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Jesús: Fe y Evangelización Cotidiana

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Homilías

P. Félix Castro Morales

#154
JULIO
AGOSTO
SEPTIEMBRE
2024
www.centrologos.org
XIV Domingo Ordinario
(Ciclo B)

7 de julio 2024
Marcos 6: 1-6

Hay personas, con tono de añoranza, que afirman que habrían sido muy afortunadas si hubieran
podido conocer personalmente a Jesús. Y añaden que su fe sería mucho más fuerte y firme, más contagiosa
y misionera, si hubiera sido alimentada por la experiencia incluso física y sensible de haber visto y oído
al Señor. Es fácil adivinar lo gratificante que sería para todo cristiano el poder escuchar a Jesús y caminar
a su lado y tras Él, como lo hicieron sus inmediatos discípulos, compartiendo sus andanzas, sus signos y
milagros. Sería muy gratificante, sí, pero esto no da la fe.

El Evangelio de este domingo nos habla precisamente de cómo Jesús no fue aceptado ni creído
por los suyos, por sus paisanos. Allá en la sinagoga de su pueblo, al llegar el sábado la multitud se
aprestó a escucharle. Pero se preguntaba con asombro: ¿de dónde saca todo eso que nos dice?, ¿pero
no es el carpintero, el hijo de la señora María...? Y no le creyeron. Llega a decir el Evangelio que no pudo
hacer milagros, por la falta de fe de sus paisanos. Dirá entonces Jesús una frase célebre, que ha pasado
al decir popular: nadie es profeta en su tierra, ni en su casa, ni entre su gente.

Lo que hay de fondo en toda esta cuestión, es la cotidianeidad, la sencillez de cada día en la
que Dios se ha querido manifestar y revelar. Acaso si el Mesías se hubiera presentado de un modo
estrafalario, estrambótico, de forma extraordinaria, a bombo y platillo, con alharaca y música..., entonces
habrían aceptado su palabra. De hecho, así esperaban algunos grupos al Mesías.

La respuesta de Dios entonces y siempre, suele tener ese tono sencillo y cotidiano. Él puede
responder en un momento dado a través de lo extraordinario y excepcional, pero suele responder, más
bien, en los avatares y personas de cada día. Quienes le esperaban en la prepotencia y notoriedad política,
religiosa, terrorista (que para todo había), fueron incapaces de reconocer el Rostro de Dios y su Palabra
en Jesús. Santa Teresa lo dirá con su acostumbrado gracejo diciendo que “Dios está entre los pucheros”.
Y eso es lo que nos dice el Evangelio de este domingo: descubrirle en los entramados de nuestros días
laborables y festivos, en los momentos sublimes o corrientes, en los esperados o sorpresivos. Jesús está
mucho más cerca de lo que pensamos, porque también Él es ‘paisano’ nuestro, y camina en nuestras
calles, en nuestros negocios y nos habla en nuestros lenguajes. Pero también hoy, como siempre, sólo los
de corazón sencillo y pura mirada, son capaces de reconocer a quien nunca se marchó de nuestro lado.

Finalmente, hoy en día, en muchos espacios no se quiere escuchar a Jesús y se le teme a su


palabra. Quizás a nosotros nos pase lo mismo que a los de Nazaret. El no tener fe, el no creer en Dios,
el no aceptar su Omnipotencia, el no tener confianza en sus decisiones, el no aceptar su Voluntad, es
como si nos hiciéramos impermeables a la Gracia (que es Dios mismo) y a sus gracias, que son los auxilios
divinos que están a nuestra disposición en todo momento.

Por otra parte, vemos que la Fe está siendo atacada desde las sectas y desde los errores y herejías
del New Age o Nueva Era, desde los diversos ámbitos políticos… con los que se pretende destruirla, al
presentar errores como aparentes verdades, engañando a muchos cristianos. Pensemos, por ejemplo, en
el caso del 3 de junio, en que la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó que:
“La Ley de cualquier entidad federativa que, por un lado, considere que la finalidad del matrimonio es la
procreación y/o que lo defina como el que se celebra entre un hombre y una mujer, es inconstitucional”.

2
Es el rechazo sistemático a Cristo y a su Iglesia… en nombre de una investigación histórica “objetiva”
que, en ciertas formas, se reduce a lo más “subjetivo” que se pueda imaginar, traducida en una carrera
para ver quién logra presentar un Cristo más a la medida del hombre de hoy, despojándole de toda
prerrogativa trascendente.

¿No podría hoy decirnos Dios lo mismo que dijo ayer por boca de Ezequiel: Florece la injusticia, el
orgullo da sus frutos y la violencia reina para imponer el mal... Sin embargo, quedará un resto de ustedes
... se acordarán entonces de Mí ... Yo ablandaré su corazón traidor que se apartó de Mí” (Ez. 6)?.

Entonces debemos saber que, a pesar de todo que pretendan cambiar el lenguaje, los conceptos,
la idea de Dios, el mensaje y la persona de Jesús y la enseñanza de la Iglesia, Nosotros nos basamos,
como criterio último, en lo que dice la Palabra de Dios. Si otros no la quieren seguir, los respetamos; pero
los creyentes hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres.

3
XV Domingo Ordinario
(Ciclo B)

14 de julio 2024
Marcos 6: 7-13

Hasta este momento Jesús había predicado Él solo, aunque con la presencia de los apóstoles que
todo lo presenciaban, lo oían y veían. Ahora son ellos los que son enviados a colaborar con Él. Y parece
que tuvieron relativo éxito. Sigue siendo verdad lo que el beato Paulo VI decía: “evangelizar es la gracia
y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (EN 14).

Dios manda a Amós, un laico, a profetizar (1ª lectura). Dios manda profetas siempre, especialmente,
en los momentos más difíciles, cuando la fe y la moral están relajadas, en tiempos de injusticia y pecados
públicos. Un profeta es siempre elegido por Dios, a pesar de sus deseos como persona, que tal vez irían
por otros derroteros. ¿Cómo responde Amós? La palabra de este profeta Amós es valiente, denunciando
las injusticias sociales de su tiempo, y la falsedad del culto que realizan en el templo nacional de Samaria,
Betel. Tanto al sacerdote Amasías, responsable del templo, como al rey Jeroboam, Amós les resulta
incómodo y le intimidan para que se marche a su tierra, Judea. Amós, con humildad, pero con firmeza,
se defiende: no está profetizando por gusto propio, y menos por interés económico, como si fuera un
profesional: “no soy profeta…sino pastor y cultivador de higos”. Es Dios quien le manda. Y él obedece.

Jesús envía a sus apóstoles a evangelizar (evangelio), y con ellos a todos los sacerdotes y consagrados
y consagradas. Quiere entrenarlos para cuando Él tenga que dejar esta tierra y subir al cielo. La forma
en que Jesús manda a sus discípulos a anunciar el Evangelio y los consejos que les da, nos permiten
aprender varias características de la auténtica evangelización. Primero, trabajar en equipo, pues esto
es mejor que un trabajo personal; la evangelización es de toda la comunidad cristiana. Segundo, los
evangelizadores deben estar libres de preocupaciones personales y materiales. Deben estar siempre
asequibles, independientes y sin ataduras de ganancias personales. Tercero, la fe y conversión no pueden
ser impuestas sino propuestas; los evangelizadores deben ser pacientes y esperar mejores momentos.
Y cuarto, la llamada a la conversión es esencial para un anuncio adecuado del Evangelio; conversión
que supone liberación de las servidumbres humanas y opresiones. ¿Fruto de la misión? Expulsaban
demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban.

Cada uno de los laicos también es profeta y evangelizador desde el día del bautismo. Misión ésta
ratificada conscientemente en el día de la confirmación. Bien nos lo ha recordado la Iglesia en el concilio
Vaticano II en el decreto sobre el apostolado de los laicos con estas palabras: “Los cristianos laicos
obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos
en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del
Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio
real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y
para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo” (n. 3). También san Juan Pablo II dijo que
la “La necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia
apostólica, sino de un deber-derecho basado en la dignidad bautismal, por la cual «los fieles laicos
participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio-sacerdotal, profético y real- de Jesucristo”
(RM 71).

4
Nos podeos preguntar ¿Soy consciente de la dignidad que adquirí desde el día del bautismo?:
evangelizador, es decir, proclamador del mensaje de Cristo para que todos encuentren la salvación,
¿Qué me impide ser apóstol convencido?: miedo al qué dirán, pereza y comodidad, la sensación de que
no estoy preparado, ¿A quién está llegando mi palabra?: a mi familia, a los amigos, en el trabajo…

Tenemos que demostrar hoy que el cristianismo es la propuesta humana más plena. Necesitamos
laicos comprometidos que sean capaces de evangelizar el mundo del trabajo, la economía y la política.
Coherentes con la fe, que tengan capacidad de juicio cultural, de competencia profesional y pasión de
servicio al prójimo.

Que María Reina no enseñe a ser cristianos que anuncien sin inhibiciones ni cobardías la Buena
Nueva de Cristo.

3
XVI Domingo Ordinario
(Ciclo B)

21 de julio 2024
Marcos 6: 30-34

¿Cómo debe ser el pastor?

Hoy la liturgia nos presenta los buenos y los malos pastores. Aquellas personas puestas al cuidado
de los demás, social o eclesiásticamente deben tener unas cualidades. De lo contrario, las personas a su
cuidado se desorientan, como ovejas sin pastor, y pueden perderse.

Jeremías denuncia fuertemente, por el bien de Dios, a los malos pastores y líderes religiosos de
su pueblo (1ª lectura). A ellos no les interesa realmente el pueblo; más aún, dispersan el rebaño, los
explotan y poco se preocupan de él. A veces es la gente la que se queja de los malos pastores. Esta
vez es Dios mismo quien se queja de ellos. Pero los profetas nunca denunciaron sin la esperanza de un
anuncio. El anuncio de Jeremías es la venida del Buen Pastor, Jesús, lleno de justicia y compasión por
su gente.

No es fácil apacentar, guiar, cuidar y defender nuestras ovejas. Unas están enfermas y cansadas.
Otras son rebeldes y ariscas. También hay ovejas que se han tragado el veneno que los falsos pastores les
ofrecieron y están casi muertas: el veneno de la teología de la prosperidad, el veneno del consumismo,
el veneno del liberalismo sin freno, el veneno de tantas ideologías que están ahogándonos, el veneno
de tantos paraísos psicodélicos, el veneno de la corrupción.

No sólo las ovejas pueden estar en situación de riesgo; también los mismos pastores: están
cansados, dejaron de rezar o rezan poco, tienen también el peligro de escuchar otros silbidos engañosos.
¿Qué hacer? Lo que hizo Jesús y que se nos narra en el evangelio de hoy. Para con las ovejas: ver, sentir
compasión y ponerse a predicar y a enseñar. Ver cómo está cada oveja. Sentir un infinito amor por ellas.
Curarlas, alimentarlas con el pan de la Palabra. Y para los pastores Cristo recomienda descanso, es decir,
retiro espiritual para rezar y reponer fuerzas.

Por otra parte, sería bueno preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra vocación de “pastor”,
pues todos tenemos esta misión en cierto sentido. Pastores son los padres de familia para con sus hijos;
¿qué alimentos les dan: cariño, diálogo, consejo, ejemplo? Pastores, como nos recuerda el Antiguo
Testamento, también son los gobernantes, que gobernaban al pueblo en representación de Dios…pero,
¿tienen conciencia de esto algunos de nuestros gobernantes que esquilman las ovejas, las explotan y
humillan, buscando sólo el lucro? Pastores son también los maestros y profesores con sus alumnos y
discípulos; ¿a qué pastos les conducen: a la verdad científica, filosófica y teológica? Pastores son también
los responsables de los diversos movimientos eclesiales para con sus hermanos; ¿a dónde los quieren
dirigir?: a su propio “ghetto” cerrado y fanático, o ¿a un discernimiento profético de las necesidades
más urgentes de la Iglesia? Pastores son los sacerdotes al servicio de sus parroquias; ¿cómo tratamos
las ovejas que son de Cristo y que Él nos encomendó?: paternalismo o paternidad, autoritarismo o
autoridad, respetando los talentos y ayudándolos a ponerlos al servicio de la parroquia Pastores son los
obispos en sus diócesis. Pastor es el Papa al servicio de la Iglesia universal.

Jesús es el Buen Pastor. Y para presentarse como tal, empleará la imagen de los verdaderos
pastores que dibuja el salmo 22: el Señor es mi pastor, nada me falta; me hace recostar en praderas
verdes y fértiles, me conduce a fuentes tranquilas, donde restaura mis fuerzas; me guía por senderos
justos, y aunque atravesemos cañadas oscuras no tengo temor ni miedo ninguno, porque tu vas conmigo,
y tu vara y tu cayado me sosiegan devolviéndome la paz.

4
A todos el Papa Francisco nos dice que para ser “pastores a imagen y semejanza de Jesús”, que se
trata de algo demasiado grande para los hombres que somos demasiado pequeños, pero que contamos
con la fuerza del Espíritu Santo; tenemos que meditar todos los días el Evangelio para así trasmitirlo con
nuestra vida y predicación, experimentar la misericordia de Dios en el sacramento del perdón, nutrirnos
con la fe del amor a la Eucaristía y ser hombres de oración.

¿Hoy Cristo me tendría que reprender o felicitar sobre mi misión de pastoreo? ¿Siento compasión
al ver tantas ovejas sin pastor? ¿Qué hago por esas ovejas?

5
XVII Domingo Ordinario
(Ciclo B)

28 de julio 2024
Juan 6: 1-15

“Denles ustedes de comer”.

Durante cinco domingos seguidos leeremos el capítulo 6 de san Juan, donde se nos narra el discur-
so-catequesis de Jesús sobre el Pan de vida. Juan es el teólogo de la Eucaristía. Podríamos resumir así las
ideas de estos domingos: milagro de los panes; diálogo sobre el maná del desierto; qué significa creer
en Jesús; qué significa comer a Jesús y finalmente las reacciones de los oyentes y discípulos ante el dis-
curso del Pan de vida. La vida cristiana tiene su centro en la Eucaristía. Sin la Eucaristía no podemos vivir.
La Eucaristía exige y nos compromete a compartir también nuestros diversos panes con los hermanos:
“Denles ustedes de comer”. Sí, dar nuestro pan a la gente (1ª lectura). Y darlo con humildad, amabilidad,
comprensión (2ª lectura).

Jesús hoy nos da un ejemplo maravilloso para todos nosotros cristianos y no cristianos: ve la
muchedumbre que le sigue, siente compasión por ella porque la ve hambrienta y soluciona esta necesi-
dad básica –el hambre-, símbolo de otra necesidad profunda, la necesidad de Dios, de su Palabra y de
su amor. Ahora bien, Cristo quiere también nuestra colaboración y por eso dice: “Denles ustedes de
comer”. Es un gran desafío que requiere fe, confianza y generosidad de nuestra parte para compartir lo
mucho o lo poco que tengamos. Gracias a que todos colaboraron Dios obró el gran milagro de la multi-
plicación de los panes y peces. Así fue también en el caso de Eliseo en la primera lectura de hoy.

La Iglesia ha seguido el ejemplo de Jesús durante estos 21 siglos de historia, obedeciendo al im-
perativo “Denles ustedes de comer”. La Iglesia ha repartido generosamente el pan de la compasión y de
la ternura con los enfermos, ancianos, huérfanos. Ha sabido conjugar la evangelización con la beneficen-
cia y el cuidado material de los más pobres, colaborando y completando lo que en principio pertenecería
a los deberes de cada Estado. Testimonio de esta acción caritativa y de promoción humana y cristiana
son las diversas órdenes y congregaciones religiosas: Las Misioneras de la Caridad de la beata Madre Te-
resa de Calcuta; las Hermanitas de los Ancianos desamparados de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars;
los Hermanos Hospitalarios de san Juan de Dios; los servidores de los enfermos de san Camilo de Lelis;
las siervas de María ministras de los enfermos de santa Soledad Torres Acosta; los Oratorianos de san
Felipe Neri…y una corona de cristianos comprometidos, misioneros, voluntarios, religiosos y religiosas
que trabajan desinteresadamente en el campo sanitario y educativos y “comparten su pan” con los que
no tienen. Esta colaboración es a veces económica y otras, la donación de sí mismos, de su tiempo, de su
trabajo. Y lo hacen no sólo con los países del Tercer Mundo, sino más cerca, en su propio ambiente, en
que los ancianos o los enfermos o los pobres necesitan el “pan” de nuestra acogida, ternura y cercanía.

El “Denles ustedes de comer” implica, pues, compartir el pan material. Pero sobre todo es un sím-
bolo muy expresivo de otros “panes” de los que también tiene hambre la humanidad: la cultura, pues
muchos están sin escuela; trabajo digno y estable; vivienda para los que están en la calle durmiendo
debajo de los puentes o en cualquier plaza; posibilidades de vida especialmente para emigrantes que
abandonan su país en búsqueda de un porvenir. Cristo no sólo da de comer o cura los enfermos y resu-
cita muertos; también predica el Reino, perdona pecados, conduce a Dios. No quiere que se queden en
el mero hecho del milagro material, sino que den el salto a la fe y al compromiso de la donación. Este
discurso de san Juan capítulo 6 irá poco a poco llevando a los lectores a la comprensión más profunda
del sacramento de la Eucaristía.

6
¿Cuántos panes y peces tengo en mi morral? ¿Los comparto o me los como a solas en un rincón?
¿Qué pasaría si todos compartiéramos lo poco o lo mucho que tenemos? ¿Qué nos hubiera pasado
si Cristo no comparte con nosotros su Eucaristía, su Santa Madre, su Palabra, su Cruz, sus sueños, sus
alegrías y tristezas?

Señor, perdona mi egoísmo al no querer repartir mi pan con mis hermanos. Limpia mis ojos para
ver las necesidades de mi prójimo. Ensancha mi corazón para que sienta compasión por él. Y, sobre todo,
dame manos que sepan compartir y repartir mi pan con los necesitados, consciente de que así sigo tu
ejemplo y el de tantos santos.

7
XVIII Domingo Ordinario
(Ciclo B)

4 de agosto 2024
Juan 6: 24-35

La lectura del evangelio es la introducción al discurso sobre el pan de vida que Jesús pronuncia en
la sinagoga de Cafarnaún, allí lo busca la gente después de la multiplicación de los panes.

Jesús con el milagro de la multiplicación de los panes comienza un largo discurso sobre el pan
de vida. A partir del hambre vulgar de la gente que acude a escuchar a Jesús, y a partir del pan que
ha multiplicado, vamos a progresar hacia otra hambre y otro pan. Jesús pregunta: “¿Para qué alimento
trabajan?”. Dejémonos interrogar profundamente; ¿nuestras hambres revelan lo que somos? queremos
comer, desde luego, pero, ¿queremos mucho más?: conocer, contemplar cosas hermosas, amar, tener un
trabajo interesante. Esas son nuestras hambres y los alimentos por los que trabajamos.

Hoy Jesús nos orienta hacia las hambres profundas, hacia el hambre de vivir intensamente y de
vivir eternamente: “No se preocupen únicamente de las hambres pasajeras, sintamos en lo más íntimo
de nuestro ser el hambre de una vida que no pasa”.

Jesús sabe que lo siguen porque ha saciado el hambre de pan material y aprovecha la ocasión
para poner al descubierto las intenciones de sus seguidores, dando el verdadero sentido a lo que ha
realizado, orientándolos para que comprendan que él es el verdadero pan del cielo, y que es necesario
trabajar para conseguirlo.

En nuestra vida cristiana puede suceder algo semejante, no siempre trabajamos, en ella, por ir al
fondo, por tratar de penetrar el mensaje de Jesús para identificarnos con él; hay que dirigirnos a lo que
realmente puede darnos la vida auténtica, para ello debemos abrirnos a la gran noticia: Dios quiere que
compartamos su vida y trabajando por el alimento que perdura nos dejemos transformar abriéndonos a
la realidad de un amor que comparte con los hermanos.

Toda esta propuesta nos exige poner la mirada en Jesús, necesitamos creer en él, orar y hablar con
Dios, para vivir y transmitir esperanza, amor y vida, libertad y dignidad humanas. De otra forma, sólo el
pan material, el tener y el gastar, nuestras vanas ambiciones, nos dejarán interiormente vacíos.

Nuestra hambre de Dios nos debe llevar a buscarle para evitar convertirnos en sujetos egoístas,
insatisfechos e inmaduros. La proclama de Jesús: “Yo soy el pan de vida”, debe abrir nuestros corazones
para recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos de manera afectiva.

Jesús les contestó y les dijo: en verdad, en verdad les digo que ustedes me buscan, no por los
signos que han presenciado, sino porque han comido del pan que les di (Jn 6,26). Me buscan por la
carne, no por el espíritu. ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús más que por los beneficios temporales!
¿Quién sabe si nosotros, en secreto, no estaremos esperando signos mayores? Demuestra, Señor, que
existes, que eres omnipotente, que la oración es escuchada, que los sacramentos producen su efecto.
¡Demuéstralo! ¡Haz signos! Quizás sea ésa nuestra hambre. Hambre de ventajas de la religión, hambre
de lo maravilloso.

8
El pan es el símbolo de la vida. Jesús nuestro pan, Él es nuestra vida. Dios quiere que tengamos un
hambre terrible de lo que él soñó para nosotros y para esa hambre nos da a Jesús. Este es el proyecto de
Dios en el que hemos de entrar. Pero ¿cómo?, entramos en el proyecto de Dios cuando creemos en aquel
que él ha enviado, cuando tenemos no ya unas pequeñas hambres, sino un inmenso deseo, y cuando
creemos que Jesús es el pan de esta hambre.

Pero muchas veces, apenas se busca a Jesús por Jesús. Me buscan, no por los signos que han
presenciado, sino porque han comido del pan que les di. Trabajen por el pan que no perece, sino que
permanece hasta la vida eterna. Me buscan por algo distinto a mí, búsquenme por mí mismo.

Señor, haz que caigamos en la cuenta de que nuestro alimento de cada día, aunque sea abundante,
resulta insuficiente. Haz que redescubramos el sentido del “alimento para vivir”. Danos de nuevo el gusto
del pan que es vida. Pan que es gratuidad, dignidad, libertad, valores del espíritu. Palabra, conciencia.
Haznos reconocer que sólo gracias al pan que tú nos das, que eres tu mismo, nuestra vida se puede
llamar vida.

9
XIX Domingo Ordinario
(Ciclo B)

11 de agosto 2024
Juan 6: 41-51

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”

El evangelio de Juan nos presente el discurso sobre el ‘pan de vida’, que Jesús realizó en la
sinagoga de Cafarnaún, en el cual afirmó: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come este pan vivirá
eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Sigue la catequesis de Jesús sobre el Pan de la Vida en la sinagoga de Cafarnaún. Hoy Cristo nos
pide fe para creer que Él es el verdadero Pan de la vida que Dios lo envía a la humanidad para que sacie
su hambre. El que crea en Él tendrá la vida eterna. Jesús subraya que no vino a este mundo para traer
alguna cosa, sino para dar su vida, para nutrir a quienes tiene fe en Él.

Jesús se presenta como el ‘pan vivo’, esto es, el alimento que contiene la vida misma de Dios y es
capaz de comunicarla a quien come de él, el verdadero alimento que da la vida, que nutre realmente en
profundidad. Jesús dice: “El que coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne
para la vida del mundo” (Jn 6, 51).

Pues bien, ¿de quién tomó el Hijo de Dios esta ‘carne’ suya, su humanidad concreta y terrena? La
tomó de la Virgen María. Dios asumió de ella el cuerpo humano para entrar en nuestra condición mortal.
A su vez, al final de la existencia terrena, el cuerpo de la Virgen fue elevado al cielo por parte de Dios e
introducido en la condición celestial, fiesta que celebraremos en la asunción de María.

Es una especie de intercambio en el que Dios tiene siempre la iniciativa plena, pero en cierto
sentido necesita también de María, del ‘sí’ de la criatura, de su carne, de su existencia concreta, para
preparar la materia de su sacrificio: el cuerpo y la sangre que va a ofrecer en la cruz como instrumento
de vida eterna y en el sacramento de la Eucaristía como alimento y bebida espirituales.

Hermanos y hermanas, lo que sucedió en María vale, de otras maneras, pero realmente, también
para cada hombre y cada mujer, porque a cada uno de nosotros Dios nos pide que lo acojamos, que
pongamos a su disposición nuestro corazón y nuestro cuerpo, toda nuestra existencia, nuestra carne —
dice la Biblia—, para que él pueda habitar en el mundo. Nos llama a unirnos a él en el sacramento de
la Eucaristía, Pan partido para la vida del mundo, para formar juntos la Iglesia, su Cuerpo histórico. Y
si nosotros decimos sí, como María, es más, en la medida misma de este ‘sí’ nuestro, sucede también
para nosotros y en nosotros este misterioso intercambio: somos asumidos en la divinidad de Aquel que
asumió nuestra humanidad.

La Eucaristía es el medio, el instrumento de esta transformación recíproca, que tiene siempre a


Dios como fin y como actor principal: él es la Cabeza y nosotros los miembros, él es la Vid y nosotros los
sarmientos. Quien come de este Pan y vive en comunión con Jesús dejándose transformar por él y en él,
está salvado de la muerte eterna: ciertamente muere como todos, participando también en el misterio
de la pasión y de la cruz de Cristo, pero ya no es esclavo de la muerte, y resucitará en el último día para
gozar de la fiesta eterna con María y con todos los santos.

Este misterio, esta fiesta de Dios, comienza aquí abajo: es misterio de fe, de esperanza y de amor,
que se celebra en la vida y en la liturgia, especialmente eucarística, y se expresa en la comunión fraterna
y en el servicio al prójimo. Roguemos a la santísima Virgen que nos ayude a alimentarnos siempre con fe
del Pan de vida eterna para experimentar ya en la tierra la gloria del cielo (Benedicto XVI Ángelus 16 de
agosto de 2009).

10
Solemnidad de la Asunción de
la Virgen al cielo (Ciclo B)

15 de agosto 2024
Lucas 1: 39-56

El misterio glorioso de la Asunción de María al cielo es como la contrapartida del misterio gozoso
de la Anunciación. Si María se encuentra en el cielo con cuerpo y alma no cabe el pesimismo absoluto:
la humanidad no está condenada a la corrupción. Si María ha sido asunta al cielo, no cabe el orgullo
prometeico: el hombre no es un ser autosuficiente, sino que para alcanzar su realización final depende
de las manos de Dios.

Resumamos un poco la historia y el contenido del dogma de la Asunción de María al cielo. Desde
el siglo VI a este día, 15 de agosto, se le llamaba la Dormición de la Virgen, título con que hoy se la sigue
designando en Oriente junto con el de Tránsito da María. En el siglo VII fue adoptada por la Liturgia
romana, por cuyo influjo se difundió posteriormente en Occidente, donde se la designó Asunción de
María.

La liturgia romana actual la considera como la “fiesta de su destino de plenitud y bienaventuranza,


de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta glorificación con Cristo
resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad entera la imagen y la consoladora prenda
del cumplimiento de la esperanza final; pues dicha glorificación plena es el destino de aquellos que
Cristo ha hecho hermanos teniendo en común con ellos la carne y la sangre” (Pablo VI, Marialis Cultus, 6).

San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la
santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente: “Convenía
que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después
de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño
en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado
habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma
había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo
contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su
Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios”.

Celebrar la asunción de María, la petición tiene que dirigirse a suplicar que cuanto se realizó
-después de Cristo- en la Virgen Madre se realice también para nosotros, sus hijos. Ni pesimismo: todo
acaba con nuestra muerte. Ni orgullo prometeico: yo alcanzaré mi plenitud y realización aquí en la tierra,
robando a escondidas el fuego a nuestro Dios, sin necesidad de Él ni de su cielo. Así como María fue
llevada en cuerpo y alma al cielo inmediatamente después de terminar el curso de su vida aquí en la
tierra, así también nosotros resucitaremos en nuestros cuerpos al final de los tiempos, cuando venga
Jesucristo por última vez.

Hoy, tu Hijo, te viene a buscar, Virgen y Madre: “Ven, amada mía”, te pondré sobre mi
trono, prendado está el Rey de tu belleza. Dichosa tú que has creído, porque lo que se te ha dicho
de parte del Señor, en ti ya se ha cumplido. Madre, prepárame un lugar en el cielo, junto a Ti.

11
XX Domingo Ordinario
(Ciclo B)

18 de agosto 2024
Juan 6: 51-58

Vimos en los domingos pasados algunas dimensiones de la Eucaristía: la Eucaristía como sacrificio,
como presencia real de Cristo y como prenda de inmortalidad. Hoy la liturgia nos propone otra dimensión:
la Eucaristía como banquete y alimento que nos une a Cristo en la comunión (1ª lectura y evangelio). Y
los términos que san Juan emplea y repite son de un realismo que no cabe duda alguna: no es cualquier
comida, sino comida celestial. A esta comida son invitados todos sin excepción, como dice san Francisco
de Sales: “los perfectos para no decaer; los imperfectos, para que aspiren a la perfección; los fuertes
para no enflaquecer; los débiles para robustecerse; los enfermos para sanar; los sanos para no enfermar”
(Introducción a la vida devota, II, 21). Lógicamente, con las debidas disposiciones interiores.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo
daré es mi carne para la Vida del mundo...El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y
yo en él (Jn 6,51.56), así ha dicho el Señor. Jesús toma entre las manos el pan y dice “Tomen, esto es mi
Cuerpo” (Mc 14,22). Con este gesto y con estas palabras, Él asigna al pan una función que ya no es la de
simple alimento físico, sino la de hacer presente su Persona en medio de la comunidad de los creyentes.

La aspiración a la comunión con Dios está presente en todas las religiones. De ahí, los sacrificios
y comidas sagradas en las que se considera que Dios comparte algo con el hombre. Esos sacrificios del
Antiguo Testamente preparan ya ese deseo del hombre de entrar en comunión con Dios. Fue Cristo
quien llenó ese deseo del hombre. Con su Encarnación, Cristo compartió nuestra naturaleza humana para
hacernos partícipes de su naturaleza divina. Y en la Eucaristía es donde Dios concretó e hizo realidad este
deseo del hombre. De una manera plástica san Juan Crisóstomo dice: “Tenemos que beber el cáliz como
si pusiésemos los labios en el costado abierto de Cristo”.

Ahora bien, para entrar en este banquete se necesitan unas condiciones. Primero, fe, pues la
Eucaristía es un misterio de fe. Vemos, saboreamos y tocamos pan; pero ya no es pan, sino el Cuerpo
Sacratísimo de Cristo y la Sangre bendita de Cristo. “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más
bien con fe las palabras del Señor, porque Él, que es la Verdad, no miente” (Santo Tomás de Aquino, Suma
Teológica III, 75, 1). Segundo, humildad, para reconocernos hambrientos y necesitados de ese Pan de
vida eterna. Quien está ahíto y lleno de los manjares terrenos, difícilmente tendrá hambre de este manjar
celestial. Tercero, con el alma limpia de pecado grave. El alma en gracia es el traje de fiesta que pedía
Jesús (cf. Mt 22, 11). San Juan Crisóstomo dice: “Si te acercas bien purificado, recibes gran beneficio; si
te acercas manchado de culpa, te haces acreedor a la pena y al castigo eterno. Porque con tus culpas le
vuelves a crucificar” (Homilía evangelio de san Juan, 45). Junto a estas disposiciones interiores están las
disposiciones externas: ayuno, es decir, no comer nada una hora antes de comulgar; el modo digno de
vestir y las posturas respetuosas. El cura de Ars decía: “Debemos presentarnos con vestidos decentes;
no pretendo que sean trajes ni adornos ricos, mas tampoco deben ser descuidados y estropeados…
Habéis de venir bien peinados, con el rostro y las manos limpias” (Sermón sobre la comunión).

¿Me acerco a la santa misa y a la santa comunión con el alma en gracia? ¿Tengo hambre de
Cristo Eucaristía o puedo pasarme meses y meses sin comulgar? En el caso de que no pueda comulgar
sacramentalmente, ¿he aprendido a hacer ya una comunión espiritual?

12
XXI Domingo Ordinario
(Ciclo B)

25 de agosto 2024
Juan 6: 60-69

“¿También ustedes quieren irse?”

Hoy terminamos la lectura del capítulo 6 de san Juan, sobre el discurso eucarístico. Y lo terminamos
con las reacciones de los presentes ante las palabras de Jesús: “¿Quién puede tolerar este discurso tan
duro?”. Es la misma disyuntiva que puso Josué a los suyos al entrar en la tierra prometida: “¿Prefieren
servir a Yahvé o a los dioses falsos?” (1ª lectura).

En la primera lectura está clara la disyuntiva: ¿a quién elegir: a Yahvé o a los dioses extranjeros? Los
dioses de “más allá del río” exigen menos, son más cómodos, no prohíben esto y aquello; no imponen
no robar, no fornicar, no matar. Lo que exige la Alianza de Yahvé es mucho más duro que la floja moral
de los dioses de los pueblos vecinos. Josué, sucesor de Moisés, convoca en asamblea solemne a todos,
para renovar la Alianza del Sinaí, un tanto olvidada ya, y les plantea una clara disyuntiva: ¿a quién quieren
servir, al Dios que les ha liberado de Egipto o a los dioses que van encontrando en los pueblos vecinos y
que son más permisivos? Porque siguen teniendo la tentación terrible de la idolatría. Ese día la respuesta
del pueblo a Josué fue: ¡elegimos a Dios! Y así el pueblo en Siquem, reunido en asamblea con Josué,
pudo entrar en posesión de la tierra prometida. Sabemos también que luego en su historia, el pueblo de
Israel faltó muchas veces a lo prometido.

Ahora es Cristo quien pregunta a los que le seguían: ¿queréis quedarse conmigo o irse? De nuevo
la disyuntiva. Lo que pedía Jesús a los suyos no era fácil, porque suponía un cambio de mentalidad y de
vida. Son libres. Jesús ve que algunos se van marchando, asustados por sus palabras y hace esa pregunta
directa a sus apóstoles. En efecto, algunos se van y otros se quedan. Pedro, que no entiende mucho
de lo que ha dicho Jesús –como tampoco debían entender los demás- pero que tiene una fe y un amor
enormes hacia Cristo, contesta decidido: “¿A quién iremos?”. Han hecho la opción por Él y se quedan
los doce que formarán la Iglesia, pero ya no se quedan como antes, sin compromiso; ahora saben que lo
han elegido para la vida y para la muerte. En Cafarnaúm, fue la primera comunidad apostólica, todavía
fiel, la que dijo, por boca de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?”.

Ahora nos toca a nosotros responder a Cristo: ¿a quién vamos a seguir: a él y su doctrina o al
mundo con sus propuestas fáciles, tentadoras y embriagantes? De nuevo la disyuntiva. También nosotros
como el pueblo de Israel (1ª lectura) y como los primeros discípulos de Jesús (evangelio) hemos sido
elegidos. Elegidos como objeto de su amor, admitidos en la familia de Dios en el bautismo, admitidos
a su misma mesa en la Eucaristía, admitidos a la “feliz esperanza” de la venida de su Reino. Por nuestra
parte, también nosotros hemos elegido a Dios. Prueba de esto: nuestro bautismo, reafirmado en la
confirmación. Prueba de esto: tomamos la primera comunión. Prueba de esto: se casaron en Cristo por
la Iglesia.

¿También vosotros queréis marcharos?» Esta pregunta provocadora no se dirige sólo a los que
entonces escuchaban sino que alcanza a los creyentes y a los hombres de todas las épocas. También
hoy muchos se escandalizan ante la paradoja de la fe cristiana. La enseñanza de Jesús parece ‘dura’,
demasiado difícil de acoger y de practicar. Entonces hay quien rechaza y abandona a Cristo; hay quien
trata de adaptar su palabra a las modas desvirtuando su sentido y valor. “¿También vosotros queréis
marcharos?”. Esta inquietante provocación resuena en el corazón y espera de cada uno una respuesta
personal. Jesús, de hecho, no se contenta con una pertenencia superficial y formal, no le basta una
primera adhesión entusiasta; es necesario, por el contrario, participar durante toda la vida en su pensar

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y querer. Seguirle llena el corazón de alegría y dan sentido pleno a nuestra existencia, pero comporta
dificultades y renuncias, pues con mucha frecuencia hay que ir contra la corriente. (Benedicto XVI, 23 de
agosto de 2009). Hay que hacer una opción: o Cristo o el mundo. O el evangelio de Cristo o las máximas
del mundo.

¿A quién estoy alimentando y siguiendo en mi vida?: al hombre viejo y pasional, o al hombre


nuevo, que vive conforme al Espíritu ¿Opté ya por Cristo y su Evangelio o prefiero escuchar y seguir las
sirenas de este mundo? ¿Cada cuánto renuevo mis promesas bautismales?

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XXII Domingo Ordinario
(Ciclo B)

8 de septiembre 2024
Marcos 7: 31-37

El Evangelio constituye un paradigma de cómo el Señor actúa hacia las personas no oyentes. Jesús
lleva aparte a un hombre sordo y mudo y, tras haber realizado algunos gestos simbólicos, alza los ojos
al Cielo y le dice: “¡Effetá!”, es decir: “¡Ábrete!”. En aquel instante, relata el evangelista, al hombre le
fue restituido el oído, se le desató la lengua y hablaba correctamente. Los gestos de Jesús están llenos
de atención amorosa y expresan profunda compasión por el hombre que está ante él: le manifiesta su
interés concreto, lo saca de la confusión de la multitud, le hace sentir su cercanía y comprensión mediante
algunos gestos llenos de significado. Le pone los dedos en los oídos y con la saliva le toca la lengua. Le
invita después a dirigir con Él la mirada interior, la del corazón, hacia el Padre celeste. Finalmente, lo cura
y lo devuelve a su familia, a su gente. Y la multitud, asombrada, no puede sino exclamar: “¡Todo lo ha
hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos!” (Mc 7,37).

Con su manera de actuar, que nos revela el amor de Dios Padre, Jesús no cura solo la sordera física,
sino que existe otra forma de sordera de la que la humanidad debe curarse, es más, de la que debe ser
salvada: es la sordera del espíritu, que levanta barreras cada vez más altas a la voz de Dios y del prójimo,
especialmente al grito de socorro de los últimos y de los que sufren, y que encierra al hombre en un
profundo y corrosivo egoísmo.

“Podemos ver en este ‘signo’ el ardiente deseo de Jesús de vencer en el hombre la soledad y la
incomunicabilidad creadas por el egoísmo, para dar rostro a una ‘nueva humanidad’, la humanidad de
la escucha y de la palabra, del diálogo, de la comunicación, de la comunión con Dios. Una humanidad
‘buena’, como buena es toda la Creación de Dios; una humanidad sin discriminaciones, sin exclusiones...
para que el mundo sea verdaderamente para todos ‘campo de genuina fraternidad’…” (L’Oss. Rom., 7-8
septiembre 2009, pag. 6).

La primera lección que sacamos de este episodio bíblico, recogido también en el rito del bautismo,
es que, desde la perspectiva cristiana, lo primero es la escucha. Al respecto Jesús afirma de modo
explícito: “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11, 28). Más
aún, a Marta, preocupada por muchas cosas, le dice que “una sola cosa es necesaria” (Lc 10, 42). Y del
contexto se deduce que esta única cosa es la escucha obediente de la Palabra. Por eso la escucha de la
palabra de Dios es lo primero en nuestro compromiso cristiano, como bautizados.

El sordomudo llevado a Jesús “es símbolo del no creyente que realiza un camino hacia la fe”.
La sordera “expresa la incapacidad de escuchar y de comprender no solamente las palabras de los
hombres, sino también la Palabra de Dios. Dios no está cerrado en sí mismo, sino que se abre y se pone
en comunicación con la humanidad. En su inmensa misericordia, supera el abismo de la infinita diferencia
entre él y nosotros, y viene a nuestro encuentro… Jesús es el gran constructor de puentes. Construye en
sí mismo el gran puente de la comunión plena con el Padre.

Muchas veces nosotros estamos replegados en nosotros mismos y creamos tantas islas inaccesibles
e inhabitables”, incapaces de apertura recíproca en la pareja cerrada, en la familia cerrada, en el grupo
cerrado, en la parroquia cerrada, en la patria cerrada.

En el origen de nuestra vida cristiana, en el Bautismo, están los gestos y esta palabra de Jesús:
“¡Effatá!, ¡Abrete!”. Y el milagro se realiza: Somos curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de
la cerrazón en sí mismos, y fuimos inseridos en la gran familia de la Iglesia. Podemos ecuchar a Dios que

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nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado, o a quienes la han olvidado o sepultado
bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo.

Muchos hombres de hoy están sordos como una tapia cuando les habla Dios desde la Biblia, desde
los sacramentos, desde la voz de la Iglesia, desde el clamor de los pobres. No logran escuchar o no
quieren escuchar el “Éffeta” de Jesús. ¿Por qué? Porque el mundo les ha roto los tímpanos del espíritu;
y tanta carcajada mundana les ha atrofiado la boca del alma. Otros, gracias a Dios, entran en el templo y
adoran, rezan, cantan, oyen, hablan…a Dios. Estos, en una sociedad descristianizada y neopagana, son
una señal fluorescente de Dios, un milagro.

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XXIII Domingo Ordinario
(Ciclo B)

11 de septiembre 2024
Marcos 7: 1-8, 14-15, 21-23

¿En qué consiste la verdadera religión?

Jesús, más que reprochar a los fariseos y maestros de la Ley por lavarse las manos, los reprueba
por suplantar con leyes y tradiciones humanas la Ley divina del amor a Dios y al prójimo, hasta el punto
de sentirse con derecho a abandonar a sus padres ancianos y enfermos, si daban al templo el dinero con
que deberían socorrerlos.

También hoy las exigencias del amor a Dios y al prójimo son fácilmente suplantadas por ritos
externos, normas y leyes fáciles, costumbres cómodas, etc., que siguen envenenando la religión con la
idolatría, y pervirtiendo las relaciones familiares, humanas y sociales con el egoísmo.

El mero cumplimiento del culto externo merece la dura descalificación de Isaías repetida por Jesús:
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. El culto, si no sale del corazón,
del amor, se hace hipocresía.

A Dios solo le agrada el culto vivido en el amor efectivo a Él y al prójimo, pues en eso consiste la
verdadera religión, que es la fuente de la auténtica felicidad, de la santidad y de la salvación.

“Les ruego, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como
sacrificio vivo y santo, capaz de agradarle; éste es el culto razonable” (Rm. 12, 1); “La religión verdadera
consiste en socorrer a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Sant. 1, 27).

La verdadera religión es la fe en Jesús vivo, muerto, resucitado, glorificado, Hijo de Dios. Fe es la


actitud trascendental del corazón del hombre, para quien Jesús lo es todo, como su escala de valores y
de principios, sus esperanzas eternas, sus destinos…

Concretemos lo dicho. Por ejemplo, algunas primeras comuniones son ya suntuosas como una
boda, y eso es un escándalo económico, social y religioso. ¿Esa es la religión verdadera? Algunas bodas
son ya un rito tan secularizado como una fiesta social, donde valen más las fotos, el video y el folklor
musical… y eso es una degradación, la humillación y el desprestigio del sacramento. ¿Religión verdadera?
Y así las confesiones mecánicas, incompletas, ligeras; las comuniones mercantiles: “voy a ofrecer esta
comunión para conseguir esta o aquella gracia para…”; sin olvidar los cumpleaños, que se hace de todo
y se piensa en todo, menos en Dios y la salvación... ¿Qué decir de procesiones o peregrinaciones, que
parecen más una feria donde se vende todo, que un gesto exterior de algo profundo del corazón?, O
también de las misas de exequias, que hacen que algunos den más importancia al agua vendita, hacer
guardia al féretro… que hacer una buena confesión y a la santa Misa en sí misma, viviéndola de forma
ordenada y devota…? ¿Religión verdadera?

Ahora entendemos por qué Jesús fue tan duro con estos fariseos ritualistas que cifraban la
religión en prácticas exteriores y no en la fe en Dios. Por esto, Jesús nos invita hoy, a una revisión
profunda y sincera de nuestro modo de rezar, celebrar y vivir el culto en el templo y de proyectarlo en la
existencia cuotidiana, desde nuestro corazón, donde acogemos o rechazamos a Dios y al prójimo, donde
consagramos o profanamos las cosas, las obras y la vida con que Dios nos bendijo y bendice.

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La religión, la oración, la Eucaristía y la Biblia como encuentros amorosos con Dios, son causa de
nuestra alegría, paz, felicidad en este mundo y nos llevan a la felicidad eterna, que todos anhelamos
desde lo más profundo de nuestra persona.

¿Soy hombre religioso o sólo ritualista?, ¿Creyente o sólo cumplidor? Huyamos del fariseísmo y del
ritualismo sin fe y sin alma (evangelio), para ser gratos a Dios (salmo). Fueron los “practicantes” los que
llevaron a la cruz a Cristo y lo mandaron crucificar. ¿Dónde estaba la fe de esos “piadosos practicantes”?

Pidamos perdón al Señor por nuestra indiferencia, por nuestra miseria, que nos hace pensar sólo
en nosotros mismos, por nuestro egoísmo que no busca la verdad, sino que sigue su propia costumbre, y
que a menudo hace que el cristianismo parezca sólo un sistema de costumbres. Pidámosle que entre con
fuerza en nuestra alma, que se haga presente en nosotros y a través de nosotros, para que así la alegría
nazca también en nosotros.

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XXIV Domingo Ordinario
(Ciclo B)

15 septiembre 2024
Marcos 8: 27-35

En el evangelio que hemos escuchado vemos representados como dos modos distintos de conocer
a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la
pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”, los discípulos responden: “Unos
que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Es decir, se considera
a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a
los discípulos, Jesús les pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro responde con lo que
es la primera confesión de fe: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. La fe va más allá de los simples
datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.

Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: “¡Dichoso tú,
Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en
los cielos”. Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar
de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino
que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad
y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: “Y ustedes,
¿quién dicen que soy yo?”, en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal
en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone
seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que
se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimidad con Él.

Hoy Cristo se dirige a nosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: “Y ustedes, ¿quién
dicen que soy yo?”. Podemos responderle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida
por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me
fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que
nunca me abandone.

Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la
Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a
Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como
no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor.
Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.

Hoy tenemos la invitación de Jesús a fortalecer la fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles,
a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de nuestra vida. Pero recordemos que seguir a Jesús en la
fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a
la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en
la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa
de Él.

Tener fe es apoyarse en la fe de los hermanos, y que esa fe sirva igualmente de apoyo para la de
otros. Amemos a la Iglesia, que nos ha engendrado en la fe, que nos ha ayudado a conocer mejor a
Cristo, que nos ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de nuestra amistad con
Cristo es fundamental reconocer la importancia de nuestra gozosa inserción en nuestra parroquia, en las
comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción
frecuente del sacramento del perdón…, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.

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De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más
diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no
darlo a conocer a los demás. Por tanto, no se guarden a Cristo para ustedes mismos. Comuniquemos a
los demás la alegría de nuestra fe. El mundo necesita el testimonio de nuestra fe, necesita ciertamente
a Dios.

Que la Virgen María… nos acompañe siempre con su intercesión maternal y nos enseñe la fidelidad
a la Palabra de Dios. Para que todos en la Iglesia, pastores y fieles, nos acerquemos cada día más al
Señor, para que crezcamos en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz de que Jesucristo es
verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de su esperanza.

‘Tomar la propia cruz para acompañar a Jesús en su camino’

(Cfr. Papa Francisco)

El evangelio nos presenta a Jesús en camino hacia Cesarea de Filipo, que interroga a los discípulos:
“¿Quién dice la gente que soy yo? Estos responden que algunos lo consideran Juan el Bautista resucitado,
otros, Elías o uno de los grandes profetas. La gente apreciaba a Jesús, lo consideraba un ‘enviado
de Dios’, pero no lograba aún reconocerlo como el Mesías anunciado y esperado. Y Jesús pregunta
nuevamente ‘¿Y ustedes quien dicen que soy yo?’.

Esta es la pregunta más importante con la cual Jesús se dirige directamente a aquellos que lo han
seguido, para verificar la propia fe. Pedro en nombre de todos exclama de manera espontánea: ‘Tu eres
el Cristo’.

Jesús queda impresionado con la fe de Pedro, reconoce que ésta es fruto de una gracia especial
de Dios Padre. Y entonces revela abiertamente a los discípulos lo que le espera en Jerusalén, o sea que
‘El Hijo del hombre deberá sufrir mucho... ser asesinado y después de tres días resucitar’.

El mismo Pedro, que apenas ha profesado su fe en Jesús como el Mesías, se escandaliza de estas
palabras. Llama aparte al Maestro y le llama la atención.

¿Y cómo reacciona Jesús? Le llama la atención a Pedro por su actitud, con palabras muy severas.
‘¡Retírate de mí Satanás!’: le dice Satanás porque sus pensamientos no son los de Dios, sino los de los
hombres.

Jesús se da cuenta que en Pedro, como en los otros discípulos --y en cada uno de nosotros-- a la
gracia del Padre se opone la tentación del maligno, que quiere distraerlo de la voluntad de Dios.

Anunciando que tendrá que sufrir y ser condenado a muerte para después resucitar, Jesús quiere
hacerles entender a quienes los siguen que Él es un Mesías humilde y servidor. Es el Siervo obediente a
la voluntad del Padre, hasta el sacrificio completo de la propia vida.

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Por esto dirigiéndose a toda la multitud que allí estaba, declara que quien quiera ser su discípulo
tiene que aceptar ser siervo, como Él se ha hecho siervo, y advierte: ‘Si alguien quiere venir detrás de
mí, niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame’.

Ponerse en el camino de Jesús significa tomar la propia cruz --todos la tenemos-- para acompañarlo
en su camino, un camino incómodo que no es el del éxito o de la gloria terrenal, sino el que lleva a la
verdadera libertad, la libertad del egoísmo, del pecado.

Se trata de accionar un neto rechazo de la mentalidad mundana que pone el propio yo y los propios
intereses en el centro de la existencia. No, esto no es lo que Jesús quiere de nosotros. En cambio nos
invita a perder la propia vida por Cristo y el evangelio, para recibirla renovada y auténtica.

Podemos estar seguros, gracias a Jesús, que este camino lleva a la resurrección, a la vida plena y
definitiva con Dios. Decidir seguir a nuestro Maestro y Señor que se ha hecho siervo de todos, exige una
unión fuerte con Él, escuchar con atención y asiduidad su Palabra, --hay que acordarse de leer todos los
días un pasaje del evangelio-- y en los sacramentos.

Podemos preguntarnos: ¿he tenido el deseo de seguir a Jesús más de cerca? ¿Quién es Jesús para
ti, realmente le das el lugar que Él se merece en tu vida…?

La Virgen María que ha seguido a Jesús hasta el Calvario, nos ayude a purificar siempre nuestra fe
de las falsas imágenes de Dios, para adherirnos plenamente a Cristo y a su evangelio.

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XXV Domingo Ordinario
(Ciclo B)

22 de septiembre 2024
Marcos 9: 30-37

Unos de los protagonistas a primera vista en el evangelio de hoy son los niños. “dejen que los
niños se acerquen a mí: no se lo impidan, pues de los que son como ellos es el reino de Dios” (Mc 10,
14). Los niños tienen una capacidad especial para descubrir y sentir fascinación por la belleza de Dios
manifestada en Jesucristo, por su verdad perfecta. Los niños tienen una capacidad singular de absorber
el “amor más grande”, que es el que nos regala Dios mismo. Los niños son los mejores para entrar en
esta escuela del amor a la que se abren con alegría, y que ellos saben traducir hacia los que tienen a su
lado en generosidad, servicio, entrega y ayuda. Los niños fácilmente son y les gusta ser como los santos
que tan profundamente siguieron los pasos de Jesús. Los niños nos llaman constantemente a la condición
necesaria para entrar en el Reino de Dios: la de no considerarse autosuficientes, sino necesitados de
ayuda, de amor, de perdón.

Hay muchos dones, muchas riquezas que los niños llevan a cada hombre y mujer de buena
voluntad. Ellos nos enseñan su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene
una espontánea confianza en el papá y en la mamá, y tiene una confianza espontánea en Dios, en
Jesús, en la Virgen. Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, aún sin contaminar por la maldad, la
duplicidad, lo que ensucia la vida que endurece el corazón. Sabemos que también los niños tienen el
pecado original, que tienen sus egoísmos, pero conservan una pureza, una sencillez interior. (Catequesis
del Papa Francisco durante la audiencia general del 18 de marzo de 2015).

El niño por edad es débil; quizá por eso Jesús nos dice cuál debe ser la actitud de respeto y acogida
con la que hay que tratar a los niños. ¿Dónde lo descubrimos? Dios se hizo Niño. Se hizo dependiente
y débil, necesitado de nuestro amor. En cada niño que viene a este mundo de alguna manera está
presente el Niño de Belén. Y cada niño reclama nuestro amor. Pensemos en los niños a los que se les
niega el amor: a quienes no se les recibe en este mundo, a los que están en la calle y no tienen un hogar,
a los que son utilizados como soldados y convertidos en instrumentos de violencia, a quienes no se les
da la oportunidad de recibir esa sabiduría del corazón para aportar a este mundo reconciliación y paz, a
los heridos en lo más profundo de su ser por todas las formas abominables de abuso que puedan recibir.

Por eso, Jesús en Belén, Niño como todos nosotros lo hemos sido y como muchos lo siguen siendo
hoy, se convierte en una llamada urgente que Él nos dirige para que termine toda clase de tribulación en
la infancia, y también para hacer un nuevo reconocimiento de la dignidad que tiene el niño desde que
inicia la vida en el vientre de su madre. ¿Damos valor a la infancia, como lo hizo Jesús? Ellos no tienen
prejuicios. Son capaces de relacionarse con todos. De entablar juntos una conversación con otros de
cualquier latitud de la tierra. Poner a los niños en relación no es cuestión secundaria, sino fundamental,
en este mundo globalizado, para hacer global lo más importante: vivir en el amor de Dios hacia todos los
hombres. Ellos pueden hacer un mundo diferente. Por eso, contar con ellos no es secundario.

Los niños no son diplomáticos, dicen lo que sienten, dicen lo que ven, directamente. Y muchas veces
ponen a sus padres en dificultad. ‘Esto no me gusta porque es feo’, también delante de las personas.
Pero los niños dicen lo que piensan. No son personas dobles, aún no han aprendido esa ciencia de la
duplicidad, que nosotros adultos hemos aprendido. Los niños, además en su sencillez interior, llevan
consigo la capacidad de recibir y dar ternura. Ternura es tener un corazón “de carne” y no “de piedra”
como dice la Biblia. La ternura es también poesía: es “sentir” las cosas y los acontecimientos, no tratarlos
como meros objetos, solo para usarlos, porque sirven.

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Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. Reír y llorar, dos cosas que en nosotros los
grandes a menudo “se bloquean”, ya no somos capaces de ello. Y muchas veces nuestra sonrisa se
convierte en una sonrisa de cartón, algo sin vida, una sonrisa que no es vivaz, también una sonrisa
artificial. Los niños sonríen espontáneamente, y lloran espontáneamente. Depende siempre del corazón.
Nuestro corazón se bloquea y pierde a menudo esta capacidad de sonreír y llorar. Y entonces los niños
pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y a llorar. Debemos preguntarnos a nosotros mismos, ¿sonrío
espontáneamente, con frescura, con amor o mi sonrisa es artificial? ¿Aún lloro, o he perdido la capacidad
de llorar? Son dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños.

Por todos estos motivos Jesús invita a sus discípulos a hacerse como niños porque “a quien es
como ellos pertenece el Reino de Dios”. Hermanos y hermanas, los niños llevan vida, alegría, esperanza,
también disgustos, pero la vida es así. Ciertamente llevan también preocupaciones y a veces problemas;
pero es mejor una sociedad con estas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris
porque se ha quedado sin niños. Y cuando vemos que el nivel de nacimiento de una sociedad apenas
llega al 1 por ciento, podemos decir que esta sociedad es triste, es gris porque se ha quedado sin niños.

Fuera de este marco no se puede entender el misterio del Reino de Jesús: Pidamos al Señor, por
intercesión de Santa María Reina, que nos acerquemos más a su misterio y de hacerlo en la forma que
Él quiere que lo hagamos: el camino de la humildad, el camino de la mansedumbre, el camino de la
pobreza, el camino de sentirnos pecadores. Así Él viene a salvarnos, a liberarnos. Que el Señor, por su
maternal intercesión, nos dé esta gracia.

23
XXVI Domingo Ordinario
(Ciclo B)

29 de septiembre 2024
Marcos 9: 38-46, 45, 47-48

Hemos escuchado en el Evangelio que Juan dijo a Jesús: “Maestro, vimos a uno que hacía uso de
tu Nombre para expulsar a los espíritus malos, pero se lo prohibimos porque no es de nuestro grupo.
Jesús le contestó: No se lo prohíban, ya que nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar
mal de mí” (Mc 9,38-39). Es decir, no debemos llenarnos de envidia, cuando otros hacen el bien, aunque
sean de otra religión, de otro partido u organización. Lo importante es amar y servir, como dice Jesús:
“Cualquiera que les dé de beber un vaso de agua porque son de Cristo y llevan su Nombre, les aseguro
que no quedará sin recompensa” (Mc 9,41).

Cuidemos en nuestra vida la intolerancia, los celos y la intransigencia, pues no son evangélicos.
Nadie tiene el monopolio del Espíritu, pues Él sopla donde quiere y cuando quiere. No es propio del
Cristianismo el ser intolerante, tajante y radical. Basta ver a Jesús manso y humilde de corazón que tuvo
paciencia con los apóstoles, que predicaba el Reino con respeto, exigía desde los valores de la justicia,
verdad y solidaridad, y valoraba las cosas positivas de los maestros de la ley y fariseos. Así también
Moisés, en la primera lectura, no se puso celoso porque Eldad y Medad profetizaran. “Ojalá que todo el
pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos el espíritu del Señor”.

El Papa francisco enseña que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta
al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que
poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe
nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos.

La exclusión sectaria, la mirada narcisista, la pretensión monopolizadora, son actitudes extrañas al


espíritu de Jesús. El cristianismo ha de saber acoger, apoyar y estimular a todos los hombres que defiendan
una causa noble, aunque no estén inscritos en su comunidad ni pertenezcan a nuestra confesión.

La intolerancia, en cualquier circunstancia, personal, familiar, laboral, parroquial… es una actitud


equivocada. Y Jesús, como a los apóstoles nos corrige. En este caso los discípulos eran un poco
intolerantes, pero Jesús amplía el horizonte y podemos pensar que dice: Si este puede hacer el bien,
todos pueden hacer el bien. Incluso aquellos que no son de los nuestros.

Pero, ¿cuál es la raíz de esta posibilidad que pertenece a todos los hombres? Es la creación: El
Señor nos creó a su imagen, y si Él hace el bien, todos nosotros tenemos en el corazón este mandamiento:
Haz el bien y no hagas el mal. Todos. Y ante quien dice: Pero, padre, este no es católico, no puede hacer
el bien; respondamos: Sí puede hacerlo, debe hacerlo; no puede, sino que debe, porque lleva este
mandato dentro, en su corazón.

Pensar que no todos pueden hacer el bien es una cerrazón, un muro que nos conduce a la guerra
y a lo que algunos pensaron en la historia: matar en nombre de Dios. Nosotros no podemos matar en
nombre de Dios, no podemos despersonalizar, armar la guerra intrafamiliar... En efecto, el Señor redimió
a todos con la sangre de Cristo, todos, no sólo a los católicos. Todos. ¿Y los ateos? También ellos, todos.
Es esta sangre que nos hace hijos de Dios.

He aquí por qué todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien. Si cada uno hace su parte
de bien, y lo hace hacia los demás, todos nos encontramos haciendo el bien y habrá paz y armonía,
crecimiento... Y así, construimos la cultura del encuentro; tenemos gran necesidad de ello. Haz el bien, y

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en este camino de la Bondad y el Bien, el Señor hablará a cada uno al corazón. Hacer el bien es un deber,
es un carnet de identidad que nuestro Padre dio a todos, porque nos hizo a su imagen y semejanza. Y
Él hace el bien siempre.

Podemos preguntarnos si realmente somos tolerantes o intolerantes. Tolerantes en qué…


Intolerantes en qué y cuándo. La intolerancia de los intolerantes es tan grave, que Jesús les cuelga al
cuello una rueda de molino ¡y al mar! La intolerancia divide a los hombres, les amarga la existencia y
eso es un pecado contra el amor y su unidad. La intolerancia fastidia a los hombres, y los hombres por
eso se enemistan con Dios. La intolerancia es intolerable. Sólo podemos ser intolerantes con el pecado,
con el mal y la maldad, y con el que invita a ofender a Dios y a mis hermanos, pero al mismo tiempo,
misericordiosos con el pecador, con el que se equivoca... Pero nunca creer que tengo el monopolio de
la verdad, del bien, y de la salvación.

Señor, por intercesión de santa María Reina, te pido, que me liberes de mi mal carácter, agresividad
e intolerancia. De la inestabilidad de mi carácter, el mal trato hacia los que se me acercan o se relacionan
conmigo, así como con mis familiares, parroquianos, amigos y vecinos… Me arrepiento de haber
incurrido en esta actitud y conducta, pero necesito de tu celestial y poderoso auxilio para liberarme
definitivamente de la intolerancia.

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El evangelio tiene dos partes (Mc 9,38-42 y 43-48). La primera habla de lo que es admisible,
tolerable; la segunda de lo que es intolerable. Tolerable es que alguien que no pertenece a la comunidad
de Cristo haga algo saludable en nombre de Jesús. El que apela a este nombre no es fácil que haga algo
contra él. La comunidad tiene que saber esto: el pensar y el obrar cristianos se dan no solamente en ella.

Dios es lo suficientemente poderoso como para suscitar una cierta actitud cristiana también fuera
de la Iglesia, y para recompensar al bienhechor por ello. Intolerable es, por el contrario, que alguien,
desde dentro o desde fuera de la Iglesia, se convierta en seductor de personas espiritual o moralmente
inseguras. Su «superioridad» espiritual, con la que trata de seducir al creyente sencillo, es satánica y
merece la aniquilación inmisericorde. Pero el hombre puede también seducirse a sí mismo con los malos
deseos que salen de su corazón; en este caso hay que ser tan inmisericorde consigo mismo como con el
seductor mencionado anteriormente. Hay que destruir lo que seduce; dicho simbólicamente: el miembro
que hace caer hay que cortarlo. Un hombre espiritualmente dividido no puede llegar a Dios, lo antidivino
en él pertenece al infierno.

La primera lectura nos da otro ejemplo de intolerancia: dos de los setenta ancianos designados
por Dios, sobre los que debía descender el Espíritu, no habían salido del campamento con Moisés,
sino que habían permanecido en él. Entonces el Espíritu se posó también sobre ellos y se pusieron a
profetizar. Josué quiere impedírselo, pero Moisés deja hacer al Espíritu; lo mejor para él sería que todo
el pueblo recibiera el Espíritu. Al Espíritu, que «sopla donde quiere», no se le pueden imponer barreras
desde fuera. Su orden no siempre coincide con el orden eclesial, aunque sea el mismo Espíritu el que
prescribe el orden eclesial y la Iglesia tenga que atenerse a él. Pero la Iglesia tampoco puede hacerse de
las libertades del Espíritu una regla para sus propias licencias y tolerancias. Los pensamientos de Dios
están muy por encima de los humanos, que deben atenerse a los mandamientos de Dios.

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La segunda lectura desenmascara algo que es cristianamente intolerable: la riqueza que engorda
con el jornal defraudado a los obreros y que no renuncia a su avidez aunque el día del juicio esté cerca,
la riqueza «corrompida», el oro y la plata «herrumbrados». El justo, a costa del cual se enriquecen los
poderosos, es el «pobre de Yahvé», o Jesús y el que sigue a Jesús, el que no ofrece resistencia, el que,
como cordero llevado al matadero, no abre la boca.

El escándalo de las malas compañías es lo intolerable. Se dice de San Felipe Neri que impuso como
penitencia a un escandaloso que esparciera por el aire un cesto lleno de plumas de ave y le mando luego
que fuera a recogerla. ¡Cosa imposible! Así y más imposible es remediar los efectos del escándalo. De
donde resulta, en consecuencia, que los escandalosos son responsables ante Dios y ante los hombres de
todos los pecados que por su causa se cometen y, sobre todo, de los que cometen y cometerán aquellos
a quienes escandalizaron y de todas las almas que por esta razón se pierden.

Refiere Colet de un estudiante que poseía en alto grado cuantas virtudes pueden desearse en
un joven; mas, por desgracia, dio con su malvado compañero que le pervirtió. Afligidos los amigos
que tenía, y en especial sus padres, le rogaron encarecidamente que volviese al buen camino; pero
todo fue inútil. Dios le habló también por los remordimientos y por la voz de la conciencia, pero a todo
hacía oídos sordos. Una noche, el infortunado se despertó dando horribles gritos; corren hacia él, le
encuentran moribundo, procuran calmarle y llaman a un sacerdote, que le exhorta a convertirse a Dios...
El joven hecha sobre él una espantosa mirada y pronuncia estas tristes palabras: ¡Ay de aquel que me ha
pervertido! Y dichas estas palabras, expira.

Los cristianos, “que viven ordinariamente, comúnmente en la incoherencia, dan escándalo y hacen
mucho mal”.

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XXVII Domingo Ordinario
(Ciclo B)

6 de octubre 2024
Marcos 10: 2-16

El evangelio de hoy nos muestra una disputa, la del divorcio, tal como se configuraba en el ju-
daísmo del tiempo de Jesús: los fariseos ponen a prueba a Jesús preguntándole qué pensaba sobre el
divorcio y si era lícito repudiar a una mujer. Jesús hace una interpretación profética del amor matrimonial
partiendo de la creación, que todos hemos estropeado con nuestros intereses, división de clases y de
sexo. Y es que el garante de la felicidad y del amor es el mismo Creador, quiere decirnos Jesús.

El matrimonio es compartir el poder de Dios de comunicar vida a otros; por lo tanto, tiene una
naturaleza religiosa. De ahí que Cristo en el evangelio defienda esta característica del matrimonio, prohi-
biendo el divorcio que nunca entró en los planes de Dios. Ante la pregunta sobre el divorcio, Jesús apela
a la voluntad original de Dios respecto al matrimonio: lo que Dios ha unido, lo que desde el principio ha
sido el plan de Dios, no puede depender de las evoluciones sociales o de los intereses o de la veleidad
de unas personas. Según el Deuteronomio, el marido, en determinadas circunstancias, podía repudiar a
su mujer. La mujer no parece tener ese “privilegio” (mientras que Jesús sí contempla, aunque para con-
denarla igualmente, la misma posibilidad por parte de ella). La voluntad de Dios había sido la igualdad y
dignidad de la mujer y la estabilidad de la familia.

Nuestra opinión y nuestra práctica respecto a la fidelidad matrimonial y al divorcio, no depende de


unas estadísticas, o de unas costumbres más o menos aplaudidas por los medios de comunicación, ni de
unas leyes civiles que pueden despenalizar o facilitar situaciones que la ley de Dios no aprueba (divorcio,
aborto). La indisolubilidad matrimonial no la ha decidido la Iglesia (como, por ejemplo, el celibato de los
sacerdotes en la Iglesia latina), sino Dios.

Eso sí, con todo el respeto a la conciencia y a las circunstancias de cada pareja, que pueden ser en
verdad difíciles. Muchos matrimonios andan a la deriva o se han roto, en parte debido a la poca madu-
rez y preparación que algunas parejas llevan al matrimonio, y que provoca que la Iglesia, en ocasiones,
declare la “nulidad de ese matrimonio” por sus defectos de raíz (que no es lo mismo que conceder el
divorcio). La dificultad en aceptar esta doctrina puede deberse también a la sensibilidad que nos trans-
mite nuestra sociedad de consumo: “usar y tirar”, cambio de sensaciones, búsqueda de nuevas satisfac-
ciones. Esto hace que se deteriore notablemente la capacidad del amor total, de la entrega gratuita y
estable, del compromiso de por vida, y esto tanto en la vida matrimonial como en la de los religiosos y
sacerdotes.

Nuestra postura ante este tema debe ser la de Cristo. Esta es una de las ocasiones en que notamos
que ser cristiano es exigente y que nos pide renuncias, porque nos propone valores superiores al mero
hecho de satisfacer nuestros gustos. El amor matrimonial es presentado en la Biblia como un signo sac-
ramental muy expresivo del amor de Dios a la humanidad y de Cristo a su Iglesia.

Tiene que quedar claro hoy lo siguiente: el matrimonio, todo matrimonio, es el derecho natural del
hombre y de la mujer a casarse; derecho natural que, por ser Dios el fundador, es de derecho divino y
tiene naturaleza religiosa. Derecho divino en que, por ser de Dios, Dios manda, dispone y gobierna. O
lo que es maravilloso: el matrimonio es uno, fiel, irrompible, irrepetible, inseparable, vitalicio…como el
amor, como la vida, como Dios. Ni siquiera los casados por lo civil tampoco deberían divorciarse. Si se
casaron porque su conciencia les dio el visto bueno, sin impedimento dirimente alguno que obstaculi-
zara la validez del matrimonio, si su voluntad fue casarse de una vez por todas y para siempre…no hay
divorcio que valga.

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Señor, Padre santo,
Dios omnipotente y eterno,
te damos gracias y bendecimos
tu santo Nombre: tú has creado
al hombre y a la mujer
para que el uno, sea para el otro, ayuda y apoyo.
Acuérdate hoy de nosotros. Protégenos y concédenos
que nuestro amor sea entrega
y don, a imagen de Cristo y de la Iglesia.
Ilumínanos y fortalécenos en la tarea
de la formación de nuestros hijos,
para que sean auténticos cristianos
y constructores esforzados de la
ciudad terrena. Haz que vivamos
juntos toda nuestra vida, en alegría y paz,
para que nuestros corazones
puedan elevar siempre hacia ti,
por medio de tu Hijo en el Espíritu Santo,
la alabanza y la acción de gracias. Amén

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