SINIESTRA

Para Joris Karl Huysmans, que la conoció.

En verdad, era un departamento bastante extraño. Las pie-

zas estaban todas comunicadas entre sí y rodeaban en hile-

ra la esquina de una casa muy antigua, pero de apariencia

bastante desagradable para que yo vacilara en el umbral la

primera vez que fui a visitar a Allitof. ¿Cómo es posible que

una persona tan refinada en arte y elegancia hubiera podi-

do aceptar la equívoca vecindad de la taber na instalada en

la planta baja y la sordidez casi infame de ese pasillo estre-

cho y de la escalera, esa escalera perpetuamente a oscuras

con escalones desempotrados, donde la hediondez de las

cañerías daba a cada piso el tufo de un lugar ignominioso?

Claro que, por un precio irrisorio en un barrio delicioso, a

dos pasos del puente de la Concorde y de la Cámara, Alli-

tof había encontrado tres grandes habitaciones sorpren-

dentemente iluminadas, que daban a una placita silenciosa,

casi provincial por la tranquilidad y la limpieza y que, por

encima de una gran pared, dominaban el parque arbolado

de una vieja residencia Luis XVI: y además, Allitof habitaba

en el primer piso. Esas ventajas de la luz y del barrio, en

particular la vista sobre las enramadas y el césped del par-

que, en rigor podían hacer soportable la horrible fachada

pintarrajeada de bolas y de tacos de billar sobre un fondo

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

burdeos de la planta baja; ¡pero la escalera y el corredor!

¡Qué departamento! Confieso que, por mi parte, nunca me

hubiera resignado; pero una vez que se estaba dentro, la

sorpresa era de una delicadeza inaudita. Tal como estaba,

ese departamento inundado de luz, y arreglado, amuebla-

do, ador nado con no sé qué refinamiento erudito, diría in-

cluso con sensualidad, desentonaba en esa vieja casa de

obreros como unas prendas interiores de seda y de encaje

repentinamente encontradas debajo de unos andrajos. ¿Se

trataba de un efecto buscado por Allitof? Sin embargo, no

bien se abría la puerta, uno se sentía resentido con él, co-

mo si se hubiese decepcionado, y al mismo tiempo le agra-

decía esa casa tan ingeniosamente decepcionante; al revés

de las ideas preconcebidas, la fealdad del marco constituía

en su caso la fortuna del retrato, y esa residencia de artista

instalada en el corazón de esa vivienda sospechosa encan-

taba a la manera de algún fruto exquisito con una corteza

dura y repulsiva, y en suma, esto era o bien una trampa, o

bien un desafío lanzado al esnobismo moderno, una seduc-

tora mistificación.

Allitof no había ido tan lejos, o por lo menos eso pre-

tendía; lo había seducido lo económico de los novecientos

francos de alquiler y el azar inesperado de una instalación

completa: el departamento anterior mente ocupado por un

amigo de Serge, un provinciano bastante trotacalles que lo

había convertido en un nido de amor acolchado para aves

encopetadas y pasajeras, le había sido ofrecido y cedido a

buen precio con vitrales ingleses, colgaduras, tapices y

cuarto de aseo inmejorablemente acondicionado; cierto es

que los tapices de Esmir na y de Persia recubrían un simple

enlosado, y que las colgaduras rosa subido del salón y azul

girando al verde del dor mitorio enmascaraban unas pobres

paredes recubiertas de cal…, ¡pero novecientos francos de

alquiler!

En este marco voluptuoso con matices surtidos por los

tintes problemáticos de las bellas visitantes, Serge no había

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

hecho otra cosa que instalar su mobiliario de literato artista

prendado desde hace quince años de las antiguallas de

moda y asiduo comprador de los cambalaches del Temple

y de las ventas de los talleres de arte; por eso, la alegre

mañana de abril en que entré por primera vez en esa clara

hilera de habitaciones tor nasoladas de paños y de acuare-

las en las paredes, con algunos perfiles barrigones disemi-

nados de bellos muebles ador nados de cobres y, entre las

palideces de los viejos cristales de Venecia, frágiles vuelos

de estatuillas, no pude dejar de admirar y de felicitarlo por

su hallazgo. Por las cinco ventanas abiertas de par en par,

toda la alegría del jardín de enfrente subía, entraba, inun-

daba las tres habitaciones y, en medio de los bibelots, se

difuminaba un olor a primavera y hojas verdes que un ramo

de lirios azules que olían a vainilla, apoyado sobre una me-

sa, ter minaba de afinar. «¡Cómo te envidio!», no pude dejar

de exclamar; a lo cual Serge, dándome un golpecito fami-

liar sobre el hombro, replicó: «¡Y todas las satisfacciones!

¡Nada de criados, un solo ordenanza!». Y por la puerta en-

treabierta de su dor mitorio, me mostraba un cráneo afeita-

do al ras y dos brazos con manos rojas que se agitaban so-

bre un cubrecama bordado: «El ordenanza del general de

C…, mi vecino, del otro lado de la calle, que tiene tres y

me hace el favor de prestar me a éste. Llega a mi casa a las

nueve de la mañana, sale al mediodía y no lo vuelvo a ver

en todo el día; a las cinco, mi habitación está hecha y sobre

mi cama, mi traje preparado, ¿no es encantador? Un servi-

cio invisible, un problema resuelto. Estamos en abril, eso

está muy bien, pero ¿y en invierno, con el complicado pro-

blema de la calefacción? En invierno, pongamos cinco me-

ses, me paso dos en Niza, luego el general me prestará a

su segundo ordenanza. A treinta francos por mes, me lo

puedo per mitir; pero vamos a desayunar».

Esa primavera Serge y yo nos pasamos casi todas las ve-

ladas juntos, ya sea en la comedia o en el mundo (es sor-

prendente cómo en París la temporada linda acerca las ave-

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Relatos de un bebedor de éter Jean Lorrain

nidas de Passy del faubourg Saint-Ger main por los paseos

florecidos de los Campos Elíseos), y nos encontrábamos en

promedio tres veces por semana; después vino el verano.

Yo me fui a Aix, Allitof, a Londres, y nos perdimos de vista,

y así transcurrieron seis meses sin cartas ni noticias sobre

nuestra vieja relación; ¡pero así es la vida de París!

En febrero pasado, cuando a eso de las seis bajaba no

sé qué escalera de redacción, tropecé como un atolondra-

do con una galera sepultada en el cuello alzado de una lar-

ga pelliza forrada que, por su parte, subía en sentido

opuesto, pero con tanta lentitud, con tanta pena… Me es-

taba disculpando cuando de pronto una voz me llamó por

mi nombre. «¡Allitof!, no me hubieras reconocido, ¿eh, mi

viejo?; —Pero claro que sí», balbuceé mal mi mentira, por-

que él, con una sonrisa equívoca, una sonrisa irónica y lasti-

mosa, me dijo: «Estoy cambiado, ¿eh? Confiesa que no me

habrías reconocido de no haberte hablado. ¡Ah! Estuve

muy enfer mo, en efecto; y lo sigo estando; es una casuali-

dad que me hayas encontrado, ya no salgo de noche; ese

barrio es tan triste, sólo se anima en primavera, ahora se

vuelve tan tarde a París. —¡Ah! ¿Sigues viviendo en tu es-

pantosa casa?; —Sí, mi espantosa casa». Y sobre ese es-

pantosa su voz se alteraba, tan singular que a pesar de mí

mismo me daba escalofríos. «¿Así que no vas a Niza este

invierno? —No, todavía no, estoy trabajando; ven a ver me

una noche que no tengas nada que hacer, ven a cenar, in-

cluso, pero a las seis, porque ahora ceno allí, en mi espan-

tosa casa».

Pero sólo fui un mes después a su extraño piso de solte-

ro, ya que en verdad no me daban muchas ganas de ir a

encerrar me toda una noche con ese original con cara de tí-

sico y voz caver nosa que había encontrado en ese pobre

Sergeon (Sergeon, como se lo llamaba antes en el Baby); el

egoísmo tiene esos feroces olvidos voluntarios; pero des-

pués de car naval me invadió un remordimiento, y también

una curiosidad, luego de una conversación en el círculo

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FIN DEL FRAGMENTO

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