Tentados Por El Deseo Pat y Ni Keily Fox
Tentados Por El Deseo Pat y Ni Keily Fox
Keily Fox
Pat salió del parque a paso rápido, ignorando por completo a Nick, al
que escuchaba llamarla desde hacía rato. Tuvo que detenerse frente a la
carretera por culpa del tráfico, y él aprovechó para llegar hasta ella. Aunque
Pat era consciente de que tampoco hubiera sido capaz de ignorarlo durante
mucho tiempo.
—No es justo que me castigues a mí —protestó el chico—. Yo solo dije
lo que pensaba del tal Dustin. Y sabes que te lo hubiera dicho si me
hubieras preguntado.
Pat suspiró y se giró a mirarlo.
—Pues deberías callarte esos comentarios, conociendo a estos dos.
—¿Y si el tipo es un loco en potencia?
La chica no pudo evitar sonreír.
—¿Eso te parecía Dustin?
—A mí me parecía un idiota, la verdad, y lo ha terminado demostrando.
—¿Por qué? —preguntó confusa.
—Tenía una cita contigo y se ha dejado intimidar —le dijo,
encogiéndose de hombros—. ¿Se puede ser más gilipollas?
Pat rio y dejó escapar un sonoro suspiro de resignación, fingiendo que el
comentario de Nick le resultaba tan solo divertido, aunque en su interior
anhelaba que aquellas palabras estuvieran dichas con otra connotación.
—No tienes que halagarme para que te perdone, Nick. —Sonrió,
conciliadora—. No estoy enfadada contigo.
—¡Eh! No lo digo solo por eso —insistió Nick—. Ya sabes que si no
fueras mi mejor amiga, hace mucho tiempo que no me hablaría con James y
Rob.
—¿Por qué? —preguntó con curiosidad.
—Porque llevo muy mal que me amenacen con circuncidarme.
La carcajada que salió de la garganta de Pat le arrancó otra al propio
Nick, que le devolvió una mirada curiosa.
—¿De verdad te gustaba tanto ese tipo? —le preguntó ahora con
seriedad—. Nunca me habías hablado de él.
Pat suspiró e intentó que Nick no notara su azoramiento. Había pocas
cosas que no pudiera hablar con él; de hecho, siempre se lo contaban todo el
uno al otro, pero los motivos reales por los que no le había hablado de
Dustin no podía compartirlos.
—No se trata de Dustin —le dijo—. Se trata del hecho de que James y
Rob tienen que entender que ya soy una mujer adulta.
—Sabes que solo intentan protegerte.
—Sí, pero no necesito guardaespaldas, con que sean mis amigos me vale
—insistió—. Los quiero mucho, Nick, pero tienen que dejarme vivir mi
vida cómo y con quién me dé la gana.
—Y en algún momento lo entenderán.
—Eso espero, o voy a cometer un homicidio el día menos pensado —
bromeó—. Y ahora ¿podemos tomarnos algo en el Oasis?
—¿No quieres volver al parque?
—Todavía estoy demasiado enfadada —admitió—. Además, prefiero
dejarlos sufrir un poco más.
Nick rio divertido. Una de las cosas que más le gustaban de Pat era su
peculiar sentido del humor.
—¿Quieres que vayamos a revelar las fotos de la Reserva?
A Pat se le iluminó la cara.
—¿Aún no lo has hecho?
—¿Qué clase de amigo crees que soy? —Fingió molestarse—. Las he
estado reservando para hacerlo juntos.
—¿A qué estamos esperando entonces?
Capítulo 2
El cuarto de revelado que Nick tenía montado en una de las habitaciones
de su casa era como un santuario para Pat. Ya ni recordaba la cantidad de
horas que habían pasado juntos allí dentro, disfrutando de su mutua pasión
por la fotografía. Precisamente se habían conocido en el último año de
instituto de Nick, cuando él había luchado para que el centro apoyara la
constitución de un club de fotografía, y Pat había sido la primera en
sumarse a la iniciativa, a pesar de que iba un par de cursos por debajo.
Desde aquel momento, no habían dejado de inmortalizar cada cosa que
veían. Cuando Nick terminó su último año, decidió que quería hacer de su
pasión su profesión, y se había dedicado en cuerpo y alma a labrarse un
futuro como fotógrafo. Siete años después, era uno de los profesionales
mejor pagados del sector, tanto en Santa Carla como a lo largo de toda la
costa de California. Las agencias de fotografía se lo rifaban, pero él siempre
había preferido trabajar como freelance, aceptando solo los trabajos que
más le gustaban. Por fortuna, ahora se podía permitir elegir, y era muy
selectivo. Solía escoger reportajes en los que pudiera trabajar en plena
naturaleza, y siempre que tenía ocasión le pedía a Pat que fuera su
ayudante; lo cual ella adoraba, puesto que amaba la fotografía, aunque no
hubiera elegido dedicar su vida a ella por completo. Juntos formaban un
tándem perfecto. Se compenetraban de forma precisa y perfecta, y a
menudo solo tenían que mirarse para saber qué era lo que pasaba por la
cabeza del otro.
El último proyecto que Nick había aceptado había resultado una
experiencia extraordinaria para ambos. A unos cincuenta kilómetros de allí,
hacía poco que alguien había descubierto una reserva natural donde la mano
del hombre apenas parecía haber intervenido aún, y ellos habían tenido el
privilegio de hacer uno de los reportajes de fotos más impresionantes de su
vida. Paisajes espectaculares y animales a los que sería difícil ver tan de
cerca en ninguna otra parte estaban esperándolos en decenas de carretes
todavía por revelar y cientos de imágenes digitales entre las que escoger.
Como norma, al cliente solo se le entregaban las fotos realizadas en digital,
impresas en un sofisticado y carísimo equipo informático, pero Nick
siempre iba cargado también con su vieja cámara analógica, con la que
después tanto él como Pat se deleitaban trabajando entre químicos y
negativos a la antigua usanza.
—Creo que estoy más cómoda aquí dentro que en mi habitación —dijo
Pat, entrando en la sala de revelado—. Eso sí, déjame una camiseta vieja,
Nick, la última vez me eché el fijador encima y tuve que tirar la que traía
puesta.
—Sírvete tú misma, ya sabes dónde están.
Pat salió del cuarto y caminó hasta la habitación de Nick. Fue directa a
los cajones donde él guardaba las camisetas y buscó entre ellas alguna que
estuviera algo más desgastada. Cuando la encontró, no pudo evitar
llevársela a la nariz y aspirar su aroma, ansiando oler la colonia de él sobre
la prenda, pero se decepcionó al percibir tan solo el olor a ropa limpia
exacto al que su madre ponía en cada prenda.
Se cambió de camiseta y, antes de salir de la habitación, se miró en el
espejo. A pesar de que le quedaba grande, no distaba mucho de la que ella
misma llevaba puesta. Solía utilizar camisetas amplias, casi todas ellas de
sus grupos de rock favoritos, y a veces se preguntaba si todas estaban
hechas igual de mal o es que ella nunca acertaba con la talla.
«¡Qué bien me sienta!», se dijo, mirándose en el espejo a conciencia.
Llevar puesta una camiseta de Nick le provocaba una sensación extraña. Ser
consciente de que en algún momento él había estado dentro de aquella
prenda la ayudó a identificar aquella emoción en concreto. Frunció el ceño
al sentir la primera punzada de excitación en la parte baja del abdomen.
«Lo que me faltaba», se dijo, molesta consigo misma. Se quitó la
camiseta y volvió a ponerse la suya. Si últimamente le resultaba difícil
concentrarse en algo que no fuera el olor de su aftershave, era mejor no
echar más leña al fuego o pronto dejaría de poder disimularlo.
Suspirando con cierta exasperación, dobló la camiseta y volvió a meterla
en el cajón, preguntándose hasta cuándo iba a durar aquella ensoñación.
Durante siete años había conseguido relegar todo lo que sentía por Nick a
un lugar recóndito de su mente para ser solo su amiga y confidente; pero
desde aquella excursión a la reserva todo había cambiado para ella. En
aquel paraíso natural, rodeados de belleza, mientras ambos estaban
concentrados en inmortalizar el momento en el que una enorme y preciosa
mariposa se posaba sobre la palma de la mano de Pat, ella había puesto sus
ojos sobre la expresión maravillada y absorta con la que Nick miraba al
animal y todo lo demás se había evaporado al instante. En aquel preciso
segundo, supo que todo su mundo acababa de cambiar y que jamás podría
volver a mirarlo sin que su corazón se acelerara como lo hacía en aquel
momento.
«Mala idea entrar aquí», se dijo, obligándose a no mirar la enorme cama.
Observó de nuevo su reflejo en el espejo para asegurarse de que tenía el
mejor aspecto posible. En los últimos días no podía dejar de preguntarse
qué pensaría Nick de ella como mujer. ¿La encontraría atractiva? ¿Alguna
vez se había fijado en lo azules que eran sus ojos en contraste con su oscuro
cabello? Durante toda su vida había recibido montones de alabanzas por su
increíble color de ojos, pero Nick, el único de quien querría escucharlas,
jamás le había hecho un solo comentario al respecto. A ella, sin embargo, la
cautivaba todo de él: sus preciosos ojos pardos con destellos verdes y
pestañas enormes, el espeso cabello negro, que solía llevar mucho más
largo de lo habitual y que siempre se moría por acariciar, su rostro atractivo
y perfecto, y, por supuesto, aquel cuerpo hecho para pecar hacia el que
últimamente se le iban las manos solas.
—¡Ay, qué calor de repente! —dijo en alto, abanicándose con la mano.
Sería mejor salir de aquella habitación y volver junto a Nick, antes de ceder
a la tentación de acercarse a aspirar el olor de la almohada y entrar en
ebullición.
—¿Al final no te has cambiado? —Se extrañó Nick al verla llegar.
—No, tendré cuidado de no mancharme y listo. —Sonrió—. ¿Por dónde
empezamos?
Durante más de una hora estuvieron concentrados en el revelado,
trabajando mano a mano, mientras charlaban y reían de mil cosas distintas.
Cuando por fin tuvieron todos los negativos listos, salieron de la sala. Poco
más podían hacer por el momento.
—Creo que será mejor dejar el positivado para mañana —dijo Nick,
asegurándose de encajar muy bien la puerta.
—¿Quieres que visionemos el digital? —preguntó Pat mientras
caminaba hasta el salón y se dejaba caer en el sofá.
—Quiero cenar —dijo Nick, entrando tras la barra americana que
separaba la cocina del salón para asaltar la nevera—. ¿Qué te apetece?
—Un solomillo de ternera a la pimienta con guarnición de verduras. —
Sonrió Pat.
—Lo siento, pero le he dado la noche libre al personal de servicio —
bromeó—. No esperaba tener visita.
—Eso significa pizza o hamburguesa, ¿no?
Nick asintió y esbozó una enorme sonrisa.
—Yo hoy ya me había hecho a la idea de cenar en un italiano. —Rio la
chica, encogiéndose de hombros.
—Pizza entonces. Aunque tendrás que conformarte con mi compañía, el
tal Dustin debe de estar ya en Arizona.
Un divertido suspiro escapó de los labios femeninos.
—Sí, ha adelantado a Forrest Gump por la izquierda y ha seguido
corriendo.
—Él se lo pierde. —Rio Nick—. Yo quizá no te puedo dar lo mismo que
él, pero sí te garantizo risas y una buena conversación.
Pat fingió sopesarlo, sin permitir que su mente se desviara por derroteros
poco seguros.
—¡Me has convencido! —terminó diciendo, risueña—. ¡Voy a cambiar a
hamburguesa!
Quince minutos más tarde, se sentaron a la mesa de la cocina a dar buena
cuenta de la cena sin dejar de charlar. Estando juntos jamás se les acababa
el tema de conversación. Podían pasar horas intercambiando opiniones sin
que hubiera un solo momento de silencio. Aunque también eran capaces de
sentarse uno junto al otro sin pronunciar una sola palabra, mientras
escuchaban música o, simplemente, intentaban relajarse para alejar el
estrés. Las risas también solían estar aseguradas.
—¡No lo estás diciendo en serio! —Rio Pat a carcajadas mientras se
tapaba la boca para que su último pedazo de hamburguesa no saliera a
propulsión en todas direcciones por el repentino ataque de risa—. ¿Cinthia
Ackerman?
—Te lo prometo —asintió—. Por un momento pensé que me había
colado en una peli porno de los años noventa.
—¿Y estaba desnuda del todo? —continuó preguntando asombrada,
entre risas—. ¿Sabiendo que ibas a pasar a dejarle las muestras digitales?
—Supongo que precisamente por eso, sí —contó—. Pero en su defensa
debo decir que llevaba puesto un pequeño delantal.
—¡Venga ya!
—Yo no sabía dónde meterme.
Pat no podía parar de reír.
—¿Y qué has hecho?
—Pedirle muy amablemente que se pusiera algo más de ropa.
—¡Ay, pobrecilla, qué corte! —se burló Pat.
—¿Pobrecilla? —Fingió ofenderse—. ¿Sabes el mal rato que he pasado?
—No habrá sido tan malo. Cuando la vimos en la reserva, me pareció un
pivonazo —insistió en bromear—. ¿No has estado ni un poquito tentado?
—¿Me ves tan necesitado como para tirarme a la mujer de un cliente
solo porque esté buena? —preguntó con genuina curiosidad.
Pat tragó saliva. Sabía que hablar de sexo con Nick no era lo mejor para
su cordura, pero las palabras parecían brotar solas de su boca, muy a su
pesar.
—No lo sé, Nick, yo no puedo saber cómo andas de necesitado —se
escuchó decir, asombrada—. Somos amigos, pero no manejo esa
información.
Nick sonrió y le devolvió una mirada divertida.
—Yo no tengo problemas para desahogarme, Pat —le recordó—. No
tengo a James y Rob interfiriendo.
La chica emitió un bufido, fingiendo asombro por el comentario.
—¿Vas a pasar la pelota a mi tejado? Qué poco elegante, Nick —bromeó
—. Aunque admito que no me importaría que el señor Ackerman me
esperara medio en bolas junto al estanque de los patos.
—¿En serio? ¿Roy Ackerman? —Rio Nick—. ¡Si se parece a Lobezno
en horas bajas!
—Pues incluso en horas bajas, Lobezno sería un pedazo de tío.
—Pues este sucedáneo no debe de rendir demasiado bien cuando su
mujer anda buscando guerra por ahí —opinó divertido—. Me parece que te
iba a dejar canina.
—Dudo que haya un hombre que no me deje así.
Nick la miró arqueando las cejas, sin poder disimular su diversión.
—Pero ¿con qué clase de tíos te acuestas tú? —Sonrió con sorna—. Deja
de escoger niñatos, Pat, y encuentra un hombre que te dé lo tuyo y lo de tu
vecina.
Pat sintió su cara arder. Su cerebro se empeñaba en componer una
imagen demasiado nítida del único hombre al que quería en su cama.
—A ver si crees que eso es fácil —protestó, intentando alejar sus
pensamientos—. Aun en el caso de que James y Rob consiguieran dejar a
un lado su afición al bisturí, no es fácil encontrar a alguien que esté a la
altura dentro y fuera de la cama.
—¿Fuera de la cama? —preguntó con genuina curiosidad—. ¿A qué te
refieres?
—A que la conversación sea igual de buena que el sexo.
La carcajada de Nick retumbó en la cocina.
—¿Por qué demonios te preocupa eso?
La chica arqueó las cejas sin comprender por qué a él le parecía tan
descabellada aquella cuestión.
—¿No te parece lógico? —preguntó, confundida con su actitud.
—No, el sexo es solo eso, sin florituras.
—¿Sin compartir nada más? —insistió Pat—. ¿Ni una simple
conversación?
—Quizá una conversación básica —admitió Nick.
—¿Y el tonteo, la complicidad, las risas…?
—Eso es otra cosa, creo que confundes términos.
Pat guardó silencio y lo observó con atención. No era la primera vez que
tocaban aquel tema, y Nick siempre parecía tener muy claro su punto de
vista; pero ella siempre supuso que cuando los años fueran pasando,
cambiaría su perspectiva.
—Así que ¿tú en una mujer sigues buscando solo atracción en la cama y
ya está?
—Para lo que quiero, me sirve.
—Hombre, pero querrás sentir algo más en algún momento, ¿no? —
preguntó muy interesada en la respuesta—. ¿No te apetece encontrar a
alguien con quien puedas hablar de todo? Alguien que te apoye, que sea tu
confidente, que te haga reír, que te acompañe en lo bueno y en lo malo…
—No, yo solo quiero a alguien para el sexo, para todo lo demás ya te
tengo a ti.
Pat lo miró perpleja.
«Para todo menos para el sexo. Genial.», ironizó, intentando que él no
viera su turbación.
—Si juntas las dos cosas, todo termina volando por los aires, Pat —dijo
convencido.
—No siempre.
—Casi siempre —insistió—. El sexo lo complica todo. ¿Tú crees que si
nosotros hubiéramos sido tan tontos como para ceder a la tentación de
acostarnos juntos, seguiríamos siendo amigos?
Pat no hubiera podido hablar incluso de haber querido, de modo que lo
dejó explayarse.
—Cuando todo hubiera acabado, habría perdido a mi mejor amiga, a mi
consejera, mi confidente y el pilar fundamental de mi vida —le dijo con un
convencimiento total—. Y todo por… ¿cuánto dura un orgasmo?
—Demasiado poco —tuvo que admitir Pat para disimular su evidente
desconcierto. Ambos siempre habían tenido claro cómo de valiosos eran el
uno para el otro, y no era la primera vez que Nick le confesaba el lugar tan
importante que ella ocupaba en su vida, pero en aquel momento cada
palabra que pronunciaba la hundía un poco más en la miseria.
—Pues eso, está todo dicho.
Pat estuvo en un tris de decirle lo equivocado que creía que estaba, pero
no estaba segura de poder argumentar su respuesta sin dejarle ver… más de
lo que debería. De modo que prefirió ser cauta, algo nada habitual en ella,
que era un torbellino acostumbrada a decir siempre lo que pensaba.
—Pues si está todo claro, dame un postre bien cargado de calorías —
pidió, esbozando la sonrisa más grande de que fue capaz—. Dicen que el
chocolate es un buen sustitutivo del sexo.
—Está demostrado científicamente.
—Pues ahora mismo, para que me sirviera, lo necesitaría en vena.
La carcajada de Nick le arrancó otra a ella a su vez.
—O comerlo bien acompañada junto al estanque de los patos —bromeó
el chico—. Con Lobezno, por ejemplo, pero el de verdad.
—Sí. —Sonrió y entrecerró los ojos con un gesto de deleite—. Déjame
visualizarlo un ratito…
Riendo, Nick caminó hasta la nevera y sacó un par de tarrinas de helado
del congelador.
—Pues hasta que Hugh Jackman llame a tu puerta, comprobemos si esto
funciona —dijo divertido, poniendo el helado frente a ella—. Al menos
servirá para refrescarnos las ideas.
Pat intentó sonreír, preguntándose si él podía estar notando su
acaloramiento. Se puso tan nerviosa ante aquel pensamiento, que cuando
fue a coger una de las tarrinas de helado volcó por accidente la jarra de agua
con hielo que aún estaba sobre la mesa.
—Vale, acabas de refrescarme del todo. —Rio Nick, poniéndose en pie
de un respingo.
—¡Lo siento! ¡Qué torpe! —dijo, cogiendo un paño de cocina para
intentar secarlo un poco.
—No te preocupes, me coge en buen sitio.
Se quitó la camiseta mojada sin previo aviso y tomó de manos de Pat el
paño con el que ella intentaba secarlo. La chica tuvo serios problemas para
interrumpir el contacto visual.
«Ahora sí necesito ese helado», estuvo a punto de decir. Por fortuna, no
intentó hablar, el titubear hubiera sido muy embarazoso, pero el mantener
los ojos lejos de aquel torso imponente ya no le fue tan sencillo. Aquello era
el lamentable recordatorio de que además de ser guapo hasta decir basta,
también escondía el cuerpo de un Dios griego bajo la camiseta. Y lo último
que necesitaba tras la conversación anterior sobre sexo era aquel despliegue
de medios.
—Será mejor que me marche ya —se encontró diciendo de repente.
Nick la miró frunciendo el ceño.
—Es pronto —dijo, consultado su reloj y sorprendiéndose de que ya
fueran casi las once—. Joder, como pasa el tiempo. No me había dado
cuenta de que era tan tarde.
Pat sonrió e intentó no mirarlo de frente. Si lo hacía, estaba segura de
que se le irían los ojos solos donde no debían.
—Igual deberías quedarte a dormir —sugirió Nick.
—No puedo —casi graznó Pat de inmediato, de repente sintiendo una
necesidad imperiosa de salir de allí.
—¿Por? Ya no tienes clases —le recordó—. ¡Eres libre al fin!
Hacía apenas una semana que Pat había terminado su carrera
universitaria, tras cinco largos años de esfuerzo.
—Lo que me recuerda que todavía no hemos celebrado que ya eres toda
una fisioterapeuta —insistió Nick.
Pat rio ante su entusiasmo.
—¿Y cómo quieres celebrarlo? —preguntó divertida—. ¿Quieres un
masaje gratis?
«…porque te lo daba ahora mismo con final feliz incluido…», pensó
acalorada. «Ay, por Dios, estoy fatal».
—Pues no me vendría mal —Sonrió—, pero déjame cambiarme primero
de pantalones, los tengo chorreando.
—Vale, pero el masaje te lo debo —insistió—. Mañana tengo que hacer
algunas cosas con mi madre a primera hora.
—¿Seguro? —La chica asintió—. Pues me cambio y te acerco a casa.
Nick se alejó hacia la habitación a paso rápido, mientras Pat lo seguía
con la mirada y dejaba escapar un suspiro.
«¡Por Dios, ya basta! Deja de comértelo con los ojos». Pero no pudo
hacerlo hasta que desapareció de su vista.
Capítulo 3
—Pat, ¿tú eres consciente de que aquí en Boston son las dos y media de
la madrugada? —contestó Jennifer al teléfono, casi en susurros.
—¿Estabas dormida? —le preguntó pesarosa—. He consultado tu
WhatsApp y ponía que acababas de mirarlo. ¿Cuelgo?… Aunque ya que lo
has cogido…
Jennifer sonrió ante la voz esperanzada con la que su prima casi
suplicaba atención.
—Ya sabes que soy un poco noctámbula —admitió, incorporándose en la
cama—. ¿Qué ha pasado? ¿Has salido con el tal Dustin?
—No. Los chicos han hecho de las suyas y el tipo se ha rajado —le
contó—, pero en el fondo ha sido lo mejor. Las dos sabemos el motivo por
el que iba a salir con él, Jen, y, no nos engañemos, no soy yo de acostarme
con alguien solo para desahogarme. O lo que es peor, para desahogarme
para evitar saltar como una loba encima de otro.
Jennifer dejó escapar una carcajada por el tono exasperado de su prima.
—¿Así andamos?
—Andamos peor que eso —confesó Pat dejando escapar un suspiro.
Se puso en pie y comenzó a dar paseos por la habitación, inquieta.
—No lo entiendo, Jen. Hasta hace una semana tenía muy bien guardados
bajo llave todos los sentimientos que alguna vez tuve por Nick; y de repente
parezco gilipollas cada vez que me mira.
—¿Cuánto?
—¡Mucho! Es como si me idiotizara con cada sonrisa que me dedica —
se lamentó—. Eso por no hablar de las ganas de… él, que tengo en todo
momento.
—Te mueres por meterlo en tu cama, ¿eh?
—Oye, ¿tú no has notado mi reticencia a decirlo abiertamente? —
protestó, frunciendo el ceño—. ¿Qué clase de psicóloga eres tú?
La carcajada de Jennifer sonó alto y claro.
—El que no lo verbalices no lo hace menos real.
—Real, eso es lo que quiero que sea —admitió, recordando el momento
en el que Nick se había quitado aquella camiseta—. Quiero arrastrarlo a su
habitación y no dejarlo salir hasta que… ¡Ay, por Dios, Jen, estoy fatal! Me
siento como una adolescente hormonada y fuera de control todo el tiempo.
Se dejó caer en la cama y se tapó los ojos con el antebrazo, intentando
huir de sus propias cavilaciones.
—No es malo sentirse así, Pat —le recordó—. Además, tú siempre
estuviste loca por Nick. Te apuntaste a un club de fotografía solo para
conocerlo.
—Bueno, sí, aunque luego me enamoré de la fotografía.
—Y de Nick.
—¡Hace siete años de aquello, Jen! —exclamó—. Enterré mis
sentimientos cuando nuestra amistad se fue fortaleciendo.
—Pues siento decirte que no lo hiciste lo suficiente profundo.
Pat emitió un largo suspiro, preguntándose cómo demonios había
permitido que todo aquello reviviera en su interior.
—Tú eres la de la carrera en psicología —dijo en apenas un susurró, tras
un largo silencio—. ¿Qué hago, Jen?
—No lo sé, cariño —admitió—. Quizá deberías hablar con él.
—Eso está descartado —dijo categórica, recordando la conversación que
habían tenido aquella misma noche—. Él jamás me verá como otra cosa que
no sea su amiga.
—Mujer, jamás es mucho tiempo.
Cuando colgó con su prima, seguía en el mismo punto, y, para ser
sincera, nunca había esperado otra cosa. En el fondo sabía que no existían
unas palabras mágicas que nadie pudiera decirle para solucionar su dilema;
pero la tranquilizaba poder hablarlo con alguien, y su prima Jennifer
siempre había sido una gran amiga y confidente, a pesar de vivir en la otra
punta del continente. Su madre y el padre de Jen eran mellizos, y jamás
habían permitido que la distancia les hiciera perder el contacto. Por fortuna,
habían inculcado a sus hijas el mismo hábito.
«Ay, Pat, ¿qué demonios vas a hacer con esto que sientes?», se dijo
tumbándose en la cama y mirando al techo, temerosa de cerrar los ojos. Si
lo hacía, su quebradero de cabeza particular aparecía tras sus retinas con su
metro ochenta y cinco de absoluta perfección masculina. Se maldijo a sí
misma por haber sido tan torpe como para derramarle aquella jarra de agua
por encima. Ya tenía bastante con tener que controlarse para no derretirse
con cada una de sus sonrisas, sin agregar a la ecuación aquel despliegue de
músculos.
Capítulo 4
Cuando Nick pasó a buscarla por casa al día siguiente, Pat lo recibió con
una nueva resolución dentro de ella. Tras darle mil y una vueltas durante
toda la noche, se había convencido de que solo era cuestión de tiempo el
que todo lo que Nick provocaba en ella volviera a donde debía estar:
enterrado en el fondo de su alma. Solo debía aguantar unos días más, quizá
una semana, para que las cosas comenzaran a calmarse en su interior.
«Vale, puede que necesite algo más de una semana», tuvo que admitir en
cuanto que le puso los ojos encima.
—¡No te lo vas a creer! —fue lo primero que le dijo Nick tras saludarla
—. Me ha llamado Ackerman hace una hora.
Pat lo veía tan entusiasmado que lo animó a hablar con un gesto de
apremio mientras ambos descendían la escalinata de entrada a la casa.
—Acaba de comprar un Resort de lujo en Monterrey.
—¿Aquí en la costa de California? —Nick asintió—. Pues qué bien para
él y su esposa adultera —bromeó.
—No solo para él. ¿Adivina quién va a hacer el primer reportaje
fotográfico del sitio?
—Por tu entusiasmo está claro que tú.
—Yo no, ¡nosotros! —le recalcó con una enorme sonrisa, pero frunció el
ceño al darse cuenta de que ella no sonreía—. ¿Qué pasa?
Pat intentó esbozar una sonrisa de felicidad, pero el simple hecho de
pensar en pasar unos días en un Resort de lujo junto a Nick le aterraba, de
modo que solo pudo forzar una tensa mueca.
—Me alegro mucho —dijo.
—Pues nadie lo diría.
—Discúlpame…, pero no he dormido muy bien.
—¿Y eso? —se preocupó.
—No lo sé, me desvelé a mitad de la noche —mintió, sintiéndose fatal
por hacerlo. Caminó hacia la moto de Nick para no tener que mirarlo—. Y
¿cuándo es ese reportaje?
Nick la siguió un tanto desconcertado. Notaba algo raro en ella aquella
tarde y no podía descifrar qué era.
—Aún quieren hacer algunas mejoras en las instalaciones—le contó—.
Calculan que estará todo listo en mes y medio o dos meses.
—¡Genial! —Ahora sí sonrió. Estaba convencida de que para entonces
tendría bajo control todo lo que sentía por él—. ¿Y es de lujo lujazo?
—De los que tienen hidromasaje en todas las habitaciones. —Sonrió.
—Pues tendremos que hacer un hueco en la agenda, Nick —bromeó—.
No podemos privarlos del mejor fotógrafo del país.
—¿No verdad? —Rio, subiéndose en la moto.
—¿Qué clase de malas personas seríamos?
Riendo, Pat subió tras él y ambos volaron hasta el Oasis Rock, donde
James y Rob los aguardaban desde hacía bastante rato.
Cuando entraron en el local, los encontraron enfrascados en una de sus
habituales partidas de billar.
Pat se plantó ante ellos con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre
el pecho, y los miró muy seria.
—Que me haya dejado convencer por Nick para venir, no significa que
vaya a perdonaros tan fácilmente —les dijo con un tono áspero—. Tenéis
que prometerme que vais a dejar mi vida sexual tranquila o esto va a
terminar muy mal.
—Hemos dejado el oficio. —Sonrió James.
—Te lo prometemos —aseguró Rob.
—¿No más circuncisiones? —preguntó mirándolos con un gesto serio,
como si se estuviera planteando sí debía perdonarlos.
Los chicos asintieron y fingieron hacer pucheros sin dejar de mirarla,
hasta que llegó un momento en que Pat no pudo contener por más tiempo la
carcajada que pugnaba por salir.
—¡Si no os quisiera tanto…! —aceptó, y cedió a la necesidad de
abrazarlos. Llevaba muy mal estar enfadada con los que consideraba su
familia—. A la próxima, la que se compra un bisturí soy yo.
Ambos tragaron saliva con comicidad, arrancándoles otra carcajada a Pat
y Nick.
—No habrá próxima vez —le aseguró Rob, ya sin ánimo de bromear—.
Lo hemos hablado largo y tendido, Pat, y sabemos que ha llegado el
momento de dejarte volar.
—Así que ha llegado el momento —repitió Pat sin dejar de sonreír—.
Pues ya os vale, habéis necesitado veinticuatro años.
—Puf, tienes razón, igual es pronto. —Pat fingió abalanzarse al cuello de
James tras el comentario, pero terminó abrazándose a él—. Te juro que solo
queremos protegerte, Pat. Te mereces a alguien increíble, que te ponga entre
algodones.
La chica no pudo evitar emocionarse. James no era muy dado al
sentimentalismo; de hecho, tenía una opinión muy cínica acerca del amor y
las relaciones de pareja, por eso valoraba aún más el esfuerzo que hacía al
decirle aquello. No pudo evitar mirar a Nick de reojo y preguntarse qué
diría James si él mostrara algún interés en ser aquel hombre.
—Deja de acapararla —protestó Rob, poniéndole un brazo sobre los
hombros y atrayéndola hacia él, mirándola con cariño—. No me gusta que
estemos enfadados, lo llevo mal.
Pat sonrió y se dejó achuchar. No podría escoger a dos hermanos más
perfectos que aquellos.
—¿Con quién iba a montar la clínica de mis sueños si siguiera mucho
tiempo enfadada? —le dijo a Rob, risueña.
Ambos soñaban con aquello desde hacía mucho tiempo. Tenían en mente
montar una clínica de fisioterapia y rehabilitación muy especial. Rob era un
experto en osteopatía y todo tipo de terapias alternativas y naturales,
mientras que Pat aportaba la parte de fisioterapia clínica a la ecuación.
Llevaban meses modelando el proyecto, solo a la espera de que Pat
terminara su carrera y obtuviera su titulación.
—¿Y para cuándo tenéis pensado arrancar? —preguntó James con
interés—. Lleváis meses perfilándolo todo. Y, por lo que me enseñasteis, el
proyecto es sólido.
James era un genio de los números. Si él decía que el proyecto era
viable, lo era, nadie podía dudar de ello.
—No es tan sencillo. Tenemos que trabajar en la presentación —le
recordó Pat—. Si no va todo bien planteado, no nos darán el préstamo que
necesitamos.
—No entiendo por qué insistís en pedir ese préstamo al banco —insistió
James.
—Es mucho dinero —dijo Rob, que siempre que salía el tema tenía la
misma conversación con él.
James sacó el móvil del bolsillo, escribió algo en la pantalla y se lo
tendió a Rob con tranquilidad.
—¿Qué es?
—El extracto de mi cuenta bancaria —informó—. Esta mañana he
recibido el cheque semestral de beneficios de Customsa.
Rob posó una mirada curiosa sobre la pantalla y casi se le salieron los
ojos de las órbitas.
—¡Aquí sobran ceros! —exclamó, asombrado, tendiéndole a Pat el
aparato.
—¡Coño! —Se le escapó a la chica—. Habla con tu banco, deben de
haberse confundido.
Nick consultó también el móvil.
—¡Yo de mayor quiero ser como tú! —dijo, mirándolo con una sonrisa
divertida.
—Tú ganas un pastizal, Nick —le recordó James—. Y trabajas la mitad
que yo, que a veces parece que no tengo casa.
La empresa que James había fundado hacía apenas año y medio había
resultado ser todo un bombazo. Customsa, como su propio nombre
indicaba, trabajaba con motos custom, que personalizaba al detalle.
—Decidme cuánto necesitáis para vuestra clínica —insistió James—. Y
os hago un cheque a fondo perdido mañana mismo.
—¡No podemos aceptar eso! —protestó Pat.
—¿Por qué no? ¿Para qué narices quiero el dinero si no puedo
compartirlo con la gente que me importa?
—James, esto ya lo hemos hablado, no podemos aceptar una donación
—le aseguró Rob—. Al igual que tú no la aceptaste de Sam para montar
Customsa.
—Eso lo entiendo, pero lleguemos a un acuerdo —insistió James—.
Puedo haceros un préstamo que podréis devolverme mes a mes igual que lo
haríais en un banco, pero sin el atraco de intereses.
Rob y Pat se miraron entre sí, interrogantes.
—¿A ti que te parece? —le preguntó Pat a Nick, del que siempre tenía
muy en cuenta su opinión.
—Que yo podría haceros unas fotos maravillosas para promocionar esa
pasada de clínica —dijo con una radiante sonrisa.
—Vale, pues vamos a valorarlo con calma —aceptó Rob—. Ya sabéis
que Pat quiere tomarse el verano sabático.
—¡Sí, por favor! —suplicó la chica.
—Así que en septiembre nos sentamos a hacer números, ¿os parece?
—¡Estupendo! —dijo James.
—Mientras llega ese momento, ¿nos cruzamos un rato a tirarnos en el
parque? —sugirió Rob—. Hace una tarde noche estupenda.
—Nosotros tenemos que irnos —les dijo Nick—, debemos trabajar en
las fotos de la reserva.
Pat guardó silencio. Le apetecía mucho aquel plan, pero también le
preocupaba un poco estar a solas con Nick. Solo de pensar en aquel cuarto
oscuro le subía la temperatura.
—Quizá podemos quedarnos un rato más —propuso, aun siendo
consciente de que posponerlo una hora no solucionaría gran cosa.
Nick no puso ningún problema, ajeno a todas sus cavilaciones.
—Perfecto, así conocéis al diseñador web del que os hablaba estos días
—explicó James—. He quedado aquí con él.
—¿Viene ahora?
—Sí, y me interesa sobre todo que le conozcas tú, Nick. Tendrás que
trabajar con él todo el tema de las fotos para la nueva página de Customsa.
—Pues espero que sea menos imbécil que Collins —opinó Nick—. Al
menos que tenga la cabeza menos dura.
Nick siempre se había llevado fatal con el anterior diseñador web de
Customsa. El tipo en cuestión era una persona rígida en sus decisiones y
que jamás tenía en cuenta la opinión de nadie más, rasgo que Nick
detestaba en cualquiera. Habían chocado desde el mismo día en el que
James había hecho las presentaciones.
—Pues yo espero que sea mucho más eficiente también —reconoció
James—. Necesito una web más moderna y que refleje el alma de
Customsa. He visto el porfolio de Kerrs, y es increíble. Estoy seguro de que
puede aportar ese toque que necesito. Además, también conduce una
custom. ¿Quién mejor que un motero para diseñar una web de motos?
—¿Ya le has hecho una entrevista?
—Dos.
—Y lo has citado aquí para ver si tenemos feeling para poder trabajar
juntos —adivinó Nick con una sonrisa divertida.
James rio por la perspicacia de su amigo.
—Lo he citado aquí porque me cae bien —explicó—, aunque admito que
estaré muy pendiente de si fluye o no la química entre vosotros.
—Ya sabéis que estoy acostumbrado a trabajar solo —reconoció Nick—,
pero me adapto.
—Sí, te adaptas, pero aquí todos hemos temido por la vida de Collins en
algún momento —bromeó Pat, haciendo reír a todos—. No te ofendas.
—Reconozco que no le voy a echar nada de menos —admitió con una
sonrisa—, en todo caso voy a echarle de más. Me ha sobrado cada minuto
que he trabajado con él.
Todos dejaron escapar una sonora carcajada.
—Pues por ahí viene Kerrs. —Señaló James hacia la puerta del local.
Se volvieron a mirar hacia donde señalaba para recibir al tipo del que
estaban hablando, que llegó hasta ellos con una sincera sonrisa en los
labios.
—¿Te ha costado encontrar el sitio? —le preguntó James, tendiéndole la
mano.
—No, he estado por la zona alguna vez —dijo el recién llegado,
estrechando su mano. Luego miró con curiosidad al resto de los presentes
—. Danniel Kerrs. Dannie para los amigos.
Les tendió la mano, uno por uno, sin dejar de sonreír. Cuando llegó el
turno de Pat, su sonrisa se amplió aún más.
—No me lo puedo creer —le dijo divertido—. ¡La chica Maiden!
Pat dejó escapar una sonora carcajada. El día que se habían conocido,
ella llevaba una camiseta del grupo Iron Maiden y Dannie le había puesto el
mote al instante.
—¡Qué pequeño es el mundo! —dijo Pat saludándolo con efusividad.
—Doy por sentado que os conocéis de antes. —Sonrió James un tanto
asombrado.
—Trabajé en la web de su facultad —contó Dannie—. Pat fue la
encargada de hacer las fotos.
—Y de mantenerte a raya —bromeó la chica, y les explicó a todos—: Se
lo rifaban para practicar las técnicas de masaje. Este tipo trajo de cabeza a
la mitad de las chicas de mi promoción.
—¿Yo? —Sonrió con inocencia—. Pero si era un pobre chico indefenso
entre tanta… fogosidad.
—¿Pobre chico indefenso? —Rio James, estudiando el metro noventa de
estatura de Dannie—. Disfrutaste de lo lindo mientras duró el proyecto,
¿no?
Dannie sonrió con cierta picardía y tuvo que admitir:
—Eso es quedarse muy corto —se giró hacia Pat y agregó—: Y hubiera
sido perfecto de no tener a este Pepito Grillo todo el tiempo criticándome.
—Eso no me cuesta creerlo. —Rio Rob, al que Dannie le había caído
bien de inmediato.
—Lo que nos hacía falta —se quejó Pat—, otro mujeriego incurable.
Como si no tuviéramos bastantes.
Nick observaba al tal Dannie intentando decidir si le caía bien o no.
Debía reconocer que el tipo parecía simpático, pero algo en su interior le
creaba una cierta reticencia a ceder al buen rollo, aunque no pudiera
entender el motivo.
—Yo estoy aquí en calidad de diseñador web. —Rio Dannie y se giró
hacia James—. No le hagas caso, jefe, en realidad trabajo doce horas
diarias, eso del mujeriego es cosa de la chica Maiden.
—Mira a quién se lo va a decir —insistió Pat apuntando a James con el
dedo—, al jefe del clan.
Su amigo rio divertido, sin sentirse ofendido. James era, sin duda, uno de
los tipos más espectaculares sobre el que podías poner los ojos. Las mujeres
solían caer en sus brazos a la primera sonrisa, y él lo aprovechaba sin
remordimientos.
Bromearon durante un rato, hasta que se centraron en charlar del
proyecto que había llevado a Dannie hasta allí.
Nick y Dannie intercambiaron sus opiniones sobre el enfoque que debían
darle a la web, demostrando que su colaboración podía resultar muy
beneficiosa para todos. Tenían ideas similares y ambos escuchaban las del
otro con interés.
—Pues creo que me va a gustar trabajar contigo, Nick —opinó Dannie
con franqueza—. He visto trabajos tuyos impresionantes, así que las fotos
serán perfectas, espero estar a la altura con todo lo demás.
Nick sonrió y, muy a su pesar, tuvo que aceptar que aquel tipo empezaba
a caerle bien.
—Si eres solo la mitad de bueno de lo que dice James, estoy seguro de
que será increíble —admitió.
—Genial, pues dejemos ya de hablar de trabajo —intervino James—. Ya
habrá tiempo para eso. Vamos a coger algo de beber y cruzamos a tirarnos
en el césped, por favor. He tenido un día duro y necesito vegetar un rato.
—¿Una y nos vamos? —le preguntó Nick a Pat mientras caminaban
hacia la barra. La chica asintió. A pesar de la inquietud, debía reconocer
que le apetecía mucho estar a solas con él un rato.
Nick cogió su bebida y la de Pat, y salieron por la puerta detrás de sus
amigos.
—Ay, yo quería pillar unos chicles —se lamentó Pat, recordando haberse
comido el último hacía rato.
—Venga, te espero —se ofreció Nick.
La chica buscó en su bolso algo de dinero suelto para la máquina de
chicles.
—Me falta medio dólar —dijo, contando las monedas—. ¿Tienes?
—Debería. Me he metido las monedas de vuelta por aquí. —Le señaló el
bolsillo delantero izquierdo de su pantalón.
Pat tragó saliva y se preguntó si era buena idea meter la mano en aquel
bolsillo o era preferible liberarle la suya para que lo hiciera él mismo. El
morbo pudo más que la sensatez. Tuvo que acercarse mucho a él para poder
meter su mano en el estrecho bolsillo del vaquero. Rebuscó en el interior,
sintiendo que su sangre se calentaba por momentos hasta convertirse en
fuego, mientras respiraba el aroma de su loción de afeitar y rozaba su pecho
más de lo que hubiera sido necesario. Cuando sacó la mano al fin con las
monedas, fue incapaz de mirarlo a los ojos. Sentía sus mejillas arder.
—Ves cruzando al parque —le dijo, escondiendo su turbación.
—Te espero, no te preocupes.
«Él está tan tranquilo, como no», pensó Pat, de repente molesta por ser
tan idiota. ¿Cómo era posible que él no estuviera ni un poco afectado por
aquel momento de intimidad?
—No, es que… también tengo que entrar al baño —mintió—. Ahora te
veo.
Huyó antes de que Nick pudiera agregar nada más. Necesitaba
refrescarse un poco hasta conseguir superar aquel momento hot, que al
parecer solo lo había sido para ella.
Dejó escapar un sonoro suspiro nada más perderse dentro del baño.
Bajó la tapa y se sentó en el wc a pensar en lo sucedido. Estaba al borde
de la combustión espontánea solo por meterle la mano en un bolsillo. Con
decir que se sentía de lo más absurda, se quedaba muy corta.
«Definitivamente, me engaño pensado en que voy a superar esto en unos
días», se dijo, sintiendo una opresión de inquietud en el pecho. «Y encima
con lo que he cogido no me da para los chicles». No supo si reír o llorar
ante aquel pensamiento.
Sacó su teléfono móvil y marcó el número de su prima Jennifer, quien
seguro que se alegraría de que por fin un día la llamara antes de las dos de
la madrugada. Esperó casi cuatro toques hasta que descolgaron.
—¿Pat? —preguntó una voz extrañada al otro lado.
Desconcertada, consultó el visor del móvil y maldijo para sus adentros al
comprobar que era el número de Nick el que había marcado.
«¡Maldito subconsciente!», se dijo, enfadada consigo misma.
—Perdona, Nick, me he confundido, estaba… devolviendo una llamada
perdida que tengo de mi prima Jen —le salió decirle—. Ya voy para allá.
«¡Estúpida, idiota!», se repitió.
Cuando iba a colgar, se percató de que él seguía hablando al otro lado de
la línea y volvió a ponerse el teléfono en la oreja, pero no tardó en darse
cuenta de que no era a ella a quien le hablaba. Al parecer, Nick no había
colgado esperando que fuera ella quien lo hiciera.
—Se ha confundido —lo escuchó explicar—. Ahora viene.
—¿Desde cuándo salís juntos? —le preguntó Dannie a Nick sin
disimular su curiosidad.
Pat contuvo la respiración. Y, aunque se sintió fatal, no pudo evitar
espiar la conversación con el corazón encogido.
—¿Salir? No, Pat y yo no somos pareja —admitió Nick.
—Ah, perdón, me había parecido que teníais una relación muy estrecha
—se disculpó.
—Sí, y la tenemos, lo compartimos todo —contó—, menos la cama.
Dannie no pudo evitar sonreír concierta diversión.
—¿Os dejáis la mejor parte aposta? —bromeó—. Es como si tuvieras
una novia, pero sin los mejores beneficios.
—No espero que lo entiendas —dijo Nick muy serio.
—Discúlpame —pidió Dannie, al ser consciente de que Nick parecía
molesto con la conversación—. No quiero meterme donde no me llaman. Es
solo que me resulta curioso.
—¿Por qué? Pat es la persona más importante de mi vida.
—Y nunca habéis…
—No —interrumpió, entendiendo la pregunta sin necesidad de dejarle
terminar de formularla—. Jamás se me ocurriría estropear todo lo que
tenemos por un calentón. Para mí, Pat es como Rob o James.
James no pudo evitar bromear.
—Hombre, Nick, en lo esencial no lo es.
—¡Que gracioso! —protestó—. Lo esencial, como tú lo llamas, jamás
me he parado a mirarlo, ya lo sabéis.
—¿Nunca? —preguntó Dannie, perplejo—. Pat es muy bonita, y seguro
que debajo de todas esas camisetas enormes que se pone…
—Yo no terminaría esa frase —le aconsejó James.
Rob dejó escapar una inevitable carcajada, pero a Nick no le estaba
haciendo ninguna gracia la conversación.
—Nunca se me ocurriría mirar a Pat como mujer —dijo para dejar
zanjado el asunto—. Ni aunque fuera la última mujer sobre la tierra. Jamás
me arriesgaría a perder la conexión que tenemos.
Dannie levantó los brazos en señal de rendición, pero no pudo evitar
sonreír. Hacía tan solo unos minutos, cuando todos caminaban hacia el
parque, él se había quedado atrás para cerrar una de las alforjas de su moto
y, sin pretenderlo, había presenciado la escena que tenía lugar a la puerta
del bar a escasos par de metros. Y lo que había visto distaba mucho de
calificarse como una relación platónica. La forma en la que Pat se había
acercado para meterle la mano en el bolsillo exudaba sensualidad. Y el
modo en el que Nick parecía estar conteniendo la respiración mientras
miraba hacia otro lado hacía presuponer que no era tan inmune como quería
pretender. Al menos, aquella era la impresión que había tenido…
Diez minutos más tarde, Nick marcó de nuevo el número de teléfono de
Pat y esperó hasta que terminó saltando el contestador.
—No contesta —informó a sus amigos, que estaban pendientes de la
llamada.
—Puede que esté hablando con su prima —dijo Rob— y por eso salta el
buzón.
—No lo sé, es raro.
—Se habrá encontrado con alguien —opinó James.
Nick se puso en pie, anunciando así su intención de ir a buscarla.
Cuando entró en el Oasis, barrió el local con la mirada, pero no parecía
haber ni rastro de Pat. Se acercó a preguntarle a Boss, quien tampoco supo
decirle cuándo la había visto por última vez. Volvió a llamarla al móvil, con
idéntico resultado, y la inquietud comenzó a apoderarse cada vez más de él.
Estaba a punto de llamar a sus amigos para que volvieran al bar cuando la
vio salir del baño.
—¡Por Dios, Pat, estaba a punto de llamar a la policía! —le dijo,
llegando hasta ella de dos zancadas.
—¡Qué exagerado! —dijo la chica intentando esbozar una sonrisa,
aunque fuera pequeña.
—¿Por qué no coges el teléfono?
—Estaba hablando con Jennifer —contó, sin importarle nada el que
fuera mentira. La verdad era imposible de admitir.
Nick la observó con atención, frunciendo el ceño.
—Pat, mírame —le pidió. Ella no tuvo más remedio que hacerlo y Nick
exclamó perplejo—: ¿Has estado llorando?
La chica tragó saliva. Sabía que, por mucho esfuerzo que hubiera hecho,
nunca habría podido borrar el rastro de tantas lágrimas como había echado
en los últimos diez minutos, mientras se lamentaba por haber cedido a la
tentación de escuchar conversaciones que no debía.
—Sí, es por Jennifer. —Se le ocurrió de repente—. Ha tenido problemas
y la pobre estaba destrozada.
—¿Y te has solidarizado con ella? —preguntó Nick, perplejo—. Joder,
Pat, a veces te pasas de empática. Pues estábamos preocupados. Volvamos
al parque.
—Prefiero marcharme ya —le dijo, intentando sonar normal.
—Vale, déjame avisar a estos.
—No, yo me voy sola, no hay problema.
—Pero ¿no íbamos a ir a mi casa a terminar con las fotos? —Nick no
entendía nada.
Pat tragó saliva y pidió fuerzas para seguir mintiendo. Necesitaba
alejarse de Nick y encerrarse en su habitación cuanto antes.
—No me encuentro bien… Por lo de Jen, ya sabes —dijo, sin mirarlo a
la cara. En aquel momento lo último que necesitaba era perderse en
aquellos ojos increíbles—. Quiero hablar con ella otro ratito, de verdad que
lo necesita.
—Vale, pues te llevo a casa.
—No hace falta.
—Pierdes el tiempo, Pat —le recordó—. Sabes que jamás voy a permitir
que te vayas sola.
La chica suspiró y tuvo que aceptarlo, a pesar de que él esfuerzo que
hacía para aparentar normalidad la estuviera matando. Escuchar a Nick
asegurar de forma tan categórica que jamás la había mirado como mujer y
nunca lo haría la había destrozado. Y aquel dolor tan intenso la hacía ser
plenamente consciente de cuánto se engañaba al pensar que sus
sentimientos por Nick fueran algo que pudiera enterrar.
Para cuando por fin pudo entrar en la soledad de su alcoba y dejarse caer
en la cama, las lágrimas arrasaban sus ojos y su alma.
Capítulo 5
Cuando Pat atravesó las puertas de salida del concurrido aeropuerto
bostoniano, buscó con la mirada entre el tumulto de gente que se agolpaba
frente a ella. Apenas tardó unos segundos en localizar a su prima Jennifer,
quien, apostada junto a una columna, sostenía un cartel enorme en el que
había escrito:
Diez días más tarde, Pat estaba agotada. Jennifer se había propuesto que
conociera la ciudad como una auténtica bostoniana y la tenía todo el día de
la zeca a la meca, pero debía reconocer que se estaba divirtiendo, a pesar de
que aún estuviera desesperada por hablar con Nick a todas horas. Él le
escribía cada noche y ella le contestaba a escondidas, sintiéndose culpable
por hacerlo a espaldas de su prima, pero sin poder evitarlo. Cada noche, o
madrugada ya para ella, esperaba ansiosa a que entrara el mensaje que le
hacía palpitar el corazón. Y cuando se despedían, se sentía fatal por haber
cedido a la necesidad de aquella conversación.
—Creo que ya conozco mejor Boston que Santa Carla —dijo Pat
dejándose caer en la cama de su prima—. Vas a matarme, tienes que
dejarme descansar un poco.
—¡Qué exagerada! —Rio Jennifer tumbándose a su lado, mirando al
techo.
Su tía Anna tocó a la puerta y abrió sin esperar a ser invitada.
—Ha llegado Amber —informó.
—¡Fiesta de pijamas! —gritó Amber, entrando como un torbellino y
tirándose en plancha sobre la cama.
Pat y Jennifer dejaron escapar sonoras carcajadas. Amber era la mejor
amiga de Jennifer, y Pat había adorado su carácter alegre y medio alocado
desde que la había conocido.
—Me he cruzado a tu padre en el pasillo, Jen —le dijo Amber con una
enorme sonrisa—. Y me ha recalcado dos veces que mañana tiene turno de
mañana en el hospital… Me ha mirado raro cuando le he preguntado si me
lo decía para que lo despertara temprano.
Tanto Jennifer como Pat rompieron a reír de nuevo.
—¿Ves? Eso está mucho mejor —dijo Amber mirando a Pat—. En los
últimos días parece que sonríes más a menudo.
—Sí, me está sentando bien Boston —admitió—, aunque confieso que
las noches todavía me juegan malas pasadas.
—Poco a poco —opinó Amber—. Enséñame una foto de tu Nick,
¿tienes?
—No es mi Nick —le recordó mientras buscaba en su móvil una de las
que le había hecho estando en la reserva. Lo observó con una expresión de
anhelo antes de tenderle el móvil.
—¡Ostras! —exclamó Amber mirando la foto con atención—. ¡No me
extraña que te mueras por tirártelo!
—¡Joder, Amber, qué guantazo te daba algunas veces! —protestó
Jennifer, aunque sin poder evitar sonreír.
—¿Tú lo has visto bien? —Rio Amber, y miró a Pat, volviendo a
ponerse seria—. Es broma, Pat, entiendo que estás jodida. ¿Nunca habéis
tenido el más mínimo tonteo?
—Al principio sí, cuando nos conocimos.
—¿Dónde fue?
—En el instituto. Él estaba en el último curso y yo iba dos por debajo —
suspiró al recordarlo—. Me pirré por él desde la primera vez que me lo
crucé en los pasillos, así que me las ingenié para conocerlo.
Les contó todo lo relacionado con el club de fotografía, y cómo habían
luchado juntos hasta lograr que lo abrieran.
—¿Y cómo se resistió a esos ojos azules? —se interesó Amber,
conmovida con la historia.
—Pues ya ves… Creo que estuvimos a punto de enrollarnos en una
sentada que hicimos en la sala de música para reivindicar el club de
fotografía —contó.
—¿Solo lo crees?
—Sí, juraría que estuvo a punto de besarme, pero supongo que jamás
sabré si fue real o solo fueron imaginaciones mías. Pero el momento pasó…
Suspiró y se incorporó un poco en la cama para seguir hablando.
—Después empezaron los problemas con su madre.
—¿Qué clase de problemas? —Jennifer tampoco conocía aquella parte
de la historia.
—Le diagnosticaron ELA con solo cincuenta y dos años.
—¡Joder, qué putada!
Pat asintió y tuvo que tragar saliva para poder continuar con la historia.
—Fue horrible —contó—. Fueron tres años casi insoportables para Nick,
hasta que Alina falleció.
—¿Y su padre?
—Murió cuando era pequeño, Nick nunca habla de él.
—Así que estaba solo.
—No, solo no, me tenía a mí, que siempre estuve ahí para él.
Jennifer y Amber guardaron silencio, empezando a entender por fin el
vínculo que los unía.
—Poco a poco, James y Rob también le abrieron los brazos y los cuatro
nos convertimos en inseparables —y apostilló—, lo seguimos siendo a día
de hoy. Hasta que he abierto la caja de Pandora. ¿Se puede ser más
gilipollas?
—Pat, tal y como yo lo veo, tú renunciaste a lo que sentías por él para
apoyarlo cuando más te necesitaba —dijo Jen mirándola con ternura—. En
algún momento tenías que dejar salir tus sentimientos de nuevo.
—Pero me aterra no poder controlarme y perderlo del todo —reconoció
—. No sé si puedo vivir sin Nick en mi vida, aunque me mate tener que
verlo solo como a un amigo.
—¿Y si le dices cómo te sientes? —le dijo Amber, intentando ayudar—.
Quizá…
—¿Para qué, Amber? Si no tengo ninguna posibilidad de que él me mire
como nada más que a su amiga del alma —le recordó—. Ya os conté lo que
escuché sin querer. —Casi se le atragantaron las palabras en la garganta—.
No me miraría como mujer ni aunque fuese la última sobre la tierra.
Las lágrimas fueron inevitables.
—Pues discúlpame, Pat, pero hasta donde yo entiendo… Nick es un
hombre y, como tal, está diseñado para responder a los estímulos —opinó
Amber sin tapujos.
—¿Quieres que intente seducirlo? —casi graznó Pat ante la descabellada
idea. Y miró a Jennifer buscando en su rostro la condena ante aquella
tontería, pero, para su sorpresa, su prima guardó silencio y se limitó a
hacerle un gesto de asentimiento—. ¿Es que os habéis vuelto locas?
¿Habéis escuchado todo lo que os he contado?
Se puso en pie y comenzó a pasear por la habitación, nerviosa e irritada a
partes iguales.
—No te estamos diciendo que vayas de frente, Pat, y a saco —explicó
Jen—, pero quizá sí podrías ser un poco sutil, pasáis mucho tiempo juntos.
—Sí, tiempo de coleguitas, haciendo cosas de coleguitas —insistió
molesta—. Y, aun en el hipotético caso de que quisiera probar… —se
interrumpió un tanto afligida.
—¿Qué?
—¡Miradme, chicas, y sed sinceras! —Abrió los brazos para mostrarse
—. No soy el epítome de la feminidad.
—Eres una belleza, Pat, y tienes unos ojos de alucinar
—Pero… soy un chicazo.
—No, solo vistes como uno —dijo Amber sin paños calientes.
—Vale, gracias. —Ninguna de las tres pudo evitar sonreír.
—Amber tiene razón, Pat, eres delicada y femenina —opinó Jennifer—,
solo tienes que despedir a tu estilista. —La carcajada de Pat fue sincera—.
¿Por qué usas camisetas donde caben dos como tú?
Pat se giró y se miró en el espejo del armario.
—No sé —admitió—. Estoy acostumbrada a estar rodeada de chicos. He
pasado toda mi vida con ellos. Supongo que he adoptado un poco su propia
forma de vestir.
—Pero hay camisetas iguales que ese saco sin forma que llevas puesto,
pero diseñadas para mujeres.
—¿Y esta no…?
—No, esa es de chico y encima te queda grande.
Pat guardó silencio y repasó mentalmente toda la ropa de su armario, que
era más de lo mismo.
—Quítatela —le pidió Amber de repente.
—¿Perdona?
—La camiseta. —Señaló—. Déjanos ver qué hay debajo.
Pat las observó a ambas con una sonrisa en los labios, convencida de que
no hablaban en serio, hasta que fue consciente de que realmente estaban
esperando a que lo hiciera.
—¡Estáis como una cabra!
—La camiseta, Pat.
Dejando escapar un gruñido, terminó cediendo y se quitó la enorme
camiseta, que arrojó sobre la cama. Quedó ante ellas con un entallado
pantalón corto de pijama que Jennifer le había prestado y un sujetador
deportivo.
—¿Contentas? —Se giró sobre sí misma y después las miró de frente
con los brazos en jarras.
Las chicas la observaron, perplejas, en un silencio absoluto.
—Jen… —dijo Amber por fin sin dejar de mirar a Pat—, creo que la
odio.
La carcajada de Jennifer no se hizo esperar. Pat las observaba sin
entender nada.
—Lo digo en serio, Jen, tú la has visto comer —insistió Amber.
—Sí, y sale más barato comprarle un abrigo.
—¿Y cómo es posible… eso? —Señalo a Pat de nuevo.
—¿Podéis decirme ya de qué narices va todo esto? —intervino Pat, sin
entender nada.
—Al menos dime que llevas un sujetador con relleno —insistió Amber.
—¿Con relleno? —Pat miró su modesto sujetador y frunció el ceño,
confusa—. ¿Debería?
—¿Que si deberías? —Amber se puso en pie con una expresión
sorprendida—. ¡No puedo creer que de verdad no seas consciente!
—Estoy a punto de mandarte a freír espárragos, Amber —le advirtió Pat
un tanto irritada ya—. ¿Qué coño pasa? —Miró a su prima esperando una
respuesta.
—¡Tienes un cuerpazo de infarto, Pat! —Sonrió Jennifer, dejándola
estupefacta.
—¡Eres jodidamente perfecta! —le gritó Amber dando vueltas a su
alrededor—. ¿Por qué demonios escondes todo esto?
Pat estaba muy impresionada. Sabía que tenía un cuerpo bonito. Era
delgada y sus pechos tenían un buen tamaño, pero nunca se había parado a
pensar en si era o no algo habitual.
—Te juro que yo mataría por un cuerpo así —insistió Amber—. Ni con
toda el hambre que paso ni matándome en el gimnasio conseguiría… eso.
—La señaló.
Pat se miró a sí misma ahora con cierto interés. Después, miró a su prima
con un gesto interrogante. Jennifer lucía una amplia sonrisa sin dejar de
observarla.
—Di algo —le pidió—. Sé que intentáis levantarme la moral, pero…
—Pat —interrumpió su prima—, solo con la mitad de lo que tienes, ya
podrías llevarte al tipo que quisieras.
Desconcertada, Pat le devolvió una mirada turbada. Su prima Jennifer
era, sin duda, la mujer más bonita e impresionante que jamás había
conocido, y escucharla a ella decirle algo así consiguió emocionarla.
Pat caminó hasta el espejo del armario y se miró con atención. Estaba tan
acostumbrada a mirarse sin verse realmente, que por primera vez fue
consciente de todas sus cualidades.
—Quizá podría esforzarme por ser un poco más femenina —les dijo con
un leve toque de emoción en la voz.
—¿De verdad crees que no eres femenina? —le preguntó su prima,
sorprendida. Hasta aquel momento, no se había dado cuenta de todas las
inseguridades que su prima tenía sobre su aspecto físico. Jamás se le había
pasado por la cabeza que pudiera sentirse así.
—Bueno…, el que tenga un cuerpo bonito no significa que no sea brusca
y algo masculina.
—¿Y eso quién lo dice? —le preguntó Jennifer caminando hasta ella—.
Una camiseta enorme no te hace masculina. No si tú te sientes femenina y
sexi. El problema es que es difícil sentirse así si te empeñas en disfrazarte
de hombre.
—Pero…
—Pero nada —interrumpió Jen—. Camina hacia allí.
Pat obedeció y recorrió media habitación.
—Ahora camina de nuevo hasta el espejo —Jen la observó con atención
y una sonrisa enorme.
—Sí —Rio Amber—, definitivamente ese contoneo de caderas es muy
brusco y masculino…
Pat sonrió. Incluso ella, ahora que prestaba atención a sus gestos y su
forma de caminar, se estaba empezando a preguntar cómo era posible que
hubiera estado tan convencida de que era un marimacho.
El leve sonido de las notificaciones de su WhatsApp llegó a oídos de Pat,
que se puso muy nerviosa, sin tener ninguna duda de que sería Nick quien
le escribía. Se acercó a mirarlo y sonrió al ver la foto que él le había
mandado. Un gatito de ojos enormes y cara triste intentaba encaramarse a
un cartel donde ponía: «Te echo de menos». Al pie de la foto, Nick había
escrito: «Ni te imaginas lo que me ha costado hacerle la foto al gato». Pat
suspiró y releyó el mensaje varias veces.
—¿Crees que es consciente de que está a punto de caérsele la baba por la
comisura de los labios? —le preguntó Amber a Jennifer, alzando la voz.
—Creo que ahora mismo no es consciente de nada. —Rio Jennifer.
Pat las miró con cierto rubor, pero sin poder dejar de sonreír.
—Es que me ha mandado un gatito —casi sollozó.
—¡Qué caradura! Eso es trampa. —Sonrió Jen—. ¿Quién puede
resistirse a un gatito?
Las tres rompieron a reír.
—Lo siento, pero voy a contestarle —terminó diciendo Pat.
—Mándale una foto —bromeó Amber—. Así como estás ahora mismo.
—Qué graciosa.
—Igual se coge el primer avión que salga para Boston.
Pat suspiró. Por más que intentara dejarse llevar por el optimismo, sabía
que a Nick poco le importaban sus camisetas amplias o sus curvas
perfectas.
—Sé escueta —le recordó Jennifer antes de que Pat se alejara por el
pasillo buscando algo de intimidad para contestar sus mensajes—. Un par
de frases como mucho.
Amber miró a Jennifer y le preguntó con curiosidad:
—¿De veras crees que se va a limitar a dos frases? —Jennifer rio—. ¿No
ha hablado mucho más con él desde que ha llegado?
—Quedamos en que se ceñiría a contestarle que todo va bien.
—Pues le estará costando la misma vida —opinó Amber—, está pirrada
por él hasta la médula.
—Pues no le está costando tanto —le aseguró Jen—, porque no me está
haciendo ni puto caso…
La carcajada de Amber se escuchó en toda la casa.
Capítulo 6
A la mañana siguiente, Pat aún no había terminado de despejarse con el
primer café del día, y ya miraba estupefacta a las dos chicas que tenía ante
sí.
—No sé si es buena idea —protestó, sintiendo cierta ansiedad.
—¡Anoche estabas convencida!
—Sí, supongo que hablar con Nick me provocó cierto… anhelo —
aceptó—, pero ahora mismo tengo un poco de taquicardia ante la idea.
Jennifer sonrió comprensiva. Sabía que no era nada fácil tomar la
decisión de salir de tu zona de confort, y Pat se sentía muy cómoda
escondida tras aquellas camisetas enormes.
—Es curioso, Pat, pero tienes una seguridad aplastante en cualquier
ámbito de tu vida —le dijo—, excepto en lo tocante a tu aspecto físico.
—Lo creas o no, nunca he tenido problema con eso, Jen —aseguró—.
Siempre he tenido opciones donde elegir. He tonteado con un montón de
tíos, me he metido en la cama con alguno que otro…, pero siempre he
estado centrada en Nick para todo lo que no fuera el sexo. Desde que era
adolescente, jamás me he ilusionado con nadie más que él, y él siempre
estaba ahí para mí. Supongo que por eso nunca le he prestado atención a mi
físico. No lo he necesitado.
—Hasta ahora —apostilló Amber—. Pero si quieres que la cosa
cambie…
—Eso es solo una suposición tuya —le recordó—. No sé cuánto has
leído a Johanna Lindsey, pero esto no es una de sus novelas.
—Entonces, ¿no nos vamos de compras? —preguntó Amber, casi
haciendo pucheros.
Pat las observó con atención y todavía tardó unos segundos en contestar.
Cuando las chicas ya habían perdido toda esperanza, Pat sonrió divertida y
exclamó:
—¡Por supuesto que nos vamos de compras! —Sus amigas saltaron
felices de la silla—. Ahora que lo sé, no puedo ir por el mundo vestida con
camisetas de tío.
El resto del día fue algo asombroso para Pat. Las chicas la fueron
arrastrando de tienda en tienda, y en cada una de ellas le llenaban el
probador con un sinfín de prendas diferentes. Jennifer, como ella, también
era una rockera de tomo y lomo, así que supo a qué tiendas llevarla para
que Pat se enamorara de cada prenda que se probaba. Y debía reconocer
que, incluso veinte cambios después, no podía dejar de mirarse al espejo,
estupefacta, a veces preguntándose si la imagen que se reflejaba era
realmente la suya.
—Si seguimos así, voy a tener que comprarme una maleta para regresar
a Santa Carla. —Rio, risueña—. Creo que acabo de comprarme más ropa en
una mañana que en toda mi vida.
—¡Y te quedan de muerte hasta los calcetines!
—Sí, ¿verdad? —Sonrió cohibida—. Soy la primera sorprendida.
Se estiró un poco de la camiseta sin dejar de sonreír. En una de las
tiendas, las chicas habían insistido en que escogiera algo para dejarse
puesto. Ella había elegido unos leggins vaqueros y una camiseta de Bon
Jovi que, aunque sencilla, parecía pegarse a cada curva de su cuerpo.
—Creo que voy a tardar un poco en acostumbrarme —admitió—. Es…
raro, porque no es una camiseta entallada, pero al mismo tiempo tengo la
sensación de que realza todas mis curvas.
—¡Es que tienes unas cuantas!
—¿Camisetas?
—¡Curvas, Pat! —Rio Amber—. Imposibles de ocultar con ropa de tu
talla.
—Pues ahora vamos a por el siguiente objetivo —dijo Jennifer con una
pícara sonrisa.
Pat la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué objetivo? —preguntó, sin poder evitar contagiarse de las
sonrisas que ambas le dirigían. Cuando Jennifer se hizo a un lado y le
tendió el brazo hacia el local junto al que se habían detenido, lo entendió
todo.
—¿En serio? —protestó.
—¿Qué es un cambio de look sin un corte de pelo, Pat? —bromeó
Amber, acariciándole la larga cabellera castaño oscuro que tanto
contrastaba con el intenso azul de sus ojos.
—Eres una mujer preciosa —le recordó Jennifer—, pero puedes sacarte
todavía más partido.
Pat lo valoró con una sonrisa en los labios. Puesto que casi acababa de
vaciar su cuenta corriente para darle un giro a su aspecto, ya no iba a
andarse con medias tintas.
—Quiero algo atrevido, con un sinfín de capas y, ya que estamos, vamos
a darle algo de color también.
Cuando una hora más tarde se miró en el espejo, sonrió con asombro. Un
desenfadado corte de pelo y tan solo varios mechones sueltos de una
preciosa tonalidad de púrpura, y parecía por completo otra persona; una que
podría posar como modelo para cualquier revista de moda.
—¡Guau! ¡Eres increíble! —le dijo al peluquero, que la miraba a través
del espejo con una sonrisa.
—Chica, cuando hay buena materia prima, mi trabajo es muy fácil. —
Rio, complacido—. ¡Y te juro que muero con tus ojos! Mataría por tenerlos
de ese azul tan maravilloso.
Pat sonrió y se giró para mirar a sus amigas, que aplaudían
entusiasmadas.
—¡Que me va a mirar todo el mundo! —se quejó, cohibida.
—Pues deberías ir acostumbrándote —bromeó Jen—. A partir de hoy no
podrás pasar desapercibida en ningún sitio, es la otra cara del cambio.
—Esa ya no me gusta tanto, espero habituarme.
—Amiga, Pat —Sonrió Amber, mirándola de arriba abajo—, eres de un
sexi que tumba. No va a quedarte otra que asumirlo.
Pat sonrió con cierta ansiedad, sin poder dejar de preguntarse qué
pensaría Nick al verla.
Aquella noche, cuando Pat pudo tumbarse por fin en la cama, esperaba
las primeras letras de Nick con más impaciencia que de costumbre. El reloj
parecía no avanzar, y llegó un momento en el que tuvo que obligarse a
concentrarse en otra cosa para no volverse loca con la espera. Conectó los
cascos al móvil y sintonizó la emisora de rock que su prima solía escuchar.
La música siempre la ayudaba a calmarse, así que se tumbó de nuevo y
cerró los ojos.
Como si la hubiera conjurado con el pensamiento, la melodía de su
balada favorita inundó sus sentidos y un escalofrío la recorrió de arriba
abajo. Se trataba de un viejo tema de Aerosmith, que había servido como
banda sonora para la película Armageddon, y que ella considera la canción
de amor más bonita e impresionante de todos los tiempos. Tanto la letra
como la música le taladraban el corazón, y la voz rasgada de Steven Tyler,
uno de sus cantantes favoritos, convertía aquel tema en absolutamente
maravilloso. Podría escucharlo una y otra vez, imaginando que Nick la
miraba con adoración y le susurraba cuánto la amaba antes de besarla.
Estaba tan sumida y absorta en la canción, que se sobresaltó cuando una
videollamada entrante interrumpió la música.
«¡Nick!», gritaron todos sus sentidos, obligándola a incorporarse en la
cama igual que si tuviera un resorte en la espalda. «¡Sí, es él…!». Observó
la pantalla, con el corazón en la garganta, sin decidirse a cogerlo. No quería
que la primera vez que él viera su cambio fuera así, aquello le quitaría
emoción y encanto al reencuentro, pero sí le apetecía mucho escuchar su
voz. Llevaba muchos días resistiéndose, y tenía un mono que ya no podía
soportar.
Esperó a que la videollamada dejara de sonar y marcó el número de
teléfono de Nick de forma tradicional. El chico apenas tardó un tono en
contestar.
—¡Por fin me das audiencia! —bromeó él nada más descolgar el
teléfono—. Empezaba a pensar que no querías hablar conmigo.
—¡Oh, venga! Si nos pasamos una hora de cháchara todas las noches. —
Rio Pat intentando no suspirar. Se sentía un poco absurda emocionándose
de aquella manera solo por escuchar su voz, pero no podía evitarlo.
—No es lo mismo. Los mensajes están muy bien, pero ya sabes que yo
prefiero lo tradicional —admitió—. Aunque me gustaría verte, ¿colgamos y
hacemos una vídeo?
—¡No! —casi gritó—. Es que… no estoy presentable.
—¿Eso qué significa? —Rio Nick—. ¿Tienes una de esas mascarillas de
pepino en la cara? Sabes que no me importa.
Pat suspiró. ¿Por qué iba a importarle que ella tuviera el mismo aspecto
que Shrek?
—Es que… estoy en ropa interior —se encontró diciéndole.
—Ah…
—Y no creo que estés interesado en mi lencería.
«Ay, la leche, este cambio de look me está afectado demasiado», pensó,
aunque no pudo evitar sonreír. Al menos parecía haber dejado a Nick sin
palabras.
—Y ¿estás semidesnuda por… alguna razón en particular? —lo escuchó
preguntar con un leve titubeo.
—No, le he cogido afición al nudismo desde que he llegado a Boston. —
Rio.
—¿Eso quiere decir que estás sola?
Pat guardó silencio unos segundos. Se deleitó con la idea de decirle que
estaba acompañada y cumpliendo todas sus fantasías sexuales, pero no
quería que él pensara que había viajado a Boston en busca de sexo.
«¡Qué coño! ¿Y por qué no?», se dijo un tanto irritada, recordándose el
momento en el que lo escuchó decir que jamás la miraría como mujer. No
iba a mentirle, pero ¿qué había de malo en dejarle con la duda?
—¿Pat? —insistió Nick ante su silencio—. ¿No vas a contestarme?
—¿Cuál era la pregunta?
—¿Estás acompañada?
—¿Puedo acogerme a algún tipo de enmienda?
—Preferiría que contestaras —admitió.
A Pat le sorprendió un poco su insistencia. No parecía bromear en
absoluto.
—Ahora mismo estoy sola —terminó diciéndole, felicitándose a sí
misma por la elocuente respuesta. Aquello dejaba abierta la posibilidad de
estar acompañada en cualquier momento—. Estoy medio desnuda porque
estaba a punto de acostarme. Hoy ha sido un día agotador.
Aquello sí que era la pura verdad. No recordaba haber estado tan
cansada desde hacía mucho tiempo.
—¿Y eso? ¿Qué has estado haciendo?
—He ido de compras con las chicas —admitió.
—¿Tú? ¿De compras? —se asombró Nick—. Pero si lo odias.
—Pues creo que ya no. —Rio—. Me he divertido mucho, y me he
comprado un montón de cosas.
—¡Estoy perplejo! —admitió entre risas—. ¿Quién eres tú? Dile a mi
amiga que se ponga.
—Tu amiga va a querer que la acompañes de compras de vez en cuando
a partir de ahora —bromeó.
—Uy, parece que se entrecorta, no te estoy escuchando bien…
Ambos rieron divertidos.
—¡Qué morro le echas!
—Prometo ir contigo donde quieras, si vuelves pronto.
Pat no pudo evitar emocionarse al escuchar aquello. Se acurrucó en la
cama con el teléfono en la oreja, cerró los ojos y casi pudo verlo ante ella
con total claridad, luciendo una de esas increíbles sonrisas que siempre
conseguían que le temblaran las rodillas.
—Si te tomo la palabra, luego no quiero excusas. —Rio Pat.
—Eh, una promesa es sagrada.
—Ya lo veremos.
—Ya en serio, Pat, ¿cuándo vuelves? —le preguntó con cierto tono de
ansiedad en la voz—. Te echo muchísimo de menos. Llevas fuera muchos
días.
—¡No seas exagerado! —dijo, para evitar sentirse demasiado
complacida—. Seguro que James y Rob te tienen muy entretenido.
—Sí —admitió—, pero no te sustituyen. Nada es comparable a nuestras
conversaciones y nuestros ataques de risa. Y he tenido que volver a la
reserva para tomar unos planos que nos faltaban y no ha sido lo mismo sin
ti.
—¡Haber invitado a la señora Ackerman! —bromeó, buscando una
forma de no titubear por los halagos que estaba recibiendo. Pero se sentía
tan bien al escucharlos…
—El estanque de los patos es tu lugar especial, no el mío. —Rio.
—La reserva es grande.
—Oye, ¿estás evitando decirme cuándo vuelves?
—No, es que no lo sé, de veras —admitió, pensando en que el objetivo
de aquel viaje había sido apartarlo de su mente y en aquel momento se le
caía la baba solo al escucharlo decir que la extrañaba—. Quizá en diez días
o así.
—¡¿Diez días?! —exclamó sin disimular su horror—. ¿Has conocido a
alguien?
—He conocido a mucha gente —contesto con ingenuidad—. Jennifer no
me deja parar ni un momento, y al parecer es muy popular.
Nada más terminar de pronunciar aquella frase, fue consciente de que no
era aquello lo que él le preguntaba. Apretó los dientes y se recordó que, por
fortuna, a través del teléfono él no podría verla ruborizarse ante su propia
idiotez; pero no rectificó la respuesta.
—Así que ¿tú no echas de menos Santa Carla? —le preguntó Nick con
un ligero titubeo.
Pat tuvo que morderse la lengua para no decirle que era a él a quien
echaba de menos de forma insoportable. No estaba segura de poder hablar
en un tono neutro si cedía.
—Claro que sí, os echo mucho de menos a todos —se limitó a decir para
no pillarse los dedos—. Espero que me dediques tiempo, tendremos que
recuperar muchas horas.
—¿Lo dudas? Además, estoy a la espera de que me llame Ackerman
para el reportaje de Monterrey.
Pat suspiró y se imaginó a sí misma metida en un jacuzzi junto a él.
«Vale, cancela tus pensamientos, no es el momento», se dijo, acalorada.
—Pues me apetece mucho ese viaje —terminó diciéndole, ahogando un
suspiro.
—Y a mí.
Nueve días. Aquello fue todo lo que Pat aguantó en Boston tras aquella
conversación. Había sido casi un mes increíble junto a Jennifer, que jamás
olvidaría. Y ella, como persona, había sufrido un cambio que, para bien o
para mal, representaría un antes y un después en su vida. En los últimos
días se había acostumbrado a su nueva imagen y se había reafirmado en su
feminidad de una forma que jamás creyó posible. Se sentía bien consigo
misma y su aspecto, y deseosa de plantarse ante Nick.
—Me hubiera gustado que te quedaras un poco más —protestó Jennifer,
abrazándola de nuevo.
—Han sido veintiséis días. —Rio Pat—. Ya echo mucho de menos Santa
Carla… y a Nick…; y a mis padres y a Nick; a Rob, a James…, a Nick.
Jennifer rio a carcajadas.
—Definitivamente, el objetivo que te trajo hasta aquí ha sido un fracaso
absoluto.
—Pero me marcho feliz, prima —le aseguró, de repente muy
emocionada—. No sabía cuánto necesitaba este cambio hasta que lo he
llevado a cabo. Me siento muy bien, Jen. Y aun en el caso de que Nick…
siga sin verme, seguirá mereciendo mucho la pena
—Ese hombre sería un necio si no te echara el lazo nada más ponerte los
ojos encima —opinó Jennifer con una sincera sonrisa—. Te van a sobrar los
pretendientes, ¿sabes? Si no se anda con ojo, quizá encuentres a alguien
mejor que él.
—Siempre existe la posibilidad de que Asgard explosione y Thor caiga
desmayado en mi jardín.
—Cosas más raras se han visto.
—¿Más raras que un dios nórdico despanzurrado en mi césped? —Rio
—. Tienes razón, aunque ahora mismo no se me ocurra ninguna…
Ambas rieron y volvieron a abrazarse con fuerza.
—¡Cómo te voy a echar de menos!
Su tío Dylan entró de nuevo en el salón anunciando que debían
marcharse ya al aeropuerto, si no querían perder el avión.
—Ay, ¿por qué me han tenido que coincidir la entrevista de trabajo y tu
viaje en el mismo horario? —se quejó Jennifer.
—Tenemos que irnos —insistió Dylan Easter—. Por cierto, Jennifer, ha
llegado el poster que pediste, lo tienes junto al teléfono.
—¿Qué poster? —se interesó Pat.
Jennifer caminó hasta el aparador y tomó un rollo enorme que
descansaba apoyado sobre él.
—Madre mía, ¿cuánto mide? —Rio Pat—. Si te va a coger media pared.
—Metro y medio.
—¿Y de quién es? ¿Jon Bon Jovi?
—Es una moto. —Jennifer rio al ver la cara estupefacta de su prima.
—¿Una moto de metro y medio? ¡Mira que eres rara!
—Es que no es solo una moto, es la moto más espectacular que hayas
visto nunca —le aseguró—. Verás…
Comenzó a desenrollar el poster, pero el bocinazo que su padre les dio
desde el descansillo la hizo desistir del empeño.
—¡Ostras! ¡Es que es verdad que es muy tarde!
Volvieron a abrazarse y Pat salió corriendo a reunirse con su tío,
cerrando la puerta tras ella.
Jennifer sonrió con tristeza. Iba a echar mucho de menos a su prima.
Aunque al menos tenía un aliciente con el que distraerse en los próximos
minutos.
Con cuidado, desenroscó el póster y contempló fascinada la moto de sus
sueños.
—¡Es una auténtica maravilla! —dijo en alto, casi con la respiración
entrecortada de pura emoción. Sin duda, el diseñador de Customsa
responsable de aquella belleza era un verdadero genio—. Daría un ojo de la
cara por poder conducirte algún día…
Capítulo 7
Pat estaba nerviosa. Hacía ya algunas unas horas que había aterrizado en
Santa Carla y aún no había podido comer o descansar lo más mínimo por
pura inquietud.
Para sus padres había resultado toda una conmoción su transformación.
Aún la miraban maravillados a cada rato, a pesar de que a ellos sí les había
mandado fotos desde Boston. Era fácil suponer el shock que sería para sus
amigos, que ni siquiera se esperaban el cambio.
Cuanto más se acercaba la hora de encontrarse con todos en el Oasis,
más le aterraba la idea.
Abrió la maleta y esparció toda su ropa nueva sobre la cama para poder
decidir qué ponerse. No quería estar demasiado llamativa; se sentiría mucho
menos intranquila si escogía algo sencillo. Claro que lo más sencillo que
tenía en su nuevo ajuar la hacía lucir muy diferente a la antigua Pat.
Terminó poniéndose unos leggins y una simple camiseta del grupo Kiss,
todo negro, y se miró en el espejo de cuerpo entero. Añadió un cinturón con
unas pequeñas cadenitas cayendo por sus estrechas caderas y completó el
atuendo con sus botas militares.
—Todavía no me lo creo —dijo en alto, mirándose con atención. Su
atuendo no podía ser más simple, y, paradójicamente, su aspecto era
demoledor.
Cuando se adentró en el parque frente al Oasis en busca de sus amigos,
le temblaban hasta las canillas. James y Rob estaban tirados en el césped
charlando con tranquilidad. Pat hubiera pagado por poder fotografiar sus
caras cuando la vieron por primera vez. No pudo evitar reír a carcajadas.
—Podéis cerrar la boca —les dijo, aún sin poder parar de reír—. A ver si
se os va a colar alguna mosca.
Se pusieron en pie y la abrazaron, felices de verla tras tantos días.
—¡Madre mía! ¡Estás guapísima! —exclamó James, todavía sin poder
dejar de mirarla.
—¡Boston te ha sentado de maravilla! —admitió Rob.
—Sí, ha sido una experiencia increíble. —Sonrió Pat complacida, y no
pudo contenerse en preguntar—. ¿Y Nick?
—Tenía unas fotos que hacer, pero supongo que no tardará en llegar —
contó Rob—. ¿Él sabe que llegabas hoy? Porque no nos ha dicho nada.
—No, quería que fuera una sorpresa para todos —admitió.
—Pues la sorpresa la tenías garantizada. —Sonrió James—. ¡Mírate!
Pat rio divertida.
Cuando la impresión inicial hubo cesado, se sentaron en el césped y Pat
pasó a relatarles un montón de anécdotas de lo que había hecho en Boston.
De vez en cuando miraba a su alrededor, nerviosa, esperando la inminente
llegada de Nick, hasta que media hora después terminó relajándose y
comportándose como si nada hubiera cambiado.
Una compañera de facultad la saludó en la distancia y se alejó unos
metros para charlar con ella. La chica estaba perpleja con su
transformación, así que ambas bromearon largo rato.
James y Rob no dejaban de observar a Pat en la distancia, todavía sin
poder asimilar el cambio.
—Quizá deberíamos retractarnos de nuestra promesa —dijo James sin
ninguna intención de bromear.
—También podemos comprarle un cinturón de castidad, nos daría menos
trabajo —opinó Rob.
Ambos dejaron escapar una sonora carcajada.
—¿Qué es tan divertido? —les preguntó Nick llegando hasta ellos.
—¡Anda, el desaparecido en combate! —bromeó James.
—Pues vengo igual de cansado que si hubiera estado en la guerra —
declaró—. Y encima sigo sin poder localizar a Pat. Anoche no hubo forma
de contactar con ella.
—Seguro que hoy es más fácil. —Rio Rob.
—¿Habéis hablado con ella alguno de los dos? —se interesó.
—Pues eso creemos —bromeó James.
—Aunque no estamos seguros del todo —apoyó Rob.
—¿Me estáis vacilando? —los miró Nick con un gesto irritado—.
Porque no estoy para mucha broma con ese tema. ¿A vosotros os ha dicho
cuándo vuelve?
—Más o menos —le dijo James señalando a Pat con un gesto.
Nick miró en aquella dirección, pero solo vio a dos amigas charlando
unos metros más allá. Pat le daba la espalda.
—¿Eso qué quiere decir? ¿Ya ha sacado el billete de avión?
Tanto Rob como James miraban a Pat con cierto grado de diversión,
aunque entendían que Nick no la hubiera reconocido.
—Joder, comprendo que estéis obnubilados con esa tía —La señaló—,
pero me estáis poniendo de los nervios… ¿Sabéis o no algo de Pat?
James suspiró.
—¡Puedes mirar a la chica, por favor!
Nick empezaba a salirse de sus casillas.
—¡Que sí! ¡Que está muy buena, hostias! —terminó casi gritando—.
Pero ahora mismo no me importa un carajo.
—Pues debería.
—Mirad, estoy a punto de mandaros a tomar por… —Las palabras se le
atragantaron en la garganta al posar sus ojos sobre la chica, que acababa de
girarse en su dirección alertada por los gritos—. ¡Joder!
Ambos se miraron durante unos largos segundos desde la distancia. Pat
sonrió. Nick sonrió. Y ambos corrieron hacia el otro hasta fundirse en un
emotivo abrazo.
Pat casi sufrió un cortocircuito. Su corazón amenazaba con salir a
saludarlo, mientras su cuerpo se fundía contra el de Nick más de lo que era
prudente. A regañadientes, terminó soltándolo.
—Anoche me acosté pronto —le dijo Pat risueña—. Tenía que coger un
vuelo muy temprano, y quería darte una sorpresa.
—¡Pues había tenido un día de mierda hasta ahora mismo! —Rio Nick,
volviendo a abrazarla.
Pat dejó escapar una feliz carcajada. Nick aún no había hecho ningún
tipo de comentario sobre su aspecto, y ella intentaba estudiar su reacción
por su expresión.
—¿Qué te han hecho en Boston? —dijo Nick al fin con una sonrisa,
tomando uno de los mechones púrpuras entre sus dedos.
—¿Te gusta?
—Sí, te sienta bien ese color —admitió—, y también el corte de pelo.
Pat se sintió un tanto defraudada cuando fue consciente de que él no
pensaba agregar nada más. Para esconder su turbación, aprovechó para
despedirse de la chica con la que hablaba hacía un minuto.
—Dame un segundo —le dijo a Nick, alejándose de él.
Él volvió junto a sus amigos y se dejó caer en el césped, sin dejar de
mirarla en la distancia.
—No piensas decir nada. —Rio Rob, observándolo con atención.
—No, yo… ¿Sus ojos siempre han sido tan azules? —terminó
preguntando casi para sí mismo.
James y Rob se miraron entre sí con cierta diversión.
—Los ojos —repitió James entre risas—. ¿Con todo lo que hay para
mirar y nos sales con sus ojos? ¡No me jodas, Nick!
Pero el aludido no contestó nada. Escuchaba a sus amigos como si
estuvieran metidos en el fondo de un pozo, a veinte metros de profundidad.
—Definitivamente, creo que nos hemos precipitado al hacerle a Pat esa
promesa —dijo Rob, dejando escapar un suspiro exasperado al comprobar
cómo un tipo que pasaba corriendo a su lado se giraba solo para mirarla—.
Vamos a tener moscardones revoloteando a su alrededor a todas horas.
—Sí, pero solo prometimos olvidarnos del bisturí —le recordó James.
—Correcto, supongo que un bate de béisbol también servirá.
Capítulo 8
Una hora más tarde, Pat manifestó su interés por ver las fotos de la
reserva, que era el equivalente a decirle que quería pasar un rato a solas con
él, aunque Nick, por supuesto, no se enteró de nada.
Cuando entraron en su casa, Nick anunció que tenía una sorpresa para
ella y se empeñó en que cerrara los ojos antes de avanzar hasta el salón.
—¿Qué es?
—Algo que espero que te guste —le dijo mientras movía una mano
delante de sus ojos para comprobar que no veía nada. Después la tomó de la
mano para guiarla por la casa.
—Dame una pista.
—No seas impaciente.
Tiró de ella hasta mitad del salón y la colocó frente a la pared donde
estaba el mueble del salón.
—Ya puedes abrirlos.
Cuando Pat abrió los ojos y los enfocó sobre lo que tenía frente a ella, se
quedó perpleja.
—Te dije que me faltaba un cuadro en ese hueco.
Pat, con la boca abierta por la sorpresa, miraba el cuadro colocado justo
encima del televisor, sin poder articular palabra. Era una ampliación de una
fotografía de ella misma, que Nick le había tomado en la reserva, y que
representaba el instante en el que aquella increíble mariposa había
cambiado por completo su vida.
La foto era espectacular. La preciosa mariposa se había posado en la
palma de su mano y ella la miraba a escasos centímetros, totalmente
fascinada. Incluso el hermoso y colorido insecto parecía devolverle la
mirada. La imagen era un primer plano de aquel instante, pero, si cerraba
los ojos, Pat podía recordar con total claridad cómo ella se había girado
hacia Nick mientras estaba absorto en las fotos para no poder dejar de
mirarlo jamás.
—Es… —Apenas le salían las palabras de lo emocionada que estaba.
—Una auténtica maravilla —terminó Nick por ella.
—No me di cuenta de cuándo me la tiraste —reconoció. Había estado
tan absorta en él, que aquello era lo único que recordaba.
—Por eso es tan bonita —le aseguró—. La cámara capta a la perfección
tu esencia, Pat.
—¡Que me vas a hacer llorar, tonto! —le dijo, dándole un pequeño
golpecito en el hombro—. Es una foto increíble, Nick, la luz, los colores…
—La modelo. —Sonrió el chico, quitándose mérito.
—Sí, es verdad, la mariposa está muy bonita —bromeó Pat.
Ambos rieron.
—¿Me enseñas el resto de fotos? —le pidió—. Siento no haber podido
ayudarte a escoger.
—Decidiste largarte a Boston de un minuto para otro. —Casi sonó a
reproche.
Pat guardó silencio. No podía rebatir aquella verdad, aunque jamás le
contaría el motivo.
Nick encendió el pc y ambos se sentaron frente a la pantalla. Primero
vieron las fotos elegidas por Nick para entregar al cliente, maravillándose
con todas ellas, y después consultaron la carpeta donde estaban todas las
demás.
—¡Te volverías loco para elegir! —dijo Pat disfrutando de cada imagen.
—Pues sí, a punto estuve de mandártelas a Boston —admitió—. Me hizo
mucha falta tu consejo.
—Pero al final lo conseguiste.
—¡Qué remedio!
Pat sonrió y siguió investigando el resto de fotos.
—Aquí hay una carpeta con mi nombre —dijo curiosa.
—Ya sabes que siempre me gusta sacarte alguna foto a traición —
bromeó Nick. Era una tradición que él siempre llevaba a cabo en cada
trabajo que hacían juntos.
La chica entró en la carpeta y se giró a mirarlo con una sonrisa incrédula.
—¡¿Cincuenta y siete fotos, Nick?! —exclamó perpleja—. ¿Me tiraste
cincuenta y siete fotos sin que apenas me diera cuenta?
—Es que el entorno era una pasada —dijo, encogiéndose de hombros.
—¡Pues haberle echado fotos solo a eso! —protestó—. ¡Mírame! ¡Estoy
fatal!
—¿Fatal?
La chica se observó a sí misma con detenimiento.
—Supongo que ya me he olvidado de esas camisetas enormes. —Rio,
algo cohibida.
—Pues a mí aún no me ha dado tiempo —admitió Nick.
—¿Por eso no me has dicho nada de mi nuevo aspecto? —se aventuró
Pat, asegurándose de sonar en un tono divertido—. ¿Estás esperando a
acostumbrarte?
—Te he dicho que estás preciosa.
—No, no lo has hecho.
—Ah, ¿no? Pues solo lo habré pensado entonces…, pero estoy seguro de
que te han dicho lo bonita que estás hasta la saciedad en estos últimos días,
¿me equivoco?
—No, no te equivocas, pero ¿y qué? —insistió—. A mí solo me importa
tu opinión.
«¡Mierda! ¿Cómo se me ha escapado eso?», pensó Pat, conteniendo la
respiración. Se vio obligada a añadir:
—Bueno, la opinión de toda la gente que me importa es lo más
importante…
«Pat…, te estás repitiendo», se regañó, avergonzada.
Nick suspiró, la observó con atención y cedió:
—Por supuesto que estás preciosa —admitió—. Pero tú siempre has sido
preciosa, incluso con esas camisetas enormes que ahora tanto parecen
horrorizarte.
«Sí, preciosa, pero tú no me veías… Y, al parecer, sigues sin verme».
—¿Ha ocurrido algo en Boston que haya motivado el cambio? —le
preguntó con cierto recelo.
Pat lo miró un poco asombrada. ¿Él pensaba que había sufrido alguna
especie de trauma en Boston?
—Necesitaba este cambio, Nick —le terminó diciendo—. Y no he
sabido cuánto hasta que lo he llevado a cabo. Nunca me he sentido tan
cómoda con mi físico como ahora.
—Perfecto —admitió él con una sonrisa—. Si tú estás feliz, yo estoy
feliz.
—Pero… ¿te agrada? —preguntó, casi en un susurro, regañándose al
instante de nuevo por hacerle aquella pregunta.
—Para mí siempre has sido y serás perfecta, tal y como tú decidas vestir
o peinarte.
«Genial. Tanto preocuparme por lo que pensaría al verme, y resulta que
no le ha afectado una mierda el cambio, le da exactamente igual», pensó,
intentando no desmoronarse frente a él. No pudo evitar lamentarse por
haberse dejado influir por Amber y las ideas absurdas que le había metido
en la cabeza.
—Cincuenta y siete fotos —repitió para llenar el silencio, mientras su
mente intentaba recuperarse del caos que la había invadido de repente.
«Necesito que me vea», se dijo, fingiendo mirar todavía las fotos.
Y de pronto sintió unas intensas ganas de reafirmarse en su feminidad.
—La próxima vez que quieras hacerme un book de fotos, avísame para
posar en alguna —dijo con una sonrisa coqueta.
—Ya sabes lo que opino de las fotos posadas —le recordó Nick.
—Pues siento discrepar con el fotógrafo, pero creo que estás equivocado.
—Ah, ¿sí? —Sonrió con cierta arrogancia—. ¿Basándote en qué?
—En las fotos que vas a hacerme ahora mismo.
Nick dejó escapar una sonora carcajada, pero no agregó una sola palabra.
Caminó hasta el aparador del salón y cogió la cámara con la que había
estado trabajando en el ordenador aquella misma mañana.
—Vamos a ver quién tiene razón —dijo, mirándola a través del objetivo.
Pat clavó sus ojos azules sobre él con la expresión más decidida de que
fue capaz. Y durante varios minutos, Nick tiró una foto tras otra mientras
ella cambiaba de postura, de expresión, de emoción e incluso de escenario.
Al principio le daba cierta vergüenza desplegar su sensualidad y comerse la
cámara con los ojos como sabía que debía hacerlo, pero, una vez superó su
timidez inicial, todo comenzó a fluir y por fin pudo dejar salir a la mujer
sexi que se moría porque él viera. Pasaron un rato muy divertido en el que
ambos terminaron riendo a carcajadas.
—¡No te acerques tanto! —Rio incómoda—. ¿Quieres sacarme los
puntos negros?
—Quiero un primerísimo primer plano —le aclaró Nick—. ¿Te preocupa
no quedar tan natural como en una foto robada?
Pat sonrió con cierta picardía. Estaba disfrutando mucho de aquella
sesión de fotos improvisada.
—¿Puedo escoger la expresión? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Por supuesto, pero recuerda que solo voy a fotografiarte desde la
barbilla hacia arriba.
Pat suspiró, miró a Nick con descaro y recordó el aspecto que él tenía sin
camiseta. Su cuerpo respondió al instante a aquella imagen y sus ojos
reflejaron aquel intenso deseo de forma irremediable. Cuando Nick acercó
la cámara hasta su rostro, le dejó ver todo aquello al mismo tiempo que se
mordía el labio inferior con una sensualidad que sería imposible que la
cámara no captara.
—¡Joder! —se le escapó a Nick al comprobar la foto.
—¿Joder qué?, ¿qué bonita?, ¿qué fea? —Nick se dejó caer en el sofá y
comenzó a mirar el resto de fotos. Pat se sentó a su lado—. ¿Me las
enseñas?
—Pues no sé.
—¿Que no lo sabes? —Rio—. ¡Trae!
—Yo que tú me evitaría el trauma.
Pat, lejos de molestarse, lo observó con una sonrisa. Sabía, por su tono,
que estaba bromeando.
—He ganado, ¿a qué sí? —Rio—. Mis fotos posadas superan a tus fotos
robadas.
—Ni hablar.
—¡Claro que sí! —Intentó quitarle la cámara, que él se empeñaba en
alejar izando el brazo—. ¡Para, dame!
Jugaron durante unos segundos sin parar de reír. Cuando al fin Nick
permitió que ella la cogiera, Pat se centró en las fotos.
—¿A que son malísimas? —insistió Nick.
—¡Ya quisieras!
Pat siguió concentrada en las fotos, hasta que se dio cuenta, perpleja, de
que en algún momento durante el forcejeo había terminado recostada en el
regazo de Nick, quien parecía muy relajado mientras la acogía entre sus
brazos. En lugar de recular, se acomodó un poco más.
—No sé si eres muy buen fotógrafo o es que yo soy una modelo genial
—Rio Pat—, pero deberías reconocer que hay algunas increíbles.
Nick guardó silencio.
—¡Que lo reconozcas! —le dijo, dándole un suave golpecito en el
hombro.
—Vale, quizá alguna…
—Muchas.
—¡Que sí, Pat! —Terminó sonriendo—. Estás espectacular en todas y
cada una de las fotos, ¿contenta?
La chica consultó su expresión intentando valorar hasta qué punto decía
aquello solo para que lo dejara en paz.
—Admites que posando…
—No —interrumpió—. Las fotos de la reserva también son
impresionantes.
—No lo dudo, pero todavía me falta ver el primerísimo primer plano.
—En esa, sales perdiendo —le dijo Nick muy serio—. Yo no me
molestaría ni en verla…
No le hizo caso. Continuó pasando las fotos en busca de la última que él
le había tirado. Cuando llegó hasta ella, la miró con atención, un tanto
alucinada por el aspecto que presentaba. Era, sin duda, la foto más sensual
que había visto jamás.
—Igual podemos dejarlo en un empate —terminó admitiendo Nick,
mirando de nuevo la foto.
Pat lo miró a los ojos, que estaban muy cerca en aquella postura, y sonrió
divertida.
—Así que era ese tipo de «joder…» —dijo, recordándole su primera
palabra al ver la foto—. Ya entiendo.
—¡Oh, venga ya!
—No, si no te culpo —continuó bromeando Pat—. Me brillan mucho los
ojos, ¿no?
Nick dejó escapar una sincera carcajada.
—Debe de ser por el placer de darte un palizón —recalcó ella con una
sonrisa descarada—. Con esta foto gano de calle.
—Cada foto tiene su momento —terminó diciéndole Nick. Rio por la
expresión hastiada que Pat fingió—. Cada foto cuenta una historia
diferente.
Señaló el cuadro de Pat recién colgado en el salón e insistió.
—Como te dije antes, esa foto refleja tu esencia —opinó—. Nos habla
de la mujer que se deja maravillar por las cosas más sencillas, y muestra esa
pureza de corazón que tanto me gusta de ti.
Pat lo miró intentando no ruborizarse, y no pudo evitar preguntar:
—¿Y esta otra? —Señaló la sensual foto en la cámara.
Nick se paró a meditar su respuesta durante unos segundos.
—Esta podría ser portada de Penthouse —terminó admitiendo. Pat tragó
saliva y se esforzó por sonreír—. Representa… el lado oscuro.
—¿Como Dark Vader? —bromeó.
—Peor —admitió Nick clavando sus ojos en los de ella—. Es un se mira
pero no se toca.
—¿Y eso es malo?
—Es cruel.
—Excepto… si me dejara tocar, supongo.
Nick guardó silencio unos segundos, sin dejar de mirarla.
—Sí, supongo que sí.
—Interesante.
El destello de interés que creyó leer en los ojos de Nick le aceleró el
pulso.
—Pero no puedes dejarte tocar por todos los que miren esta foto —le
recordó el chico aún sin apartar la vista.
Pat era consciente de que solo tenía que decirle que aquella foto era
privada para que Nick entendiera el mensaje…, pero no tuvo las agallas
suficientes. Muy a su pesar, se encontró diciendo:
—Así que siempre seré cruel con alguno, ¿a eso te refieres? —Nick
asintió—. Pues entonces quizá sería buena idea borrar la foto.
—Sí, eso sería lo más inteligente —admitió el chico.
—Vale, pues vamos a hacer una cosa: mándamela a mi WhatsApp y
después la borras, ¿te parece?
—¿Quieres mandarla a Boston? —le preguntó de repente.
A Pat le extrañó mucho el comentario. ¿Para qué querría ella enviarle a
Jennifer una foto así?
—¿Has dejado allí a alguien… interesado en ver fotos tuyas así?
«Ostras», acababa de entender la pregunta». Ahora estaba perpleja. ¿Qué
debería responderle? ¿Qué había tenido decenas de oportunidades, pero que
no había podido dejar de pensar en él en ningún momento? Aquello, desde
luego, estaba descartado.
Se acomodó un poco más entre sus brazos mientras buscaba la respuesta
adecuada. Esa que no revelara demasiado, pero que tampoco la hiciera
quedar como una pardilla.
—Se me ocurren muchos que estarían más que encantados de recibir esta
foto.
Nick frunció el ceño.
—¿Muchos?
—Sí, pero a los que yo realmente quiera enviársela…, de esos ya no hay
tantos.
—¿Estás contestando con ambigüedad aposta? —Sonrió Nick—. ¿Por
qué? ¿Te avergüenza reconocer que lo has pasado bien en Boston?
Pat estudió la expresión de Nick, pero no pudo encontrar nada que le
indicara si a él le importaría lo más mínimo escuchar que se había tirado a
la mitad del equipo de remo de la Universidad de Harvard.
—Lo he pasado mucho más que bien en Boston —le dijo, y por un
segundo le pareció que era decepción lo que había asomado a sus ojos, pero
supuso que solo se imaginaba lo que quería ver, de modo que fue sincera—,
pero hay muchas formas de pasarlo bien sin un hombre entre las piernas.
«¡Por Dios, Pat, ¿es que no puedes dejar de decir esas cosas?».
—¡Qué gráfica! —Rio Nick.
—Eso era lo que querías saber, ¿no?
—Eso no ha sido una respuesta —insistió Nick—, pero no pasa nada,
entiendo que no quieras contármelo, aunque creía que teníamos
confianza…
—¿En serio me estás preguntando a cuántos tíos me he tirado en Boston?
«Vale, lo estoy arreglando…, ahora uso frases de tío con toda la
naturalidad del mundo», pensó. Jamás había usado la expresión tirarse a
alguien hasta aquel momento. «¡Coño, debe de ser el tinte del pelo!».
—¿Cuántas han pasado por tu cama mientras yo estaba allí?
«Mierda, joder, soy una idiota, ¡¿para qué pregunto si no quiero
saberlo?!».
—Yo he preguntado primero. —Sonrió Nick con total serenidad. Pat ya
no estaba tan tranquila.
—Vale, ¿quieres saberlo? —Terminó diciéndole, incorporándose un
poco.
«Venga Pat, dile que tres; no, mejor cinco; siete, que es mi número de la
suerte…». ¿A quién quería engañar? Como era imbécil perdida, iba a
decirle la bochornosa verdad.
—Allá va.
—No, no, déjalo —la interrumpió Nick revolviéndose inquieto en el
sofá, forzándola a salir de sus brazos—. Tienes razón, hay cosas muy
privadas que no hay por qué contarle ni a los mejores amigos.
Pat lo miró entre extrañada y dolida, muy consciente de cómo él había
vuelto a recalcar aquellas dos palabras: mejores amigos.
—¿Ahora no quieres saberlo?
—No —le aseguró, poniéndose en pie—. ¿Pedimos una pizza?
Durante la media hora que la pizza tardó en llegar, Pat le contó multitud
de cosas de las que había hecho en Boston, al margen de cualquier tema
relacionado con su vida sexual. Charlaron y rieron hasta que el timbre de la
puerta los sobresaltó.
Cuando Pat abrió, se encontró ante ella a un bombón de metro noventa y
cuerpo de gimnasio, en vez de al gemelo de Danny DeVito que siempre les
llevaba los pedidos. El chico esbozó una enorme sonrisa, sin molestarse en
ocultar su interés por lo que veía ante sí.
—Tú no eres Danny. —Sonrió Pat.
—¿Danny?
—Bueno, nosotros le llamamos así. —Rio la chica.
El chico también rio, entendiendo a la perfección a qué se refería.
—Danny está de baja, así que vendré yo durante una temporada.
—Ah, pues muy bien.
—Sí, y ahora mismo me considero un tipo con suerte. —Volvió a
sonreír, flirteando de forma descarada—. Esta pizza tengo que cobrártela,
pero cualquier otra noche invito yo.
Pat dejó escapar una sonora carcajada. El descaro de aquel tipo le hacía
gracia, y debía reconocer que era todo un festín para los ojos, pero lo que de
verdad estaba disfrutando era el hecho de saber que era imposible que Nick
no estuviera escuchando cada palabra. Y, por si acaso lo dudaba, no tardó en
acercarse a la puerta.
—¿Me la das? —le pidió apareciendo de improvisto, tendiendo la mano
hacia la caja—. A mí es que la pizza me gusta comérmela caliente, llámame
loco.
Se alejó de nuevo hacia la cocina mientras Pat reía divertida ante el
azoramiento del repartidor.
—Discúlpame, me pareció… —titubeó el chico—. Bueno, déjalo, espero
no haberte causado problemas con tu novio.
—No te preocupes, Nick no es mi novio —dijo Pat en un tono divertido
—. Solo somos amigos. No hay nada más.
—Ah, pues me alegra saberlo. —Sonrió de nuevo—. Espero que no
tardes en hacer otro pedido.
Cuando Pat caminó hasta la cocina, aún no había borrado la sonrisa de
sus labios. Se sentó frente a Nick sin decir nada, con una expresión risueña.
—¿En el último mes no has tenido suficiente o es que Boston te abrió el
apetito? —le dijo Nick mientras troceaba la pizza.
Pat le devolvió una mirada curiosa. No parecía bromear en absoluto, más
bien parecía molesto.
—No ha pasado nada. —Sonrió—. Solo ha sido…
—Sí, tengo claro lo que ha sido, no hace falta que le pongas nombre —
intervino Nick—, pero no lo conoces de nada. ¿Y si es un loco en potencia?
La carcajada de Pat fue genuina.
—¿Y si lo conociera en un bar, no podría ser el mismo loco? —le
preguntó—. Además, yo no le he dado pie a nada.
—Pero te ha faltado tiempo para decirle que no somos pareja.
A Pat le resultó muy difícil no reír jubilosa ante aquel comentario.
Precisamente, se había encargado de recalcar el «solo somos amigos», que
tanto le gustaba decir a Nick, para que llegara alto y claro a sus oídos; y en
sus labios no parecía haberle gustado tanto.
—¿Y qué iba a decirle?
—Podrías haberte callado.
—¿Y dejar que pensara que entre tú y yo hay algo más que una bonita
amistad?
Nick le devolvió una mirada confusa.
—¿Por qué ese comentario me ha sonado cargado de sarcasmo?
—Pues no sé —dijo Pat con una expresión de inocencia—. Te lo habrás
imaginado. ¿Qué motivos podría tener para usar el sarcasmo?
Nick le devolvió una mirada crítica, consciente de que aquel último
comentario también había sonado en el mismo tono, pero no agregó nada
más. Se limitó a coger un trozo de pizza y comer en silencio.
—¡Qué buena! —dijo Pat, devorando la suya—. No me importaría nada
repetir mañana.
Sonrió divertida al sentir la mirada irritada de él ante aquel comentario.
«Curioso. No parece haberle hecho gracia la broma». Pero ella, en aquel
instante, hubiera podido reír a carcajadas.
El teléfono de Nick interrumpió la cena. Soltó el trozo de pizza en la caja
y miró extrañado el identificador de llamadas.
—Es Ackerman —informó, frunciendo el ceño.
—Son las diez de la noche.
—A este tipo le da igual todo —dijo molesto—. Estoy por no
contestarle.
—¿Y te vas a quedar con la duda?
Sin más dilación, Nick contestó la llamada. Pat escuchó la conversación,
expectante, y esperando que él colgara para poder enterarse del todo.
—¿Tenemos que volver a la reserva? —preguntó con una sonrisa
radiante.
—Depende. ¿Tienes interés en conocer a tres cachorros de león que
nacieron mientras estabas en Boston?
—¡Claro que sí! —gritó emocionada.
—Eso suponía. —Rio Nick—. Iremos mañana a hacerles un reportaje.
Pat festejó aquel hecho como si acabara de comprobar un décimo
premiado de lotería. Nick no podía dejar de reír, admirando aquella ilusión
que desprendía por las cosas más sencillas.
—¡Qué fácil es tenerte contenta, Pat! —bromeó divertido.
—No tanto, una camada de cachorros de león no es moco de pavo. —
Rio—. ¿A qué hora nos vamos?
—¿A las diez? —propuso, cogiendo otro pedazo de pizza.
—Casi no puedo esperar.
—Puedo adelantar el tiempo para ti, si quieres —bromeó Nick—.
Aunque creo que me he dejado la varita en el otro pantalón.
—Déjalo, la paciencia es una virtud. —Rio Pat.
—Si cambias de opinión, me lo dices —le dijo, levantándose a por otra
botella de agua fría—, y en un momentito lo arreglamos.
La botella se le resbaló de las manos y tuvo que agacharse a recogerla
del suelo. Al incorporarse, sintió un dolor agudo en la espalda y aulló de
dolor.
—¿Qué ha pasado?
—¡Hostias! —se quejó, casi sin poder estirarse del todo—. Llevo par de
días notando una pequeña molestia en la espalda, y creo que acaba de
complicarse.
Pat se acercó a él, preocupada.
—¿Por qué no se los has dicho a Rob?
—Porque he tenido tanto trabajo que apenas lo he visto —admitió—, y
era una simple molestia.
—Déjame ver. ¿A qué altura es?
—Como en mitad de la espalda.
—Siéntate aquí —le pidió, acercándole un taburete—. Vamos a localizar
el punto exacto antes de tumbarte.
Cuando estuvo sentado, Pat le pidió que se quitara la camiseta.
—¿Es necesario? —protestó Nick—. No sé si puedo hacer ese
movimiento.
Pat se puso frente a él y tiró de la camiseta con cuidado. Nick se limitó a
levantar los brazos para que ella pudiera extraerle la prenda.
«Vale, Pat, habla con la parte calenturienta de tu cerebro para dejarle
claro que no lo estás desnudando para lo que parece creer…», se dijo,
acalorada. Era consciente de que la forma en la que le había quitado la
camiseta era poco ortodoxa. Había acariciado parte de su torso y sus brazos
mientras tiraba de la prenda hacia afuera.
Contempló, fascinada, el enorme tatuaje que ocupaba la mitad del brazo
izquierdo del chico, recordando el momento, hacía ya tres años, en el que lo
había acompañado a hacérselo. Era una impresionante pantera negra vista
de frente, cuya hipnótica e inquietante mirada te cautivaba al instante. No
pudo evitar acariciar el rostro del felino, y su cuerpo se estremeció por la
necesidad de continuar acariciando mucho más allá… Tuvo que obligarse a
centrarse en la espalda de Nick con rapidez, para que él no viera el rubor
que, estaba segura, ardía en sus mejillas.
«Eres una profesional, Pat», tuvo que repetirse mientras le ponía las
manos sobre la espalda, pero fue incapaz de no aprovecharse un poco de la
situación.
—Dime a qué altura te duele —le pidió, recorriéndole la columna
lentamente, de arriba abajo, con la yema de los dedos. El no pronunció una
palabra—. ¿Nick?
—¿Sí?
—Tienes que decirme dónde te duele —insistió, desandando ahora el
camino, con los dedos de abajo arriba.
En vista de que Nick no parecía tener claro el procedimiento, metió los
dedos un poco más fuerte donde le pareció que podría estar el problema por
la postura que él adoptaba. El chico aulló de dolor.
—Se te ha enganchado bien —dijo Pat. Lo acarició con suavidad de
nuevo, comprobando la zona—. Necesito que te tumbes.
—Estoy bien así.
—Ya, pero para mí no es cómodo trabajar en esta postura —le tendió Pat
la mano para ayudarlo a incorporarse—. Tienes que tumbarte.
—En realidad, ya se me está pasando —le dijo, poniéndose en pie sin su
ayuda.
—¿Qué dices? Pero si tienes una contractura del quince.
—No, la verdad es que estoy bien. —Se movió un poco para apoyar sus
palabras.
—Deja que te dé un poco de masaje —insistió Pat—. Si dices que te ha
molestado…
—No es necesario.
—¡Hostias, Nick! No me seas incorregible.
—De verdad, Pat, ¿para qué perder el tiempo? —insistió—. Voy al baño.
—Te recuerdo que tengo una carrera en fisioterapia —bromeó la chica.
—No te preocupes —le dijo, alejándose de allí.
—Cinco años, ¿sabes? —gritó desde la cocina—. Fui la segunda mejor
de mi promoción.
—Estoy bien —lo escuchó decir antes de perderse por el pasillo.
Pat se quedó un tanto desubicada, sin poder entender la actitud de Nick.
Por el tamaño de la contractura que había palpado, a la fuerza tenía que
dolerle horrores la espalda.
Media hora más tarde, Pat estaba enamorada de cada uno de los
cachorritos de la camada. Sentada en medio de los tres leoncitos, reía a
carcajadas mientras dejaba que los animales jugaran con ella a su ritmo,
encantados de tanta atención.
Nick echaba una foto tras otra desde todos los ángulos que podía cubrir,
sin poder borrar la sonrisa de su rostro. Cada carcajada de Pat le arrancaba
otra a él a su vez.
—¿Cómo puede estar tirada ahí en medio dejando que la llenen de
babas? —le preguntó Cinthia Ackerman con una mueca de asco.
Nick ni siquiera se molestó en contestar a la pregunta. Prefirió seguir
concentrándose en la increíble escena que tenía ante sí. Llevaba al menos
cien fotos hechas en apenas diez minutos, y estaba seguro de que podría
echar otras cien sin pararse a pestañear.
Tras largo rato, comenzó a darle instrucciones a Pat para empezar con el
álbum oficial que sería para la web y la publicidad de la reserva.
Roy Ackerman intentaba ayudar, aprovechando cualquier momento para
tontear con Pat y ponerle la mano cuando no en un hombro, en la espalda o
incluso la cintura. La chica intentaba evitar el acercamiento, pero no
siempre era posible.
—Creo que Roy se ha encaprichado un poco de tu… lo que sea —
escuchó decir Nick a Cinthia cuando pasaba por su lado.
«¿Tú crees? ¡Casi no me he dado cuenta!», ironizó para sí, evitando
hacer ningún comentario en alto.
Se alejó de la mujer e intentó continuar con su trabajo.
—Consigue que alguno pare quieto en algún momento, Pat —le dijo en
un tono irritado tras varios minutos.
—Eso intento.
—¡Pues deja de intentarlo y hazlo! —soltó malhumorado.
—¿Y cómo? —preguntó ya molesta—. ¿Los hipnotizo?
—¡Vale! Vamos a hacer un descanso.
Por fortuna, Ackerman salió a realizar una llamada con Cinthia tras él, y
Pat pudo acercarse a Nick para charlar un rato a solas.
—Alguna habrá buena, ¿no? —preguntó, conciliadora.
—Pocas.
—Venga, Nick, algo más de optimismo. —Sonrió—. Seguro que
encontramos la forma de hechizarlos.
—Pues adelante, lo mismo que le estés haciendo a Ackerman servirá.
—¿Perdona?
—Es curioso que hace un rato fueras tú quien me acusara a mí de
dejarme toquetear —insistió—. Pero tú verás.
—Llevo una hora tragándome mi mala hostia y mis ganas de pegarle un
sopapo, para que tú no tengas problemas —le dijo malhumorada.
—¿Seguro? Creo recordar que no te disgustaba la idea de…
—¡Vete a tomar por saco, Nick!
Se alejó unos metros, pero él fue tras ella.
—Pat…
—¡Déjame en paz!
—¿Vamos a discutir por culpa de Ackerman?
—No, estamos discutiendo por tu culpa —le recordó.
Nick suspiró y respiró hondo de nuevo.
—Vale, acabemos con esto de raíz —sugirió Nick—. Lo mismo que ha
funcionado antes con Cinthia, debería bastar con él.
A Pat no le dio tiempo a preguntar a qué se refería. Roy Ackerman entró
de nuevo en el recinto y caminó hasta ellos.
—¿Cómo vais? ¿Retomamos? —preguntó el hombre—. Cinthia vendrá
ahora.
—Estamos pensando que somos demasiados en seis metros cuadrados,
Roy —dijo Nick con seriedad—. Los cachorros están nerviosos. Si no
conseguimos que se calmen, no nos servirá ninguna foto. Pat y yo nos
sentaremos en silencio en un rincón y nos limitaremos a observarlos un
buen rato.
—Vamos que me estás pidiendo que me largue —bromeó Ackerman con
una sonrisa, y miró a Pat—. ¿Y tú crees poder concentrarte con esta belleza
al lado?
La chica sonrió, tensa, aunque en realidad aquel había sido un piropo
muy bonito.
—Hago lo que puedo —admitió Nick—, pero he de reconocer que no
siempre lo consigo.
Con una naturalidad absoluta, Nick le puso la mano a la chica en la
cintura y la atrajo un poco hacia él.
—Ah, ¿vosotros dos…? —El hombre estaba descolocado—. La última
vez que nos vimos me pareció entender que solo erais amigos.
La chica permaneció en silencio. Al fin entendía a qué se había referido
Nick con aquello de «lo que ha funcionado con Cinthia».
—Cuando trabajamos solo somos compañeros —contó Nick—, pero,
con sinceridad, Roy, mírala.
Nick también la miró a los ojos antes de añadir.
—¿Cómo podría no estar completamente loco por esta mujer?
Pat tragó saliva y tuvo que repetirse que Nick solo estaba actuando ante
Roy. Aquel sería el momento en el que ella también tendría que mirarlo
como si él fuera todo su mundo, para darle credibilidad al asunto. Y eso
hizo. Pero, para su desgracia, no tuvo que fingir demasiado.
Un par de horas más tarde, se felicitaban a sí mismos por otro trabajo
genial. Con mucha paciencia, habían trabajado en silencio con los cachorros
hasta conseguir plasmar aquella esencia dulce y salvaje a la vez en cada una
de las fotos. Sin duda, habría algunas increíbles. Y al terminar, se habían
dado el lujo de echarse varias decenas de fotos con el disparador de la
cámara programado, para poder salir los dos juntos con la camada.
—¡Qué ganas tengo de verlas en grande! —comentó Pat con una sonrisa
radiante.
—Sí, las vamos a conectar al televisor en cuanto lleguemos —sugirió
Nick, haciendo algunos estiramientos y torciendo un poco el gesto.
—Te duele, ¿a que sí? —Se preocupó Pat—. Ha sido una mañana dura.
Y a veces pareces un fotógrafo contorsionista.
—Nada que otro analgésico no pueda paliar. —Sonrió—. Vámonos.
—No quiero —protestó Pat, acariciando de nuevo a uno de los cachorros
—. Vas a tener que sacarme de aquí a la fuerza.
—¿Yo? ¡No! Creo que la madre se encargará de eso. —Señaló—. Ahí
viene.
Pat se giró en el acto al tiempo que se abrazaba a Nick, que dejó escapar
una sonora carcajada.
—¡Idiota! —protestó, aunque sin poder evitar sonreír—. ¡Qué susto!
—Hubiera sido genial sacarte esa foto.
Uno de los cuidadores de la reserva entró en el recinto para preguntarles
si podían ya devolver a la madre con los cachorros, puesto que empezaba a
estar inquieta.
Pat y Nick salieron de allí entre risas.
—Oye, me suenan las tripas —le dijo Nick una vez estuvieron fuera.
Consultó su reloj y comprobó que eran más de las tres de la tarde—. ¡Y no
me extraña nada!
—Sí, yo también tengo mucha hambre —admitió Pat.
—Pues vamos a buscar una sombra en un sitio chulo y nos comemos los
sándwiches —sugirió—. Ackerman hace rato que se habrá marchado.
Caminaron por el sendero que atravesaba la reserva hasta desembocar en
una preciosa laguna que estaba justo en el centro.
—Tu famoso lago de los patos —bromeó Nick—. El lugar perfecto para
comer.
Buscaron una sombra, extendieron el pareo que Pat había echado en la
mochila y se sentaron sobre él.
Comieron en silencio, disfrutando de la calma del lugar, con el trinar de
los pájaros como único acompañamiento. Aunque de vez en cuando, alguno
de los patos se encargaba de poner la nota discordante en aquel paraíso.
—No sé qué me pasa en este lugar, me afecta de una forma que no puedo
entender —dijo Nick dejando escapar un suspiro.
—¿Te refieres a la reserva en general?
—Sí, creo que podría vivir en una cabaña perdida en cualquier punto del
recinto.
—¿Tú crees? —Rio Pat—. ¿Con los Ackerman apareciendo de
improvisto todo el tiempo?
—Por eso he recalcado lo de «perdida». —Ambos rieron—. Por cierto,
Pat, siento mucho lo de antes, no sé qué me ha pasado. No era capaz de
hacer buenas fotos y me he estresado.
—Olvídalo.
—Menuda pareja los Ackerman.
—Sí, qué triste —admitió Pat—. No entiendo por qué siguen juntos.
—Pues por el sexo no es, porque está claro que ambos lo buscan en otra
parte.
Nick se tumbó de espaldas e hizo un gesto de dolor al estirarse.
—Menos mal que has insistido en venir en coche —admitió.
La chica sonrió, rebuscó dentro de su mochila y le tendió un par de
analgésicos. Nick se incorporó un poco para tomárselos.
—Eres como mi ángel de la guarda —bromeó sin dejar de mirarla.
—Anda, date la vuelta, zalamero.
—No es necesario.
—Sí que lo es —insistió—. Si te doy un poco de masaje ahora,
evitaremos que esta noche vuelvas a colapsar. Has forzado demasiado.
Nick no siguió protestando. Se incorporó un poco y se quitó la camiseta,
mientras Pat se aseguraba de mirar hacia otro lado hasta que estuviera
tumbado, para evitar tentaciones.
—Tendré que usar mi crema de manos olor a cítricos —le dijo,
rebuscando de nuevo en su mochila.
—¿Y qué?
—Que igual tampoco te agrada. Huele parecido a mi perfume.
—Ah…, qué vamos a hacer, lo soportaré.
—¡Qué hostia te daba!
Nick dejó escapar una sonora carcajada que le contagió.
—Vale, a lo mejor no me disgusta tanto tu perfume —terminó
admitiendo.
—Espero que no lo digas solo para que no te pegue.
—¿Crees que me libraré de todas formas? Anoche te cebaste conmigo.
—Ah, ¿sí? ¿Y eres capaz de recordar algo?
—¡Qué graciosa!
—Gracioso estabas tú.
—Creo que se te fue la mano con el relajante, Pat.
—Gracias a eso, hoy estás casi nuevo.
—Eso fueron tus manos, que son mágicas.
—¡Anda! ¿Tú sí puedes decirlo? —se quejó ella—. Anoche me
regañaste por hacer un comentario parecido.
—Tampoco lo recuerdo.
—Dijiste un montón de incongruencias, la verdad.
Le echó un buen pegote de crema sobre la espalda y comenzó a masajear
la zona con cuidado.
—Este masaje me está gustando un poco más —admitió Nick dejando
escapar un suspiro.
—Es que ahora no se trata de desmontar —contó—, sino de relajar la
zona un poco.
—Vamos, que no te apetece conducir de vuelta.
—Ni un poquito. —Rio—. Si necesitas fuerzas, puedes dormirte un rato.
—Anoche sí que caí fulminado —recordó.
—Sí, casi mientras hablabas.
—¿Y decía algo interesante? —preguntó un poco temeroso de la
respuesta.
—¿Cómo demonios voy a soportarlo?
—¿El qué? —se extrañó.
—No, que eso fue lo último que dijiste. —Sonrió con curiosidad—. ¿Se
te ocurre que querrías decir?
Nick guardó silencio unos segundos, quizá tenía una ligera idea…
—Joder, menudo colocón llevaba —terminó diciendo—. Lástima no
haber podido disfrutar del viaje.
Riendo divertida, Pat continuó masajeando la zona con delicadeza. Nick
guardó silencio mientras aquella risa ronca le erizaba la piel. Había pocas
cosas que le gustaran tanto como escuchar a Pat reír a carcajadas, y mirarla
mientras sus increíbles ojos azules brillaban con intensidad cuando la risa
hacía que se le quebrara la voz.
—Pues creo que de momento vas servido —le dijo Pat al cabo de un
rato, dejándose caer a su lado sobre el estrecho pareo.
Nick se giró, se puso la camiseta y se tumbó también bocarriba. Ambos
quedaron codo con codo mirando al cielo.
—Qué nubes más perfectas —dijo Pat con cierta sorpresa—. Son…
mulliditas.
—¿Mulliditas? —El tono de Nick, junto con su expresión divertida, le
arrancaron una nueva carcajada a la chica.
—Nunca me ha dado por buscar formas en las nubes, pero ahora que me
fijo… —Señaló Pat— aquello podría ser perfectamente un pequeño
querubín.
Nick guardó silencio y observó el cielo con mucha atención durante unos
segundos.
—Pat…
—Dime.
—¿Te estás tomando mis pirulas relajantes?
La chica estalló en sendas carcajadas, que rápidamente le contagió.
Rieron sin parar durante varios minutos.
—¡No te muevas! —le dijo Pat, guardando silencio de repente mientras
se incorporaba sobre un codo para mirarlo mejor—. Tienes una pestaña.
—¿Dentro del ojo? No me molesta.
—No, en la cara. —Con mucho cuidado, Pat rozó la mejilla de Nick y
cogió la pestaña entre los dedos—. Vamos a pedir un deseo.
—¿Qué?
—¿Nunca has pedido un deseo con una pestaña? —Fingió sorprenderse.
—¿Tengo pinta de ser de los que hacen ese tipo de cosas?
—Pues alguna vez tiene que ser la primera —le dijo—. Siéntate.
Nick no protestó. Se incorporó y escuchó con atención la explicación.
—Pide un deseo —le dijo Pat, sonriente.
El chico la miró con un divertido ceño fruncido.
—¿Lo dices en serio?
—Claro, piensa en algo que te apetezca, que quieras, algo que desees. Y
yo también lo haré —insistió. Y esperó unos segundos hasta que él dio su
brazo a torcer y asintió—. ¿Listo?
—Sí. ¿Tú también?
La chica asintió. Ni siquiera había tenido que pararse a pensarlo
—¿Y ahora?
—Ahora soplamos la pestaña —explicó—. Y si la pestaña vuela,
significa que se cumplirán nuestros deseos.
Nick sonrió.
—Madre mía, Pat, ¿de dónde sacas todas estas chorradas?
—¡A callar! —protestó—. Que voy a soplar.
El chico la observó soplar con suavidad sobre su dedo y sonreír, risueña,
cuando la pestaña desapareció flotando en el aire.
—¿Qué? —terminó preguntándole, cohibida, tras sentirse observada
unos segundos—. ¿Por qué me miras así?
—Porque todo lo haces con la misma ilusión —le dijo, admirándola con
sinceridad—. ¿Y qué has pedido?
—No me lo estás preguntando en serio.
—Eso es que no puedes decírmelo, ¿verdad? —Sonrió—. O no se
cumpliría y bla bla bla.
—Son las normas de los deseos.
—¿Y hay algo que desees especialmente?
Pat lo miró a los ojos y admitió.
—Hay algo que deseo con toda mi alma.
A Nick le sorprendió la sinceridad de su mirada.
—¿En serio? ¿Qué es?
—No insistas.
—¿De veras no vas a contármelo? —Estaba muy intrigado.
—¿Por qué te sorprende? —Sonrió, ahora cohibida por su mirada, como
si en algún momento él pudiera leer en su interior y descubrir sus más
profundos anhelos. Pero al mismo tiempo no podía dejar de mirarlo—. Hay
cosas que no se cuentan, Nick.
—¿Ni a los mejores amigos?
—No. Ni a esos —admitió, hipnotizada con su mirada cada vez más—.
¿Tú me lo cuentas todo?
—Casi todo.
—Pues en el «casi» radica la diferencia.
Se perdieron uno en los ojos del otro durante más tiempo de lo normal,
hasta que Nick desvió la mirada y sugirió:
—Será mejor que nos vayamos ya, tenemos una hora hasta casa.
La chica se puso en pie intentando que la decepción no invadiera hasta la
última célula de su cuerpo. Durante un instante le había parecido… que
Nick la veía por fin.
Capítulo 10
Sentados frente al televisor, Pat y Nick disfrutaban de todas las fotos
hechas a lo largo del día. Nick las pasaba con el mando a distancia de la
cámara, e iban comentándolas y anotando las que ya tenían más que claro
que debían estar en el álbum oficial de la reserva. Pero cuando mejor lo
pasaron fue al llegar a las últimas que se habían hecho los dos juntos con
los cachorros. Algunas de ellas eran muy divertidas, otras enternecedoras y
la gran mayoría realmente maravillosas.
—¿Cómo se puede ser tan mono? —dijo Pat, señalando la pantalla.
—No sé si me gusta mucho lo de mono, pero gracias —repuso Nick con
una sonrisa divertida—. Tú y los cachorritos tampoco estáis mal.
—¡Qué payaso eres! —Rio—. Oye, eres consciente de que estamos
posando en todas esas fotos, ¿verdad?
—Por eso debo de estar solo mono. Si fueran fotos robadas, estaría
irresistible.
«A mis ojos lo estás», pensó Pat mirando las fotos pasar. La ternura que
Nick le inspiraba jugando con los cachorritos le tenía cogido un nudo en el
pecho desde hacía rato.
—La verdad es que te sientan bien los cachorros, Nick —le dijo con una
sonrisa que pretendía ser burlona—. Mira, de dos en dos entre los brazos.
¡Y que bien cogidos! Serías un padre estupendo.
—Creo que no se me ocurre nada gracioso que contestar a eso —
bromeó.
Las fotos llegaron a su fin y el chico se levantó a desconectar la cámara
mientras Pat le seguía con una mirada embelesada. Pensar en pequeños
bebés con aquellos enormes ojos de su padre…
«¡Para! Pero ¿qué te pasa?», se dijo un tanto preocupada. Sí beber los
vientos por Nick ya era malo, empezar a pensar en bebés… era una
auténtica locura.
—¿Quieres que pidamos pizza? —le preguntó el chico, interrumpiendo
sus pensamientos—. No me apetece nada cocinar.
«Sí, Pat, desde luego estamos en la misma onda, casi pensando en lo
mismo», suspiró, asintiendo a lo de la pizza. Intentó recuperar el sentido del
humor mientras escuchaba cómo él hacía el pedido de siempre por teléfono.
—Al final vas a salirte con la tuya de repetir pizza hoy —suspiró Nick,
pero al ver que ella no parecía añadir nada, se sentó en el sofá a su lado y la
miró con curiosidad—. ¿En qué piensas?
—En nada.
—Pues tenías cara de preocupación.
—No, yo también pensaba en la pizza —mintió—. Si sigo malcomiendo
tanto, voy a empezar a acumular grasa.
Nick la miró con el ceño fruncido, observando la expresión melancólica
de su rostro.
—¿Ahora te preocupa engordar? —Sonrió.
—Claro, incluso estaba pensando en apuntarme a un gimnasio. —La
expresión de extrañeza del chico le arrancó una carcajada—. Tengo que
empezar a cuidarme un poco, Nick. Reconozco que como demasiada
comida basura, tengo que quemar las calorías extras.
—Pues yo conozco un método mucho más placentero que el gimnasio,
donde también se queman un montón de calorías —le dijo, arqueando las
cejas de una forma divertida.
Pat rio con fingida calma, intentado contenerse para no decirle que
estaba dispuesta a empezar con aquel método en cuanto que se lo pidiera.
—¿Y no hay que tener pareja para eso? —se encontró preguntándole,
divertida.
—¿Crees tener problema para conseguirte una?
—Ya sabes que soy muy exigente —admitió—. Y no me interesan
demasiado los hombres que puede conseguir cualquiera mujer. Lo que
vienen siendo… ¿todos?
—¡Lo que me faltaba por oír! —protestó Nick, dándose por aludido.
—No te ofendas —Sonrió, conciliadora—, pero soléis ser demasiado
fáciles. Reconócelo.
—No todos.
—¡Venga, Nick! En el momento en que os entra una mujer bonita, no
sabéis negaros a nada.
—Discrepo.
—Pues te lo podría demostrar, pero…
—Hazlo.
—¿Qué?
—Demuéstramelo.
—No lo necesito —dijo cohibida—. Estarás de acuerdo conmigo en lo
fácil que es seducir a un hombre.
—¿Por qué tengo que estar de acuerdo? —preguntó sorprendido—. No
siempre es tan fácil. ¿No contemplas ninguna excepción?
—¿Hetero dices? —Sonrió divertida.
—Me alucina que generalices tan alegremente. —Rio Nick—. De verdad
que te reto a que me lo demuestres.
—Hombre, toda regla tiene excepción.
—¿Ya te estás desdiciendo?
—¡Ni hablar! Estoy convencida de que, con una actitud atrevida y
descarada, podría meterme en la cama de cualquier tío —afirmó—. A ver,
de cualquiera que no estuviera enamorado de otra persona. Si implicamos
los sentimientos, no podemos aplicar la norma.
—A ver si lo estoy entendiendo bien. —La miró a los ojos—. ¿Me estás
diciendo que si tú lo decidieras, podrías llevarme a la cama sí o sí?
—Hombre, Nick, a ti, como tú…, no —dijo nerviosa—. Hablo de gente
que no se conoce, alguien que te encuentras en un bar, con el que tonteas un
poco…
—Te estoy entendiendo —afirmó divertido—, pero sigo discrepando.
Probemos algo… Tú eres nueva en la ciudad y llegas al Oasis, donde yo
estoy sentado a una mesa…
—¿De verdad quieres que te haga quedar mal? —Rio Pat.
—Quiero que demuestres tu teoría.
Pat lo miró con el ceño fruncido y una maliciosa sonrisa.
—De acuerdo, tú lo has querido —admitió, poniéndose en pie—. Pero si
lo hacemos, lo hacemos bien. Y tienes que prometerme que serás sincero, o
no servirá de nada.
—Por supuesto.
—Bien. Pues mi objetivo es conseguir un beso —le dijo con una
confianza absoluta, que hasta a ella misma le sorprendió—. Eso demostrará
que de ahí pasaríamos a mayores.
—Un beso. Me parece justo.
—¡Pero tienes que ser honesto!
—Claro.
Pat lo miró con las cejas arqueadas, hasta que consiguió que Nick
levantara su mano derecha y le asegurara:
—Te lo prometo.
—Vale, pues imagina que estamos en el Oasis.
—Entonces espera, vamos a darle realismo. —Cogió el mando del hilo
musical, y la inconfundible voz de Axl Rose y sus Guns N' Roses se
sumaron a la ecuación—. Adelante.
Pat sonrió, dejándose invadir por una mezcla de nervios y excitación a
partes iguales.
—¿Quieres realismo? —preguntó, dispuesta a jugar fuerte—. Pues
déjame hacer algunos cambios; algo que me ayude a escenificarlo.
Nick le hizo un gesto divertido para hacerle saber que estaba de acuerdo.
—Primero, a falta de zapatos de tacón… —Se quitó los calcetines con
los que hacía rato que caminaba por la casa—, mejor descalza.
—¿Llevas las uñas pintadas? —Sonrió Nick, sorprendido.
—Sí.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Porque no se te ven con las botas.
—¿Y?
—¿Qué sentido tiene?
—Tampoco voy enseñando la lencería, pero la llevo de encaje —le
recordó, esperando no ruborizarse tras el comentario.
—No necesito que me enseñes la lencería —dijo Nick de forma
automática.
—No de momento, pero te recuerdo que querrás verla cuando termine
contigo —bromeó—. ¿Podemos seguir?
—Perdona, sí —aceptó sonriendo con cierta sorna—. Unas uñas
preciosas, Pat. Innecesarias, pero muy bonitas.
Mientras clavaba en él una mirada irritada que le arrancó a Nick una
carcajada, Pat se subió la camiseta y tiró de ella para poder hacerse un nudo
por delante, que después remetió hacia adentro. El mini top resultante se
ciñó a sus pechos como un guante, dejando expuesto un abdomen liso y
perfecto. Los pantalones se ajustaban a su perfecta figura y el talle bajo
exhibía el piercing que llevaba en el ombligo.
—Joder, eso también es nuevo. —Señaló Nick el pendiente, sin ocultar
su asombro.
—Sí, me lo hice en Boston —contó—. Supongo que también te parecerá
innecesario.
Nick miró con descaro su ombligo durante unos segundos.
—Pues fíjate… que eso sí que me parece muy sexi.
Pat tuvo que tragar saliva para poder continuar.
—Vaya, pues qué suerte entonces —ironizó, cada vez más nerviosa.
A continuación, se soltó la coleta que llevaba cogida, puso la cabeza
hacia abajo, moviéndose la melena para despeinarla, y la echó de nuevo
hacia atrás, atusándosela un poco.
—Estoy lista —dijo mirando por fin a Nick de frente. No necesitaba ni
siquiera preguntarse si él la encontraba atractiva, en aquel instante ella se
sentía una mujer sexi y aquello le bastaba de momento—. Lo primero que
tienes que hacer es cambiar el chip. Olvídate de quién soy y de que nos
conocemos. Intenta mirarme como si fuera solo una mujer que te encuentras
en un bar. Y al menos esfuérzate en pensar que te gusto un poco.
—¿Solo un poco? —preguntó, incrédulo, casi en un susurro.
—¿Tienes algún problema con eso?
—Eh…, no.
Pat se giró hacia el mueble del salón para soltar su teléfono móvil, que
llevaba en el bolsillo trasero del vaquero, y cuando se volvió de nuevo hacia
Nick, fue consciente, para su sorpresa, de que él le estaba mirando el culo
de forma descarada.
—¿Qué quieres? Me estoy metiendo en el papel —bromeó al sentir una
mirada acusadora sobre él—. Me has pedido que sea sincero.
—Sabes que eso me da un poco la razón, ¿no? —Sonrió.
—En esto puedo dártela —admitió—. Te garantizo que no hay un solo
hombre hetero sobre la tierra, ni soltero ni casado, que no te hubiera mirado
el culo ahora mismo.
—Ah… —se quedó un poco cortada por tanta sinceridad. No parecía
estar fingiendo nada.
—Pero tú tienes que contar con eso si vas vestida así.
—Yo no me visto para que me miren.
—Pero yo no soy ciego.
—Pero sí tienes la obligación de respetarme.
—Por supuesto, siempre, eso no te lo discuto —dijo muy serio, pero lo
estropeó al añadir—: Aunque dentro de mi cabeza no te estoy respetando
nada.
Nick dejó escapar una carcajada cuando Pat le lanzó a la cara la goma
que se había quitado del pelo.
—No te enfades, de momento toda esta conversación juega a tu favor —
le recordó—. Vas ganando.
—Es verdad —admitió—. Y en realidad no tengo ningún interés en que
me respetes.
—¿No?
—A ver, supongo que tienes claro del tipo de… respeto del que estamos
hablando.
Nick volvió a reír.
—Sí, Pat, lo tengo claro y cristalino —bromeó—. Tú honra está a salvo
conmigo…, hasta que me indiques lo contrario.
—Lo que pienso hacer en breve —le advirtió.
—Estoy expectante.
«Puf, ¿por qué demonios he empezado con esto?… ¡qué calor!», resopló
Pat, intentando no ceder a la tentación de abanicarse. «Vale, vamos a jugar
duro, pero recuerda que él solo se está metiendo en el papel que le has
adjudicado», se dijo, rogándose no perder de vista aquel dato tan
importante.
—A ver, esta es la situación: El Oasis Rock, diez de la noche. Me estoy
tomando algo en la barra y tú estás sentado en una de las mesas del fondo.
Cuando poso mis ojos sobre ti, me pareces el tipo más increíblemente sexi
que he visto jamás.
—Normal, no me extraña nada —apostilló Nick, adoptando una postura
chulesca y sacando pecho.
Pat rio divertida.
—Mira que eres payaso.
—Un payaso muy sexi —dijo, arqueando las cejas a lo Groucho Marx
—. Venga, sigue. Miras a una mesa y ves al hombre más sexi, varonil e
impresionante que has visto jamás.
—Sí…, pero tiene novia y me tengo que conformar contigo.
Nick fingió recibir un dardo en el corazón y Pat dejó escapar una sincera
carcajada.
—Venga, puedes ser el segundo más sexi del local.
—No sé…, es como un premio de consolación, ya me he desinflado.
—A ver esto. —Volvió a la carga—. Oasis. Bien entrada la noche. Miro
hacia una de las mesas y te veo sentado solo. Eres el tipo más guapo,
carismático, sensual e irresistible sobre el que jamás he posado mis ojos.
Pat lo miró con una expresión interrogante y Nick asintió, fingiendo un
gesto arrogante y jactancioso, que la chica no pudo menos que aplaudir.
—Por supuesto —continuó Pat—, en ese mismo instante decido que
estarás entre mis piernas antes de que acabe la noche.
«Joder, joder, Pat, que te estás recreando», se dijo, mordiéndose el labio
inferior casi sin darse cuenta.
—¿Que lo decides? —Sonrió Nick con cierta sorna—. Querrás decir que
te lo propones.
—No.
—Ah, ¿no? ¿Yo no tengo nada que decir?
—Eso es precisamente lo que voy a demostrarte, ¿recuerdas? —Sonrió
ante la expresión de incredulidad con que él la miraba—. Mi teoría es que,
por regla general, sois fáciles de seducir.
—Estoy deseando verlo —admitió él con descaro.
Pat tragó saliva. La cosa se estaba poniendo demasiado interesante como
para que su cuerpo recordara que solo era puro teatro.
«Ahora que te has metido tú sola en este lío, apechuga», se dijo.
—Vale, pero recuerda que has dicho que serías sincero.
Nick asintió.
De forma automática, Pat posó sobre él una mirada sensual y se lo comió
con los ojos de arriba abajo. Después, caminó hasta él muy despacio y sin
dejar de mirarlo, mientras se pasaba la lengua por los labios para
humedecerlos. Nick la miraba con ojos brillantes y un gesto de interés, que
ella suponía que formaba parte de su propia actuación.
—¿Puedo sentarme? —le preguntó en un tono ronco.
Él se tomó su tiempo antes de contestar. Sin prisa, recorrió el cuerpo de
Pat de la cabeza a los pies y regresó a sus ojos con la misma calma,
consiguiendo que ella ardiera por dentro.
—Claro —terminó diciendo.
Con una sonrisa descarada, Pat se sentó de lado sobre el regazo de Nick
y le echó las manos al cuello sin ningún rastro de timidez, quedando muy
cerca.
—Quizá debí decirte primero dónde quería sentarme —le susurró,
mirándolo con insolencia.
—Sí, quizá —Sonrió Nick, apoyando una mano sobre su cadera—, pero
ya que estás sentada…
—Estás más blandito que la silla.
—¡Tiempo muerto! —interrumpió Nick, saliéndose por completo de su
papel—. No, Pat, no me jodas, eso no me seduce nada.
—¡Vale! —protestó, volviendo los ojos.
—No soy un osito de peluche.
—Pues eres cómodo. —Rio, apoyándose en su pecho.
—Pero no blandito —insistió—. Puedes inspeccionar todo lo que
quieras.
Abrió los brazos, instándola a comprobarlo.
«Coño, Pat, imbécil serías si no aprovecharas», se dijo. Y, con auténtica
desvergüenza, colocó sus manos sobre el pecho de Nick y recorrió todo su
torso con audacia.
—Tienes razón —terminó admitiendo cuando ya le dio vergüenza seguir
disfrutando de aquello—. Blandito no eres.
—Vale, pues volvamos a donde estábamos —dijo con una leve ronquera
en la voz—. Y recuerda que no queda nada blandito aquí ya.
—¿Nada?
—No —le aseguró.
A Pat se le secó la garganta, consciente de lo que él estaba insinuando.
—Pero ¡si todavía no ha pasado nada! —Sonrió Pat esperando que no se
le notara el acaloramiento—. Eso que insinúas… no puede ser.
—¿Qué no puede ser? —Sonrió con incredulidad—. Estás muy buena,
me miras como si quisieras comerme entero y te has sentado en mi
regazo… De verdad, no hay ninguna posibilidad de que quede nada ni
remotamente blandito en ninguna parte de mi cuerpo.
«¡Teatro, Pat, teatro…, ay madre, qué sudores!».
—Eres consciente de que así me estás ayudando a demostrar mi teoría,
¿no? —Rio, intentando esconder su rubor.
—Me da igual —admitió—, pero blandito no mola.
Rieron divertidos.
—Cuando quieras retomamos —le dijo Nick intentando ponerse serio de
nuevo.
—Vale, ¿qué tal esto? —Pat lo miró de nuevo con seriedad—. Pensé que
tu regazo estaría más blandito que la silla, pero… ya veo que me equivoqué.
Ambos estallaron en carcajadas al mismo tiempo.
—Será mejor olvidarnos de ese punto en concreto —opinó Nick cuando
pudieron dejar de reír—. Ni duro ni blandito…, o no acabamos hoy.
—Vale, pero no me levanto de aquí —recalcó—. Es mi mejor baza.
—Sí, tengo que reconocer que esa parte en concreto me ha cogido con la
guardia baja —admitió Nick—. Has ganado muchos puntos solo con ese
detalle.
Pat tuvo que mirar para otro lado para que él no se diera cuenta de
cuánto le estaban afectando sus palabras. Aventurarse a sentarse encima
había sido muy difícil, pero puesto que se moría por hacerlo, supuso que
ningún momento sería mejor que aquel. ¡Y estaba encantada de la vida!
—Pues déjame concentrarme un poco y meterme de nuevo en el papel
—le pidió un tanto azarosa.
Apoyó la cabeza en su hombro y suspiró, intentado no pensar en lo bien
que se sentía acurrucada entre sus brazos.
«No te acomodes, Pat», tuvo que decirse tras unos segundos,
obligándose a continuar con aquel tormento que ella misma había
empezado.
Tomó la mano que Nick tenía apoyada en su cadera, sobre sus vaqueros,
y la empujó con suavidad hacia arriba hasta que la sintió abrasarle la piel
desnuda. Después, ella misma puso una mano sobre el abdomen de él, por
encima de la camiseta, y ascendió por su duro pecho muy despacio,
acariciándolo con suavidad. Cuando al fin levantó la cabeza y lo miró con
los ojos en llamas, observó cómo Nick tragaba saliva con dificultad.
—No te lo vas a creer —le dijo Pat, casi en un susurro—, pero no suelo
ir sentándome en el regazo de los hombres.
—¿No? —contestó Nick en un tono ronco—. Soy muy afortunado
entonces. ¿Por qué yo?
—No lo sé, pero no he podido pensar en otra cosa más que en tenerte así
desde que te he visto. —Se arrimó un poco más a él—. Tú… ¿te sientes
cómodo?
Nick esbozó una sensual sonrisa, que a punto estuvo de costarle a la
chica la cordura.
—No sé si cómodo es la palabra adecuada; quizá empiezo a sentirme
todo lo contrario.
A Pat le costó entender a qué tipo de incomodidad se refería.
—Ah…, ya… —se le escapó de forma inevitable cuando fue consciente,
mientras se mordía el labio inferior con nerviosismo.
—¡Dios, qué encanto eres, ojos azules! —murmuró Nick, dejando
escapar un suspiro.
«Madre mía», gimió Pat para sí, sintiendo que la mirada de Nick la
abrasaba por dentro. Aquel comentario había sonado tan sincero… Su
corazón bombeaba sangre a raudales, martilleando de una forma que
amenazaba con llegar a los oídos de él. Pero por más que lo intentaba, no
podía romper el contacto visual, y empezaba a ser consciente de que sería
ella quien lo besara si no terminaba ya con aquello.
«Ya, Pat, que te pierdes».
—¿Tienes… algún plan para esta noche? —se escuchó decir a sí misma,
perpleja.
Nick le devolvió una mirada brillante.
—No lo sé. Eso depende —le dijo mientras tomaba un mechón de su
pelo y lo acariciaba entre los dedos.
—¿De qué?
—De ti, ojos azules, de que me propongas un plan mejor.
—¿Acaso lo dudas? —dijo, arqueando las cejas.
—No se me ocurriría.
—Pues primero vamos a tomarnos una copa —Sonrió sensual—, y quizá
después podamos salir de aquí para seguir conociéndonos más…
íntimamente.
—¿Solo quizá? —Nick apartó un mechón de pelo de su rostro y
aprovechó para acariciarle la mejilla con la yema de los dedos.
Pat sintió que todo su cuerpo ardía con aquel simple gesto y tuvo que
respirar hondo durante unos segundos, intentando controlar su propia
excitación.
—Quiero algo más que un quizá —insistió Nick ante su silencio.
—Es que eso va a depender… de cuánto me guste el anticipo —se
aventuró a decir por fin, desviando la mira a sus labios y volviendo después
hasta sus ojos. Ambos sabían que aquel era el punto de inflexión, ese que
tenía que proclamar un vencedor en aquella prueba.
Pat guardó silencio y se perdió en sus ojos, muriendo de necesidad,
mientras Nick la contemplaba con una mirada brillante. La chica hacía
mucho rato que era incapaz de distinguir qué era real y qué producto de su
imaginación. Ilusión y realidad se difuminaban, hasta el punto de que casi
creía leer un oscuro deseo en los ojos de Nick, que le prometía todo tipo de
placeres, pero que era consciente de poder estar inventándose.
«Por lo que más quieras, bésame», gritó para sus adentros, ya al borde de
la locura… Y, para su deleite, Nick obedeció.
Cuando Pat sintió los labios de él sobre los suyos por primera vez, se
dejó invadir por una sensación de euforia. Él apenas si estaba rozando su
boca con una leve caricia, pero para Pat era como si todo su mundo se
estuviera iluminando de vivos colores. Intentó recordarse que Nick solo
estaba cumpliendo su promesa de sinceridad, concediéndole la victoria tras
aquel juego que llegaba a su fin, pero cada vez le costaba más controlarse y
no dejarse arrastrar por el fuego que comenzaba a quemarle las entrañas.
«Solo está… actuando…», se dijo, devolviéndole los pequeños besos
que él le daba. Hasta que aquellos besos dejaron de ser tan delicados y todo
comenzó a tomar un cariz muy diferente. La respiración de Nick se hizo
más intensa, y Pat sintió que él también comenzaba a perder la compostura.
Hasta que claudicó del todo y su lengua arrasó la boca de ella, llevándose
por delante todo vestigio de cordura o pensamiento lógico.
Nick enterró la mano entre su pelo y la atrajo hacia él con más
intensidad, profundizando en aquel beso al mismo tiempo que la
acomodaba un poco más entre sus brazos. Pat dejó escapar un gemido ronco
que solo contribuyó a caldear aún más la situación, mientras el intenso
deseo que ardía en sus venas se hacía cada vez más acuciante y urgente en
la parte baja de su abdomen. Jamás había deseado con aquella
desesperación nada ni a nadie. Cuando sintió las manos de Nick acariciar su
piel desnuda mientras una de ellas ascendía camino a sus pechos, creyó que
no soportaría una caricia tan íntima sin enloquecer del todo. Y a punto
estuvo de enloquecer, sí, pero de pura frustración, al identificar el
desagradable sonido que llegó a sus oídos, rompiendo la magia por
completo.
Ambos se detuvieron en seco y miraron hacia la puerta aún
desorientados.
—La pizza —recordó Pat. Y estuvo a punto de volver a besarlo,
alegando que ya se cansarían de llamar en algún momento.
—Supongo que esto es lo más parecido a la mañana siguiente de tu
demostración —dijo Nick, revolviéndose en el sofá y obligándola a
levantarse de su regazo.
«¿Ya está? ¿Así… sin más…?», pensó Pat, poniéndose en pie para evitar
que él viera su turbación.
La repentina frialdad con la que Nick hablaba a punto estuvo de hacerla
estallar en improperios. Por fortuna, consiguió controlarse a tiempo. Si él
podía comportarse como si nada, ella no sería menos.
—¡Qué optimista, Nick! —dijo, caminando hacia la puerta mientras se
desataba el nudo de la camiseta.
—¿Por qué?
—¿En serio crees que me hubiera quedado a dormir?
—Hubieras dormido poco.
Pat agradeció tener que abrir la puerta en lugar de contestar a aquel
comentario. Su repartidor macizo la saludó con una sonrisa radiante.
«¡Mira que está bueno este tipo!», se dijo, mirándolo con atención.
«Ahora mismo lo arrastraría adentro y… y… que fuera cortando la pizza
mientras termino con Nick lo que hemos empezado… ¡Mierda, joder!».
Nick se asomó a la puerta y volvió a quitarle la pizza de las manos al
chico, esta vez sin decir una sola palabra. Pat intentó ser todo lo amable que
pudo, pero no le salió con naturalidad, así que se despidió con rapidez.
Caminó hasta la cocina y observó a Nick, que parecía que acababa de
salir de un jardín zen cargado de calma y paz interior.
—¿Coca cola o agua? —le preguntó el chico con naturalidad—. ¿Qué te
apetece?
«Echar un polvo», hubiera querido decirle solo por el placer de alterarlo
un poco.
—Coca cola —dijo en su lugar—. Y, por cierto, creo que ha quedado
más que demostrada mi teoría sobre lo fácil que es meterse en la cama de
un hombre.
Nick sonrió.
—Qué ingenuo he sido al pensar que lo dejarías estar.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que siempre tienes que salirte con la tuya.
—Siempre no —dijo, malhumorada—. En esta ocasión he demostrado
mi teoría con hechos.
«Concretamente con tu lengua dentro de mi boca», pensó, y ojalá
hubiera tenido agallas para decirle justo aquello.
—Solo que hay un fallo en tu planteamiento.
—¡Buah! Que mal perder tienes.
—Lo digo en serio.
—A ver, deléitame —le dijo, cruzándose de brazos ante él con una
expresión terca.
—No te enfades. —Sonrió, conciliador—. Solo digo que partiendo de
una atracción mutua, las mujeres no sois muy diferentes de los hombres.
—No estoy de acuerdo —dijo con convencimiento, caminando hasta la
nevera para cambiar su coca cola por una botella de agua. Lo último que
necesita era cafeína.
—¿No? Pues quédate donde estás —le indicó Nick.
Pat lo miró con cierto hastío y se apoyó en la pared que había justo al
lado. Tragó saliva cuando él clavó en ella una mirada lujuriosa.
«No pienso caer, ni hablar», se dijo, pero su cuerpo no estaba
acostumbrado a que Nick la mirara como a una conejita Playboy. La
punzada que sintió en la pelvis disparó todas las alarmas.
—Oasis. Doce de la noche… —comenzó diciendo Nick—. Llevo horas
comiéndote con los ojos desde la barra y tú eres perfectamente consciente
de ello.
Pat sentía como todo su cuerpo cobraba vida de nuevo, pero intentaba
disimularlo lo mejor posible.
—De vez en cuando te paseas por el bar para comprobar si te sigo con la
mirada…
Muy a su pesar, Pat no pudo evitar escenificarlo. Cruzó despacio la
cocina y se apoyó en la pared libre junto a la mesa. Nick siguió su
movimiento al milímetro, como era de esperar.
—Te mueres porque me acerque a ti —continuó el chico—. Sueñas con
el momento en el que me decida a recortar la distancia… tanto como para
poder comprobar de qué color son mis ojos.
Pat lo escuchaba en silencio, consciente de que si intentaba hablar, quizá
no le saliera la voz del cuerpo.
—Yo aguanto el juego todo lo que puedo —insistió Nick—, hasta que la
necesidad de tocarte se hace tan insoportable que tengo que ceder a mis
instintos; y entonces caminó hacia ti muy despacio, con mis ojos clavados
en los tuyos…
Incapaz de apartar sus ojos de los de Nick, esperó con el corazón a cien a
que recortara la distancia, sin pronunciar una sola palabra.
Nick llegó hasta ella y apoyó una mano en la pared por encima de su
cabeza, acorralándola muy de cerca.
—Me he mantenido lejos todo lo que he podido… —le susurró al oído,
como si fuera una suave caricia—, pero ya no puedo soportar más esta
tortura.
Nick clavó de nuevo sus ojos en lo de ella y añadió:
—¿Qué tengo que hacer para que te plantees salir de aquí conmigo?…
Pat se estremeció de deseo contenido, sin poder apartar sus ojos de él.
Casi de forma involuntaria se mojó los labios con la punta de la lengua, y
observó cómo Nick seguía aquel movimiento, embelesado.
—Dime, Pat…, ¿qué estarías dispuesta a darme? —susurró—. Sé
sincera.
—Cualquier cosa que me pidieras —terminó admitiendo.
Nick tragó saliva y guardó silencio unos segundos, sin moverse un solo
milímetro. Parecía estar luchando contra sus propios demonios. Finalmente,
dejó escapar un suspiro resignado.
—Es fácil meter a una persona en tu cama, Pat —le dijo con cierto pesar
—, sea hombre o mujer. Lo difícil es encontrar a alguien con quien merezca
la pena estar fuera de ella. Alguien que te acepte como eres, que esté
siempre ahí para ti, llorando y riendo contigo.
A Pat empezaban a escocerle los ojos por las lágrimas que pugnaban por
salir.
—Lo que nosotros tenemos no puede compararse ni de lejos con el
mejor polvo que puedas echar, Pat —insistió—. Los amores vienen y
van…, pero los amigos, los grandes amigos, siempre están ahí,
acompañándote, caminando a tu lado.
Guardó silencio unos segundos más y terminó añadiendo:
—Quiero poder caminar siempre a tu lado, sin nada que enturbie el
sendero.
Hundida en la miseria más absoluta, Pat solo podía concentrarse en
aguantar estoicamente sin llorar. Aquella declaración de intenciones no
podía ser más clara, pero si no rompía con aquella conversación ya, iba a
desmoronarse por completo.
—Y yo quiero… comerme esa pizza caliente, Nick —le dijo, haciendo el
mayor esfuerzo de toda su vida para sonreír—. Si se enfría, voy a pararme
en mitad de ese sendero para darte una patada en culo.
Nick sonrió y se hizo a un lado, con lo que a ella le pareció una
expresión de alivio. Pat tuvo que recurrir a toda su capacidad de contención
para poder comportarse con normalidad, cuando por dentro estaba a punto
de quebrarse en pedazos. Pero no estaba dispuesta a que él se diera cuenta.
Comieron mientras charlaban de cosas banales. Pat se negaba a pensar
en todo lo sucedido, en pos de su propia cordura. Recordó y puso en
práctica algunos de los trucos que Rob le había enseñado para mantener la
mente en blanco y lejos de todos aquellos pensamientos que le aportaran
cualquier tipo de malestar o negatividad. Y, de momento, estaba
funcionando. Aunque sabía que se desmoronaría en cuanto que Nick saliera
de escena y pudiera dejar de ejercer aquel férreo control sobre sus
emociones.
—Si te parece, Nick, te doy un poco de masaje y me marcho ya.
Él consultó su reloj y frunció el ceño.
—Solo son las diez.
—Ya, pero estoy cansada. —Sonrió—. Tú anoche dormiste como un
cesto, pero yo no, y ha sido un día largo. ¿Dónde te tumbas?
—Déjalo. Estoy bien —le dijo mientras recogía la mesa—. Me tomaré el
relajante muscular antes de acostarme. ¿Cuántos?
—Yo creo que ya solo uno —opinó—, y el analgésico. Pero no tardo
nada en darte un poco de masaje, si quieres.
Nick la miró con una sonrisa un tanto extraña.
—De verdad, Pat, no hace falta.
La chica no insistió. Tocar a Nick en aquel momento era lo que menos le
apetecía en el mundo.
«Mentirosa. Te mueres por tocarlo», se dijo con cierta amargura; aunque
sabía que era mejor no hacerlo.
—Pues hasta mañana entonces —fue todo lo que dijo antes de salir por
la puerta, agradecida por tener allí el coche y que él no tuviera que llevarla.
Nick la acompañó hasta el vehículo y le sujetó la puerta.
—Pat… —susurró cuando ella hizo amago de subirse. La chica se
detuvo a mirarlo—, ¿está todo bien?
«Así que está preocupado…», pensó, un tanto aliviada. Al menos
aquello significaba que él también había sido consciente de que algo había
sucedido entre ellos. Le resultaba insoportable pensar en que todo hubiera
podido estar solo en su imaginación mientras él se limitaba a representar un
papel.
—¿A qué te refieres? —terminó preguntándole en un tono neutro.
Paradójicamente, aquella pregunta fue una respuesta a gritos, que sirvió
para cerrar aquel asunto de una vez por todas.
Roy Ackerman los recibió en la puerta del Resort nada más llegar.
Saludó con demasiado entusiasmo a Pat, quien miró de reojo a Nick con
curiosidad.
—Si de verdad fuera tuya, ¿no te molestaría esa actitud? —le preguntó
Pat al chico por lo bajo en cuanto echaron a andar tras Ackerman hacia
recepción.
Nick le devolvió una extraña y enigmática mirada.
—No —le terminó diciendo, convencido.
La chica se quedó perpleja. No esperaba que el contestara tan categórica
y abruptamente. No añadió nada más. Al menos hasta que Ackerman les
tendió la llave de su habitación.
—Tenéis una de las mejores suites del hotel —les dijo con una sonrisa
radiante.
—¿Una suite? —repitió Pat, alucinada.
Nick tomó la llave y miró a Pat, preocupado, que le devolvió una mirada
sorprendida.
—Gracias —terminó diciendo el chico—. No tenemos mucho margen
para prepararnos para la apertura, Roy.
—Bobby se encargará de subir vuestro equipaje —les dijo el hombre. Y
con un gesto, el tal Bobby se personó ante ellos—. Os veo en la puerta en
diez minutos.
Pat y Nick caminaron hasta el coche, cogieron todo lo necesario para
comenzar a trabajar y le dejaron al tal Bobby todo lo demás para que lo
llevara a su suite.
—Pues tenemos que compartir habitación —le dijo Nick con un gesto
incómodo.
—Ya. Esto nos pasa por mentirosos —admitió Pat—. Si no hubiéramos
insistido en hacerles creer que somos pareja…
—Si te incomoda mucho, podemos decirle que hemos roto.
—¿Y perdernos la mejor suite del Resort? ¿Te volviste loco? —dijo Pat,
intentando que no se le notara la emoción que en realidad sentía—. Eso de
suite suena a grande, así que podemos compartirla sin problema.
Nick guardó silencio. Estaba seguro de que no existía habitación que
fuera lo suficientemente grande como para compartirla con ella sin
problema, pero no dijo nada.
—¿Por dónde quieres empezar? —le preguntó Pat, cargando con parte
del equipo.
—Busquemos a Roy.
Cuando Nick pasó ante ella, se detuvo a su lado y la miró con una
expresión imperturbable.
—Por cierto…, si de verdad fueras mía, me darían igual todos los
Ackerman del mundo —le dijo en un susurro, casi al oído—, porque me
aseguraría cada noche de que no necesitaras mirar a ninguno de ellos.
«¡Ay, madre mía, creo que acabo de mojar las bragas!», pensó Pat, sin
poder reprimir una sonrisa traviesa ante aquel pensamiento.
Lo siguió de cerca sin poder dejar de sonreír, y sin apartar la vista de su
trasero.
La bella puesta de sol fue una delicia para ambos. Aquella era la luz
preferida de Nick para trabajar. Disfrutaba de cada una de las fotos como si
fueran pequeños tesoros que encontrara enterrados en la arena. Y para ella
no había mejor regalo que verlo tan concentrado y feliz.
La pequeña cala privada del Resort era una verdadera maravilla vista a la
luz del ocaso. Ambos se asomaron al mirador, desde donde se divisaba toda
la costa, y se perdieron en aquella belleza que los dejó sin palabras.
—Tengo que reconocer que Ackerman ha acertado de lleno al comprar
este sitio —dijo Pat tras un rato en silencio.
—El tipo tiene buen gusto. —Sonrió Nick, mirándola con descaro.
—Déjalo ya, Nick —le pidió, ruborizándose—. Te confieso que me
incomoda un poco cómo me mira.
—¿Por qué? —se extrañó.
—Supongo que no estoy acostumbrada a que los hombres me coman con
los ojos —admitió Pat.
—Pero tú siempre has sido una mujer preciosa.
—Que vestía como un chico —le recordó.
—¿Y qué?
—¿Y qué? —repitió con una sonrisa, y se señaló la camiseta cortita que
llevaba puesta—. ¿Tú me ves igual con una de mis camisetas enormes que
con esta?
Nick aprovechó para mirarla de arriba abajo antes de contestar.
—¿Puedes no hacer eso? —se quejó Pat.
—¿El qué?
—Mirarme así… —insistió, cohibida—. Como Ackerman…
—Lo siento —se disculpó Nick sin dejar de sonreír—, pero es que yo
también soy un tío.
—¿Y?
—Qué estás muy buena, Pat, y tengo ojos —admitió divertido.
La chica se quedó perpleja ante aquel comentario. Era la primera vez que
Nick le decía algo así. Se suplicó a sí misma no ruborizarse de nuevo, pero
no tuvo éxito.
—¿Acabas de sonrojarte? —Rio Nick—. No me puedo creer que te
afecten esos comentarios.
—Me afecta que me los hagas tú —admitió, casi sin ser consciente de lo
que decía.
—¿Por qué?
—No lo sé —mintió—. Somos amigos.
—Bueno, en este momento solo somos jefe y empleada —le recordó, sin
disimular su diversión.
«¡Está coqueteando conmigo!», se dijo Pat, repentinamente consciente
de aquello. Rio la broma y decidió divertirse también con aquel juego.
—¿Y te parece políticamente correcto que un jefe mire a su empleada
así? —Sonrió, girándose a mirarlo a su vez.
—¿Cómo?
—¡Como si fuera en bañador!
—Otro error —dijo Nick con una divertida mirada maliciosa—. En
realidad, te he mirado como si aún tuvieras puesto el trikini.
La carcajada de Pat fue genuina.
—¿Eso significa que te ha gustado mi trikini?
—Eso significa que debería haber escogido el bikini cuando tuve
oportunidad —bromeó.
—Pues no sé yo… —Rio Pat, con los nervios a flor de piel—. El bikini
es… ¿cómo lo diría…? Tampoco es apto para la relación jefe-empleada.
Pat vio como Nick tragaba saliva y dejó escapar otra carcajada divertida.
—Tranquilo, jefe, lo dejaré para cuando no estemos trabajando —le dijo
con una pícara mirada brillante—. Como ahora, por ejemplo.
—¿Ahora?
—Había pensado que podíamos darnos un baño en el mar. —Señaló la
cala que tenían frente a sus ojos.
—¿Quieres bajar a la playa ahora?
—¿Por qué no? Tengo mi bikini puesto. —Sonrió de forma descarada.
Nick miró hacia la pequeña cala, donde apenas quedaba ya un alma a las
ocho de la tarde, con una expresión preocupada que no pasó desapercibida
para Pat. La chica tuvo que asumir que el momento especial entre ellos
había pasado. Hubiera podido gritar de pura frustración, pero hizo acopio de
todas sus fuerzas para añadir.
—Tú no tienes bañador.
—No —le dijo, mirándola con seriedad.
Ambos supieron que no hablaban de ropa de baño.
—Pues volvamos a la habitación.
Caminaron en silencio de vuelta al hotel. Cuando iban a tomar el
ascensor para volver a su suite, Nick se excusó alegando tener que hablar
con Ackerman de algunas de las localizaciones del día siguiente.
—Te veo después entonces.
Nick apenas podía parar quieto mientras esperaba a que Pat regresara del
baño. Se había puesto los calzoncillos, y merodeaba alrededor de la cama
con cierto nerviosismo. Todavía no daba crédito a lo sucedido en aquella
habitación. La intensidad de su propio deseo por ella lo tenía perplejo. No
habían sido pocas las mujeres que habían pasado por su cama, pero ninguna
de ellas le había volado la cabeza de aquella manera. Hasta hacía unos
minutos hubiera creído imposible que tal grado de excitación fuera
posible…
«Llevo deseándola demasiado tiempo», se dijo, convencido de que aquel
era el motivo principal por el cual todo había sido tan intenso. A partir de
aquel momento, podría volver a mirarla sin toda aquella tensión sexual que
nacía de lo prohibido, puesto que ya lo había tenido. Aquella noche le haría
el amor de nuevo, de eso estaba seguro, y sería interesante comprobar
cómo, tras deshacerse de toda la excitación acumulada, podían tener una
experiencia satisfactoria que borrara aquel recuerdo de locura absoluta.
Después podrían retomar una relación de amistad sana y tan perfecta como
siempre. Sería un alivio poder disfrutar con su gran amiga del par de días
que aún les quedaban allí, sin el fantasma del deseo merodeando por su
cabeza.
Más convencido, se sentó en la cama y sonrió con cierta serenidad…,
que solo le duró hasta que escuchó abrirse la puerta de baño y posó sus ojos
sobre aquella especie de ninfa maravillosa, que avanzaba hacia él
completamente desnuda, como si estuviera recién salida de cualquiera de
sus fantasías más íntimas.
Su cuerpo reaccionó ante aquella imagen de forma súbita y casi salvaje.
El más puro instinto animal se hizo eco en su interior, y la sangre dejó de
regarle el cerebro…
—Hemos dejado el baño hecho unos zorros —bromeó Pat, llegando
hasta él—. Hay agua por todas partes. Incluida la bañera, que se te había
olvidado vaciar.
—Me temo que eso ha sido culpa tuya. —Sonrió, mirándola con una
expresión de auténtica lujuria, que convirtió la sangre de Pat en lava líquida
—. He sufrido un tormento mientras te duchabas, y cuando te has ido, he
salido como un loco a darme la ducha de agua fría más desagradable de
toda mi vida.
Pat sonrió y le devolvió una mirada divertida.
—¿Y me echas la culpa a mí?
—La tienes.
—¿Yo? —ronroneó acercándose muy despacio, sin preocuparle para
nada su completa desnudez. Se quedó de pie frente a él, que estaba sentado
sobre la cama, y le echó los brazos al cuello—. No estoy tan segura…
Nick le puso las manos en la cintura y la atrajo un poco más hacia él para
depositar pequeños besos sobre su abdomen. Pat dejó escapar un sonoro
suspiro de júbilo.
—Solo veía tu silueta a través de la mampara… —le susurró mientras
izaba la cabeza y besaba ahora uno de sus pechos—, pero podía intuir cada
uno de tus movimientos. —Le tocó el turno al otro—. He tenido que
soportar que te desnudaras, que te enjabonaras… y que salieras de allí solo
cubierta con esa mini toalla…
Entre frase y frase, besaba, acariciaba y lamía cada poro de piel,
volviéndola más loca a cada palabra que decía.
—Pues… siendo así voy a tener que compensarte —susurró Pat,
enterrando las manos en su pelo para atraerlo más hacia su piel.
—Sí, creo que es lo justo —opinó él, bajando por su abdomen para
lamer ahora con parsimonia el piercing de su ombligo—, pero primero voy
a atormentarte yo un rato…
—Mi ducha tampoco ha sido agradable, ¿sabes? —protestó entre
suspiros—. También he salido de esa bañera directa al polo norte…
Nick sonrió, pero no se detuvo. Siguió descendiendo, abriendo una senda
de besos hacia su pelvis.
—No hay problema… Voy a hacerte entrar en calor mientras te torturo…
Cuando le pidió con un gesto decidido que abriera las piernas, Pat dejó
escapar un gemido de anticipación. No sabía si sus rodillas iban a soportar
lo que Nick parecía querer hacerle en aquella postura, pero permaneció a la
espera. La aprensión era superada por la expectación ante su próximo
movimiento.
—Nick…, no sé si aguantaré… —intentó protestar, pero él contestó a
sus reclamaciones instándola a levantar una de sus piernas y ponerla sobre
la cama. Pat no pudo negarse, y al concederle aquel deseo se expuso por
completo ante él, que pasó un brazo por detrás para atraerla aún más hacia
sí y hundió la boca entre sus piernas al instante, bebiendo de ella con un
ansia total y absoluta.
Pat dejó escapar un intenso gemido y enterró las manos entre su pelo,
mientras Nick lamía con parsimonia aquel punto sensible y doliente entre
sus piernas, una y otra vez.
—Nick, yo… —susurró, sintiéndose arrastrada hacia un camino de no
retorno, sin remedio—. Voy a… oh.
Incrédula, se movió al ritmo de las irresistibles oleadas de placer que la
engullían y acabó por explotar contra la boca de él, sollozando de placer.
Nick la atrapó entre sus brazos antes de que se derrumbara debido a la
debilidad que aquel intenso orgasmo le había provocado. La besó con un
ansia desmedida sin que apenas le hubiera dado tiempo a recuperarse, y
todo volvió a empezar para ella. Mareada aún de placer, sentada a
horcajadas sobre él, le devolvió aquel intenso beso con abandono y se
movió contra su erección con el mismo fervor con el que él empujaba
contra ella. Soltó un gemido de frustración cuando se topó con la tela de sus
calzoncillos. Apoyó las rodillas sobre la cama y se incorporó un poco para
darle margen para quitarse la prenda. Después, volvió a sentarse sobre él,
acogiéndolo por completo en su interior.
—Me… fascinas, ojos azules —susurró Nick en su oído, entre intensos
jadeos.
Pat comenzó a moverse sobre él abandonada por completo al placer,
dejando que su cuerpo y sus emociones la empujaran hacia el abismo de
nuevo en su compañía. El ritmo fue creciendo mientras ambos volaban cada
vez más alto, arrastrados por la lujuria más absoluta y privados de toda
cordura. El orgasmo que les sobrevino los cogió desprevenidos por su
intensidad. Cuando todo quedó en calma y se miraron a los ojos, apenas
podían creerlo.
—¿Cómo… es posible? —jadeó Nick contra su boca, apoyando la frente
sobre la de ella.
Pat no necesitó preguntar a qué se refería. También estaba muy
impactada por la magnitud de lo sucedido… de nuevo.
—¡Vas a matarme! —susurró Pat intentando recuperar el aliento.
—¿Yo a ti? —exclamó incrédulo—. Habré muerto antes de
conseguirlo…
—Ha sido…
—Alucinante —terminó Nick por ella—. No creía posible superar lo de
antes, pero… ¡joder!
Pat rio. Aún podía sentirlo en su interior, y aquella intimidad resultaba
igual de placentera que cuando bromeaban tumbados sobre la cama. En
aquel instante, era total y absolutamente feliz.
—¿Crees que será algún tipo de sustancia que le ponen al agua? —
bromeó, mirándolo a los ojos.
Nick le devolvió una mirada divertida.
—Seguro. ¿Qué otra cosa podría ser?
—¡Ah, vale! —exclamó Pat, fingiendo ofenderse e intentando
levantarse.
—¿Dónde crees que vas? —Rio, inmovilizándola entre sus brazos—.
Todavía no he terminado contigo.
—¡Oh, venga, Nick, no me seas fanfarrón! Eres increíble, pero ni aunque
te bebieras un manantial mágico entero, podrías… —se movió levemente
sobre él para demostrar su teoría, pero lo que encontró entre sus piernas fue
todo lo contrario a lo que esperaba. Sintió aquella dureza palpitante de
nuevo dentro de ella y lo miró con una mezcla de sorpresa y lascivia.
—Sí, yo también estoy flipando —admitió Nick, justo antes de tomar sus
labios y meter la lengua en su boca para volver a saborearla en profundidad.
Después, se tumbó en la cama, giró con ella entre sus brazos hasta
inmovilizarla bajo él y comenzó a moverse de nuevo, iniciando así otro
espectacular viaje al paraíso.
Capítulo 19
Un precioso día despuntó en el horizonte apenas una hora después de
amarse por última vez. Durmieron algunas horas más, hasta que el servicio
de habitaciones se personó para llevarles el desayuno que Nick había
encargado junto con la cena de la noche anterior. Cuando escuchó los
golpes a la puerta, Pat se incorporó en la cama y miró a su alrededor,
desorientada, buscando la procedencia del sonido que la había despertado.
Miró a Nick, que aún dormía en su lado de la cama, y decidió dejarlo
descansar.
«Pobre, tiene que estar agotado», sonrió mientras posaba sus ojos sobre
su torso desnudo, relamiéndose como lo haría un gato a punto de darse un
festín. Montones de imágenes subidas de tono se agolparon en su cabeza sin
remedio. Quizá podría despertarlo acariciando…
Los golpes en la puerta volvieron a sonar, recordándole por qué ella sí
estaba despierta. Se puso en pie, cogió la colcha que estaba tirada a un lado
de la cama y se envolvió en ella para poder abrir. Un tanto avergonzada por
su atuendo, saludó al camarero y lo despidió unos segundos después.
El simple olor a café ya la llenó de energía renovada. Soltó la colcha
sobre la cama y rebuscó con cuidado entre las sábanas hasta localizar la
camiseta de su pijama; el pantalón lo encontró en el suelo, junto con sus
braguitas.
Una vez vestida, empujó la mesa del desayuno hasta la terraza y se sirvió
un café. Después, se apoyó sobre la barandilla con el vaso entre las manos y
tomó una profunda bocanada de aire, llenando sus pulmones y sus sentidos
del olor inconfundible a mar y salitre. Estuvo allí largo rato, disfrutando de
las vistas y de sus recuerdos, hasta que escuchó un sonido que la alertó de
que ya no estaba sola. Cuando se volvió hacia Nick, sufrió un cortocircuito.
«¿Cómo se puede estar tan guapo recién levantado?», fue lo primero que
su mente pudo razonar. Lo segundo fue alertarla de que él se había quedado
a varios metros de distancia, y, por la seriedad con que la miraba, aquello
era premeditado. Además, estaba completamente vestido. Aun así, Pat optó
por normalizar la situación.
—¿Sabes que han traído comida para un regimiento? —le dijo, forzando
una sonrisa—. Creo que podría vivir aquí para siempre.
—No tengo hambre —fue la única respuesta tensa que recibió.
Pat frunció el ceño y le devolvió una mirada un tanto molesta.
—Ni hambre ni educación al parecer. ¿Es tan difícil dar los buenos días?
—Discúlpame. Buenos días —admitió, esbozando una tenue sonrisa—.
¿Podemos hablar?
—¿A gritos?
—Distancia de seguridad —le dijo, sin mirarla y sin moverse de donde
estaba.
—Intentaré contener mis ganas de abalanzarme sobre ti —ironizó Pat,
intentado soportar aquello con estoicismo—. No te preocupes
—No eres tú quien me preocupa —admitió con cierta incomodidad.
Pat tragó saliva y prefirió no pensar en qué significaba aquel último
comentario, o sería ella quien rompiera las reglas.
—Habla —le instó, apoyándose en la barandilla con lo que parecía una
calma absoluta, que nada tenía que ver con la realidad.
—¿Puedes vestirte primero? —le pidió Nick.
—Pues no, tengo que darme una ducha antes —informó—. Esta noche
he sudado, ¿sabes?
—Pues al menos ponte algo encima.
—¡Déjate de tonterías, Nick! —exclamó irritada—. Los dos sabemos lo
que vas a decir. No necesito estar vestida para eso.
—¡Pero yo sí necesito que lo estés! —le dijo en el mismo tono molesto
—. Y no entiendo esa actitud insoportable que te gastas, los dos teníamos
claras las condiciones.
—¡No había nada de insoportable en mi actitud hasta que has aparecido!
—le recordó, ya enfadada—. Yo estaba aquí muy tranquila, disfrutando de
mi café, que al parecer va a ser de lo único de lo que voy a poder disfrutar
esta mañana.
—¿Y esperabas otra cosa? —protestó, levantando también el tono de voz
—, porque dejamos muy claro…
—Esperaba al menos algo más de respecto por tu parte —lo interrumpió.
—No recuerdo haberte faltado al respecto en ningún momento.
—¡Pues lo has hecho! —se quejó—. Y sigues haciéndolo si insistes en
hablarme desde diez metros de distancia, como si de repente hubiera
contraído una enfermedad contagiosa.
—Pat…
—Y al menos mírame a los ojos para hablarme —insistió.
—¡No puedo! —admitió—. No mientras sigas ahí delante con eso que
insistes en llamar pijama y que me pone cardiaco.
Pat echaba fuego por los ojos. Ya le daba lo mismo lo que él quisiera o
no insinuar con aquello. La rabia que su comportamiento había encendido
en ella, ya no era fácil de aplacar.
—¡Ah, pues lo siento! Pero me da lo mismo el problema que tú y tu
amiguito —Señaló su entrepierna— tengáis con mi pijama. Aunque déjame
decirte que si un pedazo de tela te pone así, quizá no vamos a mantener la
conversación correcta.
—Pat…
—No, no hace falta que digas nada —insistió, levantando las manos en
señal de rendición—. Yo acepté las condiciones y las tengo claras. Lo de
anoche nunca pasó.
—Pero volvemos a estar mal —se quejó—, justo era esto lo que quería
evitar.
—No te preocupes, se me pasará. —Sonrió con sarcasmo—.
Recuperarás a tu amiga del alma en cuanto que pueda sacudirme este
coraje.
Lo miró con toda la frialdad de que fue capaz.
—Y ahora, te aviso de que voy a pasar demasiado cerca de ti —dijo con
cierta sorna—. Tengo que salir por esa puerta que estás obstaculizando.
—Ya vale, Pat —le advirtió, ya muy molesto con aquella actitud.
—Pero si te informo por si quieres apartarte ocho o diez metros a la
derecha.
En vista de que él no se movió, Pat se encogió de hombros y caminó
hacia la puerta, plantándose ante él con una mirada altiva.
—Aparta.
—Pídemelo con educación —exigió Nick, mirándola a los ojos de cerca
por primera vez aquella mañana.
—¿O qué? —Le sostuvo la mirada y tuvo que sofocar un gemido al
reconocer aquel brillo peligroso y caliente en sus ojos.
Nick sonrió con sarcasmo.
—No vas a conseguir lo que quieres —le aseguró con cierta prepotencia.
Aquello sacó lo peor de Pat, que tuvo que apretar los dientes para no
responder con más violencia verbal al ataque. Buscó en su memoria uno de
los trucos de autocontrol de Rob, lo aplicó y terminó sonriéndole con
autosuficiencia.
—Pues es una pena —le dijo en un tono sensual, mirándolo a los ojos
con cierta avidez—. Me hubiera encantado que me enjabonaras la
espalda… Al fin y al cabo, una vez cometido el delito, igual nos habría
dado seguir delinquiendo un poco más. Al final la pena impuesta iba a ser la
misma.
Le miró los labios sin ningún tipo de disimulo y se mordió los suyos un
segundo después, dejando escapar un intencionado gemido. Cuando posó de
nuevo sus ojos sobre los de él, sintió que aquella mirada la abrasaba por
completo.
—Lo dicho…, una pena. —Se coló por uno de los laterales de Nick,
empujándolo un poco para poder hacerlo.
Caminó con lo que parecía una total normalidad hacia el baño, sintiendo
los ojos de él clavados en su espalda. Tuvo que hacer acopio de todas sus
fuerzas para no volverse a mirarlo de nuevo.
Cuando por fin entró en el baño, dejó escapar un suspiro de frustración.
Acercarse tanto a Nick para hacerle aquellas insinuaciones, sin ceder a
tocarlo, no había sido nada fácil. Y hubiera preferido conservar la mala
leche antes que aquella profunda insatisfacción que la ahogaba por dentro.
Se desnudó y se metió en la ducha, sin poder evitar recordar el momento
en el que Nick le confesó cómo la había mirado desde la bañera a través de
aquella mampara. La imagen de la revancha que él se había tomado la
obligó a abrir un poco más el agua fría.
«¿Es que no voy a poder disfrutar de un hidromasaje tranquila?», se
preguntó irritada.
—¡Joder, qué puta mierda! —masculló entre dientes, congelándose de
nuevo.
—Esa lengua —escuchó decir a Nick al tiempo que abría la puerta de la
ducha y se colaba dentro, aún vestido.
Pat se quedó perpleja. Su corazón comenzó a galopar como un loco
mientras lo miraba de frente, sin hacer un solo intento por taparse; aunque
sí tuvo la precaución de graduar un poco el agua para no congelarse.
Él se apoyó en la pared libre frente a ella, se metió las manos en los
bolsillos del pantalón y la observó con una tranquilidad pasmosa. Se
permitió el lujo de recorrer el cuerpo desnudo de Pat con una mirada de
pura lujuria, sin ninguna intención de disimular cuánto le gustaba lo que
veía.
Pat soportó con estoicismo aquel escrutinio sin moverse un centímetro.
El hecho de que él aún estuviera vestido, por fuerza indicaba que todavía
tenía algo que decir antes de ceder a lo que parecía evidente.
—Vamos a hacerle una pequeña modificación a nuestro acuerdo —
empezó diciéndole Nick, con la voz ronca por el deseo contenido—.
Ampliemos el plazo… a todo el tiempo que estemos aquí. Tal y como te has
encargado de matizar, mi insolente y descarada belleza, el resultado será el
mismo hayamos pecado una o cien veces.
La chica intentó que él no notara el deseo agónico con el que esperaba
que se desnudara y se uniese a ella. No pronunciaba una sola palabra por
miedo a que lo único que saliera de su boca fuera una lamentable súplica.
—Pero quiero dejar algo claro, Pat, antes de que pase nada más entre
nosotros.
Ella suspiró y se preparó para escuchar lo que sabía que no iba a
gustarle, pero que era inevitable. El hecho de que hubiera usado su nombre
en mitad de la frase, ya era un indicativo de que aquella regla sería
inquebrantable.
—Cuando volvamos a Santa Carla, borraremos todo lo sucedido. —
Ahora sí la miró a los ojos, con una seriedad que le arrancó a Pat un
escalofrío—. Si los dos lo tenemos claro y ponemos de nuestra parte, estoy
seguro de que podremos volver a la normalidad tras un tiempo. Unos días
de sexo se borran rápido, Pat. A la fuerza años de amistad tienen que estar
más arraigados. Si intentamos mantener una relación sentimental fuera de
Monterrey, terminaremos cargándonos todo lo que tenemos tarde o
temprano. ¿Entiendes la diferencia? No puedo exponerme a eso.
Guardó silencio unos segundos para dejar que ella procesara todo lo que
acababa de decir.
—Así que tienes que darme tu palabra de que no habrá discusiones ni
malos entendidos cuando abandonemos este hotel —insistió, ya incapaz de
seguir manteniendo las manos quietas por más tiempo.
Ella continuó mirándolo con avidez, pero sin decir una sola palabra.
—Pat… —la instó a hablar.
—No me interesa —terminó diciendo ella en un tono apático y exento de
emoción.
—¿Perdona? —Nick hubiera esperado cualquier cosa menos aquello, tal
y como quedaba demostrado por su expresión de absoluto estupor.
—No pienso aceptar ese nuevo acuerdo —insistió Pat, y le dio la espalda
mientras añadía con aparente tranquilidad—: Cierra la puerta al salir,
please.
Abrió un poco más la llave del agua caliente y se dejó invadir por una
sensación de euforia, producto de los acontecimientos. Afinó el oído para
no perderse los movimientos de Nick, al que había dejado tan descolocado
que no parecía haberse movido ni un milímetro desde que ella había
pronunciado aquel no me interesa. Hubiera dado cualquier cosa por haber
podido inmortalizar aquel momento echándole una de aquellas fotos
robadas que tanto le gustaban.
Sonrió ante la idea y esperó, expectante, a que él hiciera su siguiente
jugada. Lo conocía demasiado bien como para saber que jamás se rendiría
sin haber luchado a muerte por lo que quería conseguir. Y en aquel
momento, lo que quería… era a ella.
Tras unos segundos, Pat no aguantó más la intriga y se giró a mirar por
encima del hombro para asegurarse de que no se había ido.
—¿Sigues ahí? —Fingió sorprenderse, pero no se giró hacia él, sino que
volvió a darle la espalda, mostrándole su perfecto trasero sin apenas
ruborizarse—. Recuperarás a tu gran amiga en cuanto que salga de la
ducha. Puedes esperarme fuera.
Sonrió ante su silencio, y se deleitó imaginando el modo en el que él la
estaría contemplando.
—Seguro que nos divertiremos trabajando esta mañana —insistió, sin
mirarlo—. Y después de comer quizá podamos ver una peli o echar una
partida de ajedrez.
Sin previo aviso, sintió que Nick la abrazaba desde atrás y la atraía con
fuerza contra su pecho.
—Ya basta —lo escuchó ordenarle al oído mientras movía sus manos
con destreza por sus pechos y su liso abdomen.
Pat no protestó, se abandonó por completo a él, moviéndose contra la
dura erección que sentía clavada entre las nalgas, a pesar de estar aún
embutida dentro de los pantalones.
—Repite eso de que no te interesa nuestro acuerdo —le siguió Nick
susurrando al oído, al tiempo que metía los dedos entre sus piernas.
Pat apretó los muslos dispuesta a hacer un intento de resistencia, pero
fracasó cuando Nick metió una de sus piernas entre ellos, obligándola a
mantener las suyas abiertas.
—Haces… trampas —protestó Pat, sin poder contener un gemido
cuando aquellos dedos se movieron sin miramientos sobre su clítoris.
—No me hables de trampas, ojos azules —continuó, lamiendo su cuello
al mismo tiempo que seguía masturbándola sin compasión—. ¿Tienes idea
de lo que me has hecho ahí fuera?
Pat supo que se refería a la discusión que habían mantenido en la terraza.
Ella había atacado todos sus puntos débiles con alevosía y premeditación.
—Te lo merecías.
—¿Sí? Pues vas a pagar por ello —le aseguró—. Una y otra y otra vez…
—Curioso… que tus diez metros de distancia hayan quedado reducidos a
esto… —Volvió a meter el dedo en la llaga.
La respuesta de Nick también fue similar, pero dónde metió los dedos
fue en su interior, moviéndolos con fruición, con un movimiento experto
que le arrancó a Pat un grito desbocado al sentirlos acariciar su punto g con
la intensidad justa.
—Nick…, oh… ¡madre mía!
—Tú has sugerido la ducha, yo solo cumplo órdenes.
—Tú no… has cumplido una sola orden… en toda tu vida… —jadeó
Pat, abandonada por completo a él, ya casi sin poder contenerse.
—Solo las tuyas.
—Mentiroso.
Nick sonrió.
—Acepta nuestro acuerdo, ojos azules —le exigió de nuevo sin dejar de
mover sus dedos adentro y afuera.
—No.
En represalia, Nick llevó su mano izquierda también hasta su entrepierna
y sus dedos estimularon su clítoris, mientras con la mano derecha
continuaba torturándola con aquel incesante movimiento.
—Di que aceptas —insistió Nick de nuevo.
Pat apenas podía hablar ni pensar con el mínimo de coherencia, pero le
quedaba la suficiente como para seguir en sus trece.
—No.
—Te advierto que conozco torturas mucho peores que esta.
—Imposible —murmuró entre dientes, al borde del abismo.
—Me obligas a ser cruel —suspiró—. Tú lo has querido.
Retiró ambas manos de su sexo, la ayudó a estabilizarse y la soltó,
poniendo distancia entre ellos.
Pat se giró hacia él con un grito de protesta por la abrupta interrupción.
Apenas si se había quedado a unos pocos segundos de la culminación
absoluta, y todo su cuerpo le suplicaba el alivio que se le había negado.
Miró a Nick desconcertada y con el ceño fruncido, y tuvo ganas de
abofetearlo cuando él tuvo la osadía de devolverle una mirada maliciosa
acompañada de una sonrisa más aún. Estaba apoyado de nuevo contra la
pared, con una tranquilidad pasmosa y sorprendente, teniendo en cuenta que
estaba calado hasta los huesos.
Pat lo miró echando fuego por los ojos, valorando si quería pegarle o
arrancarle la ropa a mordiscos.
—No me mires así, ojos azules. —Sonrió con picardía—. Piensa que si
me matas, nunca obtendrás lo que quieres…
—Quizá ya no quiero nada —dijo irritada, aunque demasiado consciente
de cómo se le ajustaba la camiseta empapada al torso.
—Vale. —Nick se encogió de hombros e hizo ademán de abrir la puerta
para salir.
—¡Mierda, Nick, solo he dicho quizá! —protestó de inmediato.
El chico se volvió a mirarla con una sonrisa arrogante.
—¡Creo que jamás he sentido tantas ganas de abofetear a alguien! —
rugió Pat, dejando escapar un bufido de impotencia.
—Tampoco has tenido jamás tantas ganas de tirarte a alguien —le dijo
con descaro—. Admítelo.
—¿Y tú? —le preguntó molesta—. ¿Eres de piedra o qué?
—Solo algunas partes de mi cuerpo —bromeó con insolencia—.
Incluyendo esa que te mueres por…
—¡Ah, calla ya! —le gritó desesperada. Nick dejó escapar una carcajada
—. Ahora soy yo quien se va. Aparta.
—¡Ni loco!
Pat lo miró ahora con las cejas arqueadas, y fue repentinamente
consciente del estado en el que él también debía encontrarse.
—Tú también estás jodido, eh —le dijo, sonriéndole de forma descarada
—En el puto infierno estoy —admitió—. Pero ese acuerdo no es
negociable.
—Lo sé.
—¿Y qué quieres, que te suplique?
—¿Lo harías?
—Es posible —admitió él entre dientes.
—No me sirve.
Sin previo aviso, Nick la atrapó entre sus brazos y la atrajo contra su
cuerpo.
—¿Y qué te sirve, Pat? —le dijo, tomándola de las nalgas para apretarla
aún más contra su erección—. Si salgo de esta ducha, jamás volveré a
tocarte.
La chica sintió su cuerpo estallar en llamas, al tiempo que su corazón
lloraba ante la posibilidad de no volver a tenerlo nunca.
—Nick…
—¡Nick nada! —interrumpió, exasperado, girándose con ella entre los
brazos para acorralarla contra la pared—. Conoces el acuerdo y las
condiciones. ¿Quieres o no quieres dos días de sexo, Pat?
—¡Quiero, sí! —admitió por fin—. ¡Claro que quiero!
—¡Vale! —exclamó Nick.
—¡Vale! —contestó ella en el mismo tono airado.
Se miraron a los ojos en silencio durante unos segundos, y al instante
siguiente se lanzaron el uno sobre el otro de forma desesperada,
devorándose de un modo animal.
Pat tironeó de la camiseta de Nick con apremió, impaciente por sentirlo
piel contra piel.
—Los pantalones —suplicó después, tirando de ellos con urgencia, junto
con sus calzoncillos.
Nick la ayudó a quitárselos con la misma desesperación que ella
mostraba, y se fundieron el uno contra el otro, abandonándose a sus
emociones.
—Pat… —gimió contra su boca cuando al fin se libraron de todas las
barreras—, espero que entiendas… —La tomó de las caderas para izarla un
poco del suelo, arrastrándola hasta la pared más próxima— que los
preliminares… no son una opción para mí en este momento.
No esperó respuesta. Se hundió dentro de ella de una embestida certera,
y comenzó a moverse de forma descontrolada y urgente.
El clímax llegó para ambos apenas unos minutos después, liberándolos
por fin, tras la tortuosa mañana.
Cuando Pat posó de nuevo los pies en el suelo de la ducha, tuvo que
agarrarse a él durante unos minutos para no desfallecer. Estaba un poco
mareada tras jadear de forma tan intensa durante largo tiempo, y se
acurrucó entre sus brazos, encantada de estar así.
—¿Mejor? —le preguntó Nick cuando sintió que ella normalizaba un
poco la respiración y parecía relajarse.
Pat levantó la cabeza y lo miró a los ojos, regalándole una sonrisa tierna,
encantada de que él se preocupara por su bienestar.
—Sí, ya está.
—Siento si he sido muy brusco —le dijo con un ligero titubeo—, pero
estaba demasiado al límite.
—¿Te estás disculpando por lo que acaba de pasar? —Sonrió incrédula
—. ¡A todas las mujeres del mundo deberían empotrarlas así al menos una
vez en su vida!
Nick rio divertido.
—Te lo digo en serio, debería estar en la lista de vida de todas nosotras
—insistió risueña—. Junto a lo de escribir un libro y plantar un árbol.
—Y siempre habrá un hombre dispuesto, eso te lo garantizo —bromeó,
atrayéndola un poco más hacia él—. ¿Y enjabonarse mutuamente dentro de
la ducha no está en la lista?
—En la mía sí —admitió Pat. Sus manos ascendiendo por el torso
masculino con deliberada lentitud, hasta enredarse alrededor de su cuello.
—Interesante —dijo, besándola ahora con delicadeza. Después, se apartó
un poco buscando el gel de baño.
—Me temo que está en la bañera-piscina —le informó Pat, señalando el
único bote que tenían allí—. Ese es el champú.
—Pues que bien…
—Cuando me he metido en la ducha, estaba enfadada —admitió
encogiéndose de hombros—. Solo pensaba en sacarte los ojos por obtuso.
Nick la miró con una expresión socarrona.
—Vaya, que cosas tan bonitas me dices, cariño —protestó.
—Tienes razón. No ha estado bien. —Sonrió Pat. Volvió a abrazarlo, lo
besó en los labios y añadió con voz melosa—: No debería meterme con mi
increíble y apasionado empotrador.
—Eso está mejor.
—¿Sí? —Lo beso de nuevo—. Y ¿sabes que sería del todo genial?
Nick la miró con una sonrisa resignada.
—Que saliera a por el puto bote de gel, ¿a que sí?
La carcajada de Pat le dijo que estaba en lo cierto.
Dejando escapar un suspiro divertido, salió de la ducha y volvió diez
segundos después con todos los botes que encontró en la bañera.
—¿Piensas embalsamarme? —lo miró con un divertido gesto de horror.
—Déjame concentrarme —pidió mientras abría un bote tras otro y
aspiraba el aroma de cada uno con mucha atención.
Ella lo observó en silencio con una sonrisa divertida en los labios.
Aquella visión de él, gloriosamente desnudo, haciendo malabares con los
botes y los tapones de gel, resultaba casi surrealista, pero a Pat se le
antojaba de lo más tierna.
—¿Estás haciendo un control de calidad? —terminó preguntándole,
entre risas.
—Voy a pasar el día entero saboreando este aroma —le dijo al fin,
posando una intensa mirada sobre ella, que a Pat ya le provocó de todo
menos ternura—. Tengo que escoger bien.
Sin dejar de mirarla, con sus intenciones escritas en el rostro, dejó caer
todos los botes al suelo excepto uno.
—Este.
A Pat se le escapó un gemido de anticipación, que él correspondió con
una sonrisa maliciosa.
—Parece que te gusta la idea… —le dijo, avanzando hacia ella muy
lentamente.
Pat tragó saliva.
—Mucho —admitió, sintiendo una intensa punzada de excitación en la
parte baja del abdomen—. Por eso empiezo yo.
Nick arqueó las cejas sorprendido.
—Me toca enjabonar primero, Nick —insistió, posando una mirada de
lujuria sobre él—. Me muero por tocarte.
Ahora fue él quien no pudo contener un gemido ronco.
—Parece que te gusta la idea —lo imitó Pat. Después posó una mirada
descarada sobre su erección—. Oye, Nick, solo por curiosidad…, ¿tú
siempre estás en ese estado?
Él dejó escapar una carcajada.
—Últimamente sí —admitió—. Y es un problema que espero poder
solucionar del todo en los próximos días.
Pat fingió escandalizarse.
—¿Estás insinuando que es culpa mía?
—Tuya —Avanzó hacia ella—, de tus ojos azules…
Dio un paso más.
—… de tu cuerpo de escándalo…
Se la comió con los ojos.
—… de tu forma descarada de mirarme…
La chica intentaba aguantar aquellas palabras, su mirada lujuriosa y su
cercanía sin abalanzarse sobre él para devorarlo, lo cual empezaba a ser casi
imposible de controlar.
—El gel —le suplicó Pat, tendiendo la mano hacia el bote.
—Cariño, el orden lógico… es al contrario.
—Me importa un comino el orden lógico —intentó quitarle el bote, pero
Nick apartó la mano, provocando que ella casi cayera en sus brazos.
—Fíjate lo que me he encontrado —la atrajo contra él, mirándola con
una sonrisa seductora que Pat ya no pudo soportar.
La chica se puso de puntillas y devoró su boca sin poder disimular su
grado de excitación. Después, se apartó unos centímetros y lo miró a los
ojos.
—Necesito tocarte, Nick —le susurró sobre los labios, al tiempo que le
recorría la espalda con las manos hasta llegar a su trasero—. Necesito que
me dejes recorrer cada centímetro de tu cuerpo con las manos y…
saborearlo después.
Lo vio tragar saliva y mirarla con los ojos llameantes y la respiración
entrecortada. Tras unos segundos, puso el bote de gel en manos de Pat, que
a punto estuvo de desintegrarlo con la mirada.
A partir de aquel momento, se sumieron juntos en la que sería la
experiencia sexual más erótica e increíble de sus vidas. Era probable que
ninguno de los dos pudiera volver a enjabonarse jamás sin arder de la
cabeza a los pies.
Cuando Olivier se marchó, por fin se dejaron caer sobre la arena para
terminar de disfrutar de los últimos rayos de sol que se atisbaban en el
horizonte. Aún había algunas personas paseando por la playa y varios niños
jugando con las olas bajo el idílico ocaso.
Pat, sentada entre las piernas de Nick, con la espalda apoyada contra su
pecho, jugaba de forma distraída con el vello de los brazos masculinos
mientras se dejaba embargar por una sensación de plenitud que impedía que
borrara la sonrisa de los labios. Tras unos minutos en silencio, se preguntó
que estaría pensando él. Pero la tentación de preguntarle se vio eclipsada
por el pánico que le daba la respuesta.
…E hizo bien en no preguntar.
La mente de Nick intentaba encontrar la calma entre todos los
pensamientos y emociones que se empeñaban en hablarle al mismo tiempo.
Por un instante, se había sentido tan bien con Pat entre sus brazos, tan solo
disfrutando del momento, que un pensamiento fugaz le hizo desear que
aquello no terminara nunca. Paradójicamente, eso había desatado una
inquietud en su interior que estaba quebrando toda aquella armonía.
—Creo que esta es la vista más maravillosa que he contemplado nunca
—escuchó susurrar a Pat—. Y el mar tiene ese efecto hipnótico e
increíble…
Nick sonrió con tristeza cuando su mente le trajo un recuerdo agridulce
de su madre. Pat se giró a mirarlo, se acomodó un poco entre sus brazos
para verlo de frente y pareció leerle el pensamiento al instante.
—Le hubiera encantado este sitio —le dijo con ternura.
—Sí, es probable que hubiera sido su elección para el final —admitió
Nick con cierta melancolía—. Y a mí me hubiera vuelto loco su resignación
al escucharla.
Ambos recordaron el momento en el que Alina Baker, cuando comenzó
a acusar el deterioro físico, les había dicho con total tranquilidad:
«Cuando ya no pueda moverme ni hablar, y solo me queden fuerzas para
mantener los ojos abiertos, por favor, sentadme frente al mar».
—Sentadme frente al mar —repitió Pat emocionada—. Jamás se me
olvidará aquel día.
Nick sonrió y le devolvió una mirada empañada por la emoción del
recuerdo.
—Creo que aquel fue el último día que se puso en pie —dijo conmovido.
Hacía casi cuatro años que Alina Baker había fallecido, pero su recuerdo
estaba muy presente aún para ambos. Habían sido tres años muy duros para
Nick, y Pat los había sufrido junto a él. Todavía se le partía el alma al
recordar las lágrimas que él había derramado entre sus brazos en la recta
final de la enfermedad, incapaz de soportar verla así por más tiempo.
—No hubiera podido aguantar todo aquel horror sin ti, Pat —le dijo,
posando una mirada tierna sobre su rostro—. Hubo momentos en los que
solo tu abrazo conseguía reconfortarme. Siempre encontrabas la palabra
justa, que lograba que el dolor fuera un poco más soportable.
La chica le devolvió una mirada emocionada y le robó un beso dulce,
cargado de significado.
—Ella te adoraba, Pat, lo sabes, ¿verdad? Te quería como a una hija —
dijo, acariciándole el rostro con el dorso de la mano—. Claro, que eso
tampoco es raro, porque es muy difícil conocerte y no quererte.
Pat desvió la mirada, muy afectada con el comentario, sin saber cómo
sentirse. No era aquel tipo de amor del que hablaba el que quería de él, y
quizá era el único que podría tener.
—Yo también la quería a ella —le dijo, para evitar que él se diera cuenta
de cómo se sentía—. Y la admiraba mucho. Era una mujer muy fuerte.
—Tuvo que serlo para poder criarme sola —admitió Nick—, pero no
consiguió ser feliz jamás.
No era la primera vez que Pat le oía decir algo así, y siempre le
sorprendía la certeza con la que pronunciaba aquellas palabras.
—Y aquí estoy yo, cometiendo sus mismos errores… —lo escuchó
susurrar casi para sí mismo, sorprendida. Aquello sí era nuevo.
Pat levantó la cabeza de forma automática.
—¿A qué te refieres?
Nick se sintió turbado. A la legua se veía que no había querido decir
aquello en voz alta.
—Olvídalo —le pidió.
Pat arqueó las cejas y lo miró de forma inquisitiva. Tras tantos años de
amistad, Nick no tuvo problema para identificar el gesto. Pat era una
persona que iba de frente y siempre decía lo que pensaba, y sabía que había
pocas cosas que le molestaran tanto como que alguien fuera a decir algo y
se quedara a la mitad.
Nick tardó unos segundos en encontrar las palabras adecuadas para
contarle aquello.
—Mis padres también fueron grandes amigos durante muchos años —le
dijo, dejando escapar un suspiro cansado.
Para Pat aquello sí fue toda una sorpresa. Las pocas veces en las que
Nick le había hablado de su padre, se había referido a él de una forma
totalmente impersonal. Ella apenas si sabía nada sobre él.
—Se conocieron en la facultad y durante diez años fueron inseparables
—continuó diciendo—. Incluso vivieron juntos durante un par de años sin
que ocurriera nada entre ellos.
—¿Y qué pasó? —preguntó con el corazón en la garganta.
—Yo —aceptó con una sonrisa triste.
—¿Qué?
—Una noche se dejaron llevar… y ella se quedó embarazada. —Tuvo
que soltar aire para poder continuar—. Su amistad jamás se recuperó de
aquello.
La chica tragó saliva. Ahora entendía un poco mejor la obsesión de Nick
por no traspasar los límites.
—Ella lo amaba mucho, pero supongo que no era algo mutuo, y él
terminó huyendo cuando las cosas se pusieron tensas —confesó, incómodo.
—Y poco después murió —dijo Pat, conmocionada con la historia.
Nick se limitó a guardar silencio.
—Es muy triste —admitió conmovida—. ¿Por eso nunca me hablaste de
él?
—Él no es importante —dijo con una extraña voz.
—Querrás decir era…
—Sí, eso.
—¿No te acuerdas de él?
—No. Tengo solo una foto, de antes de que yo naciera —contó—. Y…
supongo que nunca pude perdonarlo.
—Entiendo.
—Mi madre jamás se recuperó de su marcha, ¿sabes? —continuó, casi
en susurros —. Tuvo algunas relaciones sin importancia, pero jamás volvió
a enamorarse.
Pat tragó saliva y fue incapaz de mirarlo a los ojos. Se acurrucó contra su
pecho, sintiendo que el miedo y la ansiedad la invadían.
—Pasó media vida mirando su foto cuando creía que nadie la veía —
terminó diciendo, consciente de que Pat llevaba largo rato muy callada—.
Por eso a ella le preocupaba tanto nuestra relación.
Ahora sí se ganó una mirada de la chica, que izó la cabeza, sorprendida.
—No entiendo.
—Supongo que se veía reflejada en nosotros, Pat —admitió—. Y le
preocupaba que nos hiciéramos daño.
Pat tragó saliva y sus ojos se humedecieron sin remedio.
—Una noche, cuando ya apenas podía hablar, me pidió que la escuchara
—contó—. Y, a duras penas, consiguió decirme una frase que no ha dejado
de perseguirme desde entonces.
En silencio, Pat esperó a que se decidiera a compartirla con ella.
—Vosotros sí tenéis la oportunidad de hacer las cosas bien, me dijo.
Pat se incorporó un poco y lo miró a los ojos, sin disimular una
expresión dolida.
—¿Por eso consideras que estás cometiendo sus mismos errores?
—De alguna forma lo estamos haciendo —admitió él.
—No. —Pat se revolvió entre sus brazos, se incorporó sobre las rodillas
y lo miró de frente—. Para mí tú no eres ningún error, Nick, y lamento
mucho que tú me veas de ese modo.
Se puso en pie y echó a andar hacia el hotel antes de deshacerse en
lágrimas, que no estaba dispuesta a dejarle ver.
—Pat, por favor… —lo escuchó llamarla—. Espera.
Pero no le hizo caso. Continuó caminando a paso rápido hacia las
escaleras que la llevarían de vuelta al Resort, sabiendo que él no podría
correr tras ella con todo el material que debía recoger aún.
Cuando Pat llevaba una hora paseando por la habitación igual que lo
haría un tigre enjaulado, se lamentó de nuevo por su carácter impulsivo. Le
habían dolido mucho las insinuaciones de Nick, pero no debió salir
corriendo, sino quedarse para hablarlo con tranquilidad. Entendía que él
pudiera sentirse así tras ver sufrir a su madre durante toda su vida, pero
aquello la mataba y ella tampoco podía evitarlo.
Inquieta, volvió a consultar su reloj. Eran las nueve y media de la noche
y no había ni rastro de Nick. ¿Estaría tan enfadado como para no querer ni
verla? Al fin y al cabo, ella acababa de saltarse a la torera el acuerdo verbal
al que habían llegado aquella misma mañana. Le había prometido que no
habría discusiones ni malos entendidos y no lo había respetado ni un día
completo. Quizá Nick estaba decidiendo si su tiempo juntos terminaba allí.
Cuando estaba a punto de gritar de pura desesperación, la puerta de la
habitación se abrió y Nick posó sobre ella una mirada preocupada.
—Lo siento —le dijo el chico con un tono inseguro, soltando todos los
bártulos junto a la puerta—. Ackerman me ha pillado en recepción y he
tenido que echar unas fotos en el comedor…
El corazón de Pat saltó de júbilo. Al parecer se había preocupado por
nada.
—Te he llamado, pero tienes el móvil sin señal —insistió él, mirándola
con cierta aprensión, aún sin moverse de la puerta.
—No sé dónde lo tengo —le aseguró Pat, nerviosa—. Supongo que me
habré quedado sin batería.
—Ah…, yo… pensé que lo habías apagado para no tener que contestar
mis llamadas.
—Pues no.
—Bien —La miró con una expresión inquieta—, porque lo he pasado
fatal y no podía localizarte…
Pat ya no pudo contenerse. Corrió hasta él y se arrojó en sus brazos, que
la recibió, emocionado, dejando escapar un suspiro de alivio.
—No quería hacerte daño, Pat —susurró sobre sus labios.
—Lo sé.
—Lo último que quiero es lastimarte.
Pat volvió a besarlo y Nick reaccionó con una intensidad que hasta a él
le sorprendió. La última hora había sido muy angustiosa, deseando llegar
hasta ella y sin poder ni siquiera averiguar dónde estaba. Volver a tenerla
entre sus brazos era un regalo que le agradecía a la vida y estaba dispuesto a
demostrarle cuánto.
La cogió en brazos sin dejar de besarla, y recorrió los metros que los
separaban de la cama, depositándola con suavidad sobre las sábanas.
Después, se tumbó junto a ella y le hizo el amor de una manera lenta y
sensual, con una sensación extraña dentro del pecho que a ratos le obligaba
a contener la respiración, mientras lo impulsaba a besarla y acariciarla con
una ternura que hasta aquel momento jamás había experimentado. Cuando
se perdió en su interior, ambos se movieron muy despacio, al mismo
compás, sin dejar de mirarse a los ojos un solo segundo, disfrutando de
aquella conexión espiritual que flotaba en el aire.
Una vez descansaban uno en brazos del otro, guardaron silencio durante
varios minutos, ambos impactados por la intensidad emocional de lo que
acababa de pasar.
Nick fue el primero en romper el silencio.
—Pat… —la chica levantó la cabeza para mirarlo—, no puedo soportar
hacerte daño.
—Olvídalo —le pidió ella, consciente de que sería del todo imposible no
salir destrozada de aquel acuerdo que jamás debió aceptar. Pero en aquel
punto… solo le quedaba seguir disfrutando de él hasta el último minuto que
fuera posible.
—No puedo olvidarlo, estoy preocupado —admitió Nick, casi en un
susurro.
Pat se incorporó en la cama para mirarlo de frente.
—¿Por qué?
—Por lo que he visto en tus ojos en la playa. Sé que te han dolido mis
palabras, y eso me ha matado a mí.
—¿Y no podemos borrarlo todo y no pensar en nada? —sugirió ella,
dejando escapar un suspiro que esperaba que no hubiera sonado a la tristeza
que la asolaba por dentro.
—¿Lo crees posible?
—Lo hemos hecho durante todo el día.
—Quizá tú sí —admitió un tanto pesaroso—, pero a mí me preocupa
demasiado…
Se detuvo, temeroso de decir de nuevo algo que no debía.
—¿El qué? —lo instó Pat continuar.
—Déjalo, tienes razón, vamos a…
—Te preocupa mañana, ¿es eso? —insistió Pat—. Te preocupa nuestro
acuerdo.
Nick suspiró y asintió con un gesto.
—Pues a mí no —mintió la chica de forma tan descarada que hasta a ella
misma le sorprendió poder hacerlo; pero no quería que Nick no disfrutara al
máximo de lo que estaban viviendo por miedo a que ella sufriera. Y, por
supuesto, lo último que deseaba era que, por aquel mismo motivo, se viera
presionado a continuar con una relación que no quería. No iba a permitirlo,
aunque fuera ella quien muriera por dentro.
—¿Lo dices en serio? —se sorprendió Nick—. ¿No te preocupa la vuelta
a la normalidad?
—Esta noche no —le dijo, encogiéndose de hombros para restarle
importancia, pero tuvo que tumbarse de nuevo para no tener que mirarlo—.
Así que si me queda alguna vecina de la que todavía no me hayas dado…
Nick la interrumpió con un beso que le robó todo pensamiento lógico
durante bastante rato.
Capítulo 21
Nick se paseó por entre las mesas del improvisado restaurante, echando
fotos a todo lo que le parecía relevante. Empezaba a sentirse muy aburrido
de estar allí solo, a pesar de llevar escasos quince minutos, y apenas si
podía dejar de mirar hacia la puerta, esperando, ansioso, el momento en el
que Pat decidiera reunirse con él. Solo esperaba que ella no estuviera muy
enfadada porque se le hubiera olvidado decirle que tenían que trabajar
aquella noche. Ackerman les había pedido que se reunieran con él en un
reducido coctel que tenían preparado en la zona de la piscina, y a él se le
había olvidado por completo, obnubilado como estaba entre sus piernas.
Eran casi las once de la noche cuando se había acordado, y Pat casi lo había
matado al decírselo.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Roy Ackerman, acercándose hasta él
en la mesa del buffet, con su mujer del brazo.
—Bien, creo que tengo suficiente —le dijo, y se volvió hacia la mujer,
que se lo comía con los ojos con su habitual descaro—. Cinthia, estás
preciosa.
Ella asintió agradeciendo el cumplido.
—¿Y Pat? —se interesó Roy—. Va a privarnos de su belleza esta noche.
—Espero que no. —Sonrió Nick—. La avisé tarde de esta fiesta, me
temo.
—¿Y se atreve a dejarte bajar solo? —intervino Cinthia con una sonrisa
malintencionada y una mirada lujuriosa difícil de obviar—. Las mujeres te
comen con los ojos desde todos los ángulos. Estás espectacular con esa
camisa tan ajustada.
Nick se sintió incómodo. Carraspeó y prefirió no mirar a Roy Ackerman
de frente; aunque por la carcajada que había dejado escapar al oír el
comentario, no parecía estar molesto.
—Pat sabe que el resto de mujeres están de más para mí. Ni quiero ni
necesito mirar a ninguna otra —le dijo a Cinthia. Y se quedó un tanto
perplejo al comprender que realmente lo decía en serio.
—¡Y no me extraña nada! —exclamó Roy mirando hacia la puerta de
entrada a la piscina—. ¡Porque eres un tipo con mucha suerte!
Nick miró en aquella dirección y posó sus ojos sobre Pat, que era, sin
duda, la mujer más hermosa que había visto en toda su vida. Era como una
aparición, etérea y maravillosa, parada en los escalones de acceso a la
piscina como si estuviera posando de forma distraída sobre una pasarela,
mientras paseaba la mirada por la zona con genuina curiosidad. No había un
solo hombre en aquel recinto que no la estuviera contemplando con
admiración, pero ella fingía no darse cuenta mientras seguía buscando entre
la gente.
«Me busca a mí», cayó Nick en la cuenta, sintiéndose de repente el
hombre más afortunado del planeta.
Diez minutos más tarde, Pat echaba toda su ropa dentro de la maleta
intentando no derramar una sola lágrima. Sin duda, le quedaban muchas por
echar una vez estuviera a salvo entre las paredes de su habitación; pero en
aquel momento, sabiendo que él no tardaría en entrar por la puerta, no se
podía permitir ese lujo.
Cuando Nick entró en la habitación, Pat apenas le prestó atención. Sabía
que mirarlo sería un error garrafal en aquel momento.
—He dejado todo el material en el coche —informó el chico, caminando
hasta su propia bolsa de deporte.
—Bien, en unos minutos estaré lista.
Nick caminó también en silencio de aquí para allá, recogiendo todas sus
cosas. Cuando terminó, se sentó en el filo de la cama, en silencio,
siguiéndola con la mirada a todas partes.
—Deja de hacerlo —le dijo Pat de improvisto.
—¿Qué?
—Deja de mirarme.
—No puedo evitarlo.
—Pues entonces espérame en el coche —le pidió—. Bajaré en diez
minutos.
—Prefiero estar aquí.
—Nick…
—¡Ya vale! —Terminó poniéndose en pie dando muestras de su
inquietud—. ¡No quiero que nos despidamos con esta frialdad! No lo
soporto.
Pat tuvo que tragar saliva y hacer acopio de todas sus fuerzas para no
venirse abajo. En aquel momento no podía pensar en los sentimientos de
Nick, bastante tenía con preservar los suyos para que el dolor fuera
soportable.
—Tardaremos unos días en normalizar la situación, Nick —le dijo,
concentrada ahora en cerrar su maleta.
—Puedes parar y mirarme un momento —le rogó él.
—Si salimos ya, estaremos en Santa Carla a media tarde.
—Pat…
—Podemos parar a comer a mitad de camino, si te apetece.
—Joder.
—O llevarnos algo preparado desde aquí.
Nick terminó recortando la distancia que los separaba para plantarse ante
ella.
—¡Pat ya basta! —La tomó de un brazo para detenerla, pero ella se
liberó con un gesto seco.
—Aparta, por favor.
—Mírame.
—Nick no lo hagas.
—Dame un último abrazo —le suplicó.
—Venga, Nick, sabes que como amiga siempre has podido abrazarme —
le recordó, evitando su mirada—. Y podrás seguir haciéndolo siempre que
quieras.
—No de momento, no en una buena temporada —dijo convencido—.
Por favor, Pat, es lo último que voy a pedirte.
«Sabes que debes decirle que no. Di que no», se repitió con vehemencia.
—Solo un abrazo —se escuchó decir a sí misma, casi con asombro.
Dejó que Nick la atrajera a sus brazos al tiempo que lo rodeaba con los
suyos. Se quedaron así, en silencio, durante unos eternos segundos. Cuando
las manos de él comenzaron a moverse por su espalda, Pat tardó demasiado
en reaccionar.
—Eres… un tramposo —protestó intentando salir de sus brazos, pero sin
hacer un esfuerzo real para lograrlo.
—Regálame una última vez, ojos azules, por favor —le suplicó,
besándole el cuello con dulzura.
—Menuda cara tienes —se quejó, al tiempo que inclinaba la cabeza para
darle acceso a su piel, incapaz de resistirse.
—Por favor, no te enfades, terminemos esto de la mejor manera —La
atrajo contra él y Pat se resignó a lo inevitable en cuanto que sintió su
erección contra la pelvis.
Un segundo después, Nick le robó un beso, junto con su cordura y
capacidad de pensar. El resto transcurrió como en una ensoñación. Fue
consciente del momento en el que él la tumbó sobre la cama, pero no
hubiera podido decir cuándo la había desnudado. Y en el mismo instante en
que se hundió en su interior, el resto del mundo volvió a desvanecerse y
solo quedaron ellos dos, flotando en mitad del universo…
Una eternidad después, se vieron obligados a enfrentarse a la abrupta
realidad de nuevo. Pat suspiró y salió de la cama, sin decir una sola palabra.
Recogió su ropa del suelo y caminó hasta el baño para vestirse.
—Pat… —escuchó a Nick llamarla antes de que pudiera cerrar la puerta.
Se volvió a mirarlo—. Me iré adelantando para llevar las cosas al coche.
La chica se limitó a asentir y desapareció dentro del baño.
Se entretuvo todo lo que pudo para dar tiempo a Nick a que se vistiera y
saliera de la habitación. Prefería no volver a topárselo cerca de aquella
cama, o estaba segura de que caería de nuevo en sus brazos en cuanto que le
pusiera los ojos encima.
Cuando se aventuró a volver a la habitación, estaba vacía. Se acercó a la
cama y tomó la prenda de encaje negro que había sobre el colchón. Aquella
tela había pasado dos días alrededor de la muñeca de Nick.
«Ahora sí se acabó», se lamentó Pat mirando sus braguitas con
aprensión.
Capítulo 23
Tres días. Aquel era el tiempo que Pat llevaba sin ver a Nick, y ya
empezaba a volverse loca de remate.
Cuando se habían despedido a la puerta de su casa tras regresar de
Monterrey, Pat le había pedido un tiempo para asimilar lo sucedido y poder
calzarse el traje de amiga. Reclamó, o más bien le rogó, que tampoco la
llamara ni le escribiera, hasta que estuviera segura de poder comportarse
con normalidad con él. Sabía que aquello resultaba del todo absurdo porque
no podría mirarlo sin desearlo nunca más, pero supuso que en unos días el
dolor se haría más soportable y al menos podría disimularlo lo suficiente.
Se pasaba el día entero luchando para apartar de su mente los recuerdos
que se empeñaban en torturarla una y otra vez, pero de vez en cuando se
dejaba arrastrar por la nostalgia y terminaba echa un manojo de nervios,
mientras su cuerpo ardía de la cabeza a los pies. Aunque era todavía peor
cuando sus pensamientos la llevaban hasta aquel precioso atardecer en la
playa, en el que se había sentido la mujer más feliz del planeta solo estando
recostada entre sus brazos. Cuando aquello ocurría, demasiado a menudo
por desgracia, la embargaba una tristeza que era incapaz de combatir.
«Debo encontrar algo que hacer», se dijo, dejando escapar un suspiro de
frustración cuando su mente se preguntó por enésima vez qué estaría
haciendo él en aquel momento.
«Vegetar en su habitación volviéndose loco no, eso seguro», suspiró,
incorporándose un poco en la cama.
Quizá era buena idea adelantar un poco sus planes laborales para poder
centrarse en otra cosa que no fuera él. Sabía que el proyecto que Rob y ella
tenían en mente era ambicioso y sería duro al principio, y, quizá, aquello era
justo lo que necesitaba. Además, sería un nueva ilusión sobre la que poner
todos sus sentidos, y también necesitaba algo así con desesperación.
El teléfono sonó justo cuando estaba a punto de llamar a Rob. Era el
sonido de una videollamada entrante. Su corazón se puso a latir, frenético,
solo ante el pensamiento de que pudiera ser Nick, pero la desilusión lo
eclipsó todo cuando comprobó que se trataba de su prima.
—No hace falta que saltes de alegría —bromeó Jennifer—. Ya sé que en
el fondo te alegras de verme.
—Lo siento, es que creía… Bueno, es igual.
—Creías que podía ser Nick.
—Absurdo, cuando yo misma le pedí que no me llamara, pero así me
siento siempre últimamente, del todo absurda.
—Tienes que dejar de auto compadecerte, Pat —le pidió su prima, ya
con un gesto preocupado—. Ha llegado el momento de enfrentarte a ello.
—Te refieres a…
—A que tienes que verlo.
—Me muero por hacerlo, Jen —admitió—, pero aún no sé si puedo
mirarlo sin desfallecer.
—Pues no lo hagas, míralo como te salga de ahí mismito —terminó
diciendo un tanto irritada.
—Jen, ya sabes que…
—Que él haya decidido que debéis olvidarlo, no quiere decir que tengas
que acatar sus órdenes.
—Me comprometí a hacerlo antes de que pasara nada entre nosotros.
—Pues lo siento, Pat, pero creo que te equivocaste —le dijo con pleno
convencimiento—. Por todo lo que me contaste, te aseguro que hubierais
terminado en la cama con o sin acuerdo.
—Supongo que eso ya no importa —admitió dolida. Sabía que su prima
tenía razón—. A lo hecho, pecho. Ahora no puedo echarme atrás. Perderé
del todo a Nick, junto con mi dignidad, si lo hago.
Suspiró sin encontrar una forma de sentirse mejor.
—Además, preferiría que nadie se enterara de lo que ha pasado —contó.
Aquello también había estado preocupándola un poco—. No sé cómo lo
encajarían Rob y James. Y no quiero que esto genere roces y malos rollos.
—Si esto fuera una novela de la Lindsey, exigirían que Nick restituyera
tu honor a través del matrimonio. —Rio Jen. A Pat aquello sí le arrancó una
sonrisa tímida—. Casi puedo imaginarlos empujándolo hasta el altar
mientras lo amenazan con un bate de béisbol.
—Su estilo es más el bisturí —bromeó Pat imaginando la escena.
—Sí, lo sé, a veces odio a tus amigos, pero me encantaría tener a alguien
que cuidara así de mí —admitió Jennifer, aunque se retractó al instante—.
Bueno…, alguien como Rob, al de la lagartija prefiero no mentarlo.
Pat dejó escapar una carcajada. Su prima había pasado un único verano
allí en Santa Carla cuando tenía siete años. James le había dado la
bienvenida metiéndole una lagartija por dentro de la camiseta, a lo que la
niña respondió con un doloroso puntapié en la espinilla; ambos se habían
declarado la guerra durante el resto del verano. Y aun tantos años después,
Jennifer apenas toleraba oír hablar de él.
—Agradezco tu intento por hacerme reír —suspiró Pat.
—Tienes que cambiar el chip —le pidió Jennifer, al observar su rostro
apagado y triste de nuevo.
—¿Y cómo lo hago? ¡Estoy perdida! —admitió.
—Esconderte nunca es la solución —opinó—. Tarde o temprano tendrás
que verlo, y entonces todo el dolor volverá de nuevo y no habrás avanzado
nada, Pat.
—Lo sé. —Se tapó la cara con una mano y dejó escapar un suspiro,
desesperado—. Ay, Jen, ¿qué voy a hacer?
—Dale lo que quiere —dijo su prima de improvisto.
—¿Qué?
—Sé la amiga que tanto reclama.
Pat se quedó perpleja. No podía creer que Jennifer le diera aquel consejo
como si fuera la panacea. Ella mejor que nadie sabía lo que sentía por Nick,
pero la miraba tan seria…
—Sé que intentas ayudarme, pero…
—Dale lo que quiere —insistió—, o mejor dicho, lo que cree que quiere.
Pat guardó silencio. Aquel cree era un matiz muy importante, pero no
terminaba de entender.
—Jen, los psicólogos dais unos consejos muy raros —protestó.
—Los psicólogos no damos este tipo de consejos, Pat, es la prima y la
amiga quien te habla.
—¿Y crees que podría hablarme más claro? —titubeó.
—La cuestión es si vas a conformarte con lo que Nick ha decidido para
los dos o si quieres luchar por lo que tú quieres —le dijo con una sonrisa
comprensiva—. Eso es lo primero que debes decidir.
Pat se planteó aquello con cierto nerviosismo.
—¿Y si en la lucha pierdo también a mi mejor amigo?
—Es una posibilidad, sí —admitió Jen.
—¿Me explicas un poco mejor eso de darle lo que quiere? —titubeó.
—Devuélvele a su amiga del alma —le propuso—. Sé la amiga
divertida, inteligente, elocuente, la de las risas, el apoyo y los grandes
consejos.
—¿Quieres que vuelva a ser la chica de las camisetas enormes? —Pat
estaba contrariada.
—No, Pat, precisamente la cuestión es que tú ya no eres esa chica que le
resultaba tan fácil ignorar. Ahora, le guste o no, tendrá que lidiar también
con la amiga sexi, a la que no podrá volver a tocar.
Pat arqueó las cejas con repentino interés.
—Creo que empiezo a entenderte…
—¿He dicho solo sexi? —se reiteró Jennifer con una expresión maliciosa
—. Quería decir tremendamente sexi, sensual, excitante… y muy solicitada,
no te olvides de eso. Sé la mujer que todos miran, con la que todos quieren
hablar y a la que todos quieren llevarse a la cama. ¡Sé tú misma, Pat! Te
guste o no, ahora eres esa mujer.
—Suena bien —admitió la chica—. El problema es que él también es el
tipo sexi, que todas miran y quieren llevarse a la cama…
—Sí, son dos caras de la misma moneda —reconoció Jen.
—Entonces —titubeó nerviosa—, ¿qué tengo que hacer?
—En realidad, nada.
—Ah…
—Solo demuéstrale que has pasado página.
—¿Sabes lo absurdo que suena todo esto, Jen? —Su prima se encogió de
hombros—. Aunque debo reconocer que el hecho de plantarme ante él con
una sonrisa ya no me resulta tan cuesta arriba.
—Porque tienes un objetivo. —Sonrió su prima—. Saber que estás
luchando por tenerlo en lugar de dejándolo ir, ayuda.
Pat se imaginó a sí misma ayudando a Nick con las fotos en el cuarto de
revelado mientras lo rozaba accidentalmente, como había ocurrido tantas
otras veces…, solo que quizá aquella vez no fuera tan accidental. Todas las
situaciones con las que podría atormentarlo le arrancaron una sonrisa
lujuriosa, además de un inevitable gemido de anticipación.
—Acabas de verle el potencial, ¡eh! —Rio Jen—. Creo que empiezo a
compadecerlo…, aunque se lo merezca.
—¿Y quién se compadece de mí? —protestó Pat, sin disimular que su
humor había mejorado visiblemente—. Quizá debería meter un extintor en
el bolso, voy a necesitarlo.
—¿Tan intenso es todo? —Ahora fue Jennifer quien titubeó—. Intento
imaginarlo, pero te confieso que me cuesta.
—Sí, Jen, lo es —dijo con una sonrisa enamorada—. A mí también me
sorprende, pero es… como un tsunami que te arrastra hacia el abismo, pero
por él que estás dispuesta a arriesgarte a morir una y otra vez.
—Guau, ¡qué poético! —Rio Jen.
—Solo me entenderás el día que te pase a ti, aunque espero que solo
vivas la parte buena.
—Solo podemos valorar lo bueno cuando lo comparamos con algo peor
—le recordó Jennifer, divertida.
—¡Dios, qué sabionda eres! ¡Qué coraje me das a veces!
Ambas dejaron escapar una sonora carcajada.
—Me encanta oírte reír al fin —le dijo Jennifer, ya con una sincera
mirada de admiración—. Tú Nick tiene mucha suerte, ¿sabes? No te olvides
de eso.
—¡Que me vas a hacer llorar de nuevo! —gimoteó Pat.
Capítulo 24
Nick bebió de su vaso y suspiró con cierto hastío, mientras fingía
escuchar la conversación que sus amigos mantenían junto a él. Su mente se
ausentaba una y otra vez del pub para pensar en la única persona que faltaba
allí, y que se moría por ver más de lo recomendable; pero no podía evitarlo.
La echaba de menos de un modo insoportable. Sin ella, todos los días
parecían iguales y terriblemente aburridos; como si la vida hubiera perdido
su color y estuviera viviendo en blanco y negro.
Hacía ya cinco días que no había visto ni tenido noticias de Pat. Ella le
había pedido algo de espacio para superar lo ocurrido y volver a la
normalidad, y él se había comprometido a respetar sus deseos; pero
empezaba a perder la paciencia y ya había levantado el teléfono para
llamarla más veces de las que podía recordar. Y pasarse el día entero
topándose con fotos de ella no lo estaba ayudando nada. Aún había sido
incapaz de visionar las fotos de Monterrey, pero trabajar sobre las de la
reserva, con aquella camada de cachorros, no pudo seguir posponiéndolo, y
se había pasado las horas intentando esquivar aquella sonrisa preciosa que
le cogía un nudo en el estómago y hacía estragos en el resto de su cuerpo.
Había ratos que incluso se enfurecía consigo mismo, cuando entendía que
por culpa de su debilidad, ahora no podía llamar a su mejor amiga ni
siquiera para que lo ayudara con las fotos, algo de lo que siempre habían
podido disfrutar juntos. Solo esperaba y confiaba en que cuándo Pat
estuviera lista y retornara a su vida, pudieran retomar su amistad con la
mayor naturalidad. Él estaba dispuesto a intentarlo con todas sus fuerzas y
necesitaba saber que ella también lo haría.
—Nada, pues igual le ha dado un aire o algo —escuchó decir a Rob en la
distancia.
James pasó la mano por delante de sus ojos y Nick parpadeó y lo miró
con un gesto apático.
—¿Qué pasa?
—No sé, dínoslo tú. —Rio James—. Pero ten cuidado cuando te caigas
de la nube.
—¿Qué nube? —preguntó Nick extrañado.
Escuchó a sus amigos reír a carcajadas y los miró con el ceño fruncido.
Parecía que había estado ausente durante un buen rato.
—Joder, dicen que es malísimo despertar a un sonámbulo —bromeó
James—. Quizá no hemos debido.
—Qué gracioso. —Sonrió Nick, esperando que no se empeñaran en
preguntarle a qué se debía tanta cavilación—. Igual me he perdido lo único
interesante que vais a decir en toda la tarde, qué lástima.
—¿Ves? Ya te hemos dejado secuelas… —Rio Rob y miró a James—.
Dale una colleja a ver si se arregla.
—Solo Pat está autorizada a intentarlo —bromeó Nick, tal y como lo
hubiera hecho hacía tan solo unos días.
—Por cierto, ¿no se suponía que iba a venir esta tarde?
—¿Quién? —preguntó Nick, de repente muy interesado en la
conversación.
—Pat —aclaró James—. Al menos eso me ha dicho esta mañana.
Nick respiró hondo e intentó hablar con la mayor naturalidad.
—¿La has visto esta mañana?
—Sí, ha pasado por el despacho para concretar lo del coche —contó
James.
Nick tuvo que morderse la lengua. A sus amigos les resultaría muy raro
que él no supiera de qué demonios estaban hablando. Así que no debía
preguntar. Por fortuna, James le aclaró el misterio.
—Yo creo que es ideal para ella. Por eso quería que lo probarais en el
viaje hasta Monterrey.
—Sí, va bien —opinó Nick uniendo las piezas, entendiendo que Pat
había decidido quedarse con el coche que Sam les había prestado.
—Por cierto, está morenita —dijo Rob, interviniendo en la conversación
—. ¡Qué trabajo más guapo el vuestro!
Nick sonrió, recordando el color tostado de la piel de Pat el último día de
playa… Aquel leve moreno le aportaba una luz y una belleza que… ¡vale,
que te pierdes!
—¿Y cuándo la has visto tú? —Cayó en la cuenta mirando a Rob.
—Comimos juntos ayer, ¿no te lo ha dicho?
Nick tuvo que respirar hondo para no dejar escapar un improperio. Al
parecer, al único que Pat se había negado a ver en aquellos días era a él.
—No la he visto. —Tuvo que admitir. Recibió una mirada extrañada por
parte de sus amigos.
—Pues comimos en la pizzería que hay al lado de mi curro —contó Rob
—. Vamos a empezar a darle un poco de vida al proyecto de la clínica.
Nick asintió intentando sonreír, pero no dijo nada. Al parecer, Pat ya no
pensaba compartir con él sus inquietudes. Tomaba decisiones importantes
sin hacerle partícipe ni como oyente… No pudo disimular un gesto de
tristeza.
—¿Te pasa algo? —se interesó James
—… ¿eh? No, ¿por qué?
—Vuelves a estar ausente.
—Estoy bien.
Rob y James se miraron entre sí con un gesto interrogante. El día
anterior habían estado comentando entre ellos que Nick parecía estar cada
vez más raro. En lo últimos días apenas si había abierto la boca para
contarles nada, ni siquiera cuando le hicieron un tercer grado sobre el
Resort de Monterrey. Llegó incluso a molestarse con ellos ante tanta
pregunta.
Dannie entró en el Oasis y saludó a todos con su habitual buen humor.
Por una vez, Nick agradeció su oportuna presencia.
—¿Y la chica Maiden? —le preguntó a Nick, tras un rato de charla—.
¿Hoy tampoco viene? No se deja ver el pelo.
Nick se limitó a encogerse de hombros, molesto por el interés de Dannie
en Pat. Aunque sí le gustó el hecho de que tampoco pareciera haberla visto.
Aquello resultaba un alivio.
—A mí me ha dicho que sí esta mañana. —Volvió a indicar James—.
¡Eh, mira, si antes hablamos…!
Nick se puso tenso. Estaba de espaldas a la puerta, pero no se giró a
mirarla.
—Perdona, yo a ti te conozco… —bromeó Dannie tras unos segundos—.
¿Tú no eres la modelo esa de los deportes náuticos?
Aquel comentario enfureció a Nick, que se preguntó cuándo había
hablado Pat con Dannie para contarle aquello. No se habrían visto, pero al
parecer no era un impedimento para que ella hubiera ido comentando cosas
de Monterrey por ahí casi con un extraño. Apretó los dientes y prefirió no
volverse aún. Sabía que no podría reprimir una mirada condenatoria. La
carcajada de Pat ante la broma inundó sus sentidos y la voz cantarina y
divertida lo sacudió de la cabeza a los pies.
—¿Cómo te has enterado? —le preguntó Pat a Dannie, llegando hasta
ellos. Se detuvo junto a Nick y lo miró con una sonrisa de lo más natural—.
Nick, ¿me has pisado la primicia?
Por primera vez, Nick puso los ojos sobre ella. Al parecer se había
equivocado al pensar que había hablado con Dannie… y… ella no…
«¡Joder que bonita está!», interrumpió su propio hilo de pensamiento sin
remedio. Su cuerpo reaccionó a ella de la misma desproporcionada manera
en que lo haría si la tuviera desnuda frente a sí… Tuvo que hacer un
esfuerzo titánico para que nadie, y mucho menos ella, se diera cuenta.
—No he sido yo —le aseguró, tratando de hablar en el mismo tono
normal que ella usaba, e intentando no perderse en aquellos luceros azules.
—¡No busquéis más al culpable! —levantó Rob la mano—. Mi amiga va
a salir en un catálogo de viajes de la jet set. Podría salirme a la puerta a
gritarlo a los cuatro vientos, ¡estoy muy orgulloso de ella!
Nick se preguntó qué más le habría contado Pat a Rob y James de sus
días en Monterrey. Aunque por la naturalidad con la que sus amigos
hablaban con él, suponía que nada… importarte.
—¡Espero estar a la altura! —Rio Pat, y volvió a preguntarle a Nick—:
¿Cómo están las fotos? Dime que estoy favorecida al menos.
—Todavía no las he visto.
Pat frunció el ceño.
—¿Cómo? —preguntó un tanto asombrada—. ¿No estarás evitando
decirme que soy un desastre? ¿Y las tuyas? A ver si se van a reír de
nosotros y voy a tener que liarme a mamporros con todos estos —le dijo,
fingiendo susurrar solo para él.
—¿Tú también sales? —Sonrió Rob—. ¿Con lo que odias ponerte
delante de la cámara?
—No había nadie más —admitió Nick—. Y el monitor no es que fuera
un dechado de virtudes…
—No, como para vender paquetes de vacaciones no era —Rio Pat,
compartiendo una mirada cómplice con Nick—, pero era muy simpático,
eso sí.
—¡Ostras, ¿cuándo podemos ver esas fotos?! —preguntó James,
impaciente.
—Pues déjame pensar… —dijo Nick—. ¿Nunca?
Se montó una algarabía de protestas y comentario tan absurdos, que
tanto Nick como Pat terminaron riendo a carcajadas.
—¿Para qué les has dicho nada? —terminó protestando Nick, divertido,
casi junto a su oído—. Ahora no van a parar hasta ver las fotos.
—Pues a mí también me gustaría verlas —le dijo Pat, con el corazón en
la garganta debido a la cercanía—. ¿Cuándo puedo?
Nick tragó saliva. De momento, invitar a Pat a su casa no era buena idea.
Apenas si podía controlar sus manos en público…
—Te las meteré en un pendrive —le dijo con toda la naturalidad de que
fue capaz.
¿Un pendrive? Pat tuvo que tragarse su decepción con una sonrisa en los
labios. Se limitó a asentir y centrarse en el resto del grupo.
Boss colaboró cuando llegó hasta ellos con una coca cola para Pat y dijo
sin preámbulos:
—¡Las mujeres están todas locas! —Se le veía enfadado y confuso.
—Pues como no nos digas algo nuevo…
Se le escapó a Nick, sin pretenderlo. Pat le dio un codazo por el
comentario, arrancando un montón de carcajadas.
—Que no me refiero a ti, Pat —se excusó con una sonrisa divertida.
—Ah, ¿no? ¿Y yo que soy entonces, un tranvía?
—Tú eres… —se atascó. La miró a los ojos, que lo estudiaban con
interés y se quedó sin palabras—. ¿Podéis echarme una mano?
Todos reían divertidos con la escena.
—Al que le ayude a salir del jardín, me lo meriendo.
—¿Y si salgo solo? —le preguntó, mirándola con intensidad.
«Sí, a ti de verdad te merendaría entero ahora mismo, sin pensarlo», se
dijo Pat, leyendo en los ojos de Nick aquella misma connotación. ¿Era él
consciente del mensaje que le transmitía?
—¿Podemos dejar al pobre Boss que se explique? —terminó diciendo,
llamándose cobarde a sí misma—. Seguro que en realidad ha querido decir
todas las mujeres, excepto Pat, están locas, ¿a que sí?
Aquello logró que Boss sonriera a medias y su enfado pareció disiparse
un poco.
—¡Es que tenéis una capacidad increíble para darle la vuelta a la tortilla
en un segundo! —insistió el camarero, aún malhumorado—. ¡Sin que te
enteres, sin sartén y sin tortilla!
Aquello provocó la carcajada general.
—Creo que ese es el mejor chiste que nos has contado nunca. —Rio
James.
Si había algo que caracterizaba a Boss era que contaba los peores chistes
del mundo. No tenía competencia.
—Pero tienes toda la razón —insistió James—. Debe de ser hormonal.
—¿Cómo? —gritó Pat con voz ahogada, haciéndolos reír a todos de
nuevo—. ¿Y tú cómo puedes saberlo, James? —lo miró—. Si jamás has
pasado más de media hora fuera de la cama con ninguna. La cantidad no
cuenta…
—Ostras, Pat viene guerrera —bromeó Rob.
—Tú también tienes por donde callar. —Apuntó a Rob con un dedo.
Después se giró hacia Dannie—. Lo tuyo también es muy fuerte, sin
comentarios. Y tú… —miró a Nick a los ojos y se quedó obnubilada.
—¿Yo qué? —la instó con un gesto divertido.
—Tú igual te salvas un poco… —aceptó. Rio al escuchar el abucheo
general—. A ver, chicos, que es casi como mi jefe, y tengo un coche que
pagar.
Miró a Nick, que la observaba con una sonrisa maliciosa. Intentó desviar
la atención de nuevo hacia Boss:
—¿Y dónde está la mujer que te está volviendo loco, Boss? —le
preguntó de repente—. Porque a lo mejor le gustaría defenderse.
—No, si se defiende bastante bien…
—Es que es posible que ella ni siquiera sea aficionada a las tortillas… —
insistió Pat.
—Eso será ahora.
—La gente cambia.
—No, ella ya estaba loca cuando la conocí —apostilló Boss.
—En la salud y la enfermedad, ¿no? —insistió Pat, encogiéndose de
hombros—. Eso incluye la locura.
—¿Estáis hablando en clave? —intervino James, que hacía rato que no
se enteraba de nada.
Pat guardó silencio. No creía ser ella la más indicada para aclarar de
quién estaban hablando. Boss parecía sorprendido, pero terminó sonriendo a
medias para añadir:
—Chris es mi futura exesposa —admitió.
—¿La camarera? —preguntó Rob alucinado—. ¿Estás casado con ella?
—Por poco tiempo.
—Pero lo estás —apostilló Pat.
—Sí, lo estoy, pero dejaré de estarlo en cuanto averigüe cómo impedir
que se quede con mi bar.
Sin añadir nada más, Boss se alejó de allí hacia el otro extremo de la
barra. Lo chicos se quedaron un tanto callados.
—Oye, Nick… —casi susurró James—. ¿Tú no te enrollaste una vez con
la tal Chris?
Nick suspiró.
—Espera, ya contesto yo —interrumpió Pat. Miró a James y le dijo con
sorna—: No creo que a lo que hicieron se le pueda llamar enrollarse.
—No puedes contar las confidencias que te hago dentro de una bañera,
Pat —protestó Nick de inmediato.
Ella se volvió a mirarlo.
—En realidad, fue la propia Chris quien me lo contó mucho antes de eso.
—Porque te pusiste muy pesada —insistió Nick—. Y me prometiste no
hablar de ello más.
—Pero ahora ha salido el tema solo —dijo Pat con fingida inocencia.
—Ah, entonces vale —ironizó Nick. Se giró a sus amigos y preguntó—:
¿Qué trapos sucios queréis saber?
James miró a Rob, quien le devolvió una mirada perpleja.
—No os cortéis. Si ha salido el tema… —insistió—. Adelante,
preguntad.
—¿Qué demonios hacíais metidos juntos dentro de una bañera? —
interrogó James de improvisto con un gesto de extrañeza.
Aquella pregunta pilló a la pareja totalmente desprevenida. La respuesta
sería sencilla si no hubiera ocurrido nada más entre ellos tras salir del agua
espumosa, pero no era el caso.
—Bueno…, una bañera no, un jacuzzi de esos del balneario —se le
ocurrió decir a Pat de repente.
—Pues eso, una bañera gigante —apostilló Nick con total tranquilidad.
Aquello pareció convencer a todos, que no siguieron indagando. Cuando
cambiaron de conversación, Nick y Pat intercambiaron una significativa
mirada. Sin remedio, Nick sonrió divertido y contagió a Pat al instante.
—Ha estado cerca —susurró Nick entre dientes solo para ella.
—Eres un poco bocazas —se burló Pat.
—¿Por qué? Los dos sabemos que no pasó nada dentro de esa bañera —
dijo, encogiéndose de hombros para restarle importancia.
—Cuando estaba llena te refieres, ¿no? —susurró Pat en un tono un poco
más confidencial y con cierto toque malicioso.
El siguiente intercambio de miradas fue como un choque eléctrico.
Ambos recordando, sin duda, el momento en que se habían metido dentro
de aquella bañera durante largo rato, la mañana que hicieron el amor dentro
de la ducha. No había quedado un lugar en el enorme baño por recorrer…
—Habíamos quedado en olvidarnos del tema, ¿recuerdas? —le dijo
Nick, más como otra forma de tonteo que como un reclamo. Y así lo
entendió Pat.
—¿Bañera? ¿Qué bañera? —le dijo con un gesto inocente.
Se excusó para ir al baño y Nick no pudo apartar la mirada de ella hasta
que desapareció de su vista. Estaba preciosa aquella tarde.
«No puedes bromear sobre el tema, Nick», se regañó. Sabía que jamás
podrían retomar la normalidad con el fantasma de aquellos tres días
revoloteando todo el tiempo por encima de sus cabezas.
Una vez más, Nick se perdió en sus pensamientos durante demasiado
tiempo. Cuando regresó al Oasis, no era capaz de entender de qué narices
estaban hablando.
—He pillado un gris bastante oscuro —estaba diciendo Dannie ahora—.
Espero que no parezca una cripta.
—Nick las tiene en un gris pizarra —le indicó James, y miró a su amigo
—. ¿Verdad? Queda chulo.
Nick le devolvió una mirada confusa.
—Las paredes de tu salón —le aclaró Rob—. ¡Joder, Nick, ¿dónde
estabas otra vez?!
—¿Vas a pintar? —le preguntó a Dannie con una sonrisa, para no tener
que contestar a la pregunta.
Los tres rieron.
—¡Lo que viene siendo en Babia! —Rio Rob divertido—. Vamos, que
no has escuchado ni un retazo de conversación…
Por los comentarios, Nick supuso que Dannie les estaba comentando que
iba a pintar su salón.
—Sí, Nick, mañana tengo pensado pintar. —Se apiadó Dannie con una
sonrisa curiosa, preguntándose en qué estaría pensado tan distraído, aunque
sospechaba que no era qué, sino quién—. ¿Alguien se apunta? Cuarenta
metros de salón, con todos sus rodapiés. ¡Va a ser un fiestón!
—Uf, mañana tenía yo que cortarme el pelo… —bromeó James.
—¡Coño, como yo! Qué casualidad. —Rio Rob.
Todos miraron hacia Nick, que se encogió de hombros y dijo con total
tranquilidad:
—A mí es que no me apetece…, en realidad no me caes tan bien.
Todos rieron divertidos.
—Tendría que ser ya por la tarde —terminó Rob diciendo al fin,
poniéndose serio—. Mañana viernes curro hasta las cinco.
—Lo mismo digo —le apoyó James—. Como muy pronto a las seis.
—¿Lo decís en serio? —Dannie estaba perplejo.
—Déjalo para el sábado y vamos más temprano.
—No…, si lo que me alucina es que de verdad estéis dispuestos a ir a
ayudarme. —De veras estaba sorprendido.
—A ver, tampoco te emociones, que solo vamos por la cena que nos
prometiste… —Sonrió James, dándole una palmadita en la espalda.
Dannie rio intentando disimular su repentina turbación. Realmente
estaba emocionado. Desde el primer día, se había sentido a gusto e
integrado en aquel grupo, pero hasta aquel instante no había sido consciente
de que era recíproco. Apenas si llevaba un año en Santa Carla y no había
encontrado su sitio, hasta ahora.
—¿A dónde vamos? —preguntó Pat llegando hasta ellos.
—A pintar a casa de Dannie —contó Rob.
—Guay, me apunto —dijo con una sonrisa—. ¡Soy la reina del rodillo!
Un divertido sonido, a medias entre la risa y la incredulidad, salió de
labios de Nick. Aquello les arrancó una sonora carcajada a Rob y a James.
—Pintar es una de las cosas que mejor se me dan en la vida —dijo todo
lo seria de que fue capaz.
Nick fingió atragantarse y tosió levemente.
—De verdad, Dannie, no le hagas ni caso a este envidioso. —Señaló a
Nick—. No soporta que sea mejor pintora que él.
—Hazte un favor y escóndele los rodillos. —Rio Nick, recibiendo un
pellizco destinado a silenciarlo.
—Joder, deja que lo decida él cuando me vea —protestó con un gracioso
gesto de impotencia—. ¡Que me encanta pintar!
—Solo intento ahorrarle el tener que dar otra capa. Ojalá alguien me
hubiera avisado a mí.
—Buah, es que tú eres un tiquismiquis.
—¿Ahora el problema es mío? Pintas mal, Pat, no pasa nada —se burló,
y rio ante el gesto grosero que recibió como respuesta—. Haces otras cosas
mejor… —Posó una mirada cargada de lujuria sobre ella y añadió en un
susurro—: Mucho mejor en realidad.
—¡Pues tú no! —le dijo, frunciendo el ceño, intentando no temblar.
—¡Sabes que sí! —Sonrió Nick con picardía.
—Bueno…, yo también pienso que pinto bien… —Se encogió de
hombros, mirándolo con malicia.
—Eso lo podremos comprobar mañana, el resto… igual me veo obligado
a demostrártelo…
—¡Qué más quisieras!
—Sí, eso es verdad. —Sonrió, recorriéndola con los ojos de arriba abajo
Pat tuvo que contener un gemido, sintiendo que aquella mirada la
abrasarla por dentro. Ambos se miraron a los ojos unos segundos, hasta que
Pat desvió los suyos hacia el resto de sus amigos, repentinamente
avergonzada; por fortuna, todos parecían estar distraídos.
—De verdad, Dannie, tú confía en mí, que este no sabe lo que habla —
terminó diciéndole Pat—. A las cuatro estoy en tu casa como un clavo.
Dannie asintió con una divertida sonrisa.
James se giró hacia la barra buscando a Boss para pedir otra ronda. Al
hacerlo, se acercó a Rob lo suficiente como para que solo él escuchara sus
palabras.
—¿Qué coño ha sido eso? —le preguntó en un susurro apenas
perceptible.
—¿Necesitas que te lo explique?
—Ay, la hostia…
Rob dejó escapar una carcajada nerviosa.
Capítulo 25
Cuando Pat entró en casa de Dannie al día siguiente, estaba feliz.
Llevaba toda la mañana nerviosa, aunque con una sonrisa en los labios,
esperando que llegara la hora de reunirse con sus amigos. Y, por mucho que
quisiera engañarse, no era su afición a la pintura lo que la tenía tan
emocionada.
—¿Soy la primera en llegar? —le preguntó a Dannie entrando como una
exhalación en la casa.
—James y Rob no vendrán hasta las seis —le informó con una sonrisa
—. Y Nick ni siquiera sé si vendrá.
Pat lo miró desconcertada, sin poder evitar que su sonrisa se apagara un
poco.
—¿No dijo ayer que sí?
—No confirmó nada. —La miró con una sonrisa maliciosa—. Siento
decepcionarte.
Pat lo miró sorprendida. Suponía que se le había notado demasiado como
para negarlo, pero prefirió no decir nada.
—Aunque, si mi instinto no me falla… —Miró Dannie su reloj con
teatralidad—, lo tendrás aquí en diez o quince minutos.
—Tú eres muy listillo. —Rio Pat. De nada serviría seguir negando lo
que para él parecía tan evidente.
—Observador, nada más —bromeó el chico.
Pasaron al salón, donde los pocos muebles que había estaban
amontonados en el centro de la habitación, tapados con unos plásticos.
—Ya lo tienes todo listo —observó Pat.
—No había mucho que preparar —contó—. Después de pintar, me
tocará la peor parte.
—Comprar muebles. —Entendió la chica—. Pues cuenta conmigo.
Ahora que no está Nick, puedo decirte que eso quizá se me da un poco
mejor que pintar… ¡que no digo que no pinte bien, eh, cuidao! —Sonrió,
cogiendo un rodillo nuevo que había a un lado.
Dannie rio divertido.
—Te tomo la palabra. Probar sofás solo no es muy divertido, la verdad
—bromeó Dannie—, pero cuéntame cosas…, ¿qué tal por Monterrey?
Pat se ruborizó desde el cuello hasta las orejas sin poder remediarlo.
—¡¿Así de bien?! —Rio Dannie a carcajadas, aún más cuando Pat
intentó golpearlo con el rodillo que tenía en la mano.
El timbre de la puerta interrumpió la conversación justo a tiempo.
Dannie tuvo el descaro de mirar su reloj de pulsera con cierta arrogancia.
—Diez minutos pasadas las cuatro…, ¿quién será?
Pat le hizo un divertido gesto de fastidio y Dannie fue a abrir sin dejar de
sonreír. La chica esperó en el salón fingiendo desinterés, pero su corazón,
martilleando como un loco, desmentía su actitud de forma descarada.
Cuando Dannie volvió al salón acompañado de Nick, tuvo que
contenerse para no saltar a sus brazos.
Nick posó una mirada divertida sobre ella, tras mirar el rodillo que tenía
en la mano. Pat apretó el utensilio contra su pecho con los dos brazos,
desafiándolo con la mirada a quitárselo. La sonrisa de Nick estuvo a punto
de arrancarle un suspiro.
—Vale, dejaré que el anfitrión decida —admitió Nick—. ¿Dónde está,
por cierto?
—Creo que ha dicho algo de hacer café…
Nick asintió y miró a su alrededor.
—Es bonito.
—Mi prometido siempre ha tenido buen gusto —bromeó Pat.
El chico se acercó a la pintura y se concentró en el bote para no tener que
mirarla. Pat llevaba puestos unos leggins deportivos de talle bajo, que se
ajustaban a cada curva de su cuerpo, y lo martirizaban de una forma que
parecía imposible teniendo en cuenta que llevaba allí solo tres minutos.
Quince minutos después todos se pusieron manos a la obra.
Para sorpresa de Pat, Nick preparó una cubeta con pintura y se la tendió
a ella, instándola a tomar el rodillo que había dentro. Dannie estaba
ocupado terminando de cubrir los rodapiés con cinta carrocera y se limitó a
sonreír al ver el gesto.
—¿En serio? —preguntó ilusionada.
—Sé que me voy a arrepentir, pero quién se resiste a esa sonrisa —le
dijo como si tal cosa—. A ver cómo lo haces.
—¿Vas a estar mirándome todo el tiempo? —preguntó con el ceño
fruncido y los nervios a flor de piel, aunque no precisamente por la pintura
—. Ya sabes que trabajar bajo presión no es agradable.
—Dannie me ha dicho que te dejaba bajo mi responsabilidad —bromeó
Nick—. Lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que…
—¿Me has puesto a este tiquismiquis de supervisor? —Se giró a mirar a
Dannie, fingiendo indignación.
Dannie paseó su mirada de uno a otro sin disimular su diversión.
—Tengo que salir a por cinta carrocera.
—Eso no es una respuesta —insistió Pat.
—Puedes supervisarlo tú al él, si lo prefieres —dijo Dannie,
encogiéndose de hombros—. O supervisaros mutuamente, esa siempre es la
mejor opción.
Sin agregar nada más, salió del salón, dejándolos perplejos.
—Me confunde este tipo —admitió Nick—. Hay veces que tengo ganas
de pegarle y otras me cae de puta madre…
—¡Buah, vaya cosa! A mí me pasa eso mismo contigo —dijo Pat muy
seria, aunque no pudo aguantar la risa ante la divertida mirada de
indignación de Nick.
Se miraron a los ojos durante más tiempo del necesario, ambos
conscientes de que, por primera vez desde Monterrey, estaban solos en la
misma habitación.
—Coge el rodillo —terminó diciéndole Nick dejando escapar un suspiro
impaciente. Pat sonrió y obedeció—. Escúrrelo bien…
Cuando Pat comenzó a mover el rodillo sobre la pared, Nick se retiró un
poco hacia atrás. Observó, muy atento…, cómo la camiseta de Pat subía en
cada movimiento, dejando al descubierto un trasero duro y perfecto,
marcado por los ajustados leggins que se adaptaban a ella como una
segunda piel.
—¿Qué tal? —le preguntó Pat.
—Perfecto —dijo, aún obnubilado.
—¿En serio? —preguntó risueña, parándose a mirar el pequeño trozo de
pared que había pintado—. ¡Y decías que no sabía pintar!
Nick miró ahora la pared y frunció el ceño.
—Tú sabes que tienes que pintar en una única dirección, ¿no?
La chica observó su obra de arte en silencio unos segundos.
—¿Pues no has dicho que estaba perfecto? —protestó con cierta
irritación en la voz.
Nick guardó silencio entre divertido y azorado, sin dejar de mirar la
pared.
—A ver, moja el rodillo. —Volvió a indicarle.
Cuando Pat se puso en pie, Nick se acercó por detrás, puso su mano
sobre la que ella tenía en el rodillo y la ayudó a moverlo por la pared.
—Tienes que hacer este movimiento —le indicó, recortando la distancia
hasta poder aspirar su perfume.
Pat se quedó muy callada, disfrutando del momento, mientras aguantaba
la respiración para no dejar escapar uno de sus acostumbrados gemidos.
Sentía a Nick pegado a su espalda, aunque al parecer él se aseguraba de no
apoyarse del todo sobre ella, así que Pat solo podía limitarse a fantasear con
sentir su excitación contra el trasero.
Cuando el rodillo se quedó sin pintura, bajaron las manos pero ninguno
de los dos se movió. La otra mano de Nick estaba apoyada en la cadera de
ella, y Pat podía sentir su respiración muy cerca de la oreja. Si cerrara los
ojos, podría imaginar sin problema que aún estaban en aquel mirador frente
al mar.
—Esto no está funcionando, ojos azules —le susurró Nick al oído con
cierta pesadumbre—. Tenemos que poner un poco más de nuestra parte.
Pat se recostó sobre él, pero no dijo nada.
—Jamás podremos volver a la normalidad si te empeñas en vestirte para
volverme loco —insistió.
—¿Me estás diciendo que es culpa mía? —dijo Pat un tanto molesta,
pero sin moverse aún—. Quizá deberías intentar no mirarme.
—¿Y cómo lo hago? —protestó, moviendo ahora la mano que tenía en la
cadera hacia su estómago—. Cuando usabas aquellas camisetas enormes,
me resultaba más fácil resistirme…
Escucharlo admitir que siempre la había deseado la inflamó más todavía.
Pat tuvo que contenerse para no moverse contra él buscando su erección,
que estaba segura de que estaría a pocos centímetros.
—Nick, quizá deberíamos plantearnos…
—No —interrumpió rotundo.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir —dijo dolida.
—No voy a cambiar de opinión con respecto a lo nuestro, Pat —
completó la frase—. ¿Iba por ahí?
—Eres muy terco.
—Sé que hacemos lo correcto al intentar recuperar lo que teníamos —
dijo con total convencimiento—. Solo tenemos que encontrar la manera.
—¡Pues puedes empezar por soltarme! —Pat se revolvió entre sus brazos
y se hizo a un lado. Se volvió a mirarlo de frente con un gesto airado—. He
pasado cinco días intentando hacerme a la idea de que volvíamos a ser solo
amigos, Nick, hasta que empezaste a tontear y todo se fue al traste.
—¿Yo? —Se sorprendió por la acusación—. Más bien ha sido algo
mutuo.
—No voy a entrar en eso —bufó—. Reconozco que no puedo resistirme
a ti, Nick, pero…
—¿Lo ves? —Se desesperó—. ¡Es que no puedes decirme esas cosas!
¡Me hierve la sangre ya solo al escucharte!
—Pues eso no es problema mío —dijo, encogiéndose de hombros con lo
que parecía una tranquilidad pasmosa—. Y lo siento, pero no voy a
vestirme como una monja para que tú puedas estar más tranquilo.
—Entonces entenderás que necesite poner distancia durante un tiempo
—dijo, caminando hasta el otro extremo del salón.
—Me parece perfecto, como tú quieras —admitió—. Hace calor aquí,
¿no?
Soltó el rodillo en el suelo y se quitó la camiseta, quedándose tan solo
con un top deportivo que se le ajustaba por completo al pecho y que apenas
le cubría hasta mitad del torso.
—¡Oh, venga, Pat, deja de comportarte como una adolescente! —se
quejó con un gesto mordaz—. Vístete.
—Estoy vestida, Nick —le dijo con frialdad—. Esto es un top para hacer
deporte, ¿sabes?, aunque tú te empeñes en verlo como ropa interior.
—Para mí es un sujetador.
—Pues me da igual. Ni mis tops ni mis pijamas ni, por supuesto, mis
sujetadores son asunto tuyo —dijo tan campante—. Así que tendrás que
aguantarte.
—¿Qué me aguante…? —La miró hecho una furia—. ¡Pues igual no me
da la gana!
Caminó hacia ella con una clara intención escrita en los ojos, pero el
timbre de la puerta congeló su avance.
—No sé quién de los dos ha sido salvado por la campana —ironizó Pat,
recordándose que debía seguir respirando.
—¡Qué exasperante eres! —le dijo Nick entre dientes—. Ponte la
camiseta, yo abro.
—¿Perdona? —lo miró sorprendida.
El la miró irritado.
—¿Qué no has entendido de esa frase?
—El tono.
—Déjate de tonterías, Pat. —Pasó ante ella, se agachó a por la camiseta
y se la lanzó a los brazos—. Póntela.
—Te repito que no estoy desnuda —insistió, y levanto el mentón con un
gesto altivo—. Es un top.
—¡Pues me da igual! —interrumpió—. No vas a estar así delante de
nadie más.
—¡Ni en el supuesto caso de que fueras mi marido tendrías derecho a
meterte en esto! —le gritó ya furiosa—. Imagina siendo… ¡nada!, porque
en este momento no me gustas ni como amigo.
—Pues mira tú que drama.
El timbre volvió a sonar.
—¿Abro yo? —le preguntó ella, con falsa dulzura.
—Pat…
—No voy a ponérmela.
—¡Perfecto! Pues pavonéate delante de todos —dijo entre dientes,
iracundo, caminando hacia la puerta.
—¡Eres un imbécil!
—Sí, pero al menos estoy vestido.
Pat se quedó sola en el salón murmurando entre dientes, y tiró la
camiseta sobre la pila de muebles tapados. Si Nick creía que podía darle
órdenes, iba a toparse contra un muro. ¡Y encima había tenido la cara de
acusarla de ser la culpable de su falta de control! Bueno…, en realidad
aquello no le había molestado del todo. Al menos sabía que él seguía
deseándola, y eso le daba esperanzas de que en algún momento pudieran
avanzar.
«¡Pero eso será cuando se me pase el cabreo! ¡Acaba de decirme que
quiero pavonearme delante de todos! ¡Será obtuso!».
Cuando Nick regresó al salón, lo hizo acompaño de todos sus amigos.
Rob y James habían coincidido en la puerta con Dannie, que ya venía de
vuelta.
La saludaron con cierta sorna al verla con el rodillo en la mano.
—¿Te han dejado pintar? —Sonrió James.
—No necesito permiso de nadie —dijo con un tono molesto,
intercambiando una mirada irritada con Nick, quien pasó ante ella en
silencio y se alejó hasta el otro extremo del salón.
—Bueno, ¿ya estamos así? —se preocupó Rob—. ¿Cuánto lleváis aquí?
—Yo no estoy de ninguna manera, solo digo que soy una mujer adulta
—insistió—, y nadie tiene autoridad para decirme lo que puedo hacer o no.
Rob y James intercambiaron una mirada intrigada y ambos miraron a
Nick, que parecía muy concentrado en avanzar con el rodillo en su lado del
salón.
—Tienes toda la razón —dijo James con una sonrisa divertida, fingiendo
lloriquear—. Te nos has hecho mujer sin apenas darnos cuenta…
—Sí, parece que fue ayer cuando te cambiábamos los pañales… —
sollozó Rob—. ¡Y mírate ahora!
Ambos fingieron sonarse los mocos haciendo un fuerte sonido con la
boca mientras la miraban de arriba abajo.
—¡Qué payasos sois! —Rio Pat sin remedio.
—Ay, nuestra niña… ¡Coño, ¿y eso?! —exclamó James, señalándole el
piercing del ombligo.
—Me lo hice en Boston, ¿os gusta? —Tanto Rob como James lo miraron
con toda naturalidad.
—Sí, mola
Nick apretaba los dientes con fuerza ante la escena. No podía soportar
que los dos estuvieran observando el abdomen desnudo de Pat tan de cerca.
De buena gana hubiera golpeado a James cuando lo vio tocar el piercing
para comprobar cómo estaba enganchado al ombligo.
—¿No te molesta?
—No.
—Salvo si se lo engancha con una estantería —intervino Dannie desde
par de metros más allá.
—¿De verdad quieres hablar de aquello? —bromeó Pat mirándolo con
un gesto malicioso.
—¿Estantería? ¿Qué estantería? He dicho… que no te molesta ni un día.
Pat rio con ganas.
—¡Está avergonzado! —Rio Rob también, y miró a Pat—. ¡Ahora nos lo
cuentas!
—Al fin y al cabo, ha sido él quien ha sacado el tema —le recordó
James.
—Al parecer, nos ha salido un poco blandito para las heridas… —
susurró Pat, fingiendo hacerlo solo para James y Rob.
—¡Qué cabrita! —Rio Dannie.
—¿Te enganchaste el piercing en una estantería? —preguntó Rob.
—Solo me lo rocé un poco al intentar correr unas cortinas el día que
vinimos a ver la casa —explicó.
—¡Un poco dice! —protestó Dannie—. Sangraba, Pat, no sería tan poco.
—¡Qué dices! Era solo una minucia —Sonrió—, pero me levanté la
camiseta para vérmelo y casi le da un parraque.
—Buah, tampoco exageres —dijo Dannie, aunque sin dejar de sonreír.
—¡Si te tuviste que sentar!
—Coño, porque estaba cansado ya de tanta vuelta por la casa.
James y Rob reían a carcajadas ante el gesto divertido de Dannie.
—Vale, no le veo el punto a agujerearse el ombligo —admitió al fin,
encogiéndose de hombros—. Me da mucha grima verlo.
—Pues a mí me parece sexi —admitió Rob.
—A mí tampoco me disgusta —le apoyó James.
—¿Aquí solo curro yo o qué? —dijo Nick de repente, interrumpiendo la
conversación con un gesto malhumorado.
Todos se volvieron a mirarlo, un tanto sorprendidos.
—Solo es un puto pendiente, tampoco tiene tanto que ver —insistió.
—Sosiega, Nick. —Sonrió Rob—. Que tenemos mucha tarde.
—Y mucha pared que pintar.
Rob y James se miraron entre ellos sin añadir nada más, pero sin poder
disimular un divertido gesto curioso.
—¿Qué le has hecho, Pat? —le preguntó James apenas en un susurro—.
¿No puedes pedirle disculpas o algo?
—¡No lo dices en serio!
James dejó escapar una carcajada divertida ante el gesto de horror de su
amiga.
—Vale, vamos a pintar un rato, a ver si se aplacan los ánimos.
Pero los ánimos de Nick fueron difíciles de aplacar. Intentó contagiarse
del ambiente de risas y bromas de sus amigos, pero le resultó imposible
conseguirlo. Cada vez que escuchaba a Pat reír y bromear con unos y con
otros, se lo llevaban los demonios de una manera que lo irritaba. Eso por no
hablar de la tensión en la entrepierna que sentía de forma automática si
cedía a mirarla aunque fuera de reojo.
Cuando ya cerca de las ocho de la tarde Nick fue al baño, se topó con Pat
saliendo de la cocina. No habían vuelto a intercambiar una sola palabra
desde que habían discutido.
Frente a la puerta del baño, Nick se echó a un lado del pasillo y le hizo
un gesto indicándole que pasara ella primero.
—¿Hasta cuándo piensas honrar ese voto de silencio? —le dijo Pat,
malhumorada—. Nadie te ha hecho nada para que les hayas retirado la
palabra.
—¿Tú tampoco?
—Pues no lo creo —opinó—, pero, además, es que no lo estás pagando
solo conmigo.
—Me limito a pintar, que es a lo que he venido.
—Pues nada, sigue con tu cabreo absurdo hasta que te aburras.
—Y tú sigue compartiendo tus encantos con todos, no te cortes. —
Sonrió irónico.
—Yo me comporto igual que siempre, Nick —le aseguró irritada—. El
problema es que, por mucho que te joda, tú no me miras como siempre.
Nick arqueó las cejas y la miró indignado.
—Quizá es que tú tampoco colaboras —la acusó—. ¿Disfrutaste
dejándome pensar que habías compartido aposta tu piercing con Dannie?
Pat guardó silencio. Sí, recordaba haberse callado información cuando
Nick la acusó de aquello, pero también recordaba estar muy enfadada…
—Dannie es la excepción a la regla —la imitó Nick en un tono de burla.
Le había molestado mucho que ella lo dejara pensar que tenía algo con
Dannie. Cuando al principio de la tarde había escuchado la historia, se tuvo
que morder la lengua para no decírselo delante de todos. Se había
martirizado durante días, imaginando a Dannie disfrutando de cierta
intimidad con ella para poder ver ese piercing y, para su asombro, al tipo ni
siquiera le agradaba. Lo cual no podía entender porque era de un sexi que…
¡joder!
—¿Y por qué te preocupa tanto? —Lo encaró molesta—. No te olvides
de que yo puedo enseñarle mi piercing a quien quiera.
—Sí, ya me he dado cuenta. Parece de dominio público.
—¡Todo lo público que a mí me dé la gana! —gritó, pero bajó un poco la
voz, consciente de que debían controlar quién escuchaba, antes de añadir—:
No te olvides de que soy una mujer completamente libre. Libre para
ponerme la ropa que me dé la gana, libre para tontear con quien quiera y
libre para decidir quién me toca o no. —Sonrió con sarcasmo y casi susurró
—. ¿Y sabes qué?…
Nick arqueó las cejas y calló esperando la respuesta.
—…Espero que tuvieras muy claro que no te interesa…, porque a partir
de ahora tú tienes vetado el acceso.
La sonrisa sin rastro de humor de Nick la obligó a tragar saliva. Durante
unos segundos, sintió su mirada brillante sobre ella.
—¿Y tú sabes qué, Pat? —la imitó.
La chica esperó la respuesta temerosa por lo que podía escuchar. Pero
Nick no dijo nada, por el contrario y de improvisto, abrió la puerta del baño
y la arrastró dentro de un movimiento enérgico. Sin apenas dejarla
reaccionar, la apoyó contra la pared y la besó de forma hambrienta, brutal y
desesperada. Pat respondió al instante, abandonándose por completo a aquel
beso devastador. Pequeños temblores la recorrían de arriba abajo mientras
el calor que notaba entre los muslos se hacía cada vez más intenso y
enviaba señales al resto de su cuerpo, que hervía de necesidad. Pero unos
segundos después, Nick le puso fin a todo y la soltó con la misma
humillante facilidad con que la había tomado.
—No pareces muy libre para decidir quién te toca —le dijo poniendo
distancia y mirándola a los ojos—. Tu boca dice una cosa, pero tu cuerpo
dice otra muy diferente.
Pat le devolvió una mirada aún encendida por la pasión. Sus ojos
refulgían con una lujuria que paralizó por completo a Nick, que parecía
incapaz de apartar la mirada.
—Nick… —susurró, acercándose un poco más a él, avanzando despacio
hasta que no le quedó distancia que salvar—. Reconozco que pierdo el norte
cada vez que me tocas… —Posó las manos sobre el torso masculino y
ascendió muy despacio por el pecho hasta enroscarlas alrededor de su
cuello. Después se puso de puntillas y lo besó con ardor, dejando escapar un
gemido ronco cuando irrumpió con la lengua dentro de su boca.
Nick apenas tardó unos segundos en tomarla entre sus brazos y
devolverle aquella delicia de beso de forma intensa y apasionada. Por eso
protestó cuando ella dejó de besarlo para mirarlo a los ojos.
—Tú tampoco pareces el más indicado para hablar de libertad —le
susurró todavía muy cerca de su boca—. Procura recordarlo.
Lo empujó con suavidad y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, salió de
sus brazos. Sin añadir una sola palabra más, abrió la puerta y salió del baño,
echando mano de toda la dignidad que pudo reunir.
Se topó de frente con Rob en cuanto que puso un pie fuera del baño.
Cerró la puerta tras ella y miró a su amigo, esperando que su rostro no diera
muestras de cómo se sentía. No hubo suerte.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó nada más poner los ojos sobre
ella.
—Sí, bueno… no.
—Muy elocuente, sí señor.
—Es que creo que no me ha sentado bien la comida —mintió—. Me
duele el estómago.
Rob la observó con el ceño fruncido. No parecía tener mal aspecto, más
bien se la veía acalorada… y, al parecer, muy nerviosa, y no entendía el
motivo.
—¿Dónde ibas tú? —le preguntó la chica, rogando para que la respuesta
no fuera «al baño».
—A la cocina. —Pat respiró aliviada.
—Te acompaño.
—¿Seguro que estás bien? —insistió Rob, frunciendo el ceño.
Pat asintió y casi lo empujó pasillo adelante hasta la cocina, donde lo
secuestró hasta que estuvo segura de que Nick habría salido del baño y
vuelto al salón, pero cuando tanto ella como Rob se reunieron con sus
amigos, aún no había ni rastro de él allí.
«¿Por qué narices sigue en el baño?», se preguntó Pat, preocupada.
Estaba buscando un tono despreocupado para preguntar por él cuando
escuchó a James decir:
—Me hago yo cargo de terminar la zona de Nick.
—¿Y eso? —preguntó Rob al instante—. ¿Dónde está?
—Se ha ido hace un momento.
Pat se quedó perpleja.
—¿Qué se ha ido adónde? —insistió Rob, igual de alucinado.
—Ni idea —admitió James—. Nos ha pedido disculpas por estar tan
arisco toda la tarde y ha salido por la puerta.
Rob se giró a mirar a Pat, que sentía que se estaba descomponiendo por
segundos.
—¿A ti te ha dicho algo?
La chica negó con un gesto, consciente de que era posible que sus
cuerdas vocales se negaran a colaborar.
—¿Qué le estará pasando? —se preguntó Rob. Volvió a mirar a Pat—.
¿Se te ocurre algo? Está raro.
Pat se encogió de hombros una vez más.
—Quizá sea porque está próximo el aniversario de la muerte de su madre
—opinó James.
—Ni idea —pudo articular la chica antes de salir de nuevo en dirección
al baño, echándole la culpa al dolor de estómago de nuevo.
Rob intercambió una mirada preocupada con James, que dejó escapar
una larga exhalación.
Capítulo 26
Cuando Nick se detuvo frente a la tumba de su madre aquella soleada
mañana de julio, se le hizo un nudo en el pecho que apenas le permitía
respirar. Aquel día hacía cuatro años que Alina Baker al fin había podido
descansar, pero para Nick aquel aniversario era más amargo que cualquiera
de los anteriores. Se sentía tremendamente solo ante aquella tumba. Ni
siquiera intentar revivir los momentos buenos, que había muchos, lo
ayudaba a sentirse mejor. Sus recuerdos más preciados y felices, incluso
con su madre, solían incluir a Pat.
Dejó el ramo de violetas, las flores preferidas de su madre, sobre la
tumba e intentó sonreír tal y como a ella le hubiera gustado, pero apenas si
pudo esbozar una tenue sonrisa.
«La he cagado pero bien, mamá», pensó, mirando la foto que había
incrustada en la losa. «A pesar de cuánto te esforzaste para decirme que no
cometiera tus mismos errores, aquí estoy…, solo; lo que demuestra que soy
un imbécil integral que no tiene remedio».
Respiró hondo intentando llenar sus pulmones de aire limpio. Apenas si
era capaz de llevar oxígeno hasta la mitad del pecho.
«Espero poder solucionarlo y que todo vuelva a la normalidad…, porque
tú mejor que nadie sabes cuánto necesito a Pat en mi vida, pero no me
siento muy orgulloso de mí mismo en este momento».
Estaba tan distraído y absorto en sus pensamientos, que se sorprendió al
sentir que alguien lo tomaba de la mano, entrelazando cada dedo con los
suyos. Hubiera podido identificar a Pat incluso con los ojos cerrados, tan
solo por la tibieza de su mano y el inconfundible aroma que inundó sus
sentidos, reconfortándolo de forma casi inmediata. Cuando se enfrentó a
aquellos increíbles ojos azules, no pudo contener un suspiro emocionado y
tragó saliva ante la sonrisa maravillosa que ella le regaló. Tuvo que hacer
un esfuerzo enorme para no inclinarse a besarla…, pero sabía que no debía
hacerlo.
Ninguno de los dos dijo nada. Pat apoyó la cabeza en su brazo, como
hacía siempre que estaba con él ante aquella tumba, haciéndole llegar su
apoyo solo con su cercanía.
Tras unos minutos, Nick se giró por fin a mirarla de frente.
—Gracias —fue lo primero que le dijo.
—¿Por qué?
—Por estar aquí, a pesar de todo. —Apenas si le salían las palabras,
todavía emocionado—. No lo esperaba.
—¿Crees que una simple discusión iba a alejarme de ti en un día tan
difícil? —Sonrió, y añadió después, cohibida—: ¿Por qué no me has
llamado en estos días?
Nick dejó escapar un sonoro suspiro y decidió ser sincero.
—Al principio estaba enfadado, y cuando recapacité… —Hizo una
pausa y tras unos segundos añadió—: estaba demasiado avergonzado. Y
encima no podía llamar a mi mejor amiga para pedirle consejo.
Pat sonrió divertida. Había estado muy preocupada por la actitud de
Nick, incluso había dudado de su reacción al presentarse en el cementerio.
Estaba feliz de ver que la había echado de menos, aunque tuviera que
escucharlo llamarla amiga de nuevo.
—Lo siento, Pat —le dijo muy serio, sin dejar de mirarla a los ojos—.
No tenía derecho a comportarme así.
—Olvídalo.
—No. Necesito pedirte disculpas —insistió—. Sé que no puedo pedirte
que sigamos siendo solo amigos y arrastrarte a un baño al minuto siguiente,
y mucho menos para tratarte como lo hice. Me avergüenzo de mí mismo,
Pat, y espero que puedas perdonarme.
La chica tragó saliva y se sintió invadida por sentimientos
contradictorios. No sabía cómo encajar aquellas palabras. Nick le estaba
pidiendo disculpas por todo lo sucedido en el baño, pero ella era incapaz de
sentirse insultada por aquello. ¿Podría decirse que se sentía mal por no
sentirse mal? ¿Tenía aquello algún sentido?
—Estás perdonado —le dijo, sin tener claro si debía confesarle que no se
molestara en seguir disculpándose por cosas que a ella la hacían suspirar
porque significaban que no le era indiferente.
—Gracias, porque hoy entiendo más que nunca por qué eres tan
importante en mi vida, Pat. —Sonrió—. Puedes estar tranquila. No habrá
más insinuaciones ni salidas de tono por mi parte.
«¡Qué bien!», ironizó Pat para sí. Ahora sí tenía ganas de golpearlo. Pero
no era momento ni lugar para lo que hubiera querido decirle. Miró hacia la
tumba de Alina Baker, y recordó lo que Nick le había contado acerca de lo
que la mujer opinaba sobre una posible relación entre ellos.
«Vosotros sí tenéis la oportunidad de hacer las cosas bien», le había
dicho Alina con mucho esfuerzo, refiriéndose al hecho de equivocarse y
arriesgarse a perderlo todo por involucrarse más allá de la amistad.
A Pat no le extrañaba que aquella frase hubiera perseguido a Nick
durante aquellos años. Ella misma apenas podía soportar recordarlo, aunque
por diferente motivo; y es que a veces no podía evitar odiar un poco a la
mujer por haber pronunciado aquellas palabras… y eso le hacía sentirse una
persona horrenda, porque entendía que la intención de Alina había sido
ahorrarles sufrimiento. Pero Pat no podía estar de acuerdo con ella, porque,
para empezar, su relación con Nick no tenía por qué estar condenada al
fracaso, y aun de estarlo, a aquellas alturas ella prefería un tiempo pleno y
feliz a su lado como su compañera, que toda una vida siendo solo su amiga,
sufriendo por no tenerlo… Pero Nick no podría entender aquello, puesto
que partían de puntos diferentes: ella lo amaba con toda su alma, y no poder
demostrarle cuánto, la mataba.
«Lo siento, Alina…», pensó, clavando su mirada sobre la foto. «…pero
pienso arriesgarlo todo una y otra vez, no puedo hacer otra cosa».
—¿Tienes que hacer algo hoy? —le preguntó Nick un minuto después.
—Sí, tengo planes. —La expresión decepción del chico le arrancó una
sonrisa—. Espero comer contigo, ver una peli, echarnos unas risas…
La cara de Nick se iluminó de felicidad al escucharla.
—No se me ocurre un plan mejor —admitió Nick.
Unos minutos después se despidieron de Alina Baker, prometiendo
llevarle más violetas pronto, y se giraron para marcharse.
—Me siento dadivosa, igual te dejo elegir la peli a ti —bromeó Pat,
empezando a caminar, pero se detuvo a mirarlo al ver que no le contestaba.
—¿Qué te pasa? —se preocupó.
Nick estaba paralizado. Miraba en la distancia, entre las tumbas, con una
expresión extraña, mezcla de crispación y asombro.
La chica se esforzó por ver qué era lo que tanto le afectaba. En la
distancia, como a diez metros, solo había un hombre de mediana edad, que
suponía estaría de visita. Asombrada, comprobó que el visitante también
parecía mirar a Nick. Cuando unos segundos después comenzó a caminar
hacia ellos, Pat tragó saliva, de repente nerviosa, sin saber el motivo. Nick
parecía estar en shock.
—Hola, Nicholas —le dijo el hombre sin apartar sus ojos del chico.
A Pat le sorprendió que lo llamara por su nombre. Además, lo miraba de
una forma rara… ¿anhelo?, ¿tristeza? Era incapaz de identificar aquella
extraña mirada.
—Hola —dijo Pat, violenta ante el silencio de Nick. El hombre inclinó la
cabeza a modo de saludo.
—Ya nos íbamos —escuchó decir a Nick de repente, dejándola perpleja.
Ni siquiera la esperó; echó a andar por el sendero que llevaba a la puerta de
salida, esperando que ella lo siguiera.
Pat leyó la desolación en el rostro del hombre y se quedó paralizada en el
sitio.
—Yo… adiós… —terminó diciéndole entre titubeos.
—Por favor —La detuvo el hombre en un tono de súplica, y le tendió
una tarjeta de visita—, dile que me alojo en el Hotel Drake, por si quiere
verme.
Cuando Pat posó la vista sobre su mano, se fijó en el tatuaje que el
hombre llevaba en la parte interna de la muñeca. Eran unas letras o
símbolos chinos que hubiera jurado que ya había visto antes. Dudó en si
debía coger aquella tarjeta, pero la expresión abatida y angustiada del
hombre la obligó a hacerlo.
«Eric Cooper», leyó en el papel, pero aquel nombre no le dijo nada.
Echó a andar aún descolocada y se giró unos metros más allá para volver
a mirarlo. Para su sorpresa, el hombre se arrodilló frente a la tumba de
Alina. Perpleja, Pat apretó el paso para alcanzar Nick.
—¿Puedes caminar más despacio? —le pidió Pat, intentando llegar hasta
él.
—Quiero salir de aquí cuanto antes.
—Por favor —le suplicó. Aquel tono sí surtió efecto y él se detuvo a
esperarla—. Nick…
—¿Podemos hablar en casa? —le pidió, apretando los dientes para
disuadir su rabia. A la legua se notaba cuánto le estaba costando
controlarse.
Pat lo miró de frente con la preocupación escrita en los ojos.
—No entiendo nada…
—Vámonos, por favor.
—Dime al menos quién es —le rogó.
Nick soltó aire, la miró a los ojos y dijo apenas en un murmullo:
—Mi padre.
Pat se quedó perpleja; tanto, que se quedó allí plantada mientras lo veía
alejarse de nuevo hacia el aparcamiento.
Capítulo 27
Cuando Pat detuvo el coche frente a la casa de Nick, la moto del chico
ya estaba aparcada en la puerta. Subió los tres escalones y se sorprendió
cuando él le abrió antes de que pudiera llamar al timbre.
—¡Qué rápido! —Sonrió Pat.
—No sé si me gusta que te hayas comprado un coche —dijo,
apartándose a un lado para que entrara.
Pat rio mientras caminaba hacia el sofá.
—¿Me echas de menos de paquete en la moto?
—Sí, mucho —admitió Nick sin ningún reparo—. Y echo de menos
pasar a buscarte cada día y devolverte a casa cada noche.
La chica tragó saliva y enmascaró su inquietud con otra sonrisa. Debía
reconocer que ella también echaba de menos aquello. Las cosas eran
muchos más fáciles entre ellos cuando no había fisuras ni discusiones
constantes, pero no borraría una sola coma de todo lo vivido hasta ahora, a
pesar de que había puesto sus vidas patas arriba.
—Pero de eso no tiene la culpa mi coche… —le recordó.
—Cierto —dijo con pesar.
No agregó nada más. Caminó hasta la cocina y cogió de la nevera la
publicidad del restaurante chino nuevo que habían abierto allí al lado.
—¿Pedimos comida china? —le preguntó a Pat, que asintió encantada.
Mientras Nick miraba la carta, Pat lo observó con una expresión seria. Él
intentaba comportarse con normalidad, pero ella lo conocía demasiado bien
como para no identificar la tensión en cada gesto, que apenas le dejaba
esbozar una sonrisa completa. Además, casi no la miraba a los ojos e
intentaba llenar cada silencio incluso murmurando para sí, lo que
demostraba que estaba intentando evitar las preguntas embarazosas.
Cuando encargaron la comida, Nick fue a la cocina y se dispuso a poner
la mesa. La chica suspiró, sin dejar de mirarlo, escuchándolo parlotear de
forma constante.
—Deberíamos haber pedido unos palillos… —estaba diciendo ahora.
—Nick…
—No, en serio —insistió—. Seguro que si no los pides, no los traen.
—Oye…
—Claro que ¿para qué los queremos? No hay forma humana de llevarte
más de tres granos de arroz a la boca con esas cosas.
—¿Puedes parar, por favor?
—No, no puedo —le dijo de forma categórica, contradiciendo sus
palabras al mirarla ahora en silencio—. Por favor, entiendo que tienes
preguntas, pero de verdad que no puedo darte respuestas en este momento.
Pat guardó silencio y ambos se miraron durante unos segundos. La
súplica escrita en los ojos de Nick terminó ganándole la partida. Decidió
respetar su silencio, a pesar de que la preocupación la estaba matando.
—Puedo enseñarte a comer con esas cosas, si quieres. —Sonrió,
cogiendo asiento a la mesa y sintiendo como Nick se relajaba de inmediato
—. Soy casi tan buena con los palillos como con el rodillo.
La respuesta de Nick fue sacar dos tenedores del cajón, que colocó con
una sonrisa a cada lado de los platos. Después cogió asiento también a la
mesa, frente a ella.
—¡Hombre de poca fe! —protestó Pat, fingiéndose ofendida.
—No dudo de que lo harás genial —Rio Nick—, pero ya sabes que yo
soy demasiado impaciente como para habituarme a comer a cuentagotas.
—Sí, eso seguro —bromeó—, pero los palillos son una arte que
convierte la comida en algo sublime…
—¿Y cómo es posible que nunca te haya visto usarlos?
—Hay muchas cosas de mí que aún no has visto. —Lo miró con una
sonrisa maliciosa.
—¿En serio? ¿Como qué? —Sonrió, mirándola de arriba abajo con un
divertido gesto interrogante.
—¡Qué idiota eres! —Rio.
—Ah, que te refieres a habilidades y eso… Buah, pues qué decepción…
—¡Oye, que tengo algunas destrezas que te sorprenderían! —se quejó, o
lo fingió al menos. Estaba claro que era casi imposible que no terminaran
tonteando una y otra vez siempre que estaban juntos. Ella lo disfrutaba
mucho, pero sabía que Nick no tardaría en recular y retirarse a su rincón del
cuadrilátero.
—¿Como cuáles? —preguntó él casi por inercia.
—Cuando realmente quieras saberlas…, vuelve a preguntarme. —Sonrió
Pat con cierta picardía.
Se miraron en silencio durante más tiempo del que sería normal; tanto
que Pat empezó a preguntarse si podía estar equivocada y había alguna
posibilidad de que él llevara el juego un poco más allá.
—Lo tendré en cuenta —terminó diciendo Nick, poniéndose en pie.
«¡Toque de campana! ¡Cada boxeador a su rincón!», se dijo Pat con
cierta sorna, para evitar que aquello la afectara demasiado.
La comida llegó muy poco tiempo después. Para sorpresa de ambos,
venían dos juegos de palillos con el pedido, que se divirtieron mucho
utilizando. Nick apenas daba crédito a lo que veía cuando Pat comenzó a
comer como toda una experta en cocina oriental.
—¡De verdad que pensaba que me estabas vacilando! —gritó
impresionado tras intentar llevarse otro pedazo de pollo a la boca, sin éxito,
y ver cómo Pat engullía uno tras otro como si lo hubiera hecho toda la vida.
—Eso es que me tienes en poca estima —bromeó.
—Sabes que no.
Pat sonrió y terminó confesando:
—Aprendí en Boston.
—¿Hiciste un master en comer con palillos?
—Casi —admitió—. Amber, la mejor amiga de mi prima, es fanática de
la comida asiática en todas sus variantes… ¡y puede ser muy pesada!
—Y una gran profesora.
—También, sí, aunque está un poco loca. —Rio, y terminó admitiendo
—: La verdad es que es genial, y hace un tándem con Jennifer que te quita
todas las preocupaciones y las penas de un plumazo.
—¿Y qué penas tenías tú? —preguntó Nick un poco sorprendido.
Pat se quedó cortada ante la pregunta. Jamás podría contarle qué fue lo
que la llevó hasta Boston.
—Supongo que todos tenemos alguna… —contestó cohibida y casi
titubeando.
Lo vio fruncir el ceño y observarla con detenimiento.
—¿Por qué te fuiste a Boston, Pat? —le preguntó de repente.
—Nick…, solo era una forma de hablar —dijo, aunque con una sonrisa
tan tensa que ni ella misma se hubiera creído.
—¿Qué no me estás diciendo? —insistió Nick.
—Nada.
—¿Te pasó algo antes de irte que no quieres contarme?
—No, yo… no —dijo, irritada ante su propio titubeo.
—Inténtalo de nuevo —casi exigió—, porque ahora estoy seguro de que
aquello de que tu prima te necesita era una excusa.
—¿Podemos dejarlo aquí? —Empezaba a sentirse acorralada y no le
gustaba la sensación.
—Pat, ¿ya no me tienes confianza?
—Te he pedido que lo dejes —terminó diciendo molesta.
Él dejó escapar un suspiro e intentó relajarse un poco antes de hablar.
—Lo siento —dijo tras varios segundos—. Supongo que le he dado
tantas vueltas a tu escapada repentina a Boston que he perdido los nervios.
Pat lo miró perpleja. Él nunca le había trasladado sus dudas. Apretó los
dientes y recordó el intenso dolor que le rompió el alma al escuchar aquella
conversación por error… Incluso hoy, después de todo lo sucedido entre
ellos, le seguía haciendo daño.
«No miraría a Pat como mujer ni aunque fuera la última sobre la
tierra».
—Me molestó mucho que te fueras así —insistió Nick—. No dejo de
preguntarme el motivo.
—Pues lo siento, pero no pienso decírtelo.
—Acabas de admitir que hay uno, ¿te das cuenta?
—¿Y tú te das cuenta del esfuerzo que estoy haciendo yo para no
preguntarte por qué me has mentido durante siete años?
Nick se quedó paralizado. Apretó los dientes y respiró hondo un par de
veces antes de poder hablar.
—Tienes razón —terminó admitiendo—. ¿Una pregunta por otra? —Pat
asintió—. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué me dijiste que tú padre había muerto?
—Porque lo está para mí —dijo con un convencimiento que a Pat le
puso la piel de gallina—. Murió en el mismo instante en el que tuve uso de
razón para comprender que nos había abandonado sin contemplaciones.
—¿Y nunca te dio su versión?
—No.
—Pero…
—Ya has hecho dos preguntas, me toca. —Pat guardó silencio—. ¿Por
qué te fuiste a Boston?
La chica tragó saliva y lo miró contrariada por su insistencia. Sabía que
no podía mentirle, pero tampoco eran necesarios los detalles.
—Mal de amores —decidió decir.
Por la expresión con la que Nick recibió la respuesta, Pat supo que
aquello era lo último que había esperado escuchar.
—¿Qué? —Estaba perplejo—. ¿Quién?… No entiendo…
—Eso son muchas preguntas. —Pat se puso en pie, consciente de que
quizá acababa de meterse en un jardín del que le iba a costar mucho salir.
Caminó hasta el fregadero con los platos sucios, y se entretuvo todo lo
que pudo en tirar los restos a la basura y enjuagarlos después. Nick metió
también los vasos en la pila muy cerca de donde ella estaba, pero Pat se
cuidó de no mirarlo a los ojos.
—¿No piensas decir nada más? —insistió Nick, siguiéndola con la
mirada de nuevo hasta la mesa.
—No.
—¿Estamos hablando del tal Dustin Colbert?
Pat hubiera podido reír de no estar tan azorada.
—No.
—¿Pues quién?
—¿Qué más da? —se exasperó—. Me fui a Boston para olvidar y fue
una buena distracción. Eso es todo lo que voy a contarte.
—¿Eso fui yo también? —le preguntó de repente—. ¿Otra distracción?
—¡No! —negó, sobrecogida con la pregunta.
—No te preocupes, puedo soportarlo —dijo en un tono despreocupado
—. Fue un sexo fantástico, me usaras para olvidar a otro o no.
—¿Podemos cambiar ya de conversación? —le rogó Pat, intentado
apechugar con las consecuencias de ser tan bocazas.
—No, de verdad, te agradezco que te hayas sincerado —insistió con una
sonrisa sin rastro de humor—. Me he estado comiendo mucho la olla con lo
nuestro; saber que solo me utilizabas resulta incluso un alivio.
«¿Un alivio?», Pat supo que debía prepararse para escuchar palabras aún
peores y que no iban a gustarle.
—Me preocupaba que lo sucedido en Monterrey hubiera creado vínculos
emocionales entre nosotros que nada tuvieran que ver con la amistad —
explicó con una frialdad que Pat no soportaba—. Me alegra saber que no
tengo nada de lo que preocuparme. Si me lo hubieras dicho, habríamos
recuperado la normalidad mucho antes.
Pat empezaba a perder la compostura, al tiempo que su amor propio le
exigía una compensación por el agravio.
—Espera, Nick, ¿te preocupaba que yo me hubiera encaprichado de ti?
—dijo buscando un tono divertido.
—Pues… un poco, sí.
Una carcajada de Pat inundó la estancia. Le costó tanto esfuerzo romper
a reír que estaba segura de que la tensión nerviosa podría llevarla al llanto
en décimas de segundo.
—Pues me alegra mucho haber aclarado las cosas. —Sonrió de nuevo.
—Y a mí.
Se miraron en silencio unos segundos, hasta que Pat se excusó para ir al
baño. Le escocían los ojos por culpa de las lágrimas contenidas.
Cuando se encerró a cal y canto en el baño, tuvo que taparse la boca con
una toalla temerosa de que Nick pudiera escucharla llorar desde fuera.
Se maldijo una y otra vez por haberle dado aquella arma para herirla,
pero nunca pensó que él pudiera sentirse aliviado al saber que ella amaba al
que él creía otra persona. Su innegable rechazo a que ella pudiera sentir
ningún tipo de inclinación romántica por él le dolía de un modo
insoportable.
«¿Qué voy a hacer con todo el amor que llevo dentro?», se preguntó,
volviendo a apoyar la boca sobre la toalla para poder camuflar aquel
lamento.
Tras unos minutos, se vio forzada a lavarse la cara y salir del baño. Lo
mejor que podía hacer era alegar un terrible dolor de estómago y huir a la
soledad de su cuarto, donde ahogarse en su llanto hasta que no le quedaran
lágrimas que echar.
Rogó por haber podido borrar del todo los signos de las lágrimas que
había derramado, aunque siempre podía echarle la culpa a dolor de
estómago.
Cuando llegó al salón, encontró a Nick sentado al borde del sofá,
visiblemente inquieto. Observó cómo tenía los antebrazos apoyados sobre
los muslos y la forma compulsiva en que se masajeaba las sienes.
«Por Dios, soy la persona más egoísta del planeta», se dijo Pat,
sintiéndose fatal por haber tenido el simple pensamiento de marcharse
dejándolo en aquel estado. Se recordó con angustia que aquel era un día
muy difícil para Nick, y no solo por ser el aniversario del fallecimiento de
Alina, también por la visita inesperada de su padre, que estaba segura le
había afectado más de lo que jamás admitiría.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, sobresaltándolo.
Nick se puso en pie como impulsado por un resorte.
—Has tardado.
—Lo siento, me duele el estómago.
—¿Te hago una infusión de algo?
—No hace falta.
Pat cogió asiento y esperó a que Nick hiciera lo mismo, pero él no se
sentó.
—¿Vemos la peli? —le instó Pat. Al menos así podría intentar relajarse
un poco.
—No…, digo sí…
La chica lo observaba un tanto desconcertada por su actitud. Quizá ahora
sí quería desahogarse y hablarle de su padre.
—Nick, ¿quieres hablar de algo? —le ofreció.
—Dime quién es.
—¿Qué? —Pat lo miró confusa. ¿Hablaba de su padre?
—El tipo por el que huiste a Boston —le aclaró.
Ahora fue perplejidad lo que asomó a los ojos de Pat.
—¿Lo conozco? —insistió.
—¿Qué más te da?
—Tengo curiosidad.
Pat no entendía por qué él quería saber algo así, aunque pronto encontró
una explicación: supuso que Nick quería jugar la baza del amigo para no
tener que hablarle de su padre.
—¿Podemos ver la peli? —le dijo con cautela para dejarle claro que ella
no pensaba hacer preguntas.
—¿No vas a decírmelo?
—Te aseguro que no quieres saberlo —murmuró entre dientes,
intentando que la tristeza no la asaltara de nuevo.
—¿Por qué no? —frunció el ceño—. Eso quiere decir que sí lo conozco.
—Nick…
—¿No irás a decirme que es alguno de los chicos? —insistió—. No creo
que James o Rob… ¡Dannie!
—¿Puedes parar? —se exasperó.
—¡Pero si ni siquiera le gusta tu piercing!
—¡Que no es Dannie! —le gritó con irritación—. Y deja de preguntar.
No voy a decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque no es asunto tuyo.
«Mentirosa»…
—Pero somos amigos —protestó irritado—. ¿Cómo has podido estar
enamorada y no contármelo?
—¿Eso es lo que te molesta?
Nick la ignoró.
—¿Lo sigues queriendo?
Pat suspiró y meditó muy bien su respuesta. ¿Qué narices podía decirle?
¿Era mejor negar sus sentimientos aunque fuera mentira o dejarle pensar
que amaba a otro?
—No. Por eso no merece la pena seguir hablando de él.
—¿Y qué fue lo que pasó? —le preguntó cogiendo asiento en el sofá
frente a ella—. Te juro que es lo último que te pregunto.
Pat apretó los dientes, lo miró a los ojos e hizo el esfuerzo más grande de
su vida para decir:
—Él no sentía lo mismo.
—¿No te quería?
—No. —Las lágrimas acudieron a sus ojos sin remedio y tuvo que
parpadear con fuerza para alejarlas, pero aquel gesto no pasó desapercibido
para Nick.
—Lo siento —lo escuchó decir casi en un susurro—. Parece que todavía
te duele…
—¿Podemos ver ya la peli? —pidió Pat por tercera vez.
Nick asintió y juntos escogieron un thriller de Denzel Washington que
ninguno de los dos había visto.
Pat pudo por fin perderse en sus cavilaciones por un rato. Se regañó a sí
misma por no pensar en las consecuencias antes de decir las cosas. Debió
reafirmarse en los problemas de su prima Jennifer, en vez de confesar que
había huido a Boston por mal de amores. De haberlo hecho se habría
ahorrado el disgusto. Aunque quizá era mejor así. Seguir pensando que
tenía alguna posibilidad de futuro junto a Nick era demasiado irreal y muy
doloroso. Quizá había llegado el momento de aceptar que para él seguía
siendo la mujer que estaría de más incluso aunque fuera la única que
quedara sobre la tierra.
Pudo controlar las lágrimas a duras penas. Aquella tarde estaba siendo
del todo insoportable para ella, pero no podía dejar a Nick abandonado, no
aquel día. A pesar de estar perdida en sus pensamientos, era capaz de ver la
inquietud que él apenas podía manejar ya. Y como para hacer una
demostración de lo que pensaba, Nick se puso en pie por tercera vez en la
última media hora.
—¿Dónde vas otra vez? —le preguntó Pat—. ¿No te está gustando la
peli?
—Sí…, pero es que no estoy muy concentrado. ¿Quieres beber algo?
Ante la negativa de Pat, él fue a la cocina y volvió al salón con una
botella de agua.
—¿La quitamos? —le ofreció Pat.
—¿No te importa?
Pat negó con un gesto y observó cómo él se sentaba de nuevo al borde
del sofá. Parecía incapaz de relajarse.
—¿Hablamos? —le preguntó la chica, esperando que al fin se abriera un
poco.
—No te preocupes —suspiró—. Estoy bien, es solo… que hoy está
siendo un día de mierda. Se me están juntando más cosas de las que puedo
soportar.
Se revolvió el pelo con un gesto nervioso y miró a Pat con cierta tristeza.
—Gracias por estar aquí.
La chica asintió y pensó que aquel era un buen momento para darle la
tarjeta que aún guardaba en el bolsillo. Se puso en pie para buscarla y se
sentó de nuevo justo a su lado, al filo del sofá.
—Me la ha dado en el cementerio —le dijo, tendiéndole la tarjeta.
Nick miró el cartón durante unos segundos, sin decidirse a cogerla.
Cuando lo hizo, Pat continuó:
—Dice que se aloja en el Hotel Drake.
—Me da igual.
—Solo quiere hablar contigo.
Nick guardó silencio y apretó los dientes con fuerza.
—Quizá… —intentó continuar Pat.
—No.
—¿No tienes curiosidad por conocer su versión?
—¿Crees que pueda decir algo que justifique toda una vida de
abandono? —le preguntó mostrando al fin cuánto le dolía aquello.
—No lo sé.
—¿Que no lo sabes? —preguntó un tanto indignado.
—No soy quién para juzgar a nadie.
—¡Pero yo sí! —Se puso en pie, enérgico y repentinamente irritado—.
Yo tengo todo el derecho a decidir odiarlo, Pat. Por tantos años de ausencia
y dolor.
—Puedo imaginarlo.
—¡No, no puedes! —le dijo con la voz rota y una expresión desolada en
el rostro—. No te haces idea de lo que se siente. ¡Pasé años preguntándome
qué tenía yo de malo para que mi propio padre no me quisiera!
A Pat se le rompió el alma al escuchar aquello.
—Mi madre pasó media vida mirando su foto con lágrimas en los ojos,
mientras yo la observaba a escondidas convencido de ser el culpable de que
ella fuera tan infeliz.
—Tu madre te adoraba, Nick.
—Lo sé, pero jamás he podido dejar de preguntarme si ella no me
culpaba también un poco de su marcha —admitió mientras su voz se
quebraba al pronunciar aquella frase—. Era muy reticente a hablar de ello.
Tuvo que hacer una pausa antes de poder continuar.
—No tenía inconveniente en pasar horas contándome cosas de cuando
eran grandes amigos, de la época de la universidad, de todos los países que
habían visitado juntos…, pero era hermética si le pedía que me hablara de
por qué nos dejó.
—Quizá él sí quiera darte esa respuesta.
—¡No seas ilusa, Pat! La respuesta es evidente, no necesito darle el
gusto a ese señor de decírmelo a la cara —insistió con vehemencia—. Mi
madre intentaba evitarme el dolor de tener que decirme que él se había ido
por mi culpa.
Pat se puso en pie y le tomó las manos, sufriendo por el dolor que leía en
sus ojos.
—¡Tú no eres culpable de nada!
—Sí, ahora lo sé, pero tardé muchos años en entenderlo —admitió con
pesar—. Y la reticencia de mi madre a hablar de ello tampoco me ayudó. Te
juro que habría preferido que me mintiera y me dijera que había muerto,
hubiera sido más fácil de asimilar y superar.
—No digas eso, Nick —le suplicó—. La vida da millones de vueltas.
—Ninguna de esas vueltas me llevará a ese hotel —aseguró, apretando
los dientes—. No puedo hablar con él, Pat, apenas si he soportado verlo ahí
de pie, como si nada.
—Vale, está bien.
—Por favor, nunca vuelvas a insinuar que lo haga —le suplicó, con una
expresión de desconsuelo que a Pat le cortó la respiración.
—No te preocupes —le aseguró conmovida—. Pero si quieres que yo…
vaya a verlo…
—¡No! —interrumpió, horrorizado ante la idea—. No se te ocurra
acercarte a él, Pat.
—Tranquilo, no lo haré.
—¡Te lo digo en serio! —insistió—. Te juro que sería de las pocas cosas
que jamás podría perdonarte.
—Olvídalo, Nick, no he dicho nada —suplicó, lamentado haberle
causado más pesar—. Nunca tendrás que preocuparte por eso.
—Prométemelo.
—Nick…
—¡Que me lo prometas, Pat! —insistió.
La chica se sintió un poco dolida frente a su desconfianza, pero la mirada
de súplica y preocupación que Nick clavó en ella le desgarraron el alma.
—Te lo prometo.
Nick pareció relajarse un poco, pero solo fue hasta que añadió, furioso:
—¡Debería haberlo echado del cementerio a patadas!
—Cálmate ya, por favor —le rogó, abrazándose a él con fuerza para
intentar aportarle consuelo.
Nick le devolvió el abrazo y exhaló aire con lentitud, intentando
controlar sus emociones. Permanecieron abrazados durante mucho rato,
hasta que poco a poco el dolor y la angustia fueron desapareciendo para ser
sustituidos por algo más dulce, pero igual de devastador.
Cuando Nick aflojó el abrazo y la miró a los ojos, Pat no tuvo problema
para identificar aquel oscuro anhelo en su mirada. La deseaba, de aquello
no tenía ninguna duda…, y comprenderlo le robó el aliento y convirtió su
sangre en fuego líquido. Sabía que ella era igual de transparente para él,
pero en aquel momento no le preocupaba que él viera el apremiante deseo
que la devoraba por dentro, lo que temía era que pudiera leer mucho más
allá, porque sentía que lo amaba más que nunca.
Nick tomó un mechón de su pelo entre los dedos y lo acarició durante
unos segundos, hasta que terminó aprovechando la cercanía para rozarle la
mejilla con el dorso de la mano. Pat parecía hipnotizada, incapaz de
articular palabra.
«Te amo tanto», era lo único que su cerebro se empeñaba en repetir una
y otra vez. Hasta que, casi como un milagro, la parte cuerda se impuso para
recordarle que él estaba en un momento bajo y solo buscaba el consuelo
más viejo del mundo.
«¿Y por qué no dárselo?», se dijo a sí misma, mirando su boca con
verdadero anhelo. «Porque se odiará a sí mismo después», se lamentó.
—Ahora entiendo mucho mejor por qué estás tan obsesionado con no
traspasar el umbral de la amistad —le dijo, buscando, muy a su pesar, que él
recapacitara.
Nick miró su boca durante unos largos segundos y regresó a sus ojos
para contestar:
—¿Sí? Pues yo en este momento entiendo que ellos no pudieran
resistirse…
—Nick…, por favor…
El chico volvió a mirarle los labios al tiempo que la atraía un poco más
hacia sí.
—Ofréceme tu consuelo, ojos azules —le suplicó en un susurro,
metiendo la mano entre la suave melena.
—Nick, no lo hagas —le imploró, consciente de que si él la besaba no
tendría fuerzas para negarse.
—Solo una vez más…
—Nick… —susurró, empujándolo levemente, al límite de la cordura.
—¿Es por él? —le preguntó de repente—. ¿Es por ese tipo del que me
hablabas antes?
A Pat le sorprendió el deje de amargura que creyó detectar en su voz.
—Es por ti —dijo cohibida, a punto de confesarle que él era aquel
hombre, pero decidió que era mejor no complicar más las cosas—. Dentro
de un rato el consuelo que me pides te parecerá un error, Nick, y te
fustigarás de nuevo. No necesitas más pesares por hoy.
—Pues tú rechazo no me ayuda —dijo, soltándola y distanciándose un
poco.
—Intento hacer lo mejor para ti —insistió, sorprendida por su reacción.
—Entonces márchate, por favor.
—¿Qué? —Ahora estaba perpleja.
—Necesito estar solo, Pat, tengo demasiados fantasmas en este momento
—admitió, sin apenas mirarla—. No soy buena compañía.
—Pero…
—¡Sin peros! —exclamó ya irritado—. Vete en busca de… quién sea.
—¿De quién sea? —¿Volvía a echarle en cara a aquel tipo?
—En este momento, cualquiera es mejor compañía que yo.
—Pero yo quiero estar aquí.
—Pues lo siento, pero esa opción solo existe en posición horizontal —
dijo, con una sonrisa mordaz—. Y puesto que no pareces estar muy por la
labor…
Aquello fue la gota que colmó el vaso para Pat. Entendía que él estuviera
pasando un momento crítico aquel día, pero todo tenía un límite.
Sin pronunciar una palabra más, cogió su bolso, caminó hacia la puerta y
salió de la casa, cerrando de un portazo.
Caminó hasta el coche pisando fuerte, como si aquello pudiera ayudarla
a aplacar un poco su enojo. Lo peor de todo era que se sentía fatal por
enfadarse con él sabiendo que no estaba en su mejor momento, pero para
ella el día tampoco había sido una fiesta.
Estaba tan absorta en sus propios pensamientos, que cuando Nick la
cogió del brazo para evitar que se subiera en el coche, dejó escapar un
pequeño grito de sorpresa.
—¡Me has asustado! —protestó, tirando de su brazo.
—Lo siento, no era mi intención —dijo azorado—. Pensé que me habías
oído salir y no querías hablar conmigo.
—Pues no —admitió—. Iba pensando en mis cosas y no me he dado
cuenta. ¿Qué quieres? —se cruzó de brazos esperando la respuesta.
—No te vayas así, por favor —le pidió, mirándola con ojos suplicantes
—. Parece que últimamente no hago otra cosa más que pedirte disculpas,
me siento fatal.
—Nick, sé que estás muy angustiado hoy, pero no tienes ningún derecho
a tratarme así.
—Sí, sí, lo sé —aceptó—, y sé que solo quieres ayudarme, te lo
agradezco de verás. Me he visto desbordado por mis emociones y lo he
pagado contigo. Sé que no es justo, pero no estoy acostumbrado a…
sentirme así.
—¿Lo dices por lo de tu padre?
Nick desvió la mirada mientras se revolvía el pelo con ademán nervioso.
—No solo por eso —admitió, pero no agregó nada más.
—¿Y vas a compartirlo conmigo o tengo que adivinarlo? —Pat sabía que
estaba siendo un poco dura, pero no podía evitarlo, estaba herida por todo lo
sucedido aquella tarde.
—¿Puedes tenerme un poco de paciencia, por favor? —le rogó—.
Esto… no es fácil para mí.
Pat le hizo un gesto resignado con las manos y se apoyó sobre el coche
en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada crítica.
Observó con detenimiento como Nick tragaba saliva mientras parecía
buscar las palabras adecuadas y sintió su corazón acelerarse esperando un
milagro.
—¡Déjalo! —terminó diciendo Nick con un gesto exasperado—. No soy
capaz de entenderme ni yo mismo, como para explicártelo.
Pat se incorporó de nuevo irritada.
—¿Ahora no vas a decir nada?
—Te reitero mis disculpas.
—¡Pues qué bien! —expresó, molesta, sintiéndose una idiota por haber
tenido la esperanza de escuchar algo que borrara un poco el sufrimiento de
los últimos días. Se giró hacia el coche dispuesta a irse.
—Al menos dime que las aceptas.
Pat se volvió de nuevo a mirarlo.
—Claro, Nick, no te preocupes, estás disculpado —dijo con una sonrisa
fría.
—¿Y por qué tus ojos me dicen otra cosa?
—Dicen que los ojos son el espejo del alma. —Se encogió de hombros
—. Y quizá la mía necesita un respiro.
—¿De mí? —La desolación que leyó en sus ojos le arrancó a Pat un
suspiro. No podía soportar hacerle más daño aquel día.
Recorrió la distancia que los separaba, se puso de puntillas y le dio un
suave beso en la mejilla.
—Todo está bien, Nick —le dijo, intentado no sucumbir a las ganas de
besar sus labios—. Luego hablamos.
Se subió en el coche, arrancó el motor y se alejó de él, buscando algo de
paz.
Nick se quedó allí de pie, en mitad de la calle, sintiendo que aquel dulce
beso le quemaba aún en la mejilla.
En aquel momento se sentía como si una manada de elefantes le hubiera
pasado por encima, y él no pudiera hacer otra cosa más que lamentarse por
haberse interpuesto en su camino.
«¡¿Qué narices pasa contigo, Nick!?», se regañó mientras caminaba
hacia la casa. Terminó sentándose en los escalones de entrada, buscando
que el aire fresco le ayudara a ver las cosas con más claridad.
Durante los últimos días, se había repetido hasta la saciedad que debía
aprender a controlar los estragos que Pat provocaba en su cuerpo. Se había
recluido en casa y refugiado en el trabajo, fustigándose a sí mismo cada
minuto que dejaba que su mente recordara todo lo sucedido en casa de
Dannie. La furia que le había obligado a irse de aquella manera de la casa
apenas si había durado un par de horas, y cuando al fin pudo calmarse y
recapacitar, se le había caído el mundo encima. Horrorizado por su propio
comportamiento, no recordaba haberse sentido más avergonzado de sí
mismo jamás, tanto que había sido incapaz de provocar un acercamiento
con ella, ni siquiera para pedirle disculpas. Y cuando se había encontrado
solo en aquel cementerio, sintiéndose el hombre más infeliz del planeta, ella
lo había cogido de la mano e iluminado su mundo de nuevo, incluso en un
día como aquel. En aquel instante se había prometido hacer las cosas bien.
Estaba seguro de haber encontrado las fuerzas necesarias para resistirse y
respetar su amistad ante todo lo demás…, y apenas unas horas más tarde
estaba desquiciado por llevársela a la cama. Y lo estaba. Sobre aquello no
había duda. Cuando miraba de cerca aquellos increíbles ojos azules, se
perdía en su inmensidad casi al instante, y solo podía pensar en besar
aquellos labios… y el resto de ella a continuación.
Por fortuna, Pat había sido más sensata al evitar lo que, sin duda, habría
sido un error. Se había negado a sucumbir…, quizá pensado en aquel otro
tipo. Aquel pensamiento le provocó un nudo en la garganta que apenas
dejaba pasar el aire. Tragó saliva con mucha dificultad y tuvo que ponerse
de pie, incapaz de permanecer quieto.
«Joder, Nick… ¡¿qué coño te pasa?!», se dijo, entrando en la casa y
recorriéndola de arriba abajo como un león enjaulado, como si así pudiera
huir de sus propias cavilaciones. Pero no resultó. El simple pensamiento de
que ella pudiera estar enamorada de otra persona lo enfermaba, incluso más
que imaginarla en brazos de otro. No podía soportarlo.
¿Y qué había contado ella sobre el tema? ¿Que ya lo había superado? Sí,
había dicho que ya no lo amaba, pero no le había parecido sincera… Se
lamentó por no haber insistido e indagado más en aquello.
«¡¿Y para qué quieres saberlo?! ¡¿Qué te puede importar a ti que la que
solo quieres como amiga ame o no a otro?!», le gritó su conciencia con
grosería. «A no ser…».
—¡Oh, cállate! —dijo en alto intentando silenciar las voces de su cabeza.
Se sentó en el sofá y la tarjeta que aún estaba sobre la mesa llamó su
atención. De inmediato, se puso en pie, la arrugó entre sus manos con
movimientos enérgicos y caminó hasta el cubo de la basura. Cuando levantó
la tapa para tirarla, dudó por unos segundos, pero terminó sucumbiendo a su
furia y arrojó la tarjeta dentro del cubo. Después sacó la bolsa, le hizo un
nudo y salió a tirarla al contenedor.
Cuando regresó a la casa, se sentía un poco mejor. Como si con aquel
gesto hubiera sacado a su padre de su vida de nuevo, y con él parte de su
rabia acumulada.
—Vale, ya está —se dijo en alto, respirando hondo varias veces para
recuperar la calma.
Su padre estaba donde le correspondía, el día estaba llegando a su fin y
Pat había evitado que ambos cometieran otro error imperdonable.
—Prueba superada —se dijo, intentando esbozar una sonrisa.
Un minuto después, se tumbó en el sofá, se tapó la cara con uno de los
cojines y dejó escapar un alarido ronco que el cojín se encargó de
amortiguar.
—… Ahora sí me siento mucho mejor…
Capítulo 28
Pat se sentó en la cama, cerró los ojos y se retiró un poco el teléfono de
la oreja, esperando el grito que sin duda iba a recibir en un instante. No se
equivocó.
—¡¿Que le has dicho qué?! —exclamó Jennifer, alucinada.
—Es que se puso muy pesado —se excusó—. Y me dijo: una pregunta
por otra… ¡¿qué podía hacer?!
—¡Mentir, Pat! —insistió su prima—. Echarme la culpa a mí, a mi
madre o a Yoko Ono.
—Es que lo del mal de amores me pareció algo ambiguo, sin ser mentira
—se lamentó—. No creí que le daría tanta importancia.
—¿Cuánto es tanta?
—No lo sé. Ha sido una tarde muy rara —contó—. Al principio se sintió
aliviado. Por lo visto le preocupaba que yo me hubiera encaprichado un
poco de él.
—¿En serio? ¡Qué absurdo! ¿Cómo ha podido pensar una tontería así?
—Eres una idiota —se quejó, pero tuvo que sonreír ante la carcajada de
su prima—. En serio, Jen, estoy desconcertada.
Pasó a relatarle parte de lo sucedido, sin entrar en lo referente a la visita
de su padre, que consideraba que no era asunto de Jennifer. Su prima
escuchó todo en silencio, y así permaneció cuando Pat llegó al final de la
historia.
—¿No vas a decir nada? —la instó Pat, mordiéndose el labio de forma
nerviosa.
—Es que… estoy perpleja —reconoció.
—¡Como yo! —se quejó Pat—. Ya no sé si le ha aliviado, le ha
importado o… todo lo contrario.
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada, ¿qué quieres que haga?
—Decirle la verdad, Pat.
—¿Te refieres a que le hable de la llamada de Yoko para alojarme en tu
casa?
—No sé si dejarle pensar que estás enamorada es buena idea —insistió.
—Lo estoy.
—Sí, pero de él.
—Bueno…, eso es un detallito sin importancia.
Jennifer tuvo que reír. Conocía a su prima muy bien como para saber que
ya estaba lo suficiente jodida con aquel tema. Si necesitaba bromear, le
seguiría la corriente, pero se temía que aquel era un asunto mucho más serio
de lo que Pat pensaba.
—Además, le aclaré que ya lo había superado —le recordó—. Aunque
supongo que saberlo le jodería, estaba tan contento con la noticia…
El tono ya no tenía nada de divertido.
—Pat…
—No, Jen, no voy a comerme la cabeza con esto —dijo un tanto
ofuscada ya—. Para él ha resultado un alivio saber que yo tengo mis
sentimientos en otra parte, ¡pues que lo piense!
Su prima sospechó que hablaba más para convencerse a sí misma que a
ella, pero no dijo nada, se limitó a dejarla desahogarse.
—Claro que cuando lo rechacé, ya no pareció gustarle tanto —continuó
Pat irritada—. ¡Menudo morrazo!
—Y hablando de eso… ¿cómo has conseguido resistirte? —le preguntó
con innegable curiosidad.
Pat guardó silencio, respiró hondo y decidió ser sincera.
—Pues no tengo ni idea, Jen, porque te confieso que me he arrepentido
unas cien veces desde entonces —admitió—. Ha sido un día muy difícil
para Nick, él solo quería consuelo durante un rato, pero sé que mañana se
hubiera sentido como un miserable. Y yo me habría muerto de la pena.
Pat esperó que su prima entendiera y confiara en su palabra. No podía
hablarle de los padres de Nick ni del papel que jugaban en su propia
historia, que aquel día estaba más presente que nunca entre ellos.
—De pena no se muere nadie —le dijo Jennifer en un tono afable pero
firme—. Entonces, ¿vas a darte por vencida?
—Todavía no sé qué voy a hacer —admitió—. Cuando pareció alegrarse
de que estuviera enamorada de otro, estaba decidida a tirar la toalla…
—¿Pero? —la instó Jennifer al ver que guardaba silencio.
—Cuando ha salido a buscarme al coche…, no sé, he sentido algo muy
diferente en su actitud.
Resopló con fuerza.
—Estoy confundida —terminó admitiendo—. Creo que necesito
comprobar cómo se comporta algunos días más.
—Me parece muy bien.
—Pero Jen…, no voy a forzar la situación. Si él insiste en que seamos
solo amigos, eso será lo que tendrá —admitió con tristeza, dejando que sus
lágrimas volvieran a cobrar vida—. Sin trucos ni pretensiones. La esperanza
duele demasiado. Y no quiero terminar odiándolo por pisotear todas mis
ilusiones, no me parece justo porque él siempre ha sido sincero conmigo.
—Bien.
—¿En serio te parece bien?
—Lo que tú decidas, Pat, es lo adecuado.
—¡No se te ocurra hablarme como una psicóloga! —protestó—. Quiero
a mi prima.
—Pues tu prima está a punto de cogerse un vuelo a Santa Carla para
darle un par de collejas a ese pedazo de asno.
—¡Pobre! —se apiadó—. Hoy ha tenido un día horrible.
—Y te hubiera gustado tanto consolarlo…
—Ay, sí —Se le escapó junto a un suspiro—. ¡Eh, has hecho trampa!
Jen rompió a reír a carcajadas, contagiando a su prima sin remedio.
—¡El día que pierdas el culo por un tío, voy a divertirme mucho! —le
dijo Pat entre risas.
—¿Yo? —Volvió a reír—. ¿En serio me ves suspirando por los rincones?
—¿Por el tipo adecuado? —Hizo una pausa teatral—. ¡Por supuesto!
Capítulo 29
Cuando al día siguiente Pat entró en el Oasis, llevaba la firma
determinación de comportarse con toda la normalidad que pudiera con
Nick. No daría muestras de estar enfadada ni contenta, solo… ¿normal?
«¿Y qué actitud puede considerarse normal ya entre nosotros?, se
preguntó preocupaba. Intentaría amoldarse a los acontecimientos y dejarse
llevar, si es que él aparecía por allí. Sabía que aún no había llegado, puesto
que su moto no estaba aparcada en la puerta, y tampoco le había escrito en
todo el día. No sabía nada de él desde que la noche anterior le había dado
las buenas noches por WhatsApp y había recibido un escueto descansa
como única respuesta.
Buscó a James y Rob con la mirada y puso una de sus mejores sonrisas
para llegar hasta ellos, que la recibieron con entusiasmo, mientras echaban
una de sus acostumbradas partidas de billar.
—Recuérdame por qué sigo jugando al billar con este tío —le dijo James
a Pat, soltando el palo sobre el tapete con una divertida expresión de
frustración.
—Puedo dejarte ganar alguna vez, si quieres, como a los niños. —Rio
Rob—. ¿Eso te gustaría…, querubín?
—Uy, qué hostia le meto…
Pat rio a carcajadas. Necesitaba mucho a sus amigos aquel día. Ojalá
pudiera contarles todo lo que la aquejaba y refugiarse entre ellos hasta
sentirse mejor, tal y como había hecho toda su vida.
—¿Estás bien? —se interesó James, mirándola con atención.
Ella buscó su mejor sonrisa ante de contestar.
—¡Sí, genial!
—Pues entonces creo que tengo alguna noticia interesante para ti —dijo
Rob con una sonrisa entusiasmada. Se volvió hacia James para decirle—:
¿Puedes ponerle un poco de emoción?
—Claro —afirmó su amigo, e hizo un redoble de tambor perfecto sobre
la barra.
Pat rio, expectante ante la noticia.
—Hace un momento me ha llamado mi amigo, el de la inmobiliaria —
anunció Rob—. Dice que tiene un par de locales interesantes para la clínica.
—¡¿En serio?! —Aquello sí era una gran noticia—. ¿Cuándo podemos
verlos?
—¿Mañana?
Pat dejó escapar una exclamación de euforia. Encontrar un local con
todas las prestaciones y características que necesitan no estaba siendo tarea
fácil. Y aquel proyecto con Rob era de las pocas cosas que aportaban
ilusión y emociones cien por cien positivas a su vida últimamente. Todo lo
demás sufría demasiados altibajos como para valorarlo siquiera. Y todo lo
demás tenía nombre propio, por supuesto.
Escuchó, emocionada, toda la información que tenía de los locales.
Sobre todo uno de ellos, que se había estado usando hasta ahora como
consultorio médico, tenía muy buena pinta y la ubicación era perfecta.
—Se sube un poco de alquiler, pero lleváis margen —les aseguró James,
feliz de verlos tan entusiasmados—. Si se ajusta a lo que necesitáis, ni lo
dudéis.
—Pues espero que sea perfecto —dijo Rob con una sonrisa radiante—.
¡Estoy deseando despedir a mi jefe!
—¡Y yo despegar! —exclamó Pat, y los miró con una expresión
emocionada—. ¿Sabéis? Me siento muy afortunada.
—Espera a ver el local primero. —Sonrió Rob—. Igual es una full.
—Si no es este, será otro —le aseguró—. Pero es un lujo poder montar el
negocio de mis sueños, junto a una de las personas que más quiero en esta
vida —se abrazó a Rob, que la apretó conmovido contra su costado—.
¿Qué más se puede pedir?
—La cuenta corriente de este tipo —bromeó Rob señalando a James.
—De esa podéis disponer, ya lo sabéis. —Rio James—. Y de una web de
primera y un reportaje fotográfico de lujo.
—¿Veis? ¿Soy o no la mujer más afortunada del planeta?
—¡Nosotros sí que somos afortunados! —le dijo Rob, abrazándola de
nuevo más fuerte.
—Hostias, dejadlo ya, que estoy a punto de abrazarme a vosotros —
protestó James, con un nudo en la garganta.
Pat y Rob le abrieron el brazo libre para que se uniera a ellos.
—Ven acá, tercer mosquetero —dijo Rob con una sonrisa maliciosa.
James lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—Venga, ladrón…, no nos hagas un feo —insistió Rob, cambiando la
voz por otra más aguda, que acompañó con un batir de pestañas y un gesto
amanerado con la mano.
Contra todo pronóstico, James se lanzó sobre ellos y los abrazó con
fuerza, mientras Rob protestaba y le aseguraba que era suficiente. Pat reía a
carcajada limpia, que terminó contagiándoles.
¡Cuánto necesitaba aquello y qué insustituibles eran aquellos dos
personajes en su vida!, pensaba Pat sin dejar de sonreír.
—Y hablando de mosqueteros… —preguntó James—. ¿Y D'Artagnan
dónde anda?
Los dos miraron a Pat, aguardando su respuesta.
—Supongo que no tardará —dijo, esperando estar en lo cierto. Resultaba
increíble que, a pesar de todo, se estuviera muriendo de ganas de verlo.
—¿Cómo lo llevó ayer? —se interesó Rob, sin dudar ni por un momento
de que hubieran pasado el día juntos. Lo hacían cada año desde el
fallecimiento de Alina Baker.
Pat se encogió de hombros y se sintió un poco incómoda. Ella no era la
indicada para hablarles del padre de Nick, pero era complicado contarles
algo del día anterior sin hacerlo.
—Supongo que cada año duele un poco menos —les dijo con una
sonrisa triste—. Aunque ya sabéis cuánto le cuesta expresar sus emociones.
—Es que no es fácil —le recordó James, que era incluso más hermético
que Nick—. Pero el tiempo lo cura todo…, o casi todo.
Rob y Pat intercambiaron una mirada comprensiva. Aquel casi todo
hubiera pasado desapercibido para cualquiera que no conociera la historia
personal de James, pero no para ellos, que la habían vivido y sufrido junto a
él.
—¿Y qué hicisteis ayer? —siguió preguntando James.
—Lo de todos los años —contó—. Estuvimos un rato en el cementerio,
comimos en su casa, vimos una peli… Ya sabéis que no suele apetecerle
venir aquí.
—Sabiendo que está contigo, estamos tranquilos —admitió Rob.
—Anda, mira —Señaló James hacia la puerta—, hablando del rey de
Roma…
El corazón de Pat dio un vuelco y se encabritó al instante, haciéndola
sentirse de lo más idiota. Cuando se volvió a mirarlo estuvo a punto de
soltar un suspiro propio de una quinceañera enamorada, y aquello le hizo
fruncir el ceño.
«Pues empiezo la normalidad genial», se quejó, esperando a que Nick
llegara hasta ellos.
El chico saludó con una sonrisa sincera a todos. James y Rob le
devolvieron un gesto efusivo, cargado de emotividad.
—Estoy bien. Reconozco que ayer fue un día de mierda, pero ya pasó —
les dijo, agradeciendo el apoyo. Después miró a Pat y ensanchó su sonrisa
aún más—. Gracias a que tengo la suerte de contar con la mejor amiga del
mundo.
Pat pudo esbozar una leve mueca, que esperaba que ocultara un poco las
ganas de pegarle que era lo que le apetecía realmente tras aquel comentario.
Al parecer, Nick venía dispuesto a sentar las bases desde el minuto uno.
«Pues genial, ¿quieres a tu amiga?, ¡eso será lo que tendrás, pedazo de
cabezota redomado!», se dijo, forzando la sonrisa hasta que le dolieron los
músculos de la cara.
—No hay otra como Pat, eso seguro —admitió Rob—. Aquí también
hemos tenido nuestro momento tierno hace un momento.
—Yo no —dijo James divertido, levantando las manos, y señaló a sus
amigos—. Estos, que son unos blandengues.
Entre risas, Rob le contó a Nick las buenas noticias sobre los locales que
tenían que ir a ver al día siguiente, de lo cual el fotógrafo se alegró mucho.
Cuando llegó Dannie tuvieron que repetir de nuevo toda la conversación,
pero Pat y Rob estaban tan contentos que no pusieron ningún problema para
hacerlo. Dannie les prometió la mejor página web de la historia, solo a
cambio de una puesta a punto de la espalda cada cierto tiempo.
Pat miraba a Nick de reojo de vez en cuando sin poder evitarlo. En
alguna ocasión le había pillado observándola a su vez y aquello le había
hecho sentirse muy rara. Aún no habían tenido oportunidad de hablar a
solas, pero prefería que fuera así. La declaración de intenciones de Nick
nada más llegar había sido evidente y, bajo su punto de vista, innecesaria.
Empezaba a molestarle mucho que él insistiera en dejar claro que solo eran
amigos, como si ella fuera una groupie deseosa de meterse en su cama a la
menor oportunidad. Y más, cuando había sido ella quien puso la nota
sensata el día anterior.
Decidió que necesitaba un respiro y fue al baño para refrescarse un poco.
Se tomó más tiempo del necesario, intentando no pensar en nada que no
fueran las ganas de ver aquellos locales que podían ser el principio de su
carrera profesional. Pero el recuerdo de Nick se colaba en su cabeza una y
otra vez, incomodándola. Se enfadó consigo misma por dejarlo influir tanto
en su estado de ánimo y se prometió ignorarlo durante el resto de la noche.
No fue posible. Cuando salió del baño casi se chocó de frente con él, que
se detuvo junto a ella. Si fuera mal pensada, Pat habría jurado que no había
sido casual y que él aguardaba su salida del baño, pero desechó aquel
pensamiento por no encontrarle ningún sentido.
—Espero que por fin ese sea el local que estabais esperando —empezó
diciéndole Nick.
—Sí, me hace una ilusión tremenda —admitió Pat, sin mirarlo a los ojos.
—En cuanto que esté listo, vamos a hacerle un reportaje de los que
hacen época.
—No esperaba menos —Sonrió un poco tensa—, aunque hay mucho
trabajo que hacer antes.
—Sí, eso seguro.
—Pero trabajar con Rob va a ser tan increíble que no me importa todo el
esfuerzo. —Sonrió ahora con sinceridad, mirando hacia donde estaba su
amigo, y perdiéndose así el ceño fruncido con el que era recibida la
respuesta. Continuó hablado, aparentando tranquilidad—. ¿Tienes idea de la
cantidad de técnicas geniales que conoce y que estoy loca porque me
enseñe a poner en práctica?
—Sí, me lo has comentado muchas veces —le recordó.
Ahora si se ganó la atención de Pat, que se preguntó si podía haberse
imaginado el tono molesto.
—Es verdad —admitió con repentina curiosidad—, pero es que estoy tan
contenta…
—Me alegro mucho.
—Pues nadie lo diría —opinó, observando su expresión ceñuda.
Nick sonrió con lo que a Pat le pareció una inquietud evidente.
—Disculpa, pero es que quería… comentarte algo que me tensa un
poco… —terminó admitiendo él.
Pat lo miró de nuevo a los ojos. No podía evitar estar a la defensiva. Al
parecer, había estado en lo cierto al pensar que no habían solo coincidido a
la puerta del baño. Él la había abordado lejos de sus amigos con toda la
intención.
—¿Qué pasa? —le preguntó, cruzándose de brazo frente a él.
Nick dudó un segundo antes de admitir:
—Quería darte las gracias por lo de ayer.
—No hace falta —respondió Pat con una sonrisa vacía—. No es
necesario que insistas. Ya sabes que siempre estaré ahí en días como ese.
—No me refiero a eso —aclaró, ahora un poco avergonzado—. Hablo
de… cuando tuviste más juicio que yo.
Pat dejó escapar un suspiro de hastío que pareció sorprender mucho a
Nick. Aquello era lo último que a la chica le faltaba por oír, escuchar cómo
le daba las gracias por no haberse metido en su cama… Al parecer, él
necesitaba dejar aún más clara su postura con respecto a su relación. ¿Era
incapaz de ver cuánto la humillaba aquella insistencia o es que le daba
igual?
—Solo quería aclararlo —insistió Nick—. No era mi intención
incomodarte.
«Respira, Pat, mandarlo a la mierda solo te hará sentir bien unos
minutos…», se dijo irritada, exhalando aire muy despacio para guardar la
calma.
—No me incomodas —dijo al fin, mirándolo a los ojos—. Es solo… que
ya estoy cansada de hablar del mismo tema contigo.
—Vaya, usted perdone.
Pat suspiró. No podía seguir así. Por eso hizo acopio de toda su valentía
y le preguntó a bocajarro:
—Nick, ¿tú tienes realmente claro que no me quieres en tu vida?
Él la observó perplejo. Al ver que no contestaba, insistió:
—Y no me refiero como amiga, sino como algo más.
—Sé a qué te refieres.
—Pues contesta.
—Pat…
—¿Lo tienes claro sí o no? —insistió, a pesar de saber que era casi
seguro que saldría herida de la conversación, pero no soportaba más aquella
incertidumbre—. Responde.
—Relaja un poco.
—¿Sí o no? —exigió, izando un poco la voz, ya muy molesta—. No es
una pregunta tan complicada.
—Que yo creía que estaba más que clara —contestó malhumorado por
sentirse tan presionado.
«Ahí tienes tú respuesta», se dijo Pat con rabia contenida. «Ahora
apechuga». Le sostuvo la mirada unos segundos, en silencio, encajando las
palabras.
—Bien, pues ahora sí está todo dicho.
Nick la miró entre desconcertado y molesto.
—¿Y antes no lo estaba?
—No si tenemos en cuenta que hasta ayer mismo intentaste meterme en
tu cama.
—Y disculparme por eso era precisamente el motivo de esta
conversación.
—Pero es que no puedes pasarte la vida disculpándote, Nick —insistió
Pat, que ni siquiera sabía de dónde estaba sacando las fuerzas para decirle
todo aquello—. Todo esto tiene que parar. Si tú no me quieres en tu cama…
—¿Y qué más da lo que yo quiera si tú lo tienes tan claro? —interrumpió
enfadado—. Ayer no tuviste ningún problema para rechazarme.
—¿Y crees que fue fácil?
—¿Cómo voy a saberlo?
—Pues si esperas que te lo diga, ves cogiendo asiento —sentenció Pat—.
¿Tú quieres solo a la amiga? Bien, eso es lo que tendrás, pero procura
respetar las reglas de juego esta vez, Nick, porque te aseguro que yo pienso
hacerlo aunque muera en el intento.
Sin esperar la réplica, Pat pasó ante él y volvió junto a sus amigos.
Nick la siguió con la mirada y un gesto abatido en el rostro.
«¿Tú quieres solo a la amiga?», le había dicho Pat… ¿Significaba
aquello que ella sí quería algo más? ¿O solo pretendía utilizarlo para
olvidarse de aquel otro tipo? Confuso, la observó charlar con sus amigos
como si aquella conversación no hubiera tenido lugar. Debía reconocer que
Pat estaba en su derecho al decirle muchas de aquellas cosas. Él mismo era
consciente de que no podían seguir por aquel camino, pero la frialdad con la
que ella parecía haber zanjado el tema le revolvía las tripas.
«Vale. Asunto resuelto entonces», se dijo con vehemencia al escucharla
reír por algo que había dicho alguno de los chicos. Quizá necesitarían un
tiempo para volver a sentirse cómodos el uno con el otro, pero, sin duda, era
lo mejor.
«Entonces, ¿por qué me siento tan mal…?», tuvo que admitir cuando ya
no pudo controlar más tiempo la desazón que le quemaba por dentro.
Capítulo 30
Pat estaba interpretando el papel de su vida al continuar en el Oasis,
comportándose con aquella aparente felicidad, cuando lo único que quería
era meterse bajo las sábanas a lamerse las heridas. No dudaba de que había
hecho lo correcto al aclarar y zanjar el tema con Nick, pero eso no
significaba que no doliera como si alguien le estuviera retorciendo un
cuchillo en las entrañas. Se había acabado, y debía aceptarlo para poder
continuar adelante con su vida, porque no podía seguir remando
contracorriente.
—Voy a pedir de beber, ¿alguien quiere algo? —preguntó cuando vio
que Nick caminaba hacia ellos. Aún necesitaba unos minutos más para
encajar todo lo sucedido. Todos le dijeron que estaban servidos.
La chica se alejó hacia la barra y buscó a alguien que pudiera atenderla.
No parecía haber ni rastro de Boss o Chris, lo cual no le molestaba
demasiado, sino que le daba la excusa perfecta para estar un rato más allí,
alejada de todos. Aprovechó para escribirle un mensaje a Jennifer,
esperando que pudieran charlar unos minutos. Su prima era la única persona
con la que podía sincerarse y hablar de todos sus problemas, y la necesitaba
mucho en aquel momento.
—Casi me da miedo interrumpir tus pensamientos —dijo la voz de un
hombre a su lado, sobresaltándola.
Pat suspiró, irritada, antes de volverse hacia el desconocido del que
tendría que deshacerse, y no estaba para mucha sutileza. Pero cuando se
giró a mirarlo, resultó no ser tan desconocido. El repartidor macizo de la
pizzería le sonrió como si encontrarla allí hubiera sido el mejor momento de
su día.
—Dime que estabas valorando pedir una pizza —insistió el chico—,
aunque sea mentira.
Pat tuvo que sonreír. Además de guapo, el tipo era encantador.
—También repartís a los pubs —bromeó, mirándolo ahora de frente.
—A este no.
—¿Y eso?
—Discrepancias con el dueño —admitió.
A la chica le sorprendió el comentario.
—¿Y qué haces aquí entonces?
—He venido a traerle el teléfono a mi hermana —le contó—. Se lo ha
dejado en casa. Trabaja aquí, o eso creo, porque llevo diez minutos
esperando y no hay nadie en la barra.
Pat lo miró sorprendida.
—¿Eres hermano de Chris? —El chico asintió—. Qué pequeño es el
mundo.
—¡Pero qué interesante! —Sonrió con picardía—. En este momento
podría soportar hasta que fuera mi excuñado quien nos pusiera algo de
beber.
La chica tuvo que reír. Pasó por alto el coqueteó y le dijo:
—Lo de ex es precipitado —bromeó—. Tengo entendido que todavía
sigue siendo tu cuñado.
—Para mí dejó de serlo hace mucho tiempo —admitió—. Pero ¿por qué
estamos hablando de él en lugar de estar intercambiando los teléfonos?
Pat dejó escapar una sonora carcajada.
—¿Por qué crees que voy a darte mi teléfono?
—Porque hoy tengo prisa, ¿cómo vamos a concertar otra cita si no puedo
llamarte?
A Pat le sorprendió que fuera tan directo, pero no pudo evitar reír. Que
un tipo como aquel mostrara tan abiertamente su interés en ella resultaba
halagador. Era un respiro del que podía permitirse disfrutar un poco. Su
autoestima se lo agradecía de veras.
—Déjame preguntarle primero a tu hermana si eres de fiar, ¿vale? —
bromeó.
—Pues ahí la tienes. —Señaló contento—. ¡Por fin!
Chris llegó hasta ellos con una sonrisa un tanto tensa. Estaba sorprendida
de ver a su hermano allí, pero Pat sospechaba que no era solo aquello lo que
la inquietaba, se la veía nerviosa.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó al chico, desviando su mirada hacia la
puerta del almacén.
Él le tendió su teléfono móvil.
—¿Ni siquiera lo has echado en falta?
—Eh…, no, he tenido una tarde ajetreada.
Pat la miró con curiosidad. Le notaba algo raro.
—No te preocupes, no voy a montar un número —le dijo el chico con
tranquilidad—. No quiero que ella piense que soy un buscapleitos. —
Señaló a Pat con una sonrisa—. No voy a acercarme a tu ex aunque me
muera por partirle los dientes.
—Pues en este momento quizá te dejaría que lo intentaras —admitió la
camarera, dejando escapar un suspiro a continuación.
—¿Qué te ha hecho ahora ese imbécil? —exclamó de repente furioso.
—¡Nada! Es solo una forma de hablar —se apresuró Chris.
Pat observaba la escena con curiosidad. Casi podía imaginar a Rob o
James comportándose igual. Observó el nerviosismo de Chris y, asombrada,
comprendió cuál era el motivo real de su comportamiento. Tuvo que mirar
hacia otro lado para sonreír sin que la vieran.
—¡Joder, Chris, deja ya este dichoso trabajo! —le pidió el chico con un
gesto exasperado—. ¡Que se meta su preciado Oasis por donde le quepa!
Pat escuchó a la chica suspirar con pesar, y por la expresión de su rostro
comprendió que no era su interés en el pub lo que la mantenía allí. Para Pat
era como un libro abierto, quizá porque parecían estar en situaciones muy
similares.
—Esto ya lo hemos hablado, Ryan —le recordó—. No voy a cederle mi
parte del bar.
—Pues no te dará el divorcio hasta que lo hagas.
«Y Chris lo sabe», se dijo Pat convencida. Aquello era como ver una
telenovela en vivo y en directo.
—Entonces tendrá que soportarme aquí, le guste o no —insistió Chris.
«Y por lo que estoy viendo… a Boss hay ratos en que parece no
importarle». Pat no sabía si marcharse para que pudieran hablar o pedir un
cartucho de palomitas y tomar asiento. Al menos se estaba distrayendo de
sus propios pesares durante un rato. Miró al tal Ryan y añadió mentalmente:
«y las vistas son inmejorables».
—Tú sabrás —admitió el chico por fin—, pero si te sigo escuchando
llorar por las noches, no habrá promesa que te haya hecho que me impida
partirle la cara.
—Te prometo que no volveré a derramar ni una sola lágrima por ese
idiota —le dijo, y se giró a Pat para preguntarle—: ¿Y vosotros ya os
conocíais?
—Algo parecido —dijo Pat divertida.
—Tienes que darle buenas recomendaciones —le pidió Ryan a su
hermana, mirando después a Pat con otra de sus enormes sonrisas—. Estás
autorizada para darle mi ficha médica, dental o lo que sea que te pida para
concederme una cita.
Chris sonrió y miró a su hermano con cierto asombro.
—En serio, Chris, consígueme su teléfono, a como dé lugar.
—Voy a intentarlo —le aseguró su hermana fingiendo susurrar—. A mí
también me gusta mucho.
Pat dejó escapar una sonora carcajada. En otras circunstancias, estaría de
verdad encantada de formar parte de aquello, pero en aquel momento no le
parecía justo para él, ni siquiera para ella misma, el engañarse pensando que
podía o estaba preparada para darle ni una simple cita.
Vio como Ryan consultaba su reloj. Se le veía inquieto.
—Vete ya, anda, don Juan. —Rio su hermana—. Si llegas tarde a tu
guardia y pasa algo, tendremos que echarle la culpa a Pat.
—Pat. Bonito nombre —dijo el chico mirándola con coquetería—. Chris,
apúntale mi número, por fa, quizá hoy es mi día de suerte y decide
llamarme.
Le guiñó un ojo a Pat y salió corriendo del bar.
—¡Madre mía, hoy no llega a tiempo! —Rio la camarera.
—¿Tienen guardias en la pizzería? —preguntó Pat con curiosidad.
Chris dejó escapar una carcajada divertida.
—No, la pizzería es de un familiar, Ryan le echa una mano cuando puede
porque tiene a varios repartidores de baja —le contó.
—Ah, por eso me ha llevado un par de pizzas.
—Pues mejor que haber necesitado su ayuda real. —Sonrió Chris—. Es
bombero.
Pat sonrió. Sí, desde luego encajaría en cualquier calendario…
—Entonces, ¿vas a querer su número? —se aventuró la camarera.
El suspiro que Pat dejó escapar habló por sí solo. Aun así, añadió:
—Estoy tentada, de verdad… —La miró muy seria.
—No necesitas decir nada más.
—Qué fácil sería la vida si pudiéramos elegir de quién nos enamoramos
—se lamentó, luchando consigo misma para no volverse a mirar a quien no
debía.
—¿Me estás diciendo que incluso así no escogerías a Nick de nuevo? —
dijo más como una afirmación que como una pregunta.
Pat sonrió con tristeza. Sí, debía reconocer que aquello era cierto. Si
tuviera la oportunidad de empezar de cero…, volvería a equivocarse,
seguro.
—Nick es mi Boss, me temo —terminó diciéndole Pat tras meditarlo
unos segundos.
—¡Pues yo ya no tengo un Boss! —le aseguró, apretando los dientes—.
Borrón y cuenta nueva.
—Chris… —Pat la miró con una sonrisa comprensiva, que se tornó un
poco pícara al añadir—, llevas la camiseta del revés.
La camarera comprobó que Pat estaba en lo cierto y dejó escapar un
bufido de frustración.
—Vale, pues borrón y cuenta nueva empezando desde ahora mismo —se
lamentó.
—Sí, yo también empecé hace unos minutos —admitió.
—¡Hombres!
—¡Ojalá se extinguieran!
—Voy a fingir que no he escuchado nada. —Las sorprendió Boss
llegando hasta ellas. Y se marchó de nuevo sin añadir nada más.
Pat, perpleja, miró a Chris con curiosidad. Un rojo intenso cubría sus
mejillas.
—¿A qué ha venido? —le preguntó Pat, confusa.
—A humillarme —admitió con voz ahogada.
—¿Con su sola presencia?
—Ojalá, pero también me ha devuelto un detallito… —susurró. Izó un
poco la mano que tenía bajo la barra y le mostró con disimulo parte de un
bonito sujetador de encaje.
—Supongo que no es un regalo. —Chris dejó escapar un sonido de
impotencia y se tapó la cara con las manos—. Así que lo traías puesto
cuando has llegado…
—¡Te juro que le daría de bofetadas, si pudiera! —se quejó la chica, y
susurró solo para Pat—. Y ha tenido la cara de venir con mi ropa interior en
la mano por toda la barra.
—Nick se paseó con mis bragas en la muñeca durante dos días por todo
un Resort… —dijo al tiempo que se encogía de hombros. Después, miró a
Chris con el ceño fruncido—. ¿Lo he dicho en alto?
La camarera rompió a reír con franca diversión.
—Pues espero que tuvieras más bragas —insistió entre risas.
—Sí…, bueno…, lo que no tenía era permiso para ponérmelas.
—¡Vaya! Así que Monterrey ha sido interesante…
—Sí, como tu almacén al parecer —dijo Pat con una sonrisa divertida.
—Sodoma y Gomorra —bromeó Chris dejando escapar una carcajada
nerviosa—. ¡Madre mía, Pat, vaya dos patas para un banco!
—¡Borrón y cuenta nueva, Chris, ¿recuerdas?! —dijo Pat, apuntándola
con un dedo.
—¡Por supuesto! Desde ahora mismo.
Pat miró de reojo a Nick, que acababa de llegar al otro extremo de la
barra y charlaba con Boss mientras este le ponía de beber.
—Hace calor aquí, ¿no? —dijo Pat observando la escena de reojo.
—Como en el mismo infierno —fue la respuesta automática de Chris.
Pat estaba aún hablando con Jennifer por teléfono, ya algo más calmada,
cuando vio salir a Nick del pub. Observo cómo él paseaba su mirada por
toda la zona, y terminaba acercándose a su moto después. Parecía que tenía
la firme intención de marcharse.
Sin pensarlo, Pat se bajó corriendo del coche para llegar hasta él antes de
que se alejara.
—¿Ya te vas?
Nick se giró a mirarla con cierto sobresalto.
—¿De dónde sales? —le preguntó un poco sorprendido.
—Estoy hablando dentro del coche —le mostró el teléfono y señaló el
vehículo—. Lo tengo aparcado ahí mismo.
—Muy íntimo, qué propio. —Sonrió con frialdad—. Pues te dejo que
sigas con lo que estabas haciendo. No le hagas esperar.
Se subió a la moto, arrancó el motor y se alejó de allí de un fuerte
acelerón, sin pararse a mirarla otra vez.
Pat sintió de nuevo aquel cosquilleó en la nariz, que amenazaba con traer
consigo otro torrente interminable de lágrimas.
—Jen… —dijo de nuevo al teléfono.
—Lo he oído —suspiró su prima—. Ojalá estuviera ahí para poder darte
un abrazo.
—Pues no sabes cómo lo necesito en este momento.
Se giró hacia la puerta del Oasis, que se abría de nuevo, y Dannie salió a
la calle rebuscando en sus bolsillos. Sonrió cuando puso sus ojos sobre Pat.
—Luego te llamo —dijo Pat al teléfono. Colgó y se acercó al chico.
—Qué tal chica Maiden, ¿dónde andabas metida?
—Aún estaba hablando —contó—. ¿Tú también te vas?
—Sí, he quedado con una amiga para cenar —dijo, arqueando las cejas
con un gesto pícaro. La cara de tristeza de Pat debió de ser más que
evidente, porque Dannie frunció el ceño y añadió—: Pero tengo diez
minutos, si los necesitas.
—No es nada, estoy bien.
—¿Seguro? ¿No te habrá hecho algo ya tu bombero? —bromeó.
Pat intentó sonreír, pero solo fue capaz de esbozar una extraña mueca.
—Entiendo. —Sonrió Dannie—. No es el bombero quien te tiene así.
—No quiero que llegues tarde a tu cita, Dannie —le dijo, suspirando y
caminando con resignación hacia el bar.
—Dale un respiro, Pat —le dijo el chico de repente, frenándola en seco
—, porque él tampoco parece estar pasándolo bien.
Pat no fingió que no sabía de qué le hablaba. Ya estaba cansada de
esconder a todos cómo se sentía, y Dannie acababa de tocar una fibra
sensible.
—¿Qué le dé un respiro? —protestó dolida, volviéndose a mirarlo—.
¿Yo a él?
—Tú eres quien ha salido de ese bar tonteando al teléfono con otro.
—Él parecía estar encantado hablando de esa modelo —le recordó
molesta—. Supongo que al final le ha dado permiso a Rob para pasarle su
número, ¿no?
—No tengo ni idea —admitió el chico. La decepción de Pat era palpable
—. Yo he ido al baño cuando te has ido.
—¡Pues qué inoportuno! —protestó.
Dannie dejó escapar una sincera carcajada.
—Pat, ¿cómo se te ocurre contestar una llamada del bombero cuando
tiene pendiente una respuesta como esa? —terminó diciéndole Dannie—.
No sé si hay un solo hombre en el mundo que hubiera dicho que no a una
modelo tras recibir un desplante como ese.
Los ojos de Pat se llenaron de lágrimas casi al instante.
—A Nick no le importa nada con quién salga, ¿es que no lo has
escuchado antes?
—Sí, he escuchado toda la sarta de estupideces que os habéis dicho
mutuamente —admitió Dannie, ahora muy serio—. Y tú tampoco te has
quedado atrás.
—Ya estoy harta de sufrir y esperar a quien no quiere estar conmigo. —
Leyó la expresión confusa de Dannie—. ¿Te sorprende? Pues sí, Dannie, es
doloroso admitirlo, pero a Nick solo le interesa la amiga, nada más.
Tuvo que respirar hondo para poder continuar.
—Ya te lo dijo el primer día —le recordó con la voz áspera por las
lágrimas contenidas—. Nick se dejó su teléfono descolgado, ¿sabes?
Escuché con toda claridad cómo te decía que no me miraría como mujer ni
aunque fuera la única en el mundo.
Dannie arqueó las cejas, asombrado.
—¡Pues no necesito añadir nada más! —terminó diciendo Pat, y caminó
hacia su coche esta vez.
—Pat…
—Déjalo.
Dannie fue tras ella.
—Siento que tuvieras que escuchar esa conversación, pero aquello no
tiene ninguna importancia.
—Para mí sí —se giró Pat a mirarlo de nuevo—, porque esa frase marca
toda nuestra relación.
—¡Qué absurdo! —se quejó Dannie—. ¿En serio te parece que no te
mira? Porque yo diría que apenas puede mirar hacia otra parte cuando estás
en la habitación.
—¡Eso me da igual si no quiere estar conmigo! —Las lágrimas eran ya
casi incontenibles—. Me marché a Boston huyendo de aquellas palabras, y
fui una ilusa al pensar que ropa de mi talla y unas mechas en el pelo podían
cambiar su forma de pensar.
Dannie suspiró, se apoyó en el coche y miró a Pat en silencio unos
segundos. La chica estaba cabizbaja, jugueteando con la funda de su
teléfono, mientras intentaba contener las lágrimas con fiereza. El chico
sintió una oleada de ternura que le arrancó una sonrisa. Resultaba curioso,
porque no tenía nada que ver con la mujer, sino con la hermana que
quisieras arrullar hasta borrar cualquier atisbo de tristeza.
—Pat, no tengo ni idea del motivo por el que Nick se niega a lo que
realmente quiere —empezó diciendo Dannie, ganándose su atención de
inmediato—, pero quizá solo necesite algo más de tiempo.
—¿Tú crees que… de verdad me ve como algo más que a una amiga?
—¿Tú no? —Sonrió Dannie divertido—. Porque os pasáis el día entero
tonteando, no sé si sois o no conscientes.
Pat suspiró y volvió a adoptar su expresión seria.
—Hasta esta tarde —contó—. Ya no habrá más tonteo, se lo he dejado
claro.
—¿Y es lo que quieres?
—Es lo que necesito, Dannie —admitió, dejando escapar un sollozo—.
No puedo seguir con un tira y afloja que no va a llevarnos a ninguna parte.
Duele. Muchísimo.
—Sí, eso lo entiendo, pero que el despecho no te lance a los brazos de
otro, Pat —le recomendó—, porque entonces ya no habrá marcha atrás. Por
si no lo has notado —Sonrió—, ese fotógrafo tuyo es muy celoso.
—¿Celoso? ¿Nick? —se sorprendió—. Bueno, quizá alguna vez si me ha
dado la impresión…
—¿Solo alguna vez? ¿Tú en qué mundo vives? —bromeó.
—¿Me estás vacilando? —Se enfadó, mirándolo ahora con cierta
suspicacia.
Dannie le devolvió una mirada divertida y un tanto curiosa. Le
sorprendía que de verdad Pat no fuera consciente de lo que le hablaba.
¿Cómo podía no haberse dado cuenta? Nick lo había matado a él con la
mirada desde el mismo momento en que saludó a Pat de forma tan efusiva
el primer día que llegó al Oasis. El pobre hombre apenas si podía soportar
verlos bromear juntos… ¿y ella no se había dado cuenta de nada? Aquello
elevaba la expresión «el amor es ciego» a límites inexplorados. Valoró
cuántas de sus opiniones debía darle a Pat y terminó decidiendo ser
precavido. No conocía los motivos de Nick para negarse a aquella relación,
cuando era tan evidente que estaba loco por Pat, así que lo que menos
necesitaba ella eran más dudas y especulaciones.
—Solo intento decirte que pienses bien lo de ese bombero.
—¡Que no tengo nada con el dichoso bombero! —terminó diciendo
malhumorada—. Solo hemos charlado dos minutos en la barra. Ni siquiera
he aceptado intercambiar los teléfonos porque no tengo ninguna intención
de quedar con él
Dannie la miró confuso.
—Pero si has salido del Oasis para hablar con él.
Pat lo miró con las cejas arqueadas y una expresión culpable.
—No era el bombero —adivinó Dannie, soltando un suspiro de
incredulidad.
—Era mi prima Jennifer —admitió, un poco avergonzada.
El chico la miró y exhaló aire con fuerza. El desconcierto y la irritación
de Nick cuando ella había salido del Oasis habían sido más que evidentes.
Se había marchado quince minutos más tarde sin apenas haber pronunciado
una sola palabra.
—No siembres dudas entre vosotros, Pat —le aconsejó muy serio—.
Pueden no gustarte las consecuencias.
Capítulo 31
Rob y Pat volvieron a recorrer de nuevo el precioso local con una sonrisa
en el rostro. Cuando habían entrado por primera vez a verlo, solo tuvieron
que mirarse a los ojos para saber que aquel era, sin duda, el sitio donde su
clínica estaría ubicada.
—¡Es perfecto! —exclamó Pat, emocionada, cuando el amigo de Rob se
alejó a llamar a la inmobiliaria para que fueran poniendo en marcha la
documentación.
—¡Sí! ¡Por fin vamos a hacerlo, es increíble!
Se abrazaron, felices, y volvieron a recorrer las diferentes salas
valorando para qué podían usar cada una de ellas. Incluso cada uno escogió
ya su propio despacho desde el que centralizar los diferentes tratamientos.
Cuando una hora más tarde salieron del local era casi la hora de comer,
así que decidieron celebrarlo metiéndose un chuletón entre pecho y espalda.
Apenas tres locales más abajo de la que sería su clínica, había un
restaurante con una pinta estupenda. Si era bueno, estaban seguros de que
comerían allí muchas veces a partir de aquel momento.
Pat miró a su alrededor, maravillada. La clínica estaba ubicada en mitad
de una zona comercial, pero rodeada de zonas verdes, donde todo parecía
tener un encanto especial. Justo frente a su local había un pequeño pero
precioso hotel, que era una delicia para los ojos. El tráfico fluía en ambos
sentidos, pero las aceras eran los suficiente anchas como para que aquel
detalle no fuera una molestia.
—Es bonito ese hotel, seguro que también tiene un restaurante bueno —
dijo Rob mirando la fachada con admiración.
Pat observó también el edificio y arqueó las cejas, sorprendida. Hasta
ahora no había sido consciente de que estaban ante el Hotel Drake.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Rob con curiosidad, ante su extraña
expresión.
—Rob, tú sigues sin creer en las casualidades, ¿verdad?
—Todo ocurre por una razón —dijo su amigo sin ninguna duda.
—Sí —Sonrió Pat—, lo mismo pienso yo.
Cuando James y Dannie llegaron, Pat tuvo que hacer un esfuerzo sobre
humano para sonreír, pero solo lo consiguió durante unos segundos. Su
sonrisa se evaporó en cuanto que posó sus ojos en Nick, para ver cómo
aquella rubia de bote le acariciaba el rostro muy de cerca mientras él
parecía mirarla embelesado. Sabía que en cuestión de minutos tendría que
ver cómo la besaba y no creía poder soportarlo. Y no la mataba solo el tener
que verlo besar a otra, sino el hecho de saber que jamás podría
perdonárselo. Si Nick besaba a aquella mujer, todo habría terminado para
ellos al instante. No habría marcha atrás.
—¿Estás bien? —le preguntó James, mirándola con preocupación.
—No —admitió, limpiándose con rapidez una lágrima traicionera que
escapó de sus ojos.
—¿Nos vamos?
Pat lo miró con un gesto angustiado.
—No puedo, James —dijo con pesar—. Necesito estar aquí.
Y era verdad. Si se marchaba del Oasis, jamás sabría si Nick sucumbía o
no a aquella maldita mujer, que parecía acapararlo con verdadera maestría.
Aquella duda siempre viviría dentro de ella.
Por el rabillo del ojo vio como Rob, que pasaba a su lado procedente del
baño, se detenía junto a la pareja. Hubiera dado cualquier cosa por poder
escuchar aquella conversación.
Cerca de las siete de la tarde, Nick pudo por fin levantarse de la cama sin
sentir que estaba a un paso de una muerte lenta y dolorosa. El dolor de
cabeza había cedido un poco, permitiéndole al menos abrir los ojos del todo
sin volverse loco. Todavía sentía el estómago revuelto y el cuerpo hecho
trizas, pero al menos podía pensar con algo más de claridad, lo cual no era
necesariamente bueno… Intentó mantener todo lo que le hacía daño lejos de
sus pensamientos, pero conseguirlo hubiera sido todo un milagro; tenía
demasiados pesares como para tener un solo segundo de paz.
Cuando se dejó caer en el sofá, posó sus ojos sobre la foto que adornaba
de nuevo la pared principal del salón y dejó escapar un suspiro de angustia.
Alguno de sus amigos la habría devuelto a su sitio, puesto que recordaba
haberla descolgado el día anterior, cuando regresó de la clínica, presa de un
ataque de rabia. Incluso en aquel momento, no sabía si aquella foto lo
atormentaba o aliviaba el dolor… Tenía muchas cosas por las que
disculparse con Pat, era consciente y se sentía un miserable la gran mayoría
del tiempo, pero también era incapaz de borrar del todo la sensación de
abatimiento y enfado que lo había invadido al imaginarla reuniéndose con
su padre a sus espaldas. Apenas podía soportar pensar en ello. Descubrir
aquella tarjeta sobre su mesilla, justo cuando había decidido que quizá era
hora de dejar de luchar contra lo que parecía inevitable, había sido uno de
los golpes más duros de su vida. Aun así, sabía que no tenía derecho a
tratarla como lo había hecho y se avergonzaba de sí mismo. Ahora era muy
consciente de cómo los celos se habían adueñado de su raciocinio,
llevándolo a comportarse de manera inexcusable. Era posible que Pat no
quisiera volver a mirarlo a la cara y no podía culparla; ni a sus amigos, si es
que podía seguir llamándolos así, tampoco. Ninguno de ellos le había dado
motivos reales para creer que estuvieran interesados en ella como algo más
que una hermana, pero solo el hecho de pensar en que Pat pudiera estar
enamorada de alguno de ellos lo mataba, no podía evitarlo, aunque aquello
no era excusa y, desde luego, no lo justificaba para comportarse como un
cretino.
Miró la foto de nuevo con un intenso anhelo. No podía engañarse, daría
lo que fuera por que Pat estuviera acurrucada junto a él en aquel momento.
Cerró los ojos y la imaginó tumbada a su lado, solo disfrutando del silencio
y del placer de su compañía, y se sintió totalmente vacío cuando tuvo que
regresar a la realidad. Ni siquiera sabía si podía albergar la esperanza de que
ella quisiera volver a estar entre sus brazos algún día, pero incluso así, aún
en el caso de que se obrara el milagro, era consciente de que siempre habría
algo que se interpondría entre ellos. Jamás podría dejar de torturarse con la
idea de ser solo un sustituto, alguien con el que ella intentaba olvidar a esa
persona que no podía tener. Aquella duda lo atormentaría toda la vida, a
pesar de que ella jurara y perjurara que ya no quedaba nada de aquello.
El timbre de la puerta lo sobresaltó cuando estaba a punto de gritar de
pura frustración, y su corazón se aceleró con el simple pensamiento de que
Pat se hubiera apiadado de él lo suficiente como para ir a verlo. Incluso
estaba dispuesto a soportar que solo llamara a su puerta para gritarle por ser
un imbécil.
Pero quien estaba tras la puerta no era Pat, ni siquiera alguno de sus
amigos, era la última persona que querría ver en aquel momento…; ni en
ningún otro en realidad.
Capítulo 38
Eric Cooper lo saludó con ademán nervioso, y aprovechó el momento de
absoluto estupor de Nick y la falta de reflejos de la que aún se resentía para
colarse en la casa.
—No pienso irme sin que me escuches —le dijo el hombre con
vehemencia, mirándolo a los ojos. Después, caminó hasta el sofá y se quedó
de pie en mitad del salón, esperando a que Nick se decidiera a cerrar la
puerta y caminar hacia él.
El chico estaba tan perplejo que ni siquiera se había mostrado furioso
aún. Miraba a su padre, desconcertado, permitiéndose admirarlo por unos
segundos por tener las agallas para exponerse de aquella manera a su
reacción. Pero aquello solo le duró hasta que la ira comenzó a invadir cada
fibra de su ser, eclipsando cualquier pensamiento benevolente con el que
quisiera obsequiarlo.
—¡Sal de mi casa! —lo enfrentó con furia—. ¡Ahora!
—Solo quiero unos minutos.
—¿Quién te ha dado mi dirección? —Y preguntó con cierto temor—:
¿Ha sido Pat?
«Si ella se ha atrevido a…», empezó a decirse, horrorizado, pero, por
fortuna, la negativa llegó incluso antes de haber terminado de formular sus
inquietudes.
—No, ella no me ha dicho nada —dijo categórico—. Yo… la seguí una
tarde hasta un bar, con la esperanza de que se reuniera allí contigo. Cuando
lo hiciste, te seguí hasta aquí.
Nick estaba perplejo.
—Sé que no es muy ortodoxo —insistió Eric, un poco avergonzado—,
pero necesito hablar contigo.
—No. Sal de mi casa —exigió de nuevo, haciéndole un gesto hacia la
puerta, que se había asegurado de no cerrar.
—Nicholas, ¿qué son unos pocos minutos? —suplicó.
—Mucho más de lo que te mereces si los comparamos con toda una vida
de ausencia —dijo entre dientes—. Y, te lo advierto, no te acerques a Pat, ni
siquiera la mires.
Eric Cooper tragó saliva, pero no se movió del sitio.
—Me alegro de que tengas una mujer así en tu vida —le dijo esbozando
una leve sonrisa, mirando la foto de Pat colgada en el salón—. Es muy
especial.
Nick no se molestó en aclararle que él y Pat no tenían la relación que
parecía creer.
—¿La has hecho tú? —Señaló el cuadro—. ¡Es una foto maravillosa,
Nicholas! He visto trabajos tuyos espectaculares, pero esa foto es de las
mejores.
Asombrado, Nick apretó los dientes y se recordó que no debía dejarse
impresionar por que él hubiera seguido su trayectoria profesional, aunque
no pudo evitar que una extraña sensación de satisfacción lo invadiera por un
instante.
—¿Crees que apelar a mi ego va a servirte de algo? —terminó
diciéndole, irritado ahora consigo mismo por permitir que le afectara—. Sal
de mi vida. Ni te quiero ni te necesito en ella. —Le hizo un gesto hacia la
puerta—. Ya no.
—Habría dado cualquier cosa por verte crecer —se lamentó el hombre,
mirándolo con pesar—. Pero eso ya no tiene remedio.
Aquel comentario fue como darle a Nick un lanzallamas y permiso para
usarlo. Cerró la puerta de un enorme portazo y se enfrentó a él.
—¿Qué habrías dado cualquier cosa? —bramó, caminando hacia Eric
con el desprecio más absoluto escrito en sus ojos—. ¡Pues solo tenías que
quedarte con nosotros en lugar de abandonarnos! ¡Qué cara más dura!
Eric lo miró con asombro, sin moverse de donde estaba.
—¿Abandonaros? —susurró casi para sí. Después, miró a su hijo con
una inquietante expresión de sospecha—. Nicholas…, ¿qué fue lo que te
contó Alina de mi marcha?
—Nada, porque era incapaz de hablarme de ello —le gritó—, aunque es
entendible. ¿Cómo le dices a un niño que es el causante de que su padre se
fuera?
Aquello fue como un mazazo para Eric, tanto que el hombre se tambaleó
y tuvo que coger asiento. Nick lo miró en silencio, sin disimular su propia
turbación ante la reacción. El hombre parecía desolado.
—Creí… que solo me odiabas por no haber venido tras su funeral —
musitó Eric, intentando reponerse—, pero ahora entiendo que apenas
puedas soportar verme.
Nick estaba confuso. ¿Qué era lo que entendía?… ¿Y por qué parecía
que iba a desmoronarse de un momento a otro? Una repentina inquietud le
inundó el pecho y observó, confuso, la palidez de su rostro.
—¿Has crecido pensando… que yo no te amaba, Nicholas, que me fui
porque no quería estar contigo? —le preguntó el hombre con un ligero
temblor en la voz. El silencio del chico habló por sí solo—. ¡Por Dios,
Alina, ¿cómo pudiste equivocarte tanto?! —se lamentó en un susurro casi
para sí.
Nick continuaba en silencio. No sabía por qué, pero de repente le
aterraba seguir ahondando en aquella conversación.
—Durante diez años, tu madre y yo fuimos inseparables —dijo el
hombre, con un gesto triste y la voz impregnada de dolor—. El día que me
suplicó que me marchara fue el más horrible de mi vida, pero…
—Espera —interrumpió Nick, frunciendo el ceño—, ¿ella te pidió que te
fueras? —El hombre asintió—. ¿Por qué tendría que creerme eso? Mi
madre pasó media vida llorando tu ausencia.
Eric le devolvió una mirada culpable.
—Esperaba que hubiera podido superarlo —dijo con pesar.
—Pues no lo hizo —le aseguró irritado—. Te amó hasta el día de su
muerte, ¿por qué iba a pedirte que te marcharas?
—Precisamente por eso.
Nick dejó escapar un sonoro suspiro de frustración y tuvo que hacer un
esfuerzo considerable para calmarse.
—Vamos por partes, porque no entiendo nada —admitió, mirándolo de
frente con un gesto confuso—. ¿Cómo narices quieres que me crea una
incongruencia así? ¿Dices que ella te echó de su lado porque te amaba?
—Lo hizo porque sabía que yo jamás podría corresponderle como ella
necesitaba.
—¿Tan descabellado era? —Se enfureció Nick de nuevo—. Era bonita,
inteligente, dulce…
—Sí, lo sé —admitió—, y yo la quería muchísimo y admiraba todas sus
cualidades.
—¿Pero?
—Soy gay.
Aquello sí supuso una auténtica sorpresa para Nick, que guardó silencio,
turbado, preguntándose por qué su madre se calló algo así.
—Por tu expresión entiendo que Alina jamás te lo dijo.
Nick lo observó, todavía perplejo.
—No —admitió turbado—, pero eso no justifica el hecho de que
desaparecieras también de mi vida.
—A Alina le dolía demasiado verme tras… bueno…
—¿Tras meteros en la cama? —Sonrió mordaz—. Me va a encantar esta
parte… Esto se pone cada vez mejor. ¿Hago palomitas?
Eric suspiró y se revolvió inquieto en su asiento. La segunda parte de la
historia iba a ser difícil para el chico, y lamentaba mucho tener que hacerle
más daño.
—Quiero que sepas, Nicholas, que la noche que pasamos juntos fue muy
bonita para ambos porque nuestra amistad era muy especial —empezó
diciendo—. Yo salía de una relación difícil, estaba herido y… una cosa nos
llevó a la otra. Pero te juro que de haber sabido que ella me amaba como a
algo más que a un amigo, jamás habría sucedido. —Hizo una pausa
buscando la forma menos dolorosa de continuar—. Un par de meses más
tarde, Alina me rogó que me marchara para poder olvidarse de mí y rehacer
su vida. Apeló a nuestra amistad y me hizo prometerle que jamás regresaría.
Nick lo miró con el ceño fruncido y una extraña inquietud anidando en
su pecho.
—Jamás pensé que ella estuviera tan herida que fuera capaz de
arrebatarme lo único que sabía que yo anhelaba y que pensé que jamás
tendría: un hijo.
Casi por instinto, Nick tomó asiento. De alguna forma sabía que estaba a
punto de escuchar las palabras que harían tambalear los cimientos de toda
su vida.
—Ella no… podía obligarte a alejarte de mí —insistió Nick, titubeante
—. Si yo tuviera un hijo, te aseguro que no habría forma humana de
mantenerme lejos.
—La hay, Nicholas, porque no puedes estar cerca de un hijo… que no
sabes que existe.
—¡Eso no puede ser! —exclamó Nick, poniéndose en pie de forma
abrupta—. ¿Me estás diciendo que nunca te habló de mí?
—No hasta el día de su muerte —admitió Eric con una expresión de
pesar—. O te aseguro que nada ni nadie me habría mantenido lejos.
Nick estaba sobrepasado por completo. Se revolvió el pelo con ademán
nervioso mientras intentaba controlar las intensas arcadas que amenazaban
de nuevo con vaciar su estómago.
—¿Por qué tendría que creerte? —se le ocurrió preguntarle, buscando
una forma desesperada de recuperar la estabilidad y el control sobre sus
emociones—. Llegas aquí, después de toda una vida, asegurándome que
jamás supiste de mí. ¿Por qué tu palabra pesa más que la de la única
persona que estuvo siempre a mi lado?
Eric se puso en pie y sacó un sobre de la parte trasera de su pantalón. De
él extrajo una carta, que miró con cierto pesar.
—Alina dejó instrucciones muy precisas, para que esta carta me fuera
entregada el mismo día de su muerte —le contó, tendiéndole el papel.
Nick miró la hoja como lo haría con una serpiente de cascabel, y le costó
unos largos segundos decidirse a cogerla. Le aterraba lo que podía esconder
aquel pedazo de papel. Cuando la desdobló y posó por fin sus ojos sobre
ella, reconoció al instante la letra angulosa y algo tumbada de su madre, y
cada palabra que leyó a continuación fue como si un pequeño dardo fuera
ahondando en su piel, desgarrándola con agónica lentitud.
Su padre no mentía. La carta estaba fechada siete años atrás, y Nick no
tuvo problemas para reconocer lo significativo de la fecha. Nunca podría
olvidar aquel quince de abril, en el que los médicos le habían puesto
nombre a la enfermedad de su madre, sentenciando su destino al instante.
Leyó, con lágrimas en los ojos, como ella le hablaba de su paternidad y le
pedía perdón por habérselo ocultado tantos años. Después pasó a hablarle
de Nick y de todos y cada uno de sus logros, asegurándole que estaría muy
orgulloso de él porque era un hombre asombroso, digno hijo de su padre. Se
despedía suplicándole que, cuando hablara con Nicholas, le rogara que por
favor la perdonara por haberle robado algo tan grande.
Cuando Nick llegó al punto y final, las lágrimas corrían por su mejilla
sin contención alguna. Eran tantas las emociones que intentaban gritar
dentro de él al mismo tiempo, que sintió una desazón total y absoluta y se
vio obligado a sentarse de nuevo. Necesitó de varios minutos para
recuperarse de la impresión inicial como para poder hablar, y agradeció el
silencio de su padre, que se limitaba a mirarlo con un gesto preocupado.
—Pat me contó que estuviste en su entierro —empezó diciendo—. ¿Por
qué no me dijiste nada entonces? ¿Y por qué esperar cuatro años para venir
a verme?
El hombre sonrió con tristeza y tuvo que tragar saliva repetidas veces
antes de poder responder.
—Porque el destino decidió que aún debía demostrarle cuánto deseaba
formar parte de tu vida.
Nick le devolvió una mirada confusa, y recordó un comentario que Pat
había hecho sobre su salud.
—Estabas enfermo —dijo ahora, sin ninguna duda.
Eric asintió.
—Leucemia —contó casi en susurros—. Me estaban dando una dosis
alta de quimioterapia cuando tu madre murió.
—Pero viniste al entierro.
—Necesitaba despedirme de Alina y… me moría de ganas de conocerte.
Nick leyó en sus ojos la verdad de aquellas palabras y no pudo evitar
emocionarse.
—¿Por qué te fuiste sin decirme nada?
Eric lo miró a los ojos y sonrió con ternura.
—Hubiera dado cualquier cosa por abrazarte y poder consolarte —
reconoció con un hilo de voz—, pero tú estabas destrozado… Acababas de
perder a tu madre, tras tres años de infierno, y yo estaba sentenciado a
muerte, Nicholas. No podía meterme en tu vida y hacerte pasar por un
tormento de nuevo, para terminar enterrándome también. Así que decidí
que lo único bueno que podía hacer por ti en aquel momento era alejarme
de tu vida; aunque desde aquel instante tú siempre has estado muy presente
en la mía.
Un escalofrío recorrió a Nick de arriba abajo, y tuvo que respirar hondo
y tragar saliva para intentar disolver el nudo que tenía en la garganta.
Aquello era de las cosas más altruistas y desinteresadas que alguien había
hecho por él.
—He seguido tu carrera todo lo de cerca que he podido. He visto cada
foto, cada reportaje…, y he presumido de ellas con toda la plantilla de
médicos y enfermeras del hospital —continuó Eric, sonriendo de nuevo—.
Y, cuando mi salud me lo permitía, viajaba hasta aquí, y te observaba en la
distancia. —Desvió la mirada un tanto avergonzado para añadir—: Antes te
he contado cómo te seguí desde ese bar, pero lo que no te he dicho… es que
eso fue hace tres años. El azar me puso ante tu chica, a la que reconocí del
cementerio porque se portó muy bien conmigo. He venido en infinidad de
ocasiones desde entonces, mientras esperaba y rogaba un milagro… que ha
tardado cuatro años en producirse.
—¿Estás… curado? —preguntó Nick con la voz ahogada por la
emoción.
—Sí, Nicholas, lo estoy —le confirmó con los ojos arrasados por las
lágrimas, aunque con una enorme sonrisa—. Me había prometido a mí
mismo que no me acercaría a ti hasta estar a salvo, así que no tenía más
opción que recuperarme porque me moría de ganas de formar parte de tu
vida.
Nick estaba sobrepasado por sus emociones, que no parecían ponerse de
acuerdo en cómo debía sentirse, pero había odiado a aquel hombre durante
tanto tiempo que le resultaba imposible borrarlo todo en solo unos minutos.
Ojalá su cerebro fuera como un ordenador que puedes resetear para volver a
empezar…
—Me alegro mucho de tu recuperación —dijo, creyendo que aquello
sería un buen comienzo—, y de verdad me duele mucho que ambos
hayamos perdido tanto, pero espero que entiendas que todo esto me está
desbordando y que necesito tiempo para pensar.
Eric asintió y le obsequió con una gran sonrisa, que sorprendió mucho a
Nick, que esperaba cierta reticencia.
—Nunca pensé que pudiera volver a decir esto, pero ¡tengo todo el
tiempo del mundo! —exclamó Eric emocionado—. Estar sentado frente a ti
ya es más de lo que me atreví a soñar durante mucho tiempo. —Amplió aún
más su sonrisa—. La vida me ha dado una segunda oportunidad y
agradezco cada segundo que puedo pasar en tu compañía. Esperaré a que
estés listo para abrirme tus brazos, hijo, no te apures.
Aquellas palabras, unidas al hecho de escucharlo llamarlo hijo por
primera vez, fueron como un bálsamo para el alma de Nick, que sintió
como sus heridas comenzaban a cicatrizar justo en aquel instante.
Capítulo 39
—¡¿Como que vas a salir con el bombero! —protestó Rob, sin disimular
su contrariedad, mientras seguía a Pat hasta su despacho cargando con un
montón de cajas—. ¡No puedes hacer eso!
—¡Claro que puedo! —dijo ofuscada—. Soy una mujer adulta y libre
como el viento.
Rob soltó la carga sobre la camilla y se volvió a mirarla.
—Libre no, Pat, estás enamorada de otro —le recordó.
—No, ya no.
—¡Oh, venga ya! —La terquedad de Pat empezaba a desesperarlo
aquellos días—. Habla con Nick antes de hacer cosas de las que puedas
arrepentirte.
Pat lo fulminó con la mirada.
—¡Llevo días esperando a que el imbécil de tu amigo se digne a hablar
conmigo! —le recordó irritada—. Me trató como si yo fuera una sauna de
uso y disfrute colectivo, y aún estoy esperando que al menos me pida
disculpas. Y no, no es excusa que yo me metiera en la relación con su
padre, yo sí le pedí perdón por aquello, pero ¿qué ha hecho él? ¡Esconderse
en su casa en lugar de dar la cara!
—¿Para que se la partas? —Sonrió Rob, para intentar suavizar un poco
el tono de la conversación.
—¡No estoy para bromitas, Rob! —se quejó, apuntándole con un dedo.
—Ya lo veo.
—¡He quedado con Ryan y pienso ir a esa cita sí o sí! —le aseguró con
contundencia—. ¿Cómo era aquello de la mancha de la mora…?, ¿que con
otra verde se quita?
—Entiendo que estés enfadada con Nick, pero…
—Pero nada —interrumpió—. Esta misma tarde me como el moral
entero, ¡aunque coja un empacho!
Ofuscada, dejó a Rob sin posibilidad de réplica y salió de su despacho,
intentando huir de sus propios pensamientos, que se empeñaban en gritarle
con grosería que quizá su amigo tenía toda la razón.
«¡Ni hablar, no pienso seguir haciendo el imbécil!», se dijo,
encerrándose en uno de los baños. Llevaba tres días desquiciada, esperando
que él apareciera en cualquier momento y mirando su teléfono cada dos
minutos por si acaso se le ocurría enviarle al menos un triste mensaje, algo
que le indicara que estaba un poco arrepentido de cómo la había tratado;
pero Nick no se había molestado ni en una cosa ni en la otra. Parecía que se
lo había tragado la tierra, y ella ya estaba cansada de pasarse la vida
llorando y aguardando un milagro que nunca llegaba.
Su teléfono sonó cuando estaba a punto de marearse de tantas vueltas
que llevaba dadas en los apenas dos metros cuadrados del baño. Su corazón
comenzó a latir como loco y se apresuró a consultar el identificador de
llamadas.
—¡Soy del género idiota! —se dijo en alto, irritada, cuando comprobó
que no era Nick, sino su prima Jennifer quien llamaba.
—¿Estás más tranquila? —le preguntó su prima, con la que acababa de
hablar hacía apenas una hora.
—Sí, estoy de lujo —afirmó, sentándose en la taza—. He quedado con
Ryan para cenar en el Hotel Drake.
—¿Vas a insistir en eso?
—Por supuesto.
—¿Y encima en un hotel?
—Está aquí enfrente, y no tendremos que perder tiempo para ponernos
con la parte interesante.
—¿Y cuál es esa parte? —dijo Jen con un tono preocupado—. ¿En la
que le cuentas que solo has salido con él por despecho?
Pat apretó los puños y resopló con fuerza.
—No, Jen, la parte interesante es en la que subimos a una habitación y
repasamos el Kama Sutra en todas sus variantes.
Jennifer guardó silencio, preguntándose qué podría decirle para que no
cometiera lo que, a la legua, se veía que sería un gran error del que jamás se
repondría.
—Pat, ¿eres consciente de que estarás renunciando a Nick en cuanto que
pongas un pie en esa habitación? —terminó preguntando.
—¿Y a qué estoy renunciando, Jen? —le gritó con obstinación—. ¡Si no
tengo una mierda! ¡Estoy harta, joder! —las lágrimas se agolparon tras sus
ojos, pero se los limpió con rabia antes de que cayeran—. Estoy cansada de
luchar por alguien que no desea estar conmigo. Alguien que solo reacciona
cuando ve peligrar lo que considera de su propiedad. ¡Se acabó, ya no más!
—Pero quizá, una última conversación…
—¡Que no! —gritó con terquedad—. ¡Que llevo tres días esperando que
al señorito le dé la gana de dar señales de vida!
—A lo mejor ha estado jodido con la borrachera…
—¡Pues ni que hubiera tenido un coma etílico! —Volvió a gritar—. Y tú
¿ahora vas a defenderlo? Hace un par de días estabas dispuesta a cogerte un
avión para sacarle los ojos.
Jennifer suspiró con angustia. Entendía la rabia de Pat tras todo lo
sucedido, pero ella no estaba tan implicada como para no darse cuenta de
que la actitud de Nick no era la de un hombre al que no le importa una
mujer, sino todo lo contrario. Su prima iba a cometer un gran error si
terminaba aquella noche en la cama con aquel bombero… Suponiendo que
de verdad fuera capaz de hacerlo, claro.
—Pat, ¿a ti realmente te gusta el tal Ryan? —le preguntó intentando
buscar otra vía para hacerla razonar.
—¡Es un tipo de poster! —le aseguró—. ¡De poster porno!
—Eso no quiere decir que estés dispuesta a… hacer una película con él
—insistió Jennifer—. A veces el tipo más impresionante nos deja frías.
—Eso no es nada que un par de copas de champan no solucionen.
—¡Mierda, Pat, ya vale! —protestó Jennifer, molesta—. Deja de
comportarte como alguien que no eres e intenta calmarte para poder pensar
con más claridad. No es momento para dejarte llevar por la rabia y el
despecho.
—No vas a conseguir que cambie de opinión.
—Vas a arrepentirte, Pat.
—Puede ser, pero en este momento me importa todo un pimiento.
Para Nick, los últimos tres días habían sido una dura prueba. Había
sentido todo un mundo de pesadumbre sobre sus hombros, que al fin
parecía poder empezar a asimilar.
Su padre había resultado ser un tipo genial, con el que había terminado
compartiendo muchas horas de conversación, pero ninguna de ellas
consiguió borrar el resentimiento que sentía ahora hacía su madre por
haberles robado la posibilidad de tener una vida juntos. Intentaba entender
los motivos de ella para mantener lejos a Eric, pero cuanto más lo pensaba,
más egoístas le parecían. Sorprendentemente, su padre no sentía ningún tipo
de rencor hacia Alina, lo cual maravillaba a Nick.
—¿Cómo puedes no odiarla? —le había preguntado Nick hacía tres días,
sin disimular su asombro.
—Porque pudo llevarse el secreto a la tumba, Nicholas —le dijo con una
de sus grandes sonrisas—, pero se aseguró de unirnos antes de partir.
Siempre le estaré agradecido por eso.
Nick lo había observado en silencio durante varios minutos, consciente
del aura de tranquilidad y paz interior que rodeaba a aquel hombre.
—Que la muerte te conceda un aplazamiento cuando te ha visitado tan
de cerca cambia tu visión del mundo —le había asegurado Eric cuando él se
lo había mencionado—. Y terminas aprendiendo a valorar lo que realmente
es importante y valioso. Y el rencor, hijo, es una emoción fea y que solo te
aporta dolor. Intenta entender a tu madre y perdónala, Nicholas, créeme que
es lo mejor que puedes hacer por ti mismo y tu salud emocional.
Pero Nick llevaba tres días preguntándose cómo demonios se conseguía
aquello. Era incapaz de empatizar ni lo más mínimo con la mujer que había
decidido que su propio dolor era lo más importante.
Llevaba tres días recordando cada palabra y cada fragmento de
conversación acerca de su padre que había salido de boca de Alina a lo
largo de toda una vida. Ahora comprendía por qué ella siempre fue incapaz
de hablarle de los motivos de su marcha. Suponía que le dolía demasiado
admitir que ella misma lo había echado de su lado sin hablarle de su
embarazo, y, para cubrir su vergüenza, había permitido que él creciera
pensando que era el culpable de que su padre los hubiera abandonado a
ambos. Aquello era imperdonable, y tendría que aprender a convivir con
aquel resentimiento en su interior.
«Pero ahora es momento de mirar hacia adelante», se dijo, izando la
cabeza para clavar sus ojos sobre la foto de aquella mujer preciosa, que era
lo único que conseguía calmar el dolor. Necesitaba verla. Las ganas ya
resultaban imposibles de soportar. Durante tres días había cogido el teléfono
más veces de las que podía recordar, dispuesto a llamarla aunque solo fuera
para escuchar su voz. La echaba de menos de una forma insoportable, y
hubiera dado cualquier cosa por poder confiarle todo lo que le estaba
pasando; pero sabía que no tenía ningún derecho a llorar sobre su hombro
después de la manera en que se había comportado con ella, y una disculpa
telefónica sería como insultarla de nuevo. Necesitaba mirarla a los ojos y
rogarle que lo perdonara por ser un necio redomado, pero había necesitado
tres días para encajar y asimilar los últimos acontecimientos.
Se revolvió el pelo con ademán nervioso, preguntándose si Pat lo habría
echado un poco de menos aquellos días. Ella tampoco había intentado
contactar con él en ningún momento, pero no podía culparla. Sintió un nudo
en el estómago al recordar sus ojos azules empañados por las lágrimas por
su culpa, y se odió a sí mismo de nuevo. No podía soportar hacerle daño, se
sentía morir cada vez que recordaba cada una de las palabras que le había
dicho. Si tan solo la hubiera despertado cuando encontró la tarjeta de su
padre sobre la mesilla, en lugar de escabullirse de su cama tras una noche
tan increíble… Pero se había comportado como un gilipollas y esperaba
poder soportar las posibles consecuencias. No concebía su vida sin que
aquellos ojos azules le alumbraran el camino, y estaba dispuesto a rogarle
una segunda oportunidad durante el tiempo que hiciera falta.
Miró de nuevo la foto y el recuerdo de los días pasados en Monterrey le
cortó la respiración. Había sido un verdadero necio al creer que podría
olvidarse de todo aquello y conformarse solo con la amiga; en aquel
momento le resultaba del todo absurdo pensarlo siquiera. Y ahora estaba
seguro de que para ella su relación también había sido importante. Si él no
hubiera estado tan obcecado con no cometer los mismos errores que sus
padres, y se hubiera dejado guiar por lo que su cuerpo y su alma le pedían,
en aquel momento quizá no se estaría enfrentando a la posibilidad de perder
lo único sin lo que sabía que su vida no tendría ningún sentido. ¿Cómo
había podido pensar alguna vez que su relación con Pat tenía ni un solo
punto de similitud con la de sus padres? Incluso sin conocer todos los
detalles que ahora sabía, de haber sido parecidas sus padres jamás se
habrían separado.
«Vosotros sí tenéis la oportunidad de hacer las cosas bien»… Nick se
quedó perplejo al recordar ahora aquella frase de labios de su madre, que
tanto lo había atormentado. Durante mucho tiempo, se había obligado a
rememorar aquello una y otra vez para evitar claudicar a lo que sentía por
Pat y, a la luz de los nuevos acontecimientos, aquellas palabras tomaban un
cariz muy diferente, hasta el punto de significar todo lo contrario a lo que
siempre había supuesto. Su madre nunca se había referido al hecho de no
desviarse de su amistad…, sino a que ellos sí tenían la oportunidad de estar
juntos.
—¡Pero ¿qué clase de imbécil soy?! —se dijo en alto, sintiéndose el tipo
más idiota del planeta. Los motivos por los que se había negado lo que más
feliz le hacía resultaban ser una estupidez, producto de un miedo absurdo e
infundado, que solo le había llevado a perderla. Sí, quizá el fantasma de
aquel otro que ella había amado siempre estaría entre ellos, pero ahora
estaba dispuesto a luchar con uñas y dientes para ganarse su corazón.
«¿Qué puedo hacer para que me perdones, ojos azules?», se preguntó
con un pellizco cogido en el pecho, sin dejar de mirar la foto. «Quizá
deberías empezar por pedir disculpas, tonto perdido, y cuanto antes…», se
contestó a sí mismo. Y aquel simple y absurdo pensamiento lo levantó del
sofá al instante.
Capítulo 40
Nick entró en el Oasis como una exhalación y caminó con premura hasta
la mesa de billar donde estaban sus amigos. Tres pares de ojos se posaron
sobre él con cierto recelo, pero ninguno de ellos eran del azul impresionante
que iba buscando.
—Mira quién ha decidido honrarnos por fin con su presencia —murmuró
James entre dientes con una expresión seria.
Nick dejó escapar un suspiro resignado.
—Vale, siento mucho lo del otro día —empezó diciéndoles—. Acepto
que soy un gilipollas y entiendo que os apetezca lo justo tener que soportar
mi compañía. Ponedme una penitencia y la cumpliré gustoso, pero después
de hablar con Pat. ¿Dónde está?
Obtuvo un silencio atronador como única respuesta.
Nick paseó su mirada por cada uno de los rostros y tuvo que respirar
hondo para armarse de paciencia. Miró a su alrededor con atención,
esperando encontrarla en algún punto del bar, pero no parecía haber ni
rastro.
—¿Está en el baño? —insistió en preguntar.
Silencio. Exasperado Nick sacó el móvil y marcó el número de la chica,
pero solo obtuvo un mensaje informándole de que el teléfono al que
llamaba estaba apagado o fuera de cobertura.
—El móvil de Pat ha pasado a mejor vida esta mañana —le aclaró Rob
con una expresión incómoda—. No podrás llamarla hasta que se compre
otro.
—Vale, pues decidme dónde localizarla —insistió.
—¿Ahora te importa? —le preguntó James con un gesto molesto.
—¡Claro que me importa!
—Haberlo pensado antes.
Nick frunció el ceño y avanzó hacia sus amigos con una expresión
suspicaz.
—¿Qué está pasando? —preguntó ya con cierto recelo.
—Lleva tres días esperando a que te dignaras a aparecer.
—Lo sé —admitió—. Es otra de las cosas por las que tendré que
disculparme.
—Pues buena suerte.
—Vale, ya me estoy cansando de este juego —terminó diciendo Nick,
exasperado—. ¿Quién va a decirme dónde coño está Pat?
—Nick…
—¡Que me lo digáis, hostias!
—Ha salido con el bombero —dijo Dannie al fin, ganándose la atención
de Nick de inmediato.
A pesar de que en el local había poca luz, todos lo vieron palidecer.
—¿Qué? No… —casi titubeó—. Si lo que queréis es… fustigarme un
poco más…, de verdad que he tenido suficiente.
Solo tuvo que observar cada rostro para obtener la respuesta. Incluso
James, que sabía que aún no le había perdonado del todo por su
comportamiento, evitaba mirarlo.
—Así que es verdad —susurró para sí, contrariado.
No fue capaz de decir nada más. Tenía un nudo en la garganta que le
impedía incluso tragar saliva, mientras que su mente se empeñaba en
enviarle decenas de imágenes de aquellos ojos azules mirando con
admiración a aquel bombero, y regalándole una de sus maravillosas
sonrisas…, que quizá no sería lo único que él conseguiría de sus labios
aquella noche. Un puñetazo en el estómago no le hubiera dolido tanto como
imaginarla besando a otro.
Se alejó hacia la barra intentando recuperar un poco la compostura, pero
cuanto más se esforzaba en apartar todo tipo de dolorosas imágenes de su
mente, más se empeñaba su cerebro en conjeturar con todo aquello que lo
desquiciaba.
Cogió asiento en uno de los taburetes altos de la barra, pero fue incapaz
de estar sentado más de unos pocos segundos. La desazón que recorría cada
célula de su ser en aquel momento lo obligaba a esforzarse cada vez más
para conseguir llevar aire a sus pulmones.
Dannie lo sorprendió llegando hasta la barra y ocupando la silla que él
acababa de dejar libre.
Boss tardó unos pocos segundos en acercarse a ellos.
—¿Os pongo algo? —preguntó con un gesto cansado.
—Con una sonrisa nos conformamos. —Sonrió Dannie, pero al barman
no pareció hacerle gracia la broma y se alejó sin mediar palabra—. Cómo
está el patio… Chris por fin le cede el Oasis y se larga, que es todo lo que él
quería, y no he visto a un tipo más infeliz en toda mi vida. —Miró a Nick
con atención y suspiró—. Miento, creo que conozco a otro que está mucho
peor. Quizá tú querías pedirle un whisky… ¿O al menos aprendiste esa
lección?
Nick no se molestó en mirarlo, ni siquiera se sentía con ánimos para
discutir.
—Ahora no, Dannie, yo… Déjalo —suplicó, esforzándose de nuevo por
respirar.
—¿Durante cuánto tiempo más vas a auto compadecerte? —insistió,
ignorando la súplica—. Porque estás perdiendo un tiempo valioso…
—No hay nada en lo que me merezca la pena emplear mi tiempo —dijo
con tristeza—. Ya no.
—¿Dices que no merece la pena luchar por ella?
Nick no se molestó en fingir que no sabía de lo qué le estaba hablando.
Por primera vez miró a Dannie, al que le impresionó la agonía que leyó en
sus ojos.
—¿Crees… que a ella le gustaría que lo hiciera?
—Si a estas alturas aún no sabes eso, es que eres más tonto de lo que
pensaba.
—Ya me sentía un imbécil consumado sin tu ayuda, pero gracias —dijo,
sin la menor intención de ironizar—. Yo ya no sé nada de nada, Dannie,
estoy perdido. —Tuvo que obligarse a respirar hondo para poder seguir
hablando—. Te juro que venía dispuesto a suplicar una oportunidad, a pesar
de saber que sus sentimientos pueden seguir puestos en otra parte.
—¡Acaba de conocer a ese bombero, ¿de qué sentimientos me hablas?!
—se exasperó Dannie.
—No hablo de él —le aclaró con la voz empañada de dolor—. Me
refiero a ese otro del que estaba enamorada.
Dannie estaba perplejo.
—Ella misma me lo contó.
—Espera…, ¿ella te dijo que estaba enamorada, pero no de quién? —
preguntó Dannie con el ceño fruncido. Nick asintió—. Joder, Pat, ¡ya te
vale!
Nick le devolvió una mirada confusa, pero impregnada de angustia.
—Olvídalo, Dannie, ya da igual. —Casi se le atragantaron las palabras
en la garganta—. Al parecer…, ha pasado página.
—No, Nick, no ha pasado página —le dijo con cautela—, pero sí intenta
cambiar de libro, y no deberías permitirlo.
Nick lo miró ahora con cierta sorpresa, que se multiplicó cuando Dannie
se apoyó sobre la barra, recortando la distancia, y lo miró con una expresión
resuelta, como si acabara de decidir algo importante.
—Ya que hablamos de libros, creo que ha llegado el momento de que te
hable del último que estoy leyendo —empezó diciéndole, consciente de que
estaba a punto de meterse en un berenjenal del que podía salir escaldado.
—Dannie, no te ofendas, pero…
—Es una historia interesante, ¿sabes? —continuó, desoyendo sus
protestas—. Todo comienza cuando una chica escucha por accidente una
conversación entre el tipo del que está enamorada y uno de sus amigos.
—Una conversación… —Nick frunció el ceño, valorando si debía
mandar a Dannie a la mierda en aquel mismo instante, pero, por algún
extraño motivo, decidió esperar un poco más.
—Eso es —asintió Dannie—. Y en esa conversación escucha al amor de
su vida asegurar… que jamás la miraría como mujer ni aunque ella fuera la
última sobre la tierra.
Nick se quedó helado. El recuerdo de haber pronunciado aquellas
palabras arrasó su mente convirtiéndola en un verdadero caos. ¿Estaba
entendiéndolo bien o solo imaginando…? Se esforzó por concentrarse y
puso sus cinco sentidos sobre las palabras que continuaba diciendo Dannie.
—¿Imaginas su dolor al oír algo así? —le preguntó Dannie, aunque no
esperó la respuesta—. Resulta que ella se siente tan devastada que tiene que
alejarse de él una temporada para poder superarlo, y se marcha de la
ciudad…
Con el corazón en la garganta, Nick miró a su amigo a los ojos, donde
leyó con claridad que no se estaba imaginando nada.
—¿Puedes adivinar a dónde fue? —insistió Dannie.
Nick tragó saliva y lo miró a los ojos con aprensión.
—¿Boston? —preguntó mientras su corazón bombeaba sangre a una
velocidad de vértigo esperando la confirmación.
—Boston —admitió.
—¡Joder! —exclamó ahora, respirando con dificultad—. ¡pero qué
gilipollas soy!
Apoyó la frente sobre la barra intentando digerir aquella información sin
volverse loco del todo. Recordó la forma en la que Pat decidió marcharse a
Boston, de un segundo para otro, y su actitud con él durante el mes que
estuvo allí. Durante muchos días había tenido la sensación de que ella lo
evitaba y aquello le había dolido mucho…; ahora sabía que no había sido
solo una sensación.
—Sí, no voy a excusarte. —Sonrió Dannie ahora—. Sí estuviera aquí mi
abuela, creo que diría algo así como… ¡Solo el amor te vuelve tan loco y
tan condenadamente estúpido!
«¿Amor?», repitió Nick para sí, atónito. Aquellas palabras fueron como
una especie de revelación universal que lo sacudió de la cabeza a los pies.
Hasta aquel instante ni siquiera se había parado a plantearse qué sentía por
Pat, solo sabía que era incapaz de vivir sin ella… ¿Cómo podía no haberse
preguntado el motivo? ¡Estaba enamorado de ella hasta la médula! Ahora le
resultaba tan evidente que se sentía el hombre más estúpido del planeta por
no darse cuenta antes. Y estaba a punto de perderla por ser un gilipollas
integral de manual. Si tan solo ella…
«Espera… ¡Ella también me ama! ¡A mí!», se gritó para sí, sintiendo
palpitar su corazón a una velocidad desaforada. «¿O acaso todo lo que
sentía ha podido esfumarse por lo sucedido en los últimos días?», se
preguntó. Y por unos segundos se sintió totalmente paralizado por la
angustia, pero esta vez no se dejó intimidar demasiado tiempo, consciente
de que no se podía permitir el lujo de flaquear un solo minuto más.
«Si aún tengo una mínima oportunidad, voy a pelearla con toda mi
alma», se dijo, arrasando con cualquier vestigio de duda.
—¿Sabes dónde está? —le preguntó a Dannie con una clara intención
escrita en los ojos.
—No, lo único que sé es que han quedado para cenar en el restaurante de
un hotel —admitió Dannie con cierto pesar.
—¿Un hotel? ¿Por qué un hotel? —se preguntó confuso—. Es raro cenar
en un hotel…, a no ser que se esté planteando… ¡Joder!
—Tranquilo.
—¡¿Cómo puedo estar tranquilo?! —gritó con angustia y un auténtico
calvario escrito en sus ojos—. La mujer que amo con toda mi alma puede
estar en brazos de otro y a punto de…
Las palabras se le atragantaron en la garganta. El simple pensamiento de
que Pat, su Pat, pudiera estar suspirando entre las sábanas por las caricias de
otro… era del todo insoportable. Tuvo que sofocar una arcada mientras
intentaba alejar aquellos pensamientos de su mente para conservar la poca
cordura que le quedaba.
—No te pongas en lo peor —le aconsejó Dannie.
—La he arrojado a sus brazos, Dannie, y una mujer despechada es
imprevisible.
—Pero una enamorada quizá no —le recordó su amigo.
—¿Qué hago? —le preguntó desquiciado, revolviéndose el pelo de
forma compulsiva—. ¿Cómo la encuentro?
—Quizá alguien tenga más información que yo. —Señaló hacia la mesa
de billar, donde Rob y James fingían no ver lo que pasaba en la barra.
Nick sintió un ligero vestigio de esperanza y casi corrió hasta sus
amigos, sin disimular que en aquel momento era un hombre totalmente
desesperado. No se anduvo por las ramas. Se plantó ante ellos, con los
nervios a flor de piel y una mirada mezcla de ansiedad y desconsuelo.
—Por favor, si alguno de los dos sabe dónde está… —suplicó.
—Nick…
—Me mata imaginarla entre sus brazos —admitió con la voz
entrecortada por la intensidad de sus emociones y un infierno ardiendo en la
mirada.
No necesitó agregar más. Fue Rob quien dijo casi al instante:
—Lo único que sé es que tenían una mesa reservada en el Hotel Drake.
—¿El Drake? —repitió para sí, al tiempo que valoraba qué hacer.
Ajeno a la curiosidad con la que todos lo observaban, sacó su móvil y
marcó un número.
—Papá —dijo al teléfono mientras comenzaba a caminar con premura
hacia la puerta —, necesito que me ayudes…
Capítulo 41
Cuando Nick entró como una exhalación en el Hotel Drake, su padre
avanzó hacia él desde uno de los extremos del enorme vestíbulo.
—No la encuentro por ninguna parte, hijo —le dijo con pesar—. He
recorrido el restaurante, las dos cafeterías y todas las zonas comunes del
hotel, pero no hay ni rastro.
Nick dejó escapar un suspiro de frustración y tuvo que contenerse para
no liarse a gritar como un poseso.
—¿Estás seguro? —le preguntó angustiado.
—El hotel es pequeño —tuvo que admitir con tristeza—. Y lo he
recorrido dos veces. Quizá… deberías preguntar en recepción.
Por un segundo, a Nick le costó entender a qué se refería; cuando al fin
lo hizo, ahogó una exclamación de horror y corrió hacía el mostrador.
—¿Tiene alguna habitación reservada a nombre de Pat Maloy? —le
preguntó con voz temblorosa a una sorprendida recepcionista.
Jamás en toda su vida le habían temblado tanto las piernas como
mientras esperaba aquella respuesta.
—Lo siento, pero no se aloja nadie en el hotel con ese nombre —
confirmó la chica.
—¡Mierda! ¡Joder! —masculló Nick entre dientes, intentando controlar
sus emociones, pero sin conseguirlo.
—Cálmate —le suplicó su padre, con un gesto preocupado.
—¡No puedo! —exclamó desconsolado—. ¡Me muero solo con
imaginarla besándolo! Si está en una de esas habitaciones…, haciendo… —
Fue incapaz incluso de terminar la frase. Sus ojos reflejaban el tormento
que lo asolaba por dentro.
—Pues sigamos buscando —propuso Eric, sufriendo por verlo así—. Si
está en este hotel, la habitación tendrá que estar a nombre de alguien.
—Sí, claro… —Se apretó las sienes intentando pensar con claridad—.
Ryan, creo que me dijo que se llamaba.
—¿Ryan qué? Necesitamos un apellido.
—No lo sé.
—¿Y tienes forma de enterarte?
Nick suspiró, abatido, e intentó encontrar la respuesta dentro del caos
que reinaba en su cabeza.
—¡Boss! ¡Ese tipo es su cuñado!
Sin dilación, sacó su teléfono y marcó el número de Rob, pero dejó
escapar una sarta de improperios cuando lo encontró comunicando. Sin
pensarlo, marcó ahora el número de James, rogando para que a su amigo
aún le quedara un poco de simpatía hacia él.
—¿Qué pasa? —lo escuchó contestar al otro lado.
—Necesito que me hagas un favor… —suplicó—. ¿Puedes preguntarle a
Boss el apellido del tal Ryan?
Silencio fue lo único que escuchó al otro lado de la línea. Aguardó, con
el corazón encogido, sin saber si su amigo estaba valorando o no hacerle
aquel favor. Parecía estar pensándoselo demasiado tiempo…
—Keller —escuchó decir a James alto y claro—. Ryan Keller.
Nick sintió un nudo de emoción en el pecho. Por unos segundos, había
estado convencido de que James iba a negarse a ayudarlo, lo que
significaría que había perdido a su amigo definitivamente.
—¡Gracias! —dijo de corazón.
—Consigue a la chica, Nick —escuchó decir a James—. Es lo mínimo,
después del follón que has montado.
Nick agradeció aquellas palabras con toda su alma. De alguna forma,
sintió que James acababa de darle su aprobación para estar con Pat, y
aquello significaba mucho para él…, aunque, por desgracia, puede que a
aquellas alturas no sirviera de nada. Pero tenía que intentarlo hasta las
últimas consecuencias.
Se giró de nuevo hacia la recepcionista, que, para su sorpresa, le pidió
unos segundos a la persona a la que atendía para centrarse en Nick.
—¿Cómo se llama? —le preguntó la chica sin molestarse en fingir que
no había estado atenta a la singular conversación que tenía lugar junto a
ella.
—Ryan Keller.
Con premura, la recepcionista consultó el ordenador mientras que los
segundos no parecían avanzar para Nick, al borde ya del colapso nervioso.
—Lo siento —le dijo la chica con cierto pesar—. Él tampoco está
registrado aquí.
Nick dejó escapar un suspiro desesperado, intentando decidir si debía
sentirse aliviado o destrozado.
—Eso son buenas noticias, hijo —le dijo Eric, poniéndole una mano
sobre el hombro para reconfortarlo.
Pero Nick no lo tenía tan claro. Allí terminaba todo lo que podía hacer
para intentar llegar hasta el amor de su vida, antes de que quizá ella
decidiera… que le gustaba aquel bombero.
«¿Dónde estás, ojos azules?», se preguntó desolado, recordando la
última vez que la había llamado así mientras ella gemía entre sus brazos.
Quizá en aquel momento era otro quien le arrancaba suspiros.
Tuvo que caminar hacia la puerta con premura y salió al exterior,
buscando que el frescor de la noche inundara sus pulmones y aliviara
aquella sensación de falta de aire.
—No es momento de venirse abajo —le recordó su padre, saliendo tras
él
—Ya no sé dónde buscarla… —susurró, respirando hondo para intentar
que el intenso dolor que sentía dentro del pecho se hiciera más soportable
—. Hay mil sitios en los que pudieran estar, decenas de hoteles, de
restaurantes…
—El que cene con él no significa que vayan a irse a la cama.
—Lo sé, e intento repetirme eso mismo todo el tiempo para no
enloquecer, pero… ella está despechada y enfadada conmigo, ¿sabes?,
porque me he comportado como un imbécil todo este tiempo. —Dejó
escapar un suspiro de impotencia—. He tardado demasiado tiempo en
darme cuenta de mis sentimientos, le he hecho daño… y me aterra que ella
quiera castigarme de la peor manera.
—No lo hará, Nick, no si es la mujer que yo creo.
Nick miró a su padre con una triste sonrisa.
—Es increíble, ¿verdad?
—Sí que lo es —admitió Eric—. Y os merecéis el uno al otro, hijo.
Estoy seguro de que todo se solucionará muy pronto.
La angustia que bullía en el interior de Nick apenas si dejaba hueco para
el optimismo. Quería creer en las palabras de su padre con todas sus
fuerzas, pero no podía evitar pensar en todo lo que Pat habría sufrido por su
culpa y que quizá no estuviera dispuesta a perdonar.
—Daría lo que fuera por tener la oportunidad de hacerla feliz —se
lamentó—. Te juro, papá, que en este momento es lo único que le pido a la
vida.
—Pues la esperanza es lo único que se pierde. —Sonrió Eric Cooper,
apretando de nuevo uno de los hombros de su hijo para infundirle ánimo—.
Yo he esperado cuatro años para escucharte llamarme papá, y lo has hecho
más veces esta noche de las que jamás me atreví a soñar.
Nick miró a su padre con los ojos empañados en lágrimas, producto de
las cien mil emociones distintas que asolaban su interior y que apenas podía
asimilar.
—Gracias por estar aquí —le dijo con sinceridad—. Te juro que este es
uno de los momentos más amargos de mi vida, y eso que he tenido muchos.
—Aquí es donde debo estar —le aseguró el hombre—, pero también
quiero estar en los felices, ¡eh!
A Nick le hubiera gustado poder sonreír, pero fue incapaz.
—Mi felicidad no está en mis manos —dijo con auténtico pesar.
—Pues corre en su busca, hijo. —Señaló en la distancia con una sonrisa
de oreja a oreja—. Desde aquí no veo sus ojos, pero estoy seguro de que
son de un azul que quitan el hipo.
Cuando Nick se giró hacia donde señalaba su padre, se le cortó la
respiración. Allí estaba Pat, al otro lado de la calle, frente a la puerta de la
clínica. Sola.
Por un instante se quedó paralizado, aterrado con la idea de que lo que
estaba viendo fuera solo un espejismo que desaparecería en cuanto que se
permitiera parpadear. Pero cuando se dio permiso para creer en lo que veían
sus ojos, su corazón se puso a latir como un loco y amenazó con salirse de
su pecho…
—¿A qué estás esperando? —Rio su padre, feliz.
Nick corrió hacia ella como alma que lleva el diablo.
Capítulo 42
Pat le echó la llave por fuera a la puerta de la clínica y dejó escapar un
suspiro de agotamiento. En las últimas horas, todo lo que hacía le suponía
un tremendo esfuerzo. Durante toda la mañana, había quemado demasiada
energía en auto engañarse y fingir que podía salir con Ryan, y meterse en su
cama con la misma facilidad con la que lo decía. Estaba tan enfadada con
Nick y tan desbordada por sus propias emociones, que gritar a los cuatro
vientos que iba a dejarse seducir por otro la ayudaba a encauzar su rabia y a
que dejara de doler con tanta intensidad. Cada palabra que pronunciaba
sentía que se la estaba arrojando a Nick a la cara, y la sensación de euforia
parecía ayudarla a mantenerse cuerda. Pero aquello no había durado
demasiado. Cuando a medio día se había quedado a solas en la clínica, tras
discutir con todos y cada uno de los que habían intentado hacerla
recapacitar, un pequeño pendrive, olvidado en uno de los pequeños bolsillos
de su bolso, le había asestado una puñalada en el alma de la que ya no pudo
recuperarse. Durante más de una hora había luchado contra sí misma para
no conectarlo al ordenador, pero había terminado sucumbiendo… y aquello
había sido su perdición. Monterrey arrasó con todo desde la primera foto,
convirtiendo la tarde en un festín de amarga auto compasión, donde parecía
haber agotado todas las lágrimas que sus ojos podían derramar.
No sabía cómo iba a poder soportar vivir sin Nick, aquella era la triste
realidad. Si incluso ahora, tras toda una tarde intentando mentalizarse de
que debía echarlo de su cabeza, le parecía estar escuchándolo llamarla en la
distancia…
Tardó unos largos segundos en comprender que aquello no era producto
de su imaginación. Cuando se giró y levantó la cabeza, lo vio al otro lado de
la calle, llamándola con insistencia mientras intentaba colarse entre el
tráfico, sin éxito.
Perpleja, Pat lo observó con el corazón saltando como un loco dentro de
su pecho mientras que su cuerpo anhelaba que llegara hasta ella de una
forma intensa y desproporcionada, que la molestó hasta el punto de hacerla
recapacitar.
«Recuerda que estás enfadada con él, Pat…, ¡furiosa en realidad!», se
dijo, ignorándolo y avanzando hacia su coche, que estaba aparcado a unos
pocos metros.
—¡Espera, por favor, Pat! —lo escuchó llamarla de nuevo.
Pat no se detuvo. No al menos hasta que escuchó los intensos pitidos de
los coches, armando un escándalo monumental. Cuando miró hacia Nick, lo
vio avanzar cruzando entre el tráfico y el corazón se le subió a la garganta.
El autobús que bajaba en sentido contrario tuvo que frenar con brusquedad
mientras hacía sonar una estridente bocina, y a punto estuvo de ocurrir una
tragedia. Cuando Nick puso los pies en la acera al fin, Pat caminó ahora en
su dirección, recorriendo con premura los pocos metros que los separaban.
—¡¿Estás loco?! —le gritó desquiciada, intentando golpearlo en el pecho
con los puños cerrados y la cara descompuesta—. ¡Casi te atropellan!
¡Idiota! ¡¿Cómo se te ocurre cruzar así?!
Nick la tomó de las manos y las inmovilizó contra su pecho, quedando a
escasos centímetros de su rostro.
—¿Esto significa que todavía te importo un poco? —le preguntó con
cierta ansiedad, mirándola con intensidad.
Pat le devolvió una mirada iracunda. Si lo que Nick quería era burlarse
aún más de ella, iba a ver que…
—¡Me matas cuando me miras con esos increíbles ojos azules! —lo
escuchó decir, interrumpiendo sus pensamientos—. Incluso cuando me
miran así de enfurecidos y adquieren la tonalidad del mar embravecido…,
¡tu belleza me corta la respiración!
«Vale, igual espero un poco antes de agredirle», se dijo Pat, intentando
leer en la extraña mirada con que él la observaba.
—¿Estás… sola? —titubeó Nick un tanto nervioso—. Creí que…
Pat notó una terrible decepción en su interior y se sintió estúpida una vez
más.
—Creías que estaba con Ryan. —Comprendió—. Pues no, así que ya
puedes largarte tranquilo… —dijo, negándose a confesar que había anulado
su cita porque era incapaz de dejar de pensar en él.
Intentó zafarse de sus brazos, pero Nick no se lo permitió.
—No me quedaré tranquilo hasta que haga esto. —Recortó la distancia
hasta sus labios y la besó a conciencia, poniendo todo su ser en aquel beso.
Pat se resistió con uñas y dientes… durante los dos segundos que la
lengua de Nick tardó en arrasar su boca y adueñarse por completo de su
cordura.
Cuando Nick, casi en contra de su propia voluntad, se separó unos
centímetros, posó una mirada brillante y desesperada sobre ella.
—¡Acabo de vivir las dos horas más horribles de toda mi vida! —le
confesó apoyando la frente sobre la de ella, sin dejar de mirarla, con la
respiración aún entrecortada por el intenso beso.
—¿Sí?… ¿Necesitabas a tu gran amiga para algo? —ironizó Pat,
observándolo con cautela.
—Sí, cariño, también —admitió, enterrando una mano entre su pelo—,
pero no es solo por la amiga por quien he recorrido ese hotel
completamente desquiciado con la idea de encontrarte en brazos de otro.
Pat tragó saliva y las lágrimas se agolparon tras sus ojos. Casi no se
atrevía a hablar por miedo a descubrir que estaba malinterpretando todo
aquello.
—No sé si te estoy entendiendo —titubeó nerviosa—. Tú… ¿quieres
algo más que a la amiga? —Esperó la respuesta con el corazón encogido.
—¡Las quiero a todas ellas, Pat, a todas las mujeres que viven dentro de
ti! —dijo, dejando escapar un suspiro y cediendo a la tentación de besar sus
labios de nuevo—. Quiero a la amiga —Volvió a besarla—, a la
confidente… —Otro beso—, a la compañera… —La miró a los ojos con un
deseo contenido que le arrancó a Pat un gemido de anticipación—, y, por
supuesto, a la amante, esa que consigue que me suba la temperatura solo
con mirarme.
Pat frunció el ceño, fingiendo una irritación que en realidad se había
disuelto como por arte de magia, pero se resistió a concederle un respiro
aún.
—Pues no sé si alguna de ellas quiere verte a ti —dijo todo lo seria de
que fue capaz.
—Sí, supongo que es lo que me merezco por obtuso —admitió con una
expresión abatida—, pero si te sirve de consuelo…, me has estado
volviendo loco desde mucho antes de nuestro viaje a Monterrey.
Pat arqueó las cejas con cierto desdén y preguntó:
—¿Cómo de loco?
Nick sonrió algo más relajado.
—¡Mucho, Pat! —Le acarició el rostro—. He pasado años
conteniéndome, ¿sabes? —confesó al fin—. Repitiéndome a mí mismo que
no debía mirarte con otros ojos que no fueran los del amigo…, pero algo
ocurrió dentro de mí el día que estuvimos en la reserva por primera vez.
Perpleja, Pat intentó leer en sus ojos si podía estar inventándose aquello,
pero encontró todo lo contrario. Algo que incluso le dio miedo creer… aún.
—Fue… justo en el momento en que aquella mariposa se posó sobre la
palma de tu mano —continuó contando con la emoción del recuerdo en su
mirada—. Recuerdo que te eché aquella foto y me sentí tan cautivado por ti
que ya no pude dejar de mirarte. Te tiré una foto tras otra, hasta que tuve
que recordarme a mí mismo que no estábamos allí para eso.
—Cincuenta y siete fotos —susurró Pat
—Cincuenta y siete fotos —repitió Nick con una sonrisa tímida—.
Desde entonces no he mirada a ninguna otra.
—Salvo a Chris —le faltó tiempo para recordarle.
—No, Pat, ni siquiera a Chris —le aseguró—. Porque incluso cuando la
besaba a ella, creía que eras tú…, pero presiento que eso ya lo sabías, ¿no?
—A Pat le costó mucho esfuerzo no sonreír como una idiota, se limitó a
asentir—. Hacía muchos días ya que te colabas en mis sueños cada
noche…, y no precisamente para charlar.
La chica dejó escapar un suspiro, pero no dijo nada. Dudada de que
pudiera hacer otra cosa que balbucear.
—Me mató tu repentino viaje a Boston —terminó diciendo Nick ante su
silencio—. Me sentí completamente vacío cuando te fuiste, no podía
soportar no verte, y el mes que estuviste fuera fue un suplicio. Tenía la
sensación de que me estabas ignorando y no lo entendía. Pasé días
torturándome con la idea de que habías conocido a otro que te mantenía
ocupada.
—No hubo nadie en Boston —le aclaró, incapaz de callar más—. Yo…
me fui demasiado destrozada.
—Lo siento —susurró sobre su boca.
—¿Por qué? —titubeó un tanto avergonzada.
—Por engañarme durante tanto tiempo y hacerte daño —dijo con la voz
cargada de emoción—. Por obligarte a irte a Boston de esa manera sin ni
siquiera darme cuenta.
Pat lo miró con los ojos empañados en lágrimas. No sabía cómo Nick se
había enterado del verdadero motivo por el que se marchó a Boston, pero
estaba segura de que aquello ya no era un secreto.
—Lo sabes.
—Sí —admitió Nick—. Dannie se ha apiadado un poco de mí esta tarde,
y me ha hablado de una chica que escuchó a un imbécil decir algunas
estupideces…
—Sí, un tipo muy tonto —le aseguró Pat de inmediato—. No sé ni cómo
sigo dirigiéndole la palabra.
—Espero que sea… porque aún te quede algún tipo de sentimiento hacia
él.
Pat lo miró en silencio, apretando los dientes. La necesidad de hacerlo
sufrir un poco más era difícil de obviar.
—Te aseguro que he pagado con creces todos mis errores —insistió Nick
con ardor—. ¡No te haces una idea de la tortura que ha sido pensar que
amabas a otro!
Pat leyó el dolor en sus ojos sin dificultad. Ahora entendía su insistencia
en preguntarle acerca de aquel tipo.
—Pero me dijiste que estabas aliviado porque no me hubiera
encaprichado de ti…
—Sí, he dicho muchas tonterías últimamente… —la interrumpió,
atrayéndola un poco más hacía sí para robarle otro beso, que ella no pudo
negarle—. Tonterías como pedirte que siguiéramos siendo solo amigos
después de volver de Monterrey, cuando apenas puedo pensar en otra cosa
que en ti.
—¿En serio? —susurró Pat ya sin disimular su emoción.
—¿Todavía lo dudas? —dijo con un leve destello de esperanza en sus
ojos—. ¡Si me he estado comportando como un loco desde entonces! Me
esforzaba por seguir las absurdas reglas que yo había impuesto, cuando lo
único que quería era besarte a todas horas —Rozó sus labios con los suyos
—, acariciarte… —susurró sobre su boca al tiempo que le recorría la
espalda con las manos—, y hacerte el amor cada noche, durante el resto de
nuestra vida.
Las lágrimas de Pat cobraron vida de forma irremediable, pero aquella
vez de auténtica dicha.
—No llores más, por favor —le suplicó, secándole las mejillas con los
dedos—. Sé que me he comportado como un idiota, pero estoy dispuesto a
compensártelo cada día, a todas horas. ¡Dame otra oportunidad para hacerte
feliz, por favor!
A Pat aquellas palabras la llenaron de tal felicidad, que su alma herida
sanó al instante. Conmovida, observó la aprensión con la que Nick esperaba
su respuesta y sonrió.
—Eso de cada día, a todas horas… ¿no suena demasiado optimista? —le
preguntó con una sonrisa maliciosa.
Nick dejó escapar el suspiró que había estado conteniendo y rio entre
dientes, con los ojos brillando de felicidad.
—Tendremos que parar para comer y dormir de vez en cuando… —
recortó las distancias, atrayéndola más hacia sí.
—Vale, pero poco tiempo. —Sonrió Pat, echándole los brazos al cuello,
casi sin poder creer que por fin se hubiera cumplido su milagro.
—Lo justo para reponer fuerzas —admitió Nick, besándola con
intensidad. Después la abrazó emocionado, y le susurró al oído—: Las
últimas semanas han sido un infierno horrible, cariño. He sentido celos
hasta de mi propia sombra, y me temo que no he sabido manejarlos.
—¿En serio? —bromeó Pat—. Casi no me he dado cuenta…
—Te juro que no sabía que era tan celoso —reconoció avergonzado—.
Pero pensar en que alguien más te tocara cuando yo no podía hacerlo…
¡Joder, ha sido una tortura insoportable!
—Pero si has estado muy entretenido peleándote con todo el mundo.
—Sí, y sinceramente, no sé si me queda algún amigo, tendré que
ocuparme de eso más adelante —Sonrió con pesar—, pero en este momento
solo me preocupa que mi mejor amiga me perdone.
Pat enterró las manos entre su pelo y se puso de puntillas para
contestarle con un tierno beso.
—Es curioso, pero escucharte llamarme mejor amiga de repente ya no
me molesta tanto —Sonrió jubilosa—, pero te confieso que antes hubiera
podido pegarte cada vez que te escuchaba usar esas palabras.
—Necesitaba reafirmarme en ello, Pat, y conseguí engañarme… hasta
que regresaste de Boston.
Pat suspiró un tanto resignada.
—Entiendo… Te resultaba mucho más fácil resistirte a la chica de las
camisetas enormes.
La sonrisa de Nick iluminó todo su mundo.
—Ahí te equivocas —dijo, mirándola con adoración—. Es cierto que la
chica que regresó de Boston era imposible de ignorar, pero tu ropa nunca
tuvo mucho que ver con el hecho de que las cosas cambiaran entre nosotros
cuando volviste. Al menos no de la forma que tú piensas.
—¿No? —preguntó confusa—. ¿A qué te refieres?
—Tu ropa no fue lo único ni lo más importante que cambió en ti —le
aseguró—. Tú actitud hacia mí también cambió, junto con tu forma de
mirarme, de coquetearme…
Pat rio. Sí, sabía que tenía razón en aquello. La seguridad nacida de
gustarse a sí misma y sentirse una mujer bonita y femenina se debió reflejar
en cada poro de su piel.
—Y de repente me mirabas con esos ojazos… —continuó el chico—.
¡Échame unas fotos, Nick…! —la imitó—. Que yo voy a enloquecerte
mientras me tomo al pie de la letra aquello de hacerle el amor a la cámara.
—¡Yo no hablo así! —protestó entre risas.
—Me llaman dedos mágicos, Nick…, ven que te doy un masaje…
—¡Qué tonto!
—Oasis, diez de la noche… —insistió entre risas sin dejar de imitarla—.
El sueño erótico de cualquier tío se sienta sobre tu regazo…, procura
imaginar que te gusto un poco…
—Pues parece que te lo imaginaste muy bien. —Sonrió coqueta.
—Sí —admitió entre risas—. ¡Qué pedazo de primer beso, ojos azules!
—Bueno… —le dijo Pat, arqueando las cejas con un divertido gesto—.
No estuvo mal…
—¡¿Qué no estuvo mal?! —exclamó Nick—. ¡Eso ha dolido!
—Es que casi no me acuerdo —Sonrió divertida—, quizá si me ayudaras
a hacer memoria y…
Aún no había terminado de decir aquella frase, cuando Nick asaltó su
boca arrancándole un intenso gemido casi al instante. Se empleó a
conciencia hasta que, por pura suerte, recordó que todavía estaban en mitad
de la acera.
—¿Ya vas recordando? —le preguntó, separándose apenas unos
centímetros. Pat apenas pudo responder con un sonido ronco, producto del
deseo contenido—. Ni te imaginas lo que me costó dejarte marchar de mi
casa aquel día sin ceder a lo que mi cuerpo me pedía a gritos —insistió
Nick, besándole ahora el cuello con delicadeza—. Mantener las manos lejos
de ti a partir de ese día fue un auténtico martirio.
Pat sonrió y clavó en él una mirada ardiente.
—Pues yo hubiera dejado que me hicieras cualquier cosa, ¿sabes? —
ronroneó, apretándose un poco más contra él.
Nick dejó escapar un sonido ronco y la abrasó con la mirada. Sus manos
descendieron por su trasero para atraerla más hacia sí.
—No puedes decirme una cosa así en mitad de la calle —susurró contra
su boca—. Aquí no tenemos ningún pareo bajo el que escondernos…
El rostro de Pat respondió al recuerdo de forma instantánea, poniéndose
como un tomate, lo que le arrancó a Nick una carcajada divertida. La chica
intentó enterrar su rubor contra su pecho y él la abrazó con fuerza, dejando
escapar un suspiro de dicha.
—¡Ni te imaginas lo feliz que soy en este momento! —le susurró al oído,
levantándola levemente del suelo para girar con ella entre sus brazos.
Pat rio feliz.
—¿Y no necesitas nada más? —le preguntó, mirándolo con picardía.
—En posición vertical no —bromeó—, pero si conoces algún sitio… —
Miró hacia la clínica— donde podamos acomodarnos un poco, puede que se
me ocurra algo.
—Pues si no hubieras estado tres días sin aparecer… —Frunció el ceño
con un divertido gesto—, sabrías que la sala de relajación está lista para
usarse.
—Define sala de relajación —le pidió, comiéndosela con los ojos.
—Luz tenue, música relajante, aceites esenciales… y una camilla
especial, parecida a un colchón de agua.
Nick la atrajo más hacia sí y dijo en un tono incrédulo:
—¡¿Y qué narices hacemos aquí fuera todavía?!
La carcajada de la chica estremeció a Nick de arriba abajo, que la abrazó
de nuevo con el corazón acelerado de pura emoción.
Pat lo tomó de la mano y tiró de él hacia la puerta de la clínica. Nick la
siguió sin poder borrar la sonrisa de los labios. Mientras que ella abría la
puerta, miró a su alrededor y encontró aún a su padre apostado junto a una
de las paredes de la entrada al hotel, fingiendo tener la atención puesta en
otra parte. A Nick aquello le arrancó una sonrisa tierna que quiso compartir
con Pat.
—Con respecto a los tres días que he estado ausente… —le dijo, tirando
de ella para que se volviera a mirarlo—, debo decir que no han sido fáciles,
pero sí han dado sus frutos.
Pat miró hacia donde él señalaba y se sorprendió al ver a Eric Cooper
junto a la puerta del hotel. Después, se quedó aún más perpleja cuando Nick
sonrió mirando a su padre y levantó el puño mostrándole el pulgar hacia
arriba, recibiendo idéntico gesto de vuelta. A continuación, el hombre entró
en el hotel con una enorme sonrisa.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Pat entusiasmada.
—Resulta que tengo un padre genial —admitió, y rio ante el gesto de
asombro de la chica—. Te lo presentaré de forma oficial en otro momento.
—Si quieres vamos a…
—No te molestes en terminar esa frase —interrumpió, robándole un beso
urgente y caliente—, las palabras sala de relajación son como un neón
fluorescente dentro de mi cabeza… —Volvió a besarla—, que ahora mismo
no dejan espacio para nada más.
Pat suspiró y se giró hacia la puerta, intentando dejar de temblar lo
suficiente como para introducir la llave en la cerradura, mientras sentía la
erección de Nick contra su trasero arrasando con todo vestigio de control
sobre sus emociones.
Por fin acertó a abrir y ambos entraron en la clínica a punto de entrar en
combustión. Nick tiró de ella y la giró hacia sí, devorando su boca de forma
desesperada y hambrienta.
—Llévame rápido hasta esa sala, Pat —le suplicó con una sensual
sonrisa—, o no vamos a pasar de ese sofá.
—¿Y eso sería tan malo? —ronroneó, presa de la misma excitación.
—Eso sería estupendo —admitió, atrayéndola hacía él—, pero quiero
esforzarme en ser un poco más romántico —le susurró al oído con la
respiración entrecortada—. Te mereces velas… y rosas rojas.
—¿Me van a llevar las flores al orgasmo en los próximos minutos?
—No, seré yo quien lo haga, y varias veces —le aseguró, lamiéndole
ahora el cuello—, pero te he hecho daño, Pat, así que quiero darte mucho
más que un aquí te pillo aquí te mato.
Los ojos de la chica se humedecieron al instante dando muestra de
cuánto le habían emocionado aquellas palabras.
—¿Ya te he dicho lo increíble que eres, Nick Baker? —le dijo,
abrazándolo con fuerza y besándole el lóbulo de la oreja después.
—Estás… a punto… de arruinar mis buenas intenciones —protestó,
inclinando la cabeza para darle ahora acceso a su cuello.
—No me lo perdonaría. —Rio. Lo cogió de la mano y lo guio a través de
los amplios pasillos.
Justo cuando pasaron ante su despacho, Pat dejó escapar un quejido de
frustración.
—¡Creo que me he dejado la puerta abierta! —exclamó, deteniéndose en
seco—. No le he echado la llave por dentro.
—Pues corre, no queremos intrusos. —Sonrió Nick—. Mi cuerpo no
soportará más interrupciones cuando le dé permiso para… tomar lo que
desea de forma tan desesperada.
Pat solo pudo suspirar. ¡Aquello era real y le estaba pasando a ella!
Le robó un beso y caminó con premura de vuelta a la puerta principal,
donde tuvo que perder unos eternos minutos en meterse de cabeza dentro de
su bolso para encontrar las llaves. Las manos le temblaban tanto que
aquello parecía misión imposible.
Cuando al fin consiguió la difícil tarea de echar las dos cerraduras
interiores, se volvió dispuesta a correr hasta Nick si era necesario, pero el
sonido del hilo musical la paralizó, rindiéndose a la necesidad de centrar
toda su atención en la preciosa melodía que parecía avanzar hacia ella,
inundando cada rincón del local. Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo
casi al instante, y un estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies
cuando la voz rasgada de Steven Tyler le taladró el corazón… mientras
cantaba la canción más romántica de la historia. Su canción.
Con el corazón en un puño y un nudo en la garganta, avanzó por el
pasillo en busca del hombre que se moría por abrazar y no soltar jamás.
Cuando empujó la puerta de su despacho, encontró a Nick apoyado sobre
su mesa, mirándola con una sonrisa que consiguió que le temblaran las
rodillas.
—Creo que todavía me queda algo importante que decirte… —le
recordó Nick, arrancándole un suspiro.
—¿Sí? —musitó, emocionada, caminando hasta él.
Los latidos de su loco corazón debían escucharse ahora igual de altos
que la música
Nick la tomó entre sus brazos y la besó en los labios con dulzura.
—Sabes que sí —dijo, secándole las lágrimas con las yemas de los
dedos.
La chica lo miró a los ojos y esperó, emocionada, las palabras que había
anhelado escuchar durante siete años.
—Te amo, Pat —le susurró al fin, perdiéndose en sus ojos—, con toda
mi alma.
Las lágrimas de Pat volvieron a cobrar vida y una intensa emoción la
obligó a tragar saliva antes de poder responder,
—¡Y yo te amo a ti! —exclamó, ahogando un suspiro, doblemente
emocionada por poder exteriorizar al fin sus sentimientos. Y su corazón
casi estalló de amor cuando vio como Nick apenas si podía contener su
propia emoción. La besó con una ternura que le llegó al alma—. ¿Cómo
sabías que era esta canción y no cualquier otra?
Nick sonrió.
—Porque, durante siete años, te he visto cerrar los ojos y suspirar cada
vez que sonaba… —confesó—, y yo te he mirado fascinado todas y cada
una de las veces.
—¡Venga ya! —Rio.
—Te lo juro —insistió con una sonrisa sincera—. En este momento me
resulta sorprendente haber podido contenerme durante siete años, teniendo
en cuenta que organicé una sentada en la sala de música del instituto para
poder encadenarme contigo toda la noche.
—¡No!
Nick rio ante su gesto incrédulo.
—Nos desalojaron antes de poder darte el primer beso —admitió.
Después se puso un poco más serio para añadir—: Al día siguiente se me
complicó la vida…
La chica asintió, recordando los primeros problemas de Alina Baker, que
la habían llevado a un batallón de pruebas médicas, que derivaron en una
pesadilla.
—Y nuestra relación se convirtió en algo imprescindible para mí —le
recordó Nick—, que me aterraba perder.
Pat besó sus labios con ternura, intentando borrar el dolor de aquellos
años.
—Y casi te pierdo del todo por imbécil —se lamentó, abrazándola con
fuerza, sintiendo un ligero escalofrío ante la sola idea—. Tus ojos azules
iluminan mi mundo, cariño, siempre fue así —La besó con delicadeza—,
pero deja de llorar ya, por favor.
Pat sonrió entre lágrimas de felicidad.
—¡Pero es que me dices esas cosas tan bonitas…! —Fingió protestar—.
Y he esperado siete largos años para que me miraras así. Ser tu mejor amiga
ha sido muy bonito, pero muy duro.
—Lo sé, pero todos esos años hacen de esta relación algo inquebrantable
—opinó Nick convencido—. ¿Sabes? Sam me dijo una frase que ha
resonado en mi cabeza desde entonces…: El amor es una amistad con
momentos eróticos…
—Sí —Sonrió Pat—, es una frase muy propia de Sam, y algo con mucho
sentido.
Nick bajó sus manos hasta su trasero y la atrajo contra sí, mirándola con
lujuria.
—Después me comparó la amistad con una mesa y demás, pero esa parte
te la cuento luego. —Decidió comiéndosela con la mirada—. Creo que
deberíamos pasar ya a lo de los momentos eróticos… No sé si puedo
esperar mucho más.
Pat dejó escapar una carcajada cuando Nick fingió morderle el cuello
cual vampiro.
—Voy a comerte enterita —le aseguró—. De arriba abajo y de abajo
arriba. Y voy a empezar por aquí… —devoró su boca, hambriento,
desatando entre ellos la locura absoluta—. Joder, qué bien sabes, ojos
azules…
Pat apenas podía hilar algo de coherencia.
—¿Está… muy lejos esa sala de relajación? —le preguntó Nick entre
jadeos, sin dejar de presionar su dureza contra ella.
—Al final del pasillo —murmuró, excitada, tironeando del cinturón del
vaquero del chico y empezando a desabrochar los botones.
—Vale, pues intentemos llegar hasta allí.
La tomó del trasero y ella enroscó las piernas alrededor de sus caderas.
Sin dejar de besarse, recorrieron los diez metros que los separaban del
paraíso.
—Me va a gustar esta sala… —susurró Nick mirando de reojo a su
alrededor al tiempo que le quitaba la camiseta.
—A mí me gustas tú —dijo Pat gimiendo contra su boca. Después puso
la mano sobre su erección y añadió—: y algunas partes más que otras…
Nick sonrió y dejó escapar un sonido ronco mientras le desabrochaba el
sujetador y la arrastraba hasta la cama. Cinco segundos más tarde se las
había apañado para desnudarla por completo, y disfrutaba de su piel de seda
y de los gemidos que ella no podía contener.
—Me enloqueces, Pat…, y voy a pasar el resto de mi vida
demostrándote cuánto —le susurró al oído justo antes de hundirse
profundamente en ella.
Ambos dejaron escapar un sonido ronco y ya ninguno de los dos pudo
pronunciar palabra durante mucho rato…
Mucho tiempo después, cuando descansaban uno en brazos del otro algo
más relajados, Nick le contó la conversación con su padre sin guardarse una
sola coma. Durante días, había necesitado compartir con ella aquella parte
de su vida. No solo había echado de menos a la mujer que se moría por
abrazar, sino también a su mejor amiga, la confidente, la compañera…
Poder tenerlas a todas le hacía el hombre más feliz de la tierra.
—Siento no haber estado ahí para ti, Nick —le susurró Pat una vez
escuchó la historia completa—. Han tenido que ser unos días muy difíciles.
—Horribles —admitió—, pero necesitaba vivirlos solo. Echarte de
menos hasta volverme loco en uno de los peores momentos de mi vida,
consiguió que atesorara cada segundo que vivimos juntos. Y todo lo que
descubrí acerca de mis padres tenía que encajarlo y digerirlo dentro de mí.
—¿Y cómo te sientes ahora?
Nick se paró a meditar la respuesta unos segundos.
—Raro —confesó—. Durante tres días he maldecido y odiado a mi
madre por robarme algo tan grande, y al mismo tiempo me sentía fatal
por… sentirme así. ¿Tiene sentido?
—Sí, mucho —opinó, acariciándole el rostro con la yema de los dedos.
—Además, de alguna manera, todos sus secretos han condicionado
también todo lo que he vivido contigo —le recordó con pesar, dándole un
suave beso en los labios—. Me mataba pensar que podía sucedernos lo
mismo que a ellos, cuando en realidad su historia jamás fue posible desde
un principio.
—Todo eso está superado. —Sonrió dichosa—. Pasaría por todo el dolor
una y mil veces solo por llegar a este punto.
Nick la abrazó con fuerza, emocionado por sus palabras.
—Pero tienes que intentar perdonarla —le pidió Pat volviendo a mirarlo
—. Es posible que ella pasara toda su vida sintiéndose culpable por
ocultarte la verdad. Por eso evitaba hablarte de la marcha de tu padre.
—Lo sé —suspiró Nick—. Llevo días intentando encontrar la manera de
reconciliarme con su recuerdo…, y creo que hoy he dado un paso de
gigante en esa dirección.
—¿Por qué? —le preguntó extrañada.
—Porque cuando esta tarde he creído perderte, Pat —confesó—, el dolor
ha sido tan desgarrador e insoportable que ahora puedo comprender cómo
debió sentirse ella amando así y sabiéndose sin posibilidades. No la excuso,
pero la entiendo, porque las de hoy han sido el par de horas más amargas y
desoladoras de toda mi vida, aunque me las mereciera.
—Bueno… tampoco te las merecías tanto —Sonrió Pat con cierta
timidez—, que yo tampoco te lo he puesto fácil últimamente. Quizá… te he
dejado pensar algunas cosas que no han ayudado a paliar tus celos.
Nick rio por el gesto compungido con el que lo miraba.
—¿Y puedo castigarte un poco por eso? —le dijo mirándola con malicia,
dejando claro qué tipo de castigo tenía en mente.
—Sí…, puede que me lo merezca —ronroneó, moviéndose contra él—.
Así que si no necesitas por más tiempo a la confidente…, la amante está
dispuesta a tomar el relevo. Seré tu esclava durante un ratito si crees que así
puedo expiar mis pecados…
Nick dejó escapar un gemido ronco cuando Pat tomó con una mano la
erección en la que había derivado la conversación.
—Solo me quedaba contarte que tengo una abuela. —Sonrió Nick,
jugueteando con uno de sus pechos.
—¡¿En serio?!
—Loquita por conocerme —bromeó, llevándose ahora el pezón a la
boca.
—Pues si ya tienes abuela…, no es necesario que siga echándote piropos
—Rio—. No quiero usurpar su terreno.
Nick ascendió por su clavícula sin dejar de lamer su piel.
—Tú encárgate de otro tipo de piropos… —le propuso—. Cosas como:
qué bien lo haces, Nick… Eres un portento de la naturaleza, Nick…
—Para eso me tendrás que dar motivos… —dijo entre risas.
—¿Quieres motivos? —Metió la mano entre sus piernas—. No te van a
faltar.
Pat dejó escapar un gemido cuando los dedos de él comenzaron a obrar
su magia.
—Sí… lo haces bien, sí…
Capítulo 43
Dos días más tarde, Pat y Nick decidieron enfrentarse por fin a la
reacción de todos sus amigos a su relación. Ambos estaban inquietos con
aquel tema y necesitan zanjarlo cuanto antes y normalizar la situación, pero
cuando se bajaron de la moto frente al Oasis, ninguno de los dos parecía
tener claro si quería entrar en el pub o salir corriendo en dirección contraria.
—¿Y si nos volvemos a la cama y dejamos las explicaciones para
mañana? —le dijo Nick con un toque de diversión.
Pat observó las motos aparcadas a la puerta de bar, comprobando que
todos estaban ya dentro.
—Esto va a ser muy raro —admitió—, pero solo serán los primeros
minutos… —Lo miró insegura—, ¿no?
Nick sonrió y la atrajo hacia sus brazos.
—A ver, vamos a planear qué les decimos…
—Poco hay que decir, Nick, todos tienen más que claro dónde hemos
pasado los últimos dos días —le recordó Pat.
Rob había llamado al teléfono de Nick la noche que se reconciliaron, y
fue Pat quien contestó, fingiendo ser un contestador automático que
informaba de que iban a estar ocupados cierto tiempo. ¡Más claro, agua!
—Ya, pero… no puedo entrar ahí y comportarme como me gustaría —La
atrajo un poco más hacia sí y le besó el cuello para demostrarle de qué
hablaba—, que igual todavía me cae alguna hostia hasta que se
acostumbren a la idea.
—Vale, pues probemos a ir poco a poco —sugirió Pat, divertida,
apartándose un paso hacia atrás—. Entramos normal…, y nos vamos
cogiendo de la mano —Hizo aquello mismo—. Y luego nos abrazamos de
vez en cuando… —Le echó los brazos al cuello y se pegó a él—. Y después
yo puedo hacer algo así…
Se puso de puntillas y lo besó a conciencia, hasta que Nick terminó
atrayéndola hacia él de nuevo y la cosa subió de temperatura en pocos
segundos.
—Sí, Pat, buena idea —susurró contra su boca—. Yo calculo que cuando
te tumbe sobre la mesa de billar, les quedará todo más que claro.
Ambos rompieron a reír a carcajadas.
—Vale, quizá deberíamos decirles algo antes de llegar al beso —admitió
risueña—. Pero cuanto antes entremos, antes podremos marcharnos a
revelar esas fotos que tenemos pendientes de Monterrey.
—Así que ¿quieres arrastrarme al cuarto oscuro? —Le robó otro beso.
—Esa sala… siempre ha sido mi fantasía sexual preferida —confesó,
mirándolo con lujuria.
—Pues imagínate cómo me pone a mí —Sonrió Nick—, que me he
pasado días enteros revelando fotos tuyas allí dentro… ¡Pero deja de
mirarme así!
—¿Cómo? —Fingió inocencia mientas se mordía el labio inferior.
Nick observó su boca y dejó escapar un sonido de protesta.
—¡Ya vale, Pat! —suplicó—. ¡No puedo enfrentarme a la Gestapo con
una erección!
Pat se apretó un poco más contra él.
—Como esta dices, ¿no?
—¡Qué mala! —se quejó, arrancándole una carcajada—. Espero que
todo te siga resultando tan gracioso cuando tengas que llevarme a urgencias.
—Vale, terminemos con esto ya —Rio Pat—, los dos sabemos que no
será para tanto.
Entre risas, se giraron y avanzaron hacia la puerta del bar mientras se
robaban los últimos besos ante de entrar…, hasta que miraron al frente y la
sonrisa se les congeló en el rostro.
—Os dije que solo por verles la cara merecía la pena esperar a que se
giraran —dijo James, sin poder disimular su diversión.
—Deberíamos haberles hecho una de esas fotos robadas que tanto le
gustan aquí a mi amigo el fotógrafo —opinó Rob sin dejar de mirar a la
pareja.
—Quizá aún estemos a tiempo. —Rio Dannie.
Pat y Nick terminaron sonriendo, una vez vencieron la vergüenza inicial.
—¿Cuánto tiempo lleváis ahí? —interrogó Pat, con las mejillas color
carmesí.
—El suficiente —dijo Rob.
—¿El suficiente para qué? —preguntó Nick curioso.
—Para sentirnos violentos unas cuantas veces —reconoció James.
Pat emitió un sonido ahogado y enterró la cara en el hombro de Nick,
que la abrazó y se echó a reír feliz de la vida. Terminó dándole un beso en
la mejilla con ternura, sin apenas ser consciente de ello. Aunque aquel gesto
no pasó desapercibido para los tres pares de ojos que observaban la escena.
—Reconoce que hacen una pareja muy bonita —le dijo Rob a James,
con cierta sorna.
James sopesó la respuesta unos segundos.
—Vale… —admitió a regañadientes—, incluso yo soy capaz de ver que
parecen hechos el uno para el otro. —Sonrió—. ¡Pero negaré haberlo dicho!
Rob rio divertido.
—No está mal para un renegado de las relaciones de más de una noche.
—Pues si estos dos no te devuelven la fe en el amor…, nada lo hará. —
Rio Dannie, y señaló a la pareja, que se sonreían ahora con una complicidad
absoluta—. ¿Habéis visto cómo se miran?
Nick se giró hacia sus amigos sin disimular que era el tipo más feliz del
planeta.
—¿Podéis dejar de hablar como si no estuviéramos aquí?
—Ah, pero ¿estáis? —bromeó Rob, arrancándoles una carcajada a todos
—. Pues no lo tengo yo tan claro.
La pareja sonrió, pero no se quejó. En el fondo, tenían que admitir que
estaban casi absortos el uno en el otro.
—Pues si consideráis que ya nos habéis avergonzado suficiente… —
empezó diciendo Nick.
—¡No tan deprisa, amigo! —lo interrumpió James, avanzando hacia él.
Miró a Pat antes de añadir—: Préstanoslo un ratito…
Nick sonrió y soltó a Pat, no sin darle un último beso como si se fuera a
la guerra. James le puso un brazo por encima de los hombros y Rob tardó
apenas dos segundos en cubrir el otro flanco.
—¡No me lo puedo creer! —Rio Nick, dejándose arrastrar un par de
metros más allá.
—Tú no eras judío, ¿no? —le preguntó James todo lo serio que pudo,
pero los tres rompieron a reír sin remedio.
—¿Ahora es cuando me informáis muy amablemente de que aún tenéis
ese bisturí? —preguntó Nick.
—No vamos a necesitar un bisturí si la vemos derramar una sola lágrima
más —dijo James, volviendo a ponerse serio.
—Porque podemos convertirnos en tu peor pesadilla —le aseguró Rob
—, incluso sin bisturí.
Nick guardó silencio, suspiró y miró a sus amigos ahora de frente.
—Nada puede ser comparable a la pesadilla que he vivido sin ella —les
aseguró. Miró hacia Pat con una sonrisa enamorada que dijo mucho más de
lo que hubiera podido expresar con mil palabras, aun así, añadió—: Por fin
vivo en el más increíble de los sueños y no tengo intención de despertarme
jamás.
Aquella frase dejó a sus amigos tan fuera de juego que les costó unos
segundos reaccionar.
—Se nos ha hecho poeta y todo —bromeó James, sin disimular su
emoción.
—¡Ya te digo! —Rio Rob—. ¡El amor obra milagros!
Entre risas, ambos abrazaron a su amigo, deseándole lo mejor de la vida
junto a Pat, a la que corrieron a achuchar, consiguiendo que a la chica se le
saltaran las lágrimas. Nick aprovechó aquel momento para agradecerle a
Dannie todo lo que había hecho por él en la peor tarde de su vida, y terminó
abrazándolo también.
Cuando Pat regresó a sus brazos, Nick la atrajo hacia sí y bebió de sus
labios, sediento de nuevo, aunque ambos rompieron a reír a carcajadas
cuando sus amigos, uno por uno, fueron entrando en el Oasis, pero no
precisamente en silencio.
—Ya estamos…
—Es que no paran…
—¡Iros a un hotel!
Epilogo
Pat y Nick decidieron celebrar su maravilloso e intenso mes de relación
haciendo una escapada a la reserva natural. Hacía un día espléndido para
disfrutar de su amor en plena naturaleza, en lo que ambos consideraban su
lugar especial.
Recorrieron los sitios más bonitos y después estuvieron más de una hora
jugando con los cachorros de león que, a pesar de que habían crecido de
forma considerable, seguían siendo de lo más adorables.
A la hora de comer, extendieron un pareo sobre la hierba y se sentaron
junto a la laguna.
—Ya necesitaba reponer fuerzas —dijo Nick, atrayendo a Pat hacia sus
brazos nada más tomar asiento y besándola con intensidad—. Mucho mejor,
me estaba quedando sin combustible.
—¡Pero si no has dejado de robarme besos durante toda la mañana!
—Así que robarte… —Fingió Nick indignarse—. Pues nada, te los
devuelvo todos. —Comenzó a besarla de nuevo—. Este… y este otro…, y
otro por aquí…
—¡Estás como una cabra! —Reía Pat feliz entre beso y beso.
—¡A mí nadie me acusa de ladrón! —Siguió bromeando, tumbándola
sobre el pareo para seguir besuqueándola a placer—. Ahora atente a las
consecuencias. —Volvió a besarla ya de forma más intensa.
—¿Y cuándo me he quejado yo de las consecuencias? —susurró Pat
dejando escapar un suspiro.
Nick se apoyó sobre un codo y sonrió con malicia.
—¿Por qué no hemos traído otro pareo? —La abrasó con la mirada, por
si acaso a ella no le había quedado claro lo que tenía en mente.
—¿Quieres que nos detengan? —preguntó Pat fingiendo escandalizarse
ante la idea—. ¡Hay familias con niños paseando por todas partes!
—¡Aguafiestas!
Pat rio por el divertido gesto de fastidio.
—¿Y si comemos? —sugirió divertida.
—¡Sí!
—¡Comida, Nick!
—Buah, pues no es el tipo de necesidad fisiológica que más necesitaba
paliar —protestó—, pero si es lo único que me ofreces…
Entre risas, bromas y tonteos, dieron buena cuenta de toda la comida que
llevaban en la mochila, incluida la caja de bombones que Nick le había
regalado aquella misma mañana, acompañada de un bonito colgante de
plata del que pendía una preciosa mariposa.
Después, Nick apoyó la espalda sobre el árbol que tenía tras él y la chica
se metió entre sus piernas y se recostó sobre él mientras ambos leían el
folleto de publicidad que les habían facilitado al entrar, deleitándose con
cada una de las fotos que ellos mismos habían hecho.
—Para hacer esta casi te despeñas montaña abajo. —Rio Pat—. ¿Te
acuerdas?
—Pero mereció la pena —admitió Nick—. Se ve casi toda la reserva.
Cada foto tenía una historia, que recordaron entre risas mientras leían
información muy interesante sobre la zona.
—¡Aquí estoy yo con los leoncitos! —exclamó Pat emocionada—. ¡Qué
ternura! ¡Es una preciosidad de foto!
—Como tú.
—¡Y como los cachorros! —le recordó divertida.
—Bueno…, tú un poco más. —Rio, besándole el cuello—. Aunque los
leones tampoco están mal.
Pat rio enternecida y ambos continuaron consultando el folleto.
Cuando llegaron a la última página, Pat dejó escapar una exclamación de
deleite.
—¡Nuestra mariposa! —gritó feliz.
—Es verdad —se sorprendió Nick—. Pues no me lo esperaba. Aunque
para nosotros sea especial, no parece la foto más importante para cerrar un
folleto publicitario.
Pat acarició las alas de la mariposa sobre el papel con una sonrisa tierna,
después se centró en el párrafo escrito debajo y sus ojos se abrieron como
platos.
—¡No te lo vas a creer! —le dijo a Nick, que le prestó toda su atención.
No pudo evitar que le temblara la voz por la emoción al leer:
Cuenta la leyenda que una pequeña hada vivió un día en estos lares,
repartiendo belleza y amor incondicional a cada animal, árbol y flor que
aquí habitaba. Y cuando culminó su misión, sufrió una metamorfosis para
poder vivir en este lugar para siempre, llenándolo de una magia especial.
Hay quien asegura, que esta hada aún recorre estos parajes despertando
los sentimientos dormidos de quienes están hechos el uno para el otro.
Su forma…: ¡la de esta increíble mariposa!
Pat se giró a mirar a Nick con una sonrisa entre incrédula y emocionada,
sin poder evitar que sus ojos dieran muestra de todo ello.
—¡Qué fuerte, Nick! —exclamó con una certeza absoluta—. ¡Nuestra
mariposa es un hada!
—Eso parece. —Rio el chico, acariciándole la mejilla con la yema de los
dedos.
—Ya sé que tú no crees en estas cosas… —dijo Pat risueña—, pero no
me negarás que hay algo único en este sitio.
—Sí —Sonrió—, tengo que reconocer que se respira una paz especial
aquí.
—Magia —insistió Pat.
—No sé si magia, pero… —las palabras se le atragantaron en la garganta
cuando un suave aleteo llamó su atención y la enorme mariposa se posó
sobre el catálogo que Pat sujetaba, justo sobre su propia foto. La chica izó
el papel con mucho cuidado hasta la altura de sus ojos y ambos la
observaron maravillados, conteniendo el aliento.
—¡Es increíble! —susurró Pat emocionada—. Si esto no es magia…,
dime tú que es.
Tras unos segundos, el insecto izó el vuelo, revoloteó frente a ellos y
batió sus impresionantes alas hasta perderse en la lejanía.
Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, ninguno de los dos podía
disimular una intensan emoción. La misma que ambos habían tenido que
ocultarle al otro la primera vez que aquella mariposa los había visitado.
—¿Qué posibilidades había de que pasara dos veces? —dijo Pat aún en
shock.
—Las mismas que de encontrar lo que nosotros tenemos: muy pocas —
le dijo, robándole un tierno beso—. Por eso somos tan afortunados.
Pat asintió y lo miró con el pecho henchido de amor, regalándole una
sonrisa tan espectacular que a Nick le arrancó un inevitable suspiró.
—Te amo, Pat, tú eres toda la magia que necesito en mi vida —susurró
emocionado.
De forma inevitable, los ojos de Pat se llenaron de lágrimas y recortó la
distancia que la separaba de sus labios para darle un dulce beso que le salió
del alma.
—Yo también te amo, Nick, intensamente.
Ambos se perdieron en los ojos del otro…, que era el único lugar donde
querían estar.
FIN
Agradecimientos
Quienes ya habéis leído alguna de mis novelas, sabéis que siempre me
gusta darle mi primer agradecimiento a la persona con la que comparto mi
vida y cada uno de mis sueños…
…Javi, cariño, una vez más, gracias por estar ahí, al pie del cañón. Sin
tu aporte y tu implicación, no podría sentarme frente al ordenador ni el
tiempo suficiente para escribir una carta…
¿Y qué puedo decir de mis fantásticas “lectoras beta”? ¿Qué haría sin
ellas?... ¡Pues probablemente no publicar nunca de puro “acojone”!
Mil gracias, Jelly Aglaed, por ese cariño y entusiasmo con el que
siempre tratas a mis “bebés literarios”. Poder contar contigo como lectora
beta ha sido genial y todo un lujo. Te agradezco cada una de tus palabras y
aportes, y, por supuesto, todas esas risas que siempre consigues
arrancarme. ¡Poner Tentados por el Deseo en tus manos fue toda una
aventura!...