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Violencia escolar y autoridad social. Hector Gallo.
Se trata de un problema que toca, a la vez, el orden público y la salud mental, pues no
son pocas las noticias que circulan por radio, televisión y periódicos acerca de
suicidios, homicidios y masacres escolares, estas últimas sobre todo en Estados
Unidos. En todos los casos es común que se evoque el acoso escolar como detonante
del pasaje al acto. Interesa examinar en qué posición se ubica el acosador, qué de la
víctima del acoso resulta favorable para atraerlo, qué aspectos del contexto social de
nuestro tiempo favorecen esta modalidad de relación que convierte en una tortura, para
algunos niños, su asistencia a la escuela y la socialización en general.
El real que se pone en juego en el acoso escolar y en los ac-tos violentos es el
relacionado con una aspiración que tiende a generalizarse sobre todo en los
adolescentes, y tiene que ver con el hecho de pretender obtener el goce sin pasar por
las vías del discurso o, al contrario, empleando el discurso para arengar el pasaje al
acto.
La propuesta del psicoanálisis al respecto es contar, en las instituciones escolares, con
escenarios de escucha, atendidos por personas bien formadas clínicamente, que estén
en condiciones de tratar con el goce de cada uno de los jóvenes presentes en ese
escenario.
Partimos de la idea de que el agente del bullying —en inglés— y del acoso escolar
—en español—, así como la víctima del mismo.
Aquí la expresión “real” hace referencia a eso que siempre retorna en el mismo lugar.
En el contexto del acoso escolar, se emplea el término “pasaje al acto” para hacer
referencia a un acto transgresor, de parte de un alumno hacia un par o hacia un
profesor, o de este hacia el primero, de un modo tal que escape a la intervención
prohibitiva o reguladora de un tercero.
En estos casos, el agresor actúa como una pieza suelta del orden simbólico, en el cual
debería inscribir sus actos. 3Se emplea aquí el término “goce” para hacer referencia a
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un modo de satisfacción excesivo que no pasa por las coordenadas del placer del
equilibrio y la justa medida; se trata de un empuje dañino que sobrepasa la voluntad y
se opone a los ideales de autorregulación, buenas costumbres, justa medida y sanos
hábitos de vida.
El agresor se coloca en una posición que, en el primer caso, pone en suspenso la
autoridad en su sentido simbólico y, en el segundo, el sentimiento de la vida. El
concepto de autoridad e igualmente los de agresividad, goce, pulsión, violencia, y
términos como el de “sumisión”, serán transversales al conjunto de nuestra reflexión.
Son principios metodológicos que me sirven de brújula en una zona más o menos
oscura para los psicoanalistas, como es la del llamado acoso escolar. “Zona oscura”
quiere decir que, en el acoso escolar, hay una satisfacción que se pone en juego y que
por ser contraria al placer no se deja reducir a la norma institucional.
Esta particularidad hay que destacarla, porque ha conducido a una especie de
imposible, pues el acoso se resiste a ser superado o a dejarse mantener a distancia por
parte del saber pedagógico y psicológico.
Dado que el acoso escolar se ha convertido en un obstáculo para mantener civilizados
los lazos en la escuela y da cuenta de que ninguna sociedad tiene posibilidad de
marchar de forma perfecta, se hace necesario analizar la garantía de la autoridad que
representan los educadores en nuestra época y, al mismo tiempo, nos vemos exigidos
a arrojar alguna nueva luz sobre el problema en cuestión. Esta es la apuesta que me
causa, teniendo en cuenta que, en el psicoanálisis, son pocos los puntos de
señalización destinados a orientarnos hacia una ruta segura que nos lleve a buen
puerto.
De entrada, tenemos una hipótesis que demostra que si bien nada tiene de novedosa,
la lógica argumentativa que se ha de seguir para su demostración sí conlleva una
pequeña invención.
La hipótesis de partida es la siguiente: el acoso escolar es uno de los fenómenos
sociales en los que aparece puesta en suspenso la autoridad y también eso “que se
desprende del lazo social que no es otra cosa que la relación con el Otro, pero como
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simplemente típica: la relación con el Otro tipificada”.4 Este Otro del que se habla es
aquel que se localiza en el plano simbólico, es un Otro que no es una sustancia, sino
una construcción fantasmática.
Lo que reemplazaría la relación de autoridad debilitada allí donde hay violencia es la
falla. En los contextos en donde se revela que no hay relación de autoridad en el
sentido simbólico. (Alain Miller:La fuga del sentido, Buenos Aires, Paidós, 2012, p.
198).
Violencia escolar y autoridad sí hay es falla en lo real, y esto se expresa, en el caso
de la familia, la escuela y la sociedad, en la violencia que allí se desata y que no hay
cómo detener, así se haga una legislación, como de hecho se está haciendo en
distintos países, que introduzca penas fuertes.
El problema es que, ante la impotencia de la autoridad, es común que las sociedades
se acomoden a la violencia, pues si no hay lugar del planeta en donde se las arreglen
bien con esta, sea contra el otro o contra sí mismo, se tiende a hacer como si lo mejor
fuera aprender a vivir con la zozobra.
Reconocemos que si bien la palabra “autoridad” resulta familiar para todos, no
obstante, con respecto a lo que significa no hay unanimidad entre los distintos autores
que la han abordado, sino controversia y debate. Esto se debe a que nuestro mundo ya
no está regido por lo religioso y lo tradicional, sino por derechos y significantes como
“autonomía”, “autocuidado”, “bienestar”, “justicia”, “legitimidad”, “democracia”, “estilos
de vida saludables”.
La autoridad del maestro de escuela ya no prolonga la del padre de familia, porque a
ninguno de los dos se le reconoce, pues ambas figuras se han deteriorado tanto que es
poco el prestigio familiar y social que conservan.
Afirmar que el acoso escolar también interroga la relación típica con el Otro exige
aclarar a qué nos referimos con esta expresión. “Relación típica” quiere decir definida
en el orden de un discurso como lugar de encuentro, de rutinas, de malentendidos y
sentidos; pero, asimismo, de posibilidades de repensar “los significantes que hasta
entonces” han organizado el mundo escolar. Algo que se sale de lo tipificado y con lo
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cual hay que contar al abordar el problema del acoso escolar, son las pasiones del ser
—amor, odio, desprecio, indiferencia—. Este aspecto de lo humano tiene formas de
presentarse en la sociedad, la familia y la escuela.
Por falla en lo real entiéndase la instalación, en un contexto determinado, de un
elemento sin ley que evoca el caos y no tiene posibilidad de una solución que sea
aplicable a todos los casos, pues lo que exige de alguien es aprender a saber hacer
con eso que es imposible de corregir en forma definitiva.. (A. Miller, La fuga del sentido,
óp. cit., p. 177.7Eric Laurent, Los objetos de la pasión, Buenos Aires, Tres Haches, s. f.,
p. 43).
Continuando con el tema del concepto de autoridad en su relación con la violencia
escolar, cuestión que permite precisar usos y abusos del término. Una de las tesis que
se desarrolla en el libro es por qué, a mayor debilitamiento de la autoridad simbólica en
la familia, la escuela y la sociedad, menor es la regulación y civilización de los vínculos
familiares, escolares y sociales, cuestión que se expresa, sobre todo en púberes y
adolescentes, en la modalidad de violencia denominada bullying.
Se precisa cómo emerge el victimario en el vínculo y cómo se construye la víctima; por
qué el bullying hace parte del fundamento conflictivo de los lazos sociales; con respecto
a qué es dejado solo el niño víctima del bullying, y por qué la violencia escolar es otra
forma de expresión de la dimensión conflictiva del lazo social.
La pregunta es por qué en cada ser humano nos encontramos con una parte de sí que
se resiste a ser educada, parte que se denomina pulsión y que es opuesta al instinto.
La pulsión humana se opone a la solidaridad en el bien que la educación promueve,
trabaja en contra de ideales como el amor al prójimo y el respeto por las diferencias,
pues no respeta la fragilidad del otro ni su moralidad, y menos sus inhibiciones. La
pulsión hace un llamado a la solidaridad en el mal, convoca a testigos que disfruten con
el daño al otro, le gusta el divertimento con la destrucción y es el soporte subjetivo de la
pasión por dañar al más débil y al más próximo. También es la pulsión la que, a nombre
del bien y de la moral, convoca a los ciudadanos a linchar a un sospechoso de
violación, o sea, que aprovecha cualquier oportunidad que se le presente parta ponerse
en acto.
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Sociedad: La sociedad es una evidencia inmediata, algo que no ponemos en
discusión, a pesar de no saber finalmente qué es. Digamos que es nuestro gran Otro
simbólico, Otro que es puesto en suspenso por aquel que ejerce violencia, pues con el
acto violento se da a entender que sus ideales, valores, normas de comportamiento y
deberes, valen poco o nada. El victimario en el bullying es uno de los cuestionadores
de la sociedad como Otro simbólico, pues se burla de sus regulaciones, no quiere
acogerse a las mismas y reduce a la impotencia a los educadores. La sociedad es un
supuesto que suscita nuestra confianza o desconfianza. Hay, por ejemplo, quienes se
sienten exiliados en el interior de la sociedad, esto le sucede a la víctima del bullying.
Quienes son agrupados en la nominación de víctima, han sido seres sumisos,
incapaces de inventar una forma de localizarse en el vínculo sin ser perseguidos,
acosados, sometidos, maltratados y humillados. La victima del bullying es, entre otros,
un ser que vive desencantado del mundo, hasta el punto de que uno de sus destinos
predilectos puede ser el suicidio. Quien no logra hacer lazos sociales más o menos
fuertes, se siente solo, aislado del mundo, no ve qué sentido tiene seguir viviendo.
Autoridad: Por autoridad no se entiende el poder que somete y se hace obedecer
mediante el miedo, la amenaza y la fuerza, sino aquella autoridad que le es conferida a
alguien por sus merecimientos, por inventar formas de vivir que sean creadoras y por
la admiración que producen sus argumentos, forma de vivir y de tratar al subordinado.
La autoridad que mayor poder tiene en el plano simbólico es aquella que depende de la
legitimación, pues es obedecida sin necesidad de la fuerza o aun sabiendo que es
legítimo oponerse y que no por ello habrá represalias. Autoridad que se haga valer por
la fuerza
comparte su debilidad en el campo simbólico con aquella que es corrupta, pues, en
lugar de regular, incita y justifica la violencia. No hay otra forma más eficaz de
contrarrestar la violencia que por la sublimación de la pulsión: poesía, música, pintura,
pasión por saber, por inventar y defensa civilizada del bien común. Estos aspectos
poco valorados en la modernidad, permiten un reencantamiento del mundo en el que
vivimos, pues a través de ellos la fuerza de la pulsión puede ser reencausada en una
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vía opuesta al poder de la autoridad como dominación, amenaza, miedo, fuerza,
humillación, maltrato, acoso, tortura, diversión en el daño y el sometimiento.
Entre la confrontación y el goce de acosar
Las situaciones de crítica y choque que suelen surgir en la escuela durante el recreo o
en las clases a la vista del profesor, si bien no hacen parte del comportamiento
esperado por los educadores y por ello se consideran causal de un llamado de atención
por indisciplina, son homólogas al acoso escolar, pero no tienen la misma estructura y
por lo tanto para nada son lo mismo. En la misma fenomenología descriptiva del acoso
escolar realizada por los pedagogos que se han ocupado de investigarlo, se dice que
las acciones agresivas son calculadas, sistemáticas y siempre se dirigen “hacía el
mismo blanco, que no hizo nada para ser atacado”.[1] Dicho blanco tampoco hace
nada para dejar de ser atacado, pues una acción a este nivel implicaría una iniciativa
que sin duda comporta un peligro: la cuestión a calcular es si el peligro de reaccionar
es menor al peligro que se corre diariamente mientras no se haga nada.
En la definición que se acaba de evocar, vemos la introducción de cuatro elementos: el
cálculo anticipado de dañar al otro, la repetición sistemática del daño, la permanencia
del objeto al que se dirige la agresión y su indefensión. En esta fenomenología sin duda
hay un goce en juego, bastante evidente en el acosador, pero muy oculto en el
acosado. Este aparece como si nada tuviera que ver con lo que le sucede, pues el
abuso del que es objeto se liga con un rasgo de indefensión: nada hace para provocar
el acoso y menos para defenderse. ¿Cómo explicar que el agresor se vea motivado
justamente por aquello que se constituye en un inhibidor para quienes habiendo
legitimado una autoridad han integrado la compasión en sus relaciones sociales?
Cuando se dice goce, lo que entra a dominar en la relación del agresor con el objeto
gozado ya no es la compasión sino la fascinación pasional por dañarlo en tanto
aparece colocado en un lugar de debilidad. Esto se presenta bajo el influjo de lo que
Lacan denomina en su texto de Criminología “una creciente implicación de las pasiones
fundamentales del poder, la posesión y el prestigio, […]”.[2] Se trata de un empuje a
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someter que aparece colocado al orden del día en los ideales del discurso del
capitalismo, empuje que emparenta este modo de organización social con un
totalitarismo disfrazado de democracia participativa. Si en el capitalismo de hoy lo
común es que todo aquel que asume un lugar de dirección o de poder desacredite la
autoridad y viva a un paso de la criminalidad, la proliferación del acoso que por negar la
pauta del Otro en el lazo escolar ¿podemos hipotéticamente colocarlo del lado del goce
femenino? Eso que insiste y resiste encuentra en esta desacreditación de lo simbólico
uno de sus soportes fundamentales.
La falta de respuesta por parte de la víctima del acoso, los expertos la explican como
un efecto de su fragilidad, indefensión y miedo. El blanco del ataque pasa a ser un
proscrito del colectivo por quedar localizado en el lugar del objeto de burla, humillación
y acoso. Teniendo en cuenta que el par del niño en la vida escolar, por ser una especie
de alter ego fácil de confundir con el ideal del yo tiene un valor cautivador, verse no
solo segregado sino también acosado por aquel que de cierta manera le permite situar
su relación libidinal con ese mundo escolar, puede tener como efecto ya no saber cómo
estructurar su ser en relación a ese lugar en donde transcurre su vida cotidiana.
Dado que el niño ve su ser libidinal “en una reflexión en relación al otro”[3] localizado
como ideal del yo, se comprende que al verse acosado se sienta desgraciado y no
quiera volver más a la escuela por no saber cómo reconocer sus propios deseos y
menos cómo hacerlos reconocer ante los otros. No tener la menor idea acerca de cómo
hacer valer lo que quiere, se constituye, a nuestro modo de ver, en la debilidad
fundamental del niño acosado.
Desde el punto de vista sociológico, la repetición de las agresiones contra el mismo
blanco, se explica por un ejercicio de la fuerza aprovechándose de la debilidad del
otro. Siendo esto indiscutible, dejan sin explicar el aspecto subjetivo del problema, que
por no ser visible a primera vista hay que inferirlo. Aquí es cuando tenemos que
servirnos de un concepto lacaniano ajeno a la sociología: el concepto de goce.
El goce, en tanto se trata de una satisfacción que está más allá del placer de la
camaradería, estará encarnado en la escuela por un sujeto que no se presenta
sujetado a las representaciones simbólicas que rigen el lazo escolar, sino más bien
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radicalmente separado de las mismas, como si nada de la normatividad allí vigente lo
limitara en tanto no lo representa. Esto permite afirmar que las tensiones criminales
incluidas en la situación escolar se vuelven patógenas, no por el hecho de verificarse
una superioridad objetiva del agente y una fragilidad de la víctima, sino porque a dicha
tensión se agrega un goce del cuerpo asociado al hecho de insistir en mantener a la
víctima en un estado permanente de sometimiento.
Del sometido tampoco podemos decir que se ve representado, apenas “podemos
afirmar que es a”[4] Del acosador podemos decir que es la ley, se comporta como si
sobre él no hubiera caído la barra del significante que limita su goce. Es por esto que
se ensaña en el asedio del otro más débil colocándolo en el lugar de un desecho que
está ahí para ser gozado como al Otro le venga en gana.
En el acoso escolar ya no se trata más de una relación fantasmática con el goce que
permite mantenerlo relegado a lo imaginario, sino de una relación en la que por
intervenir directamente la pulsión “se establece en la dimensión real”.[5] Aquí se trata
de la puesta en acto de lo que podría llamarse la otra satisfacción, pues la víctima es
reducida a ser un desecho como si de esta manera quien ocupa el lugar del agente
pudiera colmarse y ser feliz. Es porque el niño acosador se comporta como si sobre él
no hubiera caído la barra de la castración que podemos decir que encarna la anarquía
de las pulsiones más elementales, y es así como sus comportamientos, su modo de
relacionarse con sus pares en tanto objetos reales de goce, dan cuenta que el medio
escolar no está hecho a la medida de todos los niños para que se desenvuelvan
felizmente, mantengan entre ellos la distancia conveniente, encuentren allí una guía
para la vida y unos significantes que le sirvan de referentes para hacerse representar.
El concepto de goce nos permite diferenciar la estructura de la relación llamada
acoso de la rivalidad imaginaria y de la relación Amo–esclavo, tal como es planteada
por Hegel. La relación Amo-esclavo, si bien supone una tensión y también implica un
temor, éste no se asocia al horror sino al respeto e incluso al amor. Piensen, por
ejemplo, en el temor de Dios. El temor de la víctima del acoso es distinta al temor de
Dios por parte del creyente, pues se emparenta con la expectación ansiosa
relacionada con la sensación de ser constantemente acechado, sensación
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caracterizada por lo que denomina Lacan “terrores múltiples”, que evoca un sentimiento
multiforme, confuso, de pánico.
El temor de Dios, lejos de fundar el horror por sus constantes malos tratos, dice Lacan
que es soporte de la fundación de “una tradición que se remonta a Salomón, es
principio de una sabiduría y fundamento del amor a Dios. Y además, esta tradición es
precisamente la nuestra”.[6] Aquí es notable una cierta función restitutiva y por ello no
es posible hablar de violencia así intervenga el poder de uno más fuerte sobre otro más
débil, pues la violencia en lugar de fundar aniquila, siembra desolación y descompone.
La dimensión positiva del temor a Dios consiste en que, gracias a su poderío, los
temores innumerables a los que está expuesto el ser humano, el miedo de todo lo que
ocurre, son reemplazados “por el temor de un ser único que no tiene otro medio para
manifestar su potencia salvo por lo que es temido tras esos innumerables temores,
[…]”.[7] Este temor a realizar la erección de un Otro terrible que podría gozar
sometiéndolo de forma despiadada sin duda es fuerte en un hombre de fe, pero la
ventaja que tiene relacionarse con esa potencia divina está en que, por un lado,
“recubre el horror que existe”[8] y, por otro, no excluye el coraje del creyente.
El niño víctima de acoso es común que aparezca excluido del coraje, es alguien sin
agallas, sin valentía, pues al parecer no pocas veces prefiere suicidarse “para
descansar” en lugar de enfrentarse al riesgo de seguir viviendo. La repetición al infinito
del acoso se ve favorecida por esta posición de cobardía, que abarca el campo sexual
porque es común que tampoco el niño sumiso que es acosado tenga la menor idea
acerca de cómo aproximarse, de cómo hablar a una niña de su misma edad, que
precisamente representa ya para él la alteridad.
El pasado sábado 2 de noviembre de 2013, la NEL-Miami contó la grata oportunidad de
compartir una agradable experiencia de trabajo a cargo de nuestro reconocido colega
de la NEL-Medellín Héctor Gallo, quien aportó un impecable recorrido sobre
implicaciones clínicas en juego cuando hablamos de Bullying.
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Héctor dio inicio a su trabajo marcando las diferencias radicales que demarcan la
distancia entre la concepción psicoanalítica lacaniana y las tendencias psicologistas en
las que predominan las nociones de víctima y victimario como ejes centrales del asunto
en cuestión. En este sentido, indicó la importancia de la noción de autoridad en su
vínculo con la función del Nombre del Padre. Entendiendo esta función en los términos
en los que la plantea Jacques-Alain Miller como un "recurso que permitirá negociar con
las cosas de la vida".
En este contexto subrayó como "el desdibujamiento de la autoridad" está íntimamente
vinculado con la violencia escolar. Sin embargo hizo especial énfasis en las diferencias
–inclusive de orden estructural- entre el "choque y el enfrentamiento" versus "la
violencia" como tal (sobre todo en el caso de las masacres y asesinatos en masas). En
este orden de ideas, la noción lacaniana de goce permite delinear el estatuto que el
Otro puede estar jugando en estas dinámicas, en la medida en la que el choque y el
enfrentamiento por un lado y la violencia por otro responden –las mas de las veces- a
ordenes distintos. Marcando la diferencia cuando un sujeto que no logra responder
debido a la inhibición a cuando un sujeto no responde por estar preso en una posición
en la que –estructuralmente- está colocado como objeto desecho.
Tomando en cuenta el lugar del Otro, la presencia o no de la función paterna y si se
trata de enfrentamiento o de violencia, Héctor marcaba una indicación clínica de suma
importancia. Destacó que lo que se juega en la posición del analista estaría del lado de
invitar al sujeto a que "tome la palabra", invitación que implica preguntarse por el lugar
del sujeto de la enunciación. Remarcó igualmente, el estatuto de la responsabilidad
jugada en este fenómeno; entendiendo responsabilidad como la capacidad de
responder, capacidad que estará delineada por los recursos con los que se cuente.
Finalmente planteó que la "acción lacaniana" tiene su lugar justo en el agujero del
saber que estos fenómenos señalan, invitándonos a pensar no solo en las
implicaciones clínicas dentro del dispositivo analítico, sino también como el
psicoanálisis lacaniano tiene indicaciones fundamentales para intervenir este
padecimiento tan contemporáneo (teniendo en cuenta que el bullying no solo ocurre
cuerpo a cuerpo sino también vía Internet, como bien señalaba Juan Felipe Arango
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durante la apertura del seminario comentando lo que implica este fenómeno a nivel de
la salud pública en los Estados Unidos donde "cada 7 minutos un niño es molestado y
85% de la veces no hay ninguna intervención"[1]. A lo largo de esta jornada, Héctor
brindó constantemente ejemplos valiosos de su experiencia clínica que enriquecieron
altamente esta experiencia.
En síntesis, Hector Gallo realiza un amplio debate sobre el concepto de autoridad en
su relación con la violencia escolar, cuestión que permite precisar usos y abusos del
término. Una de las tesis que se desarrolla es por qué, a mayor debilitamiento de la
autoridad simbólica en la familia, la escuela y la sociedad, menor es la regulación y
civilización de los vínculos familiares, escolares y sociales, cuestión que se expresa,
sobre todo en púberes y adolescentes, en la modalidad de violencia denominada
bullying. Se precisa cómo emerge el victimario en el vínculo y cómo se construye la
víctima; por qué el bullying hace parte del fundamento conflictivo de los lazos sociales;
con respecto a qué es dejado solo el niño víctima del bullying, y por qué la violencia
escolar es otra forma de expresión de la dimensión conflictiva del lazo social.
No se trata de centrarse en una pedagogía acerca de cómo educar para prevenir,
evitar o contrarrestar el bullying, sino en explicar por qué en cada ser humano nos
encontramos con una parte de sí que se resiste a ser educada, parte que se denomina
pulsión y que es opuesta al instinto.
La pulsión humana se opone a la solidaridad en el bien que la educación promueve,
trabaja en contra de ideales como el amor al prójimo y el respeto por las diferencias,
pues no respeta la fragilidad del otro ni su moralidad, y menos sus inhibiciones. La
pulsión hace un llamado a la solidaridad en el mal, convoca a testigos que disfruten con
el daño al otro, le gusta el divertimento con la destrucción y es el soporte subjetivo de la
pasión por dañar al más débil y al más próximo. También es la pulsión la que, a nombre
del bien y de la moral, convoca a los ciudadanos a linchar a un sospechoso de
violación, o sea, que aprovecha cualquier oportunidad que se le presente parta ponerse
en acto