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Tentados Por El Deseo Pat y Ni Keily Fox

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TENTADOS POR EL DESEO

Keily Fox

© Keily Fox, 2021


Todos los derechos reservados.
www.keilyfox.com
Para Luna y Sergio, como siempre.
Mi luz, mi motor, mi motivo.
Capítulo 1
Pat Maloy entró en el Oasis Rock como una exhalación y se detuvo junto
a la puerta sin poder disimular su monumental enfado. Paseó la mirada por
el local, comprobando, irritada, que ninguno de sus amigos estaba allí, por
lo que no tenía a nadie sobre quién descargar su furia.
Fue directa a la barra y Boss, el dueño del local, la saludó con
efusividad, contento de verla, aunque no tardó en notar que no era momento
para bromas.
—Espero que no sea a mí a quien le estás perdonando la vida —bromeó
el chico.
—Por si acaso, mantente lejos —advirtió Pat, aunque sonrió a medias—.
Supongo que Rob y James han pasado por aquí. Sus motos están aparcadas
en la puerta.
—Han pillado algo de beber y se han cruzado al parque —le contó—. A
Nick no lo he visto.
—Pues voy en busca de mis adorables amigos —ironizó con un gesto
irritado.
Boss dejó escapar una carcajada.
—Algo me dice que no me gustaría estar en su pellejo.
Salió del pub a toda prisa y se topó con Nick, que aparcaba su moto
custom justo a la puerta en aquel momento.
—No sé si darte las buenas tardes o echar a correr —bromeó mientras se
quitaba el casco y la miraba con un gesto contrariado—. ¿Tú no tenías una
cita?
—Tú lo has dicho, ¡tenía! —contó molesta—, pero gracias a Zipi y
Zape, ahora ya no. ¡Te juro que esta vez voy a matarlos, Nick!
El chico la miró sin poder disimular una sonrisa. Los increíbles ojos
azules de Pat brillaban con una ira apenas contenida, pero que sabía que se
disolvería como la espuma en cuanto que se desahogara un poco; aunque
prefería que aquel desahogo no fuera sobre él.
—Tú primero —le dijo, apartándose a un lado y señalando el parque—.
Supongo que ibas hacia allí.
Pat cruzó la carretera y se internó en el parque, con Nick a su lado.
Apretó el paso cuando divisó a sus amigos en la distancia, con una sonrisa
en los labios, ajenos a lo que se les venía encima.
—¡Está vez os habéis pasado tres pueblos! —les gritó nada más
plantarse ante ellos.
James y Rob, que hasta aquel momento habían estado medio tirados
sobre el césped, se incorporaron de forma automática, como si un resorte
los hubiera impulsado a hacerlo. Nick dejó escapar una sonora carcajada
ante el respingo. Ver cuadrarse a dos moteros rockeros de metro ochenta y
cinco de estatura ante una chica menuda de apenas metro setenta siempre
resultaba divertido. A no ser que aquella furia fuera destinada a uno mismo,
lo cual perdía la gracia de forma automática.
—Justo nos estábamos preguntando qué tal iría tu cita —le dijo James
con la sonrisa más inocente que pudo esbozar.
—Sí, ahora mismo, qué casualidad —se sumó Rob.
—¡De sobra sabéis los dos que mi cita no va! —dijo, mirándolos desde
arriba de forma condenatoria—. ¿Se puede saber qué demonios le habéis
dicho a Dustin Colbert?
—¿Nosotros? —preguntaron casi al unísono con una descarada
expresión de culpabilidad.
—¿Qué ha pasado? —se interesó Nick sin poder disimular ya su
curiosidad, aunque casi podía imaginarlo.
Pat resopló de nuevo antes de hablar.
—Resulta que cuando he llegado a nuestra cita para cenar en Tony´s, me
había dejado una nota en la barra disculpándose por no poder asistir —
explicó Pat—. Se lo ha debido replantear en el último momento. —Volvió a
mirar a Rob y James—. ¿Quién de los dos va a decirme el motivo?
Nick miró a sus amigos y no pudo evitar sonreír. Ni siquiera se habían
molestado en negar las acusaciones aún.
—A ver…, sí nos hemos encontrado con él esta tarde en la gasolinera —
admitió James con toda tranquilidad—, pero no recuerdo yo nada raro.
—Quizá le hemos dejado caer que se portara bien contigo… —dijo Rob.
—Pero vamos, muy de pasada, sin ninguna mala intención —insistió
James.
Pat bufó.
—¿Sin ninguna mala intención? —gritó irritada—. ¡Decídselo a otra!
¡Que os recuerdo amenazando a Peter Miller con hacerle una circuncisión si
me ponía un dedo encima en segundo de primaria! ¡Qué narices me estáis
contando!
Rob y James se miraron entre sí y le devolvieron a Pat una mirada
sincera.
—Vale, nuestros métodos no han variado demasiado —admitió Rob.
—Pero no sé por qué te pones así —terminó diciéndole James—. Ese
Colbert no es precisamente un partidazo.
—Exacto —contraatacó Rob—. Yo creo que te hemos salvado de…
—¿Quién coño quiere un partidazo? —interrumpió Pat, cada vez más
enfadada—. ¡Lo que quiero es echar un polvo! Pero lo tengo muy difícil
con vosotros espantándome a todos los que se me acercan.
Rob y James la miraron en silencio sin molestarse en mostrar
arrepentimiento. Nick los observaba con una sonrisa de oreja a oreja que le
era imposible disimular.
—¿Y a ti qué te parece tan gracioso? —Miró Pat a Nick con cierto
enojo.
—¡Eh, conmigo no la pagues! —protestó—. Yo no he hecho nada.
—¿Qué os parecería a todos si yo me encargara de espantar a todas las
mujeres que os pongan ojitos?
Alternó una mirada irritada entre los tres.
—¡No es lo mismo! —se quejó James.
—¡Ah, ¿no?! ¿Vas a hacer apología del machismo a estas alturas?
—Pat, tú eres como nuestra hermana pequeña —dijo Rob, conciliador.
—Nuestra misión es protegerte de todos los degenerados que solo te
quieren para una cosa… —apoyó James.
Aquello fue como darle un lanzallamas.
—Pero ¿vosotros os estáis escuchando? —gritó—. Eso tendría algún
sentido si no fuerais unos mujeriegos de tomo y lomo.
—Es precisamente por eso, Pat, creo…
—¡Qué no tenéis que creer nada! —terminó vociferando aún más—. ¡Lo
único que tenéis que hacer es manteneros al margen!
—Venga, vamos a calmarnos todos un poco —intervino Nick, echándole
a Pat un brazo por encima de los hombros—. El tal Dustin tampoco era el
hombre de tu vida.
—¿No? ¿Y cómo lo sabes? —le preguntó girando la cabeza para mirarlo,
quedando a escasos centímetros—. ¿Quién puede saber dónde está su media
naranja?
—¿Ahora quieres hacer naranjada? —dijo Nick con una sonrisa
divertida—. No me parece tu estilo.
—¿Y cuál es mi estilo? ¿El celibato? —le increpó, intentando no
perderse en sus ojos, como solía ocurrirle si no tenía cuidado.
Nick suspiró, quitó el brazo con el que la retenía y señalo a sus amigos.
—El cabreo era con ellos, ¿recuerdas?
—¡Ostras, Nick, qué ruindad! —Rio James—. ¿Necesito recordarte que
fuiste tú el primero en decir que ese Dustin no parecía de fiar?
Pat miró a Nick con la boca abierta, muda por la sorpresa, pero por
alguna extraña razón aquello no le disgustó tanto como cabría suponer.
—Sí, Nick, tú malmetes y nosotros pagamos el pato —insistió Rob.
—¡Yo no voy por ahí amenazando con tirar de bisturí! —se defendió
Nick—. Aunque me reitero en que ese Dustin no me gusta.
Pat estalló de nuevo.
—¡Es que a quien le tiene que gustar es a mí!
Todos guardaron silencio mientras ella paseaba su furiosa mirada de
unos a otros.
—Estoy harta de todos vosotros —les dijo en un tono amenazante,
apuntándoles con el dedo—. Creo que voy a retiraros la palabra y buscarme
unas amigas con las que pueda hablar de tíos.
—¡Buah!, te aburrirías un montón, Pat —opinó James—. No creo que…
Se interrumpió y guardó silencio de forma automática al recibir una
mirada asesina, e hizo un exagerado aspaviento con las manos para indicar
que no pensaba agregar nada más. Fue inevitable que tanto Rob como Nick
sonrieran divertidos. Incluso Pat tuvo que hacer un esfuerzo considerable
para no ceder.
—Teníamos buenas intenciones —terminó diciendo Rob con sinceridad.
—De buenas intenciones están los cementerios llenos.
—Joder, Pat, qué frase más macabra —protestó James—. Venga, te
prometemos que a partir de ahora vamos a intentar no meternos más en tu
vida.
—¿Solo a intentarlo?
—Mujer, hay que ser realistas…, los malos hábitos tardan en superarse.
—¡Esto es alucinante! —resopló Pat de nuevo.
—Anda, siéntate un ratito —le pidió Rob—. Voy a enseñarte una de esas
meditaciones que tanto te gustan.
—¡Para meditar estoy yo ahora! —fue lo último que dijo antes de
alejarse de ellos de vuelta al Oasis.
—Pat, no te ponga así…
Pero ya no les hizo ningún caso.
—Igual nos hemos pasado un poco —admitió Rob, preocupado.
James suspiró y miró a Pat alejarse de ellos a paso rápido. En aquella
ocasión parecía haberse enfadado más de lo habitual.
—¿Crees que si hablamos con Colbert y le decimos que solo le haremos
la circuncisión si es judío, nos perdonará antes? —preguntó James muy
serio mirando a Rob.
—Siempre podemos intentarlo.
—¡Qué coño vais a hablar con nadie! —intervino Nick—. Ese tipo es
idiota. Si se ha dejado influenciar por vosotros, no se la merece.
—Pues entonces consigue que nos devuelva la palabra —le pidió James
—. Tú eres al único que escuchará.
—Pues no lo tengo claro, gracias por meterme en el ajo —protestó. Miró
en la distancia, donde casi ya no se veía a Pat, y les prometió—: Haré lo
que pueda.

Pat salió del parque a paso rápido, ignorando por completo a Nick, al
que escuchaba llamarla desde hacía rato. Tuvo que detenerse frente a la
carretera por culpa del tráfico, y él aprovechó para llegar hasta ella. Aunque
Pat era consciente de que tampoco hubiera sido capaz de ignorarlo durante
mucho tiempo.
—No es justo que me castigues a mí —protestó el chico—. Yo solo dije
lo que pensaba del tal Dustin. Y sabes que te lo hubiera dicho si me
hubieras preguntado.
Pat suspiró y se giró a mirarlo.
—Pues deberías callarte esos comentarios, conociendo a estos dos.
—¿Y si el tipo es un loco en potencia?
La chica no pudo evitar sonreír.
—¿Eso te parecía Dustin?
—A mí me parecía un idiota, la verdad, y lo ha terminado demostrando.
—¿Por qué? —preguntó confusa.
—Tenía una cita contigo y se ha dejado intimidar —le dijo,
encogiéndose de hombros—. ¿Se puede ser más gilipollas?
Pat rio y dejó escapar un sonoro suspiro de resignación, fingiendo que el
comentario de Nick le resultaba tan solo divertido, aunque en su interior
anhelaba que aquellas palabras estuvieran dichas con otra connotación.
—No tienes que halagarme para que te perdone, Nick. —Sonrió,
conciliadora—. No estoy enfadada contigo.
—¡Eh! No lo digo solo por eso —insistió Nick—. Ya sabes que si no
fueras mi mejor amiga, hace mucho tiempo que no me hablaría con James y
Rob.
—¿Por qué? —preguntó con curiosidad.
—Porque llevo muy mal que me amenacen con circuncidarme.
La carcajada que salió de la garganta de Pat le arrancó otra al propio
Nick, que le devolvió una mirada curiosa.
—¿De verdad te gustaba tanto ese tipo? —le preguntó ahora con
seriedad—. Nunca me habías hablado de él.
Pat suspiró e intentó que Nick no notara su azoramiento. Había pocas
cosas que no pudiera hablar con él; de hecho, siempre se lo contaban todo el
uno al otro, pero los motivos reales por los que no le había hablado de
Dustin no podía compartirlos.
—No se trata de Dustin —le dijo—. Se trata del hecho de que James y
Rob tienen que entender que ya soy una mujer adulta.
—Sabes que solo intentan protegerte.
—Sí, pero no necesito guardaespaldas, con que sean mis amigos me vale
—insistió—. Los quiero mucho, Nick, pero tienen que dejarme vivir mi
vida cómo y con quién me dé la gana.
—Y en algún momento lo entenderán.
—Eso espero, o voy a cometer un homicidio el día menos pensado —
bromeó—. Y ahora ¿podemos tomarnos algo en el Oasis?
—¿No quieres volver al parque?
—Todavía estoy demasiado enfadada —admitió—. Además, prefiero
dejarlos sufrir un poco más.
Nick rio divertido. Una de las cosas que más le gustaban de Pat era su
peculiar sentido del humor.
—¿Quieres que vayamos a revelar las fotos de la Reserva?
A Pat se le iluminó la cara.
—¿Aún no lo has hecho?
—¿Qué clase de amigo crees que soy? —Fingió molestarse—. Las he
estado reservando para hacerlo juntos.
—¿A qué estamos esperando entonces?
Capítulo 2
El cuarto de revelado que Nick tenía montado en una de las habitaciones
de su casa era como un santuario para Pat. Ya ni recordaba la cantidad de
horas que habían pasado juntos allí dentro, disfrutando de su mutua pasión
por la fotografía. Precisamente se habían conocido en el último año de
instituto de Nick, cuando él había luchado para que el centro apoyara la
constitución de un club de fotografía, y Pat había sido la primera en
sumarse a la iniciativa, a pesar de que iba un par de cursos por debajo.
Desde aquel momento, no habían dejado de inmortalizar cada cosa que
veían. Cuando Nick terminó su último año, decidió que quería hacer de su
pasión su profesión, y se había dedicado en cuerpo y alma a labrarse un
futuro como fotógrafo. Siete años después, era uno de los profesionales
mejor pagados del sector, tanto en Santa Carla como a lo largo de toda la
costa de California. Las agencias de fotografía se lo rifaban, pero él siempre
había preferido trabajar como freelance, aceptando solo los trabajos que
más le gustaban. Por fortuna, ahora se podía permitir elegir, y era muy
selectivo. Solía escoger reportajes en los que pudiera trabajar en plena
naturaleza, y siempre que tenía ocasión le pedía a Pat que fuera su
ayudante; lo cual ella adoraba, puesto que amaba la fotografía, aunque no
hubiera elegido dedicar su vida a ella por completo. Juntos formaban un
tándem perfecto. Se compenetraban de forma precisa y perfecta, y a
menudo solo tenían que mirarse para saber qué era lo que pasaba por la
cabeza del otro.
El último proyecto que Nick había aceptado había resultado una
experiencia extraordinaria para ambos. A unos cincuenta kilómetros de allí,
hacía poco que alguien había descubierto una reserva natural donde la mano
del hombre apenas parecía haber intervenido aún, y ellos habían tenido el
privilegio de hacer uno de los reportajes de fotos más impresionantes de su
vida. Paisajes espectaculares y animales a los que sería difícil ver tan de
cerca en ninguna otra parte estaban esperándolos en decenas de carretes
todavía por revelar y cientos de imágenes digitales entre las que escoger.
Como norma, al cliente solo se le entregaban las fotos realizadas en digital,
impresas en un sofisticado y carísimo equipo informático, pero Nick
siempre iba cargado también con su vieja cámara analógica, con la que
después tanto él como Pat se deleitaban trabajando entre químicos y
negativos a la antigua usanza.
—Creo que estoy más cómoda aquí dentro que en mi habitación —dijo
Pat, entrando en la sala de revelado—. Eso sí, déjame una camiseta vieja,
Nick, la última vez me eché el fijador encima y tuve que tirar la que traía
puesta.
—Sírvete tú misma, ya sabes dónde están.
Pat salió del cuarto y caminó hasta la habitación de Nick. Fue directa a
los cajones donde él guardaba las camisetas y buscó entre ellas alguna que
estuviera algo más desgastada. Cuando la encontró, no pudo evitar
llevársela a la nariz y aspirar su aroma, ansiando oler la colonia de él sobre
la prenda, pero se decepcionó al percibir tan solo el olor a ropa limpia
exacto al que su madre ponía en cada prenda.
Se cambió de camiseta y, antes de salir de la habitación, se miró en el
espejo. A pesar de que le quedaba grande, no distaba mucho de la que ella
misma llevaba puesta. Solía utilizar camisetas amplias, casi todas ellas de
sus grupos de rock favoritos, y a veces se preguntaba si todas estaban
hechas igual de mal o es que ella nunca acertaba con la talla.
«¡Qué bien me sienta!», se dijo, mirándose en el espejo a conciencia.
Llevar puesta una camiseta de Nick le provocaba una sensación extraña. Ser
consciente de que en algún momento él había estado dentro de aquella
prenda la ayudó a identificar aquella emoción en concreto. Frunció el ceño
al sentir la primera punzada de excitación en la parte baja del abdomen.
«Lo que me faltaba», se dijo, molesta consigo misma. Se quitó la
camiseta y volvió a ponerse la suya. Si últimamente le resultaba difícil
concentrarse en algo que no fuera el olor de su aftershave, era mejor no
echar más leña al fuego o pronto dejaría de poder disimularlo.
Suspirando con cierta exasperación, dobló la camiseta y volvió a meterla
en el cajón, preguntándose hasta cuándo iba a durar aquella ensoñación.
Durante siete años había conseguido relegar todo lo que sentía por Nick a
un lugar recóndito de su mente para ser solo su amiga y confidente; pero
desde aquella excursión a la reserva todo había cambiado para ella. En
aquel paraíso natural, rodeados de belleza, mientras ambos estaban
concentrados en inmortalizar el momento en el que una enorme y preciosa
mariposa se posaba sobre la palma de la mano de Pat, ella había puesto sus
ojos sobre la expresión maravillada y absorta con la que Nick miraba al
animal y todo lo demás se había evaporado al instante. En aquel preciso
segundo, supo que todo su mundo acababa de cambiar y que jamás podría
volver a mirarlo sin que su corazón se acelerara como lo hacía en aquel
momento.
«Mala idea entrar aquí», se dijo, obligándose a no mirar la enorme cama.
Observó de nuevo su reflejo en el espejo para asegurarse de que tenía el
mejor aspecto posible. En los últimos días no podía dejar de preguntarse
qué pensaría Nick de ella como mujer. ¿La encontraría atractiva? ¿Alguna
vez se había fijado en lo azules que eran sus ojos en contraste con su oscuro
cabello? Durante toda su vida había recibido montones de alabanzas por su
increíble color de ojos, pero Nick, el único de quien querría escucharlas,
jamás le había hecho un solo comentario al respecto. A ella, sin embargo, la
cautivaba todo de él: sus preciosos ojos pardos con destellos verdes y
pestañas enormes, el espeso cabello negro, que solía llevar mucho más
largo de lo habitual y que siempre se moría por acariciar, su rostro atractivo
y perfecto, y, por supuesto, aquel cuerpo hecho para pecar hacia el que
últimamente se le iban las manos solas.
—¡Ay, qué calor de repente! —dijo en alto, abanicándose con la mano.
Sería mejor salir de aquella habitación y volver junto a Nick, antes de ceder
a la tentación de acercarse a aspirar el olor de la almohada y entrar en
ebullición.
—¿Al final no te has cambiado? —Se extrañó Nick al verla llegar.
—No, tendré cuidado de no mancharme y listo. —Sonrió—. ¿Por dónde
empezamos?
Durante más de una hora estuvieron concentrados en el revelado,
trabajando mano a mano, mientras charlaban y reían de mil cosas distintas.
Cuando por fin tuvieron todos los negativos listos, salieron de la sala. Poco
más podían hacer por el momento.
—Creo que será mejor dejar el positivado para mañana —dijo Nick,
asegurándose de encajar muy bien la puerta.
—¿Quieres que visionemos el digital? —preguntó Pat mientras
caminaba hasta el salón y se dejaba caer en el sofá.
—Quiero cenar —dijo Nick, entrando tras la barra americana que
separaba la cocina del salón para asaltar la nevera—. ¿Qué te apetece?
—Un solomillo de ternera a la pimienta con guarnición de verduras. —
Sonrió Pat.
—Lo siento, pero le he dado la noche libre al personal de servicio —
bromeó—. No esperaba tener visita.
—Eso significa pizza o hamburguesa, ¿no?
Nick asintió y esbozó una enorme sonrisa.
—Yo hoy ya me había hecho a la idea de cenar en un italiano. —Rio la
chica, encogiéndose de hombros.
—Pizza entonces. Aunque tendrás que conformarte con mi compañía, el
tal Dustin debe de estar ya en Arizona.
Un divertido suspiro escapó de los labios femeninos.
—Sí, ha adelantado a Forrest Gump por la izquierda y ha seguido
corriendo.
—Él se lo pierde. —Rio Nick—. Yo quizá no te puedo dar lo mismo que
él, pero sí te garantizo risas y una buena conversación.
Pat fingió sopesarlo, sin permitir que su mente se desviara por derroteros
poco seguros.
—¡Me has convencido! —terminó diciendo, risueña—. ¡Voy a cambiar a
hamburguesa!
Quince minutos más tarde, se sentaron a la mesa de la cocina a dar buena
cuenta de la cena sin dejar de charlar. Estando juntos jamás se les acababa
el tema de conversación. Podían pasar horas intercambiando opiniones sin
que hubiera un solo momento de silencio. Aunque también eran capaces de
sentarse uno junto al otro sin pronunciar una sola palabra, mientras
escuchaban música o, simplemente, intentaban relajarse para alejar el
estrés. Las risas también solían estar aseguradas.
—¡No lo estás diciendo en serio! —Rio Pat a carcajadas mientras se
tapaba la boca para que su último pedazo de hamburguesa no saliera a
propulsión en todas direcciones por el repentino ataque de risa—. ¿Cinthia
Ackerman?
—Te lo prometo —asintió—. Por un momento pensé que me había
colado en una peli porno de los años noventa.
—¿Y estaba desnuda del todo? —continuó preguntando asombrada,
entre risas—. ¿Sabiendo que ibas a pasar a dejarle las muestras digitales?
—Supongo que precisamente por eso, sí —contó—. Pero en su defensa
debo decir que llevaba puesto un pequeño delantal.
—¡Venga ya!
—Yo no sabía dónde meterme.
Pat no podía parar de reír.
—¿Y qué has hecho?
—Pedirle muy amablemente que se pusiera algo más de ropa.
—¡Ay, pobrecilla, qué corte! —se burló Pat.
—¿Pobrecilla? —Fingió ofenderse—. ¿Sabes el mal rato que he pasado?
—No habrá sido tan malo. Cuando la vimos en la reserva, me pareció un
pivonazo —insistió en bromear—. ¿No has estado ni un poquito tentado?
—¿Me ves tan necesitado como para tirarme a la mujer de un cliente
solo porque esté buena? —preguntó con genuina curiosidad.
Pat tragó saliva. Sabía que hablar de sexo con Nick no era lo mejor para
su cordura, pero las palabras parecían brotar solas de su boca, muy a su
pesar.
—No lo sé, Nick, yo no puedo saber cómo andas de necesitado —se
escuchó decir, asombrada—. Somos amigos, pero no manejo esa
información.
Nick sonrió y le devolvió una mirada divertida.
—Yo no tengo problemas para desahogarme, Pat —le recordó—. No
tengo a James y Rob interfiriendo.
La chica emitió un bufido, fingiendo asombro por el comentario.
—¿Vas a pasar la pelota a mi tejado? Qué poco elegante, Nick —bromeó
—. Aunque admito que no me importaría que el señor Ackerman me
esperara medio en bolas junto al estanque de los patos.
—¿En serio? ¿Roy Ackerman? —Rio Nick—. ¡Si se parece a Lobezno
en horas bajas!
—Pues incluso en horas bajas, Lobezno sería un pedazo de tío.
—Pues este sucedáneo no debe de rendir demasiado bien cuando su
mujer anda buscando guerra por ahí —opinó divertido—. Me parece que te
iba a dejar canina.
—Dudo que haya un hombre que no me deje así.
Nick la miró arqueando las cejas, sin poder disimular su diversión.
—Pero ¿con qué clase de tíos te acuestas tú? —Sonrió con sorna—. Deja
de escoger niñatos, Pat, y encuentra un hombre que te dé lo tuyo y lo de tu
vecina.
Pat sintió su cara arder. Su cerebro se empeñaba en componer una
imagen demasiado nítida del único hombre al que quería en su cama.
—A ver si crees que eso es fácil —protestó, intentando alejar sus
pensamientos—. Aun en el caso de que James y Rob consiguieran dejar a
un lado su afición al bisturí, no es fácil encontrar a alguien que esté a la
altura dentro y fuera de la cama.
—¿Fuera de la cama? —preguntó con genuina curiosidad—. ¿A qué te
refieres?
—A que la conversación sea igual de buena que el sexo.
La carcajada de Nick retumbó en la cocina.
—¿Por qué demonios te preocupa eso?
La chica arqueó las cejas sin comprender por qué a él le parecía tan
descabellada aquella cuestión.
—¿No te parece lógico? —preguntó, confundida con su actitud.
—No, el sexo es solo eso, sin florituras.
—¿Sin compartir nada más? —insistió Pat—. ¿Ni una simple
conversación?
—Quizá una conversación básica —admitió Nick.
—¿Y el tonteo, la complicidad, las risas…?
—Eso es otra cosa, creo que confundes términos.
Pat guardó silencio y lo observó con atención. No era la primera vez que
tocaban aquel tema, y Nick siempre parecía tener muy claro su punto de
vista; pero ella siempre supuso que cuando los años fueran pasando,
cambiaría su perspectiva.
—Así que ¿tú en una mujer sigues buscando solo atracción en la cama y
ya está?
—Para lo que quiero, me sirve.
—Hombre, pero querrás sentir algo más en algún momento, ¿no? —
preguntó muy interesada en la respuesta—. ¿No te apetece encontrar a
alguien con quien puedas hablar de todo? Alguien que te apoye, que sea tu
confidente, que te haga reír, que te acompañe en lo bueno y en lo malo…
—No, yo solo quiero a alguien para el sexo, para todo lo demás ya te
tengo a ti.
Pat lo miró perpleja.
«Para todo menos para el sexo. Genial.», ironizó, intentando que él no
viera su turbación.
—Si juntas las dos cosas, todo termina volando por los aires, Pat —dijo
convencido.
—No siempre.
—Casi siempre —insistió—. El sexo lo complica todo. ¿Tú crees que si
nosotros hubiéramos sido tan tontos como para ceder a la tentación de
acostarnos juntos, seguiríamos siendo amigos?
Pat no hubiera podido hablar incluso de haber querido, de modo que lo
dejó explayarse.
—Cuando todo hubiera acabado, habría perdido a mi mejor amiga, a mi
consejera, mi confidente y el pilar fundamental de mi vida —le dijo con un
convencimiento total—. Y todo por… ¿cuánto dura un orgasmo?
—Demasiado poco —tuvo que admitir Pat para disimular su evidente
desconcierto. Ambos siempre habían tenido claro cómo de valiosos eran el
uno para el otro, y no era la primera vez que Nick le confesaba el lugar tan
importante que ella ocupaba en su vida, pero en aquel momento cada
palabra que pronunciaba la hundía un poco más en la miseria.
—Pues eso, está todo dicho.
Pat estuvo en un tris de decirle lo equivocado que creía que estaba, pero
no estaba segura de poder argumentar su respuesta sin dejarle ver… más de
lo que debería. De modo que prefirió ser cauta, algo nada habitual en ella,
que era un torbellino acostumbrada a decir siempre lo que pensaba.
—Pues si está todo claro, dame un postre bien cargado de calorías —
pidió, esbozando la sonrisa más grande de que fue capaz—. Dicen que el
chocolate es un buen sustitutivo del sexo.
—Está demostrado científicamente.
—Pues ahora mismo, para que me sirviera, lo necesitaría en vena.
La carcajada de Nick le arrancó otra a ella a su vez.
—O comerlo bien acompañada junto al estanque de los patos —bromeó
el chico—. Con Lobezno, por ejemplo, pero el de verdad.
—Sí. —Sonrió y entrecerró los ojos con un gesto de deleite—. Déjame
visualizarlo un ratito…
Riendo, Nick caminó hasta la nevera y sacó un par de tarrinas de helado
del congelador.
—Pues hasta que Hugh Jackman llame a tu puerta, comprobemos si esto
funciona —dijo divertido, poniendo el helado frente a ella—. Al menos
servirá para refrescarnos las ideas.
Pat intentó sonreír, preguntándose si él podía estar notando su
acaloramiento. Se puso tan nerviosa ante aquel pensamiento, que cuando
fue a coger una de las tarrinas de helado volcó por accidente la jarra de agua
con hielo que aún estaba sobre la mesa.
—Vale, acabas de refrescarme del todo. —Rio Nick, poniéndose en pie
de un respingo.
—¡Lo siento! ¡Qué torpe! —dijo, cogiendo un paño de cocina para
intentar secarlo un poco.
—No te preocupes, me coge en buen sitio.
Se quitó la camiseta mojada sin previo aviso y tomó de manos de Pat el
paño con el que ella intentaba secarlo. La chica tuvo serios problemas para
interrumpir el contacto visual.
«Ahora sí necesito ese helado», estuvo a punto de decir. Por fortuna, no
intentó hablar, el titubear hubiera sido muy embarazoso, pero el mantener
los ojos lejos de aquel torso imponente ya no le fue tan sencillo. Aquello era
el lamentable recordatorio de que además de ser guapo hasta decir basta,
también escondía el cuerpo de un Dios griego bajo la camiseta. Y lo último
que necesitaba tras la conversación anterior sobre sexo era aquel despliegue
de medios.
—Será mejor que me marche ya —se encontró diciendo de repente.
Nick la miró frunciendo el ceño.
—Es pronto —dijo, consultado su reloj y sorprendiéndose de que ya
fueran casi las once—. Joder, como pasa el tiempo. No me había dado
cuenta de que era tan tarde.
Pat sonrió e intentó no mirarlo de frente. Si lo hacía, estaba segura de
que se le irían los ojos solos donde no debían.
—Igual deberías quedarte a dormir —sugirió Nick.
—No puedo —casi graznó Pat de inmediato, de repente sintiendo una
necesidad imperiosa de salir de allí.
—¿Por? Ya no tienes clases —le recordó—. ¡Eres libre al fin!
Hacía apenas una semana que Pat había terminado su carrera
universitaria, tras cinco largos años de esfuerzo.
—Lo que me recuerda que todavía no hemos celebrado que ya eres toda
una fisioterapeuta —insistió Nick.
Pat rio ante su entusiasmo.
—¿Y cómo quieres celebrarlo? —preguntó divertida—. ¿Quieres un
masaje gratis?
«…porque te lo daba ahora mismo con final feliz incluido…», pensó
acalorada. «Ay, por Dios, estoy fatal».
—Pues no me vendría mal —Sonrió—, pero déjame cambiarme primero
de pantalones, los tengo chorreando.
—Vale, pero el masaje te lo debo —insistió—. Mañana tengo que hacer
algunas cosas con mi madre a primera hora.
—¿Seguro? —La chica asintió—. Pues me cambio y te acerco a casa.
Nick se alejó hacia la habitación a paso rápido, mientras Pat lo seguía
con la mirada y dejaba escapar un suspiro.
«¡Por Dios, ya basta! Deja de comértelo con los ojos». Pero no pudo
hacerlo hasta que desapareció de su vista.
Capítulo 3
—Pat, ¿tú eres consciente de que aquí en Boston son las dos y media de
la madrugada? —contestó Jennifer al teléfono, casi en susurros.
—¿Estabas dormida? —le preguntó pesarosa—. He consultado tu
WhatsApp y ponía que acababas de mirarlo. ¿Cuelgo?… Aunque ya que lo
has cogido…
Jennifer sonrió ante la voz esperanzada con la que su prima casi
suplicaba atención.
—Ya sabes que soy un poco noctámbula —admitió, incorporándose en la
cama—. ¿Qué ha pasado? ¿Has salido con el tal Dustin?
—No. Los chicos han hecho de las suyas y el tipo se ha rajado —le
contó—, pero en el fondo ha sido lo mejor. Las dos sabemos el motivo por
el que iba a salir con él, Jen, y, no nos engañemos, no soy yo de acostarme
con alguien solo para desahogarme. O lo que es peor, para desahogarme
para evitar saltar como una loba encima de otro.
Jennifer dejó escapar una carcajada por el tono exasperado de su prima.
—¿Así andamos?
—Andamos peor que eso —confesó Pat dejando escapar un suspiro.
Se puso en pie y comenzó a dar paseos por la habitación, inquieta.
—No lo entiendo, Jen. Hasta hace una semana tenía muy bien guardados
bajo llave todos los sentimientos que alguna vez tuve por Nick; y de repente
parezco gilipollas cada vez que me mira.
—¿Cuánto?
—¡Mucho! Es como si me idiotizara con cada sonrisa que me dedica —
se lamentó—. Eso por no hablar de las ganas de… él, que tengo en todo
momento.
—Te mueres por meterlo en tu cama, ¿eh?
—Oye, ¿tú no has notado mi reticencia a decirlo abiertamente? —
protestó, frunciendo el ceño—. ¿Qué clase de psicóloga eres tú?
La carcajada de Jennifer sonó alto y claro.
—El que no lo verbalices no lo hace menos real.
—Real, eso es lo que quiero que sea —admitió, recordando el momento
en el que Nick se había quitado aquella camiseta—. Quiero arrastrarlo a su
habitación y no dejarlo salir hasta que… ¡Ay, por Dios, Jen, estoy fatal! Me
siento como una adolescente hormonada y fuera de control todo el tiempo.
Se dejó caer en la cama y se tapó los ojos con el antebrazo, intentando
huir de sus propias cavilaciones.
—No es malo sentirse así, Pat —le recordó—. Además, tú siempre
estuviste loca por Nick. Te apuntaste a un club de fotografía solo para
conocerlo.
—Bueno, sí, aunque luego me enamoré de la fotografía.
—Y de Nick.
—¡Hace siete años de aquello, Jen! —exclamó—. Enterré mis
sentimientos cuando nuestra amistad se fue fortaleciendo.
—Pues siento decirte que no lo hiciste lo suficiente profundo.
Pat emitió un largo suspiro, preguntándose cómo demonios había
permitido que todo aquello reviviera en su interior.
—Tú eres la de la carrera en psicología —dijo en apenas un susurró, tras
un largo silencio—. ¿Qué hago, Jen?
—No lo sé, cariño —admitió—. Quizá deberías hablar con él.
—Eso está descartado —dijo categórica, recordando la conversación que
habían tenido aquella misma noche—. Él jamás me verá como otra cosa que
no sea su amiga.
—Mujer, jamás es mucho tiempo.
Cuando colgó con su prima, seguía en el mismo punto, y, para ser
sincera, nunca había esperado otra cosa. En el fondo sabía que no existían
unas palabras mágicas que nadie pudiera decirle para solucionar su dilema;
pero la tranquilizaba poder hablarlo con alguien, y su prima Jennifer
siempre había sido una gran amiga y confidente, a pesar de vivir en la otra
punta del continente. Su madre y el padre de Jen eran mellizos, y jamás
habían permitido que la distancia les hiciera perder el contacto. Por fortuna,
habían inculcado a sus hijas el mismo hábito.
«Ay, Pat, ¿qué demonios vas a hacer con esto que sientes?», se dijo
tumbándose en la cama y mirando al techo, temerosa de cerrar los ojos. Si
lo hacía, su quebradero de cabeza particular aparecía tras sus retinas con su
metro ochenta y cinco de absoluta perfección masculina. Se maldijo a sí
misma por haber sido tan torpe como para derramarle aquella jarra de agua
por encima. Ya tenía bastante con tener que controlarse para no derretirse
con cada una de sus sonrisas, sin agregar a la ecuación aquel despliegue de
músculos.
Capítulo 4
Cuando Nick pasó a buscarla por casa al día siguiente, Pat lo recibió con
una nueva resolución dentro de ella. Tras darle mil y una vueltas durante
toda la noche, se había convencido de que solo era cuestión de tiempo el
que todo lo que Nick provocaba en ella volviera a donde debía estar:
enterrado en el fondo de su alma. Solo debía aguantar unos días más, quizá
una semana, para que las cosas comenzaran a calmarse en su interior.
«Vale, puede que necesite algo más de una semana», tuvo que admitir en
cuanto que le puso los ojos encima.
—¡No te lo vas a creer! —fue lo primero que le dijo Nick tras saludarla
—. Me ha llamado Ackerman hace una hora.
Pat lo veía tan entusiasmado que lo animó a hablar con un gesto de
apremio mientras ambos descendían la escalinata de entrada a la casa.
—Acaba de comprar un Resort de lujo en Monterrey.
—¿Aquí en la costa de California? —Nick asintió—. Pues qué bien para
él y su esposa adultera —bromeó.
—No solo para él. ¿Adivina quién va a hacer el primer reportaje
fotográfico del sitio?
—Por tu entusiasmo está claro que tú.
—Yo no, ¡nosotros! —le recalcó con una enorme sonrisa, pero frunció el
ceño al darse cuenta de que ella no sonreía—. ¿Qué pasa?
Pat intentó esbozar una sonrisa de felicidad, pero el simple hecho de
pensar en pasar unos días en un Resort de lujo junto a Nick le aterraba, de
modo que solo pudo forzar una tensa mueca.
—Me alegro mucho —dijo.
—Pues nadie lo diría.
—Discúlpame…, pero no he dormido muy bien.
—¿Y eso? —se preocupó.
—No lo sé, me desvelé a mitad de la noche —mintió, sintiéndose fatal
por hacerlo. Caminó hacia la moto de Nick para no tener que mirarlo—. Y
¿cuándo es ese reportaje?
Nick la siguió un tanto desconcertado. Notaba algo raro en ella aquella
tarde y no podía descifrar qué era.
—Aún quieren hacer algunas mejoras en las instalaciones—le contó—.
Calculan que estará todo listo en mes y medio o dos meses.
—¡Genial! —Ahora sí sonrió. Estaba convencida de que para entonces
tendría bajo control todo lo que sentía por él—. ¿Y es de lujo lujazo?
—De los que tienen hidromasaje en todas las habitaciones. —Sonrió.
—Pues tendremos que hacer un hueco en la agenda, Nick —bromeó—.
No podemos privarlos del mejor fotógrafo del país.
—¿No verdad? —Rio, subiéndose en la moto.
—¿Qué clase de malas personas seríamos?
Riendo, Pat subió tras él y ambos volaron hasta el Oasis Rock, donde
James y Rob los aguardaban desde hacía bastante rato.
Cuando entraron en el local, los encontraron enfrascados en una de sus
habituales partidas de billar.
Pat se plantó ante ellos con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre
el pecho, y los miró muy seria.
—Que me haya dejado convencer por Nick para venir, no significa que
vaya a perdonaros tan fácilmente —les dijo con un tono áspero—. Tenéis
que prometerme que vais a dejar mi vida sexual tranquila o esto va a
terminar muy mal.
—Hemos dejado el oficio. —Sonrió James.
—Te lo prometemos —aseguró Rob.
—¿No más circuncisiones? —preguntó mirándolos con un gesto serio,
como si se estuviera planteando sí debía perdonarlos.
Los chicos asintieron y fingieron hacer pucheros sin dejar de mirarla,
hasta que llegó un momento en que Pat no pudo contener por más tiempo la
carcajada que pugnaba por salir.
—¡Si no os quisiera tanto…! —aceptó, y cedió a la necesidad de
abrazarlos. Llevaba muy mal estar enfadada con los que consideraba su
familia—. A la próxima, la que se compra un bisturí soy yo.
Ambos tragaron saliva con comicidad, arrancándoles otra carcajada a Pat
y Nick.
—No habrá próxima vez —le aseguró Rob, ya sin ánimo de bromear—.
Lo hemos hablado largo y tendido, Pat, y sabemos que ha llegado el
momento de dejarte volar.
—Así que ha llegado el momento —repitió Pat sin dejar de sonreír—.
Pues ya os vale, habéis necesitado veinticuatro años.
—Puf, tienes razón, igual es pronto. —Pat fingió abalanzarse al cuello de
James tras el comentario, pero terminó abrazándose a él—. Te juro que solo
queremos protegerte, Pat. Te mereces a alguien increíble, que te ponga entre
algodones.
La chica no pudo evitar emocionarse. James no era muy dado al
sentimentalismo; de hecho, tenía una opinión muy cínica acerca del amor y
las relaciones de pareja, por eso valoraba aún más el esfuerzo que hacía al
decirle aquello. No pudo evitar mirar a Nick de reojo y preguntarse qué
diría James si él mostrara algún interés en ser aquel hombre.
—Deja de acapararla —protestó Rob, poniéndole un brazo sobre los
hombros y atrayéndola hacia él, mirándola con cariño—. No me gusta que
estemos enfadados, lo llevo mal.
Pat sonrió y se dejó achuchar. No podría escoger a dos hermanos más
perfectos que aquellos.
—¿Con quién iba a montar la clínica de mis sueños si siguiera mucho
tiempo enfadada? —le dijo a Rob, risueña.
Ambos soñaban con aquello desde hacía mucho tiempo. Tenían en mente
montar una clínica de fisioterapia y rehabilitación muy especial. Rob era un
experto en osteopatía y todo tipo de terapias alternativas y naturales,
mientras que Pat aportaba la parte de fisioterapia clínica a la ecuación.
Llevaban meses modelando el proyecto, solo a la espera de que Pat
terminara su carrera y obtuviera su titulación.
—¿Y para cuándo tenéis pensado arrancar? —preguntó James con
interés—. Lleváis meses perfilándolo todo. Y, por lo que me enseñasteis, el
proyecto es sólido.
James era un genio de los números. Si él decía que el proyecto era
viable, lo era, nadie podía dudar de ello.
—No es tan sencillo. Tenemos que trabajar en la presentación —le
recordó Pat—. Si no va todo bien planteado, no nos darán el préstamo que
necesitamos.
—No entiendo por qué insistís en pedir ese préstamo al banco —insistió
James.
—Es mucho dinero —dijo Rob, que siempre que salía el tema tenía la
misma conversación con él.
James sacó el móvil del bolsillo, escribió algo en la pantalla y se lo
tendió a Rob con tranquilidad.
—¿Qué es?
—El extracto de mi cuenta bancaria —informó—. Esta mañana he
recibido el cheque semestral de beneficios de Customsa.
Rob posó una mirada curiosa sobre la pantalla y casi se le salieron los
ojos de las órbitas.
—¡Aquí sobran ceros! —exclamó, asombrado, tendiéndole a Pat el
aparato.
—¡Coño! —Se le escapó a la chica—. Habla con tu banco, deben de
haberse confundido.
Nick consultó también el móvil.
—¡Yo de mayor quiero ser como tú! —dijo, mirándolo con una sonrisa
divertida.
—Tú ganas un pastizal, Nick —le recordó James—. Y trabajas la mitad
que yo, que a veces parece que no tengo casa.
La empresa que James había fundado hacía apenas año y medio había
resultado ser todo un bombazo. Customsa, como su propio nombre
indicaba, trabajaba con motos custom, que personalizaba al detalle.
—Decidme cuánto necesitáis para vuestra clínica —insistió James—. Y
os hago un cheque a fondo perdido mañana mismo.
—¡No podemos aceptar eso! —protestó Pat.
—¿Por qué no? ¿Para qué narices quiero el dinero si no puedo
compartirlo con la gente que me importa?
—James, esto ya lo hemos hablado, no podemos aceptar una donación
—le aseguró Rob—. Al igual que tú no la aceptaste de Sam para montar
Customsa.
—Eso lo entiendo, pero lleguemos a un acuerdo —insistió James—.
Puedo haceros un préstamo que podréis devolverme mes a mes igual que lo
haríais en un banco, pero sin el atraco de intereses.
Rob y Pat se miraron entre sí, interrogantes.
—¿A ti que te parece? —le preguntó Pat a Nick, del que siempre tenía
muy en cuenta su opinión.
—Que yo podría haceros unas fotos maravillosas para promocionar esa
pasada de clínica —dijo con una radiante sonrisa.
—Vale, pues vamos a valorarlo con calma —aceptó Rob—. Ya sabéis
que Pat quiere tomarse el verano sabático.
—¡Sí, por favor! —suplicó la chica.
—Así que en septiembre nos sentamos a hacer números, ¿os parece?
—¡Estupendo! —dijo James.
—Mientras llega ese momento, ¿nos cruzamos un rato a tirarnos en el
parque? —sugirió Rob—. Hace una tarde noche estupenda.
—Nosotros tenemos que irnos —les dijo Nick—, debemos trabajar en
las fotos de la reserva.
Pat guardó silencio. Le apetecía mucho aquel plan, pero también le
preocupaba un poco estar a solas con Nick. Solo de pensar en aquel cuarto
oscuro le subía la temperatura.
—Quizá podemos quedarnos un rato más —propuso, aun siendo
consciente de que posponerlo una hora no solucionaría gran cosa.
Nick no puso ningún problema, ajeno a todas sus cavilaciones.
—Perfecto, así conocéis al diseñador web del que os hablaba estos días
—explicó James—. He quedado aquí con él.
—¿Viene ahora?
—Sí, y me interesa sobre todo que le conozcas tú, Nick. Tendrás que
trabajar con él todo el tema de las fotos para la nueva página de Customsa.
—Pues espero que sea menos imbécil que Collins —opinó Nick—. Al
menos que tenga la cabeza menos dura.
Nick siempre se había llevado fatal con el anterior diseñador web de
Customsa. El tipo en cuestión era una persona rígida en sus decisiones y
que jamás tenía en cuenta la opinión de nadie más, rasgo que Nick
detestaba en cualquiera. Habían chocado desde el mismo día en el que
James había hecho las presentaciones.
—Pues yo espero que sea mucho más eficiente también —reconoció
James—. Necesito una web más moderna y que refleje el alma de
Customsa. He visto el porfolio de Kerrs, y es increíble. Estoy seguro de que
puede aportar ese toque que necesito. Además, también conduce una
custom. ¿Quién mejor que un motero para diseñar una web de motos?
—¿Ya le has hecho una entrevista?
—Dos.
—Y lo has citado aquí para ver si tenemos feeling para poder trabajar
juntos —adivinó Nick con una sonrisa divertida.
James rio por la perspicacia de su amigo.
—Lo he citado aquí porque me cae bien —explicó—, aunque admito que
estaré muy pendiente de si fluye o no la química entre vosotros.
—Ya sabéis que estoy acostumbrado a trabajar solo —reconoció Nick—,
pero me adapto.
—Sí, te adaptas, pero aquí todos hemos temido por la vida de Collins en
algún momento —bromeó Pat, haciendo reír a todos—. No te ofendas.
—Reconozco que no le voy a echar nada de menos —admitió con una
sonrisa—, en todo caso voy a echarle de más. Me ha sobrado cada minuto
que he trabajado con él.
Todos dejaron escapar una sonora carcajada.
—Pues por ahí viene Kerrs. —Señaló James hacia la puerta del local.
Se volvieron a mirar hacia donde señalaba para recibir al tipo del que
estaban hablando, que llegó hasta ellos con una sincera sonrisa en los
labios.
—¿Te ha costado encontrar el sitio? —le preguntó James, tendiéndole la
mano.
—No, he estado por la zona alguna vez —dijo el recién llegado,
estrechando su mano. Luego miró con curiosidad al resto de los presentes
—. Danniel Kerrs. Dannie para los amigos.
Les tendió la mano, uno por uno, sin dejar de sonreír. Cuando llegó el
turno de Pat, su sonrisa se amplió aún más.
—No me lo puedo creer —le dijo divertido—. ¡La chica Maiden!
Pat dejó escapar una sonora carcajada. El día que se habían conocido,
ella llevaba una camiseta del grupo Iron Maiden y Dannie le había puesto el
mote al instante.
—¡Qué pequeño es el mundo! —dijo Pat saludándolo con efusividad.
—Doy por sentado que os conocéis de antes. —Sonrió James un tanto
asombrado.
—Trabajé en la web de su facultad —contó Dannie—. Pat fue la
encargada de hacer las fotos.
—Y de mantenerte a raya —bromeó la chica, y les explicó a todos—: Se
lo rifaban para practicar las técnicas de masaje. Este tipo trajo de cabeza a
la mitad de las chicas de mi promoción.
—¿Yo? —Sonrió con inocencia—. Pero si era un pobre chico indefenso
entre tanta… fogosidad.
—¿Pobre chico indefenso? —Rio James, estudiando el metro noventa de
estatura de Dannie—. Disfrutaste de lo lindo mientras duró el proyecto,
¿no?
Dannie sonrió con cierta picardía y tuvo que admitir:
—Eso es quedarse muy corto —se giró hacia Pat y agregó—: Y hubiera
sido perfecto de no tener a este Pepito Grillo todo el tiempo criticándome.
—Eso no me cuesta creerlo. —Rio Rob, al que Dannie le había caído
bien de inmediato.
—Lo que nos hacía falta —se quejó Pat—, otro mujeriego incurable.
Como si no tuviéramos bastantes.
Nick observaba al tal Dannie intentando decidir si le caía bien o no.
Debía reconocer que el tipo parecía simpático, pero algo en su interior le
creaba una cierta reticencia a ceder al buen rollo, aunque no pudiera
entender el motivo.
—Yo estoy aquí en calidad de diseñador web. —Rio Dannie y se giró
hacia James—. No le hagas caso, jefe, en realidad trabajo doce horas
diarias, eso del mujeriego es cosa de la chica Maiden.
—Mira a quién se lo va a decir —insistió Pat apuntando a James con el
dedo—, al jefe del clan.
Su amigo rio divertido, sin sentirse ofendido. James era, sin duda, uno de
los tipos más espectaculares sobre el que podías poner los ojos. Las mujeres
solían caer en sus brazos a la primera sonrisa, y él lo aprovechaba sin
remordimientos.
Bromearon durante un rato, hasta que se centraron en charlar del
proyecto que había llevado a Dannie hasta allí.
Nick y Dannie intercambiaron sus opiniones sobre el enfoque que debían
darle a la web, demostrando que su colaboración podía resultar muy
beneficiosa para todos. Tenían ideas similares y ambos escuchaban las del
otro con interés.
—Pues creo que me va a gustar trabajar contigo, Nick —opinó Dannie
con franqueza—. He visto trabajos tuyos impresionantes, así que las fotos
serán perfectas, espero estar a la altura con todo lo demás.
Nick sonrió y, muy a su pesar, tuvo que aceptar que aquel tipo empezaba
a caerle bien.
—Si eres solo la mitad de bueno de lo que dice James, estoy seguro de
que será increíble —admitió.
—Genial, pues dejemos ya de hablar de trabajo —intervino James—. Ya
habrá tiempo para eso. Vamos a coger algo de beber y cruzamos a tirarnos
en el césped, por favor. He tenido un día duro y necesito vegetar un rato.
—¿Una y nos vamos? —le preguntó Nick a Pat mientras caminaban
hacia la barra. La chica asintió. A pesar de la inquietud, debía reconocer
que le apetecía mucho estar a solas con él un rato.
Nick cogió su bebida y la de Pat, y salieron por la puerta detrás de sus
amigos.
—Ay, yo quería pillar unos chicles —se lamentó Pat, recordando haberse
comido el último hacía rato.
—Venga, te espero —se ofreció Nick.
La chica buscó en su bolso algo de dinero suelto para la máquina de
chicles.
—Me falta medio dólar —dijo, contando las monedas—. ¿Tienes?
—Debería. Me he metido las monedas de vuelta por aquí. —Le señaló el
bolsillo delantero izquierdo de su pantalón.
Pat tragó saliva y se preguntó si era buena idea meter la mano en aquel
bolsillo o era preferible liberarle la suya para que lo hiciera él mismo. El
morbo pudo más que la sensatez. Tuvo que acercarse mucho a él para poder
meter su mano en el estrecho bolsillo del vaquero. Rebuscó en el interior,
sintiendo que su sangre se calentaba por momentos hasta convertirse en
fuego, mientras respiraba el aroma de su loción de afeitar y rozaba su pecho
más de lo que hubiera sido necesario. Cuando sacó la mano al fin con las
monedas, fue incapaz de mirarlo a los ojos. Sentía sus mejillas arder.
—Ves cruzando al parque —le dijo, escondiendo su turbación.
—Te espero, no te preocupes.
«Él está tan tranquilo, como no», pensó Pat, de repente molesta por ser
tan idiota. ¿Cómo era posible que él no estuviera ni un poco afectado por
aquel momento de intimidad?
—No, es que… también tengo que entrar al baño —mintió—. Ahora te
veo.
Huyó antes de que Nick pudiera agregar nada más. Necesitaba
refrescarse un poco hasta conseguir superar aquel momento hot, que al
parecer solo lo había sido para ella.
Dejó escapar un sonoro suspiro nada más perderse dentro del baño.
Bajó la tapa y se sentó en el wc a pensar en lo sucedido. Estaba al borde
de la combustión espontánea solo por meterle la mano en un bolsillo. Con
decir que se sentía de lo más absurda, se quedaba muy corta.
«Definitivamente, me engaño pensado en que voy a superar esto en unos
días», se dijo, sintiendo una opresión de inquietud en el pecho. «Y encima
con lo que he cogido no me da para los chicles». No supo si reír o llorar
ante aquel pensamiento.
Sacó su teléfono móvil y marcó el número de su prima Jennifer, quien
seguro que se alegraría de que por fin un día la llamara antes de las dos de
la madrugada. Esperó casi cuatro toques hasta que descolgaron.
—¿Pat? —preguntó una voz extrañada al otro lado.
Desconcertada, consultó el visor del móvil y maldijo para sus adentros al
comprobar que era el número de Nick el que había marcado.
«¡Maldito subconsciente!», se dijo, enfadada consigo misma.
—Perdona, Nick, me he confundido, estaba… devolviendo una llamada
perdida que tengo de mi prima Jen —le salió decirle—. Ya voy para allá.
«¡Estúpida, idiota!», se repitió.
Cuando iba a colgar, se percató de que él seguía hablando al otro lado de
la línea y volvió a ponerse el teléfono en la oreja, pero no tardó en darse
cuenta de que no era a ella a quien le hablaba. Al parecer, Nick no había
colgado esperando que fuera ella quien lo hiciera.
—Se ha confundido —lo escuchó explicar—. Ahora viene.
—¿Desde cuándo salís juntos? —le preguntó Dannie a Nick sin
disimular su curiosidad.
Pat contuvo la respiración. Y, aunque se sintió fatal, no pudo evitar
espiar la conversación con el corazón encogido.
—¿Salir? No, Pat y yo no somos pareja —admitió Nick.
—Ah, perdón, me había parecido que teníais una relación muy estrecha
—se disculpó.
—Sí, y la tenemos, lo compartimos todo —contó—, menos la cama.
Dannie no pudo evitar sonreír concierta diversión.
—¿Os dejáis la mejor parte aposta? —bromeó—. Es como si tuvieras
una novia, pero sin los mejores beneficios.
—No espero que lo entiendas —dijo Nick muy serio.
—Discúlpame —pidió Dannie, al ser consciente de que Nick parecía
molesto con la conversación—. No quiero meterme donde no me llaman. Es
solo que me resulta curioso.
—¿Por qué? Pat es la persona más importante de mi vida.
—Y nunca habéis…
—No —interrumpió, entendiendo la pregunta sin necesidad de dejarle
terminar de formularla—. Jamás se me ocurriría estropear todo lo que
tenemos por un calentón. Para mí, Pat es como Rob o James.
James no pudo evitar bromear.
—Hombre, Nick, en lo esencial no lo es.
—¡Que gracioso! —protestó—. Lo esencial, como tú lo llamas, jamás
me he parado a mirarlo, ya lo sabéis.
—¿Nunca? —preguntó Dannie, perplejo—. Pat es muy bonita, y seguro
que debajo de todas esas camisetas enormes que se pone…
—Yo no terminaría esa frase —le aconsejó James.
Rob dejó escapar una inevitable carcajada, pero a Nick no le estaba
haciendo ninguna gracia la conversación.
—Nunca se me ocurriría mirar a Pat como mujer —dijo para dejar
zanjado el asunto—. Ni aunque fuera la última mujer sobre la tierra. Jamás
me arriesgaría a perder la conexión que tenemos.
Dannie levantó los brazos en señal de rendición, pero no pudo evitar
sonreír. Hacía tan solo unos minutos, cuando todos caminaban hacia el
parque, él se había quedado atrás para cerrar una de las alforjas de su moto
y, sin pretenderlo, había presenciado la escena que tenía lugar a la puerta
del bar a escasos par de metros. Y lo que había visto distaba mucho de
calificarse como una relación platónica. La forma en la que Pat se había
acercado para meterle la mano en el bolsillo exudaba sensualidad. Y el
modo en el que Nick parecía estar conteniendo la respiración mientras
miraba hacia otro lado hacía presuponer que no era tan inmune como quería
pretender. Al menos, aquella era la impresión que había tenido…
Diez minutos más tarde, Nick marcó de nuevo el número de teléfono de
Pat y esperó hasta que terminó saltando el contestador.
—No contesta —informó a sus amigos, que estaban pendientes de la
llamada.
—Puede que esté hablando con su prima —dijo Rob— y por eso salta el
buzón.
—No lo sé, es raro.
—Se habrá encontrado con alguien —opinó James.
Nick se puso en pie, anunciando así su intención de ir a buscarla.
Cuando entró en el Oasis, barrió el local con la mirada, pero no parecía
haber ni rastro de Pat. Se acercó a preguntarle a Boss, quien tampoco supo
decirle cuándo la había visto por última vez. Volvió a llamarla al móvil, con
idéntico resultado, y la inquietud comenzó a apoderarse cada vez más de él.
Estaba a punto de llamar a sus amigos para que volvieran al bar cuando la
vio salir del baño.
—¡Por Dios, Pat, estaba a punto de llamar a la policía! —le dijo,
llegando hasta ella de dos zancadas.
—¡Qué exagerado! —dijo la chica intentando esbozar una sonrisa,
aunque fuera pequeña.
—¿Por qué no coges el teléfono?
—Estaba hablando con Jennifer —contó, sin importarle nada el que
fuera mentira. La verdad era imposible de admitir.
Nick la observó con atención, frunciendo el ceño.
—Pat, mírame —le pidió. Ella no tuvo más remedio que hacerlo y Nick
exclamó perplejo—: ¿Has estado llorando?
La chica tragó saliva. Sabía que, por mucho esfuerzo que hubiera hecho,
nunca habría podido borrar el rastro de tantas lágrimas como había echado
en los últimos diez minutos, mientras se lamentaba por haber cedido a la
tentación de escuchar conversaciones que no debía.
—Sí, es por Jennifer. —Se le ocurrió de repente—. Ha tenido problemas
y la pobre estaba destrozada.
—¿Y te has solidarizado con ella? —preguntó Nick, perplejo—. Joder,
Pat, a veces te pasas de empática. Pues estábamos preocupados. Volvamos
al parque.
—Prefiero marcharme ya —le dijo, intentando sonar normal.
—Vale, déjame avisar a estos.
—No, yo me voy sola, no hay problema.
—Pero ¿no íbamos a ir a mi casa a terminar con las fotos? —Nick no
entendía nada.
Pat tragó saliva y pidió fuerzas para seguir mintiendo. Necesitaba
alejarse de Nick y encerrarse en su habitación cuanto antes.
—No me encuentro bien… Por lo de Jen, ya sabes —dijo, sin mirarlo a
la cara. En aquel momento lo último que necesitaba era perderse en
aquellos ojos increíbles—. Quiero hablar con ella otro ratito, de verdad que
lo necesita.
—Vale, pues te llevo a casa.
—No hace falta.
—Pierdes el tiempo, Pat —le recordó—. Sabes que jamás voy a permitir
que te vayas sola.
La chica suspiró y tuvo que aceptarlo, a pesar de que él esfuerzo que
hacía para aparentar normalidad la estuviera matando. Escuchar a Nick
asegurar de forma tan categórica que jamás la había mirado como mujer y
nunca lo haría la había destrozado. Y aquel dolor tan intenso la hacía ser
plenamente consciente de cuánto se engañaba al pensar que sus
sentimientos por Nick fueran algo que pudiera enterrar.
Para cuando por fin pudo entrar en la soledad de su alcoba y dejarse caer
en la cama, las lágrimas arrasaban sus ojos y su alma.
Capítulo 5
Cuando Pat atravesó las puertas de salida del concurrido aeropuerto
bostoniano, buscó con la mirada entre el tumulto de gente que se agolpaba
frente a ella. Apenas tardó unos segundos en localizar a su prima Jennifer,
quien, apostada junto a una columna, sostenía un cartel enorme en el que
había escrito:

¡Taxi para Pat Maloy!


¡La mujer más increíble que conozco!

Pat sonrió mientras su prima agitaba el cartel en el aire, mirándola con


una enorme sonrisa en los labios. Segundos después, ambas corrieron en
dirección a la otra y se abrazaron con fuerza, muy emocionadas.
—¡Qué ganas tenía de verte! —le dijo Jennifer, sin soltarla.
—¡Y yo! —dijo Pat, conmovida, rompiendo a llorar al instante.
—¡Eh, sin lágrimas, por favor!
—Últimamente no hago otra cosa —admitió.
—Pues habría preferido que no fuera la pena lo que te trajera hasta aquí,
pero me alegra mucho tenerte de visita —reconoció Jennifer—. Anda,
vamos, mis padres se mueren por verte. Deben de estar a punto de llegar a
casa.
Cuando se subieron en el taxi que las llevaría hasta casa de su prima, Pat
encendió el móvil, que había tenido apagado durante todo el viaje. Un
mensaje de WhatsApp fue la primera notificación que entró en el teléfono.
Suspirando, consultó el mensaje sin tener ninguna duda de a quién
pertenecía.
—Por la cara que pones es Nick, ¿verdad? —le preguntó Jennifer,
comprensiva.
—Sí, me pregunta si ya he llegado y qué tal el vuelo —admitió—. Y
dice que ya me echa de menos.
—Déjame el móvil.
—¿Qué?
—Voy a contestarle yo.
—¡No!
—Pat, ¿quieres o no que te ayude?
La chica extendió el teléfono, pero todo se quedó en un amago. Volvió a
esconderlo antes de soltárselo en la mano.
—¿Qué vas a decirle?
—Voy a ser escueta.
Pat terminó cediendo y le pasó el teléfono a su prima, que se lo devolvió
apenas cinco segundos después.
Con el ceño fruncido, Pat consultó la respuesta de Jennifer. Se había
limitado a responder un simple «todo bien».
—¿Ya está? —protestó Pat.
—Sí.
—¿No puedo poner un «yo también» como repuesta al «ya te echo de
menos?».
—No.
—Pero…
—Sin peros, Pat. De momento necesitas desconectar —opinó—. Y
romper un poco el lazo que te une a él es lo primero que tenemos que
trabajar.
Pat guardó silencio. Su prima tenía razón. Aquel había sido el motivo
principal de su viaje. Subirse a un avión y alejarse de Santa Carla había sido
una decisión difícil de tomar. Y el gesto desolado de Nick cuando le había
dicho que se marchaba todo un mes a Boston había estado a punto de
hacerle cambiar sus planes. Por fortuna, se había mantenido fuerte
escudándose en que su prima la necesitaba para superar algunos pequeños
problemas, pero había tenido que prometerle que hablarían todos los días.
Y, al parecer, Jennifer tenía toda la intención de obligarla a faltar a aquella
promesa.

Diez días más tarde, Pat estaba agotada. Jennifer se había propuesto que
conociera la ciudad como una auténtica bostoniana y la tenía todo el día de
la zeca a la meca, pero debía reconocer que se estaba divirtiendo, a pesar de
que aún estuviera desesperada por hablar con Nick a todas horas. Él le
escribía cada noche y ella le contestaba a escondidas, sintiéndose culpable
por hacerlo a espaldas de su prima, pero sin poder evitarlo. Cada noche, o
madrugada ya para ella, esperaba ansiosa a que entrara el mensaje que le
hacía palpitar el corazón. Y cuando se despedían, se sentía fatal por haber
cedido a la necesidad de aquella conversación.
—Creo que ya conozco mejor Boston que Santa Carla —dijo Pat
dejándose caer en la cama de su prima—. Vas a matarme, tienes que
dejarme descansar un poco.
—¡Qué exagerada! —Rio Jennifer tumbándose a su lado, mirando al
techo.
Su tía Anna tocó a la puerta y abrió sin esperar a ser invitada.
—Ha llegado Amber —informó.
—¡Fiesta de pijamas! —gritó Amber, entrando como un torbellino y
tirándose en plancha sobre la cama.
Pat y Jennifer dejaron escapar sonoras carcajadas. Amber era la mejor
amiga de Jennifer, y Pat había adorado su carácter alegre y medio alocado
desde que la había conocido.
—Me he cruzado a tu padre en el pasillo, Jen —le dijo Amber con una
enorme sonrisa—. Y me ha recalcado dos veces que mañana tiene turno de
mañana en el hospital… Me ha mirado raro cuando le he preguntado si me
lo decía para que lo despertara temprano.
Tanto Jennifer como Pat rompieron a reír de nuevo.
—¿Ves? Eso está mucho mejor —dijo Amber mirando a Pat—. En los
últimos días parece que sonríes más a menudo.
—Sí, me está sentando bien Boston —admitió—, aunque confieso que
las noches todavía me juegan malas pasadas.
—Poco a poco —opinó Amber—. Enséñame una foto de tu Nick,
¿tienes?
—No es mi Nick —le recordó mientras buscaba en su móvil una de las
que le había hecho estando en la reserva. Lo observó con una expresión de
anhelo antes de tenderle el móvil.
—¡Ostras! —exclamó Amber mirando la foto con atención—. ¡No me
extraña que te mueras por tirártelo!
—¡Joder, Amber, qué guantazo te daba algunas veces! —protestó
Jennifer, aunque sin poder evitar sonreír.
—¿Tú lo has visto bien? —Rio Amber, y miró a Pat, volviendo a
ponerse seria—. Es broma, Pat, entiendo que estás jodida. ¿Nunca habéis
tenido el más mínimo tonteo?
—Al principio sí, cuando nos conocimos.
—¿Dónde fue?
—En el instituto. Él estaba en el último curso y yo iba dos por debajo —
suspiró al recordarlo—. Me pirré por él desde la primera vez que me lo
crucé en los pasillos, así que me las ingenié para conocerlo.
Les contó todo lo relacionado con el club de fotografía, y cómo habían
luchado juntos hasta lograr que lo abrieran.
—¿Y cómo se resistió a esos ojos azules? —se interesó Amber,
conmovida con la historia.
—Pues ya ves… Creo que estuvimos a punto de enrollarnos en una
sentada que hicimos en la sala de música para reivindicar el club de
fotografía —contó.
—¿Solo lo crees?
—Sí, juraría que estuvo a punto de besarme, pero supongo que jamás
sabré si fue real o solo fueron imaginaciones mías. Pero el momento pasó…
Suspiró y se incorporó un poco en la cama para seguir hablando.
—Después empezaron los problemas con su madre.
—¿Qué clase de problemas? —Jennifer tampoco conocía aquella parte
de la historia.
—Le diagnosticaron ELA con solo cincuenta y dos años.
—¡Joder, qué putada!
Pat asintió y tuvo que tragar saliva para poder continuar con la historia.
—Fue horrible —contó—. Fueron tres años casi insoportables para Nick,
hasta que Alina falleció.
—¿Y su padre?
—Murió cuando era pequeño, Nick nunca habla de él.
—Así que estaba solo.
—No, solo no, me tenía a mí, que siempre estuve ahí para él.
Jennifer y Amber guardaron silencio, empezando a entender por fin el
vínculo que los unía.
—Poco a poco, James y Rob también le abrieron los brazos y los cuatro
nos convertimos en inseparables —y apostilló—, lo seguimos siendo a día
de hoy. Hasta que he abierto la caja de Pandora. ¿Se puede ser más
gilipollas?
—Pat, tal y como yo lo veo, tú renunciaste a lo que sentías por él para
apoyarlo cuando más te necesitaba —dijo Jen mirándola con ternura—. En
algún momento tenías que dejar salir tus sentimientos de nuevo.
—Pero me aterra no poder controlarme y perderlo del todo —reconoció
—. No sé si puedo vivir sin Nick en mi vida, aunque me mate tener que
verlo solo como a un amigo.
—¿Y si le dices cómo te sientes? —le dijo Amber, intentando ayudar—.
Quizá…
—¿Para qué, Amber? Si no tengo ninguna posibilidad de que él me mire
como nada más que a su amiga del alma —le recordó—. Ya os conté lo que
escuché sin querer. —Casi se le atragantaron las palabras en la garganta—.
No me miraría como mujer ni aunque fuese la última sobre la tierra.
Las lágrimas fueron inevitables.
—Pues discúlpame, Pat, pero hasta donde yo entiendo… Nick es un
hombre y, como tal, está diseñado para responder a los estímulos —opinó
Amber sin tapujos.
—¿Quieres que intente seducirlo? —casi graznó Pat ante la descabellada
idea. Y miró a Jennifer buscando en su rostro la condena ante aquella
tontería, pero, para su sorpresa, su prima guardó silencio y se limitó a
hacerle un gesto de asentimiento—. ¿Es que os habéis vuelto locas?
¿Habéis escuchado todo lo que os he contado?
Se puso en pie y comenzó a pasear por la habitación, nerviosa e irritada a
partes iguales.
—No te estamos diciendo que vayas de frente, Pat, y a saco —explicó
Jen—, pero quizá sí podrías ser un poco sutil, pasáis mucho tiempo juntos.
—Sí, tiempo de coleguitas, haciendo cosas de coleguitas —insistió
molesta—. Y, aun en el hipotético caso de que quisiera probar… —se
interrumpió un tanto afligida.
—¿Qué?
—¡Miradme, chicas, y sed sinceras! —Abrió los brazos para mostrarse
—. No soy el epítome de la feminidad.
—Eres una belleza, Pat, y tienes unos ojos de alucinar
—Pero… soy un chicazo.
—No, solo vistes como uno —dijo Amber sin paños calientes.
—Vale, gracias. —Ninguna de las tres pudo evitar sonreír.
—Amber tiene razón, Pat, eres delicada y femenina —opinó Jennifer—,
solo tienes que despedir a tu estilista. —La carcajada de Pat fue sincera—.
¿Por qué usas camisetas donde caben dos como tú?
Pat se giró y se miró en el espejo del armario.
—No sé —admitió—. Estoy acostumbrada a estar rodeada de chicos. He
pasado toda mi vida con ellos. Supongo que he adoptado un poco su propia
forma de vestir.
—Pero hay camisetas iguales que ese saco sin forma que llevas puesto,
pero diseñadas para mujeres.
—¿Y esta no…?
—No, esa es de chico y encima te queda grande.
Pat guardó silencio y repasó mentalmente toda la ropa de su armario, que
era más de lo mismo.
—Quítatela —le pidió Amber de repente.
—¿Perdona?
—La camiseta. —Señaló—. Déjanos ver qué hay debajo.
Pat las observó a ambas con una sonrisa en los labios, convencida de que
no hablaban en serio, hasta que fue consciente de que realmente estaban
esperando a que lo hiciera.
—¡Estáis como una cabra!
—La camiseta, Pat.
Dejando escapar un gruñido, terminó cediendo y se quitó la enorme
camiseta, que arrojó sobre la cama. Quedó ante ellas con un entallado
pantalón corto de pijama que Jennifer le había prestado y un sujetador
deportivo.
—¿Contentas? —Se giró sobre sí misma y después las miró de frente
con los brazos en jarras.
Las chicas la observaron, perplejas, en un silencio absoluto.
—Jen… —dijo Amber por fin sin dejar de mirar a Pat—, creo que la
odio.
La carcajada de Jennifer no se hizo esperar. Pat las observaba sin
entender nada.
—Lo digo en serio, Jen, tú la has visto comer —insistió Amber.
—Sí, y sale más barato comprarle un abrigo.
—¿Y cómo es posible… eso? —Señalo a Pat de nuevo.
—¿Podéis decirme ya de qué narices va todo esto? —intervino Pat, sin
entender nada.
—Al menos dime que llevas un sujetador con relleno —insistió Amber.
—¿Con relleno? —Pat miró su modesto sujetador y frunció el ceño,
confusa—. ¿Debería?
—¿Que si deberías? —Amber se puso en pie con una expresión
sorprendida—. ¡No puedo creer que de verdad no seas consciente!
—Estoy a punto de mandarte a freír espárragos, Amber —le advirtió Pat
un tanto irritada ya—. ¿Qué coño pasa? —Miró a su prima esperando una
respuesta.
—¡Tienes un cuerpazo de infarto, Pat! —Sonrió Jennifer, dejándola
estupefacta.
—¡Eres jodidamente perfecta! —le gritó Amber dando vueltas a su
alrededor—. ¿Por qué demonios escondes todo esto?
Pat estaba muy impresionada. Sabía que tenía un cuerpo bonito. Era
delgada y sus pechos tenían un buen tamaño, pero nunca se había parado a
pensar en si era o no algo habitual.
—Te juro que yo mataría por un cuerpo así —insistió Amber—. Ni con
toda el hambre que paso ni matándome en el gimnasio conseguiría… eso.
—La señaló.
Pat se miró a sí misma ahora con cierto interés. Después, miró a su prima
con un gesto interrogante. Jennifer lucía una amplia sonrisa sin dejar de
observarla.
—Di algo —le pidió—. Sé que intentáis levantarme la moral, pero…
—Pat —interrumpió su prima—, solo con la mitad de lo que tienes, ya
podrías llevarte al tipo que quisieras.
Desconcertada, Pat le devolvió una mirada turbada. Su prima Jennifer
era, sin duda, la mujer más bonita e impresionante que jamás había
conocido, y escucharla a ella decirle algo así consiguió emocionarla.
Pat caminó hasta el espejo del armario y se miró con atención. Estaba tan
acostumbrada a mirarse sin verse realmente, que por primera vez fue
consciente de todas sus cualidades.
—Quizá podría esforzarme por ser un poco más femenina —les dijo con
un leve toque de emoción en la voz.
—¿De verdad crees que no eres femenina? —le preguntó su prima,
sorprendida. Hasta aquel momento, no se había dado cuenta de todas las
inseguridades que su prima tenía sobre su aspecto físico. Jamás se le había
pasado por la cabeza que pudiera sentirse así.
—Bueno…, el que tenga un cuerpo bonito no significa que no sea brusca
y algo masculina.
—¿Y eso quién lo dice? —le preguntó Jennifer caminando hasta ella—.
Una camiseta enorme no te hace masculina. No si tú te sientes femenina y
sexi. El problema es que es difícil sentirse así si te empeñas en disfrazarte
de hombre.
—Pero…
—Pero nada —interrumpió Jen—. Camina hacia allí.
Pat obedeció y recorrió media habitación.
—Ahora camina de nuevo hasta el espejo —Jen la observó con atención
y una sonrisa enorme.
—Sí —Rio Amber—, definitivamente ese contoneo de caderas es muy
brusco y masculino…
Pat sonrió. Incluso ella, ahora que prestaba atención a sus gestos y su
forma de caminar, se estaba empezando a preguntar cómo era posible que
hubiera estado tan convencida de que era un marimacho.
El leve sonido de las notificaciones de su WhatsApp llegó a oídos de Pat,
que se puso muy nerviosa, sin tener ninguna duda de que sería Nick quien
le escribía. Se acercó a mirarlo y sonrió al ver la foto que él le había
mandado. Un gatito de ojos enormes y cara triste intentaba encaramarse a
un cartel donde ponía: «Te echo de menos». Al pie de la foto, Nick había
escrito: «Ni te imaginas lo que me ha costado hacerle la foto al gato». Pat
suspiró y releyó el mensaje varias veces.
—¿Crees que es consciente de que está a punto de caérsele la baba por la
comisura de los labios? —le preguntó Amber a Jennifer, alzando la voz.
—Creo que ahora mismo no es consciente de nada. —Rio Jennifer.
Pat las miró con cierto rubor, pero sin poder dejar de sonreír.
—Es que me ha mandado un gatito —casi sollozó.
—¡Qué caradura! Eso es trampa. —Sonrió Jen—. ¿Quién puede
resistirse a un gatito?
Las tres rompieron a reír.
—Lo siento, pero voy a contestarle —terminó diciendo Pat.
—Mándale una foto —bromeó Amber—. Así como estás ahora mismo.
—Qué graciosa.
—Igual se coge el primer avión que salga para Boston.
Pat suspiró. Por más que intentara dejarse llevar por el optimismo, sabía
que a Nick poco le importaban sus camisetas amplias o sus curvas
perfectas.
—Sé escueta —le recordó Jennifer antes de que Pat se alejara por el
pasillo buscando algo de intimidad para contestar sus mensajes—. Un par
de frases como mucho.
Amber miró a Jennifer y le preguntó con curiosidad:
—¿De veras crees que se va a limitar a dos frases? —Jennifer rio—. ¿No
ha hablado mucho más con él desde que ha llegado?
—Quedamos en que se ceñiría a contestarle que todo va bien.
—Pues le estará costando la misma vida —opinó Amber—, está pirrada
por él hasta la médula.
—Pues no le está costando tanto —le aseguró Jen—, porque no me está
haciendo ni puto caso…
La carcajada de Amber se escuchó en toda la casa.
Capítulo 6
A la mañana siguiente, Pat aún no había terminado de despejarse con el
primer café del día, y ya miraba estupefacta a las dos chicas que tenía ante
sí.
—No sé si es buena idea —protestó, sintiendo cierta ansiedad.
—¡Anoche estabas convencida!
—Sí, supongo que hablar con Nick me provocó cierto… anhelo —
aceptó—, pero ahora mismo tengo un poco de taquicardia ante la idea.
Jennifer sonrió comprensiva. Sabía que no era nada fácil tomar la
decisión de salir de tu zona de confort, y Pat se sentía muy cómoda
escondida tras aquellas camisetas enormes.
—Es curioso, Pat, pero tienes una seguridad aplastante en cualquier
ámbito de tu vida —le dijo—, excepto en lo tocante a tu aspecto físico.
—Lo creas o no, nunca he tenido problema con eso, Jen —aseguró—.
Siempre he tenido opciones donde elegir. He tonteado con un montón de
tíos, me he metido en la cama con alguno que otro…, pero siempre he
estado centrada en Nick para todo lo que no fuera el sexo. Desde que era
adolescente, jamás me he ilusionado con nadie más que él, y él siempre
estaba ahí para mí. Supongo que por eso nunca le he prestado atención a mi
físico. No lo he necesitado.
—Hasta ahora —apostilló Amber—. Pero si quieres que la cosa
cambie…
—Eso es solo una suposición tuya —le recordó—. No sé cuánto has
leído a Johanna Lindsey, pero esto no es una de sus novelas.
—Entonces, ¿no nos vamos de compras? —preguntó Amber, casi
haciendo pucheros.
Pat las observó con atención y todavía tardó unos segundos en contestar.
Cuando las chicas ya habían perdido toda esperanza, Pat sonrió divertida y
exclamó:
—¡Por supuesto que nos vamos de compras! —Sus amigas saltaron
felices de la silla—. Ahora que lo sé, no puedo ir por el mundo vestida con
camisetas de tío.
El resto del día fue algo asombroso para Pat. Las chicas la fueron
arrastrando de tienda en tienda, y en cada una de ellas le llenaban el
probador con un sinfín de prendas diferentes. Jennifer, como ella, también
era una rockera de tomo y lomo, así que supo a qué tiendas llevarla para
que Pat se enamorara de cada prenda que se probaba. Y debía reconocer
que, incluso veinte cambios después, no podía dejar de mirarse al espejo,
estupefacta, a veces preguntándose si la imagen que se reflejaba era
realmente la suya.
—Si seguimos así, voy a tener que comprarme una maleta para regresar
a Santa Carla. —Rio, risueña—. Creo que acabo de comprarme más ropa en
una mañana que en toda mi vida.
—¡Y te quedan de muerte hasta los calcetines!
—Sí, ¿verdad? —Sonrió cohibida—. Soy la primera sorprendida.
Se estiró un poco de la camiseta sin dejar de sonreír. En una de las
tiendas, las chicas habían insistido en que escogiera algo para dejarse
puesto. Ella había elegido unos leggins vaqueros y una camiseta de Bon
Jovi que, aunque sencilla, parecía pegarse a cada curva de su cuerpo.
—Creo que voy a tardar un poco en acostumbrarme —admitió—. Es…
raro, porque no es una camiseta entallada, pero al mismo tiempo tengo la
sensación de que realza todas mis curvas.
—¡Es que tienes unas cuantas!
—¿Camisetas?
—¡Curvas, Pat! —Rio Amber—. Imposibles de ocultar con ropa de tu
talla.
—Pues ahora vamos a por el siguiente objetivo —dijo Jennifer con una
pícara sonrisa.
Pat la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué objetivo? —preguntó, sin poder evitar contagiarse de las
sonrisas que ambas le dirigían. Cuando Jennifer se hizo a un lado y le
tendió el brazo hacia el local junto al que se habían detenido, lo entendió
todo.
—¿En serio? —protestó.
—¿Qué es un cambio de look sin un corte de pelo, Pat? —bromeó
Amber, acariciándole la larga cabellera castaño oscuro que tanto
contrastaba con el intenso azul de sus ojos.
—Eres una mujer preciosa —le recordó Jennifer—, pero puedes sacarte
todavía más partido.
Pat lo valoró con una sonrisa en los labios. Puesto que casi acababa de
vaciar su cuenta corriente para darle un giro a su aspecto, ya no iba a
andarse con medias tintas.
—Quiero algo atrevido, con un sinfín de capas y, ya que estamos, vamos
a darle algo de color también.
Cuando una hora más tarde se miró en el espejo, sonrió con asombro. Un
desenfadado corte de pelo y tan solo varios mechones sueltos de una
preciosa tonalidad de púrpura, y parecía por completo otra persona; una que
podría posar como modelo para cualquier revista de moda.
—¡Guau! ¡Eres increíble! —le dijo al peluquero, que la miraba a través
del espejo con una sonrisa.
—Chica, cuando hay buena materia prima, mi trabajo es muy fácil. —
Rio, complacido—. ¡Y te juro que muero con tus ojos! Mataría por tenerlos
de ese azul tan maravilloso.
Pat sonrió y se giró para mirar a sus amigas, que aplaudían
entusiasmadas.
—¡Que me va a mirar todo el mundo! —se quejó, cohibida.
—Pues deberías ir acostumbrándote —bromeó Jen—. A partir de hoy no
podrás pasar desapercibida en ningún sitio, es la otra cara del cambio.
—Esa ya no me gusta tanto, espero habituarme.
—Amiga, Pat —Sonrió Amber, mirándola de arriba abajo—, eres de un
sexi que tumba. No va a quedarte otra que asumirlo.
Pat sonrió con cierta ansiedad, sin poder dejar de preguntarse qué
pensaría Nick al verla.

Aquella noche, cuando Pat pudo tumbarse por fin en la cama, esperaba
las primeras letras de Nick con más impaciencia que de costumbre. El reloj
parecía no avanzar, y llegó un momento en el que tuvo que obligarse a
concentrarse en otra cosa para no volverse loca con la espera. Conectó los
cascos al móvil y sintonizó la emisora de rock que su prima solía escuchar.
La música siempre la ayudaba a calmarse, así que se tumbó de nuevo y
cerró los ojos.
Como si la hubiera conjurado con el pensamiento, la melodía de su
balada favorita inundó sus sentidos y un escalofrío la recorrió de arriba
abajo. Se trataba de un viejo tema de Aerosmith, que había servido como
banda sonora para la película Armageddon, y que ella considera la canción
de amor más bonita e impresionante de todos los tiempos. Tanto la letra
como la música le taladraban el corazón, y la voz rasgada de Steven Tyler,
uno de sus cantantes favoritos, convertía aquel tema en absolutamente
maravilloso. Podría escucharlo una y otra vez, imaginando que Nick la
miraba con adoración y le susurraba cuánto la amaba antes de besarla.
Estaba tan sumida y absorta en la canción, que se sobresaltó cuando una
videollamada entrante interrumpió la música.
«¡Nick!», gritaron todos sus sentidos, obligándola a incorporarse en la
cama igual que si tuviera un resorte en la espalda. «¡Sí, es él…!». Observó
la pantalla, con el corazón en la garganta, sin decidirse a cogerlo. No quería
que la primera vez que él viera su cambio fuera así, aquello le quitaría
emoción y encanto al reencuentro, pero sí le apetecía mucho escuchar su
voz. Llevaba muchos días resistiéndose, y tenía un mono que ya no podía
soportar.
Esperó a que la videollamada dejara de sonar y marcó el número de
teléfono de Nick de forma tradicional. El chico apenas tardó un tono en
contestar.
—¡Por fin me das audiencia! —bromeó él nada más descolgar el
teléfono—. Empezaba a pensar que no querías hablar conmigo.
—¡Oh, venga! Si nos pasamos una hora de cháchara todas las noches. —
Rio Pat intentando no suspirar. Se sentía un poco absurda emocionándose
de aquella manera solo por escuchar su voz, pero no podía evitarlo.
—No es lo mismo. Los mensajes están muy bien, pero ya sabes que yo
prefiero lo tradicional —admitió—. Aunque me gustaría verte, ¿colgamos y
hacemos una vídeo?
—¡No! —casi gritó—. Es que… no estoy presentable.
—¿Eso qué significa? —Rio Nick—. ¿Tienes una de esas mascarillas de
pepino en la cara? Sabes que no me importa.
Pat suspiró. ¿Por qué iba a importarle que ella tuviera el mismo aspecto
que Shrek?
—Es que… estoy en ropa interior —se encontró diciéndole.
—Ah…
—Y no creo que estés interesado en mi lencería.
«Ay, la leche, este cambio de look me está afectado demasiado», pensó,
aunque no pudo evitar sonreír. Al menos parecía haber dejado a Nick sin
palabras.
—Y ¿estás semidesnuda por… alguna razón en particular? —lo escuchó
preguntar con un leve titubeo.
—No, le he cogido afición al nudismo desde que he llegado a Boston. —
Rio.
—¿Eso quiere decir que estás sola?
Pat guardó silencio unos segundos. Se deleitó con la idea de decirle que
estaba acompañada y cumpliendo todas sus fantasías sexuales, pero no
quería que él pensara que había viajado a Boston en busca de sexo.
«¡Qué coño! ¿Y por qué no?», se dijo un tanto irritada, recordándose el
momento en el que lo escuchó decir que jamás la miraría como mujer. No
iba a mentirle, pero ¿qué había de malo en dejarle con la duda?
—¿Pat? —insistió Nick ante su silencio—. ¿No vas a contestarme?
—¿Cuál era la pregunta?
—¿Estás acompañada?
—¿Puedo acogerme a algún tipo de enmienda?
—Preferiría que contestaras —admitió.
A Pat le sorprendió un poco su insistencia. No parecía bromear en
absoluto.
—Ahora mismo estoy sola —terminó diciéndole, felicitándose a sí
misma por la elocuente respuesta. Aquello dejaba abierta la posibilidad de
estar acompañada en cualquier momento—. Estoy medio desnuda porque
estaba a punto de acostarme. Hoy ha sido un día agotador.
Aquello sí que era la pura verdad. No recordaba haber estado tan
cansada desde hacía mucho tiempo.
—¿Y eso? ¿Qué has estado haciendo?
—He ido de compras con las chicas —admitió.
—¿Tú? ¿De compras? —se asombró Nick—. Pero si lo odias.
—Pues creo que ya no. —Rio—. Me he divertido mucho, y me he
comprado un montón de cosas.
—¡Estoy perplejo! —admitió entre risas—. ¿Quién eres tú? Dile a mi
amiga que se ponga.
—Tu amiga va a querer que la acompañes de compras de vez en cuando
a partir de ahora —bromeó.
—Uy, parece que se entrecorta, no te estoy escuchando bien…
Ambos rieron divertidos.
—¡Qué morro le echas!
—Prometo ir contigo donde quieras, si vuelves pronto.
Pat no pudo evitar emocionarse al escuchar aquello. Se acurrucó en la
cama con el teléfono en la oreja, cerró los ojos y casi pudo verlo ante ella
con total claridad, luciendo una de esas increíbles sonrisas que siempre
conseguían que le temblaran las rodillas.
—Si te tomo la palabra, luego no quiero excusas. —Rio Pat.
—Eh, una promesa es sagrada.
—Ya lo veremos.
—Ya en serio, Pat, ¿cuándo vuelves? —le preguntó con cierto tono de
ansiedad en la voz—. Te echo muchísimo de menos. Llevas fuera muchos
días.
—¡No seas exagerado! —dijo, para evitar sentirse demasiado
complacida—. Seguro que James y Rob te tienen muy entretenido.
—Sí —admitió—, pero no te sustituyen. Nada es comparable a nuestras
conversaciones y nuestros ataques de risa. Y he tenido que volver a la
reserva para tomar unos planos que nos faltaban y no ha sido lo mismo sin
ti.
—¡Haber invitado a la señora Ackerman! —bromeó, buscando una
forma de no titubear por los halagos que estaba recibiendo. Pero se sentía
tan bien al escucharlos…
—El estanque de los patos es tu lugar especial, no el mío. —Rio.
—La reserva es grande.
—Oye, ¿estás evitando decirme cuándo vuelves?
—No, es que no lo sé, de veras —admitió, pensando en que el objetivo
de aquel viaje había sido apartarlo de su mente y en aquel momento se le
caía la baba solo al escucharlo decir que la extrañaba—. Quizá en diez días
o así.
—¡¿Diez días?! —exclamó sin disimular su horror—. ¿Has conocido a
alguien?
—He conocido a mucha gente —contesto con ingenuidad—. Jennifer no
me deja parar ni un momento, y al parecer es muy popular.
Nada más terminar de pronunciar aquella frase, fue consciente de que no
era aquello lo que él le preguntaba. Apretó los dientes y se recordó que, por
fortuna, a través del teléfono él no podría verla ruborizarse ante su propia
idiotez; pero no rectificó la respuesta.
—Así que ¿tú no echas de menos Santa Carla? —le preguntó Nick con
un ligero titubeo.
Pat tuvo que morderse la lengua para no decirle que era a él a quien
echaba de menos de forma insoportable. No estaba segura de poder hablar
en un tono neutro si cedía.
—Claro que sí, os echo mucho de menos a todos —se limitó a decir para
no pillarse los dedos—. Espero que me dediques tiempo, tendremos que
recuperar muchas horas.
—¿Lo dudas? Además, estoy a la espera de que me llame Ackerman
para el reportaje de Monterrey.
Pat suspiró y se imaginó a sí misma metida en un jacuzzi junto a él.
«Vale, cancela tus pensamientos, no es el momento», se dijo, acalorada.
—Pues me apetece mucho ese viaje —terminó diciéndole, ahogando un
suspiro.
—Y a mí.

Nueve días. Aquello fue todo lo que Pat aguantó en Boston tras aquella
conversación. Había sido casi un mes increíble junto a Jennifer, que jamás
olvidaría. Y ella, como persona, había sufrido un cambio que, para bien o
para mal, representaría un antes y un después en su vida. En los últimos
días se había acostumbrado a su nueva imagen y se había reafirmado en su
feminidad de una forma que jamás creyó posible. Se sentía bien consigo
misma y su aspecto, y deseosa de plantarse ante Nick.
—Me hubiera gustado que te quedaras un poco más —protestó Jennifer,
abrazándola de nuevo.
—Han sido veintiséis días. —Rio Pat—. Ya echo mucho de menos Santa
Carla… y a Nick…; y a mis padres y a Nick; a Rob, a James…, a Nick.
Jennifer rio a carcajadas.
—Definitivamente, el objetivo que te trajo hasta aquí ha sido un fracaso
absoluto.
—Pero me marcho feliz, prima —le aseguró, de repente muy
emocionada—. No sabía cuánto necesitaba este cambio hasta que lo he
llevado a cabo. Me siento muy bien, Jen. Y aun en el caso de que Nick…
siga sin verme, seguirá mereciendo mucho la pena
—Ese hombre sería un necio si no te echara el lazo nada más ponerte los
ojos encima —opinó Jennifer con una sincera sonrisa—. Te van a sobrar los
pretendientes, ¿sabes? Si no se anda con ojo, quizá encuentres a alguien
mejor que él.
—Siempre existe la posibilidad de que Asgard explosione y Thor caiga
desmayado en mi jardín.
—Cosas más raras se han visto.
—¿Más raras que un dios nórdico despanzurrado en mi césped? —Rio
—. Tienes razón, aunque ahora mismo no se me ocurra ninguna…
Ambas rieron y volvieron a abrazarse con fuerza.
—¡Cómo te voy a echar de menos!
Su tío Dylan entró de nuevo en el salón anunciando que debían
marcharse ya al aeropuerto, si no querían perder el avión.
—Ay, ¿por qué me han tenido que coincidir la entrevista de trabajo y tu
viaje en el mismo horario? —se quejó Jennifer.
—Tenemos que irnos —insistió Dylan Easter—. Por cierto, Jennifer, ha
llegado el poster que pediste, lo tienes junto al teléfono.
—¿Qué poster? —se interesó Pat.
Jennifer caminó hasta el aparador y tomó un rollo enorme que
descansaba apoyado sobre él.
—Madre mía, ¿cuánto mide? —Rio Pat—. Si te va a coger media pared.
—Metro y medio.
—¿Y de quién es? ¿Jon Bon Jovi?
—Es una moto. —Jennifer rio al ver la cara estupefacta de su prima.
—¿Una moto de metro y medio? ¡Mira que eres rara!
—Es que no es solo una moto, es la moto más espectacular que hayas
visto nunca —le aseguró—. Verás…
Comenzó a desenrollar el poster, pero el bocinazo que su padre les dio
desde el descansillo la hizo desistir del empeño.
—¡Ostras! ¡Es que es verdad que es muy tarde!
Volvieron a abrazarse y Pat salió corriendo a reunirse con su tío,
cerrando la puerta tras ella.
Jennifer sonrió con tristeza. Iba a echar mucho de menos a su prima.
Aunque al menos tenía un aliciente con el que distraerse en los próximos
minutos.
Con cuidado, desenroscó el póster y contempló fascinada la moto de sus
sueños.
—¡Es una auténtica maravilla! —dijo en alto, casi con la respiración
entrecortada de pura emoción. Sin duda, el diseñador de Customsa
responsable de aquella belleza era un verdadero genio—. Daría un ojo de la
cara por poder conducirte algún día…
Capítulo 7
Pat estaba nerviosa. Hacía ya algunas unas horas que había aterrizado en
Santa Carla y aún no había podido comer o descansar lo más mínimo por
pura inquietud.
Para sus padres había resultado toda una conmoción su transformación.
Aún la miraban maravillados a cada rato, a pesar de que a ellos sí les había
mandado fotos desde Boston. Era fácil suponer el shock que sería para sus
amigos, que ni siquiera se esperaban el cambio.
Cuanto más se acercaba la hora de encontrarse con todos en el Oasis,
más le aterraba la idea.
Abrió la maleta y esparció toda su ropa nueva sobre la cama para poder
decidir qué ponerse. No quería estar demasiado llamativa; se sentiría mucho
menos intranquila si escogía algo sencillo. Claro que lo más sencillo que
tenía en su nuevo ajuar la hacía lucir muy diferente a la antigua Pat.
Terminó poniéndose unos leggins y una simple camiseta del grupo Kiss,
todo negro, y se miró en el espejo de cuerpo entero. Añadió un cinturón con
unas pequeñas cadenitas cayendo por sus estrechas caderas y completó el
atuendo con sus botas militares.
—Todavía no me lo creo —dijo en alto, mirándose con atención. Su
atuendo no podía ser más simple, y, paradójicamente, su aspecto era
demoledor.
Cuando se adentró en el parque frente al Oasis en busca de sus amigos,
le temblaban hasta las canillas. James y Rob estaban tirados en el césped
charlando con tranquilidad. Pat hubiera pagado por poder fotografiar sus
caras cuando la vieron por primera vez. No pudo evitar reír a carcajadas.
—Podéis cerrar la boca —les dijo, aún sin poder parar de reír—. A ver si
se os va a colar alguna mosca.
Se pusieron en pie y la abrazaron, felices de verla tras tantos días.
—¡Madre mía! ¡Estás guapísima! —exclamó James, todavía sin poder
dejar de mirarla.
—¡Boston te ha sentado de maravilla! —admitió Rob.
—Sí, ha sido una experiencia increíble. —Sonrió Pat complacida, y no
pudo contenerse en preguntar—. ¿Y Nick?
—Tenía unas fotos que hacer, pero supongo que no tardará en llegar —
contó Rob—. ¿Él sabe que llegabas hoy? Porque no nos ha dicho nada.
—No, quería que fuera una sorpresa para todos —admitió.
—Pues la sorpresa la tenías garantizada. —Sonrió James—. ¡Mírate!
Pat rio divertida.
Cuando la impresión inicial hubo cesado, se sentaron en el césped y Pat
pasó a relatarles un montón de anécdotas de lo que había hecho en Boston.
De vez en cuando miraba a su alrededor, nerviosa, esperando la inminente
llegada de Nick, hasta que media hora después terminó relajándose y
comportándose como si nada hubiera cambiado.
Una compañera de facultad la saludó en la distancia y se alejó unos
metros para charlar con ella. La chica estaba perpleja con su
transformación, así que ambas bromearon largo rato.
James y Rob no dejaban de observar a Pat en la distancia, todavía sin
poder asimilar el cambio.
—Quizá deberíamos retractarnos de nuestra promesa —dijo James sin
ninguna intención de bromear.
—También podemos comprarle un cinturón de castidad, nos daría menos
trabajo —opinó Rob.
Ambos dejaron escapar una sonora carcajada.
—¿Qué es tan divertido? —les preguntó Nick llegando hasta ellos.
—¡Anda, el desaparecido en combate! —bromeó James.
—Pues vengo igual de cansado que si hubiera estado en la guerra —
declaró—. Y encima sigo sin poder localizar a Pat. Anoche no hubo forma
de contactar con ella.
—Seguro que hoy es más fácil. —Rio Rob.
—¿Habéis hablado con ella alguno de los dos? —se interesó.
—Pues eso creemos —bromeó James.
—Aunque no estamos seguros del todo —apoyó Rob.
—¿Me estáis vacilando? —los miró Nick con un gesto irritado—.
Porque no estoy para mucha broma con ese tema. ¿A vosotros os ha dicho
cuándo vuelve?
—Más o menos —le dijo James señalando a Pat con un gesto.
Nick miró en aquella dirección, pero solo vio a dos amigas charlando
unos metros más allá. Pat le daba la espalda.
—¿Eso qué quiere decir? ¿Ya ha sacado el billete de avión?
Tanto Rob como James miraban a Pat con cierto grado de diversión,
aunque entendían que Nick no la hubiera reconocido.
—Joder, comprendo que estéis obnubilados con esa tía —La señaló—,
pero me estáis poniendo de los nervios… ¿Sabéis o no algo de Pat?
James suspiró.
—¡Puedes mirar a la chica, por favor!
Nick empezaba a salirse de sus casillas.
—¡Que sí! ¡Que está muy buena, hostias! —terminó casi gritando—.
Pero ahora mismo no me importa un carajo.
—Pues debería.
—Mirad, estoy a punto de mandaros a tomar por… —Las palabras se le
atragantaron en la garganta al posar sus ojos sobre la chica, que acababa de
girarse en su dirección alertada por los gritos—. ¡Joder!
Ambos se miraron durante unos largos segundos desde la distancia. Pat
sonrió. Nick sonrió. Y ambos corrieron hacia el otro hasta fundirse en un
emotivo abrazo.
Pat casi sufrió un cortocircuito. Su corazón amenazaba con salir a
saludarlo, mientras su cuerpo se fundía contra el de Nick más de lo que era
prudente. A regañadientes, terminó soltándolo.
—Anoche me acosté pronto —le dijo Pat risueña—. Tenía que coger un
vuelo muy temprano, y quería darte una sorpresa.
—¡Pues había tenido un día de mierda hasta ahora mismo! —Rio Nick,
volviendo a abrazarla.
Pat dejó escapar una feliz carcajada. Nick aún no había hecho ningún
tipo de comentario sobre su aspecto, y ella intentaba estudiar su reacción
por su expresión.
—¿Qué te han hecho en Boston? —dijo Nick al fin con una sonrisa,
tomando uno de los mechones púrpuras entre sus dedos.
—¿Te gusta?
—Sí, te sienta bien ese color —admitió—, y también el corte de pelo.
Pat se sintió un tanto defraudada cuando fue consciente de que él no
pensaba agregar nada más. Para esconder su turbación, aprovechó para
despedirse de la chica con la que hablaba hacía un minuto.
—Dame un segundo —le dijo a Nick, alejándose de él.
Él volvió junto a sus amigos y se dejó caer en el césped, sin dejar de
mirarla en la distancia.
—No piensas decir nada. —Rio Rob, observándolo con atención.
—No, yo… ¿Sus ojos siempre han sido tan azules? —terminó
preguntando casi para sí mismo.
James y Rob se miraron entre sí con cierta diversión.
—Los ojos —repitió James entre risas—. ¿Con todo lo que hay para
mirar y nos sales con sus ojos? ¡No me jodas, Nick!
Pero el aludido no contestó nada. Escuchaba a sus amigos como si
estuvieran metidos en el fondo de un pozo, a veinte metros de profundidad.
—Definitivamente, creo que nos hemos precipitado al hacerle a Pat esa
promesa —dijo Rob, dejando escapar un suspiro exasperado al comprobar
cómo un tipo que pasaba corriendo a su lado se giraba solo para mirarla—.
Vamos a tener moscardones revoloteando a su alrededor a todas horas.
—Sí, pero solo prometimos olvidarnos del bisturí —le recordó James.
—Correcto, supongo que un bate de béisbol también servirá.
Capítulo 8
Una hora más tarde, Pat manifestó su interés por ver las fotos de la
reserva, que era el equivalente a decirle que quería pasar un rato a solas con
él, aunque Nick, por supuesto, no se enteró de nada.
Cuando entraron en su casa, Nick anunció que tenía una sorpresa para
ella y se empeñó en que cerrara los ojos antes de avanzar hasta el salón.
—¿Qué es?
—Algo que espero que te guste —le dijo mientras movía una mano
delante de sus ojos para comprobar que no veía nada. Después la tomó de la
mano para guiarla por la casa.
—Dame una pista.
—No seas impaciente.
Tiró de ella hasta mitad del salón y la colocó frente a la pared donde
estaba el mueble del salón.
—Ya puedes abrirlos.
Cuando Pat abrió los ojos y los enfocó sobre lo que tenía frente a ella, se
quedó perpleja.
—Te dije que me faltaba un cuadro en ese hueco.
Pat, con la boca abierta por la sorpresa, miraba el cuadro colocado justo
encima del televisor, sin poder articular palabra. Era una ampliación de una
fotografía de ella misma, que Nick le había tomado en la reserva, y que
representaba el instante en el que aquella increíble mariposa había
cambiado por completo su vida.
La foto era espectacular. La preciosa mariposa se había posado en la
palma de su mano y ella la miraba a escasos centímetros, totalmente
fascinada. Incluso el hermoso y colorido insecto parecía devolverle la
mirada. La imagen era un primer plano de aquel instante, pero, si cerraba
los ojos, Pat podía recordar con total claridad cómo ella se había girado
hacia Nick mientras estaba absorto en las fotos para no poder dejar de
mirarlo jamás.
—Es… —Apenas le salían las palabras de lo emocionada que estaba.
—Una auténtica maravilla —terminó Nick por ella.
—No me di cuenta de cuándo me la tiraste —reconoció. Había estado
tan absorta en él, que aquello era lo único que recordaba.
—Por eso es tan bonita —le aseguró—. La cámara capta a la perfección
tu esencia, Pat.
—¡Que me vas a hacer llorar, tonto! —le dijo, dándole un pequeño
golpecito en el hombro—. Es una foto increíble, Nick, la luz, los colores…
—La modelo. —Sonrió el chico, quitándose mérito.
—Sí, es verdad, la mariposa está muy bonita —bromeó Pat.
Ambos rieron.
—¿Me enseñas el resto de fotos? —le pidió—. Siento no haber podido
ayudarte a escoger.
—Decidiste largarte a Boston de un minuto para otro. —Casi sonó a
reproche.
Pat guardó silencio. No podía rebatir aquella verdad, aunque jamás le
contaría el motivo.
Nick encendió el pc y ambos se sentaron frente a la pantalla. Primero
vieron las fotos elegidas por Nick para entregar al cliente, maravillándose
con todas ellas, y después consultaron la carpeta donde estaban todas las
demás.
—¡Te volverías loco para elegir! —dijo Pat disfrutando de cada imagen.
—Pues sí, a punto estuve de mandártelas a Boston —admitió—. Me hizo
mucha falta tu consejo.
—Pero al final lo conseguiste.
—¡Qué remedio!
Pat sonrió y siguió investigando el resto de fotos.
—Aquí hay una carpeta con mi nombre —dijo curiosa.
—Ya sabes que siempre me gusta sacarte alguna foto a traición —
bromeó Nick. Era una tradición que él siempre llevaba a cabo en cada
trabajo que hacían juntos.
La chica entró en la carpeta y se giró a mirarlo con una sonrisa incrédula.
—¡¿Cincuenta y siete fotos, Nick?! —exclamó perpleja—. ¿Me tiraste
cincuenta y siete fotos sin que apenas me diera cuenta?
—Es que el entorno era una pasada —dijo, encogiéndose de hombros.
—¡Pues haberle echado fotos solo a eso! —protestó—. ¡Mírame! ¡Estoy
fatal!
—¿Fatal?
La chica se observó a sí misma con detenimiento.
—Supongo que ya me he olvidado de esas camisetas enormes. —Rio,
algo cohibida.
—Pues a mí aún no me ha dado tiempo —admitió Nick.
—¿Por eso no me has dicho nada de mi nuevo aspecto? —se aventuró
Pat, asegurándose de sonar en un tono divertido—. ¿Estás esperando a
acostumbrarte?
—Te he dicho que estás preciosa.
—No, no lo has hecho.
—Ah, ¿no? Pues solo lo habré pensado entonces…, pero estoy seguro de
que te han dicho lo bonita que estás hasta la saciedad en estos últimos días,
¿me equivoco?
—No, no te equivocas, pero ¿y qué? —insistió—. A mí solo me importa
tu opinión.
«¡Mierda! ¿Cómo se me ha escapado eso?», pensó Pat, conteniendo la
respiración. Se vio obligada a añadir:
—Bueno, la opinión de toda la gente que me importa es lo más
importante…
«Pat…, te estás repitiendo», se regañó, avergonzada.
Nick suspiró, la observó con atención y cedió:
—Por supuesto que estás preciosa —admitió—. Pero tú siempre has sido
preciosa, incluso con esas camisetas enormes que ahora tanto parecen
horrorizarte.
«Sí, preciosa, pero tú no me veías… Y, al parecer, sigues sin verme».
—¿Ha ocurrido algo en Boston que haya motivado el cambio? —le
preguntó con cierto recelo.
Pat lo miró un poco asombrada. ¿Él pensaba que había sufrido alguna
especie de trauma en Boston?
—Necesitaba este cambio, Nick —le terminó diciendo—. Y no he
sabido cuánto hasta que lo he llevado a cabo. Nunca me he sentido tan
cómoda con mi físico como ahora.
—Perfecto —admitió él con una sonrisa—. Si tú estás feliz, yo estoy
feliz.
—Pero… ¿te agrada? —preguntó, casi en un susurro, regañándose al
instante de nuevo por hacerle aquella pregunta.
—Para mí siempre has sido y serás perfecta, tal y como tú decidas vestir
o peinarte.
«Genial. Tanto preocuparme por lo que pensaría al verme, y resulta que
no le ha afectado una mierda el cambio, le da exactamente igual», pensó,
intentando no desmoronarse frente a él. No pudo evitar lamentarse por
haberse dejado influir por Amber y las ideas absurdas que le había metido
en la cabeza.
—Cincuenta y siete fotos —repitió para llenar el silencio, mientras su
mente intentaba recuperarse del caos que la había invadido de repente.
«Necesito que me vea», se dijo, fingiendo mirar todavía las fotos.
Y de pronto sintió unas intensas ganas de reafirmarse en su feminidad.
—La próxima vez que quieras hacerme un book de fotos, avísame para
posar en alguna —dijo con una sonrisa coqueta.
—Ya sabes lo que opino de las fotos posadas —le recordó Nick.
—Pues siento discrepar con el fotógrafo, pero creo que estás equivocado.
—Ah, ¿sí? —Sonrió con cierta arrogancia—. ¿Basándote en qué?
—En las fotos que vas a hacerme ahora mismo.
Nick dejó escapar una sonora carcajada, pero no agregó una sola palabra.
Caminó hasta el aparador del salón y cogió la cámara con la que había
estado trabajando en el ordenador aquella misma mañana.
—Vamos a ver quién tiene razón —dijo, mirándola a través del objetivo.
Pat clavó sus ojos azules sobre él con la expresión más decidida de que
fue capaz. Y durante varios minutos, Nick tiró una foto tras otra mientras
ella cambiaba de postura, de expresión, de emoción e incluso de escenario.
Al principio le daba cierta vergüenza desplegar su sensualidad y comerse la
cámara con los ojos como sabía que debía hacerlo, pero, una vez superó su
timidez inicial, todo comenzó a fluir y por fin pudo dejar salir a la mujer
sexi que se moría porque él viera. Pasaron un rato muy divertido en el que
ambos terminaron riendo a carcajadas.
—¡No te acerques tanto! —Rio incómoda—. ¿Quieres sacarme los
puntos negros?
—Quiero un primerísimo primer plano —le aclaró Nick—. ¿Te preocupa
no quedar tan natural como en una foto robada?
Pat sonrió con cierta picardía. Estaba disfrutando mucho de aquella
sesión de fotos improvisada.
—¿Puedo escoger la expresión? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Por supuesto, pero recuerda que solo voy a fotografiarte desde la
barbilla hacia arriba.
Pat suspiró, miró a Nick con descaro y recordó el aspecto que él tenía sin
camiseta. Su cuerpo respondió al instante a aquella imagen y sus ojos
reflejaron aquel intenso deseo de forma irremediable. Cuando Nick acercó
la cámara hasta su rostro, le dejó ver todo aquello al mismo tiempo que se
mordía el labio inferior con una sensualidad que sería imposible que la
cámara no captara.
—¡Joder! —se le escapó a Nick al comprobar la foto.
—¿Joder qué?, ¿qué bonita?, ¿qué fea? —Nick se dejó caer en el sofá y
comenzó a mirar el resto de fotos. Pat se sentó a su lado—. ¿Me las
enseñas?
—Pues no sé.
—¿Que no lo sabes? —Rio—. ¡Trae!
—Yo que tú me evitaría el trauma.
Pat, lejos de molestarse, lo observó con una sonrisa. Sabía, por su tono,
que estaba bromeando.
—He ganado, ¿a qué sí? —Rio—. Mis fotos posadas superan a tus fotos
robadas.
—Ni hablar.
—¡Claro que sí! —Intentó quitarle la cámara, que él se empeñaba en
alejar izando el brazo—. ¡Para, dame!
Jugaron durante unos segundos sin parar de reír. Cuando al fin Nick
permitió que ella la cogiera, Pat se centró en las fotos.
—¿A que son malísimas? —insistió Nick.
—¡Ya quisieras!
Pat siguió concentrada en las fotos, hasta que se dio cuenta, perpleja, de
que en algún momento durante el forcejeo había terminado recostada en el
regazo de Nick, quien parecía muy relajado mientras la acogía entre sus
brazos. En lugar de recular, se acomodó un poco más.
—No sé si eres muy buen fotógrafo o es que yo soy una modelo genial
—Rio Pat—, pero deberías reconocer que hay algunas increíbles.
Nick guardó silencio.
—¡Que lo reconozcas! —le dijo, dándole un suave golpecito en el
hombro.
—Vale, quizá alguna…
—Muchas.
—¡Que sí, Pat! —Terminó sonriendo—. Estás espectacular en todas y
cada una de las fotos, ¿contenta?
La chica consultó su expresión intentando valorar hasta qué punto decía
aquello solo para que lo dejara en paz.
—Admites que posando…
—No —interrumpió—. Las fotos de la reserva también son
impresionantes.
—No lo dudo, pero todavía me falta ver el primerísimo primer plano.
—En esa, sales perdiendo —le dijo Nick muy serio—. Yo no me
molestaría ni en verla…
No le hizo caso. Continuó pasando las fotos en busca de la última que él
le había tirado. Cuando llegó hasta ella, la miró con atención, un tanto
alucinada por el aspecto que presentaba. Era, sin duda, la foto más sensual
que había visto jamás.
—Igual podemos dejarlo en un empate —terminó admitiendo Nick,
mirando de nuevo la foto.
Pat lo miró a los ojos, que estaban muy cerca en aquella postura, y sonrió
divertida.
—Así que era ese tipo de «joder…» —dijo, recordándole su primera
palabra al ver la foto—. Ya entiendo.
—¡Oh, venga ya!
—No, si no te culpo —continuó bromeando Pat—. Me brillan mucho los
ojos, ¿no?
Nick dejó escapar una sincera carcajada.
—Debe de ser por el placer de darte un palizón —recalcó ella con una
sonrisa descarada—. Con esta foto gano de calle.
—Cada foto tiene su momento —terminó diciéndole Nick. Rio por la
expresión hastiada que Pat fingió—. Cada foto cuenta una historia
diferente.
Señaló el cuadro de Pat recién colgado en el salón e insistió.
—Como te dije antes, esa foto refleja tu esencia —opinó—. Nos habla
de la mujer que se deja maravillar por las cosas más sencillas, y muestra esa
pureza de corazón que tanto me gusta de ti.
Pat lo miró intentando no ruborizarse, y no pudo evitar preguntar:
—¿Y esta otra? —Señaló la sensual foto en la cámara.
Nick se paró a meditar su respuesta durante unos segundos.
—Esta podría ser portada de Penthouse —terminó admitiendo. Pat tragó
saliva y se esforzó por sonreír—. Representa… el lado oscuro.
—¿Como Dark Vader? —bromeó.
—Peor —admitió Nick clavando sus ojos en los de ella—. Es un se mira
pero no se toca.
—¿Y eso es malo?
—Es cruel.
—Excepto… si me dejara tocar, supongo.
Nick guardó silencio unos segundos, sin dejar de mirarla.
—Sí, supongo que sí.
—Interesante.
El destello de interés que creyó leer en los ojos de Nick le aceleró el
pulso.
—Pero no puedes dejarte tocar por todos los que miren esta foto —le
recordó el chico aún sin apartar la vista.
Pat era consciente de que solo tenía que decirle que aquella foto era
privada para que Nick entendiera el mensaje…, pero no tuvo las agallas
suficientes. Muy a su pesar, se encontró diciendo:
—Así que siempre seré cruel con alguno, ¿a eso te refieres? —Nick
asintió—. Pues entonces quizá sería buena idea borrar la foto.
—Sí, eso sería lo más inteligente —admitió el chico.
—Vale, pues vamos a hacer una cosa: mándamela a mi WhatsApp y
después la borras, ¿te parece?
—¿Quieres mandarla a Boston? —le preguntó de repente.
A Pat le extrañó mucho el comentario. ¿Para qué querría ella enviarle a
Jennifer una foto así?
—¿Has dejado allí a alguien… interesado en ver fotos tuyas así?
«Ostras», acababa de entender la pregunta». Ahora estaba perpleja. ¿Qué
debería responderle? ¿Qué había tenido decenas de oportunidades, pero que
no había podido dejar de pensar en él en ningún momento? Aquello, desde
luego, estaba descartado.
Se acomodó un poco más entre sus brazos mientras buscaba la respuesta
adecuada. Esa que no revelara demasiado, pero que tampoco la hiciera
quedar como una pardilla.
—Se me ocurren muchos que estarían más que encantados de recibir esta
foto.
Nick frunció el ceño.
—¿Muchos?
—Sí, pero a los que yo realmente quiera enviársela…, de esos ya no hay
tantos.
—¿Estás contestando con ambigüedad aposta? —Sonrió Nick—. ¿Por
qué? ¿Te avergüenza reconocer que lo has pasado bien en Boston?
Pat estudió la expresión de Nick, pero no pudo encontrar nada que le
indicara si a él le importaría lo más mínimo escuchar que se había tirado a
la mitad del equipo de remo de la Universidad de Harvard.
—Lo he pasado mucho más que bien en Boston —le dijo, y por un
segundo le pareció que era decepción lo que había asomado a sus ojos, pero
supuso que solo se imaginaba lo que quería ver, de modo que fue sincera—,
pero hay muchas formas de pasarlo bien sin un hombre entre las piernas.
«¡Por Dios, Pat, ¿es que no puedes dejar de decir esas cosas?».
—¡Qué gráfica! —Rio Nick.
—Eso era lo que querías saber, ¿no?
—Eso no ha sido una respuesta —insistió Nick—, pero no pasa nada,
entiendo que no quieras contármelo, aunque creía que teníamos
confianza…
—¿En serio me estás preguntando a cuántos tíos me he tirado en Boston?
«Vale, lo estoy arreglando…, ahora uso frases de tío con toda la
naturalidad del mundo», pensó. Jamás había usado la expresión tirarse a
alguien hasta aquel momento. «¡Coño, debe de ser el tinte del pelo!».
—¿Cuántas han pasado por tu cama mientras yo estaba allí?
«Mierda, joder, soy una idiota, ¡¿para qué pregunto si no quiero
saberlo?!».
—Yo he preguntado primero. —Sonrió Nick con total serenidad. Pat ya
no estaba tan tranquila.
—Vale, ¿quieres saberlo? —Terminó diciéndole, incorporándose un
poco.
«Venga Pat, dile que tres; no, mejor cinco; siete, que es mi número de la
suerte…». ¿A quién quería engañar? Como era imbécil perdida, iba a
decirle la bochornosa verdad.
—Allá va.
—No, no, déjalo —la interrumpió Nick revolviéndose inquieto en el
sofá, forzándola a salir de sus brazos—. Tienes razón, hay cosas muy
privadas que no hay por qué contarle ni a los mejores amigos.
Pat lo miró entre extrañada y dolida, muy consciente de cómo él había
vuelto a recalcar aquellas dos palabras: mejores amigos.
—¿Ahora no quieres saberlo?
—No —le aseguró, poniéndose en pie—. ¿Pedimos una pizza?
Durante la media hora que la pizza tardó en llegar, Pat le contó multitud
de cosas de las que había hecho en Boston, al margen de cualquier tema
relacionado con su vida sexual. Charlaron y rieron hasta que el timbre de la
puerta los sobresaltó.
Cuando Pat abrió, se encontró ante ella a un bombón de metro noventa y
cuerpo de gimnasio, en vez de al gemelo de Danny DeVito que siempre les
llevaba los pedidos. El chico esbozó una enorme sonrisa, sin molestarse en
ocultar su interés por lo que veía ante sí.
—Tú no eres Danny. —Sonrió Pat.
—¿Danny?
—Bueno, nosotros le llamamos así. —Rio la chica.
El chico también rio, entendiendo a la perfección a qué se refería.
—Danny está de baja, así que vendré yo durante una temporada.
—Ah, pues muy bien.
—Sí, y ahora mismo me considero un tipo con suerte. —Volvió a
sonreír, flirteando de forma descarada—. Esta pizza tengo que cobrártela,
pero cualquier otra noche invito yo.
Pat dejó escapar una sonora carcajada. El descaro de aquel tipo le hacía
gracia, y debía reconocer que era todo un festín para los ojos, pero lo que de
verdad estaba disfrutando era el hecho de saber que era imposible que Nick
no estuviera escuchando cada palabra. Y, por si acaso lo dudaba, no tardó en
acercarse a la puerta.
—¿Me la das? —le pidió apareciendo de improvisto, tendiendo la mano
hacia la caja—. A mí es que la pizza me gusta comérmela caliente, llámame
loco.
Se alejó de nuevo hacia la cocina mientras Pat reía divertida ante el
azoramiento del repartidor.
—Discúlpame, me pareció… —titubeó el chico—. Bueno, déjalo, espero
no haberte causado problemas con tu novio.
—No te preocupes, Nick no es mi novio —dijo Pat en un tono divertido
—. Solo somos amigos. No hay nada más.
—Ah, pues me alegra saberlo. —Sonrió de nuevo—. Espero que no
tardes en hacer otro pedido.
Cuando Pat caminó hasta la cocina, aún no había borrado la sonrisa de
sus labios. Se sentó frente a Nick sin decir nada, con una expresión risueña.
—¿En el último mes no has tenido suficiente o es que Boston te abrió el
apetito? —le dijo Nick mientras troceaba la pizza.
Pat le devolvió una mirada curiosa. No parecía bromear en absoluto, más
bien parecía molesto.
—No ha pasado nada. —Sonrió—. Solo ha sido…
—Sí, tengo claro lo que ha sido, no hace falta que le pongas nombre —
intervino Nick—, pero no lo conoces de nada. ¿Y si es un loco en potencia?
La carcajada de Pat fue genuina.
—¿Y si lo conociera en un bar, no podría ser el mismo loco? —le
preguntó—. Además, yo no le he dado pie a nada.
—Pero te ha faltado tiempo para decirle que no somos pareja.
A Pat le resultó muy difícil no reír jubilosa ante aquel comentario.
Precisamente, se había encargado de recalcar el «solo somos amigos», que
tanto le gustaba decir a Nick, para que llegara alto y claro a sus oídos; y en
sus labios no parecía haberle gustado tanto.
—¿Y qué iba a decirle?
—Podrías haberte callado.
—¿Y dejar que pensara que entre tú y yo hay algo más que una bonita
amistad?
Nick le devolvió una mirada confusa.
—¿Por qué ese comentario me ha sonado cargado de sarcasmo?
—Pues no sé —dijo Pat con una expresión de inocencia—. Te lo habrás
imaginado. ¿Qué motivos podría tener para usar el sarcasmo?
Nick le devolvió una mirada crítica, consciente de que aquel último
comentario también había sonado en el mismo tono, pero no agregó nada
más. Se limitó a coger un trozo de pizza y comer en silencio.
—¡Qué buena! —dijo Pat, devorando la suya—. No me importaría nada
repetir mañana.
Sonrió divertida al sentir la mirada irritada de él ante aquel comentario.
«Curioso. No parece haberle hecho gracia la broma». Pero ella, en aquel
instante, hubiera podido reír a carcajadas.
El teléfono de Nick interrumpió la cena. Soltó el trozo de pizza en la caja
y miró extrañado el identificador de llamadas.
—Es Ackerman —informó, frunciendo el ceño.
—Son las diez de la noche.
—A este tipo le da igual todo —dijo molesto—. Estoy por no
contestarle.
—¿Y te vas a quedar con la duda?
Sin más dilación, Nick contestó la llamada. Pat escuchó la conversación,
expectante, y esperando que él colgara para poder enterarse del todo.
—¿Tenemos que volver a la reserva? —preguntó con una sonrisa
radiante.
—Depende. ¿Tienes interés en conocer a tres cachorros de león que
nacieron mientras estabas en Boston?
—¡Claro que sí! —gritó emocionada.
—Eso suponía. —Rio Nick—. Iremos mañana a hacerles un reportaje.
Pat festejó aquel hecho como si acabara de comprobar un décimo
premiado de lotería. Nick no podía dejar de reír, admirando aquella ilusión
que desprendía por las cosas más sencillas.
—¡Qué fácil es tenerte contenta, Pat! —bromeó divertido.
—No tanto, una camada de cachorros de león no es moco de pavo. —
Rio—. ¿A qué hora nos vamos?
—¿A las diez? —propuso, cogiendo otro pedazo de pizza.
—Casi no puedo esperar.
—Puedo adelantar el tiempo para ti, si quieres —bromeó Nick—.
Aunque creo que me he dejado la varita en el otro pantalón.
—Déjalo, la paciencia es una virtud. —Rio Pat.
—Si cambias de opinión, me lo dices —le dijo, levantándose a por otra
botella de agua fría—, y en un momentito lo arreglamos.
La botella se le resbaló de las manos y tuvo que agacharse a recogerla
del suelo. Al incorporarse, sintió un dolor agudo en la espalda y aulló de
dolor.
—¿Qué ha pasado?
—¡Hostias! —se quejó, casi sin poder estirarse del todo—. Llevo par de
días notando una pequeña molestia en la espalda, y creo que acaba de
complicarse.
Pat se acercó a él, preocupada.
—¿Por qué no se los has dicho a Rob?
—Porque he tenido tanto trabajo que apenas lo he visto —admitió—, y
era una simple molestia.
—Déjame ver. ¿A qué altura es?
—Como en mitad de la espalda.
—Siéntate aquí —le pidió, acercándole un taburete—. Vamos a localizar
el punto exacto antes de tumbarte.
Cuando estuvo sentado, Pat le pidió que se quitara la camiseta.
—¿Es necesario? —protestó Nick—. No sé si puedo hacer ese
movimiento.
Pat se puso frente a él y tiró de la camiseta con cuidado. Nick se limitó a
levantar los brazos para que ella pudiera extraerle la prenda.
«Vale, Pat, habla con la parte calenturienta de tu cerebro para dejarle
claro que no lo estás desnudando para lo que parece creer…», se dijo,
acalorada. Era consciente de que la forma en la que le había quitado la
camiseta era poco ortodoxa. Había acariciado parte de su torso y sus brazos
mientras tiraba de la prenda hacia afuera.
Contempló, fascinada, el enorme tatuaje que ocupaba la mitad del brazo
izquierdo del chico, recordando el momento, hacía ya tres años, en el que lo
había acompañado a hacérselo. Era una impresionante pantera negra vista
de frente, cuya hipnótica e inquietante mirada te cautivaba al instante. No
pudo evitar acariciar el rostro del felino, y su cuerpo se estremeció por la
necesidad de continuar acariciando mucho más allá… Tuvo que obligarse a
centrarse en la espalda de Nick con rapidez, para que él no viera el rubor
que, estaba segura, ardía en sus mejillas.
«Eres una profesional, Pat», tuvo que repetirse mientras le ponía las
manos sobre la espalda, pero fue incapaz de no aprovecharse un poco de la
situación.
—Dime a qué altura te duele —le pidió, recorriéndole la columna
lentamente, de arriba abajo, con la yema de los dedos. El no pronunció una
palabra—. ¿Nick?
—¿Sí?
—Tienes que decirme dónde te duele —insistió, desandando ahora el
camino, con los dedos de abajo arriba.
En vista de que Nick no parecía tener claro el procedimiento, metió los
dedos un poco más fuerte donde le pareció que podría estar el problema por
la postura que él adoptaba. El chico aulló de dolor.
—Se te ha enganchado bien —dijo Pat. Lo acarició con suavidad de
nuevo, comprobando la zona—. Necesito que te tumbes.
—Estoy bien así.
—Ya, pero para mí no es cómodo trabajar en esta postura —le tendió Pat
la mano para ayudarlo a incorporarse—. Tienes que tumbarte.
—En realidad, ya se me está pasando —le dijo, poniéndose en pie sin su
ayuda.
—¿Qué dices? Pero si tienes una contractura del quince.
—No, la verdad es que estoy bien. —Se movió un poco para apoyar sus
palabras.
—Deja que te dé un poco de masaje —insistió Pat—. Si dices que te ha
molestado…
—No es necesario.
—¡Hostias, Nick! No me seas incorregible.
—De verdad, Pat, ¿para qué perder el tiempo? —insistió—. Voy al baño.
—Te recuerdo que tengo una carrera en fisioterapia —bromeó la chica.
—No te preocupes —le dijo, alejándose de allí.
—Cinco años, ¿sabes? —gritó desde la cocina—. Fui la segunda mejor
de mi promoción.
—Estoy bien —lo escuchó decir antes de perderse por el pasillo.
Pat se quedó un tanto desubicada, sin poder entender la actitud de Nick.
Por el tamaño de la contractura que había palpado, a la fuerza tenía que
dolerle horrores la espalda.

Nick se apoyó en el lavado y apretó los dientes. Con gusto se lavaría la


cara para despejar sus ideas, pero era consciente de que ni en sueños podría
agacharse hasta el grifo.
—¡Mierda, Nick, pero ¿qué cojones pasa contigo? —le dijo a su propio
reflejo en el espejo.
Abrió el grifo y metió las muñecas bajo el chorro de agua fría intentando
aliviar el calor, pero no funcionó. Se llevó las manos mojadas a la nuca,
buscando otra forma de paliar la incomodidad con la que su cuerpo llevaba
toda la noche luchando. Muy a su pesar, sabía que solo había una manera de
lograrlo… Forzó la espalda para agacharse frente al lavabo, y el dolor que
sintió fue tan insoportable que logró su cometido, arrasando al instante con
cualquier otro tipo de… molestia.
Salió del baño pálido como la cera, algo que Pat no tardó en notar.
—¡Me dan ganas de zarandearte! —le dijo, observándolo con atención
—. ¿Vas a hacerte el machito conmigo a estas alturas?
—Quizá sí me duele un poco —admitió.
—¿Solo un poco?
—Vale, Pat, un mucho. Por favor, ¿dónde m¬e tumbo?
—En tu cama.
Nick no pudo evitar fruncir el ceño.
—¿No puede ser en el sofá?
—Pues no, para mí es más cómoda la cama, y no vas a querer levantarte
cuando termine contigo —le dijo, aún irritada por su actitud—. ¿Qué haces?
Ten cuidado con hacer esos movimientos tan bruscos. ¿Quieres ponerte
peor?
Nick no hizo un solo comentario. Caminó hasta su habitación y se sentó
en la cama, obediente, esperando que Pat entrara en la habitación.
La chica comprobó el botiquín del baño para buscar algo de medicación.
Por fortuna, encontró un tratamiento muy efectivo que le llevó a la cama
con un vaso de agua.
—Tómate estás pastillas lo primero, que te vayan haciendo efecto.
—¿Qué es?
—Raticida.
—¡Qué graciosa!
—Analgésico y relajante por partida doble, de cuando tuviste la lesión de
rodilla —le contó—. Depende de cómo te levantes, nos podremos ir o no a
ver leoncitos.
—¡Jo, qué mierda!
Pat dejó escapar una carcajada. Un niño lo hubiera dicho en el mismo
tono lastimoso.
—Dentro de un rato te importará todo un pimiento —lo animó Pat—.
Las pastillas son fuertes.
—Así que acabas de drogarme.
—Correcto. Y, además, voy a maltratarte —le recordó—. Lo siento, pero
este masaje no va a ser nada agradable.
—Creía que éramos amigos —protestó Nick.
—Y yo, ¿cómo podría olvidarlo? —dijo en un tono un tanto mordaz.
«Si últimamente me lo recuerdas a todas horas…», agregó para sí,
dejando escapar un suspiro.
—¿Por qué ese tono de nuevo? —le preguntó Nick, confundido.
—Túmbate bocabajo, por favor.
—No hasta que me contestes.
—No sé de qué tono me hablas.
—¡Estás muy rara últimamente! —se quejó mientras se tumbaba en la
cama.
—¡Si llevamos un mes sin vernos!
—Pues las últimas horas están siendo muy confusas —reconoció,
acomodándose entre quejidos—. Igual te han puesto alguna sustancia rara
en ese perfume nuevo que usas.
Pat arqueó las cejas, sorprendida. ¿Nick se había dado cuenta de que
había cambiado de perfume?
—¿No te gusta mi perfume?
—No.
—Pues lo siento —dijo intentando disimular su irritación—, pero no
pienso dejar de usarlo.
—Jamás se me ocurriría pedírtelo.
—Perderías el tiempo —le aseguró—. Y no creo que este sea un buen
momento para cabrearme.
Le echó un chorro de aceite sobre la espalda y posó sus manos en ella.
—Tampoco entiendo mucho por qué estás cabreada.
—Ni falta que te hace.
El chico guardó silencio y Pat se centró por completo en hacer su
trabajo. La contractura era grande, pero confiaba en poder descargarla lo
suficiente como para que con eso y las pastillas, Nick pudiera ponerse en
pie al día siguiente.
«Pat, no lo pienses…», tenía que repetirse a cada poco. El poder tocar a
Nick a sus anchas, con las manos encharcadas en aceite, era un tormento
que estaba dispuesta a seguir sufriendo el tiempo que fuera necesario.
—¿Cómo vas? —le preguntó a Nick tras un rato en silencio—. ¿Te has
dormido?
—¿Con la paliza que me estás pegando? —se quejó—. Sería una suerte.
Pero empiezo a sentirme Aladdin…, cuando va flotando en su alfombra
voladora.
—Las pastillas empiezan a hacer su efecto, ¿no?
—Eso parece —admitió arrastrando ya un poco las palabras—. Si
empiezo a cantar eso del mundo ideal, me rematas con un palo, no me dejes
sufrir…
Pat dejó escapar una carcajada.
—Pues estás adorable ahora mismo.
—¿Adorable? —protestó—. ¿Como los conejitos? ¿Quién coño quiere
ser adorable? Es… muy deprimente que me llames adorable, Pat.
—¿Encantador te va mejor?
El bufido que recibió como respuesta le arrancó otra divertida carcajada.
—Pues ¿cómo te gustaría que te llamara?
Nick guardó silencio.
—¿No dices nada? —insistió Pat.
—No, que luego todo se sabe.
Pat volvió a reír.
—Pues sí, esas pastillas ya han hecho de las suyas.
—Sí, por eso es mejor que me calle ya, del todo.
—¿Por qué? ¿Qué podrías decir que no debieras? —bromeó Pat—.
¿Nick?
—Me he dormido.
—Pues genial, porque yo acabo de terminar. —Sonrió ella, dejándose
caer a su lado en la cama—. Espero que mañana estés mucho mejor.
Nick giró la cabeza hacia su lado para poder mirarla a los ojos, pero
continuó bocabajo.
—¿Crees… que podremos ir a la reserva? —le preguntó, hablando ya
casi a cámara lenta.
—Puede —bromeó risueña, sin dejar de mirarlo. Le gustara a Nick o no,
llamarle adorable era quedarse muy corto—. Me llaman dedos mágicos.
—Pat…, tienes… que dejar de hacer ese tipo de comentarios…
La chica arqueó las cejas con curiosidad.
—No sé si te entiendo. —Rio.
—Afortruna… afro…tru…
—¿Afortunadamente?
—Eso.
—¡Menudo colocón llevas! —No pudo evitar reír. Se puso de lado,
arrellanó la almohada y lo miró de frente a escasos treinta centímetros—. Si
te echara una foto ahora mismo, ¿se consideraría posada o robada?
—Ilegal.
Pat volvió a reír a carcajadas y sintió las pupilas de Nick clavadas en las
suyas. Parecía estar obnubilado por completo.
—¿Te has dormido?
—Es posible.
—Pues quizá deberías cerrar los ojos y dejar de mirarme.
—No… puedo.
—¿No puedes cerrar los ojos? —Sonrió.
—No puedo… dejar de mirarte —admitió, casi en un susurró.
Pat guardó silencio y se dijo a sí misma que eran los relajantes los que
hablaban; pero sonaba tan bien…
—Pat…
—Dime.
—¿Cómo… demonios… —Se le cerraban los párpados a cada palabra
que pronunciaba— voy… a soportarlo…?
—No te entiendo.
Pero ya no hubo posibilidad de recibir la explicación. La respiración de
Nick se acompasó, y Pat fue consciente de que estaba profundamente
dormido.

Cuando el intenso aroma a café comenzó a inundar la cocina, Pat suspiró


y se dejó invadir por una momentánea sensación de felicidad. La misma que
se había apoderado de ella al abrir los ojos aquella mañana, para descubrir
que dormía entre los brazos de Nick. En algún momento de la noche, sus
cuerpos se habían encontrado en el centro de la cama y habían buscado el
calor del otro. Y, aun a sabiendas de que él estaba dormido, la sensación
para Pat había sido increíble. Incluso se había permitido disfrutar de aquello
durante algunos minutos. Hasta que Nick se había acomodado un poco más
contra ella, y no había tenido problema en reconocer la dura protuberancia
que se apretaba contra uno de sus muslos. Aquello había puesto punto y
final a la idílica escena, para pasar a una horripilante ducha de agua fría.
Aun así, debía reconocer que estaba muy contenta. Canturreó una de sus
canciones preferidas de Alice Cooper mientras untaba mantequilla en una
de sus tostadas, y se volvió después para llevarla hasta la mesa. Dejó
escapar un pequeño grito cuando descubrió a Nick, apoyado sobre la barra
americana, observándola con atención.
—¡Coño, Nick, pareces una aparición! —protestó—. ¿Cuánto tiempo
llevas ahí?
—El suficiente. —Sonrió—. Estás muy contenta para ser las nueve de la
mañana.
—Para mí ya es casi media mañana —admitió—. Hace mucho que me
he levantado. ¿Cómo te encuentras?
—Pues sorprendentemente bien, teniendo en cuenta cómo me acosté —
reconoció—. Soy el primer sorprendido, supongo que te lo debo a ti.
—Sí, y a las drogas.
Ambos rieron.
—Te he cogido esta camiseta —le dijo, muy nerviosa de repente. No se
había parado a pensar en el aspecto que debía presentar ataviada solo con
aquella prenda. Era grande, pero apenas si le llegaba a mitad de los muslos.
Además, todavía seguía teniendo el pelo húmedo, lo cual le daba a la escena
una intimidad especial que la hacía sentirse rara—. Es que me dormí con mi
ropa y estaba muy arrugada.
—Sabes que no hay problema. —Sonrió el chico, sirviéndose una taza
de café—. ¿Dónde has dormido?
—Contigo.
Nick la miró con las cejas arqueadas, sin poder disimular su asombro.
—Es que me tumbé a tu lado y me quedé dormida —tuvo que reconocer
—. Debió de ser por culpa del jet lag.
—Pues ni siquiera me he enterado.
«Ya, como de nada últimamente», se dijo a sí misma con tristeza, y
añadió:
—Siéntate. Ya me encargo yo del zumo y las tostadas.
Nick no le hizo caso. Él mismo sacó el exprimidor dispuesto a hacer los
zumos.
—Nick, quiero ir a conocer a los leoncitos —le regañó con cariño—.
¿Puedes preservarte un poco?
—Necesito concentrarme en algo —dijo mientras cortaba las naranjas
por la mitad.
—Eres de un raro…
Nick sonrió, pero ni la miró ni añadió nada más sobre el tema.
—He llamado a mi madre —le contó Pat mientras terminaba de llevar a
la mesa el resto de cosas—. Nos podemos llevar su coche a la reserva.
—¿Por qué?
—Porque es menos agresivo para tu espalda que la moto —le recordó—.
Ahora estás descansado, pero en unas horas es muy posible que vuelva a
dolerte. Vamos en la moto hasta mi casa, me cambio de ropa, cogemos el
coche y nos vamos, ¿te parece?
—Me parece estupendo, sí. —Sonrió, sentándose junto a ella en la mesa.
Desayunaron, charlando sobre cuánto les apetecía a ambos pasar por la
reserva. Diez minutos más tarde estaban deseosos de comenzar la aventura.
—Voy a hacer unos sándwiches por si se nos hace tarde para comer —le
dijo Nick—. Ve a vestirte, si te parece.
Pat no discutió. Estaba feliz por el día que tenían por delante.
—¡Nos vamos de excursión! —Rio.
Pasó ante él y le obsequió con una espléndida sonrisa, que le arrancó otra
a Nick a su vez. Se giró a mirarla mientras se alejaba, y no le quitó los ojos
de encima hasta que la perdió de vista.
«No podré volver a ponerme esa camiseta…», pensó mientras dejaba
escapar un suspiro resignado.
Capítulo 9
Cuando llegaron a la reserva, Cinthia Ackerman los esperaba junto a la
caseta de información. Iba ataviada con unos pantalones blancos entallados
y una especie de camisa de gasa, que desentonaban por completo con el
lugar.
—¡No me jodas! —se le escapó a Nick nada más verla.
Aparcó el pequeño utilitario junto al enorme tanque que debía de ser de
la mujer, y tiró del freno de mano con cierta irritación.
—¿Ackerman no te dijo que estaría aquí? —le preguntó Pat, divertida
ante su fastidio.
—No, se le debió pasar.
—Bueno, no podemos echarla de su propia reserva.
—¿Seguro? Quizá podríamos mandarla a su casa a cambiarse de zapatos.
Ambos rieron al observar el esfuerzo que hacía la mujer para no hundirse
en la tierra con aquellos tacones de aguja sobre los que se sostenía.
—¡Quiero ver a los cachorritos, Nick! —le recordó Pat—. Si haces algo
para estropearlo, te juro que vas a necesitar fisioterapia extra.
Nick dejó escapar una carcajada.
—Entonces tendré que lidiar con Cinthia Ackerman y sus tacones.
—La buena noticia es que está vestida —bromeó la chica—. Confórmate
con eso.
Ambos salieron del coche y saludaron con una cordial sonrisa. Pat
observó el gesto coqueto y cargado de lascivia con el que la mujer saludó a
Nick, y sintió ganas de arrastrarla de aquel moño extraño en el que se había
recogido el pelo.
—Te esperaba en esa moto custom espectacular que siempre conduces
—le dijo melosa—. Tenía la esperanza de que me dieras un paseo.
—Nick tiene una lesión en la espalda —explicó Pat solo por el placer de
interrumpir la conversación y que la mujer notara su presencia, pero solo
consiguió que la mirara medio segundo antes de volver a centrarse en él.
—Pobre, ¿y te duele mucho? —le preguntó fingiendo un gesto
preocupado, aprovechando para ponerle una mano sobre el brazo y
acariciarlo con suavidad—. Soy muy buena dando masajes, quizá si nos
sobra algo de tiempo…
«Vale, a la mierda los leoncitos», pensó Pat intentado contenerse, pero
no pudo ponerle freno a su lengua.
—No creo que a su físio le agrade la idea de que se metan en su campo
—se encontró diciéndole con una irónica sonrisa y una mirada acerada que
lo decía todo.
Cinthia le correspondió con un amago de sonrisa y se disculpó para
entrar en la caseta a por un plano de la reserva.
—¿Qué ha sido eso? —Rio Nick divertido—. Sabes que ha pensado que
estabas marcando tu territorio, ¿no?
—Me da igual —admitió, sin poder disimular su irritación del todo—.
Solo quería ayudarte. ¿O es que la prefieres babeándote encima toda la
mañana?
—No, yo…
—Porque si es eso, le aclaro el malentendido rápido —insistió—. Quizá
te apetece ese masaje que te propone.
Nick arqueó las cejas y la miró con una divertida sonrisa.
—Pero ¿por qué te enfadas conmigo? Yo no he hecho nada.
—No estoy enfadada.
—Nadie lo diría.
—Solo me molesta que te dejes toquetear por una tipeja así.
—Pero ¿tú te estás escuchando?
Pat guardó silencio y tuvo que morderse la lengua de manera literal para
no seguir hablando. Era consciente de que estaba teniendo un ataque de
celos en toda regla.
—¡Está casada, Nick! —le terminó diciendo por lo bajo, intentando
esconder la realidad de su salida de tono—. ¡Qué poco respeto por nada!
¿Qué diría su marido si la viera?
—Pues creo que vas a poder preguntárselo tú misma.
Pat se giró hacia donde Nick señalaba y vio a Roy Ackerman avanzar
hacia ellos.
—¿Pat? —fue lo primero que dijo el hombre, mirándola de arriba abajo
—. ¡Por Dios, estás radiante!
Le dio dos besos y volvió a mirarla sin disimular su admiración.
«Igual me he vuelto invisible de repente…», se dijo Nick, frunciendo el
ceño.
—¡Qué belleza! —insistió Roy.
Pat sonrió con cierta vergüenza, consciente de que se la estaba comiendo
con los ojos sin pudor alguno.
«Quizá he debido ponerme otra ropa», se dijo a sí misma. Aquella
mañana había escogido unos pantalones vaqueros azules y una camiseta
negra de Harley Davidson, en la que una de las mangas resbalaba por su
hombro, dejándolo al descubierto. Era ropa sencilla y cómoda, pero que la
hacía sentirse muy sexi y femenina, que era justo como quería que Nick la
viera.
—¡Estoy deseando presentarte a mis cachorritos! —continuó Roy.
—Y yo estoy deseando conocerlos —admitió.
—¿Y yo voy a poder hacerles fotos? —intervino Nick—. ¿O solo he
venido a estorbar?
Ackerman se giró hacia él con una sonrisa radiante.
—¡Discúlpame, qué descortés! —dijo con sinceridad—. Reconozco que
la belleza de tu compañera me ha eclipsado.
Aquel fue el momento que Cinthia escogió para unirse a ellos. Se colgó
del brazo de su marido y observó a la pareja con cierta superioridad.
—¿Vamos a ver a los bebés? —preguntó.
Su marido se hizo a un lado y le señaló los pies con un gesto cansado.
—¿En serio, Cinthia?
—Antes muerta que ponerme algo así. —Señaló las botas de montaña de
Pat. Después la miró con una sonrisa fría—. No te ofendas, mona.
Y echó a andar con dificultad sobre sus sofisticados tacones.
—¿Todavía quieres ver a los leoncitos? —le susurró Nick al oído.
Pat sonrió con un divertido gesto y ambos rompieron a reír a carcajadas.
—El día que gente así me robe la ilusión por algo, Nick, preocúpate.

Media hora más tarde, Pat estaba enamorada de cada uno de los
cachorritos de la camada. Sentada en medio de los tres leoncitos, reía a
carcajadas mientras dejaba que los animales jugaran con ella a su ritmo,
encantados de tanta atención.
Nick echaba una foto tras otra desde todos los ángulos que podía cubrir,
sin poder borrar la sonrisa de su rostro. Cada carcajada de Pat le arrancaba
otra a él a su vez.
—¿Cómo puede estar tirada ahí en medio dejando que la llenen de
babas? —le preguntó Cinthia Ackerman con una mueca de asco.
Nick ni siquiera se molestó en contestar a la pregunta. Prefirió seguir
concentrándose en la increíble escena que tenía ante sí. Llevaba al menos
cien fotos hechas en apenas diez minutos, y estaba seguro de que podría
echar otras cien sin pararse a pestañear.
Tras largo rato, comenzó a darle instrucciones a Pat para empezar con el
álbum oficial que sería para la web y la publicidad de la reserva.
Roy Ackerman intentaba ayudar, aprovechando cualquier momento para
tontear con Pat y ponerle la mano cuando no en un hombro, en la espalda o
incluso la cintura. La chica intentaba evitar el acercamiento, pero no
siempre era posible.
—Creo que Roy se ha encaprichado un poco de tu… lo que sea —
escuchó decir Nick a Cinthia cuando pasaba por su lado.
«¿Tú crees? ¡Casi no me he dado cuenta!», ironizó para sí, evitando
hacer ningún comentario en alto.
Se alejó de la mujer e intentó continuar con su trabajo.
—Consigue que alguno pare quieto en algún momento, Pat —le dijo en
un tono irritado tras varios minutos.
—Eso intento.
—¡Pues deja de intentarlo y hazlo! —soltó malhumorado.
—¿Y cómo? —preguntó ya molesta—. ¿Los hipnotizo?
—¡Vale! Vamos a hacer un descanso.
Por fortuna, Ackerman salió a realizar una llamada con Cinthia tras él, y
Pat pudo acercarse a Nick para charlar un rato a solas.
—Alguna habrá buena, ¿no? —preguntó, conciliadora.
—Pocas.
—Venga, Nick, algo más de optimismo. —Sonrió—. Seguro que
encontramos la forma de hechizarlos.
—Pues adelante, lo mismo que le estés haciendo a Ackerman servirá.
—¿Perdona?
—Es curioso que hace un rato fueras tú quien me acusara a mí de
dejarme toquetear —insistió—. Pero tú verás.
—Llevo una hora tragándome mi mala hostia y mis ganas de pegarle un
sopapo, para que tú no tengas problemas —le dijo malhumorada.
—¿Seguro? Creo recordar que no te disgustaba la idea de…
—¡Vete a tomar por saco, Nick!
Se alejó unos metros, pero él fue tras ella.
—Pat…
—¡Déjame en paz!
—¿Vamos a discutir por culpa de Ackerman?
—No, estamos discutiendo por tu culpa —le recordó.
Nick suspiró y respiró hondo de nuevo.
—Vale, acabemos con esto de raíz —sugirió Nick—. Lo mismo que ha
funcionado antes con Cinthia, debería bastar con él.
A Pat no le dio tiempo a preguntar a qué se refería. Roy Ackerman entró
de nuevo en el recinto y caminó hasta ellos.
—¿Cómo vais? ¿Retomamos? —preguntó el hombre—. Cinthia vendrá
ahora.
—Estamos pensando que somos demasiados en seis metros cuadrados,
Roy —dijo Nick con seriedad—. Los cachorros están nerviosos. Si no
conseguimos que se calmen, no nos servirá ninguna foto. Pat y yo nos
sentaremos en silencio en un rincón y nos limitaremos a observarlos un
buen rato.
—Vamos que me estás pidiendo que me largue —bromeó Ackerman con
una sonrisa, y miró a Pat—. ¿Y tú crees poder concentrarte con esta belleza
al lado?
La chica sonrió, tensa, aunque en realidad aquel había sido un piropo
muy bonito.
—Hago lo que puedo —admitió Nick—, pero he de reconocer que no
siempre lo consigo.
Con una naturalidad absoluta, Nick le puso la mano a la chica en la
cintura y la atrajo un poco hacia él.
—Ah, ¿vosotros dos…? —El hombre estaba descolocado—. La última
vez que nos vimos me pareció entender que solo erais amigos.
La chica permaneció en silencio. Al fin entendía a qué se había referido
Nick con aquello de «lo que ha funcionado con Cinthia».
—Cuando trabajamos solo somos compañeros —contó Nick—, pero,
con sinceridad, Roy, mírala.
Nick también la miró a los ojos antes de añadir.
—¿Cómo podría no estar completamente loco por esta mujer?
Pat tragó saliva y tuvo que repetirse que Nick solo estaba actuando ante
Roy. Aquel sería el momento en el que ella también tendría que mirarlo
como si él fuera todo su mundo, para darle credibilidad al asunto. Y eso
hizo. Pero, para su desgracia, no tuvo que fingir demasiado.
Un par de horas más tarde, se felicitaban a sí mismos por otro trabajo
genial. Con mucha paciencia, habían trabajado en silencio con los cachorros
hasta conseguir plasmar aquella esencia dulce y salvaje a la vez en cada una
de las fotos. Sin duda, habría algunas increíbles. Y al terminar, se habían
dado el lujo de echarse varias decenas de fotos con el disparador de la
cámara programado, para poder salir los dos juntos con la camada.
—¡Qué ganas tengo de verlas en grande! —comentó Pat con una sonrisa
radiante.
—Sí, las vamos a conectar al televisor en cuanto lleguemos —sugirió
Nick, haciendo algunos estiramientos y torciendo un poco el gesto.
—Te duele, ¿a que sí? —Se preocupó Pat—. Ha sido una mañana dura.
Y a veces pareces un fotógrafo contorsionista.
—Nada que otro analgésico no pueda paliar. —Sonrió—. Vámonos.
—No quiero —protestó Pat, acariciando de nuevo a uno de los cachorros
—. Vas a tener que sacarme de aquí a la fuerza.
—¿Yo? ¡No! Creo que la madre se encargará de eso. —Señaló—. Ahí
viene.
Pat se giró en el acto al tiempo que se abrazaba a Nick, que dejó escapar
una sonora carcajada.
—¡Idiota! —protestó, aunque sin poder evitar sonreír—. ¡Qué susto!
—Hubiera sido genial sacarte esa foto.
Uno de los cuidadores de la reserva entró en el recinto para preguntarles
si podían ya devolver a la madre con los cachorros, puesto que empezaba a
estar inquieta.
Pat y Nick salieron de allí entre risas.
—Oye, me suenan las tripas —le dijo Nick una vez estuvieron fuera.
Consultó su reloj y comprobó que eran más de las tres de la tarde—. ¡Y no
me extraña nada!
—Sí, yo también tengo mucha hambre —admitió Pat.
—Pues vamos a buscar una sombra en un sitio chulo y nos comemos los
sándwiches —sugirió—. Ackerman hace rato que se habrá marchado.
Caminaron por el sendero que atravesaba la reserva hasta desembocar en
una preciosa laguna que estaba justo en el centro.
—Tu famoso lago de los patos —bromeó Nick—. El lugar perfecto para
comer.
Buscaron una sombra, extendieron el pareo que Pat había echado en la
mochila y se sentaron sobre él.
Comieron en silencio, disfrutando de la calma del lugar, con el trinar de
los pájaros como único acompañamiento. Aunque de vez en cuando, alguno
de los patos se encargaba de poner la nota discordante en aquel paraíso.
—No sé qué me pasa en este lugar, me afecta de una forma que no puedo
entender —dijo Nick dejando escapar un suspiro.
—¿Te refieres a la reserva en general?
—Sí, creo que podría vivir en una cabaña perdida en cualquier punto del
recinto.
—¿Tú crees? —Rio Pat—. ¿Con los Ackerman apareciendo de
improvisto todo el tiempo?
—Por eso he recalcado lo de «perdida». —Ambos rieron—. Por cierto,
Pat, siento mucho lo de antes, no sé qué me ha pasado. No era capaz de
hacer buenas fotos y me he estresado.
—Olvídalo.
—Menuda pareja los Ackerman.
—Sí, qué triste —admitió Pat—. No entiendo por qué siguen juntos.
—Pues por el sexo no es, porque está claro que ambos lo buscan en otra
parte.
Nick se tumbó de espaldas e hizo un gesto de dolor al estirarse.
—Menos mal que has insistido en venir en coche —admitió.
La chica sonrió, rebuscó dentro de su mochila y le tendió un par de
analgésicos. Nick se incorporó un poco para tomárselos.
—Eres como mi ángel de la guarda —bromeó sin dejar de mirarla.
—Anda, date la vuelta, zalamero.
—No es necesario.
—Sí que lo es —insistió—. Si te doy un poco de masaje ahora,
evitaremos que esta noche vuelvas a colapsar. Has forzado demasiado.
Nick no siguió protestando. Se incorporó un poco y se quitó la camiseta,
mientras Pat se aseguraba de mirar hacia otro lado hasta que estuviera
tumbado, para evitar tentaciones.
—Tendré que usar mi crema de manos olor a cítricos —le dijo,
rebuscando de nuevo en su mochila.
—¿Y qué?
—Que igual tampoco te agrada. Huele parecido a mi perfume.
—Ah…, qué vamos a hacer, lo soportaré.
—¡Qué hostia te daba!
Nick dejó escapar una sonora carcajada que le contagió.
—Vale, a lo mejor no me disgusta tanto tu perfume —terminó
admitiendo.
—Espero que no lo digas solo para que no te pegue.
—¿Crees que me libraré de todas formas? Anoche te cebaste conmigo.
—Ah, ¿sí? ¿Y eres capaz de recordar algo?
—¡Qué graciosa!
—Gracioso estabas tú.
—Creo que se te fue la mano con el relajante, Pat.
—Gracias a eso, hoy estás casi nuevo.
—Eso fueron tus manos, que son mágicas.
—¡Anda! ¿Tú sí puedes decirlo? —se quejó ella—. Anoche me
regañaste por hacer un comentario parecido.
—Tampoco lo recuerdo.
—Dijiste un montón de incongruencias, la verdad.
Le echó un buen pegote de crema sobre la espalda y comenzó a masajear
la zona con cuidado.
—Este masaje me está gustando un poco más —admitió Nick dejando
escapar un suspiro.
—Es que ahora no se trata de desmontar —contó—, sino de relajar la
zona un poco.
—Vamos, que no te apetece conducir de vuelta.
—Ni un poquito. —Rio—. Si necesitas fuerzas, puedes dormirte un rato.
—Anoche sí que caí fulminado —recordó.
—Sí, casi mientras hablabas.
—¿Y decía algo interesante? —preguntó un poco temeroso de la
respuesta.
—¿Cómo demonios voy a soportarlo?
—¿El qué? —se extrañó.
—No, que eso fue lo último que dijiste. —Sonrió con curiosidad—. ¿Se
te ocurre que querrías decir?
Nick guardó silencio unos segundos, quizá tenía una ligera idea…
—Joder, menudo colocón llevaba —terminó diciendo—. Lástima no
haber podido disfrutar del viaje.
Riendo divertida, Pat continuó masajeando la zona con delicadeza. Nick
guardó silencio mientras aquella risa ronca le erizaba la piel. Había pocas
cosas que le gustaran tanto como escuchar a Pat reír a carcajadas, y mirarla
mientras sus increíbles ojos azules brillaban con intensidad cuando la risa
hacía que se le quebrara la voz.
—Pues creo que de momento vas servido —le dijo Pat al cabo de un
rato, dejándose caer a su lado sobre el estrecho pareo.
Nick se giró, se puso la camiseta y se tumbó también bocarriba. Ambos
quedaron codo con codo mirando al cielo.
—Qué nubes más perfectas —dijo Pat con cierta sorpresa—. Son…
mulliditas.
—¿Mulliditas? —El tono de Nick, junto con su expresión divertida, le
arrancaron una nueva carcajada a la chica.
—Nunca me ha dado por buscar formas en las nubes, pero ahora que me
fijo… —Señaló Pat— aquello podría ser perfectamente un pequeño
querubín.
Nick guardó silencio y observó el cielo con mucha atención durante unos
segundos.
—Pat…
—Dime.
—¿Te estás tomando mis pirulas relajantes?
La chica estalló en sendas carcajadas, que rápidamente le contagió.
Rieron sin parar durante varios minutos.
—¡No te muevas! —le dijo Pat, guardando silencio de repente mientras
se incorporaba sobre un codo para mirarlo mejor—. Tienes una pestaña.
—¿Dentro del ojo? No me molesta.
—No, en la cara. —Con mucho cuidado, Pat rozó la mejilla de Nick y
cogió la pestaña entre los dedos—. Vamos a pedir un deseo.
—¿Qué?
—¿Nunca has pedido un deseo con una pestaña? —Fingió sorprenderse.
—¿Tengo pinta de ser de los que hacen ese tipo de cosas?
—Pues alguna vez tiene que ser la primera —le dijo—. Siéntate.
Nick no protestó. Se incorporó y escuchó con atención la explicación.
—Pide un deseo —le dijo Pat, sonriente.
El chico la miró con un divertido ceño fruncido.
—¿Lo dices en serio?
—Claro, piensa en algo que te apetezca, que quieras, algo que desees. Y
yo también lo haré —insistió. Y esperó unos segundos hasta que él dio su
brazo a torcer y asintió—. ¿Listo?
—Sí. ¿Tú también?
La chica asintió. Ni siquiera había tenido que pararse a pensarlo
—¿Y ahora?
—Ahora soplamos la pestaña —explicó—. Y si la pestaña vuela,
significa que se cumplirán nuestros deseos.
Nick sonrió.
—Madre mía, Pat, ¿de dónde sacas todas estas chorradas?
—¡A callar! —protestó—. Que voy a soplar.
El chico la observó soplar con suavidad sobre su dedo y sonreír, risueña,
cuando la pestaña desapareció flotando en el aire.
—¿Qué? —terminó preguntándole, cohibida, tras sentirse observada
unos segundos—. ¿Por qué me miras así?
—Porque todo lo haces con la misma ilusión —le dijo, admirándola con
sinceridad—. ¿Y qué has pedido?
—No me lo estás preguntando en serio.
—Eso es que no puedes decírmelo, ¿verdad? —Sonrió—. O no se
cumpliría y bla bla bla.
—Son las normas de los deseos.
—¿Y hay algo que desees especialmente?
Pat lo miró a los ojos y admitió.
—Hay algo que deseo con toda mi alma.
A Nick le sorprendió la sinceridad de su mirada.
—¿En serio? ¿Qué es?
—No insistas.
—¿De veras no vas a contármelo? —Estaba muy intrigado.
—¿Por qué te sorprende? —Sonrió, ahora cohibida por su mirada, como
si en algún momento él pudiera leer en su interior y descubrir sus más
profundos anhelos. Pero al mismo tiempo no podía dejar de mirarlo—. Hay
cosas que no se cuentan, Nick.
—¿Ni a los mejores amigos?
—No. Ni a esos —admitió, hipnotizada con su mirada cada vez más—.
¿Tú me lo cuentas todo?
—Casi todo.
—Pues en el «casi» radica la diferencia.
Se perdieron uno en los ojos del otro durante más tiempo de lo normal,
hasta que Nick desvió la mirada y sugirió:
—Será mejor que nos vayamos ya, tenemos una hora hasta casa.
La chica se puso en pie intentando que la decepción no invadiera hasta la
última célula de su cuerpo. Durante un instante le había parecido… que
Nick la veía por fin.
Capítulo 10
Sentados frente al televisor, Pat y Nick disfrutaban de todas las fotos
hechas a lo largo del día. Nick las pasaba con el mando a distancia de la
cámara, e iban comentándolas y anotando las que ya tenían más que claro
que debían estar en el álbum oficial de la reserva. Pero cuando mejor lo
pasaron fue al llegar a las últimas que se habían hecho los dos juntos con
los cachorros. Algunas de ellas eran muy divertidas, otras enternecedoras y
la gran mayoría realmente maravillosas.
—¿Cómo se puede ser tan mono? —dijo Pat, señalando la pantalla.
—No sé si me gusta mucho lo de mono, pero gracias —repuso Nick con
una sonrisa divertida—. Tú y los cachorritos tampoco estáis mal.
—¡Qué payaso eres! —Rio—. Oye, eres consciente de que estamos
posando en todas esas fotos, ¿verdad?
—Por eso debo de estar solo mono. Si fueran fotos robadas, estaría
irresistible.
«A mis ojos lo estás», pensó Pat mirando las fotos pasar. La ternura que
Nick le inspiraba jugando con los cachorritos le tenía cogido un nudo en el
pecho desde hacía rato.
—La verdad es que te sientan bien los cachorros, Nick —le dijo con una
sonrisa que pretendía ser burlona—. Mira, de dos en dos entre los brazos.
¡Y que bien cogidos! Serías un padre estupendo.
—Creo que no se me ocurre nada gracioso que contestar a eso —
bromeó.
Las fotos llegaron a su fin y el chico se levantó a desconectar la cámara
mientras Pat le seguía con una mirada embelesada. Pensar en pequeños
bebés con aquellos enormes ojos de su padre…
«¡Para! Pero ¿qué te pasa?», se dijo un tanto preocupada. Sí beber los
vientos por Nick ya era malo, empezar a pensar en bebés… era una
auténtica locura.
—¿Quieres que pidamos pizza? —le preguntó el chico, interrumpiendo
sus pensamientos—. No me apetece nada cocinar.
«Sí, Pat, desde luego estamos en la misma onda, casi pensando en lo
mismo», suspiró, asintiendo a lo de la pizza. Intentó recuperar el sentido del
humor mientras escuchaba cómo él hacía el pedido de siempre por teléfono.
—Al final vas a salirte con la tuya de repetir pizza hoy —suspiró Nick,
pero al ver que ella no parecía añadir nada, se sentó en el sofá a su lado y la
miró con curiosidad—. ¿En qué piensas?
—En nada.
—Pues tenías cara de preocupación.
—No, yo también pensaba en la pizza —mintió—. Si sigo malcomiendo
tanto, voy a empezar a acumular grasa.
Nick la miró con el ceño fruncido, observando la expresión melancólica
de su rostro.
—¿Ahora te preocupa engordar? —Sonrió.
—Claro, incluso estaba pensando en apuntarme a un gimnasio. —La
expresión de extrañeza del chico le arrancó una carcajada—. Tengo que
empezar a cuidarme un poco, Nick. Reconozco que como demasiada
comida basura, tengo que quemar las calorías extras.
—Pues yo conozco un método mucho más placentero que el gimnasio,
donde también se queman un montón de calorías —le dijo, arqueando las
cejas de una forma divertida.
Pat rio con fingida calma, intentado contenerse para no decirle que
estaba dispuesta a empezar con aquel método en cuanto que se lo pidiera.
—¿Y no hay que tener pareja para eso? —se encontró preguntándole,
divertida.
—¿Crees tener problema para conseguirte una?
—Ya sabes que soy muy exigente —admitió—. Y no me interesan
demasiado los hombres que puede conseguir cualquiera mujer. Lo que
vienen siendo… ¿todos?
—¡Lo que me faltaba por oír! —protestó Nick, dándose por aludido.
—No te ofendas —Sonrió, conciliadora—, pero soléis ser demasiado
fáciles. Reconócelo.
—No todos.
—¡Venga, Nick! En el momento en que os entra una mujer bonita, no
sabéis negaros a nada.
—Discrepo.
—Pues te lo podría demostrar, pero…
—Hazlo.
—¿Qué?
—Demuéstramelo.
—No lo necesito —dijo cohibida—. Estarás de acuerdo conmigo en lo
fácil que es seducir a un hombre.
—¿Por qué tengo que estar de acuerdo? —preguntó sorprendido—. No
siempre es tan fácil. ¿No contemplas ninguna excepción?
—¿Hetero dices? —Sonrió divertida.
—Me alucina que generalices tan alegremente. —Rio Nick—. De verdad
que te reto a que me lo demuestres.
—Hombre, toda regla tiene excepción.
—¿Ya te estás desdiciendo?
—¡Ni hablar! Estoy convencida de que, con una actitud atrevida y
descarada, podría meterme en la cama de cualquier tío —afirmó—. A ver,
de cualquiera que no estuviera enamorado de otra persona. Si implicamos
los sentimientos, no podemos aplicar la norma.
—A ver si lo estoy entendiendo bien. —La miró a los ojos—. ¿Me estás
diciendo que si tú lo decidieras, podrías llevarme a la cama sí o sí?
—Hombre, Nick, a ti, como tú…, no —dijo nerviosa—. Hablo de gente
que no se conoce, alguien que te encuentras en un bar, con el que tonteas un
poco…
—Te estoy entendiendo —afirmó divertido—, pero sigo discrepando.
Probemos algo… Tú eres nueva en la ciudad y llegas al Oasis, donde yo
estoy sentado a una mesa…
—¿De verdad quieres que te haga quedar mal? —Rio Pat.
—Quiero que demuestres tu teoría.
Pat lo miró con el ceño fruncido y una maliciosa sonrisa.
—De acuerdo, tú lo has querido —admitió, poniéndose en pie—. Pero si
lo hacemos, lo hacemos bien. Y tienes que prometerme que serás sincero, o
no servirá de nada.
—Por supuesto.
—Bien. Pues mi objetivo es conseguir un beso —le dijo con una
confianza absoluta, que hasta a ella misma le sorprendió—. Eso demostrará
que de ahí pasaríamos a mayores.
—Un beso. Me parece justo.
—¡Pero tienes que ser honesto!
—Claro.
Pat lo miró con las cejas arqueadas, hasta que consiguió que Nick
levantara su mano derecha y le asegurara:
—Te lo prometo.
—Vale, pues imagina que estamos en el Oasis.
—Entonces espera, vamos a darle realismo. —Cogió el mando del hilo
musical, y la inconfundible voz de Axl Rose y sus Guns N' Roses se
sumaron a la ecuación—. Adelante.
Pat sonrió, dejándose invadir por una mezcla de nervios y excitación a
partes iguales.
—¿Quieres realismo? —preguntó, dispuesta a jugar fuerte—. Pues
déjame hacer algunos cambios; algo que me ayude a escenificarlo.
Nick le hizo un gesto divertido para hacerle saber que estaba de acuerdo.
—Primero, a falta de zapatos de tacón… —Se quitó los calcetines con
los que hacía rato que caminaba por la casa—, mejor descalza.
—¿Llevas las uñas pintadas? —Sonrió Nick, sorprendido.
—Sí.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Porque no se te ven con las botas.
—¿Y?
—¿Qué sentido tiene?
—Tampoco voy enseñando la lencería, pero la llevo de encaje —le
recordó, esperando no ruborizarse tras el comentario.
—No necesito que me enseñes la lencería —dijo Nick de forma
automática.
—No de momento, pero te recuerdo que querrás verla cuando termine
contigo —bromeó—. ¿Podemos seguir?
—Perdona, sí —aceptó sonriendo con cierta sorna—. Unas uñas
preciosas, Pat. Innecesarias, pero muy bonitas.
Mientras clavaba en él una mirada irritada que le arrancó a Nick una
carcajada, Pat se subió la camiseta y tiró de ella para poder hacerse un nudo
por delante, que después remetió hacia adentro. El mini top resultante se
ciñó a sus pechos como un guante, dejando expuesto un abdomen liso y
perfecto. Los pantalones se ajustaban a su perfecta figura y el talle bajo
exhibía el piercing que llevaba en el ombligo.
—Joder, eso también es nuevo. —Señaló Nick el pendiente, sin ocultar
su asombro.
—Sí, me lo hice en Boston —contó—. Supongo que también te parecerá
innecesario.
Nick miró con descaro su ombligo durante unos segundos.
—Pues fíjate… que eso sí que me parece muy sexi.
Pat tuvo que tragar saliva para poder continuar.
—Vaya, pues qué suerte entonces —ironizó, cada vez más nerviosa.
A continuación, se soltó la coleta que llevaba cogida, puso la cabeza
hacia abajo, moviéndose la melena para despeinarla, y la echó de nuevo
hacia atrás, atusándosela un poco.
—Estoy lista —dijo mirando por fin a Nick de frente. No necesitaba ni
siquiera preguntarse si él la encontraba atractiva, en aquel instante ella se
sentía una mujer sexi y aquello le bastaba de momento—. Lo primero que
tienes que hacer es cambiar el chip. Olvídate de quién soy y de que nos
conocemos. Intenta mirarme como si fuera solo una mujer que te encuentras
en un bar. Y al menos esfuérzate en pensar que te gusto un poco.
—¿Solo un poco? —preguntó, incrédulo, casi en un susurro.
—¿Tienes algún problema con eso?
—Eh…, no.
Pat se giró hacia el mueble del salón para soltar su teléfono móvil, que
llevaba en el bolsillo trasero del vaquero, y cuando se volvió de nuevo hacia
Nick, fue consciente, para su sorpresa, de que él le estaba mirando el culo
de forma descarada.
—¿Qué quieres? Me estoy metiendo en el papel —bromeó al sentir una
mirada acusadora sobre él—. Me has pedido que sea sincero.
—Sabes que eso me da un poco la razón, ¿no? —Sonrió.
—En esto puedo dártela —admitió—. Te garantizo que no hay un solo
hombre hetero sobre la tierra, ni soltero ni casado, que no te hubiera mirado
el culo ahora mismo.
—Ah… —se quedó un poco cortada por tanta sinceridad. No parecía
estar fingiendo nada.
—Pero tú tienes que contar con eso si vas vestida así.
—Yo no me visto para que me miren.
—Pero yo no soy ciego.
—Pero sí tienes la obligación de respetarme.
—Por supuesto, siempre, eso no te lo discuto —dijo muy serio, pero lo
estropeó al añadir—: Aunque dentro de mi cabeza no te estoy respetando
nada.
Nick dejó escapar una carcajada cuando Pat le lanzó a la cara la goma
que se había quitado del pelo.
—No te enfades, de momento toda esta conversación juega a tu favor —
le recordó—. Vas ganando.
—Es verdad —admitió—. Y en realidad no tengo ningún interés en que
me respetes.
—¿No?
—A ver, supongo que tienes claro del tipo de… respeto del que estamos
hablando.
Nick volvió a reír.
—Sí, Pat, lo tengo claro y cristalino —bromeó—. Tú honra está a salvo
conmigo…, hasta que me indiques lo contrario.
—Lo que pienso hacer en breve —le advirtió.
—Estoy expectante.
«Puf, ¿por qué demonios he empezado con esto?… ¡qué calor!», resopló
Pat, intentando no ceder a la tentación de abanicarse. «Vale, vamos a jugar
duro, pero recuerda que él solo se está metiendo en el papel que le has
adjudicado», se dijo, rogándose no perder de vista aquel dato tan
importante.
—A ver, esta es la situación: El Oasis Rock, diez de la noche. Me estoy
tomando algo en la barra y tú estás sentado en una de las mesas del fondo.
Cuando poso mis ojos sobre ti, me pareces el tipo más increíblemente sexi
que he visto jamás.
—Normal, no me extraña nada —apostilló Nick, adoptando una postura
chulesca y sacando pecho.
Pat rio divertida.
—Mira que eres payaso.
—Un payaso muy sexi —dijo, arqueando las cejas a lo Groucho Marx
—. Venga, sigue. Miras a una mesa y ves al hombre más sexi, varonil e
impresionante que has visto jamás.
—Sí…, pero tiene novia y me tengo que conformar contigo.
Nick fingió recibir un dardo en el corazón y Pat dejó escapar una sincera
carcajada.
—Venga, puedes ser el segundo más sexi del local.
—No sé…, es como un premio de consolación, ya me he desinflado.
—A ver esto. —Volvió a la carga—. Oasis. Bien entrada la noche. Miro
hacia una de las mesas y te veo sentado solo. Eres el tipo más guapo,
carismático, sensual e irresistible sobre el que jamás he posado mis ojos.
Pat lo miró con una expresión interrogante y Nick asintió, fingiendo un
gesto arrogante y jactancioso, que la chica no pudo menos que aplaudir.
—Por supuesto —continuó Pat—, en ese mismo instante decido que
estarás entre mis piernas antes de que acabe la noche.
«Joder, joder, Pat, que te estás recreando», se dijo, mordiéndose el labio
inferior casi sin darse cuenta.
—¿Que lo decides? —Sonrió Nick con cierta sorna—. Querrás decir que
te lo propones.
—No.
—Ah, ¿no? ¿Yo no tengo nada que decir?
—Eso es precisamente lo que voy a demostrarte, ¿recuerdas? —Sonrió
ante la expresión de incredulidad con que él la miraba—. Mi teoría es que,
por regla general, sois fáciles de seducir.
—Estoy deseando verlo —admitió él con descaro.
Pat tragó saliva. La cosa se estaba poniendo demasiado interesante como
para que su cuerpo recordara que solo era puro teatro.
«Ahora que te has metido tú sola en este lío, apechuga», se dijo.
—Vale, pero recuerda que has dicho que serías sincero.
Nick asintió.
De forma automática, Pat posó sobre él una mirada sensual y se lo comió
con los ojos de arriba abajo. Después, caminó hasta él muy despacio y sin
dejar de mirarlo, mientras se pasaba la lengua por los labios para
humedecerlos. Nick la miraba con ojos brillantes y un gesto de interés, que
ella suponía que formaba parte de su propia actuación.
—¿Puedo sentarme? —le preguntó en un tono ronco.
Él se tomó su tiempo antes de contestar. Sin prisa, recorrió el cuerpo de
Pat de la cabeza a los pies y regresó a sus ojos con la misma calma,
consiguiendo que ella ardiera por dentro.
—Claro —terminó diciendo.
Con una sonrisa descarada, Pat se sentó de lado sobre el regazo de Nick
y le echó las manos al cuello sin ningún rastro de timidez, quedando muy
cerca.
—Quizá debí decirte primero dónde quería sentarme —le susurró,
mirándolo con insolencia.
—Sí, quizá —Sonrió Nick, apoyando una mano sobre su cadera—, pero
ya que estás sentada…
—Estás más blandito que la silla.
—¡Tiempo muerto! —interrumpió Nick, saliéndose por completo de su
papel—. No, Pat, no me jodas, eso no me seduce nada.
—¡Vale! —protestó, volviendo los ojos.
—No soy un osito de peluche.
—Pues eres cómodo. —Rio, apoyándose en su pecho.
—Pero no blandito —insistió—. Puedes inspeccionar todo lo que
quieras.
Abrió los brazos, instándola a comprobarlo.
«Coño, Pat, imbécil serías si no aprovecharas», se dijo. Y, con auténtica
desvergüenza, colocó sus manos sobre el pecho de Nick y recorrió todo su
torso con audacia.
—Tienes razón —terminó admitiendo cuando ya le dio vergüenza seguir
disfrutando de aquello—. Blandito no eres.
—Vale, pues volvamos a donde estábamos —dijo con una leve ronquera
en la voz—. Y recuerda que no queda nada blandito aquí ya.
—¿Nada?
—No —le aseguró.
A Pat se le secó la garganta, consciente de lo que él estaba insinuando.
—Pero ¡si todavía no ha pasado nada! —Sonrió Pat esperando que no se
le notara el acaloramiento—. Eso que insinúas… no puede ser.
—¿Qué no puede ser? —Sonrió con incredulidad—. Estás muy buena,
me miras como si quisieras comerme entero y te has sentado en mi
regazo… De verdad, no hay ninguna posibilidad de que quede nada ni
remotamente blandito en ninguna parte de mi cuerpo.
«¡Teatro, Pat, teatro…, ay madre, qué sudores!».
—Eres consciente de que así me estás ayudando a demostrar mi teoría,
¿no? —Rio, intentando esconder su rubor.
—Me da igual —admitió—, pero blandito no mola.
Rieron divertidos.
—Cuando quieras retomamos —le dijo Nick intentando ponerse serio de
nuevo.
—Vale, ¿qué tal esto? —Pat lo miró de nuevo con seriedad—. Pensé que
tu regazo estaría más blandito que la silla, pero… ya veo que me equivoqué.
Ambos estallaron en carcajadas al mismo tiempo.
—Será mejor olvidarnos de ese punto en concreto —opinó Nick cuando
pudieron dejar de reír—. Ni duro ni blandito…, o no acabamos hoy.
—Vale, pero no me levanto de aquí —recalcó—. Es mi mejor baza.
—Sí, tengo que reconocer que esa parte en concreto me ha cogido con la
guardia baja —admitió Nick—. Has ganado muchos puntos solo con ese
detalle.
Pat tuvo que mirar para otro lado para que él no se diera cuenta de
cuánto le estaban afectando sus palabras. Aventurarse a sentarse encima
había sido muy difícil, pero puesto que se moría por hacerlo, supuso que
ningún momento sería mejor que aquel. ¡Y estaba encantada de la vida!
—Pues déjame concentrarme un poco y meterme de nuevo en el papel
—le pidió un tanto azarosa.
Apoyó la cabeza en su hombro y suspiró, intentado no pensar en lo bien
que se sentía acurrucada entre sus brazos.
«No te acomodes, Pat», tuvo que decirse tras unos segundos,
obligándose a continuar con aquel tormento que ella misma había
empezado.
Tomó la mano que Nick tenía apoyada en su cadera, sobre sus vaqueros,
y la empujó con suavidad hacia arriba hasta que la sintió abrasarle la piel
desnuda. Después, ella misma puso una mano sobre el abdomen de él, por
encima de la camiseta, y ascendió por su duro pecho muy despacio,
acariciándolo con suavidad. Cuando al fin levantó la cabeza y lo miró con
los ojos en llamas, observó cómo Nick tragaba saliva con dificultad.
—No te lo vas a creer —le dijo Pat, casi en un susurro—, pero no suelo
ir sentándome en el regazo de los hombres.
—¿No? —contestó Nick en un tono ronco—. Soy muy afortunado
entonces. ¿Por qué yo?
—No lo sé, pero no he podido pensar en otra cosa más que en tenerte así
desde que te he visto. —Se arrimó un poco más a él—. Tú… ¿te sientes
cómodo?
Nick esbozó una sensual sonrisa, que a punto estuvo de costarle a la
chica la cordura.
—No sé si cómodo es la palabra adecuada; quizá empiezo a sentirme
todo lo contrario.
A Pat le costó entender a qué tipo de incomodidad se refería.
—Ah…, ya… —se le escapó de forma inevitable cuando fue consciente,
mientras se mordía el labio inferior con nerviosismo.
—¡Dios, qué encanto eres, ojos azules! —murmuró Nick, dejando
escapar un suspiro.
«Madre mía», gimió Pat para sí, sintiendo que la mirada de Nick la
abrasaba por dentro. Aquel comentario había sonado tan sincero… Su
corazón bombeaba sangre a raudales, martilleando de una forma que
amenazaba con llegar a los oídos de él. Pero por más que lo intentaba, no
podía romper el contacto visual, y empezaba a ser consciente de que sería
ella quien lo besara si no terminaba ya con aquello.
«Ya, Pat, que te pierdes».
—¿Tienes… algún plan para esta noche? —se escuchó decir a sí misma,
perpleja.
Nick le devolvió una mirada brillante.
—No lo sé. Eso depende —le dijo mientras tomaba un mechón de su
pelo y lo acariciaba entre los dedos.
—¿De qué?
—De ti, ojos azules, de que me propongas un plan mejor.
—¿Acaso lo dudas? —dijo, arqueando las cejas.
—No se me ocurriría.
—Pues primero vamos a tomarnos una copa —Sonrió sensual—, y quizá
después podamos salir de aquí para seguir conociéndonos más…
íntimamente.
—¿Solo quizá? —Nick apartó un mechón de pelo de su rostro y
aprovechó para acariciarle la mejilla con la yema de los dedos.
Pat sintió que todo su cuerpo ardía con aquel simple gesto y tuvo que
respirar hondo durante unos segundos, intentando controlar su propia
excitación.
—Quiero algo más que un quizá —insistió Nick ante su silencio.
—Es que eso va a depender… de cuánto me guste el anticipo —se
aventuró a decir por fin, desviando la mira a sus labios y volviendo después
hasta sus ojos. Ambos sabían que aquel era el punto de inflexión, ese que
tenía que proclamar un vencedor en aquella prueba.
Pat guardó silencio y se perdió en sus ojos, muriendo de necesidad,
mientras Nick la contemplaba con una mirada brillante. La chica hacía
mucho rato que era incapaz de distinguir qué era real y qué producto de su
imaginación. Ilusión y realidad se difuminaban, hasta el punto de que casi
creía leer un oscuro deseo en los ojos de Nick, que le prometía todo tipo de
placeres, pero que era consciente de poder estar inventándose.
«Por lo que más quieras, bésame», gritó para sus adentros, ya al borde de
la locura… Y, para su deleite, Nick obedeció.
Cuando Pat sintió los labios de él sobre los suyos por primera vez, se
dejó invadir por una sensación de euforia. Él apenas si estaba rozando su
boca con una leve caricia, pero para Pat era como si todo su mundo se
estuviera iluminando de vivos colores. Intentó recordarse que Nick solo
estaba cumpliendo su promesa de sinceridad, concediéndole la victoria tras
aquel juego que llegaba a su fin, pero cada vez le costaba más controlarse y
no dejarse arrastrar por el fuego que comenzaba a quemarle las entrañas.
«Solo está… actuando…», se dijo, devolviéndole los pequeños besos
que él le daba. Hasta que aquellos besos dejaron de ser tan delicados y todo
comenzó a tomar un cariz muy diferente. La respiración de Nick se hizo
más intensa, y Pat sintió que él también comenzaba a perder la compostura.
Hasta que claudicó del todo y su lengua arrasó la boca de ella, llevándose
por delante todo vestigio de cordura o pensamiento lógico.
Nick enterró la mano entre su pelo y la atrajo hacia él con más
intensidad, profundizando en aquel beso al mismo tiempo que la
acomodaba un poco más entre sus brazos. Pat dejó escapar un gemido ronco
que solo contribuyó a caldear aún más la situación, mientras el intenso
deseo que ardía en sus venas se hacía cada vez más acuciante y urgente en
la parte baja de su abdomen. Jamás había deseado con aquella
desesperación nada ni a nadie. Cuando sintió las manos de Nick acariciar su
piel desnuda mientras una de ellas ascendía camino a sus pechos, creyó que
no soportaría una caricia tan íntima sin enloquecer del todo. Y a punto
estuvo de enloquecer, sí, pero de pura frustración, al identificar el
desagradable sonido que llegó a sus oídos, rompiendo la magia por
completo.
Ambos se detuvieron en seco y miraron hacia la puerta aún
desorientados.
—La pizza —recordó Pat. Y estuvo a punto de volver a besarlo,
alegando que ya se cansarían de llamar en algún momento.
—Supongo que esto es lo más parecido a la mañana siguiente de tu
demostración —dijo Nick, revolviéndose en el sofá y obligándola a
levantarse de su regazo.
«¿Ya está? ¿Así… sin más…?», pensó Pat, poniéndose en pie para evitar
que él viera su turbación.
La repentina frialdad con la que Nick hablaba a punto estuvo de hacerla
estallar en improperios. Por fortuna, consiguió controlarse a tiempo. Si él
podía comportarse como si nada, ella no sería menos.
—¡Qué optimista, Nick! —dijo, caminando hacia la puerta mientras se
desataba el nudo de la camiseta.
—¿Por qué?
—¿En serio crees que me hubiera quedado a dormir?
—Hubieras dormido poco.
Pat agradeció tener que abrir la puerta en lugar de contestar a aquel
comentario. Su repartidor macizo la saludó con una sonrisa radiante.
«¡Mira que está bueno este tipo!», se dijo, mirándolo con atención.
«Ahora mismo lo arrastraría adentro y… y… que fuera cortando la pizza
mientras termino con Nick lo que hemos empezado… ¡Mierda, joder!».
Nick se asomó a la puerta y volvió a quitarle la pizza de las manos al
chico, esta vez sin decir una sola palabra. Pat intentó ser todo lo amable que
pudo, pero no le salió con naturalidad, así que se despidió con rapidez.
Caminó hasta la cocina y observó a Nick, que parecía que acababa de
salir de un jardín zen cargado de calma y paz interior.
—¿Coca cola o agua? —le preguntó el chico con naturalidad—. ¿Qué te
apetece?
«Echar un polvo», hubiera querido decirle solo por el placer de alterarlo
un poco.
—Coca cola —dijo en su lugar—. Y, por cierto, creo que ha quedado
más que demostrada mi teoría sobre lo fácil que es meterse en la cama de
un hombre.
Nick sonrió.
—Qué ingenuo he sido al pensar que lo dejarías estar.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que siempre tienes que salirte con la tuya.
—Siempre no —dijo, malhumorada—. En esta ocasión he demostrado
mi teoría con hechos.
«Concretamente con tu lengua dentro de mi boca», pensó, y ojalá
hubiera tenido agallas para decirle justo aquello.
—Solo que hay un fallo en tu planteamiento.
—¡Buah! Que mal perder tienes.
—Lo digo en serio.
—A ver, deléitame —le dijo, cruzándose de brazos ante él con una
expresión terca.
—No te enfades. —Sonrió, conciliador—. Solo digo que partiendo de
una atracción mutua, las mujeres no sois muy diferentes de los hombres.
—No estoy de acuerdo —dijo con convencimiento, caminando hasta la
nevera para cambiar su coca cola por una botella de agua. Lo último que
necesita era cafeína.
—¿No? Pues quédate donde estás —le indicó Nick.
Pat lo miró con cierto hastío y se apoyó en la pared que había justo al
lado. Tragó saliva cuando él clavó en ella una mirada lujuriosa.
«No pienso caer, ni hablar», se dijo, pero su cuerpo no estaba
acostumbrado a que Nick la mirara como a una conejita Playboy. La
punzada que sintió en la pelvis disparó todas las alarmas.
—Oasis. Doce de la noche… —comenzó diciendo Nick—. Llevo horas
comiéndote con los ojos desde la barra y tú eres perfectamente consciente
de ello.
Pat sentía como todo su cuerpo cobraba vida de nuevo, pero intentaba
disimularlo lo mejor posible.
—De vez en cuando te paseas por el bar para comprobar si te sigo con la
mirada…
Muy a su pesar, Pat no pudo evitar escenificarlo. Cruzó despacio la
cocina y se apoyó en la pared libre junto a la mesa. Nick siguió su
movimiento al milímetro, como era de esperar.
—Te mueres porque me acerque a ti —continuó el chico—. Sueñas con
el momento en el que me decida a recortar la distancia… tanto como para
poder comprobar de qué color son mis ojos.
Pat lo escuchaba en silencio, consciente de que si intentaba hablar, quizá
no le saliera la voz del cuerpo.
—Yo aguanto el juego todo lo que puedo —insistió Nick—, hasta que la
necesidad de tocarte se hace tan insoportable que tengo que ceder a mis
instintos; y entonces caminó hacia ti muy despacio, con mis ojos clavados
en los tuyos…
Incapaz de apartar sus ojos de los de Nick, esperó con el corazón a cien a
que recortara la distancia, sin pronunciar una sola palabra.
Nick llegó hasta ella y apoyó una mano en la pared por encima de su
cabeza, acorralándola muy de cerca.
—Me he mantenido lejos todo lo que he podido… —le susurró al oído,
como si fuera una suave caricia—, pero ya no puedo soportar más esta
tortura.
Nick clavó de nuevo sus ojos en lo de ella y añadió:
—¿Qué tengo que hacer para que te plantees salir de aquí conmigo?…
Pat se estremeció de deseo contenido, sin poder apartar sus ojos de él.
Casi de forma involuntaria se mojó los labios con la punta de la lengua, y
observó cómo Nick seguía aquel movimiento, embelesado.
—Dime, Pat…, ¿qué estarías dispuesta a darme? —susurró—. Sé
sincera.
—Cualquier cosa que me pidieras —terminó admitiendo.
Nick tragó saliva y guardó silencio unos segundos, sin moverse un solo
milímetro. Parecía estar luchando contra sus propios demonios. Finalmente,
dejó escapar un suspiro resignado.
—Es fácil meter a una persona en tu cama, Pat —le dijo con cierto pesar
—, sea hombre o mujer. Lo difícil es encontrar a alguien con quien merezca
la pena estar fuera de ella. Alguien que te acepte como eres, que esté
siempre ahí para ti, llorando y riendo contigo.
A Pat empezaban a escocerle los ojos por las lágrimas que pugnaban por
salir.
—Lo que nosotros tenemos no puede compararse ni de lejos con el
mejor polvo que puedas echar, Pat —insistió—. Los amores vienen y
van…, pero los amigos, los grandes amigos, siempre están ahí,
acompañándote, caminando a tu lado.
Guardó silencio unos segundos más y terminó añadiendo:
—Quiero poder caminar siempre a tu lado, sin nada que enturbie el
sendero.
Hundida en la miseria más absoluta, Pat solo podía concentrarse en
aguantar estoicamente sin llorar. Aquella declaración de intenciones no
podía ser más clara, pero si no rompía con aquella conversación ya, iba a
desmoronarse por completo.
—Y yo quiero… comerme esa pizza caliente, Nick —le dijo, haciendo el
mayor esfuerzo de toda su vida para sonreír—. Si se enfría, voy a pararme
en mitad de ese sendero para darte una patada en culo.
Nick sonrió y se hizo a un lado, con lo que a ella le pareció una
expresión de alivio. Pat tuvo que recurrir a toda su capacidad de contención
para poder comportarse con normalidad, cuando por dentro estaba a punto
de quebrarse en pedazos. Pero no estaba dispuesta a que él se diera cuenta.
Comieron mientras charlaban de cosas banales. Pat se negaba a pensar
en todo lo sucedido, en pos de su propia cordura. Recordó y puso en
práctica algunos de los trucos que Rob le había enseñado para mantener la
mente en blanco y lejos de todos aquellos pensamientos que le aportaran
cualquier tipo de malestar o negatividad. Y, de momento, estaba
funcionando. Aunque sabía que se desmoronaría en cuanto que Nick saliera
de escena y pudiera dejar de ejercer aquel férreo control sobre sus
emociones.
—Si te parece, Nick, te doy un poco de masaje y me marcho ya.
Él consultó su reloj y frunció el ceño.
—Solo son las diez.
—Ya, pero estoy cansada. —Sonrió—. Tú anoche dormiste como un
cesto, pero yo no, y ha sido un día largo. ¿Dónde te tumbas?
—Déjalo. Estoy bien —le dijo mientras recogía la mesa—. Me tomaré el
relajante muscular antes de acostarme. ¿Cuántos?
—Yo creo que ya solo uno —opinó—, y el analgésico. Pero no tardo
nada en darte un poco de masaje, si quieres.
Nick la miró con una sonrisa un tanto extraña.
—De verdad, Pat, no hace falta.
La chica no insistió. Tocar a Nick en aquel momento era lo que menos le
apetecía en el mundo.
«Mentirosa. Te mueres por tocarlo», se dijo con cierta amargura; aunque
sabía que era mejor no hacerlo.
—Pues hasta mañana entonces —fue todo lo que dijo antes de salir por
la puerta, agradecida por tener allí el coche y que él no tuviera que llevarla.
Nick la acompañó hasta el vehículo y le sujetó la puerta.
—Pat… —susurró cuando ella hizo amago de subirse. La chica se
detuvo a mirarlo—, ¿está todo bien?
«Así que está preocupado…», pensó, un tanto aliviada. Al menos
aquello significaba que él también había sido consciente de que algo había
sucedido entre ellos. Le resultaba insoportable pensar en que todo hubiera
podido estar solo en su imaginación mientras él se limitaba a representar un
papel.
—¿A qué te refieres? —terminó preguntándole en un tono neutro.
Paradójicamente, aquella pregunta fue una respuesta a gritos, que sirvió
para cerrar aquel asunto de una vez por todas.

Nick observó el coche de Pat alejarse hasta que lo perdió en la distancia.


Después entró en la casa, caminó hasta la cocina y recogió todo lo que
encontró a su paso, que no fue mucho. Hizo lo mismo con la cámara, los
cables y cualquier cosa que estuviera desperdigada por el salón. Hasta que
se topó con la camiseta que Pat había usado esa mañana y aquello fue
demasiado para su autocontrol. Se dejó caer en el sofá con la prenda entre
los dedos, recordando el aspecto de ella mientras desayunaban.
Casi por inercia, se llevó la prenda a la nariz y aspiró su aroma, logrando
el mismo indeseado resultado de siempre. Odiaba aquel perfume…,
precisamente porque al resto de su cuerpo le gustaba demasiado.
Se puso en pie como impulsado por un resorte y caminó a paso rápido
hasta la cocina. Metió la camiseta en la lavadora y cerró la puerta con más
fuerza de la necesaria.
El beso que a punto había estado de robarle mucho más que la cordura se
coló en su cabeza como un huracán, pero se negó a recrearse en aquel
recuerdo.
—¡¿Cómo he podido ser tan gilipollas?! —terminó diciendo en alto,
muy irritado.
Caminó hasta el salón buscando algo de calma y tomó una foto de su
madre que había sobre el aparador. Era una imagen de antes de ser
diagnosticada y, aun así, se leía con absoluta claridad en sus ojos aquella
expresión melancólica que siempre pareció acompañarla. La misma
expresión con la que miraba a menudo una vieja fotografía de su padre,
cuando creía que nadie la veía.
«Estás haciendo lo correcto», se dijo, exhalando aire con fuerza mientras
acariciaba con inquietud su reloj de pulsera, que había sido el último regalo
que ella le había hecho en vida.
Decidido a no pensar más en ello, apagó todo en el salón y caminó hasta
su habitación con paso firme.
El perfume de Pat le inundó de nuevo los sentidos nada más cruzar la
puerta. Con un gesto resignado, caminó hasta la cómoda y se tomó un
relajante muscular. Después cogió la almohada, le quitó la funda y salió del
cuarto dispuesto a dormir en la habitación de invitados.
Se volvió a mitad de camino para tomarse un segundo relajante que le
asegurara un respiro.
Capítulo 11
—Este es el primer día que me llamas antes de la una —bromeó Jennifer
contestando al teléfono.
El silencio que escuchó al otro lado de la línea le hizo sospechar que
algo no estaba bien.
—¿Pat? ¿Qué te ha hecho ahora ese idiota? —le preguntó con cierto
enojo—. Te juro que empieza a caerme mal.
Al otro lado solo se escuchó un suspiro exasperado.
—Cuéntamelo ya, por favor —insistió Jennifer—. Empiezas a
preocuparme.
—Creo que esta noche he cometido el peor error de mi vida, Jen —
terminó diciendo Pat, intentando contener las lágrimas.
—No puede ser tan malo.
—He besado a Nick.
Su prima guardó silencio unos segundos antes de aventurarse a
preguntar, intranquila:
—Y ¿no ha ido bien? ¿Él no ha respondido?
—Bueno…, en realidad sí.
—¿A cuál de las dos preguntas?
—A ambas, supongo.
—¿Te ha devuelto el beso?
—No.
—¿No?
—Es que, para ser exactos, me ha besado él, aunque un poco bajo
coacción.
—A ver, Pat —Escuchó bufar a Jennifer—, ¿te importaría contarme lo
que ha pasado desde el principio?
—Ponte cómoda.
Le contó lo sucedido con todo lujo de detalles. Necesitaba descargar
sobre alguien todo lo que la abrasaba por dentro, o estaba segura de que se
pondría a gritar de un momento a otro.
—¡Ay, Jen, habíamos pasado un día genial! —le terminó diciendo,
pesarosa.
—Y lo habéis cerrado con broche de oro —bromeó su prima.
—¡Qué más quisiera!
—Pero el beso ha estado bien, ¿no?
—Mucho más que eso. No creo que pueda encontrar palabras
suficientes. ¡Ha sido increíble! —reconoció—. Jamás pensé que se pudiera
sentir tanto con tan poco. Te confieso que incluso me asusta un poco la
intensidad de lo vivido.
—¡Qué exagerada!
—Te juro que no, Jen, nunca pensé que pudiera dejarme llevar de esa
manera solo por un beso —insistió—. Siempre he sido bastante racional
para el sexo.
—Me dejas alucinada —admitió Jennifer—. Entonces, ¿no es
descabellado que yo también siga esperando al hombre de mis sueños?
—Espera lo que haga falta —le aconsejó—. Hasta que aparezca el tipo
que tambalee tu mundo.
—Mi hombre ideal quizá no trabaja los terremotos, Pat. —Rio.
—Pues yo he perdido el juicio por completo —suspiró—. Me habría
entregado hasta donde Nick hubiera querido si el azar no llama a la puerta.
—Por lo que cuentas, él tampoco parecía tener mucha intención de
detenerse.
Pat se dejó caer en la cama, abatida. Las piernas le temblaban solo de
pensar en haber seguido avanzando…
—Solo por curiosidad, Pat, ¿qué llevabas puesto? —Rompió a reír en
cuanto escuchó el atuendo—. ¡Pobrecillo!
—¿Pobrecillo él?
—Recuerdo cómo te quedaban esos pantalones —insistió divertida—. Y
a juego con esa camiseta, el pobre no tenía ninguna posibilidad.
—Deja de llamarlo el pobre —protestó—, porque te recuerdo que ha
sido él quien ha marcado muy bien lo límites.
—Siempre puedes seguir provocando ese tipo de situaciones.
—No, Jen, ha dejado muy claro que no está dispuesto a arriesgar lo que
tenemos por culpa del sexo —tuvo que reconocer—. Habría que ser muy
torpe para no haber leído entre líneas.
Exhaló aire repetidas veces buscando algo de paz.
—¿Qué voy a hacer, Jen? —se lamentó—. ¿Cómo voy a soportar estar
con él sin poder tocarlo? Para mí no es solo sexo, yo…
Se detuvo en seco, perpleja con lo que había estado a punto de decir.
—¡Ay, Dios! —exclamó, sintiendo que de repente le faltaba el aire.
Escuchó suspirar a Jennifer al otro lado de la línea—. Jen…
—Lo sé, Pat.
—Creí que… se me pasaría… —Estaba tan abrumada que apenas podía
terminar frases coherentes—. Yo… ¡no puede ser!
—Digo en alto, Pat —le pidió Jennifer—. El que no lo verbalices no lo
hará menos real.
—Es que…
—Dilo.
—Lo amo —terminó admitiendo—. Estoy enamorada de Nick.
Guardó silencio unos segundos intentando digerirlo. No era que hasta
aquel momento no supiera que Nick le provocaba sentimientos muy
intensos, pero, aun a riesgo de parecer absurda, ponerle nombre lo convertía
en algo más real y, en su caso, preocupante.
—Ay, Jen, ¿qué voy a hacer? —se lamentó—. Él ha dejado más que
claro que nunca habrá nada más allá que una amistad entre nosotros. Se
olvidará de ese beso, y yo me volveré loca intentando no recordarlo a cada
instante.
Jennifer suspiró a su vez, sin saber que decirle para ayudarla a sentirse
mejor. De modo que optó por ser sincera.
—Pat, si ese beso ha sido la mitad de bueno para él de lo que lo ha sido
para ti, me temo que dará lo mismo su empeño en querer olvidarlo.
—¿Crees que podría volver a pasar? —le preguntó esperanzada.
—La pregunta correcta no es si volverá a pasar, sino cuándo.
Pat intentó agarrarse a aquella esperanza para sentirse mejor, pero solo le
duró unos segundos.
—Nunca se le ocurriría mirarme como mujer, ¿recuerdas?, ni aunque
fuera la última sobre la tierra. —Aquella frase le seguía doliendo con una
intensidad que la abrumaba. Ahora más, si era posible, al ser consciente de
sus propios sentimientos por él.
—¿Nunca? —Rio Jen—. Pues hasta donde yo sé, hace menos de una
hora te ha mirado desde bien cerca. Haberle recordado esas palabras
mientras te metía la lengua hasta la campanilla.
—No me hagas esos comentarios, Jen —protestó—. Que estoy a punto
de combustionar.
Jennifer sonrió y recordó el aspecto de su prima cuando se despedía de
ella hacía tan solo par de días. O mucho se equivocaba…, o no era la única
que en aquel momento necesitaba un extintor.
Aquella noche casi en blanco, mientras luchaba contra la necesidad de
rememorar aquel beso una y otra vez, le había servido a Pat para tomar
algunas decisiones importantes. Una de ellas había sido comprarse un
coche. No podía seguir usando a Nick de taxista, ya no. Las cosas se
estaban complicando demasiado entre ellos, al menos por su parte, y,
aunque intentaría que él no se diera cuenta, sí había pequeñas cosas que la
ayudarían a conseguirlo.
Llamó a James por teléfono a primera hora de la mañana para pasar a
verlo. Esperaba que estuviera en su despacho, que estaba apenas al otro
lado del parque que había frente a su casa, y tuvo suerte. Una hora después,
entró en el moderno edificio donde Customsa tenía sus oficinas.
Gloria, la asistente de su amigo, se levantó para saludarla con cariño.
Ambas se conocían desde que Pat era una adolescente y Gloria ya pintaba
canas, y llevaba la oficina del taller mecánico para el que James trabajaba
antes de fundar su propia empresa.
—¡Casi no te reconozco! —le dijo la mujer, mirándola maravillada—.
Siempre fuiste bonita, pero ahora estás espectacular.
—Ya veo que tú sigues tan agradable como siempre.
Ambas charlaron durante unos minutos, mientras que James terminaba
con una videoconferencia que tenía en marcha.
—¿A qué debo este honor? —Sonrió el chico cuando ambos se sentaron
por fin en el sofá que él tenía en su despacho.
—Quiero que me busques un coche.
—¿Por qué? —se extrañó.
—No puedo depender de vosotros o del coche de mi madre todo el
tiempo —explicó—. Necesito ser más independiente.
—¿Y estás segura de que no prefieres una moto? —Sonrió James—. Es
más práctica.
Pat rio. Tanto él, como cualquiera de sus amigos, sentían verdadera
pasión por las motos custom. James incluso había levantado un imperio
alrededor de las dos ruedas, llevando la customización a límites increíbles.
—Sabes que me encanta ir de paquete —reconoció Pat—, pero para
conducir yo, prefiero un coche.
Rio ante la expresión incrédula de su amigo.
—Sí, ya sé que no lo entiendes.
—Tú misma. —Sonrió—. ¿Y Nick qué opina?
—Nada —le dijo intentando que su expresión no se alterara—. Todavía
no lo sabe.
—¿No lo has hablado con él? —la miró, extrañado, sin disimular su
curiosidad.
—¿Por qué debería hacerlo? —preguntó un tanto irritada—. No necesito
su permiso para comprarme un coche.
James se quedó perplejo.
—¿Ha pasado algo?
—¿A qué te refieres?
—Con Nick.
—No, ¿por qué? —En aquel momento parecía la inocencia personificada
—. Nick no tiene nada que ver con mi decisión de comprarme un coche.
James aún tardó unos segundos en decidirse a aparcar aquella
conversación. Notaba algo raro en Pat aquella mañana, que no lograba
identificar.
—¿Qué tipo de coche quieres? —terminó aceptando.
—Uno pequeño, de segunda mano.
—Un Sample, espero. —Sonrió.
Sam Purple, el mentor de James, era el dueño de una de las empresas de
automoción más grande de Estados Unidos. Las motos que James
comercializaba y personalizaba a través de Customsa, también eran de
Sample, la empresa de Sam.
—Si crees que me lo puedo permitir…
—Eso seguro.
—¡No empecemos! —suspiró Pat—. Si vas a discutirme el pago del
coche, James, se lo compro a la competencia.
Él rio divertido.
—Ya hablaremos de eso, ¿te parece?
Gloria interrumpió la conversación para anunciar que Sam acababa de
llegar. El hombre entró en el despacho un minuto después, con aquella
sonrisa amable que siempre llevaba en su ya ajado rostro. Pat corrió a
abrazarlo, feliz de verlo.
—¿Cómo haces para estar cada día más bonita?
Pat rio. Adoraba a Sam desde el mismo instante, hacía ya siete años, en
que aquel hombre había abierto sus brazos para acoger bajo su manto a su
amigo en el peor momento de su vida. A sus setenta y tres años, era el tipo
más especial que había conocido nunca.
—Ahora uso ropa de mi talla —bromeó la chica, risueña.
—No, no es solo la ropa —opinó sin dejar de mirarla—. Hay una luz
especial en tus ojos. ¿Nos tomamos un café y me cuentas cómo se llama?
—¿Quién?
—¡La luz de tus ojos!
Pat rio. Aunque resultaba inquietante que el hombre pareciera decirlo en
serio.
—¡No tienes remedio, Sam! —intervino James con evidente diversión
—. Cómo te gusta hacer de casamentero.
—Calla, con ella tengo una posibilidad. —Sonrió el hombre.
—¿Eso quiere decir que ya dejaste a James por imposible? —Rio Pat.
—¡No caerá esa breva! —protestó su amigo, aunque sin dejar de sonreír.
Tanto Pat como Sam rieron.
—Algún día aparecerá la mujer que ponga la vida de Jamie patas arriba
—le dijo el hombre, convencido de ello—, pero mientras tanto puedo
centrar mis esfuerzos en otra parte.
—¿Y esa parte tengo que ser yo, Sam? —Fingió Pat quejarse.
—Eso no lo digo yo, sino tus ojos.
La chica se quedó perpleja. Y a punto estuvo de preguntarle, muy seria,
si de verdad podía ver algo diferente en ella, pero solo tuvo que mirar a
James para morderse la lengua. Sus amigos no debían enterarse de sus
sentimientos por Nick.
—¿Crees que tengo alguna posibilidad de que alguien se interese por mí,
con mi amigo Dober —Señaló a James— y su amigo Man, de perros de
presa?
—El hombre que te esté predestinado —le aseguró—, no se dejará
amedrentar.
—Deberías escribir esa frase —bromeó Pat un poco incómoda con la
conversación.
Por fortuna, Gloria entró en el despacho para pedirle a James su ayuda y
este se retiró unos minutos.
—Poneos cómodos, esto me llevará un rato —les dijo James antes de
salir por la puerta a toda prisa.
Ambos le hicieron caso y cogieron asiento en el mullido sofá.
—¡No para un segundo! —Rio Pat, refiriéndose a su amigo.
—Sí, me recuerda tanto a mí… —Sonrió Sam—. Hasta que la vida y los
años te van frenando. Pero reconozco que estoy muy orgulloso de él y todo
lo que ha logrado. Solo espero que algún día se pare también a valorar todo
eso a lo que se cierra en banda.
—Tendría que toparse con la horma de su zapato, Sam. —Rio—. Y no sé
si ha nacido la mujer que le baje los humos a ese diablo.
—Esa mujer está ahí fuera, Pat, en alguna parte —dijo convencido—. La
vida la pondrá en su camino cuando sea la hora. Ahora me preocupas tú,
niña.
Pat suspiró y decidió que no tenía sentido seguir negando lo que para el
hombre parecía ser tan evidente.
—Sam, no quiero que ni James ni Rob se enteren de esto.
—¿Te preocupa que quieran meterse en tu relación?
—No exactamente —suspiró—, porque no hay ninguna relación en la
que meterse, me temo.
—Pero hay alguien.
—Sí —admitió—, pero solo lo sabe mi prima Jennifer. Y así seguirá
siendo, porque eso no va a ninguna parte.
La tristeza asomó a sus ojos y dejó ver al hombre la angustia que bullía
en su interior.
—¿Y ese chico tiene algo que ver con el uso repentino de ropa de tu
talla?
Ambos rieron, aunque volvieron a ponerse serios poco después.
—El cambio fue cosa de mi prima y una de sus amigas —admitió—. Te
caería bien Jennifer, ¿sabes? Tiene una mente igual de aguda y afilada que
la tuya. La cuestión es que se empeñaron en que saliéramos de compras, y
la verdad es que se lo agradezco mucho.
—Se nota que te sientes muy cómoda con tu cambio, eso es importante.
—Sí —admitió con un gesto triste.
—¿Pero?
—Creí que mi cambio conseguiría… —se detuvo y dejó escapar un
lamento—. ¡Déjalo, Sam! Ahora me doy cuenta de lo absurdo que fue ni
siquiera pensarlo.
—En el amor nada es absurdo, Pat, si para ti es muy real.
—El problema es cuando solo es real para uno de los dos. —Sus ojos
comenzaban a dar muestras de cómo se sentía.
—¿Crees que él no te quiere?
Pat se acomodó un poco en el sofá, buscando la respuesta a aquella
complicada pregunta.
—Quererme, me quiere.
—Pero de manera diferente a como a ti te gustaría, ¿es eso? —La chica
asintió—. Quizá solo necesita tiempo para darse cuenta de lo que siente.
—O quizá soy una imbécil que quiere un imposible.
—En la vida hay muy pocas cosas imposibles, señorita —le dijo con una
sonrisa paternal—. Y que el hombre que tú elijas te ame con locura, no es
una de ellas. Tienes una luz especial, Pat, que habría que estar muy ciego
para no ver.
—Pues él lo está —se lamentó.
—Lo dudo —hizo una breve pausa y añadió en tono confidencial—:
Porque esa luz es visible incluso a través… del objetivo de la peor cámara
de fotos de la historia.
Sam rio por la mirada asombrada que la chica posó sobre él.
—¿Soy tan evidente? —terminó preguntándole, con una sonrisa
cohibida.
—No —rio Sam—, es que me temo que, para bien o para mal, yo soy un
experto leyendo en los pequeños detalles.
—No creo haberte dado detalles. —Sonrió con cierta curiosidad.
—Me has empezado diciendo que no quieres que Rob y James sepan
nada —le recordó—, y después me has asegurado que solo tu prima lo sabe.
En cualquier otra circunstancia, jamás te habrías dejado a Nicholas atrás si
no estuvieras hablando de él.
Pat lo miró con admiración.
—Eres increíble, Sam —admitió—. ¿Y no te sorprende?
—Lo que me sorprende es que hayáis tardado tanto en abrir ese frente.
—No te entiendo.
—Os he visto demasiadas veces juntos, Pat, y tengo muchos años.
La chica lo miró con el ceño fruncido.
—Creo que sigo sin entender.
Sam hubiera querido decirle que no había que ser muy hábil para ver el
aura que los envolvía cuando estaban juntos, o cómo se miraban el uno al
otro sin apenas ser conscientes de ello, pero no conocía los motivos por los
que Pat sufría, y él no quería ser el responsable de empeorar las cosas.
—No me hagas caso —terminó diciendo—. Es posible que empiece a
desvariar un poco, como te decía, tengo ya muchos años.
—¡Tú no has desvariado en tu vida, Sam! —Rio—. ¿Te has arrepentido
de lo que ibas a decir?
—Las opiniones de los demás a veces pueden ser muy dañinas —
admitió.
—¿Aunque te la pidan expresamente?
—Incluso así, sí.
—Pues dudo de que algo de lo que dijeras pudiera dañarme más de lo
que lo estoy —suspiró—. Quiero a un hombre al que no puedo tener y que
se empeña en recordarme cada día que solo somos amigos.
—¿Eso hace?
—Casi a diario, sí.
Sam sonrió, sospechando el motivo por el que Nick se empeñaba en
reafirmarse en aquello tan a menudo, pero esa opinión también prefirió
callársela.
—Quizá deberías mirar a otro chico, Pat.
Aquello era lo último que ella esperaba oír.
—¡Qué más quisiera! —admitió—. Pero no tengo ojos para nadie más.
¿Eso quiere decir que tú tampoco crees que tenga alguna posibilidad?
—No, yo no he dicho eso. —Sonrió el hombre.
—Pero me aconsejas que me enrolle con otro.
—Oye, que yo solo he dicho que lo mires —Rio divertido—, en ningún
momento he hablado de que se te vayan también las manos.
La chica guardó silencio, intentando atar los cabos que Sam se empeñaba
en darle sueltos. No tardó en hacerlo y lo miró sorprendida.
—Sam, ¿me estás aconsejando que intente darle celos?
—Quizá necesita un empujoncito. —Se encogió de hombros.
Pat se preguntó si podía tener razón. Y de repente recordó a Nick
echándole en cara su comportamiento con Ackerman, y una sonrisa de
asombro asomó a sus labios.
—Celos —susurró—. ¿Por qué no se me ha ocurrido antes?
Capítulo 12
Nick volvió a consultar su reloj, comprobando que eran cerca de las
ocho de la tarde. Llevaba ya un buen rato en el Oasis y ninguno de sus
amigos había aparecido aún. Miraba hacia la puerta con cierta ansiedad
cada vez que se abría, y se decepcionaba al no ver a nadie conocido.
Cuando James y Rob llegaron al fin, observó que la ansiedad no se
calmaba en absoluto. Finalmente, tuvo que admitir que era a Pat a quien
esperaba con los nervios de punta. Se había repetido cien veces aquel día
que debía comportarse con normalidad tras lo sucedido la noche anterior,
pero le preocupaba cómo se lo habría tomado ella. Le había enviado un
WhatsApp a media tarde para pasar a buscarla, pero la chica le había dicho
que lo vería en el Oasis, y no sabía cómo tomárselo.
—¿Pat no ha venido contigo? —le preguntó Rob, apostándose en la
barra.
—No la he visto.
—Supongo que estará todavía con Dannie —contó James.
—¿Y eso? —se interesó Rob.
—Dannie tenía que ir a ver una casa que quiere alquilar por esta zona.
Nick no salía de su asombro.
—¿Y qué pinta Pat viendo casas con ese tipo? —preguntó, con cierto
desdén.
—No sé, supongo que querría su opinión —dijo James, encogiéndose de
hombros.
—¿Y tú cómo sabes todo esto?
—Cuando salía a comer con Sam y Pat, llegaba Dannie para traerme un
pendrive —contó—. Y ya hemos comido todos juntos.
—¿Y se han ido a ver esa casa después de comer?
—Creo que tenía cita a las cinco.
Nick consultó de nuevo su reloj y frunció el ceño. Eran las ocho y diez.
—Pues ya han tenido tiempo de ver diez casas por lo menos.
—Relájate. —Rio James—. ¿Qué te pasa?
—Que no entiendo por qué este tipo tiene que llevarse a Pat a solas a ver
ninguna casa… —insistió—. ¿Cómo sabemos que es de fiar?
James y Rob se miraron entre sí con cierta inquietud.
—Parece majo —opinó Rob.
—Como la mayoría de los psicópatas.
—¡No me jodas, Nick! —protestó James—. ¿Tú te estás escuchando?
—Solo digo que, en realidad, no lo conocemos de nada.
Dannie y Pat escogieron aquel momento para hacer su aparición. Venían
riendo, divertidos, mientras intercambiaban impresiones.
—Ahí la tienes, sana y salva. —Sonrió James, levantado la mano hacia
los recién llegados para saludarlos—. Ya puedes estar tranquilo.
Pero Nick no sintió ningún tipo de alivio. Observó cómo Pat reía a
carcajadas por algo que Dannie le había dicho, y tuvo que apretar los
dientes. Al parecer, ella no había perdido un solo segundo de su tiempo
pensando en cómo encajar lo sucedido la noche anterior, y aquello le
molestó mucho.
—¿Cómo ha ido? —se interesó James tras saludarlos.
—Soy el flamante arrendatario de una preciosa casa en Kensington —
contó feliz—. Traigo hasta firmado el contrato.
—¿En serio? ¿No decías que eran reacios a alquilártela?
—Eso ha sido antes de conocer a mi encantadora prometida. —Señaló a
Pat con una sonrisa enorme.
La chica hizo una reverencia teatral y dejó escapar una carcajada.
—Menudo morro le ha echado aquí el colega —contó después, divertida
—. Cuando estábamos viendo la casa, la de la agencia ha comentado cuánto
le alegraba saber que tenía pareja, ya que habían estado a punto de no
concederle ni la visita porque los propietarios son muy tradicionales y
quieren a alguien que haya sentado la cabeza.
Todos escuchaban la historia con una sonrisa divertida. Casi todos.
—Y nada más terminar de decir aquello, escucho a Dannie decirle a la
mujer: «Lo siento si se me pasó decirte que estaba prometido, pero no me
pareció que pudiera ser importante».
Todos rompieron a reír.
—¿Y tú que has hecho?
—Algo así como… —Pat se agarró del brazo de Dannie y lo miró
sorprendida, fingiendo un tono de voz meloso y medio compungido—.
Cariño, ¿y aquello de que siempre me llevas en tu pensamiento?
—Y la tipa ha dicho al instante que eran dos meses de fianza por
adelantado —concluyó Dannie la historia.
Bromearon unos minutos más, hasta que Dannie terminó prometiendo
que daría una cena para todos en cuanto que hiciera la mudanza y estuviera
todo listo.
—¿Cómo está tu espalda? —le preguntó Pat a Nick cuando al fin pudo
hacer acopio de valor para mirarlo.
—Mejor —fue todo lo que le dijo antes de excusarse para ir al baño.
Pat se quedó perpleja, sin poder evitar mirarlo mientras se alejaba.
«¿Está enfadado?», se preguntó dolida. «¿Será por lo de anoche?». Ya no
pudo dejar de darle vueltas. Si aún no tenía bastante con tener que
controlarse para poder mirarlo sin derretirse, solo le faltaba que él pudiera
estar enfadado porque le echara la culpa de lo sucedido.
—¡Eh, chica Maiden! —le dijo Dannie, tras tenderle su bebida durante
unos segundos sin que ella reaccionara—. ¿Has visto un fantasma o qué?
Pat intentó sonreír, pero apenas si fue capaz de esbozar una simple
mueca. Cuando Nick regresó del baño, lo miró de reojo mientras él charlaba
con James.
«¡Qué guapo está!», se encontró pensando. El recuerdo de los minutos
que había pasado entre sus brazos la asaltó de nuevo sin remedio. Se sintió
tan acalorada que ahora fue ella quien tuvo que excusarse para ir al baño.
Nick la observó mientras se alejaba, con todo el disimulo de que fue
capaz, pero no se le escapó el hecho de que sus ojos no eran, ni de lejos, los
únicos que se posaban sobre ella. Era posible que no quedara un solo
hombre en el local que no se hubiera girado a mirarla.
—Entonces podemos quedar mañana para darle forma —dijo James.
—Por mí sí. Sin problema —aceptó Dannie.
—¿Nick?
—¿Qué?
—¿Cómo que qué? ¡Las fotos!
—¿Qué fotos?
—¡Coño, ¿dónde estabas?! —protestó James—. Estábamos hablando de
quedar los tres mañana para concretar lo de la web. ¿Puedes?
—No lo sé —dijo por el único placer de molestar—. ¿A qué hora?
James miró a Dannie.
—Yo me amoldo —dijo el chico, encogiéndose de hombros.
—¿No tienes que amueblar tu casa nueva ni nada? —le preguntó Nick
con acritud.
Todos lo miraron, sorprendidos por el tono.
Por fortuna, Dannie sonrió y dijo conciliador:
—Si quiero poder pagar el alquiler, tengo que darle prioridad al trabajo.
Nick suspiró.
—Venga, Nick, ¿a qué hora puedes tú? —insistió James, un tanto
asombrado por el comportamiento de su amigo. No sabía qué le pasaba,
pero no era nada normal en él ser tan antipático.
—¿A las once? —Terminó dando su brazo a torcer.
Una vez más, James miró a Dannie, que aceptó con un gesto.
—Vale, pues a las once —cerró James.
En cuanto que tuvo oportunidad y Rob distrajo a Dannie, James se apoyó
en la barra junto a Nick.
—¿Vas a contarme qué te pasa? —le preguntó, haciéndole un gesto a
Boss para que le sirviera otra bebida.
—¿Por qué crees que me pasa algo?
—¿Porque estás encabronado desde que hemos llegado?
—No es verdad.
—¿Qué tienes contra Dannie?
Nick ahora sí lo miró.
—Nada. Casi no lo conozco —dijo, irritado por la pregunta.
—Vale. Hazte el sueco, si quieres —aceptó James—, pero dime si vas a
poder trabajar con él.
—Te repito que no tengo nada contra Dannie.
Pat se unió a ellos de nuevo en aquel momento. Como Dannie estaba
apoyado en la barra, le tendió su bebida y la chica le dio las gracias con una
sonrisa.
—¿Estás seguro? —insistió James—. Necesito que esto salga bien.
Nick ya no contestó, se limitó a hacerle un gesto de asentimiento con la
cabeza.
Después, se trasladaron a la zona de la mesa de billar y la tensión pareció
disiparse un poco.
Pat seguía muy inquieta porque tenía la sensación de que Nick estaba
distante con ella, y no podía dejar de preguntarse si tenía algo que ver con
aquel beso. Quince minutos más tarde ya no podía soportar la situación, así
que siguió a Nick hasta la barra a la primera ocasión.
—Pídeme otra coca cola, por fa —le pidió con una sonrisa que esperaba
no transmitiera su nerviosismo—. Casi no hemos podido hablar hoy.
—Es verdad, ¿qué tal el día? —se interesó, mirándola a los ojos.
—Bien.
—Has estado ocupada.
—Sí, no he parado. —admitió—. He comido con James y Sam.
—Y Dannie —agregó Nick con una sonrisa—. Sí, ya lo sé.
Pat sonrió, al parecer él no estaba enfadado.
—¿Ya has elegido las fotos de los cachorros?
—¿Sin ti? —Sonrió Nick—. No se me ocurriría.
A Pat le tranquilizó mucho aquella respuesta. Al parecer, el Nick distante
solo había estado en su cabeza.
—Eso espero —bromeó divertida—. Porque ambos somos los papás
adoptivos de esos cachorros.
«Joder, Pat, ¿por qué se te escapan estas cosas constantemente?», se
regañó, pero Nick no pareció darle importancia.
—Pues en estos días buscamos un hueco para ponernos con nuestros
bebés. —Sonrió el chico—. ¿Te parece?
—¿Mañana?
—No, yo… tengo unos días complicados con otros trabajos urgentes.
Pat lo miró un tanto asombrada. Conocía demasiado bien a Nick como
para no saber cuándo estaba mintiendo, pero no dijo nada.
—¿Qué os pongo? —les preguntó una chica de unos treinta años desde
detrás de la barra.
—¡Anda! —dijo Pat con una sonrisa sorprendida—. A ti no te conozco.
—Ayer libré, pero llevo casi un mes trabajando aquí. —Sonrió la
simpática camarera.
—He estado fuera justo ese tiempo —contó Pat—. Pues encantada. Nos
veremos casi a diario.
—¡Genial! Ya voy conociendo a todos. —Miró a Nick con una sonrisa
pícara—. Aunque a algunos mejor que a otros.
Pat se obligó a no borrar la sonrisa de la cara. ¿Qué demonios había
querido decir con aquello? ¿Y por qué parecía que Nick estaba un tanto
avergonzado?
—Dos coca colas —dijo el chico como único comentario.
—¿Solas? —insistió la camarera con sorna.
Nick le devolvió una mirada irritada.
—Con hielo, si no te importa.
La chica se alejó para preparar la bebidas, y Pat no habría podido
quedarse callada ni aunque su vida hubiera dependido de ello.
—¿De qué iba todo eso? —le preguntó sin dilación.
—¿El qué?
—Venga, Nick —Forzó una sonrisa enorme—, no te hagas el tonto.
¿Qué has tenido con esa camarera?
Le estaba rompiendo el alma fingir que no le importaba, pero necesitaba
saberlo. Quizá se habían conocido hacía unos años…
—Nada que merezca la pena reseñar —dijo intentando sonar normal.
—¿Dónde la conociste? —insistió entre risas.
—Pat…
—Cuéntamelo.
—No hay nada que contar.
Pat miró a la chica, después a Nick, que parecía un tanto irascible y no
entendía el motivo, y terminó tomando el camino del medio. Cuando la
camarera puso las bebidas frente a ellos, le dijo:
—Cuéntamelo tú.
Nick miró a Pat como si se hubiera vuelto loca.
—¿Qué? —le preguntó la chica con una sonrisa divertida.
—Soy su mejor amiga y hay muy pocas cosas que Nick no me cuente —
le dijo con una cordialidad engañosa—. Así que quiero saber por qué es
reticente a decirme de qué te conoce.
La camarera dejó escapar una enorme carcajada y se apoyó en la barra
para charlar con Pat con un gesto confidencial.
—¡Oh, venga ya! —protestó Nick al instante—. ¿En serio vais a hablar
de mí en mi cara?
Pat lo ignoró por completo.
—Yo creo que se siente avergonzado —le dijo a la chica.
—Y quizá tenga motivos…
—Eso suena interesante. —Rio Pat de nuevo, sin poder dejar de ahondar
en la cuestión, incluso a sabiendas de que quizá sería mejor dejarlo ahí—.
¿Qué pasó?
—Una noche nos enrollamos en aquel sofá de allí. —Señaló hacia una
de las mesas del fondo.
Pat tomó aire con lentitud, intentando fingir normalidad. Sabía que iba a
escuchar algo así desde el principio.
—Y todo iba muy bien hasta que me llamó por otro nombre.
—¡No! —Aquello sí que no se lo esperaba.
—Como lo oyes. —Rio—. En pleno calentón.
—Vale, muy divertido —interrumpió Nick, molesto, y miró a Pat—.
¿Podemos irnos?
Pat volvió a ignorarlo.
—No me extraña que esté avergonzado.
—En su defensa debo decir que llevaba dos o tres whiskies de más —
siguió contando la chica—, y quizá me aproveché un poco de la situación.
Aquello sí sorprendió a Pat, Nick no era de los que solía pasarse con la
bebida.
—Al principio yo estaba encantada. No paraba de besarme y susurrarme
cuánto me deseaba y que lo estaba volviendo loco…, hasta que pronunció el
nombre de otra mujer.
Pat estaba alucinada.
—¿Y qué hiciste?
—¿Qué podía hacer? —Sonrió, y susurró solo para Pat—: Está cañón,
pero ser consciente de que en realidad no era a mí a quien besaba me cortó
el rollo.
—Normal. —Rio Pat.
—Puesto que tenéis la poca vergüenza de hablar de mí en mi cara —
interrumpió Nick—, al menos tened la decencia de hacerlo en alto.
Las dos chicas rieron. Para Pat aquello había sido un respiro. Saber que
la cosa no había pasado de unos cuantos besos era tolerable.
—¿Podemos volver con estos ya? —insistió Nick.
—Vete tú, si quieres, yo ahora voy.
—No, te vienes conmigo.
Pat lo miró con una sonrisa preocupada. Parecía seguir muy tenso,
aunque entendía que no le hubiera gustado aquel intercambio de
información. Puede que se mereciera que le pidiera disculpas más tarde. En
su empeño por enterarse de lo sucedido, quizá se había excedido un poco.
—Vale —aceptó Pat, y miró a la chica—. Pues nos veremos a diario.
¿Solías venir mucho antes de trabajar aquí?
—No había venido nunca.
Pat no pudo disimular su estupor.
—¿No? Menos el día que sucedió todo lo que me has contado, supongo.
—Eso fue en mi primer día de trabajo —aclaró—. Mi primer viernes
aquí.
Aquello sí fue como un puñetazo en la boca del estómago para Pat.
Aquel, precisamente, fue el día en que ella se había marchado a Boston.
—Pues te estrenaste bien —dijo. Y le costó la misma vida sonreír,
cuando solo tenía ganas de salir corriendo de allí—. En fin, una anécdota
que voy a recordarle siempre.
—No sé si te va a dejar. —Rio la camarera—. Parece enfadado.
—Se le pasará. —Hizo de tripas corazón para terminar aquella
conversación con cordialidad—. Por cierto, soy Pat.
La camarera guardó silencio unos segundos, sin dejar de sonreír.
—Ahora es cuando tú me dices tu nombre —insistió Pat.
—Sí, perdona. —Miró a Nick con una sonrisa burlona, que solo él
entendió—. Me llamo Chris.
—Nos vemos, Chris.
Pat se dejó arrastrar por Nick de regreso a donde estaban sus amigos,
pero ella se excusó para ir al baño.
Cuando al fin estuvo a solas, dejó escapar el quejido que le atenazaba el
pecho. Recordó el día que había viajado a Boston. Apenas había podido
dejar de llorar en todo el vuelo, arrancando miradas preocupadas de todos
los pasajeros. Estaba hecha polvo, poniendo distancia para poder soportar el
dolor, ¿y él se enrollaba con otra nada más subirse al avión?, ¿podía estar
más descompensada aquella relación?
«¡Soy una imbécil de campeonato!», se dijo, intentando frenar las
lágrimas. «Ni me ve ni me verá nunca. Daría igual con cuántos hombres
intentara ponerlo celoso, la mujer no le importa nada, solo quiere a la
amiga».
Necesitó varios minutos para poder regresar con sus amigos y fingir que
todo estaba bien. Solo tenía que aguantar un poco hasta que pudiera
despedirse y marcharse a casa, pero se cuidó mucho de no mirar a Nick.
—Empezaba a estar preocupado —le dijo nada más verla.
—Me ha llamado mi prima —mintió—. Ya sabes que en el baño casi no
se oye la música.
—¿Sigue estando mal?
—Sí.
—Pues lo siento por ella, pero dime que no vas a irte de nuevo a
Boston…
Pat tuvo que tragar saliva y morderse la lengua, en sentido literal, para
no gritarle a la cara que él había aprovechado muy bien su ausencia.
—Pues no lo descarto.
—¿Es una broma?
—¿Y a ti que más te da? —dijo irritada. De repente estaba muy enojada
con él. Quizá era un enfado absurdo e inútil, pero no podía evitarlo.
El resto de chicos bromeaban a su alrededor, ajenos a todo. Parecían
estar divirtiéndose, así que se sentía muy culpable por tener que cortarles el
rollo a alguno de ellos para que la llevara a casa.
—¿No estás muy seria? —le dijo Rob, pasándole un brazo por encima de
los hombros.
Pat hubiera dado cualquier cosa por poder contárselo. Y terminaría
haciéndolo en algún momento, seguro, pero no en aquel.
—No me encuentro bien —confesó.
Nick la miró sorprendido.
—¿Por qué no me lo has dicho? —le preguntó de inmediato—. ¿Te llevo
a casa?
Aquello era precisamente lo que Pat quería evitar; que Nick fuera quien
la llevara a casa.
James y Dannie se sumaron a la charla.
«Genial, ahora tengo que mentirles a todos», se regañó.
—¿Ves por qué quiero un coche? —dijo, pesarosa, mirando a James—.
Si lo tuviera en la puerta, no tendría que molestaros a ninguno para que me
llevarais.
—¿Desde cuándo quieres un coche? —preguntó Nick asombrado.
—Desde esta mañana —dijo con sequedad—. Para eso he ido a ver a
James.
—Ah, qué bien. —Nick parecía desconcertado—. Pues si no te van a
matricular el coche en la próxima media hora, ¿te llevo yo a casa?
Pat sabía que Nick estaba enfadado por no habérselo contado antes, pero
aquello le importaba un comino en aquel momento.
—Esperaré un poco —terminó diciendo Pat.
—¿Seguro que aguantas? —le preguntó James, preocupado—. Es verdad
que tienes mala cara.
—Aún tengo carrete. —Intentó sonreír.
—¿Seguro? —Rob le puso la mano en la frente para comprobar su
temperatura.
—¡Que sí, mami! —Terminó riendo Pat—. No soy una muñeca de
porcelana.
Rob se alejó unos metros junto a James para efectuar su tiro en el billar.
—No se nos ocurriría ni pensarlo, chica Maiden. —Rio Dannie—.
Alguien capaz de agujerearse el ombligo, es que tiene mucha fuerza.
Pat no pudo evitar reír. Aquella tarde, cuando estaban visitando la casa,
Pat se había apoyado sobre una estantería para desenganchar unas cortinas y
se había hecho daño en el piercing del ombligo. Dannie lo había visto
mientras ella comprobaba la zona y, para su diversión, se había mareado y
había tenido que sentarse, pálido como la cera.
—Pues más fuerza que algunos hombres, visto lo visto —bromeó Pat.
Dannie le hizo un gesto divertido, pidiéndole silencio, y la chica rio de
nuevo.
—¿Qué pasa? —protestó Dannie—. ¿Qué hemos hablado de mi
reputación?
Pat agradeció el haber podido desconectar de sus problemas unos
minutos. Se sentía un poco mejor ahora. Miró a Nick de reojo, que tenía los
ojos fijos en la mesa de billar y parecía ajeno a todo lo demás.
—¿Te llevo a casa? —le preguntó él un par de minutos después con una
expresión seria.
Pat suspiró. No podía enfrentarse a un solo segundo de soledad con Nick
en aquel momento. No estaba segura de poder controlar sus emociones.
—No te preocupes —dijo—. Aguanto un rato.
—¿Seguro?
—Sí.
—Pues yo no.
Sin añadir una sola palabra más, anunció que se marchaba y desapareció.
Pat lo observó salir del bar, totalmente perpleja.
Capítulo 13
Pat llevaba mucho rato moviendo sus macarrones de un lado para otro
del plato sin llevarse uno solo a la boca. Perdida en sus pensamientos, no
dejaba de darle vueltas al comportamiento de Nick el día anterior. Jamás se
había ido del Oasis de aquella manera tan repentina. Y ya no sabía si estaba
enfadado por el beso, porque ella hubiera insistido en hablar con Chris o
porque no le hubiera dicho que pensaba comprarse un coche.
«¡Y yo tengo mucho más derecho que él a estar enfadada!», se dijo,
irritada, soltando el tenedor en el plato de forma brusca.
—¿Cuándo vas a contarme qué te está pasando, Pat? —le dijo su madre,
ya con un gesto de preocupación.
Pat la miró con cierta culpabilidad, entendía que estuviera preocupada.
Siempre habían tenido una relación muy cercana, y, por normal general, era
la primera persona a la que pedía consejo, pero aquel tema con Nick… le
estaba costando confesarlo. Aunque quizá no hubiera mejor momento que
aquel. Ambas estaban comiendo solas, puesto que su padre, médico
internista, tenía guardia en el hospital aquel día.
—Mamá…
—No se te ocurra decirme otra vez que no te pasa nada, por favor —le
rogó—, porque ya he hecho la vista gorda demasiado tiempo, pero
empiezas a quitarme el sueño.
Pat suspiró. Quizá podía tranquilizarla un poco sin contarle todo.
—Lo siento —empezó diciéndole—. Solo estoy…
Casi no podía expresarlo en palabras.
—¿Enamorada? —terminó su madre por ella—. Eso ya lo sé.
La chica la miró sorprendida.
—Pero ¿qué está fallando para que estés tan triste? —le preguntó sin
poder evitar sonreír con ternura al verla tan descolocada—. ¿No deberías
estar viviendo lo mejores días de tu vida?
—Es que no es tan fácil —decidió confesar—. Yo lo amo, pero él no
siente lo mismo que yo.
Aquella era la segunda vez que confesaba en alto que estaba enamorada.
Y admitir en la misma frase que él no la amaba era una sensación extraña y
amarga. Sus ojos no tardaron en dar muestras de cuánto le dolía.
—Pat, si es tan tonto como para no darse cuenta de lo que se pierde —le
dijo, tomándola de la mano—, no se merece una sola de tus lágrimas.
—Pero duele, mamá. —Rompió a llorar—. Duele mucho.
—Lo sé, mi amor.
Esther recortó la distancia y abrazó a su hija, con los ojos también
húmedos. Así estuvieron hasta que el llanto de Pat fue cesando.
—A veces una buena llantina obra milagros. —Sonrió Esther—. Se
queda una de a gusto…
—Pues yo debería estar ya en la gloria.
Ambas sonrieron.
Cuando iban a recoger la mesa, el timbre de la puerta las sobresaltó.
—¡Vaya horas de visita!
Esther se acercó a la ventana, apartó las cortinas del salón y se asomó
para ver quién era.
—Es Nick, ¿habías quedado con él? —le preguntó extrañada.
—¿Nick? —Pat se puso en pie de forma abrupta mientras se limpiaba las
lágrimas con premura—. No puede verme así, mamá.
—Pero…
—No, tienes que entretenerlo un poco —le pidió—. Voy al baño a
lavarme la cara.
Intentó salir tan rápido que se tropezó con la silla y a punto estuvo de
irse de boca al suelo. Su madre la ayudó a estabilizarse para no caer.
—¡Ay, Pat! —suspiró Esther, mirándola con un gesto perspicaz.
Pat fue consciente de que con su actitud acababa de confesarle a su
madre quién era el chico del que le hablaba.
El timbre volvió a sonar.
—Ve a lavarte un poco —la apremió—. Lo entretendré.
Esther suspiró cuando vio a su hija correr como una loca hacia el baño.
De alguna forma siempre había esperado que llegara aquel momento, pero
no que no fuera recíproco.
Le abrió la puerta a Nick con una sonrisa de bienvenida. La relación
entre ellos siempre había sido muy buena. Charlaron de forma animada
hasta que Pat se personó de nuevo en el salón.
—Si te apetecen macarrones, no te cortes —fue lo último que le dijo
Esther al chico antes de quitarse de en medio, alegando tener que hacer esa
llamada que tenía pendiente.
Nick esperó a que la mujer saliera del salón antes de poner los ojos sobre
Pat. La chica tenía una expresión extraña.
—¿Pasa algo? —le preguntó Pat, sin ocultar su curiosidad por la visita
—. No te esperaba.
—Quería saber si te encontrabas mejor —empezó diciendo Nick.
«Haberme escrito un WhatsApp», estuvo a punto de decirle; pero se
contuvo a tiempo. No quería corresponder su preocupación siendo una
borde.
—Sí —mintió—, supongo que ayer solo estaba cansada. ¿Cuál es tu
excusa?
Nick suspiró. Sabía que Pat no era de las que se andaban por las ramas.
—¿Vas a contármelo? —insistió.
—No hay mucho que contar —dijo Nick, tras pensarlo unos segundos—.
Me sentaron mal algunas cosas y preferí marcharme.
—Ya.
—Pero no puedo estar enfadado contigo, Pat —admitió—. No me siento
bien. Así que prefiero hablarlo y solucionarlo. Siento haberte dejado tirada.
¿Quién te trajo a casa?
—Rob.
Él asintió complacido.
Pat le señaló el sofá para que tomara asiento, pero Nick declinó la oferta
y se quedó de pie. Parecía nervioso. Ella rogó para que aquello no tuviera
nada que ver con el beso. En aquel momento estaba demasiado baja de
ánimos; sí tenía que volver a escuchar que solo podían ser amigos, no lo
soportaría sin derrumbarse.
—Nick, no te oculté lo del coche aposta —le dijo sin esperar a que él
hablara.
—No me enfadé por eso, aunque sí me sorprende que no me hayas dicho
nada.
—Lo decidí en un arrebato —contó—. Entonces, ¿esto es por lo de la
camarera, la tal Chris?
Nick dejó escapar un suspiro antes de añadir.
—No estuvo bien.
—Lo sé —admitió Pat—. Y te pido disculpas.
Tuvo que morderse la lengua de forma literal. No podía explicarle por
qué había sentido la necesidad imperiosa de enterarse de qué le estaba
ocultando, y mucho menos debía dejar salir el daño que saberlo había
terminado infringiéndole.
—No entendía por qué no querías contármelo —añadió como única
explicación.
—Pero debiste respetar que no quisiera hacerlo.
—Lo sé —aceptó—. Y salvo mis disculpas, no sé qué más quieres que te
diga.
—Con que no vuelvas a hablar de este tema con ella, me sirve.
—Hecho —admitió—. No tengo ningún interés en seguir ahondando en
eso. Tus rollos no me competen.
Sabía que había sonado un poco dura, pero le era imposible suavizar el
tono al hablar de aquello. Era consciente de que no tenía derecho a
enfadarse, pero se la llevaban los demonios cada vez que pensaba en ello.
—¿Qué más? —le preguntó intentando relajarse un poco.
Nick la miró sin entender.
—Has dicho que te molestaron varias cosas —le recordó.
—No…, era solo una forma de hablar.
«¿Por qué parece nervioso de nuevo?», se preguntó Pat intentando
olvidarse de la tal Chris.
—Bueno, ahora las buenas noticias.
—¿También hay de esas? —La chica intentó sonreír—. ¡Vaya, qué visita
más productiva!
—Ackerman me ha llamado a primera hora de la mañana —le contó—.
El Resort abre sus puertas la semana próxima. Necesita ya ese reportaje.
A Pat aquella noticia la pilló desprevenida. No sabía si le alegraba o le
aterraba la idea.
—¿Ya?… ¿Y para cuándo es ya? —preguntó nerviosa.
Nick tampoco parecía muy contento con la idea.
—Pasado mañana.
—¿Pasado mañana? —gritó con voz ahogada.
—Al parecer abren todo para unos cuantos elegidos —contó—, para
probar las instalaciones antes del llenazo de la apertura oficial.
—¿Y no podemos esperar nosotros a esa apertura?
—Eso mismo le he dicho yo, pero ha insistido en que trabajaremos
mejor sin tanta aglomeración de gente.
Aquello era cierto, eso era evidente, pensaba Pat mientras se mordía el
labio de forma distraída.
—¿Y todo ese trabajo urgente que tenías acumulado? —recordó la chica
—. ¿Puedes posponerlo?
—Voy bastante adelantado.
Nick la observó con detenimiento durante unos segundos.
—Pat…, ¿tienes algún problema con lo de Monterrey? —le preguntó.
—No —negó al instante.
«…Salvo por el hecho de que va a ser un infierno absoluto estar en el
puñetero jardín del Edén contigo y fingir que no quiero pecar cada cinco
minutos…».
—Pues nadie lo diría.
—Es solo que me parece algo precipitado.
—Sí, te juro que intenté retrasarlo.
«Hasta el punto de discutir con Ackerman», recordó, pero aquello
prefirió no decírselo. Si ella le preguntaba por qué estaba tan deseoso de
retrasar aquel viaje, tendría que volver a mentir alegando un exceso de
trabajo que en realidad no tenía, y que solo había inventado para alejar la
tentación hasta estar seguro de que sería capaz de contenerse.
Pat no sabía que más podía agregar. No se le ocurría ninguna excusa para
negarse a irse con él al paraíso, porque en el fondo sabía que en realidad se
moría de ganas de ir.
—Ackerman insiste en que empecemos con el reportaje el viernes a
primera hora —le contó—. Hacen una apertura de puertas especial a eso de
las diez. Y puesto que tenemos un trecho hasta Monterrey…
—Tendríamos que salir mañana —terminó por él.
Nick asintió.
—Pues retiro lo de precipitado, ¡es una puta locura!
—¿Tienes algo mejor que hacer? —le preguntó, un poco molesto ya por
tanta reticencia.
—Pues para empezar…, tengo que comprarme un bañador.
Aquello era lo último que Nick esperaba escuchar. No pudo evitar soltar
una carcajada divertida.
—¿No irás a decirme que no te sirve ninguno del año pasado?
—Nick… —Lo miró muy seria—, en un sitio así, se estrena bañador.
—Te recuerdo que vamos a currar.
—¿Y? ¿Me piensas esclavizar?
«Uf, ha sonado raro, casi que no me importaría…», se dijo, acalorada.
—Podremos disfrutar un poco también, ¿no? —insistió.
«Vale, Pat, igual deberías callarte ya».
—Sí a todo —le dijo Nick divertido.
—¿A lo de esclavizarme también? —bromeó.
Pero se le aceleró el pulso cuando él la miró muy serio y agregó:
—Si digo todo, es todo.
Pat tragó saliva y tuvo que desviar la miraba. Estaba segura de que su
rostro debía dar muestras claras de lo que le provocaba solo el simple hecho
de imaginarse… siendo su esclava.
—Si te parece, llamaré a Ackerman esta tarde para confirmar con él los
detalles.
La chica asintió.
—Te veo en el Oasis luego —le indicó Nick—. Y concretamos todo.
¿Paso a buscarte?
—No es necesario.
—¿Y eso? —se interesó—. ¿Has quedado?
«Sí, con mi tarjeta de crédito en el centro comercial», se dijo divertida.
Tenía toda la intención de comprarse el bikini más sexi que se hubiera
diseñado aquella temporada. Pero él no tenía por qué saberlo.
—Tengo que hacer algunas compras para llevarme —dijo con una
sonrisa.
—¿Lo ves necesario?
—En algo tendré que gastarme la cantidad ingente de dinero que me
pagas por estorbarte en los reportajes.
Nick rio. Pat siempre se quejaba por aquello. Solía protestar cada vez
que recibía su pago, cuando en realidad ella estaría encantada de hacerlo
solo por amistad y amor… a la fotografía.
—¿Alguna vez te he dicho que trabajaría contigo gratis? —insistió Pat.
—¿Quieres llevar lo de la esclavitud al sentido literal?
Pat fingió sopesarlo y lo miró con picardía.
—¿Puedo pensármelo?
La mirada que Nick le devolvió estuvo a punto de hacerle gritar que ya
lo había pensado y estaba más que dispuesta a ser su esclava.
—Pues eso, que tengo que hacer compras —le dijo en su lugar, con la
garganta repentinamente seca.
—¿Como por ejemplo?
—Crema solar. —Se le ocurrió—. ¿No querrás que me ponga como un
cangrejo?
«Y voy a encargarme de que me la untes por la espalda a cada hora del
reloj», sonrió ante la idea.
—Bien pensado —admitió Nick—. Compra un bote grande, yo también
me quemo con facilidad.
«No babees, Pat. Déjalo para cuando le estés embadurnando de
crema…».
Cuando Nick se marchó, aún le costó un minuto dejar de sonreír como
una idiota. Su madre se unió a ella de nuevo, sin disimular también una
sonrisa divertida.
—¿Tienes más apetito ahora? —bromeó la mujer—. ¿Te caliento los
macarrones?
Pat suspiró y miró a su madre con un gesto preocupado, aunque sin
poder borrar del todo la sonrisa.
—No sabía cómo decírtelo.
—Me alegro de saberlo, por fin —admitió Esther—. Y, no te enfades,
pero estaba preocupada y me he asomado a ver que tal iban las cosas —
confesó—. No he podido evitar escuchar el último retazo de conversación.
Pat, lejos de enfadarse, se encogió de hombros.
—Pues no habrás sacado mucho en claro —suspiró Pat—. Seguimos
siendo dos amigos quedando para hacer fotos.
—¿En serio? —Rio la mujer—. Pues menos mal que me lo aclaras,
porque hubiera jurado que erais un hombre y una mujer tonteando.
Recibió una mirada confusa, que le arrancó un suspiro de ternura.
—Debo de haberme equivocado —insistió Esther.
—¿Tonteando?
—En mis tiempos se llamaba así.
—En tus tiempos se lavaba la ropa a mano. —Rio Pat.
—¡Eh! ¡Será posible! —protestó, fingiendo estar ofendida. Ambas rieron
divertidas, hasta que Esther abrió los brazos y Pat se acurrucó en ellos.
—Mi estado de ánimo no debería depender de él, mamá —se quejó—.
No es justo.
—Oh, l´amore, no todo es tan bonito.
—Una mierda, eso es lo que es —se quejó.
Esther dejó escapar una carcajada.
—Pero seguimos yéndonos de compras, ¿no? —le dijo la mujer.
A Pat se le iluminó la cara.
—¿Vendrías conmigo?
—¿Lo dudas? —Rio complacida—. Eso sí, me tienes que prometer una
visita a la sección de lencería. Necesito un par cosillas que…
—¡Mamá!
—¿Qué?
—¡No quiero escucharlo!
—Pero a tu padre le gusta el encaje.
—Ay, Dios, ¡qué vas a crearme un trauma!
Las carcajadas se escucharon en toda la casa.
Capítulo 14
Cuando James entró en el Oasis aquella tarde, se encontró a Rob
apoyado en la barra echándole un vistazo a la muñeca de Boss, que no
ocultaba un gesto de dolor.
—¿Qué pasa? —preguntó James tras saludar—. ¿Te has lesionado otra
vez?
—Sí, tengo que dejar de creerme Stallone —se lamentó el camarero—.
Levantar las cajas de cerveza de tres en tres no ha sido mi idea más
brillante.
—Pues da gracias a que la muñeca te ha salvado de algo peor. —Rio
Rob—. La última vez estuviste un mes sin poder enderezarte.
Siguió revisando la mano con cuidado, comprobando el alcance de la
lesión.
—Aunque siento decirte que va a ser necesario inmovilizarla un par de
días.
—¡Pues qué fastidio! —se quejó—. ¿Y puedes hacerlo tú?
—Sí, pero prefiero que lo haga Pat —le dijo—. Ella es experta en
inmovilizaciones, y no tardará en llegar.
Rob le indicó que le harían falta un par de cosas de la farmacia, y el
camarero se ausentó para buscar papel y lápiz.
—¿Cómo ha ido esta mañana con lo de la web? —le preguntó Rob a
James, volviéndose a mirarlo.
James dejó escapar un suspiro resignado antes de hablar.
—Pues no sé qué decirte. Ha sido… raro.
—¿Y eso?
—A ratos ha fluido la energía y parecía que íbamos avanzando —explicó
—. Y había otros en los que se podía cortar el ambiente con un cuchillo.
—¿No se llevan bien?
—Pues entre tú y yo, Rob, creo que últimamente Nick no se lleva bien
con nadie —opinó—. No sé qué demonios le está pasando.
—Sí, está un poco irascible, ¿verdad? —James asintió—. Será por algo
de trabajo.
—Puede ser. Esta mañana le ha llamado el tipo de la reserva —contó—.
Y han tenido un pequeño enfrentamiento por las fechas de las fotos del
Resort. Nick quería aplazarlo unos días, pero cuando ha colgado me ha
pedido que le preste un coche para llevarse a Monterrey mañana mismo, así
que supongo que ha tenido que tragar.
—¡Pues estará que trina! —opinó Rob—. Suele llevar mal las
imposiciones.
Pat se unió a la conversación en aquel instante. Los saludó de forma
efusiva, con una sonrisa enorme en los labios.
—¿De dónde vienes? —le devolvió Rob la sonrisa—. Pareces contenta.
—Pues he pasado una tarde estupenda de compras con mi madre —
contó—. Hacía tiempo que no nos lo pasábamos tan bien juntas.
—Tu madre es genial —dijo James, con una expresión de cariño—. ¿Y
habéis comprado muchas cosas?
A Pat debieron de ponérsele rojas hasta las orejas, pero ocultó su
turbación buscando el paquete de chicles dentro de su bolso.
—Un par de cosas que me hacían falta para lo de Monterrey —contó,
fingiendo no encontrar lo que buscaba.
Boss se acercó a saludar a Pat, y Rob aprovechó para darle su opinión
con respecto a la muñeca del camarero. La chica se ofreció a acompañarlo
para comprar todo lo necesario.
Cuando salieron de la farmacia, optaron por cruzar la calle y sentarse en
el primer banco que estaba al otro lado. Desde allí, Boss podía divisar la
puerta del bar por si había algún problema, y Pat revisar la muñeca con algo
más de luz. Estudió la lesión con atención y le indicó que estaba de acuerdo
con la opinión de Rob.
—¿Crees que tendré que tenerla inmovilizada muchos días? —le
preguntó el chico un tanto preocupado.
—No, solo par de ellos o tres —opinó Pat—. Lo que no quiere decir que
al cuarto día puedas hacer el tipo de burradas a las que estás acostumbrado,
que nos conocemos.
Boss rio divertido.
—¿Quieres que le pida a Chris que cambie ella los barriles de cerveza?
—¿Y por qué no? ¿Es manca?
El chico volvió a reír.
—No, pero yo soy un caballero.
—Uy, Boss, entre la caballerosidad y el machismo hay una línea muy
fina —le dijo divertida—. Mejor no nos metamos en ese berenjenal, me
temo que no vamos a ponernos de acuerdo.
Ambos dejaron escapar una carcajada divertida.
—Mira, Nick está entrando ahora —le dijo el chico, levantando la mano
desde lejos para saludarlo. Pero Nick no le devolvió el saludo y se perdió
dentro del bar—. Hubiera jurado que nos ha visto…
A Pat le comenzaron a temblar hasta las pestañas. Se esforzó por hacer
un buen trabajo con la inmovilización, y quince minutos más tarde
regresaron al Oasis.
De forma automática buscó a Nick con la mirada, pero no estaba con sus
amigos. Supuso que habría ido al baño.
—Esta chica vale oro —les dijo Boss nada más entrar y llegar hasta ellos
—. Lo mismo te da un masaje que te cambia un barril de cerveza.
Pat dejó escapar una sonora carcajada.
—Si tienes ganas de bromear, es que ha cedido el dolor —le dijo Rob
divertido.
—Casi por completo —admitió—. Voy a aprovechar para mover unas
cajas.
—¡Te mato! —le gritó Pat, fingiendo golpearlo.
Boss se alejó de allí sin dejar de reír.
—¡Estás más loco…! —le gritó Pat mientras se alejaba—. ¿Y Nick?
—Pues entró, saludó, fue al baño y nunca más regreso. —Señaló James
hacia el fondo del local con una sonrisa—. Claro, que no lo culpo.
Pat miró hacia donde James señalaba y se le congeló la sonrisa en los
labios. Nick estaba junto a la puerta del baño charlando con una rubia
despampanante, y se los veía muy acaramelados.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Rob, preocupado, cuando se giró
de nuevo hacia ellos.
—Sí. ¿Por qué? —Se esforzó por contestar con una sonrisa.
Y, por fortuna, Dannie escogió aquel momento para aparecer. Si su
llegada no los hubiera distraído, era probable que jamás hubiera logrado
esconder sus sentimientos. En aquel momento estaba demasiado desolada.
—¿Qué tal, chica Maiden? —le dijo Dannie, dándole un golpecito en el
hombro para llamar su atención—. Hoy no toca saludar, ¿o qué?
Pat le sonrió, pero no agregó nada. No creía poder hacerlo aún.
«Y yo comprándome bañadores y… todas esas cosas con encajes», era
en lo único que podía concentrarse. Quería gritar de pura rabia contra sí
misma por ser tan imbécil. Y, para más bochorno, por más que intentaba no
mirar en aquella dirección, no lo conseguía. A la rubia comenzaban a írsele
las manos…, y ella empezaba a desfallecer.
—¿Te encuentras bien? —terminó preguntándole Dannie.
La chica asintió.
—¿Seguro?
—Claro —insistió, esforzándose por sonar normal—. Oye, ¿damos un
paseo? Hace calor aquí dentro.
—¿Quieres que salgamos a tumbarnos un rato en el césped? —le ofreció
James.
—Prefiero caminar —mintió—. ¿Quién se viene conmigo?
—Yo —dijo Dannie—. Llevo demasiadas horas sentado al pc, no me
vendrá mal estirar un poco las piernas.
Se despidieron y salieron del pub.
—Nosotros en algún momento tendremos que plantearnos hacer algo de
deporte —le dijo James a Rob, estirándose en la silla.
—Yo hago yoga todas las mañanas —le recordó Rob, y rio divertido ante
la mueca de su amigo—. Ayuda al cuerpo y la mente, ¿sabes?
—Seguro que la mente se termina evadiendo para poder soportar el
aburrimiento.
—¿Es más divertido levantar pesas una y otra vez?
—Pues ni idea —Rio James—, y tampoco tengo pensado comprobarlo.
—Quizá la natación…
—¿Y Pat? —los interrumpió Nick de improvisto, llegando hasta ellos.
Sus amigos lo miraron sorprendidos. Apenas lo habían escuchado llegar.
—Coño, Nick, eres como una aparición —protestó James—. ¿Se te ha
escapado la rubia?
—No es mi tipo.
—Pues no era la impresión que daba desde aquí.
Nick dejó escapar un suspiro de impaciencia. Recorrió la barra para
localizar a Boss, pero tampoco estaba por ninguna parte.
—Por cierto, ya tengo listo el coche que me has pedido —le contó
James, recordándolo en aquel instante—. Llevaos uno de los de Sam. Y si a
Pat le gusta, igual podemos llegar a un acuerdo.
—¿Dónde está? —preguntó Nick.
—En casa de Sam, pero mañana os lo acerco.
—El coche no, James, ¿dónde está Pat? —insistió—. Tengo que
concretar con ella algunas cosas.
—Pues ha salido con Dannie.
—¿Con Dannie?
Nick estaba perplejo. ¿Había cambiado a Boss por Dannie así por las
buenas?
Ni siquiera había visto llegar a Dannie. Estaba demasiado concentrado y
obcecado en tontear con aquella rubia mientras fingía no ver a Pat.
—Han ido a dar un paseo —explicó Rob.
—¡Pues qué bien! —dijo en alto, irritado.
—¿Qué te pasa?
—Que tenemos cosas que hablar de lo de mañana —se quejó—. Y yo
tengo que irme a trabajar un rato. No puedo esperar a que ella termine de
tontear con todo lo que lleve pantalones.
Rob y James se quedaron perplejos. Se miraron entre ellos y después a
Nick.
—Me parece un comentario un tanto fuera de lugar —le dijo Rob sin
ocultar su turbación.
—Pues me da igual —dijo Nick, obcecado.
—Pero a nosotros no —intervino James—. No sé qué problema tienes,
Nick, aquí estamos para cuando quieras hablar, pero no vas a pagarlo con
Pat.
—Mi problema es que tengo prisa —insistió—. Y no puedo irme hasta
que hable con ella.
—También puedes llamarla por teléfono más tarde —expuso Rob,
conciliador.
Nick guardó silencio. Sí, aquello era cierto, pero no le gustaba la idea de
irse sin hablar con ella cara a cara.
—¿Ha dicho cuánto va a tardar?
—No.
—¿Al menos ha dicho si va a volver?
—Tampoco.
Nick apretó los dientes, se despidió con un gesto y salió del pub.
James y Rob se quedaron perplejos.
—Vale, estoy oficialmente preocupado —admitió Rob, frunciendo el
ceño—. ¿Crees que habrán discutido entre ellos?
—Pat parecía normal —opinó James—. Venía contenta.
—Pues no entiendo qué ha pasado.
—Sea lo que sea, seguro que lo arreglan en el Resort —dijo James
convencido—. Nunca han conseguido estar enfadados más de un día.
Pat y Dannie llegaron caminando a paso rápido hasta el otro extremo del
parque. En su afán por alejarse de sus propios sentimientos, Pat había
metido el turbo y ahora era consciente de que estaba agotada. Se detuvo
frente a una fuente de agua y se mojó las manos para refrescarse la nuca.
—Joder, la próxima vez no le llames paseo a esto —protestó Dannie,
deteniéndose a su lado—. Hay entrenamientos militares menos exigentes.
Pat sonrió, caminó el par de metros que los separaba de la zona arbolada
y se dejó caer bocarriba en el césped. El recuerdo de estar junto a Nick en la
reserva, en aquella misma postura mientras miraban las nubes, acudió a su
mente nublándole el juicio que la extenuante caminata había conseguido
aclarar.
Dannie se tiró a su lado, dejando escapar un lamento que terminó
haciéndola sonreír.
—Oye, eres muy quejica, ¿sabes? —le dijo al chico, aún con la
respiración entrecortada—. ¿Cuánto puede haber desde el Oasis? ¿Cuatro o
cinco kilómetros?
—A mí me han parecido treinta.
—¡Qué exagerado! —se quejó—. Pues engañas, se te ve muy en forma
para no ser deportista.
—Quemar calorías puede ser más placentero… —Sonrió con picardía.
—¿A todos los tíos del mundo os incluyen esa broma en vuestro adn? —
dijo con amargura, recordando el momento en el que Nick le había hecho
un comentario parecido. Aquello los había llevado al beso que prefería no
recordar—. Sois tan poco originales…
—¡Guau! —admitió Dannie divertido—. Eso ha dolido.
Pat apretó los dientes, pero no agregó nada más. Era incapaz de quitarse
de la cabeza a Nick tonteando con aquella rubia, por más que lo intentaba.
¿Seguirían en el Oasis o ya la habría invitado a marcharse a un sitio más
privado?
Se revolvió inquieta en el césped, sin poder soportar la idea de que él ni
siquiera besara a ninguna otra, así que pensar en algo más que un beso… la
volvía loca.
—¿Estás bien? —se interesó Dannie, incorporándose.
Pat también se sentó, aunque prefirió no mirarlo de frente.
—Sí —mintió—. ¿Por qué lo dices?
—Porque si sigues apretando los dientes así, vas a partirte alguna muela
—bromeó.
La chica dejó escapar un suspiro. Ni siquiera se encontraba con ánimo
para negar aquella afirmación, así que guardó silencio de nuevo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dijo Dannie de repente, girándose
para mirarla de frente.
Pat se puso nerviosa. Esperaba que Dannie no se hubiera equivocado con
respecto a ellos dos…
—¿Es fácil? —preguntó dubitativa.
—No siempre.
Ella tragó saliva. Solo le faltaba tener que lidiar con una proposición
fuera de toda cuestión.
—Oye, si te he dado una impresión equivocada… —empezó diciendo,
cohibida.
Dannie rio divertido.
—No te preocupes, no tengo intención de tirarte los trastos —le aseguró
—. Las prefiero rubias y, preferiblemente…, que no estén enamoradas de
otro.
Ahora sí se ganó la atención de Pat.
—¿Qué?
—Esa era mi pregunta —continuó Dannie—. ¿Desde cuándo estás
enamorada de Nick?
Pat se puso pálida. Aquello era, sin duda, lo último que había esperado
escuchar, y la respuesta era demasiado peliaguda como para responderla a
la ligera. Admitirlo ante Dannie no era una opción. A pesar de que
necesitaba una mano amiga cercana, confiar en él le parecía una traición
hacia Rob y James.
—No sé de dónde te has sacado eso —le dijo muy seria—, pero te
agradecería que no volvieras a mencionarlo.
Se puso en pie y Dannie la imitó al instante. El chico observó su gesto
inquieto, y sonrió con tristeza.
«¿En serio se pregunta de dónde lo he sacado?», se dijo con curiosidad.
«La pregunta sería: ¿cómo es posible que nadie más se haya dado cuenta
aún?».
—¿Nos vamos? —le dijo Pat, intentando sonreír para relajar el ambiente.
Era consciente de que había sonado muy seca—. Prometo ir un poco más
tranquila.
—Pues no sabes cómo te lo agradezco.
Regresaron al Oasis algo más despacio, pero sin perder el ritmo. Les
costó el doble de tiempo llegar hasta al bar, pero al menos aún podían
respirar con cierta tranquilidad.
Pat intentó afinar la vista desde que comenzó a atisbar las motos
aparcadas en la puerta, buscando la de Nick con apremio. Con cierta
desazón, comprobó que ya no estaba allí y estuvo a punto de dejar escapar
un quejido de angustia. Aun así, cuando entró en el pub lo recorrió entero
con la mirada, pero no había ni rastro de él por ninguna parte. Debió de
quedarse pálida como la cera, porque Rob no tardó nada en preguntarle de
nuevo si estaba bien.
Durante unos largos segundos su voz se negó a salir de la garganta.
Parecía como si sus cuerdas vocales se hubieran quedado congeladas ante la
idea de que Nick pudiera estar retozando entre las sábanas con aquella
sirena rubia. Se le contrajo el estómago y tuvo que contener una arcada.
—¿Pat? —insistió Rob.
—Disculpadme.
Salió corriendo al baño, consciente de que estaba a punto de sufrir una
crisis nerviosa que no iba a poder controlar. Entró de forma tan apresurada
que casi golpeó con la puerta a la persona que salía. Cuando posó sus ojos
sobre ella, dejó escapar una exclamación de asombro. La rubia que su
mente se empeñaba en imaginar en los brazos de Nick la miró con una
expresión ceñuda. Le pidió disculpas, se hizo a un lado para que saliera y
entró en el baño.
—¡Coño, joder! —exclamó, soltando aire y dejando escapar un suspiro
de alivio. Después tuvo que respirar hondo repetidas veces, hasta conseguir
quitarse de encima la ansiedad que se había acumulado dentro de ella. Un
segundo más tarde dejó escapar una carcajada nerviosa—. ¡Ay, Pat, estás
para que te encierren!
—Yo no entiendo nada —susurró James por lo bajo, viendo el gesto de
felicidad que Pat lucía mientras regresaba del baño.
—¿Se estará drogando? —Bromeo Rob en respuesta.
Dannie solo dejó escapar una carcajada divertida.
Capítulo 15
—Así que al final se había marchado, pero solo. —Rio Jennifer
divertida.
—Sí, pero no te rías, porque te juro que lo he pasado fatal —reconoció
Pat, volviendo a pasear por el salón de su casa, nerviosa—. El día que
suceda de verdad, no sé si voy a poder soportarlo.
Pat se dejó caer de nuevo en el sofá, enferma solo con pensar en aquella
posibilidad.
—No pierdas la esperanza, Pat —le aconsejó su prima—. Tienes unos
días mágicos por delante en ese Resort.
—Espero no venir llorando por las esquinas.
—¡Cancela ese pensamiento ahora mismo!
El timbre de la puerta la sobresaltó. Dio un respingo y se puso en pie
mientras consultaba su reloj.
—Han llamado —le dijo a Jennifer con preocupación.
—¿Qué hora tenéis ahí?
—Las once.
—Pues ten cuidado.
Pat se acercó a la ventana y apartó las cortinas lo suficiente como para
mirar al exterior. Se quedó perpleja cuando vio la moto que se perfilaba en
la oscuridad y reconoció a quién pertenecía.
—¡Es Nick! —le gritó a su prima, nerviosa.
—¡Ostras! Me he emocionado hasta yo. —Rio Jen.
—¿Qué hago?
—¡Pues abrirle! ¿Qué otra cosa vas a hacer?
—¿Me pongo una bata?
—¡Y yo que sé, Pat! ¿Qué llevas puesto?
—El pijama de Betty Boop.
—¿El negro?
—Sí.
—Pues nada de bata.
—Pero es que es muy entallado.
—Pues eso, nada de bata —insistió—. Pero ¡abre ya, que se va a ir!
Sin colgar, Pat respiró hondo y se enfrentó a Nick, que la abrasó con la
mirada nada más posar sus ojos en ella.
—Pasa —le pidió intentando aparentar normalidad—. Estoy al teléfono,
siéntate un momento.
Pat no pudo evitar sonreír, contagiada por la risa de su prima al otro lado
de la línea.
—Muy bien, primi —la escuchó decir después—. Dile que estabas
teniendo sexo telefónico con Capitán América.
—¿Quieres que me ruborice? —Sonrió Pat al teléfono.
—¡Claro! Mira a Nick —le dijo. Pat le hizo caso—. Y ahora imagínatelo
sin camiseta…, esperándote en el sofá con una gloriosa erecc…
—¡Vale, suficiente! —interrumpió, acalorada—. No necesito seguir
alimentando esa imagen.
Escuchó reír a su prima y colgó el teléfono, sin poder evitar una sonrisa
nerviosa. Cuando se enfrentó a Nick, todavía seguía presente la imagen que
Jennifer había puesto en su mente.
—¿Con quién hablabas? —Fue lo primero que le preguntó Nick.
Pat se quedó perpleja por la pregunta, sobre todo por el tono hostil en
que había sonado; la cordialidad parecía brillar por su ausencia.
—¿Eso importa? —inquirió, reacia a decirle nada si seguía mirándola
con tanta tosquedad.
—Importa, sí, puesto que por su culpa he tenido que darme el paseo
hasta aquí, a las once de la noche, porque llevas una hora comunicando.
Pat se cruzó de brazos y lo miró con un gesto malhumorado.
—¿Y para qué has venido, si puede saberse?
—Necesito que me digas si te interesa o no lo de Monterrey —empezó
diciendo con aspereza.
—¿Por qué no iba a interesarme? —preguntó confusa.
—No lo sé. Teníamos que concretar los detalles esta tarde, pero no has
puesto mucho interés.
—¿Yo? —casi gritó. ¿Se podía tener más cara?
—Sí, tú. Quizá para ti este viaje solo son unas vacaciones, pero yo me
juego mi reputación en cada trabajo que acepto —continuó sin apenas
dejarla hablar—. Así que si Boss, Dannie o cualquier otro tipo tienen
preferencia sobre nuestro acuerdo laboral, dímelo con tiempo para poder
buscarme a otra persona que me ayude.
—Bueno, ya vale —le cortó, entre alucinada y molesta a partes iguales
—. Me vas bajando el tono. Si has venido a mi casa solo a discutir, ya
puedes largarte.
¿Acababa de calificar él su relación como un acuerdo laboral o se lo
había imaginado? Pat empezaba a echar humo.
—Necesito respuesta hoy, Pat —insistió—. Si tengo que buscar a
alguien, apenas me queda tiempo.
«¡Quizá prefieras llevarte a la rubia despampanante!», hubiera querido
gritarle, pero se prometió a sí misma que no mencionaría aquello bajo
ningún concepto.
—Si es lo que quieres, adelante —terminó diciéndole Pat, intentando
disimular su inquietud—. Busca a alguien más.
—Yo no he dicho que quiera.
—Pues es lo que parece.
—¡Lo que parece es que últimamente hablamos idiomas distintos! —la
acusó, aún molesto—. Desde que has vuelto de Boston convertida en…
Se detuvo en seco.
—Termina —insistió Pat—. ¿Convertida en qué?
—Déjalo.
—No, ahora me lo dices —le gritó—. ¿En qué se supone que me he
convertido?
—En una… Femme Fatale.
A Pat se le salieron los ojos de las órbitas y estuvo a punto de
hiperventilar.
—¿Femme Fatale? ¿Lo dices en serio? —inquirió, terriblemente molesta
—. Me he cortado el pelo y ahora llevo ropa de mi talla, pero sigo siendo la
misma.
«Esa que no mirarías como mujer ni aunque fuera la última sobre la
tierra», hubiera querido añadir.
—¿La misma? ¿Estás segura? —Rio sarcástico, y la miró de arriba abajo
—. No recuerdo yo que antes recibieras a las visitas en ropa interior.
La chica miró la camiseta entallada de tirantes que llevaba puesta, a
juego con los pequeños shorts, y lo encaró de nuevo.
—Para tu información, esto es un pijama.
—¿Un pijama? —dijo, dejando escapar un bufido de desacuerdo—. A
eso le falta mucha tela para ser un pijama.
—¡Pues lo es! Mira… —Se bajó levemente el pantalón por un lateral y
le mostró las braguitas negras, con pequeños gatitos, que llevaba debajo—.
¿Llevaría ropa interior debajo de la ropa interior?
Pat observó cómo él clavaba los ojos sobre aquellos gatitos y lo vio
apretar los dientes. No entendía qué era lo que le molestaba tanto de su
atuendo.
—Podría llevar también puesto un sujetador sin problema —insistió.
«Ay, Dios, Pat, pero ¿te estás escuchando?», se regañó.
Nick clavó sus ojos sobre aquella parte de la anatomía femenina sobre la
que ella hablaba y, para bochorno de Pat, sus pezones se erizaron al instante
bajo la mirada masculina. Pat se cruzó de brazos de forma automática,
abochornada y excitada al mismo tiempo. Era imposible que él no se
hubiera dado cuenta de su reacción. Cuando sus ojos se encontraron, tuvo la
sensación de que la mirada de Nick se había oscurecido y en sus ojos
brillaba algo peligroso, que provocaba en ella un profundo anhelo que se
moría por explorar.
Su corazón se aceleró cuando Nick dio un paso en su dirección con lo
que parecía una intención clara, pero tuvo que tragarse la decepción cuando
lo vio apretar los puños, darse media vuelta y desaparecer.
«¿Qué acaba de pasar?», se preguntó, parada en mitad del salón,
mientras escuchaba primero el portazo de salida y después el sonido de la
moto de Nick perderse en la distancia.
Se sentó en el sofá y se le erizó el vello al recordar la mirada que él
había posado en ella tras comprobar, de forma descarada, que no le mentía
sobre la ausencia de sujetador bajo la camiseta. Su cuerpo se encendió de
nuevo y una punzada de excitación arrasó su pelvis sin remedio.
—¡Me ha visto! —dijo en alto, convencida—. ¡Por fin me ha visto!
Sin juegos ni demostraciones absurdas. Se regocijó unos minutos con
aquella idea. Después, frunció el ceño al recordar todo lo que había dicho
Nick durante aquella inverosímil conversación. No había dejado títere con
cabeza, eso estaba claro, hasta Femme fatale la había llamado. Lo cual
debería molestarle, pero por algún extraño motivo le agradaba haber
escuchado de sus labios. Y después de ir hasta allí, gritar, acusarla de cosas
sin sentido y meterse con su pijama, se había pirado sin aclarar nada de
nada. ¿Seguía en pie el viaje a Monterrey o pensaba buscarse otra ayudarte?
—¿Hago mañana la maleta o qué? —se preguntó…

…y aún no tenía clara la respuesta cuando entró en el Oasis al día


siguiente.
Se suponía que tenían que salir de viaje aquella tarde, pero a las siete y
media todavía no había tenido noticas de Nick; y ella, tras repasar la
conversación de la noche anterior una y otra vez, se había negado a
llamarlo.
«¿Se habrá ido sin mí?», empezó a preguntarse a medida que pasaban los
minutos. Y casi tuvo la certeza cuando James le confirmó que Nick había
pasado a por el coche aquella mañana.
«¡Como se haya ido sin mí, le retiro la palabra!», se dijo, irritada. Estaba
a punto de ceder y llamarlo cuando lo vio entrar por la puerta.
Nick se acercó y saludó a todos los presentes con una tranquilidad
pasmosa. Pidió de beber y charló con los chicos, casi sin dirigirle a ella la
palabra. Cuando llevaba allí diez minutos, Pat tenía ganas de pegarle.
Boss se acercó a reponer la ronda de bebidas y sonrió ante el gesto
severo con el que Pat lo observaba.
—¡Te juro que me estoy comportando! —le dijo, entre risas, ganándose
la atención de todos—. He dejado a Chris cargar con la caja de botellines
desde el almacén.
—¿Y no te ha supuesto un trauma? —Rio Pat.
—Un poco, la verdad —admitió.
—Si soy yo el que te impongo el castigo, no me habrías hecho tanto caso
—intervino Rob, divertido.
—Es que Pat tiene más mala hostia —bromeó Boss—. Cualquiera se
salta sus recomendaciones.
Nick miraba de uno a otro sin entender de qué narices estaban hablando,
hasta que vio el vendaje que Boss tenía en la muñeca.
—Por cierto, Pat, entonces ¿qué hago? —insistió el barman ya
poniéndose serio—. ¿Puedo quitarme yo solo el vendaje? Ayer me dijiste
par de días, pero si te vas de viaje…
—No, al final no me voy —dijo alto y claro—. Mañana volvemos a
mirar la muñeca y decidimos. ¿Te parece?
—¡¿Que no te vas?! —dijo James de forma automática.
—No, al parecer no —fue todo lo que dijo ella, sin mirar a Nick para
nada.
James y Rob no dudaron en mirar a su amigo, sin tapujos.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Rob a Nick—. ¿Os han cancelado el
reportaje?
—Pero ¿cuándo? —intervino James—. Si hace apenas unas horas que
has pasado a por el coche y estaba todo bien.
Nick dejó escapar un suspiro exasperado y se giró hacia Pat, sin
contestar a ninguna de las preguntas.
—¿Podemos hablar? —le dijo delante de todos.
La chica miró hacia la izquierda, después a la derecha y por fin miró a
Nick de frente, fingiendo asombro.
—¿Hablas conmigo? —le dijo sin un asomo de sonrisa—. ¡Qué
novedad!
—Pat…
—Me halagas, pero ahora mismo no va a poder ser.
—No me seas infantil.
En respuesta, Pat le hizo una pedorreta en su cara, que hubiera sido
graciosa de no haberlo hecho con el ceño fruncido y sin ánimo de bromear.
—Vale, pues genial —se quejó Nick, airado.
—Mirad, ahí viene Dannie. —Señaló Pat, contenta de verlo—. Mi
prioridad absoluta, por lo visto.
Nick apretó los dientes, pero no dijo nada. La chica saludó a Dannie con
más efusividad de la que era costumbre en ella.
—Creo que me gusta hacerme esperar —bromeó Dannie mirando a Pat
con una sonrisa—. Pero ¿qué hacéis aquí todavía?
Miró a ambos, de forma alterna, esperando una explicación, pero
terminó girándose hacia James y Rob, extrañado.
—Es secreto de sumario al parecer —se quejó James, encogiéndose de
hombros.
Dannie guardó silencio, consciente de que el ambiente entre Nick y Pat
podía cortarse con un cuchillo. Prefirió cambiar de tema, así que le habló a
Boss cuando puso su bebida ante él.
—¿Cómo tienes la muñeca? —se interesó.
—Aguantando.
Nick estaba perplejo. ¿Es que todo el mundo sabía lo de la lesión de
Boss menos él? Cuando Pat se excusó para ir al baño, Nick la siguió con la
mirada casi como un acto reflejo. Debía hablar con ella cuanto antes. En
aquel momento ya no sabía ni cómo sentirse con respecto a todo aquel
tema. ¿Debería esperarla en la puerta del baño para no darle opción a
negarle la palabra? Cuando iba a echar a andar en aquella dirección, vio que
ella salía del baño y se paraba a charlar con Dannie.
«¿Cuándo narices ha ido este tipo hasta allí?», se preguntó, molesto.
«¿Lo habrá hecho aposta?».

Pat se chocó con Dannie cuando ambos salían del baño.


—¿Me estás siguiendo? —le preguntó el chico con una sonrisa radiante.
—¡Qué más quisieras! —bromeó Pat.
Él rio divertido, pero terminó mirándola muy serio unos segundos
después.
—¿Por qué no vas camino de Monterrey, chica Maiden?
Pat no pudo evitar agachar la cabeza y suspirar con hastío.
—Pues si te dijera que no tengo ni idea, no te estaría mintiendo del todo
—confesó—. Anoche discutí con Nick.
—¿Anoche? Si te fuiste de aquí a las diez.
—Sí, fue sobre las once —contó—. Pasó por mi casa.
—Entiendo.
—Pues que afortunado, porque yo no entendí nada —suspiró.
—¡Pues es tan obvio! —Sonrió Dannie.
—¿Qué?
Dannie prefirió guardarse sus opiniones.
—¿Tú quieres ir a Monterrey? —le preguntó en su lugar.
—Da igual lo que yo quiera —admitió—. Nick es quien decide, y él, al
parecer, prefiere sacarse una muela que ir conmigo a ninguna parte.
—¿Tú crees? —Rio—. Pues vamos a comprobarlo…
—¿Perdona?
Dannie la tomó de la cintura y recortó las distancias.
—Recula hasta apoyarte en la columna.
—¿Qué haces?
—El kamikaze —admitió resignado, aunque con cierta diversión en la
voz.
—No entiendo nada.
Él siguió avanzando muy despacio, mientras ella reculaba hasta chocar
con la columna. Dannie puso una mano en la pared, por encima de su
cabeza, quedando muy cerca de ella.
—¿Eres consciente de que voy a golpearte si sigues avanzando? —
bromeó la chica, intrigada con todo aquello.
—No eres tú quien me preocupa.
Pat abrió los ojos como platos, entendiendo por fin a qué se refería.
—¿Crees que a Nick va a molestarle esto? —Sonrió con cierta tristeza
—. Creo que te estás confundiendo con respecto a…
—¿Interrumpo? —dijo una voz alto y claro a su espalda—. ¿Podemos
hablar o estás demasiado ocupada?
Pat se hizo a un lado y miró a Nick, asombrada. Él los observaba muy
serio, a poco más de un metro de distancia. Dannie se separó de Pat y se
metió las manos en los bolsillos. Cuando la miró con una enorme sonrisa,
aún tuvo el descaro de guiñarle un ojo antes de alejarse.
—¿Qué quieres, Nick? —le preguntó sin monsergas.
—Creo que tenemos una conversación pendiente.
—Pues a mí me parece que está todo dicho —agregó, malhumorada,
cruzándose de brazos—. Ya sé lo que piensas de mí en realidad.
—¿Puedes olvidar por un momento todo lo que te dije?
—¿Te refieres a cuando me acusaste de no importarme para nada el
trabajo o cuando me llamaste Femme fatale?
—Pat…
—No, espera, seguro que hablas de cuando insinuaste no sé qué narices
sobre Boss y Dannie.
—Vale, quizá me equivoqué con respecto a Boss —admitió, dejando
escapar un suspiro exasperado.
—¿Quizá?
—Yo no podía saber lo de su muñeca —reconoció—. Te vi en el parque
con él cuando llegué, y supuse…, bueno…
—Sí, no hace falta que me digas qué supusiste.
—Reconoce, Pat, que últimamente tienes cierta tendencia a tontear un
poco más de la cuenta.
La chica se puso lívida.
—¿Perdona? —casi le gritó—. Yo no tonteo con nadie, imbécil.
«Salvo contigo», pero aquello ni muerta se lo diría.
—Tienes una forma muy peculiar de disculparte —insistió enfadada.
—¿Disculparme? Puede que me equivocara con lo de Boss, pero todo lo
demás lo sigo manteniendo —le dijo irritado—. Teníamos que hablar y te
largaste con Dannie de paseo.
—No pensé que de momento pudiéramos mantener ninguna
conversación —le recordó, intentando controlar los celos—. Te recuerdo
que tú parecías muy ocupado en este mismo sitio, con una rubia de metro
ochenta.
Nick dejó escapar un suspiro resignado. Sí, debía asumir su error por
querer desquitarse un poco. Solo había servido para llevarlo a un punto del
que no parecía poder salir airoso.
—Me fui quince minutos después —admitió molesto—. Tenía cosas que
cerrar para poder irme a Monterrey tranquilo. No podía esperar a que tú
decidieras volver de tu romántica excursión. ¿Qué tal, por cierto? ¿Fue
bien?
Pat lo miró alucinada. De verdad Nick parecía convencido de que tenía
algo con Dannie. No lo entendía, ella no recordaba haberle dado motivos
para pensar algo así.
—¿No vas a contárselo a tu amigo del alma? —insistió Nick, ya sin
poder disimular su irritación.
—Ah, ¿que ahora es con el amigo con quien estoy? —ironizó Pat—.
Como ayer hablabas de acuerdo laboral…
—¡Vale! —gritó Nick enojado—. ¿Quieres llevarlo a ese terreno?
Perfecto. Ciñámonos a eso. Me marcho a Monterrey mañana muy
temprano, ¿te interesa o no el trabajo?
Pat levantó el mentón y lo miró con altanería.
—Pues tendría que pensarlo.
—Tienes hasta las nueve —le dijo, consultado su reloj—. Ni un minuto
más.
Ya no le dio oportunidad de replicar. Nick se dio media vuelta y volvió
junto a sus amigos, dejándola con la palabra en la boca y un cabreo
monumental.
«¡Así que le da lo mismo que vaya o no! ¡Pues que se vaya solo!».
Furiosa, se coló por la puerta del almacén, lo cruzó completo y salió echa
una furia por la puerta trasera del pub, directa al callejón. Estaba tan
enfadada que incluso Boss se hizo a un lado para dejarla pasar, en lugar de
amonestarla por colarse en la trastienda.
—¡Idiota! ¡No sé para qué me complico la vida contigo! —dijo en alto
nada más salir al solitario callejón—. ¡Imbécil y arrogante cegato!
Siguió pataleando durante unos segundos más, intentando echar afuera
toda la rabia que la quemaba por dentro.
Cuando se calmó un poco y pudo dejar de lanzar improperios, fue
consciente de que no estaba sola. Chris estaba apoyada en la pared mientras
se fumaba un cigarro.
—Lo siento. —Sonrió la camarera con sinceridad—. No sabía cómo
hacerte notar mi presencia, y he preferido dejarte descargar todo eso que te
sobraba.
Pat respiró hondo e intentó sonreír.
—¿Alguna vez has dudado entre golpear a alguien o suplicarle una
caricia? —le preguntó Pat con una sonrisa triste.
—Sí, me temo que he tenido una relación así. —Rio Chris.
—Al menos tú podías llamarlo relación —dijo por lo bajo, sin poder
esconder cierto deje de tristeza—. Una cosa por otra. Poder reconciliarse a
la antigua usanza compensa la balanza.
—¿Y tú no puedes? —se interesó Chris—. ¿Estás así por un tío al que ni
siquiera te puedes tirar?
«En realidad tú estuviste más cerca de eso que yo», pensó Pat, irritada.
—Sí, eso me temo —admitió Pat dejando escapar un sonido de fastidio
—. ¡Debo de ser masoca!
—Bueno, cada una comete sus propias estupideces.
—¿Tú también?
—Yo me enrollé con tu amigo solo para molestar a otra persona.
Pat la miró sorprendida. Aquello era lo último que esperaba oír.
—Y agradezco que Nick tuviera sus propios demonios —reconoció—.
Al menos evitó que ambos cometiéramos un gran error.
—Bueno, para él tampoco hubiera sido tan grave —dijo, apretando los
dientes.
—¿Crees que no? Quizá a la chica en cuestión le hubiera molestado un
poco más que unos pocos besos.
—Pues siento decepcionarte, Chris, pero no hay ninguna chica —explicó
—. Debió escuchar mal tu nombre, o se le cruzaron los cables, pero nada
trascendental.
Chris sonrió.
—¿Tú crees? Estaba… muy pasado de tragos, ¿sabes? —contó—. Pero
me pareció que tenía muy claro a quién tenía entre sus brazos, y no era a
mí, eso te lo aseguro.
«¿Otra preocupación?», se dijo Pat, ya cansada.
—Mira, ¡prefiero no hablar de Nick! —le terminó diciendo, dejando
escapar un bufido—. No estoy muy contenta con él ahora mismo. Es un
insoportable y…
«Mierda, ya he hablado más de la cuenta», se regañó Pat. Si aquella
chica era lista, y eso parecía, no tardaría en sumar dos más dos.
Chris rio con cierto grado de diversión. Pat era un libro abierto. Cada
una de sus expresiones hablaban por sí solas sin necesidad de añadir
palabras. Si a eso le sumabas su tendencia a la verborrea… Pero le caía
bien, muy bien en realidad.
—Se enfadó mucho conmigo por insistir en que me contaras lo vuestro,
¿sabes? —le dijo Pat, intentando desviar el tema de conversación—. Me
hizo prometer que no volvería a hablar de ello contigo.
La camarera volvió a sonreír con sorna.
—Y puedo imaginarme el motivo.
—Sí, debí respetar su deseo —admitió Pat.
—No creo que fuera por ahí la cosa.
Boss asomó la cabeza al callejón y miró a Chris con una expresión
irritada.
—Ya sé que te importa un pimiento mi lesión de muñeca —le dijo,
molesto—, pero, puesto que tu sueldo sale del bar, quizá podrías entrar a
currar un rato.
Pat se quedó perpleja por el tono tosco. Jamás lo había visto comportarse
con tanta acritud. Pero se sorprendió aún más cuando Chris lo miró
altanera, y le obsequió con un comentario peor todavía.
—Pues quizá al final de la noche, te digo lo que puedes hacer con tu
sueldo de mierda.
—Perfecto, pero hasta entonces hay trabajo que hacer en la barra.
El chico desapareció dentro del almacén de nuevo, y Chris dejó escapar
un suspiro de frustración.
—¿Y si nos hacemos lesbianas, Pat? —se volvió a decirle mientras
apagaba el cigarrillo—. Creo que ambas agradeceríamos un respiro de tanta
testosterona.
Pat dejó escapar una carcajada divertida.
—Así que Boss… —terminó diciéndole con una pícara sonrisa.
—Así que Nick… —fue la respuesta de Chris.
Ambas sonrieron.
—¿De verdad vas a renunciar a tu sueldo? —se interesó Pat
—No puedo —contó Chris con una sonrisa—. La mitad del Oasis es
mía.
Para Pat aquello sí fue una sorpresa.
—¿Sois socios?
—Algo parecido.
—¿Cómo de parecido?
—El Oasis son… bienes gananciales.
Pat le devolvió un gesto interrogante. No terminaba de entenderlo.
—Pero, hasta donde yo sé, el Oasis es de Boss.
—Correcto. —Chris arqueó las cejas y dejó que Pat atara sola los cabos.
—¡¿Estás casada con Boss?!
—A medias, en realidad estamos en pleno proceso de divorcio —admitió
Chris con un gesto cansado—. Pero es una historia muy larga. Te la cuento
un día de estos, si te apetece. Lo tuyo con Nick debería ser más sencillo.
Pat dejó escapar un bufido de impotencia.
—¡No hay nada mío con Nick! —reconoció dolida.
—A veces la vida te sorprende cuando menos te lo esperas.
La camarera caminó hasta la puerta del almacén dispuesta a volver al
trabajo. Cuando estaba a punto de desaparecer, se detuvo en seco, suspiró y
se giró de nuevo hacia ella.
—Pat… —La chica se volvió a mirarla, extrañada—. La noche que me
enrollé con Nick…, ¿recuerdas todo lo que te conté?
Pat asintió, incómoda.
—El nombre que él pronunció… fue el tuyo.
Chris desapareció dentro del almacén, dejando a Pat boquiabierta, en
sentido literal.
«Mi nombre», se dijo perpleja, casi sin poder reaccionar. Cuando al fin
lo hizo, intentó recapitular y recordar todo lo que Chris le había contado
sobre aquello. Nick la besaba y le decía cuánto la deseaba, entre otras cosas
asombrosas, ¿y creía que era con ella con quien estaba? ¿Era posible?
Aquello explicaría, sin duda, por qué no había querido contarle nada de lo
sucedido él mismo.
Una sonrisa asomó a sus labios. No sabía cuánto podía significar
aquello, pero lo que sí tenía claro era que, al parecer, no le era tan
indiferente como mujer como él quería aparentar. Nunca lo había sido, ni
siquiera cuando aún era la chica de las camisetas enormes.
Miró su reloj, sobresaltada, comprobando que eran las nueve menos
cinco. Sin perder tiempo, salió del callejón, entró en el Oasis por la puerta
delantera y fue directa hasta Nick.
—¿De dónde sales? —le preguntó Nick con un gesto serio—. Estaba a
punto de irme.
—¿Tú quieres que vaya contigo? —interrogó Pat de repente.
Vio como Nick le devolvía una mirada airada, cargada de suspicacia.
—No voy a suplicarte, Pat.
—Te darían igual las súplicas, si no hubiera decidido ya ir contigo.
Ahora sí lo vio sorprenderse.
—¡Cuánto honor! —ironizó—. ¿Y qué te ha hecho decantarte por esa
opción?
—Quiero comprarme un coche —le recordó, irritada porque él no
pareciera contento con su decisión—. Eres mi mejor fuente de ingresos.
—Ah, pues que bien —ironizó Nick—. Que una mujer me vea así
siempre fue la ilusión de mi vida. Pasaré a recogerte a las seis.
—¿De la mañana? —protestó Pat con el ceño fruncido—. ¿A esa hora ya
están puestas las calles?
Nick tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no romper a reír.
Capítulo 16
A las seis menos cuarto, Pat estaba preparada y deseando que Nick
tocara a la puerta. Estaba nerviosa. Saber que los próximos tres días iba a
pasarlos en su compañía, en un¬ lugar donde todo invitaría a… algo que no
se atrevía ni a pensar por si lo gafaba, le había quitado el sueño aquella
noche. Pero a pesar de no haber dormido mucho, se encontraba genial y con
las pilas cargadas. Tras valorarlo durante toda la noche, sabía que no podía
emocionarse demasiado por lo que Chris le había contado. El que Nick
hubiera pronunciado su nombre mientras la besaba, solo indicaba que él
pensaba en ella, pero quizá solo estaba angustiado porque se había
marchado a Boston sin previo aviso. No necesariamente quería decir que
creyera que era a ella a quien tenía entre los brazos, aquello podía ser solo
la impresión que Chris había tenido.
«Pero es tan bonito pensar que le gusto un poco…», se dijo, dejando
escapar un suspiro. Aunque aquello no significaba que no siguiera enfadada
con él. De momento, si todo lo que él quería era una compañera de trabajo,
eso sería lo que tendría.
Volvió a mirarse de cuerpo entero en el espejo de su habitación. Para el
viaje había escogido unos pantalones vaqueros cortos, de talle bajo, que su
prima se había empeñado en que se comprara, y que se ajustaban a su
contorno de una forma sorprendente. No solía usar aquel tipo de prendas
porque iba en moto a todas partes, así que estaba feliz de poder lucir sus
piernas por fin. Para combinarlo había elegido una camiseta desteñida de
Iron Maiden, que cubría lo justo para que no se le viera el ombligo, al
menos hasta que levantaba los brazos…
Escuchó el sonido de un motor detenerse frente a su puerta y corrió a la
ventana. Su corazón se desbocó al ver a Nick bajarse del coche. Apenas
estaba amaneciendo, y aquello le confería a la escena un encanto que le
arrancó un suspiro.
—Recuerda que estás enfadada con él, Pat —se dijo en alto mientras
abría la ventana para indicarle con un gesto que ya bajaba.
«¡Ay, pero está tan guapo…!», le contestó la parte menos cuerda de su
cerebro.
Nick se apoyó sobre el coche mientras esperaba, y se concentró en
comprobar que la dirección del Resort estaba bien metida en el gps. Tenían
casi tres horas de camino hasta allí, pero esperaba que no hubiera
demasiado tráfico.
«Si paramos a tomarnos un café en…», ya no pudo hilvanar ningún
pensamiento lógico. Pat acababa de salir de casa y lo miraba desde su
porche con una expresión seria. A pesar de haberse dicho a sí mismo hasta
la saciedad que solo debía mirarla a los ojos, la recorrió de arriba abajo
devorando cada centímetro de su cuerpo.
«Te esperan tres días en el puto infierno», se dijo, avanzando hacia ella
para ayudarla a bajar la maleta por la escalinata de entrada.
—Buenos días —le dijo Pat con una fría sonrisa, que él correspondió
con otro saludo educado.
Cuando posó sus ojos en la maleta de Pat, la miró con una expresión de
incredulidad.
—¿Eres consciente de que solo vamos a estar tres días fuera?
—¿Y?
—Que podrías mudarte a Canadá solo con lo que cabe en esta maleta —
dijo mientras la cogía y bajaba las escaleras.
—Ay, Nick, deja mi maleta en paz —se quejó, bajando tras él—. Para
una vez que vamos en coche, no iba a andar con menudencias.
—Vaya, no sabía que te molestara tanto ir en moto a todas partes.
—¿Vas a malinterpretar cada frase que diga? —protestó Pat, muy atenta
a cómo se le contraían los músculos al levantar la maleta para meterla en el
maletero—. Porque esto puede ser un viaje muy largo si empezamos así.
Pat levantó los brazos para sacarse por la cabeza el bolso que llevaba
cruzado y dejó al descubierto una buena porción de carne, incluido el
piercing del ombligo.
—Esto va a ser un viaje desquiciante, lo mires por donde lo mires —
susurró Nick.
La chica observó su gesto abatido y se preocupó. Quizá a Nick de verdad
no le apetecía nada tener que compartir aquellos días con ella.
—Si realmente que vaya contigo te molesta tanto, todavía estoy a tiempo
de quedarme aquí.
—¡Súbete al coche, Pat! —le dijo un tanto malhumorado.
La chica no discutió. Abrió la puerta del vehículo y se coló en el interior.
Por un instante había temido que él estuviera de acuerdo con ella.
«Tienes que dejar de ser tan impulsiva», se regañó. Aun así, un segundo
después se volvió a mirarlo.
—Oye, no pienso ir en silencio y aburrida hasta Monterrey porque tú
quieras.
—¿Te he prohibido yo hablar?
—Indirectamente, con ese carácter que te gastas.
Nick arrancó el motor sin agregar una sola palabra.
—Pues nada, pondremos música… —insistió Pat.
—Son las seis de la mañana.
—Muy cierto. Una hora estupenda. —Sonrió—. ¿Whitesnake? ¿Motley
Crüe?
A Nick le costó unos segundos dar su brazo a torcer, pero terminó
diciendo:
—¿Kiss?
—¡Kiss, sí! —gritó eufórica.
Nick no pudo evitar sonreír ante su entusiasmo mientras pisaba el
acelerador y se ponía en marcha, intentado que aquellas largas y perfectas
piernas lo distrajeran lo menos posible.

Roy Ackerman los recibió en la puerta del Resort nada más llegar.
Saludó con demasiado entusiasmo a Pat, quien miró de reojo a Nick con
curiosidad.
—Si de verdad fuera tuya, ¿no te molestaría esa actitud? —le preguntó
Pat al chico por lo bajo en cuanto echaron a andar tras Ackerman hacia
recepción.
Nick le devolvió una extraña y enigmática mirada.
—No —le terminó diciendo, convencido.
La chica se quedó perpleja. No esperaba que el contestara tan categórica
y abruptamente. No añadió nada más. Al menos hasta que Ackerman les
tendió la llave de su habitación.
—Tenéis una de las mejores suites del hotel —les dijo con una sonrisa
radiante.
—¿Una suite? —repitió Pat, alucinada.
Nick tomó la llave y miró a Pat, preocupado, que le devolvió una mirada
sorprendida.
—Gracias —terminó diciendo el chico—. No tenemos mucho margen
para prepararnos para la apertura, Roy.
—Bobby se encargará de subir vuestro equipaje —les dijo el hombre. Y
con un gesto, el tal Bobby se personó ante ellos—. Os veo en la puerta en
diez minutos.
Pat y Nick caminaron hasta el coche, cogieron todo lo necesario para
comenzar a trabajar y le dejaron al tal Bobby todo lo demás para que lo
llevara a su suite.
—Pues tenemos que compartir habitación —le dijo Nick con un gesto
incómodo.
—Ya. Esto nos pasa por mentirosos —admitió Pat—. Si no hubiéramos
insistido en hacerles creer que somos pareja…
—Si te incomoda mucho, podemos decirle que hemos roto.
—¿Y perdernos la mejor suite del Resort? ¿Te volviste loco? —dijo Pat,
intentando que no se le notara la emoción que en realidad sentía—. Eso de
suite suena a grande, así que podemos compartirla sin problema.
Nick guardó silencio. Estaba seguro de que no existía habitación que
fuera lo suficientemente grande como para compartirla con ella sin
problema, pero no dijo nada.
—¿Por dónde quieres empezar? —le preguntó Pat, cargando con parte
del equipo.
—Busquemos a Roy.
Cuando Nick pasó ante ella, se detuvo a su lado y la miró con una
expresión imperturbable.
—Por cierto…, si de verdad fueras mía, me darían igual todos los
Ackerman del mundo —le dijo en un susurro, casi al oído—, porque me
aseguraría cada noche de que no necesitaras mirar a ninguno de ellos.
«¡Ay, madre mía, creo que acabo de mojar las bragas!», pensó Pat, sin
poder reprimir una sonrisa traviesa ante aquel pensamiento.
Lo siguió de cerca sin poder dejar de sonreír, y sin apartar la vista de su
trasero.

La apertura fue un momento demasiado ceremonial para el gusto de Pat,


pero, puesto que ellos no estaban allí para juzgar, sino para hacer fotos, no
tenía mucho que decir. Cuando por fin terminaron con el obligado trámite,
decidieron subir a la suite a por el resto de material.
—¿Qué te ha parecido? —le preguntó Nick cuando al fin entraron en el
ascensor.
—Las fotos seguro que quedarán bonitas.
—¿Pero? —insistió Nick.
Pat se encogió de hombros.
—El acto en sí no ha sido muy original.
—Te has vuelto muy comedida de repente.
—No quiero ofender a mi jefe.
—¿Se supone que ese soy yo?
—Tú me pagas, ¿no?
—¿Vamos a seguir con eso? —protestó Nick.
—Fuiste tú quien me dejó claro que esto solo es un acuerdo laboral.
—¡Oh, venga, Pat! Vamos a dejarnos de tonterías ya —le pidió un tanto
desesperado—. ¿Podemos disfrutar de esta experiencia como lo que hemos
sido siempre?
«Como amigos», entendió Pat.
—No, no podemos —le dijo sin pararse a pensarlo.
—¿No? —Nick estaba alucinado.
—Durante este viaje no vamos a ser amigos.
—¿No quieres que sea tu amigo? —preguntó, perplejo.
—No —lo miró coqueta—, pero no me importa que seas mi jefe…
El ascensor se abrió y ella echó a andar con tranquilidad, sin poder evitar
sonreír, consciente de que había descolocado a Nick por completo, pero sin
importarle lo más mínimo.
Cuando entraron en la habitación, ambos se quedaron perplejos. Miraron
a su alrededor desde la puerta, casi sin atreverse a entrar.
—¡La madre que parió a Panete! —exclamó Pat—. ¿Estás seguro de que
no se han confundido al darnos la llave?
—¿Esa es tu maleta? —Señaló Nick. La chica asintió—. Entonces
estamos en la habitación correcta.
—¡La leche, Nick! —gritó, adentrándose en la suite—. Aquí podría vivir
una familia numerosa sin tener que cruzarse entre ellos.
La chica posó sus ojos sobre la enorme cama que había justo en el centro
de la habitación y el corazón se le subió a la garganta. La preciosa colcha
estaba llena de pétalos de rosa por todas partes. También había una caja de
bombones con forma de corazón sobre la almohada, cerca de la mesilla. A
Pat se le salieron los ojos de las órbitas.
—¡Qué desperdició de flores! —dijo, aturdida por todos los
pensamientos e imágenes de alto voltaje que bombardeaban su cerebro ante
la visión de aquella cama.
Nick dejó escapar una carcajada.
—Creo que eres de las pocas mujeres capaces de hacer un comentario
como ese ante esta imagen.
Pat carraspeó e intentó relajarse.
—No le veo sentido a cargarse tantas flores para adornar una cama.
—Las cultivan para estas cosas —le recordó Nick con cierta diversión
—. Igual que crían a las gallinas para que podamos comer huevos.
—Los huevos quitan el hambre. ¿Qué hacen las flores sobre una cama?
—También ayudan con el hambre, Pat. —Sonrió—. Otro tipo de hambre.
—¿Tú necesitas ese tipo de ayuda? —Lo miró de frente, arqueando las
cejas.
—Yo necesito muchas cosas, ojos azules, pero uno no siempre puede
tener lo que quiere.
El corazón de Pat dio un vuelco ante aquel comentario. No tenía claro
qué era lo que Nick había insinuado, pero el tono en que lo había dicho
dejaba clara la connotación implícita en las palabras. Además, escucharlo
llamarla ojos azules tuvo un efecto erótico en ella que dudaba poder
esconder si lo miraba en aquel momento. Recorrió la habitación para no
tener que hacerlo. Cuando entró en el baño, dejó escapar una exclamación
de asombro.
—¡Joder, Nick! ¡Aquí hay una bañera del tamaño de Oklahoma! —gritó
eufórica. Nick se encajó en el baño dos segundos después. Llevaba la
cámara colgada del cuello.
—¡La leche! —se asombró también. La enorme bañera redonda estaba
ubicada justo en mitad del baño—. Y aquello debe de ser una ducha.
Pat miró hacia la enorme mampara que estaba en un extremo del baño y
corrió a inspeccionarla.
—¡Hidromasaje! —dijo feliz—. ¡No me lo puedo creer! ¿De verdad
tenemos que bajar a trabajar?
—Eso me temo —Rio Nick—, pero seguro que encontramos luego un
hueco para probar todo esto.
Echó unas fotos generales al baño y agregó:
—Tendremos que llenar esta bañera de espuma si queremos que las fotos
queden bien.
—¡Qué remedio! Después habrá que hacer el esfuerzo, sí. —Sonrió Pat,
intentado apartar la imagen de Nick y ella metidos juntos en aquella bañera
de espuma—. Hacemos unos largos en la bañera y luego pasamos al
hidromasaje.
Riendo, volvieron a la habitación, donde Nick continuó haciendo fotos a
todo lo que le llamó la atención, incluida la enorme cama.
—¡Una cesta de bienvenida! —Rio Pat—. Esto se pone cada vez mejor.
Recorrieron el resto de la suite, maravillados. El salón anexo y la enorme
terraza con vistas al mar, completaban un espacio que arrancaba auténticas
exclamaciones.
—Increíble, de verdad —admitió Pat—, aunque nada supera el shock de
la cama llena de pétalos. Es posible que Jon Bon Jovi escribiera su canción
en este mismo hotel.
—O en uno parecido —bromeó Nick.
—I wanna lay you down in a bed of roses… —cantó Pat al tiempo que se
dejaba caer de espaldas en el centro de la cama, sobre los pétalos—. Hazme
unas fotos, jefe.
Divertido, Nick se puso de pie sobre la cama y comenzó a tirarle desde
arriba una foto tras otra, mientras ella jugaba con su pelo y con los pétalos.
—¿Cómo están quedando?
—Preciosas —admitió Nick, cambiando de postura sobre la cama para
coger diferentes ángulos.
—¿Aunque sean posadas? —bromeó Pat.
—Incluso así. —Rio Nick sin poder parar de hacer fotos. La imagen que
tenía ante sí era un auténtico espectáculo para los ojos. No podía dejar de
mirarla, fascinado.
Se puso de rodillas y se acercó un poco más.
—Oye, Nick, ¿crees que comprarán los pétalos por sacos o tendrán a
alguien que se encargue solo de deshojar rosas?
Nick rio divertido.
—Seguro que hay un encargado para deshojar las flores e intentar
dejarlas limpias de bichos.
—¿Bichos?
—Las flores suelen tenerlos —le recordó con una sonrisa divertida—.
De hecho, creo que he visto alguno mientras te sacaba las fotos.
—¡¿Qué dices?! —exclamó, incorporándose en la cama de forma
automática—. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
Se sacudió el pelo de forma compulsiva y se frotó los brazos y la ropa
con movimientos enérgicos. No contenta con aquello, se terminó quitando
la camiseta y la sacudió con vigor.
—¡¿No me estarás echando fotos?! —le gritó a Nick, que reía a
carcajadas mientras continuaba disparando.
—No.
—¡Cómo que no! —protestó—. Borra ahora mismo esas fotos.
—Ni hablar —continuó riendo.
—¡Dame la cámara!
—Ni lo sueñes.
Pat se abalanzó sobre él intentando quitarle la cámara, forcejearon y
terminaron cayendo sobre la cama. Nick quedó tumbado bocarriba, y Pat
cayó medio recostada encima de él.
—No voy a quitarme hasta que no te piquen todos los bichos —le dijo la
chica con una sonrisa maliciosa.
—Es posible que lo que vi antes fuera una mota de polvo —admitió
Nick con sorna—. Estas rosas se cultivan en invernaderos…
—¡Así que no tienen bichos! —Le tiró del pelo y se dejó caer hacia un
lado, quedando bocarriba junto a él—. ¡Eres un imbécil!
—No te enfades —pidió, pero lo arruinó al añadir—: Ni te imaginas la
de fotos chulas que te he sacado.
—No me lo puedo creer. —Rio Pat, ahora consciente del número que
había montado en un momento—. Creo que te odio.
Nick se incorporó y se apoyó sobre uno de sus codos para poder mirarla
a placer.
—Es usted la empleada más divertida que he tenido nunca, señorita
Maloy —le dijo con una sonrisa radiante.
Pat le devolvió la mirada y se perdió en sus ojos. En aquel justo instante
fue consciente de que estaba sin camiseta, tumbada sobre un lecho de rosas,
junto al hombre que deseaba con todo su ser.
—Usted como jefe tampoco está mal —le susurró sin dejar de mirarlo—.
¿Puedo hacer algo más por usted?
Nick respiró hondo y le devolvió una mirada brillante.
—Se me ocurren varias cosas —le dijo, recorriendo su cuerpo con la
vista, con auténtico descaro—, y varias veces…, pero es mucho más seguro
que volvamos al trabajo.
«¡¿Y quién puede trabajar ahora?!», se quejó Pat, a quien su cuerpo le
pedía a gritos todas aquellas cosas que el parecía insinuar.
Nick se puso en pie, dejando escapar una larga exhalación que sonó a
frustración. El ambiente estaba cargado de una electricidad que amenazaba
con sobrecargarlos a ambos.
—Oye, jefe —le dijo Pat, incorporándose en la cama—. Cuando
destapemos la cama, ¿qué hacemos con todos los pétalos?
Nick la miró con una sonrisa risueña, mucho más relajada.
—¿Los tiramos al suelo o qué? —insistió Pat.
El chico dejó escapar una carcajada por la absurda pregunta.
—Tengo una idea. Ponte de pie —le pidió. La chica lo miró extrañada,
pero le hizo caso.
Lo vio toquetear la cámara y colocarla sobre un pequeño aparador.
—¿Vas a rociarme de pétalos? —adivinó Pat, entre risas, cuando lo vio
asegurarse de que todas las partes del edredón estaban sueltas para poder
tirar de él.
—Correcto. —Rio—. Disfrútalo.
Nick programó el auto disparador de la cámara, contó hasta cinco y tiró
del edredón hacia arriba, impulsándolo con cuidado hacia adelante. Los
pétalos volaron por la habitación mientras Par reía a carcajadas bailando
entre ellos.
—¡Ha sido genial! —gritó la chica, feliz.
Ambos se sentaron en la cama para comprobar la cámara. Entre las
quince fotos que la ráfaga había tirado, había una espectacular.
—¡Joder, qué pasada de foto! —le dijo Nick, sin poder dejar de mirarla.
—Sí…, estoy bien… —titubeó avergonzada—. Aunque quizá hubieras
podido recordarme que estoy medio desnuda antes de hacérmelas.
Nick rio y la miró con una expresión traviesa.
—Si se la pasamos a Ackerman, se hace un poster para su cuarto.
—¡Qué gracioso! ¿Puedes borrarla?
—¿Es una broma? —La miró a los ojos a escasos centímetros—. Es una
foto espectacular.
—En la que estoy en ropa interior.
—Te prometo que nunca saldrá de aquí.
Pat estaba alucinada.
—¿Y para qué demonios quieres una foto que no puedes mostrar?
—¿Por devoción a mi trabajo? —Sonrió, mirándola con picardía
—¡Qué cara más dura!
—Estás maravillosa, Pat, casi a la altura de la de la mariposa.
Durante unos interminables segundos se perdieron en la mirada del otro.
Hasta que Nick terminó soltando un suspiro desesperado e interrumpió
aquel momento íntimo poniéndose en pie de forma abrupta.
Pat intentó que él no notara su decepción mientras se ponía la camiseta.
—Bueno, ¿por dónde vamos a empezar?
—Por los exteriores, ¿te parece? —sugirió Nick.
—Tú eres el jefe.
—¿Por qué tengo la sensación de que voy a terminar aborreciendo que
me llames jefe?
La chica sonrió y se encogió de hombros, pero no agregó nada más. Le
hubiera gustado decirle que ella también odiaba que la llamara amiga…, y
tenía que soportarlo demasiado últimamente. Era un respiro poder borrar
aquella palabra de su vocabulario aunque solo fuera durante unos días.
—Pues lo dicho, hacemos las piscinas y las zonas de relax —dijo Nick
—. Esta tarde podemos echar las fotos al spa y los aledaños de la playa.
—¿Crees que nos dará tiempo a darnos un baño cuando paremos para
comer?
—Cuenta con ello. —Sonrió.
—¡Genial! Pues yo me bajo ya preparada —dijo risueña—. ¿Bikini o
trikini?
—¿Qué?
—¿Qué me pongo?
—¿Por qué me lo preguntas a mí? —preguntó sorprendido.
—Porque yo soy incapaz de elegir —insistió—. ¿Bikini o trikini?
—¿Qué demonios es un trikini?
—Una combinación entre el bañador y el bikini —explicó divertida.
—El trikini suena bien.
«A la fuerza tiene que tener más tela que un bikini, y eso siempre es
bueno para mi paz mental», se dijo Nick, caminando hasta su mochila para
buscar su propio bañador.
Capítulo 17
Durante el siguiente par de horas trabajaron sin descanso. Había muchas
zonas especiales e increíbles en aquel Resort, y las fotos eran maravillosas,
tal y como a Nick le gustaban, por lo que jamás se cansaba de tirar una tras
otra. Fueron pasando de un encuadre a otro, tan compenetrados como
siempre, y disfrutando de su mutua pasión por la fotografía. Cuando
decidieron parar para descansar, escogieron unas tumbonas bajo una
sombrilla, frente a la mejor piscina del hotel. La zona simulaba un entorno
natural, que se habían esforzado mucho en hacer parecer paradisiaco.
Multitud de mini cascadas, chorros de agua y pequeños jacuzzis estaban
regados por la enorme piscina de agua salada.
—¿Vamos a la zona de hidromasaje? —sugirió Pat, consultando el
folleto que había encontrado sobre su hamaca—. Aquí pone que tienen la
mejor tecnología, estoy deseando probarla.
—No podemos dejar el equipo aquí solo —le recordó Nick.
—Espera, déjame intentar algo. —Pat chasqueó los dedos y miró a su
alrededor con una expresión divertida—. Pues no funciona…
—¿Qué haces?
—Aquí dice que el personal cumplirá todos nuestros deseos en un
chasquido de dedos, pero parece que han exagerado un poco.
Nick dejó escapar una carcajada.
—Disculpen —les dijo uno de los empleados, apareciendo tras ellos.
—¡Coño! —exclamó Pat, perpleja—. ¿Ha escuchado mi chasquido?
—¿Cómo dice? —le dijo el pequeño hombrecillo, extrañado, tendiéndole
un par de toallas con el logotipo del hotel.
Pat miró a Nick, que estaba muerto de la risa, y no pudo evitar reír a su
vez.
—Olvídelo —terminó diciendo.
—¿Puedo traerles algo de beber? —insistió el camarero.
—Puede, sí —dijo Pat, haciéndole a Nick un gesto emocionado—.
¿Tienen granizados?
El camarero mencionó doce sabores diferentes como si los estuviera
leyendo de una carta.
—¿Todos esos son sabores de granizado? —preguntó alucinada.
—Sí, señorita.
—Ah…, ¿me los puede repetir, por favor?
El hombre repitió la hazaña sin variar una coma.
—¡Caramba! ¡Es usted muy bueno!
Al camarero se le escapó una carcajada divertida.
—¿Cuál me recomienda? —termino diciéndole Pat. Miró su tarjeta
identificativa y añadió—: Louis.
—Todos están muy ricos.
—No, Louis, no me sea condescendiente —le pidió Pat con una sonrisa
risueña—. Los dos sabemos que algunos de esos granizados estarán
imbebibles. Cuestión de estadísticas.
Louis sonrió, guardó silencio unos segundos y terminó diciéndole en un
tono confidencial:
—Yo me ceñiría a los clásicos.
—De acuerdo. —Rio Pat—. Tráigame el que a usted le parezca más rico.
Y el segundo más rico para mi jefe.
Nick rio con sorna y asintió mirando al camarero, dando su visto bueno.
—Louis, ¿hay alguna taquilla en la que podamos guardar todo esto? —
intervino Pat de nuevo.
—Hay un botones que se encargará de subirlo a su habitación si lo
prefiere —dijo el camarero con una sonrisa amable—. ¿Quiere que le avise
para que pase a retirarlo?
—¿Haría eso por mí? —Pat estaba maravillada—. ¡Gracias, Louis, si me
trae un granizado que esté bueno, pasará a convertirse en mi persona
favorita!
—Usted ya es mi persona favorita, señorita —Sonrió el hombre con
sinceridad—, incluso aunque no le guste el granizado.
—Gracias, Louis. —Pat le guiñó un ojo, y el hombre se alejó de allí con
una radiante sonrisa.
Nick observó a Pat con detenimiento y una sonrisa muy especial.
—¿Qué pasa? —terminó preguntándole la chica cuando se cansó de
fingir que no sentía su mirada sobre ella.
—Otro que te echas al bolsillo casi sin esfuerzo —le dijo Nick sin
disimular su admiración.
—No sé cómo tomarme ese comentario —reconoció la chica.
—Es bueno. Siempre me han fascinado tus capacidades sociales —le
confesó, sin dejar de mirarla—. Eres tan… tú.
Pat dejó escapar una carcajada.
—¿Te imaginas si fuera tan… otra?
—Me refiero a que eres única, Pat —admitió.
—Guau, jefe, me va a sacar los colores —bromeó, solo para esconder
que estaba de verdad avergonzada con aquellas palabras.
—Aunque a veces es usted bastante irreverente, señorita Maloy —
insistió Nick, al escucharla llamarlo jefe de nuevo—. Desde que trabajamos
juntos, también he conocido su tendencia a la verborrea. Y su afición a
decir siempre lo que piensa algún día va a terminar metiéndola en
problemas. Claro que su genuina mala leche podrá ayudarla a salir del
embrolló.
—¿Algo más? —Frunció el ceño—. Creo que me quedo con aquello de
ser tan yo.
Nick dejó escapar una sincera carcajada.
—En conjunto —suspiró, y la miró a los ojos—, yo diría que es usted un
encanto.
—¡Vale! No agregue nada más —interrumpió, rebuscando a
continuación dentro de su mochila para que él no pudiera ver su expresión
embelesada—. Me quedo con eso, no sea que vuelva a empeorarlo.
La risa ronca que salió de la garganta de Nick le arrancó a Pat un gemido
que tuvo que esforzarse por contener.
Pat encontró por fin la crema solar dentro de su bolsa y se puso en pie.
Se quitó los pantalones y la camiseta, y volvió a sentarse en la hamaca,
luciendo el trikini que se había comprado hacía par de días. Era, sin duda, la
ropa de baño más sexi que había tenido jamás. Insinuaba más que mostraba,
pero al mismo tiempo acentuaba cada una de sus curvas de una forma que
ella misma habría creído imposible hasta probarse aquella prenda. Y le iba a
costar un poco habituarse a lucir como en uno de los posters de una revista
de moda, aunque la mirada que Nick posó sobre ella la ayudó a convencerse
de que era la prenda adecuada para aquel momento.
—Pues vamos a embadurnarnos de crema antes de ponernos como
cangrejos.
—Voy a ver dónde está el botones. —Nick se puso en pie de forma
precipitada, pero cuando se giró para irse, se chocó de frente con el chico
que se había llevado sus maletas hacía unas horas.
«Mierda, cuánta eficiencia», protestó Nick para sí.
—¿Te envía el bueno de Louis? —interrogó Pat.
—Sí, señorita. —El chico le devolvió una sonrisa radiante. A la legua se
notaba que le gustaba mucho lo que veía.
Nick le dio las bolsas con el equipo que tenía que llevarse, y el
muchacho aún miró a Pat con ojitos tiernos antes de desaparecer.
—Eres como una encantadora de serpientes —dijo Nick, volviéndose a
mirarla.
—Ay, pobre, ¿ese muchacho te parecía una serpiente? —Rio Pat.
Nick la observó mientras se untaba crema, ahora en las piernas, y tuvo
que sentarse. Solo esperaba que no le pidiera…
—¿Me untas crema en la espalda?
«…justo aquello». Tomó el bote de crema como suponía que un
condenado a muerte se comería su última cena.
Cuando Pat se giró para darle acceso, se armó de valor y puso las manos
sobre su espalda. Por más que se repitió que solo debía tardar algunos
segundos, se terminó deleitando con la suavidad de su piel y la posibilidad
de poder tocarla.
—Gracias —le dijo la chica con cierta ronquera, tomando el bote de
crema que él le devolvía—. Date la vuelta, que te echo yo a ti.
—No es necesario.
—Es un momento.
—De verdad que no hace falta. —Se puso en pie y le dio la espalda—.
Voy directo a bañarme…
Se quitó la camiseta, caminó los cinco o seis metros que lo separaban del
agua y se lanzó a la piscina.
Cuando emergió del agua fría, se sentía mucho mejor. Nadó hasta el
bordillo y posó sus ojos sobre Pat, que se ponía en pie en aquel momento.
«He debido escoger el bikini», se dijo, sin poder apartar los ojos de su
cuerpo. «No puede ser peor que esto… ¡Mamma mía!».
—¿Está muy fría? —le preguntó la chica, caminando hacia él.
—No lo suficiente.
Pat lo miró algo desorientada.
—¿No lo suficiente para qué?
—¡Tírate ya!
Pat sonrió. Necesitaba que el agua le aliviara un poco el ardor que había
sentido mientras él le untaba la crema.
Probaron todos y cada uno de los chorros de masajes y jacuzzis que
había en la piscina. Después, jugaron a salpicarse y hacerse aguadillas
durante largo rato, tal y como hacían siempre que disfrutaban del agua
juntos, pero entre ellos ya nada era como siempre. Ambos fueron
conscientes, casi al mismo tiempo, de que no podían seguir rozándose de
aquella manera bajo el agua, pero se limitaron a acabar con el juego sin
comentarlo entre ellos. Pat salió de la piscina, cohibida, y Nick tuvo que
esperar un poco hasta que su cuerpo se calmara.
«Creo que estoy a punto de entrar en erupción», se dijo Pat, preocupada.
Y cuando vio a Nick salir del agua y pudo deleitarse la vista con aquel
cuerpazo espectacular, estuvo a punto de lanzarse sobre él. Aquello
empezaba a resultar una tortura.

La bella puesta de sol fue una delicia para ambos. Aquella era la luz
preferida de Nick para trabajar. Disfrutaba de cada una de las fotos como si
fueran pequeños tesoros que encontrara enterrados en la arena. Y para ella
no había mejor regalo que verlo tan concentrado y feliz.
La pequeña cala privada del Resort era una verdadera maravilla vista a la
luz del ocaso. Ambos se asomaron al mirador, desde donde se divisaba toda
la costa, y se perdieron en aquella belleza que los dejó sin palabras.
—Tengo que reconocer que Ackerman ha acertado de lleno al comprar
este sitio —dijo Pat tras un rato en silencio.
—El tipo tiene buen gusto. —Sonrió Nick, mirándola con descaro.
—Déjalo ya, Nick —le pidió, ruborizándose—. Te confieso que me
incomoda un poco cómo me mira.
—¿Por qué? —se extrañó.
—Supongo que no estoy acostumbrada a que los hombres me coman con
los ojos —admitió Pat.
—Pero tú siempre has sido una mujer preciosa.
—Que vestía como un chico —le recordó.
—¿Y qué?
—¿Y qué? —repitió con una sonrisa, y se señaló la camiseta cortita que
llevaba puesta—. ¿Tú me ves igual con una de mis camisetas enormes que
con esta?
Nick aprovechó para mirarla de arriba abajo antes de contestar.
—¿Puedes no hacer eso? —se quejó Pat.
—¿El qué?
—Mirarme así… —insistió, cohibida—. Como Ackerman…
—Lo siento —se disculpó Nick sin dejar de sonreír—, pero es que yo
también soy un tío.
—¿Y?
—Qué estás muy buena, Pat, y tengo ojos —admitió divertido.
La chica se quedó perpleja ante aquel comentario. Era la primera vez que
Nick le decía algo así. Se suplicó a sí misma no ruborizarse de nuevo, pero
no tuvo éxito.
—¿Acabas de sonrojarte? —Rio Nick—. No me puedo creer que te
afecten esos comentarios.
—Me afecta que me los hagas tú —admitió, casi sin ser consciente de lo
que decía.
—¿Por qué?
—No lo sé —mintió—. Somos amigos.
—Bueno, en este momento solo somos jefe y empleada —le recordó, sin
disimular su diversión.
«¡Está coqueteando conmigo!», se dijo Pat, repentinamente consciente
de aquello. Rio la broma y decidió divertirse también con aquel juego.
—¿Y te parece políticamente correcto que un jefe mire a su empleada
así? —Sonrió, girándose a mirarlo a su vez.
—¿Cómo?
—¡Como si fuera en bañador!
—Otro error —dijo Nick con una divertida mirada maliciosa—. En
realidad, te he mirado como si aún tuvieras puesto el trikini.
La carcajada de Pat fue genuina.
—¿Eso significa que te ha gustado mi trikini?
—Eso significa que debería haber escogido el bikini cuando tuve
oportunidad —bromeó.
—Pues no sé yo… —Rio Pat, con los nervios a flor de piel—. El bikini
es… ¿cómo lo diría…? Tampoco es apto para la relación jefe-empleada.
Pat vio como Nick tragaba saliva y dejó escapar otra carcajada divertida.
—Tranquilo, jefe, lo dejaré para cuando no estemos trabajando —le dijo
con una pícara mirada brillante—. Como ahora, por ejemplo.
—¿Ahora?
—Había pensado que podíamos darnos un baño en el mar. —Señaló la
cala que tenían frente a sus ojos.
—¿Quieres bajar a la playa ahora?
—¿Por qué no? Tengo mi bikini puesto. —Sonrió de forma descarada.
Nick miró hacia la pequeña cala, donde apenas quedaba ya un alma a las
ocho de la tarde, con una expresión preocupada que no pasó desapercibida
para Pat. La chica tuvo que asumir que el momento especial entre ellos
había pasado. Hubiera podido gritar de pura frustración, pero hizo acopio de
todas sus fuerzas para añadir.
—Tú no tienes bañador.
—No —le dijo, mirándola con seriedad.
Ambos supieron que no hablaban de ropa de baño.
—Pues volvamos a la habitación.
Caminaron en silencio de vuelta al hotel. Cuando iban a tomar el
ascensor para volver a su suite, Nick se excusó alegando tener que hablar
con Ackerman de algunas de las localizaciones del día siguiente.
—Te veo después entonces.

Nick suspiró y comenzó a andar hacia recepción, sin poder evitar


perderse en sus cavilaciones. La charla con Ackerman no era
imprescindible, solo había sido la excusa para alejarse de Pat durante un
rato.
Sabía que era un error dejarse llevar por su instinto como acababa de
hacerlo en el mirador, pero no conseguía evitar flirtear con ella de vez en
cuando. El problema era que a su cuerpo le gustaba demasiado aquel
permiso para fantasear que le daba cuando bajaba la guardia. En aquel
momento le pedía correr a la siguiente base de una forma intensa y
dolorosa. Y meterse con ella en una suite con una cama del tamaño de un
campo de béisbol era tentar demasiado a la suerte, teniendo en cuenta la
intensidad con la que quería y necesitaba jugar aquel partido.
Casi de puro milagro, se topó a Roy Ackerman en recepción.
—¿Dónde te has dejado a tu maravillosa ayudante? —le preguntó el
hombre con una sonrisa.
—Le he dado la noche libre —le dijo, más serio de lo habitual—. Ahora
me apetece pasar un rato tranquilo con mi novia.
—¿Cenáis con Cinthia y conmigo? —le propuso el hombre.
—Hoy no podemos —se excusó. A Nick no se le ocurría nada que le
apeteciera menos que aquello. Y estaba seguro de que Pat lo mataría si
aceptaba—. Ya hemos planeado la noche.
—Entiendo. Eres un hombre muy afortunado. —Rio Ackerman—.
Cualquiera en tu lugar haría lo mismo.
Nick le devolvió una mirada ausente de humor.
—Sí, soy afortunado —admitió, intentado esbozar una mueca amistosa
—, y prefiero no pensar en lo qué harían otros en mi lugar, puesto que he
descubierto que soy especialmente celoso.
Bastó la mirada de advertencia con la que dijo aquellas palabras para que
Ackerman cambiara de tema. Pasaron a hablar de todas las zonas en las que
habían trabajado hoy, y concretaron algunas especiales para el día siguiente.

Nick sonrió mientras entraba en el ascensor de vuelta a su suite. A Pat


iba a encantarle escuchar todo lo que les esperaba y estaba loco por
contárselo. En realidad estaba deseando verla; lo cual resultaba
sorprendente, teniendo en cuenta que hacía apenas media hora que se
habían separado después de pasar todo el día juntos.
Cuando entró en la habitación la encontró vacía, pero el sonido de una de
sus baladas favoritas de Scorpions le llegó alto y claro desde el baño. La
puerta estaba entreabierta, lo cual era una clara invitación a entrar. Llamó
con suavidad y se coló en la estancia. Pat estaba sumergida en la bañera
hasta el cuello, tenía los ojos cerrados y cantaba muy alto, intentando
alcanzar los agudos imposibles de Klaus Meine.
Nick rio, alertándola de su presencia.
—¿Quieres romper el espejo? —bromeó.
Pat le devolvió una mirada risueña, pero no sintió ningún tipo de
vergüenza, sino una emoción inmensa porque él estuviera de vuelta.
—Creo que no voy a salir de aquí hasta que esté arrugadilla como una
pasa. —Sonrió, feliz.
Nick se acercó, se sentó en el borde de la bañera y metió la mano en el
agua.
—¿Cómo has conseguido hacer tanta espuma? —preguntó sorprendido
—. Creo que solo he visto bañeras así en las películas.
—Aquí hay un montón de productos chulos.
—¿Y los has usado todos?
—Solo algunas bombas de espuma, como unas… —Movió los dedos de
la mano delante de sus ojos como si estuviera contando, pero terminó
diciendo con una sonrisa divertida—: muchas.
—Ya veo.
—Venga, métete ya —le pidió—. Antes de que se enfríe el agua.
Nick suspiró y la miró con cierta aprensión. Llevaba el pelo recogido en
una coleta alta y tenía la cara sonrojada por el calor del agua; decir que
estaba preciosa era quedarse muy corto. Apenas si podía apartar sus ojos de
ella…, y aquello era un problema. Ni podía ni debía meterse en aquella
bañera.
—Voy a ponerme el bañador —se escuchó decir.
«¡Di que sí, Nick, tú sáltate todas las precauciones!, ironizó consigo
mismo, resignado.
—Yo miro para otro lado si quieres meterte en calzoncillos —le sugirió
Pat, sin ningún tipo de pudor.
Nick la miró con cierto recelo.
—¿Tú…?
—Yo tengo puesto un bañador —le mostró la cuerda que llevaba atada al
cuello—. Seguro que salgo antes porque tengo que lavarme el pelo en la
ducha.
Sin esperar a que terminara la frase, Nick se quitó la camiseta y la tiró a
un lado. Pat no disimuló ni un poco cuánto le gustaba lo que veía.
—¿Qué miras con tanta atención? —le preguntó él con una sonrisa
maliciosa.
—Estás muy bueno, Nick, y tengo ojos —le dijo Pat en el mismo tono
que él había empleado en el mirador.
Él dejó escapar una carcajada.
—Touché —admitió mientras se abría la hebilla del cinturón—. Mira
todo lo que quieras…, pero a ver si vas a encontrarte con más de lo que
esperas.
—¿A qué te refieres? —preguntó fascinada.
—A la reacción de mi cuerpo a tu forma de mirarme.
Comenzó a desabrocharse los botones del pantalón con una deliberada
lentitud. Pat estaba tan absorta en aquello, que la orden de no mirar que
intentaba imponer desde su cerebro no terminaba de ser obedecida. Nick
notó el momento exacto en el que ella interiorizó aquel comentario y
entendió a qué se estaba refiriendo con aquello de la reacción de su cuerpo.
Rio divertido cuando la vio mirar hacia otro lado, azorada.
«Nick…, tienes que dejar de coquetear», se amonestó cuando se quitó
los pantalones y comprobó cuánto dejaban a la imaginación aquellos
calzoncillos. Nada. No podía estar más claro lo que se adivinaba bajo ellos.
Agradeció que ella se hubiera vuelto a tiempo para no darse cuenta de que
no bromeaba en absoluto cuando hablaba de las… reacciones de su cuerpo.
Se metió en la bañera y se acomodó lo más lejos posible de ella. La
bañera era grande, pero no lo suficiente.
—Me ha pedido Ackerman que cenemos con él y Cinthia —le dijo por
cambiar de conversación cuanto antes.
—Dime que le has dicho que no —rogó, horrorizada. Nick guardó
silencio unos segundos—. ¡No, Nick! Estoy muy cansada. Esta noche no
puedo lidiar con Don Mirada Sucia y Doña Pijo Landia. Incluso había
pensado pedirte que cenáramos aquí en la habitación. Anoche casi no dormí
y hemos madrugado mucho.
—Tranquila. —Rio—. Le he dicho que ya teníamos planes.
Pat dejó escapar un suspiro de alivio.
—Pero ¿por qué no dormiste? —se interesó.
—Me entretuve demasiado haciendo la maleta.
—Pues no te quebraste la cabeza decidiendo que echar —bromeó—.
Deberías haber terminado rápido.
Pat le devolvió una mirada divertida.
—Vale —admitió—. Quizá también estaba un poco nerviosa por el viaje.
—¿Por qué?
La chica se encogió de hombros. Ni muerta le contaría el verdadero
motivo.
—No hay mucho que contar, Nick. En las últimas horas hemos discutido
más que en toda nuestra vida —le recordó—. Supongo que me preocupaba
que no fuéramos capaces de solucionarlo.
—Sí, a mí también —admitió—. Y… he estado jodido, la verdad.
¿Podríamos evitar que sucediera de nuevo?
—Para eso tendría que entender qué ha sido lo que ha pasado.
Nick guardó silencio.
—La noche que te presentaste en mi casa…
—¿Podríamos olvidar esa noche? —interrumpió con un tono suplicante
—. Te pido disculpas por todo lo que te dije, pero déjalo estar, por favor.
—Pero Nick…
—Necesito recobrar la tranquilidad, Pat —insistió—. Necesito recuperar
a mi amiga, porque no sé vivir sin ella.
La chica estuvo a punto de negarse. Tuvo que hacer acopio de todas sus
fuerzas para hablar y sonar medio normal.
—¿No te gusta la ayudante? —preguntó, con un nudo en la garganta.
—Reconozco que me pone un poco nervioso —e insistió mirándola con
seriedad—. Quiero que vuelva mi mejor amiga, por favor.
Pat se forzó a sonreír. Asintió con la cabeza, convencida de que se le
atragantarían las palabras en la garganta si intentaba decir alguna. Resultaba
insoportable escucharlo usar de nuevo la frase mejor amiga mientras le
rogaba que volviera a ser justo aquello. Necesitaba un tema de conversación
al que agarrarse, que al mismo tiempo la ayudara a reafirmarse en lo que
quería conseguir.
—¿Quieres que te cuente un chisme de Chris?
—¿Qué Chris? —preguntó extrañado—. ¿La camarera del Oasis?
—Que resultó no ser solo una camarera.
—¿A qué te refieres?
—Es la mujer de Boss.
Nick la miró perplejo.
—Bueno, la futura exmujer —le contó—. El cincuenta por ciento del
Oasis es suyo.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo ha contado ella misma.
—¿Cuándo has hablado con Chris?
—Ayer. Coincidí con ella fuera —confesó. Y tuvo la sensación de que él
se ponía un poco tenso—. Me lo contó porque Boss salió a buscarla con una
mala leche… Yo me quedé alucinada. Jamás lo había visto comportarse con
nadie así. Fue muy grosero. Claro, que ella tampoco se quedó atrás.
Echaban chispas por los ojos los dos.
—Y tú en pleno campo de batalla —se quejó—. A ver si te va a salpicar,
Pat.
—Espero que no. —Rio—. Tres son multitud.
—¿Qué?
—Qué era tensión sexual lo que se respiraba en el ambiente, Nick. Estoy
segura.
Nick esbozó una sonrisa divertida por la expresión risueña con la que
ella lo miraba.
—Ahora que lo dices… —Pensó para sí unos segundos—. Creo que
Boss no ha vuelto a tratarme igual desde… bueno…
—¿Desde que te enrollaste con su mujer? —Rio por la expresión de
fastidio de Nick ante el comentario—. Pues es posible.
—¡Yo no sabía que era su mujer! —protestó—. Y, para ser justos, no
creo que a lo que hicimos se le pueda llamar enrollarnos…
Pat se mordió la lengua en sentido literal para no hacer la pregunta que
se moría por hacer, pero no funcionó.
«O pregunto o reviento», se lamentó.
—¿Qué pasó aquella noche, Nick?
—Ya lo sabes —le dijo. Parecía avergonzado
—En realidad, sé muy poco.
—Es que hay poco que contar. Yo… lo tengo todo muy confuso —
reconoció—. Tengo la sensación de que ella se me echó encima, y yo no
estaba en condiciones óptimas.
Pat no dudó de que hubiera sido así. Estaba convencida de que ella vio la
oportunidad de poner celoso a Boss y la aprovechó, pero no era aquello lo
que quería saber.
—Eso es lo que no entiendo, Nick, tú no sueles beber de esa forma.
—Estaba jodido —admitió, incómodo.
—¿Por qué?
—¿Qué más da?
—Dime por qué —insistió.
—¿Y por qué crees tú? Te echaba de menos, joder, y solo hacía unas
horas que estabas fuera —terminó confesando—. De buenas a primeras te
largaste a Boston. Me dijiste tan campante que volverías en un mes. ¡Un
puto mes, Pat!
La chica estaba perpleja. ¿Cómo era posible que no se le hubiera ni
pasado por la cabeza que aquel pudiera ser el motivo de su borrachera?
—Yo… lo siento, no pensé…
—Olvídalo.
—¿Qué nombre pronunciaste, Nick?
—¿Qué?
—Mientras la besabas.
El la miró a los ojos antes de contestar categórico:
—No me acuerdo.
—Nick…
—Déjalo. —Aquello ya no fue una sugerencia.
—¡Pues nada, quizá algún día se desvele el misterio! —Fingió bromear
para normalizar las cosas.
—No hay ningún misterio —protestó Nick—. Me incomoda pensar en el
ridículo que hice, fin de la historia. Si sigues por ahí, no te cuento lo que
vamos a hacer mañana.
Pat tuvo que ceder. Al fin y al cabo, ya sabía qué nombre había salido de
su boca aquella noche, pero le hubiera gustado que Nick lo admitiera para
poder preguntarle si realmente creía besarla a ella… o solo fue su
subconsciente quien habló porque la echaba de menos. De cualquier forma,
él había dejado claro que no siguiera preguntando.
—Déjame adivinar. ¿Haremos más fotos? —bromeó, aceptando el poco
sutil cambio de tema.
—Sí, eso seguro, la cuestión es de qué o dónde.
—Dímelo ya —pidió.
—Intenta adivinar.
—Espero que sea bueno, Nick, estás generando muchas expectativas.
—¿Sabes la cantidad de deportes náuticos y de aventura que tienen en
este sitio? Piragüismo, esquí acuático, kitesurf…
Nick sonrió ante la expresión ilusionada de Pat y continuó:
—Paseos a caballo por la playa, tiro con arco, alquiler de motos
acuáticas…
—¿Y crees que podremos probar alguno? —preguntó esperanzada, con
los ojos como platos.
—Bueno, todavía están cerrados para los clientes —le contó, y rio al ver
la expresión de decepción de Pat antes de añadir—: Pero nosotros no somos
clientes.
—¿Qué?
—¡Que hay que hacer fotos, Pat, y para eso alguien tendrá que probarlos
todos! —terminó diciéndole.
—¿Nosotros? —gritó emocionada. Nick asintió.
—Solo nosotros.
Pat dejó escapar un grito triunfal y saltó encima de Nick para abrazarlo.
En el proceso vació media bañera, pero no le importó. El chico rio a
carcajadas sin remedio.
—¡No me lo puedo creer! —continuó gritando eufórica—. ¿Con monitor
y todo?
—Correcto.
—Pues le dejaremos salir en alguna foto —bromeó—. Y a Ackerman
también si pasa por allí, empieza a caerme mucho mejor.
Los ánimos fueron calmándose y ambos fueron conscientes al mismo
tiempo de su cercanía. Pat estaba apoyada sobre su pecho, y él la rodeaba
con sus brazos con total normalidad. Cuando todo quedó en silencio, llegó
la inquietud.
—Me alegro mucho de estar aquí, Nick —le dijo, mirándolo a los ojos a
escasos centímetros.
Nick se perdió en aquellos maravillosos y brillantes ojos azules, y sintió
que se quedaba sin aliento.
—Yo también me alegro —admitió con cierta ronquera.
—¿Pero?
—No hay peros.
—¿No?
—Aunque los dos sabemos que debería haberlos —terminó diciendo,
incómodo, pero sin poder apartar la mirada.
—¿Por qué? —se rebeló.
—Pat… —la súplica en su voz era evidente—. No me hagas esto, por
favor. No ahora que volvemos a la normalidad por fin.
Pat apretó los dientes, intentando soportar la cercanía sin forzar la
situación. De alguna forma sabía que en aquel punto Nick no se resistiría a
lo que ella más deseaba. Lo leía en sus ojos, en sus súplicas… y en aquella
parte de él que rozaba su muslo, y que no podía esconder lo que sentía. Pero
no quería que fuera así, no quería presionarlo. Si él tenía razón y aquello
terminaba costándoles todo lo que tenían, no deseaba aquella
responsabilidad solo sobre sus hombros.
Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concederle lo que le
pedía y apartarse a un lado.
—Voy a ducharme. —Se batió en retirada, sin mirarlo. Si lo hacía, no
estaba segura de poder salir de aquella bañera.
Nick tuvo que agarrarse al borde de la tina para permanecer donde
estaba. Intentó no mirarla, pero fue inevitable no hacerlo cuando ella se
puso en pie, mostrándole el bikini que llevaba puesto.
«¡Joder!», casi gritó para sí mismo. Aquello era diez veces peor que el
trikini de marras. O quizá era él quien en aquel momento estaba al límite de
lo soportable. Miró a Pat mientras salía de la bañera, y casi dejó escapar una
exclamación de frustración cuando ella le dio la espalda y comprobó que la
parte trasera del bikini… era casi inexistente. La siguió con la mirada hasta
la ducha, mientras la enorme erección que soportaba desde que había
llegado empeoraba a cada segundo que pasaba, cosa que, hasta ahora, no
creía humanamente posible.
Observó a Pat desaparecer dentro de la ducha, pero aquello no alivió su
estado. La mampara era casi transparente. Y, aunque no podía verla con
total claridad, sí se intuía su silueta de forma casi perfecta. Vio como ella se
deshacía de la parte de arriba del bikini y tuvo que sofocar un gemido.
Cuando adivinó por sus movimientos que se estaba desprendiendo de la
parte de abajo, se revolvió inquieto en la bañera. Aquello empezaba a
resultarle muy doloroso, pero, a pesar de todo, le era imposible apartar la
vista de aquella imagen. Siguió atormentándose, con la mirada clavada en el
cristal, y se le hizo la boca agua al imaginar que era él quien enjabonada de
forma lenta y sensual aquel cuerpo diseñado para volverlo loco. El agua de
la bañera parecía haber subido varios grados de temperatura en los últimos
minutos.
—Esto es insoportable —susurró, obligándose a apartar los ojos de la
mampara. Los cerró para no ceder a la tentación de devolverlos a su cuerpo.
Tras sus retinas, le esperaba el recuerdo de un beso increíble, que lo
atormentaba más de lo que estaría dispuesto a reconocer ni ante sí mismo.
Recordaba a una Pat sensual y preciosa, a la que él devoraba, desquiciado,
sin ningún tipo de contención.
Cuando el sonido del agua cesó, abrió los ojos. Los posó en la puerta de
la ducha para verla salir enroscada en una pequeña toalla, que apenas le
cubría hasta mitad del muslo. Saberla desnuda bajo ella terminó de
enloquecerlo. Tragó saliva cuando ella se acercó hasta el borde de la bañera,
mientras se secaba el pelo con otra toalla más pequeña, de forma distraída.
—Oye, Nick… —dijo llegando hasta él. Parecía nerviosa—. ¿Recuerdas
el pijama que llevaba puesto la noche que fuiste a mi casa?
«¿Que si recuerdo el pijama que estuvo a punto de hacerme perder la
cabeza? Algo creo recordar, sí», pensó para sí, intentando no desviar sus
ojos de su rostro. Se limitó a contestar a la pregunta con un gesto de
asentimiento.
—Todo lo que me dijiste era una broma, ¿no?
Nick frunció el ceño, pero no dijo nada.
—Es que… es el único que he traído… —terminó confesando un tanto
cohibida—. Me acabo de acordar, ¿sabes? Y no quiero discutir de nuevo
por un pijama. ¿Te molesta que lo use? Si lo prefieres, puedes dejarme una
de tus camisetas.
«Oh, por Dios, acabo de descender a la antesala del infierno», pensó
Nick, horrorizado con cualquiera de las opciones. La imagen de Pat
ataviada con una de sus camisetas era uno de sus sueños más recurrentes,
pero aquel pijama… ¡joder, era mejor ni siquiera pensar en ello! Pero ¿qué
podía decirle? ¿que se comprara un hábito?
—Haz lo que quieras, Pat —dijo a regañadientes, sabedor de que era lo
único que podía hacer.
Pat le regaló una sonrisa radiante y le guiñó un ojo antes de desaparecer
de su vista.
—¡Olvídalo, Nick! —se dijo en alto, un tanto desquiciado ya—. ¡Ni
pienses en saltarte tus propias normas!
Tuvo que recordarse varias veces por qué no debía ceder a sus instintos.
El recuerdo de su madre mirando a escondidas aquella foto desgastada fue
todo lo que necesitó para reafirmarse en su decisión. La posibilidad de
perder todo lo que tenía con Pat por no ser capaz de mantener a raya su
libido lo atormentaba más allá de toda lógica. Sabía que no podía vivir sin
ella, y meter el sexo en la ecuación era peligroso. Aunque pudiera ser el
mejor sexo que tendría nunca…; y lo sería, de eso estaba seguro.
«No se te ocurra ceder, Nicholas», se dijo de nuevo. «Ni aunque tengas
que soportar esta dolorosa erección a cada instante». Pasó por su cabeza la
idea de aliviarse un poco el sufrimiento, pero, para su sorpresa, lo descartó
al instante. Resultaba increíble que, a pesar de cómo estaba, la idea de
masturbarse no le sedujera nada.
—Joder, estoy fatal.
Salió de la bañera, se metió en la ducha y abrió el grifo del agua fría a
tope.
Capítulo 18
Pat, ataviada con su atrevido pijama, estaba sentada en el sofá de la sala
consultando la carta del restaurante. O eso es lo que parecía al menos,
porque no había pasado de las tres primeras líneas en todo el tiempo que
llevaba con la carta en la mano. No conseguía apartar de su pensamiento a
Nick y su forma de mirarla dentro de aquella bañera. Imaginar que en aquel
momento podrían estar retozando juntos entre las sábanas, si tan solo ella
hubiera tenido la osadía de besarlo, le calentaba la sangre. Era incapaz de
pensar en otra cosa que no fueran imágenes subidas de tono…, a pesar de
que había tenido que renunciar al hidromasaje de la ducha por no poder
soportar el agua congelada durante más tiempo.
Nick salió del baño y cruzó la habitación hacia su mochila, con tan solo
una toalla rodeando sus caderas.
«¡Madre mía!», gimió Pat para sí, mirándolo de reojo a través de la
puerta abierta del salón de la suite. Por fortuna, estaba a suficientes metros
de distancia para que él no pudiera verle la baba caer por la comisura de los
labios.
Lo perdió de vista durante unos interminables segundos, y cuando
retomó la visión, ya llevaba puestos unos pantalones deportivos, que a Pat
le gustaban especialmente. Estaba demoledor con ellos puestos y desnudo
de cintura para arriba.
Entró en el salón con la camiseta aún en la mano, y Pat tuvo que hacer
un esfuerzo enorme para devolver su mirada a la carta.
—Hace calor aquí —dijo Nick, posando sus ojos sobre ella.
Caminó hasta las puertas de la terraza para abrirlas de par en par,
buscando algo de aire fresco.
—¿Qué te apetece cenar? —le preguntó, acercándose a ella mientras se
ponía la camiseta.
«A ti. ¡Mierda, joder, Pat, no puedes llevarte a ese terreno cada cosa que
te diga!», se regañó a sí misma. Jamás en toda su vida le había pasado algo
así. Nunca había sido de las que babeaban tras un tío, pero de repente se
sentía como una depredadora en celo todo el tiempo.
—Acabo de coger la carta —mintió—. Toma, escoge tú.
—Me da igual, pide algo de carne, me amoldo.
Pat consultó de nuevo todo lo disponible para el servicio de habitaciones
y esta vez se concentró a conciencia.
—Pues una parrillada de carne, que trae un poco de todo, ¿te parece?
—Genial, tengo mucha hambre, en este momento me comería un
caballo.
Pat estuvo a punto de relinchar. Sonrió y se puso roja ante aquel
descabellado pensamiento.
—¿Qué te pasa? —se interesó Nick con curiosidad.
—¿A mí? Nada.
La sonrisa avergonzada de Pat, junto con su tendencia a ruborizarse,
decía mucho más que sus palabras. Nick la miró con una mueca divertida,
pero no siguió preguntando.

Cuando el camarero llegó con la comida, todo venía aderezado con un


toque de romanticismo que Nick se encargó de desbaratar con pronta
rapidez. Apartó las velas de la mesa como si pudieran contagiarle algún tipo
enfermedad, y lo mismo hizo con las rosas y el pequeño corazón de cristal
que colgaba de la botella de vino que habían pedido. Pat lo observó todo en
silencio, sin ni siquiera pestañear, consciente de que si lo hacía, quizá las
lágrimas que se afanaba por contener resbalarían por sus mejillas sin
remedio. No pudo evitar sentirse muy dolida con aquel gesto.
La comida resultó estar exquisita. Comieron en la terraza, donde una
agradable brisa ayudaba a mitigar el calor que ambos llevaban dentro. Pero
a Pat le estaba costando mucho comportarse con normalidad. Si en algún
momento había tenido la esperanza de que él reconsiderara su postura sobre
su relación, había volado después de ver con la premura que había retirado
cualquier alusión al romance en sus vidas. Necesitaba estar a solas un
tiempo para recomponerse.
—¿Vemos una peli? —sugirió Nick tras dar buena cuenta de la carne.
Pat se puso en pie de forma repentina y declinó la oferta.
—¿Te pasa algo? —le preguntó, perplejo por la abrupta respuesta.
—Estoy cansada.
—Pero acabas de cenar —le recordó—. Quizá deberías esperar un poco
para irte a la cama.
—No puedo más, Nick —le dijo en un tono extraño.
Nick la observó desconcertado. Tenía la sensación de que ella no se
refería al cansancio, pero no se atrevía a preguntar.
—Como quieras —terminó admitiendo, mirándola con preocupación.
—¿Puedes esperar a que me duerma para acostarte?
—Puedo dormir en el sofá…
—No es necesario. La cama es grande y somos adultos —le dijo Pat,
intentando formar una sonrisa que finalmente no consiguió esbozar—. Me
sentiría fatal si tuvieras que dormir en el sofá.
—Te garantizo que me quedaré en mi lado de la cama.
—Sí, no lo dudo. —Apenas pudo disimular el tono sarcástico.
Pat se retiró y entró en el baño, donde necesitó desahogarse un poco,
derramando algunas de las lágrimas que había estado conteniendo durante
toda la cena. Cuando al fin salió, se cruzó con Nick, que esperaba su turno
para entrar.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó él con una expresión de inquietud.
—Sí —afirmó, sin apenas mirarlo—, pero me caigo de sueño.
Nick la siguió con la mirada mientras caminaba hacia la cama. Observó
cómo se detenía junto a su bolso, sacaba un blíster de pastillas y se tomaba
una, que tragó sin agua.
—¿De verdad que estás bien? —insistió Nick.
Pat se sobresaltó. No esperaba que él siguiera observando sus
movimientos desde la puerta del baño.
—¿Te duele algo?
—No, ¿por qué?
—Acabas de tomarte una pastilla —le recordó.
—Pero no es para los dolores —dijo, un poco avergonzada.
—¿Y para qué es?
—¿Qué más te da, Nick?
—Es que me estás preocupando…
Ella suspiró y terminó admitiendo:
—Es la pastilla que tomo para regular mi periodo.
—¿Qué?
—Es mi píldora anticonceptiva, Nick —le dijo, ya perdiendo un poco los
nervios—. La tomo cada día a esta hora.
La cara de Nick fue todo un poema. Dejó escapar una exclamación de
asombro, junto con un leve titubeo, y desapareció dentro del baño.
Pat hubiera reído de no estar tan jodida.
Caminó hasta la cama, se acostó y se tapó con la sábana hasta el cuello.
En aquel momento hubiera querido esconder hasta la cabeza bajo la tela y
desaparecer.
Cuando tiempo después abrió los ojos, miró a su alrededor desorientada.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la tenue luz de la
luna que entraba a través de las puertas de la terraza, pero que daba
suficiente claridad como para ver a su alrededor sin problema. Se giró hacia
el otro lado de la cama buscando a Nick, pero no estaba allí. Extrañada, se
incorporó y cogió su teléfono móvil para mirar la hora. Era la una y media,
así que había dormido poco más de par de horas. Pero ¿dónde estaba Nick?
Vio, asombrada, que su lado de la cama estaba destapado, de modo que en
algún momento él sí había estado tumbado allí, junto a ella.
Se levantó para comprobar si al final había optado por acostarse en el
sofá, pero se sorprendió al no verlo allí tampoco.
Lo encontró en la terraza, apoyado en la barandilla, contemplando las
vistas. Solo llevaba puesto el pantalón, y la luna esculpía cada uno de sus
músculos de forma precisa. Pat tuvo que acostumbrarse a aquella visión
antes de poder hablar.
—¿Qué haces aquí? —le dijo al fin, saliendo de entre las sombras—. Es
muy tarde, Nick.
Sorprendida, creyó oírlo maldecir entre dientes antes de decir:
—Vuelve a la cama, Pat.
—Pero ¿y tú?
—Por favor.
—¿Qué te pasa? —le preguntó, perpleja por su extraño tono de voz.
—Nada. Déjame solo —fue más una súplica que una orden.
Pat se acercó y se apoyó en la barandilla junto a él. Lo observó con
atención. Él esquivaba su mirada, estaba segura que adrede.
—Me conoces, Nick, sabes que no voy a irme sin una explicación.
—Y tú me conoces a mí —le dijo, dejando escapar un suspiro
exasperado—. Sabes que no te lo pediría sin un motivo de peso.
—Pues es un empate —sentenció Pat, sin moverse ni un milímetro.
Observó cómo él se acariciaba el pelo con ademán nervioso, pero ni aun
así se giró un solo centímetro hacia ella.
—Nick…
—Pat, por favor, vuelve a dormirte —suplicó ya con cierta
desesperación—. Mi cuerpo y mis emociones le están ganando la partida al
sentido común…
Ella se quedó perpleja, y tuvo que tragarse un suspiro de anhelo.
—Nick, mírame.
—No.
—¿No? ¿Por qué?
—¡Porque no he hecho otra cosa en la última hora más que mirarte! —
terminó confesando, observándola ahora de reojo—. A conciencia, Pat, y a
traición, mientras dormías. De arriba abajo y de abajo arriba. Una y otra
vez.
El corazón de la chica comenzó a galopar, desquiciado, y todos sus
sentidos despertaron a la vida de una forma irracional y salvaje.
—Estaba tapada hasta el cuello cuando me he despertado…
—Lo sé. Te he tapado yo.
—Qué detalle.
—No te creas, te había destapado yo también —confesó con un tono
culpable.
Para Pat todo aquello resultaba fascinante. Ni en sus mejores sueños
había esperado escuchar algo así de sus labios.
—¿Te importaría… mirarme como lo has hecho mientras dormía? —le
pidió, casi en un susurro.
Nick dejó escapar un bufido de impaciencia.
—Pat, necesito que seas más sensata que yo.
—Pues lo siento, pero mi sensatez se esfumó justo en el momento en el
que te imaginé mirándome.
—No me hagas esto —susurró inquieto.
—¿Yo a ti? —Sonrió irónica—. ¿Tienes idea de lo que me haces estando
ahí de pie, medio desnudo, admitiendo cómo me miras?
—Pat…
—¡Estoy frustrada, Nick! —se quejó.
—¡¿Y cómo narices crees que estoy yo?! —admitió molesto—. Pero
debemos ser razonables, Pat, y dejar a nuestro cerebro tomar las decisiones.
No podemos dejarnos llevar por nuestros instintos más primarios.
—¡¿Por qué no?!
—¡Es arriesgado! —dijo irritado.
—Nick…
—No sigas hablando.
—No eres coherente.
—Sabes que sí.
—¡¿Quieres o no quieres echarme un polvo, Nick?!
—¡Por supuesto que quiero! —le terminó gritando con ardor—. Quiero
echarte uno tras otro hasta desfallecer.
A Pat le costó la misma vida no lanzarse a sus brazos para rogarle que
empezara ya.
—Pero me preocupan las consecuencias —insistió Nick.
—¡Eres un cobarde!
—Si eso implica que me aterre perder todo lo que tenemos por un
calentón, entonces, sí, Pat, lo soy —admitió, mirándola ahora a los ojos y
dejándola ver el tormento que bullía en su interior—. Estos últimos días, en
los que hemos estado casi sin hablarnos, han sido insoportables para mí.
Tenerte al lado y no poder hablar contigo, reírnos, disfrutar de todo lo que
nos gusta hacer juntos… No poder llamarte por teléfono ni escribirte un
puto WhatsApp, todo eso me mata, joder, Pat. Me enferma pensar en hacer
algo que pueda convertir en permanente todo eso. Y no podemos
pretender… estar juntos y olvidarlo todo por la mañana.
—¿Y si pudiéramos?
—¿Qué?
—¿Y si nos damos solo una noche? —le dijo de repente—. ¿Y si
prometemos olvidarlo mañana y no volver a hablar nunca de ello?
«Debo de haberme vuelto loca del todo», se dijo nada más plantear
aquella absurdez. ¿Acostarse con Nick y olvidarlo? ¡Ni viviendo diez vidas!
Pero si era la única forma de tenerlo…
—Por favor, Pat, no me lo pongas más difícil.
—Es que no sé qué es peor, Nick —insistió—. Si ceder a la tentación
una vez y olvidarnos, o seguir acumulando esta… tensión sexual entre
nosotros, que tendrá que terminar explotando por alguna parte, nos guste o
no.
Nick guardó silencio, mientras que Pat luchaba una vez más contra la
necesidad de forzar las cosas un poco hasta hacerlo claudicar. Saber que
quizá él estaba de verdad valorando la posibilidad de ceder la tenía con el
corazón en un puño y la sangre hirviendo a borbotones.
—No voy a agarrarme a esa excusa para cometer una estupidez —
terminó diciendo Nick, tras dudar lo que pareció una eternidad.
Pat hubiera podido gritar de pura frustración, pero estaba convencida de
que a Nick le había faltado muy poco para aceptar lo inevitable entre ellos.
—Quizá nos estamos preocupando por nada, Nick —le dijo con fingida
tranquilidad, intentando que no se le notaran las ganas de zarandearlo—.
Entiendo que los dos estamos así por aquel beso que nos dimos. Reconozco
que me obsesiona aquel momento…, pero no debemos olvidar que ambos
estábamos representando un rol aquel día.
—¿Qué quieres decir?
—Que quizá nos metimos demasiado en nuestros papeles y eso nos hizo
sentir cosas que en realidad no estaban ahí —siguió exponiendo la que ella
misma consideraba la teoría más absurda de la historia—. Es normal que
sintamos curiosidad el uno por el otro, pero ¿y si resulta que en realidad
cuando lo intentemos de nuevo no hay química?… Quizá no tengamos que
ir más allá de unas simples comprobaciones…
Nick sacudió la cabeza, incrédulo. Aquello era lo más disparatado que
había escuchado jamás…
—¿A qué tipo de comprobaciones te refieres? —se escuchó preguntar,
acallando su conciencia cuando quiso intervenir.
La chica estuvo a punto de dejar escapar un grito de euforia.
—Vamos poco a poco y vemos las reacciones de nuestros cuerpos —
propuso, acalorada—. Por ejemplo: yo te miro de forma sensual, para que tú
puedas comprobar si eso te afecta o no.
Nick sonrió con cierta diversión. Era muy probable que se terminara
arrepintiendo, pero jugar a aquello era demasiado tentador y su mente ya no
tenía fuerzas para resistirse. Se giró a mirarla, y tuvo que contenerse para no
saltarse todos los preliminares e ir directo al grano. Era consciente de que
aceptando aquel juego estaba claudicando a lo que tanto se había negado,
pero debía reconocer que Pat tenía razón, o estaba dispuesto a engañarse
pensándolo al menos. Tarde o temprano aquello tendría que explotar entre
ellos, de una manera o de otra. Y si era inevitable…, bien podía disfrutarlo
al máximo. El problema era que, una vez tomada aquella decisión…,
apenas si le quedaba autocontrol para refrenarse.
—Es cierto que hay algo que no tengo claro —reconoció, prestándole
toda su atención—. A ver si puedes ayudarme a aclararlo… Empieza
cuando quieras.
Pat, encantada de poder mirarlo a sus anchas, posó sus ojos sobre aquel
cuerpo de infarto y fue descendiendo lentamente, sin dejar un solo
centímetro de piel por inspeccionar.
—¿Qué tal? —le preguntó al regresar hasta sus ojos por el mismo
camino por el que había descendido—. ¿Te… provoca algo?…
Nick dejó escapar una carcajada ronca.
—¿Me preguntas si me afecta que me coma con los ojos una mujer sexi
y en ropa interior?
—¡Qué es un pijama! —protestó de inmediato.
—Sigo teniendo mis dudas…
—¿Sobre tu reacción a mí?
—Sobre que eso sea un pijama. —Sonrió—. Ahora me toca mirar a mí,
supongo.
—¿Tú crees? —bromeó Pat, sintiendo sus mejillas arder—. Por lo que
has dicho hace un momento, ya me tienes muy vista…
Nick posó una mirada sensual sobre ella, que la obligó a contener un
gemido.
—Ahora puedo mirar sin remordimientos —le dijo, descendiendo por su
cuerpo—. Déjame disfrutarlo.
Quedarse quieta mientras sentía como aquellos ojos la devoraban de
arriba abajo fue una dura prueba.
—¿Has terminado? —acabó preguntando, inquieta.
—No lo sé —dijo Nick, sin dejar de mirarla como si fuera lo más
increíble que hubiera visto jamás—. ¿Tienes suficiente para decidir si te
provoca… algo mi mirada?
—Sí…, me hago una idea… —carraspeó nerviosa.
—Bien, pues avancemos. ¿Qué sigue?
Pat tragó saliva y se aventuró a decir:
—El… contacto físico.
Nick sonrió, se apoyó sobre el balcón con fingida tranquilidad y abrió
los brazos, poniendo una mano a cada lado de la barandilla.
—Adelante. Toca cuánto quieras.
Los ojos de Pat debieron arder en llamas al escucharlo pronunciar
aquellas palabras porque Nick protestó al instante.
—Tocar y mirar así al mismo tiempo no debería estar permitido.
—¿Quieres que cierre los ojos? —bromeó, recortando las distancias.
—Si te dijera lo que quiero…, este juego acabaría rápido —admitió con
un susurro ronco, al tiempo que se agarraba con fuerza a la barandilla para
resistirse a la tentación.
A Pat se le secó la garganta ante el significado evidente de aquellas
palabras, pero no perdió la oportunidad de poner las manos sobre su torso
desnudo. Recorrió aquellos músculos con fervor, deleitándose con su
dureza. Nick no se movió ni un milímetro ante tan descarada inspección,
pero su respiración se agitó de forma inevitable, hasta tal punto que no pasó
desapercibida para ella. Pat descendió por el liso abdomen, llegó con sus
manos hasta la cinturilla de los pantalones y clavó sobre él una mirada de
lujuria que terminó arrancándole al chico una exclamación de protesta.
—Si pasas de ahí, el juego habrá terminado —le dijo muy serio, con los
ojos negros como la noche.
—Una pena, porque me estoy divirtiendo —admitió con una sonrisa
sensual.
—¿Atormentándome?
—No, ayudándote a comprobar si… la química fluye —dijo con una
expresión de inocencia, que Nick hubiera aplaudido si no necesitara de toda
su concentración para evitar comportarse como un bárbaro.
—Vale, pues me toca.
—Pero no he terminado… —protestó cuando Nick la tomó de las manos
para apartarlas de su torso.
—Tengo clara mi respuesta a tus manos —susurró, sin soltarla. Cogió a
Pat de las muñecas y se las llevó muy despacio a la espalda, dejándola
prisionera entre sus brazos—. Es mi turno.
La miró a los ojos a escasos centímetros y sonrió con una sensualidad
que a Pat le arrancó un gemido de anticipación.
—Todavía no te he tocado —bromeó Nick, dejando presas sus muñecas
con una de sus manos, y acariciándole ahora uno de los brazos con el dorso
de la otra.
—No es justo que me inmovilices…
—Es mi turno, ojos azules —le dijo, casi sobre sus labios—. Debería
poder emplearlo como quisiera…
—O hasta que yo decida que tengo suficiente —musitó.
—Para eso tendré que tocarte primero —le recordó con una sonrisa
maliciosa.
—Ya me estás tocando, Nick —susurró casi de forma inaudible mientras
se movía un poco para hacerse entender. Estaba tan cerca para poder tenerla
sujeta, que casi todas las partes de sus cuerpos estaban en contacto directo.
Nick sonrió. Era muy consciente de aquello. Le estaba costando la
misma vida tenerla abrazada tan de cerca, y mantener lejos aquella parte de
él que parecía tener vida propia y se moría por meterse entre sus piernas.
—El cuerpo no cuenta —susurró, recorriendo ahora la parte interna de su
cuello con la yema de los dedos.
—Menuda cara… —protestó ella.
—Déjame saborear este momento. —Sonrió. Sus dedos descendieron,
pasando justo a través del canalillo entre sus pechos, mientras Nick seguía
aquel movimiento con la mirada. Dejó escapar una exclamación ronca
cuando vio cómo los pezones de Pat se endurecían aún más y casi
taladraban la fina tela de la camiseta. Recordaba cuando había ocurrido
aquello mismo en su casa, y cómo había estado a punto de perder los
papeles, mandarlo todo a la mierda y claudicar allí mismo. Había tenido que
salir corriendo para poder resistirse…, pero ya no quería correr. Ahora sabía
que no había ningún sitio en el que pudiera esconderse—. ¡Tu cuerpo me
habla, ojos azules, alto y claro!
Pat debería haberse sentido avergonzada por aquella respuesta tan
evidente de sus pechos, pero el efecto fue todo lo contrario.
—Eso debe de ser del frío —le dijo Pat, con una expresión descarada.
Nick dejó escapar una carcajada divertida.
—Es verdad, ¿cómo he podido pensar que fuera excitación…?
—Quizá es que te sobreestimas un poco.
—¿Tú crees? —Sonrió, rozando con los dedos uno de sus erguidos
pezones, arrancándole un inevitable gemido—. Quizá me estimo con
motivo…
—Oye, ¿no estás un poco chulito? —dijo intentando no sonreír, pero sin
conseguirlo—. Apelo a mi amnistía. He tenido suficientes caricias.
—¿Ya? ¡Joder, qué bueno soy! —Sonrió, al tiempo que la soltaba y
ponía distancia.
La carcajada de Pat fue inevitable y agregó:
—Suficientes para poder hacerme una idea de lo que estamos…
valorando.
—Ah, ¿solo para eso? Creí que te habías…
—¡Oh, cállate ya! —le dijo, avanzado y acorralándolo contra la
barandilla, entre risas—. Es mi turno. Y no vas a interrumpirme hasta que
yo lo decida.
Puso las manos sobre su pecho, lo miró a los ojos con el deseo más
descarado iluminando los suyos y ascendió por su piel con deliberada
lentitud, hasta enredar los brazos alrededor de su cuello, apretándose
después contra él con osadía. Nick la miraba en silencio, respetando su
turno, pero hasta ella era consciente del esfuerzo que estaba haciendo para
no moverse.
Pat acercó los labios hasta su torso y depositó unos suaves besos sobre
su piel. Después ascendió por su cuello, rozando los labios con suavidad
por cada zona que iba descubriendo, aprovechando para probar su sabor con
la punta de la lengua de vez en cuando. Cuando sintió a Nick estremecerse,
lo miró a los ojos de nuevo. Sin decir una palabra, Pat desvió la mirada
hasta sus labios y se mordió sensualmente los suyos mientras los admiraba,
para terminar devolviendo su mirada a los ojos masculinos, que brillaban de
deseo contenido. Se acercó unos centímetros más a su boca y repitió el
movimiento, sin decidirse a besarlo.
—Pat…, deja de torturarme ya —lo escuchó susurrar, aún sin moverse
—. O te juro que cuando sea mi turno vas a suplicarme clemencia…
La chica sonrió, deseando comprobarlo.
—¿Y qué tal un turno conjunto? —le propuso, deleitándose con la
respuesta de Nick, que le tomó la palabra casi de forma automática.
—Suena bien —le dijo. Dos segundos más tarde la atrajo hacia sí y giró
con ella entre los brazos para aprisionarla contra la barandilla.
—Vuelves a inmovilizarme… —Fingió quejarse Pat, encantada con la
idea.
—Pero todavía corre demasiado el aire entre nosotros —susurró él con
voz áspera.
Pat suspiró cuando Nick bajó las manos hasta su trasero, la atrajo con
fuerza contra él y pudo sentir por primera vez la dura erección contra su
pelvis.
—Creo que es momento de aclarar las dudas… —Sonrió Nick al
escuchar el intenso gemido que Pat ni siquiera intentó disimular.
—Yo… no tengo ninguna —aceptó, moviéndose contra su entrepierna,
observando cómo él respiraba con dificultad.
—Pues yo sigo teniendo la misma que al principio…
Pat lo miró con las cejas arqueadas por la sorpresa.
—Pues no es esa la impresión que tengo —le dijo, empujando de nuevo
contra su dureza—. ¿O también vas a decirme que esto es del frío?
Nick sonrió y subió una de sus manos para enterrarla entre su pelo.
—Los dos sabemos que la respuesta de nuestros cuerpos jamás estuvo en
tela de juicio…
Pat apenas podía ya respirar con normalidad.
—Pero sigo teniendo una duda existencial —insistió Nick.
—¿Qué es?
—Sigo sin poder decidir… si prefiero arrancarte este pijama con las
manos o con los dientes.
El cuerpo femenino sufrió una sacudida al escuchar aquel comentario.
Dejó escapar un sonoro suspiro, buscando la forma de controlar sus
instintos.
—Creo que usaré una combinación de ambos —siguió diciendo Nick,
consciente de lo que sus palabras estaban provocando en ella. Besó con
delicadeza el final de su cuello y tomó el fino tirante de la camiseta entre
sus dientes. Tiró de él con cuidado hasta sacarlo del hombro. Después,
regresó por el mismo camino, sembrándolo de besos, y enterró la cabeza en
su cuello.
—Joder, que bien hueles —susurró, aspirando su aroma—. Me
enloquece tu perfume…
—Creí… que… no te gustaba —pudo decir entre jadeos mientras sentía
como sus rodillas parecían volverse de gelatina.
—Lo he odiado, sí…, pero porque me gusta demasiado —reconoció,
depositando pequeños besos aquí y allá. Recorrió con sus manos la espalda
de Pat, acariciando cada centímetro, y la atrajo más hacia sí—. Toda tú me
gustas demasiado… —susurró entre dientes—. ¿Tú me deseas, ojos azules?
—Hasta casi volverme loca —admitió Pat enredando las manos entre su
pelo, alzando la cabeza para ofrecerle sus labios.
Nick la miró a los ojos, rozó la punta de la nariz contra la suya y susurró
sobre su boca:
—Entonces desatemos la locura, cariño, para preservar la cordura.
Y bebió de su boca con un ansia apenas controlada. Aquel no fue un
beso tierno, sino hambriento. Un beso que abrió las compuertas de la
contención auto impuesta durante una eternidad y que arrasó con todas sus
inhibiciones.
Ambos dejaron escapar un gemido de liberación cuando sus lenguas se
encontraron, desatando un auténtico caos en su interior. Ya no había lugar
para la duda, solo una intensa necesidad que los quemaba por dentro,
exigiendo ser satisfecha.
Nick la tomó de las nalgas, la izó del suelo y giró con ella en brazos para
apoyarla sobre la mesa de la terraza. Continuó besándola, enloquecido,
mientras Pat se movía contra su entrepierna deseosa de sentir más y más
cerca aquella parte de él que su cuerpo anhelaba de forma intensa e
irracional. Cuando sintió que tiraba de su camiseta hacia abajo y liberaba
sus pechos firmes y turgentes, dejó escapar un gemido de impaciencia que
Nick tuvo que acallar profundizando en el beso. Después, la instó a
agarrarse con las piernas alrededor de sus caderas y se puso en movimiento
para entrar en la habitación, lejos de oídos indiscretos, sin dejar de besarla
un solo instante.
Cuando la soltó de pie junto a la cama, Nick pudo concentrarse al fin en
aquellos pechos que parecían reclamar su atención como si tuvieran vida
propia. Acarició los hinchados pezones con exigencia y se los llevó a la
boca un segundo después, dejando escapar un suspiro de deleite cuando
pudo saborearlos al fin. Pat jadeaba entre sus brazos, incapaz de hilvanar un
solo pensamiento lógico. La apremiante necesidad de sentirlo piel contra
piel, la impulsó a tirar de los pantalones masculinos para quitarlos de en
medio. Nick no se hizo de rogar. La ayudó a deshacerse de la prenda y tiró a
continuación de los pequeños shorts de aquel pijama infernal, que lo había
atormentado hasta la locura. La ropa interior fue lo siguiente que ambos se
arrancaron mutuamente…
Un segundo después se dejaron caer sobre el mullido colchón, donde sus
cuerpos se acoplaron de forma precisa, igual que si fueran piezas de un
mismo puzzle que casan con una absoluta perfección. Nick tuvo que hacer
un esfuerzo titánico para no hundirse en ella en aquel mismo instante,
mientras que Pat se movía frenética contra él, buscando su consuelo.
Durante unos eternos segundos se besaron enloquecidos de nuevo, hasta
que Nick comenzó a explorar con la boca el cuerpo femenino con auténtica
devoción, igual que si estuviera homenajeando cada poro de su piel
mientras con sus manos le rendía pleitesía.
—Nick, por favor… —jadeó Pat, tirando de él para evitar que siguiera
descendiendo.
El chico dejó escapar un gruñido de protesta, pero se dejó arrastrar de
vuelta a sus labios, aunque no se resistió a meter la mano entre sus piernas,
empapándose al instante del deseo que ella ya no podía contener mucho
más tiempo. Sus dedos se movieron sobre el centro de su placer,
arrancándole unos gemidos roncos que lo enloquecieron.
—Nick, por favor —le rogó, tirando de su mano hacia afuera y buscando
su virilidad con auténtica desesperación.
Había esperado demasiado tiempo aquello como para conformarse con
cualquier otra cosa que no fuera el Nick auténtico.
—Necesito… yo… —apenas atinaba a encontrar una palabra coherente.
Pero no fue necesario. Nick entendió aquellas súplicas a la perfección, y
fueron como música celestial para sus oídos. Se colocó entre sus piernas y
por fin dio rienda suelta a su mayor anhelo, hundiéndose dentro de ella con
un movimiento firme, que ambos celebraron con un gemido de satisfacción.
Nick posó sus ojos sobre aquellos impresionantes luceros azules y sintió
un nudo en el pecho ante tanta belleza. Supo que aquella mirada enturbiada
por el deseo que Pat le devolvió podría perseguirlo en sueños durante el
resto de su vida. Ambos se quedaron muy quietos, disfrutando de aquel
momento especial e inolvidable, hasta que la apremiante necesidad obligó a
Pat a moverse bajo él, arrastrándolo por completo a la locura absoluta un
segundo después. Ya no hubo tiempo de romanticismo ni delicadeza, ambos
se dejaron arrastrar por un ritmo salvaje y primitivo, que amenazaba con
arrebatarles el juicio si no conseguían saciarlo por completo y cuanto antes.
Nick se movía dentro de ella una y otra vez, con un ansia que solo era
igualada por los movimientos frenéticos con los que ella colaboraba bajo él.
Los intensos gemidos que Pat apenas podía controlar y que iban en
aumento, lo alentaban a seguir y conseguían enloquecerlo de una forma que
jamás creyó que fuera posible.
El clímax llegó de forma intensa y fulminante para Pat, que dejó escapar
un grito liberador que arrastró con ella a Nick al instante. Ambos se
precipitaron al vacío desde el más alto de los rascacielos, disfrutando de la
caída libre más impresionante de toda su vida.
Cuando Nick se apartó hacia un lado, exhausto, aún tuvo que esperar
para poder hablar.
—Joder —fue lo primero que salió de sus labios, todavía jadeante y casi
sin aliento.
Pat solo sonrió, incapaz aún de pronunciar una sola palabra. Se había
imaginado entre sus brazos cientos de veces, y debía reconocer que las
expectativas de lo que sentiría eran muy altas, pero acababa de rebasar con
creces todas y cada una de ellas. Ni en un millón de años hubiera podido
imaginar lo que acababa de vivir…
Tras unos segundos de relax, giró la cabeza para mirarlo:
—Oye, ¿a esto te referías cuando me dijiste que me buscara un hombre
que me diera lo mío y lo de mi vecina? —le preguntó divertida, con la voz
agitada.
Nick dejó escapar una inevitable carcajada.
—No, en serio —insistió Pat intentando no reírse—, porque voy a querer
también lo de mi vecina…
—Dame unos minutos al menos.
—¿Solo unos minutos? ¡Guau! —bromeó—. Te veo muy optimista…
Nick se apoyó sobre uno de sus codos y la miró a los ojos con una
divertida expresión jactanciosa.
—Confío en mis capacidades…
—Y ¿te ves con muchas?
—¿Cuántos sois en el vecindario? —preguntó con una sonrisa arrogante,
que a Pat se le antojaba de lo más encantadora, y que le arrancó una
genuina carcajada. Aunque terminó sonrojándose ante la mirada que Nick
tenía puesta sobre ella.
—¿Por qué me miras así?
Él la observó con un gesto extraño antes de contestar.
—Me estás poniendo nerviosa. —insistió, riendo de nuevo.
—Es tu risa —terminó admitiendo un tanto cohibido—. Me afecta de
una manera que no puedo comprender. Siempre ha sido así.
—Una manera buena o mala. —Sonrió con curiosidad.
—Rara.
—Tú no podías escoger una de mis opciones, ¿verdad? —protestó.
—¿Qué gracia tendría eso? —bromeó. Y llevó la mano que tenía libre
hasta el ombligo para juguetear con su piercing, acariciando después toda la
zona con la yema de los dedos.
—Pues… me rio mucho, Nick —le recordó, intentando acallar un
gemido—. Así que espero que esa manera sea rara pero guay.
—Si te sirve…, aún no he encontrado nada en ti que no me guste —
admitió.
—¿Ni siquiera mi mala leche? —bromeó para intentar esconder su rubor.
—Bueno, quizá eso…
—No creo que me hayas visto nunca verdaderamente enfadada contigo.
—Y espero seguir así… —susurró. Sus dedos comenzaron a ascender
por el abdomen de Pat con deliberada lentitud, dispuestos a encontrar otro
entretenimiento más allá del pequeño piercing. Siguió el recorrido con los
ojos, contemplando, extasiado, toda la belleza que tenía ante sí. Cuando
llegó hasta sus pechos, jugueteó con uno de los pezones al tiempo que se
inclinaba y tomaba el otro entre sus labios, saboreándolo con autentico
deleite. Después regresó a su rostro y se perdió en aquellos ojos que volvían
a mirarlo enturbiados de aquel deseo arrollador, que los teñía de un azul
profundo similar al del mar embravecido en plena tormenta.
La contempló con una verdadera admiración.
—Eres de verdad de una belleza que quita el hipo, ojos azules.
Aquello fue demasiado para Pat, que recortó los centímetros que la
separaban de su boca para besarlo con un hambre que estaba segura que
jamás podría terminar de saciar.
—Joder…, ¿voy a ganarme uno de estos cada vez que te diga un piropo?
—gruñó Nick entre beso y beso.
—Quizá algo más… —ronroneó ella sobre su boca—. Deberías hacerte
con un buen repertorio.
—En cuanto que hagas una excursión al baño, lo busco en Google.
Ambos rieron, y Pat aprovechó la broma para levantarse y hacer
justamente aquello. Lo besó de nuevo antes de alejarse y estuvo a punto de
dejarse arrastrar de nuevo a la cama.
Cuando entró en el baño y cerró la puerta tras ella, tuvo que taparse la
boca para amortiguar la exclamación de dicha que le fue imposible
contener.
—¡Madre del amor hermoso! ¡Acabo de hacer el amor con Nick! —
exclamó jubilosa, intentado hablar en susurros—. ¡Y eso ha sido un polvo,
y lo que he venido haciendo hasta ahora meras especulaciones! ¡Coño,
coño, coño!
Se mojó las manos en el lavabo y se las llevó después a la nuca,
intentado contener el calor que volvía a emanar de todo su cuerpo con el
simple recuerdo. Por la intensidad con la que deseaba a Nick, siempre supo
que estar con él sería genial, pero de ahí a lo que había vivido… Jamás
pensó que pudiera existir una pasión semejante, que te despojara de
cualquier pensamiento lógico y racional, y donde solo contara la necesidad
de fundirte con alguien hasta precipitarte por un abismo interminable, aun a
riesgo de perder la cabeza. Y saber que para él también había sido increíble
era un plus que la tenía fascinada; y estaba segura de aquello… Además, los
minutos que habían pasado juntos tras terminar habían sido casi igual de
buenos. Poder llevarse a la cama aquella complicidad que siempre habían
tenido fuera… era maravilloso, como un sueño hecho realidad…
«Un sueño que terminará por la mañana», le gritó su conciencia de una
forma casi grosera.
El simple pensamiento la obligó a coger asiento. Sabía que olvidarse por
la mañana de todo lo sucedido era el trato al que había llegado con Nick,
pero eso no significaba que sería fácil. En secreto, tenía la esperanza de que
él cambiara de opinión tras aquella noche, y se diera cuenta de que podían
tenerlo todo, dentro y fuera de la cama.
«¿Cómo voy a poder vivir sin tus caricias si no cedes, Nick?». Aquella
era la gran pregunta.

Nick apenas podía parar quieto mientras esperaba a que Pat regresara del
baño. Se había puesto los calzoncillos, y merodeaba alrededor de la cama
con cierto nerviosismo. Todavía no daba crédito a lo sucedido en aquella
habitación. La intensidad de su propio deseo por ella lo tenía perplejo. No
habían sido pocas las mujeres que habían pasado por su cama, pero ninguna
de ellas le había volado la cabeza de aquella manera. Hasta hacía unos
minutos hubiera creído imposible que tal grado de excitación fuera
posible…
«Llevo deseándola demasiado tiempo», se dijo, convencido de que aquel
era el motivo principal por el cual todo había sido tan intenso. A partir de
aquel momento, podría volver a mirarla sin toda aquella tensión sexual que
nacía de lo prohibido, puesto que ya lo había tenido. Aquella noche le haría
el amor de nuevo, de eso estaba seguro, y sería interesante comprobar
cómo, tras deshacerse de toda la excitación acumulada, podían tener una
experiencia satisfactoria que borrara aquel recuerdo de locura absoluta.
Después podrían retomar una relación de amistad sana y tan perfecta como
siempre. Sería un alivio poder disfrutar con su gran amiga del par de días
que aún les quedaban allí, sin el fantasma del deseo merodeando por su
cabeza.
Más convencido, se sentó en la cama y sonrió con cierta serenidad…,
que solo le duró hasta que escuchó abrirse la puerta de baño y posó sus ojos
sobre aquella especie de ninfa maravillosa, que avanzaba hacia él
completamente desnuda, como si estuviera recién salida de cualquiera de
sus fantasías más íntimas.
Su cuerpo reaccionó ante aquella imagen de forma súbita y casi salvaje.
El más puro instinto animal se hizo eco en su interior, y la sangre dejó de
regarle el cerebro…
—Hemos dejado el baño hecho unos zorros —bromeó Pat, llegando
hasta él—. Hay agua por todas partes. Incluida la bañera, que se te había
olvidado vaciar.
—Me temo que eso ha sido culpa tuya. —Sonrió, mirándola con una
expresión de auténtica lujuria, que convirtió la sangre de Pat en lava líquida
—. He sufrido un tormento mientras te duchabas, y cuando te has ido, he
salido como un loco a darme la ducha de agua fría más desagradable de
toda mi vida.
Pat sonrió y le devolvió una mirada divertida.
—¿Y me echas la culpa a mí?
—La tienes.
—¿Yo? —ronroneó acercándose muy despacio, sin preocuparle para
nada su completa desnudez. Se quedó de pie frente a él, que estaba sentado
sobre la cama, y le echó los brazos al cuello—. No estoy tan segura…
Nick le puso las manos en la cintura y la atrajo un poco más hacia él para
depositar pequeños besos sobre su abdomen. Pat dejó escapar un sonoro
suspiro de júbilo.
—Solo veía tu silueta a través de la mampara… —le susurró mientras
izaba la cabeza y besaba ahora uno de sus pechos—, pero podía intuir cada
uno de tus movimientos. —Le tocó el turno al otro—. He tenido que
soportar que te desnudaras, que te enjabonaras… y que salieras de allí solo
cubierta con esa mini toalla…
Entre frase y frase, besaba, acariciaba y lamía cada poro de piel,
volviéndola más loca a cada palabra que decía.
—Pues… siendo así voy a tener que compensarte —susurró Pat,
enterrando las manos en su pelo para atraerlo más hacia su piel.
—Sí, creo que es lo justo —opinó él, bajando por su abdomen para
lamer ahora con parsimonia el piercing de su ombligo—, pero primero voy
a atormentarte yo un rato…
—Mi ducha tampoco ha sido agradable, ¿sabes? —protestó entre
suspiros—. También he salido de esa bañera directa al polo norte…
Nick sonrió, pero no se detuvo. Siguió descendiendo, abriendo una senda
de besos hacia su pelvis.
—No hay problema… Voy a hacerte entrar en calor mientras te torturo…
Cuando le pidió con un gesto decidido que abriera las piernas, Pat dejó
escapar un gemido de anticipación. No sabía si sus rodillas iban a soportar
lo que Nick parecía querer hacerle en aquella postura, pero permaneció a la
espera. La aprensión era superada por la expectación ante su próximo
movimiento.
—Nick…, no sé si aguantaré… —intentó protestar, pero él contestó a
sus reclamaciones instándola a levantar una de sus piernas y ponerla sobre
la cama. Pat no pudo negarse, y al concederle aquel deseo se expuso por
completo ante él, que pasó un brazo por detrás para atraerla aún más hacia
sí y hundió la boca entre sus piernas al instante, bebiendo de ella con un
ansia total y absoluta.
Pat dejó escapar un intenso gemido y enterró las manos entre su pelo,
mientras Nick lamía con parsimonia aquel punto sensible y doliente entre
sus piernas, una y otra vez.
—Nick, yo… —susurró, sintiéndose arrastrada hacia un camino de no
retorno, sin remedio—. Voy a… oh.
Incrédula, se movió al ritmo de las irresistibles oleadas de placer que la
engullían y acabó por explotar contra la boca de él, sollozando de placer.
Nick la atrapó entre sus brazos antes de que se derrumbara debido a la
debilidad que aquel intenso orgasmo le había provocado. La besó con un
ansia desmedida sin que apenas le hubiera dado tiempo a recuperarse, y
todo volvió a empezar para ella. Mareada aún de placer, sentada a
horcajadas sobre él, le devolvió aquel intenso beso con abandono y se
movió contra su erección con el mismo fervor con el que él empujaba
contra ella. Soltó un gemido de frustración cuando se topó con la tela de sus
calzoncillos. Apoyó las rodillas sobre la cama y se incorporó un poco para
darle margen para quitarse la prenda. Después, volvió a sentarse sobre él,
acogiéndolo por completo en su interior.
—Me… fascinas, ojos azules —susurró Nick en su oído, entre intensos
jadeos.
Pat comenzó a moverse sobre él abandonada por completo al placer,
dejando que su cuerpo y sus emociones la empujaran hacia el abismo de
nuevo en su compañía. El ritmo fue creciendo mientras ambos volaban cada
vez más alto, arrastrados por la lujuria más absoluta y privados de toda
cordura. El orgasmo que les sobrevino los cogió desprevenidos por su
intensidad. Cuando todo quedó en calma y se miraron a los ojos, apenas
podían creerlo.
—¿Cómo… es posible? —jadeó Nick contra su boca, apoyando la frente
sobre la de ella.
Pat no necesitó preguntar a qué se refería. También estaba muy
impactada por la magnitud de lo sucedido… de nuevo.
—¡Vas a matarme! —susurró Pat intentando recuperar el aliento.
—¿Yo a ti? —exclamó incrédulo—. Habré muerto antes de
conseguirlo…
—Ha sido…
—Alucinante —terminó Nick por ella—. No creía posible superar lo de
antes, pero… ¡joder!
Pat rio. Aún podía sentirlo en su interior, y aquella intimidad resultaba
igual de placentera que cuando bromeaban tumbados sobre la cama. En
aquel instante, era total y absolutamente feliz.
—¿Crees que será algún tipo de sustancia que le ponen al agua? —
bromeó, mirándolo a los ojos.
Nick le devolvió una mirada divertida.
—Seguro. ¿Qué otra cosa podría ser?
—¡Ah, vale! —exclamó Pat, fingiendo ofenderse e intentando
levantarse.
—¿Dónde crees que vas? —Rio, inmovilizándola entre sus brazos—.
Todavía no he terminado contigo.
—¡Oh, venga, Nick, no me seas fanfarrón! Eres increíble, pero ni aunque
te bebieras un manantial mágico entero, podrías… —se movió levemente
sobre él para demostrar su teoría, pero lo que encontró entre sus piernas fue
todo lo contrario a lo que esperaba. Sintió aquella dureza palpitante de
nuevo dentro de ella y lo miró con una mezcla de sorpresa y lascivia.
—Sí, yo también estoy flipando —admitió Nick, justo antes de tomar sus
labios y meter la lengua en su boca para volver a saborearla en profundidad.
Después, se tumbó en la cama, giró con ella entre sus brazos hasta
inmovilizarla bajo él y comenzó a moverse de nuevo, iniciando así otro
espectacular viaje al paraíso.
Capítulo 19
Un precioso día despuntó en el horizonte apenas una hora después de
amarse por última vez. Durmieron algunas horas más, hasta que el servicio
de habitaciones se personó para llevarles el desayuno que Nick había
encargado junto con la cena de la noche anterior. Cuando escuchó los
golpes a la puerta, Pat se incorporó en la cama y miró a su alrededor,
desorientada, buscando la procedencia del sonido que la había despertado.
Miró a Nick, que aún dormía en su lado de la cama, y decidió dejarlo
descansar.
«Pobre, tiene que estar agotado», sonrió mientras posaba sus ojos sobre
su torso desnudo, relamiéndose como lo haría un gato a punto de darse un
festín. Montones de imágenes subidas de tono se agolparon en su cabeza sin
remedio. Quizá podría despertarlo acariciando…
Los golpes en la puerta volvieron a sonar, recordándole por qué ella sí
estaba despierta. Se puso en pie, cogió la colcha que estaba tirada a un lado
de la cama y se envolvió en ella para poder abrir. Un tanto avergonzada por
su atuendo, saludó al camarero y lo despidió unos segundos después.
El simple olor a café ya la llenó de energía renovada. Soltó la colcha
sobre la cama y rebuscó con cuidado entre las sábanas hasta localizar la
camiseta de su pijama; el pantalón lo encontró en el suelo, junto con sus
braguitas.
Una vez vestida, empujó la mesa del desayuno hasta la terraza y se sirvió
un café. Después, se apoyó sobre la barandilla con el vaso entre las manos y
tomó una profunda bocanada de aire, llenando sus pulmones y sus sentidos
del olor inconfundible a mar y salitre. Estuvo allí largo rato, disfrutando de
las vistas y de sus recuerdos, hasta que escuchó un sonido que la alertó de
que ya no estaba sola. Cuando se volvió hacia Nick, sufrió un cortocircuito.
«¿Cómo se puede estar tan guapo recién levantado?», fue lo primero que
su mente pudo razonar. Lo segundo fue alertarla de que él se había quedado
a varios metros de distancia, y, por la seriedad con que la miraba, aquello
era premeditado. Además, estaba completamente vestido. Aun así, Pat optó
por normalizar la situación.
—¿Sabes que han traído comida para un regimiento? —le dijo, forzando
una sonrisa—. Creo que podría vivir aquí para siempre.
—No tengo hambre —fue la única respuesta tensa que recibió.
Pat frunció el ceño y le devolvió una mirada un tanto molesta.
—Ni hambre ni educación al parecer. ¿Es tan difícil dar los buenos días?
—Discúlpame. Buenos días —admitió, esbozando una tenue sonrisa—.
¿Podemos hablar?
—¿A gritos?
—Distancia de seguridad —le dijo, sin mirarla y sin moverse de donde
estaba.
—Intentaré contener mis ganas de abalanzarme sobre ti —ironizó Pat,
intentado soportar aquello con estoicismo—. No te preocupes
—No eres tú quien me preocupa —admitió con cierta incomodidad.
Pat tragó saliva y prefirió no pensar en qué significaba aquel último
comentario, o sería ella quien rompiera las reglas.
—Habla —le instó, apoyándose en la barandilla con lo que parecía una
calma absoluta, que nada tenía que ver con la realidad.
—¿Puedes vestirte primero? —le pidió Nick.
—Pues no, tengo que darme una ducha antes —informó—. Esta noche
he sudado, ¿sabes?
—Pues al menos ponte algo encima.
—¡Déjate de tonterías, Nick! —exclamó irritada—. Los dos sabemos lo
que vas a decir. No necesito estar vestida para eso.
—¡Pero yo sí necesito que lo estés! —le dijo en el mismo tono molesto
—. Y no entiendo esa actitud insoportable que te gastas, los dos teníamos
claras las condiciones.
—¡No había nada de insoportable en mi actitud hasta que has aparecido!
—le recordó, ya enfadada—. Yo estaba aquí muy tranquila, disfrutando de
mi café, que al parecer va a ser de lo único de lo que voy a poder disfrutar
esta mañana.
—¿Y esperabas otra cosa? —protestó, levantando también el tono de voz
—, porque dejamos muy claro…
—Esperaba al menos algo más de respecto por tu parte —lo interrumpió.
—No recuerdo haberte faltado al respecto en ningún momento.
—¡Pues lo has hecho! —se quejó—. Y sigues haciéndolo si insistes en
hablarme desde diez metros de distancia, como si de repente hubiera
contraído una enfermedad contagiosa.
—Pat…
—Y al menos mírame a los ojos para hablarme —insistió.
—¡No puedo! —admitió—. No mientras sigas ahí delante con eso que
insistes en llamar pijama y que me pone cardiaco.
Pat echaba fuego por los ojos. Ya le daba lo mismo lo que él quisiera o
no insinuar con aquello. La rabia que su comportamiento había encendido
en ella, ya no era fácil de aplacar.
—¡Ah, pues lo siento! Pero me da lo mismo el problema que tú y tu
amiguito —Señaló su entrepierna— tengáis con mi pijama. Aunque déjame
decirte que si un pedazo de tela te pone así, quizá no vamos a mantener la
conversación correcta.
—Pat…
—No, no hace falta que digas nada —insistió, levantando las manos en
señal de rendición—. Yo acepté las condiciones y las tengo claras. Lo de
anoche nunca pasó.
—Pero volvemos a estar mal —se quejó—, justo era esto lo que quería
evitar.
—No te preocupes, se me pasará. —Sonrió con sarcasmo—.
Recuperarás a tu amiga del alma en cuanto que pueda sacudirme este
coraje.
Lo miró con toda la frialdad de que fue capaz.
—Y ahora, te aviso de que voy a pasar demasiado cerca de ti —dijo con
cierta sorna—. Tengo que salir por esa puerta que estás obstaculizando.
—Ya vale, Pat —le advirtió, ya muy molesto con aquella actitud.
—Pero si te informo por si quieres apartarte ocho o diez metros a la
derecha.
En vista de que él no se movió, Pat se encogió de hombros y caminó
hacia la puerta, plantándose ante él con una mirada altiva.
—Aparta.
—Pídemelo con educación —exigió Nick, mirándola a los ojos de cerca
por primera vez aquella mañana.
—¿O qué? —Le sostuvo la mirada y tuvo que sofocar un gemido al
reconocer aquel brillo peligroso y caliente en sus ojos.
Nick sonrió con sarcasmo.
—No vas a conseguir lo que quieres —le aseguró con cierta prepotencia.
Aquello sacó lo peor de Pat, que tuvo que apretar los dientes para no
responder con más violencia verbal al ataque. Buscó en su memoria uno de
los trucos de autocontrol de Rob, lo aplicó y terminó sonriéndole con
autosuficiencia.
—Pues es una pena —le dijo en un tono sensual, mirándolo a los ojos
con cierta avidez—. Me hubiera encantado que me enjabonaras la
espalda… Al fin y al cabo, una vez cometido el delito, igual nos habría
dado seguir delinquiendo un poco más. Al final la pena impuesta iba a ser la
misma.
Le miró los labios sin ningún tipo de disimulo y se mordió los suyos un
segundo después, dejando escapar un intencionado gemido. Cuando posó de
nuevo sus ojos sobre los de él, sintió que aquella mirada la abrasaba por
completo.
—Lo dicho…, una pena. —Se coló por uno de los laterales de Nick,
empujándolo un poco para poder hacerlo.
Caminó con lo que parecía una total normalidad hacia el baño, sintiendo
los ojos de él clavados en su espalda. Tuvo que hacer acopio de todas sus
fuerzas para no volverse a mirarlo de nuevo.
Cuando por fin entró en el baño, dejó escapar un suspiro de frustración.
Acercarse tanto a Nick para hacerle aquellas insinuaciones, sin ceder a
tocarlo, no había sido nada fácil. Y hubiera preferido conservar la mala
leche antes que aquella profunda insatisfacción que la ahogaba por dentro.
Se desnudó y se metió en la ducha, sin poder evitar recordar el momento
en el que Nick le confesó cómo la había mirado desde la bañera a través de
aquella mampara. La imagen de la revancha que él se había tomado la
obligó a abrir un poco más el agua fría.
«¿Es que no voy a poder disfrutar de un hidromasaje tranquila?», se
preguntó irritada.
—¡Joder, qué puta mierda! —masculló entre dientes, congelándose de
nuevo.
—Esa lengua —escuchó decir a Nick al tiempo que abría la puerta de la
ducha y se colaba dentro, aún vestido.
Pat se quedó perpleja. Su corazón comenzó a galopar como un loco
mientras lo miraba de frente, sin hacer un solo intento por taparse; aunque
sí tuvo la precaución de graduar un poco el agua para no congelarse.
Él se apoyó en la pared libre frente a ella, se metió las manos en los
bolsillos del pantalón y la observó con una tranquilidad pasmosa. Se
permitió el lujo de recorrer el cuerpo desnudo de Pat con una mirada de
pura lujuria, sin ninguna intención de disimular cuánto le gustaba lo que
veía.
Pat soportó con estoicismo aquel escrutinio sin moverse un centímetro.
El hecho de que él aún estuviera vestido, por fuerza indicaba que todavía
tenía algo que decir antes de ceder a lo que parecía evidente.
—Vamos a hacerle una pequeña modificación a nuestro acuerdo —
empezó diciéndole Nick, con la voz ronca por el deseo contenido—.
Ampliemos el plazo… a todo el tiempo que estemos aquí. Tal y como te has
encargado de matizar, mi insolente y descarada belleza, el resultado será el
mismo hayamos pecado una o cien veces.
La chica intentó que él no notara el deseo agónico con el que esperaba
que se desnudara y se uniese a ella. No pronunciaba una sola palabra por
miedo a que lo único que saliera de su boca fuera una lamentable súplica.
—Pero quiero dejar algo claro, Pat, antes de que pase nada más entre
nosotros.
Ella suspiró y se preparó para escuchar lo que sabía que no iba a
gustarle, pero que era inevitable. El hecho de que hubiera usado su nombre
en mitad de la frase, ya era un indicativo de que aquella regla sería
inquebrantable.
—Cuando volvamos a Santa Carla, borraremos todo lo sucedido. —
Ahora sí la miró a los ojos, con una seriedad que le arrancó a Pat un
escalofrío—. Si los dos lo tenemos claro y ponemos de nuestra parte, estoy
seguro de que podremos volver a la normalidad tras un tiempo. Unos días
de sexo se borran rápido, Pat. A la fuerza años de amistad tienen que estar
más arraigados. Si intentamos mantener una relación sentimental fuera de
Monterrey, terminaremos cargándonos todo lo que tenemos tarde o
temprano. ¿Entiendes la diferencia? No puedo exponerme a eso.
Guardó silencio unos segundos para dejar que ella procesara todo lo que
acababa de decir.
—Así que tienes que darme tu palabra de que no habrá discusiones ni
malos entendidos cuando abandonemos este hotel —insistió, ya incapaz de
seguir manteniendo las manos quietas por más tiempo.
Ella continuó mirándolo con avidez, pero sin decir una sola palabra.
—Pat… —la instó a hablar.
—No me interesa —terminó diciendo ella en un tono apático y exento de
emoción.
—¿Perdona? —Nick hubiera esperado cualquier cosa menos aquello, tal
y como quedaba demostrado por su expresión de absoluto estupor.
—No pienso aceptar ese nuevo acuerdo —insistió Pat, y le dio la espalda
mientras añadía con aparente tranquilidad—: Cierra la puerta al salir,
please.
Abrió un poco más la llave del agua caliente y se dejó invadir por una
sensación de euforia, producto de los acontecimientos. Afinó el oído para
no perderse los movimientos de Nick, al que había dejado tan descolocado
que no parecía haberse movido ni un milímetro desde que ella había
pronunciado aquel no me interesa. Hubiera dado cualquier cosa por haber
podido inmortalizar aquel momento echándole una de aquellas fotos
robadas que tanto le gustaban.
Sonrió ante la idea y esperó, expectante, a que él hiciera su siguiente
jugada. Lo conocía demasiado bien como para saber que jamás se rendiría
sin haber luchado a muerte por lo que quería conseguir. Y en aquel
momento, lo que quería… era a ella.
Tras unos segundos, Pat no aguantó más la intriga y se giró a mirar por
encima del hombro para asegurarse de que no se había ido.
—¿Sigues ahí? —Fingió sorprenderse, pero no se giró hacia él, sino que
volvió a darle la espalda, mostrándole su perfecto trasero sin apenas
ruborizarse—. Recuperarás a tu gran amiga en cuanto que salga de la
ducha. Puedes esperarme fuera.
Sonrió ante su silencio, y se deleitó imaginando el modo en el que él la
estaría contemplando.
—Seguro que nos divertiremos trabajando esta mañana —insistió, sin
mirarlo—. Y después de comer quizá podamos ver una peli o echar una
partida de ajedrez.
Sin previo aviso, sintió que Nick la abrazaba desde atrás y la atraía con
fuerza contra su pecho.
—Ya basta —lo escuchó ordenarle al oído mientras movía sus manos
con destreza por sus pechos y su liso abdomen.
Pat no protestó, se abandonó por completo a él, moviéndose contra la
dura erección que sentía clavada entre las nalgas, a pesar de estar aún
embutida dentro de los pantalones.
—Repite eso de que no te interesa nuestro acuerdo —le siguió Nick
susurrando al oído, al tiempo que metía los dedos entre sus piernas.
Pat apretó los muslos dispuesta a hacer un intento de resistencia, pero
fracasó cuando Nick metió una de sus piernas entre ellos, obligándola a
mantener las suyas abiertas.
—Haces… trampas —protestó Pat, sin poder contener un gemido
cuando aquellos dedos se movieron sin miramientos sobre su clítoris.
—No me hables de trampas, ojos azules —continuó, lamiendo su cuello
al mismo tiempo que seguía masturbándola sin compasión—. ¿Tienes idea
de lo que me has hecho ahí fuera?
Pat supo que se refería a la discusión que habían mantenido en la terraza.
Ella había atacado todos sus puntos débiles con alevosía y premeditación.
—Te lo merecías.
—¿Sí? Pues vas a pagar por ello —le aseguró—. Una y otra y otra vez…
—Curioso… que tus diez metros de distancia hayan quedado reducidos a
esto… —Volvió a meter el dedo en la llaga.
La respuesta de Nick también fue similar, pero dónde metió los dedos
fue en su interior, moviéndolos con fruición, con un movimiento experto
que le arrancó a Pat un grito desbocado al sentirlos acariciar su punto g con
la intensidad justa.
—Nick…, oh… ¡madre mía!
—Tú has sugerido la ducha, yo solo cumplo órdenes.
—Tú no… has cumplido una sola orden… en toda tu vida… —jadeó
Pat, abandonada por completo a él, ya casi sin poder contenerse.
—Solo las tuyas.
—Mentiroso.
Nick sonrió.
—Acepta nuestro acuerdo, ojos azules —le exigió de nuevo sin dejar de
mover sus dedos adentro y afuera.
—No.
En represalia, Nick llevó su mano izquierda también hasta su entrepierna
y sus dedos estimularon su clítoris, mientras con la mano derecha
continuaba torturándola con aquel incesante movimiento.
—Di que aceptas —insistió Nick de nuevo.
Pat apenas podía hablar ni pensar con el mínimo de coherencia, pero le
quedaba la suficiente como para seguir en sus trece.
—No.
—Te advierto que conozco torturas mucho peores que esta.
—Imposible —murmuró entre dientes, al borde del abismo.
—Me obligas a ser cruel —suspiró—. Tú lo has querido.
Retiró ambas manos de su sexo, la ayudó a estabilizarse y la soltó,
poniendo distancia entre ellos.
Pat se giró hacia él con un grito de protesta por la abrupta interrupción.
Apenas si se había quedado a unos pocos segundos de la culminación
absoluta, y todo su cuerpo le suplicaba el alivio que se le había negado.
Miró a Nick desconcertada y con el ceño fruncido, y tuvo ganas de
abofetearlo cuando él tuvo la osadía de devolverle una mirada maliciosa
acompañada de una sonrisa más aún. Estaba apoyado de nuevo contra la
pared, con una tranquilidad pasmosa y sorprendente, teniendo en cuenta que
estaba calado hasta los huesos.
Pat lo miró echando fuego por los ojos, valorando si quería pegarle o
arrancarle la ropa a mordiscos.
—No me mires así, ojos azules. —Sonrió con picardía—. Piensa que si
me matas, nunca obtendrás lo que quieres…
—Quizá ya no quiero nada —dijo irritada, aunque demasiado consciente
de cómo se le ajustaba la camiseta empapada al torso.
—Vale. —Nick se encogió de hombros e hizo ademán de abrir la puerta
para salir.
—¡Mierda, Nick, solo he dicho quizá! —protestó de inmediato.
El chico se volvió a mirarla con una sonrisa arrogante.
—¡Creo que jamás he sentido tantas ganas de abofetear a alguien! —
rugió Pat, dejando escapar un bufido de impotencia.
—Tampoco has tenido jamás tantas ganas de tirarte a alguien —le dijo
con descaro—. Admítelo.
—¿Y tú? —le preguntó molesta—. ¿Eres de piedra o qué?
—Solo algunas partes de mi cuerpo —bromeó con insolencia—.
Incluyendo esa que te mueres por…
—¡Ah, calla ya! —le gritó desesperada. Nick dejó escapar una carcajada
—. Ahora soy yo quien se va. Aparta.
—¡Ni loco!
Pat lo miró ahora con las cejas arqueadas, y fue repentinamente
consciente del estado en el que él también debía encontrarse.
—Tú también estás jodido, eh —le dijo, sonriéndole de forma descarada
—En el puto infierno estoy —admitió—. Pero ese acuerdo no es
negociable.
—Lo sé.
—¿Y qué quieres, que te suplique?
—¿Lo harías?
—Es posible —admitió él entre dientes.
—No me sirve.
Sin previo aviso, Nick la atrapó entre sus brazos y la atrajo contra su
cuerpo.
—¿Y qué te sirve, Pat? —le dijo, tomándola de las nalgas para apretarla
aún más contra su erección—. Si salgo de esta ducha, jamás volveré a
tocarte.
La chica sintió su cuerpo estallar en llamas, al tiempo que su corazón
lloraba ante la posibilidad de no volver a tenerlo nunca.
—Nick…
—¡Nick nada! —interrumpió, exasperado, girándose con ella entre los
brazos para acorralarla contra la pared—. Conoces el acuerdo y las
condiciones. ¿Quieres o no quieres dos días de sexo, Pat?
—¡Quiero, sí! —admitió por fin—. ¡Claro que quiero!
—¡Vale! —exclamó Nick.
—¡Vale! —contestó ella en el mismo tono airado.
Se miraron a los ojos en silencio durante unos segundos, y al instante
siguiente se lanzaron el uno sobre el otro de forma desesperada,
devorándose de un modo animal.
Pat tironeó de la camiseta de Nick con apremió, impaciente por sentirlo
piel contra piel.
—Los pantalones —suplicó después, tirando de ellos con urgencia, junto
con sus calzoncillos.
Nick la ayudó a quitárselos con la misma desesperación que ella
mostraba, y se fundieron el uno contra el otro, abandonándose a sus
emociones.
—Pat… —gimió contra su boca cuando al fin se libraron de todas las
barreras—, espero que entiendas… —La tomó de las caderas para izarla un
poco del suelo, arrastrándola hasta la pared más próxima— que los
preliminares… no son una opción para mí en este momento.
No esperó respuesta. Se hundió dentro de ella de una embestida certera,
y comenzó a moverse de forma descontrolada y urgente.
El clímax llegó para ambos apenas unos minutos después, liberándolos
por fin, tras la tortuosa mañana.
Cuando Pat posó de nuevo los pies en el suelo de la ducha, tuvo que
agarrarse a él durante unos minutos para no desfallecer. Estaba un poco
mareada tras jadear de forma tan intensa durante largo tiempo, y se
acurrucó entre sus brazos, encantada de estar así.
—¿Mejor? —le preguntó Nick cuando sintió que ella normalizaba un
poco la respiración y parecía relajarse.
Pat levantó la cabeza y lo miró a los ojos, regalándole una sonrisa tierna,
encantada de que él se preocupara por su bienestar.
—Sí, ya está.
—Siento si he sido muy brusco —le dijo con un ligero titubeo—, pero
estaba demasiado al límite.
—¿Te estás disculpando por lo que acaba de pasar? —Sonrió incrédula
—. ¡A todas las mujeres del mundo deberían empotrarlas así al menos una
vez en su vida!
Nick rio divertido.
—Te lo digo en serio, debería estar en la lista de vida de todas nosotras
—insistió risueña—. Junto a lo de escribir un libro y plantar un árbol.
—Y siempre habrá un hombre dispuesto, eso te lo garantizo —bromeó,
atrayéndola un poco más hacia él—. ¿Y enjabonarse mutuamente dentro de
la ducha no está en la lista?
—En la mía sí —admitió Pat. Sus manos ascendiendo por el torso
masculino con deliberada lentitud, hasta enredarse alrededor de su cuello.
—Interesante —dijo, besándola ahora con delicadeza. Después, se apartó
un poco buscando el gel de baño.
—Me temo que está en la bañera-piscina —le informó Pat, señalando el
único bote que tenían allí—. Ese es el champú.
—Pues que bien…
—Cuando me he metido en la ducha, estaba enfadada —admitió
encogiéndose de hombros—. Solo pensaba en sacarte los ojos por obtuso.
Nick la miró con una expresión socarrona.
—Vaya, que cosas tan bonitas me dices, cariño —protestó.
—Tienes razón. No ha estado bien. —Sonrió Pat. Volvió a abrazarlo, lo
besó en los labios y añadió con voz melosa—: No debería meterme con mi
increíble y apasionado empotrador.
—Eso está mejor.
—¿Sí? —Lo beso de nuevo—. Y ¿sabes que sería del todo genial?
Nick la miró con una sonrisa resignada.
—Que saliera a por el puto bote de gel, ¿a que sí?
La carcajada de Pat le dijo que estaba en lo cierto.
Dejando escapar un suspiro divertido, salió de la ducha y volvió diez
segundos después con todos los botes que encontró en la bañera.
—¿Piensas embalsamarme? —lo miró con un divertido gesto de horror.
—Déjame concentrarme —pidió mientras abría un bote tras otro y
aspiraba el aroma de cada uno con mucha atención.
Ella lo observó en silencio con una sonrisa divertida en los labios.
Aquella visión de él, gloriosamente desnudo, haciendo malabares con los
botes y los tapones de gel, resultaba casi surrealista, pero a Pat se le
antojaba de lo más tierna.
—¿Estás haciendo un control de calidad? —terminó preguntándole,
entre risas.
—Voy a pasar el día entero saboreando este aroma —le dijo al fin,
posando una intensa mirada sobre ella, que a Pat ya le provocó de todo
menos ternura—. Tengo que escoger bien.
Sin dejar de mirarla, con sus intenciones escritas en el rostro, dejó caer
todos los botes al suelo excepto uno.
—Este.
A Pat se le escapó un gemido de anticipación, que él correspondió con
una sonrisa maliciosa.
—Parece que te gusta la idea… —le dijo, avanzando hacia ella muy
lentamente.
Pat tragó saliva.
—Mucho —admitió, sintiendo una intensa punzada de excitación en la
parte baja del abdomen—. Por eso empiezo yo.
Nick arqueó las cejas sorprendido.
—Me toca enjabonar primero, Nick —insistió, posando una mirada de
lujuria sobre él—. Me muero por tocarte.
Ahora fue él quien no pudo contener un gemido ronco.
—Parece que te gusta la idea —lo imitó Pat. Después posó una mirada
descarada sobre su erección—. Oye, Nick, solo por curiosidad…, ¿tú
siempre estás en ese estado?
Él dejó escapar una carcajada.
—Últimamente sí —admitió—. Y es un problema que espero poder
solucionar del todo en los próximos días.
Pat fingió escandalizarse.
—¿Estás insinuando que es culpa mía?
—Tuya —Avanzó hacia ella—, de tus ojos azules…
Dio un paso más.
—… de tu cuerpo de escándalo…
Se la comió con los ojos.
—… de tu forma descarada de mirarme…
La chica intentaba aguantar aquellas palabras, su mirada lujuriosa y su
cercanía sin abalanzarse sobre él para devorarlo, lo cual empezaba a ser casi
imposible de controlar.
—El gel —le suplicó Pat, tendiendo la mano hacia el bote.
—Cariño, el orden lógico… es al contrario.
—Me importa un comino el orden lógico —intentó quitarle el bote, pero
Nick apartó la mano, provocando que ella casi cayera en sus brazos.
—Fíjate lo que me he encontrado —la atrajo contra él, mirándola con
una sonrisa seductora que Pat ya no pudo soportar.
La chica se puso de puntillas y devoró su boca sin poder disimular su
grado de excitación. Después, se apartó unos centímetros y lo miró a los
ojos.
—Necesito tocarte, Nick —le susurró sobre los labios, al tiempo que le
recorría la espalda con las manos hasta llegar a su trasero—. Necesito que
me dejes recorrer cada centímetro de tu cuerpo con las manos y…
saborearlo después.
Lo vio tragar saliva y mirarla con los ojos llameantes y la respiración
entrecortada. Tras unos segundos, puso el bote de gel en manos de Pat, que
a punto estuvo de desintegrarlo con la mirada.
A partir de aquel momento, se sumieron juntos en la que sería la
experiencia sexual más erótica e increíble de sus vidas. Era probable que
ninguno de los dos pudiera volver a enjabonarse jamás sin arder de la
cabeza a los pies.

Cuando se sentaron a desayunar juntos tiempo después, se dejaron caer


en las sillas de la terraza, exhaustos.
—Joder, es la una de la tarde. —Se sorprendió Nick al consultar su reloj
—. Lo que significa que hemos estado en la ducha…
—Dos horas y quince minutos —terminó Pat por él—. Pero ¿y lo
limpitos que estamos?
—Sobre todo yo. —Sonrió Nick—. Creo que necesito reponer líquidos
cuanto antes o corro el riesgo de deshidratarme.
Pat rio a carcajadas. Aunque debía reconocer que era del todo asombrosa
la capacidad de recuperación de Nick. En aquellas dos últimas horas, habían
vuelto a empezar, una y otra vez, más veces de las que parecían
humanamente posibles. Habían usado todos los rincones del baño, para
terminar dentro de la ducha cada dos por tres.
—Oye, Nick, ¿no estarán esperándonos en alguna parte para lo de las
fotos? —preguntó Pat mientras daba buena cuenta de un enorme cruasán de
chocolate.
—Lo he aplazado a la tarde.
Pat lo miró extrañada.
—¿Y cuándo ha sido eso?
—Le mandé un mensaje a Ackerman esta mañana —admitió, mirándola
con una sonrisa maliciosa—. Antes de entrar a buscarte al baño.
La chica dejó escapar una divertida exclamación de protesta, que arrancó
una carcajada de la garganta masculina.
—¿No pretenderías que entrara en esa ducha con la hora justa? —insistió
Nick sin poder evitar reír ante los gestos de ella.
—Pero ¡qué optimismo el tuyo!
—No estaba dispuesto a obtener un no por respuesta —reconoció, aun a
sabiendas de que se estaba metiendo en un terreno pantanoso.
—Sí, has entrado en la ducha un poco subidito de aires. —Sonrió con
fingida irritación—. Y has estado a puntito de salir desinflado por completo.
—A ver, ojos azules, los dos sabemos que eso nunca fue una opción real
—alardeó en un tono jovial.
—¡¿Se puede ser más arrogante?! —exclamó Pat, alucinada; aunque
tuvo que terminar riendo ante su encantadora sonrisa canalla—. Creo que te
mereces un escarmiento. A lo mejor me planteo dejarlo aquí.
—Pues sí, Pat, quizá deberías pensártelo durante un rato —dijo
intentando permanecer serio, pero sin conseguirlo del todo—. El justo para
recuperarme un poco. No creo poder ganar calorías al mismo ritmo que me
obligas a quemarlas. Me voy a quedar tísico.
—¡Serás…!
—¿Encantador? ¿Irresistible? ¿Arrollador? —La interrumpió,
inclinándose en su silla para acercarse un poco a ella.
Pat frunció el ceño y emitió un bufido de protesta.
—Insoportable —terminó diciéndole.
—¿Insoportablemente encantador?
—No, insoportablemente insoportable.
—Eso es reiterativo.
—¡Y tú un imbécil! —Se puso en pie, irritada, pero lanzó un grito
divertido cuando Nick tiró de ella y la sentó en su regazo.
—¿Vas a alguna parte?
—Lejos. Así podrás poner calorías sin acusarme de robártelas.
—No me importaría morir de inanición si puedo expirar entre tus piernas
—le dijo, besando uno de sus hombros.
—¡Hostias! No sé si sentirme halagada u horripilada por esa frase. —
Rio, sin remedio.
Nick rio con ella.
—Sí, la verdad es que me he descolocado incluso a mí mismo.
Ambos volvieron a reír.
—Creo que el agotamiento físico de verdad me está afectando a la
cabeza.
—Es que has tenido toda la sangre concentrada ahí abajo más tiempo del
recomendable —bromeó—. Igual te ha faltado el riego en el cerebro
durante demasiado rato.
—Lo que también es culpa tuya —le recordó—. Y voy a cobrármelo en
este mismo momento.
Pat abrió los ojos de par en par, sorprendida.
—Creía que necesitabas un rato para recuperarte.
—Solo algunas partes de mi cuerpo… —admitió. Acarició sus piernas
desnudas con la yema de los dedos y ascendió muy despacio por los
muslos, dejando claras sus intenciones.
—Nick…
—¿Por qué estás vestida? —le preguntó al oído, aprovechando para
jugar con el lóbulo de su oreja. Aquello le arrancó a Pat el primer gemido.
La chica se había puesto un vestido playero para salir a comer a la
terraza. Nick metió la mano entre sus muslos y protestó cuando se topó con
la fina tela que le impedía llegar hasta su objetivo.
—¿Quieres que vaya por ahí sin bragas? —Rio Pat ante la queja
desesperada.
Nick sopesó aquella posibilidad, la miró con el ceño fruncido y dijo con
un convencimiento absoluto:
—Pues sí, eso sería lo ideal.
—¡Estás loco! —Rio.
En respuesta, Nick la impulsó a ponerse en pie, levantó su vestido y tiró
de sus braguitas hacia abajo. Pat se dejó hacer, entre risas, al tiempo que
sentía su cuerpo enardecerse de placer de nuevo.
Nick volvió a sentarla sobre su regazo y fue directo al grano. Metió las
manos bajo su vestido y avanzó rápido hasta llegar a su objetivo.
—Mucho mejor. —Sonrió—. Donde va a parar.
Pat ya no pudo pronunciar una sola palabra mientras él obraba su magia
con aquellos dedos maravillosos, que sabían moverse de manera
excepcional entre sus piernas.
—Mírame, ojos azules —le pidió en un susurro. Pat posó su mirada
turbia de deseo sobre sus ojos, y Nick sintió una opresión en el pecho que ni
esperaba ni entendió, pero que le cortó la respiración. La observó, absorto,
mientras le arrancaba un gemido tras otro, y le faltó muy poco para unirse a
ella cuando la empujó de nuevo por el precipicio.
Cuando volvió en sí, Pat suspiró y le robó un beso sensual que le salió
del alma.
—Eres maravillosa —lo escuchó decir, abrazándola con fuerza.
—¡Tonto! —Sonrió cohibida, sin poder evitar ruborizarse—. Y… ¿como
cuánto descanso necesitas tú para recibir tu recompensa?
Nick sonrió y consultó su reloj de pulsera.
—Cinco, cuatro… tres…
—Uy, no creo que me merezca la pena ponerme las bragas. —Rio Pat,
cambiando la postura para acomodarse a horcajadas sobre él.
—Hablando de eso… —dijo, buscando la ropa interior de Pat que tenía
aún en su regazo—. Voy a confiscártelas hasta que esto se acabe.
La chica lo miró con una sonrisa divertida, y observó cómo él se
enroscaba la prenda alrededor de la muñeca, convirtiéndola en una
muñequera. Después, metió la mano entre sus piernas y la acarició con
deleite.
—Te quiero así todo el tiempo —dijo muy serio, bajándose ahora la
cinturilla de sus pantalones—. Y no me sirve que te pongas otras. Por lo
que a mí respecta, estas son las únicas braguitas que has traído a Monterrey.
Mientras hablaba, Pat aprovechó para ayudarlo a liberar la prueba
inequívoca de su excitación y se sentó encima, acogiéndolo en su interior
por completo.
—¿Ves qué práctico? —jadeó Nick mientras ella se movía sobre él con
maestría—. Fácil acceso…, en cualquier momento.
—¿Quieres… que vaya a todas partes… sin bragas? —Comenzaba a
costarle pronunciar las palabras.
—Sí.
—Pero… cuando lleve pantalones…
—No podrás llevar pantalones —le susurró, poniéndole las manos en las
caderas e impulsándola a seguir moviéndose—. Solo vestidos y faldas.
—Parece excitante. —Aumentó el ritmo.
—Te reto a cumplirlo. —Sonrió con lascivia, metiendo la mano entre
ellos para acariciarle el clítoris mientras se movía.
Pat dejó escapar un gemido de deleite.
—¿Aceptas? —insistió Nick.
—Sí —le susurró al oído—. Sí. Sí. Sí.
Incrementó el ritmo, cabalgando sin parar sobre él, hasta que provocó
que Nick perdiera el norte por completo. El chico se puso en pie, la apoyó
sobre la mesa y tomó el control de la situación, apenas consciente de nada
que no fuera moverse una y otra vez contra ella hasta que llegaran los
fuegos artificiales.
Capítulo 20
La tarde pasó muy rápido cuando se sumergieron de lleno en el trabajo.
A pesar de que habían salido de la cama a regañadientes, una vez lo
lograron y estuvieron en la playa, disfrutaron del paso de las horas juntos tal
y como habían hecho siempre. Sin dejar de conversar, entre risas y echando
una foto tras otra, pasaron cerca de cuatro horas.
Los monitores enviados para ayudarlos pusieron todo de su parte para
que las cosas fluyeran a las mil maravillas, mientras todos disfrutaban del
mar y de los diferentes deportes y actividades. El resultado fueron unas
fotos espectaculares, que venderían aquel Resort por encima de cualquier
otro.
—Qué agotador es divertirse tanto —exclamó Pat, risueña, cuando el sol
comenzaba a ponerse y pudo sentarse un momento junto a Nick en la arena
—. Y conociéndote, y viendo ese atardecer, nos queda al menos una hora de
curro. ¿Me equivoco?
Nick sonrió, recortó la distancia que lo separaba de su boca y la besó
intensamente, sin decir una sola palabra.
—Guau —dijo Pat dejando escapar un suspiro cuando él la miró a los
ojos—. ¿Y eso?
—Por ser tan increíble —contestó, sin dejar de mirarla—. Por ayudarme
a que mi trabajo sea tan sencillo y ser tan paciente con todas mis manías,
que son unas cuantas. Por aguantar sin protestar y con una sonrisa cada
actividad que hemos probado, a pesar de que sé que alguna de ellas te las
hubieras ahorrado de buena gana. Por ser… como eres.
Pat rio intentando esconder su rubor.
—Y sí, también por esa hora de trabajo que aún te queda hasta que caiga
la noche —Rio ante el divertido gesto de desesperación que recibió como
respuesta—, pero debo decirte que estás absolutamente maravillosa en cada
una de las fotos que te he echado.
—¿A pesar del trikini? —bromeó.
—Sí, a pesar del trikini —Rio divertido—, pero te recuerdo que dejarte
usarlo ha sido solo una excepción. Después volveremos a nuestro trato.
Le mostró la mano donde aún llevaba sus braguitas de muñequera, y ella
dejó escapar un suspiro de anhelo que provocó que Nick se pusiera en pie
de forma automática.
—¿Qué te ha dado? —protestó Pat, un tanto perpleja.
—Que es lo que no me has dado en estas últimas horas. —Sonrió—.
Empiezo a tener un mono que no sé si voy a poder controlar mucho más.
—Uy, pobre —bromeó.
—Y el trikini no ayuda mucho.
—Pues me lo quitaría, pero Olivier iba a flipar.
Nick miró al monitor, que a unos metros de distancia se afanaba por
organizar un poco las motos acuáticas que habían estado usando hacía un
momento, tal y como Nick le había pedido. Después, posó de nuevo sus
ojos sobre Pat, que lo miraba sin ocultar cuánto le gustaría poder
desnudarse para él.
—Deja de hacer eso —le pidió, cediendo a la tentación de agacharse de
nuevo frente a ella.
—¿El qué?
—Desplegar todo tu encanto para volverme loco.
Pat rio y él la miró embelesado.
—No sabía que estuviera haciéndolo.
—Pues peor me lo pones —admitió Nick, casi en un susurro—. Me
matas sin ni siquiera pretenderlo.
Volvió a besarla con ardor durante más tiempo del recomendable. Pat
gimió sobre su boca y Nick tuvo que luchar con todas sus fuerzas para no
tumbarse sobre ella.
—Joder, que me pierdo.
Se puso en pie y se alejó unos metros de ella, sonriendo ante las
carcajadas de Pat.
—Voy a hacer algunas fotos desde aquel muro. —Señaló y le gritó a
Olivier—: Así están perfectas.
Caminó unos diez metros hacia atrás para tomar uno de los planos que
tenía pendientes, pero cuando se puso detrás del objetivo, lo primero que
enfocó fue a Pat, que aún miraba hacia él con una sonrisa divertida en su
precioso rostro. Hizo un zoom sobre ella y tiró unas veinte fotos, una tras
otra.
Después apartó la cámara y la observó. Ambos se sostuvieron la mirada
desde lejos durante lo que les pareció una eternidad. Incluso a diez metros
de distancia, su cuerpo reaccionó como si llevara un mes sin tocarla.
«Tienes una noche y un día para saciarte», se dijo categórico, sin
permitirse plantearse otra alternativa.
Incómodo ante sus propios pensamientos, le dio indicaciones a Pat para
que se subiera en una de las motos e intentó concentrarse en su trabajo de
nuevo. Ella seguía sus órdenes sin protestar, adoptando cada cambio de
postura que él le pedía igual que lo hacía cuando estaban entre las sábanas.
«¡Joder, Nick, concéntrate en las fotos!, se dijo, molesto consigo mismo
por no ser capaz de mirarla sin arder en llamas.
«Es que está tan maravillosa a la luz del ocaso…», se contestó a sí
mismo, deteniéndose a mirarla de nuevo. Una emoción apenas reconocible
le inundó el pecho y su corazón se aceleró. Tuvo que exhalar aire con fuerza
cuando fue consciente de que había estado conteniendo la respiración.
—Una noche y un día —se repitió entre dientes con vehemencia—.
Tendrá que ser suficiente.

Cuando Olivier se marchó, por fin se dejaron caer sobre la arena para
terminar de disfrutar de los últimos rayos de sol que se atisbaban en el
horizonte. Aún había algunas personas paseando por la playa y varios niños
jugando con las olas bajo el idílico ocaso.
Pat, sentada entre las piernas de Nick, con la espalda apoyada contra su
pecho, jugaba de forma distraída con el vello de los brazos masculinos
mientras se dejaba embargar por una sensación de plenitud que impedía que
borrara la sonrisa de los labios. Tras unos minutos en silencio, se preguntó
que estaría pensando él. Pero la tentación de preguntarle se vio eclipsada
por el pánico que le daba la respuesta.
…E hizo bien en no preguntar.
La mente de Nick intentaba encontrar la calma entre todos los
pensamientos y emociones que se empeñaban en hablarle al mismo tiempo.
Por un instante, se había sentido tan bien con Pat entre sus brazos, tan solo
disfrutando del momento, que un pensamiento fugaz le hizo desear que
aquello no terminara nunca. Paradójicamente, eso había desatado una
inquietud en su interior que estaba quebrando toda aquella armonía.
—Creo que esta es la vista más maravillosa que he contemplado nunca
—escuchó susurrar a Pat—. Y el mar tiene ese efecto hipnótico e
increíble…
Nick sonrió con tristeza cuando su mente le trajo un recuerdo agridulce
de su madre. Pat se giró a mirarlo, se acomodó un poco entre sus brazos
para verlo de frente y pareció leerle el pensamiento al instante.
—Le hubiera encantado este sitio —le dijo con ternura.
—Sí, es probable que hubiera sido su elección para el final —admitió
Nick con cierta melancolía—. Y a mí me hubiera vuelto loco su resignación
al escucharla.
Ambos recordaron el momento en el que Alina Baker, cuando comenzó
a acusar el deterioro físico, les había dicho con total tranquilidad:
«Cuando ya no pueda moverme ni hablar, y solo me queden fuerzas para
mantener los ojos abiertos, por favor, sentadme frente al mar».
—Sentadme frente al mar —repitió Pat emocionada—. Jamás se me
olvidará aquel día.
Nick sonrió y le devolvió una mirada empañada por la emoción del
recuerdo.
—Creo que aquel fue el último día que se puso en pie —dijo conmovido.
Hacía casi cuatro años que Alina Baker había fallecido, pero su recuerdo
estaba muy presente aún para ambos. Habían sido tres años muy duros para
Nick, y Pat los había sufrido junto a él. Todavía se le partía el alma al
recordar las lágrimas que él había derramado entre sus brazos en la recta
final de la enfermedad, incapaz de soportar verla así por más tiempo.
—No hubiera podido aguantar todo aquel horror sin ti, Pat —le dijo,
posando una mirada tierna sobre su rostro—. Hubo momentos en los que
solo tu abrazo conseguía reconfortarme. Siempre encontrabas la palabra
justa, que lograba que el dolor fuera un poco más soportable.
La chica le devolvió una mirada emocionada y le robó un beso dulce,
cargado de significado.
—Ella te adoraba, Pat, lo sabes, ¿verdad? Te quería como a una hija —
dijo, acariciándole el rostro con el dorso de la mano—. Claro, que eso
tampoco es raro, porque es muy difícil conocerte y no quererte.
Pat desvió la mirada, muy afectada con el comentario, sin saber cómo
sentirse. No era aquel tipo de amor del que hablaba el que quería de él, y
quizá era el único que podría tener.
—Yo también la quería a ella —le dijo, para evitar que él se diera cuenta
de cómo se sentía—. Y la admiraba mucho. Era una mujer muy fuerte.
—Tuvo que serlo para poder criarme sola —admitió Nick—, pero no
consiguió ser feliz jamás.
No era la primera vez que Pat le oía decir algo así, y siempre le
sorprendía la certeza con la que pronunciaba aquellas palabras.
—Y aquí estoy yo, cometiendo sus mismos errores… —lo escuchó
susurrar casi para sí mismo, sorprendida. Aquello sí era nuevo.
Pat levantó la cabeza de forma automática.
—¿A qué te refieres?
Nick se sintió turbado. A la legua se veía que no había querido decir
aquello en voz alta.
—Olvídalo —le pidió.
Pat arqueó las cejas y lo miró de forma inquisitiva. Tras tantos años de
amistad, Nick no tuvo problema para identificar el gesto. Pat era una
persona que iba de frente y siempre decía lo que pensaba, y sabía que había
pocas cosas que le molestaran tanto como que alguien fuera a decir algo y
se quedara a la mitad.
Nick tardó unos segundos en encontrar las palabras adecuadas para
contarle aquello.
—Mis padres también fueron grandes amigos durante muchos años —le
dijo, dejando escapar un suspiro cansado.
Para Pat aquello sí fue toda una sorpresa. Las pocas veces en las que
Nick le había hablado de su padre, se había referido a él de una forma
totalmente impersonal. Ella apenas si sabía nada sobre él.
—Se conocieron en la facultad y durante diez años fueron inseparables
—continuó diciendo—. Incluso vivieron juntos durante un par de años sin
que ocurriera nada entre ellos.
—¿Y qué pasó? —preguntó con el corazón en la garganta.
—Yo —aceptó con una sonrisa triste.
—¿Qué?
—Una noche se dejaron llevar… y ella se quedó embarazada. —Tuvo
que soltar aire para poder continuar—. Su amistad jamás se recuperó de
aquello.
La chica tragó saliva. Ahora entendía un poco mejor la obsesión de Nick
por no traspasar los límites.
—Ella lo amaba mucho, pero supongo que no era algo mutuo, y él
terminó huyendo cuando las cosas se pusieron tensas —confesó, incómodo.
—Y poco después murió —dijo Pat, conmocionada con la historia.
Nick se limitó a guardar silencio.
—Es muy triste —admitió conmovida—. ¿Por eso nunca me hablaste de
él?
—Él no es importante —dijo con una extraña voz.
—Querrás decir era…
—Sí, eso.
—¿No te acuerdas de él?
—No. Tengo solo una foto, de antes de que yo naciera —contó—. Y…
supongo que nunca pude perdonarlo.
—Entiendo.
—Mi madre jamás se recuperó de su marcha, ¿sabes? —continuó, casi
en susurros —. Tuvo algunas relaciones sin importancia, pero jamás volvió
a enamorarse.
Pat tragó saliva y fue incapaz de mirarlo a los ojos. Se acurrucó contra su
pecho, sintiendo que el miedo y la ansiedad la invadían.
—Pasó media vida mirando su foto cuando creía que nadie la veía —
terminó diciendo, consciente de que Pat llevaba largo rato muy callada—.
Por eso a ella le preocupaba tanto nuestra relación.
Ahora sí se ganó una mirada de la chica, que izó la cabeza, sorprendida.
—No entiendo.
—Supongo que se veía reflejada en nosotros, Pat —admitió—. Y le
preocupaba que nos hiciéramos daño.
Pat tragó saliva y sus ojos se humedecieron sin remedio.
—Una noche, cuando ya apenas podía hablar, me pidió que la escuchara
—contó—. Y, a duras penas, consiguió decirme una frase que no ha dejado
de perseguirme desde entonces.
En silencio, Pat esperó a que se decidiera a compartirla con ella.
—Vosotros sí tenéis la oportunidad de hacer las cosas bien, me dijo.
Pat se incorporó un poco y lo miró a los ojos, sin disimular una
expresión dolida.
—¿Por eso consideras que estás cometiendo sus mismos errores?
—De alguna forma lo estamos haciendo —admitió él.
—No. —Pat se revolvió entre sus brazos, se incorporó sobre las rodillas
y lo miró de frente—. Para mí tú no eres ningún error, Nick, y lamento
mucho que tú me veas de ese modo.
Se puso en pie y echó a andar hacia el hotel antes de deshacerse en
lágrimas, que no estaba dispuesta a dejarle ver.
—Pat, por favor… —lo escuchó llamarla—. Espera.
Pero no le hizo caso. Continuó caminando a paso rápido hacia las
escaleras que la llevarían de vuelta al Resort, sabiendo que él no podría
correr tras ella con todo el material que debía recoger aún.
Cuando Pat llevaba una hora paseando por la habitación igual que lo
haría un tigre enjaulado, se lamentó de nuevo por su carácter impulsivo. Le
habían dolido mucho las insinuaciones de Nick, pero no debió salir
corriendo, sino quedarse para hablarlo con tranquilidad. Entendía que él
pudiera sentirse así tras ver sufrir a su madre durante toda su vida, pero
aquello la mataba y ella tampoco podía evitarlo.
Inquieta, volvió a consultar su reloj. Eran las nueve y media de la noche
y no había ni rastro de Nick. ¿Estaría tan enfadado como para no querer ni
verla? Al fin y al cabo, ella acababa de saltarse a la torera el acuerdo verbal
al que habían llegado aquella misma mañana. Le había prometido que no
habría discusiones ni malos entendidos y no lo había respetado ni un día
completo. Quizá Nick estaba decidiendo si su tiempo juntos terminaba allí.
Cuando estaba a punto de gritar de pura desesperación, la puerta de la
habitación se abrió y Nick posó sobre ella una mirada preocupada.
—Lo siento —le dijo el chico con un tono inseguro, soltando todos los
bártulos junto a la puerta—. Ackerman me ha pillado en recepción y he
tenido que echar unas fotos en el comedor…
El corazón de Pat saltó de júbilo. Al parecer se había preocupado por
nada.
—Te he llamado, pero tienes el móvil sin señal —insistió él, mirándola
con cierta aprensión, aún sin moverse de la puerta.
—No sé dónde lo tengo —le aseguró Pat, nerviosa—. Supongo que me
habré quedado sin batería.
—Ah…, yo… pensé que lo habías apagado para no tener que contestar
mis llamadas.
—Pues no.
—Bien —La miró con una expresión inquieta—, porque lo he pasado
fatal y no podía localizarte…
Pat ya no pudo contenerse. Corrió hasta él y se arrojó en sus brazos, que
la recibió, emocionado, dejando escapar un suspiro de alivio.
—No quería hacerte daño, Pat —susurró sobre sus labios.
—Lo sé.
—Lo último que quiero es lastimarte.
Pat volvió a besarlo y Nick reaccionó con una intensidad que hasta a él
le sorprendió. La última hora había sido muy angustiosa, deseando llegar
hasta ella y sin poder ni siquiera averiguar dónde estaba. Volver a tenerla
entre sus brazos era un regalo que le agradecía a la vida y estaba dispuesto a
demostrarle cuánto.
La cogió en brazos sin dejar de besarla, y recorrió los metros que los
separaban de la cama, depositándola con suavidad sobre las sábanas.
Después, se tumbó junto a ella y le hizo el amor de una manera lenta y
sensual, con una sensación extraña dentro del pecho que a ratos le obligaba
a contener la respiración, mientras lo impulsaba a besarla y acariciarla con
una ternura que hasta aquel momento jamás había experimentado. Cuando
se perdió en su interior, ambos se movieron muy despacio, al mismo
compás, sin dejar de mirarse a los ojos un solo segundo, disfrutando de
aquella conexión espiritual que flotaba en el aire.
Una vez descansaban uno en brazos del otro, guardaron silencio durante
varios minutos, ambos impactados por la intensidad emocional de lo que
acababa de pasar.
Nick fue el primero en romper el silencio.
—Pat… —la chica levantó la cabeza para mirarlo—, no puedo soportar
hacerte daño.
—Olvídalo —le pidió ella, consciente de que sería del todo imposible no
salir destrozada de aquel acuerdo que jamás debió aceptar. Pero en aquel
punto… solo le quedaba seguir disfrutando de él hasta el último minuto que
fuera posible.
—No puedo olvidarlo, estoy preocupado —admitió Nick, casi en un
susurro.
Pat se incorporó en la cama para mirarlo de frente.
—¿Por qué?
—Por lo que he visto en tus ojos en la playa. Sé que te han dolido mis
palabras, y eso me ha matado a mí.
—¿Y no podemos borrarlo todo y no pensar en nada? —sugirió ella,
dejando escapar un suspiro que esperaba que no hubiera sonado a la tristeza
que la asolaba por dentro.
—¿Lo crees posible?
—Lo hemos hecho durante todo el día.
—Quizá tú sí —admitió un tanto pesaroso—, pero a mí me preocupa
demasiado…
Se detuvo, temeroso de decir de nuevo algo que no debía.
—¿El qué? —lo instó Pat continuar.
—Déjalo, tienes razón, vamos a…
—Te preocupa mañana, ¿es eso? —insistió Pat—. Te preocupa nuestro
acuerdo.
Nick suspiró y asintió con un gesto.
—Pues a mí no —mintió la chica de forma tan descarada que hasta a ella
misma le sorprendió poder hacerlo; pero no quería que Nick no disfrutara al
máximo de lo que estaban viviendo por miedo a que ella sufriera. Y, por
supuesto, lo último que deseaba era que, por aquel mismo motivo, se viera
presionado a continuar con una relación que no quería. No iba a permitirlo,
aunque fuera ella quien muriera por dentro.
—¿Lo dices en serio? —se sorprendió Nick—. ¿No te preocupa la vuelta
a la normalidad?
—Esta noche no —le dijo, encogiéndose de hombros para restarle
importancia, pero tuvo que tumbarse de nuevo para no tener que mirarlo—.
Así que si me queda alguna vecina de la que todavía no me hayas dado…
Nick la interrumpió con un beso que le robó todo pensamiento lógico
durante bastante rato.
Capítulo 21
Nick se paseó por entre las mesas del improvisado restaurante, echando
fotos a todo lo que le parecía relevante. Empezaba a sentirse muy aburrido
de estar allí solo, a pesar de llevar escasos quince minutos, y apenas si
podía dejar de mirar hacia la puerta, esperando, ansioso, el momento en el
que Pat decidiera reunirse con él. Solo esperaba que ella no estuviera muy
enfadada porque se le hubiera olvidado decirle que tenían que trabajar
aquella noche. Ackerman les había pedido que se reunieran con él en un
reducido coctel que tenían preparado en la zona de la piscina, y a él se le
había olvidado por completo, obnubilado como estaba entre sus piernas.
Eran casi las once de la noche cuando se había acordado, y Pat casi lo había
matado al decírselo.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Roy Ackerman, acercándose hasta él
en la mesa del buffet, con su mujer del brazo.
—Bien, creo que tengo suficiente —le dijo, y se volvió hacia la mujer,
que se lo comía con los ojos con su habitual descaro—. Cinthia, estás
preciosa.
Ella asintió agradeciendo el cumplido.
—¿Y Pat? —se interesó Roy—. Va a privarnos de su belleza esta noche.
—Espero que no. —Sonrió Nick—. La avisé tarde de esta fiesta, me
temo.
—¿Y se atreve a dejarte bajar solo? —intervino Cinthia con una sonrisa
malintencionada y una mirada lujuriosa difícil de obviar—. Las mujeres te
comen con los ojos desde todos los ángulos. Estás espectacular con esa
camisa tan ajustada.
Nick se sintió incómodo. Carraspeó y prefirió no mirar a Roy Ackerman
de frente; aunque por la carcajada que había dejado escapar al oír el
comentario, no parecía estar molesto.
—Pat sabe que el resto de mujeres están de más para mí. Ni quiero ni
necesito mirar a ninguna otra —le dijo a Cinthia. Y se quedó un tanto
perplejo al comprender que realmente lo decía en serio.
—¡Y no me extraña nada! —exclamó Roy mirando hacia la puerta de
entrada a la piscina—. ¡Porque eres un tipo con mucha suerte!
Nick miró en aquella dirección y posó sus ojos sobre Pat, que era, sin
duda, la mujer más hermosa que había visto en toda su vida. Era como una
aparición, etérea y maravillosa, parada en los escalones de acceso a la
piscina como si estuviera posando de forma distraída sobre una pasarela,
mientras paseaba la mirada por la zona con genuina curiosidad. No había un
solo hombre en aquel recinto que no la estuviera contemplando con
admiración, pero ella fingía no darse cuenta mientras seguía buscando entre
la gente.
«Me busca a mí», cayó Nick en la cuenta, sintiéndose de repente el
hombre más afortunado del planeta.

Pat estaba nerviosa. Cuando Jennifer y Amber la habían casi obligado a


probarse y comprarse aquel sexi vestido negro, jamás pensó que algún día
tendría las agallas de ponérselo. La tela se ajustaba por completo a cada
curva de su cuerpo, y dejaba al descubierto partes de su torso que no estaba
habituada a mostrar cuando no tenía puesto el trikini… El escote se ceñía a
sus generosos pechos de una forma asombrosa, que incitaba más que si los
llevara desnudos, y la espalda iba adornada con pequeñas cadenitas
plateadas que mostraban su piel casi hasta el principio de la columna. Todo
el conjunto dejaba al descubierto unas largas y bien torneadas piernas, a las
que unos tacones de infarto terminaban por convertir en perfectas. Para
completar el atuendo, se había hecho un desenfadado recogido en el pelo,
que estilizaba su cuello, convirtiéndola en una verdadera sirena digna de
mirar hasta enloquecer.
Cuando vio a Nick avanzar hacia ella con una expresión de absoluta
admiración, se alegró de haberse atrevido a ponerse aquel vestido. Él
parecía muy impresionado, además de estar increíblemente atractivo con
aquella camisa negra que parecía estar hecha a medida para él y cada uno
de sus músculos.
—Estás… ¡guau! —fue lo primero que le dijo Nick, sin disimular su
impresión, mientras le tendía la mano para ayudarla a bajar los tres
escalones que tenía ante sí.
Pat descendió, sonriendo con cierta timidez.
—¿Guau es bueno?
—Guau es el equivalente a no tengo palabras que alcancen para
describir lo que ven mis ojos…
—Me alegro, porque no me has dado demasiado margen para
arreglarme.
—¡Pues menos mal!
Pat dejó escapar una carcajada pletórica de satisfacción.
—Cuando una tiene una cita con el hombre más apuesto de la fiesta,
tiene que estar a la altura —le dijo, regalándole una sonrisa espectacular,
aunque se sintió cohibida al notar la mirada intensa de Nick sobre ella—.
¿Qué?
—Nada.
—¡Nick!
El chico le devolvió una mirada intranquila. ¿Qué podía decirle? Era
consciente de que estaba totalmente fascinado por ella. En aquel momento
la deseaba de una forma casi insoportable, y aquello no debería ser así. Ya
había perdido la cuenta de las veces que se habían amado y, sin embargo,
parecía desearla un poco más cada vez que la hacía suya.
—Es que estás… impresionante, Pat —le dijo al oído, aspirando aquel
perfume que lo volvía loco—. Y no sé cuánto tiempo voy a poder aguantar
sin sacarte de esta fiesta.
Pat sonrió sin disimular cuánto le complacían sus palabras.
—Permíteme cenar algo y te dejo que me lleves donde quieras.
Los ojos de Nick refulgieron como dos brillantes luceros.
—Hay marisco de todo tipo en aquellas mesas. —Señaló—. Tiene muy
buena pinta, además de ser afrodisiaco.
—Entonces no creo que ninguno de los dos debiéramos probar un solo
langostino, Nick —bromeó—. Lo último que tú y yo necesitamos son más
estimulantes.
Ambos rieron y caminaron hasta las mesas, donde todo tipo de
delicatesen hicieron las delicias de Pat. Llenaron un par de platos y se
alejaron hacia un extremo de la piscina para disfrutar de su merecida cena.
—Joder, qué vergüenza —Rio Pat, dejando su plato sobre una especie de
muro de cartón piedra—, parece que no hemos comido nunca, pero es que
tiene todo tan buena pinta…
—Te cambio una cigala por un par de gambas.
—Ni hablar, ¿sabes el tiempo que hace que no como cigalas? —le
recordó con sorna—. Intenta meter la mano en mi plato y te la corto.
—La mano, espero.
—¡Claro! —Rio coqueta, y posó una mirada maliciosa sobre él—. El
resto de ti me gusta demasiado. Aunque pensándolo bien, creo que de tus
manos tampoco puedo prescindir, usas demasiado bien cada uno de los
dedos…
—¡Vale! Creo que vamos a comer en silencio y mirando al frente —
protestó Nick, haciendo exactamente aquello.
La carcajada de Pat le arrancó otra a él a su vez.
—¿Quieres cenar como si estuviéramos castigados?
—Quiero cenar, punto —bromeó—. Y no podré terminar si sigues
hablando. Acabaré dando un espectáculo sacándote de aquí sobre un
hombro.
—Eso me pondría en una posición delicada. —Rio—. Este vestido es
demasiado corto, mostraría más de lo aconsejable en esa postura.
—¿Si te sacara de aquí como los trogloditas, lo que más te preocuparía
sería que te vieran las bragas?
—Es que eso sería difícil —le aclaró, posando los ojos con lujuria sobre
los suyos—. Mis bragas, Nick, llevas paseándolas tú en la muñeca todo el
día.
Nick se atragantó con la comida y tuvo que toser con fuerza para
despejar sus pulmones.
—Espero que ya hayas disfrutado suficiente de la comida —le dijo
cuando pudo recuperarse—. Nos vamos de aquí en este mismo instante.
—¡Ni hablar! —coqueteó—. Pienso terminarme mi plato de marisco.
Nick se acercó a ella, la tomó por la cintura y se acercó a su oído para
susurrarle:
—Haberlo pensado antes de insinuar que no llevas bragas. —Su mano
descendió por el trasero femenino buscando el dobladillo del vestido—.
Ahora me veo en la imperiosa necesidad de comprobarlo.
—Yo solo estoy acatando órdenes. —Rio de nuevo, intentando alejarse
un poco, pero sin esforzarse demasiado—. Ni se te ocurra seguir
avanzando.
Entre risas, se llevó la mano atrás para detener la de Nick, pero la mirada
oscura y peligrosa que leía en sus ojos le arrancó un sonido gutural.
—Solo quiero…
—No, si tengo claro lo que quieres.
—Estamos lejos de todo el mundo —susurró Nick, besándole ahora el
cuello—. Si alguien mira, solo verán mi espalda mientras beso a la mujer
más bella de la fiesta. Cualquiera entenderá que no pueda contenerme.
Pat dejó que la atrajera un poco hacia él y sintió su impresionante
erección contra la pelvis. Aquello la excitó de un modo alarmante.
Empezaban a darle igual todas y cada una de las personas que estaban allí.
—Nick, por favor…
—Al menos dame un beso —le pidió, moviéndose un poco contra ella.
—Si te beso, no podré ponerte freno.
—Uno pequeño. —Sonrió sin dejar de besarle el cuello—. Ahora que
nadie mira.
Pat dejó escapar una carcajada nerviosa.
—¡Qué morro tienes!
—Mujer, no creo que nadie…
—Ya veo que os estáis divirtiendo —dijo Roy Ackerman a espaldas de
Nick, interrumpiendo la conversación.
—Joder, ahora que casi te tenía convencida… —fue lo último que Nick
susurró en su oído antes de volverse. Pat no supo si reír o buscar un buen
sitio para esconderse.
—Estábamos cenando algo —tuvo el descaro de decirle Nick con una
sonrisa—. Está todo exquisito.
—Sí, tiene pinta de estarlo —aceptó Ackerman, divertido.
A Pat no le salía la voz de cuerpo. La vergüenza teñía sus mejillas de un
rojo intenso, que Nick no ayudaba a aliviar. Era obvio que se escudaba tras
ella intentando esconder un poco su evidente excitación.
—Aun a riesgo de que tú novio me dé otro toque de atención… —le dijo
Ackerman mirándola con descaro—, no puedo evitar decirte que eres la
mujer más bonita de la fiesta
Nick sonrió con cierta sorna.
—Aunque supongo que ya te lo habrán dicho —continuó bromeando,
ahora mirando a Nick.
—Sí, en varios idiomas. —Rio el chico
—Gracias a los dos por avergonzarme con tanto éxito —terminó
diciendo Pat entre risas—. Y gracias a ti, Roy, por esa suite increíble que
nos has dejado usar. A pesar del trabajo, están siendo unos días
maravillosos.
Ackerman paseó su mirada de uno a otro y no pudo evitar añadir:
—¿Por qué me parece no tener nada que ver?
La pareja se limitó a sonreír.
—En otra vida, hubiera luchado a muerte por ti —terminó diciendo
Ackerman mirando a Pat con verdadera admiración. Después, miró a Nick
con una sonrisa y añadió—: En esta, sé que no tengo ninguna posibilidad.
Sois la pareja más enamorada que he conocido nunca. Es casi imposible
miraros y no darse cuenta.
Aquello fue como un guantazo para Pat, que tuvo que hacer un esfuerzo
titánico por sonreír. Era consciente de que su amor por Nick era más intenso
cada día, pero no sabía que se le notara tanto. ¿Se habría dado cuenta él
también? ¿Era por eso por lo que estaba tan preocupado por hacerle daño?
Cuando Ackerman se alejó de ellos al fin, Pat no pudo mirar a Nick a los
ojos. Se limitó a seguir comiendo de su plato, ahora ya sin apetito.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Nick cuando le hizo la primera broma y
solo recibió una sonrisa apagada como respuesta—. Ackerman ahora ha
sido educado.
—No te preocupes, está todo bien. —Después recordó un retazo de la
conversación—. Por cierto, ¿qué era eso del toque de atención?
—A mí también me ha sorprendido, no pensé que hubiera cogido la
indirecta.
—¿Qué le dijiste?
—Que soy muy celoso —admitió.
Pat sonrió con sorna.
—¿Y lo eres?
—No tengo ni idea —reconoció—. Pero no creo.
La chica guardó silencio. Supongo que para celar a una mujer, tiene que
importarte lo suficiente… Aquello fue como otra bofetada.
«Acostúmbrate», se dijo, dejando escapar un suspiro resignado.
—Y entonces, Pat… —dijo Nick recortando de nuevo la distancia entre
ellos—. ¿Nosotros dónde estábamos antes de la interrupción?
—Yo concentrada en mi plato.
—Y muy seria de repente, ¿por qué, ojos azules? —le preguntó,
mirándola con el ceño fruncido.
—Tengo hambre —dijo mientras se encogía de hombros.
Nick la observó en silencio. Ella tenía puesta toda la atención en su
plato, del que ya no parecía disfrutar ni un poco. ¿Qué narices le había
pasado?
Un camarero llegó hasta ellos y le tendió a Nick una botella de champán
sumergida en hielo y dos copas.
—Cortesía del señor Ackerman —les dijo con amabilidad.
Nick le dio las gracias y buscó entre la gente hasta localizar a Roy
Ackerman, que le hizo un divertido saludo militar desde la distancia ante el
gesto de agradecimiento de Nick.
—Al final me va a terminar cayendo bien este tío.
Pat se limitó a sonreír y esperó a que Nick le llenara una copa y se la
tendiera. Bebió más de media de una tacada.
—Tenía sed —dijo, ante la mirada divertida del chico.
—Ya veo, pero recuerda que el champán entra muy bien, pero es muy
traicionero.
—Sí, todo lo bueno lo es —se quejó la chica.
«Y es efímero también, casi por norma… Como nuestra relación»,
pensó.
—¿Qué quieres decir?
—No me hagas caso.
—Estás muy rara —se quejó.
—Ponme otra copa y dejo de estarlo. —Intentó sonreír. De verdad
necesitaba dejar atrás aquella repentina melancolía.
—No, primero quiero que me digas que te pasa —le dijo, ya con cierto
grado de preocupación en la voz—. ¿Te ha violentado que antes insistiera
tanto en…?
—No —interrumpió al instante—. No tiene nada que ver con eso. De
verdad que estoy bien. Solo nos queda esta noche, Nick, intentemos
disfrutar de ella todo lo que podamos.
El dejó escapar una exclamación de frustración. Aquello era cierto, y
provocaba en él una inquietud hasta entonces desconocida.
En silencio, le llenó a Pat la copa de nuevo.
—¿Damos un paseo? —se aventuró a preguntarle un rato después, algo
cohibido, tendiéndole la mano.
Pat sonrió y accedió al instante, para el alivio del chico, que en aquel
momento estaba tan desconcertado por su actitud que no sabía a qué
atenerse.
Bajaron por las escaleras que llevaban al mirador y se detuvieron al
llegar para disfrutar de las vistas. A pesar de que no había luz artificial, la
noche era lo suficiente estrellada como para poder vislumbrar el mar en la
lejanía, que parecía refulgir en el horizonte. Una suave brisa convertía el
momento en perfecto.
Caminaron unos metros más allá hasta el extremo del mirador, que
estaba más apartado de miradas indiscretas.
Nick la abrazó por detrás, mientras ambos parecían hipnotizados por el
reflejo de la luna en el agua.
—¿Tienes frío? —le preguntó él al sentirla temblar.
—No, estoy bien. —Sonrió ante la preocupación. No era el frío lo que la
hacía estremecerse—. Siempre puedes arroparme tú.
Apoyó la espalda sobre el pecho de Nick y él se afanó por protegerla aún
más.
—Todavía tengo tu pareo aquí en la bolsa de la cámara.
—Deja de preocuparte, Nick, estoy genial ahora mismo. —Sonrió Pat.
No sabía si solo era una sensación suya, pero a Nick se le veía nervioso.
Supuso que su cambio repentino de actitud lo había desconcertado un poco,
y aquello le inspiró una ternura que le arrancó otro estremecimiento. Se
agarró aún con más intensidad a sus fuertes brazos, que seguían rodeando
su cuerpo. Ya sentía el efecto de las dos copas de champán hormigueando
en su interior, arrasando con todas sus preocupaciones e inhibiciones.
—Oye, Nick… —le preguntó de improvisto—, eso que siento sobre mi
trasero… ¿es tú teléfono móvil?
Él dejó escapar una carcajada divertida.
—No sé de qué me hablas.
—¿No? —En respuesta, Pat se movió contra su erección.
—Ah, eso… —Sonrió—, pues de verdad que me estaba conteniendo
para que no lo notaras.
—¿Y eso por qué? —se extrañó.
—Bueno…, no sé qué te ha molestado ahí arriba, Pat, pero…
Antes de que pudiera terminar de hablar, Pat se movió con más fuerza
contra él, que por instinto empujó también sus caderas hacia adelante. La
punzada de deseo que inundó su cuerpo le arrancó a Pat un gemido ronco,
que despertó el lado salvaje que Nick tanto se afanaba por adormecer.
—Eres consciente de que me estás matando, ¿no? —le susurró Nick al
oído mientras una de sus manos descendía muy despacio por el abdomen de
Pat camino a su entrepierna.
—¿Yo? ¿Tienes idea de lo que es sentir tu excitación contra mí?
—No, pero sí sé que estoy así por ti.
Llegó hasta el dobladillo de su vestido y metió la mano entre sus muslos.
—Nick…, puede venir alguien… y…
—Pues no creo poder contenerme. —Casi por arte de magia recordó el
pareo que aún tenía en la bolsa. Pat protestó al sentir que la soltaba para
agacharse a buscarlo, pero lo miró con interés cuando lo vio desplegar la
tela.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con curiosidad.
Nick sonrió con malicia, pero no dijo nada. Extendió el pareo al aire y se
lo pasó por detrás a sí mismo.
—¿Vas a hacerte una capa? —bromeó Pat sin entender todavía qué
pretendía.
—Voy a evitar que nos detengan por escándalo público. —Rio—.
Imagina si tuviéramos que llamar a tus padres para que vinieran a pagar la
fianza.
Pat rio divertida.
—Pues a mí se me ocurren dos personas todavía peores.
La carcajada de Nick fue genuina.
—¡Oh, madre mía! —Se horrorizó—. ¡Creo que no estoy preparado para
enfrentarme al bisturí!
—Pues entonces será mejor que volvamos al buen camino.
—No, tampoco estoy preparado para eso —admitió—. Habrá que ser
precavidos.
Nick estiró el pareo a ambos lados de su cuerpo, llevó las puntas hasta la
barandilla del mirador y volvió a apretarse contra ella por detrás, que
empezaba a combustionar al intuir lo que él tenía en mente.
—Tienes que sujetarlo tú, cariño —le susurró a la chica al oído, que le
hizo caso al instante.
—Estás loco.
—Sí, por ti.
Aquellas palabras le arrancaron un suspiro a Pat, que apoyó la espalda
sobre el pecho masculino abandonada por completo a él, que volvió a
rodearla con los brazos, esta vez a sus anchas, oculto bajo el pareo.
—Tú eres consciente de que cualquiera que nos mire tiene claro lo que
está pasando bajo la tela… —Sonrió Pat, sintiendo como la mano de Nick
descendía de nuevo hacia el dobladillo del vestido.
—Tú no sueltes las puntas ni quites las manos de la barandilla —susurró
Nick, aspirando su perfume.
—¿Algo más? —suspiró.
—Sí, sería bueno que controlaras un poco tu… volumen. —Metió la
mano entre sus piernas y ascendió lentamente camino a su perdición.
—¿Me pides silencio mientras me… me…? —dejó escapar un suspiro
ahogado cuando él llegó hasta su sexo.
—Mientras te masturbo, sí —le susurró al oído—. ¡Joder, es verdad que
no llevas bragas!
—Tus deseos… son órdenes —musitó, con una sonrisa de lascivia
absoluta, abandonada por completo a sus caricias.
—Eso me gusta.
—Y a mí me gusta… eso que me estás… ¡oh, jo-der!
Nick sonrió y le chistó con suavidad para que bajara la voz.
—Esto no ha sido… buena idea —protestó Pat, que estaba a punto de
arder en llamas a diez metros de cincuenta personas—. Yo… voy a
terminar… gritándole tu nombre a todo el Resort…
—Yo lo impediré, no te preocupes —le aseguró Nick ente risas mientras
sus dedos obraban magia entre sus piernas, al tiempo que apretaba la dura
erección cada vez más contra sus nalgas.
Pat se esforzaba por ser discreta. A pesar de eso, la noche allí era
demasiado silenciosa como para que sus gemidos no se escucharan
perfectamente claros para cualquier persona que pasara cerca.
—Nick… —gimió a punto de iniciar su viaje.
Él la instó a girarse un poco hacia él y la besó con fuerza, arrasando su
boca con la lengua, ahogando así un poco el intenso gemido que ella dejó
escapar cuando llegó al límite de su resistencia.
—¡Ay, la leche! —exclamó Pat al posar de nuevo sus pies sobre la tierra.
Nick soltó una sonora carcajada.
—En este momento podrías convencerme para tirar todas las bragas de
mi cajón —susurró, balanceando sus caderas contra él—. Esto tiene mal
aspecto…
—Sí, quizá deberías dejar de moverse así —suplicó.
—¿Así dices? —Volvió a mover el trasero contra su entrepierna.
Nick dejó escapar contra su cuello un suspiro desesperado.
—Joder…, ¡cómo te deseo, ojos azules! —gimió con la respiración
entrecortada, frotándose contra ella casi sin pretenderlo.
Aquello despertó de nuevo en Pat una necesidad que sabía que no podría
controlar. En aquel instante le daba igual dónde estaban o quién pudiera
estar mirando, solo deseaba a Nick entre sus piernas de una manera
insoportable.
—No soltaré el pareo, Nick —le aseguró.
—¿Qué?… No, yo… no debo… —pero volvió a moverse contra ella sin
remedio.
—Nick… —gimió de nuevo—. ¿Vas a hacerme suplicarte?
El chico miró a su alrededor para comprobar que de momento todo el
mundo parecía estar tranquilo sin salir de la fiesta. Nunca había sido su
intención hacerle el amor allí de pie, tan expuestos a miradas curiosas, pero
había sido un iluso al pensar que podía tenerla así, acariciarla y escucharla
gemir un increíble clímax dentro de su boca, y salir airoso.
—Pat… —susurró a su oído—. No sé si esto es buena idea.
Pero mientras lo decía se desabrochaba los botones del pantalón con
manos temblorosas.
—Intentaré no… llamar mucho la atención…
Le subió el vestido hasta la cintura y Pat se estremeció de deseo de los
pies a la cabeza. Por instinto, se inclinó un poco hacia la barandilla.
—Pat…, yo… no puedo creer que vaya a…
Se hundió dentro de ella de una única embestida y ya no pudo terminar
la frase. Las palabras se le atragantaron en la garganta cuando una oleada de
intenso placer asoló con cualquier vestigio de cordura. Las idílicas
intenciones de moverse muy despacio para llamar la atención la menos
posible se fueron al traste en aquel mismo instante, y ambos se dejaron
llevar por la lujuria de un modo total y absoluto, hasta el punto de que
hubieran podido estar rodeados de espectadores sin percatarse de ello. Por
fortuna, estaban tan al límite que apenas tardaron unos pocos minutos en
conseguir el alivio final.
—Joder, no me lo puedo creer —fue lo primero que dijo Nick entre
dientes.
—Sí, parece que se ha quedado buena noche —bromeó Pat.
Ambos estallaron en carcajadas.
Nick colocó el vestido de Pat en su sitio y se abrochó los pantalones.
Después, la chica soltó por fin el pareo, se giró a mirarlo y ambos se vieron
atraídos hacia la boca del otro, besándose con deleite.
—¿Un paseo por la playa? —Sonrió Nick, acariciándole los brazos con
la yema de los dedos.
—La playa va a ser mucho tentar a la suerte —bromeó Pat—. Tú te has
aficionado al exhibicionismo, ¿no?
—Dijo la que no lleva bragas.
Pat fingió golpearlo.
—Oye, que eso no ha sido idea mía —protestó—. Yo me gasté un
pastizal en un conjunto de lencería que al final no he llegado ni a estrenar.
«Mierda, Pat, calladita estás más guapa, ¡por favor, que no se dé
cuenta!…», pero no hubo suerte.
—¿Cuándo te compraste ese conjunto? —preguntó Nick, arqueando las
cejas.
Ella consideró la idea de decirle que había sido en Boston, pero jamás
había sido buena mentirosa. Además, no quería que él pensara que lo había
comprado para otro. Claro que la verdad tampoco era una opción.
—Eh… ¿Qué conjunto?
—Pat…
—No sé de qué conjunto me hablas —Apoyó la frente en el torso de
Nick y suplicó—: Dejémoslo ahí, por favor.
Nick suspiró y decidió que era mejor para los dos pasarlo por alto. El
hecho de que Pat hubiera comprado ropa interior antes de su escapada
juntos hablaba alto y claro de las expectativas con las que había llegado a
Monterrey.
«Pero tú tienes por donde callar», le recordó su conciencia. La tarde que
había salido de casa de Pat, tras concretar su viaje, había entrado en la
farmacia frente a su casa a hacer una compra extra… Aunque al final se
había terminado fustigando tanto a sí mismo, que había salido de allí con
una caja de tiritas, un bote de alcohol y sin la caja de preservativos que
realmente había entrado a comprar. De alguna forma, se había sentido más
seguro pensado que no tener protección lo concienciaría para mantenerse
lejos de ella. Sonrió al recordar la reacción de su cuerpo cuando había
descubierto que Pat tomaba la píldora.
—¿De qué te ríes? —le preguntó Pat, cohibida. De verdad prefería no
tener que seguir hablando de su ropa interior.
—Si me prometes no intentar abusar de mí, bajamos a la playa —
bromeó él.
—Pues lo siento, pero no puedo garantizártelo.
—¡Me vale!
Ninguno de los dos podría olvidar nunca aquel paseo bajo las estrellas.
Jugaron con la arena, chapotearon en las olas, rieron, charlaron y se amaron
de nuevo tras unas rocas que los ocultaban lo suficiente, con la luna como
único testigo mudo.
Y como cierre a una noche mágica, volvieron a hacer el amor nada más
llegar a la suite, aquella vez de una forma más lenta y relajada; tomándose
su tiempo para no dejar un solo pedazo de piel sin venerar.
Cuando al fin se relajaron uno en brazos del otro, Pat cayó al instante en
un profundo sueño reparador.
Nick la observó con una sonrisa en los labios.
—Qué bonita eres —susurró, apartándole un mechón de pelo del rostro.
Dejó escapar un suspiro un tanto exasperado. Aquella mujer era capaz de
desatar en él la lujuria más absoluta, tal y como había sucedido en el
mirador, y al minuto siguiente despertar una ternura en su interior que
provocaba que solo quisiera abrazarla y no soltarla jamás.
«Pero tienes que soltarla, Nick», se recalcó a sí mismo con vehemencia.
Tuvo que enumerarse las razones por las que aquello debía terminarse al día
siguiente. Ya iba a costarle un suplicio retomar la normalidad, y tan solo la
había tenido en sus brazos un par de días.
«Con sus noches», se recordó.
Sí, con sus noches, pero aquello era un suspiro si lo comparábamos con
los siete años de amistad y todo lo vivido juntos. Si iban más allá y se
embarcaban en una relación, estaba seguro de que jamás volverían a ser
amigos cuando aquello acabara. Y Pat era todo lo que tenía, no podía
arriesgarse a perderla.
No, decididamente, una relación más allá de Monterrey no era una
opción.
«…aunque me cueste la misma vida olvidarme de estos tres días».
Capítulo 22
Despertar entre los brazos de Nick y poder saludar al nuevo día haciendo
amor era todo lo que Pat le pedía a la vida para ser feliz.
Volvió a acomodarse contra él para recuperarse del intenso clímax con el
que habían arrancado la mañana y cerró los ojos con fuerza, intentando
alejar sus pensamientos del hecho de que al finalizar la tarde todo lo vivido
aquellos días podría considerarse solo un espejismo. Olvidarse de todo era
una de las cláusulas de aquel maldito acuerdo. Aún conservaba la esperanza
de que Nick pusiera remedió a aquella situación, y reconociera que era del
todo absurdo ni siquiera pensar que en algún momento podrían superar
Monterrey para retomar su situación anterior. Quizá un momento de
debilidad, una única noche, hubiera sido borrable, pero lo sucedido entre
ellos distaba mucho de ser un simple desliz… Pero si Nick decidía
continuar adelante con su acuerdo, ella no protestaría. Se había prometido a
sí misma no hacerlo. Si él no la quería en sus brazos, no se rebajaría a
suplicar, no podría mirarlo de nuevo a los ojos si lo hiciera.
«Recapacita, mi amor», pensó, aferrándose un poco más a él, sin podar
evitar estremecerse.
Nick sintió su escalofrío y la miró.
—¿Estás bien? —le preguntó con cierta extrañeza. Además del ligero
temblor, la notaba muy callada.
—Sí —mintió, forzando una de sus sonrisas más perfectas—. ¿Cuál es el
planning para hoy?
—¿Aparte de pasarnos el día en la cama dices?
—¿Hoy no trabajamos?
—No.
Pat se giró a mirarlo, asombrada.
—¿Lo dices en serio?
—¡Qué más quisiera! —terminó admitiendo—. Pero apenas si nos
quedan un par de horas de trabajo, y después podremos disfrutar a nuestro
aire del resto del día.
—¡¿Pues a qué esperamos?! —gritó Pat, incorporándose y saliendo de la
cama—. ¡Vamos!
Nick se la comió con la mirada. Verla totalmente desnuda ante él seguía
siendo un verdadero festín para sus ojos y sus emociones.
—Cuanto antes empecemos, antes podré darte uno de mis masajes —lo
miró coqueta—. Esta vez con final feliz…
—¿Y si empezamos por esa parte? —le pidió Nick intentando
alcanzarla.
Pat fingió querer huir, pero terminó dejando que la atrapara entre sus
brazos.
—Pero ¿tú que comes? —Rio Pat, cayendo junto a él de nuevo en la
cama.
—De momento a ti.
Y aquello fue exactamente lo que hizo, por segunda vez aquella mañana.

Cerca de la una de la tarde pudieron dar por finalizado el trabajo.


Adrede, habían dejado las fotos de la perspectiva del Resort desde la playa
para las últimas, así que al terminar extendieron el pareo sobre la arena y se
sentaron a disfrutar del sol y las vistas.
—Voy a darme un baño —dijo Pat, desvistiéndose—. ¿Qué haces?
—¿A ti que te parece? —Sonrió Nick echándole una foto tras otra.
—¿Todavía no estás cansado de fotos?
—¿Tuyas? —preguntó incrédulo—. ¡Nunca!
Pat comenzó a poner caras divertidas mientras se acercaba a él cada vez
más. Nick terminó arrastrándola a sus brazos y se hicieron un sinfín de
fotos juntos, sin poder parar de reír. Después, se adentraron juntos en el mar
y jugaron entre las olas, hasta que el agua empezó a subir de temperatura y
se vieron obligados a salir para intentar relajarse un poco.
—Daría todo lo que tengo por poder hacerte el amor en la orilla sin
preocuparme de nada más —le dijo Nick al oído, cuando ambos se sentaron
en el pareo de nuevo—. Así, a plena luz del día.
—Suena bien. —Sonrió—. Estoy dispuesta a poner dinero de mi bolsillo
para ayudarte a comprarle este chiringuito a los Ackerman.
—Pues no se hable más. Si juntamos nuestros ahorros, quizá podamos
pagar… este metro cuadrado donde estamos sentados.
Pat dejó escapar una carcajada divertida.
De pronto, una pelota de vivos colores llegó rodando hasta ellos, y Pat la
tomó entre las manos buscando a su alrededor la procedencia. Una niña de
unos cinco años se plantó ante ella dos segundos después.
—Es una pelota muy bonita —le dijo Pat, sonriéndole a la pequeña—.
Tan bonita como tú.
De verdad era una preciosidad de niña. De un rubio casi platino, tenía las
mejillas coloreadas por el sol y llevaba cogidas dos coletas muy tiesas, que
le daban un aire pícaro que te arrancaba una sonrisa nada más verla.
—¿Y tú eres una modelo? —le preguntó la niña con genuina curiosidad.
—No, ¿por qué?
—Antes te ha hecho muchas fotos, y eres muy linda.
—¡Tú sí que eres linda! —Rio Pat, aguantándose las ganas de achucharla
—. Podrías ser una modelo si quisieras.
—No quiero
—¿No? ¿Y qué quieres ser de mayor?
—Ninja —dijo la niña con total naturalidad.
Pat dejó escapar una sonora carcajada.
—Pero mi amigo Pitt dice que no puedo ser ninja porque soy una chica
—agregó con un cierto tono de irritación.
—Pues dile de mi parte a tu amigo que las chicas podemos ser lo que
nosotras queramos
—Y que cuando crezca y sea ninja voy a darle una paliza —aportó la
niña a la respuesta.
Pat volvió a reír de buena gana.
—Eso solo si se porta mal contigo —le aconsejó.
—¿Tu novio es bueno? —le susurró, señalando a Nick—. Es muy guapo.
La chica se giró a mirar a Nick, que sonreía divertido, y le contestó en el
mismo todo confidencial:
—¿Te cuento un secreto? —La niña asintió—. No es mi novio.
—Claro que lo es, porque antes le has dado un beso.
—Ah, ya, es verdad —se giró hacia Nick de nuevo para decirle con
sorna—: La lógica aplastante de un niño. ¿Quién refuta eso?
Los padres de la pequeña la llamaron desde unos metros más allá, puesto
que se marchaban ya de la playa, y la niña se despidió con una enorme
sonrisa.
—¡Ay, por favor! ¿Cómo consiguen esos padres no comérsela? —dijo
risueña, volviéndose hacia Nick—. Quiero una igualita a esa, o quizá dos.
—¿Lo dices en serio?
—Claro —admitió—. Está en mi lista. Escribir un libro, plantar un árbol,
que me empotren… —Nick rio— y tener un hijo. ¿Tú no quieres tener
hijos?
Pat lo dijo en un tono natural, sin poder contenerse, pero se regañó a sí
misma por ser tan bocazas.
—Pues nunca me lo he planteado —admitió Nick, al que se notaba un
poco tenso ahora—. ¿No hay que tener una relación seria para eso?
—En realidad no es indispensable —quiso bromear Pat, pero ya no le
salió tan natural—. Aunque sí sería lo ideal.
—Pues ya sabes lo que pienso de las relaciones —insistió, para que no le
quedara ninguna duda—. Lo hemos hablado un millón de veces.
—Quizá el tiempo te ayude a ver las cosas de otra forma —opinó Pat,
haciendo de tripas corazón para hablar con naturalidad.
—¿Por qué? Yo soy feliz así —le dijo, encogiéndose de hombros—.
Cuando mañana tú y yo volvamos a ser solo amigos, seguiré buscando a
alguien con quien saciar mis apetitos y confiando en ti para todo lo demás.
Pat se preguntó si aquel comentario había sido un intento deliberado de
Nick para informarla de que su acuerdo seguía en piel. Apretó los dientes,
dolida, pero se juró no dejarle ver cuánto la atormentaban sus palabras.
—Supongo que somos diferentes —admitió, carraspeando para aclararse
la voz—. Yo lo quiero todo en el mismo paquete. Quiero a alguien con
quien pueda charlar de cualquier cosa entre las sábanas, y que me conozca
tan bien como para saber con qué canción me encantaría escuchar te amo
por primera vez…
—Pues prueba con Rob o James —exclamó sarcástico, casi sin pararse a
pensarlo. Se arrepintió al instante—. Perdona, no debería haber dicho eso.
No he querido ofenderte.
Pat hizo un esfuerzo sobrehumano para sonreír y lo logró con nota. Si
quería guerra, iba a tenerla.
—No sé… —dijo dubitativa—, seguro que el sexo funcionaría muy bien,
pero…
—¿Perdona? —la interrumpió Nick como una bala.
—¿Perdona qué? —Se hizo la inocente.
—¿Tú tendrías sexo con alguno de los dos?
—A ver, Rob es como el mes de julio de un calendario de bomberos —
dijo con una tranquilidad absoluta—. Y James…, bueno, lo de James no es
ni medio normal, para que nos vamos a engañar.
—Ah, muy bien…
Estaba perplejo. Pat hubiera reído de no estar tan enfadada.
—Así que…, sí, sí… —continuaba diciendo Nick. Hasta que se giró a
mirarla con el ceño fruncido—. ¡Joder, Pat, dime que me estás vacilando!
La chica lo miró en silencio y sin sonreír. Estaba demasiado dolida por la
conversación como para colaborar a calmarlo.
—¿No vas a decir nada? —insistió Nick. Ella siguió en sus trece—. Pues
será cuestión de aprovechar mi ventaja entonces.
Tiró de ella, sin disimular su irritación, y la besó con fuerza. Pat no
intentó resistirse. Dejó que la tumbara en el pareo y respondió con ardor,
como siempre había hecho. Cuando consiguió arrancarle el primer gemido,
Nick se separó unos centímetros para mirarla.
—¿Responderías así con ellos? —le preguntó con rabia contenida.
Pat dejó escapar un suspiro de hastío.
—¡A ti que te parece, idiota! —le dijo, empujándolo a un lado para
sentarse de nuevo—. ¡Como si no hubiera suficientes hombres en el mundo
como para cometer casi un incesto!
—Acabas de admitir que te parecen impresionantes.
—¿Y? ¡Tengo ojos! —insistió, molesta—. Pero de ahí a verlos como
nada más, va un abismo.
—Pat…
—No, dime, ¿con cuál de los dos te enrollarías tú, Nick? ¡Pues eso! A mí
me suena igual de bárbaro.
—Joder, Pat ¿por qué te pones así? —protestó, sin poder evitar estar
molesto—. Te pedí disculpas desde un principio. Yo no quería ofenderte.
—No, tú solo querías dejarme claro que nuestro acuerdo sigue en pie —
le dijo sin paños calientes—. Y no necesitas andarte con mensajes cifrados,
Nick, tengo muy claro que esto se termina hoy.
Nick no se molestó en negar las acusaciones.
—Sí, ¿por qué ibas a protestar? Supongo que estarás encantada de volver
a estar en el mercado —le dijo, airado—. Así podrás seguir enseñando tu
piercing tan alegremente como siempre.
—¿Qué? —Aquello sí la dejó perpleja.
—No, si no te juzgo, solo que quizá deberías ser un poco más selectiva.
—¡Yo no le voy enseñando el ombligo a nadie! —dijo furiosa.
—Pues no es eso lo que me pareció entenderle a Dannie.
Pat hizo memoria. Recordó cuando ella se había hecho daño en el
ombligo mientras visitaba con Dannie su nueva casa, y lo sucedido después.
Habían bromeado sobre aquello en el Oasis la misma noche en que ocurrió.
Lo recordaba porque ella estaba muy dolida por lo de Nick con aquella
camarera. Aquella fue la noche en que él se terminó marchando enfadado
de allí. ¿Era posible que el enfado de Nick…? No, sería mejor no hacerse
ilusiones, porque que Nick sintiera celos de Dannie implicaría…
demasiado. Pero no era el primer comentario así que recibía sobre Dannie.
—Dannie es… una excepción a la regla —tuvo la osadía de decirle. Y
observó, complacida, como Nick se ponía lívido—. Me cae bien.
—¿Solo eso?
—Sí. —Se encogió de hombros.
—De momento, supongo.
—Eso lo estás diciendo tú —dijo enojada—. Pero no es un tema que te
incumba, así que vamos a dejarlo aquí.
Pero Nick no estaba dispuesto.
—Eres mi mejor amiga, Pat —le recordó con una sonrisa irónica—.
Algo podré aconsejarte sobre el tema.
—En estos temas no acepto consejos de James y Rob, ¿qué te hace
pensar que voy a escuchar los tuyos?
—Solo quiero orientarte un poco —insistió, crítico—. Saltar de cama en
cama no creo que…
—¡A mí ya me orientaron muy bien mis padres, Nick! —lo interrumpió
—. Ellos fueron los encargados de inculcarme valores.
Se puso en pie de forma precipitada y Nick la imitó.
—Así que en la cama que yo me meta a partir de mañana, no es asunto
tuyo —insistió—. Al fin y al cabo, tú no me quieres en la tuya.
Se giró dispuesta a marcharse, pero Nick la sujetó del brazo para
impedirlo.
—¡Suéltame!
—Creo que será mejor que nos calmemos un poco —le pidió el chico—.
Y eso que dices… no es del todo cierto, y lo sabes. ¿Crees que mañana no
voy a desearte de la misma manera que ahora mismo? ¡Sería absurdo
siquiera pensarlo!
La chica lo miró sorprendida.
—Me temo que necesitaremos algún tiempo para olvidarnos de
Monterrey —insistió Nick—, pero a la larga sabes que es lo mejor para los
dos. Y el hecho de que estemos discutiendo, incluso antes de separarnos,
demuestra que tengo razón.
Pat guardó silencio, pero fue incapaz de mirarlo a los ojos. Sabía que
ahondar en aquella conversación con Nick sería como predicar en el
desierto.
—No quiero que terminemos esto enfadados, Pat, por favor —insistió él,
atrayéndola un poco más hacia sí.
Ella no añadió una palabra. Necesitaba todas sus fuerzas para verbalizar
lo que sabía que había llegado la hora de decir, pero las palabras aún se
negaban a salir de su garganta.
—Dejemos que Monterrey nos deje un buen sabor de boca a ambos —
continuó diciendo Nick—. No enturbiemos el recuerdo con discusiones de
última hora, por favor.
La chica lo miró a los ojos con toda la calma de que fue capaz.
—Tienes razón, Nick —admitió por fin—. Supongo que nos hemos
exaltado un poco los dos y no tiene sentido. Intentemos olvidar los últimos
minutos.
Él sonrió algo más relajado, recortó la distancia hasta su boca… y la
miró, perplejo, cuando ella giró la cabeza hacia un lado para esquivar el
beso.
—La letra pequeña de nuestro acuerdo acaba de entrar en vigor, Nick —
le dijo, sin mirarlo, intentando que no se le quebrara la voz.
—¿Qué? ¡No! —casi le gritó, asombrado.
—Han sido dos días geniales, pero es momento de ponerles fin —
continuó diciendo Pat—, sin discusiones ni malos entendidos, tal y como
pediste.
—Pero todavía nos quedan unas horas… —intentó atraerla de nuevo
hacia él—. Pat…
—Ya hemos terminado con las fotos —insistió, revolviéndose para salir
de sus brazos—. Hagamos las maletas y volvamos a Santa Carla.
Sabía que si no lo hacían y se marchaban de allí cuanto antes, no podría
resistirse. Echó a andar a paso rápido de vuelta al hotel.
—Espera un momento. —Corrió tras ella—. Vamos a hablarlo, Pat
Tiró de su brazo para obligarla a volverse hacia él, pero ella se resistió.
Nick terminó poniéndose frente a ella para obstaculizarle el paso.
—Joder, Pat, no eres coherente.
Ella se detuvo y lo miró con cierta irritación.
—¿Que yo no soy coherente? —Sonrió irónica.
—Por fin estamos de vacaciones en el paraíso —insistió Nick, nervioso
—. ¿Por qué no podemos disfrutar del día hasta que se acabe?
—¿Y qué quieres hacer? —Lo miró a los ojos—. ¿Tomamos el sol?
¿Disfrutamos de las piscinas?
—Sí, bueno… —titubeó—, podemos hacer lo que quieras.
—¡Oh, venga ya, Nick! —protestó—. Reconoce que cuando hablas de
disfrutar del resto del día, en realidad lo que quieres es volver a meterte
entre mis piernas.
—¡Sí, vale, acepto que aún no estoy preparado para devolvértelas! —le
dijo, mostrándole las bragas que todavía llevaba alrededor de la muñeca—.
Necesito concienciarme un poco cuando sea la última vez.
—Nick…
—Necesitamos despedirnos como es debido, Pat —insistió, intentando
hacer un acercamiento—. En la cama y varias veces.
Pat reculó un par de pasos como respuesta.
—¡No puedes quitármelo todo de repente y sin previo aviso! —se quejó
sin esconder su desesperación—. Venga, ojos azules, no puedes ser tan
cruel…
Pat tuvo que contener las ganas de gritarle a la cara que no le hablara de
crueldad. No había mayor crueldad que obligarla a vivir de los recuerdos de
aquellos días durante el resto de su vida, amándolo con toda su alma.
Apretó los dientes y soltó aire muy despacio, intentando encontrar el
equilibrio.
—Voy a hacer mi maleta —susurró, pasando ante él sin mirarlo.
—Pat…
Ya no obtuvo respuesta.

Diez minutos más tarde, Pat echaba toda su ropa dentro de la maleta
intentando no derramar una sola lágrima. Sin duda, le quedaban muchas por
echar una vez estuviera a salvo entre las paredes de su habitación; pero en
aquel momento, sabiendo que él no tardaría en entrar por la puerta, no se
podía permitir ese lujo.
Cuando Nick entró en la habitación, Pat apenas le prestó atención. Sabía
que mirarlo sería un error garrafal en aquel momento.
—He dejado todo el material en el coche —informó el chico, caminando
hasta su propia bolsa de deporte.
—Bien, en unos minutos estaré lista.
Nick caminó también en silencio de aquí para allá, recogiendo todas sus
cosas. Cuando terminó, se sentó en el filo de la cama, en silencio,
siguiéndola con la mirada a todas partes.
—Deja de hacerlo —le dijo Pat de improvisto.
—¿Qué?
—Deja de mirarme.
—No puedo evitarlo.
—Pues entonces espérame en el coche —le pidió—. Bajaré en diez
minutos.
—Prefiero estar aquí.
—Nick…
—¡Ya vale! —Terminó poniéndose en pie dando muestras de su
inquietud—. ¡No quiero que nos despidamos con esta frialdad! No lo
soporto.
Pat tuvo que tragar saliva y hacer acopio de todas sus fuerzas para no
venirse abajo. En aquel momento no podía pensar en los sentimientos de
Nick, bastante tenía con preservar los suyos para que el dolor fuera
soportable.
—Tardaremos unos días en normalizar la situación, Nick —le dijo,
concentrada ahora en cerrar su maleta.
—Puedes parar y mirarme un momento —le rogó él.
—Si salimos ya, estaremos en Santa Carla a media tarde.
—Pat…
—Podemos parar a comer a mitad de camino, si te apetece.
—Joder.
—O llevarnos algo preparado desde aquí.
Nick terminó recortando la distancia que los separaba para plantarse ante
ella.
—¡Pat ya basta! —La tomó de un brazo para detenerla, pero ella se
liberó con un gesto seco.
—Aparta, por favor.
—Mírame.
—Nick no lo hagas.
—Dame un último abrazo —le suplicó.
—Venga, Nick, sabes que como amiga siempre has podido abrazarme —
le recordó, evitando su mirada—. Y podrás seguir haciéndolo siempre que
quieras.
—No de momento, no en una buena temporada —dijo convencido—.
Por favor, Pat, es lo último que voy a pedirte.
«Sabes que debes decirle que no. Di que no», se repitió con vehemencia.
—Solo un abrazo —se escuchó decir a sí misma, casi con asombro.
Dejó que Nick la atrajera a sus brazos al tiempo que lo rodeaba con los
suyos. Se quedaron así, en silencio, durante unos eternos segundos. Cuando
las manos de él comenzaron a moverse por su espalda, Pat tardó demasiado
en reaccionar.
—Eres… un tramposo —protestó intentando salir de sus brazos, pero sin
hacer un esfuerzo real para lograrlo.
—Regálame una última vez, ojos azules, por favor —le suplicó,
besándole el cuello con dulzura.
—Menuda cara tienes —se quejó, al tiempo que inclinaba la cabeza para
darle acceso a su piel, incapaz de resistirse.
—Por favor, no te enfades, terminemos esto de la mejor manera —La
atrajo contra él y Pat se resignó a lo inevitable en cuanto que sintió su
erección contra la pelvis.
Un segundo después, Nick le robó un beso, junto con su cordura y
capacidad de pensar. El resto transcurrió como en una ensoñación. Fue
consciente del momento en el que él la tumbó sobre la cama, pero no
hubiera podido decir cuándo la había desnudado. Y en el mismo instante en
que se hundió en su interior, el resto del mundo volvió a desvanecerse y
solo quedaron ellos dos, flotando en mitad del universo…
Una eternidad después, se vieron obligados a enfrentarse a la abrupta
realidad de nuevo. Pat suspiró y salió de la cama, sin decir una sola palabra.
Recogió su ropa del suelo y caminó hasta el baño para vestirse.
—Pat… —escuchó a Nick llamarla antes de que pudiera cerrar la puerta.
Se volvió a mirarlo—. Me iré adelantando para llevar las cosas al coche.
La chica se limitó a asentir y desapareció dentro del baño.
Se entretuvo todo lo que pudo para dar tiempo a Nick a que se vistiera y
saliera de la habitación. Prefería no volver a topárselo cerca de aquella
cama, o estaba segura de que caería de nuevo en sus brazos en cuanto que le
pusiera los ojos encima.
Cuando se aventuró a volver a la habitación, estaba vacía. Se acercó a la
cama y tomó la prenda de encaje negro que había sobre el colchón. Aquella
tela había pasado dos días alrededor de la muñeca de Nick.
«Ahora sí se acabó», se lamentó Pat mirando sus braguitas con
aprensión.
Capítulo 23
Tres días. Aquel era el tiempo que Pat llevaba sin ver a Nick, y ya
empezaba a volverse loca de remate.
Cuando se habían despedido a la puerta de su casa tras regresar de
Monterrey, Pat le había pedido un tiempo para asimilar lo sucedido y poder
calzarse el traje de amiga. Reclamó, o más bien le rogó, que tampoco la
llamara ni le escribiera, hasta que estuviera segura de poder comportarse
con normalidad con él. Sabía que aquello resultaba del todo absurdo porque
no podría mirarlo sin desearlo nunca más, pero supuso que en unos días el
dolor se haría más soportable y al menos podría disimularlo lo suficiente.
Se pasaba el día entero luchando para apartar de su mente los recuerdos
que se empeñaban en torturarla una y otra vez, pero de vez en cuando se
dejaba arrastrar por la nostalgia y terminaba echa un manojo de nervios,
mientras su cuerpo ardía de la cabeza a los pies. Aunque era todavía peor
cuando sus pensamientos la llevaban hasta aquel precioso atardecer en la
playa, en el que se había sentido la mujer más feliz del planeta solo estando
recostada entre sus brazos. Cuando aquello ocurría, demasiado a menudo
por desgracia, la embargaba una tristeza que era incapaz de combatir.
«Debo encontrar algo que hacer», se dijo, dejando escapar un suspiro de
frustración cuando su mente se preguntó por enésima vez qué estaría
haciendo él en aquel momento.
«Vegetar en su habitación volviéndose loco no, eso seguro», suspiró,
incorporándose un poco en la cama.
Quizá era buena idea adelantar un poco sus planes laborales para poder
centrarse en otra cosa que no fuera él. Sabía que el proyecto que Rob y ella
tenían en mente era ambicioso y sería duro al principio, y, quizá, aquello era
justo lo que necesitaba. Además, sería un nueva ilusión sobre la que poner
todos sus sentidos, y también necesitaba algo así con desesperación.
El teléfono sonó justo cuando estaba a punto de llamar a Rob. Era el
sonido de una videollamada entrante. Su corazón se puso a latir, frenético,
solo ante el pensamiento de que pudiera ser Nick, pero la desilusión lo
eclipsó todo cuando comprobó que se trataba de su prima.
—No hace falta que saltes de alegría —bromeó Jennifer—. Ya sé que en
el fondo te alegras de verme.
—Lo siento, es que creía… Bueno, es igual.
—Creías que podía ser Nick.
—Absurdo, cuando yo misma le pedí que no me llamara, pero así me
siento siempre últimamente, del todo absurda.
—Tienes que dejar de auto compadecerte, Pat —le pidió su prima, ya
con un gesto preocupado—. Ha llegado el momento de enfrentarte a ello.
—Te refieres a…
—A que tienes que verlo.
—Me muero por hacerlo, Jen —admitió—, pero aún no sé si puedo
mirarlo sin desfallecer.
—Pues no lo hagas, míralo como te salga de ahí mismito —terminó
diciendo un tanto irritada.
—Jen, ya sabes que…
—Que él haya decidido que debéis olvidarlo, no quiere decir que tengas
que acatar sus órdenes.
—Me comprometí a hacerlo antes de que pasara nada entre nosotros.
—Pues lo siento, Pat, pero creo que te equivocaste —le dijo con pleno
convencimiento—. Por todo lo que me contaste, te aseguro que hubierais
terminado en la cama con o sin acuerdo.
—Supongo que eso ya no importa —admitió dolida. Sabía que su prima
tenía razón—. A lo hecho, pecho. Ahora no puedo echarme atrás. Perderé
del todo a Nick, junto con mi dignidad, si lo hago.
Suspiró sin encontrar una forma de sentirse mejor.
—Además, preferiría que nadie se enterara de lo que ha pasado —contó.
Aquello también había estado preocupándola un poco—. No sé cómo lo
encajarían Rob y James. Y no quiero que esto genere roces y malos rollos.
—Si esto fuera una novela de la Lindsey, exigirían que Nick restituyera
tu honor a través del matrimonio. —Rio Jen. A Pat aquello sí le arrancó una
sonrisa tímida—. Casi puedo imaginarlos empujándolo hasta el altar
mientras lo amenazan con un bate de béisbol.
—Su estilo es más el bisturí —bromeó Pat imaginando la escena.
—Sí, lo sé, a veces odio a tus amigos, pero me encantaría tener a alguien
que cuidara así de mí —admitió Jennifer, aunque se retractó al instante—.
Bueno…, alguien como Rob, al de la lagartija prefiero no mentarlo.
Pat dejó escapar una carcajada. Su prima había pasado un único verano
allí en Santa Carla cuando tenía siete años. James le había dado la
bienvenida metiéndole una lagartija por dentro de la camiseta, a lo que la
niña respondió con un doloroso puntapié en la espinilla; ambos se habían
declarado la guerra durante el resto del verano. Y aun tantos años después,
Jennifer apenas toleraba oír hablar de él.
—Agradezco tu intento por hacerme reír —suspiró Pat.
—Tienes que cambiar el chip —le pidió Jennifer, al observar su rostro
apagado y triste de nuevo.
—¿Y cómo lo hago? ¡Estoy perdida! —admitió.
—Esconderte nunca es la solución —opinó—. Tarde o temprano tendrás
que verlo, y entonces todo el dolor volverá de nuevo y no habrás avanzado
nada, Pat.
—Lo sé. —Se tapó la cara con una mano y dejó escapar un suspiro,
desesperado—. Ay, Jen, ¿qué voy a hacer?
—Dale lo que quiere —dijo su prima de improvisto.
—¿Qué?
—Sé la amiga que tanto reclama.
Pat se quedó perpleja. No podía creer que Jennifer le diera aquel consejo
como si fuera la panacea. Ella mejor que nadie sabía lo que sentía por Nick,
pero la miraba tan seria…
—Sé que intentas ayudarme, pero…
—Dale lo que quiere —insistió—, o mejor dicho, lo que cree que quiere.
Pat guardó silencio. Aquel cree era un matiz muy importante, pero no
terminaba de entender.
—Jen, los psicólogos dais unos consejos muy raros —protestó.
—Los psicólogos no damos este tipo de consejos, Pat, es la prima y la
amiga quien te habla.
—¿Y crees que podría hablarme más claro? —titubeó.
—La cuestión es si vas a conformarte con lo que Nick ha decidido para
los dos o si quieres luchar por lo que tú quieres —le dijo con una sonrisa
comprensiva—. Eso es lo primero que debes decidir.
Pat se planteó aquello con cierto nerviosismo.
—¿Y si en la lucha pierdo también a mi mejor amigo?
—Es una posibilidad, sí —admitió Jen.
—¿Me explicas un poco mejor eso de darle lo que quiere? —titubeó.
—Devuélvele a su amiga del alma —le propuso—. Sé la amiga
divertida, inteligente, elocuente, la de las risas, el apoyo y los grandes
consejos.
—¿Quieres que vuelva a ser la chica de las camisetas enormes? —Pat
estaba contrariada.
—No, Pat, precisamente la cuestión es que tú ya no eres esa chica que le
resultaba tan fácil ignorar. Ahora, le guste o no, tendrá que lidiar también
con la amiga sexi, a la que no podrá volver a tocar.
Pat arqueó las cejas con repentino interés.
—Creo que empiezo a entenderte…
—¿He dicho solo sexi? —se reiteró Jennifer con una expresión maliciosa
—. Quería decir tremendamente sexi, sensual, excitante… y muy solicitada,
no te olvides de eso. Sé la mujer que todos miran, con la que todos quieren
hablar y a la que todos quieren llevarse a la cama. ¡Sé tú misma, Pat! Te
guste o no, ahora eres esa mujer.
—Suena bien —admitió la chica—. El problema es que él también es el
tipo sexi, que todas miran y quieren llevarse a la cama…
—Sí, son dos caras de la misma moneda —reconoció Jen.
—Entonces —titubeó nerviosa—, ¿qué tengo que hacer?
—En realidad, nada.
—Ah…
—Solo demuéstrale que has pasado página.
—¿Sabes lo absurdo que suena todo esto, Jen? —Su prima se encogió de
hombros—. Aunque debo reconocer que el hecho de plantarme ante él con
una sonrisa ya no me resulta tan cuesta arriba.
—Porque tienes un objetivo. —Sonrió su prima—. Saber que estás
luchando por tenerlo en lugar de dejándolo ir, ayuda.
Pat se imaginó a sí misma ayudando a Nick con las fotos en el cuarto de
revelado mientras lo rozaba accidentalmente, como había ocurrido tantas
otras veces…, solo que quizá aquella vez no fuera tan accidental. Todas las
situaciones con las que podría atormentarlo le arrancaron una sonrisa
lujuriosa, además de un inevitable gemido de anticipación.
—Acabas de verle el potencial, ¡eh! —Rio Jen—. Creo que empiezo a
compadecerlo…, aunque se lo merezca.
—¿Y quién se compadece de mí? —protestó Pat, sin disimular que su
humor había mejorado visiblemente—. Quizá debería meter un extintor en
el bolso, voy a necesitarlo.
—¿Tan intenso es todo? —Ahora fue Jennifer quien titubeó—. Intento
imaginarlo, pero te confieso que me cuesta.
—Sí, Jen, lo es —dijo con una sonrisa enamorada—. A mí también me
sorprende, pero es… como un tsunami que te arrastra hacia el abismo, pero
por él que estás dispuesta a arriesgarte a morir una y otra vez.
—Guau, ¡qué poético! —Rio Jen.
—Solo me entenderás el día que te pase a ti, aunque espero que solo
vivas la parte buena.
—Solo podemos valorar lo bueno cuando lo comparamos con algo peor
—le recordó Jennifer, divertida.
—¡Dios, qué sabionda eres! ¡Qué coraje me das a veces!
Ambas dejaron escapar una sonora carcajada.
—Me encanta oírte reír al fin —le dijo Jennifer, ya con una sincera
mirada de admiración—. Tú Nick tiene mucha suerte, ¿sabes? No te olvides
de eso.
—¡Que me vas a hacer llorar de nuevo! —gimoteó Pat.
Capítulo 24
Nick bebió de su vaso y suspiró con cierto hastío, mientras fingía
escuchar la conversación que sus amigos mantenían junto a él. Su mente se
ausentaba una y otra vez del pub para pensar en la única persona que faltaba
allí, y que se moría por ver más de lo recomendable; pero no podía evitarlo.
La echaba de menos de un modo insoportable. Sin ella, todos los días
parecían iguales y terriblemente aburridos; como si la vida hubiera perdido
su color y estuviera viviendo en blanco y negro.
Hacía ya cinco días que no había visto ni tenido noticias de Pat. Ella le
había pedido algo de espacio para superar lo ocurrido y volver a la
normalidad, y él se había comprometido a respetar sus deseos; pero
empezaba a perder la paciencia y ya había levantado el teléfono para
llamarla más veces de las que podía recordar. Y pasarse el día entero
topándose con fotos de ella no lo estaba ayudando nada. Aún había sido
incapaz de visionar las fotos de Monterrey, pero trabajar sobre las de la
reserva, con aquella camada de cachorros, no pudo seguir posponiéndolo, y
se había pasado las horas intentando esquivar aquella sonrisa preciosa que
le cogía un nudo en el estómago y hacía estragos en el resto de su cuerpo.
Había ratos que incluso se enfurecía consigo mismo, cuando entendía que
por culpa de su debilidad, ahora no podía llamar a su mejor amiga ni
siquiera para que lo ayudara con las fotos, algo de lo que siempre habían
podido disfrutar juntos. Solo esperaba y confiaba en que cuándo Pat
estuviera lista y retornara a su vida, pudieran retomar su amistad con la
mayor naturalidad. Él estaba dispuesto a intentarlo con todas sus fuerzas y
necesitaba saber que ella también lo haría.
—Nada, pues igual le ha dado un aire o algo —escuchó decir a Rob en la
distancia.
James pasó la mano por delante de sus ojos y Nick parpadeó y lo miró
con un gesto apático.
—¿Qué pasa?
—No sé, dínoslo tú. —Rio James—. Pero ten cuidado cuando te caigas
de la nube.
—¿Qué nube? —preguntó Nick extrañado.
Escuchó a sus amigos reír a carcajadas y los miró con el ceño fruncido.
Parecía que había estado ausente durante un buen rato.
—Joder, dicen que es malísimo despertar a un sonámbulo —bromeó
James—. Quizá no hemos debido.
—Qué gracioso. —Sonrió Nick, esperando que no se empeñaran en
preguntarle a qué se debía tanta cavilación—. Igual me he perdido lo único
interesante que vais a decir en toda la tarde, qué lástima.
—¿Ves? Ya te hemos dejado secuelas… —Rio Rob y miró a James—.
Dale una colleja a ver si se arregla.
—Solo Pat está autorizada a intentarlo —bromeó Nick, tal y como lo
hubiera hecho hacía tan solo unos días.
—Por cierto, ¿no se suponía que iba a venir esta tarde?
—¿Quién? —preguntó Nick, de repente muy interesado en la
conversación.
—Pat —aclaró James—. Al menos eso me ha dicho esta mañana.
Nick respiró hondo e intentó hablar con la mayor naturalidad.
—¿La has visto esta mañana?
—Sí, ha pasado por el despacho para concretar lo del coche —contó
James.
Nick tuvo que morderse la lengua. A sus amigos les resultaría muy raro
que él no supiera de qué demonios estaban hablando. Así que no debía
preguntar. Por fortuna, James le aclaró el misterio.
—Yo creo que es ideal para ella. Por eso quería que lo probarais en el
viaje hasta Monterrey.
—Sí, va bien —opinó Nick uniendo las piezas, entendiendo que Pat
había decidido quedarse con el coche que Sam les había prestado.
—Por cierto, está morenita —dijo Rob, interviniendo en la conversación
—. ¡Qué trabajo más guapo el vuestro!
Nick sonrió, recordando el color tostado de la piel de Pat el último día de
playa… Aquel leve moreno le aportaba una luz y una belleza que… ¡vale,
que te pierdes!
—¿Y cuándo la has visto tú? —Cayó en la cuenta mirando a Rob.
—Comimos juntos ayer, ¿no te lo ha dicho?
Nick tuvo que respirar hondo para no dejar escapar un improperio. Al
parecer, al único que Pat se había negado a ver en aquellos días era a él.
—No la he visto. —Tuvo que admitir. Recibió una mirada extrañada por
parte de sus amigos.
—Pues comimos en la pizzería que hay al lado de mi curro —contó Rob
—. Vamos a empezar a darle un poco de vida al proyecto de la clínica.
Nick asintió intentando sonreír, pero no dijo nada. Al parecer, Pat ya no
pensaba compartir con él sus inquietudes. Tomaba decisiones importantes
sin hacerle partícipe ni como oyente… No pudo disimular un gesto de
tristeza.
—¿Te pasa algo? —se interesó James
—… ¿eh? No, ¿por qué?
—Vuelves a estar ausente.
—Estoy bien.
Rob y James se miraron entre sí con un gesto interrogante. El día
anterior habían estado comentando entre ellos que Nick parecía estar cada
vez más raro. En lo últimos días apenas si había abierto la boca para
contarles nada, ni siquiera cuando le hicieron un tercer grado sobre el
Resort de Monterrey. Llegó incluso a molestarse con ellos ante tanta
pregunta.
Dannie entró en el Oasis y saludó a todos con su habitual buen humor.
Por una vez, Nick agradeció su oportuna presencia.
—¿Y la chica Maiden? —le preguntó a Nick, tras un rato de charla—.
¿Hoy tampoco viene? No se deja ver el pelo.
Nick se limitó a encogerse de hombros, molesto por el interés de Dannie
en Pat. Aunque sí le gustó el hecho de que tampoco pareciera haberla visto.
Aquello resultaba un alivio.
—A mí me ha dicho que sí esta mañana. —Volvió a indicar James—.
¡Eh, mira, si antes hablamos…!
Nick se puso tenso. Estaba de espaldas a la puerta, pero no se giró a
mirarla.
—Perdona, yo a ti te conozco… —bromeó Dannie tras unos segundos—.
¿Tú no eres la modelo esa de los deportes náuticos?
Aquel comentario enfureció a Nick, que se preguntó cuándo había
hablado Pat con Dannie para contarle aquello. No se habrían visto, pero al
parecer no era un impedimento para que ella hubiera ido comentando cosas
de Monterrey por ahí casi con un extraño. Apretó los dientes y prefirió no
volverse aún. Sabía que no podría reprimir una mirada condenatoria. La
carcajada de Pat ante la broma inundó sus sentidos y la voz cantarina y
divertida lo sacudió de la cabeza a los pies.
—¿Cómo te has enterado? —le preguntó Pat a Dannie, llegando hasta
ellos. Se detuvo junto a Nick y lo miró con una sonrisa de lo más natural—.
Nick, ¿me has pisado la primicia?
Por primera vez, Nick puso los ojos sobre ella. Al parecer se había
equivocado al pensar que había hablado con Dannie… y… ella no…
«¡Joder que bonita está!», interrumpió su propio hilo de pensamiento sin
remedio. Su cuerpo reaccionó a ella de la misma desproporcionada manera
en que lo haría si la tuviera desnuda frente a sí… Tuvo que hacer un
esfuerzo titánico para que nadie, y mucho menos ella, se diera cuenta.
—No he sido yo —le aseguró, tratando de hablar en el mismo tono
normal que ella usaba, e intentando no perderse en aquellos luceros azules.
—¡No busquéis más al culpable! —levantó Rob la mano—. Mi amiga va
a salir en un catálogo de viajes de la jet set. Podría salirme a la puerta a
gritarlo a los cuatro vientos, ¡estoy muy orgulloso de ella!
Nick se preguntó qué más le habría contado Pat a Rob y James de sus
días en Monterrey. Aunque por la naturalidad con la que sus amigos
hablaban con él, suponía que nada… importarte.
—¡Espero estar a la altura! —Rio Pat, y volvió a preguntarle a Nick—:
¿Cómo están las fotos? Dime que estoy favorecida al menos.
—Todavía no las he visto.
Pat frunció el ceño.
—¿Cómo? —preguntó un tanto asombrada—. ¿No estarás evitando
decirme que soy un desastre? ¿Y las tuyas? A ver si se van a reír de
nosotros y voy a tener que liarme a mamporros con todos estos —le dijo,
fingiendo susurrar solo para él.
—¿Tú también sales? —Sonrió Rob—. ¿Con lo que odias ponerte
delante de la cámara?
—No había nadie más —admitió Nick—. Y el monitor no es que fuera
un dechado de virtudes…
—No, como para vender paquetes de vacaciones no era —Rio Pat,
compartiendo una mirada cómplice con Nick—, pero era muy simpático,
eso sí.
—¡Ostras, ¿cuándo podemos ver esas fotos?! —preguntó James,
impaciente.
—Pues déjame pensar… —dijo Nick—. ¿Nunca?
Se montó una algarabía de protestas y comentario tan absurdos, que
tanto Nick como Pat terminaron riendo a carcajadas.
—¿Para qué les has dicho nada? —terminó protestando Nick, divertido,
casi junto a su oído—. Ahora no van a parar hasta ver las fotos.
—Pues a mí también me gustaría verlas —le dijo Pat, con el corazón en
la garganta debido a la cercanía—. ¿Cuándo puedo?
Nick tragó saliva. De momento, invitar a Pat a su casa no era buena idea.
Apenas si podía controlar sus manos en público…
—Te las meteré en un pendrive —le dijo con toda la naturalidad de que
fue capaz.
¿Un pendrive? Pat tuvo que tragarse su decepción con una sonrisa en los
labios. Se limitó a asentir y centrarse en el resto del grupo.
Boss colaboró cuando llegó hasta ellos con una coca cola para Pat y dijo
sin preámbulos:
—¡Las mujeres están todas locas! —Se le veía enfadado y confuso.
—Pues como no nos digas algo nuevo…
Se le escapó a Nick, sin pretenderlo. Pat le dio un codazo por el
comentario, arrancando un montón de carcajadas.
—Que no me refiero a ti, Pat —se excusó con una sonrisa divertida.
—Ah, ¿no? ¿Y yo que soy entonces, un tranvía?
—Tú eres… —se atascó. La miró a los ojos, que lo estudiaban con
interés y se quedó sin palabras—. ¿Podéis echarme una mano?
Todos reían divertidos con la escena.
—Al que le ayude a salir del jardín, me lo meriendo.
—¿Y si salgo solo? —le preguntó, mirándola con intensidad.
«Sí, a ti de verdad te merendaría entero ahora mismo, sin pensarlo», se
dijo Pat, leyendo en los ojos de Nick aquella misma connotación. ¿Era él
consciente del mensaje que le transmitía?
—¿Podemos dejar al pobre Boss que se explique? —terminó diciendo,
llamándose cobarde a sí misma—. Seguro que en realidad ha querido decir
todas las mujeres, excepto Pat, están locas, ¿a que sí?
Aquello logró que Boss sonriera a medias y su enfado pareció disiparse
un poco.
—¡Es que tenéis una capacidad increíble para darle la vuelta a la tortilla
en un segundo! —insistió el camarero, aún malhumorado—. ¡Sin que te
enteres, sin sartén y sin tortilla!
Aquello provocó la carcajada general.
—Creo que ese es el mejor chiste que nos has contado nunca. —Rio
James.
Si había algo que caracterizaba a Boss era que contaba los peores chistes
del mundo. No tenía competencia.
—Pero tienes toda la razón —insistió James—. Debe de ser hormonal.
—¿Cómo? —gritó Pat con voz ahogada, haciéndolos reír a todos de
nuevo—. ¿Y tú cómo puedes saberlo, James? —lo miró—. Si jamás has
pasado más de media hora fuera de la cama con ninguna. La cantidad no
cuenta…
—Ostras, Pat viene guerrera —bromeó Rob.
—Tú también tienes por donde callar. —Apuntó a Rob con un dedo.
Después se giró hacia Dannie—. Lo tuyo también es muy fuerte, sin
comentarios. Y tú… —miró a Nick a los ojos y se quedó obnubilada.
—¿Yo qué? —la instó con un gesto divertido.
—Tú igual te salvas un poco… —aceptó. Rio al escuchar el abucheo
general—. A ver, chicos, que es casi como mi jefe, y tengo un coche que
pagar.
Miró a Nick, que la observaba con una sonrisa maliciosa. Intentó desviar
la atención de nuevo hacia Boss:
—¿Y dónde está la mujer que te está volviendo loco, Boss? —le
preguntó de repente—. Porque a lo mejor le gustaría defenderse.
—No, si se defiende bastante bien…
—Es que es posible que ella ni siquiera sea aficionada a las tortillas… —
insistió Pat.
—Eso será ahora.
—La gente cambia.
—No, ella ya estaba loca cuando la conocí —apostilló Boss.
—En la salud y la enfermedad, ¿no? —insistió Pat, encogiéndose de
hombros—. Eso incluye la locura.
—¿Estáis hablando en clave? —intervino James, que hacía rato que no
se enteraba de nada.
Pat guardó silencio. No creía ser ella la más indicada para aclarar de
quién estaban hablando. Boss parecía sorprendido, pero terminó sonriendo a
medias para añadir:
—Chris es mi futura exesposa —admitió.
—¿La camarera? —preguntó Rob alucinado—. ¿Estás casado con ella?
—Por poco tiempo.
—Pero lo estás —apostilló Pat.
—Sí, lo estoy, pero dejaré de estarlo en cuanto averigüe cómo impedir
que se quede con mi bar.
Sin añadir nada más, Boss se alejó de allí hacia el otro extremo de la
barra. Lo chicos se quedaron un tanto callados.
—Oye, Nick… —casi susurró James—. ¿Tú no te enrollaste una vez con
la tal Chris?
Nick suspiró.
—Espera, ya contesto yo —interrumpió Pat. Miró a James y le dijo con
sorna—: No creo que a lo que hicieron se le pueda llamar enrollarse.
—No puedes contar las confidencias que te hago dentro de una bañera,
Pat —protestó Nick de inmediato.
Ella se volvió a mirarlo.
—En realidad, fue la propia Chris quien me lo contó mucho antes de eso.
—Porque te pusiste muy pesada —insistió Nick—. Y me prometiste no
hablar de ello más.
—Pero ahora ha salido el tema solo —dijo Pat con fingida inocencia.
—Ah, entonces vale —ironizó Nick. Se giró a sus amigos y preguntó—:
¿Qué trapos sucios queréis saber?
James miró a Rob, quien le devolvió una mirada perpleja.
—No os cortéis. Si ha salido el tema… —insistió—. Adelante,
preguntad.
—¿Qué demonios hacíais metidos juntos dentro de una bañera? —
interrogó James de improvisto con un gesto de extrañeza.
Aquella pregunta pilló a la pareja totalmente desprevenida. La respuesta
sería sencilla si no hubiera ocurrido nada más entre ellos tras salir del agua
espumosa, pero no era el caso.
—Bueno…, una bañera no, un jacuzzi de esos del balneario —se le
ocurrió decir a Pat de repente.
—Pues eso, una bañera gigante —apostilló Nick con total tranquilidad.
Aquello pareció convencer a todos, que no siguieron indagando. Cuando
cambiaron de conversación, Nick y Pat intercambiaron una significativa
mirada. Sin remedio, Nick sonrió divertido y contagió a Pat al instante.
—Ha estado cerca —susurró Nick entre dientes solo para ella.
—Eres un poco bocazas —se burló Pat.
—¿Por qué? Los dos sabemos que no pasó nada dentro de esa bañera —
dijo, encogiéndose de hombros para restarle importancia.
—Cuando estaba llena te refieres, ¿no? —susurró Pat en un tono un poco
más confidencial y con cierto toque malicioso.
El siguiente intercambio de miradas fue como un choque eléctrico.
Ambos recordando, sin duda, el momento en que se habían metido dentro
de aquella bañera durante largo rato, la mañana que hicieron el amor dentro
de la ducha. No había quedado un lugar en el enorme baño por recorrer…
—Habíamos quedado en olvidarnos del tema, ¿recuerdas? —le dijo
Nick, más como otra forma de tonteo que como un reclamo. Y así lo
entendió Pat.
—¿Bañera? ¿Qué bañera? —le dijo con un gesto inocente.
Se excusó para ir al baño y Nick no pudo apartar la mirada de ella hasta
que desapareció de su vista. Estaba preciosa aquella tarde.
«No puedes bromear sobre el tema, Nick», se regañó. Sabía que jamás
podrían retomar la normalidad con el fantasma de aquellos tres días
revoloteando todo el tiempo por encima de sus cabezas.
Una vez más, Nick se perdió en sus pensamientos durante demasiado
tiempo. Cuando regresó al Oasis, no era capaz de entender de qué narices
estaban hablando.
—He pillado un gris bastante oscuro —estaba diciendo Dannie ahora—.
Espero que no parezca una cripta.
—Nick las tiene en un gris pizarra —le indicó James, y miró a su amigo
—. ¿Verdad? Queda chulo.
Nick le devolvió una mirada confusa.
—Las paredes de tu salón —le aclaró Rob—. ¡Joder, Nick, ¿dónde
estabas otra vez?!
—¿Vas a pintar? —le preguntó a Dannie con una sonrisa, para no tener
que contestar a la pregunta.
Los tres rieron.
—¡Lo que viene siendo en Babia! —Rio Rob divertido—. Vamos, que
no has escuchado ni un retazo de conversación…
Por los comentarios, Nick supuso que Dannie les estaba comentando que
iba a pintar su salón.
—Sí, Nick, mañana tengo pensado pintar. —Se apiadó Dannie con una
sonrisa curiosa, preguntándose en qué estaría pensado tan distraído, aunque
sospechaba que no era qué, sino quién—. ¿Alguien se apunta? Cuarenta
metros de salón, con todos sus rodapiés. ¡Va a ser un fiestón!
—Uf, mañana tenía yo que cortarme el pelo… —bromeó James.
—¡Coño, como yo! Qué casualidad. —Rio Rob.
Todos miraron hacia Nick, que se encogió de hombros y dijo con total
tranquilidad:
—A mí es que no me apetece…, en realidad no me caes tan bien.
Todos rieron divertidos.
—Tendría que ser ya por la tarde —terminó Rob diciendo al fin,
poniéndose serio—. Mañana viernes curro hasta las cinco.
—Lo mismo digo —le apoyó James—. Como muy pronto a las seis.
—¿Lo decís en serio? —Dannie estaba perplejo.
—Déjalo para el sábado y vamos más temprano.
—No…, si lo que me alucina es que de verdad estéis dispuestos a ir a
ayudarme. —De veras estaba sorprendido.
—A ver, tampoco te emociones, que solo vamos por la cena que nos
prometiste… —Sonrió James, dándole una palmadita en la espalda.
Dannie rio intentando disimular su repentina turbación. Realmente
estaba emocionado. Desde el primer día, se había sentido a gusto e
integrado en aquel grupo, pero hasta aquel instante no había sido consciente
de que era recíproco. Apenas si llevaba un año en Santa Carla y no había
encontrado su sitio, hasta ahora.
—¿A dónde vamos? —preguntó Pat llegando hasta ellos.
—A pintar a casa de Dannie —contó Rob.
—Guay, me apunto —dijo con una sonrisa—. ¡Soy la reina del rodillo!
Un divertido sonido, a medias entre la risa y la incredulidad, salió de
labios de Nick. Aquello les arrancó una sonora carcajada a Rob y a James.
—Pintar es una de las cosas que mejor se me dan en la vida —dijo todo
lo seria de que fue capaz.
Nick fingió atragantarse y tosió levemente.
—De verdad, Dannie, no le hagas ni caso a este envidioso. —Señaló a
Nick—. No soporta que sea mejor pintora que él.
—Hazte un favor y escóndele los rodillos. —Rio Nick, recibiendo un
pellizco destinado a silenciarlo.
—Joder, deja que lo decida él cuando me vea —protestó con un gracioso
gesto de impotencia—. ¡Que me encanta pintar!
—Solo intento ahorrarle el tener que dar otra capa. Ojalá alguien me
hubiera avisado a mí.
—Buah, es que tú eres un tiquismiquis.
—¿Ahora el problema es mío? Pintas mal, Pat, no pasa nada —se burló,
y rio ante el gesto grosero que recibió como respuesta—. Haces otras cosas
mejor… —Posó una mirada cargada de lujuria sobre ella y añadió en un
susurro—: Mucho mejor en realidad.
—¡Pues tú no! —le dijo, frunciendo el ceño, intentando no temblar.
—¡Sabes que sí! —Sonrió Nick con picardía.
—Bueno…, yo también pienso que pinto bien… —Se encogió de
hombros, mirándolo con malicia.
—Eso lo podremos comprobar mañana, el resto… igual me veo obligado
a demostrártelo…
—¡Qué más quisieras!
—Sí, eso es verdad. —Sonrió, recorriéndola con los ojos de arriba abajo
Pat tuvo que contener un gemido, sintiendo que aquella mirada la
abrasarla por dentro. Ambos se miraron a los ojos unos segundos, hasta que
Pat desvió los suyos hacia el resto de sus amigos, repentinamente
avergonzada; por fortuna, todos parecían estar distraídos.
—De verdad, Dannie, tú confía en mí, que este no sabe lo que habla —
terminó diciéndole Pat—. A las cuatro estoy en tu casa como un clavo.
Dannie asintió con una divertida sonrisa.
James se giró hacia la barra buscando a Boss para pedir otra ronda. Al
hacerlo, se acercó a Rob lo suficiente como para que solo él escuchara sus
palabras.
—¿Qué coño ha sido eso? —le preguntó en un susurro apenas
perceptible.
—¿Necesitas que te lo explique?
—Ay, la hostia…
Rob dejó escapar una carcajada nerviosa.
Capítulo 25
Cuando Pat entró en casa de Dannie al día siguiente, estaba feliz.
Llevaba toda la mañana nerviosa, aunque con una sonrisa en los labios,
esperando que llegara la hora de reunirse con sus amigos. Y, por mucho que
quisiera engañarse, no era su afición a la pintura lo que la tenía tan
emocionada.
—¿Soy la primera en llegar? —le preguntó a Dannie entrando como una
exhalación en la casa.
—James y Rob no vendrán hasta las seis —le informó con una sonrisa
—. Y Nick ni siquiera sé si vendrá.
Pat lo miró desconcertada, sin poder evitar que su sonrisa se apagara un
poco.
—¿No dijo ayer que sí?
—No confirmó nada. —La miró con una sonrisa maliciosa—. Siento
decepcionarte.
Pat lo miró sorprendida. Suponía que se le había notado demasiado como
para negarlo, pero prefirió no decir nada.
—Aunque, si mi instinto no me falla… —Miró Dannie su reloj con
teatralidad—, lo tendrás aquí en diez o quince minutos.
—Tú eres muy listillo. —Rio Pat. De nada serviría seguir negando lo
que para él parecía tan evidente.
—Observador, nada más —bromeó el chico.
Pasaron al salón, donde los pocos muebles que había estaban
amontonados en el centro de la habitación, tapados con unos plásticos.
—Ya lo tienes todo listo —observó Pat.
—No había mucho que preparar —contó—. Después de pintar, me
tocará la peor parte.
—Comprar muebles. —Entendió la chica—. Pues cuenta conmigo.
Ahora que no está Nick, puedo decirte que eso quizá se me da un poco
mejor que pintar… ¡que no digo que no pinte bien, eh, cuidao! —Sonrió,
cogiendo un rodillo nuevo que había a un lado.
Dannie rio divertido.
—Te tomo la palabra. Probar sofás solo no es muy divertido, la verdad
—bromeó Dannie—, pero cuéntame cosas…, ¿qué tal por Monterrey?
Pat se ruborizó desde el cuello hasta las orejas sin poder remediarlo.
—¡¿Así de bien?! —Rio Dannie a carcajadas, aún más cuando Pat
intentó golpearlo con el rodillo que tenía en la mano.
El timbre de la puerta interrumpió la conversación justo a tiempo.
Dannie tuvo el descaro de mirar su reloj de pulsera con cierta arrogancia.
—Diez minutos pasadas las cuatro…, ¿quién será?
Pat le hizo un divertido gesto de fastidio y Dannie fue a abrir sin dejar de
sonreír. La chica esperó en el salón fingiendo desinterés, pero su corazón,
martilleando como un loco, desmentía su actitud de forma descarada.
Cuando Dannie volvió al salón acompañado de Nick, tuvo que
contenerse para no saltar a sus brazos.
Nick posó una mirada divertida sobre ella, tras mirar el rodillo que tenía
en la mano. Pat apretó el utensilio contra su pecho con los dos brazos,
desafiándolo con la mirada a quitárselo. La sonrisa de Nick estuvo a punto
de arrancarle un suspiro.
—Vale, dejaré que el anfitrión decida —admitió Nick—. ¿Dónde está,
por cierto?
—Creo que ha dicho algo de hacer café…
Nick asintió y miró a su alrededor.
—Es bonito.
—Mi prometido siempre ha tenido buen gusto —bromeó Pat.
El chico se acercó a la pintura y se concentró en el bote para no tener que
mirarla. Pat llevaba puestos unos leggins deportivos de talle bajo, que se
ajustaban a cada curva de su cuerpo, y lo martirizaban de una forma que
parecía imposible teniendo en cuenta que llevaba allí solo tres minutos.
Quince minutos después todos se pusieron manos a la obra.
Para sorpresa de Pat, Nick preparó una cubeta con pintura y se la tendió
a ella, instándola a tomar el rodillo que había dentro. Dannie estaba
ocupado terminando de cubrir los rodapiés con cinta carrocera y se limitó a
sonreír al ver el gesto.
—¿En serio? —preguntó ilusionada.
—Sé que me voy a arrepentir, pero quién se resiste a esa sonrisa —le
dijo como si tal cosa—. A ver cómo lo haces.
—¿Vas a estar mirándome todo el tiempo? —preguntó con el ceño
fruncido y los nervios a flor de piel, aunque no precisamente por la pintura
—. Ya sabes que trabajar bajo presión no es agradable.
—Dannie me ha dicho que te dejaba bajo mi responsabilidad —bromeó
Nick—. Lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que…
—¿Me has puesto a este tiquismiquis de supervisor? —Se giró a mirar a
Dannie, fingiendo indignación.
Dannie paseó su mirada de uno a otro sin disimular su diversión.
—Tengo que salir a por cinta carrocera.
—Eso no es una respuesta —insistió Pat.
—Puedes supervisarlo tú al él, si lo prefieres —dijo Dannie,
encogiéndose de hombros—. O supervisaros mutuamente, esa siempre es la
mejor opción.
Sin agregar nada más, salió del salón, dejándolos perplejos.
—Me confunde este tipo —admitió Nick—. Hay veces que tengo ganas
de pegarle y otras me cae de puta madre…
—¡Buah, vaya cosa! A mí me pasa eso mismo contigo —dijo Pat muy
seria, aunque no pudo aguantar la risa ante la divertida mirada de
indignación de Nick.
Se miraron a los ojos durante más tiempo del necesario, ambos
conscientes de que, por primera vez desde Monterrey, estaban solos en la
misma habitación.
—Coge el rodillo —terminó diciéndole Nick dejando escapar un suspiro
impaciente. Pat sonrió y obedeció—. Escúrrelo bien…
Cuando Pat comenzó a mover el rodillo sobre la pared, Nick se retiró un
poco hacia atrás. Observó, muy atento…, cómo la camiseta de Pat subía en
cada movimiento, dejando al descubierto un trasero duro y perfecto,
marcado por los ajustados leggins que se adaptaban a ella como una
segunda piel.
—¿Qué tal? —le preguntó Pat.
—Perfecto —dijo, aún obnubilado.
—¿En serio? —preguntó risueña, parándose a mirar el pequeño trozo de
pared que había pintado—. ¡Y decías que no sabía pintar!
Nick miró ahora la pared y frunció el ceño.
—Tú sabes que tienes que pintar en una única dirección, ¿no?
La chica observó su obra de arte en silencio unos segundos.
—¿Pues no has dicho que estaba perfecto? —protestó con cierta
irritación en la voz.
Nick guardó silencio entre divertido y azorado, sin dejar de mirar la
pared.
—A ver, moja el rodillo. —Volvió a indicarle.
Cuando Pat se puso en pie, Nick se acercó por detrás, puso su mano
sobre la que ella tenía en el rodillo y la ayudó a moverlo por la pared.
—Tienes que hacer este movimiento —le indicó, recortando la distancia
hasta poder aspirar su perfume.
Pat se quedó muy callada, disfrutando del momento, mientras aguantaba
la respiración para no dejar escapar uno de sus acostumbrados gemidos.
Sentía a Nick pegado a su espalda, aunque al parecer él se aseguraba de no
apoyarse del todo sobre ella, así que Pat solo podía limitarse a fantasear con
sentir su excitación contra el trasero.
Cuando el rodillo se quedó sin pintura, bajaron las manos pero ninguno
de los dos se movió. La otra mano de Nick estaba apoyada en la cadera de
ella, y Pat podía sentir su respiración muy cerca de la oreja. Si cerrara los
ojos, podría imaginar sin problema que aún estaban en aquel mirador frente
al mar.
—Esto no está funcionando, ojos azules —le susurró Nick al oído con
cierta pesadumbre—. Tenemos que poner un poco más de nuestra parte.
Pat se recostó sobre él, pero no dijo nada.
—Jamás podremos volver a la normalidad si te empeñas en vestirte para
volverme loco —insistió.
—¿Me estás diciendo que es culpa mía? —dijo Pat un tanto molesta,
pero sin moverse aún—. Quizá deberías intentar no mirarme.
—¿Y cómo lo hago? —protestó, moviendo ahora la mano que tenía en la
cadera hacia su estómago—. Cuando usabas aquellas camisetas enormes,
me resultaba más fácil resistirme…
Escucharlo admitir que siempre la había deseado la inflamó más todavía.
Pat tuvo que contenerse para no moverse contra él buscando su erección,
que estaba segura de que estaría a pocos centímetros.
—Nick, quizá deberíamos plantearnos…
—No —interrumpió rotundo.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir —dijo dolida.
—No voy a cambiar de opinión con respecto a lo nuestro, Pat —
completó la frase—. ¿Iba por ahí?
—Eres muy terco.
—Sé que hacemos lo correcto al intentar recuperar lo que teníamos —
dijo con total convencimiento—. Solo tenemos que encontrar la manera.
—¡Pues puedes empezar por soltarme! —Pat se revolvió entre sus brazos
y se hizo a un lado. Se volvió a mirarlo de frente con un gesto airado—. He
pasado cinco días intentando hacerme a la idea de que volvíamos a ser solo
amigos, Nick, hasta que empezaste a tontear y todo se fue al traste.
—¿Yo? —Se sorprendió por la acusación—. Más bien ha sido algo
mutuo.
—No voy a entrar en eso —bufó—. Reconozco que no puedo resistirme
a ti, Nick, pero…
—¿Lo ves? —Se desesperó—. ¡Es que no puedes decirme esas cosas!
¡Me hierve la sangre ya solo al escucharte!
—Pues eso no es problema mío —dijo, encogiéndose de hombros con lo
que parecía una tranquilidad pasmosa—. Y lo siento, pero no voy a
vestirme como una monja para que tú puedas estar más tranquilo.
—Entonces entenderás que necesite poner distancia durante un tiempo
—dijo, caminando hasta el otro extremo del salón.
—Me parece perfecto, como tú quieras —admitió—. Hace calor aquí,
¿no?
Soltó el rodillo en el suelo y se quitó la camiseta, quedándose tan solo
con un top deportivo que se le ajustaba por completo al pecho y que apenas
le cubría hasta mitad del torso.
—¡Oh, venga, Pat, deja de comportarte como una adolescente! —se
quejó con un gesto mordaz—. Vístete.
—Estoy vestida, Nick —le dijo con frialdad—. Esto es un top para hacer
deporte, ¿sabes?, aunque tú te empeñes en verlo como ropa interior.
—Para mí es un sujetador.
—Pues me da igual. Ni mis tops ni mis pijamas ni, por supuesto, mis
sujetadores son asunto tuyo —dijo tan campante—. Así que tendrás que
aguantarte.
—¿Qué me aguante…? —La miró hecho una furia—. ¡Pues igual no me
da la gana!
Caminó hacia ella con una clara intención escrita en los ojos, pero el
timbre de la puerta congeló su avance.
—No sé quién de los dos ha sido salvado por la campana —ironizó Pat,
recordándose que debía seguir respirando.
—¡Qué exasperante eres! —le dijo Nick entre dientes—. Ponte la
camiseta, yo abro.
—¿Perdona? —lo miró sorprendida.
El la miró irritado.
—¿Qué no has entendido de esa frase?
—El tono.
—Déjate de tonterías, Pat. —Pasó ante ella, se agachó a por la camiseta
y se la lanzó a los brazos—. Póntela.
—Te repito que no estoy desnuda —insistió, y levanto el mentón con un
gesto altivo—. Es un top.
—¡Pues me da igual! —interrumpió—. No vas a estar así delante de
nadie más.
—¡Ni en el supuesto caso de que fueras mi marido tendrías derecho a
meterte en esto! —le gritó ya furiosa—. Imagina siendo… ¡nada!, porque
en este momento no me gustas ni como amigo.
—Pues mira tú que drama.
El timbre volvió a sonar.
—¿Abro yo? —le preguntó ella, con falsa dulzura.
—Pat…
—No voy a ponérmela.
—¡Perfecto! Pues pavonéate delante de todos —dijo entre dientes,
iracundo, caminando hacia la puerta.
—¡Eres un imbécil!
—Sí, pero al menos estoy vestido.
Pat se quedó sola en el salón murmurando entre dientes, y tiró la
camiseta sobre la pila de muebles tapados. Si Nick creía que podía darle
órdenes, iba a toparse contra un muro. ¡Y encima había tenido la cara de
acusarla de ser la culpable de su falta de control! Bueno…, en realidad
aquello no le había molestado del todo. Al menos sabía que él seguía
deseándola, y eso le daba esperanzas de que en algún momento pudieran
avanzar.
«¡Pero eso será cuando se me pase el cabreo! ¡Acaba de decirme que
quiero pavonearme delante de todos! ¡Será obtuso!».
Cuando Nick regresó al salón, lo hizo acompaño de todos sus amigos.
Rob y James habían coincidido en la puerta con Dannie, que ya venía de
vuelta.
La saludaron con cierta sorna al verla con el rodillo en la mano.
—¿Te han dejado pintar? —Sonrió James.
—No necesito permiso de nadie —dijo con un tono molesto,
intercambiando una mirada irritada con Nick, quien pasó ante ella en
silencio y se alejó hasta el otro extremo del salón.
—Bueno, ¿ya estamos así? —se preocupó Rob—. ¿Cuánto lleváis aquí?
—Yo no estoy de ninguna manera, solo digo que soy una mujer adulta
—insistió—, y nadie tiene autoridad para decirme lo que puedo hacer o no.
Rob y James intercambiaron una mirada intrigada y ambos miraron a
Nick, que parecía muy concentrado en avanzar con el rodillo en su lado del
salón.
—Tienes toda la razón —dijo James con una sonrisa divertida, fingiendo
lloriquear—. Te nos has hecho mujer sin apenas darnos cuenta…
—Sí, parece que fue ayer cuando te cambiábamos los pañales… —
sollozó Rob—. ¡Y mírate ahora!
Ambos fingieron sonarse los mocos haciendo un fuerte sonido con la
boca mientras la miraban de arriba abajo.
—¡Qué payasos sois! —Rio Pat sin remedio.
—Ay, nuestra niña… ¡Coño, ¿y eso?! —exclamó James, señalándole el
piercing del ombligo.
—Me lo hice en Boston, ¿os gusta? —Tanto Rob como James lo miraron
con toda naturalidad.
—Sí, mola
Nick apretaba los dientes con fuerza ante la escena. No podía soportar
que los dos estuvieran observando el abdomen desnudo de Pat tan de cerca.
De buena gana hubiera golpeado a James cuando lo vio tocar el piercing
para comprobar cómo estaba enganchado al ombligo.
—¿No te molesta?
—No.
—Salvo si se lo engancha con una estantería —intervino Dannie desde
par de metros más allá.
—¿De verdad quieres hablar de aquello? —bromeó Pat mirándolo con
un gesto malicioso.
—¿Estantería? ¿Qué estantería? He dicho… que no te molesta ni un día.
Pat rio con ganas.
—¡Está avergonzado! —Rio Rob también, y miró a Pat—. ¡Ahora nos lo
cuentas!
—Al fin y al cabo, ha sido él quien ha sacado el tema —le recordó
James.
—Al parecer, nos ha salido un poco blandito para las heridas… —
susurró Pat, fingiendo hacerlo solo para James y Rob.
—¡Qué cabrita! —Rio Dannie.
—¿Te enganchaste el piercing en una estantería? —preguntó Rob.
—Solo me lo rocé un poco al intentar correr unas cortinas el día que
vinimos a ver la casa —explicó.
—¡Un poco dice! —protestó Dannie—. Sangraba, Pat, no sería tan poco.
—¡Qué dices! Era solo una minucia —Sonrió—, pero me levanté la
camiseta para vérmelo y casi le da un parraque.
—Buah, tampoco exageres —dijo Dannie, aunque sin dejar de sonreír.
—¡Si te tuviste que sentar!
—Coño, porque estaba cansado ya de tanta vuelta por la casa.
James y Rob reían a carcajadas ante el gesto divertido de Dannie.
—Vale, no le veo el punto a agujerearse el ombligo —admitió al fin,
encogiéndose de hombros—. Me da mucha grima verlo.
—Pues a mí me parece sexi —admitió Rob.
—A mí tampoco me disgusta —le apoyó James.
—¿Aquí solo curro yo o qué? —dijo Nick de repente, interrumpiendo la
conversación con un gesto malhumorado.
Todos se volvieron a mirarlo, un tanto sorprendidos.
—Solo es un puto pendiente, tampoco tiene tanto que ver —insistió.
—Sosiega, Nick. —Sonrió Rob—. Que tenemos mucha tarde.
—Y mucha pared que pintar.
Rob y James se miraron entre ellos sin añadir nada más, pero sin poder
disimular un divertido gesto curioso.
—¿Qué le has hecho, Pat? —le preguntó James apenas en un susurro—.
¿No puedes pedirle disculpas o algo?
—¡No lo dices en serio!
James dejó escapar una carcajada divertida ante el gesto de horror de su
amiga.
—Vale, vamos a pintar un rato, a ver si se aplacan los ánimos.
Pero los ánimos de Nick fueron difíciles de aplacar. Intentó contagiarse
del ambiente de risas y bromas de sus amigos, pero le resultó imposible
conseguirlo. Cada vez que escuchaba a Pat reír y bromear con unos y con
otros, se lo llevaban los demonios de una manera que lo irritaba. Eso por no
hablar de la tensión en la entrepierna que sentía de forma automática si
cedía a mirarla aunque fuera de reojo.
Cuando ya cerca de las ocho de la tarde Nick fue al baño, se topó con Pat
saliendo de la cocina. No habían vuelto a intercambiar una sola palabra
desde que habían discutido.
Frente a la puerta del baño, Nick se echó a un lado del pasillo y le hizo
un gesto indicándole que pasara ella primero.
—¿Hasta cuándo piensas honrar ese voto de silencio? —le dijo Pat,
malhumorada—. Nadie te ha hecho nada para que les hayas retirado la
palabra.
—¿Tú tampoco?
—Pues no lo creo —opinó—, pero, además, es que no lo estás pagando
solo conmigo.
—Me limito a pintar, que es a lo que he venido.
—Pues nada, sigue con tu cabreo absurdo hasta que te aburras.
—Y tú sigue compartiendo tus encantos con todos, no te cortes. —
Sonrió irónico.
—Yo me comporto igual que siempre, Nick —le aseguró irritada—. El
problema es que, por mucho que te joda, tú no me miras como siempre.
Nick arqueó las cejas y la miró indignado.
—Quizá es que tú tampoco colaboras —la acusó—. ¿Disfrutaste
dejándome pensar que habías compartido aposta tu piercing con Dannie?
Pat guardó silencio. Sí, recordaba haberse callado información cuando
Nick la acusó de aquello, pero también recordaba estar muy enfadada…
—Dannie es la excepción a la regla —la imitó Nick en un tono de burla.
Le había molestado mucho que ella lo dejara pensar que tenía algo con
Dannie. Cuando al principio de la tarde había escuchado la historia, se tuvo
que morder la lengua para no decírselo delante de todos. Se había
martirizado durante días, imaginando a Dannie disfrutando de cierta
intimidad con ella para poder ver ese piercing y, para su asombro, al tipo ni
siquiera le agradaba. Lo cual no podía entender porque era de un sexi que…
¡joder!
—¿Y por qué te preocupa tanto? —Lo encaró molesta—. No te olvides
de que yo puedo enseñarle mi piercing a quien quiera.
—Sí, ya me he dado cuenta. Parece de dominio público.
—¡Todo lo público que a mí me dé la gana! —gritó, pero bajó un poco la
voz, consciente de que debían controlar quién escuchaba, antes de añadir—:
No te olvides de que soy una mujer completamente libre. Libre para
ponerme la ropa que me dé la gana, libre para tontear con quien quiera y
libre para decidir quién me toca o no. —Sonrió con sarcasmo y casi susurró
—. ¿Y sabes qué?…
Nick arqueó las cejas y calló esperando la respuesta.
—…Espero que tuvieras muy claro que no te interesa…, porque a partir
de ahora tú tienes vetado el acceso.
La sonrisa sin rastro de humor de Nick la obligó a tragar saliva. Durante
unos segundos, sintió su mirada brillante sobre ella.
—¿Y tú sabes qué, Pat? —la imitó.
La chica esperó la respuesta temerosa por lo que podía escuchar. Pero
Nick no dijo nada, por el contrario y de improvisto, abrió la puerta del baño
y la arrastró dentro de un movimiento enérgico. Sin apenas dejarla
reaccionar, la apoyó contra la pared y la besó de forma hambrienta, brutal y
desesperada. Pat respondió al instante, abandonándose por completo a aquel
beso devastador. Pequeños temblores la recorrían de arriba abajo mientras
el calor que notaba entre los muslos se hacía cada vez más intenso y
enviaba señales al resto de su cuerpo, que hervía de necesidad. Pero unos
segundos después, Nick le puso fin a todo y la soltó con la misma
humillante facilidad con que la había tomado.
—No pareces muy libre para decidir quién te toca —le dijo poniendo
distancia y mirándola a los ojos—. Tu boca dice una cosa, pero tu cuerpo
dice otra muy diferente.
Pat le devolvió una mirada aún encendida por la pasión. Sus ojos
refulgían con una lujuria que paralizó por completo a Nick, que parecía
incapaz de apartar la mirada.
—Nick… —susurró, acercándose un poco más a él, avanzando despacio
hasta que no le quedó distancia que salvar—. Reconozco que pierdo el norte
cada vez que me tocas… —Posó las manos sobre el torso masculino y
ascendió muy despacio por el pecho hasta enroscarlas alrededor de su
cuello. Después se puso de puntillas y lo besó con ardor, dejando escapar un
gemido ronco cuando irrumpió con la lengua dentro de su boca.
Nick apenas tardó unos segundos en tomarla entre sus brazos y
devolverle aquella delicia de beso de forma intensa y apasionada. Por eso
protestó cuando ella dejó de besarlo para mirarlo a los ojos.
—Tú tampoco pareces el más indicado para hablar de libertad —le
susurró todavía muy cerca de su boca—. Procura recordarlo.
Lo empujó con suavidad y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, salió de
sus brazos. Sin añadir una sola palabra más, abrió la puerta y salió del baño,
echando mano de toda la dignidad que pudo reunir.
Se topó de frente con Rob en cuanto que puso un pie fuera del baño.
Cerró la puerta tras ella y miró a su amigo, esperando que su rostro no diera
muestras de cómo se sentía. No hubo suerte.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó nada más poner los ojos sobre
ella.
—Sí, bueno… no.
—Muy elocuente, sí señor.
—Es que creo que no me ha sentado bien la comida —mintió—. Me
duele el estómago.
Rob la observó con el ceño fruncido. No parecía tener mal aspecto, más
bien se la veía acalorada… y, al parecer, muy nerviosa, y no entendía el
motivo.
—¿Dónde ibas tú? —le preguntó la chica, rogando para que la respuesta
no fuera «al baño».
—A la cocina. —Pat respiró aliviada.
—Te acompaño.
—¿Seguro que estás bien? —insistió Rob, frunciendo el ceño.
Pat asintió y casi lo empujó pasillo adelante hasta la cocina, donde lo
secuestró hasta que estuvo segura de que Nick habría salido del baño y
vuelto al salón, pero cuando tanto ella como Rob se reunieron con sus
amigos, aún no había ni rastro de él allí.
«¿Por qué narices sigue en el baño?», se preguntó Pat, preocupada.
Estaba buscando un tono despreocupado para preguntar por él cuando
escuchó a James decir:
—Me hago yo cargo de terminar la zona de Nick.
—¿Y eso? —preguntó Rob al instante—. ¿Dónde está?
—Se ha ido hace un momento.
Pat se quedó perpleja.
—¿Qué se ha ido adónde? —insistió Rob, igual de alucinado.
—Ni idea —admitió James—. Nos ha pedido disculpas por estar tan
arisco toda la tarde y ha salido por la puerta.
Rob se giró a mirar a Pat, que sentía que se estaba descomponiendo por
segundos.
—¿A ti te ha dicho algo?
La chica negó con un gesto, consciente de que era posible que sus
cuerdas vocales se negaran a colaborar.
—¿Qué le estará pasando? —se preguntó Rob. Volvió a mirar a Pat—.
¿Se te ocurre algo? Está raro.
Pat se encogió de hombros una vez más.
—Quizá sea porque está próximo el aniversario de la muerte de su madre
—opinó James.
—Ni idea —pudo articular la chica antes de salir de nuevo en dirección
al baño, echándole la culpa al dolor de estómago de nuevo.
Rob intercambió una mirada preocupada con James, que dejó escapar
una larga exhalación.
Capítulo 26
Cuando Nick se detuvo frente a la tumba de su madre aquella soleada
mañana de julio, se le hizo un nudo en el pecho que apenas le permitía
respirar. Aquel día hacía cuatro años que Alina Baker al fin había podido
descansar, pero para Nick aquel aniversario era más amargo que cualquiera
de los anteriores. Se sentía tremendamente solo ante aquella tumba. Ni
siquiera intentar revivir los momentos buenos, que había muchos, lo
ayudaba a sentirse mejor. Sus recuerdos más preciados y felices, incluso
con su madre, solían incluir a Pat.
Dejó el ramo de violetas, las flores preferidas de su madre, sobre la
tumba e intentó sonreír tal y como a ella le hubiera gustado, pero apenas si
pudo esbozar una tenue sonrisa.
«La he cagado pero bien, mamá», pensó, mirando la foto que había
incrustada en la losa. «A pesar de cuánto te esforzaste para decirme que no
cometiera tus mismos errores, aquí estoy…, solo; lo que demuestra que soy
un imbécil integral que no tiene remedio».
Respiró hondo intentando llenar sus pulmones de aire limpio. Apenas si
era capaz de llevar oxígeno hasta la mitad del pecho.
«Espero poder solucionarlo y que todo vuelva a la normalidad…, porque
tú mejor que nadie sabes cuánto necesito a Pat en mi vida, pero no me
siento muy orgulloso de mí mismo en este momento».
Estaba tan distraído y absorto en sus pensamientos, que se sorprendió al
sentir que alguien lo tomaba de la mano, entrelazando cada dedo con los
suyos. Hubiera podido identificar a Pat incluso con los ojos cerrados, tan
solo por la tibieza de su mano y el inconfundible aroma que inundó sus
sentidos, reconfortándolo de forma casi inmediata. Cuando se enfrentó a
aquellos increíbles ojos azules, no pudo contener un suspiro emocionado y
tragó saliva ante la sonrisa maravillosa que ella le regaló. Tuvo que hacer
un esfuerzo enorme para no inclinarse a besarla…, pero sabía que no debía
hacerlo.
Ninguno de los dos dijo nada. Pat apoyó la cabeza en su brazo, como
hacía siempre que estaba con él ante aquella tumba, haciéndole llegar su
apoyo solo con su cercanía.
Tras unos minutos, Nick se giró por fin a mirarla de frente.
—Gracias —fue lo primero que le dijo.
—¿Por qué?
—Por estar aquí, a pesar de todo. —Apenas si le salían las palabras,
todavía emocionado—. No lo esperaba.
—¿Crees que una simple discusión iba a alejarme de ti en un día tan
difícil? —Sonrió, y añadió después, cohibida—: ¿Por qué no me has
llamado en estos días?
Nick dejó escapar un sonoro suspiro y decidió ser sincero.
—Al principio estaba enfadado, y cuando recapacité… —Hizo una
pausa y tras unos segundos añadió—: estaba demasiado avergonzado. Y
encima no podía llamar a mi mejor amiga para pedirle consejo.
Pat sonrió divertida. Había estado muy preocupada por la actitud de
Nick, incluso había dudado de su reacción al presentarse en el cementerio.
Estaba feliz de ver que la había echado de menos, aunque tuviera que
escucharlo llamarla amiga de nuevo.
—Lo siento, Pat —le dijo muy serio, sin dejar de mirarla a los ojos—.
No tenía derecho a comportarme así.
—Olvídalo.
—No. Necesito pedirte disculpas —insistió—. Sé que no puedo pedirte
que sigamos siendo solo amigos y arrastrarte a un baño al minuto siguiente,
y mucho menos para tratarte como lo hice. Me avergüenzo de mí mismo,
Pat, y espero que puedas perdonarme.
La chica tragó saliva y se sintió invadida por sentimientos
contradictorios. No sabía cómo encajar aquellas palabras. Nick le estaba
pidiendo disculpas por todo lo sucedido en el baño, pero ella era incapaz de
sentirse insultada por aquello. ¿Podría decirse que se sentía mal por no
sentirse mal? ¿Tenía aquello algún sentido?
—Estás perdonado —le dijo, sin tener claro si debía confesarle que no se
molestara en seguir disculpándose por cosas que a ella la hacían suspirar
porque significaban que no le era indiferente.
—Gracias, porque hoy entiendo más que nunca por qué eres tan
importante en mi vida, Pat. —Sonrió—. Puedes estar tranquila. No habrá
más insinuaciones ni salidas de tono por mi parte.
«¡Qué bien!», ironizó Pat para sí. Ahora sí tenía ganas de golpearlo. Pero
no era momento ni lugar para lo que hubiera querido decirle. Miró hacia la
tumba de Alina Baker, y recordó lo que Nick le había contado acerca de lo
que la mujer opinaba sobre una posible relación entre ellos.
«Vosotros sí tenéis la oportunidad de hacer las cosas bien», le había
dicho Alina con mucho esfuerzo, refiriéndose al hecho de equivocarse y
arriesgarse a perderlo todo por involucrarse más allá de la amistad.
A Pat no le extrañaba que aquella frase hubiera perseguido a Nick
durante aquellos años. Ella misma apenas podía soportar recordarlo, aunque
por diferente motivo; y es que a veces no podía evitar odiar un poco a la
mujer por haber pronunciado aquellas palabras… y eso le hacía sentirse una
persona horrenda, porque entendía que la intención de Alina había sido
ahorrarles sufrimiento. Pero Pat no podía estar de acuerdo con ella, porque,
para empezar, su relación con Nick no tenía por qué estar condenada al
fracaso, y aun de estarlo, a aquellas alturas ella prefería un tiempo pleno y
feliz a su lado como su compañera, que toda una vida siendo solo su amiga,
sufriendo por no tenerlo… Pero Nick no podría entender aquello, puesto
que partían de puntos diferentes: ella lo amaba con toda su alma, y no poder
demostrarle cuánto, la mataba.
«Lo siento, Alina…», pensó, clavando su mirada sobre la foto. «…pero
pienso arriesgarlo todo una y otra vez, no puedo hacer otra cosa».
—¿Tienes que hacer algo hoy? —le preguntó Nick un minuto después.
—Sí, tengo planes. —La expresión decepción del chico le arrancó una
sonrisa—. Espero comer contigo, ver una peli, echarnos unas risas…
La cara de Nick se iluminó de felicidad al escucharla.
—No se me ocurre un plan mejor —admitió Nick.
Unos minutos después se despidieron de Alina Baker, prometiendo
llevarle más violetas pronto, y se giraron para marcharse.
—Me siento dadivosa, igual te dejo elegir la peli a ti —bromeó Pat,
empezando a caminar, pero se detuvo a mirarlo al ver que no le contestaba.
—¿Qué te pasa? —se preocupó.
Nick estaba paralizado. Miraba en la distancia, entre las tumbas, con una
expresión extraña, mezcla de crispación y asombro.
La chica se esforzó por ver qué era lo que tanto le afectaba. En la
distancia, como a diez metros, solo había un hombre de mediana edad, que
suponía estaría de visita. Asombrada, comprobó que el visitante también
parecía mirar a Nick. Cuando unos segundos después comenzó a caminar
hacia ellos, Pat tragó saliva, de repente nerviosa, sin saber el motivo. Nick
parecía estar en shock.
—Hola, Nicholas —le dijo el hombre sin apartar sus ojos del chico.
A Pat le sorprendió que lo llamara por su nombre. Además, lo miraba de
una forma rara… ¿anhelo?, ¿tristeza? Era incapaz de identificar aquella
extraña mirada.
—Hola —dijo Pat, violenta ante el silencio de Nick. El hombre inclinó la
cabeza a modo de saludo.
—Ya nos íbamos —escuchó decir a Nick de repente, dejándola perpleja.
Ni siquiera la esperó; echó a andar por el sendero que llevaba a la puerta de
salida, esperando que ella lo siguiera.
Pat leyó la desolación en el rostro del hombre y se quedó paralizada en el
sitio.
—Yo… adiós… —terminó diciéndole entre titubeos.
—Por favor —La detuvo el hombre en un tono de súplica, y le tendió
una tarjeta de visita—, dile que me alojo en el Hotel Drake, por si quiere
verme.
Cuando Pat posó la vista sobre su mano, se fijó en el tatuaje que el
hombre llevaba en la parte interna de la muñeca. Eran unas letras o
símbolos chinos que hubiera jurado que ya había visto antes. Dudó en si
debía coger aquella tarjeta, pero la expresión abatida y angustiada del
hombre la obligó a hacerlo.
«Eric Cooper», leyó en el papel, pero aquel nombre no le dijo nada.
Echó a andar aún descolocada y se giró unos metros más allá para volver
a mirarlo. Para su sorpresa, el hombre se arrodilló frente a la tumba de
Alina. Perpleja, Pat apretó el paso para alcanzar Nick.
—¿Puedes caminar más despacio? —le pidió Pat, intentando llegar hasta
él.
—Quiero salir de aquí cuanto antes.
—Por favor —le suplicó. Aquel tono sí surtió efecto y él se detuvo a
esperarla—. Nick…
—¿Podemos hablar en casa? —le pidió, apretando los dientes para
disuadir su rabia. A la legua se notaba cuánto le estaba costando
controlarse.
Pat lo miró de frente con la preocupación escrita en los ojos.
—No entiendo nada…
—Vámonos, por favor.
—Dime al menos quién es —le rogó.
Nick soltó aire, la miró a los ojos y dijo apenas en un murmullo:
—Mi padre.
Pat se quedó perpleja; tanto, que se quedó allí plantada mientras lo veía
alejarse de nuevo hacia el aparcamiento.
Capítulo 27
Cuando Pat detuvo el coche frente a la casa de Nick, la moto del chico
ya estaba aparcada en la puerta. Subió los tres escalones y se sorprendió
cuando él le abrió antes de que pudiera llamar al timbre.
—¡Qué rápido! —Sonrió Pat.
—No sé si me gusta que te hayas comprado un coche —dijo,
apartándose a un lado para que entrara.
Pat rio mientras caminaba hacia el sofá.
—¿Me echas de menos de paquete en la moto?
—Sí, mucho —admitió Nick sin ningún reparo—. Y echo de menos
pasar a buscarte cada día y devolverte a casa cada noche.
La chica tragó saliva y enmascaró su inquietud con otra sonrisa. Debía
reconocer que ella también echaba de menos aquello. Las cosas eran
muchos más fáciles entre ellos cuando no había fisuras ni discusiones
constantes, pero no borraría una sola coma de todo lo vivido hasta ahora, a
pesar de que había puesto sus vidas patas arriba.
—Pero de eso no tiene la culpa mi coche… —le recordó.
—Cierto —dijo con pesar.
No agregó nada más. Caminó hasta la cocina y cogió de la nevera la
publicidad del restaurante chino nuevo que habían abierto allí al lado.
—¿Pedimos comida china? —le preguntó a Pat, que asintió encantada.
Mientras Nick miraba la carta, Pat lo observó con una expresión seria. Él
intentaba comportarse con normalidad, pero ella lo conocía demasiado bien
como para no identificar la tensión en cada gesto, que apenas le dejaba
esbozar una sonrisa completa. Además, casi no la miraba a los ojos e
intentaba llenar cada silencio incluso murmurando para sí, lo que
demostraba que estaba intentando evitar las preguntas embarazosas.
Cuando encargaron la comida, Nick fue a la cocina y se dispuso a poner
la mesa. La chica suspiró, sin dejar de mirarlo, escuchándolo parlotear de
forma constante.
—Deberíamos haber pedido unos palillos… —estaba diciendo ahora.
—Nick…
—No, en serio —insistió—. Seguro que si no los pides, no los traen.
—Oye…
—Claro que ¿para qué los queremos? No hay forma humana de llevarte
más de tres granos de arroz a la boca con esas cosas.
—¿Puedes parar, por favor?
—No, no puedo —le dijo de forma categórica, contradiciendo sus
palabras al mirarla ahora en silencio—. Por favor, entiendo que tienes
preguntas, pero de verdad que no puedo darte respuestas en este momento.
Pat guardó silencio y ambos se miraron durante unos segundos. La
súplica escrita en los ojos de Nick terminó ganándole la partida. Decidió
respetar su silencio, a pesar de que la preocupación la estaba matando.
—Puedo enseñarte a comer con esas cosas, si quieres. —Sonrió,
cogiendo asiento a la mesa y sintiendo como Nick se relajaba de inmediato
—. Soy casi tan buena con los palillos como con el rodillo.
La respuesta de Nick fue sacar dos tenedores del cajón, que colocó con
una sonrisa a cada lado de los platos. Después cogió asiento también a la
mesa, frente a ella.
—¡Hombre de poca fe! —protestó Pat, fingiéndose ofendida.
—No dudo de que lo harás genial —Rio Nick—, pero ya sabes que yo
soy demasiado impaciente como para habituarme a comer a cuentagotas.
—Sí, eso seguro —bromeó—, pero los palillos son una arte que
convierte la comida en algo sublime…
—¿Y cómo es posible que nunca te haya visto usarlos?
—Hay muchas cosas de mí que aún no has visto. —Lo miró con una
sonrisa maliciosa.
—¿En serio? ¿Como qué? —Sonrió, mirándola de arriba abajo con un
divertido gesto interrogante.
—¡Qué idiota eres! —Rio.
—Ah, que te refieres a habilidades y eso… Buah, pues qué decepción…
—¡Oye, que tengo algunas destrezas que te sorprenderían! —se quejó, o
lo fingió al menos. Estaba claro que era casi imposible que no terminaran
tonteando una y otra vez siempre que estaban juntos. Ella lo disfrutaba
mucho, pero sabía que Nick no tardaría en recular y retirarse a su rincón del
cuadrilátero.
—¿Como cuáles? —preguntó él casi por inercia.
—Cuando realmente quieras saberlas…, vuelve a preguntarme. —Sonrió
Pat con cierta picardía.
Se miraron en silencio durante más tiempo del que sería normal; tanto
que Pat empezó a preguntarse si podía estar equivocada y había alguna
posibilidad de que él llevara el juego un poco más allá.
—Lo tendré en cuenta —terminó diciendo Nick, poniéndose en pie.
«¡Toque de campana! ¡Cada boxeador a su rincón!», se dijo Pat con
cierta sorna, para evitar que aquello la afectara demasiado.
La comida llegó muy poco tiempo después. Para sorpresa de ambos,
venían dos juegos de palillos con el pedido, que se divirtieron mucho
utilizando. Nick apenas daba crédito a lo que veía cuando Pat comenzó a
comer como toda una experta en cocina oriental.
—¡De verdad que pensaba que me estabas vacilando! —gritó
impresionado tras intentar llevarse otro pedazo de pollo a la boca, sin éxito,
y ver cómo Pat engullía uno tras otro como si lo hubiera hecho toda la vida.
—Eso es que me tienes en poca estima —bromeó.
—Sabes que no.
Pat sonrió y terminó confesando:
—Aprendí en Boston.
—¿Hiciste un master en comer con palillos?
—Casi —admitió—. Amber, la mejor amiga de mi prima, es fanática de
la comida asiática en todas sus variantes… ¡y puede ser muy pesada!
—Y una gran profesora.
—También, sí, aunque está un poco loca. —Rio, y terminó admitiendo
—: La verdad es que es genial, y hace un tándem con Jennifer que te quita
todas las preocupaciones y las penas de un plumazo.
—¿Y qué penas tenías tú? —preguntó Nick un poco sorprendido.
Pat se quedó cortada ante la pregunta. Jamás podría contarle qué fue lo
que la llevó hasta Boston.
—Supongo que todos tenemos alguna… —contestó cohibida y casi
titubeando.
Lo vio fruncir el ceño y observarla con detenimiento.
—¿Por qué te fuiste a Boston, Pat? —le preguntó de repente.
—Nick…, solo era una forma de hablar —dijo, aunque con una sonrisa
tan tensa que ni ella misma se hubiera creído.
—¿Qué no me estás diciendo? —insistió Nick.
—Nada.
—¿Te pasó algo antes de irte que no quieres contarme?
—No, yo… no —dijo, irritada ante su propio titubeo.
—Inténtalo de nuevo —casi exigió—, porque ahora estoy seguro de que
aquello de que tu prima te necesita era una excusa.
—¿Podemos dejarlo aquí? —Empezaba a sentirse acorralada y no le
gustaba la sensación.
—Pat, ¿ya no me tienes confianza?
—Te he pedido que lo dejes —terminó diciendo molesta.
Él dejó escapar un suspiro e intentó relajarse un poco antes de hablar.
—Lo siento —dijo tras varios segundos—. Supongo que le he dado
tantas vueltas a tu escapada repentina a Boston que he perdido los nervios.
Pat lo miró perpleja. Él nunca le había trasladado sus dudas. Apretó los
dientes y recordó el intenso dolor que le rompió el alma al escuchar aquella
conversación por error… Incluso hoy, después de todo lo sucedido entre
ellos, le seguía haciendo daño.
«No miraría a Pat como mujer ni aunque fuera la última sobre la
tierra».
—Me molestó mucho que te fueras así —insistió Nick—. No dejo de
preguntarme el motivo.
—Pues lo siento, pero no pienso decírtelo.
—Acabas de admitir que hay uno, ¿te das cuenta?
—¿Y tú te das cuenta del esfuerzo que estoy haciendo yo para no
preguntarte por qué me has mentido durante siete años?
Nick se quedó paralizado. Apretó los dientes y respiró hondo un par de
veces antes de poder hablar.
—Tienes razón —terminó admitiendo—. ¿Una pregunta por otra? —Pat
asintió—. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué me dijiste que tú padre había muerto?
—Porque lo está para mí —dijo con un convencimiento que a Pat le
puso la piel de gallina—. Murió en el mismo instante en el que tuve uso de
razón para comprender que nos había abandonado sin contemplaciones.
—¿Y nunca te dio su versión?
—No.
—Pero…
—Ya has hecho dos preguntas, me toca. —Pat guardó silencio—. ¿Por
qué te fuiste a Boston?
La chica tragó saliva y lo miró contrariada por su insistencia. Sabía que
no podía mentirle, pero tampoco eran necesarios los detalles.
—Mal de amores —decidió decir.
Por la expresión con la que Nick recibió la respuesta, Pat supo que
aquello era lo último que había esperado escuchar.
—¿Qué? —Estaba perplejo—. ¿Quién?… No entiendo…
—Eso son muchas preguntas. —Pat se puso en pie, consciente de que
quizá acababa de meterse en un jardín del que le iba a costar mucho salir.
Caminó hasta el fregadero con los platos sucios, y se entretuvo todo lo
que pudo en tirar los restos a la basura y enjuagarlos después. Nick metió
también los vasos en la pila muy cerca de donde ella estaba, pero Pat se
cuidó de no mirarlo a los ojos.
—¿No piensas decir nada más? —insistió Nick, siguiéndola con la
mirada de nuevo hasta la mesa.
—No.
—¿Estamos hablando del tal Dustin Colbert?
Pat hubiera podido reír de no estar tan azorada.
—No.
—¿Pues quién?
—¿Qué más da? —se exasperó—. Me fui a Boston para olvidar y fue
una buena distracción. Eso es todo lo que voy a contarte.
—¿Eso fui yo también? —le preguntó de repente—. ¿Otra distracción?
—¡No! —negó, sobrecogida con la pregunta.
—No te preocupes, puedo soportarlo —dijo en un tono despreocupado
—. Fue un sexo fantástico, me usaras para olvidar a otro o no.
—¿Podemos cambiar ya de conversación? —le rogó Pat, intentado
apechugar con las consecuencias de ser tan bocazas.
—No, de verdad, te agradezco que te hayas sincerado —insistió con una
sonrisa sin rastro de humor—. Me he estado comiendo mucho la olla con lo
nuestro; saber que solo me utilizabas resulta incluso un alivio.
«¿Un alivio?», Pat supo que debía prepararse para escuchar palabras aún
peores y que no iban a gustarle.
—Me preocupaba que lo sucedido en Monterrey hubiera creado vínculos
emocionales entre nosotros que nada tuvieran que ver con la amistad —
explicó con una frialdad que Pat no soportaba—. Me alegra saber que no
tengo nada de lo que preocuparme. Si me lo hubieras dicho, habríamos
recuperado la normalidad mucho antes.
Pat empezaba a perder la compostura, al tiempo que su amor propio le
exigía una compensación por el agravio.
—Espera, Nick, ¿te preocupaba que yo me hubiera encaprichado de ti?
—dijo buscando un tono divertido.
—Pues… un poco, sí.
Una carcajada de Pat inundó la estancia. Le costó tanto esfuerzo romper
a reír que estaba segura de que la tensión nerviosa podría llevarla al llanto
en décimas de segundo.
—Pues me alegra mucho haber aclarado las cosas. —Sonrió de nuevo.
—Y a mí.
Se miraron en silencio unos segundos, hasta que Pat se excusó para ir al
baño. Le escocían los ojos por culpa de las lágrimas contenidas.
Cuando se encerró a cal y canto en el baño, tuvo que taparse la boca con
una toalla temerosa de que Nick pudiera escucharla llorar desde fuera.
Se maldijo una y otra vez por haberle dado aquella arma para herirla,
pero nunca pensó que él pudiera sentirse aliviado al saber que ella amaba al
que él creía otra persona. Su innegable rechazo a que ella pudiera sentir
ningún tipo de inclinación romántica por él le dolía de un modo
insoportable.
«¿Qué voy a hacer con todo el amor que llevo dentro?», se preguntó,
volviendo a apoyar la boca sobre la toalla para poder camuflar aquel
lamento.
Tras unos minutos, se vio forzada a lavarse la cara y salir del baño. Lo
mejor que podía hacer era alegar un terrible dolor de estómago y huir a la
soledad de su cuarto, donde ahogarse en su llanto hasta que no le quedaran
lágrimas que echar.
Rogó por haber podido borrar del todo los signos de las lágrimas que
había derramado, aunque siempre podía echarle la culpa a dolor de
estómago.
Cuando llegó al salón, encontró a Nick sentado al borde del sofá,
visiblemente inquieto. Observó cómo tenía los antebrazos apoyados sobre
los muslos y la forma compulsiva en que se masajeaba las sienes.
«Por Dios, soy la persona más egoísta del planeta», se dijo Pat,
sintiéndose fatal por haber tenido el simple pensamiento de marcharse
dejándolo en aquel estado. Se recordó con angustia que aquel era un día
muy difícil para Nick, y no solo por ser el aniversario del fallecimiento de
Alina, también por la visita inesperada de su padre, que estaba segura le
había afectado más de lo que jamás admitiría.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, sobresaltándolo.
Nick se puso en pie como impulsado por un resorte.
—Has tardado.
—Lo siento, me duele el estómago.
—¿Te hago una infusión de algo?
—No hace falta.
Pat cogió asiento y esperó a que Nick hiciera lo mismo, pero él no se
sentó.
—¿Vemos la peli? —le instó Pat. Al menos así podría intentar relajarse
un poco.
—No…, digo sí…
La chica lo observaba un tanto desconcertada por su actitud. Quizá ahora
sí quería desahogarse y hablarle de su padre.
—Nick, ¿quieres hablar de algo? —le ofreció.
—Dime quién es.
—¿Qué? —Pat lo miró confusa. ¿Hablaba de su padre?
—El tipo por el que huiste a Boston —le aclaró.
Ahora fue perplejidad lo que asomó a los ojos de Pat.
—¿Lo conozco? —insistió.
—¿Qué más te da?
—Tengo curiosidad.
Pat no entendía por qué él quería saber algo así, aunque pronto encontró
una explicación: supuso que Nick quería jugar la baza del amigo para no
tener que hablarle de su padre.
—¿Podemos ver la peli? —le dijo con cautela para dejarle claro que ella
no pensaba hacer preguntas.
—¿No vas a decírmelo?
—Te aseguro que no quieres saberlo —murmuró entre dientes,
intentando que la tristeza no la asaltara de nuevo.
—¿Por qué no? —frunció el ceño—. Eso quiere decir que sí lo conozco.
—Nick…
—¿No irás a decirme que es alguno de los chicos? —insistió—. No creo
que James o Rob… ¡Dannie!
—¿Puedes parar? —se exasperó.
—¡Pero si ni siquiera le gusta tu piercing!
—¡Que no es Dannie! —le gritó con irritación—. Y deja de preguntar.
No voy a decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque no es asunto tuyo.
«Mentirosa»…
—Pero somos amigos —protestó irritado—. ¿Cómo has podido estar
enamorada y no contármelo?
—¿Eso es lo que te molesta?
Nick la ignoró.
—¿Lo sigues queriendo?
Pat suspiró y meditó muy bien su respuesta. ¿Qué narices podía decirle?
¿Era mejor negar sus sentimientos aunque fuera mentira o dejarle pensar
que amaba a otro?
—No. Por eso no merece la pena seguir hablando de él.
—¿Y qué fue lo que pasó? —le preguntó cogiendo asiento en el sofá
frente a ella—. Te juro que es lo último que te pregunto.
Pat apretó los dientes, lo miró a los ojos e hizo el esfuerzo más grande de
su vida para decir:
—Él no sentía lo mismo.
—¿No te quería?
—No. —Las lágrimas acudieron a sus ojos sin remedio y tuvo que
parpadear con fuerza para alejarlas, pero aquel gesto no pasó desapercibido
para Nick.
—Lo siento —lo escuchó decir casi en un susurro—. Parece que todavía
te duele…
—¿Podemos ver ya la peli? —pidió Pat por tercera vez.
Nick asintió y juntos escogieron un thriller de Denzel Washington que
ninguno de los dos había visto.
Pat pudo por fin perderse en sus cavilaciones por un rato. Se regañó a sí
misma por no pensar en las consecuencias antes de decir las cosas. Debió
reafirmarse en los problemas de su prima Jennifer, en vez de confesar que
había huido a Boston por mal de amores. De haberlo hecho se habría
ahorrado el disgusto. Aunque quizá era mejor así. Seguir pensando que
tenía alguna posibilidad de futuro junto a Nick era demasiado irreal y muy
doloroso. Quizá había llegado el momento de aceptar que para él seguía
siendo la mujer que estaría de más incluso aunque fuera la única que
quedara sobre la tierra.
Pudo controlar las lágrimas a duras penas. Aquella tarde estaba siendo
del todo insoportable para ella, pero no podía dejar a Nick abandonado, no
aquel día. A pesar de estar perdida en sus pensamientos, era capaz de ver la
inquietud que él apenas podía manejar ya. Y como para hacer una
demostración de lo que pensaba, Nick se puso en pie por tercera vez en la
última media hora.
—¿Dónde vas otra vez? —le preguntó Pat—. ¿No te está gustando la
peli?
—Sí…, pero es que no estoy muy concentrado. ¿Quieres beber algo?
Ante la negativa de Pat, él fue a la cocina y volvió al salón con una
botella de agua.
—¿La quitamos? —le ofreció Pat.
—¿No te importa?
Pat negó con un gesto y observó cómo él se sentaba de nuevo al borde
del sofá. Parecía incapaz de relajarse.
—¿Hablamos? —le preguntó la chica, esperando que al fin se abriera un
poco.
—No te preocupes —suspiró—. Estoy bien, es solo… que hoy está
siendo un día de mierda. Se me están juntando más cosas de las que puedo
soportar.
Se revolvió el pelo con un gesto nervioso y miró a Pat con cierta tristeza.
—Gracias por estar aquí.
La chica asintió y pensó que aquel era un buen momento para darle la
tarjeta que aún guardaba en el bolsillo. Se puso en pie para buscarla y se
sentó de nuevo justo a su lado, al filo del sofá.
—Me la ha dado en el cementerio —le dijo, tendiéndole la tarjeta.
Nick miró el cartón durante unos segundos, sin decidirse a cogerla.
Cuando lo hizo, Pat continuó:
—Dice que se aloja en el Hotel Drake.
—Me da igual.
—Solo quiere hablar contigo.
Nick guardó silencio y apretó los dientes con fuerza.
—Quizá… —intentó continuar Pat.
—No.
—¿No tienes curiosidad por conocer su versión?
—¿Crees que pueda decir algo que justifique toda una vida de
abandono? —le preguntó mostrando al fin cuánto le dolía aquello.
—No lo sé.
—¿Que no lo sabes? —preguntó un tanto indignado.
—No soy quién para juzgar a nadie.
—¡Pero yo sí! —Se puso en pie, enérgico y repentinamente irritado—.
Yo tengo todo el derecho a decidir odiarlo, Pat. Por tantos años de ausencia
y dolor.
—Puedo imaginarlo.
—¡No, no puedes! —le dijo con la voz rota y una expresión desolada en
el rostro—. No te haces idea de lo que se siente. ¡Pasé años preguntándome
qué tenía yo de malo para que mi propio padre no me quisiera!
A Pat se le rompió el alma al escuchar aquello.
—Mi madre pasó media vida mirando su foto con lágrimas en los ojos,
mientras yo la observaba a escondidas convencido de ser el culpable de que
ella fuera tan infeliz.
—Tu madre te adoraba, Nick.
—Lo sé, pero jamás he podido dejar de preguntarme si ella no me
culpaba también un poco de su marcha —admitió mientras su voz se
quebraba al pronunciar aquella frase—. Era muy reticente a hablar de ello.
Tuvo que hacer una pausa antes de poder continuar.
—No tenía inconveniente en pasar horas contándome cosas de cuando
eran grandes amigos, de la época de la universidad, de todos los países que
habían visitado juntos…, pero era hermética si le pedía que me hablara de
por qué nos dejó.
—Quizá él sí quiera darte esa respuesta.
—¡No seas ilusa, Pat! La respuesta es evidente, no necesito darle el
gusto a ese señor de decírmelo a la cara —insistió con vehemencia—. Mi
madre intentaba evitarme el dolor de tener que decirme que él se había ido
por mi culpa.
Pat se puso en pie y le tomó las manos, sufriendo por el dolor que leía en
sus ojos.
—¡Tú no eres culpable de nada!
—Sí, ahora lo sé, pero tardé muchos años en entenderlo —admitió con
pesar—. Y la reticencia de mi madre a hablar de ello tampoco me ayudó. Te
juro que habría preferido que me mintiera y me dijera que había muerto,
hubiera sido más fácil de asimilar y superar.
—No digas eso, Nick —le suplicó—. La vida da millones de vueltas.
—Ninguna de esas vueltas me llevará a ese hotel —aseguró, apretando
los dientes—. No puedo hablar con él, Pat, apenas si he soportado verlo ahí
de pie, como si nada.
—Vale, está bien.
—Por favor, nunca vuelvas a insinuar que lo haga —le suplicó, con una
expresión de desconsuelo que a Pat le cortó la respiración.
—No te preocupes —le aseguró conmovida—. Pero si quieres que yo…
vaya a verlo…
—¡No! —interrumpió, horrorizado ante la idea—. No se te ocurra
acercarte a él, Pat.
—Tranquilo, no lo haré.
—¡Te lo digo en serio! —insistió—. Te juro que sería de las pocas cosas
que jamás podría perdonarte.
—Olvídalo, Nick, no he dicho nada —suplicó, lamentado haberle
causado más pesar—. Nunca tendrás que preocuparte por eso.
—Prométemelo.
—Nick…
—¡Que me lo prometas, Pat! —insistió.
La chica se sintió un poco dolida frente a su desconfianza, pero la mirada
de súplica y preocupación que Nick clavó en ella le desgarraron el alma.
—Te lo prometo.
Nick pareció relajarse un poco, pero solo fue hasta que añadió, furioso:
—¡Debería haberlo echado del cementerio a patadas!
—Cálmate ya, por favor —le rogó, abrazándose a él con fuerza para
intentar aportarle consuelo.
Nick le devolvió el abrazo y exhaló aire con lentitud, intentando
controlar sus emociones. Permanecieron abrazados durante mucho rato,
hasta que poco a poco el dolor y la angustia fueron desapareciendo para ser
sustituidos por algo más dulce, pero igual de devastador.
Cuando Nick aflojó el abrazo y la miró a los ojos, Pat no tuvo problema
para identificar aquel oscuro anhelo en su mirada. La deseaba, de aquello
no tenía ninguna duda…, y comprenderlo le robó el aliento y convirtió su
sangre en fuego líquido. Sabía que ella era igual de transparente para él,
pero en aquel momento no le preocupaba que él viera el apremiante deseo
que la devoraba por dentro, lo que temía era que pudiera leer mucho más
allá, porque sentía que lo amaba más que nunca.
Nick tomó un mechón de su pelo entre los dedos y lo acarició durante
unos segundos, hasta que terminó aprovechando la cercanía para rozarle la
mejilla con el dorso de la mano. Pat parecía hipnotizada, incapaz de
articular palabra.
«Te amo tanto», era lo único que su cerebro se empeñaba en repetir una
y otra vez. Hasta que, casi como un milagro, la parte cuerda se impuso para
recordarle que él estaba en un momento bajo y solo buscaba el consuelo
más viejo del mundo.
«¿Y por qué no dárselo?», se dijo a sí misma, mirando su boca con
verdadero anhelo. «Porque se odiará a sí mismo después», se lamentó.
—Ahora entiendo mucho mejor por qué estás tan obsesionado con no
traspasar el umbral de la amistad —le dijo, buscando, muy a su pesar, que él
recapacitara.
Nick miró su boca durante unos largos segundos y regresó a sus ojos
para contestar:
—¿Sí? Pues yo en este momento entiendo que ellos no pudieran
resistirse…
—Nick…, por favor…
El chico volvió a mirarle los labios al tiempo que la atraía un poco más
hacia sí.
—Ofréceme tu consuelo, ojos azules —le suplicó en un susurro,
metiendo la mano entre la suave melena.
—Nick, no lo hagas —le imploró, consciente de que si él la besaba no
tendría fuerzas para negarse.
—Solo una vez más…
—Nick… —susurró, empujándolo levemente, al límite de la cordura.
—¿Es por él? —le preguntó de repente—. ¿Es por ese tipo del que me
hablabas antes?
A Pat le sorprendió el deje de amargura que creyó detectar en su voz.
—Es por ti —dijo cohibida, a punto de confesarle que él era aquel
hombre, pero decidió que era mejor no complicar más las cosas—. Dentro
de un rato el consuelo que me pides te parecerá un error, Nick, y te
fustigarás de nuevo. No necesitas más pesares por hoy.
—Pues tú rechazo no me ayuda —dijo, soltándola y distanciándose un
poco.
—Intento hacer lo mejor para ti —insistió, sorprendida por su reacción.
—Entonces márchate, por favor.
—¿Qué? —Ahora estaba perpleja.
—Necesito estar solo, Pat, tengo demasiados fantasmas en este momento
—admitió, sin apenas mirarla—. No soy buena compañía.
—Pero…
—¡Sin peros! —exclamó ya irritado—. Vete en busca de… quién sea.
—¿De quién sea? —¿Volvía a echarle en cara a aquel tipo?
—En este momento, cualquiera es mejor compañía que yo.
—Pero yo quiero estar aquí.
—Pues lo siento, pero esa opción solo existe en posición horizontal —
dijo, con una sonrisa mordaz—. Y puesto que no pareces estar muy por la
labor…
Aquello fue la gota que colmó el vaso para Pat. Entendía que él estuviera
pasando un momento crítico aquel día, pero todo tenía un límite.
Sin pronunciar una palabra más, cogió su bolso, caminó hacia la puerta y
salió de la casa, cerrando de un portazo.
Caminó hasta el coche pisando fuerte, como si aquello pudiera ayudarla
a aplacar un poco su enojo. Lo peor de todo era que se sentía fatal por
enfadarse con él sabiendo que no estaba en su mejor momento, pero para
ella el día tampoco había sido una fiesta.
Estaba tan absorta en sus propios pensamientos, que cuando Nick la
cogió del brazo para evitar que se subiera en el coche, dejó escapar un
pequeño grito de sorpresa.
—¡Me has asustado! —protestó, tirando de su brazo.
—Lo siento, no era mi intención —dijo azorado—. Pensé que me habías
oído salir y no querías hablar conmigo.
—Pues no —admitió—. Iba pensando en mis cosas y no me he dado
cuenta. ¿Qué quieres? —se cruzó de brazos esperando la respuesta.
—No te vayas así, por favor —le pidió, mirándola con ojos suplicantes
—. Parece que últimamente no hago otra cosa más que pedirte disculpas,
me siento fatal.
—Nick, sé que estás muy angustiado hoy, pero no tienes ningún derecho
a tratarme así.
—Sí, sí, lo sé —aceptó—, y sé que solo quieres ayudarme, te lo
agradezco de verás. Me he visto desbordado por mis emociones y lo he
pagado contigo. Sé que no es justo, pero no estoy acostumbrado a…
sentirme así.
—¿Lo dices por lo de tu padre?
Nick desvió la mirada mientras se revolvía el pelo con ademán nervioso.
—No solo por eso —admitió, pero no agregó nada más.
—¿Y vas a compartirlo conmigo o tengo que adivinarlo? —Pat sabía que
estaba siendo un poco dura, pero no podía evitarlo, estaba herida por todo lo
sucedido aquella tarde.
—¿Puedes tenerme un poco de paciencia, por favor? —le rogó—.
Esto… no es fácil para mí.
Pat le hizo un gesto resignado con las manos y se apoyó sobre el coche
en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada crítica.
Observó con detenimiento como Nick tragaba saliva mientras parecía
buscar las palabras adecuadas y sintió su corazón acelerarse esperando un
milagro.
—¡Déjalo! —terminó diciendo Nick con un gesto exasperado—. No soy
capaz de entenderme ni yo mismo, como para explicártelo.
Pat se incorporó de nuevo irritada.
—¿Ahora no vas a decir nada?
—Te reitero mis disculpas.
—¡Pues qué bien! —expresó, molesta, sintiéndose una idiota por haber
tenido la esperanza de escuchar algo que borrara un poco el sufrimiento de
los últimos días. Se giró hacia el coche dispuesta a irse.
—Al menos dime que las aceptas.
Pat se volvió de nuevo a mirarlo.
—Claro, Nick, no te preocupes, estás disculpado —dijo con una sonrisa
fría.
—¿Y por qué tus ojos me dicen otra cosa?
—Dicen que los ojos son el espejo del alma. —Se encogió de hombros
—. Y quizá la mía necesita un respiro.
—¿De mí? —La desolación que leyó en sus ojos le arrancó a Pat un
suspiro. No podía soportar hacerle más daño aquel día.
Recorrió la distancia que los separaba, se puso de puntillas y le dio un
suave beso en la mejilla.
—Todo está bien, Nick —le dijo, intentado no sucumbir a las ganas de
besar sus labios—. Luego hablamos.
Se subió en el coche, arrancó el motor y se alejó de él, buscando algo de
paz.
Nick se quedó allí de pie, en mitad de la calle, sintiendo que aquel dulce
beso le quemaba aún en la mejilla.
En aquel momento se sentía como si una manada de elefantes le hubiera
pasado por encima, y él no pudiera hacer otra cosa más que lamentarse por
haberse interpuesto en su camino.
«¡¿Qué narices pasa contigo, Nick!?», se regañó mientras caminaba
hacia la casa. Terminó sentándose en los escalones de entrada, buscando
que el aire fresco le ayudara a ver las cosas con más claridad.
Durante los últimos días, se había repetido hasta la saciedad que debía
aprender a controlar los estragos que Pat provocaba en su cuerpo. Se había
recluido en casa y refugiado en el trabajo, fustigándose a sí mismo cada
minuto que dejaba que su mente recordara todo lo sucedido en casa de
Dannie. La furia que le había obligado a irse de aquella manera de la casa
apenas si había durado un par de horas, y cuando al fin pudo calmarse y
recapacitar, se le había caído el mundo encima. Horrorizado por su propio
comportamiento, no recordaba haberse sentido más avergonzado de sí
mismo jamás, tanto que había sido incapaz de provocar un acercamiento
con ella, ni siquiera para pedirle disculpas. Y cuando se había encontrado
solo en aquel cementerio, sintiéndose el hombre más infeliz del planeta, ella
lo había cogido de la mano e iluminado su mundo de nuevo, incluso en un
día como aquel. En aquel instante se había prometido hacer las cosas bien.
Estaba seguro de haber encontrado las fuerzas necesarias para resistirse y
respetar su amistad ante todo lo demás…, y apenas unas horas más tarde
estaba desquiciado por llevársela a la cama. Y lo estaba. Sobre aquello no
había duda. Cuando miraba de cerca aquellos increíbles ojos azules, se
perdía en su inmensidad casi al instante, y solo podía pensar en besar
aquellos labios… y el resto de ella a continuación.
Por fortuna, Pat había sido más sensata al evitar lo que, sin duda, habría
sido un error. Se había negado a sucumbir…, quizá pensado en aquel otro
tipo. Aquel pensamiento le provocó un nudo en la garganta que apenas
dejaba pasar el aire. Tragó saliva con mucha dificultad y tuvo que ponerse
de pie, incapaz de permanecer quieto.
«Joder, Nick… ¡¿qué coño te pasa?!», se dijo, entrando en la casa y
recorriéndola de arriba abajo como un león enjaulado, como si así pudiera
huir de sus propias cavilaciones. Pero no resultó. El simple pensamiento de
que ella pudiera estar enamorada de otra persona lo enfermaba, incluso más
que imaginarla en brazos de otro. No podía soportarlo.
¿Y qué había contado ella sobre el tema? ¿Que ya lo había superado? Sí,
había dicho que ya no lo amaba, pero no le había parecido sincera… Se
lamentó por no haber insistido e indagado más en aquello.
«¡¿Y para qué quieres saberlo?! ¡¿Qué te puede importar a ti que la que
solo quieres como amiga ame o no a otro?!», le gritó su conciencia con
grosería. «A no ser…».
—¡Oh, cállate! —dijo en alto intentando silenciar las voces de su cabeza.
Se sentó en el sofá y la tarjeta que aún estaba sobre la mesa llamó su
atención. De inmediato, se puso en pie, la arrugó entre sus manos con
movimientos enérgicos y caminó hasta el cubo de la basura. Cuando levantó
la tapa para tirarla, dudó por unos segundos, pero terminó sucumbiendo a su
furia y arrojó la tarjeta dentro del cubo. Después sacó la bolsa, le hizo un
nudo y salió a tirarla al contenedor.
Cuando regresó a la casa, se sentía un poco mejor. Como si con aquel
gesto hubiera sacado a su padre de su vida de nuevo, y con él parte de su
rabia acumulada.
—Vale, ya está —se dijo en alto, respirando hondo varias veces para
recuperar la calma.
Su padre estaba donde le correspondía, el día estaba llegando a su fin y
Pat había evitado que ambos cometieran otro error imperdonable.
—Prueba superada —se dijo, intentando esbozar una sonrisa.
Un minuto después, se tumbó en el sofá, se tapó la cara con uno de los
cojines y dejó escapar un alarido ronco que el cojín se encargó de
amortiguar.
—… Ahora sí me siento mucho mejor…
Capítulo 28
Pat se sentó en la cama, cerró los ojos y se retiró un poco el teléfono de
la oreja, esperando el grito que sin duda iba a recibir en un instante. No se
equivocó.
—¡¿Que le has dicho qué?! —exclamó Jennifer, alucinada.
—Es que se puso muy pesado —se excusó—. Y me dijo: una pregunta
por otra… ¡¿qué podía hacer?!
—¡Mentir, Pat! —insistió su prima—. Echarme la culpa a mí, a mi
madre o a Yoko Ono.
—Es que lo del mal de amores me pareció algo ambiguo, sin ser mentira
—se lamentó—. No creí que le daría tanta importancia.
—¿Cuánto es tanta?
—No lo sé. Ha sido una tarde muy rara —contó—. Al principio se sintió
aliviado. Por lo visto le preocupaba que yo me hubiera encaprichado un
poco de él.
—¿En serio? ¡Qué absurdo! ¿Cómo ha podido pensar una tontería así?
—Eres una idiota —se quejó, pero tuvo que sonreír ante la carcajada de
su prima—. En serio, Jen, estoy desconcertada.
Pasó a relatarle parte de lo sucedido, sin entrar en lo referente a la visita
de su padre, que consideraba que no era asunto de Jennifer. Su prima
escuchó todo en silencio, y así permaneció cuando Pat llegó al final de la
historia.
—¿No vas a decir nada? —la instó Pat, mordiéndose el labio de forma
nerviosa.
—Es que… estoy perpleja —reconoció.
—¡Como yo! —se quejó Pat—. Ya no sé si le ha aliviado, le ha
importado o… todo lo contrario.
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada, ¿qué quieres que haga?
—Decirle la verdad, Pat.
—¿Te refieres a que le hable de la llamada de Yoko para alojarme en tu
casa?
—No sé si dejarle pensar que estás enamorada es buena idea —insistió.
—Lo estoy.
—Sí, pero de él.
—Bueno…, eso es un detallito sin importancia.
Jennifer tuvo que reír. Conocía a su prima muy bien como para saber que
ya estaba lo suficiente jodida con aquel tema. Si necesitaba bromear, le
seguiría la corriente, pero se temía que aquel era un asunto mucho más serio
de lo que Pat pensaba.
—Además, le aclaré que ya lo había superado —le recordó—. Aunque
supongo que saberlo le jodería, estaba tan contento con la noticia…
El tono ya no tenía nada de divertido.
—Pat…
—No, Jen, no voy a comerme la cabeza con esto —dijo un tanto
ofuscada ya—. Para él ha resultado un alivio saber que yo tengo mis
sentimientos en otra parte, ¡pues que lo piense!
Su prima sospechó que hablaba más para convencerse a sí misma que a
ella, pero no dijo nada, se limitó a dejarla desahogarse.
—Claro que cuando lo rechacé, ya no pareció gustarle tanto —continuó
Pat irritada—. ¡Menudo morrazo!
—Y hablando de eso… ¿cómo has conseguido resistirte? —le preguntó
con innegable curiosidad.
Pat guardó silencio, respiró hondo y decidió ser sincera.
—Pues no tengo ni idea, Jen, porque te confieso que me he arrepentido
unas cien veces desde entonces —admitió—. Ha sido un día muy difícil
para Nick, él solo quería consuelo durante un rato, pero sé que mañana se
hubiera sentido como un miserable. Y yo me habría muerto de la pena.
Pat esperó que su prima entendiera y confiara en su palabra. No podía
hablarle de los padres de Nick ni del papel que jugaban en su propia
historia, que aquel día estaba más presente que nunca entre ellos.
—De pena no se muere nadie —le dijo Jennifer en un tono afable pero
firme—. Entonces, ¿vas a darte por vencida?
—Todavía no sé qué voy a hacer —admitió—. Cuando pareció alegrarse
de que estuviera enamorada de otro, estaba decidida a tirar la toalla…
—¿Pero? —la instó Jennifer al ver que guardaba silencio.
—Cuando ha salido a buscarme al coche…, no sé, he sentido algo muy
diferente en su actitud.
Resopló con fuerza.
—Estoy confundida —terminó admitiendo—. Creo que necesito
comprobar cómo se comporta algunos días más.
—Me parece muy bien.
—Pero Jen…, no voy a forzar la situación. Si él insiste en que seamos
solo amigos, eso será lo que tendrá —admitió con tristeza, dejando que sus
lágrimas volvieran a cobrar vida—. Sin trucos ni pretensiones. La esperanza
duele demasiado. Y no quiero terminar odiándolo por pisotear todas mis
ilusiones, no me parece justo porque él siempre ha sido sincero conmigo.
—Bien.
—¿En serio te parece bien?
—Lo que tú decidas, Pat, es lo adecuado.
—¡No se te ocurra hablarme como una psicóloga! —protestó—. Quiero
a mi prima.
—Pues tu prima está a punto de cogerse un vuelo a Santa Carla para
darle un par de collejas a ese pedazo de asno.
—¡Pobre! —se apiadó—. Hoy ha tenido un día horrible.
—Y te hubiera gustado tanto consolarlo…
—Ay, sí —Se le escapó junto a un suspiro—. ¡Eh, has hecho trampa!
Jen rompió a reír a carcajadas, contagiando a su prima sin remedio.
—¡El día que pierdas el culo por un tío, voy a divertirme mucho! —le
dijo Pat entre risas.
—¿Yo? —Volvió a reír—. ¿En serio me ves suspirando por los rincones?
—¿Por el tipo adecuado? —Hizo una pausa teatral—. ¡Por supuesto!
Capítulo 29
Cuando al día siguiente Pat entró en el Oasis, llevaba la firma
determinación de comportarse con toda la normalidad que pudiera con
Nick. No daría muestras de estar enfadada ni contenta, solo… ¿normal?
«¿Y qué actitud puede considerarse normal ya entre nosotros?, se
preguntó preocupaba. Intentaría amoldarse a los acontecimientos y dejarse
llevar, si es que él aparecía por allí. Sabía que aún no había llegado, puesto
que su moto no estaba aparcada en la puerta, y tampoco le había escrito en
todo el día. No sabía nada de él desde que la noche anterior le había dado
las buenas noches por WhatsApp y había recibido un escueto descansa
como única respuesta.
Buscó a James y Rob con la mirada y puso una de sus mejores sonrisas
para llegar hasta ellos, que la recibieron con entusiasmo, mientras echaban
una de sus acostumbradas partidas de billar.
—Recuérdame por qué sigo jugando al billar con este tío —le dijo James
a Pat, soltando el palo sobre el tapete con una divertida expresión de
frustración.
—Puedo dejarte ganar alguna vez, si quieres, como a los niños. —Rio
Rob—. ¿Eso te gustaría…, querubín?
—Uy, qué hostia le meto…
Pat rio a carcajadas. Necesitaba mucho a sus amigos aquel día. Ojalá
pudiera contarles todo lo que la aquejaba y refugiarse entre ellos hasta
sentirse mejor, tal y como había hecho toda su vida.
—¿Estás bien? —se interesó James, mirándola con atención.
Ella buscó su mejor sonrisa ante de contestar.
—¡Sí, genial!
—Pues entonces creo que tengo alguna noticia interesante para ti —dijo
Rob con una sonrisa entusiasmada. Se volvió hacia James para decirle—:
¿Puedes ponerle un poco de emoción?
—Claro —afirmó su amigo, e hizo un redoble de tambor perfecto sobre
la barra.
Pat rio, expectante ante la noticia.
—Hace un momento me ha llamado mi amigo, el de la inmobiliaria —
anunció Rob—. Dice que tiene un par de locales interesantes para la clínica.
—¡¿En serio?! —Aquello sí era una gran noticia—. ¿Cuándo podemos
verlos?
—¿Mañana?
Pat dejó escapar una exclamación de euforia. Encontrar un local con
todas las prestaciones y características que necesitan no estaba siendo tarea
fácil. Y aquel proyecto con Rob era de las pocas cosas que aportaban
ilusión y emociones cien por cien positivas a su vida últimamente. Todo lo
demás sufría demasiados altibajos como para valorarlo siquiera. Y todo lo
demás tenía nombre propio, por supuesto.
Escuchó, emocionada, toda la información que tenía de los locales.
Sobre todo uno de ellos, que se había estado usando hasta ahora como
consultorio médico, tenía muy buena pinta y la ubicación era perfecta.
—Se sube un poco de alquiler, pero lleváis margen —les aseguró James,
feliz de verlos tan entusiasmados—. Si se ajusta a lo que necesitáis, ni lo
dudéis.
—Pues espero que sea perfecto —dijo Rob con una sonrisa radiante—.
¡Estoy deseando despedir a mi jefe!
—¡Y yo despegar! —exclamó Pat, y los miró con una expresión
emocionada—. ¿Sabéis? Me siento muy afortunada.
—Espera a ver el local primero. —Sonrió Rob—. Igual es una full.
—Si no es este, será otro —le aseguró—. Pero es un lujo poder montar el
negocio de mis sueños, junto a una de las personas que más quiero en esta
vida —se abrazó a Rob, que la apretó conmovido contra su costado—.
¿Qué más se puede pedir?
—La cuenta corriente de este tipo —bromeó Rob señalando a James.
—De esa podéis disponer, ya lo sabéis. —Rio James—. Y de una web de
primera y un reportaje fotográfico de lujo.
—¿Veis? ¿Soy o no la mujer más afortunada del planeta?
—¡Nosotros sí que somos afortunados! —le dijo Rob, abrazándola de
nuevo más fuerte.
—Hostias, dejadlo ya, que estoy a punto de abrazarme a vosotros —
protestó James, con un nudo en la garganta.
Pat y Rob le abrieron el brazo libre para que se uniera a ellos.
—Ven acá, tercer mosquetero —dijo Rob con una sonrisa maliciosa.
James lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—Venga, ladrón…, no nos hagas un feo —insistió Rob, cambiando la
voz por otra más aguda, que acompañó con un batir de pestañas y un gesto
amanerado con la mano.
Contra todo pronóstico, James se lanzó sobre ellos y los abrazó con
fuerza, mientras Rob protestaba y le aseguraba que era suficiente. Pat reía a
carcajada limpia, que terminó contagiándoles.
¡Cuánto necesitaba aquello y qué insustituibles eran aquellos dos
personajes en su vida!, pensaba Pat sin dejar de sonreír.
—Y hablando de mosqueteros… —preguntó James—. ¿Y D'Artagnan
dónde anda?
Los dos miraron a Pat, aguardando su respuesta.
—Supongo que no tardará —dijo, esperando estar en lo cierto. Resultaba
increíble que, a pesar de todo, se estuviera muriendo de ganas de verlo.
—¿Cómo lo llevó ayer? —se interesó Rob, sin dudar ni por un momento
de que hubieran pasado el día juntos. Lo hacían cada año desde el
fallecimiento de Alina Baker.
Pat se encogió de hombros y se sintió un poco incómoda. Ella no era la
indicada para hablarles del padre de Nick, pero era complicado contarles
algo del día anterior sin hacerlo.
—Supongo que cada año duele un poco menos —les dijo con una
sonrisa triste—. Aunque ya sabéis cuánto le cuesta expresar sus emociones.
—Es que no es fácil —le recordó James, que era incluso más hermético
que Nick—. Pero el tiempo lo cura todo…, o casi todo.
Rob y Pat intercambiaron una mirada comprensiva. Aquel casi todo
hubiera pasado desapercibido para cualquiera que no conociera la historia
personal de James, pero no para ellos, que la habían vivido y sufrido junto a
él.
—¿Y qué hicisteis ayer? —siguió preguntando James.
—Lo de todos los años —contó—. Estuvimos un rato en el cementerio,
comimos en su casa, vimos una peli… Ya sabéis que no suele apetecerle
venir aquí.
—Sabiendo que está contigo, estamos tranquilos —admitió Rob.
—Anda, mira —Señaló James hacia la puerta—, hablando del rey de
Roma…
El corazón de Pat dio un vuelco y se encabritó al instante, haciéndola
sentirse de lo más idiota. Cuando se volvió a mirarlo estuvo a punto de
soltar un suspiro propio de una quinceañera enamorada, y aquello le hizo
fruncir el ceño.
«Pues empiezo la normalidad genial», se quejó, esperando a que Nick
llegara hasta ellos.
El chico saludó con una sonrisa sincera a todos. James y Rob le
devolvieron un gesto efusivo, cargado de emotividad.
—Estoy bien. Reconozco que ayer fue un día de mierda, pero ya pasó —
les dijo, agradeciendo el apoyo. Después miró a Pat y ensanchó su sonrisa
aún más—. Gracias a que tengo la suerte de contar con la mejor amiga del
mundo.
Pat pudo esbozar una leve mueca, que esperaba que ocultara un poco las
ganas de pegarle que era lo que le apetecía realmente tras aquel comentario.
Al parecer, Nick venía dispuesto a sentar las bases desde el minuto uno.
«Pues genial, ¿quieres a tu amiga?, ¡eso será lo que tendrás, pedazo de
cabezota redomado!», se dijo, forzando la sonrisa hasta que le dolieron los
músculos de la cara.
—No hay otra como Pat, eso seguro —admitió Rob—. Aquí también
hemos tenido nuestro momento tierno hace un momento.
—Yo no —dijo James divertido, levantando las manos, y señaló a sus
amigos—. Estos, que son unos blandengues.
Entre risas, Rob le contó a Nick las buenas noticias sobre los locales que
tenían que ir a ver al día siguiente, de lo cual el fotógrafo se alegró mucho.
Cuando llegó Dannie tuvieron que repetir de nuevo toda la conversación,
pero Pat y Rob estaban tan contentos que no pusieron ningún problema para
hacerlo. Dannie les prometió la mejor página web de la historia, solo a
cambio de una puesta a punto de la espalda cada cierto tiempo.
Pat miraba a Nick de reojo de vez en cuando sin poder evitarlo. En
alguna ocasión le había pillado observándola a su vez y aquello le había
hecho sentirse muy rara. Aún no habían tenido oportunidad de hablar a
solas, pero prefería que fuera así. La declaración de intenciones de Nick
nada más llegar había sido evidente y, bajo su punto de vista, innecesaria.
Empezaba a molestarle mucho que él insistiera en dejar claro que solo eran
amigos, como si ella fuera una groupie deseosa de meterse en su cama a la
menor oportunidad. Y más, cuando había sido ella quien puso la nota
sensata el día anterior.
Decidió que necesitaba un respiro y fue al baño para refrescarse un poco.
Se tomó más tiempo del necesario, intentando no pensar en nada que no
fueran las ganas de ver aquellos locales que podían ser el principio de su
carrera profesional. Pero el recuerdo de Nick se colaba en su cabeza una y
otra vez, incomodándola. Se enfadó consigo misma por dejarlo influir tanto
en su estado de ánimo y se prometió ignorarlo durante el resto de la noche.
No fue posible. Cuando salió del baño casi se chocó de frente con él, que
se detuvo junto a ella. Si fuera mal pensada, Pat habría jurado que no había
sido casual y que él aguardaba su salida del baño, pero desechó aquel
pensamiento por no encontrarle ningún sentido.
—Espero que por fin ese sea el local que estabais esperando —empezó
diciéndole Nick.
—Sí, me hace una ilusión tremenda —admitió Pat, sin mirarlo a los ojos.
—En cuanto que esté listo, vamos a hacerle un reportaje de los que
hacen época.
—No esperaba menos —Sonrió un poco tensa—, aunque hay mucho
trabajo que hacer antes.
—Sí, eso seguro.
—Pero trabajar con Rob va a ser tan increíble que no me importa todo el
esfuerzo. —Sonrió ahora con sinceridad, mirando hacia donde estaba su
amigo, y perdiéndose así el ceño fruncido con el que era recibida la
respuesta. Continuó hablado, aparentando tranquilidad—. ¿Tienes idea de la
cantidad de técnicas geniales que conoce y que estoy loca porque me
enseñe a poner en práctica?
—Sí, me lo has comentado muchas veces —le recordó.
Ahora si se ganó la atención de Pat, que se preguntó si podía haberse
imaginado el tono molesto.
—Es verdad —admitió con repentina curiosidad—, pero es que estoy tan
contenta…
—Me alegro mucho.
—Pues nadie lo diría —opinó, observando su expresión ceñuda.
Nick sonrió con lo que a Pat le pareció una inquietud evidente.
—Disculpa, pero es que quería… comentarte algo que me tensa un
poco… —terminó admitiendo él.
Pat lo miró de nuevo a los ojos. No podía evitar estar a la defensiva. Al
parecer, había estado en lo cierto al pensar que no habían solo coincidido a
la puerta del baño. Él la había abordado lejos de sus amigos con toda la
intención.
—¿Qué pasa? —le preguntó, cruzándose de brazo frente a él.
Nick dudó un segundo antes de admitir:
—Quería darte las gracias por lo de ayer.
—No hace falta —respondió Pat con una sonrisa vacía—. No es
necesario que insistas. Ya sabes que siempre estaré ahí en días como ese.
—No me refiero a eso —aclaró, ahora un poco avergonzado—. Hablo
de… cuando tuviste más juicio que yo.
Pat dejó escapar un suspiro de hastío que pareció sorprender mucho a
Nick. Aquello era lo último que a la chica le faltaba por oír, escuchar cómo
le daba las gracias por no haberse metido en su cama… Al parecer, él
necesitaba dejar aún más clara su postura con respecto a su relación. ¿Era
incapaz de ver cuánto la humillaba aquella insistencia o es que le daba
igual?
—Solo quería aclararlo —insistió Nick—. No era mi intención
incomodarte.
«Respira, Pat, mandarlo a la mierda solo te hará sentir bien unos
minutos…», se dijo irritada, exhalando aire muy despacio para guardar la
calma.
—No me incomodas —dijo al fin, mirándolo a los ojos—. Es solo… que
ya estoy cansada de hablar del mismo tema contigo.
—Vaya, usted perdone.
Pat suspiró. No podía seguir así. Por eso hizo acopio de toda su valentía
y le preguntó a bocajarro:
—Nick, ¿tú tienes realmente claro que no me quieres en tu vida?
Él la observó perplejo. Al ver que no contestaba, insistió:
—Y no me refiero como amiga, sino como algo más.
—Sé a qué te refieres.
—Pues contesta.
—Pat…
—¿Lo tienes claro sí o no? —insistió, a pesar de saber que era casi
seguro que saldría herida de la conversación, pero no soportaba más aquella
incertidumbre—. Responde.
—Relaja un poco.
—¿Sí o no? —exigió, izando un poco la voz, ya muy molesta—. No es
una pregunta tan complicada.
—Que yo creía que estaba más que clara —contestó malhumorado por
sentirse tan presionado.
«Ahí tienes tú respuesta», se dijo Pat con rabia contenida. «Ahora
apechuga». Le sostuvo la mirada unos segundos, en silencio, encajando las
palabras.
—Bien, pues ahora sí está todo dicho.
Nick la miró entre desconcertado y molesto.
—¿Y antes no lo estaba?
—No si tenemos en cuenta que hasta ayer mismo intentaste meterme en
tu cama.
—Y disculparme por eso era precisamente el motivo de esta
conversación.
—Pero es que no puedes pasarte la vida disculpándote, Nick —insistió
Pat, que ni siquiera sabía de dónde estaba sacando las fuerzas para decirle
todo aquello—. Todo esto tiene que parar. Si tú no me quieres en tu cama…
—¿Y qué más da lo que yo quiera si tú lo tienes tan claro? —interrumpió
enfadado—. Ayer no tuviste ningún problema para rechazarme.
—¿Y crees que fue fácil?
—¿Cómo voy a saberlo?
—Pues si esperas que te lo diga, ves cogiendo asiento —sentenció Pat—.
¿Tú quieres solo a la amiga? Bien, eso es lo que tendrás, pero procura
respetar las reglas de juego esta vez, Nick, porque te aseguro que yo pienso
hacerlo aunque muera en el intento.
Sin esperar la réplica, Pat pasó ante él y volvió junto a sus amigos.
Nick la siguió con la mirada y un gesto abatido en el rostro.
«¿Tú quieres solo a la amiga?», le había dicho Pat… ¿Significaba
aquello que ella sí quería algo más? ¿O solo pretendía utilizarlo para
olvidarse de aquel otro tipo? Confuso, la observó charlar con sus amigos
como si aquella conversación no hubiera tenido lugar. Debía reconocer que
Pat estaba en su derecho al decirle muchas de aquellas cosas. Él mismo era
consciente de que no podían seguir por aquel camino, pero la frialdad con la
que ella parecía haber zanjado el tema le revolvía las tripas.
«Vale. Asunto resuelto entonces», se dijo con vehemencia al escucharla
reír por algo que había dicho alguno de los chicos. Quizá necesitarían un
tiempo para volver a sentirse cómodos el uno con el otro, pero, sin duda, era
lo mejor.
«Entonces, ¿por qué me siento tan mal…?», tuvo que admitir cuando ya
no pudo controlar más tiempo la desazón que le quemaba por dentro.
Capítulo 30
Pat estaba interpretando el papel de su vida al continuar en el Oasis,
comportándose con aquella aparente felicidad, cuando lo único que quería
era meterse bajo las sábanas a lamerse las heridas. No dudaba de que había
hecho lo correcto al aclarar y zanjar el tema con Nick, pero eso no
significaba que no doliera como si alguien le estuviera retorciendo un
cuchillo en las entrañas. Se había acabado, y debía aceptarlo para poder
continuar adelante con su vida, porque no podía seguir remando
contracorriente.
—Voy a pedir de beber, ¿alguien quiere algo? —preguntó cuando vio
que Nick caminaba hacia ellos. Aún necesitaba unos minutos más para
encajar todo lo sucedido. Todos le dijeron que estaban servidos.
La chica se alejó hacia la barra y buscó a alguien que pudiera atenderla.
No parecía haber ni rastro de Boss o Chris, lo cual no le molestaba
demasiado, sino que le daba la excusa perfecta para estar un rato más allí,
alejada de todos. Aprovechó para escribirle un mensaje a Jennifer,
esperando que pudieran charlar unos minutos. Su prima era la única persona
con la que podía sincerarse y hablar de todos sus problemas, y la necesitaba
mucho en aquel momento.
—Casi me da miedo interrumpir tus pensamientos —dijo la voz de un
hombre a su lado, sobresaltándola.
Pat suspiró, irritada, antes de volverse hacia el desconocido del que
tendría que deshacerse, y no estaba para mucha sutileza. Pero cuando se
giró a mirarlo, resultó no ser tan desconocido. El repartidor macizo de la
pizzería le sonrió como si encontrarla allí hubiera sido el mejor momento de
su día.
—Dime que estabas valorando pedir una pizza —insistió el chico—,
aunque sea mentira.
Pat tuvo que sonreír. Además de guapo, el tipo era encantador.
—También repartís a los pubs —bromeó, mirándolo ahora de frente.
—A este no.
—¿Y eso?
—Discrepancias con el dueño —admitió.
A la chica le sorprendió el comentario.
—¿Y qué haces aquí entonces?
—He venido a traerle el teléfono a mi hermana —le contó—. Se lo ha
dejado en casa. Trabaja aquí, o eso creo, porque llevo diez minutos
esperando y no hay nadie en la barra.
Pat lo miró sorprendida.
—¿Eres hermano de Chris? —El chico asintió—. Qué pequeño es el
mundo.
—¡Pero qué interesante! —Sonrió con picardía—. En este momento
podría soportar hasta que fuera mi excuñado quien nos pusiera algo de
beber.
La chica tuvo que reír. Pasó por alto el coqueteó y le dijo:
—Lo de ex es precipitado —bromeó—. Tengo entendido que todavía
sigue siendo tu cuñado.
—Para mí dejó de serlo hace mucho tiempo —admitió—. Pero ¿por qué
estamos hablando de él en lugar de estar intercambiando los teléfonos?
Pat dejó escapar una sonora carcajada.
—¿Por qué crees que voy a darte mi teléfono?
—Porque hoy tengo prisa, ¿cómo vamos a concertar otra cita si no puedo
llamarte?
A Pat le sorprendió que fuera tan directo, pero no pudo evitar reír. Que
un tipo como aquel mostrara tan abiertamente su interés en ella resultaba
halagador. Era un respiro del que podía permitirse disfrutar un poco. Su
autoestima se lo agradecía de veras.
—Déjame preguntarle primero a tu hermana si eres de fiar, ¿vale? —
bromeó.
—Pues ahí la tienes. —Señaló contento—. ¡Por fin!
Chris llegó hasta ellos con una sonrisa un tanto tensa. Estaba sorprendida
de ver a su hermano allí, pero Pat sospechaba que no era solo aquello lo que
la inquietaba, se la veía nerviosa.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó al chico, desviando su mirada hacia la
puerta del almacén.
Él le tendió su teléfono móvil.
—¿Ni siquiera lo has echado en falta?
—Eh…, no, he tenido una tarde ajetreada.
Pat la miró con curiosidad. Le notaba algo raro.
—No te preocupes, no voy a montar un número —le dijo el chico con
tranquilidad—. No quiero que ella piense que soy un buscapleitos. —
Señaló a Pat con una sonrisa—. No voy a acercarme a tu ex aunque me
muera por partirle los dientes.
—Pues en este momento quizá te dejaría que lo intentaras —admitió la
camarera, dejando escapar un suspiro a continuación.
—¿Qué te ha hecho ahora ese imbécil? —exclamó de repente furioso.
—¡Nada! Es solo una forma de hablar —se apresuró Chris.
Pat observaba la escena con curiosidad. Casi podía imaginar a Rob o
James comportándose igual. Observó el nerviosismo de Chris y, asombrada,
comprendió cuál era el motivo real de su comportamiento. Tuvo que mirar
hacia otro lado para sonreír sin que la vieran.
—¡Joder, Chris, deja ya este dichoso trabajo! —le pidió el chico con un
gesto exasperado—. ¡Que se meta su preciado Oasis por donde le quepa!
Pat escuchó a la chica suspirar con pesar, y por la expresión de su rostro
comprendió que no era su interés en el pub lo que la mantenía allí. Para Pat
era como un libro abierto, quizá porque parecían estar en situaciones muy
similares.
—Esto ya lo hemos hablado, Ryan —le recordó—. No voy a cederle mi
parte del bar.
—Pues no te dará el divorcio hasta que lo hagas.
«Y Chris lo sabe», se dijo Pat convencida. Aquello era como ver una
telenovela en vivo y en directo.
—Entonces tendrá que soportarme aquí, le guste o no —insistió Chris.
«Y por lo que estoy viendo… a Boss hay ratos en que parece no
importarle». Pat no sabía si marcharse para que pudieran hablar o pedir un
cartucho de palomitas y tomar asiento. Al menos se estaba distrayendo de
sus propios pesares durante un rato. Miró al tal Ryan y añadió mentalmente:
«y las vistas son inmejorables».
—Tú sabrás —admitió el chico por fin—, pero si te sigo escuchando
llorar por las noches, no habrá promesa que te haya hecho que me impida
partirle la cara.
—Te prometo que no volveré a derramar ni una sola lágrima por ese
idiota —le dijo, y se giró a Pat para preguntarle—: ¿Y vosotros ya os
conocíais?
—Algo parecido —dijo Pat divertida.
—Tienes que darle buenas recomendaciones —le pidió Ryan a su
hermana, mirando después a Pat con otra de sus enormes sonrisas—. Estás
autorizada para darle mi ficha médica, dental o lo que sea que te pida para
concederme una cita.
Chris sonrió y miró a su hermano con cierto asombro.
—En serio, Chris, consígueme su teléfono, a como dé lugar.
—Voy a intentarlo —le aseguró su hermana fingiendo susurrar—. A mí
también me gusta mucho.
Pat dejó escapar una sonora carcajada. En otras circunstancias, estaría de
verdad encantada de formar parte de aquello, pero en aquel momento no le
parecía justo para él, ni siquiera para ella misma, el engañarse pensando que
podía o estaba preparada para darle ni una simple cita.
Vio como Ryan consultaba su reloj. Se le veía inquieto.
—Vete ya, anda, don Juan. —Rio su hermana—. Si llegas tarde a tu
guardia y pasa algo, tendremos que echarle la culpa a Pat.
—Pat. Bonito nombre —dijo el chico mirándola con coquetería—. Chris,
apúntale mi número, por fa, quizá hoy es mi día de suerte y decide
llamarme.
Le guiñó un ojo a Pat y salió corriendo del bar.
—¡Madre mía, hoy no llega a tiempo! —Rio la camarera.
—¿Tienen guardias en la pizzería? —preguntó Pat con curiosidad.
Chris dejó escapar una carcajada divertida.
—No, la pizzería es de un familiar, Ryan le echa una mano cuando puede
porque tiene a varios repartidores de baja —le contó.
—Ah, por eso me ha llevado un par de pizzas.
—Pues mejor que haber necesitado su ayuda real. —Sonrió Chris—. Es
bombero.
Pat sonrió. Sí, desde luego encajaría en cualquier calendario…
—Entonces, ¿vas a querer su número? —se aventuró la camarera.
El suspiro que Pat dejó escapar habló por sí solo. Aun así, añadió:
—Estoy tentada, de verdad… —La miró muy seria.
—No necesitas decir nada más.
—Qué fácil sería la vida si pudiéramos elegir de quién nos enamoramos
—se lamentó, luchando consigo misma para no volverse a mirar a quien no
debía.
—¿Me estás diciendo que incluso así no escogerías a Nick de nuevo? —
dijo más como una afirmación que como una pregunta.
Pat sonrió con tristeza. Sí, debía reconocer que aquello era cierto. Si
tuviera la oportunidad de empezar de cero…, volvería a equivocarse,
seguro.
—Nick es mi Boss, me temo —terminó diciéndole Pat tras meditarlo
unos segundos.
—¡Pues yo ya no tengo un Boss! —le aseguró, apretando los dientes—.
Borrón y cuenta nueva.
—Chris… —Pat la miró con una sonrisa comprensiva, que se tornó un
poco pícara al añadir—, llevas la camiseta del revés.
La camarera comprobó que Pat estaba en lo cierto y dejó escapar un
bufido de frustración.
—Vale, pues borrón y cuenta nueva empezando desde ahora mismo —se
lamentó.
—Sí, yo también empecé hace unos minutos —admitió.
—¡Hombres!
—¡Ojalá se extinguieran!
—Voy a fingir que no he escuchado nada. —Las sorprendió Boss
llegando hasta ellas. Y se marchó de nuevo sin añadir nada más.
Pat, perpleja, miró a Chris con curiosidad. Un rojo intenso cubría sus
mejillas.
—¿A qué ha venido? —le preguntó Pat, confusa.
—A humillarme —admitió con voz ahogada.
—¿Con su sola presencia?
—Ojalá, pero también me ha devuelto un detallito… —susurró. Izó un
poco la mano que tenía bajo la barra y le mostró con disimulo parte de un
bonito sujetador de encaje.
—Supongo que no es un regalo. —Chris dejó escapar un sonido de
impotencia y se tapó la cara con las manos—. Así que lo traías puesto
cuando has llegado…
—¡Te juro que le daría de bofetadas, si pudiera! —se quejó la chica, y
susurró solo para Pat—. Y ha tenido la cara de venir con mi ropa interior en
la mano por toda la barra.
—Nick se paseó con mis bragas en la muñeca durante dos días por todo
un Resort… —dijo al tiempo que se encogía de hombros. Después, miró a
Chris con el ceño fruncido—. ¿Lo he dicho en alto?
La camarera rompió a reír con franca diversión.
—Pues espero que tuvieras más bragas —insistió entre risas.
—Sí…, bueno…, lo que no tenía era permiso para ponérmelas.
—¡Vaya! Así que Monterrey ha sido interesante…
—Sí, como tu almacén al parecer —dijo Pat con una sonrisa divertida.
—Sodoma y Gomorra —bromeó Chris dejando escapar una carcajada
nerviosa—. ¡Madre mía, Pat, vaya dos patas para un banco!
—¡Borrón y cuenta nueva, Chris, ¿recuerdas?! —dijo Pat, apuntándola
con un dedo.
—¡Por supuesto! Desde ahora mismo.
Pat miró de reojo a Nick, que acababa de llegar al otro extremo de la
barra y charlaba con Boss mientras este le ponía de beber.
—Hace calor aquí, ¿no? —dijo Pat observando la escena de reojo.
—Como en el mismo infierno —fue la respuesta automática de Chris.

Un poco más relajada, Pat regresó junto a sus amigos. La conversación


con Chris había resultado ser casi como una terapia de grupo. Sí, ya conocía
el dicho mal de muchos, consuelo de tontos, pero la realidad era que
ayudaba, y no le importaba ser una de aquellas tontas si conseguía aguantar
un par de horas más sin que nadie notara lo jodida que estaba.
—Te llevas muy bien con Chris, ¿no? —comentó Rob cuando se
incorporó al grupo—. Parece maja.
—Lo es, sí —admitió Pat—. Espero que solucione sus cosas con Boss y
se quede por aquí.
—¿Solucionar? —Casi rio James—. Pero si él se pasa los minutos
buscando la forma de echarla del bar.
—O eso dice —apostilló Pat.
—¿Crees que miente?
—Pues no lo sé —admitió—, pero nosotros solo conocemos la parte que
él quiera contar, lo que pasa dentro de ese almacén no lo podemos saber.
—Parece que tú sí. —Sonrió Rob divertido.
—¿Yo? ¿Por qué debería saber yo que quizá a Boss ella no le resulte tan
indiferente como quiere aparentar? —La cara de pura inocencia con la que
miró a sus amigos les arrancó una carcajada—. Nunca podemos saber lo
que pasa realmente por la cabeza de otra persona.
Se aseguró de no mirar a Nick al pronunciar aquella frase. Estaba
decidida a no prestarle ninguna atención aquella tarde. A partir del día
siguiente tendría que encontrar la manera de normalizar la situación, pero
ahora estaba demasiado enfadada aún como para intentarlo siquiera.
—Esto es como una telenovela de las que ve mi abuela —bromeó
Dannie—. ¿Tenemos también a un malo malísimo en la historia?
—Ni idea —Rio Pat—, pero sí tenemos a un hermano protector,
dispuesto a arrancarle la cabeza a Boss a la menos oportunidad.
—Interesante.
—Sí, pizzero en sus ratos libres y bombero de profesión.
—¿Nos estás vacilando? —preguntó Rob con curiosidad—. ¿Chris te ha
contado todo eso en un rato?
—No. Acabo de conocer a su hermano—contó. Ahora sí se volvió a
mirar a Nick—. ¿Te acuerdas del repartidor de pizza que ha venido las
últimas veces?
Nick la miró muy serio antes de admitir:
—Sí, te hemos visto hablando con él hace un rato.
A Pat le sorprendió que Nick dijera aquello como el que hablaba del
tiempo, pero no dijo nada.
—¿Hablando? —interrumpió James—. No, en realidad quiere decir
tonteando.
Pat sonrió a medias, un poco cohibida.
—¿Es de buena familia? —Siguió bromeando Rob.
—Es hermano de Chris —contó Pat.
—Ya, pero es que Chris todavía podría ser una asesina en serie en busca
y captura —bromeó James.
—Boss la mira como si lo fuera —les recordó Dannie.
Todos rieron divertidos.
—Además, no sé si me gusta un bombero para ti —insistió James. Ante
la mirada amenazante que Pat puso sobre él, se vio obligado a añadir—:
Que por otro lado…, siempre tendrías a quien te bajara el gato del árbol.
La carcajada fue general de nuevo. O casi. Había a quien la conversación
no parecía estar haciéndole ninguna gracia.
—Todo esto suponiendo que te guste el bombero —intervino Dannie—,
que los gatos también se suelen bajar solos de los árboles sin problema.
—Gracias, Dannie, buena puntualización. —Sonrió Pat—. No lo del
gato, me refiero al hecho de que no me hayáis preguntado si me gusta o no
el famoso bombero antes de sacarle defectos.
—¿Y no te gusta?
—Pues ya os lo diré…, si en algún momento decido aceptar su
ofrecimiento.
A Pat le estaba costando la misma vida no mirar a Nick para comprobar
su reacción a aquella conversación. Como estaba justo a su lado, tendría
que girar demasiado la cabeza para estudiar su expresión, y aquello sería
demasiado evidente.
«¿Qué pasó con aquello del borrón y cuenta nueva?», se amonestó a sí
misma. «¡Me importa un comino lo que piense!… Vale, quizá me importa
un poco… ¡Mierda, me muero por saber qué está pasando por su cabeza!».
—Así que ha habido un ofrecimiento —dijo Rob—. ¡Qué listo! No ha
perdido el tiempo.
—Pues no me ha sorprendido demasiado —admitió Pat—. En realidad,
ya me invitó a cenar el primer día que nos llevó una pizza. —Ahora sí vio
su momento para poder girarse hacia Nick—. ¿Te acuerdas?
Nick pareció pensar su respuesta unos segundos, después esbozó una
amplia sonrisa.
—¿Que si me acuerdo? —dijo con un toque de diversión en la voz—. Si
estuve tentado de dejaros la pizza y la casa para vosotros solos e irme a
comer a un restaurante…
Pat se debatió entre darle una bofetada o un puñetazo en el estómago,
pero terminó sonriendo a su vez.
—¡Pues yo te lo hubiera agradecido!
—Sí, pero estos dos —Señaló a James y Rob—, me hubieran corrido a
hostias de aquí a Monterrey.
«¡Tenía que mencionar Monterrey! ¡Qué cabrito!», se irritó Pat. Aquello
era el equivalente a devolverle el sujetador por debajo de la barra.
—¡Eh, que nosotros hemos dejado el bisturí! —protestó James al
instante—. Ahora somos más civilizados, ¿verdad, Rob?
—¿Define civilizados? —Hizo Rob reír a todos.
—Se acabaron las amenazas.
—Es verdad —admitió Rob muy serio—. Ahora solo pedimos que el
tipo en cuestión se nos presente, nos pida permiso para cortejarte y aporte
un certificado policial demostrando que no tiene antecedentes.
—¿Y solo os conformáis con eso? —Rio Dannie—. Yo pediría también
la cartilla de vacunación.
Rob y James se miraron entre sí con un gesto pensativo.
—Cierto, no se nos había ocurrido. —Sonrió James—. Rob, añádelo a la
lista.
Pat alternaba la mirada entre todos con un divertido gesto de
indignación, aunque a duras penas podía aguantarse la risa.
—Te veo vistiendo santos, Pat —bromeó Dannie.
—Antes me verás sin amigos —le aseguró la chica.
Aquello arrancó sendas carcajadas.
—Siempre te quedará Nick —insistió Dannie divertido. Lo miró para
decirle—: Pareces el único que no se mete en esas cosas.
—Por mí, Pat es libre de salir con quien le dé la gana —dijo Nick, sin
mirarla—. Incluido el bombero.
Para Pat aquello fue como una dolorosa bofetada, pero se cuidó mucho
de que nadie se diera cuenta.
—Lo haré, Nick, te lo aseguro. —Sonrió con falsa dulzura, mirándolo
ahora a los ojos—. Y me divertiré mucho haciéndole fotos hasta completar
todo un calendario…, de enero a diciembre.
Si aquello provocó en él algún sentimiento, hubiera sido difícil de saber.
Nick ni siquiera parpadeó. Se limitó a sonreír mientras decía:
—Ya sabes que tienes mi laboratorio a tu disposición para revelarlas.
—Genial, lo tendré en cuenta.
—Pues quizá podríais juntar al bombero con la modelo de Nick, y
venderle el reportaje a alguna revista —dijo James con evidente diversión.
«¿La modelo de Nick? ¡¿Quién coño es esa modelo?! ¿Qué me he
perdido?», quiso gritar Pat. Se contuvo a duras penas. Aunque su cara de
confusión no pasó desapercibida.
—La recepcionista nueva de mi curro quiere que Nick le haga unas fotos
—le contó Rob—. Se lo estaba comentando antes.
—¿Y eso?
—Está haciendo un curso de modelo o no sé qué gaitas —contó Rob.
—¿Ahora haces fotos a modelos? —le preguntó Pat con una sonrisa
tensa.
—Aún no lo sé, ¿debería? —Sonrió Nick con tranquilidad mirándola de
frente—. Quizá estoy dejando un campo amplio sin trabajar.
—Sí, eso me intriga —intervino Dannie con mucha curiosidad—. ¿Por
qué un fotógrafo joven y que parece estar en su sano juicio renuncia a
trabajar con modelos?
Nick dejó escapar una sincera carcajada.
—Odio las fotos posadas —admitió—. No me seducen nada.
«Ni se te ocurra pensar en todas las que te ha hecho a ti últimamente,
tonta del culo», se dijo Pat, ensanchando aún más la sonrisa, si es que
aquello era posible. Se limitó a seguir escuchando la conversación en
silencio. Sabía que su lengua iba por libre cuando estaba tan enfadada, y no
se podía permitir una salida de tono.
—Entonces, ¿qué hago? —insistió Rob—. ¿Le doy tu número, quieres el
suyo o qué? Antes al final no me lo has dicho, y está muy pesada desde que
pasaste por la clínica la semana pasada. Intenta hacerme un tercer grado
sobre ti todos los días, te juro que estoy a punto de mandarla al carajo.
—Vamos que no son unas fotos lo único que quiere. —Rio James—. Fijo
que ni es modelo.
—Pues podría —le aseguró Nick con una sonrisa pícara—, porque buena
está un rato.
«Respira, Pat, así…, despacio…, recuerda aquello del borrón ¡y su puta
madre!».
La divina providencia vino en su ayuda y su teléfono móvil sonó justo en
aquel momento. Pat consultó la llamada entrante y esbozó una sonrisa de
felicidad absoluta que no pasó desapercibida para nadie, o al menos eso
esperaba.
—Pensaba que tenías guardia —dijo la chica lo suficiente alto para que
llegara a oídos de todos—. ¿Qué?… Es que todavía estoy aquí y con la
música no te escucho muy bien… ¡Eh, eso sí lo he escuchado! Me parece
que vas demasiado rápido… ¿Qué? Espera, que voy a salirme fuera…
—¡Que nos vaya preparando toda la documentación, Pat! —escuchó
decir a James con sorna.
Le sacó la lengua a su amigo y se alejó de ellos.
—Dame un segundo, que ya estoy saliendo —dijo de nuevo al teléfono.
Cuando estuvo en la calle, caminó hasta su coche y no se puso de nuevo al
móvil hasta que se sintió a salvo de oídos indiscretos dentro del vehículo—.
Ya estoy.
—¡Como una cabra es lo que estás! —protestó Jennifer al otro lado de la
línea—. Por un momento pensé que te había dado un aire.
—Es que llamas en el momento justo —admitió con voz ahogada—. Mis
emociones me superan, Jen.
—¿Tan mal están las cosas?
En respuesta, Jennifer la escuchó romper a llorar mientras hablaba de
forma ininteligible sobre algo de un borrón… que no sabía si podría
soportar.

En el Oasis, James y Rob aprovechaban una excursión a la barra de


Dannie y Nick para charlar entre ellos sobre algo que los había estado
intrigando e inquietando a partes iguales.
—Pues parece que todo está normal de nuevo entre Pat y Nick —dijo
James un tanto aliviado.
—¿Tú crees? —preguntó Rob, frunciendo el ceño.
—Sí, quizá solo fueron imaginaciones nuestras.
—Puede ser —admitió Rob, pero por el tono de su voz se notaba que no
estaba tan seguro de aquello—. Pero han estado discutiendo mucho…
—Eso no implica nada.
—Depende del motivo de las discusiones.
—Pero ayer estuvieron juntos todo el día, como siempre en el
aniversario de la muerte de Alina —le recordó James—, y ahora parecían
muy normales. Incluso han estado bromeando con lo del bombero y la
modelo.
Rob movió la cabeza y miró a su amigo con una expresión de duda.
—Tienes uno de tus pálpitos. —Sonrió James. Rob asintió—. Pues
entonces esto no acaba aquí.
Cuando Dannie y Nick se unieron de nuevo al grupo, tuvieron que
aparcar la conversación. Sin ser premeditado, ambos observaron a Nick,
que parecía un poco inquieto ahora.
—¿Te pasa algo? —le preguntó James cuando lo vio comprobar su reloj
por tercera vez en los últimos cinco minutos.
—No, ¿por qué?
—Como no dejas de mirar el reloj…
—Es que creo que voy a marcharme ya —dijo de repente—. Anoche no
descansé bien y necesito relajarme un poco.
—Es temprano —dijo Rob—. Espera a que regrese Pat al menos.
—Lo que no sabemos cuánto puede tardar —les recordó James
—Es verdad. —Sonrió Rob—. Le saltan los moscones encima a cada
paso.
—Sí, vamos a tener que comprarnos un buen repelente —insistió James.
—Hasta mañana —interrumpió Nick, sin casi dejar terminar a James la
frase. Los miró con cara de pocos amigos y se marchó sin más.
Los chicos intercambiaron una mirada curiosa. James se giró a coger su
bebida y aprovechó para decirle a Rob por lo bajo.
—Joder, ¿tan mala era la broma del repelente?
—A mí me ha gustado. —Rio.
—Sí, ¿verdad? —James terminó poniéndose serio para agregar—: Tú y
tus pálpitos, Rob, con lo tranquilos que estábamos.

Pat estaba aún hablando con Jennifer por teléfono, ya algo más calmada,
cuando vio salir a Nick del pub. Observo cómo él paseaba su mirada por
toda la zona, y terminaba acercándose a su moto después. Parecía que tenía
la firme intención de marcharse.
Sin pensarlo, Pat se bajó corriendo del coche para llegar hasta él antes de
que se alejara.
—¿Ya te vas?
Nick se giró a mirarla con cierto sobresalto.
—¿De dónde sales? —le preguntó un poco sorprendido.
—Estoy hablando dentro del coche —le mostró el teléfono y señaló el
vehículo—. Lo tengo aparcado ahí mismo.
—Muy íntimo, qué propio. —Sonrió con frialdad—. Pues te dejo que
sigas con lo que estabas haciendo. No le hagas esperar.
Se subió a la moto, arrancó el motor y se alejó de allí de un fuerte
acelerón, sin pararse a mirarla otra vez.
Pat sintió de nuevo aquel cosquilleó en la nariz, que amenazaba con traer
consigo otro torrente interminable de lágrimas.
—Jen… —dijo de nuevo al teléfono.
—Lo he oído —suspiró su prima—. Ojalá estuviera ahí para poder darte
un abrazo.
—Pues no sabes cómo lo necesito en este momento.
Se giró hacia la puerta del Oasis, que se abría de nuevo, y Dannie salió a
la calle rebuscando en sus bolsillos. Sonrió cuando puso sus ojos sobre Pat.
—Luego te llamo —dijo Pat al teléfono. Colgó y se acercó al chico.
—Qué tal chica Maiden, ¿dónde andabas metida?
—Aún estaba hablando —contó—. ¿Tú también te vas?
—Sí, he quedado con una amiga para cenar —dijo, arqueando las cejas
con un gesto pícaro. La cara de tristeza de Pat debió de ser más que
evidente, porque Dannie frunció el ceño y añadió—: Pero tengo diez
minutos, si los necesitas.
—No es nada, estoy bien.
—¿Seguro? ¿No te habrá hecho algo ya tu bombero? —bromeó.
Pat intentó sonreír, pero solo fue capaz de esbozar una extraña mueca.
—Entiendo. —Sonrió Dannie—. No es el bombero quien te tiene así.
—No quiero que llegues tarde a tu cita, Dannie —le dijo, suspirando y
caminando con resignación hacia el bar.
—Dale un respiro, Pat —le dijo el chico de repente, frenándola en seco
—, porque él tampoco parece estar pasándolo bien.
Pat no fingió que no sabía de qué le hablaba. Ya estaba cansada de
esconder a todos cómo se sentía, y Dannie acababa de tocar una fibra
sensible.
—¿Qué le dé un respiro? —protestó dolida, volviéndose a mirarlo—.
¿Yo a él?
—Tú eres quien ha salido de ese bar tonteando al teléfono con otro.
—Él parecía estar encantado hablando de esa modelo —le recordó
molesta—. Supongo que al final le ha dado permiso a Rob para pasarle su
número, ¿no?
—No tengo ni idea —admitió el chico. La decepción de Pat era palpable
—. Yo he ido al baño cuando te has ido.
—¡Pues qué inoportuno! —protestó.
Dannie dejó escapar una sincera carcajada.
—Pat, ¿cómo se te ocurre contestar una llamada del bombero cuando
tiene pendiente una respuesta como esa? —terminó diciéndole Dannie—.
No sé si hay un solo hombre en el mundo que hubiera dicho que no a una
modelo tras recibir un desplante como ese.
Los ojos de Pat se llenaron de lágrimas casi al instante.
—A Nick no le importa nada con quién salga, ¿es que no lo has
escuchado antes?
—Sí, he escuchado toda la sarta de estupideces que os habéis dicho
mutuamente —admitió Dannie, ahora muy serio—. Y tú tampoco te has
quedado atrás.
—Ya estoy harta de sufrir y esperar a quien no quiere estar conmigo. —
Leyó la expresión confusa de Dannie—. ¿Te sorprende? Pues sí, Dannie, es
doloroso admitirlo, pero a Nick solo le interesa la amiga, nada más.
Tuvo que respirar hondo para poder continuar.
—Ya te lo dijo el primer día —le recordó con la voz áspera por las
lágrimas contenidas—. Nick se dejó su teléfono descolgado, ¿sabes?
Escuché con toda claridad cómo te decía que no me miraría como mujer ni
aunque fuera la única en el mundo.
Dannie arqueó las cejas, asombrado.
—¡Pues no necesito añadir nada más! —terminó diciendo Pat, y caminó
hacia su coche esta vez.
—Pat…
—Déjalo.
Dannie fue tras ella.
—Siento que tuvieras que escuchar esa conversación, pero aquello no
tiene ninguna importancia.
—Para mí sí —se giró Pat a mirarlo de nuevo—, porque esa frase marca
toda nuestra relación.
—¡Qué absurdo! —se quejó Dannie—. ¿En serio te parece que no te
mira? Porque yo diría que apenas puede mirar hacia otra parte cuando estás
en la habitación.
—¡Eso me da igual si no quiere estar conmigo! —Las lágrimas eran ya
casi incontenibles—. Me marché a Boston huyendo de aquellas palabras, y
fui una ilusa al pensar que ropa de mi talla y unas mechas en el pelo podían
cambiar su forma de pensar.
Dannie suspiró, se apoyó en el coche y miró a Pat en silencio unos
segundos. La chica estaba cabizbaja, jugueteando con la funda de su
teléfono, mientras intentaba contener las lágrimas con fiereza. El chico
sintió una oleada de ternura que le arrancó una sonrisa. Resultaba curioso,
porque no tenía nada que ver con la mujer, sino con la hermana que
quisieras arrullar hasta borrar cualquier atisbo de tristeza.
—Pat, no tengo ni idea del motivo por el que Nick se niega a lo que
realmente quiere —empezó diciendo Dannie, ganándose su atención de
inmediato—, pero quizá solo necesite algo más de tiempo.
—¿Tú crees que… de verdad me ve como algo más que a una amiga?
—¿Tú no? —Sonrió Dannie divertido—. Porque os pasáis el día entero
tonteando, no sé si sois o no conscientes.
Pat suspiró y volvió a adoptar su expresión seria.
—Hasta esta tarde —contó—. Ya no habrá más tonteo, se lo he dejado
claro.
—¿Y es lo que quieres?
—Es lo que necesito, Dannie —admitió, dejando escapar un sollozo—.
No puedo seguir con un tira y afloja que no va a llevarnos a ninguna parte.
Duele. Muchísimo.
—Sí, eso lo entiendo, pero que el despecho no te lance a los brazos de
otro, Pat —le recomendó—, porque entonces ya no habrá marcha atrás. Por
si no lo has notado —Sonrió—, ese fotógrafo tuyo es muy celoso.
—¿Celoso? ¿Nick? —se sorprendió—. Bueno, quizá alguna vez si me ha
dado la impresión…
—¿Solo alguna vez? ¿Tú en qué mundo vives? —bromeó.
—¿Me estás vacilando? —Se enfadó, mirándolo ahora con cierta
suspicacia.
Dannie le devolvió una mirada divertida y un tanto curiosa. Le
sorprendía que de verdad Pat no fuera consciente de lo que le hablaba.
¿Cómo podía no haberse dado cuenta? Nick lo había matado a él con la
mirada desde el mismo momento en que saludó a Pat de forma tan efusiva
el primer día que llegó al Oasis. El pobre hombre apenas si podía soportar
verlos bromear juntos… ¿y ella no se había dado cuenta de nada? Aquello
elevaba la expresión «el amor es ciego» a límites inexplorados. Valoró
cuántas de sus opiniones debía darle a Pat y terminó decidiendo ser
precavido. No conocía los motivos de Nick para negarse a aquella relación,
cuando era tan evidente que estaba loco por Pat, así que lo que menos
necesitaba ella eran más dudas y especulaciones.
—Solo intento decirte que pienses bien lo de ese bombero.
—¡Que no tengo nada con el dichoso bombero! —terminó diciendo
malhumorada—. Solo hemos charlado dos minutos en la barra. Ni siquiera
he aceptado intercambiar los teléfonos porque no tengo ninguna intención
de quedar con él
Dannie la miró confuso.
—Pero si has salido del Oasis para hablar con él.
Pat lo miró con las cejas arqueadas y una expresión culpable.
—No era el bombero —adivinó Dannie, soltando un suspiro de
incredulidad.
—Era mi prima Jennifer —admitió, un poco avergonzada.
El chico la miró y exhaló aire con fuerza. El desconcierto y la irritación
de Nick cuando ella había salido del Oasis habían sido más que evidentes.
Se había marchado quince minutos más tarde sin apenas haber pronunciado
una sola palabra.
—No siembres dudas entre vosotros, Pat —le aconsejó muy serio—.
Pueden no gustarte las consecuencias.
Capítulo 31
Rob y Pat volvieron a recorrer de nuevo el precioso local con una sonrisa
en el rostro. Cuando habían entrado por primera vez a verlo, solo tuvieron
que mirarse a los ojos para saber que aquel era, sin duda, el sitio donde su
clínica estaría ubicada.
—¡Es perfecto! —exclamó Pat, emocionada, cuando el amigo de Rob se
alejó a llamar a la inmobiliaria para que fueran poniendo en marcha la
documentación.
—¡Sí! ¡Por fin vamos a hacerlo, es increíble!
Se abrazaron, felices, y volvieron a recorrer las diferentes salas
valorando para qué podían usar cada una de ellas. Incluso cada uno escogió
ya su propio despacho desde el que centralizar los diferentes tratamientos.
Cuando una hora más tarde salieron del local era casi la hora de comer,
así que decidieron celebrarlo metiéndose un chuletón entre pecho y espalda.
Apenas tres locales más abajo de la que sería su clínica, había un
restaurante con una pinta estupenda. Si era bueno, estaban seguros de que
comerían allí muchas veces a partir de aquel momento.
Pat miró a su alrededor, maravillada. La clínica estaba ubicada en mitad
de una zona comercial, pero rodeada de zonas verdes, donde todo parecía
tener un encanto especial. Justo frente a su local había un pequeño pero
precioso hotel, que era una delicia para los ojos. El tráfico fluía en ambos
sentidos, pero las aceras eran los suficiente anchas como para que aquel
detalle no fuera una molestia.
—Es bonito ese hotel, seguro que también tiene un restaurante bueno —
dijo Rob mirando la fachada con admiración.
Pat observó también el edificio y arqueó las cejas, sorprendida. Hasta
ahora no había sido consciente de que estaban ante el Hotel Drake.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Rob con curiosidad, ante su extraña
expresión.
—Rob, tú sigues sin creer en las casualidades, ¿verdad?
—Todo ocurre por una razón —dijo su amigo sin ninguna duda.
—Sí —Sonrió Pat—, lo mismo pienso yo.

El pequeño restaurante resultó ser todo lo que esperaban. Comida


exquisita, ambiente tranquilo y precio asequible, todo un lujo a diez metros
de su clínica.
Rob había pedido el día libre en el trabajo, así que no tenían ninguna
prisa. Pasaron dos horas de sobremesa decidiendo y organizando la clínica.
A ninguno de los dos parecían agotárseles las ideas y la emoción crecía con
cada minuto que pasaba. Solo tenían que esperar una hora más para poder
firmar los papeles que los convertirían por fin en dueños de su propia vida.
—Creo que empiezan a mirarnos con mala cara. —Rio Pat mirando a su
alrededor. Solo quedaban ellos en el salón.
—Vamos a dar un paseo, ¿quieres? —propuso Rob—. Así hacemos
tiempo para que Rick venga con la documentación.
Pat aceptó y los dos salieron del restaurante.
—Oye, vamos a cambiar de tema un rato —dijo Rob de repente mientras
caminaban sin rumbo fijo—. ¿Qué pasa con ese bombero? ¿Te gusta?
La chica miró a Rob con una sonrisa y el ceño fruncido.
—¿Es una pregunta con trampa?
—No. —Rio el chico—. Te prometo que no volveremos a meternos en tu
vida. Es solo curiosidad.
Pat tardó varios segundos en contestar.
—Es guapo —admitió—, pero en este momento no me apetece salir con
nadie.
—¿Es por la clínica? Porque debería haber tiempo para todo.
—Quiero centrarme —dijo un poco violenta con la conversación. Tener
que esconderles cosas a Rob y James le resultaba muy incómodo y
desagradable, pero le daba pánico hablarle de su no relación con Nick, y
que pudiera haber algún tipo de discusión entre ellos.
—¿Por qué te has puesto tan seria de repente?
—¿Me ves seria? —bromeó.
—Sabes que sí. —Rob se detuvo y la miró a los ojos—. ¿Cuándo vas a
contarme qué te está pasando, Pat?
La chica se quedó perpleja. ¿Era tan evidente? Casi le daba miedo
preguntar a qué se refería.
—No me pasa nada, Rob, estoy feliz con la clínica.
Rob la observó con un gesto perspicaz.
—¡Te lo digo en serio! —se vio forzada a decir de nuevo—. Todo está
bien.
—¿Con Nick también?
A Pat se le mudó la cara de color, lo que hubiera sido difícil que Rob no
viera.
—¿No quieres contármelo? —insistió el chico—. Discutís mucho
últimamente. ¿Es eso lo que te tiene preocupada?
Pat buscó su mejor sonrisa y esperó que su voz saliera natural cuando
dijo:
—Hemos tenido alguna discrepancia mientras trabajábamos, pero ya está
solucionado.
Rob tuvo que conformarse con aquella respuesta. Si ella aún no estaba
lista para confiar en él, no podía forzarla.
—Vale, si en algún momento necesitas hablar…
—Sí, lo sé, Rob, gracias.
—Ahora dime si conoces de algo al tipo que está parado en la puerta del
hotel —le dijo Rob con disimulo—, porque no te quita los ojos de encima
desde hace mucho rato.
Pat miró en aquella dirección, al otro lado de la acera, y reconoció al
hombre al instante. Era el padre de Nick. Eric Cooper le hizo un gesto con
la mano, que ella correspondió con un leve movimiento de cabeza y una
tenue sonrisa.
—Sí, lo conozco —admitió, ahora un poco nerviosa, esperando que al
hombre no se le fuera a ocurrir cruzar la calle para hablar con ella. Sabía
que a Nick no le haría ninguna gracia que le prestara oídos, y tampoco
quería tener que explicarle a Rob quién era.
Pat respiró aliviada cuando Rick llegó antes de la hora estipulada y
pudieron entrar de nuevo en el local. Pat echó un último vistazo al hombre,
y tuvo el pálpito de que aquella no sería la última vez que lo vería…
…Y no se equivocó. Apenas una hora más tarde, cuando toda la
documentación estuvo firmada y salieron para tomarse algo con Rick antes
de irse, Pat se topó frente a frente con Eric Cooper, que estaba apostado
junto a una farola, a escasos metros de la puerta del local. La chica frunció
el ceño y lo miró, inquieta, consciente de que no estaba allí por casualidad.
¿Llevaba una hora aguardando su salida? Desconcertada, observó como el
hombre daba unos pasos titubeantes en su dirección y ni pudo ni supo
ignorarlo. Además, si se hospedaba a pocos metros de la clínica, de poco
servía postergar aquella conversación.
Pat se excusó con Rob y Rick y les pidió que se fueran adelantando.
Después, recortó la distancia que la separaba del hombre y se detuvo frente
a él, cruzándose de brazos, mirándolo con una inevitable expresión de
censura.
—No sabía si me reconocerías —le dijo el hombre con un tono inseguro.
—Sé quién es —admitió Pat con sequedad—, por eso no debería hablar
con usted.
—Tutéame, por favor —le pidió—. Solo quiero unos minutos de tu
tiempo.
Pat le devolvió una mirada disgustada.
—A Nick no le gustará —le aseguró—. Y a mí tampoco me hace
especial ilusión.
El hombre agachó la cabeza con un gesto cansado y dejó escapar un leve
suspiro de resignación antes de hablar.
—¿Le dijiste que me hospedo aquí?
—Sí, pero yo no esperaría su visita.
—Entiendo —casi susurró—, pero esta vez no pienso irme sin hablar
con él. Esperaré el tiempo que sea necesario.
Pat lo miró sorprendida, por el tono de su voz no parecía estar mintiendo
en absoluto.
—Un poco tarde, ¿no crees? —se permitió preguntarle, esforzándose
para que su voz sonara fría. Se sentía fatal por estar hablando con él, pero,
sobre todo, la confundía el hecho de no sentir la animadversión que debería
tras todo lo que Nick le había contado. Pero la expresión y la actitud de
aquel hombre la confundían demasiado.
—Cuando la vida lo ha hecho posible…
El teléfono móvil del hombre interrumpió la conversación, pero se limitó
a rechazar la llamada para que dejara de sonar. Aquel gesto le mostró a Pat
de nuevo el tatuaje que llevaba en la cara interna de la muñeca, obligándola
a preguntarse de nuevo por qué le sonaba tanto. Y, para su sorpresa, en
aquella ocasión las imágenes acudieron a su mente casi al instante.
—¡Estuviste en el entierro de Alina! —dijo de repente, mirándolo con
una expresión sorprendida—. Hablaste conmigo cuando Nick se alejó para
despedirse a solas.
El hombre asintió mientras Pat intentaba hacer memoria de lo sucedido
aquel día. Apenas si habían intercambiado unas cuantas palabras, pero Pat
lo recordaba porque le había impresionado el aspecto del hombre, que
distaba mucho de ser el de ahora. No lo habría reconocido jamás de no ser
por aquel tatuaje. En aquella ocasión, la delgadez extrema, la palidez de su
rostro y aquella gorra que de inmediato supo que no solo era para
protegerse del sol, le hicieron prestarle su atención y contestar preguntas
que de cualquier otro modo jamás hubiera respondido sin conocerlo. Su
abuelo había fallecido de cáncer cuando ella tenía quince años tras un largo
tratamiento, así que había reconocido los efectos de la quimioterapia casi al
instante.
—Sí, estuvimos charlando unos minutos —admitió el hombre con una
tenue sonrisa—. Fuiste muy agradable conmigo.
—Me engañaste.
—Solo quería saber cómo estaba Nicholas —confesó—. Y verlo aunque
solo fuera de lejos.
—Estabas enfermo.
—Sí —admitió—. Luchaba contra una leucemia sobre la que poco se
podía hacer…
—Pues se te ve bien.
—Gracias a aquella visita.
Pat arqueó las cejas un tanto sorprendida.
—Aquel día me llevé de aquí las fuerzas necesarias para luchar con uñas
y dientes —contó con una emoción evidente en los ojos—. Me prometí a mí
mismo que si la vida me daba una segunda oportunidad, volvería a buscar a
mi hijo para intentar formar parte de su vida.
La chica lo miraba, perpleja, intentando contener las lágrimas.
—Me ha costado cuatro años recuperarme —continuó—, pero, contra
todo pronóstico, he ganado la batalla. Hace apenas quince días que me
dieron la increíble noticia.
Pat no pudo evitar sonreír. Aquel tipo de cosas siempre conseguían
emocionarla. Su mente voló de nuevo al día del entierro y se recordó a sí
misma insistiéndole en que esperara un poco para conocer a Nick, y la
tristeza con la que él había susurrado un «ojalá me quedara tiempo…», que
ella nunca entendió del todo, hasta ahora.
—No voy a marcharme de Santa Carla hasta hablar con mi hijo —
insistió de nuevo—. Y me da igual cuánto tiempo tenga que esperar.
—Nick está muy dolido —le dijo Pat, intentando reponerse de la historia
—. El que los últimos años hayas estado enfermo, para él significará muy
poco. Cuando le hiciste falta, no estabas, eso es lo único real para Nick.
—Hubiera dado cualquier cosa por estar.
—No te entiendo. —Frunció Pat el ceño, confusa.
—Necesito que Nicholas me escuche.
—Pues buena suerte.
—Esperaba que… pudieras interceder —titubeó, mirándola con cierta
esperanza.
—Lo siento, pero incluso a mí me retirará la palabra si se entera de esta
conversación —admitió pesarosa.
—Entiendo —suspiró y sacó una tarjeta y un bolígrafo de su camisa—,
pero déjame dejarte mi teléfono por si acaso.
Pat no supo negarse. Esperó a que el hombre escribiera algo en la tarjeta
y la tomó entre sus dedos, sintiendo que traicionaba a Nick al hacerlo.
Cuando se despidieron, comprobó que él había escrito el número de
habitación en la que se hospedaba y un «gracias por tu gentileza», que Pat
supo no era solo por prestarle los oídos en aquel momento, sino por aquella
otra conversación, de hacía cuatro años, en la que ella le había contado lo
duro que habían sido los últimos tres años para Nick, pero la fortaleza con
la que se había enfrentado a ello. Por qué le contó aquello a un extraño, aún
era todo un misterio…
Capítulo 32
Pat se plantó justo en el centro de lo que sería la zona de rehabilitación
de su clínica, y miró a su alrededor maravillada con lo rápido que iba todo.
Hacía tan solo una semana que habían firmado el contrato de alquiler y
desde entonces no había tenido un solo segundo libre, pero estaba
mereciendo mucho la pena.
Los pintores habían terminado su trabajo el día anterior, y las tonalidades
que Rob y ella habían escogido para las diferentes salas le conferían un
aspecto acogedor y moderno al local, que le arrancó a Pat un suspiro de
emoción. Sin duda, habían acertado de pleno. Los albañiles aún estaban
pululando aquí y allá, terminando las rampas necesarias para que no hubiera
una sola zona donde no se pudiera transitar con comodidad con una silla de
ruedas. Parte de los muebles ya estaban montados y el equipo médico
entraba con cuentagotas, pero a diario, de modo que siempre había algo que
hacer y que mantenía la mente de Pat ocupada cada segundo del día…,
hasta que tenía un momento de relax y sus pensamientos volaban al mismo
sitio: Nick, siempre Nick.
Todos sus amigos, él incluido, habían pasado a ver el local el mismo día
en que firmaron los documentos. Habían brindado y festejado el inicio de la
aventura, pero con Nick apenas si había intercambiado unas pocas frases
banales. Incluso los días de aquella semana que se habían encontrado en el
Oasis, todas sus conversaciones habían sido superficiales y escuetas. Pat
echaba de menos a su amigo de una forma insoportable; y no poder
compartir con él todas sus ilusiones era lo único que eclipsaba su emoción
por el nuevo reto empresarial al que se enfrentaba. Ni siquiera había podido
hablarle de la conversación mantenida con Eric Cooper, pero dado el punto
en el que se encontraban, sabía que aquello significaría una tremenda
discusión, que en aquel momento ni podía ni se encontraba con fuerzas para
enfrentar. La última conversación importante que habían mantenido fue en
la que ella le exigió que no volviera a saltarse las reglas de la amistad para
nada, después de aquello nada había sido igual entre ellos. Y en aquel
momento, daría cualquier cosa por verlo entrar por la puerta…
…Y, como si lo hubiera conjurado con el pensamiento, la puerta de la
clínica se abrió y el objeto de sus pesares cruzó el umbral, cargado con un
montón de bolsas y herramientas.
Pat se alegró tanto de verlo que corrió hasta él con una sonrisa, lo abrazó
con fuerza y le dio un sonoro beso en la mejilla que sabía que la
avergonzaría más tarde, cuando se parara a pensarlo.
—¿Qué haces aquí? ¡No te esperaba!
—Ya lo veo. —Sonrió Nick un poco turbado—. He quedado con Rob en
pasar a instalar el equipo de música y conectarlo al hilo musical del local.
—Pues no me lo ha dicho.
—¿Él no está?
—No, en esta semana aún tiene que echar unas horas para su exjefe —
contó—, todavía no han podido encontrarle un sustituto.
—Ah…
Se le vio tan turbado que Pat lo miró con un gesto de pesar.
—¿Yo no te sirvo?
Nick la miró con una sonrisa tensa.
—Claro, sí… —Miró hacia el pasillo con cierto nerviosismo—. ¿Hay
más gente en el local?
—Sí, los albañiles, ¿por qué?, ¿qué necesitas?
—De momento nada.
La chica lo miró con suspicacia, preguntándose si lo que incomodaba
tanto a Nick era estar a solas con ella, pero prefirió no ahondar en aquello.
De momento estaba contenta con tenerlo allí e intentaría disfrutarlo un
poco, sin olvidar que ya no estaban en Monterrey.
—¿Dónde habéis puesto el equipo de música? —le preguntó Nick
volviendo a coger todos los bártulos.
—Lo echamos a suertes y me tocó a mí —contó Pat—. Está en mi
despacho. Ven.
Nick la siguió por los pasillos y ambos entraron en la consulta de Pat.
—¡Vaya! —se sorprendió el chico cuando encontró el despacho casi
vestido del todo—. ¡Esto es increíble! ¡Tienes muebles y todo!
La chica rio y miró a su alrededor. Estaba muy orgullosa de su pequeño
paraíso. Los muebles habían llegado el día anterior y, aunque quedaban
muchas cosas todavía por colocar, iba tomando forma.
—Sí, vamos avanzando —Sonrió—, pero no damos abasto. Ahora estaba
decidiendo si conectar el ordenador o montar mi camilla, que acaba de
llegar.
Nick se sentó sobre la mesa, observó todo el despacho con curiosidad y
terminó diciendo:
—¿Qué te parece si te pones con el pc mientras yo arreglo el hilo
musical, y después montamos juntos la camilla?
La sonrisa de Pat iluminó la habitación… y el corazón de Nick, aunque
él se aseguró muy bien de que ella no se diera cuenta.
—Sabes que me encanta trabajar contigo —dijo contenta—, aunque esto
no tenga nada que ver con fotos. ¿Cómo lo llevas, por cierto? ¿Ya le has
entregado a Ackerman todo?
—Solo el reportaje de los leones —admitió incómodo—. Monterrey aún
lo tengo pendiente.
La sola mención a Monterrey alteró la sangre de Pat de arriba abajo.
Hizo todo lo posible por hablar con normalidad.
—¿Y para cuándo lo necesita? —se interesó—. Creí entender que era
urgente.
—Sí, y lo es… —admitió Nick, al que se le notaba a la legua la
reticencia a hablar de aquello—, pero son muchas fotos y no puedo
multiplicarme.
—Puedo sacar un rato para ayudarte, si quieres.
—No hace falta —dijo al instante.
—Pero no pasa nada —insistió Pat—. Estoy liada con la clínica, pero si
quedamos de las ocho en adelante, quizá…
—No es necesario.
—No me importa.
—Pero a mí sí —terminó diciendo Nick, un tanto brusco. Pat se quedó
perpleja—. Lo siento, no pretendía ser descortés, pero no… puedo trabajar
contigo de momento.
Pat apenas pudo disimular su turbación.
—Ya…, ¿y qué haces aquí entonces? —le dijo, dolida
—Pensé que Rob estaría también.
—Entiendo…
—De momento es mejor que no estemos a solas en ninguna parte —
siguió diciendo Nick—. Y mucho menos en mi casa.
Aquello irritó a Pat, sacándola de su turbación al instante.
—Pues quiero las fotos de Monterrey —dijo con seriedad—. Creo que
tengo todo el derecho a verlas.
—Claro, en cuanto que las revise te las meto en un pendrive.
—¿Todavía no las has visto? —se extrañó.
—No.
—¿Y a qué carajos estás esperando?
Nick dudó antes de contestar.
—A tener tiempo. No doy abasto.
—¡Pero no quieres mi ayuda! —se quejó molesta—. Tienes trabajo
atrasado y a Ackerman seguro que desquiciado, pero prefieres eso que tener
que pasar unas horas conmigo para que te ayude.
Pat lo vio apretar los dientes antes de contestar:
—Sí.
—¡Pues no lo entiendo!
—Pues deberías. —La miró ya un tanto airado—. Te aseguro que no
tendrás que volver a pedirme que respete las reglas.
Aquello fue como una patada en el estómago para Pat. Sí, era consciente
de que aquellas palabras habían salido de su boca, pero no esperaba que le
doliera tanto escucharlo admitir que estaba dispuesto a hacer lo que fuera
para respetar sus condiciones.
—Vale, ¿sabes qué? —dijo sin pararse a pensarlo—. Será mejor que
llames a Rob y quedes con él para otro momento. Ahora prefiero que te
marches.
—Pat…
—No, si tanto te incomoda estar conmigo en la misma habitación —
insistió—, vete.
Cogió unas tijeras, cruzó el despacho y se concentró en abrir el paquete
donde estaba la camilla, ignorándolo por completo. Nick la observaba con
un gesto de disgusto.
—Eso es muy grande para que lo hagas sola —terminó diciéndole.
—Pediré ayuda a alguien fuerte si veo que no puedo. —Sonrió irónica.
—¿A tu bombero?
Pat, furiosa, lo miró a los ojos antes de decir.
—A mis amigos.
Ahora sí lo vio apretar los dientes, y se sintió un poco mejor al sentir que
le había devuelto un buen derechazo.
—Eso ha sido un golpe bajo —se quejó Nick, mirándola sin disimular
cuánto que le había dolido.
—Y lo del bombero, ¿qué ha sido?
—Una salida de tono —admitió Nick—. Discúlpame, no tengo ningún
problema con tu bombero.
«¡Claro, ¿por qué iba a tener algún problema con el hecho de que yo esté
con otro?!», pensó furiosa. Tanto que estuvo a punto de decirle que llamaría
a Ryan en cuanto que él saliera por la puerta. Consiguió morderse la lengua
y solo añadir:
—Pues qué bien.
—¿Sí? ¿Y eso por qué? ¿Tienes pensado traerlo a formar parte del
grupo?
Pat quiso decirle que sí, solo por el placer de intentar fastidiarlo, pero el
eco de las palabras de Dannie, aconsejándole que no sembrara dudas entre
ellos, resonó en su cabeza.
—¿Eso sí te supondría algún problema? —le preguntó a su vez,
deteniéndose a esperar su respuesta con más ansiedad de la que debería.
—No voy a contestar a eso.
—¿Por qué? —Casi sonó a protesta.
—Porque sé que no tengo derecho a opinar sobre ese asunto.
«¿Era amargura lo que leía en sus ojos?», pensó Pat, llamándose ilusa al
segundo siguiente. Pero Dannie tenía razón. Se concentró en seguir
abriendo la enorme caja de cartón, y terminó diciendo como de pasada:
—No tengo ninguna intención de salir con Ryan, de momento.
—¿Ryan? —la miró confuso.
—Mi bombero, como te empeñas en llamarlo.
—Ah…, pensé que te gustaba.
—Y me gusta —se permitió decirle—, pero no estoy preparada para salir
con nadie.
Nick guardó silencio durante algunos segundos. Cuando Pat ya no
esperaba ningún comentario, lo escuchó preguntar:
—¿Es por ese tipo?… ¿Aún no lo has superado?
—¿Quién? —Pat lo miró confusa.
—El tipo por el que te fuiste a Boston —insistió Nick.
Exasperada, Pat dejó escapar un suspiro de hastío, maldiciendo la hora
en la que se le ocurrió decirle aquello.
—No, Nick, no tiene nada que ver con eso.
—¿Entonces?
—¡¿A ti qué coño que parece?! —Se encaró a decirle, ya furiosa—.
Quizá para ti Monterrey no significó nada, pero a mí me está costando
superarlo.
La expresión de asombro de Nick le arrancó a Pat un sonido de
impaciencia. Sabía que no debería haber dicho aquello, pero que él
pareciera tan sorprendido solo contribuyó a terminar de enfurecerla.
—Pat…
—¿Tanto te sorprende? —le preguntó iracunda—. ¿Tan descabellado te
resulta?
Nick parecía en shock, mientras que el cabreo de Pat crecía a cada
segundo que él pasaba en silencio.
—Sal de mi despacho —terminó pidiéndole, intentando controlar el
tono.
—¿Qué?
—¿Es que estás sordo? —insistió—. ¡Fuera, no quiero verte!
Uno de obreros tocó a la puerta y Pat se giró a mirarlo, aún enfurecida.
—¿Qué pasa?
El hombre la miró y titubeó un poco antes de hablar.
—Hay un hombre fuera que dice que viene a traer una cafetera.
—Yo no he comprado ninguna cafetera.
El albañil se encogió de hombros y se alejó para seguir con su trabajo.
Pat respiró hondo y salió del despacho sin mirar a Nick.

Nick no pronunció una palabra. Apenas podía controlar su desconcierto.


Escuchar a Pat admitir que lo suyo había sido importante para ella lo había
trastornado por completo. Saber que ella tampoco podía olvidar lo sucedido
en Monterrey le inundaba el pecho de una inquietante y extraña sensación
que era incapaz de entender, pero que había estado a punto de hacerlo
claudicar. Había tenido que controlarse como nunca antes para no rogarle
que volviera a sus brazos.
Durante días, se había fustigado pensando que para ella solo había sido
una distracción para olvidarse de aquel otro tipo, pero al parecer aquello no
era del todo así…, incluso había admitido no estar preparada para salir con
nadie aún.
«¡Por mí!», se dijo alucinado, intentando acallar los latidos de su propio
corazón. Y casi por primera vez en días, sonrió. Aunque solo le duró unos
segundos. Su expresión se tornó seria de nuevo cuando las dudas lo
asaltaron sin remedio. Tuvo que recordarse los años de soledad y la tristeza
de su madre durante toda su vida, por querer tener más de lo que hubiera
debido. No, solo necesitaba tiempo para poder recuperar a su amiga y todo
volvería a estar bien.
«Pero… ¿y si te estás equivocando?», le dijo aquella odiosa vocecita que
nunca tenía claro hacia qué lado equilibrar la balanza.

Cuando Pat entró de nuevo en el despacho, lo hizo acompañada de Sam


Purple, que saludó a Nick con un abrazo y una de sus joviales sonrisas.
—¡Qué alegría encontrarte aquí, Nicholas! —dijo el hombre—. Ya hace
mucho tiempo que no nos vemos.
—Par de meses por lo menos. —Sonrió Nick. Sam tenía la habilidad de
arrancarte una sonrisa solo con su simple presencia—. ¿Has venido con
James?
—Sí, pero me ha dejado en la puerta y ha ido al banco —contó—. No
creo que tarde.
Sam miró a su alrededor, maravillado.
—Así que aquí es dónde me vais a quitar los achaques —le dijo a Pat
contento—. ¿Podéis dejarme como a uno de treinta años?
—Claro, ¿eres devoto de alguna virgen en particular? —bromeó Pat.
La carcajada de Sam no se hizo esperar.
—Ninguna que conceda ese tipo de milagros, me temo. —Miró a Pat con
cariño y después a Nick—. ¡Me encanta esta chica! ¿No es genial?
—Sí que lo es —admitió Nick, observándola ahora con atención.
Pat se sintió muy incómoda.
—El hombre que tenga la suerte de ganarse tu amor será muy afortunado
—dijo Sam mirando de nuevo a Pat, a la que estuvo a punto de darle un
parraque.
—Tú que me ves con buenos ojos, Sam —Sonrió cohibida—, pero no
todos me miran así.
—El que de verdad merezca la pena, lo hará.
—¿Quedan hombres así? —preguntó Pat fingiendo curiosidad—. Aún
no me topé a ninguno.
Sam posó sobre ella una mirada pícara. Ambos sabían que aquellas
palabras no eran solo para ella.
—Alguno habrá. —Rio Sam—. Uno que se quedará tan prendado de
esos ojazos azules que no podrá pensar en otra cosa.
—No sé yo…, hay mucho daltónico por el mundo.
Sam rompió a reír y la chica no pudo evitar dejarse arrastrar. No había
nadie como él para conseguir animarte. De reojo, miró a Nick, a quien la
conversación no parecía haberle hecho gracia alguna, y se sintió un poco
mejor.
—Bueno, ¿me enseñas la zona de chapa y pintura? —bromeó Sam
después—, ¿o aquí no la llamáis así?
—Tú estás autorizado a llamarla como quieras.
—Es por qué te he traído una cafetera, ¿no? —preguntó divertido.
—¡Claro!
Sam rio de nuevo y se volvió hacia Nick, justo cuando iban a salir por la
puerta.
—¿No vienes, Nicholas?
—No, yo… no.
—Pero ¿ya te vas?
Nick lo miró dubitativo. Ni siquiera él sabía si iba, venía o… todo lo
contrario. Pat lo había echado justo antes de llegar el hombre y ahora no
tenía muy claro que querría ella que hiciera, aunque Sam se encargó de
solucionar aquel problema.
—Espero poder charlar contigo un ratito antes de irme —le dijo
sonriente.
—Es que… Nick me estaba diciendo que tiene mucho trabajo en casa —
intervino Pat mirando al chico de forma crítica—. Me echa de menos,
¿sabes, Sam? Ya no me tiene para ayudarlo con las fotos. —Miró a Nick a
los ojos para añadir—: No me tendrá nunca más, de hecho.
Nick apretó los puños y sonrió con arrogancia. Aquel comentario sí lo
había irritado, por eso prefirió guardar silencio.
—Nunca es mucho tiempo, Pat. —Sonrió Sam entre comprensivo y
perplejo.
—No cuando se tiene tan claro.
El hombre ya no agregó nada. Se limitó a observar cómo se taladraban el
uno al otro con la mirada. Estaba claro que no estaban hablando de fotos.
—Llegó la hora de buscarme otra ayudante entonces —terminó diciendo
Nick sin dejar de sonreír.
—Perfecto —dijo Pat, encogiéndose de hombros—. Yo a partir de ahora
prefiero dedicarme a apagar incendios.
—Hace un momento no estabas preparada —le recordó con un fingido
gesto de apatía.
—¡Pues he cambiado de opinión! —le sostuvo la mirada—. ¿Algún
problema?
—No, ¿por qué iba a tenerlo? —Sonrió mordaz. Y miró a Sam—.
¿Sabes qué? Voy a montar tu cafetera, me apetece tomarme un café contigo.
Sam los miró con una sonrisa divertida. Era evidente que habían
evolucionado un poco las cosas desde la última conversación que había
mantenido con Pat…, y a mejor, bueno, a más interesante al menos.
—Por mí perfecto, he traído cápsulas para todos los gustos —admitió el
hombre.
—Estupendo. —Sonrió Nick pasando ante ellos para salir del despacho
—. Pues marchando dos cafés cortados y un descafeinado.
—¿Lo del descafeinado es por mi edad? —bromeó Sam.
—No, si el descafeinado es para Pat —contó, y después fingió susurrar
solo para el hombre—: No querrás darle cafeína…
Y se alejó de allí pasillo adelante, sin borrar su arrogante sonrisa de los
labios.
«Ahhggggrrr». A Pat le falto muy poco para gritarle con todas sus
fuerzas por dónde podía meterse sus bromitas estúpidas.
Sam tuvo el acierto de cerrar la puerta del despacho, y observó cómo Pat
blasfemaba durante unos segundos, intentando contener su ira.
—Así que Nick ya no es el amigo solícito… —comentó Sam sin perder
la sonrisa.
—¡Un imbécil, eso es lo que es!
El hombre no pudo evitar reír.
—No es gracioso, Sam —protestó—. ¡En este momento le sacaría lo
ojos!
—Habéis dado un paso de gigante, al parecer —opinó risueño—. Ya
estáis más cerca de conseguirlo.
Pat lo miró un tanto perpleja.
—¿De conseguir matarnos el uno al otro? —ironizó—. Sí, ganas no me
faltan.
Observó la sonrisa complacida de hombre y dejó escapar un suspiro. En
aquel momento no se sentía con fuerzas ni paciencia como para intentar
descifrar lo que pasaba por la cabeza de Sam.
—Será mejor que te enseñe la clínica —dijo, respirando hondo—. Así
podremos reunirnos cuanto antes con don hago lo que me sale del pizarrín.
—Sosiega Pat —le pidió Sam, jovial.
—¡Es que me crispa! —insistió furiosa—. ¿Quién coño le ha dado
permiso para montar la cafetera?

Nick se apoyó sobre la encimera del office mientras disfrutaba de un


delicioso café. Sonrió con malicia al recordar la cara de mosqueo de Pat
cuando él se había tomado la libertad no solo de quedarse, sino de instalar
la cafetera. Sabía que de no haber estado Sam presente habría montado en
cólera, pero en aquel momento le daba igual. Acababa de descubrir cuánto
disfrutaba sacándola de quicio.
Cuando ambos entraron en el office, Pat lo fulminó con la mirada y Nick
le agradeció el detalle con una sonrisa burlona que no contribuyó a que ella
lo adorase.
—Una maravilla de sitio este —fue lo primero que dijo Sam mientras se
sentaba a la mesa—. Creo que voy a ser un asiduo. No pienso aguantarme
ni un solo dolor a partir de ahora.
—Gracias, Sam, sabes que serás bienvenido siempre que entres por la
puerta —dijo Pat agradecida.
—Eres un hombre con suerte —intervino Nick—. Debió ocurrírseme a
mí comprar la cafetera.
Sam rompió a reír, y Pat miró a Nick transmitiéndole con los ojos lo que
pensaba del comentario.
«Si las miradas matasen…», pensó Nick sin dejar de sonreír. Tomó una
taza de café, aún humeante, y se la puso a Sam en la mesa junto con un par
de sobres de azúcar, que también venían con el lote.
—Tú café. —Sonrió—. Sale muy rico, la verdad.
Después, tomó la otra taza de la encimera y se lo tendió a Pat.
—Este es para ti.
La chica lo miró unos segundos antes de decidirse a cogerlo, mientras
Nick disfrutaba de aquellos ojos preciosos, que parecían echar chispas.
Cuando terminó cogiendo la taza y observó el líquido con cautela, Nick
supo, sin lugar a dudas, que se estaba preguntando si habría cumplido la
amenaza de hacerle un horroroso descafeinado, que sabía que ella
detestaba.
—Ya tiene azúcar —le dijo Nick con una sonrisa.
Pat le dio un pequeño sorbo al café y un sabor dulce y delicioso inundó
sus sentidos.
«Capuchino», se dijo, bebiendo de nuevo. Su café favorito, con la
cantidad de azúcar justa, tal y como a ella le gustaba.
Miró a Nick y suavizó un poco su enfado, pero no le dijo nada. Todos se
sentaron a la mesa y charlaron durante un rato, hasta que uno de los obreros
reclamó la presencia de Pat y la chica tuvo que ausentarse.
—¡Este sitio va a funcionar muy bien! —opinó Sam—. Estoy seguro.
Rob y Pat forman un buen equipo,
—Sí, y ambos conectan con la gente de una manera muy especial.
—Muy cierto y muy necesario para levantar un negocio como este —
admitió Sam—. Pero ¿y a ti por qué lleva perdonándote la vida toda la
mañana?
Nick rio divertido. Sam nunca se había andado por las ramas y tenían la
confianza suficiente como para que se le ocurriera preguntar algo así.
—Yo no le he hecho nada. —Levantó las manos—. Quizá necesitaba ese
café.
—Y tú te lo estás pasando bomba —dijo Sam divertido—. Si no supiera
que solo sois amigos…, estaría tentado a pensar otra cosa.
Nick no movió ni una pestaña, lo que ya le dijo a Sam más de lo que el
chico se imaginaría. Con curiosidad, el hombre se preguntó cuáles serían
sus verdaderos sentimientos. Se quedaría mucho más tranquilo sabiendo si
Pat tenía alguna posibilidad de ser correspondida, aunque por lo que estaba
viendo aquella mañana, no parecía ser descabellado. Solo había que
observarlos durante un rato.
—Nicholas, quería preguntarte algo un poco peliagudo… —se aventuró.
Nick lo miró preocupado, pero terminó sonriendo.
—Adelante, pero que sea fácil —bromeó.
—Fáciles nunca son estas cosas —admitió Sam—, pero creo que solo tú
puedes contestarme a esto.
—Sin más rodeos, Sam, ¿qué pasa?
—Tú conoces a Pat… ¿Qué posibilidades crees que hay de que ella y
Jamie puedan llegar a… entenderse?
«¡¿Pat y James?! ¡¿Qué mierda de pregunta era aquella?!».
Sam observó como la sonrisa de Nick casi se congelaba en sus labios,
pero fingió no darse cuenta, aunque sí le costó controlar su propia
diversión.
—Tú, como su mejor amigo que eres, quizá puedas saber si ella siente
alguna… inclinación amorosa hacia él.
La cara de Nick era todo un poema. Apenas si podía disimular su
turbación, lo que para Sam era una respuesta a gritos a lo que iba buscando
saber.
—James ¿te ha dicho algo?
—No, ya sabes que él reniega de todo lo que tenga que ver con los
sentimientos —se apresuró a decir—, pero el amor obra milagros, solo
quiero saber si puedo tener alguna esperanza.
Nick lo observaba con una sonrisa tensa, que no reflejaba ni rastro de
humor.
—Son grandes amigos, Sam.
—¿Y? Mi Stella y yo también lo fuimos durante mucho tiempo antes de
admitir lo que sentíamos —contó—. Gracias a eso tuvimos un matrimonio
sólido y dichoso durante cincuenta años.
La mirada perpleja de Nick sorprendió a Sam.
—¿Por qué me miras así? —Sonrió el hombre.
A Nick le costó aventurarse a hablar.
—¿Crees que la amistad ayuda en una relación?
—¿Que si ayuda? —Ahora sí estaba realmente sorprendido—. Yo diría
que es la clave de todo.
Nick se revolvió inquieto en su silla.
—Nicholas, el amor es una amistad con momentos eróticos —le dijo,
poniéndose serio—. Sobre la mesa de la amistad puedes poner lo que
quieras: bellas flores, anillos de diamantes, una vida de lujo…, pero sin la
mesa todo termina cayendo y desperdigado por el suelo, por bonito que sea;
y lo que no sea tan bonito, que lo habrá, caerá mucho antes.
La incomodidad y el desconcierto de Nick eran demasiado evidentes.
Sam prefirió esperar en silencio a que el chico decidiera si quería o no
agregar algo más.
—No siempre es así —terminó diciendo Nick con un gesto desolado—.
No fue así para mis padres. Ellos eran grandes amigos, pero de poco sirvió.
No les quedó nada, ni siquiera su amistad.
Sam suspiró. Así que de allí partía todo… Poco podía hacer él si las
reticencias de Nick venían causadas por un trauma infantil. Solo el mismo
Nick tenía la varita que le permitiría ser feliz junto a Pat. Solo él podía
enfrentarse a sus demonios.
—El amor no es una ciencia exacta, Nicholas —dijo con pesar—. Y
dices que tus padres eran grandes amigos, pero quizá deberías preguntarte
si, además, estaban enamorados. Una condición sin la otra no equilibra la
balanza.
—No tengo forma de saberlo —admitió sin disimular su desazón—.
Solo sé que ellos cometieron el error de incluir el sexo en la ecuación.
—Hablas de sexo, no de amor —insistió Sam—. Sabes que no es lo
mismo. Amar y ser correspondido es el mejor regalo que la vida puede
hacerte.
Nick cambió la postura en la silla, cada vez más inquieto con aquella
conversación.
—Yo no sé nada del amor de pareja, Sam —admitió con un gesto de
pesar—. La única referencia que tengo es la de mi madre sufriendo por
alguien durante toda una vida.
—No siempre es así —le aseguró Sam, observándolo con una sonrisa
tierna. En aquel momento, Nick era como un libro abierto. La contrariedad,
las dudas y el miedo hacían mella en él, que había bajado la guardia para
poder prestarle oídos a todas sus emociones.
—Claro que el amor te lastima a veces, sí —insistió el hombre—. Es
posible que sea el dolor más insoportable si no eres correspondido, pero ¡es
tan increíble cuando todo fluye como debe…!
—Ni siquiera sé si sabría reconocerlo —admitió con cierta pesadumbre-
-. ¿Cómo saber si estás enamorado o solo lo estás confundiendo con simple
cariño?
—Lo sabrás, Nick —le aseguró—. Puede que te cueste diferenciarlo,
pero en algún momento se produce la magia. Es como una chispa que
prende de improvisto y que provoca que algo en tu interior te grite como un
loco que estás total y locamente enamorado. Y ya nada vuelve a ser igual. A
partir de ese momento, siempre que miras al amor de tu vida a los ojos,
sientes que si el mundo acabara en ese instante, no habría ningún otro sitio
en el que quisieras estar que aquel, con ella entre tus brazos.
Nick guardó silencio. Sam lo observó con atención, consciente de la
turbación que había provocado en él.
—Te has quedado muy serio. —Sonrió Sam—. Disculpa si me he puesto
muy profundo. Como con Jamie no puedo hablar de estas cosas… Tú solo
me has preguntado si creía que la amistad influía en una relación, y te he
pegado un sermón, que ya no sé ni a qué venía.
Pat escogió aquel momento para volver al office, pero para Nick ya no
era fácil comportarse como si no acabara de escuchar las palabras que
tambaleaban peligrosamente todos sus prejuicios y su forma de ver tanto la
amistad como el amor.
—¿Me he dejado mi teléfono por aquí? —Entró como una exhalación—.
Necesito llamar a Rob para consultarle algo.
Todos buscaron a su alrededor, pero no encontraron el móvil por ninguna
parte. Pat salió de nuevo hacia su despacho para seguir buscando.
A Nick se le escapó un sonoro suspiro mientras no dejaba de mirar hacia
la puerta por la que ella había desaparecido.
Sam observó su expresión inquieta durante unos largos segundos.
—Entonces, Nicholas…, de lo de Jamie y Pat casi que me olvido, ¿no?
Nick miró al hombre de nuevo, que le devolvió una sonrisa pícara, y
tuvo claro que Sam sabía que su relación con Pat había cambiado.
—¿Por qué tengo la sensación de que has hecho trampa? —Sonrió Nick,
al que le era imposible enfadarse con él.
—No sé de qué me hablas…
Capítulo 33
Cuando Pat detuvo su coche frente a la puerta de la casa de Dannie
aquella tarde de sábado, no se bajó de inmediato. Observó las motos que ya
estaban aparcadas allí y los nervios le pasaron factura, tal y como le sucedía
siempre que sabía que tendría a Nick frente a ella en pocos segundos.
El día anterior, tras la visita de Sam, no habían vuelto a intercambiar una
sola palabra. Nick había acabado marchándose nada más terminarse el café,
sin hacer un solo intento por instalar el hilo musical. A Pat le había costado
mucho trabajo contarle a Rob que ella era la causante de que no lo hubiera
hecho. Casi podía ver todavía el gesto de estupor de su amigo cuando había
admitido haber echado a Nick del local.
«¡Lo eché del local!», se repitió, avergonzada. En aquel momento había
estado tan enfadada con él que no se había parado a pensarlo. Solo cuando
tuvo que contárselo a Rob, fue consciente de su mal proceder. Nick había
ido a ayudar, y ella se había comportado como una desequilibrada por no
poder encajar ciertos asuntos personales… Le hubiera gustado pedirle
disculpas aquella misma tarde en el Oasis, pero Nick no había aparecido por
allí. Según le había dicho a Rob, tenía que trabajar hasta tarde, puesto que
había perdido la mañana completa para nada.
Pat observó la luz de las ventanas de la casa y exhaló aire con
exasperación. El que retrasara la entrada no iba a servirle de mucho; tarde o
temprano tendría que enfrentarse a Nick y admitir que se había excedido.
Casi habría preferido que Dannie hubiera pospuesto la cena que tenían
pendiente en su casa una semana más.
«Venga, Pat, al lío», se dijo para envalentonarse. Bajó del coche, caminó
hasta la casa y llamó al timbre sin permitirse titubear. Se disculparía con
Nick cuanto antes para poder relajarse, e intentaría disfrutar de la noche.
Pero no esperaba que fuera el propio Nick quien le abriera la puerta. Se
quedó mirándolo, embobada, como si hubiera visto un fantasma.
—¿Vas a pasar, ojos azules, o prefieres volverte otro rato al coche? —
terminó preguntándole Nick tras unos segundos, con una sonrisa socarrona.
Pat lo miró ceñuda y todas sus buenas intenciones se fueron al traste. Sin
duda, se había vuelto todo un experto en irritarla.
—Parece que has estado muy pendiente de mi llegada. —Sonrió
sarcástica entrando en la casa. Y se volvió a mirarlo de nuevo para añadir
con irritación—: Y deja de llamarme ojos azules.
—¿Es que te cambiaron de color o qué? —preguntó con fingida
inocencia.
Pat apretó los dientes y prefirió no añadir nada. Se limitó a matarlo de
nuevo con la mirada y darle la espalda.
«¿Cómo pueden afectarme de esta manera dos simples palabras?»,
pensó, disgustada, sintiendo aún el inevitable sofoco mientras caminaba
hasta el salón para saludar a los demás.

Nick la siguió de cerca, ahora con una expresión seria. Se le había


escapado aquel ojos azules nada más posar su mirada en ella. Estaba tan
bonita aquella noche que su cuerpo había reaccionado al instante, y cuando
aquello sucedía solo veía a la mujer de Monterrey, aquella que se
estremecía entre sus brazos y a la que se moría por besar, por acariciar y
por…
«¡Mierda, no es momento para esto, deja de pensar…!», se exigió
desesperado, sintiendo como su incómoda erección iba en aumento.
¿Cuándo demonios iba a dejar Pat de afectarle de aquel modo? No habría
normalidad posible mientras no pudiera pensar en otra cosa que en meterse
entre sus piernas.
Cogió asiento en un extremo del sofá, lo más lejos posible de ella, y se
procuró un cojín para ocultar lo que no parecía tener remedio. Durante las
últimas horas, había fantaseado demasiado con la idea de volver a la clínica,
tumbarla sobre su escritorio y torturarla hasta que se disculpara por echarlo
de allí. En su imaginación ella le rogaba entre gemidos que no se fuera de
su lado… Las fotos de Monterrey, con las que ya no pudo seguir
posponiendo trabajar, tenían la culpa; y, para colmo, las palabras de Sam
sobre la importancia de la amistad dentro de una relación no hacían más que
revolotear dentro de su cabeza, volviéndolo loco de dudas la gran mayoría
del tiempo.
Cuando se sintió un poco más calmado, volvió a mirarla y se preguntó
cómo era posible que estuviera más bonita cada día que pasaba. No se le
había pasado por alto que llevaba la misma ropa que el día que se habían
besado por primera vez. Si cerraba los ojos, podía verla con aquella misma
camiseta recogida con un nudo bajo sus pechos, dejando al descubierto su
perfecto abdomen, mientras una mirada ardiente y sensual lo mantenía
hipnotizado por completo.
Apretó el cojín de nuevo sobre su entrepierna, ya un poco molesto por
las reacciones involuntarias de su cuerpo.
—Espero que hayas hecho buena cena, Dannie —estaba diciendo Pat
ahora tras saludar a todos—, porque no he comido para hacerte gasto.
—¿Lo dudas? —bromeó Dannie—. Mi madre y mis hermanas se
pasaban la vida en la cocina probando recetas nuevas. Algo habré
aprendido.
—Sí, a comer bien. —Rio Pat—. Yo eso ya lo traía de serie.
—¡Mujer de poca fe! —protestó Dannie.
—Vale, te doy el beneficio de la duda —aceptó sonriente.
Tomó asiento en un extremo del enorme sofá junto a James, y se
repantingo hacia atrás con una sonrisa, cogiendo todo el sofá que fue capaz
de abarcar.
—Sí, un acierto este sofá —dijo divertida—. La medida justa.
—Debo reconocer que ahora me alegro de haberte hecho caso —admitió
Dannie.
—No hay duda de que es el ideal para un equipo de futbol —bromeó
Rob—. Menos mal que el salón es grande.
—No tuve opción —explicó Dannie—. Me dio una matraca en la
tienda…
—Pero si hasta la dependienta terminó insistiendo en que este era el
ideal para ti.
—¡Para que te callaras ya, Pat!
—Burro grande, ande o no ande —terminó diciendo la chica, estirándose
aún más.
—Ese dicho solo se usa para hablar de coches —insistió Dannie.
—Ese dicho es para todo en general —apostilló Pat.
—¿Todo? —Sonrió James con picardía.
—¡Todo! —afirmó Pat con una sonrisa maliciosa.
—Los expertos dicen que el tamaño no importa —le recordó Rob,
divertido.
—Los expertos hombres, ¿no? —Rio Pat—. Quizá ese tipo de cosas se
las deberíamos preguntar a las expertas.
Todos rieron y terminaron cambiando de tema. La conversación era
fluida y divertida, excepto para Nick, que se había quedado anclado al
momento en el que había sabido que Pat y Dannie habían ido juntos de
compras. No entendía por qué aquello le molestaba tanto, pero lo cierto era
que sentía la sangre hervir a borbotones solo de imaginarlos juntos,
probando sofás.
Recordaba, casi con todo lujo de detalles, cuando Pat y él habían
redecorado toda la casa un par de meses después de fallecer su madre.
Aquel había sido el primer día que había reído a carcajadas tras su muerte, y
lo recordaba como uno de los más bonitos y divertidos de su vida. Casi los
habían echado de la tienda, pero había merecido la pena. Imaginarla riendo
de aquella manera con otro…
Le costó recomponerse y unirse de nuevo a la conversación. Ayudó el
hecho de que la comida estuviera exquisita y que el tema de conversación
girara en torno a las motos, la música y la nueva clínica de Pat y Rob, por la
que todos se pusieron en pie para brindar al terminar de comer.
—¡No se puede hacer un buen brindis sin champán! —dijo Dannie,
sorprendiéndolos con un par de botellas bien frías, que todos aplaudieron.
Tanto Rob como Pat dijeron unas emotivas palabras, que removieron las
emociones de todos los presentes.
—¡Adoro el champán! —terminó diciendo Pat, y no pudo evitar mirar a
Nick a los ojos antes de apurar su copa de un tirón, tal y como había hecho
en Monterrey durante aquella cena con marisco. Las imágenes de todo lo
sucedido después en aquel mirador, mientras ella estaba embriagada por las
burbujas y la noche, llenaron su mente. Y supo, sin lugar a dudas, que Nick
estaba rememorando también justo aquello. Sus ojos la taladraron desde el
otro extremo de la mesa y le provocaron tal tembleque de piernas, que Pat
tuvo que dejarse caer en la silla de nuevo.
«¡¿Cómo puede llevarme a tal extremo de excitación solo con una
mirada?!», se dijo, molesta, luchando con uñas y dientes para mantener sus
ojos lejos de él. No lo consiguió. Sus miradas volvieron a encontrarse y
Nick no hizo ningún intento por disimular en qué estaba pensando, la
mirada de total lascivia que la abrasaba por dentro hablaba alto y claro. Pat
se sintió tan acalorada que, por acto reflejo, tomó una de las servilletas de
papel para abanicarse y se sintió como una idiota un segundo después. Nick
sonreían con notoria diversión ante el gesto, y ella hubiera querido arrojarle
algo a la cabeza desde donde estaba.
Evitó acercarse a él durante el resto de la velada. Apenas podía sacudirse
la excitación de encima y no estaba convencida de poder evitar que se diera
cuenta. Sabía que en algún momento tendría que pedirle disculpas por
haberlo echado de la clínica, además, se lo había prometido a Rob, pero iba
por la tercera copa de champán, y cuantas más burbujas ingería, más se
fijaba en cómo se le ajustaba la camiseta al torso y en el culo perfecto que
le hacían aquellos vaqueros cada vez que se levantaba…
«¡Joder, qué bueno está!», terminó gritando para sus adentros,
observando cómo Nick reía a carcajadas por alguna chorrada que le estaba
contando James en el otro extremo del salón. «Es que lo arrastraría al baño
y… ¡mierda de champán!».
Se levantó del sofá y regresó a la mesa grande solo para obligarse a no
mirar. Dannie había puesto en ella diversas botellas de licor, el hielo y algo
de picar, para que cada uno pudiera servirse lo que necesitara, pero Pat se
limitó a mirar la botella de champán con el ceño fruncido, maldiciendo el
momento en el que decidió probarlo.
—No es buena idea que sigas bebiendo. —La sobresaltó Nick
poniéndose justo a su lado. Estaba tan cerca que sus brazos se tocaron,
provocándole a Pat una descarga eléctrica.
—Métete en tus asuntos —le dijo molesta, sin mirarlo.
—Tú afición al champán es asunto mío, ojos azules… —casi le susurró
al oído—, si eso te desinhibe tanto como para mirarme como lo estás
haciendo.
—Buah, ¡qué creído! —Sonrió con cinismo, pero se aseguró de seguir
con los ojos clavados en la mesa, fingiendo estar escogiendo bebida—. Y
creo recordar que antes te he dicho que no me llames ojos azules.
—¡Pues deja de comportarte como si todavía fueras la chica de
Monterrey! —insistió Nick, ya enfadado.
—De Monterrey solo quedan unas pocas fotos —le dijo Pat, girándose
ahora a mirarlo.
—Sí, tienes razón —admitió sin disimular su irritación. Se metió la
mano en el bolsillo y le tendió un pequeño pendrive—. Aquí las tienes.
Pat tomó el objeto, teniendo mucho cuidado de no rozar su mano, lo cual
no pasó desapercibido para Nick, que apretó los dientes y agregó:
—Asunto finiquitado. Como nuestra amistad, al parecer. —Y se alejó de
ella sin esperar la réplica, perdiéndose por el pasillo.
Aquella última frase fue como una puñalada para Pat, que salió en
silencio de la casa, conteniendo las lágrimas con un férreo esfuerzo para no
llamar la atención. Pero solo lo logró hasta que salió al pequeño porche y se
escondió entre las sombras. Tras esto rompió a llorar, agarrándose con
fuerza a la barandilla, como si aquel gesto la ayudara a disuadir el dolor. El
tiempo había terminado dándole la razón a Nick, quien siempre había
estado convencido de que el sexo terminaría arruinando su amistad. Nada
podría volver a ser igual entre ellos, y ya no podía seguir engañándose.
Sabía que nunca sería capaz de tratar a Nick como a un amigo, no le salía,
lo amaba y lo deseaba demasiado. Sus reacciones ante él siempre serían
desmedidas, tanto para lo bueno como para lo malo, y no podía pasarse la
vida controlando su temperamento o midiendo cada palabra que dijera,
porque sus emociones eran más fuertes que su capacidad de contención.
Cuando la puerta de la casa se abrió, Pat aguanto la respiración antes de
volverse a mirar quién era. Por un instante, su mente fantaseo con la idea de
que Nick saliera a buscarla, la abrazara y…
—¿Qué haces aquí?
Era James. Pat sintió una decepción tan dolorosa, que a punto estuvo de
soltar un grito de angustia y frustración. Después se sintió fatal por ser tan
desconsiderada con su amigo, convencida de que solo pretendía saber si
todo iba bien.
—Estoy tomando el aire —dijo Pat, sin mirarlo, intentando que las
lágrimas no fueran demasiado evidentes en su tono de voz. Quizá la noche
lograra mantenerlas ocultas en su rostro.
No hubo suerte.
—Pat, mírame —le pidió James, apoyándose junto a ella en la
barandilla.
—Estoy bien.
—Entonces mírame —insistió. Esta vez le tomó la barbilla con suavidad
para apoyar su petición, y Pat ya no tuvo dónde esconder sus lágrimas. Vio
su propio dolor reflejado en los ojos de James—. Por favor, Pat, tienes que
contarme qué te pasa.
—Es solo… una tontería.
—Sabes que no. Deja de fingir, por favor, porque estamos preocupados
—le suplicó, limpiándole las lágrimas con delicadeza—. Rob dice que lo
que sea te está impidiendo vivir a tope lo que siempre fue el sueño de
vuestra vida.
—No, yo estoy contenta con la clínica…
—Sí, lo sé, pero algo te impide disfrutarlo del todo, ¿qué es? —insistió
James.
Pat suspiró y meditó muy bien sus palabras. No podía seguir negando lo
que ya era tan evidente, no le parecía justo tenerlos preocupados y a
oscuras, pero tampoco se sentía preparada para hablar sobre Nick.
—No es un qué… —terminó admitiendo—, es un quién.
—Vale, eso ya es algo. —Sonrió James complacido—. ¿Un quién con
nombre?
Pat agachó la cabeza.
—No, no tiene.
—¿No tiene nombre?
—No.
James suspiró con resignación, pero no insistió.
—¿Y cuál es el problema? —terminó preguntando con cautela.
Aquella sí era una pregunta complicada. Pat no tenía ni idea de qué
podía contarle sin que fuera evidente de quién le hablaba.
—Diferencia de… pareceres.
—¿Qué? ¿Y eso que gaitas significa? —preguntó James, confundido.
—Queremos cosas distintas.
James frunció el ceño. De veras que no entendía de qué demonios le
estaba hablando. Si ella no le ponía nombre y hablaba claro, se quedaría
igual que antes de preguntar.
—Pat, ya sabes que no tengo ni idea de cómo funcionan este tipo de
cosas, así que tendrás que ayudarme un poco —le pidió, armándose de
paciencia—. ¿Tú que es lo que quieres?
En aquello si podía ser sincera.
—A él —admitió.
—¿Y él?
—Él… no —casi sollozó—. James…, es complicado.
—¿Quieres que afile el bisturí?
—¡Quiero que me ame! —terminó diciendo Pat con la voz desgarrada
por el dolor, rompiendo a llorar de nuevo.
A James se le partió el alma al verla así. La atrajo hacia sí y la dejó
desahogarse entre sus brazos, hasta que a Pat no le quedaron lágrimas que
echar.
Cuando se hubo calmado un poco, Pat se apartó y lo miró a los ojos con
una súplica escrita en los suyos.
—No me preguntes más, por favor —pidió—. Os lo contaré todo cuando
me sienta un poco mejor.
James la miró en silencio unos segundos mientras le secaba las lágrimas
de nuevo.
—Prométeme que me buscarás si necesitas un hombro en el que llorar.
La chica levantó su mano derecha en señal de promesa. James sonrió y le
dio un fraternal beso en la frente.
—¿Y todavía os sorprende mi reticencia a sentir nada por nadie? —le
dijo el chico dejando escapar un sonido desaprobatorio—. Lo sorprendente
es que no me deis la razón.
James hacía muchos años que se había prometido no enamorarse jamás.
Y llevaba tan a rajatabla aquella promesa que jamás pasaba más de una
noche con la misma mujer.
—Ya sabes lo que pienso. —Sonrió Pat—. El día menos pensado
aparecerá la mujer que hará tambalear todo tu mundo, antes de que te dé
tiempo a darte cuenta de qué narices está pasando.
—Sabes que jamás rompo una promesa —le recordó convencido.
—Lo harás —le aseguró—, por la mujer adecuada.
—¿En serio me ves suspirando por los rincones?
Pat sonrió con cierto asombro. ¿No había usado Jennifer aquella misma
frase hacía bien poco? Muy curioso…
—Cosas más raras se han visto —terminó diciendo Pat intentando
sonreír —. De verdad espero que algún día cambies de opinión.
—Pero ¿cómo puedes decirme eso? —preguntó sorprendido—. ¡Estás
hecha polvo, Pat!
—Sí, lo sé, y no te imaginas cómo duele —admitió—, pero aun así, no
cambiaría un solo segundo de lo vivido con… —Se frenó en seco y terminó
añadiendo—: él.
—¿Eso quiere decir que sí ha sucedido algo entre vosotros? —lo intentó
de nuevo—. Me pareció entender que no era recíproco.
Pat dejó escapar una exhalación lenta y sonora.
—No exactamente. Ya te he dicho que es complicado.
—No entiendo nada, Pat —admitió con un gesto confuso—. Entonces
vosotros dos sí habéis…, quiero decir…, en algún momento… habéis
intimado.
Aquello sí consiguió arrancarle a Pat una sonrisa.
—Jamás pensé que te escucharía titubear al hablar de sexo, James —se
burló—. Eso es lo que quieres preguntar, ¿no?
«Lo que no sé es si quiero saberlo», se dijo James con una sonrisa
divertida. Aunque por alguna extraña razón, no le resultaba nada raro
imaginar a Pat y Nick entretenidos en aquellos menesteres…
—Eres como mi hermana, Pat, prefiero pensar que eres casta y pura —
bromeó.
—Pues lo siento.
—¿Eso es un sí a lo del sexo?
—Un sí en mayúsculas, me temo —admitió, un poco avergonzada.
—¡Guau! ¡Eso son palabras mayores! —bromeó James, al verla un poco
más animada—. ¿El tipo es judío?
Ahora sí consiguió que Pat dejara escapar una sonora carcajada.
—No, James, no es judío, te lo garantizo.
—¿Y quieres que lo sea? —dijo, arqueando las cejas con un gesto
cómico.
Por un segundo, Pat imaginó a James y Rob amenazando a Nick con
circuncidarle a golpe de bisturí, y aquello le arrancó una ligera sonrisa, que
duró solo hasta que se dejó invadir de nuevo por la devastadora realidad.
—Pues supongo que a estas alturas… da igual lo que yo quiera —dijo,
de nuevo con un tono triste—. Pero él es buena gente, James, aunque a ratos
tenga verdaderas ganas de matarlo.
—Pat, ¿eres consciente de que no me estás contando nada? —le terminó
preguntando ya un poco más serio—. No podré ayudarte si no me…
—James… —le cortó—, necesito que tanto tú como Rob os mantengáis
al margen.
—Pero Pat…
—Por favor —suplicó, volviendo a interrumpir—. Prométemelo.
Al chico no le quedó más opción que levantar su mano derecha y
aceptar.

Cuando Pat terminó de tranquilizarse, entraron de nuevo en la casa y la


chica se excusó para ir al baño a refrescarse un poco. James regresó al salón
y tuvo la suerte de encontrarse solo a Rob, agachado frente al equipo de
música.
—¿Dónde está todo el mundo?
—Dannie ha ido a la cocina a por más hielo —contó—, y a Nick hace
rato que lo he perdido la pista —se puso en pie y preguntó en tono
confidencial—: ¿Cómo la ves?
—Jodida —admitió James, preocupado.
—¿Le ha puesto nombre?
—No, y mira que lo he intentado —aseguró, y le resumió un poco su
conversación con Pat.
—Así que no es platónico.
—¿Esperabas que lo fuera? —Sonrió James—. ¿Tú has visto cómo se
miran?
—¿Es posible no verlo? —admitió Rob con una sonrisa resignada—. Si
antes no me echo a un lado, me prenden fuego a mí. Y teniendo eso en
cuenta, no entiendo dónde está el problema.
—El problema es Nick, eso es obvio.
—Puede que él solo quisiera… divertirse un rato.
—¡Si es así, creo que voy a matarlo! —protestó James, intentando
contener su tono de voz para que no tronara en mitad del salón—. Pat lo
quiere, Rob. Hasta un punto que me resulta difícil de entender. Está
sufriendo, y yo no puedo verla así. ¿Qué hacemos?
—No hay mucho que podamos hacer —le recordó Rob—. De momento
vamos a seguir respetando su silencio un poco más, y veamos qué va
pasando.
Un gruñido fue lo único que salió ya de labios de James.
Nick entró en el salón y caminó hasta ellos sin dejar de mirarlos con una
expresión dura.
—¿De qué habláis tan serios? —preguntó con una frialdad que era
imposible que nadie pasara desapercibida.
—De la bolsa de valores —dijo James, observándolo con detenimiento.
—¿Y cómo va?
—Cae empicada.
—Qué bien, qué interesante —concluyó Nick, sin un atisbo de sonrisa.
Rob lo observó con un gesto preocupado. No había que ser un genio para
leer la tensión en el lenguaje corporal de Nick, que iba a partirse una muela
si seguía apretando los dientes de aquella manera.
—¿Y a ti que te pasa? —terminó preguntándole.
—La saliva por la garganta, me pasa.
Sin añadir una sola palabra, les dio la espalda y caminó hacia la mesa de
las bebidas.
—¡Joder, esto es surrealista! —dijo James, alucinado.
Pat regresó junto con Dannie al salón, demasiado preocupada como para
aparentar normalidad. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable para no
buscar a Nick con la mirada nada más entrar.
Cuando iba camino del baño, se habían cruzado en el pasillo y Pat se
había limitado a pasar ante él sin mediar palabra, ni siquiera lo había
mirado, pero el hecho de saber que si lo hacía, él podía descubrir las huellas
de las lágrimas derramadas la había ayudado a ignorarlo. Ahora era
demasiado consciente de su presencia…, y sus ojos parecían no estar de
acuerdo con la orden de no mirar que imponía desde su cerebro. Al parecer,
Nick tampoco parecía querer dirigirle la palabra y aquello la mataba.
No se sentía con ánimos de divertirse, pero no quería hacerle a Dannie el
feo de marcharse tan pronto. Decidió que aguantaría una hora más antes de
excusarse, alegar estar cansada y marcharse.
Una hora. Solo una hora sin mirarlo. No podía ser tan difícil.
Un minuto después, sus miradas terminaron encontrándose de forma
inevitable. Pat esperaba una mirada seria por parte de Nick, incluso algo
crítica, pero, sin duda, no aquella furia que leyó en sus ojos con total
claridad.
Pat se sintió tan desconcertada que desvió la mirada, preguntándose si
podían ser imaginaciones suyas. Volvió a mirarlo de reojo y comprobó, muy
a su pesar, que no se estaba figurando nada. Era consciente de que aún no se
había disculpado por haberlo echado de la clínica, pero habían sufrido
tantos altibajos desde su llegada a la casa que aquello había pasado a un
segundo plano.
«¿Qué será lo que lo tiene tan enfadado?», se preguntó, sintiendo como
sus emociones se desestabilizaban de nuevo. Aquello fue suficiente para
enfurecerla. «¿Y por qué narices tengo yo que estar pendiente de sus
neuras? Si está enfadado, es problema suyo, ¿o no?… ¡Pues eso!».
Caminó hasta la mesa de las bebidas, se sirvió otra copa de champan y
apuró el contenido de una sentada.
«¡Esto por si acaso te faltan motivos para seguir enfadado, imbécil!»,
pensó, llenando de nuevo su copa.
Media hora después, cuando fue consciente de que gracias a aquella
absurda rabieta infantil no podría conducir de vuelta a casa, se sintió de lo
más estúpida. Cogió asiento en el sofá y se recostó un poco. No se
encontraba mal, pero sí lo suficiente achispada como para descartar ponerse
al volante.
«¡Mierda, joder, ¿y ahora qué hago?», se preguntó, necesitando salir de
allí con urgencia. Ya no soportaba aquellas miradas iracundas, cargadas de
reproches, que Nick no se molestaba en disimular.
—Chicos, yo me marcho ya, estoy cansada —dijo sin pararse a pensarlo
más tiempo. Sacó su teléfono móvil y se dispuso a hacer una llamada.
—¿Ya? —Todos se giraron a mirarla.
—Sí, voy a llamar a un taxi —informó—. No me siento bien para
conducir, no estoy acostumbrada a beber.
—¡No seas tonta, te acercamos cualquiera de nosotros! —dijo Rob de
inmediato.
—No hace falta —protestó—, no quiero aguaros la fiesta.
—Ya deberías saber que estás librando una batalla perdida, Pat. —Sonrió
James—. No vamos a permitir que te vayas en un taxi.
La chica observó todos los sonrientes rostros, a excepción de uno al que
le costó la misma vida ignorar, y se dio por vencida.
—Voy al baño y nos vamos…
Salió del salón con paso firme, o todo lo firme que el champán le
permitió.
—Estoy pensado… —dijo Dannie— que quizá es mejor que Pat duerma
en la habitación de invitados.
—Coméntaselo cuando vuelva —sugirió James.
—La habitación está sin estrenar —siguió diciendo Dannie—, incluido
el colchón.
—A ver que dice.
—Yo la llevo a casa —dijo Nick, interrumpiendo la conversación.
Todos lo miraron un tanto sorprendidos por el tono seco.
—Pero así se evitaría tener que venir mañana a por el coche.
—Nos vamos en su coche —contó Nick—. Yo vendré mañana a por mi
moto.
—¿Y qué necesidad?
—La de que duerma en su cama.
—Pero que se acueste ya si está cansada, y…
—¡Que no va a dormir en tu casa, hostias! —interrumpió Nick, sin
molestarse en disimular su irritación.
Todos se quedaron perplejos frente a la salida de tono.
—Yo la acerco, si quieres —se ofreció Rob en un tono conciliador—. Y
después me vuelvo aquí.
—No es necesario —insistió Nick.
—Yo también puedo llev…
—Ni te molestes en terminar esa frase, James —interrumpió Nick con
una sonrisa irónica—. Yo la acerco y me marcho a mi casa.
Pat regresó al salón y los miró con una sonrisa afable, que solo le duró
hasta que escuchó a Nick decir:
—¿Nos vamos?
Pat se giró a mirarlo. Apenas podía disimular su desconcierto. Tragó
saliva, paseó su mirada por todos sus amigos, que la observaban con cierta
curiosidad, y se obligó a sonreír. ¿Qué podía hacer, negarse a irse con él?
¿Cuánto tardarían todos en sumar dos más dos si hacía algo así?
—Pues hasta mañana —les terminó diciendo. Caminó hacia la puerta sin
más dilación y ambos salieron de la casa.
James y Rob se miraron entre sí, en silencio, con una expresión
preocupada. Dannie pasó ante ellos y, con una sonrisa burlona, dijo alto y
claro:
—Y a eso, señores, en mi pueblo se le llama marcar territorio…
Capítulo 34
Pat salió de la casa con una tranquilidad engañosa. Justo en el momento
en que la puerta se cerró tras ellos, se plantó en mitad del porche con los
brazos en jarras y se negó a dar un solo paso más.
—Sin berrinches, por favor —le dijo Nick mirándola con cierto desdén.
Aquello terminó de indignarla.
—No, decididamente no voy contigo a ninguna parte.
—Dame las llaves del coche —le exigió Nick tendiéndole la mano.
—¿Es que no me has oído?
—Claro que te he oído —admitió molesto—. Yo y medio barrio.
—¿Cuándo te has vuelto tan gilipollas?
Nick dejó escapar una sonora aunque lenta exhalación para intentar
controlar su enfado.
—Pues igual ha sido cuando me has echado de tu clínica sin venir a
cuento —soltó, sin poder guardárselo por más tiempo.
Pat se cruzó de brazos y levantó el mentón con altivez, solo para
esconder lo mal que se sentía por aquello, pero ya no estaba dispuesta a
decírselo.
—Por algo habrá sido —dijo en su lugar, haciendo alarde de su
cabezonería. La realidad era que ya ni siquiera recordaba el motivo exacto
—. Pero como tú te lo has pasado por el forro, pues no creo que tengas
derecho a estar enfadado.
—¡Eres increíble! —protestó malhumorado.
—Sí, ya lo sé. —Sonrió socarrona—. Muchas gracias.
—¡Qué graciosa!
Nick vio moverse las cortinas del salón y se exasperó. Estaba seguro de
que la puerta se abriría de un momento a otro si no se marchaban ya.
—¿Podemos seguir discutiendo en el coche?
—No, no podemos —insistió—. Prefiero que me lleven Rob o James.
—¡Ni hablar!
—James antes me dijo que…
—Me da igual —terminó mascullando entre dientes—. ¡No vas con
James a ninguna parte!
—¿Porque tú lo digas?
—Sí, eso es, porque lo digo yo —dijo ahora furioso.
—Pues…
—¡Pues nada, Pat! —interrumpió—. Esa puerta va a abrirse de un
momento a otro si no nos vamos ya. ¿De verdad te apetece tener que dar
explicaciones a la una de la madrugada?
Pat valoró aquellas palabras en silencio. Odiaba tener que darle la razón,
pero la opción de plantarse ante sus amigos a explicarles por qué no quería
marcharse con Nick no estaba dispuesta ni a considerarla. A regañadientes,
le tendió las llaves, caminó hasta el coche y se subió sin rechistar.
Ninguno de los dos pronunció una sola palabra en el trayecto hasta casa
de Pat. De vez en cuando, la chica lo miraba de reojo y se mordía la lengua
de forma literal para evitar comenzar cualquier tipo de conversación. Él iba
muy concentrado en la conducción, tal y como hacía siempre cuando
trabajaba, y a Pat siempre le había fascinado mirarlo cuando estaba tan
absorto en algo. Terminó girándose por completo hacia su ventanilla para
evitar que sus traicioneros ojos disfrutaran demasiado.
Justo cuando Nick tiró del freno de mano y apagó el motor junto a su
casa, Pat se bajó del coche sin ni siquiera despedirse. Empezaba a sentir un
calor sofocante que conocía demasiado bien, y antes se moriría que dejar
que se diera cuenta.
Subió la escalinata de entrada sin volverse a mirarlo ni una sola vez,
mientras que buscaba la llave dentro de su bolso dispuesta a hacer el mutis
perfecto; pero la ilusión solo le duró hasta que terminó de revisar todos los
bolsillos sin encontrarla, y entró en pánico. Sus padres se habían marchado
a pasar el fin de semana fuera, si su llave no aparecía, se quedaría en la
calle. Ni siquiera podría dormir en el coche, puesto que él tendría que
llevárselo para irse a su casa. Ya frenética y consciente de que los ojos de
Nick debían estar posados sobre ella, cayó en la cuenta de algo que tiñó sus
mejillas de un rojo intenso: antes de salir hacia casa de Dannie, había
unificado en un mismo llavero las llaves de la casa y el coche.
«Mierda», se dijo, pensando en que preferiría que se la tragara la tierra
en aquel momento que volverse hacia Nick. Esperó unos segundos a ver si
se abría un agujero negro enorme allí mismo en su porche, pero no tuvo
suerte. Dejando escapar un exabrupto, se giró hacia el coche y tuvo que
obligarse a respirar más despacio para no hiperventilar. Nick estaba
apoyado sobre el capó con una tranquilidad pasmosa y una sonrisa
socarrona, mientras jugaba con su llavero.
—Resulta curioso cómo funciona el karma… —lo escuchó decir en un
tono burlón mientras sacaba la llave de la casa del llavero.
Pat tuvo que morderse la lengua para no mandarlo a la mierda desde allí
mismo y resignarse a hacer noche en el sofá del porche.
—¿Vas a venir a por ella? —le preguntó él tras unos segundos,
mostrándole la llave—. Porque solo hay un motivo por el que subiría esos
ocho escalones…, pero no se te ve muy receptiva.
Pat se alegró de que la distancia ocultara su acaloramiento ante la
evidente insinuación. ¿Cómo era posible estar tan enfadada y tan excitada al
mismo tiempo? ¡Aquello no tenía sentido! Hizo acopio de valor y bajó los
escalones con paso firme. Él no tenía por qué saber que le temblaban hasta
las canillas.
—Guárdate tus estúpidas insinuaciones —le dijo, tendiéndole la palma
de la mano, exigiendo la llave.
—A ver si lo he entendido… —Sonrió Nick sin rastro de humor y sin,
por supuesto, darle la llave—. ¿Tú puedes pasarte media noche mirándome
como si aún siguiéramos dentro de aquella ducha, pero yo no puedo hacer
un simple comentario? —preguntó mordaz—. ¿Por qué vara de medir te
riges tú?
Las mejillas de Pat se tiñeron de rojo de nuevo y su cuerpo reaccionó al
recuerdo de una forma intensa y desesperante. Se vio obligada a mentir para
preservar algo de dignidad.
—Me parece que ves visiones —le dijo, encogiéndose de hombros—. O
quizá ha sido el champán. Es posible que hayas confundido la mirada un
poco achispada con…, bueno, con…
—¿Lujuria?
—Sí…, eso —titubeó.
—¿Deseo?
—Eh…, sí, son… miradas parecidas.
—Muy parecidas —recalcó Nick socarrón—. Te juro que he llegado a
pensar que ibas a arrastrarme al baño de un momento a otro.
—¡Qué más quisieras! —interrumpió, sintiendo unas intensas punzadas
de excitación.
—¿En serio? ¿Crees que hubiera querido que lo hicieras?
—Pues… no tengo ni idea, pero me da igual —dijo incómoda—. Ya te
has encargado de dejar claro que entre nosotros ya no queda ni la amistad.
Lo vio apretar los dientes antes de decir:
—Y a ti… como que no te ha afectado mucho.
Pat guardó silencio. ¿Qué podía decirle, que había llorado durante
mucho rato por culpa de aquello? ¡Ni muerta!
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? —le preguntó irritada—.
¿Suplicarte?
—No, Pat, pero mostrar un poco de pesar tampoco te mataría.
—¿Y tú qué coño sabes de mis pesares? —le dijo ya furiosa, recortando
las distancias para no contarle aquello a medio vecindario—. ¡A ti no te
importa una mierda cómo me siento!
—Eso no es verdad.
—¡Sí lo es! Tú siempre lo has decidido todo entre nosotros, sin pararte a
pensar ni por un momento en mí y mis sentimientos. —Lágrimas de rabia
empezaban a quemarle en los ojos, pero se negó a dejarlas salir—. Primero
decidiste que no podíamos ser amantes y tuve que aceptarlo, a pesar de que
me muriera por estar contigo…
Aquel comentario provocó una verdadera hecatombe en las emociones
de Nick, pero Pat estaba ya tan irritada que no se dio cuenta.
—Y ahora decides que ya no somos amigos, ¡pues vale, lo acepto! —
continuó murmurando entre dientes—. Pero no puedes decirme algo así y
después empeñarte en traerme a casa como si nada.
—Ah, claro, hubieras preferido que te trajera James —interrumpió Nick
como una bala, acercándose aún más a encararla—. ¿Es que no han sido
suficientes los arrumacos bajo las estrellas?
—¿Debería saber de qué coño estás hablando? —preguntó ahora entre
asombrada y malhumorada.
—¿Crees que James ha entendido que el tonteo y los abracitos eran por
culpa del champán o es que con él no ha sido así?
Ahora sí comprendió que hablaba del tiempo que había pasado en el
porche desahogándose con James. ¿Había estado espiando tras las cortinas?
Y ¿cómo podía pensar que tenía algo con él? ¡Era del todo absurdo!
Aunque no estaba dispuesta a darle explicaciones; ni tenía derecho a
pedirlas ni se las merecía.
—¿Y a ti qué carajos te importa lo que me traiga o no con James?
—No, a mí nada, te lo aseguro.
—Pues menos mal que lo aseguras, porque por un segundo me ha
sonado a celos.
Cuando escuchó a Nick reírse en su cara, estuvo tentada a pegarle, pudo
contenerse a duras penas.
—¿Celos? ¡Eso sí tiene gracia! —continuó diciendo Nick—. Solo me
preocupa que seas una muesca más en su cinturón. Es todo.
—Pues deja que sea yo quien se preocupe de eso —insistió, obcecada en
no contarle la verdad—. Te recuerdo que tú y yo ya no somos amigos.
Estaban tan cerca que casi podían sentir el aliento del otro sobre la piel.
—Es verdad, se me olvidaba que tienes amigos suficientes. —Sonrió
Nick de nuevo—. Amigos para mirar las estrellas, amigos para ir de
compras…
—¡Pues sí! ¿Algún problema con eso? —murmuró entre dientes, presa
de una inquietante necesidad de llevarlo al límite—. Porque si algo te está
quemando por dentro, quizá deberías ser lo suficiente hombre como para
admitirlo.
—¿Vas a cuestionar mi hombría a estas alturas, ojos azules? —casi
susurró sobre su boca, con los ojos echando llamas.
—Sí —afirmó Pat, muy consciente de que con aquello solo buscaba…
problemas, pero su cuerpo se moría por declarar el estado de guerra,
mientras que su mente se debatía entre el orgullo y el deseo. Y, como quien
predice lo que va a ocurrir, vio que sus ojos pardos se oscurecían y que las
pupilas se le dilataban
—¿Tú eres consciente… —insistió Nick, sin recular ni un palmo— de
que me estás retando a demostrártelo?
Pat sintió que la abrasaba con la mirada esperando la respuesta.
—Sí —musitó por fin, perdiéndose del todo en sus ojos.
Apenas una décima de segundo después, Nick arrasó su boca con
auténtica desesperación mientras Pat salía al encuentro de su lengua presa
de la misma locura. Se colgó de su cuello y dejó escapar un gemido gutural
cuando él la atrajo contra su erección y pudo sentir la dureza contra la
pelvis. Saborearlo a conciencia sintiendo que él la deseaba como un loco
era el paraíso.
Nick la tomó del trasero y la sentó sobre el coche, instándola a rodearle
con las piernas, mientras movía las caderas contra ella una y otra vez.
Ambos se devoraban de forma frenética poseídos por una lujuria total y
absoluta. Las manos de Nick apenas podían parar quietas e intentaban
meterse bajo aquella camiseta, deseosas de encontrar algo de piel que
acariciar.
—Nick… —susurró Pat sobre su boca cuando sintió la suave brisa sobre
la piel del estómago—, tenemos que…
Pero dejó que la lengua de Nick invadiera su boca de nuevo y fue
incapaz de recordar qué iba decir.
—… por favor… —insistió unos minutos después cuando pudo
recuperar un atisbo de cordura—. Nick…
—No… me pidas que pare, ojos azules —gimió contra sus labios entre
beso y beso—. No puedo…, te juro que no puedo —continuó lamiendo
ahora la cara interna de su cuello mientras su mano seguía ganando terreno
debajo de la camiseta.
Pat dejó escapar un gemido de deleite al escucharlo, y tuvo que hacer un
esfuerzo sobrehumano para seguir razonando.
—Pero, Nick… —suplicó, sin poder dejar de frotarse contra él—, hay
que entrar… en la casa…
—¿Qué? —Siguió descendiendo por su cuello y avanzando con las
manos.
—Estamos… en mitad de la calle.
Casi había llegado a sus pechos cuando pareció comprender lo que Pat
intentaba decirle.
—¡Hostias! —exclamó sorprendido mirando a su alrededor.
Sacó la mano de dentro de la camiseta al instante, pero no se apartó.
Tomó a Pat del trasero y tiró de ella para sostenerla en brazos.
—Agárrate bien —le pidió. Pat apretó las piernas con fuerza alrededor
de sus caderas, y Nick caminó hacia las escaleras como si ella pesara poco
más que una pluma.
—¡Oh…, joder! —jadeó Pat en su oído cuando Nick comenzó a subir la
escalinata. El simple movimiento provocaba que la dura erección se frotara
contra ella y presionara el mismo centro de su placer, enloqueciéndola por
completo. Cada escalón era un dulce tormento que adentraba a Pat en un
camino de no retorno hacia la culminación.
—Solo te han faltado un par de escalones. —Sonrió Nick, soltándola en
el suelo junto a la puerta y volviendo a besarla. Un minuto después sus
manos volvían a ascender por dentro de su camiseta—. ¡Joder…, que me
pierdo de nuevo!
—¿Y la llave? —preguntó Pat, entre suspiros.
—Ni sé en qué bolsillo me la he metido —admitió sin poder dejar de
besarla.
—Espera, a ver… —Pat metió la mano dentro del bolsillo delantero de
Nick y rozó su erección con deliberada intención.
Nick dejó escapar un jadeo contra su boca.
—¿Encuentras lo que buscas?
—¡Oh, sí! —susurró, volviendo a frotar los dedos contra su dureza—.
Pero ni rastro de la llave.
La risa ronca de Nick le provocó un extraño cosquilleo en cada fibra de
su cuerpo y se estremeció de arriba abajo. Aprovechó para besarle y lamerle
el cuello mientras él buscaba la llave en el resto de bolsillos, y se deleitó
con el gemido que dejó escapar cuando se centró en jugar con el lóbulo de
la oreja.
—Joder, como no aparezca la llave vamos a dar un espectáculo público
inevitable —protestó Nick, ya desesperado, sin dejar de recorrer todos sus
bolsillos.
—Da igual. Siempre puedo mudarme a otro barrio —susurró Pat
metiendo la mano ahora por dentro de su camiseta y acariciando el duro
abdomen.
—¡La tengo! —gritó eufórico, como si hubiera ganado la lotería.
Pat dejó escapar un suspiro de alivio y lo besó a conciencia y con tal
intensidad, que Nick se fundió contra ella y se olvidó de nuevo de la llave,
de que estaban en medio de la calle y hasta de su nombre. Solo cuando
sintió el irrefrenable deseo de lamer los pechos que sostenía entre sus
manos, metió la llave en la cerradura y ambos entraron en la casa casi a
trompicones.
Nick cerró la puerta con el pie y le quitó la camiseta al instante,
recorriendo con ambas manos y de forma ansiosa cada centímetro de piel
descubierta, sin dejar de besarla. El sujetador no tardó en unirse a la
camiseta. Cuando por fin pudo saborear aquellos pechos que lo volvían
loco, dejó escapar un gemido de deleite absoluto y su temperatura se elevó
hasta límites casi insoportables, que empeoraban a cada gemido que ella,
abandonada por completo a sus caricias, dejaba escapar de su garganta.
Recorrió el camino de sus pechos a sus labios una y otra vez, incapaz de
saciarse, besando y lamiendo cada centímetro de piel, hasta que la
apremiante necesidad empezó a adueñarse de la situación.
Pat apenas podía soportar ya las caricias sin sentir que cada una de ellas
la arrastraba hacia el abismo, y aquello sin que él la hubiera tocado aún
donde más atención necesitaba. Desesperada por sentir piel contra piel,
tironeó de su camiseta y Nick se quitó la prenda, provocando que Pat dejara
escapar un suspiro de dicha cuando pudo recorrerlo a sus anchas por todas
partes, con las manos, con la lengua…; hasta terminar fundiéndose contra él
en un estrecho abrazo, apretando sus pechos contra el duro torso masculino.
Casi al mismo tiempo, las manos de uno y otro se concentraron en los
botones de los vaqueros mientras avanzaban hacia el salón, buscando el
sofá de forma inconsciente. Terminaron cayendo en él, entre todo un barullo
de piernas y pantalones a medio quitar, contra los que lucharon de forma
casi frenética. Una vez que consiguieron arrancarse los vaqueros el uno al
otro, la ropa interior fue coser y cantar y estuvo en el suelo pocos segundos
después. Nick se acopló entre sus piernas y frotó su erección contra ella,
empujándola por el precipicio al instante, de forma intensa e irremediable, y
sin dejar de besarla, disfrutando de cada oleada de placer que ella exhalaba
dentro de su boca. Aquello lo enloqueció de tal forma, que tuvo que
olvidarse de todo lo que aún le quedaba por lamer y acariciar en aquel
cuerpo que lo volvía loco, y se hundió en ella sin poder contenerse más
tiempo.
El ritmo salvaje que marcaron desde un principio los llevó con rapidez a
un clímax brutal y formidable, que ninguno de los dos hubiera creído que
fuera posible. Aquello superó tanto todas sus expectativas, que ya estaban
por las nubes, que los dejó sumidos en un silencio total y absoluto mientras
disfrutaban de un estado de paz y relajación que ambos necesitaban mucho.
Se acurrucaron en el sofá uno en brazos del otro durante largo rato, hasta
que sus cuerpos volvieron a despertar exigiendo más de lo que nunca
parecían tener suficiente.
Se amaron durante horas, una y otra vez, hasta que cerca de las seis,
cuando el sol casi comenzaba a despuntar en el horizonte, Pat se rindió al
cansancio y se quedó dormida con una radiante sonrisa en los labios… Por
desgracia, aquella dicha solo le duró hasta que abrió los ojos unas horas
después y comprobó, estupefacta, que no había ni rastro de Nick en la casa.
Capítulo 35
Pat había quedado con Rob en la clínica rondando el medio día. Tenían
demasiadas cosas pendientes como para descansar aunque fuera domingo.
Ella había llegado muy temprano intentando huir de los recuerdos que
ahora, gracias a aquel patán cretino y escurridizo que esperaba no volver a
ver en su vida, tenía por toda su casa.
Intentó concentrarse en la camilla que Rob y ella habían montado el día
anterior y no pensar en nada más. Comprobó que había dos tornillos algo
sueltos y cogió la caja de herramientas dispuesta a solucionarlo, pero
cuando intentó abrirla no hubo manera. Giró el pomo hacia un lado, hacia el
otro, tiró de él con fuerza y lo apretó con empeño hacia adentro. Nada. Y
cada vez que lo intentaba, sin resultado, estaba más enfadada.
—¡Mierda de caja! ¡Joder! ¡Que te abras! —gritó, tirando del pomo de
nuevo. Terminó golpeando la caja con saña mientras dejaba escapar una
blasfemia que hubiera espantado a un camionero.
Y así la encontró Rob cuando entró en el despacho. Perplejo, observó la
escena, preguntándose con cierta sorna si no sería mejor recular con sigilo y
volver más tarde.
—¿Qué te ha hecho la caja?
—¡Se ha roto! —exclamó Pat, irritada, tironeando del frío pomo, sin
importarle que Rob la estuviera mirando como si se hubiera vuelto loca de
remate—. ¡¿Y cómo coño arreglamos ahora la caja si tenemos todas las
herramientas dentro?! ¡Mierda! ¡Joder!
Rob esbozó ahora una sonrisa divertida, que se cuidó mucho de que ella
no viera. Tenía la impresión de que sería muy fácil que cambiara de
objetivo a poco que la molestara lo más mínimo.
—¿Me dejas intentarlo?
—¿Eres más listo que nadie o qué? —le dijo malhumorada, haciéndose a
un lado.
—No, pero a lo mejor no estoy tan enfadado… —Rob tiró del pomo, lo
giró sin soltarlo y la caja se abrió al instante.
La mirada asesina de Pat le arrancó una inevitable carcajada, que a punto
estuvo de costarle una colleja.
—¿Vas a contármelo? —le preguntó Rob cuando pudo ponerse serio al
fin.
—Hay dos tornillos sueltos. —Señaló Pat la camilla—. Somos unos
incompetentes del montaje de muebles.
—¿Y eso es lo que te tiene tan enfadada?
—Pues sí —mintió—, y tu preguntadera tampoco ayuda.
Rob suspiró. Estaba claro que Pat no quería hablar del tema, de modo
que prefirió ponerse manos a la obra con todo lo que había que hacer,
esperando que se decidiera a hablar cuando lo necesitara.
Montaron dos camillas más en la mitad de tiempo que la primera, y se
concentraron después en desembalar y montar la última estantería que
faltaba en el despacho de Pat, y que iba colgada de la pared, cerca de la
camilla.
—Que mañana la cuelguen los albañiles en un momento —dijo Pat una
vez terminaron el montaje—. Pesa un quintal.
Rob intentó levantarla él solo y dejó escapar un gemido de dolor, que lo
obligó a detenerse en seco.
—Eso ha sonado feo —dijo Pat, chasqueando la lengua—. ¡Es que eres
muy borrico! ¡Joder, todos los tíos sois iguales! ¡Tanta testosterona os juega
en contra!
Rob se frotó el lateral con un gesto de dolor.
—¿Encima me vas a echar la bronca? —protestó—. Joder, Pat, serías
una madre horrorosa.
La chica suspiró mientras movía la cabeza en señal de resignación.
—¿Dónde es? —preguntó, acercándose a él.
—En el costado. —Se señaló en el sitio exacto e intentó estirar la zona
—. Se ha montado, pero no parece serio.
Pat buscó la zona por encima de la camiseta y no tardó en encontrar la
pequeña contractura.
—En buen sitio nos coge. —Sonrió con pesar, por haber pagado con él
un cabreo que no le correspondía—. Vamos a intentar descargarlo un poco.
Rob se quitó la camiseta con un gesto de dolor y se apoyó sobre la
camilla mientras Pat rebuscaba dentro de su bolso. Los aceites que tenían
pedidos para el masaje aún no habían llegado, así que tuvo que apañarse
con la crema que siempre llevaba a cuestas. Sin poder evitarlo, una imagen
de ella y Nick en la laguna de la reserva acudió a su mente. Había usado
aquel mismo bote de crema para recorrer su espalda y…
«¡Ni hablar! ¡No voy a permitir que Nick entre en mi cabeza de nuevo!»,
se dijo, apretando los dientes. «¿Y para eso no deberías haberlo dejado salir
primero?», le contestó una neurona tocapelotas que pasaba por allí.
—¡Agghh! —protestó en alto, cerrando la cremallera de su bolso de un
tirón seco.
—No sé si quiero dejarte que me pongas las manos encima —se lamentó
Rob al instante.
Pat se esforzó por sonreír y caminó hacia su amigo con un gesto
conciliador. Observó con atención su torso desnudo y tuvo que reconocer
que era de poster, por eso le resultaba muy curioso que no le provocara ni
un leve cosquilleo. Sin embargo, solo tenía que imaginar el de Nick y ardía
como la leña seca.
—Pues siento decirte que no vas a poder estrenar la camilla —bromeó
caminando hasta él—. Así de pie me resulta más cómodo darte masaje en
esa zona.
Diez minutos más tarde, Rob apenas sentía ya un leve dolorcillo.
—¿Te pones el infrarrojo? —le sugirió Pat.
—Creo que no es necesario, casi no me duele.
—Por suerte no tenías mucho.
—No, por suerte te tenía a ti cerca.
—¿A pesar de la bronca que te he pegado?
Rob rio.
—Sí, a pesar de eso. Y no me puedo quejar —dijo divertido—. He salido
mejor parado que la caja de herramientas.
Pat sonrió un poco avergonzada mientras terminaba con el masaje.
—Sí…, me ha cabreado mucho esa caja —admitió.
—¿Sigues sin querer contármelo? —insistió el chico—. La verdad esta
vez.
La chica suspiró con resignación y lo miró a los ojos, planteándose muy
en serio contárselo todo. Después, apoyó la frente en su hombro, buscando
la forma y las fuerzas para empezar a hablar.
—¡Esto ya es lo último que me quedaba por ver! —dijo una voz muy
enfadada desde la puerta, interrumpiendo cualquier inicio de conversación.
Sorprendidos, se giraron hacia Nick, que parecía echar fuego por los ojos
mientras paseaba su mirada de Pat a Rob.
—¿Así trabajáis vosotros? —insistió sin disimular su furia—. Ahora me
explico por qué pasáis tanto tiempo aquí últimamente.
Para Pat aquello fue la gota que colmó el vaso.
—¡¿Qué coño estás insinuando?! —le preguntó con ira apenas
contenida.
—¿Insinuando? —Sonrió irónico—. No necesito insinuar lo que está a la
vista. —Señaló a Rob.
—Oye, Nick… —terminó interviniendo Rob, que estaba aún alucinando
por toda aquella situación—, quizá deberías salir a calmarte un poco antes
de seguir hablando.
—¡Y tú quizá deberías vestirte antes de dirigirme la palabra!
—Nick, te estás equivocando… —insistió Rob, cogiendo su camiseta.
—¿En serio? ¿De verdad tienes una explicación para estar medio
desnudo y que no sea lo que parece? —Sonrió sarcástico.
Pat sentía que la furia crecía en su interior y empezaba a brotar hasta por
el último poro de su piel.
—Explicación que no tiene por qué darte —dijo Pat ahora, taladrándolo
con una mirada iracunda—, ¡porque no tienes ningún derecho a pedir
explicaciones!
—¿Crees que no?
—¡Te aseguro que no! —dijo categórica, caminando hacia él para
enfrentarle apenas a medio metro de distancia—. ¡No tienes derecho a
meterte en mi vida!
—¡Hace unas horas sí lo tenía! —le recordó, furioso, clavando sus ojos
en ella.
—Puede ser —admitió dolida—, pero perdiste ese derecho cuando te
escabulliste a hurtadillas de mi cama en mitad de la noche como un vulgar
ratero.
Ambos se miraron fijamente, a cuál más iracundo.
—Vale…, creo que puedo ahorrarme los detalles —escucharon decir a
Rob, del que ambos parecían haberse olvidado. El chico se había puesto la
camiseta y observaba la escena con evidente incomodidad—. Yo… me voy
a…, bueno, a cualquier otra parte.
Pasó ante ellos sin mirarlos y desapareció.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —le gritó Pat a Nick,
duplicando su enfado.
—¿Yo? No he sido yo quien ha gritado a los cuatro vientos que hemos
pasado la noche en la cama —le recordó.
—No, es verdad, tú solo has entrado aquí como un energúmeno,
haciendo acusaciones absurdas…
—¿Absurdas? —interrumpió—. ¡Sé lo que he visto! Y prefiero no
pensar en qué me hubiera encontrado si tardó cinco minutos más en llegar.
¡¿Es que no has tenido suficiente esta noche?! ¡¿Cuánto sexo necesitas,
Pat?!
La chica tuvo que apretar los dientes y hacer acopio de todas sus fuerzas
para no abofetearlo. Sentía la sangre bullir en su interior de forma peligrosa,
y una mezcla de sentimientos, todos distintos, gritaban al mismo tiempo
dentro de su cabeza.
—Sal de aquí —terminó exigiéndole, colérica—. Tienes prohibida la
entrada en mi despacho a partir de este momento.
—Para que no vea lo que no debo, supongo —insistió irritado.
—Sí, supones bien —se limitó a decirle, cruzándose de brazos—.
¡Largo!
—Así que estás admitiendo que Rob y tú… —fue incapaz de terminar la
frase.
—Da igual lo que yo diga, Nick —dijo, intentando no sucumbir a la
rabia que la impulsaba a agredirle—. Tú no escuchas.
—¡Yo me fio de lo que ven mis ojos! —insistió—. Y te han visto casi en
brazos de Rob, al igual que ayer te vieron en los de James. ¿O aquello
tampoco era lo que parecía? Te aseguro que se os veía muy bien a través de
las ventanas del salón. Cómo te abrazaba, te acariciaba el rostro…
Pat lo mató con la mirada. ¿De verdad tenía la poca vergüenza de hablar
así de cuando James la consolaba porque estaba rota y hecha polvo por su
culpa? Estaba claro que James le había limpiado más lágrimas de las que
aquel cretino se merecía que derramase. ¡Aquello fue como darle un
lanzallamas!
—Tienes razón, no voy a seguir poniendo excusas —le dijo,
enfrentándose a él con los ojos inyectados en una rabia que ya la había
poseído por completo—. Ni para lo de James ni para lo de Rob tampoco.
Nick se puso lívido.
—¿Y entonces? —preguntó entre dientes—. ¿Nos vas alternando o qué?
—Puede ser —dijo, apretando los puños—. Quizá me acuesto con todos
ellos y lo mantengo en secreto, como hago contigo.
Nick apenas pudo disimular el mazazo que le asestaron aquellas
palabras. Pat leyó el horror en sus ojos como en un libro abierto, y aquello
terminó desgarrándola a ella por dentro también.
—Eso… ¿es cierto? —le preguntó ahora apenas en un susurro.
—Dímelo tú —dijo, sin poder evitar que dos lágrimas corrieran por sus
mejillas—, demuestra que me conoces lo suficiente como para saber la
respuesta.
Pero Nick no podía pensar con claridad. La imagen de ella en brazos de
otro eclipsaba todo lo demás, y lo llenaba de una rabia que nunca había
sentido antes.
—Yo ya no sé si te conozco —le dijo, buscando devolverle un poco del
tormento que lo arrasaba por dentro—. Por lo visto ahora eres toda una
experta en camelarte a los hombres, y tienes donde elegir. Solo por
curiosidad… ¿también te funciona con mi padre?
Aquello sí fue una sorpresa mayúscula para Pat, que le devolvió una
mirada incómoda y tan culpable que hubiera sido imposible que Nick no se
diera cuenta. El chico se metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y
sacó una tarjeta de visita, que le mostró con una mirada helada.
—Eric Cooper. Habitación dos tres dos —leyó Nick en un tono frío—.
Gracias por tu gentileza.
Pat tragó saliva, pero las palabras seguían sin salirle del cuerpo. Aquella
era la misma tarjeta que el padre de Nick le había dado a la puerta del hotel
hacía tan solo un par de días. Recordaba haberla dejado sobre la mesilla de
su habitación, tras contemplarla largo rato intentando decidir si debía o no
interceder de nuevo entre Nick y su padre. Después se había olvidado de
ella.
—¿Por qué te está dando las gracias exactamente, Pat? —insistió Nick
—. ¿Te has reunido con mi padre a mis espaldas a pesar de que te prohibí
que lo hicieras?
—No, yo…
—¿No? Pues explícame que hacía esta tarjeta sobre tu mesilla.
A Pat se le secó la garganta. ¿Aquella tarjeta era el motivo de que Nick
se hubiera marchado en mitad de la noche?
—¿No piensas decir nada? —insistió recortando las distancias y
mirándola con desdén—. Porque he venido hasta aquí solo en busca de una
explicación.
—¿Por eso te has ido… sin despedirte?
—¡¿Tienes idea de cómo me he sentido cuando he visto esta tarjeta?! —
le gritó entre dientes, sin esconder su dolor—. ¡No podía ni mirarte! ¡Te
pedí que no te acercaras a él, Pat, incluso me lo prometiste, y me has
traicionado de la peor manera! —exhaló aire con fuerza antes de continuar
—. Y después de horas y horas de volverme loco, he recapacitado y
pensado que quizá tendrías una explicación razonable, y he venido a
pedírtela…; pero tú estabas muy entretenida mientras a mí me faltaba el
aire.
—Nick —casi susurró—, yo…
—No, ya no quiero oír nada más —la interrumpió—. Te juro que hoy ya
he visto y escuchado más de lo que puedo soportar.
Salió del despacho sin volver a mirarla, caminando a paso rápido hacia
la salida.
—Nick, por favor, no te vayas así —suplicó Pat saliendo tras él—.
Espera un poco.
Cuando llegaron al vestíbulo, ambos se detuvieron en seco. Rob estaba
charlando con alguien que acababa de llegar y que no podía haber escogido
peor momento.
—Ah, aquí estás —le dijo Rob a Pat—. El señor Cooper quería hablar
contigo. Lleva un rato esperando.
Nick posó una mirada helada sobre su padre y apretó los dientes.
Después se giró hacia Pat con una fea acusación en los ojos, y la chica
sintió una opresión en el pecho que le cortó la respiración. Sabía que él no
dudaría en pensar lo peor.
—Nicholas —dijo el hombre, mirando a su hijo con cierto nerviosismo
—. Solo quiero unos minutos.
Nick se acercó a él con una expresión colérica.
—Y yo quiero que desaparezcas de mi vida —le dijo entre dientes, a
escasos centímetros—. No te será difícil, tienes mucha práctica.
—Nick, por favor —le suplicó Pat, poniéndole una mano sobre el
hombro.
El chico hizo un gesto brusco para deshacerse de aquella mano, que no
pasó desapercibido para nadie. Después, sin añadir una sola palabra ni mirar
a nadie, salió de la clínica con paso firme.
Pat se mordió los labios mientas contenía las lágrimas a duras penas.
—Lo siento —le dijo el hombre con una expresión culpable y angustiada
—. Vi su moto en la puerta y pensé que quizá…
—No era el mejor momento —admitió Pat, conteniéndose para no
romper a llorar como una niña. Después se giró hacia Rob, que los
observaba con una expresión confusa, y le explicó lo que supuso que ya no
era ningún secreto—: El señor Cooper es el padre de Nick.
La expresión boquiabierta de su amigo le hubiera arrancado una sonrisa
de no estar tan hecha polvo.
—Mi relación con Nick no está pasando por un buen momento —le dijo
Pat al hombre, con amargura—. No puedo ayudarte, lo siento.
Tuvo que salir corriendo de allí antes de deshacerse en lágrimas.
Cuando Rob llamó a la puerta y se coló en el despacho minutos después,
Pat lo miró avergonzada, sin esconder sus lágrimas. A todo lo sucedido,
tenía que añadirle el hecho de que Rob se había enterado de su relación con
Nick de la peor manera posible. No sabía si estaría enfadado con ella por
ocultárselo, pero en aquel momento lo necesita mucho. Y su amigo pareció
leerle la mente, porque se limitó a sonreírle con ternura y abrió sus brazos,
hacía los que Pat corrió al instante, deshaciéndose en lágrimas.
Capítulo 36
Cuando Pat se bajó de la moto de Rob en la puerta del Oasis, su corazón
comenzó a palpitar desquiciado. La moto de Nick estaba aparcada allí, a
pesar de que ella había estado convencida de que él no iría al bar aquella
tarde.
—Intenta relajarte un poco —le aconsejó Rob—. Recuerda que es Nick,
siempre has podido hablar con él.
Pat tragó saliva intentando creerse aquellas palabras, pero en el fondo
sabía que el Nick que había salido de la clínica aquella misma mañana, ya
no la veía como a su gran amiga, y, paradójicamente, odió aquel hecho a
pesar de todas las veces que había deseado que él dejara de considerarla
solo aquello.
«Cuidado con lo que deseas», se recordó a sí misma con tristeza.
—No sé si quiero entrar, Rob —le dijo, temerosa de lo que podía
encontrar. La última mirada de desprecio que Nick había posado sobre ella
la había matado. No estaba segura de poder soportar otra igual.
—Quizá ha recapacitado por sí solo y por eso está aquí —opinó Rob
intentando ayudar—. Esta mañana fue a la clínica para darte la oportunidad
de explicarte.
—Ah, sí, es verdad —ironizó—. Y lo he recibido con los brazos
abiertos.
—Tú también estabas enfadada, Pat —le recordó—, solo tenéis que
hablar para aclarar todos los malentendidos y poder…, no sé, lo que sea…
Pat lo miró con las cejas arqueadas y una leve sonrisa.
—¿Qué quieres? —admitió Rob, encogiéndose de hombros—. Todavía
tengo que acostumbrarme a la idea.
—Pues no sé si hay una idea a la que acostumbrarse —se lamentó.
—No lo sabrás hasta que entres ahí.
Dejando escapar una sonora exhalación, se armó de valor y avanzó hacia
el Oasis seguida de Rob.
Pat sabía que aquella tarde no iba a ser fácil. A pesar de que Rob era
optimista, nadie más que ella conocía toda la carga emocional que Nick
acarreaba por el abandono de su padre. Entendía que se sintiera traicionado
por ella. Incluso ella misma se había sentido así al prestarle oídos a Eric
Cooper, aunque hubieran sido solo unos cuantos minutos. Era cierto que no
lo había hecho con maldad, sino con el firme propósito de ayudarlo, porque
lo amaba tanto que era incapaz de verlo sufrir…, pero aquello no podía
decírselo.
«Aunque sí tengo que aclararle que no soy una ninfómana insaciable», se
recordó. No quería que a Nick le quedara ninguna duda en ese sentido.
Claro, que todo aquello pasaba por conseguir que él quisiera escuchar una
sola palabra de sus labios…
Cuando entró en el Oasis, barrió el local con la mirada. Ya estaba
preparada para enfrentarse a la mirada acusatoria de Nick, a su enojo,
incluso a su desprecio, pero no a lo que encontró al fondo de la barra…
—Mierda —escuchó murmurar a Rob, como si estuviera a kilómetros de
distancia.
Pero ella solo tenía ojos para Nick, su Nick, abrazando a otra mujer y
sonriendo ahora mientras ella le susurraba algo al oído. Él estaba sentado en
una de las sillas altas de la barra y ella de pie entre sus piernas, con los
brazos alrededor de su cuello mientras él la atraía hacia sí de la cintura.
Rob se interpuso en su camino para obligarla a romper el contacto
visual.
—¿Qué quieres hacer? —le preguntó, preocupado por su palidez—.
¿Nos vamos?
Pat apenas podía razonar.
—Escucha, Pat, esa es mi antigua compañera de trabajo —explicó,
obligándola a mirarlo a los ojos—. Y te aseguro que Nick jamás mostró
interés en ella.
—¿La… modelo? —titubeó.
—Sí.
—Pues no ha tardado en llamarla —dijo, apretando los dientes para no
romper a llorar.
—Pues no sé cómo, porque ni quiso su teléfono ni me autorizó a darle a
ella el suyo.
Pat se apartó a un lado para poder mirar a la pareja, a pesar del daño que
sabía que le hacía, pero no podía evitarlo. Para su desgracia, en aquella
ocasión su mirada se cruzó con la de Nick, que tuvo la poca vergüenza de
saludarla con un gesto y volver a centrarse en la mujer que reía ahora a
carcajadas.
—Vale, escoge una parte de su cuerpo —le dijo Rob ahora—. La que
quieras.
—Rob…
—¿No? Pues escojo yo: la nariz, ¡voy a romperle la nariz!
Aquello consiguió que Pat esbozara una sonrisa, que era lo único que
Rob pretendía, pero cuando dos lágrimas acompañaron la mueca, el chico
se desesperó.
—Salgamos de aquí, Pat —le pidió.
—No.
—¿Por qué quieres fustigarte?
—No va a echarme del bar, Rob —le aseguró, apretando los dientes con
determinación—. Aunque tampoco va a escuchar ninguna disculpa de mis
labios.
Rob suspiró. Aquello no pintaba bien.
—Sabes que solo quiere devolverte lo de esta mañana, ¿verdad? —dijo
convencido—. Lo que cree que vio entre nosotros hoy o ayer con James…
—¡Está loco! ¡Ve fantasmas por todas partes! —se quejó.
—Sí, los celos suelen funcionar de esa manera. —Sonrió Rob—. Te
nublan el juicio y te impiden pensar con sensatez.
—¿Te refieres a que te obligan a caminar hacia las rubias aspirantes a
modelo para arrastrarlas de los pelos? —dijo mirando de nuevo hacia el
fondo de la barra—. Sí, tienes razón, los celos son malos consejeros, pero a
Nick no le intereso más allá de… la cama, Rob, los celos no se aplican en
esos casos.
Su amigo la miró con cierta sorpresa. Si ella aún no era consciente de lo
que provocaba en Nick, es que estaba más ciega de lo que creía.
—Lo que dice que quiere y lo que realmente quiere, no siempre va de la
mano.
—¿Qué coño significa eso? —protestó Pat—. No estoy para jueguecitos
de palabras, Rob. Yo sí me muero de los celos, mi raciocinio deja mucho
que desear en este momento, como mi carácter. ¡Estoy a punto de arrearte
un morreo de los que hacen época! ¡A ti, mi hermano!
—¿Quieres que me mate? —exclamó Rob horrorizado—. ¿Cuánto crees
que tardaría en encajarse aquí y molerme a golpes?
—No bromees —sollozó Pat de nuevo.
—¿Bromear? Si anoche casi le arranca la cabeza a Dannie solo por
sugerir que te quedaras a dormir en su casa…
Pat lo miró asombrada, pero se abstuvo de preguntar nada más. Entendía
que su amigo quisiera animarla un poco, pero para ella era demasiado duro
hacerse ilusiones. Si los celos de Nick llegaran hasta dónde Rob insinuaba,
significaría más de lo que se atrevía a soñar. Y la realidad estaba a tan solo
unos metros, abrazando a una rubia aspirante a modelo.
Las lágrimas se agolparon en sus ojos y fueron difíciles de contener.
—Creo… que ahora sí quiero irme —musitó, escondiéndose tras Rob.
—Vale.
Estaban a punto de girarse hacia la puerta cuando Chris llegó hasta ellos
desde el otro lado de la barra.
—¿Qué tal, chicos? —les dijo con una sonrisa—. ¿Qué os pongo?
—Nada, nos vamos ya —comenzó a decir Rob.
Chris se apoyó en la barra y se inclinó hacia Pat, que no se molestó en
esconder su estado.
—Escúchame, cariño —le dijo con firmeza—. Lleva aquí desde que
hemos abierto. Solo. Y parece dispuesto a terminar con toda la reserva de
whisky del bar —le contó sin dejar de mirarla a los ojos—. Si no se levanta
de esa silla, es porque dudo de que se tenga en pie.
Pat estaba perpleja. Y sabía que Chris intentaba que Nick no se diera
cuenta de lo que estaban hablando, y ella se lo agradecía mucho.
—La rubia ha llegado hace diez minutos y se ha colgado de su cuello sin
venir a cuento —continuó la camarera—. Creo que él no había decidido qué
hacer con ella hasta que te ha visto entrar por la puerta. Y ahora ¿os pongo
algo de beber u os marcháis?
Chris miró a Pat en silencio, esperando su decisión.
—Coca cola —terminó diciendo.
—Cerveza para mí —dijo Rob, sin disimular su estupor.
La camarera sonrió y se alejó a preparar las bebidas.
—Estoy flipando —admitió Rob un segundo después—. No sabía que
Chris y tú hubierais congeniado tan bien.
—Tenemos mucho en común —reconoció Pat—. Las penas unen.
—Boss —adivinó Rob.
—Ella lo quiere, ¿sabes? —le contó en tono confidencial—. Es igual de
imbécil que yo.
Rob sonrió y observó a Boss unos segundos. El camarero estaba
preparando un coctel unos metros más allá mientras se le iban los ojos
detrás de la pelirroja que se paseaba ante él de un lado a otro de la barra,
fingiendo ignorarlo.
—Por qué nos complicamos tanto la vida…, a veces es todo un misterio.
—Sonrió el chico mirando después a Nick, que enterraba ahora la nariz en
el cuello de la rubia mientras clavaba sus ojos en el otro extremo de la barra
—. Un puñetero poltergeist más bien —terminó susurrando para sí.

Cuando James y Dannie llegaron, Pat tuvo que hacer un esfuerzo sobre
humano para sonreír, pero solo lo consiguió durante unos segundos. Su
sonrisa se evaporó en cuanto que posó sus ojos en Nick, para ver cómo
aquella rubia de bote le acariciaba el rostro muy de cerca mientras él
parecía mirarla embelesado. Sabía que en cuestión de minutos tendría que
ver cómo la besaba y no creía poder soportarlo. Y no la mataba solo el tener
que verlo besar a otra, sino el hecho de saber que jamás podría
perdonárselo. Si Nick besaba a aquella mujer, todo habría terminado para
ellos al instante. No habría marcha atrás.
—¿Estás bien? —le preguntó James, mirándola con preocupación.
—No —admitió, limpiándose con rapidez una lágrima traicionera que
escapó de sus ojos.
—¿Nos vamos?
Pat lo miró con un gesto angustiado.
—No puedo, James —dijo con pesar—. Necesito estar aquí.
Y era verdad. Si se marchaba del Oasis, jamás sabría si Nick sucumbía o
no a aquella maldita mujer, que parecía acapararlo con verdadera maestría.
Aquella duda siempre viviría dentro de ella.
Por el rabillo del ojo vio como Rob, que pasaba a su lado procedente del
baño, se detenía junto a la pareja. Hubiera dado cualquier cosa por poder
escuchar aquella conversación.

Nick miró a Rob con un gesto de fastidio, aunque en el fondo estaba


aliviado por la interrupción. Apenas podía pensar con claridad y sus
movimientos eran tan limitados que cada vez le costaba más trabajo
aparentar normalidad.
—¿Qué tal, Lorel? —saludó Rob—. No te esperaba por aquí.
La chica sonrió con cierta prepotencia antes de hablar, rasgo muy
característico en ella, que era de las que pisoteaba a cualquiera para
conseguir lo que quería.
—Como te negaste a darme su número, he tenido que apañármelas —
contó con una sonrisa presuntuosa mirando a Nick—. Esta mañana he
recordado que alguna vez has hablado de este sitio, lo he buscado en google
y la suerte me ha sonreído.
Rob le devolvió una sonrisa carente de humor. Como sospechaba, Nick
no había tenido nada que ver con que Lorel estuviera allí.
—¿Y tú qué? —Miró a su amigo—. Ni siquiera has venido a saludarnos.
—Hay la misma distancia desde allí hasta aquí —le dijo con una sonrisa
irónica, arrastrando las palabras—. Y yo he llegado primero.
Rob lo observó con atención. Al parecer Chris no había exagerado. Su
amigo llevaba un pedo de los de querer morirte al día siguiente.
—Vente conmigo, Nick —le pidió, mirándolo muy serio.
—¡Eh! —protestó Lorel al instante—. ¿Yo estoy de adorno?
—No, tú estás sobrando —le dijo Rob sin miramientos.
—Tú siempre igual de gilipollas —graznó Lorel.
Nick rio con sorna.
—No te metas con mi amigo —le dijo Nick a la mujer—. Este tipo y yo
hemos compartido un montón de cosas. —Miró a Rob a los ojos con
cinismo antes de añadir—: En concreto una muy importante, ¿verdad?
Claro, que supongo que dejó de ser importante cuando pasó a ser de
dominio casi público…
Rob tuvo que apelar a toda su capacidad de contención para no
zarandearlo. Era probable que no aguantara ni un leve empujón con el dedo
sin derrumbarse.
—Retiro la oferta, Nick —terminó diciéndole ahora casi en un susurro
—. No se te ocurra acercarte a ella tal y como estás. Mantente lejos.
—Oye, idiota —interrumpió Lorel mirando a Rob—, deja que yo decida
eso. —Y puso un brazo de forma posesiva sobre el hombro de Nick.
Rob no se molestó ni en mirarla. Tanto él como Nick tenían claro de
quién estaban hablando.
—¡Te la regalo! —casi escupió Nick entre dientes con una sonrisa
helada.
Ni todos los mantras del mundo hubieran podido conseguir que Rob se
contuviera. De improvisto, cogió a Nick de la pechera de la camiseta y lo
levantó de la silla con rabia. Por fortuna, apenas par de segundos más tarde,
James tiró de él hasta conseguir que lo soltara, mientras que Dannie
sujetaba a Nick, que a pesar de que casi no podía sostenerse en pie, parecía
dispuesto a caer llevándose por delante a Rob.
—¿Qué coño os pasa a vosotros? —les gritó James, mirándolos
estupefacto—. ¿Es que os habéis vuelto locos?
—¿No se lo has dicho? —le dijo Nick a Rob con una cínica sonrisa—.
Tiene derecho a saber que también es un mosquetero…
Rob estuvo a punto de saltar de nuevo sobre él, pero el gesto interrogante
con el que James lo miró fue todo lo que necesitó para calmarse. Era
preferible que su amigo no comprendiera aquel comentario.
—¿De qué narices estás hablando? —terminó preguntándole James a
Nick.
—Nick, vale ya —le aconsejó ahora Rob, y miró a James para recordarle
—: Lleva demasiados whiskies, ya no sabe lo que dice.
James frunció el ceño y miró a Nick con atención. Era cierto, su amigo
casi balbuceaba las palabras y parecía ser Dannie quien conseguía que se
mantuviera en pie.
—¡Vamos a relajarnos todos un poco! —dijo Pat de forma enérgica a
espaldas de todos ellos, provocando que se giraran a mirarla.
La chica paseó su mirada de unos a otros sin ocultar las lágrimas que aún
corrían por sus mejillas. Nadie había reparado en ella, a pesar de que estaba
segura de ser la responsable de lo que estaba sucediendo. Se había limitado
a escuchar y mirarlo todo, horrorizada, hasta que fue consciente de que ella
lo había empezado y ella debía terminarlo antes de tener que lamentar algo
más grave.
—Quiero hablar a solas con Nick —dijo, sorprendiéndolos a todos,
incluido al propio Nick, que ahora no podía apartar su mirada de ella y las
lágrimas que inundaban sus ojos.
—¡Ni hablar! —dijo Rob.
—¡No! —negó James.
—¿Te lo siento en la silla? —le preguntó Dannie con sorna.
Nick se revolvió con un gesto brusco.
—¡Que no soy un teleñeco, gilipollas! —le dijo furioso a Dannie,
zafándose de sus brazos, aunque tuvo la prudencia de coger asiento.
Pat les suplicó con la mirada a sus amigos que respetaran su petición. A
regañadientes, se alejaron unos metros hacia el otro extremo de la barra,
pero a Pat no le pareció suficiente. No se sentía cómoda con tres pares de
ojos estudiando cada gesto. Además, la aspirante a modelo todavía seguía
allí, apostada a un lado de Nick, y no parecía tener ninguna intención de
irse, tal y como le hizo saber en cuanto que sus amigos se alejaron.
—Lo siento, mona, pero yo llegué primero —le dijo la tal Lorel con un
gesto obstinado cuando Pat la miró arqueando las cejas—. No voy a
ninguna parte.
Pat tuvo que respirar hondo para no salirse de sus casillas. Bastante tenía
con intentar controlar el resto de sus emociones.
—¿Crees que puedes llegar a los sofás del fondo? —le preguntó a Nick,
señalando en aquella dirección.
—¿Ahora quieres intimidad, Pat? —interrogó con una mirada maliciosa
—. ¿Vuelve a ser mi turno?
—Deja de decir tonterías, ¿quieres?
—¿Cómo voy en el ranking?
—El último —dijo irritada, fulminándolo con la mirada—, a punto de
abandonar la competición.
A Nick se le borró la sonrisa del rostro. Lorel aprovechó aquel revés para
volver a meterse en la conversación.
—Para mí, ganas por goleada —dijo, poniéndole la mano sobre el brazo
y acariciándole sin remilgos.
Nick miró a la tal Lorel, molesto y confuso al mismo tiempo.
—¿Y tú eras…?
La rubia lo miró con una indignación apenas disimulada, lanzó un
insulto difícilmente reproducible y se largó. En cualquier otro momento Pat
hubiera reído a carcajadas, pero no en aquel, nada le haría gracia en aquel
instante; aunque no podía evitar sentirse un poco mejor que hacía un
segundo.
Nick se puso en pie y sintió un ligero mareo que lo obligó a agarrarse a
la barra.
—Muy lejos veo esos sillones —admitió mientras intentaba
estabilizarse.
—Hablemos aquí entonces.
—¿Con tu séquito a tres metros? —ironizó casi de forma ininteligible—.
Difícil lo veo.
Pat apretó los dientes y cruzó los brazos sobre el pecho para evitar
pegarle, aunque sabía que tenía razón. Sus amigos ni siquiera se molestaban
en disimular que estaban pendientes de cada gesto, y eso hacía aquella
conversación mucho más complicada.
—Intentemos llegar a los sillones, ojos azules —dijo Nick por fin—.
Aunque necesitaré algo de ayuda…
—Pues ya lo siento, Aramis, pero tendrás que conseguirlo solo —le dijo
Pat mirándolo con los ojos entrecerrados por el enfado—. Y si vuelves a
llamarme ojos azules, te juro que te empujo y vas de culo al suelo.
Nick, lejos de molestarse, sonrió con sorna.
—Entiendo, el comentario de los mosqueteros te ha dado de lleno.
—¿Te refieres a cuando has insinuado que soy una para todos? —
masculló entre dientes, furiosa.
—Y todos para una —terminó Nick el lema de los mosqueteros por ella.
—Muy ingenioso. Debe de ser el whisky. —Pat tuvo que hacer un
esfuerzo enorme para contenerse y no abofetearlo, que era lo que se
merecía. Se recordó a sí misma que Nick estaba totalmente borracho y muy
enfadado con ella. Era consciente de que aquella era una mala combinación
y debía estar preparada. Quizá no era el mejor momento para aquella
conversación, pero sabía que de no mantenerla no podría dormir, aunque, si
era sincera, tenía claro que no pegaría ojo de todas maneras.
—Entonces, ¿vas a colaborar para ayudarme a llegar hasta los sillones?
Pat miró hacia sus amigos, que ahora parecían disimular un poco más su
interés por la conversación.
—No —negó—, para lo que tengo que decirte me sirve este sitio.
—Pues tú dirás por dónde quieres empezar. —Volvió a coger asiento.
—Solo hay una cosa que quiero hablar contigo —le dijo impasible—.
Quiero dejarte claro que no fui yo quien buscó a tu padre.
—Bien, siguiente tema.
—No he terminado.
—Pero yo sí —dijo con rotundidad—. Eric Cooper no es un tema de
conversación.
—Pero está mañana…
—Esta mañana me interesaba la explicación —dijo entre dientes—.
Ahora ya no me importa una mierda lo que digas.
—Eres injusto —musitó dolida.
—¿Hablaste o no hablaste con él?
—Sí, pero…
—Punto y final —interrumpió, mirándola con frialdad—. No hay nada
que puedas decir que justifique esa traición.
Pat apretó los dientes con fuerza. A aquellas alturas, a pesar de que le
dolía que él pensara que lo había traicionado, no era lo que más le
importaba. Sabía que Nick no estaba en el mejor estado para escuchar
ciertas cosas, pero también sabía que si no se lo decía en aquel momento,
quizá nunca tuviera ocasión.
—Eric estuvo en el entierro de tu madre —le dijo antes de perder la
valentía.
Cuando Nick pudo superar la contrariedad por el comentario, la miró
iracundo,
—¡Mientes!
—No. Hablé con él aquel día —le aseguró—. El día del entierro.
—¡Basta! —Se revolvió en la silla—. No sé qué pretendes con esto, pero
déjalo ya.
—Nick, estoy diciendo la verdad. No lo recordaba hasta que lo vi en el
hotel.
—Te aseguro que lo hubiera reconocido entre un millón —murmuró
Nick, entre dientes, dando muestras de no creer una palabra—. Ha
envejecido bien, el muy cabrón, y yo he pasado media vida mirando su foto
a escondidas. Cuando era pequeño por la curiosidad de conocerlo, y
después… solo para aprender a odiarlo y no echarlo tanto de menos.
—Bueno…, su salud era un poco precaria —Por decirlo con suavidad—,
hubiera sido difícil que lo reconocieras.
Nick soltó una carcajada exenta de humor.
—Te ha vendido bien la moto, Pat —dijo fingiendo cierta diversión—.
Pero me da igual, ¿sabes? Porque incluso en el caso de que estuviera allí
como dices, eso solo demuestra que yo le importo aún menos de lo que
pensaba
Pat leyó el dolor en sus ojos con tanta claridad, que le costó la misma
vida no abrazarlo para intentar darle algo de consuelo.
—Quizá… tuviera sus motivos —titubeó Pat.
—¿Sí? Ves a tu propio hijo después de toda una vida —dijo con la voz
rota y casi ininteligible—, destrozado… y en su peor momento, y ¿eres
incapaz de darle un simple abrazo?
—¿Se lo hubieras permitido?
—No —admitió—, pero debió intentarlo.
—En mi opinión, creo que el verlo solo te hubiera hecho más daño en
aquel momento.
—¿Y a quién coño le importa ya tu opinión? —dijo, poniéndose en pie
de forma tan abrupta, que estuvo a punto de perder el equilibrio y caer. Le
costó un esfuerzo considerable conseguir estabilizarse.
Pat se obligó a permanecer impasible y sin acercarse, regañándose a sí
misma por ser tan imbécil como para sufrir por él. Nick empezaba a tener
mal aspecto, pero nadie le había puesto una pistola en el cuello para que
bebiera hasta terminar en aquel estado.
—Pues ya que mi opinión importa tan poco —le dijo Pat una vez se
repuso—, voy a permitirme el lujo de dártela al completo para que no se me
enquiste aquí dentro. —Se señaló el pecho—. Creo, de veras, que deberías
escuchar la versión de tu padre antes de decidir odiarlo para toda la vida.
Pat era consciente de que aquellas palabras podían suponer el principio
del fin, pero ya le daba todo igual. Empezaba a necesitar salir de allí cuanto
antes y dejar de sentir el dolor de Nick como suyo, o terminaría rogándole
algo… que sabía que él se negaría a darle.
—Quién sabe —insistió Pat—, quizá te sorprenda.
—Déjalo ya —le exigió, furioso.
—Sí, ya he terminado. —Lo miró con tristeza—. Solo recuerda que es
fácil encontrar… otra amiga, pero es imposible encontrar un padre.
Pat se giró dispuesta a marcharse, pero Nick la retuvo de la muñeca,
demostrando unos reflejos excelentes a pesar de whisky. La chica forcejeó
un segundo intentando no llamar la atención, pero él no parecía dispuesto a
ceder.
—¿Eso es todo? —le dijo Nick clavando una mirada iracunda en ella—.
¿Dices lo que te da la gana y te largas?
—No tenemos mucho más de qué hablar, Nick.
—¿Crees que no? —Tiró de su muñeca para atraerla un poco más hacia
sí, que había vuelto a coger asiento—. Así que ¿es fácil encontrar otra
amiga? ¿Ha sido eso lo que has dicho?
Pat sintió tal nudo en la garganta que fue incapaz de articular palabra.
—Supongo que eso significa que ya no somos amigos… —Sonrió con
malicia y un brillo especial en los ojos mientras tiraba de ella un poco más
—, lo que solo nos deja con una cosa…
La mirada de lujuria que puso sobre ella habló por sí sola.
—Deja de comportarte como un imbécil, Nick —le exigió Pat, irritada.
—¿Qué pasa? ¿No es mi turno aún?
De no tener su muñeca derecha sujeta estaba segura de que ahora sí lo
habría abofeteado sin dudarlo. De hecho, hizo un intenso amago de zafarse
de su mano, pero Nick duplicó su fuerza.
—¿Quieres atraerlos hasta aquí? —Señaló a sus amigos, y volvió a posar
una mirada vidriosa en ella—. Dime, Pat, ¿quién preferirías que te salvara
de mí? ¿Por cuál de ellos suspira realmente tu corazón, ojos azules?
Pat tuvo que respirar hondo y parpadear varias veces para alejar las
lágrimas, pero no estaba segura de cuánto tiempo podía aguantar entera y
sin llorar.
—¿Quién es el afortunado? —insistió Nick casi en un susurro, mirándola
ahora con una expresión de amargura—. ¿Quién es ese al que amabas tanto
que tuviste que marcharte a Boston para poder olvidar?… Por favor,
dímelo.
—No.
—¿Por qué? —se exasperó.
—Porque no te lo mereces —Ahora sí liberó sus lágrimas sin remedio—,
¡porque jamás te has merecido tan poco esa respuesta como en este
momento!
—Pat… —Sus lágrimas lo pillaron desprevenido y se sintió morir.
—¡Suéltame! —masculló entre dientes.
—Espera, lo siento, yo…
Pat tiró con fuerza de su muñeca y ahora sí se zafó de su mano, pero en
contra de lo que Nick esperaba, no se marchó, sino que recortó aún más la
distancia que la separaba de él.
—Escúchame bien, Nick —Lo miró a los ojos y habló alto y claro para
que él no se perdiera una sola palabra—. Admito que quizá esta mañana he
dejado que mi orgullo hablara por mí y he permitido que creas cosas que no
son, y me duele mucho comprender que, en realidad, demuestras conocer
muy poco a la que siempre llamaste amiga. —Hizo una leve pausa para
tragar saliva y continuó—: Pero me duele aún más que seas capaz de pensar
que los que son mis hermanos, que jamás han hecho otra cosa que
protegerme, me mirarían siquiera de la manera que te empeñas en insinuar
una y otra vez. Eso es… insultarlos de la peor manera, y no voy a seguir
permitiéndolo. Debería darte vergüenza solo pensarlo
Observó que Nick había palidecido por completo y leyó con total
claridad en sus ojos el golpe que le estaba asestando con sus palabras, pero
no se permitió apiadarse de él.
—No sé en qué momento te he dado la impresión de estar interesada en
nadie más —insistió, dejando brotar sus lágrimas de nuevo—, pero
recuerda que aquí fuiste tú quien decidiste que no querías estar conmigo.
—Pat…, por favor, ya basta… —suplicó, intentando abrazarla.
—Sí, claro que basta —admitió Pat, zafándose de sus manos—. Ya he
tenido suficiente. —Tuvo que sofocar un suspiro para añadir—: Ya no nos
queda nada.
Nick la miró con una expresión angustiada. Un puñetazo en el estómago
le habría dolido menos.
—Sabía que el sexo terminaría robándonoslo todo —dijo, con la voz
rota, sin disimular su amargura.
Pat lo miró con lágrimas en los ojos, sufriendo por el tormento que sabía
que le estaba causando con sus palabras, pero no se amilanó.
—No, Nick, no ha sido el sexo —musitó con pesar—, has sido tú.
Lo miró a los ojos sintiendo que algo se rompía dentro de ella y salió
corriendo de allí, sabiendo que él no podría seguirla por mucho que en
aquel momento lo hubiera deseado.
Capítulo 37
Cuando Nick abrió los ojos a la mañana siguiente, hubiera preferido que
algún alma caritativa lo rematara como se hacía con los animales que
agonizaban… Giró la cabeza apenas unos centímetros para comprobar la
hora y sintió como si cada una de sus neuronas estuviera armada con una
cacerola y un martillo y manifestándose al mismo tiempo. No recordaba
que le hubiera dolido la cabeza de forma tan insoportable en toda su vida.
Estaba en su casa, acostado en su cama, pero no conseguía recordar
cómo había llegado hasta allí, aunque esperaba que no hubiera sido
conduciendo. Desde luego, si lo había intentado, ya podía despedirse de su
moto y dar gracias por estar lamentándose solo de un dolor de cabeza… y
de aquella especie de centrifugadora que acababa de ponerse en marcha
dentro de él. Giró la cabeza de nuevo, con mucho esfuerzo, y encontró un
cubo junto a la cama al que llegó a duras penas antes de vaciar el contenido
de su estómago. Como si de un déjà vu se tratara, recordó que no era la
primera vez en las últimas horas que vomitaba en aquel cubo. Y supo de
inmediato que no había sido él quien había tenido el juicio suficiente como
para predecir que le haría falta.
Escuchó un ligero sonido al otro lado de la puerta y se puso alerta,
preguntándose quién estaría en la casa. El simple pensamiento de que
pudiera ser Pat le aceleró el corazón de tal forma que casi podía sentirlo
martilleando dentro de su cabeza. La imaginó paseándose por la cocina con
solo una de sus camisetas puestas y sonrió, sintiéndose mejor durante unos
segundos. Hasta que el recuerdo de aquellos preciosos ojos azules,
empañados por las lágrimas, le rompió el alma; lágrimas que él había
provocado. Aquello lo mató. Se concentró en rememorar todo lo sucedido
en el Oasis, y cada uno de los recuerdos que entraban en su mente le
revolvían el estómago aún más. Tuvo que coger el cubo de nuevo y durante
unos minutos solo pudo centrarse en mantenerse erguido sin perecer en el
intento.
Cuando por fin pudo relajarse, se sentía un poco mejor. Miró hacia la
mesilla y encontró un vaso de agua y dos analgésicos, que se tomó sin
demora, rogando para que fueran milagrosos y le aliviaran el dolor de
cabeza antes de que su estómago decidiera rechazarlos. Después, se puso en
pie a duras penas y caminó hacia la puerta, incapaz de esperar para saber si
a Pat aún le quedaba una pizca de simpatía por él y podía estar en la casa.
No hubo suerte, y apenas pudo disimular su decepción cuando Rob lo
miró con severidad, aunque agradeció no estar solo. Pero juraría que era el
perfume de Pat el que se olía en el ambiente…
—¿Ya se te han pasado las ganas de morirte? —le preguntó Rob sin un
atisbo de sonrisa.
—Aún no —admitió Nick, cogiendo asiento frente a la barra americana
de la cocina. Se apretó las sienes con las manos para poder soportar su
propia voz—. Y a ti ¿ya se te han pasado las ganas de matarme?
—Aún no.
—Pues adelante —suplicó—. No pienso resistirme.
Rob puso un vaso con un extraño líquido color ámbar frente a él, sin
hacer comentarios.
—¿Cianuro? —preguntó Nick.
—Bébetelo.
Nick no se quejó, se llevó el vaso a los labios y tomó un sorbo.
—¡Joder! —protestó, sofocando una arcada—. Creo que prefiero el
cianuro.
—Sabe a rayos, pero te aliviará el estómago —dijo Rob—. Lo han traído
esta mañana especialmente para ti.
Nick miró a Rob muy serio y se aventuró a decir:
—Sí, aún huele a su perfume —suspiró. Y se bebió medio vaso de aquel
horroroso mejunje de un tirón. Si Pat lo había llevado para él, no había
mucho que hablar. Si lo ayudaba, bien; si lo mataba, también lo aceptaba.
Rob se abstuvo de hacer comentarios. Se volvió hacia la nevera con una
expresión casi divertida, que no estaba dispuesto a dejarle ver. ¿Nick era
capaz de reconocer el perfume de Pat en el ambiente una hora después de
irse? Aquello resultaba muy revelador. Quizá hubiera algo de esperanza
aún…, aunque Pat hubiera jurado y perjurado que solo había pasado a
llevarle aquel remedio por humanidad, tal y como haría por cualquiera.
—No recuerdo cómo llegué aquí —le dijo Nick apartando el vaso a un
lado. En realidad, sus recuerdos solo alcanzaban hasta el momento en el que
Pat había salido del Oasis, acompañada de Dannie, y él había apurado de un
trago su copa y pedido otra. Después todo era una enorme laguna—. ¿Me
trajiste tú?
—Con ayuda de James —explicó con sequedad—. Por fortuna para ti,
conseguí convencerlo para que se marchara a dormir a su casa.
—Entiendo.
—Sí, cuando tú mismo terminaste explicándole el comentario de los
mosqueteros…, me costó mucho conseguir que no te matara, y eso que para
entonces tu intención solo era pedir disculpas.
Rob leyó su expresión torturada y agregó:
—Eso sí, prometió venir a verte con una bocina a primera hora de la
mañana. —Se encogió de hombros—. Así que yo no me despediría de ese
dolor de cabeza todavía.
Nick no podía culparlos. Ni a James por querer torturarlo ni a Rob por
mirarlo con aquella frialdad desde que se había levantado.
—Oye, Rob…, siento mucho todo lo que pasó ayer —dijo titubeando, un
tanto avergonzado—. No solo lo del Oasis, también lo que pasó en la
clínica por la mañana.
—¿Lo dices por mi contractura?
—¿Qué contractura? —preguntó confuso.
—La que Pat acababa de desmontarme cuando llegaste —explicó
mirándolo ahora con cierta sorna—. Intenté levantar más peso del que
debía.
Nick lo miró un tanto desconcertado, y se puso aún más pálido, si es que
aquello era posible, cuando leyó entre líneas.
—Oh…, joder, joder, joder… —se lamentó, escondiendo la cara entre
sus manos y apoyando la frente sobre la encimera, sobrepasado por
completo.
—Solo con imaginar lo ridículo que te sientes en este momento, ya me
siento mejor.
—Ojalá me sintiera solo ridículo —admitió, turbado.
—Sí, bueno, lo que viene siendo sembrado no has estado últimamente —
le recordó Rob.
Nick se pasó las manos por el pelo con ademán nervioso.
—Supongo que soy afortunado porque anoche no decidierais dejarme
tirado por ahí, gracias por eso. —Dejó escapar una fuerte exhalación—. Se
me cruzaron los cables, no tengo excusa. No sé qué me pasó.
—Claro que lo sabes, Nick —opinó Rob, mirándolo ahora con un poco
menos de severidad—. Y tienes que aprender a gestionar mejor tus
emociones, porque te han desbordado por completo.
—Suena fácil —suspiró con cierta desesperación.
—Pues es de las cosas más difíciles que hay —admitió Rob—, pero se
aprende, como todo en la vida.
Nick observó de reojo a su amigo, que estaba apoyado en la encimera, y
exhaló aire con deliberada lentitud. No pudo evitar admirarlo con
sinceridad. Era, sin duda, uno de los tipos más especiales que había
conocido nunca. De integridad y moralidad incuestionables, además de
divertido y equilibrado, tenía unas habilidades para tratar con la gente que
solo se le concedían a algunas personas, y, además, parecía poseer la
capacidad de leerte como un libro abierto solo con mirarte. No podría
culpar a Pat por enamorarse de alguien así… y tan afín a ella. Apenas le
sorprendería si ella le confesara que era Rob a quien amó alguna vez.
—Oye, Rob… —titubeó, sin saber cómo abordar el tema que más le
preocupaba.
—No.
—¿No a qué? —se sorprendió Nick—. Si aún no he dicho nada…
—Pues no lo hagas —le advirtió—, porque no pienso hablarte de Pat.
Nick lo miró alucinado. ¿Realmente era tan transparente?
—No voy a decirte dónde está ni cómo ni con quién.
—¿Con quién? ¿Es que está con alguien?
La mirada condenatoria de Rob lo silenció al instante.
—No puedes evitarlo, ¿no? —dijo Rob, al que ahora sí le costó cierto
esfuerzo no sonreír. El tipo se moría de celos de una forma incontrolable.
Lo vio apretar los dientes de forma compulsiva y se apiadó de él—. Está en
la clínica, trabajando, donde debería estar yo también.
El timbre de la puerta sonó de una estridente e insoportable manera,
provocando que Nick tuviera que agarrarse la cabeza con ambas manos;
volvió a sonar una y otra vez…, y otra…, y una vez más, con pitidos largos
e insufribles. Rob tardó lo que a Nick le pareció una eternidad en llegar
hasta la puerta para abrir, y, aun así, el timbre continuó martilleando dentro
de su cabeza algunos segundos más.
Nick no hubiera necesitado ni mirarlo para saber que James acababa de
entrar en la casa, pero lo hizo. Prefirió enfrentar la mirada fría e incisiva de
su amigo, muy consciente de que se la merecía.
—También puedes gritarme al oído si eso te ayuda —le dijo sin dejar de
sujetarse las sienes, que le latían ahora de forma insoportable.
James no le contestó. Se limitó a arrojar un llavero frente a él y matarlo
con la mirada. Nick comprobó que eran las llaves de su moto.
—Gracias —susurró, dolorido, pero tampoco obtuvo respuesta. James se
había vuelto hacia Rob, ignorándolo a él por completo.
—¿Nos vamos? —lo escuchó decirle—. Necesito que me acerques al
Oasis a por mi moto. Tengo una reunión con Sam a las once.
A Nick le hubiera gustado decir algo más, pero el dolor de cabeza le
apretó de forma tan intenta que su estómago se resintió de nuevo y tuvo que
salir corriendo al baño, presa de unas arcadas terribles.
—Le han sobrado unos cuantos timbrazos —dijo Rob, con cierta sorna.
James dejó escapar una especie de gruñido y se apoyó junto a Rob en la
encimera, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Unos cuantos whiskies más bien —opinó James.
—Eso también.
—¿Está muy mal?
—Hecho polvo —admitió Rob.
—Bien.
Rob sonrió ante el gesto imperturbable de su amigo.
—En este momento tiene suficiente, James.
—¿Eso significa que no puedo divertirme un poco más?
—¿Quieres mandarlo a urgencias?
—¿Puedo pensármelo? —ironizó. Rob sonrió de nuevo.
Ambos caminaron hasta el salón y Rob cogió asiento en el sofá mientras
James curioseaba por la casa.
—¿Por qué está descolgado este cuadro? —dijo, acercándose a mirar de
qué se trataba, puesto que estaba girado hacia la pared. Cuando James le dio
la vuelta, ambos contemplaron, estupefactos, la enorme fotografía de Pat y
la mariposa.
James colgó el cuadro en las alcayatas que sobresalían de la pared y se
sentó junto a Rob en el sofá.
—Es una foto increíble —admitió Rob tras mirarla con atención.
—¿Una foto dices? —apostilló James—. ¿Tú has visto el tamaño que
tiene?
Ambos sonrieron con cierta diversión.
—¡Para no verlo!
—Vale, lo reconozco —terminó admitiendo James casi a regañadientes
—, es posible… que Pat le guste un poco.
Rob rio a carcajadas.
—¡Es un puto poster! —Señaló James el cuadro de nuevo, aún
alucinado.
Ambos contemplaron la foto durante varios segundos más sin pronunciar
palabra. Había que reconocer que era una maravilla. Pat y la mariposa
parecían mirarse a los ojos, como si tuvieran una conexión especial, nacida
de la fascinación mutua
—¿Por qué crees que estaba descolgado? —preguntó James con
curiosidad, señalando el cuadro.
Rob sonrió, convencido de la respuesta.
—Supongo que estaba enfadado, y ha llegado un momento en el que
verla lo torturaba demasiado.
—Eso no suena a solo sexo.
—Les unen demasiadas cosas como para que pudiera ser solo eso —le
recordó.
—Pues sí —admitió James—, pero ¿cómo ha podido pensar que
nosotros podíamos estar igual de interesados? Joder, es… ¡descabellado y
absurdo!
—En su cabeza no. —Sonrió Rob—. En este momento está tan cegado
por sus sentimientos que no concibe que nadie pueda mirarla sin sentir lo
mismo que él. Ojalá yo también encuentre un día a alguien que me haga
sentir un poco así.
—¿Como un desequilibrado? —Frunció James el ceño.
Rob dejó escapar una carcajada divertida.
—Sí, algo así.
—Y luego el raro soy yo —se quejó James dejando escapar un divertido
sonido de resignación—. Oye, ¿no tarda mucho? —señaló hacia la puerta
del pasillo.
—¿Preocupado o pesaroso? —se burló Rob.
—Demasiado enfado aún para cualquiera de las dos cosas —admitió
irritado—. Aunque… quizá deberías ir a ver qué tal está.

Cerca de las siete de la tarde, Nick pudo por fin levantarse de la cama sin
sentir que estaba a un paso de una muerte lenta y dolorosa. El dolor de
cabeza había cedido un poco, permitiéndole al menos abrir los ojos del todo
sin volverse loco. Todavía sentía el estómago revuelto y el cuerpo hecho
trizas, pero al menos podía pensar con algo más de claridad, lo cual no era
necesariamente bueno… Intentó mantener todo lo que le hacía daño lejos de
sus pensamientos, pero conseguirlo hubiera sido todo un milagro; tenía
demasiados pesares como para tener un solo segundo de paz.
Cuando se dejó caer en el sofá, posó sus ojos sobre la foto que adornaba
de nuevo la pared principal del salón y dejó escapar un suspiro de angustia.
Alguno de sus amigos la habría devuelto a su sitio, puesto que recordaba
haberla descolgado el día anterior, cuando regresó de la clínica, presa de un
ataque de rabia. Incluso en aquel momento, no sabía si aquella foto lo
atormentaba o aliviaba el dolor… Tenía muchas cosas por las que
disculparse con Pat, era consciente y se sentía un miserable la gran mayoría
del tiempo, pero también era incapaz de borrar del todo la sensación de
abatimiento y enfado que lo había invadido al imaginarla reuniéndose con
su padre a sus espaldas. Apenas podía soportar pensar en ello. Descubrir
aquella tarjeta sobre su mesilla, justo cuando había decidido que quizá era
hora de dejar de luchar contra lo que parecía inevitable, había sido uno de
los golpes más duros de su vida. Aun así, sabía que no tenía derecho a
tratarla como lo había hecho y se avergonzaba de sí mismo. Ahora era muy
consciente de cómo los celos se habían adueñado de su raciocinio,
llevándolo a comportarse de manera inexcusable. Era posible que Pat no
quisiera volver a mirarlo a la cara y no podía culparla; ni a sus amigos, si es
que podía seguir llamándolos así, tampoco. Ninguno de ellos le había dado
motivos reales para creer que estuvieran interesados en ella como algo más
que una hermana, pero solo el hecho de pensar en que Pat pudiera estar
enamorada de alguno de ellos lo mataba, no podía evitarlo, aunque aquello
no era excusa y, desde luego, no lo justificaba para comportarse como un
cretino.
Miró la foto de nuevo con un intenso anhelo. No podía engañarse, daría
lo que fuera por que Pat estuviera acurrucada junto a él en aquel momento.
Cerró los ojos y la imaginó tumbada a su lado, solo disfrutando del silencio
y del placer de su compañía, y se sintió totalmente vacío cuando tuvo que
regresar a la realidad. Ni siquiera sabía si podía albergar la esperanza de que
ella quisiera volver a estar entre sus brazos algún día, pero incluso así, aún
en el caso de que se obrara el milagro, era consciente de que siempre habría
algo que se interpondría entre ellos. Jamás podría dejar de torturarse con la
idea de ser solo un sustituto, alguien con el que ella intentaba olvidar a esa
persona que no podía tener. Aquella duda lo atormentaría toda la vida, a
pesar de que ella jurara y perjurara que ya no quedaba nada de aquello.
El timbre de la puerta lo sobresaltó cuando estaba a punto de gritar de
pura frustración, y su corazón se aceleró con el simple pensamiento de que
Pat se hubiera apiadado de él lo suficiente como para ir a verlo. Incluso
estaba dispuesto a soportar que solo llamara a su puerta para gritarle por ser
un imbécil.
Pero quien estaba tras la puerta no era Pat, ni siquiera alguno de sus
amigos, era la última persona que querría ver en aquel momento…; ni en
ningún otro en realidad.
Capítulo 38
Eric Cooper lo saludó con ademán nervioso, y aprovechó el momento de
absoluto estupor de Nick y la falta de reflejos de la que aún se resentía para
colarse en la casa.
—No pienso irme sin que me escuches —le dijo el hombre con
vehemencia, mirándolo a los ojos. Después, caminó hasta el sofá y se quedó
de pie en mitad del salón, esperando a que Nick se decidiera a cerrar la
puerta y caminar hacia él.
El chico estaba tan perplejo que ni siquiera se había mostrado furioso
aún. Miraba a su padre, desconcertado, permitiéndose admirarlo por unos
segundos por tener las agallas para exponerse de aquella manera a su
reacción. Pero aquello solo le duró hasta que la ira comenzó a invadir cada
fibra de su ser, eclipsando cualquier pensamiento benevolente con el que
quisiera obsequiarlo.
—¡Sal de mi casa! —lo enfrentó con furia—. ¡Ahora!
—Solo quiero unos minutos.
—¿Quién te ha dado mi dirección? —Y preguntó con cierto temor—:
¿Ha sido Pat?
«Si ella se ha atrevido a…», empezó a decirse, horrorizado, pero, por
fortuna, la negativa llegó incluso antes de haber terminado de formular sus
inquietudes.
—No, ella no me ha dicho nada —dijo categórico—. Yo… la seguí una
tarde hasta un bar, con la esperanza de que se reuniera allí contigo. Cuando
lo hiciste, te seguí hasta aquí.
Nick estaba perplejo.
—Sé que no es muy ortodoxo —insistió Eric, un poco avergonzado—,
pero necesito hablar contigo.
—No. Sal de mi casa —exigió de nuevo, haciéndole un gesto hacia la
puerta, que se había asegurado de no cerrar.
—Nicholas, ¿qué son unos pocos minutos? —suplicó.
—Mucho más de lo que te mereces si los comparamos con toda una vida
de ausencia —dijo entre dientes—. Y, te lo advierto, no te acerques a Pat, ni
siquiera la mires.
Eric Cooper tragó saliva, pero no se movió del sitio.
—Me alegro de que tengas una mujer así en tu vida —le dijo esbozando
una leve sonrisa, mirando la foto de Pat colgada en el salón—. Es muy
especial.
Nick no se molestó en aclararle que él y Pat no tenían la relación que
parecía creer.
—¿La has hecho tú? —Señaló el cuadro—. ¡Es una foto maravillosa,
Nicholas! He visto trabajos tuyos espectaculares, pero esa foto es de las
mejores.
Asombrado, Nick apretó los dientes y se recordó que no debía dejarse
impresionar por que él hubiera seguido su trayectoria profesional, aunque
no pudo evitar que una extraña sensación de satisfacción lo invadiera por un
instante.
—¿Crees que apelar a mi ego va a servirte de algo? —terminó
diciéndole, irritado ahora consigo mismo por permitir que le afectara—. Sal
de mi vida. Ni te quiero ni te necesito en ella. —Le hizo un gesto hacia la
puerta—. Ya no.
—Habría dado cualquier cosa por verte crecer —se lamentó el hombre,
mirándolo con pesar—. Pero eso ya no tiene remedio.
Aquel comentario fue como darle a Nick un lanzallamas y permiso para
usarlo. Cerró la puerta de un enorme portazo y se enfrentó a él.
—¿Qué habrías dado cualquier cosa? —bramó, caminando hacia Eric
con el desprecio más absoluto escrito en sus ojos—. ¡Pues solo tenías que
quedarte con nosotros en lugar de abandonarnos! ¡Qué cara más dura!
Eric lo miró con asombro, sin moverse de donde estaba.
—¿Abandonaros? —susurró casi para sí. Después, miró a su hijo con
una inquietante expresión de sospecha—. Nicholas…, ¿qué fue lo que te
contó Alina de mi marcha?
—Nada, porque era incapaz de hablarme de ello —le gritó—, aunque es
entendible. ¿Cómo le dices a un niño que es el causante de que su padre se
fuera?
Aquello fue como un mazazo para Eric, tanto que el hombre se tambaleó
y tuvo que coger asiento. Nick lo miró en silencio, sin disimular su propia
turbación ante la reacción. El hombre parecía desolado.
—Creí… que solo me odiabas por no haber venido tras su funeral —
musitó Eric, intentando reponerse—, pero ahora entiendo que apenas
puedas soportar verme.
Nick estaba confuso. ¿Qué era lo que entendía?… ¿Y por qué parecía
que iba a desmoronarse de un momento a otro? Una repentina inquietud le
inundó el pecho y observó, confuso, la palidez de su rostro.
—¿Has crecido pensando… que yo no te amaba, Nicholas, que me fui
porque no quería estar contigo? —le preguntó el hombre con un ligero
temblor en la voz. El silencio del chico habló por sí solo—. ¡Por Dios,
Alina, ¿cómo pudiste equivocarte tanto?! —se lamentó en un susurro casi
para sí.
Nick continuaba en silencio. No sabía por qué, pero de repente le
aterraba seguir ahondando en aquella conversación.
—Durante diez años, tu madre y yo fuimos inseparables —dijo el
hombre, con un gesto triste y la voz impregnada de dolor—. El día que me
suplicó que me marchara fue el más horrible de mi vida, pero…
—Espera —interrumpió Nick, frunciendo el ceño—, ¿ella te pidió que te
fueras? —El hombre asintió—. ¿Por qué tendría que creerme eso? Mi
madre pasó media vida llorando tu ausencia.
Eric le devolvió una mirada culpable.
—Esperaba que hubiera podido superarlo —dijo con pesar.
—Pues no lo hizo —le aseguró irritado—. Te amó hasta el día de su
muerte, ¿por qué iba a pedirte que te marcharas?
—Precisamente por eso.
Nick dejó escapar un sonoro suspiro de frustración y tuvo que hacer un
esfuerzo considerable para calmarse.
—Vamos por partes, porque no entiendo nada —admitió, mirándolo de
frente con un gesto confuso—. ¿Cómo narices quieres que me crea una
incongruencia así? ¿Dices que ella te echó de su lado porque te amaba?
—Lo hizo porque sabía que yo jamás podría corresponderle como ella
necesitaba.
—¿Tan descabellado era? —Se enfureció Nick de nuevo—. Era bonita,
inteligente, dulce…
—Sí, lo sé —admitió—, y yo la quería muchísimo y admiraba todas sus
cualidades.
—¿Pero?
—Soy gay.
Aquello sí supuso una auténtica sorpresa para Nick, que guardó silencio,
turbado, preguntándose por qué su madre se calló algo así.
—Por tu expresión entiendo que Alina jamás te lo dijo.
Nick lo observó, todavía perplejo.
—No —admitió turbado—, pero eso no justifica el hecho de que
desaparecieras también de mi vida.
—A Alina le dolía demasiado verme tras… bueno…
—¿Tras meteros en la cama? —Sonrió mordaz—. Me va a encantar esta
parte… Esto se pone cada vez mejor. ¿Hago palomitas?
Eric suspiró y se revolvió inquieto en su asiento. La segunda parte de la
historia iba a ser difícil para el chico, y lamentaba mucho tener que hacerle
más daño.
—Quiero que sepas, Nicholas, que la noche que pasamos juntos fue muy
bonita para ambos porque nuestra amistad era muy especial —empezó
diciendo—. Yo salía de una relación difícil, estaba herido y… una cosa nos
llevó a la otra. Pero te juro que de haber sabido que ella me amaba como a
algo más que a un amigo, jamás habría sucedido. —Hizo una pausa
buscando la forma menos dolorosa de continuar—. Un par de meses más
tarde, Alina me rogó que me marchara para poder olvidarse de mí y rehacer
su vida. Apeló a nuestra amistad y me hizo prometerle que jamás regresaría.
Nick lo miró con el ceño fruncido y una extraña inquietud anidando en
su pecho.
—Jamás pensé que ella estuviera tan herida que fuera capaz de
arrebatarme lo único que sabía que yo anhelaba y que pensé que jamás
tendría: un hijo.
Casi por instinto, Nick tomó asiento. De alguna forma sabía que estaba a
punto de escuchar las palabras que harían tambalear los cimientos de toda
su vida.
—Ella no… podía obligarte a alejarte de mí —insistió Nick, titubeante
—. Si yo tuviera un hijo, te aseguro que no habría forma humana de
mantenerme lejos.
—La hay, Nicholas, porque no puedes estar cerca de un hijo… que no
sabes que existe.
—¡Eso no puede ser! —exclamó Nick, poniéndose en pie de forma
abrupta—. ¿Me estás diciendo que nunca te habló de mí?
—No hasta el día de su muerte —admitió Eric con una expresión de
pesar—. O te aseguro que nada ni nadie me habría mantenido lejos.
Nick estaba sobrepasado por completo. Se revolvió el pelo con ademán
nervioso mientras intentaba controlar las intensas arcadas que amenazaban
de nuevo con vaciar su estómago.
—¿Por qué tendría que creerte? —se le ocurrió preguntarle, buscando
una forma desesperada de recuperar la estabilidad y el control sobre sus
emociones—. Llegas aquí, después de toda una vida, asegurándome que
jamás supiste de mí. ¿Por qué tu palabra pesa más que la de la única
persona que estuvo siempre a mi lado?
Eric se puso en pie y sacó un sobre de la parte trasera de su pantalón. De
él extrajo una carta, que miró con cierto pesar.
—Alina dejó instrucciones muy precisas, para que esta carta me fuera
entregada el mismo día de su muerte —le contó, tendiéndole el papel.
Nick miró la hoja como lo haría con una serpiente de cascabel, y le costó
unos largos segundos decidirse a cogerla. Le aterraba lo que podía esconder
aquel pedazo de papel. Cuando la desdobló y posó por fin sus ojos sobre
ella, reconoció al instante la letra angulosa y algo tumbada de su madre, y
cada palabra que leyó a continuación fue como si un pequeño dardo fuera
ahondando en su piel, desgarrándola con agónica lentitud.
Su padre no mentía. La carta estaba fechada siete años atrás, y Nick no
tuvo problemas para reconocer lo significativo de la fecha. Nunca podría
olvidar aquel quince de abril, en el que los médicos le habían puesto
nombre a la enfermedad de su madre, sentenciando su destino al instante.
Leyó, con lágrimas en los ojos, como ella le hablaba de su paternidad y le
pedía perdón por habérselo ocultado tantos años. Después pasó a hablarle
de Nick y de todos y cada uno de sus logros, asegurándole que estaría muy
orgulloso de él porque era un hombre asombroso, digno hijo de su padre. Se
despedía suplicándole que, cuando hablara con Nicholas, le rogara que por
favor la perdonara por haberle robado algo tan grande.
Cuando Nick llegó al punto y final, las lágrimas corrían por su mejilla
sin contención alguna. Eran tantas las emociones que intentaban gritar
dentro de él al mismo tiempo, que sintió una desazón total y absoluta y se
vio obligado a sentarse de nuevo. Necesitó de varios minutos para
recuperarse de la impresión inicial como para poder hablar, y agradeció el
silencio de su padre, que se limitaba a mirarlo con un gesto preocupado.
—Pat me contó que estuviste en su entierro —empezó diciendo—. ¿Por
qué no me dijiste nada entonces? ¿Y por qué esperar cuatro años para venir
a verme?
El hombre sonrió con tristeza y tuvo que tragar saliva repetidas veces
antes de poder responder.
—Porque el destino decidió que aún debía demostrarle cuánto deseaba
formar parte de tu vida.
Nick le devolvió una mirada confusa, y recordó un comentario que Pat
había hecho sobre su salud.
—Estabas enfermo —dijo ahora, sin ninguna duda.
Eric asintió.
—Leucemia —contó casi en susurros—. Me estaban dando una dosis
alta de quimioterapia cuando tu madre murió.
—Pero viniste al entierro.
—Necesitaba despedirme de Alina y… me moría de ganas de conocerte.
Nick leyó en sus ojos la verdad de aquellas palabras y no pudo evitar
emocionarse.
—¿Por qué te fuiste sin decirme nada?
Eric lo miró a los ojos y sonrió con ternura.
—Hubiera dado cualquier cosa por abrazarte y poder consolarte —
reconoció con un hilo de voz—, pero tú estabas destrozado… Acababas de
perder a tu madre, tras tres años de infierno, y yo estaba sentenciado a
muerte, Nicholas. No podía meterme en tu vida y hacerte pasar por un
tormento de nuevo, para terminar enterrándome también. Así que decidí
que lo único bueno que podía hacer por ti en aquel momento era alejarme
de tu vida; aunque desde aquel instante tú siempre has estado muy presente
en la mía.
Un escalofrío recorrió a Nick de arriba abajo, y tuvo que respirar hondo
y tragar saliva para intentar disolver el nudo que tenía en la garganta.
Aquello era de las cosas más altruistas y desinteresadas que alguien había
hecho por él.
—He seguido tu carrera todo lo de cerca que he podido. He visto cada
foto, cada reportaje…, y he presumido de ellas con toda la plantilla de
médicos y enfermeras del hospital —continuó Eric, sonriendo de nuevo—.
Y, cuando mi salud me lo permitía, viajaba hasta aquí, y te observaba en la
distancia. —Desvió la mirada un tanto avergonzado para añadir—: Antes te
he contado cómo te seguí desde ese bar, pero lo que no te he dicho… es que
eso fue hace tres años. El azar me puso ante tu chica, a la que reconocí del
cementerio porque se portó muy bien conmigo. He venido en infinidad de
ocasiones desde entonces, mientras esperaba y rogaba un milagro… que ha
tardado cuatro años en producirse.
—¿Estás… curado? —preguntó Nick con la voz ahogada por la
emoción.
—Sí, Nicholas, lo estoy —le confirmó con los ojos arrasados por las
lágrimas, aunque con una enorme sonrisa—. Me había prometido a mí
mismo que no me acercaría a ti hasta estar a salvo, así que no tenía más
opción que recuperarme porque me moría de ganas de formar parte de tu
vida.
Nick estaba sobrepasado por sus emociones, que no parecían ponerse de
acuerdo en cómo debía sentirse, pero había odiado a aquel hombre durante
tanto tiempo que le resultaba imposible borrarlo todo en solo unos minutos.
Ojalá su cerebro fuera como un ordenador que puedes resetear para volver a
empezar…
—Me alegro mucho de tu recuperación —dijo, creyendo que aquello
sería un buen comienzo—, y de verdad me duele mucho que ambos
hayamos perdido tanto, pero espero que entiendas que todo esto me está
desbordando y que necesito tiempo para pensar.
Eric asintió y le obsequió con una gran sonrisa, que sorprendió mucho a
Nick, que esperaba cierta reticencia.
—Nunca pensé que pudiera volver a decir esto, pero ¡tengo todo el
tiempo del mundo! —exclamó Eric emocionado—. Estar sentado frente a ti
ya es más de lo que me atreví a soñar durante mucho tiempo. —Amplió aún
más su sonrisa—. La vida me ha dado una segunda oportunidad y
agradezco cada segundo que puedo pasar en tu compañía. Esperaré a que
estés listo para abrirme tus brazos, hijo, no te apures.
Aquellas palabras, unidas al hecho de escucharlo llamarlo hijo por
primera vez, fueron como un bálsamo para el alma de Nick, que sintió
como sus heridas comenzaban a cicatrizar justo en aquel instante.
Capítulo 39
—¡¿Como que vas a salir con el bombero! —protestó Rob, sin disimular
su contrariedad, mientras seguía a Pat hasta su despacho cargando con un
montón de cajas—. ¡No puedes hacer eso!
—¡Claro que puedo! —dijo ofuscada—. Soy una mujer adulta y libre
como el viento.
Rob soltó la carga sobre la camilla y se volvió a mirarla.
—Libre no, Pat, estás enamorada de otro —le recordó.
—No, ya no.
—¡Oh, venga ya! —La terquedad de Pat empezaba a desesperarlo
aquellos días—. Habla con Nick antes de hacer cosas de las que puedas
arrepentirte.
Pat lo fulminó con la mirada.
—¡Llevo días esperando a que el imbécil de tu amigo se digne a hablar
conmigo! —le recordó irritada—. Me trató como si yo fuera una sauna de
uso y disfrute colectivo, y aún estoy esperando que al menos me pida
disculpas. Y no, no es excusa que yo me metiera en la relación con su
padre, yo sí le pedí perdón por aquello, pero ¿qué ha hecho él? ¡Esconderse
en su casa en lugar de dar la cara!
—¿Para que se la partas? —Sonrió Rob, para intentar suavizar un poco
el tono de la conversación.
—¡No estoy para bromitas, Rob! —se quejó, apuntándole con un dedo.
—Ya lo veo.
—¡He quedado con Ryan y pienso ir a esa cita sí o sí! —le aseguró con
contundencia—. ¿Cómo era aquello de la mancha de la mora…?, ¿que con
otra verde se quita?
—Entiendo que estés enfadada con Nick, pero…
—Pero nada —interrumpió—. Esta misma tarde me como el moral
entero, ¡aunque coja un empacho!
Ofuscada, dejó a Rob sin posibilidad de réplica y salió de su despacho,
intentando huir de sus propios pensamientos, que se empeñaban en gritarle
con grosería que quizá su amigo tenía toda la razón.
«¡Ni hablar, no pienso seguir haciendo el imbécil!», se dijo,
encerrándose en uno de los baños. Llevaba tres días desquiciada, esperando
que él apareciera en cualquier momento y mirando su teléfono cada dos
minutos por si acaso se le ocurría enviarle al menos un triste mensaje, algo
que le indicara que estaba un poco arrepentido de cómo la había tratado;
pero Nick no se había molestado ni en una cosa ni en la otra. Parecía que se
lo había tragado la tierra, y ella ya estaba cansada de pasarse la vida
llorando y aguardando un milagro que nunca llegaba.
Su teléfono sonó cuando estaba a punto de marearse de tantas vueltas
que llevaba dadas en los apenas dos metros cuadrados del baño. Su corazón
comenzó a latir como loco y se apresuró a consultar el identificador de
llamadas.
—¡Soy del género idiota! —se dijo en alto, irritada, cuando comprobó
que no era Nick, sino su prima Jennifer quien llamaba.
—¿Estás más tranquila? —le preguntó su prima, con la que acababa de
hablar hacía apenas una hora.
—Sí, estoy de lujo —afirmó, sentándose en la taza—. He quedado con
Ryan para cenar en el Hotel Drake.
—¿Vas a insistir en eso?
—Por supuesto.
—¿Y encima en un hotel?
—Está aquí enfrente, y no tendremos que perder tiempo para ponernos
con la parte interesante.
—¿Y cuál es esa parte? —dijo Jen con un tono preocupado—. ¿En la
que le cuentas que solo has salido con él por despecho?
Pat apretó los puños y resopló con fuerza.
—No, Jen, la parte interesante es en la que subimos a una habitación y
repasamos el Kama Sutra en todas sus variantes.
Jennifer guardó silencio, preguntándose qué podría decirle para que no
cometiera lo que, a la legua, se veía que sería un gran error del que jamás se
repondría.
—Pat, ¿eres consciente de que estarás renunciando a Nick en cuanto que
pongas un pie en esa habitación? —terminó preguntando.
—¿Y a qué estoy renunciando, Jen? —le gritó con obstinación—. ¡Si no
tengo una mierda! ¡Estoy harta, joder! —las lágrimas se agolparon tras sus
ojos, pero se los limpió con rabia antes de que cayeran—. Estoy cansada de
luchar por alguien que no desea estar conmigo. Alguien que solo reacciona
cuando ve peligrar lo que considera de su propiedad. ¡Se acabó, ya no más!
—Pero quizá, una última conversación…
—¡Que no! —gritó con terquedad—. ¡Que llevo tres días esperando que
al señorito le dé la gana de dar señales de vida!
—A lo mejor ha estado jodido con la borrachera…
—¡Pues ni que hubiera tenido un coma etílico! —Volvió a gritar—. Y tú
¿ahora vas a defenderlo? Hace un par de días estabas dispuesta a cogerte un
avión para sacarle los ojos.
Jennifer suspiró con angustia. Entendía la rabia de Pat tras todo lo
sucedido, pero ella no estaba tan implicada como para no darse cuenta de
que la actitud de Nick no era la de un hombre al que no le importa una
mujer, sino todo lo contrario. Su prima iba a cometer un gran error si
terminaba aquella noche en la cama con aquel bombero… Suponiendo que
de verdad fuera capaz de hacerlo, claro.
—Pat, ¿a ti realmente te gusta el tal Ryan? —le preguntó intentando
buscar otra vía para hacerla razonar.
—¡Es un tipo de poster! —le aseguró—. ¡De poster porno!
—Eso no quiere decir que estés dispuesta a… hacer una película con él
—insistió Jennifer—. A veces el tipo más impresionante nos deja frías.
—Eso no es nada que un par de copas de champan no solucionen.
—¡Mierda, Pat, ya vale! —protestó Jennifer, molesta—. Deja de
comportarte como alguien que no eres e intenta calmarte para poder pensar
con más claridad. No es momento para dejarte llevar por la rabia y el
despecho.
—No vas a conseguir que cambie de opinión.
—Vas a arrepentirte, Pat.
—Puede ser, pero en este momento me importa todo un pimiento.

Para Nick, los últimos tres días habían sido una dura prueba. Había
sentido todo un mundo de pesadumbre sobre sus hombros, que al fin
parecía poder empezar a asimilar.
Su padre había resultado ser un tipo genial, con el que había terminado
compartiendo muchas horas de conversación, pero ninguna de ellas
consiguió borrar el resentimiento que sentía ahora hacía su madre por
haberles robado la posibilidad de tener una vida juntos. Intentaba entender
los motivos de ella para mantener lejos a Eric, pero cuanto más lo pensaba,
más egoístas le parecían. Sorprendentemente, su padre no sentía ningún tipo
de rencor hacia Alina, lo cual maravillaba a Nick.
—¿Cómo puedes no odiarla? —le había preguntado Nick hacía tres días,
sin disimular su asombro.
—Porque pudo llevarse el secreto a la tumba, Nicholas —le dijo con una
de sus grandes sonrisas—, pero se aseguró de unirnos antes de partir.
Siempre le estaré agradecido por eso.
Nick lo había observado en silencio durante varios minutos, consciente
del aura de tranquilidad y paz interior que rodeaba a aquel hombre.
—Que la muerte te conceda un aplazamiento cuando te ha visitado tan
de cerca cambia tu visión del mundo —le había asegurado Eric cuando él se
lo había mencionado—. Y terminas aprendiendo a valorar lo que realmente
es importante y valioso. Y el rencor, hijo, es una emoción fea y que solo te
aporta dolor. Intenta entender a tu madre y perdónala, Nicholas, créeme que
es lo mejor que puedes hacer por ti mismo y tu salud emocional.
Pero Nick llevaba tres días preguntándose cómo demonios se conseguía
aquello. Era incapaz de empatizar ni lo más mínimo con la mujer que había
decidido que su propio dolor era lo más importante.
Llevaba tres días recordando cada palabra y cada fragmento de
conversación acerca de su padre que había salido de boca de Alina a lo
largo de toda una vida. Ahora comprendía por qué ella siempre fue incapaz
de hablarle de los motivos de su marcha. Suponía que le dolía demasiado
admitir que ella misma lo había echado de su lado sin hablarle de su
embarazo, y, para cubrir su vergüenza, había permitido que él creciera
pensando que era el culpable de que su padre los hubiera abandonado a
ambos. Aquello era imperdonable, y tendría que aprender a convivir con
aquel resentimiento en su interior.
«Pero ahora es momento de mirar hacia adelante», se dijo, izando la
cabeza para clavar sus ojos sobre la foto de aquella mujer preciosa, que era
lo único que conseguía calmar el dolor. Necesitaba verla. Las ganas ya
resultaban imposibles de soportar. Durante tres días había cogido el teléfono
más veces de las que podía recordar, dispuesto a llamarla aunque solo fuera
para escuchar su voz. La echaba de menos de una forma insoportable, y
hubiera dado cualquier cosa por poder confiarle todo lo que le estaba
pasando; pero sabía que no tenía ningún derecho a llorar sobre su hombro
después de la manera en que se había comportado con ella, y una disculpa
telefónica sería como insultarla de nuevo. Necesitaba mirarla a los ojos y
rogarle que lo perdonara por ser un necio redomado, pero había necesitado
tres días para encajar y asimilar los últimos acontecimientos.
Se revolvió el pelo con ademán nervioso, preguntándose si Pat lo habría
echado un poco de menos aquellos días. Ella tampoco había intentado
contactar con él en ningún momento, pero no podía culparla. Sintió un nudo
en el estómago al recordar sus ojos azules empañados por las lágrimas por
su culpa, y se odió a sí mismo de nuevo. No podía soportar hacerle daño, se
sentía morir cada vez que recordaba cada una de las palabras que le había
dicho. Si tan solo la hubiera despertado cuando encontró la tarjeta de su
padre sobre la mesilla, en lugar de escabullirse de su cama tras una noche
tan increíble… Pero se había comportado como un gilipollas y esperaba
poder soportar las posibles consecuencias. No concebía su vida sin que
aquellos ojos azules le alumbraran el camino, y estaba dispuesto a rogarle
una segunda oportunidad durante el tiempo que hiciera falta.
Miró de nuevo la foto y el recuerdo de los días pasados en Monterrey le
cortó la respiración. Había sido un verdadero necio al creer que podría
olvidarse de todo aquello y conformarse solo con la amiga; en aquel
momento le resultaba del todo absurdo pensarlo siquiera. Y ahora estaba
seguro de que para ella su relación también había sido importante. Si él no
hubiera estado tan obcecado con no cometer los mismos errores que sus
padres, y se hubiera dejado guiar por lo que su cuerpo y su alma le pedían,
en aquel momento quizá no se estaría enfrentando a la posibilidad de perder
lo único sin lo que sabía que su vida no tendría ningún sentido. ¿Cómo
había podido pensar alguna vez que su relación con Pat tenía ni un solo
punto de similitud con la de sus padres? Incluso sin conocer todos los
detalles que ahora sabía, de haber sido parecidas sus padres jamás se
habrían separado.
«Vosotros sí tenéis la oportunidad de hacer las cosas bien»… Nick se
quedó perplejo al recordar ahora aquella frase de labios de su madre, que
tanto lo había atormentado. Durante mucho tiempo, se había obligado a
rememorar aquello una y otra vez para evitar claudicar a lo que sentía por
Pat y, a la luz de los nuevos acontecimientos, aquellas palabras tomaban un
cariz muy diferente, hasta el punto de significar todo lo contrario a lo que
siempre había supuesto. Su madre nunca se había referido al hecho de no
desviarse de su amistad…, sino a que ellos sí tenían la oportunidad de estar
juntos.
—¡Pero ¿qué clase de imbécil soy?! —se dijo en alto, sintiéndose el tipo
más idiota del planeta. Los motivos por los que se había negado lo que más
feliz le hacía resultaban ser una estupidez, producto de un miedo absurdo e
infundado, que solo le había llevado a perderla. Sí, quizá el fantasma de
aquel otro que ella había amado siempre estaría entre ellos, pero ahora
estaba dispuesto a luchar con uñas y dientes para ganarse su corazón.
«¿Qué puedo hacer para que me perdones, ojos azules?», se preguntó
con un pellizco cogido en el pecho, sin dejar de mirar la foto. «Quizá
deberías empezar por pedir disculpas, tonto perdido, y cuanto antes…», se
contestó a sí mismo. Y aquel simple y absurdo pensamiento lo levantó del
sofá al instante.
Capítulo 40
Nick entró en el Oasis como una exhalación y caminó con premura hasta
la mesa de billar donde estaban sus amigos. Tres pares de ojos se posaron
sobre él con cierto recelo, pero ninguno de ellos eran del azul impresionante
que iba buscando.
—Mira quién ha decidido honrarnos por fin con su presencia —murmuró
James entre dientes con una expresión seria.
Nick dejó escapar un suspiro resignado.
—Vale, siento mucho lo del otro día —empezó diciéndoles—. Acepto
que soy un gilipollas y entiendo que os apetezca lo justo tener que soportar
mi compañía. Ponedme una penitencia y la cumpliré gustoso, pero después
de hablar con Pat. ¿Dónde está?
Obtuvo un silencio atronador como única respuesta.
Nick paseó su mirada por cada uno de los rostros y tuvo que respirar
hondo para armarse de paciencia. Miró a su alrededor con atención,
esperando encontrarla en algún punto del bar, pero no parecía haber ni
rastro.
—¿Está en el baño? —insistió en preguntar.
Silencio. Exasperado Nick sacó el móvil y marcó el número de la chica,
pero solo obtuvo un mensaje informándole de que el teléfono al que
llamaba estaba apagado o fuera de cobertura.
—El móvil de Pat ha pasado a mejor vida esta mañana —le aclaró Rob
con una expresión incómoda—. No podrás llamarla hasta que se compre
otro.
—Vale, pues decidme dónde localizarla —insistió.
—¿Ahora te importa? —le preguntó James con un gesto molesto.
—¡Claro que me importa!
—Haberlo pensado antes.
Nick frunció el ceño y avanzó hacia sus amigos con una expresión
suspicaz.
—¿Qué está pasando? —preguntó ya con cierto recelo.
—Lleva tres días esperando a que te dignaras a aparecer.
—Lo sé —admitió—. Es otra de las cosas por las que tendré que
disculparme.
—Pues buena suerte.
—Vale, ya me estoy cansando de este juego —terminó diciendo Nick,
exasperado—. ¿Quién va a decirme dónde coño está Pat?
—Nick…
—¡Que me lo digáis, hostias!
—Ha salido con el bombero —dijo Dannie al fin, ganándose la atención
de Nick de inmediato.
A pesar de que en el local había poca luz, todos lo vieron palidecer.
—¿Qué? No… —casi titubeó—. Si lo que queréis es… fustigarme un
poco más…, de verdad que he tenido suficiente.
Solo tuvo que observar cada rostro para obtener la respuesta. Incluso
James, que sabía que aún no le había perdonado del todo por su
comportamiento, evitaba mirarlo.
—Así que es verdad —susurró para sí, contrariado.
No fue capaz de decir nada más. Tenía un nudo en la garganta que le
impedía incluso tragar saliva, mientras que su mente se empeñaba en
enviarle decenas de imágenes de aquellos ojos azules mirando con
admiración a aquel bombero, y regalándole una de sus maravillosas
sonrisas…, que quizá no sería lo único que él conseguiría de sus labios
aquella noche. Un puñetazo en el estómago no le hubiera dolido tanto como
imaginarla besando a otro.
Se alejó hacia la barra intentando recuperar un poco la compostura, pero
cuanto más se esforzaba en apartar todo tipo de dolorosas imágenes de su
mente, más se empeñaba su cerebro en conjeturar con todo aquello que lo
desquiciaba.
Cogió asiento en uno de los taburetes altos de la barra, pero fue incapaz
de estar sentado más de unos pocos segundos. La desazón que recorría cada
célula de su ser en aquel momento lo obligaba a esforzarse cada vez más
para conseguir llevar aire a sus pulmones.
Dannie lo sorprendió llegando hasta la barra y ocupando la silla que él
acababa de dejar libre.
Boss tardó unos pocos segundos en acercarse a ellos.
—¿Os pongo algo? —preguntó con un gesto cansado.
—Con una sonrisa nos conformamos. —Sonrió Dannie, pero al barman
no pareció hacerle gracia la broma y se alejó sin mediar palabra—. Cómo
está el patio… Chris por fin le cede el Oasis y se larga, que es todo lo que él
quería, y no he visto a un tipo más infeliz en toda mi vida. —Miró a Nick
con atención y suspiró—. Miento, creo que conozco a otro que está mucho
peor. Quizá tú querías pedirle un whisky… ¿O al menos aprendiste esa
lección?
Nick no se molestó en mirarlo, ni siquiera se sentía con ánimos para
discutir.
—Ahora no, Dannie, yo… Déjalo —suplicó, esforzándose de nuevo por
respirar.
—¿Durante cuánto tiempo más vas a auto compadecerte? —insistió,
ignorando la súplica—. Porque estás perdiendo un tiempo valioso…
—No hay nada en lo que me merezca la pena emplear mi tiempo —dijo
con tristeza—. Ya no.
—¿Dices que no merece la pena luchar por ella?
Nick no se molestó en fingir que no sabía de lo qué le estaba hablando.
Por primera vez miró a Dannie, al que le impresionó la agonía que leyó en
sus ojos.
—¿Crees… que a ella le gustaría que lo hiciera?
—Si a estas alturas aún no sabes eso, es que eres más tonto de lo que
pensaba.
—Ya me sentía un imbécil consumado sin tu ayuda, pero gracias —dijo,
sin la menor intención de ironizar—. Yo ya no sé nada de nada, Dannie,
estoy perdido. —Tuvo que obligarse a respirar hondo para poder seguir
hablando—. Te juro que venía dispuesto a suplicar una oportunidad, a pesar
de saber que sus sentimientos pueden seguir puestos en otra parte.
—¡Acaba de conocer a ese bombero, ¿de qué sentimientos me hablas?!
—se exasperó Dannie.
—No hablo de él —le aclaró con la voz empañada de dolor—. Me
refiero a ese otro del que estaba enamorada.
Dannie estaba perplejo.
—Ella misma me lo contó.
—Espera…, ¿ella te dijo que estaba enamorada, pero no de quién? —
preguntó Dannie con el ceño fruncido. Nick asintió—. Joder, Pat, ¡ya te
vale!
Nick le devolvió una mirada confusa, pero impregnada de angustia.
—Olvídalo, Dannie, ya da igual. —Casi se le atragantaron las palabras
en la garganta—. Al parecer…, ha pasado página.
—No, Nick, no ha pasado página —le dijo con cautela—, pero sí intenta
cambiar de libro, y no deberías permitirlo.
Nick lo miró ahora con cierta sorpresa, que se multiplicó cuando Dannie
se apoyó sobre la barra, recortando la distancia, y lo miró con una expresión
resuelta, como si acabara de decidir algo importante.
—Ya que hablamos de libros, creo que ha llegado el momento de que te
hable del último que estoy leyendo —empezó diciéndole, consciente de que
estaba a punto de meterse en un berenjenal del que podía salir escaldado.
—Dannie, no te ofendas, pero…
—Es una historia interesante, ¿sabes? —continuó, desoyendo sus
protestas—. Todo comienza cuando una chica escucha por accidente una
conversación entre el tipo del que está enamorada y uno de sus amigos.
—Una conversación… —Nick frunció el ceño, valorando si debía
mandar a Dannie a la mierda en aquel mismo instante, pero, por algún
extraño motivo, decidió esperar un poco más.
—Eso es —asintió Dannie—. Y en esa conversación escucha al amor de
su vida asegurar… que jamás la miraría como mujer ni aunque ella fuera la
última sobre la tierra.
Nick se quedó helado. El recuerdo de haber pronunciado aquellas
palabras arrasó su mente convirtiéndola en un verdadero caos. ¿Estaba
entendiéndolo bien o solo imaginando…? Se esforzó por concentrarse y
puso sus cinco sentidos sobre las palabras que continuaba diciendo Dannie.
—¿Imaginas su dolor al oír algo así? —le preguntó Dannie, aunque no
esperó la respuesta—. Resulta que ella se siente tan devastada que tiene que
alejarse de él una temporada para poder superarlo, y se marcha de la
ciudad…
Con el corazón en la garganta, Nick miró a su amigo a los ojos, donde
leyó con claridad que no se estaba imaginando nada.
—¿Puedes adivinar a dónde fue? —insistió Dannie.
Nick tragó saliva y lo miró a los ojos con aprensión.
—¿Boston? —preguntó mientras su corazón bombeaba sangre a una
velocidad de vértigo esperando la confirmación.
—Boston —admitió.
—¡Joder! —exclamó ahora, respirando con dificultad—. ¡pero qué
gilipollas soy!
Apoyó la frente sobre la barra intentando digerir aquella información sin
volverse loco del todo. Recordó la forma en la que Pat decidió marcharse a
Boston, de un segundo para otro, y su actitud con él durante el mes que
estuvo allí. Durante muchos días había tenido la sensación de que ella lo
evitaba y aquello le había dolido mucho…; ahora sabía que no había sido
solo una sensación.
—Sí, no voy a excusarte. —Sonrió Dannie ahora—. Sí estuviera aquí mi
abuela, creo que diría algo así como… ¡Solo el amor te vuelve tan loco y
tan condenadamente estúpido!
«¿Amor?», repitió Nick para sí, atónito. Aquellas palabras fueron como
una especie de revelación universal que lo sacudió de la cabeza a los pies.
Hasta aquel instante ni siquiera se había parado a plantearse qué sentía por
Pat, solo sabía que era incapaz de vivir sin ella… ¿Cómo podía no haberse
preguntado el motivo? ¡Estaba enamorado de ella hasta la médula! Ahora le
resultaba tan evidente que se sentía el hombre más estúpido del planeta por
no darse cuenta antes. Y estaba a punto de perderla por ser un gilipollas
integral de manual. Si tan solo ella…
«Espera… ¡Ella también me ama! ¡A mí!», se gritó para sí, sintiendo
palpitar su corazón a una velocidad desaforada. «¿O acaso todo lo que
sentía ha podido esfumarse por lo sucedido en los últimos días?», se
preguntó. Y por unos segundos se sintió totalmente paralizado por la
angustia, pero esta vez no se dejó intimidar demasiado tiempo, consciente
de que no se podía permitir el lujo de flaquear un solo minuto más.
«Si aún tengo una mínima oportunidad, voy a pelearla con toda mi
alma», se dijo, arrasando con cualquier vestigio de duda.
—¿Sabes dónde está? —le preguntó a Dannie con una clara intención
escrita en los ojos.
—No, lo único que sé es que han quedado para cenar en el restaurante de
un hotel —admitió Dannie con cierto pesar.
—¿Un hotel? ¿Por qué un hotel? —se preguntó confuso—. Es raro cenar
en un hotel…, a no ser que se esté planteando… ¡Joder!
—Tranquilo.
—¡¿Cómo puedo estar tranquilo?! —gritó con angustia y un auténtico
calvario escrito en sus ojos—. La mujer que amo con toda mi alma puede
estar en brazos de otro y a punto de…
Las palabras se le atragantaron en la garganta. El simple pensamiento de
que Pat, su Pat, pudiera estar suspirando entre las sábanas por las caricias de
otro… era del todo insoportable. Tuvo que sofocar una arcada mientras
intentaba alejar aquellos pensamientos de su mente para conservar la poca
cordura que le quedaba.
—No te pongas en lo peor —le aconsejó Dannie.
—La he arrojado a sus brazos, Dannie, y una mujer despechada es
imprevisible.
—Pero una enamorada quizá no —le recordó su amigo.
—¿Qué hago? —le preguntó desquiciado, revolviéndose el pelo de
forma compulsiva—. ¿Cómo la encuentro?
—Quizá alguien tenga más información que yo. —Señaló hacia la mesa
de billar, donde Rob y James fingían no ver lo que pasaba en la barra.
Nick sintió un ligero vestigio de esperanza y casi corrió hasta sus
amigos, sin disimular que en aquel momento era un hombre totalmente
desesperado. No se anduvo por las ramas. Se plantó ante ellos, con los
nervios a flor de piel y una mirada mezcla de ansiedad y desconsuelo.
—Por favor, si alguno de los dos sabe dónde está… —suplicó.
—Nick…
—Me mata imaginarla entre sus brazos —admitió con la voz
entrecortada por la intensidad de sus emociones y un infierno ardiendo en la
mirada.
No necesitó agregar más. Fue Rob quien dijo casi al instante:
—Lo único que sé es que tenían una mesa reservada en el Hotel Drake.
—¿El Drake? —repitió para sí, al tiempo que valoraba qué hacer.
Ajeno a la curiosidad con la que todos lo observaban, sacó su móvil y
marcó un número.
—Papá —dijo al teléfono mientras comenzaba a caminar con premura
hacia la puerta —, necesito que me ayudes…
Capítulo 41
Cuando Nick entró como una exhalación en el Hotel Drake, su padre
avanzó hacia él desde uno de los extremos del enorme vestíbulo.
—No la encuentro por ninguna parte, hijo —le dijo con pesar—. He
recorrido el restaurante, las dos cafeterías y todas las zonas comunes del
hotel, pero no hay ni rastro.
Nick dejó escapar un suspiro de frustración y tuvo que contenerse para
no liarse a gritar como un poseso.
—¿Estás seguro? —le preguntó angustiado.
—El hotel es pequeño —tuvo que admitir con tristeza—. Y lo he
recorrido dos veces. Quizá… deberías preguntar en recepción.
Por un segundo, a Nick le costó entender a qué se refería; cuando al fin
lo hizo, ahogó una exclamación de horror y corrió hacía el mostrador.
—¿Tiene alguna habitación reservada a nombre de Pat Maloy? —le
preguntó con voz temblorosa a una sorprendida recepcionista.
Jamás en toda su vida le habían temblado tanto las piernas como
mientras esperaba aquella respuesta.
—Lo siento, pero no se aloja nadie en el hotel con ese nombre —
confirmó la chica.
—¡Mierda! ¡Joder! —masculló Nick entre dientes, intentando controlar
sus emociones, pero sin conseguirlo.
—Cálmate —le suplicó su padre, con un gesto preocupado.
—¡No puedo! —exclamó desconsolado—. ¡Me muero solo con
imaginarla besándolo! Si está en una de esas habitaciones…, haciendo… —
Fue incapaz incluso de terminar la frase. Sus ojos reflejaban el tormento
que lo asolaba por dentro.
—Pues sigamos buscando —propuso Eric, sufriendo por verlo así—. Si
está en este hotel, la habitación tendrá que estar a nombre de alguien.
—Sí, claro… —Se apretó las sienes intentando pensar con claridad—.
Ryan, creo que me dijo que se llamaba.
—¿Ryan qué? Necesitamos un apellido.
—No lo sé.
—¿Y tienes forma de enterarte?
Nick suspiró, abatido, e intentó encontrar la respuesta dentro del caos
que reinaba en su cabeza.
—¡Boss! ¡Ese tipo es su cuñado!
Sin dilación, sacó su teléfono y marcó el número de Rob, pero dejó
escapar una sarta de improperios cuando lo encontró comunicando. Sin
pensarlo, marcó ahora el número de James, rogando para que a su amigo
aún le quedara un poco de simpatía hacia él.
—¿Qué pasa? —lo escuchó contestar al otro lado.
—Necesito que me hagas un favor… —suplicó—. ¿Puedes preguntarle a
Boss el apellido del tal Ryan?
Silencio fue lo único que escuchó al otro lado de la línea. Aguardó, con
el corazón encogido, sin saber si su amigo estaba valorando o no hacerle
aquel favor. Parecía estar pensándoselo demasiado tiempo…
—Keller —escuchó decir a James alto y claro—. Ryan Keller.
Nick sintió un nudo de emoción en el pecho. Por unos segundos, había
estado convencido de que James iba a negarse a ayudarlo, lo que
significaría que había perdido a su amigo definitivamente.
—¡Gracias! —dijo de corazón.
—Consigue a la chica, Nick —escuchó decir a James—. Es lo mínimo,
después del follón que has montado.
Nick agradeció aquellas palabras con toda su alma. De alguna forma,
sintió que James acababa de darle su aprobación para estar con Pat, y
aquello significaba mucho para él…, aunque, por desgracia, puede que a
aquellas alturas no sirviera de nada. Pero tenía que intentarlo hasta las
últimas consecuencias.
Se giró de nuevo hacia la recepcionista, que, para su sorpresa, le pidió
unos segundos a la persona a la que atendía para centrarse en Nick.
—¿Cómo se llama? —le preguntó la chica sin molestarse en fingir que
no había estado atenta a la singular conversación que tenía lugar junto a
ella.
—Ryan Keller.
Con premura, la recepcionista consultó el ordenador mientras que los
segundos no parecían avanzar para Nick, al borde ya del colapso nervioso.
—Lo siento —le dijo la chica con cierto pesar—. Él tampoco está
registrado aquí.
Nick dejó escapar un suspiro desesperado, intentando decidir si debía
sentirse aliviado o destrozado.
—Eso son buenas noticias, hijo —le dijo Eric, poniéndole una mano
sobre el hombro para reconfortarlo.
Pero Nick no lo tenía tan claro. Allí terminaba todo lo que podía hacer
para intentar llegar hasta el amor de su vida, antes de que quizá ella
decidiera… que le gustaba aquel bombero.
«¿Dónde estás, ojos azules?», se preguntó desolado, recordando la
última vez que la había llamado así mientras ella gemía entre sus brazos.
Quizá en aquel momento era otro quien le arrancaba suspiros.
Tuvo que caminar hacia la puerta con premura y salió al exterior,
buscando que el frescor de la noche inundara sus pulmones y aliviara
aquella sensación de falta de aire.
—No es momento de venirse abajo —le recordó su padre, saliendo tras
él
—Ya no sé dónde buscarla… —susurró, respirando hondo para intentar
que el intenso dolor que sentía dentro del pecho se hiciera más soportable
—. Hay mil sitios en los que pudieran estar, decenas de hoteles, de
restaurantes…
—El que cene con él no significa que vayan a irse a la cama.
—Lo sé, e intento repetirme eso mismo todo el tiempo para no
enloquecer, pero… ella está despechada y enfadada conmigo, ¿sabes?,
porque me he comportado como un imbécil todo este tiempo. —Dejó
escapar un suspiro de impotencia—. He tardado demasiado tiempo en
darme cuenta de mis sentimientos, le he hecho daño… y me aterra que ella
quiera castigarme de la peor manera.
—No lo hará, Nick, no si es la mujer que yo creo.
Nick miró a su padre con una triste sonrisa.
—Es increíble, ¿verdad?
—Sí que lo es —admitió Eric—. Y os merecéis el uno al otro, hijo.
Estoy seguro de que todo se solucionará muy pronto.
La angustia que bullía en el interior de Nick apenas si dejaba hueco para
el optimismo. Quería creer en las palabras de su padre con todas sus
fuerzas, pero no podía evitar pensar en todo lo que Pat habría sufrido por su
culpa y que quizá no estuviera dispuesta a perdonar.
—Daría lo que fuera por tener la oportunidad de hacerla feliz —se
lamentó—. Te juro, papá, que en este momento es lo único que le pido a la
vida.
—Pues la esperanza es lo único que se pierde. —Sonrió Eric Cooper,
apretando de nuevo uno de los hombros de su hijo para infundirle ánimo—.
Yo he esperado cuatro años para escucharte llamarme papá, y lo has hecho
más veces esta noche de las que jamás me atreví a soñar.
Nick miró a su padre con los ojos empañados en lágrimas, producto de
las cien mil emociones distintas que asolaban su interior y que apenas podía
asimilar.
—Gracias por estar aquí —le dijo con sinceridad—. Te juro que este es
uno de los momentos más amargos de mi vida, y eso que he tenido muchos.
—Aquí es donde debo estar —le aseguró el hombre—, pero también
quiero estar en los felices, ¡eh!
A Nick le hubiera gustado poder sonreír, pero fue incapaz.
—Mi felicidad no está en mis manos —dijo con auténtico pesar.
—Pues corre en su busca, hijo. —Señaló en la distancia con una sonrisa
de oreja a oreja—. Desde aquí no veo sus ojos, pero estoy seguro de que
son de un azul que quitan el hipo.
Cuando Nick se giró hacia donde señalaba su padre, se le cortó la
respiración. Allí estaba Pat, al otro lado de la calle, frente a la puerta de la
clínica. Sola.
Por un instante se quedó paralizado, aterrado con la idea de que lo que
estaba viendo fuera solo un espejismo que desaparecería en cuanto que se
permitiera parpadear. Pero cuando se dio permiso para creer en lo que veían
sus ojos, su corazón se puso a latir como un loco y amenazó con salirse de
su pecho…
—¿A qué estás esperando? —Rio su padre, feliz.
Nick corrió hacia ella como alma que lleva el diablo.
Capítulo 42
Pat le echó la llave por fuera a la puerta de la clínica y dejó escapar un
suspiro de agotamiento. En las últimas horas, todo lo que hacía le suponía
un tremendo esfuerzo. Durante toda la mañana, había quemado demasiada
energía en auto engañarse y fingir que podía salir con Ryan, y meterse en su
cama con la misma facilidad con la que lo decía. Estaba tan enfadada con
Nick y tan desbordada por sus propias emociones, que gritar a los cuatro
vientos que iba a dejarse seducir por otro la ayudaba a encauzar su rabia y a
que dejara de doler con tanta intensidad. Cada palabra que pronunciaba
sentía que se la estaba arrojando a Nick a la cara, y la sensación de euforia
parecía ayudarla a mantenerse cuerda. Pero aquello no había durado
demasiado. Cuando a medio día se había quedado a solas en la clínica, tras
discutir con todos y cada uno de los que habían intentado hacerla
recapacitar, un pequeño pendrive, olvidado en uno de los pequeños bolsillos
de su bolso, le había asestado una puñalada en el alma de la que ya no pudo
recuperarse. Durante más de una hora había luchado contra sí misma para
no conectarlo al ordenador, pero había terminado sucumbiendo… y aquello
había sido su perdición. Monterrey arrasó con todo desde la primera foto,
convirtiendo la tarde en un festín de amarga auto compasión, donde parecía
haber agotado todas las lágrimas que sus ojos podían derramar.
No sabía cómo iba a poder soportar vivir sin Nick, aquella era la triste
realidad. Si incluso ahora, tras toda una tarde intentando mentalizarse de
que debía echarlo de su cabeza, le parecía estar escuchándolo llamarla en la
distancia…
Tardó unos largos segundos en comprender que aquello no era producto
de su imaginación. Cuando se giró y levantó la cabeza, lo vio al otro lado de
la calle, llamándola con insistencia mientras intentaba colarse entre el
tráfico, sin éxito.
Perpleja, Pat lo observó con el corazón saltando como un loco dentro de
su pecho mientras que su cuerpo anhelaba que llegara hasta ella de una
forma intensa y desproporcionada, que la molestó hasta el punto de hacerla
recapacitar.
«Recuerda que estás enfadada con él, Pat…, ¡furiosa en realidad!», se
dijo, ignorándolo y avanzando hacia su coche, que estaba aparcado a unos
pocos metros.
—¡Espera, por favor, Pat! —lo escuchó llamarla de nuevo.
Pat no se detuvo. No al menos hasta que escuchó los intensos pitidos de
los coches, armando un escándalo monumental. Cuando miró hacia Nick, lo
vio avanzar cruzando entre el tráfico y el corazón se le subió a la garganta.
El autobús que bajaba en sentido contrario tuvo que frenar con brusquedad
mientras hacía sonar una estridente bocina, y a punto estuvo de ocurrir una
tragedia. Cuando Nick puso los pies en la acera al fin, Pat caminó ahora en
su dirección, recorriendo con premura los pocos metros que los separaban.
—¡¿Estás loco?! —le gritó desquiciada, intentando golpearlo en el pecho
con los puños cerrados y la cara descompuesta—. ¡Casi te atropellan!
¡Idiota! ¡¿Cómo se te ocurre cruzar así?!
Nick la tomó de las manos y las inmovilizó contra su pecho, quedando a
escasos centímetros de su rostro.
—¿Esto significa que todavía te importo un poco? —le preguntó con
cierta ansiedad, mirándola con intensidad.
Pat le devolvió una mirada iracunda. Si lo que Nick quería era burlarse
aún más de ella, iba a ver que…
—¡Me matas cuando me miras con esos increíbles ojos azules! —lo
escuchó decir, interrumpiendo sus pensamientos—. Incluso cuando me
miran así de enfurecidos y adquieren la tonalidad del mar embravecido…,
¡tu belleza me corta la respiración!
«Vale, igual espero un poco antes de agredirle», se dijo Pat, intentando
leer en la extraña mirada con que él la observaba.
—¿Estás… sola? —titubeó Nick un tanto nervioso—. Creí que…
Pat notó una terrible decepción en su interior y se sintió estúpida una vez
más.
—Creías que estaba con Ryan. —Comprendió—. Pues no, así que ya
puedes largarte tranquilo… —dijo, negándose a confesar que había anulado
su cita porque era incapaz de dejar de pensar en él.
Intentó zafarse de sus brazos, pero Nick no se lo permitió.
—No me quedaré tranquilo hasta que haga esto. —Recortó la distancia
hasta sus labios y la besó a conciencia, poniendo todo su ser en aquel beso.
Pat se resistió con uñas y dientes… durante los dos segundos que la
lengua de Nick tardó en arrasar su boca y adueñarse por completo de su
cordura.
Cuando Nick, casi en contra de su propia voluntad, se separó unos
centímetros, posó una mirada brillante y desesperada sobre ella.
—¡Acabo de vivir las dos horas más horribles de toda mi vida! —le
confesó apoyando la frente sobre la de ella, sin dejar de mirarla, con la
respiración aún entrecortada por el intenso beso.
—¿Sí?… ¿Necesitabas a tu gran amiga para algo? —ironizó Pat,
observándolo con cautela.
—Sí, cariño, también —admitió, enterrando una mano entre su pelo—,
pero no es solo por la amiga por quien he recorrido ese hotel
completamente desquiciado con la idea de encontrarte en brazos de otro.
Pat tragó saliva y las lágrimas se agolparon tras sus ojos. Casi no se
atrevía a hablar por miedo a descubrir que estaba malinterpretando todo
aquello.
—No sé si te estoy entendiendo —titubeó nerviosa—. Tú… ¿quieres
algo más que a la amiga? —Esperó la respuesta con el corazón encogido.
—¡Las quiero a todas ellas, Pat, a todas las mujeres que viven dentro de
ti! —dijo, dejando escapar un suspiro y cediendo a la tentación de besar sus
labios de nuevo—. Quiero a la amiga —Volvió a besarla—, a la
confidente… —Otro beso—, a la compañera… —La miró a los ojos con un
deseo contenido que le arrancó a Pat un gemido de anticipación—, y, por
supuesto, a la amante, esa que consigue que me suba la temperatura solo
con mirarme.
Pat frunció el ceño, fingiendo una irritación que en realidad se había
disuelto como por arte de magia, pero se resistió a concederle un respiro
aún.
—Pues no sé si alguna de ellas quiere verte a ti —dijo todo lo seria de
que fue capaz.
—Sí, supongo que es lo que me merezco por obtuso —admitió con una
expresión abatida—, pero si te sirve de consuelo…, me has estado
volviendo loco desde mucho antes de nuestro viaje a Monterrey.
Pat arqueó las cejas con cierto desdén y preguntó:
—¿Cómo de loco?
Nick sonrió algo más relajado.
—¡Mucho, Pat! —Le acarició el rostro—. He pasado años
conteniéndome, ¿sabes? —confesó al fin—. Repitiéndome a mí mismo que
no debía mirarte con otros ojos que no fueran los del amigo…, pero algo
ocurrió dentro de mí el día que estuvimos en la reserva por primera vez.
Perpleja, Pat intentó leer en sus ojos si podía estar inventándose aquello,
pero encontró todo lo contrario. Algo que incluso le dio miedo creer… aún.
—Fue… justo en el momento en que aquella mariposa se posó sobre la
palma de tu mano —continuó contando con la emoción del recuerdo en su
mirada—. Recuerdo que te eché aquella foto y me sentí tan cautivado por ti
que ya no pude dejar de mirarte. Te tiré una foto tras otra, hasta que tuve
que recordarme a mí mismo que no estábamos allí para eso.
—Cincuenta y siete fotos —susurró Pat
—Cincuenta y siete fotos —repitió Nick con una sonrisa tímida—.
Desde entonces no he mirada a ninguna otra.
—Salvo a Chris —le faltó tiempo para recordarle.
—No, Pat, ni siquiera a Chris —le aseguró—. Porque incluso cuando la
besaba a ella, creía que eras tú…, pero presiento que eso ya lo sabías, ¿no?
—A Pat le costó mucho esfuerzo no sonreír como una idiota, se limitó a
asentir—. Hacía muchos días ya que te colabas en mis sueños cada
noche…, y no precisamente para charlar.
La chica dejó escapar un suspiro, pero no dijo nada. Dudada de que
pudiera hacer otra cosa que balbucear.
—Me mató tu repentino viaje a Boston —terminó diciendo Nick ante su
silencio—. Me sentí completamente vacío cuando te fuiste, no podía
soportar no verte, y el mes que estuviste fuera fue un suplicio. Tenía la
sensación de que me estabas ignorando y no lo entendía. Pasé días
torturándome con la idea de que habías conocido a otro que te mantenía
ocupada.
—No hubo nadie en Boston —le aclaró, incapaz de callar más—. Yo…
me fui demasiado destrozada.
—Lo siento —susurró sobre su boca.
—¿Por qué? —titubeó un tanto avergonzada.
—Por engañarme durante tanto tiempo y hacerte daño —dijo con la voz
cargada de emoción—. Por obligarte a irte a Boston de esa manera sin ni
siquiera darme cuenta.
Pat lo miró con los ojos empañados en lágrimas. No sabía cómo Nick se
había enterado del verdadero motivo por el que se marchó a Boston, pero
estaba segura de que aquello ya no era un secreto.
—Lo sabes.
—Sí —admitió Nick—. Dannie se ha apiadado un poco de mí esta tarde,
y me ha hablado de una chica que escuchó a un imbécil decir algunas
estupideces…
—Sí, un tipo muy tonto —le aseguró Pat de inmediato—. No sé ni cómo
sigo dirigiéndole la palabra.
—Espero que sea… porque aún te quede algún tipo de sentimiento hacia
él.
Pat lo miró en silencio, apretando los dientes. La necesidad de hacerlo
sufrir un poco más era difícil de obviar.
—Te aseguro que he pagado con creces todos mis errores —insistió Nick
con ardor—. ¡No te haces una idea de la tortura que ha sido pensar que
amabas a otro!
Pat leyó el dolor en sus ojos sin dificultad. Ahora entendía su insistencia
en preguntarle acerca de aquel tipo.
—Pero me dijiste que estabas aliviado porque no me hubiera
encaprichado de ti…
—Sí, he dicho muchas tonterías últimamente… —la interrumpió,
atrayéndola un poco más hacía sí para robarle otro beso, que ella no pudo
negarle—. Tonterías como pedirte que siguiéramos siendo solo amigos
después de volver de Monterrey, cuando apenas puedo pensar en otra cosa
que en ti.
—¿En serio? —susurró Pat ya sin disimular su emoción.
—¿Todavía lo dudas? —dijo con un leve destello de esperanza en sus
ojos—. ¡Si me he estado comportando como un loco desde entonces! Me
esforzaba por seguir las absurdas reglas que yo había impuesto, cuando lo
único que quería era besarte a todas horas —Rozó sus labios con los suyos
—, acariciarte… —susurró sobre su boca al tiempo que le recorría la
espalda con las manos—, y hacerte el amor cada noche, durante el resto de
nuestra vida.
Las lágrimas de Pat cobraron vida de forma irremediable, pero aquella
vez de auténtica dicha.
—No llores más, por favor —le suplicó, secándole las mejillas con los
dedos—. Sé que me he comportado como un idiota, pero estoy dispuesto a
compensártelo cada día, a todas horas. ¡Dame otra oportunidad para hacerte
feliz, por favor!
A Pat aquellas palabras la llenaron de tal felicidad, que su alma herida
sanó al instante. Conmovida, observó la aprensión con la que Nick esperaba
su respuesta y sonrió.
—Eso de cada día, a todas horas… ¿no suena demasiado optimista? —le
preguntó con una sonrisa maliciosa.
Nick dejó escapar el suspiró que había estado conteniendo y rio entre
dientes, con los ojos brillando de felicidad.
—Tendremos que parar para comer y dormir de vez en cuando… —
recortó las distancias, atrayéndola más hacia sí.
—Vale, pero poco tiempo. —Sonrió Pat, echándole los brazos al cuello,
casi sin poder creer que por fin se hubiera cumplido su milagro.
—Lo justo para reponer fuerzas —admitió Nick, besándola con
intensidad. Después la abrazó emocionado, y le susurró al oído—: Las
últimas semanas han sido un infierno horrible, cariño. He sentido celos
hasta de mi propia sombra, y me temo que no he sabido manejarlos.
—¿En serio? —bromeó Pat—. Casi no me he dado cuenta…
—Te juro que no sabía que era tan celoso —reconoció avergonzado—.
Pero pensar en que alguien más te tocara cuando yo no podía hacerlo…
¡Joder, ha sido una tortura insoportable!
—Pero si has estado muy entretenido peleándote con todo el mundo.
—Sí, y sinceramente, no sé si me queda algún amigo, tendré que
ocuparme de eso más adelante —Sonrió con pesar—, pero en este momento
solo me preocupa que mi mejor amiga me perdone.
Pat enterró las manos entre su pelo y se puso de puntillas para
contestarle con un tierno beso.
—Es curioso, pero escucharte llamarme mejor amiga de repente ya no
me molesta tanto —Sonrió jubilosa—, pero te confieso que antes hubiera
podido pegarte cada vez que te escuchaba usar esas palabras.
—Necesitaba reafirmarme en ello, Pat, y conseguí engañarme… hasta
que regresaste de Boston.
Pat suspiró un tanto resignada.
—Entiendo… Te resultaba mucho más fácil resistirte a la chica de las
camisetas enormes.
La sonrisa de Nick iluminó todo su mundo.
—Ahí te equivocas —dijo, mirándola con adoración—. Es cierto que la
chica que regresó de Boston era imposible de ignorar, pero tu ropa nunca
tuvo mucho que ver con el hecho de que las cosas cambiaran entre nosotros
cuando volviste. Al menos no de la forma que tú piensas.
—¿No? —preguntó confusa—. ¿A qué te refieres?
—Tu ropa no fue lo único ni lo más importante que cambió en ti —le
aseguró—. Tú actitud hacia mí también cambió, junto con tu forma de
mirarme, de coquetearme…
Pat rio. Sí, sabía que tenía razón en aquello. La seguridad nacida de
gustarse a sí misma y sentirse una mujer bonita y femenina se debió reflejar
en cada poro de su piel.
—Y de repente me mirabas con esos ojazos… —continuó el chico—.
¡Échame unas fotos, Nick…! —la imitó—. Que yo voy a enloquecerte
mientras me tomo al pie de la letra aquello de hacerle el amor a la cámara.
—¡Yo no hablo así! —protestó entre risas.
—Me llaman dedos mágicos, Nick…, ven que te doy un masaje…
—¡Qué tonto!
—Oasis, diez de la noche… —insistió entre risas sin dejar de imitarla—.
El sueño erótico de cualquier tío se sienta sobre tu regazo…, procura
imaginar que te gusto un poco…
—Pues parece que te lo imaginaste muy bien. —Sonrió coqueta.
—Sí —admitió entre risas—. ¡Qué pedazo de primer beso, ojos azules!
—Bueno… —le dijo Pat, arqueando las cejas con un divertido gesto—.
No estuvo mal…
—¡¿Qué no estuvo mal?! —exclamó Nick—. ¡Eso ha dolido!
—Es que casi no me acuerdo —Sonrió divertida—, quizá si me ayudaras
a hacer memoria y…
Aún no había terminado de decir aquella frase, cuando Nick asaltó su
boca arrancándole un intenso gemido casi al instante. Se empleó a
conciencia hasta que, por pura suerte, recordó que todavía estaban en mitad
de la acera.
—¿Ya vas recordando? —le preguntó, separándose apenas unos
centímetros. Pat apenas pudo responder con un sonido ronco, producto del
deseo contenido—. Ni te imaginas lo que me costó dejarte marchar de mi
casa aquel día sin ceder a lo que mi cuerpo me pedía a gritos —insistió
Nick, besándole ahora el cuello con delicadeza—. Mantener las manos lejos
de ti a partir de ese día fue un auténtico martirio.
Pat sonrió y clavó en él una mirada ardiente.
—Pues yo hubiera dejado que me hicieras cualquier cosa, ¿sabes? —
ronroneó, apretándose un poco más contra él.
Nick dejó escapar un sonido ronco y la abrasó con la mirada. Sus manos
descendieron por su trasero para atraerla más hacia sí.
—No puedes decirme una cosa así en mitad de la calle —susurró contra
su boca—. Aquí no tenemos ningún pareo bajo el que escondernos…
El rostro de Pat respondió al recuerdo de forma instantánea, poniéndose
como un tomate, lo que le arrancó a Nick una carcajada divertida. La chica
intentó enterrar su rubor contra su pecho y él la abrazó con fuerza, dejando
escapar un suspiro de dicha.
—¡Ni te imaginas lo feliz que soy en este momento! —le susurró al oído,
levantándola levemente del suelo para girar con ella entre sus brazos.
Pat rio feliz.
—¿Y no necesitas nada más? —le preguntó, mirándolo con picardía.
—En posición vertical no —bromeó—, pero si conoces algún sitio… —
Miró hacia la clínica— donde podamos acomodarnos un poco, puede que se
me ocurra algo.
—Pues si no hubieras estado tres días sin aparecer… —Frunció el ceño
con un divertido gesto—, sabrías que la sala de relajación está lista para
usarse.
—Define sala de relajación —le pidió, comiéndosela con los ojos.
—Luz tenue, música relajante, aceites esenciales… y una camilla
especial, parecida a un colchón de agua.
Nick la atrajo más hacia sí y dijo en un tono incrédulo:
—¡¿Y qué narices hacemos aquí fuera todavía?!
La carcajada de la chica estremeció a Nick de arriba abajo, que la abrazó
de nuevo con el corazón acelerado de pura emoción.
Pat lo tomó de la mano y tiró de él hacia la puerta de la clínica. Nick la
siguió sin poder borrar la sonrisa de los labios. Mientras que ella abría la
puerta, miró a su alrededor y encontró aún a su padre apostado junto a una
de las paredes de la entrada al hotel, fingiendo tener la atención puesta en
otra parte. A Nick aquello le arrancó una sonrisa tierna que quiso compartir
con Pat.
—Con respecto a los tres días que he estado ausente… —le dijo, tirando
de ella para que se volviera a mirarlo—, debo decir que no han sido fáciles,
pero sí han dado sus frutos.
Pat miró hacia donde él señalaba y se sorprendió al ver a Eric Cooper
junto a la puerta del hotel. Después, se quedó aún más perpleja cuando Nick
sonrió mirando a su padre y levantó el puño mostrándole el pulgar hacia
arriba, recibiendo idéntico gesto de vuelta. A continuación, el hombre entró
en el hotel con una enorme sonrisa.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Pat entusiasmada.
—Resulta que tengo un padre genial —admitió, y rio ante el gesto de
asombro de la chica—. Te lo presentaré de forma oficial en otro momento.
—Si quieres vamos a…
—No te molestes en terminar esa frase —interrumpió, robándole un beso
urgente y caliente—, las palabras sala de relajación son como un neón
fluorescente dentro de mi cabeza… —Volvió a besarla—, que ahora mismo
no dejan espacio para nada más.
Pat suspiró y se giró hacia la puerta, intentando dejar de temblar lo
suficiente como para introducir la llave en la cerradura, mientras sentía la
erección de Nick contra su trasero arrasando con todo vestigio de control
sobre sus emociones.
Por fin acertó a abrir y ambos entraron en la clínica a punto de entrar en
combustión. Nick tiró de ella y la giró hacia sí, devorando su boca de forma
desesperada y hambrienta.
—Llévame rápido hasta esa sala, Pat —le suplicó con una sensual
sonrisa—, o no vamos a pasar de ese sofá.
—¿Y eso sería tan malo? —ronroneó, presa de la misma excitación.
—Eso sería estupendo —admitió, atrayéndola hacía él—, pero quiero
esforzarme en ser un poco más romántico —le susurró al oído con la
respiración entrecortada—. Te mereces velas… y rosas rojas.
—¿Me van a llevar las flores al orgasmo en los próximos minutos?
—No, seré yo quien lo haga, y varias veces —le aseguró, lamiéndole
ahora el cuello—, pero te he hecho daño, Pat, así que quiero darte mucho
más que un aquí te pillo aquí te mato.
Los ojos de la chica se humedecieron al instante dando muestra de
cuánto le habían emocionado aquellas palabras.
—¿Ya te he dicho lo increíble que eres, Nick Baker? —le dijo,
abrazándolo con fuerza y besándole el lóbulo de la oreja después.
—Estás… a punto… de arruinar mis buenas intenciones —protestó,
inclinando la cabeza para darle ahora acceso a su cuello.
—No me lo perdonaría. —Rio. Lo cogió de la mano y lo guio a través de
los amplios pasillos.
Justo cuando pasaron ante su despacho, Pat dejó escapar un quejido de
frustración.
—¡Creo que me he dejado la puerta abierta! —exclamó, deteniéndose en
seco—. No le he echado la llave por dentro.
—Pues corre, no queremos intrusos. —Sonrió Nick—. Mi cuerpo no
soportará más interrupciones cuando le dé permiso para… tomar lo que
desea de forma tan desesperada.
Pat solo pudo suspirar. ¡Aquello era real y le estaba pasando a ella!
Le robó un beso y caminó con premura de vuelta a la puerta principal,
donde tuvo que perder unos eternos minutos en meterse de cabeza dentro de
su bolso para encontrar las llaves. Las manos le temblaban tanto que
aquello parecía misión imposible.
Cuando al fin consiguió la difícil tarea de echar las dos cerraduras
interiores, se volvió dispuesta a correr hasta Nick si era necesario, pero el
sonido del hilo musical la paralizó, rindiéndose a la necesidad de centrar
toda su atención en la preciosa melodía que parecía avanzar hacia ella,
inundando cada rincón del local. Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo
casi al instante, y un estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies
cuando la voz rasgada de Steven Tyler le taladró el corazón… mientras
cantaba la canción más romántica de la historia. Su canción.
Con el corazón en un puño y un nudo en la garganta, avanzó por el
pasillo en busca del hombre que se moría por abrazar y no soltar jamás.
Cuando empujó la puerta de su despacho, encontró a Nick apoyado sobre
su mesa, mirándola con una sonrisa que consiguió que le temblaran las
rodillas.
—Creo que todavía me queda algo importante que decirte… —le
recordó Nick, arrancándole un suspiro.
—¿Sí? —musitó, emocionada, caminando hasta él.
Los latidos de su loco corazón debían escucharse ahora igual de altos
que la música
Nick la tomó entre sus brazos y la besó en los labios con dulzura.
—Sabes que sí —dijo, secándole las lágrimas con las yemas de los
dedos.
La chica lo miró a los ojos y esperó, emocionada, las palabras que había
anhelado escuchar durante siete años.
—Te amo, Pat —le susurró al fin, perdiéndose en sus ojos—, con toda
mi alma.
Las lágrimas de Pat volvieron a cobrar vida y una intensa emoción la
obligó a tragar saliva antes de poder responder,
—¡Y yo te amo a ti! —exclamó, ahogando un suspiro, doblemente
emocionada por poder exteriorizar al fin sus sentimientos. Y su corazón
casi estalló de amor cuando vio como Nick apenas si podía contener su
propia emoción. La besó con una ternura que le llegó al alma—. ¿Cómo
sabías que era esta canción y no cualquier otra?
Nick sonrió.
—Porque, durante siete años, te he visto cerrar los ojos y suspirar cada
vez que sonaba… —confesó—, y yo te he mirado fascinado todas y cada
una de las veces.
—¡Venga ya! —Rio.
—Te lo juro —insistió con una sonrisa sincera—. En este momento me
resulta sorprendente haber podido contenerme durante siete años, teniendo
en cuenta que organicé una sentada en la sala de música del instituto para
poder encadenarme contigo toda la noche.
—¡No!
Nick rio ante su gesto incrédulo.
—Nos desalojaron antes de poder darte el primer beso —admitió.
Después se puso un poco más serio para añadir—: Al día siguiente se me
complicó la vida…
La chica asintió, recordando los primeros problemas de Alina Baker, que
la habían llevado a un batallón de pruebas médicas, que derivaron en una
pesadilla.
—Y nuestra relación se convirtió en algo imprescindible para mí —le
recordó Nick—, que me aterraba perder.
Pat besó sus labios con ternura, intentando borrar el dolor de aquellos
años.
—Y casi te pierdo del todo por imbécil —se lamentó, abrazándola con
fuerza, sintiendo un ligero escalofrío ante la sola idea—. Tus ojos azules
iluminan mi mundo, cariño, siempre fue así —La besó con delicadeza—,
pero deja de llorar ya, por favor.
Pat sonrió entre lágrimas de felicidad.
—¡Pero es que me dices esas cosas tan bonitas…! —Fingió protestar—.
Y he esperado siete largos años para que me miraras así. Ser tu mejor amiga
ha sido muy bonito, pero muy duro.
—Lo sé, pero todos esos años hacen de esta relación algo inquebrantable
—opinó Nick convencido—. ¿Sabes? Sam me dijo una frase que ha
resonado en mi cabeza desde entonces…: El amor es una amistad con
momentos eróticos…
—Sí —Sonrió Pat—, es una frase muy propia de Sam, y algo con mucho
sentido.
Nick bajó sus manos hasta su trasero y la atrajo contra sí, mirándola con
lujuria.
—Después me comparó la amistad con una mesa y demás, pero esa parte
te la cuento luego. —Decidió comiéndosela con la mirada—. Creo que
deberíamos pasar ya a lo de los momentos eróticos… No sé si puedo
esperar mucho más.
Pat dejó escapar una carcajada cuando Nick fingió morderle el cuello
cual vampiro.
—Voy a comerte enterita —le aseguró—. De arriba abajo y de abajo
arriba. Y voy a empezar por aquí… —devoró su boca, hambriento,
desatando entre ellos la locura absoluta—. Joder, qué bien sabes, ojos
azules…
Pat apenas podía hilar algo de coherencia.
—¿Está… muy lejos esa sala de relajación? —le preguntó Nick entre
jadeos, sin dejar de presionar su dureza contra ella.
—Al final del pasillo —murmuró, excitada, tironeando del cinturón del
vaquero del chico y empezando a desabrochar los botones.
—Vale, pues intentemos llegar hasta allí.
La tomó del trasero y ella enroscó las piernas alrededor de sus caderas.
Sin dejar de besarse, recorrieron los diez metros que los separaban del
paraíso.
—Me va a gustar esta sala… —susurró Nick mirando de reojo a su
alrededor al tiempo que le quitaba la camiseta.
—A mí me gustas tú —dijo Pat gimiendo contra su boca. Después puso
la mano sobre su erección y añadió—: y algunas partes más que otras…
Nick sonrió y dejó escapar un sonido ronco mientras le desabrochaba el
sujetador y la arrastraba hasta la cama. Cinco segundos más tarde se las
había apañado para desnudarla por completo, y disfrutaba de su piel de seda
y de los gemidos que ella no podía contener.
—Me enloqueces, Pat…, y voy a pasar el resto de mi vida
demostrándote cuánto —le susurró al oído justo antes de hundirse
profundamente en ella.
Ambos dejaron escapar un sonido ronco y ya ninguno de los dos pudo
pronunciar palabra durante mucho rato…
Mucho tiempo después, cuando descansaban uno en brazos del otro algo
más relajados, Nick le contó la conversación con su padre sin guardarse una
sola coma. Durante días, había necesitado compartir con ella aquella parte
de su vida. No solo había echado de menos a la mujer que se moría por
abrazar, sino también a su mejor amiga, la confidente, la compañera…
Poder tenerlas a todas le hacía el hombre más feliz de la tierra.
—Siento no haber estado ahí para ti, Nick —le susurró Pat una vez
escuchó la historia completa—. Han tenido que ser unos días muy difíciles.
—Horribles —admitió—, pero necesitaba vivirlos solo. Echarte de
menos hasta volverme loco en uno de los peores momentos de mi vida,
consiguió que atesorara cada segundo que vivimos juntos. Y todo lo que
descubrí acerca de mis padres tenía que encajarlo y digerirlo dentro de mí.
—¿Y cómo te sientes ahora?
Nick se paró a meditar la respuesta unos segundos.
—Raro —confesó—. Durante tres días he maldecido y odiado a mi
madre por robarme algo tan grande, y al mismo tiempo me sentía fatal
por… sentirme así. ¿Tiene sentido?
—Sí, mucho —opinó, acariciándole el rostro con la yema de los dedos.
—Además, de alguna manera, todos sus secretos han condicionado
también todo lo que he vivido contigo —le recordó con pesar, dándole un
suave beso en los labios—. Me mataba pensar que podía sucedernos lo
mismo que a ellos, cuando en realidad su historia jamás fue posible desde
un principio.
—Todo eso está superado. —Sonrió dichosa—. Pasaría por todo el dolor
una y mil veces solo por llegar a este punto.
Nick la abrazó con fuerza, emocionado por sus palabras.
—Pero tienes que intentar perdonarla —le pidió Pat volviendo a mirarlo
—. Es posible que ella pasara toda su vida sintiéndose culpable por
ocultarte la verdad. Por eso evitaba hablarte de la marcha de tu padre.
—Lo sé —suspiró Nick—. Llevo días intentando encontrar la manera de
reconciliarme con su recuerdo…, y creo que hoy he dado un paso de
gigante en esa dirección.
—¿Por qué? —le preguntó extrañada.
—Porque cuando esta tarde he creído perderte, Pat —confesó—, el dolor
ha sido tan desgarrador e insoportable que ahora puedo comprender cómo
debió sentirse ella amando así y sabiéndose sin posibilidades. No la excuso,
pero la entiendo, porque las de hoy han sido el par de horas más amargas y
desoladoras de toda mi vida, aunque me las mereciera.
—Bueno… tampoco te las merecías tanto —Sonrió Pat con cierta
timidez—, que yo tampoco te lo he puesto fácil últimamente. Quizá… te he
dejado pensar algunas cosas que no han ayudado a paliar tus celos.
Nick rio por el gesto compungido con el que lo miraba.
—¿Y puedo castigarte un poco por eso? —le dijo mirándola con malicia,
dejando claro qué tipo de castigo tenía en mente.
—Sí…, puede que me lo merezca —ronroneó, moviéndose contra él—.
Así que si no necesitas por más tiempo a la confidente…, la amante está
dispuesta a tomar el relevo. Seré tu esclava durante un ratito si crees que así
puedo expiar mis pecados…
Nick dejó escapar un gemido ronco cuando Pat tomó con una mano la
erección en la que había derivado la conversación.
—Solo me quedaba contarte que tengo una abuela. —Sonrió Nick,
jugueteando con uno de sus pechos.
—¡¿En serio?!
—Loquita por conocerme —bromeó, llevándose ahora el pezón a la
boca.
—Pues si ya tienes abuela…, no es necesario que siga echándote piropos
—Rio—. No quiero usurpar su terreno.
Nick ascendió por su clavícula sin dejar de lamer su piel.
—Tú encárgate de otro tipo de piropos… —le propuso—. Cosas como:
qué bien lo haces, Nick… Eres un portento de la naturaleza, Nick…
—Para eso me tendrás que dar motivos… —dijo entre risas.
—¿Quieres motivos? —Metió la mano entre sus piernas—. No te van a
faltar.
Pat dejó escapar un gemido cuando los dedos de él comenzaron a obrar
su magia.
—Sí… lo haces bien, sí…
Capítulo 43
Dos días más tarde, Pat y Nick decidieron enfrentarse por fin a la
reacción de todos sus amigos a su relación. Ambos estaban inquietos con
aquel tema y necesitan zanjarlo cuanto antes y normalizar la situación, pero
cuando se bajaron de la moto frente al Oasis, ninguno de los dos parecía
tener claro si quería entrar en el pub o salir corriendo en dirección contraria.
—¿Y si nos volvemos a la cama y dejamos las explicaciones para
mañana? —le dijo Nick con un toque de diversión.
Pat observó las motos aparcadas a la puerta de bar, comprobando que
todos estaban ya dentro.
—Esto va a ser muy raro —admitió—, pero solo serán los primeros
minutos… —Lo miró insegura—, ¿no?
Nick sonrió y la atrajo hacia sus brazos.
—A ver, vamos a planear qué les decimos…
—Poco hay que decir, Nick, todos tienen más que claro dónde hemos
pasado los últimos dos días —le recordó Pat.
Rob había llamado al teléfono de Nick la noche que se reconciliaron, y
fue Pat quien contestó, fingiendo ser un contestador automático que
informaba de que iban a estar ocupados cierto tiempo. ¡Más claro, agua!
—Ya, pero… no puedo entrar ahí y comportarme como me gustaría —La
atrajo un poco más hacia sí y le besó el cuello para demostrarle de qué
hablaba—, que igual todavía me cae alguna hostia hasta que se
acostumbren a la idea.
—Vale, pues probemos a ir poco a poco —sugirió Pat, divertida,
apartándose un paso hacia atrás—. Entramos normal…, y nos vamos
cogiendo de la mano —Hizo aquello mismo—. Y luego nos abrazamos de
vez en cuando… —Le echó los brazos al cuello y se pegó a él—. Y después
yo puedo hacer algo así…
Se puso de puntillas y lo besó a conciencia, hasta que Nick terminó
atrayéndola hacia él de nuevo y la cosa subió de temperatura en pocos
segundos.
—Sí, Pat, buena idea —susurró contra su boca—. Yo calculo que cuando
te tumbe sobre la mesa de billar, les quedará todo más que claro.
Ambos rompieron a reír a carcajadas.
—Vale, quizá deberíamos decirles algo antes de llegar al beso —admitió
risueña—. Pero cuanto antes entremos, antes podremos marcharnos a
revelar esas fotos que tenemos pendientes de Monterrey.
—Así que ¿quieres arrastrarme al cuarto oscuro? —Le robó otro beso.
—Esa sala… siempre ha sido mi fantasía sexual preferida —confesó,
mirándolo con lujuria.
—Pues imagínate cómo me pone a mí —Sonrió Nick—, que me he
pasado días enteros revelando fotos tuyas allí dentro… ¡Pero deja de
mirarme así!
—¿Cómo? —Fingió inocencia mientas se mordía el labio inferior.
Nick observó su boca y dejó escapar un sonido de protesta.
—¡Ya vale, Pat! —suplicó—. ¡No puedo enfrentarme a la Gestapo con
una erección!
Pat se apretó un poco más contra él.
—Como esta dices, ¿no?
—¡Qué mala! —se quejó, arrancándole una carcajada—. Espero que
todo te siga resultando tan gracioso cuando tengas que llevarme a urgencias.
—Vale, terminemos con esto ya —Rio Pat—, los dos sabemos que no
será para tanto.
Entre risas, se giraron y avanzaron hacia la puerta del bar mientras se
robaban los últimos besos ante de entrar…, hasta que miraron al frente y la
sonrisa se les congeló en el rostro.
—Os dije que solo por verles la cara merecía la pena esperar a que se
giraran —dijo James, sin poder disimular su diversión.
—Deberíamos haberles hecho una de esas fotos robadas que tanto le
gustan aquí a mi amigo el fotógrafo —opinó Rob sin dejar de mirar a la
pareja.
—Quizá aún estemos a tiempo. —Rio Dannie.
Pat y Nick terminaron sonriendo, una vez vencieron la vergüenza inicial.
—¿Cuánto tiempo lleváis ahí? —interrogó Pat, con las mejillas color
carmesí.
—El suficiente —dijo Rob.
—¿El suficiente para qué? —preguntó Nick curioso.
—Para sentirnos violentos unas cuantas veces —reconoció James.
Pat emitió un sonido ahogado y enterró la cara en el hombro de Nick,
que la abrazó y se echó a reír feliz de la vida. Terminó dándole un beso en
la mejilla con ternura, sin apenas ser consciente de ello. Aunque aquel gesto
no pasó desapercibido para los tres pares de ojos que observaban la escena.
—Reconoce que hacen una pareja muy bonita —le dijo Rob a James,
con cierta sorna.
James sopesó la respuesta unos segundos.
—Vale… —admitió a regañadientes—, incluso yo soy capaz de ver que
parecen hechos el uno para el otro. —Sonrió—. ¡Pero negaré haberlo dicho!
Rob rio divertido.
—No está mal para un renegado de las relaciones de más de una noche.
—Pues si estos dos no te devuelven la fe en el amor…, nada lo hará. —
Rio Dannie, y señaló a la pareja, que se sonreían ahora con una complicidad
absoluta—. ¿Habéis visto cómo se miran?
Nick se giró hacia sus amigos sin disimular que era el tipo más feliz del
planeta.
—¿Podéis dejar de hablar como si no estuviéramos aquí?
—Ah, pero ¿estáis? —bromeó Rob, arrancándoles una carcajada a todos
—. Pues no lo tengo yo tan claro.
La pareja sonrió, pero no se quejó. En el fondo, tenían que admitir que
estaban casi absortos el uno en el otro.
—Pues si consideráis que ya nos habéis avergonzado suficiente… —
empezó diciendo Nick.
—¡No tan deprisa, amigo! —lo interrumpió James, avanzando hacia él.
Miró a Pat antes de añadir—: Préstanoslo un ratito…
Nick sonrió y soltó a Pat, no sin darle un último beso como si se fuera a
la guerra. James le puso un brazo por encima de los hombros y Rob tardó
apenas dos segundos en cubrir el otro flanco.
—¡No me lo puedo creer! —Rio Nick, dejándose arrastrar un par de
metros más allá.
—Tú no eras judío, ¿no? —le preguntó James todo lo serio que pudo,
pero los tres rompieron a reír sin remedio.
—¿Ahora es cuando me informáis muy amablemente de que aún tenéis
ese bisturí? —preguntó Nick.
—No vamos a necesitar un bisturí si la vemos derramar una sola lágrima
más —dijo James, volviendo a ponerse serio.
—Porque podemos convertirnos en tu peor pesadilla —le aseguró Rob
—, incluso sin bisturí.
Nick guardó silencio, suspiró y miró a sus amigos ahora de frente.
—Nada puede ser comparable a la pesadilla que he vivido sin ella —les
aseguró. Miró hacia Pat con una sonrisa enamorada que dijo mucho más de
lo que hubiera podido expresar con mil palabras, aun así, añadió—: Por fin
vivo en el más increíble de los sueños y no tengo intención de despertarme
jamás.
Aquella frase dejó a sus amigos tan fuera de juego que les costó unos
segundos reaccionar.
—Se nos ha hecho poeta y todo —bromeó James, sin disimular su
emoción.
—¡Ya te digo! —Rio Rob—. ¡El amor obra milagros!
Entre risas, ambos abrazaron a su amigo, deseándole lo mejor de la vida
junto a Pat, a la que corrieron a achuchar, consiguiendo que a la chica se le
saltaran las lágrimas. Nick aprovechó aquel momento para agradecerle a
Dannie todo lo que había hecho por él en la peor tarde de su vida, y terminó
abrazándolo también.
Cuando Pat regresó a sus brazos, Nick la atrajo hacia sí y bebió de sus
labios, sediento de nuevo, aunque ambos rompieron a reír a carcajadas
cuando sus amigos, uno por uno, fueron entrando en el Oasis, pero no
precisamente en silencio.
—Ya estamos…
—Es que no paran…
—¡Iros a un hotel!
Epilogo
Pat y Nick decidieron celebrar su maravilloso e intenso mes de relación
haciendo una escapada a la reserva natural. Hacía un día espléndido para
disfrutar de su amor en plena naturaleza, en lo que ambos consideraban su
lugar especial.
Recorrieron los sitios más bonitos y después estuvieron más de una hora
jugando con los cachorros de león que, a pesar de que habían crecido de
forma considerable, seguían siendo de lo más adorables.
A la hora de comer, extendieron un pareo sobre la hierba y se sentaron
junto a la laguna.
—Ya necesitaba reponer fuerzas —dijo Nick, atrayendo a Pat hacia sus
brazos nada más tomar asiento y besándola con intensidad—. Mucho mejor,
me estaba quedando sin combustible.
—¡Pero si no has dejado de robarme besos durante toda la mañana!
—Así que robarte… —Fingió Nick indignarse—. Pues nada, te los
devuelvo todos. —Comenzó a besarla de nuevo—. Este… y este otro…, y
otro por aquí…
—¡Estás como una cabra! —Reía Pat feliz entre beso y beso.
—¡A mí nadie me acusa de ladrón! —Siguió bromeando, tumbándola
sobre el pareo para seguir besuqueándola a placer—. Ahora atente a las
consecuencias. —Volvió a besarla ya de forma más intensa.
—¿Y cuándo me he quejado yo de las consecuencias? —susurró Pat
dejando escapar un suspiro.
Nick se apoyó sobre un codo y sonrió con malicia.
—¿Por qué no hemos traído otro pareo? —La abrasó con la mirada, por
si acaso a ella no le había quedado claro lo que tenía en mente.
—¿Quieres que nos detengan? —preguntó Pat fingiendo escandalizarse
ante la idea—. ¡Hay familias con niños paseando por todas partes!
—¡Aguafiestas!
Pat rio por el divertido gesto de fastidio.
—¿Y si comemos? —sugirió divertida.
—¡Sí!
—¡Comida, Nick!
—Buah, pues no es el tipo de necesidad fisiológica que más necesitaba
paliar —protestó—, pero si es lo único que me ofreces…
Entre risas, bromas y tonteos, dieron buena cuenta de toda la comida que
llevaban en la mochila, incluida la caja de bombones que Nick le había
regalado aquella misma mañana, acompañada de un bonito colgante de
plata del que pendía una preciosa mariposa.
Después, Nick apoyó la espalda sobre el árbol que tenía tras él y la chica
se metió entre sus piernas y se recostó sobre él mientras ambos leían el
folleto de publicidad que les habían facilitado al entrar, deleitándose con
cada una de las fotos que ellos mismos habían hecho.
—Para hacer esta casi te despeñas montaña abajo. —Rio Pat—. ¿Te
acuerdas?
—Pero mereció la pena —admitió Nick—. Se ve casi toda la reserva.
Cada foto tenía una historia, que recordaron entre risas mientras leían
información muy interesante sobre la zona.
—¡Aquí estoy yo con los leoncitos! —exclamó Pat emocionada—. ¡Qué
ternura! ¡Es una preciosidad de foto!
—Como tú.
—¡Y como los cachorros! —le recordó divertida.
—Bueno…, tú un poco más. —Rio, besándole el cuello—. Aunque los
leones tampoco están mal.
Pat rio enternecida y ambos continuaron consultando el folleto.
Cuando llegaron a la última página, Pat dejó escapar una exclamación de
deleite.
—¡Nuestra mariposa! —gritó feliz.
—Es verdad —se sorprendió Nick—. Pues no me lo esperaba. Aunque
para nosotros sea especial, no parece la foto más importante para cerrar un
folleto publicitario.
Pat acarició las alas de la mariposa sobre el papel con una sonrisa tierna,
después se centró en el párrafo escrito debajo y sus ojos se abrieron como
platos.
—¡No te lo vas a creer! —le dijo a Nick, que le prestó toda su atención.
No pudo evitar que le temblara la voz por la emoción al leer:

Cuenta la leyenda que una pequeña hada vivió un día en estos lares,
repartiendo belleza y amor incondicional a cada animal, árbol y flor que
aquí habitaba. Y cuando culminó su misión, sufrió una metamorfosis para
poder vivir en este lugar para siempre, llenándolo de una magia especial.
Hay quien asegura, que esta hada aún recorre estos parajes despertando
los sentimientos dormidos de quienes están hechos el uno para el otro.
Su forma…: ¡la de esta increíble mariposa!

Pat se giró a mirar a Nick con una sonrisa entre incrédula y emocionada,
sin poder evitar que sus ojos dieran muestra de todo ello.
—¡Qué fuerte, Nick! —exclamó con una certeza absoluta—. ¡Nuestra
mariposa es un hada!
—Eso parece. —Rio el chico, acariciándole la mejilla con la yema de los
dedos.
—Ya sé que tú no crees en estas cosas… —dijo Pat risueña—, pero no
me negarás que hay algo único en este sitio.
—Sí —Sonrió—, tengo que reconocer que se respira una paz especial
aquí.
—Magia —insistió Pat.
—No sé si magia, pero… —las palabras se le atragantaron en la garganta
cuando un suave aleteo llamó su atención y la enorme mariposa se posó
sobre el catálogo que Pat sujetaba, justo sobre su propia foto. La chica izó
el papel con mucho cuidado hasta la altura de sus ojos y ambos la
observaron maravillados, conteniendo el aliento.
—¡Es increíble! —susurró Pat emocionada—. Si esto no es magia…,
dime tú que es.
Tras unos segundos, el insecto izó el vuelo, revoloteó frente a ellos y
batió sus impresionantes alas hasta perderse en la lejanía.
Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, ninguno de los dos podía
disimular una intensan emoción. La misma que ambos habían tenido que
ocultarle al otro la primera vez que aquella mariposa los había visitado.
—¿Qué posibilidades había de que pasara dos veces? —dijo Pat aún en
shock.
—Las mismas que de encontrar lo que nosotros tenemos: muy pocas —
le dijo, robándole un tierno beso—. Por eso somos tan afortunados.
Pat asintió y lo miró con el pecho henchido de amor, regalándole una
sonrisa tan espectacular que a Nick le arrancó un inevitable suspiró.
—Te amo, Pat, tú eres toda la magia que necesito en mi vida —susurró
emocionado.
De forma inevitable, los ojos de Pat se llenaron de lágrimas y recortó la
distancia que la separaba de sus labios para darle un dulce beso que le salió
del alma.
—Yo también te amo, Nick, intensamente.
Ambos se perdieron en los ojos del otro…, que era el único lugar donde
querían estar.

FIN
Agradecimientos
Quienes ya habéis leído alguna de mis novelas, sabéis que siempre me
gusta darle mi primer agradecimiento a la persona con la que comparto mi
vida y cada uno de mis sueños…

…Javi, cariño, una vez más, gracias por estar ahí, al pie del cañón. Sin
tu aporte y tu implicación, no podría sentarme frente al ordenador ni el
tiempo suficiente para escribir una carta…

¿Y qué puedo decir de mis fantásticas “lectoras beta”? ¿Qué haría sin
ellas?... ¡Pues probablemente no publicar nunca de puro “acojone”!

Mil gracias, Jelly Aglaed, por ese cariño y entusiasmo con el que
siempre tratas a mis “bebés literarios”. Poder contar contigo como lectora
beta ha sido genial y todo un lujo. Te agradezco cada una de tus palabras y
aportes, y, por supuesto, todas esas risas que siempre consigues
arrancarme. ¡Poner Tentados por el Deseo en tus manos fue toda una
aventura!...

Beatriz Moreno, gran amiga, y una de esas personas especiales que no


abundan. Mil gracias por ser una lectora beta tan fantástica. Me ha
encantado poder contar contigo. Valoro mucho tus opiniones y puntos de
vista, y ese “buen rollo” que siempre consigues contagiarme, y que en esta
ocasión necesitaba especialmente para calmar un poco los nervios.

¿Y qué me decís del pedazo de portada que Alberto S. Manzano se ha


trabajado para esta novela? ¡Me encanta, es absolutamente maravillosa!
Una vez más, me ha leído la mente y ha puesto ante mis ojos justo lo que
tenía dentro de mi cabeza. ¿Qué más se puede pedir? Gracias, gracias,
gracias.

Y, por último, unas GRACIAS enormes y especiales a todas esas


personas que escogen sentarse a leer una de mis novelas, entre las cien mil
cosas distintas que podrían hacer…
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Epilogo
Agradecimientos

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