Dr.
Adolfo Vásquez Rocca - Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
Resumen
A la luz del pensamiento de Peter Sloterdijk se esboza una lectura del mundo como sistema
polifónico de sonidos. Se indaga en los alcances sociológicos de los diversos experimentos
sonoros tenidos lugar en esta especie de invernadero en que se ha convertido el mundo
moderno, un ámbito acondicionado con aislantes acústicos y cerrado a un exterior tóxico,
formado cada vez más por toda suerte de prótesis auditivas, donde sólo la escucha de sí hace
posible el espacio íntimo. Se examina cómo estar en el mundo es vivir en esferas, espacios de
relación, climas o atmósferas, cuyo análisis dice más de la vida humana que la consideración
del individuo autónomo o de las diversas posiciones que la ciencia y la metafísica tradicional le
han asignado.
Palabras clave
Individuo, esferas, sonido, aislamiento, espacio, intimidad, biotecnología, programaciones.
I. El hombre como experimento sonoro.
En la filosofía de Sloterdijk se puede encontrar una multiplicidad de
escenificaciones en las que intervienen los actores por excelencia de la
historia: el hombre, la divinidad, los animales, las fuerzas de la naturaleza, los
artefactos tecnológicos; todo en escenarios tan dispares como hordas, polis,
burbujas, globos, espumas, cosmos; en estados de cosas tan disímiles como el
sueño, la vigilia, la subjetividad, el estado narcótico, el líquido amniótico, el
jardín del Edén, etc. Ante esto se pueden distinguir dos grandes líneas
narrativas que en su filosofía se articulan para dar cuenta de la caducidad del
humanismo –la última gran filosofía de la historia– y del advenimiento de una
nueva era posthumanista , desestructurando los supuestos fundamentales del
1
humanismo, a saber: la estricta distinción entre naturaleza y cultura; y la
dicotomía sujeto y objeto, diversificando los planteamientos y unidades de
sentido histórico. Para esto, Sloterdijk realiza una suerte de historia natural de
la especie junto a una historia espiritual de la criatura, relatos que se
fundamentan en la tesis nietzscheana según la cual el hombre es un efecto de
programaciones y adiestramientos. Así, ciencia zoológica y ciencia pneumática
se constituyen en la historia de los procesos antropotécnicos capaz de
introducir en la escena de la teoría aquello con lo que el hombre convive –y ha
convivido– cotidianamente, a saber: signos, señales, símbolos, máquinas,
herramientas, animales, plantas, virus, bacterias, textos, obras de arte,
museos, prótesis, intervenciones quirúrgicas, fármacos; a esto se debe sumar
la irrupción de los artefactos tecnológicos en la determinación de la vida
humana. La historia de esta cohabitación con elementos cuyo estatuto
ontológico no ha sido suficientemente aclarado es el desafío de la filosofía de
Sloterdijk. Bajo esta perspectiva, el mismo estatuto ontológico del hombre no
está claro; en este sentido, Sloterdijk entiende al hombre como una deriva
biotecnológica asubjetiva que vive hoy un momento decisivo en términos de
política de la especie. 2
Para Sloterdijk el individuo, en el sentido usual de las sociedades modernas, es
una creación tardía de las "altas" culturas. Dicha opinión nace de una reflexión
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sobre las condiciones históricas del surgimiento de individuos. Para entender el
proceso, explica Sloterdijk, hay que recordar que los grupos humanos son
naturalmente ruidosos. Mientras los lazos sociales son muy estrechos, la vida
de cada uno trascurre amparada por el ruido constante del grupo. Nadie se
aparta de este clima envolvente, prueba audible de la unión de todos por la
sangre y los parentescos. En el paisaje nativo, cada tribu declara su identidad
mediante su característica producción sonora. Estar siempre al alcance de la
voz es mantenerse en la seguridad de lo familiar y propio.
El surgimiento del individuo en las sociedades posteriores exige –según
Sloterdijk– que en un determinado momento hayan aparecido, novedosas
prácticas de silencio. Pero ¿cómo comienzan tales prácticas en las culturas
más avanzadas? No fue sino con la escritura y el consiguiente ejercicio de la
lectura silenciosa que se produjo este momento decisivo. La individualidad
capaz de reconocerse a sí misma presupone así que los miembros del grupo
puedan retirarse a ciertas islas de tranquilidad en las que les llama la atención
una posible diferencia entre las voces de lo colectivo y las voces interiores, una
de las cuales se destaca, finalmente, como la propia. El silencio de los
conventos opera con esta diferencia, para que se pueda distinguir el murmullo
divino de la bulla humana. Sloterdijk señala que "el hombre interior no existe
antes de que los libros, las celdas de los conventos, los desiertos y las
soledades lo definan; la razón, con su voz amortiguada, no puede habitar en el
hombre antes de que él mismo se haya convertido en celda o cámara silente.
Un yo razonable no llega siquiera a existir sin aislamiento acústico". 4
Otras cualidades inseparables de la individualidad también están ligadas a la
posibilidad de distanciarse y de acceder al sosiego y al silencio. Una cultura
que permite a las personas retirarse del ruido de los grupos compensa a sus
representantes con el acceso a lo que pudiera ocurrir en sus propias cabezas;
les regala unas vacaciones de los prejuicios y de esas gesticulaciones que no
redundan sino en que la intimidad sea tan ruidosa e inquieta como la
exterioridad compartida con otros. ¿Qué es una convicción firme sino una
fuerte voz interior que se ha adquirido ejercitándose? Esta gritería de las
opiniones en mí es sofocada mediante la meditación filosófica. Un servicio
considerable entre los que presta el silencio, según Sloterdijk, es la separación
de lo público y lo privado. Estos dos conceptos, tan importantes en política,
reflejan la diferencia entre los modestos ruidos familiares y la algarabía en los
grupos. "Lo que después se llamará política no es al comienzo más que una
forma cultural del hábito de hablar a gritos".
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La relación de uno a uno consigo mismo, el pensamiento como diálogo interior
y la apelación jurídico-religiosa a la conciencia, entre muchas otras
propiedades del individuo contemporáneo, no tienen ningún sentido antes que
los atletas del aislamiento acústico, del claustro y la lectura silenciosa pusieran
su cuerpo como caja de resonancia de los preceptos divinos. Estos hombres
pertenecen a la historia del esfuerzo del sujeto occidental, por más que a
muchos trabajadores modernos les cueste admitir su procedencia, cuando
menos indirecta, de aquellos antiproductores extenuados de la autoinmolación
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acústica y el experimento sonoro.
En la modernidad, siglos después de la experimentación ascético sonora, el
hombre se constituye en caja de resonancia de lo que le salga al paso. El
mundo como sistema polifónico de sonidos –como multiplicidad sonora– se
presenta ante el individuo como la constante amenaza de ser invadido por
tonalidades capaces de auscultarlo, subyugarlo y secuestrarlo, conduciéndolo
hacia mundos sonoros donde la musicalización mediática de todos los
espacios inunda las últimas lagunas de interioridad. Ante este estado de cosas,
la huida hacia dentro, el hondo repliegue en el espacio íntimo, la quieta
escucha de las voces interiores y el encuentro con el yo más real parecen
imposibles. Entonces ¿dónde huir?; ¿cómo ausentarse del ruido mundano para
sumergirse en la escucha de sí?; ¿cómo ecualizar la existencia sin acceso al
silencio interior?, la ciencia y filosofía occidentales con su repertorio de
paradigmas metafísicos no parecen tener respuesta para esto. La humana
necesidad de huida del mundo halla respuesta en las palabras de Cristo
pronunciadas ante la multitud del pueblo: “Mas tú, cuando ores, entra en tu
aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre
que ve en lo secreto te recompensará en público” . Esta ruta de la fuga mundi
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es rigurosamente experimental, supone, en primer lugar, que cada hombre
puede ser una cámara silente, ingresando en el propio aposento
herméticamente cerrado. De este modo, la morada clausurada se constituye en
espacio de la manifestación divina. Todo ruido mundano, toda sonoridad ajena
a la morada críptica ha de quedar absolutamente fuera; en cambio, el único
sonido que se anhela y permite junto a la voz amortiguada de la oración es el
soplo del Espíritu que fluctúa de lo tenue a lo recio, de un cálido soplo a un
viento flamígero como lo muestran distintos pasajes bíblicos. En segundo
lugar, una vez dentro de sí sólo se puede escapar del mundo ingresando en el
medio del Padre: el secreto (kriptós). El Dios invisible habita en el secreto y ve
en el secreto del hombre la íntima alabanza de quienes le adoran en espíritu y
en verdad. Así, el sermón de Cristo comunica que en cada hombre hay –puede
haber– una habitación pneumática en la que se entona un íntimo salmo de
alabanza a Dios.
En la era de la falta de albergue metafísico, por recordar la definición de
modernidad de Lukács, se generaliza el hábito de la huida, de la evasión no
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sólo de no escuchar a otros, sino el de no poder o no querer escucharse a sí
mismo. Así los hombres que no pueden escuchar su silencio carecen de
aquella música interior que vivifica de un modo supramundano y sobrenatural.
En este sentido, la ruta recién desplegada es un repliegue no escapista sino
más bien de albergue acústico en el regazo de un Dios que, según sus propias
palabras, quiere hacer morada con lo mortales.
II. La música como analogía tonal de la vida emotiva.
Las consideraciones anteriores en torno al hombre como viejo experimento
sonoro que ha devenido contemporáneamente ser de alta permeabilidad
acústica, incitan a una reflexión en torno a la música como recurso de evasión
del metafísico animal de la ausencia. La música que atesoramos, que nos
habita y secuestra, provoca un ahondamiento, una receptividad hacia
emociones que de otro modo nos serían desconocidas. Los intentos de
desarrollar una psicología, una neurología y una fisiología de la influencia de la
música sobre el cuerpo y la mente se remontan a Pitágoras y la magia
terapéutica, pasando por Schopenhauer y Nietzsche, hasta llegar a Sloterdijk,
quien plantea como basamento de este interrogar, como pregunta
estrictamente filosófica y exploratoria de la experiencia musical: ¿dónde
estamos, cuando escuchamos música? A la que podríamos añadir ¿a dónde
nos dirigimos cuando escuchamos música? O, mejor aún, ¿hacia dónde somos
conducidos? 9
La música puede invadir y sensibilizar la psique humana ejerciendo una
especie de secuestro del ánimo, con una fuerza de penetración y éxtasis, tal
vez sólo comparable a la de los narcóticos o a la del trance referido por los
chamanes, los místicos y los santos. No es casual que la palabra alemana
Stimmung signifique “humor” y “estado de ánimo”, pero también comporte la
idea de “voz” y “sintonía”. Somos “sintonizados” por la música que se apodera
de nosotros. La música puede transmutarnos, puede volvernos locos a la vez
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que puede curarnos. La importancia de la música en los estados de
anormalidad del ánimo es un hecho reconocido incluso en el relato bíblico
donde David toca para Saúl. Las estructuras tonales que llamamos 'música'
tienen una estrecha relación con las formas de sentimiento humano –formas de
crecimiento y atenuación, de fluidez y ordenamiento, conflicto y resolución,
rapidez, arresto, terrible excitación, calma o lapsos de ensoñación– quizás ni
gozo ni pensar, sino el patetismo de uno u otro y ambos, la grandeza y la
brevedad y el fluir eterno de todo lo vitalmente sentido. Tal es el patrón, o
'forma lógica', de la sensibilidad, y el patrón de la música es esa misma forma
elaborada a través de sonidos y silencios. La música es así “una analogía tonal
de la vida emotiva”.11
La música es el arte de la personificación, de la escenificación de las
emociones. La música cumple una función política y religiosa, incluso
“sagrada”, de cohesión del cuerpo social; la utilización de medios de
amplificación del sonido se inscribe en una estrategia de ruptura con los
códigos identitarios, con la eclosión de la heterogeneidad, con la producción de
una animosidad colectiva. Los himnos han equilibrado la nostalgia, han
acallado el estupor e incluso enjugado lágrimas, evitando la disolución de los
sujetos y contribuido a la conservación de lo humano en un solo cuerpo tonal.
Así, en las edades, en la sucesión histórica, en el progresivo deterioro de las
sociedades, en las épocas de fatiga y devastación, en los tiempos de
asolamiento, de la caída de imperios y la irrupción de las hordas, cuando los
tiempos amenazaban hacerse demasiado sonoros, allí irrumpía el genio, el
músico que insertaba, contra el positivismo de orquesta y la obstinación de los
compositores, recogimiento, silencio y secreto. Restaurando la armonía global.
III. La emergencia del humano potencial de traslado.
El hombre como efecto de programaciones y adiestramientos, como prodigiosa
fuerza plástica y experimental, se revela como sujeto de vacilación elemental
respecto de un mundo que se supone está ahí para acogerlo. Este fugitivo de
la normalidad cósmica, nunca menos que perplejo ante “la arbitrariedad de las
cosas”, desarrolla una característica tensión hacia otra parte que,
indefectiblemente, tiene presente como búsqueda y nostalgia. Una vez fuera
de la ruidosa atmósfera tribal, los hombres evolucionan a metafísicos animales
problemáticos que, incidentalmente, se enajenan en su inclusión en el mundo;
como seres que se pueden extraviar en el entorno, se esfuerzan en poner
remedio a la certeza de estar fuera de lugar.
Para Sloterdijk la acumulación de experiencias desconcertantes en este
sentido da lugar a la emergencia del humano potencial de traslado, de la
contramarcha que emprenden algunos individuos de los esquemas de su
cultura, esgrimiendo abiertas consignas de negación ante la normalidad
cósmica. De esta forma, se extiende sobre la tierra un cinturón ascético,
escenario de una pujante divergencia respecto de los estándares impuestos
por el mundo. 12
La demanda de traslado genera una historia natural de lo desnaturalizado o, si
se quiere, de lo sobrenatural (también de lo alternatural) en el interior humano
desde el momento y lugar en que, del sedentario animal de la presencia de
milenios, surge el metafísico animal de la ausencia. Desde esta perspectiva,
más allá de la antropología positiva y negativa, se esboza la silueta de una
ciencia de hombres polivalentes u hombres metamórficos. Entonces, la historia
sería el drama en el que se desarrolla la lucha formidable por el verdadero
lugar y el verdadero elemento de la vida humana. Pero ¿cómo es pensable la
emergencia de traslado?; ¿cómo nos posicionamos en esa historia natural de
lo desnaturalizado y lo sobrenatural?; ¿cómo es que la negación de lo dado
mediante lo supuesto puede convertirse en potencia mundial?: son parte de las
cuestiones que nuestra conciencia individual debería plantear a una conciencia
histórica, con tal que se supiera qué quiere decir “histórica”. 13
Sin embargo, más allá o más acá de estos cuestionamientos lo único claro es
que los esforzados animales productores de historia continúan acumulando
experiencias desconcertantes con el peso del mundo, por lo cual buscan su
camino entre las verdades de la despreocupación y el desconsuelo. Sloterdijk
afirma que si se logra obtener referencias más exactas sobre estos
movimientos de búsqueda, estas reflexiones alcanzarían su propósito; darían
una idea de cómo debería formularse una guía de ruta antropológica de la
posibilidad de huida del mundo.
Adolfo Vásquez Rocca.
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Postgrado Universidad
Complutense de Madrid, Departamento de Filosofía IV. Áreas de Especialización Antropología
y Estética. Profesor de Postgrado del Instituto de Filosofía de la PUCV. Profesor de
Antropología en la Escuela de Medicina y de Estética en el Departamento de Artes y
Humanidades de la Universidad Andrés Bello, UNAB. Profesor asociado al Grupo Theoria
Proyecto europeo de Investigaciones de Postgrado. Director de la Revista Observaciones
Filosóficas[Link] Secretario Ejecutivo de
Philosophica-Revista del Instituto de Filosofía de la PUCV-
[Link] Director del Consejo
Consultivo Internacional de Konvergencias, Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo.
[Link]
Nota: Este Artículo fue desarrollado con la valiosa y destacada colaboración de Pablo Gutierrez
Echegoyen, Ayudante de Investigación y colaborador del Autor en diversas
publicaciones. ;Editor Asociado de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales,
Buenos Aires
1 VASQUEZ ROCCA, Adolfo, “Peter Sloterdijk; De las 'Normas para el Parque humano' a la
biotecnología y el discurso del posthumanismo”, en Opinatio, Barcelona,
2006.[Link]
2 VASQUEZ ROCCA, Adolfo, “Peter Sloterdijk y Nietzsche; De las antropotecnias al discurso
del posthumanismo y el advenimiento del super-hombre”, en Psikeba -Revista de Psicoanálisis
y Estudios Culturales N º 3 , 2006, Buenos Aires.
[Link]
3 Sloterdijk, Peter, Extrañamiento del mundo, Editorial Pretextos, Valencia 2001, II - ¿Adónde
van los monjes? Sobre la huída del mundo desde una perspectiva Antropológica, pp. 87 y
sgtes.
4 SLOTERDIJK, Peter, Extrañamiento del mundo, Editorial Pretextos, Valencia 2001, Cap. II -
¿Adónde van los monjes? Sobre la huída del mundo desde una perspectiva Antropológica, pp.
87 y sgtes.
5 CORDUA, Carla, “El individuo”, en “Artes y Letras” de El Mercurio, Santiago, 20 de Agosto,
2006.
6 SLOTERDIJK, Peter, Extrañamiento del mundo, Editorial Pretextos, Valencia 2001, p. 94.
7 Mateo 6: 6
8 SLOTERDIJK, Peter, Extrañamiento del mundo, Editorial Pretextos, Valencia 2001, p. 119.
9 VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, “Peter Sloterjijk, la escucha de sí y el olvido del Ser desde todos
los altavoces”. En AdVersuS: Revista de Semiótica, Nº 5, 2006 – Instituto Ítalo-argentino di
Ricerca Sociale [Link]
10 DORFLES, Gillo, Elogio de la Inarmonía, Editorial Lumen, Barcelona, 1989, p. 38.
11 LANGER, S. K., Sentimiento y forma, Universidad Nacional Autónoma, México, 1967, p. 35
12 SLOTERDIJK, Peter, Extrañamiento del mundo, Editorial Pretextos, Valencia 2001,p. 92
13 Ibid, p. 94.
Revista Observaciones Filosóficas - Nº 4 / 2007
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