TENTADOS POR EL DESTINO
Keily Fox
© Keily Fox, 2020
Todos los derechos reservados.
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Para Luna y Sergio, una vez más.
Que algún día tendrán edad suficiente
para disfrutar de esta novela…
Capítulo 1
Las calles de Santa Carla estaban atestadas de gente al caer la tarde.
Hasta hacía apenas una hora parecía una ciudad fantasma, debido al intenso
calor que amenazaba con derretir como mantequilla a cualquiera que osara
alejarse del aire acondicionado. Pero el sol al fin había caído. Ahora una
suave brisa mecía las hojas de los árboles y nadie quería perdérselo.
James Novak salió del enorme edificio de oficinas e inspiró
profundamente para llenar sus pulmones de aire limpio. Llevaba más de
doce horas encerrado a cal y canto en su despacho, y necesitaba con
urgencia un respiro. Consultó su reloj, sopesando la posibilidad de pasar por
casa a darse una ducha que aliviara la tensión del largo día, pero se
sorprendió al comprobar que era mucho más tarde de lo que creía.
Caminó los pocos metros que lo separaban de su moto custom, y se
demoró unos segundos para hacer algunos estiramientos antes de subirse a
ella. Necesitaba desconectar del trabajo por unas horas, y nada mejor que
una tarde noche de risas en compañía de buenos amigos para conseguirlo.
Aunque una bonita pelirroja pasó ante él, recordándole que quizá le sobrara
algo de tiempo para… otros menesteres.
«Sí, sin duda, seguro que tengo un hueco», pensó, mirando de arriba
abajo a la pelirroja y lanzándole una de sus seductoras sonrisas.
El efecto devastador de esa sonrisa no se hizo esperar. La chica se puso
tan nerviosa que tropezó y casi cayó, alejándose después a toda prisa,
avergonzada.
«Demasiado impresionable», rio divertido, mientras arrancaba la moto.
Estaba acostumbrado a que las mujeres reaccionaran de cualquier
ilógica manera al verlo. Hacía mucho tiempo que había dejado de
sorprenderse. Y es que atractivo no llegaba ni de lejos a describir su aspecto
demoledor. Las mujeres lo encontraban irresistible, con aquel aire de
rockero indomable que parecía volverlas locas a todas. Y él era plenamente
consciente de su encanto, lo había descubierto siendo muy joven. Carisma,
magnetismo…, lo llamaras como lo llamases, lo tenía a raudales. Las
mujeres solían sentirse fascinadas por él y deseaban que se las llevase a la
cama. No es que él mismo se creyera irresistible, jamás había pensado que
lo fuera, pero hacía mucho tiempo que había asumido el efecto que parecía
tener sobre el género femenino y lo había aceptado con agrado. Sus
increíbles ojos verdes contrastaban con el color tan negro de su cabello, que
solía llevar más largo de lo normal. Sus facciones, muy masculinas, estaban
bien marcadas: pómulos prominentes, labios gruesos… Un cuerpo de metro
ochenta y siete de piernas largas y cintura estrecha, donde no sobraba ni un
gramo de grasa. Su asombroso físico, unido a la seguridad que tenía en sí
mismo, parecía ser una combinación letal para cualquier mujer que posaba
los ojos sobre él. Solo tenía que mirarlas un par de veces, y caían rendidas
ante él sin remedio.
Sacó su moto de la acera y aceleró para perderse en la distancia,
mientras fingía no ver las miradas de adoración que siempre estaban
pendientes de cada uno de sus movimientos.
Tan solo diez minutos después se detuvo a la puerta del Oasis Rock y
aparcó la moto junto a la de Rob, que ya debía de estar dentro.
Entró en el local con paso firme y localizó a su amigo a un lado de la
barra; donde charlaba con Boss, el camarero, al que todos llamaban así por
el gran parecido que tenía con el cantante Bruce Springsteen.
—Si ya van apareciendo —bromeó Rob.
—¿Llevas mucho aquí?
—El tiempo suficiente como para escuchar los tres chistes más malos
que he oído en mucho tiempo —casi gritó para que la frase llegara a oídos
de Boss, que dos metros más allá sacaba una cerveza de la cámara para el
recién llegado.
—Pues no es fácil. —Rio James—. Desde los tomates en la nevera
tiene el listón bastante bajo.
—Sigo pensando que es vuestro sentido del humor el que falla —se
defendió el camarero—. El vuestro y el del noventa y nueve por ciento de la
gente. ¡Qué raros sois todos!
Los tres rieron divertidos.
—¡Ese si ha sido muy bueno!
—Sí, será mejor que me vaya dejando el pabellón en alto. —Sonriendo,
se alejó para seguir atendiendo.
En lugar de sentarse, James apartó la silla que había frente a él a un
lado y se apoyó en la barra.
—Doce horas sentado es mi tope.
—¿Y has sacado algo en claro? —se interesó Rob.
—Que están empeñados en montar un negocio para el que no les salen
los números —admitió James con cierto pesar.
—Tú franquicia es cara, igual deberían montar otra cosa.
—Lo sé, pero son unos enamorados de las motos —le contó—. Y les
encanta el modelo de negocio de Customsa. Están obsesionados con que
apruebe el proyecto a toda costa. Me da pena cerrarles las puertas, Rob —
reconoció—. Si Sam no hubiera creído en mi cuando yo mismo le vendí la
idea para financiar Customsa, hoy seguiría solo en mi cabeza. Pero no
puedo concederles una franquicia que se ve de lejos que no podrán sostener.
A la vuelta de un año se habrá convertido en su peor pesadilla.
—Pues no le des más vueltas —le aconsejó Rob—. Tú has hecho todo
lo posible, quédate con eso.
Y Rob estaba convencido de que así había sido. James era el mayor
genio para los números que había conocido jamás. Si él no había
encontrado un camino viable, es que no lo había.
—Tienes razón, y yo he venido con toda la intención de distraerme un
rato —aceptó—. Por cierto, siento haberme saltado la comida y nuestra
sesión de natación.
—No te preocupes. Yo tampoco he ido a nadar. He aprovechado para
echarme un rato la siesta —dijo Rob sonriendo—. Igual lo cojo por norma y
no como más contigo.
James sonrió sin darle ni un poquito de crédito a aquella afirmación.
Hacía más de diez años que comían juntos siempre que el trabajo se lo
permitía a ambos; y un par de años que intentaban ir a nadar al menos dos
días por semana, aprovechando la sobremesa.
—Las horas de sueño están sobrevaloradas, Rob.
—Dijo el vampiro Lestat. Pero el resto de los humanos necesitamos
dormir de vez en cuando.
Una carcajada escapó de labios de James, que estaba acostumbrado a
que su amigo le reprendiera por aquello. Para Rob, un acérrimo de la
meditación y firme defensor del equilibrio entre el cuerpo y la mente,
resultaba casi un sacrilegio que su amigo no se tomara jamás ni un solo
instante para relajarse.
—Igual necesito una puesta a punto un día de estos —reconoció James
—. Empiezan a dolerme músculos que no sabía ni que estuvieran ahí.
—En cuanto que me digas, te reservo un par de horas.
—¿Dos horas? ¡Ni que me fueras a embalsamar! —protestó—. Conque
me crujas un poco los huesos y me pongas la maquina esa de los calambres
un rato, ya me doy por satisfecho. De cristalitos de colores y movidas
energéticas de esas, me dejas… No te ofendas.
Rob sonrió con sinceridad. Ofenderse a aquellas alturas hubiera estado
fuera de lugar. Después de treinta años de amistad, y tras haber compartido
un sinfín tanto de buenos como de malos momentos, se conocían y
respetaban como verdaderos hermanos. En algunos aspectos eran muy
diferentes, sobre todo en lo relacionado con la parte espiritual, pero en otras
cosas les unía una afinidad que iba mucho más allá de una simple amistad.
Una conexión especial, por la cual ambos parecían saber en cada momento
lo que pasaba por la cabeza del otro.
—¡Sin movidas energéticas de esas! —Levantó Rob su mano derecha
en señal de promesa. Hace unos años le hubiera dado toda una charla acerca
de los beneficios y lo necesario de aquellas terapias, pero a aquellas alturas
ya tenía asumido que predicar en el desierto era un gasto absurdo e
innecesario de su propia energía. Aun así, sabía que su amigo respetaba su
trabajo, y que cuándo pasara por la clínica probaría cualquier terapia
alternativa que Rob o Pat quisieran sugerir, aunque fuera protestando.
Todavía le arrancaba una sonrisa recordar los años en los que comenzó a
estudiar osteopatía, junto con diversas terapias más, y cómo había probado
cada técnica con James que, resignado, se prestaba voluntario, y a veces no
tan voluntario, para que él pudiera poner en práctica lo aprendido; lo cual
no siempre era agradable… ni seguro.
—¡Qué bonito es el verano! —bromeó James mirando con descaro a
dos chicas, muy ligeritas de ropa, que acababan de entrar en el bar—. ¿Te
he dicho alguna vez que es mi estación del año favorita?
—Cada verano durante los últimos… ¿veinte años? —dijo Rob sin
exagerar.
—¿Tantos? Igual deberíamos hacer una cura de desintoxicación el uno
del otro.
—Nosotros somos un caso perdido, ¿para qué nos vamos a molestar?
—Pues también es verdad.
—Pero ya que hablamos de casos perdidos… —Aprovechó Rob—.
Daisy se ha presentado esta mañana en la clínica.
—¡Mierda! —fue lo primero que salió de labios de James—. Casi
puedo imaginarme para qué. Es como una pesadilla.
—No sé por qué, pero creyó que entre Pat y yo podíamos convencerte
de que le dieras una oportunidad.
El gesto de desagrado de James no dejaba lugar a dudas de lo que
pensaba al respecto. Daisy llevaba acosándolo más tiempo de lo que solía
ser habitual en sus conquistas. Y algunas eran muy insistentes.
—¿Y qué le has dicho?
—Lo normal. Que eres un cabrón insensible incapaz de tomarte en
serio a nada que lleve faldas.
James sonrió divertido.
—Estoy seguro de que eso ha sido lo que has pensado, pero le has
dicho…
—Que eres un tío estupendo, pero que tienes la mala costumbre de
pasar de los consejos de los amigos.
—¿Y la defensora de causas perdidas no ha dicho nada? —siguió
preguntando James—. Es por saber si me va a caer una charla en cuanto
aparezca por la puerta.
Rob no tuvo necesidad de preguntar de quién hablaba. Sabía que se
estaba refiriendo a Pat, que no tardaría en llegar.
—Ya sabes que Daisy no le cae demasiado bien. Se ha limitado a
decirle que para pedir milagros le rezara a alguna virgen.
Ambos rieron por unos segundos. James estaba seguro de que su amigo
no mentía. Sabía que Pat era capaz de dar una respuesta como aquella.
Rob se puso serio de nuevo y decidió ser él quien aquella vez hiciera de
poli malo, se lo había prometido a Pat.
—Ha sido desagradable, James. —Sonrió para suavizar la crítica—.
¿Sería posible que evitaras que tus ligues sigan apareciendo por allí?
—No es algo que esté en mi mano —se defendió—. Hace más de un
mes que estuve con Daisy. Y fui igual de claro que con todas: una sola
noche, sin recriminaciones. No entiendo que insista en perseguirme. ¡A
veces las mujeres son demasiado tercas!
—Pues, una de dos, o aprendes a inmunizarlas contra el efecto James o
vete pensando en probar la monogamia.
James se atragantó con la cerveza.
—¡Eh! ¿Por qué le deseas algo así a tu mejor amigo? ¿Te has vuelto
loco? ¿Qué te he hecho yo?
Rob no pudo evitar reír. Habían tenido muchas veces aquella misma
conversación, pero aún seguía haciéndole gracia la expresión de
incredulidad que cruzaba el rostro de James al escuchar la palabra
monogamia.
—En algún momento tendrás que pensar en sentar la cabeza.
—Definitivamente te has vuelto loco.
—Todavía confío en que un día te enamores y cambies de opinión.
—¿Enamorarme? —dijo con una amplia sonrisa que terminó en una
sonora carcajada.
—Tú verás, pero es muy posible que cuándo tengas sesenta años y estés
viejo y solo, cambies de opinión.
—Pero ¿a ti que te ha dado hoy? Si llego a saber que era día de
discursito, hubiera hecho tiempo en la puerta.
—No me gustaría que terminaras viejo, solo y amargado.
James lo miró con una expresión entre divertida e incrédula. Rob no
tuvo más remedio que rectificarse él mismo y agregó sonriendo:
—Me he puesto muy serio, ¿no? —James asintió divertido—. Bueno,
yo te lo he advertido. Tú verás lo que haces, mientras tanto, mantén lejos a
tus desesperadas amiguitas y no tendremos que volver a tocar este tema.
—¿Supongo que este repentino ataque en defensa de la monogamia no
tiene nada que ver con cierta rubia que te tiene sorbido el cerebro? —Rob
desvió la mirada, avergonzado—. Hazte un favor y habla con ella de una
vez, que llevas dos meses con el mismo rollo.
Rob sonrió con cierta ansiedad. Jamás había tenido el más mínimo
problema para relacionarse con el sexo opuesto. Guapo, rubio y de ojos
muy azules, podría haber sido el mes de julio de cualquier calendario de
bomberos. Nunca había sido tímido, y estaba acostumbrado a ir siempre
directo a lo que quería, pero en aquella ocasión era diferente. La chica en
cuestión le gustaba mucho. Hacía varios meses que frecuentaba el Oasis,
siempre en compañía de algunas amigas, y hasta ahora nunca se había
decidido a acercarse a ella.
Dannie entró en el bar en aquel momento y se acercó a ellos, sonriente.
En décimas de segundo, Boss puso una cerveza ante él.
—Eso es eficiencia, si señor —bromeó, luego se dirigió a sus amigos
—. Y vosotros, ¿qué? ¿Alguna conversación transcendental a la que pueda
unirme?
—Pues sí, fíjate.
—¡No jodas! Pues no contéis conmigo.
Todos rieron de nuevo. Dannie se puso serio al comprobar la expresión
abatida de Rob.
—¿Qué pasa?
James se lo contó gustoso.
—Hablábamos de cierta chica, que tiene a cierto tipo babeando por los
pasillos.
—¡Eh! —protestó Rob—. Que yo no…
—Ni te molestes en negarlo —intervino Dannie, sonriente, dándole una
palmadita en la espalda—, porque no va a servirte de mucho. No te
entiendo, Rob, si te gusta tanto ¿a qué estás esperando?
—No he encontrado el momento. —Recibió tal mirada de incredulidad
por parte de ambos que tuvo que tuvo que añadir—: Vale, estoy acojonado,
¿contentos?
Ya está. Por fin lo había dicho. Durante dos meses había estado
poniendo excusas absurdas y tratando de negarse a sí mismo la evidencia,
pero ya no podía seguir eludiendo aquel asunto.
—¡No me miréis así! —protestó.
—Eso es lo más asombroso que has dicho en mucho tiempo —dijo
James, cruzando una mirada curiosa y divertida con Dannie, pero tuvieron
que ponerse serios al ver su expresión abatida.
—¿Estás hablando en serio?
No necesitaron esperar una respuesta, no había duda de que Rob no
estaba bromeando.
—Y ¿a qué le tienes miedo? —preguntó Dannie, confuso—. Si ella te
gusta tanto, ¿dónde está el problema?
Rob pensó con detenimiento sus palabras unos segundos. No era fácil
de explicar.
—Es una sensación muy rara —confesó—. Es como… si estuviera
seguro de que es la mujer que he estado tanto tiempo esperando, mi otra
mitad. En realidad, no espero que lo entendáis. He debido aguardar a que
Nick y Pat llegaran, son los que mejor pueden entenderme.
Nick salía con Pat desde hacía siete años, y ambos estaban completa y
locamente enamorados. Rob dudaba de que James o Dannie pudieran
comprender. James no creía en el amor de pareja, y Dannie era un espíritu
libre con una mala experiencia a sus espaldas.
James lo miraba perplejo.
—Así que tu otra mitad.
—Sí, y gracias por el esfuerzo que estáis haciendo para no reíros —dijo
—. Sobre todo tú, James, que te conozco.
—¿Por qué voy a reírme? Quizá me cueste un poco entenderlo. —
Sonrió ante la mirada incrédula de su amigo—. Vale, me cuesta bastante,
pero si es importante para ti…
—¡Yo sigo sin entender dónde está el problema! —intervino Dannie,
confuso.
Ambos esperaron en silencio una respuesta.
—El problema está en si me dice que no. Mientras que no hable con
ella tengo esperanzas.
James y Dannie cruzaron una mirada de absoluto estupor.
—¿Por qué va a decirte que no?
—¿Por qué tendría que decir que sí?
—¡Me rindo! Dannie, inténtalo tú, a ver si tienes más suerte —protestó
James, y, dándose por vencido, barrió el local con la mirada.
La chica de la que estaban hablando entró en el pub en aquel justo
momento, sola en aquella ocasión. Rob estaba de espaldas a la puerta y aún
no la había visto. James miró a su amigo con una pícara sonrisa.
—Rob, ponte de pie un segundo —le pidió—. ¡Venga, levántate!
El rubio suspiró resignado. Sin perder la sonrisa, intentó imaginar que
nueva y absurda idea se le había ocurrido en aquella ocasión. Suponía que
sería algún tipo de broma, pero a pesar de eso se puso en pie.
—Ya me lo agradecerás en algún momento —le dijo con un halo de
misterio—. A esto creo que se le llama terapia de choque.
Esperó unas décimas de segundo, midió el momento exacto en que la
chica pasó tras ellos y empujó a Rob con suavidad hacia atrás, provocando
que chocara contra ella.
James y Dannie jugaban al billar entre risas, sin poder evitar mirar
hacia la barra de vez en cuando. Tras el choque provocado, Rob había
reaccionado ofreciéndose a compensarle el pisotón a la chica invitándola a
tomar algo. Ella había aceptado, feliz de la vida.
—¡Es increíble! —comentó James, echando una divertida mirada hacia
la barra—. Se las ha ligado de tres en tres y ahora es incapaz de acercarse a
una sola.
Dannie rio mientras sacaba las bolas y las preparaba dentro del
triángulo para comenzar otra partida.
—¿Eres consciente de que todavía puede querer darte un puñetazo por
lo que acabas de hacerle?
—Si ha servido para algo… No parece que le esté yendo mal.
—Sí, es muy posible que dentro de poco Pat tenga una nueva amiguita,
va a hacerle mucha ilusión —bromeó Dannie, haciendo su primer tiro.
—Esperemos que sea maja.
—Mientras que le haga feliz…
—Joder, ¡qué profundos venís todos hoy! —protestó James, pegando
un fuerte trallazo y metiendo dos bolas en el proceso—. ¿Estáis seguros de
que Boss no ha puesto alguna sustancia rara en la cerveza?
Y miró receloso dentro de su bebida.
—A lo mejor estoy a tiempo de salvarme —insistió.
Ambos miraron a Rob de nuevo y sonrieron al escucharlo reír a
carcajadas por algo que la chica había dicho.
—De momento parece que te va a perdonar la vida —le dijo Dannie,
divertido.
Pat y Nick llegaron hasta ellos justo en aquel instante. La pareja fue
recibida con un montón de protestas por la tardanza.
—Vale, hágase la paz, que estábamos enfrascados en una tarea muy
especial. —Se hizo Nick el interesante.
—¿La de procrear quizá?
—Eso es, haciendo un ensayo general sobre esa cuestión.
Rieron de nuevo. Todos excepto Pat, que le dio un fuerte codazo a su
novio en las costillas; lo que solo contribuyó a arrancar varias carcajadas
más.
—Menos coñas con mi vida sexual, ¿eh? —amenazó la chica
intentando no reírse; pero no lo consiguió.
—Ya en serio —intervino Nick de nuevo—. Venimos de la estación de
tren.
—¿Ibais a fugaros y os habéis arrepentido a tiempo?
—Venís muy payasos hoy, ¿no? —protestó Pat, fingiendo sentirse
horrorizada—. A todo esto, ¿y Rob?
James hizo un gesto divertido hacia la barra, donde se veía a la legua el
tonteo especial entre Rob y su rubia.
—¡Mierda! —protestó Pat provocando de nuevo la carcajada general
—. ¡Ya nos hemos perdido lo mejor!
Entre risas, Dannie les contó lo sucedido antes de que llegaran. Pat y
Nick no pudieron evitar reír a carcajadas, a pesar de que Pat parecía de
verdad apenada por habérselo perdido todo.
—Dos meses escuchándolo hablar de ella ocho horas al día, y voy y me
lo pierdo.
Entre risas, continuaron jugando al billar. Pat aprovechó para echarle a
James un pequeño rapapolvo referente a la visita de Daisy a la clínica.
—Ya he tenido suficiente con la charla de Rob. Mejor contadnos de una
vez a qué habéis ido a la estación.
—Si me escucharais alguna vez… —se quejó Pat—, lo sabríais ya.
—¿Perdona? —le dijo James aparentando estar distraído—. ¿Dijiste
algo?
—¡Qué payaso eres! —Rio la chica—. Mi prima, ¿recuerdas?
—Pero ¿tu prima no llega mañana? —preguntó, confuso—. Y, si mis
oídos no me engañaron las últimas treinta veces que lo has dicho, viene en
avión.
Pat sonrió sin ofenderse. Era consciente de que estaba tan emocionada
con la visita de Jennifer, que había estado un poco pesada en los últimos
días con su llegada.
—Su moto es la que ha llegado en el tren —aclaró Nick—. Aunque no
consiga el trabajo en el hospital, tiene pensado quedarse todo el verano. Así
que a última hora le ha surgido la oportunidad y ha metido la moto en un
tren de mercancías.
—¿En qué vuelo llega? —se interesó Dannie.
—En el de las diez.
—Mañana le pondréis cara por fin —dijo Pat—. Bueno, a la Jennifer
adulta al menos.
—Sí, esperemos que sea un poco menos repelente que hace veinte años.
—Recordó James sin dejar de sonreír.
Jennifer ya había hecho una visita a la ciudad cuando tenía siete años, y
James, con nueve, recordaba a la perfección aquel verano.
—Tú confórmate con que no sea rencorosa. —Rio Pat mirando a James
—. Le hiciste la vida imposible desde que se bajó del coche.
—¿Yo a ella? No es ese el recuerdo que tengo.
—Le diste la bienvenida metiéndole una lagartija por la camiseta.
—Sí, y tengo una ligera cojera desde entonces.
Pat rompió a reír recordando aquel momento. James había pasado una
semana entera con la diminuta puntera de la niña marcada en la espinilla,
maquinando mil y una maneras para fastidiarla.
—Reconoce que fuiste un niño insoportable durante todo el tiempo que
estuvo aquí —le recordó Pat—. Al cuarto día ya no os dirigía la palabra ni a
ti ni a Rob.
—Vale, quizá no estuve muy hospitalario —terminó reconociendo
James—. Pero le habrás dicho que ahora soy todo un encanto, ¿no? —le
dijo a Pat sin disimular una pícara sonrisa.
—¡Ni lo pienses! —amenazó la chica, apuntándole con el dedo—. Ni
se te ocurra acercarte a mi prima, playboy de pacotilla. No voy a permitir
que te la lleves a la cama y luego la dejes hecha polvo, como haces con
todas.
—¡Ehhh! —protestó el aludido, ofendido, pero arruinó el efecto al
añadir—: Déjame echarle un vistazo primero.
Todos estallaron en carcajadas. Todos excepto Pat, a la que de verdad le
preocupaba mucho que aquello ocurriera. Adoraba a James, y lo considera
el mejor amigo que alguien puede tener, pero como pareja dejaba mucho
que desear, y no estaba dispuesta a permitir que Jennifer lo pagara en carne
propia.
—¿Puedes dejar de matarme con la mirada, Pat? —le pidió todavía con
la sonrisa en los labios—. Te prometo que no me acercaré a tu primita, ¿te
vale?
—Tendrá que valer. —Sonrió algo más tranquila—. Espero que no
rompas tu promesa en cuanto que la conozcas.
—¿Tan buena está?
—¡James! —Lo golpeó de nuevo en el pecho como protesta.
—Vale. —Rio con ganas—. Sabes que siempre cumplo mis promesas,
pero ¿por qué no adviertes de la misma manera a Rob o Dannie?
—No me lo estás preguntando en serio.
—Claro que sí.
—Estaría encantada de que cualquiera de los dos se ganara la atención
de Jennifer —reconoció.
—Estoy a punto de ofenderme.
—Pues no tienes derecho —insistió—. Aunque dime que puedes
enamorarte de ella y yo misma te pongo la cama.
James sonrió con cierto cinismo. Entendía lo que Pat quería decir, pero
una parte de él no podía evitar molestarse al sentirse juzgado.
—Tu prima para mí está de más, ¿suficiente?
La chica asintió, sintiéndose un poco pesarosa. Quizá estaba siendo
muy dura con James, al cual solía darle la lata bastante para que escogiera
una chica e intentara sentar la cabeza, pero, egoístamente, prefería que
aquel experimento no incluyera a su querida prima.
—¿Asunto zanjado? —intervino Nick, consciente de que los ánimos
parecían haberse crispado un poco—. ¿Podemos centrarnos ya en el billar?
Una hora más tarde, Rob se acercó con su rubia, que resultó llamarse
Sarah, para presentársela a sus amigos antes de marcharse con ella del bar
para acercarla a su casa. Por lo bajo, los chicos se permitieron vacilarle
durante unos minutos, mientras Pat charlaba con la chica, que le cayó bien
de inmediato.
James observó a Rob con sorna.
—¿Esa sonrisita de panoli es imprescindible? —le preguntó,
aprovechando un momento en que nadie los oía.
Rob, lejos de molestarse, amplió aún más la mueca de felicidad.
—Sí, sin duda.
—¡Qué pena! Quién te ha visto y quién te ve. Mi mejor amigo, el tío
más mujeriego que conozco…
—Tú eres el tío más mujeriego que conoces —interrumpió el rubio,
divertido—. Además, nada de lo que digas conseguirá molestarme.
—No hay nada que me dé más pena que un tío enamorao.
—Te lo recordaré el día que te ocurra a ti.
—No tendrás esa oportunidad, créeme.
La seguridad con que lo dijo provocó que Rob se compadeciera de él
un instante. Él, mejor que nadie, sabía de dónde provenían los prejuicios de
su amigo en contra de toda relación de pareja, solo esperaba que algún día
alguien le hiciera cambiar de opinión.
Cuando Rob y Sarah se marcharon del pub, todos decidieron que
también había llegado la hora de retirarse.
—Vámonos a dormir, sí —comentó James mirando a Pat—. Estoy loco
porque llegue mañana para conocer a tu prima.
—Nick, sácame ya de aquí o todavía lo engancho de los pelos.
James estalló en carcajadas. Siempre había disfrutado sacando a Pat de
quicio, desde que eran niños. Su amiga tenía un temperamento muy fuerte y
no se dejaba amilanar, estaba acostumbrada a estar rodeada de hombres. Por
un segundo recordó la cara de preocupación con que le había pedido que no
enamorase a su prima y se puso serio. Pat lo conocía demasiado bien como
para saber que sobraba la amenaza, que él jamás se acercaría a Jennifer con
segundas intenciones por el simple hecho de ser familia suya, de modo que
no entendía por qué Pat se había sentido en la necesidad de advertirle. Por
lo que a él concernía, esa Jennifer era una mujer intocable y prohibida.
—No te enfades conmigo anda —le pidió con una sonrisa sincera,
dándole un leve golpecito cariñoso con el hombro—. No tienes por lo que
preocuparte, lo sabes, ¿no? No necesitabas ni pedírmelo.
—Lo sé —admitió Pat a regañadientes.
—No pareces muy convencida. —Sonrió—. Pídemelo, y no le dirijo ni
la palabra.
Pat rio con ganas.
—Te lo digo en serio; tu prima, tus normas. —Volvió a sonreír—. Tú
mandas.
—¿Puedo pedir lo que quiera?
—Lo que sea.
—Enamórate de ella.
—Qué graciosa.
—Has dicho lo que quiera…
—¿Creía que me habías pedido que no me acercara a ella?
—Si te enamoras primero, tienes mi permiso para enamorarla después.
—Si fuera capaz de enamorarme de alguien, estaría encantado de
concederte ese deseo —dijo, encogiéndose de hombros—, pero ya sabes
que eso nunca pasará.
—Nunca digas nunca —Sonrió divertida, acostumbrada a escuchar a su
amigo calificar el amor como ese engaño que nos venden por televisión.
—En mi caso, te aseguro que puedo proclamarlo a los cuatro vientos.
Y lo más curioso era que lo decía con tal convencimiento que nadie
dudaría de que estaba en lo cierto.
Capítulo 2
Para Jennifer, inquieta por naturaleza, las seis horas que había pasado
secuestrada en aquel avión rumbo a su nueva vida, habían resultado de lo
más agotadoras. Incapaz de pegar ojo en todo el vuelo, había repasado cien
mil veces todas las posibilidades que podían depararle el futuro. Si lograba
el trabajo para el que su tío le había conseguido la entrevista que la había
llevado hasta aquella ciudad, su vida tomaría un camino inesperado, pero
que estaría encantada de explorar. El destino le había puesto delante la
mejor oportunidad de su vida, justo cuando más necesitaba un cambio de
aires. Claro, que todo aquello se iría al traste si no conseguía el trabajo, pero
no estaba dispuesta a pensar en aquella posibilidad.
Caminó a paso rápido hacia la zona de recogida de equipaje intentando
desentumecerse un poco. Aún no habían puesto en marcha la cinta
trasportadora, de modo que intentó armarse de paciencia mientras encendía
el móvil.
Sonrió al encontrarse al menos diez mensajes de Pat. Su prima estaba
tan nerviosa, que ni siquiera se le habría ocurrido pensar en que ella no
podría estar operativa durante el vuelo. Las ganas de abrazarla se hicieron
ahora insoportables. Su relación siempre había sido muy cercana.
Intentaban hablar por teléfono al menos una vez al mes, pero la distancia
nunca les había permitido poder disfrutar juntas de todas aquellas cosas que
a ambas les encantaban.
Le envió un mensaje a Pat, pidiéndole unos minutos más de paciencia,
y se concentró después en mirar su correo. No estaba interesada en sus
mensajes, pero si lo estaba en mantener lejos al tipo que la observaba a un
par de metros. Debido a su aspecto físico, estaba acostumbrada a sentirse
observada a cada minuto del día. Por norma general, solía ser una persona
muy agradable, pero a veces le resultaba muy tediosa aquella agotadora
atención por parte del género masculino. Y si había algo para lo que no
estaba de humor en aquel momento, era otro intento de ligue.
Centrada en su teléfono, caminó unos metros más allá y se detuvo
frente a la cinta, que comenzaba a moverse. A lo lejos vio avanzar su
equipaje y esperó, paciente, a que llegara hasta ella. Tal y como había
temido, el tipo que la había estado observando sacó su maleta de la cinta en
cuanto vio que tendía su mano hacia ella.
«Cuánta amabilidad», ironizó para sí, pero se obligó a sonreír. Y,
puestos a fingir gratitud, bien podía divertirse un poco más.
—Merci —le dijo con un perfecto y ensayado acento francés.
El chico la miró desconcertado.
—No eres de por aquí.
«Uy, qué suerte, me ha tocado de los avispados», sonrió divertida.
—Je ne comprends pas —le dijo sin dejar de sonreír—. Aurevoir.
«Y ahora hacia la sortir», pensó, poniéndose en marcha, sin poder
evitar soltar una pequeña carcajada.
Hacía muchos años que había aprendido a usar su ingenio para salir de
situaciones como aquella. En apenas dos segundos, se había ahorrado una
incómoda e insustancial charla de varios minutos, en la que el resultado
final hubiera sido el mismo.
Atravesó las puertas de salida y buscó entre toda la gente que se
agolpaba alrededor. Estaba segura de que reconocería a Pat entre un millón,
y no se equivocó. Ambas cruzaron su mirada justo en el mismo instante y
corriendo a abrazarse felices de verse al fin.
—¡Creía que no llegarías nunca! —gritó Pat sin soltarla—. Se me ha
hecho interminable.
—¿A ti se te ha hecho interminable? —Rio Jennifer—. Pues imagina a
la que lleva seis horas metida en el pajarraco ese. ¡Nick! —Lo abrazó
también, contenta de verlo. Se habían conocido tres años antes, cuando la
pareja había viajado a Boston para pasar unos días con ella, y habían hecho
muy buenas migas.
—Menos mal que has llegado. Tú prima es agotadora cuando está
impaciente.
Lejos de ofenderse, Pat volvió a abrazar a Jennifer.
—¿Quieres que te lleve la maleta o vas a soltarme una de tus frescas
feministas si lo intento? —le preguntó el chico haciéndolas reír a ambas.
Jen le tendió el asa de la maleta con evidente diversión—. ¡Cuánto honor!
Todos rieron divertidos mientras caminaban en dirección a la salida.
Durante el trayecto de vuelta a la ciudad, las dos chicas no pararon de
charlar. Nick estaba feliz, viendo tanta felicidad en los ojos Pat.
—Así que ¿directora de la nueva Fundación del Santa Carla? —
preguntó Nick, sonriendo, cuando ya estaban entrando en la ciudad—.
Suena muy bien.
—Todavía no, me temo que aún tengo que pasar una entrevista muy
dura —le recordó Jennifer—. Y, en cualquier caso, solo dirigiría el ala de
psicología.
—No seas modesta —intervino Pat—. Es un puesto importante, para el
que estás más que cualificada.
—Como los otros tres candidatos, pero me emplearé a fondo, por
supuesto. —Sonrió—. No se me ocurre un sitio mejor donde empezar una
nueva vida.
Santa Carla siempre había fascinado a Jennifer. Los recuerdos que tenía
de aquella pequeña ciudad desde que había pasado un verano entero con Pat
cuando era pequeña, eran tan intensos que siempre había contemplado la
posibilidad de trasladarse a vivir allí. Aquella ciudad era el intermedio
perfecto entre la gran ciudad que era Boston, donde todo el mundo parecía
ir a lo suyo, y la tranquilidad en demasía de un pueblo. Estaba segura de
que podía ser muy feliz viviendo allí, aunque le costaría un poco
acostumbrarse a estar tan lejos de su familia, a la que estaba muy unida.
Además, aquella era la gran oportunidad que su carrera había estado
esperando. Cuando su tío le había hablado hacía más de un año del proyecto
de ampliación del hospital para acoger una Fundación especializada en
salud mental, no había dudado ni un segundo en pedirle que investigara la
posibilidad de presentar una candidatura para cubrir una plaza como
directora de área. Thomas Maloy, médico internista en el hospital desde
hacía más de dos décadas, le había tomado la palabra y se había tomado
todas las molestias necesarias para meter a su sobrina en la lista de
candidatos. Durante los últimos dos años, Jennifer había logrado ponerse al
frente de uno de los gabinetes psicológicos más importantes de Boston,
gracias a sus dos especialidades, su amplia experiencia y un arduo trabajo.
Su currículo hablaba por sí solo, y le había conseguido una cita con el
subdirector del hospital, encargado de poner en marcha el proyecto, casi al
instante de llegar a su mesa. Ahora todo dependía de aquella entrevista.
—¡A mí me encantaría tenerte aquí! —gritó Pat, feliz—. Estoy en
desventaja, siempre rodeada de hombres. Salgo perdiendo en todas las
votaciones, cuatro a uno.
—¡Pues te ayudaré a conseguir mínimo el empate!
—¿El empate? —protestó Nick de inmediato—. No me salen las
cuentas.
—Hombre, nuestro voto será doble, ¿no? —Se hizo Jennifer la
inocente.
—Por supuesto —aseguró Pat—. Triple algunas veces.
—¡Qué morro! Toma defensa de la igualdad.
—A ver, de alguna forma tendremos que resarcirnos de tantos años de
machismo —dijo Jennifer con sorna.
—Me va a encantar escucharte defender esa teoría delante del resto —
insistió Nick.
Jennifer frunció el ceño por un instante.
—¿A quién te refieres con el resto? ¡Al de la lagartija mantenerlo a
raya, eh!
—¡James! —dijeron Nick y Pat al mismo tiempo.
—¡No lo quiero demasiado cerca! —insistió
—Ya. A ver si sigues pensando lo mismo cuando le pongas los ojos
encima —suspiró Pat, a la que seguía preocupándole mucho aquello.
A Nick se le escapó una carcajada.
—Me he perdido algo. —Jennifer alternaba la mirada entre los dos—.
¿Qué es?
—Nada importante.
—¿Quién de los dos va a contármelo? —insistió—. ¿Tiene que ver con
el niño repugnante de la lagartija?
—Tiene que ver con el hecho de que quizá ya no te parezca tan
repugnante —reconoció Pat por fin—. Las mujeres le han llamado muchas
cosas, pero te aseguro que repugnante nunca ha sido una de ellas.
Jennifer sonrió y entendió por fin a que se estaban refiriendo.
—¿Tratas de decirme que es guapo o que es un ligón?
—Supongo que ambas cosas —intervino Nick.
—Pues no os preocupéis, porque soy cien por cien inmune a ese tipo de
hombres —dijo, convencida de ello.
En ese momento, Nick aparcó frente a la casa de Pat, dando por
terminada la conversación. Su tía salió corriendo a recibirla y a punto
estuvo de ahogarla de pura alegría.
—Cuéntame —le pidió—. ¿Qué tal el viaje? ¿Estás contenta? ¿Cómo
está mi hermano? Le habrá costado mucho dejarte salir de casa.
Jennifer rio divertida y se dejó achuchar. La incontinencia verbal era
una de las cosas que su tía tenía en común con su padre. Ya estaba
acostumbrada a tener que contestar varias preguntas casi al mismo tiempo.
—El viaje genial, estoy feliz y nos ha costado convencer a mi padre
para no atarme a la pata de la cama. —Rio—. Creo que mi madre ha tenido
que intervenir.
Esther Maloy sonrió con cierta nostalgia al pensar en su hermano
mellizo.
—¿Por qué no me cuesta creerlo?
—Porque sabes que el tío es igual que tú —intervino Pat haciéndolas
reír.
—Bueno, hay cosas peores que esa —reconoció Esther, arrastrando a
su sobrina a la casa—. ¿Quieres ver tu habitación?
Capítulo 3
Cuando James despertó a la mañana siguiente, se sorprendió al darse
cuenta de que había vuelto a dormirse mientras tocaba la guitarra.
Recordaba haberse acomodado para ordenar en su mente los primeros
acordes de una de sus canciones favoritas, pero nunca había llegado a
tocarla. Aquello le arrancó la primera sonrisa de la mañana.
—Soy un desastre —se regañó a sí mismo al ver que ni siquiera se
había desnudado.
Echó un vistazo al reloj, comprobando que eran las ocho y media. A
pesar de que aquel día era festivo, no podía desperdiciarlo sin hacer nada.
El día anterior lo había invertido entero en estudiar la concesión de aquella
franquicia, así que tenía toneladas de trabajo acumulado.
Se dio una ducha rápida y llamó a Sam para decirle que pasaría a
desayunar con él como cada mañana. Quince minutos más tarde se subió a
la moto y salió a toda velocidad hacia su casa.
—Trabajas demasiado —opinó el anciano al verlo llegar—. No te
quedará tiempo para conocer a la madre de tus hijos si te pasas la vida en el
despacho —e insistió—: Aún no ha aparecido, ¿no?
La mueca escéptica que recibió en respuesta le arrancó una carcajada,
que contagio también a James.
—¿Vas a hacerme la misma pregunta todos los días, Sam?
—Al menos una vez por semana, sí, hasta que me des la respuesta que
quiero.
James volvió a sonreír y miró con cariño al hombre. Aquel anciano era
lo más importante en su vida, junto con sus amigos, y su salud era bastante
precaria desde que le habían operado a corazón abierto hacia seis meses.
Intentaba pasar a verlo todos los días. La vida lo había puesto en su camino
cuando James más lo necesitaba. Desde que se habían conocido quince años
atrás, en unas circunstancias muy difíciles para el chico, Sam lo había
acogido bajo su manto, dándole todo el cariño que no había podido darle a
un hijo propio, que la vida le había negado. Le debía todo lo que era y
siempre le estaría agradecido por ello.
—Estoy cansado de la misma respuesta —insistió el anciano.
—Pues ya tendrías que estar acostumbrado. —Sonrió—. Sabes de sobra
que jamás te daré otra.
Sam se puso serio por un instante.
—Empiezas a preocuparme, hijo —le dijo, tendiéndole un café—.
Pensaba que tarde o temprano conocerías a alguien que te hiciera olvidarte
de esa absurda idea que tienes sobre el amor.
La sonrisa se borró también de los labios de James.
—Sam…
—Hace diez años que mi Stella murió, y no he dejado de soñarla un
solo día —insistió—. Jamie, no le cierres las puertas al sentimiento más
bello que existe. Jamás te realizarás del todo si no te enamoras aunque sea
una vez.
—Siento discrepar contigo, Sam, pero sabes que yo no creo en ese
amor del que me hablas.
Sam lo miró con suspicacia.
—No, Jamie, tú problema no es que no creas en el amor, sino que crees
demasiado en él, pero te inspiraste en el modelo equivocado.
El chico se puso en pie repentinamente incómodo. Trató de reír, pero
solo pudo formar una irónica sonrisa.
—¿Vas a psicoanalizarme, Sam?
—Sabes que no lo necesito —le dijo sin dejarse amilanar—. Yo estaba
contigo el día que juraste no enamorarte nunca, sé qué motivó aquel
juramento.
James apretó los dientes. Llevaba catorce años queriendo olvidar aquel
maldito día.
—Confieso que en aquel momento pensé que era el dolor por todo lo
sucedido lo que te hacía hablar así. —Aunque James no lo miraba, Sam
continuó hablando—. Cuando me di cuenta de lo en serio que te habías
tomado aquel juramento, era demasiado tarde.
James escuchaba cada palabra en silencio, con la mirada perdida a
través del enorme ventanal. Era consciente de que Sam creía estar
ayudándole, pero, a pesar del tiempo transcurrido, los recuerdos seguían
siendo demasiado dolorosos. Era mejor no dejarlos salir del lugar en el que
los había enterrado.
—Jamie, escúchame. —Esperó hasta que el chico no tuvo más remedio
que mirarlo—. Eres una de las personas con mayor capacidad para amar
que he conocido nunca. Te he visto hacer verdaderos esfuerzos para ayudar
a gente que no conocías de nada. Te mereces encontrar a una mujer
especial, alguien a quien poder amar con locura durante toda la vida. Una
compañera que te haga feliz, que te ame por encima de todas las cosas y
que te dé la dicha de tener hijos. ¿Por qué te niegas a ti mismo la
posibilidad de ser feliz? El amor no siempre es como el de…
—¡Basta, Sam! —lo interrumpió con más brusquedad de la que hubiera
querido—. Ni puedo ni quiero cambiar mi forma de vivir a estas alturas.
Ignoro si eso que llaman amor es tan bonito como tú lo pintas, pero no
tengo ninguna intención de averiguarlo, ni ahora ni nunca.
—¿Y de verdad crees que eso está en tu mano?
—Lo ha estado durante catorce años, y yo me encargaré de que siga
siendo así.
—Jamie…
—No voy a seguir manteniendo esta conversación, Sam. —Fue tan
tajante que el anciano supo que cualquier cosa que añadiera terminaría en
una discusión.
—De acuerdo —concedió—. Hablemos de negocios entonces.
Recuerda que mañana es la conferencia con la junta de accionistas de
Sample.
Cuando James se sentó por fin tras la mesa de su despacho eran las diez
y media. No había nadie en las oficinas aquel día, de modo que disfrutó de
la paz y el silencio mientras se tomaba otro café. Por un instante recordó la
conversación mantenida con Sam. No le gustaba en absoluto la sensación
de abatimiento que el anciano había conseguido que lo embargara.
Le costó un buen rato poder concentrarse en el trabajo. Cuando al fin lo
consiguió, no se detuvo a pensar en nada más hasta cinco horas más tarde.
Al darse cuenta de que eran casi las cuatro, decidió dar por terminada la
jornada. Le había cundido mucho la mañana. Había conseguido quitarse de
encima al menos ocho de los diez informes que tenía pendientes de cerrar.
La satisfacción por un trabajo bien hecho le hizo sentirse bien consigo
mismo.
Le gustaba mucho su trabajo, y sabía que se le daban bien tanto los
números como dirigir la empresa, pero a veces recordaba con añoranza los
años en los que todo comenzó, y él mismo se encargaba de arreglar y
customizar las motos que entraban en el taller hasta convertirlas en
verdaderas obras de arte. Por eso, cuando la nostalgia le cortaba el aliento,
iba al taller y escogía una moto sobre la que trabajar.
Si echaba la vista atrás, casi no podía creer en lo que había convertido
su pasión. Cuando hacía siete años le había contado a Sam su idea,
convencido del éxito de lo que tenía en mente, ni siquiera se había atrevido
a soñar con una décima parte de lo que había logrado. Sam, gran visionario
y dueño de Sample, una de las empresas millonarias más grandes de la
industria de automoción, no solo financió el proyecto, sino que se implicó
de forma activa en el mismo. A día de hoy, Customsa era uno de los
eslabones más fuertes del propio Sample.
El concepto de Customsa era sencillo. Todo el que compraba una moto
en su tienda, especializada en customs, llevaba incluido en el precio la
opción de personalizarla. No importaba el modelo de moto por el que se
decantara, el noventa por ciento de ellas pasaban por el taller y se
customizaban al gusto del comprador, que se llevaba una creación única e
irrepetible. Aquel concepto no solo fue un éxito de ventas desde sus
comienzos, también comenzaron a lloverles peticiones de solicitudes para
duplicar la idea. Sample era el fabricante en exclusiva de las motos que se
vendían en Customsa, de modo que el concepto de franquicia no tardó en
nacer, casi como una obligación en vista de la demanda.
En la actualidad, Customsa se había convertido en un negocio
millonario, con más de cuarenta tiendas propias y setenta franquiciados, y
que representaba el veinte por ciento de los ingresos de Sample. Y dirigir
todo aquello a veces podía resultar abrumador.
James se puso en pie e hizo algunos estiramientos. Tenía las piernas
entumecidas de estar sentado tantas horas en los últimos días. Su estómago
se quejó con un leve sonido, recordándole que no había comido nada desde
la galleta que había mojado en el café. Decidió caminar un rato por el
parque que había frente al despacho, para que la sangre volviera a circular
por sus extremidades. Sacó un par de sándwich de la máquina del vestíbulo,
y salió dispuesto a encontrar la sombra perfecta dónde hincarles el diente.
Cuando tan solo llevaba diez minutos caminando, se maldijo a sí
mismo. Estirar las piernas a costa de coger una insolación no había sido una
idea brillante. Los casi cuarenta grados de las cinco de la tarde ni siquiera se
le habían pasado por la cabeza mientras estaba bajo el influjo del aire
acondicionado.
Caminó con premura hacía la arboleda que divisaba en la distancia,
buscando algo de refugio. Se comería el sándwich rápido y saldría de aquel
infierno cuanto antes.
Estaba casi llegando a su destino, soñando con ganar la sombra, cuando
algo le llamó la atención. La esbelta figura de una mujer salió corriendo de
entre los árboles en su dirección. Al parecer había alguien aún más loco que
él, que no contenta con exponerse a los cuarenta grados, estaba haciendo
footing.
A medida que la chica se acercaba, iba ganándose un poco más la
atención de James, que empezaba a admirar su bonita figura. Por lo que
podía apreciar desde la distancia, tenía un cuerpo perfecto. Iba ataviada con
unos pantalones ciclistas y una camiseta muy corta, que mostraba un
abdomen firme y le acentuaba el busto. Corría con una gracia que a cada
paso contoneaba cada curva de su cuerpo. James la observó con descaro
mientras caminaba en su dirección, de repente sintiéndose afortunado por
haber decidido adentrarse en aquel sopor insoportable. Cuando ambos
recortaron la distancia y al fin la tuvo ante sí, su cuerpo dejó de ser el centro
de atención. En el momento en el que posó los ojos sobre su rostro, supo
que descendería hasta el mismo infierno solo para tener el privilegio de
volver a verla. ¡Era la mujer más bonita que había visto en toda su vida!
Fascinado y fuera de juego, se detuvo en seco sin apartar los ojos de
ella. No tenía palabras para describir la belleza salvaje de su rostro,
enmarcado por un larguísimo cabello negro azabache, que llevaba recogido
en una desenfadada coleta. Él, que estaba acostumbrado a estar rodeado de
mujeres bonitas, no recordaba haber conocido jamás a ninguna que le
hubiera provocado aquella impresión.
Cuando estaban a pocos metros de cruzarse, ocurrió algo de lo más
asombroso: la chica lo miró a los ojos y, para su sorpresa, le sostuvo la
mirada hasta que pasó de largo, arrasando por completo el poco juicio que
le quedaba.
El cuerpo de James reaccionó como el de un adolescente sediento de
sexo, mientras que se giraba a mirarla, atónito, sin ser capaz de pronunciar
ni una sola palabra.
«Vuélvete, vuélvete», le rogaba mentalmente viéndola alejarse. No lo
hizo. La chica continúo su camino y desapareció tras un enorme monolito
diez metros más allá, sin que él hubiera podido recuperarse del impacto.
Jennifer se escondió tras aquella especie de dolmen, y tuvo que
apoyarse sobre la piedra para poder recuperar el control de sus emociones.
Con el corazón todavía encabritado y a mil por hora, sacudió con fuerza los
brazos como si de esa forma pudiera quitarse de encima la incomprensible
excitación que había recorrido cada centímetro de su piel al cruzarse con
aquel monumento de hombre.
«¡Por favor, Jennifer, solo es un tío normal!», se dijo acalorada,
intentando recuperar el aliento. «Con unos impresionantes y taladrantes
ojos verdes, eso sí, pero nada más fuera de lo común…; excepto quizá el
hecho de ser guapo a rabiar y de tener aquel cuerpo de infarto que había
fotografiado al milímetro desde lejos. Pero si quitamos todo eso ¿qué nos
queda?».
Rio nerviosa ante aquel absurdo pensamiento, luchando contra la
tentación de asomarse tras la roca para ver si seguía allí. Le había costado
un triunfo no volverse a mirarlo mientras se alejaba y sentía sus ojos
clavados sobre la espalda.
«Jennifer, respira hondo y olvídate de los últimos cinco minutos», se
dijo, comenzando a correr de nuevo. Pero la expresión de profunda y
absoluta admiración con que la había mirado aquel apuesto desconocido
seguía grabada en su retina. Estaba acostumbrada a que los hombres se la
comieran con los ojos, pero no recordaba que ninguno la hubiese mirado
jamás con aquella fascinación y asombro a partes iguales. Y que un tipo
como aquel, que estaba segura podía tener cuantas mujeres quisiera, te mire
como si fueras lo más increíble que ha visto jamás, no era una imagen fácil
de olvidar.
Capítulo 4
James recorrió el parque de vuelta al despacho atento a cada persona
que veía en la distancia. Sin poder sacarse de la cabeza a aquella chica y
todavía desconcertado por su desacostumbrada reacción al verla, decidió
que lo último que necesitaba era encerrarse en casa el resto de la tarde.
Llamó a Rob al móvil para asegurarse de que estaba en casa, pero su amigo
resultó estar en la clínica, terminando de poner al día algo de papeleo.
Quince minutos más tarde aparcaba la moto a las puertas de la misma.
—¿Y tú eres el que me regañas a mí por trabajar tanto? —bromeó nada
más ver a Rob.
—En algún momento tengo que ponerme con las cuentas —reconoció
—. Y ya sabes que lo odio. Lo pospongo hasta que me puede el agobio o
hasta que Pat me pone un ultimátum para que haga mi parte.
—Te reitero mi oferta de ayuda.
—Y te lo agradezco, ya lo sabes, pero solo tengo que preparar el
papeleo para entregarlo en la gestoría.
Ambos entraron directos a la cocina para prepararse un café, sin dejar
de charlar.
—¿Vienes del despacho? —se interesó Rob mientras metía una cápsula
en la cafetera.
—No.
El rubio lo miró extrañado por tan escueta respuesta. Lo observó con
disimulo mientras sacaba unos hielos para añadirlos al café. ¿Era impresión
suya o James parecía nervioso?
—¿Entonces? —insistió.
—¿Qué?
—¿Que de dónde vienes?
—Del parque que hay frente al despacho —contó—. Quería estirar las
piernas un poco.
—Hace cuarenta grados a la sombra.
—¿En serio? —Sonrió, nervioso, buscando la manera de contarle a Rob
lo de aquella chica.
—Tío, estás muy raro.
—Rob, es que estoy un poco descolocado —reconoció—. He visto a
una chica en ese parque y me ha pasado algo muy raro.
—Lo raro es que hubiera alguien más allí a estas horas —dijo
tendiéndole un café con hielo y cogiendo asiento frente a él—. Pero suena
interesante, ¿qué pasa con esa chica?
—Que es la mujer más espectacular e increíblemente bonita que he
visto en toda mi vida —reconoció con la mirada perdida en el recuerdo—.
Todavía estoy intentando reponerme.
Rob lo miró suspicaz.
—James, solo por asegurarme…, ¿me estás vacilando?
—No.
—¿Y quién es? ¿De dónde ha salido?
—Ni idea, aún me pregunto si no ha podido ser un espejismo producto
del calor —bromeó. Le dio un trago largo a su café, buscando que el frescor
del hielo enfriara un poco sus ideas.
Rob rompió a reír, incapaz de creer lo que estaba oyendo.
—Me alegra mucho amenizarte la tarde —protestó James, disimulando
una sonrisa.
—Perdona, pero acabas de soltarme que acabas de ver a la mujer más
increíblemente bonita de toda tu vida.
—Sí, bueno… —Sonrió avergonzado. Aquella no era su forma habitual
de expresarse—. Quería decir que tenía un polvazo.
—Pero no ha sido eso lo que has dicho. —Rob estaba disfrutando de lo
lindo.
—Ya. Sé lo que he dicho.
—¿Y vas a contarme el resto?
—Pues no lo sé, ¿piensas tocarme los huevos mucho más?
Rob sonrió y le tendió una magdalena como ofrenda de paz. Esperó en
silencio hasta que James encontró las ganas de hablar. Cuando lo hizo, no se
guardó un solo detalle. Le contó todo lo sucedido desde la aparición de la
misteriosa chica tras aquellos árboles, hasta su desaparición sin que hubiera
sido capaz de articular palabra.
—Ya sé que es difícil de creer, Rob, pero te juro que si vuelves a reírte
te doy un puñetazo.
—No voy a reírme —le aseguró, todavía sin poder disimular una leve
sonrisa—. Es solo que estoy sorprendido. Siempre pensé que estas cosas no
podían pasarte a ti.
—¡Eh!, espera un momento, ¿a qué te refieres con estas cosas?
Tampoco ha sido para tanto —protestó, incómodo—. ¿Por qué me miras
así?
—Por nada. Solo pensaba en que eso mismo fue lo que me pasó a mí la
primera vez que vi a Sarah.
—¡Oh, venga ya, Rob!
—Es en serio, y desde entonces apenas puedo pensar en otra cosa. —
Sonrió.
—¡No me jodas! —Rio James—. ¡Te aseguro que eso no va a pasarme
a mí!
—Eso espero, porque el karma tiene tantas cosas que cobrarte… —
bromeó—. ¿Y qué piensas hacer?
—Ni idea. Ni siquiera sé si volveré a verla. —Aquella posibilidad le
inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—¿Y si lo haces?
—¿Qué?
—¿Que si vas a tomártela un poco más en serio que al resto? —
preguntó—. Esto no te había pasado nunca.
—Rob, te he dicho que me he puesto un poco nervioso, no que me haya
vuelto loco. —Sonrió con autosuficiencia—. Reconozco que me ha
impactado, pero solo tengo que meterla en mi cama una noche para
quitarme la impresión. Te aseguro que a la mañana siguiente se habrá
convertido en calabaza, como cualquier otra.
—Oyéndote, cualquiera diría que ya la tienes comiendo de tu mano.
Quizá necesito recordarte que ni siquiera sabes quién es. Igual es inmune al
efecto James. —La carcajada que recibió como respuesta le dijo lo que
pensaba al respecto—. Igual es la novia o la mujer de alguien, ¿lo has
pensado?
Aquello si hizo mella en su ánimo. Y no porque creyera que de ser así
quizá no podría tenerla nunca, sino más bien le sorprendió la intensidad con
la que detestó la simple idea de que cualquier otro pudiera siquiera mirarla
igual que él.
—No te ha gustado la idea. —Sonrió Rob, que siempre había tenido la
capacidad de leer cada expresión de su amigo.
—No —reconoció, serio.
—¡Mamma mía, me encantaría poder conocer algún día a la mujer que
te ha dejado en ese estado!
—¡No exageres!
—Dime que no son celos lo que has sentido hace un momento al
imaginártela en brazos de otro.
—Ni idea —admitió—. Jamás he sentido celos por nadie; no estoy
seguro de poder hacerlo.
Rob lo observó de nuevo con atención, intentando dilucidar si de
verdad estaba hablando en serio.
—Esto va a resultar muy interesante —susurró para sí mismo, y luego
le preguntó—: ¿Y cómo es tu chica misteriosa? No quiero cruzarme con
ella sin poder darle la enhorabuena.
—¡Eres un cabronazo! —Rio James. Aquel tema iba a darle a Rob
mucha cancha para divertirse a su costa—. Rubia con los ojos verdes, ¿te es
suficiente?
—Claro. La reconoceré en cuanto la vea. Al fin y al cabo, ¿cuántas
rubias con ojos verdes puede haber?
James se encogió de hombros, divertido, pero se abstuvo de decirle que
todas y cada una de ellas le resultaban indiferentes en aquel momento. Ya
tendría tiempo de reírse de su amigo cuando pudiera presentarle a la
antítesis de lo que esperaba.
—Pero ya he hablado suficiente —terció—. Ahora háblame de tu rubia.
La sola mención a Sarah cambió por completo la expresión de Rob, que
miró su reloj, nervioso, para asegurarse de que no se le había ido el santo al
cielo y se le había pasado la hora. Se tranquilizó al comprobar que todavía
faltaba media hora para su cita.
—He quedado con ella a las siete y media —le contó con una sonrisa
de oreja a oreja, recibiendo un aplauso como respuesta—. Me dijo que le
encantaría aprender a jugar al billar.
—Y tuviste que ofrecerte a darle unas clases —adivinó.
—No tuve más remedio. —Rio Rob—, aunque me dijo que me lo
compensaría invitándome a cenar después.
—Pues espero que sea una cena… con postre. —Sonrió James,
arqueando las cejas.
—No necesito que me pongas más nervioso —protestó su amigo
levantándose de la mesa, dejando caer una cuchara, una servilleta y medio
paquete de galletas en el proceso.
A James se le escapó una carcajada, y se agachó para ayudarlo a
limpiar el desastre que había formado.
—Ha sido mencionar el postre…
—Sí, y te agradecería que no siguieras hablando. Prefiero no llegar a la
cita con falsas expectativas.
—¿Falsas expectativas? ¿Eso existe?
—En tu mundo no, porque solo buscas una cosa, pero en el mío corro el
riesgo de perder lo que quiero si voy demasiado deprisa. Y, para tu
información, no creo que Sarah sea de las que se acuesta con alguien en la
primera cita.
—Pues es una suerte para ti. Viendo este estropicio es posible que
hicieras el ridículo en la cama.
—Un detallazo por tu parte ese apoyo incondicional.
Ambos rompieron a reír.
—Anda, ves cerrando, no vayas a hacer esperar a tu damisela. Yo me
encargo de barrer todo esto.
James lo observó alejarse con una enorme sonrisa en los labios
Entendía que su amigo estuviera entusiasmado y nervioso por la primera
cita con Sarah; él mismo lo estaría si su chica misteriosa estuviera
esperándolo…
«¡¿Pero qué narices estoy pensando?!», se recriminó a sí mismo,
poniéndose serio. «Solo es una tía. Guapa y con un cuerpazo, sí, pero nada
a lo que no esté acostumbrado. No me pondría nervioso ni aunque estuviera
esperándome ahora mismo ahí fuera». Se concentró en barrer la cocina,
fregar los vasos del café, pasarle un trapo a la cafetera…; cualquier cosa
antes que ahondar en el motivo por el que una sensación de inquietud
revoloteaba en la boca de su estómago al imaginarla aguardándolo en la
puerta.
Capítulo 5
Eran las seis y media de la tarde cuando Jennifer se dispuso a disfrutar
de un descanso, tras darse una ducha más fría de lo que solían apetecerle.
Su cuerpo no estaba habituado al calor de Santa Carla, y salir a correr en
plena sobremesa no había sido una idea brillante, pero aquel día no había
podido disfrutar de su carrera matinal y necesitaba desentumecerse tras
tantas horas de avión.
A pesar de que aún no había desempacado del todo, se dejó caer en la
cama dispuesta a dar una pequeña cabezada que la ayudara a enfrentar el jet
lag para tirar el resto de la tarde. Cerró los ojos e intentó relajarse, pero
unos increíbles ojos verdes acudieron a su mente como si de dos enormes
luceros se tratara.
«Mierda», se dijo en voz alta, enfadada consigo misma. Desde que se
había cruzado con aquel diablo de ojos verdes, no había podido sacárselo de
la cabeza. Había intentado de todo para no recordar el momento en el que
sus miradas se cruzaron, incluido congelarse dentro de la ducha, pero nada
parecía funcionar.
Se giró sobre un lado y golpeó la almohada intentando acomodarse.
Volvió a cerrar los ojos con más fuerza de la necesaria e intentó concentrar
su mente en el enorme arcoíris que solía usar como imagen recurrente para
sus meditaciones, pero el resultado fue idéntico. Pensó, irónica, que al
menos distinguía uno de los siete colores: el verde. Resoplando
exageradamente, volvió a ponerse boca arriba y se dio por vencida.
«¡Por favor, no tengo tiempo para esto!», pensó, intentando recordarse
sus propias prioridades. Tenía una de las entrevistas de trabajo más
importantes de su vida dentro de unos días, y debía enfrentarse a ella con la
mente despejada. Lo último que necesitaba era una distracción de metro
ochenta y muchos, con la cara y el cuerpo de un dios griego, campando a
sus anchas por su cabeza.
«Quizá no vuelva a verlo…, esta ciudad es grande», se dijo a sí misma,
intentando convencerse de que aquello sería lo mejor. Y en ese punto seguía
cuando Pat se asomó con sigilo a su cuarto media hora después.
—Te hacía dormida —le dijo, tumbándose junto a ella—. ¿Dándole
vueltas a tu entrevista? Seguro que lo vas a hacer genial, no te preocupes.
Jennifer se mordió el labio inferior. No estaba preparada para hablarle a
su prima de lo que le robaba el sueño. Se sentía ridícula por su propio
comportamiento. ¿Cómo iba a decirle que se había pirrado por un tipo con
el que tan solo había cruzado una mirada?
—Lo que tienes que hacer es venirte esta noche a tomar algo —le
estaba diciendo ahora Pat—. Bájate con nosotros al Oasis y te distraes un
poco. Me apetece mucho presentarte a los chicos.
—Sí, perfecto, pero solo un ratito. Estoy fundida —concedió.
—Son muy majos —insistió Pat, orgullosa de los que eran como su
propia familia—. Seguro que te sientes súper a gusto con ellos desde el
principio.
—Con el de la lagartija…, permíteme dudarlo un poco. —Ambas
rompieron a reír—. Igual le exijo que me pida perdón por aquello antes de
saludarlo.
—Pues deberías —continuó Pat con la broma.
—¡Y de rodillas! —insistió Jen—. Qué fue muy traumático.
—Si consigues que James se ponga de rodillas, a más de una le da un
parraque.
Jennifer rompió a reír por la expresión maliciosa de su prima. No sabía
nada de aquel chico, excepto su afición por los reptiles, pero por lo que
intuía a través de todas las insinuaciones de Pat, debía de ser todo un
rompecorazones. Por suerte, ella era inmune a todos ellos. El recuerdo de
unos increíbles ojos verdes se cruzó por su mente para obligarla a rectificar:
a casi todos.
El famoso Oasis resultó ser un sitio genial donde pasar las horas.
Jennifer se sintió cómoda en cuanto cruzó las puertas. Echó una mirada a su
alrededor mientras se dejaba envolver por aquel ambiente de buen rock que
tanto disfrutaba. La zona de billares, que se divisaba unos metros más allá,
llamó su atención de inmediato. Recordó con nostalgia aquellos años de
universidad en los que parecía vivir en la sala de billares del campus. Casi
podía ver a su amiga Amber apoyada sobre el tapete, lanzando una pregunta
de examen al aire, de cuya respuesta dependía el derecho o no a efectuar un
tiro. Recordaba haber aprendido más de psicología en una sola partida de
billar que en toda una tarde de aislamiento en su habitación.
—¿A que es genial? —La sacó Pat de su ensimismamiento.
—Sí, tenías razón, me encanta este sitio —reconoció, luchando por
reponerse de la melancolía que se apoderaba de ella cada vez que pensaba
en Amber.
—Allí están los chicos.
Pat caminó hacia la barra y saludó con efusividad a su novio, a pesar de
haberlo visto hacía apenas par de horas. Casi de puro milagro, recordó que
aún nadie conocía a Jennifer. Hizo las correspondientes presentaciones,
alegrándose por encontrar allí también a Rob con Sarah. Jennifer fue
saludando uno por uno.
—¿Vosotros no teníais que estar cenando por ahí? —La discreción
nunca había sido el punto fuerte de Pat. Rob la conocía demasiado bien
como para sorprenderle la pregunta.
—Acabamos de terminar la clase de billar —contestó con una sonrisa
—. Estamos haciendo hambre antes de irnos.
Pat bromeó un rato con la pareja, intentando asegurarse de que la
calidad de la clase recibida hubiera sido la adecuada. Sarah rio divertida
ante el gesto de azoramiento de Rob, que fingía querer asesinar a su amiga
cada minuto y medio.
Para Jennifer también estaba resultando muy divertido. Pat la había
puesto en antecedentes con respecto a lo sucedido el día anterior. Dannie y
Nick tampoco se contenían a la hora de intervenir, y la conversación fluía
de una forma sana y divertida.
—Como veréis, chicas —dijo Rob, dirigiéndose a Jen y Sarah—, el
circo perdió un montón de payasos en ciernes con todos estos—. Al menos
no os vais a aburrir.
Se ganó un montón de carcajadas.
—¿Rob? —Hizo memoria Jennifer—. A ti ya te conocía, ¿no?
—Pues esperaba que no lo recordaras —declaró avergonzado.
—Lo siento, memoria fotográfica, pero no te preocupes, sé que solo te
solidarizabas con un amigo —le guiño un ojo—. Y ¿el rey de los reptiles
dónde está? He recogido unas cucarachas por el camino que le van a
encantar. La venganza se sirve fría aunque sea veinte años después.
Todos rieron divertidos.
—Pues no tardará en llegar. —Miró Dannie su reloj—. Y esto promete
ser muy interesante.
Capítulo 6
James abrió los ojos y consultó su reloj de pulsera. Se sorprendió al
darse cuenta de que eran casi las diez y media de la noche. Se incorporó,
frotándose los ojos, y se desperezó un poco. No había sido su intención
dormirse, pero tenía tanta falta de sueño, que se había recostado en el sofá
con intención de ver una película y no había llegado ni a encender la tele.
Se cambió la camiseta arrugada por una limpia y salió hacia el Oasis,
esperando encontrar allí a todo el grupo.
Cuando cerca de las once de la noche llegó al pub, se encontró con que
un verdadero tumulto se agolpaba en la puerta. Tal y como ocurría todos los
festivos, la gente pedía sus consumiciones en vaso de plástico para poder
salirse a la calle. Lo más curioso era que mientras fuera tenías que abrirte
paso a empujones entre la multitud, dentro el local estaba muy tranquilo.
James sonrió. Nunca podría entender por qué la gente más joven tenía
aquella afición a beber de pie en la calle, en lugar de estar sentado dentro,
gozando del aire acondicionado y escuchando buena música. Quizá los diez
años de diferencia entre ambas generaciones tuvieran la respuesta a aquello.
Se abrió paso como pudo entre el gentío, y protestó, molesto, cuando
alguien que parecía tener mucha prisa lo empujó para poder salir cuanto
antes del tumulto.
—¿Es necesario empujar? —Se volvió dispuesto a solicitar una
disculpa.
Las palabras se le atragantaron en la garganta. ¡Allí estaba de nuevo!
Unos asombrosos ojos, de mirada brillante y ligeramente rasgados, lo
examinaron con descaro. Y si la primera vez que la vio su belleza lo había
cautivado, ahora era su mirada la que lo tenía hechizado. El gentío se fue
cerrando sobre ellos, empujándolos uno contra el otro, y ambos parecían
incapaces de romper el contacto visual.
—¿Vas a dejarme pasar o tengo que empujarte de nuevo? —dijo la
chica cuando estuvo segura de que podía hablar sin titubear.
James estaba demasiado absorto contemplando tanta belleza como para
preocuparse por el tono mordaz que ella había usado. En lugar de apartarse,
continuó mirándola unos segundos más hasta que las palabras parecieron
brotar solas de su boca.
—¿De qué color son tus ojos? —casi susurró, arrepintiéndose al
momento por ser tan impulsivo. ¿Qué forma de comenzar una conversación
era aquella? Aunque una vez dicho, calló esperando una respuesta.
Jennifer lo miró intentando no sonreír como una idiota. Le habían
hecho aquella misma pregunta durante toda su vida, pero jamás se había
sentido tan halagada. Además, él insistía en mirarla con aquella sincera
admiración que tanto la había turbado la primera vez que lo vio.
—Dímelo tú —fue todo lo que dijo sin apartar la mirada.
James observó aquellos impresionantes ojos, contrariado.
—Esta luz no ayuda…, son… —Sin poder dejar pasar la oportunidad
de tocarla, llevó la mano hasta su barbilla y le ladeó un poco la cabeza con
suavidad para que las luces del bar lo ayudaran—. ¿azules con un toque de
morado?
—Una mezcla de los dos, sí. —Y con un simple movimiento se zafó de
la mano que le quemaba en la cara—. Y satisfecha tu curiosidad, ¿serías tan
amable de dejarme pasar? Tengo prisa.
—¿Siempre vas corriendo a todas partes?
—La vida es corta.
—Por eso debemos aprender a disfrutar de los pequeños momentos.
—¿Y este te parece uno de esos?
A James, lejos de molestarse aquel comentario, le hizo gracia. Esbozó
una lenta y divertida sonrisa que desencadenó un verdadero cataclismo en el
interior de la chica. Voces de alarma se dispararon en su cabeza, mientras
no podía dejar de pensar en que debería estar prohibido tener una sonrisa
como aquella.
—Todo pequeño momento es susceptible de convertirse en algo grande
—se aventuró James en respuesta a su comentario.
—¡Qué poético!
Otra devastadora sonrisa le cortó la respiración.
La chica le sostuvo la mirada, intentando aparentar una frialdad que
estaba a años luz de sentir. Había conocido muchos hombres guapos a lo
largo de su vida, casi todos ellos de un narcisismo patológico, rasgo que
detestaba tanto que jamás se había sentido muy atraída por ninguno de
ellos. Por eso no entendía por qué su cuerpo estaba respondiendo a él con
tanta intensidad. Sentía la sangre galopar por sus venas como fuego líquido
mientras intentaba decidir si quería irse con él hasta el fin del mundo o
correr en dirección contraria. La parte cuerda de su cerebro le jugó sucio y
trajo consigo un recuerdo de Amber, tumbada sobre aquella cama de
hospital, recordándole las consecuencias de querer a alguien tan parecido y
con tanta intensidad.
—¿Por qué me miras así? —preguntó James, consciente de que su
expresión había cambiado.
—¿Así cómo?
—Como si de repente me hubiera convertido en el lobo del cuento. —
Volvió a sonreír.
«Así que ¿además de encanto a raudales tenía sentido del humor?
¡Alerta roja, muy pero que muy roja!». Ella nunca había sido demasiado
enamoradiza, y aquello le había ahorrado muchos sufrimientos, pero algo
en su interior le gritaba que podía enamorarse de aquel desconocido antes
de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando. Y si estaba segura de
algo, era de que un hombre así, que puede tener a todas las mujeres que
quiera, jamás se conformaría con una sola. Y no había huido durante años
de aquel tipo de hombre, para permitir que el jefe del clan la convirtiera en
su esclava. Pero ¿qué podía decirle si la miraba con aquellos impresionantes
ojos verdes como si ella fuese lo único importante en el mundo?
Ahora sí fue consciente de que estaba frunciendo el ceño. No le
extrañaba que le hubiera hecho un comentario como el anterior. Realmente
debía estar mirándolo igual que a un depredador.
—¿Lo eres? —preguntó sin pararse a pensar en lo que podía derivar
aquella conversación—. El lobo del cuento.
—¿Quieres que lo sea?
—Eso no importa, porque al final el lobo siempre hará lo que dicta su
naturaleza.
—¿Estás presuponiendo que todos los lobos son iguales o que no tienen
elección?
—Bueno…, son lobos, ¿no?
Jennifer era consciente de que lo que estaba insinuando no tenía ningún
sentido. ¡Tenía un doctorado en psicología, por el amor de Dios! No había
teoría que sostuviera aquella afirmación. Pero en aquel momento solo era
una chica, intentando auto convencerse de que debía huir de allí cuanto
antes.
Para James aquel encuentro estaba siendo de lo más estimulante. Y no
solo era el hecho de que deseara a aquella mujer más de lo soportable,
también estaba disfrutando sobremanera de aquella especie de flirteo
mutuo, que lo obligaba a estar alerta a cada una de sus palabras. Tenía que
lograr que no saliera corriendo como parecía querer hacer de un momento a
otro.
—Tómate algo conmigo —le pidió en un susurro, recortando las
distancias—. Prometo no convertirme en lobo hasta que me lo pidas.
Jennifer tragó saliva y pudo sofocar un gemido a duras penas, mientras
que aquellos ojos verdes la desafiaban a aceptar el reto. Y todo su ser se
moría de ganas de pedirle al lobo que hiciera acto de presencia… y se
comiera a Caperucita.
James podía leer la tentación en su rostro como si lo hiciera en un libro
abierto. Sostener la mirada a escasos centímetros de su boca, mientras que
esperaba una respuesta, era lo más difícil que recordaba haber hecho jamás.
Las ganas de besarla comenzaban a ser insoportables. Estaba seguro de que
obtendría una respuesta favorable al beso, pero, de alguna manera, se sentía
comprometido a no hacerlo hasta que se lo pidiera. ¿Cómo había sido tan
imbécil? Aunque si no recibía pronto una respuesta, se vería en la
obligación de llenar el vacío con algo más que palabras. Casi se frotaba las
manos con aquella posibilidad cuando escuchó lo último que quería oír.
—No puedo —dijo ella, decepcionada consigo misma. La parte cuerda
de su cerebro había ganado la partida.
—No pareces muy convencida. ¿Estás segura? —insistió con
naturalidad, intentando enmascarar su frustración con una amplia sonrisa.
—Sí, lo estoy —fue todo lo que añadió antes de alejarse de él todo lo
rápido que pudo. Debía salir de allí o estaba segura de que cambiaría de
opinión.
James corrió tras ella hasta que salió del tumulto. La siguió con la
mirada desde lejos, y se sorprendió al verla subirse a una moto custom que
estaba aparcada a escasos quince metros. Por el contorno que intuía desde
allí parecía una Suzuki Marauder. El que fuera motera lo llenó de una
inexplicable satisfacción. La observó, embelesado, mientras se ponía el
casco y se preparaba para marcharse.
«¿De dónde has salido?», se preguntó, fascinado, viéndola acelerar y
perderse en la distancia. «Y todavía más importante…, ¿cómo demonios te
encuentro?».
Capítulo 7
Cuando los primeros rayos de sol se colaron por el enorme ventanal de
su habitación, James ya llevaba despierto lo que le parecía una eternidad. El
motivo de que la noche anterior le hubiera costado tanto dormirse, se había
colado en sus sueños, dejándolo con una desagradable sensación de vacío al
despertar solo. Eso por no hablar de la enorme erección que seguía visible
incluso una hora después, a pesar de haber intentado contar ovejas, tigres y
hasta chiguguas, para sacarla de su cabeza.
Volvió a consultar el reloj, y lanzó un improperio al comprobar que
todavía era muy temprano. Se tapó la cabeza con la almohada en un intento
de borrar sus pensamientos o al menos acallarlos, pero no funcionó.
—¡Esto es absurdo! —protestó, incorporándose en la cama. Comenzaba
a crisparle el hecho de no poder pensar en nada más que en la dueña de
aquellos impresionantes ojos azul violáceos.
Enfadado y maldiciendo la reacción de su cuerpo, se levantó y se metió
en la ducha. Abrió el agua fría a tope y se congeló durante todo el tiempo
que fue capaz de aguantar. Cuando al fin cerró el grifo, se sentía un poco
mejor.
Se vistió y decidió pasar por el taller. Quizá podía aprovechar el par de
horas que faltaban para su reunión con Sam, para trabajar sobre alguna de
las motos que habría pendientes de customizar. Aquello siempre le había
ayudado a relajarse. Esa mañana tenían la conferencia con la junta directiva
de Sample, y necesitaría de toda su paciencia y mano izquierda para
enfrentarse a ella. Si no conseguía aplacar un poco su irritación, se
convertiría en un campo de batalla.
Cuando llegó a casa de Sam un par de horas más tarde, al fin había
conseguido relajarse lo suficiente como para poder enfrentarse a cualquier
cosa.
Entro en la casa usando sus propias llaves. Lo encontró afeitándose.
—¿Sabes que hoy en día hay unas cuchillas estupendas, Sam? —
Sonrió, observando a través del espejo cómo usaba la navaja con maestría
—. Incluso hay maquinillas eléctricas que te facilitarían mucho ese trabajo.
—El acabado no es el mismo. —Sonrió el anciano—. Y tengo que estar
presentable. Lo último que quiero es que alguien en la junta se pregunte
cuántos noticieros me quedan para palmarla. Eso haría saltar las alarmas.
James intentó sonreír, pero tan solo consiguió esbozar una pequeña
mueca. La salud de Sam le quitaba el sueño desde hacía muchos meses.
Podría engañar a la junta de accionistas de Sample a través de una cámara,
pero él lo veía a diario, y era muy consciente del precario estado de salud en
el que se encontraba.
Para colmo, Sam se había negado a disponer de una enfermera o
persona de servicio que le hiciera la vida más fácil, y tampoco había
querido vivir con él. Tan solo permitía que vinieran a adecentar la casa tres
días por semana. James había discutido aquel mismo tema con él decenas
de veces, pero el anciano era muy obstinado.
—Sácame un traje del armario, por favor —le pidió—. El que quieras.
—¿Lo ves necesario, Sam?
—Nunca me he presentado en una reunión vestido de trapillo —le
recordó—. No voy a empezar hoy.
James sonrió ante la esperada respuesta. No recordaba haber visto a
Sam Purple sin uno de sus elegantes trajes hasta que la enfermedad le había
impedido llevar una vida normal.
—Tienes buen gusto —reconoció el anciano cuando James le tendió la
combinación de traje, camisa y corbata que había escogido.
—Ahórrate el comentario sobre lo elegante y arrebatador que estaría
con uno estos, Sam —le advirtió, logrando arrancarle una carcajada—.
Tenemos un acuerdo. Y es la única concesión que estoy dispuesto a hacer
en ese sentido, lo sabes.
—Y tú sabes que yo te respeto igual, Jamie. —Sonrió con ternura,
dándole una palmadita cordial en el hombro.
El chico sonrió y lo miró con cariño. Aquella era una de las cualidades
que le encantaban de Sam, que jamás lo juzgaba y siempre respetaba sus
decisiones, aunque hubiera algunas cosas, como su vestuario, en las que
jamás estarían de acuerdo. James siempre se había negado a vestir de traje y
corbata, aquel punto era innegociable. Desde un principio había dejado
claro que nadie podía venir a decirle a su propia empresa lo que debía
ponerse. Consideraba que no era mejor ni peor en su trabajo por como fuera
vestido, de modo que dirigía su pequeño imperio en pantalones vaqueros el
noventa por cierto del tiempo. Solo cuándo tenía reuniones importantes con
Sam, como aquel día, estaba dispuesto a cambiar su sencilla camiseta por
una camisa.
Caminó hasta el armario donde siempre guardaba un par de sus camisas
limpias y escogió una de color blanco. Se acercó al espejo, mirándose
mientras se abotonaba. El reflejo le devolvió una imagen incómoda de sí
mismo. La camisa se ajustaba a cada músculo de su cuerpo, dándole a
James la sensación de estar metido dentro de un saco, pero debía reconocer
que no le sentaba del todo mal. Aunque lo que él consideraba no estar del
todo mal, no se ajustaba ni remotamente a la realidad. Cualquier mujer que
posara los ojos sobre él tendría serios problemas para apartar la vista y dejar
de suspirar con anhelo.
Sam ya estaba vestido cuando regreso a su habitación. James lo
observó, apoyado en el quicio de la puerta, mientras el anciano se hacia el
nudo de la corbata. No tenía buen aspecto. Se notaba a la legua que el traje
le iba un poco grande debido al peso perdido en los últimos meses.
—Blanca. —Sonrió Sam al verlo, refiriéndose a la camisa—. Buena
elección. Casto y puro.
Una carcajada escapó de labios del chico, que contagió al instante al
anciano.
—¡Y virginal, Sam! —Volvió a reír—. No te dejes virginal.
Salieron de la habitación sin dejar de bromear. Sam se asignó la tarea
de hacer café, mientras James preparaba todo en el despacho de la casa para
la inminente reunión.
Desde que Sam había enfermado y no podía viajar a la central de la
empresa en Nueva York, James lo había ayudado a aprovechar las
tecnologías del siglo veintiuno para que ambos pudieran estar presente en
cada una de las juntas de accionistas. Habían hecho instalar un total de doce
cámaras, repartidas entre aquel despacho y la sala de juntas de la central. El
resultado era una conferencia online donde daba la sensación de que todos
estaban sentados a la misma mesa.
—Ya estamos listos —le dijo a Sam, cogiendo el café que le tendía—.
Solo tenemos que esperar a que entre la llamada.
El anciano tomó asiendo en su cómodo sillón. Sentado tras la enorme
mesa caoba, con aquel porte erguido y capaz, ataviado con uno de sus
mejores trajes, nadie diría que no era el mismo de siempre.
Se enfrentaban a una reunión importante. Había decisiones que tomar
con respecto al rumbo que la empresa debería llevar para seguir creciendo.
Necesitaban modernizarse, y que el actual ceo fuera un clasista retrogrado
que vivía en la opulencia sin apenas esfuerzo, no estaba siendo de ayuda.
—Necesitamos que todo el mundo comparta tu visión de la empresa,
Jamie —opinó Sam, convencido.
—Lo cual no es una misión fácil —le recordó—. Berstein tiene a toda
la junta a su favor desde hace años. Yo solo soy un accionista minoritario.
—Y yo el fundador de la compañía. —Sam odiaba alardear, pero
aquella mañana estaba dispuesto a conseguir lo que llevaba en mente—.
Eres un genio de los números, hijo, ¿cuánto suman tus acciones con las
mías?
James sonrió intranquilo. Veía al anciano con una férrea determinación
en el rostro, que le hacía presagiar algunas sorpresas. Hacía ya cinco años
que James había entrado a formar parte de la junta de accionistas de
Sample, gracias al éxito de Customsa. Sam se había encargado de negociar
con la junta un paquete de acciones del veinte por ciento para él. A cambio,
el propio Sam le había cedido el once por cierto de las suyas, con la
condición de que todos se desprendieran de un porcentaje mínimo hasta
completar ese veinte. Todos estuvieron encantados de hacerlo con tal de que
el anciano dejara de ostentar el cincuenta y uno por ciento de la compañía, y
el voto decisivo en todas las negociaciones. Ingenuamente, habían confiado
en que James fuera un contrincante más flexible y manejable que el propio
anciano.
—Sabes que para mí es de vital importancia que la empresa se
modernice y deje de pensar solo en el dinero —le dijo James como tantas
otras veces—. Y también sabes cuánto me molesta el elitismo que se asocia
con la marca Sample, porque eso afecta mucho a Customsa. Quiero motos
más baratas, asequibles para todo el mundo, y, de paso, franquicias más
accesibles también.
—Y yo quiero que consigas todo eso.
—Pero no podemos imponerlo, Sam, lo sabes. Nos echaríamos encima
a Berstein.
—El sesenta por ciento de Sample es nuestro, Jamie.
—Lo sé, pero nos estaríamos metiendo en una guerra interna que no
nos conviene.
—No te entiendo —admitió Sam, turbado—. Eres el tipo con más
visión empresarial que he conocido nunca, y he conocido muchos. Te he
visto luchar con uñas y dientes hasta convertir Customsa en una empresa
millonaria cuando solo tenías veintitrés años. Y ¿te asusta enfrentarte a
Berstein cuando él representa todo lo que odias en la vida?
—Sam, junto con Berstein nos estaríamos echando encima a toda la
junta de accionistas.
—Sí, no necesito que me hagas ver lo obvio —reconoció—. Yo sé todo
eso.
—¿Y entiendes también la cantidad de horas y negociaciones
interminables de las que estamos hablando?
Sam entrecerró los ojos, mirándolo con suspicacia. Acababa de
comprender de dónde venía la reticencia de James.
—Así que es eso —adivinó—. Te preocupa que mi salud no lo resista.
El chico resopló y miró al anciano, dejándole ver la angustia que bullía
en su interior.
—Los dos sabemos que tu corazón no aguantaría tanta presión, Sam —
reconoció—. Y yo solo quiero disfrutar de tu compañía el mayor tiempo
posible. Todo lo demás es secundario.
—Jamie —dijo el anciano emocionado, pero firme—, haga lo que haga
no me queda demasiado tiempo.
—Sam…
—No, hijo, lo sabes igual que yo —insistió—. Solo quiero dejarte una
empresa digna de ti.
—No necesito una empresa, Sam —dijo sin poder evitar que se le
quebrara la voz—. Necesito un padre. No tienes forma de convencerme
para que arriesgue un solo día de tu vida en una lucha por dinero.
Sam guardó silencio y suspiró. Sabía que no tenía nada que hacer
cuando James tomaba aquella actitud. Podría apelar a su última voluntad
para obligarlo a cooperar, pero era consciente de que lo estaría condenando
a una vida de culpabilidad si lo que el muchacho tanto temía terminaba
sucediendo. Y no podía engañarse, era muy posible que así fuera.
—¿Y si hubiera otra opción? —dijo el anciano de repente—. ¿Y si no
tuvieras que luchar contra nadie para llevar a cabo todos los planes que
tienes para Sample?
—Eso no es posible, Berstein jamás permitiría…
—Berstein no tendría nada que decir desde el sofá de su casa —
interrumpió.
—¿Quieres destituirlo? —preguntó asombrado.
—Quiero nombrar un nuevo CEO, sí. —Sonrió ante el asombro del
chico—. Alguien que pueda reclamar la dirección de Sample por derecho
propio.
—Solo un accionista mayoritario puede hacer eso, Sam —le recordó.
—Correcto.
Capítulo 8
Rob devolvió al plato el tenedor cargado de carne que estaba a punto de
engullir, y miró a su amigo, perplejo.
—¿Quiere cederte todas sus acciones?
—Todas no, solo el treinta y uno por ciento —admitió James—. Son las
suficientes para convertirme en el accionista mayoritario, y así tener
derecho a exigir la presidencia. Y Sam aún se quedaría con las suficientes
como para tener un voto en la junta.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no puedo aceptarlas. ¿Qué otra cosa podría decir?
—Pues conociendo a Sam, no ha quedado la cosa ahí.
—Sam es igual de cabezota que yo. No es fácil que acepte una
negativa.
Rob también conocía al anciano desde hacia los suficientes años, como
para imaginarlo defendiendo sus objetivos hasta la extenuación.
—Solo por curiosidad, James, ¿cuánto valen esas acciones?
Su amigo mencionó una cifra que arrancó un silbido de labios de Rob,
que lo observaba alucinado.
—Aunque supongo que para Sam eso es calderilla. —Sonrió—. Aquí lo
único importante es si a ti te apetece o no asumir ese reto. ¿Tú quieres la
presidencia de Sample?
James resopló. Aquella respuesta era muy complicada.
—Yo quiero un montón de mejoras para Customsa, que no podré lograr
si no asumo el reto de Sample primero. Pero eso llevará un tiempo, y no
quiero pasarlo metido en un avión entre Nueva York y Santa Carla. Sam
está más delicado de lo que parece, Rob, quiero disfrutar de todo el tiempo
que le quede. De momento he tenido que prometerle que lo pensaría.
Hemos decidido valorarlo todo juntos durante el verano y decidir en
septiembre.
—Pues tienes una dura decisión por delante.
—Cierto, pero no tengo que tomarla ahora mismo. Hay cosas más
importantes de las que tenemos que hablar...
—¿Más importante que dirigir o no una compañía multimillonaria?
—Claro. —Sonrió con malicia—. Quiero el parte completo de tu cita
con Sarah.
Rob rompió a reír. Debería haber supuesto por dónde iba la cosa.
—Pues fue genial, la verdad —admitió con una sonrisa de felicidad—.
Sarah es estupenda. La cita superó con creces mis expectativas.
—¿Dónde la llevaste?
—Dimos la clase de billar en el Oasis, y después cenamos en el Maku
Azteca.
—¿Un mexicano? —se extrañó James—. Si tú no puedes soportar el
picante.
—Supongo que eso explica por qué no había estado nunca en ese
dichoso restaurante —dijo con un simpático gesto, pero sin dejar de sonreír
—. Pero mereció la pena solo por la compañía.
—Vale, un antiácido y listo. ¿Y después?
—La llevé a su casa.
—¿Y?
—Me despedí y me marché. Fin de la historia.
—¿Cómo que fin de la historia? Si todavía no os habéis comido las
perdices… —protestó James fingiendo desilusión, y provocando una
sincera carcajada en su amigo.
—Es que no pasó nada más.
Rob lo miró con una sonrisa avergonzada, y James no tardó en intentar
indagar a qué se debía. Sabía que le estaba ocultando algo.
—Desembucha.
El rubio suspiró y, con un divertido gesto de resignación, le contó cómo
cuando había aparcado frente a la casa de Sarah y tenía el firme propósito
de besarla, su perro se había puesto a ladrar y había contagiado a todos los
perros del vecindario, hasta el punto de hacer salir al padre de la chica a ver
que estaba sucediendo.
—Puedes dejar de reírte cuando quieras. —A James le dio tal ataque de
risa con solo imaginarse la situación, que estaba llamando la atención del
resto de comensales del restaurante. Rob terminó contagiándose y ambos
pasaron un rato muy divertido.
—Gracias, Rob, necesitaba reírme —reconoció.
—Al menos mi completa humillación ha servido para algo —ironizó
divertido.
—Espero que tengas otra oportunidad pronto.
—Claro que la habrá —dijo convencido—. Si las cosas salen como yo
espero, tendré toda una vida para besarla.
—¡Oh, eso te ha quedado muy poético!
—Es la mujer de mi vida —insistió sin ningún tipo de vergüenza.
—Empiezas a hablar como el protagonista de una telenovela.
—Eso debe de ser todo un cumplido viniendo de alguien que dice cosas
como es la mujer más increíblemente bonita que he visto en mi vida.
—¡Yo no puse esa cara de panoli! —se quejó, aunque terminó riendo
—. Disfrutaste bien del momento.
—Que una mujer pasara de largo y desapareciera dejándote sin
palabras, fue divertido, lo reconozco.
—Pues la segunda parte de la historia te va a encantar. —Los ojos de
Rob se abrieron de par en par.
—¿Has vuelto a verla? —James asintió—. ¿Y has esperado hasta el
postre para contármelo?
James le relató lo sucedido a la puerta del bar, sin profundizar
demasiado en los detalles. Su cuerpo reaccionó al recuerdo como cada vez
que pensaba en ella.
—¿En el Oasis? —preguntó Rob sorprendido—. Pues yo estuve allí
hasta las diez y no vi a nadie que me llamara la atención.
—Eso es porque solo tienes ojos para tu Sarah —se burló James.
—Pues no te lo discuto.
Rob intentó hacer memoria. A pesar de que reconocía que Sarah lo
tenía obnubilado, estaba seguro de que una rubia tan increíble como para
impresionar tanto a James no le hubiese pasado desapercibida.
—Entonces, ¿tu mujer fantasma…?
—¿Mujer fantasma? —A James le hizo gracia.
—De momento solo la ves tú. Tú dirás que puede encajar mejor que eso
—insistió Rob, arrancando una sonora carcajada de labios de su amigo—.
Como te decía, tu mujer fantasma ¿gana en las distancias cortas?
—Gana a cualquier distancia. Te lo digo en serio, es… ¡Joder es
increíble! Es preciosa, Rob, me enloquece.
Rob lo observó sin poder evitar cierto desconcierto. No eran las
palabras de James las que le sorprendían, era más bien la expresión de su
rostro al hablar de ella lo que le tenía perplejo.
—Deja de mirarme así —protestó James unos segundos más tarde.
—¿Así cómo?
—Así de serio, no sé, como si me hubieran abducido los extraterrestres.
—Disculpa —dijo con sinceridad—. Pero me sorprende un poco tu
reacción a esta chica. Es todo.
—Tampoco es para tanto. ¿Qué he dicho? Tan solo que está muy bien
—protestó. Rob arqueó las cejas, obligándolo a rectificar—. Bueno, vale,
algo más que bien. Es guapa. Es… la mujer más increíble que he conocido.
¿Y qué? ¿No puede decir uno lo que le venga en gana?
—Aquí todo te lo estás diciendo tú solo. —Sonrió Rob—. Aunque
igual algunas cosas debías decírselas a ella.
—Si es que vuelvo a verla.
Capítulo 9
Jennifer ayudó a poner la mesa y se sentó a comer, dispuesta a pasar un
rato agradable en familia. Después de su acostumbrada carrera matinal,
había empleado el resto de la mañana en conocer un poco la zona y estaba
agotada, además de hambrienta. Se recostó en la silla mientras hacían algo
de tiempo para poder comer con Pat, que llegaba con retraso.
Se perdió en sus pensamientos mientras esperaba. Por vigésima vez
aquella mañana, se regañó a si misma por el derrotero que tomaba su mente
cada vez que la dejaba volar libre. Su demonio de ojos verdes aparecía ante
ella con aquella devastadora sonrisa, y su cuerpo reaccionaba de forma
intensa y desproporcionada.
«Sal de mi cabeza», volvió a repetirse, enfadada. Llevaba toda la
mañana malhumorada por su culpa. Lo había buscado con la mirada en cada
lugar que había visitado, y lo más irritante de todo era reconocer que estaba
decepcionada por no habérselo topado. Resultaba desesperante no poder
dejar de pensar en él, cuando sabía que debería estar relajándose para
enfrentarse a la entrevista más importante de su vida.
—¡Lo siento! —Entró Pat como una exhalación en el salón—. El
paciente de las diez se retrasó veinte minutos, y ya hemos ido de cabeza
toda la mañana.
—Necesitáis más personal, Pat —opinó su madre—. La clínica está a
tope. Entre Rob y tú ya no llegáis a todo.
—Ya, pero ya sabes que para eso necesitaríamos un local más grande—
le recordó Pat.
—¿Y lo tenéis en mente? —se interesó Jennifer.
—Sí, pero acabamos de terminar de pagar el préstamo que pedimos
para montar la clínica —le explicó—. Hemos decidido darnos unos meses
de relax para volver a empezar.
—Quizá deberíais aceptar la ayuda de James —opinó Esther mientras
servía la comida—. Él puede prestaros lo que necesitéis.
—Lo sé, mamá, sé que nos firmaría un cheque en blanco si se lo
pidiéramos, pero ni Rob ni yo nos sentimos cómodos tratando a un amigo
como si fuera una sucursal bancaria —le explicó igual que tantas otras
veces—. Cuando nos decidamos a ampliar la clínica, ya veremos.
—Así que ¿además de guapo el tal James es un buen partido? —
bromeó Jennifer—. Pues igual debería plantearme perdonarle lo de la
lagartija.
—¡Uy, yo me fugaría con él sin pensarlo! —intervino Esther con una
pícara sonrisa.
—¡Mamá! —le regañó Pat, alarmada, pero las tres rompieron a reír
divertidas—. Dile ahora mismo a Jen que estás bromeando.
—¿Quién bromea? —insistió—. Yo dejo a tu padre en cuanto que
James me guiñe uno de sus increíbles…
—Mamá, sírveme ya los macarrones y compórtate —interrumpió Pat,
tendiéndole su plato con un divertido gesto de indignación—. Y llénamelo
hasta arriba para compensarme el disgusto.
Jennifer tuvo un ataque de nostalgia mientras las escuchaba bromear.
Tan solo llevaba unos días en Santa Carla y ya echaba muchísimo de menos
a sus padres.
Charlaron de forma animada durante toda la comida. Pat tenía que
volver a la clínica, pero antes de marcharse hizo prometer a su prima que se
reuniría con ella en el Oasis aquella noche.
—Ayer solo estuviste una hora —protestó haciendo pucheros—. Y
tengo monillo de prima.
—Si es por eso, ¿cómo voy a negarme?
—Seguro que luego estaremos todos allí —insistió—. Ya conoces a
Rob y Dannie, pero aún me queda presentarte a James.
—Ya conozco a James, ¿recuerdas?
—No, olvida de una vez al niño de la lagartija, quiero que conozcas al
adulto —se puso seria—. Es un tío estupendo, la verdad.
—Pensaba que era el típico guapo imbécil.
—¿Cuándo he dicho yo eso? —Frunció Pat el ceño—. Todo lo
contrario. Que James sea guapo no es ni por asomo su mejor virtud.
Consciente de que, quizá en su afán por prevenir a su prima contra los
encantos de su amigo, había dado una impresión con respecto a él que nada
tenía que ver con la realidad, se sintió en la necesidad de defenderlo.
—James es un tipo genial, ya sabes que es como un hermano para mí
—admitió—. Es ingenioso y divertido, siempre está dispuesto a tenderte
una mano si lo necesitas y, además, es un tío brillante. Una de esas personas
que merece la pena conocer.
—Me desconciertas —reconoció Jennifer que se había formado una
opinión muy diferente.
—Ya me he dado cuenta, pero no estaría siendo justa con él si no te
dijera todo esto, pero, por favor… —le imploró juntando las dos manos—,
bajo ningún concepto se te ocurra enamorarte de él.
Jennifer estalló en una sonora carcajada ante la carita de súplica de su
prima.
—¡Te lo digo en serio! —insistió Pat de nuevo—. Te destrozará si lo
haces.
—Ya sabes que los hombres guapos y yo no nos llevamos bien —le
dijo, intentando que el recuerdo de ciertos ojos verdes no la hiciera sentirse
como una total embustera—. No hay ninguna posibilidad de sentirme
atraída por tu amigo, te lo aseguro.
«Entre otras cosas porque estoy pirrada por otro», pensó, pero eso no se
lo dijo, ya bastante tenía con admitirlo ante sí misma.
Pat la observó con expresión seria. Su prima siempre había sido tajante
con respecto a su aversión por los hombres guapos, y sabía de sobra qué era
lo que motivaba aquella antipatía. Estuvo a punto de preguntarle por el
estado de salud de su amiga Amber, pero se contuvo. Lo último que quería
era ver como desaparecía aquella sonrisa de sus labios.
Capítulo 10
James entró en la pequeña gasolinera y se detuvo frente a uno de los
surtidores. Apago el contacto y se bajó de la moto, buscando con la mirada
a Oliver, al que localizó a un par de metros llenando el depósito de un
todoterreno. El hombre no tardó en acercarse.
—¿Cómo lo llevas, James? —saludó mientras se limpiaba las manos en
un trapo que llevaba colgando del cinturón—. ¿Cuánto te pongo?
—Llénamelo, por favor —le contestó, tendiéndole las llaves.
—Oye, tengo un pequeño ruido en una de las ruedas de la furgoneta —
le contó mientras abría el depósito.
—Acércasela a Benji, que le echen un vistazo —le recomendó.
El taller original en el que James había aprendido todo lo que sabía de
mecánica, y del que más tarde Sam lo pondría al frente, aún estaba
funcionando. Customsa le cedía un espacio en sus instalaciones.
Oliver dejó la manguera dentro del depósito y se alejó para atender a
otra persona, mientras James entraba en la tienda para pagar con tarjeta.
Cuando salió de nuevo al exterior, se detuvo en la puerta para guardarse la
cartera, y el corazón le dio un vuelco. Una Suzuki Marauder acababa de
entrar en la gasolinera, y, a pesar de llevar el casco puesto, reconocería a la
conductora en cualquier parte. La siguió con la mirada hasta que se detuvo
junto al inflador de neumáticos. Pudo observarla a su antojo durante lo que
le pareció una eternidad, puesto que estaba seguro de que ella aún no lo
había visto. Disfrutó con avidez del momento en el que se quitó el casco y
dejó al viento su preciosa melena azabache.
Jennifer colgó el casco del manillar de su moto y miró a su alrededor
mientras se quitaba los guantes. Posó sus ojos sobre una moto aparcada
frente a uno de los surtidores.
«¡Madre mía, es una pasada!», se dijo, sin poder apartar los ojos de
ella. Era la moto más impresionante que había visto nunca. No podía
apreciar la marca desde donde estaba, pero tenía un diseño espectacular y
estaba customizada de arriba abajo, convirtiéndola en un sueño. Desde los
largos flecos que colgaban de las empuñaduras hasta las alforjas de cuero
traseras, era todo un festín para los ojos. No alcanzaba a distinguir el dibujo
exacto que llevaba aerografiado en el depósito, pero estaba segura de que
estaría acorde con todo lo demás, puesto que se notaba el gusto impecable
del diseñador.
«¿Dónde he visto yo esa moto antes? ¿De qué me suena?», se preguntó
sin dejar de observarla, pensando en que daría lo que fuera por poder
conducirla.
—¿Qué miras con tanta atención? —interrogó James a su espalda,
deteniéndose tras ella.
Jennifer, sobresaltada, se volvió hacia él y se olvidó por completo de la
moto. Su corazón se puso a latir tan descontrolado, que temió que él pudiera
escucharlo alto y claro. Y, después del luchar todo el día contra su recuerdo,
aquello le molestó.
—¿Siempre llegas con tanto sigilo a todas partes? —le dijo con un
gesto de desagrado.
—Si no hubieras estado tan obnubilada, me habrías escuchado llegar —
se defendió James—. ¿Es al rubio del Toyota el que mirabas con tanta
atención?
Jennifer se giró y miró hacia donde parecía estar señalando. El chico en
cuestión no era feo, pero la realidad era que ella ni siquiera lo había visto;
aunque él no tendría por qué saberlo.
—¿Importa mucho a quién estuviera mirando?
—Podría importar, sí —contestó con una franqueza que hasta a él
mismo le sorprendió. Los celos nunca habían formado parte de su carácter,
y, sin embargo, le molestaba de una forma insoportable que ella estuviera
mirando a otro.
—Pues ese es tu problema. Hasta donde yo recuerdo tengo derecho a
mirar a quien me dé la gana.
—¿Por qué estás tan borde?
—¿Y tú por qué te crees con autoridad para hablarme como si me
conocieras de algo?
Jennifer era consciente de que él tenía razón. Se estaba comportando de
una forma muy grosera, casi estúpida, pero no podía evitarlo. La cálida
sensación que le había recorrido el cuerpo cuándo tuvo la impresión de que
él estaba celoso, había sido demasiado intensa. Lo último que necesitaba era
que esbozara una de sus demoledoras sonrisas. Debía evitarlo a toda costa.
Aquella actitud desconcertó por completo a James, que por primera vez
en su vida estaba perdido y sin palabras.
—¿Te comportas así con todo el mundo o tienes algo en mi contra que
yo no sepa? —le terminó preguntando, fingiendo desinterés—. Por pura
curiosidad, vamos.
—Soy así —mintió ella, agachándose a quitar el tapón del neumático
trasero para no tener que mirarlo—. No te ofendas, pero me resultas
demasiado indiferente como para que sea algo más personal.
James tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no dejarse llevar por el
enojo que comenzaba a bullir en su interior. Esbozó lo más parecido que
pudo a una sonrisa y agregó:
—Ya entiendo.
—¿Sí? ¿Y qué es lo que entiendes?
—Que te mueres por arrojarte en mis brazos y eso te molesta. —
Jennifer ahora sí lo miró, perpleja, mientras él continuaba diciendo—: Si no
¿por qué te esforzarías tanto para dejarme claro que no te intereso?
—¿Por qué no me interesas? —dijo con sarcasmo, y consiguió que su
voz sonara con una frialdad absoluta. Tiró de la manguera de aire con más
fuerza de la necesaria para llevarla hasta la rueda. El último comentario que
él había hecho se acercaba demasiado a la realidad como para sentirse
serena.
—Vale, firmemos una tregua —pidió James, intentando relajar un poco
el ambiente—. ¿Puedo ayudarte con eso? —Señaló la rueda.
—Pues no, no es necesario.
—Solo trato de ser un caballero.
—Para mí un verdadero caballero es el que me respeta lo suficiente
como para no tratarme como si fuera una inútil.
James la observó en silencio, molesto con ella por cómo se estaba
comportando y frustrado por no poder hacer nada para evitarlo.
Cuando Jennifer terminó de darle a la rueda la presión justa, colgó la
manguera y se agachó de nuevo a poner el tapón. La ponía nerviosa que él
observara cada uno de sus movimientos, pero se prometió a sí misma que
no le dejaría ver cuánto le afectaba su presencia. Un minuto más tarde
rompió aquella promesa.
—¿Vas a mirarme durante mucho rato más? —terminó preguntándole,
exasperada.
Sin hablar aún, James se agachó a comprobar la rueda trasera. Cuando
se puso en pie, la miró directamente a los ojos.
—Aun a riesgo de sonar poco caballeroso, voy a sugerirte que lleves la
moto a un taller lo antes posible —le aconsejó—. Necesitas volver a
cambiar esta rueda.
—La he cambiado hace nada.
—Lo sé. Este tipo de neumático lleva apenas un año en el mercado —
dijo con una seguridad pasmosa—, y está demasiado gastada. Deberían
haberte cambiado las pastillas de freno junto con la rueda.
Jennifer lo miró, intentando disimular su sorpresa. El orgullo le impedía
mostrar ningún tipo de agradecimiento.
—¿Ahora es cuándo me recomiendas un taller? —preguntó con
sarcasmo.
—Pues siento decepcionarte, pero no conozco ninguno —contestó con
una sonrisa tranquila en el rostro—. En fin, me gustaría decirte que ha sido
un placer charlar contigo, pero ha sido una conversión de lo más frustrante.
Una pena.
Sin añadir una sola palabra más, le dio la espalda y comenzó a caminar
hacia su moto.
Oliver lo interceptó cuándo apenas se había alejado un par de metros de
ella. Le tendió las llaves de la moto mientras le hablaba:
—Entonces os acerco la furgo al taller cualquier día de la semana que
viene —le recordó el hombre mientras se alejaba.
—Sin problema, cuando quieras.
—Pero dile a tu gente que afine, que no me cobre un riñón por
arreglármela.
—Pues si aprecias tanto tus riñones igual debías plantearte jubilarla. —
Sonrió divertido.
—Concebí a mi primer hijo en ese cacharro.
—¿Y no se fue a la universidad hace ya dos años? —Rio James—.
Igual ha llegado el momento de dejar marchar a esa tartana también.
—¡Eh! —Le apuntó con un dedo—. No te metas con mi cacharra. Tú
solo asegúrate de que Benji no se pase.
—Haré lo que pueda.
—Pues si no puedes tú…
Ambos rieron mientras continuaban su camino. James, consciente de
que era imposible que la chica no hubiese escuchado la conversación al
completo, se preguntaba qué estaría pensando. No había sido su intención
echarle en cara que no le había dado la gana recomendarle su propio taller,
pero ¿qué podía hacer? El destino había colaborado para ayudarlo a darle
una lección.
Le costó un triunfo no volverse a mirarla. La tranquilidad con la que se
había alejado de ella era pura fachada. Las ganas de acercarse de nuevo
eran demasiado intensas, a pesar de que lo había tratado con la punta del
pie.
Jennifer se puso el casco, intentando que no fuera demasiado evidente
su azoramiento.
«Así que trabaja en un taller», se dijo mientras se ponía los guantes. Y,
aun así, le había dicho con toda la cara que no conocía ninguno. Intentó
enfadarse con él por aquel desplante, pero tuvo que terminar admitiendo
que se lo había ganado a pulso. No recordaba haberse comportado tan mal
con nadie en toda su vida. Aquel tipo conseguía magnificar sus
sentimientos, tanto para lo bueno como para lo malo.
Lo observó de reojo. Exudaba sensualidad con cada paso que daba.
«¡¿Cómo se puede estar tan bueno?!», gritó para sus adentros a pleno
pulmón mientras intentaba dejar de mirarle el culo. Lo siguió con la mirada
hasta… ¡la moto de sus sueños! ¡Mierda! Hasta su moto le provocaba
reacciones desmedidas. Verlo subirse a ella trajo consigo una oleada de
excitación que la cogió desprevenida. No se podía tener una pinta más sexi.
Terminó de abrocharse el casco y salió corriendo de aquella gasolinera
antes de ceder a la tentación de arrastrarlo al baño más próximo.
James por fin pudo dejar de fingir indiferencia, y se permitió mirarla
mientras se perdía en la distancia. Se apoyó sobre el depósito de la moto,
exhalando un sonoro suspiro de frustración. Estaba muy molesto por todo lo
sucedido. Enfadado con ella por tratarlo con total indiferencia, y furioso
consigo mismo porque, a pesar de todo eso, estaba deseando volver a verla.
¡Aunque nunca pensó que sería tan pronto!
Capítulo 11
Jennifer se detuvo al pie del parque que había frente al Oasis, aún sin
poder sacarse de la cabeza la visión de aquel cuerpo de infarto subido a
lomos de su caballo de acero. Suspiró, sin poder evitar preguntarse dónde
estaría él ahora. No esperaba que la respuesta a su pregunta fuese allí
mismo. Como si lo hubiera conjurado con el pensamiento, aparcó la moto
justo al lado de la suya.
—Antes de que me lo preguntes… —le dijo James, quitándose el casco
con gesto serio—, la respuesta es no, no te estoy siguiendo, te lo aseguro.
La chica no contestó. Toda su atención la tenía puesta sobre la
aerografía del depósito de la moto, que admiraba sin ningún disimulo. Para
James aquello resultaba un poco desconcertante. Ninguna mujer lo había
ignorado nunca a él para prestarle atención a su moto; aunque podía
entender que le gustara. Años atrás, había pasado una semana entera
diseñando aquel dibujo, quince días más plasmándolo sobre el depósito y
varias horas mirando el resultado final, alucinado. Era el dibujo de un
cementerio, en colores azules y grises, en el que un guardián cadavérico
paseaba por entre las tumbas, tratando de mantener a raya a un sinfín de
fantasmas y demonios que intentaban escapar por todas partes. No le faltaba
un detalle.
—¡Es espectacular! —dijo fascinada, acariciando el frío metal con la
yema de los dedos.
El enfado de James se disipó de forma automática, y se encontró
envidiando la suerte de todos aquellos seres que recibían la caricia de sus
dedos. Ella se tomó su tiempo para examinarlo a conciencia, ajena al
tormento que estaba provocándole a él, que se deleitaba con el pensamiento
de ser acariciado de la misma manera.
Jennifer, absorta, estudiaba cada detalle. Cuando terminó de admirarlo,
rodeo la moto muy despacio y se recreó con el resto del conjunto.
«Una Sample», observó sin sorprenderse. No había ningún modelo de
aquella marca que no fuera genial. Además, Customsa las customizaba de
forma tan increíble, que convertía en obras de arte cada una de ellas. Por
supuesto, aquella belleza era un diseño suyo, estaba segura. Por eso había
tenido la sensación de haber visto aquella moto en alguna parte. Era muy
parecida a la imagen publicitaria de la moto de Customsa, de la que había
tenido un poster enorme colgado en la pared de su habitación durante años.
Fijó su mirada de nuevo en la moto, frunciendo el ceño.
«¡Qué coño parecida! ¡Era aquella misma moto!», comprendió.
Jennifer posó por fin su mirada sobre James y sufrió un cortocircuito.
¿Sus ojos siempre habían sido de un verde tan intenso? A plena de luz del
día cortaban la respiración. Carraspeó y devolvió la mirada a un lugar más
seguro. Fingió seguir admirando la Sample; pero ya era demasiado
consciente de su dueño.
—¿Es la moto de la publicidad de Customsa? —preguntó alucinada,
sorprendiendo también a James—. Cuando la he visto en la gasolinera me
pareció que me sonaba de algo, pero estaba muy lejos…
—Espera, ¿era mi moto lo que mirabas?
Jennifer no contestó, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa
asomara a sus labios.
—Ni siquiera habías visto al tipo del Toyota, ¿me equivoco? —Sonrió
James.
—No piensas hablarme de tu moto hasta que no te conteste, ¿verdad?
—Volvió a mirarlo y su cuerpo reaccionó de la misma intensa manera.
—No.
—No habría visto ni a Aquaman en bañador estando esta moto cerca —
reconoció—. Me enloquece. He tenido un poster de metro y medio colgado
en la pared de mi habitación durante años.
James se sintió halagado. Cuando había customizado aquella moto,
hacía ya siete años, se había empleado a conciencia para poder usarla como
reclamo publicitario de Customsa. Solo pretendía utilizarla hasta que el
proyecto despegara un poco, pero aquella moto se había convertido en la
imagen de la empresa en poco tiempo. Había recibido cientos de alabanzas,
pero no recordaba que ninguna le hubiese halagado tanto como oírlo de
aquellos labios.
Así que su moto se había colado en su habitación durante años… ¿Se
podían sentir celos de un pedazo de acero?
—Vaya, eso resulta… raro.
—Sí que lo es. Es como si se hubiera materializado de la nada —
admitió la chica—. ¿Por qué la tienes tú?
—Porque yo la diseñé.
—¡No!
—Vale, pues no. —Sonrió divertido.
Jennifer lo miró de nuevo, intentando decidir si le estaba diciendo la
verdad, pero ¿qué motivos le había dado para pensar que fuera un
mentiroso? Además, por lo poco que habían hablado en la gasolinera, él
parecía entender de motos.
«Vale, Jennifer, no es tan impresionante. Ya te hace sentir demasiadas
cosas como para añadir admiración a la lista».
—¿Qué relación tienes con Customsa? —preguntó con más curiosidad
de la que hubiera querido.
—Digamos… que conozco al dueño.
—¿En serio? —James asintió—. Así que ¿te codeas con los peces
gordos?
—Llamarlo pez gordo me parece excesivo —comentó, intentando que
ella no se diera cuenta de cuánto le incomodaba la conversación—. No creo
que le gustara oírte llamarlo así.
—¿No? ¿Tan íntimamente lo conoces como para saberlo?
—Te sorprendería.
—¿Estás presumiendo conmigo?
—Puede ser, aunque podría hacerlo mucho más, te lo aseguro —
reconoció James, esbozando una espectacular sonrisa—. Pero no lo
necesito.
—¿Crees que no? —Jennifer lo miraba extasiada. Era consciente de
que estaba coqueteando con él, pero no podía parar.
—Estoy seguro —admitió—. No creo que seas de las que les importan
ese tipo de cosas; y, por si aún no te has dado cuenta, tengo la suficiente
confianza en mí mismo como para no necesitar decirte que soy millonario.
—¿Lo eres?
—¿Me creerías si te dijera que sí?
Jennifer lo miró, intentando recuperar el sentido común. Un inmenso
calor comenzaba a invadir zonas de su cuerpo que no soportaban bien las
altas temperaturas… Debía ponerle fin cuanto antes.
—Supongo que estás acostumbrado a que las mujeres crean cualquier
cosa que les digas.
Para James fue muy claro el momento en el que ella se batió en
retirada. Y, por supuesto, no iba a permitírselo, no aún.
—No lo hagas.
—¿Que no haga qué?
—No vuelvas a la actitud distante y fría que me has mostrado en la
gasolinera —le pidió—. No me ha gustado nada esa chica.
—¿Y si soy así?
—¿Antipática y mal educada?
—Y borde —le recordó como la había llamado él.
James soltó una sincera carcajada, que aceleró el pulso de Jennifer a
límites poco saludables.
«¡Por Dios, Jen, aléjate de él ya!». Miró a su alrededor y confirmó que
la moto de Nick estaba aparcada unos metros más allá, de modo que tanto él
como su prima debían estar dentro del pub. Solo necesitaba algo de fuerza
de voluntad para despedirse y entrar a reunirse con ellos. No debería ser tan
difícil.
—Antes de convertirme de nuevo en mister Hyde, prefiero despedirme
—le dijo, temiendo hacer una tontería si no se marchaba pronto.
—Pues no creo estar listo para dejarte marchar.
—Menos mal que no es decisión tuya entonces, ¿no crees?
—¡Miss simpatía ataca de nuevo!
—¿Y eso lo dice mister arrogancia?
Ambos se sostuvieron la mirada durante unos segundos. James no
entendía por qué ella siempre parecía querer salir corriendo.
—¿Por qué tengo la sensación de que me huyes? —le preguntó de
repente. Y por un segundo pudo ver la contrariedad en sus ojos, antes de
que la misma frialdad de siempre volviera a hacer su aparición.
—¿Huir? —Sonrió con cinismo—. Eso implicaría que me asustas, y
nada más lejos de la realidad.
—¿Estás segura? —insistió, rodeando la moto y recortando las
distancias.
—Totalmente —afirmó, rogándole a sus pies que no echaran a correr.
—¿Y por qué no te creo?
—Porque eres un engreído que está convencido de que todas las
mujeres que no se derriten a tus pies tienen algún problema —dijo con
fingida calma—. Y a algunas, aunque te sorprenda, es solo que no nos
atraen los ojos verdes.
—¿Y quieres hacerme creer que ese es tu caso? —Sonrió con
autosuficiencia.
Aquellas palabras implicaban que no se lo creía en absoluto. Jennifer
comenzaba a tener ganas de abofetearlo.
—¿Es que necesitas que te lo diga más claro? —preguntó,
retrocediendo un par de pasos de forma instintiva.
—Podemos comprobarlo.
—¡Estás loco!
—Puede ser, pero no soy yo el que finjo un desinterés que no siento —
soltó a bocajarro—. Ha llegado el momento de tener una conversación más
sincera.
James recortó de nuevo la distancia que los separaba, y observó como
ella se mojaba los labios con la punta de la lengua en un acto involuntario;
lo cual, junto a su respiración acelerada, hablaba mucho más alto que las
palabras.
—Esto acaba de ponerse muy interesante —susurró sin dejar de mirarle
la boca, loco por ser él quién lamiera aquellos labios—. Necesitamos
mantener esa conversación ya. Y este parque me parece el lugar perfecto.
Sin mediar una palabra más, se internó en el parque con paso firme.
Jennifer lo miró, confusa, intentando reponerse del insoportable deseo
que había sentido de asaltar su boca. Alucinada, observó como él no se
había girado una sola vez para comprobar si ella lo seguía, parecía dar por
hecho que lo haría… ¡¿Se podía ser más creído?! ¡Pues iba listo!
Como si le hubiera leído el pensamiento, James se giró hacia ella desde
unos metros más allá y la miró con un gesto divertido. Jennifer le devolvió
una mirada iracunda, y se dispuso a borrarle aquella estúpida sonrisa
desapareciendo en dirección contraria. Se apoyó sobre su moto para quitar
las llaves del contacto y hacer el mutis perfecto, pero, desconcertada,
comprobó que no estaban allí.
—¿Vienes? —le preguntó el chico con los brazos abiertos. Incluso a
varios metros de distancia, ella no tuvo problemas para reconocer su propio
llavero, pendiendo de uno de sus dedos.
Furiosa, valoró sus opciones, mientras veía como él se alejaba de nuevo
hacia el interior del parque. Podría quedarse allí, sentada sobre su moto,
esperando que se cansara de esperar y volviera a buscarla. También sería
divertido dejarle una nota sobre la moto y entrar en el pub, pidiéndole que
le devolviera las llaves cuando se cansara de jugar. Cualquier cosa antes que
seguirlo a un lugar apartado donde pudiera tumbarla sobre la hierba, aunque
su cuerpo se estuviera muriendo por escoger aquella última opción.
—¡Esto es absurdo, soy una mujer adulta! —se dijo en alto,
internándose en el parque hecha una furia.
Lo encontró sentado bajo un frondoso árbol, jugueteando con su
llavero.
—¿Tú cuántos años tienes? —lo atacó, molesta—. ¿Siete?
Obtuvo una carcajada como respuesta.
—¿De qué otra manera podía conseguir que me siguieras hasta aquí?
—En eso tienes razón —aceptó—. Dame las llaves.
—Ven a por ellas.
Ella emitió una especie de bufido.
—¿Eso qué es? —Rio él de nuevo—. ¿El equivalente a ni loca me
acerco a menos de dos metros?
—Más bien es un tranquila, la violencia nunca es la solución.
—Por tu expresión, no dudo de que me sacarías los ojos ahora mismo si
pudieras —reconoció sin perder la sonrisa—. ¿Por qué estás tan enfadada?
—Porque me impones tu compañía.
—¿Yo? No —negó—. Últimamente nos encontramos en todas partes.
Tengo un amigo que estoy seguro que diría que esto es cosa del destino. —
Casi podía escuchar a Rob diciéndole aquello.
—Me niego a pensar que mi destino sea tan cruel conmigo.
—¿En serio? —Se puso en pie—. ¿Tan malo te parezco?
Jennifer lo miró, inquieta, intentando no comérselo con los ojos más de
lo necesario. Se sentía mucho más segura cuando estaba sentado.
—¿Podemos terminar con esto? —le dijo, intentando recordar por qué
estaba tan enfadada—. No entiendo que pretendes conseguir con esta
actitud de macho alfa.
—No sé si me gusta ese calificativo.
—Y a mí no me gusta esa actitud.
—Me llamas macho alfa solo porque confío en mis posibilidades —dijo
recortando la distancia—. Aunque al parecer tú no estás dispuesta a admitir
lo que hay entre nosotros.
—¿Antipatía?
—Atracción. Química… Tensión sexual.
Jennifer tuvo que tragar saliva repetidas veces para intentar disolver el
nudo que se le había formado en la garganta.
—Yo no digo que no sea eso lo que tú sientes… —contestó, acalorada,
tratando de no retroceder.
Él continuó avanzando.
—… pero eso no quiere decir…
Cada vez estaba más cerca.
—… que yo también me sienta igual.
Se detuvo a escasos centímetros de ella, que se sentía prisionera de
aquellos ojos increíbles.
—Reconoce que te mueres por besarme —le susurró James sin dejar de
mirarle la boca.
—No he conocido a nadie más arrogante que tú en toda mi vida.
—Eso no es una respuesta.
—No es la respuesta que buscas.
—Cierto —aceptó, tomándola de la cintura y tirando de ella para
acomodarla contra él—. Quiero oírte decir que jamás has deseado tanto
besar a alguien —susurró tan cerca de su boca que podía sentir el aliento de
ella sobre el rostro—. Dime que nunca has sentido esta imperiosa necesidad
de fundirte con alguien hasta que no puedas distinguir dónde terminas tú y
empieza la otra persona.
—Suéltame —susurró la chica, pero fue más un ruego que una protesta,
y el brillo intenso de sus ojos le dijo que él lo sabía.
—No puedo hacerlo —reconoció James, rozándole la nariz con la suya
—. Yo sí estoy dispuesto a admitir que me volveré loco si no saboreo pronto
esos labios que me quitan el sueño.
«Así que ¿ha pensado en mí?». A Jennifer cada vez le resultaba más
difícil continuar fingiendo una frialdad que estaba tan lejos de sentir. Estaba
a punto de arder en llamas y pronto no tendría donde esconderlo.
—Ten cuidado, vaquero, suelo producir ese efecto en los hombres —
dijo, intentando recuperar un poco el control de la situación—. Es una lata,
porque todos se terminan enamorando de mí, y lo último que necesito es a
alguien como tú persiguiéndome por todas partes.
—Si es por eso, no te preocupes, te aseguro que conmigo no tendrás ese
problema, soy inmune al amor —contestó con una sonrisa de
autosuficiencia.
—Así que ¿eres de los que piensan que el sexo lo es todo en la vida?
—El buen sexo, sí —reconoció.
—Interesante. —Sonrió, intentando lidiar con la decepción que la
invadió—. Aun así, no creo que…
James ya no le permitió terminar de formular otra excusa. Recortó los
pocos centímetros que lo separaban de su boca, y besó sus labios con un
hambre que no recordaba haber sentido jamás.
En el momento en el que rozó su boca, Jennifer supo que estaba
perdida. No podría resistirse, y ni siquiera se le ocurrió intentarlo. La
realidad era que, a pesar de que se había negado a reconocerlo ante él, se
moría por aquel beso; aunque no estaba preparada para la intensidad con la
que su cuerpo respondió cuando la lengua de James rozó la suya por
primera vez. Se agarró con fuerza a él, temerosa de que las rodillas dejaran
de sostenerla, mientras que sentía las manos del chico atraerla hacia sí con
la misma frenética desesperación con la que ella intentaba fundirse con su
cuerpo. Un gemido escapó de sus labios cuando la tomó de las nalgas para
apretarla aún más contra su pelvis. Sentir la prueba indiscutible de su deseo
por ella, la enloqueció. Se abandonó por completo a las sensaciones,
incapaz de pensar en nada que no fuera en como saciar el intenso deseo que
la abrasaba por dentro y que se multiplicaba en la parte baja de su abdomen,
provocándole un dulce tormento que solo había una manera de apaciguar.
La boca del chico descendió por su cuello, besando enloquecido cada
centímetro de piel que iba descubriendo. Jennifer se inclinó hacia un lado
permitiéndole el acceso, y casi dejó escapar un gemido de anticipación
cuando sintió aquellas manos ascender hacia sus pechos, cuyos pezones,
completamente erectos, parecían reclamar su atención. Jamás había estado
tan desesperada por sentir las manos de un hombre sobre su piel desnuda.
Menos mal que hacía calor a pesar de estar al aire libre. Aquel pensamiento
se coló en su cabeza, desconcertándola por un segundo. Al aire libre…
«¡Estamos en un parque público!», gritó su sentido común tan alto, que
rompió por completo la magia. Empujó a James con tanta fuerza, que el
chico la miró con un gesto confuso y contrariado.
—¿Qué pasa? —le dijo, intentando no abalanzarse de nuevo sobre ella.
—¿Qué demonios crees que pasa? —Jennifer miró a su alrededor,
mortificada con lo sucedido. Un adolescente paseando a su perro los
observaba, curioso, a unos diez metros.
«¿En qué pensabas, Jennifer?, se recriminó a sí misma, pero se contestó
casi al mismo tiempo. «No pensaba, no podía pensar».
—Entiendo. —James siguió su mirada y ahora fue él quien se sintió
turbado—. Quizá las cosas se nos estaban escapando un poco de las manos.
—¿Un poco? ¡Estamos en mitad de la calle! —Lo empujó de nuevo.
—Vámonos de aquí entonces —pidió, intentando no sonar desesperado
—. Donde tú quieras.
Jennifer casi dejó escapar un gemido al sentir sobre ella los ojos de
James, encendidos con aquel deseo feroz que no se molestaba en ocultar. Su
cuerpo respondió con intensidad a aquella mirada, aún molesto por la
abrupta interrupción, reclamando lo prometido a gritos.
Puso algo más de distancia entre ellos para intentar pensar con claridad.
Jamás le había pasado algo así. Recordaba la cantidad de veces que había
regañado a Amber por aquello. Su amiga insistía en que le resultaba
imposible resistirse a su verdugo cada vez que la tocaba, y Jennifer jamás
había podido entenderla del todo… hasta aquel momento. Aquel
pensamiento fue todo lo que necesitó para recuperar la cordura.
—Esto ha sido un error —dijo con toda la frialdad de que fue capaz.
—Un error —repitió, perplejo—. Pues estoy dispuesto a seguir
equivocándome.
—¡Pero yo no! Esto no va volver a pasar.
—No puedes hablar en serio. —James la miraba asombrado—. Sabes
igual que yo que la atracción que sentimos no es habitual.
—¿Cuántas veces has dicho eso mismo para llevarte a alguien a la
cama?
—Nunca. Yo no soy un hombre dado a los piropos ni a las palabras
bonitas —reconoció—. Jamás lo he necesitado.
Sorprendentemente, aquello no sonó nada pretencioso.
—Sí, imagino que todas caen rendidas a tus pies sin esfuerzo.
«Como acabo de hacer yo», maldijo para sí.
—Puede ser —aceptó—. Pero eso no tiene nada que ver con nosotros.
—¿Nosotros? —Sonrió sin rastro de humor—. No habrá un nosotros
nunca más.
—¿En serio? —Acortó las distancias y la atrajo hacia él de nuevo.
—¡Suéltame!
—Ni hablar. —Cerró los brazos con fuerza a su alrededor, impidiéndole
cualquier tipo de movimiento—. ¿Vas a volver a decirme que no te atraigo?
Jennifer lo miró a los ojos y su cuerpo se derritió una vez más al sentir
aquella mirada, enturbiada por el deseo, a escasos centímetros. Tuvo que
hacer un esfuerzo sobrehumano para hablar.
—¡Es que no tengo que decirte nada, excepto que me sueltes! —le gritó
enfadada, revolviéndose en sus brazos.
James pareció dudarlo un segundo, pero terminó aflojando la presión,
permitiendo que la chica pusiera distancia entre los dos.
—No vuelvas a acercarte a mí; ni ahora ni nunca —le exigió, pero tuvo
que incrementar la distancia para no ceder a la tentación y contradecirse a sí
misma.
—No te entiendo —le dijo sin poder ocultar su turbación—, pero si es
lo que quieres, no seré yo quien insista.
Le lanzó las llaves a las manos desde donde estaba. La chica las cogió
al vuelto y desapareció sin volver la vista atrás.
James se dejó caer sobre la tupida hierba, obligándose a sí mismo a no
mirarla mientras se alejaba de allí. Se revolvió el pelo con gesto nervioso,
intentado apartar a un lado la sensación de impotencia que le invadía.
Se tumbó sobre la espalda y rememoró el beso. Jamás en toda su vida
había deseado con aquella locura a una mujer. Había perdido la cordura por
completo en el mismo instante en que le puso una mano encima. Y muy a
su pesar, debía reconocer que le habría hecho el amor allí mismo si ella no
hubiera tenido el juicio suficiente como para detenerlo a tiempo. Podía
entender que estuviera enfadada, pero le resultaba absurdo pensar que
hablara en serio cuando afirmaba que no volvería a pasar. La química que
fluía entre ellos cada vez que se miraban, resultaba innegable, y, dijera lo
que dijese, la había sentido vibrar entre sus brazos. Y si ambos habían
enloquecido de aquella manera con un simple beso, se ponía malo solo de
pensar en lo increíble que sería hacerle el amor.
«Es cuestión de tiempo que termines en mi cama, preciosa», se dijo,
intentado que su cuerpo no ardiera de nuevo con el solo pensamiento. «Será
la única forma de sacarte por fin de mi cabeza».
Capítulo 12
Cuando le pareció que estaba un poco más calmado, salió del parque
con dirección al Oasis. La moto de la chica ya no estaba aparcada junto a la
suya. Aquello le dio la certeza de que no iba a encontrarla dentro del pub y
se sintió decepcionado, lo cual le molestó bastante.
—Hombre, el desaparecido en combate —le recriminó Pat nada más
verlo—. ¿De dónde coño sales?
—¿Tengo que fichar y no lo recuerdo?
Todos lo miraron asombrados por el tono cortante.
—Lo siento —se disculpó, consciente de que nadie allí era culpable de
su frustración. Sería mejor que se marchara cuanto antes—. Me encontré
con un amigo al salir de casa.
—Sí, con faldas, seguro. —Adivinó Dannie.
—Y seguro que ha sido un poco más lejos de tu casa —le apoyó Nick,
haciendo sonreír a todos.
—Vale, en realidad he estado…
—¡En el parque de enfrente! —contestaron todos a la pregunta.
James no pudo evitar sonreír.
—Aquí eso de la intimidad no se estila, ¿no?
—No cuando dejas aparcada la moto justo enfrente. —Rio Pat—.
¿Cómo se llamaba esta vez?
—¿Quién?
—La chica con la que has estado desde más o menos las nueve —
insistió—. Esta vez te has superado a ti mismo. Tan solo has tardado una
hora. ¡Increíble!
—Pero bueno, ¿me tenéis puesto un radar o algo así? ¡Qué control!
A pesar de estar bromeando, James recibió la respuesta que esperaba.
Boss salía del local cada cierto tiempo para fumarse un cigarro, y hacía al
menos una hora que les había contado, extrañado, que la moto de James
estaba aparcada fuera. No fue difícil atar cabos.
—No nos has contestado. —Sonrió Rob, e insistió—: ¿Cómo se
llamaba la de hoy?
James guardó silencio durante unos segundos y decidió ser franco.
—¡No tengo ni la menor idea!
El estallido de risas le dio un tiempo para pensar. No le apetecía en
absoluto hablarles de ella, pero tampoco quería mentirles. Su mirada
preocupada se cruzó con la de Rob, que le hizo un gesto interrogante al que
James contestó con un leve asentimiento.
—Hostias, James, ¿ya no te molestas ni en preguntarles el nombre? —
se quejó Pat—. Te juro que como mujer empiezo a sentirme ofendida por tu
comportamiento.
A pesar de que Pat lo había dicho con una sonrisa, todos sabían que
había mucha verdad en el comentario. No sería la primera ni la última vez
que le echaba la bronca por ser tan picaflor.
—No se te ocurra pegarme un sermón de los tuyos, Pat —le pidió con
más brusquedad de la necesaria—. Confórmate con que no sea a tu primita
a quién me llevo a ese parque.
Pat lo miró, dolida, incapaz de creer que le hubiera hecho un
comentario así, y, sobre todo, en aquel tono sarcástico.
—Eso ha estado fuera de lugar —le dijo sin ocultar su molestia—. Si
estás encabronado por algo, te agradecería que no lo pagaras conmigo.
—Tienes razón —admitió—. No ha sonado bien y te pido disculpas.
Rob observaba a su amigo sin intervenir. No sabía que había sucedido
con su mujer fantasma que lo había alterado tanto, pero saltaba a la legua
que había sido algo serio.
—¿Y dónde está tu prima? —se acordó James de preguntar, intentando
congraciarse con Pat—. Debo de ser el único que todavía no la ha visto.
Pat aceptó la disculpa y de paso el poco sutil cambio de tema.
—Acaba de mandarme un mensaje —explicó—. Iba a venir esta noche,
pero no se encuentra bien y al final se ha quedado en casa.
—Pues cualquier día de estos me paso por allí a conocerla.
—Estaría bien, sí.
—Genial, si me disculpáis, yo me retiro ya —asombró a todos.
—Si acabas de llegar —protestó Nick.
James no sabía cómo decirles aquello sin tener que mentir o contar más
de lo que estaba dispuesto a admitir.
—No vengo muy amigable —reconoció.
—¿En serio? Casi no lo hemos notado.
La carcajada fue general.
—Sí. —Rio también James—. Ya sabéis que no se me da bien
disimular. Estoy un poco molesto por algo, y prefiero no pagarlo con
vosotros.
—¿Algo serio? —se preocupó Pat—. ¿Es Sam o algún problema en el
trabajo?
—No, por eso lado está todo bien —explicó—. No me apetece mucho
hablar del tema.
—Pues si fueras cualquier otro te preguntaría si tienes mal de amores
—bromeó Pat, pero arqueó las cejas, sorprendida, al observar su reacción.
Una tensa sonrisa y una mirada esquiva fueron lo único que recibió como
respuesta. Ni una de sus carcajadas o de sus habituales gestos de burla.
A nadie le pasó desapercibido aquello. Todos lo observaron con una
sonrisa de incredulidad.
—¡No tengo mal de amores! —protestó, casi abochornado—. Dejad de
mirarme así.
De forma automática todos se giraron hacia Rob, que sonreía de oreja a
oreja, divertido.
—¿Quién de los dos va a contarnos de qué va todo esto?
—A mí no me miréis —dijo Rob sin dejar de sonreír—. Yo no soy
quién para hablaros de rubias de ojos verdes que no me conciernen… A no
ser que tenga permiso explicito para hacerlo.
A Pat se le desencajó la mandíbula.
—No puedo creer que estemos hablando de… lo que creo que estamos
hablando.
—Eso va a depender de lo que creas.
—¡James Novak, deja de darme largas! —lo interrumpió—. ¿Por qué
no sé nada de una rubia de ojos verdes?
«Porque ni es rubia ni tiene los ojos verdes», estuvo a punto de decirle,
pero no consideró que aquella información fuera relevante.
—Adelante —le dijo a Rob—. Te mueres por contárselo, ¿por qué
robarte ese placer?
—Gracias, apañero, un gesto que no olvidaré. —Rio Rob antes de
volverse al resto—. Resulta que hay una chica por ahí fuera, que es, y cito
textualmente, la mujer más increíblemente bonita que James ha visto en
toda su vida.
—¡Qué cabronazo! —Sonrió el aludido—. Estás disfrutando con esto.
—Solo un poquito —admitió el rubio, riendo.
—¿Y? —intervino Pat de nuevo, mirándolos con cierta expectación.
—Yo no sé nada más —reconoció Rob—. Y estoy deseando enterarme,
la verdad.
—¿Quién es? ¿Cómo se llama? —insistió Pat ahora mirando a James.
—Ni puñetera idea a cualquiera de las dos preguntas —confesó—. Me
la he cruzado varias veces, es cierto que es muy bonita y que me gusta
mucho.
—¿Y?
—Y necesito tirármela cuanto antes para que deje de gustarme tanto.
Pat se sintió decepcionada. Aquel si era un comentario muy propio de
James. Parecía que la cosa no prometía tanto como le había parecido en un
principio.
—No siempre las cosas son tan sencillas —le advirtió Nick, recordando
su propia historia con Pat—. Podría presentarte a un tío que pensó que
podría acostarse con alguien que lo enloquecía una sola vez y continuar con
su vida…, y casi se vuelve loco.
—Sí. —Sonrió Dannie—. Creo que me acuerdo de aquel tipo. ¿Hablas
de ese que por culpa de los celos casi la emprende a puñetazos con todos
sus amigos?
—Ese, correcto. —Sonrió Nick, abrazando a Pat. Le dio un suave beso
en los labios y añadió—: Y estuvo a punto de perder lo único sin lo que no
podría vivir.
Pat le devolvió a su novio una mirada enamorada y un beso que arrancó
sonoros aplausos.
James carraspeó, incómodo.
—No todos somos susceptibles de vivir un amor de novela —opinó—.
Algunos preferimos una buena peli porno sin diálogos innecesarios.
Ninguno de ellos pudo evitar reír.
—¿Y a qué secuencia de esa peli has llegado en el parque, James? —
preguntó Nick con curiosidad—. Porque no hay demasiados sitios donde
refugiarse.
James se tomó su tiempo para contestar. En un principio pensó en
mentirles, pero terminó reconociendo la verdad.
—A mucho menos de lo que me gustaría —admitió—. Ella ha tenido
más sentido común.
—Espera… —intervino Pat fingiendo asombro—. ¿Existe una chica en
el planeta tierra capaz de rechazarte mientras intentas seducirla?
—Y capaz de decirme que no vuelva a tocarla, sí.
—¡Quiero conocerla! —gritó eufórica, arrancándoles una carcajada a
todos—. ¡Los milagros existen y tienen nombre de mujer!
—Nombre que todavía no sabemos —le siguió James el juego sin
poder evitar sonreír—. Pero que le preguntaré cuándo vuelva a verla solo
para tu deleite.
—¿Y cuándo será eso?
—¡Quién sabe!
James se animó lo suficiente como para quedarse un par de horas más
en el pub. Jugaron al billar entre risas, y soportó con estoicismo mil y una
bromas con respecto a la conversación anterior, pero no le importó. Se
alegró de no haberse ido, al menos saldría de allí con una sonrisa.
Eran casi las dos de la madrugada cuando decidieron poner punto y
final a la noche. Se despidieron, y cada uno salió en dirección a su casa.
Como ocurría en muchas ocasiones, Rob y James, antes de separar sus
caminos, se detuvieron a charlar unos minutos.
—Tenemos una conversación pendiente —le dijo Rob, quitándose el
casco para dejarle claro que pensaba mantenerla justo en aquel momento.
—Son las dos y media.
—La hora de las confidencias —dijo sonriendo, contagiando a James.
—¿Por qué crees que hay algo que contar?
Rob se limitó a arquear las cejas.
—Vale. He tenido un poco de todo esta noche —aceptó James, ya sin
sonreír—. Me encontré con ella en la gasolinera y la cosa no fue muy bien.
Cuando volvimos a toparnos en ese parque, todo se salió un poco de madre.
—Define un poco.
—La besé —admitió—. Y reconozco que… me asombra la intensidad
de mi deseo por ella. No puedo pensar en mucho más que en llevármela a la
cama.
—¿Y ella?
—A ella le pasa igual —dijo convencido—, pero lo niega.
—Interesante.
—Me alegro, Rob, me encanta amenizarte la noche. —Sonrió—.
¿Podemos irnos?
—¿Y qué piensas hacer?
—Irme a dormir.
—¡Oh, venga, sabes que no me refiero a eso!
—Es que no tengo la respuesta que me pides —admitió—. Reconozco
que me he sentido un poco desconcertado con lo que ha pasado en ese
parque. Necesito dormir unas horas para procesarlo.
Rob dejó de insistir. La actitud con la que James había entrado en el
pub era producto de mucho más que el desconcierto, pero al parecer aún no
se había dado cuenta. Por un segundo le asaltó una idea inquietante. Nunca
había tenido que preocuparse por él por culpa de una mujer, pero tenía el
presentimiento de que aquella chica podía ser la excepción a la regla. De
pronto la idea ya no se le antojaba tan divertida.
—Vámonos a dormir. —Terminó diciendo—. Por cierto, tengo la
nevera vacía ¿una excursión al supermercado por la mañana?
Capítulo 13
Jennifer, mirando al techo con los ojos como platos, maldecía su
debilidad. Eran más de las dos de la madrugada, y seguía sin poder dejar de
pensar en aquel maldito demonio de ojos verdes. Se puso en pie, enfadada,
y volvió a caminar por su habitación por enésima vez aquella noche. El
constante movimiento era lo único que la ayudaba a no volverse loca de
pura frustración.
«¿Cómo se puede besar de una forma tan increíble?», se repitió de
nuevo, rememorando el momento. Y no era solo la maestría indudable que
él había demostrado, era la mezcla de exigencia y entrega a partes iguales lo
que lo había convertido en un beso capaz de robarle la cordura a la persona
más cabal. Solo esperaba que él respetase lo que le había pedido y la dejara
tranquila.
«Mentirosa, en realidad no quieres eso. De sobra sabes qué es lo único
que te apetece que te haga él», le gritó su conciencia casi con grosería.
—Mierda —dijo en alto, volviendo a coger el cartón con el que llevaba
media noche abanicándose—. ¡Qué calor hace en esta ciudad!
Se había pasado las últimas tres horas repitiéndose a sí misma que
jamás permitiría que volviera a besarla. Se había imaginado diciéndole que
no en todas las situaciones posibles, y en cada una de ellas, aun siendo
imaginarias, terminaban revolcándose donde fuera que su imaginación la
hubiera llevado.
«No puedo desear de esta manera a un tipo del que no sé ni su
nombre», se dijo enfadada, dándole una patada al cojín con el que llevaba
toda la noche pagando su cabreo.
—No sé qué te ha hecho ese cojín, pero seguro que se lo merece.
Jennifer se volvió hacia la puerta y se sorprendió al ver allí a su prima.
—He llamado —le prometió Pat, recogiendo el cojín del suelo y
golpeándolo—, pero estabas en plena discusión con este cabrito.
Una carcajada escapó de labios de Jennifer. Poca gente conseguía
hacerla reír con aquella facilidad.
—¿Qué haces aquí? —se extrañó. Su prima hacía más de cinco años
que vivía con Nick—. ¿Te quedas aquí a dormir?
—No, Nick me está esperando abajo. Hemos pasado por delante de la
casa para ver si tenías la luz encendida. Solo quería ver si te encontrabas
mejor.
—Sí —admitió Jennifer, sintiéndose culpable por mentirle—. Solo que
me tomé una pastilla para el dolor de cabeza, y me he pasado toda la tarde
durmiendo.
—Y ahora no hay forma —creyó adivinar Pat.
Jennifer asintió. Se sentía tan mal por engañarla, que estuvo a punto de
confesarle todo lo ocurrido aquella tarde, pero lo dejaría para cuando Nick
no la estuviera esperando.
—Estarás también nerviosa por la entrevista del lunes, supongo —dijo
Pat—. Solo quedan dos días para saber qué vas a hacer en los próximos
años, eso le quitaría el sueño a cualquiera.
«Menos a mí, que no lo he pensado en toda la tarde», se dijo con el
ceño fruncido.
—Seguro que consigues ese puesto —continuaba diciendo Pat—. Ya
mismo estarás establecida en Santa Carla. Pronto tendrás tu casa y te
echarás un novio guapísimo. Y no necesariamente por ese orden.
—Lo del novio podemos dejarlo de momento, si te parece. —Sonrió,
alejando la imagen de como quiera que se llamase de su cabecita—. Puedo
tirar unos años sin esa complicación.
—¿Unos años? —se alarmó Pat—. Pues te van a salir telarañas ahí
abajo, guapa.
Jennifer dejó escapar una sonora carcajada por la cara de espanto de su
prima.
—Para despejar las telarañas no necesito echarme un novio —le
recordó—. Siempre encontraría a alguien dispuesto a hacerme ese favor.
—Sí, claro, eso si fueras de las que le gustan las relaciones esporádicas.
—Sonrió—. Pero te conozco, y sé que no eres así.
—A lo mejor no me conoces tanto. —Se hizo la interesante con una
sonrisa divertida—. A lo mejor tengo pensado acostarme con el primero
que me provoque un cosquilleo.
Pat la observó, fingiendo una seriedad que le estaba costando un
triunfo.
—¿Qué pastilla dices que te has tomado para el dolor de cabeza?
Jennifer volvió a reír con ganas.
—No, en serio, si eran azules tenemos un problema.
Un cojín voló hasta la cabeza de Pat, que rio a carcajadas.
—Vale, olvidemos lo del novio…, de momento —aceptó—. Te doy
unos meses para establecerte.
—Vaya, gracias. —Sonrió—. Pero ya te digo que no va a ser fácil ceder
a la tentación. Se vive demasiado bien sin la montaña rusa emocional que
provoca una relación.
—Una definición interesante.
—Cuando llegue el momento adecuado, escogeré a un hombre
agradable y simpático, que me guste lo suficiente como para verlo a diario y
que me haga el amor de vez en cuando.
—¡Por Dios, me he aburrido hasta mientras lo decías!
—Bueno, quizá ese es el tipo de relación que yo prefiero —dijo muy
seria—. Una relación que me aporte tranquilidad y no locura, donde el
respeto mutuo sea lo más importante.
—¿Y la pasión? —Pat no salía de su asombro—. ¿Nos olvidamos de
ella?
—Por supuesto que la persona que elija tendrá que atraerme
físicamente.
—Pues me alegro de que lo tengas tan claro —aceptó—, pero te olvidas
de un pequeño detalle: no siempre elijes de quién te enamoras. A veces pasa
sin más.
—Bueno… —Se sintió incómoda de repente—. Espero controlarme lo
suficiente.
—Muy bien, es tu elección —aceptó, caminando hacia la puerta—.
Pero yo voy a subirme a esa montaña rusa de la que hablabas, y voy a
pasarme la noche entera haciendo el amor con ese pedazo de hombre que
me está esperando abajo, y que me enloquece por completo.
—Y yo me alegro por ti —reconoció Jennifer con una amplia sonrisa
—. Fueron demasiadas lágrimas las que derramaste. Si ese hombre no llega
a reaccionar por fin, te juro que me habría cogido un avión solo para
estrangularlo.
Pat rompió a reír. Recordaba la cantidad de veces que su prima había
amenazado por teléfono con aquello mismo. Por fortuna, había dejado vivir
a Nick el tiempo suficiente como para visitar el infierno y caer por fin en
sus brazos antes de la quema.
—Intenta descansar —le dijo Pat, saliendo de la habitación.
—Y tú.
—¡Ni hablar! —Sonrió—. No hasta que despunte el día.
Capítulo 14
James no pudo ocultar un bostezo mientras examinaba una bolsa de
lechuga en busca de la fecha de caducidad. Había dormido lo justo de
nuevo, y la ducha de agua helada que necesitó nada más despertarse se
estaba haciendo algo habitual. Cuando Rob había pasado por su casa para ir
juntos a comprar, estaba agotado.
—Pareces el león de la Metro —se burló Rob—. Ya sé que yo tampoco
soy la alegría de la huerta esta mañana, pero no soy tan coñazo, ¿no?
—Si no te pones con tus charlas filosóficas, eres bastante pasable. —
Rio James.
—Pues intenta no acomplejarme con tanto bostezo.
—Para eso necesito algo más estimulante. La sección de congelados,
por ejemplo, me vendría estupenda para despejarme.
—Mira, hablando de estímulos… —Señaló Rob sonriendo, mirando a
lo lejos—. Por ahí viene Cindy. Estaría encantada de estimularte, si la
dejaras.
James sonrió con sorna. Se había acostado con Cindy en tres ocasiones
durante los últimos dos años, lo que la convertía en la mujer que más veces
había pasado por su cama. Ella no dejaba de intentarlo cada cierto tiempo, y
había veces que conseguía llevarse el gato al agua, pero la gran mayoría
terminaba poniéndole cualquier excusa para alejarla de él; aunque era muy
insistente.
—No me apetece nada una de Glenn Close ahora.
—Tienes un probador justo a la vuelta. —Arqueó Rob las cejas,
arrancándole una sonora carcajada—. Igual podéis desahogaros un poco.
—Sí, o esconderme, que es justo lo que pienso hacer.
—No hablas en serio.
—Tú sabes lo que tardo en quitármela de encima cada vez que se me
echa al cuello —le recordó—. No estoy de humor para esto. Tú no me has
visto.
Giró en el siguiente pasillo antes de que Cindy llegara hasta ellos,
dejando a Rob riendo entre dientes. James caminó a paso rápido para
alejarse de la zona un poco. Se detuvo junto al probador, y estuvo tentado
de meterse dentro y sentarse a dormitar un rato. Unos minutos después,
decidió que la broma ya había ido demasiado lejos, y se giró dispuesto a
volver junto a su amigo. Chocó de bruces, sin remedio, contra alguien que
venía de frente.
El motivo de que se expusiera a coger una pulmonía cada mañana se
encontraba frente a él. La miró sorprendido.
—¡Tiene que ser una broma! —bufó Jennifer, tocándose el hombro
donde la había golpeado.
—Este sitio tiene tres plantas —le dijo James, admirando su belleza una
vez más—. ¿Sigues sin creer en el destino?
—En realidad, lo que sigo es esperando una disculpa por el golpazo que
acabas de darme. —Se esforzó todo lo que pudo en sonar enfadada. Él no
tenía por qué saber que su corazón amenazaba con salirse de su pecho de un
momento a otro.
—Tienes razón —aceptó con una sonrisa—. Discúlpame.
Sonó tan sincero, que la chica necesitó de toda su fortaleza para no
reaccionar a aquella sonrisa mirándolo como una idiota, que era como se
sentía.
—Igual necesitas un masaje en el hombro… —se aventuró James—. Te
he dado fuerte.
—Así que ¿además de mecánico y diseñador de customs eres
fisioterapeuta?
—Entre otras muchas cosas, sí. —Sonrió con picardía.
«Jennifer, contrólate, si lo miras bien no es tan guapo; es… el tipo más
sexi que he conocido jamás, ¡mierda!».
—Siento declinar la oferta, pero me gusta elegir muy bien a mis…
masajistas.
—¿Y no te resulto una elección interesante?
—No —soltó a bocajarro, esperando sonar convincente.
—Pues vas a necesitar mucho más que palabras para convencerme de
eso —dijo, recortando la distancia entre ellos. Ella no pudo evitar recular, lo
cual era justo lo que James esperaba que hiciera. Sin previo aviso, la tomó
de la cintura y tiró de ella hacía un lateral. Cuando Jennifer pudo reaccionar,
estaban dentro de uno de los probadores.
—¿Qué crees que estás haciendo?
La primera respuesta que le dio fue cerrar la cortina del probador con
un único y enérgico movimiento, aislándolos del resto del mundo.
—Quiero que me mires a los ojos y me digas que no quieres uno de mis
masajes.
—¡Eres el tipo más arrogante que…!
—Sí, sí, eso ya me lo dijiste ayer —interrumpió, acorralándola contra la
pared—. Lo recuerdo, como todo lo que pasó después; pero no te hagas
ilusiones, no voy a besarte.
—¡Por favor, que engreído! —Sonrió sin rastro de humor—. ¿Necesito
recordarte quién dio por finalizado el beso?
—Te aseguro que no necesitas recordarme nada —reconoció—. No se
me ha borrado un solo detalle.
—No finjas entonces que no quieres volver a besarme.
Jennifer se sentía tan ofendida que ni siquiera se daba cuenta de que lo
estaba hostigando para que lo hiciera.
Una carcajada escapó de la garganta de James, provocando que el
cuerpo de Jennifer respondiera como si le hubiera lanzado treinta de sus
devastadoras sonrisas juntas. Incapaz de romper el contacto visual con
aquellos impresionantes ojos, se debatía entre pegarle para que la dejara
salir o rogarle que le hiciera el amor allí mismo.
—No se me ocurriría decirte una tontería así —reconoció, complacido
por su reacción—. Cuando te he dicho que no voy a besarte, solo me refería
a en este momento.
Recortó aún más las distancias, quedando a escasos centímetros de su
rostro.
—No he podido dejar de pensar en ese beso —le susurró—. Y la
intensidad con la que mi cuerpo reacciona al simple pensamiento, me dice
que no es buena idea volver a besarte en un lugar casi público.
—¿Te preocupa que grite? —Sonrió, irónica.
—Me preocupa no poder parar.
La sonrisa se borró de forma automática del rostro de la chica, que
tragó saliva, intentando ignorar las punzadas de excitación que le quemaban
en la parte baja del abdomen.
—¿Has hecho el amor alguna vez en un probador? —le susurró James
al oído, tomándola por la cintura y asegurándose de que sus cuerpos
entraran en contacto.
—¿Por qué piensas que dejaría que ni siquiera me tocaras?
—Define tocar. Porque aún no te he escuchado pedirme que te suelte.
Jennifer se obligó a no moverse de entre sus brazos, mientras sentía su
sangre galopar como fuego líquido por sus venas. No estaba dispuesta a que
se riera de ella, pidiéndole que la soltara tras aquel comentario. Lo mejor
sería salirse por la tangente fingiendo indiferencia.
—Me aburro —optó por decir—. ¿Podríamos acabar con esto para que
pueda marcharme?
—¿Que te aburres? —James fingió sentirse insultado—. ¿Me estás
retando para que le ponga algo más de emoción a esta situación?
—¡No! —se le escapó a la chica, horrorizada porque él pudiera pensar
que lo animaba a…
James rio divertido.
—¿Estás segura? Porque todavía puedo cambiar de opinión y darte algo
mucho más… excitante. No sabes el esfuerzo que estoy haciendo para
controlarme. Eres tan…
—¿Alérgica a los piropos?
—¿En serio? —Se sorprendió—. ¿Existe una mujer a la que no le
gustan los piropos? Pues debo confesarte que me agrada la idea. Creo que
ayer ya te dije que no soy un hombre dado a piropear. Es todo un alivio no
tener que decirte cada día lo bonita que eres —Admiró su rostro con ojos
brillantes—, que jamás he conocido a una mujer que me fascinara de esta
manera o que me muero de ganas de arrancarte la ropa y fundirme contigo,
como jamás he deseado hacerlo con nadie.
Jennifer dejó escapar la bocanada de aire que había estado conteniendo,
y rompió el contacto visual para que él no se diera cuenta de cuánto le
habían afectado sus palabras. Estaba ardiendo por dentro, a punto de rogarle
que llevara a cabo sus amenazadas allí mismo.
—Este es el momento en el que te pido que me sueltes. —Claudicó.
—¿Mis piropos te han incomodado?
—Ya te he dicho que me disgusta bastante que me piropeen.
—Los dos sabemos que no es disgusto lo que tienes en este momento.
—Volvió a sonreír, contento por haber obtenido por fin una reacción.
—¿Vas a dejarme salir o tengo que gritar para atraer a los de seguridad?
—Así que por fin estás asustada.
—¡No te tengo miedo!
—Lo sé .—Se acercó un poco más, de nuevo—. Tienes miedo de ti
misma. Ya no confías en poder controlarte, ¿es eso? Me deseas. Con la
misma intensidad con la que yo te deseo a ti.
—Te sobreestimas, te lo aseguro —mintió—. Eres guapo, lo acepto,
pero he conocido a tantos así… Mi autocontrol está a prueba de hombres
como tú.
James sonrió con descaro. Daba igual cuánto se esforzara ella por
hacerle creer que no lo deseaba, podía leer todas las señales involuntarias
que su cuerpo le enviaba, diciéndole todo lo contrario.
—Así que a prueba de hombres como yo… —dijo, mirándola a los
ojos, aún sin soltarla—. Esto va a ser muy interesante. Porque te prometo
que no tardaré en tenerte en mis brazos de nuevo, en un sitio mucho más
privado que este —Se acercó a su oído para susurrarle—: y entonces
pondremos a prueba tu autocontrol.
Y, para sorpresa y decepción de Jennifer, la soltó y salió del probador,
dejándola anhelando con toda su alma que cumpliera aquella promesa.
La sonrisa de James se borró de sus labios en cuanto estuvo a solas.
Aparentar tranquilidad mientras jugaba al seductor había sido todo un reto.
Tenerla entre sus brazos y hacerle todas aquellas insinuaciones,
prohibiéndose a sí mismo ir más allá, lo había llevado a un estado de
frustración que le costaría superar. Solo el pensamiento de que ella
estuviera en el mismo estado que él, lo ayudaba a sentirse mejor. Y así era,
de eso estaba seguro.
—¿Dónde narices te habías metido? —protestó Rob, yendo hasta él—.
Pensaba que estabas bromeando, y de repente te has esfumado de verdad.
James evitó mirarlo a los ojos, preguntándose qué demonios iba a
contarle. Optó por caminar por el pasillo como si tal cosa, y seguir echando
productos en el carro.
—¿No vas a contestarme?
—No sé ni que decirte.
—¿Cómo? —Rob no entendía nada—. ¿Estás bien?
—Pues no lo sé.
—Pues sí vas a contestarme pregunto por qué.
James sonrió a medias por el comentario, y decidió que su amigo no
tenía la culpa de nada.
—Estaba en el probador —confesó—. ¿No me has recomendado
meterme allí?
—Pues sí. —Sonrió, pensando que le estaba tomando el pelo—. Pero
acompañado.
—Pues eso he hecho.
La sonrisa de Rob desapareció de sus labios en cuanto que James lo
miró a los ojos.
—¡No! —Casi no podía creerlo.
—Sí —afirmó James. Y continuó adelante, empujando el carro.
Rob lo siguió cuando pudo recuperarse de la sorpresa.
—Párate ahí ahora mismo —casi le ordenó—. Porque estoy suponiendo
cosas que son tan improbables que tengo que estar imaginándomelas.
—Ni se te ocurra decirme que esto es cosa del destino, Rob —le
aconsejó con seriedad, intentado olvidar que él mismo había usado aquella
frase ya en dos ocasiones.
—¡Es que es increíble! —Sonrió al ver confirmadas sus suposiciones
—. ¿Cómo ha sido?
—Me he chocado con ella.
—Llámalo azar en lugar de destino, si quieres. —Sonrió Rob divertido
—. Pero espera…, ¿te has metido con ella en un probador?
—La he arrastrado hasta un probador, sí.
—Eso no suena a algo mutuo.
—Le encanta jugar conmigo haciéndose la dura —reconoció.
—James…
—Vamos, Rob, me conoces, sabes que jamás forzaría nada en ese
sentido —le aseguró, mirándolo a los ojos para que no quedara ninguna
duda al respecto—. Solo protesta, pero no opone una resistencia real, te lo
aseguro —suspiró—. Aunque a mí sí me gustaría poder resistirme.
—¿Cómo?
—Olvídalo.
—¿Que olvide lo más increíble que has dicho nunca? —Sonrió—. ¿A
qué no te resistes? Suéltalo.
—Déjalo.
—¡James!
—¡A ella, ¿vale?! —le gritó, bajando la voz hasta convertirla en un
susurro un segundo después—. Da igual cuántos desplantes me haga o
cuántas veces me insulte, no puedo resistir la tentación de tomarla entre mis
brazos en cuanto que tengo la más mínima oportunidad. Me encantaría
poder pasar de largo sin ni siquiera mirarla. ¡Pero no puedo, maldita sea! ¡Y
no me gusta!
Rob lo miraba alucinado.
—¿Y ella?
—¡Ella se deshace cada vez que la toco!
—¿Estás seguro?
—Sí, pero por alguna razón se niega a aceptarlo y claudicar, y mientras
que no lo haga yo no me la podré sacar de la cabeza —admitió—. Así que
solo puedo pensar en ese puñetero beso, que fue… ¡como un puto sunami!
—Reconozco que estoy un poco descolocado.
—¿Y cómo te crees que estoy yo? Hay momentos en los que no sé si
prefiero hacerle el amor o estrangularla. —Cada vez le costaba más
mantener el tono de voz solo para Rob—. Me crispa los nervios. Y no sabes
el trabajo que me cuesta que ella no se dé cuenta. ¡Y no me mires así,
hostias, Rob!
—Pues lo estás haciendo bien, porque ni siquiera yo me había
percatado del todo del estado en que estás —reconoció—. Sabía que te
gustaba mucho, pero…
—¡Espera un momento! —interrumpió, aún más enfadado—. ¿De qué
coño estás hablando?
—De que estás completamente pillado por esa tía —dijo, aun sabiendo
que aquello era lo último que querría escuchar.
—¡Tú te has vuelto loco! —fue la irónica respuesta—. Tú puedes
derretirte del todo cada vez que tu Sara te mira, pero yo no soy así.
Lejos de ofenderse, Rob guardó silencio, pensado en qué podía decirle
para que dejara de engañarse antes de que quizá fuera demasiado tarde.
—¿No dices nada? —atacó James de nuevo—. ¿No vas a intentar
hacerme una de tus lobotomías? Ahora si estoy sorprendido.
—¿Serviría de algo?
—No.
—Pues no gastaré saliva entonces. Si tienes tan claro lo que quieres de
esa chica…
—Follármela —dijo a bocajarro—. En todas y cada una de las posturas
del Kama Sutra.
—Pues perfecto. Para eso no necesitas mi consejo —concluyó—.
¿Podemos seguir comprando?
Ambos intentaron volver a la normalidad, pero ninguno pudo recuperar
la cordialidad de cuando habían llegado. James continuaba irascible, tanto
por lo sucedido con ella como por lo que Rob le había dicho y que se
negaba a aceptar. Y Rob nunca pensó que pasaría, pero estaba oficialmente
preocupado por James por culpa de una mujer.
Capítulo 15
Jennifer y Pat llevaban una hora de reloj en el baño terminando de
arreglarse para salir. Pat se había presentado en casa de sus padres con una
mochila con su ropa y unas ganas tremendas de compartir el baño con su
prima para peinarse y maquillarse. Ambas, vestidas para romper un buen
puñado de corazones, estaban felices por poder salir juntas a echarse unos
bailes, por fin.
—¡Te va a encantar la Paradise! —le dijo Pat, tendiéndole el lápiz de
ojos—. Buen ambiente, buena gente, la música es la leche y, por fin,
podremos bailar juntas nuestra canción.
—¡I wanna rock! —Cantó Jennifer, usando el lápiz como micrófono.
—¡Rock! —replicó Pat al instante, cogiendo el cepillo del pelo.
Ambas rompieron a reír cuando terminaron el primer estribillo. Unos
golpes en la puerta interrumpieron las carcajadas. Pat abrió la puerta del
baño convencida de a quién iba a encontrar al otro lado.
—Nick, acabas de interrumpir un conciertazo —protestó.
—Conciertillo nada más. —Sonrió—. Y te recuerdo que os estamos
esperando desde hace una hora. Estos han llegado ya.
—¿Y tenéis prisa?
—Pues nos gustaría llegar antes del cierre.
—¡Qué exagerado! Si solo son… —Consultó su reloj—, ostras, sí que
es muy tarde. En cinco minutos estamos.
Nick miró a su novia de arriba abajo, sin molestarse en ocultar lo que
pasaba por su cabeza. Pat leyó aquel deseo salvaje en sus ojos y un
traicionero gemido escapó de sus labios.
—Jennifer, ¿te importaría dejarnos un momento? —le dijo Nick con
una pícara sonrisa, sin dejar de comerse a su novia con los ojos—. Se me ha
pasado comentarle…
—¡Sal ahora mismo del baño! —Lo empujó Pat, aparentando estar
escandalizada.
Jennifer sonreía divertida mientras fingía que no escuchaba nada de
nada.
—Cariño, que la noche es muy larga —protestó el chico en apenas un
susurro—. Que no es justo que me condenes a verte con esas mayitas
ceñidas y este… este mini lo que sea que llevas puesto. —Señaló el top
entallado—. Que igual nos tenemos que venir antes.
—Nicholas Baker, no se te ocurra ponerme una mano encima. —
Amenazó con el dedo—. Llevo una hora arreglándome, ¿cuánto crees que
tardarías tú en cargarte todo el conjunto?
—Mujer, algo rápido. —Sonrió seductor, y rio al recibir una simpática
mirada asesina como respuesta—. ¿No? ¡Qué crueldad la tuya!
—Pórtate bien e igual te dejo que te la cobres después —ronroneó la
chica en su oído.
—Me has convencido —aceptó—. Pero dame un anticipo.
Tiró de ella y la besó con un hambre que jamás conseguía apagar del
todo. Cuando la soltó y se perdió por el pasillo, la chica suspiró, anhelante.
Jennifer le tendió un pedazo de papel higiénico con una sonrisa en los
labios.
—¿Para qué es?
—Para limpiarte la baba.
Pat rio y le arrojó el papel a la cabeza, aunque no negó lo que Jennifer
quería insinuar.
—En cuanto que me toca o incluso solo cuando me mira como ahora
mismo…, pierdo el norte —reconoció.
—Resulta increíble siete años después, la verdad —comentó Jennifer,
aplicándose el último toque en los labios.
—Oye, ¿cuándo te volviste tan cínica? —bromeó a medias—. Anoche
respeté que salías de una migraña fuerte y no quise sacarte los colores, pero
esa idea aburrida que tienes de las relaciones de pareja…
—¿Qué?
—Que esa no eres tú, Jennifer —le terminó diciendo—. Tú siempre
soñaste con un gran amor. El hombre de tus sueños, lo llamabas. Tenías tan
claro cómo sería, cuánto os amaríais, la pasión con la que te haría el amor…
No hace tanto de eso.
—La gente cambia —dijo, sin poder evitar un deje de tristeza—. La
vida se encarga de enseñarnos que es lo más adecuado.
—No a través de las experiencias de otros.
—No es malo aprender de los errores ajenos, Pat —opinó—, si te evita
sufrimientos innecesarios.
—Jennifer, tú mejor que nadie sabes que mi historia con Nick no fue un
camino de rosas, pero te aseguro que pasaría por aquel infierno de nuevo
para llegar a donde estoy.
—No siempre se encuentra la puerta de salida, Pat —le recordó—. Hay
quien vive en tinieblas el resto de su vida.
—¿Y por si acaso vas a renunciar a intentarlo? El miedo no nos permite
vivir; tú deberías saberlo.
—Pero nos mantiene a salvo —dijo mientras fingía concentrarse en
atusarse el pelo, como si así pudiera hacer parecer aquella conversación un
poco más trivial.
Pat era consciente de que aquel no era el mejor momento para hablar
sobre ello, pero, a pesar de todo, no pudo evitar añadir algo que tenía
atragantado desde la noche anterior:
—Jen, mírame —le pidió, esperando hasta que por fin lo hizo—. Tú no
eres Amber.
—Lo sé —admitió cuando se recuperó del asombro por aquel
comentario—. Y te aseguro que no voy a terminar como ella.
«Aunque para eso tenga que renunciar a un amor como el tuyo con
Nick», pensó abatida, pero aquello no se lo dijo.
—Pero hoy tocaba divertirse, ¿recuerdas? —Agregó con una amplia
sonrisa—. Será mejor que salgamos pronto o tu novio no tardará en echar
esta puerta abajo.
Ambas salieron del baño riendo, y Pat se adelantó hasta el salón
mientras Jennifer se acercaba a su cuarto a por unos pendientes. Se sentó en
la cama, luchando para alejar de su pensamiento el último retazo de
conversación, pero no lo logro. El hombre de sus sueños, al que tanto buscó
y esperó durante años y al cual había terminado renunciando, entró con
fuerza en su mente. Siempre había estado segura de que lo recocería en
cuanto lo viera, pero había enterrado aquel anhelo en lo más profundo de su
ser, esperando que se desvaneciera por sí solo. Y lo había conseguido…,
hasta el primer día en que puso los pies en Santa Carla. Ahora, muy a su
pesar, si cerraba los ojos podía verlo con total claridad ante ella, sonriéndole
y mirándola con aquellos impresionantes ojos verdes. Podía intentar
confundir a su mente, pero su cuerpo lo reconocía con asombrosa facilidad,
y aquello la aterraba.
«Esto no me puede estar pasando», se lamentó, pero a pesar de todo no
pudo evitar pensar en cómo sería tenerlo sentado en el salón, esperándola a
ella para salir. Estaba convencida de que encajaría bien con el resto de
grupo.
«Fuera de mi cabeza, maldito demonio», se enfadó. No sabía si estaba
más molesta con ella misma por no poder resistirse o con él por ser tan…
tan…
—Encantador —dijo en alto, ahogando un suspiro—. ¡Mierda, mierda,
mierda!
Cuando entró por fin en el salón, su prima parecía estar molesta.
—Pero ¿qué narices le pasa estos últimos días? —le preguntaba a Rob
—. Tenía que estar aquí hace media hora.
—No mates al mensajero. —Sonrió el chico, mostrándole de nuevo el
mensaje donde James les informaba de que los vería en la Paradise.
—¿Es por esa chica? —insistió—. ¿No le está afectando más de lo
normal?
—No se lo digas —le aconsejó—. Esta mañana casi me arranca la
cabeza por insinuar algo parecido.
Jennifer los escuchaba intrigada, pero consideró que no era momento
para hacer averiguaciones en ese sentido. Al fin y al cabo, ni siquiera
conocía a James aún.
Capítulo 16
Tal y como había supuesto su prima, a Jennifer le encantó la Paradise
Rock. No era una discoteca enorme, lo cual le daba un toque familiar que
ayudaba a que el ambiente fuera muy acogedor. Para llegar hasta la barra
donde ahora estaban, al fondo del todo del local, habían tenido que bajar
unas largas escaleras, donde ambas habían aprovechado para hacer una
visita al baño, que estaba en el primer descansillo de las mismas. A mano
izquierda encontrabas otra pequeña barra, unida a la zona de billares y
futbolines de local.
Jennifer miró en dirección a la pista de baile y observó, con cierta
envidia, a todos los que se contoneaban al ritmo de la música. Al fondo se
divisaba un pequeño escenario, donde había una pantalla enorme, en la que
se proyectaba el video de la canción que sonaba en aquel momento.
Jen se sintió como en casa. Estaba deseando poder escaparse a bailar un
rato, aunque no quería ser mal educada.
«Tendré que esperar… un par de minutos o así», pensó, sin poder evitar
esbozar una amplia sonrisa. Miró a su alrededor, estudiando cada
centímetro de la discoteca hasta donde le llegaba la vista. Se dijo a sí misma
que solo quería familiarizarse con el lugar, pero en su fuero interno sabía
qué o, mejor dicho, a quién buscaba con tanto interés.
—Oye, Jennifer, ¿por qué no te das una vuelta? —bromeó Dannie
haciendo reír al resto.
La chica sonrió, consciente de que se había perdido algún pasaje de la
conversación mientras se concentraba en buscar a quien no debía.
—¡Anda este! —protestó con un simpático gesto.
—Es que necesitamos localizar a James —insistió—. Y como sois igual
que el agua y el aceite…
—Pues tienes suerte. —Vio su oportunidad—. Nunca he podido
escuchar esta canción sin bailarla.
—Oye, que estaba bromeando.
—Pero yo no. —Les guiñó un ojo y se alejó con premura hacia la pista.
James hizo su aparición apenas treinta segundos después.
—¡Hostias, esto es surrealista! —comentó Dannie cuando lo vio
avanzar hacia ellos en la distancia.
Todos rieron divertidos.
—Dinos la verdad, James —le dijo Nick—. Estabas esperando
escondido hasta que has visto a Jennifer marcharse.
—¿Cómo? —El recién llegado no entendía nada.
—Te has tomado las amenazas de Pat demasiado en serio.
—Fingiré que sé de qué me hablas mientras me pides una cerveza. —
Sonrió—. Me acabo de levantar. Ando algo espeso todavía.
—¿Que te acabas de levantar? —Alucinó Pat—. Si son las diez de la
noche.
—Ya. Soy consciente. —Sonrió—. He estado con Sam de cuatro a
siete, y me he pegado una siesta después hasta hace veinte minutos. Siento
no haber podido reunirme con vosotros en tu casa.
—Pues ahora tendrás que esperar que a Jen se le quite el gusanillo del
baile —le explicó Pat—. Y no suele ser fácil que deje la pista.
—Creo que sobreviviré media hora más sin conocerla —bromeó James,
recibiendo un simpático gesto de burla como respuesta.
Cogió su bebida y se puso al lado de Rob, esperando la oportunidad de
poder hablar con él con algo de privacidad.
—Oye, Rob, siento lo de esta mañana —le dijo con sinceridad—. No
tenía ningún derecho a ponerme así contigo y te pido disculpas.
—No te preocupes. —Sonrió conciliador. Estuvo a punto de decirle que
se guardaría sus opiniones de ahora en adelante, pero estaba seguro de que
no podría, de modo que prefirió no mentirle.
James barría el local con la mirada con demasiada intensidad, y a Rob
no le pasó desapercibido.
—¿Crees que estará aquí? —preguntó mirando a su alrededor, curioso,
a pesar de no saber cómo era el rostro que buscaba.
James no tuvo necesidad de preguntar a quién se refería.
—Me la encuentro cada vez que salgo de casa —admitió—. No creo
que esta noche sea la excepción.
—Pues admito que tengo cierta curiosidad por conocerla.
—Tendrás que conformarte con verla de lejos, porque dudo que pueda
presentártela.
—¿No es muy sociable?
—Conmigo no.
—Al menos le pondré cara.
—¿A quién le pondrás cara? —intervino Dannie en la conversación—.
¿Crees que esa tía estará aquí?
—¿Quién está aquí? —Se unieron Nick y Pat.
James suspiró resignado. Le apetecía mantener aquella conversación lo
mismo que sacarse una muela, pero ya había discutido con un amigo hoy,
no estaba dispuesto a añadir a más gente a la lista.
—¿Crees que tu chica está aquí?
—No lo sé —admitió—. Y no es mi chica, Pat, no la llames así.
—¿Por qué te molesta tanto? Solo son dos palabras, y no implican que
te tengas que casar con ella. —Sonrió divertida.
—Pues es un alivio, teniendo en cuenta que no sé ni cómo se llama. —
Le devolvió la sonrisa—. Y como va y viene igual que un fantasma… De
momento me conformo con tenerla dos minutos a mi lado sin decirme lo
arrogante que soy.
Ninguno pudo disimular una sonrisa.
—No parece ser de las que se calla sus opiniones. —Rio Rob.
—¿A vosotros os parezco arrogante? —les preguntó, mirándolos un
tanto vacilante—. ¿Pat?
—¿Puedo pedir el comodín de la llamada?
La carcajada fue inevitable. Incluso James rompió a reír sin remedio.
—A ver, James —le dijo finalmente, poniéndose seria—. Con nosotros
no lo eres, pero quizá con ella si te comportes así.
James guardó silencio y pensó en aquello mientras le daba un largo
trago a su cerveza.
—¿La quieres?
El comentario tan repentino de Pat provocó que se atragantara con la
bebida. Tuvo que toser con energía para despejar las vías respiratorias
mientras todos reían a carcajadas.
—¿Te has vuelto loca? —le gritó cuando pudo al fin hablar—. ¿Cómo
se puede querer a alguien que acabas de conocer y que no hace otra cosa
que mandarte al cuerno?
—Hay algo que se llama amor a primera vista.
—¡Por favor! ¡Qué gilipollez! —Sonrió—. No compliquemos las cosas,
chicos. Me gustó, me rechazó, y nunca me había pasado. Ya es una cuestión
de orgullo el conseguirla. Es bastante lógico, ¿no?
—¡A la mierda lo lógico! —opinó Pat—. Mira, James, te he visto con
infinidad de mujeres, pero jamás había visto ese brillo en tus ojos.
—Estás desvariando. —Rio nervioso—. Chicos, decidle que no beba
con el estómago vacío.
Todos lo miraron sin abrir la boca. Rob fue el primero en hablar.
—Yo también lo veo.
—Y yo. —Fueron asintiendo uno a uno.
—Genial, locura colectiva —protestó—. Uy, mi canción, que suerte.
Se alejó tan campante hacia la pista sin volver la vista atrás. Quizá si
bailaba un rato, conseguiría quemar la suficiente adrenalina como para
calmarse un poco, pero no tuvo tiempo de comprobarlo. En cuanto llegó al
pie de la pista, sus ojos se posaron sobre la figura que bailaba a escasos diez
metros de allí. Incluso rodeada de gente por todas partes, aquella chica
atrajo su mirada igual que si de un imán gigantesco se tratara. Parecía estar
tan absorta en la música como él lo estaba viéndola bailar. Se movía como
si la música formara parte de su cuerpo, en perfecta armonía con cada riff
de guitarra. Hipnotizado, recorrió una y otra vez cada una de sus curvas
mientras su cuerpo reaccionaba de la misma desmesurada manera que
siempre que la tenía ante sí. Y aquellas mayas ceñidas, junto con el mini
chaleco de cuero que llevaba puesto, no ayudaban a enfriar su libido.
«¿Qué demonios tienes para afectarme de esta manera?», se preguntó
mientras imaginaba aquellas largas y perfectas piernas rodeando sus
caderas.
Capítulo 17
Jennifer salió de la pista deseosa de encontrar algo de aire fresco. La
canción que quería bailar habían terminado siento al menos seis, y estaba
exhausta y acalorada. Ignorando las lascivas miradas que la mayoría de los
hombres no se molestaban en disimular, subió las escaleras y entró en el
baño para refrescarse un poco. Se mojó las muñecas con agua fría y llevó
sus manos mojadas a la nuca. Cuando posó los ojos sobre su propio reflejo
en el espejo, se sobresaltó. Tras ella, apoyado sobre la pared con la misma
tranquilidad que si estuviera esperando un autobús, estaba su demonio de
ojos verdes, mirándola con intensidad.
—¡No me lo puedo creer! —fue lo primero que le dijo, con el corazón a
mil por hora, volviéndose a mirarlo.
—¿Por qué? Te dije que no tardaría en tenerte de nuevo entre mis
brazos —le recordó, recortando la distancia un poco.
—¿En serio? ¿Siguiéndome al baño de chicas? ¿Cuánto crees que
tardarán los de seguridad en sacarte a patadas de aquí?
—¿Y eso te preocupa?
Dos chicas salieron de uno de los W.C., y miraron a James,
sorprendidas, pero sin poder esconder una mirada de adoración.
—No quiere hablar conmigo —les dijo él con una radiante sonrisa.
—Pues debe de estar loca —fue la respuesta entre risas nerviosas. Un
segundo después se quedaron a solas de nuevo.
Jennifer miró, inquieta, las otras tres puertas que quedaban cerradas.
Como resultaba lógico, aquellos urinarios estaban también ocupados. Era
cuestión de tiempo que alguien más saliera de uno de ellos o que siguiera
entrando gente para usarlos.
—Será mejor que hablemos fuera —le dijo ella, avanzando hacia la
salida.
—No tan rápido.
James le cortó el paso, tomándola de la cintura para impedirle avanzar.
—¡Oye, tienes las manos muy largas! —protestó Jennifer intentando
zafarse de ellas, aunque esforzándose lo justo.
El sonido de voces y risas provenientes de la puerta de entrada despistó
a Jennifer el tiempo suficiente como para que James, tomándola por
sorpresa, consiguiera encerrarse con ella en uno de los servicios libres. La
acorraló contra la puerta cerrada, mirándola con un deseo que ni quería ni
hubiera podido esconder. Jennifer tragó saliva, presa de una excitación que
no recordaba haber sentido jamás; y eso que todavía no la había tocado.
Intentando mantenerlo lo más lejos posible, interpuso los brazos entre
ambos y le apoyó las manos sobre el pecho, pero no esperaba la punzada de
deseo que recorrió su cuerpo al contacto con sus músculos, a pesar de estar
la camiseta de por medio.
James tomó aire profundamente, intentando no perder el control. Sentía
que las manos de ella le quemaban sobre el pecho. Y si un simple roce lo
llevaba a aquel estado, no podía dejar de pensar en cómo sería tenerla sobre
su cama pidiéndole más y más. Deseaba hacerle el amor; era una necesidad
más allá de toda comprensión lógica. Pero debía controlarse, no estaba allí
para eso. Cuando consiguiera que ella claudicara para estar con él, quería
tomarse su tiempo. No la tomaría de pie y de cualquier manera en el baño
de una discoteca.
—No sé qué quieres —le dijo Jennifer aparentando seguridad—, pero
no te va a funcionar.
—Poner a prueba tu autocontrol, ¿qué otra cosa podría querer?
—Pierdes el tiempo.
—¿En serio? —Sonrió—. ¿Vas a insistir en que no me deseas? Quizá
me conforme solo con que lo admitas.
—¿Quieres que mienta?
—No, quiero oír la verdad de tus labios —le dijo, recortando la
distancia—. El resto de tu cuerpo ya me dice a gritos lo que te niegas a
aceptar. Tu respiración entrecortada, tus pupilas dilatadas…
—Mis pupilas se adaptan a la falta de luz, no te hagas ilusiones.
—¿Eres consciente de que puedo comprobarlo?
—¿El qué?
—¡Cuánto me deseas!
Jennifer tragó saliva. Solo con pensar en el tipo de comprobación que él
podía tener en mente, se le disparaba la adrenalina de forma peligrosa.
—¡Suéltame!
—En cuanto que me digas que quieres lo mismo que yo.
—No es verdad.
—Mentirosa —le susurró, aprovechando para soplarle al oído con
exquisita lentitud—. Te mueres porque te toque.
—El que tú te sientas así…
James descendió por su cuello muy despacio.
—…no significa…
Depositó un suave beso.
—…que yo tenga que…
Cuando sintió el leve roce de la punta de la lengua de él sobre su piel,
no pudo reprimir un gemido, que vino acompañado de una intensa punzada
en la pelvis que se extendió como la pólvora por el resto de su cuerpo.
—¿Sabes cuántos gemidos así podría arrancarte si tan solo te relajaras
unos minutos?
«¡Por Dios, ¿cómo consigue que todo lo que dice suene tan erótico?!»,
se preguntaba ella, luchando contra las ganas de abandonarse por completo
a él. No debía. Sabía que lo lamentaría si lo hacía.
—No quiero nada que venga de ti, ¿cómo tengo que decírtelo? —
insistió, al límite de su resistencia—. No me agrada tu contacto, no me
provocas nada en absoluto. Eso que crees ver son solo reflejos de tu propio
deseo hacia mí.
James sonrió mirándola a los ojos de nuevo. Con la cantidad de mujeres
que habían pasado por su cama, sabía reconocer sin lugar a dudas cuando
una lo deseaba. Y conseguir que aquella lo aceptara era un aliciente extra
que estaba disfrutando muchísimo.
—Déjame comprobarlo —le susurró al oído.
—¿Cómo?
—El interés de un hombre es más que evidente —dijo, apretándola
contra su pelvis para que pudiera sentir su excitación—, pero el de una
mujer está un poco más… oculto; aunque eso no significa que no sea igual
de comprobable.
Jennifer ya no podía hablar. La dura erección que James se aseguraba
de que sintiera en todo momento sobre la parte baja del abdomen, la estaba
llevando a la locura.
—Si de verdad quieres que crea que no me deseas —continuó en un
susurro mientras introducía uno de sus dedos por la cinturilla de las mallas
—, déjame llegar hasta ese lugar que no miente.
Jennifer estaba a punto de perder la cordura mientras permitía que
aquella mano continuara avanzando por dentro de sus leggins, hacia la parte
que se moría por ser acariciada.
—No creo que…
—¿Qué te preocupa? —siguió susurrándole al oído, aprovechando para
depositar pequeños besos aquí y allá—. Si me estás diciendo la verdad esto
acabará en unos segundos. Me iré y no volveré a molestarte jamás.
—¿Por qué no puedes confiar en mi palabra? —preguntó con la voz
entrecortada y casi suplicante.
—Porque mientes. Los dos sabemos que voy a encontrar fuego líquido
si sigo descendiendo. —Y avanzó un poco más—. Y te juro que me muero
por comprobarlo.
—Por favor… —suplicó, apoyando su mano sobre la muñeca del chico
para detener el avance.
—¿Por favor no sigas o por favor no te detengas?
Ni siquiera ella lo tenía claro del todo. Su cerebro le gritaba que parara,
pero su traicionero cuerpo esperaba con ansia aquellos dedos donde más los
necesitaba.
—¿Por qué sigues resistiéndote? —le preguntó James, confuso, leyendo
en sus ojos el deseo que la consumía—. Solo tienes que admitir que me
deseas y podremos irnos. Salgamos de aquí, adonde tú decidas, y te
prometo la mejor noche de tu vida.
Jennifer ahogó de nuevo un gemido. Jamás había estado tan tentada a
aceptar algo que sabía que no debía hacer. De que aquella sería la mejor
noche de su vida si claudicaba, no tenía ninguna duda, pero también sabía
cuánto se odiaría a sí misma si lo hacía.
—No puedo —susurró, tirando hacia afuera de la mano que aún tenía
dentro de sus leggins.
El chico hubiera podido gritar de pura frustración.
—¿Estás segura? —preguntó, intentando que su ansiedad por la
respuesta no se reflejara en su voz.
—Sí.
—Dame un motivo —le pidió, haciendo un esfuerzo por intentar
comprenderla—. Uno real. No insistas en algo que los dos sabemos que no
es verdad.
—Ni siquiera sé tu nombre —admitió.
—Me llamo…
—No —interrumpió con brusquedad—. No quiero saberlo, porque no
quiero conocerte. No me involucro con hombres como tú.
—Tú misma has dicho que no me conoces, ¿cómo puedes saber qué
tipo de hombre soy? —James comenzaba a sentirse ofendido.
—Lo poco que sé sobre ti no me gusta —continuó, ya sin tapujos—. ¿O
vas a decirme que no eres un coleccionista de mujeres, alérgico al
compromiso?
—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —preguntó un poco
sorprendido.
—Tengo la habilidad de sacar información de los pequeños detalles —
admitió.
—¿Y estás siempre tan segura de tus conclusiones?
—¿Me equivoco contigo?
James la miró a los ojos durante lo que a Jennifer le pareció una
eternidad antes de admitir:
—No.
—Pues yo hace mucho tiempo que me prometí a mí misma que jamás
sería una simple muesca en el cinturón de un hombre.
—¿Todavía ni siquiera hemos echado un polvo y ya quieres ponerme
un anillo? —James comenzaba a perder la compostura.
Jennifer pasó por alto la grosería implícita en su comentario.
—No, te equivocas, respeto que no quieras comprometerte —admitió,
aparentando una tranquilidad que no sentía—. Pero tú tienes que respetar
también que yo no me involucre con tíos que no lo hacen.
Completamente descolocado, James guardó silencio. Aquella
conversación lo estaba alterando más de lo que se sentiría cómodo
admitiendo. ¿En qué punto había perdido el control de la situación? Hacía
apenas treinta segundos tenía la mano dentro de sus bragas.
—Te deseo de una forma insoportable —le confesó, alejándose de ella
todo lo que pudo dado el reducido espacio.
—Como yo a ti —admitió Jennifer al fin.
A pesar de que la sensación de victoria resultaba ahora un poco amarga,
James sintió que su deseo se disparaba de nuevo.
—Somos adultos. —No pudo evitar recortar de nuevo la distancia para
acorralarla contra la puerta—. Dame una noche.
—No podría mirarme al espejo por la mañana.
—Siempre te preguntarás cómo habría sido.
—Lo sé —admitió.
—Sabes que he podido prometerte amor eterno para lograr lo que
quiero.
—Aun así, nunca habrías conseguido que te creyera —afirmó—, pero
te agradezco y admiro tu sinceridad.
—Te sientes muy cómoda con las palabras, ¿verdad? —Sonrió James
sin rastro de humor—. Pero cuando tienes que lidiar con los sentimientos la
cosa cambia.
Jennifer se sintió cohibida, él también parecía ser muy hábil para calar
a la gente.
—Así que ¿ahora resulta que tú sabes algo de sentimientos? —lo atacó
sin piedad—. ¿Ayer eras inmune a todo eso? Como verás, tengo buena
memoria.
—No tan buena en realidad. A lo único que dije ser inmune es al amor
—matizó, y se acercó aún más para susurrarle al oído—: Deseo, pasión,
lujuria, lascivia… Podría darte un master en cada uno de ellos.
—Soy una mujer adulta. —Sonrió sarcástica—. Yo decido que
sentimientos permito que rijan mi vida, y te aseguro que no será ninguno de
los que tú pareces preferir.
—Eso es porque piensas demasiado —opinó—. Y me temo que ese ha
sido mi error esta noche.
—¿Cuál?
—Dejarte pensar. —Y demostrando haber aprendido la lección, la besó
con una maestría imposible de rechazar.
Jennifer intentó resistirse, y lo consiguió… un par de segundos, justo lo
que tardó James en abrirse paso dentro de su boca. Tan pronto como sus
lenguas se encontraron, se vio arrollada por una vorágine de lujuria que
amenazaba con hacerla arder hasta reducirla a cenizas. Lo besó como si le
fuera la vida en ello. Cuando notó la mano del chico bajando la cremallera
de su chaleco, no le importó; incluso soltó un gemido liberador al sentir el
frío sobre sus pechos, aliviando un poco el ardor que la quemaba por
dentro. Pero eso fue solo hasta que los dedos de James comenzaron a jugar
con sus pezones, y el calor se tornó en llamas. Todo pensamiento lógico se
disipó, para ser sustituido por el irracional deseo de arrancarle la ropa a
bocados.
A James hacía rato que las cosas se le habían escapado de las manos.
Cuando la había seguido hasta los baños, se había prometido que no iba a
ceder a la tentación de hacerle el amor allí de pie de cualquier manera, y
estaba a pocos minutos de romper aquella promesa. Lo volvía loco. No
podía dejar de besarla aun sabiendo que su comportamiento no estaba
siendo honesto. Cuando liberó sus pechos y pudo tocarlos a placer, se sintió
al borde del clímax. Se moría por saborearlos y prestarles toda su atención,
y los gemidos que salían de la garganta de la chica, alentándolo a seguir, lo
estaban llevando a punto de no retorno.
—¿Me deseas? —le preguntó entre jadeos mientras no dejaba de
besarla y acariciarla.
—Sí
—Quiero que me lo digas —insistió. La había besado para obligarla a
no pensar, pero necesitaba escuchar de sus labios que era consciente de lo
que estaba a punto de pasar.
La chica tiró de él al sentirlo titubear y metió la mano por dentro de su
camiseta, deseosa de tocar piel.
—¡Por Dios! —Jadeó él, intentando aclarar su mente—. Escucha…
Jennifer buscaba su boca con desesperación.
—… todavía puedo parar…
Las manos femeninas descendieron ahora hasta su cinturón,
desabrochándolo con maestría.
—…pero si voy más allá…
—Te deseo —gimió ella sobre su boca.
James sintió un deseo agónico que lo torturó durante unos pocos
segundos. Creía que con escucharla admitir que lo deseaba su mente lo
eximiría de culpa, pero aquello no fue suficiente. La sensación de estar
aprovechándose de ella lo estaba matando. Se permitió besarla una vez más
antes de hacer lo que en su fuero interno sabía que era lo correcto, aunque
casi se pierde de nuevo en la necesidad de saciar el deseo que lo acuciaba.
—Espera… —le suplicó entre beso y beso—. Tengo… Necesito…
estar seguro de que… quieres esto…
La respuesta fue un suave ronroneo mientras le desabrochaba uno a uno
los cuatro botones de sus pantalones vaqueros.
—Aguarda un momento. —Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de
voluntad para soltarla—. Debo de estar loco…, pero necesito que te des
unos segundos para pensar.
Se alejó de ella todo lo que pudo, lo que no fue mucho teniendo en
cuenta el reducido espacio. La miró a los ojos, esperando que ella tomara
conciencia de la situación.
—Dime que quieres esto tanto como yo —le dijo, con una sensación
rara en la boca del estómago. Esperó en silencio y, con pesar, percibió el
momento exacto en el que ella comprendió lo que había estado a punto de
pasar. El horror que leyó en sus ojos le dijo todo lo que necesitaba saber. La
decepción que sintió fue tan intensa, que guardó silencio para no ceder a la
tentación de suplicarle.
Jennifer se cerró el chaleco con manos temblorosas, mientras que la
vergüenza evitaba que pudiera mirarlo a los ojos. ¿Cómo habían llegado a
aquella situación? Bueno…, cómo, lo sabía, pero qué la había poseído para
permitirlo era la pregunta del millón de dólares. Y que encima hubiera sido
él quién había tenido la sensatez para frenarlo… resultaba bochornoso. Y
¿era producto de su imaginación o hacía bastante rato que él intentaba
pararla, mientras ella asaltaba su boca y sus pantalones sin descanso? No
podía creer que aquella especie de desquiciada sedienta de sexo tuviera
nada que ver con ella. Claro, que no había sido ella quien había comenzado
con el asalto. Aquello le devolvió un poco la compostura. Lo miró a los
ojos sin disimular su enojo.
Un terrible enfado se apoderó de James al sentir sobre él aquella mirada
acusadora. Bastante tenía con controlar la frustración por hacer lo correcto
como para aguantar reproches.
—No me mires como si te hubiera atacado —protestó indignado—. Si
pretendes echarme la culpa de tu lujuria, piénsalo bien.
—Esto no lo he empezado yo.
—Ni lo has terminado tampoco —le recordó—. Si no estamos
lamentando algo peor es porque yo he tenido la sensatez de parar a tiempo.
—¡Eres un impresentable!
—¿Qué es lo que más te molesta? —preguntó, apoyado sobre la pared
con fingida calma—. ¿Que te haya besado o que te haya dejado a medias?
Porque lo primero ya no, pero lo segundo todavía puedo solucionarlo.
—¡Ni en tus mejores sueños!
—Hace un momento no te desagradaba tanto la idea.
—Que comentario tan poco caballeroso.
—Supongo que he hecho gala de toda mi caballerosidad cuando he
renunciado a hacerte el amor para darte tiempo a pensarlo bien.
—¿Por qué das por hecho que yo no habría terminado entrando en
razón?
—Parecías tener otros planes. —Miró hacia la parte baja de sus
vaqueros para hacerse entender.
Jennifer comprobó, con asombro, que aún tenía el cinturón desatado y
los cuatro botones del pantalón vaquero desabrochados. Y, si su libido no la
engañaba, su orgullosa erección seguía todavía allí también, en todo su
esplendor. Apoyado en la pared sobre uno de sus brazos, con las manos
metidas en los bolsillos, rezumaba sensualidad por cada poro de su piel.
Para mayor bochorno, su cuerpo reaccionó de nuevo como el de una
ninfómana trastornada.
—Deberías dejar de mirarme así, si pretendes que me crea tu
arrepentimiento.
—¡Me crispas los nervios! —bufó enfadada—. Eres el tipo más
exasperante que he conocido nunca.
¿Cómo podía estar mirándola con aquella tranquilidad después de lo
sucedido? Ahí estaba, parado ante ella, con los pantalones desabrochados y
una gloriosa erección, y tan relajado como si estuviera esperando el metro.
No daba crédito. ¡Y sus traicioneros ojos iban a parar siempre al mismo
sitio casi sin remedio!
—¡Abróchate ya los putos pantalones! —le dijo por fin, incapaz de
callar más tiempo—. ¡Y lárgate para que luego pueda salir yo!
—¿Crees que aún sigo aquí porque me encanta escuchar tus
histerismos?
—¡Pues si estás esperando poder seguir donde lo hemos dejado, desde
ya te digo que antes me hago el harakiri!
—¿Crees que se me ocurriría volver a tocarte después del numerito que
estás montando?
Jennifer se sintió abochornada, pero antes se moriría que dejar que se
diera cuenta.
—¡Qué alivio! —Sonrió irónica—. ¿A qué coño esperas para largarte
entonces?
—Hago tiempo.
—¿Para qué?
—¿Para qué crees?
—¿Para fastidiarme?
—¡Para poder abrocharme lo putos pantalones!
La cara de la chica fue todo un poema. Si no hubiera estado tan
enfadado, se hubiese reído, pero la situación comenzaba a resultarle
insostenible. Y mientras que ella siguiera estando allí, y muy a su pesar, iba
a resultarle muy complicado abotonarse aquel vaquero.
—Necesito que te marches —le dijo sin ningún tipo de miramiento o
explicación.
—Tú primero —le exigió imperativa.
No tenía por qué contarle que estaba tan avergonzada que prefería
quedarse allí encerrada hasta asegurarse de que no quedaba nadie que
hubiera podido escuchar aquella conversación.
—No me obligues a abrir la puerta y empujarte afuera —amenazó
James, avanzando hacia ella con toda la intención de hacerlo.
—¡No te atreverías!
—¡No me pongas a prueba!
Jennifer estudió su rostro con detenimiento. No lo conocía lo suficiente
como para saber si iba de farol o no. Sopesó sus posibilidades durante unos
segundos.
—¿Y bien? ¿Te marchas o te echo?
—¿Por qué tienes que ser tan insoportable? —bufó Jennifer, que
comenzaba a tener verdaderas ganas de pegarle por tratarla así.
—Creo que no terminas de entender la situación —insistió, mirándola
ahora como el lobo miraría a Caperucita. Se acercó a ella y apoyó una mano
sobre la puerta a la altura de su cabeza, acorralándola de nuevo, pero sin
tocarla. Hizo un gesto hacia su propia entrepierna y le dijo con absoluta
claridad—: Duele. Llevo un vaquero ajustado. Si intento abrocharme como
estoy me haré daño.
Jennifer tragó saliva e intentó aguantar con estoicismo. Lo cual ya
hubiera sido difícil, teniéndolo tan cerca, aunque hubieran estado hablando
de la cría del escarabajo pelotero.
—Solo tengo dos opciones para poder salir de aquí —continuó él—: o
me privas de tu presencia para que esto pueda volver a la normalidad o me
ayudas a solucionarlo; al fin y al cabo es culpa tuya.
La chica estaba tan absorta en sus propias sensaciones, que tardó unos
segundos en interiorizar el comentario para entender a qué se estaba
refiriendo.
—¡Déjate de jueguecitos! —lo empujó, muy enfadada.
—¡Pues lárgate de una puta vez o ten las agallas suficientes como para
reconocer que lo que quieres es que te eche un polvo! —La bofetada que
recibió como respuesta lo cogió desprevenido. Apretó los dientes,
intentando no recordar la última vez que había permitido a alguien
golpearlo.
Jennifer tragó saliva y resistió a duras penas la tentación de pedirle
disculpas. Jamás en toda su vida había abofeteado a nadie y se sentía fatal,
pero la expresión de absoluta frialdad con que la miraba, le advertía de que
nada de lo que dijera sería bien recibido. Sus ojos habían perdido cualquier
atisbo de calor, y aquella mirada helada le calaba hasta los huesos.
—Vete —fue todo lo que él le dijo.
Esta vez la chica no protestó. Lo miró a los ojos y salió de allí con la
cabeza en alto, intentando preservar la poca dignidad que le quedaba.
Capítulo 18
Rob pidió otra cerveza y barrió el local con la mirada de nuevo. Sarah
le había asegurado que estaría allí aquel sábado, pero ya era muy tarde y
comenzaba a perder la esperanza de verla. La despedida la noche de su cita
había sido algo catastrófico y, tal y como ella le había anticipado, no habían
podido verse desde aquel día. A Rob le preocupaba que el interés de la
chica no hubiera sobrevivido al concierto canino con invitado especial
incluido. Le hubiera gustado poder reírse de aquello, pero todavía no estaba
preparado para verle la gracia al asunto.
—¿No has visto a James por ahí? —le preguntó Rob a Dannie, que
venía del baño.
—Ni rastro, no sé dónde… —se interrumpió para señalar—. Mira por
donde viene.
Cuando llegó hasta ellos, James había recuperado un poco la
compostura, o al menos eso pensaba él.
—¿De dónde sales? —le preguntó Rob, estudiando su expresión seria.
La respuesta era demasiado complicada.
—De por ahí —se limitó a decir, esperando que respetasen su silencio.
Le había costado diez minutos más, tras la marcha de la chica, reponerse lo
suficiente como para volver a la discoteca, pero aún fluían en su interior
demasiadas emociones juntas y tremendamente contradictorias.
Rob y Dannie intercambiaron una mirada curiosa, pero decidieron no
insistir. Charlaron de temas triviales durante un rato, en los que James
intervino con monosílabos, hasta que Dannie los dejó a solas para saludar a
un compañero de trabajo.
—¿Vas a contarme que te ha pasado? —le preguntó Rob sin
preámbulos.
—¿Y por qué crees que tengo algo que contar?
—Porque tienes cara de querer cometer un genocidio. Está aquí,
¿verdad? —acertó. James apretó los puños—. Habéis tenido otro
encontronazo.
—Este ha sido el último —dijo con total certeza—. Demasiados
quebraderos de cabeza solo para echar un polvo. Ya me he cansado.
—Pues para tenerlo tan claro no se te ve muy contento.
—Mira que te gusta tocarme los huevos —protestó.
—Solo subrayo lo obvio.
—Pues guárdate tus comentarios para quien quiera escucharlos.
Aquella respuesta, lejos de molestar a Rob, solo contribuyó a
preocuparlo.
—¿Vas a contármelo?
—No.
—Pues me da que te vendría bien desahogarte.
—Es otro tipo de desahogo el que necesito, Rob —admitió—. Y no te
ofendas, pero no eres mi tipo.
—¿En serio? —Sonrió—. Pues no lo entiendo, yo también soy rubio.
—Ella no.
—¿Qué?
—Que no es rubia —reconoció—. Pero eso ya da igual, Rob, no quiero
volver a hablar de ella, ni ahora ni nunca.
Rob observó cómo su amigo apretaba los dientes y se preguntó qué
demonios le habría hecho aquella mujer ahora; o quizá el problema era lo
que no le había hecho…
—Eso solo lo dices porque estás enfadado, pero…
—Pero nada —interrumpió—. Te digo que se ha acabado. Del todo. No
volveré a pensar en ella a partir de este momento.
—¿De verdad crees que te va a ser fácil sacarla de tu cabeza?
—¿A quién?
—¡Venga, ya! Déjate de ironías. Los dos sabemos que estás…
—¡Si vuelves a insinuar algo parecido a lo de esta mañana te retiro la
palabra! —Volvió a interrumpirle con una ferocidad que sorprendió a Rob.
—¿Qué cojones ha pasado? —le preguntó ya muy serio—. Empiezo a
preocuparme de verdad.
—Pues pierdes el tiempo. Es pura frustración. Solo necesito una noche
de sexo, y estoy viendo a la candidata perfecta.
Rob siguió su mirada e identificó a Cindy a pocos metros, que también
miraba a James con descaro.
—¿No lo dirás en serio?
—No tengo ni tiempo ni ganas de comenzar un tonteo que me lleve
media noche —reconoció con frialdad—. Cindy conoce las reglas del
juego, Rob, no tengo ni que hablar si no me apetece.
Su amigo no daba crédito a lo que estaba escuchando.
—No lo hagas —le aconsejó—. No deberías acostarte con otra por
despecho.
—No te confundas —dijo molesto—. Hablar de despecho es darle
demasiada importancia a lo poco que esa tía y yo hemos tenido, que ha sido
nada.
—Te estás engañando, ¿cómo puedes no darte cuenta?
—¡¿Pero tú de qué lado estás?! —se enfadó, levantando un poco la voz.
—Del tuyo —le aseguró—. Por eso intento que no cometas un error del
que puedas arrepentirte mañana, solo porque estás enfadado.
—¿Y según tú que debería hacer? Ilústrame, por favor. —Sonrió,
irónico—. ¿Me autoimpongo el celibato por no haber podido tirarme a una
tía? ¿Con todas las que tengo aquí para elegir? ¿Por qué mierda de sentido
de la lógica te riges tú?
—Eres tú el que no estás siendo lógico —lo acusó—. Hablas
demasiado a la ligera de acostarte con alguien.
—¿Vas a atacar mi moralidad a estas alturas? Porque tu lista también es
larga.
—Sabes que mientras que no me salpicara jamás te he juzgado, pero
nunca te había interesado nadie de verdad, hasta ahora.
—Rob… —amenazó.
—¡Es la puta verdad, James! Acepta que estás jodido y asimílalo antes
de querer esconderlo en la cama de nadie —le dijo, ya enfadado—. Y una
vez que lo hagas, acuéstate con treinta tías diferentes si te apetece, pero con
la mente clara, hostias.
—Mi mente está cristalina —le aseguró—. Yo no tengo la culpa de que
tú imagines o veas cosas donde no las hay.
—Vale, yo lo he intentado, aquí lo dejo —terminó aceptando la derrota
—. ¿Echamos un billar?
James soltó una carcajada desprovista de humor.
—Buen intento —le dijo.
—Uno contra uno —insistió el rubio sonriendo—. Te doy dos bolas de
ventaja.
—Es tentador, pero…
—Tres. —Arqueó las cejas con un simpático gesto, intentando
arrancarle una carcajada sincera; quizá si lo conseguía podría llegar hasta
él, pero no hubo suerte. Tuvo que ver como James se giraba hacia Cindy y
le hacía un gesto para que se acercara. Un simple movimiento de su dedo
índice y, cinco segundos más tarde, la tenía colgada del cuello.
«Deprimente», pensó Rob, pero no dijo una palabra; aunque tampoco
estaba dispuesto a relacionarse con Cindy como si aquello le pareciera bien.
—Nos marchamos —anunció James unos minutos más tarde.
A pesar de haberse prometido que no volvería a intervenir, aún hizo un
último intento. Cuando James comenzó a caminar con Cindy de la mano, se
interpuso en su camino.
—Te estás equivocando —le susurró.
—Me da igual.
Rob suspiró y se apartó a un lado. ¿Qué más podía decir ante aquella
contundente respuesta?
Capítulo 19
Jennifer entró de nuevo en la discoteca mucho más tranquila. Había
necesitado salir a tomar el aire para conseguir encajar y superar todo lo
sucedido en ese baño. O al menos para aparentar que estaba bien y no
preocupar a su prima. No se sentía preparada para hablar de él con nadie sin
perder los papeles.
Cuando enfiló las escaleras y comenzó a descender, todo el esfuerzo
que había hecho para calmarse se fue al traste. Justo de frente, subiendo en
su dirección, estaba él de nuevo, pero esta vez no iba solo.
Tardó unos segundos en decidir si seguir adelante o darse la vuelta,
puesto que todavía no la había visto. Terminó echándole valor y descendió
las escaleras con paso firme, intentando con todas sus fuerzas no mirarlo.
Fue imposible. Sus miradas se cruzaron a un metro escaso durante unos
interminables segundos, y ninguno de los dos apartó la vista hasta que cada
cual siguió su camino.
El sentimiento que invadió a James no fue el esperado. Hubiera querido
sentirse triunfante, pero nada más lejos de la realidad. Una desazón que no
lograba identificar se apoderó de él, desconcertándolo por completo. Tanto
que hasta Cindy se dio cuenta.
—¿Te pasa algo? —interrogó, intentando tirar de él hacia la calle.
James se giró y posó sus ojos sobre su mujer fantasma mientras
descendía. El esfuerzo que tuvo que hacer para no correr tras ella escaleras
abajo terminó de trastornarlo. Miró a Cindy, que estaba dispuesta a darle
cualquier cosa que le pidiera, sin exigencias, y se dejó arrastrar a la calle. Se
repitió a sí mismo, con cierta obstinación, que solo necesitaba aquella noche
de sexo desenfrenado para sacar de una vez por todas de su cabeza a quién
no debía estar allí.
Rob salió del baño, preguntándose de nuevo dónde estaría Sarah. No
sabía por qué, pero la conversación con James había conseguido reafirmarle
más aún en lo que sentía por ella, y se moría de ganas de volver a verla.
«¿Cómo fui tan imbécil de no pedirle su número de teléfono?», se
reprendía a sí mismo cada cinco minutos, prometiéndose subsanar aquel
error en cuanto que la tuviera ante sí.
Cuando estaba a punto de bajar el último tramo de escaleras, se cruzó
con Jennifer, que no parecía tener buen aspecto.
—¿Vienes de la calle? —se extrañó.
—Sí.
Jennifer esquivó la mirada de Rob, temiendo que le hiciera más
preguntas. El nudo que tenía en la garganta le impedía decir mucho más, y
no estaba segura de poder comportarse con normalidad.
—No tienes buen aspecto —se preocupó el chico—. Estás muy pálida.
—Sí, por eso he salido —mintió—. Debo de tener la tensión un poco
baja, aquí dentro hace calor.
Orgullosa por haber podido juntar tantas palabras con cierto sentido,
miró a Rob, haciendo un esfuerzo titánico por sonreír.
—Creo que voy a marcharme a casa ya —siguió diciendo, girándose de
nuevo hacia la salida—. Sí, será lo mejor…
«Aguanta solo un poco más», se decía a sí misma, intentando no
desmoronarse.
—Me voy… Yo necesito…
—Llorar.
Asombrada, miró a Rob, que la observaba con atención.
—Y por mí no te cortes —insistió él—. Te sentirás mucho mejor
después.
—No… voy a llorar —titubeó—. No voy…, yo…
Una lágrima traidora, que consiguió escapar de su encierro, la llamó
mentirosa y les indicó el camino a todas las demás. Apretó los dientes y
parpadeó con fuerza para tratar de frenar el torrente de lágrimas que ya
corrían por sus mejillas, pero todo parecía en vano.
Agradeció que Rob la apartase a un lado, obligándola a sentarse en los
escalones lejos de miradas curiosas. Él se limitó a coger asiento a su lado
sin decir una palabra.
—¡Por Dios, debes de estar flipando! —le dijo, avergonzada, cuando
creyó que podría hablar.
—Solo un poco preocupado. —Sonrió para quitarle tensión a la
situación.
—Pues no tienes por qué, de verdad, ha sido solo un bajón.
—¿Que responde a un motivo importante?
—¡No! No es importante, no lo será a partir de ahora —dijo acalorada
—. No volveré a dedicarle uno solo de mis pensamientos.
—Así que no responde a un motivo —Comprendió Rob—, responde a
un nombre.
Jennifer lo miró asombrada de nuevo. Pat le había contado en muchas
ocasiones lo increíble que era ver trabajar a Rob en la clínica. Además de
todos los tratamientos físicos, trabajaban también muchas terapias
energéticas, que estaban ligadas, de forma irremediable, a las emociones.
Pat le había hablado de la asombrosa intuición del chico y de la capacidad
que tenía para conectar con sus pacientes, pero hasta ahora no había
entendido del todo a qué se refería.
—Supongo que tendrá uno, sí —aceptó, frunciendo el ceño.
—¿Supones que tendrá un nombre? —repitió, un tanto confuso—. Vale,
vamos avanzando…, creo.
La chica no pudo menos que sonreír, a pesar de lo mal que se sentía.
—Esa sonrisa si es un avance real —agregó Rob—. ¿Te apetece
contármelo? Yo no tengo un diván como el que usáis los psicólogos, pero sí
tengo un oído estupendo. Se me da genial escuchar.
Otra sonrisa le dio a Rob la esperanza de poder ayudarla un poco.
—No sabría ni por dónde empezar.
—Empieza diciéndome dónde está ese hombre o esa mujer
innombrable, ¿lo o la dejaste en Boston?
—Es un él y lo conocí aquí —aceptó—. El mismo día que me bajé del
avión. Te preguntarás cómo es posible que conociéndolo desde hace tan
pocos días me esté afectando de esta manera.
—Eso es lo que tú te preguntas. Yo me limito a escuchar.
—¡Es que no lo entiendo! —protestó, enfadada consigo misma—. Te
juro que soy alérgica a los machos alfa guapos a rabiar, Rob.
El chico sonrió por el calificativo, pero no dijo nada. Lo mejor que
podía hacer por ella era dejarla hablar.
—Es la antítesis de todo lo que busco en un hombre. O lo que
buscaría…, si es que ahora mismo buscara algo, que no es el caso. —Igual
se estaba liando un poco—. Pero si lo fuera, te aseguro que al último que
escogería sería al tipo más sexi del planeta, con una arrogancia solo a la
altura de su ego y que presupone que todas las mujeres tenemos que caer
rendidas a sus pies porque es un regalo del cielo.
Se detuvo para tomar aire y continuó.
—¡Lo odio! Y odio sus besos y sus caricias, y todas esas insinuaciones
que se inventa. Sí, Rob, no me mires así, de verdad que se las inventa… —
El aire parecía estar espesándose por momentos.
—Jennifer… —intervino Rob—. Respira hondo.
—Y odio su seguridad y su forma de mirarme.
—Te estás hiperventilando —insistió—. Por favor, mírame. Respira
despacio.
Rob respiró frente a ella haciéndole gestos, obligándola a imitarlo
durante al menos diez respiraciones seguidas.
—Y su sonrisa —dijo, tomando aire con normalidad por fin—. Eso es
lo que más odio de todo.
—Su sonrisa —repitió Rob sin dejar de hacerle gestos para recordarle
que debía respirar despacio.
—Sí, y también sus ojos, los odio, son tan…
«Increíbles», claudicó, dejando escapar sus lágrimas de nuevo.
Recordaba aquellos ojos enturbiados por el deseo cada vez que la miraba.
Aquellos ojos que ahora debían de estar mirando de la misma manera a
otra. Y no lo soportaba.
—¿Cómo puedo estar así? —se lamentó, tapándose la cara con las
manos—. Solo llevo aquí cuatro días y ya he cometido más estupideces que
en toda mi vida. Es que no me reconozco. ¡Debo de haberme vuelto loca!
¡He dejado que un hombre, al que casi no conozco, me arrastre con él a un
probador en mitad de un hipermercado lleno de gente! Y lo de esta noche
ya ha sido de traca…
Rob solo necesitó una décima de segundo para sumar dos más dos.
«¡Hostia puta!», fue lo único que pudo pensar, atónito. Por fortuna,
Jennifer no lo estaba mirando o hubiera sido imposible que no se diera
cuenta de que estaba conmocionado.
—No vayas a pensar que pasó nada en ese probador —aclaró la chica,
volviéndose a mirarlo, avergonzada—. Solo… hablamos; aunque lo de esta
noche es mejor ni mencionarlo.
Estaba segura de que Rob no entendía nada de lo que le estaba
diciendo. Sabía que se estaba limitando a divagar, intentando poner en
orden sus pensamientos, pero le estaba sentando genial hablarlo con
alguien.
—No sé qué voy a hacer —se lamentó—. En este momento lo último
que me apetece es seguir encontrándomelo en todas partes.
«Me la encuentro cada vez que salgo de casa», habían sido las palabras
exactas de James, hacía apenas una hora. Rob, por primera vez en mucho
tiempo, no sabía que narices decirle a alguien.
—¿Y por qué no quieres verlo? —se aventuró a preguntar para saber en
qué punto exacto estaban las cosas—. Quién sabe, quizá para él también
seas algo especial.
—No, Rob, no voy a engañarme.
—¿Y si tengo razón?
—No la tienes.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque si la tuvieras, no se habría marchado con otra.
«Mierda». Rob al fin comprendió lo que la había puesto en aquel
estado: había visto a James salir de la discoteca con Cindy.
—Igual solo han salido a tomar el aire.
—Rob, agradezco que intentes subirme la moral…
—No puedes saber adónde iban, Jen.
—Adónde, quizá no; pero a qué, es bastante obvio.
Rob se sentía fatal. Por un lado, tenía la necesidad de defender a su
amigo, pero sabía que no existía defensa posible, y no estaba en su
naturaleza ser deshonesto.
—Quizá solo lo ha hecho por despecho —se aventuró a decirle,
intentando sonar imparcial.
—Me da igual —dijo rotunda—. ¿Sabes? En el fondo debería estarle
agradecida. Él no es bueno para mí, Rob, y me ha dado la única arma que
necesitaba para mantenerlo alejado. Verlo salir de aquí con ella me ha hecho
fuerte por fin. Era justo lo que necesitaba.
Un suspiro apenas contenido fue todo lo que salió de la boca del chico.
Solo él sabía cómo había intentado evitar que su amigo cometiera aquella
estupidez, y ahora tendría que apechugar con las consecuencias. Si en algún
momento James se daba cuenta de su error y quería rectificar…, no tendría
las cosas fáciles.
—¿No vas a decir nada? —preguntó Jennifer, extrañada ante tanto
mutismo.
—Pareces tenerlo todo muy claro. —Sonrió, intentando sonar objetivo
—. Me gustaría no tener que verte nunca más como hace unos minutos.
—Solo tengo que mantenerme alejada, Rob —admitió—. Suelo ser una
persona tranquila, pero él saca lo peor de mí. Jamás en toda mi vida había
abofeteado a nadie hasta esta noche.
—¿Cómo? —Rob frunció el ceño—. ¿Les has pegado?
—No me siento orgullosa. —Se sonrojo—, pero sí. Me he sentido
insultada y le he dado una bofetada.
—¿Y habéis hablado después de eso?
—No, esa ha sido nuestra despedida —reconoció un tanto culpable—.
No lo ha encajado bien. Nada bien, en realidad.
—Entiendo que se haya enfadado.
—Ha sido algo más que eso, Rob, ha mutado —le confesó—. Te juro
que parecía otra persona.
Así que eso era lo que James no había querido contarle, comprendió,
maldiciendo para sus adentros. Por supuesto que aquello no justificaba su
comportamiento, y estaba seguro de que la chica tampoco le había pegado
por gusto, pero aquel hecho lo ayudaba a comprender un poco mejor la
actitud de su amigo.
—Pero no quiero hablar más de él —resopló Jen con fuerza, como si
aquello la ayudase a alejarlo de su mente—. Te agradezco mucho la ayuda.
—A mandar. —Sonrió—. Siempre que lo necesites te presto mis oídos.
Jennifer se lo agradeció con una sonrisa sincera. Se había sentido muy
cómoda hablando con él. Era una de esas personas cargadas de una energía
especial, que te aportaba buen rollo con su simple presencia.
Se puso en pie con el firme propósito de apartar a aquel demonio de su
mente.
—Gracias. Te has ganado una cita con una rubia preciosa —le dijo con
una sonrisa radiante.
—Me temo que esa rubia me ha dejado tirado —se lamentó—.
¿Cuándo puedo reclamar el premio?
—A las… —Consultó su reloj, mostrándoselo al chico—. doce y
cuarto.
El chico comprobó que el reloj marcaba esa misma hora, pero no
terminaba de entender la broma.
Jennifer sonrió y le hizo un gesto divertido para que se diera la vuelta.
Cuando Rob le hizo caso, se encontró frente Sarah, que avanzaba escaleras
abajo en su dirección. No pudo evitar mirarla embobado. Por suerte,
Jennifer la entretuvo unos segundos mientras la saludaba; justo el tiempo
que Rob necesito para reponerse de la sorpresa. Cuando al fin se quedaron a
solas, Sarah fue la primera en hablar.
—Lo siento —le dijo, mirándolo con expresión preocupada—. Cuando
quedamos para hoy no me acordé de que era el cumpleaños de uno de mis
primos, y no tenía forma de avisarte.
Rob le regaló una enorme sonrisa. Estaba tan contento de verla que no
necesitaba ninguna explicación. Y ya había tenido una noche con más
discusiones y malos entendidos de los que debiera. Su suerte acababa de
cambiar y pensaba aprovecharlo al máximo.
—Estás aquí. Es todo lo que me importa en este momento —le dijo. Y
recibió una sonrisa como repuesta que iluminó todo su mundo—. Ven.
Tiró con suavidad de ella hasta atraparla entre sus brazos.
—Será mejor hacer esto ahora que los perros de tu vecindario no andan
cerca… —le susurró al oído. Después, la besó en los labios como si llevara
toda su vida esperando aquel momento.
Capítulo 20
James se despertó sobresaltado y se sentó en la cama como impulsado
por un resorte. ¿Qué narices era aquel ruido tan desagradable? Le costó
unos segundos identificar el timbre de la puerta.
Se puso en pie y corrió a abrir antes de que la insistente visita terminara
quemándole el timbre.
—¡Llevo diez minutos llamando! —protestó Rob, colándose en la casa
—. Ya iba a llamar a los bomberos. ¿Estabas acostado?
—Sí, y como un tronco —reconoció.
—Ya veo. ¿Y te importaría ponerte unos pantalones? —le pidió con una
sonrisa—. No me seduce la idea de comer con un tío en calzoncillos.
—Tampoco es una de mis fantasías, la verdad —dijo, caminando hacia
su habitación—. Ahora, comer… ya va a estar más complicado.
—¿No tienes nada preparado? —protestó Rob—. Pero si son las dos de
la tarde y no he desayunado para hacerte gasto.
—Pues ves eligiendo: burger o chino —le pidió, desapareciendo por el
pasillo.
Rob miró a su alrededor buscando algún rastro que le indicara si Cindy
había pasado la noche allí, pero no lo encontró. Parecía que habían escogido
la casa de ella, como en anteriores ocasiones.
Caminó hasta la cocina, cogió una coca cola de la nevera y se apoyó en
la encimera, intranquilo. Antes de salir hacía casa de James, había pasado
una hora dándole vueltas a cómo debería actuar con respecto a lo que había
descubierto el día anterior sobre Jennifer. El destino parecía haberse tomado
muchas molestias para que ambos se conocieran de una forma muy poco
convencional. Resultaba paradójico que la vida se hubiera empeñado tanto
en impedir una presentación formal, manteniéndolos alejados del resto del
grupo, para obligarlos a coincidir una y otra vez en todas partes. Y Rob no
podía dejar de preguntarse el porqué. Quizá era necesario todo lo que estaba
pasando, tal y como estaba pasando, para que aquella relación tuviera
alguna posibilidad. Le había costado más de una hora y un sinfín de pros y
contras tomar una decisión, pero una vez que lo había hecho era
inamovible: él debía respetar los azares del destino y dejar que las cosas
siguieran su curso, sin intervenir. Ahora solo faltaba comprobar si podría
guardar aquel secreto durante mucho tiempo sin volverse loco.
La cocina estaba abierta e integrada en el salón, de modo que Rob pudo
ver a James volver, ya vestido, y dejarse caer de cualquier manera en el
sofá, exhausto. Lo observó con atención. Se había prometido no preguntarle
nada acerca de su noche con Cindy, pero debía reconocer que la curiosidad
lo estaba matando.
—Tu forma de atender a las visitas deja mucho que desear —bromeó,
caminando hasta él. Se sentó en un sillón cercano con el móvil en la mano
—. Pido lo de siempre al chino antes de desmayarme, si te parece.
Su amigo se limitó a sonreír y asentir, y guardó silencio mientras Rob
llamaba para encargar la comida.
—Tendremos que desfallecer durante treinta minutos más —protestó de
nuevo el rubio, colgando el teléfono—. ¿Qué narices tienes en el cuello? Es
una mancha plateada.
James no se molestó ni en comprobarlo; solo podía ser una cosa.
—Pintura, supongo. —Ahogó un bostezó.
—Joder, pues si ha debido de ser una noche interesante.
—La he aprovechado al máximo, sí.
—Prefiero no saberlo.
—Y yo tampoco quiero contártelo —reconoció—. Que te pongas en
plan tocapelotas y empieces con tus te lo dije es lo último que necesito.
—Pues acabas de ganarte toda mi atención. —Sonrió Rob.
—Sí, eso me temía.
—Así que ¿has hecho de hombre de hojalata para Cindy? —le dijo,
señalando la pintura plateada de su cuello de nuevo—. No recuerdo que Oz
fuera una de tus fantasías, pero te pega el papel.
—No lo dices solo por la pintura, ¿me equivoco?
—No —admitió Rob—. Al hombre de hojalata le faltaba el corazón,
aunque entiendo que a la bruja mala del Oeste eso le importa un bledo,
¿no?
En contra de todo pronóstico, James rio.
—Vale, me pasé un poco anoche contigo —reconoció—. Acepto que
me fustigues un poco más, pero ten compasión, que solo he dormido par de
horas.
—¿Y por qué esperabas mis te lo dije? —Rob no entendía nada—. ¿Te
has pegado una maratón de sexo y ahora te arrepientes?
—Me arrepiento de no haberte escuchado —reconoció, y se removió
inquieto en el sofá antes de admitir—: Tenías razón, Rob, no debí
marcharme con Cindy anoche.
Rob no pudo evitar sorprenderse, no había esperado que James lo
admitiera de forma abierta y sin protestar.
—¿Te arrepientes de haberte acostado con ella?
James exhaló aire con lentitud buscando la respuesta adecuada. No
estaba dispuesto a compartir los detalles de lo sucedido al llegar a casa de
Cindy, al menos hasta que entendiera que narices había sido lo que había
pasado allí; pero algo tendría que contarle a Rob…
—No.
—¿No? —Rob no entendía nada—. ¿Y si no te arrepientes de qué coño
estamos hablando? ¿Y por qué parece que te haya pasado una apisonadora
por encima?
—He dormido poco.
—Sigo sin entender nada.
—Desde casa de Cindy me fui al taller —le explicó—. Me apetecía
trabajar sobre las motos un rato.
Aquello si sorprendió a Rob. Lo conocía demasiado bien como para
pasar por alto el hecho de que James siempre solía refugiarse en sus motos
cuando algo no andaba bien.
—¿Te fuiste al taller a las tantas de la madrugada?
—Necesitaba relajarme.
—Necesitabas concentrarte en algo que te permitiera no pensar —
matizó Rob.
James se limitó a guardar silencio.
—¿Hasta qué hora has estado allí?
—Hasta las once —reconoció—. Y han sido nueve horas muy
productivas.
La aerografía que se había encontrado a medio terminar, sobre la que
había tenido que poner toda su concentración, le había devuelto la calma.
Una vez que le hubo dado el último toque, a eso de las ocho de la mañana,
se había sentado en la mesa de dibujo a terminar un diseño que tenía a
medias desde hacía meses. Y no se había levantado de aquel taburete hasta
que estuvo seguro de que su agotamiento físico era tan extremo que caería
rendido en la cama nada más tumbarse.
—Haberme llamado antes de acostarte para que no viniera —le dijo
Rob—. Habrías podido dormir hasta que lo necesitases.
—No te preocupes. —Sonrió—. Esta noche agradeceré la falta de
sueño.
—James, da igual cuánto tiempo pospongas el pensar en ello…
—Parece que tarda hoy el chino… —interrumpió.
—…tendrás que analizar tus sentimientos, te guste o no.
—Rob… —lo miró con una seria advertencia en los ojos—, me duele
la cabeza.
Aquello fue suficiente para poner punto y final a la conversación. En su
lugar, Rob disfrutó mucho contándole a su amigo todo lo relacionado con
Sarah y su llegada a la discoteca, cuando ya había perdido la esperanza de
que apareciera. James intentó vacilarle sobre el asunto, pero, por alguna
razón, las bromas con respecto a lo patéticas que le parecían todas aquellas
muestras de insensatez amorosa no le salían aquel día con demasiada
fluidez.
Capítulo 21
Jennifer acababa de enfrentarse a una de las noches más largas de su
vida. Con los nervios a flor de piel, odiaba aquella sensación de desazón
que la obligaba a pasear por la habitación para no volverse loca.
Cien veces a lo largo de la noche se había dicho a sí misma que no le
importaba nada lo que aquel arrogante de ojos verdes hiciera con su vida, y
las mismas cien veces había terminado golpeando un cojín mientras las
lágrimas arrasaban sus ojos.
Había repasado todo lo sucedido en aquel baño una y otra vez,
intentando ser objetiva. Quería odiarlo con toda su alma, pero no podía
dejar de reconocer que él podía haberse aprovechado de su momento de
debilidad y se había comportado de forma honorable; a pesar de que para él
tampoco debía haber sido tarea fácil dada su visible excitación. Le había
dado la oportunidad de decidir, sin presiones, si quería o no entregarse a él,
y ella había hecho su elección.
«Y no solo te has negado, también te has permitido abofetearlo», le
había gritado con grosería la voz de su conciencia a cada hora de reloj.
«¿Puedes culparlo por marcharse con otra?».
Y seis horas después aún continuaba luchando contra su Pepito Grillo.
Aunque durante todo aquel tiempo había tenido una cosa clara: daba igual
qué lo había impulsado a salir de la discoteca con aquella chica. Incluso
aunque aceptara que quizá ella misma lo había empujado a los brazos de
otra con su actitud, jamás podría perdonarle que hubiera cedido a la
tentación.
«Pero tú no lo querías para ti, ¿o sí?». Volvió su conciencia a tomar
baza.
—¡Oh, cállate! —se regañó, apretándose las sienes con los dedos—.
¡Qué narices sabrás tú lo que yo quiero!
Tras horas de intenso debate interno, se rindió al cansancio y se quedó
dormida. Cuando se despertó cinco horas más tarde, se sentía algo más
tranquila. Se dio una ducha y bajó al salón para comer con su tía, puesto
que sabía que su tío Thomas estaba de guardia. Se topó con ella en las
escaleras.
—Anoche te escuché llegar muy pronto —le dijo la mujer, preocupada
—. ¿No te gustó la Paradise?
—Me encantó, pero no quiero trasnochar demasiado hasta que no pase
mi entrevista —mintió, sintiéndose igual de mal que cuando le mentía a su
prima—. Hoy me quedaré también en casa relajándome para mañana.
—¿A qué hora tienes que estar en el hospital?
—A las diez —le dijo, recordándoselo de pasó a sí misma. Era hora de
dejar de pensar en tonterías y centrarse en lo que la había llevado hasta
Santa Carla.
Bajaron a la cocina y charlaron un rato sobre la entrevista. Su tía le dio
un montón de consejos que Jen recibió con agrado. Esther había trabajado
durante muchos años en el departamento de recursos humanos de una gran
empresa, y resultó tener un sinfín de pequeños trucos que podían servirle
mucho para impresionar a su entrevistador.
—Vas a bordar esa entrevista, cariño —le terminó diciendo con total
certeza—. Eres una excelente profesional, con toda la formación y
experiencia necesaria para hacer un trabajo espectacular para esa
Fundación. Tendrán una suerte enorme de poder contar contigo.
—Ya que no tengo abuela, es genial tener una tía como tú.
Riendo, aprovecharon el estar comiendo a solas por primera vez desde
su llegada para charlar de un sinfín de temas más. Jennifer adoraba a su tía,
a pesar de que hasta ahora las habían separado cinco mil kilómetros; pero
tanto su padre como su tía, hermanos mellizos, siempre habían tenido claro
que aquello no debía ser un impedimento para estar en contacto. Por
fortuna, las nuevas tecnologías cada vez lo hacían más fácil.
Cuando estaban terminando de tomar el postre, sonó su teléfono móvil.
El número le aparecía como privado. Contestó, extrañada, preguntándose
quién podría llamarla un domingo a aquella hora.
—Espero estar hablando con la futura directora del área de psicología
de la Fundación Santa Carla —dijo una voz cantarina al otro lado de la
línea.
—¡Amber! —gritó Jennifer emocionada—. Si ya te permiten llamadas
es que estás casi recuperada.
—¡No solo casi! —admitió contenta—. De hecho, me han dado el alta
oficialmente esta misma mañana.
Para Jennifer aquello fue una alegría inmensa. Amber llevaba años
luchando contra una anorexia nerviosa que había estado a punto de ganarle
la partida. Tras haber estado hospitalizada en varias ocasiones, hacía unos
meses que había decidido, de forma voluntaria, seguir un programa especial
en una clínica de Tucson en el estado de Arizona. Había pasado allí los
últimos ocho meses siguiendo una terapia en plena naturaleza, aislada del
resto del mundo, y que parecía haber funcionado muy bien.
—¿Eso significa que vuelves a casa?
—Pues en realidad he decidido quedarme aquí —le contó. Sonaba muy
contenta—. Hay mucha gente en mi misma situación que necesita ayuda; y
parece ser que una psicóloga que haya vivido este horror desde dentro no
les viene mal del todo.
—Eso es genial. —A Jennifer aquella noticia estaba arreglándole el día
—. Imagino que en calidad de psicóloga si puedes recibir visitas.
—¡Solo dime cuándo!
—¿Pasado mañana? —Rio al oír los gritos nerviosos de su amiga al
otro lado de la línea. Aquello era justo lo que necesitaba, y Tucson estaba
apenas a par de horas de avión—. Eso parece un sí.
Cuando colgó el teléfono, le contó a su tía las buenas noticias.
—Me alegro mucho, cariño. —Sonrió feliz—. Sé que estabais muy
unidas en la universidad y que has llevado muy mal todo lo que le pasó.
—Sí —admitió—. Cuando ves a la persona más feliz y llena de vida
que conoces, mutar de la manera en la que lo hizo Amber, es desesperante.
Es curioso, porque ya no solo como amiga, sino como profesional, yo veía
muy claras todas las señales, pero ella era incapaz de reconocerlo. Le llevó
tres años dejar a aquel cabronazo y otros dos recuperarse de su anorexia.
—Él era mala persona, ¿verdad?
—Sí. Y jugó con ella desde el primer día —le contó—. Todos a su
alrededor veíamos que aquel tipo era un cabrón y un mujeriego, que dudo
de que le fuera fiel ni un solo día en toda su relación. Imagínate que intentó
ligar conmigo en la sala de espera de urgencias, mientras esperamos a que
los médicos nos dijeran si Amber saldría con vida o no de su intento de
suicidio. Pero ella estaba ciega de amor por él. Le permitía cosas que jamás
hubiera pensado que la antigua Amber pudiera aguantarle a un hombre.
Jennifer suspiró, rememorando la angustia de verla llorar, desquiciada,
cada vez que aquel indeseable le decía que se marchaba a pasar la noche
con alguien más bonita y delgada que ella. Recordaba a Amber gritar, rota
de dolor, mientras se lamentaba por no estar a la altura de lo que él
necesitaba.
—Nunca le puso una mano encima —reconoció—, pero la destrozó
igualmente, por dentro y por fuera.
—Algún día pagará por todo el daño.
—Pues se merece lo peor que la vida pueda darle —sentenció Jennifer
asqueada.
«Y yo creía haber aprendido la lección a través del dolor de Amber»,
pensó desolada, intentando alejar la melancolía de ella de nuevo, sin
conseguirlo del todo.
Capítulo 22
Cuando James aparcó su moto frente al Oasis, barrió la zona con la
mirada. Se dijo a sí mismo que no era decepción lo que sentía por no
encontrar una Suzuki Marauder aparcada cerca. El resto de motos de sus
amigos estaban todas allí, lo que significaba que era el último en llegar.
Cuando Rob se había marchado de su casa a eso de las cinco, se había
acercado a ver a Sam y se le había ido el santo al cielo.
Entró en el pub y volvió a mirar a su alrededor, regañándose de nuevo
por observar con demasiada atención, pero ni siquiera sus amigos estaban
en el local. Solo podían estar en el parque, así que pidió una botella de agua
y fue en su busca.
Se dejó caer junto a Dannie al tiempo que saludaba.
—¿Qué andas protestando ya, Pat? —interrogó, sonriendo.
—¡Que lo de anoche fue un desastre!
—No sé, Rob parece contento. —Sonrió James mirando a su amigo,
que tenía a Sarah sentada entre las piernas, apoyada contra su pecho.
—Cierto. —Rio el rubio dándole un beso a la chica, ganándose un
montón de vítores. Sarah se ruborizó, pero también rio encantada.
—Esa parte sí estuvo muy bien, pero no estuvimos todos juntos en toda
la noche —siguió Pat protestando—. No pude estar un rato ni con Jennifer,
que no sé dónde narices se metió.
Rob agachó la mirada, sintiendo cierto malestar. Quizá él no pudiera
decirle dónde estuvo, pero con quién pasó un rato largo sí lo sabía, y
resultaba curioso que tuviera más información que la propia persona que
estaba allí con ella.
—Dannie…
—A mí me surgió un contratiempo —intervino el aludido antes de que
lo acusara de nada.
—¿Y cómo se llamaba?
—¿El contratiempo? —Rio Dannie—. Marla…, no, Carla… o algo así.
—Madre mía, Sarah, te has llevado al único hombre honesto que nos
quedaba en el grupo —dijo Pat con un simpático gesto de resignación.
—Había mucho ruido en la discoteca —se defendió Dannie, riendo.
—Y por culpa de este. —Señaló James a Dannie—, a mí me ha caído
un zasca. Pues no me parece nada justo.
—Te fuiste con Cindy —le recordó—. No tienes derecho a sentirte
ofendido. Cuando Rob me lo dijo, creía que me estaba vacilando.
—Sí, no fue mi momento estelar, la verdad —aceptó.
—¿Y qué pasó con la mujer fantasma? —recordó Dannie, extrañado—.
¿Al final no estaba allí?
—No —dijo James tajante sin siquiera pestañear. Rob lo miró
asombrado, pero guardó silencio.
—¿Y te largas con Cindy así por las buenas? —intervino Nick algo
confuso—. Hasta donde a mí me pareció entender, esta chica de la que nos
hablaste parece gustarte mucho.
James apretó los dientes, odiando aquel tema de conversación.
—¿Por qué me siento juzgado? —se defendió, mirándolos a todos—.
No hay nada entre esa chica y yo. Ni siquiera sé su nombre para poder dejar
de llamarla esa chica. Y es muy posible que no vuelva a hablar con ella.
¿Podéis olvidaros de que en algún momento la he mencionado? Ya no me
interesa.
Todos lo miraron extrañados.
—¿Qué nos hemos perdido? —preguntó Pat sin preámbulos.
—¡Debo de hablar en chino! —se quejó James, y se limitó a tumbarse
sobre la espalda sin contestar a la pregunta
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —siguió protestando la chica.
—Correcto.
—Te pones siempre un poco a la defensiva con este tema, ¿no te
parece?
James ya no le contestó. Se limitó a ponerse las manos debajo de la
cabeza mientras miraba las nubes pasar.
—¿Dónde anda tu prima? —le preguntó Rob, soñando con la idea de
que apareciera allí en ese mismo instante para quitarle aquel peso de encima
—. ¿Hoy no viene?
—No —contó—. Mañana tiene la entrevista en el hospital y quería
estar tranquila. Y no sé cuándo volveremos a verla, se marcha a Tucson.
—¿Tucson, Arizona?
—Sí, a visitar a una amiga.
«Mierda», se dijo Rob, intentando que no se le notara el abatimiento.
Cuando decidió guardar silencio había supuesto que sería cuestión de pocos
días, pero no contaba con que Jennifer se marchara de Santa Carla. Miró a
James y se sintió fatal por no poder decirle que prestara atención a la
conversación porque estaban hablando de su mujer fantasma…, que iba a
convertirse en más fantasma aún durante los próximos días. ¿En qué lio se
había metido? Solo esperaba que su amigo estuviera siendo sincero cuando
decía que ya no le interesaba.
James intentaba aplacar un poco su malestar concentrándose en su
propia respiración. Recordaba que Rob le había intentado enseñar a meditar
en un sinfín de ocasiones y comenzaba a arrepentirse de no haber prestado
más atención. En los últimos días hubiera dado cualquier cosa por haber
aprendido la lección sobre despejar la mente hasta conseguir dejarla en
reposo. Reconocía que estaba un poco irascible con todo lo referente a su
mujer fantasma, a la que se esforzaba en expulsar de su cabeza una y otra
vez. Le molestaba mucho tener que mantener aquel férreo control sobre sus
pensamientos. Y la punzada de anhelo que durante unos segundos había
rondado dentro de su cabeza cuando había visto a Rob abrazar y besar a
Sarah, no lo había ayudado a dejar de lado su mal humor. Diez minutos más
tarde, decidió que había llegado el momento de retirarse antes de seguir
tratando a sus amigos como si fueran los culpables de su pésimo estado de
ánimo. Estaba seguro de que solo necesitaba descansar para recuperar su
habitual buen carácter, o eso esperaba.
Perplejos, todos se despidieron de James y lo observaron mientras se
alejaba.
—¿Qué demonios le pasa? —Puso Dannie sobre la mesa lo que pasada
por la mente de todos.
—¿Esto ha sido porque le hemos atacado por haberse acostado con
Cindy? —pidió Pat la opinión de Rob.
—Sí —dijo convencido—, entre otras cosas porque se arrepiente de
haberlo hecho.
—¿Y por qué no lo reconoce sin más?
—Supongo que porque aún no está preparado para admitir el motivo.
Pat suspiró. Miró a Rob a los ojos, entendiendo a la perfección lo que
había insinuado con aquella respuesta.
—¿Tenemos que preocuparnos? —fue lo único que preguntó.
—No lo sé —reconoció el rubio, muy a su pesar.
Capítulo 23
Jennifer soltó una bocanada de aire, que ni siquiera sabía que había
estado conteniendo, nada más poner un pie fuera del hospital. La entrevista
había ido mucho mejor de lo que esperaba y se sentía contenta consigo
misma. La suerte estaba echada. Ahora solo tenía que sentarse a esperar la
llamada que decidiría su futuro, para bien o para mal.
Su tío, pendiente de ella durante toda la mañana, la interceptó en la
puerta y le pidió todos los detalles. Estaba de guardia y sabía que no podría
verla antes de que se fuera a Tucson.
—Pues la cosa pinta muy bien —opinó el hombre cuando hubo
escuchado todo el resumen—. Y como no empezarías hasta septiembre,
tendrías todo el verano libre para adaptarte a esto y hacer la mudanza
completa.
—Sí, es ideal, la verdad —dijo con cierto tono de duda.
—¿Qué te preocupa?
—Que sea demasiado bonito para ser verdad —admitió—. Creo que me
va a venir genial marcharme unos días con Amber, en lugar de estar solo
esperando esa llamada.
—¿Cuándo te vas?
—En el vuelo de las seis.
—Pues ya te veo a la vuelta. Si consigo enterarme de algo, te llamo.
Se despidieron con un abrazo y Jennifer buscó con la mirada la parada
de taxi más cercana. No le había parecido buena idea ir en moto a la
entrevista para evitar llegar hecha un desastre por culpa del casco; quería
estar impoluta, pero ahora echaba de menos no tenerla aparcada allí.
Resignada, comenzó a caminar pensando en todo lo que tenía que echar en
la maleta. Había dejado el billete de vuelta abierto porque no tenía ni idea
de cuántos días se quedaría con Amber, dependería de lo que se encontrara
al llegar. Distraída, cruzó hacia la zona de parking y no vio el enorme
todoterreno que avanzaba en su dirección. Faltó muy poco para que se le
echara encima, solo los grandes reflejos del conductor evitaron una
catástrofe. Jennifer se quedó pálida como la cera en medio de la carretera,
intentando reponerse del susto. Apenas fue consciente de que la puerta del
todoterreno se abría y el conductor salía del vehículo.
—Lo siento —le dijo Jennifer, volviéndose a mirarlo cuando lo sintió a
su lado, pero casi se le atragantaron las palabras en la garganta al
reconocerlo.
—¿Estás bien? —la agarró James del brazo, obligándola a volverse
hacia él—. ¡Por Dios, tenemos que dejar de encontrarnos así!
—Todo bien —dijo la chica, tirando de su brazo para recuperarlo. A él
no le pasó desapercibo aquel gesto brusco—. Puestos a atropellarme
supongo que no hay un sitio mejor que este. Muy mal se tendría que dar
para que no pudieran reanimarme.
«Pero que mierda de comentario es ese, Jennifer», se regañó a sí
misma, aceptando que no tenía ni la menor idea de cómo reaccionar ante
aquella situación.
James la observó en silencio, intentando recuperarse del miedo
irracional que había sentido al pensar en que sus reflejos hubieran tardado
una sola décima de segundo más en reaccionar.
—¿Quieres sentarte unos minutos? —le dijo, señalando un banco
cercano.
—No. Solo ha sido un susto. —Intentó alejarse sin añadir nada más,
pero él no se lo permitió. La tomó del codo para detenerla.
—¿Te importaría esperarte hasta que te vuelva el color a la cara?
Jennifer supuso que aquello no tardaría en suceder. Aquella mano
parecía abrasarle la piel.
—Me quedaría mucho más tranquilo si tuviera la certeza de que no vas
a desmayarte camino a donde sea que tengas aparcada la moto.
—No es necesario que te molestes más, pero gracias por tanta
preocupación. —Sonó tan irónico que se ganó una réplica menos amigable.
—¿Tratas así a todo el que intenta ayudarte? —le increpó—. Porque te
recuerdo que mi coche tenía la preferencia.
—Tienes razón. Discúlpame —admitió, sonriendo con fingida dulzura,
pero sin molestarse en suavizar el tono—. ¿Me devuelves mi brazo?
—¿Vas a salir corriendo en cuanto que te suelte?
—Por supuesto.
—¡Eres imposible! —resopló malhumorado.
—Tu coche va a comenzar a formar cola de un momento a otro.
—Pasan sin problema por aquel lado.
—Lo dudo, ese tanque que llevas coge todo el carril.
—Así que no te gusta mi coche…
Jennifer miró el todoterreno con el ceño fruncido. Identificó un Sample
negro, último modelo, que haría palidecer al noventa por ciento de los
vehículos aparcados allí. No podía negársele el buen gusto, desde luego.
«¿Quién demonios es este tipo?», se preguntó por un momento,
desconcertada. «¿Un mecánico que conduce un coche de cincuenta mil
dólares?».
—Pues no me gusta mucho ese modelo —mintió.
—Sospecho que tiene mucho que ver con el hecho de que sea mío.
—Sí, debo reconocer que hay pocas cosas que me gusten de ti.
—Sabes que algo hay —insinuó con cinismo.
—Cierto, tu moto.
—Touché. —Sonrió, ahora con genuina sinceridad.
«Mierda, hora de terminar la conversación», se dijo Jennifer, obligando
a sus ojos a apartar la vista de su rostro.
—Tengo prisa. Me encantaría decirte que ha sido agradable verte, pero
teniendo en cuenta que casi me atropellas… —Se volvió y comenzó a
caminar.
—Te acompaño hasta la moto. —Caminó a su lado—. Quiero
asegurarme de que estás bien.
—¿No tienes nada que hacer? —preguntó, deteniéndose de nuevo con
gesto tosco—. ¿Habrás venido a algo?
—Sí, a recoger a alguien, pero todavía tardará un rato —explicó—.
¿Dónde la tienes aparcada?
—En casa, he venido en taxi —le dijo—. Así que llegaré a salvo, como
puedes comprender.
—Claro que lo harás, porque pienso llevarte yo —dijo, consultando su
reloj, solo tenía que llamar a Sam para ajustar los tiempos.
—No lo dices en serio. —Jennifer comenzaba a no poder disimular su
enfado.
—Casi te atropello.
—¡Pues empiezo a desear que lo hubieras hecho!
—Déjate de tonterías y sube al coche —dijo James, cansado ya de la
discusión—. No tengo mucho tiempo.
Intentó cogerla del brazo de nuevo, pero Jennifer se revolvió y se
encaró con él, furiosa.
—¡Ya basta! —le advirtió—. ¿Podemos dejar ya de fingir que somos
amigos?
James la miró, molesto. Aquella mujer lo exasperaba. Si intentaba
ayudarla, malo, si no lo hacía, seguro que peor. Eso sin contar con que
pudiera pasársele por la cabeza darle otra bofetada, cosa que no estaba
dispuesto a permitir bajo ningún concepto.
—Solo trato de ser amable. ¿Por qué siempre tienes que hacerlo todo
tan complicado?
—No necesito tu amabilidad —terminó gritándole a la cara, recordando
el sabor de las lágrimas que había derramado por su culpa—. No pienso
fingir que me agrada tu compañía. No me subiría a un coche contigo ni
aunque me estuviera muriendo. Lo único que quiero es que me dejes en paz.
Sin añadir una sola palabra, James se giró sobre sus talones, se subió al
todoterreno y desapareció de su vista.
Jennifer apretó los dientes y parpadeó con violencia para alejar las
lágrimas que pugnaban por salir de nuevo.
«¡¿Se puede tener más cara?!», se dijo, caminando con paso firme hacía
la parada de taxi. ¿Qué demonios pensaba aquel tipo? ¿Esperaba de veras
que ella se comportase como si no lo hubiera visto salir de aquella discoteca
tan bien acompañado?
James encontró aparcamiento veinte metros más allá. Paró el motor e
inhaló y exhaló aire con lentitud repetidas veces, intentando serenarse.
—¿Se puede ser más insoportable? —Se exasperó, hablando en alto.
Había intentado comportarse con cordialidad y ella se la había arrojado
a la cara. ¿Creería que a él le entusiasmada la idea de hacer de chofer? Solo
quería ayudar…
«…y pasar un rato más con ella», le gritó una vocecita que empezaba a
aborrecer. La misma voz que durante toda la conversación no había parado
de pedirle: «Díselo, James, háblale de lo sucedido con Cindy», pero llevaba
dos días ignorando aquella voz, si le prestaba oídos…, se volvería loco.
Se bajó del coche y caminó hacia el interior del hospital. No pudo
evitar echar un vistazo a la parada de taxi, comprobando que estaba vacía.
Recordó las últimas palabras que ella le había dicho. Había sido muy dura
con él. Se dijo a sí mismo que no le importaba y que a partir de aquel
momento se mantendría todo lo alejado que pudiera. La próxima vez la
ignoraría por completo. A ver cómo le sentaba a ella que la dejase en paz,
tal y como le había pedido.
Cuando llegó a la planta de cardiología, le indicaron que Sam ya había
terminado todas las pruebas y se había marchado con el doctor Grey a
tomarse un café a su despacho, a la espera de los resultados. El doctor
Stephan Grey, director del hospital, y Sam siempre habían tenido una
relación muy cercana. Se conocían desde hacía más de treinta años. Grey
había tratado la esclerosis de Stella, la mujer de Sam, desde su diagnóstico
hasta su fallecimiento diez años atrás.
James también lo tenía en gran estima. Se reunió con ellos en el
despacho de gerencia.
Tras los saludos iniciales, James tomó asiento.
—Stephan me contaba que la Fundación está casi lista para abrir sus
puertas —le explicó Sam—. Ya han comenzado con las entrevistas.
—Eso es genial, salvo por lo de las entrevistas —reconoció James. El
doctor asintió, riendo—. Yo las odio.
—Yo las he delegado —admitió Stephan Grey—. Le he pasado el
marrón al doctor Spellman, que al fin y al cabo va a dirigir la Fundación al
completo. Solo he estado presente en las de los directores de departamento.
Hemos hecho la última esta mañana.
—¿Para cuándo queréis inaugurar? —se interesó Sam.
—En septiembre, y espero poder contar con vosotros ese día.
—Si mi médico me permite beberme una copita de champán, allí estaré
—bromeó el anciano.
La Fundación iba a convertirse en una realidad gracias a Sam. El
anciano había aportado hasta el último dólar necesario para llevar el
proyecto a cabo, rechazando cualquier tipo de retribución económica a
largo plazo. Solo había puesto la condición de que los beneficios que
reportara se invirtieran, en su totalidad, en atender a quien no pudiera
acceder a los recursos del hospital por no disponer de seguro médico. James
había aplaudido aquella decisión, más orgulloso que nunca de aquel
hombre. Recordaba aún el sinfín de ocasiones en las que su madre se había
lamentado de no poder acudir ni llevarlo a él al servicio de urgencias, por
no disponer de medios económicos.
—Hablando del rey de Roma. —Sonrió el doctor Grey contestando una
llamada telefónica de cardiología. Cinco minutos más tarde, el doctor
Stevens se personó en el despacho con el informe de las últimas pruebas del
hombre en la mano.
James se temió lo peor en cuanto vio la tensa sonrisa que el médico se
esforzaba por esbozar.
—Esto no va todo lo bien que debería, Sam —empezó diciendo el
médico—. No estás respondiendo a la medicación como esperábamos.
—Lo sé —aceptó—. Sé que algo no marcha. Estoy mucho más cansado
últimamente.
Reconocer aquello ya era todo un triunfo para Sam, que siempre tendía
a quitarle importancia a su estado. Sobre todo delante de James, que se
ponía lívido cada vez que hablaban de aquel tema. A pesar de eso, el chico
venía observando como en el último mes Sam parecía estar poniendo en
regla todos sus papeles, y le insistía cada vez más en cuánto le gustaría
dejarlo acompañado antes de partir.
—El resultado de la prueba de esfuerzo ha sido muy malo —continuó
el médico.
—¿Y qué propones? —preguntó James preocupado—. Habrá algo que
se pueda hacer.
—Voy a cambiar el tratamiento —les explicó—. Pero hasta no ver si
este funciona un poco mejor, no quiero que hagas ningún tipo de esfuerzo.
Necesito repetir las pruebas en diez días.
Tras comentarles las nuevas pautas y qué podían esperar de la nueva
medicación, ambos se marcharon de allí con la fecha de vuelta en diez días.
—Borra esa expresión preocupada del rostro, hijo —le pidió Sam
mientras James lo ayudaba a subir al coche—. Todavía tengo un poco de
mecha.
—A partir de este momento no vas a quedarte solo —le dijo, sin dar
opción a discusión—. Yo puedo quedarme contigo de noche, pero necesitas
a alguien en casa durante el día.
Sam suspiró, consciente de que no le serviría de nada discutir.
—Tú tienes tu vida, Jamie —dijo—. Yo no voy a ser una carga.
—No digas tonterías, sabes que me encanta estar contigo.
—Y a mí —reconoció—. Y lo seguiremos haciendo como hasta ahora,
pero voy a contratar a una enfermera las veinticuatro horas.
—Una gran idea —suspiró, agradecido por no tener que comenzar una
discusión como cada vez que había intentado tocar este tema en el pasado.
Parecía que al fin el anciano se había concienciado de que su estado de
salud era muy serio
—Llama a Susan —insistió Sam—. Si le interesa el puesto, es suyo.
Me cae bien.
Dos horas más tarde estaba todo acordado para que Susan se trasladase
a la residencia de Sam. La mujer había cuidado de él durante el primer mes
que estuvo en casa recuperándose de su operación. Era una gran enfermera,
de mediana edad, que se había ganado la simpatía del anciano.
James se tomó el resto de la mañana libre para poder estar con él. El
nudo que tenía cogido en el pecho desde que había escuchado el mal
diagnóstico del cardiólogo, le tenía el cuerpo cortado.
—Hijo, ¿has pensado en mi oferta de dirigir Sample? —le preguntó
mientras comían.
Desconcertado, lo observó desde el otro lado de la mesa.
—No creo que sea momento para eso —opinó James—. Veamos
primero como evoluciona tu salud. Si dentro de diez días estás algo mejor,
prometo que nos sentaremos a hablar del tema.
Sam sonrió y aceptó la sugerencia.
—Pues entonces solo me queda una pregunta que hacerte. —Arqueó las
cejas con una simpática mueca—. ¿Ya has conocido a la madre de tus hijos?
—¡No tienes solución! —Sonrió James divertido.
—Confío tanto en que algún día tu respuesta será positiva… —dijo con
anhelo.
James luchó con fiereza contra la odiosa vocecilla que se afanaba en
gritarle que, quizá, aquella idea no fuera tan descabellada.
Capítulo 24
James se adentró en el parque que estaba frente al Oasis, preguntándose
qué demonios hacía allí de nuevo. Se dejó caer sobre la hierba, maldiciendo
la mierda de semana que había tenido. Se decía a sí mismo, una y otra vez,
que aquella desazón que sentía en su interior era solo producto de la
preocupación por el estado de salud de Sam, pero la realidad era mucho
más complicada y sabía que en algún momento debería empezar a
admitirlo. Se había sentado en aquel parque cada tarde durante los últimos
siete días, alerta a cada persona que pasaba cerca de él o entraba en el
Oasis. Se decía con descaro que aquel parque lo ayudaba a relajarse para no
pensar en Sam, pero no podía usar aquella excusa para justificar el hecho de
haber pasado gran parte de la tarde noche de un sábado apostado al pie de
las escaleras de una discoteca. Ni siquiera habiéndose asegurado de
convencer a todos sus amigos de que en aquella zona el ambiente era
bastante más fresco que en el resto del local.
Cuando Rob llegó hasta él y se dejó caer a su lado, apenas le hizo un
gesto de bienvenida. Sabía que su carácter estaba dejando mucho que
desear en los últimos días, y también era consciente de que no tenía ningún
derecho a pagar su mal humor con Rob, como llevaba haciendo toda la
semana, pero no conseguía controlarse.
—¿A qué hora has llegado? —se interesó el rubio.
—¿Acaso importa?
Rob resopló con fuerza. Tratar con James sin mandarlo al garete estaba
poniendo a prueba toda su paciencia aquellos días. Suponía que solo el
hecho de sentirse un poco culpable por aquello que no había contado a
tiempo, lo estaba ayudando a soportar con estoicismo más de lo que
debería. Pero acababa de enterarse de algo de lo que no tenía noticias y
estaba preocupado.
—He pasado por el taller antes de venir para acá —le contó.
—¿Por qué?
—Benji me había encargado unos geles —explicó—. Y se los he
acercado.
James guardó silencio.
—Está preocupado —siguió hablando Rob.
—¿Benji?
—Sí, dice que pronto tendrá que empezar a despedir a gente, si sigues
empeñado en hacer tú todo el trabajo.
James rio sin rastro de humor.
—No se te ocurra pegarme una bronca, Rob, no soy la alegría de la
huerta esta tarde.
—Ya, y no me extraña nada —insistió—. Es normal que estés tan
irascible si apenas duermes.
—No es tú problema.
—Claro que lo es si tengo que soportarte.
—No lo hagas.
—Será peor tener que cuidar de ti cuando enfermes. —James gruñó,
pero Rob no se amilanó—. Pasas once o doce horas en el despacho y, por el
curro que le sacas a Benji, al menos media noche trabajando en el taller.
—Sí —aceptó con frialdad—. Tú meditas, yo trabajo. El resultado es el
mismo.
—Discrepo.
—Como no.
—¡Hostias, James, habla conmigo! —se enfadó Rob, volviéndose a
encararlo—. He aguantado ese carácter de mil demonios durante toda la
semana sin quejarme. He respetado tu silencio, esperando que en algún
momento te abrieras y me contaras lo que te pasa.
—Ya te conté lo de Sam.
—¡Los dos sabemos que esto no tiene nada que ver con Sam! —
terminó echándole en cara—. Sam estuvo mucho peor hace unos meses, ni
siquiera sabías si viviría o no, y no te comportabas como un cretino
insoportable.
—Gracias, siempre es bueno saber lo que los amigos piensan de uno —
ironizó.
—No te pongas a la defensiva —atacó de nuevo—. Reconoce que te
refugias en el trabajo para no tener que pensar en lo que no debes, o, mejor
dicho, en quien no quieres pensar. No es tan fácil como suponías, ¿verdad?
Deberías dejar de huir y empezar a admitir ciertas cosas.
James guardó silencio y apretó los dientes. Tenía dos opciones: negar
todo lo que Rob le estaba tirando a la cara o ceder a lo evidente. Tomó la
calle de en medio.
—¿Crees que puedo o debo permitir que una mujer que no soporta ni
verme monopolice mis pensamientos? —preguntó, realmente interesado en
la respuesta—. ¿Eso es lo que se supone que tengo que hacer?
—No puedes esconderte de tus sentimientos, James, porque siempre
terminan encontrándote.
—Yo no me escondo de nada —dijo molesto—. Solo intento
mantenerla lejos de mi cabeza hasta que el tiempo haga su trabajo.
—¿Crees que si no piensas en ella terminarás olvidándote de que la has
conocido?
—¿No tiene sentido?
—Pero ¿y si tienes la posibilidad de estar con ella? —Rob lo miraba
asombrado—. Y, para dejarlo claro, no me refiero a llevártela a la cama, los
dos sabemos que ya no estamos hablando solo de eso.
—Quizá tú no.
—¡Venga ya! No es un polvo lo que echas de menos, es a una mujer.
—¡A una mujer que no quiere estar conmigo! —le gritó, dejándole ver
en sus ojos gran parte de lo que llevaba oculto en su interior—. Me la
encontré el lunes pasado en el hospital, Rob, y me dejó muy claro que lo
único que quiere de mí es que la deje en paz.
Rob se quedó sorprendido. Era la primera noticia que tenía de aquel
encontronazo. Supuso que fue cuando Jennifer acudió a su entrevista de
trabajo, justo antes de marcharse a Arizona.
—¿Quieres saber que me dijo cuando me ofrecí a llevarla a su casa? —
insistió James con rabia—. No me subiría a un coche contigo ni aunque me
estuviera muriendo. ¿Sigues pensando que es buena idea dedicarle uno solo
de mis pensamientos?
—¿Y qué esperabas? —Rob estaba dispuesto a llevarse un guantazo, si
al menos conseguía que su amigo asumiera sus errores y admitiera sus
sentimientos—. Te largaste con otra delante de sus narices.
—¡Y qué más da! —declaró con rabia contenida.
—No creo que a ella le dé lo mismo.
—¿Y por qué tendría que importarme lo que ella piense? —se defendió
acalorado—. A ella no parece importarle una mierda cualquier cosa que se
relacione conmigo.
—Y eso te mata.
—¡Sí! ¡Sí, sí, maldita sea! —explotó, ya exasperado—. Y me gustaría
poder gritarle a la cara que a mí tampoco me importa nada que tenga que
ver con ella. Daría lo que fuera por decirle que voy a dejarla en paz del
todo, para siempre.
—Pero no la encuentras. —Entendió Rob la raíz del problema.
—¡Es como si se la hubiera tragado la tierra! —admitió irritado.
Rob suspiró. Era necesario que James se enfrentara a la posibilidad de
no volver a verla. Por primera vez desde que decidió callar, tuvo la certeza
de que había hecho lo correcto.
—¿Y cuándo la encuentres? —preguntó Rob—. ¿Piensas comportarte
con ella como si te debiera dinero?
—Hostias, Rob, déjame en paz.
—No, es solo por curiosidad —insistió—. Porque si lo que quieres es
que ella te odie, sigue por donde vas, lo estás haciendo genial.
James solo soltó aire, irritado. Rob apretó la soga un poco más.
—Pero si por cualquier extraña o descabellada razón —ironizó—,
prefieres tener un acercamiento, aunque sea leve, te sugiero un cambio de
actitud.
—Pareces convencido de que voy a volver a verla —le recriminó James
muy a su pesar—. Pero quizá eso no ocurra.
—Cierto, quizá ese tren ya pasó para ti.
Rob estudió su actitud ante aquel comentario un tanto malintencionado
por su parte, pero necesitaba que James aceptara sus sentimientos por
Jennifer, y que eso pasara, preferiblemente, antes de que volvieran a verse.
Observó cómo apretaba los dientes e intentaba controlar su respiración para
que su inquietud no fuera demasiado evidente.
—James, necesitas reconciliarte con la idea de que ella te provoca cosas
—le sugirió—. Y si en algún momento la vida vuelve a ponerla ante ti, sé
humilde.
—¿Por qué das por hecho que toda la culpa es mía?
—No lo hago.
—¿En serio?
Rob se preguntó si podría tener razón.
—Entiendo que mi carácter esta semana deja mucho que desear, pero
eso no significa que con ella me haya comportado así —dijo—. Aunque
reconozco que tiene una habilidad especial para sacarme de quicio.
—Eso es genial. —Sonrió Rob—. Así no te aburrirás nunca.
James recordó algunas de sus conversaciones. Debía reconocer que
había disfrutado de cada uno de sus combates verbales, pero se negaba a
aceptar que aquello pudiera perdurar tras conseguir que se metiera en su
cama. Debía tener claro que para él no existía ningún sentimiento más allá
del deleite físico. Podía aceptar que quizá tardara un poco más en saciarse
de aquella mujer en particular, pero hasta ahí llegaba su benevolencia.
Pensar de otra manera sería como admitir que quizá ese amor del que tanto
había renegado pudiera afectarle a él, y no estaba dispuesto a permitirlo.
—Rob, quiero dejar una cosa muy clara desde ya, que espero que
aceptes y respetes —le dijo, tras pensarlo con detenimiento—. Yo no soy
como tú, pero no por eso tengo que estar equivocado.
—¿A qué te refieres? —Casi temió preguntar.
—Sabes que yo no creo en amores épicos y de película —le dijo muy
serio—. Puedo reconocer que me obsesiona esa mujer, que me muero por
verla y me desquicia el hecho de no encontrarla, porque jamás había
deseado a nadie así. Incluso estoy dispuesto a admitir que es posible que no
me conforme con tenerla en mi cama una sola vez para sacarla de mi
cabeza, pero sí te aseguro que no voy a enamorarme de ella. No puedo
sentir algo en lo que no creo. Para mí ese amor del que todos habláis solo es
la excusa para hacer cosas estúpidas y descabelladas, mientras permites que
otra persona te anule por completo.
—Entiendo.
—Me alegro, porque no voy a mantener esta conversación de nuevo —
le aseguró—. Y no quiero lecciones ni insinuaciones de ningún tipo. Tú y
yo no vamos a volver a hablar de ella a partir de este momento, a cambio te
prometo volver a ser el de siempre.
«No deberías hacer promesas que no vas a poder cumplir», pensó Rob,
consciente de que, aunque no quisiera admitirlo, su amigo estaba ya a años
luz de volver a ser el de siempre; pero, en lugar de decirle aquello, se vio
obligado a aceptar sus condiciones.
Capítulo 25
Jennifer abrazó con fuerza a Amber antes de despedirse para subir al
avión que la llevaría de vuelta a Santa Carla.
Habían sido ocho días muy intensos, donde ambas se habían
reencontrado con aquellas jóvenes universitarias que tanto disfrutaban de su
compañía mutua. A Jennifer le había sorprendido encontrar a su amiga tan
bien, tanto física como psicológicamente. La Amber divertida y llena de
vida había regresado por fin. Durante aquellos ocho días, en los que habían
hecho un sinfín de cosas juntas, habían procurado no tocar temas dolorosos
para ninguna de las dos. Pero incluso la tarde que se permitieron hurgar en
viejas heridas, Jennifer se había sentido muy orgullosa de su amiga al
comprobar que allí solo quedaban ya algunas cicatrices.
—Esta vez no podemos tardar tanto tiempo en vernos —protestó
Amber con lágrimas en los ojos—. Me ha encantado tenerte aquí.
—Tendrás que devolverme la visita. —Sonrió Jennifer—. Solo que aún
no sé si tendrá que ser a Santa Carla o a Boston. Si no consigo el trabajo,
tendré que revocar mi excedencia y volver a mi antiguo puesto en Boston.
—¡No tardarán en llamarte de ese hospital! No te olvides de decírmelo
cuando ocurra.
—Prometido.
—Y mándame una foto del primer novio que te eches —pidió riendo—.
El hospital tiene que estar lleno de médicos buenorros.
—¿Por qué quieres complicarme la vida? —bromeó—. Somos amigas.
Amber rio divertida, pero la miró con cariño un segundo después y le
dijo con sinceridad:
—Te mereces que el hombre de tus sueños llegue ya a tu vida, amiga.
—Ya no estoy demasiado interesada en que eso ocurra.
—Espero no tener nada que ver con esa decisión —se lamentó Amber
—. No quiero ser la responsable de que no vivas tu vida al máximo. Yo
misma estoy deseando enamorarme de nuevo.
—¿Me mandarás una foto del afortunado? —Rio ahora Jennifer,
quitándole seriedad a aquella conversación.
—Si prometes abrir un poco tu corazón —le pidió, pero arrancó una
carcajada de labios de Jennifer al añadir—: Y si no, al menos ábrete de
piernas de vez en cuando.
Ambas rieron.
—En serio, Jen, busca un chico guapo que te haga reír.
—¿Y tiene que ser guapo? —protestó—. Suelen ser tan pedantes…
—Guapo por dentro, amiga, pero si eso viene envuelto también en un
físico agradable, bienvenido sea.
—Vale, intentaré escoger a alguien así.
—¿Escoger? El amor es irracional, Jen, no puedes decidir de quién te
enamoras.
Jennifer la miró con una franca sonrisa.
—¿Cuándo te has vuelto una listilla?
—Tras largas conversaciones con el diablo, amiga —admitió,
bromeando a medias—. Pasar tantos años en el infierno te aporta una
sabiduría extra y te cambia por completo. En mi caso, espero que para bien.
—Claro que sí —se emocionó Jennifer de nuevo—. Y estoy segura de
que vas a ayudar a mucha gente a partir de ahora.
—Pues déjame empezar contigo —susurró, obligándola a mirarla a los
ojos—. Sé que tampoco fue fácil para ti verme en aquel estado, pero no
puedes dejar que mis errores y experiencias condicionen tu vida. Yo estoy
deseando vivir de nuevo, Jen y, a pesar de todo lo que he pasado, no voy a
cerrarle las puertas al amor. Es probable que tarde en confiar en alguien, y
no voy a decirte que no tengo miedo, pero aún espero que un hombre
maravilloso al que poder amar y que me ame por encima de todo entre en
mi vida.
—Me alegra tanto escucharte hablar así —admitió Jennifer conmovida.
—Pues aplícate el cuento, amiga. —Sonrió—. Tienes que dejar de huir
y arriesgarte un poco.
Jennifer estaba perpleja. La capacidad de Amber para leer entre líneas
resultaba asombrosa, a la par que incómoda.
—Y quizá en tu próxima visita te animes a hablarme de él —dejó caer
Amber entre risas.
—¿De quién?
—Del tipo que te tiene absorta en tus pensamientos y con cara de póker
todo el día —bromeó—. Ese que te hace reiterarte una y otra vez en tu
aversión por los hombres guapos…, ¿tan guapo es?
—¡Qué dices! —Rio, cohibida.
—Dime al menos como se llama.
—Pero que no…
—¿Es de los tuyos? ¿Un rockero de esos que quitan el hipo? —insistió
su amiga.
—¡Tú estás fatal!
—¿También le gustan las motos?
—¡Amber!
—¿Es de Santa Carla o lo dejaste en Boston?
Jennifer claudicó con un suspiro de resignación
—De Santa Carla —admitió a regañadientes—. Sí, es motero, sí,
también es rockero, guapo como el pecado y aún no tengo ni idea de cómo
se llama. ¿Algo más?
—¿Ya te lo has tirado? —Arqueó las cejas, divertida.
—¡No! ¿No te digo que no sé ni cómo se llama? —se ruborizó. De
sobra sabía que si aquello no había ocurrido no era por su buen juicio.
—¿Pues qué ha pasado entre vosotros? —insistió con curiosidad—.
Porque te he visto fruncir el ceño demasiadas veces en estos días cuando
creías que no te veía.
—Pues haberme preguntado antes —protestó sin poder evitar una
sonrisa divertida—. No voy a perder el avión para satisfacer tu curiosidad.
—Mujer, cuéntame algo, no seas así.
—Conduce la moto de mi poster —confesó para evitar tocar temas más
íntimos.
—¿Una Sample?
—No una cualquiera —recalcó—, concretamente esa.
—¡Venga ya! —Sonrió, incrédula. Se quedó perpleja cuando fue
consciente de que no bromeaba—. Espera…, ¿me estás diciendo en serio
que ese tipo es el dueño de la moto que has tenido colgada en tu habitación
durante cinco años?
—Sí, como lo oyes —Rio. Podía entender que estuviera perpleja—. Esa
fue la cara que se me quedó a mí.
—¡Es que es increíble!
—Como me digas que es cosa del destino, te retiro la palabra —la
interrumpió con un gesto de fingida irritación.
—¡Pues tú me dirás a mí que es si no!
—Amber… te mando un mensaje cuando aterrice —dijo como única
respuesta. Su amiga rio, aceptó el poco sutil cambio de tema y ambos
volvieron a abrazarse.
Tras esto, Jennifer tiró de su maleta y se perdió entre la gente,
intentando controlar la emoción que la invadía al saber que estaría en Santa
Carla en apenas par de horas. Aunque antes se cortaría la lengua que
admitir el motivo.
Capítulo 26
Rob consultó su reloj, comprobando que aún faltaban veinte minutos
para que llegara el primer paciente de la tarde. La comida con James hoy
había sido más corta de lo normal, puesto que su amigo tenía una reunión
importante de trabajo y necesitaba estar en el despacho antes de lo habitual.
Se habían comido unas hamburguesas en el taller mientras aprovechaban
para cambiar el aceite y el filtro de la moto de Rob, como hacían cada año
por aquellas fechas. Para su fastidio, su amigo había encontrado un par de
pegas en la moto que le habían obligado a dejarla allí y venirse en uno de
los coches del taller. Tendría que volver a recogerla a última hora de la
tarde.
El sonido proveniente de la puerta de la calle hizo suponer a Rob que
Pat acababa de llegar, pero lo que no esperaba es que lo hiciera
acompañada. Recibió una grata sorpresa cuando descubrió a la visita.
—¡Jennifer! —Sonrió contento de verla—. ¿Cuándo has vuelto?
—Anoche —saludó efusiva—. He pasado a saludarte antes de irme
para casa.
Pat aprovechó para despedirse hasta la noche, y la dejó con Rob en su
despacho para entrar a preparar las salas para la tarde.
—Hemos comido aquí al lado —explicó la chica—. Cuando he llamado
a Pat ya te habías ido, pero que conste que estaba dispuesta a invitarte a
comer.
—¿Y eso? ¿Estamos celebrando algo?
—¡Sí! —afirmó la chica con una sonrisa enorme—. A última hora de la
mañana me han llamado del hospital. ¡Me han dado el puesto! Tengo que
pasar mañana para concretar algunas cosas.
La alegría de Rob fue genuina. Le dio la enhorabuena junto con un
abrazo que emocionó a la chica.
—Menos mal que me marché a Tucson, o habrían sido los nueve días
más largos de mi vida —dijo, cogiendo asiento frente a la mesa de Rob.
—Se te ve feliz.
—¡Estoy pletórica! —reconoció sonriendo—. Supongo que el ataque
de nervios también llegará en breve.
—Me gusta verte contenta, incluso con nervios incluidos. —La observó
preguntándose si debía hacerle algún comentario de lo sucedido en la
discoteca. No hizo falta que se respondiera, fue ella quien sacó el tema.
—Eres muy comedido al decirlo de esa manera. —Sonrió—. ¿Te
refieres a que prefieres verme histérica que llorando por las esquinas?
Rob rio. Le gustaba mucho aquella chica. Era la pareja perfecta para
James, quisiera él verlo o no.
—Sí, la sonrisa te favorece mucho más.
—Te aseguro que no volverás a verme en aquel estado.
El chico asintió y tuvo que morderse la lengua para no ahondar más en
aquella conversación. Su paciente estaba a punto de llegar, y no quería
atenderlo preocupado por lo que parecía poder escuchar si seguía
preguntando.
—Bueno, me marcho a casa a intentar relajarme un poco —explicó Jen
—. Y luego voy a buscar un taller al que poder llevar la moto a que me
revisen la rueda trasera.
—Llévala a Customsa —le dijo Rob sin pensarlo.
—¿Tenéis una delegación de Customsa en Santa Carla? —Se emocionó
la chica, sorprendiendo a Rob.
—No solo una delegación. —Se enorgulleció—. Es la primera sucursal.
De aquí nacieron todas las demás.
—¡No! ¿En serio? ¿Y trabajan con motos de todas las marcas?
—Claro, en venta solo tienen la marca Sample, pero tanto en taller
como en la zona de customización atienden a todo el mundo. Yo hago todas
mis revisiones allí.
Rob sonreía ante el regocijo de la chica. ¿Cómo era posible que ella no
supiera que James era el dueño de Customsa? Y así era, estaba claro, o no
se hubiera sorprendido tanto al saber que había una sucursal de la empresa
en la ciudad. ¿Hasta dónde había enredado el destino con ellos? Resultaba
sorprendente.
—¿Tengo que pedir cita? —se interesó.
—Depende del trabajo que tengan.
Rob recordó que James estaría allí a última hora de la tarde. Le había
prometido ponerse personalmente con su moto. La casualidad era
demasiado grande para no verlo como una señal, teniendo en cuenta la
propensión del chico a creer en ese tipo de cosas.
—Acércate a última hora —la instó—. A eso de las siete. Suelen estar
más holgados de tiempo e igual tienes la suerte de ver cómo trabajan sobre
alguna customización. Es sorprendente.
—¿Crees que me dejarían entrar a verlo? —preguntó emocionada,
contagiando a Rob, aunque por diferente motivo. Al chico lo tranquilizada
un poco que James tuviera algún punto ganado con ser alguien a quien ella
parecía admirar. Sin duda, iba a necesitar alguna ayuda extra cuando al fin
abriera la coraza bajo la que se escondía.
—¡Por supuesto! —aseguró—. Ve sobre las siete.
Jennifer se despidió de Rob y salió feliz de la clínica. Si podía culminar
el día con una visita a las instalaciones de la primera sucursal de Customsa,
dormiría feliz aquella noche.
Jennifer aparcó la moto a las puertas de la imponente nave donde
Customsa alojaba sus instalaciones. Recorrió la enorme fachada de la
tienda, devorando con los ojos las motos expuestas tras los cristales. No se
iría de allí sin entrar a ver todos los modelos de Sample de los que
disponían, pero prefería pasar primero al taller por si acaso cerraba sus
puertas.
Giró hacía el callejón buscando el acceso a talleres, intentando no
perderse un solo detalle. Había una decena de coches y al menos una
veintena de motos esperando su turno para ser reparados.
Se cruzó con un hombre de mediana edad al que le preguntó con quién
debía hablar para hacerle una revisión a su moto, y que le indicó una
pequeña oficina al fondo del todo de la nave. No parecía quedar mucha
gente trabajando.
Un hombre de pelo cano y porte atlético salió de la oficina en aquel
momento y casi chocó con ella. Le pidió disculpas, sonriendo con
cordialidad.
—Soy Benji —le tendió la mano—. ¿Qué necesitas?
Jennifer le devolvió el saludo y le explicó el motivo de su visita.
—Pues no sé si queda alguien en taller que pueda echarle un vistazo —
dijo, mirando a su alrededor—. Al menos para orientarte un poco, aunque
haya que darte cita para otro día. Espera aquí, voy a acercarme al customize
a ver.
La chica asintió, y vio al hombre recorrer media nave hasta desaparecer
a través de uno de los portones del fondo. Supuso que el customize sería
toda la zona de diseño y customización que se moría por ver.
«¿Y si me colara hasta dentro?», pensó para sí, sin poder evitar
regocijarse con la idea. Pero no le dio tiempo a intentarlo. El tal Benji
volvió a salir y le habló desde la puerta por la que había desaparecido.
—Pasa la moto hasta aquí —le gritó.
Jennifer obedeció al instante. En dos minutos aparcó de nuevo su
Marauder donde le habían indicado.
—Igual tienes que esperar un poco —le dijo el hombre—. De pura
casualidad queda alguien para ver tu moto, pero está terminando con otra
que vienen a recoger ahora.
A la chica no le importó la espera. Miró a su alrededor y, sin poder
evitarlo, se preguntó si su demonio de ojos verdes habría diseñado allí su
moto. Muy a su pesar, su cuerpo reaccionó como siempre que le dedicaba
un pensamiento, y una vez que lo dejaba entrar en su cabeza, le resultaba
casi imposible echarlo de allí. Estaba tan distraída luchando contra aquel
recuerdo, que cuando la puerta del customize se abrió, por un momento
creyó que su cerebro estaba jugándole una mala pasada. Allí estaba su
demonio, guapo hasta decir basta, mirándola con el mismo gesto de
sorpresa que se había hecho eco en ella.
—Para no conocer a ningún mecánico te pareces sospechosamente a
uno —le dijo Jennifer, recordando su primer encuentro en la gasolinera.
James se limitó a sonreír.
—Será mejor que me marche antes de que ninguno de los dos perdamos
más tiempo —continuó diciendo mientras se preguntaba por qué él todavía
no había dicho una palabra.
Sin duda, le habría gustado saber el motivo, aunque James antes se
hubiera cortado una oreja que admitir que le había conmocionado tanto
encontrarla allí, que no estaba seguro de poder articular palabra sin titubear.
Solo cuando se hubo recuperado de la sorpresa inicial, se aventuró a decir:
—No hace falta que te vayas. Como hombre quizá soy una calamidad,
pero te aseguro que soy un buen mecánico.
Jennifer mantuvo su mirada unos segundos, sopesando la situación. Se
perdió en sus ojos antes de poder decidir si se iba o no. Y parecía ser
mutuo. Solo pudieron romper el contacto visual cuando el hombre que la
había recibido se acercó a ellos.
—¿Qué necesitas? —le preguntó a James.
—Nada, yo me encargo, Benji, puedes marcharte.
Campanas de alarma sonaron en la cabeza de la chica mientras veía
alejarse al tal Benji y se preguntaba si quedaría alguien más en aquella
nave. Lo que pasó por su cabeza debió reflejarse en sus ojos, porque él se
apresuró a intervenir con una frialdad que hasta aquel momento no parecía
estar allí.
—No voy a tocarte —le aseguró—. Puedes respirar.
—Qué alivio —ironizó.
—Una mujer me pide que la deje en paz una sola vez, te lo garantizo —
dijo, apretando los dientes para controlar su temperamento. No estaba
seguro de poder respetar sus propias reglas y aquello le molestaba mucho
—. ¿Qué le pasa a la moto?
—Conocí a un tipo que opinaba que tenía un problema con la frenada
—contó sin pizca de humor—. Insinuó que quizá las pastillas de freno
estaban tocadas. Te soy sincera, no sé si tenía ni repajolera idea de lo que
decía.
A James le resultó rara la sensación de bienestar que lo invadió. No
sabía por qué le gustaba tanto el hecho de que le hubiera dado suficiente
credibilidad a su opinión como para estar allí. Para no tener que hablar, se
agachó ante la moto y la examinó a conciencia.
—Pues parece que aquel tipo sabía lo que decía —indicó—. Hay que
cambiar las pastillas y la rueda. Y para eso tienes que dejar la moto aquí.
—¿Ahora?
—Como quieras, pero todo lo relacionado con la frenada no deberías
posponerlo —le aconsejó.
—Es muy tarde. —Consultó su reloj.
—La tendrás lista mañana por la mañana. Si te preocupa cómo llegar
hasta tu casa… —Hizo una pausa intencionada—, tienes una parada de
taxis a la vuelta de la esquina.
Jennifer tuvo que respirar hondo para no mandarlo a la mierda y salir
de aquel taller subida en su moto. Hacerlo supondría aceptar que sus
palabras y su actitud la estaban molestando, y no estaba dispuesta a ceder
un milímetro.
—De acuerdo —aceptó—. ¿A qué hora puedo pasar?
—Cuando quieras. Abrimos a las ocho.
«¿Eso suponía que iba a ponerse con su moto esa misma tarde?», se
preguntó Jen, curiosa. Esperaba que le pagaran bien las horas extra. Aunque
teniendo en cuenta el coche que conducía, no parecía necesitar trabajar a
destajo; pero no pensaba preguntar.
Caminó hacia la salida a paso rápido. Había batallado contra sí misma
durante cada minuto de los ocho días que había pasado en Arizona. Se
había martirizado, intentando no echarlo de menos, alejando de su
pensamiento cada una de sus sonrisas, de sus besos, aunque de noche se
colaba en sus sueños sin remedio. Tenía que superarlo como fuera. No
podía dolerle de aquella manera que la estuviera echando del taller de forma
tan descarada.
James la acompañó hasta la puerta y se despidió del mismo modo frío
con el que la había tratado. Cerró el portón en cuanto que la chica puso un
pie en el exterior. Estaba seguro de que ella tendría la sensación de que
acababa de echarla, dándole con la puerta en las narices. Y se alegraba de
aquello, puesto que era lo que había pretendido.
«¡Maldita mujer!», se quejó, dándole una fuerte patada a una caja de
cartón que le cogía al paso, enviándola por el aire diez metros más allá. Su
primera intención no había sido tratarla de forma tan fría. Se había alegrado
tanto de verla que solo hubiera querido encerrarla entre sus brazos y decirle
cuánto la había extrañado durante toda la semana, pero cuando Benji se
marchó, había leído en su expresión cuánto le disgustaba la idea de
quedarse a solas con él y aquello le había devuelto la sensatez. Y, a pesar de
todo, le había costado un esfuerzo enorme mantener sus instintos a raya.
Se subió a la moto y la arrancó para trasladarla a la zona donde le
gustaba trabajar. La aparcó junto a la de Rob, intentando dejar de pensar en
que quizá aquello fuera lo más cerca que iba a estar de montar cualquier
cosa relacionada con ella. Casi de forma automática, tuvo una erección ante
el disparatado pensamiento.
«¡Por Dios, parezco un adolescente salido, ¿qué narices me pasa?!», se
recriminó, furioso.
Se puso a trabajar sobre la moto, intentando olvidar a quién pertenecía.
Para cuando media hora más tarde llegó Rob, se había tranquilizado lo
suficiente como para comportarse con la normalidad que le había prometido
a su amigo el día anterior.
—¿Aún sigues trabajando? —preguntó el rubio, colándose al taller por
el acceso que había desde la tienda.
—La tuya está terminada. Le he cambiado las bujías y el filtro del aire
—le explicó—. Debería ir como la seda.
—Seguro que sí. —Sonrió—. ¿Ha dejado Benji mi factura hecha?
—¿De verdad tenemos que discutir sobre lo mismo cada vez que traes
la moto?
Rob suspiró divertido.
—Sabes que sí. Me gusta pagar mis facturas.
—Y a mí me gusta ayudar a mis amigos. ¿Me invitas a comer mañana?
—Claro, pero los dos sabemos que eso no cubre ni una cuarta parte.
—¿Y lo que me he divertido? —Sonrió, contagiándole al instante—.
Eso también cuenta.
En aquella ocasión Rob se dejó convencer. No le apetecía discutir de
nuevo cuando parecía que al fin se comportaba con normalidad otra vez.
¿Tendría algo que ver que hubiera visto de nuevo a su mujer fantasma?
Porque, sin duda, la moto sobre la que trabajaba era la de Jennifer.
—Una Marauder. —Se concentró Rob en la moto, esperando que James
le contara la asombrosa visita, pero se quedó con las ganas. Solo le dijo que
iba a tardar un rato en terminar porque iban a pasar a recogerla a primera
hora de la mañana, pero no hizo una sola mención a la dueña de la moto. Al
parecer iba a tomarse al pie de la letra el pacto que habían sellado el día
anterior: no hablarían más de aquella mujer y a cambio James volvería a ser
el de siempre.
—¿Mañana por la mañana no es cuando vas con Sam al hospital? —
preguntó extrañado.
—Sí, a las once.
—¿Y vas a pasar por aquí?
—¿Por aquí por el taller? —James no entendía la extrañeza de Rob,
puesto que su amigo sabía de sobra que hacía años que no iba al taller por la
mañana a no ser para algo puntual—. ¿Necesitas algo?
—No —se apresuró a decir—. Me había parecido entender que tenías
que entregar esta moto.
James se volvió para esconder la inquietud que le producía el
comentario. Quizá sus propias ganas de estar allí cuando ella regresara, le
habían llevado a usar palabras que confundieron a Rob.
—La dejaré terminada hoy y Benji se encargará de entregarla por la
mañana.
Rob casi no pudo disimular su asombro. Sin duda, esperaba que su
amigo hiciera todo lo que estuviera en su mano para entregar personalmente
la moto.
—¿Eso quiere decir que vas a trasnochar de nuevo?
—Eso quiere decir que hoy no voy a ir al Oasis.
—¿Nos vas a dejar tirados? —Fingió lloriquear.
—Los dos sabemos que esa pena solo te va a durar hasta que entre
Sarah por la puerta —bromeó.
—Lo que me recuerda que tengo prisa.
Ambos rieron divertidos. Contentos de que reinara de nuevo el buen
rollo entre ellos.
A la mañana siguiente, Jennifer entró en el taller con paso firme. Iba
decidida a recoger su moto, pagar su factura y salir de allí con toda
normalidad, sin que nada ni nadie le afectara. Nadie tenía por qué saber que
se había pasado más tiempo del habitual frente al espejo, haciendo todos los
esfuerzos posibles para estar preciosa sin que pareciera que se había
esmerado aposta para estarlo.
Fue directa a la oficina adonde la habían derivado el día anterior y,
tomando aire, tocó a la puerta con todos los sentidos alerta por si podía
encontrarse a su demonio al otro lado.
—Hola, Benji, ¿verdad? —saludó al hombre sentado tras la mesa de la
oficina, repitiéndose a sí misma que no era decepción lo que sentía.
—Sí, ¿qué tal? —dijo con amabilidad—. Tienes la moto lista. Ven por
aquí.
Con el corazón en un puño, lo siguió por todo el taller hasta donde
estaba aparcada su moto.
—Te hemos hecho una revisión completa —le explicó—. Aceite, filtros
y demás. Las pastillas de freno estaban fatal, no lo dejes tanto para otra, y
hemos puesto la misma marca de neumático que llevabas.
—Genial. —Sonrió Jennifer, buscando a su alrededor con cierta
ansiedad—. ¿Me dices cuánto te debo?
—No te preocupes —dijo, tendiéndole las llaves—. Tengo órdenes de
no cobrarte.
—¿Cómo? —Jennifer lo miró confusa—. Insisto en pagar la factura.
—Pues lo siento, pero yo insisto en que tengo orden de entregarte las
llaves sin más.
—¿Dónde está él?
—¿Quién?
—El otro mecánico —dijo molesta—. El tipo que me atendió ayer.
—Pues no está en el taller. —Benji no entendía qué le sucedía. Pensaba
que había llegado a un acuerdo con James en lo referente a la factura, pero
al parecer la chica no tenía noticias de que él fuera a correr con los gastos.
—Quiero hablar con él —insistió, sin disimular ya su enojo.
—Pues lo siento, pero no suele venir al taller.
—¿No trabaja aquí? —preguntó extrañada.
—No, solo viene cuando le apetece.
«¿Cuándo le apetece? Pero ¿qué clase de trabajador era aquel tipo?», se
preguntaba cada vez más perpleja.
—¿Y cuándo cree que volverá a apetecerle?
El hombre sonrió divertido.
—Cuando le entre el mono de mancharse las manos, supongo —le dijo
sin perder la sonrisa—. De momento toma tus llaves y disfruta de tu moto.
Jennifer estaba tan desconcertada que no sabía a qué atenerse. Pero a lo
que no estaba dispuesta era a deberle nada a aquel demonio. Miró muy seria
al hombre, sin tomar el llavero que le tendía.
—¿No hay ninguna manera de poder contactar con él?
El hombre pareció pensarlo unos segundos y se terminó apiadando de
ella. Le pidió que la acompañara a la oficina de nuevo, y ambos cogieron
asiento mientras Benji marcaba el número, seguido de la extensión del
despacho de James, en el terminal fijo.
—¿Gloria? He marcado el directo —dijo extrañado—. ¿No está?
Se despidió y colgó el teléfono. Volvió a marcar de nuevo y esperó en
silencio. Terminó colgando también varios segundos después.
—Lo siento, pero ni está en su despacho ni coge el móvil —le explicó,
tendiéndole las llaves de nuevo.
«¿En su despacho?», repitió para sí, cada vez más alucinada. ¿Quién
demonios era aquel tipo? Parecía el hombre de las mil caras.
—Voy a dejarte mi teléfono —terminó diciéndole a Benji tras pensarlo
un momento—. Dile a… quien sea menester, que insisto en pagar mi
factura. ¿Te importa llamarme cuando la tengas lista para pasar a abonarla?
—También puedo darle tu número de teléfono y que te entiendas con él
—dijo el hombre, creyendo aportar una buena solución.
—No —dijo sin preámbulos, cogiendo las llaves por fin—. Prefiero que
lo hagamos como te he dicho. Tú mecánico y yo no nos entendemos
demasiado bien.
Benji no pudo disimular una sonrisa. A aquellas alturas, la chica ya
debía haber supuesto que James distaba mucho de ser un simple mecánico;
aun así, no hizo nada para rectificarla. Se limitó a asentir y la acompañó
hasta la puerta, prometiendo llamarla en breve.
Capítulo 26
Rob entró en el office a tomarse un café cuando se marchó el paciente
de las diez, y se encontró a Pat devorando un rollito de canela enorme.
—Que festín de calorías —le dijo con una sonrisa—. ¿Celebramos
algo?
—Los ha traído la señora Jones, los hace ella —explicó dándole otro
bocado al dulce, dejando escapar un suspiro de satisfacción—. Hay una caja
entera solo para nuestro deleite.
—De momento con un café y probar el tuyo me conformo.
Se sirvió una taza humeante y le dio un mordisco al bollo que la chica
le tendía.
—Oye, quería hablar contigo sobre James —le dijo Pat de improvisto.
—No creo tener tiempo para lo que puede dar de sí esa conversación —
contestó Rob con sinceridad, consultando el reloj.
—Tú también estás preocupado. —Rob asintió—. ¿Conoces a esa
chica?
Aquella era una pregunta muy complicada y no podía mentirle a Pat a
la cara. Respiró aliviado cuando ella no esperó respuesta e insistió:
—¿Crees que a ella le interesa James? Casi no puedo imaginarme que
haya alguien que le diga que no, pero estoy confundida.
—Sí parece, pero tienen un tira y afloja complicado —reconoció—. Y
James tampoco está colaborando. Está loco por ella, Pat, pero hace tonterías
como irse con Cindy delante de sus narices.
La chica suspiró, intranquila.
—Lleva demasiados años reprimiendo cualquier atisbo de sentimiento
en ese sentido, Rob —le recordó—. Me preocupa que no sepa gestionar
todas esas emociones. Si todo esto remueve sus recuerdos y sus motivos
para no querer enamorarse…
—Ese día tiene que llegar —opinó con franqueza—. En algún
momento debe dejar entrar a alguien. Vivirá a medias toda su vida si no lo
hace. Y será inevitable hacer sangrar alguna herida cuando se arranque la
coraza.
—No puedo volver a verlo como hace quince años, Rob, si eso tiene
que pasar creo que me quedo con el James insensible, pero feliz.
—No creo que ni tú ni yo podamos escoger su camino.
—Lo sé —admitió—. Espero al menos que la chica en cuestión
merezca la pena.
Rob suspiró y miró, inquieto, el gesto de preocupación de Pat.
—Siento cargarte con esto —le dijo sin pararse a pensarlo mucho más
—, pero tengo algo que contarte.
—¿Sobre qué? —Por la expresión del rostro del chico, supo que era
importante.
—Jennifer.
—¿Mi prima? —se extrañó.
—Sí, y James.
—¿Lo dices porque aún no se conocen?
—Es que sí se conocen.
—¡Hace veinte años de lo de la dichosa lagartija, Rob!
—Y no te hablo de aquello.
Rob guardó silencio y miró a Pat con una expresión muy seria. Pudo
leer en el rostro de la chica el momento exacto en el que entendió lo que
Rob tenía tantos problemas en verbalizar. Abrió los ojos con asombro.
—¿Esa mujer fantasma no era rubia? —Rob negó con un gesto. Pat se
dejó caer hacia atrás en la silla, perpleja, dándole vueltas a lo que podría
suponer lo que acababa de descubrir.
Capítulo 27
La leve mejoría en el estado de salud de Sam había animado un poco a
James, que se había sentado frente al médico muy tenso. Al parecer, Sam
había reaccionado de forma muy positiva al nuevo fármaco, y el doctor
Stevens parecía optimista.
—Volveremos a hacer un chequeo completo en quince días —siguió
diciendo el médico—. Recuerda que no debes hacer esfuerzos ni exaltarte.
Voy a darte algunas pautas de comidas también, pero tengo las hojas en mi
consulta.
—Disculpa, esto de que tengas que atenderme en este despacho parece
que se está volviendo una costumbre. —Sonrió Sam.
—El doctor Grey te hace sonreír —opinó el médico con otra sonrisa,
mirando a su jefe y director del hospital—. Y eso es una de las mejores
recomendaciones médicas que puedo darte. Sé todo lo feliz que puedas.
—Difícil —reconoció Sam—, cuando no puedes hacer nada.
—Busca algo de lo que puedas disfrutar —insistió el cardiólogo.
—Que no requiera ejercicio físico, Sam —intervino el doctor Grey con
un fingido gesto de escándalo que le arrancó una sonora carcajada al
anciano.
Bromearon unos minutos más mientras tomaban un café, hasta que el
doctor Stevens se excusó para volver a su consulta. James decidió
acompañarlo para que el cardiólogo le diera por escrito todas las
sugerencias que había mencionado, además de las pautas de comida que
esperaba que el anciano respetase.
Sam se quedó a esperarlo en el despacho junto al doctor Grey,
disfrutando de una agradable conversación a la espera del regreso del chico
para volver a casa.
Unos minutos más tarde, una de las administrativas del hospital tocó a
la puerta del despacho para anunciar que la señorita Jennifer Easter estaba
allí. El doctor Grey pidió que la hicieran pasar al despacho.
—Me marcho —dijo Sam—. Tienes trabajo.
—Me gustaría presentártela. —Jennifer entró en ese momento y saludó
con una sonrisa—. Sam, la señorita Easter es la nueva directora del área de
psicología de la Fundación.
Sam se puso de pie y estrechó la mano que ella le tendía. El doctor
Grey continuó haciendo las presentaciones.
—Sam Purple ha financiado al completo la Fundación.
Con una gran sonrisa, Jennifer miró al anciano del que había oído
hablar en varias ocasiones, y siempre con admiración y respeto.
—Encantada.
La chica que había anunciado a Jennifer hacía un momento, volvió a
entrar en el despacho solicitando la atención del doctor Grey unos minutos
para solventar una incidencia.
—No puedo dejarte mejor acompañado. —Sonrió el doctor pidiéndoles
unos minutos a ambos, y saliendo del despacho.
Jennifer cogió asiento en una de las sillas frente al anciano.
—Sam Purple… —dijo pensativa—. ¿Tiene usted algo que ver con el
dueño de Sample?
—Culpable, sí. —Sonrió—. Siempre y cuando le gusten nuestros
coches, si no es así quizá debería cambiar mi respuesta.
La chica rio divertida.
—Me gustan, sí, sobre todo sus todoterrenos —admitió.
«Especialmente con un moreno de ojos verdes sentado al volante…»,
no pudo evitar pensar, regañándose al instante. «¡Sal de mi conversación,
maldito demonio!».
—Aunque debo reconocer que lo que me pierde son sus motos —
continuó confesando.
—Interesante. —Sonrió el anciano—. Eso se lo tendremos que
agradecer a Customsa entonces, ¿verdad?
—Sí, me declaro una enamorada de cualquiera de sus creaciones.
—Como yo —admitió Sam—. Y he tenido el privilegio de ver trabajar
a mi ahijado en los primeros modelos.
—¿Su ahijado?
—El dueño y fundador de Customsa, sí.
—Pues me da usted mucha envidia —admitió Jennifer con una enorme
sonrisa—. Envidia sana, si es que eso existe.
El anciano rompió a reír. Le gustaba mucho aquella chica.
—Recuerdo los tiempos en los que me sentaba a verlo trabajar en las
motos. —Sonrió Sam con nostalgia.
—¿Y ya no puede hacerlo?
—Ahora no puede él —reconoció—. Cuando Customsa empezó a
crecer, tuvo que ir delegando en más gente. Una empresa no se dirige sola.
—Y menos una tan grande —Entendió—. Usted sabrá un poco de eso.
—Sí, no es nada fácil —admitió—. Cuestión de prioridades, al fin y al
cabo. Pero te aseguro que, aunque menos de lo que le gustaría, Jamie
siempre encuentra un hueco para pasar por el taller a trabajar en alguna
moto. No es tan difícil encontrarlo en la mesa de diseño o con el aerógrafo
en la mano. Cuando algo te apasiona tanto como a él sus motos, es difícil
dedicarte solo a los números.
—Eso está bien —apreció Jen—. Y tiene que ser muy bueno. ¿Dice que
él diseñó los primeros modelos de Customsa?
—Todos y cada uno de ellos —dijo orgulloso—. Recuerdo cuando nos
sentamos frente a aquella primera moto una vez estuvo acabada. La
estuvimos mirando durante lo que nos parecieron horas. Solo le había
cambiado el manillar, los faros y el cubre motor frontal al modelo más
básico de Sample. Un detalle aquí, unas tachuelas y unos flecos en el sitio
adecuado, e incluso sin la aerografía ya era una moto impresionante.
Cuando terminó el dibujo del depósito… la había convertido en
espectacular.
Jennifer estaba absorta en la conversación.
—Él aún conduce aquella moto —terminó diciéndole—. Siempre se ha
negado a venderla, y te aseguro que le han ofrecido cantidades
astronómicas de dinero por ella.
—¿Y cómo es? —preguntó con auténtica curiosidad.
—¿Jamie?
—¡La moto! —Ambos rieron con ganas.
—La más increíble que hayas visto nunca —explicó—. Lleva…
La puerta del despacho interrumpió la conversación, sobresaltando a la
chica, que estaba deseosa de saber más acerca de aquella moto; aunque
perdió todo interés cuando descubrió quién era el responsable de tan
abrupta interrupción.
Tan sorprendido como ella, James cerró la puerta tras de sí y se adentró
en el despacho.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la chica, perpleja.
—Podría preguntarte lo mismo.
—¿Vosotros ya os conocéis? —intervino Sam, confundido—. ¿De qué?
Jennifer apenas podía disimular su asombro. No solo parecía que aquel
demonio conociera a Sam, además, debía de tener mucha familiaridad con
él para colarse en el despacho del director del hospital de aquella manera.
—Eso es difícil de precisar, Sam. —Sonrió James, retándola con la
mirada a explicárselo—. Pero vosotros dos parecíais absortos en la
conversación cuando he entrado. ¿De qué hablabais?
—De ti. —dijo Sam divertido. No sabía que pasaba allí, pero le
gustaba.
«¿De él?». Jennifer se quedó alucinada.
—Bien, espero. —Sonrió James.
—Claro —insistió Sam, mirándola—. Resulta que la señorita es una
enamorada de tus motos, ¿verdad?
«¡Sus motos!». Jennifer estaba a punto de gritar de frustración. Se
resistía a preguntar de forma abierta si estaba entendiendo bien, pero algo
tenía que decir, puesto que esperaban una respuesta.
—Sí —reconoció—. Me gusta mucho Customsa.
—Customsa en general… y mi moto en particular. —James sonrió con
descaro y ella lo mató con la mirada.
Sam los observó a ambos, disfrutando de todo aquello. Jamás había
escuchado a Jamie pavonearse de aquella manera y se preguntaba a qué se
debía, aunque la chica parecía estar conteniéndose para no ponerlo en su
sitio.
—Doy por hecho que ya conocía a mi ahijado entonces.
Jennifer asintió, tragando saliva. Allí estaba la confirmación de sus
sospechas. Su demonio de ojos verdes era el dueño de Customsa. Aquel del
que Sam le hablaba hacía un momento. Y la moto que ambos miraron
juntos durante horas…, ya no era necesario que se la describieran. Ella
misma pasaría horas admirándola si pudiera.
—Y yo presumiendo de que conocía al dueño de Customsa —continuó
bromeando el anciano.
—Si te sirve de consuelo, Sam, yo tampoco puede resistirme a decirle
lo mismo —aceptó James.
La chica, cada vez más enfadada, estaba teniendo muchos problemas
para contener su lengua. Pero Sam no era responsable de lo que su ahijado
hiciera y no quería violentarlo.
—¿Le dijiste que te conocías a ti mismo? —Sam frunció el ceño,
confuso—. No entiendo nada, pero no sé si quiero saberlo.
—No quiere —le aseguró la chica.
«Su ahijado es el tipo más insoportable que jamás he conocido»,
hubiera querido añadir. «Y ojalá pudieran dejar de gustarme sus motos, no
quiero que me guste nada que tenga que ver con él».
—¡James Novak —lo llamó por su nombre completo como siempre que
pretendía reprenderlo—, no sé qué le has hecho a esta señorita, pero si
necesitas un tirón de orejas te lo daré!
—Acabas de cargarte la diversión, Sam. —Sonrió el chico—. No podrá
seguir llamándome solo arrogante si le dices mi nombre.
La chica abrió los ojos de par en par, sorprendida. ¿Había escuchado
bien? ¿Le había llamado James?
«¡Imposible!», se dijo, intentando convencerse de que tanta casualidad
resultaba inconcebible.
—Creo que lo justo es estar en igualdad de condiciones, señorita… —
James dejo la frase en el aire, esperando que ella le dijera su nombre
también.
—Easter —dijo alto y claro. Si era quien creía, era posible que
reconociera el apellido de soltera de su tía. Y no se equivocó.
—¿Easter? —James abrió los ojos sin disimular su asombro también—.
¿Jennifer Easter?
La chica asintió. El anciano los miraba, ahora perplejo. No sabía que se
había perdido, pero debían de ser algo así como dos capítulos.
—No entiendo nada. —Rompió Sam el tenso silencio que la sorpresa
había hecho reinar en el despacho—. Al menos me queda claro que os
conocéis; de qué, igual no lo descubro nunca.
—Pues al parecer de algo más de lo que pensaba —declaró James.
—¿Cómo? —La curiosidad de Sam ya era incontenible.
—Su ahijado me metió una lagartija por dentro de la camiseta media
hora después de conocernos. —Se volvió a decirle al anciano.
James esbozó una amplia sonrisa.
—Jamie, ¿eso es cierto? —Sam se desconcertaba un poco más cada vez
que cualquiera de los dos abría la boca—. ¿Cómo se te ocurre hacerle una
cosa así a una dama?
—Me pareció divertido. —Se encogió de hombros sin dejar de mirarla
—. Aunque en mi defensa debo decir que tenía nueve años.
—Admito que estoy confundido. —Sonrió el anciano—. Pero me
gustas, Jennifer Easter, aunque parezcas querer matar a Jamie cada dos
segundos.
A James se le escapó una carcajada por la que no se molestó en
excusarse.
—Que conste que me contengo por usted. —Le dijo ella a Sam con
dulzura.
—Y yo te lo agradezco.
—Sigo aquí —intervino el chico sin dejar de sonreír.
—Señor Purple, ha sido un placer —le dijo Jennifer, estrechándole la
mano al anciano. Después se volvió hacia James y añadió—: Siento no
poder decir lo mismo.
—Reconoce que a mí te gustaría darme mucho más que la mano.
—¡James! —intervino Sam con tono desaprobatorio.
—No sé preocupe —aceptó ella sin borrar la sonrisa y sin apartar la
mirada de aquellos ojos verdes—. Ya estoy acostumbrada a que su ahijado
se comporte conmigo como un auténtico asno.
Se giró y recorrió el caminó que la separaba de la puerta; pero antes de
marcharse se volvió hacia James de nuevo.
—Por cierto —le dijo—. Habla con el tal Benji para que me prepare
una factura. No estoy dispuesta a deberte absolutamente nada.
James asintió, y la chica salió del despacho con la cabeza en alto.
—Pues sí —dijo Sam—. No me extraña que ella afirme que te
comportas como un auténtico asno.
Una enorme sonrisa se dibujó en el rostro del chico.
—Reconozco que esa mujer sabe cómo provocarme.
—Pues no entiendo esa sonrisa, hijo, porque te ha hecho un desplante
tras otro.
—Sí —admitió, ampliando mucho más el gesto divertido—. Y ayer me
hubiera enfurecido.
—¿Qué ha cambiado?
—Todo, Sam, ahora sé exactamente dónde encontrarla… para cobrarme
cada uno de esos desplantes.
Sam no pudo evitar sonreír también, pero por diferentes razones. Por el
comportamiento de Jamie, su sonrisa y el brillo que chisporroteaba en sus
ojos…, algo le decía que quizá aún no estaba todo perdido para él, y aquello
lo hacía muy feliz.
Jennifer casi se chocó de bruces con el doctor Grey cuando salió del
despacho. Este se excusó y le pidió un poco más de paciencia, puesto que le
había surgido un impedimento que le robaría algunos minutos más. La chica
alegó tener que hacer unas gestiones y quedó en regresar en media hora.
Después, buscó el baño más próximo y se encerró a cal y canto. Necesitaba
digerir todo lo que acababa de descubrir.
Durante unos intensos minutos, fue atando cabos hasta tener completo
el puzle.
Recordó la primera conversación acerca de su moto, cuando había
reconocido que él la había diseñado, pero en lugar de decirle la verdad le
había salido con un estúpido engaño.
—Conozco al dueño —se burló en un susurro tratando de imitarlo.
Recordaba también en que tono le había asegurado que podría alardear
mucho más, pero que no creía necesitarlo, y se sintió avergonzada de su
estupidez.
Las piezas fueron encajando una tras otra. Ahora entendía por qué el tal
Benji le había dicho hacia unas horas que aquel mecánico solo iba cuando
le apetecía. Era el dueño y hacía lo que le venía en gana, mientras conducía
coches de cincuenta mil dólares y seducía a imbéciles como ella con aquel
encanto y seguridad a raudales. La seguridad que aporta el éxito y el dinero,
sin duda.
Suspiró, intentando acallar la vocecilla que le decía que quizá estaba
siendo un poco injusta con él. Si de algo no podía acusarlo era de intentar
alardear. Y podría haberlo hecho, estaba claro.
A todo eso tenía que añadir el hecho de que fuera el mejor amigo de su
prima, casi como un hermano. Resultaba paradójico las vueltas que la vida
les había hecho dar antes de presentarlos formalmente. Ahora no le
extrañaba el haberse encontrado con él tan a menudo, puesto que
frecuentaban los mismos sitios, pero ¿no haber coincido ni un segundo
moviéndose con la misma gente? Aquello si era increíble. Y ¿qué le había
dicho Pat de él? Que era un tío genial, brillante y el mejor amigo que se
puede tener, pero que no se le fuera a ocurrir enamorarse de él. Había
insistido mucho en aquello con cierto grado de preocupación. No pudo
evitar preguntarse si aquella advertencia no llegaba un poco tarde.
Y si ya le parecía imposible sacar de su cabeza a su demonio de ojos
verdes cuando lo creía solo un motero mecánico, ¿cómo conseguiría no
quedar eclipsaba por el brillante ejecutivo, diseñador y dueño de las motos
más espectaculares y que ella adoraba? Porque debía reconocer que había
pocas cosas que la sedujeran tanto como una mente brillante. Y si encima
iba dentro de un envoltorio como aquel… Tendría que encontrar la manera
de apagar toda la admiración que había sentido por él cuando solo era el
ahijado de Sam, o estaba perdida. Por fortuna, que él fuera un mujeriego
incurable ayudaría mucho.
Capítulo 28
Pat se sentó en el porche de su casa esperando, inquieta, la llegada de
su prima. Había hecho todo lo posible para poder ir a comer con ella. No
sabía qué demonios iba a decirle, puesto que Jennifer no le había hablado
de aquel chico y Rob le había pedido discreción, pero necesitaba comprobar
cómo estaban las cosas.
Cuando Jennifer llegó, se dejó caer en una de las hamacas junto a ella.
Le contó de forma escueta que ya había firmado el contrato y estaba muy
contenta con las condiciones. Pat se alegró mucho por ella mientras buscaba
la forma de enfocar el tema que le preocupaba. No le hizo falta.
—He conocido a tu amigo James en el hospital —le dijo Jen de
improvisto.
Pat no tuvo que hacerse la sorprendida, estaba perpleja. ¿Al fin se había
descubierto todo?
—¿En serio? ¿Y qué hacía allí?
—Estaba con Sam Purple.
—Ah, ¿y qué tal? —preguntó fingiendo desinterés—. ¿Qué te ha
parecido?
La chica se limitó a contestar aquella pregunta con otra.
—¿Por qué no me dijiste que James es el dueño de Customsa? —Sonó
molesta.
—No sé, ¿eso es relevante?
Jennifer lo pensó con detenimiento mientas observaba el gesto confuso
de su prima.
—Imagino que para ti no, pero es que soy una fanática de sus motos —
explicó—. Me hubiera gustado mucho saberlo.
—Pues ya lo sabes. —Sonrió Pat—. ¿Y el que todos en el grupo tengan
una Sample customizada no te extrañó?
Aquello no lo había pensado, pero Pat tenía razón. Debería haberle
llamado la atención al menos.
—Tuve un poster de la moto de James colgado en mi habitación,
¿sabes?
—¿En serio? ¿Y cuándo has visto tú la moto de James? —preguntó Pat
estudiando muy bien su expresión un tanto turbada—. Si estaba con Sam,
hoy llevaba el todoterreno, eso seguro.
Jennifer se entretuvo unos segundos en atusarse el pelo para no tener
que mirarla de frente. Algo tenía que decirle a Pat, pues dudaba de que
James mantuviera la boca cerrada sobre sus encuentros, y no quería que su
prima pensara que no confiaba en ella.
—Quizá no es la primera vez que me cruzo con James —dijo
avergonzada—. Solo que hasta hoy no sabía que era él.
—¿Has estado viendo a James a mis espaldas?
—¡No, Pat! Yo no he estado viendo a nadie. Me lo he topado en varias
ocasiones, que es diferente —reconoció—. No te he contado nada porque ni
siquiera sabía que era tu amigo.
—Vale. ¿Por qué te pones así? —Sonrió Pat.
—¿Así cómo?
—No sé, nerviosa y a la defensiva. ¿Es que ha pasado algo entre
vosotros?
El silencio fue una respuesta a gritos.
—¡Jennifer Easter! ¿Qué tipo de escarceo has tenido con James?
—Ninguno que merezca la pena reseñar —dijo, escudándose en el
enfado—. Tu amigo es el tipo más creído, arrogante e insoportable que he
conocido nunca.
—También tiene algunas cualidades buenas. —Rio Pat.
—A mí no me ha mostrado ninguna.
—¿Estás segura? —preguntó arqueando las cejas—. Te veo demasiado
acalorada para no haber conocido su lado más… encantador.
—¿Tienes un lado de esos?
—Sabes que sí.
—Pues no me había dado cuenta —mintió—. ¿Tengo que recordarte
que los chicos guapos y yo nunca nos hemos llevado bien?
—Y otra cosa no, pero James… guapo es un rato, ¿verdad?
—¡Ya te digo! —se le escapó.
Pat rio divertida mientras su prima movía la cabeza avergonzada.
—Tengo ojos, ¿vale? —protestó—. No puedo negar que es…
—¡Impresionante, Jen, reconócelo! —pidió Pat—. Yo solo puedo verlo
como a un hermano, pero soy capaz de reconocer esa sensualidad que exuda
por cada poro de su piel.
Jennifer guardó silencio, intentando controlar sus instintos. Si se dejaba
llevar por aquella conversación terminaría babeando.
Pat la observaba con curiosidad. Resultaba muy revelador que Jennifer
se empeñara tanto en dejar claro que James no le interesaba en absoluto.
Probaría otra táctica a ver.
—Así que tú eras la chica de la que nos hablaba… —dijo como de
pasada—. Muy curioso.
—¿Cómo?
—¿Qué?
—¿Hablaba de mí?
—¿Qué más te da? —Fingió inocencia—. Si a ti James no te interesa
nada.
—Y no me interesa, pero si hablaba de mí, creo que tengo derecho a
saber que decía.
—¿Tú crees? —preguntó con una sonrisa divertida.
—¡Pat!
—Que eres la mujer más increíblemente hermosa que ha conocido
nunca —confesó—. Eso fue lo primero que nos dijo de ti. Y tengo
entendido que lo has estado volviendo un poco loco desde entonces.
Jennifer tragó saliva. No debería gustarle tanto escuchar aquello.
—Jen, ¿qué está pasando entre vosotros? —preguntó, poniéndose seria
—. No quiero que ninguno de los dos salga herido.
—No hay nada de nada entre tu amigo y yo —mintió con descaro para
no tener que contarle lo débil que era cada vez que la tocaba—. Pregúntale
a él si quieres.
—Lo haré, aunque reconozco que ha estado un poco cerrado en banda
con cualquier cosa relacionada contigo.
—¿A qué te refieres?
Pat no tenía claro hasta dónde debía contarle. Bajo ningún concepto
quería traicionar la confianza de James, y había cosas que ella no era nadie
para contar. Y hasta no comprender qué había entre ellos, prefería ser cauta.
—Me refiero a que no es de contar demasiado, pero sí lleva unos días
un tanto… irascible —explicó—. ¿Qué demonios le has hecho a ese
hombre, Jen?
—¿Yo? —preguntó sorprendida—. Es él quien no para de molestarme
con sus comentarios de mal gusto y sus insinuaciones.
—¿Qué tipo de insinuaciones?
—Al parecer está convencido de que estoy loca por él —dijo acalorada.
—¿Y por qué piensa eso? —Jennifer se encogió de hombros—. ¿Tú no
le has dado ningún motivo?
—¡Es un creído, Pat! —dijo sin poder ocultar del todo su incomodidad
por la conversación.
—Te aseguro que no, pero quizá contigo se comporte diferente —
admitió—. Entonces, ¿no te gusta ni un poquito?
—Es irrelevante que me guste o no, Pat. No me interesa un tipo que me
besa a mí y media hora más tarde se mete en la cama con otra —terminó
reconociendo.
—Entiendo…, ¿y si yo te dijera que se siente muy mal por haberlo
hecho?
Aquello si afectó mucho a Jennifer, que evitaba por todos los medios
mirar a su prima para ocultarle hasta qué punto estaba implicada
emocionalmente en todo aquello.
—¿Eso es lo que él dice?
—A mí no, ni siquiera se molestó en contestarme cuando lo amonesté
por irse con Cindy —reconoció—. Me lo dijo Rob.
—¿Rob? ¡Por favor! ¿Y te fías de él? —dijo con sarcasmo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque es casi imposible que tu amigo Rob no se diera cuenta de que
yo le hablaba de James el día que le conté todo lo sucedido en aquella
discoteca —explicó—. Y después me mandó a Customsa a la hora exacta
en la que sabía que James estaría allí, pero sin decirme que era su taller.
¿No te parece raro?
Jennifer le había dado algunas vueltas a aquello mientras venía de
camino en la moto. Todo parecía indicar que Rob sabía quién era ella.
Con expresión preocupada, Pat guardó silencio. No podía defender a su
amigo y sus motivos para comportarse así, sin confesarle a Jen que ella ya
sabía todo lo sucedido mientras la esperaba allí sentada.
—La palabra de Rob para mí no tiene ningún tipo de validez en este
asunto —insistió la chica—. En cualquier caso, me da igual. Se arrepienta o
no, no deja de haberse acostado con ella. Te aseguro que entre James y yo
no va a haber nada en absoluto.
Se puso en pie, dispuesta a dar por terminada la conversación.
—Me pediste que no me enamorara de James —le recordó—. Y pienso
seguir tu consejo al pie de la letra.
Entró en la casa, dejando a Pat con una sensación de abatimiento que le
iba a costar mucho sacarse del pecho.
Capítulo 29
Jennifer, sentada en la escalinata de entrada de la casa de su tía, se
tomaba el café de la tarde mientras intentaba relajarse un poco. Corría una
leve brisa que de vez en cuando le permitía cerrar los ojos y disfrutar del
momento de relax. Estaba descansando muy mal en las noches, y aquello
empezaba a repercutir en su carácter, que sabía que dejaba un poco que
desear en los últimos días.
Descubrir que James y su demonio de ojos verdes eran la misma
persona, la había alterado más de lo que en principio cabría suponer. Su
prima, nada más llegar a Santa Carla, la había alertado sobre James, y
entendía que no habría sido por gusto. Tenía más claro que nunca que él era
un mujeriego incapaz de sentir nada más que lujuria por una mujer. Lo
había visto salir con otra delante de sus narices cuando habían estado a
punto de dejarse llevar por la pasión en aquellos baños, la había engañado
con respecto a su identidad, se burlaba constantemente de ella y, a pesar de
todo eso, no podía sacarlo de su cabeza ni de día ni de noche.
Como si lo hubiera conjurado con el pensamiento, James detuvo su
moto frente a ella. Jennifer, con el corazón desbocado, aprovechó que tenía
puestas las gafas de sol para observarlo a conciencia. No entendía qué le
pasaba cuando lo veía subido en aquella moto, pero la imagen resultaba de
lo más erótica. Se lo comió con los ojos de arriba abajo mientras se quitaba
el casco y se bajaba de la moto, no dejando un solo centímetro por recorrer
de aquel cuerpo diseñado para el pecado. Cuando caminó hacia ella,
derrochando sensualidad, se preguntó qué haría él si se levantara, se
arrojara en sus brazos y lo besara sin decir una sola palabra. ¿La apartaría o
correspondería a su beso? Probar aquellos labios de nuevo la desvelaba en
las noches… Cuando apenas la separaban de él los ocho escalones, se
esforzó por recordarse a sí misma el momento en el que se cruzaron cuando
salía con aquella chica de la discoteca. Aquello surtió el efecto deseado; fue
como un jarro de agua fría que le permitió apagar todo el fuego que
comenzaba bullir en su interior.
—Mi prima no está aquí —le dijo como único saludo, antes de que él
subiera un solo escalón.
—No la busco a ella.
—Pues entonces pierdes el tiempo, me temo. —Se puso en pie y le dio
la espalda dispuesta a marcharse.
—Tenemos que hablar —izó James la voz.
Jennifer se volvió a encararlo. Se sentía un poco avergonzada por estar
ante él con aquel aspecto. Descalza, con unos pantalones cortos, una simple
camiseta y sin una gota de maquillaje, se sentía en inferioridad de
condiciones frente al aspecto demoledor del chico. Aun así, no se amilanó.
—Tú y yo no tenemos nada sobre lo que hablar —aclaró quitándose las
gafas de sol, matándolo con la mirada—. Esta mañana he estado en el taller
y le he pagado a Benji la factura. Fin de la conversación. Es lo único que
quedaba pendiente entre los dos.
James suspiró. Sabía que aquella conversación no iba a ser fácil, pero sí
era necesaria. Antes de salir del despacho, se había propuesto comportarse
con toda la normalidad de que fuera capaz, pero debía reconocer que se le
nublaba el juicio en cuanto que le ponía los ojos encima. La visión de
aquellas largas piernas desnudas lo estaban trastornando por completo. Al
verla ponerse en pie y darle la espalda, no había podido evitar posar sus
ojos sobre su bien torneado trasero, y la incomodidad que de forma
automática se había instalado en su entrepierna amenazaba con monopolizar
la conversación de nuevo.
Subió las escaleras con tranquilidad y la miró a los ojos. Con el pelo
suelto y sin una gota de maquillaje estaba absolutamente maravillosa. Se
quedó obnubilado por unos segundos y tuvo que recordarse a sí mismo para
qué estaba allí.
—Ojalá una factura fuera lo único de lo que preocuparse —le dijo,
poniendo algo de distancia entre los dos.
—Pues no veo que más puede haber.
—El ponernos nombre lo complica todo, Jennifer.
«No debería sentir aquel cosquilleo al escucharlo usar su nombre…»,
se regañó a sí misma.
—Claro, como antes era todo tan sencillo…
James resopló. Aquel comentario le recordaba la importancia de aquella
conversación.
—Debemos encontrar la forma de soportarnos —dijo con un tono lo
más neutral que pudo—. Si vas a instalarte en Santa Carla, tendremos que
vernos a menudo. No podemos obligar a todos a soportar nuestras continuas
discusiones.
La chica guardó silencio. Había estado tan enfadada con él que ni
siquiera se había parado a pensar en lo que supondría moverse en el mismo
círculo. Aquello podía ser un problema, sí, pero por alguna razón le molestó
que fuera él quien pusiera la nota de sensatez.
—Voy a serte sincera —dijo, cruzándose de brazos con engañosa
tranquilidad—, para mí es muy complicado no querer sacarte lo ojos cada
vez que te veo.
—Con que te controles para no ceder a la tentación de hacerlo para mí
es suficiente. —Sonrió James—. No sé si lo has notado, pero mis ojos son
una de mis mejores cualidades.
«¿Que si lo había notado? ¡No, qué va, ni siquiera sabría decir de qué
color eran!», se dijo, intentando no perderse en aquella mirada.
—¿Y qué propones?
—¿Crees posible que podamos firmar una tregua?
—No lo sé —reconoció Jennifer—. No me gusta que me tomen el pelo.
Me cuesta olvidar esas cosas.
—Nunca fue mi intención —dijo con sinceridad—. Supongo que te
refieres a lo de Customsa.
—¿Te divertiste?
—Jennifer, tú y yo no hemos tenido una conversación normal jamás —
recalcó—. Recuerdo cuando evité decirte que soy el dueño de Customsa,
estábamos tonteando, ¿de veras te hubiera gustado que aprovechara para
alardear?
«Supongo que no», se reconoció a sí misma, pero ni muerta iba a darle
el gusto de admitirlo en alto.
—Dejemos eso a un lado. ¿Tú no sabías quién era yo cuando nos vimos
hace un par de días en el hospital?
—No, pero no entiendo la pregunta —dijo extrañado—. ¿Por qué me
habría callado algo así?
—No lo sé —reconoció. Además, su sorpresa le había parecido genuina
al enterarse—. ¿Rob no te dijo nada?
—¿Sobre qué? —La miró, frunciendo el ceño. No sabía aún de qué le
hablaba, pero sospechaba que no iba a gustarle. Se desesperó un poco ante
su silencio—. ¿Vas a contármelo?
—No puedo estar segura —empezó diciendo—, pero apostaría
cualquier cosa a que Rob sabía que ya nos conocíamos. Él me mandó a tu
taller, ¿sabes? Sin decirme que era el tuyo.
El gesto de sorpresa no pasó desapercibido para Jennifer.
—No tengo ni idea, pero como Rob no está aquí para defenderse…
—Tienes razón.
—¡Vaya, jamás hubiera pensado que te escucharía admitir que tengo
razón por algo! —Sonrió—. ¿Puedo seguir probando suerte? Aún me
gustaría que me dieras la razón en algunas cosas…
—¿Qué tipo de tregua tienes en mente? —interrumpió para no tener
que contestar nada a eso.
—¿Una en la que nos respetamos mutuamente?
—¿Eso incluye que dejes de hacer insinuaciones?
James sonrió y ella, para variar, se derritió.
—No puedo prometerte que jamás te diré nada que esté un poco fuera
de lugar. —Sonrió—. El esfuerzo me mataría.
—Entiendo, está en tu naturaleza tontear con todas las mujeres que te
cruces.
—Supongo que sí —admitió para comprobar si se había imaginado el
tono molesto o había sido real.
—Quiero que incluyas en tu tregua que jamás volverás a tocarme —
soltó enfadada, sin pararse a pensar en lo que decía.
—A no ser que me lo pidas, supongo.
—¡Antes se congelará el infierno! —dijo, dando muestras de su enfado.
—¿Qué te ha molestado tanto? —preguntó curioso—. ¿La propia
insinuación de que en algún momento me lo pedirás o que parezca
dispuesto a aceptar esa condición sin protestar?
—¡Es imposible entenderse contigo! —se quejó, echando fuego por los
ojos, furiosa—. No hay tregua que valga.
—Está bien —admitió James, poniéndose serio al fin—. Sin
discusiones, sin insinuaciones, sin… contacto físico, y eso incluye las
bofetadas, por cierto.
Esperó a que ella asintiera.
—De acuerdo —aceptó James, tendiéndole la mano para sellar la
tregua con un apretón.
Jennifer tardó unos segundos en decidir si era buena idea tocarlo, pero
¿qué podía decirle?
No. Eso era lo que debería haberle dicho. La corriente eléctrica que los
recorrió a ambos en cuanto que entrelazaron las manos hizo saltar la chispa
que a duras apenas habían estado conteniendo.
Ambos se abrasaron con la mirada. James aprovechó para acariciarle el
dorso de la mano con el pulgar. Jennifer tragó saliva incapaz de dejar de
mirarlo.
—La tregua comenzará en cuanto me marche de aquí —dijo James,
mirándola con ojos brillantes.
—¿Entonces ahora mismo estamos…?
—En tierra de nadie —admitió él.
—James… —quiso protestar, sintiendo que aquel dedo le abrasa la piel
por donde pasaba.
El dulce sonido de su nombre en sus labios fue como un acelerante para
el fuego que él trataba de controlar en su interior.
—Márchate, por favor —suplicó la chica.
—Cuando lo haga la tregua habrá empezado.
—Lo sé.
—¿Es lo que quieres? —se arriesgó a preguntar—. ¿Sin una despedida?
Jennifer se mojó los labios con la lengua. Cuando vio cómo James
miraba su boca, siguiendo el gesto, embelesado, fue consciente de la
invitación que acababa de hacerle; pero la necesidad de él en aquel
momento era tal que ni siquiera le importó. Nunca sabrían quién de los dos
dio el primer paso, pero unos segundos más tarde se estaban comiendo a
besos de una forma casi desesperada.
La respuesta de su cuerpo a aquella mujer seguía sorprendiendo a
James. ¿Cómo podía sentirse al borde del clímax en cuanto que tenía el más
leve contacto con su boca? Devoró sus labios mientras la apretaba contra él
y disfrutaba de la respuesta de ella, que dejó escapar un gemido ronco
cuando la empujó contra su entrepierna. Estaba a punto de sentarse en uno
de los sofás y montarla sobre él, cuando su cerebro lo alertó de que ya no
estaban solos.
—Parece que está refrescando… —dijo alto y claro una voz masculina
a sus espaldas.
Ambos se detuvieron en seco. Se miraron a los ojos y tardaron aún unos
segundos en volverse. Pat y Nick los miraban con una sonrisa burlona en el
rostro.
—Acabamos de firmar una tregua —dijo James avergonzado, cuando
estuvo seguro de poder hablar sin jadear—. Nos estábamos despidiendo.
—Una despedida interesante. —Sonrió Nick—. ¿Y de qué tipo de
tregua hablas?
James sonrió por lo absurdo de la situación.
—Una por la que ambos nos comprometemos a comportarnos como
gente civilizada por el bien de todos vosotros.
Para Jennifer todo aquello estaba resultando de lo más humillante. Se
sentía como una niña a la que pillan in fraganti haciendo algo que no
debería. Se movió levemente hacia la puerta planteándose escapar de allí,
pero una mano firme sobre su cintura la obligó a volver a la posición que
tenía delante de él. James parecía estar escudándose tras ella. Cuando
intuyó el motivo, no pudo evitar que una punzada de excitación la
atravesara de nuevo. El simple pensamiento de que James ocultara una
erección a escasos centímetros de su trasero era suficiente para convertir de
nuevo su sangre en fuego.
—Pues si eso que estabais haciendo es por el bien de todos, por
nosotros no os cortéis… —Para Nick era inevitable bromear con el tema—.
Nosotros entramos en la casa y, mientras esperamos a la cena, podemos
firmar una tregua propia… —agarró a su novia de la cintura dejando claro
lo que tenía en mente.
El codazo que recibió de Pat arrancó una carcajada de labios de James.
—Ya sabes que a mi madre le violenta un poco encontrarnos en plenas
negociaciones —dijo, después de silenciarlo—. Ahora entiendo por qué.
—Os aseguro que las negociaciones han terminado —se vio obligada
Jennifer a dejar claro para que no hubiera dudas—. Los términos están
claros, ¿verdad? —Se giró y miró a James con toda la frialdad de que fue
capaz.
—Por supuesto —fue la única respuesta que obtuvo, en el mismo tono
cortante que ella había usado.
Pat y Nick intercambiaron una expresiva mirada exenta del humor
inicial. Al parecer, se estaban confundiendo con las condiciones de la
tregua.
Sin añadir nada más ni mirar de nuevo a James, Jennifer entró en la
casa. Pat la siguió adentro.
James suspiró y se apoyó en la barandilla del porche, perdiendo la
mirada en la lejanía. Nick se detuvo junto a él en silencio, y fingió mirar
también al horizonte mientras buscaba las palabas adecuadas.
—No puedo dejar de sentirme como un voyeur —empezó diciendo,
arrancándole a James una sincera carcajada.
—No seas exagerado.
—Sé lo que he visto —insistió—. ¿O vas a decirme que no estabas en
ese punto en el que solo dudabas entre tumbarla en ese sofá o en el suelo?
James guardó silencio. Aquella era la pura verdad, ¿para qué
esconderlo?
—Cuando la toco fundo a negro, Nick —admitió—. Me olvido de todo,
excepto de la necesidad imperiosa de… seguir avanzando. Va más allá de
toda lógica.
—Te entiendo. Todavía recuerdo muy bien cómo me sentí yo la primera
vez que besé a Pat —reconoció—. Desesperado y hambriento; como si
hiciera un siglo que no besaba a una mujer…
James se sorprendió al escucharlo describir con aquella precisión sus
propios sentimientos.
—Recuerdo con perfecta claridad nuestro primer beso. Estábamos
jugando a demostrar nuestras teorías acerca de las relaciones —continuó
contando Nick—. Te aseguro que solo tenía intención de rozar sus labios
para dar por terminada la demostración, pero cuando lo hice perdí el juicio.
Por suerte, nosotros estábamos en mi casa y no en mitad de la calle.
—Pero conseguiste controlarte.
—Aquello no fue mérito mío. —Sonrió Nick—, sino de aquel
repartidor de pizza bombero, ¿te acuerdas de él?
James asintió sonriendo.
—¡Cómo odié a aquel tipo! —reconoció—. Creo que todavía lo
detesto.
—Estuvo a punto de levantarte a tu chica, si no recuerdo mal.
—No fue él, fui yo quien estuvo a punto de perderla —dijo muy serio
—. Por comportarme como un gilipollas.
—Nick, no quiero lecciones, por favor —pidió—. Ya tengo a Rob para
eso.
—No pienso decirte mucho más. Solo espero que seas un poco más
listo. Yo viví en el puto infierno durante muchos meses antes de aceptar lo
que quería con toda mi alma.
James guardó silencio, esperando que Nick hubiera concluido. No se
sentía con ganas de agregar nada más a aquella conversación.
—Os veo en el Oasis dentro de un rato —fue todo lo que añadió antes
de comenzar a descender la escalinata.
—James. —El chico se volvió a mirarlo antes de partir—. Siete años
después sigo sintiéndome igual cada vez que la beso. Desesperado y
hambriento, y como si hiciera un siglo que no beso a una mujer. Por si te lo
estabas preguntando.
Cuando Pat entró en la casa, casi tuvo que correr tras Jennifer hasta su
habitación. Por un instante, pensó que iba a recibir un portazo en las
narices, pero fue más rápida que ella. Para cuando Jennifer quiso cerrar la
puerta, ya se había colado dentro.
—No quiero hablar, Pat —casi le gritó.
—Necesitas desahogarte.
—Necesito olvidarme de lo sucedido.
—Pues, por lo que yo he visto…, no lo vas a tener fácil.
Jennifer se sentó en la cama y se tapó la cara con las manos.
—¿Me siento tan avergonzada de que hayas tenido que ver eso?
—¿Crees que yo nunca me he dejado llevar donde no debía? —Sonrió
—. A Nick y a mi suele pasarnos bastante a menudo, la verdad.
—¡Pero a mí no! —protestó Jennifer poniéndose en pie y retomando su
habitual costumbre de caminar por la habitación—. Yo no soy de dejarme
llevar, Pat.
—No si buscas relaciones aburridas como las que me describías el otro
día —le recordó—. Pero me temo que James es cualquier cosa menos
aburrido.
—James es un arrogante insoportable, eso es lo que es —dijo,
desesperada por dejar de desearlo.
—Sí, eso ya me lo dijiste —reconoció Pat—. Aunque también me
dijiste que no te interesaba para nada y estabais al borde de la combustión
espontánea.
La chica se dejó caer de nuevo sobre la cama. No tenía mucho sentido
seguir negando lo evidente.
—¡Esto es horrible, Pat!
—¿En serio? No es esa la impresión que me ha dado. —Sonrió, pero se
puso seria al instante al verla tan compungida—. ¿Dónde está el problema,
Jen? Es evidente que James te gusta.
—El problema es que no quiero que me guste —admitió—. No me
conviene enredarme con un mujeriego, sexi como el pecado, pero que jamás
se comprometerá a nada más que a echarme un par de polvos.
—¿Y eso es lo que quieres? Que se comprometa me refiero, porque lo
de los polvos ha quedado claro que…
—¡Pat! —interrumpió—. Olvida lo que has visto; no debería haber
pasado.
—¿No quieres acostarte con él?
—No, pero mi cuerpo no parece aceptar esa decisión —confesó—. Y
en cuanto que me pone una mano encima mi cabeza deja de regir.
—Entiendo.
—¿Por qué crees que no te había hablado de él antes? —reconoció—.
Me sentía avergonzada por ser tan débil.
—No confundas desear a alguien con debilidad.
—Es debilidad si quieres negarte, pero no puedes —suspiró antes de
continuar—. Pat, me arrastró a uno de los baños de la Paradise cuando aún
no sabía ni su nombre y, por mucho que me cueste admitirlo, le hubiera
dejado hacerme el amor allí mismo si él no lo para a tiempo.
Pat la observaba, alucinada. Conocía a su prima muy bien. Sabía que
aquel no era, ni mucho menos, su comportamiento habitual.
—Faltó muy poco, Pat, y media hora más tarde salía de la discoteca con
otra.
«No me lo puedo creer, James, ¿cómo se puede meter tanto la pata?»,
se dijo Pat, que tenía ganas de zarandearlo en aquel momento.
—Es verdad que se fue con ella, pero…
—Sin peros —la cortó—. Sé que no me debía nada, pero no puedo
perdonárselo. No me nace. Además, él ni siquiera me ha hecho un
comentario, lo que me dice que le da igual lo que yo pueda pensar.
—¿Le has preguntado tú algo?
—¡Ni loca!
—Entonces él también estará pensando que a ti no te importó nada que
se fuera con otra.
—No quiero hablar más de esto —suplicó—. Me dolió mucho verlo
marcharse con ella, Pat, tanto que incluso me alegré de haberle dado aquella
tremenda bofetada. No quiero estar con nadie que me haga sentir así.
Pat entrecerró los ojos con suspicacia.
—¿Le pegaste?
—No me siento muy orgullosa…
—¿Cuándo?
—En los baños, cuando…, ya sabes.
—¿Y qué te dijo?
—Vete —reconoció—. Sin más. ¿Por qué le das tanta importancia a ese
hecho? Rob hizo eso mismo. Es la primera bofetada que he dado en toda mi
vida, Pat, pero te aseguro que se la merecía por cómo me estaba tratando.
¿Por qué tienes esa expresión?
—James…, es un hombre complicado —dijo Pat con cautela—. Su
vida no ha sido fácil.
—¿A qué te refieres? —se extrañó—. Ha sido criado por un tipo genial
como Sam Purple.
—Sí, sin duda su vida cambió cuando conoció a Sam.
—¿Dónde se conocieron?
—En el hospital —explicó—. Coincidieron cuando Sam sufrió un
accidente de moto y se rompió una pierna.
—¿Y por qué estaba James allí?
Pat calló. No le gustaba hablarle de aquello sin permiso de James, y, sin
duda, él no lo daría.
—No me acuerdo. —Sonrió Pat—. La divina providencia quiso que se
encontraran.
Para Jennifer no resultó fácil dejar pasar el tema. Sabía que su prima le
estaba ocultando alguna cosa, pero algo le decía que era mejor no hurgar en
ello, de modo que lo dejó pasar.
—¿En qué punto estáis en este momento, Jen?
—Acabamos de firmar un alto el fuego —reconoció—. En todos los
sentidos. Si vamos a movernos en el mismo círculo, no podemos estar
discutiendo todo el tiempo. Os volveríamos locos a todos.
—¿Qué quieres decir en todos los sentidos?
—Nada de discusiones, insinuaciones ni contacto físico —contó—.
Supongo que nos limitaremos a ignorarnos, porque jamás podremos ser
amigos.
A Pat le dieron ganas de reírse. Era más que evidente que aquella
tregua no iba a funcionar, pero no le dijo nada.
—Entonces, para que me quede del todo claro… —insistió Pat—. ¿Tú
no quieres una relación con James?
El simple hecho de imaginarse a James como su pareja le aceleró el
pulso. Se planteó la idea con un anhelo que jamás se atrevería a reconocer.
—Las dos sabemos que James no es hombre de relaciones.
—No ha sido eso lo que te he preguntado.
—No voy a permitir que un hombre me destruya, Pat, jamás.
—Ya veo. Amber de nuevo. —Entendió—. Espero que te des cuenta a
tiempo de a qué estás renunciando con ese escudo que llevas puesto.
—Me da igual —admitió—. Incluso con ese escudo del que hablas, ha
dolido, Pat. Aquella noche de sábado la pasé entera llorando y no volverá a
pasar.
El gesto obcecado de su prima entristeció a Pat. No sabía si en algún
momento James iba a estar preparado para quitarse su propia coraza, pero si
lo hacía… iba a chocar de lleno contra un muro.
Capítulo 30
Tan solo unas horas más tarde, Jennifer se preguntaba si ella misma iba
a soportar las condiciones de aquella tregua. Llevaban poco más de una
hora todos juntos en el parque que había frente al Oasis, y ya era consciente
de que James no se parecía demasiado a la persona que ella había decidido
que era. Entre él y Rob acababan de contar una historia sobre el día que
decidieron apuntarse al gimnasio, con la intención de ir a diario a la hora de
comer. El resto del grupo colaboraba puesto que conocían la anécdota, pero
Sarah y ella no habían podido dejar de reír de principio a fin. A Jennifer le
sorprendió mucho que James se riera de sí mismo sin ningún tipo de
vergüenza o pudor. La excursión al gimnasio no había salido nada bien, y
no los dejaba en el mejor de los lugares, pero a ambos parecía darles igual.
Jennifer estuvo tentada de preguntarles cómo conseguían tener aquellos
cuerpazos sin pasarse el día haciendo abdominales, pero pudo contenerse a
tiempo. Lo único que le faltaba era ser ella quien rompiera la maldita
tregua, y debía reconocer que empezaba a echar de menos la expresión
insolente y descarada con la que él la miraba hasta hacía unas horas.
—Nos invitaron a marcharnos como a la media hora de llegar —
terminó contando Rob, entre risas.
—¡No me lo puedo creer! —Rio Jennifer—. Que poco sentido del
humor.
—Hasta el dinero de la matrícula nos devolvieron —aseguró James—.
Por si acaso se nos ocurría volver, digo yo.
—¿Y no dijisteis nada?
—¿Qué íbamos a decir? Si no podíamos dejar de reírnos.
—Ese día decidimos que la natación era un deporte mucho más seguro
para nosotros.
Jennifer, a pesar de la incomodidad inicial, debía reconocer que se
estaba divirtiendo mucho. La camaradería entre todos los del grupo
resultaba refrescante. Las bromas y las risas se sucedían sin parar y, para su
sorpresa, ella se sentía integrada y muy a gusto. A pesar de que no podía
apartar de su cabeza el momento que había pasado en los brazos de James
justo en ese mismo sitio; y había ratos en los que le molestaba que él
pareciera no recordarlo.
—Oye, ¿ya has decidido que vas a hacer con la propuesta de Sam? —le
preguntó Nick a James. Todos prestaron atención.
—Es verdad —intervino Dannie—. ¿Vamos a tener casa en la gran
manzana o qué?
—Ya tenéis dos —les recordó James—. Podéis usar las de Sam cuando
os apetezca.
—No es lo mismo.
La curiosidad estaba pudiendo con Jennifer. A duras penas se estaba
conteniendo para no preguntar qué propuesta era aquella y qué tenía que ver
con Nueva York, así que esperaba, ansiosa, a que alguien añadiera algo que
pudiera ayudarla a enterarse de qué iba el tema. Por fortuna, Sarah no tenía
ningún problema con James.
—¿Te vas a Nueva York? —preguntó curiosa.
—Todavía no lo sé —reconoció—. Estamos valorándolo todo, pero
Sam está un poco obcecado con el tema.
—¿Por qué Nueva York? —insistió Sarah.
—Porque la sede central de Sample está allí —continuó explicando
James—. Sam está empeñado en que dirija la empresa.
Jennifer escuchaba todo, intentando que no se le descolgara la
mandíbula por la sorpresa. Al parecer, Sarah estaba igual de alucinada que
ella.
—¿Sample? ¿La multinacional? ¿La de los coches?
—Esa misma.
—Pero ¿tú no trabajabas en Customsa? ¿Te han despedido? Mira, yo no
me entero. Tened compasión, que soy nueva en el grupo —protestó Sarah
con un simpático gesto que hizo reír a todos.
—Pues a veces me han dado ganas de despedirme, no te creas —
continuó bromeando James—, pero luego pienso en la indemnización que
tendría que pagarme y prefiero no hacerlo.
—James es el dueño de Customsa —le explicó Rob a su chica,
sonriendo con diversión por la expresión de absoluto estupor que se le
quedó—. Y Customsa es una filial de Sample, de la que James es uno de los
accionistas.
Jennifer tragó saliva. Aquella información la desconocía, y debía
reconocer que estaba un poco impresionada.
—La cuestión es que Sam está empeñado en que James reclame la
presidencia de Sample —terminó explicando Pat.
—¿Veis? Ahora sí me enteré —dijo Sarah, y miró a James—. ¿Y qué
quieres hacer tú? ¿No quieres dirigir Sample?
—Es complicado —explicó—. Es un gran reto, pero la vida es cuestión
de prioridades, y en este momento la mía es Sam. Está muy delicado de
salud.
Hasta ahora Jennifer ni siquiera se había planteado que Sam estuviera
en el hospital por algún problema médico. Al encontrarlo en el despacho de
dirección, había supuesto que estaba allí por algo relacionado con la
Fundación que había financiado.
—Quiero pasar con él todo el tiempo que pueda —continuaba James
diciendo—. Y no podré hacerlo si tengo que vivir la mitad en Nueva York.
Observó la expresión de adoración con la que hablaba del anciano y,
por un segundo, sintió una punzada de celos.
«¿Qué tengo que hacer para que me quieras de la misma manera?», se
encontró preguntándose. Ella misma se alarmó por la intensidad con la que
anhelaba aquello.
—¿Qué le pasa a Sam? —se interesó—. Cuando lo conocí en el
hospital, no me di cuenta.
James recordó aquel momento y tuvo que hacer un esfuerzo enorme
para contestarle como lo habría hecho con Sarah.
—Tiene una cardiopatía importante —explicó—. Lo operaron hace seis
meses y no se ha recuperado. No está respondiendo a ningún tratamiento.
—Cuánto lo siento —dijo con sinceridad—. Parece un tipo genial.
—Lo es.
—Se nota que lo quieres mucho —continuó diciendo la chica—. Es
como si fuera tu padre, ¿no?
—Es mucho más que eso —reconoció—. Se lo debo todo.
—¿Y tu verdadero padre?
Todos se quedaron paralizados. Se miraron entre ellos, preocupados.
—Eso depende —fue la respuesta de James.
—¿De qué? —Jennifer no entendía nada.
—De a qué te refieras con verdadero padre —explicó con expresión
seria—. Mi padre biológico me daba las hostias y Sam me curaba las
heridas. ¿A quién crees que debo considerar como un verdadero padre?
Jennifer tragó saliva. Jamás se le hubiera pasado por la cabeza que lo
que le escondía su prima el día anterior fuera algo como aquello.
—A quien tu corazón te dicte que lo es, supongo —le dijo con firmeza.
Sin añadir una sola palabra, James asintió. No le gustaba hablar de
aquel tema, y mucho menos la expresión compasiva que leía en los rostros
de la gente cuando lo hacía. Para alivio suyo, Jennifer no lo miró ni mucho
menos como solían hacerlo.
—¿Podemos cambiar de tema? —pidió James sonriendo—. Tenemos
anécdotas mucho más divertidas que la del gimnasio.
Todos comenzaron a hablar de nuevo, intentando volver a la
normalidad. Jennifer no pudo evitar pensar en lo que acababa de descubrir.
Ahora entendía por qué su prima había afirmado que la vida de James no
había sido fácil. Como psicóloga, ella conocía muy bien las secuelas que
podían quedar derivadas de algo así. Sin poder evitarlo, se recordó a sí
misma dándole aquella bofetada, y entendió por fin el cambio operado en
él; aquella mirada como el hielo…
«Mierda, Jennifer, en verdad no puedes culparlo por irse con otra…», le
gritó su conciencia con grosería. «Pero tampoco puedo perdonarlo por
hacerlo», se contestó a sí misma. Miró de reojo al chico, que charlaba con
tranquilidad con el resto del grupo, ajeno a su angustia. Se le veía relajado y
guapo a rabiar, como siempre, además de cómodo y seguro de sí mismo.
Aquella seguridad que algunas veces tanto la enervaba, ahora le resultaba
de lo más seductora. Cuando lo escuchó reír a carcajadas por algo que
Dannie había dicho, sintió una oleada de excitación que la sorprendió tanto
que tuvo que ponerse las gafas de sol para esconder su reacción.
«Estoy perdida», tuvo que reconocer, nerviosa. Aquella tregua había
sido un error. Hubiera preferido seguir pensando que James era el ególatra,
prepotente y chulo que no merecía su atención. Podía lidiar con aquel
prototipo de hombre aunque se muriera de deseo por él. Pero no estaba
segura de poder resistirse al hombre que acababa de conocer. El tipo
divertido y elocuente, que estaba dispuesto a renunciar a todo para poder
pasar unas horas más con un anciano al que adoraba, y que parecía creerse
realmente un simple mecánico cuando en realidad era un ejecutivo brillante,
capacitado para dirigir un imperio. A ese… le tenía mucho miedo. Aunque
ni todo lo bueno que había descubierto aquella tarde ni su encanto arrollado
ni aquella sensualidad que la volvía loca, lo hacían menos mujeriego.
«Por favor, Jennifer, no se te ocurra enamorarte de él», se dijo aterrada
con la idea, consciente de que la gran pregunta era «¿Y cómo lo evito?».
Diez minutos más tarde, decidieron que era hora de echar una partida
de billar. Cuando entraron en el Oasis, Rob anunció su intención de
dedicarle una hora a Sarah en exclusiva y, entre protestas, se retiró de la
partida.
—Seguro que Jennifer estará encantada de jugar —dijo Pat, a la que le
fascinaba la idea de que su prima dejara a todos boquiabiertos, como sabía
que sucedería.
—¿Te apetece? —le preguntó James.
—Pues no se te ve muy ilusionado —protestó la chica con una sonrisa
—. ¿Me toca ir contigo?
—Sí.
—No te veo dando brincos.
—No te ofendas, pero me gusta ganar —bromeó él con una enorme
sonrisa—, estoy acostumbrado a ir con Rob, aunque ya sabes que me iría
contigo a cualquier otra parte… ¡Uy! Eso ha sido una violación de la tregua
en toda regla. Te pido disculpas.
La chica no pudo evitar reír.
—¡Esas disculpas han sido de pega, listo! —Le apuntó con el dedo sin
dejar de sonreír—. Menuda cara.
—No te enfades, compañera —le dijo, tendiéndole el palo—. Procura
meter alguna.
La expresión indignada aunque divertida de Jennifer provocó que
James soltara una carcajada.
—¡No pienso jugar en tu equipo! —le dijo ella, apuntándole con la
parte de la tiza.
—Venga, va, solo era una broma —insistió James—. Saca tú.
—Sabes que no era una broma, de verdad no quieres jugar conmigo —
La descarada sonrisa de James le anticipó que no había estado muy acertada
con aquella frase.
—Jennifer…, si quieres que esta tregua perdure, debes ayudarme un
poco.
—Tienes la mente sucia, ¿lo sabías? —Rio divertida.
—Aquí la interesada en que la tregua funcione eres tú —le dijo.
—¿Y tú no?
—No —James pasó por su lado y se detuvo para susurrarle cerca del
oído—: Si fuera por mí, solo dejaría de besarte para coger aire.
«Jo-der», fue lo único que la mente de Jennifer pudo dilucidar.
James la observó de reojo, intentando no exteriorizar cuánto estaba
disfrutando de aquel momento. Aunque casi no podía disimular su
satisfacción ante la conmoción que parecía haberle causado, y que ella
apenas conseguía disimular.
Pat, Nick y Dannie, que hasta aquel momento habían fingido no
escuchar nada de lo que ellos hablaban mientras preparaban la mesa de
billar, intercambiaron una divertida mirada.
—¿Qué creéis que le habrá dicho? —les preguntó Pat a los chicos por
lo bajo, sin disimular su diversión.
—Lo que sea ha violado los términos de esa tregua, eso seguro. —Rio
Dannie.
—Pues yo diría que hace ya bastante rato que los dos han mandado la
tregua al garete —opinó Nick—. ¿Creéis que son conscientes de que están
tonteando?
—¿Qué demonios estáis cuchicheando por ahí? —preguntó James,
divertido, desde el otro lado de la mesa—. ¿Os apetece jugar o no?
—Igual podíais echar un mano a mano —propuso Pat, señalando a la
pareja.
James sonrió con sorna y miró a Jennifer para ver su reacción.
—No hace falta que aceptes —le dijo con una fingida arrogancia que
divirtió a la chica—. Ahórrate ese bochorno.
—¿Tienes miedo?
—¿De qué?
—De que te gane.
—No, porque no ganarías.
—Pareces muy seguro para no haberme visto jugar nunca —le dijo con
la misma sonrisa de autosuficiencia con la que él la miraba.
—¡Ah! —Fingió hacerse el sorprendido—, pero que crees de verdad
que puedes ganarme… Apostemos algo entonces.
—¿Algo como qué? —preguntó, inquieta, pero sin dejar de sonreír.
—Si ganas, te hago una visita guiada por Customsa. —La chica arqueó
las cejas sin poder disimular su repentino interés en aquella apuesta—. La
tienda, los talleres, el customize…
Para Jennifer aquello era un sueño hecho realidad, y, de alguna forma,
él parecía saberlo.
—¿Y si ganas tú? —se vio en la obligación de preguntar.
—Podré pedirte lo que quiera. Sin excepciones.
—¡Eso no me parece nada justo! —protestó, pero sin disimular cuánto
le tentaba la idea de aceptar.
—Durante la visita podrás probar la moto que te apetezca.
—¿Cualquiera de ellas?
—Todas ellas, si quieres.
—Y… ¿qué tienes pensado pedirme si ganas? —preguntó con cautela.
—Aún no lo he decidido.
—¿Violará los términos de la tregua?
—Ni lo dudes.
Ambos se miraron a los ojos durante unos interminables segundos.
James no ocultaba su satisfacción por la situación, aunque le estaba
costando mucho no apremiarla un poco más a aceptar. Deseaba que lo
hiciera con todas sus fuerzas.
La chica apartó su mirada de él para no derretirse. Miró a Pat con un
gesto interrogante. Ella no había visto jugar a James al billar, ¿y si resultaba
ser muy bueno? Su prima le devolvió una sonrisa divertida y le hizo un
gesto de asentimiento. Pat era la única que los había visto jugar a ambos y
sabía las posibilidades reales que tenían.
—Mañana. Pasarás a buscarme en tu moto por casa de mi tía —exigió.
James asintió con un solemne gesto—. ¡Acepto entonces!
Varios vítores y silbidos sonaron a su alrededor, pero ellos no podían
apartar su mirada el uno del otro.
—Te cedería el saque —dijo James—, pero no quiero arriesgarme a que
me taches de caballero.
«Parece que él también recuerda todas nuestras conversaciones», pensó,
sonriendo ante la idea, al tiempo que sacaba una moneda. El azar quiso que
empezara a jugar James, pero no le sirvió de mucho. Apenas seis tiros más
tarde, Jennifer se coronaba ganadora de la partida. Pat aplaudía como una
loca mientras los chicos se miraban entre sí, estupefactos.
—¡Madre mía! —gritó Dannie cuando vio como entraba la bola negra a
tres bandas en su correspondiente agujero—. ¿De dónde sales tú? ¿Del
color del dinero?
Jennifer no pudo evitar reír. Debía reconocer que siempre había querido
ser como Tom Cruise en aquella película.
—Ah, ¿no os había dicho que Jennifer se pagó la carrera ganando
campeonatos de billar? —dijo Pat con una enorme sonrisa—. Pues se me ha
debido de pasar.
Para Jennifer aquello había sido una dura prueba. Estaba tan nerviosa,
que al comenzar había dudado de si sería capaz de meter alguna bola, pero
no había tardado en templar los nervios.
Se acercó hasta James y le tendió el palo de billar, disfrutando de la
expresión de admiración que el chico no se molestaba en ocultar.
—A las once —le dijo con una sonrisa satisfecha—. Y espero que no
tengas compromisos, porque quiero aprovechar al máximo mi premio.
—Allí estaré —admitió él sin dejar de sonreír.
—Eso espero —apostilló Jennifer, y se excusó para ir al baño. Pat se
apuntó a la excursión.
Los chicos se volvieron hacia James en cuanto que las perdieron de
vista.
—¡Menudo palizón te ha dado! —Rio Dannie.
—¿Cuánto ha tardado? ¿Cinco minutos? —apoyó Nick.
—Creo que algo menos —reconoció James—. Ha sido impresionante.
—Pues has perdido la apuesta…
—¿Tú crees? —Sonrió complacido—. Pues yo diría que solo he
perdido la partida.
Tanto Nick como Dannie lo miraron en silencio unos segundos,
valorando la situación.
—Nunca apuestes si no estás seguro de que vas a ganar —les recordó.
Le habían escuchado aquello mismo montones de veces.
—Ahora no nos salgas con que te has dejado ganar. —Rio Dannie.
—Claro que no, me ha machacado, pero estaba dispuesto a no
esforzarme demasiado.
—¿Por qué? —Nick lo miraba sin entender—. ¡Hubieras podido pedirle
lo que quisieras!
—¿Cómo qué? Lo que de verdad quiero no se gana a través de una
apuesta —les recordó—. Perder era una opción mucho más… interesante.
Jennifer y Pat no podían dejar de reírse de lo que acababa de pasar. Los
chicos se habían quedado boquiabiertos en cuanto que Jennifer había
efectuado el primer tiro.
—He disfrutado de lo lindo —reconoció Pat.
—Yo tampoco lo he pasado mal. —Rio Jennifer—. Y encima voy a
hacer un sueño realidad.
—¿Tú eres consciente de que has quedado con James? —bromeó Pat.
—Sí —aceptó ruborizándose—, pero por una buena razón. Me muero
de ganas de conocer Customsa. ¿Quién puede hacerme una visita guiada
mejor que él?
—Nadie, eso seguro.
—Además, gracias a la tregua puedo estar más tranquila.
—Pero ¿de qué tregua me hablas? —Rio Pat—. Si lleváis tonteando
media tarde.
—¡No es verdad! —protestó, pero no pudo evitar sonreír ante la
expresión indignada de su prima—. ¡Es que tiene esa maldita sonrisa!
—Sí, entre otras malditas cosas.
—¿Podemos cambiar de tema?
—Te pone a cien, reconócelo, no pasa nada.
—En realidad…, me pone a mil, Pat, pero no me agrada que me ocurra
¿recuerdas?
—Pero te agrada su empresa.
—Sí, eso sí, mucho —reconoció—. Me gusta su cerebro en realidad.
Pat ahora sí rio de lo lindo.
—Su cerebro. Y el que ese cerebro tenga un envoltorio impresionante
es lo de menos, ¿no?
—Pues no, pero puedo lidiar con los hombres guapos —admitió—.
Pero me aterran los que son capaces de convertir la paja en oro porque
tienen una mente brillante.
—Lo admiras —comprendió Pat.
—Sí. Y me estoy conteniendo para no freírte a preguntas sobre él.
—¿Por qué?
—Porque cuánto más sé de él, más fascinante me parece —admitió—.
Y me preocupa terminar… —se detuvo en seco un tanto cohibida.
—¿Terminar que, Jen?
—Déjalo —pidió.
—Terminar enamorándote de él —completo Pat por ella—. ¿Es eso?
Jennifer perdió la sonrisa.
—Tu misma me alertaste contra eso —le recordó.
—Pero la advertencia no cuenta si él también se enamora de ti.
—Las dos sabemos que eso no va a pasar —dijo, exhalando un suspiro.
—Pues yo no lo tengo tan claro —opinó Pat—. Solo necesita tiempo
para acostumbrarse a lo que siente por ti.
—Y, mientras tanto, ¿qué se supone que tengo que hacer yo? —
preguntó sin poder disimular su angustia—. ¿Esperar a que decida creer en
el amor?
—¿Él te confeso que no cree en el amor?
—La primera vez que nos besamos —admitió—. ¿Me mintió?
—No —reconoció Pat—. Pero tiene un motivo para pensar así.
—Sí, lo supongo, claro, pero eso no cambia nada.
—Quizá algún…
—Quizá nada, Pat —la interrumpió—. No voy a engañarme pensando
que voy a ser la afortunada que consiga hacerlo cambiar.
—¿Y si lo eres?
—No puedo ser tan ilusa.
—Jamás lo he visto comportarse con ninguna otra como lo hace
contigo.
—Porque no me puede tener —dijo de forma acalorada—. ¿Cuánto
tardará en esfumarse su interés cuando consiga lo que quiere? No soy una
mujer de aventuras, lo sabes, ¿cómo voy a recomponer mis pedazos cuando
se canse de mí? Y lo hará, Pat, porque no puedes construir nada sólido
únicamente sobre una base de lujuria.
—Que él no crea en el amor no significa que no pueda sentirlo, solo
que quizá le cueste un poco más admitir…
—No puedo arriesgarme —dijo tajante—. No insistas.
Pat guardó silencio y ambas volvieron con el grupo intentando
aparentar una actitud normal.
Para Jennifer no resultó ya tan sencillo volver a comportarse con la
misma naturalidad. Decirle a su prima que no iba a permitirse enamorarse
de James y conseguir no hacerlo eran cosas muy diferentes. Lo observó
charlar de trivialidades con aquella sonrisa en los labios, y la intensidad con
la que deseo que la teoría de Pat fuese verdad la aterrorizó. No podía seguir
involucrándose con James, ni siquiera escudándose en aquella absurda
tregua.
Caminó hasta él con decisión antes de arrepentirse.
—Te libero de lo de mañana —le dijo, intentando sonar natural—. No
hace falta que pases a buscarme.
Él la observó, descolocado.
—¿Ya no quieres conocer Customsa?
—Claro que quiero, pero…
—Pero nada, cuando pierdo una apuesta me gusta pagar mis deudas. —
La ansiedad por su respuesta empezaba a enervarlo un poco.
—Te estoy eximiendo de tener que hacerlo.
—Pues no es necesario —insistió—. Pasaré a buscarte a las once.
Sin agregar nada más, Jennifer se limitó a asentir y volvió hasta donde
estaba su prima.
«Que débil eres, Jennifer», se recriminó, molesta. «Te mira con sus
ojazos verdes y te vas con él al fin del mundo».
James fingía estar atento a la conversación que mantenía con Nick
mientras observaba a Jennifer con cuidado de no ser descubierto. No sabía
qué acababa de pasar ni por qué ella parecía haber mutado desde que había
vuelto del baño con Pat, pero lo que tenía claro era que, bajo ningún
concepto, estaba dispuesto a permitir que anulara el compromiso que habían
adquirido para la mañana siguiente.
Capítulo 31
Jennifer, sentada en el quicio de la ventana de su alcoba, esperaba
impaciente la llegada de James. Incapaz de dormir, se había levantado muy
temprano para tener tiempo de arreglarse y tranquilizarse lo suficiente como
para no hacer el ridículo delante del chico. Muy a su pesar, tuvo que aceptar
que le hacía una ilusión tremenda aquella excursión; y que no era solo la
visita a Customsa, sino el hecho de pasar la mañana en compañía de James.
Aquello debería haberla alarmado, pero en lugar de eso aguardaba con ansia
su llegada.
Agudizó el oído para asegurarse de que era una moto lo que parecía
sonar en la lejanía. Con el corazón desbocado, prestó atención a la calle
mirando a través de las espesas cortinas. James aparcó su moto frente a la
casa unos segundos después. Escondida, disfrutó del momento en el que se
quitó el casco, se bajó de la moto y caminó hacia la casa con aquella
sensualidad tan suya. Bajó corriendo las escaleras y se quedó tras la puerta,
esperando que llamara al timbre. Cuando al fin lo hizo, contó hasta veinte
antes de salir a recibirlo.
—Por unos segundos he pensado que no ibas a abrirme. —Sonrió
James tras el saludo inicial—. ¿Nos vamos? Nos espera una mañana muy
intensa.
Jennifer cogió su casco del recibidor, cerró la puerta y juntos
descendieron la escalinata. Cuando James se sentó en la moto y le pidió que
se subiera, la invadió una sensación de excitación con la que no contaba.
«Pues empezamos bien», se dijo intentando respirar hondo, buscando
serenidad.
Cuando James aceleró y sintió el motor rugir bajo sus piernas, se dejó
inundar por aquella increíble sensación de júbilo. Cerró los ojos y disfrutó
del aire acariciando su rostro. Estaba subida en la moto de sus sueños,
agarrada al hombre más increíble que había conocido jamás, e iba a
permitirse disfrutar de ello durante unos minutos.
No tardaron en llegar a Customsa. James metió la moto dentro del taller
y aparcó en uno de los laterales. Benji no tardó en llegar hasta ellos, pero se
limitó a saludarlos y fue reclamado por alguien que venía a recoger uno de
los coches.
—Los sábados por la mañana hay bastante ajetreo en el taller —le
explicó James—, pero en el customize no se trabaja, allí estaremos más
tranquilos.
—El otro día me sorprendió que también reparéis coches —comentó
Jennifer con curiosidad—. Pensaba que Customsa solo trabajaba motos.
—Y así es. El taller de automoción es ajeno a Customsa —explicó—.
Solo compartimos espacio.
—¿Y de quién es?
—Mío, pero sobre el papel son negocios diferentes —dijo, paseando
entre los coches con ella a su lado—. Yo comencé trabajando como
mecánico con toda esta gente. Todo lo que sé de mecánica es gracias a
Benji y a muchas de estas personas.
La chica miraba a su alrededor maravillada con la organización y el
funcionamiento de todo aquello. Había cerca de quince mecánicos
trabajando en aquel momento solo en la zona de automóvil, y todos
saludaban a James con cordialidad.
—¿Y cómo pasa uno de mecánico a dueño de un imperio? —Sonrió
Jen, sin disimular su curiosidad.
—Con mucho esfuerzo supongo. —Se encogió de hombros—. Pero yo
no llamaría imperio a Customsa. Es una empresa grande, sí, pero tanto
como llamarlo imperio…
«Así que Pat tenía razón cuando insinuaba que James no era nada
prepotente ni creído», pensó, sorprendida. En realidad, parecía sentir cierta
vergüenza al hablar con ella de sus logros.
—¿Cuántas sucursales tienes en este momento? —se interesó.
—No lo sé.
—No me lo creo. Por lo poco que sé de ti, estoy segura de que no eres
de los que desconoce un dato de esos.
James la miró y sonrió resignado.
—Cuarenta y tres propias y setenta y dos franquiciados.
—Pues diferimos entonces de lo que es un imperio. —Sonrió la chica
—. Nunca hubiera dicho que la humildad fuera un rasgo de tu carácter.
—Pareces sorprendida —bromeó él—. ¿Te molesta no poder seguir
llamándome arrogante?
Ella rio a carcajadas.
—¿Y quién ha dicho que no puedo? La personalidad de alguien no es
solo blanco o negro…
—Se me olvida que estoy hablando con una psicóloga —dijo sin perder
la sonrisa—. ¿Estoy a tiempo de pedirte que no me psicoanalices?
—Me temo que eso es deformación profesional —reconoció—, pero
prometo no ser muy dura contigo.
—Supongo que eso se lo debemos a la tregua.
—No, en realidad es que me gustaría ver todo lo posible de tu empresa
antes de que me eches.
Ambos se miraron a los ojos sin dejar de sonreír.
«Qué bonita eres», estuvo a punto de decirle James en un impulso. Solo
pudo contenerse por el miedo a que ella cambiara aquella actitud de
cordialidad que tanto estaba disfrutando.
—¿Por dónde quieres empezar? —le preguntó James—. Aquí en la
zona de taller no hay mucho que ver. ¿Prefieres ir primero a la tienda o al
customize?
Jennifer escogió empezar por el customize. A partir de aquel momento
la visita se convirtió en algo fascinante para ella. James le contó todo el
proceso que sufría una moto desde que salía de la tienda hasta que se
marchaba con su nuevo dueño. Le mostró todas las opciones de las que
Customsa disponía para customizar cada una de ellas hasta convertirla en
un modelo único, hecho casi a la carta. Mientras lo hacía le contaba todas
las anécdotas que se le iban ocurriendo sobre todo lo que le habían pedido a
lo largo de aquellos siete años. La chica se deleitaba con cada historia y reía
a carcajadas con muchas de ellas.
Para James aquella experiencia estaba resultando de lo más
enriquecedora. No era solo que ella demostrara ser una enamorada de las
motos igual que él, sino que además siempre sabía hacer la pregunta
correcta y mostraba una curiosidad genuina por todo lo que quisiera
contarle. Cuando le enseñó el álbum de fotos de todas las creaciones que
habían salido de allí, pudo observarla a placer. La chica estaba tan
concentrada y embelesada mirando el antes y el después de cada una de
ellas, que no sería consciente ni de una bomba explotando a par de metros.
James se deleitaba con su belleza al tiempo que le iba explicando los
detalles de las diferentes fotos, intentando no rozarla siquiera. No estaba
seguro de poder contenerse si lo hacía, y lo que más sorprendente le
resultaba era que en aquel momento se conformaría solo con abrazarla
mientras veían juntos el álbum.
—¡Es increíble! —comentó la chica con una radiante sonrisa—. ¿Cómo
consigues salir de este sitio para hacer cualquier otra cosa?
James soltó una carcajada.
—Durante el primer año casi vivía aquí —le contó—. No sabes la de
veces que me he quedado dormido sobre esa mesa de dibujo.
—Me lo creo. ¿Cuándo fue la última vez?
—La semana pasada —confesó, arrancándole una carcajada—. Me
puse con un diseño que tenía pendiente y a las cuatro de la mañana di
alguna que otra cabezada.
Ambos se acercaron a la mesa y James le mostró los diseños propios
que tenía a medio terminar. Algunos de ellos eran maravillosos ya sobre el
papel, así que Jennifer podía suponer que serían espectaculares una vez
plasmados sobre una moto.
—Eres un pedazo de artista —le dijo, viéndole dibujar un boceto en
aquel mismo instante. Una preciosa guitarra con una serpiente enroscada
alrededor pareció emerger de la nada sobre el papel.
James sonrió sin apartar la vista del dibujo, intentando no dejarse
afectar por sus piropos. No sabía por qué le incomodaba tanto que ella
admirara su trabajo de aquella manera. Una vez tuvo listo el dibujo, lo pasó
a una plantilla de plástico y le dio a la chica unas pautas para que lo
ayudara.
—¿Para qué es? —le preguntó curiosa.
—Para que puedas probar el aerógrafo.
—¡¿Lo dices en serio?! —Saltó Jennifer de la silla, haciéndole reír—.
¿Dónde? ¿No pretenderás dejarme probar sobre una moto?
—Pues por otra sonrisa como esa soy capaz de cualquier cosa —se le
escapó a James. Pero si Jennifer se sintió incómoda, no lo exteriorizó, y el
chico pudo volver a relajarse—. Abre aquel armario.
Dentro del mueble había un sinfín de chapas con la forma del depósito
de una moto. Jennifer cogió una y la examinó con curiosidad.
—Así que ¿probáis aquí los diseños antes de hacerlos?
—No siempre, solo si hay duda de si va a funcionar o no —explicó—.
O cuando alguien está comenzando a hacer sus primeras aerografías.
—¡Esa soy yo!
Durante al menos una hora más estuvieron enfrascados en aquel diseño.
James le enseñó paso a paso el arte de la aerografía, y a la chica le pareció
una de las cosas más complicadas que había hecho en toda su vida. Admiró
mucho más a James al terminar.
—Pues te ha quedado muy chula —le dijo él cuando dieron por
finalizado el trabajo.
La chica se retiró un metro para verlo en perspectiva y frunció el ceño.
—Te lo agradezco, pero menos mal que estudie una carrera. —Ambos
rieron divertidos—. Pero lo he disfrutado.
«La tregua, James, no la cagues con comentarios fuera de lugar», se
dijo, mordiéndose la lengua para no ceder a la tentación de preguntarle si se
le ocurría alguna otra cosa de la que pudieran disfrutar juntos.
—Vale, estas a punto de quedar oficialmente perdonado por lo de la
lagartija.
—¿Todavía me guardas rencor por aquello? —Se hizo el sorprendido.
—Fue muy traumático la verdad —continuó Jen bromeando.
—Te dejo devolvérmela si eso te hace sentir mejor.
—¿En serio? —Entornó los ojos sopesando la posibilidad.
—No me puedo creer que te lo estés pensando. —Fingió sentirse
indignado—. Pues eso acabaría con la tregua de un plumazo. Tú verás.
—¿Puedo decidirlo después de ver la tienda? —preguntó Jennifer con
fingida inocencia, arrancándole una sonora carcajada.
—¡Menuda cara tienes!
Subieron a la tienda usando el acceso que había en el propio customize,
y para Jennifer aquel fue otro de los momentos increíbles del día. Una
veintena de motos espectaculares le dieron la bienvenida y, una vez más,
James se encargó de contarle un sinfín de detalles de cada uno de los
modelos, intercalando la explicación con un montón de historias y
anécdotas que poca gente además de él debían conocer. Cuando llegaron al
final de la visita, llegó el gran momento que Jennifer había estado
esperando. Todas las motos expuestas estaban matriculadas para poder
probarlas, de modo que podía escoger la que quisiera.
—Venga, ¿cuál te apetece probar primero? —le dijo James.
—Es difícil.
—En realidad no. Si solo pudieras escoger una moto, ¿cuál sería?
Jennifer sonrió y lo miró arqueando las cejas. Él supo sin necesidad de
escucharlo cuál era la elegida.
—¿En serio? —Ella asintió—. ¿No quieres probar cualquier otra antes
de volver al taller? —Un divertido gesto de negación le hizo sonreír. Aun a
sabiendas de que no era a él a quien estaba escogiendo, resultaba muy
difícil no sentirse halagado porque ella solo estuviera interesada en
conducir su moto.
Cuando regresaron al taller y James le tendió las llaves, Jennifer lo
obsequió con una penetrante mirada que a punto estuvo de desintegrarlo.
—Tomate tu tiempo —le dijo, satisfecho de verla feliz—. Tengo
algunos temas que cerrar con Benji. No tengo prisa.
Con aquel comentario se ganó una espectacular sonrisa, con la que se
dijo que estaba dispuesto a soñar cada noche.
«¡¿Pero en qué cojones estoy pensando?!», se recriminó mientras la
veía alejarse. Casi no podía creer que su mente hubiera conjurado un
pensamiento como aquel. Se dijo a sí mismo que solo había sido un
pequeño lapsus momentáneo y se fue en busca de Benji para dejar de sentir
aquella ansiedad por su regreso. Cuando la vio entrar de nuevo en el taller
veinte minutos más tarde, se auto convenció de que la sensación que
hormigueaba en la boca de su estómago solo podía ser hambre dada la
avanzada hora del día.
—Podría pasar mi vida bajándome de esta moto solo para echar
gasolina —reconoció Jennifer, aparcando junto a él.
—Me alegro de que estés contenta. —Sonrió un poco tenso, temiendo
el momento de la despedida. ¿Aceptaría ella comer con él si se lo pidiera?
Jennifer apagó el motor y le tendió las llaves. Consultó su reloj,
comprobando que era casi las tres de la tarde.
—Gracias por una mañana perfecta, James —le dijo de corazón.
—Que no tiene por qué acabar aquí —se aventuró—. No sé tú, pero yo
tengo un hambre que me muero. Te invito a comer.
Jennifer sopesó la posibilidad con cierto nerviosismo. No debería
aceptar aquel ofrecimiento, precisamente porque se moría de ganas de
hacerlo, pero ir a comer juntos parecía el punto y final lógico para aquella
cita, y no quería hacerle un feo. Pero no tuvo tiempo de contestar. El
teléfono de James sonó en aquel preciso instante, interrumpiendo el
momento.
Maldiciendo lo inoportuno de la llamada, se sacó el teléfono del
bolsillo dispuesto a no contestar si no era necesario. Pero lo era. La llamada
entrante era de Susan, la enfermera de Sam, que jamás lo llamaba desde su
propio móvil. Con el corazón en la garganta, escuchó a la mujer explicarle
que el anciano había sufrido un desvanecimiento hacía una media hora y
estaba siendo trasladado en ambulancia al hospital.
—¿Y qué dicen los paramédicos? —le preguntó Jennifer, preocupada al
verlo tan pálido.
—Que está muy débil —explicó—, pero con su problema cardiaco
siempre lo está, así que no podremos saber nada hasta que no lo valoren en
el hospital. Siento que la mañana termine así, pero tengo que irme.
—Voy contigo —se ofreció Jennifer sin pensarlo. Sabía que no era
bueno para ella pasar mucho más tiempo en su compañía, pero era incapaz
de dejarlo solo estando tan angustiado.
Capítulo 32
Cuando llegaron al hospital, Sam estaba siendo aún examinado por los
médicos y no pudieron darles noticias inmediatas. Les informaron de que el
doctor Stevens acababa de llegar y saldría a decirles algo en cuanto que
fuera posible. Susan, la enfermera del anciano, había podido pasar con él
como parte del personal sanitario, de modo que tampoco estaba allí para
poder contarles que tal había llegado hasta el allí.
Jennifer se sentó junto a James en la sala de espera. Se notaba a la legua
el estado de agitación que él apenas podía contener y que lo mantenía
sentado al borde de la silla. Ella lo miraba, intentando decidir si había algo
que pudiera decir para ayudarlo a calmarse. Le puso la mano en el hombro
para infundirle ánimo, gesto que no sabía si él agradeció o no, puesto que ni
la miró ni dijo una sola palabra. Con los antebrazos apoyados sobre los
muslos y la mirada perdida en algún punto del desgastado suelo, el chico
parecía haberse olvidado de ella.
—Odio las salas de espera de los hospitales —dijo de repente,
apoyándose en el respaldo de la silla—. No soporto estar esperando aquí
sentado.
—Sí, no es agradable.
—Ya tardan mucho —Consultó su reloj—. Igual debería ir a
preguntar…
—James, solo llevamos aquí veinte minutos, tienes que tener un poco
más de paciencia —le dijo Jennifer, intentando sonar lo más dulce posible.
—Si al menos pudiera hablar con Susan para saber que tal ha llegado…
—No tardaremos en tener noticias.
James volvió a adoptar la posición anterior, apoyando los antebrazos
sobre las piernas, y se pasó las manos por el pelo con gesto nervioso.
—No puedo perder a Sam —dijo casi en un susurró, dejándola ver
cuánto le dolía aquella posibilidad.
—Seguro que está bien.
—Hace meses que nos dijeron que su corazón no soportaría un infarto.
Sin pararse a pensarlo, Jennifer lo abrazó echándose sobre su espalda.
Aquel gesto sorprendió a James. Se sintió invadido por una sensación de
ternura que lo desconcertó tanto que lo obligó a ponerse de pie.
Jennifer prefirió no ahondar en lo que aquel gesto significaba. No pudo
evitar sentirse rechazada. Se repitió varias veces que no era momento para
aquel tipo de sentimiento, pero la punzada de dolor que la asaltó fue difícil
de ignorar. Por suerte, el doctor Stevens salió a buscarlos en ese instante.
—Tranquilo. Sam está estable —fue lo primero que le dijo a James, que
dejó escapar un suspiro de alivio—. Ha sufrido una angina de pecho.
—¿Otra vez?
—Ha sido muy leve, pero quiero dejarlo en observación un par de días
—le explicó—. Eso me permitirá ajustarle un poco más la medicación.
—Te aseguro que no puede llevar una vida más sedentaria —le dijo
James con preocupación—. Esto no pinta bien, ¿no hay nada más que se
pueda hacer?
—Me temo que no —reconoció Stevens—. Su cardiopatía le está
ganando la batalla, James, ya lo sabes.
El chico asintió, apretando los dientes con fuerza para disuadir el dolor.
—Al menos puedo seguir disfrutando de él un poco más —se consoló
—. ¿Puedo verlo?
—Claro, ya le hemos pasado a una habitación. —Comenzó a andar—.
Venid conmigo.
Cuando llegaron a la habitación, Jennifer se sintió cohibida. Ella no era
nadie en la vida de Sam para invadir su intimidad de aquella manera, y así
se lo dijo a James. Decidieron que entraría él primero para que el propio
anciano pudiera decidir si quería verla o no.
James entró en el cuarto temeroso de lo que pudiera encontrar, pero una
radiante sonrisa fue lo primero que le dio la bienvenida.
—No vuelvas a darme otro susto de estos —le regañó James,
acercándose a darle un cariñoso abrazo—. Sabes que no aguanto bien estas
cosas.
—Lo intentaré. —Sonrió Sam más ampliamente—, pero a cambio dime
quién es la preciosa mujer con la que las enfermeras me han chivado que
has venido.
—Acaba de darte una angina, Sam, no me puedo creer que estés
pensando en eso —le regañó, pero no pudo evitar reír al mismo tiempo.
—Sí, sí, pero ¿quién es?
El gesto de emoción le arrancó una sonora carcajada a James, que no
tuvo más remedio que ceder.
—¿Te acuerdas de Jennifer?
Al anciano se le iluminó la cara con un gesto de felicidad.
—¿Quién podría olvidarse de una mujer así?
—Yo no —admitió el chico con una sonrisa pícara en los labios. Le
encantaba ver a Sam tan emocionado. Aquella felicidad era lo que mejor le
venía a su salud en aquellos momentos.
—Espero que hayas aprendido a comportarte con esa chica —le dijo
con un divertido gesto, apuntándole con un dedo—. ¿Y dónde está?
Jennifer miraba distraída por uno de los ventanales, preguntándose que
estaría pasando en la habitación. Se sentía un poco incómoda estando allí.
No estaba segura de que a James le gustara su presencia en el hospital, y, si
era sincera, con el tipo de relación tan complicada que tenían, sabía que no
sería la persona más adecuada para aportarle ningún tipo de consuelo
llegado el caso.
La puerta de la habitación se abrió y James le pidió que entrara.
Jennifer esperaba encontrarse a Sam pálido y enfermizo, por eso la
enorme sonrisa con que la recibió le arrancó a ella un gesto igual de
risueño.
—Usted ha venido de visita al hospital —le dijo ella, acercándose hasta
la cama—. No se puede estar enfermo y tener tan buen aspecto.
—Eso es lo que yo digo. —Rio—, pero se empeñan en que me quede
un par de días. Menuda tontería, ¿verdad?
James observaba el intercambio de bromas sin dejar de sonreír. Estaba
seguro de que la asombrosa recuperación del anciano se debía al hecho de
que él hubiera llegado acompañado.
—Así que ¿vosotros estabais juntos cuando os ha llamado Susan? —
preguntó curioso y sin ningún tipo de vergüenza.
—Su ahijado me estaba enseñando Customsa —le explicó ella,
reconociendo la mirada pícara que el anciano no se molestaba en ocultar.
—¿Se ofreció a hacerte de guía?
—En realidad tuve que ganarle una apuesta para conseguirlo.
Sam arqueó las cejas muy interesado en la historia, que la chica no tuvo
problema en contarle al completo, mientras James no dejaba de sonreír.
—Interesante. —Rio Sam de nuevo—. Así que habéis pasado la
mañana juntos…
—Sí, y todavía piensa que la apuesta la ganó ella —le dijo James al
anciano, guiñándole un ojo con complicidad.
Una divertida carcajada escapó de la garganta de Sam, que parecía
rebosante de salud en aquel momento. Jennifer sonrió. Era consciente de
que James solo trataba de animarlo y, sin duda, lo estaba consiguiendo.
—Acércame un vaso de agua, hijo —le pidió el anciano un momento
después. Y aprovechó que James se alejaba un poco para susurrarle a la
chica:
—Parece que de momento vas a perdonarle la vida, ¿no? El otro día
apenas podías disimular las ganas de matarlo.
—Quizá estaba un poco equivocada con respecto a él —le dijo en el
mismo tono de confidencia—, pero no se lo diga o se le subirá a la cabeza.
Ambos eran conscientes de que James estaba escuchando la
conversación al completo, pero, salvo por la divertida sonrisa que el chico
no se molestaba en ocultar, ninguno hizo ningún comentario.
Cuando Susan, que había bajado a comer algo, volvió a la habitación,
estuvo encantada de conocer también a la chica. No le había pasado
desapercibido lo bien que la noticia le había sentado a Sam, cuando una de
las enfermeras, amiga de ambos, les había hablado de la preciosa mujer que
parecía consolar a su ahijado mientras esperaba noticias. Los cuatro
tuvieron una conversación de lo más amena y agradable, hasta que Jennifer
decidió bajar a la cafetería a por unos bocadillos, puesto que ninguno de los
dos había probado bocado. El chico se ofreció a ir con ella, pero una de las
enfermeras les dijo que en breve iban a subir a por Sam para hacerle unas
pruebas extra, y James decidió que era mejor quedarse a su lado.
Apenas Jennifer hubo cerrado la puerta, Sam miró a Susan con una
enorme sonrisa de satisfacción:
—¿Verdad que hacen una pareja muy bonita? —le preguntó, fingiendo
ignorar a James—. Tendrían unos niños tan adorables…
—Preciosos, es verdad. —Rio Susan mirando a James, que se esforzaba
por no reír para poder fingir sentirse un poco ofendido.
—Igual alguien debería decírselo a ella. —Sonrió al fin a ambos—. Yo
estoy dispuesto a empezar a ensayar cuanto antes. Entiendo que, como todo
en la vida, será cuestión de práctica.
—Yo no usaría ese argumento para convencerla. —Rio Sam, encantado
de que James no rechazara de lleno la idea—. De momento no has
empezado mal con la excursión por Customsa.
—Sí, aunque tuve que dejarme ganar al billar para conseguirlo.
—¿En serio?
—No, la verdad es que juega mejor que yo —reconoció sin dejar de
sonreír—, pero sí admito que nunca me había importado menos perder una
apuesta.
—¡Ese es mi chico! Listo hasta para perder.
—No sé si habrá servido de algo, pero hemos pasado una mañana
estupenda.
—No parece querer matarte por el momento —opinó el anciano—. Yo
diría que es un gran avance.
—Sí. —Rio James de nuevo—. Puedo estar contento por eso.
—Pero no es suficiente —adivinó Sam.
James se sentó en la cama exhalando un suspiro.
—Es… muy difícil seguir sus normas, Sam —reconoció—. Y me
cuesta la vida mantener las manos quietas.
—Tendrás toda una vida para tocarla si juegas bien tus cartas, hijo —
opinó Sam con una enorme sonrisa de satisfacción en el ajado rostro—. Un
gran amor completará tu vida, James —Con un brillo especial en los ojos,
no escondía la emoción que lo embargaba al imaginarlos dándole un
montón de nietos preciosos.
James lo observó, consciente de que le estaba dejando pensar lo que
más feliz parecía hacerle, pero ¿cómo le explicaba que uno no se levantaba
una mañana creyendo en un amor del que había renegado durante toda su
vida? Lo veía tan radiante con aquella posibilidad, que bajo ningún
concepto quería desilusionarlo. Aquellas simples suposiciones parecían
estar obrando milagros en su estado de salud, de modo que si él tenía que
mentir para que Sam fuera feliz, aquello sería exactamente lo que haría. Le
daba lo mismo lo que tuviera que hacer o decir para conseguirlo. Y si tenía
que inventarse un amor de cuento de hadas, que así fuera.
—Es preciosa, ¿verdad? —le preguntó, fingiendo una sonrisa
bobalicona que parecía admitir el cuento al completo.
—Una de las mujeres más bonitas que he visto nunca —reconoció Sam
radiante de felicidad—. Y es encantadora además.
«Sí, encantadora de serpientes, al menos conmigo», pensó James sin
perder la expresión soñadora.
—Es dura de pelar, Sam, no va a dejar que la conquiste tan fácil.
—Eso solo quiere decir que vas a divertirte mucho mientras lo logras.
—Le guiñó un ojo—. Eso sí, que dejes de meterle lagartijas por dentro de la
camiseta es imperativo.
El celador los encontró riendo a carcajadas cuando subió a por Sam
para llevarlo a hacerse las pruebas. Susan bajó con él, dejando al chico solo
en la habitación a la espera de la comida.
Cinco minutos más tarde, tanto él como Jennifer, devoraban un par de
bocadillos. James no se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que
no le hincó el diente al suyo. Ambos comieron casi en silencio hasta acabar
con ellos.
—Parece que Sam está contento —comentó Jennifer, nerviosa al
encontrarse a solas con él de nuevo—. Resulta increíble que acabe de sufrir
una angina.
James la miró en silencio, sopesando los pros y los contras de lo que
estaba a punto de hacer. La chica se sentía cada vez más incómoda ante su
escrutinio.
—Esa sonrisa es gracias a ti —le confesó al fin.
—Te agradezco el cumplido, pero a mí no me conoce de nada.
—Lo sé, es el hecho de que hayas venido conmigo.
Jennifer leyó en su expresión lo que estaba insinuando.
—¿Quieres decir que Sam piensa que entre nosotros hay algo?
—¿Y no es así?
—Sabes que no.
—Y ¿te parece tan descabellado?
—Me parece muy improbable —dijo, intentando disimular su
azoramiento—. Creía que este tema ya había quedado zanjado entre
nosotros.
—Sí, pero Sam no tiene por qué saberlo.
Jennifer se quedó perpleja. Durante unos segundos se preguntó si
estaría entendiendo bien lo que él parecía estar insinuando.
—¿Quieres que le mintamos?
—Por prescripción médica, sí —aceptó James sin un atisbo de
vergüenza—. Y solo serían unos meses, hasta que mejore un poco.
—¡Y un cuerno por prescripción médica! —Se puso en pie, molesta—.
No sé a qué coño estás jugando ahora, pero…
—¡Yo no juego con la salud de Sam! —Se levantó también, ofendido
—. Sam lleva años preguntándome cada semana si ya he conocido a la
madre de mis hijos. El pensar que por fin ha sucedido es lo único que le
alegra la vida en este momento, y los médicos aseguran que el que sea feliz
es de las pocas cosas que puede ayudar a mejorar su salud.
Jennifer se quedó estupefacta y sin saber qué decir.
—¿Es demasiado pedir que me ayudes a ayudarlo?
—Para mí si lo es.
—¿Tan difícil sería fingir que te intereso un poco? —preguntó, más
enfadado con ese hecho de lo que le gustaría admitir—. ¿Tienes tanto
problema con eso?
—No, tengo un problema con la mentira —reconoció ella—. No me
gusta.
—¿Y crees que a mí sí? Pero estoy dispuesto a faltar a mi propia ética
si eso le hace feliz.
«¿Y qué pasa con mi felicidad? ¿Te importa algo?», quiso gritarle
Jennifer, que estaba segura de cuánto daño podía hacerle tener que fingir
que eran una pareja enamorada. Cuando todo terminara quedaría destruida,
y era demasiado consciente de ello.
—Pues yo no puedo, lo siento. —Se negó—. Busca a cualquier otra que
quiera ayudarte a interpretar esa farsa. Seguro que no te faltarán candidatas.
—Sam me conoce demasiado bien. —Se exasperó—. No se creería que
me he enamorado de ninguna otra.
A Jennifer se le secó la boca. La desesperación con la que deseó que él
la amara de verdad, la convenció de que hacia lo correcto.
—¿Y de mi sí? —preguntó incrédula—. ¿Sam sabe que eres incapaz de
amar?
¿Incapaz? No supo por qué, pero a James le molestó mucho aquel
comentario.
—Sam sabe que prometí no enamorarme nunca —admitió—. Pero
siempre estuvo convencido de que terminaría ocurriendo cuando apareciera
la persona adecuada.
—¿Y cree que yo soy esa persona?
—Sí.
—¿Por qué?
—¡No sé por qué, maldita sea! —Estalló—. ¡Supongo que porque si yo
fuera capaz de… encapricharme de alguien, sin duda, serías tú!
—¿Supones?
—Joder, Jennifer. —Se desesperó—. ¿Qué coño quieres que te diga?
«Lo único que no vas a decirme», suspiró, mientras intentaba apartar de
su mente imágenes de James rogándole amor eterno.
—Sam me conoce muy bien, así que no le ha pasado desapercibida mi
forma de mirarte.
—¿Ahora vas a intentar endulzarme los oídos? —Jennifer empezaba a
estar furiosa de verdad—. No va a servirte de mucho, así que ni intentes
hacerme pensar que para ti soy diferente al resto de mujeres que has
conocido.
James no pudo evitar soltar una carcajada totalmente exenta de humor.
—¡Ojalá no lo fueras! —declaró con intensidad—. ¡Qué fácil sería mi
vida si dejaras de obsesionarme!
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Jennifer no daba crédito a
lo que acababa de escuchar, mientras que James maldecía el haberlo dicho.
—¿Tú… yo… te obsesiono?
«Muy bien, Jennifer, con elocuencia, sí señor», se regañó, pero calló
esperando la respuesta.
—¿Te resulta tan sorprendente? —James se escudó en el enfado para
esconder su incomodidad—. ¿Qué concepto es el que tienes de mí,
Jennifer? ¿Soy un puto robot a tus ojos?
—¡Vamos, James! Sin dramas, que no te pegan nada.
Aquello fue la gota que colmó el vaso de la paciencia del chico. Se
acercó a ella con lentitud, obligándola a retroceder hasta chocar contra la
pared.
—No se te ocurra ponerme un dedo encima —lo amenazó ella,
alargando el brazo para evitar que se acercara más.
—¿O qué?
—O la tregua, que tanto trabajo nos ha costado firmar, se acabará aquí.
—No nos engañemos, cariño —casi escupió el apelativo cariñoso—,
Tú y yo jamás seremos capaces de respetar esa tregua.
—Si insistes en comportarte como un desequilibrado, no, desde luego.
—Trato de desmarcarme de lo que se supone que haría el hombre de
hierro y sin sentimientos que parece que me has adjudicado.
—Quieres convencerme de que sientes algo por mí para que finja ser tu
novia ante Sam —insistió la chica—. ¿Se puede ser más frío y calculador
que eso?
—¿Frío? —De un solo movimiento la encerró entre sus brazos—.
¿Cuándo te he dado yo a ti la sensación de ser frío?
—¡Suéltame! —protestó revolviéndose.
—¿De veras piensas que no me haces sentir nada? —le dijo, mirándola
con los ojos cargados de lujuria—. Porque no sabes el esfuerzo que hago
cada vez que te veo para comportarme con normalidad, cuando lo único que
deseo es arrancarte la ropa con los dientes.
Jennifer tragó saliva y tuvo que contenerse para no darle permiso para
hacer aquello, en ese mismo instante.
—Sí, supongo que todo el mundo es capaz de sentir lujuria.
—Tratas de insultarme. —Comprendió, esbozando una cínica sonrisa
—. ¿Con qué objetivo, Jen, buscas que te suelte o que te castigue?
—¡Estamos en un hospital! Ni se te ocurra hacer eso que estás
pensando.
—Ya veo que tienes claro el tipo de castigo que tenía en mente.
—Sí, muy propio de un hombre como tú.
—Deléitame —se burló—, ¿qué tipo de hombre crees que soy?
—¡Uno capaz de disfrutar de una mujer en los baños de una discoteca y
marcharse con otra diez minutos más tarde! —le gritó, empujándolo con
todas sus fuerzas. Lo cogió tan desprevenido que pudo escapar de su
abrazo.
James la miró desconcertado. La fiera expresión que la chica no se
molestaba en ocultar le dijo lo mucho que lo odiaba por aquello. El
sentimiento de culpa y angustia que lo inundó lo pilló desprevenido.
—¿Cómo? ¿No vas a decir nada? —insistió Jennifer—. ¿Ya no quieres
seguir desplegando tus encantos para persuadirme de que te ayude a
engañar a Sam? —La expresión turbada del chico comenzaba a enervarla
más aún—. ¿O quizá ya has comprendido que no tienes forma de
convencerme? Entiendo que el engaño forme parte de tu esencia, pero yo no
soy así.
Con cierto asombro, James tuvo que reconocer que se merecía aquellas
palabras; pero lo más sorprendente de todo era que le estaban doliendo más
de lo que se sentiría cómodo admitiendo; al igual que el resentimiento que
leía en aquellos ojos azules.
—Nunca quise hacerte daño —le dijo, y sonó tan sincero que hasta ella
se sintió contrariada por unos segundos.
—No te confundas —se defendió—, solo me molestó un poco tu
actitud, nada más.
Pero no era aquello lo que James leía en su mirada. Por un instante
estuvo tentado de confesar una verdad que aún había sido incapaz de
contarle a nadie, pero de alguna manera supo que su sinceridad no sería
bien encajada en aquel momento.
—No sé qué es lo que Rob te fue contando, pero… —insistió Jennifer.
—¿Rob? —interrumpió desconcertado.
—¿Vas a decirme que Rob no te ha hecho ningún comentario de lo que
hablamos aquella noche? —preguntó, incrédula.
—Te aseguro que no —dijo con vehemencia—, aunque parece que es
imperativo que Rob y yo mantengamos una conversación al respecto, es la
segunda vez que insinúas algo así. Aunque una vez más, él no está aquí
para poder acusarlo de nada. Pero me pica la curiosidad ¿qué es lo que te
preocupa tanto que Rob me cuente?
—Yo no he dicho que me preocupe.
—¡Vamos, Jen!
Era la segunda vez que lo escuchaba llamarla por su diminutivo y, tal y
como le había ocurrido la primera vez, no pudo evitar estremecerse.
—Esta conversación se termina aquí —le dijo con frialdad—. No
tenemos mucho más de lo que hablar.
—¿Eso crees?
—Estoy segura—insistió—. No voy a engañar a un anciano, James. Ni
por su bien ni por el tuyo.
—¿Es tu última palabra?
—Sí.
—Puedes pedirme lo que quieras.
—No puedo creer lo que escucho —dijo cada vez más enfadada.
—Es en serio —insistió James—. Escoge cualquiera de las motos de la
tienda, yo me haré cargo.
—¡Voy a fingir que no he escuchado eso!
—¿Prefieres dinero en metálico? —continuó, ignorando la mirada
asesina que Jennifer no podía ya disimular—. Dame una cifra.
—¡Pero ¿quién coño te crees que soy?! —lo interrumpió, elevando el
tono de voz.
—No era mi intención ofenderte.
—¡Pues entonces igual deberías dejar de tratarme como a una puta! —
le recriminó, colérica.
La puerta se abrió de par en par, deteniendo la discusión al instante.
Pat, Nick, Dannie y Rob entraron en la habitación con una expresión de
asombro.
—Se os escucha discutir desde el pasillo —les informó Nick,
mirándolos con cierto tono recriminatorio—. ¿Qué pasa?
—¡Que os lo cuente vuestro amigo! —La chica no estaba dispuesta a
disimular su enojo ni lo más mínimo.
Tiró de su bolso, que descansaba sobre el respaldo de una silla, y se lo
colgó, comunicando la firme intención de marcharse.
—Jen, espera, vamos a hablarlo —le pidió su prima, preocupada.
—No hay nada de qué hablar —sentenció Jen, saliendo por la puerta
sin mirar atrás.
Todos miraron a James con un gesto de desconcierto.
—¿Tiene su moto abajo? —interrogó Rob.
—Hemos venido en la mía —admitió James.
—Vale, intentaré ver si me deja llevarla a casa —continuó Rob,
dispuesto a salir tras ella.
—Según parece tú ya has hecho bastante —lo acusó James sin esconder
su irritación.
La sorpresa fue mayúscula para todos.
Rob no se amilanó.
—¿Debería saber de qué estás hablando?
—No lo sé, ¿tienes algo que contarme?
—¡Bueno basta ya! Ni es el momento ni el lugar para esto —
interrumpió Pat. Y se volvió hacia Nick con un gesto implorante—. Cariño,
por favor…
—Yo la llevaré. —Entendió su novio sin necesidad de que se lo pidiera.
Salió de la habitación con premura para localizar a Jennifer.
—Y ahora… ¿cómo está Sam?
Jennifer necesitó de todo su autocontrol para conseguir calmarse.
Cuando Nick la alcanzó al salir del ascensor, le hizo prometer que no le
preguntaría nada de lo sucedido como única condición para permitirle
llevarla a casa. Y una vez allí se refugió en su habitación dispuesta a
desahogarse con su cojín de boxeo.
¿Cómo se atrevía aquel miserable a ofrecerle una compensación
económica por fingir que era su novia?
—¡No me acercaría tanto a ti ni aunque me ofrecieras un puto millón de
dólares! —gritó en la soledad de su cuarto—. ¡Imbécil, engreído y
arrogante manipulador! ¿Qué coño te has creído?
Par de horas más tarde, seguía paseando por la habitación como un
tigre enjaulado. Pat se coló en su cuarto sin llamar, temerosa de que no le
permitiera el acceso.
—¡No quiero hablar, Pat! —fue su saludo inicial—. Sé que no te gusta
que hable mal de tu queridísimo amigo, así que márchate si quieres
ahorrarte todos los calificativos con lo que estoy dispuesta a bautizarlo.
—¿Qué ha sido lo que ha pasado?
—¿Él no te lo ha contado? —Fingió sorprenderse—. Pues no creo que
sea porque se avergüence de ello, no parece tener ningún tipo de pudor.
—Nada más irte subieron a Sam —reconoció Pat—. Y ya no se ha
movido de su lado. Se quedará con él esta noche.
—¡Me importa una mierda dónde haga noche ese… patán!
—¿Puedes decirme que te ha hecho, por favor? —le pidió Pat—. ¿Ha
sido tan grave?
—No, solo me ha pedido que finja ser su novia delante de Sam —dijo
sarcástica—. Eso sí, está dispuesto a pagarme con cualquiera de sus motos
si acepto.
—¡No lo dices en serio!
—No, tienes razón, también está dispuesto a pagarme en metálico si lo
prefiero. Todo un detallazo el dejarme elegir, ¿verdad?
Pat guardó silencio, preguntándose cómo narices se le había ocurrido a
James algo así. Desde luego, se había lucido.
—Lo de Sam lo tiene muy nervioso, Jen…
—Si vas a defenderlo prefiero que te marches de mi cuarto antes de
discutir.
—No lo defiendo, solo intento entenderle —explicó—. Sam siempre ha
estado obsesionado con que James sentara la cabeza. Le hace feliz pensar
que pueda suceder al fin.
—Todo eso ya me lo ha dicho él —admitió—, y me gustaría poder
ayudar a Sam, pero me niego a fingir que estamos enamorados, Pat. Y no es
negociable.
—¿Por qué te repele tanto la idea?
Jennifer no estaba preparada para admitir el verdadero motivo ante
nadie.
—No estoy en venta.
—Quizá las formas no han sido las adecuadas, eso lo entiendo, pero…
—¡No hay peros, Pat! —interrumpió—. Fin de esta conversación.
¿Cómo has dejado a Sam?
Su prima la miró, resignada, y no tuvo más remedio que acatar sus
deseos.
—Tranquilo —contó—. James ha mandado a Susan a casa porque
prefería quedarse él a pasar la noche. Espero que ambos puedan descansar
un poco.
—No entiendo por qué Jennifer se ha marchado sin despedirse —
declaró Sam mientras James le acomodaba la almohada—. ¿No le habrás
hecho algo?
James sonrió, intentando esconder la incomodidad por la pregunta.
—Voy a ignorar que me has hecho esa pregunta —dijo con un gesto de
fingida indignación que divirtió mucho al anciano.
—Tienes razón. —Sonrió—. Tengo que confiar en que sepas entender
que es la mujer de tu vida.
—Eso lo tengo muy claro —admitió sin inmutarse.
—¿Cuándo vas a declararte?
El chico tragó saliva e intentó esquivar la mirada de emoción del
anciano, pero el brillo de sus ojos era difícil de obviar. Se le veía tan feliz…
—Define declararse.
—Tienes que decirle que la quieres y que deseas que sea tu novia.
«Dicho así parece tan fácil…», se dijo James, sorprendido por el hecho
de no sentir la repentina urticaria que lo acuciaba cada vez que pensaba en
tener una relación estable.
—Entonces creo que ya me he declarado, Sam —admitió con una
sonrisa enorme.
—¿En serio?
—El día de hoy ha dado para mucho.
La sonrisa de satisfacción que recibió como respuesta acalló por
completo sus remordimientos. Jennifer no tenía por qué enterarse de nada.
Quizá ni siquiera volviera a ver a Sam en un tiempo. Solo tenía que decirle
al anciano que la chica había salido de la ciudad a… cualquier cosilla que
se le ocurriera… Haría lo que fuera antes que renunciar a aquella risa de
felicidad que Sam le obsequiaba en aquel momento, y que tanto tiempo
hacía que no escuchaba.
—¿Y qué te ha dicho, hijo?
—¿Qué va a decir? —alardeó—. Si soy un partidazo.
Capítulo 33
James dormitaba en su sofá cuando el insistente timbre de la puerta
amenazó con volverlo loco. Furioso, casi tropezó mientras corría a abrir en
su afán por silenciar el horrible sonido, prometiéndose mandar a la mierda a
cualquiera que estuviera del otro lado.
—¿Piensas quemarme el puto timbre? —gritó al tiempo que abría la
puerta para hacerse oír por encima de aquel ruido ensordecedor, pero se
quedó mudo al encontrarse con la última persona que esperaba ver allí.
—¿Tú quién coño te crees que eres para hacer siempre lo que te dé la
gana? —le recriminó Jennifer como único saludo.
—Parece que esto no es una visita de cortesía —suspiró resignado,
apartándose para dejarla entrar. Ella se coló en la casa con paso firme—. A
ver, ¿qué te he hecho ahora?
—¡Lo sabes de sobra!
—He llegado del hospital hace apenas par de horas, que son las únicas
que he conseguido dormir desde anteayer —explicó—. No estoy para tus
acertijos.
—¿Y tan espeso estás como para no imaginarte por qué estoy aquí? —
La furia brillaba en sus ojos, desconcertándolo—. Igual te iluminas si te
digo que vengo del hospital de ver a Sam.
James no pudo ocultar una expresión de asombro.
—¿Sam está bien?
—Oh, sí, estaba muy bien, y se le veía feliz… ¡mientras me daba la
enhorabuena por nuestro noviazgo! —le arrojó a la cara a voz en grito—.
Asegura que ayer le diste la gran noticia.
—Ah…, eso… —El chico caminó hasta el sofá y se dejó caer con una
tranquilidad pasmosa.
—¿Ni siquiera te vas a molestar en negarlo? —le reprochó, siguiéndolo
malhumorada.
—No puedo negar algo que es cierto —suspiró, consciente de que
aquello no ayudaba a mejorar su relación.
—¡¿En qué coño estabas pensando?!
—En Sam —reconoció—. Solo quería volver a oírlo reír.
El enfado de Jennifer se disipó un poco al detectar la total sinceridad
del comentario.
—¡No puedes hacer lo que te da la gana si tienes que involucrar a otra
persona, James!
—¿Qué le has contado? —preguntó, temeroso de lo que pudiera
escuchar.
—¿Tú que crees?
—No tengo ni la menor idea.
—Ahora no debería decírtelo.
—Por favor, Jen —suplicó—. ¿Qué le has dicho?
La chica dilató la respuesta unos segundos, con toda la intención de que
sufriera un poco más.
—Le he dado las gracias —admitió. El suspiro de alivio que James no
se molestó en ocultar la hizo volver a la carga—. No pienso enmendar tus
errores. No voy a ser la responsable de que Sam empeore.
—Pues lo serás si me obligas a contarle la verdad.
—¡Eres despreciable! —Se enfadó de nuevo—. ¡No puedes poner esa
carga sobre mis hombros!
—Jennifer, ¿qué tiene de malo que dejemos pensar a Sam que estamos
juntos? —preguntó de forma inexpresiva.
La chica frunció el ceño con desaprobación, pero se relajó un poco ante
aquella pregunta.
—¿Solo quieres que lo imagine? —preguntó—. ¿Sin escenitas ni
demostraciones?
—Quizá de vez en cuando deberíamos…
—¡Ya estamos! —interrumpió, protestando de nuevo, pero esta vez le
arrancó una carcajada a James, lo cual solo contribuyó a exacerbarla aún
más—. ¡No pienso hacer arrumacos contigo bajo ningún concepto!
—¿Tanto te desagrada la idea? —preguntó, poniéndose en pie.
—¡Mantente sentado en ese sofá, Don Juan Tenorio! —le ordenó,
apuntándole con el dedo índice.
Contra todo pronóstico, James rompió a reír de nuevo y avanzó unos
pasos en su dirección.
—¡No me mires así! —le exigió ella de nuevo, intentando esconder su
repentina inquietud. Hasta aquel momento la furia la había hecho sentirse a
salvo, y acababa de ser consciente de que estaba a solas con James y nada
menos que en su casa.
—¡Es que te pones tan bonita cuando te enfadas! —la admiró con
sinceridad.
«¡Alerta roja!», le gritaron todos sus sentidos. Si él comenzaba a
desplegar todo su encanto, estaba perdida y lo sabía.
—¡Pues en este momento tengo que ser miss Universo, porque te juro
que te mataría! —gritó—. ¡Y deja de sonreír, joder, no me faltes más el
respeto!
—Vale, te pido disculpas por mi comportamiento —admitió—.
Reconozco que no he debido mentir sin tu consentimiento. Pero una vez
que nos he metido a los dos en este lío, ¿crees que podemos llegar a algún
tipo de acuerdo para que me ayudes?
Jennifer se cruzó de brazos con expresión obstinada.
—¿Y qué sugieres? Porque no sé si puedo fingir que te adoro cuando lo
que quiero es arrancarte la piel a tiras.
—No será tan difícil. —Avanzó en su dirección—. Cuando estemos
delante de Sam solo tienes que sonreírme un poco.
Sonrió para demostrarle cómo.
—Mirarme embelesada…
Avanzó comiéndosela con los ojos.
—Y quizá dejar que te haga una caricia de vez en cuando.
Llegó hasta ella y le rozó con suavidad el antebrazo con el torso de la
mano.
A la chica le costó la vida contener el gemido que se había formado en
su garganta.
—No sé si podré —mintió acalorada, tragando saliva e intentando
aguantar su cercanía sin salir corriendo.
—¿No? Pues en realidad bastaría con que me miraras como lo estás
haciendo ahora mismo.
Jennifer sonrió con toda la ironía de que fue capaz.
—Si este es el momento en el que yo lo niego y tú intentas
demostrarme que me equivoco para terminar revolcándonos en tu sofá,
desde ya te digo que eso no va a pasar.
—Tienes razón —admitió con una fingida tranquilidad. Un segundo
más tarde la atrapó entre sus brazos y susurró contra su boca—:
Ahorrémonos toda la palabrería… —Y bebió de sus labios sin darle apenas
tiempo de reaccionar.
Jennifer no pudo resistirse a aquel asalto de sus sentidos. Nada en el
mundo conseguiría aplacar el deseo que se había apoderado de ella.
Respondió a aquel beso con un hambre voraz, que siempre estaba allí por
él. James le puso las manos en las caderas y la atrajo hacia sí. Sus lenguas
se encontraron y ella dejó escapar un gemido. Nadie besaba como James.
Nadie jamás había conseguido despertar en ella semejante lujuria, pero el
sentido común se negaba a abandonarla del todo. Su parte cuerda la alertaba
de que estaban en casa de James, donde pronto no habría marcha atrás ni
motivos para no dejarse llevar hasta las últimas consecuencias, y aquello la
excitaba y la aterraba a partes iguales. En un último intento por recuperar la
cordura, apoyó las manos sobre su pecho y opuso una leve resistencia,
suficiente como para que él dejara de asaltar sus labios.
—Admite que hay cosas que son inevitables entre tú y yo, Jennifer —
susurró contra su boca
La chica sintió un ligero cosquilleo en la boca del estómago y se le
aceleró el pulso hasta límites peligrosos al comprender a qué se refería.
Mientras le miraba los labios, aquel pensamiento corría descontrolado por
su mente haciendo estragos en su temperatura corporal.
—No me hagas esto, James —le suplicó, intentando zafarse de su
abrazo—. Necesito… salir de aquí. La tregua…
—¡A la mierda la tregua! —la interrumpió.
—James…
—¡Me estás volviendo loco!
Cuando Jennifer lo miró a los ojos, se sorprendió al encontrar allí la
misma desesperación que parecían reflejar sus palabras.
—Trabajo dieciocho horas diarias para mantenerte lejos de mi mente —
confesó sin disimular la irritación que aquello le suponía—. Y cuando te
tengo delante apenas puedo contener las ganas de tocarte; pero sé que no
debo ceder a la tentación, porque me descontrolo cada vez que te pongo un
dedo encima.
Aquellas palabras estaban trastornando por entero a la chica, que no
podía evitar sentirse fascinada con lo que estaba escuchando.
—Sé que te pasa lo mismo que a mí, Jen —continuó—. No te molestes
en mentirme, te estremeces entre mis brazos cada vez que te toco.
—James…
—¡No me acosté con Cindy! —la interrumpió de nuevo de forma
acalorada. La chica se quedó sin palabras—. No voy a decirte que esa no
era mi intención cuando me marché con ella, porque lo era. Estaba
enfadado y reconozco que cometí un error, pero solo puedes acusarme de
salir con ella de allí.
Se aseguró de mirarla a los ojos para que no le quedara ninguna duda.
—Te prometo que no pasó nada más —insistió—, porque cuando llegó
el momento de la verdad no pude continuar.
—¿Por qué?
—Porque no era a ella a quien deseaba —terminó admitiendo sin
ningún tipo de vergüenza—. Porque no he deseado ni tocado a ninguna otra
desde el día en que te vi corriendo en aquel parque.
Jennifer tragó saliva mientras su corazón bombeaba sangre a una
velocidad de vértigo. Por más que intentaba encontrar una señal que la
alertara de que James mentía, no lo lograba; parecía tan sincero…
—Necesito estar contigo, Jennifer, apenas puedo pensar en otra cosa —
dijo, apoyando su frente contra la de ella—. Reconoce que me deseas con la
misma intensidad.
«Sí, sí, sí», era lo único que quería gritarle ella antes de abandonarse a
sus caricias, pero tenía claro que era solo sexo lo que James le ofrecía, y
sentía demasiadas cosas cuando estaba con él para no ser consciente de que
para ella jamás podría ser solo eso.
—Nosotros somos incompatibles —le dijo, haciendo un esfuerzo sobre
humano para no rendirse a sus encantos—. Queremos cosas diferentes.
—Incompatibles —repitió James sin disimular su asombro—. ¿De
verdad te crees esa tontería?
—No hemos dejado de discutir desde que nos conocemos.
—Porque nos empeñamos en negarnos lo que ambos queremos.
—¿Sexo?
—Sexo alucinante diría yo.
Jennifer se estremeció e intentó escapar de sus brazos, pero su cuerpo
se negó a moverse.
¿Cómo podía explicarle a James que ella deseaba aquel sexo alucinante
igual que él sin contarle el motivo por el que no podía ceder a la tentación?
¿Qué podía decirle? Quizá si le confesaba que estaba a muy poco de
enamorarse de él, paradójicamente conseguiría que la dejara en paz.
—Por favor, James —suplicó—. No me lo pongas más difícil.
—Sabes que solo tengo que volver a besarte para que te abandones por
entero a mis caricias —dijo, rozando sus labios con delicadeza —, pero no
quiero que sea así. No soporto la sensación de estar forzándote a hacer algo
que no quieres.
—Entonces suéltame.
—Tampoco puedo hacer eso.
—Si todo esto es para convencerme de que te ayude con lo de Sam…
—Esto no tiene nada que ver con Sam.
—No puedo mentir, James. —Ignoró su respuesta—. Además, no creo
que fuera capaz de fingir que tenemos una relación.
—Hagámoslo realidad entonces —soltó James de improvisto. Jennifer
lo miró, confusa.
—¿Qué?
—Salgamos juntos —le pidió—. Intentémoslo y veamos qué pasa.
—No puedes estar hablando en serio.
James sonrió al verla tan desconcertada. Cuando hacía un momento se
le había ocurrido proponerle aquello, pensó que debía de haberse vuelto
loco de remate, pero a cada segundo que pasaba la propuesta dejaba de
resultarle tan descabellada, mientras que se regocijaba con la idea de tener a
Jennifer para él solo a cada segundo del día.
—Claro que hablo en serio —admitió—. Jamás bromearía con algo así.
—Entonces es que has perdido el juicio.
—¿Por qué? —insistió James abrazándola con mayor intimidad—.
Somos muy parecidos. Nos gustan las mismas cosas y tenemos una química
más allá de toda lógica. ¿Por qué no deberíamos disfrutar de ello?
Ahora debía de ser ella quien se estaba volviendo loca del todo, porque
estaba a punto de aceptar.
El timbre de la puerta pospuso aquella decisión por el momento.
—¿Si digo aquello de salvada por la campana quedo muy mal? —dijo
ella, sonriendo con timidez.
—De poco te va a servir, porque no tengo ninguna intención de abrir
esa puerta.
El timbre volvió a sonar, esta vez de forma más insistente.
—No parece que tengas opción.
Otro timbrazo ensordecedor le dio la razón.
—¡Mierda! —La soltó de mala gana y caminó hasta la puerta—. Te
juro que voy a retirarle la palabra a quien esté al otro lado.
La chica no pudo evitar reír, aunque aquella sonrisa se le congeló en el
rostro al ver de quién se trataba.
—¿Qué demonios haces tú aquí, Cindy? —dijo, perplejo, sin importarle
sonar brusco.
—¿Así es como recibes a las visitas? —fue la respuesta, acompañada
de una coqueta sonrisa.
—A las que no están invitadas sí.
—No seas tan malito conmigo… —ronroneó, lanzándose en sus brazos
—. No te comportabas así la otra noche.
James se apresuró a descolgarla de su cuello mientras miraba a
Jennifer, que lo observaba todo a escasos par de metros.
—¿A qué has venido? —insistió, tomando distancia.
—A repetir ¿a qué si no? —Rio—. Lo de la otra noche me supo a poco.
—Pero ¿qué dices? —James no daba crédito a lo que estaba
escuchando. Se volvió hacia Jennifer de forma automática—. Te juro que se
lo inventa.
Cindy fingió descubrir a Jen en aquel momento y también la miró.
—Vaya, estás acompañado —murmuró—. Se me olvidaba que nunca
estás solo.
—Pues no te preocupes, yo ya me marchaba —dijo Jennifer, intentando
mantener el tipo sin derrumbarse—. Has llegado en el momento preciso.
Pasó entre los dos para salir por la puerta, pero James la tomó del
brazo.
—Jen, por favor.
El gesto airado que recibió como respuesta le dijo que no era buena
idea agregar nada más, y la mirada iracunda que dirigió hacia la mano que
la sujetaba, consiguió que la soltara al instante. Salió de la casa un segundo
después. Caminó presurosa hasta su moto, apretando los dientes para
intentar disuadir el nudo que le oprimía el pecho.
«Ni se te ocurra derramar una sola lágrima, pedazo de imbécil», se
gritaba para sus adentros tan alto que no se dio cuenta de que James salía
tras ella.
—¿Ni siquiera vas a darme la oportunidad de defenderme? —se quejó,
llegando hasta ella.
—Nada de lo que digas cambiará nada.
—¿Y ya está? —protestó—. Hace un momento íbamos a darnos una
oportunidad y ¿ahora nada importa?
—Estás suponiendo que iba a decirte que sí.
—Sabes que ibas a hacerlo.
—Sí —admitió sin poder disimular del todo su amargura—. Por
fortuna, lo de salvada por la campana ha sido casi literal. Por un momento
he estado a punto de olvidarme de que eres un mujeriego incurable.
—Jen, por favor, te juro que no sé qué hace ella aquí —insistió—. Y si
ha insinuado que ella y yo…
—Mira, déjalo —lo interrumpió, subiéndose a la moto—. Está más que
claro que ha venido a marcar su territorio.
—¿Qué territorio? —declaró acalorado—. Cindy no significa nada para
mí, y jamás había venido a mi casa hasta hoy.
Jennifer, desesperada por salir de allí, intentaba arrancar su moto, sin
éxito.
—Yo no te he pedido explicaciones —le dijo, empezando a perder los
nervios—. ¿Qué coño le pasa a esta moto?
—Hablemos, por favor.
—Mierda de moto —continuó ignorándolo—. Y mierda de mecánico al
que se la llevé.
—Jennifer… —le apoyó una mano en el hombro y ella se revolvió
como si fuera a contagiarle una enfermedad.
—No vuelvas a ponerme un solo dedo encima.
—No estás siendo razonable.
—¡Me da igual! —aceptó, levantando la voz.
—Vuelve conmigo adentro —le rogó—. Puedes pedirle tú misma a
Cindy que se largue, si quieres.
—Pues no tengo ninguna intención de hacerlo —declaró agitada—.
Puede quedarse contigo hasta hartarse.
—Y a ti te daría igual, ¿no? —preguntó, de repente muy enojado—. En
realidad te ha hecho un favor viniendo a fastidiarlo todo.
—¡Pues sí! —le sostuvo la mirada con toda la frialdad de que fue capaz
—. Debería darle las gracias por haber impedido que cometiera el mayor
error de mi vida.
James la observó sin disimular su decepción.
—Si lo tienes tan claro, no voy a seguir insistiendo —declaró con lo
que parecía una tranquilidad absoluta. Señaló el manillar de la moto y
añadió—: Tienes cerrado el interruptor de arranque.
Y, sin añadir nada más, se dio media vuelta y caminó hacia la casa. No
se volvió ni siquiera cuando escuchó el sonido del motor perderse en la
distancia.
Entró en la casa y cerró la puerta con más violencia de la necesaria. Se
enfrentó a Cindy nada más hacerlo.
—¿A qué coño ha venido todo ese numerito? —le preguntó, crispado.
—No te entiendo.
—No me tomes por imbécil, Cindy.
—No te enfades. —Sonrió, recortando las distancias que los separaba
—. Solo he venido a terminar lo que comenzamos aquella noche en mi casa.
«Pues ojalá hubieras dicho exactamente eso delante de ella», pensó
exasperado.
—Olvídalo, eso no va a pasar.
—¿Vuelves a rechazarme? —casi graznó—. ¿Y esa… poca cosa tiene
algo que ver con ello?
—No creo que eso sea asunto tuyo.
—James… —Le echó los brazos al cuello—. Hazme tuya solo una vez
más.
—No —dijo rotundo, volviendo a zafarse de sus brazos. Tomó
distancia—. No sigas insistiendo y márchate. No estoy en mi mejor
momento ahora mismo.
—¿No te tienta ni un poquito? —intentó echarse encima de nuevo, pero
James la tomó de los brazos para impedirlo—. Es por ella, ¿verdad? No
permitiré que se quede contigo, si es que es lo que quiere. La he escuchado
discutir con tu amiga Pat en el hospital, y no parecía tenerte en mucha
estima cuando decidió venir hasta aquí.
Al fin James pudo entender por qué estaba Cindy allí, en aquel preciso
momento. Había escuchado una desafortunada conversación. Aquello
colmó el vaso de su paciencia.
—Fuera de mi casa —exigió, señalando la puerta.
—No lo dices en serio.
James exhaló aire con lentitud. Le dio la espalda un segundo buscando
la forma de tranquilizarse. Cuando se volvió de nuevo hacia ella, casi no dio
crédito a lo que veían sus ojos.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó alucinado—. Ponte la ropa.
—Déjame demostrarte que todavía podemos pasarlo bien juntos —dijo,
llevándose la mano a la espalda dispuesta a desabrocharse el sujetador.
Ya sin disimular su enojo, él se agachó a recoger el vestido y se lo tiró a
la cara.
—¡Vístete!
—Pero James…
—¡Pero nada! —interrumpió, elevando el tono de voz—. ¿Crees que
porque te quedes desnuda delante de mí voy a perder la cabeza? ¿Pero
quién coño crees que soy? ¡Sal de mi casa y de mi vida, Cindy!
—No seas malo, James, ¿se te ocurre algo mejor que pasar la noche
retozando entre las sábanas?
—En este momento preferiría hasta sacarme una muela. —No esperaba
la carcajada que recibió como respuesta—. Pero ¿es que tú no tienes amor
propio?
—Tengo… mucho amor que dar—dijo, acompañando la frase de una
pícara sonrisa.
James esbozó una sonrisa irónica y se acercó a ella con lentitud.
Cuando estuvo a escasos centímetros de distancia, le dijo casi en un
susurro:
—Tienes un par de segundos para vestirte, Cindy, o te lanzo desnuda a
la calle.
Algo en su expresión debió de convencerla de que no bromeaba. Se
puso el vestido y se marchó sin añadir una sola palabra más.
James se dejó caer en el sofá, preso de una angustia que le había
costado mucho disimular delante de Cindy. Suspirando, se pasó las manos
por el pelo con ademán nervioso y se apretó las sienes con fuerza, como si
aquel gesto pudiera ayudarlo a pensar con más claridad. Por primera vez, le
resultó absurdo el simple hecho de pensar en mentirse a sí mismo
diciéndose que nada de lo ocurrido en la última hora le afectaba demasiado.
—Joder, estoy hecho una puta mierda —dijo en alto, verdaderamente
sorprendido.
Se puso en pie y caminó hasta la nevera para beber agua, más por tener
algo que hacer que porque la sed fuera tan acuciante.
«Ha estado a punto de aceptar mi proposición», se dijo, convencido de
ello. «Si no hubiese sido por Cindy, ahora mismo podríamos estar
disfrutando el uno de otro». La sensación de pérdida fue tan intensa que lo
cogió desprevenido, obligándolo a apoyarse en la encimera.
«¡Pero qué coño me pasa!», se recriminó, odiando con todas sus fuerzas
sentirse tan vulnerable. Se dijo que debía de ser la sensación de rechazo lo
que llevaba tan mal. Cualquier mujer habría dado botes de felicidad si él le
hubiera ofrecido lo que a Jennifer aquella noche, pero ella no, por supuesto,
aquella mujer jamás parecía ser feliz con nada de lo que él le pidiera. Una
voz de alarma interrumpió aquel hilo de pensamiento.
«¡Le he propuesto una relación estable!», se sorprendió, consciente del
alcance de aquel hecho. «Por Dios, James, ¿es que te has vuelto loco?».
Paseó por la casa, nervioso, riéndose del hecho de haber perdido la
cabeza, y felicitándose por haber escapado a tiempo de aquella situación. Si
Jennifer hubiera aceptado su propuesta, ahora mismo estaría preso en una
relación que no quería, obligado a ver, abrazar y besar a la misma mujer
cada día…
—¡Mierda! —Se dejó caer en el sofá de nuevo—. Pues no parece una
cárcel tan desagradable.
Jennifer se tropezó con Pat en el pasillo nada más entrar en su casa. Las
lágrimas que pugnaban por salir no le permitieron ni siquiera saludarla.
Corrió hasta su habitación sin darle ningún tipo de explicación, lo cual solo
consiguió que su prima fuera tras ella. Solo tuvo que mirarla para romper a
llorar.
—¿Quieres contármelo? —preguntó Pat, tendiéndole un pañuelo de
papel una vez que Jennifer comenzó a calmarse.
—Yo… no sé si puedo.
Su prima suspiró y guardó silencio para no presionarla de ninguna
manera. No recordaba haber visto a Jennifer de aquella manera jamás, y le
preocupaba mucho el motivo. Estaban juntas en el hospital cuando Sam le
había dado la enhorabuena por el noviazgo con James; y salió también tras
ella de la habitación rogándole que se calmara un poco antes de ir en busca
del chico para pedirle explicaciones. Pero no había conseguido retenerla.
—No quiero coaccionarte para que me cuentes que ha pasado —le
susurró—, pero estoy preocupada.
Jennifer ni siquiera la miró, avergonzada de sí misma por ser tan débil.
—¡Me siento tan imbécil! —sollozó de nuevo—. Me idiotizo cada vez
que me mira, Pat.
—¿No te decía eso mismo yo a ti hace siete años?
El comentario consiguió su cometido, y Pat se vio recompensada con
una sonrisa.
—Veo que también te acuerdas —insistió—. Pues te diré lo mismo que
tú me decías a mí. ¡El idiota es él, seguro, haya hecho lo que sea que haya
hecho!
Jennifer volvió a sonreír. Al menos, mientras Pat siguiera allí, no podía
volverse loca pensando en todo lo que había ocurrido aquella tarde.
—Debería de haberte hecho caso, Pat —reconoció—. No he debido ir a
su casa. Estoy muy jodida.
—Pues si te sirve de consuelo, él tampoco parecía estar muy bien —le
contó, esperando al menos animarla un poco. No esperaba ganarse su
atención de aquella manera.
—¿Tú has visto a James? —Pat asintió—. ¿Cuándo?
—Le he dejado en el hospital con Sam hace apenas veinte minutos —le
explicó—. Vuelve a hacer noche allí.
Jennifer soltó aire con deliberada lentitud. El simple hecho de saber que
James no estaba en los brazos de Cindy pareció quitarle una enorme losa de
los hombros. Durante todo el camino, había luchado contra las ganas de
darse media vuelva y gritarle a aquella tipa que apartara las garras de su
hombre. Solo el orgullo y el dolor por la traición y la mentira de James
habían conseguido disuadirla, aunque había tenido que detenerse a mitad de
camino para calmarse lo suficiente como para poder conducir. Le había
costado casi una hora reponerse y poder llegar hasta casa.
—Pat, ¿qué hay entre James y esa tal Cindy?
—¿Cómo? —Se quedó perpleja con la pregunta—. Nada de nada.
—Algo hubo.
—Nada que merezca la pena, Jen, un par de polvos, quizá tres, a lo
largo de los años —le explicó con tal certeza que a Jennifer no se le hubiera
ocurrido dudar de que fuera verdad—. Cindy lo ha perseguido desde el
mismo día que lo conoció, y ese detalle siempre ha molestado mucho a
James. Hasta que se fue con ella para molestarte, no la soportaba.
—No sabes lo que dices —se entristeció.
—Te aseguro que lo sé muy bien —insistió—. ¿Por qué me preguntas
eso ahora?
—Porque James asegura que no se acostó con ella aquella noche.
Pat la miró, perpleja.
—¿Y tú qué piensas?
—Al principio le creí, Pat. —Rompió a llorar—. Me tragué todo ese
cuento como una imbécil… Hasta que esa Cindy se ha presentado en su
casa.
Los ojos de Pat se abrieron de par en par por la sorpresa.
—Ella parece tener una versión muy distinta.
—Cindy no es de fiar, Jen, y por lo que me cuentas está despechada.
—¿Tú crees que James dice la verdad y que entre ellos no pasó nada?
—Yo conozco a James como a mí misma —afirmó convencida—. Si él
dice que no se acostó con ella, te aseguro que no lo hizo. Es de los que
admite sus errores aunque le cuesten caros.
Jennifer resopló con fuerza. Ojalá ella pudiera estar tan convencida.
—¿Y cómo sabe Cindy dónde vive James? —se preguntó Pat casi para
sí misma—. Porque jamás ha estado en su casa, eso también te lo puedo
asegurar.
«De modo que él no mentía cuando me ha dicho eso mismo», recordó
Jen.
—No lo sé, Pat, pero eso es lo de menos.
—Pues a mí no me lo parece. Esa tipa se ha molestado en buscar el
momento justo para sembrar cizaña entre vosotros, y lo ha conseguido.
—¿Crees que esa era su intención al ir hasta allí?
—Estoy convencida —afirmó Pat—. Según me cuentas, James la dejó
tirada aquella noche y se largó resistiéndose a sus encantos, ¿necesitas algo
más para entender lo que pretende? Si no eres capaz de verlo, Jen, es
porque estás demasiado implicada, pero te aseguro que desde mi
perspectiva está todo muy claro.
«¿Sería posible que fuera verdad lo que su prima afirmaba con tanta
rotundidad?».
—Yo… no sé qué pensar —reconoció al fin—. En cualquier caso,
necesito tomar distancia con James una temporada.
—¿Por qué?
—Porque no quiero volver a sentirme como esta noche —susurró—.
Duele.
—Y no debería doler, ¿verdad? —entendió Pat, leyendo entre líneas
con facilidad.
—No —admitió—. No debería.
Capítulo 34
El trabajo parecía multiplicarse sobre su escritorio a cada minuto que
pasaba, y, por primera vez en su vida, a James no parecía importarle
demasiado.
Asomado al enorme ventanal de su despacho, miraba hacia la calle sin
ver en realidad nada de lo que ocurría allí abajo. Sumido en sus
pensamientos, se decía que el cansancio y la falta de sueño eran los
responsables de que se encontrara tan apático aquella mañana.
Normalmente solía sumergirse en el trabajo y conseguía abstraerse de todo
lo demás, pero aquel día le estaba costando un triunfo mantener a Jennifer
lejos de su pensamiento. Volvió a plantearse si debería ir a verla para que
pudieran hablar y aclarar las cosas, pero no podía evitar estar molesto con
ella. La chica parecía creer a cualquiera antes que a él y aquello comenzaba
a crisparle los nervios. Además, tenía la impresión de que no le importaba
en absoluto nada de lo que tuviera que ver con él, y debía reconocer que
aquello también lo irritaba sobre manera. La tarde anterior se había largado
sin más, dejándole claro lo poco que le importaba que cayera en los brazos
de Cindy.
«Ni hablar, no pienso darle más explicaciones, si las quiere tendrá que
pedírmelas», se prometió, indignado.
—Pobre del que te haya hecho enfadar así —dijo Rob desde la puerta,
sobresaltándolo.
—¿Qué haces aquí?
—Son las dos y media —le recordó—. En mi tierra se come a esta hora.
James consultó su reloj, sorprendido de que la mañana no le hubiera
cundido nada.
—¿Qué te pasa? —interrogó el rubio, extrañado por su actitud—. ¿Sam
está bien?
—Sí, le dan el alta esta tarde —explicó—. Tengo que ir a buscarlo en
un par de horas.
—Pues si no es Sam ¿qué pasa?
Por primera vez, a James no le apeteció en absoluto hacerle ningún tipo
de confidencia. Se sentía demasiado confuso para admitir todo lo que le
estaba pasando, y demasiado intranquilo con las acusaciones que Jennifer
había hecho sobre Rob.
—Dímelo tú —le dijo muy serio.
—¿Que te diga qué? —preguntó extrañado. Durante los últimos días
había tenido la impresión de que James estaba molesto con él por algo, pero
con todo lo de Sam no había querido preguntarle—. ¿Vas a decirme ya por
qué llevas todo el fin de semana tratándome como a un apestado?
—¿No lo sabes? —preguntó con sarcasmo—. Qué extraño, siempre
pareces saberlo todo.
—Acertijos no, James, no es nuestro estilo —pidió—. ¿Qué es lo que
pasa?
James lo miró con suspicacia unos segundos y decidió que era el
momento adecuado para aquella charla.
—Espero que no te lo tomes a mal…
—Dilo de una vez.
—Tú mandaste a Jennifer a mi taller… —comenzó—, sin decirle que
era el mío, sabiendo que yo estaría allí ese día y a esa hora en concreto.
—Sí —reconoció exhalando aire con lentitud para enfrentarse al
momento que tanto había temido.
—Y cuando llegaste y me viste reparando su Marauder, también
callaste —continuó—. A la fuerza tuviste que saber que era la suya.
—Correcto —admitió de nuevo.
—¿Por qué tanto secretismo?
—Ya sabes por qué.
James apretó los puños y exhaló aire muy despacio, intentando
calmarse, pero resultaba ya demasiado evidente que Jennifer no había
estado equivocada al hacer ciertas afirmaciones.
—De verdad quiero hacer un esfuerzo por entenderlo.
—Era necesario que te enfrentaras a la posibilidad de no volver a verla.
—Es increíble —se encaró a él, furioso—. ¿Desde cuándo lo sabías? Y
para que no haya dudas, me refiero a desde cuándo sabías que Jennifer era
la misma chica de la que yo te hablaba.
Rob suspiró. La hora de la verdad había llegado y no estaba seguro de
cómo iba James a encajarla. Se tomó su tiempo para encontrar las palabras
adecuadas.
—Te he hecho una pregunta muy clara, Rob —insistió, impaciente.
—Intento encontrar la mejor forma de explicártelo.
—Con la verdad me sirve, porque te aseguro que no hay nada que
puedas decir que justifique el que me hayas apuñalado por la espalda.
—¿De verdad piensas eso de mí?
—¿Desde cuándo lo sabías, Rob?
—Desde la noche que te marchaste con Cindy de la discoteca —
admitió por fin.
—¡Qué hijo de puta! —murmuró entre dientes—. No me puedo creer
que me dejaras volverme loco durante diez días sin decirme nada.
—Querrás decir volvernos locos a los demás —le echó en cara—.
Porque hasta donde yo recuerdo, tú jamás admitiste estar jodido.
—¡Oh, venga ya! —le increpó—. Tú me conoces. Me echaste en cara
que me refugiara en el trabajo, pero no se te ocurrió decirme que solo tenía
que esperar unos días para volver a verla.
—Lo sé, y te aseguro que me costó un triunfo callar.
—¿No me digas? ¿En serio?
—Sin sarcasmos, James, entiendo que estés enfadado, pero…
—¿Enfadado? —Sonrió sin humor—. Creo que te quedas muy corto.
—Yo no podía intervenir, la vida se tomó demasiadas molestias para
manteneros lejos de nosotros.
—¿Qué?
—Que el destino parecía tener sus propios planes.
—¿Pero qué coño me estás contando? —le gritó James, ya sin poder
contener su enojo—. ¡Tú y tus putos misticismos!
—Piensa lo que quieras, pero sin faltarme al respeto —respondió en un
tono molesto.
—¡No me toques los huevos, Rob!
—No era mi intención hacerte daño, James, solo pretendía que
reaccionaras y te dieras cuenta de que Jennifer te importaba.
—Muy bien. —Fingió aplaudirle—. Pues lo hiciste genial. Salvo por el
hecho de que ella llegó a pensar que tú me lo habías contado todo.
—¿Cómo?
—Imagina la cara de gilipollas que se me quedó —contó—. Al que
suponía mi mejor amigo…
—Sigo siendo tu mejor amigo.
—Nadie lo diría.
—¿Vas a dudar de mis intenciones para callar? —preguntó sin poder
evitar sonar molesto—. Puedo aceptar que no entiendas mis motivos…
—¡Tus motivos son del todo absurdos! —le recriminó, levantando la
voz—. Esta vez has llevado tus lecciones demasiado lejos.
—¿Mis lecciones? —repitió alucinado—. ¿Crees que eso era lo que
pretendía? ¿Me crees capaz de algo tan miserable?
—¡Ya no sé qué creer!
—Pues al menos respeta lo suficiente nuestra amistad como para creer
que solo intentaba hacer lo que yo creía correcto y mejor para ti.
—Estoy demasiado enfadado, Rob —aceptó—. ¡Me viste perdido
durante diez interminables días y callaste!
—Quizá si hubieras aceptado tus sentimientos…
—¿Ahora me vas a echar a mí la culpa? —le gritó furioso—. ¡Vete al
carajo, Rob!
—James…
—¿No me has oído? —insistió—. Lárgate. No quiero verte.
—¿Eso es todo? —le dijo Rob sin disimular sentirse dolido—. ¿Ni
siquiera vas a dejarme hablar? ¿Esa es toda la gentileza que se merece toda
una vida de amistad?
—La misma gentileza con la que tú te has burlado de mí todo este
tiempo. Te lo habrás pasado en grande.
—Si de verdad crees eso no tengo mucho más que hablar contigo —
declaró el rubio, caminando hacia la puerta.
—Adiós, amigo —ironizó James—. Hasta siempre.
Rob salió del despacho sin volver la vista a atrás. Sabía que aquel
desenlace era una posibilidad cuando decidió callar, y ahora tendría que
cargar con las consecuencias.
Capítulo 35
Sentada cómodamente junto a Sam, Jennifer disfrutaba de una de las
anécdotas más divertidas que había escuchado nunca. El anciano había
resultado ser un conversador de lo más afable y elocuente, que conseguía
que cada una de sus visitas fuera igual de entretenida que la anterior.
Durante toda la semana, la chica había pasado a verlo por su casa alrededor
de la una de la tarde, cuando estaba segura de que no se toparía con James,
tal y como le había sonsacado a Sam en su primer encuentro. No había
vuelto a ver a su supuesto novio desde que se marchó de su casa dejándolo
con Cindy, y debía admitir que le estaba costando superar el hecho de que él
ni siquiera se hubiera molestado en buscarla para darle algún tipo de
explicación. A través de Pat se había enterado de que, al igual que ella,
James tampoco había bajado al Oasis en toda la semana.
—¡No me lo puedo creer! —Reía Jennifer a carcajadas por el final de la
increíble historia que Sam le contaba—. Quizá deberías haberte ido de gira
con ellos. Quién sabe, a estas alturas podrías ser…, no sé…
—¿El payaso jefe?
—Iba a decir el domador de leones. —Terminó Jen de desternillarse de
risa.
Sam rio de nuevo. Le gustaba aquella chica cada día más, y ella parecía
sentirse al fin cómoda en su compañía. Le había costado toda una semana
conseguir que empezara a tutearlo, pero al fin acababa de hacerlo.
—Menos mal que decidí privar al circo de mi inestimable torpeza —
continuó—. Jamie me lo agradece de forma efusiva cada vez que le refiero
esta anécdota.
—Sí, imagino. —Sonrió, intentando que Sam no notase cuán nerviosa
la ponía el solo hecho de pronunciar su nombre—. James asegura que te lo
debe todo.
El anciano sonrió con el amor brillando en los ojos, como ocurría
siempre que hablaba de él.
—Sí, eso suele decir, pero la realidad es que ese chico hubiera triunfado
igual conmigo que sin mí —opinó—. Y él me ha dado mucho más, te lo
aseguro.
—Lo quieres como a un hijo, ¿verdad?
—Sí —aceptó—. Desde que la vida lo puso en mi camino, no he dejado
de sentirme orgulloso de él ni un solo día.
Jennifer sabía que no era bueno para ella hablar de James con Sam,
pero sin poder evitarlo se encontró preguntándole:
—Os conocisteis en el hospital, según tengo entendido —comentó,
absteniéndose de decirle que no había sido James quien le había
proporcionado aquella información.
Sam asintió y sonrió con una mezcla de tristeza y añoranza.
—Yo me había roto una pierna por varios puntos, probando el último
prototipo de nuestras motos —contó—, y él…, bueno, ya sabes, se
recuperaba del último desacuerdo con su padre.
Jennifer tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para que Sam no
notara la impresión que le había causado con sus palabras. Cuando Pat le
había hablado de aquel encuentro, estaba claro que había fingido no
recordar el motivo por el que James estaba ingresado. Jennifer prefirió no
preguntarle al anciano el alcance de las heridas, pero tenía claro que no
ingresaban a nadie por un rasguño. Desde que James había hecho aquel
comentario acerca de su verdadero padre, se había preguntado hasta qué
punto habían sido graves los malos tratos recibidos, pero nunca se había
sentido capaz de ahondar en aquella cuestión. Ahora lo sabía.
—Se ganó mi respeto y mi cariño desde el minuto cero —continuó el
anciano, y añadió—: Aunque era terco como una mula.
—¿Era? —lo interrumpió Jennifer riendo.
—Tienes razón —concedió Sam, soltando una carcajada—. Sigue
siendo muy testarudo, aunque te confieso que lo considero una de sus
mejores cualidades. ¿Sabes que no consintió que le pagara los estudios?
Todavía recuerdo como se empecinó en devolverme con su trabajo cada
céntimo que yo invirtiera en su educación.
Jennifer lo escuchaba embelesada.
—Le di su primer trabajo como aprendiz de mecánico cuando apenas
tenía quince años —recordó nostálgico—. Siempre tuvo una facilidad
sorprendente para aprender. Par de años después no pasaba nada en el taller
que Jamie no supervisara. Podría contarte tantas cosas sorprendentes de ese
chico…
—Cuenta, cuenta.
—Te advierto que te echaré la culpa a ti, si cuando aparezca me caza
contándote intimidades —bromeó Sam.
—¿Cuando aparezca?
—Estará al caer.
«¡¿Qué?!», se tuvo que contener para no gritar. Como novia de James
no resultaba coherente que ella no manejara aquella información. Y
tampoco sería muy normal que se pusiera histérica por la posibilidad de
encontrarse con él allí.
—Pues no sé si voy a poder esperarlo. —Fingió consultar su reloj—. Él
ya sabe que he quedado para comer.
—Pues me hubiera encantado comer con los dos —reconoció el
anciano—, pero como con Jamie todos los viernes, quizá el próximo puedas
unirte a nosotros.
—Pues igual deberías obligarla a apuntárselo en la agenda —dijo
James, alertándolos así de su presencia. Jennifer esbozó una tensa sonrisa y
se puso en pie.
Él caminó hasta ella con paso firme, la tomó por la cintura y le robó el
aliento con un sensual beso.
—¿Qué tal el día? —le susurró, fingiendo cordialidad.
—Bien —se vio obligada a responder—. ¿Y tú?
—Me moría por verte —volvió a susurrarle casi al oído besándola de
nuevo, esta vez con ternura.
A pesar de que Jennifer sabía que aquel despliegue de encanto solo
estaba destinado a ojos de Sam, no pudo evitar estremecerse de arriba
abajo. Volvió a tomar asiento, rogando poder mantener aquella sonrisa en
los labios. Los músculos de la cara le dolían de tanto forzarlos.
—Se te ve bien, Sam —le dijo al anciano, contento de verlo tan
risueño.
—¿Podría no estarlo estando tan bien acompañado? —bromeó—. Esta
mujer vale su peso en oro, Jamie, cuídala.
James miró a la chica esbozando una irónica mueca.
—Hay veces que no se deja.
Sin remedio, Jennifer se vio obligada a intervenir para conseguir
llevarse la conversación por otro derrotero.
—Sam me estaba contando lo orgulloso que está de ti —dijo, volviendo
a coger asiento en el sofá lo más lejos posible del chico.
—No se te ocurra sacarme los colores, Sam —le pidió con un gesto
horrorizado, que le arrancó sonoras carcajadas al anciano.
—Si yo no le cuento tus grandes hazañas, ¿quién lo hará? —Sonrió
Sam—. Los dos sabemos que tú no.
—No es necesario —insistió James—. Ya he conseguido que acepte ser
mi novia, no tengo que seguir impresionándola.
—¿Cómo que no? ¡Tendrás que conservarla!
—¿Puedo recordaros que estoy aquí? —intervino Jennifer riendo, y
miró a Sam de nuevo—. Venga, sigue contándome. Creo recordar que me
hablabas de que terminó dirigiendo el taller.
—Correcto. Eso con una mano.
—¿Y con la otra?
—Se licenciaba suma cum laude en economía.
A la chica se le descolgó la mandíbula. No podía fingir que conocía
toda aquella información antes de que Sam se lo contara. El que,
supuestamente, James y ella fuera pareja, no quería decir que él le hubiera
contado toda su vida. Miró al que se suponía que era su novio con una
expresión de asombro.
—¿Eres economista?
James asintió. Parecía avergonzado.
—Con una doble especialización en administración y dirección de
empresas —continuó Sam de nuevo—. Entre una ristra interminable de
masters distintos.
—Si tu intención era sacarme los colores, Sam, no sigas esforzándote,
misión cumplida —bromeó el chico con una sonrisa azorada.
—¡Tú novio es un genio, Jennifer!
—¡Hala, alegría, lo que me faltaba por oír! —protestó él de nuevo,
provocando la carcajada general. Aun así, Sam no se detuvo ahí.
—Además de ser un visionario como pocos he conocido. Para muestra
un botón. Ahí tienes a Customsa, que solo acaba de comenzar, te lo aseguro.
Perpleja, Jennifer escuchaba a Sam alardear de James, mientras ella
intentaba recordarse a sí misma por qué no podía ni debía enamorarse de él.
—Decir que solo acaba de comenzar es un poco exagerado, Sam. —Rio
la chica—. Hasta donde yo recuerdo, Customsa tiene ciento y pico
sucursales.
—¡Eso no es nada! Cuando Jamie se permita el lujo de dirigir Sample
—dijo, y miró a James de una manera muy significativa—, y lo hará muy
pronto, te lo aseguro, llevará ambas compañías de la mano hasta el infinito.
Pero no quiero aburrirte con los detalles, dejémosle ese trabajo a él.
—¿Estás seguro de que no quieres contarle que por las noches me
pongo una capa y sobrevuelo Santa Carla?
—Pues incluso sin capa los dos sabemos que eres el héroe de mucha
gente —opinó Sam—. Pregúntale a Benji a ver que dice él, o a cualquiera
de los empleados del taller.
—No le hagas caso, Jen, disfruta avergonzándome.
La chica miró a Sam con deferencia. Algo le decía que no se estaba
inventando nada.
—¿Benji? ¿El Benji que yo conozco?
—El Benji del taller que apenas si cubre gastos, pero que Jamie se
empeña en mantener para no tener que echar a la calle a todos sus
trabajadores.
La chica se sorprendió al comprobar el auténtico bochorno que James
no podía disimular. Ni mucho menos se escudaba en una fingida humildad.
Se notaba a la legua que no le gustaba nada recibir aquellos halagos.
—Sam, si sigues así, corro el riesgo de que Jennifer piense que soy una
buena persona. —Carraspeó—. Y tengo una reputación que mantener.
El teléfono interrumpió cualquier tipo de réplica. La chica se limitó a
sonreír, intentando que la admiración que sentía por él en aquel momento
no se le notara demasiado.
James descolgó el inalámbrico que descansaba en la mesa junto a él y
se lo tendió a Sam.
—Martha… —dijo el anciano, cohibido, tras contestar al aparato.
Cruzó una mirada inquieta con James que a la chica no le pasó
desapercibida—, que gusto escucharte. Sí, ha sido un pequeño susto del que
me estoy recuperando bien. ¿James?
Con un simple movimiento de cabeza, James dejó claro que no tenía
ninguna intención de ponerse al teléfono.
—No está por aquí aún, pero está muy bien —declaró Sam—. Le diré
que has llamado.
Un minuto más tarde se despidió y cortó la llamada.
—Jamie, ¿desde cuándo no le coges el teléfono? —le preguntó, pero
solo obtuvo una expresión hastiada como respuesta—. Solo quiere saber
cómo estás.
—Sí, yo también hubiera querido muchas cosas que no pude tener —
dijo con frialdad y un gesto impasible—. Voy a ver si Susan tiene lista la
comida.
Y sin añadir una sola palabra, desapareció.
Jennifer guardó silencio durante lo que le pareció una eternidad. Se dijo
a sí misma que no debía preguntarle a Sam nada acerca de aquella llamada,
pero hubiera terminado haciéndolo si James no hubiera vuelto de nuevo al
salón.
—Podemos comer ya —anunció.
—Yo me marcho —dijo Jen poniéndose en pie.
—¿Estás segura de que no puedes quedarte? —se interesó Sam de
nuevo.
—No, no puede —contestó James por ella, dejándola muda—. Tiene un
compromiso ineludible.
La chica sonrió forzadamente y se despidió del anciano con un gesto de
cariño, prometiéndole pasar a visitarlo al día siguiente.
James la acompañó hasta la salida, aludiendo querer despedirse con
algo más de intimidad. Cuando llegaron hasta la moto de la chica, ambos
habían dejado de fingir cordialidad.
—¿A qué hora piensas venir mañana? —le preguntó James con un
gesto de desgana.
—Pues no lo sé.
—Avísame y nos evitaremos el tener que coincidir.
—No sabía que te disgustara tanto.
—¿A mí? No, lo digo por ti, para que no tengas que representar el papel
que tanto te incomoda —aclaró—. Para mí fingir una relación contigo no
tiene importancia, eres tú la que tiene problemas con eso.
—Mi problema es contigo en general. —Conseguir que sus emociones
no le ganaran la partida estaba necesitando de toda su fuerza de voluntad.
—Cuánto lo siento —ironizó.
—¿Por qué me cuesta creérmelo?
—Porque siempre estás predispuesta a creer lo peor de mí.
—Si vas a tratar de convencerme de que entre esa Cindy y tú…
—¡No pienso intentar convencerte de nada! —la interrumpió con
acritud—. Los dos sabemos que no va a servir de mucho. Piensa lo que te
dé la gana o, mejor dicho, lo que más te interese.
Jennifer tragó saliva. Era la primera vez que lo veía tan enfadado con
ella, y lo estaba encajando peor de lo que le gustaría admitir.
—Entonces parece que la tregua llegó hasta aquí —dijo, intentado
sonar más sarcástica que dolida.
—La tregua fue del todo absurda desde el principio.
—Te recuerdo que la hicimos por el bien del resto del grupo.
—Pues intentemos no matarnos cuando tengamos espectadores, pero ya
no voy a fingir que todo es color de rosa entre nosotros solo para no
incomodar a la gente. Aunque sí te prometo que no volveré a acercarme a ti
con ningún tipo de segundas intenciones. Puedes estar tranquila.
—Te lo agradezco.
—Sí, eso suponía. —Sonrió sin rastro de humor—. ¿Cómo iba a ser de
otra manera?
—¿Qué esperabas que te dijera?
—¿Conociéndote? Exactamente lo que has dicho —reconoció—. Debí
dejarte en paz la primera vez que me lo pediste, y los dos nos habríamos
ahorrado muchos quebraderos de cabeza. Pero descuida, acataré a raja tabla
aquella petición a partir de este momento.
Jennifer se obligó a enmascarar su dolor contratacando.
—Ya me he cansado de escuchar tus reproches —le gritó, mirándolo a
los ojos sin ocultar su indignación—. Me sorprende que tengas la cara de
sentirte ofendido. Te recuerdo que fuiste tú quien te quedaste tan bien
acompañado la última vez que nos vimos.
—¿Y quieres que me excuse por algo en lo que no tuve nada que ver?
¡Pues coge asiento, porque te vas a hartar de esperar! —le advirtió—. Y si
de verdad piensas que salté de tus brazos a los de Cindy, no te mereces
ningún tipo de explicación por mi parte.
—No sé en qué momento te he dado la impresión de que podrían
interesarme tus explicaciones. —Sonrió ella haciendo un esfuerzo enorme.
—Ah, es verdad, se me olvidaba que te importa un carajo todo lo que
tenga que ver conmigo —dijo con frialdad—. Pues por una vez me alegro
de que sea así. A partir de este momento será recíproco.
Se dio media vuelta y se perdió dentro de la casa.
Jennifer tragó saliva y tuvo que apretar los dientes para no romper a
llorar allí mismo. ¿Era posible que la indignación de James tuviera
fundamento? Lo único que se le ocurría que justificara aquel
comportamiento era que estuviera diciendo la verdad. Solo aquello
explicaba por qué estaba tan enfadado. Y, desde luego, lo estaba. Tenía que
admitir que se había equivocado con respecto a él en aquel tema de
Cindy… Debió escucharlo desde un principio. Pero ya daba igual. El al fin
había aceptado dejarla en paz.
Se dijo a sí misma que aquello era lo mejor que podía pasarle, pero su
cerebro no terminaba de aceptar que el hecho de que James le hubiera
prometido no volver a acercársele fuera bueno para ella. No estaba segura
de poder acostumbrarse a verlo cada día y comportarse con naturalidad,
cuando el simple pensamiento de que no volviera a tocarla la ponía
enferma. Muy a su pesar, se veía a sí misma visitando a Sam a todas horas,
solo para poder comérselo a besos en cuanto entrara por la puerta.
«Por Dios, estoy fatal», se preocupó por el derrotero que tomaban sus
pensamientos. James acababa de dejarle claro que todo se había acabado, y
ella solo podía pensar en la forma de obligarlo a besarla.
Preocupada, preguntándose cómo iba a poder soportar aquella
situación, recordó la llamada que Sam había contestado. ¿Quién sería
aquella tal Martha y que relación tendría con James? Quizá fue un amor
importante en su vida. Incluso podía ser la mujer que había conseguido que
él dejara de creer en el amor. Unos celos asesinos arrasaron con el último
atisbo de serenidad que le quedaba. Consciente de que entrar en la casa para
interrogarlo no era una opción, se montó en la moto y salió de allí a toda
prisa. Necesitaba la soledad de su cuarto y su cojín de boxeo para conseguir
estabilizarse de nuevo.
Una semana después ni siquiera el cojín conseguía su cometido. No
veía a James desde hacía siete días, y no era porque no lo hubiera intentado.
El pasado fin de semana se había unido a cada plan que su prima había
organizado, con la esperanza de que James también estuviera, pero él había
puesto una excusa a cada una de las propuestas. Y durante el resto de
semana tampoco había tenido mejor suerte. Incluso alargaba un poco más
sus visitas a Sam por si al chico se le ocurría aparecer en algún momento,
pero nada. Y, para colmo, se sentía fatal consigo misma, consciente de que
se estaba comportando un poco como el perro del hortelano.
El timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos. Desde algún punto
de la casa su tía le pidió que hiciera el favor de abrir. La última persona que
esperaba encontrarse del otro lado la saludó de forma educada, aunque fría.
—¡James!… Hola… —La sorpresa le impedía decir nada más.
—¿Qué tal? He podido escaparme antes para echarle un vistazo al
coche.
«¿El coche?», repetía ella de forma inconsciente, pensando en cómo
haría él para estar más guapo a cada día que pasaba.
—Me ha llamado tu tía —explicó, consciente de que Jennifer no
parecía estar entendiendo a qué venía su visita.
—Ah, ya.
Para su alivio, Esther salió en su ayuda antes de que continuara
haciendo el ridículo.
—¡James! No te esperaba tan pronto —le dijo, dándole dos besos de
bienvenida.
—No todos los días se recibe una llamada de gente tan distinguida —
bromeó él, arrancándole una carcajada.
—Si hubieras escuchado solo la mitad de los improperios que Thomas
ha gritado esta mañana cuando se ha tenido que ir a trabajar en el bus, no se
te ocurría darle ninguna distinción.
Ambos rieron. Jennifer se sentía fuera de lugar allí parada junto a ellos,
pero, por alguna extraña razón, era incapaz de moverse.
—Imagino. —Sonrió—. ¿Me dijiste que no ha podido arrancarlo?
—Eso me ha dicho —explicó—. Dile a James que ni tuge ni muge.
—Ah, muy bien. —Rio el chico, divertido—. Pues voy a echarle un
vistazo, pero ya te advierto que será muy probable que tenga que llevármelo
al taller.
—Sí, entiendo que podrán ser veinte cosas distintas.
—Alguna más en realidad —bromeó.
—Pues manos a la obra, que no quiero hacerte perder mucho el tiempo
—dijo, tendiéndole las llaves—. ¿Te quedarás a comer?
—No, he quedado con Sam, pero te lo agradezco.
Jennifer escuchaba la conversación sin intervenir. Uno de los motivos
por los que ella a aquella hora no estaba visitando a Sam, era aquella
comida. El día anterior le había tenido que mentir al anciano para poder
justificar su negativa a comer con ellos aquel día. Se moría por ver a James,
pero no quería que fuera tan evidente para el chico que estaba forzando y
buscando sus encuentros. Aunque al parecer hubiera dado lo mismo, James
ni siquiera la había mirado dos veces desde que había llegado, lo mismo
daría que estuvieran comiendo que bailando el hula hula.
—Pues a ver cuándo podemos echar un rato de conversación —le
recordó Esther—. Hace demasiado tiempo que tú y yo no hablamos largo y
tendido.
—No tengo mucho que contar —dijo el chico—, pero será un placer.
Echo de menos nuestras charlas.
La relación entre Esther y James siempre había sido muy estrecha. Gran
amiga de su madre, durante años fue un apoyo para ambos. Eran
incontables las ocasiones en que él había acudido a aquella casa en busca de
consejo o consuelo.
—Sabes que no suelo tener problema de horario —aceptó Esther
sonriendo, haciendo alusión a la de veces que el chico se había presentado
en su casa pasada la media noche—. Excepto ahora. No sabía que ibas a
venir tan pronto y tengo un par de llamadas importantes que responder.
—Yo me pongo con el coche, no te preocupes.
—Te dejo bien acompañado. —Se giró hacia Jennifer con una sonrisa
—. ¿Harás de anfitriona por mí?
Jennifer se quedó muda. Asintió por pura inercia, y observó cómo su tía
desaparecía en el interior de la casa.
—Te eximo de esa tarea —le dijo él sin tan siquiera mirarla mientras
caminaba hacia el coche—. Puedes irte a hacer lo que sea que fueras a
hacer.
Apretando los dientes para no ceder a la tentación de mandarlo… muy
lejos, caminó tras él. Se quedó de pie, observando cómo James intentaba
arrancar el coche y abría el capó tras varios intentos. Pasó ante ella
ignorándola por completo.
«¡Será imbécil!», se dijo Jennifer cada vez más enfadada. Le gustaría
ver si conseguiría ignorarla si ella decidiera desnudarse frente a él. Se
deleitó por unos segundos con la cara de tonto que se le quedaría. Hacía
calor, no resultaba tan descabellado que ella se pegara un manguerazo para
combatirlo. Sonrió ante la idea, consciente de lo absurdo que resultaría; a
no ser…
—Pues si no me necesitas, estaba a punto de lavar mi moto cuando has
llegado —le dijo sin pararse a pensarlo demasiado—. Eso si no te importa
que esté aquí fuera contigo, claro.
—Sinceramente, Jennifer, me resulta indiferente.
Aquello fue como una auténtica bofetada y la gota que colmó el vaso.
Desapareció dentro de la casa, blasfemando y bautizándole con todos los
calificativos que se le ocurrieron, que fueron muchos. Después, subió a su
cuarto y se paseó como una leona enjaulada, intentado pensar con claridad
en qué debía hacer. Desde luego, quedarse como un animal herido en su
alcoba no era una opción.
—Me resulta indiferente —lo imitó, poniendo una voz de lo más odiosa
—. ¡Pues a ver si es verdad!
Con una idea rondándole en la cabeza, rebuscó en uno de los cajones de
la cómoda y sacó la parte de arriba de uno de sus biquinis, el que menos
dejaba a la imaginación para ser exactos. Se lo puso y volvió a ponerse la
camiseta. Aquella mañana se había puesto unos leggins muy cortos y
entallados, junto con una camiseta que apenas le llegaba al ombligo, de
modo que nadie podría pensar que se había vestido para él.
—¡Veamos si esto te sigue resultando tan indiferente!
Capítulo 36
Sin pensarlo, Jennifer bajó corriendo las escaleras, buscó en la cocina
todo lo necesario para lavar la moto y salió de nuevo al exterior. James tenía
medio cuerpo metido en el motor del coche, y no pareció percatarse de su
vuelta. Aunque ella no pudo evitar posar su mirada más tiempo del
necesario sobre su trasero, al que los vaqueros parecían ceñirse como un
guante en aquella postura.
Suspirando, siguió con sus planes. Si era sincera, no estaba segura de
tener las agallas de quitarse la camiseta, pero al menos sí llevaría a cabo la
primera parte del plan. Ni siquiera tuvo que mover la moto de sitio, parecía
estar aparcada de forma estratégica para lo que tenía planeado, a escasos
cinco o seis metros del coche familiar.
Durante lo que le pareció una eternidad, se limitó a lavar cada parte de
la moto con una pequeña esponja, sin que James le dirigiera una triste
mirada. Ofuscada y casi al borde de la depresión más absoluta, se planteó si
debía terminar ya con aquello antes de hundirse más en la miseria. Cinco
minutos más tarde decidió que ya había hecho suficiente el ridículo por
aquel día. Les daría el último toque a las ruedas con la manguera y
desaparecería.
Cogió la manguera, abrió la llave de paso y olvidó que debía sujetarla
con fuerza si no quería ponerse perdida. Como resultado y para su
bochorno, se empapó de arriba abajo antes de poder controlar de nuevo la
presión del agua. Por el rabillo del ojo echó un vistazo al chico, que seguía
a lo suyo sin reparar en ella. Maldijo la idea y el momento en el que decidió
ponerse ante él para llamar su atención. No solo no lo había conseguido,
sino que además se sentía la mujer más tonta del planeta.
«Al menos he hecho algo bien», pensó, al recordar que llevaba un
biquini bajo la ropa. Se quitó la camiseta, la escurrió y la puso a secar sobre
el asiento, mientras se concentraba en volver a secar todos los cromados de
nuevo.
«Impoluta», se dijo, observando el trabajo finalizado. No había
conseguido que James la mirara ni de reojo, pero su moto jamás había
estado tan reluciente. Sonrió ante aquel pensamiento, pero solo le duró
hasta que fue plenamente consciente de lo que significaba que él la hubiese
ignorado de una forma tan descarada. Le dio la espalda para enjugarse las
lágrimas que pugnaban por salir. La decepción, el fracaso y la falta de
feminidad que sentía en aquel momento la estaban destrozando.
Pasó ante el coche a paso rápido, dispuesta a perderse dentro de la casa
para lamer sus heridas. Sin duda, no esperaba la mano de hierro que la tomó
de la muñeca, deteniéndola al instante.
—¿A qué coño estás jugando? —le susurró James, sin soltarla.
Jennifer tragó saliva. Su corazón galopaba a marchas forzadas.
—No sé de qué estás hablando.
—Ah, ¿no? ¿Sueles lavar la moto medio desnuda delante de todo el
vecindario?
—¿Y a ti que narices te importa?
—Me importa… si ese espectáculo era solo para mí.
—No digas estupideces, si tú ni siquiera me has mirado —le recordó,
recuperando su enojo por aquello.
—¿Crees que no? —susurró de nuevo, mirándola a los ojos por primera
vez. El deseo que leyó en su mirada se tradujo en forma de un calor
sofocante que llegó a cada parte de la anatomía femenina.
—Hace apenas unos días me dijiste que… que nunca más ibas a
acercarte a mí…
—Sé lo que dije, y tenía toda la intención de cumplirlo, pero ¿cómo
evito que mi cuerpo responda al tuyo?
—Y… ¿lo ha hecho? —preguntó, aún turbada.
—¿Lo preguntas en serio? —James tiró de ella, la apoyó sobre el coche
y empujó la pelvis con fuerza contra la suya—. ¿Responde esto a tu
pregunta?
La enorme erección hablaba alto y claro. Y el gemido que ella dejó
escapar cuando él se movió contra su cuerpo para acomodarse mejor,
también habló por sí solo.
—¿Comprobamos ahora la respuesta de tu cuerpo? —le dijo él,
metiendo un dedo por la cinturilla de sus pantalones—. La última vez no
me dejaste llegar, pero estuviste a punto de claudicar, ¿verdad?
—Yo… no lo recuerdo —mintió.
—No juegues conmigo, Jennifer, porque nunca has salido victoriosa en
las distancias cortas.
Aquello, incluso a sabiendas de que era la pura verdad, no le gustó
escucharlo. Se retorció entre sus brazos dispuesta a huir de ellos.
—Deberías calmarte —le pidió él, duplicando la fuerza—. No sé si eres
consciente, pero cada vez que intentas escapar te restriegas contra mi
cuerpo.
La chica se mordió los labios, acallando otro gemido.
—Y debo evitar por todos los medios ceder a la tentación de besarte —
continuó James. Sin casi ser consciente de ello, Jennifer se mojó los labios
mientras él seguía el movimiento, embelesado—, pero que difícil me lo
estás poniendo.
—¿No… quieres besarme?
—De forma desesperada, pero si lo hago estoy seguro de que te meteré
en la parte trasera de este coche un minuto después.
—Estás exagerando.
—¿Eso crees? —El deseo que ardía en sus ojos no dejaba lugar a dudas
de que no lo hacía—. Para mí es como si estuvieras en ropa interior entre
mis brazos, Jennifer. Estoy al límite, en un punto de no retorno.
—Quizá si dejaras de decir esas cosas, yo podría…
—¿Qué? ¿Dejar de desearme? —Entendió—. Solo hay algo que
podemos intentar para acabar con esto que se enciende entre nosotros: ceder
a la tentación, aunque sea una sola vez.
Jennifer asimiló lo que le estaba pidiendo, intentando controlarse y no
ser ella la que lo arrastrara al interior de aquel coche.
—¿Y si no funciona? —preguntó con la garganta seca y un deseo
ardiente galopando por sus venas.
—¿Qué?
—¿Y si cedemos a la tentación y en vez de apagarlo deseamos hacerlo
una y otra vez… y otra… y… otra… y… otra más? —El calor que
desprendía su cuerpo hubiera podido derretir un iceberg.
—Joder, Jennifer, tus palabras tampoco ayudan —le susurró, frotando
las caderas sobre ella casi en contra de su propia voluntad.
—Solo quiero tener en cuenta todas las variables —admitió, sofocando
otro jadeo—. Si cedemos a la tentación y… nos dejamos llevar, ¿cómo
sabemos que no vamos a empeorar las cosas?
—No lo sabemos —reconoció él, haciendo un esfuerzo sobrehumano
por controlarse. El simple hecho de que ella lo estuviera siquiera valorando
estaba trastornándolo más de lo imaginable—. No puedo prometerte que
después de sucumbir dejaremos de desearnos.
—¿No?
—No, pero sí hay algo de lo que estoy seguro. —Se cercioró de que lo
mirara a los ojos antes de susurrar—: Puedo hacerte olvidar tu nombre
mientras gritas el mío.
«¡Mamma mía!», gimió la chica. Si la expresión caérsete las bragas a
los tobillos fuera literal, aquel sería el momento exacto en el que tendría
que agacharse para subírselas. El alcance de aquella frase la llevó a un
estado de anhelo que ya no podía disimular.
—Te preguntas si es posible, ¿verdad? —Sonrió James, desplegando
toda su sensualidad—. Si puedo llevarte tan al límite como para que no
importe nada más que el placer… Créeme. Puedo.
—James, por favor, deja de hablar así —le suplicó.
—Si dejo de hablar, vamos a dar un espectáculo público del que no me
responsabilizo.
—Entonces, quizá deberías soltarme.
—¿Eso es lo que quieres?
—No —reconoció—. Y porque no es lo que quiero es mejor que me
sueltes. No… se te ocurra ceder a tus instintos, James.
—¿Y si lo hiciera?
—Entonces estaríamos en un problema —admitió, fijando la mirada en
su boca, desesperada por saborear aquellos labios—. Yo tengo que admitir
que mi fuerza de voluntad hace rato que se esfumó.
James tragó saliva con mucha dificultad. Para Jennifer aquel gesto fue
todo un descubrimiento. Sabía cuánto la deseaba, pero hasta aquel momento
no había sido consciente del todo de que sus palabras también ejercían
sobre él una poderosa reacción. James la había vuelto loca con sus
insinuaciones desde el mismo momento en el que lo conoció; pensar en
poder afectarlo de la misma manera resultó ser un potente afrodisiaco que
arrasó con todas sus inhibiciones.
—James —Apoyó su mano sobre la que él aún tenía dentro de sus
minúsculos leggins—, tienes que soltarme.
—Todavía tengo algo que comprobar. —Sonrió, moviendo la mano
hacia abajo unos centímetros.
—Si lo haces, ambos estamos perdidos.
—Admite que es lo que voy a encontrar si sigo descendiendo.
—La prueba indiscutible de cuánto te deseo —admitió sin ningún tipo
de vergüenza—. Estoy totalmente lista para ti, como jamás lo estuve para
nadie.
El volvió a tragar saliva y sus ojos se enturbiaron del todo, mientras ella
volvía a deleitarse con aquella sensación de poder recién descubierta.
—Jennifer… —susurró sobre su boca, incapaz de resistirse a robarle un
beso.
—No lo hagas —suplicó—. Si no estás seguro de poder resistirte a
meterme en el coche, para esto ya.
—Si te arrastrara dentro del coche… —insitió, casi dispuesto a
arriesgarse a comprobarlo—, ¿qué pasaría?
Jennifer pensó su respuesta unos segundos y decidió ser sincera.
—Lo que tú quisieras —admitió. Y una oleada de excitación la recorrió
tan solo al verbalizarlo.—. Dudo de que hubiera algo que pudiera negarte.
—Jo-der —protestó James, luchando con uñas y dientes para no ceder a
la tentación—. Tu tía está apenas a diez metros.
—Sí.
—Esto está mal.
—Sí.
—Jennifer, ayúdame un poco —le suplicó sobre su boca, a punto de
claudicar—. Empújame, pégame o haz lo que consideres necesario, pero
hazlo ya.
—Sí, sí, sí.
—Sí, ¿a qué´?
—A todo, a cualquier cosa —suspiró, echándole los brazos al cuello
ciega de excitación.
—Jennifer…, voy a claudicar de un momento a otro. —Se movió
apenas un centímetro y ambos dejaron escapar un gemido de anticipación
—. Esto… no está bien…
Ahora fue ella quien se apretó contra su erección.
—¿No? A mí me parece que está perfecto.
James sonrió. Le encantaba aquella faceta sensual recién descubierta.
—¿Sí? Ahora voy a enseñarte lo que es perfecto… —le susurró,
rozando la punta de la nariz con la de ella, dispuesto a tomar su boca.
—Perfecto sería que corriera un poco más el aire entre vosotros.
Ambos se volvieron, sorprendidos, hacia la voz que los había
interrumpido. Thomas Maloy los observaba con una expresión seria y
recriminatoria en el rostro. James soltó a Jennifer casi al instante y puso un
metro de distancia entre ellos.
—Mucho mejor —fue todo lo que añadió el médico antes de seguir
caminando hacia la casa.
Ninguno de los dos dijo nada hasta que estuvieron seguros de que el
hombre había entrado y cerrado la puerta.
—¡Mierda! Ahora mismo me siento como si tuviera quince años —
protestó James todavía perplejo.
Jennifer rompió a reír sin remedio. Se sentía igual de avergonzada que
él, incluso lo estaría mucho más cuando tuviera que enfrentarse a su tío,
pero no podía evitar verle un lado cómico a aquella situación.
—Todo tiene su lado positivo —le dijo, sin poder parar de reír.
—¿Sí? —Sonrió, contagiándose de su diversión—. Pues creo que
tardaré en vérselo.
—Solo piensa en lo que se hubiera encontrado si llega un minuto más
tarde.
El gesto de horror que asomó a su rostro arrancó otra sonora carcajada
de los labios femeninos.
—¿Todavía quieres besarme? —le preguntó ella, dando un paso en su
dirección con una evidente diversión en el rostro.
James retrocedió horrorizado.
—Ya has oído a tu tío —le recordó—. Que corra el aire.
—¿En serio?
Mirándola de arriba abajo, con los ojos encendidos de nuevo, ahora fue
él quien consiguió que ella se ruborizara.
—Te sienta demasiado bien ese biquini. —Sonrió—. No puedo
arriesgarme a provocar que tu tío salga de la casa con una escopeta.
Pat hizo su aparición justo en aquel momento. La clínica estaba a tan
solo par de manzanas de la casa y le gustaba mucho caminar aquella
distancia, a pesar del calor.
—¿Qué os pasa? —preguntó con curiosidad.
—Hubiéramos agradecido tu llegada cinco minutos antes, Pat —le dijo
James sin ánimo de bromear.
Jennifer rio de nuevo.
—Parece que me he perdido algo interesante. —Se contagió de la
diversión de su prima—. ¿Vais a contármelo?
—Tu padre estará encantado de hacer los honores, seguro —opinó
James.
—¿Mi padre está en casa? —se sorprendió Pat—. Supongo que ha
venido para hablar contigo de lo del coche.
—Pues genial —protestó James de nuevo—. Ahora solo tengo que
decirle que no sé qué le pasa a su coche, porque estaba muy ocupado
seduciendo a su sobrina.
El asombro de Pat fue notorio, miró a su prima de forma interrogante,
comprobando como sus mejillas adquirían un tono carmesí que ya contaba
mucho más que las palabras.
James sacó su teléfono móvil y marcó un número sin añadir nada más.
—¿A quién llamas?
—Al taller para que manden a Vinnie con la grúa —aclaró—. No voy a
poner un pie en esa casa si puedo evitarlo.
—¡No lo dices en serio! —Rio Pat—. Ya sabes que mi padre no se
come a nadie. Recuerdo cuando nos cazó a Nick y a mí montándonoslo en
este mismo coche.
—¡¿Qué?! —Sonrió Jennifer sin disimular su asombro.
—Sí —aceptó Pat un poco avergonzada—. Cuando yo aún vivía aquí.
Nos estábamos despidiendo, la cosa se puso un poco seria y el coche estaba
muy a mano. ¿Cómo íbamos a saber que iban a llamar a papá por una
urgencia en el hospital?
—Peor me lo pones. —Fingió James escandalizarse del todo—. Tu
padre tiene la pistola cargada desde entonces.
Las chicas rieron divertidas al escucharlo pedir la grúa tal y como les
había dicho. Cuando colgó el teléfono ambas lo miraron muy serias.
—¿Qué? —se hizo el loco, aunque no tardó en sonreír y explicar—:
Sabía que tenía que llamar a la grúa desde quince minutos después de
llegar.
—¿Y cuánto llevas aquí? —se interesó Pat.
—No sé —dijo, mirando a Jennifer con una amplia sonrisa—, un rato.
—¡No me lo puedo creer! —dijo Jen, aparentando una indignación que
estaba lejos de sentir—. ¿Has estado fingiendo arreglar el coche todo el
tiempo?
—No, la verdad es que ni siquiera fingía. —Sonrió—. La gran mayoría
del tiempo solo estaba atento al espectáculo.
La chica fingió escandalizarse.
—Serás…
—No te enfades, Jen —le pidió serio, pero arruinó el efecto al añadir
—: Si prometo no mirar, ¿me lavarías mi moto?
—¡Que te has creído tú eso, listo! —le dijo. Avanzó hasta él y lo
empujó con suavidad.
—¡Eh! Que corra el aire, ¿es que no te ha quedado claro? —dijo
divertido.
Jennifer le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la casa sin añadir
nada más. Estaba indignada…, o lo estaría en cuanto pudiera dejar de
sonreír.
Los tres entraron en la casa y se sentaron junto a Thomas en el salón.
Esther se preocupó de ir a la cocina a por algo fresco de beber, mientras
todos se ponían cómodos. Le tendió una cerveza a James en cuanto estuvo
de vuelta.
—Toma. Está fresquita. —Sonrió—. Estoy segura de que necesitas
refrescarte un poco. Debes de estar acalorado.
Pat intentó amortiguar una carcajada, que se terminó escuchando en
todo el salón.
—Gracias —contestó el chico, sonriendo resignado. Sabía que los
Maloy no tenían secretos entre ellos, de modo que no le extrañó que Esther
ya estuviera enterada de… lo en serio que se había tomado su sobrina su
papel de anfitriona. Observó a Jennifer de reojo. Parecía tener problemas
para decidir si debía sentirse avergonzada o risueña.
—¿Y bien? ¿Qué me cuentas? —le dijo Thomas Maloy sentándose
frente a él—. ¿La cosa es seria?
James tragó saliva. No esperaba que le hiciera ningún tipo de
comentario sobre lo ocurrido, y mucho menos que preguntara de forma tan
directa qué tipo de relación tenía o no con su sobrina. Abatido, guardó
silencio unos segundos.
—Entiendo que no quieras darme un disgusto —insistió Thomas—,
pero en algún momento me lo tendrás que decir.
—Bueno…
—Sé que ya tiene muchos años, pero le tengo cariño.
El chico no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Estaba hablando de su
sobrina como si lo hiciera de…?
«¡Hostias, me está hablando del coche!», cayó de repente en la cuenta.
Si no hubiera estado tan avergonzado, se habría echado a reír.
—Me lo tengo que llevar al taller. Vinnie vendrá esta tarde a por él —le
explicó, intentando sonar lo más normal posible—. Es el sistema de
transmisión, casi con toda seguridad.
—Eso suena a caro.
—Sí, no tiene buena pinta, no te voy a engañar.
—Pues ves mirándome algún modelo de Sample —le pidió—. Por si no
me compensa repararlo.
Quince minutos más tarde James se despedía, alegando que Sam lo
aguardaba. Pat esperó para ver si Jennifer pensaba salir a despedirlo, pero
cuando comprobó que no parecía tener intención, fue ella quien lo siguió.
—¿Tienes unos minutos más para prestarme? —le pidió.
James consultó su reloj. Era tarde, pero quizá podía concederle a Pat
diez o quince minutos, a pesar de que sabía que no iba a ser una
conversación agradable.
—Pat, mantente al margen, por favor.
—Todavía no sabes de qué quiero hablarte. —Sonrió con inocencia,
pero la mirada seria que obtuvo como respuesta la obligó a añadir—: No
puedes pedirme que no me meta. Trabajo con Rob diez horas al día, y está
muy jodido con este tema.
—¿Y cómo crees que me siento yo?
—Pues supongo que igual, por eso deberíais solucionarlo cuanto antes.
—¿Sabes cuántos días estuvo callado? —preguntó molesto.
—Tenía sus razones.
—Me dan igual sus razones, Pat, porque no las entiendo —admitió.
—Sabes que en todo momento él pensaba que estaba haciendo lo
correcto y lo mejor para ti.
—Si vas a defenderlo, prefiero dejar la conversación aquí —le
reprochó.
—No lo defiendo, pero sí puedo entenderlo —dijo—. ¡Vamos, James,
admite que la manera en la que el destino intervino para llevarte hasta
Jennifer fue cuanto menos curiosa!
—¡Lo que me faltaba por oír!
—Reconócelo.
—Admito que todo estuvo lleno de casualidades sorprendentes, pero…
—Esa es la cuestión, James —lo interrumpió—. Que ni Rob ni yo
creemos en las casualidades. Ambos creemos con firmeza que todo pasa por
alguna razón.
—¿Y eso justifica el engaño?
—Supongo que no.
—¿Supones?
—Venga, James, no puedes retirarle la palabra para siempre —le
imploró—. Entiendo que estés molesto, pero…
—No te ofendas —intervino, ya cansado de la conversación—, pero
creo que no lo entiendes en absoluto. No estoy solo molesto con Rob, Pat,
estoy dolido y me siento traicionado. Y los dos sabemos que no me resulta
fácil perdonar la traición.
Pat sabía que con aquel comentario se estaba refiriendo a su madre.
James jamás había perdonado ni superado todo lo sucedido catorce años
atrás, cuando la persona más importante de su vida, y que debió defenderlo
con uñas y dientes, decidió que sus prioridades estaban en otra parte.
—A mí no me parece que Rob te haya traicionado.
—Pero yo lo siento así —declaró.
Contra aquello, Pat sabía que no podía hacer nada. Lo miró con tristeza,
consciente de que había subestimado el problema entre ellos.
—Tengo muchos defectos —continuó diciendo él—, pero la lealtad
para con mis amigos es indiscutible; y a cambio solo pido que sea
recíproco.
—Lo sé.
—Y también sabes la poca tolerancia que tengo con el engaño y la
mentira.
—Sí, pero acabar con treinta años de amistad por un solo error no me
parece justo.
—Y como la vida siempre es tan justa… —ironizó.
Pat prefirió no agregar nada más. Sabía que cuando James adoptaba
aquella actitud, no había mucho que pudiera decir para hacerlo recapacitar.
Solo esperaba que el tiempo ayudase a limar asperezas entre sus amigos y
todo volviera a la normalidad.
—Intentaré mantenerme al margen, James —le dijo—. Siempre que tú
me prometas que intentarás que vuestras desavenencias no nos afecten a los
demás.
—No te preocupes por eso —aceptó—. Que no nos hablemos entre
nosotros no tiene por qué influiros. Intentaré ser lo más cordial posible con
él en todo momento.
Pat no agregó nada más sobre el tema. El hecho de que James fuera tan
optimista al pensar en que aquella situación no les iba a afectar a todos
resultaba irrisoria.
—Casi me da miedo preguntarte que tal van las cosas con Jennifer. —
Sonrió la chica.
—No van —dijo contundente.
—No es lo que me ha parecido cuando he llegado.
—Eso solo era un espejismo, Pat —reconoció—. Desaparece en cuanto
que me descuido.
—Pues que pena, porque hacéis una pareja…
—No sigas por ahí —la interrumpió con una tensa sonrisa—. Te
recuerdo que me pediste que no me acercara a tu prima.
—Y lo has respetado a rajatabla —ironizó.
—Me pirré por ella antes de saber quién era, no puedes culparme.
Pat lo miró con una sonrisa de oreja a oreja, que James no recordaba
haber provocado.
—¿Acabas de admitir que estás pirrado por Jennifer?
—¿Eh? ¡No!
—¡¿Cómo que no?! —Rio—. Te he escuchado alto y claro. ¿Ella lo
sabe?
—No tiene nada que saber, Pat, no empecemos —dijo turbado—.
Supongo que tanto fingir delante de Sam me está pasando factura, ya no sé
ni lo que digo.
—Ah, sí, esa es otra. No sé cómo consigues que Jennifer siga
dirigiéndote la palabra.
—Será mi encanto natural.
—Sí, supongo que emanabas encanto a raudales cuando le ofreciste una
moto por hacerse pasar por tu novia.
—Admito que ese no fue mi mejor momento.
—No, y tampoco pareció serlo cuando le mentiste a Sam a pesar de su
opinión. ¿Cómo se te ocurren esas cosas?
—No lo pensé —reconoció, irritado ya con tanta acusación.
—¿No pensaste que a ella pudiera incomodarle tener que fingir?
—Pues no, pero intenté solucionarlo. Le ofrecí hacerlo real y fue ella la
que no quiso —se defendió.
—¿Perdona? —Pat creía haber entendido mal.
—Eso no te lo ha dicho, claro, solo cuenta lo que le interesa.
James estaba tan molesto que ni siquiera se paró a pensar en lo que
acababa de confesar.
—¿Puedes rebobinar? —le pidió la chica—. ¿Qué es lo que le pediste?
«¡Mierda!», se dijo James, maldiciendo el momento en el que había
abierto la boca.
—Solo quería compensarla por lo de Sam.
—¿Y le pediste…?
—Pensé que se le haría más llevadero si no tenía que mentir.
—¡Le pediste que saliera contigo de verdad! —casi lo acusó, perpleja
—. Le ofreciste algo más serio.
—Bueno…
—¿Sí o no?
A James le costó dar su brazo a torcer.
—Sí, lo hice —terminó admitiendo.
—¿Y te dijo que no?
—En realidad no dijo nada, porque en ese momento llegó Cindy —
suspiró—. Pat, la cosa es muy larga de contar, y ya llego muy tarde a comer.
Con una sonrisa radiante, Pat lo dejó marcharse. Jamás habría supuesto
que una conversación de diez minutos pudiera dar tanto de sí.
Capítulo 37
Pat entró en la casa dispuesta a someter a Jennifer a un tercer grado en
cuanto tuviera ocasión. Reconocía, y no se avergonzaba, que la idea de que
James sedujera a su prima siempre le había preocupado, pero acababa de
darse cuenta de que Jennifer quizá tenía la capacidad de traer de vuelta al
chico dulce y con una capacidad de amar enorme, que sabía que aún
dormitaba en alguna parte del corazón de su amigo. Y la idea de que dos de
las personas que más quería pudieran enamorarse y formar juntos una
familia la hacía muy feliz.
A duras penas pudo aguantar toda la comida sin sacarle el tema, pero en
cuanto que ambas se relajaron ante una taza de café, pasó al ataque.
—¿Cómo van las cosas con James? —le preguntó tras quedarse a solas.
—No van.
Pat sonrió ante la idéntica respuesta que había obtenido de él.
—Pues para no ir, siempre os pillamos limando asperezas —bromeó, y
rio al ver el azoramiento de su prima—. Aunque me ha encantado ver a
James totalmente avergonzado, lo reconozco.
—Si le hubieras visto la cara cuando ha llegado el tío Thomas… —
Sonrió—. Claro que si aparece cinco minutos más tarde yo misma hubiera
huido de la ciudad de la vergüenza.
—¿En ese punto estabais?
—¿He dicho de la ciudad? Quería decir del estado.
La carcajada de Pat se escuchó en todo el salón.
—Conozco esa sensación —admitió—. Claro que en mi caso eran más
de las doce de la noche, vosotros no tenéis vergüenza.
—¡Eh! —protestó riendo, pero se puso seria un segundo después—. No
sé qué voy a hacer, Pat. No puedo controlarme cuando estoy con él, pero
soy incapaz de mantenerme lejos.
—¿Y tienes que hacerlo?
—¿Qué?
—¿Que por qué no eliges estar con él en lugar de en su contra?
—No lo dices en serio.
—¿No te propuso intentarlo?
Jennifer la miró muy sorprendida. El que James le hubiera contado
aquello parecía conferirle al tema más seriedad de la que ella misma en un
principio había supuesto.
—¿Qué te ha dicho?
—Que Cindy se cargó el momento.
—El momento solo fueron quince segundos de locura transitoria.
—¿Eso quiere decir que te planteaste aceptar?
El silencio habló más alto de lo que podrían hacerlo las palabras. Pat no
pudo evitar insistir:
—Quizá deberías hacerlo —opinó—. Creo que ambos os merecéis
daros una oportunidad.
—Pat, no puedo tener una relación con alguien que no cree en nada más
allá del sexo, ¿cuánto crees que tardaría en destrozarme? —casi sollozó—.
Me conozco, y sé que pasaría mis días preguntándome cuándo va a cansarse
de mí y va a buscar consuelo en otra parte.
—¿Esto tiene algo que ver con Cindy? Aún crees que…
—No —la interrumpió—. Me equivoqué con ese tema, lo admito. Creo
que él no miente cuando afirma que no pasó nada entre ellos. Y eso me
alegra mucho…
—¿Pero?
—Pero la pasión es efímera si no está alimentada por algo más
profundo, y hay demasiadas Cindys por el mundo, Pat.
—Das por hecho que James no siente ese algo más profundo.
—A estas alturas ya me lo hubiera dicho, ¿no crees?
—No si aún tiene que darse cuenta él.
Con el ceño fruncido, Jennifer valoró aquella posibilidad, pero la
descartó en cuanto que sintió palpitar un atisbo de esperanza. Se había
prometido a sí misma no auto engañarse.
—Me pides que corra un riesgo que puede destrozarme la vida, Pat —
dijo con tristeza—. No puedo tener una relación con James, eso está
descartado del todo, pero si reconozco que algo tendré que arriesgar para
intentar sacármelo de la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—A que no puedo pensar en otra cosa que… en su cama —reconoció.
—En su cama con él dentro, imagino —bromeó Pat—. ¿Y tienes
pensado hacer algo al respecto?
—Quizá si cedo a mis instintos una sola vez, sea suficiente para romper
el hechizo que me atrapa cada vez que me mira. ¿A ti que te parece?
—Que terminéis en la cama es inevitable, Jen. —Se encogió de
hombros—. Da igual cuánto te resistas. Quizá planearlo con la mente fría te
ayude.
—Igual solo necesito exorcizar su fantasma una vez, pero ¿y si no
funciona?
—Estarás en el mismo punto que ahora, pero varios orgasmos más
relajada —opinó Pat. Jennifer no pudo evitar soltar una carcajada—. Por
donde quiera que lo mires, sales ganando.
—Me encanta que seas tan pragmática.
—A veces nos complicamos la vida sin necesidad. Si algo es inevitable,
¿para qué darle cien mil vueltas? Eso sí, no te olvides después de contárselo
todo a tu querida prima.
—¡Qué morrazo tienes!
—¿Para cuándo tienes pensado —Carraspeó—. darte ese homenaje?
—Eso tampoco es fácil —reconoció—. En este momento no sé si nos
hablamos, si nos odiamos, si estamos en tregua, en guerra o… todo lo
contrario y vuelta a empezar.
—¿Y eso que más da?
—Mujer, algo afectará.
—Tú mándale una foto en ropa interior y lo tienes aquí diez minutos
más tarde haciendo el pino con las orejas; en tregua, en guerra o detrás de
las trincheras.
—¡Qué bruta eres! —Rio Jen a carcajadas.
—Pues si no tienes nada mejor que hacer, hoy es un día ideal. —
Sonrió, arqueando las cejas con un divertido gesto.
—Hoy igual es precipitado, pero me conformaría con tantear un poco el
terreno —reconoció—. El fin de semana pasado dijo que no a todo lo que se
propuso. Este no tiene por qué ser diferente.
—Jennifer, me subestimas. —Sonrió Pat con un gesto malicioso—. Tú
ves escogiendo el modelito que vas a ponerte y déjame a mí todo lo demás.
Sacó su teléfono móvil y grabó un mensaje de audio en el grupo de
WhatsApp que todos compartían.
—Ladies and Gentleman, está claro que necesitamos pasar un rato
todos juntos. ¿Nos hacemos un cine esta tarde? Dejamos los malos rollos en
casa e intentamos divertirnos un rato, ¿os parece? —Soltó el teléfono sobre
la mesa.
—¿Lo de los malos rollos es por lo mío con James? Siento sembrar la
discordia en el grupo, Pat, igual sería mejor que me quedara fuera una
temporada.
Pat suspiró. No tenía intención de decírselo en aquel momento, pero no
tardaría en darse cuenta aquella misma noche.
—James y Rob no se hablan —le dijo, recuperando la seriedad al
instante.
—¿Qué? ¿Desde cuándo? —Se la veía perpleja.
—Discutieron la semana pasada —le contó—. Se dijeron algunas cosas
desagradables y aún tendrá que pasar un tiempo antes de solucionarlo.
—Y ¿por qué fue? ¿Lo sabes?
—Sí —admitió—. Rob… no le dijo a James algo que James considera
que debió haberle dicho.
Jennifer solo tuvo que ver como su prima le esquivaba la mirada para
saber que ella era el motivo principal de la discusión. Una vez se dio cuenta
solo fue cuestión de un segundo que atara cabos.
—Rob sabía que James y yo nos conocíamos, ¿verdad?
Pat asintió.
—Y no se lo dijo a James —adivinó—. Genial, me he cargado una
amistad de toda una vida.
—¿Perdona? No, Jen, aquí cada uno somos responsables de nuestros
propios actos. Rob calló porque lo decidió así, tú no tuviste nada que ver. Y
James no entiende las razones de Rob.
—¿Y cuáles son?
Suspirando, Pat le explicó los motivos que Rob le había confiado para
haber callado.
Jennifer escuchaba la historia, impresionada. Recordó que hasta en dos
ocasiones había sido el propio James quien había hecho un comentario con
respecto a la intervención de las fuerzas del destino en sus encuentros.
—¿Tú también lo crees, Pat?
—¿En el destino? —Jennifer asintió—. Yo creo, al igual que Rob, que
la vida siempre nos tiene algo bueno destinado —admitió—. Pero que
seamos capaces de ganárnoslo eso ya es otra historia. No vamos a recibir lo
que necesitamos, Jen, sino lo que nos merecemos. De nosotros depende si
somos capaces de ver las señales, aprender de los errores y ganarnos la
recompensa.
—Interesante. Le daré una vuelta a todo eso y, además, creo que le
debo una disculpa a Rob.
—Pues se la podrás dar esta misma noche —dijo, consultando la
primera respuesta a su mensaje—. Ha sido el primero en contestar. Tanto él
como Sarah se apuntan gustosos a una de cine.
Una hora más tarde todos se habían sumado a la propuesta. Pat, ya
desde la clínica, había sugerido quedar en su casa y salir desde allí Nadie
puso ningún problema.
A las ocho de la tarde, Jennifer se cambiaba de ropa por quinta vez.
Con cada combinación que se había probado se había sentido o demasiado
arreglada o demasiado informal; con lo que no se veía gorda, se veía sosa;
muy entallada, demasiado holgada…
—¿Todavía estás así? —le dijo Pat , entrando en su cuarto ya vestida.
—¿Qué te parece esto? —le preguntó, poniéndose una camisa de
redecilla por encima de un top muy cortito, que iba juego con unos
entallados leggins de licra, todo de color negro.
—Si no te preocupa que al pobre chaval le dé un infarto nada más
verte, vas ideal.
—Genial, pues estoy lista entonces. —Ambas rieron divertidas y
caminaron justas hasta el baño.
El timbre de la puerta anunció que alguien acababa de llegar. Inquieta,
Jennifer se preguntaba si James ya estaría sentado junto a Nick en el salón,
esperando su aparición. Aquella posibilidad le hacía temblar el pulso.
Cinco minutos más tarde el timbre volvió a sonar, y Nick no tardó en
aparecer por el baño acompañado de Sarah.
—Por aquí os traigo al tercer ángel de Charlie —les dijo—. No tardéis
mucho, please, que ya estamos todos.
Cuando cerró la puerta, a Jennifer le faltó tiempo para preguntar:
—Entonces, ¿ya ha llegado todo el mundo?
—Si con todo el mundo te refieres a James, sí, está abajo —le dijo
Sarah con un simpático gesto.
Pat rio divertida.
—Eh, que solo pregunto a título informativo —protestó Jennifer,
aunque sin perder la sonrisa—. A mí que esté o no esté James abajo…
Dejó la frase inconclusa, mientras se disponía a pintarse los labios.
—Pues para no afectarte —intervino Pat—, estás a punto de pintarte los
labios con la barra antiojeras.
Jennifer miró el pintalabios, comprobando que su prima estaba en lo
cierto. Avergonzada, se sentó en la taza y miró a las chicas.
—Voy a hacer el ridículo.
—¿Ridículo? —repitió Sarah—. Eso será lo que haga él cuando se
caiga de culo al verte entrar en el salón. Estás espectacular, Jen.
—Me cae bien esta chica —le dijo Jennifer a Pat, arrancando una
sonora carcajada de todas ellas—. Ya en serio, no me preguntéis por qué,
pero me hace especial ilusión saber a James esperando abajo con el resto.
—A mí me parece de lo más normal —opinó Pat.
—Yo aún me pellizco de vez en cuando para asegurarme de que Rob no
está solo en mis sueños —confesó Sarah—. Así que no soy quien para
juzgarte a ti.
—Genial, pues al lío. Bajemos y veamos que nos depara la noche.
Cuando iban a salir del baño, Sarah las detuvo para preguntar:
—Chicas, ¿Dannie está solo o sale con alguien?
—Sale con todas y con ninguna —contestó Pat con sinceridad—. ¿Por
qué?
—Pues el caso es que tengo una amiga que lleva muchos meses muy
pillada de él —contó—. La arrastré conmigo una tarde al Oasis para poder
ver a Rob, y se quedó muy colgada de Dannie; lo cual no entiendo estando
Rob presente, pero bueno…
Las tres rieron. Sarah todavía se ruborizaba al decir aquellas cosas.
—La cuestión es que no sé si debo o no intervenir y presentarlos. Veo a
Dannie muy picaflor —reconoció—. Me preocupa que le haga daño.
—Dannie no sale con nadie en serio desde hace mucho tiempo —
decidió contar Pat al fin—. Estuvo con alguien durante casi un año y la cosa
no salió bien.
—¿Qué pasó? —se interesó Jennifer.
—Ella era demasiado celosa —explicó—. No le dejaba ni siquiera
hablar con otra, ni salir solo a ninguna parte, incluso llegó a prohibirle que
me viera a mí. Imaginaos.
Las chicas la escuchaban sorprendidas.
—Terminó dejándola, claro —acertó Sarah.
—Sí, pero le costó once meses. Estaba muy pillado. Desde entonces no
le he visto pasar más de un mes con la misma chica, y de esto hace tres
años.
—Pues igual ha llegado el momento de que vuelva a intentarlo. —
Sonrió Jennifer—. Quizá tu amiga sea lo que está necesitando.
Ambas miraron a Pat, que parecía muy pensativa.
—Llámala —le dijo de repente a Sarah.
—¿Ahora?
—Prueba, dile que la invitas al cine —sugirió—. Y veamos qué pasa.
Sin pararse a pensarlo, Sarah sacó su teléfono y marcó el número de
Judd.
Le costó más de lo esperado convencerla para que se vistiera y se
animara a irse al cine con ella, pero al fin pudo colgar con una sonrisa en
los labios.
—La leche, Sarah, ¡qué pesada eres! —Rio Pat—. Te ha dicho que sí
para que la dejaras en paz.
Todas rieron, conscientes de que aquello no era del todo mentira.
—Pero he conseguido que se apunte —les recordó, orgullosa—. He
quedado con ella en la antigua parada de bus frente al teatro Odisea.
—Hemos quedado, y no me ha parecido escucharte decirle que no ibas
sola. Igual te mata cuando lleguemos todos.
—Si le digo que voy con vosotros, no hubiera tenido forma de
convencerla —reconoció con un poco de mala conciencia.
—Pero ¿no le gusta tanto Dannie?
—Sí, pero no os lo toméis a mal, todos juntos imponéis mucho.
—¿Y qué imponemos? ¿Risa? —preguntó Pat divertida.
—Respeto.
Jennifer dejó escapar un sonido burlesco que las hizo reír a las tres.
—Pues menudo chasco se va a llevar cuando vea que somos de lo más
normales —contratacó Pat.
—Mujer, normales tampoco —se burló Jennifer—. Reconoce que
hiciste un casting de modelos para formar la chupipandi esta. No pasa nada.
Sarah rompió a reír.
—Tú tienes prejuicios en contra de la gente guapa, Jen, reconócelo —la
acusó su prima, divertida—. Resulta curioso siendo Miss Universo versión
motera rockera.
—No es verdad —protestó—. Solo… me provocan cierta urticaria los
tíos demasiado guapos.
—Sobre todo James —bromeó Pat—, pero no hace falta que nos digas
donde te pica, que ya lo sabemos.
Sin poder evitarlo, todas, incluida Jennifer, estallaron en carcajadas.
—Confieso que jamás pensé que me integraría tan bien con vosotras —
declaró Sarah, ahora algo cohibida—. Desprendéis todos juntos tanto
magnetismo y se os ve tan unidos, que es verdad que imponéis un poco.
—Todo eso díselo a ella, yo solo soy una recién llegada —dijo Jennifer
con una sonrisa.
—Eso dices tú, pero para el resto de gente eres la mujer que ha sacado
del mercado a James Novak.
—¿Perdona?
—¿No lo sabías?
—No es solo que no lo sepa, es que no es verdad.
—Mujer, algo de verdad si es… —intervino Pat con una sonrisa—. Yo
no he visto a James acompañado de ninguna otra desde que llegaste a Santa
Carla.
—Bueno, eso no es del todo…
—¡Si mencionas a Cindy te pego un mamporro! —la interrumpió—.
Ese tema está zanjado.
—Pues salgamos de aquí antes de llegar a las manos.
Entre risas bajaron las escaleras sin dejar de bromear. Se cruzaron con
Dannie cuando este iba hacia el baño.
—Ahora que no corro el riesgo de que alguien me parta la cara —les
dijo el chico con una sonrisa—, aprovecho para deciros que estáis
preciosas.
—Muchas gracias, caballero, que la vida se lo pague con una mujer
estupenda —bromeó Pat.
—¡No jodas! ¿Y no puede ser en metálico? —protestó el chico con un
simpático gesto de horror.
—Ya veremos.
—Estáis muy contentas —Las observó reír y mirarlo con una sonrisa
maliciosa—. Que miedo me dais.
Se alejó hacia el baño y las chicas continuaron su camino. Pat fue
recibida por su novio como cada vez que llegaba, igual que si llevara sin
verla una eternidad.
Jennifer tragó saliva, nerviosa, cuando por fin puso los ojos sobre
James. No sabía que podía esperar de él cuando la viera aparecer, pero sin
duda no que apenas la mirara. ¿Tanto esmero en estar perfecta para aquello?
¡Qué desilusión! Le costó reponerse de la decepción, pero disimuló como
pudo.
—Hemos quedado con una amiga de Sarah —informó a todos—.
Tenemos que pasar a buscarla.
—¿Por dónde? —preguntó Nick sin molestarse en preguntar quién era
—Por la antigua parada del Odisea.
—Vale, pues a ver si viene Dannie y nos vamos.
—Sí, sin lugar a dudas no nos podemos ir sin él —dijo Pat arrancándole
una carcajada a las dos chicas.
—¿De repente he perdido el sentido del humor —les preguntó Nick a
sus amigos—, o es que eso no ha tenido gracia?
—Yo diría que están tramando algo —opinó Rob.
—Eso diría yo también, sí —aceptó Nick riendo, y se volvió hacia
James—. ¿A ti que te paree?
—Yo bastante tengo en este momento —susurró acalorado—. No os
ofendáis, pero no sé de qué carajos estáis hablando.
Nick dejó escapar una sincera carcajada, que logró arrancarle también
una discreta sonrisa a Rob.
—Te espera una noche muy larga, amigo —le dijo a James, divertido.
—¿Con quién me acoplo de paquete? —aprovechó para preguntar
Jennifer antes de que Dannie volviera del baño—. No me apetece llevarme
mi moto esta noche.
Todos miraron hacia James, que en aquel momento era la única opción
posible.
—¿Qué pasa? ¿No quieres ensuciarla? —le dijo James, mirándola por
fin a los ojos, asegurándose con aquel comentario de que ella supiera que
pensaba en lo sucedido aquella mañana.
—Quién sabe cuándo tendré oportunidad de lavarla de nuevo.
—Avísame cuando decidas hacerlo.
—Avisado quedas. —James arqueó las cejas sorprendido. El hablar en
clave tenía un odioso efecto secundario, y es que nunca podía estar uno
seguro de haber entendido el mensaje al cien por cien.
Jennifer se hizo la distraía rebuscando dentro de su bolso. Su
temperatura corporal parecía haber subido diez grados tras aquel
intercambio de frases. ¿Habría entendido James la invitación que acababa
de aceptar? Solo de pensar en que él estuviera planeando en aquel momento
los detalles de su… pequeño escarceo, había convertido su sangre en lava
líquida.
Cuando Dannie volvió al salón, todos salieron de la casa. Nick le
informó de que las chicas habían quedado con alguien y tenían que pasar a
recogerla.
—¿Y quién es? —se interesó Dannie, quedándose aposta junto a ellas
—. ¿Ese alguien tiene nombre?
—Pues sí, lo tiene —fue todo lo que contestó Pat.
—¿Y?
—¿Qué?
—¿Es un nombre de mujer? —insistió
—¿Y eso que más da?
—¡A mí no me da lo mismo, te lo garantizo! —bromeó.
—Pues sí, listillo, tiene nombre de mujer: Judd.
—Judd… —Se quedó pensativo—. Pues no, no creo conocer a ninguna
Judd. ¿Está buena?
—¡Qué bruto eres!
—Mujer, quiero decir que si es guapa y esas cosas —trató de excusarse,
aunque sin dejar de sonreír.
—Pues sí —reconoció Sarah—. Es guapa, y prefiero no preguntar a qué
te refieres con esas cosas.
—Pero no te esfuerces, Dannie, aunque te guste, me temo que con ella
no tendrías nada que hacer —le dijo Jennifer, intentando sonar seria, pero
sin conseguirlo del todo.
—¿Y eso por qué? —Se hizo el ofendido.
—Es que según parece ella los prefiere morenos —terminó de
explicarle.
—Sí, nos comentaba Sarah arriba que Judd les tiene cierta manía a los
hombres rubios —intervino Pat—. Y hasta hace un rato tú seguías siendo
rubio, ¿no?
—Pues según se mire. —Dannie tenía un color de pelo muy particular.
Con una mezcla de mechas en diferentes tonalidades de rubio, que a él le
importarían un pimiento si no fuera por el hecho de que parecían fascinar a
casi todas las chicas con las que había salido.
—¿Nos vamos o qué? —gritó Nick ya con el motor en marcha.
Contrariado, Dannie descendió las escaleras y se alejó de las chicas,
que no podían evitar sonreír con cierta malicia.
—¿Os habéis vuelto locas? —les preguntó Sarah riendo.
—Tu amiga no se lo va a poner muy difícil —dijo Jennifer señalando a
Dannie—. Vamos a darle alguna oportunidad, porque a los tíos lo fácil…
—¿Venís ya o nos vamos sin vosotras? —les gritó Rob por encima del
motor. La amenaza por fin surtió efecto, y pronto todos estaban volando
hacia su destino.
En uno de los semáforos en que se detuvieron, Sarah se echó las manos
a la cabeza.
—¡Ostras! No hemos reparado en un detalle —dijo preocupada—. Judd
no tiene ni idea de que vamos en moto, va a necesitar un casco.
—Vale, que no cunda el pánico. ¿Quién es el que vive más cerca de
aquí? —preguntó Jen.
—Yo —contestó Dannie, resignado—. Dejadme adivinar: me toca ir a
mi casa a por el otro casco.
—¡Por fa! —lloriqueó Pat.
—Esperadme allí —aceptó—. Solo espero que a vuestra amiga no le
haya dado por ponerse un vestido.
Sin decir nada más, giró en la siguiente bocacalle y desapareció.
El resto continuó su camino.
James llevaba todo el recorrido intentando olvidarse de a quién
pertenecía el cuerpo que sentía pegado a su espalda y las manos que se
sujetaban a su cintura, pero no le estaba dando buen resultado; estaba
deseando llegar a su destino para poder poner toda la distancia posible entre
ellos.
Capítulo 38
Cuando divisaron la parada en la que habían quedado, Judd ya estaba
allí. Paseaba de un lado a otro, nerviosa por los quince minutos de retraso
con los que llegaba su amiga.
Se detuvieron al pie de la parada por indicaciones de Sarah.
Lo primero que sintió Judd, sola en aquella parada, fue miedo, pero fue
sustituido por una expresión de absoluto estupor cuando todos se quitaron
los cascos y reconoció a su amiga.
—¿Llevas mucho rato esperando? —le preguntó Sarah, saludándola
con efusividad—. Siento el retraso.
—Un rato —fue todo lo que pudo articular.
—Los chicos, que hasta que terminan de arreglarse… —le dijo Jennifer
con una sonrisa—. Soy Jen.
Uno a uno se fueron presentando y Judd, intentando controlar los
nervios, les fue dando a cada uno los dos besos de rigor. Entre aliviada y
decepcionada, echó en falta al único que faltaba en el grupo.
Decidieron esperar a Dannie tomándose algo en uno de los bares que
había frente a la parada. Nick, sonriendo divertido, le habló a su novia en
susurros.
—No le habíais dicho a esta chica que veníamos todos, ¿verdad? —Pat
rio—. Porque tiene un ataque de nervios de los que hacen historia.
—¡Y lo que te rondaré moreno! —contestó Pat con una sonrisa
enigmática.
—¿Qué estáis tramando? —Una mirada inocente le obligó a añadir—:
Déjalo, creo que prefiero no saberlo.
Pidieron una ronda, y las chicas se sentaron a una de las mesas.
Judd fue templando los nervios a medida que avanzaban los minutos.
Ella siempre había sido una persona muy sociable, pero la impresión del
encuentro había podido con ella. No tardó en charlar con las chicas con toda
naturalidad. Volvió a admirar a Jennifer más de cerca. Recordó que cuando
la vio por primera vez diez días atrás, pensó que era la mujer más bonita
que había conocido y la envidió un poco.
«Si yo tuviera ese físico no tendría problemas para que él se fijara en
mí», recordó haber pensado entonces.
—Me podías haber avisado —le dijo a Sarah por lo bajo.
—¿Hubieras venido?
Judd sonrió.
—Sabes que no, pero es que casi me da un infarto —protestó—. Al
menos él no ha venido, o creo que me habría desmayado a la primera
sonrisa.
—Creo que debería decirte… —empezó Sarah, pero no le dio tiempo a
terminar la advertencia. Dannie entró en el bar en aquel momento, llamando
la atención de todos al instante.
—¿Cómo se os ocurre dejar las motos en mitad de la parada del bus? —
dijo, atrayendo todas las miradas—. Que han vuelto a desviar el sesenta y
cinco por aquí.
—¿Qué dices? —protestó Nick—. ¿Pueden quitar y poner las paradas
según les vaya apeteciendo?
—¡Y yo que sé! Escribe una carta al ayuntamiento. —Rio Dannie—.
Pero había un policía en la acera de enfrente que solo estaba esperando que
se pusiera el semáforo en verde para cruzar a multaros.
Los chicos salieron del bar a la carrera, dejando el campo libre a
Dannie, que se acercó a Judd con una radiante sonrisa.
—Señorita, su casco. —Se lo tendió, haciendo una perfecta reverencia.
Judd lo miró a los ojos de cerca por primera vez, pensando en cómo era
posible que fuera todavía más guapo en persona que en sus sueños.
«Inténtalo, Judd, solo tienes que juntar algunas letras y tendrás una
palabra», se dijo, sonriendo ella misma ante su propio pensamiento. Aquella
tontería le sirvió para calmar los nervios y poder articular:
—Gracias.
—Judd, él es Dannie —Los presentó Sarah con toda la seriedad que
pudo.
—Encantada —dijo poniéndose en pie para saludarlo. Durante unos
segundos se quedó callada, intentando reunir las agallas suficientes como
para mantener una actitud que no causara vergüenza ajena. En sus sueños
siempre encontraba algo ingenioso que decirle a aquel tipo para causarle
una primera impresión inolvidable, pero, para su consternación, en la vida
real solo iba a conseguir que él creyese que le faltaba un hervor. Decidió
poner toda la carne en el asador para evitar que la catalogara como tonta del
culo.
—¿Quieres esconderte detrás de mí? —terminó diciéndole—. A mí me
conocen poco, les costará más apartarme a un lado cuando decidan matarte.
Una carcajada escapó de labios de Dannie, que le devolvió un
simpático gesto de entendimiento.
—¿Crees que voy a necesitar protección?
—Los dos sabemos que el sesenta y cinco sigue parando en Madison.
Las chicas escuchaban la conversación admirándola. Al parecer, Judd
iba a necesitar menos ayuda de la que en principio habían supuesto.
—Agradezco el apoyo, preciosa, pero esconderme detrás de las mujeres
no es mi estilo.
«¡No babees, Judd, no serás tan preciosa si lo haces!», se dijo ella
riéndose de sí misma de nuevo.
—¡Danniel Kerrs, espero que conozcas algún santo al que
encomendarte! —dijo Nick según entró de nuevo por la puerta.
Dannie se volvió hacia sus amigos y rompió a reír a carcajadas.
—¿Qué pasa? ¿Habéis llegado a tiempo? —bromeó divertido—.
Espero que no os hayan multado. Aunque pensándolo bien, el policía
parecía algo canijo, igual era un niño vestido de marinerito.
Bromearon unos minutos acerca del castigo que debían imponerle a
Dannie por el vacile, hasta que terminaron todos desternillándose de la risa,
provocando que las chicas intervinieran y acabaran riendo también.
Cuando llegaron al cine, aprovecharon una hamburguesería que había
justo enfrente para cenar algo mientras discutían que película ver. Llegaron
rápido a un consenso. Los chicos votaron por una nueva entrega de
Avengers y a ellas no les pareció mala idea deleitarse la vista con la mitad
del elenco de la película. Cuando por fin entraron en la sala, aún faltaban
quince minutos para el comienzo.
Tensa, Jennifer esperó poder sentarse junto a James, le hacía una
ilusión especial, aunque debía ser cautelosa si no quería que él se diera
cuenta. Pero todo fue rodado. Las dos parejas entraron primero en la fila y
Judd corrió a sentarse junto a Sarah.
—No hay duda de que ahora voy yo —les susurró Dannie, guiñándoles
un ojo.
—Ten cuidado. —Rio James al verlo tan lanzado—. A ver si te van a
dar una leche antes de que acabe la película.
—James —protestó Dannie susurrando—, que te va a oír.
—Ahora que te va a oír —bromeó, volviéndose hacia Jennifer—, y casi
me tira para sentarse el primero.
—El disimulo no es tu fuerte, ¿verdad, Dannie? —Rio Jennifer.
—Si no hay de qué preocuparse, ¿no ves que soy rubio?
La chica rio y James la miró interrogante. Jennifer le prometió
contárselo en algún momento. Estaba feliz de poder estar sentada junto a él,
aunque al mismo tiempo se sentía muy idiota por darle tanta importancia a
algo tan nimio.
—Los que están al final de la fila —gritó Nick desde el otro extremo—.
¿Qué tal si os encargáis de las palomitas?
—¡Qué morro le echas! —protestó James—. ¿Por eso querías sentarte
el primero?
—No sé de qué me hablas.
—Ya. ¿Tú quieres palomitas? —le preguntó a Jennifer, quien se sintió
feliz por ser tenida en cuenta.
—Es como una obligación cuando vienes al cine. —Sonrió—. Deberían
regalarlas con las entradas.
James se puso en pie.
—¿Palomitas y coca cola para todos? —Todos asintieron y James se
dispuso a salir a por ellas. Por supuesto, tal y como él había esperado,
Jennifer no estaba dispuesta a permitir que cargara solo con todo.
Acordaron coger un cubo de palomitas por pareja, y bromearon
comentando la ilusión que iba a hacerle a Dannie compartirlas con Judd.
La cola era inmensa, y parecía que iban a estar allí un buen rato. James
aprovechó para llamar a Sam a ver qué tal había pasado la tarde; solía
hacerlo siempre a aquella hora.
Al anciano le hizo mucha ilusión que Jennifer también se pusiera al
teléfono para saludarlo.
—Espero que te haya llevado a ver algo romántico —bromeó Sam con
ella.
—No, pero no me quejo. —Rio—. Salen muchos chicos guapos con un
montón de músculos, Sam, eso es un aliciente extra importante.
—Pues no sé cómo se le ocurre, las comparaciones son odiosas.
La carcajada que la chica soltó dejó a James fuera de juego. La soltura
y familiaridad con la que charlaba con Sam lo afectaba de una manera que
no se podía explicar; y el sonido de su risa le provocó un hormigueo en el
estómago que le hizo plantearse si se habría quedado con hambre.
—Haceos alguna foto —les pidió Sam a ambos por separado, me
encantará que me las enseñéis un día de estos.
Según colgaron el teléfono a ambos les pareció un momento ideal para
hacerlo. Jennifer, a pesar de que sabía que toda aquella parafernalia era en
honor a Sam, se sintió feliz de poder compartir todo aquello con James. El
chico sacó el teléfono y le hizo a Jennifer una foto de primer plano que le
arrancó una sonrisa de anticipación, estaba seguro de que iba a mirarla a
menudo. Después, la tomó de la cintura y tiró un par de selfies de los dos,
juntos y abrazados, que serían el deleite de Sam.
—Estoy seguro de que me va a pedir una copia para ponerla en un
marco. —Ambos rieron.
—Estamos guapos —opinó Jen, mirando la foto—. ¿Me la pasas?
—¿Quieres ponerla de fondo de pantalla? —bromeó James mirándola
con picardía.
—Puede ser. —Coqueteó.
—Pon esta mejor entonces. —Tiró de ella y la besó en los labios.
Jennifer disfrutó del beso, y se sintió frustrada cuando él la soltó tras
hacer la foto.
—Nunca me habías besado en público —le dijo ella incapaz de romper
el contacto visual—. ¿No te importa que nos vean?
—¿Por qué habría de importarme?
—No lo sé, al parecer ya corre un rumor sobre nosotros.
—¿Qué tipo de rumor?
—Que… salimos juntos —casi se avergonzó al confesarlo.
—¿Y?
—¿No te importa?
—Sería el primer rumor que me importara en toda mi vida.
—Pero este igual afecta a tu vida privada.
—No sé si te entiendo —dijo, poniéndose serio y pensando que más
bien no quería entenderla.
—Es igual —se obligó a decir, cohibida de repente. No estaba bien
intentar ahondar en aquello, podía no salir bien parada.
—No, dilo —insistió—. ¿Por qué crees que pueda importarme lo más
mínimo lo que la gente piense o no de nosotros?
—James…
—Acaba tu razonamiento, Jennifer. —Sonó molesto.
—Pensaba en que quizá eso pueda influir en tu relación con otras
mujeres —terminó admitiendo— Solo quería que supieras que yo no tengo
nada que ver con ese rumor. Ni lo he propagado ni pienso alimentarlo si
alguien me pregunta.
—Genial, Jennifer —dijo con una sonrisa irónica—. No queremos que
nadie piense que entre nosotros hay algo más de lo que hay, ¿verdad?
—No, por supuesto —se apresuró a admitir, preguntándose por qué él
parecía enfadado.
—Pues todo claro entonces —dijo, mordiéndose la lengua para no
continuar con aquella conversación, pero no funcionó—. Aunque solo por
curiosidad, ¿de verdad piensas que podría afectarme ese tipo de rumor?
—No te entiendo.
—¿Crees que las mujeres dejarían de querer meterse en mi cama solo
por el hecho de tener pareja?
—Yo respecto a los hombres comprometidos.
—Algunas mujeres hacen lo que sea para pasar un buen rato, sin
importarles mucho más. No todas son como tú.
Por el tono en que lo dijo, Jennifer se sintió insultada.
—¡Ni todos los hombres como tú! —se defendió—. Algunos respetan a
las mujeres lo suficiente para no tratarlas como a objetos.
A James aquel comentario le cayó igual que un jarro de agua fría.
—No sé a qué ha venido eso, pero te aseguro que yo no he tratado a
una mujer como un objeto en toda mi vida —se defendió, molesto,
haciendo acopio de todas sus fuerzas para continuar hablando con
normalidad—. Yo respeto a las mujeres por encima de todo.
—¡Las coleccionas, James! Dudo que a eso se le pueda llamar respeto.
Los celos eran un mal consejero para aquel tipo de conversación, y
Jennifer era consciente de ello, pero era incapaz de permanecer callada;
aunque se cuidaba de decir cada palabra como si la actitud de James no le
molestara en absoluto.
—Jamás he engañado a ninguna mujer para llevármela a la cama —dijo
—. Te aseguro que les dejo claras mis intenciones desde el principio. Solo
sexo, una única noche y sin compromisos. Son mis normas. La que las
acepta no puede acusarme de nada. ¿Cuántos hombres pueden decir que son
tan sinceros?
—Las engatusas, James, es como darle un regaliz a un niño y luego
pedirle que no se lo coma.
—Me siento halagado, Jen, pero presiento que pretendías insultarme,
¿verdad? —Sonrió con cinismo—. Pero solo por curiosidad, ¿qué queja
tienes tú? Eres la única mujer a la que le he ofrecido algo más que una
noche.
—Los dos sabemos que eso solo fue para que te ayudara con lo de Sam.
James la miró a los ojos unos segundos antes de contestar. Jennifer
esperaba la respuesta con el corazón encogido, aguardando un milagro.
Un milagro que no llegó. Él tan solo agregó:
—Esta conversación se ha puesto demasiado intensa para la cola de las
palomitas.
Jennifer tragó saliva, esperando no haberse quedado tan pálida como
desolada se sentía por dentro. James había tenido la oportunidad de
reiterarse en su ofrecimiento y se había retractado con su silencio.
«Pero tú no quieres una relación», se dijo alto y claro para sus adentros,
recordándose a sí misma que él jamás podría amarla.
A partir de aquel momento el ambiente en enrareció un poco entre
ellos. La camaradería que habían conseguido mientras hablaban con Sam y
se hacían las fotos, había desaparecido tras la extraña conversación
posterior.
Capítulo 39
Después del cine, casi a la una de la madrugada, decidieron pasar por el
Oasis para tomarse algo y disfrutar un rato de la música. Jennifer,
preocupada por su última conversación con James, se replanteó la situación.
No podía engañarse, tenía más que claro qué era lo único que él parecía
ofrecerle si decidía meterse en su cama. Debía reconocer que era honesto
por su parte ser tan franco antes de que nada sucediera. Si aceptaba sus
condiciones, no podría reprocharle nada. Eso si seguían estando en pie…
—¿Cómo van las cosas? —le preguntó Pat ya en el Oasis, en cuanto
que tuvo ocasión.
—No lo sé —reconoció—. Parece tenso conmigo.
—¿Has intentado coquetearle un poco?
Jennifer sonrió ante la pregunta.
—Creo que James está saturado de tanto coqueteo por todas partes —
opinó la chica—. Me he estado fijando en cómo le sonríen como bobas
todas las mujeres con las que se cruza: la de las entradas, la de las
palomitas, la del mostrador de la hamburguesería.
—Igual te estás obsesionando un poco. —Rio Pat—. Pero en cualquier
caso ¿qué más da? Él solo tiene ojos para ti.
—Pues no me ha mirado en toda la noche.
—No me lo creo —le dijo convencida—. Ves hacia el servicio, yo
vigilo si es verdad que es tan idiota como aparenta.
—Pat…
—Camina —ordenó.
Resignada, Jennifer se marchó al baño sin necesidad. Se sintió de lo
más idiota lavándose las manos mientras se miraba en el espejo distraída.
Cuando la puerta se abrió de nuevo y Pat se unió a ella, estaba de los
nervios.
—¡No sé para qué te hago caso! —protestó—. A mí no me van estos
jueguecitos, Pat.
—En ese caso no te diré quién de las dos estaba en lo cierto.
—Pues no me lo digas —dijo con desinterés.
Pat se encogió de hombros y se concentró en atusarse el pelo, dejando a
un lado la conversación.
—Eres mala —protestó Jennifer arrancándole una carcajada.
—¿Eso quieres decir que te interesa si te ha mirado o no?
—Vale, sí, sí —aceptó—. ¿Qué ha hecho?
—Una radiografía. —Rio.
—¡Qué idiota eres!
—De cuerpo entero, te lo juro.
—¿En serio?
—Nada más girarte.
Jennifer sonrió con lo que su prima catalogaría de cara de idiota, pero
no podía evitarlo. De repente volvía a estar muy nerviosa con la situación.
Se regañó a sí misma por permitir que James le minara tanto la autoestima.
Ella era una persona segura de sí misma hasta en las situaciones más
inverosímiles, pero una sola mirada del chico conseguía desestabilizarla con
más facilidad de la que le gustaría.
De regreso al bar, Jennifer apenas podía dejar de sonreír con cierto
nerviosismo. Se esforzaba por apartar la conversación con Pat de su cabeza,
pero le resultaba imposible. Con solo imaginar los ojos de James sobre su
espalda y su trasero mientras caminaba, se ponía cardiaca. ¿Qué pensaría él
mientras la miraba? Sería mejor apartar aquello de su mente.
—Creo que necesito un whisky —dijo de improvisto.
—Pues que sean dos —se animó Pat—. Con coca cola.
—¿Es en serio? —preguntó Nick sonriente a su chica—. Pero si tú no
bebes nunca.
—Pues hoy voy a acompañar a Jennifer.
—¡Y yo! —dijo Sarah con una sonrisa de oreja a oreja.
Las tres miraron a Judd, que les devolvió el mismo gesto decidido.
—¡Qué narices, que sean cuatro entonces!
Dos rondas más tarde las cuatro chicas bailaban y reían a carcajadas,
mientras cuatro pares de ojos no les quitaban la vista de encima, divertidos.
Acaloradas, se metieron en el baño para refrescarse un poco, aguantando
con resignación la retahíla de burlas que ellos no se molestaron en evitar
acerca del topicazo de ir todas juntas al baño.
—Los hombres son tan… —comenzó Pat.
—¿Idiotas? —terminó Jennifer por ella.
—Mujer, iba a decir repetitivos.
—Ah, también, sí —admitió con un gesto apático.
Las cuatro rompieron a reír sin remedio.
—Chicas, os quiero agradecer esta noche —se animó Judd—. Hacía
tiempo que no me lo pasaba tan bien.
—¿Y nos lo agradeces a nosotras? Seguro que cierto rubio también está
colaborando un poco —dijo Pat, arrancándoles sonoras carcajadas de
nuevo.
—¿Tanto se me nota? —se ruborizó Judd, aunque no pudo dejar de
sonreír.
—No, que va —respondió Jennifer intentando permanecer seria—.
Bueno… igual un poco…, un poco bastante quiero decir…, eh…, sí,
definitivamente se te nota mucho.
—Pero no te preocupes, que nos hemos encargado de que él no se dé
cuenta —contó Pat fingiendo susurrar.
—¿Cómo?
—Le hemos dicho que no te gustan los rubios —contó Jen—. Yo creo
que se lo ha creído.
—Sí, no hay duda —la apoyó Pat.
—Y eso ¿en qué me beneficia? —Judd estaba perpleja—. Igual son los
dos whiskies, pero no entiendo nada.
—Es que ponen los whiskies cargaditos aquí, ¿no? —intervino Sarah
arrastrando un poco las palabras, arrancando risas de nuevo—. Aquí las
gemelas Olsen, son de la opinión de que tienes que hacerte la dura un poco
con Dannie.
—¿La dura? —Sonrió—, pero si me derrito cada vez que me mira.
—Sí —afirmó Pat—. Ya nos hemos dado cuenta.
—¿Y qué hago?
—Mudarte —aconsejó Jen, risueña—. Son los hombres de Santa Carla.
No sé qué tienen, pero no hay forma de negarles nada. Deben de ponerles
algo en los biberones cuando son bebés…
Durante largo rato las cuatro estuvieron ahondando en aquella idea,
diciendo chorrada tras chorrada y riendo a carcajadas. Sin duda, Boss se
había explayado aquella noche con la bebida. Nick había bromeado con la
idea de que no escatimara con la cantidad, alegando que aquello no solía
ocurrir nunca. El camarero se lo había toma al pie de la letra, convirtiendo
cada whisky en una bomba de relojería.
—Igual deberíamos salir del baño antes de que entren a buscarnos —
terminó diciendo Sarah.
—Pues yo, ya que estoy aquí, voy a usar el wc —dijo Pat sonriendo.
Sarah y Judd se marcharon, mientras que Jennifer decidió esperar a su
prima.
—Pat, me gusta Judd para Dannie —le dijo mientras se lavaba las
manos.
—Genial, ahora solo falta que a Dannie también le guste.
—¿Tú has hecho alguna vez de Celestina?
—Yo he hecho hasta de la niña de El Exorcista —Ambas rieron—, pero
cuando era más joven, ahora conozco las consecuencias de meterme donde
no me llaman.
—No tiene posibilidades de retenerlo, lo sabes tan bien como yo —dijo
Jennifer ya sin bromear—. Necesitamos que entienda que tiene que
resistirse un poco.
—¿Y qué quieres hacer?
—¡Decírselo!
—¿No acabamos de hacerlo?
—Lo que hayamos dicho ahora no sirve, Pat, tenemos que aleccionarla.
—Jen, vamos a darles algo de tiempo —pidió.
—¿Hasta cuándo?
—No lo sé, pero lo sabré… cuándo lo sepa.
—¡Qué elocuencia la tuya, prima, me abrumas a veces!
Riendo volvieron junto al resto del grupo.
A las tres de la mañana, Boss les recordó que tenía familia y una casa a
la que volver, dando por finalizada la velada, ante el abucheo general de las
chicas.
—¿Me da tiempo a ir al baño? —Pidió Sarah con urgencia—. Mi vejiga
no entenderá de esperas.
Boss se apiadó de ella y Judd la siguió hasta el baño.
—Dannie, que se te van los ojillos —le vaciló Nick al ver como la
seguía con la mirada.
—¿Ojillos? —Rio Pat—, pero si la ha mirado como el halcón a su
presa.
—Vosotras tenéis la culpa —se defendió Dannie con una sonrisa—, me
habéis picado con eso de que no le gustan los rubios.
—Y no le gustan, listo —insistió Jen.
—Entonces conmigo va a hacer una excepción —les aseguró
convencido.
Todo el género masculino se deshizo en vítores y silbidos.
—No lo creo —dijo Pat.
—¿Queréis apostar algo?
—Perderías.
—Sabéis que no —dijo, seguro de sí mismo—. Va una cena a que en
setenta y dos horas la tengo comiendo en la palma de mi mano. —Los
chicos lo miraban divertidos—. Me arriesgaría a veinticuatro, pero,
sinceramente, creo que ese bombón se merece algo más de esfuerzo por mi
parte.
—Eso es seguridad en uno mismo —se burló Nick dándole una
palmadita en la espalda—, pero la cena sería para ocho, ¿no? Por dejarlo
claro.
Pat le dio un codazo a su novio, molesta.
—Vas a tener que tragarte tus palabras, Danniel Kerrs —le aseguró Pat
—. Judd es una tía genial y no va a caer en tus garras a las primeras de
cambio.
—¿Significa eso que aceptáis la apuesta? —la picó, sonriendo.
—¡Pero qué coño apuesta ni hostias! —se enfadó Pat aún más, y se
volvió hacia Jennifer—. ¿Te acuerdas aquello que te dije que sabría cuando
lo supiera? ¡Pues acabo de saberlo!
—Hostias, Boss, ¿qué les has puesto en la bebida? —bromeó Dannie,
divertido.
—Me dijisteis que no escatimara —se defendió el camarero.
—Coño, pero te has pasado —insistió Nick—, que ahora nos las
tenemos que llevar nosotros a casa, que igual pierdo a Pat por el camino. —
Se giró a decirle muy serio—. Cariño, tú agárrate bien y no te sueltes.
—Que idiota eres —fue la respuesta de su novia entre risas.
—Vale, que susto, ya empiezas a ser la de siempre. —La besó con
pasión, entre aplausos.
Jennifer sonrió y envidió una relación como aquella. Miró a James de
reojo, que parecía distraído mirando la hora en el móvil. Los nervios la
asaltaron al pensar en el momento en que la dejara en casa. ¿Intentaría
besarla?
—¿Nos vamos? —se encontró preguntando, con un interés repentino en
salir de allí.
A Jennifer, el trayecto hasta su casa se le hizo muy corto. Se abrazó al
chico apoyándose en él más de lo necesario, alegando estar preocupada por
su seguridad. Estaba tan concentrada en todas las sensaciones que aquel
cuerpo le evocaba, que casi protestó cuando James detuvo la moto a la
puerta de casa de sus tíos. Retrasó el momento de separarse y bajarse de la
moto todo lo que pudo.
—Ha sido una noche genial —le dijo a James con una radiante sonrisa
ya desde el suelo.
—Sí, ha sido interesante.
—Interesante —repitió, preguntándose a que se referiría con aquello—.
Pues… gracias por traerme y llevarme…, o al revés…
«Cállate ya, Jennifer, y entra en casa», se dijo, consciente de que la
combinación whisky más nervios no la beneficiaba, pero no se movió.
—De nada. Hasta mañana. —Sonrió James.
«¿Es que no piensa bajarse de la moto? ¿Cómo va a besarme desde
ahí?», se dijo de nuevo, confusa.
—Pues me voy —dijo girándose y perdiendo el equilibrio al hacerlo.
James la sujetó en un acto reflejo. Se vio obligado a bajarse de la moto para
poder estabilizarla. La chica cayó en sus brazos, aturdida.
—Lo siento —dijo casi susurrando, deleitándose con los fuertes brazos
que habían impedido la caída—. Me parece que me sobra un whisky.
—¿Tú crees? —ironizó James.
—Sí, porque si no fuera así jamás haría algo como esto. —Le echó los
brazos al cuello y lo besó en los labios con abandono.
Cuando cinco segundos más tarde James rompió el contacto, Jennifer
protestó.
—Tengo que irme —le dijo él como única explicación.
—Claro, es tarde.
—Sí —aceptó—. Entra en la casa para que pueda marcharme tranquilo.
Jennifer, intentado no venirse abajo por el desprecio, le hizo un
divertido saludo militar antes de volverse hacia la casa y desaparecer. Se
apoyó sobre el otro lado de la puerta mientras escuchaba decrecer el sonido
del motor al alejarse de allí. Jamás en toda su vida se había sentido tan
avergonzada.
Capítulo 40
Pat y Jennifer, se dejaron caer, exhaustas, sobre el mullido sofá.
Acababan de llegar de tomar café con Sarah y Judd, con las que habían
quedado al otro lado del parque, y Jennifer había insistido en ir y volver
corriendo para limpiar el cuerpo de toxinas.
—Ha sido brillante tu idea de aprovechar la salida para hacer algo de
deporte —dijo Pat todavía jadeando—. La próxima vez que se te ocurra
algo parecido, por favor, no cuentes conmigo.
Jennifer rompió a reír y añadió:
—Para no haber corrido desde hace tiempo, estás en buena forma.
—Es que hago mucho ejercicio físico —bromeó, arqueando las cejas.
—Pues yo sé de uno que no va a hacer ejercicio físico tan rápido como
quisiera. —Rio Jennifer, provocando otra carcajada en Pat.
—¿De verdad crees que Judd va a ser capaz de aguantar mucho?
—¡Ni de coña! —reconoció Jen—. Pero quizá si le aguante el pulso
esta noche, algo es algo.
—Me inquieta un poco este asunto —comentó Pat.
—¿Por qué? Solo le hemos aconsejado a Judd ser un poco más dura
con Dannie para que él se la tome un poco más en serio.
—Lo sé, pero ¿y si funciona? —insistió Pat—. ¿Qué pasa si Dannie se
pirra por ella y resulta ser una mala persona? Tampoco la conocemos de
nada.
—No había caído en esa posibilidad. No parece mala chica.
—Pues no, y eso también me preocupa. ¿Qué pasa si es solo un rollo lo
que puede tener de Dannie? Igual pierde incluso eso por negarse a lo
evidente que quieren los dos.
—¿Cómo me pasa a mí con James? —reconoció Jen a regañadientes.
—¡Por favor, Jen, no te fustigues más!
Le había contado de pasada lo sucedido la noche anterior mientras
esperaban a sus amigas en la cafetería, pero Pat no terminaba de creerlo.
—Estoy segura de que solo fue una percepción tuya.
—Te aseguro que no, Pat —reconoció con tristeza—. Me lancé a su
cuello y lo besé con todas mis ganas.
—¿Y no te devolvió el beso?
—No. Y un segundo más tarde se apartó y se marchó —confesó de
nuevo sin ocultar cuánto le dolía aquello—. Igual se ha cansado de esperar,
Pat, o he dejado de gustarle.
—No digas tonterías. Cuéntame con exactitud qué te dijo.
—¿Con exactitud? Te recuerdo que estaba un poco perjudicada. Al
menos eso me va a ayudar para poder mirarlo cuando lo vea de nuevo;
aunque tuve la precaución de decirle que solo lo besaba por culpa del
whisky.
—¿Cómo dices? —se incorporó Pat de repente—. ¿Le dijiste eso?
—Sí, y menos mal, o me moriría de la vergüenza —reconoció—.
¿Crees que puedo fingir que lo he olvidado?
—No, al contrario, deberías decirle que estando sobria también lo
hubieras besado.
—¿Perdona? —la miró, confusa.
—¿Has visto a James beberse más de dos cervezas seguidas?
—No me he fijado —admitió—. Sí que le he escuchado pedir coca
cola.
—Correcto, tras la segunda cerveza.
—¿James no bebe alcohol?
—No, puedo contar con los dedos de una mano las veces que se ha
emborrachado en toda su vida —le confió—. Y, por regla general, es poco
tolerante con la gente que tiene por costumbre perder el norte por culpa del
alcohol.
Jennifer la miró muy sorprendida. Había muchos motivos por los que
un hombre adulto pudiera comportarse así, pero conociendo un poco el
historial de James parecía estar muy claro.
—Su padre era alcohólico, ¿verdad? —le preguntó, segura de no
equivocarse en su suposición.
—Eso me temo —admitió Pat.
—Así que ¿su reacción pudo ser por mi comentario?
—Es muy posible, sí, pero si quieres salir de dudas creo que deberías
preguntarle.
Guardó silencio, pensando en cómo podría abordar a James para
asegurarse de que con aquella suposición estaban en lo cierto. Para ella era
importante tener la certeza de que el rechazo no había sido intencionado y
permanente.
—No tardarán en llegar —dijo Pat, consultando el reloj—. Será mejor
que nos vayamos arreglando ya.
—¿Quiénes no tardarán?
—¿No te lo he dicho? —Sonrió con sorna—. Nick está con James en
Customsa cambiándole una rueda a la moto. Me dijeron que vendrían juntos
para acá en cuanto acabaran. Supongo que para estar en la Paradise a eso de
las nueve.
—¿Y se te había pasado decírmelo? —Se puso en pie de forma
automática, histérica—. Son las siete y ni siquiera sé que voy a ponerme.
—¡Eso sí que es grave! —Rio Pat levantándose tras ella—. Solo tienes
dos horas, y vamos a pasar al menos una escogiendo la ropa interior.
—¡Pat!
—¿Qué? Tendrás que estar preparada, nunca sabes cuándo va a intentar
desnudarte. —Ambas rieron—. Eso sí, procura que esta vez sea en un lugar
íntimo.
Una hora más tarde volvían a tomar asiento a la espera de la inminente
llegada de los chicos.
Jennifer sentía su corazón martillear dentro del pecho mientras
esperaba y, paradójicamente, casi se detuvo cuando sonó por fin el timbre
de la puerta. Al mirar a James a los ojos este le devolvió una mirada severa.
Parecía enfadado.
«Pues empezamos bien», protestó Jen para sí misma. Se había
arreglado a traición de nuevo; tanto que su prima había bromeado con el
hecho de que iba a arrastrarla a su habitación nada más verla, pero aquello
no tenía pinta de suceder.
Nick, sin embargo, si bromeó con aquella posibilidad nada más ponerle
a Pat los ojos encima.
—Id yendo vosotros —les dijo con un simpático gesto—. Nos vemos
allí en un ratito.
Pat, riendo, fingió escandalizarse, pero terminó respondiendo a uno de
los besos más espectaculares que Jennifer había visto jamás. Tanto ella
como James miraron hacia otro lado, esperando que terminara el
espectáculo.
—¿Llevas tu moto o vienes en la mía? —aprovechó James para
preguntarle. Jennifer se dijo que no parecía muy contento con ninguna de
las dos posibilidades.
—No sé, no quiero estropearte los planes —se aventuró a decir.
—¿Debería saber a qué te refieres?
—A lo mejor a ti te apetece salir antes por cualquier motivo.
James guardó silencio. Cuando Jennifer ya pensaba que no iba a añadir
nada, tuvo que escuchar.
—¿Sabes qué? Tienes razón. —La chica palideció—. Es mejor que
vayas en tu moto. Nunca se sabe cómo puede terminar la noche.
—Está bien —aceptó, juntando las palabras con mucho esfuerzo.
¿Pensaba él marcharse de la discoteca con alguien aquella noche?—.
Cogeré las llaves.
—Estupendo. Al menos si conduces no podrás pasarte con el whisky —
susurró James para sí cuando ella se volvió a coger su bolso.
—¿Qué has dicho? —se giró hacia él de nuevo.
—¿En qué momento?
—Ahora mismo.
—Nada importante. ¿Nos vamos?
La chica guardó un repentino silencio. Sorprendida de que James
hubiera hecho en alto un comentario como aquel, pero feliz de haberlo
escuchado, decidió que había llegado el momento de apostar fuerte. Solo
quedaba ver si James no la mandaba a la mierda antes de hacer juego.
—Estoy pensando… que al final voy en tu moto —dijo de pronto.
Incluso a Pat le sorprendió el repentino cambio de actitud, pero se
limitó a fingir que se había quedado sorda de repente, como ella y Nick
llevaban haciendo un buen rato.
—Siempre y cuando te comprometas conmigo a traerme de vuelta —
insistió, mirándolo a los ojos sin tapujos. La frialdad en la mirada de James
la asustó un poco, pero no se amilanó.
—Ibas a ir en tu moto.
—He cambiado de opinión —insistió—. Me diste las dos opciones.
¿Me traerás?
—No me lo digas, también piensas que voy dejando a la gente tirada.
«¿También?», al parecer no era solo por el beso por lo que estaba
enfadado con ella.
—Solo quería asegurarme.
—Cuando llevo a alguien a algún sitio, cuento con esa persona al irme
—dijo con una sequedad absoluta.
—Genial. Voy a por el casco —dijo ausentándose del salón un segundo.
Pat también se excusó para ir al baño.
Los chicos salieron a la calle y caminaron hasta las motos. Nick lo
observó unos segundos. A la legua se le notaba el mal humor.
—Tratarla como si te debiera dinero no va a ayudarte —le dijo,
subiéndose en la moto.
James si siquiera se molestó en fingir que no sabía de qué le hablaba.
—Esa mujer disfruta atormentándome, Nick —opinó—. ¿No
pretenderás que le ría las gracias?
—Yo solo he visto a una mujer preciosa a la que ni has mirado.
—Muy a mi pesar, Nick, te aseguro que puedo describirte de arriba
abajo cómo va vestida.
—Pues nadie lo diría —reconoció sorprendido—. Igual deberías
decírselo a ella.
—A ella le soy indiferente; parece darle igual cualquier cosa que esté
relacionada conmigo —dijo convencido—. No puedes pedirme que siga
babeando detrás suya.
A ninguno de los dos les dio tiempo a añadir nada más. Las chicas
llegaron hasta ellos en aquel instante.
En apenas veinte minutos estaban descendiendo la escalinata de acceso
a la discoteca. Rob y Dannie ya estaban allí, acompañados de Sarah y Judd.
Durante la siguiente media hora todos estuvieron charlando con cierta
tranquilidad. Jennifer era consciente de que James no le dirigía la palabra
desde que habían llegado, y aquello empezaba a molestarle mucho. En
cuanto que tuvo ocasión se lo hizo saber.
—¿Vas a decirme que te pasa? —le dijo, ya harta de recibir solo
desplantes y miradas airadas—. Si esto es por el beso de anoche…
—Esto no tiene nada que ver con ese beso —la interrumpió.
—Pues tú dirás.
—¿Y por qué tendría que decirte nada? Ayer ya me dejaste claro lo que
piensas de mí —le reprochó—. ¿Qué más podrías querer hablar con un
mentiroso e irrespetuoso coleccionista de mujeres?
—No fue mi intención faltarte al respeto —se disculpó con sinceridad,
sorprendiéndolo.
El enfado de James se disipó un poco, pero el hecho de darse cuenta lo
devolvió a su estado de ofuscación. Le importaba un comino que ella le
hubiera echado en cara todo lo que pensaba acerca de su actitud con las
mujeres. Lo que no podía soportar era el hecho de que no pareciera
importarle en absoluto que él pudiera prestarle atención a cualquier otra; y
eso lo había dejado claro una y otra vez.
—Me dan igual tus disculpas, Jennifer, te recuerdo que el día que
hablamos en casa de Sam te dejé muy claro que no iba a seguir fingiendo y
que no iba a volver a acercarme a ti —dijo, molesto—. El que ayer me
engatusaras desnudándote en mitad de la calle…
—¡Vete a la mierda! —lo interrumpió, furiosa, dándole un empujón.
—No era mi intención faltarte al respecto. —Fingió disculparse, usando
el mismo tono que ella hacía un minuto.
—¿Cómo te atreves a decirme algo así? —le gritó furiosa—. Además,
los dos sabemos que eres demasiado fácil de engatusar.
Una bofetada no le hubiera sacudido más fuerte.
—No tanto al parecer, o anoche hubiera tomado gustoso lo que se me
ofrecía —se defendió.
Jennifer palideció. Aquello si había sido un golpe muy bajo. No
entendía que James estuviera tan enfadado con ella como para faltarle al
respeto de una forma tan directa e insultante.
—Pues espero que disfrutaras al menos un poco de ese beso, porque es
lo último que tendrás de mí —declaró acalorada.
James la tomó entre sus brazos, sobresaltándola.
—Al menos hasta que te toque, querrás decir.
—¡Suéltame!
Y eso hizo, tan repentinamente como la había abrazado.
—¿Por qué querría seguir persiguiendo a la única mujer a la que le
importo una mierda —le reprochó entre dientes—, pudiendo escoger a la
que quiera?
—¡Eres un chulo!
—Te propongo un juego, Jen —Ignoró el insulto—, elige tú una chica
para mí.
Jennifer no daba crédito a lo que escuchaba, pero era incapaz de
articular palabra.
—La que quieras —insistió James mirando a su alrededor—. Rubia,
morena, las pelirrojas suelen ser muy sensuales; la que atiende en la barra
me pasa su teléfono en una servilleta cada fin de semana. Venga, escoge,
Cada palabra que decía era como una patada en el estómago para
Jennifer, que necesitaba de todo su auto control para que él no se diera
cuenta.
—¿No te gusta el juego? Así podríamos acabar con ese rumor que tanto
te preocupaba ayer que afectara a mi vida sexual —continuó él—. ¿No? ¿Es
porque hemos venido en la misma moto? Igual al final tenías razón desde el
principio.
—¿Te parece divertido? —le gritó, intentando poner bajo control sus
emociones.
—¿A ti no? Puesto que cuento con tu beneplácito para acostarme con
alguien, sería genial que pudiéramos escogerla juntos.
—No entiendo que quieres decir con eso.
—Aprobación, consentimiento, permiso.
—¡Sé lo que significa beneplácito, gilipollas!
«Lo que no entiendo es por qué piensas que lo tienes», quiso gritarle,
pero se contuvo a tiempo.
—Vaya, que carácter. —Sonrió mordaz—, pues espero que sepas usarlo
para pelear por lo que quieres, o esta noche va a terminar muy mal.
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se alejó, perdiéndose entre
la gente.
Jennifer apretó los dientes, dolida y confusa. ¿Qué acababa de pasar?
James estaba furioso con ella, y lo más increíble era que creía tener razón.
Confundida, buscó con la mirada a sus amigos, pero todos parecían
estar ocupados haciéndose arrumacos. Excepto Judd, que hacía grandes
esfuerzos para impedir que Dannie se acercara demasiado, aunque también
estaba muy entretenida.
Aprovechó aquel momento para ir al baño a refrescarse un poco.
Cuando volvió no pudo evitar revisar el local con la mirada buscando a
James, al que no tardó en localizar, muy a su pesar. A escasos quince
metros, coqueteaba con descaro no con una, sino con dos rubias con unas
piernas kilométricas, a las que no hacía falta ver de cerca para saber que se
lo estaba comiendo con los ojos.
«¡Serán descaradas!», apretó los dientes, mientras que el monstruo de
los celos iba apoderándose de su cuerpo. «¿A qué coño vienen tantas
risitas? ¿Tan gracioso es todo lo que se están diciendo?», quiso gritar,
intentando disimular y apartar la mirada de vez en cuando.
—¿Y ese milagro? —le dijo un tipo acercándose a ella con una radiante
sonrisa—. ¿Cómo puedo haberme encontrado sola a la mujer más guapa de
este sitio?
Jennifer se volvió hacia el tipo en cuestión con una sonrisa irónica.
—¿En serio? —le dijo sin pararse a pensarlo—. ¿Es lo mejor que se te
ocurre?
—¿Perdona?
—¿Crees que estaría sola si no fuera por elección propia? —insistió—.
¿Me ves con ganas de reírme de cualquier tontería que digas como si fueras
el tipo más gracioso del planeta?
Por suerte, Nick y Pat llegaron hasta ella antes de que la conversación
se tornara más desastrosa.
—Disculpa, pero no se ha tomado su medicación hoy —bromeó Pat—.
Será mejor que te marches.
Nick solo tuvo que mirar al tipo en cuestión para dejarle claro que no
era un buen momento para el comentario que parecía tener intención de
hacer.
—¿Por qué habéis hecho eso? —les dijo Jen sarcástica—. Me estaba
divirtiendo mucho.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué debería pasarme algo? —Se delató al no poder evitar que
sus ojos se posaran en quien no debían.
—Entiendo —dijo Pat—. No he debido dejarte sola, lo siento.
—No te preocupes, estoy bien ¿Por qué iba a importarme que dos
rubias imponentes de metro ochenta y cintura de avispa se lo estén
disputando? A mí me da igual. Y debe de estar acabando con todo el
repertorio de chistes de Seinfeld, porque las tiene desternilladas de la risa.
—Pues deberías valorar un poco más el esfuerzo que hace —intervino
Nick—, porque ese espectáculo es solo para ti.
Jennifer frunció el ceño.
—Nick, aprecio que intentes consolarme, pero…
—Te pone a prueba.
—¿Qué?
—Ellas se lo están disputando, sí.
—Sí, de eso ya me había dado cuenta solita, gracias.
Nick sonrió. Los celos eran el peor enemigo de la sensatez. Él mismo lo
había aprendido de la peor manera.
—Pero míralo a él con atención.
—¿Quieres que vea cómo liga?
—Quiero que observes cómo las mantiene a raya —insistió—.
Coquetea, habla, sonríe, pero no permite que avancen, que lo toquen, que lo
abracen.
Jennifer observó de nuevo la escena desde aquel nuevo prisma. Se
sorprendió al comprender que Nick estaba en lo cierto. Cualquier intento
por parte de las chicas del más leve contacto era contrarrestado por James al
instante.
—Es sorprendente —admitió—. ¿Por qué lo hace?
—¿Por qué? —Rio Nick—. Para qué, sería la pregunta correcta.
—¿Crees que solo quiere ponerme celosa?
—No solo eso, Jen, quiere que reacciones.
—Pero si… yo reacciono cada vez que me toca —dijo sin entender
nada—. Si no hubiera estado tan enfadado, podría ser diferente.
—Jen, yo estaba en el salón cuando discutíais si traer una moto o las
dos —empezó diciendo Nick.
—¿Qué tiene eso que ver con todo esto?
—Le has dicho que no querías estropearle los planes —le recordó—.
Has insinuado que quizá él querría salir antes de aquí con otra persona.
—¡Pero no para que lo hiciera!
Nick se encogió de hombros y Jennifer se encontró rememorando la
última conversación que habían mantenido. ¿Era por eso por lo que él la
había acusado de darle su aprobación para irse con alguien? ¡Por Dios, pero
¿cómo había sido tan necia?
«Espero que sepas pelear por lo que quieres…», era lo último que él le
había dicho.
James volvió a reír e interceptó de nuevo la mano que intentaba
enredarse en su cintura. Empezaba a estar harto de aquella conversación y,
muy a su pesar, no parecía estar sirviendo de mucho. Miró de reojo de
nuevo hacia donde Jennifer estaba charlando con Pat y Nick, y, asombrado,
descubrió que había desaparecido. ¿Dónde demonio se había ido?
Desconcertado, barrió el local con la mirada en su busca, maldiciendo
en su interior.
—¿Me estabas buscando? —lo sorprendió Jennifer apareciendo a su
lado como por arte de magia. Para dejar muy claras sus intenciones, con una
mano tomó uno de los brazos de James y se lo pasó alrededor de los
hombros, mientras que con la otra se abrazó a su cintura. Tras esto miró a
las dos chicas —: Gracias por cuidar de él, pero ya estoy aquí.
Ellas esperaron unos segundos la intervención masculina, pero se
alejaron al comprobar que él se limitaba a encogerse de hombros como
única respuesta.
James se volvió a mirarla con una expresión entre divertida y
sorprendida.
—¿A qué ha venido eso?
—¿Tú que crees?
—Acertijos no, Jennifer, estoy cansado —suspiró.
—Acabo de marcar mi territorio —reconoció, aliviada de que él
pareciera tan receptivo—. ¿Te molesta?
—Aún no lo sé —admitió. Jen contuvo el aliento—. ¿Has bebido?
—Dos coca colas —dijo, sintiendo al instante como él la tomaba de la
cintura para atraerla hacia sí. Ella fingió resistirse un poco—. Quiero dejar
claro que yo en ningún momento te he dado mi beneplácito para irte con
ninguna otra.
—¿No? —preguntó complacido, sin poder disimular una sonrisa. Su
enfado hacía mucho rato que se había evaporado—. Insinuaste que quizá
querría salir de aquí antes.
—¡Pero no te estaba animando a irte con otra! —protestó—. Solo
quería escuchar…
Se detuvo, cohibida.
—¿Qué? —la apremió.
—Que no había nadie mejor que yo con quien quisieras estar.
James sonrió sin esconder cuánto lo complacían aquellas palabras.
—Pues no fue eso lo que dijiste.
—¿Y que esperabas? Me dolió el desaire que me hiciste anoche, James.
—Se revolvió entre sus brazos, aunque él no la dejó poner distancia.
—Dijiste que solo me besabas porque estabas bebida.
—Mentí —admitió—, pero quizá un poco de lectura entre líneas no te
vendría mal.
—Lo intentaré —prometió James sonriendo—. Pero hasta que no te
salgan subtítulos explicativos mientras hablas, procura decirme las cosas lo
más claras posible.
—¡Me debes un besazo de los que hacen historia! —le dijo,
apuntándole con el dedo hacia la punta de la nariz.
—¿Ves? —Sonrió James con picardía—. Claro y cristalino.
La estrechó entre sus brazos y la besó con intensidad. La lengua de
James recorrió su boca con avidez, deleitándose con su sabor, hasta que
consiguió arrancarle un gemido ronco.
—¿Consideras mi deuda pagada? —le susurró sobre su boca—. ¿O
quieres más?
—Quiero —admitió Jennifer respirando con dificultad.
—¿Cuánto?
—Todo lo que puedas darme.
James tuvo que exhalar aire para controlar sus instintos. Miró a su
alrededor, buscando un lugar con algo más de intimidad, pero sabía que no
encontraría nada adecuado para lo que necesitaba de ella con urgencia.
—Será mejor que controles tus palabras, cariño, porque no creo que mi
cuerpo pueda resistir otra conversación como la de ayer en tu casa.
La chica sabía que se refería a lo sucedido tras su espectáculo en
biquini. Su libido se disparó al recordar ciertas palabras con las que él
también le obsequió durante aquella conversación, y que le habían
provocado sueños eróticos de alto voltaje.
«Puedo hacerte olvidar tu nombre mientras gritas el mío», se mordió
los labios al recordarlo, y James tomó de nuevo su boca un segundo
después. La acorraló contra la pared para poder besarla a conciencia.
Ambos se devoraron sumidos en un estado de excitación que apenas podían
controlar.
—¿Crees de verdad que podemos deshacernos de esta… maldición
cediendo a ella? —susurró Jennifer entre jadeos—. Porque yo no puedo
pensar en nada más.
—¿Estás pidiéndome…?
—Sí.
—¿Lo tienes claro? —insistió, apretándose contra sus caderas.
—Sí, sí.
—Veamos, entonces, cuánto eres capaz de correr con esos tacones.
—¿Qué?
—¡Que nos vamos de aquí! —apremió—. ¡Lo más rápido que
podamos!
Tras esto la besó por última vez en los labios, la tomó de la mano y
ambos echaron casi a correr hacia la salida. Jennifer, feliz, y sin plantearse
si hacía o no lo correcto, solo podía reír a carcajadas mientras James tiraba
de ella con premura.
Capítulo 41
Cuando entraron en el garaje de su casa y detuvo el motor, James se
sorprendió al comprender que estaba nervioso. No lograba entender por
qué, pero así era. Se había pasado todo el camino obligándose a usar los
frenos porque tendía a acelerar demasiado por pura ansiedad. Jamás en toda
su vida había estado tan desesperado por estar a solas con una mujer.
—James —le detuvo la chica antes de subir con él las escaleras que
conectaban el garaje con la casa—, necesito que hablemos de algo.
Él la tomó en sus brazos estrechándola mucho contra su cuerpo.
—Si me dices que has cambiado de opinión, creo que me volveré loco.
—Sonrió.
—No. —Le devolvió una sonrisa tímida—. Tengo muy claro lo que
quiero, pero me gustaría que dejáramos sentadas unas bases.
Durante todo el trayecto hasta la casa, Jennifer había tenido tiempo de
pensar. Debía dejarlo todo claro para conservar la cordura por la mañana. Si
no lo hacía corría el riesgo de caer en la tentación de suplicarle, porque en
el fondo sabía que mañana no lo desearía menos que aquella noche.
—No hemos hablado de tus condiciones —comenzó—, quiero que
sepas que las tengo claras y que también son las mías.
—¿A qué te refieres?
—Esto solo va a pasar una única vez, James.
El guardó silencio, sorprendido por el repentino comentario.
—Sin reproches —continuó ella—, sin compromisos y sin segundas
partes.
—¿Ahora te gustan mis reglas? —le preguntó, intentando no pensar en
la extraña sensación de descontento que lo invadía.
—Debo reconocer que jamás pensé que admitiría algo así.
—¿Y por qué lo haces?
—Porque los dos sabemos que necesitamos esto para continuar
adelante con nuestras vidas —dijo con una seguridad que lo impresionó—.
Mañana ambos seremos libres. Tú podrás seguir acostándote con una mujer
diferente cada día, y yo podré encontrar a alguien que me aporte lo que
necesito de una relación.
—¿Y qué es?
«¡Que me amen con locura!», estuvo tentada a confesar.
—Eso… es privado —fue lo que dijo en su lugar—. Así que esto es lo
que tendremos: una vez.
—No.
—¿No?
—Una noche —aclaró, estrechando el abrazo—. Es un matiz sutil, pero
que lo cambia todo.
Jennifer sonrió mientras su cuerpo respondía a la creciente cercanía.
—De acuerdo.
Aquellas dos simples palabras llenaron a James de una intensa
sensación de euforia.
—Pues espero que estés descansada —le dijo, dándole un suave beso
en la curvatura del hombro—, porque no vas a dormir.
Con aquella promesa en el aire tiró de ella, llevándola de la mano
escaleras arriba hasta entrar en la casa. Ni siquiera esperó a llegar a su
habitación para atraerla de nuevo hacia él y besarla profundamente,
desatando una locura entre ellos que amenazó con enloquecerlos de deseo.
Dejando escapar un intenso gemido, Jennifer lo abrazó como si la vida
le fuese en ello, exigiendo más y más. James estaba más que dispuesto a
cumplir con lo que se esperaba de él y profundizó en el beso hasta el punto
en que a ambos les resultó difícil respirar, pensar o sentir nada que no fuera
aquella increíble sensación en aquel momento inolvidable. El poder
alimentar aquella lujuria hasta sus últimas consecuencias hacía de aquel
beso algo especial, diferente a cualquiera de los anteriores.
Tomándola de las nalgas, James la apretó contra su erección,
obligándola a enroscar las piernas alrededor de sus caderas. Caminó con
decisión hasta su habitación sin dejar de besarla con una desesperación que
rayaba en la locura.
Jennifer gimió cuando él tiró del top que llevaba puesto liberando unos
pechos firmes, cuyos pezones erguidos eran prueba inequívoca de su
excitación. Con una agónica lentitud, los dedos masculinos acariciaron su
piel y descendieron por su clavícula hasta cerrarse sobre uno de los pechos.
Las rodillas de Jennifer parecieron volverse de trapo, pero aquello solo fue
un leve anticipo comparado con lo que sintió cuando la cálida boca de él
sembró un camino de besos, hasta atrapar con sus labios uno de sus
pezones, estimulándolo con la lengua y provocando que una exquisita
sensación se disparase en otro punto de placer entre sus piernas
Cuando las manos masculinas continuaron descendiendo y se perdieron
dentro de sus leggins, James volvió a besarla con avidez.
—Me muero por comprobar por fin cuánto me deseas —susurró contra
su boca.
—¡Hazlo! —suplicó enloquecida de deseo, esperando que aquellos
dedos llegaran por fin hasta aquel punto entre sus piernas que pedía a gritos
ser acariciado.
James dejó escapar un gemido ronco cuando sus dedos se abrieron paso
hasta el centro de su feminidad, empapándose al instante de la respuesta a
su pregunta.
—Fuego líquido —gimió contra su boca, volviendo a besarla, al mismo
tiempo que introducía un dedo en aquella otra cavidad que estaba más que
preparada para él.
Un intenso gemido escapó de la garganta de Jennifer, mientras aquellos
dedos le hacían el amor como jamás pensó que fuera posible, al mismo
tiempo que estimulaban por fuera su centro de placer. En pocos segundos,
la llevó hasta un precipicio del que, de forma irremediable, tendría que
dejarse caer antes de lo previsto.
—James —jadeó desesperada—, yo… voy…
—Déjate ir, cariño —susurró con voz ronca sin dejar de besarla—. No
sabes cuánto voy a disfrutarlo.
Acrecentó el ritmo de sus caricias, disfrutando de cada segundo de
tormento que le daba y deleitándose con la creciente excitación de la chica,
cuyos gemidos subían de intensidad a cada embestida de sus dedos. Cuando
la escuchó gritar su nombre y sintió montones de pequeños espasmos
cerrarse sobre sus dedos, James dejó escapar un gemido ronco y triunfal
sobre su boca.
—Jamás escuché un sonido más excitante —le susurró al oído—.
Podría pasarme la noche entera solo llevándote al orgasmo una y otra vez.
Jennifer se sujetó a él con fuerza mientras su respiración se
normalizaba. Todavía se encontraba mareada, como flotando sobre una
nube, tras el intenso orgasmo que la había azotado de la cabeza a los pies.
Jamás en toda su vida había sentido nada ni remotamente parecido.
—Quería esperarte —susurró un poco avergonzada.
—¿Esperarme? —Sonrió James mordisqueándole uno de los hombros
mientras terminaba de desabrocharle el top y lo tiraba al suelo—. ¿Sabes de
lo que me hubieras privado?
La chica se perdió en el brillo triunfal de aquellos ojos verdes increíbles
y se movió contra su pelvis, intentando desestabilizarlo un poco. Cuando lo
vio tragar saliva, respirando con dificultad, comprendió que él estaba
aguantando lanzarse sobre ella a duras penas, dándole tiempo para
reponerse de la intensidad de su clímax. Comprender aquello envío una
punzada de anhelo a cada parte de su cuerpo, y su deseo por él se volvió a
encender con una intensidad que no creía posible.
Se lanzó sobre él y tiró de su camiseta, arrojándola junto al top.
Acariciar aquel torso desnudo por primera vez la hizo suspirar con deleite;
y cuando se echó en sus brazos, piel contra piel, perdió la razón de nuevo.
James la abrazó y acarició todo su cuerpo, enloquecido, sin dejar de
apretarla con fuerza contra su erección. Cuando sintió una mano de la chica
descender por su torso hasta su entrepierna, contuvo la respiración. Tuvo
que hacer acopio de todo su autocontrol para permitirle desabotonar sus
vaqueros y acariciarle por encima de la ropa, pero en el momento en que
ella liberó su erección y cerró la palma de la mano a su alrededor, perdió el
juicio por completo.
Con un movimiento firme, empujó a Jennifer sobre la cama y tiró de
sus leggins y de sus braguitas durante el proceso. No se quitaron los ojos de
encima en ningún momento mientras él se terminaba de desnudar y se unía
con ella en la cama.
En el momento en el que sus cuerpos desnudos se fundieron, James
supo que no podría alargar aquello demasiado.
La besó de nuevo sumido en la desesperación más absoluta mientras
recorría su cuerpo con las manos, intentando no perderse un solo detalle.
Probó sus pechos de nuevo deleitándose con su sabor, disfrutando de los
gemidos que Jennifer no podía disimular. Cuando metió de nuevo la mano
entre sus piernas, comprobó, maravillado, que volvía a estar lista para él.
Movió con maestría sus dedos sobre la pequeña protuberancia femenina,
que solo tuvo que rozar para escucharla gritar contra su boca.
—Por favor —le suplicó Jennifer moviendo las caderas contra su
pelvis.
Aquello fue más de lo que James pudo soportar.
—Prometo… comerte entera… después. —Jadeó sobre su boca,
besándola a conciencia de nuevo, mientras sus cuerpos se acoplaban a la
perfección.
Con una única embestida se hundió en su interior y ambos dejaron
escapar un gemido ronco de satisfacción. James se quedó muy quieto
durante unos segundos, disfrutando de la sensación de triunfo. Había
imaginado aquel momento durante tantas noches de insomnio… Pero
cuando Jennifer contrajo la pelvis y se movió contra él, descubrió que su
imaginación era una pobre imitación de la realidad.
Comenzó a moverse en su interior, sin dejar de besarla, trastornado por
la intensidad de lo que sentía. Cada embestida arrancaba un gemido de la
garganta de la chica, que lo sumergía a él cada vez más en la locura.
Cuando Jennifer elevó la pelvis y enroscó las piernas alrededor de sus
caderas para permitirle un acceso más profundo, terminó de perder el
control. Se hundió en profundidad en su interior de una fuerte acometida, y
escuchó a Jennifer gritar y estremecerse entre sus brazos presa de un
orgasmo increíble. Aquello fue el principio del fin para él, que se dejó
arrastrar junto a ella por un clímax tan intenso que le cortó la respiración.
Ambos se quedaron en silencio, jadeantes, intentando recuperar
fuerzas. Después de un rato, James se echó a un lado y, sin apartarse del
todo, se apoyó sobre el codo y la observó detenidamente antes de decir:
—No era mi intención hacerte el amor de forma tan precipitada, pero
llevaba demasiado tiempo esperando este momento.
Jennifer le devolvió una amplia sonrisa.
—¿Llamas precipitado a lo que acaba de pasar? —preguntó alucinada
—. Porque he visto películas porno más cortas.
Una sincera carcajada escapó de los labios del chico.
—Supongo que la noche es larga para resarcirme —insistió James—.
Al alba podrás valorar por ti misma a qué me refiero.
Jennifer lo miró, embelesada, pensando en cuánto le gustaba aquella
idea. Desde un principio había sabido que entregarse a James iba a ser algo
increíble, pero se había quedado muy corta.
—¿Crees que puedes superar lo que acabas de hacer? —le dijo,
incrédula, con una sonrisa traviesa.
—¿Acaso lo dudas? —Fingió ofenderse, mientras pasaba la yema de
sus dedos con suavidad alrededor de sus pezones.
—Ha sido… intenso —reconoció ella, dejando que aquellos dedos
camparan a sus anchas por su cuerpo desnudo.
—Sí, tanto que he perdido el control —admitió a regañadientes.
Aquello era algo que no le había pasado jamás. Sabía que era un buen
amante, y se jactaba de serlo con la cabeza fría, sin dejarse arrastrar por sus
emociones; pero con Jennifer todo era tan distinto…
—Menos mal que yo estaba controladísima —bromeó ella con un
simpático gesto.
—Menos mal, sí. —Rio, pero cambió el gesto al instante— Pero en
serio, Jen, yo no me dejo llevar de esta manera jamás. Y menos hasta el
punto de… no usar protección.
—Pues quédate tranquilo, porque tomo la píldora. —Sonrió, encantada
de haberlo desestabilizado tanto como para olvidar algo tan importante—.
Y soy una persona muy sana.
—Yo jamás he estado con nadie sin usar un preservativo —le aseguró.
—Pues si los dos estamos sanos como una pera, ¿podemos continuar
con lo que estábamos?
La respuesta fue un beso que le arrancó un gemido de anticipación. Las
manos de James comenzaron a moverse de nuevo por su cuerpo con
lentitud, explorando cada zona con delicadeza.
—Me encantan esos pequeños gemidos que se escapan de tu garganta
—le dijo succionándole uno de los pezones, siendo recompensado justo con
aquel sonido—. Te juro que voy a pasar toda la noche arrancándote uno tras
otro.
—Ninguna objeción a eso.
—Quizá termines pidiendo piedad en algún momento —amenazó con
una de sus devastadoras sonrisas mientras sus manos descendían por el
abdomen femenino con exquisita lentitud.
La chica tragó saliva, esperando aquellos dedos de nuevo entre sus
piernas, y lanzó un bufido de frustración cuando él pasó de largo para
acariciarle los muslos.
—¿Qué te pasa? —susurró James con picardía—. ¿Quieres algo en
especial? Se aceptan peticiones.
—Sabes lo que quiero —gimió de nuevo cuando James hizo amago de
acomodar la mano entre sus piernas y volvió a resistirse a tocarla.
—¿Tú crees?
—Eres malo —protestó—. Eso que me hiciste antes con los dedos…
—¿Te gustó?
—Sabes que sí —dijo, pasándose la lengua por los labios al recordarlo
—. ¿Podrías…?
—Puedo, sí. —Sonrió complacido, llevando su mano por fin donde la
chica más la necesitaba—. Vuelves a estar lista…
—Sí.
James tuvo que respirar en profundidad para no dejarse llevar por el
deseo salvaje de hundirse dentro de ella de nuevo. Se conformó con
introducir un dedo en su interior y lo movió con maestría, arrancándole un
gemido ronco casi instantáneo. Con el pulgar aprovechó para estimular su
clítoris, tal y como había hecho antes.
—¿Cómo… logras hacer eso? —gimió ella contra su boca besándolo
con abandono.
Él sonrió sobre sus labios, muy consciente de a qué se refería.
Conseguir estimular el punto g al mismo tiempo que el clítoris no era tarea
fácil, pero él había tenido muchos años de práctica para perfeccionar la
técnica. Y por un segundo pensó que todos habían sido meros ensayos para
llegar a aquel momento, con aquella mujer en particular.
—Eres muy sensible a mis caricias. —Le devolvió un beso desesperado
y hambriento mientras movía sus dedos a un ritmo cada vez mayor.
El grito de alivio que Jennifer dejó escapar al llegar a la culminación
casi lo empujó a él también por el abismo. Se contuvo a duras penas.
Jennifer lo atrajo hacia sí aún desesperada. Acababa de tener otro
clímax espectacular, pero seguía deseando más y más. ¿Cómo era posible?
—Ahora te quiero a ti —le susurró entre beso y beso.
—Aún no.
Ella protestó arrancándole una sonora carcajada.
—Jennifer, hace un rato me has dado el orgasmo más increíble de mi
vida, déjame tomarme mi tiempo para agradecértelo como es debido.
—¿Más?
—Si puedo hacer eso con los dedos, imagina lo que puedo hacer con la
boca, la lengua…
Sin poderlo remediar, la chica se estremeció de arriba abajo solo de
pensarlo, pero nada comparado con lo que sintió mientras él besaba y lamía
cada parte de su cuerpo. Siempre se había jactado de conocerse en
profundidad, pero James estaba descubriendo zonas erógenas en ella que ni
siquiera sabía que estuvieran allí. Cuando enterró la cabeza entre sus
piernas, creyó que enloquecería de deseo. Los gemidos con los que
agradecía cada caricia de la lengua masculina sobre la parte más íntima de
su cuerpo, comenzaban a llevar al propio chico hasta un camino de no
retorno.
—James… yo… —Jadeaba con las manos enredadadas en su pelo,
animándolo a seguir—. No puedo aguantar más.
—Adelante —susurró él. Y aumentó el ritmo hasta que ella volvió a
deleitarle con aquel gemido ronco que emitía cuando alcanzaba su clímax.
James ascendió por su cuerpo y la besó con pasión, al mismo tiempo
que se hundía en su interior de una única y profunda embestida, que arrancó
un sonido de asombro en la chica al sentir como su cuerpo volvía a explotar
de placer en ese mismo instante. Pero aquello no le impidió moverse al
ritmo que James impuso.
Con exquisita calma, él comenzó a moverse en su interior muy
despacio, controlando cada movimiento de una forma magistral, aunque le
estaba costando la misma vida mantener aquel ritmo.
A Jennifer le molestó la férrea determinación con la que él se afanaba
en mantener el control de sus emociones, y decidió centrar todos sus
esfuerzos en desestabilizarlo hasta hacerle perder el norte. Contrajo los
músculos de la pelvis con fuerza, sin dejar de moverse, gimiendo de
satisfacción al notar como él incrementaba el ritmo y su respiración se hacía
mucho más pesada y descontrolada.
—Jennifer… —gimió sobre su boca—. ¿Qué… me estás haciendo?
—No te quiero controlado —exigió—, te quiero salvaje.
—Jen… —gimió de nuevo.
—Sí.
—Eres… tan increíble.
Por el beso que le robó la razón un segundo después, la chica supo que
él al fin había claudicado ante la locura que los envolvía, y se dejó arrastrar
de nuevo en la espiral de deseo. El ritmo fue subiendo, enloqueciéndolos a
ambos, mientras era casi imposible distinguir quien dejaba escapar cada uno
de los gemidos y jadeos que resonaban en la alcoba. Cuando el placer llegó
a su punto más álgido y se hizo insostenible, ambos cayeron de la mano en
una increíble y brutal espiral tan larga e intensa que los dejó exhaustos;
tanto que durante unos interminables segundos les impidió hasta el más
mínimo movimiento.
«Jo-der», pensó James, alucinado, dejándose caer a un lado cuando
pudo llenar de aire sus pulmones de nuevo. Aún desconcertado por la
intensidad del clímax que lo había asaltado por segunda vez, se preguntó
que tenía aquella mujer para enloquecerlo de una manera tan absoluta y
devastadora. Escucharla gemir mientras llegaba al orgasmo podría
convertirse en uno de sus dos pasatiempos favoritos. El segundo, sin duda,
sería hundirse en su interior y dejarse arrastrar con ella por el abismo. Decir
que aquella estaba resultando la mejor experiencia sexual de su vida no le
hacía justicia a la realidad.
Permanecieron abrazados en silencio unos minutos, ambos intentando
recuperarse de la impresionante experiencia.
Jennifer hubiera querido decirle que jamás en toda su vida había
sentido aquello con ningún otro, pero en su lugar se encontró diciendo:
—Espero que tengas algo comestible en la nevera. Si vamos a seguir a
este ritmo, necesito reponer fuerzas.
—Pues vayamos a buscar algo para comer, porque te aseguro que te
van a hacer falta —dijo, asaltando su boca con un profundo beso que dejaba
muy claro que no bromeaba—. ¿Qué te apetece?
—¿De comida? —bromeó la chica con una mirada lasciva, sin dejar de
acariciarle el pelo.
—Sigue provocándome así y no conseguiremos llegar nunca a la cocina
—amenazó, besándola en profundidad de nuevo.
Entre risas, ambos salieron de la cama. Jennifer se comprometió a
hacerle las mejores tortitas que había probado en toda su vida, y lo obligó a
hacerse a un lado una vez que puso a su alcance todos los ingredientes que
necesitaba.
James, mientras tanto, ponía la mesa sin poder quitarle los ojos de
encima. Tenerla en su cocina a las tres de la mañana, ataviada con una de
sus propias camisetas mientras cocinaba para él, de repente se le antojaba lo
más erótico que había visto en toda su vida.
Se acercó a ella y la abrazó por la espalda, besándola en el cuello con
avidez. Estaba listo para amarla de nuevo y aquello era increíble incluso
para él, apenas veinte minutos después de dos clímax que habían rozado lo
espectacular.
—¿Cómo es posible que esta camiseta te siente mejor que a mí? —le
dijo dándole pequeños mordiscos en el hombro.
—James… —Rio, intentando escabullirse—, no creo que lleguemos a
cenar nunca si sigues así.
—Tú sigue con lo que estás haciendo —sugirió mientras se centraba
ahora en lamerle la cara interna del cuello—. Puedes seguir batiendo la
mezcla sin problema.
Sus manos se colaron por dentro de la camiseta y se cerraron sobre sus
pechos, deleitándose con unos pezones endurecidos bajo sus dedos. Cuando
continuó descendiendo e introdujo una mano dentro de sus bragas, la chica
apoyó la espalda contra su pecho, dejando escapar un gemido.
—No veo que avances con la cena —le susurró él al oído.
—Tengo hambre.
—Sí, yo también —dijo mientras le bajaba las braguitas con una
lentitud agónica hasta que cayeron al suelo—, y hay apetitos que no pueden
esperar.
Se bajó los calzoncillos y la tomó desde atrás con una embestida certera
que les arrancó un gemido a ambos. Se movió en su interior a un ritmo
fuerte y constante, mientras que con los dedos acariciaba a sus anchas aquel
botón mágico al que tenía un acceso total y absoluto en aquella postura.
Jennifer se deshacía en gemidos abandonada por completo a su merced.
James salió de su interior solo el tiempo necesario para girarla y
abrazarla de frente. La besó con delirio mientas la tomaba de nuevo,
apoyándola sobre la encimera. Solo necesitó algunas embestidas más para
que ambos culminaran en otro poderoso y asombroso orgasmo simultáneo.
—¿No tardan un poco esas tortitas? —le dijo muy serio cuando
recuperó el aliento.
—¡Eres un…! —la interrumpió con un beso que ahogó toda protesta.
—Si tuviera que elegir entre alimentarme o comerte a ti, moriría de
inanición.
—Menudo listillo estás hecho —bromeó. Y se giró hacia la encimera
para esconder su rubor. Hubiera querido pedirle a James que no le dijera
cosas como aquella, que olvidara los halagos que pudieran hacerle suponer
que había algo más entre ellos que aquella increíble noche, pero prefirió no
abrir aquella herida por el momento.
Cuando se sentaron a la mesa para degustar las famosas tortitas, ambos
las devoraron en cuestión de minutos. Se echaron hacia atrás cada uno en
una silla todavía relamiéndose.
—Parece que me han salido buenas. —Rio Jen—. O a lo mejor ha sido
el hambre que teníamos.
—Las dos cosas —admitió—. Y si no estuviera tan lleno, sería
interesante darle otro uso a la nata y el sirope, pero si tomo una gota más no
va a ser todo lo agradable que debiera.
Jennifer rompió a reír.
—Sí, nos hemos pasado un poco comiendo, ¿se te ocurre algo que nos
ayude a quemar calorías? —preguntó con una mirada provocativa.
—Déjame pensar…
—Si se te han acabado las ideas, quizá ha llegado el momento de irme.
—Intenta salir por esa puerta y encontraré mil y una formas de
castigarte.
—¿Me lo prometes?
La mirada sensual y llena de deseo que recibió en respuesta casi le
arrancó un suspiro.
—Solo necesito unos minutos más para bajar la cena, y puedes echar a
correr.
—¿De ti? —Sonrió Jen—. ¿Y por qué demonios querría yo hacer eso?
—Porque no voy a tener compasión —le dijo, tirando de ella y
sentándola en su regazo—. Voy a provocarte un orgasmo tras otro hasta que
me pidas clemencia.
—Jamás te pediré clemencia.
—¿Tú crees? Porque puedo llevarte al clímax en treinta segundos —le
aseguró, recorriendo sus piernas con la yema de los dedos.
—¡Igual te sobrestimas un poco! —Rio.
James la besó, invadiendo su boca con un ansia que hasta a él mismo le
sorprendió. Después, sentó a Jennifer sobre la mesa frente a él, la despojó
de las bragas y la miró con una sonrisa lujuriosa que arrancó un gemido de
anticipación en ella.
—Empieza a contar —fue lo único que le dijo antes de meter la cabeza
entre sus piernas y estimular su centro de placer con la lengua, al mismo
tiempo que usaba un dedo para meterse en su interior.
Veinte segundos. Aquello fue todo lo que necesitó James para cumplir
su objetivo.
—¿Ya te he dicho cuánto disfruto de tus orgasmos? —le dijo, besándola
al terminar—. Y no creo que necesites un cronometro para saber que he
cumplido mi promesa con creces.
Jennifer intentó hacer un esfuerzo para no sonreír, pero no lo consiguió.
—¿Y yo te he dicho alguna vez lo arrogante que eres? —le dijo,
intentando al menos fruncir el ceño.
—¿Arrogante? Déjame pensar… —Sonrió—. No, no recuerdo que me
lo hayas llamado nunca.
Entre risas, continuaron bromeando, tonteando y disfrutando de besos
llenos de pasión, mientras retomaban las fuerzas necesarias como para
volver a la cama. También aprovecharon para charlar acerca de algunos
temas triviales, pero que les ayudaron a conocerse un poco mejor. James se
interesó por su trabajo en el hospital y ella aprovechó a su vez para
preguntarle por el empeño de Sam en que dirigiera Sample. El chico intentó
explicarle en pocas palabras las mejoras que quería para Customsa, y por
qué solo podría tenerlas si antes encarrilaba un poco la dirección de Sample.
—Pues es un objetivo muy ambicioso —reconoció Jen tras escuchar la
historia—. Hay que estar hecho de una pasta muy especial para llevar a
cabo un proyecto así.
—Impone un poco, sí —admitió.
—¿Y te apetece irte a Nueva York? —preguntó, intentando no sonar
demasiado interesada en la respuesta.
—No —reconoció—. Y menos como está Sam, pero a veces se pone un
poco pesado con el tema. Insiste en cederme todas sus acciones para que
reclame la presidencia de Sample cuanto antes.
—Y tú no quieres estar tanto tiempo lejos de él. —Entendió la chica.
«Ni de ti», fue la primera respuesta que le pasó a James por la cabeza.
Aquel pensamiento lo desconcertó, consiguiendo que se revolviera inquieto
en su asiento.
—¿Qué pasa? —le preguntó Jennifer al sentir su azoramiento.
—Nada —mintió, pero la obligó a levantarse de su regazo, fingiendo
necesitar agua fresca.
Caminó hasta la nevera y se tomó su tiempo para servirse un vaso,
intentando reponerse.
Jennifer lo observaba con curiosidad, preguntándose qué mosca le
habría picado, pero prefirió no ahondar en algo que, a la legua, se veía que
lo había incomodado.
—¿Me lo he imaginado o tienes una guitarra en tu cuarto? —Recordó
que tenía pendiente de preguntarle.
—Sí. —Sonrió, feliz de pasar a un tema de conversación seguro—.
Testigo mudo de todo lo que ha pasado esta noche.
La risa de Jennifer lo contagió de inmediato.
—Hablas como si tuviera vida propia.
—La tiene.
—¿Me lo demuestras?
Cogieron algunas provisiones por si volvían a tener sed o hambre, y
volvieron a la habitación.
Jennifer centró toda su atención ahora en la guitarra, que casi le había
pasado inadvertida hasta aquel momento.
—¡Una Fender Stratocaster! —Se maravilló, cogiéndola entre sus
brazos—. ¿Cómo me ha podido pasar desapercibida hasta ahora?
—Supongo que estaba ocupada con cosas… más importantes.
—Supongo que sí —admitió sonriendo—. ¡Es preciosa!
—¿Tocas?
—No —dijo con pesadumbre—. Solo algunos acordes, pero es una
cuenta que tengo pendiente con la vida.
James sonrió.
—¿Y tú? ¿La tienes de adorno o sabes tocar?
—Algo toco.
—Espero que sea algo más que el Smoke on the Water.
Una carcajada volvió a escapar de los labios del chico, que se
sorprendió pensando en cuánto le gustaba el entusiasmo y el sentido del
humor de aquella mujer.
James caminó hasta el altavoz, lo puso en marcha y ajustó el volumen
lo suficiente para que los vecinos no sintieran la tentación de llamar a la
policía. Tomó la guitarra y se sentó en la cama, riendo al ver como Jennifer
tomaba asiento a sus pies mientras coreaba su nombre como si fuera un
Rolling Stone.
Sin poder contenerse, comenzó tocando los primeros acordes de Smoke
on the Water de Deep Purple, fingiendo tocar con la misma torpeza que lo
haría cualquier principiante, hasta que miró a Jennifer a los ojos y se metió
en un punteo imposible, que terminó por silenciar cualquier intento de
broma por parte de la chica. Durante unos minutos fue pasando de canción
en canción, demostrando que era capaz de tocar cualquier cosa que quisiera.
Jennifer, asombrada y sin mediar palabra, lo escuchaba tocar y se deleitaba
con la concentración y la pasión con la que parecía acariciar aquellas
cuerdas.
—Eres increíble —le dijo con sinceridad cuando se detuvo.
—Me defiendo. —Sonrió incómodo.
—Eso no es defenderse, es dejar k.o. al contrincante.
James volvió a reír.
—Se aceptan peticiones, ¿te apetece algo en concreto?
Jennifer tenía claro qué canción quería escuchar siempre que tenía
ocasión. Había decenas de canciones que le apasionaban, pero una en
particular era su debilidad; aun así, prefirió descubrir algo más acerca de él.
—Toca tu canción.
—¿La mía?
—Sí, todos tenemos una canción que siempre está un peldaño por
encima de las otras, ¿cuál es la tuya?
James sonrió, asintiendo.
—A ver si te suena…
Los primeros acordes que inundaron la habitación, arrancaron una
exclamación de asombro por parte de Jennifer, que sintió como hasta el
último vello de su cuerpo se ponía en pie, al tiempo que un nudo de
emoción se le atoraba en el pecho. Resultaba increíble que él hubiera
elegido aquella canción, su canción, la que ella misma escogería entre un
millón… Lo miró mientras tocaba, con una admiración creciente que no
supo en qué momento se convirtió en un deseo salvaje que le estaba
costando controlar. Cada acorde que salía de aquellas cuerdas era como
añadir gasolina a una hoguera y, resultaba increíble, pero estaba al borde del
clímax sin que James le hubiera puesto aún una mano encima.
—Si sigues mirándome así, no voy a poder seguir tocando —protestó él
con una enorme erección tras la guitarra, solo por el modo en el que ella se
lo comía con los ojos.
Jennifer se puso en pie, le quitó la guitarra de las manos y la puso a un
lado con cuidado.
—Es que eres el máximo exponente de todo lo que me pone en un
hombre —le confesó, arrojándose en sus brazos—. Me fascina como se
mueven tus dedos sobre las cuerdas… Ahora entiendo por qué se mueven
de esa manera tan increíble sobre mi cuerpo.
James la recibió en sus brazos y ardió en llamas con aquellas simples
palabras, mientras ella lo besaba como si le fuese la vida en ello.
Se quitó la camiseta y se sentó a horcajadas sobre él, presa de una
lujuria total y absoluta.
—Ahora es mi turno. —Jadeó sin dejar de besarlo, moviéndose contra
su erección, aún prisionera bajo los calzoncillos—. Te deseo de una
forma… insoportable.
—Pues aquí me tienes. —gimió James sobre sus labios, enloqueciendo
a cada segundo también—. Solo dime que quieres.
—Todo —reconoció ella casi en un susurró—. Cada centímetro de tu
cuerpo…
Lo empujó sobre el colchón y, muy despacio, fue descendiendo por su
pecho, acariciándolo con las manos, los labios, la lengua…, deseosa de
encontrar cada uno de los puntos erógenos de aquel increíble cuerpo, al que
rendía pleitesía. Cuando tiró de sus calzoncillos hacia abajo rozándole de
forma deliberada la enorme erección, James dejó escapar un gemido ronco.
La chica volvió hasta su boca para darle un beso apasionado, al que él
correspondió de una forma salvaje.
—No sé cuánto voy a poder aguantar este tormento sin intervenir —le
confesó él entre jadeos.
—Es mi turno —le recordó sin dejar de acariciarle con la yema de los
dedos—. Si me tocas, pierdes.
Lo besó a conciencia de nuevo mientras su juguetona mano descendía
por el liso abdomen y se cerraba sobre la dura erección, que estimuló a
conciencia, arrancando profundos gemidos de su garganta. Después,
descendió de nuevo por su pecho, lamiendo cada poro de su piel, para
hacerle el relevo a sus manos. Lo estimuló a conciencia con la boca,
deleitándose con los gemidos desesperados de James, que le acariciaba el
cabello, incitándola a continuar más profundamente con lo que estaba
haciendo.
Cuando más enloquecida estaba, sintió que el chico tiraba de ella hacia
arriba y la besaba fuera de sí.
—Jen… —gimió contra su boca—. Estoy al límite.
—Quiero llevarte hasta la locura.
—Allí estoy, cariño, desde hace rato.
—Aún no del todo.
Con un movimiento firme, acogió a James en su interior, fascinada con
la expresión de éxtasis que leía en su rostro. Se sentó sobre él y comenzó a
moverse muy despacio, casi llorando de placer al sentirlo al fin en su
interior de nuevo.
James, con la mirada enturbiada por un deseo que amenazaba con
partirle por la mitad si no lo satisfacía pronto, miraba a Jennifer como en
estado de trance. Jamás la había encontrado más hermosa que en aquel
momento, cabalgando desnuda sobre él, con los ojos cerrados, mientras
gemía centrada solo en su propio placer.
Hipnotizado por aquella imagen, se dejó arrastrar por un torbellino de
placer que lo envolvió más y más, y fue sumergiéndose en la locura más
absoluta. Se incorporó para abrazarla, moviéndose con ella a un ritmo ya
frenético, que desembocó en un clímax que jamás pensó que sería posible
experimentar.
Jennifer, aún entre jadeos, se agarraba a él con fuerza, presa de unos
intensos espasmos que no parecían tener fin. Aquel era el segundo orgasmo
que recorría su cuerpo desde que había comenzado a cabalgar sobre él, y
apenas podía disimular su perplejidad. Cuando abrió los ojos y se encontró
frente a frente y a escasos centímetros de aquellos dos increíbles luceros
verdes que la miraban con intensidad, gimió de nuevo, se movió contra él y
su mundo volvió a estallar en cientos de miles de estrellas de colores.
Conteniendo la respiración, James contempló lo más increíble que
había visto en su vida. Aquella fascinante mujer acababa de tener un
orgasmo mientras lo miraba fijamente a los ojos. Estaba seguro de que
jamás podría olvidar aquel momento.
—¡Wow! —Jadeó, dejándose caer hacia atrás y arrastrándola con él—.
Debí haber tocado la guitarra para ti mucho antes.
La carcajada de Jennifer no se hizo esperar. Algo avergonzada por
haberse comportado como una completa salvaje, se abrazó a él para no
tener que mirarlo a los ojos.
—Ha sido la canción —bromeó, acomodándose entre sus brazos.
—Así que ¿se lo debo a Bon Jovi?
—Sí. —Rio de nuevo—. Esa canción es mi debilidad secreta.
—Pues ya no es tan secreta —dijo girándose levemente para besarla en
los labios. Y aprovechó para cantarle en el oído—: I'm a cowboy, on a steel
horse I ride…
—Wanted —Terminó ella de cantar—. dead or alive.
—Cantas bien. —Se sorprendió el chico.
—Hay un montón de cosas sobre mí que no sabes —dijo coqueta.
—¿Y si quisiera saberlas? —le preguntó él de repente, mirándola a los
ojos.
Jennifer intentó que su voz no temblara al responder:
—Me temo que la noche no nos dará para tanto.
Jennifer se sintió decepcionada ante el silencio que siguió a aquella
frase. Por un segundo, había estado convencida de que James iba a
pedirle…
«¿Qué Jen? ¿Otra noche más? ¿Tal vez dos? No seas ilusa», se regañó
mientras volvía a acurrucarse contra su cuerpo desnudo. Cerró los ojos para
intentar impedir que alguna lágrima traidora escapara de ellos. Estaba
exhausta tras tanto esfuerzo físico, y el férreo control que ejercía sobre sus
emociones comenzaba a desmoronarse.
—Estoy agotada —susurró, acomodando la postura entre sus brazos.
—Duerme un rato. —Sonrió James abrazándola fuerte—. Todavía nos
queda mucha noche.
Cinco minutos más tarde, su respiración se ralentizó y James supo que
se había dormido. Le apartó el pelo de la cara y acarició su mejilla.
«¡Qué bonita eres!», pensó mientras enredaba un mechón de su pelo
entre los dedos y disfrutaba de su suavidad. No pudo evitar depositar un
suave beso en su mejilla con ternura.
«¿Qué narices estás haciendo?», se regañó a sí mismo. Jamás había
tenido un gesto de cariño semejante con ninguna de las mujeres que habían
pasado por su cama. Pero no podía engañarse, ella no era como el resto.
Nada desde el mismo instante en que la vio había sido normal. No podía
negar que jamás una mujer lo había enloquecido de aquella manera. Con
ella incluso estaba quebrantando su regla más importante, que ni siquiera se
había molestado en hacerle saber: dormir juntos no forma parte del trato.
Pero en aquel momento no le preocupaba esa regla infringida, sino
aquella otra que ambos habían pactado al inicio de la noche: una noche, sin
reproches, sin segundas partes.
Por supuesto, estaba dispuesto a respetar lo pactado. Solo faltaba ver
cómo iba a conseguir mantenerse alejado cuando el simple hecho de pensar
en no volver a tocarla le resultaba insoportable, pero estaba demasiado
cansado para seguir divagando. Se acomodó un poco más contra ella y se
quedó dormido casi al instante.
El resto de la noche fue un duermevela que ambos disfrutaron hasta la
extenuación. Hicieron el amor en varias ocasiones más, volviendo a
sumergirse en pequeños sueños que los ayudaban a reponer fuerzas para
comenzar de nuevo. Cuando las luces del alba se colaban ya a través de los
enormes ventanales, se amaron por última vez antes de caer rendidos en un
sueño profundo y reparador.
El estrepitoso sonido de un teléfono móvil se encargó de darles los
buenos días. James abrió los ojos, desorientado, y tardó unos largos
segundos en reconocer su propio tono de llamada. Miró a Jennifer,
acurrucada contra él, y estuvo en un tris de ignorar la llamada, pero el
pensar que pudiera ser Sam por algún tipo de urgencia le impidió hacerlo.
Con cuidado para no molestarla, salió de la cama y tuvo que agudizar el
oído para localizar el móvil, que aún estaba en el bolsillo trasero de sus
pantalones vaqueros.
—¿Sam? —contestó alarmado al ver la llamada entrante—. ¿Estás
bien?
—Yo sí, ¿y tú? Porque hace rato que te espero.
James guardó silencio, contrariado, y de pronto recordó de qué le
hablaba.
«¡Mierda!». Consultó su reloj, comprobando que eran más de las doce
—Lo siento, pero me he dormido —dijo, absteniéndose de decirle que
no solo se había dormido, sino que ni siquiera había recordado que tenían
una cita aquella mañana.
—¿En serio? —preguntó el anciano sorprendido—. Pues me parece que
es la primera vez en quince años.
—Sí…, yo… —titubeó, decidiendo sobre la marcha que era mejor no
dar más explicaciones—. ¿A qué hora llega Roger?
—Tiene que estar al caer.
—Dadme quince o veinte minutos y me reúno con vosotros.
«¡¿Cómo es posible que se me haya pasado?!», se regañó, irritado.
Colgó el teléfono y miró hacia la cama, sorprendiéndose al encontrarse
con la mirada de Jennifer clavada sobre él. Aquello ojos incendiaron su
cuerpo al instante, haciéndole consciente de su desnudez. Caminó hasta la
mesilla evitando mirarla.
—Era Sam —le dijo como único saludo mientras se ponía unos
calzoncillos.
—¿Está bien?
—Sí, pero me está esperando —explicó—. Tiene una cita con su
abogado y me pidió que estuviera presente.
Caminó hasta la otra punta de la habitación y sacó unos pantalones y
una camiseta del armario.
Jennifer hubiera querido no seguirlo con la mirada a todas partes, pero
era incapaz de mantener los ojos lejos de aquel cuerpo de infarto, a pesar de
la brusquedad con la que él parecía contestarle.
—Es domingo —se extrañó ella.
—Ya, por eso —explicó mientras se vestía—. Hoy es el único día que
su abogado personal puede pasar por su casa para evitar que Sam tenga que
trasladarse a sus oficinas. Tenemos varias cosas que tratar con él.
«Y yo lo he olvidado por estar obnubilado entre tus piernas», pensó,
molesto consigo mismo. Era la primera vez que le pasaba algo como
aquello.
—Así que tengo que irme —continuó, buscando sus botas por la
habitación—, pero tú quédate durmiendo hasta que te apetezca.
Terminó de calzarse y se acercó a la mesilla para ponerse el reloj.
Jennifer no pudo evitar sentirse cohibida. Él estaba vestido, mientras
que ella se sabía desnuda aún bajo la fina sábana.
—Me voy en el todoterreno —agregó James—. Te dejo la moto para
que puedas marcharte a casa. Tienes las llaves en el llavero de la entrada.
—Ok.
—Me voy —anunció, y por primera vez la miró a los ojos, aunque solo
de pasada. Jennifer contuvo la respiración, esperando que él hiciese algún
tipo de comentario, pero solo obtuvo un escueto adiós que la dejó desolada
por completo.
Ella no se molestó en despedirse. Sabía que corría el riesgo de que las
palabras se le atragantaran en la garganta si lo hacía. No pudo evitar que
dos silenciosas lágrimas corrieran por sus mejillas. Y no era el hecho de que
James se hubiera marchado, sino la frialdad con que la había tratado. ¿Tanto
trabajo le hubiera costado darle un último beso de despedida después de la
noche increíble que habían pasado? ¿Una palabra dulce era mucho pedir?
Eso sin contar con el hecho de que la había tratado como si fuera invisible,
apenas la había mirado una vez. A aquellas alturas hubiera preferido
hacerse la dormida y que él hubiera podido marcharse dejándole una
escueta nota. Estaría menos dolida.
«Tú te lo has buscado, Jennifer, ahora apechuga», se dijo, obligándose a
sí misma a levantarse y dejar de fustigarse.
Una noche, sin reproches, sin segundas partes.
—Considérate exorcizada —se dijo en alto mientras se vestía—. Estás
curada del efecto James. Así de simple.
Ahora solo necesitaba creérselo.
Capítulo 42
Cuando Jennifer se detuvo frente al Oasis, lo primero que hizo fue
comprobar todas las motos aparcadas en la puerta. Parecía que era la última
en llegar. El corazón se le aceleró al posar sus ojos sobre la moto de James,
prueba inequívoca de que él también estaba dentro. Por un momento se paró
en seco dudando de si estaba haciendo lo correcto.
Cuando había llegado a su casa cerca de las dos de la tarde, se había
tumbado sobre su cama y llorado durante mucho rato. Después, agotada, se
había sumergido en una especie de letargo que le impedía pensar con
claridad. Cuando al fin decidió dejar de compadecerse, comenzó a
plantearse cómo debería comportarse a partir de aquel momento. Su
primera intención fue quedarse encerrada en casa, pero comprendió a
tiempo que esconderse no era ni por asomo lo mejor para ella. En algún
momento debía enfrentarse a James, y era preferible hacerlo hoy mismo a
pasarse días enteros pensando en qué pasaría cuando lo hiciera.
Respiró hondo y volvió a repetirse que tenía que conseguir comportarse
con normalidad aunque aquello la matara. Él había salido de su vida aquella
mañana sin una sola mención a lo sucedido, poniendo así los cimientos
sobre lo que sería su relación a partir de aquel momento, y ella estaba
dispuesta a respetar aquel acuerdo hasta sus últimas consecuencias.
«¡Puedes hacerlo, Jennifer!», se dijo convencida, y comenzó a caminar
sin permitirse pensar en nada que no fuera la distancia que la separaba de la
puerta.
Cuando franqueó aquel primer punto, buscó a sus amigos con la mirada
y, con paso firme, caminó hasta ellos, que la saludaron contentos de verla.
—Empezaba a preguntarme si ibas a venir —le dijo Pat feliz—. Te he
llamado y mandado montones de mensajes. Menos mal que llamé a casa y
mi madre me dijo que estabas en tu cuarto a buen recaudo.
—Sorry, es que estaba fundida y me he echado un rato —reconoció.
«Sonríe, Jen, y ni se te ocurra mirarlo», se exigió.
—Judd, me alegro de verte —le dijo a la chica con una mirada pícara
—. Ayer no pudimos charlar demasiado.
—Es verdad —aceptó Judd devolviéndole idéntica mirada—, pero no
por mi culpa, te fuiste pronto, ¿no?
Aunque le costó un triunfo, Jennifer esbozó una enorme sonrisa.
—Sí, tuve una emergencia.
Casi sin pretenderlo, las cuatro chicas se apartaron a un lado para
preservar un poco la intimidad.
—Pero antes de irme, Judd, me pareció ver que tenías serios problemas
para mantener a raya a cierto… individuo.
—Sí, aunque aguanté como una jabata. —Todas rieron—, pero cuando
llegué a mi casa casi me doy de tortas por ser tan idiota.
—Supongo que Dannie no fue el único que terminó frustrado anoche
—adivinó Pat.
—Lo siento, chicas, pero ya os anticipo que al mínimo intento que haga
hoy, se lleva el premio.
Mientras bromeaban, Jennifer tenía que hacer cada vez más y más
esfuerzos para no dirigirle a James una sola mirada, pero fracasaba en su
intento una y otra vez, aunque al menos no se había cruzado con la mirada
de él. Sabía que Pat estaba deseando que le contara como habían ido las
cosas, pero la estaba haciendo esperar para evitar que James pudiera darse
cuenta.
—¿En qué momento nos vamos a escapar al baño? —le susurró Pat al
oído.
—¿Ahora? —dijo sonriendo, echando a andar. Aunque no les salió la
jugada como esperaban, puesto que Judd y Sarah se unieron también a la
excursión, para desesperación de Pat.
Cuando los chicos se quedaron a solas, Dannie propuso echar una
partida de billar, y casi había comenzado a caminar hacia la mesa cuando
Nick le echó un brazo por encima.
—¿Dónde va usted tan rápido? —Sonrió, sin dejarle soltarse—.
Cuéntanos. Ya sé que lo de la apuesta no cuajó, pero ¿qué? ¿Habrías
ganado?
Dannie soltó un suspiró exagerado.
—¿No dije setenta y dos horas?
Todos rompieron a reír.
—¿Eso es el equivalente a admitir que se te está resistiendo? —
preguntó Rob, perplejo.
—Pues sí.
—¡Venga, ya, ¿cómo es posible?! —intervino James—. Está colada por
ti, de eso no hay duda.
—Eso pensaba yo —admitió—, pero os aseguro que lo intenté por
activa y por pasiva.
—¿Y nada? —interrogó Nick extrañado.
—Nada de nada —admitió, no sin cierto fastidio.
—¿Qué te pasa? ¿Estás perdiendo tu toque? —bromeó James.
—Mi toque volverá a la carga antes de que acabe la tarde. —Los hizo
reír—. Pero pasemos al siguiente orden del día.
No hizo falta que agregara nada más. Todos miraron a James con una
amplia sonrisa.
—¿Ese orden soy yo? —preguntó él con cara de extrañeza—. No sé de
qué estáis hablando.
—No te hagas el inocente. —Sonrió Nick—, porque ayer todos os
vimos marcharos de la discoteca.
—Marcharos no, os vimos salir corriendo, de forma literal —puntualizó
Dannie con malicia.
—¡Qué exagerado! —se defendió James, aunque sin poder evitar
sonreír.
—Ni exagerado ni leches, solo te faltó echártela al hombro como los
hombres de las cavernas —insistió Dannie—, así que cuéntanos algo antes
de que vuelvan del baño.
—Esas cosas no se cuentan.
—Pues ya nos has dicho bastante.
—Pues conformaos con eso —dijo, reduciendo la sonrisa a una simple
mueca. Todos se pusieron serios también—. Pasó lo inevitable y todo quedó
en calma.
—A ver, James, yo no entiendo nada —protestó Nick—. Entonces, ¿en
qué punto estáis?
—En ninguno.
—¿Eso qué coño significa?
—Vosotros la habéis visto llegar —les recordó molesto—. ¿Veis algún
punto o alguna coma?
James no pudo evitar mirar a Rob, que lo observaba con aquella
expresión tan suya, con la que siempre parecía poder leer en su interior.
Durante unas décimas de segundo, ambos cruzaron sus miradas y James
echó de menos a su amigo de una forma insoportable, tanto que tuvo que
recordarse a sí mismo por qué no podía ni debía desahogarse con él.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —insistió Nick, desconcertado.
—¿Qué más quieres saber?
Todos lo miraron en silencio un tanto confundidos. Nick intercambió
una significativa e interrogante mirada con Rob, que le hizo un leve gesto
con la cabeza para que no siguiera preguntando.
—Nada —terminó admitiendo Nick—. Está claro que no tienes
ninguna intención de hablar sobre ello.
—Te respetamos el silencio —añadió Dannie—, pero al menos dinos si
el mosqueo es con nosotros o con ella.
—Con nadie. No estoy moqueado —dijo con lo que parecía una total
normalidad.
—¡Pues nadie lo diría! —se reiteró Dannie—, pero entiende que, de
alguna manera, vuestra relación nos afecta también a todos.
—No hay ninguna relación entre Jennifer y yo.
—Dannie se refiere a vuestra forma de trataros —aclaró Nick—. El que
os paséis la vida discutiendo…
—A ver, solo voy a decirlo una vez —interrumpió—. Jennifer y yo
hemos pasado la noche juntos para poder normalizar nuestro
comportamiento de una vez por todas.
—¿Y lo habéis conseguido?
—Esa es la pregunta del puto millón de dólares.
Todos tomaron aquella respuesta como el punto y final a la
conversación. Varias caras de preocupación se miraron entre sí, decidiendo
correr un tupido velo sobre el tema, al menos de momento.
Pat y Jennifer se estaban demorando en el baño, puesto que no habían
podido hablar hasta que Judd y Sarah se habían marchado.
—Prefiero no hablar del tema, Pat —Se arrepintió Jennifer en cuanto
que se quedaron solas.
—¿Eso es que hubo un tema entonces? —Sonrió—. ¡Por fin! ¿Cuánto
tema?
—Mucho —reconoció Jen.
—¿Y si tuvieras que pasar ese mucho a un número?
—¡Pat!
—Chica, es por hacerme una idea, por saber cómo de relajada estás. —
Rio—. Las matemáticas son exactas, y James es… experto en números.
La carcajada de Jennifer fue inevitable.
—Así que ese número es…
—De dos cifras —admitió Jen ruborizándose—. ¿Te vale con eso?
Pat fingió escandalizarse, arrancando otra sincera carcajada de la
garganta de su prima.
—Te agradezco las risas —reconoció cuando pudo parar de reír—, me
hacían falta.
Se puso tan seria que obligó a su prima a hacerlo también.
—No te entiendo —reconoció Pat—. ¿No fue lo que esperabas?
—Fue infinitamente mejor—reconoció.
—¿Dónde está el problema entonces?
—Que no funcionó —protestó—. No para mí.
—No entiendo nada.
—Lo de exorcizar su fantasma —suspiró.
—Pero estás dos cifras más relajada, primi.
—¡Qué idiota! —Volvió a reír Jen, pero esta vez con tristeza—. Me
temo que acostarme con James ha sido un error, Pat.
—Jen, ¿de verdad pensaste que ibas a dejar de desearlo tras una sola
noche? —se puso seria también—. Sé sincera.
La chica suspiró resignada.
—Pues es lo único que tendré, me guste o no —admitió—. Ambos
decidimos que solo sería una noche.
—Pues que tengáis suerte, vais a necesitarla.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que una noche como la que habéis tenido habla de una química fuera
de lo común.
—¿Y?
—Y esa no desaparece de un día para otro.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo pasé por lo mismo, Jen —reconoció, ya sin ánimo de
bromear—. Y la distancia casi nos cuesta la cordura a los dos.
—Vosotros estabais enamorados —le recordó con tristeza.
—Nick tardó mucho en admitirlo, Jen, tú lo sabes.
—Pero yo no puedo esperar que James sienta por mí algo en lo que no
cree —le recordó—. Y no voy a convertir el sexo con él en una rutina. Y,
por favor, vamos a dejar la conversación aquí, porque tengo que salir ahí
fuera y verle la cara, mientras aparento una frivolidad que estoy lejos de
sentir.
Una hora más tarde, Jennifer era incapaz de seguir sonriendo. Le dolían
los músculos de la cara de tanto forzarlos, y ya no podía controlar sus
emociones. Sus ojos se clavaban sobre James a cada segundo, sin que
pudiera casi evitarlo. Apenas habían cruzado dos palabras en toda la tarde,
y el esfuerzo por sonar cordial había resultado agotador. Eso por no hablar
de la necesidad imperiosa de arrojarse en sus brazos que ardía en su interior.
Debería de haberse marchado de allí ya, pero Judd le había pedido que se
quedara un rato más y no había sabido decirle que no.
Se alejó hacia la barra para pedir un vaso de agua con hielo que la
ayudase a descender su temperatura corporal. Tomó el vaso y giró sobre sus
talones para volver a la mesa de billar, pero chocó de frente con James,
convirtiendo en literal su deseo de enfriamiento.
—¡La madre que…! —gritó al sentir como el agua helada calaba la fina
tela de su camiseta.
—Lo siento —se disculpó James con sinceridad—. No esperaba que te
giraras con tanta brusquedad.
Casi de forma inmediata, el eficiente Boss puso ante ellos un bloque de
servilletas. James tomó un taco dispuesto a ayudarla a secarse un poco.
—¿Qué narices te crees que estás haciendo? —le recriminó ella al verle
las intenciones.
—Solo pretendía ayudarte.
—Ya has hecho bastante ayudándome a refrescarme —le dijo,
arrancándole las servilletas de las manos y limpiándose ella misma. Estaba
tan centrada en absorber toda el agua posible, que tardó varios segundos en
darse cuenta de la mirada atenta con la que él la observaba.
—¿Qué haces ahí parado? —le recriminó todavía ofuscada.
—¿Me lo estás preguntando en serio? —Sonrió James sin apartar sus
ojos de la mojada camiseta.
Jennifer siguió su mirada, siendo consciente por primera vez de cómo
se ajustaba la fina tela empapada a sus pechos. Sus pezones respondieron a
la mirada masculina con asombrosa facilidad, poniéndose aún más erectos
al instante.
—¡Eh! —protestó, cruzándose de brazos—. ¿Qué pasa contigo?
La carcajada de James no se hizo esperar.
—¿Y contigo? —le dijo todavía riendo—. Al parecer hay partes de ti
que aún se alegran de verme.
—¡Ja! ¡Me parto de la risa! —ironizó—. Pues no te hagas ilusiones, es
el frío, no tú.
James amplió su sonrisa todavía más, consiguiendo que la temperatura
de la chica volviera a subir un par de grados.
«Si sigue mirándome así pronto tendré seca la camiseta», se dijo,
intentando romper el contacto visual, pero sin conseguirlo.
—Aquí tienes otro vaso con agua —interrumpió Boss, poniéndolo
sobre la barra.
—Ponme uno a mí —le pidió James.
—¿A eso venías?
—Venía a hablar contigo —reconoció—, pero el concurso de camisetas
mojadas me ha distraído.
—Ves a vacilarle a Rita —le dijo, e intentó esquivarle para marcharse,
pero él se interpuso.
—Vale, perdona —pidió, aunque sin poder evitar reír.
—¿Qué quieres? —le preguntó sin rodeos—. Como comprenderás, no
me siento demasiado cómoda así.
—Es solo… que me resulta extraño que no hayamos hablado de lo de
anoche —le dijo James poniéndose serio por fin.
—Pues este no es buen momento.
«Vamos, esto era lo último que me faltaba; tener que mantener esta
conversación mientras me tapo los pechos para disimular mi excitación. ¡El
colmo de la humillación!».
—Solo serán unos minutos.
—Pues lo siento, pero ahora soy yo quien no los tengo —dijo,
intentando esquivarlo otra vez.
«Mierda, Jennifer, controla esa lengua», se regañó.
—Espera —se interpuso James de nuevo—. ¿Acabas de echarme en
cara el haberme marchado esta mañana? Te he explicado bien claro por qué
tenía que irme.
«Y te has largado sin darme un beso, una caricia…o una simple
mirada».
—¿Qué más da James? No lo compliquemos —le pidió, intentando
aparentar frialdad. Pero ni con la camiseta chorreando lo conseguía del todo
—. Estoy en una situación un poco… comprometida.
—No me lo recuerdes —murmuró James por lo bajo.
—¿Perdona? —Le había parecido entender…
—¿Por qué no te has llevado la moto?
Aquello si la pilló desprevenida.
—¿Qué?
—Me he ido en el coche para que tú pudieras usar la moto —insistió—.
¿Por qué no lo has hecho?
—Porque no lo he creído necesario.
—¿Cómo te has marchado entonces?
«¿En serio? ¿Eso es lo que le preocupa?», se preguntaba ella, perpleja.
«¡No me he llevado la moto porque no quería nada tuyo!», hubiera querido
gritarle, pero se contuvo.
—He llamado a un taxi —reconoció.
—¿Por qué? —preguntó, incrédulo.
—¡Porque me ha dado la gana! —le dijo ya un poco molesta—. ¿Qué te
pasa?
Aquello jamás se lo diría. Encontrar la moto aparcada en el garaje
cuando llegó a su casa era lo último que había esperado. Recordaba haber
subido los escalones del garaje de dos en dos, preguntándose si era posible
que ella aún siguiera allí. Por unos segundos, se había deleitado con la idea
de que hubiera podido quedarse dormida y todavía estuviera desnuda entre
sus sábanas. Todavía le molestaba pensar en la decepción que lo embargó
cuando encontró la cama vacía. Aquello, junto con el hecho de haberse
olvidado de sus obligaciones con Sam, lo habían mantenido irascible
durante el resto del día.
—Es solo que ayer te aseguré que te llevaría a casa —mintió—. Me
siento… mal.
—No me lo puedo creer —suspiró la chica, perpleja.
—¿Tanto te sorprende? Suelo ser bastante más caballeroso.
—¡Si intentas pagarme el taxi te juro que voy a golpearte! —le aseguró,
intentando no pensar en el hecho de que cuando afirmaba ser más
caballeroso le hablaba de cómo era con otras mujeres. Aquella furia
creciente era justo lo que necesitaba para no arrojarse a sus brazos.
—No se me ocurriría.
—Bien, pues todo aclarado entonces —dijo, molesta—. Y ahora si me
permites…
—¿Todo aclarado? —la interrumpió James de nuevo—. Perdona, pero
todavía no hemos hablado de lo más importante.
—¿Qué viene siendo…?
—Sin sarcasmos, Jennifer, que no estoy para mucha broma.
—¿Y crees que yo sí? —le recriminó—. Tengo la camiseta empapada y,
por si no lo has notado, el aire acondicionado de este sitio está a tope.
¡Estoy congelada!
James se sintió contrariado. Estaba tan obcecado en hablar con ella que
no había pensado en nada más.
—Tienes razón, lo siento —se disculpó—. Será mejor que continuemos
con la conversación en la calle.
—No creo que sea necesario.
—Hace treinta grados esta noche, fuera estarás mejor —dijo mientras la
tomaba de la mano y tiraba de ella hacia la salida.
«¿Por qué narices le dejas hacer contigo lo que le dé la gana?», se
gritaba Jen para sí mientras caminaba tras él. Aunque tuvo que reconocer
que cuando salió de aquel insoportable frío se sintió mucho mejor.
—James, no sé de qué consideras que tenemos que hablar, pero de
verdad que no lo veo necesario —le dijo, intentando adelantarse a lo que
podría escuchar de sus labios.
—Solo quiero asegurarme de que está todo… solucionado entre
nosotros.
—Si con solucionado te refieres a si nuestro experimento funcionó, sí,
lo hizo, tenías razón.
«Muy bien, Jennifer, sigue mintiendo así de bien solo un minuto más».
—Yo me considero completamente exorcizada.
—Exorcizada.
—Me refiero a…
—Sé a qué te refieres —interrumpió—. Me alegra escucharlo. Será un
alivio que los dos podamos comportarnos con normalidad a partir de ahora.
—Sí. —Sonrió haciendo el último gran esfuerzo de la noche—. Pero
ahora si me disculpas, me marcho, no me siento cómoda con esta ropa. Dile
a Pat lo del agua, porfa.
—Claro, yo la aviso.
«¡Cuánta cordialidad, que estupendo!», ironizó Jennifer para sí
mientras caminaba hasta su moto. Así que, al parecer, a él sí le había
servido el exorcismo. «Mierda, Jennifer, ¿cómo narices vas a soportar todo
esto?».
James entró de nuevo en el Oasis y se topó con Pat casi en la puerta.
—¿Has visto a Jen? —le preguntó preocupada.
—Se acaba de ir.
—¿Sin despedirse?
—Me ha pedido que te lo dijera. —Pat lo miró con el ceño fruncido—.
¿Por qué me miras así?
—¿Habéis discutido? —interrogó sin paño calientes.
—No.
—¿Estás seguro?
—Claro, Pat, ahora por fin todo es paz y armonía entre nosotros, ¿no te
lo ha dicho?
—¿Estás ironizando?
—Ni mucho menos. —Sonrió—. Gracias a lo de anoche al fin hemos
firmado la paz definitiva.
—¿Sí? Que genial para todos entonces.
—Pues sí que lo es.
—James… —se acercó a él hasta quedar a pocos centímetros, sin dejar
de mirarlo—, eso se lo cuentas a otra, porque yo te conozco demasiado
bien.
Ninguno de los dos agregó una sola palabra más. Pat se alejó de nuevo
hacia la mesa de billar y James se marchó del pub sin despedirse de nadie.
Estaba seguro de que en el taller habría alguna moto con la que pudiera
entretenerse, y Benji estaría encantado de encontrársela terminada por la
mañana.
Capítulo 43
El lunes por la mañana, Jennifer se acercó a casa de Sam para hacerle
una visita. El anciano se alegró mucho de verla, puesto que desde el jueves
anterior no había podido disfrutar de su compañía. Charlaron y bromearon
durante largo rato, aunque Sam parecía menos hablador de lo habitual.
—¿Es una sensación mía, Sam, o estás preocupado por algo? —le
preguntó tras otros de sus silencios.
—Eres muy perspicaz. —Sonrió el anciano—. A veces se me olvida
que estoy hablando con una psicóloga.
—¿Quieres contármelo?
—¿Así, sin diván ni nada?
Ambos rieron divertidos.
—Sin paños calientes —dijo ella riendo—, pero solo si te apetece.
Un resoplido seguido de un gesto de asentimiento mantuvo a Jennifer
callada, esperando a que Sam estuviera preparado para hablar.
—Es Jamie —reconoció—. Ayer tuvimos una pequeña discusión. ¿Te
ha contado algo?
Ella negó con la cabeza, preocupada por lo que podría escuchar a
continuación.
—Reconozco que ayer en la mañana le hice una pequeña encerrona.
—¿Cuando vino a reunirse contigo y tu abogado?
—Sí, le pedí que estuviera presente, pero sin decirle para qué —admitió
con un gesto de pesar—. Hace un mes le propuse a Jamie cederle mi
paquete de acciones de Sample y se negó. Aun así, le pedí a Roger, mi
abogado, que redactara el documento de cesión. Y pensé que si presionaba
un poco a Jamie una vez que todo estuviera expuesto, firmaría.
—Y no le gustó. —Entendió la chica.
—Se enfadó mucho por mi insistencia —reconoció—, y se negó a
firmar.
—¿Y qué te preocupa? Sabes que James te adora y se le pasará.
—No es eso, cuando se marchó ya no estaba enfadado.
—¿Entonces?
—Debe aceptar la cesión, Jennifer —explicó—. Sabe que es lo mejor
para Sample, no entiendo que esté tan cerrado en banda a hacerlo.
—¿Por qué es tan importante?
—Porque los rumores sobre mi estado de salud ya son inevitables —
admitió—. Y mi paquete de acciones sigue siendo el más grande, a pesar de
que ya mi voto no sume la mayoría.
—Los accionistas empiezan a ponerse nerviosos. —Entendió la chica.
No había que pensar mucho para darse cuenta de cuántos intereses y gente
poderosa había detrás de cada silla.
—No tardarán en intentar incapacitarme —dijo, muy seguro de lo que
decía.
—¿Pueden hacerlo?
—Legalmente, no —admitió—, pero quién hace la ley, hace la trampa.
Y si lo consiguen y pierdo mis acciones en vida, Jamie no podrá heredarlas
a mi muerte.
—¿Y no sirve que le firmes a James un poder o algo así para
representarte?
—No, los estatutos de la Compañía impiden que alguien pueda ostentar
el voto mayoritario por poderes.
—¿Y James sabe todo esto? —Sam asintió—. Pues no sé qué decirte.
—Dime que hablarás con él.
—¿Yo? —lo miró alarmada.
—¿Quién mejor que tú?
«Claro, ¿quién mejor que la novia falsa?», se dijo, intentando que no se
le notara la incomodidad.
—Jamie debe heredar Sample a mi muerte, Jen —insistió el anciano—.
Y quizá no podrá hacerlo si no jugamos bien todas nuestras cartas ahora.
Por favor, intenta convencerlo.
«Ella no podría convencer a James ni para comprarse unos pantalones,
pero ¿qué podía decirle a Sam?».
—Lo intentaré —aceptó.
Cuando se despidió y se marchó a su casa, no pudo evitar preocuparse
al haberse comprometido a hablar con James. Recordó el momento en el
que él mismo le había hablado acerca de su intención de dirigir Sample en
un futuro para poder llevar a Customsa al siguiente nivel. Incluso le había
comentado el interés de Sam de cederle sus acciones.
«Estábamos en la cocina, y él acababa de hacerme… aquello en veinte
segundos… ¡Vale, me estoy desviando del tema!», protestó. No había
tiempo para aquel tipo de pensamientos. Se había comprometido con Sam a
hablar con su Jamie, y eso haría incluso a riesgo de que la mandara a freír
espárragos, como estaba segura de que pasaría. El problema era que los
lunes el Oasis estaba cerrado, de modo que era muy probable que no
pudiera ver a James hoy, y no quería fallarle a Sam.
Sin pararse a pensar demasiado en lo que hacía, llamó a su prima para
pedirle la dirección del despacho de James y se encajó allí cinco minutos
más tarde. Las oficinas estaban junto al parque donde se habían visto por
primera vez, al otro lado de la casa de su tía. No pudo evitar recordar el
momento justo en el que sus miradas se cruzaron, provocándole un
cortocircuito. Tuvo que respirar hondo para sacarse aquel recuerdo de la
cabeza.
Se llevó una sorpresa al entrar en recepción. No esperaba que las
oficinas fueran tan impresionantes. ¿Cuántas plantas tendría aquel sitio?
Cuando preguntó por el despacho de gerencia, le indicaron que debía subir
a la última planta y preguntar a la secretaria de dirección que encontraría
allí.
Le sorprendió que la secretaria que le habían indicado fuera una mujer
mayor, que debería estar casi a punto de jubilarse. No sabía por qué había
tenido la absurda idea de que James se habría rodeado de mujeres hermosas
por todas partes.
—No puede ver al señor Novak sin una cita, lo siento.
Se encontró escuchando de repente. No había contado con aquello.
—¿Puede decirle que estoy aquí? —le pidió con una sonrisa amable.
—No, no puedo.
—Quizá decida atenderme.
«O quizá me eche a patadas, vete a saber».
—Lo siento, pero solo cumplo órdenes. Pida usted una cita.
Jennifer suspiró para calmar los nervios. Entendía por qué aquella
mujer no la dejaba pasar sin cita, pero no veía necesario que fuera tan
grosera y la mirara como si fuera una groupie que intentaba colarse en un
camerino.
—Está bien, ¿tiene algo de agenda libre para hoy?
—El señor Novak tiene que autorizarlo primero.
«¡Tranquila, Jennifer, esta señora solo hace su trabajo, respira hondo!».
—¿Y cómo consigo esa autorización?
—Yo le tomaré nota y la llamaré cuando lo consulte con él, ¿me dice su
nombre?
—Pues deme un segundo que lo consulte conmigo misma… —Fingió
sopesarlo—. No, no se preocupe, le llamaré por teléfono.
Ni loca iba a permitir que James se enterara de que había ido a buscarlo
a su oficina y aquel perro guardián le había prohibido la entrada.
—¿Y si puede llamarlo usted por qué no ha empezado por ahí?
Jennifer apretó los dientes y se mordió la lengua. No estaba bien odiar a
una mujer que podría ser su abuela, ¿o sí? Aunque debía reconocer que
tenía toda la razón, pero la realidad era que no se había parado a pensar que
aquel que estaba tras la puerta de su despacho no era el James que ella
conocía; allí era el señor Novak, el amo de la mazmorra. Sonrió ante aquel
pensamiento y carraspeó al percatarse de que la simpatía personificada no
le quitaba los ojos de encima.
—Gracias por su amabilidad —le dijo con una forzada sonrisa de oreja
a oreja—. Ha hecho usted de mi infructuosa visita un momento inolvidable.
Justo cuando se disponía a girarse sobre sus talones para marcharse, y
contra todo pronóstico, la mujer le dedicó una sincera sonrisa que la dejó
perpleja.
—¿Por qué quiere ver a James? —le preguntó sin demora.
«Así que ¿de repente el señor Novak vuelve a ser James?».
—Aquí tienen una cámara oculta en alguna parte, ¿verdad? —Fingió
buscar a su alrededor.
La mujer levantó el teléfono y pulsó el intercomunicador, mientras que
Jennifer la miraba asombrada.
—Tienes visita. —La escuchó decir, perpleja—. Se niega a darme su
nombre, pero no me cabe duda de que querrás verla.
Cuando colgó el teléfono, Jennifer le devolvió una mirada crítica.
—¿Gracias? —le preguntó aún desconcertada.
—No me las des todavía, porque ese hombre está de un humor de
perros.
—Igual debió empezar por ahí —dijo con una divertida mueca de pesar.
La puerta del despacho se abrió antes de que la mujer pudiera
responderle nada, y se encontró frente a un James muy asombrado al verla.
—¿Qué haces aquí? —interrogó sin poder ocultar su turbación.
—Comprobando tus medidas de seguridad —le dijo, intentando
templar los nervios—. Y debo decir que he tardado cerca de diez minutos
en llegar hasta ti.
—¿Y cómo lo has conseguido? —Sonrió él, mirando a su secretaria—.
Gloria, ¿estás perdiendo facultades?
—¿Tú crees?
La respuesta de James fue una enigmática sonrisa. Después, le hizo un
gesto a Jennifer para que entrara en el despacho.
—¿Por qué me miras así? —le susurró James a Gloria, un tanto
molesto.
—Tenía razón mi Benji —dijo con una enorme sonrisa—. Es la horma
de tu zapato.
—Que horma ni que leches —protestó—. ¿Y no dices que no ha
querido decirte su nombre?
—No ha hecho falta, me apuesto el sueldo de un mes a que esa señorita
es la tal Jennifer Easter.
James la miró con cara de pocos amigos, preguntándose qué tonterías le
habría ido contando Benji, pero tenía cosas más importantes en que pensar
en aquel momento.
—Cobrarás tu sueldo, sí —admitió.
—Eso supuse. —Sonrió de nuevo.
—Estás muy ociosa esta mañana. Quizá necesitas algún trabajo extra.
—La carcajada de Gloria no se hizo esperar.
Suspirando, James se volvió hacia el despacho. Conocía a Gloria desde
hacía quince años y la consideraba casi familia. Aquella mujer era la
eficiencia personificada, y tenía un sexto sentido que a veces iba más allá
de toda lógica.
—James —lo detuvo antes de que se perdiera dentro del despacho—.
Me gusta.
Él la miró muy serio. Suspiró y casi gruñó:
—Y a mí.
Jennifer se frotaba las manos, nerviosa, mientras esperaba a que James
entrara en el despacho. Se sentía casi como una intrusa, y ya se había
preguntado un par de veces en que había estado pensando para ir hasta allí.
Cuando sintió la puerta cerrarse a su espalda, respiró hondo antes de
volverse para enfrentarse a él. Ni siquiera sabía qué narices iba a decirle.
—Tienes un despacho impresionante —le dijo, mirando a su alrededor
—. Si apartaras un poco esa mesa, podrías jugar al pádel en aquella esquina.
—No sé si es una alabanza o una crítica, pero la curiosidad por saber a
qué has venido me impide todo intento de cortesía —reconoció.
—Al grano entonces —aceptó—. Vengo de casa de Sam.
—¿Está bien?
—Está preocupado por lo de ayer.
—¿Ha hablado contigo de eso? —No pudo ocultar su extrañeza.
—Pues sí, es lo que tiene inventarte una novia.
—¿A qué has venido?
—Le he prometido hablar contigo sobre el tema.
—Pues considéralo hablado. —Le dio la espalda y caminó hasta su
mesa—. Siento que hayas tenido que venir hasta aquí para nada.
—¿Eso es lo que tengo que decirle a Sam?
—No, solo dile que hemos hablado, pero que no ha habido forma de
convencerme —dijo, sentándose tras el enorme escritorio—. Y ahora, si me
disculpas, tengo mil cosas que hacer.
Centró su vista sobre la carpeta que tenía abierta sobre la mesa,
esperando que Jennifer saliera del despacho y se llevara con ella aquel
perfume que evocaba imágenes en su mente que no tenía derecho a
alimentar.
—Es muy coherente lo que te está pidiendo, James —insistió Jennifer,
sentándose frente a él, al otro lado de la mesa.
—¿Qué parte de considéralo hablado no has entendido?
—¿Tienes que ser tan grosero?
—Es que no entiendo por qué tengo que hablar contigo de esto.
—Es un daño colateral de nuestro noviazgo —ironizó.
—Pues ten cuidado, porque igual decido reclamar también la parte
buena —soltó con toda la intención de incomodarla—. Ese sofá es muy
cómodo…
«No permitas que te achante, Jennifer, estás exorcizada, ¿recuerdas?».
—Sí parece, ¿cuántas noches, sin reproches ni segundas partes has
pasado en él?
—Pues no vas a creerlo, pero ninguna; mi despacho no es un picadero
—contestó, usando el mismo tono impersonal que ella—. ¿Para qué crees
que tengo a Gloria vigilando el fuerte?
—Entiendo, su trabajo es evitarte todas las tentaciones posibles
mientras trabajas.
—Excepto una, parece ser.
—Ha debido de darse cuenta de que yo ya estoy exorcizada.
—Sinceramente, cariño, ni el mejor exorcismo funciona si te empeñas
en abrirle la puerta al diablo.
Durante un instante ambos se miraron a los ojos. La tentación de probar
aquel sofá resultaba casi dolorosa para Jennifer, que conjuraba mil y una
imágenes en su calenturienta cabecita. Se prohibió a si misma agregar una
sola palabra sobre aquello.
—¿Por qué no quieres aceptar la cesión de acciones de Sample? —
preguntó en su lugar.
—Porque no son mías —contestó, muy decepcionado con el cambio de
tercio.
—¿Vas a arriesgarte a perder Sample por orgullo? No es muy
inteligente por tu parte.
—Eso es mi problema, ¿no te parece?
—Y el de Sam.
—Sam estará bien.
Jennifer lo observó con el ceño fruncido. Había algo que no podía
entender con respecto a todo aquel tema de las acciones. No encajaba en su
propia percepción de James que todo aquello fuera por orgullo. Quizá
estaba demasiado involucrada como para ver más allá, de modo que se
preguntó qué pensaría la psicóloga si estuviera sentada frente a un paciente.
Solo necesitó unos segundos para dar con la respuesta.
—Recibir esas acciones supone aceptar la inevitable marcha de Sam.
—Entendió—. Todavía no puedes asumir que es posible que no le quede
demasiado, ¿verdad?
—Me divertía mucho más contigo cuando te deseaba a todas horas.
Aquello fue como una bofetada para Jennifer, pero tragó saliva y se dijo
que había dado de lleno en el clavo, si James había necesitado aquel arma
arrojadiza para protegerse.
—Sam necesita que asimiles su enfermedad —insistió.
—Si quisiera que me psicoanalizaran, no te escogería como psicóloga.
—Pues es un alivio, porque yo jamás te admitiría como paciente —Se
puso en pie, anunciando así su partida—, pero voy a darte un consejo, y
gratis: Sam tiene más que asumida su marcha de este mundo, pero necesita
esperar su hora con la tranquilidad de saber que Sample estará a salvo y en
tus manos cuando él falte. No permitas que tus miedos le sigan robando el
sueño. No es justo para él.
Sin agregar una sola palabra más, se dio media vuelta y salió del
despacho.
Capítulo 44
A la una de la tarde del martes, Jennifer tomó aire varias veces frente a
la puerta de Sam antes de decidirse a tocar al timbre. Le apenaba tener que
decirle que la charla con James no había tenido ningún efecto, pero no
quería hacerle concebir pequeñas esperanzas.
—Vamos allá, Jen —se dijo en alto mientras llamaba al timbre con
firmeza.
Esperó a que Susan le abriera la puerta poniendo una de sus mejores
sonrisas, pero se le congeló en los labios cuando se encontró frente a frente
con James.
—¡Oh! —se le escapó, contrariada.
—No demuestres tanto tu alegría por verme —ironizó él—. No te vaya
a dar algo de pura felicidad.
—Lo siento. —Intentó sonreír—. Es solo que no esperaba que
estuvieras aquí.
—Ya. —Se hizo a un lado para dejarla pasar—. ¿Y aún así piensas
entrar o prefieres marcharte?
Jennifer franqueó la puerta y caminó hasta la pequeña salita donde solía
charlar con Sam, sintiendo a James caminar tras ella. Se volvió hacia él y
cogió asiento, incómoda con la situación. No podía dejar de mirarlo con una
admiración que estaba segura que él no tardaría en notar. James llevaba
puesta una camisa blanca, con los dos botones de arriba abiertos, que se
ajustaba a su cuerpo como un guante. Apoyado en uno de los aparadores de
la sala, con las manos en los bolsillos y aquella expresión feroz en el rostro,
era la tentación personificada.
«¡Si parece que se ha escapado de un anuncio de colonia!», reconoció,
esperando que la punzada de deseo que le quemaba la pelvis no se estuviera
reflejando en su rostro.
—Sam está reposando un poco —le explicó James—. Hoy tocaba
reunión de accionistas con Sample y no ha sido fácil. Se ha alargado más de
lo que esperábamos.
—Entonces no lo molesto —se puso en pie—. Vengo mañana.
—No, estoy seguro de que le gustará verte —opinó—. No tardará en
venir. Es muy metódico con su aperitivo de la una, y, al parecer, soléis
tomarlo juntos.
—¿Te molesta? —preguntó un tanto sorprendida, por un momento le
había parecido que sí.
—Al contrario, Sam disfruta de tu compañía —admitió—, así que yo
soy feliz también.
«Pues nadie lo diría por el tono en que lo dices», pensó ella, pero
prefirió callárselo.
Jennifer respiró aliviada cuando el sonido del móvil de James
interrumpió la tensa conversación. Observó como él sacaba el teléfono de
sus pantalones, consultaba la pantalla y rechazaba la llamada al instante, sin
disimular un gesto irritado que a ella no le pasó desapercibido.
—¿Una llamada inesperada?
—No.
—Una esperada entonces, aunque no muy bien recibida.
—Algo así.
—Muy bien —dijo, confusa, sin saber a qué atenerse. Él parecía estar
más raro que de costumbre aquella mañana. Cuando ya no esperaba que
agregara nada más sobre el tema, le escuchó decir:
—Digamos… que ya he tenido demasiadas discusiones hoy para ser
solo la una de la tarde.
Jennifer hubiera querido ahondar más en el tema, pero no se sentía con
derecho a hacerlo; aunque la curiosidad, y, por qué no decirlo, los celos, la
estuvieran carcomiendo por dentro, mientras no podía dejar de preguntarse
a quién le había colgado de forma tan airada. Tenía la sensación de que
aquello había sido una llamada personal.
—Será mejor entonces que mida mis palabras. —Sonrió ella,
intentando sonar divertida—. No pareces tener un buen día.
—Tienes razón, no lo tengo.
—¿Estás seguro de que no es mejor que me vaya? —Sonrió de nuevo
—. Porque tengo muchas papeletas para salir escaldada.
James no pudo evitar sonreír. La primera sonrisa de la mañana,
probablemente.
—Es verdad que tienes una habilidad especial para sacarme de quicio
—admitió—, pero Sam me pondrá freno en cuanto que entre por la puerta.
—¿A qué he de ponerle freno? —dijo el aludido, haciendo su aparición
estelar junto con Susan.
—A Jamie, por supuesto. —Sonrió la chica, acercándose a darle un
beso en la mejilla al anciano—. Tiene las manos muy largas, Sam, y una
chica debe hacerse respetar.
Tanto Sam como Susan rompieron a reír divertidos. James también la
observó sin poder disimular una sonrisa. Debía reconocer que además de la
habilidad para sacarlo de quicio, también tenía la capacidad de meterse a
todo el mundo en el bolsillo de una forma admirable.
—Me encanta esta chica —declaró Sam feliz—. Jamie, te aseguro que
si tuviera un cerro de año menos, te la hubiera quitado hace tiempo.
—Sí, estoy seguro de que lo habrías intentado —bromeó James,
sentándose junto a ella—, pero de ahí a conseguirlo…
El corazón de Jennifer comenzó a dar muestras de cuánto le afectaba
aquella cercanía, martilleando como loco a un ritmo frenético.
—¡Muy seguro estás! —protestó ella, mirándolo a los ojos.
—Los dos sabemos que estás loca por mí, cariño —le dijo con una
sonrisa socarrona, que a Jennifer se le antojó de lo más encantadora.
—¿Lo ves, Sam? —se giró a mirar al anciano para no ceder a la
tentación de besarlo—. A eso es a lo que tienes que ponerle freno.
El anciano rio de nuevo.
—Lo digo en serio —insistió—, tendrás que ayudarme, porque a mí me
sonríe de esa manera y me tiemblan hasta las pestañas.
James se obligó a sonreír. Sabía que Jennifer solo estaba interpretando
el papel que él mismo le había asignado y casi obligado a aceptar, pero en
aquel momento le molestaba de una forma un tanto extraña tanta
pantomima. Se puso en pie y caminó hasta la ventana, intentando entender
que era lo que le irritaba tanto.
—¿Ves? Y ahora se va —protestó la chica—. ¡Quién entiende a los
hombres!
—A veces la distancia es lo más prudente —reconoció James,
volviéndose a mirarla—. No quiero que Sam me tenga que parar los pies
como tuvo que hacerlo tu tío el otro día.
—¡Jamie! —protestó Jennifer avergonzada—. ¿Cómo se te ocurre
contarles eso?
James la miró intentando disimular su turbación. Aquella era la
segunda vez aquel día que usaba el diminutivo de su nombre para dirigirse a
él, y lo sorprendente era que se le erizaba la piel cada vez que la escuchaba
llamarlo así.
Sam y Susan rompieron a reír de nuevo, mientras que la chica se tapaba
la cara con las manos fingiendo un azoramiento que en realidad no tenía
nada de fingido.
—Me estoy divirtiendo mucho —bromeó Sam—, por favor, jovencita,
dime que te quedas a comer con nosotros.
A Jennifer le cogió tan de improvisto la invitación que se quedó
petrificada. Miró a James, que se limitó a cruzarse de brazos mientras se
sentaba en el quicio de la ventana. Al parecer no estaba dispuesto a
ayudarla a escabullirse.
—No me lo había planteado —reconoció.
—Por favor, Jen, no he visto sonreír a ese muchacho en toda la mañana
hasta que has llegado —le dijo Sam con una seriedad que la sorprendió. La
chica miró a James con un gesto de extrañeza, pero no pudo leer nada en su
rostro.
—No he avisado en casa —comenzó a excusarse, intentando leer en el
rostro del chico algo que le indicara que hacer.
—Estoy seguro de que a Esther no le importará que comas con Jamie
en un día como este.
—¿Qué tiene de especial este día? —Sonrió confusa.
Sam miró a James un tanto preocupado.
—¿No se lo has dicho?
James negó con un gesto indiferente, como si para él no tuviera
ninguna importancia.
—¿Decirme qué?
—Es su cumpleaños —aclaró el anciano.
Con un gesto de asombró, Jennifer miró a James, al que no parecía
importarle un comino que la que se suponía que era su novia no estuviera
enterada de lo señalado de la fecha.
—¿Por qué no me lo has dicho? —le preguntó perpleja.
—No me gusta celebrarlo.
—¡Creo que voy a enfadarme mucho contigo en este momento! —
protestó Jennifer con energía, poniéndose en pie.
James también se incorporó y caminó hacia ella.
—¿En serio? ¿El día de mi cumpleaños? ¡Te parecerá bonito! —Fingió
indignación.
—¡Ah, ¿ahora si es importante?!
—Lo es, si de pronto estoy en mi derecho de exigirte un beso de
cumpleaños. —terminó de recortar la distancia entre ellos y la tomó por la
cintura.
—No te lo mereces.
—Puede ser, pero estoy dispuesto a suplicarte. —Se miraron a los ojos
con intensidad.
—Jamie… —Aquel leve susurro fue más de lo que él pudo soportar. La
besó con un ansia que hasta a él mismo le cogió desprevenido.
Bebieron uno de los labios del otro hasta que escucharon a Sam
bromear con Susan, lo suficiente alto como para asegurarse de que llegara a
sus oídos.
—Creo que a esto se referían con lo de ponerle freno, Susan —casi
gritó—. Claro que igual vamos a necesitar algo con lo que hacer palanca
para meternos ahí en medio.
James la soltó de forma automática, rompiendo el contacto y poniendo
distancia.
—¡Ese ha sido el mejor beso de cumpleaños de la historia! —Aplaudió
Susan, arrancándole a Sam otra carcajada.
Jennifer se sentía morir. Por un momento, había olvidado que para
James aquello solo era una farsa, casi una obra teatral para los ojos de Sam.
Se disculpó, aludiendo estar acalorada, y salió de la sala para refrescarse un
poco. Se encerró en el baño dispuesta a no salir nunca más de allí.
«¿Cómo puedes ser tan imbécil, Jennifer?», le dijo a su propio reflejo,
mirándose en el espejo. «Si quieres que él se crea que el exorcismo
funcionó, es importante que no le dejes tocarte, y mucho menos meterte la
lengua hasta la campanilla».
—¿Cómo voy a mirarlo después de esto? —se preguntó en alto,
buscando algo a lo que aferrarse. De alguna forma tendría que hacerle creer
que ella también estaba actuando con ese beso, en lugar de derritiéndose por
dentro.
Como fuera, no podía quedarse encerrada allí para siempre como había
pretendido en un principio. Expulsó aire varias veces con fuerza y salió del
baño con decisión. Todo se vino al traste cuando se topó con James, que
estaba apoyado en la pared, esperándola.
—Empezaba a pensar que te habías colado por el desagüe —fue lo
primero que le dijo.
—Solo trataba de representar mi papel de novia acalorada lo mejor
posible —dijo, maravillada por su capacidad para unir palabras con cierto
sentido—. ¿Me he pasado?
James la miró con la misma seriedad con que la había recibido en la
puerta hacia apenas media hora.
—No, ha sido perfecto —le dijo con sequedad—. Ha sido un beso de
Oscar.
—Lo mismo te digo, eres un gran actor —admitió, con una sonrisa
exenta de humor—. Aunque te pediría algo menos de… efusividad la
próxima vez.
—Pues lo siento, pero yo no sé besar de otra manera.
—Entonces igual deberíamos evitar los besos a partir de ahora —le
propuso, mientras que todo su ser pedía a gritos que se negase a aquella
petición.
—¿Qué relación podemos fingir sin tocarnos?
—Pues no lo sé, pero sobreactuar tampoco creo que sea muy creíble.
—¿Ese beso te ha parecido sobreactuado?
«Ese beso me ha parecido perfecto, excitante, provocador, caliente…»,
tuvo que tragar saliva y apartar la mirada para no decirle todo aquello y
pedirle otro exactamente igual.
—Supongo que ha sido un beso convincente —admitió—, pero prefiero
que no vuelvas a besarme así.
James la observó con recelo durante unos segundos, que a la chica se le
hicieron eternos.
—De acuerdo —aceptó—. Besos castos, puros y aburridos a partir de
este momento. ¿Podemos volver a la sala?
—No.
—¿No?
—¿Qué hacemos con la comida? —preguntó—. No se me ha ocurrido
ninguna excusa, me he quedado en blanco.
—Pues lo siento, pero tendrás que quedarte a comer entonces.
—No lo dices en serio.
—¿Tanto te molesta?
—No, pero…
—Pues arreglado —la interrumpió—. Sonríe, cariño, estamos de
cumpleaños.
Tiró de ella y pronto se vieron sumergidos entre canapés y delicias de
todo tipo. Susan se había esmerado mucho con la comida para poder darle a
James algo especial. A la legua se notaba que lo quería mucho.
El teléfono de James volvió a sonar de nuevo cuando estaban a punto
de empezar con el segundo plato. Jennifer volvió a comprobar, anonadada,
cómo el chico consultaba el identificador y volvía a rechazar la llamada sin
miramientos. Aunque esta vez se percató del gesto de pesar con el que Sam
lo miró.
—Jamie… —casi susurró el anciano.
—No.
Jennifer, impresionada y confusa con el cruce de palabras, estaba cada
vez más preocupada. ¿Quién llamaba a James de forma tan insistente? Y, lo
más importante, ¿por qué parecía afectarlo de aquella manera tan intensa?
Cuando un minuto más tarde fue el teléfono fijo de la casa el que sonó,
James soltó los cubiertos en el plato con brusquedad.
—Esto es demasiado —masculló, apretando los dientes.
Todos guardaron silencio. Jennifer observaba la situación expectante,
esperando poder enterarse de lo que todos parecían saber excepto ella.
—Por favor —le pidió Sam.
James parecía dispuesto a dejar sonar el aparato hasta que se cansaran.
—¡Maldita sea!
Arrojó la servilleta sobre el plato, se puso en pie y caminó hasta el
aparador donde estaba pinchado el inalámbrico.
—Hola —dijo con una frialdad absoluta—. Gracias.
Jennifer supuso que quien fuera acababa de felicitarlo por su
cumpleaños. Le sorprendió la sequedad con la que se limitaba a contestar,
solo con monosílabos y palabras sueltas.
—Sí… Bien… Tirando… No… Adiós.
Quien estuviera del otro lado debía estar desolado, sobre todo teniendo
en cuenta cuántas llamadas había necesitado para recibir aquel trato.
Cuando James se sentó de nuevo a la mesa, tomó sus cubiertos y
continuó comiendo como si nada hubiera pasado. Jennifer miró a Sam, que
movía la cabeza con un gesto de pesar.
—¿Cómo está Martha? —le escuchó preguntar de repente.
—No lo sé, no le he preguntado —admitió James con una engañosa
calma—. ¿Me pasas la ensalada?
—Jamie…
—He contestado —le dijo en un tono frío como el hielo—. No puedes
pedirme más.
Sam no tuvo más remedio que aceptar la explicación, y continuó
comiendo dando así por zanjada la cuestión, pero el ambiente no se
recuperó de aquella llamada.
«Martha», Jennifer recordaba aquel nombre de la última vez que había
coincidido con James allí. La tal Martha había llamado, y Sam se había
visto en la obligación de mentir por él, asegurándole que aún no había
llegado. Recordaba que al anciano le había preguntado cuánto tiempo
llevaba sin contestar sus llamadas.
En cuanto que llegaron a los postres, James le dio las gracias a Susan
por la deliciosa comida y anunció que tenía que marcharse ya.
—Aún no he pasado por el despacho hoy —se excusó—. Debo de tener
una montaña de cosas que revisar.
—Ha sido una mañana muy productiva, Jamie. —Sonrió Sam,
poniéndose en pie—. Lo has hecho bien con Nueva York, estoy muy
orgulloso de ti, hijo —le dijo, dándole un emotivo abrazo a continuación y
susurrándole al oído—. Feliz cumpleaños. Espero que algún día puedas
disfrutar de tu regalo como te mereces.
Jennifer tragó saliva y, sin poderlo remediar ni entender por qué, se le
llenaron los ojos de lágrimas. Fingió no ver el gesto emocionado con el que
el chico se aferró a Sam, como a un salvavidas.
Inquieta, se puso en pie, consciente de que debía acompañar a James a
la calle. Cualquier novia del planeta lo haría en una situación como aquella.
Ambos salieron al exterior y caminaron en silencio hasta la moto.
—Siento que te hayas visto obligada a quedarte a comer —le dijo
James, volviéndose a mirarla.
—Pues yo no, estaba todo delicioso. —Sonrió—. Susan se ha ganado
alguna que otra estrella Michelin hoy.
—Eres muy comedida, pero soy consciente de que ha sido una comida
un tanto tensa —reconoció—. Te pido disculpas.
—De verás, James, no te preocupes.
—¿Ya no soy Jamie?
—Perdona. —Lo miró avergonzada—, pero paso tanto tiempo con Sam
escuchándole llamarte así, que supongo que me lo está pegando.
—No me importa. —Le sonrió con una ternura que la desarmó, y
agregó con una dulce sonrisa—: No mires, pero Sam está en la ventana.
Sin dejar de mirarla a los ojos, se acercó a ella hasta quedar a escasos
centímetros. Jennifer contuvo la respiración, incapaz de decir una sola
palabra que detuviera lo que sabía que James estaba a punto de hacer. La
forma tierna y delicada con que la besó le llegó al alma.
—Casto y puro —le dijo James interrumpiendo el contacto—, pero
sorprendentemente nada aburrido.
Ahora fue Jennifer quien volvió a besarlo con la misma delicadeza.
—Feliz cumpleaños —le dijo con una sonrisa en los labios tras el
cálido roce.
—Gracias.
«Ya ha sido el mejor en mucho tiempo», pensó James con una extraña
sensación en el pecho que achacó a lo difícil del día. «Demasiadas
emociones juntas», se dijo, convencido de que el latido acelerado de su
corazón no tenía nada ver con que ella estuviera allí de pie, mirándolo con
aquella expresión tierna en el rostro. Tuvo que repetirse que Jennifer solo
estaba representando su papel de novia enamorada, al igual que él fingía y
actuaba para Sam. Claro, que haber inventado que el anciano estaba en una
de las ventanas para robarle un beso, hacía cojear un poco aquella teoría.
Cuando Jennifer entró de nuevo en la casa, se sentó a tomar café con
Sam antes de marcharse. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable para no
comentar nada acerca de lo sucedido en la comida. No podía olvidar que el
anciano debía creer en su noviazgo, por su propio bien, y no resultaría
demasiado creíble que le preguntara a él con respecto a la tal Martha, en
lugar de hablarlo con James.
—Te agradezco que nos hayas acompañado a comer hoy, Jen —le dijo
Sam con un gesto tierno—. Espero que puedas acompañar a Jamie un rato
esta tarde también. ¿Me prometes no dejarlo solo?
—Claro —dijo sin dudarlo, esperando con sinceridad poder hacerlo—.
Hemos quedado para cenar.
—Genial. Le haces tanto bien…
«Soy lo peor», se dijo Jen, sintiéndose fatal por tanto engaño.
—Por cierto, aún no he podido agradecerte lo que has hecho por mí —
le dijo Sam con una sonrisa.
—¿A qué te refieres?
—A lo que hablamos ayer sobre las acciones de Sample.
«¡Oh, no!», quiso llorar, había olvidado que tendría que darle aquel
disgusto antes de marcharse.
—Ayer me fui directa a su despacho, Sam… —empezó diciendo.
—Te juro que cuando Roger me llamó a las ocho de la tarde para
decirme que Jamie acababa de pasar por su despacho para firmar la cesión,
casi me caigo de culo.
—¿Ha firmado? —Se quedó tan alucinada, que le fue imposible fingir
que ya lo sabía.
—¿No te lo ha dicho?
—No —reconoció—. Igual fui un poco dura con él, Sam, y va a
costarle darme la razón.
«¡Lo había convencido!», pensó, incrédula y orgullosa de él por su
capacidad para rectificar y asumir sus errores. Debía de haberle costado la
misma vida asimilar todo lo que ella le dijo antes de marcharse.
—Pues no sé qué le dirías, pero funcionó, y te estaré por siempre
agradecido —insistió Sam—. Gracias a ti he dormido como un bebé.
—¿A mí? No, Sam, yo solo le dije lo que necesitaba escuchar —
reconoció—. Fue él quien hizo la parte más dura. Y no todo el mundo tiene
esa capacidad.
—Te brillan los ojitos. —Rio el anciano, apuntándole con el dedo—.
Tienes la misma expresión de orgullo que yo cuando hablo de él.
La chica rio por el gesto risueño con el que Sam la acusaba de aquello.
—¡Es que mi Jamie es un tipo fuera de lo común! —dijo sonriendo—.
Aunque negaré habértelo dicho, eh, lo último que necesitamos es alimentar
más su ego.
La carcajada de Sam inundó la sala, y Jennifer se sintió muy satisfecha
de poder contribuir a hacerlo feliz, aun a pesar de tener que engañarlo un
poquito.
—Parece que conoces muy bien a tu Jamie —admitió Sam, guiñándole
un ojo y sin dejar de reír.
«No todo lo bien que desearía», pensó Jennifer, obligándose también a
recordar que en realidad el chico ni era suyo ni debería seguir llamándolo
Jamie. A pesar de que él mismo le había dicho que no le importaba, a ella le
parecía demasiado íntimo y personal usar aquel diminutivo.
A las cuatro de la tarde Jennifer anunció que se retiraba para que Sam
pudiera descansar un rato. El anciano intentó protestar, pero ella no se dejó
convencer, alegando que no quería ganarse una bronca de Jamie cuando se
enterara de que le había estado robando horas de sueño.
Antes de salir hacia su casa, ya subida en la moto, llamó a Pat para ver
dónde estaba. Necesitaba hablar con ella sobre todo lo sucedido en aquella
extraña comida. Que no pudiera preguntarle a Sam, no significaba que no
pudiera enterarse por otras vías. Estaba muy preocupada por James.
Capítulo 45
Pat resultó estar comiendo con Rob en la clínica. Al parecer estaban
aprovechando la sobremesa para ponerse al día con la contabilidad, aunque
ninguno de los dos parecía tener ningún reparo en que pasara por allí.
Llegó justo al café, que cambió por una coca cola para acompañarlos
con algo.
—Así que he venido a fastidiaros el trabajo —les dijo preocupada.
—Tenemos tiempo —le aseguró Rob con una de sus amables sonrisas
—. Nos hemos dejado suficiente hueco sin pacientes para poder avanzar.
—Pues en ese caso, Rob, quiero aprovechar para pedirte disculpas.
Él la miró sorprendido.
—Sé que no tenía ningún derecho a juzgarte tan mal con todo lo que
pasó —reconoció—. Solo trataste de ayudarme aquel día, y no debí
agradecértelo dudando de tus intenciones.
—Eso está olvidado, no te preocupes.
—Me preocupo, Rob, porque sé que de forma indirecta también te he
causado problemas con Jamie —insistió—. Y espero, de corazón, que
podáis solucionarlo pronto. ¿Por qué sonreís así los dos? —Los miró a
ambos, preguntándose qué mosca les habría picado.
—Así que Jamie —bromeó Pat. Jennifer sintió que le ardía la cara.
—Paso mucho tiempo con Sam.
—¡Qué dulce suena en tus labios! —insistió su prima.
—¡Vete al carajo! —protestó, aunque sin poder evitar sonreír—. Rob,
dile algo.
—Pat, no digas eso —intervino el chico muy serio, pero arruinó el
efecto al añadir—: No es solo dulce, también suena íntimo y sensual.
Su amiga se desternilló de risa.
—Es la forma como lo pronuncia, ¿verdad? —insistió Rob.
—¡Qué simpáticos estáis! —Se quejó—. Pues a mí no me hace ninguna
gracia llamarlo así, pero se me escapa cada dos por tres. Él dice que no le
importa, pero a mí me resulta violento.
Tanto Pat como Rob le prestaron toda su atención, sin perder la sonrisa.
—Oye, ¿cuándo tenéis ese tipo de conversaciones? —preguntó Pat,
interesada.
—La curiosidad mató al gato, primita.
Todos rieron de nuevo.
—Es que cuesta mucho sacarte las cosas, Jen —se quejó Pat casi
lloriqueando—. Y James también está hermético como una ostra, no
consigo que hable conmigo. Y con Rob, que era al único que se lo contaba
todo, no se habla.
Al parecer su prima ya no bromeaba en absoluto, sonaba muy
preocupada.
—Pues yo no tengo mucho más que contarte que lo que ya sabes —
declaró—. En realidad, he venido para que me contéis algo vosotros a mí.
—¿Algo sobre James?
—Sí. Hoy está… raro.
—Es su cumpleaños —le dijo Pat intentando sonar natural.
—Lo sé. Hemos comido juntos en casa de Sam.
Aquello si fue toda una sorpresa para sus amigos. Ambos la miraron,
asombrados.
—Pues ya tienes más suerte que nosotros —reconoció Pat—. Que
tendremos que conformarnos con felicitarlo por teléfono.
—O en el Oasis —dijo confusa—. ¿O es que hoy no pensáis ir?
—Hoy no creo que vaya él —afirmó Rob convencido.
Jennifer se quedó perpleja.
—Pero si es su cumpleaños.
La mirada que intercambiaron Rob y Pat no pasó desapercibida para
Jennifer, que comenzaba a desesperarse.
—¿Quién de los dos va a contarme qué demonios está pasando? —
preguntó irritada—. Y de paso ¿podéis aclararme quién es Martha?
—¿Por qué no se lo has preguntado a él? —le dijo Rob muy serio.
—No lo sé —reconoció—. Por miedo a que me mandara al infierno
supongo, no parecía estar muy sociable cuando ha recibido la llamada de
esa mujer. ¿Quién es?
Pat se demoró unos segundos en contestar lo último que esperaba
escuchar.
—Su madre.
Jennifer los miró con la boca abierta, pero de alguna manera todo lo
sucedido alrededor de aquella mujer al fin encajaba, incluso la actitud de
Sam con respecto a ella.
—No sé por qué estaba convencida de que su madre había muerto.
—Para él lo está —aseguró Pat—, al menos eso te diría si le
preguntaras.
—¿Y eso tiene algo que ver con el hecho de que no celebre su
cumpleaños?
—Algo así —admitió Pat, dejando ver su malestar por estar hablando
de aquel asunto.
Jennifer se volvió hacia Rob, que jugaba con un pequeño clip metálico,
sumido en un profundo silencio.
—Rob…
—No nos corresponde a nosotros contarte todo eso, Jen. —Rompió el
chico el silencio al fin—. Es algo muy personal, y solo él puede decidir con
quién lo comparte.
—Estoy preocupada —confesó Jen—, y no puedo ayudarlo si no sé qué
le pasa.
—No es a la psicóloga a quien James necesita hoy —opinó.
—¿Quieres que me acerque a él como mujer? —lo miró extrañada.
—No, no me hagas caso —negó, poniéndose en pie—. Mantente lejos
de él hoy, Jen, es el mejor consejo que puedo darte.
—¿Y vais a dejarme así? —Los miró a ambos—. ¿Ninguno de los dos
piensa contarme nada más?
—Yo ya he tenido suficientes problemas con James por callar ciertas
cosas —le recordó—, no quiero crearme otros nuevos ahora por hablar
demasiado. Lo siento.
Salió de la cocina alegando querer seguir trabajando, dejándolas a
solas.
Jennifer observó la expresión abatida de su prima mientras se debatía
entre contarle lo que quería saber o tomar la misma actitud que Rob hacía
un momento.
—¿Entiendes que lo que voy a contarte no puede salir de aquí? —le
hizo saber así Pat por la opción que se había decantado.
—Soy psicóloga, Pat, nadie guarda los secretos mejor que yo —dijo,
aunque no pudo disimular del todo su nerviosismo.
Pat asintió, y se tomó su tiempo para organizar sus ideas antes de
empezar a hablar.
—A estas alturas que su padre era un borracho y un maltratador no te
coge muy de sorpresa. —Jennifer asintió—. Mi madre y Martha eran muy
amigas ¿sabes? Por eso James y yo casi crecimos juntos. Yo, desde muy
pequeñita, recuerdo ver llegar a Martha a casa con las gafas de sol puestas,
intentando ocultar los moretones. No te haces idea de la cantidad de veces
que mi padre tuvo que correr a su casa para darle asistencia médica. Cuando
eso ocurría, tanto ella como James se venían a dormir a casa. Pero a pesar
de todo ella siempre se negaba a denunciarlo.
Pat suspiró, recordando horrorizada aquellos días, los tenía grabados a
fuego en su memoria, a pesar de que solo tendría cinco o seis años.
—A menudo, Charlie Novak salía, se emborrachaba y pagaba con
Martha sus frustraciones —continuo—. Hasta el día en el que James se
interpuso entre ellos. Tenía nueve años.
Jennifer tragó saliva y suspiró nerviosa, consciente de lo que iba a
escuchar.
—Desde aquel día, James se convirtió en el centro de su odio —siguió
diciendo—. Recuerdo haberle preguntado en una ocasión por qué permitía
que su padre lo tratara así sin defenderse, y nunca olvidaré su respuesta.
¿Sabes que me dijo? —Jennifer esperó las palabras con el corazón encogido
—. Mientras que me pega a mí, no la toca a ella.
Dos lágrimas escaparon de los ojos de Jennifer, que, a pesar de estar
acostumbrada a escuchar testimonios como aquellos, no podía soportar
imaginar a James pasando por todo aquel suplicio.
—Y así pasaron los años. Aquel niño creció aguantando golpes y
ensañamientos, y dándolos por buenos con tal de ahorrárselos a su madre.
Hasta que una noche la vida de todos dio un giro inesperado.
De repente, Jennifer no estaba segura de querer seguir escuchando,
aunque sabía que no había marcha atrás. Se le cogió un pellizco en el pecho
que le impedía hasta tragar saliva.
—James se entretuvo con nosotros más de la cuenta —continuó Pat—.
Cuando entró en su casa, encontró a su madre tirada en mitad del salón,
inconsciente, con la cara apenas reconocible por los golpes.
Pat tuvo que hacer una pausa para poder continuar.
—James enloqueció. Buscó a su padre hasta encontrarlo durmiendo la
borrachera en una de las habitaciones, lo sacó de la cama y descargó sobre
él la rabia contenida durante todos aquellos años de palizas indiscriminadas.
—¿Que pasó, Pat? Su padre… —Horrorizada, fue incapaz de terminar
la frase, aunque no hizo falta, puesto que Pat entendió lo que necesitaba
saber.
—Su padre tuvo suerte de que James recuperara la cordura a tiempo.
Un suspiro de alivio escapó de los labios de Jennifer.
—Recuerdo cuando llamaron a papá del hospital —contó—. Todos
salimos corriendo hacia allí. Nunca olvidaré la imagen de James, sentado en
el suelo de uno de los pasillos, con un gesto de desolación que aún me parte
el alma solo al recordarlo. Me senté a su lado y se abrazó a mí, con la
mirada ausente. «Casi la mata, Pat, y yo casi lo mato a él. Te juro que no sé
cómo he logrado detenerme a tiempo», me dijo antes de romper a llorar
como un niño.
—¡Por Dios!
—Aquella fue la última vez que lo vi llorar ¿sabes? No creo que haya
vuelto a derramar una sola lágrima desde aquel día.
—¿Qué edad tenía James cuando pasó todo aquello?
—Aquel mismo día estaba cumpliendo diecisiete años —terminó de
decir—. Ese fue el motivo por el que llegó algo más tarde de lo habitual a
su casa —hizo una pausa para terminar de agregar lo evidente—: Jamás ha
vuelto a celebrar su cumpleaños.
Jennifer, sin poder controlar sus lágrimas, alargó la mano para tomar la
de Pat, que no estaba en mejores condiciones que ella. Ambas guardaron
silencio durante un largo minuto, hasta que Jennifer cayó en cuenta de un
cabo que le quedaba suelto en la historia.
—¿Por qué no se habla con su madre? —recordó la actitud extraña que
había observado en la comida.
—En aquella ocasión Martha por fin se atrevió a denunciar a Charlie
por haberla golpeado de un modo tan salvaje —explicó—. Y James también
estaba preparado para enfrentar las consecuencias de sus actos, aunque la
horda de abogados que Sam puso a trabajar en el caso jamás hubieran
permitido que pusiera un pie en la cárcel, pero de la noche a la mañana todo
aquello cambió.
—¿Qué cambió?
—Cuando salió del hospital, Charlie Novak decidió poner dos mil
kilómetros de distancia con su hijo, supongo que consciente de que jamás
podría volver a ponerle un dedo encima. Y, para sorpresa de todos, Martha
decidió retirar la denuncia y marcharse con él.
—¡¿Qué?! ¡No lo dices en serio!
—De esto hace —Se detuvo a pensarlo—, catorce años.
—¿Y no ha vuelto a verla desde entonces?
—No —admitió—. James jamás se lo ha perdonado. Y no lo culpo, la
verdad. Después de todas las palizas que él se llevó por protegerla…
—Entiendo a James, pero no seré yo tampoco quién juzgue a Martha —
dijo Jennifer, intentando no olvidar su experiencia como profesional en
aquel campo, en lugar de dejarse guiar por el corazón—. Una persona que
ha estado sometida durante tantos años, no se rige por el mismo sentido de
la lógica que nosotros, Pat. Y te aseguro que las heridas físicas son las
menos importantes.
—Ya, eso es verdad.
—¿Estás segura de que no bajará al Oasis?
—Segura no, pero no lo hace ningún año.
—¿Crees que querrá verme?
—No lo sé —admitió—. Ahora mismo estará en el despacho, y no creo
que salga de allí hasta al menos las ocho.
—Me acercaré a su casa a esa hora entonces.
—Y no lo encontrarás allí. —Las dos chicas se sorprendieron al
escuchar a Rob desde la puerta.
Ambas se giraron hacia él.
—Le prometí a Sam que no lo dejaría solo esta tarde, Rob —dijo Jen
con una expresión decidida—. Y voy a intentar cumplirle.
—Entonces búscalo en el taller —le confió tras pensarlo con
detenimiento—. Benji se habrá asegurado de que encuentre suficiente
trabajo acumulado aunque haya tenido que inventárselo.
Capítulo 46
A las ocho de la tarde, Jennifer se presentó en Customsa esperando que
Rob estuviera en lo cierto. Iba dispuesta a lo que fuera con tal de pasar
aquellas horas acompañando a James. Solo esperaba que él se lo permitiera.
—Jennifer… —la saludó Benji con una sonrisa amable en cuanto que
la vio entrar—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a buscar a James, ¿está?
—No. —La expresión de desolación que la chica no pudo ocultar le
obligó a añadir—: No todavía, pero no tardará en llegar.
Una enorme sonrisa hizo también sonreír al hombre.
—Me ha comentado mi esposa que tuvo la suerte de conocerte ayer en
la tarde —le dijo Benji dándole conversación, y le aclaró—: Gloria, en el
despacho de James.
—¡Gloria! Sí, claro, no sabía que era tu mujer.
—Allí es la secretaria del señor Novak —Rio Benji—, pero aquí es la
mujer que lo regaña en cuanto que se pase un poco.
Ambos rieron.
—Yo que él tendría cuidado, tiene pinta de ser de armas tomar —
recordó Jennifer el espléndido recibimiento que le hizo—. Te confieso que
todavía no sé muy bien que pensar de ella, pero si está casada contigo, creo
que se merece un voto de confianza.
—Solo protege a su cachorro —reconoció Benji riendo—. Las mujeres
a veces son muy insistentes para llegar hasta él.
—Y Gloria las recibe con cara de perro y la escopeta cargada. —
Entendió Jennifer la actitud de la mujer. Lo que no terminaba de
comprender era por qué había decidido hacer una excepción con ella a
mitad de la conversación.
Una llamada hizo que Benji tuviera que ausentarse unos minutos. No
parecía quedar nadie en el taller, y estaba segura de que el hombre todavía
estaba allí porque ella le estaba impidiendo marcharse. Cuando se reunieron
de nuevo, le hizo saber que no quería hacerle perder el tiempo.
—Cierra ya, Benji —le pidió—. Yo puedo esperar a James fuera.
—¿Quieres que me despida? —bromeó el hombre.
—Quizá decida no venir.
—Vendrá —le aseguró—. Ven, te llevo al customize, hay veces que
entra por la tienda.
Diez minutos más tarde, Jennifer se sentó en la mesa de diseño para
disfrutar de nuevo de uno de los libros de fotos que James le había
mostrado el día que le enseñó todo aquello. Benji la había dejado allí
mientras organizaba el cierre. Cuando la puerta del customize sonó de
nuevo, no levantó la vista del libro, convencida de que Benji estaba de
vuelta.
—¿Tienes una moto preferida entre todas estas? —le preguntó
concentrada en las fotos.
—Siempre hay alguna especial.
Jennifer se giró hacia aquella voz con el corazón en la garganta, para
descubrir a James mirándola con atención desde la puerta.
—¿Qué haces aquí? —fue lo primero que le preguntó el chico, que casi
no había podido creerlo cuando Benji se lo había dicho.
—Le he prometido a Sam que no te dejaría solo.
—Pues te eximo de cumplir tu promesa.
—Lo siento, pero tú no puedes eximirme de una promesa que le he
hecho a otra persona —le dijo, acomodándose en la silla para dejarle claro
que no pensaba moverse de allí.
—¿Eso quiere decir que vas a imponerme tu compañía?
—Sí, eso me temo.
James estaba perplejo, no sabía muy bien a qué atenerse.
—Debo reconocer que me desconciertas —le dijo, caminando hacia
ella—. Estoy acostumbrado a que uses ese tono para huir de mí, no para
quedarte a mi lado. ¿Quién eres tú y que has hecho con la señorita Easter?
La carcajada que escapó de la garganta de Jennifer provocó un
escalofrío en James, que frunció el ceño, inquieto. La observó muy serio,
preguntándose qué hacía realmente allí.
—¿Por qué me miras así? —Terminó por hacerla sentir incómoda.
—Me pregunto si va a matarme tanta simpatía.
—No he venido a discutir —le aseguró.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? —insistió, suspicaz.
Jennifer tragó saliva. Para aquella pregunta no tenía una respuesta clara
que pudiera darle sin comprometer a nadie.
—Lo supuse.
—No me conoces tan bien.
—Pasé a buscarte por el Oasis. —Inventó sobre la marcha—. Los
chicos me dijeron que probara suerte aquí.
James guardó silencio, sin quitarle la vista de encima, hasta que
decidió:
—Jennifer…, quiero que te marches.
Perpleja, le devolvió una mirada dolida. No había esperado que fuera
tan directo.
—No tienes por qué pasar solo este día —le dijo, preocupada por la
expresión cada vez más seria que leía en su rostro—. Sé que es duro,
pero…
—¿Has estado haciendo preguntas sobre mí?
—¿Qué? ¡No! —dijo, intentando sonar sincera.
—Mientes fatal, ¿sabes?
—Jamie…
—No me llames así.
—Antes me dijiste que no te importaba.
—Pues ahora sí.
—Déjame estar contigo —le rogó, acercándose a él y mirándolo a los
ojos, deseosa de abrazarlo, protegerlo y ayudarlo a borrar todo aquel dolor
que tenía escondido en el alma.
James sostuvo su mirada y apretó los dientes, intentando que la furia no
lo eclipsara todo.
—¿Quién te lo ha contado? —le preguntó de pronto.
—No sé de qué me hablas.
—No te hagas la idiota, Jennifer, sé reconocer esa mirada —insistió—.
Tuve que soportar que todos me miraran así durante años, pero ya no soy
aquel niño desvalido al que había que compadecer.
Sorprendida, Jennifer se lamentó por no haber escogido mejor sus
palabras.
—Te equivocas —Quiso dejarle claro—, no es al niño desvalido al que
yo veo, sino al hombre enfrentándose aún a su pasado.
El guardó silencio y al momento siguiente cambió por completo su
actitud.
—¿Y has venido a consolar a ese hombre? —le preguntó con una
sonrisa cínica al tiempo que recortaba la distancia que los separaba.
—No hagas esto —rogó.
—Dime, ¿hasta dónde estás dispuesta a llegar para ayudarme a olvidar?
—insistió, tomándola por la cintura y atrayéndola hacia sí—. No me gusta
repetir, pero si estás tan dispuesta…
Jennifer se revolvió entre sus brazos, dolida y repentinamente inquieta.
Una mirada fría y carente de emociones de ningún tipo era todo lo que leía
en sus ojos. No había ni rastro del hombre al que conocía en ellos.
—No he venido a… esto —casi titubeó, intentando salir de sus brazos.
—Ah, ¿no? ¿Y qué otra cosa puedo querer de ti?
—Ofenderme, al parecer.
—¿Te ofende que reconozca que quiero echarte un polvo?
—Me ofende que creas que voy a permitirte hacerlo.
—Entonces no tienes mucho más que hacer aquí. —La soltó y señaló la
puerta.
Jennifer apretó los dientes y caminó hacia la salida. Sabía que en aquel
momento James haría y diría cualquier cosa para conseguir que se fuera. No
tenía sentido permitir que la humillara más. Debería haber escuchado a
Rob, y haberse mantenido alejada de él aquella noche.
Salió del customize y recorrió el taller para llegar hasta la salida,
intentando no derramar una sola lágrima hasta que estuviera a buen
recaudo.
«¿Desde cuándo te has vuelto tan llorica, Jennifer?», se regañó,
parpadeando con violencia para poder mantener su propósito. «No me gusta
repetir, pero si estás tan dispuesta…», le había dicho él, entre otras cosas. Y
daba igual cuantas veces se repitiera que James solo trataba de ofenderla
para que se marchara, se llevaba cada palabra clavada en el alma.
Tiró de la puerta desesperada por ganar la calle, pero comprobó que
estaba cerrada con llave. Siguió tirando de la manilla de forma casi
histérica, maldiciendo aquel contratiempo.
—¿Piensas romperme la puerta antes de irte? —le dijo una voz a su
espalda, que en aquel momento le resultó de lo más odiosa.
—¡Ábreme! —le exigió.
—¿Y esa prisa repentina? —Sonrió James con cinismo mientras
caminaba con parsimonia hacia la puerta.
—No quiero volver a darte el gusto de echarme.
—Pensándolo bien…, quizá podíamos hacer algo interesante.
—¡Ni se te ocurra mirarme siquiera, James, porque te juro que no
respondo!
La réplica del chico la cogió desprevenida. Con un movimiento rápido
la acorraló contra el portón, apoyando una mano a cada lado de su cabeza.
—¿Y qué piensas hacer? —la retó, mirándola a los ojos—. ¿Vas a
golpearme de nuevo?
—¡No me provoques! —le dijo sin achantarse—. No dudaría en darte
otra bofetada si es lo que necesito para ponerte en tu sitio.
—Me gustaría ver cómo lo intentas —le susurró, recortando un poco
más la distancia, lo cual imposibilitaba que Jennifer pudiera apenas
moverse.
—¡Suéltame!
—Cuando dejes de amenazarme.
—¿Amenazarte yo a ti? —Rio sin rastro de humor—. Eso sí que es
gracioso. Yo vine hasta aquí con buenas intenciones.
—¿A demostrarme tu compasión? —le preguntó asqueado.
—¿Compasión? ¿Acaso crees merecértela? —le recriminó—. Ningún
niño debería pasar por lo que tú, pero, sinceramente, yo no conocí a ese
niño; y al hombre en este momento no le tengo ni simpatía.
—¿Vas a decirme que no estás aquí impulsada por la lástima de lo que
te han contado?
—Yo no valoro a una persona por sus traumas, sino por su capacidad
para enfrentarlos y resurgir.
«Siento admiración por ti, cretino, por el hombre en el que te has
convertido a pesar de todo», hubiera debido gritarle, pero no pensaba darle
ese gusto.
—Y ahora suéltame —insistió—, el que tú tengas un día de mierda no
te da derecho a tratarme como te dé la gana.
James la miró a los ojos, aún sin moverse, con una expresión imposible
de descifrar. Jennifer se negaba a bajar la mirada, desafiante, mientras
intentaba que su cuerpo no reaccionara a la cercanía. Hizo amago para salir
por debajo de uno de sus brazos, pero él no se lo permitió. Volvió a
intentarlo un segundo más tarde por el otro lado, con idéntico resultado.
—¡Que me dejes salir! —le gritó ya furiosa.
—Quizá deberías concentrar toda esa rabia en algo más productivo —
recortó la distancia con su boca para dejar claro a qué se refería.
—Yo tampoco soy muy dada a repetir —le dijo irritada, incluso a pesar
de saber que debería morderse la lengua.
—Entiendo. —Sonrió sarcástico—. Ese comentario te dio de lleno.
—¡Por favor! Creo que te sobreestimas.
—¿Tú crees?
—¿Qué sentido tiene todo esto, James? —Se encaró de nuevo.
—Creo que es obvio —le dijo, alternando la mirada de sus ojos a sus
labios y de vuelta a sus ojos.
—¿Acaso piensas tomarme por la fuerza? Porque es la única manera en
que podrás volver a tenerme.
James rio sin dejar de mirarla.
—Es verdad, el famoso exorcismo que tan bien resultó —recordó—. O
eso creemos, porque en realidad nunca hemos llegado a comprobar si
funcionó.
—Claro que funcionó —le aseguró—. Yo he podido comprobarlo
cuando me has besado en casa de Sam. ¿O se te olvida la reposición de Lo
que el viento se llevó que hemos hecho allí?
—Ah, sí, mi beso de cumpleaños. —Pareció pensar en ello durante
unos segundos y terminó apartándose a un lado—. Tienes razón.
Aquello cogió desprevenida a Jennifer. Paradójicamente, hubiera
querido golpearlo por soltarla y dejarla escapar de entre sus brazos de forma
tan abrupta. Tuvo que contenerse para que él no notara su decepción.
—¿Eres tan amable de abrirme el portón?
James la miró con una sonrisa mordaz. Sacó la llave del bolsillo, se giró
hacia la puerta y la metió en la cerradura, pero nunca llegó a girar aquella
llave.
—Esto es absurdo —dijo volviéndose a mirarla, tirando de ella casi al
mismo tiempo—. No voy a seguir fingiendo que no te deseo con locura.
A Jennifer no le dio tiempo a decir una sola palabra. James la atrajo
hacia él con firmeza y asaltó su boca con un beso caliente y urgente, un
ataque a sus sentidos, que ni quiso ni hubiera podido rechazar. La acorraló
contra la pared y la tomó de las nalgas, presionándola contra la prueba
irrefutable de su deseo por ella, lo que provocó un auténtico caos en las
emociones de Jennifer, que se abandonó por completo a él, perdiendo hasta
el mínimo atisbo de sensatez. Poco le importó estar de pie en mitad de un
garaje, mientras permitía que James le abriera la camisa y apartara hacia
arriba su sujetador para poder lamer sus pechos con maestría. Todo lo que
ella podía hacer era alentarlo a continuar, entre gemidos. Cuando una de las
manos del chico se metió dentro de sus bragas hasta el centro mismo de su
placer, apenas tuvo que rozarla para hacerla estallar en un clímax que la
tomó desprevenida por su rapidez e intensidad, pero que no hizo decrecer ni
lo más mínimo el ansia con el que seguía necesitando todavía más. Le
facilitó todo lo que pudo la tarea de quitarle los leggins, mientras que con
manos temblorosas le desabrochaba el cinturón y los vaqueros para poder
tomar entre sus manos aquella parte de él que quería y necesitaba con
auténtica desesperación.
Cuando, tras lo que le pareció una eternidad, James la izó del suelo y se
hundió en su interior, casi sollozó de placer. Se aferró a sus hombros,
disfrutando de cada una de las salvajes embestidas con las que él se hundía
más y más en ella mientras jadeaba enloquecido sobre su boca. Rodeó sus
caderas con las piernas para facilitarle el acceso y se abrazó a él con fuerza,
disfrutando de aquella enloquecedora necesidad que ambos buscaban
satisfacer de forma desesperada. El clímax que los arrastró a ambos los dejó
sumidos en una especie de aturdimiento que tardaron en poder superar.
Tuvieron que aferrarse el uno al otro hasta conseguir recuperar la serenidad
lo suficiente como para mantenerse en pie.
Cuando las cosas fueron volviendo a la normalidad, Jennifer fue
incapaz de mirarlo a los ojos. La vergüenza se apoderó de ella por haber
sido tan débil de nuevo. Y el estar casi desnuda entre sus brazos, mientras
que él apenas tenía desabrochados los pantalones, no la ayudaba a sentirse
mejor.
Se concentró en colocarse el sujetador y abotonarse la camisa, mientras
sentía los ojos de James sobre ella, que aún la abrazaba por la cintura y no
parecía tener intención de soltarla.
—¿Puedes soltarme? —le pidió muy seria.
—Creo que no.
—Por favor —dijo en un tono de súplica imposible de obviar. Se afanó
en ponerse el resto de la ropa en cuanto que él obedeció.
James observaba cada movimiento en silencio, lo cual solo contribuía a
incomodarla más.
—¿Me abres la puerta? —volvió a pedirle en cuanto que estuvo vestida.
—¿Podemos hablarlo?
—No.
—Jennifer…
—Esto no tendría que haber pasado —afirmó con toda la frialdad que
pudo fingir—. Fin de la conversación.
Se agachó a coger su bolso del suelo y se aferró a él como a un
salvavidas mientras luchaba contra las ganas de llorar.
—Esto, como tú lo llamas, ha sido lo mejor del día —le dijo James,
intentando atraparla de nuevo entre sus brazos.
Jennifer se escabulló como pudo, sintiendo un ligero cosquilleo en la
boca del estómago, que se recriminó a sí misma, asqueada, un segundo
después. Había permitido que James la usara para calmar su dolor. Desde
que había llegado, él la había ofendido, humillado y echado del taller, y, a
pesar de todo, solo había tenido que besarla para que se arrojara a sus
brazos como una perra en celo. ¿Cómo iba a poder mirarlo a los ojos
después de aquello? Y todavía peor, ¿cómo iba a mirarse ella en el espejo?
«¿Es que no tienes dignidad, Jennifer?», se recriminó. «¿Cuántas veces
regañaste a Amber por ser tan débil?
—Me alegro de haberte amenizado la tarde, ¿me abres? —le pidió de
nuevo, molesta.
—¿Se puede saber a qué viene tanta acritud? —Tiró James de ella ya
con cierta irritación, encerrándola entre sus brazos—. Lo que ha pasado no
ha sido solo cosa mía, no te comportes como si no hubieras colaborado.
—Soy consciente de mis actos —admitió.
—Pues entonces deja de actuar como si te hubiera forzado a algo —le
recriminó—. Porque no te he escuchado quejarte entre gemido y gemido.
«¿Cuánto más piensas humillarme?, hubiera querido gritarle la chica,
pero estaba demasiado dolida y cansada de luchar. Dejó de forcejear contra
él, quedando sumisa entre sus brazos.
—¿Me abres la puerta, por favor? —le suplicó casi en un susurro,
incapaz de mirarlo a los ojos.
Durante unos segundos se preguntó si la habría escuchado, puesto que
James no se movió ni pronunció una sola palabra. Cuando lo oyó suspirar,
claudicando a su petición, se sintió aliviada. Por un momento había temido
que intentara un nuevo acercamiento, y, muy a su pesar, no confiaba lo
suficiente en sí misma como para estar segura de poder resistirse si lo hacía.
Se subió en la moto, se puso el casco y esperó en silencio a que él
levantara el portón para dejarla salir. Cuando aceleró y giró en la primera
esquina, tuvo que detenerse, incapaz de continuar conduciendo. Rompió a
llorar, desconsolada, sintiendo una opresión en el pecho que había ignorado
durante demasiado tiempo. Podría continuar engañándose y repitiéndose
que era solo atracción sexual lo que la unía a él, pero era hora de reconocer
su estupidez. Lo admitiera o no, y muy a su pesar, estaba loca e
irremediablemente enamorada de aquel demonio de ojos verdes.
Capítulo 47
Durante los días posteriores a su cumpleaños, James no había podido
bajar al Oasis por culpa del trabajo. Un problema tras otro lo había
mantenido atado a la silla hasta altas horas de la noche, logrando que
acabara demasiado exhausto al terminar la jornada. Para su consternación,
las dos veces que había intentado ver a Jennifer escapándose a buscarla a la
hora de la comida, la chica se había negado a verlo; y debía reconocer que
aquello lo tenía de un humor tan insoportable que hasta Gloria se lo había
recriminado en más de una ocasión aquellos días.
Cuando por fin el viernes logró llegar al Oasis a una hora prudencial,
aparcó su moto y paseó la mirada por todas las que había en la puerta, pero
no encontró la Marauder que esperaba por ninguna parte. Apenas eran las
nueve, ¿era posible que ya se hubiera marchado o quizá no había llegado?
Tomó aire y entró en el pub, intentando dominar sus emociones, que
tendían a descontrolarse con mucha facilidad últimamente.
Localizó a sus amigos en la mesa de billar, pero no había ni rastro de
las chicas.
Sonrió al ser recibido por un montón de aplausos y reverencias.
—Gracias, gracias. —Contribuyó a la pantomima—. Sois muy
amables, me encanta poder honraros al fin con mi presencia.
—¿Qué ha pasado? —Se preocupó Nick ya con sinceridad una vez
cesaron las risas.
—Han sido unos días de locos —reconoció—. De buenas a primeras se
presentó un inspector de Industria pidiendo documentación, y casi nos
vuelve locos a todos.
—¡Hostias! ¿Y qué tal?
—Bien, porque está todo en regla —contó—, pero el mal sabor de boca
no hay quien te lo quite. Aunque tendré que acostumbrarme. Ahora mismo
tengo enemigos en Sample que sé que me van a hacer la vida imposible
durante una temporada.
—¿Crees que ha sido cosa de alguien de allí?
—Creo no, estoy seguro —admitió—. El lunes pasado acepté la cesión
de las acciones de Sam, y hay quien prefiere tenerme ocupado durante un
tiempo en algo que no sea Sample. Pero no quiero pensar en eso. He venido
a distraerme un poco.
—Así que ¿en lugar de millonario ahora eres multimillonario? —
bromeó Dannie—. Igual es el momento ideal para renegociar mi contrato.
—Por supuesto —admitió James con una enorme sonrisa—. Tú pide
por esa boquita, que te darán por ese culito.
Las risas no se hicieron esperar. Ambos tenían una relación laboral muy
estrecha, puesto que Dannie llevaba el diseño gráfico y la web de
Customsa, aunque trabajaba como freelance y desde su propia casa. Dannie
le hizo un gesto obsceno que le costó una pregunta indiscreta como
represalia.
—¿A Judd también le haces esos gestos? —Rio—. No me extraña que
la cosa no avance.
Asombrado, James vio como la enorme sonrisa de Dannie era sustituida
por otra más cautelosa.
—¿Qué me he perdido? —le preguntó al instante.
—Poca cosa. Hemos hablado, hemos intimado, nos hemos besado y lo
hemos dejado correr.
—¿Poca cosa? —se quejó James—. ¿Es que no me puedo ausentar
unos días sin perdérmelo todo?
—No ha sido nada importante, te lo aseguro —insistió Dannie, con
demasiada convicción.
—Pues nadie lo diría por la cara que tienes.
—¿Qué le pasa a mi cara?
Antes de contestar, James, un tanto asombrado, miró a Nick y Rob que
escuchaban la conversación sin añadir una sola palabra. Algo bastante
extraño en ellos.
—Nada por lo que preocuparme, espero —insistió James.
—¿Por un simple beso? —Dannie lo miró como si de repente se
hubiera vuelto loco.
—Hay besos que no tienen nada de simples —intervino Nick con una
sonrisa nostálgica—. Yo pasé días enteros, con sus noches, recordando el
primero que le di a Pat.
James apretó los dientes, intentando no pensar en la primera vez que
besó a Jennifer. Bastante le estaba costando ya controlar la ansiedad que
tenía por verla.
—¿Podemos cambiar de tema? —pidió Dannie, al que se le notaba la
incomodidad desde lejos.
—¿No vas a contarme nada más?
—No nos ha dicho nada a ninguno —le aclaró Nick.
—No me apetece hablar de ello —insistió Dannie—. Quizá en algún
momento os cuente toda la historia, pero no va a ser hoy.
A pesar de su curiosidad, James se recordó que él mismo era muy
receloso de su intimidad en todo lo relacionado con su relación con
Jennifer. Entendía que Dannie no soltara prenda.
Miró a su alrededor, preguntándose si Jennifer estaría con Pat aunque
su moto no estuviera allí.
—¿Y las chicas? —Cedió por fin a su curiosidad.
—¡Por ahí vienen! —Señaló Nick hacia la puerta.
James se giró a mirarlas, y no pudo disimular la decepción que lo
invadió al no ver a Jennifer por ninguna parte.
—Habéis tardado —protestó Rob, abrazando a Sarah.
—Es que nos hemos parado en una tienda genial cuando volvíamos —
explicó Pat, arrojándose en los brazos de Nick. Se volvió hacia James
frunciendo el ceño—. Perdona, me suena tu cara… ¿nos conocemos?
Él rompió a reír.
—¿Si dejo que me cuentes todo sobre esa tienda eso ayudaría a que me
reconocieras?
—¡James! —dijo Pat con efusividad—. Me encantará contarte todos los
detalles.
—Por favor, dime que era una tiendita pequeña. —Fingió horrorizarse.
—No vas a padecer mucho —Rio Sarah—, porque solo ha tenido ojos
para la cazadora del escaparate. Casi se tira del coche en marcha si no paro
a tiempo.
—¿Y dónde está? —se extrañó Nick.
—En el mismo escaparate —reconoció Pat apenada—. Cuando
pregunté el precio ya no me pareció tan bonita. Debí suponerlo de una
tienda en plena calle Madison.
—¿Y que habéis ido a hacer a Madison? —se interesó James—. Y en
coche, que es como una locura total.
—Hemos ido a dejar a Judd a su casa a la vuelta del aeropuerto —contó
Sarah—. El avión de Jennifer ha salido con retraso y Judd llegaba tarde a
una cena.
«¿El avión de Jennifer?», a James se le encogió el estómago.
—¿Dónde ha ido? —le preguntó a Pat sin demora.
—¿Judd a cenar?
—No me toques las narices —le dijo muy serio.
—A Boston —contestó la chica—. A su casa. Operan a mi tío y quería
estar con él.
—¿Y tanto le costaba decírmelo?
—Quizá las cosas entre vosotros no terminaron muy bien la última vez
que os visteis —le recordó Pat, con una mirada crítica.
—Quizá he intentado buscarla un par de veces para aclarar todo eso,
pero se ha negado a verme.
Se sostuvieron la mirada, ambos muy serios.
—¿Lo has hecho? —interrogó, confusa.
—¿Eso no te lo ha dicho? —Pat negó con un gesto—. Pues te recuerdo
que toda historia tiene dos versiones.
—¿Podemos enfundar las pistolas, por favor? —bromeó Nick, aunque
sin un ápice de diversión—. No sé cómo están las cosas entre vosotros,
James, ni quiero saberlo, considero que todos debemos mantenernos al
margen para que no haya malos rollos entre nosotros. ¿Te parece?
—Me parece perfecto —admitió.
—Bien. Y ahora, ¿podemos echar un billar y nos relajamos todos?
—Yo me marcho ya, lo siento.
—James…
—He tenido una semana de mierda, chicos, y en este momento no soy
la mejor compañía.
No permitió ningún tipo de objeción. Se dio media vuelta y salió del
pub como alma que lleva el diablo. Caminó hasta la moto a paso rápido,
exhalando aire con fuerza para intentar disipar la rabia. Se subió a la moto,
pero no la arrancó. Se apoyó sobre el manillar buscando algo de calma.
—¡Maldita mujer, me saca de quicio hasta estando a cinco mil
kilómetros! —dijo en alto con furia—. ¡Ojalá decida quedarse en Boston y
no regresar!
—Cuidado con lo que deseas —dijo una voz a su espalda.
—Ya habló la voz de la razón, era justo lo que me faltaba —suspiró con
hastío, sin siquiera mirar hacia atrás—. ¿Qué quieres Rob?
—Ayudarte —le dijo apretando los puños, intentando armarse de
paciencia—, si es que me da tiempo antes de que me obligues a mandarte a
la mierda.
Caminó hasta el frente de la moto y lo miró a los ojos mientras
escuchaba la réplica que esperaba.
—No necesito tu ayuda, estoy de puta madre.
—Ya lo veo.
James maldijo entre dientes, pero no dijo nada.
—¿Vas a pasar la noche trabajando en el taller u hoy toca dormir algo?
—¿Y a ti que carajos te importa? —le increpó—. Vuelve ahí dentro con
tu novia perfecta y tu vida perfecta, y déjame en paz.
—No sé por qué me molesto —se dijo Rob, irritado—. ¿En qué estaría
pensando para salir detrás de ti?
—Supongo que en regocijarte.
—¿De verdad crees eso? —preguntó sin poder disimular una expresión
dolida—. Es increíble que seas capaz de pensar una cosa así.
—Rob… —dijo, apretando los dientes—, no puedo con esta
conversación en este momento. Ya llevo demasiado peso sobre los hombros
por hoy.
—Lo sé —reconoció—. Y te juro que salí con toda la intención de
aligerarte la carga. Porque cuando te calmes y dejes de decirte cosas
absurdas como lo poco que te importa que ella regrese o no, te darás cuenta
de que has salido del pub sin hacer una sola pregunta.
James tragó saliva, ahora consciente de lo que Rob estaba intentando
decirle. Guardó silencio, con los puños apretados, esperando el siguiente
comentario. Solo cuando vio que se disponía a marcharse sin agregar nada
más, intervino:
—¿Me vas a obligar a preguntarte?
Rob se detuvo en seco, aunque no lo miró.
—Te voy a obligar a aceptar que te importa, sí.
—Eres un cabronazo.
—Ya.
James aún guardó silencio unos segundos antes de preguntar:
—¿Cuándo vuelve? —Esperó la respuesta con ansiedad.
—En quince o veinte días. La recuperación de una operación de
menisco como la que tiene su padre, no debería durar mucho más —
explicó, y comenzó a caminar de nuevo hacia el pub.
—Rob —lo llamó, provocando que volviera a detenerse—. Gracias.
Y tras esto encendió el motor, se puso el casco y desapareció, mientras
Rob entraba en el Oasis, preguntándose si recuperaría a su amigo algún día.
Capítulo 48
James estaba terminando de desayunar cuando sonó el timbre de la
puerta. Por un momento se planteó fingir que no estaba en casa y continuar
con su desayuno, pero terminó levantándose, resignado.
—Eres la última persona que esperaba un sábado a las diez de la
mañana. —Sonrió nada más abrir.
—He madrugado solo para verte —reconoció Pat.
—¿Has desayunado?
—Sí, pero algo más de cafeína no me vendría mal.
Caminaron juntos hasta la cocina. Pat cogió asiento a la mesa mientras
James le servía un café.
—¿A qué debo el honor de tu visita? —bromeó el chico, tendiéndole la
taza junto con la sacarina y sentándose frente a ella.
—No me gusta discutir contigo —admitió.
—Lo de ayer no fue una discusión.
—No sé lo que fue, pero no me sentía bien —explicó son una sonrisa
franca—. Sabes que no te querría más si fueses mi hermano.
—Como yo a ti, pero eso no quita para que de vez en cuando tengamos
alguna diferencia de opiniones.
—Supongo, pero últimamente no hablamos —insistió la chica—. Te
noto distante y encerrado en ti mismo, y eso me preocupa.
—Estoy bien.
Pat bebió de su café mientras no dejaba de observarlo con atención.
—Si dejas de estarlo, ¿me lo dirás?
—Promesa de boy scout —dijo con una sonrisa, haciendo el
característico saludo militar.
—Pues teniendo en cuenta que tú nunca has sido boy scout…, me
quedo más tranquila.
—Deja de preocuparte por todo el mundo, mamá Pat. —Se puso en pie
con una sonrisa—. Si en algún momento necesito tu ayuda, te la pediré.
Ahora igual quieres venirte conmigo a visitar mi último regalo de
cumpleaños.
—¿A visitarlo? —preguntó asombrada—. ¿Qué se le ha ocurrido a Sam
esta vez?
—No te lo vas a creer.
Cuando se detuvieron frente a la cancela de entrada a la finca, Pat se
bajó de la moto con la boca abierta y miró a su alrededor, mientras que
James abría las puertas de acceso.
—¿Subes? —le indicó el chico de nuevo—. Hay un paseo hasta la casa.
Avanzaron doscientos metros antes de volver a detenerse frente a una
enorme casa, a medio construir, pero que estaba ubicada en el lugar más
bonito que Pat había visto nunca. Estaba ubicada en mitad de un valle, con
enormes extensiones de terreno verde por todas partes, donde hasta el trinar
de los pájaros parecía de lo más idílico.
—¿Cómo es posible que exista un sitio como este a quince minutos de
la ciudad?
—Eso mismo me pregunté la primera vez que vine con Sam. —Sonrió
James—. Y no estamos en la mejor parte. Sam nunca terminó de construir
la casa, pero sí la zona de la laguna.
—¡¿Estamos en Edenhouse?!
—¡Sí señorita!
James les había hablado tantas veces de aquella finca, y, sobre todo, de
su laguna mágica, que Pat sentía que conocía aquel lugar a pesar de no
haber estado jamás allí.
—¿Cuántas veces hemos dicho de venir a conocerla? —preguntó Pat—.
¿Unas mil?
—Alguna más. —Rio James—, pero por una cosa u otra…
—¡Nunca es tarde! —dijo entusiasmada.
—En esta parte no hay mucho que ver —explicó el chico—. Sam nunca
terminó de construir la casa principal. Stella murió antes de que pudiera
hacerlo y después ya perdió toda la ilusión. Lo único que terminó dentro fue
el observatorio.
—¡Es verdad! Recuerdo que nos contaste que había puesto una
cristalera enorme como único techo en el desván.
—Sí, Stella era una enamorada de la astronomía —explicó.
—Pues yo conozco a otra enamorada de la astronomía, ¿sabes? —le
dijo en un tono cantarín y con una sonrisa maliciosa, de modo que James no
necesitó preguntar a quién se estaba refiriendo—. Seguro que estaría
encantada de conocer ese observatorio.
—¿Tú crees? —Sonrió sin poder disimular cierta pesadumbre—.
¿Aunque tenga que soportar mi presencia?
«Sobre todo si tiene que soportar tu presencia», hubiera querido decirle
Pat, pero no podía traicionar a su prima. Terminó encogiéndose de hombros,
y James prefirió no ahondar más en aquel tema.
La laguna dejó a Pat sin palabras.
Aquella era la única zona de la casa que estaba terminada y parecía un
auténtico paraíso terrenal. La preciosa piscina, simulando a la perfección
una laguna natural, era un auténtico regalo para los ojos. Estaba integrada
en el hermoso paisaje, dando la sensación de que pertenecía a aquel enclave
natural, donde la mano del hombre ni siquiera había intervenido aún.
Junto a la piscina había una pequeña cabaña que armonizaba con todo
el conjunto.
—¡No falta un detalle! —dijo Pat, asombrada—. ¿Y quién cuida todo
esto? Porque aquí hay plantas que no aguantarían sin mano experta.
—Según me contó Sam, tiene una empresa de jardinería contratada
desde hace años.
—Pues hay que preparar una excursión cuanto antes, James —opinó
Pat—. No creo que a Sam le importe que vengamos de vez en cuando.
—Sabes que no, y ahora menos que nunca. —Sonrió—. Edenhouse es
mi regalo de cumpleaños.
—¡¿Qué?!
—Te empecé diciendo que si me acompañabas a ver mi regalo,
¿recuerdas?
—¿Te ha regalado la finca? —Pat no daba crédito.
—Cuando llegué a su casa el martes, tenía las escrituras a mi nombre
—recordó, emocionado—. Me pidió por favor que la aceptara sin discutir,
alegando que quizá este fuera el último regalo que podría hacerme en vida.
—¡Pues es un pedazo de regalo!
—Lo es, sobre todo porque sé cuánto valor sentimental y cuántos
recuerdos tiene para él.
James evitó contarle lo emocionado que Sam estaba mientras le decía
que quizá algún día pudiera terminar la casa y hacer de ella un verdadero
hogar, junto a Jennifer. Recordaba haberse sentido un miserable por estar
engañándolo sobre su relación.
—¿Cuándo quieres que preparemos la primera excursión? —le dijo a
Pat para no seguir ahondando en aquel tema.
—¿Ahora?
Ambos rieron. James se sintió afortunado por tener a Pat en su vida,
que siempre conseguía contagiarle su entusiasmo por cualquier cosa.
—Déjame llenar la nevera al menos. —Señaló la casa—. ¿Se te ocurre
alguna fiesta, por ejemplo, de cumpleaños, que pudiéramos celebrar en
breve?
Pat abrió los ojos como platos.
—Quizá podíamos poner una barbacoa por aquella zona y echarle algo
de carne dentro.
—¿Lo dices en serio?
—Jamás bromeo con la comida, ya lo sabes.
Ver a Pat saltar de felicidad como una niña le arrancó una sincera
carcajada. Faltaban veinte días exactos para su cumpleaños, que incluso
aquel año caía en sábado. Mientras pensaba en todo lo que tendría que
preparar, no pudo evitar deleitarse con la idea de tener a Jennifer en bañador
paseándose por la piscina. Imaginarla bajo la cascada, que conectaría para
la ocasión, le arrancó un suspiro que tuvo que disimular con una carraspera
nerviosa.
—¡Pues tendré que empezar a preparar! —dijo Pat, feliz.
—Tú solo asegúrate de venir ese día, del resto me encargo yo.
—¿Estás seguro?
—Por supuesto.
—¿Te he dicho alguna vez que eres el mejor amigo del mundo?
—No necesitas decírmelo. —Rio—. Con que disfrutes de tu fiesta me
conformo.
—Eso ni lo dudes —le aseguró, sentándose en el borde de la piscina—.
Y ahora puedes preguntármelo.
—¿El qué?
—Lo que te mueres por preguntarme.
—Ya me estaba extrañando que no sacaras el tema. —Sonrió James,
cogiendo asiento en el césped frente a ella. La miró en silencio unos
segundos, hasta que terminó cediendo—. ¿Crees que llegará a tiempo para
tu cumpleaños?
—Lo espero, sí —admitió sonriendo—. Tú también, ¿no?
—Pat…
—Reconócelo.
—Si lo hago, ¿prometes no añadir nada más sobre el tema? —Le
ofreció con una sonrisa esperanzada.
—Uy, lo siento, pero tengo demasiadas cosas que decirte —admitió
risueña—. ¿Qué clase de amiga sería si no aprovechara este momento de
relax para meterme en tu vida?
—¿Una genial?
—¿Tú crees?
—¿Qué quieres saber? —Claudicó al fin—. Y no me preguntes cómo
están las cosas entre nosotros, porque ni yo mismo lo sé. La última vez que
nos vimos la despedida fue… rara.
—Sí, eso lo supuse cuando hablé con ella aquella noche —dijo—.
Parecía molesta.
Pat guardó silencio, consciente de que molesta no era ni mucho menos
la palabra más adecuada para definir el estado en el que estaba Jennifer
cuando la llamó aquella noche, pero aquello no podía decírselo.
—No me contó demasiado —reconoció—. Y tampoco ha soltado
prenda en toda la semana.
Pat recordó la de veces que había intentado sonsacarla, sin éxito;
aunque intuía que algo serio había sucedido entre ellos. Tan solo le había
dicho algunas frases sueltas e inconexas, dentro de su estado de exaltación.
Un día después, Jennifer había decidido marcharse a Boston, a pesar de que
las dos sabían que la operación de su padre no era, ni mucho menos, tan
importante como para viajar cinco mil kilómetros.
—Pues a mí si tendrá que explicarme algunas cosas cuando regrese —
admitió, muy serio—. No voy a negarte que estoy muy molesto con ella.
—Y ¿te importaría contarme por qué?
—La última vez que nos vimos se marchó del taller negándose a hablar
conmigo. Fui a buscarla dos veces y no se dignó a verme. Dos días más
tarde se largó a Boston sin decirme una palabra. ¿Necesitas más motivos?
—No, tienes todo el derecho a sentirte molesto —admitió Pat—, pero
no sé si pedirle explicaciones en ese tono es lo mejor.
—¿Lo mejor para quién?
—Lo mejor para vuestra relación.
—¡Venga ya, ¿qué relación, Pat?!
—Perdona, se me olvidaba que ya estáis… ¿exorcizados? Era así, ¿no?
James suspiró al tiempo que esbozaba una sonrisa carente de humor,
pero no dijo nada.
—¡Jamás he escuchado cosa más absurda! —insistió Pat—. ¿De verdad
creías que podía funcionar?
—Yo no creía nada, Pat.
—Pero le dijiste que tal vez sería suficiente.
—¡Hubiera dicho cualquier cosa con tal de meterla en mi cama! —se
exasperó.
—¿Una noche?
—No, no te confundas, esa norma no la puse yo —aclaró James—. Fue
ella quien insistió en que solo sería una noche. Pero ya es igual, para lo que
nos duró la norma…
—¿Perdona? —Se quedó estupefacta—. ¿Me estás diciendo que ya os
la habéis saltado?
James la miró frunciendo el ceño. No se sentía cómodo hablando con
ella de Jennifer, al fin y al cabo era su familia.
—¿Ha vuelto a pasar algo más?
—Pero bueno, Pat, ¿se puede saber que te ha contado Jennifer sobre la
noche del martes?
—Poco, y es evidente que se ha dejado la mejor parte —reconoció, sin
ocultar su turbación.
—Entonces, ¿qué era lo que me echabas en cara ayer? —le preguntó
confuso.
—Que la echaras del taller —explicó—. Espera ¿echasteis un polvo y
luego la echaste del taller?
—No, Pat, la cosa fue al revés. Primero la eché del taller y luego… —
se interrumpió, irritado, y se puso en pie—. ¡No voy a seguir manteniendo
esta conversación!
A Pat casi se le escapó una carcajada nerviosa.
«Joder, primita, que calladito te lo tenías», pensó, poniéndose también
en pie. Ahora podía entender mejor que era lo que había impulsado a
Jennifer a subirse a un avión para viajar a cinco mil kilómetros.
Capítulo 49
James se zambulló de cabeza en el agua cristalina de la laguna,
intentando despejarse un poco. Nadó hasta la cascada, que había puesto en
funcionamiento para la fiesta, y se metió debajo convencido de que así
conseguiría alejar un poco de él la sensación de apatía que no lo abandona
desde hacía muchos días ya. Tuvo que asomarse a respirar antes de haber
conseguido siquiera sentirse un poco mejor.
Se sentó en el borde de la piscina y miró a su alrededor. Todo estaba
preparado para poder disfrutar de un día genial al pie de la laguna. En
aquellos veinte días desde que decidieron celebrar allí el cumpleaños de
Pat, se había encargado de acondicionar el lugar para poder utilizar tanto la
casita como la piscina con todas las comodidades posibles. Junto al enorme
cenador, diseñado para aislarlos del incesante calor mientras comían, había
instalado una barbacoa con capacidad suficiente como para dar de comer a
un regimiento. Se había molestado en escoger la mesa y las sillas
personalmente, además de un sinfín de tumbonas y hamacas que esperaba
fueran lo suficiente cómodas como para poder echarse una siesta a media
tarde. De todo el ajuar necesario para la cocina, así como de la comida, se
había encargado Gloria, que se había empeñado en ayudarlo en el mismo
momento en el que lo encontró blasfemando frente al ordenador mientras
gritaba:
—¡Son unos putos platos de plástico, no porcelana china de la dinastía
Ming, ¿cuántos modelos distintos hay aquí?! —Por fortuna, la mujer se
había apiadado de él. Con su eficiencia habitual, había surtido la cocina de
la casita con todo lo necesario en un santiamén, y llenado la nevera y la
despensa como para comer y beber durante tres meses si tenían la mala
suerte de quedarse aislados tras cualquier catástrofe natural.
De modo que todo y todos estaban preparados para pasar un día
increíble. Todos menos él, que era incapaz de disfrutar de nada.
—¡Oiga usted, señor! —le gritó Pat desde el otro extremo de la piscina,
donde estaba jugueteando con Nick—. ¿Por qué tan serio? ¡Esto es una
fiesta!
James le correspondió con una enorme sonrisa. Nadó hasta ellos
contento de verla tan exultante de felicidad.
—Da gusto verte tan contenta con tan poquito, Pat.
—¡Estoy celebrando mi cumpleaños en un paraíso terrenal! —le
recordó—. En compañía de casi toda la gente que quiero, ¿se puede pedir
más?
James le regaló otra sonrisa, intentando no pensar en la persona a la que
más echaba en falta allí. Había pasado veinte largos días aguardando aquel
fin de semana, con un ansia apenas disimulada, convencido de que ella no
podía faltar a la fiesta de cumpleaños de Pat. Cuando hacía par de días,
Jennifer había confirmado que no llegaría a tiempo, James hizo noche en el
taller intentando enmascarar su decepción.
—Ahí llegan tus padres —le gritó Rob a Pat desde una de las
tumbonas, donde disfrutaba embadurnando a Sarah de crema solar.
Pat los saludó desde lejos y nadó hasta la escalera para salir a recibirlos.
Los abrazó feliz, empapándolos casi al completo, pero no se quejaron.
Abrazaron y felicitaron a su hija incluso terminando como una sopa.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —se quejó Pat.
—Teníamos que recoger tu regalo. —Sonrió Esther, complacida al
verla tan contenta.
Nick salió del agua para saludarlos.
—Creo que la estáis malcriando.
—¿Y me lo dice el que lleva dándole regalos anticipados toda la
semana? —Rio Esther, besando a su yerno—. ¡Este sitio es impresionante,
James!
—Es mucho mejor desde que habéis llegado —les gritó James desde
dentro del agua—. Thomas, hay comida en la nevera como para necesitar
un médico en algún momento.
—¡Pues a ver dónde encontráis uno de guardia!
Todos rieron.
—Oye, mamá, no es por ser malcriada, pero ¿qué regalo es ese? ¡Me
tenéis en ascuas!
Thomas y Esther Maloy se miraron entre sí con una sonrisa cómplice.
Hicieron suplicar a Pat de nuevo al verlos tan misteriosos.
—¿Qué es?
—No es un qué, es un quién. —Rio Esther.
—¡Que pase el regalo! —gritó Thomas.
Todos miraron hacia el sendero y esperaron, expectantes, a que la
persona que estaba esperando entre los árboles se mostrara.
—¡Jennifer! —gritó Pat corriendo a abrazarla.
—¡Felicidades! —Corrió Jennifer también en su dirección.
—¡Cabrita, me hiciste creer que no podrías venir! —la reprendió, feliz
de tenerla allí—. ¡Te supliqué durante mucho rato!
—¿De verdad crees que me perdería un fiestón así? —Rio divertida.
Fue saludando también a Nick, Rob y Sarah, feliz de verlos—. ¿A quién
habéis matado para conseguir este paraíso? ¿Tenéis secuestrados a Adán y
Eva por alguna parte?
—Pues me gustaría adjudicarme este tanto, pero debo reconocer que se
lo agradecemos a James.
Jennifer, de espaldas a la piscina, se rogó a si misma algo de calma.
Tenía el corazón en la garganta desde que se había bajado del coche frente a
la casa en obras, pero en aquel momento, esperando ver aparecer a James,
comenzaba a sentir unas palpitaciones tan fuertes que temía desmayarse de
un momento a otro.
«Tranquila, Jen, ya sabes que es guapo, pero vienes preparada para no
dejarte impresionar de nuevo», se dijo, respirando hondo, pero nada la
habría preparado para enfrentarse a semejante visión. Se volvió hacia la
piscina justo a tiempo de ver salir a James del agua impulsándose con sus
brazos en el bordillo. Cuando se incorporó frente a ella, en bañador y
chorreando agua por todas partes, Jennifer necesitó de todo su auto control
para no mirarlo con la boca abierta.
—Hola —fue todo lo que le dijo él, excusándose casi de inmediato para
ir a ver cómo estaban las brasas de la barbacoa.
Todos fingieron no darse cuenta de la incómoda situación.
Dannie y Judd aparecieron de repente y corrieron hasta ella, contentos
de verla.
—¿De dónde salís vosotros dos? —les preguntó Pat con una sonrisa
sorprendida.
—Estábamos ahí en la cocina —dijo Dannie—. Viendo que no falte de
nada…
Jennifer y Pat se miraron entre sí, y después a Judd, que se concentraba
en fingir limpiarse las uñas.
—¡Vamos a bañarnos! —gritó Pat, feliz—. ¿Traes el bañador puesto?
—Sí, claro, vengo desde Boston preparada —ironizó Jen con una
sonrisa—. ¿Dónde me cambio?
James abrió la nevera y casi metió la cabeza dentro para ver si el frío
volvía a activar sus neuronas, que parecían haberse idiotizado. La sorpresa
por el regreso de Jen lo había conmocionado de tal forma, que durante unos
interminables minutos ni siquiera había sido capaz de decidir si salir del
agua o quedarse dentro de la piscina.
Se regañó a sí mismo, molesto por su propio comportamiento.
Un ruido lo alertó de que alguien había entrado en la casa y respiró
hondo, intentando normalizar el gesto. Se sorprendió al encontrarse frente
Jennifer, que lo miraba, algo cohibida, desde la puerta.
—¿Dónde puedo cambiarme? —le preguntó, adentrándose un poco más
en el salón hasta llegar a la barra americana que lo separaba de la cocina y
de él.
—La puerta de la derecha es un baño —explicó como lo haría un
extraño—. La de la izquierda una habitación.
Se volvió hacia la nevera e hizo tiempo fingiendo buscar algo. Cuando
devolvió la vista al salón se lo encontró vacío.
Exhaló aire con fuerza, preguntándose cómo iba a conseguir
comportarse con normalidad.
Jennifer escogió la habitación y cerró la puerta tras ella. Se sentó en la
cama, segura de que las piernas dejarían de sostenerla en cualquier
momento, y suspiró.
«¿Cómo voy a poder comportarme con normalidad viéndolo pasearse
en bañador todo el día?», se preguntó horrorizada. Rebuscó dentro de su
mochila, nerviosa, esperando no haber olvidado las gafas de sol. Se sintió
un poco más segura cuando al fin las encontró. Al menos escondida detrás
de las enormes gafas podría mirarlo a placer sin delatarse.
Miró hacia la puerta y tragó saliva, imaginando su torso desnudo tras
aquella barra. No pudo evitar fantasear con la idea de que él entraba en
aquella habitación y la tomaba en sus brazos sin decir una sola palabra…
«¡Por Dios, Jennifer, ¿qué te pasa?», se recriminó. «No era esto en lo
que habíamos quedado».
Tardó un siglo en decidirse a ponerse el biquini y salir de la habitación.
Se sintió más segura al ver que Dannie estaba con James en la cocina,
preparando unos aperitivos y todo lo que iba a ir a la parrilla.
—¿Puedo ayudar en algo? —se ofreció, intentando normalizar un poco
la situación.
—Sí, puedes ayudarnos a comernos todo esto. —Sonrió Dannie
tomando un plato en cada mano—. Me lo llevo para afuera.
Y de repente volvió a encontrarse a solas con James.
—¿En qué te ayudo? —se ofreció de nuevo.
—Pues, para serte sincero, la mejor ayuda es que salgas de aquí.
Jennifer se quedó muda, pero no se movió de donde estaba. Cuando al
fin se sintió fuerte, dio la vuelta a la barra y se metió en la cocina a
enfrentarlo.
—Será mejor que dejemos algunas cosas claras —le dijo, perdiendo un
poco la valentía cuando él le prestó toda su atención—. Tú y yo no vamos a
amargarle el cumpleaños a Pat. Da igual cuánto esfuerzo tengamos que
hacer para fingir que nos soportamos.
James la miró largo rato en silencio antes de contestar, lo cual
consiguió enervarla por completo.
—Estoy de acuerdo en lo de no amargarle el cumpleaños a Pat —
aceptó—, pero no pienso fingir nada, lo que pienso es mantenerme lejos de
ti todo lo que pueda. Aunque yo no necesito cinco mil kilómetros, con unos
metros me vale.
—¿Y es necesario ser tan grosero?
—¿Grosero? —Arqueó las cejas fingiendo sorpresa—. Grosero sería no
comunicarte mis intenciones.
—¿Me estás recriminando algo? —Se sorprendió Jen por la franqueza.
—¿A ti que te parece? —insistió James—. ¿Crees que tendría algo por
lo que reclamarte?
—¡Lo que no tienes es ningún derecho! —le aseguró, apuntándole con
el dedo—. Soy libre de ir donde quiera.
—Así que ¿escapar suele ser tu forma de proceder?
—¿Eso es lo que crees que he hecho?
—Sabes que sí. Primero huiste del taller y tres días más tarde del
estado.
—Necesitaba pensar —admitió—. No estaba huyendo de nada.
—Pues al menos haber tenido la decencia de decírmelo antes de irte —
le recriminó sin ocultar cuánto le molestaba aquello—. Tuviste dos
oportunidades, fui dos veces a buscarte, y lo sabes.
—Estaba confundida —reconoció.
—¿Y no se te ocurrió pensar que yo también podría estar jodido por
como terminaron las cosas esa tarde? —le gritó—. ¡Te fuiste sin decir una
sola palabra después de…!
Calló en seco cuando Dannie y Nick entraron juntos en la cocina.
—Dime que no has nombrado a este personaje chef del día —entró
preguntando Nick, horrorizado.
—Se le veía tan feliz con la espátula en la mano… —admitió James,
tenso, intentado sonreír.
Dannie se plantó en medio del salón con un divertido gesto de
grandeza.
—¡Sabéis que soy el rey de las brasas!
—Si se te queman hasta las tostadas —protestó Nick de nuevo.
—¿Cómo? —Fingió Dannie escandalizarse—. Pídeme disculpas ahora
mismo o te escupo en tu entrecot.
La carcajada fue general.
—A ver, haya paz —intervino James sin poder evitar reír—. Dannie, tu
manejas la espátula y las pinzas; y tú Nick, supervisas que no tengamos que
tirar la carne, ¿os parece?
Nick y Dannie se miraron entre sí, sonrientes.
—¡Qué poder de convicción! —lo alabó Dannie con un exagerado
gesto de admiración—. Dime cómo quieres la carne, que voy a esmerarme
de forma especial con tu entrecot aunque tenga que poner a este a
supervisarlo en exclusiva.
Siguiendo con el vacile, los chicos cogieron un par platos de los que
estaban preparados sobre la encimera, y salieron de la casa.
Cuando James se volvió de nuevo hacia Jennifer, ambos estaban un
poco descolocados, sin poder disimular aún una medio sonrisa, gracias a sus
amigos.
—No creo que este sea el momento más adecuado para discusiones —
reconoció James.
—Estoy de acuerdo.
—Pero que te quede una cosa clara, Jennifer —acortó la distancia y la
taladró con la mirada—. Tenemos una conversación pendiente.
Capítulo 50
«Tenemos una conversación pendiente», recordó Jennifer aquellas
palabras mientras comía, y el tono en el que las había pronunciado. Se había
limitado a asentir cuando James se lo había recalcado, pero la realidad era
que la aterraba aquella conversación. Explicarle por qué se había marchado
de aquella manera del taller, por qué se había negado a verlo después y por
qué había puesto cinco mil kilómetros de distancia, era del todo imposible.
La respuesta a todas aquellas preguntas era un sentimiento innombrable,
que no le confesaría jamás.
—¿Qué tal tiempo hace por Boston? —interrumpió Judd sus
pensamientos mientras daba buena cuenta de su comida.
—Una media de unos veinticinco grados en los días que yo he estado
—contó.
—¡Qué delicia! —reconoció Sarah—. Yo firmaba por pasar el año
entero a esa temperatura. Acostumbrada al calor de aquí…
—Así le pasó a Jen —contó Pat—, llegó huyendo de este calor y se
constipó la primera noche.
—¿En serio?
—Sí —reconoció Jen—. Y se me complicó con una bronquitis. Hasta
una caja de antibiótico me he tenido que tomar.
—¡Eso es por dormir con el culo al aire! —la amonestó su tía con una
sonrisa.
—¡Y que toda la vida haya tenido que escuchar la misma tontería cada
vez que me he constipado…! —Se burló Pat, riendo.
—Dannie —Rio Esther—, a Pat igual habría que reducirle un poco la
ración, no le vaya a dar una tripotera.
—¡Si mi madre dice que hay que taparse bien el culo para dormir,
deberíamos hacerle caso! —Rio.
—Bueno, tampoco vamos a ser todos tan extremistas —protestó Rob
con un gesto divertido—. Que igual Sarah no tiene ninguna necesidad de
aprender normas nuevas a estas alturas.
La carcajada general fue inevitable. Bromearon durante un buen rato,
mientras Dannie no dejaba de sacar comida de la parrilla, que todos
estuvieron de acuerdo en que estaba de diez.
Después se metieron en la piscina y lo pasaron bomba jugando al vóley,
riendo a carcajadas durante todo el partido.
Cuando decidieron que ya estaban mayores para más de una hora de
juego, todos se desperdigaron, unos buscando un leve bronceado y otros
huyendo del sol bajo los frondosos árboles. Rob y Sarah aún estaban
metidos en la piscina, disfrutando de la intimidad que habían encontrado
detrás de la cascada, mientras que Dannie y Judd parecían haber
desaparecido de nuevo.
James se sentó en una de las hamacas y cerró los ojos, agotado, y no
precisamente por el partido. El esfuerzo que tenía que hacer todo el tiempo
para controlarse y no ceder a lo único que su cuerpo le pedía comenzaba a
pasarle factura. Agradecía tener puestas las gafas de sol para poder
disimular sus más profundos anhelos. Apenas si podía sacarle la vista de
encima a Jennifer desde que había llegado. Tenerla tan cerca con aquel
diminuto biquini, mientras reía a carcajadas, era una tortura que empezaba a
desquiciarlo.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Nick, tirándose en la tumbona de
al lado.
—Sí, solo un poco cansado.
—¿De evitar mirarla todo el tiempo?
Una carcajada fue la sincera respuesta de James.
—De evitar hacer una escena más bien —reconoció—. De lo que viene
siendo evitar mirarla ya he desistido.
—Benditas gafas de sol, ¿no?
James suspiró, preocupado.
—La frustración no puedo esconderla tras los cristales, Nick —admitió
—. Y te confieso que no tengo ni puñetera idea de qué hacer.
—¿Qué te gustaría hacer?
Fingiendo incredulidad ante aquella pregunta, James miró a su amigo
por encima de las gafas de sol dejando claro lo obvio, arrancándole una
sonora carcajada.
—La cuestión es que aquí no cuenta solo lo que yo quiera —le recordó
—. Y esa mujer es un acertijo andante.
Nick rio de nuevo.
—Te juro que no tengo ni la más remota idea de qué es lo que quiere.
—¿Y le has preguntado?
—Bastante tengo con preguntármelo yo.
—¿Y qué es lo que quieres tú, aparte de lo que ya has dejado claro?
Guardó silencio, intentando responderse a sí mismo.
—Nick… —admitió—, esa es una pregunta muy puñetera.
—Así que ¿este oasis fue el regalo por su cumpleaños? —repitió
Jennifer las palabras recién salidas de boca de su prima—. ¿Y cómo
consiguió Sam que lo aceptara?
—Parece que conoces bien a James. —Sonrió Pat y explicó—: Le hizo
chantaje emocional.
Le explicó lo que le había contado James al respecto.
—Pues es un sitio increíble —admitió Jen con sinceridad—. Creo que
podría vivir en esa cabaña el resto de mi vida.
—Acompañada, supongo.
Jennifer sonrió.
—Pat, no empecemos.
—¡Mira que te cuesta soltar prenda!
—¿Qué quieres que te diga?
—Que te mueres por sus huesitos —bromeó Pat arqueando las cejas,
arrancándole una sonora carcajada—. Admítelo.
—¡Que petarda!
—Di lo que quieras, pero te he visto mirarlo cuando has llegado y ha
salido de la piscina —insistió—. Casi tengo que ayudarte a cerrar la boca.
—¡Por favor!
—Solo te ha faltado babear.
—¿Y qué quieres? —Claudicó—. Hacía veinte días que no lo veía, y ha
salido de la piscina en bañador, todo mojado y guapo como el pecado.
Pat rio divertida.
—Sí, la verdad es que ha hecho una entrada en escena de lo más
espectacular —admitió—. Solo le ha faltado hacerlo a cámara lenta.
—¿No ha sido a cámara lenta? —bromeó—. Porque yo lo he visto así.
Ambas rieron divertidas hasta que Jen le preguntó con toda sinceridad:
—¿Crees que me ha echado de menos?
—¿Y tú a él?
—Muchísimo —admitió—, pero es diferente.
—¿Por qué?
«Porque yo lo amo», pensó abatida, pero prefirió no mirar a su prima a
los ojos para que no pudiera leer en ellos aquella verdad. Aún no estaba
preparada para admitirlo ante nadie.
Pat notó su reticencia.
—Te ha echado de menos, sí.
—¿Lo has visto con alguien? —preguntó, temerosa de la respuesta,
pero incapaz de callarla más tiempo.
—No entiendo.
—Con alguna mujer, Pat.
—No, pero ni tan siquiera tonteando —admitió—. Lo que sí ha estado
es muy enfadado contigo.
—Ya me he dado cuenta —reconoció—, pero no te quiero amargar el
cumpleaños.
Diez minutos más tarde, las chicas consideraron que ya habían tenido
ración de sol suficiente por el momento y fueron a resguardarse bajo la
sombra de los árboles. Al principio, Jennifer fue reticente a sentarse con
James y Nick, pero su prima la comprometió de tal manera que no pudo
negarse.
—Jennifer está dispuesta a vivir en esa cabaña el resto de su vida —
comentó Pat en un tono que parecía de lo más inocente.
«¡La madre que la parió!», pensó Jen, intentando sonreír para restarle
importancia al asunto.
—Pues toda tuya —aceptó James, intentando no pensar en todos los
lugares donde podría hacerle el amor con total libertad—. Tienes llena la
despensa hasta dentro de tres meses. Gloria se ha asegurado de que
podamos enfrentar hasta una invasión zombie sin morirnos de hambre.
—¡Gloria! —Sonrió Jen—. Todavía no sé muy bien qué opinión
formarme de ella.
—Gloria es la eficiencia hecha mujer —dijo Nick con una sonrisa de
admiración—, pero ¿cuándo la has conocido?
—Unos días antes de irme a Boston.
—¿Dónde?
—En el despacho —admitió—. Fui a ver a Jamie para hablar de algo
que me había pedido Sam.
Estaba tan cohibida preguntándose si a James le importaría que contase
aquello, que no se dio cuenta de que acababa de usar su diminutivo para
referirse a él; aunque no pasó desapercibido para nadie más.
Pat sonrió, pero no dijo nada, solo miró a Nick, que le devolvió un
gesto divertido.
—Jennifer fue a convencerme de que firmara la cesión de acciones de
Sample —explicó James, sin problema.
—Pues parece que lo consiguió —le dijo Pat, sonriente.
—Me dio argumentos suficientes como para hacerme cambiar de
opinión —admitió, sin mirarla —. Tampoco vamos a hacer un mundo de
eso.
—¿Por eso fue Sam quien tuvo que contármelo? —Le echó en cara Jen,
casi sin pensarlo.
—Normal, puesto que hablas más con él que conmigo.
—¿Y quién tiene la culpa de eso? —se defendió ella ante el repentino
ataque—. Porque te recuerdo que no fui yo quien se inventó un noviazgo
imposible.
—En eso tienes razón. —Sonrió James, sarcástico, intentando
enmascarar su ira—. Reconozco que me equivoqué. A veces fingir que te
apreció un poco me resulta muy cuesta arriba.
—Ah, muy bien, pues lo siento —se defendió—, pero haberlo pensado
antes. Me agrada Sam, y no pienso dejar de ir a verlo aunque no entienda
por qué te quiere tanto.
—¡Tiempo muerto! —intervino Nick antes de que pudieran añadir nada
más—. Seguid con la discusión en otro sitio, si no os importa.
James se levantó, se alejó hacia la piscina y se tiró de cabeza al agua.
Jennifer caminó hacia el lado contrario y entró en la cabaña.
—Que convincente eres, cariño —bromeó Pat.
—No del todo, han tirado uno para cada lado.
—Mejor, ¿no?
—No lo creo, mi intención era que siguieran discutiendo en un sitio en
el que pudieran reconciliarse después.
No se dieron cuenta de en qué momento James salió del agua y caminó
hasta ellos de nuevo, con lo que parecía ser una nueva resolución en el
rostro.
—¿Dónde está? —les preguntó a bocajarro.
—En la cabaña —soltó Nick, con un gesto automático hacia la misma.
Sin pronunciar una sola palabra más, James caminó hacia allí y entró
con paso firme.
Capítulo 51
Jennifer, tumbada en el sofá del salón, intentaba recuperarse de la
discusión. Se incorporó, asombrada, al verlo entrar con paso firme.
—¡Lo estás encharcando todo! —se quejó para enmascarar su
nerviosismo.
—¡Me importa una mierda! —dijo irritado—. ¡Vamos a mantener esa
conversación pendiente en este mismo momento!
—Baja la voz —le pidió—. Mis tíos están descansando en esa
habitación.
—Pues entonces intentemos hablar como gente civilizada.
—Eso es difícil si insistes en seguir comportándote como un
desequilibrado —atacó—. ¡Mira la que estás liando!
James suspiró, furioso.
—Ni se te ocurra moverte de aquí —le ordenó.
Caminó unos pasos hacia el baño, pero se arrepintió a mitad de camino,
desandando sus pasos.
—¡Cualquiera se fía de que sigas aquí a mi vuelta! —le dijo mientras la
cogía de la mano y tiraba de ella para que lo siguiera.
—¡¿Qué te crees que estás haciendo, imbécil?! —protestaba Jen,
intentando resistirse.
James la soltó en cuanto entraron en el baño y cogió una toalla. Se secó
con increíble rapidez.
—¿No te molestaba tanto que mojara el suelo? —le tiró la toalla a la
cabeza diez segundos más tarde—. Pues hala, resuelto.
—¡Eres un troglodita!
—Sí, a eso me reduces con tus impertinencias.
—No entiendo de qué quieres hablar —dijo Jen, cruzándose de brazos
—. Está visto que guardar las distancias es lo único que funciona entre tú y
yo.
—Hay otras cosas que funcionan muy bien entre nosotros —le recordó
—. Al menos hasta que sales corriendo.
Jennifer le devolvió una mirada cohibida pero resuelta.
—Pareces estar obsesionado con aquello —dijo, enfrentándolo—. ¿Qué
quieres saber? ¿Por qué me fui? ¡Porque me mortificaba la idea de lo que
había sucedido! Así de simple.
Para James aquello fue como un puñetazo en el estómago. Se giró para
poder disimular su desazón.
—Eres una…
—¡Si vas a insultarme al menos mírame de frente!
James se giró de nuevo y clavó sus ojos sobre ella con intensidad.
Jennifer tragó saliva, sintiendo que se desintegraba a consecuencia del
inmenso calor que recorrió su cuerpo mientras se preguntaba si aquellos
ojos siempre habían sido de un verde tan increíble.
—Si te miro de frente a esto le va a cambiar el tono —reconoció James,
con un brillo diferente en la mirada—. Y no quiero darte otro motivo de
mortificación.
Jen intentó que no se le notara la decepción. De forma indirecta,
acababa de decirle que no iba a volver a tocarla.
—Te recuerdo que no fui yo la primera en marcharme sin decir nada.
—¿Qué? ¿De qué narices estás hablando?
—De la mañana del domingo —le aclaró—. ¡Me dejaste tirada en tu
casa como si no me conocieras de nada!
James la miró sorprendido. Era la segunda vez que le echaba en cara
aquello.
—Te dije con bastante claridad por qué tenía que irme.
—¿Y te costaba mucho trabajo despedirte con algo más de delicadeza?
—lo acusó, ya sin poder esconder cuánto le había afectado aquello—.
¿Acaso la noche que habíamos pasado no se merecía que fueras un poco
más amable?
—No tienes ni idea…
—¡Ni siquiera me miraste a la cara!
—Tenía que irme.
—¿Y qué?
—¡Que si te hubiera puesto los ojos encima jamás hubiera salido de la
casa! —le gritó, avanzando unos pasos en su dirección—. No podía mirarte
sabiéndote desnuda entre las sábanas. Y a pesar de ignorarte, necesité de
toda mi fuerza de voluntad para irme, pensando en que podríamos hablar
aquella misma tarde. ¿Qué te hubiera parecido que me hubiera largado a
Nueva York sin volver a verte?
Jennifer tragó saliva y lo miró con el corazón martilleando dentro de su
pecho a un ritmo vertiginoso. Guardó silencio, consciente de que no podría
decir nada coherente sin titubear.
—¿Sigues sin entender por qué estoy tan enfadado contigo?
—Quizá podría entenderlo de otro, pero no de alguien que dice cosas
como no me gusta repetir, pero si estás tan dispuesta…
—¡Me aseguraste que una noche te había servido para dejar de
desearme! —le recordó, molesto—. ¡Y luego me gritaste a la cara que solo
podría volver a tenerte si te tomaba por la fuerza!
—¿Y te propusiste hacerme admitir que mentía? —preguntó desolada
—. ¿Fue por eso por lo que me hiciste el amor en el taller? ¿Te sentiste más
hombre al comprobar que aquello del exorcismo era una patraña?
—No voy a negarte que me encantó darme cuenta, pero luego me
trataste como si hubiera cometido un pecado mortal y me sentí un
miserable.
—¿Un miserable? ¡Pues nadie lo hubiera dicho!
—¿Y que querías? —le recriminó—. ¿Pretendías que admitiera que aún
me moría de ganas de hacerte el amor mientras me mirabas como si tuviera
lepra?
—¿Y qué pretendías tú? ¿Qué estuviera feliz sabiéndome incapaz de
resistirme a un hombre que solo me hacía el amor porque era la mujer que
tenía más a mano?
Guardaron silencio mirándose a los ojos, acalorados por la subida de
tono de la discusión. James dio un paso en su dirección mientras ella
respiraba con dificultad, presa del hechizo de su mirada. Ninguno de los dos
tenía donde esconder el oscuro deseo que se respiraba en el ambiente. Él
recortó la distancia y la tomó por la cintura, mientras ella, sumisa, se dejaba
atrapar…
—Os pido un millón de disculpas, pero necesito usar el baño —dijo
Esther Maloy, sin disimular su curiosidad.
James maldijo la interrupción y se lamentó por no haber cerrado la
puerta. Sin decir una palabra, ambos salieron y chocaron de frente con
Thomas, que también se había levantado de la siesta. No tuvieron más
remedio que salir al exterior de la cabaña, donde el resto del grupo los miró
sin disimular su interés.
Sin pensarlo, Jennifer se metió en la piscina e hizo unos largos a gran
velocidad, necesitaba descargar adrenalina como fuera. Cuando, agotada, se
apoyó en una de las paredes, no pudo evitar mirarlo, incapaz de apaciguar
los latidos de su corazón mientras rememoraba en su mente la conversación
recién mantenida. ¿Había sugerido Jamie que todavía se moría de ganas de
hacerle el amor? No, no lo había sugerido, lo había dicho con total claridad.
«Deja de pensar en eso, Jen, no puedes meterte en su cama de nuevo»,
se repetía una y otra vez. «¿Cuánto tardará en saciarse? Y ¿cómo vas a
soportar ese dolor cuando el deseo se acabe y te reemplace? ¡Te volverás
loca ese día!». Pero a su cuerpo le daba igual toda aquella lógica. Debía
reconocer que en aquel momento estaba encendida y dispuesta a correr
hacia él al menor chasquido de dedos. Aquello la mortificaba y la excitaba a
partes iguales.
James ni siquiera sabía qué demonios le estaba contando Dannie. Tenía
puesta su atención por entero en la piscina, desde donde Jennifer no le
quitaba la vista de encima. No sabía hasta qué punto ella era consciente del
mensaje que le estaba enviando o si era algo que no podía evitar. Fuera
como fuese, no podía soportar más aquella lenta agonía.
Se disculpó con Dannie, dejándolo con la palabra en la boca, y caminó
hasta la piscina con paso firme, lanzándose de cabeza al agua sin pensarlo.
Buceó hasta Jennifer, emergió a escasos centímetros y la besó con un ansia
solo comparable a la de ella, que respondió al beso, hambrienta. Se
devoraron de una forma desesperada, intentando llenar el vacío de veinte
días de ausencia.
—Jamie… —Jadeó sobre su boca—. Por favor…
—Te deseo, Jen —le mordió el labio con sensualidad—. Ha sido un
infierno de día.
—Esto… no…
—Esto sí —protestó—, o me voy a volver loco.
—Me refiero a que ahora no… puede ser. —Intentaba dejar hablar a su
lógica, aún sin poder dejar de besarlo—. Estamos…
La lengua del chico volvió a tomar su boca con avidez, arrancándole un
gemido desesperado mientras la apretaba contra su cuerpo. Cuando sintió
presionar su erección contra la entrada de su vagina, estuvo a punto de
rogarle que la tomara allí mismo. Por fortuna, abrió los ojos un instante y se
encontró a todos sus amigos frente a su campo de visión.
—Jamie… —Lo empujó con suavidad.
El protestó.
—Por favor…, mis tíos están a diez metros… —Volvió a intentar
apartarlo—. Estamos a punto de dar un espectáculo público.
James dejó de besarla, intentando asimilar lo que parecía querer hacerle
entender. Cuando miró hacia la zona de las hamacas, le devolvió una
mirada asombrada.
—Por Dios, ¿qué es lo que me pasa contigo? —se preguntó casi en un
susurro, apoyando la frente contra la de ella.
Sin poder evitarlo, a Jennifer se le encabritó el corazón con aquel
comentario.
—¿Qué hacemos? —Sonrió, nerviosa.
—Pues… lo que tenía en mente no va a poder ser. —Jennifer no pudo
evitar reír—. Igual nadie se ha dado cuenta. Parecen bastante distraídos.
—Claro, porque no saben ni hacía dónde mirar.
James rio divertido. A pesar de la situación, y de las burlas que quizá
tendría que soportar en cuánto que saliera del agua, hacía muchos días que
no se sentía tan vivo como en aquel momento.
—Pues tendrás que salir tu primero —le dijo a Jennifer, volviendo a
reír por la cara de espanto que obtuvo como respuesta—. Yo voy a tardar en
poder hacerlo.
—¿Quieres que salga yo sola? —se horrorizó—. Salimos juntos.
—Para mí no va a ser fácil.
—No pongas excusas —protestó.
—¿Excusas? —La apretó contra su entrepierna y agregó—: ¿Dónde
pretendes que esconda esto estando en bañador?
Al sentir la dura erección contra la entrepierna, Jennifer soltó un
gemido que estuvo a punto de costarle la cordura a James de nuevo.
—También podemos meternos detrás de la cascada y pasar de todo el
mundo —susurró sobre su boca, volviendo a besarla—. No hay mucho
espacio, pero si el suficiente como para montarte sobre…
—¡Ya me salgo yo, de acuerdo! —lo empujó Jen con energía,
arrancándole una sonora carcajada—. Esto te lo voy a cobrar, Jamie, te lo
aseguro.
—Eso espero. —Rio, nadando hacia el lado contrario de la piscina,
pero sin dejar de mirarla con una sonrisa maliciosa.
Jennifer prefirió enfrentar a todos cuanto antes y caminó sin demora
hacia ellos. Se sentó a la mesa donde su tía estaba colocando algunos platos
para sacar a continuación la tarta de cumpleaños de Pat. Todos estaban ya
alrededor, esperando el momento.
—Cuando digáis sacamos la tarta —informó Esther.
—Vamos a darle unos minutos más a James —bromeó Nick—. Va a
necesitar unos cuantos largos más.
—Sí, como cuarenta o cincuenta —corroboró Dannie, divertido, casi en
un susurro.
Un montón de risas mal disimuladas le sacaron los colores a Jennifer,
que a pesar de todo no podía evitar sonreír.
Diez minutos más tarde todos le cantaban a Pat el cumpleaños feliz,
mientras la chica se esforzaba por apagar un montón de velas y se sumaba
al aplauso posterior. Después llegaron los regalos, que recibió con su
acostumbrado entusiasmo.
—¡Sois demasiado generosos! —dijo emocionada—. ¡Me encanta
todo!
—Aún te queda uno —le dijo Nick, con una amplia sonrisa,
agachándose a sacar un paquete de debajo de la mesa—. Toma.
—¿Tuyo? ¡Ya me has regalado demasiadas cosas, Nick! —se quejó Pat
cogiendo el paquete. Cuando rompió el envoltorio se quedó pasmada. Era
cazadora por la que casi se había tirado en marcha del coche de Sarah—.
¡No me lo puedo creer!
—Por solo ver esa cara de felicidad ya ha merecido la pena —le dijo
Nick son una enorme sonrisa.
Se abrazó a él, agradeciendo a la vida el mayor regalo de todos: tener a
alguien tan maravilloso a su lado para acompañarla cada día. Después, Nick
la instó a probarse la cazadora, que resultó quedarle como un guante.
—¡Me encanta! —admitió, metiendo las manos en los bolsillos. Se
asombró al encontrar algo dentro de uno de ellos, y miró a Nick,
interrogante. La sonrisa encantadora que encontró en su rostro le dijo que él
tenía claro qué era.
—Muéstrala —le pidió mientras sus amigos lo observaban todo con
curiosidad.
Pat sacó una pequeña caja del bolsillo, que Nick le instó a abrir. Un
precioso anillo de plata con una amatista engarzada le arrancó una sonora
exclamación de admiración. Pero aquello no fue nada comparado con el
vuelco que le dio el corazón cuando Nick tomó la caja de entre sus manos e
hincó una rodilla en el suelo, taladrándola con la mirada.
—Pat Maloy, ¿quieres casarte conmigo?
Todo quedó en silencio. Pat, a punto de llorar de emoción, lo miraba
con la boca abierta.
—¡La has dejado sin palabras!
—Y mira que es difícil dejar a Pat sin palabras.
Pero todos aquellos comentarios sonaban muy lejos para la pareja. Nick
se puso en pie y ambos se miraron con un brillo especial en los ojos,
rodeados de un aura de complicidad que nada ni nadie hubiera podido
romper. Era imposible no ver la adoración con la que se miraban.
—¿Y bien? —insistió Nick tras unos segundos—. ¿Tengo alguna
esperanza de que te cases conmigo?
—¡No hay nada en este mundo que pueda desear más que eso! —
susurró Pat, lanzándose a sus brazos con los ojos húmedos por la emoción.
—¡Qué bonito! —comenzaron todos a lloriquear, fingiendo limpiarse
las lágrimas, para dar paso después a las más sinceras felicitaciones.
Para Pat y Nick fue muy difícil ya bajarse de aquella nube. Se
ausentaron durante largo rato, alegando necesitar estirar las piernas, lo cual
chocaba de frente con el hecho de que Nick llevara uno de los pareos
grandes sobre un hombro.
—¡Qué bonito es el amor! —suspiró Esther, todavía enternecida con la
escena—. Llevo todo el día esperando este momento.
—¿Lo sabías? —se asombró Jennifer mirando a su tía.
—Claro, Nick vino a pedirnos su mano hace unos días —explicó.
—Durante un momento os juro que pensaba que nos estaba vacilando
—contó Thomas con una amplia sonrisa—. Vamos, teniendo en cuenta que
no me pidieron permiso para irse a vivir juntos hace ya cinco años…
—Cuando nos enseñó el anillo nos dio la llorera.
—Es curioso, porque a Nick no le pegan nada este tipo de cosas. —Rio
Jen.
—El amor te hace hacer locuras —reconoció Esther.
Jennifer guardó silencio. Todo aquello le había tocado la fibra sensible,
de modo que evitaba mirar a Jamie a toda costa, temerosa de que él pudiera
leer en sus ojos más de lo que debía. Se sentó a charlar con Judd, que
también parecía estar pasando por un momento sensiblero. Jennifer intentó
indagar en qué había sucedido con Dannie desde su marcha, y se quedó un
tanto sorprendida al escuchar la historia. Tampoco parecía tenerlo fácil.
—Debí mudarme cuando me lo aconsejaste —se lamentó Judd,
arrancándole una sincera carcajada mientras se trasladaban a la comodidad
de las hamacas y cogían asiento.
Ambas miraron hacia la piscina, donde James y Dannie jugaban a la
pelota montando una algarabía difícil de ignorar.
Jennifer suspiró, comiéndose con los ojos a James, que de vez en
cuando tomaba impulso y salía por el bordillo para recuperar la pelota. En
una de las ocasiones en las que pasó a un metro escaso de ella, y que Judd
se había levantado a por un vaso de agua, el chico dejó caer la pelota frente
a su hamaca y la taladró con sus brillantes ojos verdes cuando se agachó a
recogerla.
—¿Te he dicho alguna vez que me encantas? —le preguntó de pronto,
regalándole una de sus devastadoras sonrisas.
La chica negó con la cabeza, incapaz de articular palabra.
—¿No? —Fingió asombro—. ¡Pues me encantas! —Sin previo aviso,
le robó un pequeño beso y corrió de nuevo hacia la piscina, lanzándole a
Dannie la pelota mientras saltaba.
«Jen, deja de sonreír como una idiota y cierra la boca, no se te vaya a
caer la baba», se burló de sí misma mientras se preguntaba cuánto espacio
habría realmente detrás de aquella cascada.
Capítulo 52
Cuando cayó la tarde, decidieron que era hora de volver a encender la
parrilla para hacer las hamburguesas que habían reservado para aquel
momento. Esther y Thomas anunciaron que se retiraban, alegando no poder
ver más comida ni de lejos, y todos los despidieron entre bromas.
—Habrá que darse un bañito de noche —dijo Nick, atrayendo a Pat
hacia sus brazos mientras le decía—: Me ha sabido a poco el anticipo.
—¡Eh! Que no podemos cerrar los oídos —protestó Dannie—. No sé si
tenemos edad suficiente para lo que tienes en mente.
—Pues os aguantáis —Sonrió Nick—, porque tener a tus suegros todo
el día vigilando tus movimientos tiene sus consecuencias. Y resulta que a
mi novia le sienta este biquini de muerte, y no se lo he podido demostrar
todo lo que me hubiera gustado.
—A tu prometida querrás decir —le recordó James, divertido.
—¡Es verdad, eso se merece algo especial! —apretó a Pat más contra
su cuerpo y la besó con un hambre que fue vitoreada y festejada por todo el
grupo. Cuando la soltó, dejó escapar un suspiro—. ¿No faltan camas en este
sitio?
Pat le dio un manotazo y se ruborizó como una adolescente,
arrancándoles una carcajada a todos.
—Igual es que hay que saber encontrar los lugares estratégicos —
insistió Nick, mirando a Rob con picardía—. ¿Cuánto sitio hay detrás de
esa cascada?
La carcajada general fue inevitable.
—El suficiente. —Rio Rob sin el menor asomo de vergüenza, aunque
Sarah estuvo a punto de salir corriendo.
—¿Piensas sacarle los colores a todo el mundo, amor? —le dijo Pat,
aun sin poder parar de reír.
—No, sobre la ardiente escena de la piscina no voy a comentar nada. —
Carraspeó—; aunque ahora es climatizada, seguro.
Las risas volvieron a ser inevitables.
James miró de reojo a Jennifer, que se mordía el labio inferior,
avergonzada, mientras sonreía de una forma que le hacía desear arrastrarla
sin dilación tras aquella cascada.
—Igual era buena idea ponernos con esas hamburguesas. —Rio Nick
—. Tengo como cierta inclinación a la verborrea esta noche.
Cuando terminaron de dar buena cuenta de la cena era noche cerrada, y
la tenue luz artificial dejaba en penumbra gran parte de la zona. La piscina
estaba ligeramente iluminada, dándole al lugar una intimidad que resultaba
muy acogedora. La suave brisa que mecía los árboles convertía aquella
noche en perfecta.
Pat, Nick, Dannie y Judd decidieron darse un baño, mientras que Rob y
Sarah se acurrucaron juntos en una de las hamacas más escondidas. Jennifer
escogió la tumbona donde la luz incidía de forma más directa.
James llegó hasta ella, se tumbó en la hamaca de al lado y se puso los
brazos detrás de la cabeza, mirando hacia el cielo estrellado.
—Esta sería, sin duda, la última tumbona que yo hubiera escogido —le
dijo, tras un rato en silencio.
Jennifer sonrió divertida.
—Rob y Sarah han sido más listos —insistió él.
—Rob y Sarah no tienen nuestra tendencia al exhibicionismo —le
recordó Jennifer con una sonrisa—. Es mejor alejar las tentaciones del todo.
—Sí, quizá has sido sensata —tuvo que admitir—, y reconozco que mi
capacidad de contención es casi inexistente después del infierno de día que
me has hecho pasar.
—¿Yo?
—Tú y ese biquini de la muñeca Nancy que llevas puesto.
—¿No te gusta mi biquini? —coqueteó.
—Al contrario, me gusta demasiado, pero hace demasiadas horas que
fantaseo con arrancártelo con los dientes. ¡Es una tortura china!
—Pues no creo que tus palabras estén ayudando mucho —reconoció
Jennifer, sintiendo como su temperatura corporal subía varios grados.
—Esto es lo más parecido al sexo telefónico que he tenido nunca. —
Sonrió James, girándose para poder mirarla de frente—. Aunque mucho
mejor.
—¿Mejor? —preguntó casi en un susurro—. ¿Por qué?
—Porque cuando decidamos terminarlo… estaremos los dos juntos —
aclaró—. En el sexo telefónico al fin y al cabo tienes que terminar solo,
aunque no me importaría mirar mientras tú te…
—¡Jamie, por favor! —lo interrumpió acalorada—. Mi día tampoco ha
sido fácil viéndote pasearte medio desnudo de acá para allá.
Él se incorporó sobre uno de sus brazos y recorrió con los ojos cada
centímetro del cuerpo femenino. Jennifer sintió que la desnudaba por
completo y le devolvió una mirada febril, llena de promesas.
—No creo que pueda mantener las manos quietas si sigues mirándose
así… —protestó el chico, febril.
—Acabas de devorarme de arriba abajo —le recordó ella—. Este juego
funciona en dos direcciones.
—Vale, juguemos duro entonces. —Sonrió con lujuria—. Dime, ¿dónde
vas a querer que te haga el amor primero? ¿En la cabaña…, dentro de la
piscina? Jennifer tragó saliva y le devolvió una mirada lasciva y penetrante,
conjurando todas aquellas imágenes en su mente.
—Elige tú —le pidió, revolviéndose en la tumbona, intentando
controlar su excitación—. Yo me dejaré arrastrar adonde tú quieras.
—¡Wow! Creo que será mejor dejar la conversación aquí, o voy a
empezar a echar gente de un momento a otro —dijo James, sin bromear de
todo—. Aunque siempre podemos olvidarnos de todo el mundo y confiar en
que miren para otro lado.
—Estás hamacas son cómodas… —admitió Jennifer, humedeciéndose
los labios y sin poder evitar entreabrir ligeramente las piernas.
James observó el movimiento y tragó saliva.
—¡Estoy al borde de la combustión espontánea! —admitió, respirando
con dificultad—. En breve no voy a poder soportarlo.
Jennifer continuó mirándolo con los ojos cada vez más vidriosos y
enturbiados por el deseo.
—Necesito tocarte, Jen, y saborear cada parte de tu cuerpo —susurró
con voz ronca—. Me muero por escucharte gemir mi nombre mientras me
hundo dentro de ti… una y otra y otra vez.
Casi sin ser consciente de lo que hacía, Jennifer cerró con fuerza las
piernas y apretó los muslos, frotándolos uno contra el otro; un instante
después su cuerpo se convulsionó y estalló en miles de colores mientras se
perdía en aquellos ojos que parecían hacerle el amor con el pensamiento.
—¡Madre mía! —dijo asombrada, recuperando la compostura tras el
inesperado clímax.
—Eso ha sido… ¡joder! —exclamó alucinado. Sin añadir nada más, y
ante el asombro de ella, se puso en pie, corrió hasta la piscina y se lanzó de
cabeza al agua.
Buceó hasta la otra punta de la piscina, intentando recuperar la
compostura. Lo que acababa de suceder lo había llevado a un estado de
excitación que no podría controlar sin poner distancia, y había demasiados
ojos cerca para arriesgarse a ponerle un solo dedo encima. Atónito por la
intensidad de sus sentimientos, se forzó a nadar a gran velocidad mientras
no podía concentrarse en nada que no fuera las intensas ganas de hacerle el
amor hasta quedar exhausto.
Cuando al fin se detuvo, agotado, podía pensar con algo más de
claridad, aun así, prefirió no mirar hacia la hamaca donde estaba Jennifer
hasta no calmarse un poco más.
—¿Te apuntas a una partida de póker? —le preguntó Nick que era el
último en salir del agua. El resto estaba ya fuera, caminando hacia la mesa
de nuevo.
—Después igual me uno —dijo, girándose a mirar hacia las hamacas,
incapaz de aguantar más tiempo. Jennifer charlaba con Pat y Judd mientras
se secaban. ¿Tendría pensado ella unirse al juego? Rob y Sarah también
habían salido de su escondrijo y ya estaban sentados a la mesa.
Jennifer se giró hacia la piscina buscando a Jamie con la mirada,
preguntándose si tenía pensado unirse a la partida de póker. Aguardó unos
largos segundos, esperando verlo emerger del agua, pero aquello no ocurrió.
Preocupada, se acercó y observó el fondo con detenimiento bordeando toda
la piscina, pero comprobó, sorprendida, que no había ni rastro de él.
«¿Cómo es posible?», pensó, mirando a su alrededor. Era imposible que
hubiera salido del agua sin que lo viera. Reconocía que no le había quitado
la vista de encima en ningún momento. Solo se había entretenido unos
minutos en hablar con su prima.
«¿Dónde estás?», se preguntó, desconcertada. Un pensamiento fugaz le
dio la respuesta. Miró hacia la cascada convencida de que él estaba tras ella.
Podía imaginarlo allí de pie con todo lujo de detalles. Apoyado sobre la
piedra, con los dedos pulgares metidos en la cinturilla del bañador y aquella
actitud arrogante y descarada que la volvía loca.
Miró hacia la mesa donde todos sus amigos parecían estar muy
concentrados en la partida, y volvió a fijar su mirada en la cascada
mordiéndose el labio con aprensión. ¿Sería capaz de hacerlo?
Apoyado sobre la imitación a piedra caliza, tras la cascada, James
fantaseaba con la idea de que ella cruzara a través del agua para reunirse
con él. Tan solo de pensar en aquella posibilidad su cuerpo estaba
encendido e inflamado de deseo, que no sabía si podría controlar sin ella.
Inquieto, pensó que quizá estaba siendo demasiado optimista e ingenuo,
y se desalentó ante la idea de que ella hubiera optado por unirse a la partida
de cartas y estuviera esperándola en vano. Estaba a punto de volver a la
piscina cuando Jennifer traspasó la cascada y apareció ante él, provocándole
casi un cortocircuito. Cuando le sonrió solo pudo mirarla extasiado, incapaz
de pronunciar una sola palabra. Se observaron en silencio, iluminados
únicamente por la tenue luz de la luna, testigo mudo de aquel momento
especial.
Jennifer se llevó las manos a la espalda, se desató la parte superior del
biquini y se la quitó muy despacio, dejándola caer a sus pies, mientras él
contenía la respiración y la miraba hechizado, absorto en su belleza. Un
minuto después se centró en la parte de abajo y se deshizo también de ella,
deleitándose con la mirada fascinada con la que él seguía todos sus
movimientos. Sin dejar de mirarlo, dio un paso en su dirección y tiró con
deliberada lentitud de la lazada del bañador masculino mientras él se dejaba
hacer, preso de algún tipo de embrujo. No se detuvo hasta que aquel
bañador se reunión en el suelo junto con el suyo. Después se fundió contra
su cuerpo y James la acogió entre sus brazos con suavidad.
—Me fascinas —le susurró él al oído, recorriéndole el cuerpo con las
manos muy despacio.
Jennifer sintió su corazón llenarse de calidez al escucharlo. Levantó la
cabeza mirándolo a los ojos y le ofreció sus labios, que él tomó con una
delicadeza que jamás le había demostrado antes. Cuando sus lenguas se
encontraron, se enredaron en una danza lenta y sensual, que ambos
acompañaban con las manos, acariciándose al mismo compás.
Sin dejar de besarla, James tiró de ella mientras se sentaba en la roca,
colocándola a horcajadas sobre su regazo. Cuando Jennifer se acomodó
sobre él, se aseguró de acogerlo en su interior por entero. James la miró con
intensidad, aturdido con la sensación de plenitud que lo invadió. Se
quedaron completamente quietos, sin dejar de mirarse, hasta que ella
comenzó una danza ritual que los llevó al clímax más perfecto de su vida en
unos pocos segundos. Después, ambos se quedaron de nuevo quietos y en
silencio, sin romper el abrazo ni separar sus cuerpos un solo centímetro.
—Jamás he sentido nada parecido —reconoció, aún turbado, volviendo
a besarla.
Ella sonrió complacida con el comentario, sintiendo como su pecho se
henchía de emoción.
—Sí, ha sido perfecto —admitió, pensando bien todas sus palabras
antes de decirlas, temerosa de que pudiera escapársele algo que dijera más
de lo que sería prudente.
—Dudaba de que vinieras a reunirte conmigo aquí.
—Me ha costado aventurarme —reconoció—, pero estaba al límite de
mi resistencia.
—Me gusta escucharte decir eso. —Sonrió—. Me hace sentirme menos
solo en mi desesperación. Lo que ha pasado en la hamaca hace un rato…
—No me lo recuerdes —pidió escondiendo la cara, avergonzada.
—¿Qué no te lo recuerdes? —se asombró—. ¿Tienes idea de lo que ha
sido para mí presenciar algo tan increíble? No sabes lo poco que me ha
faltado para acompañarte.
—El poder del pensamiento. —Sonrió, complacida, y lo besó de nuevo
—. Aunque esto es mucho mejor.
James jugueteó con sus pezones y tomó uno de ellos entre los dientes,
mientras Jennifer cerraba los ojos, complacida, robándole un intenso beso
un momento después.
—Me encanta tenerte así —le susurró ella sobre la boca—, sentirte en
mi interior tras el clímax es genial.
Complacido, James se movió ligeramente y sonrió al percibir una
expresión de asombró en el rostro femenino.
—No puedes estar listo de nuevo —dijo, asombrada.
—¿No? —Sonrió con cierta presunción—. Vamos a comprobarlo…
Y lo estaba. Tanto como para arrastrarla con él a una nueva vorágine de
excitación, que los llevó hasta el pico más alto y los arrojó desde arriba en
caída libre.
Capítulo 53
James y Jennifer se unieron a la partida poco después de comenzada.
Durante par de horas se divirtieron de lo lindo entre piques y bromas. Cerca
de las dos de la madrugada Dannie se terminó coronando ganador absoluto
de la timba, poniendo punto y final a la velada.
Sin que nadie hiciera un solo comentario, todos se fueron despidiendo
hasta dejarlos a solas, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—¡Por fin solos! —dijo James, mirándola con una sonrisa lujuriosa en
cuanto que dejó de escuchar las voces de sus amigos alejándose de ellos.
—No cantes victoria. —Sonrió Jen, coqueta—. Aún tienes que
cogerme.
Con una sonrisa traviesa, fue reculando y poniendo distancia entre
ellos, hasta que James hizo el primer movimiento rápido, provocando que
ella echara a correr. Tardó apenas un minuto en darle caza mientras ambos
reían a carcajadas.
—¡Pues no me ha costado demasiado! —Sonrió, confinándola entre sus
brazos.
—Quizá me he dejado coger. Te recuerdo que estoy acostumbrada a
correr.
—Me acuerdo —admitió sonriendo—. Me dejaste sin palabras en aquel
parque cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, ¿sabes?
Todavía me pongo cardiaco solo de pensarlo.
—Pues fíjate que a mí me pasaste desapercibido… —dijo, Jen,
aparentando apatía.
James fingió ofenderse muchísimo con aquello, arrancándole una
carcajada divertida.
—Voy a hacerte pagar ese comentario —la amenazó, bajando las manos
por su espalda hasta tomar su trasero—. Además de los veinte días de
infierno que me has tenido sufriendo sin una explicación.
—¿Vas a ser muy duro conmigo? —Fingió preocupación.
—Mucho —afirmó apretándola contra su dura erección.
—Bueno, hay que saber apechugar con las consecuencias…
Se miraron sin dejar de sonreír, hasta que James tomó su boca y
ninguno de los dos pudo dejar de suspirar durante largo rato. Hicieron el
amor junto a la piscina, tumbados en una toalla que Jennifer había puesto a
secar sobre la hierba hacía largo rato.
—Creo que acabamos de cumplir nuestra mayor aspiración. —Sonrió
Jennifer acurrucándose entre sus brazos—. No es lo mismo que hacer el
amor en mitad de la calle, pero se le parece bastante.
Una carcajada escapó de labios de James.
—Y lo bueno es que aquí no pueden detenernos por escándalo público
—insistió la chica, risueña.
—Es verdad, aunque te confieso que estoy dispuesto a arriesgarme a ser
detenido, solo por tener la oportunidad de hacerte mía dónde sea, cuándo
sea… —admitió—. Aunque igual nunca nos vemos en esa disyuntiva, me
estoy planteando no dejarte salir de aquí nunca más.
Jennifer rio, aunque no pudo evitar sentirse un poco inquieta con el
comentario. Ella sabía que lo suyo con Jamie tenía fecha de caducidad, no
iba a engañarse, pero prefirió no ahondar en aquello de momento.
—Pues si me tienes que secuestrar, no se me ocurre un sitio mejor que
este —admitió sonriendo—. Es el lugar más increíble que he visto en toda
mi vida.
—Sam me pidió que lo disfrutara mucho contigo, ¿sabes? —confesó
James, poniéndose un poco más serio.
—¿De veras?
—Sí, este lugar es muy especial para él —le contó—. Lo construyó
para Stella, su mujer, cuando los sistemas de su enfermedad comenzaron a
ser evidentes.
—¿Qué tenía?
—Esclerosis.
—Una enfermedad muy dura.
—Sam dejó la presidencia de Sample para cuidar de ella —explicó—.
Stella era de aquí de Santa Carla, y nunca se habituó a vivir en Nueva York.
Sam compró esta finca, construyó este paraíso para ella y se trasladaron a
esta cabaña mientras terminaban de construir la casa grande.
—¿Y por qué sigue en obras?
—Porque Stella falleció antes de lo previsto —se lamentó—. Y Sam
decidió que ya no tenía sentido terminarla.
—¡Qué historia más triste!
—Él siempre asegura que cincuenta años de felicidad ya es mucho más
de lo que tienen algunos.
—Debió de amarla mucho.
James se limitó a guardar silencio, gesto que no pasó desapercibido
para ella, a quien volvió a asaltarle aquel sentimiento de angustia que echó
de su mente sin piedad.
—¡Dejemos la tristeza a un lado! —le dijo con una enorme sonrisa—.
Ayúdame a buscar Venus.
—¿Venus? —preguntó divertido—. ¿El planeta?
—Ese mismo —confirmó mirando al cielo—. Tengo una charla
pendiente con él.
—Con Venus. —Rio James y bromeó—: ¿Te has saltado algún tipo de
medicación que yo desconozca?
—Sí, quizá la que me hace seguir viéndote tan irresistible. —Fingió
molestarse.
—Esa ya te la doy yo.
Tomó de improvisto su boca y le dio un beso ardiente y hambriento.
Después la miró a los ojos, perdiéndose en ellos.
—¿Qué decías de Venus? —le preguntó con la voz ronca.
—¿Quién? —casi susurró, confusa, mientras una seductora sonrisa le
arrancaba un suspiro de anhelo. Tardó en recuperarse del gesto—. ¡Ah, sí,
Venus!
Carraspeó y se centró de nuevo en el cielo para recuperar la
compostura.
—Mi padre siempre ha sido un apasionado de la astronomía —le contó
risueña—. Desde que tengo uso de razón lo recuerdo sentado frente a su
viejo telescopio, que tenía instalado en la azotea del edificio donde
vivíamos. Yo pasaba horas con él allí arriba, disfrutando también de su
afición.
James escuchaba con atención la historia, fascinado por el tono especial
de su voz al referirse a su padre.
—Cuando yo tenía siete años, Rayo, el perro de la familia, enfermó y
tuvimos que sacrificarlo. —Se le quebró la voz al recordarlo—. Y mi padre
inventó toda una historia increíble de cómo el valiente Rayo tenía que viajar
a las estrellas para salvar el planeta.
Jennifer sonrió, recordando aquel momento como si hubiera sido ayer.
—Me dijo que yo era la encargada de escoger un lugar en el cielo
donde Rayo pudiera vivir tranquilo cuando lograra su misión —siguió
contando emocionada—. Y no hay muchas estrellas que se vean en la gran
ciudad…
—Así que escogiste un planeta —adivinó James, conmovido con la
historia.
—Venus —admitió ella con una preciosa sonrisa—. Mi padre me dijo
que cuando echara de menos a Rayo, solo tenía que buscar el planeta Venus
y hablarle.
—¡Qué bonito! —reconoció el chico, impresionado.
—Cuando años más tarde entendí lo que le había pasado a nuestro
perro, el hábito de charlar con Venus estaba demasiado arraigado. ¿Soy
rara?
—Eres maravillosa —le susurró James, admirándola con una sensación
rara en el estómago.
Emocionada y dichosa ante tan repentino halago, Jennifer tuvo que
desviar la mirada temerosa de que él pudiera leer en sus ojos sus
sentimientos.
De improviso, James se puso en pie.
—Ven —le pidió tendiente la mano para ayudarla a levantarse. Le
acercó el bañador, instándola a ponérselo de nuevo.
—¿Adónde vamos?
—A la casa grande.
Sorprendida, Jennifer lo siguió sin hacer preguntas, aunque sin entender
que pretendía. Ascendieron por el sendero y caminaron hasta el mausoleo
en obras.
—Estás empezando a preocuparme…
James sonrió, tomándola de la mano mientras entraban en la casa.
Cogió una linterna que, para asombro de Jennifer, estaba colgada junto a la
puerta, y tiró de ella escaleras arriba, pidiéndole que se arrimara bien a la
pared, puesto que la barandilla nunca había sido instalada.
—¿Cuántas escaleras llevamos subidas? —preguntó Jen, ya con una
curiosidad difícil de refrenar.
—Solo falta un tramo, vamos al desván.
—¿Al desván? —Sonrió, confusa—. ¿No hay habitaciones pero hay un
desván?
—Cierra los ojos —le pidió cuando llegaron arriba del todo.
La chica lo miró con curiosidad, y se dejó llevar por tanto misterio.
Cerró los ojos y dejó que James tirase de ella unos metros más.
—Ábrelos.
Jennifer no estaba preparada para lo que encontró al hacerlo. Con la
boca abierta por la sorpresa, se giró sobre sí misma mirando asombrada a su
alrededor.
—¡Esto es…! —Estaba sin palabras—. ¡Madre mía!
Una enorme cristalera era todo el techo que cubría la estancia. Además,
estaba rodeada por inmensos ventanales, generando la increíble sensación
óptica de estar flotando en mitad del universo. Dos potentes telescopios
estaban estratégicamente situados uno a cada lado de la habitación, y, justo
en el centro de la estancia, había un enorme futón, desde donde poder
disfrutar, tumbado, de toda aquella belleza.
—¡Te juro que no es fácil dejarme sin palabras!
James sonrió, contento, sin dejar de mirarla ni un segundo.
—Stella era una enamorada de la astronomía —le contó, siguiéndola
con la mirada—. El día de su boda, Sam prometió que le construiría un sitio
como este algún día. Tardó cuarenta y cinco años en poder cumplir la
promesa.
A Jennifer se le escaparon dos lágrimas que no se molestó en ocultar,
conmovida con la historia y aquel increíble lugar.
—No parece justo que la vida se la arrebatara tan pronto —dijo,
caminando hacia una de las cristaleras, con la voz quebrada por la emoción.
James caminó tras ella y la abrazó por la espalda, perdiendo su mirada
en el universo.
—No te he traído aquí para que te pongas triste —le susurró al oído—.
La vida es caprichosa, Jen, y nos da y nos quita a su antojo.
—Es verdad —reconoció con una sonrisa—. Por eso hay que
aprovechar el momento.
—Eso me gusta —le dijo, besándole el cuello, arrancándole un suspiro
—. ¿Encuentras tu planeta?
—La que parece la estrella más brillante de todas —Señaló hacia el
cielo.
—¿Quieres mirarlo a través del telescopio?
Jennifer se giró hacia él, le rodeó el cuello con los brazos y lo miró
como si fuera lo único importante en el universo.
—Quiero que me hagas el amor —le susurró como única respuesta.
Sin entender el motivo, James se sintió turbado. No sabía si eran las
sinceras palabras o la mirada de ella mientras las pronunciaba, pero durante
unos segundos tuvo la sensación de que llevaba toda su vida esperando
justo aquel momento. Se estremeció de anticipación cuando se fue
acercando a sus labios y la besó como si fuera la primera vez que lo hacía.
La magia que nacía de su unión parecía multiplicarse bajo el cielo
estrellado, logrando que cada beso, cada caricia, fuera un deleite para sus
sentidos.
Dejándose caer sobre el pequeño futón, se amaron muy despacio, igual
que si se estuvieran rindiendo pleitesía el uno al otro. Jamie acarició, besó y
lamió cada poro del cuerpo femenino, arrancándole pequeños gemidos y
suspiros de placer que alimentaban su propio deseo hasta límites
insospechados.
Cuando, tras un verdadero asalto a sus sentidos, cedió a la necesidad y
se hundió dentro de ella, la miró a los ojos y se sintió invadido por un
extraño sentimiento de ternura que le hizo sentirse indefenso. Comenzó a
moverse en su interior sin apartar la mirada, robándole tiernos besos.
«No te engañes, Jennifer, no es amor lo que estás viendo en sus ojos»,
se regañó mientras disfrutaba de aquella tierna tortura, sin poder evitar que
una lágrima traicionera corriera por su rostro. James la interceptó con un
beso insoportablemente tierno y bebió de sus labios de nuevo, esta vez con
mayor fervor, mientras que el ritmo se fue incrementando hasta terminar
presos de la necesidad más primitiva, que desencadenó en el más
formidable de los orgasmos.
Cuando James se hizo a un lado ambos guardaron silencio,
sorprendidos por la intensidad de lo que acababan de vivir. Exhausta,
Jennifer se acurrucó contra él, sin poder borrar la sonrisa de su rostro. Se
preguntó, maravillada, durante cuánto tiempo le había hecho el amor aquel
hombre maravilloso.
—¿Por qué sonríes? —le preguntó él, curioso.
—Igual te suena un poco a cliché —Rio Jen—, pero es que ha sido…
increíble.
Sin poder evitar sentirse halagado, James volvió a besarla, sonriendo
también.
—Tú sí que eres increíble —le dijo sin dejar de mirarla. Podía entender
sus palabras porque él mismo estaba sorprendido por lo que acababa de
pasar. Y no solo había sido el hecho de tener, de nuevo, un clímax sublime,
sino que todo lo había sido por igual desde el primer beso. Se sentía… raro.
Jen, encontrándose repentinamente muy frágil, se alejó de él para
recomponerse. Se puso en pie y caminó hasta uno de los telescopios,
fingiendo un interés que, en aquel momento, estaba lejos de sentir. Alzó la
vista al cielo estrellado y se dejó invadir por una sensación de conexión con
el cosmos.
«Necesito un milagro», le habló al universo con desesperación «Quiero
que me ame, con la misma intensidad que yo a él».
James, apoyado sobre uno de sus codos, la observaba con una
expresión de auténtica admiración. Verla allí de pie, ajena al hecho de lo
hermosa que se veía desnuda bajo aquel manto de estrellas, le arrancó un
extraño sentimiento de posesión:
«Eres mía, solo mía», pensó, sorprendiéndose tanto por la intensidad de
aquel sentimiento que se incorporó en el futón de forma repentina. Inquieto,
se convenció a sí mismo de que la dejaría marchar en cuanto lograra que su
deseo por ella disminuyera un poco. «¿Cuánto más puede tardar en
suceder?», se preguntó, de repente muy irritado, ahora consciente de que
había pasado media noche idiotizado por sus encantos. Aquello no debería
ser así…
—Mi padre sería feliz sentado cada noche al pie de este telescopio. —
Sonrió Jennifer—. Quizá algún día puedas invitarlo a ver este sitio. Le
encantaría.
—No me gustan demasiado los padres —dijo, con brusquedad.
Ella se quedó paralizada, diciéndose que debía haberse imaginado el
tono mal intencionado en el comentario.
—Pues son personas normales, ¿sabes? —comentó sonriendo—.
También son hijos de alguien, hermanos de alguien, maridos de alguien.
—Sí, supongo, pero siguen sin gustarme.
Lo dijo con tanta rudeza, que ahora sí se sintió aludida y atacada por su
actitud.
—¿Todos o el mío en concreto? —preguntó ya sin sonreír.
—Todos lo que tengan una hija a la que me esté tirando. —Se
arrepintió del comentario casi al tiempo que lo estaba pronunciando. Se
puso en pie con rapidez en cuanto que vio como ella caminaba hasta el
futón y se agachaba, enfadada, a recoger su biquini—. Lo siento.
—Sí, y yo. Aparta. —Lo empujó para vestirse.
—No ha sido mi intención molestarte, no he querido sonar grosero.
—No te preocupes —dijo sin mirarlo—, los dos sabemos lo que has
querido decir.
—Jen… —Intentó tomarla entre sus brazos, pero ella se lo impidió con
un rápido quiebro.
—Jen, nada —lo interrumpió, molesta, mientras se vestía—. Y que te
quede claro que serías el último hombre que estaría dispuesta a presentarle
a mi padre. Te aseguro que yo tengo muy claros los términos de nuestra
relación.
—¿Sí? ¿Y qué términos son esos? —preguntó entre sorprendido y
molesto.
—Sexo, única y exclusivamente —declaró, enfrentándolo—. Sin
ataduras, sin sentimientos y sin complicaciones innecesarias.
—¿Entonces por qué estás tan enfadada?
—Porque presupones que yo quiero algo diferente —gritó—. Y no me
gusta.
—¿Vas a decirme que tú no sueñas con jugar a las casitas? —la acusó,
ya harto de fingir que no sabía de qué estaban hablando.
Jennifer tuvo que tragar saliva varias veces para poder continuar con la
conversación. Lo miró, furiosa, con una necesidad imperiosa de devolverle
parte del dolor que sentía.
—¿Crees que yo quiero tener una relación con un hombre que lo único
que es capaz de sentir son orgasmos? —lo atacó.
Sin previo aviso, James tiró de ella y la encerró entre sus brazos al
encontrarla desprevenida.
—Sentirlos y provocarlos —le dijo de una forma casi grosera,
tomándola de las nalgas.
—¡Suéltame!
—¿Crees que puedes decirme todo lo que te venga en gana sin pagar
las consecuencias?
—¡Ya no quiero tus consecuencias, James! —gritó, furiosa.
—¿Lo comprobamos? —La sujetó con fuerza con un único brazo y
metió la mano libre entre sus piernas por dentro del biquini. Jennifer
forcejeó mientras él introducía un dedo en su vagina y comenzaba a
masturbarla como sabía que la volvía loca. La chica luchó contra él, hasta
que, casi de forma involuntaria, comenzó a moverse a favor de aquellos
dedos, para escucharse gemir un segundo más tarde. Para su bochorno, fue
ella quien recortó la distancia que la separaba de su boca para besarlo de
forma desesperada y hambrienta. Cuando la empujó sobre el futón y se
hundió en su interior, ambos estaban desesperados y fuera de control.
Apenas si tardaron unos minutos en llegar a un clímax intenso y profundo,
que los dejó exhaustos y casi sin respiración.
Jennifer, aturdida aún por la intensidad de lo sucedido, supo que si
continuaba con aquello terminaría destruida antes de lo que imaginaba.
Debía renunciar al sexo con James antes de que el dolor por lo que no podía
tener acabara con su cordura.
En silencio, se incorporó sobre el colchón, muy seria, buscando las
palabras que sabía que debía decir.
—¿Jen? —lo escuchó decir, casi como si lo hiciera en sueños.
—No quiero seguir con esto —dijo, esforzándose para que la voz le
saliera del cuerpo.
—¿Qué?
—No voy a seguir acostándome contigo —aclaró, poniéndose en pie,
mientras buscaba a su alrededor su biquini para ponérselo por última vez
aquella noche.
James estaba mudo por la sorpresa y preocupado por la actitud distante
con la que le hablaba. Ni siquiera podía pelear contra aquella frialdad, la
prefería mil veces enfadada e irascible.
—¿Podemos sentarnos a hablar como gente civilizada? —le pidió
James, intentando sonar más calmado de lo que se encontraba.
—No creo que haya nada de lo que hablar —insistió—. Los dos
sabíamos que esto tenía fecha de caducidad.
—¿Y tiene que ser hoy?
—Sí.
—No eres coherente —protestó—. Estábamos muy bien hasta hace
media hora. ¿Podemos volver al momento en el que mirabas por el
telescopio?
—No.
—Por favor —le pidió casi en un susurro.
El traicionero corazón de la chica dio un brinco ante lo que le sonó
como un ruego desesperado, pero no dejó anidar aquella esperanza.
«No te engañes, Jen, no te suplica amor, solo quiere más sexo», se dijo,
obligándose a continuar adelante con su decisión.
—Quiero irme a casa —exigió con la mayor frialdad de que fue capaz.
—Descuida —aceptó, irritado—. No tenemos mucho más que hacer
aquí.
Pasó ante ella y comenzó a descender por las escaleras sin mirar atrás,
solo suponiendo que lo seguiría de cerca.
Ninguno de los dos pronunció una palabra más hasta que James no
detuvo el todoterreno frente a la casa de la chica. El silencio mientras
habían bajado a la cabaña para recoger y vestirse, había sido mucho más
que incómodo, pero el trayecto en coche había resultado una tortura.
—No te entiendo, ¿sabes? —dijo James nada más tirar del freno de
mano.
—Sí, puedo suponerlo. —Bajó del coche y caminó hasta la parte
trasera. Él la siguió, pero no hizo ningún tipo de amago para ayudarla a
recuperar su mochila—. ¿Me abres el maletero, por favor?
—¿Te importa darme un minuto más de tu apretada agenda? —insistió
con un gesto irritado, sin moverse.
—¿Para qué?
—Para que me expliques en qué momento me convertí en el lobo feroz
—le reprochó.
—Siempre lo fuiste, James —dijo, asegurándose de forma consciente
de no usar su diminutivo—, pero por un momento lo olvidé.
—¿Y todo esto es porque no puedes domesticar al lobo?
Jennifer sonrió, irónica.
—Sigues dando por hecho que quiero hacerlo, y ¿a qué demonios te
refieres con todo esto?
—Este repentino ataque de histeria.
—¿Me ves histérica? —dijo con una tranquilidad pasmosa.
—Te veo ilógica.
—¿Por qué no quiero seguir acostándome contigo? —Sonrió sarcástica.
—Porque quieres hacerlo, pero nos lo vas a negar a los dos, y al menos
quiero saber el motivo.
Sin poder evitar estremecerse, Jennifer fue incapaz de mirarlo a los
ojos. ¿Qué podía decirle? Contarle la verdad no era una opción a considerar.
—Necesito descansar —dijo, como única explicación—. Ha sido un día
muy largo.
—¿Ese es tu modo de escaquearte de la pregunta?
—Es mi modo de decirte con educación que no tengo por qué hablar
contigo.
—En eso te equivocas —dijo, abriendo el maletero por fin—. Ves
pensando en algo convincente, porque no pienso salir de tu vida sin una
explicación. Le puso la mochila en los brazos, se subió en el coche y
desapareció de su vista.
Jennifer lo vio alejarse mientras un dolor lacerante le atravesaba el
pecho, dolor que, paradójicamente, era el indicativo inequívoco de que
estaba haciendo lo correcto.
Capítulo 54
Pat entró en casa de sus padres como una exhalación. Subió a la
habitación de su prima y se coló en su cuarto sin tocar a la puerta. La
encontró acurrucada en la cama, aún sin deshacer, con los ojos hinchados
por la intensa noche de llanto.
—¡Debiste pedirle que te llevara a mi casa, Jen! —le dijo, abrazándola.
—¿Y fastidiarte tu noche de cumpleaños y de compromiso?
—Para eso está la familia, ¿sabes?
—Me alegro de que estés aquí.
—En cuanto que me has llamado por teléfono —le recordó—. Me has
dado un susto de muerte, Jen.
—Lo siento. —Había intentado controlar el llanto durante aquella
llamada, pero en algún momento de la conversación no pudo evitar dejarlo
fluir.
Ambas se sentaron en la cama frente a frente, mientras Jennifer se
esforzaba para que las lágrimas no brotaran de nuevo.
—¿Estás segura de querer sacarlo de tu vida, Jen? —le preguntó Pat,
preocupada.
—Sí.
—¿Por qué?
—¡Porque lo amo, Pat, con toda mi alma! —Rompió a llorar de nuevo
—. Porque me enamoré de él.
Pat la abrazó sin poder evitar contagiarse de su dolor.
—Lo sé, cariño —le dijo acariciándole el pelo—. Y sé cuánto duele, lo
recuerdo demasiado bien.
La dejó llorar durante unos minutos. Después, la miró a los ojos y le
secó las lágrimas con la yema de los dedos.
—Vas a tener que ser muy fuerte, lo sabes ¿verdad? —Jen asintió—.
¿Estás segura de no querer darte un tiempo con él?
—Mírame, Pat, estoy desolada —admitió—. Y apenas hemos estado
juntos dos noches.
—¿Y si él…?
—¡Por favor! —la interrumpió—. Los y si son para los necios. Las dos
sabemos que lo nuestro no terminará bien, y no sé si podré recuperarme si
me permito seguir a su lado mucho más tiempo.
—Te entiendo —admitió Pat con tristeza—. Solo espero que él te lo
ponga fácil.
—Anoche no me dio esa sensación —reconoció—. Quiere mis motivos
para negarme a estar con él.
—¿Y qué vas a decirle?
—No lo sé. Quizá debería decirle la verdad y sentarme a ver como
corre despavorido.
—Pues si es lo único que lo mantiene lejos, quizá no es mala idea.
Cuatro días. Fue todo lo que pudo rehuir el temido enfrentamiento. No
había bajado al Oasis ni apenas salido de casa durante todo aquel tiempo,
pero ya no podía seguir eludiendo la visita pendiente que tenía con Sam. El
día anterior, cuando lo llamó por teléfono, había notado al anciano tan triste
porque ya no pasaba a verlo con tanta frecuencia, que se había
comprometido a pasar al día siguiente.
Una vez más, fue James quien le abrió la puerta.
—¡No puede ser! —se quejó ella nada más verlo—. Esto no puede ser
una coincidencia.
—Y no lo es —reconoció—. Sam dejó caer esta mañana que ibas a
venir, y puesto que no hay otra forma de hablar contigo…
—¿Y eso no te da que pensar?
—Te dije que tienes respuestas que darme.
—Pues el hall es un lugar estupendo para eso —ironizó.
—No se te ocurra irte a ninguna parte sin hablar conmigo, Jen —le
advirtió con un brillo furioso en los ojos.
—Y a ti no se te ocurra ponerme una sola mano encima delante de
Sam, porque no voy a dudar en ponerte en tu sitio.
—¿Y cuál es mi sitio? —Sonrió con frialdad—. ¿Entre tus piernas?
Jennifer lo esquivó y entró en la casa al tiempo que mascullaba entre
dientes:
—Maldita la gracia que me hacen tus tonterías.
James suspiró irritado, y caminó tras ella hasta la sala donde Sam la
esperaba con una sonrisa risueña, que ella correspondió de igual manera. Lo
abrazó, feliz de verlo.
—¡No sabes cuánto te he echado de menos! —le dijo Jennifer,
sentándose a su lado.
—Yo también, señorita, y eso que hemos hablado a diario.
—No es lo mismo —insistió—, pero cuéntame cómo sigues.
Sin intervenir, James escuchaba la conversación con los dientes
apretados, intentando apartar a un lado la inexplicable irritación que sentía
al oírlos hablar. Escucharla decirle a Sam cuánto lo había echado de menos
debería alegrarle, no desagradarle tanto. No recordaba que le hubiera dicho
a él algo así jamás.
Intentando relajarse para que Sam no notara nada raro en su
comportamiento, cogió asiento en uno de los sofás, manteniendo las
distancias con ella tal y como le había pedido. A pesar de que no le faltaban
ganas de desafiarla y ver si de verdad sería capaz de cumplir su amenaza, se
recordó que se había prometido no hacer nada para empeorar más las cosas
entre ellos, si es que podían ir a peor…
Jennifer mantuvo con Sam una de sus acostumbradas conversaciones,
esta vez contándole todo lo que ella había hecho en Boston durante su
estancia allí. Ignoró a James todo lo que pudo, consciente de que él no iba a
dejarse aislar por mucho tiempo, y no se equivocó.
—¿Ya le has dicho cuánto te gustó Edenhouse? —soltó James de
pronto, como si hablara del tiempo.
Sam la miró, emocionado. Jennifer había evitado hablarle de aquello
incluso en sus llamadas telefónicas porque le dolía demasiado recordar
aquel día, pero James acababa de hacerlo inevitable.
—Es verdad —le dijo a Sam con una dulce sonrisa, matando a James
con la mirada en cuanto tuvo ocasión—. Debiste venir a pasar el día con
nosotros.
—Pues lo valoré, pero mis médicos no fueron muy partidarios —
admitió—. ¿Te diste un baño por mí?
—Claro que sí, ¡unos cuántos! Yo creo que todos terminamos
arrugadillos como garbanzos al finalizar el día. Es un lugar increíble.
—Espero que podáis terminar la casa algún día —dijo Sam, feliz—. Es
un sitio genial para criar muchos niños.
Jennifer tuvo que hacer un esfuerzo monumental para sonreír, cuando
lo único que deseaba era salir corriendo a lamerse las heridas. Sam, ajeno al
dolor intenso que le estaba causando, continuó hablando:
—Jamie, ¿le mostraste el observatorio?
—Por supuesto —contestó con una cínica sonrisa—, fue el mejor
momento del día.
Sin poder evitar mirarla con una sonrisa maliciosa, James pensó,
resignado, que si las miradas pudieran matar, sin duda podría considerarse
un cadáver.
«¡Y qué hermosa se ponía cuando se enfurecía!», reconoció,
admirándola.
—¿Verdad, cariño? —insistió con malicia—. La visita al observatorio
fue… intensa. Te aseguro que se quedó sin palabras, Sam.
—Mi Stella amaba aquel lugar —dijo sin dejar de sonreír.
—Jennifer también lo disfrutó mucho, ¿verdad?
—Sí —aceptó ella con una radiante sonrisa. Si James quería guerra, iba
a dársela—. Mi padre me contagió su amor por las estrellas, y pienso
transmitírselo a mis hijos algún día. Ya los imagino subidos a un taburete
para llegar a ese telescopio.
Sam rio feliz, mientras que James estuvo a punto de atragantarse con la
saliva.
—¿Cuántos niños quieres tener, Jen? —preguntó el anciano, encantado
con el tema.
—Dos. Un niño y una niña —dijo, fingiendo un repentino entusiasmo
—. Y seguidos, para que puedan jugar juntos después, ¿verdad, amor?
Se volvió a mirar a James con una sonrisa helada y una frialdad en los
ojos que lo congeló en su asiento.
—Y no podemos esperar mucho —insistió—, que me gustaría ser joven
todavía cuando sean mayores.
—¡Esto es una chica con las ideas claras! —Rio Sam.
—¿Y puedo opinar? —intervino James, con la misma sonrisa cínica
con la ella lo miraba.
—En realidad no, pero estoy dispuesta a dejarte participar —dijo,
arqueando las cejas en un divertido gesto.
Una carcajada escapó de labios del anciano, que no daba crédito a que
Jamie estuviera aguantando aquella conversación sin poner el grito en el
cielo.
—Pero bueno, igual me estoy anticipando un poco —reconoció—,
tendremos que casarnos primero.
—Eres un hombre con suerte, hijo.
Si no hubiera estado tan centrada en decir todo aquello sin que el dolor
por lo que nunca tendría le ganase la partida, quizá habría visto la sonrisa
sincera que James esbozó al mirar a Sam.
Cuando media hora más tarde se despidió, alegando tener una cita en
otra parte, estaba exhausta del esfuerzo por mantenerse jovial. Resopló,
despavorida, al escuchar a James despedirse para ir tras ella.
Una vez que ambos estuvieron de puertas para afuera, Jennifer caminó
hasta su moto sin detenerse.
—No pienso hablar contigo, James —dijo, tomando su casco dispuesta
a irse—. Te juro que el esfuerzo por sonreír todo el tiempo me ha dejado sin
energía.
El chico le quitó el casco de las manos sin miramientos.
—¡Devuélvemelo! —gritó, enfrentándolo con furia.
—Parece que algo de energía te queda.
—¡La justa para darte un guantazo!
—He esperado con mucha paciencia a que desplegaras todos tus
encantos con Sam —dijo sarcástico—. Escuchando lo bien que os lleváis y
cuánto lo has echado de menos.
—Cuidado Jamie, no vaya a parecer que estás celoso.
«¡Maldita sea, Jen, deja de llamarlo así!», se regañó, pero resultaba casi
imposible que no se le escapara. Durante toda su estancia en Boston, Sam
era la única persona con la que había hablado sobre él, de modo. Cuando se
quiso dar cuenta era solo Jamie para ella. Incluso al hablarle a su madre de
él, lo había llamado así.
James sopesó todas sus opciones mientras asimilaba el comentario. No
tenía tiempo para discutir sobre celos hasta que decidiera que hacer.
—Jennifer, vamos a caminar hasta aquel parque con tranquilidad. —
Señaló en la lejanía—. Sin que nada haga pensar a quien se asome por una
ventana que en realidad preferirías…
—¿Hacerme una endodoncia? —lo interrumpió con una falsa sonrisa
—. Pues déjame decirte que eso no va a pasar. Devuélveme mi casco.
—¿Prefieres que nos despidamos aquí en la puerta? —amenazó—.
Porque pienso hacerlo como es debido.
Jennifer tragó saliva, luchando para no dejarle ver su turbación. Estaba
furiosa, pero no sabía si iba a poder negarse a esa despedida si lo intentaba.
Sería mejor no tentar a la suerte.
—Es triste, ¿sabes? —le dijo antes de acceder, para desquitarse un poco
—. Que necesites amenazarme con besarme para que te escuche es…
surrealista.
Un silencio atronador fue la única respuesta que obtuvo. Decepcionada,
comenzó a caminar en dirección al parque. James la seguía, intentando no
ceder a la tentación de estrangularla.
Cuando se adentraron unos metros sobre la hierba, Jennifer se volvió a
enfrentarlo.
—No te preocupes, que no pienso pedirte que seas el padre de mis hijos
—soltó a bocajarro, cruzando los brazos sobre el pecho.
James exhaló aire, armándose de paciencia.
—¿Podemos dejar las ironías y los sarcasmos a un lado y ser sinceros?
—le pidió, dejándola sin palabras—. ¿Por qué esa actitud tan desesperante,
Jen?
—Estoy dispuesta a comportarme como una balsa de aceite —aceptó
—, lo único que tienes que hacer es dejarme en paz.
Él la observó con un gesto irritado.
—¿De verdad es lo que quieres? —Avanzó un paso en su dirección—,
porque puedo demostrarte lo contrario.
—¿Lo ves? —Se enfadó de nuevo—. Tú no aceptas ni respetas lo que
yo quiero.
—Porque no tiene sentido. Lo que nosotros tenemos…
—¿Y qué tenemos? —lo enfrentó.
—¿Por qué hay que ponerle nombre? —De veras no entendía tanto
impedimento—. Tenemos una química muy difícil de encontrar, Jen, el
noventa por ciento de la gente jamás vivirá algo como esto.
—No voy a seguir alimentando una pasión que no va a llevarme a
ninguna parte.
—¿Y adónde querrías ir? —insistió—. Las grandes pasiones se viven,
no se analizan. ¿Por qué no podemos disfrutar de ello hasta que se acabe?
—¡Porque yo no soy así! —le gritó, volviendo a encararlo—. ¡No soy
como tú! ¡Yo no podré mantener una relación como la que me pides sin
involucrarme!
De pronto James entendió la raíz del problema, y aquello le cayó como
un jarro de agua fría. Sabía que no era algo contra lo que pudiera luchar.
—¿Crees que yo no me estoy muriendo de ganas de lanzarme a tus
brazos! —continuó Jen, ya sin tapujos—. ¿Crees que no preferiría estar en
Edenhouse haciendo el amor cada media hora?
—Hagámoslo.
—¡No puedo, Jamie! —gritó, sin ocultar ya cuánto le dolía—. ¡Porque
terminarás destrozándome!
Lo miró a los ojos, leyendo su desconcierto en ellos. No había pensado
ser tan sincera, pero no le había dejado otra opción. De alguna forma, sabía
que amenazarlo con enamorarse de él era lo único que podría convencerlo
para mantenerse alejado, pero se cuidó muy bien de que él no descubriera
que, muy a su pesar, ya no había remedio para ella.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —le preguntó muy serio.
—Nada —admitió—, porque sé que lo que un día querré no podrás
dármelo.
Empezaban a atragantársele las palabras, y cada vez le resultaba más
difícil hablar así de un futuro que ya estaba sucediendo.
—El amor es una ilusión, Jen —le dijo de pronto, con un
convencimiento que la hizo estremecerse—. Es la absurda quimera tras la
que la gente escuda todas sus estupideces. Pero es un espejismo, no es real.
—¿Vas a decirle eso a Pat y Nick durante el brindis en su boda? ¿Que
eso que sienten no es real, que es una fantasía?
James guardó silencio y volvió a suspirar, esta vez consciente de que no
tenía más argumentos que debatir. Aquella relación se acababa allí.
—Puede que ellos sean la excepción a la regla.
—Claro, debe de ser eso.
—Jen…
—Adiós, Jamie —le dijo, comenzando a alejarse.
Él se puso ante ella incapaz de dejarla partir.
—No tiene sentido alargar esta conversación —insistió la chica—. Tú
eres…
—¿Qué?
—Olvídalo.
—Dilo.
—Eres un cínico.
—¿Porque no tengo el mismo concepto romántico y absurdo que tú? —
la atacó—. ¿Porque no comparto la visión de amar a alguien de forma
incondicional hasta el día en que me muera? ¡Dime! ¿Por eso me llamas
cínico?
Jennifer lo miró a los ojos, intentando no perderse en ellos.
—Te aseguro que no quieres escuchar lo que estoy pensando —le dijo,
casi en un susurro.
—¡Cómo no! ¿Estás psicoanalizándome de nuevo, Jennifer? —
preguntó irritado—. ¿Quieres que te facilite un poco la labor? ¿Quieres que
te hable de lo que a mí la vida me enseñó sobre eso que llaman amor? Para
mí ni siquiera es real el amor fraternal, Jen, porque las dos personas que se
suponía que más deberían haberme querido, me trataron como a un despojo.
Mi padre solo me veía cuando necesita descargar sus frustraciones, y mi
madre, la mujer que más debería haberme amado, decidió que ese amor que
tanto defiendes era más importante que yo. Cambio a su hijo por una paliza
diaria, en nombre de un sentimiento que te juro que me aseguraré de no
sentir jamás.
—Jamie…
—No, no digas nada más —la interrumpió—. Si lo que necesitas para
estar conmigo es que me comprometa a amarte algún día, me temo que no
tenemos mucho más que hablar.
—Pues lo siento —reconoció—, pero no voy conformarme con menos.
—Bien, pues búscalo en otra parte, porque te garantizo que jamás voy a
permitir que alguien tenga tanto poder sobre mí.
—Eso haré —fue lo único que añadió antes de girarse y caminar a paso
rápido fuera de aquel parque y, muy a su pesar, fuera de su vida.
James la observó alejarse con los puños y los dientes apretados. Se dejó
caer sobre la hierba, repitiéndose una y otra vez que aquello era lo mejor
para todos. No quería ser el responsable de su desdicha, su conciencia
jamás se lo perdonaría.
Capítulo 55
Una semana después de aquella conversación, Jennifer decidió que ya se
había lamentado demasiado por alguien que no se merecía un solo
pensamiento más de su parte. Con la firme resolución de comenzar de cero,
y dispuesta a enfrentarse al mundo entero si era necesario, entró el viernes
en el Oasis. Pat la recibió con los brazos abiertos y la promesa de que la
ayudaría a recuperar su alegría.
—Mierda —susurró en cuanto que posó los ojos sobre James y una
lacerante punzada de anhelo la hirió en el alma. Todas las convicciones y
barreras que había tardado siete días en levantar se vinieron abajo como un
castillo de naipes, pero no podía dejar que nadie se diera cuenta de aquello.
Puso su mejor sonrisa y se integró en el grupo intentando ignorarlo,
pero la insistente mirada que James no se molestaba en disimular le
abrasaba la piel como hierro candente. Cuando superó la timidez inicial,
llegó la irritación. ¿Quién demonios se creía?
—¡Deja de mirarme así! —le dijo, crispada, ante el asombro de Dannie
y Rob, que estaban junto a ellos.
—¿Así cómo? —preguntó con cierto tono de desidia.
—¡Sabes cómo!
—No, no lo sé.
—¡Había olvidado lo desesperante que eres! —casi susurró para sí.
—Sí, en siete días se olvidan muchas cosas.
—Por desgracia, no las suficientes.
James dejó escapar una carcajada que casi la hizo gritar de pura
frustración. Hubiera podido abofetearlo allí mismo. Prefirió alejarse de él
antes de ceder a la tentación, haciendo la primera excursión al baño de la
tarde.
Unos ojos verdes que ya no sonreían la siguieron hasta allí, mientras su
dueño se preguntaba cómo iba a lograr mantenerse lejos de ella. Y si algo
tenía claro era que debía hacerlo.
—Espero que estés seguro de lo que estás haciendo —le dijo Rob,
incapaz de callárselo.
—¿Te he pedido tu opinión sin darme cuenta?
Rob no agregó nada más, se limitó a volverse a hablar con Sarah.
Jennifer se calmó lo suficiente como para poder pensar con algo de
coherencia. No podía dejarse llevar por la frustración. Saltar como un gato
escaldado a las primeras de cambio no podía volver a suceder. Salió del
baño con tal decisión que chocó con la persona que venía de frente,
sorprendiéndose mucho al reconocerlo.
—¿Doctor Spellman? Perdón, Greg. —Rectificó al recordar que ya le
había insistido varias veces en que lo llamara por su nombre de pila.
—¡Jennifer! —Sonrió el médico también sorprendido.
—Creo que este es el último sitio donde hubiera esperado encontrarte.
—No es mi entorno habitual, lo reconozco. He venido a ver a un
paciente aquí al lado y me ha llamado la atención el sitio. Ya me iba, la
verdad.
—Pues estoy encantada de haberte encontrado.
Gregory Spellman era médico psiquiatra, director de la Fundación y,
por ende, su jefe. Tanto él como el doctor Grey le habían hecho la entrevista
que la había llevado a trabajar para el Santa Carla. Desde el principio se
había sentido muy cómoda en compañía de Greg.
—¿Tienes ganas de empezar a trabajar? —le preguntó el médico con
una sonrisa espléndida.
—La verdad es que ya lo necesito, sí —admitió. Estaba deseando poder
centrar su mente en algo que no fuera aquel demonio de ojos verdes.
—¿Te apetece pasar por allí la semana que viene y te enseño cómo van
las obras?
—¡¿Lo dices en serio?! —gritó, feliz.
—¿Eso es un sí?
—¡Claro!
James, irritado, intentaba apartar la vista de Jennifer y su acompañante,
pero no lo conseguía. No podía ver bien a aquel tipo desde allí, aunque todo
parecía indicar que era alguien por quien Jennifer pudiera estar interesada
realmente, no solo alguien con quien intentar fastidiarlo a él, tal y como le
había parecido en un principio. Se dijo, y se repitió unas diez veces, que no
le importaba lo que ella hiciera con su vida, pero la realidad era que cada
vez que la veía sonreírle sentía unos intensos deseos homicidas. Cuando
diez minutos más tarde vio como ambos avanzaban hacia ellos, se preparó
para el enfrentamiento, furioso, y sin entender que ella tuviera la
desfachatez de presentárselo al grupo y, por lo tanto, pasearlo antes sus
narices. Aunque no tardó en entenderlo al reconocer al tipo en cuestión.
Jennifer hizo las presentaciones y se sorprendió de que James y Greg ya
se conocieran. Según explicó el propio médico, habían coincidido mientras
ultimaban los detalles para poner en marcha la Fundación. James se limitó a
saludarlo, parco en palabras, excusándose para ir al baño un minuto
después. Cuando se incorporó de nuevo a la conversación, se había
prometido mostrarse un poco más amigable, pero hasta el momento no lo
estaba consiguiendo.
El resto charlaba con el médico como si lo conocieran de toda una vida.
Cuando tras varios minutos Jen y Greg volvieron a apartarse a un lado, Judd
no pudo evitar hacer un comentario jocoso destinado a fastidiar a Dannie.
—Si yo tuviera un jefe como ese, creo que iría a trabajar gratis.
—¡Ya te digo! —reconoció Pat con una enorme sonrisa.
—Habría quien incluso pagaría por ir a trabajar —agregó Sarah,
logrando que todas estallaran en carcajadas.
—Si sobramos aquí nos lo decís —protestó Nick, muy serio.
—Sí, no os cortéis, así podéis seguir babeando tranquilas —Le apoyó
Rob.
Bromearon con aquella posibilidad durante unos minutos mientras los
chicos fingían necesitar una disculpa por la ofensa, hasta que terminaron
todos desternillándose de la risa. Todos, excepto James, que hubiera podido
liarse a guantazos con aquella especie de Ken, sin sentirse pesaroso.
Jennifer estaba encantada con aquel encuentro inesperado. Greg le
había contado un montón de planes que tenían para la Fundación, mientras
ella le daba su opinión al respecto. Era un verdadero desahogo para sus
emociones el poder pensar en otra cosa y sentirse útil al mismo tiempo.
Aunque llegó un momento en el que la mirada de James volvió a
incomodarla tanto, que Greg se terminó dando cuenta.
—¿Qué hay entre tú y Novak? —le preguntó de repente,
sorprendiéndola—. Estás en tu derecho de no contestar, claro.
La sonrisa de genuino interés le impidió negarle lo evidente.
—¿Tienes tiempo? —Sonrió con tristeza—. Es una historia muy larga.
—Todo el que necesites.
Jennifer dudó de si aquello era buena idea. No estaba segura de qué
intenciones tenía Greg con ella, y no quería poner sobre él más confianza de
la debida y que se confundiera con respecto a su amistad.
—Es complicado —terminó reconociendo.
—Ninguna relación es fácil, Jennifer —opinó el médico—. La cuestión
es si merece la pena o no luchar por ella.
—¿Y si no tienes forma de conseguir lo que deseas?
—¿Es ese tu caso? Porque a veces solo nos faltan las agallas suficientes
para pelear por ello —insistió—. Y te lo dice alguien que cometió el error
de echar a correr y cambiar no solo de ciudad, sino de estado.
—Y ¿te has arrepentido alguna vez?
—En el mismo instante en el que me subí al avión con destino Santa
Carla —admitió—, pero no me mires con esa carita de pena. Mi pareja no
fue tan cobarde y vino a buscarme. Vivimos juntos y felices desde hace
cinco años ya.
A Jennifer se le iluminó la cara de puro alivio.
—¡Pues me alegra saberlo! —se le escapó—. No me lo tomes a mal,
pero el que tengas pareja para mí representa un alivio.
—Imagino que tiene que ser agotador ser tan hermosa, ¿me equivoco?
Jennifer asintió, cohibida.
—A veces es difícil, porque los hombres tienden a equivocarse —
admitió—. El que tú no seas así me devuelve un poco la fe en el género
masculino. Y debo decirte que me siento cómoda hablando contigo, la
verdad. No sé qué es, quizá es porque no veo en tus ojos lo que en el resto
de hombres.
—¿Una inconfundible mirada de deseo? —Rio Greg, consiguiendo que
ella riera también—. Pues me está costando, eres muy bonita, pero tengo un
gran control sobre mi mirada, ¿sabes? Aunque creo que ser gay me ayuda
un poco.
—¿Eres…? —Greg asintió sonriendo—. ¡A ver empezado por ahí! Así
que tu pareja…
—Se llama Matt, y siento ser tan sincero, pero me resulta un poco más
atractivo que tú —le dijo muy bajito, como si le estuviera haciendo una
importante confidencia.
—Espero poder conocerlo algún día.
—Os vais a llevar bien, también es psicólogo.
—¿Trabaja en el hospital?
—No, a Matt le gusta trabajar en casa. Tiene un gabinete que funciona
bastante bien —explicó, e insistió al verla inquieta de nuevo—: Pero sigue
contándome de Novak, ¿qué os impide estar juntos? Porque por falta de
interés no es. Creo que empieza a costarle trabajo perdonarme la vida.
—¿En serio te lo parece?
—Si no eres capaz de verlo es que estás peor de lo que pensaba. ¿A ti
no te gusta?
—¿Tú lo has visto bien?
—¡Ya te digo que lo he visto! —bromeó—. De arriba abajo y de abajo
arriba.
Ella fingió protestar dándole un golpecito en el hombro, al tiempo que
rompían a reír. Después, guardó silencio para ordenar sus ideas, y comenzó
a hablar, sin detenerse hasta diez minutos más tarde.
Greg escuchó la historia al completo sin intervenir, aunque
asegurándose de que Jennifer le diera la espalda a James, puesto que llegó
un momento en el que dejó de poder controlar sus emociones. La miró en
silencio durante unos segundos, sin tener muy claro si debía ser sincero con
su opinión o reservársela.
—¿Estás segura de estar haciendo lo correcto? —fue lo primero que le
preguntó.
—¿Por qué todos me preguntáis lo mismo? —casi se indignó—. ¿Qué
otra cosa puedo hacer? ¿Esperar con los brazos abiertos a que me dé la
estocada final?
—No te enfades —le pidió, secándole las lágrimas con un gesto
cariñoso—. Solo quiero ayudarte.
—Disculpa, reconozco que estoy muy irascible con el tema —admitió
—. Y me mata saber que él ni siente ni parece, mientras que yo estoy rota.
—Pues si quieres que sea honesto, Jen —dijo tras pensarlo un poco—,
creo que ahí sí te equivocas.
—¿En qué?
—Desde aquí tengo una visión perfecta —explicó—, y yo estoy viendo
a un tío muy jodido.
—¿Qué?
—Que va a venir a partirme la cara de un momento a otro.
—¿Bromeas?
—No. Y soy experto en comunicación no verbal, Jen, es mi trabajo.
—Quizá no le guste que esté contigo, pero eso no quiere decir nada.
—¿Crees que no? Eres psicóloga, intenta verlo desde ese prisma —le
pidió.
Jennifer era consciente de que aplicar la lógica cuando tus propios
sentimientos están tan involucrados no era tarea fácil, e intentaba esforzarse
a pensar con objetividad, pero le resultaba imposible.
—No sé adónde quieres llegar con todo esto, Greg —reconoció—, pero
háblame claro, porque te aseguro que no soy capaz de ver más allá de mis
propias narices.
—Jennifer, que él se jure y se perjure que jamás va a enamorarse, no
necesariamente quiere decir que no vaya a ocurrir. El amor no es algo que
podamos controlar, la mayoría de las veces ocurre sin más, sin que podamos
hacer nada para evitarlo.
—Pero…
—Sin peros. ¿Cuántas veces te has repetido a ti misma no te enamores
de él?
—Cientos —reconoció.
—¿Y te ha servido de algo?
Sin poder evitar darle cierta credibilidad al lógico razonamiento, miró a
Greg a los ojos, intentando leer más allá.
—Crees que me equivoco al alejarme de él, ¿verdad?
—Creo que te estás subiendo a un avión rumbo a otro estado, sí.
—Nunca me habían llamado cobarde con tanta diplomacia —admitió,
con una sonrisa triste.
Inquieta por la cantidad de dudas que le habían asaltado tras aquella
conversación, se giró un poco para poder mirar a James, que la observaba
sin disimular su enojo ni lo más mínimo, lo cual ya resultaba de lo más
revelador.
—Es cierto que está enfadado —se sorprendió.
—Tanto que ni siquiera puede disimularlo.
—¿Qué pasa si decido arriesgarme y no consigo que me ame nunca,
Greg?
El médico se encogió de hombros.
—Que, tal y como temes, te destrozará —admitió—. Solo tú puedes
decidir si corres o no el riesgo.
Suspirando, sin dejar de preguntarse que debía hacer, apoyó la frente
sobre el pecho de Greg, que le puso a su vez una mano en el hombro para
intentar consolarla.
James tragó saliva, apretó los puños y se giró hacia la barra intentando
controlar sus emociones. Si no lo conseguía pronto, estaba seguro de que
iba sacarla de allí a rastras no tardando mucho, aunque tuviera que pelearse
con medio bar durante el proceso. Se volvió de nuevo a mirarlos, justo a
tiempo de ver cómo ella apoyaba la cabeza sobre su pecho y él aprovechaba
para acariciarle los hombros.
«¡No pienso seguir tolerando esto!», se enfureció avanzando un par de
pasos en su dirección, dispuesto a acabar con aquello. Rob se interpuso en
su camino, frenándolo en seco.
—Si vas a montar una escena, espero que al menos sea para admitir que
la quieres para ti —le dijo muy serio. Recibió una mirada de desdén que le
indicó sin palabras lo que podía hacer con sus comentarios—. No voy a
apartarme —se adelantó a su petición—. Si no puedes seguir soportándolo,
márchate.
—¿Quién te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer?
—No es buena idea, James —insistió sin entrar en sus puyas—. Los
dos lo sabemos.
—Fuera de mi camino —masculló, furioso.
—En cuanto te calmes.
Se miraron a los ojos durante lo que a Rob le pareció una eternidad.
Estaba preparado para impedir que James hiciera una tontería aunque
tuviera que usar la fuerza. Por fortuna, su amigo pareció entrar en razón y
salió del pub sin disimular su enojo.
El golpe de calor que recibió nada más enfrentarse a la sofocante
noche, no lo ayudó a encontrarse mejor. Caminó hasta la moto, dándole
patadas a todo lo que encontraba en su camino mientras lanzaba
improperios a diestro y siniestro.
—No puedes conducir en ese estado.
—¡Vete a tomar por culo, Rob! —le gritó sin volverse a mirarlo.
—Descuida, en cuanto me asegure de que tienes controlado ese ataque
de ira.
—¡Lárgate!
—No.
—¡Ni quiero ni necesito tu ayuda, Rob! —Se encaró con él—. ¿Cuándo
vas a entender que eres la última persona con la que quiero hablar?
—¡Me da igual! —insistió, sin rehuir el enfrentamiento—. ¡Ya estoy
harto de callarme mientras te comportas como un gilipollas!
Sarah llegó hasta ellos en aquel momento y se metió en medio de los
dos, con la cara descompuesta.
—¿Todo esto es necesario? —les dijo, mirándolos sin disimular cierta
irritación—. ¿En qué momento vais a sentaros a hablar para solucionar
vuestras cosas?
—La traición y el engaño no tienen solución posible, Sarah —le dijo
James sin dejar de mirar a Rob a la cara—. Y de eso, tu novio sabe un rato.
—¿En serio? —dijo Rob, molesto—. ¿Vas a seguir echándome en cara
lo mismo toda la vida?
—En realidad preferiría no tener que hablarte.
—Entonces procura comportarte con algo de sentido común para que
no tenga que intervenir.
—¡Mi sentido común no necesitaba de tu ayuda!
—¿No? ¿Vas a negar que has estado a punto de cometer una estupidez
allí adentro? —lo acusó.
—¿Y qué?
—Que no tienes ningún derecho.
—¡No tienes ni idea de lo que hablas!
—Claro que la tengo —explicó—, porque cuando Jennifer llegó a la
clínica a buscar a Pat después de vuestra última conversación, era yo quien
estaba allí.
—¡Por supuesto! ¡El bueno de Rob! —Rio irónico—. El que siempre
está dispuesto a escuchar.
Rob suspiró, frustrado, reconociendo que su paciencia estaba llegando a
su fin. No podía continuar ayudando a alguien que no se dejaba, aunque
aquello le doliera.
—¿Y qué te contó ese dechado de virtudes? —insistió en un tono
sarcástico—. ¿Te dijo que iba a meterse en la cama de otro una semana
después de salir de la mía?
—En cualquier caso, James, está en su derecho de hacerlo si así lo
desea. No deberías tener nada que opinar. Tú no la quieres para ti, ¿no?
—No voy a hablar contigo de mi vida privada.
—Pues no hables, pero sí me vas a escuchar —dijo, avanzando un paso
en su dirección—. Te guste o no, Jennifer es una mujer libre, tú lo has
querido así, y ahora tendrás que apechugar con las consecuencias de tus
propias decisiones.
—¿Has terminado?
—¡Estás perdiendo a la mujer de tu vida! —le increpó—. ¿Cuándo vas
a reconocerlo?
—Me resulta sorprendente tu capacidad para el melodrama.
—¿Es que ya no recuerdas en qué estado hasta salido de ese bar? —
insistió Rob—. Los celos son un monstruo temible. Es un sentimiento fuerte
e intenso, ¿verdad? ¡Bienvenido al mundo de las emociones, James! A
veces es un asco, lo reconozco.
—Sí, como tus conversaciones.
—Supongo que las verdades tampoco son fáciles de escuchar.
—Las estupideces, querrás decir.
—Llámalo como te plazca, pero eso no lo hace menos doloroso. Esa
furia asesina con la que has salido del pub se hará mucho más intensa e
insoportable. Al fin y al cabo, aún no ha pasado nada, ¿qué vas a hacer
cuándo tengas que ver cómo le besa?
—Rob… —lo amenazó apuntándole con un dedo y caminando hacia él.
—Ni siquiera puedes soportar la idea, ¿verdad?
—¡Basta!
—Te enfermas solo de pensar en que alguien más la toque como tú, la
acaricie como tú…
—¡Calla!
—Pues deberías ir acostumbrándote, amigo, porque en algún momento
vas a tener que ver cómo se marcha de ese bar con alguien para meterse en
su cama.
El puñetazo que recibió como respuesta lo cogió desprevenido. Cuando
quiso reaccionar su nariz sangraba a borbotones; aunque no esperó el
segundo golpe, arremetió contra James, mientras Sarah les pedía calma,
desesperada e impotente. Durante largo rato, ambos se golpearon una y otra
vez, hasta que algo parecido al pánico en la voz de Sarah los hizo detenerse.
Se quedaron tirados en el suelo, respirando con dificultad.
—Estoy bien —le dijo Rob, al ver la cara de horror con la que su novia
se agachaba ante él.
—¿James? —Creyó que no obtendría respuesta, pero se equivocó.
—Yo también, Sarah, no te preocupes —dijo avergonzado—. Siento
haberte hecho pasar por esto.
Ambos se miraron entre sí, doloridos, tratando de aparentar una
serenidad que no sentían. Rob continuaba sangrando por la nariz, mientras
que James intentaba escupir toda la sangre que llenaba su boca.
Sarah sacó un paquete de pañuelos de su bolso y les tendió uno.
Después se agachó antes su novio:
—A ver… —lo observó—, no pareces tener el tabique roto, la
hemorragia parará pronto. Tapónalo.
Se levantó y volvió a agacharse ante James.
—Tienes el labio roto, pero no creo que te hagan falta puntos —decidió
—. Por lo demás, los dos tenéis la cara hecha un mapa y creo que el cerebro
lleno de serrín, porque no entiendo nada.
—Te pido disculpas de nuevo —le dijo James, poniéndose en pie con
mucha dificultad.
—No deberías conducir hasta sentirte un poco mejor —opinó Sarah.
—Estoy bien —dijo, mirando a Rob, que todavía estaba sentado en el
suelo, esforzándose por detener la hemorragia que le había causado. Intentó
decirle que lo sentía, pero las palabras se le atragantaron en la garganta.
Terminó subiendo a su moto y desapareciendo.
Pudo llegar al customize del taller a duras penas antes de derrumbarse.
Se dejó caer en el suelo, junto a la mesa de diseño, sin poder asimilar que
acababa de emprenderla a golpes con su mejor amigo. Jamás había vuelto a
perder el control desde aquella noche maldita en la que casi arruinó su vida,
aquella que desencadenó en catorce años de ausencia y dolor. El dejar que
sus emociones lo dominaran y cegaran hasta el punto de pegarle a Rob lo
hacía odiarse a sí mismo con una intensidad que rayaba en la demencia.
Estuvo allí sentado, con la cabeza entre las rodillas, durante al menos
una hora, intentando entender qué era lo que le estaba pasando. Debía
reconocer que Rob tenía razón en todo lo que le había dicho aquella noche,
su amigo solo había intentado ayudarlo, y se lo había pagado a puñetazos.
«¿Se puede ser más miserable?», se recriminó mientras intentaba por
todos los medios no pensar en el verdadero motivo de su furia. Lo último
que podía soportar en aquel momento era verse invadido de nuevo por
aquel sentimiento horrendo que lo incapacitaba para pensar de forma lógica.
Cuando se puso en pie para intentar centrarse en otra cosa que no fuera
la imagen de Rob sangrando copiosamente por la nariz, por primera vez fue
consciente de que él tampoco estaba en las mejores condiciones. Cojeando
y con un dolor tremendo en el costado, entró en el baño y su propio reflejo
en el espejo le cortó la respiración. La imagen de un James adolescente
marcado por los golpes fue lo primero que vio en el espejo. Le faltarían
dedos para contar la cantidad de veces que había tenido que llevar las gafas
de sol puestas a todas partes en un intento por disimular los golpes. Buscó
el botiquín y se curó un poco el labio partido, que le dolía ahora de una
forma insoportable. Uno de los pómulos también le palpitaba de forma
intensa, y la experiencia le decía que el hematoma sería imposible de
disimular por la mañana. Decidió marcharse a casa para ponerse algo de
hielo en el golpe. No le haría el mismo efecto que si lo hubiera hecho hacía
una hora, pero suponía que algo ayudaría. Por un momento pensó en cómo
iba a explicarle a Sam lo que había pasado sin preocuparlo en exceso.
Una hora más tarde se sentó en su sofá con una bolsa de hielo sobre el
pómulo, preguntándose cómo estaría Rob. Cogió el teléfono y marcó su
número, pero colgó antes de que diera el primer tono de llamada. No podría
soportar el desprecio de su amigo en aquel momento, y tenía la sensación
de que hasta las figuras que adornaban sus estanterías lo miraban con
repulsa, recriminándole su actitud.
Se puso en pie y buscó lo único que podía ayudarlo a acallar su
conciencia por un rato. Se sentó de nuevo con un vaso en una mano y una
botella de whisky en la otra, dispuesto a desconectar por unas horas a toda
costa.
Capítulo 56
Jennifer se maquillaba, nerviosa, cuando apenas eran las once en
aquella soleada mañana de sábado. Le había costado muchas horas de sueño
tomar la decisión que, estaba segura, le cambiaría la vida, para bien o para
mal. Se tomó su tiempo para estar lo más bonita posible, esperando que
aquello le facilitara un poco las cosas.
No había sido fácil admitir que Greg podía tener razón, y que quizá
estaba tirando por la borda la posibilidad de ser feliz solo por el pánico que
le daba sufrir y perderse en aquel dolor, como le había ocurrido a Amber.
Pero incluso su amiga estaba ilusionada y dispuesta a enamorarse de nuevo.
¿Acaso no se debía también a sí misma aquella oportunidad?. No sabía si
estaba haciendo lo correcto, pero lo que sí tenía claro era que no quería
pasar la vida preguntándose qué hubiera pasado de haber sido más valiente.
Una vez tomada la decisión de entregarse a aquel amor hasta sus
últimas consecuencias, habían comenzado los nervios.
«¿Cómo se lo digo?», se preguntaba cada diez minutos, explorando
diversas posibilidades. «¿Y si le beso primero? Así quizá no necesite darle
explicaciones».
Incluso cuando llegó a su puerta, mientras llamaba al timbre, se
preguntaba cómo comenzar la conversación.
«O quizá no voy a poder decirle nada de nada», pensó, sintiéndose muy
decepcionada. James no parecía estar en casa. Volvió a tocar repetidas veces
antes de darse por vencida. Cuando estaba a punto de marcharse, la puerta
se abrió de una forma abrupta, sobresaltándola.
—¡Qué coño es tan urgente! —protestó James al tiempo que abría. Fijó
sus ojos en ella y frunció el ceño, emitiendo un sonido de desagrado—.
Justo la última persona que quería ver.
—¿Qué te ha pasado? —se alarmó la chica, ignorando sus groserías al
verle la cara.
—Nada que me apetezca comentar contigo —habló, bloqueando la
puerta—. ¿Qué quieres?
—Tienes mal aspecto.
—Gracias.
—¿Puedo pasar?
James la observó con atención y se apoyó sobre el quicio de la puerta
para no perder el equilibrio, mientras fingía sopesar la propuesta. En aquel
momento no estaba seguro de poder mantenerse en pie sin ayuda. Terminó
haciéndose a un lado, la siguió hasta el salón y se dejó caer en el sofá a
plomo.
—¿Vas a decirme que te ha pasado? —insistió Jen.
—Me he cortado afeitándome.
—Ya.
Jennifer estaba desconcertada. Había algo muy raro en James aquella
mañana, y no era solo el hecho de que tuviera la cara como un mapa,
además, parecía algo desencajado y estaba pálido como la cera. Miró a su
alrededor y encontró la explicación a sus sospechas.
—¿Cuánto has bebido? —le preguntó, preocupada.
—¿Lo quieres en litros o en mililitros?
—Estás borracho.
—Pues… lo estaba hace… par de horas o así —le confirmó,
arrastrando las palabras—. Dormía la borrachera hasta que has venido a
molestar. Ahora ya no sé si sigo borracho o tengo resaca.
—Pues un poco de todo, según parece —opinó Jen—. Te haré un café.
—¡Ni hablar! No quiero que pongas un pie en mi cocina.
—No seas tonto, no tardaré nada y te sentará bien.
—¡He dicho que no! —le gritó poniéndose en pie, furioso; aunque tuvo
que dejarse caer de nuevo en el sofá a consecuencia del intenso mareo—.
¿Quieres decirme de una puta vez que haces aquí? Porque supongo que no
has venido de visita.
Jennifer suspiró, dudando de si era buena idea hablar con él estando en
aquellas condiciones.
—¿Te parece si duermes unas horas y hablamos luego? —le dijo,
sentándose junto a él en el sofá para poder comprobar las heridas de forma
más concienzuda—. Mírame.
Sin saber por qué, James obedeció.
—¿Te duele? —le susurró, rozándole el labio con suavidad con la yema
de los dedos—. Debiste ponerte hielo —Continuó acariciándole las partes
más hinchadas del rostro con gesto tierno—. Debería haber estado contigo,
fuera lo que fuese que sucediera.
Se lamentó de veras por no haber estado allí. Se acercó un poco más a
sus labios deseosa de poder calmarle el dolor que, sin duda, debía sentir. ¿Y
qué mejor forma de comenzar aquella nueva relación que con un tierno
beso?
—Jen…
—¿Sí? —casi susurró a escasos centímetros de su boca.
—¿No irás a besarme? —le preguntó con un gesto impasible—. Porque
si has venido a eso, has hecho el camino en balde.
—Yo… no… —titubeó, apartándose de inmediato. Daba igual lo que le
dijera, la vergüenza que teñía sus mejillas hablaba a gritos por ella.
—¿En serio? —Sonrió con cinismo—. ¿No habíamos dejado eso claro
ya?
—Jamie…
—¡No! Jamie, nada, ¿o es que tu doctorcito no te dio anoche lo que
necesitabas? —dijo furioso—. ¿Es eso? ¿Él no fue capaz de darte lo que te
gusta y vienes a buscarlo aquí? Pues lo siento, pero ya no estoy de servicio.
—Entiendo que estés confuso…
—¿Confuso? —la interrumpió—. No, al contrario, creo que este es el
primer momento de lucidez que tengo desde que te conozco.
—Si tan solo me dejaras explicarte… —le pidió, echándose en sus
brazos dispuesta a intentar ablandarlo, pero, muy a su pesar, consiguió el
efecto contrario. James la empujó a un lado y se puso en pie.
—¡Lárgate de mi casa, Jennifer! —le gritó, sofocando una arcada, al
tiempo que cerraba los ojos para estabilizarse—. No quiero verte. Y ahora,
si me disculpas, tengo que ir a vomitar, me revuelves el estómago.
La chica lo miraba asombrada por el repentino estallido. No sabía si era
por la bebida o quizá por los celos, pero la furia que leía en sus ojos la hacía
presagiar un desenlace terrible.
—Sí, será mejor que me marche antes de que digas algo que ya no
podamos remediar.
—¿Y crees que ya me importa cualquier cosa relacionada contigo? —
continuó, sonriendo con cinismo—. Entiendo que estés acostumbrada a que
todos los tíos beban los vientos por ti, pero conmigo la cosa no funciona así.
Nunca he permitido que me manipule una mujer y no voy a empezar ahora.
Así que ya estoy cansado de tus jueguecitos. Demasiado esfuerzo para
echar un polvo. Sinceramente, Jen, eres buena en la cama, pero ¿crees que
vales tanto la pena como para seguir aguantando tus caprichos?
Se giró para mirarla de frente y estuvo a punto de perder el equilibrio,
aunque la chica no hizo ni tan siquiera un amago para intentar ayudarlo.
Parecía estar paralizada, sin poder hacer otra cosa que escuchar cada
tortuosa palabra que salía de su boca.
—¿Tienes idea de cuántas mujeres distintas podría tirarme en una sola
noche? —Su tono se hizo aún más duro—. ¿De verdad alguna vez pensaste
que iba a renunciar a todas ellas para estar solo contigo?
Aquello fue como una puñalada sobre una herida abierta para Jennifer,
que ya no pudo ocultar un gesto de dolor.
—¡No puedo creer que fueras tan ilusa! —insistió James—. Incluso si
mi aspecto no las atrajera como las abejas a la miel, lo haría mi cuenta
bancaria. ¡Puedo tener a la mujer que quiera!
—A mí no —le aseguró destrozada, y, paradójicamente, más fuerte que
nunca—. Podrás tirarte a la mitad de las mujeres de la tierra y comprar con
tu dinero a la otra mitad, pero siempre habrá una a la que no podrás volver a
tocar.
La expresión de su rostro fue como una enorme bofetada para James,
que guardó silencio y tuvo que hacer un esfuerzo monumental para seguir
en pie.
—A pesar de todo, siempre te estaré agradecida por el regalo que me
has hecho hoy —susurró, sin poder evitar que se le quebraba la voz—. Has
evitado que cometa el mayor error de mi vida.
Lo miró por última sin molestarse en ocultar las lágrimas que rodaban
por sus mejillas. Un segundo después salió de la casa.
James se sintió morir. Se dejó caer sobre el sofá y tuvo que concentrar
todas sus energías en conseguir que todo dejara de dar vueltas a su
alrededor, intentando no ceder a las intensas arcadas que amenazaban con
vaciar todo el contenido de su estómago.
A las siete de la tarde, Pat y Nick hacían uso de la llave de emergencias
para entrar en casa de James. Tras llamarlo por teléfono durante todo el día
y aporrear la puerta durante veinte minutos, se colaron dentro inquietos y
preocupados. Aquella misma mañana habían hablado con Rob, que les
había contado lo sucedido la noche anterior y, desde entonces, ninguno
había podido localizarlo. Aunque una vez dentro no tuvieron que buscar
mucho. Le encontraron tirado en el sofá.
—Duerme —confirmó Pat, intentando relajarse un poco.
—Pues si se ha tomado esta botella entera, no me gustaría estar en su
pellejo cuando despierte —dijo Nick, caminando hasta la basura para tirarla
—. ¿Qué hora es?
—Las siete y media, ¿lo despertamos?
—Vamos a intentarlo.
Nick movió ligeramente a su amigo, pero no sirvió de nada. Tuvo que
zarandearlo con energía para conseguir despertarlo. James abrió los ojos y
se sorprendió mucho al verlos allí.
—¿Cómo habéis entrado? —preguntó, intentando incorporarse, pero
lanzó un feo improperio un segundo después—. ¿Quién ha estado
aporreando mi cabeza?
—Codearte con amigos como Jack Daniel´s es lo que tiene. —Sonrió
Nick.
—¡Nos has dado un susto de muerte! —lo acusó Pat, enfadada, una vez
recuperada de la preocupación—. ¡Ya te veía estrellado por ahí en alguna
parte!
—Entiendo tu angustia, Pat —dijo, pálido—, pero, por favor, te ruego
que no grites.
La chica lo miró resignada.
—Te haré un café —dijo, suspirando—. Te vendrá bien.
James frunció el ceño mientras le llegaban a la mente destellos de una
conversación mantenida con Jennifer. ¿No le había dicho ella aquello
mismo? ¿Cuándo?
—No te molestes, Pat —le dijo, incorporándose un poco más—. No
podría tomar ni un sorbo.
Para ilustrar a que se refería, salió corriendo en dirección al baño,
donde, durante largo rato, creyó vomitar hasta los dientes. Cuando volvió a
coger asiento junto a sus amigos se sentía un poco mejor, aunque sabía que
no duraría.
—Debiste ponerte hielo en la cara, James —opinó Pat.
«Allí estaba de nuevo. Otro destello, otro retazo de una conversación
que no podía recordar», pensó, asombrado.
—No lo tendrías tan hinchado —insistió—. Claro que te lo tienes
merecido.
—Después, Pat, por favor.
—¿Qué?
—Los reproches —pidió—, posponlos hasta cuando no tenga la
sensación de que me estoy muriendo, por favor. ¿Cómo está Rob?
—Pues por un estilo —reconoció Nick—, para ganar mister Santa
Carla no estáis ninguno de los dos.
—¡Joder! —se lamentó James, recordando el momento exacto en el que
le dio aquel primer puñetazo—. Aún no me lo puedo creer. Disculpadme.
—Tuvo que hacer otra excursión al baño antes de lo que esperaba.
Cuando Nick y Pat se marcharon de la casa, parecía tener un poco más
entonado el estómago, pero todavía sentía como si tuviera un hacha clavada
en mitad de la cabeza, partiéndosela en dos. Se tomó un par de pastillas y se
acostó en la cama, deseoso de conciliar el sueño cuanto antes y rezando
para que cuando amaneciera aquel suplicio hubiera terminado por fin. En
cuanto cerró los ojos y se relajó lo suficiente, montones de imágenes
dispares asaltaron su mente: Jennifer ofreciéndole un café, acariciándole el
rostro, acercándose a él para besarlo…, y mirándolo después con dolor y
aquellos preciosos ojos llenos de lágrimas. El evocar aquella mirada pareció
armar el rompecabezas en su cabeza y le devolvió sus recuerdos, que ahora
sabía por qué se había empeñado en borrar. Tuvo que correr al baño de
nuevo, mientras se repetía, atormentado, que se merecía con creces todo
aquel sufrimiento.
Greg y Matt miraban con tristeza a la chica, que dormía, exhausta, tras
un día entero de llanto y desesperación. Habían intentado de todo para
animarla un poco, sin éxito. No había consentido en probar bocado,
mientras sufría crisis de ausencia que les indicaba que volvía a repasar la
conversación de la mañana una y otra vez. Cuando no estaba sumida en sus
pensamientos, estaba paseando arriba y abajo, fuera de sí. Greg tuvo que
medicarla para ayudarla con los ataques de ansiedad.
—Por fin se la ve tranquila —dijo Matt, cerrando la puerta de la
habitación de invitados—. Esperemos que pueda dormir unas horas.
Caminaron juntos hasta su propia alcoba mientras hablaban.
—La medicación que le di es fuerte, la ayudará a dormir.
—Eso espero, porque lo necesita.
—Me siento fatal, Matt —admitió Greg, decaído—. No estaría así de
no haber seguido mi consejo.
—No puedes culparte. —Lo besó con dulzura—. Tú solo buscabas
ayudarla y, sinceramente, creo que lo has hecho, yo opino que necesitaba
arriesgarse. Y todo riesgo lleva implícita la posibilidad de perder.
—Supongo, pero no sé cómo he podido equivocarme tanto con ese tío.
—No lo pienses más —le recomendó—. Veremos cómo amanece
mañana.
Jennifer se despertó sobresaltada en plena madrugada. Miró a su
alrededor, confusa, sin recordar dónde estaba, puesto que nada de lo que la
luna iluminaba a su alrededor le resultaba familiar. Tardó unos segundos en
recordar que estaba en casa de Greg.
Cuando pasó el desconcierto inicial, la pesadilla que la había
despertado volvió a su mente más horrible que nunca. Estaba en mitad de
un parque, rodeada de enormes árboles. James se encontraba frente a ella
apuntándola con un dedo, mientras reía sin parar, y ella sentía que se hacía
más y más pequeña a cada carcajada.
Salió de la cama y caminó por la habitación, intentando deshacerse de
la angustia que la asaltaba. Sin poder remediarlo, volvió a recordar algunas
de las cosas que él le había gritado a la cara y se sintió morir. Las lágrimas
volvieron a cobrar vida de forma inevitable. Aquella pesadilla había estado
demasiado cerca de la realidad, la cual tendría que hacer frente le gustara o
no. ¡Pero era tan difícil! Una furia intensa fue creciendo en su interior, pero
no contra James, sino contra sí misma, por ser tan estúpida como para
hacerse ilusiones, solo para que él pudiera pisotearlas sin piedad. Pero se
había acabado. Al fin podía cerrar aquel capítulo de su vida sin
lamentaciones, esperando que el dolor cediera en algún momento y le
permitiera continuar adelante.
Aguantó hasta las nueve sin salir de su alcoba para no molestar a los
chicos, y se sorprendió al encontrárselos ya levantados. Una punzada de
anhelo la invadió al verlos tan compenetrados mientras desayunaban juntos.
Formaban una bonita pareja, sin duda.
La recibieron con unas radiantes sonrisas que consiguieron que se
sintiera mejor.
—Tienes mucho mejor aspecto —le dijo Matt, tendiéndole un café.
Jennifer quiso corresponder a su hospitalidad intentando no dejarse
invadir por la tristeza. Durante la madrugada, se había propuesto hacer todo
lo posible para superar aquello cuanto antes. No sería la primera ni la última
mujer en sufrir un desengaño amoroso. Además, estaba a punto de
enfrentarse al mejor momento de su carrera profesional, y no estaba
dispuesta a permitir que nada ni nadie le robase aquella ilusión.
—¿La visita al hospital sigue en pie, Greg? —se interesó.
—Mañana mismo si quieres.
—Quiero, sí. —Sonrió.
—Si te apetece, a partir de la siguiente semana podemos comenzar con
las entrevistas —le ofreció el médico también—. De momento solo
podemos abrir tres consultas de tu especialidad, pero igual más adelante
podemos meter una cuarta.
—¿Y quieres que te ayude a hacer las entrevistas?
—No, quiero que las hagas tú.
—¿En serio? —Jennifer sonrió complacida.
—Es tu equipo de trabajo, creo que lo lógico es que lo escojas tú. —
Rio, feliz de verla tan contenta.
Jennifer se volvió hacia Matt con una expresión risueña.
—¿Qué posibilidades hay de que ocupes una de esas plazas?
—Cero patatero.
Jennifer miró a Greg y se encogió de hombros.
—Tenía que intentarlo. —Los tres rompieron a reír.
Terminaron de desayunar entre risas. Para Jennifer estar entre gente con
tantas afinidades con ella en el ámbito profesional y que no tenían ningún
tipo de relación con James, resultaba un alivio. Los chicos no tardaron en
ofrecerle quedarse a pasar con ellos el resto de fin de semana y ella aceptó,
encantada de poder distraerse y olvidarse por unas horas del intenso dolor
que le atenazaba el pecho.
Capítulo 57
Rob se incorporó en el sofá y apagó el televisor, quedándose mirando al
techo durante largo rato. Hacía par de horas que Sarah se había marchado a
una comida familiar ineludible, y ya la echaba terriblemente de menos.
Aquel era el primer fin de semana desde que habían comenzado a salir, que
tenía que enfrentarse solo a la mañana del domingo, y no le gustaba nada.
El timbre de la puerta lo sacó de su ensimismamiento. Se levantó a
abrir, extrañado, preguntándose quién podría ser. Cuando abrió la puerta no
pudo disimular la sorpresa que la visita traía consigo.
—Hola —le dijo James quitándose las gafas de sol al mismo tiempo.
Rob guardó silencio y lo miró con cierto recelo
—¿Puedo pasar? —insistió James, nervioso. El que se negara a
permitirle la entrada era una dolorosa posibilidad. Se sintió aliviado cuando
Rob se hizo a un lado.
—¿A qué has venido? —le preguntó el rubio, molesto, siguiéndolo
hasta el salón—. ¿Aún no tienes bastante?
James tragó saliva, sin saber cómo comenzar con aquella conversación.
Resultaba increíble; siempre había podido hablar con Rob, y, sin embargo,
parecía que de aquello hacía mucho tiempo.
—He venido…
—¿A rematar la faena?
—A recuperar a mi mejor amigo —dijo por fin, dejando a Rob
boquiabierto—. ¿Te importaría avisarle y decirle que estoy aquí?
Rob sintió una punzada de alivio, aunque no pudo evitar responder:
—Lo siento, pero ha debido de salir.
—¿Tardará mucho?
—Es posible, sí.
—¡Venga, Rob! —se exasperó—. ¡Lo siento, ¿vale?!
—¿Crees que puedes emprenderla a puñetazos y luego decirme que lo
sientes?
—Sé mejor que nadie que no —admitió—. Aunque sí te aseguro que no
te sientes peor que yo. Te pido disculpas. Y por mi comportamiento
repelente de las últimas semanas también.
—Sí, repelente es la palabra que yo también hubiera usado.
—Ya. —Sonrió James a medias—. Me dolió que no me dijeras la
verdad Rob, aunque reconozco que tuve una reacción un tanto… exagerada.
—Nunca fue mi intención hacerte daño —dijo Rob con algo menos de
rigidez.
—Sí, lo sé.
—Me has dicho algunas cosas…
—También lo sé —interrumpió—. Supongo que he pagado contigo
todas mis frustraciones, y no tenía ningún derecho.
Ambos se miraron en silencio unos segundos, hasta que James confesó:
—Rob, me encuentro perdido. ¿Has tenido alguna vez la sensación de
que, hagas lo que hagas, siempre te equivocas?
Su amigo asintió.
—Estoy muy jodido —admitió—. Y pasé demasiados años sumergido
en arenas movedizas, como para no darme cuenta de cuándo estoy a punto
de hundirme de nuevo. Necesito…
Se interrumpió con la voz quebrada por la emoción cuando Rob le
tendió su mano. Un segundo después la estrechó con firmeza y ambos se
fundieron en un emotivo abrazo.
—¿De verdad creías que iba a dejar que te ahogaras? —Sonrió Rob sin
disimular lo emocionado estaba por el reencuentro.
—Se me ha pasado por la cabeza, sí —admitió James con una sonrisa
de alivio—. Me lo hubiera tenido merecido.
—Ya te di tu merecido. —Rio—. Estás peor que yo.
James amplió su sonrisa aún más, feliz de poder bromear con su mejor
amigo de nuevo.
—Te he echado de menos —le dijo sin avergonzarse mientras cogían
asiento.
—Pues has estado muy entretenido —bromeó Rob, más relajado de lo
que había estado en semanas.
James sonrió con tristeza.
—Sí, volviéndome loco.
—Algo bueno habrá habido.
—Sabes que sí. —Sonrió, para ponerse serio al instante—. Aunque
breve, eso también lo sabes.
Rob asintió.
—¿No vas a freírme a preguntas? —se extrañó James con una medio
sonrisa—. Mucho te estás conteniendo.
—Espero a que tú decidas qué quieres contarme —dijo encogiéndose
de hombros—. Ella te gusta, eso es evidente.
—Me vuelve loco —admitió resoplando.
Rob rio por el tono que usó.
—Te lo digo en serio —insistió—. No deja de sorprenderme mi
reacción a ella. Pensé que se me pasaría un poco después de tenerla en mi
cama, pero la realidad es que cuanto más la tengo, más la deseo.
Su amigo se limitaba a escuchar, sin perder detalle del gesto ausente
con el que le contaba todo aquello. Como si estuviera viendo a Jennifer tras
sus retinas.
—Me muero por besarla a cada momento —continuó James—, y
cuando por fin lo hago, pierdo el norte. No sé qué me hace con un beso,
pero dejo de razonar. Imagínate todo lo demás.
—¿Qué te impide estar con ella entonces, James?
—Supongo que ella misma te lo contó.
—Sí, pero está convencida de que para ti no significa nada, y no es esa
la sensación que estoy teniendo.
—Ella… quiere algo que yo no puedo darle —reconoció—. Y eso no
va a cambiar.
—¿Estás seguro?
—Sí. Tú conoces mi postura en ese tema. —Rob asintió—. Pues está
todo dicho.
—Todo no, James, lo siento. No puedes decidir que lo vuestro se acabó
y echarte encima del primer tío con el que hable.
—Lo sé.
—¿Y cómo esperas controlarlo?
James se revolvió inquieto en su asiento. Él se había hecho aquella
misma pregunta, sin ser capaz de llegar a una respuesta.
—Si te soy sincero…, no sé si puedo.
—Eso es un problema.
—No puedo soportar que la toque nadie más, Rob, es algo que me
puede. Solo de pensarlo…
—Que me vas a contar. —Sonrió señalándose el rostro—. Pues espero
que no te moleste lo que te voy a decir, pero ese instinto asesino que te
ciega cuando la ves o la imaginas en brazos de otro no es una respuesta
lógica al simple deseo.
—¿Qué quieres decir?
—Que quizá deberías empezar a preguntarte por qué motivo te pasa. Y
no hay muchos para celar algo de esa manera tan intensa.
—¡Eres el puto Pepito Grillo, Rob, ¿puedo volver a retirarte la palabra?
—bromeó, para esconder un poco su incomodidad.
—No, lo siento, tendrás que esperarte a la siguiente reencarnación.
Ambos sonrieron, pero no tardaron en volver a ponerse serios.
—No lo sé, Rob —admitió—. Reconozco que ella me hace sentir cosas
que me confunden.
—¿Por qué?
—Porque es todo demasiado intenso. Tanto para lo bueno, como para lo
malo.
—Qué gran definición acabas de hacer de lo que significa estar
enamorado.
—No lo estoy —saltó como un gato asustado.
—¿Crees que no?
—Sé que no.
—Pues entonces tienes que dejarla marchar, James —le pidió—. ¿Estás
dispuesto a no tenerla nunca más?
James no pudo contestar a aquella pregunta. La sola idea le producía un
innegable rechazo.
—De cualquier manera, Rob, me temo que ya da igual lo que yo quiera
—reconoció con amargura contenida—. Nada de lo que te diga la traerá de
regreso a mis brazos.
—¿Y la quieres en tus brazos?
—Sí —admitió—. Cada minuto del día.
Rob lo observó con curiosidad. ¿Cómo era posible que James no se
diera cuenta de que estaba enamorado hasta las trancas? ¿Y por qué parecía
que estaba ocultándole algo?
—¿Ha pasado algo que no sepa?
—Me temo que sí —dijo angustiado. No le apetecía revivir aquella
parte porque aquello lo hacía real, pero era hora de admitirlo—. Jennifer
estuvo ayer por la mañana en mi casa.
—¿Sí? —Aquello si sorprendió mucho a Rob—. ¿Y a qué fue?
—No lo sé, porque no la dejé hablar —admitió avergonzado—, le dije
un montón de cosas que no creo que pueda perdonarme jamás.
—Estabas bebido. —Entendió Rob.
—Sí.
—¿Y no has vuelto a hablar con ella?
—No. Ayer no fui persona en todo el día —reconoció—. Espero poder
verla después. Creo que se merece unas disculpas.
—¿Qué te va aceptar?
—Que me va a tirar a la cara —dijo convencido.
Cuando unas horas más tarde, James tuvo que enfrentarse al hecho de
que nadie parecía saber dónde estaba Jennifer, la angustia, el miedo y la
culpabilidad lo asaltaron a partes iguales.
—¿Anoche tampoco durmió en casa? —insistió James, sin poder creer
lo que Pat le decía.
—No.
—Pero ¿dónde está?
—Que no me lo ha dicho —Volvió a repetirle, intentando armarse de
paciencia—. Solo me ha asegurado que está bien, que no me preocupe, pero
que esta noche tampoco dormirá en casa.
James paseó arriba y abajo por el salón de Nick, mientas intentaba
adivinar dónde podía haberse metido la chica, y si podía él hacer algo para
encontrarla.
—Déjame tu teléfono, Pat, por favor.
Jennifer consultó el identificador de llamadas entrantes de su teléfono,
comprobando, extrañada, que era su prima Pat. Sabía que la había dejado
algo preocupada al negarse a decirle dónde estaba, de modo que contestó la
llamada para intentar calmarla un poco.
—¿Si te envío mi ubicación exacta dormirás más tranquila? —bromeó,
contestando al teléfono, pero la sonrisa murió en sus labios al escuchar la
respuesta.
—Eso sería un detalle, sí —le dijo James—. ¿Dónde estás, Jen?
Tenemos que hablar.
—Entre tú y yo está todo dicho —le aseguró. Y, para dejarlo aún más
claro, colgó el teléfono de forma automática.
«¡¿Quién demonios se ha creído que es para exigirme nada?!, pensó,
lanzando su teléfono móvil sobre la mesa con un gesto airado que llamó la
atención de Greg y Matt, que preparaban algo para cenar unos metros más
allá.
—¡Todavía piensa que puede exigirme algo! —dijo, más para sí misma
que para los chicos—. ¡¿Se puede ser más…?!
El teléfono volvió a sonar y lo miró como si se tratase de una enorme
serpiente de cascabel. El visor de pantalla le dijo de quién se trataba.
—¡Al menos ahora tiene la decencia de llamarme desde su teléfono y
no intentar engañarme! —gritó, furiosa—. ¡No puede creer que voy a
contestarle cuando acabo de colgarle!
—Creo que tiene toda la intención de querer aburrirte hasta que lo cojas
—opinó Greg cuando el teléfono volvió a sonar tras cortarse la primera
llamada.
Jennifer silenció el móvil con un gesto de rabia y volvió a soltarlo sobre
la mesa, donde siguió luciendo y parpadeando.
—Así te volverá loca igual —le dijo Matt—. Si no quieres contestar,
será mejor que lo apagues.
—Estoy esperando una llamada de mi madre —les recordó—, y no voy
a dejar de hablar con ella porque este… patán siempre tenga que hacer lo
que le venga en gana.
La tercera llamada la hizo saltar de la silla.
—Contestad, cualquiera de los dos —les dijo encolerizada,
tendiéndoles el teléfono.
Ambos la miraron desconcertados y muy serios.
—¿Estás segura? —le preguntó Matt, preocupado.
—Del todo.
—Sabes lo que va a pensar.
—Justo lo que quiero que piense.
—Jen… —La respuesta fue volver a tenderle el teléfono con más
ahínco. Matt descolgó la llamada—. Creo que es evidente que no quiere
hablar contigo.
Un silencio absoluto se hizo al otro lado de la línea, que tardó unos
segundos en llenarse con una voz gélida como el hielo.
—¿Quién coño eres?
—Alguien dispuesto a tratarla mejor que tú.
—Lástima que sea mí a quien quiere —masculló entre dientes.
—¿Y qué quieres tú? —No pudo evitar Matt preguntarle.
—Eso no es asunto tuyo, quiero hablar con ella.
—Lo siento, pero tendrá que ser en otro momento.
Matt colgó el teléfono y lo soltó sobre la mesa. Los tres esperaron unos
segundos mirando el aparato, pero ya no volvió a sonar. Jennifer suspiró y
no pudo evitar romper a llorar de nuevo. Si él tan solo hubiera comenzado
su discurso con una disculpa…
Capítulo 58
James llevaba al menos media hora sentado en el porche de los Maloy,
esperando la llegada de Jennifer. Hacía rato que Pat le había asegurado que
su prima no tardaría en llegar, pero la paciencia no parecía ser una de sus
mejores virtudes últimamente. Impaciente, se pudo en pie de nuevo y
recorrió el espacioso porche mientras se repetía una vez más lo importante
que era guardar la calma y no dejar que fueran sus celos los que
monopolizaran aquella conversación, pero no estaba seguro de poder
conseguirlo.
Cuando la Marauder de Jennifer se detuvo frente a la escalinata de
entrada a la casa, llevaba demasiado rato torturándose con la idea de que
ella hubiera perdido la noción del tiempo por estar en brazos de otro. Todas
sus buenas intenciones se fueron al traste nada más verla.
—Mira quién se ha dignado honrarnos por fin con su presencia —
ironizó, mirándola con desdén.
Jennifer ascendió las escaleras fingiendo una tranquilidad absoluta.
—No tengo tiempo para esto, James —dijo con voz helada mientras
sacaba sus llaves, esperando que sus manos no dieran muestra de la realidad
—. Vete, por favor.
—Tenemos una conversación pendiente.
—No es verdad.
—Claro que lo es. Abre, hablaremos dentro.
Suspirando con hastío, Jennifer se giró hacia él. Sabía que si James se
empeñaba en que debían hablar tendría que soportarlo, pero no estaba
dispuesta a dejarlo entrar en la casa.
—Está bien, di lo que tengas que decir y lárgate.
—¿Yo? No —dijo malhumorado—. Dime tú primero dónde has estado
y con quién.
—Donde me ha dado la gana y con quien me ha salido de las narices.
¿Algo más?
—¿Quién contestó tu teléfono, Jen? —insistió, furioso—. ¿Era
Spellman?
—No, no era Greg, fue Matt quien contestó —admitió con tranquilidad.
—Ah, Matt… ¿Es que has decidido tirarte todo lo que lleve pantalones?
—¿Y si así fuera? —Lo encaró sin abandonar su pose de fría
indiferencia—. Mi cuenta bancaria no puede compararse con la tuya, pero
no creo necesitarla para meter a un hombre en mi cama…, o a dos.
—Genial, entonces yo haré lo mismo —le gritó, desquiciado con el
simple pensamiento.
—Sí, eso ya me lo dejaste claro.
—Jennifer, apenas recuerdo aquella conversación —reconoció,
intentando calmarse—, aunque sé que dije cosas que te dolieron, y te pido
disculpas.
—Que no lo recuerdes o que fuera el whisky el que hablaba, no borra ni
excusa todo lo que dijiste —le aclaró muy serena—. ¿O acaso excusabas tú
a tu padre?
Aquello fue un golpe bajo y Jennifer lo sabía, pero necesitaba acabar
con aquella conversación, no sabía cuánto tiempo más iba a ser capaz de
fingir indiferencia.
—No tienes ningún derecho a hablar de mi padre —dijo, furioso,
apretando los puños.
—Tienes razón —admitió—. Fin de la conversación entonces.
—¡Y una mierda! —La tomó entre sus brazos, sobresaltándola. La
frialdad con la que parecía contestar a todas las preguntas comenzaba a
enervarlo más de lo soportable—. Deja de comportarte como si todo te
diera igual, los dos sabemos que mientes.
—Ahí te equivocas. —Lo miró a los ojos con desdén—. A la Jennifer
que entró en tu casa el sábado por la mañana quizá sí le importabas algo,
pero te aseguro que de allí salió una persona muy diferente.
La punzada de dolor que asaltó a James al escuchar aquellas palabras
cargadas de resentimiento, lo cogió desprevenido. Y de repente se dio
cuenta de que necesitaba saber algo con urgencia:
—¿Para qué fuiste a mi casa?
—Lo sabrías si me hubieras dejado hablar.
—Jen…
—Esta conversación se termina aquí —lo interrumpió, intentando
zafarse de sus brazos, pero él no le permitió escapar aún—. Suéltame.
—¿Para qué corras a los brazos de ese Matt?
—Sí, quizá.
—¿Y sabe tu Matt que puedo hacerte mía cuando yo lo decida? —
rugió, estrechando el abrazo mucho más—. ¿Le has dicho que puedo
volverte loca con solo un beso?
—Las cosas cambian, James. —Se vio en la necesidad de defenderse
aun a sabiendas de a lo que se exponía. Y no se equivocó.
—No siempre —fue todo lo que dijo él antes de besarla con un hambre
desmedida.
Jennifer forcejeó e intentó resistirse a aquel beso con todas sus fuerzas,
pero solo consiguió que él la estrechara todavía más contra su cuerpo y
duplicara sus esfuerzos por enloquecerla. Terminó consiguiendo sus
objetivos con humillante facilidad. Cuando la sintió claudicar entre sus
brazos, se deleitó con su respuesta y su sabor durante unos segundos más,
hasta que decidió terminar con la lección.
—¿Crees que vas a poder negarme esto siempre que yo lo quiera? —
susurró, mirándola a los ojos a escasos centímetros aún de su boca.
Sin dar muestras de la mortificación que sentía en realidad, Jennifer le
devolvió una mirada helada.
—Llegará un momento en el que aprenderé a hacerlo —le aseguró—, y
ese día te odiaré con todas mis fuerzas.
Aquella frase, unida a la mirada de acero con la que lo observaba,
provocaron que él estuviera lo suficiente tocado como para dejarla escapar
de sus brazos sin pelear.
—No sé a qué viene todo esto, James, pero se termina aquí y ahora —
aseguró—. Tú lo has querido así.
—¿Yo? —Sonrió sarcástico—. Eres tú quién ha decidido que si no
tienes tu cuento de hadas, no quieres nada.
—Y tú te esfuerzas en darme la razón una y otra vez con tus acciones
—se lamentó—. No sabes cuánto me alegro de haber ido a tu casa el sábado
por la mañana, James, porque, en contra de lo que pareces pensar, yo estaba
dispuesta a sacrificar ese cuento de hadas por ti.
—¿De qué estás hablando?
—Del motivo por el que fui hasta tu casa —admitió, ya sin nada que
perder—. Porque, durante lo que debió ser un momento de locura
transitoria, pensé que quizá tenías razón y podíamos disfrutar de lo que
teníamos hasta que se acabara.
James apretó los dientes para intentar no gritar de pura frustración,
recordando el momento en el que ella le había dado las gracias por evitar
que cometiera el mayor error de su vida. Una bofetada no le habría dolido
tanto como aquella confesión.
—Jen… —susurró dando un paso en su dirección. El mismo paso que
retrocedió ella al instante.
—¡Ni se te ocurra! —Lo amenazó apuntándole con un dedo—. Lo
último que soportaría en este momento es tener ningún tipo de relación con
un tarado emocional, que lo es por decisión propia, porque en realidad es
demasiado cobarde como para arriesgarse a ser feliz.
Aquello fue demasiado para James, que se limitó a mirarla con un gesto
impasible, antes de desaparecer sin ni siquiera despedirse. Para Jennifer
aquella mirada fue como si un puñal se clavara en mitad de su pecho. De
alguna forma, supo que él jamás volvería a molestarla.
Capítulo 59
Cinco días después, Jennifer aún tenía que repetirse cada cinco minutos
que no podía llamar a James ni intentar verlo de ninguna manera. Era
consciente de que necesitaba mantenerse alejada de él, al menos hasta que
dejara de sentir la necesidad de arrojarse en sus brazos y suplicarle unas
migajas de lo que quisiera darle. Por suerte, las entrevistas para su equipo
de trabajo en el hospital habían comenzado aquel mismo día a primera hora
de la mañana, proporcionándole unas horas de distracción que necesita con
desesperación.
—Me gusta —le dijo Greg cuando el último entrevistado salió del
despacho.
—Tiene un currículo impresionante, la verdad —reconoció la chica
masajeándose un poco el cuello—, aunque no me parece que tenga claro si
quiere el puesto o no.
—A mí me preocupa más que sea demasiada distracción para las
enfermeras.
Jennifer rompió a reír, divertida. Trabajar con Greg era genial. Era un
tipo capaz de sacar adelante un volumen de trabajo enorme, haciéndolo
parecer algo dinámico y ameno; y se compenetraban a las mil maravillas.
Además, tenía que reconocer que tanto a él como a Matt les debía el no
haberse vuelto loca en aquellos días.
—¿Habéis terminado? —les preguntó el doctor Grey asomándose a la
puerta.
—Sí, pasa.
—¿Qué tal se ha dado?
—Mejor de lo que esperábamos —admitió Jennifer—. Hay un par de
candidatos muy interesantes, aunque nos quedan tres días de entrevistas
aún.
—¡Qué bien os lo pasáis! —dijo el director, cogiendo asiento frente a la
mesa mientras le tendía a Greg una carpeta.
—Si es por eso, puedo cederte mi silla mañana —bromeó Greg.
—¿Y robarte la diversión? —Fingió ofenderse—. ¿Qué tipo de persona
crees que soy?
Jennifer rio de nuevo. El sentido del humor del director del hospital
también era muy peculiar. Recordaba, además, la buena relación que lo unía
con Sam, y cada vez entendía mejor por qué.
Hasta el momento, estaba encantada de poder trabajar allí, rodeada de
personas que admiraba y le gustaban, y disfrutando del que, sin duda, era el
trabajo de sus sueños. Había trabajado muy duro durante muchos años para
llegar hasta aquel punto, por eso se desesperaba pensando en que no podía
disfrutar del todo de aquella etapa porque su tristeza era más fuerte que
cualquier otra emoción.
—Os dejo con las deliberaciones. —dijo Grey, poniéndose en pie.
—Doctor, no nos ha dejado ni ofrecerle un café. —Sonrió Jen antes de
que se marchara.
—Tienes razón, quizá algo de cafeína no me venga mal —admitió—.
He tenido una mañana de esas que me gustaría haberme perdido.
Los tres se sentaron a relajarse tras un café, y charlaron de todos los
procedimientos e ideas que Greg y Jennifer habían estado barajando en
aquellos días.
—Es increíble, formáis un equipo espectacular. —Se asombró el doctor
Grey—. Estoy seguro de que la Purple Memorial Fundation será un
referente en poco tiempo.
Jennifer se quedó perpleja, tanto que no pudo disimularlo.
—¿Purple Memorial Fundation? —preguntó, extrañada.
—Sí.
La repentina seriedad del doctor Grey dio la voz de alarma en su
cabeza.
—Esta Fundación no sería posible sin la donación de Sam —dijo con
una expresión extraña—. Me parece justo que lleve su nombre.
Jennifer asintió confundida, pero prefirió no agregar nada más.
Cuando el doctor Grey al fin se despidió y salió del despacho, a
Jennifer le faltó tiempo para sacarle el tema a Greg.
—¿Tú sabías lo del cambio de nombre?
—Me enteré hace apenas unos días —reconoció—. Pero Stephan tiene
razón, es de justicia que lleve su nombre.
—Sí, pero ¿memorial? ¡Sam está vivo aún, por Dios! —dijo sin poder
evitar sentirse un poco molesta.
Greg se encogió de hombros, pero no agregó nada más; lo cual,
conociéndolo ya un poco, a Jennifer le resultó de lo más extraño.
—¿Qué es lo que no me estás contando?
El médico no se molestó en fingir que no entendía la pregunta.
—No sé si me corresponde a mi decírtelo —dijo, incómodo con la
situación, aunque llegados a aquel punto sabía que no podía callarse—. A
Sam no le queda mucho tiempo.
—Sí, ya sé que está delicado, pero…
—Sin peros, Jen —la interrumpió antes de perder la valentía—. Sam
sufre una insuficiencia cardiaca terminal, que ya está afectando al resto de
órganos.
Jennifer se dejó caer en una silla.
—¿Qué dice el doctor Stevens?
—Tengo entendido que hace como unos quince días que insistió en
ingresarlo, pero Sam se negó.
—¿Cómo que se negó? —Jennifer no entendía nada—. Si tiene una
posibilidad…
—No la tiene.
—¿Qué?
—Cuidados paliativos, Jen, es todo lo que el doctor Stevens puede
hacer por él.
—¿Cuánto tiempo le queda?
—Ya sabes que eso es difícil de precisar.
—Greg, la Fundación en su memoria abre sus puertas en apenas un
mes. —La voz casi no le salía ya del cuerpo.
—Sí, lo sé.
—¿Cuánto?
—Muy poco.
—No. —Dos lágrimas rodaron por sus mejillas mientras intentaba
hacerse a la idea—. ¿Cómo es posible que James no me lo haya dicho? Él
sabe cuánto quiero a Sam.
Greg tampoco tenía respuesta para aquello.
Media hora más tarde, Jennifer entró en casa de Sam intentando hacer
acopio de toda su fortaleza. A Susan le sorprendió mucho verla allí, puesto
que el día anterior les había asegurado que no podría pasar a verlo por
motivos laborales.
—¿Dónde está, Susan?
—Descansando.
—¿Puedo verlo?
—No te esperábamos —dijo la enfermera, frotándose las manos con
nerviosismo.
—Y no ha podido prepararse para recibirme, ¿es eso? —Supo que
había acertado por el gesto de la mujer—. ¿Cuánto esfuerzo le supone cada
una de mis visitas?
Susan suspiró y terminó aceptando:
—Mucho.
—Llévame con él, por favor.
Ambas caminaron hasta la habitación del anciano, y Jennifer esperó,
impaciente, a que Susan informara a Sam de la visita.
Cuando recibió el visto bueno, respiró hondo e intentó mentalizarse
para lo que podía encontrar; pero nada la habría preparado para la
desoladora realidad. Sam estaba tumbado en la cama, con el oxígeno puesto
y una palidez extrema que no dejaba lugar a dudas de su estado. A pesar de
todo intentaba sonreír, aunque el cansancio parecía hacer de aquella tarea
algo casi imposible.
Jennifer caminó hasta la cama y cogió asiento junto a él, que la miraba
con una ternura que le partió el alma.
—No llores —fue lo primero que le pidió el anciano—. Para evitarte
este pesar es por lo que no te he dicho nada.
—¿Cómo te encuentras realmente, Sam?
—Muy mal —reconoció—. Agotado. Ya casi no puedo levantarme.
Jennifer intentaba no venirse abajo delante del anciano. Además, no
podía dejar de pensar en James, que debía de estar hecho polvo, mientras
ella lo llamaba tarado emocional entre otras bonitas cosas.
—¿Cómo lo ha encajado Jamie? No me ha dicho nada.
Cuando Jennifer pensaba que nada podía sorprenderla, escuchó a Sam
confesar:
—Todavía no lo sabe.
La chica se quedó muda por la sorpresa.
—El doctor Stevens me mandó unas pastillas que me ayudan a
disimular un poco los síntomas, un equivalente a la adrenalina o algo así. El
efecto solo dura un par de horas, pero me encanta pasarlas con vosotros
como si nada me pasara —explicó—. Aunque reconozco que ya casi no me
funcionan.
—Sam…
—Lo sé, tengo que decírselo, pero es que quiero poder disfrutar de los
últimos momentos juntos sin tristeza —admitió—. Para Jamie va a ser un
golpe muy duro.
—Sí, lo sé, Sam, pero tiene derecho a despedirse.
El anciano asintió con pesar, consciente de que estaba aguardando hasta
el último momento porque era incapaz de ver el sufrimiento en aquellos
ojos verdes. Había visto demasiado dolor en ellos y no quería ser ahora él el
causante, aunque terminaría siendo inevitable.
—Se lo diré en breve, deja que sea yo quien lo haga, por favor.
La chica asintió.
—Jen, déjame decirte que eres lo mejor que le ha pasado —le dijo, pero
un fuerte acceso de tos lo interrumpió—. Eres…
—No hables más, descansa —le pidió asustada.
—No, Jen, necesito darte las gracias por quererlo tanto.
—No es necesario.
—Claro que lo es —insistió entre jadeos—. Él también te ama y… te
prometo que se dará cuenta algún día.
Jennifer observó la mirada inteligente del anciano clavada sobre ella y
aquella frase cobró sentido. No tuvo ninguna duda. Sam sabía que lo suyo
con James era pura invención, estaba segura.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde siempre —admitió Sam.
—Siento haberte engañado, solo queríamos hacerte feliz.
—Y lo habéis hecho. —Sonrió—. Gracias a eso ahora sé que estáis
hechos el uno para el otro. Me marcho con la certeza de que os pertenecéis,
aunque aún no estéis preparados para admitirlo.
No sería Jennifer quien le llevara la contraria en aquel momento. Si
Sam quería marcharse de este mundo pensando que ellos eran la pareja
perfecta, que así fuera. Ella estaba dispuesta a contribuir.
—Lo amo, Sam, con toda mi alma —confesó con los ojos arrasados por
las lágrimas.
—Lo sé. Como también sé que llenareis Edenhouse de niños algún día;
me hubiera gustado tanto verlo —reconoció con un brillo especial en los
ojos—, pero mi Stella y yo estaremos pendientes desde allá arriba.
—¿Me lo prometes? —pidió entre lágrimas.
Sam asintió y le preguntó:
—¿Cuál es tu flor favorita?
—La lavanda.
—Te prometo un campo entero de flor de lavanda para haceros saber lo
orgulloso y feliz que estoy por vosotros.
Jennifer asintió, y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para
frenar el llanto.
Susan entró en la habitación en aquel momento con gesto de
preocupación. El mismo que pusieron todos al saber que James acababa de
llegar a la casa.
—Jennifer, por favor, deja que se lo diga yo —volvió a pedirle el
anciano—, pero necesito unos días.
La chica asintió.
—Y… también necesito pedirte un último favor.
Jennifer se unió a James en la sala donde solía sentarse a charlar con
Sam, dispuesta a concederle al anciano el último favor que le había pedido.
No estaba de acuerdo con aquello, pero lo único que tenía que hacer era
entretener a James el tiempo suficiente como para que Sam pudiera
levantarse y estar presentable; a cambio el anciano se había comprometido
a decirle la verdad en los próximos días. Pero cuando lo tuvo frente a frente,
no supo si tendría las fuerzas necesarias para aguantar. El impulso de
arrojarse a sus brazos para intentar consolarlo por algo que aún no sabía, y
que iba destrozarlo, casi pudo con ella. Tener que mirarlo a los ojos y
comportarse con la frialdad que él esperaba de ella fue insoportable.
—¿Qué haces aquí? —le dijo Jennifer intentando sonar fría, pero sin
conseguirlo.
—¿Ahora tengo que pedirte permiso a ti para venir a ver a Sam?
—No, yo… no quería decir eso —titubeó.
—¿Dónde está? —preguntó frunciendo el ceño. Notaba algo extraño en
ella, que no podía concretar—. Esta mañana no parecía estar muy bien.
«Así que por eso está aquí», se dijo Jennifer pensando en que, quisiera
o no, Sam tendría que decirle la verdad o la terminaría averiguando por sí
solo.
—Ha ido al baño.
—¿Podrías marcharte, por favor? —le pidió James con una indiferencia
que le rompió el corazón.
—Claro, en cuanto que pueda despedirme de Sam.
—Voy ver dónde está.
—¡No! —casi gritó, frenándolo en seco—. No creo que tarde.
James la miró de nuevo, contrariado. ¿Era tristeza lo que leía en su
expresión o se lo estaba imaginando? Decidió no profundizar en ello para
intentar preservar la cordura. Acababa de enfrentarse a los cinco días más
desoladores que había vivido en mucho tiempo; donde había sentido todo
un mundo de pesadumbre sobre los hombros, que no recordaba haber
cargado jamás. El motivo lo miraba a escasos metros, con aquellos ojazos
que…
«Basta», se interrumpió a sí mismo, dándole la espalda a Jennifer.
—Yo me despediré de tu parte —insistió James, incapaz de seguir a su
lado por más tiempo.
—Solo serán unos minutos. ¿Tanto te molesta aguantarme un poco
más?
—Sí —admitió sin preámbulos—. No quiero verte, Jennifer. A partir de
ahora, avísame cuando vayas a venir para no coincidir.
Jennifer tragó saliva y admitió que se merecía aquellas palabras. En su
último encuentro había sido muy dura con él, y haría bien en no olvidar el
motivo.
—De acuerdo —aceptó—. Si es lo que quieres, eso haré.
—¿Si es lo que quiero? Hazte revisar la memoria. —James empezaba a
perder la compostura—. Tú has marcado el tono y las formas entre
nosotros, Jennifer.
—Y tú no has tenido nada que ver, ¿no? ¿Se te olvida todo lo que me
dijiste el sábado por la mañana?
—No, no se me olvida —admitió—. De hecho, fui a tu casa con toda la
intención de pedirte perdón.
—Pues lo hiciste genial —ironizó.
—Sí, reconozco que me dejé llevar por los celos.
Jennifer lo miró, asombrada por la repentina confesión. Jamás habría
esperado que admitiera algo así por todo lo que implicaba.
—Pero ya da igual —continuó James—. Márchate, por favor, y
envíame un WhatsApp la próxima vez que vayas a venir. Ahora soy yo
quien no puede soportar fingir que siento nada por ti.
Aquel comentario le asestó un golpe a Jennifer que casi no pudo
disimular. Comprender que James había aceptado al fin poner distancia
entre ellos, y que aquello fuera necesario, no lo hacía menos doloroso.
—No te preocupes —aceptó casi en un susurro—. No volveremos a
coincidir aquí de nuevo.
Aquello le recordó que pronto no habría ningún aquí dónde coincidir y
una inmensa tristeza le caló el alma. No pudo evitar mirar a James con
pesadumbre, anticipándose al sufrimiento que no tardaría en llegar y que
ella no podría ayudarle a paliar. Las ganas de abrazarlo fueron difíciles de
soportar.
—Jamie… —susurró Sam irrumpiendo en la habitación—. No te
esperaba. ¿Ha pasado algo?
Al chico le llevó unos segundos apartar la mirada del rostro de Jennifer,
un tanto desconcertado por su actitud. Cuando se volvió hacia Sam, intentó
poner una de sus mejores sonrisas, aunque le costó un inmenso trabajo.
—He pasado a ver cómo estás —le dijo—. Esta mañana te he notado
más cansado de lo normal. ¿Todo bien? ¿Estabas acostado?
Jennifer exhaló aire concentrada en alejar las lágrimas de sus ojos, pero
la conversación no ayudaba en absoluto. Supo que si no salía pronto de allí,
no habría nada que detuviera un torrente de lágrimas que no podría
explicarle a James.
—Yo me despido ya —los interrumpió. Se acercó al anciano y, a pesar
de repetirse que debía actuar con normalidad, terminó abrazándolo,
emocionada, sin poder evitar pensar que podía ser la última vez. Cuando lo
miró a los ojos y Sam le obsequió una de sus dulces sonrisas, las lágrimas
rodaron por sus mejillas sin remedio. Tuvo que despedirse y casi salir
corriendo sin mirar a James, para evitar que se diera cuenta.
—¿Qué me he perdido? —preguntó el chico sin rodeos en cuanto que
ella hubo desaparecido.
—No te entiendo. —Sam cogió asiento, agotado.
—¿Jennifer estaba llorando?
Sam guardó silencio y miró a James con tristeza, preguntándose si
había llegado el momento de contarle la verdad. Odiaba tener que
ocasionarle aquel dolor, pero no podía hacer nada para evitarlo, salvo…
esperar un poco más.
—No vayas a decirme que no te has dado cuenta, Sam.
—Supongo que tendrá que ver con el motivo por el cual no se ha
despedido de ti.
—¿A qué te refieres?
—Al hecho de que yo sepa que vuestro noviazgo… no es real. —Salió
por la tangente.
«Lo siento, Jamie, pero no puedo despedirme de ti, no voy a hacerte
pasar por esa agonía», pensó Sam, sabedor de que aquel habría sido el
momento indicado para decirle toda la verdad.
Jennifer se fue directa a su casa para poder desahogarse en soledad.
Lloró durante largo rato, intentando hacerse a la idea de que pronto sus
visitas a Sam pasarían a ser solo un recuerdo. Le sorprendía querer al
anciano de aquella manera tan profunda, a pesar de que lo conocía desde
hacía tan poco tiempo, pero Sam era un tipo muy especial. Y después estaba
James, por el que no podía evitar preocuparse. Sabía que iba a sentirse
desolado y perdido sin Sam. Cómo iba a encajar la pérdida era lo que más
la angustiaba.
El timbre de la puerta sonando con estridencia la hizo salir de la espiral
de desdicha en la que se había sumergido. ¿Quién llamaría con tanta
impaciencia?
Desconcertada, sabiéndose sola en casa, corrió a abrir y se quedó
alucinada al encontrarse a James frente a frente.
—¡¿Tenías que decírselo?! —le preguntó iracundo nada más echársela
en cara.
—¿Qué?
—¿Tan difícil era dejarle pensar que estamos enamorados?
—Yo no…
—¡No mientas! —la interrumpió con acritud—. Sam sabe que nuestro
noviazgo es una invención. ¿Esto es por lo que pasó el sábado por la
mañana? No ha sido muy elegante vengarte de mí a través de Sam.
—¿Me crees capaz de hacer una cosa así?
—Puedo asumir que me odies, Jennifer, pero usar a Sam, sabiendo
cómo está de salud ha sido un golpe muy bajo.
—¿Podrías pararte a escucharme en lugar de seguir haciendo
acusaciones?
—¿Vas a negar que sabes de qué te estoy hablando?
—Sé que Sam sabe la verdad —admitió—, pero…
—¡No quiero que vuelvas a verle! —le gritó fuera de sí—. Tienes
prohibidas las visitas a su casa.
Jennifer sintió una punzada de dolor, intentando no enfurecerse con él
por acusarla de cosas tan viles sin darle la oportunidad de defenderse.
—¿Puedo hablar o has venido a hacer un monologo?
—He venido a advertirte de que no te quiero cerca de Sam —le dijo
con la voz impregnada de un desprecio que hirió a Jennifer como una daga
—. Espero no tener que repetírtelo.
Sin darle tiempo a agregar una sola palabra, se dio media vuelta y se
largó tan rápido como había llegado, dejando a la chica hundida en la más
absoluta desolación.
Capítulo 60
Intentar controlar su rabia era todo en lo que James se había podido
concentrar desde hacía par de días. Al pie del enorme mirador de su
despacho, fingiendo un interés en el exterior que no sentía, se preguntaba
una y otra vez por qué Jennifer se había comportado de una forma tan
despreciable. Admitía que quizá él había sido un miserable, y podía
entender que estuviera dolida, pero decirle a Sam la verdad sobre su
relación, sabiendo cómo estaba de salud, era un golpe bajo imposible de
justificar ni ignorar. A pesar de todo, no podía evitar intentar excusarla en
los momentos de debilidad y aquello terminaba enfureciéndolo más aún.
Caminó hasta la mesa y cogió asiento, dispuesto a centrarse en los
informes que ya había intentado revisar una decena de veces, pero volvió a
cerrar la carpeta pocos minutos después, furioso. Lanzó el bolígrafo que
tenía en la mano con todas sus fuerzas contra la pared y se puso en pie de
nuevo.
—¡Maldita mujer! ¡Sal de mi cabeza! —masculló entre dientes,
apretando los puños con furia.
«¿En qué momento te has metido debajo de mi piel?», se preguntó,
admitiendo que no recordaba haberse sentido tan mal desde hacía muchos
años.
El teléfono móvil interrumpió sus pensamientos. Consultó el
identificador de llamadas y se puso lívido al leer el número de la centralita
del hospital. Le asaltó un terrible presentimiento que le cortó la respiración.
Cuando contestó la llamada, todos sus temores se hicieron realidad.
—James…
Reconoció la voz grave del doctor Grey al instante y se dejó caer sobre
el sofá, incapaz de sostenerse en pie. De alguna forma sabía que no iba a
escuchar buenas noticias, y no se equivocó.
—¿Me estás escuchando, James? —le decía el médico al que oía casi a
cámara lenta—. Tienes que venir cuanto antes.
Quince minutos exactos fueron los que James tardó en llegar al
hospital. Corrió hasta urgencias con el corazón encogido y la cara
desencajada por la angustia. Tanto el doctor Grey como el doctor Stevens
estaban esperándolo.
—¿Cómo está? —preguntó, temeroso de escuchar lo peor.
—Muy mal —confesó el doctor Stevens—. Ha sido un infarto débil,
pero demasiado para su estado.
—¿Puede superarlo?
—Me temo que no —admitió—. Deberías entrar a despedirte.
Para James aquello fue como si una bomba le estallara entre las manos.
Aturdido, intentó asimilar lo que el doctor Stevens le estaba diciendo.
—¿Está consciente?
—Va y viene.
James tomó y exhaló aire repetidas veces antes de aventurarse dentro
de la habitación, pidiéndole a la vida las fuerzas suficientes como para
soportar aquella despedida sin derrumbarse.
Se acercó hasta la cama y observó con angustia el pálido rostro del
anciano, que en aquel momento tenía los ojos cerrados y parecía dormir.
Cuando le tomó la mano, Sam abrió los ojos con evidente fatiga y esbozó
una débil sonrisa.
—¿No quedamos en que no ibas a darme más sustos de estos? —le
susurró James, mirándolo con ternura.
—Jamie…, temía no aguantar… para despedirme —dijo entre jadeos.
—No hables, Sam, ahorra fuerzas.
—Querría decirte tantas cosas… —insistió el anciano—. Mi Jamie…,
has sido mi mayor orgullo… Si fueras mi hijo biológico no hubiera podido
amarte más.
—Sabes que yo también te quiero como a un padre —susurró, con los
ojos húmedos—. Quédate conmigo un poco más, Sam, por favor, aún te
necesito mucho.
—Estoy cansado, hijo, y mi Stella hace mucho que me espera…
Necesito reunirme con ella ya.
—Pero te voy a echar tanto de menos…
—Eres fuerte —musitó—, pero Jamie…, quizá ha llegado el momento
de dejar de odiar… Martha…
—Sam, por favor…
—Escúchame. Una llamada cada viernes… durante catorce años…,
solo para escuchar tu voz… Quizá ya ha expiado sus pecados… —Tuvo
que hacer una pausa para reponerse antes de continuar—. necesitas
perdonarla, hijo.
—Lo intentaré, Sam, pero no te vayas.
—Estarás bien… No te quedas solo…, Jennifer te ama.
—Y yo la amo a ella —dijo sin pensar, sorprendiéndose a sí mismo al
no sonarle del todo descabellado.
—No sabes lo feliz que me hace escucharlo…
«Y qué más da, Sam, a ella tampoco podré perdonarla jamás», pensó
para sí, luchando contra las enormes ganas de aullar de dolor.
—Tendréis unos niños tan maravillosos como tú, que amarás con
locura… —continuó el anciano apagándose poco a poco—. Y serás el
mejor… padre de mundo. Y yo… seré feliz viéndote… dichoso.
—Te prometo un batallón de nietos si te quedas conmigo un poco más.
—Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para sonreír—. Necesitaré mucho
consejo, ya sabes que soy una calamidad con los niños.
—Lo harás bien sin mi ayuda, hijo. —Sonrió—. No… será fácil,
pero… merecerá la pena… —Las palabras comenzaban a ser casi
ininteligibles a medida que la voz se debilitaba—. Ella… tendrá su…
campo de lavandas… y tú… la hermosa familia que te mereces...
El anciano cerró los ojos y esbozó una débil sonrisa, satisfecho porque
las fuerzas le hubieran permitido despedirse. Y, como si al fin se diera
permito para descansar, exhaló su último suspiro y partió en busca de su
adorada Stella.
James se acercó a darle un beso de despedida en la frente y dejó escapar
un lamento desolador, mientras que un intenso dolor amenazaba con
enloquecerlo. Rompió a llorar como no había podido hacerlo desde cierta
noche hacía ya catorce años.
Cuando Jennifer y Greg entraron en el despacho del doctor Grey para
hablarle de la lista final de candidatos al área de psicología, no se esperaban
encontrarlo con aquella expresión de tristeza en el rostro. Se notaba de lejos
que estaba tan afectado por algo, que ni siquiera le era imposible disimular.
—¿Estás bien? —interrogó Greg, preocupado.
—No —reconoció sin poder ocultar las lágrimas—. Acabo de perder a
uno de los mejores amigos que he tenido.
El corazón de Jennifer dio un vuelco, presintiendo lo que diría a
continuación.
—Sam Purple ha fallecido hace par de horas.
La chica rompió a llorar, sorprendiéndolos a ambos. Greg la tomó entre
sus brazos intentando consolarla, pero nada ayudaba a mitigar el dolor de la
pérdida.
—¿Dónde está? —preguntó entre sollozos cuando pudo hablar.
—Aquí —contó Grey—. Tuvo un infarto hace unas tres horas y entró
por Urgencias.
—¿Jamie?
—Estaba con él cuando murió. —Se interrumpió con la voz quebrada
por la emoción—. No podía ser de otra manera.
«Llama a Jamie…, no pienso partir sin despedirme», le había susurrado
Sam al límite de sus fuerzas. El médico había telefoneado desde allí mismo,
rogando para que llegara a tiempo.
—De alguna forma, Sam se negó a morir sin ver antes a su Jamie —
confesó Grey emocionado—. Clínicamente ha sido un milagro que
aguantara, solo su determinación de despedirse lo ha mantenido con vida.
Jennifer escuchaba al médico entre lágrimas.
—¿Sabe si Jamie sigue aquí?
—Sí, aún no ha consentido separarse de él —explicó—. Ese muchacho
está destrozado.
A Jennifer se le desgarró el corazón al escucharlo. A ella no era solo la
muerte de Sam lo que la afligía, también la mataba el dolor de James.
Necesitaba verlo, abrazarlo, intentar consolarlo.
El doctor Grey la acompañó hasta dónde estaba James aún con Sam, y
ambos entraron juntos en la habitación.
Jennifer sintió un dolor lacerante cuando descubrió a James sentado
junto a la cama, con la mano de Sam todavía entre las suyas y una
expresión de desconsuelo que se le clavó en el alma.
—No tardarán en venir las enfermeras para prepararlo —le indicó el
doctor Grey.
—He mandado a Susan a por ropa —le dijo, levantando la cabeza para
mirarlo, y descubriendo a Jennifer junto al médico en aquel preciso instante.
Observó su rostro como si la viese por primera vez.
—Hola —susurró la chica con los ojos empañados de lágrimas.
El primer impulso de James fue abrazarse a ella y no soltarla jamás,
pero aquel deseo pronto fue sustituido por una rabia ciega que terminó de
matarlo por dentro.
—Yo… lo siento muchísimo —le dijo Jen acercándose, deseosa de
arrojarse en sus brazos, pero algo en su expresión la detuvo. Avanzó hasta
él, apoyó su mano sobre uno de sus brazos y lo sintió ponerse tenso, y
deshacerse de ella con un sutil movimiento.
—Le he pedido a Susan que traiga su traje preferido, además de camisa,
corbata y zapatos —Escuchó que le decía al doctor Grey—. Por favor, que
se lo pongan todo.
—No te preocupes, así se hará —asintió el médico—. Voy a hablar con
Stevens para que acelere el papeleo.
Salió de la habitación dejándolos a solas.
James caminó hasta la ventana para dejar a Jennifer despedirse a solas,
pero no pudo evitar escucharla hablarle al anciano con cariño y respeto.
«Jamás debí dejarte entrar en mi vida», pensó, desolado. «Si no hubiera
sido tan débil quizá no tendría que enterrar a Sam hoy». Una ira intensa se
abrió paso con fuerza ante aquel pensamiento. Tuvo que cerrar los puños y
apretarlos hasta clavarse las uñas, para soportar cada palabra que ella le
decía al anciano sin echarla de la habitación.
—Imagino cómo estás —le dijo Jennifer, volviéndose a mirarlo—.
¿Puedo hacer algo por ti?
—Creo que ya has hecho bastante.
Jennifer se quedó boquiabierta. Sin duda, tanto la respuesta como el
tono de voz habían sonado a reproche.
—No te entiendo.
—¿No? Y seguro que tampoco te arrepientes de haberle dicho a Sam la
verdad sobre nosotros.
Aquello fue como una temible bofetada. La chica pudo leer el desprecio
en sus expresivos ojos verdes igual que si lo hiciera en un libro abierto.
Atónita, comprendió el motivo de tanto desprecio. ¡James la culpaba por la
muerte de Sam!
—Jamie…
—No vuelvas a llamarme así jamás —exigió.
—De acuerdo, pero…
—Respeta mi dolor y márchate —añadió, mirándola de nuevo a los
ojos con rabia—. Puedes asistir al entierro, pero no te quiero cerca hasta
entonces.
Jennifer se tragó sus lágrimas junto con sus palabras. No podía discutir
con él en un momento así aunque la estuviera matando por dentro. Salió de
la habitación sin añadir nada más.
James apretó los dientes y exhaló aire con deliberada lentitud,
intentando hacer el dolor algo más soportable. Era consciente de que aquel
día no solo perdía a Sam, también renunciaba al amor de su vida,
permitiendo que el odio se la arrebatase de entre los dedos.
Capítulo 61
El funeral de Sam Purple fue muy emotivo. Quien no hubiera conocido
a Sam en vida, sin duda habría descubierto que había sido una gran persona
con solo acudir a su entierro. El cementerio estaba abarrotado de gente que
había asistido desde muchos puntos para presentarle sus respetos y darle un
último adiós.
Jennifer, apartada de todos, casi escondida tras uno de los árboles,
lloraba desconsolada. No había querido ponerse en primera línea para no
incomodar a James, que tenía todo el derecho a despedirse de Sam con toda
la tranquilidad de que fuera capaz. Cuando la gente comenzó a dispersarse,
Greg se acercó a ella.
—No te mereces tener que estar escondida, Jen —le dijo el médico.
—No quiero importunarlo —sollozó—. Sé que no desea verme, y yo
quiero respetar eso.
—No tiene motivos para tratarte así.
—Está dolido, Greg —lo excusó—. Ahora mismo no puede pensar con
claridad. Y se le ve tan desolado.
—Sí, eso es verdad.
Jen echó un último vistazo a James, que aguantaba con estoicismo
montones de pésames, mientras Rob no se apartaba de su lado en ningún
momento. La chica se alegró mucho de que hubieran recuperado su
amistad. Iba a necesitarla.
En media hora llegaron a casa de Greg, y Matt salió a recibirla con los
brazos abiertos.
—¿Cómo ha ido?
—Como era de esperar, triste y desolador —reconoció la chica—. Yo…
he…
—¿Qué te pasa? —se alarmó Matt.
—Me estoy… mareando… un… —No pudo añadir nada más. Sintió
que el mareo la vencía mientras escuchaba a Matt gritar llamando a Greg;
después todo se hizo oscuridad.
Cuando abrió de nuevo los ojos, dos caras muy preocupadas la
observaban con atención. Se incorporó levemente con ayuda de Matt,
sintiéndose un poco aturdida todavía, mientras Greg le tomaba la tensión.
—¿Qué ha pasado?
—Te has desmayado.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Unos diez minutos —le contó Greg, retirando el tensiómetro de su
brazo—. Ha sido una lipotimia, tienes la tensión por los suelos.
—Es que has estado sometida a mucha presión los últimos días —opinó
Matt—. ¿Desde cuándo no comes?
Jennifer torció el gesto con la sola mención a la comida.
—La verdad es que no me estoy encontrando bien del estómago en
estos días —explicó.
—Eso quiere decir que no te has estado alimentando bien —dijo Matt
poniéndose en pie— Voy a prepararte algo.
—¡Mamá Matt ataca de nuevo! —Sonrió Greg.
—Pues sí, somos lo que comemos, ya lo sabes —le devolvió la sonrisa
—. Acabo de terminar de hacer unas albóndigas que están para mojar pan.
Voy a ponerte un plato, Jen, verás que…
Jennifer se puso en pie y salió corriendo hacia el baño.
—¿Está vomitando? —se extrañó Matt.
—Sí parece. Y eso que aún no ha probado tus albóndigas.
—Que chispa tienes, cariño.
—Me lo has puesto a huevo. —Sonrió Greg divertido.
Se sentaron en el sofá mientras esperaban a que ella volviera al salón.
Preocupados, observaron la palidez extrema con la que cogía asiento junto a
ellos.
—Lo siento —se disculpó, cohibida—. No suelo dar estos espectáculos.
—¿Desde cuándo estás así?
Jennifer se encogió de hombros. Con todo lo sucedido con Sam y
James, ni siquiera se había echado cuenta a sí misma, pero si se paraba a
pensarlo ya eran varios días los que se había sentido indispuesta a ciertas
horas del día.
—Qué posibilidad hay de… —Matt le señaló la tripa con un gesto
serio.
—¡Ninguna! —Se puso en pie, alarmada—. Tomo la píldora y, en
contra de lo que se suele creer, es de una efectividad completa. Ahora estoy
en mi semana de descanso y…
Se detuvo en seco con el ceño fruncido y una voz de alarma resonando
en su cabeza.
—¿Hoy es viernes? —Los chicos asintieron al unísono—. Hoy tengo
que comenzar el ciclo de nuevo.
—¿Y?
—Que debería haber tenido mi periodo ya.
—Quizá el estrés de estos días te está jugando una mala pasada —opinó
Greg—. Puede ser, ¿no?
Cuando la chica fue a dar su opinión, tuvo que correr de nuevo al baño
presa de unas nauseas horribles.
—Vale, tendremos que buscarle un nombre mejor que estrés —dijo
Matt mirando a su chico—. Aunque tenemos nueve meses para pensarlo...
Las manos de Jennifer temblaban mientras seguía las instrucciones de
la prueba de embarazo que Greg le había comprado. Los minutos pasaban
con una lentitud agónica mientras esperaba a que pasaran los diez minutos
más largos de toda su vida. Por fin llegó el momento de consultar el
resultado. Respiró hondo, miró el aparato y se agarró al borde del lavabo
porque las piernas se le volvieron de gelatina. La incredulidad del primer
momento pasó rápidamente a terror.
«¡No puedo estar embarazada!», se dijo, atónita, volviendo a leer las
instrucciones de la prueba.
Cuando salió del baño, solo tuvo que mirar a los chicos para que
comprendieran el resultado. Matt la miró con cierta aprensión, pero no pudo
evitar preguntar:
—¿Te molestaría mucho si me alegrara de ser tío?
Greg le dio un codazo a su marido, pero no pudo evitar sonreír ante el
comentario. Sabía cuánto le gustaban los niños a Matt, incluso se estaban
planteado adoptar, de modo que no le extrañaba nada que aquella noticia lo
hiciera feliz. Aunque Jennifer parecía estar en estado de shock.
—¿Estás bien? —interrogó Greg, preocupado, ayudándola a sentarse en
el sofá.
—¿Cómo ha podido pasar? —se preguntó, confusa.
—Quizá no recuerdes aquello de la semillita que papá poner en mamá,
pero… —Greg volvió a darle un codazo a Matt para que guardara silencio
—. ¡Solo intentaba hacerla reír!
Pero no había nada que consiguiera sacarla del trance en aquel
momento.
«Un bebé. Voy a tener un bebé de Jamie», se dijo, llevándose la mano
al vientre como un acto reflejo. Se suponía que la píldora era de una
efectividad del cien por cien si se usaba de forma correcta. No recordaba
haber olvidado una sola dosis en ningún momento. Su último periodo lo
había tenido mientras estaba en Boston. Lo recordaba bien porque le había
coincidido con aquel dichoso catarro y entre los dos la habían sacado de
circulación un par de días. Recordar aquellos días fue como una revelación.
—¡El antibiótico!
—¿Qué?
—Tomé una caja entera para recuperarme de la bronquitis que cogí en
Boston —explicó—. Terminé la caja apenas dos días antes de volver a
Santa Carla.
«Y de mi visita a Edenhouse», se recordó. Después de años tomando la
píldora para regular su periodo, tenía más que claro que los antibióticos
anulaban el efecto.
—¡¿Cómo no caí en la cuenta?! —se regañó.
Greg se giró hacia Matt y le apuntó con un dedo.
—No necesitamos ese comentario —le avisó.
—No iba a decir nada —protestó Matt, fingiéndose ofendido.
Greg lo miró arqueando las cejas, incrédulo.
—Vale, solo pensaba decir que seguro que tenía otras cosas más
interesantes en que echar cuenta… —aceptó—, pero me lo callo.
—¡Matt!
En contra de todo pronóstico, Jennifer rompió a reír de forma
estridente, más en respuesta a un ataque de nervios que a las bromas de
Matt.
Capítulo 62
La inauguración de la Purple Memorial Fundation llegó tres semanas
después del fallecimiento de Sam. Se había preparado todo un acto
institucional para la apertura oficial, y James había sido invitado para decir
unas palabras sobre Sam y lo orgulloso que seguro se sentiría porque aquel
proyecto viera al fin la luz.
James odiaba aquel tipo de actos, pero sabía que Sam hubiera querido
estar allí y estaría feliz de que él estuviera en su lugar. Solo esperaba poder
dar el sencillo discurso que tenía preparado sin desmoronarse y marcharse
de allí cuanto antes para poder quitarse aquella maldita ropa. Apenas
llevaba allí media hora y ya se sentía fuera de su hábitat, embutido en un
traje que detestaba, pero que se había puesto en honor a Sam, que, sin duda,
estaría riéndose de él desde dónde pudiera verlo.
Las tres semanas transcurridas desde la muerte del anciano habían
resultado casi insoportables para él, que se preguntaba a diario en qué
momento dejaría de doler tanto, tal y como le habían asegurado que
sucedería. Pasaba doce horas en el despacho, intentando concentrarse en
algo que le permitiera respirar con normalidad, pero sus excursiones al
taller habían dejado de surtir su efecto. Cada vez que se centraba en una
moto recordaba a Sam sentado frente a él, viéndolo trabajar, con aquella
sonrisa de admiración en su sereno rostro. Como resultado había dejado de
ir al taller. Pasaba las noches tocando la guitarra o mirando al techo,
intentando encontrar algo en que pensar que le aportara un segundo de paz;
mientras se volvía loco para mantener lejos de su pensamiento a quien no
conseguía odiar con la intensidad que le hubiera gustado.
Cuando aquella tarde llegó al salón donde tendría lugar la inauguración
de la Fundación, llevaba la firme intención de mantener la serenidad a toda
costa. Se relacionaría lo justo y necesario, diría unas palabras y se
marcharía con la misma calma con la que había llegado. Y lo llevaba muy
bien… hasta que vio entrar a Jennifer por la puerta. Sabía que se la tendría
que encontrar allí, y se había mentalizado para verla sin sentir ningún tipo
de emoción, pero nada le había preparado para una Jennifer radiante,
vestida de gala y absolutamente maravillosa. Y no era solo aquel vestido el
que la hacía lucir como una diosa. Algo había cambiado en ella en aquellas
tres últimas semanas…, y él no debería ni siquiera estar preguntándose qué
era.
Intentó apartar la mirada e ignorarla, tal y como se había prometido a sí
mismo que haría, pero aquella mujer era como un imán gigantesco que lo
atraía de una forma que no lograba evitar, ni siquiera disimular. Su belleza
le cortaba la respiración.
Jennifer sonreía y charlaba con los directivos del hospital y sus
respectivas parejas, intentando mantener la compostura. Tres semanas sin
sentir aquellos ojos verdes sobre ella debían haberle derretido el cerebro
hasta el punto de ver visiones, porque juraría que James la taladraba con la
mirada desde que había entrado por la puerta. Matt le había repetido una y
otra vez lo espectacular que estaba con aquel vestido, que se ajustaba a cada
curva de su cuerpo y la convertía en la sofisticación y la sensualidad hecha
mujer, pero ella no era lo que se diría el tipo de Matt como para fiarse de su
criterio; y, además, no se sentía demasiado cómoda con… su nueva
condición. Sus pechos habían aumentado una talla, que el asombroso
vestido se empeñaba en potenciar.
Miró con disimulo hacia James de nuevo, que ahora charlaba con el
doctor Grey. Esto le dio la oportunidad de observarlo a placer por primera
vez desde que había llegado. Jamás lo había visto vestido así, y, por regla
general, solían gustarle más los hombres con vaqueros y cazadora de cuero,
pero eso había sido antes de poner sus ojos sobre él vestido de traje. En lo
que parecía ser un signo de rebelión, se había negado a ponerse una corbata
y llevaba los dos últimos botones de la camisa desabrochados, dándole un
aspecto sensual que le aceleraba el pulso, incluso desde la distancia.
«¡Guau! ¡Debería ser pecado estar tan irresistible!».
—Estás muy callada —le dijo Matt por lo bajo—. ¿Te encuentras bien?
—James está aquí —admitió.
—Genial, así le pongo cara. —Sonrió, exagerando su entusiasmo.
Jennifer lo miró con el ceño fruncido—. Chica, siento curiosidad, nadie
puede ser tan increíble como dices.
En susurros, y como si le estuviera contando algo de suma importancia,
la chica le dio todas las indicaciones para que pudiera localizarlo.
—Con disimulo, Matt, por favor.
—Cariño, yo soy la sutileza personificada, no voy a… ¡Virgen Santa!
¡Yo también me dejaría embarazar por ese tipo!
Jennifer rio sin remedio. Matt siempre conseguía arrancarle una
carcajada con su peculiar formar de decir las cosas, a pesar de que solía
hacer comentarios fuera de lugar.
—Y eso que está a quince metros —admitió Jen, de mala gana.
—¿No me digas que gana en las distancias cortas?
—Juzga por ti mismo —le susurró con el corazón a mil. James
avanzaba en su dirección junto con el doctor Grey, justo en aquel momento.
—¡Por Dios, es como un felino caminando hacia su presa! —le dijo,
fascinado—. Es… magnético.
—Sí, sin duda —dijo mirando a su alrededor, molesta—. No creo que
haya una sola mujer en el salón que no se lo esté comiendo con los ojos.
—¿Y? Los suyos parecen ser solo para ti.
—Las apariencias engañan, Matt, lo comprobarás en cuanto comience
el primer asalto.
El doctor Grey le presentó a Jennifer a uno de los accionistas del
hospital y ella intentó demorarse lo máximo posible en su compañía, hasta
que llegó un momento en que fue inevitable el tener que enfrentarse a
James.
—Señorita Easter —le dijo él, haciéndole un gesto con la cabeza como
saludo.
—Hola —fue todo lo que dijo, devolviéndole el mismo gesto educado.
—¿Qué tal todo?
«Genial. Salvo por hecho de que estoy embarazada de tu hijo y tú me
tratas como a una extraña…, por lo demás, de fábula», pensó, con un ataque
de pánico total, pero en lugar de todo aquello se limitó a decir muy seria:
—Bien, ¿y tú?
—He estado mejor —admitió, sin ninguna intención de agregar nada
más.
Jennifer, como por arte de magia, recordó que debía presentarle a Matt.
Una sonrisa irónica iluminó los ojos de James al escuchar su nombre.
—¿Matt? ¿Ya nos conocíamos? —le preguntó con frialdad, recordando,
sin duda, de qué.
—Algo así —admitió Matt, al que le resultó curioso el tono y la mirada
helada de que era objeto. Decidió que lo mínimo que le debía a Jen era
seguir con aquel juego—. Creo que hablamos por teléfono una vez.
—Sí, eso me parecía recordar. —Sonrió, y, para asombro de todos, le
tendió la mano, que Matt estrechó con firmeza.
Jennifer intentó guardar la compostura a pesar de que se sentía morir.
Sin duda, el gesto había sido lo mismo que admitir lo poco que ella le
importaba ya. Matt, en respuesta, le rodeo la cintura con un brazo; gesto
que ayudó a Jennifer a preservar la poca dignidad que le quedaba. La cínica
sonrisa de James les dijo que para él tampoco había pasado desapercibida
aquella muestra de posesividad.
—¿Dónde está Greg? —les preguntó el doctor Grey a ambos,
interrumpiendo la estampa—. Tenemos que empezar ya.
—Iré a buscarlo —se ofreció Jennifer con rapidez—. ¿Vienes Matt?
Ambos se alejaron de James y desaparecieron por uno de los laterales
del salón. Matt sacó su teléfono y le envió un mensaje a Greg para que se
reuniera con ellos.
—¿Estás bien? —le preguntó muy serio.
—¿Por qué no iba a estarlo? —ironizó—. El amor de mi vida y padre
de mi hijo acaba de darme permiso para tirarme a otro, ¿no es estupendo?
Greg se reunió con ellos procedente del otro extremo del salón, y
observó los gestos serios.
—¿Ha pasado algo?
—No —dijo Jen secándose las lágrimas—. Es hora de empezar con la
ceremonia. Tendré toda una vida para llorar por ese capullo ególatra.
¡Vamos a ello!
Los siguientes cuarenta y cinco minutos fueron especialmente
emocionantes para todos. Tanto Greg como el doctor Grey se encargaron de
llevar todo el peso del acto. Hablaron del bonito proyecto que tenían entre
manos y de todas las personas que iban a conformar el mismo. Cuando
anunciaron el nombre que llevaría la Fundación, invitaron a James a unirse
a ellos para hablarles de Sam. El escueto pero emotivo discurso de James
arrancó un sentido aplauso, dedicado a la memoria de la persona que había
hecho todo aquello posible.
Cuando el brindis oficial dio por finalizado el acto, se invitó a todo el
mundo a quedarse un rato más para disfrutar de un aperitivo. Al final del
salón habían instalado un buffet con multitud de delicatesen para deleite de
los invitados.
James, fingiendo que escuchaba algo de lo que una rubia siliconada le
decía mientras se lo comía con los ojos, posó su mirada sobre la mujer que
se veía obligado a echar de su pensamiento a cada minuto, de cada
madrugada. No había podido acercarse de nuevo a ella desde su primer y
único encuentro, puesto que nunca estaba sola.
Para Jennifer aquella estaba resultando una velada agotadora. Hacía
rato que se hubiera marchado si Greg no le hubiera pedido que aguantara un
poco más hasta que el resto de gente comenzara a dispersarse.
Aprovechando que Matt había salido a hacer una llamada, y que ella parecía
tener hambre por primera vez en días, se acercó al buffet en busca de algo
que echarse al estómago.
—¿Dónde está tu guardaespaldas? —la sobresaltó James, apareciendo
de repente a su lado.
A Jennifer se le quitó el hambre.
—Te refieres a Matt, supongo.
—Supones bien.
—Ha salido a hablar por teléfono —explicó, fingiendo indiferencia—.
Uno de sus pacientes ha tenido una crisis.
—¿También es loquero? —El desprecio implícito en la pregunta le hizo
suspirar.
—No, el loquero es Greg, Matt es psicólogo, como yo.
—Nunca se os acabará el tema de conversación, ¿no? —Sonrió
sarcástico mientras cogía un canapé de gambas y lo ponía en su plato junto
a los otros cinco que ya había cogido—. Debe de ser súper interesante
tomarse un café con vosotros.
Jennifer soltó su plato vacío y se dispuso a marcharse.
—¿Vas a renunciar a tanta delicatesen por mi culpa? —le dijo James sin
dejar de sonreír.
—Ya no tengo hambre.
Se alejó de él y salió del salón hacia su despacho. Necesitaba
tranquilizarse un poco antes de volver con el resto de invitados. Desde que
estaba embarazada, las hormonas parecían magnificar cada una de sus
emociones, y en aquel momento estaba al borde del colapso nervioso. Se
internó por el largo pasillo caminando a paso rápido.
—Lo siento, mi bebé —susurró, furiosa—, pero debo decirte que tu
padre es el tipo más insufrible e insoportable que he conocido nunca.
—¿Estás hablando sola?
Jennifer se detuvo en seco justo cuando estaba a punto de alcanzar su
destino. Soltó el picaporte de la puerta, furiosa, y se volvió a encararse con
James, que al parecer pensaba estresarla hasta volverla loca. Por un
momento estuvo tentada a escabullirse dentro del despacho y cerrarle la
puerta en las narices. Se contuvo a duras penas.
—¿Piensas seguir molestándome mucho más?
—Nunca he pretendido hacerlo. —Fingió ofenderse—. Solo quería
saber de tu vida. Ya hace tiempo que no sé de ti. La última vez que te vi te
largabas a hurtadillas del entierro de Sam.
Aquel golpe bajo fue recibido con cierto hastío.
—Al parecer da igual lo que haga y cómo —suspiró cansada—.
Siempre tendrás algo que reprocharme.
James tuvo que admitir para sí que no estaba siendo justo. La realidad
era que en su momento entendió, e incluso agradeció, que se hubiera
mantenido a distancia en el entierro, pero la necesidad de herirla iba más
allá de toda lógica.
—¿Ahora vas a hacerte la víctima, Jennifer? —Sonrió con cinismo—.
No te pega nada, considerando a lo que te has estado dedicando estas tres
últimas semanas.
—Seguro que voy a arrepentirme de preguntar, pero ¿qué se supone
que he estado haciendo?
«Aparte de vomitar y maldecir tu nombre», pensó, molesta.
—Tú sabrás.
—No, que va, al parecer tú lo sabes mejor que yo —ironizó—. ¿He
estado atracando ancianas o quitándoles los caramelos a los niños? Tú dirás.
—Los dos sabemos que has pasado los días revolcándote con ese…
madelman.
—¿Matt? —A Jennifer casi le da un ataque de risa por lo absurdo de la
suposición.
—Me parece bien, no tengo ninguna objeción, entiendo que para ti Sam
no representara demasiado.
—¡No te atrevas a seguir por ahí, James! —le exigió, ahora furiosa—.
Para mí también han sido unas semanas muy duras.
—¿Sí? Culpabilidad, supongo.
—¡Yo no tengo nada por lo que sentirme culpable!
—Así que ¿el hecho de darle un disgusto de muerte, literalmente, no te
supone ningún problema?
—Yo no le dije a Sam la verdad sobre lo nuestro —insistió entre
dientes.
—¡Mientes! Y si hay algo que no puedo soportar es el engaño.
—Pues resulta un poco contradictorio que me estés reclamando el haber
acabado con la mayor mentira que hemos contado, ¿no crees?
—Aquello fue diferente —admitió, dolido—. Lo hicimos por él.
—Sí, y a pesar de que me lo impusiste a la fuerza, yo respeté nuestro
acuerdo.
—Hasta dos días antes de su muerte.
Jennifer exhaló aire con deliberada lentitud, buscando la calma.
—¿Sabes qué? Piensa lo que te dé la gana —terminó diciéndole
agotada—. Acúsame de mentirosa y de ninfómana si quieres, ya me da
igual.
—¿Vas a decirme que lo de Matt tampoco es verdad?
—Es que no tengo por qué decirte nada —le recordó—. ¿Quieres que te
pregunte yo a ti qué has hecho tú en las últimas semanas?
—¿Aparte de llorar al que consideraba mi padre dices? —Hizo una
pausa intencionada y agregó—: ¡Aprender a odiarte!
La mirada de desprecio que James le dirigió le dolió en el alma. Sintió
que le flaqueaban las fuerzas, pero no estaba dispuesta a desmoronarse
delante de él.
—Si el objetivo de esta conversación era hacerme saber cuánto me
odias, misión cumplida —le dijo, con una nota de dolor en la voz—. Ya
puedes irte por dónde has venido.
James guardó silencio sin dejar de mirarla, preguntándose de nuevo que
había de diferente en ella. Era como una luz especial, que lo atraía de una
forma que lo desconcertaba.
—¿Quieres algo más? —insistió, incómoda con el escrutinio.
—Pues… —le dijo mirándola de arriba abajo—, eso depende de lo que
haya en oferta.
—Y cuando ya pensaba que habías terminado de insultarme… —
ironizó, escondiendo su repentino rubor.
Para James, el que ella pensara que aquello pretendía ser una forma
más de humillación resultó una ventaja inesperada.
—Tengo que reconocer que tu belleza me deja sin aliento esta noche —
le dijo, con un gesto tan cínico que enmascaró por completo aquella verdad.
Dio un paso en su dirección y sonrió complacido al verla palidecer.
—¡Ni se te ocurra acercarte! —le exigió mientras retrocedía unos pasos
para volver a ganar su distancia de seguridad.
La sonrisa irónica volvió a enmascarar la realidad.
—No sé qué tienes de diferente, pero me cautiva.
—¡Tú me odias, James! —se vio en la obligación de recordarle,
aterrada por el calor que comenzaba a acumularse entre sus piernas.
James pudo leer el deseo en sus ojos con absoluta claridad. Observó su
respiración agitada, y se deleitó con el movimiento de sus pechos, que
aquella noche parecían llamarlo a gritos, aprisionados bajo la fina tela del
flamante vestido. Casi se le hizo la boca agua imaginando que los liberaba y
los saboreaba con deleite.
Sí, la odiaba, admitió para sí, el problema era que lo hacía con la misma
intensidad con la que deseaba hacerle el amor; la misma con la que ella
también lo deseaba, a pesar de que se negara a admitirlo. Sonrió ante la idea
de conseguir que se doblegase ante él.
—El modo en que este vestido se ciñe a tus pechos me ha estado
atormentando toda la noche —le susurró, recortando las distancias con una
lentitud enloquecedora—. ¿Qué tipo de sujetador llevas, Jen?
—¡No me lo puedo creer!
—Anda, dímelo, no se nota nada…
Jennifer tragó saliva y retrocedió hasta chocar contra la propia puerta
de su despacho.
—¿Es uno de esos que realzan y…?
—¡No voy a hablar de mi sujetador contigo! —lo interrumpió,
abochornada por desear con tanta intensidad que lo comprobase por él
mismo.
—¿Qué te cuesta decírmelo? —insistió acorralándola un poco más.
—¡Ya basta!
—¿Es porque quieres obligarme a comprobarlo?
—¡No llevo! —Claudicó, desesperada—. Este vestido está diseñado
para usarlo sin él. ¿Contento?
James posó los ojos sobre su escote sin el menor disimulo, provocando
que ella se cruzara de brazos por puro acto reflejo.
—Reconozco que hubiera preferido no saberlo —le dijo él,
devolviendo a su rostro una mirada intensa, enturbiada de deseo contenido.
—¡No me puedo creer que me estés haciendo esto! —se horrorizó Jen
mientras su cuerpo reaccionaba a aquella mirada con una intensidad que la
irritó—. Vuelve al salón, James.
—Enséñame tu despacho —le dijo de pronto, casi como una exigencia.
—¡Ni loca!
En respuesta, la atrapó entre sus brazos y la atrajo hacia él con fuerza.
Jennifer intentó contener la oleada de fuego líquido que recorrió su cuerpo,
pero sabía que en sus ojos estaría escrita la humillante verdad.
—Por favor, suéltame —le pidió—. Yo tengo que trabajar aquí, si
alguien nos viera…
—Sería fatal para tu reputación —admitió, pero no la soltó.
—Entonces…
—Entonces… llévame a tu despacho —insistió, sin disimular cuánto
estaba disfrutando aquel momento—. No querrás estar en mitad de un
pasillo cuando te rindas a lo inevitable —se acercó a susurrarle al oído—. Y
lo harás.
—¡Eres un cabronazo! —Lo insultó entre dientes.
—Sí, un cabronazo que te mueres por tener entre tus piernas.
Jennifer quería gritar, patalear y pegarle hasta que la soltara, pero no
hizo ninguna de aquellas cosas. Sabía que debía apartarse de él, pero no
podía. Consiguió ponerle las manos en el pecho, pero en lugar de empujarlo
terminó agarrándole la camisa.
—No voy a ceder.
—Sabes que sí.
Y para demostrárselo, James la tomó de las nalgas y la apretó con
fuerza contra su evidente erección, arrancándole un gemido de excitación
con el que terminó de humillarse por sí misma.
—Los dos sabemos qué pasará si te beso en mitad de este pasillo, Jen
—insistió—. A mí no me preocupa, estoy dispuesto a asumir ese riesgo.
Jennifer tragó saliva y, casi como un acto reflejo, miró hacia arriba.
James solo tuvo que seguir su mirada para leer con total claridad el rotulo
de la puerta con su nombre y cargo en letras mayúsculas.
—¿En serio? —Sonrió James con frialdad, agregando en tono burlón
—: Es curioso cómo el destino se empeña en unirnos.
«No tienes ni idea de hasta qué punto», pensó Jen, deseosa de gritarle a
la cara que el destino del que tanto se reía había intervenido para unirlos
con un lazo mucho más fuerte que el deseo. La sonrisa cínica y exenta de
toda calidez con la que había dicho aquellas palabras fue lo único que evitó
que le desvelara aquella verdad escondida
—No nos unirá esta noche —le dijo ella, intentando apartarlo a un lado.
—Los dos sabemos que podría arrastrarte dentro sin mucho esfuerzo
por mi parte —dijo, acariciándole los brazos con la yema de los dedos,
provocándole un escalofrío—, pero si quieres que todo suceda en el pasillo,
que así sea.
El beso que le robó un segundo después le dijo que no estaba
bromeando. Para su desgracia, Jennifer respondió de forma casi automática,
devorándolo con auténtico abandono.
—¿Puedo sugerir de nuevo el despacho? —susurró James contra su
boca mientras la apretaba más y más contra su cuerpo.
—¡Eres despreciable! —le recriminó Jen, apretando los dientes
mientras abría la puerta y tiraba de su chaqueta para arrastrarlo dentro. Echó
el pestillo casi al mismo tiempo que se arrojaba de nuevo a sus brazos—.
Esto es un error, James.
—¿Y crees que no lo sé? —le respondió con sinceridad por primera vez
aquella noche mientras la recibía entre sus brazos con auténtica
desesperación. La besó hasta dejarla sin aliento, hasta que la sintió
derretirse contra él y deslizar las manos por la pechera de su camisa.
Jennifer se abandonó a sus caricias con asombrosa facilidad. Bastaba
con que la tocase para que su capacidad de pensar se viera diezmada.
Cuando sintió la yema de sus dedos descender por su espina dorsal, contuvo
la respiración, para dejar escapar un intenso gemido al comprender que
James acababa de bajarle la cremallera del vestido. Un minuto después tiró
de los tirantes y la prenda resbaló por su cuerpo hasta caer a sus pies,
dejándola ante sus ojos ataviada solo con unas braguitas de encaje y unos
tacones de vértigo.
Con un ademán posesivo, James le cubrió los pechos con las manos y
descendió por su cuello para chuparle los pezones, más sensibles de lo
habitual, haciéndola temblar de deseo. Unos minutos después volvió a
tomar su boca y la arrastró hasta el sofá que se divisaba en una esquina,
mientras le facilitaba el acceso a su propia ropa, de la que Jen tiraba con
impaciencia, deseosa de sentir piel contra piel.
Cuando ambos cayeron desnudos sobre el sofá, James prestó toda su
atención a aquella parte del cuerpo femenino que sabía que encontraría lista
para recibirlo en cuanto lo decidiera. Hundió los dedos en su interior,
maravillándose de su calidez, y se deleitó con cada uno de los gemidos
roncos que acompañaron a cada una de las embestidas de sus dedos.
Cuando, incapaz de soportar más la espera, se colocó sobre ella dispuesto a
tomarla, Jennifer lo sorprendió tomando la iniciativa, obligándolo a
sentarse. El momento en el que se subió a horcajadas sobre él y lo recibió
en su interior en profundidad, ambos dejaron escapar un gemido triunfal,
que silenciaron con un profundo y devastador beso. Jennifer cabalgó sobre
él con exquisita lentitud, mientras James prestaba de nuevo toda su atención
a sus pechos, que lo enloquecían de una forma ilógica aquella noche. Poco a
poco, ella comenzó a moverse a un ritmo cada vez más frenético, al que él
se adaptó enardecido de deseo convirtiéndolo en algo indescriptible,
haciéndolos perder el control por completo. El calor entre ellos fue
creciendo y creciendo hasta que se hizo exquisitamente insoportable y el
universo se estremeció, arrastrándolos de la mano por un mismo remolino
de plenitud.
Cuando pusieron los pies en la tierra de nuevo, se quedaron inmóviles,
entrelazados en un íntimo abrazo mientras intentaban recuperar el aliento.
Jennifer, incapaz de mirarlo a los ojos, esperó inmóvil a que fuera él
quien diera el primer paso. Una vez más, estar entre sus brazos había sido el
paraíso, pero algo le decía que descendería al infierno en cuanto que James
hablara. Quizá no encontraría un momento mejor que aquel para confesarle
que estaban esperando un bebé. Ambos desnudos, tras hacer el amor,
cuando podía sentirlo aún en su interior…
—Jamie…, necesito decirte algo… —Casi titubeó.
Él se puso tenso. Con un movimiento rápido salió de su interior y la
echó a un lado del sofá con brusquedad.
—Te juro que no soporto que me llames Jamie —le dijo, sin poder
disimular su repentina ira.
Jennifer se quedó atónita por tanta acritud y lo observó ponerse los
calzoncillos y los pantalones, muda por la sorpresa. Tragó saliva, junto con
la confesión que había estado a punto de hacerle, y se puso en pie para
buscar su vestido, que divisó tirado en la misma puerta de entrada. Aquello
decía mucho sobre lo poco que había tardado en desnudarla, se fustigó
pensando, sintiéndose humillada por su propia actitud.
—Di lo que quieras, te escucho —le dijo James con frialdad, pero no
obtuvo respuesta—. Lo que sea dilo ya —insistió—. Porque en cuanto
termine de vestirme me marcho.
La siguió con la mirada mientras caminaba desnuda hasta la puerta del
despacho, donde se agachó a recoger su vestido con una expresión de
evidente disgusto, ajena al hecho de que él no podía sacarle los ojos de
encima. Irritado, tuvo que hacer un esfuerzo titánico para mirar hacia otro
lado. Aquella mujer le calentaba la sangre hasta convertirla en lava líquida,
y no soportaba que tuviera tanto poder sobre él. Daba igual cuánto la odiara,
la deseaba de un modo enfermizo al mismo tiempo.
Jennifer, incapaz de decir una sola palabra, centraba todos sus esfuerzos
en no derrumbarse hasta estar a solas. No había esperado una declaración de
amor, pero tampoco que la despreciara de una manera tan brutal y
despiadada al mismo tiempo, y le estaba costando asimilarlo. Y las
hormonas propias del embarazo no la ayudaban en absoluto. En aquel
momento necesitaba una buena llantina de una forma casi desesperada.
Se puso el vestido y se cerró la cremallera hasta donde pudo. Después,
centró su atención en acomodárselo mientras hacía tiempo para que él
terminara de vestirse y saliera del despacho.
—¿Vuelves al salón? —le preguntó James una vez estuvo vestido,
reconociéndose algo incómodo por su silencio.
—No. Voy a esperar a Matt aquí —admitió volviéndose a mirarlo,
haciendo acopio de toda su dignidad—. Lo llamaré en cuanto te marches.
James dejó escapar una carcajada desprovista de humor.
—Me siento tentado a esperarlo contigo. ¿Vas a contarle lo que ha
pasado o prefieres que lo haga yo?
—Márchate.
—Solo por curiosidad, ¿reaccionas a él igual que a mí?
—No —admitió—. Él me permite relajarme y disfrutar del camino de
retorno.
—¿Y es capaz de llevarte al orgasmo en veinte segundos? —le
preguntó con descaro avanzando hacia ella, mirándola con lascivia—.
¿Sabe tocarte cómo te gusta hasta hacerte gritar de placer?
Continuó caminando, obligándola a retroceder de nuevo.
—¿No vas a decir nada? —insistió—. ¿También pierdes el sentido
cuando te besa?
Llegó hasta ella y la acorraló contra la pared, apoyando una mano a
cada lado de su cabeza.
—¿Tiemblas cuando te toca? —le susurró en el oído—. ¿Te mueres por
sentirlo en tu interior? ¿Gritas su nombre a pleno pulmón mientras te
corres? ¡Contéstame, maldita sea! ¡¿Te da él todo eso?!
—A veces una sola caricia es más valiosa que diez orgasmos —le dijo
mirándolo a los ojos, incluso a riesgo de que él comprendiera cuán
devastada estaba en aquel momento.
Él volvió a reír, pero se puso serio segundos después. La atrapó de
forma repentina entre sus brazos, sobresaltándola. La tomó de las nalgas,
apretándola contra su pelvis, donde su interés volvía a ser más que evidente.
Se frotó contra ella con movimientos fuertes y enérgicos.
—¿Quieres una caricia, Jen, o prefieres que te levante el vestido y te
empotre contra esta pared una y otra vez, hasta que te olvides del resto del
mundo?
«Por favor, Jennifer, no le permitas hacerte más daño», se suplicaba a sí
misma mientras sentía cómo su cuerpo volvía a la vida y le pedía a gritos
que cediera a la tentación.
—Te mueres por rechazar la caricia, ¿verdad? —Sonrió con cinismo—.
Reconócelo y te doy lo que deseas con tanta desesperación. —Volvió a
moverse contra ella, asegurándose de que sentía su erección en su
entrepierna.
Jennifer tuvo que echar mano de todo el dolor que James le había
provocado para no ceder a la tentación de suplicarle. Cerró los puños y se
clavó las uñas con fuerza, mientras se recordaba la brusquedad con la que la
había arrojado a un lado del sofá hacía apenas cinco minutos.
—Esta vez no voy a ceder —le aseguró con firmeza.
—Siempre y cuando yo no me esfuerce por convencerte… —Sonrió
con malicia—, porque los dos sabemos que podría hacerte el amor mientras
te susurro al oído cuánto te odio e incluso así serías mía.
Jennifer tuvo que admitirse a sí misma aquella dolorosa verdad, pero no
le daría el gusto de reconocerlo.
—Para ti todo es cuestión de sexo —le dijo, fingiendo tranquilidad—.
Eres un insensible.
Recibió una sonrisa irónica como respuesta y un comentario cargado de
resentimiento.
—¿Y qué esperabas de un tarado emocional?
—Que me demostraras que no lo eres —reconoció, parpadeando con
violencia para alejar las lágrimas.
—Las emociones están sobrevaloradas.
—Sí, pero eso y los sentimientos es lo que nos diferencia de los
animales.
—Añadiré animal a tu lista de insultos contra mí —aceptó—, pero hay
otra cosa que nos diferencia de los animales, Jen, la capacidad para razonar,
pero la tuya desaparece en cuanto que te pongo un dedo encima, y te dejas
llevar por tus instintos más primarios.
—Eres un desgraciado —susurró, avergonzada.
—Sí, insúltame si quieres —Sonrió—, pero eso no borra el hecho de
que me hayas arrancado dos botones de la camisa en tu afán por
desnudarme. No seas tan cínica como para decirme que cambiarías lo que
ha pasado en ese sofá por una caricia.
—Todavía no lo has entendido ¿no? —le dijo ella, haciendo acopio de
su último vestigio de dignidad—. No tengo que elegir, James, de eso se
trata. Se deberían poder tener las dos cosas. La pasión y la ternura.
—No conmigo —respondió entre dientes.
—Por eso no estamos juntos.
—No estamos juntos porque yo no he querido —le aseguró, mirándola
a los ojos con desdén—. Solo tenía que fingirme enamorado y habrías
comido de la palma de mi mano, pero ¿para qué iba a necesitar yo tomarme
tantas molestias?
—¿Por alguien como yo quieres decir? —susurró, sin poder ocultar ya
su intenso dolor.
—¡Por alguien que puedo tirarme cuando quiera!
Jennifer tuvo que morderse el labio con fuerza para no romper a llorar.
Sentía un dolor tan lacerante en el pecho que le cortaba la respiración,
mientras se esforzaba por parecer entera.
—¿Por qué eres tan cruel? —Le pregunto con una voz apenas audible.
—Porque tu despecho me arrebató a la única persona que quería en la
vida, y todo lo que puedo quitarte yo es tu dignidad como mujer —
reconoció mirándola con odio—. ¿Qué se siente al no poder resistirte a un
hombre que te desprecia con todas sus fuerzas?
—Dímelo tú —lo enfrentó—. También acabas de acostarte con una
mujer a la que odias.
—Sí, y debo reconocer que ha sido una venganza muy placentera. —
Sonrió irónico.
—Jamás voy a perdonarte por esta noche, James —silabeó entre
dientes.
«Lo siento, mi bebé, lo siento tanto por ti», no pudo evitar pensar,
aguantando las lágrimas ahora con dolorosa angustia.
—¿Y crees que me importa algo tu perdón?
—Quizá te importe algún día.
—Sí, sigue soñando —fue todo lo que le dijo antes de soltarla con
brusquedad y alejarse de ella.
Jennifer lo observó caminar hacia la puerta sin poder evitar llevarse la
mano al abdomen, donde su bebé crecía ajeno al drama que le tocaría vivir.
—Por cierto… —la sorprendió James volviéndose a mirarla de nuevo
—, me marcho a Nueva York. Gracias por la despedida. Ha sido un
auténtico placer, como siempre.
Dirigiéndole una última mirada de desprecio, junto con una cínica
sonrisa, salió del despacho, dejándola sumida en la más absoluta
desolación.
Capítulo 63
Cuando James le abrió la puerta, Rob solo tuvo que mirarlo una décima
de segundo para preocuparse. Entró tras él en su casa y observó el
estropicio a su alrededor.
—Es la una de la madrugada, Rob, ¿qué haces aquí? —le preguntó
James, con una extraña calma.
—Acabo de dejar en casa a Sarah y he venido a ver qué tal había ido lo
de la inauguración —explicó—. ¿Ha sido muy duro?
—No, un pequeño discurso nada más. Soportable. —Sonrió—. A Sam
le hubiera gustado asistir.
Rob frunció el ceño mirando de nuevo a su alrededor. Se veían un
montón de cristales esparcidos por el suelo, además de varias de las
figuritas del mueble bar rotas o astilladas, también en el suelo junto al
cristal.
—¿Puedo preguntarte que ha pasado aquí? —Señaló.
—Se me ha caído un vaso —dijo James, con una tranquilidad pasmosa.
Intranquilo, Rob se puso en pie y caminó hasta el mueble bar,
comprobando que había cristales justo dónde debían estar los adornos que
ahora yacían rotos en el suelo. No fue difícil deducir que James había
lanzado un vaso con fuerza contra el mueble, haciéndolo añicos y tirando al
suelo todo lo que cogía a su paso. Se volvió de nuevo hacia su amigo con
expresión preocupada.
—No hagas ningún comentario, Rob, por favor —le pidió James muy
serio—. Estoy bien.
—¿Quieres contarme algo?
—Me marcho a Nueva York.
Aquello era lo último que Rob había esperado escuchar. Lo observó,
perplejo, intentando leer más allá de su expresión distante.
—¿Es una broma?
—No —admitió—. Voy a dirigir Sample.
—¿Y cuándo has tomado esa decisión?
—Hace una hora.
—¿Durante la inauguración?
—Sí.
Rob suspiró y se dejó caer en uno de los sillones. Era obvio que en esa
inauguración había pasado algo de lo que James no parecía querer hablar. Y
no había que ser un genio para deducir quien estaba involucrada en el
asunto.
—¿Es una decisión en firme?
—Tengo que organizar algunas cosas en Customsa, pero sí, es una
decisión en firme.
—Y ¿puedo preguntarte que ha motivado esa decisión?
—Es lo que Sam querría y lo que yo necesito en este momento —dijo,
con cierta intranquilidad repentina.
—James…
—Esta ciudad es demasiado pequeña para los dos —terminó
admitiendo—. Necesito alejarme de ella, Rob, me volveré loco si no lo
hago.
Jennifer se tumbó en el sofá de su despacho, agotada tras otra larga
jornada laboral. Siempre había sabido que los comienzos de la Fundación
iban a ser duros porque había cientos de cosas que hacer para ponerla en
marcha, pero con lo que no había contado era con un inquilino sorpresa
alojado en su cuerpo, al que no parecía gustarle nada de lo que comía.
Greg llamó a la puerta y se coló en el despacho casi sin esperar
respuesta.
—¿Te llevo a casa? —le ofreció acercándose a ella. Le levantó las
piernas, cogió asiento en el sofá y se las colocó sobre el regazo—. ¿Por qué
yo no tengo un sofá de estos en mi despacho?
—No le habrás guiñado el ojo a la persona correcta —bromeó la chica,
encogiéndose de hombros.
—Pues tendré que solucionarlo, o voy a pasar más tiempo aquí que en
el mío. —Sonrió—. ¿Cómo te encuentras?
—Agotada —reconoció.
—Llevas doce horas trabajando —le recordó—. Deberías tomártelo con
más calma.
—Creo que eres el único jefe del mundo que hace ese tipo de
comentarios; pero estoy bien, aunque estaría mucho mejor si mi estómago
me diera una tregua —admitió—. ¿Por qué las llamarán nauseas matutinas
si están presentes en cualquier momento del día?
—Vete a saber, es posible que fuera un tío el que les pusiera el nombre.
—Eso lo explicaría todo, sí.
Ambos sonrieron por la absurda conversación y se relajaron unos
minutos en silencio, disfrutando del sofá y del merecido descanso.
—James se marcha esta noche —dijo Jennifer de improvisto,
rompiendo el silencio—. Me lo dijo Pat ayer.
—¿Y cómo lo llevas?
Jennifer se encogió de hombros. Llevaba una semana entera llorando
durante cada segundo del día en que se permitía parar a descansar o
relajarse. Cada noche se dormía entre lágrimas, a veces bien entrada la
madrugada; y cada mañana, vomitaba y seguía llorando otro rato antes de
prepararse para el duro día de trabajo. Resultaba agotador.
—Al parecer, esta tarde le hacían una fiesta de despedida en el Oasis —
le contó.
—¿Vas a ir?
—Esto ya lo hemos hablado, Greg… —suspiró la chica, angustiada.
—Es tu última oportunidad.
—Siempre puedo escribirle un telegrama. Estoy embarazada. Stop. Vas
a ser padre. Stop. Firmado, la asesina ninfómana.
—Se terminará enterando, te guste o no.
—Lo sé.
—No lo hagas por él —insistió—, hazlo por el bebé. Sabes que yo crecí
sin la figura de un padre, Jen, y te aseguro que no fue nada fácil.
La chica guardó silencio y valoró la idea por enésima vez aquel día.
Sabía que James tenía derecho a saber que iba a ser padre, pero estaba tan
dolida con él que se había resistido hasta ahora a concederle algo tan
grande. Era consciente de que en algún momento su embarazo comenzaría a
notarse y tendría que confesarles a todos la verdad, y no podría pedirles que
le guardaran aquel secreto a su amigo.
—Vale, ha llegado el momento. —Soltó aire con fuerza y se incorporó
en el sofá—. ¿Me llevas al Oasis?
Greg se puso en pie de inmediato.
Para James aquel estaba resultando un día más duro de lo que había
supuesto. Mientras la semana avanzaba, había estado tan ocupado
concretando todos los detalles que le permitirían estar ausente de la
dirección parcial de Customsa por un largo tiempo, que no había tenido
ocasión para pararse a pensar en ello; pero a unas horas de subirse a un
avión para alejarse de todo y de todos a los que quería, debía reconocer que
la ansiedad empezaba a ganarle la partida.
Salieron a la puerta del pub para poder despedirse con tranquilidad.
James había decidido viajar de noche y se había negado a que ninguno de
sus amigos lo llevase al aeropuerto para evitar más dolorosas despedidas, de
modo que tenía que marcharse ya si quería llegar a tiempo para hacer el
check in de su equipaje.
—¡Al que suelte otra lágrima le retiro la palabra! —protestó, con los
ojos húmedos por la emoción al abrazar uno por uno a todos sus amigos.
—¿Estás seguro de que no podemos disuadirte para que te quedes? —
protestó Pat, sin disimular, llorando a moco tendido.
—Ven. —Sonrió James, abrazándola de nuevo—. Cuando me organice
un poco, preparamos unas vacaciones en la Gran Manzana.
—Pues organízate pronto —protestó Rob—, porque nos va a costar
acostumbrarnos a que no estés por aquí.
La emoción que flotaba en el aire hacía difícil el mantenerse sereno.
—¿Con quién voy a jugar de pareja al billar ahora? —insistió Rob.
—No necesitas a nadie para pegarle un palizón a estos dos juntos —
bromeó James.
—¡Eh! —protestaron Nick y Dannie al unísono, arrancándoles a todos
una carcajada.
Tras otro par de minutos de bromas, James tuvo que dar por terminada
la despedida.
—Si sigo posponiéndolo, terminaré perdiendo el avión.
—Espera solo un poco más —le pidió Pat en un susurro.
—Pat… —la abrazó Nick, entendiendo su angustia—. No va a venir.
—¿Qué pasa? —intervino James.
—Nada…, yo… creía…
—¿Qué? —James no terminaba de entender.
—Pat estaba convencida de que Jennifer vendría a despedirse —le dijo
Nick sin preámbulos.
James suspiró y miró a su amiga con una expresión de disgusto.
—Ya te dije que las cosas entre nosotros no han terminado nada bien.
—Lo sé.
—No, Pat, si tenías la esperanza de que ella viniera es que no tienes
claro hasta qué punto acabamos mal —le recalcó—. Así que voy a
aprovechar este momento para pediros algo a todos. —Hizo una pausa y
agregó con firmeza—: No quiero que nadie vuelva a hablarme de Jennifer
nunca más.
—James…
—Lo digo en serio, Pat. Por nada del mundo quiero perder el contacto
con todos vosotros —insistió, impasible—, pero necesito que me prometáis
que jamás me mencionaréis a Jennifer de nuevo. No quiero saber nada de
ella, ni tan siquiera quiero escuchar su nombre. Por lo que a mí respecta, me
haré a la idea de que jamás se cruzó en mi camino y necesito que lo
respetéis. Para mí, Jennifer Easter no existe.
Un silencio sepulcral fue lo que obtuvo como respuesta mientras los
miraba a todos alternativamente, notando algo extraño en sus rostros. No
entendió de qué se trataba hasta que escuchó una voz a su espalda.
—Prometédselo —les pidió Jennifer con una voz fría, carente de
emoción alguna.
James se volvió hacia ella dispuesto a enfrentarla por última vez, pero
la persona que tenía frente a sí no parecía ser la misma mujer que él
conocía. El odio visceral que leyó en sus ojos lo sorprendió.
—¿Has venido a darme un beso de despedida? —se esforzó por sonreír
con toda la ironía de que fue capaz.
—He venido a asegurarme de que te largas.
—¿Te preocupaba que alguien pudiera convencerme de lo contrario?
—Sí —dijo contundente.
—Tu sola presencia me hace desear subirme a ese avión con
impaciencia.
—Eso supuse —aceptó, devolviéndole otra gélida mirada. Después,
miró hacia el resto del grupo, que escuchaban aquel intercambio de velados
insultos con una evidente incomodidad—. Prometedle lo que os ha pedido
—insistió de nuevo—. Y yo os voy a pedir el mismo trato para con él. El
único recuerdo que conservaré será el del niño insoportable que me metió
una lagartija por la camiseta.
Todos asintieron, cerrando el trato, sin poder evitar preguntarse qué
había ocurrido entre ellos para terminar de aquella manera.
—Bien —dijo Jen, agradeciéndoles el gesto con una sonrisa, que
sustituyó por una mueca helada cuando se volvió a mirar a James por última
vez—. Será mejor que te vayas ya, no vayamos a tener la mala suerte de
que pierdas ese avión.
Dicho esto, se giró sobre sus talones, se subió al coche que la esperaba
unos metros más allá y desapareció de su vista y de su vida.
Cuando James subió por fin al avión y se acomodó en su asiento, miró
por la ventanilla con cierta tristeza. Se despidió de Santa Carla por un largo
periodo de tiempo, rogando para que la angustia que acechaba en lo más
profundo de su alma nunca encontrara la forma de salir al exterior.
Cerró los ojos buscando la manera de acallar sus fantasmas, pero solo
consiguió revivir el momento en el que aquellos otros ojos, que tan bien
recordaba enturbiados por el deseo, lo habían aniquilado con un odio
visceral que aún le helaba la sangre.
«¡Maldita seas, Jennifer, y maldito sea el momento en el que te cruzaste
en mi camino!, pensó, repitiéndose hasta la saciedad cuánto la odiaba. No
supo por qué, pero de pronto le vino a la memoria el momento exacto en el
que la otra mujer más importante de su vida lo había abandonado sin mirar
atrás. El día que vio a su madre subirse a aquella furgoneta para alejarse
para siempre de su vida, se había jurado a sí mismo que jamás dejaría entrar
a ninguna otra mujer en su corazón. Nadie que pudiera influir en sus
emociones hasta el punto de destrozarlo por dentro. Nadie que tuviera el
poder de anularlo por completo como su padre había hecho con su madre.
Para eso solo tenía que asegurarse de no enamorarse jamás.
«Hoy sales por fin de mi vida, Jennifer; no volveré a dedicarte un solo
pensamiento», se dijo, convencido. Pero tuvo que apretar los dientes con
fuerza cuando aquella odiosa vocecita, que tanto luchaba por silenciar
dentro de su cabeza, se empeñó en recordarle que le había costado la misma
vida no correr tras ella frente a la puerta del Oasis, mientras la veía subirse
a aquel coche y alejarse de su vida esta vez de forma definitiva.
Capítulo 64
Matt y Greg esperaban, pacientes, a que Jennifer venciera la sensación
de mareo que casi le había costado un desmayo nada más bajarse del coche.
Por fortuna, Greg había insistido en que pasara aquel fin de semana con
ellos. Le habría resultado muy difícil explicarle a su tía el porqué de sus
desmayos y su incapacidad para retener la comida. Tumbada en el sofá,
esperando encontrarse un poco mejor para poder incorporarse, intentaba
que el dolor de los recuerdos no le desgarrara el corazón de una forma tan
insoportable. Necesitaba despejar su mente para poder decidir qué hacer
con su vida.
Los chicos respetaron su silencio y la dejaron descansar por largo rato.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Matt a Greg arrastrándolo a la
cocina, con un gesto preocupado—. En tu mensaje me decías que por fin se
había decidido a contarle la verdad.
Greg suspiró y le resumió a su novio lo poco que Jennifer le había
contado de camino a la casa.
—Me preocupa el bebé —admitió Matt entre susurros—. No puede ser
sano para él que su madre esté sufriendo tanto.
—Y no estoy dispuesta a seguir haciéndolo. —Los sorprendió la chica,
entrando en la cocina—. James no va a quitarme lo único bueno que me ha
dado.
Matt le abrió los brazos y la chica se refugió en ellos por largo rato.
Cuando se sintió con fuerzas para hablar, se sentó a la mesa de la cocina.
—Acabo de decidir algo importante —contó—, con lo que puede que
no estéis de acuerdo.
Jennifer suspiró y confesó:
—No voy a decírselo.
—¿Qué? —Se sorprendieron, sentándose ambos a la mesa con ella—.
No puedes ocultar un embarazo, Jen.
—Lo sé, pero sí puedo decidir quién es o no el padre.
Los chicos se miraron entre sí, preocupados, no parecía estar en sus
cabales.
—Él quiere borrarme por completo de su vida —les recordó con rabia
contenida—, y voy a concederle ese deseo.
—Pero es el padre de ese bebé.
—No, ya no —dijo categórica, sin un titubeo.
—Jen…
—No puedes tener un hijo con alguien que no existe para ti —afirmó
con tal seguridad que los dejó mudos—. Él lo ha decidido así. Los dos sois
testigos de que iba a decírselo antes de marcharse, pero no voy a darle algo
tan grande a alguien para quien yo solo soy un mal recuerdo que quiere
olvidar a toda costa.
Matt suspiró y le hizo un gesto a Greg para que hablara, pero este se
encogió de hombros, sin tener la más remota idea de qué decirle.
—¿Cómo vas a evitar que él se entere de que estás embarazada?
—Ese problema lo ha solucionado él mismo —admitió dolida—,
cuando les ha prohibido a todos que le hablen de mí.
—A ver, piénsalo, un hijo es algo muy grande, cariño —insistió Matt
—, no van a ocultarle que va a ser padre aunque tengan que incumplir la
promesa que le han hecho.
—Lo sé, por eso solo van a ocultarle mi embarazo.
—No entiendo nada —admitió Greg.
—Nadie excepto vosotros va enterarse nunca de quién es el verdadero
padre de mi bebé —soltó, dejándolos alucinados—. Esperaré un par de
meses más para descubrirles mi embarazo, y cuando lo haga les diré que
estoy solo de dos meses.
—Pero estarás ya de cuatro —le recordó Greg—, es posible que se te
note mucho para entonces.
—He perdido peso en estos dos meses, ya os dije que la doctora Bennet
me ha asegurado que a muchas mujeres les pasa y que no debo
preocuparme —les recordó—. Y es posible que me pase al menos otro mes
entero vomitando.
—Vale, quizá cuele, pero ¿qué va a pasar cuándo ese bebé nazca dos
meses antes de lo que todos esperan?
—Que habrá sido prematuro.
Los tres guardaron silencio por unos largos segundos.
—Pues parece que lo tienes todo muy bien pensado —terció Matt tras
meditarlo.
Greg se puso en pie, sin poder evitar sentirse muy mal con todo
aquello. La miró muy serio.
—Creo que cometes un error —le dijo sin preámbulos.
—A mí tampoco me parece bien, Jen —reconoció Matt—, pero
respetaré tu decisión, sea la que sea.
—Y yo también—admitió Greg a regañadientes—, pero nunca me
cansaré de decirte que ese bebé tiene derecho a tener un padre.
—Tendrá dos tíos estupendos. —Les sonrió, con lágrimas en los ojos.
—Y me temo que lo consentiremos un poco. —Se emocionó Matt,
abrazándola de nuevo.
—¿Un poco? —Rio Greg—, lo consentiremos demasiado, pero que le
vamos a hacer.
Jennifer sonrió al verlos tan felices con la idea de tener un sobrino o
sobrina a quien malcriar.
—Ahora solo tengo que conseguir que mi tía no se entere de mi
embarazo antes de tiempo —pensó, preocupada con la idea de que todo se
fuera al traste si aquello sucedía—. Y vomitar cada mañana no ayuda.
Quizá debería buscarme ya un piso para mí y para el bebé.
Matt y Greg intercambiaron una significativa mirada y sonrieron.
—Y ¿quieres algo muy grande o te serviría un pequeño apartamento de
dos habitaciones? —le preguntó Greg con una sonrisa.
—Me sobraría con eso, sí. —Les devolvió la sonrisa, extrañada por su
actitud.
—Entonces creo que conocemos el sitio perfecto, muy cerca de aquí —
intervino Matt emocionado.
—¿Cómo de cerca? —se animó Jen.
Greg caminó hasta la ventana y la instó a asomarse por ella. Cuando le
señaló la vivienda que estaba justo encima de su garaje, a la chica se le
iluminó la cara de felicidad como hacía mucho tiempo que no le pasaba.
—¿Lo decís en serio? —gritó emocionada.
—Si tenemos que consentir a nuestro sobrino o sobrina, tendremos que
tenerlo cerca —bromeó Greg.
Dos días más tarde, Jennifer se sentó sobre el poyete de la ventana de
su nuevo apartamento y contempló la puesta de sol, intentando disfrutar de
la hermosa vista. La oscuridad que se cernió sobre ella cuando el sol al fin
se ocultó, dando paso a otra larga noche de soledad, trajo consigo de nuevo
aquel dolor lacerante e insoportable que apenas le permitía respirar.
Demasiados sentimientos encontrados se hacían eco al mismo tiempo
dentro de ella. Desolada, intentó recordar todas y cada una de las
humillaciones a las que James la había sometido. Consiguió odiarlo durante
el tiempo suficiente como para hacer un poco más soportable la ausencia,
pero para cuando llegó la madrugada, su cuerpo y su alma lo llamaban a
gritos, enloqueciéndola por completo.
Se llevó la mano al abdomen y lloró en silencio, pidiéndole al pequeño
milagro que crecía en su interior la fuerza necesaria para soportar aquel
tormento.
—Te prometo que aprenderé a vivir sin tu papá, mi amor —Rompió a
llorar, desconsolada—. No sé cuándo ni cómo, pero algún día lo conseguiré.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Agradecimientos
Me repito, pero mi primer agradecimiento es para Javier, mi
compañero de vida. La persona que hace posible que cada día pueda
sentarme a escribir unas letras. Gracias por creer siempre en mí.
Gracias también a Ana T., Ana M. y Vanesa S., mis estupendas lectoras
cero, siempre dispuestas a tragarse cuatrocientas y muchas páginas, aun a
sabiendas de que voy a hacerles un “tercer grado” en cuanto que lleguen
al punto y final.
Un agradecimiento muy especial para Alberto S. Manzano, diseñador
de las dos fantásticas portadas de esta bilogía. Gracias por las tropecientas
once mil capas que tuviste que usar para conseguirme el color metálico que
quería para el título. El resultado final del conjunto es espectacular.
Y, por supuesto, a quienes invertís vuestro preciado tiempo en leerme…
¡mil gracias!
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Agradecimientos