Había una vez un niño llamado Nico que vivía en un pequeño pueblo al borde de un
bosque misterioso. Este bosque era conocido por sus susurros, pues aquellos que se
adentraban en el decían que podían escuchar voces suaves que les hablaban, aunque
nadie sabia de donde venían.
Nico siempre había sido muy curioso, y un día, decidió que quería descubrir el secreto
del Bosque de los Susurros. Armado con una linterna y su mochila, se adentro en el
bosque al caer la tarde.
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Mientras caminaba, los arboles parecían moverse ligeramente a su paso , como si
estuvieran observándolo. Pronto, comenzó a escuchar los susurros. Eran voces suaves y
amistosas que le decían: “Bienvenido, Nico. Te estábamos esperando”.
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Sorprendido, pero sin asustarse, Nico siguió avanzando. Llego a un claro donde la luz
de la luna iluminaba un circulo de arboles. En el centro del claro, encontró una piedra
grande con inscripciones antiguas. Al acercarse, los susurros se hicieron mas claros:
“Lee las palabras y encontraras lo que buscas”.
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Nico, guiado por su intuición, comenzó a leer las inscripciones. A medida que
pronunciaba las palabras, una luz dorada emergió de la piedra y envolvió todo el claro.
De repente, apareció ante el una figura etérea, un espíritu del bosque.
“Soy el Guardian de los Susurros,” dijo la figura. “Hace mucho tiempo, nuestro bosque
fue encantado para protegerlo de aquellos que quisieran dañarlo. Los susurros son
nuestras voces, cuidando y guiando a los que tienen un corazón puro como el tuyo.”
Nico estaba fascinado. “¿Por qué me han traído aquí?”, pregunto.
“Porque necesitamos tu ayuda,” respondió el Guardian. “El encanto que protege el
bosque se esta debilitando. Necesitamos que encuentres la Flor de la Luz Eterna, que se
encuentra en la Cueva de los Ecos, al otro lado del bosque. Solo alguien con tu valentía
puede lograrlo.”