MONÓLOGOS DE LA VAGINA
De Eve Ensler
Versión libre de Saúl Jiménez
Monólogo 1: Prólogo, “La vagina es sagrada” (Mujer misteriosa)
Nos habla sobre las raíces etimológicas de la vagina, y llevará al público a un viaje
cultural – histórico en torno a la vagina.
Monólogo 2: Diciendo por primera vez “Vagina” (Mujer de la tercera edad)
Es una presentación muy simpática que hace una mujer de la tercera edad, perseguida
por sus prejuicios se ve obligada por la preocupación de todas las atrocidades en contra
de las mujeres que ha mirado y oído y que está segura que es por la ignorancia social a
decir por primera la palabra vagina, y lo que ha logrado no tiene precedentes…
Monólogo 3: ¿Por qué vagina y no panocha? (Mujer elocuente)
Una mujer preocupada por las vaginas, por su propia vagina, nos lleva en un viaje léxico
vagino-cultural.
Monólogo 4: El vello (Mujer casada)
Una discusión acalorada en el escenario sobre un tema ¿insignificante? Rasurarte o no…
esa es la cuestión… que tú marido te acepte comoeres, más bien…
INTERMEDIO: Si tu vagina se vistiera, ¿Qué prenda se pondría? Si tu vagina pudiera
hablar, ¿Qué diría, en dos palabras?
Monólogo 5: La inundación (Mujer enojada)
Un monólogo estremecedor contado por una mujer recia que vio por primera vez su
vagina el día que le anunciaron que tenía cáncer de ovarios.
Monólogo 6: La regla (Mujer que un día fue niña)
Una mujer de sesenta años se vuelve niña mientras nos relata los tabúes que existían
alrededor de algo tan normal como que te bajara la regla...
Monólogo 7: Nos lo contaron ayer (Mujer lugareña)
Mujer valiente y extraordinaria que ayuda a localizar, amar y masturbar las vaginas de
otras mujeres.
Monólogo 8: Taller sobre la vagina (Mujer inglesa)
Mujer valiente y extraordinaria que ayuda a localizar, amar y masturbar las vaginas de
otras mujeres.
Monólogo 9: Mi vagina era mi aldea (Mujer violada)
Quizá el monólogo más angustiante de todos, nos lleva a conocer un caso desgarrador
resultado del problema social-político de desplazamiento en Chiapas, la violación de
mujeres para obligarlas a dejar sus aldeas.
Monólogo 10: Verdades sobre la vagina (Mujer científica)
Datos reveladores extraidos de The Woman´s Encyclopedia of Myths and secrets.
Monólogo 11: La mujer a la que le encantaba hacer felices a las vaginas (Mujer
inteligente)
Un monólogo que va de lo cómico a lo trágico al relatarnos lo difícil que es… gemir.
Monólogo 12: El parto (Mujer madre)
Cuanto cambia una vagina a la hora del parto… a la hora de dar vida.
Monólogo 13: La que no tenía vagina, pero deseaba tanto tener una… (Mujer
transexual)
Habla sin tapujos por las mujeres que no tienen vaginas, y las que hubieran querido jamás
tener una… las mujeres muertas, víctimas de pasiones con sus vaginas…
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Monólogo 1: Prólogo, “la vagina es sagrada”
(Mujer misteriosa)
Yo pertenezco a la generación del «ahí abajo».
Es decir, ésas eran las palabras – pronunciadas
rara vez y en voz baja– que las mujeres de mi
familia usaban para referirse a todos los genitales
femeninos, ya fuesen internos o externos.
No es que desconocieran términos como vagina,
labios, vulva o clítoris. Por el contrario, todas las
mujeres en mi familia eran maestras.
Sin embargo, no oí palabras que fueran más
precisas, y mucho menos que denotaran orgullo.
Por ejemplo, ni una sola vez oí la palabra
clítoris. Transcurrirían años hasta que aprendí
que las mujeres poseíamos el único órgano en el
cuerpo humano cuya función exclusiva era sentir
placer. (Si semejante órgano fuese privativo del
cuerpo masculino, ¿Pueden imaginarse lo mucho
que oiríamos hablar de él... y las cosas que se
justificarían con ello?) Así pues, ya fuese mientras
aprendía a hablar, a deletrear o a cuidar de mi
propio cuerpo, se me decía el nombre de cada
una de las asombrosas partes de mi anatomía...
menos el de una zona innombrable. Ello me dejó
desprotegida frente a las palabras vergonzosas y
los chistes guarros que oiría en el patio del
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colegio y, más tarde, frente a la creencia
popular de que los hombres –ya fuesen amantes
o médicos– sabían más acerca del cuerpo de las
mujeres que las propias mujeres.
- ¡Pásenla pa’nochambear!
- Biscochito
- ¿Qué comen los pajaritos? Mamacita…
Vislumbré por primera vez el espíritu de auto
conocimiento y de libertad que encontrarán en
estas páginas cuando después de titularme en la
universidad viví en la India durante un par de
años. En los templos y santuarios hindúes veía el
lingam, un símbolo abstracto de los genitales
masculinos, pero también vi por primera vez en
mi vida el yoni, un símbolo de los genitales
femeninos: Con forma de flor, de triángulo o de
óvalo de dos puntas. Me explicaron que miles
de años atrás, este símbolo había sido objeto
de adoración por considerarlo más poderoso que
su equivalente masculino, una creencia que se
transmitió al tantrismo, y luego a otras religiones,
cuyo principio central es la incapacidad del
hombre para alcanzar la plenitud espiritual si no
es a través de la unión sexual y emocional con la
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energía espiritual superior de la mujer.
Por ejemplo: Los cristianos gnósticos adoraban
a Sofía como el Espíritu Santo femenino y
consideraban a María Magdalena la discípula
más sabia de Cristo; el budismo tántrico aún
afirma que la esencia de Buda reside en la vulva;
e incluso la Iglesia católica incluía formas de culto
a María que ponían más énfasis en la Madre que
en el Hijo.
Aquellos primeros años de descubrimiento están
simbolizados para mí con un enorme corazón, sí,
porque, la forma de lo que llamamos «corazón» –
se asemeja a la vulva mucho más que a la
simetría del órgano al que da nombre–
probablemente sea un vestigio del símbolo
genital femenino. Y fue reducido, por siglos de
dominación masculina, de ser un símbolo de
poder a ser un símbolo de mero sentimentalismo.
Esta obra teatral es parte de la oleada de
creatividad fruto de esta energía surgida al contar
la verdad. Pero el valor de Monólogos de la
vagina va más allá de purgar un pasado repleto
de actitudes negativas. Ofrece una manera
personal, enraizada en el cuerpo, de moverse
hacia el futuro. Creo que quienes vean esta obra,
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no únicamente las mujeres sino también los
hombres, podrán emerger de estos monólogos
sintiéndose no sólo más libres en su fuero interno
–y en relación a los demás– sino también con
alternativas al viejo dualismo patriarcal de lo
femenino/masculino.
Voy a ofrecerles otro de mis descubrimientos
tardíos. En los años setenta, mientras me
documentaba en la biblioteca del Congreso,
encontré un tratado poco conocido sobre historia
de la arquitectura religiosa que daba por sentado
un hecho como si fuera sabido por todos: Que el
trazado tradicional de la mayoría de edificios
patriarcales de culto imita el cuerpo femenino.
Así, hay una entrada exterior y otra interior, los
labios mayores y los labios menores; una nave
central vaginal que conduce al altar; dos
estructuras curvas ováricas a ambos lados; y por
último, en el centro sagrado está el altar o
útero, donde sucede el milagro: Donde los
varones dan a luz. La ceremonia central de las
religiones patriarcales es ni más ni menos que
aquella en la que los hombres se adueñan del
poder yoni de creación al dar a luz
simbólicamente. No es de extrañar que
sacerdotes y pastores ataviados con vestiduras
largas nos rocíen la cabeza con un fluido que
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imita las aguas del parto. Simbólico o real, todo
está destinado a controlar el poder que reside en
el cuerpo femenino.
Pensaba en ello mientras observaba a unas niñas
pequeñas dibujar corazones en sus libretas
¿Estarán magnetizadas por esta forma originaria
porque se parece tanto a sus propios cuerpos?
No lo sé… mientras tanto, disfrutemos juntos de
esta velada, esto es tercera llamada,
comenzamos
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Monólogo 2: Diciendo por primera vez
“vagina” (Mujer de la tercera edad)
“Vagina” Ya está, lo he dicho.
“Vagina”... he vuelto a decirlo. He estado
diciendo esa palabra una y otra vez durante los
últimos tres meses. La he estado diciendo en
teatros, en ensayos, en salas de estar, en
cafeterías, en cenas. La he empezado a decir
luego de que un loco director de teatro me haya
convencido ¡a mí!, una tierna viejecita, retirada y
chocha que estaría bien cuidando sus plantas y
mimando a sus gatos y no aquí repitiendo
torpemente la palabra VAGINA.
Los Monólogos de la vagina, basada en
entrevistas realizadas a un grupo variopinto de
más de doscientas mujeres que hablan sobre
sus vaginas. Digo la palabra en sueños. La digo
porque se supone que no debo decirla. La digo
porque es una palabra invisible... una palabra
que suscita ansiedad, incomodidad, desprecio y
asco.
La digo porque creo que no decimos aquello que
no vemos, no reconocemos o no recordamos.
Aquello que no decimos se convierte en un
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secreto, y los secretos a menudo crean
vergüenza, miedo y mitos. La digo porque quiero
sentirme cómoda algún día diciéndola, no
avergonzada y culpable.
La digo porque no hemos acuñado una palabra
más amplia y envolvente, que realmente describa
la zona entera y todas sus partes. «Panocha» –
o «Panochita»– probablemente sea mejor
palabra, pero se asocia con demasiadas cosas.
Además, no creo que la mayoría de nosotras
tengamos una idea clara de a qué nos referimos
cuando decimos «chocho».
«Vulva» es una buena palabra; es más
específica, pero no creo que la mayoría
tengamos claro qué incluye la vulva.
Digo «vagina» porque cuando empecé a decir esta
palabra descubrí lo fragmentada que yo estaba, lo
desconectado que estaba mi cuerpo de mi mente.
Mi vagina era algo que estaba allí, en la distancia.
Rara vez habitaba en ella, o tan siquiera la
visitaba.
Estaba ocupada trabajando, escribiendo; siendo
madre, siendo amiga. No veía a mi vagina como
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mi recurso primario, como un lugar de sustento,
humor y creatividad. Era un lugar inquietante,
lleno de miedo. Me habían violado de niña, y
aunque había crecido y hecho todas las cosas
que una adulta hace con su vagina, nunca había
vuelto a adentrarme realmente en esa parte de
mi cuerpo después de haber sido violada. Había
vivido básicamente la mayor parte de mi vida sin
mí motor, mi centro, mi segundo corazón.
Digo «vagina» porque quiero que la gente
reaccione, y lo ha hecho. Han intentado censurar
esa palabra en todos los lugares a donde ha
viajado la obra Monólogos de la vagina y en
todas las modalidades de comunicación, Bueno,
hasta las mismas actrices que los han
interpretado han dicho asustadas: “No crees que
dice muchas veces la palabra vagina”
Deberíamos quitarle algunas…
¿Por qué ocurre esto?, pregunto.
“Vagina” no es una palabra pornográfica; de
hecho, es una palabra médica, un término
para referirse a una parte del cuerpo, al
igual que «codo», «mano» o «costilla».
«Puede que no sea pornográfica –dice la gente–,
pero es una palabra fea. ¿Y si nuestras hijitas
llegaran a oírla? ¿Entonces qué les diríamos?»
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«A lo mejor podríais decirles que ellas tienen
una vagina –respondo–o Si es queno lo saben
ya. A lo mejor podríais celebrar eso.» «Pero no
llamamos "vaginas" a sus vaginas», me dicen. «
¿Cómo las llaman?», les pregunto. Y me dicen:
«osito», «allá abajito», «win», «cosita»... y la
lista continúa, interminable. Digo «vagina»
porque he leído las estadísticas, y les están
ocurriendo cosas malas a las vaginas de las
mujeres en todas partes: 500000 mujeres son
violadas todos los años en México; 100 millones
de mujeres han sido mutiladas genitalmente en
todo el mundo; y la lista continúa y continúa.
Digo «vagina» porque quiero que se ponga fin a
estos horrores. Sé que no dejarán de ocurrir
hasta que reconozcamos que suceden, y la
única manera de conseguirlo es capacitar a las
mujeres para que se atrevan a hablar de ello sin
temor a sufrir castigo o ser objeto de venganza.
Da miedo decir la palabra. «Vagina.» Al principio
tienes la sensación de estar atravesando
violentamente una barrera invisible. «Vagina.» Te
sientes culpable e incómoda, como si alguien
fuese a derribarte de un golpe. Entonces,
después de haber dicho la palabra cien o mil
veces, se te ocurre que es tu palabra, tu cuerpo,
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tu lugar más esencial. De repente te das cuenta
de que toda la vergüenza y la incomodidad que
has sentido hasta entonces al decir la palabra ha
sido una forma de silenciar tu deseo, de minar tu
ambición. Entonces empiezas a decir la palabra
más y más.
La dices casi con pasión, con apremio, porque
intuyes que si dejas de decirla, el miedo volverá a
apoderarse de ti y caerás de nuevo en un susurro
incómodo. De manera que la dices dondequiera
que puedes, la sacas en todas las
conversaciones. Estás ilusionada con tu vagina;
quieres estudiarla y explorada y presentarte a
ella, y descubrir cómo escucharla y darle placer y
mantenerla sana, sabia y fuerte.
Aprendes a satisfacerte a ti misma y enseñas a tu
amante a satisfacerte. Eres consciente de tu
vagina todo el día, dondequiera que estés... en tu
coche, en el supermercado, en el gimnasio, en la
oficina. Eres consciente de esta parte preciosa,
bellísima, portadora de vida que tienes entre las
piernas, y eso te hace sonreír; te enorgullece.
Y cuantas más mujeres dicen la palabra, cada vez
resulta menos trascendente decirla; pasa a formar
parte de nuestro lenguaje, de nuestra vida.
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Integramos en ella a nuestras vaginas, que pasan
a ser algo venerable y sagrado. Se convierten en
parte de nuestros cuerpos, conectadas con
nuestras mentes, alimentan nuestros espíritus.
Y la vergüenza desaparece y las violaciones
cesan porque las vaginas son visibles y reales, y
están conectadas con mujeres poderosas,
sabias, que hablan de sus vaginas. Nos espera
un largo viaje.
Éste es el principio. Es un espacio para pensar en
nuestras vaginas, para empezar a conocer las
vaginas de otras mujeres, para escuchar sus
historias y entrevistas, para responder
interrogantes y hacer preguntas. Un lugar para
desprendernos de los mitos, la vergüenza y los
miedos. Para ejercitarnos en el uso de la
palabra porque, como es sabido, la palabra nos
mueve y nos libera. «VAGINA.»
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Monólogo 3: ¿Por qué vagina y no panocha?
(Mujer elocuente)
Seguro que están preocupadas. Yo estaba
preocupada. Por eso empecé a escribir esta obra.
Estaba preocupada 'por las vaginas. Me
preocupaba lo que pensamos sobre las vaginas,
y me preocupaba aún más que no pensáramos
en ellas. Estaba preocupada por mi propia
vagina. Necesitaba el contexto de otras vaginas...
una comunidad, una cultura de vaginas. Están
rodeadas de tanta oscuridad y secretismo... como
el Triángulo de las Bermudas. Nadie nos manda
jamás noticias sobre lo que ocurre allí. En
primer lugar, ni siquiera es tan fácil encontrar tu
vagina. Las mujeres se pasan semanas, meses
y a veces años sin mirarla.
Entrevisté a una ejecutiva dinámica que me dijo
que estaba demasiado atareada; no tenía tiempo
para eso. Mirarte la vagina, me dijo, supone una
jornada completa de trabajo. Tienes que tumbarte
de espaldas delante de un espejo vertical,
preferiblemente de cuerpo entero. Tienes que
colocarte en la posición perfecta, con la luz
perfecta, que entonces queda ensombrecida por
el espejo y por el ángulo en el que estás. Acabas
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hecha un nudo. Tienes que incorporar la
cabeza, haciéndote polvo la espalda. Para
entonces ya estás agotada. Ella no tenía tiempo
para eso, me dijo. Tenía demasiado trabajo. Así
que decidí hablar con las mujeres sobre sus
vaginas, hacer entrevistas sobre vaginas, que se
convirtieron en monólogos sobre vaginas. Hablé
con más de doscientas mujeres. Hablé con
mujeres mayores, jóvenes, casadas, solteras,
lesbianas, profesoras universitarias, actrices,
ejecutivas, prostitutas, amas de casa, Jarochas,
Chilangas, Norteñas, Oaxaqueñas, Chiapanecas,
Poblanas y por supuesto Zacapoaxtecas.
Al principio, las mujeres se mostraban reacias a
hablar. Se sentían un poco cohibidas. Pero una
vez que se animaban, ya no había manera de
pararlas. En el fondo, a las mujeres les encanta
hablar de sus vaginas. Se las ve ilusionadísimas,
sobre todo porque hasta entonces nadie les ha
preguntado.
Pero antes que nada, empecemos por la
palabra «vagina». En el mejor de los casos,
suena a una infección, puede que a un utensilio
médico: “Rápido, enfermera, tráigame la
vagina.» «Vagina.» «Vagina.» Por muchas veces
que la digas, nunca suena como una palabra que
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quieras decir. Es una palabra totalmente ridícula,
absolutamente anti erótica. Si la dices durante el
acto sexual, queriendo ser políticamente
correcta –
«Cariño, ¿Podrías acariciarme la vagina?»,
acabas con el acto en ese mismo instante. Estoy
preocupada por las vaginas, por cómo las
llamamos y por cómo no las llamamos. En CDMX
(Ciudad de México), la llaman «conejito». Una
mujer de allí me contó que su madre solía decirle:
«No te pongas calzones debajo del pijama, cielo.
Tienes que dejar que se te airee el conejito. En
Veracruz le dicen “burro”, en Oaxaca “tamal”,
También está “torta”, “Bolillo”, “Chango”, “Mono”,
“Pepa”, “Pepita”, “Oso”, “Higo”, “Amapola”, Mi
abuela materna le decía “Dignidad”, mi abuelita
paterna le decía “virtud”. “papaya”, “almeja”,
“W in”, “Peluche”, “Cueva”,
“Mango”, “Verija”, “Cucaracha”, “Cuca”,
“Cuquita”, “Mimí”, en
Guadalajara le dicen “torta ahogada”, en
Puebla, “Cemita” y en Zacapoaxtla… Tayoyo.
Estoy preocupada por las vaginas.
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Presentación del Vello
Algunos de los monólogos son transcripciones
casi literales de las entrevistas) otros son una
combinación de varias entrevistas y en otros
simplemente partí de una entrevista y me dejé
llevar por la inspiración. He dejado este
monólogo prácticamente tal como lo escuché. El
tema, sin embargo, surgió en todas las
entrevistas, y a menudo estaba a flor de piel.
Este tema es…
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Monólogo 4: El vello (Mujer casada)
No puedes amar una vagina si no amas el vello.
Mucha gente no ama el vello. Mi primer y único
marido odiaba el vello. Decía que era una sucia
maraña. Me hizo afeitar la vagina. Se veía
hinchada y desprotegida, como la de una niña
pequeña. Eso excitaba a mi marido. Cuando me
hacía el amor, mi vagina tenía el tacto que
supongo debe de tener una barba. Daba gusto
frotarla y también dolía. Como rascarse una
picadura de mosquito. Ardía. Se llenó de
bultitos rojos que escocían a rabiar. Me negué a
afeitármela otra vez. Entonces… mi marido… ¡Me
fue infiel con otra! Fuimos a una terapia
matrimonial y él dijo que se acostaba con otras
porque yo no quería complacerlo en la cama. Me
negaba a afeitarme la vagina. La terapeuta tenía
un fuerte acento chilango y tomaba mi mano para
mostrar su empatía. Me preguntó que “por qué no
quería complacer a ui marido”. Yo le dije que me
sentía rara. Casi no sentía nada sin mi vello ahí
abajo, y no podía evitar hablar como un bebé y,
además, se me irritaba la piel y ni siquiera la
pomada de la campana me aliviaba el picor. Ella
me dijo que “el matrimonio es compromiso”. Yo le
pregunté si afeitarme la vagina haría que él
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dejara de cogerse a otras. Le pregunté si había
tenido muchos casos como el nuestro. Me dijo
que “las preguntas diluían el proceso”, que yo
tenía que dar el salto, que estaba segura de que
era un buen comienzo. Esta vez, cuando volvimos
a casa, le dejé que me afeitara la vagina. Era
como una especie de premio por la terapia.
Empezó a recortar el vello y una gota de sangre
manchó la bañera. Él ni siquiera se dio cuenta,
estaba demasiado enfrascado afeitándome.
Luego, mientras mi marido se apretaba contra
mí, podía sentir su pinchosa puntiagudez
clavándose dentro de mí, refregándose contra mi
vagina desnuda e hinchada. No tenía ninguna
protección, no había nada mullido y suave.
Entonces comprendí que tenemos vello ahí por
una razón... es como la hoja alrededor de la flor,
como el césped que rodea la casa. Tienes que
amar el vello para poder amar la vagina. No
puedes escoger las partes que quieres. Y
además, mi marido ¡nunca dejó de acostarse con
otras!
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Intermedio
Les hice las mismas preguntas a todas las
mujeres que entrevisté y después escogí las
respuestas que más me gustaron. Aunque debo
deciros que nunca he escuchado una respuesta
que no me encantara. Les pregunté a las
mujeres:
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Si tu vagina se vistiera, ¿Qué prenda se
pondría?
Una chaqueta de cuero.
Medias de seda.
Un camisón bordado.
Un boa de plumas rosas de ganso.
Un esmoquin de hombre.
Pantalones de mezclilla.
Faldita corta de colegiala.
Esmeraldas.
Un traje de
noche.
Lentejuelas.
Sólo Armani.
Un tutú.
Ropa interior negra
transparente.
Un traje de china poblana.
Una hoja de nogal
solamente.
Un antifaz.
Un pijama de terciopelo
morado.
Angora.
Un lazo rojo.
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Armiño y perlas.
Un sombrero grande lleno
de flores.
Un sombrero de piel de
leopardo.
Un quimono de
seda.
Una boina.
Pantalones de
chándal.
Un tatuaje.
Un dispositivo de descarga eléctrica para
mantener alejadosa los extraños.
Tacones altos.
Encaje y unas botas de
combate.
Solo algodón.
Un bikini.
Un impermeable.
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Si tu vagina pudiera hablar, ¿Qué diría, en
dos palabras?
Más despacio.
¿Eres tú?
Dame de comer.
Yo quiero.
Ñam Ñam.
Oh, sí.
Otra vez.
Ahí no.
Lámeme. Quédate en casa.
Qué valiente
Piénsalo bien.
Más, porfa.
Anda, abrázame.
Vamos a jugar.
No pares.
Más, más.
¿Me recuerdas?
Pasa, pasa.
Todavía no.
Madre mía.
Sí sí.
Dame marcha.
Dios mío.
Gracias a Dios.
Estoy aquí.
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Manos a la obra.
En marcha.
Encuéntrame.
Demasiado fuerte.
No te rindas.
¿El compadre?
Mejor así.
Sí, ahí. Ahí.
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Presentación: Cuando una mujer se moja…
Entrevisté a un grupo de mujeres cuyas edades
oscilaban entre los sesenta y cinco y los setenta
y cinco años. Estas entrevistas fueron las más
conmovedoras de todas, posiblemente porque a
muchas de las mujeres nunca les habían hecho
una entrevista sobre vaginas hasta entonces.
Por desgracia, la mayor parte de las mujeres de
este grupo de edad tenía muy poca relación
consciente con su vagina. Me sentí muy
afortunada por haberme criado en la época
feminista. Una mujer que tenía setenta y dos
años ni siquiera se había visto nunca la vagina.
Sólo se había tocado para lavarse mientras se
duchaba, pero nunca con una intención
consciente. Jamás había tenido un orgasmo. A
los setenta y dos años de edad empezó una
terapia y, alentada por su terapeuta, una tarde
volvió a su casa, encendió unas velas, se
preparó un baño, puso música suave y
descubrió su vagina. Dijo que le llevó más de
una hora, porque a su edadya estaba artrítica,
pero cuando finalmente se encontró el clítoris,
rompió a llorar. El siguiente monólogo está
dedicadoa ella.
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Monólogo 5: La inundación (Mujer enojada)
¿Ahí abajo? No he estado ahí abajo desde 1953.
Qué va, no tuvo nada que ver con la muerte de
Pedro Infante. No, no, lo de ahí abajo es un
sótano. Es muy húmedo, mohoso y frío. No
quieres bajar ahí. Créeme. Te entrarían ganas de
vomitar. Es asfixiante. Absolutamente
nauseabundo. Con ese tufo a humedad y a moho
y a todo lo demás. ¡Uf! No hay quien aguante la
peste que echa. Se te pega a la ropa.
No, no hubo ningún accidente ahí abajo. No es
que explotara ni se incendiara ni nada por el
estilo. No fue tan dramático como eso. Quiero
decir que... bueno, da igual. No. Da igual. No
puedo hablar contigo de esto. ¿Qué hace una
chica lista como tú yendo por ahí para hablar con
señoras mayores de eso de ahí abajo? No
hacíamos ese tipo de cosas cuando yo era joven.
¿Cómo dices? ¡Y dale! Está bien, como quieras.
Había un chico, Rafa Landero. Era muy mono...
bueno, a mí me lo parecía. Era alto, como yo, y
estaba colada por él. Me invitó a salir, a dar una
vuelta en su coche...
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No puedo contarte esto. No puedo hacerlo, no
puedo hablar de ahí abajo. Simplemente sabes
que está ahí y punto. Como el sótano. A veces se
oyen ruidos que resuenan ahí abajo. Oyes las
cañerías, y las cosas quedan atascadas ahí,
animalitos pequeños y trastos, y se moja todo, y
a veces tiene que venir alguien a tapar las
goteras. Aparte de eso, la puerta siempre está
cerrada. Te olvidas de que existe. Me refiero a
que es parte de la casa, pero no la ves ni
piensas en ella. Eso sí, tiene que estar ahí
porque toda casa necesita un sótano. Si no, el
dormitorio estaría en el sótano.
Ah, sí, Rafita, Rafa Landero. De acuerdo. Rafa
era muy guapo. Era una perita en dulce. Así era
como le decíamos en mis tiempos. Estábamos los
dos en su coche, un flamante Chevrolet Bel Air
blanco. Recuerdo que pensé que mis piernas
eran demasiado largas para el asiento. Tengo las
piernas largas. Me topaban contra el salpicadero.
Yo estaba mirando mis grandes rodillas cuando
él, de repente, me besó en plan «chico toma a
chica», como hacen en las pelis.
Yo me excité mucho, me excité muchísimo y,
bueno, hubo una inundación ahí abajo. No podía
controlarla. Era como la fuerza de la pasión,
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como un río de vida que salía de mí a raudales,
empapándome los calzones y mojando el
asiento del reluciente Chevrolet Bel Air blanco de
Rafa. No era pipí y olía bastante... bueno,
francamente, en realidad a mí no me pareció que
oliera a nada, pero él dijo... Rafa dijo que olía a
leche agria y que le estaba manchando el
asiento de su coche. Me dijo que era «un bicho
raro apestoso». Quise explicarle que su beso me
había cogido desprevenida, queyo normalmente
no era así. Intenté limpiar la inundación con mi
vestido.
Era un vestido nuevo de color amarillo pálido, y
se me quedó hecho un asco, todo manchado de
la inundación. Rafa me llevó a casa y no me
dirigió la palabra ni una sola vez en todo el
camino y cuando me bajé y cerré la puerta de su
coche, cerré la tienda entera. La cerré a piedra y
lodo. Nunca volví a abrirla. Salí con algunos
chicos después de aquello, pero la idea de tener
otra inundación me ponía demasiado nerviosa.
Ni siquiera volví a acercarme nunca más a nadie.
Solía tener sueños, sueños disparatados. Oh, son
bobadas. ¿Por qué? Rogelio Guerra. No sé por
qué. Nunca me hizo mucha gracia en la vida real,
pero en mis sueños... siempre estaba Rogelio.
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Siempre era el mismo sueño, más o menos.
Estábamos juntos. Rogelio y yo. En uno de esos
restaurantes como los que ves en Polanco, un
local enorme, con luces de araña y adornos y
miles de camareros con chalecos. Rogelio me
regalaba una orquídea. Yo me la prendía en la
chaqueta. Nos reíamos. Comíamos un pastel de
chocolate fino. Nos reíamos más. Éramos muy
felices juntos. Después Roge me miraba a los
ojos y me atraía hacia él en medio del restaurante
y entonces, cuando estaba a punto de besarme,
la habitación empezaba a temblar, unas palomas
salían volando de debajo de la mesa –no sé qué
hacían esas palomas allí– y comenzaba la
inundación ahí abajo. Manaba de mí a chorros.
Brotaba y brotaba como un torrente imparable y
había pececillos en él y también barquitas. El
restaurante entero iba llenándose de agua, y
Roge estaba ahí de pie, cubierto hasta las rodillas
en mi inundación, mirándome con expresión
terriblemente decepcionada por haber vuelto a
hacerlo, horrorizado mientras veía a sus amigos –
Mauricio Garcés y pandilla– pasar nadando junto
a nosotros vestidos con sus esmóquines y trajes
de fiesta.
Ya no tengo esos sueños. No desde que me
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sacaron prácticamente todo lo relacionado con
ahí abajo. Me vaciaron, me quitaron el útero, las
tuberías, toda la instalación. El médico creyó que
estaba siendo gracioso. Me dijo: Si no lo usa, lo
pierde. Pero resultó ser un cáncer. Hubo que
quitar todo lo que estaba a su alrededor. De todas
maneras, ¿Quién lo necesita? ¿Verdad? Está
sobrevalorado.
He hecho otras cosas. Me encantan las
exposiciones caninas. Vendo antigüedades.
¿Qué, qué prenda se pondría si se vistiera? ¿Qué
clase de pregunta es ésa? ¿Qué se pondría? Se
pondría un cartel enorme: «Cerrado por
inundación. » ¿Que qué diría? Ya te lo he
explicado, la mía no es así. No es como una
persona que habla. Hace mucho tiempo que dejó
de ser algo que hablara. Es un sitio. Un sitio al
que no vas. Está cerrado, debajo de la casa. Está
ahí abajo. ¿Contenta? Me has hecho hablar... has
conseguido que te lo cuente. Has conseguido
que una señora mayor hable de su «ahí abajo».
¿Ya estás satisfecha? (Se da media vuelta para
marcharse. Se gira.) ¿Sabes?, en realidad eres
la primera persona a la que le he hablado de
esto, y la verdad es que me siento un poco
mejor.
29
Presentación: la menstruación
Entrevisté a muchas mujeres sobre el tema de
la menstruación. Empezó a ocurrir algo así como
un fenómeno coral) una especie de canto
colectivo salvaje. Las mujeres se hacían eco
unas a otras. Dejé que las voces fluyeran entre sí
hasta formar un río de sangre. Me perdí en la
sangre.
30
Monólogo 6. La regla
(compilación de pequeñas historias)
Sexto año, once años, mi hermano estaba
hablando de la regla. No me gustaba la manera
en que se reía. Fui hasta donde estaba mi
madre y le pregunté: ¿Qué es una regla? ¡Una
que! Niña, que cosas dices… Una regla, una
regla es una cosa que sirve para medir y para
dibujar líneas rectas, me contestó muy enojada.
Mi único contacto paterno era mi Tio Will,
cuando salió del closet se marchó a San
Francisco, dejándome sola en espera de mi
primera menstruación… pero me dejó
preparada con la información necesaria. El día
que se reconcilio con la abuela, fui yo a
recogerlo al aeropuerto, con una mano
sostenía una pancarta de bienvenida y con la
otra un paquete de toallas sanitarias y gritaba
¡Tío Will, he comenzado a menstruar! Yo tenía
12 años.
Cuando comencé a menstruar le pedí a mi
madre guardara el secreto, en especial de mi
31
padre y mis hermanos… Pero al día siguiente
mi padre me regaló una postal que decía: “Para
mi nena pequeña, que ya dejó de ser pequeña”
Estaba aterrada, muerta de pena. ¡Y mi madre
por medio Aurrerá enseñándome toda la gama
de toallas sanitarias! Y gritando a los 4 vientos,
¡Cómo debía utilizarlas!
13 años, esperé a que mamá llegara del trabajo
para contarle que había tenido mi primera regla
durante la escuela y que me habían llevado a
enfermería para darme el curso intensivo para
señoritas… Cuando le conté me dijo ¡Ah que
bien! Y continuó hablando por teléfono…
Primer año de preparatoria, primer día de
clases, todas mis contemporáneas habían
empezado años atrás… Yo; super relajada,
hasta ese día, mi primer día de clases:
¡Señorita, se puede presentar! Me levanto, y
siento correr un calor entre las piernas, las
carcajadas confirmaron el inicio.
Tenía diez años y ninguna preparación sobre el
tema. Porquería rojiza en los calzones…
Estaba en quinto grado… La maestra Julieta,
32
me jaló fuerte de las orejas, y me llevó al baño.
¡Chamaca puerca! ¡Que no sabes que si ya vas
a ser mujer debes andar trayendo un trapito!
Cochina, asquerosa (Se derrumba llorando)
¡Cólicos!
33
Presentación: Nos lo contaron ayer (Mujer
lugareña)
Hemos llegado apenas ayer, el lugar es muy
bonito. Sentadas todavía al atardecer en uno de
los portales de la plaza, nos interrumpió una mujer,
bajita… con cierta intriga se acercó hasta el lado
de la mesa donde me encontraba… ustedes son
las de los monólogos… preguntó.
Respondí que sí, la invité a sentarse… no quiso
hacerlo pero nos pidió caminar por la plaza… nos
contó una historia, su historia… Dice que su
corazón se cura cada que la cuenta…
Si estas en este lugar, querida amiga lugareña,
este monólogo es un homenaje a ti.
34
Monólogo 7: Nos lo contaron ayer (Mujer
lugareña)
Mamá murió cuando era muy niñaMe dejó a mis tres
hermanitas…
Yo tenía 9 años…
Me gustaba trabajar en la finca.
Pero por las tardes cuando regresaba a casa mi papá
me revisaba la verija… decía que era para ver si no me
habían hecho algo malo…
Pero metía sin titubear sus dedos… yo me quedaba
paralizada…
El la olía, como perro cuando le pones carne…
Me quedaba muda… yo creo que desde entonces
me volví muy callada.
Llegaron mis once años, mis once malditos años.
Mipatrona en la finca me regaló un vestido azul…
Como cada tarde el me revisó… sus dedos salieron
llenos desangre…
Me dijo que ya era mujer… y me hizo su
mujer.
Deje de hablar por siete años.
Sin hablar, sin llorar… siendo la mujer de mi padre…
Tuve una niña, yo no la quería mucho… pero me han
estadoenseñando a hacerlo unas personas que me
rescataron.
Por eso me atrevo a contarles esto… mi hijita y yo,
tenemosal igual, sencillamente, nomás… una vagina.
35
Presentación de: Betty Dodson
En el transcurso de mis entrevistas conocí a
nueve mujeres que tuvieron su primer orgasmo
estando exactamente en el mismo sitio. Eran
mujeres cuyas edades rondaban entre los treinta
y tantos y los cuarenta y pocos años. Todas
ellas habían participado, en épocas diferentes, en
uno de los grupos dirigidos por Betty Dodson,
una mujer valiente y extraordinaria. Betty lleva
veinticinco años ayudando a las mujeres a
localizar, amar y masturbar sus vaginas. Ha
dirigido grupos y ha trabajado individualmente
con mujeres. Ha ayudado a miles de mujeres a
reivindicar el centro de su ser. El siguiente
fragmento es para ella.
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Monólogo 8: Taller sobre la vagina (Mujer
inglesa)
Mi vagina es una concha, una tierna concha
rosada redonda, que se abre y se cierra, se abre
y se cierra. Mi vagina es una flor, un tulipán
excéntrico, con el centro hondo y profundo, aroma
delicado y pétalos suaves pero resistentes.
Eso no lo había sabido siempre. Lo aprendí en
el taller sobre la vagina. Lo aprendí de una
mujer que dirige el taller sobre la vagina, una
mujer que cree en las vaginas, que realmente ve
las vaginas, que ayuda a las mujeres a ver sus
propias vaginas viendo las vaginas de otras
mujeres. En la primera sesión, la mujer que
dirigía el taller sobre la vagina nos pidió que
hiciéramos un dibujo de nuestra «singular,
bellísima y fabulosa vagina.»
Así es como la llamó. Quería saber qué visión
teníamos de nuestra singular, bellísima y fabulosa
vagina cada una de nosotras. Una mujer que
estaba embarazada dibujó una gran boca roja
que chillaba y echaba monedas. Otra mujer, muy
delgada, pintó una bandeja grande con una
especie de dibujo de Frida Kahlo. Yo dibujé un
punto negro enorme con rayitas serpenteantes a
37
su alrededor. El punto negro equivalía a un
agujero negro en el espacio, y las rayas
serpenteantes representaban a personas o cosas
o simplemente átomos básicos que se perdían
allí. Siempre había pensado en mi vagina como
un vacío anatómico que absorbía al azar
partículas y objetos del entorno.
Siempre había percibido mi vagina como una
entidad independiente, girando como un astro en
su propia galaxia, que ardía hasta finalmente
consumirse en su propia energía gaseosa o hasta
explotar y desintegrarse en miles de vaginas más
pequeñas, que a su vez empezaban a girar todas
ellas en sus respectivas galaxias.
No pensaba en mi vagina en términos prácticos o
biológicos. No la veía, por ejemplo, como una
parte de mi cuerpo, como algo entre mis piernas,
ligado a mí.
En el taller se nos pidió que nos miráramos la
vagina con un espejo de mano. Después, tras un
examen minucioso, teníamos que explicar a las
demás mujeres del grupo lo que habíamos visto.
Debo deciros que hasta ese momento, todo lo
38
que sabía sobre mi vagina se basaba en
habladurías o en invenciones. Jamás había visto
realmente la cosa de verdad. Nunca se me había
ocurrido mirarla. Mi vagina existía para mí en un
plano más bien abstracto. Me parecía muy
reduccionista y embarazoso mirarla, tumbarse en
el suelo como hacíamos en el taller, sobre
nuestras relucientes colchonetas azules, con
nuestros espejos de mano.
Me recordaba a cómo debieron de sentirse los
primeros astrónomos con sus rudimentarios
telescopios primitivos. Al principio la encontré
bastante inquietante, a mi vagina. Como la
primera vez que ves un pescado abierto por la
mitad y descubres ese otro complejo mundo
sangriento de dentro, justo debajo de la piel. Se
veía tan en carne viva, tan roja, tan fresca. Y lo
que más me sorprendió fueron todas las capas.
Capas dentro de capas, que se abrían en más
capas. Mi vagina, como un acontecimiento
místico que despliega un aspecto tras otro de sí
mismo, lo cual en realidad es un acontecimiento
en sí mismo, pero sólo lo sabes después del
acontecimiento. Mi vagina me dejó asombrada.
Fui incapaz de hablar cuando me llegó el turno
en el taller. No tenía palabras.
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Estaba hechizada, había descubierto lo que la
mujer que dirigía el taller llamaba «la maravilla
vaginal». Sólo quería seguir ahí tumbada en mi
colchoneta, con las piernas extendidas,
examinándome la vagina eternamente.
Era mejor que el Gran Cañón del Sumidero,
ancestral y llena de armonía. Tenía la inocencia y
la frescura de un auténtico jardín de Xochimilco.
Era graciosa, graciosísima. Me hacía reír. Podía
esconderse y aparecer de nuevo como si jugara
al escondite, podía abrirse y cerrarse. Era una
boca. Era la mañana. Y en ese momento se me
ocurrió que era yo, que mi vagina era lo que yo
era. No era una entidad. Estaba dentro de mí.
Entonces la mujer que dirigía el taller preguntó
que cuántas de las que estábamos allí habíamos
tenido orgasmos. Dos mujeres levantaron
tímidamente la mano. Yo no la levanté, pero sí
que había tenido orgasmos. No levanté la mano
porque mis orgasmos eran accidentales.
Simplemente me venían, me ocurrían. Me
ocurrían mientras soñaba, y luego me despertaba
en la gloria. Me ocurrían mucho en el agua, sobre
todo en la bañera. Me ocurrían montando a
caballo, yendo en bicicleta, en la cinta andadora
del gimnasio. No levanté la mano porque
40
aunque había tenido orgasmos, no sabía cómo
tener uno. Nunca había intentado tener uno.
Pensaba que era una cosa mística, mágica. No
quería interferir. Sentía que no estaba bien hacer
algo para tener uno... que era artificioso, forzado.
Como actuar en una película de Hollywood.
Orgasmos obtenidos por fórmula magistral. La
sorpresa desaparecería y tambiénel misterio. El
problema, claro está, era que hacía dos años
que la sorpresa no había vuelto a aparecer.
Llevaba mucho tiempo sin tener un orgasmo
accidental mágico, y estaba desesperada. Por
eso había acudido a ese taller.
Y entonces llegó el momento que tanto había
temido y anhelado secretamente. La mujer que
dirigía el taller nos pidió que volviéramos a
coger nuestros espejos de mano y que
intentáramos localizar nuestro clítoris. Ahí
estábamos, todo un grupo de mujeres tumbadas
boca arriba, en nuestras colchonetas, buscando
nuestros puntos, nuestro núcleo, nuestra razón, y
de pronto, no sé por qué, me eché a llorar.
Quizá fue por pura vergüenza. Quizá fue por
saber que tenía que renunciar a la fantasía, a la
enorme y devastadora fantasía de que alguien o
algo lo haría por mí... la fantasía de que alguien
41
vendría a guiar mi vida, a escoger la dirección,
a darme orgasmos. Estaba acostumbrada a
vivir al margen de las pautas establecidas, de una
manera mágica, supersticiosa. Eso de buscar el
clítoris, esa majadería de taller con nosotras
tendidas sobre relucientes colchonetas azules,
estaba convirtiendo todo el asunto en algo real,
demasiado real. Sentí que me invadía el pánico.
El terror y a la vez la constatación de que había
evitado encontrar mi clítoris, de que lo había
racionalizado como algo convencional y
consumista porque, en realidad, me aterraba la
idea de no tener clítoris, de ser una de esas
mujeres fisiológicamente incapacitadas, una de
esas frígidas, muertas, clausuradas, resecas, con
sabor a albaricoque, amargas...
¡Oh, Dios mío! Seguí ahí tendida buscando mi
punto con el espejo, tocándome con los dedos, y
lo único en lo que podía pensar era en cuando
tenía diez años y perdí mi anillo de oro con
esmeraldas en un lago, en cómo buceé una y otra
vez buscándolo en el fondo del lago, deslizando
las manos entre piedras, peces, tapones de
botella y trastos cenagosos, sin lograr encontrar
mi anillo. En el pánico que sentí. Sabía que me
castigarían. No debería haberme bañado con él.
42
La mujer que dirigía el taller vio mis febriles
esfuerzos, mis sudores, mi respiración
entrecortada. Se me acercó. Le dije:
«He perdido mi clítoris. Se ha esfumado.
No debería haberme bañado con él.» La mujer
que dirigía el taller se rio. Me acarició la frente con
calma. Me dijo que mi clítoris no era algo que
pudiera perder. Era yo misma, la esencia de mi
ser. Era el timbre de mi casa a la vez que la
casa en sí. No tenía que encontrarlo.
Tenía que serlo. Serlo. Ser mi vagina. Me tendí
de nuevo y cerré los ojos. Dejé el espejo en el
suelo. Me contemplé flotar sobre mí misma. Me
contemplé mientras empezaba a acercarme
lentamente a mí misma y a re adentrarme. Me
sentía como una astronauta re adentrándose en
la atmósfera de la Tierra. Era un regreso muy
silencioso, silencioso y suave. Reboté y aterricé,
aterricé y reboté. Entré en mis propios músculos,
en mi sangre, en mis células, y entonces me
deslicé sin más dentro de mi vagina.
De repente resultaba fácil y yo cabía. Me sentía
cálida y palpitante y dispuesta y joven y viva. Y
entonces, sin mirar, con los ojos aún cerrados,
puse el dedo sobre lo que de repente se había
convertido en mí. Al principio sentí un pequeño
43
aleteo vibrante, que me impulsó a quedarme.
Entonces el vibrante aleteo se convirtió en un
temblor, en una erupción, y las capas se dividían
y subdividían. El temblor fue creciendo hasta
abrirse a un horizonte ancestral de luz y silencio,
que a su vez se abrió a una dimensión de música
y colores, de inocencia y anhelo, y me sentí
vinculada, conectada a un vínculo poderoso
mientras me retorcía sobre mi pequeña
colchoneta azul.
Mi vagina es una concha, un tulipán y un destino.
Estoy llegando al mismo tiempo que empiezo a
marcharme. Mi vagina, mi vagina, yo.
44
Presentación: Mi Vagina era mi aldea
En los años ochenta, en el norte del estado de Puebla, se desató
una guerra silenciosa pero muy vil y sanguinaria. En esos años,
un movimiento socialista - COMUNISTA invadió territorios
indígenas de las zonas de Olintla, Huehuetla y otros municipios
aledaños. El ejercito militar se instaló en varias comunidades
para tratar de disolver estas pequeñas revueltas. Una mañana,
las hermanas Juana, María y Guillermina de una comunidad de
Olintla, caminaban por un paso de terracería hacia un poblado
cercano. Pero fueron interceptadas por los soldados, quienes las
privaron de su libertad de manera ilegal por horas… Tiempo en
el que fueron golpeadas, violadas y torturadas… Al momento de
los hechos Guillermina tenía 12 años, María 16 y Juana 19…
A más de 25 años de estos hechos, hoy el estado mexicano
ofrece una disculpa pública a estas mujeres indígenas.
La convención americana sobre Derechos humanos calificó la
tortura sexual sufrida por las mujeres como “una de las formas
más aberrantes de un sistema patriarcal” que debe ser
erradicado y que se vuelve aún más grave cuando deriva del
ejercicio de funcionarios públicos. Por su parte el gobierno
mexicano aseguró que estos hechos se dieron en un contexto en
que el ejército mexicano amedrentaba a la población por sus
nexos con ideales socialistas o comunistas.
El siguiente monólogo, es para ellas, para todas
las mujeres violentadas sexualmente en
contextos políticos, de guerra o sociales
Con ustedes: MI VAGINA ERA MI ALDEA
45
Monólogo 8: Mi vagina era mi aldea (Mujer
violada)
Mi vagina era verde, praderas de un suave
rosado acuoso, una vaca mugiendo, sol, siesta,
novio cariñoso rozándome con una suave brizna
de paja dorada.
Hay algo entre mis piernas. No sé qué es. No sé
dónde está. No lo toco. Ahora no. Ya no. No
desde entonces.
Mi vagina era parlanchina, no podía esperar, no
podía esperar tanto, tanto hablar, palabras que
hablaban, no podía dejar de intentarlo, no podía
dejar de decir «Oh, sí. Oh, sí».
No desde que sueño que tengo un animal muerto
cosido ahí dentro con hilo de pescar negro y
grueso. Y no puedo desprenderme del apestoso
olor a animal muerto. Y tiene un tajo en el cuello y
sangra tanto que me empapa todos mis vestidos
de verano.
Mi vagina cantando todas las canciones de
chicas, todas las canciones en las que suenan
cencerros de cabras, todas las canciones de
praderas de otoños silvestres, canciones de
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vaginas, canciones natales de vaginas.
No desde que los soldados me metieron un rifle
largo y grueso ahí dentro. Qué frío está, con el
cañón de acero que me anula el corazón. No sé
si van a dispararlo o a clavármelo más adentro
hasta atravesar mi cerebro que da vueltas como
un trompo. Seis de ellos, médicos monstruosos
con máscaras negras que también me penetran
con botellas. Y con varas y el palo de una
escoba.
Mi vagina nadando en el agua del río, agua
cristalina fluyendo sobre piedras secadas al sol,
sobre piedras clítoris, sobre clítoris piedras,
fluyendo hasta el infinito.
No desde que oí cómo se me desgarraba la
carne y hacía ruidos chirriantes de limón, no
desde que un trozo de mi vagina se me cayó en
la mano, una parte del labio. Ahora me he
quedado sin un lado del labio. Mi vagina. Una
aldea de agua, mojada y viva.
Mi vagina, mi aldea natal.
47
No desde que se turnaron durante horas que
parecieron días, apestando a heces y a carne
ahumada, dejando su asqueroso semen dentro
de mí. Me convertí en un río de veneno y pus, y
todas las cosechas se murieron y también los
peces.
Mi vagina, una aldea de agua, mojada y viva. La
invadieron. La masacraron y la quemaron. Ahora
no la toco. No la visito. Ahora vivo en otra parte.
No sé dónde.
48
Monólogo 9: Verdades sobre la vagina (Mujer
científica)
En el siglo XIX, a las niñas que aprendían a
desarrollar su capacidad orgásmica
masturbándose se las consideraba un caso
clínico. A menudo se las «trataba» o «corregía»
mediante la amputación o cauterización del
clítoris, o con «cinturones de castidad en
miniatura», o cosiendo los labios vaginales para
impedir el acceso al clítoris, e incluso se llegaba
a la castración mediante la extirpación quirúrgica
de los ovarios. Pero no se encuentra ninguna
referencia en la literatura médica a la extirpación
quirúrgica de testículos ni a la amputación del
pene para impedir que los niños se mas turbaran.
En Estados Unidos, la última clitoridectomía de
la que se tiene constancia realizada para curar la
masturbación se practicó en 1948... A una niña
de cinco años.
The Woman’s Encyclopedia of Myths and Secret
Entre ochenta millones y cien millones de niñas,
y muchachas han sido sometidas a la mutilación
genital. En los países donde se realiza esta
práctica, en su mayor parte africanos, alrededor
49
de dos millones de chicas al año están expuestas
a que les corten el clítoris o se lo extirpen por
completo con una navaja –o una cuchilla o un
fragmento de vidrio–, [y] a que una parte o la
totalidad de sus labios vaginales (...) sean
cosidos entre sí con cordel de tripa o con espinas.
La operación a menudo se embellece
denominándola «circuncisión». La especialista
africana Nahid Toubia lo explica lisa y llanamente:
La práctica equivalente en un hombre abarcaría
desde la amputación de la mayor parte del pene
hasta «la extirpación de todo el pene, sus
raíces de tejido blando y parte de la piel escrotal».
Entre las secuelas a corto plazo se cuentan el
tétanos, septicemia, hemorragias, cortes en la
uretra, en la vejiga, en las paredes vaginales y en
el esfínter anal. A largo plazo: Infección uterina
crónica, cicatrices extensas que pueden dificultar
de por vida el caminar, formación de fístulas,
aumento desmesurado del dolor y peligro durante
el parto, y muertes prematuras.
The New York Times 12 de Abril de 1996.
50
¿A qué huele una vagina?
A tierra.
A basura
mojada.
A Dios.
A agua.
A una mañana
resplandeciente.
A profundidad.
A Shampoo para bebé.
A sudor.
Depende.
A chicle de menta.
No huele a nada, según me han dicho.
A piña.
A gel antibacterial.
A papaya.
A carnita asada.
A canela y clavo.
A rosas.
A bosque de jazmín.
A musgo húmedo.
A caramelos buenísimos.
A Victoria.
A una mezcla entre pescado y lilas.
A durazno.
A fruta madura.
51
A chavito de 20 años (mayor de edad, he)
A pescado.
Al cielo.
A licor dulce y suave.
A queso.
A mar.
A sexy.
A mí.
52
Presentación: La mujer que le encantaba
hacer felices a las vaginas.
Cierto día llegó a la oficina de redacción de los
monólogos de la vagina, esta historia, de
inmediato nos pusimos en contacto con su
protagonista, tuvimos una charla muy larga y
tendida. Sin más presentación: “La mujer que
encantaba hacer felices a las vaginas.
53
Monólogo 10: La mujer a la que le
encantaba hacer felices a las vaginas (Mujer
inteligente)
Me encantan las vaginas. Me encantan las
mujeres. No las veo como cosas separadas. Las
mujeres me pagan para que las domine, para
que las excite, para que las haga correrse. Yo no
empecé haciendo esto: No, qué va: Empecé
siendo abogada. Pero cuando tenía treinta y
tantos años me obsesioné con hacer felices a las
mujeres. Había tantas mujeres insatisfechas,
tantísimas mujeres que no tenían acceso alguno
a su felicidad sexual... Empezó como una especie
de misión, pero entonces me impliqué en ella. Se
me daba muy bien, acabé siendo muy buena
haciéndolo, yo diría que brillante. Era mi arte.
Empezaron a pagarme por hacerlo. Era como si
hubiera encontrado mi verdadera vocación.
Entonces el derecho fiscal me pareció completa
mente aburrido e insignificante; los gemidos
fueron lo que realmente me sedujeron y me
hicieron adicta a hacer felices a las mujeres. De
niña, cuando veía a las mujeres hacer el amor
en las películas dejando escapar extraños
gemidos orgásmicos, me daba por reír. Me ponía
extrañamente histérica. No podía creer que
54
sonidos potentes, escandalosos e indómitos
como ésos salieran de las mujeres.
Anhelaba gemir. Practicaba delante del espejo,
con una grabadora, gimiendo en diversos tonos,
con diversas entonaciones, a veces con
inflexiones muy operísticas, a veces con una
inflexión más reservada, casi contenida. Pero
cuando rebobinaba y escuchaba la cinta, siempre
sonaba a fingido. Era fingido. En realidad no
estaba enraizado en nada sexual, sólo en mi
deseo de ser sexual.
Pero una vez, cuando tenía diez años, iba en
coche y tenía muchísimas ganas de hacer pis.
El viaje duró casi una hora más y cuando por
fin pude hacer pis en una gasolinera sucia y
pequeña, fue tan excitante que gemí. Gemí
mientras hacía pis. No me lo podía creer: Yo,
gimiendo en una estación de servicio de Papantla
perdida en algún lugar en medio de Veracruz.
Fue precisamente entonces cuando comprendí
que los gemidos están relacionados con no
conseguir en seguidalo que quieres, con retardar
las cosas, con dilatarlas. Me di cuenta de que
los gemidos eran mejores cuando te cogían por
sorpresa; salían de esa misteriosa parte oculta de
55
ti que hablaba su propio lenguaje. Comprendí
que los gemidos eran, de hecho, ese lenguaje.
Me convertí en una gemidora. Eso ponía
ansiosos a la mayoría de los hombres.
Francamente, les aterraba. Yo gemía con fuerza
y ellos no podían concentrarse en lo que estaban
haciendo. Se distraían, perdían la atención... y
entonces lo perdían todo. No podíamos hacer el
amor en las casas de la gente. Las paredes eran
demasiado delgadas. Acabé teniendo mala fama
en mi edificio, y la gente me miraba con
desprecio en el ascensor. Los hombres
pensaban que era demasiado vehemente; otros
me decían que estaba chiflada. Empecé a
sentirme mal por gemir. Me volví callada y
modosa. Hundía la cara en la almohada para no
hacer ruido. Aprendí a tragarme mis gemidos, a
contenerlos como un estornudo. Empecé a tener
dolores de cabeza y a sufrir trastornos
provocados por el estrés. Casi había perdido las
esperanzas cuando descubrí a las mujeres.
Descubrí que a la mayoría de las mujeres les
encantaban mis gemidos... pero lo que era aún
más importante, descubrí lo mucho que me
excitaba cuando otras mujeres gemían, cuando
yo podía hacer gemir a otras mujeres.
56
Se convirtió en una especie de pasión para mí.
Descubrir la clave, encontrar la llave que abría la
boca de la vagina, que daba rienda suelta a su
voz, a esa canción salvaje.
Hice el amor con mujeres silenciosas y encontré
ese lugar dentro de ellas, y se escandalizaron a
sí mismas con sus gemidos. Hice el amor con
gemidoras y hallaron un gemido más profundo,
más penetrante. Me obsesioné. Anhelaba hacer
gemir a las mujeres, estar al mando, como la
directora de una orquesta, quizá, o de una banda
de música.
Era como una especie de cirugía, algo así como
una ciencia delicada... encontrar el tempo, la
localización exacta o el hogar del gemido. Así
lo llamaba yo.
A veces lo encontraba por encima de los
mayones de una mujer. A veces me acercaba a él
con sigilo, como quien no quiere la cosa,
desactivando calladamente las alarmas de
alrededor y adentrándome. A veces usaba la
fuerza, pero no una fuerza violenta, opresora,
sino más bien dominante, lafuerza del tipo «voy a
llevarte a algún sitio; no te preocupes, tiéndete y
disfruta del viaje, nena». A veces era
57
simplemente prosaico. Encontraba el gemido
antes de que la cosa hubiera empezado siquiera,
mientras comíamos tranquilamente una ensalada
o pollo, con los dedos... «Aquí está, mira por
donde», de lo más fácil, ahí mismo, en la cocina,
todo mezclado con el vinagre balsámico. A
veces hacía que la mujer encontrara su propio
gemido delante de mí. Yo esperaba, me
mantenía firme hasta que ella realmente se
abría. No me dejaba engañar por los gemidos
menores, más obvios. No, no, yo la obligaba a ir
más allá, hasta conectar con toda su fuerza de
gemir.
Está el gemido de clítoris (Un sonido suave,
bucal), el gemido vaginal (Un sonido profundo,
gutural), el gemido combinado clito–vaginal.
También está el pre–gemido (Una insinuación
de gemido), el casi gemido (Un envolvente sonido
circular), el gemido has–dado–justo–en–el–
blanco (Un sonido más profundo, definitivo), el
gemido elegante (Un sonido risueño,
sofisticado), el gemido Alejandra Guzmán (Un
sonido rockero), el gemido Yuri, ya sabes, el de la
mujer blanca, putona, pero cristiana (ESE NO
TIENE SONIDO), el gemido semi-religioso (AY
DIOS, AY DIOS), el gemido de calle empedrada
58
(ah golpeteado), el gemido de bebé (Un sonido
gugu gugu gugu guuuuuu), el gemido perruno (Un
sonido jadeante), el gemido del mimo (Un sonido
solo de la cara), el gemido de Juan Gabriel (Un
sonido profundo, agresivo y golpeteante), el
gemido ametralladora, (varios ah, rápidos) el
gemido del Exorcista (Un sonido retorcido,
hambriento), el gemido de diva (Una nota aguda,
operística), y por último el gemido del orgasmo
calambre–en–el–dedo–del–pie.
59
Presentación: El parto.
Llevaba más de dos años interpretando esta
obra cuando de repente caí en la cuenta de que
no había ningún trozo sobre el parto. Era una
omisión de lo más curiosa. Aunque cuando se
lo comenté a un periodista hace poco, me
preguntó: – «
¿Qué tiene que ver?» Hace casi veintiún años
adopté a un chico, Dylan, que tenía
prácticamente mi edad. El año pasado, él y su
mujer, Shiva, tuvieron una hija. Me pidieron que
asistiera al parto. No creo que, a lo largo de toda
mi investigación, realmente comprendiera las
vaginas hasta ese momento. Si me maravillaban
antes del nacimiento de mi nieta, Colette, ahora
siento por ellas una profunda veneración.
60
Monólogo 11: El parto (Mujer madre)
Yo estaba allí cuando su vagina se abrió. Todos
estábamos allí: Su madre, su marido y yo, y la
enfermera de Guadalajara con la mano entera
ahí dentro en su vagina, palpando y girando con
su guante de goma mientras nos hablaba
tranquilamente ... como si estuviera abriendo un
grifo que va muy duro. Yo estaba allí, en la
habitación, cuando las contracciones la hicieron
ponerse a gatas, cuando los gemidos extraños
y desconocidos le rezumaban por los poros, y
seguí estando allí horas después, cuando de
repente dejó escapar un grito salvaje, agitando
los brazos en el aire electrizante.
Yo estaba allí cuando su vagina cambió de un
tímido agujero sexual a un túnel arqueológico,
una vasija sagrada, un canal veneciano, un pozo
profundo con una criatura diminuta atrapada
dentro, esperando ser rescatada.
Vi los colores de su vagina. Cambiaban. Vi el
azul roto amoratado, el rojo ardiente tomate, el
rosa grisáceo, el tono oscuro; vi la sangre como
sudor a lo largo de los bordes, vi el líquido
amarillo, blanco, la mierda, los coágulos saliendo
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de todos los orificios, saliendo con más y más
fuerza. Vi, por el agujero, la cabeza del bebé,
rayones de pelo negro, lo vi justo detrás del
hueso... un recuerdo redondo y duro, mientras
la enfermera de Guadalajara seguía girando y
girando su resbaladiza mano.
Yo estaba allí cuando cada una, su madre y yo,
la cogimos de una pierna y las extendimos bien,
empujando con todas nuestras fuerzas contra
ella que empujaba mientras su marido contaba
en tono severo: «Uno, dos, tres», diciéndole que
se concentrara más. Entonces miramos dentro
de ella.
No podíamos apartar los ojos de ese lugar.
Nos olvidamos de la vagina, todas nosotras nos
olvidamos. ¿Qué, si no, explicaría nuestra falta
de asombro, nuestra falta de embeleso? Yo
estaba allí cuando el médico introdujo las
espátulas de Alicia en el país de las maravillas, y
estaba allí mientras su vagina se convertía en
una amplia boca operística que cantaba con
todas sus fuerzas; primero asomó la cabecita,
después el aleteante brazo grisáceo, después el
veloz cuerpo de movimientos natatorios,
nadando rápidamente hasta nuestros brazos
llorosos.
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Yo estaba allí después, cuando me volví y miré
su vagina. Me quedé de pie permitiéndome verla
completamente extendida, completamente
expuesta, mutilada, hinchada y desgarrada,
sangrando a mares sobre las manos del médico
que la cosíacalmadamente.Me quedé de pie y
mientras la miraba fijamente, su vagina se
convirtió de repente en un gran corazón rojo
palpitante.
El corazón es capaz de sacrificarse.
La vagina también.
El corazón es capaz de perdonar y de sanar.
Puede cambiarsu forma para dejarnos entrar.
Puededilatarse para dejarnos salir.
La vagina también.
Puede sufrir por nosotras y ensancharse por
nosotras, morir por nosotras y sangrar y traernos
entre sangre a este mundo difícil y maravilloso. La
vagina también.
Yo estaba allí, en la habitación. Lo recuerdo.
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Presentación: La que no tenía vagina
Queremos presentar a quién se dio a la tarea
de recoger estos monólogos por alrededor de
25 años.
La mujer que tuvo a bien reunirnos y permitirnos
contar nuestras historias.
Quién ha decir verdad ama tanto a las vaginas
pero no tiene.
Cuando su historia llegó a la oficina de “Los
monólogos de la vagina” en NY, lo cierto es que
la escritora dudó en incluirla.
Pero después de todo, el profundo amor y
respeto a las vaginas, que emanan de su
historia, la hizo cambiar de opinión.
Con ustedes:
LA QUE NO TENÍA VAGINA, PERO SOÑABA
TANTO CON TENER UNA.
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Hola, mi nombre es… bueno que importa mi
nombre… tampoco les daré mi teléfono ni deje
tarjetas con mi W hatsApp privado en el baño de
hombres ahorita… córranle…
No, no importa mi nombre, soy simplemente, la
que no tenía vagina pero soñaba tanto con tener
una… No, no para eso que están pensando, para
las cuestiones del placer, uno siempre se da
maña, yo soñaba con tener una vagina, simple y
sencillamente por la admiración que me causa,
como tu regalo más preciado, como tu suéter
favorito, ¿tu familia, tus hijos? Como el centro de
tu ser.
Pero no, no es mi historia la que interesa, no al
menos la de por qué no tengo vagina, no pienso
desgastarme en convencerlos de que existen
mujeres que nacemos sin vagina, a duras penas
aceptan a sus sobrinitos homosexuales, y ni los
invitan a las reuniones familiares… mucho menos
van a aceptar esto que les digo… tampoco quiero
darles cátedra de cuanto yo amaría a mi vagina, si
la tuviera, suficiente con decirles que no me ha
hecho falta para conquistar hombres… la vagina
no es una carne apestosa para alimentar perros…
Pero ya, basta, estamos yendo demasiado lejos en
este bello pueblo, lleno de tradiciones
conservadoras… capaz que me traen al sacerdote
y nos conocemos…
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No, esta no es mi historia, es la historia de las
vaginas que me inspiraron esta admiración, las
historias que ya escucharon y esta última, la de
Selene, mi querida hermana. Nacimos en
Empalme, un pequeño pueblo de Sonora, éramos
en realidad 11 hermanos, en ese tiempo ni si
quiera conocía a todos… mi madre fue una mujer
sumisa que se embarazaba de mi padre cada que
llegaba borracho y quería matarla, decía que a ver
si así dejaba el vicio… fuimos 11 hermanos… Pero
Selene y yo fuimos los más unidos, nos
llevábamos un año, a finales de los 80’s migramos
a Tijuana, teníamos escasos 14 y 15 años…
estábamos cansados de la mala vida, de la
violencia…
Al llegar a Tijuana fue fácil encontrar trabajo,
maquiladoras por doquier, y bares… Selene más
que yo tenía claro lo que quería, yo quiero una
familia me decía. Juntamos suficiente dinero, me
apoyó en todo y yo a ella, a los 20 años, con un
pequeño departamento que habíamos podido
comprar, se casó, con Pedro, un buen hombre que
conoció en la maquiladora… Yo deje su casa pues
porque el casado casa quiere, pero la visitaba
todos los días luego de que terminaba su turno en
el trabajo. Nunca dejó de trabajar en la fábrica. Yo
ya tenía un pequeño bar donde le hacía a la
cantada… “Rata inmunda… animal rastrero,
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escoria de la vida, adefesio mal hecho…” y las
visitas se hicieron más escasas, ella nunca pudo ir
a mi bar, decía que le quedaba lejos… Tijuana.
Era miércoles, lo recuerdo muy bien, ¿por qué?
era miércoles de ceniza… estaba por salir a la
iglesia, claro, put… de la vida galante pero
católica, ¡Ay tú! Pero ya no pude, era 1993…
Pedro a duras penas podía hablar… yo me
desmoroné por completo… de inmediato fui a casa
de mi hermana, al primero que encontré fue a
Pedrito, mi cuñado… Selene tenía día y medio
desaparecida… todo indicaba había sido después
de salir de su último turno en la fábrica…
comenzaron las investigaciones, pusimos su foto
por todos lados… un productor de esos que andan
casando talentos, había llegado por equivocación
al bar y nos hicimos amigos, pusieron la foto de mi
hermana en la tele, en canal 5, al servicio de la
comunidad… Selene Delgado López… las
investigaciones se hicieron eternas, y luego
empezaron a aparecer las fosas clandestinas con
mujeres y yo usaba todo el dinero que sacaba del
bar para hacer pruebas y descartar osamentas…
en 8 años nunca pude encontrar a mi hermana…
hasta aquella vez, que tuve que llevar a mi cuñado
Pedro a casa, borracho… comenzó a decir cosas,
no, no esas cosas, comenzó a decir que él sabía
dónde estaba mi hermana, yo me quedé helado…
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no sabía que decir… así que seguí indagando, no
fue difícil, un borracho, siempre afloja…
Era marzo de 2001, 8 largos años después, había
encontrado a Selene, estaba bajo una bugambilia
color salmón en el jardín de su casa… Pedro
había matado a mi hermana 8 años atrás, luego de
violentarla por espacio de 3 años de matrimonio,
Selene nunca pudo quedar embarazada, Selene
quería ir a visitarme al bar, Selene quería hacer su
vida, libre… Pero Pedro le cortó las alas, no sé por
qué los vecinos siempre hablan cuando los
investiga la policía, no antes. Todo el vecindario
sabía menos yo, las golpizas que Pedro le
propinaba a mi hermana, las veces que la
encerraba, y tantas vejaciones más…
El caso fue muy sonado, una psicóloga, si, era
psicóloga, Blanca, recuerdo su nombre, de un
instituto de apoyo a las mujeres en Tijuana, llevó
hasta las últimas instancias el caso de Selene, 4
años más tarde consiguió hacer justicia, en 2005
el caso perpetrado a Selene Delgado López, fue
tipificado por primera vez en México, como
FEMINICIDIO, CRIMEN POR ODIO A LAS
MUJERES.
Pedro respondió a la acusación, que la mató
porque era una pendeja, porque no lo daba hijos,
porque quería irse de puta con su hermano el
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joto… la mató por odio…
Cómo han cambiado las cosas, cuanta alegría me
da ver a las mujeres sonreír, y a los homosexuales
y a las mujeres que nacemos sin vagina… en 2011
conseguimos que un perfil de Facebook con el
nombre de mi hermana fuera adherente a todas
las cuentas en México, esto para honrarla, pero
también para prevenir para hacer llegar su historia
a quién lo necesite… aunque ya no está, yo estoy
aquí, ¡por eso estamos aquí!, por Selene, pero
también por Paulina, y por Itzel, y por Fanny, y por
María… Y POR TODAS LAS MUERTAS POR
FEMINICIDIO. Nuestra voz es su voz… Paulina,
no corazón, no te mataron porque te gustaba
bailar reguetón, Itzel, no pequeña, no te violaron y
desaparecieron porque saliste de antro como si
fueras hombre… No Fanny, no te mataron porque
debías seguir con tu novio a quien ya no
amabas… María, no te mataron porque fueras
pendeja, hasta para escoger marido, te casaron a
los 16 años siguiendo usos y costumbres… las
mataron porque las personas que lo hicieron, viven
en el infierno y su vida se llama odio. Pero hoy
estamos aquí para decirles a las mujeres de este
bello lugar, que su vagina es sagrada. Este es un
mensaje de amor, para hombres y mujeres. No
necesitamos competir con los hombres, somos un
complemento divino más allá de la reproducción
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humana, somos el eslabón de un milagro de vida,
2021… somos sobrevivientes de la catástrofe,
hombres y mujeres por igual. Amémonos y
respetémonos con equidad.
Este es el mensaje de los MONOLOGOS DE LA
VAGINA. Muchas gracias, buenas noches.
FIN
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