Freiday 60pag
Freiday 60pag
Reeducación en la selva
por Lucky Bombay
No me gustaría pensar que pueda usted atribuir a este escrito un tono autoritario, la
escasez de sexo y falta de bebida hacen del escritor un tipo aburrido, la escasez de sexo
y falta de bebida hacen del escritor un tipo aburrido, la escasez de sexo y falta de bebida
hacen del escritor un tipo aburrido, la escasez de sexo y falta de bebida hacen del escritor
un tipo aburrido, la escasez de sexo y falta de bebida hacen del escritor un tipo aburrido,
la escasez de sexo y falta de bebida hacen del escritor un tipo aburrido, la escasez de
sexo y falta de bebida hacen del escritor un tipo aburrido, la escasez de sexo y falta de
bebida hacen del escritor un tipo aburrido, la escasez de sexo y falta de bebida hacen del
escritor un tipo aburrido. Tranquilo, ya he abierto una cerveza, prosigamos.
Le decía a usted, ser inmundo, terrícola del montón, insensato caballero, que no querría
mi persona que usted, alimaña nauseabunda, atribuya a estas palabras un carácter
despótico. Lo que está a punto de leer si realmente se cree con ánimos para ello, son
divergencias de una mente enajenada, opiniones que aun no han sido engalanadas en
camisa de fuerza, reflejos de una sociedad contaminada. Perdonen de antemano al autor
de esta atrocidad sin sentido. Llévense estas páginas cuando visiten el cuarto de baño, al
menos no perderán el tiempo y a unas malas lo sacaran de un apuro. Yo por mi parte no
las he leído ni pienso hacerlo, usted allá. Sin más preámbulo, termino de prologar esta
sucia porquería que alguno en su propio trastorno pueda considerar lectura, hay
demasiados bares abiertos como para quedarme encerrado leyendo esta sarta de
absurdas banalidades.
“La próxima vez cargue la copa un poco más”, un recuerdo lúcido de la noche pasada
entre lagunas. Los días a base de cortisona y antibióticos me habían pasado factura y
hecho olvidar las reglas del juego: quien tiene una buena noche no puede tener una
buena mañana, a no ser que siga bebiendo. Lástima, no quedaba ni una gota en la
nevera y el vaso caliente de lo que parecía ser ron aguado no me excitaba en absoluto.
La barriga rugía pidiendo clemencia y el hígado llevaba mudo mucho tiempo. Revuelto
sacado del alma copando la garganta.
Gajos de ropa inundaban las baldosas amarillas camino a la puerta del ayer. Hice
memoria y las imágenes se sucedieron como en un caleidoscopio. ¿Qué vomitan en el
suelo de los bares? Debería comprar un cubo de barro y tenerlo siempre a mano en caso
de discusión femenina. Miré el reloj, las manecillas empotradas en el armario a escasa
distancia de la pila y un poco más lejos de infernales mecanismos, no respiraban. El reloj
es la falsa muerte. Miré el móvil, mi aparato de supervivencia futurístico que ejercía de
sustituto del tan ansiado jetpack, como de costumbre no tenía batería. Debía empezar a
pensar en cambiarlo por una maza medieval que no indujera al arrepentimiento repentino
causado en noches noctámbulas y mañanas fraudulentas.
Necesito tranquilidad para digerirlo todo, algo de calma antes de que comience la
barbarie.
No había rastro de los ojos marrones que habían acompañado al azul del mar en conjunta
travesía hasta el inconsciente del ser. El despertar temprano trajo consigo su propia huida
de alcoba y la hice lejos de las mantas hendidas que por calendario no deberían hacernos
sudar. Eliminada la primavera y el otoño del calendario, aún defendían a capa y espada la
no repercusión del sistema de vida neohumano en el calentamiento global aquellos
villanos sinvergüenzas del petrodólar. Al menos había dejado una nota en el escritorio
junto a los habanos más baratos que un estudiante sin bolsillos se puede permitir:
“Llámame”.
Ningún número escrito que acompañara la orden, debía tenerlo en la lista de contactos o
jugármela en una nueva noche agitada con visos de mezclarse. Las pasadas jugadas
ajedrecistas a lo largo de la barra del bar me hacían sentir un James Bond aquel viernes
por la mañana. Las temporadas de salida habían hecho del fin de semana un eslalon, y
del juernes un paraíso alcoholizado sin retorno. Sonreí al reflejo de un despojo y me lavé
la cara, es fácil abrir un grifo. El deshecho tomó alias de trozo de carne con patas, la
resaca humaniza a las personas, supongo que por eso los dioses no beben. Cagados de
miedo se esconden bajo sus sábanas de látex, temiendo que el subconsciente absurdo
que esconden tome el control y domine sus acciones mostrando su absoluta y completa
gilipollez, que no es más que el reflejo de una personalidad barata oculta entre luces de
colores y falsa parafernalia de lujo.
Había quedado a desayunar con mi diablo particular para tratar la declaración que debía
sinceramente soltar de carrerilla ante el juez, por haber abusado de mi propia libertad en
fechas pasadas. Un discurso moralista donde yo debía ser Bambi al final de la película,
siempre se me dio bien mentir, mejor si había juramento de por medio. Sin recoger el
estropicio de horas de locura, cogí unos vaqueros entrados en años y un jersey que hacía
de hermano menor, dichosa familia eventual.
Caminé pisando fuerte el suelo, sintiéndome real. Habían cambiado las baldas rotas de la
calle pero éstas no eran iguales que las demás, las verdaderas eran demasiado caras o
se hacía tiempo que se habían gastado. Jugué con el palillo de dientes que llevaba en la
boca a modo de excéntrico clásico, sabía que dañaba los dientes pero también hablarle a
una chica comprometida podía hacerlo. Miré a los niños que pasaban en sus bicis con
caducos ruedines, si tuvieras que montar en una atracción de feria y sólo en una atracción
durante toda tu vida, ¿cuál elegirías? Eso quieren hacernos creer. Estudia y sufre tu
arrepentimiento chico de palo.
La cafetería no quedaba muy lejos de mi cochinera llena de polvos, pero aun así iba
tarde.Tenía un máster en llegar tarde a los sitios, falta de educación o de paciencia sirva
como excusa. Aceleré mi paso calle abajo. Fantaseé con llenar cuestas de piedras
gigantes, barriles y millones de canicas que rebotaran contra las fachadas vociferando en
la quietud. Entes llenos de gula impiden el paso a caminantes sin reloj, por mucho que
oigas la opinión del profeta nunca escucharás sus palabras pues son vacías. Costaba una
eternidad moverse entre caracoles así que ya que iba a deshora mejor quebrarme las
rodillas suavemente.
Un viejo ciego sin dientes me saluda recordando a su propio nieto al que no puede ver por
impedimentos legales. Una chica lee un libro romántico donde el amor es lo que menos
importa, es más mediática de lo que se merece. A su lado un no tan viejo clarinetista
deposita su gorra en el sucio y simpático suelo, dispuesto a desgarrar almas con su triste
y monótona melodía. Seguramente en su tierra, pues es extranjero como todos los que
habitan las profundidades del espacio, estudiaría unos doce años quedándome corto, en
el conservatorio más duro de la penitenciaría. Seguramente vivió alguna transición de
poderes de esas donde el poder se esconde y nadie sabe realmente quién manda pero sí
quienes no. Eso lo llevaría a nuestro país, a mi ciudad si es que alguna vez fue mía, a esa
calle, a ese rincón junto al banco donde ya no está sentada la muchacha que leía sino dos
ancianos que rememoran tiempos pasados cansados de mirar obras durante toda la
mañana. ¿Quién se ocupará de los futuros viejos en una sociedad donde todos nos
creemos inmortales?
Escupo al suelo aunque no me guste, no hay árboles donde hacerlo. ¿Cuándo llegará la
moda de plantar árboles? No importa, todos tocamos a tres o cuatro viviendas que nos
esperan vacías a las afueras de ciudades muertas. Construyan señores, un ladrillo nunca
está de más, pero no olviden rebozarlo en cemento y billetes pues un ladrillo que está
suelto es digno de resquebrajar cristaleras que den paso al incendio de sucursales donde
ya no hay sitio ni para los mendigos. Nacional de verdad. Lo que conocemos como “banca
rota” tiene su origen en el reventar de oficinas y cuelgue de cuellos encamisados, curiosa
forma de dar la vuelta a la tortilla usando la soga. Tras pasar la muchacha de falda azul y
camisa blanca, quédome mirando a un joven que saca por primera vez dinero de un
cajero a través de su inquietante tarjeta de crédito. Bienvenido al mercado Billy, algún día
te enfundarás una media en esa cabeza pensante que piensa más que siente, y
agujerearás tu vida con una pistola de agua llena de ácido corrosivo.
Casi me come un calvo con barba que pasa sin control con su “siempre lo he tenido
guardado en un bolsillo de aquel pantalón que corté cuando llegó el verano” longboard. La
calvicie vil tirana, se impone de moda mientras los fabricantes de pelucas frotan sus
manos llenas de callos futuros. Ahora las ciudades se llenan de patines, bicicletas y
demás aparatos postapocalípticos, me gusta. La crisis parece hacer cambiar el cuerpo
humano, quizá haya esperanza. O quizá bajen los precios automovilísticos y me revienten
los dientes mis propias ideas. Entonces me dejaría el dinero destinado a mi soñada
furgoneta en unos de oro colocados con precisión millonaria por algún dentista avispado.
Que tire la primera muela quién nunca haya pisado una consulta o cacharrería de molares
y premolares. Al menos los árabes, moros con dinero, no bajarán nunca el precio del
barril, viva el comandante. Miro mi reflejo en el escaparate de una tienda de ropa donde
semanas atrás, compré la camiseta que llevo puesta ese preciso instante al igual que
otras dos mil personas en pocos kilómetros a la redonda, qué importa si puedo marcar la
diferencia con unas gafas sin graduación. La homosexualidad llegó a la moda con aires
novedosos justo a tiempo de encontrarse de frente las tendencias masculinas que
agachadas, recogen los guiones escritos por monos en talleres clandestinos de algún país
subdesarrollado con pinta de no ascender. De ello ya se encarga el vicepresidente
ejecutivo de Títeres SA, compañía con sede en alguna isla de nombre afrancesado donde
sonríen tipos trajeados con más ceros que vergüenza. Españoles expertos en hacer lo
contrario a la razón se rebelan contra Napoleón en montes y sierras perdidas llenas de
prostíbulos y orgullo no reconocido por la real.
Me peino por decirlo de alguna manera pero el viento me vuelve a despeinar pasos
delante. El sudor frío de la resaca recorre mi espalda y siento pánico. La calle se llena de
cuerpos inertes que avanzan hacia mí, huelen mi miedo. Debí haber colaborado con ellos
en la destrucción de nuestra capa y soltar una humareda de desodorante que inundara
mis poros con química casera. La serie en boga había inoculado la idea del cristal en
niños y ancianos, ya tenía mis propias manías, no necesitaba sacar sesenta euros por
gramo para sentirme realizado antes de dormir.
A mi derecha otro negocio cerrado. Un graffiti mal hecho, en realidad una firma, revienta la
simple perfección del metal. Pintad las calles de colores, llenadlas de abanicos, que el sol
inunde los cristales y reflejen los dibujos. Paso por la calle de las heladerías, hay cuatro
heladerías en un palmo de terreno. Un día a un lúcido se le ocurrió montar una heladería
en aquella calle. Una ciudad soleada once meses y medio al año bien podría ser negocio
para la gula. Al día siguiente llegó un enterado y montó otra justo en frente ¿Por qué no
sacar provecho ambos del pastel si éste es lo suficientemente grande para alimentar
varias familias? El tocacojones llegó al tercer día y montó la suya justo al lado de la del
lúcido. Los tres sacaron sus armas, las cargaron y se disponían a disparar pero no hizo
falta, al cuarto día llegó el retrasado y montó su propia heladería ¿Cómo quitarle el
negocio a lúcido, enterado y tocacojones? Bajan precios, suben horas, baja la calidad, la
esclavitud se convierte en norma y entonces pum: las cuatro heladerías se convierten en
chocapic cuando una multinacional heladera copa el edificio mayor de esa misma calle. El
capitalismo austero por porcentajes se quita la piel de borrego y muestra feroz sus fauces.
Una piedra matando al presidente del gobierno es la señal para que comience la cuarta
guerra mundial. Sigo bajando la calle ya completamente despeinado por el vendaval, no
importa, mis gafas de sol cubren mi mirada funesta. Aquí el viento mueve hojas caídas,
allí eleva diez mil almas en cada ciudad a las nubes. El mundo borracho tiene la espalda
llena de granos a los que no llega con sus manos, granos expuestos a las adversidades
sin más escudo que su mala suerte.
Llego a la cafetería donde espera mi abogado amigo. Dos mitades no hacen uno entero
pero nos mantiene despiertos, siempre despiertos. Los acompañamos con una viena
mixta, nunca desayunarás en casa igual. Charlamos retando al silencio sobre burdos
temas de actualidad, las palabras entre amigos fluyen sin forzar aunque la primera vez
siempre cuesta. Sentados en una plaza escondida del turismo preparamos mi discurso.
Hurtos, peleas callejeras, beber en vías “públicas”, allanamientos de morada, robo de
coche patrulla con posterior huida en una autopista al infierno. Nada de ello había llamado
la atención de las autoridades, un cántico en la noche sí. Estadio Chile 1973. Multas a
cara de perro no imponían la suficiente autoridad sobre mi persona, no al menos tanta
como los daños colaterales basados en luchas fratricidas sin ton ni son. El café estaba
caliente y el bocadillo se enfriaba en su plato de cerámica azteca. ¿Cortarte un pie o una
mano?¿Por cuánto te dejarías dar por culo? Ya estás jodido y aun así crees sentarte en el
sillón del vicepresidente ejecutivo con tu propio orgullo sin perforar.
Nos despedimos entre risas, era imposible no reírse recordando la noche anterior, aunque
él tenía mejor cara, ni una cicatriz que diera pie a la invención de fabulosas fábulas
inconclusas. Ambos éramos un buen dúo de mentirosos compulsivos en busca de la
chispa eterna. La camarera que trajo la cuenta era perfecta en sus imperfecciones, supe
que aun me hacían efecto las copas de la noche anterior que unidas al madrugar no
beneficiaban mi imagen social. Pagué y partimos la mitad de un céntimo de vuelta. El
dinero lo inventaron los ricos para no deber favores a los pobres.
– Eh niño de papá, sal a jugar a la ciudad. Salta con los haraganes que ríen
pateando balones en el mar.
– Mi madre no me deja, el sol no me hace bien.
El niño acaba haciéndose millonario y extermina el distrito con napalm, pero los recuerdos
lo persiguen y las cenizas que lo cubren no lo dejan dormir.
Paso por la esquina donde un antiguo yonqui se sienta día tras día a observar el tráfico
sin dejar de escupir, el suelo de debajo está teñido de negro debido a la dieta del
espectro. Voces y gritos de barrio revientan mi cerebro resacoso. Un taladro lleva toda la
mañana jugando con el cemento y no se cansa de entrar y salir, es milagroso. Bajón
azucarado y parece que estoy metido en una guerra, confuso y mareado por todo lo
ingerido aquella noche. Entonces llegan soldados histéricos colocados hasta las trancas
de anfetas y bromuro rompiendo el aire con sus ametralladoras, escupiendo polvo sobre
indefensos cervatillos que buscan en sus madres algo de calor en el frío espacio que los
rodea. El presidente llora escondido en el baño adjunto a la sala de reuniones donde las
cabezas económicas sonríen complacidas por el espectáculo de la muerte. Qué barata es
la vida en los países sin desarrollo alguno. Un asia boy mira con sospecha y recelo al
grupo de esclavos negros a los que azota en África central. Fuego Charlie, fuego a todos.
Todos los samuráis se hicieron el harakiri y ahora sólo quedan bastardos judaístas
escupiendo mierdas y bits impersonales. La vida no va más allá del número 2. Número 8,
número 8, número 8, ¡NÚMERO 8 RESPONDE! El helicóptero que transportaba a la
madre Teresa se estrelló como el Hinderburg y las llamas la llevaron a la segunda fosa del
octavo círculo infernal. Nace un niño en Haití a la sombra de un árbol que pronto lo ha de
matar pues el leñador que debía cortarlo sufrió un infarto en plena violación anal.
Aduladores de la tecnología hacen cola en las habitaciones de los mendigos esperando
redimir su alma aventurera en selvas de circuitos, pero el hacker de la realidad los
atraganta a base de cheetos y bebidas energéticas malgastadas en asientos que joroban
la espalda del David de Miguel Ángel. De niña a mujer en Tailandia, corrompida en Dehli y
traspasada en Teherán, quién pudiera salvarte de tu propia vida. El socorrista de turno no
tiene preparación para nadar en el Aqueronte y pronto es despedido por bondad.
Caridad pide la vieja cantante en la esquina por la que paso. Cada día hay más gente
escarbando en las cajas de plástico verde, o quizá haya menos contenedores en la
ciudad. Un retortijón sacude el café que he tomado minutos antes con mi abogado
compinche. Acelero el ritmo para llegar a casa y cruzo los dedos por tener el baño libre, el
fregadero tiene demasiados platos sucios con los que lidiar.
Llamo a mi compañero Viernes a voces, no anda por allí y tampoco es caníbal, es negro
como el betún y la parte más blanca de su cuerpo es pálida como el carbón. Hoy es su
día especial. Todavía no se acostumbra a que le haga una tarta cada viernes desde el
primer día que lo conocí, no sé hasta cuando durará la coña, esperaba aburrirme mucho
antes. El aburrimiento es el peor de los temores ¿Dónde está mi trozo del pastel?
Cuando la cajera sale del súper está tan cansada que ha perdido el hambre. Que se
atrevan a ser emprendedores gritan las voces acaudaladas sentadas en sus tazas
doradas, fusilad esas voces. A un elefante cuando es una cría se le amarra a una cuña de
madera lo suficientemente grande como para retenerlo. El elefante crece y la cuña sigue
siendo la misma, pero está tan cansado de tirar que ya no lo intenta. Los pocos elefantes
que han huido entran a una tienda de cuñas cargados hasta las trancas de explosivos.
Son tachados de terroristas criminales. Sus nietos correrán libres junto a los nietos de los
poderosos y nadie recordará que alguna vez hubo diferencia entre aquellos elefantes más
que la longitud de su trompa. Viernes no responde y no tengo llaves con las que entrar en
casa. Otro retortijón. Mi barriga sufre removiendo toda la mierda acumulada como si fuera
una lavadora que gira paquetes de nitroglicerina.
En la caja descendente me encontré con una de las nuevas vecinas del edificio.
Recordaba haber hablado antes con ella, recuerdos vagos debido a la cogorza, apenas
ponía un botellín en mis labios y el alzheimer jugueteaba con mis recuerdos. Sonrió al
verme, esperaba que Mr, Hyde no hubiera hecho de las suyas, aunque me creía
reformado en cuanto al control activo de la naturaleza alcohólica. ¿De qué hablarían los
desconocidos si no existiera el tiempo atmosférico? Fútbol y desconocimiento político
copaban las conversaciones en los garitos donde jugar al dominó aun no era cool, ni si
quiera la palabra cool es cool. Hipsterismos gramaticales que avergüenzan a los
analfabetos del kharma.
Las puertas del adiós se abrieron y la dejé salir delante, todo un caballero pese a la
derrota contra el cristal. Salí del portal de Belén y me dirigí a un estanco donde los
compradores de sellos y sobres habían establecido la norma de no fumar como ley.
Compré el puro más grande y barato que tenían, y me dirigí a un starbucks cercano. Los
cafeteros estaban tumbados en grandes y caras camas blancas a pie de playa sin tocar la
arena, sin saborear inesperadamente el agua. Pasé directamente al servicio poniendo una
absurda cara de cliente. Para mi sorpresa estaba limpio, tan limpio que debía haberlo
hecho una madre. Aún así coloqué una fina capa de papel, un acto que hacía sentir a un
ser puro como si estuviera a punto de cagar flores y tarros de colonia. Apenas estaba
empezando cuando oí voces. Mierda ya me habían cortado mi momento zen, ya no se
respeta nada.
Lejos de allí, en otra época, en otro lugar, un grupo de trabajadores decide que es hora de
asociarse y pelear por sus derechos creando el primer sindicato. En el cuento de Mowgli
original, la ciudad acaba siendo arrasada por la propia selva.
Me había metido en el baño de mujeres, con razón estaba todo tan limpio. Hice tiempo
fumando el puro que había comprado. Media hora de reflexión diaria, es todo lo que un
hombre que se precie necesita. Por el silencio repentino, supuse que se habían dado
cuenta de la humareda y habían salido las dos del recinto. Proseguí tranquilamente con la
defecación. La noche anterior había sido movida, bastante movida a juzgar por todo lo
que llevaba soltado esa mañana. Cuando sales con Sócrates todas lo son, y yo cada vez
estaba más mayor, más y más viejo, los órganos se me pudrían por dentro sin que me
diera cuenta, mis propios órganos... Necesitaba descansar.
Siempre me han llamado la atención esos tipos que nunca paran, los que revientan de
noche y al día siguiente están al pie del cañón esperando que vuelva a anochecer para
volver a estallar en un movimiento oscilante que se repite eternamente. Sócrates era uno
de ellos, un inmortal. Si una persona normal después de una larga noche de juerga al día
siguiente cree morir, el inmortal no, el inmortal renace cual ave mítica. El inmortal es ese
tipo recién salido de un zarzal que pasea destrozado por la calle mirándolo todo sin mirar
nada, andando rápido, siempre con prisa pero capaz de pegarse medio día tumbado en
un banco. Es ese que bebe mientras se revuelca en la mierda, sonríe sin tener dientes y
tiene el valor de un caballero de cuento. El inmortal está en todos lados sin pisar nunca el
suelo, es un alma atrapada en un cuerpo que utiliza simplemente como vehículo para
llegar a ninguna parte. Es el tipo con bombín que pasa por tu lado levitando, es ese yonki
que camina con prisa, es Mr. Bojangles, es el sombrerero loco, es Charlie Sheen, es
Lupin Lui, Tyler Durden, el capitán Haddock, Alex DeLarge, el tipo sonriente en “El triunfo
de Baco”, Remi Gaillard, Bernard Marx, el Che, Beetlejuice, James Dean, Lucky
Bombay, Ícaro, Doherty, Neal Cassady, el Joker, George Best, Jesucristo, Don Quijote,
Gainsbourg, Bender, el hombre bala, Bukowski, Charlot, el nota, Max Power, Mágico
González, Robin Hood y Groucho Marx. Es todo y a la vez nada, pero siempre está ahí,
donde salta la chispa. Porque sabe que sin chispa la llama que prende su motor interno
se apagaría, se agotarían sus necesidades vitales y entonces sería tarde, demasiado
tarde para hacer nada.
No hubo respuesta, terminé mi asunto y tire de la cisterna, en el fondo era una buena
persona. Cuando salí del baño una pareja de guindillas me esperaba, me hice el loco aún
más si cabe pero no sirvió de mucho. Los acompañé amablemente al coche patrulla
donde rellenaron la denuncia. Estudiante sin recursos vive lejos del hogar y el estado no
le proporciona ayuda alguna así que tiene que compaginar su horario de estudio con un
minijob. Las estadísticas provenientes de Alemania son mentira, falacias al nivel del 11-S
o el caso del perro Ricky. Con esa descripción conseguí la multa mínima, tarifas
libertarias. Son peores que las compañías de telefonía. Al menos no me habían hecho
quitar los cordones y cinturón previniendo el suicidio. Esperé a que la pareja de asesinos
reprimidos se marchara para robar una silla de la terraza. Ojo por ojo, ya habría alguien
que entrenara perros lazarillos para todos.
El odio social acumulado hace estragos en la garganta, escupo miedo por la boca y acabo
durmiendo con la muerte acariciando mi cabeza. Calma chico, aun tienes que hacerte un
poco más antes de abandonar la sartén. Fríete viejo cascarón, danza con el aceite y pelea
con la sal mientras todo se derrite alrededor. Las mujeres son abandonadas por cabrones
tuertos que sufren el merecido azar millas delante sin más taparrabo que una bota vieja
recién pescada. Enciende las luces cowboy, es hora de que el farol ilumine el camino y las
sombras del destino perezcan de necesidad. Lanzo fuego por la boca y acabo
despertando en el infierno, palacios de reyes sádicos y gárgolas de mármol tristes que
alegran el día a viandantes funestos. Juega con las peonzas joven diablo, el demonio que
hay en ti no está aún tostado, queda aun tiempo para nada.
Tiré la silla metros más allá por un barranco. Un asiento menos, un hombre más alzado en
pie, la revolución se estaba forjando en los propios establecimientos del mal. Decidí
sentarme un rato en la plaza frente a mi apartamento, desde allí sabría si llegaba Viernes
y además, los yonquis me harían pasar un rato divertido. Organicemos un mundial en
tierra de negros, los que sean más oscuros serán utilizados como esclavos.
Camino de la plaza me tropecé unas treinta veces, estaba torpe esa mañana, con gente a
la que no tenía gana alguna de saludar. Ellos lo sabían igual que yo, ambos poníamos
caras de circunstancias y soltábamos un par de palabras agradables. No es que los
treinta, veintinueve o treinta y uno fueran malas personas, quizá diez de ellos merecieran
la pena, y quizá para esos diez yo formara parte del rebaño de los malditos, eso sólo lo
saben papá y mamá. El caso es que en ese momento, la resaca estaba saliendo por mis
poros abriéndose paso rajando la piel, por lo que no me encontraba demasiado bien
anímicamente para andar dando explicaciones sobre mi morado en la cara, actitud
esquizofrénica o cualquier tipo de comportamiento que no pudiera controlar. Algunas
veces creo que mi mente y mi cuerpo forman dos entidades completamente diferentes
cuyos accionistas se drogan en horarios distintos. Pensé en ella, en cómo me había
lanzado sus tacones a la cara y saltado sobre mí sin dudar acerca de mi existencia.
La plaza estaba llena de ratas voladoras, palomas que con sus miradas inspiran
desconfianza. Traman algo, ese movimiento cuco no puede traer nada bueno. Los
gorriones sin embargo, son yonquis buenos. Tienen ojos distintos, mirada limpia, cara de
buenos. Supongo será la propia ciudad, el zoo humano en el que están atrapadas las
palomas hacen de ellas las ratas que son, perdiendo su esencia avícola original. Los
yonquis humanos se mezclan con ellas poblando los bancos de madera personalizados
con el tiempo. En el centro de la ciudad sólo viven yonquis y estudiantes erasmus, y
muchas veces no hay diferencia alguna. Todos deberíamos vivir en un país diferente
alguna vez o meternos un chute de heroína en su defecto. Ver la vida desde otro punto de
vista. Lo importante es el viaje no el destino, al final todos acabamos igual de perdidos en
el hoyo infinitamente oscuro.
Recuerdo una conversación que tuve la otra noche con la muerte. Sentado en el alfeizar
con los pies pendiendo sobre el infierno gris, la vi tocar a mi puerta. Me sorprendí, claro
está, nadie quiere ver a la muerte llamando a su puerta. Pensé en alguien enfermo o con
demasiada vida, experiencias pasadas o cualquier tontería que cerrara los ojos. Nada.
Estaba sólo en mi apartamento. ¿Iba a morir sólo y en calzoncillos?¿Qué clase de muerte
era esa? Lucky Bombay es hallado muerto mientras se tocaba atento a los movimientos
de las féminas callejeras. Corrí a ponerme unos pantalones y una camiseta, también
cambié mis calzoncillos por unos nuevos o limpios y me eché un poco de perfume, nunca
se sabe lo que puede pasar una vez muerto. Carraspeé y abrí la puerta, allí estaba. Un
manto negro inconfundible hasta mezclado en una multitud de viejas enlutecidas por la
vida. Serví dos whiskys rellenos con agua del grifo y nos sentamos a discutir la situación
en la cocina. Sonaba Chet Baker haciendo de las suyas con la trompeta y mil agujas.
Eructó y comenzó su discurso, nunca había escuchado eructar a la muerte:
Seguí reflexionando sobre ésta y otras historias del pasado sentado en la plaza, ya no
reparaba nunca en si estaba sucio o no el poyete donde me sentaba. Era una sensación
libertaria el sentarme en cualquier sitio del suelo, en cualquier escalón desgastado o en
cualquier mierda de perro sin darme cuenta. Hay ciudades donde es imposible encontrar
un solo perro, y aun peor ni una sola rata. Los restaurantes chinos se hacen con el
monopolio de los animales callejeros cual guerra civil española. Los que acusaban a
Gadafi o Chávez son los mismos que peregrinan al valle de los caídos, demócratas de
traje gris, burócratas con sonrisas de mil dientes. Intereses y egoísmo por doquier en un
sistema absurdamente autoritario.
Pero no, ellos no comprenden la esencia. La chispa no late en sus corazones, no brilla en
su occipital cabeza, no corre por sus venas hacia la luz. Simulan muy bien pero no son.
Quieren poseerla sin conocer su valor, que no es catalogable. No, la chispa no es
tangible. No bailan en alcantarillas sueltas ni duermen en adoquines sucios. Son
demasiado limpios para contaminarse de vida, demasiado cuerdos para viajar en la
locura, demasiado muertos para morir.
Un hombre camina por la calle con su cabeza llena de sueños y una maceta cae sobre
ella apagando la consola. Si el mundo dejase de girar todos los mosquitos nos
estamparíamos contra el parabrisas del Rolls Royce propiedad de Dios. Jesucristo perdió
en su lucha edípica y ahora millones de hormigas adoran a un oso hormiguero con lengua
de oro.
Desde mi rincón veo arte en cada fachada, los balcones crean mosaicos transformándose
cada hora en uno mejor, bañados por el sol de la tranquilidad. Ese sol que se aleja más y
más dejándolo todo tan frío. Las personas están cada día más solas, se alejan unas de
otras casi como si lo estuvieran deseando. Se creó el periódico y la gente lo leía en el
metro ignorando a su acompañante, walkman, WhatsApp... Cada vez más cerca y sin
embargo tan lejos. Por eso hay cada vez más barbas, por eso se enganchan cada vez
más a las series de televisión y rompen en lágrimas con el último episodio, por eso leen
trilogías. Buscan algo a lo que aferrarse, algo duradero, algo seguro en esta vida cada vez
más instantánea y veloz. Feroz modo de vida el que hemos creado para con nosotros
mismos. Una muchacha acaba de romper con su novio y no se oyen sollozos, nada hace
sentir ya a los bebés robóticos. Veo la vida como una película cuyo final resultante es
mostrarme a un grupo de doctores monitorizando la historia de una persona, toqueteando
su cerebro para inocular un romance, un gol o un puñetazo en la mandíbula. Es bueno
cuestionarse la realidad de vez en cuando.
Le grité y me oyó toda la plaza. Venía de clase, no se puede explicar la importancia que
algunos dan a las clases de la universidad cuando estudios científicos han demostrado
que cada vez sirven de menos. Cada vez los profesores son más como los alumnos, es
decir, más gilipollas. Contenidos vacíos en horas perdidas, por eso crearon las listas de
asistencia. Todo es un proceso de creación de cajas, pero nadie conoce el proceso
completo, es como la fórmula de CocaCola sólo que la clave la anuncian en contrail. Los
universitarios son adiestrados por grupos en una de las partes del proceso, ya sea
embalar, amasar o precintar la caja. Sólo conocerán su parte del proceso, sólo se
relacionarán con sumisos que realicen su misma tarea. Y así, la fórmula del
adoctrinamiento se mantendrá perenne.
Subí por fin a casa cuando Viernes abrió la puerta. Seguía desordenada, no es que
esperara que unos duendes mañaneros la hubieran arreglado, pero fue la sensación de
vivir en una pocilga la que me devolvió a la realidad. En el fondo todo se puede comparar
con el hecho de fregar los platos, si lo vas dejando al final tienes una montaña de vajilla
tan grande que merece más la pena prenderle fuego a la casa, cobrar el seguro y
buscarte una nueva con un lavabo más grande.
Tenía algo de hambre así que rebusqué en mi zona del mueble situado debajo de la
hornilla: macarrones, varios cartones de tomate frito, dos latas de atún, medio paquete de
galletas, un paquete de palomitas de micro, especias de orégano y espagueti mix, cuatro
rebanadas de pan bimbo y una bolsa de noodles instantáneos. Todo un botín para Long
John Silver.
Cogí una galleta y mientras la mordisqueaba llenando el sucio suelo de migas abrí la
nevera preparándome para el espectáculo: un limón y medio, dos sobres de ketchup, un
trozo de queso y un tarro de mantequilla vacío. Pensé en mezclar todas mis posesiones
carnívoras con la batidora y comerme el resultado (cartones y plásticos incluidos), pero
teniendo en la esquina una pizzeria a dos leuros y medio la mediana decidí acabarme el
paquete de galletas, ya habría tiempo para almorzar. Mientras tanto, Viernes iba de aquí
allá silbando y mirándose al espejo cada vez que podía, estaba enamorado. Al llegar a la
ciudad conoció una chica y se enamoraron, o al menos él se enamoró. ¿Cómo había
hecho el hijo de puta para saltar al vacío y caer de pie? La verdad es que la chica no era
mala, lo cual es muy importante en un comienzo y más si se quiere tener un final
adecuado. Además leía, sabía curar una herida y no sabía manejar un AK-47. Al ser
blanca más de uno hizo, hace y hará el comentario adyacente a los centímetros, o
decímetros más bien, del alambre africano. Yo también lo pensé, aunque más bien lo oía
noche tras noche, siesta tras siesta, “On” tras “On”. La noche anterior había acabado con
una racha maléfica, casi enfermiza, había recuperado mi mojo de las manos del maligno.
Llevaba tantas resacas amaneciendo vestido que me sorprendió abrir los ojos y ver mi
carne colgando sin sostén. Pero Viernes no dijo nada, estaba demasiado acostumbrado al
ruido de la calle como para molestarse por cuatro embestidas mal dadas. Obvien el cariz
homosexual que haya podido tomar lo anterior y sigan las pistas.
Abrí por fin el sobre y me reí de mi furia repentina, era una carta del hijo de los vecinos
dirigida a Baltasar. Riendo se la enseñé a Viernes, pues era el verdadero destinatario de
los sueños de un niño de cinco años, de esos cuyos padres no son tan canallas de llevar
a comprar los regalos al ToysRus. Pensé en las revistas de juguetes y en la ilusión que
me seguía haciendo recibirlas en el buzón.
– ¿Qué harías si fueras blanco?
– Llorar.
Viernes se marchó entre risas y yo intenté hacer algo de ejercicio para mantener la forma
engañada. Nunca había caído en que por debajo de mi puerta cabían ratas gigantes.
Seres sin utilidad, como la mayoría de los que no hacen nada por cambiar algo aunque
sea a peor, muebles con vida. Así se sentía la Bestia en su castillo, rodeado de aburridas
mesas camillas, candelabros, armarios y demás inutilidades del hogar.
Las latas, copas, chupitos y jeringas del día anterior rebotaban desde el estómago al
cerebro pasando por las rodillas. Vómito en el baño. Probé con flexiones, ya saben algo
que me hiciera creer que lo estaba haciendo bien, que la temporada veraniega iba a
pillarla a tiempo. Putas revistas de moda, pero que tacto, que olor a nuevo. No como mi
cuerpo, para qué quería ser joven si mi cuerpo se negaba a congeniar con mi cabeza. Un
cuerpo vengativo, rencoroso con los actos pasados. ¿No es Chopin el más grande de los
pianistas? Prueben a beber escuchando a Beethoven o a Mozart, bueno a Mozar sí.
Mozart queda muy bien sonando de fondo mientras un amigo le corta el pelo a otro a lo
garçon borracho en la puerta de cualquier bar. Así que ahí estaba yo la noche anterior,
apoyado en la barra mirando con mis falsos prismáticos a la muchacha más guapa de la
discotheque. Y allí estaba ella, junto a su chico gigantescamente monstruoso cuyas
manos, a cual más grande que los pechos de ella, podían amasar masas de pizza con
sólo rozarlas.
Veinticinco flexiones y caí rendido. Otras veinticinco y caí muerto. ¿Quieres espabilarte?
Dúchate. Limpia el sueño, aclara tu mente, dúchate. Llevas demasiado tiempo despierta y
el mundo es de los soñadores nena. Pánico en el túnel. Un bajón de azúcar o de algo,
qué sé yo, me golpea el pecho y da un palizón a mi espíritu. Como aquella vez que
enganchamos a un amigo en plena huelga general, que paliza figurada entre voces
conocidas y rostros encontrados. No hubo risa que sonara más fuerte que la imaginación
del guantazo dado.
Ahí venía otro fogonazo, las imágenes del pasado se amontonaban en mi cabeza y me
perdía entre recuerdos. Estaba mareado, me sentía mal sin motivo alguno. Mi mente
actuaba de manera independiente, como si otro cerebro se hubiera integrado en mi
cráneo y sólo dejara capacidad a mis verdaderos sesos para entender que algo extraño
sucedía. Memorias de un pasado ajenas al mío, se reescribía mi vida cambiando hechos
puntuales y exagerando las historias pasajeras. Necesitaba vomitar o salir corriendo sin
dejar de gritar. Quería destruir, romper cualquier objeto o idea abstracta lo suficientemente
frágil para ser arrasada por lo poco que quedaba de mi verdadero yo. El Mr. Hyde del que
hablaba Sócrates me golpeaba, me dañaba lo justo para desestabilizarme. Era mi propio
Mr. Hyde, sabía demasiado y yo apenas lo conocía, no era una cita a ciegas. Supe que
fallecer no me haría descansar, no volvería a descansar más llegado el punto. Había
cruzado la línea del remordimiento irracional.
Las noticias ya habían hablado del invierno más frío y del verano más caluroso de la
historia, las mujeres seguían llamando la atención de los hombres y los hombres de las
mujeres aunque éstas simularan negarlo, la gente compraba perros por entretenimiento,
nadie había votado al partido que finalmente había llegado al poder, cientos de personas
se arrepentían cada mañana de la noche anterior, los precios subían, los sueldos bajaban
las panaderas seguían pareciéndome personas de fiar, los taxistas perdían poder en
detrimento de las líneas de metro, la contaminación lumínica eclipsaba las estrellas
(fenómeno que solo ocurría cada 4,54 mil millones de años), se hipotecaban hasta las
bolsas de plástico, lo viejo ahora era cool, ser moderno no tenía nada que ver con ser
moderno, el olor a libro nuevo aun no se vendía en ambientadores, y sólo les quedaban
un par de picos antes de enfrentarse con la nada.
La poderosa nada había hecho de Pinky y Cerebro dos yonquis que caídos en desgracia
el único humor que conservaban era tan obsceno que las propias hienas les rendían
pleitesía. Dos jóvenes moldeados por la sociedad para ser brillantes cuyo brillo quedó en
el papel de plata que robaban de papeleras escolares. Claro que esta imagen no es la
que ellos mismos tienen acerca de sus pieles andantes.
Usar una cuchara para comerte un helado y más tarde para hervir medicina por necesidad
es un logro para ellos. Han conseguido reducir los problemas vitales que sólo la especie
humana crea contra ella misma, a meros desacuerdos logísticos sobre el uso de una vieja
hamaca. Su sociedad es tan perfectamente no hermética que el resto del mundo no se
atreve a poner un pie en su círculo tizado. Por eso andan siempre solos de bar en bar
soltando barbaridades y riendo cuando no tienen cigarro que ponerse en la boca. Todos
los conocen pero ellos no conocen a nadie, simplemente se relacionan. No creen en el
contacto más allá del cara a cara, y cuando se cruzan con algún despreocupado
caminante montan una feria. Más de un tren ha descarrilado al mezclarse con su
dinamita. Y pensando el propio tren, que la vía campo a través seguiría hasta la eternidad,
caído precipicio abajo para no regresar al calor del laboratorio nunca más.
Son héroes desconocidos, los vivos caminan inertes ante ambos espíritus, roban sólo por
fastidio propio, lloran por no mear, no hay ley que marque la pauta, sólo quieren toquetear.
Y así de un lado a otro, bamboleándose a ritmo de jazz, encuentran cobijo en recodos y
sueñan con echarse al mar. Soldados del viento caliente, beben vino peleón, andan con
gente corriente más querrían llegar al sol.
Un día detuvieron a Pinky, nadie volvió a saber de él. Lo acusaron de haber reído
demasiado. Cerebro apareció muerto al poco, sentado firme y serio como nunca se le
había visto en un banco perdido de un parque desconocido. Dijeron que murió de
aburrimiento.
Sentí el frío del mañana al salir de la ducha. Tanto y tanto frío, y tarde, ya iba tarde
como siempre. Me vestí dando bandazos y me coloqué un gorro a modo de peluquería
portátil. Recordé que debía mirar el email. Seguid creando correos, cuando se puedan
enviar pensamientos todos nos meteremos pepinos. Respuesta a mis plegarias, debía
abrir el mensaje para conocer mi futuro. Vaya mierda de futuro, ni adivina, ni cartas, ni
siquiera una tienda de los horrores en la esquina. Futuros a base de click. ¿Qué me
depararía el destino para el año entrante? Click. Página no disponible. Click. Cargando.
Página no disponible. Click. Puto futuro que no llega. Click. Cargando, espere. Ahí venía
esa excitante sensación de agonía. Mis rodillas molidas por la espera no dejaban de
moverse, tenía ritmo, todo tenía ritmo. Sonaban trompetas, cajas, azulejos rotos, luces de
colores grisáceos que rebotaban en puertas de mármol y descendían a los infiernos.
Adrenalina en forma de idiotez, ¿Qué cojones podía hacer ya yo? Acelerado
completamente hasta volver del infinito decidí de mutuo acuerdo con mi subconsciente
caer en un profundo sueño que diera forma a mis pensamientos y me hiciera volver a la
realidad una vez pasado el adecuado tiempo. ¿Qué si no el tiempo para darme una
respuesta? Página no disponible. Basura. Ya lo miraría, si había esperado tanto, bien
podía esperar un poco más. Palillo en boca enfilé la calle de la amargura.
Asiáticos con criminales resaltes flúor, ingleses no aptos para la elegancia veraniega,
italianos amanerados sin rozar lo francés, americanadas canallas, retales africanos y
aburridas estéticas alemanas inundan las calles principales que concentran el universo
multicolor en la plaza del vil garrote, la vanguardia española nunca fue bien recibida en el
futuro. Pierre comenta a Sasha el último modelito de Gianluca, ambos pasaron de las
campanas a la estrechez sin quitarse las hombreras. Piel sobre piel, los animales urbanos
más timadores se engañan entre sí haciéndose pasar por lo que no son. Camina la
sabandija como si fuera un rinoceronte volador o una gallina mojada, hace tiempo que el
Dr. Moreau cambió de especie volando en su cohete cósmico de barbitúricos y
abandonando sus creaciones entre gases tóxicos de locura espontánea. La tierra está
marchita y se consumieron las reservas de grano guardadas por el faraón en un banquete
cerca de Sodoma.
Coloridas telas naranjas y espectaculares calvas volvieron a pasar a mi lado como niños
en una juguetería. A un niño hiperactivo puedes incentivarlo dándole una batería, si le das
una batería a un grupo de locos hiperactivos pueden acabar conquistando el mundo. Los
instrumentos de los hare krishna no armaban demasiado escándalo, lo que acompañado
a sus caras de pasmo hacía la situación divertida desde el punto de vista no ético. Otro
cartón pintado, otro sombrero con monedas. Los transeúntes y demás personas sin valor,
daban caricias al perro de aquel mendigo. Sonreían al ver su gesto que no simbolizaba
otra cosa más que hambre, y comentaban entre ellos lo bonito que sería tener uno igual.
El mendigo, sentado en segundo plano sobre nuestro tarjetón, asiste atónito al
espectáculo de la estupidez humana. No había osos en la capital, tampoco lobos cuando
llegamos. Las casas se construyeron solas y las catedrales las pagamos. Da Vinci prueba
un nuevo boceto de aeroplano lanzando a un hijo de la iglesia por el balcón. “Algún día
volará” se dice él mismo.
Olfateé humo. Seguramente alguien celebraba algo haciendo una barbacoa. Carne,
cerveza, camada. Días de vino y rosas que pasaban tan rápido como bajaban las botellas
o se marchitaban las hojas. No, no era una barbacoa. El viento traía consigo olor a
destierro. Un aire proveniente de Grecia, o quizá había alcanzado ya la costa española,
traía noticias de un hombre sin esperanza pero lleno de orgullo. Ardía su casa mientras él
fumaba. El ser humano que llenaba de nicotina sus pulmones acababa de rociar de
queroseno la tienda que tenía en la planta baja de su vivienda. Una tienda familiar, simple,
en la que de vez en cuando aparecía algún cliente y compraba un detalle como pago por
el “buenos días”. Pero de eso hacía mucho tiempo ya, el sistema financiero había elevado
las tasas a un nivel tan alto que ni todos los empleados y familiares del comercio subidos
a hombros llegaban a alcanzar. Este proceso dio lugar a una bajada en el consumo. La
tristeza invadió la tienda, y los poquísimos visitantes que tenían algo que gastar no
estaban para dar los buenos días. Y ahora además, el banco la quería. Exigía la tienda
como pago de unas garantías que no garantizaban nada más que la pobreza eterna. Los
bomberos y agentes de policía llegaron, y mientras unos apagaban el fuego, otros lo
arrestaban, no sé quién hacía qué, pero sé que nadie hacía nada. “¿Qué me van a quitar
ahora si lo que arde es mi vida?”.
Continué silbando hasta la para del bus, silbar es sinónimo de revolución constante. Los
bichos atrapados en un culín de vaso silban, y sólo cuando dejan de silbar pierden interés
por la vida. La gente miraba escaparates y yo miraba gente, emocional resaca. Pasé junto
a un puesto de castañas, es increíble la manera en que se organizan: horarios, fechas,
kilos, materiales. Mundo barbitúrico el de los castañeros. El encargado del puesto por el
que pasé era gigante, un petado irobable. Pasé de largo, deberían vender las castañas
por unidades. Es más, deberían regalar las castañas y todos deberíamos hacer autocrítica
al comerlas. La tontuna generacional ha de parar algún día.
Semáforo en rojo, reviso mi cara en el libro electrónico. Admito para mis adentros mi
adicción, mi agujero negro de carcoma. Dieciocho personas cuelgan en su perfil una
dedicatoria a la celebridad de turno que fallece, una veintena de felicitaciones vulgares
invaden muros de extraños conocidos, los "Me gusta" de turno en cada publicación se
sorprenden cuando llega uno nuevo y nebulosamente inesperado. Enlaces y más enlaces
que se repiten en una infinidad de contenido basura, retales manipulados, el verdadero
contenido está oculto entre las nubes. Todos hemos visto fotos de platos rebosantes de
comida contemporánea y todos hemos huido echando pestes de ese local, no íbamos a
ser menos con tu cuenta de gramos instantáneos. El tocadiscos ha matado Internet y
ahora todos bailan agitando su bebida, sueños espumosos sobrevuelan nuestras cabezas
dormidas. Un revés ético despertó a millones de seguidores aletargados en largas colas
de espera, nadie quiere volver a mirar una pantalla. Todos salen de la caverna pero es
tarde para ellos, la luz natural quema sus retinas en un día soleado, feliz para las
generaciones futuras. ¡PUM! Han abierto fuego contra el retrasado de turno, ya no habrá
más comentarios fuera de lugar, más hipocresía, más postureo pacifista-egocentrista. El
anonimato ha quedado prohibido. Especifique detalladamente su fisonomía haciendo
especial hincapié en cavidades y bultos, nosotros nos encargaremos de subir la foto
pertinente para que el mundo pueda reconocerlo y lo señale con el dedo. Nosotros lo
marcaremos a fuego virtual para la gran segregación de gustos y demás enseres de
cocina. Confíe y acepte nuestra declaración moral, está llena de entresijos y
manipulación. Bienvenidos al año 3000.
Sobrevolando en Kitty Hawk los tejados llenos de telas verdes ocultando felicidad, vi
mundo buscando pista de aterrizaje en la parada del guagua castellano. Ojos contra ojos
en un universo de miradas lujuriosas. ¿Cómo conocí a vuestra madre? Esnifábamos
cocaína en una feria de mala muerte, ella entró al servicio y no hubo marcha atrás. Podría
ser cualquiera de las que rompían mi itinerario siguiendo las líneas de separación entre
baldosas. Mi infancia oculta hacía que anduviera esquivando imperfecciones. Decidí
darme un paseo por las nubes hasta llegar a casa del creador. Un gran San Bernardo
manchado custodiaba la entrada, tenía en la boca la negativa lengua de San Pedro. Me
acerqué y huyó, sabía que la maldad intrínseca guiaba mis pasos. Con una piedra abrí el
candado de la verja, siempre ese candado, el mismo en todas las puertas. Pasé por un
jardín lleno de pelotas perdidas que alguna vez habían sido golpeadas por niños ansiosos
de azúcar. Cuando llegué a la puerta principal, ésta estaba abierta. Crucé un vestíbulo
lleno de cuadros horripilantes, seres monstruosos, deformidades abstractas de la
naturaleza humana. Él las tenía ahí para martirizarse día tras día. Me esperaba sentado
en un gran sillón de masajes azul. Tomé asiento y vaciamos una botella de vino blanco
antes de soltar prenda. Era el creador de todo lo existente e inexistente, un tipo con clase.
Exigí que pusiera varias piezas de mi gusto en el tablero de mi vida, colocadas como al
azar pero con premeditación y alevosía. Se negó basando su tesis en las leyes naturales.
El vino, mi estado extrasensorial y la impaciencia delirante hizo el resto. Para cuando salí
de allí el San Bernardo aullaba de desesperación junto al cuerpo de su amo. Acababan de
regalarle ochenta y seis puñaladas. Era el agente doble de la madre naturaleza, ahora
sería ella la que se apoderaría de la casa y crecería un gran manto de hierba abonado
con la putrefacta carne del creador. El titular de los periódicos era una frase nietzscheana.
Una barbarie amoral estaba a punto de resquebrajar los decorados. Mientras tanto, yo
seguía caminando calle abajo cruzando miradas con toda clase de personas y perros, los
gatos eran demasiado inteligentes para jugar a ese juego.
Llego a la parada justo a tiempo de ver mi autobús largarse, no corro tras él. Oteo el
horizonte, sin vistas a una próxima llegada tempranera. Me siento al lado de un hombre
mayor que espera otro número o que simplemente espera. Lleva un sombrero marrón
mierda en la cabeza, es fabuloso. No conozco a ningún sombrerero, debería acercarme a
una sombrerería y ver si realmente me atiende un conejo. Pasan delante nuestra varios
coches y entre medias un carruaje de caballos. El tipo que lo dirige es castizo de aquí:
color caramelo, barba cerrada afeitada a ras, nariz prominente, orejas pequeñas e
incipiente vello asomando, entrecejo semi poblado, bañado en Varon Dandy, y con
entradas para ver en un futuro la plaza. Va fumando un gran canuto pompeante, se limita
a echar los días, pasear guiris de aquí allá, siempre con pocas palabras y asqueado en
cada bache. El nuevo siglo se le echó encima antes de empezar a hablar y ya no hay
forma de cogerlo, decrepitud de la moral humana. Simple mecanismo despertador en
rutina ahumada. Llegan dos turistas japoneses a la parada, hacen su aparición cantando y
danzando entre pétalos de rosa, bañados por millones de flashes levitan sobre el suelo. Ni
siquiera un navajazo en una esquina conflictiva de la parte oscura los sacaría de ese
estado de ensueño que los atrapa una vez aterrizan en este terraplén del continente
burgués.
A mi lado hay una pareja oriental. Hablan vocablos inauditos en el pueblo de “Piel de vaca
y carnero”. Hago como que los entiendo, me encanta hacer el extraño, sospechar del
mundo y poner caras de circunstancia. Hacerlos sentir mal para que luego se den cuenta
de que los he engañado y así quedarme con sus empresas y terrenos nacionales a base
de deudas sempiternas.
– Sé idiomas.
– Usted aquí: ver, oír y callar. Y si no supiera idiomas no tendría que oír ni esforzarse
en callar.
Dejo pasar delante mía a todos los nómadas de la parada. Después, como buen caballero
en una reyerta de gitanos, enfilo el asiento más alejado del conductor. Los buenos y
tontos hidalgos no ocupan los asientos del bus. Cojo mi Ipod e insuflo glucosa a mis
oídos, comienza el espectáculo. Todos bailaban al ritmo del electrodo, la chispa de la
improvisación se había perdido en un teclado lleno de teclas estúpidas e inútiles. Un
simple botón ponía en marcha la maquinaria de movimientos conducidos. Los explosivos
se producían mientras tanto sobre la taza del baño de minusvalorados.
– Hay que saber qué tema poner para animar a la gente, no es tan fácil como darle a
un botón.
– También hay que saber qué tema tocar para animar a la gente, no sirve con tocar el
mismo botón.
Los negros con trompeta y piano, así como las bailarinas con clase habían sido
desterrados a clubes perdidos en carreteras camino al infierno. Abandoné mis prejuicios y
proseguí cascándome las rodillas, no estaba tan mal eso de perder los sentimientos y
ceder parte de tu locura, siempre que pudiera recogerla de nuevo en el guardarropa al
salir, era mía y por tanto patrimonio de la humanidad. Al menos había tipos que si sabían
de lo que hablaban, compositores que sin llegar a Verdi eran capaces de inocular
sentimientos vía eléctrica. Lástima o suerte que se escondieran en cavernas donde sólo
acceden los privilegiados con sentido común y verdades por dinero.
Llevaba tiempo buscando un sonido nuevo, había llamado a Marty McFly pero tampoco él
lo encontró. Un día aburridamente vacío, sentado en una incómoda silla con la luz
apagada y las cortinas a medio correr, dí un buche a un vaso de agua rellena del grifo la
noche anterior. Afuera no se oía ni un grito, nubes sin formas tapaban al sol, sonido de
obras lejanas acompañaban al compás la mudanza del vecino de arriba. Dejé el vaso
sobre la mesa y continué saltando de vídeo en vídeo sin prestar atención, observando
absorto los relieves del gotelé de la pared. Me golpeó un sonido sesentaremente
californiano, una voz desgarrada por el hastío cantaba a la vida disfrazada en el absurdo,
tres notas de bajo guiaban un punteo tan simple como mágico. Ahí estaban, escondidos
en un baúl de recortes, luciendo largas melenas y disfraces en actuaciones psicodélicas
no aptas para realistas y recomendadas para salmones.
Hay quien piensa que la música que suena es rara, su conocimiento es nulo. Hay quien
piensa que la música es mierda, podrían llegar a tener un conocimiento absoluto. Quizá
piense eso la mujer que camina por la acera, la veo a través de la ventanilla. Una bicicleta
la adelanta por la derecha, ella la ve alejarse. Seguramente no piense en la música,
seguramente se vea a ella misma montada en la bicicleta llegando en apenas minutos a
su destino, pero no, llegaría sudada y despeinada, y eso no es propio de una señorita
diría Don Draper. Coge el ascensor siempre que puedas y colócate de espaldas a la
puerta, sorpresas si no hay espejo ante el pitido de parada. Sube en tacones a las torres
gemelas y bájalas a ritmo de explosivos. Demasiado esfuerzo, se apodera de mí el
cansancio.
Me invaden unas ganas tremendas de mear, puta psicología. Meé antes de salir, no podía
quedar nada en mi vejiga, era imposible. Empecé a moverme y poner posturas raras que
no servían para nada pues me ponían más nervioso, cualquiera que estuviera pendiente
de mi actuación se mearía de risa. Como el que intenta ayudar a todas las feas
zumbando, y es él quien necesita un arreglo. Respiro fuerte. El putrefacto aire de autobús
inerte calma mis ansias. Expelo el aire modificado, ahora tiene algo de alcohol, quizá me
detengan si lo respira algún crío. Los jóvenes están ansiosos, todos ansían algo y no
saben qué. Se aferraran al postre hasta que se consuma la tarta. Rasco mi espalda, picor
beodo sin duda. Necesito salir ya del aparato, descuelgo mis auriculares en claro síntoma
recetable de paranoia. ¿No son las drogas el mejor invento o más bien, descubrimiento de
la humanidad?
Piénsalo, te he dejado una página entera para ello, no hay nada tangible que modifique
tanto los sentimientos. Cuando una película es buena o un libro te enchufa al conector,
decimos que es pura droga. Todo está hecho de droga. El pañuelo con que te suenas los
mocos o la chica de verde se seca las lágrimas es droga, los altavoces que inundan los
corrales despotricando contra el sistema penitenciario son droga, esos mocasines que
reflejan tus calzoncillos son droga. El mundo es una gigantesca pastilla llena de
modificaciones y a veces mortal, pero tan agradable, tan placentera que dejarlo es
alcanzar el vacío emocional. Si quieres ser completamente libre debes convertirte en un
yonqui. Debes ser el yonqui legendario. Ese que mira tan arriba que siempre va descalzo.
Junkie, junkie, junkie, JUNKIE. Sálvate de la vida joven yonqui, líbrate del mal
envenenando tus venas con gasoil. En Grecia ya lo han probado, la sisa aparta el mal de
las mentes enajenadas, qué más da, sólo son vidas, irrepetibles momentos conjuntados
en un minúsculo cerebro que cada día funciona peor. La nuez del remordimiento te golpea
como si fuera una ardilla en la fábrica Wonka. Estamos perdidos en la galaxia con la sola
compañía de un astronauta sin SAFER, mientras nos cruzamos con extraños
extraterrestres en nuestro recorrido de planeta en planeta hasta quemarnos al sol.
Al fin salgo del habitáculo con ruedines, necesito una bicicleta de rueda alta para mis
movimientos suburbanos. Cruzo el semáforo en rojo, todos lo hacen, no voy a ser menos.
Quitamos el pendrive de forma segura pero después nos tiramos de cabeza contra el
primer camión de cerdos que pasa. Continúo mi camino, el edificio oscuro que hay en
frente no inspira ganas de trabajar, en realidad nada inspira ganas de trabajar en un vago
y maleante como cualquiera, como yo, como tú. Tumbado contra una pared hay un
mendigo, un ser humano que duerme tapado con el frío y la contaminación lumínica,
cortando el camino del viandante. Pasa una moto y desvía la atención del peatón, de ese
tonto de a pie que despistado olvida que las horas pasan. Cuando vuelve a mirar ya no
hay nada, sólo un charco de meado y muerte repuebla la acera. Entro por una puerta
normal, llevo demasiado tiempo sin pasar por una giratoria, quizá debería hacer una
excursión a un hotel cercano y dedicar la tarde a entrar y salir hasta que ocurra algo
cómico, unos pantalones rotos o una bufanda horca que animen a los aburridos botones
que cuentan las horas para largarse a encender la consola. Imponentes mostradores
muestran su firmeza de cara a los visitantes, me acerco y tras echar un ojo cual Frank
Abagnale Jr, elijo a la chica más atractiva.
– ¿La escalera al cielo?
– ¿Perdón?
– Perdonada – me quedo callado y ella expectante.
– Señor ¿desea algo?
– Un martini, shaken not stirred.
– Si no se marcha voy a tener que llamar a seguridad – otra vez la dichosa
seguridad, bendito peligro.
– ¿Cree que planean matarme?
– Por favor, estoy haciendo mi trabajo.
– Y lo hace realmente bien, ¿sabe por qué me he fijado en usted? Porque pienso
pedirle matrimonio, pero es un secreto, no se lo diga usted a nadie y menos a
usted, me enfadaría mucho con usted si usted se lo dijera a usted ¿entendido? ¡Y
espabile!¡Pedí un martini hace apenas unos segundos y aún no está aquí!
– ¡Seguridad!
– Vale, vale, está bien, vengo por lo de la entrevista de trabajo. ¿Qué planta es?
– Desde luego que valiente loco, segunda planta, despacho treinta y cuatro.
– ¿Cómo ha dicho?
– Segunda planta, despacho treinta y cuatro.
– No, no. Lo primero ¿puede repetirlo?
– Lárguese.
Enfilé las escaleras subiendo escalones de dos en dos. Un conejo blanco miró su gran
reloj de bolsillo a mi lado y ambos asentimos elevando cejas, llegábamos tarde. Alcancé la
segunda planta, ya había una gran cola de interesados en esclavitud delante mía,
dispuestos a firmar largos contratos inadmisibles por el simple hecho de invitar a una caña
en el bar y decir: las cosas no están tan mal. Una familia muere intoxicada en Sevilla por
ingestión de alimentos caducos.
Había que pedir número en recepción, la muy hija de puta no me lo dijo, se iba a enterar.
Bajé las escaleras pero me tropecé y caí rodando en recepción. Una vez caí escaleras
abajo cargado de copas y no se derramó una gota, el alcohol hace milagros. Esta vez
elegí a la mujer mayor situada al lado de la mujer de mi vida.
Sentado en un sofá tan cómodo que no los venden a personas normales reflexioné sobre
lo que acababa de hacer. Yo no estaba allí para realizar ningún reportaje, es decir, sí pero
no era lo planeado. Yo simplemente había acudido por un trabajo de becario ofertado por
la universidad, pero ahí estaba, sentado esperando para entrevistar al magnate Dreyfus,
Podría ser divertido, siempre la chispa.
Tras largos minutos, no recuerdo cuantos, juzguen ustedes mismos lo que significa una
gran espera. Para algunos son 9 meses, para otros 2 segundos o toda una vida, yo sólo
odio esperar así que cualquier espera es una gran espera, por eso siempre llego tarde
aunque creo que esto lo he dicho ya. En fin, entré al despacho y allí estaba el señor
Dreyfus: traje impoluto, camisa de ejecutivo ¿qué carajo hacen los ejecutivos sin guillotina
en sus despachos? Pierden toda credibilidad. Corte de pelo caro y vulgar, afeitado y con
algo de ojeras, el señor Dreyfus era el prototipo de empresario que sueña con conquistar
el mundo a base de talonario. Era tan rico que ya no sentía.
Holsten, Stella Artois, Carlsberg, San Miguel, Beck's, Budweiser, Rolling Rock, Sol,
Guinness, Corona, Heineken, Olvi, Miller Lite, Coors, Yuengling, Sam Adams, Quilmes,
Carmen, Skol, Karhala, Cruzcampo, Canadian, Keo, Aguila, Primus, Cass, Stella,
Alhambra, Golden Star, Estrella Damm, Saku, Fiji, Karhu, Kronenbourg, Mythos, Regal,
Gallo, Carib, Prestige, Phoenix, Drehe, Carling, Viking, Peroni, Asahi, Bavaria, Tusker,
Almaza, Svyturys, Ringnes, Atlas, Murree, Zywiec, Baviera, Super Bock, Paulaner, Ursus,
Amarcord, Tiger, Lion, Piton, Castle, Parbo, Safari, Efes, Celtia, Nile, Halida, Zambezi. La
vida está llena de decisiones difíciles.
Abro una malagueña y exquisita en la puerta y enfilo la avenida dispuesto a coger el bus
pero un pitido llama mi atención. Normalmente no suelo girarme ante las llamadas, un
rasgo distintivo de jefe o una bobería de crío. Casco, gafas de aviador y bufanda lo
definen, es el loco Johny con su sidecar.
Montar en el sidecar de Johny era siempre un viaje cósmico hacia una galaxia
desconocida. Se llamaba Johny porque de niño no hacía más que gritar “Hu-há”, y había
acabado quemando un colegio, las típicas historias sobre la creación. Al menos no era el
pichacorta, el manteca o culo fino. Los apodos son una ruleta sin casilla verde en la vida
de un niño, que puede llegar a tomar dimensiones adultas, y todo lo que toma dimensión
adulta es fatal. La vida antigua en el recreo era totalmente diferente. Era la edad media y
los caballeros se enfrentaban en justas de balón midiendo su popularidad en carisma
otorgado a base de castigos y favores. Ya no, la sociedad está ahora tan podrida que ha
llegado a pudrir sus propias raíces. El bosque está marchito.
Como iba diciendo, los viajes con Johny eran un show. Tú comprabas tus palomitas y
refresco y te sentabas a ver una película al azar. Aquel día cuando me recogió, supe me
tocaba lidiar con una novela adaptada de Hunter S. Thompson. Arrancó sin mirar a ningún
espejo, podía conducir sin espejos y no darse cuenta, creo que podría conducir sin saber
que estaba conduciendo, frenó para no comerse a una vieja dispuesta a ser indemnizada
y lo dejó caer: había estado toda la mañana comiendo setas. Confiaba en su capacidad
de piloto así que me pareció tremendamente ocurrente. Psicodelia aderezada con olor a
goma ardiendo. Conducir es una actividad inestable. Hemos hecho de ello un desafío, el
control total sobre el caballo, la responsabilidad máxima en el jockey, la perdida completa
de la chispa para el corredor. Ataque de asco. Llevábamos diez minutos emparedados
entre un Megane azul y un Corsa blanco cuyos conductores no eran siquiera mujeres.
Sólo se oían pitidos y más pitidos. El enterrador cava una tumba con palillos de dientes.
La sensación del rotulador gastado contra la pista deportiva se apoderó de mi sistema
nervioso, moví piernas y tronco en un intento de controlar el qué. Una moto pasó rozando
mi compartimento y estuve a punto de alzar el brazo para estamparlo, debía calmar a la
bestia tartamuda.
Pitidos sordos nos rodeaban, la luz verde indicaba la vía libre sobre el acueducto
dirección a cualquier boquete llamado hogar. Había quedado para almorzar pero
acompañé a Johny a pillar materia incandescente que alegrara la sangre azul y triste. Hay
ciudades con un flujo continuo de droga moviéndose alrededor, cruzando vías,
atravesando pasos a nivel, escarbando túneles y empolvando el alcantarillado. Todo lo
que tienes que hacer es dar una vuelta por sitios clave y adoptar una actitud de
reciprocidad o simplemente caminar de un modo extraño. Otras ciudades disponen de sus
propios taxis de la droga, vas a un parada de droga (normalmente andan llenas de coches
reventados que llaman la atención a kilómetros luz, y cuyos conductores parecen por sus
vestidos unos taxistas cubanos) y desde allí te acercan al punto de venta, donde una vez
hecha la transacción te mandan de vuelta. Tú pagas, ellos venden y las autoridades
ponen la mano para no mirar, todos contentos. Nuestra situación aquel mediodía era
distinta, debíamos llegar al punto de venta sin utilizar TomTom. Atravesamos la alameda
principal y cogimos la primera calle a mano derecha, la que hace esquina con un club
nocturno que sigue abierto a esa hora. La noche anterior algún chaval perdería la
virginidad con la misma mujer que media hora antes se la chupaba a un tipo casado con
el demonio en bata y rulos. De temas fiscales no entienden, ven llegar el dinero a casa,
coches de lujo, apartamentos a pie de playa en complejos construidos sobre terreno
protegido pero cuando son requeridas ante el juez no saben nada. Las mujeres sólo
conocen los cuernos de sus maridos, toreros ellos en plaza ajena, pero hay carteles, sí,
siempre habrá carteles con sus caras empapelando toda la ciudad. Prohibido fijar
carteles. Prohibido orinar en las esquinas. Prohibido pinchar en el callejón. Prohibido salir
a la calle. Prohibido vivir.
Recordé, si es que se puede recordar algo que no pasa, que nunca había besado a una
prostituta, o por lo menos no que yo supiera. Doblamos otra esquina, pasamos un par de
semáforos en ámbar y cuando parecía que el tercero nos cogería en rojo doblamos a
izquierda, acelerando el viejo sidecar paralelo al mar. Azul infinito manchado de
salvoconductos y cenizas desperdigadas. Un viejo vivía en un faro pensando que su foco
daba luz al mundo en tiempos oscuros, cuando estaba muriendo se dio cuenta que no
había pasado nunca un barco por allí, entonces le dio por mirar atrás, nunca miraba hacia
atrás sólo seguía la luz de su faro. Al mirar hacia atrás, vio miles y miles de
embarcaciones destrozadas, desde carabelas a presuntuosos yates, veleros y
transatlánticos. Todos yacían allí varados, a la espera de una luz que nunca rozó la
oscuridad.
– Todo esto se repetirá infinitas veces. Este mismo momento se repetirá para
siempre, inmutable – gritaba Johny completamente feliz mientras bordeábamos la
costa.
– Pero no seremos los mismos.
– Sí lo seremos, seremos los mismos que en este preciso momento que acaba de
pasar. Este instante que al pronunciarlo acaba como el silencio.
– Pero mañana no seremos los mismos.
– Mañana seremos los mismos que los nosotros del mañana. Esos que han pasado
ya por su propio momento que nosotros, los nosotros de ahora quiero decir,
llamamos futuro.
– Quiero setas.
– Calla viejo gnomo y sígueme al paraíso del despojo.
Al fin llegamos al barrio, altos edificios grises poblados por ventanas idénticas
homenajean Auswitch. Quitó el contacto e infinitas miradas nos revisaron de calcetines a
sombreros de copa si los lleváramos. Huelen nuestros pasaportes, saben que no somos
de allí. Grupos marginales ociosos por marginarse de puertas adentro, incultura en forma
de barras de incienso. La atmósfera está muy baja, una fina cúpula de cristal me oprime la
cabeza, tampoco hay nada que perder. Todos los hombres son igual de resistentes a una
bala, lo que cambia es la suerte del órgano colindante, tenía un amigo que era experto en
recibir puñaladas basándose en esa técnica, realmente lo tenía.
Espero la vuelta de Johny sentado en el sidecar sin prestar atención a nada salvo a la
punta de mis zapatillas, pronto se acerca un grupo de niños que debería estar en la
escuela a curiosear. Se ven pocos sidecar hoy día, éste había aparecido en un garaje de
su abuelo, cubierto de mugre, maderos, un montón de sombreros descuajaringados y
multitud de ácaros, hay diamantes en los ríos más oscuros. Respondí a las preguntas de
los niños con monosílabos, es inútil explicarle nada a un grupo de niños, tienen el
pensamiento más claro y sólo quieren información de lo que realmente les interesa, no se
andan con minundeces. En palabras de Walter Scott: “el niño conoce instintivamente a su
amigo y a su enemigo”, todo el postureo adulto restante sobra en un bocadillo de
chocolate.
Johny llega sonriente, no ha estado mal, cero puñaladas y negocio cerrado. Como dije,
todos salen ganando. Arrancamos y ponemos rumbo al almuerzo. El viento nos golpea de
frente, mi pelo se enreda con mis párpados, menos mal que no conduzco yo. El viento
vuelve a la gente loca, no chiflada en el buen sentido de la palabra sino tarada. Sigo
pensando que los lugares con viento se pueblan de tarados como si fueran gigantescas
estaciones de autobús. Las obras nos hacen tomar un desvío, una ciudad en obras es
una ciudad en desarrollo, rezo por no encontrarnos con una manifestación pro-vida en el
camino. Detenemos nuestra odisea en otro semáforo eterno. En la plaza suenan las tripas
de tres chavales borrachos a base de cerveza casera, se pasaron con el azúcar y cada
botellín parece tabletone.
Lejos de allí, bajo un puente del extrarradio un grupo de skins con muchos dedos de
frente apalea a un indio por pura animadversión. El Fort William Henry clama venganza
indígena. La palabra descubrimiento no existe por mera existencia. Mientras debaten la
cuestión en el ayuntamiento se piden ceses por peerse en la sala, los pedigüeños son los
mismos que atracan a mano alzada la caja fuerte amparados por el olor. Universidades
pivadas implosionan ante tanto vacío cerebral, la sin razón y el dulce nombre de papá
pueblan las aulas. Lo sano es correr y no implantarse pechos.
Acaba la espera del semáforo y bajo minutos después del vehículo espacial. Despedidas
y falsas promesas de quintos de cerveza esa misma semana. No importa, todo va a salir
bien. Están poniendo las luces por toda la ciudad, está entrando el frío justo cuando se
calientan mis hormonas, siempre al revés cual Owen Wilson y sus amigos de otro siglo.
Luces de ciudad como obra prima, no llores es sólo una película basada en hechos
reales.
Entro al bar donde he quedado con Magno, ambos hemos de ir a almorzar con las
hermanas Gaisson, pero ya hablaremos de ellas, merecen un capítulo aparte o por lo
menos un par de líneas. Se me hace raro estar sólo en un bar, él no ha llegado todavía.
Pido una caña en la barra, debería acostumbrarme a frecuentar el mismo bar, que el
camarero o camarera si es posible, sepa mi bebida favorita y los clientes respeten mi
taburete de la esquina. Ser como el del kiosco del vértice el que vende calcetines de
mesa en mesa, el tipo que canta de bar en bar, el tonto del campo de fútbol o el caganet
del belén. Con cerveza la espera se hace más corta, incluso inapreciable. Pego mi oído a
la conversación adyacente.
Se quejan porque el gobierno nacionaliza lo privado. “Un hombre no es más que lo que
sabe” dijo Francis Bacon desayunando. Algún día comprenderán que sólo somos
partículas de mierda. Nos lo quitarán todo, afirma el chavo del ocho. El maestro se ve
impotente ante tamaña gilipollez, ante sus ojos, el hijo del duque afirma ser un entendido
en política. Es más, se considera un demócrata y recrimina al maestro que sus ideales de
justicia no dejen espacio a los injustos. “Todo merece cabida”, afirma. Afirmación
acompañada de un leve gesto altivo y cara de retrasado profundo al cual aún no han
medicado con su dosis letal de realidad. Hijo, entiendes de dinero pero no de política, la
política son ideas, y tú tienes todas las luces fundidas. La incultura es a la política lo que
las ortigas al campo. Y así, un sin fin de razones por las cuales mandarlo directo al gulag
sin pasar por la casilla de salida.
Pido otra caña y observo los movimientos de la camarera hasta la barra. Las
dependientas son las nuevas princesas a rescatar de un castillo, el problema es que los
mostradores suelen ser demasiado bajos y puede subir hasta el más tonto del reino. Ven
chica enferma, te llevaré donde los osos roban miel y los leones asesinan. El circo de la
vida es mucho más divertido sin entrada. Grandes zancos elevan al cielo pequeños
soldados de plomo que danzan al ritmo de un acordeón oxidado. Pasen y vean a los
enanos conformes con la adjudicación de medidas, al fondo encontrarán mujeres
depiladas hasta las cejas, los payasos cortan narices ensangrentando las barbas de todos
los niños ancianos, un forzudo hace malabares con los ojos del equilibrista y viejas
lloronas vestidas de rosa comen compresas manchadas. El presentador perdió el habla al
nacer y hace oídos sordos a las súplicas de los reos que forman en las gradas. Un
aplauso militar indica el final de la función, segundos más tarde un asiático con pinta de
pocos amigos ordena a su mono ayudante pulsar el botón rojo. Un botón rojo inmenso del
tamaño de cinco estadios de fútbol. El mono salta encima, empuja, muerde, chilla pero no
consigue apretarlo, es tan difícil que han de llamar al elefante jorobado para que lo intente
en vano. Deciden fusilar al mono y éste pide delante del pelotón un último deseo, quiere
comerse el plátano más grande jamás probado de la historia. Cientos de investigadores
consultan los anales y miles de científicos entre líquidos llamativos de vivos colores,
deciden utilizar el método abominable. Para cuando consiguen traer el plátano, el mono
está demasiado viejo y no tiene dientes para morder nada. Así que lanzan el plátano en
catapulta con tan mala suerte que va a caer sobre el botón rojo. Un barrio de coloridas
favelas explota por culpa del botón de cinco estadios. No importa, es deporte, es salud, es
dinero.
Magno siempre tenía razón, y debías dársela o acabaría prendiendo fuego a tu casa, pero
en realidad siempre, siempre la tenía. Bueno, quizá se equivocara algunas veces, ¿pero
quién no ha matado a nadie por equivocación?
A nuestro lado hay sentada una pareja, ella es demasiado bueno y él demasiado celoso
para amarla. Discuten. Algunas veces parece como si hubiera un cupo de amores en la
vida de una persona, una vez relleno ese cupo, nadie podrá abrirse hueco. Más allá, se
escucha el llanto de un crío. Oír llorar a un niño no es como oír llorar a un hombre, es
curioso el matiz a la par que triste, la sociedad no permite lloros. Un concilio de jóvenes
mancebos modernícolas conforman una secta, todos con su cigarrillo electrónico
personalizado. Dos estudiantes millonarios fuman puros viendo una película romántica no
recomendada por la crítica entre prostitutas semidesnudas sentadas alrededor del sofá,
eso sí es fumar.
El camarero toca una campanilla y todos los asistentes de la cantina sorben a ritmo
galáctico. La vida del humano medio se resume en cuatro botellas y posiblemente estés
ya en la tercera, sigue bebiendo no vaya a ser que se acabe y aun no vayas borracho.
Dejamos el pub ajustando cuentas con la fiabilidad del pescador de neutrogena y tiramos
callejeando por esquinas malditas en busca de nuestro no merecido almuerzo.
Un campesino andaluz recibe una subvención para poder seguir cultivando su campo
pero el resto del país se queja tildándolo de vago. El banco agrícola de china se abastece
poco a poco, estamos dejando que engorde un monstruo hecho de grasa.
Piso un escarabajo pelotero antes de tocar el porterillo de las hermanas Gaisson, quizá un
grupo defensor de los animales me denuncie y los medios de comunicación fuercen un
linchamiento mediático cual preso indultado con la doctrina Parot. Suena el timbre del
portero ¿quién pone un pitido tan parecido a la alarma del reloj? El electricista es un hijo
de puta con sentido del humor. Espera hasta oír la señal.
HISTORIA EXPLICATIVA SOBRE EL SENTIDO DE LA VIDA:
Fin.
Opuestas hasta el punto de conjuntar, las hermanas Gaisson hierven de locura los
espaguettis en ginebra. Todos aspiramos el vaho que se concentra en la sucia campana
de la hornilla. Se habían vuelto unas expertas en la cocina alcohólica, deberían escribir un
manual para recuperar abstemios. No debería beber comiendo y menos becomiendo o
como se pueda inventar, pero en los días de resaca el cuerpo no nota una copa más o
una bolsa de plástico menos.
Nina y Janis nacieron en la misma ciudad, mismo hospital, misma hora y apenas
separadas por instantes, lo que supone demasiada casualidad incluso para ser mellizas.
No se parecen en nada salvo en su gusto extremo y no tan exquisito por el alcohol, y sin
embargo se quieren, se adoran, realmente no pueden vivir la una sin la otra, pero siempre
y siempre es siempre, están discutiendo por cualquier absurdidad, lo que por otra parte
hace de ellas unos seres infinitamente divertidos. Cuando subimos al piso se escuchaban
las voces desde la calle, esta vez la culpa era de Nina. Nina por lo que parecía, no podía
asegurar no haber mezclado la ginebra con lejía, y una vez que la pasta estaba hecha,
Janis no quería tirarla. La puerta estaba abierta y tanto Magno como yo, lo habíamos oído
todo subiendo por las escaleras de la estancia sucia de humanidad. Magno no se lo
pensó dos veces y antes de saludar enganchó un cuchillo y se metió un puñado de largos
gusanos que Marco Polo había traído por tedio. Esperamos unos instantes mientras
escribía testamento pero nada. ¿Qué pasaría si de repente se muere la población entera
de un país? Dejaría de ser marca. Avergüénzate de ti mismo por no intentar cambiarlo.
Estaba algo achispado después de la comida así que retirando los platos como buen
invitado me puse a fabricar café, sólo noto los efectos del café cuando no lo tomo. Admiré
mientras caían las gotas manchadas el orden y la pulcritud de la cocina, era
impresionante hasta para un cerdo como yo acostumbrado a fregar para comer, algún día
cambiaría pero hasta entonces quería seguir revolcándome en el barro un tiempo.
Desterradme a la isla con Edward Prendick y que me transformen en un gorrino de
jamones embriagadores, si qué mas da, ya somos todos un puñado de marranos en
guerra.
Cuando salgo con las tazas y el azúcar (nunca te fíes de alguien que toma sacarina, son
características comunes del psicópata moderno, así como beber Nesquik; mezclar licores
con bebidas tipo Zero; un gusto excesivo por la pirotecnia, excluyendo eso sí los fuegos
artificiales de recreo; o adore la pana) ya se ha votado y decidido en la pequeña dictadura
a tiempo partido que es el piso, la creación de un fuerte de sábanas. Colocamos sábanas,
mantas, telas, cubresofá, toda lámina capaz de quedar sujeta a pinzas de la ropa y
cordones de zapato. Pronto envolvemos el salón en espirales de celofán y cubrimos el frío
y descastado mármol con cojines, almohadas y colchones mancillados. Es nuestra gran
creación del día, una obra de arte finita que acabara como cigarro en ceniza, satisfacción
productiva y final de la adicción. Colocamos puntos clave: tres esquinas con velas, una
balda libre donde colocar el cenicero y un par de sillas que sujetarán las copas. El fuerte
de sábanas de las hermanas Gaisson será conocido en todo el lugar.
Una vez me hube repuesto, recordé mis compromisos cuasi oficiales. Magno, Nina y Janis
no tenían nada que hacer en toda la tarde, noche, mañana y tarde del día siguiente, así
que decidieron ir a por un bolsón de orégano a casa de Rútiger. ¿Saben esa parada de
autobús en la que siempre está la misma persona sentada? Pues eso simboliza la casa
de Rútiger, es como una parada de metro, la gente se acerca a echar el rato, juegan a la
play, fuman tranquilamente y se despejan de cualquier problema exterior. Es como un club
de fumadores situado en la luna, el puto club de fumadores espacial.
La idea de acompañarlos era muy tentadora, tanto que por efectos secundarios de la
materia inhalada se me apareció el maligno:
– ¿No piensas unirte al clan y correr por el Louvre batiendo récords hasta encontrar
el caballo ganador que te aleje del hipódromo? - me dijo el muy truhán, el muy
señor diablo.
Paso la tarjeta por el casillero escuchando el ladrón pitido. El Papa no conduce hoy el
motocarro de la cristiandad, numerosas sectas sacrifican animales y son tachadas de
macabras. El buseto está vacío de almas, hacia la mitad, en el asiento que hay justo
delante de la puerta trasera hay sentada una chica. Me disfrazo de Jack y emprendo el
camino hasta su lado, ella me mira con displicencia, pero no tiene los ojos marrones que
busco. No importa, la vergüenza sólo es un síntoma de esclavitud.
Nos bajamos en paradas distintas, no creía que la fuera a llamar, quizá alguna noche
calamocano y desguarnecido de apego. Un hombre se siente absurdo cuando descubre
que todos los que lo rodean lo han estado engañando, su exnovia follaba con su mejor
amigo mientras él se masturbaba en la habitación contigua. Irracional y soberano. Carta
blanca para Truman.
Pasé por la puerta que todos hemos de cruzar, un grupo de niños había pintado
minúsculas porterías en la pared del cementerio y jugaban partidos de tres contra tres
más o menos según los jugadores disponibles. Al menos no estaban tapando acequias y
destrozando campos ajenos a bretes medrados. La paciencia es la gran virtud a
conseguir. Un chico presta un libro a una chica mientras sonríe bobo, ese libro es como el
moreno. Un chiquillo descolocado aparca el coche de papá en las vías del tren y se aleja
pisando tomates fruto de los hongos en su tentempié. Los jóvenes comienzan a hacerse
fotos de día tras aceptar la petición de amistad de sus propios padres.
Refresca en el ambiente, el viento trae olor a crematorio y medito sobre la vida es bella.
La gente anda con prisa, no tengo tiempo de mirarlos casi, son rayos fugaces de
personas, imágenes en movimiento mal capturadas por mi cámara. Me abrocho el último
botón del chaquetón y carraspeo. Al norte del mundo, donde se congela la cerveza en el
alféizar, un estudiante avanza temeroso sobre los charcos de hielo hacia su facultad,
pulgada a pulgada, siente los treinta grados bajo cero en cada vértebra, la experiencia
hace de la lección un premio heroico.
Oigo un piano a lo lejos, escucho una melodía que se apaga. Entonces imagino un viejo
bar de esos de los que sé que no quedan, que murieron cuando se apagó el sonido de las
Olivetti, cuando el pan aún no se congelaba. El diseño acabó con la magia. Si quieres una
mesa vieja la compras nueva con un plus encarecido por su aspecto de segunda mano, y
así con todo. Imagino entonces lo que ocurre en el viejo bar donde trabajadores apuran
sus copichuelas al salir del trabajo entre risas y lamentos, es temprano por lo que los
lamentos aún tardan en llegar. Un pianista de sonrisa triste toca lento, muy lento, lentísimo
su viejo piano. Golpea las teclas buscando consuelo en los restos de vaho de los
cristales. Fuera llueve lluvia ácida que alegra a aquel que toca, pero él es impermeable,
todo su tejido lo hace ajeno al sentimiento, al roce de cualquier sensación. No piensa en
lo que toca, sólo pulsa el marfil y crea cadencias amargas, rotas. Cualquier observador
aleatorio diría que es mal de amores, muerte cercana o enfermedad. En realidad el origen
de su preocupación radica en la monotonía de su trabajo como pianista, por eso toca.
Al pasar por el arco de ladrillo que abre la boca del jardín delantero, me cruzo con una
alumna a la que he visto antes, la he mirado y ella me ha visto mirándola, que no es lo
mismo que mirarme. Pero eso no importa, es demasiado guapa para que importe y ella lo
sabe, sabe que es guapa porque está acostumbrada a escucharlo. Todos la miran al
pasar, ella comprueba su imagen en un escaparate y lo asume. Podría poner de rodillas a
todos esos esclavos del sexo sin razón con un movimiento de nariz, cual bruja buena
aplastaría los testículos del baboso de turno mientras sonríe con sus tacones nuevos de
suela roja. Intento diferenciar mi apariencia de buitre ignorándola por completo cuando
nos cruzamos, ella hace lo mismo pero el chasco es mío. No es de esas, no. Podrían
pasar trescientos sesenta y cinco Lamborginis arrojando sacas de morados y no
inmutarse. Valdría la pena morir por tal vino si la vida no me diera vinos de a euro
suficientes para continuar borracho. Las resacas son más tristes cuando el vino está
picado.
Lleno de valentía no utilizada en pos a un futuro más tranquilo que ahuyente el miedo del
presente, cruzo el porche del edificio dándole vueltas incongruentes al episodio piloto de
una serie de catastróficos encuentros que no llevan a nada. La nada, somos tan tontos
que nos ponemos los mayores impedimentos jamás pensados. Cuando alguien quiere
hacer algo automáticamente la tonta humanidad pone en marcha sus mecanismos de
tontuna y crea impedimentos o resucita impedimentos antes superados con mayor
tamaño en idiotez. Y nosotros mismos somos tan memos que caemos presos de un
estado vegetal que nos impide movernos o pensar con claridad, entonces lo vemos todo
negro y decidimos echar la puerta con pestillo para volver a la cama y taparnos con la
sábana de pies a cabeza mientras repetimos en nuestra cabeza una y otra vez “Mañana
será otro día”. Y claro que será otro día, si no lo fuera no habría premios al necio del día o
al gilipollas del mes. El ser humano es el único animal viviente capaz de perder su
presente en pos de un futuro maniatado o gracias a un pasado atosigante. No hay más
mañanas, ningún más tarde, la estupidez humana ha de acabar algún día y ese día es
hoy. Hoy es hoy, y vamos a coger el presente cabrón por los cuernos.
Escupiendo el valor por los poros y arrancándome los pelos de la vergüenza, vuelvo sobre
mis pasos para no vislumbrar ente femenino alguno que destaque en el horizonte de
edificios y y plazas de aparcamiento. El conserje ha visto todo el capítulo desde su
asiento en tribuna. Sonrío y pego una carcajada, él también ríe, ambos nos reímos de la
misma persona.
Excelentísimo tú:
Compra unos focos potentes, desaloja el armario y planta unas cuantas semillas en
grandes macetas a ser posible de cerámica. Con suerte pronto no tendrás que
preocuparte de pagar alquiler, facturas de luz, agua, gas, ropa nueva para ir a la moda,
comida basura que te haga sentir bien, bebida con la que calmar el ansia de barra,
arreglos, mobiliario, factura de teléfono, internet y todo el porno infinito, libros de texto,
inútil pintura, pilas, pilas bautismales, maletas con las que perder el tiempo en su relleno,
cargadores, cristales no anfetamínicos, manutención del ser, gasolina, seguros, dentista,
taxis, almuerzos con tu suegra, cenas con la futura nuera de tu madre y con el hijo de tu
padre que no es tu hermano, Manolo, papel higiénico, gafas a la moda, vacunas para tu
perro/gato/conejo/rata de laboratorio/chimpancé, tratamiento capilar, gimnasio, entradas
para antros diversos, productos de limpieza para decorar, tapones, bolsas de a céntimo,
materiales varios y por supuesto, esas jodidas drogas que hacen que todo vaya bien.
Bueno, en realidad esas sustancias asquerosamente adictivas y placenteras siempre te
pasarán su factura particular en ninguna fecha fija, por lo que no es bueno tirar la billetera
al río. Pero por todo lo demás no habrás de preocuparte jamás. Eso sí, duerme siempre
con un ojo abierto porque te estaré vigilando escondido cual mosquito cojonero en el
rincón más remoto de tu sucio habitáculo jodido hijo de puta.
Recuerdo una tarde lejana, una cuadra de patos y lago de caballos, pardiez.
Comenzamos a bailar alrededor de una máquina de bolas cuya melodía se repetía
infinitamente cada cinco segundos, la cerveza salía a espuertas de las latas en cada
salto. Luego un guardia llegó y nos apagó la radio, vaya puta mierda. Discutimos pero fue
en vano así que le escupí en la cara y nos marchamos antes que pudiera pensar en dejar
el trabajo. La tarde era nuestra por completo. Fue de los pocos días libres de carga
emocional, pero era tan joven que ahora sería viejo e iba tan borracho que ahora estaría
sobrio.
Techos altos y puros baratos es todo lo que necesitaría para ver el atardecer mientras el
mundo arde. Inundaría la habitación de humo hasta que éste me elevara más allá de la
luz, lástima que sólo los puros puedan viajar en nube. Un día cogería a todos los yonquis
del centro y formaría un equipo de curling para conquistar el campeonato interparroquial.
Que se pudran los críticos de la moral, yo quiero ser retrasado en ética. Antes la vida era
más un patio de recreo y ahora el colegio se ha transformado en un correccional.
Una pareja de tórtolos descamisados presta oídos a la puesta del sol. Juntos y solitarios
surcan la bruma que cubre el océano a sus pies lejanos. Él está cansado de dormitar en
los rincones, ella acaba de descubrir las esquinas. Las mujeres maduras no sonríen, son
las jóvenes las que no tienen arrugas.
Todos los jefes del mundo se reúnen en una nave industrial para resolver una cuestión.
¿Por qué no ser más ricos? La ambición les va como anillo al dedo. La sombra de los
jinetes negros oscurece todos los barrios obreros, no hubo ningún Moisés que no tuviera
el apoyo de su propio pueblo. Congelarán salarios, dividirán los sueldos, recortarán
pagas. Todo al amparo de la ley, todo en contra de la humanidad. Los esclavos que un día
fueron libres sólo estaban descansando mientras ingenieros nacionalizados alemanes
reparaban la gran máquina. Todos, uno a uno van pasando por ella y salen convertidos en
robots. Seis horas de sueño, catorce trabajando, cuatro finiquitando el trabajo acumulado.
Nadie se queja, no hay tiempo para ello. Nadie se divierte, no hay tiempo para ello. Nadie
vive, ya habrá tiempo para ello.
La charla de conferencia prosigue su curso sin que preste la más mínima atención a las
palabras del profesor. Sigo imaginando, maquinando nuevas formas de entretenimiento
con las que llenar las horas muertas.
Poblaciones que se pirran por entrar en la Unión echan abajo estatuas de héroes hoy
considerados dictadores, nunca el poder en la sombra tuvo tanto poder ni tanta opacidad
rodeándolo. He aprendido a desconfiar de los medios lo suficiente como para cuestionarlo
todo, es un largo camino forzado por la desconfianza reafirmada. En largas noches
oscuras antes de tiempo, te verás forzado a darle la vuelta al cerebro en tu cazuela de
opiniones y diretes, no es fácil luchar contra uno mismo, ponerse a prueba, dispararse en
la sien para olvidar. Pero es indispensable, completamente obligatorio si quieres salir de la
carpa circense donde habitas, ahí fuera hay un mundo que descubrir y muchos
mentirosos que colgar. Mentirosos que se agarran a la vida arrancando los clavos de
nuestros armarios para dejarnos desnudos ante la verdad. Problemas cotidianos nublan la
mente, todo es inventado, todo es basura a punto de quemarse, recogida de prendas y
bolas de arroz en la nieve eterna. La tecnología no os hará libres mientras no os quitéis el
yugo robótico y matéis al capataz. Láser estampado con virutas a fuego sobre vuestros
corazones os recordará que seguís vivos.
Las personas necesitan de ídolos a los que adorar, el problema es cuando ese guía sólo
sirve para dar patadas a un balón. ¿No cree usted?
“Es una cuestión bastante, cómo diría, trambólica, funcionalmente variable a la vez que
difícil de exponer”. La cara del profesor es de perro viejo, ya me estaba viendo en
septiembre cosiendo rodilleras después del aprobado. Debería irme destinado, enrolarme
en la legión extranjera y jugarme la vida hasta que me la mereciera en países dónde es
más fácil encontrar a Wally que a un santo, y todo por una pregunta en clase de todas las
preguntas que pueden ir dirigidas directamente a una cara despistada. No sé qué decir.
Quizá en las montañas encontraría mi sitio, viviría en la cabaña donde Pedro se trajinó a
Heidi; tendría un perro que se creería más listo que yo (y a pesar de mi idiotez, eso ya es
decir mucho de un perro); apilaría leña para pasar el invierno, pero un invierno volvería a
despistarme y quemaría mi propia cabaña de madera, así que moriría de frío; un rebaño
de cabras me mantendría vivo sin que ninguna de ellas lo supiera; nunca me afeitaría
salvo los domingos, pero como no tendría calendario todos los días serían mmm martes
por ejemplo; y los niños del pueblo más cercano me llamarían “el follacabras”, o con
mucha suerte, “el loco de la colina”. Morir de frío, ya había estado a punto de hacerlo
otras veces. Un lago helado, una mañana de resaca en la nieve, una noche en el
mediterráneo, quince días en un congelador...
La sonrisa del profesor diluyó todos los cuentos y me hizo volver a mi rutinaria vida de
eterno estudiante. No pasaba nada, guardaría el fusil para otra ocasión y utilizaría la
madera para grabar sketches de los hermanos Marx. Adoro la comedia idiota ¿no es la
vida si se mira bien una comedia completamente absurda? Seguro que algún pesimista
no lo comprende. Si es usted uno, estese atento: coja un huevo duro o cueza un huevo
cualquiera. Tenga reparo de coger una olla bien grande en caso de que el huevo sea de
avestruz, una vez conocí a un tipo que tenía tres avestruces como mascotas. Dos
murieron despeñadas por un barranco: la primera en un intento de vuelo, la segunda, que
andaba despistada cuando la primera se largó, por envidia. Bien, prosigamos con la
receta. Si es de avestruz, olla grande. Claro que si es de avestruz pero ya está cocido no
hace falta que lo cueza, en ese caso sólo échele un poco de pimentón al cascarón. Una
vez tenga su huevo cocido en la mano, abra la ventana o cristalera. Si vive en una casa
sin ventanas eche la pared abajo. Tonterías, si usted vive en una casa sin ventanas no
creo que esté leyendo mi libro, es más dudo que sepa leer. Pero sigamos con el asunto,
coja el huevo y una vez abierta la ventana apunte bien y láncelo contra el primer coche
que pase. Con total seguridad, si usted acierta en el blanco, el dueño o dueña del coche
se bajará e intentará matarlo. A usted, no al coche. ¿Quién mataría a un coche? Ve usted
demasiados transformers, John Wayne. Una vez haya sido apalizado por el dueño o
dueña del coche comprenderá que la vida es una comedia absurda. Aunque pensándolo
bien, no sé por qué debía ser una comedia absurda. En realidad lo que es absurdo es
todo esto que ha leído. Lo que ha hecho que durante unos segundos o minutos,
dependiendo si usted tiene ventana o no en su habitación, su vida haya sido una comedia
absurda. El espectador en este caso era yo, me he reído de usted en su propia cara.
Me he reído de usted igual que el profesor se estaba riendo de mí. Toda la clase me
miraba sabiendo que no había estado atento, algunos se sorprendían en su interior
porque mi postura corporal así como mis movimientos faciales correspondían a un alumno
prestando atención. Lo de los avestruces era verdad. La risa duró unos segundos,
después el profesor pasó a otro tema y yo respiré tranquilidad. Qué bello es vivir sin dar
palo al agua. Me pasaron el parte de firmas, firmé sorprendido de mi nombre. De resaca
hay muchas cosas comunes que actúan como talibanes explosivos. Los científicos
deberían estudiar ratones resacosos, en realidad seguro que ya lo hacían. Cogían el
alcohol requisado a los jóvenes por la policía y lo introducían en blancos ratones de
laboratorio. Esos pequeños Pinkys y cerebros dando vueltas sin estar en la rueda.
Copulando unos con otros, pues no tienen otra cosa que hacer, y siendo estudiados al día
siguiente para volver a ser alcoholizados al anochecer. Esos putos jodidos roedores con
suerte.
Cae mi bolígrafo a cámara lenta. El alcohol estaba haciendo estragos entre mis neuronas.
Ya era torpe de por sí, pero notaba que había algo más. No era normal tirar un cincuenta
por ciento de los objetos que tocaba antes de cogerlos. Al agacharme para recogerlo
reparo en las piernas de la chica que hay a mi lado ¿cómo no me había fijado antes? Las
paredes caen como decorado de cartón y un millón de operarios montan un escenario en
apenas cinco segundos, Adanowsky desciende en globo y comienza a lamer las rodillas
de mi compañera. Crees que estás jugando, pero no estás jugando completamente, en el
fondo de tu propio juego hay una mujer adulta que busca a gritos un cuerpo que acariciar,
le susurra al oído mientras yo, atónito, me mancho de babas la camiseta.
He pasado tanto tiempo mirándola que ahora no puedo mirarla a la cara, vuelvo a mis
apuntes garabateados. El ochenta y ocho por ciento de los estudiantes becados compran
Mini's con sus ahorros, mientras tanto los niños desperdician su virilidad en prostíbulos de
carretera. Sífilis y gonorrea inundan sus venas, los glóbulos amarillos son demasiado
numerosos. Un día el gobierno otorgó favores a los trabajadores asiáticos en detrimento
de los europeos. Podría haber establecido una regla general para ambos grupos, pero el
capital rasgado pesó más sobre la mesa y ya no hay marcha atrás. Se van colando en la
prensa noticias relacionadas con Asia poco a poco, son morbosas y en la industria todo
vale. Tipos asiáticos vestidos de traje manejan carros onerosos por el bulevar. La semilla
del odio se implanta en los pulmones locales. Un chino asesina a un adolescente que
hacía el tonto en su tienda, tres puñaladas callejeras por una R mal pronunciada. Los días
posteriores aparecen más y más noticias orientales: un grupo de chavales incendia la
primera tienda. El odio crece primero en los corazones de los descerebrados. Una familia
coreana aparece colgada en una nave industrial. Los descerebrados se han hecho con el
poder. El odio inunda las mentes de los mediocres. Los que actúan de judíos en la función
se rebelan y plantan cara. Una bomba explota en el restaurante Xi An matando a tres
camareros y una muchacha que había entrado a preguntar la hora. El odio sale por la
boca de los padres de familia. Un acta del nuevo gobierno culpa de la crisis económica a
los asiáticos: kazajos, mongoles, uzbecos, coreanos, filipinos, vietnamitas, chinos,
malayos, birmanos, japoneses... todos comienzan a pagar más y más tasas. Su presencia
en restaurantes no asiáticos se ve reducida a la nada. Los malayos huyen a Marbella y no
se vuelve a saber de ellos. El resto se ahoga ante tanta presión. Se rompen acuerdos y
comienzan los registros. Un nuevo holocausto desciende de las montañas, el odio se ha
vuelto norma y todos siguen su doctrina.
Al salir del edificio encuentro a una antiguo amigo, ahora se dedica a seguir personas así
que para evitar ser despedido evitamos el saludo. Trabajar en pijama te hace parecer un
vago. Jóvenes articulados saltan papeleras con sus bicicletas de fondo. Topo con Charles
y Meyer cuando llevo siete minutos de camino, unos amigos italianos de intercambio, nos
hicimos amigos a base de vernos en los bares. Ambos llevan bigote a pesar de no ser
Noviembre, no son de esos tipos anti-tradiciones buscando cualquier excusa para formar
parte de un movimiento que les llene el tarro. Van de safari al palacio del gerente de
medicinas. Me uno a su expedición a casa del señor Babinski, no es que se llame así, su
verdadero nombre es Julio Alberto Rodríguez Merchán, pero un buen día se hizo poeta,
filósofo y libertino. Así que decidió cambiarse el nombre, no se llega al vacío llamándose
Julio Alberto. Teníamos la sospecha de que había decidido aislarse de la sociedad
durante un tiempo, justo cuando su cosecha de peyote había alcanzado el punto de
cocción inviolable. Los rumores se encargaban de distribuirlos los yonquis a los que había
dejado sin recetas falsas. Por recomendación médica, decidimos pasar antes por La
Peluquería para prepararnos ante la avalancha de materia que pudiéramos encontrar en
el ático de Babinski.
Un refugiado pidiendo asilo político llegó a la ciudad hace casi cien años. Su nombre era
John Gary Hassall Powell, era de orígen desconocido y no tenía parientes vivos a su
llegada en un mercantil a vapor. Era un tipo listo, rápidamente se instaló en los suburbios
y se hizo con todas las ratas de alcantarilla montando un puesto de comida rápida donde
la encargada colocada a dedo, vendía heroína a deshoras.
Se casó con una vedette y tuvo una hija que murió de tuberculosis una mañana helada de
diciembre, este hecho lo acompañaría en su posterior conversión al Islam, religión en la
que duró lo que tardó en pedirse una copa. Pasó gran parte de su vida en la cárcel, al
principio por hurtos y allanamientos leves, medio cuerpo por una ventana, lo justo para
robar estanterías. Después, por asestar cincuenta y seis puñaladas a su esposa, una por
cada uno de los hombres que pasando por su cama se bebieron su propio whisky. En el
juicio no hacía más que repetir “nadie se bebe mi whisky, zorra”. Le cayó la perpetua,
pero como las condenas de por vida eliminan el miedo a la fuga, se largó en cuanto pudo
gracias a la ayuda de su compadre en pena. Su compañero de celda era un tal Billy
Burton, experto en química y robo de gallinas, con su ayuda fabricó un suero a lo Romeo
y Julieta y se hizo el muerto durante dos días. Concluido el funeral, una de sus queridas
se encargó de romper la lápida y abrir el ataúd, lo primero que hizo al salir fue pedir un
whisky. Como no había bar en el cementerio se fue con varias de sus chicas a las que
hacía el amor noche sí, noche también, a buscar el garito más cercano, no existía el
porno por lo que la eyaculación precoz o el levantamiento tardío aún no habían hecho su
aparición social.
Resulta que cuando se bebió el whisky no quiso pagarlo, pues se quejaba de su sabor a
matarratas. Razón no le faltaba ya que cayó fulminado a los cinco minutos de su
ingestión. Las autoridades, competentes por aquella época, clausuraron el local y
metieron al dueño en chirona, dando la casualidad que esa misma semana se había
producido el mayor robo de gallinas de la ciudad. Así que ahí estaban como nuevos
compañeros de celda, el tabernero Ranley y el joven Billy Burton.
Billy Burton tenía una terrible obsesión, que curaría más tarde en un confesionario, por los
huevos de gallina, y gracias a ello encontró el huevo de oro. Durante el tiempo que
pasaron entre rejas, Ranley enseñó al joven Billy su conocimientos de cantina, Billy los
aplicó a sus conocimientos de química y decidió que montaría un bar en cuanto
abandonara la trena, mientras tanto se dedicó a estudiar filosofía. Al salir, Billy Burton ya
era un hombre, abandonó el allanamiento avícola y se puso manos a la obra. Para montar
un bar, primero debía echar un vistazo a los ejemplos.
Durante un año, Billy Burton fue el borracho local, asistía a concursos, cerraba todos las
tascas y aparecía por cualquier leonera. Concluido el periodo de formación, era hora de
que Billy Burton dejara de mendigar copas y fuera él el quien acogiera mendigos.
Las peluquerías habían hecho aparición en las calles de moda, la gente entraba y salía
transformada en otra persona, eso lo inspiró. Billy sólo quería en su bar a los verdaderos
borrachos, dipsómanos que discutieran por todo, ebrios lanzadores de objetos,
luchadores de barril. Así que montó un bar subterráneo debajo de una peluquería de
señoras sólo apto para auténticos beodos. Los tipos con clase entraban a la peluquería,
dejaban sus chaquetas en el perchero, cruzaban el largo pasillo lleno de espejos, peines
y rulos, y bajaban por una trampilla a la parcela de Baco en el Olimpo. Una barra llena de
copas separaba a Billy de los visitantes, en el centro del bar había un ring de boxeo
donde ebrios combatientes vomitaban sus asperezas, el blues hacía su tímida aparición a
través de una gramola, no había ninguna mesa ni silla igual que otra, extraños cuadros y
carteles poblaban la pared, la decoración era trambólica, el olor se metía en el cerebro,
era un todo fabulosamente fabuloso. (BOMBAY, L. The drunk's corner. Translated G.G. Miguel;
edited by Urbano. Málaga. 1ª ed. Istán: Al Turrón Press, 1990.)
Y allí estábamos, “La Peluquería” había cambiado, todo y todos habían cambiado, pero
las borracheras seguían siendo iguales. Sudorosos obreros, tipos trajeados con sus
maletines, amas de casa aburridas, parados apurando el subsidio, estudiantes de hígado
nuevo, todos sacaban de vez en cuando su bestia a pasear. Algunas veces la bestia no
quiere salir y tienen que azuzarla, otras veces la bestia ansía mostrar su poderío. Es difícil
domarla, pero no es bueno dejarla encerrada mucho tiempo.
– ¿Escribes?
– Bebo.
Charlamos un poco de sus carreras, luz futura a medio gas. Charles está escribiendo un
libro sobre un hombre que se enamora de una jirafa, la altura y la manía de comer hojas
impiden una relación placentera. Meyer quiere hacer una tesis sobre la inmortalidad élfica,
¿defecto o perfección?. Me preocupa la soledad del cómico, algún día el cómico no podrá
seguir con su función, no podrá coger el vaso más llamativo para beber en una casa
ajena, cambiar el orden de los felpudos, enredar conversaciones, inventarse pasados y
presentes, crear manías imposibles, lucir palmito de forma asquerosa, no podrá volver a
reírse y sólo le quedará la tristeza, algo que no sirve de nada.
Hay un grupo de guiris al que le hemos echado el ojo desde que entramos al local, están
de paso por la ciudad y buscan desesperadamente un polvo que no inventar al volver a
casa. Las niñas recién sangradas se preñan de tarados en los montes para darle algo de
inquietud a sus quietas vidas, tener un perro es aburrido cuando vives rodeada de lobos.
Los ojos marrones que acarician la decoración no tienen el tono que busco, no es el
marrón con el que caí dormido la noche anterior. Me quedo abstraído en los recuerdos, sí,
nos conocíamos sin lugar a dudas, el encuentro llevaba tiempo gestándose y la cerilla no
hizo más que caer en el barril lleno de pólvora. Meyer escribe mientras tanto lo que hace
en Twitter, es más joven, ha crecido entre aplicaciones, aún es un elefante amarrado a su
vieja y remodelada estaca.
Después de recorrer nuestras gargantas una ronda per capita, soltamos amarras y nos
dirigimos rumbo al laboratorio de Babinski, vamos riendo todo el camino, imaginando
aventuras irreales, siempre experimentos sociales. Crea un grupo de WhatsApp y agrega
a contactos dispares de tu agenda, juega con la situación y disfruta de ser un científico
chiflado. Al llegar, nos recibe su mayordomo, Babinski tiene dinero suficiente como para
permitirse tener un mayordomo, algún día yo también tendré el mío propio, compraré su
alma y me limpiaré los pies con ella.
Como nos temíamos, el anteriormente llamado Julio Alberto vive recluido en sus
aposentos y sólo abre para recibir la comida, los rumores eran ciertos. No tiene baño
adjunto así que orina en una palangana que tira a cualquier hora y sin previo aviso por la
ventana, según informa la pareja de mujeres que pasa por debajo. Pegamos en la puerta
y asoman unas inmensas ojeras, una mano poblada de uñas lo suficientemente largas
como para ser repugnantes, gira el pomo y nos permite el paso. Tomamos asiento en su
cama ¿cuánto tiempo llevarían puestas las mismas sábanas? Ni idea, pero las bacterias
ya nos cubrieron antes de retreparnos. Babinski no hacía más que dar vueltas delante
nuestra, tomando apuntes, leyendo libros que sacaba al azar de la estantería o fundiendo
su iris con una bombilla. Su pelo largo y alborotado, barba descuidada y túnica blanca a
modo de pijama le daban un aire místico. Cuando quiso echarnos cuenta, ya sabíamos
que estaba completamente esquizofrénico. Tenía la certeza de haber escrito un poema de
amor y no haber sido correspondido, estaba obcecado en una chica a la que nunca había
visto en persona.
Estaba realizando un estudio para medir la radiación de los móviles, routers y parabólicas
varias, quería conocer la incidencia de enfermedades causadas. La gente antes se moría
porque sí, ahora muere de cáncer. Estimado paciente, bienvenido a la ruleta de las
farmacéuticas, elija píldoras que lo maten lentamente, espere en nuestra sala de espera
mientras el aire acondicionado a toda pastilla hace efecto en su garganta, sufra con
nuestra inoculación de virus, enrédese en la vorágine de nombres impronunciables, pague
por su salud, pague por vivir, pague por no morir, pague, pague, pague. Somos los
mayores camellos del mundo, la industria de la droga en cruz verde, nuestros camiones
se pasean impunes por la ciudad, traspasamos fronteras como el comunismo pero
nosotros llevamos disfraz.
Oiga, si tuviera que elegir entre casarse con una mujer fea y tener que estar con ella toda
su vida obligado, o dejar que un negro le diera por culo y después poder estar con
cualquier mujer, ¿Qué elegiría?
Imagina que elijo la opción de que me den por culo y a mis sesenta y cinco años coge y
me gusta.
La ciudad está plagada de columpios a los que sólo puedo montar con un colchón de
copas. Babinski anda perdido en un gran campo de opio, vacaciones veraniegas en las
que chutar su propio condimento, saca un cigarro comercial y se alza como líder de la
manada. Los baños están infectados de seres sin retorno, el umbral de la pobreza se
acerca como sereno en la noche. El tiempo se para, el mundo se para, todo se para y los
insectos revientan contra el parabrisas una y otra vez, se desintegran en bucle. Niños
mortales mejicanos sueñan con tener su minuto de fama bebiendo champagne entre
mujeres operadas llenas de tatuajes y balacera. Luego vendrán otros a contar un sueño
distinto sin engañar siquiera a su propia abuela, que del disgusto acaba entre chapones y
gusanos. Instagramos de felicidad ajena acompañan el último salto de trampolín del señor
mojón. Dar el salto a la respuesta armada requiere tiempo e impaciencia, mucha
impaciencia.
La chica no está allí como de costumbre, Viernes tampoco deambula por casa cuando
trompetistas enanos anuncian mi llegada entre ángeles y premios Nobel. Enciendo la
bombilla que domina el techo, sube el precio de la luz, conecto el portátil, sube la luz, dejo
cargando el móvil, sube la luz, enchufo la estufa, sube la luz. Al final bajo los plomos y
compro unas velas. Retroceso en el tiempo, nunca unas calles del monopoly tuvieron tan
poca semejanza en la vida real. Es el problema de que hayan privatizado las eléctricas.
Aplicar misma ecuación en: educación/sanidad.
Le doy vueltas a todo mientras encorvo mi columna en una mala posición de cojines. Los
remordimientos pueden ser un síntoma de inteligencia, pero hay que superarlos y llegar a
otro estado, al estado de inconsciencia brutal. Un hombre ha perdido el control sobre sus
órganos vitales y éstos se putean entre sí. Se caga encima sin venir a cuento, mea
cuando ha de follar, el pelo se le cae por momentos, tiene paradas cardiorespiratorias
cada diez minutos, los dedos deciden no articularse en una cena de empresa, se queda
ciego en los museos y sordo en los conciertos, en los funerales sus cuerdas vocales sólo
vibran insultos, escupe al pronunciar discursos míticos, y su día a día, se transforma en
un conjunto de tics nerviosos. Al menos no tiene que reír falsamente hasta poder reír
normal.
Decido echarme una siesta que actúe como poción recetada por Panorámix para correr la
maratón nocturna que me espera. Es en vano, no puedo conciliar sueño alguno, así que
hago el tonto delante de la caja. La televisión ha muerto. Lo que conocemos como
información, son órdenes ordenadas por ordenadores programados de ante mano en un
tiempo anterior al nuestro. El mensaje idiota se lanzó en una botella y el calentamiento
global ha derretido el casquete donde se alojaba el vidrio. Ahora nadie puede hacer frente
a tamaña insensatez, el gag del chiste Python y su premonición tardía. Cortar el problema
de raíz o por la cabeza aparece en el horizonte como única solución posible. En el
hormiguero la educación se ha colapsado, ha fallado y una hormiga consiguió pensar por
sí misma saliendo de la fila. Las soldado van tras ella pero no pueden alcanzarla porque
no conocen la senda, el camino que ella recorre no ha sido recorrido antes por ninguna
hormiga, es la vereda del peligro, la ruta a la libertad, el trayecto hacia la muerte, un viaje
a la locura de ser una hormiga diferente y no, viejos y torpes detractores del ser, no
podréis borrarla. De repente pego una cabezada que parecía no llegar, pero es tarde y
ahora no quiero levitar en el mundo de los genios. El genio es aquel capaz de levantarse
en mitad de la noche, escribir la idea y volverse a acostar.
Los párpados no subían, no había forma de hacerlos abrir. El telón de acero se cerraba y
sepultaba la camaradería. El ser humano es experto en crear muros. El campo, es terreno
de libre albedrío donde en caso de propiedad privada se respeta lo cultivado más por
decencia que por ser privado. No importa, el sr. Smith se instala en su finca andaluza y se
pasa por los cojones respeto y tradiciones, así que temeroso de la vida coloca unas vallas
y santas pascuas. Nota al pie: no están electrificadas, son fáciles de saltar. Babacar
recorre el continente negro apostando el pellejo en partidas de ajedrez con la muerte.
Camina de día racionando el agua evaporada que continúa pegada en las suelas de sus
pies descalzos, duerme de noche vigilando con un tercer ojo no le coloquen cadenas en
sus manos de carbón helado. Tras llegar al último checkpoint, pasa varios días
malviviendo hasta llegar al extremo de tener que usar su potente físico ya mermado por el
psíquico destino. Sueños de blanco inerte.
Babacar salta la primera valla una noche de madrugada, exactamente a las 05:02h. En la
partida, éste come un alfil a la muerte que juega con fichas blancas. A las 05:07, tras una
magnífica jugada en la que se encarama a la tercera valla, la muerte ha perdido una torre
y próximamente perderá a su gemela. Son las 05:14, la parca parece abocada a perder la
partida, Babacar va por la quinta enmienda. Salta sin problemas esquivando las cuchillas
que moralmente han sido colocadas justo encima, sólo por si acaso. Relájense negritos,
no somos agresivos a menos que os clavéis nuestras cuchillas por voluntad propia.
Algunos compañeros han quedado atrás, camaradas de saco y vertedero por los que
sentiría algún tipo de sentimiento si el itinerario no se los hubiera arrebatado. Un minuto
más tarde, pone los pies al otro lado de la sexta. Sólo queda una, la séptima estupidez de
espino y después el cielo. La muerte pierde tontamente su reina, casi parece un sacrificio.
Babacar se encarama al séptimo eslalon hacia la vida, va colocando pies y manos llenos
de heridas y cortes, no hay dolor. Mueve su piel tostada con el mínimo cuidado en la
última zona de cuchillas desde donde ve el paraíso, agacha su cabeza y mira el tablero.
21. Nxg7+ Kd8 22. Qf6+! Al comerse la reina, Babacar ha dejado desprovista su defensa
en e7. Un movimiento precipitado pero irremediablemente esperanzador. Al otro lado de la
séptima pared, un guardia fronterizo eleva su fusil y lo coloca en su hombro apuntando al
invasor. Cual traficante primerizo de cocaína en aeropuertos, por su cabeza pasan todas
las posibilidades perdidas en la partida de inmortalidad. La vida lo ha tratado mal y ahora
lo engaña la muerte vistiendo de blanco amigo. El inmoral guardia, cuya humanidad ha
sido embotellada en un uniforme y cerrada con placa, acciona su herramienta de matar.
22. Nxf6 23. Be7#. Jaque mate. Faltan segundos para las 05:20h, Babacar ha perdido la
partida y la muerte expone victoriosa su botín. El pellejo del ser se freirá al sol por ambos
lados colgado en un trozo de metal. No hay nada mejor que separar las diferencias con
alambre de espino, así los estúpidos podrán diferenciar fácilmente. Los muros no son más
que una prolongación de la estupidez humana, una prueba irrefutable de que no venimos
del mono. Considerar que venimos del mono sería insultar al Propliopithecus, no creo que
estuviera muy orgulloso de su descendencia visto lo visto. Hemisferio Norte y hemisferio
Sur, Alemania Este y Alemania Oeste, rojo y azul, blancos y negros, hombres y mujeres,
mierda y mierda. De niño te enseñan a ordenar tus juguetes, no a separarlos como
ganado. Secretos encriptados en el átomo, consigo abrir los ojos y ponerme en pie.
Lavándome la cara en el lavabo veo los ojos de un espectro, poco a poco voy adquiriendo
la forma fantasmal de los olvidados, pago los peajes de la autopista infernal con mi mando
a distancia. La mortalidad finita se refleja en mis ojeras, los ojos inyectados en sangre,
arrugas proyectadas a contraluz. Los jóvenes viejos dan por sentado que ya salieron
demasiado, son los mismos que con cuarenta y cejas depiladas buscarán muchachitas en
granjas de cerdos con luces. Nacemos con todo ganado, todo lo que podemos desear y
eso mismo, la vida nos lo va quitando. A Kurt Cobain se le encasquilla la escopeta y se la
vende a Mark David Chapman. El espíritu de Hemingway se apodera de mi ego y la
hemocromatosis aparece en síntomas psicológicos sin sentido. Fuera la noche ha tomado
las calles escondiendo a los ladrones de cerebros, preparando el patio de recreo de
yonquis y figuras no aptas para la luz solar. La farola que ha de iluminar mi calle está
fundida, recuerdo como la noche anterior la apedreé hasta la muerte antes de subir a
casa con la chica de ojos color café. Encendí un puro y lo fumé asomado al balcón,
quemando tareas, liberando cargas, divisando el pasado escrito en el cielo, todo era tan
bonito que resultaba nauseabundo.
Estaba a punto de saltar al vacío pero lo veía tan lejos, estaba tan lejano que no creí
llegar a alcanzarlo. Eso sería fatal para mi plan, no podría llegar nunca y por tanto mi
cráneo se mantendría en condiciones perfectas. Tendría que pasar la vida en el limbo
dándole vueltas a toda clase de pensamientos repulsivos, atentando contra mi dignidad
inexistente como persona. Volví a mirar dentro de la habitación. Hacía calor, no como en
la calle, un frío intenso recorría las columnas de los sinvergüenzas. Si al menos tuviera
una pistola... Pegarse un tiro debía de ser facilísimo y sin embargo tan difícil. Replanteé la
situación y decidí fumar otro puro antes de matarme, que mal suena matarme y que poco
se notaría. Me sentí débil al pensar en la muerte, mis articulaciones y venas parecían fino
carboncillo a punto de entrar en contacto con una lámina. Cerré la ventana y descargué la
escopeta imaginaria del sin vivir. Las pastillas estaban al lado del ron. Decidí beber
primero el ron y después fumarme el puro, las cápsulas de muerte podían esperar durante
varios años bipolares más.
Pronto iría en coche soltando dinero por la carretera al paso de la cabalgata, creando el
caos cuando en plena anarquía inmoral todos los ciudadanos se rompan los cuernos por
un billete. El dólar tiene más clase que el euro, no es lo mismo una moneda. Todos los
opus dei son iguales en sus formas, los sacan del molde dispuestos a inundar la sociedad
de pensamientos absurdos. El hombre primitivo se avergüenza de sus descendientes y
decide volver a gatear. Coches explotan en Lisboa impulsados por la insana conducción.
Temerarios ponentes esquivan las balas de los jueces en el doctorado. Los tarados
quieren vivir del cuerpo pues no tienen mente, es comprensible. Las moscas de garaje
planean tranquilas hasta su muerte, demasiado lentas para rozar el aire, y el verdugo es
un funcionario del estado que sin sentido alguno, disfruta con su trabajo al pasar por sus
manos las cabezas de los grandes terratenientes anclados a un pasado infame. La pena
de muerte es a la justicia lo que la burocracia a la simplicidad.
Mi imagen mejora tras un par de copas, una ducha y un habano. Algún día sería un vil
supervillano fumando puros y alargando el rematar agentes secretos, pero hasta que
Globex Corporation sacara plazas no pensaba opositar. Indeciso rebusco en el armario un
conjunto ganador, no quiero ir demasiado elegante ni demasiado tirado, la reunión con
Camille es importante, debería haber bebido otra copa que simplificara el embrollo de la
vestimenta. Jersey gris oscuro, los pantalones burdeos suplirían la falta de camisa, unas
zapatillas de tono otoñal darían el pego. Quito tres pelos feos de mi cara y me coloco un
gorro que dome mi pelo a lo Will Hunting, con diez minutos basta.
En diez minutos da tiempo a hacer muchas cosas, plantar un árbol, escribir un relato de
pocas líneas, tener un hijo o al menos encargarlo, e incluso freír un par de huevos.
También, en diez minutos puedes quedarte mirando al vacío o intentar cagar antes de
salir de casa. En algún momento de tu vida llegarás a cagar tanto que cagarás sin darte
cuenta, y eso será un problema. Compra una isla y abandona la civilización, no es ciudad
para viejos.
Los estudios antropológicos nos sitúan a cuarenta años luz de los Petados Unidos, de
aquí a cuarenta años el Partenón será un KFC.
Salgo de casa por enésima vez en lo que va de día, llegado cierto punto mi cuerpo parará
y mis órganos reventarán kamikazes. He marchado y vuelto en un camino infinito de
baldosas amarillas, regocijado en mi soledad hasta volverme cuerdo, vertido fluidos en
lagos helados de miedo, desangrado entre botellines de cristales coloridos a roces,
humillado a Jekyll hasta hacerlo adorar a Hyde, roto vínculos a caminos desiertos, cosido
almas rotas para volverlas a descoser con aun más voracidad, destronado reyes más allá
de la lejanía, disfrazado de justiciero sin más ley que la fraternal, he visto, oído y
saboreado excentricidades que otros han criticado, tocado hasta mimetizarme, pensado
sumergido en la locura, vivido para merecer la muerte, he sido lo que odio y soy lo que
odiaré. Pero a pesar de todo, nada importará cuando cruce los mares, cuando la barca
me lleve a mi destino y vuelva a por ti, ya nadie nos recordará. El tiempo lo coloca todo en
su sitio y las excepciones acaban cubiertas de polvo.
Cuando llego al lugar de la cita, Camille Le Brun aún no ha hecho aparición. En el reflejo
de una ventana veo a un extraño puntual, algo está cambiando en mis formas. Echo un
vistazo a los moradores de banqueta y barra. La potencia de Aristóteles, de practicar la
justicia nos hacemos justos, por eso hay tantos borrachos. Todo niño es un borracho en
potencia, se convierten en aquello que temen. Entrando en el restaurante siento la
tentación de hacerme el ciego pero me abstengo de molestar conciencias. Tomo asiento
en una mesa apartada y pido una cerveza.
Camille conseguía ponerme nervioso, por eso me gustaba quedar con ella, el problema
era que ella lo sabía y la situación se me iba siempre de las manos. Aun así teníamos un
proyecto videográfico que planificar juntos pero no revueltos.
– ¿Ves al hombre que cena allí con su mujer y sus dos hijas? Tiene una amante
africana a la que visita todas las mañanas antes de ir a trabajar.
– Fíjate en las dos amigas que ríen juntas. Una de ellas se acuesta con el novio de la
otra. Adivina cuál.
– La rubia, sin duda.
– Sólo por ser morena no tienes derecho a acusarla – le digo.
– Pregúntale listo.
– De acuerdo – me levanto de mi asiento y ella no hace nada por impedírmelo, así
que me vuelvo a sentar.
– ¿Sigues pensando en tu teoría salvaje?
– ¿La de mi hijo?
– Si, lo que me dijiste de hacer un experimento social y no enseñar ningún tipo de
regla a tu hijo sólo por ver como se comporta.
– Me gustaría hacerlo, aunque el arrepentimiento podría ser terrible.
– Quiero probarlo. ¿Crees que me llevarán ante el tribunal de La Haya?
– Probablemente, pero si quieres que al menos tu hijo salga guapo puedo ayudarte
en la tarea.
– Estoy embarazada.
Nunca creí a Camille capaz de perder el norte por un cualquiera que esconde su
ignorancia tras una guitarra mientras desgrana aburridas líricas de adolescente en garitos
de mierda. Los inservibles celos sacan sus puños a relucir y golpean mis pensamientos
asesinos hasta despertarlos, mantengo la calma, Camille es sólo una amiga. Con
tranquilidad alcanzo el cuarto de baño y vomito salpicándolo todo. Las ojeras y los ojos
rojos han vuelto a tomar el reflejo, un ser mundano es lo que veo ante mí. Vuelvo a la
mesa, petición de una copa y mantengo el tipo hasta el final de la conversación. Ella se
echa a llorar cuando la fría hoja de realidad raja sus párpados. La consuelo y pienso en
todos los pañuelos del mundo, en los niños soldado, la corrupción, y la extinción de
especies. La vida es un documental y nosotros somos los ñues. Picasso firma el cuadro.
– Los animales gritan, gruñen fuerte, ladran, ¡truenan! Son libres de hacerlo y entre
ellos no está mal visto, al contrario cuando un perro ladra en la oscuridad de la
noche hay otro perro que lo sigue, y otro ¡y luego otro más! - Sócrates gritaba y
giraba sobre sí mismo como si el cielo se cayera en pedazos rompiéndolo todo
entre colores y polvos mágicos, a su alrededor una multitud de antidisturbios
prepara la carga – ¡Hasta los monos a los que consideramos casi familia lo hacen,
chillan y aúllan cuando están libres, cuando se sienten libres pues el único animal
que no lo hace es el que está preso!¡Preso en una jaula, tras una valla o un corral,
en una ciudad llena de bloques grises que encierran almas cuyos colores se
degradan más y más conforme pasa el tiempo! Dime tú, señorita ¿eres un animal o
llevas ese disfraz de persona tan pegado a la piel que ya no recuerdas lo que es
vivir?
Un puerta mira de arriba abajo con asco a un tipo que aun no odia las discotecas, hace
como que piensa y decide echarlo atrás por culpa de los zuecos amarillos que lleva
puestos, son molestos a la vista en la oscuridad. Todo es oscuro y aparentemente
peligroso. El vendedor de Lamborgini no tiene uno propio que lucir. Más tarde, el tipo
vuelve pisando fuerte con sus zuecos amarillos esgrimiendo un florete y ensarta al puerta
por el ombligo. Zas. Justo en el medio, la espada atraviesa carne y órganos rozando los
huesos y por el agujerito brota sangre negra manchada por la noche. Pronto todas las
entradas de la ciudad quedarán libres y comenzará la invasión cucarachera de vigésimo
quinta generación.
Grupos de niños hartos de regaliz y caramelos ácidos cuelgan por los intestinos a los
padres de sus amigos en los tendederos y los golpean cual piñata, esperando recoger el
resto de órganos podridos de la avaricia parental. Los padrinos se esconden en rincones
llenos de mocos tirados por los infantes mortales esperando la hora de salir al escenario.
Cantan los pájaros melodías satánicas, el cielo es rojo y ya hace rato que anocheció. Las
cimas de las montañas se desprenden en oleadas de cianuro, cayendo con víbora
precisión en las ollas de puchero caliente aliñados por viejas que saben es el último cazo.
Las niñas ya no quieren ser mujeres y los niños queman velas de tarta en un horno de
pan. El mundo es joven, gritan. Aun no está todo perdido, dicen.
Las historias de robots son tan feas, visualmente tan mecánicas. La chispa ha vuelto a
arder, los Ipad son utilizados como armas arrojadizas. Los países y sus gobiernos son los
padres totalitarios de una familia, y los hijos han perdido la confianza en ellos. Están
hartos de ser catalogados en clases, de ser conducidos como borregos, de ser utilizados
como monedas de cambio. Las cuentas suizas engordan en un traje XXL, un pozo sin
fondo separa poblaciones, la dinamita pronto estallará en las mentes.
Hay una huelga de basureros en la ciudad, las ratas asoman sus peludas patas y las
colas de rácula desbaratan el dominó de maíz. El dinero se crea pero el fuel no se
destruye. Mareas humanas provocan avalanchas de temor en los pellejos de dirigentes
sin carisma. Intentan apaciguar la cólera con cheques bebé, pero están cansados, y
cuando se llega al cansancio extremo se desdobla el universo, los extremos se tocan y se
pasa a la actividad extrema y todo lo que ello conlleva. El pueblo está más despierto que
nunca tirano, y no, no hay marcha atrás. Sólo llegará al cansancio cuando no quede
energía, pero la fuerza late ahora más fuerte que nunca. Comienza la barbarie, saltad de
vuestros escaños y huid de la sin razón, pues llegó el apocalipsis del sol y la oscuridad
sólo se combate con fuego.
Soy Gatsby en su balcón, sentado en mi palco privado lo veo todo arder, soy partícipe de
la derrota humana y me avergüenza el estar vivo. Entro en el manicomio, allí todo está en
orden, todos son emperadores que se contentan con un consumo de pastillas diarias, el
ambiente no está adulterado, la armonía del primer mundo fluye por el pentagrama, la
baba cae tranquila por la camisa de fuerza y automáticamente es fregada del suelo. Pero
todo es mentira, es una burbuja y sé que no aguantará mucho tiempo, no, cada vez estoy
más cerca del final, el jabón está casi acabándose cuando decido salir.
Entonces me mezclé con las gentes, me integré en un todo bañado por el frío de la ciudad
que se arremolinaba entorno a nada. Un hormiguero gigante de hormigas disfrazadas.
Observé sus caras cuando pasaban a mi lado, caras cansadas, caras alegres, caras.
Quise ponerme en toda clase de piel para sentir sus miradas al igual que la mía y conocer
el resultado final de su evaluación. Hoy en día puedes adoptar cualquier piel, puedes ser
un lagarto o una ballena, un ciervo o un rinoceronte, incluso un antílope, sí, puedes ser
incluso un antílope. Pero ¿quién quiere ser un antílope pudiendo ser un león? Si te
colocas la piel del animal en cuestión lo suficientemente bien nadie notará la diferencia, te
evaluaran por lo que muestres. Sí señores, el mundo evalúa apariencias pero es la vida la
que juzga actitudes. Aunque siempre habrá quien engañe a la vida una vez engañado por
completo al mundo y quien sin necesidad de engañar a nadie parezca un mentiroso.
Crucé tras una moto, aguanté la respiración y cuando la creí a suficiente distancia volví a
respirar. No importaba, la ciudad en sí estaba contaminada. El aire que se respiraba olía a
metano e hipocresía, y sin embargo me sentía vivo en sus calles. Alegre, contemplé las
altas murallas llamadas pisos, olfateé los viejos templos conocidos como bares y caí
rendido ante los animales diamantinos catalogados como mujeres. Una tras otra todas
acababan en mi habitación, en un rincón o en cualquier callejón que mi mente pudiera
vislumbrar. Crucé otro paso de cebra, el más justo de los animales pisoteado por
pamplinas, supongo siempre fue su función. Se hacía tarde pero eso no importaba, no
importaba nada en absoluto pues era libre en una ciudad desconocida, rodeado por
gentes desconocidas, era completamente libre. Había llegado sin cadenas y aun no me
habían capturado, sí, no había de qué preocuparse, eternicé el momento hasta que el frío
viento golpeó mi nuca y comprendí que debía terminar la excursión y sumergirme de
nuevo en los antros construidos para mi especie. Debía volver a embriagarme junto a los
camaradas desconocidos que aceptan su condición de borrachos vía pacto entre
caballeros para equiparar al género en potencia, alcohólicos que se miran unos a otros de
igual a igual a través de ojos vidriosos llenos de locura desbocada a cada trago. La vida
es una borrachera continua.
Cuando llego al bar ya están todos achispados, la chispa se almacena en sus cabezas,
los latidos la distribuyen por sus venas apoderándose ésta de todo su cuerpo. Entre
saludo y reencuentro, creo ver algo familiar detrás de la manada, un destello castaño
entre el fulgor y la incandescencia. Es hora de volver al ruedo banderilla en mano, esa
extraña sensación de vuelta a casa, al lugar donde todo pertenece. Acerco mi ser a la
barra en busca de combustible y mientras el camarero se dirige a atender mi petición,
vuelve a deslumbrarme el destello. No consigo dar con el origen pero sé que hay algo
alumbrándome, algo me estudia en las sombras, algo que conoce mi cambio, ya no soy lo
mismo, el líquido que me compone ha sido adulterado con pensamientos revolucionarios
y las aguas están demasiado revueltas para calmarse. Entonces me doy cuenta, allí
están, a escasos metros, mirándome fijamente, al otro lado del precipicio observando a un
borracho a punto de quemarse cual ave fénix. Son los ojos marrones que veinticuatro
horas antes coincidían en un cruce de miradas embriagadas, los mismos que llevaba
buscando todo este tiempo, confundiéndome entre caricias ajenas y deseos
desconocidos. Pero no, aunque volvemos a coincidir ya no son los mismos que me
desnudaron ayer, el presente es distinto, todo es diferente. Aparto para siempre mi mirada
y me dirijo resignado al camarero que acaba de servirme, “la próxima vez cargue la copa
un poco menos”.
FIN
EPÍLOGO
del espacio entre palabras
1- Todo es público.
2- El placer es deber.
3- Aceptar que no tienes nada. Eres sólo tú, un mono espacial.
4- Rozar la locura psicológica en un período de soledad y volver a la sociedad armado
hasta los dientes.
5- Siempre que robes has de compensarlo con tu vida.
6- Lo imposible es una oportunidad contra la muerte.
7- El cerebro no descansa, úsalo en todo momento para imaginar el absurdo.
8- Nunca rechaces una cerveza, copa o puro. Sólo harán que te sientas mejor de lo
habitual.
9- Bibir hasta la inconsciencia es un logro solo apto para valientes descerebrados.
10- El mundo es un parque de atracciones gigantesco.
11- Experimenta con todo y todos.
12- Cuestiona la realidad siempre que sea posible.
13- Silba contra el viento en cuanto sople.
14- Tu tiempo es finito, mientras antes lo asumas antes empezará la fiesta. Compra
disfraces para todos los asistentes.
15- La seriedad es para los verdaderos irresponsables. Tu responsabilidad consiste en
quemar las naves.
16- Nunca dejes de moverte. Las articulaciones han de llegar reventadas a la sepultura.
17- Baila con la muerte cuando suene la música.
18- Mejora significativamente la vida de alguien.
19- (Añade tu propia norma)
20- (Añade tu propia norma)
CARA B del libro: