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La protagonista de esta historia está desbordada: pese a renunciar a su trabajo en una

galería de arte, su tiempo parece escurrirse entre cuidar de su hijo de dos años y
ocuparse de la casa. Su marido, claro, está demasiado liado viajando por trabajo. El
agotamiento es tal que muchos días cree perder la cabeza. Como ahora, que siente
estar transformándose. ¿En qué? No quiere pensarlo, pero una mata de pelo rasposo
le crece en la nuca, y en su boca los colmillos parecen estar afilándose. Y luego está
el hambre descontrolada, canina, que la domina cada noche…

Página 2
Rachel Yoder

Canina
ePub r1.0
Titivillus 22-07-2023

Página 3
Título original: Nightbitch
Rachel Yoder, 2022
Traducción: Laura Ibáñez García

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
Para mi madre
y para todas las madres.

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1

Cuando se refirió a sí misma como Perra de noche, lo dijo como una bromita
simpática y faltona —porque ella era así, una mujer que se tomaba las cosas con
filosofía y sabía reírse de sí misma, en absoluto estirada; tensa ella, de qué, no había
desquiciamiento posible que le hiciera encajar mal una situación jocosa que de
ninguna de las maneras pretendía ser insultante—, pero en los días posteriores a su
nuevo bautismo, descubrió la mata de pelo rasposo que le asomaba por la nuca y flipó
en colores.
Creo que me estoy volviendo medio perra, le dijo a su marido cuando este llegó a
casa después de pasar una semana fuera por trabajo. Él se rio y ella no.
Había tenido la esperanza de que no se fuera a reír. Esa semana, cuando tumbada
en la cama se preguntaba si se estaba volviendo medio perra, había deseado que, al
decirle esas palabras a su marido, él, desconcertado, le pidiera que se explicara. Que
se tomara sus preocupaciones en serio. Pero fue abrir la boca y ver que era imposible.
Oye, que te lo digo en serio, insistió ella. Me han salido unos pelos rarísimos aquí
atrás.
Se apartó el pelo normal para enseñarle la mata negra. Él le restregó los dedos
contra la nuca y le contestó: Huy, sí, estás hecha una perrángana.
Y no le faltaba razón, estaba más hirsuta que de costumbre. La melena
desmadejada, en movimiento alrededor de la cabeza y los hombros, parecía un
hervidero de avispas. Las cejas le orugueaban por la frente, crecidas y sin domeñar.
Incluso había descubierto que le salían dos pelos negros y ondulados de la barbilla y
que, según cómo le daba la luz (bueno, le diera como le diera, a decir verdad) se le
adivinaba el sombrajo del bigote creciéndole pese a haberse hecho la láser. ¿Había
tenido siempre esa pelambrera en los brazos? ¿Y ahí, bajándole por el borde de la
mandíbula, desde el nacimiento del pelo? ¿Era normal tener esos pegotes de pelo en
los empeines?
Pero es que mírame los dientes, dijo, enseñándoselos y señalándose los colmillos.
Estaba segura de que le habían crecido, y de que se le habían afilado convirtiéndose
en fieros estiletes capaces de rajar un dedo con solo tocarlo. Ella misma casi acaba
rebanándose el suyo durante su exploración nocturna de rigor en el baño. Cada noche,
con su marido ausente y su hijo ya en pijama, entretenido con sus trenes, ella se
plantaba ante el espejo y se apartaba los labios de los dientes, giraba la cabeza de lado
a lado, la echaba hacia atrás para mirárselos desde ese ángulo ascendente, buscaba en
Internet con el móvil imágenes de colmillos que pudiera comparar con los suyos, se
daba toquecitos en los dientes con las uñas, se decía que estaba siendo una exagerada
y luego buscaba «humanos con dientes de perro» en el móvil, buscaba «tienen los
humanos y los perros un antepasado común», buscaba «híbrido humano y animal» y

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«genes recesivos animales en humanos» y «buscar herencia genética humana y
animal», buscaba «licántropos», buscaba «licántropos históricos auténticos», buscaba
(un poco al tuntún) «brujas», buscaba (esto ya más relacionado con el tema) «histeria
en el siglo XIX» y luego, porque le daba por ahí, buscaba «curas de descanso» y «El
papel pintado amarillo», y volvía a leer El papel pintado amarillo, obra que leyó por
primera vez en la universidad, y después se quedaba sentada en el váter un buen rato
con la mirada perdida y ya no buscaba nada más.
Tócamelo, le insistió, señalándose el colmillo. Su marido alargó el brazo y le dio
un toquecito a la punta del colmillo con el dedo índice.
¡Ay!, dijo apartando la mano y apretándosela contra el pecho. Estoy de coña, dijo
enseñando un dedo intacto y meneándoselo delante de la cara.
Yo te veo el diente igual que siempre. Todo el rato andas pensando que te pasa
algo, dijo tan feliz.
Su marido era ingeniero. Se especializaba en control de calidad. En qué consistía
exactamente eso, la madre no lo sabía. ¿En ir de un lado a otro y echarles un ojo a
unas máquinas para asegurarse de que funcionaban con la máxima eficacia? ¿En
ajustar sistemas para que zumbaran a frecuencias más altas? ¿En leer informes de
rendimiento y sugerir mejoras? Pues vale, pues muy bien.
Lo que sí sabía era que a él los sentimientos se la traían al pairo, que tenía una
paciencia condescendiente con la intuición y que se burlaba descaradamente de
cualquier cosa que se dijera que no contara con el aval de estadísticas o estudios
científicos revisados por pares. Aun así era un buen hombre; un hombre atento y
agradable al que apreciaba mucho, pese a todo. Al fin y al cabo, ella pecaba de
indecisa, y daba marcha atrás en cosas que antes había sentido de una manera y luego
ya no. Era propensa a la ansiedad, a la preocupación, a tener la sensación en el pecho
de que el corazón iba a estallarle. Iba a tope. Lanzada. Necesitaba estar ocupada
porque de lo contrario solo quería acostarse y dormir. Su marido, por otra parte, no
necesitaba nada en absoluto.
No era de extrañar, pues, que se plegaran a su buen juicio, a su juiciosa opinión, a
su ecuanimidad de ingeniero. Pues claro que no le pasaba nada raro. Se lo dijo para
sus adentros mientras estaban tumbados en la cama, con el nene entre los dos,
hincándole los dedos de los pies en la pantorrilla mientras dormía.
Me parece que me voy a ir a dormir al cuarto de invitados, le susurró a su marido.
¿Por?, le preguntó él en otro susurro.
Porque me pongo muy rabiosa. De noche, le dijo ella. Él no respondió. Me
vendría muy bien dormir unas cuantas horas seguidas, añadió.
Vale, dijo él.
Salió de la cama sin hacer ruido, bajó a tientas por las escaleras y se arrebujó con
las sábanas limpias de la cama de invitados. Se frotó la mata de pelo rasposo del
cogote para calmarse y después se pasó la lengua por los bordes afilados de los
dientes. De este modo se sumió en un sueño profundo y no perturbado.

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Un día, la madre era una madre, pero una noche, de repente fue otra cosa.
Sí, era junio y sí, su marido había estado fuera toda la semana. De hecho, había
sido su vigesimosegunda ausencia semanal de aquel año, un año del que solo habían
transcurrido veinticuatro semanas (tampoco es que llevara la cuenta).
Sí, esa semana el niño había tenido otitis y solo había dormido a rachas. Sí, lo del
sueño lo llevaba fatal. O directamente ni lo llevaba.
Sí, tenía un SPM fortísimo por primera vez en su vida, a los treinta y siete años.
Y fue entonces, un viernes cualquiera, en lo más profundo de la noche, cuando el
niño se despertó allí, en la cama, entre su madre y su padre; pues ni dormía solo ni
tenía la más mínima intención de hacerlo. Era la tercera o la cuarta vez que se agitaba
esa noche. La madre ya había perdido la cuenta.
Al principio no hizo nada y esperó a que su marido se despertara; cosa que no
hizo, porque no era algo que jamás hiciera. Esperó más que de costumbre; esperó y
esperó, y el niño gimió y gimió mientras ella yacía quieta como un cadáver,
aguardando paciente la llegada del día en que su cuerpo insepulto reviviera
milagrosamente y se elevara al Reino de los Elegidos, donde crearía una impactante
instalación artística formada por muchas camas de estética interesante. El cuerpo
disfrutaría de un servicio de guardería infinito y podría pingonear, ir a inauguraciones
y beber vino cadavérico con los demás muertos cuando quisiera, porque estaba en el
cielo. Y punto.
Permaneció tumbada todo el rato que pudo sin hacer ruido ni moverse. Los gritos
de su hijo avivaron una llamarada de rabia que le centelleaba en el pecho.
Esa única luz candente en el centro de su propia oscuridad marcó el nacimiento
de algo nuevo en ella, como les ocurre a todas las mujeres.
De niña, enciendes un fuego. Lo alimentas y vigilas. Lo proteges a toda costa. No
permites que se propague ni prenda demasiado, porque eso no es propio de una chica.
No se lo cuentas a nadie. Dejas que arda. Miras a los ojos a otras chicas y ves
chisporrotear sus fuegos; les dedicas un gesto cómplice, nunca hablas en voz alta de
un ardor casi insoportable, de un incendio que cobra más y más fuerza.
Vigilas el fuego porque si no lo haces estás atrapada, muerta de frío, sola, y no te
queda otra que abrigarte, ser práctica,1 aceptar que esto es lo que hay, acostumbrarte
y ser comprensiva y sensata y estar de acuerdo y verlo desde otro punto de vista y
verlo desde su punto de vista y verlo desde todos los puntos de vista posibles menos
el tuyo propio.
Y nada más escuchar el grito del niño, ese tono y ese aguijoneo tan concretos, vio
la llama detrás de sus ojos cerrados. Por un instante titiló en el aire invisible y luego,
de repente, se alargó y se estrechó antes de quedarse inmóvil y precipitarse con un
zumbido dentro de su pecho para acabar metiéndosele en el vientre e incendiándola
entera.

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Duuuuuur mEEEE teeeee, gorgoteó ella, ebria de sueño, despierta a medias.
Intentaba decir algo («duérmete», quizás), pero las palabras retumbaron como un
ondulante barrido de gruñidos y gañidos; unos sonidos que solo había oído mucho
tiempo atrás, de niña, saliendo del husky de su abuela cuando suplicaba en la puerta
que le dieran las sobras de la cena. Nunca le había gustado ese perro; primero, por el
azul glacial de sus ojos (los de un muerto viviente), y luego por sus gañidos, que eran
casi humanos. Y ahora a ella se le acababa de escapar uno así de su propia boca.
Aquel sonido tan extraño, junto con el recuerdo del husky, la desveló más de lo
que habría querido.
¡Para ya!, le dijo con brusquedad al crío. Su marido era una masa inerte contigua
al niño, que no paraba de revolverse ni de patalear y cuyos gimoteos eran ya casi
gritos.
Para. Para. ¡Que pares ya!, le ladró, volviéndose para mirarlo.
¡El puto chupete!, le gruñó de mala manera a su marido antes de darles la espalda
a los dos y taparse el oído con el dedo.
El niño lloraba y lloraba, y el marido pasaba y pasaba de todo. El fuego rugía
inmenso, cada vez más grande y abrasador, amenazándola con devorarla entera, y fue
entonces cuando se levantó dando un estruendoso alarido: apartó las sábanas de un
manotazo, alargó el brazo buscando el interruptor, con las prisas tiró la lamparilla al
suelo y la oyó hacerse añicos, gruñó de rabia, rodeó dando tumbos la cama, encontró
la otra lamparilla de noche y dio la luz. Su marido estaba sentado en la cama,
abrazando al asustado niño, que ya tenía el chupete en su sitio.
Llevaba la melena larga y despeinada y, suspendidos en ella, colgaban pedacitos
de hojas, un cacho de galletita salada o de pan y una pelusa blanca por identificar.
Resoplaba por la boca. Unos manchurrones de sangre trazaban su recorrido alrededor
de la cama y las minúsculas esquirlas de la base de la lámpara estaban ahora
incrustadas en la delicada piel de sus pies, aunque la madre no lo notaba, o quizá le
daba igual. Guiñó los ojos y aguzó el olfato. Regresó furtivamente a su lado de la
cama, se envolvió con las sábanas y, sin ayudar, sin echar una mano, sin importarle
nada lo más mínimo, se sumió sin tardanza en un pesadísimo y profundo sueño.
Por la mañana, hecha unos zorros, bebía café de pie en la mugrienta cocina, con
una carga de sábanas ensangrentadas girando en la lavadora y los pies lavados y
vendados. El niño jugaba con sus trenes en la sala de estar, lanzando gorgoritos,
balbuceando y riéndose. Su marido, la alegría de la huerta, untaba mantequilla en una
tostada ennegrecida.
Anoche fuiste un poco… Se quedó en silencio, pensativo, antes de seguir: perra.
Se rio por lo bajo para recalcar que no lo decía con malicia, sino como mera
observación.
Perra de noche, dijo de corrido. Eso es lo que soy, Perra de noche.
Los dos se rieron entonces porque ¿qué otra cosa iban a hacer? Su rabia, su
resentimiento, su frialdad en lo más oscuro de la noche la sorprendieron incluso a

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ella. Quería pensar que la noche anterior se había convertido en otra persona
completamente distinta, pero sabía la horrible verdad: que Perra de noche siempre
había estado ahí, y no demasiado lejos de la superficie.
Nadie podía haber previsto su llegada; durante años, antes de llegar a tal extremo,
había sido la viva imagen de una madre: abnegada y doméstica, nada rezongona, nada
refunfuñona; descansada pese a no pegar ojo en noches de descanso nulo,
amamantando al bebé y acunando al bebé y haciéndole chis al bebé para que se
callara mientras su cielo de maridito roncaba y dormía o (la mayoría de las veces)
estaba ausente.
Porque trabajaba. Ganaba dinero. Se iba a sus viajes de trabajo, «¡Adiós!» y «¡Te
quiero!», y te lanzo besos con un gesto rápido de la mano y los ojos brillantes. Con el
bebé en brazos, lo veía dar marcha atrás al coche en la entrada. Ella se había titulado
en una universidad muy renombrada; mucho mejor que a la que había ido él. Ella se
había sacado dos másteres; mientras que él, ninguno (ni tampoco se había sacado un
bebé del cuerpo). Aquello no era un concurso, ¿no? No, pues claro que no. Nunca
pensaría en su marido en términos tan competitivos, pero sí se culpaba por haber
elegido una especialización tan poco práctica como Artes Visuales. ¡Menuda tontuela
estaba hecha esta madre! Al final no era más que una mujer a la que le gustaba el
arte, y esa no era manera de labrarse una carrera profesional ni de ganar dinero, por
mucho que disfrutaras con el arte, por mucho talento que tuvieras creándolo.
Arrinconó en los entresijos de su mente el hecho de que había tenido un trabajo,
antes del bebé, del que decía sin reparos que había sido el trabajo de sus sueños,
llevando la galería local, incorporando a artistas cuyas obras creía que ampliarían las
miras de su pequeña ciudad del medio oeste, programando clases de materias
artísticas, coordinándose con escuelas para gestionar proyectos de estudiantes,
sumergiéndose en el arte y en el mundillo del arte y haciendo algo en lo que creía y,
además, cobrando por tener un trabajo así, en el campo de las artes; uno de esos
puestos tan poco comunes y mágicos. La cantidad de trabajo asociada a su puesto no
era proporcional al sueldo, claro, pero había acabado sintiéndose agradecida, ¿sabes?
Podía darse con un canto en los dientes por tener la oportunidad de currar en el
mundo del arte, pese al volumen de trabajo. Sus compañeros de máster matarían por
tener un puesto así, y ella apechugaba feliz.
Y entonces, el bebé. Se planteó que el asunto podía complicarse un poco, pero no
tanto como para que se le fuera de las manos. Al fin y al cabo, a esas alturas de la
película las mujeres ya no tenían que renunciar a su vida por los bebés. Podían
trabajar en la oficina y en casa. ¡Podían estar trabajando y trabajando y trabajando sin
descanso, si querían! Estaban en su derecho. Pero no había pensado bien en las
inauguraciones nocturnas, las clases de dibujo los fines de semana, las reuniones
matutinas antes de clase con los profesores ni en los saraos de después de trabajar.
Con un marido fuera de la ciudad y un hijo dentro del hogar, ese tipo de horario ya no
funcionaba. ¿Quién iría a buscar al nene a la guarde o lo acostaría? No podía

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llevárselo a un acto de postín por muy progres que fueran los asistentes. No podía
hacerse cargo de un cuerpo docente voluntario de veinticinco personas ni hablar de
planificación estratégica ante la junta directiva mientras amamantaba a su hijo.
Lo intentó. Durante un tiempo, vaya que si lo intentó. A fin de cuentas, había
conseguido el trabajo de sus sueños. ¡Una fantasía! Por eso, pese al bebé, el
minúsculo bebé de tres meses y la única guardería de la ciudad que tenía una plaza
disponible y su cuarto lleno de cunitas y las mujeres gritonas y cansadas que les
daban leche maternizada a los bebés con tetinas de plástico, ella trabajó. Era un
puesto que siempre había querido. Avanzaba profesionalmente. Maduraba. Tenía
éxito. Y tenía un bebé.
Y lo único que podía ofrecerle era su leche. Podía ofrecerle dos horas antes y
después de la guardería, e infinitas horas observándolo mientras dormía. (Pensaba:
Por favor, no me olvides. U olvídame si eso te hace más feliz. O quizá olvida
únicamente que te dejé solo ocho o nueve horas al día en tu más tierna infancia, con
mujeres que te depositaban en el suelo de linóleo y te dejaban allí llorando durante
horas. Antes lloraba «un montón», le dijo una de ellas al cabo de unos meses, y fue
como si, con esa afirmación trivial sobre un hecho ordinario, la trabajadora de la
guardería le hubiera clavado un puñal afiladísimo en el abdomen, con violencia, pues
la madre se sintió —mortalmente, eternamente— malherida y, a la vez, homicida:
¿Por qué la trabajadora no había cogido en brazos a su hijo, su bien más preciado?
¿Cómo podía haberse resistido a su llanto? Hablarle a la madre sin venir a cuento de
su hijo hecho un mar de lágrimas, solo, sobre el suelo de linóleo, era una crueldad
concreta por la que la madre se mortificaría durante semanas. ¿Acaso no tenía ella la
culpa, toda la culpa, para empezar, de haber tenido que dejar a su hijo en un sitio así?
Sí que la tenía. Sí que era su culpa).
Y la leche. ¡La leche! ¡La leche era importantísima! No hay modo de recalcarlo lo
suficiente. Era lo más importante en el mundo de la criatura, hacían creer los libros a
todas las madres, y esta madre era creyente.
La sala de lactancia bien podría haber pasado por la capilla más diminuta y fea de
todo el edificio institucional que la galería compartía con la universidad, el cuartito
más sagrado, con un lavamanos, una encimera y una silla, unos fluorescentes y nada
de ventilación. ¿Dónde estaba el cantoral de la madre con los himnos de alabanza y
adoración? Quería cantar sobre bebés y mamas y leche y piel con piel; sobre bebés
calentitos y blandos que huelen a levadura como hogazas de pan recién horneadas,
tan deliciosos, huélelos. Huele.
¿Dónde estaba su puto cantoral?
Allí no había cantoral ni había de nada; solo el sacaleches, un motor, tubos,
plástico, electricidad estática, ropa calada por el sudor, aire viciado, desinfectante
industrial, ansiedad desbordada y un trabajo de ensueño.
No había ningún bebé.
Y la madre no se sentía agradecida.

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Visitaba la sala de lactancia una, dos, tres veces al día. Los tubos y el plástico. La
succión motorizada. Sus camisas con cercos de sudor en las axilas y la electricidad
estática del aire cuando se sacaba el jersey por la cabeza. El vestido con la cremallera
en la espalda tan difícil de bajar. Las franjas de tiempo reservadas en el calendario del
ordenador, marcadas como asunto personal. Otra furibunda madre que llamaba a la
puerta porque llegaba tarde o pronto o se había equivocado de hora. Se había
equivocado de hora.
Y luego, cómo no, estaba el desinfectante, las duras servilletas de papel, la norma
de no dejar nada allí a secar, por favor respetad a las demás usuarias, el bote de
desinfectante industrial para limpiar cualquier fluido humano que pudiera quedar allí
olvidado.
¿En qué cabeza cabía que una madre tuviera que desinfectar una encimera para
limpiar una leche que tendría que haber sido para su bebé? Esa leche tendría que
haberse absorbido con un paño ceremonial que luego se colocara al pie de una colosal
y bellísima escultura tallada en honor a la Madre Eterna, Origen de la Vida y
Creadora de Todas las Cosas. Eso o que se le permitiera a un gatito blanco pequeño (a
poder ser, la cría más enclenque de la camada) vivir en esa sala, donde tendría
además un almohadón bien mullido, comida gatuna de calidad y agua bien fresca. Al
cachorro se le ofrecerían las díscolas gotas de leche, el pequeño derramamiento
puntual.
Un día dejó allí una bolsa llena de tubos y plásticos porque ¿quién iría a
robársela? Nadie, pero desapareció una pieza, la que se enganchaba al pezón. ¿Quién
querría cogerle justo esa pieza? ¿Otra madre? Le entraron ganas de echarse a llorar.
Nunca volvió a dejar allí la bolsa a resultas de ese castigo cósmico. Porque eso fue lo
que pensó que era. Lo que sintió que era.
(¿Dónde se compra otro chisme de esos para succionar? ¿Y cómo narices se llama
esa parte del mecanismo? Tendría que buscarlo en Internet, dedicar tiempo a
investigar. No tenía tiempo para investigar. No tenía tiempo para obtener el nombre
del chisme ni para obtener después otro chisme).
La sala no tenía ventilación, de manera que la puerta tenía que dejarse abierta
cuando no había nadie dentro, pero el tope estaba chafado y torcido. La puerta pesaba
mucho. ¿Quién tenía tiempo de apuntalar nada? Pero ¿y las otras madres? Aguántala
con la silla. Dale una buena patada al tope. Apáñatelas. Piensa en las otras madres.
Da las gracias por tener esta sala. Hay madres trabajadoras que ni esto tienen. Sé
agradecida.
Siempre yendo rápido. Rápido, tetas. Rápido, relájate para que te baje la leche. Si
la leche no sale es culpa de la madre. Bebes demasiado café. Comes poco. Tienes que
encontrar la manera de minimizar el estrés. Tómate una barrita energética. Cómete
esos frutos secos. Cómete una barra de chocolate entera mientras sujetas a la vez el
aparato contra los pechos. Tómate estas pastillitas de herbolario. Come mucha avena.
Encuentra la manera de armonizarlo todo. Bébete un litro entero de agua para ver si

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te baja la leche. Medita. Respira hondo. Todavía te quedan ocho reuniones por
delante.
Pero nunca había leche suficiente para el bebé. Se estaba poniendo enorme, y lo
único que quería era leche, y no había ni tiempo, ni leche ni manos suficientes. La
guardería cerraba a las seis, así que nada de reuniones fuera de horas, había que tener
en cuenta el tráfico, el trayecto al aparcamiento, el tiempo. Que no se te olvide la
leche. QUE NO SE TE OLVIDE LA LECHE.
Una tarde se le olvidó la leche. Se la dejó encima de la máquina donde metió el
tique del parking para pagarlo. Llorando, llevó en coche al niño dormido desde la
guardería hasta el aparcamiento y llamó a Seguridad.
Sí, nos han traído su leche, le dijo el hombre.
Sollozaba. Y el vigilante de seguridad le entregó su leche extraviada y
encontrada. Se la llevó hasta la misma ventanilla del coche, porque no podía ni salir.
Había un bebé durmiendo en el asiento de atrás. Lloró de vuelta a casa.
Imagínate a esa persona que se encuentra una cajita con dos botellas de leche
todavía caliente, llevándola de vuelta al pequeño y deprimente centro comercial
adyacente al aparcamiento, deambulando hasta encontrar la garita de seguridad,
diciéndole al vigilante me he encontrado esta leche. Debe de ser muy valiosa para su
propietaria. Espero que pueda recuperarla. Y al vigilante metiendo la cajita en la
minúscula nevera de su garito, negando con la cabeza por el milagro del hallazgo, la
bondad del acto, el extravío de la madre, la falta de atención de esta —¿cómo podía
ser tan despistada?— o por todo a la vez.
A la madre le gustaría darle las gracias a quien encontró la leche. Le gustaría
decirle: Eres una de las personas más amables que he conocido nunca, aunque no te
conozca.
De camino a una comida de trabajo —¿para qué tomarte un respiro para comer si
a la vez puedes estar trabajando?— empezó a tener sospechas. Y más tarde, mientras
respondía mails en el móvil con la mano derecha mientras estrujaba los dos
sacaleches que le succionaban las mamas con la izquierda, el pensamiento de la
madre empezó a converger con teorías conspiratorias de amplio espectro, pero de
esas que acaban siendo verdad.
Sus padres le habrían dicho que estaba pirada la habrían llamado pirada, y quizá
endemoniada, y seguro que habrían tenido algo más que añadir sobre el diablo si
hubieran tenido la más remota idea de lo que se le pasaba a ella por la cabeza, cosa
que no, porque nunca la llamaban y ella nunca los llamaba, así que últimamente
apenas sabían nada unos de otros. La madre estaba convencida de que también ellos
eran responsables de las muchas injusticias que la asolaban, así como de la paranoia
de estar volviéndose medio perra; creía que eran responsables a un nivel fundacional,
aunque no sabía especificar exactamente cómo, y entonces se regodeaba dirigiendo
su rabia generalizada hacia el pasado y hacia el este, donde vivían, a cientos de
kilómetros de distancia.

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Aunque, la verdad, sus padres eran la última de sus preocupaciones, porque todo
aquello era una puta farsa, lo de trabajar y sacarse leche e ir a toda prisa y no poder
tener a su bebé en brazos. Se llenaba de ira materna y urdía razonamientos bien
desarrollados y conmovedores contra el sistema y el capitalismo y el patriarcado y
luego la religión y los roles de género y la biología.
Le apetecía compartir estas teorías en la cafetería a la que otra agradable madre
trabajadora le propuso ir un día, una madre trabajadora que también era artista, que
había hecho el mismo máster que ella, que ahora enseñaba en la universidad a la que
ambas habían ido, que seguía creando obras y que había vivido una transición a la
maternidad la mar de fluida, sin ni siquiera un mísero ataque de hipo. La madre la
había observado, lúgubre, desde la distancia (en las redes sociales, dónde si no)
mientras la madre trabajadora subía sus logros: «¡Primer día de guarde!» y
«Ayudando a mami a montar su instalación», con el bebé amarrado al pecho de la
madre trabajadora mientras esta hacía no se sabía qué con una malla de alambre en
una galería.
¿Por qué no puedo hacer yo eso?, se preguntaba siempre. ¿Por qué parece tan
fácil?
¿Y qué, cómo llevas lo de ser madre trabajadora?, le preguntó la otra madre
trabajadora, y la madre (la que estaba cansada y trabajaba y era infeliz con su trabajo
de ensueño y no podía tener a su bebé en brazos), esa madre se la quedó mirando con
expresión bobalicona y queriendo exponerle sus teorías sobre cómo todo aquello era
una trampa para que ellas tuvieran que hacerlo todo, una trampa de la que no podían
escapar. Pero su cerebro ya no funcionaba como antes. La agradable madre
trabajadora esperaba. ¿Le tocaba decirle algo? ¿Qué era «charlar»?
No, dijo la madre al fin. Puede que el concepto de madre trabajadora sea el
disparate más grande jamás inventado. Vamos a ver, ¿es que hay alguna madre que no
sea trabajadora? Y si le sumas un trabajo remunerado… ¿qué eres, entonces? ¿Una
madre trabajadora que trabaja? Imagínate que dijéramos padre trabajador.
¡Ja!, espetó con amargura, sin darse cuenta siquiera de lo amargada que estaba de
verdad.
La agradable madre trabajadora asintió con una mueca de lástima. La otra madre
—la que no dormía y tenía un bebé y un trabajo de ensueño; la madre que quizá lo
estaba pasando un poco mal, que necesitaba un poquitín de ayuda y hacía todo lo que
podía… pero, joder, qué complicado era— no estaba pintando las cosas como debería
pintarlas. Ni aparentando. Si podemos tenerlo todo… ¿Por qué era tan desagradecida?
Esa noche, la madre lloró mientras sostenía en brazos a su bebé durmiente
después del trabajo, porque solo lo veía despierto una hora, quizá dos, al día. No
quería dormir en la guardería y llegaba a casa agotado, queriendo solo su leche y que
lo abrazaran y dormirse en brazos de su madre. Esta lloró al abrazarlo, y luego lloró
al acostarlo. Lo único que quería era que lo tuvieran en brazos, todo el rato, y la

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verdad es que no podía culparlo, de manera que se lo amarraba al pecho y se pasaba
la noche mandando correos hasta que ella y el bebé caían rendidos en la cama.
Así que, cuando llegó el momento de buscar un bebé y luego buscar una solución,
su marido era quien más dinero ganaba y ella quien menos, y por eso fue ella la que
se quedó en casa. Así de sencillo fue.
En ese momento, cuando hubo que tomar decisiones, de verdad había querido
quedarse en casa —estaba, en una palabra, agotada—, aunque antes ni se lo hubiera
planteado. Y, sinceramente, qué privilegio. Qué regalo. Comprendió que no era más
que una mujer privilegiada y demasiado formada que vivía en pleno centro de
Estados Unidos cumpliendo el sueño de abrazar a su bebé las veinticuatro horas del
día. A juzgar por lo que le decía todo el mundo, no tenía nada de lo que quejarse
desde que había sido madre, y muy posiblemente, desde antes tampoco. Porque, a
ver, ¿no era un poco de estirada, un poco de mujer blanca de clase media que no lo
pilla pensar siquiera en quejarse? Si leía los artículos, analizaba la información,
observaba su situación vital, el lugar que ocupaba en la sociedad, el papel que había
desempeñado históricamente en la opresión de todo el mundo excepto de los hombres
blancos, la verdad es que no podía apoyarse en ningún sitio desde donde emitir ni un
gritito ahogado.
Pero, como es propio de los bebés, el suyo creció. Se ensanchó y se alargó. Ganó
y perdió en encanto. Andaba, pero no habló hasta mucho después de lo que marcaban
las metas del habla definidas por consenso médico, porque la criatura tenía un
vínculo cuasitelepático con la madre, que podía intuir sus necesidades por la posición
de los ojos o la inclinación de las manos. Básicamente, en ese momento de la vida del
niño, ella era la única persona en el mundo entero capaz de entenderle; capaz de
entender ese lenguaje mudo que solo los dos compartían. Lloraba cuando intentaba
dejarlo con una amiga de la familia, y lloraba cuando conseguía dejarlo con una
canguro, y hasta lloraba cuando lo dejaba con su padre porque ella tenía que irse a la
compra y no pedía más que disfrutar un poco de ese momento, pillarse un café,
ponerlo en el portavasos del carro de la compra y pasarse un buen rato examinando
las frutas y verduras, tú ya me entiendes, mirándolas bien, tocándolas, sin ninguna
prisa. No pedía más que irse a la compra sola, por una vez, pero aun así acababan
yendo todos juntos —metiendo en la bolsa de los pañales tentempiés y toallitas
húmedas y una botella de agua y una muda y una selección de juguetes, ¿y si nos
llevamos un cuento?—, porque al niño le daba penita que se fuera aunque su propio
padre, que jamás estaba allí, al fin habría estado con él, los dos solos, en casa; pero
no, el niño erre que erre.
Sí, en efecto, era una buena madre; de las mejores.
Una muestra de su bondad: esa habilidad sobrenatural de despertarse una y otra
vez, noche tras noche, desde el día que nació el niño. A su marido —pobrecillo— la
falta de sueño nunca le sentaba bien, pero ella, oh, sorpresa, se había acostumbrado
como si jamás hubiera sido una perfecta dormilona, como si despertarse a cualquier

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hora de la noche y levantarse a las cinco y media fuera algo para lo que estuviera
genéticamente programada. Y sí, esta clase de vida la dejaba exhausta, pero lo raro
era que no se notaba cansada. Estaba sobrecargada de trabajo, viéndoselas y
deseándoselas, hecha cisco, amargada y a punto de desquiciarse; sí, pero cada
mañana se levantaba y seguía en pie durante todo el día, dominada como estaba por
aquella habilidad cuasimilagrosa de, sencillamente, no tener la necesidad de dormir
como antes.
¡No estoy cansada!, había dicho cuando todavía trabajaba, en sus días más
oscuros, y lo había seguido canturreando, despejada y atónita, después de llevar un
año en casa, básicamente sola, custodiando a su retoño.
¡Yo puedo!, le anunciaba un poco dubitativa a nadie en particular. Y había podido.
Lo amamantaba y daba paseos por el vecindario con un hatillo balbuceante amarrado
al pecho. Lo acunaba y dormitaba con él y cocinaba y limpiaba. Dormía, pero sobre
todo no dormía, y podía con todo, pero entonces el nene cumplió dos años, y algo
cambió también en ella.
No quería ser Perra de noche, no lo habría elegido de haber sentido que tenía esa
opción en primer lugar. Y en cuanto a su marido: no quería estar siempre enfadada
con él, pues lo amaba, de verdad. Solo que le costaba mucho invocar ese sentimiento
últimamente.
No le habían faltado razones, claro, para enamorarse de su marido, pese a su
excesiva propensión a la racionalidad. Ella era (o lo había sido en algún momento)
artista, de modo que su marido debió de haberse desmarcado de alguna manera de los
demás ingenieros, de los del montón, cosa que ciertamente había hecho. Cuando lo
conoció, en la época en que ella estaba haciendo el máster, él trabajaba para una
empresa de ADN local y compartía sótano con otro tipo flacucho de veintipico años
que apenas abría la boca y prefería la compañía de su ordenador a cualquier
interacción humana. A la madre le había intrigado el trabajo de su marido
—«¿Fabricas ADN?», le había preguntado. «¿Qué eres, una especie de mago
maléfico?»—, y a él, a su vez, le habían regocijado sus preguntas, y las había
respondido sin escatimar en tecnicismos ni jerga de laboratorio. Sí, había acudido a
sus exposiciones de arte y había vibrado con su obra, todo lo que era capaz de vibrar
un técnico de ADN, dicho sea de paso. Y sí, había estado la mar de majo. Se lo había
pasado bien. Pero al final, si se colgó de él fue por algo a lo que él llamaba «mi
Carpeta».
¿Quieres que te enseñe mi Carpeta? Le preguntó una tarde mientras su compañero
de piso masacraba ninjas silenciosamente en su ordenador con los cascos puestos,
porque si algo había que decir de él, es que era una persona educada. El ordenador de
su futuro marido estaba en el lado opuesto de la sala de estar y él la conminó a que se
sentara en su regazo y acto seguido abrió una carpetita amarilla del ordenador y dijo
que contenía más de ochenta mil archivos.

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Aquí es donde guardo todo lo bueno que encuentro en Internet, le dijo, y procedió
a abrir los ficheros, uno por uno, sin mediar palabra. Un vídeo corto de una mujer
desnuda tirándose un pedo en un pastel de chocolate bañado en una gruesa capa de
glaseado. Un cachorrito blanco muy mono al que le habían añadido ojos y dientes de
persona con Photoshop. Un hombre en bolas y con un antifaz meando en una
montaña de muñecos de peluche. Un gato gordinflón caminando por una cinta de
correr. Un viejo con un cactus metido por el culo. Un hombre cubierto de rebanadas
de pan en una playa con una horda de gaviotas revoloteando a su alrededor. Un
perezoso sentado en un pupitre escolar con una libreta abierta delante. Muñecas
hinchables, furries. Gentecilla rara y situaciones raras, inexplicables, graciosas,
chocantes, incómodas. Y su favorito: dos japonesas desnudas en cuclillas meándole
encima a un pulpo pequeñito que, comprensiblemente, se retorcía en el suelo para
apartarse de ellas.
Guau, dijo ella.
Pobre pulpo, dijo él.
¿Por qué le hacen eso?, preguntó ella.
Supongo que porque les gusta, respondió. La verdad es que no tengo ni idea.
Aunque a otra persona podría haberle ofendido u horripilado tal despliegue de
experiencias humanas, a la madre; no. Todo lo contrario, se derretía cuando su
marido, que entonces no era más que un desconocido con el que se había topado por
casualidad y al que empezaba a conocer, decía cosas como «fíjate en estos seres
extraños», sin asomo de crítica ni desdén, con nada más que pura fascinación, puro
asombro. Era este asombro lo que la madre amaba entonces y seguía amando
apasionadamente: qué maravilla era encontrar a una persona que se deleitara con
todas las anormalidades y rarezas del comportamiento humano. Era, quizá, el mejor
atributo que podía tener una persona, pensó en ese momento, sentada en su regazo, y
decidió que se casaría con él.
O sea que sí, que era ingeniero, pero también tenía una carpeta especial, y una
colección de muñecos de peluche hechos un Cristo sobre la cómoda (algunos con la
cabeza puesta del revés), y una rana carnívora llamada Hopkin en un acuario que
tenía junto a la cama. Desde que se había enamorado de él, la rana se había muerto y
él había cambiado de trabajo, pero la Carpeta permanecía, aunque no le hubieran
echado un vistazo en años, porque no tenía estómago para verla desde que había
tenido al bebé. La humanidad y todo lo que comportaba se le antojaba excesiva,
teniendo en cuenta la enorme carga de humanidad que había entrado en su hogar con
el nacimiento de su hijo.

Ya no se notaba descansada, bien alimentada, bien en general. Estaba cansada,


irascible y preocupada por su cuerpo; por si cambiaba y por lo que significaban esos
cambios. Y temía las noches, esas noches oscuras e interminables, en las que se

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prometía a sí misma que no chillaría cuando el nene se despertara, y luego le chillaba,
y luego se disculpaba y lo abrazaba fuerte, diciéndole «chsss» y «perdóname» y «no
pasa nada».
Estaba tan, pero que tan cansada. Eso era lo que le pasaba.
Tendrías que dejar de preocuparte por si te crece el pelo o cosas así y ponerte un
poco las pilas con lo que tienes que hacer esta semana, le sugirió su marido justo
antes de largarse otra vez, concluido el lapso temporal de cuarenta y ocho horas que
había pasado en casa ese fin de semana. Organizarte un poco, ¿me entiendes?
Planifica, hazte un horario. Como si fuera tu trabajo. La felicidad es una elección, le
dijo.
Quiso decir algo, o puede que cruzarle la cara para que dejara de hablar, pero se
aguantó las ganas e intentó tomarse en serio su consejo. Solo quería lo mejor para
ella. Quizá tuviera razón.
Así que, aunque otra vez era lunes y, en efecto, otra vez su marido se había vuelto
a largar, esa semana ella iba a elegir la felicidad. Estaba decidida a dejar de comerse
la cabeza de una vez por todas, a ponerles freno a los pensamientos negativos, al
delirio de estar volviéndose medio perra (aunque la mata de pelo rasposo había
crecido y se había extendido), a los supuestos más pesimistas, a la hipocondría y a las
búsquedas en Internet. Se había fijado un calendario para la semana. Tenía ya
pensadas las comidas.
Como la felicidad era una opción, ese día iba a elegir la maternidad. El arte. Y
sería capaz de aunar primorosamente las dos realidades y, al hacerlo, encontrar la
felicidad. ¡Esta visión tan positiva era una maravilla! Estaría con el crío toda la
mañana, implicadísima, sin mirar el móvil ni una vez, con las ideas bulléndole al
verlo jugar y después, a la hora de la siesta, sacaría sus trastos de crear y, en un
arranque de inspiración, empezaría a trabajar en algo nuevo. Eso de no tener ningún
proyecto en mente, de que hiciera años que las musas la hubieran abandonado, de
tener miedo a abrir el armario donde había guardado viejos proyectos y materiales…
todo eso era una tontería. Solo necesitaba tener un poco más de confianza. Creer en
sus posibilidades. Sacar tiempo.
Una vez, durante el máster, conceptualizó una instalación nocturna completa al
aire libre en la que transformó un parque próximo en una especie de pesadilla
alucinante; cubrió la cúpula geodésica de trepar con una descomunal falda de muchas
capas y, coronándola, colocó a su amiga vestida de conejo blanco de dimensiones
humanas como si llevara puesta la falda cupular. Los columpios eran colas peludas
sacudidas por animales invisibles. Tapó las barras metálicas de las que pendían con
telas tornasoladas como para evocar algo de naturaleza reptil. Convirtió la estructura
lúdica principal en un monstruo pluricéfalo y pluripodo de cuya boca emergía gente
que había asistido al show y que estaba lo suficientemente pirada como para lanzarse
por el tobogán y acabar cubierta de purpurina y lentejuelas que le había ido cayendo
encima durante el descenso. Sin embargo, tenía la sensación de que ni sus profesores

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ni sus compañeros de clase se tomaban muy en serio su trabajo. A fin de cuentas,
había usado purpurina en su tesina, así que, cuando solicitó participar en otros
másteres de Bellas Artes, le dio mucha caña a su peculiarísima crianza en su carta de
presentación, haciendo hincapié en la estética agraria vernácula, en las tradiciones
populares con las que estaba familiarizada, en su deseo de transformar y sublimar las
habilidades agrícolas y ganaderas tradicionales y el saber doméstico a la categoría de
arte. Cuando la admitieron, con una beca sustentada en su estoica crianza en una
granja de los Apalaches en plan Jesús te quiere —de la que había estado huyendo
desde su infancia, solo para capitalizarla cuando decidió que podía resultarle útil,
pero, bueno, en fin—, se puso manos a la obra con la recolección de los muchos
animales atropellados en los alrededores de su universidad del medio oeste.
Cogía los huesos rotos de ciervos, mapaches, conejos y coyotes, pelaba la pútrida
carne de los huesos, los limpiaba y ponía en lejía para después lijarlos y darles lustre,
ataviada con un traje protector que la cubría de la cabeza a los pies y una monstruosa
máscara antigás para que las partículas de polvo óseo no se le adhirieran a la ropa, a
los pulmones. Vaciaba los huesos con herramientas de joyería y luego bañaba el
interior con oro o plata. Cuando podía permitírselo, incrustaba gemas. Luego vagaba
por los bosques circundantes, identificando cerezos y nogales, cortando ramas y
llevándoselas para preservarlas. Pulía y tallaba la madera, y la combinaba con huesos
y metales e incluso pieles, valiéndose de estos elementos para crear los esqueletos de
animales nuevos, míticos. Recibió grandes alabanzas por ello. ¡Cuánto talento!,
exclamaron sus profesores. ¡Cuánta destreza para preparar los huesos, pulirlos y
añadirles metales y gemas! No solo había creado unas piezas realmente imaginativas
y originales, sino que además había desplegado una gran variedad de complejas
técnicas.
Pero ahora no había nada. Dentro de ella no había ni un simple impulso creativo,
por mucho que lo buscara. Durante su embarazo, durante las noches insomnes del
último trimestre, se pasaba horas pegada a la pantalla del móvil y se obsesionó con lo
que algunos llaman artistas de la performance, pero que para ella eran gente muy
implicada en la experimentación artística en tiempo real. Leyó la historia de un
matrimonio que se sometió a numerosas intervenciones de cirugía plástica para
asemejarse; el hombre se puso prótesis mamarias, la mujer se esculpió la nariz de
manera que fuera más consonante con la de su marido. Era un proyecto de por vida,
no tanto arte performativo como algo más profundo; la línea que separaba sus vidas y
su arte se había desdibujado.
La madre le daba vueltas y más vueltas a esa idea (que no hubiera límites) y
buscó más información sobre el artista de Europa del Este que había iniciado
tempranamente su carrera en un circo ambulante pero que había acabado
acometiendo una serie de (en sus propias palabras) «experimentos performativos
vitales»: un periodo de silencio de tres años, un mes viviendo desnudo en el

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escaparate de una tienda y, por lo que más conocido era, provocarse la amnesia y
pasarse años recuperando los recuerdos de su vida anterior.
¿Y qué decir de la francesa que contrató investigadores privados para que
siguieran a sus amantes y luego creaba montajes artísticos sobre el tema? Se atrevió a
poner a la vista de todos sus propios informes psiquiátricos, redactados por un doctor,
en algunos de los museos más destacados de toda Europa.
La madre fantaseaba con escenificar el nacimiento de su criatura a modo de
happening artístico. ¿Y si montaba una piscina con un lateral de cristal en un estudio
donde el público pudiera ser testigo de cómo empujaba a su retoño fuera de su cuerpo
durante un estoico parto en el agua? O quizá podría dar a luz en un quirófano médico
de esos que se usan como aula, donde los estudiantes lo ven todo desde arriba. Para
presenciar la performance habría que estar de guardia; solo podrían verla quienes
pudieran presentarse a cualquier hora del día o de la noche.
Le pareció que un acto así sería mejor para un segundo hijo, cuando ya supiera de
qué iba la cosa, así que pospuso la idea, y luego ya vino el niño, y la idea se perdió
para siempre.
Contempló a su hijo, que estaba entretenido en el suelo de la cocina con un
chisme de metal para cocinar al vapor que, cerrado, se parecía un poco a una nave
espacial y, abierto, a una flor metálica grande. El chiquillo estornudó y acto seguido
se rio. Era su único proyecto. Había llevado a cabo la obra creativa definitiva, y ahora
ya no le quedaba nada. Mantenerlo con vida; ese era el único gesto artístico que se
veía capaz de producir.
Pero hoy estaba decidida a ir más allá. A empezar por el principio. A partir de
cero. Lo que fuera.
Pegó enormes hojas de papel en el suelo de la cocina con cinta adhesiva y sacó la
pintura de dedos del armario. Era justo después del desayuno, y el día prometía. El
niño parecía cansado (apoyaba la mejilla contra el suelo para ver girar las ruedas de
los trenes al empujarlos por las vías), pero necesitaban probar algo nuevo, pasárselo
bien.
Le sacó la parte de arriba del pijama por la cabeza y le arrancó de un tirón el
caído pañal.
¿Quieres pintar?, le preguntó, señalando un plato rebosante de todos los tonos de
pintura de dedos.
Puedes meter ahí la mano, el pie, le sugirió ella. El crío acercó el pie al plato y la
miró, dubitativo.
¡Sí!, dijo, sonriéndole. Metió la mano para enseñarle cómo hacerlo y luego dio
unas palmaditas en el papel del suelo.
El nene mojó los dedos de los pies en la pintura antes de agacharse para meter las
palmas.
¡Sí!, lo animó ella.

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La cara del crío se iluminó de alegría mientras daba palmaditas sobre el papel; a
continuación metió el pie entero en el plato, dio un paso atrás, se resbaló, se cayó y
paró a medias la caída, pero a resultas se manchó los mofletes de pintura. El nene se
rio, y ella también se rio. Lo ayudó a levantarse y le enseñó las huellas de la mano
que le había dejado marcadas en la barriguita, y él le tomó ambas manos y se las puso
en el pelo.
Vale, dijo ella, quitándoselas, vale, vale.
El niño se puso de pie, gritó emocionado y empezó a correr en círculos, agitando
las manos y rociando con mil gotitas de pintura las sillas, las cortinas, los hornillos.
Encima del papel, cariño, le dijo. ¿A que es divertido? Sí, sí, pero aquí, aquí,
encima del papel.
El nene saltó encima del plato, luego encima del papel y a continuación se puso a
brincar como un conejito por el suelo de madera. Después agarró un trapo y lo lanzó
tan alto como fue capaz.
¡Encima del papel! ¡Encima del papel!, le repetía mientras intentaba atraparlo,
hasta que se resbaló y se dio contra la puerta abierta del aparador, que acabó
arrancando de cuajo.
El niño se revolcaba sobre el papel, sobre la pintura, muerto de la risa. La madre
se quedó mirando la puerta, las bisagras, y en ese momento el crío salió disparado
hacia el salón.
¡No!, gritó, toda amabilidad.
Él se rio, entusiasmado con ese juego, y ella le dijo, poniendo una cara muy, pero
que muy seria con la que pretendía comunicarle lo muy, pero que muy seria que era la
situación: De verdad. Esto no es un juego.
¿No juego?, preguntó, desnudo, rebozado en pintura.
Nooooo, le advirtió mientras se le acercaba despacito, con las cejas enarcadas y la
boca tornada en una fina y adusta línea de madre. Esto no es un juego. ¡Lo estás
poniendo todo perdido! Vamos a quedarnos en la cocina.
Se lanzó hacia delante para agarrarlo del brazo y él gritó y se catapultó contra el
sofá, encima de los enormes almohadones, y se resguardó detrás de uno como le
gustaba hacer, para esconderse.
Después de bañar al nene, se pasó lo que quedaba de mañana quitando las
manchas de pintura del suelo, las sillas, los hornillos, los armarios, la alfombra y el
sofá, mientras él veía los dibujos. La siesta, se dijo mientras limpiaba. La siesta.
Puso al niño a dormir la siesta en la cama de ella después de comer, y le estuvo
cantando canciones hasta que se quedó bocarriba, quieto, con las sábanas hechas un
revoltijo, los labios de rosa apenas despegados, las largas y oscuras pestañas
poblándose de sueños.
La verdad es que ella tenía la culpa de que la necesitara a su lado mientras se
quedaba dormido; y para empezar, también de que siguiera durmiendo con ella, en su
cama. De bebé, no había tenido más que amamantarlo por la noche si lloraba. Había

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sido tan fácil. Se quedaban tumbados de lado, frente a frente en aquella cálida
oscuridad, el bebé aferrado a su pezón, tocándole el pecho con sus manos diminutas y
suaves. Se quedaba dormida con el crío mamando, y él se dormía mamando,
poniéndose bocarriba mientras una gota de leche le resbalaba de la boca abierta. La
silenciosa noche caía como un manto y ellos dormían y dormían hasta que él se
despertaba de nuevo. Todo era tan fácil. Tan agradable.
Pero cuando todo es fácil y agradable es cuando arraigan los malos hábitos.
Debería haber acostumbrado al niño a dormir, debería haberle obligado a dormir en
su propia cuna, en su propio cuarto. Debería haber dejado que llorara hasta que se le
pasara. Debería haberle dado de mamar cuando se despertaba y no antes de que se
durmiera. Bajo ningún concepto tendría que haberlo dormido en brazos. Todos los
libros lo decían bien clarito. Lo había hecho todo mal. De verdad, toda la culpa era de
ella.
Se acabó durmiendo al cabo de una hora de estar tumbada junto a él en la cama.
Se despertó grogui y presa del pánico, agobiada por el peso de su ambición y por su
fracaso; tanto que ni tenía fuerzas para salir de la cama. Eran las cuatro de la tarde, y
había perdido el día. Gruñó y se dijo que lo volvería a intentar al día siguiente, y en
vez de tranquilizarse, se sintió peor.
Preparó de cena el plato que tenía previsto hacer (pastel de pavo con verdura
rallada, patatas al horno y una ensalada verde), y aunque la semana anterior al niño le
habían gustado todas esas cosas, esa noche se negaba a comerlas, y se puso a berrear
«¡Macadones, macadones!», hasta que ella cedió y le acabó preparando macarrones
con queso y guisantes. Probó dos bocados de cada cosa y lo demás lo tiró al suelo.
La luz de la hora violeta lo empañaba todo de un cariz melancólico: los cachos
gelatinosos de pasta abandonados en el plato de plástico del niño, los guisantes
errabundos de debajo de la trona, el follón de monigotes díscolos y cochecitos Match-
box esparcidos por la encimera y junto al comedero del gato. En momentos así, su
soledad era casi tangible, como si fuera un segundo hijo.
¿Cómo iba a apañárselas para aguantar dos, tres horas más? ¿De dónde iba a sacar
fuerzas para leer cinco cuentos, inventarse otro, y quedarse tendida una hora o dos en
la cama, esperando a que se durmiera? Pese a la siesta, estaba muy cansada. Las
emociones son irrealidades que recorren por dentro a la persona, ¿no? Eso le había
dicho su marido. Prestarles atención o no era una decisión personal. Se dijo que
observaría su paisaje emocional con ojos distantes. Se repitió para sus adentros la
frase «paisaje emocional» y al poco lo vio: un trazo gris contra un cielo gris. Preparó
la bañera. Leyó los libros. Contó los cuentos. Se quedó tumbada a oscuras;
esperando, esperando.
Esa noche, mientras ella esperaba acostada junto al niño, su marido se relajaba en
una habitación de hotel de algún lugar, leyendo un libro, viendo la tele o jugando a la
consola mientras picaba algo de comer de la bandeja del servicio de habitaciones que
tenía sobre la cama. Aunque estuviera liado con hojas de cálculo o rellenando

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informes de control de calidad en el portátil, la imagen de él allí, solo, en un lugar
tranquilo, se le antojaba un lujo; una extravagancia. Cuando estaba de bajón total,
imaginaba que su marido ansiaba pasar ese tiempo lejos de ellos, y que cada lunes,
cuando arrancaba y dejaba atrás la entrada de la casa, se quitaba un enorme peso de
encima. ¡Cuatro noches de sueño ininterrumpido! ¡Cortinas opacas! ¡Una tarea
discreta y factible que cumplir ese día! ¡Una nómina que cobrar a final de semana!
¿Alguna vez se habría quedado más días de los necesarios? ¿Habría retrasado su
regreso desde San Luis o Indianápolis para tomarse un café del todo innecesario? Se
la llevaban los demonios al imaginárselo perdiendo el tiempo en Internet en una
cafetería. Lo que tenía que hacer era marcharse tan pronto como acabara. Y
despertarse temprano —tan temprano como ella— y acabar lo que tuviera que hacer
rápido para volver pitando a casa. Eso haría ella si estuviera fuera de casa.
Su problema era que pensaba demasiado —pensamientos tóxicos y movidas por
el estilo—; intentaba acallarlos, pero aun así no se quitaba la sensación de
agotamiento físico de encima.
¿Tenía ella la culpa de que su marido ganara más? ¿De que fuera más lógico que
ella, y no él, dejara su trabajo? ¿Tenía ella la culpa de que él siempre estuviera fuera,
lo que la convertía en una madre soltera de facto durante casi toda la semana? ¿Tenía
ella la culpa de que los trenes le parecieran la cosa más aburrida del mundo? ¿De que
ansiara tener el más insignificante amago de estímulo mental, poder regresar a sus
pilas de libros, a su desamparado armario de proyectos a medias, a una tarde entera
de soledad y silencio? ¿Tenía ella la culpa de que, pese a ansiar el estímulo mental,
fuera incapaz de hilar una sola idea u opinión propia? La verdad era que todo le daba
igual: la política, el arte, la filosofía, el cine, todo era un muermo. Solo le apetecía ver
telebasura y realities.
¿Tenía ella la culpa de odiarse a sí misma porque le gustaban los realities?
¿Tenía ella la culpa de haberse tragado el muy generalizado mito social de que si
una mujer joven recibía una formación de primera podría entonces librarse de las
ataduras históricas de la maternidad, de que si simplemente tenía una carrera
profesional podría reincorporarse al trabajo sin mayor complicación después de haber
sido madre y esquivar las penalidades de generaciones anteriores, pese a que ser
madre de ninguna manera representaba una salida de un trabajo al que una mujer,
quizá, teóricamente, un día regresaría? Pero, en realidad, lo que señalaba era una
inmersión en el trabajo, una carga de trabajo inimaginable, una multiplicación del
trabajo exponencial, apabullante; tan apabullante en el plano físico y en el mental
(especialmente en el mental) que hasta la persona más equilibrada acabaría postrada
de rodillas por tal carga, una carga que enfrentaba ambición contra biología, el afán
de hacer carrera contra el instinto maternal, que exigía que la madre moderna rebajara
su condición animal para poder ser feliz porque —hombre, por favor— somos una
sociedad evolucionada y civilizada y, oye, ¿se puede saber qué mosca te ha picado?
Contrólate, anda; no nos hagas pasar un mal rato.

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Pero, pensándolo bien, no era nada justo decir que de noche fuera una perra.
Conque perra de noche, eh. Una insolencia tan sexista no hacía justicia al hecho de
que con su propio cuerpo había creado un niño, a cuyas células en constante
multiplicación había dado alimento durante meses y meses, en perjuicio propio, a
costa de su físico, del declive de su atractivo juvenil, que en principio no importaba.
Una feminista de verdad no se preocuparía por su silueta, ni por estar delgada ni por
gustar a hombres cis heteronormativos, y en realidad eso no le importaba, pero sí
quería verse guapa. Pasa que una persona tiene unas ideas sobre sí misma, unas
expectativas, y en este caso no encajaban con lo de ser madre, pero en vistas de que
lo era, lo más importante en su fuero interno era ser una madre atractiva.
Pero no había una palabra equivalente para denigrar a los hombres, ¿a que no?
Si ella era Perra de noche, ¿entonces qué era el niño cuando se la quedaba
mirando mientras procedía a tirar al suelo una caja entera de juguetes recién
colocaditos, dignándose solo a abrir la boca para pedir macarrones? ¿Un soplapollas
insolente? No.
¿Y era su marido, a su vez, un agilipollado de los ordenadores por pasarse horas y
horas frente a la pantalla en plena noche para hacer subir de nivel a su Señor del
Foso, limitando por ende la posibilidad de tener una vida sexual satisfactoria por
razón de su ausencia en el lecho conyugal y también de estar jugando a videojuegos?
¿Era un agilipollado? Posiblemente.
Pero es que lo de perra tenía algo, sonaba bien; tenía ese punto desaprobatorio
innegable que ni gilipollas ni cabrón eran capaces de evocar en el caso de un hombre.
Perra era cortante y contundente. Pensó en un aburrido burócrata de provincias
incrustado en un cuartucho destartalado con una moqueta naranja y unos
fluorescentes parpadeantes sellando documentos oficiales pero inútiles a base de
golpetazos secos, metálicos. Perra. Perra. Perra. Gracias. Que tenga un buen día.
La casa aguardaba, silenciosa y limpia; los manchurrones de pintura de ese día,
un recuerdo lejano. El niño, que estaba junto a ella en la cama —bañado no solo una
vez, sino dos, pues precisaba de un baño a mediodía y luego de otro baño de buenas
noches para calmarlo, para intentar apaciguarlo y que se durmiera como fuese—, por
fin estaba dormido como un bendito. Salió muy despacio de la cama, bajó de
puntillas las escaleras y se metió en el baño. Se había hecho un moretón en la
rabadilla por la caída de antes, o quizá la etiqueta de las bragas le había irritado la
espalda. Con un malestar impreciso pero acuciante, se llevó la mano a la base de la
columna. Encontró un bulto hinchado, y al mirárselo en el espejo vio un montículo
elevado que le escocía al tocarlo.
Se apretó el bulto con dos dedos y se estremeció de dolor, después se dio la vuelta
otra vez para examinarlo ante el espejo y, como no podía acercarse más para vérselo
bien, sacó un espejito de mano, que de poco le sirvió para desentrañar la naturaleza
de la protuberancia, y acto seguido optó por hacerle una foto con el móvil,
obteniendo solo como resultado tras numerosos intentos una masa roja borrosa en la

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pantalla. Le dio la impresión de que notaba un pelo saliéndole del bulto y decidió
quitárselo con las pinzas para aliviar la molestia, de manera que se pasó un buen rato
intentando arrancárselo a ciegas con el único resultado de acentuar el dolor y de hacer
que la cosa empezara a supurar.
A la mierda, le dijo a nadie, y se fue dando pisotones hacia el armario de la
habitación de invitados para sacar una caja donde tenía su viejo material de arte. Al
levantar la tapa, el penetrante olor a pintura y masilla, y el potentísimo y nocivo olor
del pegamento viejo la calmaron y la transportaron de inmediato a aquellas largas
horas en soledad, con los dedos manchados y doloridos, con la ropa llena de todo tipo
imaginable de salpicaduras de arcilla, pintura y pegamento. Respiró hondo,
embriagada, antes de armarse de valor para contener las lágrimas que notaba que
empezaban a brotarle desde un lugar de ansia profunda y desesperada por volver a
sus proyectos —a cualquier proyecto— y la absoluta incapacidad de hacer nada así.
Rebuscó en una bandejita poco profunda y enseguida encontró un cúter X-Acto —lo
que llevaba buscando desde el principio—, que acto seguido lavó en el fregadero de
la cocina y sostuvo sobre la llama del hornillo. De vuelta en el cuarto de baño, se
pasó la punta de la cuchilla por el quiste encarnado y sintió un alivio inmediato
cuando este reventó y supuró. Se puso una toallita de tocador que había calentado
contra el bulto, apretando para drenar el absceso, y luego le dio unos toquecitos con
una toaba de manos. Cuando volvió a mirarlo, vio que se había deshinchado. Una
pelambrera le salía de la incisión que acababa de practicarse. La única palabra que se
le ocurrió para describirla fue cola.

Tienes que consultarlo con un profesional médico, le dijo su marido, todo


amabilidad. Alucino con que te hayas rajado tú misma el quiste. Es peligroso.
Vale, pero ¿puedes decir algo sobre el hecho de que me haya salido cola?
Se rio. Siempre se reía de lo que le decía.
Yo no lo llamaría cola. Es muy normal que en los quistes de esa zona salga algo
de pelo.
Estaba muy bien informada sobre esa clase de protuberancias. Cuando salían en la
parte superior del coxis, recibían el nombre de quistes pilonidales; eran muy
frecuentes en hombres jóvenes y solían contener pelo y residuos de la piel. Por
supuesto, había buscado este tipo de quiste en Internet, había visto imágenes y vídeos
donde los drenaban y extraían, y ninguno era como el suyo: un mantillo compacto de
pelo oscuro que se resistía a ser arrancado y que casi casi se imaginaba meneando
cuando estaba contenta, aunque siempre que esta emoción la embargaba, la anulaba
de inmediato, porque le parecía demasiado raro imaginar que pudiera hacer algo así:
menear la cola.
Bueno, para ser sincera, sí se permitía menearla a gusto una vez al día. Más ya era
pasarse. A saber qué más cosas podían salirle si cedía a estas pulsiones. A saber qué

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pasaría si se abandonaba a su impulso de menear la cola, de lamer amorosamente la
fina pelusa de la cabecita de su hijo, de hollar una buena zona de las sábanas antes de
enroscarse allí —con la barbilla apoyada en los antebrazos— y quedarse dormida…
Ni se estaba volviendo perra ni tenía cola. Tampoco se le habían afilado los
dientes. Y el pelo que ahora ya le cubría toda la nuca no era su pelaje. Su marido
estaba en lo cierto, y era urgente que se atuviera a la razón en momentos así. No
podía dejarse llevar por esas fantasías, y no lo hacía; excepto de noche, cuando el crío
ya se había dormido y ella se sentaba jadeando junto a la ventana y contemplaba la
noche cerrada y oscura.

A la mañana siguiente, hizo lo que habría hecho cualquier persona sensata y se


fue a la biblioteca. Daba igual que llevara desde el fin de semana sin ducharse y que
estuvieran ya a mitad de la siguiente: su pelo era una inexplicable mezcla de raíces
grasientas enmarañadas por la que era imposible pasarse los dedos y de puntas
ásperas y desgreñadas que se le encrespaban como la hierba seca y le crujían
alrededor de la cara como ondulada hojarasca otoñal. A eso había que sumarle las
profundas ojeras, contra las que ningún corrector podía hacer nada y que había
acabado achacando a la genética, aunque ni su padre ni su madre compartían ese
mismo rasgo; su desafortunado efecto era que parecía que alguien le había arreado un
buen puñetazo en sendos ojos, o que tenía leucemia.
Había pasado mala noche (menuda sorpresa); la angustia no la había dejado
dormir —¡¿Una cola?! ¡¿En serio?!—, así que no le quedó otra que irse a la
biblioteca y sacar libros que calmaran su sed de teorías y diagnósticos. Internet era un
lugar atroz, con sus toneladas de información, sus infinitos términos de búsqueda, sus
imágenes, vídeos, artículos, bases de datos, foros o preguntas y respuestas para saber
si al final resulta que tienes leucemia o no. Antes de aquella noche, la madre
desconocía que la frase de búsqueda «parece que me hayan dado un puñetazo en los
ojos» no solo generaría una lista de siete lesiones oculares comunes, sino infinitos
estudios sobre lesiones cerebrales traumáticas, traumatismos craneoencefálicos y
dolores de cabeza crónicos. Ya metida de pleno en la búsqueda, navegó por las
alergias: al polen y a los alimentos, a los disolventes, a la contaminación atmosférica
cotidiana; luego siguió con sensibilidades e inflamaciones y en ese momento estaba
con enfermedades autoinmunes, mujeres enfermas sin un diagnóstico claro, con
dolores y moretones y malestar y angustia sin causa aparente; mujeres que sufrían de
mil maneras, lastradas por su cuerpo y que, a falta de alguien a quien acudir, acudían
a otras mujeres, cada una con la vista fija en su cuadradito de luz blanca.
Dios mío, pensó la madre en la cama. Dios santo, no quería ser una de las madres
enfermas y asustadizas que se metían en Internet a las tantas de la noche para hablar
de los pelos que les salían de los quistes, de los hilos que se les desenrollaban de los
poros, de los microplásticos que asomaban de un grano, «¡con pruebas gráficas!» y

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cosas por el estilo. No quería ser una de esas mujeres que no están muy finas, una
mujer a la que se le dedican miraditas de soslayo y expresiones de perplejidad. Con lo
fácil que sería tener los dos ojos morados o una enfermedad que pudiera definirse
fácilmente, una herida, un hueso roto… cualquier cosa que pudiera ser vista y
comprendida; una explicación inscrita en la piel que pudiera mostrarse a cualquiera
que se le ocurriera preguntar: «¿Qué te pasa?». Algo a lo que poder señalar y decir:
«¡Ajá! ¡Esa es la causa de todo!».
Y por eso, habida cuenta de su problema completamente lógico, que en absoluto
era una emergencia, le pareció que lo más adecuado era ir a la biblioteca a
tranquilizarse; ese nexo apacible a todo lo investigado y concienzudamente meditado,
a lo que ha sido escrito, reescrito, verificado y sopesado por muchas personas listas y
no tan listas antes de haber invertido en esas ideas y esas palabras, antes de dárselas a
conocer al pueblo. La biblioteca fue un bálsamo. Prácticamente notaba cómo se le
relajaban las pulsaciones conforme el niño y ella se iban acercando. Ya en el interior,
respiró hondo para empaparse del aire desprovisto de cualquier olor.
En la biblioteca, se hizo con un manual médico que hablaba de quistes; en
concreto, de los dermoides, que en contadas ocasiones llegan a tener dentro pelo,
dientes, ojos. Quería ver todo lo más absolutamente repugnante que podía crecer en
un cuerpo, y se imaginaba que de la purulencia que tenía en la espalda le salía un
diente y luego otro, y otro, en constante sucesión, como en una cadena de montaje. El
otro libro que escogió fue uno que había encontrado en el catálogo de la biblioteca y
que se puso a buscar en las estanterías a toda prisa, pues el niño, como suele decirse,
estaba empezando a liarla, allí, en el segundo piso de la biblioteca, justo en el sitio del
Sistema de Clasificación Decimal Dewey donde el lector puede encontrar textos
sobre Folklore y temática similar, en el pasillo 350-412. El crío se tiró al suelo y
empezó a patalear enérgicamente, pues los estantes de no ficción despertaban su
irritación y su desinterés.
¡VamooooooOOOOO!, berreaba el niño mientras ella intentaba dar con él, con el
398.3 WHI, hasta que por fin agarró el desgastado lomo de la hilera. Le dolió la
espalda al arrancar al crío del suelo y cargar con él escaleras abajo, hacia el rincón de
la sala infantil donde estaban los trenes de juguete. Desde donde estaba sentada,
mientras su hijo imitaba el pitido y el traqueteo del tren, ya feliz, vio que en la sala de
actividades estaban los temibles Biblionenes.
Su problema era que no le gustaba estar en compañía de otras mamás. Aunque si
conocía a una mujer interesante, divertida, guapa y perspicaz con la que congeniaba a
las mil maravillas y luego descubría que era madre, entonces no pasaba nada. De
hecho, estaría muy bien. Sería una pasada. Una pasada de mujer con la que podría
rajar de los críos. Una mujer a la que no le importara achisparse con unas copitas de
vino rosado un martes por la tarde. Aunque ella no evitaría activamente entablar
amistad con una mujer por el hecho de que esta, como ella, fuera madre, le parecía
que iniciar una solo porque las dos compartían experiencia maternal era repugnante.

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Estar en una sala repleta de madres y su progenie le parecía lo más deprimente del
mundo; allí las veías a todas con su bolsita arrugada de plástico con los tentempiés, a
punto de olisquear un pañal para ver si había que cambiar a la criatura o con un
pañuelito de papel en ristre, al acecho del retoño para poder sonarle los mocos. Esas
madres que miraban al vacío por turnos, ausentes, mientras sus criaturas corrían y
gritaban, se meaban encima, chocaban entre sí, volvían a gritar, lloraban y se reían y
corrían… Había descubierto que podía saberse que alguien era madre solo por esa
mirada, que no solo reflejaba agotamiento y aburrimiento, sino algo más. Era como si
las madres se quedaran mirando fijamente algo que ni tan siquiera eran capaces de
recordar. ¿Qué era…?
Conocía bien esa mirada porque ella misma era esa madre que se quedaba con la
mirada perdida. Se sorprendía haciéndolo mientras le leía el cuento de antes de
dormir, mientras jugaba, cuando estaba con los trenes, cuando veía los dibujos. Un
vacío se apoderaba de ella, y solo se daba cuenta cuando recobraba la conciencia, allí,
al lado de su hijo, mientras este imitaba la bocina del camión volquete.
Así que se resistía con todas sus fuerzas a entablar amistades en un contexto
maternal y se oponía al palmoteo y al gorjeo embelesado que tenía lugar en esa sala
de la biblioteca, a los obligatorios juegos en el suelo, al cucú-tras grupal y al pito,
pito, gorgorito colectivo; a la felicidad y al buen rollo también obligatorios. Entrar
allí era meterse de pleno en el universo Mamis a tope, y lo último que quería la madre
era meterse de pleno en nada parecido: era madre, sí, pero no una de esas cuya vida
gira en torno a su criatura, que llena sus días con grupos de juego infantiles y
actividades infantiles y que se deja arrastrar por el torbellino maternal, que avanza
por los días y semanas según lo que le marca el horario de la biblioteca o los actos
cívicos, que envía mensajes sobre parques acuáticos o zonas de juego infantil,
compartiendo avisos sobre el peligro de las garrapatas o el uso de pesticidas en fruta
y verdura. Y allí estaban ellas. Las vio a través de las ventanas que enmarcaban la
puerta. Esas mamis. Esas mamis felices.
La líder de todas era la mami rubia —la Rubiales, se decía para sus adentros
cuando se la encontraba en la biblioteca o acertaba a verla en un extremo del parque o
la observaba mandar mensajes furiosamente en la zona de juegos del centro
comercial—, con sus parlanchinas gemelas rubias ataviadas con jerséis conjuntados
de adorables bordaditos de ciervos y búhos en contraste con la encantadora escena
forestal estampada en cada falda y la sedosa cabellera recogida en dos colitas sujetas
por lazos de terciopelo rosa. Cuando se ponían a gatear, la vista se te iba a los
cubrepañales amarillos con volantes que asomaban por debajo de sendas faldas, que
llevaban el nombre de cada gemela bordado en el culete: Celeste y Aubergine.
Básicamente era la madre por antonomasia, perfeccionada y monumental, pese a
haber llamado a una de sus hijas berenjena, pero en francés. ¡Pero es que le daba
igual! Ni un momento de sonrojo le causaba ese ridículo nombre de hortaliza
mientras sonreía y reía y hablaba y departía y abrazaba y alimentaba y participaba

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gustosa en todo lo participable. En ese momento, mientras la madre observaba desde
una distancia segura, una de las niñas de la Rubiales se comunicó por lengua de
signos para bebé con aquella, quien, a su vez, le hizo señas a su otra hija, que le
respondió de la misma manera, tras lo cual la Rubiales se fundió con ellas en un
abrazo mientras a las tres les daba un ataque de risa; después, sacó de la bolsa de los
pañales dos manzanas rojas que les dio a las pequeñas, que las miraron fascinadas y
mordieron con las encías la suculenta fruta.
Fue entonces cuando la Rubiales alzó la vista y en su línea de visión apareció la
desaliñada madre —esa madre de aspecto tan cansado que estaba donde los trenes,
con la camisa hecha un gurruño, la pobre, siempre sola con su nene (menudo
muñequito), y esa mirada rara, ¿por qué no viene con nosotras?—, a la que le dedicó
un tímido saludo con la mano y, tras hacerle un comentario breve y animoso a la
madre que tenía a su lado, desenterró algo de las profundidades de su bolsa de los
pañales y se levantó para ponerse a andar con decisión hacia la madre, que hizo el
mejor amago que pudo de sonrisa amigable mientras se repetía para sus adentros
«joder, joder, joder, joder, joder».
¡Bueno! ¿Qué taaaal?, canturreó la Rubiales acercándosele. Por un momento, a la
madre se le pasó por la cabeza que podía tratarse de un espectro, pues la Rubiales era
perfecta y su contorno tenía unas líneas pulcrísimas. Trajo consigo, como algunas
mujeres son capaces de hacer mágicamente, una experiencia olfativa sinfónica, pese a
estar todavía a media sala de distancia, que deleitó tan intensamente a la madre que
sintió un leve estremecimiento en la base de la espalda —¿Un meneo de cola?, se
preguntó horrorizada— y, entretanto, se olvidó por un momento de lo mucho que
detestaba a esta mujer, a esta Rubiales que ahora era una fiesta odorífera móvil: el
toque de fragancia fresca de la toallita para secadora de sus shorts blancos y su
camiseta de tirantes suave como la cachemira —sin duda recién lavados—; un olor
terroso y sin embargo extraordinariamente sofisticado, como a pachuli destilado en
una perfumería francesa y luego aplicado a toquecitos en las muñecas de la Rubiales
y detrás de las orejas; y después, subyacente a cada efluvio, un dulce aroma a
caramelo de fresa, como si fuera un recuerdo de la propia infancia de la madre: una
bola de chicle que casi no le cabía en la boca, el sirope chorreándole barbilla abajo.
Los abalorios de la pulserita que llevaba la Rubiales en la muñeca repiquetearon, y
acto seguido la madre salió de su ensoñación sensorial para volver a estar allí, en la
mesa de los trenes, dedicándole una mueca lastimera que no supo reprimir y su
propio saludito con la mano.
El niño que tan diligentemente había estado jugando con sus trenes levantó la
vista para dedicarle su propio saludo con una mano sucia, realmente sucia, y fue
entonces cuando la madre se percató de lo guarro que iba su hijo: llevaba el pelo sin
cepillar, la camiseta manchada de zumo del desayuno, los pantalones cedidos y
colganderos en el trasero por sus varios días seguidos de uso, el pañal caído y mojado
como una fregona. ¿Y qué decir de su propio aspecto, que repasó con terror cerval?

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¿Se había puesto corrector para las ojeras? ¿Y desodorante? ¿Cuánto hacía que no se
lavaba la cara?
¡Eo!, exclamó la Rubiales con una desenvoltura y una familiaridad que la madre
deseó secretamente para sí misma. ¿Cómo va? Nos tenemos vistas de por aquí,
¿verdad?, le preguntó señalándose con un dedo y luego señalando a la madre con otro
para después moverlos alternativamente con aire afable.
Oye, tendríais que veniros a Biblionenes, añadió.
Anda, es que resulta que tiene fijación por los trenes, dijo la madre, señalando al
niño, que ya había vuelto a la carga y estaba pita que te pita.
Claro, ya veo. Bueno, pues la próxima vez que vengáis… En este punto hizo una
pausa dramática antes de dedicarle un aparte cómplice: Las chicas y yo estamos
montando una cosa. ¡Vamos a vender hierbas! Es superemocionante. Y tú pareces del
tipo de mujer a la que le encantan las hierbas, ¿verdad? Quiero decir, que te va lo
natural y eso.
¡Mmm, pues quizá!, contestó la madre tan animadamente como le resultó
humanamente posible, como si pillara totalmente lo que le decía la madre y como si a
ella también le hiciera ilusión la idea, aunque vender hierbas era la cosa más
chabacana del mundo. Estaba a punto de preguntarle más cosas al respecto, porque
eso era lo correcto y lo normal, y ella estaba intentando con todas sus fuerzas ser las
dos cosas, cuando los aullidos de las gemelas de la Rubiales planearon hasta llegar a
la mesa de los trenes. Al oírlos, la Rubiales dio un paso atrás, puso los ojos en blanco
como diciendo «Hijos, ¿eh?» y añadió: Tengo que marcharme pero nos vamos
viendo, ¿vale?
¡Vale!, dijo la madre, con un brío que esperó que comunicara un entusiasmo
creíble y un buen talante general.
La Rubiales se rio y se despidió con la mano antes de volver trotando a
Biblionenes para abrazar a sus desconsoladas criaturas y hacerles moc, moc con el
dedo en las naricitas llenas de mocos.
¡Moooooc, mooooooc!, gritó su nene. ¡Mooooooc!
Cielo, le dijo a su sucio hijo, de repente cansada, tan cansada que lo único que
quería era meterse debajo de las sábanas: Cielo, vámonos de aquí.

Esa noche, después de que el niño llevara más de una hora resistiéndose a dormir,
la madre se arrojó de cabeza al sofá, se frotó los ojos y a continuación rebuscó en la
bolsa de lona con los libros que había sacado de la biblioteca.
Una pila para el niño, con camiones de bomberos y autobuses y excavadoras a
porrillo; pero para ella solo dos: de ellos esperaba que pudieran de algún modo
arrojar luz sobre su enfermedad, aunque lo dudaba mucho. Quizá por lo menos
conseguía olvidarse un poco de sus constantes preocupaciones: de sus dientes, que
puede que estuvieran afilándose o no, de una cola que puede que estuviera siempre a

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punto de brotarle o no, de la mata de pelo animal que le iba creciendo, poco a poco,
cuello abajo.
El manual médico era demasiado sesudo, demasiado largo y tenía una fuente
demasiado pequeña, así que en su lugar optó por el segundo, Compendio de mujeres
mágicas (publicado en 1978), en cuya cubierta aparecían criaturas fantásticas de todo
tipo, representadas con una estética que ella asociaba a los años setenta, a Nancy
Drew y a las pelis de serie B: mucho claroscuro e ilustraciones entintadas, con los
bordes un poco borrosos. Miró el lomo para confirmar que, efectivamente, era un
libro de no ficción, cosa curiosa, y lo abrió por las primeras páginas.
Aunque la madre estaba convencida de que aquel Compendio de mujeres mágicas
no sería más que un batiburrillo cutre de historias de poca monta sobre los monstruos
femeninos de antaño, tan pronto como empezó a leer con detenimiento vio que sí, que
efectivamente antes que otra cosa el libro era un compendio. Decía al respecto la
autora, Wanda White: «Fui en busca de mujeres míticas, un proyecto de investigación
que me llevó a los siete continentes y que ocupó toda mi carrera profesional. Este
libro es la culminación de esa labor científica. Si bien algunos de mis colegas han
alegado que el ámbito al que me dedico —esto es, la etnografía mítica— no es un
área de estudio viable, presento en estas páginas pruebas incontestables que refutan
sus opiniones».
«Al comprender los hábitos, las dietas y los patrones de estas criaturas —seguía
diciendo un poco más adelante—, también tú podrás encontrártelas en estado salvaje
y ser testigo de su magia en primera persona».
En el prólogo, Wanda White explicaba que le interesaba el estudio de «la
expresión de la femineidad en un nivel mítico», así como que le atraía en particular
«la experiencia de la maternidad y la medida en que esta complica, acentúa o niega la
femineidad», para preguntarse después:

¿A qué identidades pueden recurrir las mujeres cuando no pueden


valerse de las que tienen a su alcance? ¿Cómo expanden las mujeres
sus identidades para que abarquen todas las partes de su ser? ¿De qué
modo acuden al mundo natural para poder dar rienda suelta a sus
anhelos más profundos y a sus fantasías más primarias?

No había ninguna fotografía de White, solo una breve biografía en la contracubierta,


que decía: «Wanda White es doctora en Biología y da clase en la Universidad de
Sacramento. Ha desarrollado toda su carrera en el ámbito de la etnografía mítica».
La madre sopesó toda esta información con la actitud de alguien que observa una
curación por medio de la fe o una presentación donde te quieren vender una
multipropiedad; esto es, con cierta perplejidad y un paciente escepticismo. Aun así,
siguió leyendo.

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En el primer capítulo, White explicaba que las Mujeres pájaro de Perú vivían en
las altas y frondosas ramas de la selva tropical, donde construían con gran habilidad
unos nidos muy elaborados hechos de palos y cañas. Las páginas ilustraban varias
clases de hábitats; uno de ellos, una esfera con un agujerito a un lado que estaba
colgada lo menos a veinte metros de altura; otro; una estructura de varios estratos que
estaba al mismo nivel que algunos de los diseños más hermosos del estilo mid-
century. Las Mujeres pájaro se alimentaban de frutas e insectos y acostumbraban a
comer en grupo, compartiendo la comida y graznando durante horas. Estas féminas
no habían nacido siendo aves, sino que, al llegar a la sesentena, les habían crecido
plumas y picos, pero solo si no se habían casado nunca ni habían tenido hijos. No se
sabía a ciencia cierta qué había provocado la transformación; las gentes de las
pequeñas aldeas peruanas solían explicar las desapariciones de las mujeres mayores
solteras diciendo que habían respondido «a la llamada de las aves». Los aldeanos
señalaban entonces hacia la jungla y luego al cielo, batiendo los brazos para intentar
explicarse. Las Mujeres pájaro se pasaban el periodo final de su vida revoloteando de
árbol en árbol, entonando los más hermosos cantos, y aprendiendo a volar. White
aseguraba que había presenciado cómo una Mujer pájaro había emprendido lo que
White llamaba «el vuelo crepuscular», refiriéndose al primer y último vuelo que
acometía una Mujer pájaro, pues cuando esta aprendía a volar, su vuelo inicial a las
alturas la alejaría para siempre del nido que había construido y la llevaría hacia el
horizonte, a un destino desconocido. White solo sabía que las Mujeres pájaro que
aprendían a volar jamás regresaban tras su partida, y que el resto entonaba durante
días un canto que definía como «un lamento dulcísimo y extraordinario que está al
nivel de músicos de la talla de Beethoven o Mozart, si estos hubieran sido aves».
Hasta este punto leyó la madre antes de quedarse dormida allí, en el sofá, para soñar
con un árbol que se alzaba y del que brotaban hojas, acompañado del canto de las
aves, de un espectacular atardecer y luego, una inhalación. Un desplome. Sin peso,
incorpóreo, todo movimiento y cielo. Una caída infinita.

El jueves se despertó con el pelo sucio y el mismo sujetador deportivo que


llevaba desde hacía demasiados días (no se lo había quitado ni de noche ni de día, y
vuelta a empezar), en el mismo momento en que el cuerpecito que tenía a su lado en
el lecho se levantaba, sin importar la hora, y no quedaba otra. ¿Que la había
despertado durante la noche? ¿Dos veces, tres? ¿Qué había tenido pesadillas? ¿Ganas
de beber su agüita de las tres de la mañana? ¿Qué había extraviado el chupete? Daba
todo igual, el niño se despertó al amanecer, y ella siguió tumbada con los ojos
cerrados. Quizá si no me muevo no se da cuenta de que estoy aquí. Esa era la
esperanza que albergaba siempre, pero el nene le trepó por el pecho y le puso la cara
encima.
Mamá, dijo. Adiba. Adiba diba diba diba diba.

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Vale, respondió sin moverse.
Mamá, adiba, repitió. Juga trenes.
Se puso los pantalones arrugados del suelo y la camiseta menos usada que
encontró en un cajón, todavía en un estado de amodorramiento. El niño ya estaba en
el piso de abajo, con su pañal colgandero de la noche, junto a las vías que tapaban el
suelo de la sala de estar. Posó la suave mejilla contra las frías tablas de madera para
ver cómo se movían las ruedas de los trenes.
Chu, chuuuuuu —pitaba—. Chu, chuuuuuu…
Cada mañana era lo mismo: a las seis, las vías de tren en el suelo de la sala de
estar, la contundente sartén en el hornillo de la cocina, un poco de mantequilla,
croquetas congeladas de patata y cebolla sacadas de una bolsa arrugada del
congelador, una pizca de sal, un cartón de yogur de la nevera, lavar el cuenco de
plástico del niño que llevaba en el fregadero desde la noche anterior, lavar su plato
del tractor porque ese era el único del que su alteza aceptaba comer, darle la vuelta a
las croquetas, llenar el cuenco, lavar el tenedor y la cuchara del nene, poner las
croquetas en el plato y este sobre la mesita de plástico que estaba en un rincón de la
cocina. ¿Leche o zumo, tesoro? ¿Leche o zumo?
La madre se comió un plátano, que él también quiso —no uno distinto, no: el
suyo, lo que quedaba de él—, porque, efectivamente, se había quedado con hambre.
Quiso darle al botón de la licuadora mientras ella se preparaba su batido de fruta,
pero le daba miedo el ruido del aparato, así que se tiró al suelo pillando una buena
rabieta, porque no quería que el chisme hiciera tanto ruido cuando pulsara el botón, y
el nene tenía que pulsar el botón.
Tesoro, le dijo, ya sabes que hace ruido. Cada mañana hace ruido.
No, mamá. NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, gritó.
Cada mañana era lo mismo. Cada día era lo mismo. Después del desayuno tocaba
jugar con los trenes, leer un cuento sobre trenes, volver a leer el mismo cuento una
vez, y otra, esta vez es la última; bueno, vale, otra más, y luego andar calle abajo y
cruzar la concurrida carretera y atravesar corriendo el aparcamiento de la iglesia en
dirección a las vías del tren que había sobre una pequeña loma. Inspeccionar las vías
del tren. Tamizar piedrecillas. No tires piedras, tesoro. Las piedras no se tiran. Hacer
equilibrios sobre las vías del tren. Frustrarse. Gritar y tirar piedras. Calmarse y
hablarse de los distintos tipos de vagones que hay. ¿Pasará uno dentro de poco? La
madre no lo sabía. Tendrían que ser pacientes y esperar.
¿Que si esto era un aburrimiento? Sí, era consciente de ello, y quería que alguien,
quien fuera, comprendiera la monotonía, el embotamiento mental causado por esa
rutina, cómo la actividad mental menguaba y menguaba desde el mismo momento en
que se despertaba cada mañana, que empezaba con grandes expectativas, ideas para
proyectos artísticos y energía, el pensamiento de disfrutar de un día soleado y un nene
contento y cumplir metas, pero, ay, entonces llegaba la lenta pero implacable
pulverización de cualquier esperanza para volver a la cuestión de qué comer o qué

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limpiar, la mortificante agonía del Horario —la hora del desayuno y la hora del paseo
y la hora de la comida y la hora de la siesta y la hora de hacer caca y la hora de la
cena—, de hacer esto y lo otro y lo de más allá, hasta que la cabeza se le acababa
vaciando de cualquier pensamiento y en su lugar solo quedaba la sensación física del
agotamiento, un dolor en la rabadilla, el pelo grasiento y mucho empacho por haberse
comido demasiadas galletitas con forma de pez y sal a porrillo. Hablaba como hablan
los niños y se pasaba el día preguntándole cosas sobre hacer popó.
Haz popó en el orinalito, sugería cuando al nene le dolía la tripa. Su segundo
cumpleaños quedaba ya muy lejos, y debería estar haciendo popó en el orinalito. El
nene no puso pegas y se sentó allí, ella le leyó un cuento que se llamaba «Mi
orinalito» que iba de hacer popó en el orinalito y entonces, cuando ya parecía que
tenía ganas de evacuar, el nene pidió hacer popó en el pañal.
Pero, tesoro, hazlo en el orinalito.
¡No!, dijo, poniéndose de pie. ¡Popó en el pañal!
Suspiró.
Vale, dijo al fin. Está bien.
Le puso un pañal y el niño se escondió detrás de la silla que tenía una montaña de
cosas encima y asomó la cabeza por un lado.
Nene popó, dijo. Gruñó y apretó, mirándola a los ojos mientras cagaba, como le
gustaba a él. Cuando salió de su escondrijo, el volumen del pañal atestiguaba su
empeño.
Limpia culete, le dijo.
Y, ya entrada la noche, el niño no quería dormirse. Se pasaron horas y horas y
horas y horas tumbados el uno junto a la otra, a ver quién podía más. Ella reprimió las
ganas de gruñir, de ladrar ferozmente, de enseñar los dientes, de entornar los ojos y
echar las orejas para atrás, más cerca del cráneo, como le hubiera gustado hacer.
Vivían en una casa de una planta de estilo mid-century con ángulos raros,
construida por un constructor que de construir no tenía ni pajolera idea. Le había
parecido lo más de lo más cuando se mudaron —de hecho, había convencido a su
marido de que allí era exactamente donde debían mudarse, pese a la dudosa
instalación eléctrica y al único baño—, pero ahora las puertas, que eran demasiado
estrechas o demasiado bajas, la desquiciaban. Ni un solo rincón era un ángulo recto.
Y daba igual lo mucho que se matara a limpiar: nunca parecía que estuviera limpia.
Vaya casa, pensaba conforme se le hinchaban las narices. Vaya puta mierda de casa.
Y en vez de contar ovejitas, allí echada sobre la cama, esperando a que el niño se
durmiera —mientras este se daba mil vueltas y se hacía un revoltijo con las sábanas y
sacaba las piernas, y pedía agua, comida, se quejaba, intentaba jugar con ella, hacía
pucheros cuando le decía que chitón y que a mimir, que había que descansar—,
mientras el nene se resistía y se revolvía y ella no se movía ni decía ni mu, imaginaba
que abría boquetes a puñetazo limpio en los tabiques de escayola. Qué satisfactorio
sería concentrar toda la fuerza de su cuerpo, sentir la sacudida en los huesos tras el

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contacto del puño contra la dura pared. Tendría la mano llena de sangre, seguramente
se rompería los nudillos. Pero cargarse la pared, que se viniera abajo, destrozarlo
todo… Había una sensación de alivio asociada a la violencia. Ahora lo veía claro.
Pum, pum, pum. Una hora transcurrida allí, junto al niño. Pam. Dos horas. Seguía
sin dormirse. Cualquier otra noche le habrían entrado ganas de llorar. Cualquier otra
noche, se habría levantado de la cama, se habría ido al piso de abajo y no le habría
hecho ni caso mientras el niño salía a hurtadillas del dormitorio y bajaba despacito las
escaleras; se habría puesto a leer en el sofá y habría hecho como que no estaba allí
mientras se acurrucaba contra su brazo; habría hecho lo que le apeteciera y habría
dejado que se durmiera cuando le diera la gana y donde le diera la gana, porque ya no
podía más. No podía estar en esa cama con él ni un maldito minuto más, simple y
llanamente.
Le iría bien distraerse. Leer algo. Cualquier cosa que le hiciera pensar en otra
cosa que no fuera la decepción y la desesperación que empezaban a hacer mella en su
interior. Y allí estaba, en la mesilla de noche: el Compendio de mujeres mágicas. Pues
claro.
No lo estaba leyendo de principio a final, sino que sentía que debía dejar que el
tomo se abriera donde quisiera y retomar la lectura con lo que se encontrara. Lejos de
ser una cosa inerte, le parecía que el libro era un ente que tenía mucho que decir, y
que hablaba; en concreto a ella. Así pues, sencillamente no podía leerse de modo
ordinario.
¿De qué quieres hablarme ahora?, se decía para sus adentros cuando se lo sacaba
del bolso en el parque y, como respondiéndole, el libro se abría de par en par por
«Una excursión a la Antártida» o «Algunas opiniones sobre la transformación».
Esa noche, mientras esperaba a que su marido por fin, gracias al cielo, regresara a
casa al día siguiente, se quedó tumbada en el ambiente cargado de la habitación, con
su hijo ya roncando junto a ella (¡solo le había costado entre dos y tres horas!) y abrió
el libro por el apartado titulado «Variedades domésticas».
Decía White: «Si bien mi investigación en tierras indómitas ha sido una de las
experiencias más apasionantes y fascinantes de mi carrera, no hay que pasar por alto
las especies domésticas de mujeres mágicas pues, de hecho, merecen por propio
derecho un estudio detenido y serio».
Pues nada, pensó la madre. Allá vamos.
En estas páginas descubrió a la Cañera,

… Un tipo de criatura moderna que pone empeño y siente


predilección por todo lo relativo a su carrera, el éxito, las ganancias
económicas y el poder. No es específica de un campo concreto, pero
la encontrarás en los puestos de más categoría de su área de
especialidad.

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Se vestirá como le apetezca, sin un estilo determinado, pero si tienes
la mala fortuna de enfrentarte a ella en negociaciones comerciales de
tono hostil, ten cuidado: puede atravesarte con la mirada y dejarte
fuera de combate durante días. Con una palabra certera es capaz de
sembrar la duda y hacer que te cuestiones todas tus decisiones vitales.
A veces —nótese que es una teoría mía todavía por confirmar, basada,
eso sí, en años de observación—, casi imperceptiblemente, la Cañera
puede volverse punzante: su forma corpórea puede adquirir una nueva
angulosidad y su rostro, estrecharse y adoptar una forma apuntada, de
manera que frente, nariz y barbilla se convierten en una especie de
cordillera escarpada. Puede que sea cosa de magia o puede que sea
cosa de la edad. (Con algo de financiación, estaría encantada de llevar
a cabo un estudio pormenorizado del caso). La Cañera fracasada es
una criatura lastimera, si bien igual de hiriente. Fuera del ámbito
empresarial, se la puede encontraren un hogar impecable, acompañada
de unas criaturas obedientes, una pareja igualmente dócil y en un
marco caracterizado por el cumplimiento de un estricto horario. Esta
clase de Cañera no acepta otra cosa que no sea la perfección, puesto
que al desviarse de sus metas, estas se materializan con mayor saña, si
cabe. Les deseo lo mejor a sus familias.
La Cañera prefiere las relaciones domésticas ambiguas con otras
mujeres. Ya sean sexuales o no, lo más probable es que no seas capaz
de distinguirlas.
Cabría esperar que las demás mujeres contemplaran con desdén a la
Cañera debido al espíritu cooperativo y altruista que suele animar los
círculos sociales femeninos, pero yo he descubierto que, en la mayoría
de los casos, sucede en realidad lo opuesto: las mujeres beta que se
encuentran cerca de una Cañera sentirán un gran respeto por ella y se
nutrirán de su poder, desarrollando a lo largo de meses o de años su
propia versión de una Cañera hasta llegar a serlo ellas mismas.

La madre cerró los ojos. ¿Cómo debía de ser estar con mujeres que tuvieran la misma
vitalidad contagiosa? ¿Qué se sentiría al erigir vastos imperios y mundos que hasta
entonces habían sido inimaginables? ¿Cómo sería controlar el intercambio de ideas,
la evolución de una sociedad? Ella jamás había sentido demasiado interés por el éxito
o el poder entendidos de manera tradicional, pero por un instante vio el atractivo de
un imperio gobernado solo por las mujeres, y luego el atractivo de mostrar una fuerza
que pudiera devastarlo de un ramalazo. Un reino entero arrasado como manifestación
de la furia de una mujer. Una habitación destrozada y hecha polvo. Lo que fuera para
sacar de su cuerpo lo que sentía, pues había cargado con ello demasiado tiempo y ya
no lo quería.

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Además del pelo que se le iba extendiendo por la nuca y los hombros (una
novedad), de los dientes afilados y la cola, a la mañana siguiente tenía los pechos
hinchados y muy sensibles, y la zona lumbar muy tensa. En cada cosa que hacía
notaba el martilleo subyacente de un intenso dolor de cabeza. Eso sí que tenía una
explicación. Era normal, o por lo menos lo era desde que le había vuelto la regla al
año de tener el bebé, tanto podía ser esta un intenso diluvio como un chorrillo
fangoso; una semana con las compuertas abiertas como un par de días de no salirle
prácticamente nada. No había nada previsible en su ciclo reproductivo; tan solo el
sufrimiento.
Nunca antes había sentido esa clase de agonía previa a las reglas; era una
situación tan crítica que ahora entendía a las mujeres que tras asesinar a sus maridos
se habían valido del SPM en su defensa. El único instinto que se le despertaba en esa
situación era el de la violencia.
Por si no le bastara con su agonía premenstrual, la gata negra y gorda de pelaje
desaliñado y grandes ojos verdes carentes de cualquier atisbo de inteligencia repetía
su marramiau una y otra vez justo a la frecuencia exacta en que se desata la furia
homicida.
¿Era posible que se le hubiera escapado alguna patadita que otra contra la minina
(sobre todo sin querer, porque siempre tenía al bicho rondándole los pies, pidiéndole
más comida; pero también con una chispita de intención, la suficiente para que le
manara una fuente de alegría asesina dentro del pecho)? Sí.
Fuera, fuera, fuera, fuera, fuerafuerafuerafuera, gruñó, armando una buena en la
cocina para intentar atrapar al animal, que se escabulló entre las patas de la silla y se
metió debajo de la mesa de la cocina.
La madre dio un buen pisotón en el suelo para asustarla, y entonces la agarró por
la panza, curiosamente rechoncha. La gata apenas se desinfló y chirrió como si fuera
un juguetito. Las minúsculas patitas se le meneaban mientras la llevaba hacia la
puerta y la lanzaba al porche.
Antes adoraba a la gata, cuando todavía no había tenido a su hijo. Era una criatura
hermosa, negra como un tizón y esponjosa hasta la desmesura, de ojos enormes y
verdes como un búho y un maullido agudo de princesa que sonaba como una
campanilla. Tenía una asombrosa belleza que era equiparable también a su asombrosa
idiotez. Maullaba como una posesa hasta que alguien se acercaba a su cuenco, le
señalaba la comida y lo meneaba un poco, momento en que devoraba la comida como
si estuviera muerta de hambre. Siempre salía disparada en la misma dirección en la
que caminaba la madre, que acababa pisándola, y entonces lanzaba un alarido
horrible y salía escopeteada hacia el sótano. Comía demasiado y se había vuelto
obesa, por lo que ya no podía limpiarse sola, de manera que la madre, cada semana,
tenía que quitarle la caca apelmazada que se le había quedado pegada entre los pelos
del culo; tarea que hacía con asco infinito. Tal ritual de Empieza era necesario porque

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la gata tenía tendencia a las infecciones de la vía urinaria debido a lo que el
veterinario había llamado «vulva anómala».
¡Pero hemos llegado hasta aquí juntos!, decía su marido cariñosamente cuando
ella se quejaba de la gata. Abrazaba fuerte al bicho de marras y decía: Piénsalo,
nosotros y esta gata hemos evolucionado a partir de un organismo unicelular y hemos
llegado hasta este momento de la historia juntos. ¡Lo hemos logrado!
A la madre se le escapaba entonces un ladrido de la risa, puesto que jamás se lo
había planteado de aquella manera, y por lo menos durante unos instantes veía a la
gata como a una victoriosa camarada y no como a una miserable alimaña, aunque esa
camaradería duraba bien poco.
Ah, sí, estupendo, qué bien; todos habían conseguido llegar hasta allí. Pero,
sinceramente, esa gata no habría llegado demasiado lejos de no ser por la
intervención humana. De tener raza habría sido una gata palaciega, la gata de la reina;
una gata que todo el día descansaba las posaderas en un cojincito de seda y a la que
alimentaban con carne picada preparada por un rubicundo cocinero. En cierta manera,
pues, la gata merecía morir, si nos ateníamos a la selección natural.
Lo último que la madre quería era tener otro ser que dependiera de ella, que
necesitara ser abrazado, alimentado, lavado, arrullado y mimado. Ella solo quería un
poco de paz y que nadie la tocara.
La impresión de que la sociedad, la vida adulta, el matrimonio, la maternidad,
todo eso, había sido una idea magistral para dejarle bien clarito a la mujer cuál era su
lugar, del que no podía salir, esa idea había empezado a cobrar fuerza en su interior.
Se lo había planteado antes, claro, pero tras la llegada de su hijo, ese pensamiento
adquirió nueva forma y se volvió un peso engorroso —que notó mucho más después
de dejar el trabajo— mientras su cuerpo luchaba por recuperar el equilibrio. Y una
vez se la despojó de todo lo que ella había sido; de su carrera, de su hermosa figura,
de su ambición, de sus hormonas antaño reconocibles, una conspiración antifeminista
no solo parecía plausible, sino casi inevitable.
Tenía que salir a por comida para gato y otras cosas ese día, y no le apetecía en
absoluto salir a por comida para gato ni otras cosas, pero aun así fue.
En el supermercado, no podía sacudirse esa idea: que estaba atrapada, que todo
era una conspiración; y acabó poniéndose de un humor de perros, pese a sus
esfuerzos en pos del pensamiento positivo y la elección de la felicidad.
Se preguntó si estaba siendo una histérica mientras empujaba el carrito por el
pasillo de frutas y verduras y dejaba atrás la charcutería. Era lo último que quería ser.
Siempre se había enorgullecido de no ser una mujer histérica, sino más bien una
mujer lista con buenos argumentos que alguna vez se molestaba un poquillo pero con
la que casi siempre molaba pasar el rato.
Ya sabía, claro, que el concepto de «mujer histérica» era en sí mismo una noción
sexista, y rechazaba de todas todas esa etiqueta, pero también se aseguró de que, para
empezar, nadie pudiera asociarla con tal etiqueta.

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El niño balbuceaba galleta, galleta, galleta, desde su sillita del carro, y luego dijo
con señas por favor, frotándose las palmas contra el pecho, arriba y abajo, y
mirándola con ojos de cordero degollado.
La madre sonrió, le hizo una caricia en la nariz y deambuló distraída hacia la
sección de panadería y bollería.
No era histeria si el motivo que la causaba estaba justificado, si el sistema del que
se formaba parte se había configurado desde el principio de manera que la mujer
estaba siempre en posición de desventaja. A decir verdad, aunque la vaga definición
histórica culpabiliza al útero y a las hormonas femeninas descontroladas, eran
precisamente esas cosas las que no lastraban a la mujer sino que la elevaban a un
grado superior, aguzando su ingenio, poniendo a su disposición la realidad de las
políticas de género y perfeccionando su pensamiento crítico hasta volverlo afilado
como una navaja.
Sí, claro que su rabia incipiente era en parte una consecuencia de los procesos
fisiológicos que estaba viviendo, pero ¿cómo podía alguien no estar de mal humor
después de tener un hijo?, se preguntaba mientras cogía una cuña de queso y la
olisqueaba, registrando al momento una profundidad de matices olfatorios que hasta
entonces le habían resultado desconocidos: heno, humo, miel, un tufillo agradable a
hongos, un olor acre como a una mezcla de algo dulce y podrido. Increíble, pensó al
dejarlo en su sitio. Se dijo que esa extraordinaria sensibilidad era otro síntoma
premenstrual, aunque lo que temía —de repente lo vio claro— era que la
exacerbación de este sentido, que no hacía sino acentuarse conforme avanzaba por el
supermercado, formara parte de su evolución canina: las levaduras maduras de la
panadería, el bicarbonato de soda y el chocolate amargo de la galleta con tropezones
de chocolate del niño, la leche en todos los estados comprendidos entre la frescura y
la acidez, el vinagre de los botes de aceitunas, los prados mortecinos del pasillo del
pan de molde, los matices punzantes del café recién molido.
Notaba que estaba viva de un modo distinto mientras iba avanzando por el
supermercado; el crío estaba la mar de feliz con la cara manchada de chocolate. Le
llegaron los efluvios del té negro y la húmeda suciedad de la orina vieja de su pañal,
y luego la sal y lo verdinoso de la sección de pescado y marisco. Al niño le gustaba
embobarse con las langostas del tanque que, con las pinzas atadas, se revolcaban
amontonadas por la turbia agua. Se pararon para ver cómo se caían unas sobre otras
para acabar chocando con el cristal.
El supermercado es un foco de opresión, pensó mientras empujaba el carrito y
dejaba atrás a una mujer mayor que trabajaba allí friendo filetes de pescado para
degustar en una sartén eléctrica situada sobre un pequeño podio.
¿Mordisco?, le preguntó la madre al niño, señalando la galleta. ¿Me das?
El nene le cedió la galleta y ella mordisqueó el borde. Gracias, le dijo por señas,
y él palmoteo con las manos, que llevaba guarrísimas. Deseó tener una galleta entera,
una docena entera solo para ella. De repente se le había despertado un hambre canina,

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pero no: lo que quería no eran galletas. Se acercó al mostrador de la carnicería y se
compró tres chuletones bien gordos; el olor a moneda y a sangre y a muerte la sumió
en un apetito sin fondo. ¡Qué hermosura de cortes! ¿Por qué jamás se había fijado en
su belleza, en el contraste del intenso rojo de la carne con las blancas espirales de
grasa? Cada uno de ellos era una pequeña obra maestra, pensó, relamiéndose. Pidió
más: un kilo de espaldilla picada; pensándolo mejor, póngame kilo y medio. Media
docena de bratwursts. ¿Y esa parte es aguja? Tiene una pinta deliciosa. Me quedo
medio kilo. Y esa culata es espectacular; casi es tan grande como una zarigüeya, le
dijo al carnicero señalándole la pieza, y el hombre se rio por lo bajo mientras la
sacaba de la funda de plástico. Y póngame ya que estamos algunos kebabs de esos
preparados; que no falte la verdura que es muy sana, dijo intentando controlarse.
Sí, tomar verduras era de lo más civilizado. A una perra ni se le pasaría por la
cabeza comprarlas.
Pero ¿tú te estás oyendo?, se preguntó a sí misma.
Para ya, le dijo otro yo. Deja de hablar sola.
Mierda, pensó.
Era viernes, y su marido estaría de vuelta en casa esa misma tarde. Llevaba casi
cinco kilos de carne roja en el carrito. Seguían necesitando zumo, toallitas, yogur,
plátanos, tentempiés para picotear y una bolsa de zanahorias de lo más civilizadas.
Imagina que estás intentando comprar cosas para picar con un niño pequeño y un
sentido olfativo acentuado y cuasianimal con la enormidad de la sociedad patriarcal
acechándote detrás de cada caja de galletitas saladas de temática animal, en el crujido
de cada bolsa de lazos salados que coges.
Mientras cruzaba las puertas automáticas que iban del súper al aparcamiento,
alguien la llamó desde atrás, y ella se giró.
Sally —la soltera, mona, joven, feliz y rubia Sal— la saludó con la mano y se le
acercó muy alegre, prácticamente dando saltitos.
¡Oye! ¿¡Qué tal, cómo te va!?, preguntó dándole un abrazo a la madre y
alborotándole el pelo al niño. Hace la tira que no te veo. ¿A que estás encantada de
tener a este chavalote en casa? Seguro que os lo pasáis pipa.
Sal trabajaba en la galería local que ella había dirigido antes de renunciar al
puesto. Había tomado la decisión correcta. Sí. Estar trabajando mientras su crío se
pasaba el día tirado en el suelo de linóleo de la guardería había sido una agonía, pero
estar en casa también lo era, solo que distinta.
Quería decirle a la chica: es complicado. Ahora soy una persona que jamás
imaginé que sería, y no sé cómo hacerme a la idea. Quisiera sentirme satisfecha, pero
tengo la sensación de estar atrapada en una cárcel que yo misma he construido, donde
me atormento incesantemente hasta que acabo atiborrándome de galletas de higo a las
tantas de la noche para no echarme a llorar. Es como si las normas sociales, las
expectativas de género y la desesperante crudeza de la biología me hubieran obligado
a convertirme en esta persona, pero aun así me está costando la vida analizar cómo he

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llegado hasta donde estoy. Siempre estoy enfadada. Me gustaría llegar a enfocar mi
propia obra hacia la crítica de estos sistemas modernos en torno a los que se articula
todo lo que te cuento, pero mi cerebro ya no funciona como antes del bebé, y ahora
soy medio lerda. Me da miedo no poder volver a ser lista ni feliz ni delgada. Tengo
miedo de estar volviéndome perra.
En vez de eso, dijo sonriente: me encanta. Me encanta ser madre.

He estado dándole vueltas a un posible nuevo proyecto, dijo de pie desde el


umbral de la puerta del baño esa noche —¡por fin viernes!—, mientras su marido le
echaba agua templada al niño en la cabeza. Quizá algo que tenga que ver con
destrozar cosas. Me encantaría usar un bate. O un hacha.
Esto… ¿y pintar con una maza?, le dijo su marido.
Ya…, dijo sin ningún convencimiento.
Él se rio y empezó a enjabonarle el pelo al niño.
Algo que tenga que ver con las madres y la ira y romper cosas, prosiguió ella.
Pero en plan artístico, tú ya me entiendes.
Con las madres, repitió él.
Pues sí. Están enfadadas, le contestó.
¿Enfadadas?
Déjalo estar.
Si tuviera que adivinar cuál sería tu próximo proyecto, observó él, diría que estás
aprendiendo a ser carnicera, porque tenemos la nevera hasta los topes de carne.
Hasta los topes, no. Hay más cosas, le respondió ella.
¿Todavía sigues convencida de que te estás volviendo medio perra?, le preguntó
levantando mucho las cejas, como dando a entender que estaba pensando estoy de
coña, pero también creo que eres un poco tontaina.
Calla, anda. No me pasa nada, le respondió. Si hasta hemos ido a Biblionenes esta
semana. Bueno, vimos a los Biblionenes mientras estábamos en la biblioteca.
¿Y qué tal?
Una cosa insoportable, dijo ella, y los dos se rieron.
Le agradecía que estuviera bañando al niño, aunque durante el susodicho baño el
marido le había pedido que pusiera la toalla del niño en la secadora para calentarla,
que le trajera una tostada porque el nene tenía hambre, que fuera a buscar el pijama
del crío a su cuarto; todo ello mientras el hombre permanecía sentado en la tapa
bajada del váter, al lado de la bañera, leyendo algo en su teléfono. Lo haría, claro,
aunque durante toda la semana hubiera hecho todas esas cosas sola, sin la posibilidad
de tener algo de ayuda, ¿no parecería un poco pejiguera si lo mencionaba? Ella solo
quería apalancarse en el sofá y quedarse un rato con la mirada perdida en la ventana
—aunque fueran diez minutos—, pero a su marido le gustaba6oque estuviera
animada y habladora cuando estaba de vuelta en casa. Porque, claro, se había tirado

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un montón de horas en el coche, desde Mineápolis o Chicago —y él también estaba
agotado, porque se había acostado muy tarde esa semana en el hotel, leyendo o
mirando Internet, o sencillamente no había podido dormir por equis motivos: porque
había demasiado silencio en la habitación, o porque había pedido que le subieran la
cena demasiado tarde y le había sentado como una patada. Pasarse la vida en un hotel
era un no parar de problemas, de verdad, le informó él.
Si, cuando llegaba a casa, lo primero con lo que se encontraba eran las quejas de
la madre o al niño pasado de rosca o la casa hecha unos zorros, se estresaba, y
entonces necesitaba un poco de tranquilidad para empezar con buen pie, un rato de
relajación después de pasarse tanto tiempo al volante, una horita o así al ordenador.
Hacía ya muchos años que la madre se lo consentía, y se obligaba a recordarse —una
y otra vez, a ver si se le grababa a fuego— que no era un mal hombre.
Ella lo llevó a nonón después del baño, puesto que el marido tenía que enviar
algunos mails del curro, pese a haber tenido la semana entera para hacerlo. Lo que de
verdad habría querido hacer era marcharse de casa y pasarse la tarde entera en la
cafetería en el mismo momento en que el marido hubiera puesto el pie en casa; eso o
encerrarse en el cuarto de invitados y simplemente ponerse a imaginar cosas:
proyectos, combinaciones de ropa, futuras vacaciones. Quería irse, pero habría sido
inconveniente para su marido; para toda la familia, como le había dicho él, así que se
quedó en casa.
¿Y si resultaba que ella sí estaba de buen humor, aunque pensara que solo fingía?
¿Y si era divertido quedarse en casa y estar toda la familia junta tan pronto como su
marido llegaba a casa? Semana tras semana se lo planteaba para intentar convencerse
a sí misma.
Cuando al final se cameló al niño para que se durmiera, el marido le dijo lo
contento que estaba de verla contenta; lo mucho que deseaba que las aguas volvieran
a su cauce, tú ya me entiendes. Se sentaron en el roñoso y viejo sofá mientras la
televisión emitía el murmullo de una película extranjera que su marido había elegido.
Le acarició el vello suave de los antebrazos y luego le metió la mano por debajo de
los pantalones del pijama para tocarle los pelos de las piernas, y fue subiendo hasta
llegar a los muslos, que no pinchaban, como de costumbre, porque el vello había
crecido y estaban frondosos, pues pese a que se había depilado las piernas en algún
momento de la semana, el pelo había vuelto a salirle, pletórico.
Mmmm, le dijo enterrando la cara en el cuello y acariciándole la nuca, notando
un poco de pelambre en la mano.
Oh, musitó sorprendido mientras la besaba.
Un momento…, dijo ella, bajándole la mano hasta la cintura y ofreciéndole solo
besos con los labios sellados por miedo a rajarle con sus colmillos. Él desplazó la
mano a la parte baja de la espalda y ella arrugó la cara y lo apartó.
El quiste, le dijo, apartándose de él en dirección al lado opuesto del sofá. No
estoy muy fina. Me tiene que venir la regla.

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Bueno, y si…, dijo, tirando de la cintura del pijama de ella e inclinando la cabeza
con esa sonrisa picara, pero la madre dijo que no y le sonrió y le dio un beso y se
volvió hacia la tele y la cosa quedó así. ¿Cómo iba a enseñarle los cuatro granos que
acababan de salirle en el pecho, hinchados y rosas? Seguro que le diría que eran
pecas, pero ella sabía que no.
Pezones. Solo podían ser eso. Ahora tenía seis en total, contando los de sus
pechos.

Era sábado por la mañana y la madre se metió en la ducha, porque ¿cuánto tiempo
hacía que no se bañaba? ¿Tres días?
¿Una semana? Antes de que pudiera echarse siquiera un poco de champú en la
mano, su marido ya estaba en el baño diciendo que se habían quedado sin leche, y al
segundo apareció el niño llorando y tirando de la cortinilla de la ducha antes de que él
lo cogiera y se lo llevara rápidamente de allí. Oía al marido en la cocina, pidiéndole
al niño que se calmase, mientras este gritaba ¡MAMÁ! Por toda respuesta.
¡Un segundo!, canturreó ella, frotándose el cuero cabelludo con frenesí. Ocúpate
de tu hijo, quiso gritarle. ¡Ocúpate tú y punto! ¡No tiene mayor complicación! Dale
algo, lo que sea. Hazle muecas. Ponle los putos dibujos.
No le cabía en la cabeza que su marido tuviera una extraordinaria pericia para
operar con máquinas complejísimas y que fuera totalmente incapaz de identificar lo
que le pasaba a su hijo y solucionarlo. Salió dando un brinco de la ducha sin haber
podido lavarse bien la cara.
No queda leche, repitió su marido.
Ya lo sé, le respondió ella mientras le quitaba al niño, que estaba hecho un mar de
lágrimas, y lo besaba en la mejilla.
¿Por qué no hay más leche?, inquirió.
Porque se la ha bebido, respondió señalando al hijo que tenían en común.
Beche, dijo el niño.
Ya, eso está claro, respondió con un tonillo molesto, como si fuera ella la que le
estaba haciendo perder el tiempo, y no al revés. Pero ¿sabías que no quedaba?
Sabía que quedaba poca, dijo. Tenía toda su concentración puesta en mantener un
tono de voz calmado y contenido. Pero, no sé por qué, me habré descuidado. El
marido suspiró y volvió a su portátil, abierto en la mesa de la cocina.
Envuelta en una toalla, con el pelo chorreándole, sostuvo al niño en brazos, que
buscaba a su padre.
Papi, dijo el niño.
¿Por qué no te piras?, pensó. Píratelas. En cierto modo, todo era más fácil si no
estaba él. Podía ocuparse del crío sin tener que soportar su incesante torrente de
comentarios, sus preguntas inspiradas por opiniones mal disimuladas, sus soliloquios
paternalistas o cómo él haría lo que fuera que tuviera que hacer ella si fuera él quien

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se ocupara de todo; cómo lo tenía todo bien pensado, lo sencillas que eran las cosas:
no había más que hacer X, Y, Z; todo perfectamente razonable.
Sí, claro, pensándolo a toro pasado tampoco era una locura que le preguntara
sobre la leche ni que necesitara que lo ayudara con el crío porque no había
desarrollado las mismas habilidades que ella por todo el tiempo que pasaba fuera,
pero ¿no se daba cuenta del currazo que era? ¿No era capaz de reconocer todo lo que
hacía? Por sus comentarios parecía que pensara que ella estuviera alargando sus
vacaciones. Si no era capaz de ofrecerse a ayudarla de manera práctica, lo menos que
podía hacer era mostrarle su gratitud con una lluvia de gracias cada minuto del día
que pasaba en casa. En vez de eso, cuando intentaba sacar a relucir la división de
tareas, el trabajo invisible que ocupaba su vida, la carga mental, él le soltaba supongo
que el dinero que gano no vale para nada o algo por el estilo, y eso no era lo que le
estaba diciendo ella, en absoluto.
Cargó con el gimoteante crío escaleras arriba y lo colocó en la mesita de los
trenes de su cuarto antes de buscar un sujetador de deporte, unos pantalones cómodos
y una camiseta de tirantes. Era su uniforme de diario.
El lunes, transcurrido un fin de semana de soportar a su marido (porque así lo
sentía ella), lo abrazó sin ganas y le dedicó mentalmente un que te jodan mientras él
arrancaba el coche y se marchaba. Se derrumbó en una silla de la cocina con su café
tibio para recomponerse y observó al niño mientras sacaba metódicamente una
bandeja de horno, un molde para magdalenas, una sartén, el rallador, etc., del armario
que estaba al lado del horno. Aunque no quería admitir (y jamás lo haría) que el
consejo de su marido sobre la felicidad y los horarios quizá no fuera tan mala idea, se
negaba a que la semana empezara y discurriera en aquel estado de amargura y rabia;
tenía un enfado tan grande encima que casi se le saltaban las lágrimas. Eso no era
productivo ni bueno para nadie, especialmente para ella.
Vale. Puede que lo único que pasara fuera que tenía demasiado tiempo libre. Sí, el
problema era ese. No tenía tiempo para hacer cosas que de verdad le gustaban, como
crear proyectos artísticos, leer o hacer ejercicio de manera provechosa. Pero sí tenía
tiempo —¡muchísimo!— para llevar al nene a la zona de juegos del centro comercial
y para llevarlo a la zona de juegos de al lado de la piscina y para llevarlo al
parquecito del gimnasio local y para llevarlo a una sesión de cuentos de mañana o de
tarde —¿y por qué no a las dos?— de la biblioteca pública.
Pues yo estaría como unas castañuelas si eso fuera lo que tuviera que hacer todo
el día, le decía siempre su marido cuando ella se quejaba, lo que en realidad ya no
hacía, porque intentaba ver las cosas desde su perspectiva y regocijarse interiormente
por vivir como una ama de casa que le dedica todas las horas del día a su crío y a las
actividades relacionadas con él.
Esa semana se esforzaría aún más por salir de casa y por conectar con los demás.
No flaquearía en su actitud positiva. Preparó la bolsa de los pañales, canturreó por lo

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bajo mientras vestía al niño, le hizo una caricia en la nariz para que se riera y luego se
cepilló el pelo.
Iban cantando juntos «El perro Bingo» mientras salían de casa, ella con la bolsa
colgada del hombro y el niño en brazos, cuando de repente se paró en seco,
asombrada por lo que acababa de ver en el jardín.
Guau guau, dijo el niño, señalando.
Sí, en realidad eran tres guau guaus, y estaban a la sombra del arce plateado: un
golden retriever, un collie y un sabueso. Siempre los había visto como las razas de
perro favoritas de las chicas en los ochenta. A ella misma, sin ir más lejos, en esa
época, le habían encantado esos perros y de niña había soñado con peinarlos con un
cepillo de dientes rosa, ponerles lacitos de color lavanda y llamarles Lisa o Gem o
Mr. Belvedere. Además, la salvarían si alguna vez se tropezaba en la calle delante de
un coche en marcha o se caía en un hoyo muy profundo.
Pero ahora estaban allí, sobre la hierba, girados los tres hacia la madre y el niño,
jadeando.
Venga ya, dijo en alto.
Sí, era una situación de lo más absurda, pero lo cierto era que el corazón le
retumbaba en el pecho preso de un terror espantoso, de un placer espantoso. ¿Estaría
perdiendo la chaveta? ¿Los perros domésticos iban ahora en manadas? ¿Y qué hacían
en su jardín, acaso estaban montando alguna sociedad y llamándola a filas? El niño
empezaba a impacientarse bajo sus brazos; lo dejó en el suelo y este salió pitando
hacia los perros, que ya estaban erguidos y movían la cola violentamente. Apretaron
los hocicos húmedos contra la cara del niño, que soltó un gritito, se dio la vuelta y
corrió hacia su madre, que lo esperaba, estupefacta, en el porche.
Hola, perretes, cómo estáis, dijo conforme se acercaba a ellos, se arrodillaba y les
tendía la mano. El sabueso fue el primero en acercarse trotando; al poco le siguieron
el collie y el golden retriever. Resultó que las tres eran hembras. La primera se dejó
caer sobre el césped, entre los pies de la madre, mientras las otras saltaban para
ponerle las patas encima de la barriga y de los hombros, lamerle la cara y olisquearle
cualquier parte que debiera ser olisqueada. Lo normal es que hubiera reculado ante tal
muestra de afecto desatado y obsequioso. Así eran los perros. Tan poco complicados,
tan cariñosos. Con el tiempo había desarrollado un inequívoco desdén por los perros
y su amor incondicional a prueba de bombas. Deberían exigir más, cambiar de humor
con frecuencia, tener más enfermedades. Pero no, un perro siempre era pura felicidad,
una boca abierta y una cola en pleno movimiento, un destello en los ojos que
suplicaba que ese amor fuera correspondido.
Sin embargo, algo había cambiado y estas perras —estos canes ochenteros— y
sus lenguas mojadas y sus suplicantes patas y sus cuerpos cálidos y palpitantes eran
una preciosidad. Extendió los brazos y las abrazó. La tiraron de espaldas y se quedó
allí tendida, muerta de la risa, con las perras pisándola y meneando la cola y

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lamiéndola y, al fin, tumbándose sobre ella. El niño gritó de alegría y también se le
echó encima.
Acabaría cubierta de pelo y tufo perruno y babas y briznas de hierba, pero le daba
absolutamente igual. Adoraba a esas chuchas y… Joder, ¿qué le estaba pasando?
El niño y ella se pasaron la mañana en el jardín delantero, haciéndoles carantoñas
a las perras y preguntándoles cosas y diciéndoles que eran muy buenas perrillas. La
madre rescató una buena colección de pelotas de detrás del sofá y de rincones
recónditos del garaje, y el niño se las fue lanzando una por una, loco de contento.
La golden retriever descollaba entre las otras —verla saltar en el aire era una bella
estampa, con las orejas alerta y los ojos brillantes— para atrapar con el hocico una
pelota en pleno vuelo. Aterrizaba con contundencia, se daba la vuelta sin perder un
segundo, apretaba a correr hacia el niño y le dejaba la pelota a los pies.
Cuando el niño se cansó de lanzarle la pelota y de que se la devolviera, la
retriever se acercó a los escalones del porche, donde estaba sentada la madre, y apoyó
la cabeza con delicadeza en su pierna. La madre acarició al animal mientras veía a su
hijo perseguir con paso vacilante a la collie y a la perra sabuesa, con los brazos en el
aire, gritando y riéndose a carcajadas. Acarició el pelo dorado, largo y sedoso de la
perra, el más suave que había tocado jamás; parecía que le hubieran echado champú y
acondicionador antes de pasarle el secador y de cepillarla con gran primor.
¿Acabas de ir a la pelu?, le preguntó a la perra, que le hizo una caricia en el cuello
con el hocico y luego le lamió la palma de la mano.
Acercó contra sí el cuerpo de la perra y la abrazó, enterrando la cara contra su
pelaje, que olía a fresas y a jabón.
¡Fresas!, exclamó sujetando la cara de la perra y clavando la vista en su dulce
mirada. Qué perra más buena, preciosa y perfecta. La retriever le sonrió, y le pareció
reconocer algo familiar en los ojos del animal. Guiñó los suyos, ladeó la cabeza y le
susurró al perro: Madre mía, ¿no me digas que te conozco?
La perra encajó el hocico con delicadeza en la mano de la madre, luego tiró de
ella para llevarla del porche al jardín, y de ahí a la acera.
Ven, le decía. Los dientes caninos se le clavaron en la piel, y por un instante se
preguntó si le mordería.
Pero ¿adónde voy?, pensó ausente. ¿Adónde querría llevarme un perro? ¿A su
guarida? ¿A una inmensa pradera verde donde correr hasta cansarnos, conscientes de
la vigorosidad de nuestros cuerpos, con la sangre huyéndonos por los músculos y las
fascias, a un lugar donde nuestros pulmones se abrieran para recibir en nuestro
interior el cielo entero, un lugar donde no hubiera humanos, sino solo un latir y un
brío que dijera vida, vida, vida?
Dejó que la guiara, y avanzó despacito por el jardín; el tiempo parecía discurrir
más lento y el día resplandecía como si estuviera soñando despierta.
El niño estaba tumbado bocarriba, a la sombra, en el largo rectángulo de césped
del patio delantero, flanqueado por la collie y la perra sabuesa. La primera estaba

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arrodillada a su lado y apoyaba la pata en el pecho del niño igual que la madre
apoyaba su palma en el mismo lugar justo antes de que el pequeño se durmiera. La
orejota de la segunda aleteaba mientras el animal le susurraba algo al oído al niño. Un
cuento, quizá. Una nana.
¡Anda, si lo están preparando para que se duerma!, pensó. Qué bonito.
Cuando pasó junto a ellas, las dos perras la miraron a los ojos y asintieron.
Todo irá bien, le dijeron. Vete. Y la golden retriever volvió a tirarle de la mano
para alejarla de su casa y del niño y de la vida que quería y no quería a la vez.
Un pájaro entonó un canto agudo y estridente, y la madre se sobresaltó. Bajó la
vista hacia la golden retriever, luego miró a su hijo, a los otros chuchos. Sacó de un
tirón la mano del hocico de la perra, horrorizada, y acto seguido corrió a toda prisa
hacia su hijo y les gritó mientras arrancaba al ensimismado niño del suelo.
¡Largo!, gritó ahuyentándolos con el revés de la mano. ¡Marchaos a vuestra casa!,
insistió, y se fueron hacia la calzada, proyectando una mirada triste hacia el porche,
donde estaba ella. Bestias inmundas, rezongó, fuera de aquí. Y luego, como por acto
reflejo, echó la cabeza hacia atrás y aulló desde la caverna de su pecho donde estaba
todo: la aplastante felicidad de aquella mañana, la suntuosidad de la dorada luz del
sol, el no haber dormido ni una noche del tirón en dos años y pico, su soledad, sus
vergonzantes deseos, lo sedosos que eran los rizos rubios de su hijo… todo eso salió
de ella en un sonoro alarido. Los perros se quedaron petrificados en mitad de la calle,
escuchándola, y después, cuando hubo terminado, regresaron a toda velocidad al
lugar de dondequiera que hubieran salido.

¿Una jauría de perros?, le preguntó por teléfono su marido. Era lunes por la
noche, bastante tarde; el niño estaba acostado y ella estaba aterrorizada y llorosa.
Estoy cubierta de pelos y tengo cola, y luego encima lo de esos chuchos, sollozó.
No me gustan nada, y ahora quiero uno.
Cariño, le dijo él con tono apacible. Se oían de fondo las noticias por cable.
Seguro que no es más que un desarreglo hormonal. ¿Has pedido hora ya con el
médico?
No, le dijo mientras se sonaba los mocos. No quería ir al médico ni tener que oírle
decir que no le pasaba nada, que todo era fruto de su imaginación. Pues resulta que sí
que pasaba. Era lo que había estado intentando comunicar desde aquella primera
noche en la que se despertó rabiosa y ya no se volvió a calmar. Sí que pasaba algo,
aunque los demás se empeñaran en racionalizar sus preocupaciones y su rabia, en
decirle que así eran las cosas, que todo mejoraría, que tenía que tranquilizarse y no
enfadarse tanto, que debería estar agradecida y feliz, que la felicidad era una elección,
que era una privilegiada y se estaba portando como una niñata que quería tenerlo
todo.

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Y a esto había que añadirle la angustia que le causaba la teoría que empezaba a
cristalizar en su interior y que ella intentaba anular de un plumazo cuando se le metía
en la cabeza para susurrarle que la golden retriever y la Rubiales (ambas
inmaculadamente acicaladas, exhibiendo la misma vitalidad y emoción por la vida,
ambas con ese peculiar olor a fresas) eran un mismo ser.
Mira, si vuelven a aparecer, llamas a los de la perrera, le dijo su marido con la
boca llena de algo; un pedido nocturno al servicio de habitaciones, quizá. Visualizó
un brownie calentito coronado por una bola perfecta de helado de vainilla bañada en
caramelo.
¿Qué comes? No juegues con ellos, le dijo. Por lo que más quieras, no les des
bola.
Vale, dijo, y luego no dijo nada más durante un buen rato.
¿Ahora te has enfadado?
Necesito dormir, dijo, y puede que le colgara con algo de brusquedad, pero no
con tanta como para no poder argumentar que había sido sin querer.
Se cepilló los dientes y se lavó la cara, obligándose a dejar de llorar, a serenarse.
Eres una mujer adulta, se dijo mientras se pasaba el hilo dental, la acción más adulta
que le vino a la mente para reforzar dicha madurez. La vida es así. Apechuga. Pero no
podía quitarse de la cabeza las sencillas preguntas que la asediaban: ¿Por qué su
marido era incapaz de decirle nada que la consolara, un lo siento o un muchas gracias
por todo lo que haces? ¿Por qué no pillaba las reglas del intercambio afectivo
presentes en las interacciones humanas habituales? ¿Era capaz de sentir empatía o
resultaba que era, como a veces habían comentado en plan de broma, un sociópata
que se había criado en un hogar estable y afectuoso, y de ahí que no matara a gente
pero que, en cambio, fuera incapaz de reconocer las emociones y a veces y
constantemente hiriera sus sentimientos?
Se quedó tumbada en la cama junto al niño, mirando las confusas formas que
adoptaba la oscuridad, el techo ligeramente pixelado, las fauces de color carbón de su
armario. Ojalá no hubiera llorado al teléfono. Quizá su marido la habría tomado más
en serio. Para que pudiera entenderla tenía que plantearle las cosas de otra manera,
pero a esas horas de la noche y después de un día tan raro encajado entre tantos días
igualmente raros, no había podido mantener la calma.
No había entendido nada; ni su tristeza, ni su rabia, ni por qué el comportamiento
de los perros la había trastornado tanto. Y eso que ni siquiera había intentado contarle
que había sentido que la golden retriever la llamaba, que, sin saberse cómo, le había
hablado, y lo fascinante y lo reconfortante que había sido, como si comprendiera
todos sus infortunios, sus pulsiones y luchas más íntimas. No, jamás de los jamases le
explicaría nada así a su marido. Echaría por tierra el más mínimo atisbo de
credibilidad que le quedara. Su intuición, sus sentimientos no le importaban; de
hecho, eran inverosímiles. Esa era la palabra justa, inverosímiles, igual que lo eran las
patrañas, las leyendas urbanas, los remedios caseros, los alienígenas, las criaturas

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míticas que supuestamente vagaban por los bosques; de manera que sus sentimientos
automáticamente quedaban descartados, pese a que sabía que eran lo más verdadero
de su experiencia humana, una luz que alumbraba el camino.
Escarbó en la montaña de cuentos que tenía junto a la cama hasta que descubrió, a
la tenue luz nocturna, su Compendio, que abrió de par en par pese a estar agotada,
porque tenía la sensación de que Wanda White siempre tenía el pasaje preciso para
apaciguar el alma de la madre.
Wanda. Wanda. Cuánto ansiaba conocer a Wanda, llorarle en el pecho oloroso a
polvos de talco y que esta mujer mayor le acariciara el pelo como su propia madre
jamás hizo. Ser arrullada en la suavidad y el calor de un abrazo con rebequita. Un
bocadito de ternura… Ay, querida Wanda.
«A fin de cuentas», leyó la madre, con su visión nocturna más aguzada que nunca,
«¿hay algo más inverosímil que empujar una menuda cabeza humana por el agujerito
que tienes entre las piernas o que un desconocido con mascarilla y bata te raje el
vientre y te arranque de él un bebé que lloriquea cubierto de sangre? Ambas premisas
son totalmente descabelladas, imposibles de creer y sin embargo innegables por la
presencia de la criatura, una realidad irrefutable».
Se detuvo, con los ojos llenos de unas lágrimas que se enjuagó con brusquedad.
Como si el propio libro fuera su amigo más querido.
Como si las páginas conocieran su sentir. Siguió leyendo.

… Lo inverosímil no es solo creíble, sino esencial, y ocupa un lugar


muy concreto en el mundo. Me atrevería a atestiguar que lo
inverosímil es otro modo de llegar al conocimiento; un principio
organizador que no entra en contradicción, sino que comulga con los
paradigmas organizadores de la ciencia. Mientras que tal vez lo
inverosímil no comunique verdades claras, sí puede transmitir
verdades más profundas si se está dispuesto a ser paciente, a escuchar,
a meditar.

A la mañana siguiente, se despertó con lo inverosímil todavía vivo dentro de ella, bajo
los efectos de un aparente hechizo. Se levantó para prepararle el desayuno al niño, y
mientras su hijo intentaba comerse un bol de yogur —manchurreándose toda la cara y
despachurrándoselo por todo el pelo—, la madre, ausente, fregaba los platos. ¿Quién
es Wanda White?, pensaba obsesivamente. Se imaginaba el despacho de Wanda
White en un campus bañado por el sol, con las muchas chaquetas y faldas de tweed
colgadas pulcramente en el armario. Enfrascada en la tarea de frotar un resto de yema
de huevo de un plato, tuvo la certeza de que Wanda White no estaba casada y de que
gozaba de muy buena salud. Siempre llevaba protector solar y le gustaba comer
verduras. Era feliz y tenía una vida plena viajando por el mundo para estudiar a unas
criaturas en las que nadie creía, y luego regresando al campus para pasarse largas

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horas absorta en sus notas, convirtiéndolas en algo inteligente y útil. Quizá era la
rarita del campus y sus estudios eran considerados poco serios y una patraña por otras
personas del departamento. Bueno, ¿y entonces por qué la habían contratado? Su
labor era mucho más interesante que la del resto de la universidad junta; mucho más
revolucionaria. Entonces, ¿por qué no he oído hablar de ella antes?, se preguntaba la
madre mientras el niño gritaba y palmoteaba, arrojando gotitas de yogur que
aterrizaban en un suelo de la cocina que ya estaba sucio de antes. ¿Por qué no hacía
de tertuliana en la tele o en la radio? ¿Por qué no salía en las noticias del móvil?
Quizá fuera una charlatana, pero entonces, ¿por qué la había contratado la
universidad? Su trabajo parecía cuando menos cuestionable. Aunque lo de las
Mujeres pájaro de Perú sonaba de maravilla, no parecía basado en hechos.
Wanda White formaba parte del departamento de Filosofía, que sin duda parecía
el lugar equivocado. ¿No encajaba mejor en algún departamento de ciencias? ¿En
Antropología, quizá? Que su disciplina estuviera inserta en el marco de la filosofía
hizo que la madre se preguntara si su libro y sus estudios podrían haberse pergeñado
intencionadamente de manera que el lector se planteara si eran verdad o no.
Después de desayunar se sentó en el suelo del salón con el niño, haciendo rodar
adelante y atrás un camión hormigonera mientras él, encantado, se reía a carcajada
limpia. Navegó con el móvil por el sitio web de la Universidad de Sacramento para
buscar la ficha de docente de Wanda White. No tenía foto, y la información era de lo
más básica. Sí aparecía una dirección de correo electrónico, que copió a un correo
nuevo y acto seguido cerró, sin haber escrito nada, para guardarla como borrador.
Reuniría todas sus dudas y pensamientos, sus muchas suposiciones sobre White, y las
redactaría por la noche, cuando el niño se hubiera dormido. Lo contempló mientras
metía una canica y otra, y otra más, por los tubitos de plástico que había encajado él
mismo en el salón, asombrado y feliz al verlas deslizarse de arriba abajo, haciendo
girar molinetes y cayendo por rampas con un claro y satisfactorio clin. Berreaba loco
de la alegría, dando palmas o apoyándolas en el suelo para lanzar unas coces
pasmosamente verticales. Qué niño este. Su niño.
Se lo llevó al parque que estaba a unas manzanas de su casa, porque el día estaba
precioso y el parque, cerca. En serio, tendrían que ir más a menudo; cada día, a poder
ser. Fue de esas tardes perfectas bajo la cálida sombra estival; el niño trepaba y
vociferaba y se metía trocitos de madera en la boca para luego sacárselos, y la madre
estaba sumida en sus pensamientos sobre White y la magia y las mujeres y cosas por
el estilo hasta que oyó lo que le pareció que era una manada de chacales; se giró y allí
estaban. Las reconoció de sus nada frecuentes visitas a los Biblionenes. Eran las
mamás. Las Bibliomamis. Le entraron ganas de vomitar, aunque no habría sabido
precisar por qué. Menuda casualidad; la Rubiales encabezando la comitiva, con su
carrito doble todoterreno que la madre sabía a ciencia cierta que costaba más de mil
dólares, escoltada por sus acolitas: la madre del nene tristón que siempre estaba
moqueando y la madre del crío hiperactivo de tres años obsesionado con tirar piedras.

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La madre se lanzó a por su hijo tan rápido como pudo, porque no le apetecía que le
dieran palique ni tenía interés alguno en vender hierbas, tampoco tenía ganas de
hablar educadamente del tiempo ni de las siestas ni de enseñar a los nenes a usar el
orinalito, porque se la refanfinflaba y porque se negaba a que su conexión con White,
con el día y con esa preciosa tarde se fuera a hacer puñetas por culpa de esas mujeres
y de sus hijos y de su felicidad abyecta.
¡Pero bueeeeno!, dijo la Rubiales antes de saludarla con la mano, y la madre le
respondió: ¡Hola! ¡Ya nos vamos!
Pese a su premura por recoger sin perder un minuto la bolsa de los pañales y el
surtido de muñecos esparcidos por el césped, por recuperar el vasito de sorber y la
díscola bolsa de cereales secos, no pudo evitar fijarse en las mujeres que
acompañaban a la Rubiales, las dos que siempre la flanqueaban en el trascurso de
cualquier actividad. La madre del nene tristón era un poco retaco y tenía unos ojos
meditabundos enmarcados por unas pestañas extraordinariamente frondosas y un pelo
lacio que le caía en mechones hasta los hombros. La otra mujer era pura fibra y
pantalones de yoga; sus ojos oscuros exudaban una perspicacia reforzada por los
rasgos marcados y firmes de una cara sin un solo poro marcado. Con movimientos
bruscos de la cabeza, que le iba de un lado a otro, seguía los erráticos movimientos de
su retoño, enfatizando en el proceso el volumen de su abundante melena planchada.
La madre no pudo evitar pasar bastante cerca de este grupito, pues el parque
estaba vallado y las mamis se arremolinaban en torno a la única salida.
¡Hola!, exclamó la madre al acercarse al grupo, pero lo que de verdad deseaba
transmitir era: ¡Adiós! ¡Tenemos mucho que hacer hoy! ¡No podemos perder ni un
minuto!
Me parece que no me he presentado como es debido, dijo la Rubiales plantándose
delante de la portezuela de acceso al parque —podría incluso decirse que cortando el
paso— y negando con la cabeza fingiendo estar frustrada consigo misma.
¡Mira que soy tonti!, les dijo poniendo una vocecita infantil a las gemelas, que
estaban en el cochecito, como hacen a veces las madres cuando mantienen
conversaciones enteras con sus hijos que en realidad van dirigidas a otros adultos
conscientes y próximos.
Ah, no pasa nada, dijo la madre mirando hacia la portezuela; a su entender, una
educada y silenciosa petición de paso.
Soy Jen, dijo la Rubiales, y estas son Babs y Poppy. Y entonces señaló hacia la
mujer bajita, que ladeó la cabeza y le dedicó una sonrisilla triste, y hacia la madre
atlética, que asintió y le mostró unos dientes recién blanqueados.
¡Encantada de conoceros!, les dijo presurosa la madre mientras avanzaba entre los
cochecitos y, quizá por primera y última vez, suspiraba aliviada al oír el lamento
plañidero de su hijo, pues con las prisas, sin querer le había golpeado las canillas
contra otro cochecito y, por lo tanto, no le quedaba otra que ver qué le pasaba y
llevárselo rápido a casa para que comiera porque sin duda estaba muerto de hambre

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y ahora era una emergencia, una catástrofe y tenía que salir de aquella situación
inmediatamente, y así lo hizo.
Vale, lo siento, dijo la madre. Es genial conoceros, pero es que tengo que…
Señaló con un gesto al niño, que lloraba, y luego miró de reojo a las tres mujeres, que
la miraban de arriba abajo, no en plan desagradable, sino más bien escéptico; sin la
efusividad dé hacía apenas unos instantes y con los brazos en jarras y guiñando los
ojos, como queriéndole decir: ¿Qué coño te pasa?, una pregunta muy acertada, la
verdad.
Había sido un poco desagradable, decidió más tarde, al darle vueltas al tema. La
próxima vez tendría que ser más educada. Por lo menos podría haberse presentado. O
haberles preguntado sobre sus hierbas. ¿Qué coño le pasaba? Esa tarde, mientras
empezaba a escribirle una carta a Wanda White, creyó de verdad que ella era su única
esperanza; exactamente de qué, ya no lo sabía. Se había convencido a sí misma, al
menos un poco, de que el Compendio tenía poderes mágicos, de que dialogaba con
sus pensamientos, de que ella tenía un vínculo místico con White. Era consciente de
que sus elucubraciones no tenían ni pies ni cabeza. Pero aun así…

A W. W.
Hace poco que cayó en mis manos su libro Compendio de mujeres
mágicas y que he sabido de su labor investigadora por todo el mundo.
Tengo muchísimas preguntas, pero me gustaría empezar
consultándole —si no le importa que le robe algunos minutos de su
tiempo— si sus estudios son, bueno, «verdaderos», en sentido
científico y racional, o si, en cambio, su investigación es una
performance para poner de relevancia aspectos de mayor alcance
como, pongamos por ejemplo, los límites del conocimiento y el
fracaso de la ciencia para explicar con precisión el mundo.
Sé que es una pregunta un tanto filosófica, pero vi en el sitio web de
la Universidad de Sacramento que usted forma parte del claustro de
profesores del departamento de Filosofía, y por eso se me ocurrió que
esas preguntas tal vez no quedaran fuera de su competencia y que
incluso pudieran ser bienvenidas.
Como apunte personal, estoy pasando por una época de mi vida
extraña y muy angustiosa —la maternidad, por decirlo simple y
llanamente, aunque la verdad que de simple y de llana no tiene nada
—, y una y otra vez me asaltan preguntas que parecen confluir en el
plano filosófico y en el vivencial con su trabajo. Lo que pretendo
decirle con todo esto es que me gustaría mucho saber de usted y que
le agradezco el tiempo que pueda dedicarle a mis consultas.
Atentamente,
M. M.

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La madre leyó y releyó y volvió a leer la primera nota que le escribía a Wanda White,
en la luminosa ventana de su portátil, desde la oscura mesa de la cocina. No quería
pasarse de frenada ni parecer una demente total sacando a colación lo de su
transformación a la primera de cambio, sino que quería presentarse como una lectora
atenta e implicada a la que le interesaban las mismas cuestiones y objetivos. El cursor
parpadeó en la oscuridad de la cocina, pues era tarde —en realidad ya había
amanecido—, y su hijo llevaba horas dormido. Por la mañana iba a estar hecha polvo,
pero le daba igual. Durante todo el día había canalizado sus pensamientos hacia
Wanda White, y ahora lo único que tenía que hacer era sacárselos de la cabeza y
enviárselos a la enigmática profesora para quitarse ese peso de encima.
Nada más darle al botón de enviar, le entró una flojera brutal; tanto que le costó
un triunfo subir las escaleras hasta el dormitorio para acostarse junto al niño. Tan
aliviada se sentía la madre que prácticamente se durmió antes de llegar a la cama, y
se sumió en un estado de relajación absoluta como no había experimentado en años.
Imagina, pues, qué fuerza de la naturaleza o deidad o magia debió de ser
necesaria para exhumar a la madre de las placenteras profundidades del sueño a las
que había descendido. Imagina la fuerza necesaria para sacar a una madre de su
primera noche de sosiego en años: el cuerpo entero relajado e inerte, la respiración
tan pausada hasta casi ser inexistente, los sueños tan reales como la propia vida.
Gruñó al sentir el dolor de ser arrastrada de la melaza del sueño al traqueteo de su
sangre y a un estómago invadido por la adrenalina.
Al otro lado de la ventana de su dormitorio, había cosas que arañaban y gruñían,
que resoplaban por hocicos húmedos, gorgoteaban y daban lengüetazos. Percibía
cuerpos moviéndose frenéticos entre sí y unos por encima de otros, impacientes,
ansiosos, en vilo y esperando.
Joder, pensó todavía confusa. Pero qué coño es esto. Qué hostias está pasando.
Tocó el pecho del niño, que roncaba plácidamente a su lado, y acto seguido se
levantó y se puso unos pantalones de chándal. Ya en la cocina, pilló un cuchillo de
carnicero, recapacitó y prefirió ir al armario del recibidor, donde encontró el bate de
béisbol. Estaba cansada y rabiosa y lista para hacer picadillo a lo que se encontrara
ahí afuera. Lo mataría con sus propias manos.
Se asomó por el ventanuco y a la luz de la luna llena los vio.
Perros. Mogollón. ¿Unos quince? ¿Veinte? Se rascó el pelo áspero que ya le
cubría la nuca y los hombros, y luego enseñó los dientes. Nada escapaba a su oído ni
a su olfato. Abrió muy despacio la puerta lateral y se quedó quieta detrás de la puerta
mosquitera, mirando hacia la noche. La madre la olió antes de verla; le llegó el aroma
a fresas y a jabón de la hembra de golden retriever, y allí, en lo alto de la escalera, la
vio sentada. A su lado, la rechoncha perra sabuesa, con sus bonitas pestañas, y la
perra collie, con el nervio a flor de piel incluso en plena noche.
Detrás tenían a muchos perros más, más de una veintena, ahora se daba cuenta.

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Sé quiénes sois, le gruñó al trío canino, no siendo desagradable del todo, sino
queriendo decirles algo como Ya os vale, anda que despertarme en plena noche. Ya sé
que hoy tendría que haber sido más amable con vosotras.
Habían venido a por ella, tal y como había temido y deseado que hicieran.
Querían que se uniera a su manada, llevársela, pero ella no pensaba marcharse, no.
Algo despertó en su interior pesé a su resistencia; la euforia de pensar en
acompañarlas, aunque no fue un pensamiento formulado con tanta precisión. Era más
bien la sensación de que su cuerpo estaba a punto de pegar un salto y lanzarse
escalones abajo antes de perderse en la oscuridad sin consultárselo previamente. De
que sucumbiría al delicioso zumbido de las cigarras del final del verano y al ambiente
húmedo del aire cargado de polen y se dejaría seducir y atrapar en Su cálido abrazo si
no iba con cuidado. Además, era imposible que lo que estaba viendo fuera real, y
punto. Debía de estar soñando despierta, como en una especie de alucinación
hipnopómpica causada por el estrés y el agotamiento. Echó la cabeza adelante y atrás
con violencia y se sacudió desde la cabeza hasta la cola, como si acabara de salir de
una piscina a la superficie y estuviera expulsando gotitas de agua.
Por debajo de los pantalones de chándal, la cola se le movía por instinto. De
repente podía controlar por separado cada oreja, que meneaba adelante y atrás para
escuchar todos y cada uno de los resuellos y quejidos y bocanadas que soltaban los
perros.
Esto no está pasando, se decía conforme salía del porche y bajaba las escaleras,
impulsada por un anhelo gutural, por la polifonía de sonidos nocturnos y tantos olores
exuberantes. ¿Qué puedo perder? Todo es de mentirijillas —algo que solía decirle a
su hijo—, nada más que un juego.
Había dejado el bate junto a la puerta y, cuando estuvo en el camino de entrada,
vio que los perros cubrían la calzada y se extendían por toda la calle, convirtiéndose
en lagunas sombrías que oscurecían los jardines de sus vecinos.
La golden retriever le cogió la mano, como había hecho el día anterior, y la guio
por el mar de animales, todos tan quietos y tan alertas como la noche que los
envolvía.
Allí, plantada en la entrada de su casa y rodeada de perros, no sentía temor.
Esperaba. Ellos, también. Y entonces, en algún lugar en el extrarradio de aquella
refriega perruna, un can emitió un aullido agudo y quejumbroso; la primera nota de
un himno, pensó la madre, una llamada a la oración.
Como respuesta, la golden retriever le agarró el bajo de los pantalones de chándal
con el hocico y empezó a darle tirones.
Oye, ya vale, dijo ella, riéndose al principio, pero pronto paró, porque no la
soltaba ni pensaba hacerlo, y en ese momento la perra collie empezaba a hacer lo
mismo en la otra pierna, a tirarle de la tela, de manera que a la madre no le quedó otra
que sujetar con fuerza la cintura para no quedarse sin pantalones.

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Parad, insistió, ya con más decisión, soltándole una patada a la golden retriever
primero y luego otra a la collie. No la soltaron, sino que se limitaron a agarrarse más
fuerte cuando ella tiraba en dirección contraria.
Hostia santa, dijo.
La collie la siguió agarrando de la pierna, pero más arriba, y acto seguido un
pastor alemán muy lanudo con un ojo de cada color hizo lo propio con la otra. Un
labrador negro muy musculoso saltó sobre las piernas de atrás para pellizcarle con los
dientes el dobladillo de la camiseta, y le hizo un buen siete cuando volvió a apoyar
las patas en el suelo sin abrir la boca en la que seguía teniendo aprisionada la tela.
La madre agitaba brazos y piernas, presa del pánico. Pataleaba contra los perros y
les daba manotazos, pero cada vez se congregaban más a su alrededor. La hicieron
tambalearse hacia un lado, luego hacia el otro, y finalmente hacia delante para que se
apoyara en las manos y en las rodillas, y entonces ya no hubo marcha atrás. Se cubrió
la cabeza con las manos y los canes le arrancaron la ropa, haciéndole trizas la parte de
atrás de la camiseta, desgarrándole sin mayor dificultad la fina tela de la ropa interior.
Todo acabó tan abruptamente como había empezado, sin que le pusieran una
garra encima. Jadeaba tirada en el suelo en posición fetal, desnuda. Las orejas se le
movían nerviosamente, y solo oía el apacible respirar de los perros que la rodeaban y
olía su agotamiento.
Levantó la cabeza. Los perros caminaban a su alrededor, gañían y pateaban el
suelo, la miraban de reojo, se paraban y la contemplaban fijamente, con el pelo de la
columna vertebral erizado. Ella agarrotaba los dedos contra el pavimento de la
entrada, enseñaba los dientes. Los ojos le refulgían como el fuego, y notaba cómo le
crecía la pelambre, creando un monstruoso espectáculo. Los músculos de las patas
traseras le vibraban. Le sobrevino una idea que desapareció tan pronto como había
llegado: Eres un animal.
No quería pensar, solo actuar. Sobrevivir. Gruñó y se lanzó a ciegas contra la
horda de cuerpos que la rodeaban, presta a morder. Era pelo y sangre y hueso. Era
instinto y rabia. Todo le era desconocido excepto el peso de su cuerpo y la fuerza que
la gravedad ejercía contra este, la humedad concreta del aire nocturno, los
murciélagos que aleteaban por la periferia, cada movimiento de patas y cabezas que
se producía a su alrededor.
Buscó la noche con la boca, con la intención de hincarle los dientes a lo que
fuera. Cerró los ojos y se convirtió en puro movimiento, pura oscuridad,
estremecimiento y precipitación, el sueño primigenio del animal.

Despertó a la mañana siguiente en la cama, con la camiseta y la ropa interior


puesta, y los pantalones de chándal en el suelo, a los pies de la cama. Hizo una mueca
de dolor, se los quedó mirando un buen rato y tiró del cuello de su camiseta.

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Aunque sabía que debía estar preocupada y preguntarse si se había vuelto loca a
tenor del estado de su ropa totalmente intacta —era consciente de que debería llamar
al doctor ipso facto para pedir cita, y probablemente, de que debería verla un
psiquiatra, de que deberían recetarle un buen surtido de pastillas, de que debería
confesarle a su marido en el mismo instante en que volviera a casa esta brecha en la
realidad que había experimentado, la llegada de los perros, el desgarro de sus prendas
que luego ahí, a la luz del día, se veían perfectamente intactas—, aunque lo sabía,
estando allí tumbada, con el niño gateándole por encima, no podía hacer otra cosa
que regocijarse en un éxtasis casi religioso, en una emoción viva y pura que le
brotaba de lo más profundo de su ser.
Agarró al niño y lo lanzó al aire una y otra vez, hasta que este casi ni podía
respirar de la risa. La madre le enterró la húmeda nariz en el cuello, acariciándolo con
el morro, y él gritó alborozado y le tiró de las orejas, que ahora estaban cubiertas de
pelusilla. Le aprisionó el brazo delicadamente entre los dientes y el nene volvió a
gritar y salió corriendo del dormitorio. Ella saltó de la cama y lo siguió, a cuatro
patas, hasta su cuarto. Tenía el pelo largo, más largo que nunca, y le bajaba por la
espalda hasta cubrirle las patas traseras. Las puntas le rozaban las pantorrillas,
provocándole un cosquilleo. Jugaron hasta que ya no pudieron más, y la habitación
acabó arrasada, con trenes por todas partes, pilas de cuentos derruidas y las sábanas
hechas un gurruño en el suelo.
Ya en el piso de abajo, se puso a silbar mientras le preparaba el desayuno al niño.
¿Qué había pasado la noche anterior? Sabía que debería tener miedo, pero
sencillamente no lo tenía. Una energía nueva le insuflaba vida a su cuerpo, y ella
amaba su cuerpo. Adoraba ser un cuerpo y adoraba al niño, otro cuerpo, hecho por
ella.
Quizá esto les pasaba a todas las madres y nadie se lo había contado, igual que
cuando no había tenido ni idea de que los pies se le hincharían y le crecerían después
de que naciera su hijo, ni de que el pelo se le caería a puñados en la ducha. Quizá era
uno de esos secretos de la maternidad. El niño se comió sus croquetas congeladas de
patatas, y la madre se quedó sentada a su lado, en la diminuta silla de plástico de la
mesita infantil, mirando por la ventana, ausente, acariciándose el pelo de la nuca. Se
levantó y cogió un bistec de la nevera. Cortó dos pedacitos minúsculos del cacho de
carne y echó el resto en la sartén.
¿Lo probamos?, le preguntó al niño, llevándole los trozos de carne cruda.
¿Jugamos a guau guaus?, le preguntó. El crío asintió y sonrió con la boca llena de
comida. Cada uno cogió uno de aquellos pequeños perdigones rojos de carne, se lo
metió en la boca y lo masticó. La madre gruñó y le hizo cosquillas, y él se rio.
¡Somos fieras salvajes!, exclamó ella, y el niño dijo: ¡A calle!, y ella estuvo de
acuerdo.
El niño salió pitando hacia la puerta mientras ella cocinaba el filete, que sirvió en
un plato. Al apartarse de la encimera, plato en ristre, vio que el niño entraba dando

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saltitos en la cocina y le gritaba: ¡Mira!
Le enseñó un ratón muerto, y la madre gritó y luego se rio.
¿De dónde has sacado eso?, le pregunto. ¡Puaj!
Puaj no, dijo. Ven, mamá.
Lo siguió, y el nene señaló con el dedo gordezuelo y los ojos bien abiertos para
observar su reacción al ver la montaña —porque era, literalmente, una montaña— de
ratones, ardillas y conejos; hasta le habían dejado un mapache muerto y desmadejado
nada más salir por la puerta, en el porche.
Ahogó un grito.
Una ofrenda. Una señal. Una bienvenida.

Con un apetito mortal, la madre y el niño aterrizaron a mediodía en su sitio


favorito para comer, justo enfrente de la biblioteca. Era uno de esos supermercados
en plan delicatessen donde hay pasillos y pasillos de galletas pijas, dulces y saladas, o
mermeladas importadas. Bufés fríos y calientes para los universitarios, pero también
una apuesta segura para las mamás. Si querías, podías servirte una pila de macarrones
con queso y tres tiras de pollo rebozado. O pedirte un plato rebosante de uvas.
Incluso, de ser necesario, poner dos cuadraditos de queso a modo de ojos en un plato,
acompañarlos con una rajita de kiwi que hiciera de nariz y añadir un churretón de
yogur de fresa como boca. Ah, y también servían copas de vino.
Al niño le encantaba ir allí y darle instrucciones precisas a su madre sobre lo que
podía servirse en el plato y lo que no. Señalaba como un dictadorzuelo, le ordenaba
cosas a gruñido limpio, palmoteaba y se enfurruñaba e imponía su voluntad,
despótico. La madre amontonó en el plato pastel de carne untado en kétchup, cachos
que se deshacían de carne estofada, más tiras de pollo rebozado y una gigantesca
montaña de un delicioso mejunje de maíz horneado, cuya enormidad provocó que su
hijo diera palmas de la emoción, porque también a él le encantaba e] maíz horneado.
En un cuenquito separado se sirvió una paletada de macarrones con queso.
Al llegar a la caja, la dependienta le pesó lo que llevaba y se permitió echarle una
miradita a la madre, algo que ella había estado esperando que hiciera. La madre
sonrió y el niño se rio, y luego añadió: Estoy premenstrual total, a lo que la chica
respondió con una risita incómoda y pulsando botones en la caja registradora.
Pero total, dijo la dependienta.
La comida les costó más de treinta dólares, tan desmesurado era el apetito de la
madre y, por ende, su rancho.
Se sentó con el niño en una de las mesas de fuera, donde otras madres atendían a
sus retoños, insistiéndoles para que se comieran una judía verde, ofreciéndoles yogur,
frotándoles la barbilla para quitarles churretes y limpiando salpicaduras.
La madre y el niño se sentaron hombro con hombro. Le puso el cuenco de
macarrones delante y le cortó una tira de pollo rebozado en pedacitos, que luego puso

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sobre una servilleta. Estaba sumida en un insólito silencio mientras lo hacía, distraída
por el hambre y el olor de la carne. Puede que la madre estuviera viviendo alguna
suerte de trance animal: cortaba la carne, sí, pero sin saber lo que estaba haciendo.
Solo podía pensar en su apetito, un apetito que iba llenando todos los recovecos de su
interior hasta casi hacerle perder la razón. Se volvió hacia su plato.
¡Oh! ¡Aquel pastel de carne era un espectáculo! ¡Y qué tiernos los nervios de la
carne estofada al deshacerse! Se pertrechó de un tenedor, luego usó las manos y al
final sencillamente cedió al impulso de hundir la cara en el montón de comida, y
debía suponerse que aquello, la acción de la madre de inclinar la cabeza para que su
cuerpo tomara directamente los alimentos, encerraba alguna especie de ritual. Era un
acto revestido de pureza.
El niño la miró con los ojos muy abiertos, pero solo un breve instante, antes de
gritar de puro contento y copiarla, zambullendo la cara en los macarrones con queso y
luego irguiéndose con un trozo de pasta pegado en el moflete y los párpados
cubiertos de queso. Se puso a dar palmaditas.
La madre siguió sumida en su fuga disociativa, concentrada en la sensación de la
carne en la garganta, llenándola. El niño se acercó para mordisquear un poco de maíz
y ella le gruñó por lo bajo, haciendo que el niño se apartara, cogiera un trozo de pollo
con la boca y lo meneara de lado a lado.
Engulló la carne y gimió de placer al notar su sabor; la husmeó y la masticó con
fruición y, acto seguido, empujándolo con unos toquecitos de la nariz, le acercó a su
hijo el montón de maíz horneado. El niño lo agarró con la rolliza mano, se lo metió
de golpe en la boca y cerró los ojos mientras masticaba.
La madre comió y comió y comió, con una concentración animal comió. Rebañó
el plato con la lengua y, al recuperar la posición erguida, vio que todas las madres de
su alrededor habían enmudecido. Hasta los hombres de negocios habían dejado sus
móviles para mirarla.
Cogió la servilleta y se limpió la cara con toda la calma del mundo. Respiró
hondo. Se comportaría con naturalidad, haría como si nada. No iba a ponerse a llorar.
¡No iba a llorar!
Luego llegó el horror de cruzar la mirada con el hombre de la mesa de al lado, un
tipo que llevaba un corte de pelo elegante y una camisa con el cuello desabotonado. A
su lado, en una silla, estaba su cartera.
Parece que tenemos hambre, dijo, no como pregunta sino como puñetazo verbal,
un reconocimiento pasmado de lo que acababa de acontecer.
Oh, dijo ella, roja como un tomate. Se giró e intentó reírse.
¡Guau!, le dijo en plan juguetón a su hijo al ver que era incapaz de sacar fuerzas
para entonar una risita despreocupada. ¡Solo estaban jugando! ¡Jugaban a guau
guaus! Era una buena madre, y aquello no era más que un juego, se dijo a sí misma, a
cualquiera que le hubiera preguntado.

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¡Guau, guau!, le correspondió el niño, con la cara resplandeciente de alegría y
embadurnada de queso. La madre le acarició la cabecita y le limpió la cara, y acto
seguido el niño volvió a zambullirla en el plato y la madre bebió un trago muy digno
de agua.
Parecía que la gente había vuelto a enfrascarse en sus platos, pero no se atrevió a
mirar directamente, porque la pérdida de conciencia que había experimentado, el
sobrecogedor apetito que se había adueñado de ella y la había transportado a otro
estado en el que solo importaban el olfato y el gusto, era demasiado aterradora.
Vale, se dijo en voz baja, respirando hondo. Venga.
¡Mamá!, berreó el niño. La adoraba, tal y como era ella.
Hacer guau guau, le dijo, y ella le sonrió y le comunicó por gestos Ya no queda, y
le enseñó las palmas. Ya no queda nada, tesoro. Luego jugamos a perritos otra vez. El
nene ladró y volvió a concentrarse en su comida, feliz por el momento.
La madre notó una mano en el hombro y al volverse vio a una mujer mayor. Olía
a polvos de talco y llevaba el pelo corto y gris con un corte muy elegante. Todo en
ella era agradable: su tenue maquillaje y las pulcras gafas, las arruguitas en torno a
los risueños ojos, la pelusilla de la rebeca en un día de verano.
¡Anda que no es divertido tener un niño!, le dijo.
La madre se rio.
Vaya que sí, le dijo. Muchísimo.
Y qué pedazo de madre que eres, añadió. ¡Una madre maravillosa! Qué bien te lo
pasas con tu nene. Me has hecho recordar tantas cosas…
Ay, muchísimas gracias, le dijo la madre tímidamente, algo sorprendida al ver a
esa mujer que no la regañaba, sino que disfrutaba con ella y rememoraba.
¡Mi hijo y yo también jugábamos a guau guaus!, añadió, mirando al niño. Era
muy divertido, le encantaba. Grrrrrr, dijo, enseñándole los dientes al niño y moviendo
la cabeza adelante y atrás, para luego reírse por lo bajo mientras le daba unas
palmaditas a la madre en el hombro y se marchaba.
La madre la vio marcharse y pensó que ojalá se hubiera quedado y se hubiera
sentado a su lado para charlar un rato y contarle cosas sobre su vida. ¿Tú habías
jugado… a perros? ¿De verdad? ¿Te tomaban por un bicho raro? ¿Cuántos años tiene
ahora tu hijo? ¿Tienes buena relación con él? ¿Tuviste que trabajar cuando era
pequeño? ¿Qué pasiones tenías? ¿Elegiste bien? Cuando echas la vista atrás, ¿qué
cosas habrías hecho de otro modo? Te lo ruego, ¿puedes explicarme qué tengo que
hacer para ser feliz y sentirme realizada? ¿Puedes contarme todos los secretos?
Porque sé que los hay, y yo quiero saberlos todos.
Casi lloró por el vivo deseo de sentarse frente a la mujer, de tomarle la mano
suave y muy hidratada con la suya y preguntarle cosas; tantas, tantísimas cosas. Su
propia madre, que estaba muy lejos de allí, rara vez la llamaba, y cuando lo hacía solo
le hablaba del jardín y del tiempo, de cómo acortaban los días y de la imperiosa
necesidad de que lloviera. Una vez, cuando estaba embarazada, intentó hablar con

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ella del parto, de lo que cabía esperar, del miedo que le tenía al dolor, y de cómo
había lidiado su madre con la situación, y ella por toda respuesta le había dicho que Si
se llama parto es porque te parte por dentro, comentario que se tomó como una
consolación. Pues claro que es chungo, le estaba diciendo su madre, pero como
resulta que eres una mujer, este es tu sino, tu trabajo, encargarte de lo difícil, de lo
que resulta tan doloroso que no hay palabras para definirlo, y luego perpetuar este
pacto de silencio.
La madre recogió sus bártulos, limpió al niño, dejó a toda pastilla los platos
sucios en la cuba y salió pitando por la puerta, siguiendo a su hijo, en dirección al
parque. Echó un vistazo a la zona y a los escaparates por si veía a la mujer, pero no
estaba en ningún sitio.
Oyó el ladrido cercano de su hijo, que desde la zona de juegos le pedía que
jugaran al escondite. La madre miró hacia el sol y aulló; luego corrió a toda velocidad
hacia él, lista para jugar.

No te lo vas a creer ni de coña, le dijo a su marido por teléfono esa noche.


Mmm, dijo él, ausente.
Esta mañana había una montaña de animales muertos en el porche.
¿Cómo?, preguntó.
Conejos y ardillas y creo que hasta ratones. Y para rematarlo, un mapache. Soltó
una risotada eufórica.
Qué cosa más rara, observó su marido, a lo que ella respondió: Pues sí, supongo
que es raro, pero también tiene su gracia. ¿Te encuentras bien?, le preguntó.
De maravilla, le respondió. ¡Hacía meses que no estaba tan bien!
Qué bien, eso es muy bueno, comentó él.
¿Tú crees?, le preguntó, riéndose. ¿Para ti lo es?
¿Y eso qué narices quiere decir?, preguntó.
Ella se rio y se rio y se rio.

A. W. W.
He estado replanteándome lo que de verdad importa en la vida. Sé que
no es una idea demasiado original, pero aun así me gustaría
comentársela, por si hubiera estado usted pensando también cosas
semejantes.
Antes de tener a mi hijo, jamás había ansiado tener una familia; ni
siquiera quería casarme. En cambio, fantaseaba con las cavernosas
salas de un museo, con la gran extensión de suelos sin una mota de
polvo y paredes blancas, con el silencio sagrado que reina en esos
lugares, y luego con ver mi obra allí, en ese espacio. Esa fue la
primera fantasía que tuve de niña, la más genérica de todas, pero con

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el paso de los años, se expandió y se transformó. Solo pensaba en
cortes de pelo caros con flequillitos marcados y gafas modernas, en
estudios bañados por el sol donde desarrollar muchos proyectos
interesantes. En tener amigos muy instruidos y con muy buen gusto,
en viajes a Europa, en veranos en residencias y suma y sigue. No
quiero aburrirle. Lo que quiero decir es que me había imaginado cómo
sería esta vida. La había soñado.
Pero entonces intervino mi cuerpo. Y luego llegó un niño. Y sí, me ha
traído una gran felicidad —ser madre, pese a mis más enérgicas
protestas, ha sido una experiencia pura y dulce y auténtica—, pero no
hay espacio para el niño en mi estudio bañado por el sol. O, mejor
dicho, no hay espacio para el arte dentro de la casa donde está mi hijo.
Es como si todos mis sueños se hubieran borrado. Las paredes están
vacías, y con ellas yo también estoy vacía.
Lo que quiero decir con todo esto es lo siguiente: ¿Por qué cosas debe
luchar una mujer? Teniendo en cuenta lo limitados que son sus
recursos, su tiempo, su energía y su inspiración… ¿Por qué vale la
pena luchar? ¿Por el arte? En el panorama general de las cosas, a
veces parece tan inútil, incluso egoísta. Forzar el punto de vista propio
en el mundo… ¿Quién lo necesita, especialmente cuando una criatura
necesita de manera tan inmediata a su madre?
La única respuesta que tengo es que el arte parece esencial; tanto
como ser madre. Para la propia persona, es esencial. Quizá dejaré de
ser persona si no lo tengo.
¿Basta con que para mí sea importante?
M. M.

Hay rasguños en la puerta, por dentro y por fuera. Los cantos de los libros están
mordisqueados. Uno de los cojines está destrozado, para tirar. La madre no saldrá de
casa para ir al centro; no quiere. Ella y el niño jugarán con plastilina y harán un pastel
y bailarán al son de canciones en la sala de estar. Tiene todo el cuerpo cubierto de
pelo. La gata —con su cola esponjosa y su barriga blandita— es irresistible. A la
madre le encanta correr y correr y correr fuera, en el jardín, con el niño. Juegan a
atrapar la pelota. Juegan a devolverla.
¿Quieres que tengamos un perro?, le pregunta al niño, que le responde: Sí.
Quizá se lo preguntaremos a papá, le dice, antes de añadir: O quizá no.
Van andando a la ferretería del barrio, donde compran chucherías para perros y un
cuenco de reluciente acero inoxidable para el agua que a la madre le ha gustado
mucho. Lo prueba cuando llegan a casa y el niño se ríe y luego la imita. A partir de
entonces solo quiere beber del cuenco de agua para perros, como si hiera uno, y ella

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también, así que eso es lo que hacen. Lo comparten con la gata porque son unos
perros muy buenos.
¡Está mejorando como madre porque está mejorando como can! Los perros no
necesitan trabajar. A los perros el arte les da igual. ¿Cómo no se le había ocurrido
antes?
Le gusta la idea de ser perro, porque puede ladrar y gruñir sin tener que
justificarse. Puede correr con libertad si le apetece. Puede ser puro cuerpo, instinto y
deseo. Puede ser apetito y furia, sed y miedo; nada más. Puede volver a un estado de
pureza palpitante. Esa misma libertad la tuvo al dar a luz, cuando gritó y se cagó y
dijo barbaridades y podía haberle arrancado el cuello a alguien de haber sido
necesario. Los ruidos que le salieron de la boca hicieron que su marido casi se
desmayara. Así los llamó él: ruidos. Durante un rato estuvo tumbada con la pierna en
alto, y su doula le dijo que esa era la postura en la quela habría colocado de no
haberlo hecho ella misma, para ayudar al bebé a girarse, pero la madre lo había
sabido instintivamente. Había escuchado a su cuerpo. ¿Qué otra cosa había que
escuchar? Si no podía formar parte del mundo en el que primaba la ambición, el
dinero y la carrera profesional, entonces quería olvidarse de él por completo y volver
al estado salvaje de sus sueños más profundos, de sus anhelos corporales. Se acabó
leer sobre a quién había elegido el jurado en tal o cual concurso. Se acabó el
recriminarse por no intentarlo lo suficiente, por planificar día tras día la vuelta al
trabajo y fallar miserablemente. A partir de ahora sencillamente se dejaría llevar por
la llamada que sentía en su interior y que le decía lo que debía ser: un animal que
cuida de su cachorro sin más deseo ni preocupación que esa. Está bien. Casi sentía
cómo le nacía pelo en cada uno de los poros del cuerpo.
Ladró de pura alegría y el niño ladró también, y luego le rascó la cabeza.

«… ¿Pues quién puede contar qué maravillas y misterios nacen del interior de la
mujer?», leía la madre, a la tenue luz de la lamparilla, antes de dejarse vencer por el
sueño en el sofá a última hora de la tarde, después de aquella ensoñación canina que
había durado todo el día, con el niño durmiendo en pañales en el suelo de la sala de
estar.

¿Quién puede contar a qué proezas y disparates, a qué modos de


existencia incapaces siquiera de ser imaginados han tenido acceso las
mujeres desde los albores de la historia humana? Cuando a una mujer
se la lleva al límite, recurrirá a todas sus facultades, a todas sus
habilidades, a todas las herramientas y bazas que ha puesto a su
alcance la biología no solo para sobrevivir, sino para, además —en el
caso de las que se han reproducido—, cuidar de sus crías. Los poderes
de la madre, por definición, prevalecen sobre los de la mujer que no

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tiene descendencia, pues la madre —sobre todo la de bebés y criaturas
de muy corta edad— ocupa ese peculiar espacio intermedio —el de
no ser ni plenamente humana ni plenamente animal—, y es en el
umbral de este mundo mágico donde encontramos a las mujeres
mágicas más fascinantes. En este espacio, sus poderes alcanzan las
cotas más altas y su constitución adquiere su forma más volátil,
creando un nexo sin igual.

Se hundió más en el sofá y pestañeó para forzarse a permanecer despierta, pues el


texto parecía brotar de las profundidades de su propio ser, pese a que estaba justo ahí,
sobre el papel…

Puede que lo más curioso sea que la mayoría de las mujeres mágicas
no saben que tienen poderes y que penetran en el reino de lo mágico
sin mirar atrás para despedirse. Para ellas, este viaje es tan natural
como respirar, como dormir. Pasar del mundo de lo conocido al de lo
desconocido suele ocurrir sin que se den cuenta, pero, tanto si son
conscientes de ello como si no, señala el principio de lo que las
Kwolo llaman su aga, o segunda vida.

Su marido volvió a casa el viernes por la noche. El verano estaba muy avanzado,
tanto que si entornabas los ojos casi podías ver cómo las hojas de los árboles
empezaban a cambiar de color. Había hecho un día espectacular, y pese al viaje de
cinco horas en coche, estaba de muy buen humor, ¿por qué no iba a estarlo?
La puerta mosquitera lateral no tenía el pestillo pasado, y la gruesa puerta de
detrás estaba entreabierta, como la solían dejar en verano. Por las ventanas, también
abiertas, entraba una brisa, y en la sala de estar sonaba la música.
Hola, dijo arrojando los zapatos al aire y dejando la maleta junto a la lavadora.
La cocina estaba ordenada y limpia; el cuarto de baño, sombreado y olía a lejía.
Las camas estaban hechas y las alfombras, aspiradas. Junto a su cama había un
transportín nuevo, con una suave manta a modo de cama y una almohada de plumas
de la cama de matrimonio. No había ropa sucia en el suelo, como habría sido lo
habitual. Tampoco juguetes extraviados por doquier, como habría sido lo habitual. El
hálito del crepúsculo entraba y salía por las ventanas, agitando las vaporosas cortinas.
Avanzó por la casa y llamó a su mujer.
Cariño, dijo, ¿dónde estás?
En la sala de estar encontró al niño —contento y limpio, en pañales—, sentado
junto a un perro que estaba tumbado en la limpia alfombra. El animal era enorme y le
recordó a un lobo por su grueso pelaje plateado y negro. Abrió un ojo para mirar al
marido.
Nene, ¿dónde está mamá?, le preguntó. El niño palmoteo y se rio.

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¡Guau guau!, dijo alborozado, y luego rodeó el cuello del animal con sus tiernos
brazos y le puso la cabecita en el pecho.
El animal se irguió cuando se le acercó el marido con los brazos en alto, como si
fuera un atraco.
Perro bueno, dijo. Perro bueno.
El animal apartó los labios para enseñar los dientes y acto seguido emitió un
gruñido grave, sordo, desde las profundidades del pecho. Con un rápido movimiento,
el perro se levantó y se fue corriendo a la parte trasera de la casa, hacia las puertas
acristaladas que el marido había dejado abiertas, y salió al jardín, donde empezaba a
oscurecer. El niño gritó encantado y el marido salió tras el perro para atraparlo, por
las mismas puertas abiertas. Su mujer, pensó mientras se adentraba en la incipiente
noche, debía de estar ahí afuera.

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A lo lejos, oyó que su marido la llamaba desde el jardín de atrás de la casa, pero ella
ya no era la mujer, madre y esposa que él había conocido. Ahora era Perra de noche,
y era la rehostia. Tenía la impresión de haber estado esperando este momento desde
hacía mucho, muchísimo tiempo.
Fue abriéndose paso por las sombras. Pisoteó las petunias plantadas con mimo
alrededor de la casa donde vivía su vecino de enfrente, un tipo llamado Stanley, que
votaba a los Republicanos, jamás prestaba a nadie ni una herramienta de su
amplísima colección, la saludaba a regañadientes cuando pasaba a su lado y no
soportaba que su hijo diera ni un pasito en su césped, al que el viejo le prestaba las
atenciones de una abnegada niñera; y que, es más, fulminaba con la mirada al
pequeño y se quedaba cruzado de brazos mirando cómo la madre regañaba al nene y
le instaba a volver con ella, sin tan siquiera sonreír cuando ella se disculpaba e
intentaba bromear para rebajar la tensión.
Toma puto césped de mierda, se dijo para sus adentros mientras acuclillada en un
lateral de la casa le dejaba un zurullo descomunal. Hincó las garras junto al montón
de mierda y arrancó mazacotes de hierba y tierra. Luego fue adonde acababa la
parcela de césped y asomaban calvas de tierra en las que Stanley acababa de lanzar
semillas de hierba, y pateándolas las envió a la acera.
Avanzó cruzando jardines traseros, pegada a vallas, evitando los círculos de luz
proyectados por las farolas, hasta llegar al túnel que pasaba por debajo de las vías del
tren, y luego al parquecito que discurría paralelo a un arroyuelo. Sabía que había
hombres sin techo que dormían allí, en los bancos, y una vez, yendo en bicicleta, se
había topado con un grupo de hombres jóvenes pasándose una pipa. Normalmente
evitaba pasar por el parque, porque tenía miedo de lo que pudiera pasarle allí, pero
esa noche era el único sitio donde quería estar. El corazón empezó a latirle con fuerza
cuando le llegó el olor de todos los animales y el tufo acre de los hombres dormidos
en los bancos.
¡Podría arrancarles el pellejo mientras duermen!, pensó embriagada por una
energía que la recorría por dentro. Estaba sobrecogida por su fuerza física, por la
violencia que la inundaba. Quería aullar, pero lo que hizo fue arrastrarse
sigilosamente por el sendero que cruzaba el bosque, pisando con suma cautela para
no romper el silencio. El frío riachuelo del bosque fluía en los márgenes de su
conciencia, y pensó en su gelidez nocturna y en su avance furtivo e implacable. En
este sentido, era como ella.
A la luz de la luna, veía la vida nocturna que normalmente le estaba vedada a sus
sentidos. Gusanos que trepaban por hojas, un asustado pajarillo en lo alto de un árbol.
Bajo el pasto y la hojarasca, una serpiente se acercaba a un ratón, apenas alterando el

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aire. La noche era puro zumbido y chasqueo a su alrededor. La misma luz de la luna
parecía vibrar y dar vida a todas y cada una de las cosas.
Se quedó paralizada, más tiesa que un palo, cuando entrevió al conejo junto al
álamo. Se le erizó el pelo de la nuca, y enseñó los dientes. Levantó una pata y la
volvió a posar en el suelo, y luego levantó la otra. Sus movimientos se volvieron casi
mecánicos, lentos y comedidos. Debía ser una sombra imprecisa y vaga que engañara
a la vista por el trampantojo de la luz.
El conejo movió la nariz, luego una oreja, y de un brinco se sumió en la
oscuridad. Todos los músculos del cuerpo se le tensaron antes de estallar en puro
movimiento. Se lanzó tras el animal, chocó con arbustos y destrozó maleza para
atraparle la pata trasera antes de que pudiera desaparecer en un soto de zarzas.
Le atenazó el cuello con los dientes, y la pequeña bestia respiró dentro de su boca.
La zarandeó violentamente de un lado a otro. Echando fuego por los ojos, la arrojó
contra el suelo para ver si se movía, después volvió a atraparla y la sacudió de nuevo.
¡Ah, el perfume de su miedo!
¡Ah, su cálida sangre!
¡Ah, el hundimiento de su cráneo al resquebrajarse entre sus dientes!
Cargó con el animal muerto en el morro atravesando la noche, el vecindario, hasta
que estuvo detrás de su casa, en el rincón más alejado del jardín, donde cavó un hoyo
poco profundo en el que enterrar a la criatura, su tesoro, su premio.
Después, vagó por el jardín. Husmeó el lugar donde se había tumbado su hijo
unas horas antes, y el recorrido que había seguido desde la puerta hasta llegar al
césped, los sitios donde sus manitas habían tocado la pelota azul que todavía estaba a
un lado de la entrada. Olió la tierra y los neumáticos del coche. Olfateó los escalones
de atrás, donde a la gata le gustaba tumbarse al sol, y después olisqueó la ruta que
siguió la minina hasta llegar al patio y luego al jardín; siguió el rastro hasta dar con su
sitio favorito, bajo el manzano silvestre. Allí percibió el perfume de las manzanas y
todos los olores fantasma de las ardillas y los pájaros. Se tumbó y se revolcó en la
hierba para hacer acopio de todos los olores en su pelaje y gimió de puro gusto; acto
seguido se fue al contenedor de compostaje y al jardincito de piedras donde le
gustaba plantar las flores de primavera, y allí estaba su olor, su olor humano; lo
reconoció de inmediato.
No había tenido forma de saber que lo que de verdad había necesitado desde el
principio —más que atención médica o psicoterapia, más que elegir la felicidad o
corregir su actitud— era hincar los dientes en algo vivo y sangriento y sentir cómo se
apagaba su esencia hasta que se convertía en algo inerte en proceso de putrefacción.
Ni tenía falta de hierro ni le había dado ningún ataque. No le pasaba nada de
nada. Una noche, nada más. Una noche de violencia era lo que había necesitado. Una
noche de pasar de lo que pensaran los demás, de cagarse donde le apeteciera, de que
ningún ser vivo la necesitara, de no ser más que un cuerpo en movimiento en la

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oscuridad, una sombra, un fantasma de sí misma que solo respondía a los mandatos
de su cuerpo.
Agotada, se acurrucó sobre la hierba para dormir.

Desnuda y calada por el rocío, hecha un ovillo, se despertó a la mañana siguiente


a su correría nocturna, invadida por una sensación de bienestar hasta entonces
desconocida para la madre o, mejor dicho, para Perra de noche. El sol empezaba a
despuntar por el confín más alejado de la ciudad y bañaba el jardín trasero en una luz
limpia y uniforme. Todas las briznas de hierba centelleaban. Todos los pájaros
cantaban.
Se notaba descansada pese a haber dormido apenas unas horas bajo el manzano
silvestre. Sentía una gran fortaleza y vigor en el cuerpo. No había estado tan despierta
desde el nacimiento de su hijo, o incluso antes; no estaba grogui ni enfurruñada, sino
de buen humor y (pensó) en perfectas condiciones de echarse una carrerita de buena
mañana, aunque no lo hubiera hecho en su vida. Tenía las fosas nasales
despejadísimas y la mirada vivaz. El pelo, al tacto, parecía limpio, y supuso que
tendría la piel tersa, sin rastro de los años de dormir poco y de no beber suficiente
agua y de no ponerse protector solar y de no comer suficiente lechuga.
Se desperezó, desentumeció los brazos para sentir el tirón de la piel contra el
músculo, estiró las piernas despacio y a continuación extendió los dedos de los pies
hasta oír un clac. Se levantó, y la columna le crujió de arriba abajo, luego alzó los
brazos al cielo y dio un bostezo maravilloso, como solo había visto hacer a la gente
en las películas.
Contempló el jardín, el despertar de las abejas y los insectos, la delicada luz de la
mañana asomando por las ramas, las enormes y brillantes hojas de las hostas. No
sabía que era posible estar tan bien, tan feliz, tan despierta y tan satisfecha.
Avanzó a hurtadillas hacia el garaje y tecleó el código para que se abriera la
puerta. Se quedó agazapada mientras la puerta se alzaba con un chirrido mecánico
demasiado ruidoso y después recuperó la copia de la llave que había dentro. Correteó
furtivamente hacia la puerta lateral, cubriéndose, y la abrió, sintiéndose como debió
de sentirse Eva la primera mañana que pasó fuera del jardín, pero, la verdad, menudo
alivio. Entenderte de una manera completamente nueva. No quedarte estancada en los
«y si…». Saberlo todo.
El espejo del cuarto de baño le devolvió la imagen de un ser hasta entonces
desconocido, con el pelo apelmazado y embarrado, la cara manchada de sangre y de
tierra, las fosas nasales embadurnadas en una especie de alquitrán. Por cómo tenía las
manos, parecía que se hubiera pasado semanas enteras trabajando en el jardín. En las
piernas tenía marcas de arañazos que se entrecruzaban, de un rojo vivo. Se arrancó
una espina de la planta del pie antes de meterse en la ducha.

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Con el chorro de agua entró en calor, y vio desaparecer por el desagüe greñas y
restos de pelambre. El barro de las manos y los pies. Los pedazos de hojas y ramitas
que llevaba enredados en el pelo. Se le cayó hasta lo que se figuró que eran las puntas
de sus colmillos, y las escupió en el agua turbia.
La apabullante sensación de tener razón, del ya te lo decía yo, de no haber
perdido en ningún momento la cordura se apoderó de ella mientras se secaba, se
ponía una camiseta limpia y fresca y se metía en la cama entre su durmiente marido y
su durmiente hijo.

El quid de la cuestión era que no se había equivocado en nada. Ni en lo del pelo


que crecía por todo el cuerpo ni en lo de los dientes afilados. Tampoco se había
equivocado con respecto a lo de la cola ni a lo del misterio de la jauría de perros que
se presentó inexplicablemente en su patio delantero. De hecho, todo lo que había
sentido había sido perfectamente razonable, y había dado justo en el clavo: no solo
había acertado con lo de ser medio perra, sino que había tenido razón mucho antes
con lo de estar enfadada y exhausta, con lo de no parecerle justo tenerse que quedar
en casa, excluida de la población activa, haciendo un parón en su carrera profesional,
en sus proyectos artísticos, en su vida, interrumpida indefinidamente, mientras su
marido se realizaba como persona. No era justo que ocuparse de la crianza del niño
estuviera infravalorado (era cosa de mujeres, como las tareas del hogar), que desde
que pasó a ser ama de casa empezara, muy muy despacio a desaparecer, hasta llegar a
un punto en el que solo existía de verdad en presencia de su retoño. Cuando pensaba
en cómo discurría su día a día, no era descabellado que se preguntara: sin él, ¿acaso
existía ella en absoluto?
Sí, podía concluirse que ella era la ganadora de calle, pero precisar de qué
discusión concreta ya era más difícil. Sentía que podía asumir sin miedo a
equivocarse que había tenido la razón en todas las discusiones, por lo menos en las
más recientes. Que en adelante podía confiar con toda seguridad en su juicio y en sus
instintos, aunque al principio le pareciesen demenciales. Podía y debía sentirse
justificada, regodearse en su certeza de haber estado en lo cierto; pero qué
desesperante era no poder revelárselo a su marido, que en ese momento dormía a su
lado.
No, de ninguna de las maneras podía revelarle su transformación a ese alma de
cántaro, jamás. Aunque era un hombre bueno y sensato, no sabía qué le diría ni qué
haría si ella le mostraba su yo más auténtico; su yo verdadero. ¿La llevaría de cabeza
al médico o, incluso peor, al psiquiatra? ¿Acabaría rodeada de frascos de pastillas que
embotaran su jubileo transformador o, mucho peor, lo interrumpieran para siempre?
¿Y si la internaba en un psiquiátrico y la separaba de su hijo? ¿Languidecería en una
sala blanca, con los brazos y las piernas atados a una silla, vestida con una bata de
tacto suave y mullido, mirando por la ventana con expresión ausente? Seguro que

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sería incapaz de entender que su transformación era algo natural, sano y reparador. Y
de ninguna manera comprendería que su hijo estaba bien cuidado pese a sus
tendencias caninas, pese a sus juegos perrunos.
Eso no se hace y punto, le dijo su marido con cara de circunstancias en la cocina
la mañana siguiente a su transformación. ¿Qué es eso de llegar a casa y que no estés?
¿Y encima me encuentro al crío solo? ¿Y con ese perrazo?
Perra de noche lo miró impasible. Se cruzó de brazos y luego los descruzó como
pequeño gesto benevolente. Se dijo que debía esforzarse por que la conversación
fuera por buenos derroteros, no gruñir, no enseñar los dientes, no dejarse llevar por
ningún arrebato de agresividad porque, la verdad, quería zanjar el tema con el
mínimo alboroto, sobre todo porque no quería confesarle a su marido lo que había
hecho la noche anterior, ni por qué se había tenido que marchar temprano. Quería que
sus secretos siguieran siendo solo suyos. En aquel momento, eran lo único que le
pertenecía de verdad, algo que no tenía que ver con ser madre, esposa o mujer
madura. Ahora sus secretos eran un bien casi tan preciado como lo había sido su arte
y, al pensar sobre ello, se dio cuenta de que su arte también había tenido algo de
secreto. La ensoñación de las ideas, la emoción contenida en silencio en su interior al
empezar a trabajar, las cotas a las que soñó que llegaría algún proyecto, las horas de
trabajo en solitario, los momentos de meditación y de imaginación, las
conversaciones en soledad. Esa vida, ese arte que había creado tenía algo de secreto,
íntimo y embriagador. Y era una sensación deliciosa, bella.
Hablar de un proyecto demasiado pronto podía echarlo a perder. Y hablar
demasiado de él una vez había concluido también podía convertirlo en algo vulgar.
Lo mejor era crear algo calladamente, en secreto, y enseñárselo después al mundo
para que lo admirara sorprendido en todo su esplendor. Es igual que parir, pensó.
Empujar algo desde lo más íntimo de tu ser. Que grite al llegar al mundo. Que sea
perfecto y extraordinario, que sobren las palabras y baste con tenerlo en los brazos
para presentárselo al mundo con una única palabra implorante: Mirad.
Sí. Su arte. Sus secretos. Debía conservarlos como propios, por muy poco que le
quedara de ellos.
Su marido seguía esperando una respuesta, la que fuera.
Te dejé una nota, dijo, negándose a disculparse, negándose a ceder. Ni que
hubiera desaparecido para siempre sin dar explicaciones. La nota que había tenido la
perspicacia de dejarle en la encimera de la cocina decía claramente que había salido a
airearse y que no volvería hasta el día siguiente, que necesitaba espacio, que no
pasaba nada y que no se preocupara, que sentía dejar al niño solo pero que en el mapa
que tenía en el móvil veía que el coche del marido estaba ya cerca —solo a unas
manzanas— y que no iba a pasar nada por marcharse unos minutos antes de tiempo,
que se estaba desquiciando en casa y que necesitaba salir, que lo quería y que quería
al niño y que los vería por la mañana.

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A fin de cuentas, su marido nunca cedía. Jamás se disculpaba. Se limitaba a
razonarlo todo para salirse con la suya (o lo intentaba). Seguía en sus trece, se
explicaba con toda la calma del mundo y jamás atentaba contra sus propios intereses.
Pues en adelante ella haría lo mismo.
¿Acaso se disculpó él cuando le tiró al suelo su planta del cacahuete, que llevaba
un año cuidando y con tanto mimo intentaba ganársela para que creciera? —¿por qué
no daba un estirón?—, cambiándola de ventana según la estación, nutriéndola con
agua de color azul fertilizada con polvo azul. Cabreado un sábado por la mañana
porque la madre había tenido la desfachatez de que se le pegaran las sábanas, en
plena operación de prepararle el desayuno al niño y leerle un cuento e intentar
vestirlo, el marido había ido a la basura a tirar una cáscara de plátano y, a saber cómo,
con su torpeza y despiste habituales, había tirado la planta del alféizar de la ventana,
y luego había recogido y metido la tierra rápidamente dentro de la maceta y encajado
la planta de cualquier manera. Todo eso había hecho sin decirle ni mu, y cuando la
madre se topó con aquel desastre, con los restos de tierra por el suelo y el alféizar,
con la planta mustia, cuando vio el percal y se encaró con su marido, él le dijo,
molesto, que la planta estaba puesta en muy mal sitio y que de todas maneras se
habría acabado cayendo, dando a entender que él se había limitado a cumplir los
designios que el destino tenía para la planta y que no tenía culpa de nada.
Había sido una insensatez intentar cultivar una planta del cacahuete. ¿Quién tenía
una en casa? ¿Cómo iba a dar fruta en esas latitudes, tan al norte? ¿Cuánto tardaba en
madurar? Y luego, ¿cómo se tostaban los cacahuetes? Todas esas preguntas y muchas
más, obviamente, ya se las había hecho ella, pero aun así perseveró porque era
divertido, porque era un proyecto solo de ella, porque era un gesto artístico de madre
frente a la domesticidad aniquiladora.
No tendría por qué morirse, había dicho el marido, molesto. No hay razón para
que lo haga. Plántala bien. Riégala.
Es lo que he hecho, le había contestado ella.
Bueno, pues no tiene lógica que la planta se muera porque se haya caído al suelo,
siguió exponiendo mecánicamente, como si su razonamiento fuera a revivirla.
Me basta con que me pidas perdón, le dijo ella. Me sentiría mejor.
Pero es que quiero solucionarlo, dijo. Eso me haría sentir mejor a mí.
Discúlpate y ya está, insistió, pero él se fue hacia la planta, se puso a toquetear la
tierra, levantó el brote y se quedó mirando cómo se derrumbaba todo cuando lo
volvía a dejar en su sitio.
Al final, después del incidente, pasó por su lado, de camino a la sala de estar, y
rezongó: Perdona.
Habría querido pegarle una buena dentellada en el cuello o hacerlo picadillo con
un bate de béisbol o gritar a pleno pulmón, pero en vez de hacer nada de eso se puso
a lavar los platos que él había ensuciado durante el desayuno.

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De modo que hizo hincapié en sus razonamientos, en que había dejado una nota,
no se disculpó, dijo que marcharse era lo que había necesitado hacer en ese momento
y que ¿alguien se ha hecho daño? ¿A que no? ¡Pues no! El marido escuchaba,
protestaba, volvía a escuchar y al final se acabó calmando. Su hijo balbuceaba en la
sala de estar, jugando con —¿qué otra cosa si no?— sus trenes.
Por un momento tuve miedo de que el perro ese fueras tú, dijo el marido con la
cabeza gacha.
Ah, ya, claro, le dijo ella. Resulta que me volví perra, fíjate. ¿Pero tú te estás
oyendo?
Bueno, como has estado diciendo que…, empezó a decir él, pero no acabó la
frase, dudando de sí mismo y del territorio desconocido en el que se había adentrado.
No irás a decir en serio que…, añadió ella.
Se quedaron callados y luego se partieron de la risa. La agarró por la cintura y ella
se abalanzó sobre él, y acabaron rodando juntos por el suelo, y luego fue el niño y
también rodó con ellos.
En la casa se notaba un maravilloso vacío ese sábado por la mañana mientras la
familia peleaba en el suelo entre risas, tocaba la ropa del otro y acariciaba la piel
suave de brazos y piernas. Se quedaron sentados en el suelo, contando cuentos y
bromas, jugando a juegos de manos y a hacerse cosquillas. El niño acariciaba el pelo
de la madre y Perra de noche acariciaba el pelo del marido y luego se pasaron horas
leyendo.
La gata deambulaba por la sala de estar, maullando desesperada, y el marido se
levantó para ir detrás de ella con paso bamboleante y los brazos extendidos, un juego
al que solo se entregaba cuando estaba de un humor excelente.
¡Michi!, exclamó su marido, acosando al animal mientras este intentaba zafarse
de él torpemente y con los ojos como platos de puro pánico. Voy a lanzarte al tejado y
te dejaré allí para que te mueras de hambre, dijo, agarrándola por los dos lados de la
convexa barriga, haciéndola desinflarse y chirriar, como si fuera un juguetito de goma
de los de morder.
Puede que cuando esté ahí arriba un gavilán baje en picado y la atrape con sus
garras, sugirió Perra de noche mientras le quitaba una pelusa de la pata que la gata no
dejaba de sacudir, riéndose de su terror. Luego se la llevará en volandas y la dejará
caer desde las alturas a una cantera muy profunda, donde excavadoras gigantes con
ruedas tipo oruga atropellarán una y otra vez su cuerpo hecho pedazos.
Guau, dijo el marido, impresionado. Qué precisión.
Gracias, le respondió.
Perra de noche y su marido hicieron el amor aquella tarde mientras su hijo dormía
en su dormitorio, a resguardo del sol, bajo la fresca brisa del ventilador de techo.
Ellos, también en su dormitorio y a resguardo del sol, se unieron como jamás lo
habían hecho. La actuación de su marido, el ingeniero, fue especialmente sensual,
algo que sabía que era dificultoso para un hombre de su talante. Sin embargo, esa vez

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parecía que se había dejado llevar al morderle los hombros, lamerle el cuello,
devorarla con besos hambrientos hasta que ambos, al fin, quedaron libres del lastre de
su mente humana, de hipotecas y facturas, de la mugre del suelo, de las hormigas del
armario; todo desapareció y allí solo quedaron ellos, juntos, dos animales vivos en
una casa.
Que queden abiertas las puertas de par en par, que no haya ni una sola ventana
cerrada. Que sean bienvenidos los bichos, la tierra, los alérgenos. La familia transitó
con toda libertad por varios mundos a la vez, entrando y saliendo, como la brisa.
Y, con todo, ¿no era extrañísimo (diríase que incluso más que la propia
transformación de la madre) que el marido no pusiera ningún empeño en querer
averiguar de verdad, activamente, de dónde había salido aquel perro con el que se
había topado la tarde que volvió a una casa prácticamente vacía? ¿Acaso no era
desconcertante que ese detalle no fuera cuestionado en absoluto, teniendo en cuenta
que era un hombre de ciencia, amante de las explicaciones racionales? ¿Y no era raro
también que la madre no hubiera sentido necesidad alguna de justificar la presencia
del can?
¿Podía quizá asumirse que hasta el marido —ese hombre de bien, centrado, digno
de confianza, con su sensatez de ingeniero, su sentido común, su profundo apego por
la realidad— había sido, en mayor o menor medida, hechizado?

El lunes por la mañana, hizo lo que cualquier persona completamente normal que
se hubiese transformado en perro en los últimos días haría: sentarse en el váter con la
tapa bajada y ponerse a buscar en Internet mientras oía a su marido y a su hijo ir de
un lado a otro de la casa. Empezó con «qué sabemos de los licántropos» y
«monstruos reales», luego pasó a «metamorfosis» y a «indígenas americanos
metamorfos», luego a «cambiapieles» y «hechiceras navajas». Se dejó los ojos
leyendo, pero lo que ella buscaba era una madre que se convirtiera en perra —una
normal, mansa, que incluso pudiera ser un animal doméstico—, de modo que siguió
con «mito de la madre» y «mater canis» (quizá poniéndolo en pseudolatín tenía más
suerte con los resultados), «vello y hormonas», «hirsutismo posnatal», «humanos que
matan animales a mordiscos» y luego, porque eso fue lo que le vino a la mente,
«caníbales» y «cazadores de cabezas», y en ese momento supo que se había desviado
mucho del tema y paró en seco.
Esa semana, pese a haber limpiado, el baño seguía hecho una porquería; el moho
ganaba terreno entre las juntas de los azulejos, por cada rincón había pelos y detrás
del cubito de la basura, un bastoncillo de algodón. Las toallas estaban colgadas de
cualquier manera, y las sacudió con la mano como pobre intento de poner un poco de
orden.
No pensaba ponerse a limpiar a fondo. De ninguna manera. ¡En realidad, por
mucho que se esforzaba, no había forma de limpiar nada! Ya había decidido que

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tiraba la toalla. Dejaría que la casa se ensuciara hasta que, algún fin de semana, su
marido acabara percatándose y haciendo algo al respecto. ¿Y si no pego ni sello?, se
preguntó. ¿Y si dejo de hacer cosas? ¿Se dará cuenta? ¿Hará algo? Hasta entonces,
sus conclusiones eran: no y no.
Aunque la sesión amatoria del fin de semana ciertamente había sido reparadora
para su matrimonio y para la actitud de Perra de noche hacia su marido, aquella
especie de luna de miel embelesada no había durado más que un día. El domingo por
la mañana salió a toda prisa de la cama para ir al baño, pues notó la inminente
precipitación de la sangre en su interior, un aluvión que se derramó en el váter cuando
se sentó y que la sumió en un gran alivio a la vez que desencadenó una oleada de
agotamiento extremo, un proyecto farragoso del que debería ocuparse durante la
semana siguiente. Con la sangre llegaron también los resentimientos de antaño. El
baño, sí, estaba sucio. Su marido, sí, se marchaba otra vez. Y si sería o no ella feliz y
conseguiría realizarse como madre y como persona esa semana eran preguntas que de
nuevo quedaban abiertas y pendientes de respuesta, suspendidas en el aire,
burlándose de ella.
Se levantó del váter y se desperezó. Se miró en el espejo, observó las
pronunciadas ojeras y luego se levantó el labio superior por ver si había algún rastro
de actividad canina en los dientes. Nada de nada. Estaba decidida, una vez más, a
salir de casa. Irían a la biblioteca, a los Biblionenes, para poder demostrarse a sí
misma que ni se estaba volviendo loca ni estaba a punto de perder la chaveta. Aún
mejor, estudiaría a fondo —u olería a fondo— a Jen y a sus acolitas, solo para
cerciorarse de que, bueno, eran mamis y no otra cosa. Mujeres. Homo sapiens que
querían vender hierbas y nada más.
Sí, estaba haciendo lo correcto y razonable, se dijo mientras metía en la bolsa
juguetes y pañales y toallitas húmedas y canosas para picar y agua y una muda para el
nene por si las moscas. Sintió un extraño alborozo al despedirse con un beso de su
marido, al salir de casa incluso antes que él y verlo diciéndole adiós con la mano
desde el porche; el tipo parecía un poco alicaído, para qué negarlo.
Bueno, adióóós, voceó mientras le decía adiós con la mano.
Le intrigaba saber cómo alguien que se había pasado la noche entera campando a
sus anchas por todo el vecindario, cagándose por ahí y matando animales y aullando,
cómo esa misma persona podía levantarse unos días después para llevar a su hijo a
hacer algo tan prosaico como leer cuentos en la biblioteca del barrio.
¿Cómo puede ser que esté haciendo esto?, se preguntó a sí misma mientras se
miraba las manos con las que agarraba el volante. La única huella que quedaba de su
transformación era una franja de piel oscura en el antebrazo, una especie de marca de
nacimiento. Sentía el impulso de lamérsela, pero se aguantó las ganas.
Aunque le había desaparecido casi todo el pelaje —la cola se le había perdido en
el sotobosque y las garras se le habían retraído para convertirse otra vez en dedos—,
seguía sintiendo con fuerza el latido y el jadeo del animal en el que se había

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transformado. Su sentido del olfato la había distraído aquella mañana, llevándola a
limpiar rincones más y más recónditos de la cocina para poner todo su empeño en
quitar hasta el último resto de moho y cebolla y carne. Anhelaba cuidar de su hijo
como el cuerpo le pedía que lo hiciera: lamiéndolo y dándole cariñosos mordisquitos
en los pies, aullando mientras jugaban y dándole de comer carne cruda. Y aunque su
animalidad prevalecía, por dentro también seguía siendo la misma madre humana,
con las preocupaciones e inseguridades de siempre, con la idea de triunfar
profesionalmente, el lastre del fracaso, los piques maritales, la rabia feminista,
etcétera. Todo eso había vuelto, pero transformado, en cierto modo. Sentía que podía
soportarlo siempre que tuviera a Perra de noche. Siempre que le quedara eso.
Perra de noche sentía que tenía derecho a tener secretos, pero eso no impedía que
brotaran en ella sentimientos de profunda culpa precisamente por su celo por
protegerlos. No contarle a su marido su transformación, guardársela como un
recuerdo silencioso y seductor, hacer como si no hubiera ocurrido algo extraordinario
que marcaba un antes y un después, como si la vida siguiera igual que siempre: el
niño en la sala de estar entretenido con sus muchos juguetes con ruedas, el marido
otra vez de viaje y la madre que se quedaba en casa, sin ningún cambio perceptible,
ocupada con sus quehaceres domésticos y con su vida sencilla; seguir como si todo
esto fuera verdad despertaba en lo más profundo de Perra de noche una sensación de
temor. No acostumbraba a mentirle a su marido, cuando menos no en cosas tan
importantes, pero le parecía de vital importancia guardárselo para ella.
Durante Biblionenes, las madres y sus cachorros se arremolinaban en la sala
multiusos de la biblioteca, donde un vivaracho bibliotecario les enseñaba cuentos y
marionetas y les cantaba canciones; después, los pequeños gateaban y andaban y se
amontonaban unos sobre otros; una masa reptante de puños y pañales colganderos y
cabezas demasiado grandes. Allí estaban, obviamente, Jen, Babs y Poppy, charlando
animadamente como siempre, tan felices. Perra de noche se sentó en el último hueco
disponible que quedaba en el suelo, más cerca de Jen de lo que le habría gustado,
pues no sabía qué decirle ni cómo comportarse. Cuando sus miradas se cruzaron,
Perra de noche asintió a modo de saludo formal, incómodo, y luego se puso roja
como un tomate.
¿Eran ellas o no? ¡Menudo disparate era siquiera plantearse que esas mujeres
habían acudido a su casa, le habían arrancado la ropa y luego le habían dejado una
montaña de bichos muertos para su disfrute!
¡Iba a sentarse allí, a participar y a ser una madre normal! ¡Y punto!
Oía a las otras madres, las realizadas, hablar de las recetas que más éxito tenían
entre los pequeños. Parecía que eran todas amigas. No miró a nadie a los ojos,
prefirió clavar la vista en el móvil y se sintió un poco superior porque le importaban
un comino los leggings y los aceites esenciales. Se veía como una mujer culta,
interesante e independiente y no tenía ningún interés en parecerse a las madres

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felices. ¿Era porque no quería ser feliz? No, no era eso. Ella lo que quería era tener
otra alternativa.
Todo el rato estuvo lanzando miraditas de reojo al núcleo duro de las
Ribliomamis —a las que les chiflaba ser mamis y vender hierbas y mejorar a sus
hijos constantemente—; la jefa de todas, por supuesto, era Jen, con sus pestañas
rizadas y sus cejas definidas, con el corrector aplicado sin duda a conciencia para
tapar cualquier marca, la imperfección más pequeña. Llevaba hecha la manicura y la
pedicura. Tenía las piernas depiladas. Sonreía y charlaba con naturalidad sobre
hierbas, sobre lo mucho que le gustaba Animami (a saber qué era eso) cuando se
levantaba con gruñonitis, como si esa madre, esa Jen, tuviera la más remota idea de
lo que era eso.
Perra de noche se moría de ganas de decirle: Pero ¿qué gruñonitis ni qué niño
muerto? ¡Tú no tienes ni idea de lo que es eso! ¿Alguna vez les has gritado a tus
gemelas, a pleno pulmón, a las tantas de la noche? ¿Te has desgañitado, has echado el
diafragma por la boca para pedirles que se durmieran? ¿Te has quedado lloriqueando
a su lado cuando te han vuelto a pedir otro vaso de agua, algo más de comer, a las
diez de la noche? ¿Has tirado la toalla y te has puesto a llorar a moco tendido delante
de tus hijas, y han sido ellas las que te han acabado consolando? ¿Alguna vez te has
encerrado en el baño veinte minutos de reloj para abstraerte con el móvil mientras tu
hijo golpea la puerta y grita MAMÁ con toda la fuerza de sus pulmones hasta que se
rinde, lloroso y, probablemente, traumatizado para el resto de su vida?
A veces —se moría de ganas de decirles Perra de noche para dejarlas pasmadas y
sumidas en un triunfante silencio—, me imagino que me subo al coche y conduzco de
día y de noche hacia el sur, lo más lejos posible, hasta que llego a una playa roñosa y
pillo una habitación en un motel cutre donde me paso el día bebiendo piña colada en
una tumbona de playa descolorida.
A veces —imaginaba Perra de noche que les soltaba a bocajarro en sus bonitas y
felices caras—, fantaseo con abandonar a mi familia, con abandonar esta vida que
llevo.
Así que no menciones la gruñonitis si no la tienes, quería gritarle. Quédate
calladita.
Mientras el bibliotecario les leía un cuento sobre un gigante tristón que solo
quería que lo abrazaran, Perra de noche examinó detenidamente a Jen, hasta las casi
imperceptibles arruguitas que tenía junto a los ojos y los restos blancuzcos de
maquillaje depositados en los surcos. Esa otra mujer, esa mujer perfecta… ¿se había
convertido en perro últimamente? ¿Había estado callejeando por la ciudad? ¿Cómo
podía saberse qué madres se transformaban y qué madres no? Ella no era la única,
¿no? Una terrible soledad le aguijoneó el pecho al imaginar que era la única madre de
la sala, del mundo entero, que vagaba por las calles silenciosas a la luz de las farolas,
mitad mujer, mitad animal.

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Perra de noche se sentía presa de una ansiedad mortificante. ¡Tenía que hacerse
amiga de alguna madre! ¡Tenía que abrir la boca y decir algo! Por lo menos tenía que
intentarlo: una sonrisa tímida, una palabra nada más. Era apremiante afianzar un
vínculo humano real o acabaría volviéndose majara, si acaso no lo estaba ya.
Lo único que tenía que hacer era decir, con buen ánimo: «Pero mira que es mono
tu hijo» o afirmar con complicidad que «A nosotros también nos encantan los lacitos
salados» o, poniendo los ojos en blanco y señalando a su nene, contarles que «Está
obsesionado con los coches». También podría limitarse a preguntar: «¿Qué
propiedades tienen estas hierbas que vais a vender?». Un comentario de pasada, lo
que fuera, cualquier cosa que abriera las compuertas a una charla distendida a
propósito de nada. ¿Por qué narices era tan difícil?
Miró a la madre que tenía a su izquierda, dispuesta a sonreírle, pero estaba liada
rebuscando algo en la bolsa de los pañales mientras una niña pequeña berreaba a su
lado con dos buenas candelas colgándole de la nariz. A su derecha, Jen tenía los ojos
cerrados y estaba canturreando mientras mecía en los brazos a una de sus sonrientes
gemelas.
El bibliotecario leyó la última página del cuento, y Perra de noche le pasó los
dedos por el alborotado pelo a su hijo y luego, distraídamente, por instinto, agachó la
cabeza y le lamió el remolino que tenía en mitad del cuero cabelludo.
A medio lametazo —no le dio ni tiempo a lamerlo como era debido, la verdad—,
Perra de noche se irguió como un resorte, como si le hubiera dado una descarga
eléctrica. Se sofocó, luego sintió frío y otra vez calor; las orejas le abrasaban y se le
pusieron rojísimas. Miró al frente, cerró los ojos y respiró hondo.
No me ha visto nadie, se dijo. Estaban todas ocupadas preparándolo todo para
salir. Ha sido un lametoncillo de nada, un toquecito de lengua; ni se lo he acabado de
dar. No pasa nada. Ni que fuera tan raro.
Se tranquilizó repitiéndose una y otra vez cosas que sabía que no eran verdad.
Al final se obligó a abrir los ojos y a echar un vistazo a su alrededor como si tal
cosa, con todo el aplomo y la parsimonia, que fue capaz de mostrar. Allí no pasaba
nada. No había hecho nada raro. ¿Y qué si le había lamido la cabeza? Puede que fuera
un poco excéntrica, nada más. Su acción había sido peculiar y sorprendente, pero no
una prueba fehaciente de sus correrías perrunas. Nadie que lo hubiera visto habría
pensado: Anda, seguro que esa madre se convierte en perro de vez en cuando.
No pasaba nada.
La madre de la niña de los mocos como candelas le estaba limpiando la cara con
una toallita húmeda. La pequeña ya no lloraba y se estaba zampando unos Cheerios
de un táper lila. Al otro lado, Jen charlaba con otras Bibliomamis. Todos los críos
estaban entretenidos con los juguetes que había sacado del armario el bibliotecario:
rampas de plástico para coches y bolas afelpadas de colorines, marionetas de dedo
con forma de animales y piezas de Lego infestadas de gérmenes.

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Sí, todo el mundo charlaba calmadamente, y nadie había visto nada. Perra de
noche respiró aliviada y observó cómo su hijo hacía rodar para atrás un coche, lo
soltaba y se lo quedaba mirando mientras aceleraba y se estrellaba contra la pared,
partiéndose de la risa.
Jen siguió con su perorata sobre las hierbas, y luego metió baza Babs para hablar
de leggings, y Poppy tomó el relevo con sus aceites esenciales. Se quejaban de sus
maridos, de que quisieran enterarse de lo que hacían con las hierbas y tal; de cuánto
dinero se gastaban en eso.
Yo es que a estas alturas, la verdad, si me dice que no está de acuerdo conmigo,
voy y le pego un bocado en la pierna y no se la suelto hasta que no dé su brazo a
torcer, dijo Jen, que acto seguido echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una sonora
risotada.
Es que hay que domarlos, convino Poppy.
Jen miró directamente a Perra de noche, que había tenido la antena puesta
disimuladamente.
¿A que tú me entiendes? ¿Verdad que tengo razón?, le preguntó a Perra de noche,
que se quedó petrificada y sonrió azorada mientras decía: ¿Qué? Ah… Esto… Ja, ja,
ja. Sí, sí, claro.
Porque ya sabes cómo somos en este grrrrrrrupo…, gruñó Jen, enseñándole los
dientes, moviendo la cabeza de un lado a otro y abriendo mucho los ojos. Las
Bibliomamis se rieron por lo bajo y Perra de noche los abrió incluso más mientras
esbozaba una sonrisa apagada y recelosa.
Ja, ja…, dijo Perra de noche. ¿Ah, sí? Vale.
Mira, le dijo Jen. De verdad que tienes que saber lo de estas hierbas.
No necesito tomar ninguna hierba, contestó Perra de noche mientras preparaba la
bolsa por tener las manos ocupadas y metía dentro una botella de agua, un cartoncito
de zumo y un camión que se había quedado tirado por ahí.
Oye, te doy mi tarjeta, dijo Jen rebuscando en su bolso antes de acercársele
bastante para darle un rectángulo arrugado. No se la doy a cualquiera, solo a la gente
que creo que destacará. O sea que échale un vistazo y ten la mente abierta. Ya lo
verás, puedes ganar muchísimo dinero. Es una oportunidad única. En ese momento se
quedó callada y le dedicó una mirada elocuente a Perra de noche; una mirada que
parecía ensayada, como si hubiera practicado ese mismo gesto en un círculo de sillas,
bajo los fluorescentes de la sala de actos de algún hotel.
Perra de noche no sabía qué cara poner, qué tipo de emoción mostrar. No solo la
había dejado estupefacta aquel alarde de comportamiento animal proveniente de Jen
—que le había enseñado los dientes y había sacudido la cabeza, algo particularmente
extraño e impropio viniendo de la típica mamá rubia del medio oeste—, sino, sobre
todo, el característico e inconfundible aroma de la cabellera de Jen que otra vez había
advertido cuando esta se inclinó hacia ella para darle la tarjeta. Ajá: champú de fresa.

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Perra de noche se dijo para sus adentros que, obviamente, todo aquello eran
imaginaciones suyas. Ni que fuera tan raro usar un champú que oliera a fresa, ¿no? Y
puede que ni tan siquiera fuera fresa. Podía ser perfectamente frambuesa o mango.
¿Y qué si esa madre tan amigable con esa melena rubia tan impecable olía igual
que un perro misterioso que se había presentado en su jardín y había intentado
llevársela lejos de casa mientras otros dos canes acostaban a su hijo? Se fijó en Babs
y en Poppy, que flanqueaban a Jen. Poppy con ese pelo largo, tupido y matizado, y su
constitución atlética y siempre alerta. Babs tenía la piel de la cara y del cuello un
poco colgandera y sí, su cara recordaba un poco a la de un perrillo tristón. Perra
nocturna se habría echado a reír si no se hubiera quedado tan a cuadros. Era todo
demasiado absurdo como para plantearse siquiera por un instante que esas madres
completamente normales y corrientes llevaran una doble vida como perras. Sí, era
cierto que había deseado dar con otras que fueran como ella, pero ahora que ese
anhelo amenazaba con convertirse en realidad, a Perra de noche le entraron los
sudores y se sintió abrumada por aquel contacto visual, por el olor a fresa, que ya
había remitido, por lo extraño que era todo, por lo que había pasado ese fin de
semana y lo que acababa de pasar allí, en Biblionenes, y por lo que a saber que
pasaría en el futuro.
Ay, pobrecilla, qué sofoco llevas, dijo Jen con una mueca de preocupación. Ya
verás como un poquito de Equilibrio hace maravillas, añadió antes de ponerse a
hurgar de nuevo en el enorme bolso.
Ah, no, gracias, respondió Perra de noche mirando la tarjeta de Jen, que
anunciaba qué era «Embajadora herbal» e incluía la coletilla «Vive la vida que
mereces».
Gracias, de verdad, repitió Perra de noche, pero es que no necesito nada. Luego se
tumbó bocarriba en el suelo, inhaló unas profundas bocanadas de aire y se dijo que
todo aquello eran imaginaciones suyas.
La cara de Jen ocupaba todo el campo de visión de Perra de noche, y la mujer
agitó un paquetito de Equilibrio delante de sus ojos. Tómatelo, le dijo, y te
encontrarás mejor. ¡Te busco en Internet!
Le dejó el paquete en el pecho y, acto seguido, desapareció, y Perra de noche se
quedó allí, tumbada en aquel suelo de moqueta industrial, con su hijo subiéndosele
encima una y otra vez, metiéndole la mano en la boca y repitiéndole: Mamá.
Perra de noche había manejado la situación extraordinariamente bien hasta ese
momento. Había seguido con su vida aunque se hubiera visto invadida por sucesos
desconcertantes y mágicos. Y por eso, a pesar de Jen, a pesar de sus gruñidos, de que
le hubiera enseñado los dientes y de que oliera a fresa, a pesar de Babs y de Poppy y
de sus rasgos posiblemente caninos según los miraras, Perra de noche perseveraría.
Quiso llamar a Jen: ¡Espera! ¡Vuelve, por favor! ¡Tengo muchas preguntas que
hacerte! Pero era impensable decirle: Hola, ¿qué tal?, ya sé que no nos conocemos,
pero… Ja, ja, ja; ay, es que la cosa tiene su gracia, ¿verdad? Oye, ¿tú te transformas a

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veces en un golden retriever? Mira, pues me lo preguntaba porque resulta que tu
champú huele a fresa…
Pero el momento ya había pasado.

A la mañana siguiente, su hijo la despertó de golpe saltándole en la barriga desde


lo alto del sofá, donde se había quedado dormida leyendo, una vez más, la parte de
«Variedades domésticas» del Compendio. Últimamente se había convertido en su
sección favorita, ya que reconocía en sus páginas a mujeres a las que había conocido
o de las que se imaginaba siendo amiga un día. La noche anterior, Perra de noche
había leído el apartado de las Azules, una variedad preciosa que le recordaba a una
amiga que se había ido a vivir a otra parte hacía mucho y a la que ahora, inspirada por
ese pasaje, añoraba muchísimo.
«Nacidas cerca del agua», escribía White, «ya sea en la costa o a orillas de un mar
epicontinental, las Azules son famosas por la intensidad y belleza de sus ojos, cuya
gama de color va del añil plateado al profundo y meditabundo azul marino…».

Son amantes de la música y suelen tocar la mandolina o el ukelele;


cierto es que cualquier pequeño instrumento de cuerda que sea un
poco extravagante les vale. Las Azules, sin excepción, son muy
espirituales (véase: Rituales [Solsticio], Herbología, Voluntariado),
aunque no les apetece formar parte de religiones estandarizadas y se
rodearán de un ecléctico y talentoso círculo de artistas, músicos,
drogadictos en rehabilitación, capitalistas renegados, gente anciana,
gente pobre, gente romántica, buscadores de todo tipo. Esta
encantadora especie puede identificarse con facilidad gracias a su
capacidad de conseguir que todas las mujeres que la rodean
sincronicen su ciclo menstrual con el suyo, pues su fecundidad está
entre las más potentes de todo el planeta (aunque casi nunca hallarás
ninguna que se haya desposado con un hombre). Las plantas que tiene
en su hogar destacan por su excepcional salud. Sorpréndela
regándolas con el agua usada para lavar y aclarar sus compresas de
tela y no te cabrá duda de que has dado con una auténtica Azul. ¡La
fortuna te ha sonreído!

Se durmió leyendo y soñó con marmitas rebosantes de brebajes de olor dulzón, gotas
de lluvia rojas como la sangre, huellas de hollín señalando el camino por un sendero
arbolado y veteado por el sol, precedidas a lo lejos por el sonido de voces femeninas
entonando un canto ancestral.
Así que cuando el niño la despertó de este sueño saltándole encima de tal manera
que sintió que le había aplastado el hígado para siempre, la madre aulló, y mientras lo

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hacía deseó con todas sus fuerzas que una Azul apareciera en su sala de estar para
hacer algo maternal y embrujador, quemar hierbajos y cantar algo, lo que fuera, para
enderezar la situación.
¡Aaaaaaaaauuuuuuuuu! Su quejido fue tan atronador y persistente que el niño se
puso a llorar.
Ay, lo siento, tesoro, dijo al fin, llevándose la mano al costado. Perdóname. No
estoy enfadada, le dijo mientras le acariciaba la cabeza y se apretaba la dolorida
barriga con las puntas de los dedos.
Mientras el niño se comía su desayuno de cereales secos y plátanos cortados a
rodajitas, miró el móvil. Una petición de proyectos para un concurso artístico con
jurado. Eliminar. Un boletín de una galería donde había hecho algo pequeño hacía
mucho tiempo. Eliminar. Y luego una solicitud de amistad y una notificación de
mensaje que decía: ¡¡¡JEN!!!, junto a la sonriente foto de perfil de… Jen, claro.
Aceptó la solicitud de amistad y leyó en diagonal el mensaje de la aplicación que
la acompañaba mientras el niño se reía a carcajadas y tiraba los cereales al suelo. Jen
arrancaba con un «¡Qué genial! ¡Verte! ¡Ayer en Biblionenes!», qué a Perra de noche
le fascinó por su osadía exclamatoria a mitad de frase. Las exclamaciones daban paso
a unas frases en las que abundaban LAS MAYÚSCULAS y que reiteraban que no podía
perderse «la PRÓXIMA FIESTA en la que se presenta EL PACK DE DIEZ DÍAS DE
EXPERIENCIAS» y habría VINO y a la que acudirían «muchas otras mamás y
representantes que compartirán sus experiencias de ÉXITO Y REALIZACIÓN en la
marca». Acababa con promesas de un ambiente AGRADABLE PARA LOS PEQUES, si tenía
que llevar a su pequeño, creando así «una comunidad imparable de mamás
ambiciosas y motivadas que trabajan desde casa».
Después seguía una invitación, y Perra de noche hizo clic en «Quizá», porque Jen
había dicho que habría VINO, y aquella parte era la más convincente de todas.
El tonillo empresarial optimista de Jen, su uso indiscriminado de las
exclamaciones, sus promesas de realización personal y éxito trabajando en casa
sumieron a Perra de noche en una oscuridad implacable, como si por debajo del
alegre caparazón de aquel mensaje hubiera una vena que latía vilmente con intención
aviesa y tóxica. O puede que Perra de noche solo estuviera proyectando sus
emociones.
En cualquier caso, no tenía ningún interés en que la metieran en ningún
chanchullo que tuviera que ver con hierbas medicinales, aunque la perspectiva de la
camaradería —tenía que admitirlo— sí le parecía un poquitín tentadora, pese a
haberse negado hasta entonces a tener amigas mamás. Por narices tendría que haber
alguna con una vena cínica que se prestara a beber vino con ella en algún rincón y
con la que bromear sobre despellejar gatos y cagarse en jardines ajenos. Una, por lo
menos. Solo pedía eso. No esperaba más.

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Se lo pensaría. Esperaría a ver qué pasaba, lo meditaría bien e intentaría tener una
actitud más positiva y abierta con las personas que eran distintas a ella, aunque
estuvieran interesadas en los remedios naturales. ¿Quizá podía hacer como que le
interesaban en plan socarrón?
En el libro de Wanda White había leído algo sobre un tipo de madre que aparecía
y desaparecía a voluntad. Algunas se desvanecían y reaparecían, y eran corpóreas
cuando la luz o la perspectiva eran idóneas, siendo las más de las veces traslúcidas;
mientras que otras adoptaban un comportamiento más parecido al de un coyote:
aparecían sin venir a cuento en un rincón de una habitación o desaparecían en el
preciso momento en que se las necesitaba. Se creía que esas madres, a las que White
llamaba Oscilantes, prácticamente se habían extinguido, aunque todavía llegaban
noticias de algún que otro posible avistamiento por el mundo. Se había notificado el
caso de una madre de Búfalo, Nueva York, que se desvanecía justo después de
acostar a los niños. Los pequeños aseguraban que no la veían por ninguna parte
cuando se levantaban de la cama a por un vaso de agua, o que solo veían su sombra
cuando iba de una habitación a otra, por delante de ellos, revoloteando de una pared a
otra, siempre huidiza. La madre había mencionado que se notaba «un poco ida» por
las noches, después de los largos días transcurridos con sus cuatro hijos, cocinando y
limpiando y planchando y bañándolos y cantando y bailando y yendo de paseo y
correteando. «¿Podría ser tan fuerte la conexión entre mente y cuerpo como para que
estas mujeres pudieran desintegrar su yo físico valiéndose del intenso hastío
materno?», se planteaba White. «Por lo que a mí respecta, la respuesta es que no,
puesto que el impulso motivador maternal tiende a la creación más que a la
destrucción, de ahí que rete tanto al lector como a mí misma a considerar a las
Oscilantes dentro de un marco transformador. De este modo seremos más capaces de
llevar a cabo la profunda labor filosófica necesaria para comprender a una criatura de
esta clase».
Pero, ese día, Perra de noche pensaba en otra Oscilante, una madre de Barisal,
Bangladesh, de la que se decía que a veces cobraba forma de juguetona mangosta y
otras, de madre. Perra de noche había estado reflexionando sobre el caso de esta
mujer mágica, porque, pese a que manifestaba tendencias roedoras y no caninas, el
modo que tenía de aparecer y marcharse, así como su relación con sus criaturas, le
parecía de lo más interesante. Le llamó la atención en concreto que se mencionara
que este animal, una bonita mangosta de pelaje sedoso y dorado que les robaba la
pelota y dinamitaba sus juegos y les hacía reír a carcajadas, aparecía justo cuando los
niños salían a jugar afuera. Los pequeños aseguraban que era su madre porque la
mangosta respondía cuando se la llamaba «Ma» (pronúnciese May) o
«Chokkabanijjo», el nombre de pila de su madre. Y aún más: el pelaje, decían, tenía
exactamente el mismo tacto que el pelo de su madre, además del mismo color, y olía
igual que ella, a salvia y a jabón. Los dientes de la madre, en su forma materna, eran

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exactamente igual que los de la mangosta; extrañamente afilados y cortantes. Ah, y
los críos jamás vieron a la mangosta Ma y a la madre Ma en el mismo sitio a la vez.
La madre jamás les quitó a los niños esta idea de la cabeza, ni tampoco a Wanda
White; simplemente se limitó a eludir la cuestión con un brillo pícaro en los ojos. Le
contó a White que Ma vigilaba a los niños cuando salían a jugar a la calle, que ella
misma había enseñado al animal a hacerlo y que esa mangosta había sido suya
cuando era pequeña. Y al presionarla para que dijera cuántos años tenía el animal y
cómo era posible que hubiera vivido tanto tiempo para cuidar de la madre primero y
luego de los hijos de esta, Ma se encogía de hombros y ladeaba la cabeza. En un
principio alegó que descendía de la pequeña mangosta india, luego que había
aparecido por primera vez en su familia después de que leyeran una fábula en la que
una mangosta salvaba a un niño de un tigre y, al final, que su bisabuela la había
comprado en un mercado al aire libre hacía casi cien años. «La madre finalmente
señaló que lo importante no era saber, sino experimentar», escribió White, «y me
vino a decir que dejara de hacerle tantas preguntas».
Sí, aquello era precisamente lo que Perra de noche recordaba con más claridad, la
orden de disfrutar del misterio. Dedicamos demasiada energía y preocupación a
comprender, razonar y darle mil vueltas a todo. ¿No se podía ser sin más, aunque solo
fuera por una tarde? A fin de cuentas estaban en el centro, a mediados de semana, y
hacía un precioso día de verano. E incluso había cogido la bici para llevar al nene en
su remolque azul detrás, como había imaginado que haría antes de que naciera el niño
en sus fantasías más idealizadas de la maternidad.
Esta nueva línea de pensamiento le pareció de una lógica apabullante,
extraordinariamente sensata y sana, del tipo de razonamiento que a buen seguro su
marido apoyaría sin reservas y, en ese momento de aceptación plena de lo
desconocido, sintió el impulso de jugar —pero jugar de verdad, dándolo todo— con
su hijo, en el parque de al lado de la biblioteca, en las últimas horas de aquella
soleada tarde de verano. Había jugado antes con él, sí, pero demasiado a menudo sus
intentonas eran pobres y se quedaban a medio gas, incapaz como era de evadirse de
las responsabilidades de la realidad y la vida adulta. Esa tarde, sin embargo, se las
quitó de encima con la misma facilidad que si se quitara una bata de seda, y allí
estaba ella, radiante a la luz del atardecer, con la sedosa melena al viento mientras
corría detrás del pequeño, que gritaba encantado.
El niño le dedicó una risotada en el puentecito metálico, con la cara metida entre
dos travesados, y ella arremetió contra él y le ladró con alegría. El niño se dio la
vuelta y salió corriendo. Una niña en tutú que iba bastante sucia se reía desde los
escalones que llevaban a esa estructura. Otro nene pequeño los miraba boquiabierto.
¡Auu! ¡Auu!, les soltó a modo de ladriditos a cada uno —consiguiendo que la niña
se pusiera a gritar y que el nene, que no tendría más de dieciocho meses, empezara a
lloriquear por lo bajo—. Y luego salió detrás de su hijo, subió por los escalones y

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subió, subió, subió hasta el pequeño torreón desde el que descendía precipitadamente
hasta el suelo un tobogán rojo.
¡Pilla, pilla!, gritó su hijo, y ella se puso a cuatro patas y gruñó, acosándolo con
movimientos comedidos y precisos.
Mamá, dijo, y era en parte pregunta y en parte puro deleite, y ella prorrumpió en
una serie de ladridos y gruñidos asesinos que provocaron que el niño bajara gritando
por el tobogán, tras el que fue ella, resoplante.
Y así siguió la cosa, ella correteando por la estructura de juego, su niño
pasándoselo en grande, otros niños uniéndose al juego o alejándose de allí
aterrorizados. Al poco tenía un rebaño entero de niños ordenándole que los
persiguiera, y eso hacía ella: ir detrás de ellos, ladrándoles y dando resoplidos, y los
niños, a su vez, le dedicaban alegres ladriditos, hasta que el parque entero sonó como
una perrera con tanto gruñido y tanto ladrido. Los niños más pequeños se quedaban
en los márgenes, en los regazos de sus progenitores o bien arropados en sus
cochecitos, chupándose el dedo, porque lo que veían no tenía lógica en sus pequeñas
mentes y ponía en duda su percepción de la estabilidad y el orden en el mundo.
Fue una estampa inolvidable ver a aquella madre ladrar con tanto brío y a los
niños gritar de puro alborozo. La niña del tutú le llevó un palito en la boca a su
desconcertado padre. Un niño pelirrojo le manchó la camisa blanca a su madre con
las manos, que llevaba enfangadas, y le ladró en la cara, para gran espanto de esta.
Al ponerse el sol, el grupo se sumió en un frenesí como el que los pacientes
progenitores que rodeaban la zona de juegos no habían visto jamás: una jauría de
niños asilvestrados ladrando, husmeando, mordisqueando, persiguiéndose, con una
madre de larga melena desaliñada y rostro desconcertante que parecía estar
volviéndose más y más canino a medida que crecían las sombras orquestándolo todo.
Al poco, los demás padres comenzaron a inquietarse con el juego, o bien sus
cachorros se fueron cansando a medida que se acercaba la hora de dormir o, bueno,
simplemente tuvieron que marcharse a cenar. Sea como fuere, el gentío decayó y se
fue dispersando hasta que solo quedaron Perra de noche y su molido hijo,
acurrucados en la casita de juegos que quedaba al abrigo de una de las plataformas de
aquella estructura. Le dio algunos lengüetazos en la cabecita y él le lamió el brazo y
le hociqueó la cara. Estaba acalorada, sudada y sucia cuando el niño cerró los ojos.
Lo arropó, medio dormido, en el remolque de la bicicleta, bien envuelto en
mantas, lo abrochó y se valió del poderío de sus piernas para llevarlos a ambos a
casa. Pero antes, protegida por la casita de juegos infantil, captó con su visión
periférica la presencia de un pajarillo que daba brincos cerca, demasiado cerca, hasta
que, con un brusco giro de muñeca, alargó el brazo y lo agarró con un hábil
movimiento, tan suave y líquido que su hijo ni se inmutó cuando ella se llevó al
pecho el cuerpecito pequeño y palpitante y le retorció el pescuezo con un crac que
casi ni se oyó.

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Estaban cumpliéndola, sí, en ese mismo momento estaban a tope con la agenda de
madre, con el perfeccionamiento materno por la vía rápida, por así decirlo, con
Biblionenes y el parque infantil y ese día —pero ¿Cómo? ¿Que ya estaban a viernes?
¡Qué maravilla de día!—, Chiquibosque. A la semana siguiente iban a Gente menuda,
en el centro comercial, y a Impro de gimnasia. ¡Y Perra de noche ya lo tenía todo
bien reservadito y apuntado en el calendario! No había quien la parara; esta madre
apuntaba a lo más alto. Literalmente. El no va más en aquel momento era A volar
polluelos, una experiencia en globo aerostático que animaba a superar fobias y amar
las alturas.
Tenía la adrenalina materna disparada, sabedora de que estaba haciendo lo que era
mejor para su hijo y concentrándose en sus necesidades. «¿Cómo puedo ser una
madre más perfecta?», se decía. Se formulaba aquella pregunta y se le hacía la boca
agua cuando se imaginaba siendo una mami total. Seguro que habría alguna que otra
aparición perruna, claro, pero podría esconderla detrás de todo lo demás, detrás de su
excelsa maternidad.
Al nene le moqueaba horrores la nariz y tenía una tos espantosa, y durante todo el
viaje en coche al Chiquibosque, su encantador heredero le había estado dando
pataditas por detrás a su asiento, pese a haberle pedido con toda la calma del mundo
que por favor parara, que aquello no tenía gracia ni era divertido y que si seguía se
quedaba sin dibujos, una amenaza que rarísima vez cumplía porque también ella
quería que el niño se entretuviera con los dibujos. Lo deseaba con todas sus fuerzas
porque así ella podía quedarse en la encimera de la cocina zampándose rodajas de
salami seco o galletitas de mantequilla sin pensar en nada. Porque así podía limpiarse
los poros en el espejo de aumento durante un episodio entero de sus dibujos favoritos
de guau guaus, o tumbarse en mitad del salón y cerrar los ojos sin la presencia
amenazante de ninguna persona bajita que, en ese momento de entretenimiento
audiovisual, se abalanzara sin previo aviso sobre su mullida barriga y le dañara algún
órgano vital, o le propinara una patada en la cabeza, se tropezara y volviera a
despanzurrarla, o que escupiera en su dirección, porque, ¿no era increíble que un
cuerpo produjera sus propios líquidos? ¡Y tan fácilmente! ¡Mira, mamá, mira!
Así que el niño le iba dando pataditas en el asiento, y a ella empezaban a
hinchársele las narices, y enseguida llegaron al principio del camino que llevaba al
Chiquibosque. Le pidió que se calmara, que no se enfadara ni gritara y que nada de
ladridos, y luego le dijo que durante la caminata no jugarían a guau guaus, a lo que el
niño reaccionó llorando porque, verás, el niño había tenido la ilusión de jugar a
perritos en plena naturaleza, ¡en el bosque, nada más y nada menos, donde olía a
tantas cosas distintas! ¡Y dónde había palos, y bichos! Cosas que a los perritos les
encantaban.
La culpa la tenía ella y nadie más. Le había dicho al crío que podía ponerse su
collar azul nuevo con una brillante placa plateada que relucía al sol y emitía un tintín
la mar de agradable al chocar con las demás piezas metálicas del accesorio. Le había

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dado permiso para que lo llevara en el cuello cuando estuvieran dentro del coche, por
diversión, y no le había explicado bien del todo que se lo tendría que quitar cuando
llegaran al Chiquibosque.
Y, para más inri, también le había dicho que podía agarrar su correa extensible
recién comprada y jugar con el botón de liberación rápida mientras iban en coche y,
como antes, no le había advertido que solo era —por lo menos ese día— un juguete
para el coche del que tenía que deshacerse cuando entraran en contacto con otros
humanos de apariencia normal.
Somos personas, le dijo al niño, que berreaba sin parar, acariciándole la cabeza.
Todavía llevaba el cinturón puesto, y ella se le acercó desde la puerta, ahora abierta,
para hablar con él, en un intento de poner su cuerpo como pantalla para amortiguar
los alaridos de su cachorro.
Tesoro, cuando juegas y corres con los demás nenes no necesitas el collar, le dijo
para que entrara en razón. Puedes ser un perrito por dentro y un niño por fuera.
¡Noooooooooooooooo!, gritó, negándose a aceptar ningún razonamiento posible.
¡Guau guauuuuuuuu!
Las otras madres —las madres puntuales que habían acudido con su prole
obediente y desprovista de collar—, congregadas en el inicio del sendero, se
volvieron hacia ella, y Perra de noche les dedicó un saludito con la mano.
Cariño, le susurró a su hijo, te lo pido por favor. Le desabrochó el cinturón de la
sillita para el coche. No quiso salir por voluntad propia, de modo que tuvo que
levantar su cuerpecito macizo y sacarlo por la puerta de atrás, más baja, golpeándole
sin querer la cabeza al niño primero y luego golpeándosela ella. Ya fuera del coche, el
nene, que se estaba haciendo el muerto, se dejó caer en un charquito de llanto en el
asfalto.
Cielo, le dijo.
¡No ando!, gritó.
Vaya que si vamos a andar, le dijo resuelta, y él aulló como un cachorrillo triste,
por lo que todas las madres que estaban esperando se volvieron otra vez para mirarla,
y una de ellas incluso dio unos pasos hacia Perra de noche.
No, no, tranquila. Un minutito y estamos con vosotras, dijo alegremente,
ahuyentándolas con la mano.
Vale, volvió a decirle al niño entre susurros, puedes llevar el collar, pero la correa
no la necesitamos para nada. ¿El guau guau no quiere correr por el bosque?
Jugar a colea, le dijo, y luego se frotó las manos en el pecho como señal
modificada de por favor. Porfi, mamá, le suplicó. Porfi.
Dejó de gritar y de llorar para mirarla, frotándose los ojos con los puñitos y
esparciéndose luego con el dorso de la mano los mocos de una mejilla a la otra.
Estaba harto y cansado y solo quería jugar… ¿Y por qué se lo negaba ella?
¿Y qué si a las demás madres les parecía raro?
Era un juego creativo y la mar de tierno: que las follara un pez.

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Aunque quería lamerle la cara para limpiársela bien, sabía que todo el mundo les
estaba mirando, así que en vez de hacer eso se sacó un clínex usado del bolsillo y le
limpió los mocos de las sonrosadas mejillas.
Vale, tesoro. Ya vale. Puedes ser un perrito. Pero a lo mejor a los demás nenes les
parece raro.
Al niño se le iluminó la cara y soltó un guau guau y rebufó con su lengüecita
rosada. Era un auténtico caso, y lo amaba. Le plantó un beso en la húmeda nariz.
Perra de noche sonrió tensa mientras el crío avanzaba delante de ella con la correa
puesta por el pequeño aparcamiento justo hasta llegar adonde estaba Jen, la de
Biblionenes. El niño le gruñó, esta se rio, luego se sentó a su lado y le volvió a gruñir,
expectante.
Creo que quiere que lo acaricies, le dijo Perra de noche, siguiéndole la corriente y
haciendo como si no supiera qué mosca le había picado, qué cosas se le ocurren,
¿verdad? Seguro que es una fase y mañana ya vuelve a dar la matraca con los trenes o
los monster trucks, ya sabes cómo son las criaturas. Todo esto se lo comunicó
enarcando las cejas, esbozando una sonrisa cansada, poniendo los ojos en blanco una
milésima de segundo y negando con la cabeza. Era la seña materna universal para
decir Te puedes creer que este psicópata me está socavando la moral día tras día,
poquito a poco, y aun así siento adoración por él y haría lo que me pidiera y por si
fuera poco le consiento que se crea que es un perro y lleve collar y yo lo sacaré a
pasear —SÍ, PIENSO SACARLO A PASEAR— porque soy una madre maravillosa.
Bueno, bueno, pero mira a quién tenemos aquí, le dijo Jen al niño, dándole unas
palmaditas en la cabeza. El resto de madres, entre las que reconoció a unas cuantas
Bibliomamis, sonrieron forzadamente o prorrumpieron en una risita educada.
Quería ser un perro, dijo Perra de noche. Yo es que…
Es normal, respondió Jen. Siempre quieren ser algo.
Cuando la gente empezó a desperdigarse bajo la fresca sombra del riente follaje,
las madres emprendieron la marcha en grupos de dos o de tres y se enfrascaron en
conversaciones excluyentes en las que era difícil meter baza. Los chiquillos
avanzaban por delante de ellas como si fueran un único organismo, cruzando el
sendero de un lado a otro como una bandada de aves, pero su hijo se refrenaba y
caminaba muy cumplido sujeto a la correa, y solo la extendía para perseguir a una
mariposa u oler una flor.
¡Una serpiente muerta, una serpiente muerta!, gritó un niño mayor que iba a la
cabeza del grupo, señalando un tronco caído.
Su hijo tiró de la correa y se giró para mirar a su madre. ¡Voy, voy!, le dijo él,
señalando. Lo soltó y salió disparado hacia donde estaban los demás críos, convertido
de nuevo en niño, o puede que en algún tipo de perro distinto: uno que quería ver la
serpiente muerta, darle golpecitos con un palito y, si reunía el valor suficiente, tocarle
la piel.

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Las Bibliomamis se quedaron quietas, en grupo, sumidas en un silencio cauteloso,
hasta que Jen se volvió hacia el nuevo fichaje.
Qué tal, le dijo.
Ah, hola, respondió nerviosa Perra de noche. Oye, perdona que todavía no te haya
confirmado seguro lo de tu invitación. Es que no sé.
Ya, ya, dijo Jen. No pasa nada, todas tenemos mucho lío. Pero tendrías que
venirte. Estas hierbas son la bomba.
Y, sin esperar respuesta, siguió diciendo:
Una para crecer y otra para menguar. Una para ser feliz y otra para dormir.
¡Me encanta la mezcla Animami!, comentó (o, mejor dicho, gritó) una mujer con
una criatura amarrada al pecho. ¡Te da una energía que no veas!, dijo a viva voz con
un brillo maníaco y juvenil en los ojos saltones.
¡Sí, nos consta que te gusta! Olé por ti, bien hecho, le dijo Jen a la mamá antes de
volverse hacia Perra de noche. Todas nos dedicamos a venderlas, pero básicamente lo
que hacemos es reunimos para darle al vino, susurró cómplice pero modulando la voz
de manera que todas la oyeran. Es una manera de pasar el rato, añadió. Puede que te
saques algo de dinero o puede que no, pero en cualquier caso tienes una excusa
cuando tu marido vuelve a casa: le dices que tienes que irte a trabajar en tu proyecto y
te sacas unas horillas para ti. Ahora en serio, va genial para sentir que tienes algo que
es solo tuyo, ¿sabes?
Ah, respondió Perra de noche, sonriendo. Quería decirle: Pero si yo me dedico al
arte, no tengo tiempo para ponerme a vender hierbas, pero luego se acordó de que ya
no se dedicaba al arte y de que sí, de hecho tenía tiempo para ponerse a vender
hierbas, pero aun así…
Quería decirle: ¿No tienes bastante con transformarte en un golden retriever para
tener algo que es solo tuyo? ¡Confiesa!
En vez de eso, procurando ser educada, le dijo: Es que, verás, creo que no es lo
mío.
Pero ¡no lo decidas tan rápido, tontuela!, le respondió Jen, dándole una palmadita
en el brazo. ¡Vente por lo menos a la fiesta! Te daré muestras gratuitas. Jen negó con
la cabeza, como diciéndole: no tienes ni idea de lo que te conviene. Haz el favor de
venir, pedazo de gilipollas.
Es que a mí esto de la belleza y los leggings y esas cosas no me va, insistió de
nuevo Perra de noche. Esta mañana ni me he peinado, remató, aunque la verdad era
que llevaba una semana entera sin peinarse.
¡Bueno, pero es que esto es mano de santo! ¡Te encontrarás tan bien que hasta
querrás maquillarte y ponerte ropa mona!, intervino Jen.
Perdona, pero… ¿qué hierbas son? ¿De dónde han salido?, preguntó Perra de
noche. El paquete de Equilibrio que Jen le había lanzado cuando había acabado tirada
en el suelo, a principios de semana, en Biblionenes, seguía enterrado en las

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profundidades de su bolso y, al habérsele roto un poco, había recubierto el fondo de
una fina capa de polvillo de hojas y palitos de olor dulzón.
Madre mía, pues a ver por dónde empiezo: De Tailandia. De Japón. Jen
gesticulaba con las manos, abriendo mucho los ojos. De pura emoción, subió el tono
de voz. Es la sabiduría ancestral de los mejores curanderos metida dentro de un
frasquito. Bajó los brazos y acto seguido entrelazó uno con el de Perra de noche,
como si fueran amigas de toda la vida. Pero ahora no nos enredemos con datos y
estadísticas. Tienes que venir y punto. ¡Ah! Y asegúrate de tener por ahí un poquitín
extra de money. ¿Seiscientos o así?, le susurró. Ya verás cómo luego me lo agradeces.
Esa tarde, Perra de noche recibió otro mensaje de Jen mientras acostaba a su hijo
para que hiciera la siesta. Lo arropó junto a un patito amarillo peludo que emitía un
ruidito al morderlo con una colcha que le había hecho ella, con detalles de huesos y
cachorrillos, confeccionada con una tela estampada con imágenes fotorrealistas de
carne. Se sentó en la cama y leyó el mensaje.
En una primera lectura, lo más destacable era que algunas frases (todo el escrito,
vaya) parecían sacadas de alguna especie de plantilla de captación propia de ese tipo
de panfleto satinado que anima a las mujeres a «comunicarse» y a «sacar lo mejor de
sí mismas».
«Busco a gente motivada y proactiva con la que formar equipo», empezaba Jen
sin mediar saludo ni ninguna otra señal que indicara que quien escribía era un ser
vivo y no alguna clase de autómata programado con el único propósito de captar y
vender. «Tu red de contactos es muy extensa», seguía diciendo, para luego añadir:
«Este modelo puede resultar muy atractivo para las mamás muy ocupadas». A
continuación, testimonios de «médicos» desconocidos y su dudosa «credibilidad»
para entregar «un producto número uno en ventas a nivel mundial». Se mencionaba
también a «amigas del instituto» que habían tenido exitosas carreras como abogadas
o maestras o dermatólogas antes de ser madres, momento en que «se
comprometieron» a convertirse en «mamas trabajadoras» que encajaban sus ventas en
«los huecos y recovecos» de sus vidas, entre siestas y comidas, mandando correos por
el móvil en el parque o en la biblioteca. «Todo es tan perfecto que parece mentira…
¡Pero no lo es!», escribía antes de concluir diciendo lo convencida que estaba de que
Perra de noche tendría un «éxito espectacular» y un montón de «recomendaciones» y
que no debía dejar pasar esa oportunidad para ganar «importantes ingresos pasivos en
años venideros».
Se echó en la cama con su hijo dando palmaditas y riéndose a su lado mientras
ella contemplaba el volteo remolón de las últimas horas de la tarde, levemente
pixeladas, en las aspas del ventilador de techo. La melena con perfume de fresa de
Jen, su maternidad perfecta, sus hierbas, sus incansables intentos de captarla. Una
mamá abogada transmutada en ama de casa a cargo de sus hijas que vendía hierbas le
parecía lo más deprimente que había oído en su vida, puede que incluso más que su
propia historia. Ni de coña esa madre tenía una vida interior rica y peculiar que le

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diera color a unos días monocromos con su brillo perruno. Era una abogada que hacía
lo que se consideraba lógico: darles compota de manzana a sus hijas y buscarse un
trabajito secundario para aportar ese poquitín extra a la economía familiar y
consolidarse de verdad como amantísima madre y parte contribuyente.
¿Era esa madre feliz? ¿Se sentía plena tomándose puñados de hierbas extrañas
con su café de Starbucks a la vez que mandaba mensajes por el móvil sin parar a otras
madres igual de colocadas por esos hierbajos que empujaban como poseídas a sus
criaturas en columpios infantiles? ¿Quizá no necesitaba lo mismo que Perra de noche
para sentirse realizada? ¿Quizá sus niñas le bastaban? Perra de noche ansiaba
desesperadamente que le pasara eso; que la risa delirante, las muñequitas
gordezuelas, la lengua de trapo y el ceceo amoroso de su hijo aniquilaran hasta el
último vestigio de ambición que quedaba en ella. ¿Por qué la crianza y la cocina y la
compra y la limpieza y lavar la ropa y los Biblionenes no la colmaban de alborozo,
bienestar y la sensación de llevar una vida plena? ¿Quizá necesitaba tomarse esas
hierbas, ir a fiestas y participar en algo, por una vez en la vida, para conseguir
sentirse satisfecha?

¡Nos lo hemos pasado pipa esta semana!, informó Perra de noche a su marido
cuando este llegó a casa ese mismo día, más tarde. El hombre seguía dentro del
coche, con la ventanilla bajada y el vehículo en punto muerto a la entrada de la casa.
Ella llevaba en brazos a la gata mojada, envuelta en una vieja toalla de playa, en el
jardín de delante, mientras el niño arrancaba hierba, luego jugaba a ser un perrito y
luego olisqueaba algunas flores. Tenía un aura totalmente distinta, le dijo su marido.
Estaba radiante. Iba descalza, le habían salido pequitas en la cara y tenía las mejillas
delicadamente teñidas por el sol.
Fuimos a Biblionenes, dijo, arrullando a la gata como si fuera un bebé, mientras
su marido salía del coche. Acababa de limpiarle el culo al animal, otra vez más. A
Perra de noche los ojos le brillaban como si dentro de ella ardiera un fuego, y la
melena se le agitaba al viento. Y también hemos jugado en el parque, ¿a que sí,
tesoro?, le preguntó al nene, que respondió contento con un ¡Guau!, mientras
escarbaba en su parterre con sus dos patitas. Bueno, dijo el marido descargando la
maleta y cerrando de un portazo, tras lo cual la minina se sobresaltó pero no escapó
del abrazo de Perra de noche.
Ah, una cosita, le dijo ella. La gata se ha cargado mis auriculares.
¿Otra vez?, preguntó él mientras le rascaba la cabeza al animal. Pero mira que es
mala.
Me gustaría pegarle un buen puntapié como si fuera una pelota de fútbol, añadió
ella mientras sostenía al inquieto animal en brazos.
Ya me la imagino con las patitas en el aire, dijo el marido.
De verdad que la odio a muerte, apostilló Perra de noche.

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Sí, dijo el marido. Voy a liquidarte, le dijo alegremente a la gata.
Perra de noche se fijó en los grandes y vacíos ojos verdes del animal. Su naricita
negra se le contrajo en un gesto muy mono pero no lo suficientemente mono, y luego
echó las orejas para atrás, pegadas a la cabeza, y le soltó un bufido.
Creo que esta gata me ha pegado la toxoplasmosis, dijo ella.
¿Ah, sí?
Lo he visto en un artículo que dice que los ataques de ira y la toxoplasmosis están
relacionados. No sé si hay una relación de causa y efecto, ni cuál es la causa o cuál el
efecto, pero lo que sí sé es que hay una relación.
Su marido no dijo nada.
¿Crees que estoy de tan mal humor porque tengo un parásito en el cerebro?,
inquirió.
A ver… podría ser, pero yo creo que estarías de mal humor igual.
Joder, cómo odio a esta gata, dijo, y esta volvió a bufarle, y esa vez sí que se
escabulló para cruzar pitando el jardín delantero y esconderse debajo del porche.

Fue esa mañana de domingo cuando el niño entró a cuatro patas en la sala de
estar. De la boca le colgaba un filete de carne cruda con un precioso veteado de grasa.
Dejó el cacho de carne a los pies de su padre.
¡Guau!, ladró antes de ponerse a jadear con la lengüecita colgándole de la boca
abierta.
Pero, colega, ¿se puede saber qué haces?, preguntó el marido.
Yo guau guau, respondió el niño, y acto seguido le lamió la pierna. Levantó la
vista y torció la cara al pasarse la lengua por dentro de la boca.
Pelo, dijo, cogiéndose la lengua con los dedos. ¡Pelo!, gritó.
A ver, respondió el marido, déjame ver. Le examinó de arriba abajo la lengua y le
quitó los pelos que se le habían metido en la boca. Mucho mejor. Pero, mi vida… la
carne cruda no se pone en el suelo. Ni en la boca. Puaj, dijo, poniendo una mueca.
El niño negó con la cabeza.
Mamá, dijo. Sí, mamá. Canne. ¡Sí!
¡Cariño!, gritó el marido en dirección al dormitorio.
Perra de noche lo oyó todo desde allí, donde, como de costumbre, estaba
ordenando la ropa limpia mientras su marido seguía con su desplazamiento dactilar
perpetuo por la pantalla del móvil. Pese a que había avisado al niño de que solo se
jugaba a guau guaus con Mami y había intentado transmitirle que a Papi no le
interesaban esas distracciones y que no debía pedirle que le pusiera agua en un
bebedero de perro, por ejemplo, ni tampoco llevarle ningún palito en la boca, había
estado temiendo el día en que inevitablemente el nene iniciaría al padre en los juegos
con los que se entretenían cuando no estaba.
Mierda, dijo entre dientes. Joder, hostia puta.

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En la cocina, el marido le quitaba la porquería al filete en el fregadero mientras el
niño lloriqueaba a sus pies.
¡Ñam!, gritó. ¡Un ñam!
Puaj, repitió el marido. Hay que cocinarlo antes, mi vida.
No, gimoteó el niño que, al ver a su madre, dijo: Mamá, ñam.
Esta le dio unas palmaditas en la cabeza y con todo el aplomo que fue capaz de
reunir le dijo a su marido: Le gusta la carne cruda. ¿Qué se le va a hacer?
¿Que qué?, preguntó el marido, mirándola con una mezcla de irritación,
incredulidad y ese ya lo sabía yo que tan bien se le daba transmitir con un levísimo
fruncimiento de ceño, como si el cometido que ella tuviera en la vida fuera joderlo
todo siempre.
El crío tiene un paladar exigente, ya ves. Le gusta el tartar de ternera, no tiene
nada de malo, apuntó la madre.
Pero ¿desde cuándo nuestro hijo come carne cruda?, la interrogó. ¿De dónde se lo
ha sacado?
Mmmm…, dijo Perra de noche sonriéndole al niño y luego alargando el brazo
para hacerle cosquillas, haciendo que acabara desternillándose de la risa en el suelo.
Pues supongo que cuando yo estaba preparando la cena debió de robarme un
trocillo de carne cruda, insinuó mientras cogía un vaso del armario.
No, dijo el niño desde el suelo. Mamá da canne. ¡Ñam! Guau guau.
Ay, tesoro…, le dijo al crío amorosamente, y luego al marido: Qué cosas se le
ocurren, ¿verdad?
Mi perrito guapo, le dijo al niño mientras le acariciaba el sedoso pelo. El pequeño
cerró los ojos, encantado con los mimos.
¿Le has estado dando carne cruda?, le preguntó el marido.
Un poquito, respondió a la defensiva. No pasa nada.
¿Y qué pasa con los parásitos? A estas alturas quizá esté infestado de ellos,
apuntó él.
Lo dudo bastante, la verdad, dijo señalando a la criatura, que era la viva imagen
de la buena salud: tenía los rizos rubios y brillantes, los mofletes sonrosados, aquella
barriguita de sus días de bebé que ella esperaba que jamás perdiera. El angelito sonrió
a sus padres, que en ese momento lo observaban con plena atención, y echó la cabeza
hacia atrás para soltar un guau guau claro y sonoro.
Sí que parece que está muy contento, susurró el marido esa noche, en la cama,
con el crío dormido entre los dos. Como de costumbre, seguía erre que erre y no daba
ningún tema por zanjado.
Lo está, le respondió ella también entre susurros.
Pero creo que tenemos que pararle los pies con lo de hacerse el perro, replicó él.
Le encantan los perros, insistió ella. Es un juego inofensivo.
La carne cruda no es inofensiva, respondió. ¿Y a santo de qué hay un transportín
para perro… en mitad del salón… para jugar? No es normal. Es demasiado,

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concluyó, como si él tuviera la última palabra sobre el tema y hubiera llegado a una
conclusión que todos tuvieran que aceptar.
Perra de noche puso los ojos en blanco en la oscuridad.
Solo come un poquito de carne, puntualizó ella. Y jugar a ser otras cosas está muy
bien. Está todo controladísimo.
Si se pone malo, la culpa es solo tuya, le susurró con aspereza. Y si los otros
niños lo toman por rarito, también.
Pues claro, respondió Perra de noche. La culpa siempre la tengo yo y solo yo.
Enterita.
Se quedaron tumbados en silencio. Habían tenido esa discusión millones de
veces. Esperó a que él dijera algo más, pero lo único que se oía era la respiración
acompasada de su hijo. Se durmió imaginando a qué sabría la sangre fresca.

Lo único que Perra de noche le pedía a la vida era que se acabara el momento de
acostar al nene en la camita. Era lunes, su marido se había marchado esa mañana y
ella y el niño habían hecho magdalenas, jugado con trenes y con plastilina, habían ido
a pasear hasta las vías del tren, habían sacado la manguera, le habían puesto el pitorro
y se habían remojado un poco, habían jugado al pillapilla, a dar balonazos y a atrapar
la pelota de todas las maneras posibles. Acabaron con los pies sucios y la nariz sucia
y comieron sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada en los escalones
del porche mientras el sol se dejaba vencer plácidamente por la noche. Los músculos
les ardían y estaban cansados y contentos, y el niño tenía la mirada fija y ausente y la
boca embadurnada de mermelada.
Perra de noche creyó que esa noche se irían a nonón en un santiamén, ¡qué sería
pan comido! Ah, pobre infeliz. Creía que con un simple arrumaco y un abracito el
nene se quedaría frito. Pese a que jamás, desde que naciera la criatura, había tenido
lugar tan idílica estampa a la hora de meterse en la cainita, Perra de noche se negó a
reconocer la realidad y, en vez de eso, apostó por la actitud positiva y el pensamiento
productivo.
Sí, ese lunes por la noche irse a nonón sería una experiencia maravillosa, se dijo
mientras lo bañaba y lo metía en el pijamita y luego metía aquel tierno fardito entre
las frescas sábanas azules de su cama de matrimonio.
Pero, ah, tan pronto como se tumbó a su lado, se sintió horrorizada por lo
descabellado de su optimismo: el niño se revolvió bajo las sábanas, pidió agua fría,
pidió un pañito frío, pidió una zanahoria, una manzana, galletitas de animales.
No, le dijo ella. Y se lo repitió: no. Es hora de irse a dormir, no de comer. Hay
que dejar que el cuerpo descanse. Hay que ser un buen guau guau y quedarse
quietecito.
Al ver que toda treta para atraer la atención de su madre resultaba inútil, el niño
se sentó en la cama e intentó jugar a palmas, palmitas consigo mismo, palmoteando y

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dándose bofetones; desvariando de puro cansancio. La madre estaba hecha polvo.
Estaba tan, pero que tan agotada, que deseó poder hundirse en la cama de
viscoelástica o, en su defecto, librarse por una vez del hastío de la hora de dormir, de
tener que leer los mismos libros una y otra vez, de contar un cuento, y luego otro, y
luego poner una canción en el móvil, echada en la cama, esperando a que el niño se
durmiera.
Era verdad que había sido ella la encargada de acostar al nene prácticamente
todas las noches desde que nació. Desde luego, solo ella había conseguido que se
durmiera de bebé, cuando lo único que quería era mamar hasta caer rendido y soñar
con enormes almohadas carnosas y océanos de leche calentita. Entonces… ¿no le
debía su marido incontables noches de irse a nonón? ¿No tendría que ser él quien
desempeñara felizmente esta tarea siempre que tuviera ocasión, agradecido por las
muchas noches —los muchos años— que la madre la había desempeñado?
Sí, eso sería lo justo, pero, cómo no, las cosas no funcionaban así en su hogar.
Incluso cuando su marido volvía a casa después de su semana de trabajo, era ella la
que se ocupaba de acostar al niño los viernes, porque el marido estaba cansado; de
hecho, siempre lo estaba, y a veces le dolía la panza al pobre porque de camino a casa
se había pasado tres pueblos con el café y se había zampado unos kikos, y el infeliz
no entendía el porqué de aquellas náuseas… él solo quería volver a su ordenador, a
sus videojuegos, a sus carpetas, navegar, relajarse un poco, ya me entiendes, y Perra
de noche no quería ponerse de los nervios, montarle un numerito ni plantarle cara,
porque ya no tenía fuerzas para nada. La injusticia asociada al momento de ir a nonón
era motivo de rabia para Perra de noche, que seguía tumbada en la cama mientras las
libélulas titilaban al aire libre y el niño se agitaba inquieto a su lado.
Una hora, dos, con el niño hablando por los codos, partiéndose de risa,
palmoteando, revolviéndose, llorando, pidiendo abracitos, rechazando abracitos
porque hacía demasiado calor, pidiendo agua fría otra vez, llorando porque no se la
traía y venga a dar vueltas sin parar en la cama. Todo eso bastaba para que Perra de
noche deseara morirse con todas sus fuerzas.
Me paso la vida en una habitación a oscuras, se dijo para sus adentros. Estoy
malgastando los años más productivos de mi vida en una improductiva espera sumisa.
Duérmete, por favor, le suplicó antes de empezar a sollozar muy bajito en la
cama, porque estaba tan cansada que solo quería estar una hora sin el niño pegado a
su lado, una hora de televisión, de estar sentada en el sofá mirando la pared; una hora
nada más. Lo que fuera. Pero siguió tumbada y siguió tumbada y siguió tumbada y
dieron las diez de la noche.
Había estado postergando lo de quitarle el chupete, pues qué sentido tenía
complicar aún más el momento de meterlo en la camita y hacer que su vida fuera aún
más fastidiosa. El chupete, en efecto, era motivo de disputas esos días y, si acababa
cayéndose por descuido al suelo, al niño le entraba un buen berrinche al ver la

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suciedad, los restos de pinaza y corteza pegados a la tetina de plástico, y no poder
metérselo ipso facto en la boca.
Y luego, claro, estaba el despertarse constantemente cuando al nene se le caía el
chupete de la boca en plena noche, la búsqueda a oscuras, el pánico y luego el alivio.
Ah, si pudiera dormir una noche del tirón… Fantaseaba con esa idea, con lo bien que
se encontraría físicamente a la mañana siguiente, con los sueños que tendría. ¿Quién
sería si durmiera una noche entera? Otra persona completamente distinta, seguro.
Además, el niño ya era mayorcito para llevar chupete. Los niños de su edad que
iban a la biblioteca ya no lo llevaban. Se lo mostraba cuando iban. ¿Lo ves? Solo
bebés. Pero el niño negaba con la cabeza, bien amarrado a su chupete y
succionándolo emperrado.
Yo bebé, insistía. Yo bebé.
Así que ese lunes por la noche, cuando otra vez estaba a cargo de acostar al niño,
acalorada, cansada y enfadada con su marido, esa noche decidió después de llevar dos
horas en la cama con él que se había acabado lo del chupete.
En otras circunstancias se habría inventado alguna historia elaboradísima sobre
hadas y demás, habría envuelto el chupete en un fular y habría elegido la ramita de
lila perfecta en la que colgarlo como ofrenda ceremonial a las hadas. Pero, esa noche,
la sangre fluía a borbotones por las venas de Perra de noche, que le dijo al niño que
jugarían a un juego de perritos y que para eso tenía que hacer de guau guau.
Son las reglas de los perritos, dijo muy seria, y el niño asintió.
Antes que nada, ¿a que los guau guaus no llevan chupete?
El niño la miró muy serio a la luz de la luna y le dio el chupete amarillo sin
rechistar. Joder, por qué no se le habría ocurrido esto antes.
Vale, prosiguió. ¿Dónde duermen los guau guaus? El niño frunció el ceño y
levantó sus manitas rechonchas en un gesto de duda. Espera, dijo, antes de salir de la
cama rezongando y de bajar por las escaleras para luego arrastrar el enorme
transportín escaleras arriba desde el salón hasta el dormitorio, donde quedó encajado
a la perfección en una esquina. El niño miraba absolutamente boquiabierto cómo su
madre metía un edredón de plumas en aquel habitáculo, se volvía hacia donde estaba
él y, señalando el transportín, decía: ¡Tachán!
El crío señaló la caseta de tamaño infantil y dijo: ¿Eh?
¡Muy bien!, respondió Perra de noche. ¿Qué necesita un guau guau para estar
cómodo en su caseta?
Sin mediar palabra, el crío recogió sus cosas: la suave mantita azul, el sobadísimo
osito de peluche que había sido de la madre, su almohada de chu, chu. Se notaba que
estaba muy emocionado con esta nueva aventura; con la novedad, con la aventura,
con el juego de ser perrito ahora también de noche. ¿¡De verdad iba su madre a jugar
con él!? ¿¡Después de haberle negado hasta un vaso de agua fría!? La madre sabía
que el niño pensaba que se había salido con la suya, y eso era precisamente lo que
ella quería hacerle creer.

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Lo ayudó a colocar sus suaves pertenencias en el transportín y el nene se acurrucó
dentro sin decir ni mu: parecía que estuviera hecho a su medida.
¿La puerta abierta o cerrada?, preguntó ella.
Poquito abbieta, respondió, y la dejó entornada. Luego alargó la mano y le
acarició la cabeza.
Se sentó de piernas cruzadas en el suelo y contó hacia atrás de cien a uno, como
solía hacer, meciéndose ligeramente en la oscuridad, y al llegar a uno se levantó sin
hacer ruido y fue hacia la puerta del dormitorio, esperando oír su vocecita, su llanto,
en cualquier momento, pero no oyó nada.
Exhaló silenciosamente, pero luego le dio la risa; empezó como una risita que
luego se tornó en un ataque tan incontrolable que tuvo que marcharse al pasillo,
donde se dejó caer al suelo para sentarse y llorar y reír; agotada pero también
aliviada, y lo único que quería era dormir ella también, allí tirada. Era una dulce
victoria, pero ya eran las diez, demasiado tarde para ver nada en la tele, de manera
que se lavó la cara y se repantingó en su cama, que tenía toda para ella, mientras su
hijo soñaba en el transportín.

La madre trabajadora que seguía trabajando, que había hecho el máster con ella y
que había logrado una transición fluida al matrimonio, la maternidad y la conciliación
perfecta entre trabajo y vida personal quería ir a comer con ella.
«¿Te apetece que tomemos algo en el parque?», le mensajeó. «Puedes venir con
tu hijo, yo me acerco a mi hora de comer y así hablamos y nos ponemos al día».
Claro que sí, se había dicho Perra de noche. Hacía tantísimo que no había visto a la
madre trabajadora —en realidad, desde aquella vez que habían quedado para tomar
un café, cuando la madre todavía dirigía la galería— que estaría muy bien
reencontrarse.
Le enseñaría a su amiga la madre trabajadora lo mucho que se estaba adaptando a
la crianza en el hogar, lo feliz y realizada que se sentía, cómo podía prescindir
perfectamente del arte o de tener una carrera profesional porque no lo necesitaba; lo
único fundamental era tener tiempo para entregarse en cuerpo y alma a su hijo. Y, a
decir verdad, ya no era una impostura del todo porque, en cierto modo, se había
creído su felicidad y había estado pensando bastante en las hierbas medicinales, en
Jen y en el grupito de madres, porque… ¿qué otra alternativa le quedaba?
¿Amargarse y cabrearse tanto que la energía de esas emociones desencadenara una
alteración celular de tal magnitud que la convirtiera en una mujer loba? ¿Corretear
por la ciudad como una perra y aceptar su suerte? No, la solución no era ni podía ser
esa, de ninguna de las maneras.
Así que hicieron planes y tanto la madre trabajadora como la madre que no
trabajaba (pero que en realidad sí que lo hacía, muchísimo) aparecieron el día
previsto a la hora prevista.

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La madre trabajadora, cuya labor era reconocida porque se llevaba a cabo fuera
de los límites del hogar y, por ende, se valoraba y le reportaba un sueldo, seguía
dando clases de arte y creando arte y tenía todas las cosas que supuestamente la mujer
moderna debía tener sin aparente dificultad. Tenía, además, un almuerzo
perfectamente preparado, alojado en una bolsa estanca respetuosa con el medio
ambiente. Llevaba el bocadillo envuelto en papel de cera de abeja lavable y
reutilizable, y el tenedor-cuchara que usaba estaba hecho de almidón vegetal. ¿Y
quién podía criticarla? Desdé luego no la madre ama de casa, con sus sobras
envueltas como gurruños, su paquete de galletitas saladas y sus bolsitas de plástico
con galletas de marca blanca.
Las mujeres eligieron un bonito banco a la sombra de un árbol justo al lado del
parque infantil.
Realmente lo tienes todo, le dijo la madre trabajadora al ver jugar al niño.
Sí, es verdad, dijo Perra de noche con orgullo, porque sí, lo tenía todo, la ansiada
vida hogareña. Y allí, en aquella agradable mañana estival, por primera vez sintió
verdadera gratitud y un levísimo pero profundo cambio en sus miedos y sueños más
íntimos, esos pedruscos compuestos de necesidad y ansia que tenía alojados en las
tripas.
Ahhhhh, dijo a cuento de nada, y la madre trabajadora se rio.
Su amiga siguió hablando mientras le daba pulcros mordiscos a su bocadillo,
enfrascándose en una larga charla sobre su práctica artística, los problemas para
sacarla adelante, su prole… pero Perra de noche había dejado de prestarle atención
casi desde el momento mismo en el que su amiga había abierto la boca, absorta en un
movimiento que tenía lugar en la linde del bosque que rodeaba el parque.
Se quedó inmóvil, en un estado de alerta animal. Allí, tan cerca, tan mansa, tan,
pero que tan boba, había ido a parar una ardilla de larga cola para mordisquear unas
sobras de comida.
¿Te encuentras bien?, preguntó la madre trabajadora con el ceño fruncido a modo
de interrogación.
¡Chsss!, le chistó Perra de noche, muy quieta. Perdona, dame un segundito…
Se desplazó poco a poco por el banco, con los ojos fijos en la ardilla, que juzgó
amenazador el comportamiento de Perra de noche y en un abrir y cerrar de ojos salió
disparada hacia el margen del bosque.
¡Ardilla!, le gritó a su hijo, que estaba en la zona de juegos, mientras corría tras
ella, señalándola.
¡Ardilla, ardilla!, volvió a gritar, sin dirigirse a nadie en particular. Ladró la
palabra por puro placer y corrió a toda velocidad hacia el animalillo. Su hijo, que no
quería perderse la diversión, bajó zumbando por el tobogán y también apretó a correr.
La ardilla se detuvo en la maleza que bordeaba el bosque, y Perra de noche y su
hijo se pararon a la vez, a unos metros de distancia de ella.
Cóbela, murmuró el niño.

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Lo había adiestrado bien. Era un cachorro obediente que sabía que no debía
moverse para no asustarla. Esperó las instrucciones de su madre.
Tienes que esperar, le dijo ella en voz baja. Espera a que llegue el momento justo
para… Y al decir la palabra «atacar», eso fue exactamente lo que hizo. Saltó hacia
delante (se arrojó contra ella, básicamente) estirando los brazos hacia delante,
rugiendo ferozmente con la boca abierta y con su hijo detrás gruñendo: Grrrrrr,
grrrrrrrr, grrrrrrrrrr.
La ardilla se materializó en un primer plano de unos ojos aterrorizados, una
naricita temblorosa y aquellas garras pequeñitas: Perra de noche estaba ya
prácticamente encima de ella, ¡no se le escaparía, sería suya!, le rozó el pelaje con la
mano pero con una rápida sacudida de la cola el animal se esfumó, escapándosele de
entre los torpes dedos humanos.
¡Auuuuuu!, bramó Perra de noche, tumbada sobre la maleza con los brazos
extendidos y las chanclas desperdigadas a unos metros.
¡Uuuuu!, aulló el niño, tirándose a su lado y riéndose.
¡Casi la cazamos!, le dijo Perra de noche con tono cómplice a su hijo, apoyándose
sobre el costado para mirarlo. La hierba les pinchaba las mejillas, y el niño estiró el
brazo para tocarle el pelo a su madre.
¡Pasa nada, mamá!, le dijo. ¡Dilla!
La próxima vez la atraparemos, le dijo, y el niño la abrazó, y ella lo cogió en
brazos antes de volver a la zona de juegos, donde esperaba la madre trabajadora.
Es un jueguecito que tenemos, dijo Perra de noche, un poco cohibida al acercarse
al banco donde aguardaba la madre trabajadora.
Me has dejado…, dijo la madre trabajadora, que se había quedado sin palabras…,
asombradísima.
Bueno, una hace lo que le toca, respondió Perra de noche mientras ponía los ojos
en blanco y exhibía una sonrisa forzada, deseosa de cambiar de tema.
¡Vaya, vaya!, exclamó la madre trabajadora. Parece que la maternidad te sienta de
maravilla.
¡La verdad es que sí!, dijo Perra de noche mientras veía a su hijo subir por el
tobogán. Pero de trabajo, trabajo, no hago nada, dijo. No como tú, que ganas dinero,
sigues con el arte y cosas así.
Venga ya, dijo la madre trabajadora sacudiéndose del regazo unas migas
inexistentes. Tu trabajo es mucho más difícil.
Me da muchísima rabia cuando la gente dice eso, respondió Perra de noche,
aunque sea verdad.
Tendrías que venirte a cenar este fin de semana, intervino la madre trabajadora,
como si hubiera tenido la idea más original de todo el universo. Una compañera
camarógrafa que —qué cosas— también había ido al máster con ellas estaba de
vuelta para dar clases en otoño como ponente invitada del mismo programa que
habían cursado ellas. Perra de noche sintió una punzada de envidia un segundo antes

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de venirse abajo y sentir el acostumbrado desprecio hacia sí misma. Pero ¿qué
esperaba? Ella se pasaba el día persiguiendo ardillas con su hijo. No había estado
trabajando, por lo menos no como ellas. ¿Dónde estaba su último proyecto? ¿Dónde
estaba nada de lo que había hecho en los últimos tres años?
De acuerdo, iría. ¡Pero solo para pasar un buen rato! Seguro que sería genial
oírlas hablar de su trabajo y que se quedaría impresionada con sus logros. Sería una
hermana, una firme defensora, una feminista. Les contaría sus propios triunfos como
madre a tiempo completo y celebraría los éxitos profesionales de las demás al tiempo
que escucharía con empatía e interés las preocupaciones que sin duda ellas tenían
sobre su rol como madres, sobre sus propios hijos, a los que abandonaban día tras día.
Sí, todas las perspectivas y todas las elecciones tendrían representación en aquella
mesa en la que compartirían el pan y trabajarían por la creación de una red de apoyo
para las mujeres. Tan positiva estaba siendo Perra de noche, tal era su optimismo o,
por qué no decirlo, su delirio, que no era capaz de ver lo errada que estaba, pues,
¿cómo podía pensar que crear arte, una de sus motivaciones más esenciales, era una
decisión que ella pudiera tomar? Pese a todo, ella creía, deseaba, había decidido que
sí lo era.

Ese fin de semana, cuando su marido volvió a casa, ella quiso que le diera por
detrás. Que le mordiera la nuca. Quería revolverse y morderle, y luego follárselo
bien. Quería que le diera caña y que, después, le diera unas palmaditas en la cabeza,
le acariciara el pelo, le rascara por debajo de la barbilla y también la barriga.
El marido bueno y atento obedeció, y ella le dijo que era un buen chico y se sintió
complacido. Todo le complació.
Al cabo de un rato, le dijo: No sé qué mosca te ha picado pero no cambies, por
favor.
Si tú lo dices, le contestó, y le mordisqueó cariñosamente el brazo.
Y fue después de uno de sus muchos y desacostumbrados escarceos de sábado,
estando ella repantingada en su lecho vespertino de sábanas deshechas y mancilladas
mientras su hijo dormía milagrosamente en el transportín perruno que habían
trasladado a su cuarto, cuando una callada emoción resonó como un susurro en el
ancho y claro espacio creado por su armonía marital. Fue una emoción tan silenciosa
que se la habría perdido si no hubiera podido disfrutar de ese momento a solas,
todavía desnuda y acostada, oyendo a su marido despertar al niño de la siesta.
Mientras disfrutaba de aquella insólita y estimulante paz poscoital notó justo detrás
de la garganta el cosquilleo de un temor traicionero que la había estado rondando
desde aquella mágica noche animal. Si se dejara llevar por aquella sensación, sabía
que acabaría abrumándola y consumiéndola. Porque, ¿qué sentido tenía que se
hubiera convertido en un animal hacía dos semanas? ¿Y quién o qué había sido el
origen de aquella transformación? ¿Qué fuerza había gestado a Perra de noche? Se

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prohibió analizar con detenimiento esas cuestiones, cegarse con la oscuridad que
había invocado a un monstruo, una bestia, una criatura surgida de los recovecos más
profundos y lóbregos de su humanidad. No se permitió obsesionarse con el miedo
que sentía en su interior, compacto como una pelota, porque no podía bajar la
guardia. Tenía que levantarse de la cama, ocuparse de su hijo, de su hogar, de su
propio bienestar. En pocas palabras: tenía que serenarse por el bien de su familia,
porque si no, ¿qué pasaría? Pues que todo esto —su casa, su familia y su vida— se
derrumbaría si ella lo hacía, y precisamente por eso no podía. Tiene que haber una
explicación razonable, se recordó, y decidió que buscaría justo eso: razonamientos.
Que alguien se lo explicara. ¿Y quién mejor para hacerlo que Wanda White?
Espoleada por la armonía reinante en su hogar y también por el temor de que todo
se acabara yendo al garete, escribió otra misiva a Wanda White ese mismo fin de
semana, pues no había sabido nada de ella desde que le escribiera su primer correo
electrónico, y se preguntaba si se lo habría mandado a la dirección correcta (una
académica, de la Universidad de Sacramento), o si White seguiría viva (debía de
tener entre ochenta y noventa años, según la fecha de publicación de su libro y otros
cabos que había atado Perra de noche), aunque no había dado con su esquela en
Internet. De hecho, no había encontrado prácticamente nada sobre White en la red, un
hecho bastante insólito, pues consideraba que tenía unas habilidades de búsqueda
online bastante avanzadas, teniendo en cuenta su amplísimo planteamiento de
búsqueda (es decir, buscar cualquier palabra y combinación de palabras que estuviera
muy relacionada o no tanto con el tema). Quería hablarle a su marido de White, pero
no sabía ni por dónde empezar a contarle lo que representaba para ella esa mujer, ese
icono, esa presencia acechante e inmensa en la que se había convertido White.
Este libro me parece fascinante, le dijo blandiendo el Compendio en su dirección
mientras él comprobaba los ajustes de su portátil de trabajo en la mesa de la cocina.
Ah, respondió sin levantar la vista. ¿Qué es?
Es una especie de manual sobre mujeres míticas de todo el mundo, pero se supone
que son casos auténticos, prosiguió. Lo ha escrito una profesora universitaria. Y lo
realmente curioso es que siempre que leo algo, está relacionado con mis emociones o
pensamientos de ese día concreto, como por arte de magia. O como cuando de
repente te salen anuncios en el móvil, ¿sabes?
Su marido miró de reojo el libro.
Guay, le dijo. ¿Me lo dejas ver?
Inconscientemente, se llevó el libro al pecho y se aferró a él. De repente le
pareció que debía proteger el saber allí contenido; no le parecía correcto enseñarle a
su marido esas páginas que para ella eran tan personales, casi sagradas. Por medio de
la lectura de aquel volumen había comulgado con algo trascendente, con White y con
las mujeres a las que invocaba en su trabajo. De improviso, el libro parecía
demasiado sagrado y delicado como para irlo mostrando por ahí, en especial a su
marido, que seguro que no lo veía con buenos ojos, con unos ojos que le devolvieran

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su reflejo, porque eso era lo que le pasaba a ella: que se veía reflejada en sus páginas.
Estaba ligada al libro y a White y su marido debía quedarse al margen.
Claro, le respondió con el libro bien apretado contra el pecho. Cuando lo acabe te
lo presto.
Solo quiero echarle un vistazo, dijo girándose hacia ella y enseñándole la palma
de la mano. Como notó que ella no quería dejárselo, le entraron más ganas de verlo.
Venga, la animó.
Es que antes tengo que escribir una cosilla, le respondió ella marchándose al
cuarto de invitados, donde tenía su portátil.
¡Oye!, le gritó mientras se alejaba.
Se sentó al escritorio con el libro en el regazo. ¿Por qué White no le decía nada?,
se preguntó aquejada del mismo fervor que un adolescente con el corazón roto. Y
sintiendo ese mismo anhelo ahí, en la boca de la garganta, empezó a escribir.

AW. W.
Hola otra vez. Hace días que espero que me responda el mensaje que
le escribí y, puesto que no he sabido nada de usted, he pensado en
escribirle yo de nuevo. Espero que no le moleste. Me gustaría que
entendiera que he sentido «la llamada» de la escritura, por así decirlo.
Permítame que me explique: tengo la impresión de que tanto su libro
como su proyecto de investigación me hablan a mí directamente, y
necesito conocer a la persona que ha escrito algo que dialoga en un
nivel tan íntimo con mis pensamientos y deseos más profundos.
Me pregunto si, en sus viajes, habrá tenido la oportunidad de conocer,
por ejemplo, a alguna ama de casa o madre estadounidense que viva
en las afueras de alguna ciudad del medio oeste dotada de, digamos,
cierta naturaleza animal. Puede que esta mujer fuera un poco más
peluda de lo habitual, algo agresiva, y que tuviera cierta tendencia a
aullar repentinamente… No digo que padeciera un trastorno mental,
ojo, sino que quizá tuviera una vertiente juguetona un poco canina y
una manera un poco excéntrica de vivir la maternidad.
Dígame, se lo ruego: ¿Ha conocido a alguien así? Y si la respuesta es
afirmativa… ¿Podría ponerme en contacto con ella?
Sigo: ¿Tiene usted alguna especie de esquema que explique cómo ser
una mujer mágica en una ciudad pequeña del corazón de Estados
Unidos? ¿Ha escrito algún manual de instrucciones para saber cómo
vivir a medio camino entre el mundo de la razón y el de la
imaginación en una época en que la política, el debate público e
incluso la meteorología se han vuelto inquietantes? La única
información que he encontrado sobre usted o su trabajo es su
Compendio, y siento una viva curiosidad por saber más sobre lo que

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sin duda es un larguísimo y excelso historial profesional y de
publicaciones.
Estoy divagando. Lo dejo aquí. Le deseo lo mejor.
M. M.

Y fue justo cuando todo empezaba a cuajar —justo cuando su hijo se había
acostumbrado a dormirse sólito en su transportín, cuando su vida sexual había
recuperado la chispa, cuando empezaba a tener amigas mamás y (¿osaría decirlo?) a
disfrutar un poco más de la vida de mamá, con sus juegos perrunos, y a no
preocuparse por su carrera, como habían sugerido muchos artículos de Internet y
gentes de buena fe—, justo cuando parecía que su maternidad empezaba a cobrar
forma, se tomó la libertad, menuda ocurrencia, de salir una noche del fin de semana
con unas amigas del máster: la amable madre trabajadora con la que había quedado
para comer un día y su amiga en común, la camarógrafa.
¡Menudo cambio! ¡Qué maravilla poder estar en compañía de otras mujeres
talentosas para disfrutar de una cena cocinada por otra persona, de una copa de vino
blanco y de una conversación de lo más estimulante! ¡Poder compartir los respectivos
avatares de la vida en un contexto de respeto y admiración mutua!
Nada más empezar, la madre trabajadora que daba clases en la universidad se
puso a hablar largo y tendido sobre su trabajo y, sin darles tiempo ni a que les
tomaran la nota, les explicó que había estado abordando y añadiendo nuevos matices
a las nociones de apropiación, propiedad artística e imagen pública
recontextualizando posts de Instagram como obras de arte. Vaya, que lo único que
hacía esa mujer —esa madre y artista trabajadora, que lo tenía todo sin despeinarse—
era imprimir posts de Instagram a gran escala y ya está: toma creación artística. Oh,
claro, ella alegaba que su obra tenía un hilo conductor y hablaba de lo potente que era
la yuxtaposición, pero, a la hora de la verdad, lo único que hacía era navegar por
Instagram, buscar imágenes, comprarse un plóter y voilà: toma arte. Perra de noche lo
había leído en su página web y luego en el Times, donde vio que una pieza reciente se
había vendido por medio millón de dólares.
La otra amiga del máster —ría camarógrafa— había estado experimentando con
la interacción entre observador y observado y los modos de intervenir en la realidad;
pues vaya novedad, pensó Perra de noche. En ese proyecto no había ni una sola idea
que fuera original. Esa amiga acababa de presentar un trabajo en la bienal Kelly que
consistía en dos vídeos que ni se podían ver. Tal cual suena. Uno de ellos se
interrumpía todo el rato porque la electricidad iba y venía, con lo que se pretendía
que el observador reflexionara sobre su conexión y desconexión con el poder y la
información. A Perra de noche le pareció que debía de haber sido una cosa insufrible
de ver. A decir verdad, ni habría necesitado montar una instalación, con una
declaración de intenciones le habría bastado. El otro, explicó la camarógrafa, era un
vídeo en el que se habían grabado veinticuatro horas de su vida en tiempo real. Una

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actriz representaba simultáneamente ese mismo día en ese espacio concreto. Su
amiga dijo algo sobre la performance: Podemos ser nosotras mismas si alguien nos
está mirando y… bla, bla, bla. Perra de noche asentía y sonreía. Sí, claro. Muy bien.
¿Y tú qué tienes entre manos?, le preguntaron, y ella balbuceó, soltó una risita, se
sonrojó y miró a la pared un momento antes de decir algo sobre la maternidad
salvaje, el impulso de la madre moderna hacia la violencia, el poder transformador de
la rabia. Sus amigas aguzaron la vista y ladearon la cabeza, intrigadas.
Ahora mismo estoy en la fase de conceptualización, añadió Perra de noche. Pero
creo que seguramente será una performance.
Ohhh, dijo la madre trabajadora antes de que interviniera la camarógrafa: Tu obra
siempre ha sido muy teatral, y pese a que Perra de noche quería decirle ¿Qué hostias
has querido decir con eso? Por lo menos yo no se la quiero colar a nadie con ningún
proyecto de medio pelo sobre redes sociales que deja a los artistas a la altura del
betún o Si lo que pretendes con tus proyectitos es que ronquemos a pierna suelta, lo
estás consiguiendo, se limitó a asentir con calma y a quedarse callada.
Se suponía que iba a ser una cena agradable, una especie de reencuentro con las
de amigas del máster, a una de las cuales no veía desde hacía… pues unos nueve
años, o así. Había empezado con un tono muy agradable —muchos «qué tal» y
novedades sobre las familias y charlas sobre tal y cual compañera—, pero a Perra de
noche se le cayó enseguida la venda de los ojos y lo vio. Vio exactamente lo que
estaba pasando.
Resultaba que sus antiguas amistades habían estado trabajando mucho más que
ella. Una cosa exagerada. Las tres habían sido compañeras y rivales bien avenidas y
muy igualadas en su época de estudiantes, e incluso justo antes de que naciera su hijo,
pero desde entonces ellas dos habían seguido avanzando y progresando de manera
razonable e incluso podría decirse que extraordinaria, teniendo en cuenta sus talentos
y capacidades, mientras que ella había dejado la galería para ser una mamá de las que
se quedan en casa. No había querido que su bebé se pasara el día entero con aquellas
horribles mujeres que le daban tetinas de plástico. Había ansiado desesperadamente
abrazarlo, besarlo en las mejillas y olisquearle el cuello. Y no había querido llorar
cuando le daba el pecho ni tampoco seguir llorando cuando se quedaba dormido y no
había conseguido hacerle reír ni leerle su cuento favorito porque estaba agotado,
molido, después de pasar el día entero en la guardería con aquellas horribles mujeres,
donde nunca dormía, donde se negaba a hacerlo. Y sencillamente no podía trabajar en
la galería y dedicarles tiempo a sus proyectos y luego ocuparse sola del bebé, con su
marido fuera. No podía, y por eso había elegido al bebé —al bebé, al bebé, por el que
sentía puro embeleso y arrobamiento— y había abandonado todo lo demás. Pero
ahora, ahora…
Esas otras mujeres —¡que eran sus amigas!— eran madres, pero una había
vendido una obra por medio millón de dólares y también tenía una niñera que vivía
interna con ellos, mientras que la otra tenía el temple necesario para que le dieran

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igual las horribles mujeres y la guardería, o por lo menos no lo exteriorizaba, no
cedía; es más, había apuntado a su criatura a actividades extraescolares (antes y
después de la guardería) para tenerla ocupada a tiempo completo, y eso que ni edad
tenía de ir a la escuela. Perra de noche sabía todo eso porque la propia camarógrafa lo
había dejado caer en la conversación, riéndose. ¡Riéndose! La mujer no sentía ningún
remordimiento —lo comentó, por cierto, después de la tercera copa de vino—. ¡Cero
remordimientos!, había dicho riéndose y chocando su copa con la de Perra de noche,
cero sentimientos encontrados, una visión clara y potente de sí misma en el estudio y
de su hijo en otra parte, donde fuera que le tocara estar. Pues claro que aquellas
mujeres, aquellas féminas triunfadoras hablaban de sus muchos éxitos,
intercambiaban nombres de galeristas y de agentes del mundillo artístico con
emoción creciente, dando grititos de la alegría cuando la una anunciaba una nueva
exposición y la otra, una nueva beca, ambas comparando los horarios de sus
residencias artísticas y de sus clases para el siguiente año.
Es que me ofrecen demasiadas cosas, dijo la madre trabajadora. Voy a tener que
dejar las que me aburren, lo digo en serio. No me da la vida para más.
Perra de noche asentía, deseosa de que pareciera que lo entendía perfectamente.
La vida no da para tantos cometidos creativos. Obvio, vamos.
Perra de noche había pedido una ensalada de col rizada coronada por un hermoso
corte de salmón, y tenía la sensación de que, cuanto más comía, más col tenía en el
plato. Muy aplicada, se la metía en la sonriente boca y masticaba y masticaba sin
parar. Mientras las dos mujeres hablaban al otro lado de la mesa circular, acercando
incluso las sillas entre sí para hablar, hablar y seguir hablando, Perra de noche
masticaba.
Soy una vaca, se repetía, meditabunda. Soy una vaca zen que pasta feliz en un
prado verde.
Necesitaba esa meditación para contrarrestar el bolo alimenticio que le subía
desde las profundidades del estómago, pues era allí, descubrió invadida por una
alarmante arcada, donde había confinado toda la rabia y la tristeza, toda la decepción
por lo que había acabado siendo su vida. Allí era donde había enterrado a la joven
talentosa e intrépida que tenía grandes ideas y un punto de vista poco corriente.
Aquella mujer joven estaba en sus tripas, esperando el momento justo para
reaparecer, o quizá había muerto asfixiada por la inmundicia. Y ahí arriba, donde
Perra de noche seguía viviendo; arriba, al aire libre y en esa mesa del restaurante
iluminado por lamparitas y resguardado en una encantadora hilera de edificios de
ladrillo de una coqueta ciudad estudiantil, se sentaba a la mesa una madre de mediana
edad que llevaba fuera del panorama artístico el mismo tiempo que la mujer joven: no
era una recién llegada pero tampoco había logrado descollar; a decir verdad ni
siquiera había conseguido meter la cabeza en el mundillo, excepto por algunas
exposiciones regionales muy secundarias y algún que otro artículo publicado, pero
que, por lo demás, no era en absoluto una artista emergente y no había esperanzas de

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que lo fuera a ser pronto. Y esa no era la imagen que Perra de noche se había hecho
de sí misma, ni por casualidad, pues había seguido alimentando la idea de que el
tiempo era infinito, igual que su potencial y las oportunidades, de que no era tan
mayor y de que su vida no estaba acabada, pero, sentada a aquella mesa, vio con
claridad, después de las dos copas de vino y del fardo entero de forraje, que no era
nada de eso, pero sí, en cambio, en una palabra, insignificante. Se vio a sí misma
como la veían las otras dos mujeres en ese momento: como una mujer callada y fofa
que tomaba vino sin tener un solo comentario u opinión interesante que aportar a la
conversación. Era tan poco interesante que no pasaba nada si se tiraban más de media
hora haciendo ver que no estaba allí. No lo hacían con maldad. Sencillamente no
pintaba nada en aquella conversación. (¿Seguro que no lo hacían con maldad? Tenía
talento. Y habría triunfado tanto como ellas de haber seguido trabajando. Había dado
por sentado que ellas lo habían comprendido, que era un acuerdo tácito que las hacía
estar en igualdad de condiciones. Sinceramente, hasta ese momento no se lo había
planteado así, cuando tuvo que verse en ese contexto patético y de esa manera tan
patética).
Primero pensó que se echaría a llorar, pero luego se dio cuenta de que iba a hacer
algo mucho peor. Toda la rabia y la desesperación de aquellos inacabables meses
previos a la aparición de Perra de noche regresó a ella en forma de maremoto. Seguro
que sus amigas no lo habían hecho con segundas ni habían pretendido insultarla; a
decir verdad, seguro que ni habían reparado en ella, pero era precisamente esa falta
de consideración lo que más daño le hacía, el no poder intervenir en la conversación,
aunque lo último que le apetecía era participar en ese cotorreo egocéntrico; aun así le
hubiera gustado que la invitaran a participar para luego decir que no, por lo menos se
merecía eso. Le volvieron a la mente las terribles imágenes de su marido sorbiendo
café en un local tranquilo, ojeando con toda la parsimonia del mundo un periódico,
las estampas de días infinitos de trenes y siestas fallidas y de animar al nene a hacer
popó en el orinal y de vías y más trenes.
La embargó una rabia caprichosa, y vio que estaba a punto de darle un berrinche
muy parecido a cuando su hijo se tiraba al suelo de la sala de estar, pataleando y
dando zarpazos, haciéndose daño sin querer y luego llorando todavía más fuerte, y no
tenía ninguna intención de reprimirlo. No pensaba hacerlo. O sacaba la rabia o la
enterraba dentro, y estaba cansada de guardársela. No tenía ninguna intención de
destrozarse por dentro, de tragar bilis, de hacer rechinar los dientes mientras dormía
ni de que le diera una contractura en el cuello en nombre de la buena educación, la
madurez, la comprensión y la sensatez.
Y justo cuando la camarógrafa dijo entre risas: Vale, ya sé que siempre digo en
broma que soy una narcisista, pero es que de verdad creo que lo soy, Perra de noche
se levantó de la silla en el acto (inclinando la mesa y tirando los cubiertos al suelo
con gran estrépito, tumbando un vaso y vertiendo el agua que contenía en el regazo
de la madre trabajadora, que puso los ojos como platos y los labios en forma de o

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muda) y prorrumpió en un rugido que interrumpió todas las conversaciones del
restaurante, sumiéndolo en un silencio sepulcral y petrificado. Y allí se quedó,
jadeando de la rabia.
Gruñó a las mujeres, y luego les ladró hasta que se cansó, cerrando los ojos,
forzando los sonidos animales de su interior, con los músculos abdominales
contrayéndose violentamente y sintiendo espasmos en el suelo pélvico tras años de
diligente práctica de los ejercicios de Kegel.
¡Si quisiera podría partir una nuez con la vagina!, le gritó a nadie en particular, y
fue entonces cuando la gente de su alrededor cobró nitidez: sus amigas —las Artistas
— sentadas frente a ella en la mesa, una de ellas tapándose los ojos como si estuviera
mirando directamente al sol, y la otra con una media sonrisilla asomándose a los
labios. El viejo de la mesa de atrás, que se había quedado boquiabierto. La chiquilla
de la mesa de al lado, acurrucada contra las costillas de su madre, que le pasaba la
mano por el pelo y la calmaba y le susurraba palabras de consuelo mientras
fulminaba con la mirada a Perra de noche.
Presa de un súbito ataque de vergüenza, Perra de noche empezó a sudar por todos
los poros y a jadear con la boca abierta, y tuvo el pensamiento fugaz de que quizá
estaba entrando en la menopausia. Después, pese a hacer todo lo posible por
contenerlas, se le escaparon unas lágrimas rabiosas y calientes cuando fue a por el
bolso y el abrigo.
La madre trabajadora empezó a decir algo en voz baja, con tono tranquilizador.
Perra de noche alzó la mano.
No, le dijo, y acto seguido abandonó el restaurante hecha un basilisco, con paso
torpón y una propulsión más propia de un tornado que de un humano bípedo. Aceleró
para llegar a la puerta y arrasó con todo lo que pilló por banda: tiró servilletas por el
aire de un bufido, volcó copas y se tropezó y se cayó y resopló. Su objetivo era salir
de aquel sitio antes de que empezara la transformación, pero no podía resistirse al
olor de la carne cruda después de haberse pasado lo que le pareció una vida entera
masticando col rizada.
Se detuvo en una mesa alta para dos personas cercana a la puerta, donde una
joven pareja (la mujer, luciendo un brillante anillo en la mano izquierda) resplandecía
de amor. La joven se echó para atrás y sofocó un grito cuando Perra de noche le
arrebató la hamburguesa a medio comer del plato y le pegó un mordisco para después
tirar el panecillo, la lechuga, la cebolla y el tomate al suelo mientras salía del
comedor. Se echó a las fauces la plasta de carne y la masticó con la boca hecha agua
mientras se alejaba de allí, calle abajo. Atravesó callejones salpicados de charcos en
unas pocas zancadas y, una vez lejos del centro, se abrió paso entre los matorrales a
trompazo limpio para evitar ser vista y desvanecerse entre las sombras, donde podría
recobrar el aliento, resoplar y llorar.
Se encaminó hacia la reserva natural, hacia la lóbrega y tranquilizadora arboleda
encajada en pleno centro de la ciudad para gritar y rugir al amparo de la oscuridad,

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bajo los árboles; para llorar y pasar el rato en el arroyuelo, cuyo curso, si decidía
seguirlo, podía llevarla hasta su vecindario. Eso es lo que se propuso hacer mientras
estaba allí quieta, dejando que el agua helada le entumeciera los pies, que le dolían y
le sangraban. Había perdido las sandalias por el camino, y era tan agradable sentir la
corriente que se le escapó un gruñido gutural. La mucosidad que le goteaba de la
nariz se le entremezclaba con unas lágrimas sucias y lacerantes. Avanzó a una
velocidad descontrolada por la corriente, apartando troncos caídos y arrancando
maleza de las ribas mientras buscaba algo con que calmarse. Quería causar estragos,
sembrar el caos, arrancarse del cuerpo la rabia, la tristeza y el enloquecimiento de los
años posteriores al nacimiento de su hijo. Se lo había estado guardando todo en la
arrugada masa de sus muslos, en su triste barriga caída. En las profundas ojeras de las
que no parecía posible librarse, ni de día ni de noche. En las articulaciones de los
dedos, que habían empezado a dolerle cuando estaba cansada, furiosa o triste; es
decir, siempre.
¡Ah, malditas mujeres! ¡Qué malas! Sollozaba y se adentraba más y más en el
bosque, chapoteando, hasta que llegó a un tronco caído donde se sentó y lloró. No se
había sentido así desde… ¿cuándo? ¿Desde el bachillerato? ¿Desde la secundaria?
Pardilla, marginada, friqui… unas emociones adolescentes que no sabía gestionar. Se
sentía idiota por el mero hecho de tenerlas. Era una mujer adulta. No quería sentirse
así. Era absurdo. Y aun así sollozaba en silencio como no lo había hecho en décadas.
El esfuerzo hercúleo de los últimos años, todas las desilusiones, la angustia de
pensar que no era, pese a todo lo que había sacrificado, una buena madre, la ansiedad
de haber renunciado para siempre a sus proyectos artísticos y de darse cuenta de que
su cometido en la vida era ese, ser madre y nada más… Todo eso lo sintió en su
interior como un ruido sordo que le recorría todo el cuerpo, y lloró mares; se deshizo
en lágrimas como una adolescente con el corazón roto. ¿Acaso no acababa de pasar
un fin de semana doméstico de lo más idílico, recuperado el deseo sexual, y no estaba
disfrutando de una vida familiar normal, sin complicaciones, en su papel de esposa,
madre y madre perruna que, por cierto, tenía el tema de la crianza canina totalmente
controlado? Le había faltado tan poquito para lograr una plenitud auténtica, completa
y sosegada, gracias a su repudio del arte y al arduo trabajo psicológico de las últimas
semanas para aprender a gestionar sus impulsos y a refrenar sus deseos. Pero luego
aparecieron esas mujeres… esas artistas, a las que juzgó con la amargura de cien
interminables noches intentando acostar al niño, de mil tardes carentes de arte.
Expulsó de sus adentros un sonido que jamás había oído antes, un gruñido largo,
grave y rasposo que era furia, aliento, ansia y pena. Resonó con una potencia
desmedida y terrible, como si estuviera forzando todos los músculos del cuerpo para
poder expelerlo; tenía los abdominales en tensión y la garganta casi ocluida. Los
dedos de los pies se le tensaron y las manos se le agarrotaron como si fueran zarpas.
Era un grito animal de rabia ciega a algo incomprensible para los humanos. La
expulsión de todo lo que se había guardado dentro.

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A su lado, desde su secreta madriguera, un mapache le respondió con su salvaje
parloteo, y sin pensarlo se zambulló de cabeza en la oscuridad de la riba, allí donde
había visto brillar sus ojos. La había pillado por sorpresa, y estaba furiosa. Cómo se
atrevía. Cómo se atrevía.
Lo atrapó con las manos y le retorció el pescuezo con suma eficacia antes de que
el bicho pudiera morderla; luego lanzó el cuerpo al riachuelo, que cayó con un
chapoteo. Echó la cabeza hacia atrás y llenó el cielo con un aullido formidable, tan
grande como su Vida entera y, con eso, resolvió volver a casa, llorosa, con la
adrenalina desbocada, los músculos rebosantes de sangre mientras avanzaba
violentamente a través de la noche.
Para cuando llegó al paraje donde su hijo y ella lanzaban piedrecillas al agua en
las tardes de buen tiempo, justo detrás de las vías del tren, y, al poco, al jardín de su
casa, ya se había cargado a tres pequeños roedores y a un indefenso conejito que
tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino.
Ya en su jardín, se tumbó bocabajo, con los brazos y piernas extendidos, olió la
hierba y se restregó la cara contra la suave y verde fronda. Tenía arañazos en las
extremidades y las manos sucias y ensangrentadas.
Entró en la casa armando un gran estruendo y no verbalizó ningún saludo amable
para alertar a su marido de que ya estaba allí, como siempre hacía, sino que se fue
directa al cuarto de baño y cerró con pestillo. Una vez allí se quitó la ropa enfangada
y las ramitas que se le habían enredado en la enmarañada melena. Puso el agua
caliente a tope y se quedó quieta debajo de la ducha para calmarse y quitarse
cualquier rastro que le quedara de aquella noche.
Se quedó dormida entre lágrimas en el cuarto de invitados y se despertó más
temprano que su marido y su hijo. Salió de la cama y lloró otro poco. Vio que tenía
veintiséis mensajes por leer en el móvil y lo apagó. Jamás podría volver a mirar a la
cara a sus amigas.
Estaba enfadada consigo misma porque aquello le importase, por sentirse una
fracasada. ¿No era ese el primer paso para convertirse en una? No podía pensar así.
No era productivo. Aun así, lo único que le apetecía en ese momento era ver películas
chorras en pijama, algo que podía hacer porque ese día no tenía que estar en ningún
otro sitio del mundo, solo con su hijo. No tenía nada relevante que hacer, nadie
dependía de su pericia profesional ni se moría de ganas de ver otra obra suya. No,
nadie la necesitaba a excepción de un nene de dos años. Podía hacer lo que quisiera,
excepto llorar, lo que tendría que hacer en pequeños intervalos mientras fingía que
necesitaba ir al baño.
La odiosa gata maulló y maulló y maulló como una mema hasta que le sirvió un
asqueroso comistrajo viscoso de una lata, que la moteó ruidosamente. Depositó
cuatro salchichas congeladas en la minúscula sartén, al fuego, mientras metía gofres
congelados en la tostadora, cortaba un plátano a rodajas y lavaba unas fresas. Le
entraron ganas de echar abajo las paredes a puñetazos mientras sacaba la colada de la

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lavadora y la metía en la secadora. Se imaginó arrancándole la cabeza a un pájaro
cantor con las manos mientras limpiaba la mesa de la cocina con un estropajo y luego
se giraba hacia la mesita de plástico de su hijo para limpiarla también. Se sonó la
nariz y preparó café y escuchó las noticias. Sirvió el desayuno a su familia y ayudó a
su marido a encontrar cosas que tenía que meter en la maleta porque al pobrecillo le
costaba recordar dónde estaban. ¡Si nunca estaba allí, el muy tontuelo! ¡Cómo iba a
acordarse de dónde estaba nada!
Su marido quería saber qué le pasaba, y ella le respondió que estaba ovillando y
nada más, que la culpa era de la naturaleza errática de sus hormonas revenidas, y él le
dijo, preocupado: Es que nunca te había visto llorar así, y ella lo rechazó con un gesto
de la mano y otra vez empezó a llorar.
Estoy premenopáusica, dijo, sollozando, y se sumió en una desesperación más
profunda si cabe, aunque consiguió esbozar una sonrisa en menos de diez minutos
para no incomodar a su marido. Era un hombre bueno y ya tenía demasiado estrés
como para preocuparse también por ella; aunque tampoco es que lo hubiera hecho
nunca cuando estaba fuera de viaje, la verdad. No creía que él pensara para nada en
su estado emocional cuando no estaba en casa.
A la mañana siguiente, despidió a su marido —después de que se tomara su
desayuno bien rico y el cafecito calentito que le había preparado ella y que le
esperaba en la mesa desde que el marido había abierto los ojos, después de cagar con
toda la parsimonia del mundo y quedarse tan a gusto, después de tirarse horas en la
ducha, tan relajado, y de toparse con una pila de ropa limpia calentita y recién salida
de la secadora que ella había doblado pulcramente y le había dejado sobre el váter
después de echar un poco de ambientador— y se abismó todavía más en su odio hacia
sí misma, esta vez enviando también pensamientos llenos de odio hacia el coche de
su marido al verlo arrancar.
A mí también me gustaría cagar con toda la parsimonia del mundo algún día,
pensó amargamente.
Por mucho que lo intentara, no conseguía sacudirse aquella sensación, y puso los
dibujos animados y se tumbó junto a su hijo para ver cómo dos bichos se machacaban
mutuamente la cabeza con mazos, riéndose como descosidos. Era demasiado violento
para que lo viera el niño, pero a él le encantaba: daba palmas y se moría de la risa. En
efecto, era una madre terrible, espantosa. Sintió que volvía el llanto y se levantó para
alimentarse, pues había olvidado hacerlo mientras recordaba alimentar a todos los
demás; otra vez se topó con la gata del demonio, no hacía ni una hora que el bicho
había desayunado y ya estaba merodeando por el rincón de la alfombra, delante del
fregadero, donde siempre estaba merodeando.
Las patatas putrefactas de la basura olían a rayos; el ambiente estaba muy seco;
las nubes, densísimas y la mañana, especialmente gris. Se le escapó un aullidito al
darse cuenta, encorvada sobre el frigorífico, de que no les quedaba ni un cachito de
carne en toda la casa, a excepción de las horripilantes latas de comida de la

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horripilante gata, razón de que el bicho estuviera lloriqueando otra vez, maúlla que te
maúlla, incansable. Mientras Perra de noche vaciaba otro bote más en el comedero de
la gata, lo olisqueó y se preguntó a qué sabría, pero la comida era tan viscosa, estaba
tan desmenuzada y era tan anodina, en suma, que no le estimulaba el apetito. Miró
con asco cómo el animal se atiborraba sin miramientos y atacaba a hocico limpio
aquel rancho infame. Los dibujos del nene seguían con su soniquete de pitidos y
ruiditos, y a Perra de noche empezaba a hervirle la sangre en la cocina, donde
fulminó con la mirada a la gata mientras sorbía una taza de café casi frío, con la bata
colgándole de cualquier manera.
Intentó concentrarse en las noticias, pero solo despertaron su sed de sangre, así
que las apagó y empezó a pasearse de un lado a otro del fregadero. Buscó en el
armario algo que le calmara el martilleo de la cabeza y lo cerró de un portazo al no
encontrar más que un ibuprofeno. Cogió un cuchillo para cortar… algo, lo que fuera;
se volvió en busca de una manzana, una zanahoria o algo de carne desecada, joder, y
entonces pisó a la lerda de la gata, que había acabado de desayunar por segunda vez y
había tenido la extraña ocurrencia de quedarse callada merodeando justo detrás de sus
pies. Perra de noche, cómo no, se dio un tropezón tremendo y acabo despatarrada en
el suelo de la cocina, no sin caer antes encima de la gata, que salió zumbando hacia el
salón con los ojos verdes abiertos como platos y la bola de su cuerpo balanceándose
sobre unas patitas que iban a velocidad ultrasónica como en los dibujos animados.
Perra de noche sentía punzadas de dolor en la rodilla y en la cadera. Se abalanzó
sobre la gata, echando fuego por los ojos, y la atrapó por las patas de atrás, luego la
arrastró hacia sí por el suelo de madera y le clavó el cuchillo en el pecho. Aunque
parecía imposible, la gata abrió todavía más los ojos, en los que la inteligencia
brillaba por su ausencia y no había más que torpe instinto, la mínima cantidad de
instinto necesaria para que un animal idiota como aquel sobreviviera.
Desplazó el cuchillo por el blando contorno de la cintura. El animal se desgarró
en dos como unos pantalones muy apretados. Un gruñido resonó en el pecho de Perra
de noche cuando se agachó para hincarle los dientes en la nuca al felino. Se alzó, con
una furia animal, y zarandeó el cuerpo de un lado a otro, con la gata desinflándose —
chirrido a chirrido, poco a poco— a cada sacudida que le daba; la sangre salpicaba
los armarios blancos y el desgastado suelo de madera. Un tirabuzón de intestino
violeta resbaló de la herida y se agitó en el aire como si fuera una bufanda. Perra de
noche notó el tacto viscoso y caliente de algo que le resbalaba por la mejilla, y luego
por el pecho y, presa del arrebato, meneó la cabeza con más ímpetu: los intestinos y
los órganos le golpearon la cara antes de caer al suelo. Lo agitó más violentamente,
con furia, y la sangre voló por todos los rincones de la cocina hasta que se oyó un
chasquido seco y el cuerpo se relajó, aceptando su derrota. Paró. Tenía sangre en los
pies, chorreándole entre los dedos. Soltó aquella cosa de la boca y la aguantó con las
manos para olisquearla, hociquearla y examinarla con curiosidad animal. Para

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contemplarla y en ese extraño ensueño permanecer inmóvil dentro de un caos
fascinante y extraordinario.

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•••

Y solo entonces, al recordarlos, los acontecimientos de las pasadas semanas


empezaron a cobrar sentido. Pues sí, lo había sabido desde que era una niña,
habiéndose criado a la antigua usanza alemana, con sus ancianos padres en la ladera
de los Apalaches, esos montes boscosos y lóbregos que guardan celosamente en sus
valles un secreto de décadas, siglos. Observaba las manos de su madre, en continuo
movimiento, bordando detallados ángeles de ganchillo con hilo fino, trabajando en el
huerto y luego atando lo recolectado para colgarlo a secar en las viguetas de la
cocina, limpiando, deshuesando la carne de una carcasa de pollo, metiendo los dedos
entre las costillas, mirando a contraluz el hueso de la suerte para admirarlo, moviendo
rápidamente de un lado a otro un cuchillo de pelar sobre un cuenco de fresas,
montando las cajas de congelar, forrándolas con bolsas de plástico, vertiendo y
atando con cintas y asegurando y amontonando, buscando entre matas más altas que
ella miles de arándanos, con su pelo rizado, rascándose la cabeza, con los ojos
cansados y cerrados, dándole friegas en el cuello a su marido, hiñendo la masa,
buscando tenedores sucios bajo la espuma jabonosa. Se acordaba del tabardo azul
marino que su madre llevaba todo el año en la cámara frigorífica y de su gruesa
cremallera, de la fuerza con que la pasaba por los dientes para cerrarla antes de tocar
cada hilera de carne congelada, como consolándola. Los cachos se mecían a su paso,
como consolados. La solitaria bombilla de la cámara proyectaba una luz fría y
descarnada sobre los músculos y los huesos. La niña había sabido a qué olía la sangre
desde muy pequeña, y conocía las consecuencias de la violencia. Su familia, su
religión, se decía pacifista, pero la violencia estaba presente todos los días de su vida;
la veía en las cabezas de pollo, en las cáscaras de huevo resquebrajadas, en los
cachorritos de gato muertos en su madriguera, entre las balas de heno, en el cochino
colgado de un trípode para desangrarlo, en los lentos cuerpos de los ciervos
suspendidos en los árboles.
Su madre había querido ser cantante, de ópera. Tenía esa clase de voz capaz de
elevarse a las alturas y de inhalar ese aire para transformarlo en algo nítido, diáfano y
perfecto. En vez de eso, se recogía el pelo, se lo tapaba e iba a la iglesia para cantar
armonías a cuatro voces todos los domingos. Integrarse era de virtuosos. Poner el
interés del grupo por delante del propio era de virtuosos. De manera que eso fue lo
que hizo durante toda su vida. Mucho tiempo atrás había cantado un solo en una misa
de miércoles noche, cuando todavía era una niña, y ese día precisamente estaba entre
el público un primo de fulanito o de menganito, un primo que venía de la gran ciudad
en busca de un poco de color local. Tras el oficio, se acercó a su madre, secándose las
lágrimas de los ojos con un pañuelo blanco inmaculado, para decirle que jamás había
oído una voz semejante, que él se dedicaba al teatro y que sería su mecenas para que

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pudiera marcharse a estudiar a las mejores escuelas de canto de Europa, y le dio una
tarjetita blanca. La escondió dentro de una cajita de música que tenía en su cómoda,
pues su familia pensaba que el sueño de cantar en Europa era el colmo de la
estupidez, el colmo de la vanidad. Se prometió que lo haría cuando fuera mayor, pero
no sabía lo que le depararía el futuro. Así contaba ella la historia y así la terminaba,
con ese «no sabía lo que me depararía el futuro», y su hija entonces siempre le
preguntaba: «¿El qué no sabías, el qué?», muerta de curiosidad, tras lo cual la madre
se pasaba un buen rato riéndose con ganas, mucho más de lo que parecía necesario, y
le decía a la niña que se metiera en la cama, porque era tarde.
Durante un tiempo, incluso después de que la madre diera a luz a una niñita
perfecta, se habló de viajar a Europa; tanto que la conversación casi se volvió
ponzoñosa y amenazó con adentrarse en el terreno de la vanidad —lo individual, le
recordaba su marido, era de poca importancia para la iglesia—, y ya no se habló más.
Su padre era un hombre de bien, pero su madre era extraordinaria. Recordaba las
cálidas noches de verano, cuando ella se sentaba descalza sobre el césped y las notas
de una ópera emanaban del tocadiscos e impregnaban aquella extensión de hierba, ya
negra, el aire negro y los árboles inmóviles. Así se dormía la niña cada noche, con la
ópera brotando de las ventanas abiertas y su madre descalza con una falda floreada,
tumbada en el pasto y mirando las estrellas. Una noche, soñó que su madre estaba
fuera, sobre la hierba, y que era atacada por zorros, mapaches y lobos. Su madre
maullaba como una gatita, y cada vez que uno de los animales la atacaba, ella le hacía
mimos y le maullaba mientras la fiera la descuartizaba. La niña la observaba desde la
ventana del sueño presa de la desesperación. Lo sabía, se dijo, siempre lo supe. Se
despertó con la respiración agitada y bajó en busca de su madre, para comprobar que
estaba bien, con el sueño todavía vivo pese a estar despierta; lo sucedido, una pura
confusión. ¿Estaba su madre allí afuera, con los gatos? Pero si a su madre los gatos
no le hacían ni pizca de gracia… No, un momento. Estaba cantando… Y vio, a la luz
de la luna, que su madre seguía en el jardín, inmóvil. La niña temió que estuviera
muerta y la llamó, y entonces ella se sentó de golpe y se secó la cara. ¿Por qué
lloras?, le preguntó la pequeña, y su madre le dijo: No estoy llorando. Estoy cansada.
Acuéstate.
Y pasaba que los garitos no dejaban de seguir a la niña, la habían seguido cada
mañana en su larga caminata para coger el autobús. Ella lloriqueaba y les tiraba
piedras, les regañaba por seguirla y les decía que volvieran a casa, pero ellos sabían
que sus dedos tenían el sabor de la leche y querían chupárselos y resguardarse dentro
de su chaqueta calentita. Les suplicó a sus padres que metieran a los animales dentro
para que no la siguieran, porque se alejaban mucho de la casa y un día acabarían
perdiéndose para siempre cuando ella se subiera en el autobús. Se los imaginó
llorando todo el día en el sendero rocoso, hambrientos y ateridos de frío, y luego
adentrándose en el bosque, donde serían devorados por un zorro. Se lo pedía a sus
padres hecha un mar de lágrimas, y ellos no daban crédito a su desesperación. No les

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pasará nada, aseguraban desconcertados al ver llorar de aquella manera a la niña. Vas
a perder el autobús, le dijeron, dándole un empujón para que se marchara. No se
molestaban en vigilar a los garitos porque no eran más que animales, y la niña corrió
con todas sus fuerzas durante casi un kilómetro, la distancia que había hasta la parada
del autobús, llorando y corriendo, con las piernas al rojo vivo y los pulmones llenos
de gravilla, porque quería a esos garitos como si fueran sus propios hijos, les tenía
mucho cariño, y a sus padres les daban absolutamente igual, y fue de esta manera
como descubrió que los separaba un terrible abismo inabarcable. Se sintió muy sola
mientras esperaba el autobús, con la cara mojada y los zapatos enfangados, y el aire
de aquella época siempre era frío, mucho más de lo esperado, a la eterna sombra del
bosque umbrío bajo un cielo sin sol.
Acudió a su abuela en busca de ayuda; era una mujer arrugada y prácticamente
ciega que vivía en una casita erigida en los terrenos de la familia y que solo llevaba
vestidos sencillos y zapatos sencillos y que sonreía siempre que se sentaba al sol. Era
la madre de su madre, apenas hablaba cuatro palabras de inglés y se expresaba en un
alemán enrevesado, pero aun así la niña fue a pedirle un conjuro, porque sabía que la
abuelita tenía un libro lleno de ellos, en cuya gastada cubierta se veían símbolos
hexagonales y otros dibujos que no conocía, y el texto estaba todo en alemán.
Necesito un conjuro para que a los gatitos no les pase nada malo, le dijo a la anciana
mujer, que estaba sentada en silencio en una silla de respaldo recto en su pequeño
porche. La mujer sonrió y la cara se le iluminó, y le pidió a la pequeña que entrara en
su cabañita, que olía a ajo, a tierra y a cera de velas. Cogió el librito de su mesilla de
noche y hojeó las suaves páginas. La niña se estaba preguntando cómo podía leer
aquellas palabras tan desgastadas cuando vio que la mujer de repente sacaba una lupa
de la mesilla para poder verlas mejor. Estuvo un buen rato estudiando el libro hasta
que encontró la página que buscaba, y luego se lo llevó a la mesa de la cocina, donde
lo dejó abierto para ir lo consultando de cuando en cuando al tiempo que sacaba
tarros de los estantes y ponía un pesado cazo de metal a fuego vivo. Con la niña
mirando, echó en el cazo hierbas secas y frescas y una medida de agua concreta de la
bomba manual que había en el tosco fregadero. Le dijo a la chiquilla que saliera al
jardín para coger tres cabezuelas de diente de león, a lo que ella obedeció, y al
regresar a la sombría casucha vio que su abuela echaba el cuerpo de un pequeño
roedor en el bebistrajo. Cuando tuvieron todos los ingredientes listos y preparándose,
bebieron infusión de manzanilla hasta que el cazo hirvió, momento en que su abuela
lo quitó del fuego envolviendo un trapo en el mango y se lo llevó hasta el vallado que
rodeaba las tierras, y una vez allí echó aquel mejunje en ebullición por debajo de la
cerca y a lo largo de esta mientras musitaba algo en alemán.
Ya está, dijo su abuelita, y la niña la abrazó por la cintura, recreándose en su olor.
La quería más que a nadie. Al día siguiente, las malas hierbas que crecían donde
vertieron el aguachirle estaban muertas, el ratoncillo había desaparecido y los garitos
dormían tranquilos en su escondrijo cuando ella se marchó al colegio.

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Su madre era buena y responsable y una santa, y siempre estaba abstraída en sus
pensamientos, lejos de allí, o con jaqueca, o durmiendo o pidiendo que se la dejara en
paz. Olvídate de tu abuela y de su libro. No digas tonterías. Haz el favor de ser
sensata. Y la niña siempre creyendo que la madre la quería echar de casa; venga, vete,
márchate, rápido. Se lo había tomado como una especie de abandono, pero ahora lo
veía como lo que era: el amor de una madre que quería lo mejor para su hija.
¿Cuántas generaciones de mujeres habían postergado su momento de gloria para, al
final, ver cómo el tiempo acababa aniquilándolo? ¿A cuántas mujeres se les había
agotado el tiempo mientras los hombres no sabían qué hacer con el suyo? Qué
artimaña tan perversa llamarlo abnegación o santidad. Qué maldad halagar a las
mujeres por renunciar a todos y cada uno de sus sueños.
Hacía tantísimo tiempo que lo había borrado de su mente; tanto tiempo desde la
última vez que había pensado en ello… pues desde que se marchara de casa se había
sumido en el olvido, un olvido intencionado, porque olvidar su niñez significaba que
había sobrevivido a ella.
Sus propios proyectos de hueso y madera, su labor de costura en la instalación del
parque bebían de las habilidades adquiridas durante su tranquila crianza en los
Apalaches. Sabía criar abejas, fabricar velas, cardar lana, usar una rueca para hilar,
poner a secar cebollas y ajos, revelar fotografías con jugo vegetal, hornear
prácticamente de todo, hacer cualquier tipo de trenza, cantar cualquier tipo de
canción, seguir el rastro de un animal en el bosque. Sabía reconocer los puntos
cardinales o distinguir a un poni rápido de uno lento solo con mirarlo a la cara. Sabía
todo lo que necesitaba para habitar una vida entera en soledad, y sin embargo era su
marido —con sus habilidades electrónicas, con su ingeniería— quien ganaba el
dinero, pese a que ella podía crear un mundo entero y luego, además, crear a una
persona para que viviera en él.
¿Y qué decir de esa persona, su hermoso niño? Abría los ojos cada mañana y la
primera palabra que decía era «Mamá». Necesitaba que lo levantaran de la cama —
era tan menudo y estaba tan soñoliento—, que lo vistieran, alimentaran, bañaran, que
jugaran con él, le cantaran, le hicieran cosquillas, lo lanzaran en volandas, lo
persiguieran. Todo el rato le decía: «Mira, mamá», cada segundo de su vida. A veces
le ponía la manita en la cara y le movía la cabeza para que mirase adonde él quería. Y
en este gesto ella veía un futuro inminente, un futuro donde todo giraba alrededor de
este niño: cuándo despertarse y cuándo dormirse, adonde ir y qué comprar, la
orientación de la mirada misma de la madre. Si no iba con cuidado, el pequeño
acabaría concibiendo el mundo como un lugar que acomodaba cualquiera de sus
caprichos, y eso era precisamente lo que quería hacer ella, porque lo amaba, pero en
los momentos más difíciles —como cuando, por ejemplo, sostuvo el cuerpo inerte del
gato con las manos ensangrentadas— se dejaba llevar por el rencor hacia la pobre
criaturita, cuya vida estaba destinada a ser plácida, sabiéndose cuidado y teniendo
todos sus deseos satisfechos, sabedor también de que el mundo era suyo, de manera

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muy real. No quería negarle cosas ni complicarle la vida, pero ya sentía aquella
pulsión en su interior, la de responsabilizarle de manera fundamental, la de decirle
que no, no y no, y sí, intentaba criarlo en contra de todo lo que le decía o intentaba
decirle el mundo entero al niño; intentaba decirle: «Mira, no soy solo tuya, no estoy
aquí solo por ti», pero luego claro que era suya, toda entera.

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3

Madre mía.
Su michi.
La pelusilla.
Su micifuz bonita, más tonta que hecha de encargo. La bolita achuchable. El
tapetito de pelo. Toda patitas blandas y maullido cantarín. Una vez quiso engalanarla
con minúsculos adornos porque, al sentarse, adoptó una forma cónica perfecta y
parecía un árbol de Navidad. Su bebé. Madre mía, madre mía.
¿Cuánto tiempo se había quedado allí pasmada, sumida en un sanguinolento caos
del que solo ella era responsable? ¿Lo que duraban dos episodios de dibujos? ¿Cinco?
El niño entró en la cocina y se encontró a su madre con la cara bañada en sangre, las
manos, también, y la bata ensangrentada resbalándole por los hombros mientras se
sacaba pelo a puñados de la boca. A sus pies, un montón de pelo negro, inerte. Sangre
en los armarios. En el suelo. En el techo.
El niño se quedó paralizado, mirando con los ojos como platos el montón de pelo,
luego mirando a la madre y vuelta a empezar.
Oh, no. ¡El niño! ¿Qué acababa de hacer? Se quedó quieta como un palo al ver
que el niño se acercaba vacilante a ella, olisqueaba la bata y luego a la gata muerta. El
chiquillo hocicó con la nariz el cuerpo ensangrentado de la minina, le levantó la pata
y la observó caer.
Volvió a mirar a su madre y lanzó un aullidito alegre. Luego le dio unos toques
con el piececito al cuerpo sanguinolento de la gata.
Ay, tesoro mío, dijo Perra de noche regresando de una sacudida al ambiente seco
de aquel día gris, a la realidad de una madre en bata y de su hijo en pijama plantados
tan felices en la cocina delante del cadáver de un gato, con el niño aullando, dándole
toquecitos al animal muerto y manchándose los deditos perfectos; pensó en la
impresión que causaría aquello y en lo que podría significar. No quería ver su piel
perfecta manchada de sangre, ni meterlo en aquella locura. Tenía que pararlo todo y
calmar los ánimos. Dejar de jugar a guau guaus y a cualquier cosa que se le pareciera.
Ay, madre. ¿Cómo se le había ocurrido hacer eso?
No se le había ocurrido. Esa era la clave. Había actuado por pura emoción, ansia
y rabia. Era imposible que en todo lo acontecido el raciocinio hubiera tenido nada que
ver.
Pobre minina, dijo, acariciando al animal, que ahora era un montoncito peludo en
el suelo. Contempló su mirada fija, carente de vida. Miró la espantosa herida que le
cruzaba el vientre y las tripas purpúreas que salían de ella. Intentó volverlas a meter
dentro. Cogió una toalla de debajo del fregadero para envolver a la criatura; para
intentar dignificar aquella situación tan indigna.

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Ay, madre, dijo.
¡Caza a michi!, chilló el niño, excitado por el aroma de la muerte, y a Perra de
noche le sobrevino una gran inquietud. La inquietud de que los juegos perrunos
hubieran ido demasiado lejos, de haber perdido completamente los papeles y de
haberse pasado tanto que su hijo jamás pudiera recuperarse de una infancia así, de
que alguien pudiera incluso alegar, llegados a este punto, que el niño sufría abuso,
que ella era mala madre o que tenía problemas mentales. ¿Por qué la cocina entera
estaba manchada de sangre? ¿Quién era responsable? Tenía que ponerse ya mismo a
limpiarlo todo a conciencia.
Pobre gatita, pobrecita…, repetía. Fue un accidente. Me tropecé con ella y
supongo que… Aquí se paraba a falta de algo que decir. ¿Qué habré perdido mis
facultades humanas y habré descuartizado como una perra rabiosa a la pobre
michina? ¿Que la odiaba, sí, pero no merecía morir? ¿Que era una monería de gata,
pero tonta de remate?
Ambos miraron al animal.
¿Nam ñam?, preguntó el niño después de pensarlo largo rato.
No, no, dijo Perra de noche, acariciándole la coronilla al niño. Michi no es para
comer. Tenemos que enterrarla en el jardín para decirle: Adiós, gatita. Te queríamos
mucho. Michi era nuestra amiga.
Y eso fue lo que hizo la pareja aquella tarde: cavar en el jardín de atrás, primero
con palas y luego con las manos desnudas, echando la tierra a sus espaldas al excavar
más y más hondo. Fue, en una palabra, una gozada. El olor del sedimento, el
retorcerse de los gusanos, las gruesas raíces de los árboles en las que hincar los
dientes y tirar y tirar y tirar.
Cuando por fin hubieron cavado un agujero lo suficientemente profundo para la
gata, ambos, madre e hijo, iban manchados como tizones a resultas del esfuerzo,
tenían la cara pringada de barro y los dedos doloridos, pero, pese a todo, había
merecido la pena por lo bien que se lo habían pasado.
Envolvieron a la gata en un viejo arrullo de bebé y la depositaron en el suelo. El
niño tenía una mirada solemne.
Deberíamos decir algo bonito para despedirnos de ella, dijo la madre.
Oh, gata querida. Eras bastante linda y tu marramiau era dulce, como una
campanilla. Gracias por ser nuestra michina.
Michi blanda, dijo el niño antes de escabullirse dentro del agujero para dejar la
última lata por abrir de comida para gato a su lado.
Ahora sí que tenía miedo, pero miedo de verdad, mucho más que después de su
primera transformación y andanza nocturna, y no hizo por apartarse de esa emoción,
sino que se sumergió completamente en ella. Era el mismo pavor que había sentido a
los veinte años al despertarse de mañana con una vaga sensación de pánico después
de haber bebido mucho. ¿Qué había hecho? ¿Dónde había estado? Tenía que cambiar.
Tenía que, tenía que, tenía que… dominarse. Decidió (otra vez), atacada de los

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nervios, que sí, que había llegado la hora, que no podía seguir así, con aquella
infelicidad a la que ahora se le sumaba una rabia ciega, sobre todo estando su hijo
delante, su angelito, al que jamás le haría daño, eso nunca, pero aun así mira lo que le
había hecho a la gata; qué horror, estaba horrorizada, a punto de llorar de puro terror
cuando se le cruzó por la mente la idea de agarrar a su hijo por la nuca con los dientes
como si se le cruzara un autobús escolar repleto de niños histéricos sin nadie al
volante, desviándose hacia un barranco. Se centraría de verdad en fijar objetivos y
conseguir resultados. Costara lo que costara, conseguiría encauzarlo todo. Respiraría
bien hondo, purificándose a cada bocanada, y se marcaría como objetivo ser sensata,
tal y como se lo pidió su madre una vez. Muchas.
Mantendría una actitud serena de cuidado maternal aunque por dentro sintiera el
revoloteo de todos los males del mundo. Nada de café. Más verdura. La carne,
cocinada. La casa, limpia. Salir a andar. Meterse en la cama a la misma hora cada
noche, y levantarse también a la misma hora. Mucha socialización… Sin embargo, no
fue capaz de salir de casa, por lo que se comprometió a pasar una semana muy
tranquila haciendo manualidades en casa, jugando a trenes, cocinando y arreglando el
jardín.

Primero limpió la cocina de arriba abajo, frotándolo todo bien con agua y vinagre,
y le dio al crío un cubo y un trapo para que fuera echando el líquido por todo el suelo.
¡Ensúcialo todo!, le ordenó señalando el cubo de agua jabonosa. El niño puso los
ojos como platos y se entregó con gran seriedad, y desorden, a la tarea. Cuando acabó
con el agua, la madre le dio al hijo el tubo de la aspiradora y lo puso manos a la obra
a succionar cada resto de ramita, hoja o tierra que viera, labor que realizó con gran
celo, tanto que hasta le pidió a su madre que apartara un poco el homo de la pared
para que pudiera aspirar las telarañas que había detrás, y rasgó unas cartulinas de
manualidades a trocitos para colocarlas al final del tubo de manera que este las
succionara y poder ver con gran satisfacción cómo acababan en un periquete dentro
del receptáculo de plástico transparente.
Después de la cocina, se dispuso a limpiar a fondo el dormitorio. Tiró de la colcha
y la alisó mientras el crío se metía debajo, invalidando todo su esfuerzo. El niño y
ella desenterraron de entre las sábanas dos o tres viejas pelotas de tenis y un hueso
para morder, además de la correa del nene —que la levantó en el aire para celebrarlo,
porque ya se había olvidado de aquel tesoro— y, por último, un trozo corto de cuerda
con un nudo en cada extremo, pensado para morder o tirar de él o atraparlo. Quitó la
gruesa capa de polvo de las aspas del ventilador de techo. Enjuagó el agua que había
caído al suelo del bebedero canino. Recogió las montañas de ropa y las echó sobre la
cama recién hecha para doblarla.
Bajo los pantalones de chándal y los sujetadores deportivos y las camisetas
amontonadas en la cama encontró una pila de cuentos del niño y, debajo, su

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Compendio. ¡Por la noche lo leería! Pero nada más proponérselo se desdijo, porque…
¿era fiable lo que decía? ¿Remitía ese libro a casos auténticos? ¿De verdad podía
considerarse una autoridad científica a una persona experta en etnografía mítica? ¿Y
por qué Wanda no había contestado a sus correos?
Bueno, ¿y qué otra cosa puedes hacer?, se dijo. En este momento concreto y en
estas circunstancias, ¿qué vas a hacer? Aunque estuviera encauzando su vida, no
cabía duda alguna de que sus respuestas no pertenecían al reino de la lógica, que era
el de la medicina y las recetas, el de los estudios científicos revisados por pares; en
suma, el reino donde el sol sale por el este y se pone por el oeste, maldita sea. En
efecto, las respuestas a sus preguntas pertenecían al reino del sol que iba al revés, al
reino en que la rotación sucedía en el sentido contrario al de las agujas del reloj; un
reino poblado solo por artistas, videntes y gente que iba en zancos. ¿Y acaso no era
Wanda White, etnógrafa mítica, nativa de una tierra como aquella? Tanto si era
científica como otra cosa distinta, su andadura era parecida a la suya. Así que Perra
de noche leería el Compendio de mujeres mágicas y se lo tomaría muy a pecho,
porque su pecho apenas podía lidiar con nada más.
Una cosa era matar un conejillo silvestre, y otra muy distinta era cargarse al gato
de la familia, y sobre todo con tanto ensañamiento y estando su hijo de corta edad en
casa. Pensó en ello durante la siesta, mientras el crío roncaba muy bajito a su lado, en
la cama. Sí, se lo habían pasado bien enterrándolo, pero, por muy elástica que fuera la
mente del niño, tendría grabada en la retina la imagen de su madre en la cocina, con
las manos pringadas de rojísima sangre, puñados de pelo flotando por el aire, las
tripas azul violáceo del animal resbalando hacia el desgastado suelo de madera, un
suelo que habría que pulir. Se había quedado manchado de sangre en las zonas donde
había saltado el barniz, y era imposible sacarla por mucho que frotara.
Hostia puta, dijo entre dientes.
Y lo repitió: Hostia puta.
Su marido volvería el viernes y, obviamente, preguntaría por la gata, como
siempre. ¿Y qué le iba a decir?
Se devanó los sesos un buen rato, pensó en cómo sacar el tema, en cómo
presentar la situación de manera que le causara el menor impacto posible y le llegara
con la misma ligereza que una pluma que se le posara en la frente con tanta
delicadeza que apenas la notara.
Su marido no era de los que se tomaban las cosas a la tremenda ni sacaban
conclusiones descabelladas, pero tampoco era de los que se arriesgaban ni pasaban
cosas por alto que no debían pasarse.
¿Y si le mentía? ¿Y si distorsionaba la realidad para volverla menos truculenta?
Y en cuanto al niño… ¿Se acordaría de ese día? A fin de cuentas solo tenía dos
años. Ella no recordaba nada de los dos años, ni una pizquita de nada, ¿quizá se había
evitado que tuviera recuerdos o traumas indelebles?

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Lo único que tenía que hacer era presentar lo sucedido como un terrible
accidente. Puede que se le cayera una de las ollas de hierro fundido encima de la gata
al trasladarla de los fogones a la encimera. O puede que se la hubiera encontrado
atropellada en la calle, con el coche ya muy lejos, al otro lado de la ciudad. ¡El
conductor se había dado a la fuga!, declararía ella.
Pero, claro, ¿qué pasaba con el niño, con lo que había visto y recordaba? Seguro
que querría hablarle al padre de las manos ensangrentadas de su madre o de las
interesantísimas vísceras del animal. No podía distorsionar demasiado la realidad, así
que caviló y caviló y al final dio con una explicación totalmente razonable y luego se
estrujó los sesos otro poco mientras se iba quedando dormida junto a su hijo, que ya
estaba en los brazos de Morfeo.
Esa noche, por la siesta de la tarde y el monstruoso suceso de la mañana, no podía
dormir por más que se empeñaba, de manera que abrió su Compendio y vio que
Wanda hablaba de las mujeres depredadoras, «esa especie tan insólita» que, pese a ser
temibles, «jamás harían daño a sus crías, incluso en perjuicio propio». (Menos mal,
Wanda, pensó aliviada). «Pongamos por ejemplo el caso de la tribu Boticaria, muy
venenosa, que, al borde de la hambruna a mediados del siglo XVI, se aseguró de que
no solo se alimentara a sus cachorros, sino de que estos también engordaran, mientras
que los adultos de la especie morían uno tras otro».
White seguía:

Es mayor prueba si cabe de la abnegación extrema de las mujeres


mágicas por la perpetuación de su especie el caso de las Madres lobas
de Siberia… una especie extremadamente huidiza. Se desconoce
dónde se originaron ni cómo paren lobeznos sin la presencia de
machos. (Nótese que cabe la posibilidad de que estos ni existan, pues
carecemos de confirmación empírica que atestigüe su presencia en
Siberia. Nótese también que su intervención no es necesaria, puesto
que, al parecer, las Madres lobas se autofecundan. Se hablará de este
tema más adelante). Aun así, se han producido avistamientos
esporádicos de esta majestuosa especie.
Las Madres lobas de Siberia son una de las pocas especies cuya
presencia he podido atestiguar en primera persona. En una expedición
llevada a cabo por motivos personales que nada tienen que ver con mi
investigación, llegué hasta los confines más lejanos de la región en lo
más crudo del invierno. Las horas de luz apenas duraban seis horas, y
pese a ir bien abastecida de provisiones, temí por mi seguridad y
abrigo.
Un helicóptero militar soviético me había dejado cerca del centro de
la taiga siberiana oriental, un bioma que se extiende a lo largo de más
de veinte grados de latitud y cincuenta grados de longitud. Pese a que

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me aconsejaron no llevar a cabo una expedición tan remota en una
estación particularmente cruda (las temperaturas a veces llegaban a
los dieciséis grados centígrados bajo cero), fui capaz de convencerles
de mi capacidad, fortaleza y empeño, y aceptaron mi petición.
Una vez llegué al bosque de alerces, avancé por la nieve poco
profunda que cubría el permafrost cargando con una mochila de casi
veinte kilos. Tengo gran experiencia acampando en invierno, e iba
perfectamente equipada para pasar tres semanas en ese terreno. Sin
embargo, esa primera noche me invadió un miedo cerval que jamás
había sentido antes. Lo calificaría como una especie de malestar
psíquico, irracional y confuso.
Al despuntar el alba, con la luna todavía en el cielo, me sorprendí
vagando por la nieve en calcetines y vestida con muchas capas
térmicas. Sudaba y a la vez tenía hipotermia. No sabía quién era ni
qué hacía en aquel lugar. Como imaginarás, era algo muy impropio de
mí, una persona que se tiene por racional y equilibrada. Delante, en un
claro iluminado por la luz de la luna, lo que tomé por dos mujeres
muy peludas me hacían señas para que me acercase a ellas. Daba la
impresión de que estuvieran embarazadas porque tenían el cuerpo
hinchado, y congregadas a su alrededor había entre treinta y cuarenta
crías en todas las fases de crecimiento. Las Madres lobas andaban a
cuatro patas, aunque tenían el dedo pulgar oponible en sus «zarpas»
delanteras, por así llamarlas, porque en realidad se parecían más a
unas manos modificadas, increíblemente parecidas a las del Homo
sapiens. Sus rostros me parecieron particularmente bellos, pues
combinaban rasgos humanos y caninos, con un hocico saliente y unos
ojos profundos y conmovedores. Aunque en este preciso momento no
sé si me traiciona la memoria, recuerdo que estas criaturas me
hablaron de sus orígenes en Prípiat, Ucrania, cuarenta años atrás, casi
a cinco mil kilómetros al oeste, aunque no hablaban de la manera
acostumbrada, sino que parecía que se valían de alguna clase de
telepatía para enviarme esta información de manera directa a la
mente.
Me aproximé a las Madres lobas, apenas consciente de mis acciones y
de la asombrosa apariencia de estas criaturas, aunque más adelante
esas imágenes indelebles regresarían a mí como alucinaciones
hipnóticas.
La camada de crías formaba una especie de plataforma —una masa
compacta que trabajaba al unísono— a la que una de las madres me
empujó. Me estiré encima de la jauría, que se movía como un único
ser que me llevaba por debajo de las copas de los árboles hasta una

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acogedora guarida que estaba dentro de una cueva muy bien
protegida. «Qué criaturas tan buenas», les repetía, presa del desvarío.
Dentro de la caverna ardía una pequeña hoguera. En los oscuros
recovecos de aquel hábitat destellaban muchos pares de ojos; calculo
que una docena de Madres lobas estaban allí acurrucadas, junto con
un sinnúmero de cachorros.
Dentro de la caverna, a la luz del fuego, pude, estudiar mejor a las
Madres lobas, pese a mi lamentable estado. Su pelaje era una
auténtica maravilla, tan grueso como el de los osos y tan lustroso que
parecía hecho de pura seda. Una Madre loba me envolvió en una
gruesa funda de franela con relleno de plumas. Cómo habrían
obtenido aquella ropa de cama era un misterio, pero lo que no podía
cuestionarse era su abrigo y confort.
Los cachorros se acurrucaron debajo de la colcha, y sus cuerpos
calentitos consiguieron elevar mi temperatura corporal con gran
rapidez y eficacia. Una Madre loba me dio un cuenco de madera con
algo que se parecía mucho al caldo de pollo. Los ladridos de las crías
me parecían casi inteligibles, como si fueran un desconocido dialecto
ruso del que se entendieran palabras sueltas como «pelota» o «jugar».
Otra Madre loba me lamió la cara, y sentí su lengua como un paño
caliente, un recuerdo de mi propia infancia humana.
¿Olía a pan recién horneado o eran imaginaciones mías? ¿Eran
desvaríos míos las nanas que oí aquella noche, en mi duermevela? Las
Madres lobas eran unas criaturas dulcísimas, pese a lo aterrador de sus
enormes colmillos. No me cabía ninguna duda de que eran hábiles
cazadoras y fieles protectoras de sus crías. También me pregunté, de
haber sido un hombre, qué destino habría corrido esa noche, vagando
enloquecido por el bosque. Tal vez mi condición de mujer —qué
paradoja— fuese lo que me salvó ese día, en vez de condenarme.
Me pasé el resto del viaje con las Madres lobas. Presencié el
nacimiento de muchas crías, así como fecundaciones espontáneas a
los pocos días de parir camadas. Si hubiera tenido más tiempo para
investigar a esta especie tan adorable, me habría gustado saber más
sobre el mantenimiento de estos ciclos vitales a lo largo de extensos
periodos de tiempo.
Hace solo un año, volví a esta región en busca de las Madres Lobas y,
aunque sé que mis cálculos geográficos eran correctos, no fui capaz
de hallar ni rastro de su existencia.

Observó de cerca a su hijo esa semana para ver si detectaba cualquier rastro
postraumático de lo que había visto. Buscó en Internet «niños expuestos a violencia»

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y a simple vista el crío no tenía ninguno de aquellos síntomas: ni dolores raros, ni
pesadillas, ni ansiedad por separación (algo que nunca habían hecho), ni ataques de
agresividad (más allá de los acostumbrados gruñidos perrunos); en su vida no había
más que risas y dibujos y chocar coches en la sala de estar o vaciar cubos llenos de
arena de su arenero sobre el césped para luego usar su manita a modo de rastrillo y
esparcirla por la hierba. No, en apariencia estaba bien, pero esa semana de todos
modos se lo llevó dos veces a comprar helados en el puestecito que había junto al río,
donde lanzaron guijarros contra las ondas chatas y fangosas. Fueron al parque de las
atracciones pasadas de moda y se subieron ocho veces al tren en miniatura, todas en
el furgón de cola, y el niño no se cansaba jamás y lloraba cuando le decía que ya no
le quedaban más tiques y era hora de marcharse.
Sí, iría a la fiesta de las hierbas dejen. Y sí, invertiría dinero en ellas. A estas
alturas, necesitaba aprovechar cualquier recurso que se le ofreciera. ¿Existiría la
variedad Adiós malas pulgas? ¿Tendrían algo para evitar las transformaciones
mágicas en canes rabiosos? ¿Un frasquito de No más perrerías, tal vez?
Al día siguiente, en su empeño por progresar y pasar página, Perra de noche se
sentó a la diminuta mesita de plástico de su hijo en la cocina y anotó diez cosas que
quiero hacer antes de morir, en mayúsculas, en la parte de atrás de un trozo de
cartulina dura cubierto de garabatos hechos con ceras. Fue un ejercicio dolorosísimo
de autoayuda que jamás en la vida le revelaría a nadie, pero aun así lo hizo. Su hijo se
sentó en una cazuela enorme llena de maíz para hacer palomitas, con una pala de
construcción en ristre. Meneaba los pies descalzos entre los granos y se moría de la
risa. A su lado había una bandeja de horno, varias cucharas, boles de plástico y tantos,
tantísimos granos de maíz esparcidos por el suelo que casi llegaban hasta el salón.
Perra de noche miró fijamente el fregadero rebosante de platos sin verlos. Diez
cosas. Diez. Jesús, si ni siquiera podía pensar en una. «Adelgazar cinco kilos»,
apuntó muy poco convencida. Luego paró.
¿De verdad que ya no tenía ningún deseo? ¿Carecía de pasiones profundas?
¿Adónde habían ido a parar la causticidad y el dramatismo de los veinte años?
Joder… ¿Qué quería hacer con su vida? Tenía que haber algo.
Se obligó a anotar algo, lo que fuera, mecánicamente, así que garabateó: «Quiero
correr desnuda por un prado, cazar un conejo, retorcerle el pescuezo, desgarrarle la
garganta y beberme la sangre caliente que le brote de la herida» y…

«Quiero contar la verdad».


«Quiero follarme piernas».
«Quiero perseguir caballos alrededor de un establo para que relinchen
y den coces».
«Quiero estar en el coro de una iglesia y llevar sotana pero en vez de
cantar quiero aullar las notas a pleno pulmón».
«Quiero no tener que cepillarme el pelo nunca más».

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«Quiero llevar el mismo vestido de lino un año entero».
«¡Quiero apestar!».
«Quiero correr y correr y correr por los maizales hasta llegar a un
arroyo y seguirlo hasta el océano (lo siento, no pienso regresar), y
quiero tener unas relaciones sexuales muy, pero que muy fogosas con
un desconocido y quiero sentarme sin bragas encima de una tarta muy
historiada y quiero llevar a cabo un acto anónimo de vandalismo
extremo y quiero ser artista y mujer y madre; quiero decir, un
monstruo. Quiero ser un monstruo».

Y sin duda sus deseos se habían visto condicionados por lo que acababa de leer sobre
las Madres lobas, pues el pasaje le pareció tan fascinante que le había transportado
desde su sofocante dormitorio a los frescos y limpios bosques de las Madres lobas,
donde vivían en comunidad y se ayudaban y constantemente tenían bebés. ¡Le
encantaban los bebés! Y le encantaba la idea de convivir con otras veinte esposas.
¡Imagínate lo bien que se organizarían! ¡Lo amigas que se harían! Bueno, sí, eras
medio loba, pero y qué. A Perra de noche le atraía y estimulaba sobremanera la idea
de rechazar la sociedad conocida y cambiarla por una realidad remota y mágica, por
una comunidad que solo se atenía a sus propias necesidades. ¿Tan monstruoso era
tener la libertad de hacer lo que necesitaras y de ser lo que quisieras ser (Ubre, Ubre
de verdad)? Si lo era, entonces ser un monstruo no era algo malo, sino bello. Una
celebración y no una huida.
Le dio un ramalazo, recogió al niño y se lo llevó al centro comercial, cosa que
hizo las delicias de este, porque dentro había un carrusel muy vistoso de tamaño
natural, con carrozas en forma de trenes chu, chu en las que montarse, y ese día le
consintió todos sus caprichos, y también se los dio ella. Pese a que, en teoría, ella
odiaba el centro comercial, estar allí con un niño del que cuidar todo el día era como
entrar en un mundo maravilloso donde el café y las diversiones infantiles no se
acababan jamás; una auténtica delicia cuando solo se iba una vez cada tres meses.
Cuando se permitía ir al centro comercial con el niño, se regodeaba con gusto en sus
placeres básicos de usar y tirar. En la tienda de ropa de consumo rápido destinada a
clientas décadas más jóvenes que ella, se compró unos pantalones de piel de
imitación tirados de precio mientras su hijo le pegaba lametones a un enorme polo de
uva; era la primera vez que le dejaba tomarse algo así. Se compró un chaleco de
cuero sintético y un abrigo con «ribetes de auténtica piel falsa de coyote». Se compró
unas botas de piel en tono caramelo, azul noche y marfil. Encontró pendientes largos
engarzados con cristales violetas, un collar hecho con semillas deshidratadas. Le
compró al niño patatas fritas y una «mamuguesa», como la llamaba él, y le dejó que
se la despachase él solito, espachurrándose el kétchup por la camiseta y pringándose
el pelo de queso mientras ella daba buena cuenta de su propia hamburguesa con su
colección de bolsas a los pies. Cuando llegaron a casa, dejó que el nene siguiera

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durmiendo en su sillita para el coche, porque había cogido el sueño con ganas durante
la vuelta, con la agradable caricia del sol de media tarde, todo él suciedad y
satisfacción. Dentro, se quitó la camiseta agujereada y los pantalones cortos
demasiado cortos para su edad y los cambió por su caftán de lino favorito, que tenía
un siete, y sus suaves mocasines de flecos. Se puso una boa roja de plumas que le
había comprado a su hijo. Esa semana, de hecho, se puso lo que le vino en gana, ya
estuviera roto, manchado, fuera de piel o de lino. Se volvió más poderosa y
aterradora. Lo veía en los ojos de las otras madres, en las miraditas de refilón,
escrutadoras, desconfiadas y esquivas. Lo veía en los ojos de los hombres,
hambrientos y horrorizados a la vez.
Atrévete a abrir la boca, les decía mentalmente, y jamás se atrevían.
Esa misma noche, su marido quiso hacerle una videollamada —muy poco típico
en él, parecía que desde su habitación de hotel en Omaha notase que pasaba algo—,
pero con las pintas que llevaba —sin duchar, con unas greñas que casi le llegaban al
techo, pelambrera por todo el cuerpo y un destello fiero en los ojos— no podía
aceptarla, de modo que pulsó Cancelar, pero él volvió a intentarlo.
Se le daba bien eso; tenía un talento natural para saber exactamente cuál era el
peor momento para insistir en contactar con ella.
Ya no me llamas nunca, le dijo más tarde, cuando la llamó una tercera vez esa
misma tarde.
Lo habitual era que fuera ella la que le mandara un mensaje y otro y otro durante
el día, aburrida y sola y falta de contacto humano: un «Hola» y al rato un «¿Qué
haces?» y al cabo de otro rato un «Debes de estar muy liado» y, para acabar, otro
«Hola», por segunda vez. Por lo general él no solía contestarle y luego, de noche,
respondía sus llamadas con un robótico «Hola».
«¿Estás trabajando?», le preguntaba entonces ella.
«Estoy liado con el papeleo. Dime», le contestaba con un tono eficiente y
mercantil, como si esa conversación no fuera más que otra tarea que tachar de la lista.
«Ah, bueno, pues ya me llamarás cuando puedas», respondía ella, y entonces él
exhalaba cuatro palabras de alivio, y ella se decía: ¿De verdad es tan difícil hablar
conmigo? ¿Preguntarme que tal me ha ido el día? ¿Preguntar por el crío? ¿Qué
tiene eso de complicado?
Pero ahora el que llamaba era él. Y era una gozada.
Huy, es que hemos estado fiadísimos hoy, dijo Perra de noche.
Era tarde, y el niño dormía en el transportín, acurrucado sobre una pila de
almohadones. Había cogido el sueño él sofito, por primera vez en su vida. Antes tenía
que hacer frente a horas interminables de libros y cuentos y canciones y agua y
abracitos y lloros y suma y sigue, pero ahora solo tenía que lamerle la cara, echar la
cabeza hacia atrás para lanzar un gruñidito y escabullirse al piso de abajo. El niño se
hizo un ovillo y tiró de la puerta de alambre para cerrarla, sin pasar el pestillo,

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buscando solo algo de seguridad, una barrera que lo protegiera de los monstruos que
vivían en el armario y en el pasillo y de la aterradora oscuridad reinante.
Se ha dormido sofito, añadió.
¿En serio?, le preguntó el marido, atónito.
Le dije que podía dormir en el transportín y, bueno, supongo que quizá lo que
quería era sentirse protegido o algo por el estilo. Al marcharme le dije que volvería
en cinco minutos a verle, pero cuando llegué ya estaba fuera de combate. Lo inundó
con su torrente de palabras, no quería darle margen para que metiera baza. Quería
contárselo con pelos y señales para que viera qué gran idea había tenido.
El marido se rio.
No le faltarán anécdotas que contar cuando sea mayor, añadió.
Ni te lo imaginas, dijo ella.
Esperemos que dure.
Estoy segura de que sí. Tendrías que verle. Le encanta ser un perrito bueno.

Al día siguiente, mientras empujaba al nene en el columpio y él profería grititos


de alegría, mientras cavaban en el arenero del jardín trasero con las manos, las garras,
mientras hervía otra olla de macarrones (una más) a la hora de la comida, mientras
daban su paseo vespertino por el barrio, maravillándose de la textura de la corteza de
los árboles, persiguiendo una abeja de flor en flor, prestando oídos al canto de un
pájaro para luego cantar ellos también, pensó en los animales y en la huida, en la
libertad y en el deseo, en querer ser un monstruo.
Era ahora, se percató, cuando necesitaría centrarse y calmarse, guiñar los ojos
para mirar al futuro, avistar el éxito que buscaba y luego trabajar para conseguirlo. Se
acabaron las malas caras. Se acabaron los erráticos juegos perrunos. Debía poner todo
su empeño en perseguir su meta y adoptar una estrategia eficaz. Y su hijo la ayudaría
(todavía no sabía cómo).
El jueves, el nene y ella se pasaron el día viendo vídeos en Internet de lobos y
zorros y perros, de madres con sus camadas y de lobos solitarios que seguían a su
presa, de zorros que saltaban y enterraban la cabeza en la nieve y, juguetones,
acechaban a los ratoncillos de sangre calentita y latiente que hubiera debajo. Fueron a
la biblioteca a consultar todos los libros de no ficción que tuvieran como temática
«Perro» en la sección infantil, y en tres viajes los cargaron todos en el coche. Cuando
llegaron a casa, los extendieron en el suelo de la sala de estar y se echaron allí,
mirando las imágenes, leyendo, debatiendo, haciendo teatro, intentando cazar, saltar,
perseguir, esconderse, enfrentarse a otro animal; olisqueando, avanzando en círculo,
peleándose y haciéndose arrumacos.
Se fue al cuarto de baño y se cardó la melena hasta que le quedó igual de ancha
que de larga. Se blanqueó los dientes y puso especial esmero en pulirse los colmillos.
Ya no se afeitaba las axilas, las piernas, los delicados pliegues de piel que le

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coronaban las piernas ni la loma de pelo que le crecía en el centro. La pelambrera
empezaba a invadirlo todo. Frotó las yemas de los dedos contra el incipiente pelamen
del sobaco, tan placentera le resultaba su nueva naturaleza. También había dejado de
depilarse a la cera el labio superior y de arrancarse los pelos de las cejas, y esa
semana como ejercicio no se miró en el espejo ni una sola vez. Ya no necesitaba
maquillaje, cremas despigmentantes ni protector solar; mucho menos aceites que
borraran arrugas, detuvieran el paso del tiempo o protegieran la piel de la polución.
Colocó pieles compradas y pieles encontradas encima del espejo del baño y del
espejo de cuerpo entero del dormitorio. Esa noche le limpió la carita a su hijo a
lengüetazos, y él le lamió la mejilla para darle las buenas noches y se acurrucó en su
transportín. Así de sencillo fue.

Perra de noche llegó a Biblionenes vestida con su caftán de lino lleno de rasgones
cuyos bordes estaban deshilachándose peligrosamente y el pelo sin lavar desde hacía
una semana, devenido una red demencial de rizos y nudos proyectada
exageradamente en torno a la cabeza. El sol de finales de verano le había acentuado
las pecas y tenía los hombros rojos como un tomate por las sesiones diarias
transcurridas atrapando la pelota con el niño. Llevaba las uñas sin pintar y tenía las
plantas de los pies secas y agrietadas. Necesitaban urgentemente una buena
exfoliación, pero compensó ese descuido en su aseo personal con el detalle exquisito
de complementar su atuendo con unos cristales violetas que colgaban de los finos
aros dorados que llevaba como pendientes, con un retazo de flexible cuero alrededor
del cuello, una ristra de pulseras doradas en los brazos con eslabones en forma de
hoja y brazaletes finos y cuentas turquesas. Olía a lavanda. Era viernes, y la semana
había danzado plácida, veloz. Como un vals unipersonal preciso y acompasado,
pensó.
Pero ¡qué fuerte!, exclamó Jen al verla, y el resto de las Bibliomamis se volvió
hacia ella. ¡Estás superboho!, le dijo. Me encanta cómo vas.
Las demás la miraban con bastante menos entusiasmo; podría decirse que hasta
con desagrado.
Eh, chicas, dijo Jen, volviéndose hacia Babs, Poppy y el resto de turbias
Bibliomamis, ¿a que lleva un rollito muy a lo Joshua Tree?
Gracias por el entusiasmo, dijo Perra de noche sentándose a su lado y dejando
suelto al niño para que correteara por la sala, ladrando.
¿En qué te inspiras?, le picó Jen. Las Bibliomamis ya estaban a otra cosa; en ese
momento hablaban de la adaptación a primaria.
Ah, bueno, respondió Perra de noche, podría decirse que es una especie de
proyecto que tengo entre manos.
¡Ostras!, exclamó Jen muy sorprendida. ¡¿Eres artista?!
Lo era, respondió Perra de noche.

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¿Y de qué va el proyecto?, preguntó Jen antes de ser atacada por sus gemelas, que
se abalanzaron sobre ella armando un buen alboroto por una marioneta de cerdito que
las dos querían pero que ninguna podía tener en paz.
Perra de noche rebuscó en el bolso, buscando nada, solo por ocuparse en algo
porque, ¿cómo podía explicar de qué iba su proyecto? ¿De algo relacionado con
perros? ¿De magia? ¿O más que de magia, de poder? De la ostentación del poder
femenino, al fin y al cabo, ¿pues no fue esa la razón por la que murieron en la
hoguera todas esas brujas de la América colonial, todas las practicantes de la
medicina tradicional, todas las parteras? Cuando una mujer tiene demasiado poder
resulta peligrosa, y de eso iba precisamente el proyecto: de la creación y el poder.
Después de poner paz con el asunto del cerdito, Jen se volvió hacia Perra de
noche; su pregunta relegada al olvido.
Siempre he sido una hippy de corazón, le susurró Jen, acompañando su confesión
con el guiño de un ojo.
Y, ¡ah!, prosiguió con un sobresalto: ¡Qué bien que vengas a la fiesta! Ya vi que
aceptaste la invitación.
Sí, dijo Perra de noche, y luego repitió que sí, porque no le salía ningún
comentario del estilo de «Qué ganas» o «Me apetece un montón», porque no eran
sinceros, y últimamente no tenía arrestos para verbalizar trivialidades de ese tipo.
Nos lo pasaremos bomba, dijo Jen dando una palmadita y un gritito.

Vuélvemelo a explicar, le pidió su marido cuando llegó a casa más tarde, ese
mismo día, después de lanzar al niño en volandas para que se riera, quitarse los
zapatos, deshacer la maleta, beberse una cerveza apoyado contra la encimera y
entonces, como quien no quiere la cosa, preguntarle dónde demonios se había metido
la tontaina de la gata. Se pasó la mano por el pelo y miró fijamente a su mujer.
Vuélvemelo a explicar, le dijo.
Vale, dijo, respirando hondo mientras miraba al niño, que estaba en el suelo
ocupado cargando canicas en un camión de la basura. Tesoro, le dijo, ve a recoger la
basura en el salón, anda, cielo.
Moooc, mooooooooooc, dijo el niño, feliz, marchándose con el camión.
Bueno, como te contaba antes, empezó a decir Perra de noche, fue una mañana de
locos. Yo estaba cansadísima. Por las hormonas, yo qué sé. Se calló y prorrumpió en
una risita nerviosa. Y resulta que estaba cortando manzanas para hacer compota, y
tenía la olla esa que pesa un quintal llena de agua y de manzanas, hasta arriba. Te
imaginarás lo que pesaba aquello, ¿verdad?
Sí, le dijo.
Bueno, pues en esto que agarré la olla y me di la vuelta y, no sé por qué, todavía
tenía el cuchillo en la mano (supongo que intentaba hacer demasiadas cosas a la vez),
y resulta que ella estaba justo allí (ya sabes lo mucho que le gusta andar siempre

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merodeando), y se me resbaló la olla con tan mala suerte que le dio en toda la cabeza.
Y luego se me cayó el cuchillo, que se le clavó de pleno.
¿Qué se te cayó un cuchillo encima de la gata?
Sí, se me cayó un cuchillo encima de la gata.
¿Un cuchillo?
Estaba afiladísimo.
Yo creo que ni se enteró, siguió diciendo apresuradamente Perra de noche, porque
con lo de la olla seguro que ya la había espichado, o por lo menos debía de estar fuera
de combate. Vaya, que no respiraba. Lo comprobé muy de cerca. Y… bueno,
intenté… volver a meterle todo dentro, pero… madre mía, aquello era un caos total.
Entonces se echó a llorar muy bajito, y las lágrimas no eran de cocodrilo. Sintió
un remordimiento auténtico, un dolor hondo y mortificante sobre lo sucedido y lo que
había hecho.
Menudo desastre, dijo, y su marido, bueno y amable, la rodeó con los brazos.
¿Y el peque qué dijo?, preguntó el marido apartándose un poco, con una sonrisita
burlona en la cara.
Me preguntó si podíamos comérnosla, dijo Perra de noche entre lágrimas, y los
dos se echaron a reír.
Hay que joderse, dijo él.
Le gustó mucho enterrarla, añadió ella.
Ya, seguro… Bueno, por lo menos ya no tendremos que limpiarle las cagarrutas
que se le quedaban pegadas.
Ni la oiremos quejarse para que le pongamos comida.
Pobre minina, dijo el marido.
Pobrecita, añadió Perra de noche. Pobrecita mía…

Perra de noche llegó tarde a la fiesta del sábado por la tarde. La casa de Jen
formaba parte de una urbanización llamada «Brisa de la pradera» que estaba ubicada
en la parte oriental de la ciudad, una zona a la que Perra de noche no había tenido
ningún motivo para ir hasta la fecha y cuya existencia, a decir verdad, desconocía.
Las casas iban demostrando su poderío mientras ella avanzaba despacio al volante,
cada una más deforme y desparramada que la anterior. Garajes con las paredes
exteriores de vinilo y buhardillas de cartón piedra, plataformas con mosquiteros y
porches delanteros luciendo selectas macetas, estatuillas de ranas sonrientes y letreros
que exigían amor o agradecimiento… Era como si las casas se hubieran construido a
sí mismas, sabedoras de los materiales y los metros cuadrados que necesitaban,
erigiéndose sobre el terreno de manera análoga a las células en su rápido proceso de
división, vomitando una plétora de casas de diseño anodino, de dos plantas y de tres,
de una magnitud grotesca y, en igual medida, de una ordinariez espantosa.
Revestimientos de vinilo, ladrillo de imitación, piedra de imitación, tejas de

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imitación… esos eran los acabados por excelencia, en una gama de colores que iba
del tono pardo al beis pasando por el crema oscuro.
Perra de noche encontró la casa de Jen en el extremo más alejado de la
urbanización; no solo tenía una torrecita con revestimiento de vinilo, sino dos, cada
una con su balconada y sus pretiles pasados de moda. El cielo se iba tiñendo de un
violeta mortecino mientras aparcaba a casi dos manzanas de distancia, pues la calle
estaba abarrotada de todoterrenos y monovolúmenes y coches familiares.
En esa parte del complejo residencial, cada casa tenía en sus inmediaciones una
extensa parcela de césped, perfectamente cortada, de tono uniforme, despojada de
malas hierbas y sin ningún rasgo distintivo, salvo por lo que a simple vista parecía ser
un pequeño foso alrededor de la casa de Jen y un puentecito arqueado que llevaba a la
puerta de entrada, de aspecto medieval, decorada con goznes negros de hierro
forjado.
Jen abrió la puerta de par en par antes de que Perra de noche hubiera tenido
tiempo siquiera de llamar.
¡Holiiiiiiiiiiii!, gritó, y acto seguido la agarró del brazo. ¡Chicas, es mi referente
de moda!, soltó, y vaya que si la apariencia de Jen había cambiado: llevaba la melena
rubia y sedosa casi igual de cardada que la de Perra de noche, en el cuello lucía no
menos de cuatro collares dorados de los que pendía una gran variedad de gemas,
vestía unos holgados pantalones de lino gris clarito, una camiseta de tirantes de
cáñamo con las costuras sin rematar e iba descalza, con los pies sucios.
¡Soy boho!, dijo, arrastrando a Perra de noche hacia el salón. ¿No te chifla?
Sí, mucho, respondió. Un montón.
La casa de Jane, le iba explicando esta mientras la guiaba hacia el sofá, estaba
«inspirada en un castillo», porque siempre había querido «expresar su personalidad
en las torrecillas y el foso» y vivir en un castillo había sido «su sueño» desde
siempre.
Cuando vi que era posible cumplirlo, insistí, remató ella. Le dije a Alex que no
me conformaba con menos.
Guau, dijo Perra de noche, impactada y encantada con lo inesperadamente
estrambótica que estaba resultando ser Jen.
Bueno, pues esta es Jen, dijo Jen, girándose hacia su derecha y señalando a una
madre que le dedicaba en ese momento un saludito con la mano.
Ella también es Jen, añadió, dándole un toquecito en el hombro a la siguiente
madre.
Y… ¡Jen!, repitió, pasando el brazo por encima del hombro de otra mamá. Se rio
y automáticamente las otras Jen se rieron también.
¡Menuda casualidad!, exclamó Perra de noche, sonriendo e intentando parecer
una persona afable que no tiene ningún prejuicio contra el nombre de Jen.
¿Todas os llamáis Jen o qué?, preguntó Perra de noche.
Ja, ja, contestó la segunda Jen en vez de reírse.

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Vamos a tomarnos una copa, replicó la Jen primigenia, avanzando hacia la mesa
de las bebidas.
¡Tomémonos cinco!, berreó otra Jen, palabras al momento devoradas por las risas,
la cháchara y las animadas melodías de éxitos ochenteros que sonaban de fondo.
Perra de noche, que sentía cierta reticencia a ser absorbida por el universo
multiJen pero que, a la vez, estaba absolutamente subyugada por este, siguió a Jen
hasta la mesa de las bebidas.
Vamos a ver… Hay vino blanco, blanco, más blanco y rosado, dijo Jen
examinando cada botella de vino y volviéndose hacia Perra de noche.
El blanco ya me va, dijo aceptando una copa que Jen había llenado casi hasta
arriba.
¡Hora de socializar!, exclamó animadamente Jen mientras la arrastraba de nuevo
al centro de la sala, donde rápidamente quedó sitiada.
El marido de Jen era presidente de un banco local. El marido de Jen era médico y
trabajaba en Urgencias. El marido de Jen tenía una tienda de artículos para
actividades deportivas al aire libre o daba clases en la facultad o se marchaba todas y
cada una de las semanas a trabajar fuera porque tenía que hacer cosas misteriosísimas
con máquinas de electroforesis capilar.
Pero ¿y qué pasaba con Jen, la Jen primigenia, la Rubiales y posible golden
retriever en sus ratos libres?
Jen, ¿y tú qué estudiaste?, inquirió Perra de noche, un poquito achispada, después
de haber hablado con una media docena de Jens que le parecieron prácticamente
indistinguibles las unas de las otras.
A Jen, que llevaba un buen pedo, se le escapó un ronquidito de la risa, pero de
repente se quedó callada.
¿Sabes que hacía muchísimo que nadie me lo preguntaba?, dijo pensativa. Me
especialicé en comunicación.
Ah, respondió Perra de noche. ¿Y qué hiciste cuando acabaste?
Pues… me metí en una agencia de relaciones públicas, empezó a decir Jen, que
enseguida se vino arriba y se puso a contar la historia de su primer trabajo y la
emoción de estar en un sitio así; habló de la ropa nueva que se había comprado para ir
a la oficina, con la que se sentía tan adulta, de los almuerzos de trabajo, de la ilusión
de ser ascendida, de sentirse parte esencial de un sistema, de cobrar cada dos semanas
la nómina que, pese a que no le daba para vivir sin estrecheces, seguía pareciéndole
un lujo.
Aunque mi sueldo no era una maravilla, en esa época me parecía una pasada; me
sentía como una magnate del petróleo.
Perra de noche se rio con ternura. Sí, la entendía perfectamente.
Pero luego conocí a Alex y casi sin darnos cuenta llegaron las gemelas, lo que nos
pilló un poco por sorpresa, y, bueno, volver al trabajo parecía una idea descabellada
y… no sé, lo dejé; mejor dicho, me dejé llevar por el rumbo que estaban tomando las

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cosas, porque al final el trabajo tampoco es tan importante y, bueno, tampoco es que
en ese momento pudiera elegir…, dijo, apagándose.
Ya, claro, dijo Perra de noche notando que a Jen se le habían acabado las ganas de
hablar y que prefería abismarse en las profundidades de su conciencia, lo que
efectivamente hizo entonces adoptando la típica mirada ausente de madre durante un
buen rato en un rincón de la sala de estar a la vez que mordía distraídamente un palito
de zanahoria.
La verdad es que le preocupaba Jen, sí, porque le había hecho preguntas que no
tendría que haberle formulado y había removido cosas que no tendría que haber
removido. No le deseaba a ninguna madre que se convirtiera en Perra de noche, ni
hablar; aunque ser una madre bestial hubiera tenido sus momentos divertidos, su
vitalidad, vigor y descaro eran en el fondo algo muy íntimo y triste; los arraigados
sueños que una madre oculta en el rincón más oscuro y lóbrego de su interior.
Preguntándole por ellos, encendiendo la luz, apartando las sábanas, no le estaba
haciendo ningún bien, porque entonces ya no tienes sueños anestesiados. Lo que
tienes es a una perra furiosa suelta que quiere matar animales a dentellada limpia.
Después de zamparse lo menos diez palitos de zanahoria sin darse un respiro en
un rincón de la sala, Jen desapareció con la excusa de poner más cosas de picar, y
reapareció al cabo de media hora, recién maquillada, con el aire de una fruta tropical
y una sonrisa demasiado alegre emplastada en la cara.
¡Ha llegado el momento de presentar las hierbas!, gritó con una agresividad
palpable. ¡A por más bebercio, señoras! ¡Cuándo ya estéis servidas, arreandito para el
salón!
Jen ocupó su lugar en la mesa que estaba situada justo delante de la imponente
chimenea hecha con toscos pedruscos; era una preciosidad, la verdad, se alzaba desde
el suelo de la sala y llegaba casi hasta el techo a dos aguas de la casa; era un elemento
arquitectónico impresionante que hizo que Perra de noche ansiara una buena pata de
cordero a la que hincarle el diente y una copa de hidromiel.
En la mesa se habían dispuesto botellas y recipientes en abundancia, como era de
esperar en este tipo de eventos.
Bueno, chicas, arrancó Jen. Ya sé que muchas os sabéis esto al dedillo, pero
quiero que sepáis que estoy encantadísima de presentar nuestra gama de productos a
las nuevas socias y de comentaros algunas novedades que tenemos para el otoño.
¡Bien!
¿A quién le apetece tener más energía y ser feliz?, vociferó, tras lo cual todas las
madres vociferaron al unísono: ¡A mí!
¿Quién ha venido aquí a vivir la vida que se merece?, gritó Jen, y la palabra
«merece» flotó en el ambiente como una especie de sentencia o amenaza irreversible.
¿Cómo que la vida que me merezco?, pensó Perra de noche. ¿Y esto a qué viene?
¿Me va a echar una maldición o qué?
Yo, dijeron todas a modo de armoniosa respuesta.

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Joder, pensó Perra de noche. Hostia puta.
Y en ese preciso momento, aunque hizo todo lo posible por evitarlo, recayó en la
vieja costumbre de darle vueltas a la cabeza y sumirse más y más y más en un estado
de agitación creciente. Pues mantener una visión crítica del mundo en su conjunto
significaba no ser una idiota, no dejarse engañar ni arrastrar por el pensamiento único
simplemente porque es lo que hay o por pasar un rato divertido o no complicarse la
existencia o poner de su parte. No. Ser Perra de noche significaba estar siempre
alerta, poner en duda, plantar cara, criticar y cuestionarlo todo: marido, maternidad,
carrera profesional, capitalismo, arribismo, política, religión, a aquellas mujeres y, en
especial, los planes de comercialización de hierbas. Pese a todo (y le costaba
creérselo, pero la realidad era que lo sentía así), necesitaba eso; necesitaba a otras
mujeres, a otras madres, y aunque aquellas no fueran precisamente ideales, eran un
comienzo. El profundo horror de haber matado a la gata la había impulsado
desesperadamente a buscar alguna clase de equilibrio, a volver a su yo anterior o, en
su defecto, a un yo mutado que fuese dueño de sus sueños y deseos pero detentase su
poder con una determinación inquebrantable.
Le echó una ojeada a la iluminada sala de estar, prestando especial atención a los
candelabros medievales, la regia mesa de comedor, el cañón inexplicablemente
colocado en la ventana delantera, los treinta y pico rostros esperanzados y rebosantes
de ilusión, trabajo en equipo y actitud positiva.
Jen hablaba en ese momento, con una mueca de optimismo desesperado
estampada en la cara, de las «dietas estrella», y acto seguido fue tocando las botellas
una por una.
Calma, dijo.
Vida, volvió a la carga Jen.
Pasó un cuenquito blanco a su derecha y otro a su izquierda y las mujeres,
obedientes, participaron en aquella extraña comunión, llevándose la medicina a los
labios, tragándosela, abriendo o cerrando los ojos según el preparado que estuvieran
probando.
Los doctores nos han provisto de todo lo necesario para que podamos competir en
el mercado de la salud mental, dijo Jen; todas las mujeres asintieron y una rompió a
llorar.
La llorona se puso en pie para dar su testimonio, entre lágrimas extasiadas. Un
rayo de luz penetraba por el alto Vitral y le iluminaba el rostro como si fuera un
cuadro renacentista de la Virgen María.
Jen me salvó la vida, dijo la llorosa madre, mirando a la primera. He sido salvada,
y creo en este producto. Me ha cambiado la vida. Estoy viviendo la mejor de las vidas
posibles, dijo con un pronunciadísimo sollozo mientras regresaba a su asiento. La
mujer que tenía a su lado le acarició la espalda y le musitó algo al oído.
Dentro de nuestro ser, todas tenemos un porqué, dijo Jen poniendo las manos
como si rezara. Se hizo el silencio, y muchas lloraron calladamente. Jen pasó de

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mano en mano un cuenco de Felicidad, que todas compartieron.
Mi porqué es mi vitalidad y mi realización personal. Mi porqué es la
independencia económica, dijo Jen, que a continuación dio cuenta y razón de la
inmemorial historia de la empresa, de sus sagrados inicios, de cómo esas fórmulas
eran centenarias, seguramente milenarias. De cómo se crearon no solo como fuente
de ingresos. De que hombres sagrados provistos de un gran conocimiento las
preparaban para las antiguas dinastías.
¡Se habrían jugado el pescuezo si le hubieran dado algo tóxico a un rey!, exclamó
Jen, y un murmullo afirmativo se propagó por la sala. Estas mezclas se han ido
perfeccionando durante cientos de años. Encierran un conocimiento sagrado. Antes
las preparaban para los reyes, y ahora las preparan para vosotras.
Se abrió de golpe una puerta al otro lado de la sala y entraron las niñas, que
cruzaron a todo galope el salón, gritando y tirando dos copas de vino antes de subir
pitando por las escaleras seguidas de una canguro adolescente que entonó un
avergonzado «Perdón» antes de hacer lo propio y cerrar pegando un buen portazo.
Jen cerró los ojos y respiró hondo.
Vale, dijo. Estos productos están testados y certificados, y al combinarlos con la
oportunidad de trabajar desde casa y con las estrategias de marketing propicias,
generan una situación muy favorable para todas nosotras que nos permitirá cumplir
nuestros sueños y vivir la mejor de nuestras vidas.
Después hubo más testimonios, más lloros, se proyectó un gráfico en la pared con
los beneficios que había tenido su grupo en el último trimestre. Acto seguido se
mostró un complejo organigrama que indicaba los «ingresos potenciales» de cada
madre y cómo estas «tejían una potente red de apoyo económico mutuo». Todas
debían «proyectar el éxito». Debían «usar los productos para poder hablar con
conocimiento de causa de sus cualidades reconstituyentes» cuando los vendieran.
Debían ser «sociables y entablar conversación en aviones, en la cola del súper»…
dondequiera que encontraran a un público incauto y atento a quien predicarle el
evangelio de las hierbas.
¿Quién está preparada para unirse al equipo?, preguntó Jen, alzando los brazos y
cerrando los ojos como traspasada por un éxtasis evangélico.
Yo, dijo una madre poniéndose en pie.
Yo también, añadió otra madre.
En la sala se hizo el silencio, y Jen abrió los ojos para mirar directamente a Perra
de noche.
Vale, dijo Perra de noche. Jen corrió hacia ella para abrazarla con demasiada
intensidad y luego fue hacia las otras mujeres. Les estrujó la mano y les deseó
alegrías antes de pedirles los seiscientos dólares que ellas le dieron en efectivo.
Sin lugar a dudas, confluían todos los factores propicios para venderte algo: vino,
hierbas, presión social, regocijo devoto. Era como flotar en una piscina de cálidas
aguas, tan fácil como dormirse, e igual de reconfortante.

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A todas se les hizo una ceremoniosa entrega de sus nuevos lotes herbales; una
especie de maletones de cartón que al abrirse revelaban una variedad de frascos
dispuestos delicadamente sobre una base de espuma, etiquetados con nombres como
Esperanza o ¡Guau!, seguidos de un mensaje: «Para esas mañanas en que todo te
cuesta» o «Concentra la energía en tu zona más íntima para que disfrutes de unos
orgasmos que te dejarán boquiabierta».
Las madres empezaron a dispersarse en ese momento: algunas se fueron a la mesa
de bebidas y otras salieron al jardín, donde Perra de noche se fijó en una madre que,
con la copa de vino en la mano, se metía en el maizal que rodeaba la extensa parcela
de césped. El sol se ponía muy a lo lejos mientras el campo se la tragaba. Perra de
noche se preguntó si debía decírselo a alguien, pero no I9 hizo, pues, ¿acaso no
estaba esa madre en su derecho de desaparecer? ¿Y si se había tomado una dosis de
Vida silvestre y necesitaba desaparecer un tiempo? Perra de noche dejó que fuera en
busca de lo que necesitara, y por eso se volvió hacia la sala de estar, cuyo suelo
estaba alfombrado de madres en todos los estados de conciencia.
Una Jen, con la blusa mal puesta y las coquetas sandalias desperdigadas por la
espléndida moqueta de color crema, le preguntó a Perra de noche qué hacía allí.
¿Cuál es tu porqué? ¿A qué has venido?, le preguntó con la voz aguardentosa. Y
no intentes colármela con cualquier mierda.
Bueno… Perra de noche sopesó la respuesta, pero las palabras le bailaban en la
cabeza, una consecuencia directa del vino blanco que, combinado con la ceremonia
sectaria loquísima en la que acababa de participar, el estrés de la semana, la gata
muerta, el estrés particular del verano y sus transformaciones perrunas (por no hablar
del puñado de bolitas herbales que se había tragado en la última hora con la esperanza
de potenciar su vitalidad), la movieron a una confesión, quizá demasiado íntima,
porque prácticamente no conocía de nada a aquellas mujeres, pero ¿qué más daba?
Bueno, repitió Perra de noche. Es algo horrible y me da vergüenza contarlo, no sé
si seré capaz de…
Habla, le ordenó la Jen piripi.
Esta semana me he cargado sin querer a mi gata, y ha sido un punto de inflexión,
podría decirse. Necesito algo de equilibrio, de estructura. Busco estabilidad.
La sala se sumió en un silencio más profundo, ya fuera porque algunas de las
madres estaban durmiendo la mona tiradas en la suavísima moqueta por haberse
agarrado una buena borrachera vespertina o porque otras se habían quedado
horrorizadas por su confesión; era difícil saberlo.
Yo una vez dejé que nuestro periquito se escapara sin querer, dijo la Jen borracha
del suelo, haciendo el gesto de las comillas con los dedos al decir «sin querer» y
poniendo caras.
Pues yo dejé que se murieran los peces, admitió Babs desde el sofá, gesticulando
con una copa de vino blanco en la mano. Fue un descuido para bien. No quería

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ocuparme de ellos, limpiarles la pecera. Los críos pasaron de todo, eran ellos los que
estaban a cargo de los peces.
Yo le pegué un pisotón a Percy, admitió en voz bajita Poppy para que solo se
enterara Perra de noche.
¿Qué clase de animal era Percy? —le preguntó.
Un jerbo, le susurró.
Esa noche le relató lo sucedido en la fiesta a su marido, muy emocionada —le
habló de la casa-castillo de Jen y de su presentación, del fervor con el que todas
promocionaban las hierbas medicinales, de la exhibición de sus sentimientos más
íntimos mediante las lágrimas y el levantamiento de manos, de las mujeres que
acabaron tiradas por el suelo, del puro espectáculo que fue todo, del disfrute absurdo
— y se rieron juntos. Le enseñó las hierbas, presentándoselas de una en una en la
mano, como una azafata de concurso, leyéndole los mensajes, disfrutando de lo
novedoso que era todo aquello, comentando que no eran del tipo de gente que se
traga esas cosas, pero ella había picado, ¿y no era desternillante?
Un momento… Entonces, ¿has puesto pasta?, le preguntó el marido.
Bueno, sí. Pero es poco a cambio de estar en contacto con estas mujeres, que
son… demasié. Y de todos modos lo hago para documentarme.
¿Para qué?
Un proyecto artístico, quizá. Pero ahora no me apetece comentarlo.
La abrazó y le sonrió.
Vale, le dijo él. Vale.

Esa semana, las notas que le mandó a White devinieron filosóficas,


contemplativas, poéticas, crípticas. Hacía muchos años que no escribía en un diario, y
ahora esos apuntes, en cierto sentido, eran un dietario; una crónica de sus
pensamientos en lo más profundo de la noche, o en los ratos en que su hijo dormía, o
en las horas perezosas y lentas de las tardes de finales de verano, cuando el sol
avanzaba por el cielo y el tiempo mismo arrancaba y se paraba, la temperatura subía,
el nene chapoteaba desnudo en una piscina infantil a la entrada de la casa, y Perra de
noche con su pamela, sus shorts vaqueros cortados y su sujetador deportivo metía los
dedos de los pies en el agua helada, y los dos permanecían juntos dentro de esa
infinidad, para siempre.
Siempre atesoraría ese momento, y muchos otros, dentro de sí; era una bolita
perfecta llena de purpurina que podía agitar siempre que lo necesitara. Vivía en su
interior, como si otro órgano nuevo y diminuto le inyectara en la sangre el poder de la
máxima creación. Yo te hice y también yo te destruiré. Yo soy todo tu mundo, pero
también soy la persona a la que abandonarás. Siempre estaré contigo. Jamás me
comprenderás.

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A veces sus propios pensamientos la aterrorizaban y se preguntaba si era una
diosa, si ser madre era en cierto modo ser una deidad. No podía descargar ningún
rayo sobre nadie, por descontado, pero sí podía gestar a una persona valiéndose de
poco más que de un puñado de barro. De mucho menos, en realidad. ¿Cómo era
posible que existieran las madres? ¿Por qué no las habían proscrito? Eran seres
divinos, espeluznantes.

A W. W.
Qué interesante es el anhelo. Un sentimiento tan hondo que te parece
que te va a partir en dos. Siento curiosidad por el profundo anhelo de
una existencia desconocida, o de una vida mejor, sin tener más
información sobre sus particularidades. No me estoy explicando bien:
lo que me interesa es el anhelo que une a todas las mujeres, a todas las
madres. ¿Qué es, exactamente? ¿Cómo se puede anhelar algo por
encima de un hijo?
Casi es como si ser madre te abriera los ojos y te permitiera ver el
infinito potencial que existe, como si te permitiera ver la propia
infinidad. (¿Entiendes algo de lo que digo?).
Es como si ser madre no saciara el profundo anhelo, sino que lo
acentuara.
Mira, dice la madre. Mira lo que soy capaz de hacer. Creo vida. Soy
vida.
Pero ¿cómo convertirme en una deidad?
Un abrazo,
M. M.

En su dormitorio: un transportín beis de plástico con una manta abrigada dentro y un


almohadón fino que su hijo arrastró a los pies de la cama, un ficus muy lozano en un
rincón con un poco de tierra escarbada y otro poco en el suelo, un bebedero canino de
acero inoxidable lleno de agua fresquita, un comedero canino de acero inoxidable
lleno de galletitas con forma de hueso, muchos tapetes de piel sintética (de color
blanco, blanco roto, blanco con la punta gris, negro) repartidos por toda la habitación:
por el suelo, uno en una butaca, otro sobre la cama; un atrapasueños colgado cerca de
la ventana, con sus blancas plumas revoloteando mecidas por la brisa; pilas de ropa
por doquier, allanadas y convertidas en rincones perfectos de descanso; un caftán de
lino carísimo con la costura de la espalda desgarrada, agujeritos, las costuras
deshilachadas y una mancha parduzca; un antifaz de raso negro, sérums, una caja de
madera repleta de carne desecada, un aerosol sin etiqueta con un preparado de
lavanda, un trozo de cuerda, calcetines hechos un gurruño que una vez estuvieron
húmedos pero que ahora estaban secos y casi crujientes, dos pelotas de tenis sucias en
un rincón, una docena de plumas grandes encima de la cómoda, un cuadro en la pared

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de un conejito acurrucado en la hierba florecida de dientes de león, una almohada sin
la funda puesta, con los bordes roídos y mordisqueados, una pila de libros infantiles
(los cuentos de los hermanos Grimm, un libro de ilustraciones francesas, uno de osos,
un libro de abejas, otro de trenes), amontonados en el suelo, al pie de la cama; un
cristal atrapaluz pegado a la ventana que creaba arcoíris en las paredes cuando los
rayos incidían de determinada manera, muchos jarrones de flores silvestres frescas y
no tan frescas, una piel de mapache auténtica colgando del espejo, un montículo de
palitos de morder. Tendría que poner orden antes de que volviera su marido, claro.
Recogería solo lo necesario para no tener que extenderse en demasiadas
explicaciones, claro.
Es un juego, ensayó en voz baja mientras reunía los palitos y los colocaba en un
jarrón con las plumas, mientras recogía el relleno de la almohada y cargaba con los
montones de ropa para meterlos en la lavadora. Es un experimento, dijo rellenando el
bebedero. Es… es lo que necesito, concluyó, despojándola cama de sus sucias
sábanas. Le lanzó una camiseta sucia al niño, que la seguía a cuatro patas, y este, tal y
como le había enseñado, la atrapó con la boca, puso rumbo al piso de abajo (llevaba
todo el día practicando) y dobló torpemente una esquina para llegar al cesto de la
ropa sucia.
Cuando regresó, se sentó obediente a sus pies y giró su cara perfecta hacia la de
ella para lanzar un pequeñísimo «guau», no como un niño que dice la palabra guau
sino como un niño que es en realidad medio perro y que se comunica en su idioma
preferido, una resonancia gutural, callada y animal que Perra de noche adoraba
tantísimo que hasta le hacía sentir una punzada de dolor en las tripas.
Buen chico, le dijo, tocándole la cabeza y poniéndose de cuclillas para hocicarle
el cuello. Le sostuvo la carita resplandeciente y alegre y podía haber llorado de la
emoción. Qué buen chico, pero qué buen chico.

Notando que algo estaba cambiando, ocurriendo, evolucionando, pese a no saber


exactamente el qué, su marido llamaba cada noche desde una triste habitación de
hotel perdida por Dakota del Sur.
¿Cómo va el trabajo?, preguntó.
El trabajo, repitió ella. Una pausa larga. El trabajo es la vida. No hay distinción.
Vaaale, le dijo.
Me he sentido tan distanciada de mi trabajo, de mí misma, durante tanto tiempo…
Pero ahora veo que el trabajo y la vida son uno, y que mi cometido consiste
simplemente en hallar las conexiones.
Parece que estés hablando en clave, le dijo. O que te hayas metido de líder de una
secta.
Pues yo creo que estoy siendo bastante clara.

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¿Te comiste una de esas gominolas de hierbas?, le preguntó, pero al momento se
dio cuenta de que le estaba hablando al espacio que antes ocupaba su mujer. Había
colgado. Ya no estaba.

AW. W.
Llevo un tiempo preguntándome qué es exactamente un artista y qué
entendemos por arte. Pensemos en: un animal que, provisto de
colores, los frota en fibras tejidas con el único fin de disponerlos de
manera atractiva, entendiendo «atractivo» como un concepto muy
amplio que le place a un grupo autoseleccionado de animales distintos
pero que le disgusta a otro grupo de la misma raza, al que no le gusta
verlo, ni la disposición de colores le parece interesante o
sorprendente, e incluso la mera presencia de los colores en las fibras
los hace rabiar; tanto que se congregan en el exterior de los hábitats
creados para albergar los colores y no permiten la entrada de otros
animales porque dichos colores les parecen alarmantes, peligrosos o
moralmente reprobables. Imagínate.
O pensemos en: un animal que encuentra las mejores piedras, que son
hermosas por su simetría o su tersura, y luego las coloca dentro de un
marco metálico que ha creado siguiendo un proceso en el que debe
usarse el fuego y que requiere de una gran muestra de energía por
parte del animal, que levanta el brazo y golpea el mineral caliente una
y otra vez, hasta convertirlo en una vara.
Un animal lanza un hermoso aullido mientras otro golpea un alambre
con un mazo.
Un animal avanza por una planicie bañada por la oscuridad, y en su
paso hay anhelo o euforia o el deseo inexorable e inmenso de
trascender su condición animal y alcanzar otro nivel de existencia, sea
lo que fuere.
Dar forma corpórea a la experiencia sensorial y, al hacerlo,
comunicar… ¿el qué? ¿Acaso importa?
M. M.

En cierto modo, era como hablar con Dios, ¿a que sí? Estas cartas estaban más cerca
de la plegaria que de la correspondencia. Solo tenías que escribirlas y pulsar «Enviar»
y flotaban en un éter electrónico, se adentraban en el misterio de Internet porque
¿acaso alguien entendía de verdad cómo funcionaba? Y podría decirse que Perra de
noche, en ese momento de su vida, se volvió bastante religiosa; cada mañana se
levantaba en busca de respuestas, y cada noche se sentaba en su abarrotado escritorio
(la máquina de coser temporalmente apartada) para escribir otra misiva a Wanda
White, una persona en la que creía pero de cuya existencia no tenía ninguna prueba,

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salvo por el baqueteado libro que tenía en la mesilla de noche y la única página de
contacto en el sitio web de una universidad.

Fíjate ahora en el cuarto de invitados, que ella ha convertido ya en su estudio. La


cama, por hacer, con las sábanas hechas un revoltijo; por debajo, muchos libros: el
Compendio, por supuesto, un volumen sobre el cultivo de hierbas perniciosas, el libro
que su abuela usaba para preparar sus brebajes, pero en inglés, encontrado en una
página de libros raros de Internet; la historia de la performance como arte disruptivo,
un libro sobre telas y ropajes, un manual didáctico de venta de preparados herbales.
Si indagaras más, encontrarías unas braguitas olvidadas, un vibrador olvidado, un
libro polvoriento sobre taxidermia. En los rincones: una esterilla naranja de yoga
sucia, bloques de espuma, un cinturón de yoga, una pila de piedras bonitas. En las
paredes: fotos de bailarines contorsionándose en poses asombrosas, fotos de mujeres
vestidas igual que vestía su abuela: con vestidos lisos y largas trenzas; muchos
bocetos a lápiz de animales en movimiento: caballo, perro, guepardo, oso; símbolos
hexagonales que había hecho a partir de recuerdos de su infancia, cuando los había
visto colgados en lo alto de los establos; una foto del interior de una cámara
frigorífica, instantáneas de manifestaciones extremas de arte, entre ellas, una mujer
pariendo en el escaparate de una tienda (porque, sí, acabó dando con un happening
así, un happening como el que ella había soñado), un artista agarrándose el brazo con
una mueca de dolor agónico porque acababa de dispararse con una pistola en aras del
arte, una mujer con la cara operada para que se pareciera a la de la Virgen María de
un famoso cuadro del Renacimiento, una mujer desnuda durmiendo sobre una pila de
heno junto con dos enormes puercos. La puerta del armario entreabierta y,
derramándose, bobinas de hilo y cuentas y botones y tela enrollada, más libros,
pinturas en tonos tierra, herramientas para trabajar la piel,' una bolsa de basura llena
de lana lista para cardar e hilar, una tarrina de cera de abeja. En el escritorio: una
máquina de coser, una galaxia entera de alfileres y agujas y retales de tela, un bote
casi lleno de abejas muertas. Colgadas del estante de encima del escritorio, una
docena de patas de conejo, prácticamente curadas, que llevaban dos semanas allí.
Le enseñó a su hijo la puerta blanca cerrada del cuarto de invitados y le dijo muy
seria: Aquí no puedes entrar. ¿Lo entiendes? Aquí trabaja mamá, y su trabajo es muy
importante. Este no es sitio para guau guaus ni para nenes. Lo digo muy en serio. ¿Lo
entiendes?, le preguntó.
El niño, que nunca antes había visto a su madre en tal estado, tan severa y seria
que rayaba en la violencia, hizo un puchero y se le escaparon unas lágrimas.
No voy, mamá. Yo no voy. Y ella lo cogió en brazos para susurrarle «chsss» al
oído.

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¿Te encuentras bien?, le preguntó su marido esa semana por teléfono.
Estoy mejor que bien, respondió Perra de noche.
Vale, le dijo él.
Se hizo el silencio entre los dos. En aquel intervalo, Perra de noche no oyó nada;
ni las noticias de fondo, ni el masticar de comida o el repiquetear de los cubiertos.
¿Nada más?, preguntó, y ella le respondió apartando la cabeza del teléfono y
entonando una nota muy precisa del aullido más bonito que supo lanzar; un aullido
que había estado ensayando toda la semana. Cuando acabó, el espeso silencio regresó
hasta que su marido dijo «Ostras» y «Bueno, si es en lo que estás metida ahora…
vale».

La semana transcurrió como transcurrían las semanas: siguiendo el Plan, jugando


a guau guaus y luego haciendo los quehaceres mundanos: la compra, lavar los platos,
preparar las comidas y el baño. Cuando llegó el viernes, estaba agotada, molida hasta
los huesos y hasta el tuétano.
Esa mañana se había despertado con el impulso de salir, de echarse a correr por
una pradera de hierba crecida y pelear con una marmota, así que se tomó una dosis
doble de Calma, pero luego el crío quiso que lo llevara en la carretilla por todo el
barrio, sin parar, y que después viera cómo daba una vuelta y otra y otra en su bici sin
pedales por el callejón. Puede que fuera la ruta circular de la bicicleta, o cómo se
agitaban las hojas por la brisa y proyectaban en la acera sombras de mariposas, o la
dosis doble de Calma, pero el caso es que sintió que se quedaba sin energía mientras
lo miraba, se sentaba, se echaba sobre un retazo de césped y se quedaba dormida.
¡MAMÁ!, le gritó el niño a unos centímetros de la cara, despertándola de un
sobresalto.
Jesús bendito, dijo, incorporándose. Se frotó la cara, desorientada.
Se tomó una dosis triple de Animami y probó un frasquito que decía Vida, y a la
hora de la comida tenía el corazón que casi se le salía del pecho, y se puso a dar
vueltas y más vueltas con el niño en la cocina y prepararon masa para galletas, que a
saber cómo acabó desparramándose por toda la cocina, lo que les hizo reír
despreocupadamente mientras metían bandejas en el horno y las sacaban, pegándose
atracones de galletas, llenando el suelo de migas, haciendo ver que eran monstruos y
que con su ñam, ñam, ñam, ñam se las zampaban hasta no dejar nada y se reían a
carcajadas y se reían y reían como locos hasta acabar agotados y derrotados por la
cantidad de azúcar que habían tomado sin comer nada sustancioso. Estaban los dos
sentados en el desgastado suelo de madera de la cocina, y el niño dijo: ¿Guau guau?,
y Perra de noche dijo: No guau guau, y los dos se tumbaron justo donde estaban y
durmieron, sin más.

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El día, pues, había sido movidito, además de largo y raro. Y mientras esperaba a
que volviera a casa su marido esa tarde y el niño, sentado en el suelo de madera,
cogía con una cuchara los botones que había dentro de una olla y los trasladaba a un
recipiente de metal, volvió a encenderse con la furia de antaño al pensar en el
momento de acostar al crío, pero en vez de entrar en erupción y lanzar fogonazos, se
tranquilizó: vio las cosas con claridad. Era evidente que se le debían noches, que ella
había cumplido de sobra. Y estaba claro que su marido tendría que encargarse de
acostar al niño todas las noches que pasara en casa. Así de sencillo era.
Se lo habían estado combinando los fines de semana: su marido lo dormía los
viernes y Perra de noche, los sábados y demás días, pero la verdad era que tendría
que ocuparse él todas las noches que estuviera en casa. Pensó en ello mientras se
tomaba un trago de vino blanco en el suelo de la cocina, sentada de piernas cruzadas
junto a su hijo. Era cierto que las noches eran mucho más llevaderas últimamente,
desde que el niño dormía en el transportín, pero aun así. Había que leerle y contarle
cuentos y a veces pasaba muchísimo rato hasta que podía escabullirse del cuarto.
Cuando su marido llegó a las seis de la tarde, estaba hecha polvo, y le pasó al
niño y le dijo: Se acabó. A partir de ahora te encargas tú de acostarlo cada noche del
fin de semana. Gracias.
Su marido ladeó la cabeza, con curiosidad, y le hizo cosquillas al niño debajo de
la barbilla para que se riera.
Vale, le contestó. Me parece justo.
Entró en la casa con el niño en brazos, preguntándole qué tal le había ido el día y
haciéndole cosquillas y comiéndoselo a besos, y Perra de noche se quedó allí, en el
cálido atardecer, bajo las grandes ramas de los árboles y la dulce brisa.
O sea que lo único que tenía que haber hecho era pedírselo, ¿no? ¡Qué fácil! Notó
que empezaba a enfadarse, no exactamente con su marido, pero sobre todo con él. Si
era tan sencillo conseguir que hiciera cosas… ¿Por qué no las había hecho desde el
principio? Tendría que haberse ofrecido. Y encima, ¿por qué no le había pedido más?
¿Por qué no había reivindicado el poder y la autoridad que le pertenecían de pleno
derecho? ¿Dónde había aprendido a guardárselo todo en la boca del estómago, su
tristeza, su rabia y su malestar, para llenar el espacio restante de vino blanco? ¿Dónde
le habían enseñado a seguir adelante a duras penas y a esforzarse por parecer feliz
cuando desde el principio podía haber dicho lo que le hubiera venido en gana, cosas
como: «a la mierda» y «haz esto» y «necesito esto»? Volvió a su madre, echada sobre
la oscura hierba en las cálidas noches de verano, y quiso levantarla, cogerla de los
hombros, zarandearla con cariño y mucha mucha rabia también. Pero ¡mírate! ¡Eres
genial! ¡Eres mi madre! ¿Por qué te comportas así? Vete a Europa. Persevera en tu
alegría. La vida es corta y tienes que darte prisa, no solo por ti, sino también por mí.
Por favor, te lo suplico.
Quería salvar a su madre. Ahora se daba cuenta de que era lo que siempre había
querido.

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Perra de noche decidió que exigiría cosas. De todo tipo. Que las pediría. Que no
daría por sentado que era ella la que tenía que preparar la cena y acostar al niño y
limpiar la casa y pagar las facturas y comprar los regalos y enviar las felicitaciones y
programar las visitas y llevar un registro de absolutamente todo sola. A fin de cuentas
eran una pareja, ¿no? Y a fin de cuentas vivían en una época moderna, de
empoderamiento y feminismo y todo eso, y ella no lo había aprovechado porque,
según descubrió a medida que fue pensando más en el tema, no tenía trabajo. O,
mejor dicho, no tenía un trabajo remunerado; su trabajo de madre era una pérdida de
dinero, era como estar en números rojos. Como su marido los mantenía, como pagaba
para que ella tuviera el privilegio de quedarse en casa absolutamente todos los días y
entregarse en cuerpo y alma a la maternidad y a nada más, ella había tenido la
sensación, desde que abandonara su puesto en la galería, de que no estaba en
situación de exigir nada. Él trabajaba toda la semana, y pedirle que moviera un dedo
el fin de semana le parecía demasiado, porque ella había devaluado automáticamente
su trabajo desde el minuto cero. Ahora lo veía claramente: formaba parte de una
cultura que la había condicionado y le decía: ser mamá es muy cuqui, haz lo que
tengas que hacer, pero, ahora en serio, tampoco es tan difícil. Seguramente no seas
demasiado lista ni interesante, pero oye, qué bien que la maternidad te llene.
Esa noche, su marido acostó al niño, igual que la siguiente, y la otra. No hubo
discusión. Seguro que en algún momento le pedía una noche de descanso, pero se
sentía tan magnánima, sentía un amor tan fraternal por ese hombre que hacía lo que le
pedía sin decir ni mu, que no tendría ningún problema en relevarle, claro que no,
porque era un hombre estupendo y lo amaba, y Gracias le dijo ella cuando lo vio
bajar por las escaleras esa noche. Extendió los brazos y lo abrazó y lo besó en el
cuello y lo olió con ganas.
Muchas gracias, le dijo.

Ese mes, empezó a dormir en el cuarto de invitados, su estudio, cuando el marido


estaba en casa. De hecho, la habitación la devoraba tan pronto como el marido volvía
de trabajar, y desaparecía hasta que él y su hijo ya no sabían qué más hacer y se
preguntaban dónde estaría mamá.
Necesito estar sola, explicó ese primer fin de semana. Necesito tiempo… para mí.
Por la noche, cuando su familia dormía profundamente, ella vagaba por las calles
teñidas de negro, pisando los cuidados arriates de la parcela esquinera, atravesando
arbustos de lilas donde se quitaba la ropa, dejaba que le creciera el pelo y ponía a
prueba la fuerza de sus músculos en expansión: los tensaba, se rascaba, se adentraba
más en los arbustos e iba a parar a jardines laterales y jardines traseros, debajo de
unos columpios, entre los dos tablones ladeados y sueltos de una valla. Olisqueaba
los hoyos sospechosos que veía en el suelo, metía la cabeza en los más grandes y
salía con briznas de hierba en el pelo y la cara manchada de tierra. Encontró un grifo

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que goteaba en la parte trasera de una casa y bebió a lametones del charco que se
había formado debajo. Vio un gato atigrado en otro jardín, agazapado en un escalón,
cerca de la puerta con mosquitera del porche y, rápida como el rayo, corrió hacia él.
El felino se quedó quieto, le bufó y se metió igual de rápido debajo del porche, y
Perra de noche metió lo que le cupo del cuerpo debajo y le gruñó con tono grave y
agresivo.
Ven aquí, le rugió. Acércate y verás, gato del demonio.
El minino no se movió; al contrario, se adentró más en la oscuridad, con los ojos
visibles y lanzando destellos amarillos y verdes cuando les daba la luz de la luna.
Los fines de semana de ensayo —pues eso eran para ella, una parte esencial de su
práctica artística, un avance en su trabajo— se movía por el vecindario siguiendo las
oscuras constelaciones de sombra que manchaban los jardines y las calles. Visitaba la
suave parcela de musgo donde le gustaba revolcarse para sentir su aterciopelada
suavidad en la espalda desnuda, en el pecho, en los muslos. Vagaba por los parterres
y olisqueaba cada brote, luego probaba las verdes hojas y los tallos nacientes que le
parecían más prometedores. Salió corriendo hacia el colegio de primaria que estaba a
diez manzanas para olfatear la zona de juegos y, jadeando y resoplando, husmeó el
patio en busca de chicles perdidos, envoltorios de caramelos, restos de bocadillo o de
chocolatina o una buena pelota que mordisquear. Siguió hasta el campo de fútbol que
había detrás de la escuela, donde a los conejitos les gustaba mordisquear las hojas de
los dientes de león, y fijó la mirada en aquellos cuerpecillos que temblaban a la luz de
la luna mientras planeaba su ataque. Después, el siguiente fin de semana, partió en la
dirección opuesta, hacia las vías del tren y el arroyuelo hasta el que había llegado la
primera noche, y se topó con hombres dormidos en bancos a cuyo lado pasó sin
temor, pese a su desnudez, su vulnerabilidad, porque no se sentía vulnerable, ni una
pizca. Era la ama del vecindario. Allí mandaba ella. Era su monstruo, su dueña y
señora. Confiaba en la fuerza de su cuerpo y en la profundidad de su rabia, una rabia
mitigada por su clarividencia, por su trayectoria hacia lo más hondo del misterio y de
la creación.
Atreveos conmigo, se dijo al pasar junto a los hombres que dormían. Atreveos y
veréis lo que es bueno. Se metió en el arroyo para mojarse el pelaje y enfangarse el
vientre, para beber el agua fría y prístina, para hundir el hocico en el limo pastoso y
putrefacto y dulzón de los pantanosos márgenes.
Durante ese mes mágico, se convirtió en una costumbre que, después de salir a
rondar por el vecindario los fines de semana, volviera a la quietud de su hogar, en el
callejón, muy entrada la noche o cuando despuntaba el alba, para observar a su
marido, bañado por la luz azul del ordenador, desde las puertas acristaladas de atrás.
Ella daba un toquecito en el cristal y él le abría la puerta, y luego la llevaba hasta el
cuarto de baño como si fuera una criatura, abría el grifo del agua caliente, encendía
una vela, se quitaba la ropa y sin mediar palabra la metía en la ducha. Le lavaba el
cuerpo con jabón y un paño, y se lo pasaba por la cara, los senos, entre las piernas. Le

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lavaba el pelo, masajeándole el barro que tenía en el cuero cabelludo, y le deshacía
con mucho cuidado los enredos con ayuda de un peine y acondicionador.
Eres un príncipe, le decía ella, y él le respondía con un «chsss, chsss», y le besaba
la espalda, los hombros, los párpados, la boca. Hacían el amor cada noche, a su
regreso, después de que él la bañara, después de haber vagado tanto y tan lejos que
acababa con los músculos doloridos y los pies en carne viva y llenos de astillas y
cubierta de tierra y sudor y del delicado rocío de medianoche de lo más profundo del
verano. Qué marido aquel, que la amaba y la acompañaba en un momento así.

Y fue un lunes de finales de ese mes, con un verano al que le quedaba poco para
seguir ejerciendo su influencia en los agradables días de septiembre, con un calor que
todavía animaba a visitar la parada de helados que había junto al río, cuando el niño y
ella fueron al parque de los perros, pese a no tener uno. Sería uno de los últimos días
idóneos para correr bajo el cielo azul y saborear el dulce viento bañado por el sol.
¡Nos encantan los perros!, declaraba Perra de noche ante cualquiera que mirara
hacia donde estaban ellos, ya fuera con buena o mala intención.
¿Podemos acariciar a tu perro?, preguntaba mientras lo acariciaba y su hijo le
tocaba el frío y húmedo hocico.
¿Podemos perseguirlo?, le preguntó a otro dueño, que apenas si apartó la vista de
su móvil y se limitó a gruñir afirmativamente, tras lo cual el niño y ella arrancaron a
correr, y el perro también, por la verde extensión de hierba, dentro de ese día que era
como una gota de rocío.
Fue entonces cuando los vio: un golden retriever, un sabueso y un collie, apiñados
junto al estanque, con las patas delanteras metidas en el agua, refrescándose, con los
hocicos anhelantes y las lenguas colgándoles mientras jadeaban por el calor.
Ostras, dijo Perra de noche. Se acercó hacia el grupo, vacilante, avanzando por la
hierba pisoteada, con el niño pegado a ella.
Hola, les dijo, acercándose indecisa, y volvieron rápidamente la cabeza de uno en
uno para mirarla.
La perra golden retriever la saludó con un alegre «¡guau!» y el niño le respondió
con un ladrido. Avanzaron hacia los animales, que salieron brincando del estanque,
mojados y con las patas enfangadas, para que les rascaran las húmedas cabecitas y
recibir palmaditas en los empapados lomos; para lamer con entusiasmo las manos del
niño y hacerle reír y luego husmear entre las piernas de perra de Noche.
Sostuvo la cabeza de la golden retriever entre las manos y la miró a los ojos.
¿Jen?, susurró, y la perra pestañeó, manteniendo la calma. Se quedaron mirándose
un buen rato hasta que Perra de noche dijo: Bueno, pues vale. Vete, anda, y le dio una
palmadita en el lomo.
Escrutó los márgenes del parque por si veía a alguien que buscara a estos canes,
se acercara a ellos, les lanzara una pelota o les ofreciera una golosina, pero todas las

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siluetas interactuaban con otros animales: persiguiéndolos o siendo perseguidos,
gritando, silbando, lanzando algo o recogiendo caca. A simple vista nadie parecía
tener nada que ver con el trío canino, salvo por la solitaria figura que se adivinaba en
el extremo más alejado del parque de los perros y que, muy quieta, cuaderno en ristre,
observaba cómo se desarrollaba aquella escena.
Era Wanda, tal y como imaginaba que sería, esbelta y ágil, con un manto de pelo
canoso. Rezumaba una maravillosa naturalidad, con su elegante vestido camisero, su
calzado cómodo y su sombrero de paja. Perra de noche guiñó los ojos para verla con
más claridad, pero estaba demasiado lejos.
Empezó a andar hacia ella, presa de la emoción, porque tenía que ser Wanda
White. Respiró hondo para tranquilizarse, pero no podía; no cabía en sí de la
emoción, era un sentimiento tan fuerte que arrancó a correr hacia la mujer con los
brazos en el aire. Sabía que era ella. Lo sabía.
¡Perdone!, gritó, corriendo hacia la solitaria figura que estaba en la linde del
parque. ¿Son suyos estos perros? Estoy buscando a su dueño.
La mujer —que seguía estando tan lejos que le resultaba imposible verle los
rasgos de la cara, estudiar su expresión o deducir por su ademán su respuesta a la
pregunta— ladeó la cabeza hacia Perra de noche, se quedó quieta y luego gritó: ¡No!
Se marchó andando a paso muy rápido en la dirección opuesta, hacia la arboleda que
rodeaba el parque.
¡Espere!, gritó con espanto Perra de noche, con un deje de desesperación en la
voz que no pudo controlar. Empezó a hiperventilar y a temblar del esfuerzo, de la
pura emoción, y siguió corriendo con el corazón yéndole a mil por hora y las piernas
ardiéndole por el esfuerzo.
Vio desaparecer a la mujer por la arboleda mientras ella se quedaba quieta,
jadeando, con las manos en las rodillas.
¡Vuelve, por favor!, le suplicó al bosque. Por favor… Se quedó en el margen de la
arboleda y oyó cómo la mujer se abría paso dando tumbos por los matorrales, las
ramas caídas y las zarzas. Perra de noche no la veía porque la frondosa vegetación de
finales de verano era demasiado espesa, y no podía dejar atrás a su hijo, porque
estaba asustado e intentaba seguir a su madre, que estaba huyendo de él.
¡Wanda!, le gritó a la maleza. ¡Wanda! Pero no obtuvo respuesta.

«¿Es a ti a quien he visto esta tarde en el parque de los perros?» le mensajeó a Jen
esa noche, rematando la frase con un emoticono de un perrito y un árbol y un sol y
otro emoticono con la carita del revés, como diciéndole: «¡Anda que ya me vale si
resulta que de verdad eras tú!». Se la estaba jugando un poco, pensó, pero sin
arriesgar demasiado. No le estaba preguntando directamente si a veces se volvía
perra, pero le daba vía libre por si quería hablar del tema. Además, no había vuelto a
hablar con Jen desde la fiesta; alguna vez se habían visto en Bibliomamis, pero poco

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más. Esperó y esperó hasta que los tres puntitos empezaron a parpadear mientras Jen
respondía.
«Ja, ja, no», le respondió Jen, «pero llevo tiempo queriendo escribirte».
El típico mensaje de alguien que intenta ocultar su verdadera identidad perruna,
se dijo Perra de noche.
Jen siguió, después de las pausas y los titubeos de un millón de «lol» y «omg» y
de un nervioso «seguro que piensas que soy una rarita» y de la advertencia de que
quizá le parecía «TMI», pero resultaba que Perra de noche le parecía tan «superabierta
de mente y artística» que sentía que podía contarle «las cosas rarísimas» que le
habían estado pasando desde hacía poco, que últimamente se sentía «como si no fuera
yo, es difícil de explicar», que le venían «unas ideas extrañísimas» a la cabeza, que
quizá era por la edad o «por lo que fuera», pero que notaba que todo escapaba a su
control y que no tenía a nadie a quien contárselo y que si ella, esta nueva madre que
había entrado en su círculo de amistades, estaría interesada en quedar a solas, «no
para hablar de hierbas, sino de nuestras cosas». Tenía muchas ganas de hablar con
ella por la reciente transformación de Perra de noche; muy «atrevida» y
«rompedora», en sus palabras, a lo que añadió: «¡Me encanta que te dé igual lo que
piense la gente!». Le repitió, en plan de broma, que no pensara que era una rarita, y
que esperaba que su nueva amiga pudiera guardarle el secreto de lo que tenía que
contarle, porque si el rumor se corría, «todo el mundo alucinaría en colores».
«A veces me paso toda la noche vagando por el vecindario, así de mal estoy»,
escribió Jen, y Perra de noche notó que en su interior crecía la esperanza, un
sentimiento que desconocía que albergara en su interior; una estupenda
magnanimidad y una sensación de querer el bien para todas las mujeres, para todas
las madres, pues, ¡cuánto había anhelado tener a una persona a quien confiarle sus
deseos y sus pensamientos más íntimos! ¿Y quién iba a imaginarse que sería esta
mamá, esta tal Jen, con su hierbas y su champú de fresa y su casoplón en las afueras?
A Perra de noche casi se le saltan las lágrimas de alegría y de alivio ante la
perspectiva de que hubiera otra madre como ella que bregara con situaciones y
contradicciones parecidas. «¡Me encantaría quedar!», le mensajeó ansiosa. «¡Qué
ganas de verte!».
Alzó el móvil en el aire e hizo un bailecito en la cocina antes de dar vueltas en
círculo, persiguiendo lo que una vez fue una cola.

Quedaron en el museo de historia natural de la universidad al día siguiente; era un


sitio maravilloso al que Perra de noche le había encantado ir de estudiante. No había
estado allí con el niño, y la idea le hizo gracia. Además, el museo entre semana era
una tumba, casi en sentido literal, porque albergaba la colección más antigua de
taxidermia al oeste del Misisipí; tan antigua era que las madres y sus retoños podían

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ver perfectamente el relleno de paja por un agujero que había en el rinoceronte, o un
retazo de trapo donde debería haber estado el pelaje de un guepardo.
Jen no lo conocía, y se mostró maravillada de que existiera un lugar así en su
pequeña ciudad, insistiendo en lo creativa que era Perra de noche.
Ojalá yo fuera un poco artística, dijo melancólica mientras sus dos niñas
acompañaban al nene de Perra de noche por la sala, ofreciéndole una mano cada una
y llevándolo de aquí para allá, dispensándole cuidados maternales, por así decirlo, lo
que hizo que Perra de noche quisiera pedirles que pararan, informarles de que no era
su responsabilidad ocuparse de él, de que deberían estar disfrutando de los
expositores y no preocupándose de este pequeño, de que ellas debían aspirar a la
taxidermia y no a criar a nadie. Pero en vez de hacer eso se rio sin ganas por el
comentario de Jen.
Jen se había presentado en un estado de lo más insólito en ella. Aunque sus hijas
iban perfectamente aseadas y vestidas con conjuntos coordinados al detalle, con el
sedoso cabello recogido en dos coletitas que parecían unos cuernos, Jen parecía
demacrada: estaba ojerosa y llevaba la raya del ojo descompensada y alejada del
borde de los párpados. Además, se había puesto la camiseta de tirantes del revés; sí,
era una de esas que engaña, pero a Jen no se le escapaban ese tipo de detalles.
Tú me has inspirado, así que ahora me cardo el pelo para experimentar, dijo
mientras contemplaban un perezoso gigante. Se señaló con un gesto los mechones
rubios que, pese a la poca luz que había en el museo, parecían grasientos y
enmarañados. A Perra de noche, por supuesto, le encantó su estética, y con cada
detalle que encontraba fuera de lugar, su alborozo no hacía sino ir a más. No debía
sacárselo a la fuerza a Jen, se decía. Tenía que parecer una persona reservada y
atenta, alguien que sabe escuchar, y de ninguna de las maneras intentar manipular la
situación. Observó a Jen como se observa a una presa en una noche cerrada: con
cuidado, con cautela.
El grupito llegó a la sala de las aves, Jen pegando tragos de café y echándose al
coleto unas hierbas que guardaba en un compartimento del carro. Era una estancia
circular, con claraboyas en lo alto y un puesto circular iluminado por dentro que
mostraba las rutas migratorias de muchas especies norteamericanas. Alrededor del
borde exterior, montado en la pared, se exhibía un abanico de pájaros cantores
disecados; algunos encaramados en ramitas, pero casi todos dispuestos de tal manera
que a Perra de noche le recordó a las colecciones de insectos de la secundaria: todos
atravesados por un alfiler y clavados en un bloque de espuma con unas etiquetas
pulcramente mecanografiadas debajo.
Había muchos botones que pulsar en la sala de las aves, y los críos se
entretuvieron con eso. La sala quedó envuelta por capas y capas de cantos de pájaros
mientras las madres contemplaban el débil resplandor de las vitrinas.
Vale, dijo Jen sosteniendo el vaso de café mientras cantaban los pájaros, con pinta
de estar realmente agotada. Eres tan creativa…, empezó a decir. Y una madraza. Yo

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es que… Jen se puso a llorar.
Tranquila, le dijo Perra de noche. Sácalo, no te lo guardes dentro.
Jadeaba de la emoción. Estaba resuelta y decidida.
«Dilo», le decía mentalmente a Jen. «Di que eres medio perra».
Mira, la verdad es que yo tengo mis… cosillas, asuntos que no le confieso a
nadie, dijo Perra de noche para tranquilizar a Jen. Todo el mundo tiene problemas.
Aunque Perra de noche pensó que aquella observación la apaciguaría, lo cierto es
que solo consiguió acentuar su angustia.
¡Soy una mierda de persona!, dijo Jen, pronunciando la palabra «mierda» entre
susurros para que los pequeños no la oyeran, pese a que estos no les estaban
prestando ninguna atención. Estoy jodidísima. No lo sabe ni mi marido. Él sí que no
lo puede saber.
Todos pasamos por apuros, dijo Perra de noche. ¡Estaban tan cerca de vivir un
momento de auténtica comunión!
Yo… Jen enterró la cara en las manos y luego se pasó los dedos por la frente,
alrededor de los ojos y por encima de las mejillas. He perdido tantísimo dinero con lo
de las hierbas, confesó Jen. Como unos diez mil dólares, susurró, y todo el mundo
cree que se me da tan bien… pero en realidad soy yo la que acaba comprando mis
productos. Y Alex no tiene ni idea —no me ha costado demasiado ocultárselo, porque
soy yo la que lleva las cuentas en casa—, pero no sé cómo salir de esta. ¡El mercado
local está saturado! ¡Nadie quiere más hierbas! ¡Ya las tiene todo el mundo! Lo único
que hacemos es intentar vendérnoslas las unas a las otras.
Miró con pena a sus niñas, que habían inmovilizado al niño en el suelo y le hacían
cosquillas, para gran deleite de los tres.
Perra de noche se quedó callada, pues esa no era en absoluto la confesión que
esperaba oír.
Tengo que proyectar una actitud de éxito, siguió diciendo Jen. Todas las chicas
me tienen como modelo para sacar esto adelante, pero yo no puedo más, dijo, y luego
pulsó el botón que tenía delante para que se oyera el ululato grave y prolongado de un
mochuelo.
Era obvio. Pues claro que Jen estaba con la mierda hasta el cuello. Pues claro que
se había fundido el dinero con lo de las hierbas.
Pues claro que no era una perra.
Qué tonta había sido al pensar eso. Menuda locura imaginarse a esa madre
vagando por los jardines traseros, desnuda y cubierta de pelo. Era urgente que Perra
de noche zanjara esta cuestión (¿cuántas veces tenía que repetírselo?), que se
controlara, pero no.
No.
No pensaba hacerlo. No iba a controlarse.
Madre mía, no sabes ni qué decirme, intervino Jen mirando con desesperación a
Perra de noche a la espera de una palabra de ánimo, de un «todo saldrá bien». El trío

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infantil alborotaba ahora a su alrededor, orbitando en torno a la vitrina central,
jugando muy animados al pillapilla, armando un gran griterío y parándose para pulsar
botones y correr y gritar otro poco más, pero las madres no les hacían caso,
abstrayéndose como solo saben hacer ellas; Jen allí plantada, desesperada y lívida,
con el pelo hecho un desastre absoluto, y Perra de noche resplandeciente, como si
hubiera absorbido todas y cada una de sus preocupaciones como si fueran nutrientes y
se hubiera valido de ellas para fortalecerse, para ver con más claridad y descubrir su
cometido, pues llegados a este punto ya no había vuelta atrás.
Mira, no tienes por qué controlarte, le dijo Perra de noche a Jen, agarrándola de
los bíceps para recalcar lo que iba a decirle. La miró directamente a los ojos.
Que le den al dinero y que les den a las hierbas, continuó, y a partir de ahí dio
rienda suelta a una perorata contra el marketing multinivel, porque acababa de
escuchar un pódcast entero sobre el tema, y le explicó a Jen que esta estrategia se
aprovecha de las mujeres que sienten que han perdido su poder, que están atrapadas
en casa, a las que se engaña con promesas de independencia económica, y que no
tenía nada de qué avergonzarse. Que podría salir de eso, y que ella la ayudaría. Que
tendría que contárselo a su marido y disculparse, pero asegurarle también que se las
apañaría para salir del atolladero. (Y nada de llorar, tú eres la hostia de fuerte). Que
también sacarían a las demás chicas, como Jen las llamaba, de ahí. Que le había dado
muchas vueltas al concepto de la feminidad y de la maternidad, que había pensado
mucho en ella y en las demás, y que ya había llegado la hora.
¿La hora de qué?, preguntó Jen, emocionada por el apoyo de Perra de noche pero
todavía exhausta: se le veía en los ojos, en la piel, en las comisuras de la boca.
Oye, dijo Perra de noche, ¿tú trabajabas en relaciones públicas, no?
Uf, pero hace muchísimo, le respondió Jen.
Bueno, pues yo necesito publicista. Y te pagaré, por lo menos en algún momento.
¿De qué coño hablas?, preguntó Jen, riéndose un poco, y los niños acudieron a
ellas, a sus desaliñadas madres que estaban plantadas en la sala de las aves, en tropel.
Ahora Perra de noche era la que agarraba del brazo a Jen. Vamos a pasear un
poco. Y a hablar, dijo Perra de noche. Nos queda mucho por hacer.
Más tarde, en casa, abriría el Compendio para leer lo siguiente:

Quiero que lo sepas: Nunca antes en la historia la mujer, tanto si es


mágica como si no, ha estado más empoderada, más en contacto con
las profundas fuerzas universales; nunca ha sido más capaz de invocar
aquello que le resulta esencial para su evolución y plenitud valiéndose
de los medios necesarios.
Primero, lee este libro. Ahora fíjate bien: Así corro yo. Esta es mi
apariencia nocturna. Estas son mis pieles. Aquí tienes algunos
accesorios. Aquí están mis ideas y mis sueños. ¿Ves este baile? ¿Este
gesto? ¿Este animal? ¿Este conjuro? Apréndetelos. Vale. Quítate la

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ropa. Corre. Lánzate. Revuélcate en el lodo. Avanza siguiendo el
rastro. Aquí hay un ratón. Aquí una bola de chicle, es buena para
lamer. Bebe del charco y luego salta en el arroyo. Síguelo hasta el
callejón oscuro. Agáchate. Gruñe. Avanza a buen paso. Para. Aquí
está tu presa. Este es tu poder. Así mato a un animal. Ni te muevas.
No te apartes. Míralo bien de cerca, fíjate bien, esto es la pura
violencia, la pura necesidad. Medita. Duerme, o no duermas. Así
debes dejarte crecer el pelo, así debes liberarte de él. Escucha. Más.
Estate quieta, y luego muévete. Mírate bien los dientes. Acaríciate el
suave vello. Exige más y haz menos. Habla, no preguntes. Aúlla,
aúlla, aúllale a la luna.
Wanda White dice que los misterios del universo se revelan en lo
mundano: el cuerpo, este día, los pastos y el cielo. Olvida la
civilización. No hay más que mujer y naturaleza, su propia naturaleza.

Dios mío, murmuró Jen entonces, a la luz de la luna, con la cara veteada de barro.
Dios mío. Eres tú. Tú.

Puede que, para ser sincera, Perra de noche hubiera querido que su marido
descubriera su secreto. Quizá, como ya había implicado a Jen en su arte, en su
proyecto, en su plan, le pareciera todavía más deshonesto trabajar sin que lo supiera
su marido; precisamente la primera persona que le enseñó a las dos japonesas que se
meaban encima del pulpo y otras delicias por el estilo. Si le revelaba su verdadera
naturaleza… ¿acaso no le causaría más fascinación que rechazo? Además, Perra de
noche —el proyecto de Perra de noche— estaba cada vez más cerca de tener difusión
pública, y presentar este personaje a más y más gente parecía lo correcto. ¿Y acaso su
marido no había demostrado ser su máximo defensor, por muy raros que fueran sus
proyectos? Pese a la rabia de los últimos meses, pese a las miles de veces que lo
había inculpado en silencio… ¿Era posible que fuera su aliado e, incluso, su más
ferviente seguidor? Estos pensamientos habían influido en ella mientras desarrollaba
su performance, mientras leía a Wanda White y se preparaba para mostrarse al mundo
de un modo u otro.
Una noche de sábado como cualquier otra, Perra de noche salió inocentemente a
la calle a tirar la basura, pero mientras estaba allí, una corriente de aire especialmente
malévola le llevó el olor del conejo en proceso de putrefacción que había enterrado
hacía algunas semanas, pues la gata no podía ser, ya que le habían dado una digna
sepultura, a un metro y medio de profundidad. No, el conejo yacía cerca de la
superficie y… ¡Ah, aquel olor! Tan denso y fosco y penetrante, con reminiscencias de
sangre, tierra, excremento y podredumbre. Había estado evitando ese olor porque le
parecía irresistible, y esa noche, con su marido en el piso de arriba acostando al niño,

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tenía por lo menos unos minutos para acercarse a echar un vistacito, ¿no? No había
nada de malo en rodear de puntillas la tierra que todavía estaba ahuecada debajo del
manzano silvestre, bajo las anchas hojas de las hostas. No pasaba absolutamente nada
por arrodillarse sobre la tierra húmeda y hundir las manos un poco más, en busca de
un poco de pelo o hueso o tendón. Y era perfectamente razonable quedarse
completamente desnuda para evitar que se le manchara la ropa o se le echara a perder
o que se impregnara del hedor de la carroña. ¡Eso sí que no!
Solo quería… ver al conejito. Olisquearlo. Puede que revolcarse un poco en él y
luego, claro, darse una ducha caliente bien larga con jabón en abundancia y otros
productos que la gente empleaba para mantener su domesticidad.
Desenterró un poco de músculo que había estado marinándose en el lodo. ¿Podía
ser que oliera a fermentación? Esa fetidez, ¿era la vaharada mineral de la tierra y la
sangre cuajada? Un mordisquito, se dijo. Un bocado; no, menos. Una pizquita de
nada. Será como si comiera embutido, razonó: Seco y correoso. Sabroso. Cerró los
ojos y respiró hondo, con los restos de aquella carroña en las manos.
Y entonces vio a su marido, a su lado. Se quedó callado, iluminado por la luz
crepuscular.
Donde pensó que aparecería el pánico no había más que una gran extensión de
sublime calma. Lo sabía. Estaba viendo lo mismo que ella. Bueno, pues ya estaba,
¿no? Mejor quitárselo de encima cuanto antes. Ella había sido niña, mujer, novia,
gestante, madre… y ahora sería esto, fuera lo que fuera. Una mujer salvaje y
complicada con extraños deseos. Tozuda e iracunda, pero también delicada y dulce.
Era creadora y también la fuerza oscura que vagaba de noche. Era resolución idealista
pero también instinto, puro impulso.
Hola, quería decirle. Soy tu esposa. Soy una mujer. Soy este animal que tienes
ante ti. Ahora lo soy todo. Soy nueva y también ancestral. He sentido vergüenza pero
eso se acabó.
Tu nuevo proyecto, dijo, y luego se rio. El tema este de los perros. Las salidas a
medianoche. Ya lo pillo.
Sí, dijo, y al instante se abismó en un enorme vacío desde donde contempló el
extenso e inabarcable cielo. Estaba intentando recordar algo, estaba tan lejos. Su
marido aguardaba. La oscuridad se cernía sobre ellos, cambiante y viva. Por encima
de ellos, los animales saltaban de rama en rama y las hojas rebotaban con fuerza.
Sí, dijo al cabo de un rato. Miró a su marido como si acabara de conocerle. Sí, lo
de los perros. Un proyecto.
Dejó los restos de conejo en la tierra y se acercó gateando a él. Después se
agazapó y gruñó y pateó la tierra. Se escoró hacia la derecha y salió disparada, corrió
resiguiendo el perímetro del jardín solo para sentir el poder de su cuerpo, la
refrescante brisa nocturna contra la piel y el cabello. Saltó por encima de la baja verja
y se revolcó en el crecido césped de su vecino, frotándose hasta el último centímetro

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del lomo y de los cuartos traseros, de las piernas, antes de deambular hacia una franja
de flores silvestres para mear en ellas.
Su marido era un puntito oscuro en el oscuro jardín, y regresó hacia él corriendo,
saltando de nuevo la verja en un elegante movimiento y luego echándosele encima,
agarrándose a sus hombros y enterrándole la cara en el cuello para pasarle la
suciedad, la humedad y su parte canina, y tirándolo al suelo para lamerle la cara, el
cuello, la barriga, olerle con ganas la entrepierna y luego clavarle los dientes en el
borde de los calzoncillos y tirar con fuerza.
Él se rio. Se rio y se rio y se rio con ganas y enseguida los dos eran perros y
estaban enamorados.
Después, en la ducha, su marido le puso las manos sobre los rasguñados hombros
y la miró a los ojos.
Es tu mejor obra, le dijo con una expresión de lo más dulce, casi vencida.
Asombro, quizá. Una persona que todavía no le había mostrado, pese a llevar más de
una década juntos. En esa cara veía que la quería y que estaba fascinado por ella, por
lo que había creado. Que nunca quiso cortarle las alas. Que siempre había deseado
que tuviera felicidad, y arte, y que ahora veía todo en lo que se había convertido y
que era de ella; veía que existía como una fuerza creativa al margen de él y de su hijo
pero que también los controlaba. Que haría cualquier cosa por ella, por el amor y la
devoción, la adoración casi infantil que sentía por ella y que se había perdido en la
rutina cotidiana día tras día durante años y más años.

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•••

Las madres acudieron en grupos de dos y de tres. Llevaban ropa reservada para
noches sin presencia de manos pequeñas y pegajosas: una vaporosa blusa de seda, su
bolso más caro, una prenda sexi de esas que dejan el hombro al descubierto,
pantalones blanquísimos. Estaban todas preciosas, estas madres, y rezumaban
distensión por todos los poros.
La estación llegaba a su fin, con un universo entero de cigarras cantando con gran
alboroto, despertando en cada madre esa tristeza pertinaz que les invade cuando notan
la calidez del aire en los brazos, antes de desvanecerse al instante provocándoles un
escalofrío, cuando los desaliñados escolares vagan por las aceras por la tarde y la
consistencia melancólica y difusa de todos los años transcurridos llega de golpe, con
sus «y si» y sus «tendría que haber», con sus recuerdos de preciosos niños sin
camiseta en el lago y la humedad de una toalla de playa contra la mejilla, el sol
blanco y alto, la explosión en la boca de un grano de uva frío y verde. Sí, era el
momento perfecto, la noche perfecta, para sentir y beber y disfrutar.
Se presentaron en casa de Perra de noche sabiendo que habría vino, pero no qué
se celebraba exactamente. Jen se autoproclamó promotora del evento; fue ella quien
envió las invitaciones que todas habían recibido y quien hablaba sin parar de lo
«rompedor» y lo «totalmente vanguardista» que sería el evento. Sí, allí estaban las
Bibliomamis —todas y cada una de ellas—, el grupito de los remedios herbales, leal
a los leggings y a los aceites esenciales. Sí, puede que hubieran acudido casi todas las
mamis más entusiastas de la ciudad, pues esa noche llegó una gran horda de mujeres,
para gran satisfacción de Jen. Se quedó plantada junto al destartalado arco de la
entrada, cubierto por la madreselva, que llevaba al patio trasero, carpetita en ristre,
con un traje entallado de sus días de relaciones públicas, que seguía quedándole como
un guante. ¡Con qué naturalidad se le adaptaba el sedoso forro a las curvas! ¡Qué
eficiente y capaz se sentía dentro de aquellos confines perfectamente confeccionados!
Hola. Qué tal. Bienvenida, le decía a cada madre que desfilaba delante de ella.
Sírvete lo que te apetezca de beber, indicaba con una solemnidad redescubierta, con
una profesionalidad que había estado ausente en sus desmadradas presentaciones
herbales, pues esto era algo suyo, suyo y de Perra de noche, a quien no pensaba fallar.
Estaba entregada y deseaba construir algo propio para que las dos pudieran triunfar y
prosperar.
Jen prestó especial atención a la llegada de las antiguas compañeras de máster de
Perra de noche, la madre trabajadora y la camarógrafa, porque sabía que aquella
quería reservarles los mejores sitios.
Fue una delicia para las madres descubrir que de las puertas acristaladas traseras
de la casa salía una melodía, y que, en el patio, una mesa cubierta por un mantel

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blanco de algodón con unas encantadoras flores bordadas exhibía botellas fresquitas
de vino rosado y Pinot Grigio y vasitos de plástico apilados en torres bien rectas.
Había también cuencos de cristal repletos de frutos secos y, colocadas dentro de
una cesta, tabletas enteras de chocolate; verduras recién cortadas para las amantes de
lo verde, aguas con gas. Había un cuenco irresistible donde resplandecían unos
arándanos bien hermosos que parecía rellenarse por arte de magia,
independientemente de cuántos puñados se llevaran a la boca las madres. En otra
cesta había productos recién horneados que todavía estaban calientes; todos los
caprichos altos en carbohidratos a los que renunciaban las buenas madres en un
intento de quitarse de encima esos kilitos de más que habían cogido durante el
embarazo, de afinar esos muslos y de librarse de esas lorzas que les afeaban la silueta.
Pero esa noche quizá hacían una excepción y se tomaban solo una cosita.
Se sentaron todas en el patio, en tres hileras de sillas plegables de color blanco
dispuestas en filas con un pasillo central. Y las sillas, la mesa de los canapés y el
pequeño entarimado de madera dispuesto al frente hacían que el ambiente casi
pareciera nupcial. Sin embargo, en ese escenario minúsculo no iba a celebrarse
ningún casamiento. No, desde luego que no. Las madres hablaban entre susurros,
tapándose la boca con la mano: Fíjate, ¿tú lo estás viendo? No puede ser, ¿verdad?
Pero vaya que si lo era. Allí, en el centro del entarimado, había un grueso filete de
carne, rojo y crudo, tapado con una campana de cristal. Las madres permanecían
sentadas, lanzando risitas nerviosas, bebiendo, riéndose y susurrando. Buscaban a Jen
para sonsacarle algo de información sobre la actuación, pero ya no estaba junto a la
puerta y parecía haberse volatilizado en la oscuridad creciente del crepúsculo. Qué
raro, murmuraban, dándole sorbos al vino. Daban su opinión sobre lo que fuese que
iba a pasar o no. ¿No os parece de mala educación que la actuación no haya
empezado todavía, sea lo que sea? Es rarísimo. ¿Conocéis a la persona que actúa? A
mí esta chica no me suena de nada, pero me da igual: por lo menos hay vino. Y luego
venga a reír y a suspirar y a decir estoy cansada y ¿me he pillado canguro para esto?
De verdad, ¿qué coño está pasando? Pero entonces un estruendo sordo y sincopado se
coló por las puertas acristaladas abiertas —I hear the drums echoing tonight— y el
ambiente se relajó de repente. Una de las madres cerró los ojos y se puso a cantar en
voz baja, y otra madre se echó demasiado para atrás y la silla acabó volcándose,
provocando las risas de todas —las carcajadas, a decir verdad—, que intentaban
enderezar a la madre borrachilla mientras le decían: No te preocupes o Es tu noche
libre o Tranquila que yo te llevo en coche a casa, y si no, nos pillamos un Uber o Tú
tranqui. Cuántas veces ha salido Kevin y no ha pensado ni una vez que estabas sola
en casa con los críos. I bless the raaaaaaaaains, cantaban todas al unísono, bailando
bajo el centelleante crepúsculo; una madre blandiendo en el aire su copa de Pinot y
desafinando que daba gusto, otro dúo bailando mejilla contra mejilla, como unas
tortolitas.

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Cuando acabó la canción, hablaron y hablaron y hablaron hasta que se hizo
tardísimo, mucho más de lo que tenían pensado quedarse, y salió la luna. Le habían
perdido la pista hasta a su anfitriona, no tenían ni idea de dónde estaba ni de por qué
ni se había dignado a saludarlas; quizá está camuflada entre el público, sugirió una
madre que llevaba una buena curda.
¡A ver si resultará que la anfitriona eres tú!, dijo, clavándole el dedo en el pecho a
otra mujer, ¡y que te estás quedando con nosotras! Por aquel entonces, la música
había adquirido notas graves y vibrantes; sonaba como jazz pero no lo era; el sonido
era más oscuro y denso.
Y entonces fue cuando apareció la criatura, descrita por algunas como «un perro o
algo así», «una especie de oso pequeño o de hombre lobo. Ni puta idea de lo que
era».
Avanzaba por los pasillos con mucho cuidado, despacio, y ninguna de las madres
se turbó ni se apartó como habría sido de esperar. No, ninguna reaccionó como
supondríamos que reaccionaría una madre corriente. La madre trabajadora y la
camarógrafa se echaron hacia delante para intentar verla más de cerca mientras se
aproximaba a la tarima.
Todas la miraron. Estaban alcoholizadas y desinhibidas y calentonas y tenían
ganas de gresca, pero aun así permanecieron calladas. Se diría que mostrando respeto.
Puede que en ese momento estuvieran siendo mejores madres que nunca.
Reina, murmuró una de las madres cuando la bestia avanzó de una zancada a su
lado.
Otra, profundamente conmovida, hincó las rodillas en el suelo y siguió a gatas al
animal. Y otra. Y otra más. De entre las madres menos vigorosas, unas pocas se
sintieron cada vez más incómodas, asustadas y preocupadas por si no tenían al día la
vacuna de la rabia y acabaron marchándose.
Con viento fresco, dijeron las demás madres.
Estamos en una especie de secta, dijo una, y otra le contestó: Justo acabo de
escuchar un pódcast que habla de cosas de este estilo. Y una más: Buf, voy
cieguísima. Pero aun así se quedaron.
Y las que se quedaron… Lo hicieron porque lo entendían. Entendían los
movimientos de Perra de noche, el pelaje que coronaba la cúspide del espinazo, el
reflejo de los fieros colmillos a la luz de la luna, cada gesto labrado con poder y
oscuridad y rabia y supervivencia.
Esta madre, esta perra, os va a dejar bien jodidas; las madres lo sabían y estaban
encantadas.
Una madre echó la cabeza para atrás y le aulló a la luna. Otra se acurrucó junto a
un tocón medio putrefacto y se durmió.
Las demás se arrancaron a estirones la ropa del cuerpo y, a la fresca luz de la luna,
contemplaron cómo ese can, esa Perra de noche, se arrastraba hasta llegar a la tarima
de madera. Un foco que había estado encendido desde que llegaron, proveniente de

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una ventana del piso superior, iluminó el escenario, y la criatura gruñó y lanzó una
feroz dentellada. Le dio un empujón a la campana de cristal, haciéndola añicos, y a
continuación devoró con ansia el bistec que le habían dejado delante. Tardó bastante
en comérselo, pero todas se quedaron sentadas observándola pacientemente, absortas,
sin poder apartar la vista.
Silencio. Volvió la mirada hacia las madres, con la cara, las mejillas y el mentón
manchados de sangre y un brillo en los ojos… ¿de locura? ¿De poder? ¿De
conocimiento eufórico? ¿De fiera feminidad?
Una madre gritó y rompió el hechizo, y acto seguido otra madre chilló y ya no
hubo vuelta atrás: el equilibrio al que parecía haberse llegado se había
descompensado horriblemente. El animal se abalanzó desde el escenario sobre la
horda de madres borrachas y desnudas, que empezó a gritar y a correr hacia los
oscuros vehículos que abarrotaban la calle. Solo la madre trabajadora y la
camarógrafa permanecieron en sus asientos, estupefactas, maravilladas, con lágrimas
en los ojos a resultas del dramatismo de la situación —del maravilloso dramatismo
artístico—, cogidas de las suaves manos.
¡Mi ropa!, gritaba una madre.
¡Mis llaves!, se lamentaba otra.
¡Hostia!, escupía otra.
Perra de noche las persiguió a todas y cada una de ellas hasta que desaparecieron,
marchándose en tromba a por un Uber mientras intentaban quitarle hierro al tema de
su desnudez, y se echó a las fauces una magdalena de la primorosa mesita, la devoró
y desapareció entre la frondosa maleza del crecido jardín del vecino en busca de un
corazón pequeño que latiera y pararlo.

Cuando nació el hijo de Perra de noche, lo que más le sorprendió fue que no lo
reconoció. Estaba convencida de que el niño se parecería a alguien a quien conocía de
memoria, pero tenía una cara muy roja y enfadada, una nariz ancha y una boca como
la de un viejo. Había tardado años en parecerse al hijo al que conocía ahora. Ahora,
cuando lo miraba, solía pensar: Ajá, aquí estás. Sí, te reconozco, porque se parecía a
ella y también a su marido, pero otras veces era igual que su propio padre y, a su vez,
igual que su suegro.
Cuando se abismaba en estos pensamientos, no era capaz de diferenciarse de su
hijo, que tan claramente era parte de ella, físicamente, que no podía sacudirse el
vértigo, la sensación de mismidad combinada, que a ratos la abrumaba.
Contemplaba la posibilidad de que un día la reclamaran para cuidar de sus padres
quienes, a sus setenta años, seguían gozando de una excelente salud. Sin duda llegaría
el momento en que la cosa se torcería. Se los imaginaba viviendo en el cuarto de
invitados, del que emergerían cada mañana, flacos y despeinados, soñolientos,
sentándose al lado de su hijo para tomarse sus tortitas para desayunar y sus vitaminas.

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Por la mañana y por la tarde dormirían como niños. Quizá, cuando se acercase su
final, tendría que bañarlos y cambiarlos. Y pese a que sin duda sería una carga, en su
corazón, al parecer, se había abierto un gran espacio de amor que contemplaba esas
tareas con gratitud y respeto y no con inercia. Frotarle amorosamente la espalda a su
madre con un paño caliente. Enjabonarle el fino pelo a su padre. Sería un honor
cuidarlos, pues en ellos había partes de ella.
Esto es lo que debe significar ser un animal, poder mirar a otro y decir: soy tanto
de esta otra cosa que somos todos parte los unos de los otros. Esta es mi piel. Esta es
la tuya. Bajo la luna, nos amontonamos en la cálida cueva y nos convertimos en una
única criatura para preservar nuestro calor. Respiramos juntos y soñamos juntos. Así
ha sido siempre y así será. Nos mantenemos vivos los unos a los otros por medio de
este linaje de irrompible unión.

Wanda White no es una persona. Wanda White es un lugar al que al fin llega una
persona.
Perra de noche, esta madre, aguarda tras el voluminoso telón de terciopelo, a
oscuras, oliendo su propia esencia almizclada a rosas. Sí, está aquí, en Wanda White,
con la emoción desbocada por lo venidero, justo antes de subir a lo que sea que le
espere más allá de aquella oscuridad y de aquel escenario: invencibilidad o aire…
algo.
Se oye el chirriar de las cuerdas. Se levanta el telón. Primero hay oscuridad y
luego se hace una pequeña luz. Huele a todas las personas que hay en la sala.
Está en un escenario, a oscuras. Un pellejo de gruesas cerdas le recubre la
espalda. Vuelve los ojos cerrados al techo y respira hondo. Una inadvertida corriente
de aire le agita con delicadeza el vello de la cara.
Allí está, desnuda. El pelo le tapa los ojos y la cara. Las palmas extendidas retan
al público.
Empieza su performance igual que las ha empezado todas: abriendo el espacio
contenido dentro del pecho y luego la boca; abriendo ese canal perfecto que
comunica corazón y voz y lanzando un aullido larguísimo y agudo que retumba por
toda la sala.
Alguien ahoga un grito cuando se hace la luz. Ella abre los ojos pero no ve a
nadie. Se deja caer sobre las manos y cruza el escenario dando zancadas. Se gira para
gruñir al público. Alguien se ríe. Alguien reprime un grito.
Empieza a oírse una música de fondo, como surgida de un sueño infantil
largamente olvidado, o de una pesadilla. Descuellan los violines. Las trompetas
anuncian el inicio de algo, aunque el público no sabe de qué. Retumban los timbales:
pum, catapum; pum, catapum; pum, catapum. En un escenario, lejos de allí, una
soprano se lleva las manos al pecho y abre la boca para liberar un glorioso y sinuoso
torrente melódico que rebosa pena, que rebosa amor. Canta en alemán, o en una

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lengua parecida, es difícil saberlo; ¿y qué es lo que dice? El público se imagina a esta
cantante, imagina su pecho agitado, su pelo trenzado como las cuerdas. Lo más
curioso es que se la imaginan en un jardín oscuro, derramando su canto de noche.
Está descalza y la esponjosa hierba se le mete entre los dedos. Canta bajo un árbol de
ramas poderosas en las que se posan las gallinas. Lleva un sencillo vestido labriego
de algodón. Todos y cada uno de los presentes ven a esta misma mujer en su
imaginación, y todos y cada uno de ellos se preguntan quién será, qué significará su
canción y se maravillan al ver aquellas gallinas en los árboles. Es solo la primera de
las muchas bazas que se ha reservado Perra de noche para su actuación.
Perra de noche avanza por el escenario, la música se oye con más fuerza y el
público empieza a incomodarse. Pero, claro, lo que más le incomoda es la propia
artista. Es a ella a quien quieren ver. Ella es la razón de que hayan entregado un
dinero ganado con esfuerzo, el porqué de que hayan acudido a un espectáculo de ese
tipo, porque, bueno… ¿Qué es esto, exactamente? ¿Es real? ¿Es un engaño? ¿Y qué
es lo que pretende cuestionarse? Esa mujer existe, claro, pero ¿ese pelo también?
Podía deducirse que el de su cabeza era auténtico, pero… ¿y qué pasaba con el de la
espalda? ¿El de los brazos? ¿El de los pies?
Lo más perturbador de todo es que Perra de noche se mueve a cuatro patas con
una fluidez animal. Es algo que solo han visto en películas de miedo o, si no son
seguidores de este género, en sus pesadillas más remotas. ¿Cómo es posible que una
mujer se mueva así? Es de suponer que tenga formación en danza o en alguna
disciplina pionera de baile moderno… No cabe duda de que ha ensayado durante
horas y horas para clavar exactamente el movimiento, ese paso carnal, esa conciencia
instintiva, ese modo de ladear la cabeza para olisquear el aire, de dar zancadas hacia
el público para luego darse la vuelta con ligereza pasmosa y perderse entre las
sombras…
Después de la performance, el público se arremolina en torno a las puertas de
entrada del teatro. Hay quien dice que los conejos que aparecieron en el escenario al
poco de que arrancara la música habían salido sin lugar a dudas de las tenebrosas
sombras de las bambalinas para ir acercándose poco a poco hacia la luz y quedarse
allí observando, con sus delicadas contracciones espasmódicas. Todo el mundo está
de acuerdo en que no ha sido un acto de brujería, en que debe de haber una
explicación perfectamente razonable que justifique la aparición de los conejos,
porque nadie está preparado para asimilar que, en el fondo, su presentimiento era
cierto: los conejos habían aparecido en el escenario, y de manera bastante insólita.
Más aterrador si cabe era lo que pensaría este público más tarde, bien arropado bajo
las sábanas: ¿De dónde demonios habían salido aquellos animales? Le daban vueltas
y más vueltas al tema. ¿Eran criaturas auténticas, como las que te encontrarías en una
excursión inofensiva y placentera por las montañas? ¿Se habían quedado esas
montañas huérfanas de conejos, unos animales que hasta entonces habrían estado
mordisqueado florecillas tranquilamente pero cuya existencia en ese medio había

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cesado repentinamente para materializarse después sobre un escenario? Y si no los
habían transportado hasta allí desde algún sitio… entonces, ¿qué eran? ¿De qué
estaban hechos? ¿Quién los había fabricado? Esas preguntas despertaban las ganas de
llorar en todas las personas que habían asistido a la performance, pero en vez de eso,
caían en una duermevela incómoda en la que permanecían toda la noche.
Sí, el tema de los conejos fue el que más reacciones provocó de la actuación de
Perra de noche. Todas las críticas hablaban de ello, si bien ninguna mencionaba a la
soprano descalza que cantaba bajo el árbol; la visión colectiva, por así llamarla, que
el público entero había tenido. No se quería destripar la sorpresa; era algo que los
asistentes debían vivir en primera persona cuando llegara el momento.
De modo que sí, en el escenario hay conejos. Primero aparece uno, luego un
puñado y después una docena. Algunos se quedan escondidos cerca del boscoso telón
de fondo. Otros amenazan con saltar encima del público, tan cerca están del borde del
escenario. Entretanto, Perra de noche espera, tan quieta como la oscuridad que la
rodea. Cuando se mueve, ves cada músculo, notas su tensión, percibes su espera
grabada en el cuerpo.
Unos montículos de huesos, con destellos dorados, puntean el oscuro escenario.
Perra de noche se coloca en el centro y extiende las manos abiertas a los lados del
cuerpo. Despacio, mientras la música se desvanece y en el teatro solo se oye la
vibración de una nota sorda, levanta las palmas como si dirigiera la orquesta más
lenta y silenciosa jamás imaginada. Mientras sus manos se elevan, flotando, más y
más, y otro poco más, los montículos de huesos se mueven y resplandecen, y el baño
de oro capta la luz y la refleja en un millón de esquirlas. Los conejos saltan asustados
del escenario cuando los huesos se elevan como si estuvieran cogidos por cuerdas,
como si fueran marionetas zombis ultraterrenas, aunque el público no ve cuerdas ni
tampoco otro tipo de artimaña, por mucho que guiñan los ojos, por mucho que se
fijan. Los huesos adoptan la forma de animales pequeños, pero no de los normales y
corrientes. Este de aquí es una especie de coyote de largas orejas que recuerda a una
liebre. Aquel se parece a un gamo, pero tiene cabecita de felino. Y otro más tiene los
cuartos traseros de un conejo y una minúscula cornamenta; unos cuernos imposibles
de encontrar en la naturaleza. Y aun así, estos animales de hueso sí tienen un
componente natural, dirá el público. Un componente lógico, incluso. Cobran sentido
dentro del mundo de Perra de noche, con sus movimientos controlados y delicados,
con sus cabezas cimbreantes, con sus pasitos prudentes, con su modo de caer en el
negro suelo y recolocarse, recomponiéndose como por obra del poder de un dios.
Es en ese momento cuando Perra de noche y los animales de hueso ejecutan una
inquietante coreografía —«una cacería encantada», en palabras de la crítica— en la
que, alternativamente, ella se mueve a la vez que los esqueletos áureos y luego les da
caza. El público afirmará que podía haber contemplado eternamente aquella
actuación, tan ensimismado estaba por los movimientos animales de la mujer y de los
huesos —«parece que floten solos en el escenario, ¿cómo lo hace?»—, tan

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estupefacto lo había dejado aquel espectáculo, tan perplejo estaba por lo que veía que
parecía imposible separar realidad y arte.
Y aun así todos, aquella noche, esperaron a lo que vendría después, ya que,
obviamente, se habían enterado de lo que iba a pasar. Se había escrito muchísimo
sobre aquel espectáculo, se había comentado, criticado, analizado, condenado y
observado desde todos los puntos de vista posibles. Lo habían hecho críticos,
escritores, activistas de los derechos animales y el público en general. Y aunque era
un poco torpe asociar a Perra de noche simplemente con la matanza en vivo de
conejos, sin duda era por lo que más se la conocía, aunque debe comentarse que había
otros aspectos de la performance mucho más interesantes y peculiares.
Y así, después de danzar con los huesos, Perra de noche acecha a los conejos, ya
escondidos entre las sombras, y la caza resulta extrañamente embriagadora y
hermosa, incluso el momento en que se abalanza y atrapa a una criatura con la boca y
la zarandea con fuerza hasta que el cuerpo le pende flácido de la boca. El teatro ha
enmudecido, y ella coloca el animal inerte sobre el escenario antes de mirar al
público. Gruñe, y la incomodidad se adueña de los presentes. Parece que ahora los
acose a ellos. Unas pocas personas se levantan en las últimas filas y se marchan. Un
momento de quietud antes de que se desate el caos cuando Perra de noche salte del
escenario y la multitud se levante de un brinco de sus asientos y se disperse entre
gritos.
Algunos de los presentes relatarán que al verse perseguidos llegaron a una
inexplicable zona boscosa, tan poblada de hojas y lianas que era difícil saber si era
fruto de la imaginación de la artista o si se trataba de una anomalía espaciotemporal
materializada solo para la actuación y que desaparecería transcurrida la noche.
Durante el suceso no especificado (nombre por el que pasó a conocerse) fueron a
parar a la guarida de unas Madres lobas que les dieron cobijo y una sopa deliciosa.
Otros dirán que, durante el suceso no especificado, se toparon con unas maravillosas
Mujeres pájaro de extravagantes alas emplumadas que les enseñaron a volar, y que
fue así como se marcharon del teatro. E incluso habrá quien hable de unas mujeres
que aparecían y desaparecían a voluntad durante el suceso no especificado; unas
visiones divinas que despertaban en quien las observaba el más profundo deseo de
benevolencia y unidad; tan fuerte era la emoción que acababa llorando y postrado a
sus pies.
Los profesionales de la psiquiatría estudiaron a fondo la locura colectiva y las
supuestas alucinaciones experimentadas comúnmente durante el espectáculo, y
concluyeron que debía de producirse una narcotización a gran escala; a fin de
cuentas, cada uno de los presentes recibía un paquetito de pastillas etiquetado como
Aullido nada más pisar el teatro, además de un vasito de papel lleno de agua, y se le
animaba «encarecidamente» a tragárselas ipso facto para «poner a prueba las
nociones del bienestar y la percepción», así como para experimentar «los efectos más
inmersivos de la performance». Podría ser que las drogas se hubieran administrado

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furtivamente; que se hubieran bombeado a través de los conductos de ventilación,
aprovechando el sistema de calefacción y refrigeración de cada local. ¿Cómo
saberlo? Y si el público no había sido drogado, entonces por fuerza debía de haber
sido hipnotizado, razonaban los psicólogos, para que participara del imaginario del
artista, pese a que Perra de noche dijera que no había estudiado hipnosis ni era una
profesional autorizada para ejercerla. Si se quedaron hipnotizados, aclaró ella, fue
algo totalmente involuntario por mi parte y una prueba fehaciente de la naturaleza
fascinante del propio arte.
«La naturaleza subyugante del espectáculo no hace sino poner de relieve el
talento artístico de Perra de noche», expresó Jen en un comunicado oficial a los
medios para contradecir a los escépticos y a los detractores, para responder a quienes
decían que el espectáculo no era más que «basura izquierdosa para colgados», que no
era «arte de verdad» ni «serio», sino un «numerito del montón» que pretendía
deslumbrar y maravillar al populacho. «Los efectos experimentados al final del
espectáculo suponen la culminación de más dos años de rigurosa práctica artística.
Las experiencias a veces extremas que el auditorio siente en el espectáculo de Perra
de noche recalcan el altísimo nivel de trabajo de esta artista, así como la capacidad
transformadora del arte».
Y, como respuesta a quienes decían que su actuación era «de una brutalidad
gratuita», que representaba «lo peor del arte de la performance» y que era «una
abominación que reunía los aspectos más viles de la humanidad para exhibirlos a la
vista de todos», la propia Perra de noche explicó que su obra pretendía recalcar el
aspecto brutal de la maternidad, cómo la violencia es la primera acción que lleva a
cabo un hijo contra una madre que le ha dado la vida. Y cómo, pese a todo, la madre
lo ama con el amor más poderoso que se conoce en el universo.
Este ser sale de nosotras, explicará en las entrevistas. Se abre paso rasgándonos,
partiéndonos en dos, en un baño de dolor inconmensurable, sangre, excremento y pis.
Si la criatura no llega al mundo de esta manera, entonces, con un cuchillo, nos es
arrancada del cuerpo y, con ella, también los órganos, antes de meterlos dentro de
nuevo y cosernos. Puede que sea la experiencia más violenta que viva un ser humano,
con excepción de la propia muerte. Y esta performance tiene por objetivo hacer
hincapié en la brutalidad, el poder y los aspectos sombríos de la maternidad, porque
nuestra sociedad moderna los ha esterilizado y castrado. Al fin y al cabo, en el fondo
somos animales, y negarnos tanto nuestra naturaleza animal como nuestra dignidad
humana es un crimen contra la existencia. Es muy posible que ser mujer y ser madre
sean las fuerzas más poderosas de la sociedad humana, y por ello los hombres se han
dado mucha prisa por intentar anularlas, pues hacen bien en temerlas.
Sus seguidores más fervientes llevan pequeñas insignias que preguntan. ¿Adónde
vas de noche?, con la imagen de una perra feroz que enseña las fauces, a punto de
atacar. Las insignias y demás productos de promoción son obra de Jen, que ha
demostrado ser un genio de las relaciones públicas al crear una de las campañas más

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impresionantes del mercado, haciendo que aparezcan conejos en localizaciones
peculiares y de gran repercusión, organizando actos relámpago por redes sociales,
llegando a la cumbre de sus logros profesionales con un «misterio» creado con gran
ingenio y ejecutado con exquisita maestría. Se disparan las ventas del antaño
descatalogado Compendio de mujeres mágicas, aunque nadie, absolutamente nadie,
consigue dar con Wanda White. Al investigar sobre la Universidad de Sacramento,
los periodistas descubren que fue una institución efímera ya inexistente y que la
propia White es un personaje que solo existe como perfil virtual en una escuela
extinta.
Los pocos espectadores que consiguen dominar el pánico y no salir corriendo,
aquellos de carácter tenaz e imperturbable —podríamos decir que poseedores de una
«ecuanimidad de ingeniero»—, esta gente es testigo del final del espectáculo y ve a
Perra de noche en el escenario, con un niño pequeño —su hijo— a quien le presenta
el cuerpo inerte del conejo para que lo olisquee y lo acaricie. A medida que se va
bajando el telón, esto es lo que ven estos pocos valientes: a una mujer salvaje y a su
cachorro con el cuerpo todavía caliente de un conejo en las manos. Dirán que del dúo
emanaba una belleza jamás vista, pese a las protestas de quienes dicen que someter a
un niño a algo así es maltratarlo.
No, alegaban quienes habían estado presentes.
Estaban ante una mujer sabedora de que la vida discurría a través del misterio y la
metáfora, sin más explicación, que contemplaba a su hijo perfecto, al que tenía ante
ella; su hijo, una persona a la que había creado valiéndose de la magia más poderosa
y que estaba justo allí, bajo la cegadora luz de los focos, como si no fuera un milagro,
como si no fuera la cosa más imposible del mundo entero.

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Agradecimientos

Gracias a mi agente, Monika Woods, por su asesoramiento tenaz, así como al equipo
de Doubleday, en especial a Margo Shickmanter por su magnífica gestión editorial.
Gracias a mis amigos y lectores, que son un dechado de inteligencia y generosidad;
en particular a Sarah Shrader, Kerry Howley, Mark Polanzak, Nina Lohman, Alisha
Jeddeloh, Jenny Colville, Helen Rubinstein, Sarah Viren e Ingrid Yoder. Gracias a
Jami Attenberg por sus #1000wordsofsummer, que es como se gestó este libro.
Gracias a Lee Running por su genio artístico e inspiración para escribir este libro.
Gracias a Melanie Bishop, sin cuya mentoría no sería escritora. Gracias a Paula y a
Tom Michel por las horas de cuidado de mi hijo. Gracias a Linda y a Wayne Yoder
por animarme a seguir mi propio camino. Gracias a Seth por ser mi mayor seguidor
incluso en mis peores días. Y gracias a mi Coco, que me ha transformado para
siempre. Eres único. Te quiero.

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RACHEL YODER (Iowa, Estados Unidos - 1978). Es editora fundadora de draft: the
journal of process y trabaja en The Tuesday Agency como representante sénior de
oradores. Tiene un MFA en Ficción por la Universidad de Arizona y un MFA en No
ficción por la Universidad de Iowa, que la premió con una beca de estudios. Sus
relatos y ensayos han sido publicados en revistas literarias como The Kenyon Review
o The Missouri Review, así como en medios nacionales como The New York Times,
The Sun o Lit Hub. Vive en Iowa City con su marido y su hijo.

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