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Crueldad y Deseo en la Infancia

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Felicidad clandestina (1971) - Clarice Lispector me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le aclaratorias.

claratorias. A la señora le resultaba cada vez más


había prestado el libro a otra niña y que volviera a extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con
crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a enorme sorpresa exclamó: “¡Pero si ese libro no ha salido
que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo¡”.
fuera suficiente, por encima del pecho se llenaba de calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por
caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo
que a cualquier niña devoradora de historias le habría promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento
gustado tener: un papá dueño de una librería. serían después mi vida entera, me esperaba el amor por de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la
el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos; rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las
incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato una sola vez.
calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al
por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de fin, firme y serena le ordenó a su hija: “Vas a prestar ahora
papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al mismo ese libro”. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo
ciudad en donde vivíamos, con sus puentes más que día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso
vistos. Detrás escribía con letra elaboradísimas palabras una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la que si me hubieran regalado el libro: “el tiempo que
como “fecha natalicia” y “recuerdos” tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña,
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras poder, que volviera al día siguiente. Poco me imaginaba puede tener la osadía de querer.
haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama
del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón ¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así
venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a nosotras, como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada.
que éramos imperdonablemente monas, delgadas, palpitante otras veces como aquélla.
Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me
altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso
una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me mientras la hiel no se escurriese por completo de su libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho.
daba cuenta de las humillaciones que me imponía: cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa.
seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
interesaban. había elegido para que sufriera. Pero incluso
sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de
una tortura china. Como por casualidad, me informó de quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo
sufra. tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas
que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato. maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa,
Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar lo postergué más aún yendo a comer pan con
quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y ni uno. A veces ella decía: “Pues el libro estuvo conmigo mantequilla, fingí no saber en dónde había guardado el
totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba
si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo mañana se lo presté a otra niña”. Y yo, que no era los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que
prestaría. propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se era la felicidad. Para mí la felicidad habría de ser
ahondaban bajo mis ojos sorprendidos. clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me
Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo
transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la era una reina delicada.
lentamente en un mar suave, las olas me transportaban casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su
de un lado a otro. negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la A veces me sentaba en la hamaca para balancearme
presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una éxtasis purísimo. Ya no era una niña más con un libro:
vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco era una mujer con su amante.

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