Alguien como tú Elísabet Benavent
Alba se siente culpable. No sabe cómo actuar.
Hugo y Nicolás se han volatizado y no puede imaginar su
vida sin ellos.
Alba se refugia en su estudio, no quiere ver a nadie.
Alba empieza a beber para desconectar hasta que Hugo la
libera de su culpa.
Falta Nico para cerrar el círculo y que todo vuelva a ser co-
mo antes.
Pero Nico es tozudo, Hugo duda y Alba no quiere tirar la
toalla.
Después del éxito de las sagas Valeria y Silvia, con más de
100.000 ejemplares vendidos, Elísabet Benavent regresa
con más fuerza que nunca para hablarte del amor en esta-
do puro, de la atracción entre opuestos y de la necesidad
de olvidar los prejuicios para simplemente amar. ¿Quieres
seguir jugando? Sugerente, emotiva, física, mental, Alguien
como tú, la segunda entrega de Mi elección te hará arder
en deseo… Acelerará tu corazón.
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Alguien como tú Elísabet Benavent
Para quienes aún no creen en ellos mismos
pero quieren hacerlo.
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Alguien como tú Elísabet Benavent
CASTIGARSE
A riesgo de que mi cuerpo volviera a negarse a retener na-
da, me tomé la enésima taza de café. Pensé que quizá de-
bía salir a comprar algo para comer, pero no me moví. Que-
daban tres horas para poder marchar me a casa. Di otro sor-
bo a mi café y Hugo entró ajustándose la americana al
cuerpo. Guapo. Alto. Imperturbable. Suyo. Digno. No se in-
mutó ante mi presencia, yo sí con la suya; solo se acercó a
la máquina de café y comenzó a prepararse uno, demos-
trándome que él sí estaba por encima de las circunstancias.
No como yo, que estaba por debajo.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó sin mirar me. Un nu-
do en la garganta no me per mitió contestar. Su voz seguía
siendo sexi, masculina, profunda. Hablaba con fir meza y…
seguía siendo él—. En el ojo…, ¿qué te ha pasado?
—Me sentó mal la cena.
Era mentira, claro. La noche anterior con lo único con lo
que llené el estómago fue con vodka barato; me había creí-
do eso de beber para olvidar. Aparte de la «agradable» as-
pereza de mi garganta, los esfuerzos de las arcadas habían
provocado que se me reventaran bastantes vasos capilares
en los ojos, creando pequeñas manchas rojas que resalta-
ban en el blanco amarillento de mi mirada cansada.
Se giró, apoyándose en la encimera de la cocina, y me
repasó de arriba abajo con su labio inferior entre los dien-
tes.
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Alguien como tú Elísabet Benavent
—Espero que lo tengas bajo control, Alba, porque no
voy a ir a rescatarte de ti misma, como en las películas.
—¿Quién te lo ha pedido?
—Lo pides a gritos —respondió serio.
—Deja de creerte el centro del universo. Mi vida no gira
en torno a ti y no necesito que tú me salves de nada. A lo
sumo, de ti mismo.
—Sé de sobra que no necesitas a nadie que te salve,
pero me da la sensación de que te encanta hacerte pasar
por débil. Y no cuela, Alba.
—Tú tomaste las decisiones —contesté seca—. Atente a
las consecuencias.
—Yo tomé las decisiones junto a otra persona a la que,
no entiendo por qué, te resistes a cargarle ninguna culpa.
Eso no me facilita las cosas. Y déjame recordarte que fui
yo…, yo, quien se acercó a ti para tratar de hablar.
—No hay nada que decir.
—Perfecto. Pues sé consecuente con tus actos. Eres tú
la que demuestra que, al parecer, no hay nada de lo que
hablar.
Cogió la taza y me dio la espalda. No supe qué contes-
tar. Me sentía mal. Basura. Yo tan hecha mierda, tan rastrera
y él tan guapo, tan impertérrito, como de vuelta de todo.
Se encaminó hacia la salida de la cocina y antes de desapa-
recer repitió:
—Pero no cuela, Alba. De verdad que no cuela.
Eva me llamó a las tres y me preguntó si estaba mejor. Me
había pillado borracha y llorosa la noche anterior y, aunque
mi plan pasaba por mentirle y decirle que todo había ter mi-
nado de mutuo acuerdo, no pude. Pero no le dije nada de
mi visita al despacho de Rodolfo, mi exeditor, y no lo conté
porque yo misma quería olvidarlo. Como si fuese tan fácil
obviar haberte dado cuenta de qué clase de persona pue-
des llegar a ser.
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Alguien como tú Elísabet Benavent
Sé que lo lógico hubiera sido invitar a mi her mana a ca-
sa, dejar me arrullar, confesar lo que había hecho, cómo ha-
bía ter minado haciéndome daño y explicarle a alguien lo
mal que me encontraba. ¿Lo hice? No, aunque fuera lo más
lógico, no fue lo que hice.
Rompí una copa. El camarero me miró molesto, hasta en mi
estado supe leer el sentimiento que había detrás de su ges-
to. Me disculpé y cuando este se dirigía hacia mí, probable-
mente para echar me del bar, un compañero más joven se
hizo cargo.
—Déjame que limpie esto. Puedes cortarte —me dijo
recogiendo cristales del rincón de la barra donde estaba
sentada.
—Gracias —balbuceé.
Miré hacia atrás. Un grupo de chicos de unos treinta se
reían, «seguro que de mí», pensé. Al volver a mirar al frente
casi resbalé del taburete. El bolso se me cayó al suelo y mis
cosas rodaron entre cáscaras de cacahuetes y servilletas
arrugadas.
—Eh, cuidado —dijo sujetándome—. ¿Estás bien? ¿Te
pongo algo para comer?
Negué con la cabeza y señalé el pedazo más grande de
la copa rota.
—Otra, por favor.
—No te la voy a servir. —Se agachó y recogió mis cosas;
luego las metió en el bolso y me lo dio.
—Hay otros bares —le respondí.
—Ni siquiera estás para irte de aquí sola. Y mucho me-
nos a otro bar.
Me apoyé en la barra. Los párpados me pesaban. Había
perdido la cuenta de la cantidad de combinados que lleva-
ba. Pero quería más. Quería perder el conocimiento. Reír-
me. Dejar de tener ganas de llorar. Olvidar que era una im-
bécil desleal. Olvidar la culpa que me pesaba encima.
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Alguien como tú Elísabet Benavent
—¿Me pones otro? —volví a preguntar.
El chico se afanó en servir me con todo el protocolo, in-
cluso el del limón exprimido. Cuando me dio la copa hasta
yo noté que solamente había tónica dentro. Quería decirle
que no necesitaba que nadie cuidara de mí; quería gritarle
que deseaba emborrachar me y punto, pero no hice nada.
Era la segunda vez en mi vida que bebía sola en un bar. La
vergüenza era el primer castigo autoimpuesto. La resaca, el
segundo. Me ador mecí. Uno de los chicos de la mesa de
atrás se acercó a la barra a pedir otra ronda de cañas y me
miró. Yo le devolví la mirada.
—¿Qué haces aquí tan sola? —me preguntó.
—Emborrachar me —contesté.
—¿Por qué no te sientas con nosotros?
—Porque no quiero.
Desvié la mirada hacia el vaso con tónica y me dije a mí
misma que daba igual qué llevara. Le di un buen sorbo. Los
camareros hablaban entre ellos, mirándome de vez en
cuando. Fuera, en la calle, ya era de noche. No tenía ni
idea de qué hora era ni de cuántas llevaba allí sentada. ¿Sa-
béis esa sensación de estar inmerso en un sueño absurdo?
Esas borracheras tristes en las que no te puedes creer que
te hayas metido entre pecho y espalda la cantidad suficien-
te de alcohol como para hacerte sentir así. El mundo se fue
desdibujando a mi alrededor. El camarero me sacó un plato
con algo de comida y hasta me preguntó si quería hablar.
Me eché a llorar, de pura vergüenza. Negué con la cabeza y
él volvió a su puesto en la barra con gesto preocupado.
Los chicos de atrás pidieron la cena. Yo insistí en tomar
otra copa, el camarero me la negó y su compañero me pu-
so la cuenta delante. Era un papel arrugado escrito a mano.
No pude enfocar los números. Me limpié los chorretones
de rímel con el dorso de la mano.
—¿Cuánto es?
El monedero se cayó, de nuevo, al suelo cuando lo sa-
qué del bolso abierto. Lo recogí y subí otra vez a la ban-
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Alguien como tú Elísabet Benavent
queta tambaleándome. No. No estaba segura de poder lle-
gar a casa. Me apoyé en los codos y recé por aclarar me lo
suficiente con mis pier nas como para poder ir me.
La puerta del local se abrió y un chico muy alto entró.
No vi nada más. No vi la marca de su polo negro bordada
en el pecho. No vi las resplandecientes llaves de un BMW
en la mano. No vi su barba de tres días. No vi la cara de
Hugo ni su expresión. Cuando se plantó a mi lado, le lancé
una mirada perezosa.
—Hombre…, ¿vienes a tomarte una copa conmigo? —
le pregunté, y en mitad de mi borrachera no me sorprendió
encontrarlo allí; había pensado demasiado en él como para
que no fuera posible.
—¿Dónde está tu móvil? —me interrogó apuntando con
su barbilla hacia mí en un gesto rápido y cabreado.
Palpé el interior del bolso. Saqué las llaves de casa.
Aparté la cartera que había sacado. Un paquete de klee-
nex. Uno de chicles. Le miré sin entender: uno, ¿dónde es-
taba mi móvil?; dos, ¿qué hacía él allí?; tres, ¿por qué me
preguntaba por mi móvil? El camarero se acercó a noso-
tros.
—Hola, soy Hugo. —Le dio la mano—. Gracias por lla-
mar.
—Es que… no sabía qué hacer. Era eso o a la policía.
Vi cómo le daba algo a Hugo y este lo guardaba en el
bolsillo de sus chinos. Mi móvil, claro.
—Que te jodan —farfullé.
—Más vale que te calles —me rugió Hugo antes de gi-
rarse de nuevo hacia el camarero—. Has hecho bien. Per-
dona las molestias.
—Siéntate y tómate una, hombre. —Palmeé el taburete
que había a mi lado—. No vengas para nada.
—¿Ha pagado? —le preguntó sacando la cartera.
—¡No quiero que me pagues nada, gilipollas!
El camarero nos miró con cara de circunstancias.
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Alguien como tú Elísabet Benavent
—De verdad que lamento haber llamado —le dijo—.
Pero los dos últimos nombres eran el suyo y el de una chi-
ca. En estas condiciones no creo que una chica pudiera sa-
carla de aquí.
—No te preocupes. Toma, cóbrate.
Sé que lo hizo con buena intención, pero la idea del ca-
marero aún hoy me sigue pareciendo pésima. Supongo
que no pensó en lo que podía salir mal al llamar a alguien
de la lista de contactos de un desconocido. Supongo que
lo único que quería era solucionar el problema que yo le
suponía sentada en la barra. Hugo se dejó caer en la ban-
queta y se frotó la cara. No se me ocurrió nada que decir y
por unos minutos a él tampoco.
—Vete —le dije—. Lo estaba pasando bien.
—Sí, ya veo lo bien que lo estás pasando. —Señaló mi
cara y ahora sé que se refería a los chorretones de rímel
que llevaba por las mejillas.
—¿Por qué no te vas? Quiero pasarlo bien —repetí.
—Joder, no puedes ni hablar…
Se levantó y fue a coger me, pero lo aparté de un violen-
to manotazo. Uno de los chicos de la mesa de detrás se le-
vantó.
—¿Todo bien? —preguntó.
Me giré hacia él con una sonrisa.
—¡Claro! Pero no me quiero ir con él. ¿A que puedo
quedar me contigo?
—Alba… —dijo Hugo con tono tenso y reprobador.
—Podemos pasár noslo bien —le expliqué—. Sé hacer
muchas cosas. Él ya lo ha probado, pero se cansó.
Hugo me dio la vuelta y me cogió la cara para que le
mirara.
—No sirvo para esto. Pónmelo fácil o me voy de aquí
sin ti. Te lo juro por mi madre.
—Vete de una puta vez.
No se lo pensó. Cogió las llaves del coche y la cartera
de encima de la barra y fue hacia la puerta. El chico me mi-
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Alguien como tú Elísabet Benavent
ró con el ceño fruncido.
—¿Necesitas ayuda? —me preguntó.
—Ya la ayudo yo —propuso otro de sus amigos, que se
acercó y me rodeó los hombros con un brazo—. ¿Salimos a
que te dé un poco el aire?
Empezaba a marear me. Me miré las manos, pero no lo-
gré enfocar lo suficiente como para reconocerlas como
mías. El desconocido me dijo con voz melosa que si yo
quería, podía acompañar me a casa. Alguien se nos acercó
y arrastró mi taburete, que arrancó un chirrido al suelo
mientras me alejaba de él.
—¡Oye! —se quejó mi improvisado amigo.
—Si la tocas te juro que te arranco la cabeza —escuché
que gruñía Hugo—. ¿Qué vas a hacer con ella, valiente? —
siguió diciendo—. ¿Follártela cuando se desmaye?
—Qué asco me dais los tíos como tú —farfullé—. No te
necesito.
—Pues finges lo contrario estupendamente.
Unas manos maniobraron conmigo y cerré los ojos, de-
jándome mover. Le lancé un golpe débil y gemí. Me daba
igual dónde me llevaran. Solo quería dor mir. Los volví a
abrir. La luz anaranjada de las farolas se hacía intensa en el
suelo y luego se suavizaba. Me movía, pero no estaba ca-
minando. Me quejé. Alguien me enderezó con una maldi-
ción. Cerré los ojos. Al abrirlos me cogí a una señal de tráfi-
co, como si me resistiera a un rapto. Unas manos fueron
soltándome dedo a dedo de mi repentino amarre. Me que-
jé. Nadie me dijo nada. Nadie contestó.
Me desperté con el sonido del despertador que martilleaba
en mi cabeza. Y vestida. Un dolor infer nal me reventó el ce-
rebro por dentro y me dejó hecha papilla. Lloriqueé. Me le-
vanté del colchón y trastabillé hasta dar me con la cómoda
del rincón. El aire acondicionado estaba encendido. Una
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Alguien como tú Elísabet Benavent
botella de agua pequeña en mi mesita de noche. Nadie
por allí.
En el baño todo seguía igual. Mi pintalabios rojo olvida-
do en la pila y unos cuantos pelos largos y morenos suel-
tos, dibujando espirales sobre el már mol. Noté subir por mi
esófago un montón de bilis y no me moví hasta que las
náuseas pasaron. Salí. En la cocina, nada. La nevera seguía
vacía. En los ar marios, un paquete de galletas rancias y otro
con tallarines precocinados. Qué vida más triste. Encendí la
cafetera y salí al salón, donde contuve un grito. Sentado en
el sofá encontré a Hugo, con la expresión más circunspecta
que había visto en mi vida. Estaba jugueteando con algo
entre sus grandes manos.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
—Ya —suspiró—. Ya me imagino que no tendrás recuer-
dos muy nítidos de anoche.
Me agarré a la pared. El suelo parecía inclinarse. Él se
frotó la cara mientras suspiraba. Tenía pinta de no haber
dor mido en toda la noche. ¿Por mí?
—Soy libre de emborrachar me cuando quiera —dije,
porque pensaba que la mejor defensa sería un buen ata-
que.
Asintió.
—Vale. Voy a ser muy claro, porque no me gusta que
me repitan las cosas ni tener que repetirlas. Si esto es lo
que vas a hacer con tu vida, a mí no me incumbe, pero te
pido que borres mi número de teléfono de tu móvil. En rea-
lidad, bórrame del todo. Lo que vi anoche, lo que me dijis-
te, dista mucho de ser lo que esperaba de ti.
—No sé a cuento de qué tendrías que esperar tú nada.
—Eso mismo me pregunto yo. No te interesan mis ex-
plicaciones. Ni siquiera has hecho amago de preocuparte
por saber cómo nos sentimos nosotros o cómo estamos.
Todo te da igual excepto tú misma. Y te estás mirando tan-
to el ombligo, te estás dando tanta pena que te vas hun-
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Alguien como tú Elísabet Benavent
diendo tú sola. Ojo con la autocompasión, Alba. No es
buena amiga para nadie.
No contesté. Hugo se levantó del sofá y dejó caer en la
mesa lo que tenía entre las manos: unas fotos. De entre
ellas cogió la más grande y se la llevó. Cuando pasó por mi
lado me la enseñó. Era la que yo había sacado de su des-
pacho hacía apenas unas semanas, que parecían siglos.
—Esta me la llevo, más que nada porque es mía y por-
que… no me recuerda nada desagradable. De las otras ya
no puedo decir lo mismo.
—Follábamos y punto, ¿no? Pues ya está.
—El sexo, Alba, es una relación basada en el respeto.
No sé lo que tuvimos nosotros, porque ni siquiera te respe-
tas a ti misma.
—Que te jodan —respondí.
—No. Que te jodan a ti. A nosotros ya nos jodiste sufi-
ciente.
El portazo resonó a aquellas horas en cada rincón del
edificio. Fuera de mi piso la vida empezaba a despertar. So-
nidos de loza. Olor a café. La risa de la pareja que vivía en
el apartamento de al lado. El ladrido del perro de la señora
de enfrente. La radio que siempre escuchaban los vecinos
de arriba. Y yo me encontré sola, en medio de mi destarta-
lado salón, mirando unas polaroids.
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Alguien como tú Elísabet Benavent
QUE TE JODAN
No soy un tío de darle demasiadas vueltas a las cosas. Al
menos no lo había sido hasta aquel momento y mucho me-
nos con el aspecto emocional de mi vida. Soy (o era) un tío
contenido. No sabía explicar por qué narices estaba tan ca-
breado con Alba o por qué esa decepción no dio paso a un
adiós muy buenas. Huía de los problemas por naturaleza
pero esta vez sentía la necesidad de… acercar me.
Siendo razonable, lo nuestro no había sido para tanto,
¿no? Lo habíamos intentado; nos habíamos implicado; la
habíamos cagado; Nico estaba enfurruñado; Alba se embo-
rrachaba y yo… pues no sé. ¿Cuál era mi papel en todo
aquello? El del tío que lo siente todo extrañamente dolori-
do. Habían sido unas semanas intensas, sí, pero unas sema-
nas al fin y al cabo…, lo mejor era olvidarlo.
Ojalá me hubiera hecho caso, pero es que no podía. Si
no pensaba en ella, la soñaba, y si no la soñaba me la iba
encontrando por todos los jodidos rincones de la oficina.
Estaba hasta en lugares en los que no estaba, pero donde
era fácil percibir una nota de su perfume o el recuerdo de
sus pasos sobre la moqueta. Me estaba volviendo loco.
Sonó el despertador, pero llevaba ya una hora echado
en la cama, planteándome llamar al trabajo y decir que me
encontraba mal. Estaba mirando el techo, preguntándome
qué coño me pasaba. Nunca me había sentido tan… des-
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Alguien como tú Elísabet Benavent
medido. Me repateaba. Quería estar solo. Quería… dema-
siadas cosas que no podían ser.
Escuché a Nico en la ducha y después las perchas de su
ar mario chocar las unas contra las otras. Seguro que estaría
maldiciendo entre dientes por tener que ponerse traje. Me
acordé de cuando fuimos a comprar un par para su primera
semana en la oficina. Cada cosa que veía le desanimaba
más.
—Tío, si no te gusta la oficina, búscate otro rollo más…
tú —le dije harto de verlo arrastrar los pies por la tienda.
—No es eso. Es que es como un disfraz.
—Podría ser peor. Podrías trabajar disfrazado de Bob
Esponja en Sol, haciéndote fotos con los niños.
Sonreí al acordar me de la expresión con la que me miró
entonces. Supongo que es como lo que sientes por un her-
mano. Una vez él me dijo: «A la familia no puedes elegirla,
la quieres por condena». Yo quizá sí había tenido la oportu-
nidad de elegir con él, pero no mandaba sobre lo que sen-
tía. Vaya…, eso me ha quedado un poco raro, ¿no? Lo que
quiero decir es que sentía que Nico era algo así como un
her mano. Le quería (aunque los tíos no nos lo decimos, no
os engañéis), pero casi por condena. Me repateaban mu-
chas cosas de él, pero… era la única persona en el mundo
en la que confiaba. Eso me hacía sentir solo, frágil y a la vez
tontamente reconfortado.
Finalmente me levanté. Ducha. Traje. Corbata. Geme-
los. Nico y yo chocando en el pasillo y dándonos un bue-
nos días aséptico. No hubo mucha más conversación, como
venía siendo costumbre desde que sacamos a Alba de la
ecuación.
—¿Quieres café? —le pregunté ya en traje delante de la
cafetera.
—No. Tomaré algo de camino —refunfuñó.
Entendí que no le había hecho gracia que fuera a reco-
ger a Alba cuando me llamaron desde el bar. Conociéndolo
querría haber recibido él la llamada para poder ignorarla. O
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Alguien como tú Elísabet Benavent
no. Yo qué sé. Si le servía de consuelo, yo hubiera preferido
no encontrár mela en aquellas condiciones, aunque nunca
se lo diría porque para ello necesitaría sacar un tema que
nos enfrentaba.
Me crucé con Alba en la oficina. Estaba agachada, repo-
niendo folios en la fotocopiadora. En sus ojos casi no que-
daban rastro de los vasos capilares reventados de tanta bo-
rrachera y tanto vómito. Estaba bonita, porque lo era, pero
apagada. Me sorprendió que la polla me diera una sacudi-
da al ver el movimiento con el que se levantó. Me acordé
de la sensación de maniobrar su cuerpo desnudo entre mis
manos y esa manera deliciosa en la que mis dedos se hun-
dían en su car ne. Recordé ese jadeo casi inaudible que se
le escapaba de la garganta cuando, con la cabeza hacia
atrás, se recuperaba de un orgasmo. La deseaba. No me
veía con fuerzas de dejar de hacerlo nunca y… era una
mierda. Hay tantas cosas que odiamos adorar…
Desaparecí antes de que se diera cuenta de que estaba
allí. Me fui frotándome la barba, tratando de convencer me
de que se me ter minaría pasando, sabedor de que ese
pensamiento no era más que otra mentira. Alba me gusta-
ba demasiado y no tenía ni idea de por qué. Supongo que
las cosas pasan de ese modo. No era la primera vez que
me emperraba con una tía que no valía la pena. Porque…
Alba no la valía, ¿no?
Comí solo también aquel día porque a Nico no le ape-
tecía sentarse conmigo en una mesa para fingir que no pa-
saba nada. Me lo dijo tal cual cuando le invité a que me
acompañara. A veces me daban ganas de abofetearlo. ¿Pa-
ra qué coño habíamos «roto» con Alba si no era para solu-
cionarlo? Mierda de niñato a veces. Como yo. Como ella.
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FIN DEL FRAGMENTO
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