Dr.
Alberto Chertok
El neurótico que
llevamos dentro
cómo vivir con nuestra
parte irracional
- Versión Digital -
Centro de Terapia Conductual
(c) Dr. Alberto Chertok
1ª Edición Digital: Centro de Terapia Conductual, Mon-
tevideo, julio de 2011
Este libro se entrega a nombre de quien lo solicita ex-
clusivamente para su uso personal. Sólo puede obte-
nerse en el Centro de Terapia Conductual,
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ducción total o parcial de este material por cualquier
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2
A Judith,
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3
Como utilizar la version digital
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4
Contenido
Como utilizar la version digital ............................... 4
Contenido ........................................................... 5
Prefacio .............................................................. 6
Nota a los terapeutas conductuales ....................... 10
El obsesivo que llevamos dentro ........................... 12
El pequeño discutidor ......................................... 30
El resentido que habita en nuestro interior ............ 62
El neurótico entra en pánico ................................ 80
El poder de las palabras ...................................... 90
El neurótico busca pareja .................................. 110
La autoestima del neurótico ............................... 130
El neurótico enfrenta sus problemas .................... 140
El neurótico monta en cólera .............................. 154
Reconociendo al neurótico interior ...................... 170
El neurótico en terapia ...................................... 188
Apéndice I ...................................................... 202
Las Conductas Sociales .................................. 202
Apéndice II ..................................................... 206
Derechos a recordar para afirmarse ante otras
personas ..................................................... 206
Apéndice III .................................................... 212
Cómo responder a las críticas y presiones ......... 212
Bibliografía ..................................................... 218
Centro de Terapia Conductual ............................ 220
Test PSI – Perfil Sicológico Individual .................. 221
Obras del mismo autor...................................... 222
5
Prefacio
«Ahora que se lo cuento, doctor, me parece una tonte-
ría...», reflexionó el paciente que tenía frente a mí. En
efecto, el hombre llevaba diez o quince minutos rela-
tando su frustración al encarar un proyecto comercial
que finalmente no se concretó. Había reservado un
terreno con la idea de construir allí un complejo de
cuatro apartamentos y un local comercial. Con ese
objeto, comprometió el apoyo de tres inversores y ne-
goció la participación de un estudio de arquitectura. A
último momento, la compra del terreno no pudo con-
cretarse por problemas en la documentación de la
propiedad y debió cancelar toda la operación. Aunque
no tuvo prácticamente pérdidas, le preocupaba la po-
bre imagen que, según él, dejaría al resto de los invo-
lucrados, y le avergonzaba comunicar a sus socios la
cancelación del proyecto. Además, había depositado
grandes expectativas en esta operación, debiendo
ahora buscar un nuevo terreno y esperar que los in-
versores estuvieran dispuestos a seguir apoyándolo.
Este era, en síntesis, el motivo de su actual preocupa-
ción. A medida que lo relataba se esforzaba sin éxito
por demostrar la severidad del problema y justificar su
angustia de los últimos días, la cual también se disipa-
ba en el curso del relato. Resultaba evidente, incluso
para el propio paciente, que más allá de la frustración
normal que genera la cancelación de un proyecto in-
teresante, no existían serios perjuicios para los parti-
cipantes y tampoco era claro que su propia imagen
resultara tan lesionada. Pero a mí me intrigaba otra
cuestión: ¿por qué este hombre conseguía valorar la
6
situación en forma realista sólo cuando relataba el he-
cho a una tercera persona, en este caso a mí como
terapeuta?
Este no es un fenómeno extraño en el consultorio del
terapeuta. Con bastante frecuencia los pacientes se
sienten incómodos al comentar sus preocupaciones
porque al hacerlo «se escuchan» relatando problemas
menores y muchas veces irracionales. Este es el caso,
por ejemplo, de los sujetos que refieren temores obse-
sivos a la muerte, al contagio, a la contaminación o a
haber cometido actos delictivos o inmorales: «usted va
a decir que es una estupidez, doctor, y yo sé que no
tiene sentido, pero vuelvo con el auto varias veces
para asegurarme de no haber atropellado a alguien...»
Nuevamente, la actitud objetiva y realista que exhibe
al relatar sus rituales no es la que experimenta en el
momento de cumplir con ellos. Cuando se encuentra
en la situación, por ejemplo conduciendo su auto, el
sujeto carece de esa objetividad y está convencido de
que efectivamente pudo haber protagonizado un acci-
dente sin advertirlo.
Para explicar esta notable variación en el criterio y la
conducta de mis pacientes, me vi obligado a distinguir
en ellos dos «sistemas» de pensamiento paralelos:
uno racional y objetivo y otro irracional y poco realista
que podemos llamar «neurótico». Tales sistemas no
son otra cosa que patrones integrados de pensamien-
tos con sus correspondientes respuestas emocionales
(sentimientos) y tendencias a la acción1. Pero con fi-
1 Técnicamente, pueden asimilarse a los «sistemas organizados de
respuestas» que Skinner (1953) describió para explicar los rasgos
de personalidad y las «personalidades múltiples», como respuestas
7
nes didácticos y sobre todo terapéuticos, comencé a
referirme a ellos como partes de la personalidad o in-
cluso como «personitas» con características propias.
Esta imagen me proporcionó una potente herramienta
terapéutica. Como veremos en los siguientes capítulos,
la persona «racional y lógica» es el propio sujeto,
aquel que busca ayuda y es capaz de describir las
ideas y conductas de su parte neurótica. Esta última
constituye un sector irracional que se repite en sus
hábitos de pensamiento descabellados y no es
permeable a los argumentos lógicos. En el ambiente
distendido del consultorio y fuera de la situación que
despierta a la parte neurótica, la persona lógica y sen-
sata es capaz de percibir la irracionalidad de aquella y
relativizarla. En la propia situación, sin embargo, la
parte «neurótica» se apodera del sujeto, impone sus
convicciones y dirige su conducta. Al profundizar en
estas observaciones, desarrollé una descripción más
precisa de este mecanismo y elaboré pautas para ayu-
dar a la persona sensata y objetiva a vivir con su con-
traparte irracional y minimizar sus efectos. Alenté a
mis pacientes a hablar con su parte irracional en los
términos que describo más adelante, y comprobé que
estos diálogos internos les permitían tomar distancia
de sus preocupaciones neuróticas y actuar en forma
más sensata.
Pronto descubrí que mis pacientes se sentían cómodos
con este enfoque y que lo aplicaban con toda naturali-
dad. Intuitivamente, percibían que el «modelo de las
dos partes» reflejaba bien su experiencia de sentirse
controlados o presionados por un sector irracional de
su personalidad. De modo que redacté las técnicas con
funcionalmente unificadas pero sin personificarlas como entes
dotados de voluntad propia.
8
mayor detalle y comencé a entregárselas como mate-
rial de apoyo para que las leyeran entre las sesiones.
En este libro he reunido y ampliado ese material,
agregando nuevos conceptos para describir paso a pa-
so estos procedimientos, y he adaptado también algu-
nos artículos presentados en foros científicos para su
difusión entre el público en general. Puede ser utiliza-
do como un manual por los pacientes que estén en
terapia o por quienes sin estarlo deseen distanciarse
de sus actitudes y reacciones inconvenientes y tomar
el control de su propia conducta. También puede ser
consultado por terapeutas, ya que incluye técnicas
novedosas para el manejo de diferentes situaciones
clínicas. Pero más allá de las técnicas específicas, el
propio reconocimiento de los sectores neuróticos como
«entidades» irracionales y ajenas al «yo real» brinda
una perspectiva muy útil para lidiar con el neurótico
que llevamos dentro y tomar el control de nuestra
persona. Espero que esta forma de percibir las dificul-
tades emocionales resulte útil para mis lectores, tanto
si trabajan con un terapeuta como si deciden manejar-
las por sí solos. Una nota de advertencia, que no por
obvia debe omitirse: la lectura y aplicación de estos
procedimientos no puede sustituir a un tratamiento
personalizado y conducido por un profesional compe-
tente. De hecho, su mayor utilidad radica en su uso en
el marco de un asesoramiento terapéutico formal, bajo
la dirección de un técnico calificado. En muchos casos
el tratamiento requiere además la administración de
medicamentos u otras medidas, por lo cual exhorta-
mos a nuestros lectores a consultar a un especialista
para disponer de una orientación adecuada a sus ne-
cesidades.
Dr. Alberto Chertok
9
Nota a los terapeutas
conductuales
Aunque este libro está dirigido al público en general, y
en particular a personas que buscan ayuda para resol-
ver sus problemas emocionales, seguramente resulta-
rá de interés para psiquiatras y psicólogos, en especial
aquellos que practican terapia cognitiva o conductual.
Las técnicas que proponemos en los siguientes capítu-
los se describen con todo detalle y pueden ser incorpo-
radas por terapeutas preparados en aquellos casos
que lo estimen oportuno. Continuamos así la línea que
hemos desarrollado en «60 mentiras que nos compli-
can la vida», ofreciendo un material que puede ser
consultado tanto por terapeutas y estudiantes como
por el público interesado en manejar sus propias difi-
cultades. En varias secciones del libro insistimos,
además, en que es preferible emplear estos procedi-
mientos bajo la guía de un profesional calificado, quien
determinará la estrategia a seguir y personalizará na-
turalmente el tratamiento. Muchos terapeutas encon-
trarán útil recomendar a sus pacientes la lectura de
uno o más capítulos como forma de complementar su
trabajo durante las sesiones. Espero que las herra-
mientas que ofrecemos resulten de utilidad para los
técnicos que decidan utilizarlas en su práctica clínica.
Dr. Alberto Chertok
10
11
El obsesivo que llevamos dentro
El trastorno obsesivo compulsivo (que generalmente
se abrevia TOC) es uno de los más molestos para el
consultante, y siempre constituye un desafío para el
terapeuta. Como su nombre lo indica, el desorden se
caracteriza por la ocurrencia de obsesiones y compul-
siones o rituales; definamos entonces estos términos.
Las obsesiones son pensamientos intrusos, repetitivos
y persistentes que aparecen en la conciencia del suje-
to. Se trata de ideas desagradables o angustiantes que
el paciente no puede quitarse de la cabeza, como la
posibilidad de que muera un ser querido, la idea de
haber contraído una grave enfermedad, de que puede
estar incendiándose su casa o incluso de haber come-
tido un grave error en su trabajo. En ocasiones es el
temor a los propios impulsos, por ejemplo la idea de
que podría ceder a la tentación de quitarse la vida sin
desearlo o de atentar contra un ser querido. Otras ve-
ces son representaciones que contradicen las normas
éticas del sujeto o sus preferencias personales, como
imágenes sexuales que rechaza o palabras obscenas.
Cualquiera sea el caso, las obsesiones generan ansie-
dad y el sujeto lucha para erradicarlas de su concien-
cia.
Los rituales son actos compulsivos dirigidos a aliviar o
reducir la ansiedad que despiertan las obsesiones. La
idea de estar contaminado, por ejemplo, puede pro-
mover un lavado prolongado y meticuloso de manos
que excede con mucho una higiene razonable. La
preocupación obsesiva por haber dejado abierta una
puerta o la llave del gas, lleva a rituales de verificación
12
que a veces insumen largo tiempo y desgastan al suje-
to. En ocasiones los rituales tienen un carácter «mági-
co» y no guardan relación de sentido con la obsesión
que lo dispara, como el acto de repetir palabras o nú-
meros «buenos» para evitar una tragedia, entrar y
salir varias veces de una habitación o acomodar un
objeto de cierto modo. Con frecuencia el sujeto se ve
obligado a repetir el ritual una y otra vez por no ha-
berlo ejecutado a la perfección. Repárese en que
mientras las obsesiones generan ansiedad, los rituales
la reducen, aunque sólo momentáneamente.
Los terapeutas conductistas o «cognitivos» contamos
desde hace años con procedimientos eficaces para
ayudar a nuestros pacientes a manejar sus rituales y
obsesiones. Uno de ellos es la clásica «prevención de
la respuesta», que consiste en entrenar al paciente
para resistir su tendencia a ritualizar. Esta técnica se
basa en el hecho de que los rituales, por ejemplo: la-
varse las manos durante cinco minutos después de
tocar los pomos de las puertas o realizar innumerables
consultas al médico ante cualquier malestar «sospe-
choso» de cáncer, si bien alivian la ansiedad en el
momento mantienen la tendencia a ritualizar en el fu-
turo. En otras palabras: el sujeto se ve obligado a la-
varse nuevamente las manos cada vez que toca algo
«contaminado» o a consultar nuevamente al médico
ante cada síntoma o malestar. El precio que paga por
el breve alivio que obtiene al efectuar la comprobación
es muy elevado: cada vez es mayor su dependencia
de la verificación compulsiva, que lo somete a una
verdadera esclavitud. Al acostumbrarse a prescindir de
los rituales como parte de un programa de entrena-
miento gradual, consigue finalmente invertir este me-
canismo y eliminar su dependencia de actos tales co-
mo higienizarse en exceso, consultar médicos y emer-
13
gencias o verificar varias veces que no ha perdido las
llaves. En el caso de las ideas obsesivas, recurrentes y
angustiantes, se han diseñado procedimientos como la
«detención del pensamiento» o la técnica de cultivar
«indiferencia a los pensamientos» que hemos descrito
con detalle en un libro anterior2. Aunque aparente-
mente simples, estas técnicas para manejar las obse-
siones suelen ser eficaces más por lo que evitan que
por lo que agregan: suprimen la lucha obsesiva, el in-
tento infructuoso del sujeto por alejar los pensamien-
tos no deseados, intento que da vida y mantiene sus
propias obsesiones.
A pesar de que estas herramientas han demostrado su
eficacia en muchísimos casos, existe una dificultad que
torna engorroso el tratamiento: la escasa disposición
de los pacientes a poner en práctica estas técnicas.
Las personas afectadas difícilmente cumplen con las
consignas o lo hacen en forma irregular. Aunque
desean librarse de sus compulsiones por la notable
incomodidad que supone cumplir con ellas, concurren
a la terapia con la expectativa de que el tratamiento
les proporcionará las certezas necesarias para que
desaparezca su necesidad de ritualizar. Es común, por
ejemplo, que nos interroguen buscando reducir las
dudas que les llevan a actuar compulsivamente. Pre-
guntas tales como: «¿usted cree que este dolor es
normal?» o «no es posible que me haya contagiado de
ese modo, ¿verdad?» constituyen en sí mismas con-
ductas de verificación. Incluso la pregunta: «¿esto es
una obsesión o una preocupación real...?» y también:
«¿cómo sé cuándo se trata de una obsesión y cuando
es un riesgo auténtico?» persiguen la misma finalidad.
Si el terapeuta tranquiliza al sujeto, su intervención
2 «60 mentiras que nos complican la vida»
14
cumple la misma función que cualquier ritual: reduce
momentáneamente la ansiedad pero refuerza el me-
canismo obsesivo y la necesidad de nuevos reasegu-
ramientos. El mismo resultado se obtiene mediante el
análisis racional de los temores obsesivos. Pretender
aplacar mediante argumentos los temores del sujeto
sólo consigue que se «enrosque» aún más con el te-
ma, ya que ningún razonamiento conseguirá brindarle
las certezas que requiere.
Por tal motivo, si usted sufre de obsesiones, necesita-
mos trabajar primero sobre sus expectativas con rela-
ción a la terapia y a su propio trastorno. Mi primera
misión es ayudarle a aceptar que el tratamiento no
reducirá totalmente sus dudas, temores y preocupa-
ciones para suprimir de ese modo su necesidad de ri-
tualizar. Usted deberá aprender a convivir con las du-
das e incertidumbres que pretende eliminar mediante
sus rituales, tanto aquellos visibles (lavarse las manos,
preguntar, verificar) como los internos (repetir pala-
bras o números «buenos», analizar largamente sus
temores, etc.). En lugar de ritualizar, deberá respon-
der a sus dudas y obsesiones de forma más eficaz.
Una respuesta eficaz no es aquélla que lo tranquiliza
sino aquélla que le permite convivir con sus preocupa-
ciones obsesivas, cultivar indiferencia hacia ellas y
continuar con sus actividades normales a pesar de las
mismas. Si consigue este objetivo, es de esperar que
más adelante disminuyan sus obsesiones; pero si pre-
tende reducirlas mediante la verificación o el análisis
lógico, reforzará su estrategia neurótica.
Sin embargo, los intentos por cambiar estas expectati-
vas mediante una explicación razonada como la ante-
rior tienen una eficacia relativa. Usted llega a la tera-
pia con el hábito de aliviar su ansiedad mediante la
15
comprobación y otros rituales debido al alivio momen-
táneo que tales procedimientos le brindan y encuentra
difícil sustraerse a ese mecanismo. El procedimiento
que le propongo en este capítulo procura modificar
directamente su actitud hacia sus obsesiones mediante
tres pilares básicos: un modelo comprensivo del tras-
torno, es decir, una forma de entender el problema
que le obligará a considerar a sus obsesiones como
tales, en lugar de tomarlas como preocupaciones legí-
timas; un cambio en el lenguaje que usted emplea
mentalmente cuando piensa en sus preocupaciones
obsesivas; y el uso del «entrenamiento asertivo», un
procedimiento conductual que se utiliza para afirmarse
ante otras personas y mejorar la seguridad en los
vínculos interpersonales, y que hemos adaptado para
manejar las ideas obsesivas. Veamos los tres elemen-
tos.
Modelo explicativo del trastorno
Aunque los pensamientos obsesivos se consideran «in-
trusos» y aparecen sin que usted se lo proponga, us-
ted reconoce que son producto de su propia actividad
mental, a diferencia de lo experimentado por los suje-
tos delirantes que atribuyen ciertos mensajes y pen-
samientos hostiles a la influencia o el control de agen-
tes externos. Las ideas obsesivas difieren también de
las delirantes en cuanto a su credibilidad, ya que usted
las considera absurdas, exageradas o al menos alber-
ga dudas acerca de su validez. Estas características
permiten conceptualizar el trastorno, con fines didácti-
cos, como una confrontación entre dos partes o secto-
res de su personalidad: una parte «obsesiva e irracio-
nal» y una parte «racional y lógica» que es quien con-
serva la noción de realidad. Podemos ir más lejos con
esta analogía e imaginarnos que existen dos personas
o personitas diferentes: usted -es decir, su auténtico
16
«Yo»-, la persona racional, lógica y realista, que sabe
que hay otra parte irracional u obsesiva; y la «personi-
ta obsesiva», que es quien evoca las ideas descabella-
das y pretende que usted cumpla con rituales absur-
dos. Tal distinción debe tomarla sólo como un recurso
terapéutico; no significa que existan realmente dos
personas, pero a los efectos prácticos y sobre todo
para comprender su trastorno puede asumir que es
como si existieran dos personas diferentes, algo así
como «el otro yo del Dr. Merengue», el famoso perso-
naje de Divito. Los pacientes afectados de TOC res-
ponden a sus ideas obsesivas como si fueran legítimas
y dignas de ser tomadas en cuenta, por ejemplo para
analizar su validez o verificar procedimientos y evitar
las supuestas tragedias que anuncian. Si ese es su
caso, le resultará útil identificar a sus obsesiones como
producto de su «parte irracional». Más adelante volve-
remos sobre este modelo.
Cambios a implementar en el lenguaje
Aunque el modelo de las dos personas resulta claro en
el papel, los sujetos obsesivos confunden permanen-
temente ambas partes. Un recurso que ayuda a distin-
guirlas y a tomar distancia de su parte obsesiva (PO)
consiste en referirse a esta última en 3ª persona, por
ejemplo: «ella piensa...» o «ella teme...» en lugar de
«yo pienso» o «yo temo», reservando la primera per-
sona -«yo»- para su parte lógica o racional (PR). Us-
ted es la parte sana y realista. Ella es la parte neuróti-
ca e irracional. Como veremos, también puede mante-
ner diálogos internos con su parte obsesiva dirigiéndo-
se a ella en 2ª persona («tu piensas»). Este cambio en
su lenguaje es un factor clave del proceso terapéutico,
porque considera a las ideas obsesivas como producto
de una parte irracional, y las distingue del pensamien-
to lógico y realista que se identifica como propio. Ha-
17
blar con su terapeuta o con usted mismo de este modo
le permitirá identificarse con su parte racional y tomar
distancia de sus pensamientos obsesivos.
Concepto de asertividad
Una vez que ha asignado a las obsesiones el carácter
de pensamientos ilógicos producto de una parte irra-
cional de su personalidad, es útil introducir el concepto
de asertividad para describir su reacción ante dichas
ideas, es decir, la reacción de su parte lógica ante las
ideas que evoca la personita obsesiva. Resumamos
primero el concepto de conducta asertiva. Básicamen-
te, se describen tres estilos de conducta interpersonal,
es decir, tres formas de relacionarse con otras perso-
nas: el comportamiento sumiso o muy complaciente,
la conducta agresiva o autoritaria y la conducta aserti-
va. Cuando usted se conduce en forma asertiva es ca-
paz de expresar sus opiniones, decir lo que piensa y
expresar sus sentimientos positivos o negativos hacia
otra persona, de forma clara y directa aunque respe-
tuosa y civilizada. Usted es capaz de hablar en público,
pedir lo que desea y discrepar o negarse ante un pedi-
do, sintiéndose al mismo tiempo seguro y tranquilo.
En particular, usted no permite ser manipulado o pre-
sionado para hacer aquello que no desea. Estas son
las características del comportamiento asertivo. Las
conductas sumisa, excesivamente complaciente, agre-
siva, prepotente y manipulativa se consideran «poco
asertivas» o «no asertivas». Puede consultar el apén-
dice I al final del libro para una descripción más deta-
llada de los tres estilos de comportamiento social.
Todos actuamos en forma más o menos asertiva se-
gún la ocasión. A veces nos relacionamos de un modo
con la familia y los amigos cercanos y de otro modo en
el trabajo o con desconocidos. Cuando esto supone un
18
problema para el consultante, los terapeutas intenta-
mos ayudarlo a conducirse con mayor seguridad y un
mínimo de ansiedad en aquellas situaciones en que se
siente tenso e inhibido. Este procedimiento se conoce
como «terapia asertiva» o «entrenamiento en habili-
dades sociales». A los efectos de este libro, nos intere-
sa desarrollar un comportamiento asertivo ante el
neurótico que llevamos dentro, que suele manipular-
nos o presionarnos para cumplir con sus demandas.
Para ello, usted debe asumir que el cumplimiento de
los rituales u otras conductas requeridas por la parte
obsesiva supone una respuesta poco asertiva a las
mismas. En otras palabras: cada vez que usted hace
lo que su parte obsesiva pretende, está siendo mani-
pulado por ella o cediendo a sus imposiciones, como lo
haría ante una persona real que intentara presionarlo
para hacer algo que no desea.
Un primer paso en el desarrollo de habilidades sociales
consiste en repasar sus derechos en las relaciones con
otras personas. Tales derechos deben tenerse presen-
te también para cultivar un comportamiento más firme
ante su PO. En particular, conviene recordar y ejercer
los siguientes: tenemos derecho a tomar nuestras
propias decisiones, de acuerdo a nuestro criterio y
preferencias personales; tenemos derechos a actuar
aun cuando los demás no estén de acuerdo (no nece-
sitamos contar siempre con la aprobación y el bene-
plácito de otras personas); tenemos derecho a no dar
interminables explicaciones para justificar nuestra
conducta (podemos dar una breve explicación de
nuestros motivos, y a veces ninguna); tenemos dere-
cho a correr riesgos, es decir, a actuar sin estar com-
pletamente seguros del resultado de nuestros actos; y
tenemos derecho a decir que «no» aunque un pedido
sea razonable y esté a nuestro alcance . En el Apéndi-
19
ce II presentamos una descripción más detallada de
estos derechos, que son sólo algunos de los que se
trabajan en terapia asertiva, pero que a los efectos de
responder a nuestra parte obsesiva son los más rele-
vantes.
Desarrollo del procedimiento
Describimos a continuación las distintas fases del pro-
cedimiento que hemos resumido en los párrafos ante-
riores.
El primer paso consiste en distinguir la «parte obsesi-
va e irracional» de la parte «lógica y racional». Como
ya hemos señalado, este modelo, con fines didácticos
y terapéuticos, conceptualiza el TOC como la insisten-
cia de la parte obsesiva (PO) en que la parte racional
(PR) actúe de cierto modo, realizando rituales visibles,
como revisar las puertas o consultar de nuevo al mé-
dico o mentales: analizar largamente si el síntoma que
lo aflige es peligroso, repasar una vez más qué hizo al
salir de su casa para recordar si cerró o no la puerta,
etc. Todo ocurre como si la parte obsesiva planteara
preguntas inquietantes: «¿estás seguro de que cerras-
te la puerta?», afirmaciones: «si no rezás cinco veces
se va a morir un ser querido» o acusaciones, por ej.:
«tu familia se va a morir o enfermar por tu culpa»,
«sos homosexual», «odiás a tu hijo y querés matarlo».
Ante dichos planteos, la parte racional responde en
forma poco asertiva: da largas explicaciones, se en-
trega a prolongados análisis, se siente culpable, reali-
za rituales, consulta, verifica procedimientos, etc.
El siguiente paso consiste en redactar las preguntas y
afirmaciones específicas mediante las cuales su PO le
demanda una acción tranquilizadora. Debe poner por
escrito las frases concretas mediante las cuales lo pre-
20
siona su PO, como las mencionadas en el párrafo ante-
rior. Esto le permitirá reconocer tales preocupaciones
y temores como provenientes de su PO y asignarles el
estatus de ideas irracionales en lugar de considerarlas
preocupaciones legítimas que corresponde examinar.
En este punto, debe asumir que sus rituales visibles y
mentales, por ejemplo los largos análisis que realiza,
las comprobaciones, consultas y verificaciones son
respuestas sumisas y poco asertivas ante las deman-
das de su PO. A los efectos de lidiar con sus obsesio-
nes, debe considerar que su parte neurótica no respe-
ta su derecho a tomar sus propias decisiones e intenta
manipularlo para que ejecute rituales. Cuando usted -
es decir su PR- cede a estas presiones, permite ser
manipulado por su PO en lugar de negarse asertiva-
mente a cumplir con tales demandas.
Debe seleccionar luego respuestas asertivas apropia-
das a las demandas de su PO. Diversos autores han
descrito técnicas verbales para hacer frente a las críti-
cas, exigencias y manipulaciones de otras personas. Si
trabaja con un terapeuta -que es lo más recomenda-
ble-, este le enseñará la manera de responder a las
exigencias ajenas. Como forma de facilitar dicho
aprendizaje, incluimos en el Apéndice III una breve
descripción de las clásicas respuestas asertivas. Exis-
ten además excelentes libros en español que describen
con detalle estas técnicas, por ejemplo: «Hable con
Soltura», de Alan Garner, y «Cuando digo no me sien-
to culpable», de Manuel J. Smith, cuyos datos consig-
namos en la Bibliografía. A los efectos de responder a
las demandas de su PO, sin embargo, es suficiente con
responder en forma breve, limitándose a comunicar su
decisión, por ejemplo: «ya consulté al médico, no
pienso hacerlo de nuevo», sin tratar de convencer a su
21
PO de que tal decisión es correcta. Si su PO insiste, y
es de esperar que lo haga, usted puede repetir sim-
plemente su decisión una y otra vez sin responder
otras preguntas que lo llevarían a buscar justificacio-
nes para hacer lo que ha decidido. Esta técnica se co-
noce como «disco rayado». Por ejemplo, si su PO le
dice: «¿pero estás 100% seguro de que esta vez no es
un problema real...?» usted respondería; «no, pero ya
consulté al médico y no pienso hacerlo de nuevo». Si
insistiera: «para mí deberías consultar de nuevo» us-
ted contestaría «entiendo lo que piensas, pero ya con-
sulté al médico y no pienso hacerlo de nuevo», y así
sucesivamente. Usted no necesita que su PO esté de
acuerdo, ni tiene por qué justificarse ante ella. Tampo-
co tiene que contestar todas sus preguntas, que apun-
tan a manipularlo y obligarlo a ritualizar. Sólo tiene
que comunicar su decisión y nada más. Incluso puede
negarse a seguir hablando, como lo haría ante una
persona real que no respetara su decisión. A los efec-
tos de lidiar con su parte obsesiva nos interesan las
respuestas breves que tienden a cortar el diálogo. En
las relaciones interpersonales, se utiliza también res-
puestas que promueven la comunicación, como el pro-
cedimiento de pedir ejemplos o detalles concretos,
pero en este caso no queremos embarcarnos en un
análisis con nuestra parte irracional, por lo cual no uti-
lizaremos las técnicas que apunten a entablar un diá-
logo fluido.
Una vez seleccionadas las respuestas adecuadas, us-
ted debe entrenarse en interponerlas ante la insisten-
cia de su PO, como lo haría ante una persona real que
se empeñara en persuadirlo de que llevara a cabo cier-
tos rituales. Este proceso se practica normalmente en
el consultorio, adoptando el terapeuta el rol de «parte
obsesiva» para que usted ensaye las respuestas ade-
22
cuadas, empleando a veces el cambio de roles para
facilitar el aprendizaje. Entre las sesiones, usted debe
evocar intencionalmente las ideas obsesivas (es decir:
debe invitar a su PO a emitir dichas ideas) a efectos de
practicar los diálogos imaginarios, respondiendo aser-
tivamente a su parte obsesiva en 2ª persona y reser-
vando la 1ª persona para usted mismo en tanto PR. Si
trabaja solo, tendrá que ensayar los diálogos por su
cuenta. El proceso de practicar tales conversaciones le
permitirá tomar distancia de las demandas obsesivas y
ponerlas en su lugar, aunque luego no utilice los diálo-
gos completos cuando aparezcan las obsesiones es-
pontáneamente.
Como resultado de este entrenamiento está ahora
preparado para utilizar el procedimiento en la vida real
cuando surjan las ideas obsesivas, reconociéndolas
como un intento de manipulación de su PO y respon-
diendo a ellas asertivamente y en 2ª persona. Estas
respuestas deben sustituir a las anteriores (rituales,
largas explicaciones, prolongados análisis).
Un breve ejemplo nos permitirá ilustrar los diferentes
pasos del procedimiento. Una paciente de 32 años,
casada y con un hijo pequeño, consultó por rituales
visibles y mentales ante ideas obsesivas vinculadas a
la contaminación. Los rituales consistían en lavarse las
manos durante 5 a 10 minutos antes de alimentar o
bañar a su hijo. Debía pensar además la palabra «lim-
pia» en el momento de terminar el lavado de manos,
el cual debía reiniciar si no conseguía verbalizar inte-
riormente dicha palabra en el momento exacto de ce-
rrar la canilla. Aunque admitía que tal procedimiento
era innecesario e incluso absurdo, sobre todo la obli-
gación de repetir mentalmente el vocablo tranquiliza-
dor, por momentos mostraba dudas de que su conduc-
23
ta fuera totalmente irracional. Se sentía fuertemente
responsable de evitar cualquier posible contagio a su
hijo y le preocupaba la posibilidad de trasmitirle algún
germen. En su discurso, como es habitual en este tipo
de pacientes, coexistían ideas realistas sobre lo irra-
cional de su conducta con pensamientos exagerados
sobre los riesgos del contagio y su propia responsabili-
dad. En otras palabras, y aplicando nuestro modelo,
por momentos su PO tomaba el comando y ella utiliza-
ba la 1ª persona: «no quiero contagiar a mi hijo...».
Debido a carencias de asertividad que se detectaron
en sus relaciones interpersonales, el tratamiento co-
menzó explicando a la paciente sus derechos e instru-
yéndola en técnicas para negarse ante un pedido y
responder a las críticas, sin relacionar aún tales proce-
dimientos con su TOC. Posteriormente, se le propuso
el modelo de «las dos partes» y se redactó, conjunta-
mente con la paciente, las frases específicas con que
la «parte obsesiva» demandaba a la «parte racional»
el cumplimiento de los rituales. Esta fase requirió po-
ner en palabras las exigencias obsesivas de cumplir
con los rituales ya que la paciente no las percibía de
ese modo; sólo experimentaba la necesidad de lavarse
las manos y el temor a contagiar a su hijo. Como ocu-
rre en la mayoría de los casos, la redacción de las de-
mandas obsesivas ayudó a identificarlas y a tomar dis-
tancia de ellas. Seguidamente se redactó las posibles
respuestas asertivas a dichos requerimientos, como se
ilustra a continuación:
24
DEMANDAS OBSESIVAS RESPUESTAS ASERTIVAS
tenés microbios sí, algún microbio debo
tener
tenés que lavarte bien pienso lavarme normal-
mente
no es suficiente, volvé a entiendo que te parezca
lavarte insuficiente, pero para mí
está bien
te quedaron microbios, lo ya sé que pensás eso,
vas a contagiar pero para mí es suficiente
no estoy convencida de entiendo, pero a mí sí me
que sea suficiente parece suficiente
te vas a arrepentir puede ser, pero en este
momento me parece su-
ficiente
no dijiste «limpio» en el es cierto, no lo dije
momento justo
lavate de nuevo y decí no me parece necesario
«limpio» al final
así vas a quedar más es posible, pero no me
tranquila parece necesario
Las respuestas asertivas consisten en admitir la parte
del mensaje que se puede aceptar: «sí, algún microbio
debo tener», ateniéndose a lo que la PO ha dicho y sin
darse por enterado del requerimiento entre líneas
(«tenés que lavarte bien») hasta que es explicitado.
Una vez planteado, la PR se limita a comunicar su de-
25
cisión: «pienso lavarme normalmente». Si la PO insis-
te con que el lavado normal no es suficiente, la PR se
abstiene de discutir con ella o tratar de convencerla.
Se limita a reconocer «entiendo que te parezca insufi-
ciente» y agrega su propia opinión: «pero para mí está
bien», sin dar más argumentos. Si la PO insiste con
que el lavado es insuficiente, la PR acepta que «puede
ser» y repite su punto de vista: «a mí sí me parece
suficiente» sin embarcarse en una discusión ni en un
análisis del asunto. Esto se repite las veces que sea
necesario, como un «disco rayado». El diálogo conti-
núa en los mismos términos. La PR se limita a respon-
der estrictamente lo que le señalan: «es cierto, no lo
dije» y a dar su opinión: «no me parece necesario» sin
ir más allá. En ningún momento procura convencer a
la PO de que no es necesario lavarse más. No necesita
que la PO esté de acuerdo.
La redacción de estas respuestas requiere, natural-
mente, cierto dominio de las técnicas verbales que se
utilizan en terapia asertiva. Sin embargo, no se preo-
cupe si no consigue redactar respuestas perfectas o
muy elegantes. Es suficiente con que recuerde los si-
guientes principios a la hora de responder a su parte
obsesiva, más allá de las frases que utilice:
1. Usted no necesita convencer a su parte obsesiva de
que no es necesario ejecutar un ritual. Puede limitarse
a comunicarlo: «para mí es suficiente con un lavado
normal...» sin esperar que ella esté de acuerdo. De
hecho, no es posible convencerla con argumentos lógi-
cos, de modo que no vale la pena intentarlo. Usted no
le está pidiendo permiso.
2. Usted no puede hacer que desaparezca su PO. De-
berá convivir con ella. Acepte que seguirá allí, insis-
26
tiendo en que usted debería hacer lo que ella preten-
de: repetir un ritual, revisar de nuevo las puertas o la
llave del gas, consultar nuevamente al médico o cual-
quier otra cosa innecesaria. Es cierto que si no se em-
barca en largas discusiones con su PO, con el tiempo
perderá fuerza y se mantendrá en la periferia de sus
pensamientos. Pero no es de esperar que desaparezca
del todo. Piense en su PO como en una personita mo-
lesta que va siempre a su lado. Usted no puede echar-
la ni hacerla callar, de modo que finalmente decide
ignorarla. Es como si le dijera: «decí lo que quieras, yo
voy a hacer lo que me parezca correcto»
3. Aunque usted ignore a su PO, las demandas y pre-
siones de ella para que usted ritualice lo pondrán in-
cómodo o lo harán sentir ansioso, sobre todo al princi-
pio. Usted tendrá que convivir con esta incomodidad,
que con el tiempo tiende a disiparse.
Si tiene presente estas normas, cualquier frase breve
que emplee para responderle será apropiada, incluso
un simple: «pensá lo que quieras» o incluso: «no me
hinches...». Utilice el lenguaje que le resulte más grá-
fico. Pero volvamos a nuestro ejemplo.
Una vez completada esta fase, se pidió a la paciente
que imaginara a su parte obsesiva como una persona
real que la atormentaba con exigencias absurdas y a
quien no era necesario convencer. Se la entrenó para
que mantuviera diálogos imaginarios con su PO, res-
pondiéndole asertivamente en 2ª persona y reservan-
do la 1ª persona para ella misma en tanto parte racio-
nal. Este ejercicio se llevó a cabo en el consultorio y
una vez dominado se instruyó a la paciente para em-
plearlo en la vida real, al surgir las obsesiones sobre la
contaminación. Paralelamente, se insistió en que su
27
conducta debía estar bajo el control de su parte racio-
nal y por ende en que no debía cumplir con las exigen-
cias ritualísticas.
¿Por qué funciona este procedimiento?
La técnica completa que hemos presentado posee va-
rios elementos que pueden ayudarlo a manejar sus
obsesiones y rituales. El hecho de considerar sus ob-
sesiones como producto de una parte neurótica de su
personalidad les asigna un carácter irracional y les qui-
ta legitimidad. Aceptar que dicha parte no es permea-
ble a razonamientos lógicos evita embarcarse en aná-
lisis desgastantes e infructuosos. Comprender el tras-
torno como una manipulación o una exigencia arbitra-
ria de su sector irracional le motiva a distanciarse de
sus obsesiones, y los diálogos imaginarios acentúan la
disociación entre ambas partes. El uso de la 1ª perso-
na para referirse a usted mismo cuando responde
asertivamente consigue que identifique dicho compor-
tamiento como propio, al tiempo que percibe sus ideas
neuróticas como ajenas a su pensamiento racional, y
las respuestas asertivas le brindan una herramienta
concreta para hacer frente a la presión de ritualizar.
Como ocurre con la utilización de estas mismas res-
puestas en las interacciones sociales, es probable que
usted se felicite por actuar asertivamente y defender
sus derechos.
Otros aspectos del procedimiento también pueden ju-
gar un papel. Como hemos visto, la práctica de los
diálogos imaginarios requiere la evocación intencional
de las demandas obsesivas, lo cual puede tener un
efecto terapéutico paradojal porque corta el automa-
tismo de las ideas intrusas y le da cierto control sobre
ellas (es usted quien las evoca). La respuesta asertiva
a las demandas obsesivas reemplaza a la lucha obse-
28
siva para combatir los pensamientos no deseados, evi-
tando embarcarse en prolongados análisis que refuer-
zan y mantienen las mismas preocupaciones, un me-
canismo presente también en otras técnicas (por
ejemplo: cultivar indiferencia a las propias ideas). Por
último, el procedimiento completo, tal como se ha ilus-
trado, incluye la clásica instrucción de no ejecutar los
rituales, cuya efectividad en el tratamiento del TOC ha
sido demostrada. En ese sentido, la técnica que hemos
descrito facilita la decisión de interrumpir los rituales.
Por último, la conceptualización del TOC como una
respuesta poco asertiva ante las demandas de su par-
te obsesiva resulta coherente con su experiencia sub-
jetiva de «verse obligado» a ritualizar, y genera una
disposición favorable a responder más asertivamente
ante dichas demandas. Digamos para finalizar que el
tratamiento del TOC requiere a veces el uso de medi-
camentos específicos, que apoyan y complementan el
abordaje psicológico. El abordaje conductual que pro-
ponemos es totalmente compatible con el tratamiento
farmacológico cuando este es necesario, y de hecho
ambas estrategias se potencian mutuamente.
29
El pequeño discutidor
Todos llevamos dentro una personita que gusta de en-
frentarse y discutir con los demás. En algunos casos,
este personaje se dispara cada vez que discrepamos
con alguien, sin tomar en cuenta si la discusión se jus-
tifica o vale la pena; en otros, son las actitudes injus-
tas o equivocadas de compañeros, familiares o amigos
las que despiertan nuestro guerrero interior, y en oca-
siones es el propósito de modificar la conducta ajena o
de conseguir aquello que deseamos lo que lleva al dis-
cutidor interno a embarcarse en largos y apasionados
enfrentamientos. Este personaje reacciona automáti-
camente, sin medir la utilidad o las consecuencias de
tales confrontaciones. Nuestra parte racional, en cam-
bio, es capaz de preguntarse hasta qué punto es útil
criticar al otro o apabullarlo con argumentos, y de he-
cho suele hacerlo una vez que el peleador desaparece
de escena. Es el momento en que nos preguntamos:
¿conseguí lo que me proponía? Y aunque lo haya con-
seguido, ¿qué efecto tuvo este conflicto sobre el clima
de la relación? ¿Valió realmente la pena? Con frecuen-
cia las respuestas indican que hubiera sido preferible
plantear las cosas de otro modo. Una estrategia más
eficaz sería emplear herramientas de motivación y es-
tímulo para incentivar el cambio en otras personas,
buscando obtener su cooperación y evitando el clima
de enfrentamiento que con frecuencia genera oposi-
ción y resistencias.
Las herramientas que ofrecemos en este capítulo
apuntan precisamente a un enfoque más racional de
los desacuerdos, y pueden aplicarse en todas las rela-
30
ciones estables, ya sea en el ámbito laboral como en
el familiar o de pareja. Las estrategias de comunica-
ción son las mismas, ya se trate de modificar el com-
portamiento de nuestros hijos, pareja o compañeros
de trabajo. Los cambios que procuramos obtener, na-
turalmente, son diferentes en cada situación, como
también lo son el grado de confianza e intimidad que
tenemos en cada uno de estos casos; pero los princi-
pios básicos son similares, y lo que es más importan-
te, los errores que suele cometer nuestro peleador
interno se repiten en las diferentes áreas.
Son variados los motivos por los cuales deseamos
promover cambios en la conducta de otras personas.
En muchos casos su comportamiento nos molesta di-
rectamente, o nos perjudica de alguna manera. Tal
vez nuestro compañero de oficina escucha la radio a
todo volumen o descuida su trabajo y las consecuen-
cias recaen sobre nosotros. En otros casos, en cambio,
nos gustaría que alguien comenzara a actuar de cierto
modo, por ejemplo que nuestra esposa tuviera más
iniciativa en materia sexual o que nuestro esposo nos
llamara más a menudo durante el día. No siempre se
trata de intereses personales: en ocasiones deseamos
promover cambios en otras personas en su propio be-
neficio. Queremos que nuestros hijos estudien, traba-
jen y cultiven hábitos que estimamos convenientes
para ellos mismos. Los ejemplos, naturalmente, pue-
den multiplicarse. El común denominador, sin embar-
go, es que siempre deseamos que otra persona deje
de actuar de cierto modo o que haga cosas que nor-
malmente no hace.
¿Existe una forma segura de obtener cambios en el
comportamiento ajeno? ¿Disponemos de estrategias
que nos permitan controlar a voluntad la conducta de
31
otras personas? La respuesta es un NO rotundo: no es
posible (ni deseable) ejercer total control sobre el
comportamiento ajeno. Si su sector irracional es muy
demandante, tal vez alberga la expectativa de mane-
jar la conducta de otras personas de acuerdo a sus
propios intereses (aunque se trate de intereses altruis-
tas). Se trata de una aspiración poco realista. Es cierto
que podemos estimular y motivar a otras personas
para el cambio y formular nuestras propuestas de mo-
do que aumenten la probabilidad de ser aceptadas. De
eso se trata precisamente este capítulo. Pero en última
instancia, cada individuo es libre de tomar sus propias
decisiones y de hacerse responsable por ellas. Más
aún, los intentos de presionar y forzar a los demás a
actuar como deseamos suelen generar oposición. Co-
mo veremos más adelante, el personaje intransigente
que llevamos dentro adhiere a varios mitos sobre el
cambio de conducta. Uno de ellos consiste precisa-
mente en la noción de que «si no consigo que alguien
cambie, debo estar haciendo algo equivocado». Como
todos los mitos, este tiene una base real. Es posible
que usted esté empleando una estrategia equivocada,
o que su actitud genere más oposición que deseos de
cooperar. Pero aun con la mejor estrategia, no hay
garantías de que logrará promover los cambios que
desea. La conducta humana es muy compleja, al pun-
to de que a veces no conocemos las causas de nues-
tras propias acciones ni conseguimos modificar total-
mente nuestros hábitos inadecuados.
Pero volvamos a nuestro objetivo de desarrollar estra-
tegias de motivación más eficaces en lugar de reaccio-
nes intempestivas. Un buen punto de partida consiste
en examinar cómo reaccionamos habitualmente cuan-
do nos molesta la conducta de otra persona, y descu-
brir qué errores comete nuestro discutidor interno al
32
manejar ese tipo de situaciones. Para ello, le propon-
dremos varios ejemplos. Se trata de situaciones co-
munes en que una persona está molesta o disconfor-
me con el comportamiento de otra, y le plantea su
disgusto de manera crítica, confrontativa o incluso
agresiva. Como esta forma de plantear desacuerdos es
muy común, es probable que usted la identifique como
propia, es decir, como una reacción automatizada de
su propio sector irracional. Para ayudar a su parte ló-
gica a tomar el comando en este tipo de situaciones, le
pediremos que identifique los errores que comete el
protagonista en cada caso. Verá que el sector irracio-
nal de nuestra personalidad tiene sus propias ideas
sobre el modo de manejar las discrepancias y conse-
guir cambios en la conducta ajena. En estos ejemplos
podrá identificar tales errores y reemplazarlos por in-
tervenciones más convenientes. En el primer ejemplo,
el director de una empresa, Bartelli, está disconforme
con la gestión de Gerardo, su gerente de personal.
Examine por favor la situación y responda las pregun-
tas que la acompañan.
Gerardo y Bartelli (Caso 1)
Gerardo, gerente de personal de una empresa textil,
debe comunicarle a los técnicos del área de compu-
tación que la compañía ha decidido contratar los servi-
cios de una empresa externa para cubrir sus necesida-
des en esta materia. Esto implica prescindir de los
servicios de un ingeniero y dos programadores que
trabajan actualmente, quienes recibirán sus despidos y
una indemnización adicional. Como ha ocurrido en si-
tuaciones similares, Gerardo posterga hasta último
momento la tarea de hablar con los funcionarios que
serán despedidos, con la consiguiente demora en ins-
33
trumentar la transferencia de información a los nuevos
operadores.
Bartelli, uno de los directores, está bastante molesto
con esta situación. Sin embargo, ha evitado hasta el
momento demostrar su disgusto, porque sabe que Ge-
rardo es muy susceptible y suele reaccionar en forma
agresiva cuando es criticado. Sin embargo, le pregun-
ta en varias ocasiones si ha tenido tiempo de hablar
con la gente de computación. En una oportunidad, al
comentarle que le fue cortado el crédito a un cliente,
agrega: «a veces es necesario comunicar decisiones
desagradables...», esperando que comprenda la indi-
recta. Como pasan los días y no se concretan los des-
pidos, Bartelli comienza a tratar a Gerardo con frialdad
y a considerar la conveniencia de sustituirlo en la ge-
rencia de personal, si bien está conforme con él en
otros aspectos.
¿Qué errores comete Bartelli al manejar la situación de
esta manera?
¿Qué consecuencias puede tener su actitud?
¿Qué consejo le daría a Bartelli para que manejara
mejor la situación?
La mayoría de las personas percibe enseguida que el
error de Bartelli consiste en no decir claramente qué le
molesta o en darlo a entender indirectamente. Esta
actitud puede generar consecuencias negativas. En
primer lugar, si no pedimos frontalmente aquello que
34
queremos, el problema no se resuelve. La situación
que nos disgusta tiende a mantenerse como está. Co-
mo resultado, quedamos resentidos y corremos el
riesgo de explotar por cosas menores, o tratamos mal
a la otra persona y la relación se resiente. Parece claro
que Bartelli debería plantear lo que le molesta en for-
ma clara y directa. En resumen:
Errores cometidos en el Caso 1
• No decir lo que le molesta o darlo a entender indi-
rectamente
Consecuencias
• Queda resentido
• Trata mal al otro y la relación se resiente
• El problema persiste
• Puede explotar por cosas que nada tienen que ver
con el motivo original
Sugerencia para responder con la parte racional
• Decir lo que le molesta de manera clara y directa
El error presentado en este caso puede parecer obvio,
y efectivamente lo es. También resultan muy eviden-
tes sus consecuencias. Cabría preguntarse, entonces,
por qué es tan frecuente que callemos nuestro disgus-
to o lo demos a entender en forma indirecta. Piense en
las ocasiones en que usted hubiera querido que su pa-
reja, compañero, proveedor o subordinado actuara de
otro modo. ¿Plantea usted normalmente su disconfor-
midad en forma clara y directa? ¿O muchas veces es-
pera a que el otro se dé cuenta solo, le sugiere sutil-
mente que algo no funciona o lo trata fríamente? Si es
35
así, su parte racional ha sido relegada. ¿Qué lleva a su
parte neurótica a actuar de ese modo?
Aquí tiene otro ejemplo en el que Adriana comete el
mismo error que Bartelli. Examínelo, y procure res-
ponder la pregunta que acabamos de formular: ¿Por
qué, si es tan obvio que conviene plantear frontalmen-
te nuestro disgusto, una parte nuestra nos lleva a ca-
llarnos o a darlo a entender con indirectas?
Adriana y Bety (Caso 1)
Adriana y Bety son compañeras de trabajo y compar-
ten la misma oficina. Desde hace varios meses, Adria-
na está molesta porque Bety pierde mucho tiempo ha-
blando por teléfono con su madre y con sus amigas.
Cuando sale a almorzar vuelve tarde y con frecuencia
descuida sus tareas por dedicarse a coquetear con al-
gún chico de otro departamento. Como resultado,
Adriana debe ocuparse de la mayor parte del trabajo y
aun así suele retrasarse, lo cual les ha valido a ambas
varios llamados de atención por parte del jefe.
Hasta el momento, Adriana ha evitado hablar con Bety
de esta situación para no crear más problemas. En
lugar de ello, ha comenzado a tratar a su compañera
con frialdad. De hecho, trata de hablar con ella lo me-
nos posible, y cuando le pide algo demora a propósito
o finge no haberla escuchado. Sin embargo, ha co-
mentado su disgusto con otras compañeras de trabajo,
quienes coincidieron con ella en que Bety es bastante
irresponsable.
En este ejemplo, Adriana comete el mismo error que
Bartelli en el caso anterior. Si usted actúa de modo
36
similar, es posible que albergue mitos o concepciones
erróneas acerca de cómo deberían actuar los demás, y
si corresponde o no plantear su desacuerdo. Estos mi-
tos toman la forma de ideas o pensamientos que su
parte neurótica, irritada, evoca cada vez que le moles-
ta el comportamiento ajeno, tales como: «él o ella de-
bería darse cuenta de lo que me molesta», o bien: «no
soy yo quien debe señalarle su error». Examinemos
algunas de estas creencias que pueden llevarlo a ca-
llarse o a lanzar indirectas en lugar de tomar la inicia-
tiva y realizar un pedido frontal.
Una de las ideas que lo frena es que la otra persona
debería darse cuenta de que su actitud es incorrecta.
Su personaje interior, ofuscado, clama: «puesto que
es ella quien está equivocada o en falta, es ella quien
debe darse cuenta y corregirlo sin que se lo pidan».
Esta idea, sin embargo, contradice un principio básico
de la comunicación: el que tiene el problema es aquél
que está molesto con la situación, o cuyas necesidades
no están satisfechas. En los ejemplos anteriores, Bar-
telli y Adriana tienen un problema, puesto que son
ellos quienes están disgustados con el estado de las
cosas. Note que no preguntamos quién tiene razón,
sino quién tiene el problema. El segundo principio es-
tablece que quien tiene el problema es quien debe
plantearlo y pedir los cambios que desea. Esto es así
por más obvia que resulte la inconducta de la otra
persona. Cuando en una relación (por ejemplo: en una
pareja, en la familia, en un equipo de trabajo) se
acepta este principio, no hay lugar a malentendidos:
quien está molesto con algo debe expresar su discon-
formidad; los demás no tienen por qué darse por ente-
rados hasta que se formula el planteo.
37
En las relaciones de pareja y en los vínculos afectivos
o familiares en general, es común el «mito de la tele-
patía», denominado así por el conocido psicólogo Ar-
nold Lazarus. Esta idea puede resumirse así: «si él o
ella me quiere, debería percibir mis deseos y necesi-
dades sin que se las diga». Es posible que su persona-
je interior idealice el amor y tome como cierto este
mito. La visión racional. Sin embargo, es menos ro-
mántica: el amor no tiene nada que ver con la telepa-
tía. Alguien puede amarnos profundamente y no darse
cuenta de nuestras expectativas (lo contrario también
es cierto). De modo que seguimos siendo nosotros los
responsables de pedir lo que queremos.
Otro concepto equivocado que puede bloquearlo a la
hora de expresar sus necesidades, es la suposición de
que los demás se enojarán o lo abandonarán si les pi-
de cambios o les plantea desacuerdos. Recuerde que
el neurótico interior suele exagerar los riesgos. Si los
pedidos son respetuosos, no es probable que la otra
persona se enoje. Y si monta en cólera ante cualquier
discrepancia, el motivo de su reacción no es entonces
la discrepancia sino su propia incapacidad para tolerar-
la.
Otra característica del sector irracional es un pensa-
miento polarizado que lo lleva a ver las cosas blancas
o negras. Si ese es el caso, es posible que asuma que
si se disgusta con alguien sólo existen dos opciones:
callarse o explotar. Al manejar sólo esas opciones, eli-
ge callarse (y tragarse al bronca) «para evitar una pe-
lea». Esta postura, sin embargo, no toma en cuenta la
alternativa de efectuar planteos y pedidos claros, di-
rectos y firmes aunque respetuosos y educados.
38
Si una parte de usted adopta estos mitos, recuerde
que son arbitrarios y que no resisten un análisis lógico.
Deséchelos y cultive expectativas más realistas como
forma de desinhibirse a la hora de plantear sus
desacuerdos. Si está disconforme con el comporta-
miento de alguien, asuma que es usted quien tiene el
problema y la responsabilidad de plantearlo. No espere
que el otro lo adivine y no dramatice respecto a la po-
sible reacción del otro. Y recuerde que además de ca-
llarse o enojarse tiene otras opciones. Veamos otro
ejemplo:
Gerardo y Bartelli (Caso 2)
En este caso la situación inicial es la misma: Bartelli
está molesto por la demora de Gerardo en prescindir
de los técnicos del área de informática (repase, si lo
desea, el primer párrafo del Caso 1). En este caso, sin
embargo, Bartelli efectúa un planteo frontal a Gerardo.
Examine la forma en que Bartelli realiza este planteo e
identifique los errores que comete en esta ocasión. Al
dar sus respuestas, recuerde que a los efectos de este
ejercicio estamos analizando la actitud de Bartelli, no
la de Gerardo.
Para facilitar el análisis, le ofrecemos también el Caso
2 de Adriana y Bety. Adriana sigue molesta con Bety,
pero también aquí su reacción es distinta a la del Caso
1: en lugar de callarse o dar a entender su molestia,
ahora plantea una queja frontal a su compañera. Al
realizar su planteo, Adriana comete el mismo error
que Bartelli en el Caso 2. Examine primero el caso de
Bartelli y responda las preguntas por escrito. Luego,
revise el de Adriana para confirmar o modificar sus
39
respuestas. Una vez que tenga sus respuestas definiti-
vas, continúe leyendo.
Bartelli decide hablar con el gerente en estos térmi-
nos: «Gerardo, me parece que le está dedicando de-
masiado tiempo a esas fichas para selección de perso-
nal. Tendría que delegar algunas tareas y ocuparse
usted de los asuntos más importantes, de las cosas
que no puede hacer otro. Ya habíamos hablado que la
selectora de personal puede hacer una preselección y
nosotros ocuparnos sólo de elegir entre tres o cuatro
candidatos. Para organizar una gerencia en forma efi-
ciente tiene que ser menos rígido, más ejecutivo y je-
rarquizar las tareas urgentes en lugar de perder tiem-
po con un trabajo que se puede delegar».
Nuevamente, le pediré que responda las mismas pre-
guntas acerca de este planteo:
¿Qué errores comete Bartelli al manejar la situación de
esta manera?
¿Qué consecuencias puede tener su actitud?
¿Qué consejo le darían a Bartelli para que maneje me-
jor la situación?
Como señalamos más arriba, Adriana comete los mis-
mos errores en este segundo ejemplo. La situación es
la original (ver primer párrafo del Caso 1) pero ahora
la maneja así:
40
Adriana y Bety (Caso 2)
Adriana decide hablar claramente con Bety en estos
términos: «Me parece que sos muy poco responsable
con tu trabajo. En estos meses que llevamos trabajan-
do juntas, tuve que hacer la mayor parte del trabajo
porque vos siempre estás en otra. Si no te tomás el
trabajo en serio y me tirás a mí con todo, sos una ma-
la compañera»
La mayoría de las personas reconocen que los planteos
de Bartelli y de Adriana resultan «duros» e incluso
agresivos. La impresión general es que se está casti-
gando a los culpables, más que pidiendo su colabora-
ción. Si bien son frontales y directos, estos planteos
hacen sentir incómoda a la otra persona, quien tal vez
se ponga a la defensiva. Si usted reacciona de este
modo, su pequeño justiciero puede quedar satisfecho:
se sacó las ganas de expresar su disgusto. Pero su
parte lógica lo ve de otro modo: no es probable que
una acusación de este tipo predisponga favorablemen-
te al sujeto. Lejos de sentirse dispuesto a colaborar,
quien se ve cuestionado de este modo tiende a defen-
der su punto de vista y a justificar su comportamiento,
en un intento por demostrar que las acusaciones son
injustas o infundadas: «no soy tan irresponsable...»
Pero, ¿qué es exactamente lo que hace sentir incómo-
dos a Gerardo y a Bety? ¿Cuáles aspectos del discurso
resultan agresivos? Si quisiéramos aconsejar a Bartelli
y a Adriana, deberíamos explicarles claramente cómo
cambiar su planteo. No sería suficiente con decirles
«sean más considerados». Deberíamos ser más espe-
cíficos e indicarles exactamente cuál fue su error y
41
cómo subsanarlo. Si aún no lo ha hecho, intente ser
más preciso antes de seguir adelante.
Más que referirse a la conducta de Gerardo, Bartelli se
refiere a su persona. Habla de lo que Gerardo supues-
tamente es, en lugar de describir lo que hace o no ha-
ce: «tiene que ser menos rígido, más ejecutivo...».
Otro tanto hace Adriana al cuestionar a su compañera:
«sos muy poco responsable...», «sos una mala com-
pañera», etc.
Nuestro sector racional tiene objetivos concretos.
Cuando nos limitamos a cuestionar la conducta de al-
guien y proponemos una conducta alternativa, sólo
estamos diciendo: «tu haces tal cosa, sería mejor que
hicieras tal otra». No juzgamos a la persona en su to-
talidad. El aludido puede estar o no de acuerdo, pero
difícilmente se sienta agredido o humillado. En cam-
bio, cuando aparece el personaje crítico que llevamos
dentro y ponemos etiquetas como «mala compañera»
o «poco responsable», nuestro juicio es más lapidario.
Lo mismo ocurre cuando empleamos frases como «vos
siempre...» o «vos nunca...» Además de indisponer a
la persona cuya cooperación deseamos obtener, estas
afirmaciones son muy difíciles de probar. Calificativos
tales como «rígido», «poco ejecutivo», «irresponsa-
ble» y similares siempre son discutibles, y el acusado
puede encontrar argumentos para demostrar lo con-
trario. Una vez más, resulta conveniente focalizarse en
lo que el otro hace y dejar de lado lo que supuesta-
mente es.
La ventaja de centrarse en el comportamiento del otro
es múltiple. Primero, para cualquiera de nosotros es
más fácil admitir que actuamos en forma equivocada
(por ejemplo: que pasamos mucho tiempo hablando
42
por teléfono o que nos hemos retrasado en una tarea)
que reconocer una cualidad negativa de nuestra per-
sona tal como ser «irresponsable». Segundo, los adje-
tivos y etiquetas no dan una información útil. ¿Qué
significa exactamente «usted debe ser más ejecuti-
vo»? Es más probable que Gerardo entienda qué se
espera de él si Bartelli le describe exactamente las
medidas que debe tomar, es decir, qué debe hacer y
en qué plazos, o si le aclara la prioridad de esta medi-
da con relación a otras tareas pendientes. En síntesis:
Errores cometidos en el Caso 2
• Calificar o adjetivar a la persona
• Poner etiquetas
• Formular críticas vagas o globales
• Usar términos como «vos sos...», «vos siem-
pre...», «vos nunca»
Consecuencias
• No dan información útil sobre los cambios que se
espera de la otra persona
• Generan malestar o incomodidad
• Ponen al otro a la defensiva
• Disminuyen los deseos de cooperar
Sugerencias para responder con la parte racional
• Describir la conducta esperada
• Centrarse en la conducta futura, no en la pasada
• Hablar de lo que el otro hace, no de lo que el otro
es
Nuestro sector irracional es un sistema coherente de
ideas, creencias, expectativas, reacciones emocionales
y tendencias a la acción, que se materializan en hábi-
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tos repetitivos y contraproducentes como los exami-
nados en este capítulo. Las reacciones emocionales y
conductuales, tales como la cólera y la crítica agresiva,
son el resultado de las ideas y creencias que este sec-
tor asume como verdaderas y que condicionan sus
reacciones. Por definición, tales ideas y creencias son
erróneas o poco realistas (por eso decimos que este
sector es irracional). Al analizar el Caso 1 ya exami-
namos algunos mitos o ideas erróneas acerca del
comportamiento ajeno. Podemos aplicar el mismo ra-
zonamiento a las reacciones que examinamos en este
caso: ¿qué ideas o creencias llevan a nuestro persona-
je interior a juzgar duramente a otras personas o a
descalificarlas?
El mito del reconocimiento del error
Una de las creencias que explica esta reacción es el
mito del reconocimiento del error: nuestro sector irra-
cional supone que si el otro reconoce lo injusto o equi-
vocado de su conducta, cambiará gustosamente y ha-
rá lo que pedimos. Aunque algunas personas cambian
por este mecanismo, la mayoría se resiste a hacerlo.
Al plantear las cosas de ese modo, cambiar equivale a
reconocer un error, o peor aún, una cualidad negativa
de nuestro carácter. Es más probable que el sujeto
cambie su conducta como parte de un acuerdo o sim-
plemente por complacer nuestro pedido, que si le obli-
gamos a tragarse su orgullo y aceptar que debe cam-
biar porque es una persona defectuosa. Si usted le
dice a su esposa, marido, o compañero/a: «me gusta
dejar el jabón en la jabonera, prefiero que esté seco
cuando lo uso, qué te parece, ¿podrías dejarlo allí?»,
probablemente él o ella lo haga, o al menos se pro-
ponga hacerlo. Si en cambio le dice: «sos muy descui-
dado (o descuidada), siempre dejás el jabón sobre la
pileta, tendrías que cuidar más las normas de higie-
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ne», lo más probable es que su pareja intente demos-
trarle que no es tan descuidada como usted sugiere.
Podemos resumir la secuencia de acontecimientos uti-
lizando el clásico modelo de tres pasos descrito origi-
nalmente por el Psic. Albert Ellis, creador de la Terapia
Racional Emotiva3: en el primer paso, «A», alguien se
comporta en forma molesta o incorrecta; luego, en el
paso «B» el sector irracional de su personalidad evoca
alguna idea poco realista acerca de cómo puede cam-
biar su conducta. Estas ideas toman la forma de «diá-
logos internos», es decir, pensamientos que evocamos
como si habláramos con nosotros mismos. Como con-
secuencia de tales pensamientos, usted reacciona en
«C» con críticas duras del tipo de las formuladas en el
Caso 2:
A. alguien actúa reiteradamente de forma que a usted
le molesta o le parece injusta;
B. su sector irracional piensa: «debo mostrarle lo
egoísta y desconsiderado que es; cuando se dé
cuenta, se arrepentirá y hará lo que le pido»
C. usted increpa duramente a la otra persona, le ha-
bla en forma agresiva, emplea adjetivos que lo
descalifican, etc.
Si en cambio se activa su sistema de pensamiento ló-
gico (su yo racional) usted podría pensar en el punto
«B»: «Le pediré que lo haga de otro modo como un
favor personal, o le mostraré las ventajas para ambos
de hacer lo que le pido; puedo incluso aceptar que se
trata de una preferencia mía, no de un error de él. Si
no se siente cuestionado, es más probable que haga lo
que sugiero».
3 Este modelo se desarrolla ampliamente en el libro “60 mentiras
que nos complican la vida” (ver datos en la bibliografía).
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Si lo piensa de ese modo, su discurso en «C» estará
más centrado en el problema que en la persona, en
cómo hacerlo de aquí para adelante que en los defec-
tos del otro. Y obtendrá mejores resultados.
¿Cuál es su objetivo?
El yo racional está centrado en objetivos prácticos.
Para separarlo del pequeño criticón, usted puede pre-
guntarse cuál es su propósito: ¿me propongo desaho-
garme y expresar mi cólera o quiero que la otra per-
sona actúe en forma diferente de aquí para adelante?
Su parte irritable se propone castigar al otro o «hacer
justicia» demostrándole lo equivocado de su actitud.
Dice cosas como: «ahora le voy a demostrar lo egoísta
o desconsiderado que es». Estos pensamientos lo lle-
van naturalmente a castigar y humillar a la otra per-
sona. Pero si en el punto «B» recordamos que nuestro
objetivo no es desahogarnos sino promover cambios
en su conducta, nuestra reacción en el paso «C» con-
sistirá en describir los cambios que esperamos y en
todo caso sus ventajas, evitando descalificar o aplastar
al sujeto con argumentos. Ambos objetivos son in-
compatibles; recuérdelo la próxima vez que esté a
punto de efectuar un señalamiento.
Enunciados vagos y específicos
El caso 2 nos ha enseñado las ventajas de centrarnos
en la conducta del otro, y nos ha mostrado que esta
estrategia es mejor que atacar vagamente su persona.
Demos ahora un paso más, para brindarle herramien-
tas más precisas a su parte racional: aun focalizándo-
se en la conducta ajena, usted tiene siempre dos op-
ciones: puede mencionar lo que no desea que haga la
otra persona, o hacer hincapié en lo que desea que
haga de aquí en más. Ambos planteos son específicos,
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es decir, se centran en el comportamiento. Pero mien-
tras uno de ellos es negativo: «por favor, no leas el
diario en la mesa», el otro es positivo: «me gustaría
que me contaras cómo te fue en tu trabajo cuando nos
sentamos a cenar, y contarte también algunas cosas
que me pasaron en el día». Como ya habrá percibido,
es preferible efectuar planteos específicos y positivos.
Los negativos no dan información suficiente sobre la
conducta que esperamos de la otra persona. Veamos
algunos ejemplos de pedidos formulados en el ámbito
familiar. En cada caso se muestran las tres modalida-
des, a efectos de ilustrar la diferencia entre enuncia-
dos vagos y pedidos concretos o específicos. Aunque
estos ejemplos están tomados de la vida familiar, los
mismos principios pueden aplicarse a los pedidos o
comentarios formulados en otros campos.
Vago, impreciso Es un padre negligente
Específico negativo Me gustaría que no jugara al tenis
dos o tres veces a la semana
Específico positivo Me gustaría que saliera a pasear con
nuestro hijo una vez a la semana
Vago, impreciso Ella no me ayuda
Específico negativo Me gustaría que no cambiara de tema
de conversación cuando le hablo de
mi trabajo
Específico positivo Me gustaría que me escuchara cuan-
do le hablo de mi trabajo y que me
hiciera algunas sugerencias para so-
lucionar los problemas que le cuento
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Vago, impreciso El no respeta mi trabajo de ama de
casa
Específico negativo Me gustaría que no me avisara a úl-
timo momento cuando invita a sus
colegas a comer
Específico positivo Me gustaría que me avisara uno o dos
días antes cuando quiera invitar a
alguien a comer
Vago, impreciso Ella no es suficientemente activa a
nivel sexual
Específico negativo Me gustaría que no esperara siempre
a que yo tome la iniciativa para man-
tener relaciones sexuales
Específico positivo Me gustaría que ella tomara la inicia-
tiva para tener relaciones sexuales la
mitad de las veces
Continuamos analizando los casos de Gerardo y Barte-
lli para identificar los errores que comete este último a
la hora de promover un cambio en la conducta del
primero. En el Caso 3 que presentamos a continua-
ción, el objetivo de Bartelli es siempre el mismo: que
Gerardo, su gerente de personal, comunique finalmen-
te el cese a los técnicos del área de informática. Como
verá al examinar el caso, esta vez Bartelli comienza
bien: formula un pedido concreto y se abstiene de co-
mentarios hirientes. Sin embargo, surge su personita
iracunda y la conversación se le va de las manos. ¿Por
qué ocurre esto? Una vez que responda las preguntas,
vea el mismo error en el Caso 3 de Adriana y Bety. El
error que comete Adriana en este caso es similar al de
Bartelli.
48
Gerardo y Bartelli (Caso 3)
Luego de tolerar bastante esta situación, Bartelli le
pide a Gerardo que hable con el ingeniero ese mismo
día, y que en adelante comunique los despidos o los
cambios de función dentro de la semana en que son
resueltos, a efectos de concretar los cambios con ma-
yor rapidez. Gerardo argumenta que su gerencia está
sobrecargada de trabajo, ya que hace meses ha solici-
tado un jefe de personal y el directorio no aprobó aún
la creación del cargo. «Por eso tengo que ocuparme yo
mismo de la selección de personal», señala el gerente.
Bartelli le recuerda que la empresa está encarando
una reducción del personal, y que la política es contra-
tar los servicios fuera de la empresa, incluyendo la
selección de personal. «Entonces replica Gerardo,
¿por qué me pidieron que tomara otra telefonista?»
La discusión continúa.
¿Qué errores comete Bartelli al manejar la situación de
esta manera?
¿Qué consecuencias puede tener su actitud?
¿Qué consejo le darían a Bartelli para que maneje me-
jor la situación?
49
Adriana y Bety (Caso 3)
Finalmente, Adriana le explica a Bety por qué está mo-
lesta y le pide que haga su parte del trabajo. Bety se
defiende acusando a su vez a Adriana de haberse
equivocado en la última liquidación de sueldos, lo cual
determinó que ambas tuvieran que quedarse traba-
jando después de hora, y Adriana le aclara que una
cosa es equivocarse y otra actuar de modo irrespon-
sable. Le recuerda también que se tomó la última li-
cencia en febrero para que Bety pudiera irse en enero,
pero que Bety en cambio no quiso trabajar tres días de
carnaval para que ella pudiera ir a ver a su madre a
Paysandú. Bety le dice que estaba molesta porque se
enteró que Adriana comentó con una compañera que
ella estaba interesada en un compañero casado que
trabaja en otro piso. «Vos me acusás de irresponsable
-le dice- pero no sabés guardar un secreto»
Como adelantamos más arriba, Bartelli comienza su
planteo en forma adecuada: formula un pedido especí-
fico y positivo y evita comentarios ofensivos o humi-
llantes. Sin embargo, Gerardo tiene su propio sector
irracional: asume una postura defensiva y trae a cola-
ción otros hechos para justificar su retraso. Este es un
fenómeno muy común. Aunque un pedido sea respe-
tuoso y natural, el receptor del mismo puede tomarlo
como un reproche y esgrimir argumentos para defen-
der su posición. Esto ocurre especialmente con sujetos
muy susceptibles y en particular con personas a quie-
nes hemos formulado reproches en otras ocasiones. El
error de Bartelli consiste en responder estas objecio-
nes y embarcarse en una discusión sobre temas que
no están directamente relacionados con su planteo
actual. Bartelli muerde el anzuelo. Despierta su pe-
queño discutidor y permite que la discusión derive ha-
50
cia otros tópicos que lo alejan de su objetivo: comuni-
car la decisión a los técnicos de informática.
En el caso de Adriana y Bety se observa una dinámica
similar. Bety trae a colación hechos del pasado que
nada tienen que ver con el asunto actual. Adriana res-
ponde a estos reproches reflotando otros incidentes, y
de ese modo la discusión va creciendo como una bola
de nieve. Al poco tiempo, es probable que ninguna de
las dos recuerde cómo empezó la discusión. En todo
caso, el objetivo inicial de Adriana quedó sepultado
bajo una gruesa capa de ataques y contraataques, y la
conversación subió de tono aumentando el distancia-
miento entre ambas partes.
Observe que en ambos casos la discusión se nutre de
hechos del pasado. Nuestro yo sensato y realista sabe
que los cambios sólo pueden procesarse de aquí para
adelante. Cualquier discusión centrada en buscar erro-
res que la otra persona cometió en el pasado sirve a
los fines de nuestro sector neurótico empeñado en
demostrar quién tiene razón, pero resulta estéril a los
efectos de promover cambios actuales en su compor-
tamiento. Tanto Bartelli como Adriana se alejaron de
su objetivo porque violaron una de las principales
normas de la comunicación: tratar un solo tema a la
vez. Es cierto que la otra persona puede poner sobre
la mesa otros asuntos, como de hecho ocurre en estos
ejemplos. Pero quien se propone resolver un problema
no debe dejarse arrastrar hacia otros temas. No es
necesario que dé la razón al otro ni que lo contradiga.
Simplemente, puede decir: «si querés, después ha-
blamos de eso. Lo que te estoy pidiendo ahora es...» y
volver al tema original. En síntesis:
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Errores cometidos en el Caso 3
• Tratar más de un tema a la vez
• Revolver en el pasado
Consecuencias
• Se olvida o de deja de lado el tema original
• Se genera una discusión o una pelea
Sugerencias para responder con la parte racional
• Limitarse al tema que planteamos
• No responder si nos plantean otros asuntos (volver
al tema original)
Recuerde que el justiciero que usted lleva dentro que-
rrá efectuar aclaraciones o correcciones, sobre todo si
la otra persona tergiversa los hechos o esgrime argu-
mentos con los que usted discrepa. Pero usted sabe
qué ocurrirá después: la otra persona retrucará inten-
tando defender su punto de vista y usted se verá obli-
gado a contestarle, con lo cual se alejará definitiva-
mente la posibilidad de resolver el problema actual.
Nuevamente, cabe preguntarnos por qué caemos tan
fácilmente en ese intercambio de acusaciones, defen-
sas y contraataques en lugar de centrarnos en el pro-
blema actual. Como ya hemos visto, debemos buscar
la respuesta en la particular forma de ver las cosas
que tiene el pequeño discutidor. Según el modelo de
los tres pasos que ya vimos, las reacciones en el punto
«C» dependen de lo que uno piensa en «B». ¿Qué nos
dice el sector peleador para llevarnos a responder co-
mo lo hacemos en «C»? Esta podría ser la secuencia
completa:
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A. Formulamos un pedido que nos parece razonable y
la otra persona se defiende con argumentos que no
compartimos: tergiversa hechos del pasado o los
interpreta a su manera. Sus comentarios nos pare-
cen injustos o simplemente equivocados.
B. «No puedo permitir que diga semejante disparate;
si lo dejo pasar, significa que lo acepto; debo de-
mostrarle que está equivocado para que haga lo
que le pido; tengo que ganar la discusión; debo
demostrarle que él (o ella) es la culpable de la si-
tuación, o que es el «malo» de la película»
C. Le damos nuestro punto de vista sobre los hechos
que menciona. Le explicamos por qué está equivo-
cado e incluso mencionamos nuevos hechos que
supuestamente nos darán la razón. Discutimos y
argumentamos para defender nuestra posición.
Si su personaje interno afirma estas cosas en «B» es
natural que se sienta inclinado a discutir en «C» cada
uno de los puntos que el otro esgrime. Pero estos pen-
samientos son muy discutibles. Ya hemos visto que no
es necesario que alguien acepte que es malo o injusto
para cambiar su conducta. Por otra parte, dejar pasar
un comentario no significa aceptarlo. Podemos sim-
plemente posponer su análisis. El punto es si nos con-
viene abordar esos comentarios en ese momento. En
esencia, estos pensamientos reflejan nuevamente una
confusión de nuestros objetivos. Para activar su parte
lógica y separarla de la irracional le conviene definir
sus objetivos: ¿qué se propone, buscar culpas o bus-
car soluciones? Su neurótico interior se propone de-
mostrar que el otro es culpable por actuar en forma
injusta, egoísta, irresponsable o incluso por omisión.
Eso lo lleva a pelear y discutir, pero en el mejor de los
53
casos sólo conseguirá la satisfacción de apabullar a su
oponente con argumentos. No habrá obtenido su bue-
na voluntad. Su parte sensata, en cambio, se propone
buscar soluciones a través de acuerdos, concesiones o
cambios concertados. Si opta por esta línea, limítese al
tema original. Recuerde que ambos objetivos son in-
compatibles. O apunta a ganar la discusión, o apunta a
conseguir un cambio de conducta.
En los casos que presentamos a continuación, nues-
tros protagonistas intentan nuevamente modificar la
conducta ajena de forma equivocada. Como en los ca-
sos anteriores, la situación original es la misma que se
describe en el Caso 1 y los errores de Bartelli en un
caso y de Adriana en el otro ilustran la misma estrate-
gia inconveniente. Intente detectar dicha estrategia y
sus consecuencias adversas.
Gerardo y Bartelli (Caso 4)
Bartelli le niega a Gerardo dos días de licencia que és-
te le había solicitado el mes anterior, argumentando
que hay trabajo atrasado y tareas pendientes, por
ejemplo la implementación del nuevo sistema de
computación. También le menciona la posibilidad de
pedir una auditoría a una consultora para revisar los
procedimientos administrativos de la empresa, inclu-
yendo la gestión de personal y recursos humanos.
Adriana y Bety (Caso 4)
Adriana se muestra cansada y deprimida, sobre todo
cuando está con Bety. Cuando ésta le pregunta qué le
pasa, habla vagamente de la sobrecarga de trabajo
54
que debe enfrentar. También se refiere a otra compa-
ñera, Lucy, quien la ayuda un poco a sacar el trabajo
como una «buena compañera». Incluso comienza a
darse más con Lucy, con quien ahora sale a almorzar
en lugar de hacerlo con Bety.
Los casos anteriores ilustran formas de modificar la
conducta ajena diferentes de los pedidos francos y di-
rectos. Es conveniente tener presente estas estrate-
gias precisamente para evitarlas. En el primero de los
ejemplos, Bartelli utiliza una amenaza más o menos
velada para forzar la conducta de Gerardo. En el
ejemplo correspondiente de Adriana y Bety, Adriana
pretende inducir culpa en Bety mostrándose cansada y
deprimida, y la amenaza sutilmente con retirarle su
amistad. Cuando nuestro personaje interno procura
generar culpa o temor en el otro si no actúa del modo
que espera, hablamos de manipulación. A diferencia
de los pedidos frontales y directos, la manipulación es
una forma indirecta y por ello mismo menos honesta
de conseguir cambios en otras personas. Por defini-
ción, se trata de inducir sentimientos negativos como
los mencionados (culpa, temor, ansiedad) para obligar
al sujeto a hacer lo que deseamos. Esto genera resis-
tencias, ya que a nadie le gusta sentirse presionado
para actuar en contra de su voluntad, y con frecuencia
la persona se obstina más en su comportamiento habi-
tual. En el mejor de los casos, cede a nuestras presio-
nes pero queda resentida y dolorida, con la impresión
de que se ha coartado su libertad de acción. En resu-
men:
55
Errores cometidos en el Caso 4
• Amenazar, generar culpa, miedo o ansiedad para
manipular a la otra persona
• Presionar sutilmente al otro para llevarlo a actuar
como deseamos
Consecuencias
• Se genera obstinación y resistencia, a veces resis-
tencia pasiva o falta de colaboración
• Se genera resentimiento y mala disposición en la
persona que se ve obligada a actuar en contra de
sus deseos
Sugerencias para responder con la parte racional
• Efectuar pedidos claros, francos, directos y fronta-
les
• Si se ejerce la autoridad propia de una relación je-
rárquica, hacerlo naturalmente y sin dobles mensa-
jes
La manipulación es un fenómeno más común de lo que
se cree. Muchas personas poseen un «pequeño mani-
pulador» sumamente hábil que aparece cada vez que
desean conseguir algo de otra persona. Si ese es su
caso, esté alerta para detectarlo y reemplazarlo por un
mecanismo más maduro. Mostrarse triste o indefenso
para obtener el apoyo de un ser querido es un ejemplo
clásico. A veces el sujeto «sufre» síntomas físicos que
atribuye sutilmente a la falta de compañía o de aten-
ción de alguien. En otros casos presenta un problema
personal a otra persona y le traslada la responsabili-
dad de resolverlo: «si no me ayudás con esta planilla,
¿cómo la resuelvo?» Quien presenta su problema de
ese modo sugiere que el otro debe brindarle una solu-
ción. Se trata de una estrategia manipulativa, por
cuanto pretende inducir culpa a quien se niega a brin-
56
darle ayuda, como si el problema fuera de él y no pro-
pio. Es posible que usted no experimente estas estra-
tegias como intencionales, ya que su parte manipulati-
va puede actuar automáticamente. Cualquiera sea el
caso, no constituye una estrategia adecuada y nunca
debería sustituir al pedido frontal.
Veamos los últimos casos donde Bartelli y Adriana co-
meten ahora un error muy común en su intento por
cambiar el comportamiento ajeno.
Gerardo y Bartelli (Caso 5)
Bartelli le pide a Gerardo que hable con el ingeniero
ese mismo día, y que en adelante comunique los des-
pidos o los cambios de función dentro de la semana en
que son resueltos, a efectos de concretar los cambios
con mayor rapidez. Gerardo se reúne esa tarde con los
funcionarios de computación y les comunica la resolu-
ción. La semana siguiente recibe la orden de cancelar
el service de los ascensores y sustituirlo por un servi-
cio de mantenimiento que brinda otra empresa, y rea-
liza ambas gestiones el mismo día en que le son solici-
tadas. Bartelli nota el cambio y no hace ningún co-
mentario. Sin embargo, vuelve a llamarle la atención
cuando demora en elevar un informe sobre el rendi-
miento de los operarios de la fábrica que le solicita el
directorio.
Adriana y Bety (Caso 5)
Para poner fin a esta situación, Adriana comienza a
llamarle la atención a Bety sobre sus distracciones y
su falta de dedicación al trabajo. Cada vez que llega
57
tarde o pierde tiempo hablando por teléfono, la rezon-
ga un poco y le sugiere que vuelva al trabajo. Como
resultado, Bety empieza a ocuparse un poco más de
sus obligaciones. Cuando hace llamadas cortas o se
queda trabajando en la oficina Adriana no le dice na-
da, pero vuelve a reprenderla cuando la descubre des-
cuidando sus tareas.
Mientras que nuestro sector crítico tiende a centrarse
en los errores y desaciertos ajenos, nuestra parte ra-
cional, más fría y pragmática, se pregunta cómo moti-
var y estimular el cambio en otras personas. El primer
enfoque se ve claramente en los ejemplos anteriores.
Bartelli le pide a Gerardo que comunique los despidos
dentro de un plazo establecido. Se trata de un pedido
claro y concreto. De hecho, Gerardo comienza a actuar
tal como Bartelli le ha pedido. Sin embargo, Bartelli no
expresa su aprobación ante los cambios de Gerardo;
los deja pasar sin elogiar su desempeño, mientras que
vuelve a censurarlo cuando se retrasa en otras tareas.
El error de Bartelli consiste precisamente en eso: lla-
ma la atención de Gerardo cuando se equivoca, pero
no manifiesta su reconocimiento cuando actúa correc-
tamente. En el otro ejemplo, Adriana comete un error
similar: rezonga a su compañera cuando vuelve a las
andadas, pero no le expresa su satisfacción cuando
cumple con lo acordado. En síntesis:
Errores cometidos en el Caso 5
• Centrarse sólo en los errores y omisiones del otro
Consecuencias
• Damos la impresión de ser muy críticos
• Desalentamos conductas negativas, pero no esti-
mulamos conductas positivas
58
• La otra persona puede desmotivarse y caer en los
viejos hábitos
Sugerencias para responder con la parte racional
• Reconocer y apreciar los cambios positivos en la
conducta de otras personas, en particular cuando
se trata de cambios que nosotros hemos pedido.
Como ya hemos visto, nuestro personaje crítico alber-
ga expectativas idealizadas sobre la conducta ajena.
Cree que la gente debería hacer lo correcto o lo que se
ha comprometido a hacer sin necesidad de premiarla
por ello. De hecho, muchas veces es así: hay personas
que cumplen con sus obligaciones y compromisos sin
necesidad de un reconocimiento especial. En la mayo-
ría de los casos, sin embargo, el aprecio de los cam-
bios positivos que observamos en otras personas con-
tribuye a que los mismos se mantengan. La psicología
moderna nos enseña que el reconocimiento sincero de
los aciertos de una persona constituye una herramien-
ta muy poderosa de motivación y estímulo, y a dife-
rencia de la crítica genera una buena disposición a
cooperar en quien recibe el elogio. Técnicamente, toda
conducta que es recompensada tiende a repetirse. Por
lo contrario, cuando una conducta no recibe reconoci-
miento u otro tipo de recompensa, tiende a desvane-
cerse con el paso del tiempo, aun cuando se trate de
una conducta correcta o deseable. Mientras que el crí-
tico interior tiende a ignorar los logros y señalar los
errores, nuestro sector racional, más práctico y eficaz,
puede comenzar a resaltar los aciertos aunque sean
ocasionales. El personaje exigente dice: «por una vez
que hace lo que debe, no se merece ningún elogio...»
El sector lógico, en cambio, razona: «no se trata de
que lo merezca o no; me conviene destacar su buen
desempeño, para que se repita y sea más frecuente en
59
el futuro». En el ejemplo anterior, Bartelli pierde una
valiosa oportunidad de estimular el cambio en Gerardo
cuando este comienza a actuar de modo diferente a
como lo venía haciendo. Otro tanto ocurre con Adriana
y su compañera. El simple hecho de señalarle que per-
cibe sus cambios podría ser suficiente para que Bety
se sintiera inclinada a mantener sus nuevos hábitos. Si
Bety no recibe la información de que sus esfuerzos son
valorados, puede concluir que da lo mismo actuar de
una manera o de otra o que no vale la pena hacer el
esfuerzo, y volver a sus viejas costumbres.
Incorporar los estilos de comunicación que propone-
mos en este capítulo requiere naturalmente cierta
práctica. Recuerde que su crítico interior está muy au-
tomatizado y surge espontáneamente, sin que usted
se lo proponga. Si usted comienza a percibirlo como
un sector poco práctico, con ideas erróneas acerca de
la conducta ajena y expectativas idealizadas sobre los
demás, ya ha dado un paso importante para no identi-
ficarse con él. En la medida en que cultive hábitos más
pragmáticos y realistas, fortalecerá su enfoque racio-
nal de las interacciones humanas y se volverá más
eficiente para manejar las inevitables discrepancias y
desacuerdos de la vida cotidiana.
60
61
El resentido que habita en
nuestro interior
estrategias para el perdón
El resentimiento prolongado y la incapacidad para per-
donar afrentas es un fenómeno habitual en la práctica
de cualquier terapeuta. Con frecuencia recibimos pa-
cientes que han sufrido daños, ofensas o humillaciones
por parte de otras personas y alimentan su ira durante
años, comprometiendo seriamente su calidad de vida.
El resentimiento crónico, además de ser disfuncional
por sí mismo, predispone al desarrollo de desórdenes
físicos y consume los recursos del paciente, quien em-
plea buena parte de su tiempo y energía en repasar y
relatar las injusticias de que fue objeto, así como en
imaginar su venganza o planificarla en los hechos. Mu-
chas de estas personas promueven costosos litigios
judiciales o buscan afectar de algún modo la vida del
responsable, con objeto de «hacer justicia». El males-
tar emocional, las afecciones psicosomáticas y hasta la
dificultad para encarar proyectos de vida alternativos
son consecuencias frecuentes del resentimiento soste-
nido.
Si usted alimenta resentimientos prolongados y tiene
dificultad para perdonar afrentas, lo primero que debe
conocer es la diferencia entre un resentimiento enfer-
mizo y la molestia que despierta normalmente el daño
ocasionado por terceros. Podemos resumir tales dife-
rencias del siguiente modo:
a. En el caso del resentimiento enfermizo, el odio o la
ira ante el comportamiento ajeno se mantiene más
62
allá de lo que es habitual, con frecuencia durante años
e incluso décadas. Si bien es de esperar que usted ex-
perimente ira en el momento en que sufre el daño y
en el futuro inmediato, sobre todo cuando el compor-
tamiento ajeno le ha ocasionado serias pérdidas o
reales perjuicios, la permanencia prolongada de la
respuesta emocional es notoriamente inadecuada.
b. La imposibilidad de mantener un vínculo normal o
neutral con la otra persona en caso de ser necesario.
Es común, por ejemplo, que los hombres o mujeres
separados tengan dificultad para mantener un diálogo
con su ex cónyuge por temas vinculados a los hijos en
común, o que se nieguen a asistir a una reunión fami-
liar donde estará presente un pariente del cual se en-
cuentran distanciados. El sujeto resentido evita tales
encuentros, o los utiliza para formular quejas y repro-
ches, generando nuevos conflictos y discusiones que
aumentan su irritación. Si usted tiene estas limitacio-
nes, es posible que su malestar sea exagerado o des-
proporcionado. También es posible que usted adopte
posturas «pasivo - agresivas»: no promueve un en-
frentamiento frontal pero descalifica sutilmente a la
otra persona, por ejemplo: no le responde o lo hace
con monosílabos, exhibe frialdad o indiferencia acen-
tuadas, etc.
c. El deseo de tomar represalias es otra característica
del resentimiento crónico. Se acompaña muchas veces
de fantasías de venganza que despiertan y alimentan
su propia ira. En algunos casos la persona resentida se
aplica a planificar daños reales a quien lo ha perjudi-
cado: erosiona su imagen ante conocidos comunes,
promueve querellas judiciales, interfiere con sus obje-
tivos laborales, etc.
63
Aunque la mayoría de los terapeutas sugiere a sus pa-
cientes olvidar los agravios de que fueron objeto, y
aunque los pacientes admiten que es mejor perdonar
las ofensas e injusticias que vivir obsesionado con
ellas, llevar esto a la práctica no resulta sencillo. Tam-
bién aquí podemos comprender el problema asumien-
do que existen dos partes en nuestra personalidad:
una muy resentida, que no desea perdonar los agra-
vios sufridos y que alimenta continuamente su ira me-
diante recuerdos irritantes y fantasías de venganza, a
la cual llamaremos la parte «envenenada», «obsesio-
nada» o neurótica. Y una parte sensata y racional, que
entiende la inutilidad de tal actitud y preferiría liberar-
se de su obsesión. El problema consiste en cuál de las
dos partes asume el control de su persona. Una forma
de reconocer esto es observar quién habla cuando us-
ted dice «yo». Si la frase es «yo le voy a hacer pagar
lo que hizo...», la parte envenenada tomó el control de
su persona. Si en cambio la afirmación es: «debería
dejar de atormentarme con esto y disfrutar de la vi-
da...» quien habla es su parte lógica y sensata. Esto
vale tanto para sus diálogos internos como para su
discurso público. En lo que resta de este capítulo, nos
dirigiremos a su parte sensata, brindándole elementos
para tomar el control de su persona. Un paso impor-
tante en esa dirección consiste en conocer las ideas o
supuestos erróneos que llevan a su parte irracional a
mantener el resentimiento prolongado. Usted, como
sector lógico y racional, no tiene por qué «comprar»
estas ideas. Puede reemplazarlas por pensamientos
más realistas. Las siguientes son algunas de las creen-
cias equivocadas que impiden a su parte obsesionada
perdonar y superar el resentimiento.
1. Perdonar equivale a convalidar o justificar el com-
portamiento ofensivo. Su parte resentida supone que
64
perdonar implica admitir que la conducta censurada es
aceptable. Sin embargo, sólo se puede perdonar a
quien ha cometido un daño; de lo contrario, el perdón
carece de sentido. El propio acto de perdonar implica
que existe un comportamiento lesivo o censurable, el
cual es objeto del perdón. Por tal motivo, es posible
perdonar a quien nos ha lastimado y seguir pensando
que su comportamiento fue incorrecto o injusto.
2. Perdonar implica admitir que no nos han lastimado
tanto. La personita enojada que llevamos dentro cree
que si perdona a alguien le está enviando el mensaje:
«lo que me hiciste no fue tan terrible», o bien: «no me
dolió tanto». Como veremos enseguida, perdonar im-
plica entre otras cosas negarse a pedir reparaciones (o
dejar de reclamarlas). No supone minimizar el daño
sufrido.
3. Perdonar equivale a olvidar los sucesos agraviantes
de que hemos sido objeto. Esta es otra idea que al-
berga el sector resentido de su personalidad. Sin em-
bargo, el perdón no genera amnesia ni olvido selecti-
vo. Difícilmente olvidamos episodios dolorosos de
nuestra vida. El perdón se propone sólo quitarles el
componente de «ira permanente» y evitar revivirlos
innecesariamente.
4. El perdón es algo que se concede a otra persona,
cuando se lo gana o lo merece. Teniendo en cuenta el
costo psicológico y fisiológico que usted paga por su
resentimiento, el perdón lo beneficia en realidad a us-
ted mismo. Mientras su parte neurótica viva obsesio-
nada con recuerdos de las ofensas recibidas, sufrirá
una y otra vez el agravio o la injusticia de que fue ob-
jeto. El perdón no es algo que le da a otra persona, no
es una dádiva ni un premio que el otro debe merecer-
65
se. Es algo que se merece usted mismo, para librarse
del calvario de su resentimiento.
Es importante que usted identifique y corrija estas
ideas, porque las mismas atribuyen al perdón un signi-
ficado tan amplio que lo hacen casi inalcanzable. En su
lugar, le conviene manejar un enfoque del perdón más
limitado y al mismo tiempo más realista, definiéndolo
en los siguientes términos:
La característica central del perdón radica en su neu-
tralidad emocional. De hecho, a veces es preferible
hablar de «neutralizar el resentimiento» en lugar de
referirse a este proceso como «perdonar», debido al
rechazo que le produce a su parte neurótica la idea de
«perdonar» a quien lo ha lastimado. En todo caso, ca-
be establecer con precisión el alcance del término.
Cuando usted, como sujeto racional y sensato decide
perdonar, ya no se enfurece por el comportamiento
agraviante, no experimenta odio ni alimenta su ira ha-
cia quien que lo ha perjudicado. El que perdona no
guarda rencor, no fantasea con vengarse ni desea to-
mar represalias. Tampoco exige una reparación por el
daño, más allá de la que se haya hecho efectiva. Esto
no implica que profese afecto o aprecio hacia la otra
persona, ni que retome un vínculo con ella, por ejem-
plo de trabajo, de amistad o de pareja. En ocasiones,
naturalmente, puede retomar una relación interrumpi-
da, pero en muchos casos no están dadas las condi-
ciones para recomponer el vínculo. El perdón no impli-
ca necesariamente confiar en la otra persona ni acep-
tar su amistad. Implica sólo dejar de hacerla objeto de
nuestra ira, y si es necesario, poder mantener un
vínculo aceptable o civilizado con ella.
66
PERDONAR
No implica
Implica
necesariamente
no experimentar odio ni
profesar afecto o aprecio
furia hacia quien lo ha
hacia la otra persona
lastimado
hablar o relacionarse con
retomar una relación de
la otra persona si es ne-
trabajo, de amistad o de
cesario por temas puntua-
pareja
les
no fantasear con vengarse olvidar el suceso o el daño
o con tomar represalias sufrido
no seguir exigiendo repa- renunciar a las reparacio-
ración por el daño indefi- nes legítimas si corres-
nidamente ponde
Esta definición permite establecer objetivos más rea-
listas al tiempo que cuestiona las creencias erróneas
que hemos identificado más arriba. Una vez definido el
perdón en estos términos, conviene examinar la forma
en que su parte resentida interpreta el daño sufrido y
las responsabilidades involucradas, ya que tales inter-
pretaciones disparan emociones desadaptativas de ira
y resentimiento. Su parte racional puede realizar este
análisis en forma sistemática examinando las siguien-
tes áreas:
1. Magnitud objetiva del daño sufrido
2. Responsabilidad del causante del daño
3. Intencionalidad real de quien causó el daño
4. Libertad emocional del causante del daño
5. Condicionamientos externos de quien causó el
daño
67
Magnitud objetiva del daño sufrido. El resentimiento
no está relacionado necesariamente con el daño sufri-
do. Es común observar personas que alimentan su ira
durante años a partir de incidentes triviales, tales co-
mo no ser invitado a una reunión o revelar información
que han confiado a otra persona. De hecho, muchos
distanciamientos familiares se originan en sucesos u
omisiones de ese tipo, aunque tales comportamientos
no hayan generado un perjuicio notable al sujeto
ofendido. Es obvio que en estos casos el resentimiento
no surge del daño material sino del significado que
atribuye el sujeto a la conducta del responsable, en
términos de insensibilidad, deshonestidad, desvalori-
zación o egoísmo. Sin embargo, si queremos ser obje-
tivos, la magnitud real del daño también debería to-
marse en cuenta a la hora de juzgar el comportamien-
to ajeno, para evitar reacciones desmedidas ante
transgresiones menores.
A efectos de una valoración equilibrada del suceso, y
con el propósito de moderar reacciones de ira despro-
porcionadas en duración e intensidad, es útil realizar
un enfoque pragmático, procurando evaluar el daño
real que le ha producido el comportamiento ajeno, y
dejando de lado, momentáneamente, consideraciones
éticas o morales. Usted -su parte racional- puede pre-
guntarse cuáles fueron las pérdidas ocasionadas por la
actitud que censura, en términos materiales o de ima-
gen, o cómo le afecta en los hechos la desvalorización
del otro, como forma de valorar en forma realista la
magnitud del daño. Incluso en las demandas judiciales
es necesario probar el monto del daño para establecer
una reparación ajustada al perjuicio ocasionado. Con
frecuencia el daño sufrido es inferior al imaginado en
68
una primera instancia, por lo cual una valoración pos-
terior permite relativizarlo en parte.
Con relación al daño moral en sí mismo, es decir, a la
ofensa o descalificación que usted ha sufrido, también
es posible reevaluar su magnitud. Su parte neurótica
puede magnificar los agravios y humillaciones por ser
muy susceptible o por asignar demasiada importancia
a la opinión ajena. El resentido interior puede creer
incluso que otras personas recordarán indefinidamente
el suceso humillante y sobredimensionar de ese modo
el daño infligido a su imagen pública. El hecho de que
no todas las personas permanezcan resentidas indefi-
nidamente ante agravios similares permite poner el
acento en la propia sensibilidad. Los casos reales de
figuras públicas que han alcanzado cargos de jerarquía
después de haber protagonizado escándalos y hasta
procesamientos judiciales, son una muestra de la corta
memoria de los espectadores de un incidente puntual
o de su diferente valoración de los hechos. Si su neu-
rótico interno es muy susceptible, usted debe apren-
der a reconocerlo cada vez que aparece. Es muy pro-
bable que se active ante las críticas o cuestionamien-
tos de otras personas, ante las bromas que le hacen o
que se moleste por faltas menores como no ser salu-
dado o no ser consultado para una decisión. Puede
tomar como algo personal actitudes que no están diri-
gidas a él, por ejemplo: que alguien se ría o se calle
en su presencia. Obsérvelo. El hecho de tomar con-
ciencia de sus reacciones le permitirá tomar distancia
de él. Recuerde que este personaje tiende a justificar
su malestar atribuyéndolo a las faltas de consideración
ajenas. Es usted, como persona objetiva, quien puede
darse cuenta de que su parte neurótica es demasiado
susceptible, aunque las faltas ajenas sean reales. Co-
mo ejercicio, usted puede buscar explicaciones alter-
69
nativas para la conducta ajena. Puede imaginar, por
ejemplo, que el otro conductor está preocupado por la
enfermedad de un ser querido y por eso no bajó las
luces o no hizo señales, en lugar de aceptar la visión
del pequeño susceptible: «¡No le importa encandilar-
me! ¡Lo hace a propósito!» O puede pensar: «se dis-
trajo...» en lugar de: «no me quiso saludar». Este en-
foque no eliminará necesariamente a su parte irracio-
nal, que podrá mantener su opinión habitual. Recuerde
que usted debe convivir con ella, y que su objetivo no
es hacerla desaparecer. La idea es reconocerla cuando
aparece, considerarla un sector irracional de su perso-
nalidad y fortalecer al mismo tiempo visiones más ob-
jetivas de los mismos hechos.
Responsabilidad del causante del daño. Es posible que
su parte iracunda atribuya a una sola persona, institu-
ción o grupo el 100% de responsabilidad por los daños
sufridos. Las situaciones interpersonales, sin embargo,
suelen ser lo bastante complejas como para repartir la
responsabilidad entre varios actores, incluyéndolo a
usted mismo. El sólo hecho de mantener una relación
(laboral, afectiva, comercial) o la decisión de confiar
en alguien, implica asumir un riesgo. Este riesgo es
mayor cuando usted conoce las características de
quien luego lo perjudicará. Al explicar la ocurrencia de
un suceso desgraciado será necesario considerar tam-
bién el papel de otros factores, como la participación
directa o indirecta de terceras personas, que por ac-
ción u omisión pueden haber tenido una influencia de-
cisiva. En un accidente de tránsito, por ejemplo, será
necesario tomar en cuenta también factores imperso-
nales como el estado del pavimento, la visibilidad, las
maniobras de otros conductores, las fallas mecánicas
del vehículo, etc. De modo que si repartimos la res-
ponsabilidad del accidente entre todos los factores in-
70
tervinientes no es posible atribuir el 100% a la imperi-
cia o descuido del conductor. De hecho, un ejercicio
que puede realizar su parte sensata consiste en asig-
nar porcentajes de responsabilidad a los distintos fac-
tores causales hasta completar el 100%, para evitar
cargar todas las culpas a un solo responsable.
Intencionalidad real de quien causó el daño. Una de
las características de nuestro neurótico interno es su
dificultad para asumir posturas intermedias. Para la
parte irracional de nuestra personalidad, las cosas son
blancas o negras y sus opiniones siempre son categó-
ricas y muy definidas. Esto se aprecia claramente a la
hora de atribuir culpas a otras personas, ya que según
esta visión dicotómica, alguien tiene o no tiene la cul-
pa. Nuestro sector racional y lógico, sin embargo, es
capaz de estimar la culpa en términos graduales. Para
razonar de este modo, recordemos la diferencia entre
«culpa» y «responsabilidad». Mientras que la respon-
sabilidad se refiere a la necesidad de responder por las
consecuencias de nuestros actos, la culpa se asocia
generalmente a la intención de provocar un daño.
Tanto en el ámbito moral como en el jurídico, la inten-
cionalidad de quien comete un daño es relevante a la
hora de establecer una condena. No se valora del
mismo modo una lesión causada por un descuido que
una infligida con el propósito de lastimar a otra perso-
na. Incluso cuando tal propósito existe, es importante
establecer hasta qué punto se proponía el agresor le-
sionar a su víctima, ya que el resultado final puede ser
más grave de lo que el propio sujeto pretendía. Todos
estos factores permiten graduar el nivel de «culpa»
que es posible atribuir al sujeto de acuerdo a sus in-
tenciones. De modo que, si bien una persona puede
ser identificada como el principal «responsable» de un
71
hecho, por ejemplo de un accidente, tal vez no sea
posible culparla en el sentido de atribuirle el propósito
de cometerlo. En tales casos, el descuido, la distrac-
ción, la falta de precauciones o la impericia son natu-
ralmente censurables, y con frecuencia ameritan una
reparación por parte del responsable, pero tal repara-
ción así como la condena moral que merece su actitud
son menores que las que recibiría si hubiera tenido la
intención de lastimar a otra persona. En el caso de
otros daños, como aquellos producidos por agravios,
omisiones o infidelidades también es posible estimar la
intencionalidad que tuvo el sujeto y adecuar la conde-
na moral a dicha intención.
Una forma de sistematizar este análisis consiste en
establecer «categorías de intencionalidad», y ubicar el
comportamiento censurado en una de ellas. Esto per-
mite superar el pensamiento dicotómico del tipo «tiene
o no tiene la culpa», propio de su parte neurótica, y
reemplazarlo por una apreciación gradual de la «mal-
dad» que se atribuye al responsable. La siguiente po-
dría ser una escala graduada de culpabilidad, aplicable
a diferentes comportamientos productores de daño. En
los primeros puestos se ubica las acciones más censu-
rables, disminuyendo la culpa al descender en la esca-
la.
1. Daño totalmente intencional y premeditado: el
agresor tuvo la intención de infligir el daño ocasio-
nado, sabiendo exactamente cuánto afectaría a la
persona dañada y cuáles serían las consecuencias
de su acción.
2. Daño intencional: el agresor tuvo la intención de
infligir el daño pero no al extremo que llegó a oca-
72
sionar, o no lo planificó con tanto detalle, o bien no
conocía todas las consecuencias de su acción.
3. Daño por falta de consideración: el agresor no tuvo
la intención de dañar a quien resultó afectado, pero
tampoco le importó demasiado si este resultaba
dañado.
4. Daño por tentación: al sujeto le importa el daño
que puede ocasionar a un tercero, pero no logra
resistir el entusiasmo o tentación que le genera la
situación. Muchas infidelidades o engaños caen
dentro de esta categoría.
5. Daño por descuido, distracción o falta de precau-
ciones: el agresor no tuvo intención de provocar el
daño ni supuso que iba a provocarlo, e incluso
puede verse muy afectado por haberlo ocasionado.
6. Daño por desconocimiento: el sujeto no sabía que
su comportamiento podría dañar a un tercero, o no
lo imaginó, si bien teóricamente era posible imagi-
narlo.
El procedimiento consiste en examinar la lista y esti-
mar, objetivamente, en cuál o cuáles categorías podría
ubicarse el comportamiento censurado.
Libertad emocional del causante del daño. Si preten-
demos ser objetivos a la hora de condenar a quien ha
causado un daño, es necesario considerar el grado de
alteración emocional que padecía cuando lo cometió.
Nuestra parte ofendida asume siempre que el otro te-
nía libertad absoluta para actuar de otro modo. Si em-
bargo, el descontrol emocional puede dar lugar a reac-
ciones que no son propias del sujeto, y que no reflejan
73
su patrón de conducta habitual. Las personas seria-
mente alteradas, presas del pánico, la ira o incluso el
estrés no son totalmente libres de elegir un curso de
acción y con frecuencia actúan impulsivamente. En
grado menor, el entusiasmo desmedido y la fascina-
ción transitoria por una persona o actividad pueden
llevar al sujeto a actuar en contra de sus costumbres.
Aunque la perturbación emocional no exime de res-
ponsabilidad al sujeto, la misma es menor que en el
daño ocasionado con serenidad y frialdad, ya que en
este caso el sujeto es dueño de sí mismo y tiene ma-
yor capacidad de elección. Otro tanto ocurre en el caso
de inconductas mantenidas en el tiempo (por ejemplo:
engaños, infidelidades o sustracciones reiteradas o
prolongadas), ya que la alteración emocional por defi-
nición es transitoria. Para estimar el grado de libertad
del responsable es útil entonces evaluar tres factores:
las emociones que experimentó en ese momento, la
duración del suceso lesivo o agraviante y la reacción
del sujeto una vez que recuperó el control.
Desde el punto de vista de la psicología conductual,
libertad no equivale a «indeterminismo» (ya que el
comportamiento depende del aprendizaje anterior del
sujeto y de la situación actual) sino a «autodirección»,
entendiendo por tal la capacidad de modificar su pro-
pia conducta alterando el entorno y modificando los
esquemas de pensamiento que mantienen sus hábitos.
El proceso de autodirección se desarrolla en forma
gradual, y depende del aprendizaje de hábitos más
convenientes, incluyendo habilidades para manejar el
estrés y la frustración y técnicas de autocontrol las
cuales se adquieren normalmente a lo largo de la vida
y en forma parcial. El autocontrol no es una condición
natural sino adquirida, y no es de esperar que todos
los sujetos lo ejerzan en todas las ocasiones. Aun sin
74
afiliarnos a una concepción totalmente determinista
del comportamiento, hemos de aceptar al menos que
las experiencias de vida del sujeto, su educación y los
modelos que tuvo condicionan en buena medida sus
normas éticas y morales y los códigos de conducta que
ha incorporado.
Condicionamientos externos de quien causó el daño.
Otro punto a considerar son las privaciones, carencias
y otras presiones que sufre el sujeto en el momento
de cometer el daño. Tales carencias pueden ser mate-
riales o afectivas y constituyen variables relevantes
para estimar la «maldad» del responsable. Como ocu-
rre con los factores ya examinados, las necesidades
imperiosas no eximen de responsabilidad a quien co-
mete la falta. Sin embargo, no parece justo culpabili-
zar de igual forma a quien atraviesa situaciones ex-
tremas que a quien actúa impulsado por motivos me-
nos acuciantes.
A efectos de estimar el peso de este factor, debería
examinarse al menos dos aspectos vinculados al com-
portamiento del sujeto: si ha cometido la falta sólo en
ocasión de sufrir tales carencias y si la magnitud del
daño se adecua a la carencia involucrada. Un funciona-
rio normalmente honesto que se apropia de dinero en
su trabajo cuando atraviesa una situación desespera-
da, suele considerarse en forma diferente de aquel
que roba sistemáticamente, aun cuando no atraviese
necesidades extremas. Una esposa o un marido infiel
tiene mayores chances de ser perdonado si su ocasio-
nal infidelidad ocurrió durante la ausencia prolongada
de su pareja que si se trata de un comportamiento
habitual, incluso teniendo una vida sexual gratificante
con su cónyuge. Nuevamente, esto no implica aprobar
la conducta censurada. Supone sólo graduar la culpa-
75
bilidad de quien comete la falta en función del momen-
to que atraviesa. El perdón, tal como lo hemos defini-
do, tampoco implica retomar el vínculo (laboral o afec-
tivo) con la persona en cuestión. Pero la consideración
de estos factores permite comprender el comporta-
miento censurado a la luz de las necesidades huma-
nas, en lugar de verlo sólo como una expresión de in-
sensibilidad o egoísmo. Aunque usted no apruebe la
conducta de quien cometió la falta, el hecho de consi-
derar las presiones circunstanciales que sufría le per-
mite pensar que dicha persona lo hizo a partir de ne-
cesidades imperiosas en lugar de pensar que lo hizo
sólo por maldad.
La técnica de las cinco preguntas
Los factores que hemos mencionado pueden exami-
narse sistemáticamente mediante «la técnica de las
cinco preguntas» que ofrecemos a continuación. El
proceso de responder estas preguntas estimula su
parte racional y permite que usted se identifique con
ella. Respóndalas cuidadosamente como forma de cul-
tivar una visión más realista del daño o afrenta sufri-
da.
1. Magnitud objetiva del daño
Más allá del «daño moral», ¿qué pérdidas reales le
causó la conducta censurada? ¿Estima actualmente
dichas pérdidas del mismo modo que en el momento
de la ofensa? ¿Hasta qué punto su propia sensibilidad
está magnificando el daño? ¿Se ofende usted más que
otras personas ante ofensas o agravios de este tipo, o
su enojo dura más que el de otras personas?
2. Responsabilidad del causante del daño
¿Qué porcentaje de responsabilidad le compete a us-
ted por el daño sufrido, por ejemplo: por mantener
76
una relación cuando debió terminarla, por confiar ex-
cesivamente en la otra persona o por no tomar pre-
cauciones? ¿Qué porcentaje puede atribuirse a la ac-
ción u omisión de otras personas, y a la suerte o en-
cadenamiento fortuito de circunstancias? ¿Qué porcen-
taje de responsabilidad queda para la persona que
cometió el daño?
3. Intencionalidad del causante del daño
¿Qué grado de intencionalidad le atribuye al sujeto en
la siguiente escala? (Ver los detalles en la descripción
anterior).
1. Daño totalmente intencional y premeditado;
2. Daño intencional (pero no al extremo que llegó a
ocasionar);
3. Daño por falta de consideración o de interés en el
malestar ocasionado;
4. Daño por tentación (sin interés en lastimar al ofen-
dido);
5. Daño por descuido, distracción o falta de precau-
ciones;
6. Daño por desconocimiento;
4. Libertad emocional del causante del daño
¿Qué grado de libertad de elección tuvo el sujeto que
causó el daño? Estime la medida en que su estado
emocional modificó su conducta habitual de acuerdo a
los siguientes factores:
• las emociones que experimentó en el momento de
causar el daño;
• su reacción posterior de arrepentimiento o indife-
rencia;
Estime la medida en que la educación del sujeto, sus
condiciones de vida y los modelos que tuvo determina-
77
ron sus normas de conducta y su capacidad de auto-
control.
5. Condicionamientos externos de quien causó el daño
¿Qué condicionamientos externos sufrió quien causó el
daño, en término de carencias, privaciones u otras
presiones? Estime la importancia de este elemento de
acuerdo a dos factores: si ha cometido la falta sólo en
ocasión de sufrir tales carencias y si la magnitud del
daño se adecua a la carencia involucrada.
Es conveniente que usted responda por escrito estas
preguntas. Si está en tratamiento con un psicólogo o
psiquiatra, podrá examinar luego sus respuestas en el
curso de las sesiones. Antes de comenzar, tenga pre-
sente la definición limitada del perdón que manejamos
al comienzo de este capítulo y la corrección de ideas
erróneas que desarrollamos más arriba, para encarar
el análisis sistemático de la ofensa con objetivos rea-
listas y alcanzables.
78
79
El neurótico entra en pánico
Los ataques de pánico no son otra cosa que accesos
súbitos de ansiedad. Normalmente, la ansiedad es una
respuesta automática del organismo ante cualquier
situación que se perciba como peligrosa o amenazan-
te. Si un auto frena de golpe y evita atropellarlo, o si
un enorme rottweiler le ladra agresivamente usted
puede llevarse un buen susto: experimenta nerviosis-
mo y temor y es probable que sienta palpitaciones, se
le humedezcan las manos y sus músculos queden ten-
sos. En eso consiste precisamente la respuesta de an-
siedad, que incluye vivencias de aprehensión y temor,
un estado de alerta y manifestaciones fisiológicas co-
mo taquicardia, sudoración, temblor, boca seca y de-
seos de orinar. Se trata de una reacción genéticamen-
te determinada, pero el tipo de situaciones que la dis-
para y la intensidad de la respuesta varía naturalmen-
te para cada persona. Es posible que usted se sienta
muy ansioso cuando debe asistir a una entrevista de
trabajo, al concurrir al dentista o cuando suena el telé-
fono de noche, o tal vez experimente un mínimo de
ansiedad en esas situaciones. Cuando la ansiedad sur-
ge ante una situación poco o nada peligrosa (por
ejemplo: viajar en ascensor o hablar en público) y us-
ted la evita sistemáticamente, decimos que ha desa-
rrollado una fobia, en particular si tal evitación inter-
fiere con su vida.
En el típico ataque de pánico el acceso de ansiedad es
inmotivado y se debe probablemente a ajustes fisioló-
gicos espontáneos, es decir, descargas de adrenalina y
80
otras alteraciones neurohormonales de origen biológi-
co. Los síntomas son variados, pero con frecuencia los
pacientes se quejan de mareo, falta de aire y como
hemos señalado taquicardia, transpiración y sobre to-
do son presa de un gran temor. Quienes sufren estos
ataques piensan que están cursando un ataque cardía-
co u otra grave enfermedad y con frecuencia llaman a
una emergencia móvil o buscan algún tipo de asisten-
cia médica. La crisis dura normalmente algunos minu-
tos y luego se disipa paulatinamente hasta que desa-
parece sin dejar rastros, pero en ocasiones la persona
afectada queda con temor a que se repita y desarrolla
lo que se conoce como ansiedad anticipatoria. Se ima-
gina que puede sobrevenir un nuevo acceso en lugares
de donde no pueda salir fácilmente, por ejemplo en un
shopping center, en el cine, en un espectáculo muy
concurrido, al viajar en ómnibus o incluso en un embo-
tellamiento de tránsito. Si comienza a evitar estos lu-
gares por temor a experimentar un nuevo ataque,
desarrolla lo que se conoce como agorafobia, una con-
dición que a veces se conoce como «temor a los espa-
cios abiertos». Se trata de una mala definición. En
realidad la agorafobia es el temor a permanecer en
lugares o situaciones donde -según la percepción del
sujeto- no es posible recibir ayuda, o de dónde no
puede retirarse fácilmente en caso de sufrir un ataque.
Esto incluye situaciones tan disímiles como alejarse de
su casa o sentarse en el centro de una fila en el cine
(tienden a ubicarse en el extremo de la fila para salir
rápidamente si se sienten mal), y en ocasiones las
grandes plazas o espacios abiertos si bien no es lo
más frecuente. La agorafobia puede llegar a ser un
trastorno muy limitante. Algunas personas no pueden
alejarse más de algunas cuadras de su domicilio, o
sólo lo hacen si están acompañadas. Otros casos son
más leves y sólo impiden que el sujeto viaje al exterior
81
o a lugares desconocidos. Los hay que sólo se despla-
zan en taxi o en su propio auto pero no en vehículos
de transporte colectivos, para tener control sobre el
medio de locomoción. Los sujetos afectados acostum-
bran a llevar medicamentos consigo «por si son nece-
sarios», y para trasladarse dependen mucho de sus
acompañantes y otras medidas de seguridad, por
ejemplo de llevar el celular o de que en su trayecto
pasen por lugares conocidos donde supuestamente
puedan pedir ayuda.
Hasta aquí la descripción del trastorno. El punto, sin
embargo, es que no todas las personas que han sufri-
do un ataque de pánico desarrollan una agorafobia.
Esto es importante, porque lo que realmente limita al
sujeto es la evitación de lugares y actividades; de he-
cho, la mayoría de las personas que padecen agorafo-
bia refieren muy pocos ataques de pánico, a veces só-
lo uno o dos en su vida, y en ocasiones ni siquiera se
trata de ataques completos o dramáticos sino de acce-
sos menores de ansiedad. Sin embargo, para evitar su
posible ocurrencia el paciente limita sus desplazamien-
tos y altera totalmente su vida familiar, laboral y so-
cial. Está claro que el problema aquí es la ansiedad
anticipatoria, es decir, la expectativa de sufrir un nue-
vo ataque y no los ataques en sí que son poco o nada
frecuentes. Si usted sufre este desorden, el neurótico
que habita en su interior toma demasiadas precaucio-
nes: le impone una vida de limitaciones y dependencia
para protegerse de un suceso que raramente ocurre y
que como veremos, es muy molesto pero no suele ser
peligroso. Examinemos los errores del pensamiento
neurótico que lo confinan en su casa o le obligan a
tomar complicadas medidas de seguridad.
82
Creer que cualquier estado de nerviosismo es el
preludio de un ataque de pánico. Como hemos se-
ñalado, los ataques de pánico devastadores son raros.
Los accesos menores de ansiedad, en cambio, son re-
lativamente frecuentes. Consisten en cierto monto de
ansiedad y tensión y tal vez algún síntoma físico mo-
lesto pero nada más. Recordemos que la ansiedad es
una respuesta normal e inevitable del organismo ante
multitud de situaciones. El hecho mismo de pensar
que puede experimentar un ataque es una fuente de
tensión, y con frecuencia lo que el sujeto percibe es su
propia ansiedad anticipatoria. Pero como sabemos, el
neurótico interno es tremendista. Cree que es el co-
mienzo de un ataque severo y se retira del lugar o se
pone un tranquilizante bajo la lengua como forma de
evitarlo. Esto le impide comprobar que la ansiedad no
suele escalar más allá de lo que ya lo ha hecho. Su
sector racional debe aceptar que va a experimentar
ansiedad y tomarla como un fenómeno normal, aun-
que a veces pueda ser incómoda.
Creer que el ataque aumentará indefinidamente.
Los accesos de ansiedad, incluyendo los ataques de
pánico son autolimitados: la ansiedad aumenta, alcan-
za una meseta y luego disminuye aunque el sujeto
permanezca en el lugar y no tome ninguna medida. La
ansiedad no puede aumentar indefinidamente, como
fantasea el neurótico interior, porque existen meca-
nismos biológicos compensadores que hacen retornar
el organismo a un estado de equilibrio. De hecho,
aunque usted quisiera no podría conseguir que su ner-
viosismo continuara aumentando sin parar. En ocasio-
nes se estaciona durante algunos minutos, pero final-
mente desciende y se disipa lentamente. La fantasía
neurótica de que si usted permanece allí se pondrá
cada vez más nervioso no resiste la prueba de la reali-
83
dad. La mayoría de los afectados, sin embargo, no se
exponen hasta las últimas consecuencias; terminan
retirándose del lugar y por eso refuerzan su patrón de
conducta evitativo. Su sector racional debe recordar
que los ataques siempre son más intensos al principio
y después ceden, independientemente de su voluntad.
Creer que el ataque tendrá consecuencias terri-
bles. Relacionada con el mito anterior está la convic-
ción de que el ataque tendrá un desenlace trágico. La
mayoría de los afectados creen que sufrirán un ataque
cardíaco o que están sufriendo uno en ese momento,
que perderán la razón o al menos que terminarán
desmayándose. Aunque un acceso intenso de ansiedad
puede suponer una sobrecarga para alguien afectado
del corazón, en el caso de las personas sanas esta
eventualidad no es esperable. Menos aun si, como
suele ocurrir, el sujeto ha sido evaluado por los médi-
cos de urgencia y le han dicho que no presenta una
afección cardiovascular. La «locura» tampoco surge de
este modo, y aunque teóricamente es posible sufrir un
desmayo, la mayoría de las personas que lo anticipan
nunca lo han experimentado como consecuencia de la
ansiedad. El razonamiento lógico es otro: lo peor que
puede ocurrir es lo que ya ha ocurrido, y si bien el
ataque de pánico es desagradable y molesto, es auto-
limitado y no suele conducir a otra cosa.
Creer que es mejor evitar la ansiedad que en-
frentarla. A partir de las ideas mencionadas, el sector
irracional desarrolla el propósito de evitar totalmente
la ansiedad. Como hemos visto, esto no es posible, y
el resultado es que termina recluyéndose o ajustando
su vida a grandes restricciones con objeto de no expo-
nerse al nerviosismo que experimenta en ciertos luga-
res. Llega a la terapia (donde generalmente concurre
84
acompañado) con la idea de encontrar recursos para
controlar completamente el pánico. El objetivo racio-
nal, en cambio, es diferente, o al menos tiene impor-
tantes matices. Si bien en la terapia es posible apren-
der estrategias para controlar parcialmente la ansie-
dad, el propósito del tratamiento es otro. Dado que la
agorafobia consiste en realidad en el miedo al miedo,
el paciente debe perderle temor a su propio nervio-
sismo. Para ello, necesita enfrentarlo, y esto es lo pri-
mero que debe comprender su parte racional. Es ver-
dad que existen herramientas para tolerar mejor la
ansiedad, por ejemplo técnicas de relajación y respira-
ción, e incluso estrategias basadas en el pensamiento
y la imaginación. Pero deben utilizarse para manejar la
ansiedad y hacerle frente mientras se experimenta, no
para eliminarla completamente. De hecho, es necesa-
rio que el sujeto tolere cierto grado de nerviosismo
para que le pierda el miedo y se convenza de lo que
ya hemos dicho: que los accesos son autolimtados y
tolerables. Para ello debe estar decidido a exponerse a
las situaciones que despiertan su ansiedad en lugar de
evitarlas. Mientras que el objetivo neurótico es elimi-
nar la ansiedad: «me expondré cuando no tenga mie-
do», el suyo debe ser hacerle frente, tolerarla y mane-
jarla. Esto, naturalmente, debe realizarse como parte
de un programa gradual conducido por un profesional,
ya que deben cuidarse varios detalles. Mencionemos
sólo un par de ellos: las estrategias evitativas del neu-
rótico interior pueden ser muy sutiles. Tal vez parezca
que usted se está exponiendo, pero en realidad lleva
consigo ansiolíticos para tomar «si la cosa se pone
fea». Las exposiciones programadas, además, deben
ser lo suficientemente prolongadas para que usted se
retire del lugar sólo cuando la ansiedad ha disminuido.
Si se retira en el punto álgido del acceso, puede que-
dar con la idea de que si se hubiera quedado «quién
85
sabe que hubiera pasado...» De modo que el trata-
miento siempre es individual y ajustado a las caracte-
rísticas del consultante. No hay recetas que funcionen
en todos los casos.
Anticipar vagamente lo que le puede ocurrir. Co-
mo hemos visto, la ansiedad anticipatoria es el factor
que lleva a evitar las situaciones temidas. En ocasio-
nes, el neurótico interior anticipa tragedias muy con-
cretas como las examinadas más arriba. En otros ca-
sos, tal vez la mayoría, utiliza un lenguaje muy vago:
«me va a dar algo...», «va a ser horrible...», «no sé
qué hubiera pasado si me quedaba allí». Estas presun-
ciones son muy difíciles de corregir, ya que en realidad
no expresan nada. Usted puede pasarse la vida evi-
tando «algo» indefinido. Si su sector irracional lo asus-
ta con este tipo de fantasmas, será mejor que cambie
su lenguaje y comience a ser concreto. Pregúntele y
pregúntese: ¿qué significa exactamente «algo»? Des-
críbalo con precisión. Puede encontrar que se trata
precisamente de los síntomas de ansiedad. Y continúe
preguntándose: ¿por qué son tan horribles? ¿Qué pue-
de ocurrir si siento eso? Es mucho más fácil enfrentar
«riesgos» definidos que imágenes nebulosas de lo que
podría ocurrir.
Pasarse la película por la mitad. Un hábito típico
del pensamiento neurótico, que se puede observar en
este y otros problemas emocionales, es lo que hemos
llamado «pasarse la película por la mitad». Al anticipar
las situaciones temidas, el personaje irracional imagi-
na el curso de los acontecimientos en forma catastrófi-
ca: se ve a sí mismo experimentando un ataque de
pánico o perdiendo el control. Como ya hemos señala-
do, con frecuencia anticipa cosas que nunca han ocu-
rrido, al menos con esa intensidad. De hecho, si fuera
86
objetivo podría imaginar escenarios molestos (por
ejemplo: sintiéndose nervioso en el ómnibus o al ale-
jarse de su casa) pero no trágicos. Pero además de
pasarse una película de terror, el sector fóbico hace
algo perverso: la detiene en el peor momento y con-
gela la imagen allí. Esto, naturalmente, le agrega
dramatismo a sus presunciones y lo induce a evitar las
situaciones temidas. Pero la realidad es que el tiempo
no se detiene allí. Usted puede anticipar lo que ocurri-
rá en forma más realista si se pasa la película comple-
ta. De hecho, hemos desarrollado esta técnica preci-
samente para el tratamiento de pacientes agorafóbi-
cos, aunque la hemos empleado también en otros ca-
sos de anticipaciones tremendistas. Consiste en imagi-
nar lo que va a ocurrir al enfrentar la situación temida,
por ejemplo al alejarse de su casa o tomar un ómnibus
interdepartamental, evocando las sensaciones de an-
siedad o incomodidad que sentirá sin exagerar su in-
tensidad. No le pedimos que se imagine totalmente
tranquilo y distendido porque esto tampoco sería rea-
lista. Le pedimos que anticipe cierto grado de males-
tar, aunque tolerable y pasajero, así como las medidas
que ha aprendido para manejar la tensión nerviosa. Y
lo exhortamos a que lleve su película hasta el final, es
decir, que imagine cómo desciende luego su nervio-
sismo y se hace más soportable, cómo se distrae con
estímulos del entorno y cómo finalmente se siente me-
jor y llega a destino, satisfecho de haber completado
su trayecto.
La agorafobia es un trastorno que suele durar muchos
años, porque las estrategias evitativas del sector neu-
rótico la mantienen indefinidamente. Al mismo tiempo,
suele imponer grandes limitaciones a las personas
afectadas que llegan a depender totalmente de sus
allegados. Sin embargo, es una fobia que puede tra-
87
tarse con éxito. Si usted padece esta afección no la
superará haciendo más de lo mismo, es decir, evitan-
do lugares y tomando precauciones. Su neurótico inte-
rior puede hacerle creer que está tratando de superar-
lo, pero incluso la búsqueda de ayuda psicológica pue-
de ser una nueva estrategia evitativa si su planteo es:
«una vez que me quiten el miedo voy a hacer todo lo
que no hago ahora» Su sector racional debe tomar el
comando y enfocar el problema con realismo y deci-
sión. Sugiero enfáticamente que busque un tratamien-
to profesional, preferentemente cognitivo - conductual
(ya que ese es el tipo de terapia que ha mostrado me-
jores resultados en este trastorno) y que tenga pre-
sente las actitudes y estrategias que proponemos en
este capítulo.
88
89
El poder de las palabras4
una herramienta para lidiar con el
neurótico interior
El neurótico que llevamos dentro no es capaz de razo-
nar objetivamente. En lugar de examinar cada situa-
ción a la luz de los hechos y los datos disponibles,
tiende a aplicar etiquetas globales a usted mismo, a
los demás y a las experiencias que atraviesa. Desde su
punto de vista, usted puede ser egoísta, cobarde o
fracasado, puede ser un inepto o tener mala suerte y
sus allegados pueden ser falsos, culpables o malinten-
cionados. Estos rótulos son categóricos y absolutos, y
el neurótico interior tiende a mantenerlos prestando
atención selectivamente a los hechos que los confir-
man, mientras toma como casuales los eventos que
contradicen tales ideas. Así, los sucesos afortunados,
sus propios aciertos o la colaboración desinteresada de
otras personas son vistos como excepciones que con-
firman la regla. La adhesión de nuestra parte neurótica
a estos calificativos no es racional: el neurótico que
llevamos dentro no examina los hechos para sacar
conclusiones. Ya tiene sus conclusiones y busca com-
probarlas y fortalecerlas en los hechos que observa.
Por tal motivo, no adelanta discutir con su parte irra-
cional para demostrarle que está equivocada. Esto se
aprecia dramáticamente en el caso de los obsesivos,
como hemos visto en el capítulo correspondiente. El
razonamiento puede serle útil a usted en tanto perso-
4 Basado en la conferencia: «Intervenciones claves en terapia cogni-
tiva» dictada por el autor en el VII Congreso latinoamericano de Psi-
coterapias Cognitivas (ALAPCO), Montevideo, 2008.
90
na racional y lógica, y de hecho debe emplearlo para
cultivar ideas más realistas. Pero aunque usted desa-
rrolle criterios ajustados a la realidad, su parte neuró-
tica puede seguir bombardeándolo con términos duros
que conservan su capacidad para hacerlo sentir mal.
Ello es así porque las palabras poseen el poder de
despertar automáticamente las emociones asociadas a
ellas, por un mecanismo que técnicamente se conoce
como «condicionamiento». La palabra cobarde, por
ejemplo, despierta sentimientos de desvalorización
personal, y el término egoísta o ingrato aplicado a otra
persona genera sentimientos hostiles hacia ella, inclu-
so antes de examinar detenidamente su conducta.
Por tal motivo, además de reevaluar sus ideas a la luz
de los hechos y asumir puntos de vista más razona-
bles, su parte racional debería escoger palabras con
un impacto emocional acorde con sus nuevas conclu-
siones. Cambiar los rótulos o etiquetas permite reem-
plazar los adjetivos que utiliza su parte neurótica y
generar inmediatamente sentimientos más apropia-
dos. Una vez que usted ha seleccionado los términos
adecuados para describir sus problemas, puede em-
plearlos en sus diálogos internos y en sus pensamien-
tos silenciosos. Más adelante ofrecemos ejemplos de
cómo se realiza esto en el curso de la terapia para que
usted pueda adaptarlo a las charlas que mantiene con
usted mismo.
Digamos antes que en la terapia tradicional5 se hace
mayor hincapié en el análisis lógico de las ideas y ex-
pectativas del paciente que en el desarrollo de pala-
bras alternativas. De hecho, el análisis racional ha sido
5 Nos referimos a la terapia conductual – cognitiva.
91
el procedimiento más utilizado en el tratamiento psico-
lógico para corregir las creencias responsables de la
perturbación emocional. Los terapeutas cuestionan y
revisan creencias tales como «necesito contar con la
aprobación de todas las personas significativas para
mí», «no valgo nada» o «necesito tener el 100% de
certeza antes de tomar cualquier decisión». El proce-
dimiento en sí admite diferentes modalidades. El tera-
peuta puede cuestionar frontalmente sus creencias
disfuncionales o invitarlo a buscar activamente argu-
mentos para demostrar la irracionalidad de las mis-
mas, entregándole lecturas que brindan herramientas
para revisarlas. Pero más allá de sus variantes, el ob-
jetivo es siempre identificar las contradicciones lógicas
presentes en las creencias de su parte neurótica, su
falta de respaldo empírico o la inconveniencia de man-
tenerlas. Este ejercicio intelectual permite desarrollar
creencias alternativas más adecuadas. Usted puede
convencerse, por ejemplo, de que no es tan egoísta o
tan cobarde como suponía, o de que en realidad su
suerte no es tan mala como pensaba. Pero su parte
neurótica puede seguir utilizando los viejos adjetivos
(cobarde, egoísta, desafortunado) ya que está habi-
tuada a ellos y los emplea en forma automática. Por
tal motivo, el análisis lógico debe complementarse con
la elección de palabras o frases breves con un impacto
emocional adecuado, como forma de generar inmedia-
tamente emociones que sustituyan a los sentimientos
negativos alimentados por su parte irracional. Usted
debería utilizar las nuevas palabras en sus diálogos
internos y también al comentar su situación con el te-
rapeuta u otras personas.
Como todos los terapeutas cognitivo – conductuales,
también yo me centré en el análisis lógico de las ideas
y convicciones de mis consultantes, y continúo hacién-
92
dolo por tratarse de una herramienta fundamental pa-
ra ayudar al paciente a pensar en forma más objetiva.
Pero pronto observé que ciertas intervenciones tenían
un impacto mayor sobre la forma en que el sujeto per-
cibía un acontecimiento que los razonamientos más
elaborados, y que este impacto era inmediato. Como
resultado de estas intervenciones, el consultante expe-
rimentaba un cambio instantáneo de su perspectiva
que podría describirse como un «click cognitivo», el
cual le permitía apreciar la situación desde otro punto
de vista o asignarle un significado diferente. Estas in-
tervenciones consistían generalmente en comentarios
breves, que no implicaban un razonamiento complejo
ni una argumentación extensa. Con frecuencia se tra-
taba sólo de un cambio de palabras que redefinía la
situación. Podía ser incluso una broma, un comentario
inesperado o una pregunta, cuyo impacto dependía
más del cambio de rótulo que promovía que de la res-
puesta en sí. En otros casos el problema era puesto en
un contexto diferente y adquiría automáticamente otro
significado. Desde el punto de vista del paciente, la
experiencia se acompañaba de una momentánea con-
fusión (propia del desmantelamiento del viejo esque-
ma de pensamiento) acompañada de cierta sorpresa,
y enseguida una sensación de «ver claro», «darse
cuenta» o captar la situación de forma diferente. No
implicaba para el sujeto un análisis complejo de la si-
tuación. La experiencia era -y es- la de una compren-
sión intuitiva del nuevo punto de vista, que es percibi-
do como verdadero y apropiado.
Esta observación me indujo a examinar con mayor de-
talle el fenómeno, como forma de sistematizar su uso
en psicoterapia. Más adelante, comencé a alentar a
mis pacientes a buscar sus propios términos y adjeti-
vos para modificar la visión que tenían de ellos mis-
93
mos y de las situaciones que estaban viviendo. En este
capítulo sólo puedo ofrecer algunos ejemplos para que
usted lo emplee con los mismos fines. Cabe aclarar,
sin embargo, que el uso de la «rotulación alternativa»,
como llamé originalmente a esta técnica, requiere una
buena dosis de creatividad y experiencia clínica, de
modo que su uso es más eficaz en el contexto de un
tratamiento conducido por un terapeuta especializado,
al igual que el resto de los procedimientos desarrolla-
dos en este libro. Si trabaja con un profesional, este
capítulo le resultará muy útil para acompañar las su-
gerencias que este le ofrezca. En otras ocasiones, us-
ted mismo podrá seleccionar los nuevos rótulos o eti-
quetas para contrarrestar aquellos que le ofrece su
parte neurótica. Aunque lo consiga sólo en parte, el
mismo acto de buscar nuevos adjetivos para describir
una situación lo ubica ya en su parte racional. Veamos
entonces algunos casos tomados de la experiencia clí-
nica para ilustrar la forma en que un cambio oportuno
de palabras permitió reestructurar la visión que estos
sujetos poseían de sus problemas y preocupaciones.
Algunos ejemplos
Un paciente relató con decepción que su novia había
tenido dos amantes antes de conocerlo. Al indagar los
motivos de su preocupación, resultó claro que temía
ser comparado en desventaja con las anteriores pare-
jas de su novia, a pesar de que la revelación tuvo lu-
gar cuando llevaba más de dos meses de noviazgo y
su relación parecía sólida y satisfactoria. El enfoque
tradicional hubiera apuntado a buscar respaldo empíri-
co para la creencia de ser comparado, por ejemplo:
¿qué datos existían de que efectivamente su novia lo
estaba comparando? Y en tal caso, ¿qué le permitía
suponer que lo comparaba en desventaja? El terapeu-
ta también podría haber relativizado su necesidad de
94
demostrar su hombría para mantener su autoestima.
Llegado el caso, la noción de que el desempeño sexual
es una condición permanente e invariable e incluso la
idea de que el placer sexual de su pareja depende ex-
clusivamente de su propio desempeño también po-
drían haber sido ser cuestionadas. Pero en lugar de
comenzar con este análisis, el terapeuta respondió
espontáneamente: «¡qué bien! ¡Me imagino que eso te
deja tranquilo!», como si la revelación hubiera sido
positiva. Ante la confusión del sujeto, el terapeuta ex-
plicó que eso, en realidad, le daba seguridad, ya que
su novia tuvo experiencias previas y a pesar de eso lo
eligió como pareja. Luego agregó brevemente: «Si tu
novia no hubiera tenido algún encuentro sexual, ¿có-
mo sabrías que su conformidad con el vínculo actual
no es fruto de su poca experiencia?» Desde este punto
de vista, el hecho de que su compañera hubiera tenido
relaciones previas y sin embargo insistiera en mante-
ner la relación con el paciente, le daba sin duda otra
tranquilidad. Además, es menos probable que su novia
sintiera curiosidad por conocer otros hombres, como
podría suceder si él hubiera sido su única pareja. Es
cierto que esta intervención no modificó el temor bási-
co del sujeto a ser comparado y su creencia nuclear
(«no soy tan hombre...»), que luego debió ser exami-
nada. Pero al menos permitió rotular en forma diferen-
te el descubrimiento de la vida sexual previa de su
compañera, atribuyéndole un significado menos ame-
nazante y hasta conveniente para aliviar su temor a la
comparación. En lugar de percibir las experiencias an-
teriores de su novia como «peligrosas y amenazantes»
comenzó a verlas como «tranquilizadoras y que brin-
dan seguridad»
En otro caso, una paciente se atormentaba porque a
veces experimentaba intensa ira hacia su madre, a
95
quien por otra parte amaba y cuidaba. En estos casos,
el terapeuta cognitivo suele cuestionar la validez de
las ideas subyacentes: «si realmente quisiera a mi
madre, no me enojaría con ella» y «no debería enfure-
cerme con la gente que amo». En lugar de ello, el te-
rapeuta la sorprendió con esta pregunta: «¿Tenés cla-
ra la diferencia entre sentimientos y emociones?»
Aunque no conocía la respuesta exacta, captó de in-
mediato que tal vez estaba confundiendo ambos tér-
minos, y se mostró dispuesta a escuchar. Luego, el
terapeuta la ayudó a distinguir entre los sentimientos
como el cariño o el amor, que son afectos estables,
más o menos permanentes y generalmente coheren-
tes, y las emociones como la ira o el miedo, respues-
tas momentáneas a sucesos concretos, que se disipan
cuando desaparece o se olvida el suceso que las dispa-
ró. Los sentimientos son la base de las relaciones es-
tables que mantenemos con padres, hijos o amigos y
no dependen de conductas o actitudes aisladas de las
otras personas. Las emociones, en cambio, son reac-
ciones a algo que el sujeto ha dicho o hecho en un
momento determinado. Por eso mismo suelen ser con-
tradictorias: ciertas actitudes de nuestros seres queri-
dos nos despiertan rabia, otras miedo y otras placer.
Pero no dejan de ser seres queridos, porque el «que-
rerlos» es un sentimiento permanente. La intervención
del terapeuta permitió a la paciente cambiar el rótulo
con que se refería internamente a sus reacciones de
rabia y fastidio. En lugar de verlas como «sentimientos
inadmisibles» pasaron a ser «emociones transitorias»,
diferentes de los sentimientos estables y compatibles
con ellos.
Este cambio de rótulo depende de la creatividad y el
oportunismo de quien lo promueve, sea un terapeuta o
usted mismo, si se aplica a modificar sus diálogos in-
96
ternos. Es posible, sin embargo, estudiar sus caracte-
rísticas con mayor detalle para facilitar su uso, ya que
se trata de una poderosa herramienta para la modifi-
cación de sentimientos y emociones inconvenientes.
Con ese objeto, mencionaremos algunos ejemplos adi-
cionales recogidos de nuestra propia experiencia, y
que seguramente serán similares a los que pueden
proporcionar otros terapeutas.
1. En un caso similar al primero de los mencionados,
en que un paciente de treinta y cinco años se sen-
tía frustrado por las experiencias previas de su pa-
reja (también treinteañera), el terapeuta ironizó:
«o sea que deberías buscar una mujer a quien no
le hayan atraído los hombres hasta que te conoció
a ti...» Este comentario permitió que el paciente
aceptara la vida anterior de su pareja como «inevi-
table y necesaria» en lugar de pensar que era «in-
deseable y frustrante».
2. Una pareja que asistía a sesiones conjuntas comen-
tó que en las últimas dos semanas vivieron en muy
buena armonía y se sintieron a gusto en la rela-
ción. El terapeuta demostró mucho interés en esta
revelación, y preguntó sorprendido: «¿qué hicieron
exactamente para llevarse así?» Enseguida los con-
sultantes captaron la idea de que una buena rela-
ción no se da porque sí, sino que depende de sus
comportamientos. Comprendieron también que es
necesario definir en forma operativa las interaccio-
nes que generan armonía conyugal, tarea a la que
se abocaron durante el resto de la sesión.
3. Un paciente con rasgos obsesivos, que había adqui-
rido recientemente un auto, se atormentaba pen-
sando que tal vez su decisión fue equivocada. El te-
rapeuta le preguntó: «Si no lo hubiera comprado,
¿se sentiría tranquilo y seguro de haber hecho lo
97
correcto?» Esta pregunta le obligó a aceptar la im-
posibilidad de estar totalmente seguro de una deci-
sión, sin necesidad de embarcarse en un análisis
teórico del punto. Cambió la forma en que califica-
ba a sus propias dudas, que percibía como «evita-
bles», por el de «dudas inevitables» independien-
temente de su decisión.
4. Una mujer se lamentaba porque su marido prefería
a veces ver a sus amigos a quedarse con ella, y
tomaba esta conducta como una muestra del rela-
tivo «amor» o interés de su esposo hacia ella. El
terapeuta le preguntó: «¿Usted siempre quiere es-
tar con su hijo, o a veces prefiere ver televisión?»
Pudo ver entonces la vida social de su esposo como
resultado de «intereses del momento» y no como
muestra de su «escaso amor».
5. A un hombre irritado por actitudes de su esposa
que típicamente se atribuyen a las mujeres (llanto
fácil, comportamiento emocional), el terapeuta le
comentó: «debiste casarte con un hombre...» Más
allá del sesgo machista de este comentario, la in-
tervención permitió al sujeto asumir inmediata-
mente que debería aceptar la naturaleza femenina
de su pareja. Cambió su definición de la conducta
de su esposa de «irritante» a «femenina y acepta-
ble».
6. Una joven mujer, muy preocupada por la aproba-
ción ajena, sostenía que era su obligación acceder
a cualquier pedido razonable que estuviera a su al-
cance. Aunque su postura muy complaciente la lle-
vaba a comprometerse en actividades que no
deseaba, creía que negarse a un pedido sería una
muestra de egoísmo: «¿por qué no hacer lo que me
piden, si está a mi alcance?» Al no poder persua-
dirla de su derecho a decir que «no» aunque el pe-
dido fuera razonable, el terapeuta le dijo: «sos una
98
mujer atractiva, ¿sería razonable que alguien qui-
siera acostarse contigo?» La paciente sonrió y
comprendió inmediatamente que no es suficiente
que una propuesta esté a su alcance: es necesario,
además, que sienta deseos de hacer lo que le pi-
den. Una eventual negativa de su parte, que antes
consideraba «egoísta», era vista ahora como «ra-
zonable» y «digna».
7. Un adolescente muy racional se autocensuraba por
haber rehuido una pelea a golpes de puño en una
discoteca. Como su ocasional oponente era noto-
riamente más fuerte, respondió a sus ofensas ver-
balmente, con ironía e ingenio, en lugar de embar-
carse en una pelea. A pesar de lo adaptativo de su
reacción, se lamentaba con pesar: «fui un cobar-
de...» El terapeuta le preguntó: «¿Si un pequeño
país tiene una disputa con una superpotencia, de-
bería ir a la guerra o llevar el conflicto ante un tri-
bunal internacional?» A partir de esta pregunta, el
terapeuta calificó su actitud de «hábil e inteligente»
en lugar de rotularla como «cobarde», destacando
su acierto al llevar el conflicto al terreno que más le
convenía (la confrontación intelectual) en lugar de
dirimirlo en el terreno que le convenía a su rival (la
confrontación física). En este caso, el terapeuta re-
currió también a situaciones ya conocidas y acep-
tadas por el paciente, señalando que «incluso los
boxeadores profesionales sólo pelean con rivales de
su propio peso...»
8. Un paciente crónicamente disconforme con su pro-
pia vida, se quejaba amargamente de sus proble-
mas familiares y económicos. En una de la sesio-
nes, le propuse un ejercicio de imaginación, al que
he llamado «la fantasía del bolillero»: «suponga-
mos que Dios te ofreciera la oportunidad de cam-
biarte al azar por un hombre cualquiera de tu edad.
99
No tendrías tu vida actual, pero tendrías otra, no
sabemos si mejor o peor. Podrías ser un millonario,
un ejecutivo afortunado, un atleta famoso, un
obrero de la construcción, un desocupado, un va-
gabundo... no lo sabemos. Podrías estar más sano
o más enfermo que ahora. Tus hijos, si los tuvie-
ras, podrían tener más o menos problemas que tus
hijos actuales. Ahora, imaginemos que aquí tengo
un bolillero con todos los hombres de tu edad que
viven en esta ciudad. ¿Qué responderías? ¿Saca-
mos una bolilla? ¿Aceptarías el cambio al azar?» El
paciente sonrió y admitió que su situación no era
tan desesperada como para correr semejante ries-
go. «Entonces -concluyó el terapeuta-, recuerda
que aun teniendo la opción de elegir otra vida, ele-
giste esta». Más adelante en la misma sesión, el
paciente aceptó que seguía perteneciendo a una
minoría privilegiada. Pero más allá de tal reconoci-
miento, de base puramente estadística, el enfren-
tarse a la supuesta oportunidad de cambiar su vida
y rechazarla le permitió modificar en el acto la vi-
sión «catastrófica» de su actual situación, que pasó
a ser «elegida» ante una opción al azar.
9. El método de comparar las propias dificultades con
situaciones peores consigue muchas veces desdra-
matizar el problema que nos preocupa. Un odontó-
logo a quien conozco responde muchas veces a las
quejas de sus pacientes por el costo de los implan-
tes, diciéndoles con asombro: «¿a usted le preocu-
pa el costo? A mí me preocupa que tenga hueso
suficiente para hacerle el implante. A muchas per-
sonas les sobra el dinero, pero no tienen hueso pa-
ra colocar el diente». Con esto consigue relativizar
el problema del costo.
[Link] pacientes se quejan de las injusticias y
desconsideraciones que deben soportar de parte de
100
su pareja. Con frecuencia les pregunto: «¿Por qué
elige mantener el vínculo, a pesar de todo?» Esto
lleva al sujeto a focalizarse en los aspectos positi-
vos de la relación, o al menos a reconocer que en
el balance global les resulta preferible mantenerla
que terminarla. Implica además que son ellos mis-
mos quienes optan por conservar la relación. La
nueva idea «yo elijo mantener el vínculo a pesar de
todo» sustituye a la anterior: «soy una víctima» y
funciona como un pensamiento breve capaz de re-
ducir las quejas y la irritación del sujeto.
Los ejemplos, claro está, podrían multiplicarse. Proba-
blemente, este tipo de intervenciones es responsable
de muchos cambios de enfoque, en mayor medida aún
que los razonamientos extensos y excesivamente lógi-
cos. Las ideas y creencias mediante las cuales nuestra
parte neurótica cataloga a su entorno no fueron adqui-
ridas a partir de un análisis sistemático de la realidad.
Fueron incorporadas a partir de mensajes parentales o
familiares, no siempre verbales, que se aceptaron co-
mo verdaderos sin un examen detenido de sus funda-
mentos, o se indujeron a partir de un número limitado
de experiencias y se generalizaron a situaciones simi-
lares. Por tal motivo, tampoco es esperable que pue-
dan modificarse con un enfoque exclusivamente racio-
nal. De hecho, la importancia de los «pensamientos
automáticos» mediante los cuales cada persona rotula
o califica a su experiencia, ha sido reconocida por la
mayoría de los autores modernos. Por tal motivo,
cuando recurrimos a un razonamiento sistemático para
modificar nuestras creencias irracionales y reempla-
zarlas por otras más racionales, la incorporación de las
nuevas ideas requiere incorporar mensajes breves del
tipo «esto es bueno para mí» o «está bien, es acepta-
ble». Este objetivo puede conseguirse mediante las
101
intervenciones anteriores, que utilizan el lenguaje co-
mo disparador de respuestas emocionales, y no sólo
como un vehículo para la trasmisión de conceptos. De
hecho, este es el común denominador de las interven-
ciones arriba mencionadas: el terapeuta consigue que
el paciente rotule de otro modo el suceso angustiante,
y el nuevo rótulo evoca respuestas emocionales in-
compatibles con la angustia u otras emociones
desadaptativas.
En el caso del joven preocupado por las relaciones an-
teriores de su novia, el terapeuta califica de «afortu-
nado y tranquilizador» a un suceso que el paciente
consideraba «peligroso y amenazante.» Para ello, lla-
ma la atención sobre algunos aspectos del suceso (las
relaciones previas de su novia) que pueden ser catalo-
gados como útiles o convenientes. La paciente que se
sentía culpable por los estallidos de ira ante su madre,
fue invitada a etiquetar tales reacciones como «emo-
ciones pasajeras» distinguiéndolas de los «sentimien-
tos estables». En el resto de los ejemplos puede en-
contrarse un mecanismo similar. Mediante un comen-
tario breve, una afirmación inesperada o una pregunta
cuya respuesta es obvia, el terapeuta lleva a su pa-
ciente a reemplazar el rótulo original por otro con con-
notaciones positivas o neutras. Si usted decide em-
plear este recurso, debe buscar la forma de definir en
forma diferente lo que le preocupa e incorporar en sus
diálogos y pensamientos los nuevos términos. Para
ello, usted debe comenzar a pensar al revés. En lugar
de trabajar para su parte neurótica, buscando argu-
mentos para confirmar lo desagradable de la situación,
debe empeñarse en encontrar aspectos convenientes y
útiles (no necesariamente maravillosos) en el suceso
que le preocupa. Recuerde que el neurótico interior
tiende a centrarse en los aspectos que confirman sus
102
temores, pero usted puede observar otros matices de
la situación, como en el primero de los casos:
Suceso Pensamiento Rótulo Reacción
tal vez pasó me- ansiedad,
eso es pe-
jor con otro inseguridad,
mi novia ligroso
alerta
tuvo aman-
pudo comparar-
tes anterio-
me y eligió se- eso es más aceptación,
res
guir conmigo. seguro seguridad
Fui elegido
En última instancia, usted debe decidir si desea traba-
jar para su parte neurótica, alimentando la visión que
esta tiene de la situación, o para usted mismo, en tan-
to persona racional y lógica, buscando aquellos aspec-
tos de la situación que le permitan una visión más rea-
lista y conveniente de los hechos. Es sorprendente la
pasión que ponen muchas personas en sostener la vi-
sión derrotista de su parte irracional, y demostrar que
efectivamente las cosas son negativas. Si usted ha
invertido su energía y creatividad en alimentar su vi-
sión neurótica, ya es hora de qué decida de qué lado
está, o si prefiere, quién toma el comando de su per-
sona. Recuerde que el neurótico interior tiene objeti-
vos diferentes de los suyos. Se obstina en general en
mantener sus temores, culpa y resentimientos. Usted,
como persona racional, tiene el propósito de ser más
objetivo y de alcanzar un mayor bienestar emocional.
El cambio de rótulo funciona porque se vale de asocia-
ciones anteriores. Usted ya posee la noción de «ser
comparado y elegido», la cual dispara respuestas
emocionales positivas cada vez que la evoca. En otras
103
palabras: usted se siente bien cuando piensa que es
elegido por sus méritos. Su tarea es encontrar en el
suceso que le preocupa datos que le permitan etique-
tar la situación de ese modo. Una vez que lo hace, la
idea de «ser elegido» genera, también en este caso,
sentimientos gratos que reemplazan a o al menos
compiten con los generados por las verbalizaciones
irracionales. La evocación de los nuevos rótulos debe
automatizarse mediante la repetición, hasta que los
sucesos originalmente perturbadores los disparen con
facilidad.
La potencia de este procedimiento radica entonces en
su capacidad para situar el acontecimiento en una ca-
tegoría diferente pero familiar y positiva. Esto se con-
sigue, como hemos visto, buscando datos que permi-
ten redefinir el acontecimiento perturbador como neu-
tro o positivo. Cuando se consigue, el cambio de eti-
queta funciona en forma inmediata porque las pala-
bras están asociadas a emociones y sentimientos posi-
tivos (placenteros), negativos (displacenteros) o neu-
tros. En el caso de un sujeto que se negaba a prestar
dinero a un amigo y se sentía culpable por ello, seña-
larle que su conducta fue «responsable» y propia de
un «buen padre de familia» (porque defendió el patri-
monio familiar) y no «egoísta», permitió al sujeto evo-
car los sentimientos que despierta la «responsabilidad
familiar» en lugar de aquellos que genera el «ser
egoísta».
104
Suceso Pensamiento Rótulo Reacción
mi obligación es
fui egoísta,
ayudar a mis culpa
me negué a mal amigo
amigos
prestarle
fui respon-
dinero a un mi obligación es
sable, buen
amigo cuidar el patri- conformidad
padre de
monio familiar
familia
Otra forma de conseguir un cambio de enfoque es en-
contrar la semejanza entre el suceso preocupante y
otras situaciones que usted ya conoce y que percibe
de otro modo, como en el caso de la esposa que inter-
pretaba el deseo de salir de su marido como una
muestra de su escaso interés en ella. La mujer ya sa-
bía que su eventual preferencia de mirar televisión no
implicaba un menor afecto por su hijo. Al ubicar el
comportamiento de su esposo dentro de la misma ca-
tegoría, le fue posible desdramatizarlo inmediatamen-
te:
Sucesos Pensamientos Rótulos Reacciones
mi marido
esto es
prefiere a
no me ama de- peligroso,
veces estar ansiedad
masiado señal de
con sus
desamor
amigos
a veces
prefiero ver igualmente quie- esto es
indiferencia
TV a jugar ro a mi hijo normal
con mi hijo
mi marido
prefiere a
igualmente me esto es
veces estar indiferencia
quiere normal
con sus
amigos
105
En otros casos, usted puede poner de manifiesto lo
absurdo de un planteo llevándolo a un extremo, como
hizo el terapeuta en algunos de los ejemplos anterio-
res: «debiste casarte con un hombre...» o demos-
trando lo imposible de las expectativas de su parte
neurótica: «deberías buscar una mujer a quien no le
hayan atraído los hombres», «¿te sentirías seguro si
no hubieras comprado el auto?» Esto consigue cam-
biar la etiqueta que usted asigna a la situación, pa-
sando de verla como «incorrecta» o de pensar «no
debe ser así» a rotularla como «inevitable», «debe ser
de este modo». La noción de que algo es inevitable
suscita casi siempre una aceptación de los hechos, aun
cuando no sean gratos.
Resumiendo: cuando su parte neurótica califica un su-
ceso, una persona o a usted mismo de una forma que
lo atormenta, usted tiene al menos dos caminos: pue-
de contribuir a esa visión catastrófica repitiendo men-
talmente lo malo que es usted mismo, los demás o los
hechos que atraviesa, en cuyo caso trabajará para su
parte irracional y aumentará su propio malestar emo-
cional; o puede examinar los hechos buscando aspec-
tos que le permitan definirlos de otro modo. Las pre-
guntas que puede formularse, son: ¿por qué esto pue-
de ser diferente y hasta opuesto a como lo ve mi sec-
tor irracional? ¿En qué medida puede ser útil o conve-
niente? Si se ha rotulado a usted mismo negativamen-
te, por ejemplo: falso, irresponsable o egoísta, ¿qué
aspectos de su propia conducta podrían sostener los
adjetivos opuestos: sincero, responsable o solidario?
Al menos, este ejercicio le permitirá percibir que la
conducta es compleja y puede sostener ambos tipos
de adjetivos, por lo cual no es realista centrarse sólo
en los negativos. Otras preguntas que puede formular-
se, son: ¿qué situaciones similares a la que me preo-
106
cupa percibo en forma diferente, menos mala? Encon-
trará comportamientos similares en otras personas o
en usted mismo que percibe en forma positiva o neu-
tra. ¿En qué medida esto que pretendo es posible? La
percepción de que ciertas cosas son inevitables, como
en varios de los ejemplos anteriores, lo llevará a acep-
tar eventos aun cuando no resulten muy gratos. ¿Por
qué mantengo esta situación de la que me quejo (pa-
reja, trabajo, estudio)? Tal pregunta le conducirá a
considerar también las ventajas de mantener su actual
situación, y le recordará que es usted mismo quien
elige mantenerla, probablemente porque en el balance
prefiere conservar lo que tiene que perderlo. Esto re-
sulta particularmente útil cuando su parte neurótica se
percibe como víctima de una situación. Usted puede
reemplazar tales quejas con la simple afirmación: «por
ahora, yo elijo mantener esta relación, o esta activi-
dad».
Los ejemplos que hemos presentado a lo largo de este
capítulo nos permitirán resumir las estrategias para
promover una rotulación alternativa de los hechos que
nos angustian. Los agrupamos en el siguiente cuadro:
107
Procedimientos que promueven una
rotulación alternativa
Buscar datos de la realidad que justifican un nuevo rótulo
• fui hábil e inteligente (no cobarde)
• actué como un buen padre de familia (no egoísta)
Buscar la semejanza entre el suceso que nos preocupa y
situaciones que percibimos de otro modo
• A veces prefiero ver TV a jugar con mis hijos, y mi ma-
rido a veces prefiere salir con sus amigos a quedarse
conmigo
Percibir lo absurdo o lo imposible del planteo neurótico
• debí casarme con un hombre...
• tendría las mismas dudas si no hubiese comprado el au-
to
• sería razonable o al menos esperable que un hombre
quisiera acostarse conmigo, pero eso no me obliga a de-
cir que sí
Tal vez confundo los términos
• emociones y sentimientos
• fantasías y conductas
Buscar rótulos opuestos a los que menciona mi parte irra-
cional
• las experiencias previas de mi pareja me dan seguridad
(en lugar de verlas como amenazantes)
Dramatizar el concepto
• ¿me cambiaría por otro?
Buscar en nuestra conducta valores y principios que esta-
mos defendiendo, aunque nos veamos obligados a dejar de
lado otros valores
• fui honesto (no sólo desconsiderado)
• fui responsable (no sólo egoísta)
108
109
El neurótico busca pareja
Si usted es como la mayoría de las personas segura-
mente prefiere formar una pareja estable. Tal vez
desee convivir o incluso casarse, o tal vez no. Pero
para los hombres y mujeres que han pasado la trein-
tena, formar pareja se convierte en un objetivo desea-
ble. Si a pesar de todo usted no ha constituido un
vínculo sólido, las causas pueden ser múltiples. Es po-
sible que su estilo de vida no le ofrezca muchas opor-
tunidades de conocer gente nueva, o que sus obliga-
ciones no le dejen tiempo para llevar una vida social
activa. También puede ser que carezca de las habili-
dades necesarias para iniciar una relación, o que sus
inhibiciones le impidan responder a los acercamientos
de otras personas. En los capítulos anteriores nos he-
mos referido a esta conducta como «poco asertiva». Si
padece inhibiciones de este tipo, es probable incluso
que evite conocer gente interesante por temor a fraca-
sar o a ser desaprobado. Pero si usted ha tenido varias
oportunidades y ha iniciado relaciones que no se man-
tuvieron, es posible que el personaje neurótico que
habita en su interior encare las relaciones de manera
inapropiada. Si ese es el caso, aunque su parte lógica
y sensata tenga el sincero propósito de formar y man-
tener un vínculo afectivo, el comportamiento de su
sector neurótico puede impedirlo y condenarlo a una
vida solitaria. En este capítulo describiremos algunos
tipos de neurótico interior que resultan especialmente
molestos a la hora de mantener una relación de pare-
ja. Al repasar sus características, procure identificarlos
en usted mismo. Tenga presente que el sector irracio-
nal de nuestra personalidad suele repetirse en distin-
110
tas situaciones y con diferentes personas. Lo que im-
porta no es exhibir ocasionalmente estas actitudes; lo
significativo es reiterarlas a lo largo de la vida y con
diferentes parejas.
El pretencioso. La característica central de este per-
sonaje es su pretensión de ser complacido. Deman-
dante y exigente, pretende que su pareja contemple
sus deseos y necesidades y lo hace con naturalidad
porque asume que el otro o la otra estará feliz aten-
diéndolo, acompañando sus proyectos, escuchando
sus problemas y compartiendo sus intereses. Aunque
dentro de ciertos límites esta es una expectativa razo-
nable, el pretencioso la lleva a un extremo porque está
mucho más centrado en lo que recibe que en lo que
da. Carente de empatía, no suele pensar en su pareja
como en alguien con intereses y necesidades propias y
no tiene el hábito de posponer sus deseos para con-
templar los ajenos. El pretencioso puede ser impacien-
te e irritarse con facilidad cuando no es complacido, y
muchas veces termina las relaciones porque no está
conforme con lo que obtiene de ellas o porque su pa-
reja, cansada de sus exigencias, decide poner fin a su
apostolado. Si usted detecta estas actitudes en sus
vínculos afectivos, debe cultivar los hábitos comple-
mentarios para llegar a un equilibrio en su relación.
Preguntarse qué está dando usted a la otra persona en
términos de apoyo, colaboración, atención y compañía
es un buen modo de equilibrar la balanza. Recuerde
que su pareja no está en este mundo para hacerle los
gustos. Tiene sus propias aspiraciones, y la relación se
mantendrá en la medida en que usted pueda cubrirlas.
Estar atento a las necesidades de la otra persona y
estar dispuesto a renunciar a algunos deseos para
complacerla puede ser una decisión sensata y racional.
111
El Pretencioso
«haceme el gusto»
• Pretende ser complacido
• Más centrado en lo que recibe que en lo que da
• Puede ser impaciente e irritarse con facilidad
• Termina sus relaciones porque nunca está conforme o
porque sus parejas se aburren de sus exigencias
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Centrarse en las necesidades del otro
• Pensar en lo que da en el vínculo, no sólo en lo que reci-
be
• Aceptar y tolerar las frustraciones
El exigente. Mientras el pretencioso espera que su
compañero o compañera haga lo que él desea, el exi-
gente quiere que haga lo que se debe, es decir, lo que
es correcto según su criterio de lo que está bien y lo
que está mal. Muy crítico con sus parejas, las juzga
permanentemente y les encuentra defectos. Lo que
exige de ellas es variable: que sean puntuales, res-
ponsables, eficientes, prolijas, consideradas... la lista
puede ser interminable. Lo particular no es el tipo de
atributos que reclama de la otra persona, ya que se
trata de virtudes deseables y compartibles. En efecto,
¿quién no desea que su pareja sea eficiente, respon-
sable o considerada? Lo exagerado en este caso es la
intolerancia que muestra ante las faltas o transgresio-
nes de su pareja. Mientras la mayoría de las personas
asume que el otro o la otra no siempre actuará de
manera impecable, este personaje alberga exigencias
112
perfeccionistas que lo llevan a criticar y desaprobar el
desempeño de su compañero. El exigente tiene ade-
más reglas estrictas sobre el rol que cada parte debe
jugar en la relación y cuáles deben ser las normas de
convivencia, y se muestra inflexible respecto a ellas.
Puede ser rígido, por ejemplo, respecto a quién debe
atender a los chicos, a qué hora se debe almorzar o
cenar, cuáles gastos se pueden hacer y cuáles no,
cuándo visitar a las respectivas familias y cualquier
otro aspecto de la vida cotidiana. Insiste en demostrar
que tiene razón o que su punto de vista es correcto,
en lugar de flexibilizar sus expectativas para proteger
el clima de la relación.
Si su personaje interno es muy exigente, debe estar
atento. Es el tipo de neurótico que desgasta fácilmente
una relación, ya que la otra persona se siente como
dando examen la mayor parte del tiempo. Peor aun:
es capaz de alimentar resentimiento y oposición en su
pareja, y generar la clásica secuencia de crítica - de-
fensa - contraataque. Para contrarrestarlo, usted debe
tener claro que la mayoría de las veces es preferible
cuidar los sentimientos de su compañero que demos-
trar que está equivocado o que usted tiene razón. Re-
pase lo que vimos en el capítulo sobre el pequeño dis-
cutidor. Recuerde que el criticón que llevamos dentro
está programado para demostrar en todos los casos
qué es lo correcto, pero usted puede priorizar otros
objetivos y dejar pasar actitudes u opiniones que no
comparte. Recuerde que aceptar a su compañero no
significa que apruebe siempre su conducta ni que
comparta todas sus opiniones. Tampoco es necesario
que se pongan de acuerdo en todos los temas ni que
zanjen todas sus diferencias.
113
El exigente
«te portaste mal»
• Muy crítico con sus parejas, las juzga y les encuentra de-
fectos
• Pretende que el otro se comporte de manera «correcta»
• Reglas estrictas acerca de cómo debe comportarse el
otro, o de qué rol debe jugar cada uno en la relación
• Monta en cólera cuando su compañero no actúa de
acuerdo a sus reglas
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Aceptar al otro como es, sin juzgarlo
• En todo caso juzgar sus conductas, no globalmente su
persona
• Entender que aceptar al otro no implica aprobar todas
sus conductas ni compartir todas sus opiniones
El desconfiado. Si su personaje interior es muy des-
confiado es probable que lo obligue a ser muy cauto
por temor a ser engañado o utilizado. Como este sec-
tor supone que los posibles candidatos no son sinceros
o tienen segundas intenciones, le cuesta abrirse, com-
partir sus temores y debilidades y llegar a una auténti-
ca intimidad. Esto puede hacer que la relación no pro-
grese más allá de las primeras fases, porque usted
levanta una barrera de protección y no se entrega to-
talmente. Si de todos modos constituye una pareja, la
relación se convierte en un campo fértil para las sos-
pechas y la desconfianza. La manifestación más co-
mún de este fenómeno es por supuesto la presencia
de celos enfermizos, que llevan a controlar más o me-
nos sutilmente al compañero o compañera, indagando
114
acerca de sus salidas, encuentros, conversaciones y
cualquier otro contacto sospechoso. En ocasiones el
neurótico interno va más allá y revisa el correo elec-
trónico o el celular de su pareja, o la llama sorpresi-
vamente en busca de pistas que confirmen sus suposi-
ciones. La desconfianza puede dirigirse también hacia
otras áreas de la vida en común: el manejo del dinero,
las compras, los supuestos planes para pasar las vaca-
ciones con la familia del otro, las confidencias con ter-
ceras personas... cualquier situación puede ser propi-
cia para que el desconfiado interior se pase una pelícu-
la donde es objeto de pequeñas o grandes conspira-
ciones.
Usted, naturalmente, conoce la existencia de este sec-
tor de su personalidad y a veces duda de sus sospe-
chas. Pero el desconfiado lo asusta con los riesgos que
imagina y lo insta a averiguar qué está ocurriendo. En
este punto, usted debe recordar los riesgos de ser
desconfiado, de controlar e indagar a su pareja, de
someterla a interrogatorios o simplemente de exhibir
demasiada cautela. Estos riesgos suelen ser mucho
mayores que los que supuestamente pretende evitar el
sector neurótico, ya que lejos de proteger la relación,
las sospechas y acusaciones comprometen la confian-
za y la intimidad que mantienen unidas a las personas.
Usted debe aceptar también que esa parte enfermiza
de su personalidad no desaparecerá y deberá convivir
con ella. Por su propia condición irracional, no es espe-
rable que se convenza de que sus sospechas son in-
fundadas, de modo que usted tendrá que ignorar los
mensajes tremendistas que continuará enviándole. A
pesar de ello, usted puede tomar el comando de su
persona y actuar con sensatez. En todo caso, acos-
túmbrese a desconfiar de su propia desconfianza, y
con el tiempo el discurso paranoico de su parte irra-
115
cional irá quedando en la periferia de su conciencia y
perderá influencia.
El desconfiado
«¿qué querrá de mí...?»
• Muy cauto, no se brinda en la relación por temor a ser
engañado o utilizado
• Supone que los demás no son sinceros
• Le cuesta abrirse, contar sus temores y debilidades y lle-
gar a una auténtica intimidad
• Celos enfermizos, sospechas y control excesivo de su
pareja
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Desconfiar de su propia desconfianza
• Pensar en los riesgos de ser desconfiado
• Recordar las ventajas de abrirse y confiar en el otro para
generar intimidad y fortalecer el vínculo
El idealista. En algunas personas, el neurótico que
llevan dentro se ha quedado en una etapa adolescen-
te. Alberga expectativas idealizadas y románticas so-
bre el noviazgo y el matrimonio, y obviamente las per-
sonas reales lo decepcionan. De hecho, suele ser bas-
tante enamoradizo, ya que se fascina con las perso-
nas que conoce y fantasea con lo maravillosas que
son. También deposita demasiadas expectativas en la
propia relación, creyendo que el matrimonio o el
vínculo estable realizará todos sus sueños y que le da-
rá un sentido definitivo a su vida, y puede mantener
incluso la esperanza de sentirse siempre enamorado
116
como el primer día. Cuando descubre que su ocasional
pareja no es el príncipe azul o la princesa encantada
de los cuentos, o que la relación no llena totalmente
su vida como esperaba y que aún no se siente total-
mente pleno, o que su propia fascinación inicial da pa-
so a un sentimiento maduro, se desilusiona y se torna
proclive a fascinarse nuevamente con un nuevo candi-
dato. Mientras el neurótico interior maneje su vida
afectiva, el resultado será probablemente una sucesión
de parejas que prometen mucho sin llegar a concretar
con alguna de ellas un proyecto de familia, o confor-
mando un vínculo durante cierto lapso para después
terminarlo porque no se siente enamorado.
Su parte racional sabe que el romanticismo y el amor
son necesarios para comenzar y mantener una rela-
ción, pero es capaz de distinguir entre el enamora-
miento inicial y el amor maduro que experimenta los
altibajos propios de la convivencia. No toma estos alti-
bajos como que algo necesariamente no funciona en la
relación, y es capaz de apostar a la pareja en lugar de
alimentar fantasías de un nuevo y fascinante amor con
quienes se cruzan en su camino. Esto no significa que
usted deba mantener una relación a cualquier precio.
Significa que debe mirar su vida en perspectiva y con
objetividad, y si ha repetido este patrón de conducta
debe preguntarse a dónde ha llegado y si no está bus-
cando algo que existe sólo en su imaginación. En la
vida real usted tiene sólo opciones reales, como acep-
tar una buena relación, con alguien por quien se sienta
razonablemente atraído, con quien se sienta afectiva-
mente involucrado y con quien pueda construir una
familia, si ese es su objetivo, o seguir buscando inde-
finidamente a su pareja ideal. La otra opción es acep-
tar que prefiere estar solo o mantener relaciones oca-
sionales, lo cual también puede ser una elección legí-
117
tima. En todo caso, debe aceptar que ser realista no
es ser mediocre (como sugiere manipulativamente el
neurótico interno) ni equivale a conformarse «con
cualquier cosa». Más aún: si nos guiamos por los re-
sultados, es más probable que sea el idealismo el que
lo conduzca a una vida mediocre y frustrante. Mante-
ner un nivel de exigencia razonable y esperar de los
vínculos lo que es esperable, constituye una opción
inteligente.
El idealista
«todo debe ser maravilloso»
• Expectativas románticas e idealizadas
• Enamorado del amor, las parejas reales lo decepcionan
• Enamoradizo, fantasea mucho y se fascina con las per-
sonas que conoce
• Cree que la pareja realizará todos sus sueños y que le
dará un sentido definitivo a su vida
• Desilusiones y cambios de pareja
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Cultivar expectativas realistas
• Esperar que la gente y la relación no sea tan maravillosa
• Aceptar que realismo no es mediocridad ni equivale a
«conformarse con cualquier cosa»
El dependiente. El lema de este personaje parece
ser: «estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para que
no me abandones». En efecto, su gran temor a la so-
ledad lo lleva a estar pendiente del grado de satisfac-
ción que el otro siente en la relación, y a hacer lo im-
118
posible porque él o ella se encuentre contento y a gus-
to. Vive en un estado de permanente tensión, ya que
busca pruebas del interés del otro y cualquier ausencia
o enojo de su pareja le hace entrar en pánico. Adopta
una actitud complaciente y al mismo tiempo controla-
dora, en lugar de una postura distendida y relajada.
De hecho, la preocupación por el posible alejamiento
de su compañero está siempre presente, aun cuando
comparta momentos gratos y de armonía conyugal. El
neurótico interior encara las relaciones como una ne-
cesidad más que como un objetivo deseable. Examina-
remos con mayor detalle este error en otro capítulo6,
y veremos que tal postura impide disfrutar incluso de
aquello que se ha conseguido por temor a perderlo. El
neurótico interior no le permite actuar en forma es-
pontánea, y mantener el vínculo se transforma en un
trabajo más que en una oportunidad para compartir la
vida con naturalidad. El resultado no suele ser gratifi-
cante. A la larga, quien así se conduce termina dando
una imagen pobre y desvalorizada de sí mismo, y en
el mejor de los casos conserva la relación a costa de
postergarse en sus deseos y necesidades.
La contraparte racional no consiste en hacer todo lo
contrario de lo que hemos señalado. Nuestro sector
racional es flexible y puede asumir posturas interme-
dias. Dentro de ciertos límites, es razonable ocuparse
de las necesidades del otro, complacerlo y hacerlo
sentir a gusto, pero en un marco de relativa equidad
donde ambos dan y reciben, ambos se ocupan de las
necesidades del otro y de las propias, y al brindarse no
lo hacen por miedo a ser abandonados sino como ex-
presión de afecto y amor y como parte de la comunión
6 Cap. 9: «Reconociendo al neurótico interior».
119
que supone una relación de pareja. Para alcanzar este
objetivo, es necesario cultivar una filosofía del tipo de
«lo que tenga que ser, será», renunciando a ejercer
un control absoluto sobre las decisiones de la otra per-
sona. El sector realista puede proyectarse en el futuro
estando solo sin percibir esto como un drama, y aun-
que acepta que su relación actual vale la pena y que
una eventual separación sería una pérdida importante,
sabe también que llegado el caso seguiría viviendo y
encontraría otras fuentes de gratificación y felicidad.
Paradójicamente, mientras permita al neurótico in-
terno defender la teoría de que su pareja actual es su
única fuente de felicidad, lo único que cultivará será
un apego excesivo y no la auténtica felicidad que pro-
viene de saberse querido tal como es y de disfrutar de
la relación mientras dura.
El dependiente
«no me abandones»
• Gran temor al abandono
• Procura que el otro se sienta contento para que no lo
abandone
• Pendiente del grado de satisfacción que el otro tiene en
la relación
• Busca pruebas del interés del otro
• Cualquier ausencia o enojo de su pareja le hace entrar
en pánico
• Actitud sumisa o controladora
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Encarar la relación como algo deseable pero no impres-
cindible: no es una necesidad imperiosa para seguir vi-
viendo
• Aceptar que no tiene control total sobre la conformidad
del otro
• Comprender que la complacencia excesiva deteriora su
imagen 120
El autosuficiente. Aunque la autosuficiencia es una
condición valiosa y deseable, si la lleva a un extremo
puede conspirar contra su propósito de formar pareja.
Por definición, una relación implica compartir tiempos
y espacios, y si no está dispuesto a renunciar a parte
de su autonomía es difícil que llegue a conformar un
vínculo duradero. Si este es su caso, su neurótico inte-
rior no está dispuesto a pagar el precio de compartir
parte de su vida y de su tiempo con otra persona; to-
ma cualquier muestra de interés como una intromisión
y pone muchos límites a la ingerencia del otro en sus
temas personales, tales como la organización de su
casa, sus vínculos familiares o sus actividades recrea-
tivas. De alguna forma, usted envía el mensaje: «no
te metas en mi vida...», y a la larga esto le impide lle-
gar al nivel de intimidad necesario para consolidar una
relación. Si su personaje interior tiene pánico a ser
invadido, puede buscar una relación donde se compar-
tan pocas actividades y cada cual funcione casi como
si estuviera solo. Puede compartir unas horas de amor
e intimidad con su pareja, pero prefiere que luego ca-
da uno duerma en su casa. Y si ella deja el cepillo de
dientes en casa, o «la bombachita colgada en la canilla
del baño», a él se le enciende una alarma que indica
¡peligro! Ya hemos visto que existe también el caso
opuesto: cuando el personaje interno es del tipo de-
pendiente, puede aspirar a compartir prácticamente
todas las actividades renunciando a su vida personal
para fusionarse con su pareja. Entre ambos extremos,
existen por supuesto todos los grados de involucra-
miento posibles. Los problemas surgen cuando el otro
o la otra desean un modelo de relación diferente, más
o menos pegoteado. En esos casos, el sector racional
posee la flexibilidad para adaptarse, dentro de ciertos
límites, a una situación intermedia. El neurótico in-
terno, en cambio, insiste en imponer su propio modelo
121
de relación como si fuera el único legítimo. Si es del
tipo autosuficiente, su parte lógica debe recordar que
renunciar a parte de su autonomía es el precio que
paga por mantener una relación. Si el sector neurótico
percibe esto como una limitación a su libertad, recuér-
dele que es usted mismo quien elige dejar participar al
otro en su propia vida.
El autosuficiente
«no te metas en mi vida»
• Teme perder la independencia
• Toma cualquier muestra de interés en su vida como una
intromisión
• Pone muchos límites a la relación
• No está dispuesto a pagar el precio de compartir parte
de su vida y de su tiempo con otra persona
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Renunciar a parte de la autonomía es el precio por man-
tener una relación
• Recordar que es usted mismo quien elige dejar participar
al otro en su vida
El indeciso. La dificultad para tomar decisiones es
uno de los factores que impide con frecuencia concre-
tar un vínculo o formalizar una relación. Si su persona-
je interior tiene dificultad para realizar elecciones sim-
ples, tales como resolver qué camino tomar para llegar
a un sitio, qué ponerse para asistir a una reunión o
qué película ver en el cine, es probable que encuentre
mucho más difícil elegir compañero o compañera. In-
cluso si suele resolver con facilidad las disyuntivas co-
tidianas, puede igualmente bloquearse a la hora de
122
asumir un compromiso afectivo. Y es que realmente,
la decisión de formalizar un vínculo (casarse, convivir
o simplemente presentar su pareja a su familia) no es
un asunto menor y justifica una evaluación detenida
de las consecuencias. En otras palabras, cierta cautela
al constituir un vínculo está justificada y es producto
de nuestro sector racional y realista. Sin embargo,
cuando la indecisión se convierte en un problema
reiterado y le hace perder oportunidades, es probable
que su parte neurótica pretenda tener un grado de
certeza tan elevado que resulta inalcanzable. El pen-
samiento neurótico se centra en los riesgos de equivo-
carse (riesgo siempre presente e inevitable) pero igno-
ra los riesgos de perder oportunidades que no se repe-
tirán. Fantasea con la idea de que podrá conseguir
«algo mejor», lo cual no es necesariamente cierto, y
cree que cuando conozca a la persona adecuada ya no
tendrá dudas. Supone además que quienes encaran
seriamente un vínculo de pareja están más seguros
que él, cuando la realidad es que nadie está totalmen-
te libre de dudas. La mayoría de las personas que se
casan o se ennovian no lo hacen por tener la certeza
absoluta de que su decisión es correcta sino porque
tienen un grado de convencimiento razonable; el sec-
tor racional no pretende alcanzar el 100% de certeza y
sabe que siempre deberá decidir con dudas. Su parte
lógica considera también los riesgos de no decidir y
mantener la relación en suspenso. Tal como vimos a
propósito del trastorno obsesivo compulsivo, usted
puede responder asertivamente a las demandas de
seguridad que le formula manipulativamente su sector
irracional. Ante la pregunta: «¿estás totalmente segu-
ro de lo que vas a hacer...?» la respuesta sensata
puede ser «estoy todo lo seguro que se puede estar».
123
El indeciso
«¿qué hago...?»
• Teme correr riesgos
• Quisiera estar seguro de que la cosa funcionará
• Supone que debería tener la certeza absoluta de que
esa persona es para él
• Cree que cuando encuentre a la persona adecuada ya
no tendrá dudas
• Cree que los demás forman pareja porque tienen las co-
sas más claras que él
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Aceptar que uno siempre decide con dudas. Es imposi-
ble estar 100% seguro
• Aceptar el riesgo inherente a cualquier decisión
• Considerar también los riesgos de «no decidir»
El depresivo. Como cualquier otro proyecto, la for-
mación de pareja requiere un mínimo de confianza y
entusiasmo. La percepción de que es posible constituir
un vínculo genera la motivación necesaria para hacer
el intento, por ejemplo para conocer potenciales can-
didatos y apostar a una relación exitosa. Es verdad
que el azar y los encuentros fortuitos son responsa-
bles, muchas veces, del flechazo de Cupido; pero la
disposición a aprovechar las oportunidades y la con-
vicción de que es posible atraer al otro también es ne-
cesaria. Si el neurótico que habita en su interior es
pesimista y anticipa fracasos aun antes de intentarlo,
o tiene una pobre visión de sí mismo y no se considera
interesante o atractivo, o incluso si afirma tener mala
124
suerte en el amor, carecerá del entusiasmo necesario
para acercarse a otras personas o para alentar los in-
tentos ajenos. Es común que recuerde selectivamente
sus fracasos y frustraciones, y que encuentre incluso
cierto placer morboso en confirmar sus expectativas
derrotistas. Esta actitud, claro está, puede reflejar un
auténtico episodio depresivo que es necesario tratar,
más que una forma de ser habitual; si ese es el caso,
es imprescindible buscar ayuda psiquiátrica. Pero si es
una forma de estar en el mundo, constituye un hábito
de pensamiento neurótico que interfiere con los objeti-
vos normales y que conviene reconocer como tal.
El sector racional no es necesariamente optimista.
Adopta simplemente una actitud abierta y se limita a
hacer el intento y ver qué pasa. No se considera ma-
ravilloso, pero tampoco maneja estereotipos conven-
cionales de cómo supuestamente debe ser para gustar
o inspirar interés, ya que es imposible anticipar los
sentimientos que le despierta a otra persona. A veces,
usted mismo no sabe exactamente qué le atrae del
otro. Si su personaje interno es del tipo depresivo,
estará buscando demostrar su visión negativa de sí
mismo y de los resultados que obtiene. Reconozca es-
te discurso cuando surge y sea objetivo, preguntándo-
se, por ejemplo, si hay hechos que contradicen esa
visión negativa. También puede preguntarse qué utili-
dad tienen las quejas y para qué sirve presentarse an-
te los demás como desafortunado y perdedor. El de-
presivo interior disfruta al inspirar lástima. Usted, en
cambio, debería estar interesado en brindar una mejor
imagen y mostrarse dispuesto a comenzar una rela-
ción. El sector depresivo se compara en desventaja
con sus conocidos y allegados, minimizando sus fraca-
sos y atendiendo sólo a sus éxitos y logros afectivos.
Usted debería ser objetivo también al observar la vida
125
sentimental de los demás, percibiendo sus altibajos,
así como las crisis y rechazos que deben enfrentar.
El depresivo
«no va a funcionar»
• Pesimista, no cree poder conseguir pareja, y por eso ni
lo intenta
• No se ve atractivo ni cree que otro pueda interesarse por
él
• No cree que sea posible encontrar a alguien que valga la
pena
• Recuerda selectivamente sus fracasos y frustraciones
• Se queja de su mala suerte
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Adoptar una actitud abierta, no necesariamente optimista
• Limitarse a hacer el intento y ver qué pasa
• Preguntarse qué utilidad tienen las quejas
• Preguntarse si hay hechos que contradicen su visión ne-
gativa (por ejemplo: de sí mismos)
El seductor. El personaje que habita en su interior
puede estar interesado en conquistar, seducir y gustar
a otras personas. Si bien usted puede utilizar la seduc-
ción racionalmente, con el propósito de atraer a otra
persona para comenzar eventualmente una relación
con ella, para el neurótico interno seducir es un objeti-
vo en sí mismo. Su propósito es conseguir admiración
y mantener alta su autoestima a través de la conquis-
ta. En otros casos, puede estar interesado en demos-
trar que «todos los hombres son iguales» o que las
126
mujeres están fatales. Eric Berne7 describe muy bien
este proceso como un juego, donde la mujer (por
ejemplo) se muestra disponible hasta alentar los
avances de un galán. Una vez que lo consigue, se
muestra ofendida: «oiga, ¿usted qué se cree...?» Re-
cordemos que al sector irracional de nuestra persona-
lidad le gusta demostrar que sus premisas son verda-
deras, en este caso que «los hombres toman cualquier
cosa como una proposición...». En cualquier caso, si la
seducción apunta a un propósito distinto de la propia
conquista, se ve satisfecho cuando consigue atraer al
destinatario de sus encantos y entonces pierde senti-
do. Usted se convierte así en un consumidor de pare-
jas; cada conquista es un desafío, donde el interés es
la propia conquista y no la persona del otro. Su parte
racional, en cambio, puede seducir con honestidad,
como un medio para acercarse al otro y generar un
encuentro.
El seductor
«miren que maravilloso soy...»
• Seducir es un objetivo en sí mismo
• Su propósito es conseguir admiración y mantener alta su
autoestima
• También demostrar que «todos los hombres son igua-
les» o que las mujeres están fatales
• Son consumidores de parejas, cada conquista es un
desafío
Actitudes a desarrollar por su parte racional
• Seducir con honestidad
• Seducir como un medio cuando alguien le interesa, no
como un fin en sí mismo
• Reconocer y dejar de lado su tendencia a probar cosas:
7 «Juegosque es deseable,
en que que losEric
participamos», hombres
Berne.(o las mujeres) son
todos iguales, etc.
127
Los personajes que hemos descrito en esta breve re-
seña son estereotipos puros. Lo hemos hecho así con
fines didácticos, para que resulte más fácil reconocer-
los. Es probable que usted se identifique parcialmente
con alguno de ellos, sin exhibir todas sus característi-
cas. También puede reconocer en su neurótico interno
rasgos de varios de estos personajes y no sólo de uno
de ellos. En todo caso, lo importante es ver si estos
hábitos se repiten en su vida y si han tenido un costo
para usted. Si ese es el caso, esté atento la próxima
vez. El sector irracional suele aparecer automática-
mente y sería útil que lo detectara. El sólo hecho de
percibirlo -¡ahí estás otra vez!- le quitará legitimidad y
le permitirá cultivar actitudes más equilibradas y ade-
cuadas a sus fines. Buena suerte.
128
129
La autoestima del neurótico
El personaje que llevamos dentro suele preocuparse
demasiado por su propio valor. Esta preocupación to-
ma varias formas: puede estar crónicamente discon-
forme con sus logros profesionales o laborales: «no
llegué a nada en mi trabajo, soy un mediocre...» o
culparse por los fracasos en su vida afectiva: «no con-
sigo mantener una relación, no tuve hijos, no formé
una familia...»; puede sentirse responsable de supues-
tas faltas u omisiones: «no supe educar a mis hijos,
no conseguí que estudiaran, no pude evitar que con-
sumieran drogas...» o compararse en desventaja con
otras personas: «mis compañeros y amigos tuvieron
más éxitos que yo». Tal vez se angustie pensando que
dio una pobre imagen en una reunión social o se auto-
critique duramente por no haber defendido sus dere-
chos en un comercio o en una oficina pública. Dentro
de ciertos límites, estas y otras apreciaciones pueden
ser reales: tal vez su desempeño no fue brillante en
una entrevista de trabajo, o debió tomar la iniciativa
para conversar con esa persona interesante que cono-
ció en la fiesta del sábado. Es posible que no haya es-
tudiado lo suficiente para un examen, o que haya re-
tado injustamente a su hijo mayor. El sector sensato
de su personalidad puede reconocer tales errores y
proponerse corregirlos en el futuro. Su parte neuróti-
ca, en cambio, va más lejos y se desvaloriza duramen-
te por sus faltas, comprometiendo así su autoestima.
Veamos cómo lo hace.
130
Confunde su conducta con su persona. En el capí-
tulo 2, al examinar la forma de plantear desacuerdos,
sugerimos que es preferible cuestionar lo que otro ha-
ce en lugar de censurarlo por lo que supuestamente
es. En otras palabras: es posible desaprobar el com-
portamiento ajeno sin catalogar o calificar globalmente
a la otra persona. Etiquetas tales como egoísta, irres-
ponsable, mal compañero, incapaz o cualquier otro
calificativo son difíciles de sostener a partir de conduc-
tas aisladas y no le agregan información útil al comen-
tario. El mismo concepto es aplicable a la autocrítica:
usted puede desaprobar su propia conducta, admitien-
do por ejemplo que ha castigado injustamente a su
hijo, sin asumir por ello que es un «mal padre», o re-
conocer que cometió errores en el trabajo sin catalo-
garse necesariamente como «inepto» o «inútil». El
neurótico interno es muy proclive a las conclusiones
amplias de ese tipo, y deja de lado datos que podrían
contradecir sus juicios globales. Su sector racional, en
cambio, puede ser más objetivo. Es capaz de aceptar
que fue injusto con su hijo pero al mismo tiempo tener
claro que se trata de un hecho aislado y que en otros
aspectos cumple con los requisitos de un buen padre.
O puede admitir un error en el trabajo pero recordar
también la buena gestión que cumple normalmente, o
los obstáculos que debió superar para llegar a su posi-
ción actual. El comportamiento en cualquier área (la-
boral, social, familiar) es variable, de modo que los
juicios críticos, en todo caso, pueden dirigirse al
desempeño concreto en un momento determinado, y
nada más. Mientras el sector racional se focaliza en el
comportamiento concreto y dice: «me equivoqué», el
neurótico interno se juzga globalmente y afirma: «soy
un desastre».
131
Su nivel de autoexigencia es muy elevado. El sec-
tor irracional de algunas personas se exige un nivel de
excelencia y perfección que es imposible alcanzar, al
menos en todos los casos. Mientras el neurótico in-
terno dice: «lo único que me sirve es hacerlo perfec-
to», el sector racional piensa: «está bien esforzarme y
hacer las cosas a conciencia, aunque no siempre que-
den perfectas». El sector racional se siente conforme
si realiza una tarea correctamente, aunque tenga pe-
queños errores; el neurótico, en cambio, no puede
disfrutar un trabajo bien hecho si tiene una falla me-
nor, aunque sea imperceptible. Para el sector irracio-
nal las cosas que hace están perfectas o están mal; no
existen términos medios. El racional, en cambio, es
capaz de apreciar los matices y los grados: las cosas
están más o menos bien, bastante bien y hasta muy
bien, aunque no puedan calificarse de excelentes. El
pensamiento neurótico es rígido: invierte siempre el
máximo esfuerzo y dedicación para alcanzar la perfec-
ción, aun cuando no sea necesario. El pensamiento
lógico, en cambio, es capaz de evaluar la importancia
de la tarea y estimar si vale la pena dedicarle mucho
tiempo y esfuerzo en detrimento de otras actividades.
Por eso el sector racional es más práctico y ejecutivo,
mientras que el perfeccionista interior suele perder
mucho tiempo en asuntos menores.
Estos criterios deberían permitirle reconocer en usted
mismo un nivel de autoexigencia anormalmente ele-
vado. Si se exige mucho más que el promedio, si difí-
cilmente queda conforme con usted mismo, si le da
más importancia a los pequeños errores que al resul-
tado global aunque sea muy bueno, si juzga su
desempeño en forma categórica («si no es perfecto es
inaceptable») y si siempre es excesivamente meticu-
loso aun cuando se quede sin tiempo para tareas im-
132
portantes, lo más probable es que estas actitudes sean
propias de su sector irracional. Con ese nivel de auto-
exigencia es muy difícil que quede conforme con su
actuación y por eso se resiente su autoestima. En el
nivel racional, en cambio, usted puede autoaprobarse
por ser práctico y eficiente, y no por ser ciegamente
perfeccionista y meticuloso. Al evaluar su desempeño,
recuerde «El poder de las palabras» que examinamos
en el capítulo 5, y utilice términos como práctico, efi-
ciente y ejecutivo en lugar de «mediocre» o «del mon-
tón».
Percibe en forma errónea las causas de sus fra-
casos. El sector irracional percibe de manera equivo-
cada su responsabilidad por los resultados que obtie-
ne. En algunos casos tiene la expectativa de controlar
totalmente los acontecimientos. Suele pensar: «todo
depende de mí; si hago las cosas bien, deben salir
bien. Si no funcionan, es mi culpa». Para el sector
irracional no existe la suerte, los imponderables ni los
factores externos. Todo debe ser previsto y controla-
do. Su parte lógica, en cambio, es más realista. Sabe
que cualquiera sea el proyecto que encare, desde con-
seguir un trabajo hasta educar a sus hijos, organizar
un viaje o pintar su casa, los resultados no dependen
sólo de usted. Los imponderables, los sucesos fortui-
tos, el papel de otras personas y mil variables más
juegan también un papel decisivo. Por eso está mejor
preparado para tolerar resultados negativos. No se
trata de irse al otro extremo y negar la propia respon-
sabilidad. Se trata de comprender la complejidad de
los asuntos humanos y aceptar que es imposible ma-
nejar todas las variables. Ante un fracaso, su parte
sensata asume la parte de responsabilidad que le co-
rresponde. Su neurótico interno, en cambio, puede
considerarse el único responsable.
133
En otros casos, el sector irracional está convencido
precisamente de lo contrario: «nada depende de mí;
haga lo que haga las cosas saldrán como tengan que
salir». Esta postura conduce a un estado «desesperan-
za», como lo llamó el Psic. Martin Seligman, creador
del modelo de la «indefensión aprendida». En efecto,
el sujeto no cree que sus esfuerzos puedan influir en
los acontecimientos, y por tanto no se siente motivado
para buscar lo que desea o lo intenta tímidamente y
enseguida abandona. No se siente capaz, por ejemplo,
de salvar un examen, de conseguir una nueva ocupa-
ción, de hacer nuevos amigos o de alcanzar cualquier
otra meta. Es fácil ver que esta postura genera tam-
bién una imagen desvalorizada de sí mismo. Nueva-
mente, la posición intermedia es la más racional: «no
todo depende de mí, pero tengo la capacidad de cam-
biar mi realidad»
Se juzga en forma parcial. Como hemos visto en
otros capítulos, el sector irracional tiende a confirmar
sus ideas más que a cuestionarlas. En este caso, pro-
cura mantener las ideas negativas que tiene acerca de
sí mismo, y una de sus estrategias es la percepción
selectiva de sus propios errores. El pensamiento neu-
rótico que disminuye la autoestima presta más aten-
ción a sus fallas y omisiones que a sus méritos y acier-
tos. Más aún: recuerda selectivamente los fracasos y
olvida fácilmente sus éxitos. Curiosamente, suele apli-
car una lógica inversa al juzgar a los demás: percibe
con mayor facilidad los logros ajenos que sus errores y
desaciertos, con lo cual siempre se compara en des-
ventaja.
Si usted tiene una pobre autoimagen procure cultivar
una visión más objetiva de usted mismo. No trabaje
134
para su sector neurótico buscando argumentos para
sostener su autoconcepto negativo. En todo caso,
piense también en sus logros y méritos personales,
como forma de incorporar una visión más objetiva y
equilibrada. Su parte neurótica desvalorizará estos
méritos e insistirá con su autocrítica. Simplemente
obsérvela y vea cuan sesgada es su forma de pensar.
Exagera el impacto de su imagen ante los demás.
El sector neurótico cree que la gente lo ve del mismo
modo que él se ve a sí mismo. Supone que los demás
están pendientes de él y que lo están juzgando per-
manentemente. En su imaginación, los otros se asom-
bran de cualquier comentario suyo original y lo consi-
deran desubicado o inadecuado. Si se sonroja o tarta-
mudea, piensa que los presentes asignan gran impor-
tancia a estas reacciones y jamás las olvidan. Conven-
cido de que está siempre rindiendo examen ante sus
pares, vive en un constante estado de tensión, pierde
espontaneidad y se avergüenza fácilmente. Visto obje-
tivamente, resulta absurdo pensar que uno está en el
centro de la atención ajena y que los demás otorgan
tanta importancia al propio desempeño. En las ocasio-
nes en que usted tiene la oportunidad de chequear
estas suposiciones, comprueba que los demás ni si-
quiera han registrado los detalles que usted creyó tan
evidentes, y si los percibieron, no pensaron en ellos
más de un par de segundos. Mucho menos probable es
que saquen conclusiones negativas sobre su persona.
Es probable incluso que no saquen ninguna conclusión.
La fantasía de ser siempre juzgado en forma crítica y
negativa es a la vez causa y consecuencia de la baja
autoestima. La pobre autoimagen del sector irracional
lo lleva a imaginar una mirada peyorativa de los de-
más, y la supuesta mirada crítica confirma la imagen
desvalorizada de sí mismo. Se trata de un mecanismo
135
perverso que se mantiene a sí mismo, a menos que
usted consiga observar el razonamiento circular desde
afuera y le quite legitimidad.
Condiciona su autoestima a ser el mejor. La veta
neurótica de algunas personas es particularmente
competitiva. Con frecuencia compite en un área espe-
cífica. Pretende por ejemplo ser más exitoso que sus
allegados, mejor profesional, ganar más dinero, tener
una vivienda más lujosa, un auto más moderno, mejor
aspecto, hijos más estudiosos... la lista naturalmente
es interminable. La competencia no se establece nor-
malmente con todas las personas; la batalla se libra
en el pequeño mundo de cada uno: el barrio en que
vive, el círculo social que frecuenta o las sociedades
que integra. En sí mismos, los logros específicos que
busca no son neuróticos: el sector racional puede aspi-
rar también a mejorar su vivienda, sus ganancias o su
aspecto físico. Puede tener ambiciones, desear mejo-
res logros, progresar y perfeccionarse. Lo neurótico es
hacer depender el valor personal de superar a otras
personas, o de estar entre los mejores. El neurótico
competitivo no disfruta sólo del auto, la casa o la fami-
lia; se siente inferior si sus logros no son los más ele-
vados de su grupo. Para él, «término medio» equivale
a mediocre. Un desempeño promedio, aunque sea su-
ficiente para sus fines, lo convierte en «uno más del
montón». Por tal motivo se compara permanentemen-
te con los demás, lo cual genera un elevado nivel de
estrés y en el mejor de los casos una autoestima con-
dicionada a superar a otras personas, o al menos a no
ser superado por ellas. Si usted experimenta una pun-
zada de envidia cuando se entera de los éxitos ajenos
y se compara demasiado con los demás, pregúntese
cuáles son las ventajas reales de tal actitud. ¿Le hace
ser más feliz, le otorga mayor paz y distensión, le
136
permite disfrutar mejor de la vida? Si no es así, está a
tiempo de fijarse objetivos más prácticos. A veces el
neurótico interior asume que algo sería terrible sin
aclarar por qué. Suponga que no consigue destacar en
su trabajo o en su profesión, y que su nivel, si bien es
bueno, está dentro del promedio. ¿Y? ¿Por qué sería
eso tan malo? ¿Cuál es el drama?
Considerarse especial. Comenzamos este capítulo
alertándolo sobre el error de confundir su conducta
con su persona. Demos un paso más y digamos que
incluso cuando su evaluación es positiva, es decir,
cuando usted se siente importante por sus logros y
por los resultados que obtiene, la tendencia a conside-
rarse maravilloso o superior es propia del sector irra-
cional. Al enfocarlo de ese modo, está asumiendo que
es valioso porque tiene méritos o condiciones muy es-
peciales o superiores a las de otras personas. Su parte
sensata, en cambio, puede sentirse conforme con su
desempeño y quedar contenta con lo que ha logrado,
pero sabe que no es mejor que otros por tener éxito,
del mismo modo que no vale menos por sus fracasos.
Desde una perspectiva humanista, el ser humano vale
por sí mismo, más allá de sus virtudes y defectos. Y si
bien es meritorio cultivar las virtudes y combatir los
defectos, no es necesario hacer depender de ellos el
propio valor. La inteligencia, por ejemplo, es una con-
dición deseable y digna de reconocimiento, pero no
solemos pensar que vale más una persona inteligente
que alguien intelectualmente limitado. De modo que
podemos apreciar nuestros propios atributos o sentir-
nos a gusto con nuestra gestión -de hecho, es sano
hacerlo-, sin necesidad de pensar que somos superio-
res o maravillosos por ello. Esta postura nos permitirá
tomar nuestros altibajos y debilidades con la misma
137
naturalidad, sin comprometer nuestra autoestima.
Cierta humildad y moderación a la hora del triunfo,
nos permite aceptar las derrotas con la frente alta.
138
139
El neurótico enfrenta sus
problemas8
Durante nuestra formación académica, los psicólogos y
psiquiatras estudiamos complejas patologías mentales,
sus síntomas, su evolución y su tratamiento. Es habi-
tual encontrar este tipo de pacientes en hospitales
psiquiátricos, pero en nuestra consulta ambulatoria la
mayoría de los consultantes son personas comunes
que se ven saturadas por problemas cotidianos: una
mala relación con sus hijos, dificultades en el trabajo,
conflictos de pareja, un mal desempeño en los estu-
dios, problemas económicos y otras preocupaciones
similares. Gran parte de nuestro trabajo consiste pre-
cisamente en ayudarlos a encarar sus problemas y
tomar decisiones. No se trata, claro está, de que les
brindemos soluciones prefabricadas o les indiquemos
el camino a seguir. Nuestra función consiste en ayu-
darlos a manejar sus dificultades de un modo más efi-
caz, a generar alternativas y a ver claro en la confu-
sión que a veces les impide hacer frente a la situación.
En el curso de esta tarea, es común detectar errores o
procedimientos ineficaces que suelen entorpecer la
búsqueda de soluciones, y que tienden a mantener el
problema e incluso a empeorarlo. En la seguridad de
que tales actitudes están ampliamente difundidas, he
reunido algunas de ellas en este capítulo. Le sugiero
8 Incluye un material sobre «errores comunes al enfrentar proble-
mas» redactado por el autor para entregar a sus pacientes.
140
que lo lea pensando en cómo encara sus propias difi-
cultades, recordando si es posible ejemplos concretos,
para descubrir en qué medida comete estos mismos
errores. Procure identificar el estilo de su sector neu-
rótico para manejar los contratiempos, como forma de
detectarlo cuando surja y reemplazarlo por un enfoque
más racional.
Creer que no debería tener problemas
Aunque no lo exprese con esta claridad, una parte de
su personalidad puede estar convencida de que no de-
bería tener problemas o contratiempos. «Las cosas y
la gente siempre deberían funcionar bien», supone
ingenuamente. Esta idea conduce a un estado de irri-
tación permanente porque las cosas no marchan como
quisiera. Usted vive peleado con el mundo, quejándo-
se de su mala suerte y repitiéndose «no puede ser que
me pase esto». Como ya hemos visto, todo lo que
ocurre, por definición, «puede ser», aunque sea injus-
to e inmerecido. El que un suceso sea injusto no signi-
fica -lamentablemente- que no pueda ocurrir. El sector
racional, en cambio, sabe que las cosas se pueden
complicar y que en todos los aspectos de la vida hay
cambios y altibajos. No espera, por ejemplo, que el
tránsito sea siempre fluido, que los trámites que reali-
za se resuelvan con agilidad, que sus jefes sean razo-
nables o que sus subordinados cumplan correctamente
todas sus instrucciones. Sabe que tarde o temprano
algunas de estas cosas van a salir mal o se van a re-
trasar. Tampoco espera que su matrimonio sea un idi-
lio permanente o que la relación con sus hijos sea
siempre armónica y de colaboración. Si tenemos en
cuenta que incluso las tareas más simples como tomar
un ómnibus y llegar a destino dependen de muchos
factores, lo esperable en realidad es que surjan obs-
táculos. Usted debería contar con ellos. Ni que hablar
141
en las relaciones humanas, donde las emociones y es-
tados de ánimo fluctúan y determinan reacciones ines-
peradas, o en las relaciones laborales, donde suele
haber intereses en conflicto. La expectativa más rea-
lista, entonces, es que aparezcan dificultades, no en
todos los casos, naturalmente, pero con relativa fre-
cuencia. Esta presunción nos vuelve menos vulnera-
bles. Mientras que el sector neurótico se irrita, protes-
ta y se queja todo el tiempo porque las cosas no son
como deberían, nuestra parte sensata no se sorprende
demasiado: lo toma con cierta naturalidad, acepta las
dificultades y se aboca a mejorarlas o corregirlas den-
tro de lo posible. ¿Cómo reacciona usted ante los con-
tratiempos de la vida diaria? ¿Cuenta con ellos y los
enfrenta con serenidad, o se irrita y se lamenta cada
vez que algo no sale como espera?
Adicción al sufrimiento
En alguna medida, este error es opuesto al anterior.
Usted no se limita a suponer que las cosas pueden sa-
lir mal. Una parte suya parece experimentar cierta sa-
tisfacción o un placer morboso al sufrir fracasos y frus-
traciones. Cuenta sus problemas con cierto orgullo, e
incluso los magnifica, percibiéndolos más severos de lo
que son, o asumiendo que son insolubles. La angustia
que le generan sus dramas personales se mezcla con
la necesidad de mantenerlos. ¿Por qué su parte irra-
cional se instala en el sufrimiento como si lo necesita-
ra? Veamos algunas posibles respuestas.
Confirmar su visión negativa o pesimista. El neurótico
que lleva dentro puede haber desarrollado una visión
negativa y hasta trágica de usted mismo. Es posible
que se considere abandonado, desafortunado o injus-
tamente tratado. O tal vez supone que siempre se
equivoca y hace malas elecciones, que suele dar una
142
mala imagen, que es estúpido, incapaz o poco inteli-
gente. En otros casos, el sector irracional tiene un mal
concepto de los demás, a quienes ve como irresponsa-
bles, torpes, desconsiderados o les atribuye condicio-
nes negativas; o desarrolla una visión oscura de la
vida en general, a la cual percibe como una fuente de
problemas, complicaciones y sufrimiento. El Dr. Aha-
ron Beck, creador de la «Terapia cognitiva de las de-
presiones» considera que estas creencias básicas
acerca de sí mismo, de los demás y del mundo son
relativamente estables y pueden conducir a la depre-
sión. De hecho, a pesar de ser negativos, estos pre-
conceptos le brindan cierta seguridad. El hecho de sa-
ber qué puede esperar de usted mismo, de los demás
y de la vida le quita ansiedad e incertidumbre. Tam-
bién le evita la tensión y el estrés de mejorar su situa-
ción o de embarcarse en nuevos proyectos (¿para qué
intentarlo?). Incluso puede intuir que el propio éxito es
peligroso, ya que mantenerlo y ser coherente con una
imagen de triunfador supone un permanente desafío.
Desde el punto de vista neurótico, es mejor asumir
que ya perdió y tirar la toalla que arriesgarse una vez
más, o al menos apostar a un seguro estancamiento
por aquello de que más vale malo conocido que bueno
por conocer.
Por tal motivo, su parte irracional tiende a confirmar
estos prejuicios atendiendo a situaciones que coinci-
den con sus expectativas, por ejemplo: injusticias aje-
nas, errores propios, fracasos y cualquier otra situa-
ción que confirme sus teorías. Ya nos hemos referido a
estos mecanismos con «visión de túnel» y «recuerdo
selectivo». Magnifica también los problemas y contra-
tiempos reales, percibiéndolos como más graves o
menos manejables de lo que son, para que cierren con
su expectativa de sufrir problemas serios o inmodifica-
143
bles. Anticipa problemas que no son tan probables,
pero que están dentro de la línea de lo que espera su-
frir, por ejemplo experiencias de abandono que aun no
han ocurrido, posibles derrotas o humillaciones o su-
puestas pérdidas. Cuando atraviesa situaciones que
evidentemente lo van a conducir a resultados de ese
tipo, es posible que siga adelante en lugar de cortar-
las. Pueden mantener una relación que muy proba-
blemente va a terminar mal o enfrentarse alguien más
poderoso para confirmar su rol de perdedor. Al termi-
nar lastimado experimenta rabia, angustia o tristeza,
pero queda hipnotizado o fascinado por la idea de que
tales resultados son inevitables, como si los estuviera
esperando.
Ventajas prácticas. El sector irracional puede obtener
también retribuciones externas por sufrir: la lástima
de los demás, el cuidado de otras personas, la consi-
deración que le tienen y la ayuda que le brindan pue-
den ser recompensas poderosas para el neurótico inte-
rior. Incluso puede evitar compromisos y responsabili-
dades por tener dificultades, lo cual es otra ventaja
comparativa. Desde este punto de vista, mostrarse
animado, confiado o positivo supone perder esos «be-
neficios» y asumir ciertas cargas y obligaciones que
prefiere soslayar.
Necesidad de estímulo. Muchas personas tienen la ne-
cesidad de experimentar fuertes emociones, incluso
negativas, para satisfacer su hambre de estímulo. En
esto existen notables diferencias individuales. Hay in-
dividuos fríos e introvertidos que sienten naturalmente
pocas emociones. Reaccionan poco ante los avatares
de la vida, tanto frente a los sucesos afortunados co-
mo ante los eventos adversos. En el otro polo están
las personas hiperemotivas, que tienen «hambre de
144
excitación». Reaccionan con fuertes sentimientos de
entusiasmo y alegría o bien de fastidio, irritación o an-
gustia, incluso ante situaciones menores. En general
se aburren fácilmente, y las emociones los hacen sen-
tir vivos. La mayoría de las personas, sin embargo, se
encuentra entre ambos extremos y exhibe una reacti-
vidad emocional intermedia, con mayor o menor nece-
sidad de excitación. Por eso solemos disfrutar de pelí-
culas dramáticas, de suspenso o de terror aunque nos
provoquen emociones negativas. Durante un rato vi-
vimos la excitación del miedo o la angustia del drama,
y hasta nos identificamos con el protagonista, llegando
a veces al llanto. También nos atraen, naturalmente,
las situaciones movilizantes de la vida real. Si su neu-
rótico interior está habituado a los sentimientos nega-
tivos como el pesar, el disgusto, la angustia o la cóle-
ra, es posible que satisfaga su hambre de emociones
experimentando esos sentimientos en su propia vida.
Se acostumbró a sufrir y siente que le falta algo y que
no es él mismo si se encuentra contento y conforme
con lo que le ocurre.
Sufrir para obtener una retribución. Nuestra parte irra-
cional consiste en ideas, creencias y expectativas poco
realistas, así como en estrategias rígidas y poco efica-
ces para manejar los desafíos que nos plantea la vida.
Estos patrones se adquieren en períodos en que no
ejercemos un juicio crítico suficiente para examinar su
validez, y tienden a mantenerse más adelante. Entre
las creencias que «compra» nuestra parte irracional
está a veces la convicción de que es necesario sufrir
para conseguir resultados positivos. Supone que debe
pagar un costo por ser feliz, que nada es fácil ni llega
gratis y que los sucesos afortunados no pueden durar.
Aunque en alguna medida o en algunas ocasiones es-
tos postulados pueden ser ciertos, la visión neurótica
145
los aplica en todos los casos. Supone que en la vida
hay una ley de retribuciones que funciona de manera
infalible: «si sufro un poco más, al final conseguiré el
premio que me merezco». Al encararlo de ese modo,
cree que el sufrimiento es desagradable pero necesa-
rio. De hecho, se trata de una noción culturalmente
aceptada. Las películas muestran muchas veces al hé-
roe malogrado que finalmente triunfa.
Otras personas asocian sufrir con ser buenas. Se trata
de una variante de lo anterior. De hecho, algunas con-
cepciones religiosas pueden alentar esta idea, o al
menos hay gente que las interpreta de ese modo. Esto
hace que se sientan culpables por ser felices, y crean
que su alma se salvará por experimentar sufrimiento.
De ahí que toman el dolor con cierta satisfacción.
Las actitudes que hemos mencionado en este apartado
llevan a considerar el sufrimiento como algo necesario
para confirmar la propia identidad, como una inversión
para obtener retribuciones o como una forma de obte-
ner apoyo de otras personas. En otros casos, como
hemos visto, la forma neurótica de experimentar emo-
ciones es a través del sentimientos desagradables. En
el mejor de los casos, estas actitudes restan energía a
la tarea de su parte racional, que si bien acepta los
problemas como inevitables no desea mantenerlos, y
busca alternativas para manejar eficazmente la situa-
ción. Si este es su caso, le conviene observar atenta-
mente la forma como vive los problemas y frustracio-
nes para identificar las actitudes que hemos mencio-
nado y evitar que interfieran con su gestión.
Olvidarse de sus objetivos (o confundirlos)
En ocasiones pedimos a nuestros pacientes que com-
pleten una ficha resumiendo sus problemas actuales,
146
con objeto de ampliarlos luego durante las sesiones.
En el formulario solicitamos una breve descripción de
aquello que les afecta, repasando las grandes áreas de
su vida: trabajo, estudio, familia, afectos y vida social.
En cada una de ellas le preguntamos exactamente qué
le preocupa: ¿en qué consiste el problema? Curiosa-
mente, a muchas personas les cuesta definir sus pro-
blemas con claridad, a veces porque las situaciones
que enfrentan son muy complejas, y en otros casos
porque no tienen el hábito de plantear operativamente
la dificultad. El enfoque racional comienza por definir
el problema -siempre que sea posible- como un con-
flicto entre sus intereses y los obstáculos para concre-
tarlos: ¿qué se propone conseguir o evitar, y qué se lo
impide? La idea es definir sus objetivos concretamen-
te, evitando metas generales del tipo «ser feliz» o
«sentirme realizado». En todo caso, procure establecer
a qué aspira para sentirse feliz o realizado, como for-
ma de ir marcando objetivos manejables y que puedan
ser analizados.
A lo largo del libro hemos mencionado algunos ejem-
plos en que las metas claras ayudan a manejar la si-
tuación. Hemos visto, por ejemplo, que eliminar por
completo las ideas obsesivas no suele ser una meta
conveniente. En el capítulo que dedicamos a la forma
de plantear desacuerdos9, formulamos esta pregunta:
¿se propone usted conseguir que el otro cambie su
conducta o quiere desahogar su irritación? Estos obje-
tivos suelen ser incompatibles: si da rienda suelta a su
disgusto tal vez consiga desahogarse, pero difícilmente
consiga la buena voluntad de la otra persona para
modificar su comportamiento. Las metas amplias y
muy vagas como «sentirme más cómodo en el traba-
9 Cap. 2: «El pequeño discutidor»
147
jo» o «sentirme más acompañado por mi pareja» de-
berían traducirse a cambios específicos, indicando por
ejemplo las condiciones de trabajo a la que usted aspi-
ra o el comportamiento que desea de su pareja. He-
mos visto que definir los objetivos con precisión resul-
ta en sí mismo terapéutico, porque le obliga a sintoni-
zar con su parte lógica y ver sus posibilidades reales.
Le permite analizar en qué medida sus metas son via-
bles y eventualmente replantearlas. A partir de allí,
usted y el terapeuta pueden abocarse a ver cuáles son
sus opciones reales y a elaborar estrategias para al-
canzar dichos objetivos.
Buscar la solución ideal
Si su sector irracional es muy perfeccionista puede
creer que si piensa lo suficiente encontrará una solu-
ción que tenga todas las ventajas. Tal actitud conduce
muchas veces a la pasividad y a la indecisión: usted le
da vueltas y vueltas al problema y no resuelve nada.
Sin embargo, no existe ninguna garantía de que si
piensa largamente en el asunto encontrará una solu-
ción ideal. Lo normal es que los problemas no tengan
«soluciones» ideales sino «alternativas» u opciones,
cada una de ellas con sus ventajas y desventajas. To-
do lo que puede hacer es escoger una de las opciones,
sin quedar totalmente conforme con la decisión. Repe-
tiré este concepto porque refleja el enfoque sensato y
racional: al encarar un problema, usted debe estar
dispuesto a tomar una decisión que no lo deje total-
mente conforme. Esto no es señal de que ha escogido
mal, sino de que tiene un criterio práctico y realista.
La búsqueda de la solución perfecta se acompaña mu-
chas veces de otra pretensión: usted aspira a tener la
certeza absoluta de que su decisión ha sido la «correc-
ta» o la «mejor». Como hemos visto, por lo general no
148
existe un camino totalmente correcto como tampoco
existen alternativas absolutamente equivocadas. Lo
habitual es que cada opción tenga pros y contras, y
con frecuencia no es posible saber, en el momento de
tomar la decisión, si ha elegido la más conveniente.
De modo que siempre corre algún riesgo, incluso si
difiere la decisión, ya que en ocasiones «no hacer na-
da» también puede resultar inconveniente. En el
Apéndice II comentamos el derecho a tomar decisio-
nes sin conocer previamente todas sus consecuencias.
Conocer y ejercer este derecho le permitirá decidir con
mayor facilidad.
Suponer que lo que hacen otros es lo correcto
Las personas muy conservadoras se resisten a tomar
decisiones diferentes de aquellas que elige la mayoría.
También tienden a seguir sistemáticamente el consejo
de sus asesores o de personas significativas (esposa,
marido, padres). Si usted actúa de este modo nunca
toma realmente sus propias decisiones, porque asume
que la opinión ajena es la correcta mientras que la su-
ya es errónea. Su neurótico interno puede sentirse
tranquilo con esta forma de proceder, pero es dudoso
que uno de los criterios -en este caso el ajeno- resul-
te completamente acertado y el otro -el suyo- entera-
mente equivocado. Más dudoso aún es que la opinión
ajena siempre sea la mejor, o que la mayoría siempre
esté en lo cierto. La historia está llena de ejemplos en
que millones de personas sostuvieron ideas absurdas
que luego fueron modificadas. En nuestro pequeño
mundo, también es habitual comprobar con el tiempo
que lo que uno sostenía -y no se animó a hacer- no
estaba tan errado, mientras que lo que otros afirma-
ban con absoluta convicción se vio relativizado por los
hechos posteriores.
149
Una reflexión adicional sobre este punto: cuidado con
las personas que realizan afirmaciones categóricas y
enfáticas, asegurando con absoluta certeza quién está
en lo cierto y quién está equivocado, cuál es le mejor
camino y dónde están las soluciones. Es cierto que
trasmiten seguridad, porque solemos pensar que quien
está tan seguro debe tener las cosas muy claras o co-
nocer a fondo el tema. De hecho, los líderes suelen
expresarse de este modo y captan así la confianza de
los demás. Lamentablemente, la seguridad puesta en
tales expresiones refleja más un estilo personal de
comunicación que una especial claridad de pensamien-
to o una adecuada experiencia o información sobre el
tema. Con frecuencia las opiniones relativas o poco
definidas, que estiman probabilidades y admiten un
margen de error se acercan más a la verdad que
aquellas muy contundentes.
Detrás de la adicción a «seguir el rebaño» se encuen-
tra el temor irracional a equivocarse. Si su neurótico
interno es muy dependiente del criterio ajeno, proba-
blemente se pregunte: «¿Y si hago lo que a mí me pa-
rece y las cosas salen mal?» A lo cual usted podría
responderle: «¿Y si hago lo que otros sugieren y las
cosas salen mal?» La verdad es que no puede evitar la
responsabilidad por sus decisiones, aunque decida se-
guir el consejo ajeno. Si actúa en función de su propio
criterio, por lo menos tendrá la tranquilidad de que
hizo lo que creyó más acertado. Y en última instancia,
eso es todo lo que se le puede pedir: que actúe con
honestidad y tome las decisiones que estime más
apropiadas.
No consultar
Este error es opuesto al que acabamos de presentar.
Aquí usted está tan convencido de que tiene la verdad
150
absoluta, que prescinde sistemáticamente de los con-
sejos ajenos. No pide opinión, o si se la brindan la ig-
nora sin examinar con seriedad los argumentos que le
son presentados. Es posible que usted actúe con abso-
luta seguridad y haga afirmaciones categóricas, exhi-
biendo mayor convicción de la que es razonable tener
en la situación considerada.
Aunque al actuar de este modo usted se presenta ante
los demás como muy seguro, la verdad es que su neu-
rótico interno tiene marcada aversión a la duda y a la
incertidumbre. Desea tener las cosas claras y por eso
rechaza cualquier punto de vista capaz de poner en
tela de juicio su visión del asunto. Hemos visto ya esta
tendencia a percibir selectivamente ciertos aconteci-
mientos: usted atiende sólo los hechos y las opiniones
que confirman su punto de vista mientras que rechaza
o ignora aquellos que lo contradicen. Es fácil ver que
esta postura le priva de la posibilidad de percibir nue-
vas facetas del problema, o de valorar aspectos que
había subestimado en su primera apreciación. Es mu-
cho más realista aceptar que la incertidumbre es inevi-
table. No ayuda el pretender tener las cosas claras y
definidas cuando ello no es posible; el ignorar los ar-
gumentos que generen dudas es una forma de auto-
engaño que nos resta eficacia y flexibilidad a la hora
de tomar decisiones.
Posponer indefinidamente la decisión
El sector irracional suele ser cómodo y proclive al au-
toengaño. Le gusta pensar que «a la larga, las cosas
se arreglan de algún modo...» Su «Yo» racional puede
posponer a veces una decisión durante cierto lapso,
para contar con más información o ver cómo se desa-
rrollan los acontecimientos. En muchos casos esta es
una estrategia legítima y razonable. Pero hacer de
151
cuenta que el problema no existe, o simplemente ig-
norarlo por no animarse a enfrentarlo, no hace que el
mismo desaparezca; tarde o temprano usted deberá
enfrentar las consecuencias. De modo que si usted
acostumbra a postergar indefinidamente sus decisio-
nes, tenga presente que puede tratarse de una táctica
evasiva. Tal vez alivie su tensión en el momento, pero
no resolverá el problema y usted tendrá siempre pen-
diente tomar la decisión.
Actuar impulsivamente
A primera vista este error parece opuesto al anterior,
y sin embargo, es otra forma de «no pensar» en el
asunto. Aquí usted pasa a la acción en forma inmedia-
ta, para sacarse el problema de encima, y resuelve lo
primero que le viene a la cabeza, que no siempre es lo
más adecuado. No confunda ser ejecutivo con ser im-
pulsivo. Ceder a impulsos es una reacción propia de su
sector irracional. Ser ejecutivo, en cambio, implica re-
solver los problemas a medida que se presentan,
siempre y cuando le dedique a cada uno el tiempo ne-
cesario para tomar una decisión meditada. Cuando
usted actúa racionalmente, examina cada caso por
separado. Algunos temas pueden resolverse sin pen-
sarlo mucho, otros requieren un análisis más detenido
y otros, finalmente, deben ser analizados en profundi-
dad. La característica del comportamiento normal es
precisamente la variación y la flexibilidad, mientras
que el estilo de conducta neurótico se caracteriza por
la repetición y la rigidez, ya sea por pensar demasiado
todas las decisiones o por actuar casi siempre en for-
ma impulsiva. El comportamiento impulsivo o irreflexi-
vo –en particular- alivia la tensión en el momento, pe-
ro con frecuencia genera consecuencias más graves o
costosas para quien así actúa.
152
153
El neurótico monta en cólera10
En varios capítulos de este libro hemos examinado las
reacciones agresivas de nuestro sector neurótico.
Cuando nos referimos al «pequeño discutidor» y al
«resentido interior» vimos las ideas y expectativas
irracionales que llevan a estos personajes a responder
en forma iracunda, así como la contrapartida racional
y sensata que conviene cultivar en las mismas situa-
ciones. Debido a la importancia de la agresión como
fenómeno social, en este capítulo examinaremos en
conjunto la violencia física y verbal, aun a riesgo de
reiterar algunos de los conceptos ya mencionados.
Digamos primero que las conductas violentas y agresi-
vas pueden ocurrir en el curso de diferentes desórde-
nes psiquiátricos, por ejemplo: exaltación del humor
propia del trastorno bipolar, abuso de sustancias, tras-
tornos delirantes, esquizofrenia y demencia, entre
otros. No nos referiremos a estos cuadros, que requie-
ren un abordaje psiquiátrico específico. También son
comunes las respuestas agresivas en los llamados
«trastornos de la personalidad», en los cuales el des-
orden consiste precisamente en la forma habitual del
sujeto de relacionarse con los demás y de responder a
los desafíos cotidianos. En algunos de estos trastornos
la agresión es especialmente frecuente, en particular
en los trastornos paranoide, antisocial, narcisista y
límite de la personalidad. En este capítulo nos centra-
remos en los comportamientos agresivos que exhiben
personas que poseen algunos rasgos de los trastornos
10 Este capítulo se basa en un trabajo presentado por el autor en la
Sociedad de Psiquiatría del Uruguay, Setiembre de 2009.
154
de la personalidad mencionados, aunque no reúnan los
requisitos para el diagnóstico específico de un desor-
den de esa naturaleza y no se encuentren en trata-
miento psicológico. En estos casos, el desarrollo de
comportamientos agresivos y su ejecución pueden ex-
plicarse por la forma como el sector irracional de su
personalidad interpreta los sucesos y frustraciones co-
tidianas, es decir, por la lectura que hace de las cir-
cunstancias adversas y por las estrategias que ha
desarrollado para hacerles frente. Al entender cómo
piensa el neurótico interior y qué lo lleva a montar en
cólera, podemos desarrollar una visión más realista de
las situaciones que disparan su agresión. La identifica-
ción de los patrones de conducta violentos que provie-
nen de un enfoque irracional y su reemplazo por esti-
los de pensamiento y afrontamiento más eficaces y
adaptativos es siempre un objetivo central para el
manejo de estas reacciones.
La conducta agresiva se ha definido como «el daño
intencional a otras personas». Lo central aquí es la
intención o el propósito de lastimar, quedando fuera
de la definición el daño accidental. Una definición más
precisa es la que ofrecen Anderson y Bushman (2002),
que incluye otros requisitos además de la intención de
dañar: que el agresor crea que infligirá un daño (para
excluir los casos en que el sujeto desconoce el efecto
de sus acciones) y que suponga que el receptor del
daño querrá evitarlo (para descartar el daño producido
en el curso de un procedimiento médico o incluso en
una relación sado-masoquista). Se distingue habitual-
mente la agresión física, verbal o relacional, enten-
diéndose esta última como el propósito de dañar el
estatus, la reputación o las relaciones de otra persona.
155
En la década del 90 varios autores, entre ellos Berko-
witz (1993) distinguieron dos tipos de agresión, en
una distinción ya clásica, aunque, como veremos, ac-
tualmente en revisión: la agresión reactiva u hostil y la
instrumental. La primera sería una reacción automáti-
ca del neurótico interior ante provocaciones, injusticias
o agresiones reales o percibidas, y se dispararía en
forma impulsiva como parte de un estado de ira o de
cólera. Este tipo de agresión puede ocurrir natural-
mente en cualquier persona pero es particularmente
frecuente en ciertos desórdenes como los trastornos
límite y paranoide de la personalidad. En el otro ex-
tremo, la agresión instrumental, fría y planificada, se
emite con el propósito de obtener un beneficio, es de-
cir como un instrumento para conseguir un propósito,
y es más propia de las llamadas personalidades anti-
sociales. En este caso, el sector racional participa de la
planificación y está al servicio de fines egoístas del
neurótico interno, cuyos objetivos no toman en cuenta
aspectos éticos o morales.
Agresión Reactiva Agresión Instrumental
• Respuesta ante pro- • Instrumento para ob-
vocaciones, injusti- tener beneficios do-
cias, frustración minación o status
• Emocional: rabia, có- • Fría, carente de emo-
lera, ira ciones
• Impulsiva, automática • Planificada, premedi-
tada
156
A pesar de las claras diferencias entre ambas modali-
dades, es común el solapamiento entre los dos tipos
de agresión. Bushman y Anderson (2001) señalan va-
rios ejemplos de tal solapamiento, entre ellos el caso
de sujetos que planifican largamente sus venganzas o
represalias. Este comportamiento premeditado y cal-
culado, a veces durante largo tiempo, se nutre al
mismo tiempo de un profundo resentimiento alimenta-
do con fantasías y recuerdos que exacerban la cólera.
Un ejemplo menos dramático es el de un niño quitan-
do por la fuerza un juguete a otro chico, donde la irri-
tación emocional, producto de la frustración se suma
al uso de la agresión como un instrumento para obte-
ner lo que desea. Es común también que los delin-
cuentes que planifican cuidadosamente sus delitos ce-
dan a reacciones impulsivas durante la consumación
de los mismos. Por último, es habitual que sujetos en-
colerizados moderen o controlen sus reacciones te-
niendo en cuenta las consecuencias de las mismas,
por ejemplo si están siendo amenazados por un sujeto
armado. Por tales motivos, se acepta actualmente que
tanto los aspectos emotivos, básicamente la ira, como
los instrumentales (es decir: los probables resultados
de la reacción agresiva) juegan un papel en la consu-
mación de comportamientos violentos.
El análisis de las actitudes neuróticas que conducen a
la agresión debe centrarse igualmente en ambos as-
pectos: la ira, como respuesta emocional a ciertos es-
tímulos, y los comportamientos agresivos en tanto
conductas intencionales o potencialmente controladas
por sus consecuencias. Las emociones en general son
respuestas biológicamente determinadas que preparan
al organismo para la acción. En el caso de la ira, la
activación fisiológica y la vivencia subjetiva de rabia o
enojo predisponen al individuo para el ataque o la lu-
157
cha, por lo cual los comportamientos agresivos resul-
tan más probables. Sin embargo, la expresión más o
menos violenta de los sentimientos hostiles (conducta
agresiva) depende de numerosos factores que detalla-
remos más adelante, como la adquisición previa de
patrones de conducta violenta, el desarrollo de res-
puestas alternativas a la agresión, las posibles conse-
cuencias para el agresor y la capacidad de éste para
anticipar dichas consecuencias.
CONDUCTA
AGRESIVA
IRA Ataque intencio-
Respuesta emo- nal, verbal o físi-
cional a ciertos co, contra perso-
estímulos nas u objetos
Por tal motivo, conviene analizar en forma separada
ambas fases de la respuesta. Las preguntas que de-
bemos formularnos, son: ¿Qué lleva al neurótico inte-
rior a reaccionar con ira en situaciones que no suelen
suscitar dicha reacción? Y una vez experimentada la
respuesta emocional, ¿qué lo lleva a responder en
forma violenta en lugar de emplear otras estrategias?
El propósito del sector racional debe ser, naturalmen-
te, tomar el control de sus propias reacciones. Esto
implica un trabajo en ambos niveles: atenuar la res-
puesta iracunda cuando es excesiva o demasiado fre-
cuente, y en caso de experimentarla, expresarla en
158
forma civilizada o moderada. Examinemos primero la
respuesta emocional.
Ira, cólera o enojo
La ira, al igual que otras emociones, es una respuesta
del organismo que incluye numerosos cambios fisioló-
gicos. Estos cambios ocurren en forma conjunta o in-
tegrada: respuestas emocionales y afectivas como ra-
bia, enojo o irritación; liberación de hormonas como
adrenalina, hormonas tiroideas y cortico-
suprarrenales, las cuales generan a su vez ajustes
cardiovasculares y de otros sistemas (taquicardia, au-
mento de la presión arterial); reacciones motoras co-
mo tensión muscular y gestos hostiles; y expresiones
verbales, por ejemplo cambios en el volumen y tono
de la voz. Se trata de una respuesta biológica a una
variedad de situaciones consideradas por el sujeto
como amenazantes, peligrosas, censurables o frus-
trantes, por ejemplo: injusticias, incompetencia ajena,
faltas de consideración o de respeto por parte de otras
personas, etc. Frustraciones tales como las temperatu-
ras extremas, la llamada contaminación sonora y el
dolor crónico pueden generar también reacciones
agresivas. Ya en 1939 dos autores, Dollard y Miller,
establecían que los acontecimientos frustrantes pue-
den desencadenar directamente una respuesta de ira,
si bien la reformulación de dicha teoría por Miller
(1941) señalaba que la ira es sólo una de las posibles
respuestas a la frustración. En la mayoría de los casos,
la posibilidad de que un suceso adverso desencadene
una respuesta de ira depende de la forma en que in-
terpretamos y evaluamos dicho evento. La interpreta-
ción neurótica ocasiona con frecuencia una respuesta
emocional intensa. La evaluación racional genera nor-
malmente una reacción más moderada. Esto puede
resumirse en el modelo A-B-C de los tres pasos que
159
vimos en el capítulo sobre «El pequeño discutidor».
Aparecen aquí los tres elementos básicos de la activa-
ción emocional: las situaciones o estímulos, reales,
imaginados o recordados, que desencadenan la res-
puesta; la evaluación por parte del sujeto de dichos
acontecimientos, considerándolos peligrosos o inacep-
tables; y la respuesta emocional en sí misma, cuya
magnitud y características presenta notables variacio-
nes en las distintas personas.
Respuesta de Ira
SITUACIONES O INTERPRETACIÓN
ESTÍMULOS DE LOS EVENTOS IRA o
reales, imagina- considerándolos ENOJO
dos o recordados peligrosos o inacep-
tables
Aunque existe la posibilidad de que la ira surja sin una
interpretación de los eventos (línea punteada), es de-
cir, como un reflejo condicionado ante ciertas situacio-
nes, esta no es la vía principal. Incluso en estos casos,
la evaluación del sujeto determina que la reacción ini-
cial se mantenga y aumente o se disipe rápidamente,
por lo cual la interpretación del sujeto es el camino
determinante para explicar la activación y el manteni-
miento del enojo o la cólera. De ahí la importancia de
observar cómo interpretamos los acontecimientos y
cultivar una visión realista de los mismos. El neurótico
160
interior puede estimar, por ejemplo, que un suceso es
amenazante cuando no lo es (por ejemplo: una mirada
o un gesto de otra persona) y responder en forma
inadecuada. O puede atribuir intenciones hostiles a
otras personas: «me quiere engañar, me oculta co-
sas...» y reaccionar en consecuencia. Cuando este tipo
de interpretaciones se repite y genera reacciones aira-
das, debe desconfiarse de ellas y tomarlas como pro-
venientes de un sector predispuesto de nuestra perso-
nalidad.
Una vez que se activa la respuesta emocional, el sec-
tor iracundo toma el control y mantiene su furia por
varios mecanismos: el estado emocional lo lleva a es-
tar alerta a otras posibles amenazas, provocaciones o
destratos. La ira le quita objetividad y lo lleva a inter-
pretar cualquier señal indefinida como la confirmación
de sus sospechas. El estado emocional facilita también
la evocación de sucesos asociados con el que ha des-
encadenado la respuesta: recuerda, por ejemplo, otros
supuestos engaños o provocaciones por parte de esa u
otras personas. Como se dice habitualmente, «se da
manija solo». De modo que la ira, una vez activada,
tiende a mantenerse e incluso a incrementarse. Como
ocurre con otras reacciones del neurótico interior, el
acto de observarlas y reconocerlas permite distanciar-
se de ellas y cortar esa escalada. Algunas personas
encuentran útil formarse una imagen de su parte ira-
cunda, como una personita enojada y peleadora, con
gestos agresivos y una actitud belicosa. Por lo general
es una versión pequeña de uno mismo con la cual no
resulta atractivo identificarse.
Pero volvamos al mecanismo por el cual se dispara
inicialmente la respuesta de ira. ¿Qué lleva al sector
irracional a interpretar en forma sesgada los aconte-
161
cimientos? Ya hemos visto que el neurótico interior es
proclive a las generalizaciones y los preconceptos. En
lugar de examinar cada situación por separado, en
forma objetiva y neutral, prefiere manejarse con una
visión conocida del mundo y decidir por anticipado
«cómo son las cosas». Para ello, incorpora «supuestos
básicos», es decir, una visión global de «los otros»
percibiéndolos por ejemplo como hostiles, amigables o
protectores. También desarrolla sus estrategias predi-
lectas para relacionarse con ellos: dependencia, se-
ducción, persuasión, agresión o manipulación, por
mencionar algunas. Algunas de estas creencias globa-
les lo predisponen a interpretar sucesos aislados como
amenazantes o inaceptables y tal interpretación susci-
ta reacciones de ira o enojo. En el cuadro siguiente
agrupamos las creencias irracionales que con mayor
frecuencia desatan respuestas iracundas:
Creencias erróneas que promueven
la respuesta de ira
Percepción distorsionada del otro
la gente es mala, falsa, aprovechadora o malintencionada;
Expectativas poco realistas sobre el comportamiento ajeno
los demás deberían ser justos, considerados y eficientes en
todas las ocasiones;
la gente debe ser racional y lógica;
está mal y es egoísta que los demás prioricen sus propias
necesidades;
la gente debería hacer lo correcto independientemente de
su aprendizaje anterior y de sus circunstancias actuales;
162
Expectativas poco realistas sobre la frustración esperable
siempre debería obtener lo que deseo;
necesito imperiosamente ser complacido;
los demás tienen la obligación de satisfacer mis deseos;
las cosas tienen que salir como yo las planifico;
aceptar una situación no deseada significa aprobarla o
convalidarla;
Estilo atribucional ante los fracasos y frustraciones
simplificado: hay una única causa responsable;
externo: la culpa es de la suerte o del destino;
personal; la causa es siempre la acción un omisión de otras
personas;
Si usted se propone detectar estas creencias en su
neurótico interno tenga presente que no siempre se
perciben con tanta claridad. Recuerde que los supues-
tos arbitrarios sobre la naturaleza humana y las inter-
acciones sociales llevan a interpretar incidentes aisla-
dos como hostiles o inaceptables, y tal interpretación
es la que genera irritación o ira en un caso concreto.
Mientras que los supuestos básicos son creencias am-
plias y generales del tipo: «la gente es falsa y malin-
tencionada», las ideas específicas que derivan de ellos
son pensamientos puntuales mediante los cuales usted
interpreta su experiencia cotidiana, por ejemplo: «está
simulando...» o «me quiere engañar...». Es más fácil
percibir estas ideas específicas y a partir de ellas de-
ducir los supuestos básicos que les dan origen. Por
ejemplo:
163
SUPUESTO BASICO:
«La gente tiene la obligación de complacerme y satisfacer
mis necesidades»
INCIDENTE IDEA ESPECIFICA EMOCIÓN
Negativa, rechazo «no puede ser» enojo
Las ideas específicas no consisten sólo en autodeclara-
ciones verbales. Pueden ser también imágenes que se
evocan ante los sucesos cotidianos, a partir de los su-
puestos básicos o esquemas nucleares de pensamien-
to. Incluso cuando se trata de autoverbalizaciones (lo
que nos decimos a nosotros mismos), las mismas no
deben entenderse como complejas elaboraciones inte-
lectuales, sino más bien como una rotulación automá-
tica del evento del tipo «esto es malo para mí», o
«¡cuidado!»
Además de identificar las ideas y supuestos básicos,
usted puede identificar y corregir también los llamados
errores en el procesamiento de la información, es de-
cir, las formas de razonar que caracterizan al pensa-
miento neurótico. Los más comunes son la personali-
zación (tendencia a interpretar las acciones ajenas
como dirigidas intencionalmente hacia uno), el pensa-
miento polarizado, que lleva a catalogar a personas y
sucesos en forma dicotómica como buenos o malos,
correctos o incorrectos, amigos o enemigos, etc., los
deberías, es decir la exigencia de que las cosas y la
gente sean obligatoriamente de cierto modo (por
ejemplo justas, equitativas, eficientes, lógicas o razo-
164
nables) y la necesidad perturbadora (el hábito de con-
siderar ciertas condiciones de vida necesarias en lugar
de preferibles, lo cual conduce a una muy baja tole-
rancia a las frustraciones). Analizamos algunos de es-
tos errores lógicos en un capítulo anterior. Otro error
frecuente en las relaciones estables es la visión de tú-
nel, que lleva al sujeto a centrarse en los incidentes
que confirman su visión crítica del otro y a ignorar
aquellos que la contradicen.
Como ya hemos señalado, la irritación o enojo que se
genera al interpetar de forma sesgada los aconteci-
mientos vitales conlleva un impulso hacia el compor-
tamiento agresivo, pero no siempre desemboca en la
expresión violenta de tales sentimientos. Esto nos lle-
va al segundo punto que nos proponemos desarrollar
en este capítulo: usted debe haber adquirido hábitos
de conducta agresiva, debe creer que la agresión es la
estrategia más adecuada y deben darse las condicio-
nes ambientales para expresar sus emociones airadas.
Examinaremos a continuación estos requisitos.
Conducta Agresiva
Para responder en forma violenta o agresiva, usted
debe haber adquirido previamente dicho hábito. El
desarrollo de un estilo de comportamiento agresivo
tiene lugar a partir de sus interacciones familiares y
sociales, básicamente por un mecanismo que se cono-
ce como imitación de modelos. Si usted ha estado en
contacto prolongado con figuras significativas (familia-
res, amigos, compañeros) que respondían agresiva-
mente ante las frustraciones o contratiempos, es pro-
bable que su sector irracional haya incorporado estilos
de conducta similares. Usted puede haber aprendido a
gritar, insultar, patear cosas o golpear objetos cada
vez que las cosas salen mal. Este aprendizaje genera
165
respuestas más o menos automáticas e irreflexivas. Si
las figuras de su entorno conseguían sus objetivos de
ese modo, o si eran aprobadas socialmente, es más
probable que usted haya copiado tales estrategias. La
imitación de modelos también juega un papel impor-
tante en la adquisición de conductas alternativas a la
agresión. El desarrollo de habilidades sociales, por
ejemplo: la capacidad para plantear desacuerdos, for-
mular pedidos, responder a las críticas y poner límites
en formas socialmente aceptables, le permite manejar
situaciones adversas mediante herramientas de comu-
nicación y negociación diferentes de la agresión. Si
usted no ha incorporado tales estrategias debería ocu-
parse de desarrollarlas intencionalmente mediante su
sector lógico. En un capítulo anterior hemos mencio-
nado el aprendizaje asertivo que se utiliza con esta
finalidad. Los libros y seminarios sobre negociación y
resolución de conflictos también pueden ser opciones
útiles para desarrollar estrategias que reemplacen a la
agresión y manejar de otro modo los conflictos y dis-
crepancias.
El desarrollo de estilos agresivos y la falta de aprendi-
zaje de estrategias más racionales favorecen natural-
mente las reacciones agresivas. Sin embargo, también
aquí juegan un papel importante las ideas y creencias
acerca de la forma de manejar los problemas. Del
mismo modo que ciertas creencias conducen a inter-
pretar los sucesos frustrantes de forma sesgada, dan-
do lugar a una respuesta de ira (en lugar de una reac-
ción de pesar o tristeza, por ejemplo), algunos es-
quemas de pensamiento disparan la conducta agresiva
con preferencia a otras estrategias de afrontamiento.
En el siguiente cuadro mencionamos algunas de estas
creencias irracionales que conviene reemplazar por
pensamientos más realistas:
166
Creencias erróneas que desencadenan
comportamientos agresivos
Convicciones erróneas sobre las consecuencias de la
conducta agresiva:
● el autocontrol es señal de debilidad;
● me sirve o me protege ser agresivo;
Ideas erróneas sobre la forma de manejar la frustración o la
disconformidad
● las únicas opciones son callar o explotar;
● adaptarse significa aprobar la situación;
Su parte lógica puede elaborar, naturalmente, ideas
más razonables, por ejemplo: «el autocontrol es señal
de madurez»; «el autocontrol me permite ser dueño
de mí mismo»; «me sirve y me protege pensar lo que
voy a hacer»; «es inteligente ganar tiempo y decidir lo
mejor»; «tengo la opción de plantear mi desacuerdo
en forma firme pero civilizada»; «adaptarse significa
elegir la mejor opción, o la menos mala»; «puedo
adaptarme a una situación aunque no esté de acuer-
do». Al redactarlas, recuerde las sugerencias que ofre-
cimos en el capítulo sobre «El poder de las palabras»:
reemplace los términos peyorativos (por ejemplo: de-
bilidad por otros con un impacto diferente: madurez,
inteligente, dueño de mí mismo.
Finalmente, los resultados que obtiene cuando reac-
ciona violentamente, son fundamentales a la hora de
explicar el pasaje a la acción. Aquellas personas que
suelen conseguir lo que se proponen mediante un
167
comportamiento prepotente o agresivo -debido por
ejemplo a su constitución física o a la complacencia de
su entorno- tienen más probabilidades de consolidar
hábitos de reacción violenta. El resultado puede con-
sistir en conseguir su objetivo o en obtener aprobación
social, o incluso en su propia aprobación por imponer-
se a los demás. La ausencia de castigo o de conse-
cuencias desagradables para la conducta violenta ope-
ran en el mismo sentido, es decir, promueven el com-
portamiento agresivo. Sin embargo, la agresión casi
siempre genera problemas y complicaciones, y en mu-
chos casos estas consecuencias no operan como un
freno para las reacciones violentas. Ello es así porque
las personas difieren en su capacidad para anticipar el
castigo. En algunos casos, el sector irracional sólo res-
ponde a las consecuencias inmediatas. Estas personas
no consiguen controlar su comportamiento en base a
la anticipación del castigo, y son más proclives a las
conductas antisociales. Si este es su caso, debe
aprender a evocar las consecuencias alejadas de su
conducta agresiva. Puede imaginar qué ocurrirá des-
pués de reaccionar violentamente, por ejemplo qué
efecto tendrá su agresión sobre la relación que man-
tiene con esa persona, o anticipar incluso consecuen-
cias más serias como problemas legales costos eco-
nómico, lesiones, etc. Esta evocación puede ser verbal
(hablando con usted mismo) o en imágenes (pasándo-
se una película mental con los resultados de su agre-
sión). Cuanto más vívida la película, más eficaz será
para tener presente los riesgos de reaccionar violen-
tamente. El entrenamiento debe efectuarse sobre todo
como medida de prevención, antes de exponerse a
situaciones que podrían desencadenar reacciones vio-
lentas.
168
En síntesis, si usted ha pagado un costo importante
por sus reacciones violentas, debe examinar las acti-
tudes de su sector irracional en los dos niveles: la res-
puesta emocional en sí misma, esto es, la experiencia
de ira ante una frustración, y la expresión de dicha
emoción en forma violenta o inadecuada. En el primer
nivel, la respuesta de ira puede ser desmedida en su
magnitud, injustificada con relación al evento que la
desencadena o demasiado frecuente. En tales casos es
necesario identificar las creencias que usted asume
implícitamente, mediante los cuales rotula o interpreta
los eventos que disparan su reacción. Este análisis
apunta al desarrollo de ideas y expectativas más rea-
listas. El objetivo no es entonces «contener» la ira sino
interpretar de otro modo las mismas situaciones para
experimentar una menor respuesta emocional.
Una vez que la ira se experimenta, es necesario culti-
var una forma de expresión alternativa de la misma.
Este es el objetivo del segundo nivel de intervención,
que puede incluir el desarrollo de habilidades sociales
(terapia asertiva), aprendizaje de hábitos adecuados
para la expresión de emociones negativas y ensayo de
conductas alternativas mediante práctica real e imagi-
naria. Como hemos visto, los procedimientos de visua-
lización de consecuencias y el entrenamiento en auto-
instrucciones (hablar con usted mismo para dirigir y
controlar su propia conducta) resultan útiles para cul-
tivar respuestas más adaptativas. Es posible que re-
quiera ayuda terapéutica para llevar adelante estos
cambios y regular su propio comportamiento, pero la
disposición a hacerse cargo de sus reacciones en lugar
de dejarlas libradas a automatismos aprendidos cons-
tituye ya un logro y una motivación importante para
emprender la tarea.
169
Reconociendo al neurótico
interior
El principal objetivo de este libro consiste en ayudarlo
a reconocer su parte irracional. Cuando usted percibe
que ciertos comportamientos y actitudes son genera-
dos por un sector neurótico de su personalidad, toma
distancia de ellos y está en mejores condiciones para
manejarlos. Al identificarse con su parte racional, us-
ted percibe las obsesiones, culpas, resentimientos,
demandas excesivas y otras perturbaciones como aje-
nas a su criterio normal y puede disociarse de ellas
aun antes de aprender a controlarlas. Esta toma de
conciencia, sin embargo, debe cultivarse intencional-
mente, ya que los acontecimientos cotidianos captan
permanentemente nuestro interés, en particular si se
trata de asuntos que tocan puntos sensibles del sector
neurótico:
Suceso
«Yo» significativo
Nuestra atención se dirige hacia los sucesos significa-
tivos del entorno los cuales suscitan en nosotros pen-
samientos, evaluaciones, juicios, emociones y acciones
específicas. Percibimos dichas reacciones como propias
y motivadas por las cosas que ocurren, por ejemplo:
«me siento molesto porque no me saludó».
170
«Yo» Suceso
molesto significativo
Los sucesos que afectan temas sensibles para el sector
neurótico, por ejemplo: ser ignorado para alguien sus-
ceptible o fracasar en un proyecto para alguien con-
vencido de su ineptitud, disparan las ideas habituales
(«la gente es irrespetuosa», «nunca me sale nada
bien») y las emociones intensas que acompañan a es-
tas evaluaciones, por ejemplo irritación o disgusto con
uno mismo. El sujeto queda fascinado o hipnotizado
por el suceso y le dedica toda su atención, vive inten-
samente las emociones que le genera, se queja o se
lamenta ante otras personas de lo que ha ocurrido pe-
ro en ningún momento se observa a sí mismo con ob-
jetividad y distancia. Además, vive estas emociones
como una reacción global de su persona: «Yo estoy
molesto».
La estrategia que proponemos consiste en dirigir nues-
tra atención hacia la parte de nosotros que está reac-
cionando. Podríamos llamar a esta fase «autoconcien-
cia»:
171
«Yo» lo observo a
«El» molesto
«Yo» Suceso
significativo
molesto
La autoconciencia nos permite identificarnos con el
observador y «desidentificarnos» con quien reacciona:
ya no soy «yo» quien está molesto, sino «él», una
parte de mi personalidad. La disociación entre el ob-
servador y el observado reduce inmediatamente el
impacto emocional del suceso, en parte porque la
atención se divide ahora entre el suceso disparador y
la propia reacción, y en parte porque la emoción origi-
nal se experimenta como si la sintiera «otro» (aunque
ese otro sea una parte de mi persona). El empleo de
un lenguaje simbólico del tipo «él siente» o «él pien-
sa» acentúa esta disociación. La observación de una
reacción habitual -por ejemplo: sentirse ofendido para
alguien muy susceptible- permite identificar al sector
que reacciona como una parte neurótica o irracional, lo
cual le quita crédito y reduce aún más el malestar ori-
ginal. En algunos casos el sector lógico puede respon-
der verbalmente al neurótico interior, como vimos a
propósito del TOC. En otros, puede visualizarlo como
una caricatura de sí mismo, enfatizando su conducta
alterada o los rasgos que reflejan su perturbación
emocional. Por último, la desidentificación permite
examinar objetivamente las ideas del sector neurótico
172
detectando sus aspectos irracionales y sustituyéndolas
por enfoques más realistas y equilibrados de la situa-
ción, o reemplazando los términos que utiliza por otros
más convenientes11.
Este reconocimiento, sin embargo, no siempre es fácil.
Cuando usted piensa por ejemplo: «todo me sale mal,
no sirvo para nada...» y está convencido de ello, pue-
de creer que se trata de un juicio lógico, producto de
una evaluación objetiva de los hechos. Puede incluso
buscar argumentos para justificar y sostener esa idea.
Si en cambio la reconoce como un producto habitual
de su parte neurótica, dejará de trabajar para ella y en
lugar de buscar argumentos para mantenerla estará
dispuesto a desarrollar una visión más realista de us-
ted mismo -no necesariamente maravillosa-. Esto for-
talecerá su parte racional, aun cuando su neurótico
interior continúe pensando lo que ha pensado siempre.
Este último punto es importante: aunque usted desa-
rrolle un punto de vista más objetivo y asuma -
continuando con el ejemplo anterior- que algunas co-
sas le salen mal, otras bien y otras más o menos, y
que los resultados que obtiene no dependen sólo de su
gestión, su sector irracional no desaparecerá. Usted no
puede hacerlo entrar en razón y es posible que conti-
núe enviándole los mismos mensajes neuróticos. Pero
ahora comienza a escuchar esos mensajes como ex-
presión de una parte alterada de su personalidad.
Quien piensa así es «él» o «ella», no usted. Usted de-
be aceptar que posee un sector irracional que no pue-
de alejar totalmente y con el cual deberá convivir. Pe-
ro no está obligado a mantener largos diálogos con él.
No necesita convencerlo de que está equivocado. En
11 Ver Cap. 5: «El poder de las palabras».
173
lugar de ello, asuma simplemente que estará allí y dé-
jelo hablar solo, como si se dijera: «que piense lo que
quiera». Para tomar distancia de su sector neurótico
hemos insistido en este libro en emplear un lenguaje
adecuado. Deberíamos decir: «él (o ella) piensa que
no valgo nada...» para tener claro que tal juicio es
producto de un sector ajeno a su pensamiento lógico.
Para llevar adelante este proceso necesita asumir que
tales mensajes provienen de su parte irracional, ya
que si los toma como juicios lógicos el neurótico inte-
rior gobernará su conducta y sus reacciones emocio-
nales. En este capítulo presentaremos algunas actitu-
des típicas de nuestro sector irracional que permiten
reconocerlo con mayor facilidad. La primera de ellas es
que tiende a repetirse en las mismas preocupaciones,
críticas, quejas y lamentos en diferentes ocasiones. A
diferencia del pensamiento lógico, que es menos pre-
visible porque analiza cada situación en forma inde-
pendiente, el mecanismo neurótico es estereotipado y
predecible. Si su personaje interior gusta por ejemplo
de ponerse en víctima, aprovechará cualquier circuns-
tancia propicia para quejarse amargamente de su
suerte, de los demás y hasta del destino para reforzar
su idea de que siempre resulta perjudicado o de que
es desafortunado. Su parte racional, en cambio, puede
estimar en alguna circunstancia que el papel desem-
peñado por otras personas le resultó perjudicial, pero
difícilmente lo haga siempre o atribuya todas las cau-
sas del fracaso a agentes externos. Además, la parte
lógica puede tomar nota de aquellas ocasiones en que
los demás se muestran solidarios o en que la suerte le
sonríe. Este es sólo un ejemplo. El sector neurótico de
cada persona posee, naturalmente, características
propias. Pero lo importante aquí es que sean cuales
fueren sus ideas y reacciones suele mantenerlas en el
174
tiempo, y esto nos permite identificarlo. El sector irra-
cional se obsesiona con los mismos temas, se deprime
una y otra vez si esa es su característica o señala de-
fectos permanentemente si ha desarrollado ese hábito.
Esta condición repetitiva permite reconocerlo, como si
usted dijera: «allí está nuevamente mi neurótico in-
terno, obsesionándose otra vez con el SIDA» (o con el
cáncer, o con pasar vergüenza, o con lo ineptos que
son los demás, etc.).
Entre las reacciones habituales del sector irracional, es
útil prestar atención a la forma en que responde a los
sucesos adversos como pérdidas, frustraciones y con-
ductas indeseadas de otras personas. Entran en esta
categoría las injusticias en general, desde los sucesos
desafortunados hasta las acciones ingratas o inmere-
cidas de nuestros semejantes, incluyendo sus errores
y desaciertos. Estos sucesos activan fácilmente nues-
tra parte neurótica, por lo cual resulta útil distinguir
sus reacciones de las nuestras, es decir, de aquellas
que surgen de nuestro sistema de pensamiento lógico
y realista.
En estas circunstancias, un rasgo notorio del neurótico
interno es su dificultad para aceptar la realidad. Mien-
tras que su parte racional es capaz de desaprobar un
suceso, calificándolo de desagradable o incluso de muy
nocivo, si ese es el caso, su parte irracional va más
allá. Cuando su sector realista desaprueba un suceso,
se limita a considerar que el mismo es inconveniente
y que se opone a sus objetivos, deseos o preferencias.
Esto genera, naturalmente, desazón, ansiedad e inclu-
so cierta irritación comprensible y esperable. Una res-
puesta emocional más intensa o sostenida, sin embar-
go, implica que su parte neurótica se resiste a aceptar
los hechos. Tome cualquier ejemplo de la vida cotidia-
175
na. Digamos que usted le pide un pequeño favor a un
compañero por quien ha hecho muchas cosas, y él o
ella se niega a complacerlo. Su parte racional piensa:
«preferiría que él o ella hubiera actuado de otro modo,
hubiera sido mejor -más justo, más conveniente, más
disfrutable- que hubiera respondido de otra mane-
ra...» y usted se siente frustrado e incluso molesto con
la otra persona. El neurótico interior, en cambio, ex-
clama: «¡no puede ser que se niegue a lo que le pi-
do!» «¡No es posible que me responda eso!» Esta for-
ma de ver las cosas genera una reacción más violenta
o apasionada, y una mayor dificultad para asumir que
la respuesta fue un «no». Sin embargo, piense un
momento en esto: ¿qué significa exactamente que al-
go «no puede ser», cuando de hecho «es»? Todo lo
que ocurre, por definición, «puede ser», desde el mo-
mento en que está ocurriendo. No significa que esté
bien, pero sin duda «puede ser». Más aún, si pudiéra-
mos conocer todos los factores que llevan a la persona
a responder como lo hace, por ejemplo: la forma como
percibe la situación, sus deseos, propósitos, valores,
hábitos y su estado emocional del momento, podría-
mos concluir que su conducta fue inevitable, fue la
consecuencia lógica de todas esas causas. Se podrá
argumentar que si él o ella hubiera percibido las cosas
de otro modo, por ejemplo: si hubiera sido más empá-
tico, considerado, inteligente o solidario, su conducta
hubiera sido otra, y probablemente así sea. Pero en tal
caso las condiciones hubieran sido otras y hubieran
dado lugar a un comportamiento distinto como resul-
tado de las mismas. En las condiciones que de hecho
ocurrieron el resultado final era inevitable.
Un conocimiento total de los móviles que determinan
la conducta humana constituye una ficción teórica;
pero si fuera posible, cabría esperar sólo lo que ocurrió
176
y no otra cosa. A veces incluso un conocimiento parcial
de las circunstancias permite predecir con cierto grado
de certeza las reacciones ajenas, y es común que tales
reacciones resulten obvias para otras personas y no
así para el neurótico interior, quien cultiva expectati-
vas poco realistas sobre el comportamiento ajeno. Es
común por ejemplo que su parte irracional espere lo
que desea y no lo que es dable esperar. Pero más allá
de qué es lo esperable, una vez que las cosas ocurren
es inevitable aceptarlas, ya que lo contrario implica
negar la realidad. Como hemos visto, esto no significa
aprobarla o considerar que está bien. Tampoco implica
ser pasivo ante la situación: si algo puede cambiarse
es razonable intentar modificarlo, o al menos evaluar
los costos y beneficios del intento. La aceptación de lo
que «es» permite a su parte racional hacer la distin-
ción entre lo que es cambiable y lo que resulta por el
momento imposible -o muy costoso- modificar. La re-
sistencia a aceptar lo que es -«no puede ser, no lo
acepto»- en cambio, genera una lucha ciega contra
toda situación indeseada y lo lleva a desgastarse en
un combate estéril que sólo acentúa su malestar.
Otra forma que adopta la resistencia a aceptar los he-
chos adversos es la convicción, igualmente irracional,
de que las cosas «deberían» haber sido distintas. Este
error es similar a la afirmación de que algo que está
ocurriendo «no puede ser». Los terapeutas cognitivos
estamos familiarizados con la discusión centrada en el
significado del término «debería», pero no así el públi-
co en general. El término «debería» denota obligación,
se refiere a algo que «debe» ocurrir necesariamente.
Está bien utilizado cuando se refiere a hechos inevita-
bles, por ejemplo: «si suelto este lápiz, debe caer». En
este caso existen factores -la gravitación universal-
que determinan necesariamente la caída del lápiz. Pe-
177
ro no puede aplicarse razonablemente a sucesos que
no tienen por qué ocurrir -más allá de que sería
deseable que ocurrieran-, por ejemplo: «no debería
llover porque hoy empiezan mis vacaciones». Su parte
lógica, en cambio, lo encara como un deseo o una pre-
ferencia. Sería mejor que no lloviera, naturalmente,
pero si están dadas las condiciones climáticas para que
ocurran precipitaciones, entonces debe llover.
Lo mismo puede decirse de otros sucesos como los
examinados en este capítulo. Si están dadas las condi-
ciones para que alguien actúe en forma ingrata o in-
justa, entonces debe actuar así. Se dirá, «bueno, pero
tal vez puedo evitarlo, puedo explicarle al sujeto que
su comportamiento es injusto, y si acepta mi explica-
ción, es posible que actúe de otro modo». Por supues-
to, pero si acepta su explicación, las condiciones ya
son otras. Cuando nos referimos a sucesos que ya han
ocurrido o que están ocurriendo, las condiciones pasa-
das no pueden modificarse, y en las condiciones que
realmente existieron el sujeto de nuestro ejemplo de-
bía actuar precisamente como lo hizo. En general, la
marcada tendencia a juzgar o juzgarse supone una
resistencia a aceptarse a uno mismo o a los demás
como son, ya que implica una disconformidad crónica
y la suposición de que los demás o uno mismo debe-
rían ser de otro modo independientemente de las cir-
cunstancias actuales y de su historia personal.
El siguiente cuadro resume la reacción de ambas par-
tes ante un suceso adverso:
178
Sector lógico y racional Sector neurótico,
irracional
Acepta la realidad, aunque No acepta la realidad: no
puede desaprobarla: las co- puede ser que las cosas
sas son como son, aunque no sean así
sean justas ni me las merez-
ca
Preferiría o sería mejor que Las cosas deben ser distin-
las cosas fueran distintas. tas
Haré lo posible para mejorar Debo cambiar las cosas a
las cosas cualquier precio
Frustración, irritación, desa- Desesperación, ira, agresivi-
zón, tristeza dad, «pataleta», quejas,
depresión
Paz y adaptación ante la si- Tensión permanente y re-
tuación adversa chazo a adaptarse a la si-
tuación adversa
La no-aceptación, es decir, la resistencia de su parte
neurótica a aceptar los hechos puede complicarle la
vida en muchas situaciones, no sólo en aquellas rela-
cionadas con la conducta ajena. Las etapas de la vida
en que condiciones laborales, sociales, afectivas o fa-
miliares no resultan como deseamos también deben
ser aceptadas, en el sentido de admitir que de hecho
existen, al menos por el momento, y que de nada sir-
ve «patalear» o protestar porque las cosas son como
son. Su parte neurótica protesta porque mantiene la
creencia infantil de que la justicia es un factor causal
absoluto. Su premisa es: «si algo es justo o me lo me-
rezco, debe ocurrir». Pero el mundo, lamentablemen-
te, no funciona de ese modo. Su sector racional es
más realista. Sabe que el hecho de que algo sea justo
no determina que ocurra. No alienta expectativas idea-
lizadas acerca de la realidad. Tiene claro que no siem-
pre va a recibir lo que se merece o aquello por lo que
179
ha luchado. No hay una ventanilla de reclamos para
exigir justicia. Su parte racional puede intentar cam-
biar o mejorar las cosas, naturalmente, siempre que
sea posible y valga la pena, pero sabiendo que de
momento la realidad es la que es. La aceptación racio-
nal de los hechos no genera alegría o placer. Genera
en cambio un sentimiento de paz que coexiste con la
desazón o displacer que puede ocasionar el suceso
aceptado. La resistencia a aceptarlo, en cambio, le
agrega ira, desesperación y estrés crónico a los natu-
rales sentimientos de malestar que provoca la situa-
ción desgraciada. La resistencia a aceptar los hechos
puede generar incluso reacciones violentas o puede
llevarlo a luchar ciegamente contra todo lo que se
opone a sus objetivos, aunque no sea el momento
oportuno y usted pierda más de lo que gane.
Como hemos visto, la negativa neurótica a aceptar la
realidad resulta irracional y también inconveniente. Sin
embargo, la notable difusión de la filosofía del «no
puede ser» o «no lo acepto» nos obliga a examinar
con mayor detalle esta forma de reaccionar ante los
contrastes que nos presenta la vida. El primer error,
implícitamente considerado en los párrafos anteriores,
consiste en confundir «aceptación» con «aprobación».
Otra confusión radica en equiparar «aceptación» con
«resignación». Como acabamos de ver, aceptar una
situación no implica necesariamente resignarse a ella.
Una vez que su parte sensata acepta los hechos nega-
tivos, no se entrega a una protesta estéril. En muchos
casos puede promover cambios en la situación cuando
están dadas las condiciones para ello. Se puede inten-
tar, por ejemplo, modificar la conducta ajena (la con-
ducta futura, naturalmente). Pero cuando esto no es
posible, y se debe convivir con una condición adversa
(por ejemplo: un problema de salud crónico, una rela-
180
ción que terminó en forma definitiva o comportamien-
tos ajenos que no parecen modificables) su parte ra-
cional sabe que debe aceptarlo y adaptarse en lugar
de desgastarse en un reclamo eterno contra la injusti-
cia de lo que ocurre. Si no existe otra opción, es inteli-
gente reconocerlo. La forma de saber quién está reac-
cionando ante un suceso adverso es observar su pro-
pia reacción emocional. Si responde con demasiada
pasión y se altera más de lo que es habitual, si reac-
ciona violentamente con quejas, protestas y reclamos
desmedidos contra otras personas, contra usted mis-
mo o contra el mundo, probablemente su parte neuró-
tica ha tomado el comando y se resiste a aceptar los
hechos. Uno de nuestros pacientes hablaba interna-
mente a su parte neurótica como si se dirigiera a un
niño caprichoso: «más vale que madures y lo acep-
tes...»
La resistencia del neurótico interior a aceptar la reali-
dad constituye un hábito altamente pernicioso, que
puede identificarse en múltiples sucesos de la vida co-
tidiana. El malhumor ante un embotellamiento de
tránsito, el estrés y la tensión sostenida que generan
los contratiempos, la irritación desmedida ante los fa-
llos y errores de nuestros semejantes, la ansiedad ex-
cesiva que despiertan las demoras y retrasos, todos
ellos pueden reducirse cultivando el hábito de la acep-
tación racional de lo que «es». Implica, como se ve,
una nueva forma de vincularse con el mundo y con
nosotros mismos. Paradójicamente, la paz y distensión
que tal hábito proporciona nos deja en mejores condi-
ciones para manejar los propios sucesos cuando ello
es posible, a veces con objetivos parciales o limitados.
En tal sentido, cabe recordar otra característica del
neurótico interno, que ya mencionamos en un capítulo
anterior, ante la cual conviene mantenerse alerta: su
181
tendencia a ver las cosas «blancas o negras», es decir,
a pensar en forma polarizada y extremista. Su sector
racional, en cambio, es capaz de efectuar juicios rela-
tivos, menos categóricos y más «término medio». Esto
se aplica también a los objetivos de cambio. No se tra-
ta de «me sirve o no me sirve», como le gusta pensar
al sector irracional. La persona racional puede fijarse
objetivos parciales: intentar mejorar en parte una re-
lación o minimizar las pérdidas de un proyecto. El sec-
tor irracional confunde adaptarse a una situación con
aprobarla. Piensa: «si me adapto a esta situación, la
estoy convalidando». Para su parte racional, adaptarse
no significa compartir la situación. Significa sólo que
entre las opciones disponibles es la más conveniente,
o si prefiere, la menos mala.
La aceptación está también en la base de algunas téc-
nicas eficaces para manejar las ideas obsesivas, como
la «indiferencia a los pensamientos». El trastorno ob-
sesivo compulsivo es un ejemplo de resistencia inne-
cesaria e inconveniente: la lucha obsesiva contra los
propios pensamientos, como se sabe, contribuye a
mantenerlos. Trate de no pensar en una persona o en
una imagen y no podrá quitársela de la cabeza. Inver-
samente, la aceptación de las obsesiones como pro-
ducto de una actividad mental inmanejable les quita
fuerza y permite que se disipen con mayor rapidez. El
manejo de las obsesiones y rituales, sin embargo, re-
quiere una estrategia más elaborada que hemos desa-
rrollado en un capítulo anterior12. La mencionamos
aquí porque la resistencia a las ideas obsesivas suele
agravar el cuadro.
12 Cap. 1: «El obsesivo que llevamos dentro»
182
Es posible que a su parte neurótica le cueste aceptar
también la ansiedad y el malestar emocional como el
nerviosismo la tensión o el estrés. Al experimentar
estas sensaciones, el neurótico interno se queja: «no
debería experimentar ansiedad». En muchos casos, sin
embargo, estos sentimientos deben ser aceptados
porque constituyen una respuesta normal a la situa-
ción, por ejemplo: cierto monto de tensión nerviosa al
rendir un examen o al presentarse a una entrevista de
trabajo. Existen además diferencias individuales: algu-
nas personas son más propensas a la ansiedad y el
nerviosismo y esto está genéticamente determinado,
al menos en parte. Si ese es su caso, deberá convivir
con esta predisposición y contar con ella. La ansiedad
por experimentar ansiedad le agrega incomodidad al
malestar original.
Los conflictos de pareja resultan con frecuencia de no
aceptar al compañero o compañera como es. Esta fan-
tasía se va gestando muchas veces desde el noviazgo,
en que una o ambas partes tienen la secreta expecta-
tiva de cambiar a su compañero una vez que vivan
juntos. Durante la convivencia, su parte neurótica in-
siste en cambiar al otro y esto convierte el matrimonio
en un campo de batalla, sobre todo si la parte irracio-
nal de su pareja tiene el mismo objetivo. Muchas con-
sultas al terapeuta de pareja responden a la (no tan)
secreta expectativa de uno o ambos cónyuges de que
el técnico los ayude a modificar radicalmente a su pa-
reja. La visión racional es otra: si bien es posible im-
plementar cambios en el marco de una terapia conjun-
ta, ambos miembros deberán aceptarse mutuamente y
no apostar a cambios radicales en la conducta del otro
si aspiran a mantener una relación armónica. Nueva-
mente: aceptar al otro no significa aprobar ni compar-
tir toda su conducta. Se trata de una elección de su
183
parte lógica y sensata que luego de un balance decide
mantener el vínculo.
La resistencia de su parte irracional a aceptar lo que
es está implícita también en todos los «deseos impe-
riosos». El desear algo con demasiada intensidad, ya
se trate de un objeto material, una relación o una po-
sición social, implica que el neurótico interior no acep-
ta prescindir de tal logro. Como señala Albert Ellis,
más que una preferencia, un propósito o un deseo,
para el sector irracional es una necesidad imperiosa
alcanzar ese objetivo. Si usted se propone manejarse
desde su sector racional, debe tener clara la diferencia
entre «necesidades» y «preferencias». Necesito aire
para vivir, pero no necesito vivir frente al mar o en las
sierras, aunque esta puede ser una preferencia perso-
nal. Necesito una lapicera -o un lápiz- para escribir,
pero no necesito una lapicera con capuchón de oro, si
bien puede ser deseable contar con ella. El neurótico
interno toma los deseos y preferencias como necesi-
dades y esto genera naturalmente una disconformidad
permanente con lo que se posee o lo que se ha conse-
guido. Incluso si se alcanza el objetivo deseado -por
ejemplo: un trabajo, una posición social, una relación
amorosa- el percibirlo como una necesidad genera el
temor permanente a perderlo. La aceptación racional
de que se puede ser razonablemente feliz sin ese obje-
tivo, en cambio, otorga una paz mayor y nos vuelve
menos dependientes de los avatares de la vida. Los
budistas y otros maestros espirituales hablan del
«desapego» como un camino hacia la liberación y la
paz interior. Tal vez en el mundo occidental no sea
posible un desapego absoluto, pero si hacemos de-
pender totalmente nuestra felicidad de alcanzar y
mantener ciertos logros nos situamos en una posición
184
vulnerable, que a veces conspira incluso contra los
mismos objetivos que tanto anhelamos.
A propósito de los deseos imperiosos cabe mencionar
que el sector irracional suele estar demasiado centra-
do en sí mismo, es decir, en sus propias necesidades,
deseos, temores y objetivos, sin percibir a veces los
intereses y motivaciones ajenas. En el capítulo «El
neurótico busca pareja», uno de los personajes que
describimos, «El Pretencioso», se ajusta precisamente
a esta descripción. Nuestra parte lógica suele ser más
equilibrada, y si bien prioriza también sus propias me-
tas tiene claro que el mundo no está para servirlo.
Percibe con mayor facilidad los intereses de otras per-
sonas y es capaz de empatizar con ellas, dejando mo-
mentáneamente de lado su propia agenda. Nuestra
parte racional puede escuchar las preocupaciones aje-
nas además de contar las propias; puede pensar qué
da en una relación y no sólo qué recibe u obtiene de
ella. El término equilibrio define bien esta actitud. El
egocentrismo y la convicción de estar en el centro del
mundo, así como su opuesto, el hábito de postergarse
sistemáticamente y no ocuparse del propio bienestar
suelen ser actitudes neuróticas difíciles de sostener.
Los conceptos aquí desarrollados están en línea, como
señalamos, con filosofías que promueven precisamen-
te la aceptación y el «desapego», como la de Echkart
Tolle, cuyas enseñanzas pueden tomarse con una fina-
lidad terapéutica. La «observación de sí» juega un pa-
pel central en las enseñanzas de Gurdjieff y Ous-
pensky, conocidas como «El cuarto camino». También
las actuales corrientes centradas en la observación de
los propios pensamientos, inspiradas en filosofías
orientales, que proponen enfocar la atención en la
propia actividad mental o corporal sin influir sobre ella
185
y sin juzgarla13, implican una aceptación no-crítica de
los propios pensamientos, deseos y emociones. La au-
toobservación de los hábitos neuróticos, sin embargo,
no es neutral sino crítica, y si bien promueve la acep-
tación de los sectores irracionales renunciando al in-
tento de suprimirlos directamente (para evitar una
lucha desgastante y estéril), se propone al mismo
tiempo cultivar esquemas de pensamiento más racio-
nales y estrategias alternativas para encarar los desa-
fíos cotidianos. Su uso se enmarca en el modelo cogni-
tivo-conductual, que está centrado en el reaprendizaje
activo de nuevos esquemas de pensamiento y acción,
mientras que los enfoques espirituales van más allá y
apuntan a elevar el nivel de conciencia. Con relación a
los objetivos de terapéuticos, usted puede tomar estas
enseñanzas en sus aspectos aplicables a su propio
crecimiento personal y utilizarlas para fortalecer el
sector lógico de su personalidad (por ejemplo para
aceptar la realidad en lugar de resistirse a ella) desa-
rrollando así una filosofía de vida que le proporcione
mayor bienestar.
Otra pista para identificar rápidamente al sector irra-
cional consiste en observar su reacción habitual ante
los propios errores u omisiones. En algunos casos la
reacción típica es defensiva: usted niega haberse
equivocado, busca pretextos o se justifica de algún
modo. En ocasiones procura atribuir la culpa a otras
personas o a factores externos, como forma de deslin-
dar su responsabilidad. Cuando esta reacción se repite
y sobre todo cuando es muy vehemente, lo más pro-
bable es que provenga de su neurótico interior. En
otros casos la reacción es la opuesta, aunque igual-
13 mindfullness, según se conoce en las publicaciones en inglés
186
mente irracional: usted admite inmediatamente sus
«culpas» incluso aunque la responsabilidad sea com-
partida, y lo hace avergonzado como si hubiera come-
tido un pecado capital. Su parte lógica, en cambio, es
capaz de reconocer sus errores con la frente alta. Pue-
de decir «me equivoqué» con naturalidad, mirando a
los ojos y asumiendo la parte de responsabilidad que
le corresponde pero sin arrastrarse como si fuera in-
digno o mereciera el escarnio público.
La hiperemotividad es otro probable indicador de reac-
ciones neuróticas. Esto es especialmente cierto para
emociones negativas como la ansiedad, angustia, mie-
do, cólera y tristeza profunda, en particular cuando se
viven en forma muy intensa, con mucha frecuencia y
sobre todo cuando una de ellas predomina sobre las
otras, por ejemplo: usted monta en cólera con mucha
facilidad, o hay muchas situaciones que le despiertan
ansiedad o angustia. En estos casos, sus emociones
suelen ser producto de ideas y expectativas irraciona-
les, y deberían ser una señal para tomar distancia de
las evaluaciones del sector neurótico, o al menos para
observarlas con ojo crítico. Las reacciones normales
también pueden ser emotivas; no es necesario que
usted sea frío y puro intelecto como el Sr. Spock de
«Star Treck»14 El sector lógico tiene la libertad de ex-
presar sus emociones en forma natural y espontánea,
pero sus respuestas emocionales son variadas y pro-
porcionadas a la situación. Puede asustarse ante peli-
gros reales, angustiarse en situaciones que lo ameri-
tan o irritarse y expresar su disgusto en forma civiliza-
da. Además, es capaz de expresar con la misma fre-
cuencia afectos positivos como el cariño, la alegría y el
entusiasmo.
14 Personaje de la famosa serie de televisión «Viaje a las estrellas»,
187
El neurótico en terapia
Cansado de soportar al neurótico interior, usted decide
finalmente consultar un terapeuta. Espera encontrar
ayuda para superar sus temores, obsesiones, inhibi-
ciones sociales o cualquier otro comportamiento que
limite su vida y comprometa su bienestar emocional.
Digamos que elige una terapia conductual, o como se
la conoce actualmente, cognitivo - conductual. Bási-
camente, la terapia conductual se encara como una
experiencia de reaprendizaje. El sector neurótico de su
personalidad ha desarrollado un estilo de pensamiento
irracional que genera emociones y conductas inconve-
nientes. Hemos visto varios ejemplos en los capítulos
anteriores: la propensión a discutir y criticar, la ten-
dencia al resentimiento, el trastorno obsesivo compul-
sivo y otros hábitos improductivos. En el curso de la
terapia usted deberá incorporar ideas y creencias más
realistas, y a partir de ellas nuevos patrones de res-
puesta emocional y hábitos de conducta más eficaces.
Digamos, por ejemplo, que usted ha desarrollado un
estilo de conducta inhibido ante los demás. Le cuesta
iniciar conversaciones, pedir un favor o decir que
«no», y se siente muy tenso e inseguro cuando conoce
gente nueva. El sector irracional de su personalidad
está convencido de que los demás le están tomando
examen, juzgándolo permanentemente y de que no
está a la altura de lo que esperan de usted. También
cree que es necesario (no preferible, sino necesario)
gustar a los demás y contar con su aprobación. Con-
vencido de que sería insoportable ser desaprobado,
decide hablar lo menos posible y ser muy convencional
para no llamar la atención. También prefiere evitar a
188
la gente nueva, digamos, a figuras de autoridad o a
personas atractivas del sexo opuesto, por temor a ha-
cer un mal papel. Para el neurótico que usted lleva
dentro estas son realidades incuestionables. En esas
circunstancias, ¿qué puede esperar usted de una tera-
pia?
En el curso del tratamiento, el terapeuta le ayudará a
incorporar nuevos puntos de vista sobre las relaciones
interpersonales. Si el tratamiento tiene éxito, usted
comenzará a ver los contactos humanos como oportu-
nidades en lugar de percibirlos como riesgos, y le des-
pertarán interés y entusiasmo en lugar de ansiedad y
tensión. Usted buscará relacionarse con los demás en
lugar de evitarlos, y podrá tomar iniciativas para cono-
cer gente, hablar en público, formular pedidos y ex-
presar sus opiniones. Su parte lógica cultivará inten-
cionalmente estos nuevos hábitos de pensamiento y
acción y los ensayará hasta que se automaticen. Pero
¡cuidado! El neurótico interior puede filtrarse sutilmen-
te en este proceso y demorar o bloquear sus progre-
sos en la terapia. Recuerde que sus objetivos no son
los suyos. El sólo quiere protegerse de los riesgos que
percibe en las situaciones que evita. De manera que
es conveniente estar atento a sus apariciones, para
evitar que interfiera con el tratamiento. En este capí-
tulo veremos algunas de las estrategias que suele uti-
lizar.
Postergar el pasaje a la acción
La terapia conductual está centrada, como vimos, en
el desarrollo de nuevos hábitos. Esto requiere práctica
y ensayo hasta que los nuevos estilos de conducta y
las nuevas ideas se incorporen con naturalidad. Si se
trata de hablar en público, por ejemplo, usted puede
ensayarlo en el consultorio pero finalmente deberá
189
practicarlo en la vida real. Lo mismo es válido para
superar otros temores e inhibiciones. Además de culti-
var ideas y expectativas más realistas, es necesario
exponerse a las situaciones temidas fuera del consul-
torio, tal vez en forma graduada y planificada, pero
exponerse al fin. El neurótico interior vive esto como
un riesgo y procura evitarlo a toda costa. Puede pre-
tender superar el miedo y la ansiedad antes de enfren-
tar las situaciones temidas, lo cual pospone indefini-
damente el enfrentamiento. Vimos este mecanismo a
propósito de la agorafobia. Sin embargo, el aprendiza-
je funciona al revés. No es que primero se supera el
temor y luego se enfrenta la situación. Es necesario
exponerse primero a la situación temida para que des-
pués disminuya la ansiedad. En primera instancia de-
berá tolerar la ansiedad y la tensión que genera la si-
tuación, ya se trate de iniciar una conversación, ale-
jarse de su casa si es eso lo que teme o viajar en as-
censor. Es verdad que el terapeuta puede ayudarlo a
manejar el nerviosismo mediante técnicas de relaja-
ción y respiración y modificando sus diálogos internos.
También puede prepararlo mediante técnicas de ima-
ginación, desensibilización y autocontrol. Si está traba-
jando sobre sus bloqueos sociales, es posible que
aprenda además técnicas de conversación y ensaye un
lenguaje verbal y gestual apropiado. Además, la expo-
sición a las situaciones temidas se realiza en forma
gradual y paulatina, para que resulte más manejable.
Pero igualmente deberá estar dispuesto a soportar
cierto grado de incomodidad a la hora de hacer frente
a aquello que ha estado evitando. Ocurre igual al su-
perar el miedo a nadar en una piscina. Usted no pierde
el temor primero y después se tira. Se zambulle pri-
mero y luego toma confianza. Así funciona.
190
Funcionar de acuerdo a los resultados inmedia-
tos. El mecanismo que hemos descrito en el párrafo
anterior forma parte de un hábito más amplio que ca-
racteriza al sector irracional de nuestra personalidad y
que suele interferir con el tratamiento. Nos referimos a
su tendencia a ser «inmediatista» es decir, a funcionar
mediante resultados a corto plazo. En otras palabras:
nuestro personaje irracional tiende a hacer aquello que
desea en el momento, y a dejar de lado aquello que le
desagrada. Su parte lógica y sensata, en cambio, es
capaz de actuar en función de objetivos alejados, aun-
que la tarea actual le resulte poco estimulante. Gracias
a esta capacidad, usted puede preparar un examen
que rendirá dentro de tres o cuatro meses, ahorrar
para la vejez o trabajar en un proyecto cuyos resulta-
dos se cosecharán a largo plazo. Aunque la tarea ac-
tual le resulte engorrosa o aburrida, usted la lleva a
cabo porque desea obtener los beneficios futuros, por
ejemplo: salvar el examen o terminar el proyecto.
En terapia ocurre otro tanto: usted se expone a situa-
ciones que le cuesta enfrentar, se abstiene de realizar
un ritual o de formular una crítica, o bien revisa es-
quemas de pensamiento que siempre ha tomado como
verdaderos -para citar sólo algunos ejemplos- porque
aspira a promover cambios útiles en su propia conduc-
ta. El neurótico interior, naturalmente, puede resistir-
se. Como vimos en el capítulo dedicado al trastorno
obsesivo compulsivo, puede tener la expectativa de
que el tratamiento le quitará el deseo de ritualizar, o
le proporcionará las certezas que requiere para no te-
ner que verificar una vez más la llave del gas o repetir
un examen médico. De forma similar, si usted acos-
tumbra a postergar sus tareas y desea ser más cum-
plidor puede esperar que la terapia le brinde mágica-
mente entusiasmo y motivación para levantarse y co-
191
menzar sus actividades. O si es muy discutidor puede
creer que encontrará recetas para que desaparezca de
inmediato su impulso a criticar y debatir con los de-
más. Los ejemplos podrían multiplicarse, pero lo cen-
tral es aceptar que los objetivos del sector lógico y
sensato coexisten, al menos al comienzo, con los de-
seos y tentaciones del sector irracional. Una vez esta-
blecidos, los nuevos hábitos surgen con mayor facili-
dad. Pero al comienzo, usted debe entrenarse en diri-
gir su conducta según los objetivos que se ha marcado
aunque en lo inmediato persistan los impulsos de su
parte irracional. Ayuda tener claro el concepto adulto
de libertad. Para el neurótico interior, ser libre equiva-
le a hacer lo que desea en el momento. Para el sector
racional, más frío y utilitario, ser libre es hacer lo que
le conviene o lo que se ha propuesto. Piense por
ejemplo en las adicciones. Si usted se ha propuesto
dejar de fumar y no lo ha conseguido, en el momento
en que enciende un cigarrillo está haciendo lo que
desea pero no lo que se ha propuesto. ¿Podría afirmar
que es un comportamiento libre? La mayoría estaría
de acuerdo en que quien así actúa es esclavo de sus
deseos, pero no es dueño de su propia conducta.
Obsesionarse con ser comprendido
Cuando usted comienza un tratamiento debe explicar
con detalle en qué consisten sus problemas. Al princi-
pio usted hablará libremente, proporcionando aquellos
datos que le parezcan relevantes, y luego el terapeuta
querrá profundizar en ciertos aspectos de su relato o
le pedirá los detalles que estime necesarios para com-
prender cabalmente su caso. Sin embargo, a medida
que avanza la terapia el foco se desplaza hacia las es-
trategias para modificar su comportamiento. Para el
neurótico interior, ser comprendido es un fin en sí
mismo. Le satisface relatar indefinidamente sus pro-
192
blemas para obtener no sólo la comprensión sino la
simpatía del terapeuta. Con frecuencia procura con-
vencerlo de que sus padecimientos son insolubles, de
que no tiene salida, de que es víctima de las circuns-
tancias y de que merece compasión y apoyo moral.
Las quejas sobre el comportamiento de otras perso-
nas, en particular, insumen gran parte de la sesiones.
Para el sujeto racional que busca ayuda, en cambio,
ser comprendido es un medio para obtener ayuda con-
creta: el terapeuta debe diseñar una estrategia para
ayudarle a modificar su conducta y manejar las situa-
ciones adversas que atraviesa. El objetivo no es apo-
yar y compadecer a su parte irracional, ya que eso
contribuye a reforzar su rol de víctima o su pasividad.
El objetivo es trabajar para cambiar sus esquemas de
pensamiento y sus hábitos inconvenientes. Mientras el
neurótico interno se convierte en un espectador y un
relator de sus propios padecimientos, su sector racio-
nal debe trabajar con el terapeuta para promover un
cambio de hábitos. Esté atento, por tanto, a este vicio.
Procure que la tendencia a quejarse de sus problemas
no reemplace al desarrollo de nuevas habilidades y
enfoques alternativos para manejarlos. Recuerde que
ser escuchado y recibir comprensión puede ser muy
grato para su parte irracional, y mucho más cómodo
que embarcarse en un proceso de cambio personal.
Pero que algo sea grato y disfrutable no significa que
sea útil y conveniente. Esto nos lleva al siguiente pun-
to.
Alimentar la angustia para desahogarse
De acuerdo, puede pensar usted. Pero si estoy angus-
tiado, ¿no es la terapia el lugar adecuado para
desahogarme? Efectivamente. Si usted se encuentra
angustiado, deprimido o irritado por sucesos recientes,
es inevitable que al relatarlos en el consultorio expe-
193
rimente esas emociones y sienta la necesidad de
desahogarse. De hecho, la sesión de terapia debería
ser un espacio receptivo para que usted expresara li-
bremente sus sentimientos y recibiera la comprensión
cálida y empática de su terapeuta. Esto es así cuando
el malestar o el disgusto surgen naturalmente al refe-
rir circunstancias recientes de su vida, o cuando re-
cuerda sucesos ingratos de su pasado. Sin embargo,
esto no significa que deba promover intencionalmente
la angustia con objeto de desahogarse. Veamos esto
con mayor detalle.
Tradicionalmente se ha supuesto que es saludable
desahogar los sentimientos de ira, tristeza o resenti-
miento. Muchos pacientes convencidos de las ventajas
de expresar su rabia y su pesar, concurren a las sesio-
nes de psicoterapia a llorar o a enojarse y dan rienda
suelta a sus emociones dolorosas. El resultado es que
se retiran de estas sesiones más angustiados o enoja-
dos que antes, pero como están convencidos de que
esto es útil lo consideran un sufrimiento necesario y se
autoaprueban por sufrir. Su pareja o sus amigos pre-
guntan cómo les ha ido en la sesión, y responden:
«muy bien, no sabes cómo lloré...»
El hecho, sin embargo, es que las emociones negativas
como la rabia o la angustia no están almacenadas en
una especie de depósito dentro de nosotros, pugnando
por salir. Para experimentarlas es necesario revivir los
hechos que las han generado. Si no se evocan los suce-
sos angustiantes o si se interpretan de otro modo, la
rabia o la angustia simplemente no ocurren o resultan
menos intensas. En el momento en que se experimenta
una emoción, la expresión de la misma -en forma civili-
zada- es saludable porque disminuye la tensión. Las
respuestas emocionales conllevan un impulso a la ex-
194
presión, que de contenerse prolonga y mantiene el es-
tado emocional. El desahogo de la emoción en el mo-
mento en que tiene lugar el hecho perturbador pasa a
ser casi una necesidad biológica. Si en el curso de la
terapia el relato de los sucesos que afectan al paciente
dispara nuevamente emociones displacenteras, es útil
expresarlas en la propia sesión. Pero el recordar inten-
cionalmente los sucesos desgraciados para sentir una
vez más la emoción -y naturalmente, experimentar de
nuevo el impulso a expresarla- resulta innecesario. Esto
es lo que ocurre sin embargo en muchas sesiones de
terapia, donde el neurótico interno revive una y otra vez
momentos desgraciados y vuelve a evocar las ideas
asociadas a ellos que despiertan angustia, rabia o desa-
zón. Claro está que es útil revivir los hechos originales
con la finalidad de modificar el modo como se interpre-
tan; pero en tal caso el objetivo es otro, y en última
instancia, el propósito es interpretarlos desde su sector
racional para neutralizar la emoción desadaptativa. Si se
consigue, el recuerdo de los sucesos en cuestión no dis-
para las emociones originales, y el desarrollo de la en-
trevista no sigue el patrón típico de la «catarsis» o el
desahogo.
Defender el punto de vista irracional
Además de explayarse en el relato de los propios pa-
decimientos, el neurótico interior puede buscar argu-
mentos para sostener las ideas que los han generado.
Si se ha pasado la vida convencido de que no tiene
suerte -por ejemplo-, es muy probable que se resista
a revisar esta creencia. Si considera que la gente es
inepta, malintencionada, egoísta, irresponsable o que
posee cualquier otro atributo negativo, puede empeci-
narse en demostrarlo en la propia terapia. Si estima
que es responsable de serios daños a otras personas
se aplicará a recordar sus propios errores u omisiones,
195
reforzando así sus culpas y pecados supuestamente
imperdonables. Si usted ha decidido consultar a un
terapeuta, esté atento a estas actitudes. Mientras que
el neurótico interno se pregunta: ¿por qué tengo ra-
zón? el sector lógico se plantea: ¿por qué puedo estar
equivocado? Después de todo, por algo ha iniciado una
terapia. Si su forma habitual de actuar y de pensar
fuera eficaz, no estaría allí. La terapia consiste en una
alianza entre su parte lógica y el terapeuta, ambos del
mismo lado de la cancha, para reemplazar a sus hábi-
tos neuróticos, que se encuentran del otro lado. Re-
cuerde de qué lado juega usted.
¿Por qué me pasa esto?
Muchos pacientes asumen que el primer objetivo de la
terapia consiste en averiguar las causas de sus pro-
blemas. Los terapeutas del comportamiento, en cam-
bio, tenemos como principal objetivo ayudar al consul-
tante a modificar su comportamiento promoviendo
hábitos de pensamiento y acción más eficaces y pro-
ductivos. Me imagino lo que está pensando: ¿acaso no
es necesario conocer las causas de un problema emo-
cional para tratarlo? Todo depende de qué entienda
usted por «causas». Si por causas se refiere a los fac-
tores que mantienen el problema en la actualidad, por
ejemplo: las ideas y creencias que lo llevan a reaccio-
nar como lo hace, la respuesta es sí. Es necesario
identificarlas para implementar una estrategia adecua-
da a su caso en particular. Supongamos que usted pa-
dece agorafobia. En el capítulo correspondiente exa-
minamos las causas que mantienen este problema. Si
usted está convencido de que el pánico aumentará
indefinidamente en caso de no salir disparando del
lugar, o de que no tiene forma de tolerar la ansiedad,
es necesario disponer de esa información para ayudar-
le a pensar en forma más realista sobre la evolución
196
de un acceso de ansiedad. Usted ha desarrollado la
expectativa de que el pánico aumentará sin límites a
menos que se retire del lugar, y el terapeuta debe
ayudarle a cultivar una idea más realista, por ejemplo
que los accesos son autolimitados y es posible tolerar-
los hasta que desaparezcan. También puede brindarle
herramientas para hacer frente a la ansiedad mientras
dura el ataque. Pero si por «causa» entiende saber
cómo desarrolló esas ideas y expectativas, la respues-
ta es no. En general no es posible saber exactamente
cómo adquirió una idea o cómo desarrolló un hábito,
porque el aprendizaje ocurre como resultado de múlti-
ples experiencias a lo largo de la vida. Y aunque fuera
posible, conocer el origen de un hábito no hace que
desaparezca. Continuando con el ejemplo anterior, lo
que sí es necesario es que usted examine sus ideas
actuales acerca de los ataques de pánico y las reem-
place por puntos de vista más cercanos a la realidad.
También es necesario que aprenda a manejar su an-
siedad en las situaciones que suele evitar.
Otro ejemplo: si usted sufre episodios de disfunción
eréctil es necesario saber qué pasa por su cabeza
cuando está a punto de mantener una relación sexual.
Si usted está pendiente de obtener una erección y se
observa obsesivamente, ese dato es importante para
planificar una estrategia terapéutica, ya que existen
procedimientos para ayudarle a superar esta actitud
de espectador de su propio desempeño. También pue-
de ser útil saber cómo supone que reaccionará su pa-
reja y qué significado le asigna usted mismo a un fra-
caso de esta naturaleza, para trabajar sobre esas in-
terpretaciones. Pero no es imprescindible saber cómo
adquirió estas ideas, o cuándo comenzó a observar
ansiosamente su funcionamiento sexual. De hecho,
muchos pacientes recuerdan cómo desarrollaron esta
197
expectación ansiosa a partir de episodios anteriores,
pero esa información no les permite superar el pro-
blema, que debe encararse cultivando una nueva acti-
tud de aquí para adelante.
Mencionamos estos ejemplos simplificados sólo para
ilustrar un punto importante: empeñarse en recons-
truir el proceso de aprendizaje que dio origen a los
hábitos neuróticos no ayuda a superarlos. Esto sólo
suena extraño porque el público acostumbra a pensar
en forma diferente acerca de los hábitos neuróticos de
lo que lo hace respecto a otros hábitos aprendidos.
Suponga por ejemplo que usted aprendió mal el signi-
ficado de una palabra en inglés, o que registró erró-
neamente una fecha histórica. A nadie se le ocurriría
que usted debe indagar cómo aprendió a pensar equi-
vocadamente, por ejemplo, que América se descubrió
en 1482. Se trataría sólo de corregir esa idea y pensar
lo correcto de aquí en adelante. De hecho, saber en
qué circunstancias aprendió mal el dato histórico o el
significado de una palabra no haría de por sí que usted
corrigiera tales datos. Lo mismo es válido para las
ideas que tienen relevancia clínica, como la evolución
de un ataque de pánico, aunque en este caso el
reaprendizaje es más complejo que modificar un dato
histórico. No es suficiente con brindarle la información
correcta, es necesario un trabajo metódico que requie-
re técnicas específicas, pero se trata igualmente de un
reaprendizaje. De modo que embarcarse en una suer-
te de arqueología psíquica para reflotar el aprendizaje
original de un hábito puede ser un ejercicio intelectual
fascinante pero suele ser una pérdida de tiempo para
los fines del tratamiento. Las preguntas que empiezan
con ¿por qué? suelen ser fuente de teorías y especula-
ciones pero no brindan información útil para modificar
el comportamiento. Nuestra parte racional se plantea
198
objetivos concretos, y prefiere preguntas del tipo:
¿qué factores mantienen actualmente este hábito?
¿Qué debo hacer para modificarlo?
Repetir las conductas neuróticas en la terapia
Es común que el neurótico interno intente repetir sus
estilos de conducta habituales en la propia terapia. Si
en la vida real suele establecer vínculos de dependen-
cia, por ejemplo, puede buscar en el terapeuta una
figura de protección y amparo; si normalmente se em-
peña en demostrar lo maravilloso que es, tal vez espe-
re trasmitir la misma imagen al terapeuta. Si está
convencido de que nada ni nadie podrá ayudarlo, en-
contrará cierto placer en demostrar y demostrarse que
tampoco el tratamiento le resulta apropiado. La des-
confianza habitual, la tendencia a encontrar errores y
el deseo de gustar o seducir, entre otros, pueden re-
producirse también en el consultorio del terapeuta. La
terapia puede servir incluso para evitar enfrentar si-
tuaciones temidas: «estoy en terapia, cuando resuelva
mis inhibiciones tendré una vida social más activa,
viajaré en avión, estudiaré...» o cualquier otra cosa
que esté evitando.
La ocurrencia de este fenómeno puede ser valiosa si
su parte racional lo percibe y toma distancia de él. Su
terapeuta puede mostrarle cómo repite en la propia
terapia patrones de conducta que utiliza en su vida
habitual. En general, esto alerta al neurótico interior,
cuyo primer impulso es negar dicha actitud. Esté aten-
to a esta reacción de malestar o incomodidad, propia
del sector irracional. Cuando ocurra, tómela como una
señal para observar objetivamente su propia conducta.
Recuerde que el sector irracional suele repetir las
mismas estrategias en diferentes situaciones y con
diferentes personas. Resista el impulso de demostrar
199
por qué el terapeuta puede estar equivocado y pre-
gúntese en qué medida podría estar en lo cierto.
200
201
Apéndice I
Las Conductas Sociales15
Nuestros familiares y amigos consideran que somos
tímidos, agresivos o sociables de acuerdo al modo co-
mo nos relacionamos con ellos. Más que otros rasgos
de nuestra personalidad, el comportamiento social nos
caracteriza y nos identifica ante los ojos ajenos. Estas
etiquetas, sin embargo, dejan de lado el hecho de que
nuestra conducta es variable. No nos conducimos del
mismo modo en todas las ocasiones ni frente a todas
las personas. Es posible actuar en forma inhibida ante
un superior o un miembro del sexo opuesto, y mane-
jarse en cambio con seguridad en el medio familiar. O
reaccionar de manera agresiva en casa adoptando una
postura sumisa en el trabajo. Por tal motivo, es prefe-
rible hablar de conductas inhibidas o agresivas y no
de personas con esas características, sin dejar de
reconocer que alguno de estos patrones puede ser el
predominante en el área familiar, laboral o en otros
campos. Con estas salvedades, resumimos a continua-
ción los principales estilos de comportamiento social
en su forma ideal o «pura».
Conducta asertiva
Las personas que se conducen de este modo son ca-
paces de relacionarse con los demás sobre una base
de cordialidad y respeto mutuo. Se comunican en for-
ma directa y honesta, expresando con claridad sus
15 Publicado en: «60 mentiras que nos complican la vida», Dr. Al-
berto Chertok
202
opiniones, sentimientos y deseos. Dicen lo que piensan
y reconocen al mismo tiempo el derecho de sus inter-
locutores a discrepar. Piden lo que quieren con natura-
lidad y aceptan una eventual negativa sin reaccionar
en forma agresiva. Demuestran su afecto y cariño ha-
cia otras personas, así como su malestar o disgusto
por el comportamiento ajeno. Se sienten seguras de sí
mismas, tienen confianza en su desempeño social y
encaran las relaciones humanas de manera positiva y
optimista.
Conducta inhibida o temerosa
Las personas «tímidas» se preocupan excesivamente
por la opinión que los demás se forman de ellas. Por
este motivo se sienten tensas e inseguras en situacio-
nes sociales, sobre todo al iniciar nuevas relaciones.
En el trato habitual se muestran sumisas o muy com-
placientes, evitando contradecir a otras personas o
discrepar abiertamente con ellas. En ocasiones acce-
den a un pedido o invitación cuando en realidad hubie-
ran preferido negarse, por temor a ofender a los de-
más y perder su amistad. A su vez, no se animan o
dudan mucho antes de pedir un favor o proponer una
cita. Con frecuencia son susceptibles e interpretan
cualquier gesto u omisión ajena como una muestra de
desinterés o desaprobación: «no me llamó; segura-
mente está aburrido de mí o ya no quiere verme».
Cuando están molestos con el comportamiento de sus
compañeros o amigos, los tratan fríamente o dan a
entender que están enojados pero difícilmente expre-
san su disgusto en forma franca y directa.
203
Conducta agresiva
En este caso el individuo reacciona en forma violenta o
iracunda ante los contratiempos y frustraciones. No
tolera opiniones diferentes a la suya y discute acalora-
damente para imponer su punto de vista. Pretende ser
contemplado en todos sus deseos y aspiraciones, de-
mostrando su enojo cuando los demás se oponen a
sus objetivos. Adopta una postura crítica y exigente
hacia sus semejantes, a quienes censura por su in-
competencia, torpeza, falta de consideración u otros
defectos.
En ocasiones recurre a la manipulación para forzar un
curso de acción en otra persona en lugar de discutir
frontalmente con ella. Una madre que se «enferma» si
su hijo no viene a visitarla constituye un ejemplo clási-
co de este procedimiento, que difiere también del
planteo asertivo. En efecto, aquí se induce sutilmente
culpa, vergüenza u otro sentimiento negativo en el
sujeto por no actuar como sugerimos, en lugar de
formular el pedido de manera clara y honesta.
204
205
Apéndice II
Derechos a recordar para afirmarse
ante otras personas
(incluyendo la personita obsesiva
que llevamos dentro)
Los «derechos asertivos» son inherentes a la condición
humana. Se supone que todos gozamos de estas po-
testades y que debemos ejercerlos en nuestras rela-
ciones interpersonales, así como aceptarlos y respe-
tarlos como derechos de los demás. Cuando se trabaja
para desarrollar una conducta asertiva ante otras per-
sonas, se examinan numerosos derechos que no he-
mos incluido en este apéndice. Aquí sólo transcribimos
los más relevantes a los efectos de afirmarse ante el
obsesivo interior, tal como se indica en el capítulo co-
rrespondiente16. Sugerimos la lectura de libros espe-
cializados sobre el tema para ampliar esta informa-
ción17
TENEMOS DERECHO A TOMAR NUESTRAS PROPIAS
DECISIONES. Este derecho está en la base de la liber-
tad individual. En efecto, para ser libres y tener auto-
nomía debemos actuar de acuerdo a nuestro propio
criterio, es decir, hacer aquello que consideramos co-
rrecto o conveniente para nuestros propósitos. Si bien
podemos consultar a otras personas o escuchar sus
consejos y opiniones, tenemos la potestad de aceptar
o no sus sugerencias o incluso de aceptarlas en parte.
16 Cap. 1: «El obsesivo que llevamos dentro»
17 Por ej.: “Cuando digo no me siento culpable, Manuel J. Smith
206
Este derecho se aplica, naturalmente, en aquellas de-
cisiones que nos competen sólo a nosotros; en el caso
de una sociedad o incluso de un matrimonio, muchas
de las decisiones deben ser por definición compartidas
y acordadas. El ejercicio de este derecho conlleva na-
turalmente la responsabilidad por nuestros actos.
Cuando desconocemos este principio y actuamos sis-
temáticamente siguiendo el criterio de otras personas,
por ejemplo de alguien cercano o significativo, perde-
mos autonomía e independencia. La mayoría de las
personas están de acuerdo intuitivamente con este
derecho, que por otra parte es el precepto básico del
cual derivan los otros; la pregunta no es si usted lo
comparte teóricamente -asumimos que es así- sino si
lo ejerce, es decir, si efectivamente toma sus propias
decisiones. Aplicado a la relación que mantiene con su
parte obsesiva, usted como persona racional tiene de-
recho a actuar según su criterio lógico y no seguir los
dictados del sector neurótico que pretende obligarlo a
verificar, comprobar, ritualizar y otros comportamien-
tos que pueden ser necesarios para él pero no para
usted.
TENEMOS DERECHO A TOMAR DECISIONES AUNQUE
LOS DEMÁS NO LAS COMPARTAN. Este derecho es una
consecuencia del anterior. Si vamos a actuar siguiendo
nuestro propio criterio, es inevitable que nuestros fa-
miliares o amigos discrepen con nosotros en muchas
ocasiones, ya que ellos tienen su propia forma de ver
las cosas. Si bien es agradable contar con la aproba-
ción ajena, es imposible conformar a todo el mundo:
siempre habrá alguien que no esté de acuerdo con sus
decisiones o que no comparta sus opiniones. Tratar de
que todos se sientan contentos con lo que usted hace
207
es buscar algo imposible, y además lo vuelve depen-
diente de la opinión ajena.
Si reconoce en usted mismo esta tendencia a buscar la
aprobación de otras personas, es probable que su neu-
rótico interno esté confundiendo ser aprobado con ser
querido o aceptado por los demás. La realidad es que
las personas suelen desaprobarse mutuamente con
mucha frecuencia sin terminar por eso las relaciones.
Piense si usted mismo está de acuerdo con todo lo que
piensan o hacen sus familiares y amigos. Seguramente
no, y no por ello deja de apreciarlos o de relacionarse
con ellos. En otros casos, el sector irracional cree que
si los demás no comparten su curso de acción segu-
ramente están en lo cierto y él se equivoca. La obser-
vación objetiva muestra que en general es difícil esta-
blecer quién tiene razón. Los asuntos humanos son lo
suficientemente complejos como para saber cuál es el
mejor camino.
Aplicado a la relación que usted mantiene con su parte
obsesiva, resulta claro que no necesita contar con su
aprobación. Por sus características rígidas e irraciona-
les, es inevitable que discrepe con usted e insista -por
ejemplo- en que puede estar contaminado o tener una
seria enfermedad, o bien que las tragedias que antici-
pa son muy probables. Usted tendrá que contar con
esta discrepancia. Si va a actuar siguiendo su criterio
lógico, deberá tolerar la desaprobación de su parte
obsesiva.
TENEMOS DERECHO A NO DAR DEMASIADAS EXPLI-
CACIONES PARA JUSTIFICAR NUESTRO COMPORTA-
MIENTO. La palabra clave en este caso es «demasia-
das». En muchos casos es adecuado dar alguna expli-
cación sobre los motivos de una decisión personal. Po-
208
demos comentar a un ser querido o a un amigo cer-
cano por qué decidimos cambiar de trabajo, contraer
matrimonio, mudarnos o cualquier otro curso de ac-
ción que hayamos elegido, para informarle o compartir
con él los motivos que nos llevaron a actuar así. Sin
embargo, cuando nuestro propósito no es sólo infor-
mar al otro de nuestras razones sino convencerlo de
que las mismas son acertadas, estamos dando dema-
siadas explicaciones. Recuerde que usted no necesita
que el otro esté de acuerdo. No le está pidiendo per-
miso. Si la otra persona no comparte su punto de vis-
ta, usted puede aceptar simplemente que piensa dife-
rente. Como hemos visto, es normal que las personas
tengan distintas visiones sobre los mismos temas, de
modo que no es necesario llegar siempre a un acuer-
do. Si usted se empeña en persuadir al otro de que su
decisión es correcta, le está otorgando un poder inne-
cesario sobre su conducta. Usted asume que debe se-
guir argumentando hasta que su interlocutor le diga
«tenés razón». Psicológicamente, esto verticaliza la
relación, porque quien da las explicaciones está por
debajo de quien las pide y decide si son razonables o
no.
El obsesivo interior puede pedirle explicaciones con
objeto de manipularlo. Es como si le dijera: «si no me
convencés de que estoy equivocado, deberías hacer lo
que yo digo.» Es importante que recuerde este dere-
cho y no intente convencerlo, por ejemplo, de que es
suficiente un lavado normal de manos o revisar una
sola vez las puertas o los artefactos eléctricos. No se
embarque en largos análisis de estos u otros asuntos
con su parte obsesiva. Déjela que piense lo que quie-
ra.
209
TENEMOS DERECHO A ACTUAR SIN CONOCER DE AN-
TEMANO TODAS LAS CONSECUENCIAS DE NUESTROS
ACTOS (TENEMOS DERECHO A CORRER RIESGOS). De
hecho, no podemos hacer otra cosa. Ni siquiera al cru-
zar una calle tenemos la certeza absoluta de que no
seremos atropellados, y las probabilidades son aún
menores en decisiones de mayor importancia, como
comenzar (o terminar) una relación afectiva o un pro-
yecto comercial. Si pretendiéramos tener el 100% de
certeza de que tales iniciativas serán exitosas, difícil-
mente emprenderíamos cualquier acción. En ocasiones
pretenden manipularnos asumiendo que deberíamos
«estar seguros» antes de tomar una decisión: «¿Estás
seguro de lo que vas a hacer?» Si olvidamos este de-
recho, es posible que intentemos demostrar que efec-
tivamente estamos haciendo lo correcto. Pero ya he-
mos mordido el anzuelo, porque siempre hay impon-
derables y sucesos imprevistos que impiden tener la
certeza total. Si en cambio asumimos que no estamos
totalmente seguros, pero que dentro de las opciones
disponibles esta es la que nos parece más adecuada y
aceptamos el riesgo de equivocarnos, nuestra posición
será menos vulnerable. El obsesivo interior, particu-
larmente, suele manipularlo de ese modo, exigiéndole
certezas en aquellos temas que le resultan sensibles:
«¿Estás absolutamente seguro de que no tenés SI-
DA?» Acepte que no está totalmente seguro, pero que
el grado de seguridad que ya tiene le resulta suficiente
y elige no repetir el examen.
TENEMOS DERECHO A DECIR QUE NO. Para complacer
un pedido se requieren al menos dos factores: que
aquello que le piden esté a su alcance y que usted
tenga deseos de hacerlo. No es suficiente con poder
hacerlo, también debe querer llevarlo a cabo. Asistir a
210
una fiesta, salir de compras o ir al cine, por ejemplo,
son propuestas razonables y tal vez estén a su alcan-
ce, pero usted puede tener o no deseos de realizar
esas actividades. Es probable que a veces se sienta
dispuesto y a veces no. Otros pedidos como prestar el
auto, aprender un idioma o concurrir a un oficio reli-
gioso también pueden ser razonables, pero usted sim-
plemente no se siente inclinado a complacerlos. La
idea central es que sus deseos, gustos y preferencias
son válidos a la hora de aceptar o no una propuesta.
No necesita poner pretextos o argumentar que no
puede o no tiene tiempo. Tales excusas pueden ser
cuestionadas, y usted se vería obligado a hacer lo que
no desea. Es preferible ser honesto y asumir que en
esa ocasión prefiere, por ejemplo, quedarse en su casa
o irse a dormir, o incluso que no se siente afín a parti-
cipar de ciertas actividades. Usted puede elegir, natu-
ralmente, aceptar una invitación, visitar a un enfermo
o acompañar a un amigo que le pide ayuda aunque
prefiera hacer otra cosa, pero en estos casos elige ha-
cerlo por motivos que considera válidos, no por miedo
a decir que no.
Recuerde este derecho, porque es posible que intenten
manipularlo preguntándole por qué no quiere hacer lo
que le piden, implicando que usted debería tener un
motivo práctico para negarse, o sugiriendo que si el
pedido es razonable debería complacerlo. Al lidiar con
su parte obsesiva, muchas veces deberá decir que
«no» simplemente porque no desea cumplir con un
ritual, sin necesidad de invocar razones prácticas para
negarse.
211
Apéndice III
Cómo responder a las críticas y
presiones
El aprendizaje asertivo es un procedimiento muy utili-
zado en terapia conductual con objeto de ayudar al
consultante a relacionarse con sus semejantes con
seguridad, firmeza, cordialidad y respeto. En el Apén-
dice II mencionamos algunos de los derechos que
conviene tener presentes para cultivar ese tipo de
conducta social. Otra herramienta de la terapia aserti-
va consiste en incorporar estrategias para hacer frente
a las críticas y manipulación de otras personas. En el
capítulo dedicado al manejo de las obsesiones y ritua-
les18 proponemos emplear las mismas técnicas para
responder a las presiones del sector obsesivo y su in-
sistencia en que actuemos de manera absurda. Con
esa finalidad, resumimos a continuación un artículo
que hemos publicado en un libro anterior19, el cual
describe precisamente las técnicas verbales para hacer
frente a las críticas y presiones de otras personas. En
este apéndice le hemos agregado algunos comentarios
para responder al obsesivo que llevamos dentro.
Cuando somos objeto de reproches injustos o malin-
tencionados, quisiéramos que las críticas nos resbala-
ran sin alterarnos demasiado. Sin embargo, la fría in-
diferencia no es la reacción más común ante las mues-
18 Cap. 1: «El obsesivo que llevamos dentro»
19 «Pasiones y pecados del diario vivir»
212
tras de desaprobación. Cuando alguien cuestiona
nuestra conducta o pone en tela de juicio nuestras
ideas, se enciende una alarma en nuestro interior.
Casi sin pensarlo, adoptamos una postura defensiva y
negamos la crítica -«no es verdad...»-, justificamos
nuestra conducta -«no tuve más remedio...»- o pa-
samos directamente al ataque: «¿y vos qué ha-
blás...?»
Esta reacción, sin embargo, no suele conseguir su
propósito: por mejores que sean nuestros argumentos
es obvio que nos estamos defendiendo, y muchas ve-
ces el crítico toma esto como la confirmación de que
su afirmación dio en el blanco, sobre todo si nuestra
respuesta es vehemente y apasionada. Por otra parte,
la defensa no consigue poner fin a las acusaciones:
por el contrario, quien ha formulado la crítica suele
insistir en su planteo, reforzándolo a veces con nuevos
reproches. Al iniciar una discusión para demostrarle
que está equivocado, le obligamos a respaldar su opi-
nión con nuevos argumentos y prolongamos de ese
modo una conversación sobre nuestros errores o de-
fectos, tema poco atractivo si los hay.
Por ese motivo, los expertos en comunicación han in-
sistido en que no es conveniente negar de plano las
críticas ni justificar de inmediato la propia conducta. El
lector puede preguntarse entonces qué camino le que-
da. Si no puede defenderse, ¿debe acaso aceptar re-
proches y acusaciones que no comparte? Tampoco
parece ser esta una alternativa decorosa. Lo ideal se-
ría responder de forma neutra, sin defenderse inme-
diatamente, pero sin aceptar una crítica que no com-
parte. Las respuestas siguientes contemplan dichos
requisitos y brindan algunas ventajas adicionales.
213
Cuando el reproche ha sido formulado en términos
vagos o generales, es útil pedir detalles o ejemplos
concretos antes de responder: «¿en qué situaciones
te parece que me comporto en forma egoísta?» «¿Qué
hago exactamente para que sientas que no te respe-
to?» Al pedir más datos estamos demostrando que nos
interesa la opinión de la otra persona y que podemos
escuchar sus objeciones sin alterarnos demasiado. Es-
te enfoque neutral -no estamos negando ni admitien-
do la crítica- tiende a diluir el clima de beligerancia y
propicia un diálogo objetivo orientado a examinar los
hechos.
Los ejemplos concretos tienen otras ventajas: trans-
forman las etiquetas globales del tipo «sos un mal pa-
dre» en señalamientos específicos tales como «los fi-
nes de semana te quedás durmiendo en lugar de llevar
a los chicos al parque». Esto último, naturalmente, es
más fácil de aceptar y puede llevarnos incluso a modi-
ficar nuestros hábitos. De hecho, pedir detalles nos
permite a veces recoger una valiosa información sobre
nuestra conducta, la cual nunca habríamos obtenido si
nos hubiéramos empeñado en defender nuestro ego y
en demostrar lo injusto del reproche.
Por último, al solicitar ejemplos concretos obligamos a
quien nos critica a ser más preciso. Si el reproche fue
desmedido o exagerado, y sobre todo si carece de
fundamento, el crítico tendrá dificultades para presen-
tar hechos concretos. En ese caso, lo inapropiado de
su planteo quedará en evidencia. En todo caso, al soli-
citar ejemplos estamos obligando al otro a dar explica-
ciones en lugar de tener que brindarlas nosotros. Pero
más allá de esta utilidad, la técnica debe emplearse
con un auténtico interés por recoger información y no
en un tono de desafío, como si dijéramos: «¿a qué no
214
encontrás un ejemplo válido?» La técnica de pedir
ejemplos favorece la comunicación, y es útil siempre
que deseamos mantener el diálogo con nuestro inter-
locutor. En el caso de las obsesiones y rituales, el pro-
pósito es cortar el diálogo con la parte obsesiva, por lo
cual esta técnica no es la más empleada.
Otro procedimiento para hacer frente a los reproches
consiste en admitir algo de lo que nos han señalado,
en particular la parte del planteo que resulta compar-
tible. Si el cuestionamiento es válido en su totalidad,
podemos reconocer con naturalidad nuestro error sin
poner pretextos que den lugar a una discusión. Una
vez que hemos aceptado la equivocación, es difícil que
el crítico continúe insistiendo en su acusación: ya le
hemos dicho que tiene razón, de modo que podemos
pasar a otro tema. Normalmente, los supuestos erro-
res que nos señala la parte obsesiva son altamente
improbables o descabellados, de modo que no parece
razonable admitir totalmente sus planteos.
En otros casos tendremos que limitarnos a coincidir
con parte de lo que sostiene nuestro interlocutor, ex-
presando luego nuestra opinión sobre el problema.
Casi siempre es posible aceptar algo de lo que ha di-
cho la otra persona, al menos la posibilidad de que
tenga razón: «es cierto que estoy corriendo un riesgo
y que tal vez me equivoque al cambiar de empleo, pe-
ro creo que vale la pena hacer el intento». Más bre-
vemente, la respuesta «puede ser» acepta sólo la po-
sibilidad de que los riesgos señalados puedan ocurrir,
evitando también entrar en una discusión al respecto.
En otros casos, se puede aceptar el principio general
implícito en el reproche: «es verdad, si no estudio lo
suficiente puedo perder el examen» sin pronunciarse
sobre el propio caso. Incluso cuando el reproche es
215
muy agresivo y se transforma en un insulto, es posible
reconocer sencillamente que el otro piensa de ese mo-
do cuando no deseamos entrar en polémicas con él:
«si, ya veo que para vos soy falso y deshonesto». Ad-
mitir sólo parte del mensaje es una respuesta breve
que no dice mucho y tiende a cortar el diálogo, por lo
cual es apropiada para responder a la parte obsesiva.
Finalmente, podemos brindar nuestra propia opinión
sobre aquellos puntos que no compartimos, o -como
en el ejemplo anterior- comunicar sencillamente nues-
tra decisión: «... de todas maneras prefiero cambiar
de empleo». En esta etapa nos limitamos a trasmitir
nuestra forma de pensar sin discutir los argumentos
del crítico, sino como una preferencia o una opinión
personal. Si quien nos cuestiona insiste en que actue-
mos de otro modo, diciendo por ejemplo: «creo que te
estás equivocando y te vas a arrepentir...», podemos
repetir una y otra vez nuestra decisión como un «disco
rayado»: «entiendo, pero de todos modos prefiero
cambiar de empleo». Esto evita embarcarnos en un
análisis que no deseamos y nos permite limitarnos a
expresar nuestra preferencia, se comparta o no. Esta
técnica también es útil para responder a nuestra parte
obsesiva para evitar debatir con ella y enroscarnos en
un examen prolongado de nuestras decisiones. En sín-
tesis, las técnicas que se limitan a coincidir con parte
del planteo sin pronunciarse sobre el resto del mensa-
je y la expresión reiterada de nuestra posición sin pro-
curar convencer al otro resultan útiles para lidiar con
el obsesivo interior.
216
217
Bibliografía
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Tolle, Echkart. El poder del ahora, Editotial Norma S. A., Bogotá,
Colombia, 2008.
218
219
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LAS CAUSAS
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Este manual presenta en forma didáctica los principios básicos del
comportamiento, incluyendo preguntas, ejemplos y ejercicios para
guiar al lector. Utilizando un lenguaje claro y comprensible, el autor
explica cómo se desarrollan nuestros hábitos de conducta, estilos de
pensamiento y respuestas emocionales, y cómo se aplican los
mismos principios para modificar el comportamiento. Aunque se
dirige principalmente a psicólogos, psiquiatras, educadores y
estudiantes de esas disciplinas, resulta muy apropiado para el
público en general interesado en obtener una información
actualizada y de «primera mano» sobre la psicología conductista.
60 MENTIRAS
QUE NOS COMPLICAN LA VIDA
Cómo descubrir y modificar las creencias erróneas que
producen depresión, timidez, hostilidad y otras molestias
Con un lenguaje claro y directo, el Dr. Chertok explica «el A-B-C de la
perturbación emocional»: cómo generamos nuestro propio malestar al
asumir inadvertidamente distintas creencias irracionales. El texto nos
conduce paso a paso, primero a identificar las creencias erróneas y
luego a reconocer cómo nos engañamos a nosotros mismos.
También nos brinda instrumentos para cambiar nuestros diálogos
internos y modificar hábitos perjudiciales como la indecisión, la
tendencia a discutir y la preocupación obsesiva.
222
LA LOCURA DE LOS NORMALES
¿Constituyen los celos una prueba de amor?
¿Cuál es la causa de la infidelidad?
¿Cómo se explica la seducción?
¿Son normales los sueños y fantasías?
¿Cómo responder a las críticas y reproches?
¿Por qué postergamos indefinidamente nuestras tareas?
Estos son algunos de los temas que el Dr. Alberto Chertok encara
en forma incisiva a lo largo de esta obra. A partir de un interesante
formulario de autodescripción, con trece rasgos de personalidad, el
lector puede identificar sus propias actitudes generadoras de
conflictos y sus conductas de dudosa normalidad. La mentira, la
envidia, la falta de motivación y las disfunciones sexuales, entre
otros, son puestos al descubierto y analizados con precisión. Una
lectura amena, instructiva y reveladora, que brinda al lector una
explicación psicológica de sus propias debilidades y valiosas
sugerencias para su crecimiento personal.
LA ESTRATEGIA DEL AMOR
Consejo y orientación psicológica a una pareja
sesión por sesión
Cada vez son más numerosas las parejas que buscan en una
terapia la solución para sus conflictos. Pero, ¿qué ocurre
exactamente en el consultorio del terapeuta? En esta novela
didáctica y reveladora, el autor nos invita a seguir paso a paso el
tratamiento de un matrimonio. A través del diálogo entre el psiquiatra
y sus pacientes, el lector aprende la clave de la motivación humana
y las reglas de una buena comunicación. A lo largo de las sesiones
se abordan problemas de convivencia, incidentes cotidianos y
dificultades sexuales, y se describen técnicas apropiadas para
formular pedidos, responder a las críticas y alcanzar acuerdos.
223
DEJE DE PELEARSE CON EL MUNDO
Relatos que ofrecen claves para vivir con sabiduría
Versión digital
¿A quién no le gusta que le cuenten una fábula? Las metáforas
resultan atractivas para el oyente, despiertan su interés y le permiten
examinar sus actitudes en forma amena y distendida. Los relatos que
se ofrece en este libro atrapan al lector y le permiten desarrollar
nuevas estrategias para alcanzar sus metas y hacer frente a sus
dificultades. El genio de la radio, la fantasía del bolillero, el grupo de
quejosos, la sociedad de los justos y la metáfora del hipnotizador son
algunos de los cuentos que le ayudarán a descubrir con humor sus
propios errores y a cultivar expectativas más realistas.
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224
Empleando un lenguaje claro y comprensible, el Dr.
Chertok nos muestra cómo reconocer al personaje
neurótico que habita en nuestro interior y tomar dis-
tancia de su discurso destructivo, reemplazándolo por
un enfoque racional y sensato de los problemas coti-
dianos. El autor nos brinda herramientas novedosas
para controlar emociones y conductas inadecuadas
como las obsesiones y rituales, el resentimiento pro-
longado, la tendencia a discutir y la dificultad para
formar pareja, ofreciendo una descripción detallada de
las técnicas que propone para hacer frente a tales per-
turbaciones. Una obra original y reveladora, dirigida
tanto al público en general como a pacientes en tera-
pia, quienes encontrarán sugerencias concretas para
cultivar un pensamiento realista y tomar el control de
su propia conducta. «El neurótico que llevamos den-
tro» es también de gran valor para terapeutas intere-
sados en conocer técnicas originales de modificación
conductual y ofrecerlas como lectura complementaria
a sus pacientes.
El Dr. Alberto Chertok desarrolla su actividad como psiquia-
tra y psicoterapeuta en la ciudad de Montevideo, donde dirige
el Centro de Terapia Conductual. Se desempeñó durante mu-
chos años como docente de la Facultad de Psicología de la
Universidad de la República, ex Asistente titular de Clínica
Psiquiátrica de la Facultad de Medicina y Presidente Honorífico
de la Sociedad Uruguaya de Análisis y Modificación de la Con-
ducta (SUAMOC). Complementando su vasta labor docente
publicó el primer libro uruguayo sobre psicología conductista
(1988) reeditado actualmente como «Las Causas de Nuestra
Conducta». Posteriormente publicó «60 mentiras que nos
complican la vida» (1992), «La Estrategia del Amor» (1995),
«Pasiones y pecados del diario vivir» (2002) reeditado en
versión ampliada como «La locura de los normales» (2015),
«El neurótico que llevamos dentro» (2013) y «Cuentos que
iluminan el camino» (2014).
225