0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas299 páginas

Just Like That

Cargado por

Cata Cletus
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas299 páginas

Just Like That

Cargado por

Cata Cletus
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

1

Esta traducción fue hecha sin fines de lucro.


Es una traducción de fans para fans.
Si el libro llega a tu país, apoya al autor comprándolo.
También puedes apoyar al autor con una reseña o siguiéndolo en las redes
sociales y ayudándolo a promocionar su libro.
¡Disfruta la lectura!

2
Ciertas autoras han descubierto que traducimos sus libros porque
hay personas que los subieron a otros lugares como Wattpad, y dichas
autoras pidieron en sus páginas de Facebook y grupos de fans, las
direcciones de los blogs de descarga, grupos y foros para empezar
campañas para cerrarlos.
¡No subas nuestras traducciones a Wattpad! Es un gran problema
que enfrentan y contra el que luchan todos los foros de traducciones. Por
favor, tampoco subas CAPTURAS de los PDFs a las redes sociales y
etiquetes a las autoras, no vayas a sus páginas a pedir la traducción
de un libro cuando ninguna editorial lo ha hecho, no vayas a sus
grupos y comentes que leíste sus libros ni subas capturas de las
portadas de la traducción, porque estas tienen el logo del foro.
Si deseas que los foros sigan por mucho más tiempo, no hagas 3
nada de lo mencionado anteriormente.
Recuerda que, si te gustan las traducciones, puedes ayudar a
seguir sacando más libros uniéndote al staff de traducción,
corrección y/o diseño. Ayúdanos a seguir expandiendo la lectura de
libros que de no ser por los foros no llegarían al mundo de habla
hispana. Deja tu granito de arena, todas (os) son bienvenidas (os) en
nuestro espacio.
MODERADORA
Anna Karol

TRADUCTORAS
-queen-ari- Dakya LauuLR
amaria.viana Gesi Madhatter
Anna Karol IsCris Miry
Beatrix Ivana Tolola
Bells767 Jadasa Val_17 4
Camila Cruz Julie

CORRECTORAS
Anna Karol
Gesi
Lizzy Avett'
Pame .R.

REVISIÓN FINAL DISEÑO


Anna Karol Tolola
Sinopsis Capítulo 33
Capítulo 1 Capítulo 34
Capítulo 2 Capítulo 35
Capítulo 3 Capítulo 36
Capítulo 4 Capítulo 37
Capítulo 5 Capítulo 38
Capítulo 6 Capítulo 39
Capítulo 7 Capítulo 40
Capítulo 8 Capítulo 41
Capítulo 9 Capítulo 42
Capítulo 10 Capítulo 43
Capítulo 11 Capítulo 44
Capítulo 12 Capítulo 45 5
Capítulo 13 Capítulo 46
Capítulo 14 Capítulo 47
Capítulo 15 Capítulo 48
Capítulo 16 Capítulo 49
Capítulo 17 Capítulo 50
Capítulo 18 Capítulo 51
Capítulo 19 Capítulo 52
Capítulo 20 Capítulo 53
Capítulo 21 Capítulo 54
Capítulo 22 Capítulo 55
Capítulo 23 Capítulo 56
Capítulo 24 Capítulo 57
Capítulo 25 Capítulo 58
Capítulo 26 Capítulo 59
Capítulo 27 Capítulo 60
Capítulo 28 Capítulo 61
Capítulo 29 Capítulo 62
Capítulo 30 Capítulo 63
Capítulo 31 Agradecimientos
Capítulo 32 Sobre la autora
“Apuesto a que puedo desenredarte”.
En un reclamo de equipaje en el aeropuerto, Penny Darling levanta
la vista de su nudo de audífonos para encontrar al hombre más sexy que
jamás haya visto. Tiene un corte de pelo militar, una cicatriz en la ceja, y
está vistiendo una camisa de vestir rosa pastel como solo un hombre de
verdad puede. Pero Penny sigue una Dieta de No Hombres, por lo que
abandona el aeropuerto sin sucumbir a sus deliciosos dos sentidos... ni
a sus hoyuelos soñadores.
El Investigador Privado Russ Macklin no puede apartar los ojos de
Penny. Mientras sale del aeropuerto con las caderas balanceándose y los
rizos rebotando, él sospecha que pueden compartir algo más que una
química sofocante. ¿Esa maleta que está rodando detrás de ella? Se
parece mucho a la suya. 6
Porque lo es.
Cuando la rastrea, mantiene a su bolso como rehén a cambio de
una cita. Su noche comienza con margaritas y termina en urgencias, y
Russ prueba que la teoría de Cosmo sobre un tipo muy particular de
orgasmo es una falacia.
En Penny, Russ encuentra a una novia de pueblo pequeño con un
lado muy travieso. Por primera vez, está pensando en la cerca de madera.
Penny encuentra en Russ un hombre amoroso y cariñoso que entiende el
poder de dar masajes en la cabeza en la ducha.
Pero Russ está solo en Port Flamingo por una semana. Están de
acuerdo en que será una aventura y nada más. Porque, en realidad, no
pueden enamorarse de esa manera...
¿Pueden?
Para D.
Eres muy moderno.

7
“Ten un corazón que nunca se endurezca.”
—Dickens

8
Traducido por Anna Karol
Corregido por Lizzy Avett’

Salgo de la escalera mecánica y allí está ella. Mirando hacia abajo,


haciendo algo con su teléfono. El aire acondicionado la recorre de arriba
abajo, haciendo que el dobladillo de su vestido morado revolotee contra
su pierna. Y joder, mira esas piernas. Mira ese cuerpo. Mira a esa 9
mujer. Debajo del vestido, en lugar de un sujetador, lleva la mitad
superior de un bikini rosa, atado en la nuca con un lazo.
Bienvenido a Florida. Dios bendiga el estado del sol.
El lugar es insípido, excepto por ella. En las paredes hay carteles
de turismo de la década de 1980, que se ondulan con la humedad. Todos
los chicos llevan pulseras de goma y bigotes de detectives, y todas las
mujeres parecen extras de Guardianes de la Bahía. Ella es una visión en
medio de todo, un oasis en el maldito reclamo de equipaje. Doy vueltas a
los grupos de personas mayores que se topan con caminantes, como
autos chocadores en cámara lenta. A medida que me acerco, veo su
rostro. Sus pecas, sus labios rosados ligeramente brillantes. Sus senos,
que son jodidamente hermosos. Pero su expresión, no es hermosa. Parece
muy molesta. Sus fosas nasales dilatadas, los dientes apretados, la
mandíbula tensa.
En sus manos hay una gran maraña de auriculares, y tal vez un
cargador de teléfono. Un gran nudo de cables, como un montón de
espagueti.
Me acerco. No demasiado cerca, porque no quiero ser ese tipo, pero
lo suficientemente como para ver el pequeño collar de estrella de mar que
cuelga de su cuello, y lo bastante cerca como para oler algo cálido y dulce.
Familiar. Vainilla, tal vez. Sea lo que sea, es jodidamente delicioso.
En la pared detrás de ella hay una gran pancarta. Tiene un viejo
flamenco de dibujos animados desteñido, agitando sus alas y sonriendo.
Debajo está el subtítulo:
¡BIENVENIDO A PORT FLAMINGO! ¡HOGAR DEL PRIMER AIRE
ACONDICIONADO!
No jodas. Porque hace calor, y no me refiero al calor del verano
habitual. Más bien como cuando la sauna no funcionaba bien en mi
gimnasio y convirtió todos los paneles de yeso en una especie de avena.
Sin embargo, ella no se ve acalorada en lo absoluto. Se ve fresca, suave
y hermosa. Justo lo que necesito. Como un trago de vodka después de
un largo día de mierda.
Pongo mi bolso de hombro a mis pies y me quito la chaqueta del
traje. Su trenza cae sobre un hombro; el rizo en la parte inferior se
acurruca en su escote. Me remango las mangas. —Apuesto a que puedo
desenredarte.
Me mira. Sus ojos son azul profundo y brillantes. Una sonrisa
comienza a pellizcar sus mejillas. El final del cargador oscila entre
nosotros. —Estoy bien. Yo me metí en este lío, tengo que salir yo sola.
—A veces dos es mejor que uno.
Ella golpea sus labios con los cordones. —A veces. —Tira con fuerza
del extremo del enchufe, haciendo que los cables se aprieten aún más—.
Uno pensaría que aprendería a mantener esa pequeña caja de plástico 10
que viene con estos, pero oh no, cada… —tira—, vez —tira de nuevo—,
pasa.
De acuerdo, no necesita exactamente ser rescatada de un edificio
en llamas, pero de ninguna manera me voy a quedar aquí parado y verla
batallar, de ninguna manera. Sin otra palabra, empiezo a deshacer el
final de la maraña que está más cerca de mí, y veo que su sonrisa se hace
más grande. No me mira, pero veo un hoyuelo y se muerde el labio.
Todavía concentrada en el nudo, dice—: Déjame adivinar. No eres
de por aquí, ¿verdad?
No puedo imaginar lo que me delató. Tal vez el hecho de que soy el
único chico en el edificio que usa pantalones de vestir y zapatos reales.
—Estoy aquí por negocios.
Me mira de arriba abajo. —¿Qué tipo de negocio? ¿FBI?
Mierda. No es la primera conversación que quiero tener,
definitivamente no. Además, no conozco a un solo tipo del FBI que use
pantalones así de bonitos. —Negocios privados.
—Hmmm. —Me mira con más picardía—. Alto, oscuro y con un
corte de pelo militar. Algo me dice que no estás aquí para hacer una pesca
competitiva de lubina.
Oh, hombre. Linda. Muy linda. —No, no lo estoy.
Lentamente, el enredo se deshace, hasta que estamos juntos en el
medio. Me recuerda a esa escena en La Dama y el Vagabundo.
Pero antes de que pueda decir algo más, como, por ejemplo, “tengo
veinte preguntas, siempre y cuando sea por una bebida”, el timbre de la
banda metálica ruge, tan fuerte como una sirena de tornado. El
amontonamiento de las personas comienza a oprimirse alrededor del
transportador. Ella enrolla los tres juegos de auriculares y el cable
alrededor de su palma. De mi bolso, saco la caja de plástico que venía
con mis auriculares y se la entrego. —Aquí.
Resopla. —Estaré bien.
—Insisto. —La presiono en su mano, y sus ojos se encuentran con
los míos.
—Apuesto a que sí. —Mira hacia otro lado mientras un sonrojo
cubre sus mejillas.
Las bolsas comienzan a retumbar del transportador. Por un largo
segundo, me mira, sonriendo. Comiéndome con la vista. Los pequeños
rizos alrededor de su rostro tiritan por el aire acondicionado, y estoy a
punto de decir “tú, yo, una jarra de margaritas, esta noche” cuando ella
mira hacia otro lado y levanta su bolso sobre su hombro.
—Es mi maleta. Debería irme. Gracias por… desenredarme.
Se aleja y se mete entre un puñado de ancianas caminando. Sé que 11
debería ayudarla; Debería agarrar su bolso, pero santo cielo, mira ese
cuerpo.
Agarra su maleta y levanta el asa.
—Dame tu número. Déjame llevarte a cenar.
Su sonrisa se disuelve en un ceño fruncido. —¿Eres casado?
Sacudo la cabeza lentamente. —Soy muchas cosas, pero
casado definitivamente no es una de ellas.
—¿Divorciado?
Sacudo la cabeza otra vez. —No.
Toma su collar de estrella de mar entre el pulgar y el índice y coloca
la cadena sobre su labio. —¿Bajo alguna orden de restricción? ¿Estás
involucrado en un complicado triángulo amoroso que tu perfil de
Match.com describe como un matrimonio abierto? ¿Divorciado cinco veces
y contando? ¿Poliamoroso?
Vaya. Esta chica tiene que encontrar un nuevo grupo de citas por
todas sus estadísticas. —Lo prometo. Soy Russ, y lo que ves es lo que
obtienes.
Zip-zip-zip, hace su collar.
—Solo un trago. —Levanto mis manos entre nosotros, para decir
vamos—. Tal vez la cena, si te doy una buena impresión.
Parpadea con fuerza unas cuantas veces y deja caer el dije de su
collar. —Lo siento. Eres dulce, pero no puedo.
Bueno, mierda. La primera vez que trato de volver al ruedo en
mucho tiempo, y la maldita cosa fracasa. Sin embargo, la respeto. No
quiero excederme en esto, así que le doy un asentimiento final y aclaro
mi garganta. —Tenía que intentarlo.
Traga fuerte. —Me alegra que lo hayas hecho.
Joder.
Y luego se va. A medida que avanza, sus caderas se mecen con su
vestido. Tiene ese balanceo en sus caderas, como dice mi tía, de una
bailarina profesional. Mira hacia atrás por encima del hombro, solo una
vez, mientras camina por las puertas correderas. Le guiño un ojo.
Y ella me devuelve el guiño.
Jesucristo.
Camina a la izquierda, lo que significa que todavía no se ha ido. Ni
por asomo. La arquitectura me hace un favor, y la veo pasar junto a las
ventanas del piso al techo. No podría quitarle los ojos de encima, aunque
quisiera. Sonríe en la acera sin levantar la vista y se ríe un poco. Como
si supiera que la estoy mirando y me siento bastante bien por eso.
Dios, qué linda. Y qué fastidio. Fue jodidamente sexy; parecía
dulce, y no había algo en ella que no fuera bueno, algo justo entre la parte 12
superior del bikini y el “me alegro de que lo hayas hecho”. Pero me di
cuenta de que la chispa no era todo lo que compartimos, ya que
finalmente desaparece de la vista. Ella también tiene una bolsa que se
parece a la mía. Una Samsonita negra de tamaño mediano.
Impresionable, confiable. El número uno de Amazon en superventas en
equipaje.
Esa no puede ser mi maleta, pienso para mí mientras me vuelvo
hacia el transportador. No puede ser.
Pero lo es. Veinte minutos después, soy el único chico parado junto
a la banda, y hay una sola bolsa negra dando vueltas frente a mí. Es
exactamente igual que la mía, excepto que está sobrecargada y tiene un
hilo rosa atado al mango. El mismo color que su bikini y
literalmente cuelga de un hilo.
Se desliza hasta detenerse, y la bola de hilo se balancea al costado
de la banda transportadora. Tic-toc, tic-toc.
Un traqueteo desde el centro de la cinta suena; en Atlanta llegué
temprano, por lo que mi bolso tenía que ser de los primeros, pero sin
colguijes. Lo que sale del transportador no es una bolsa en absoluto, sino
uno de los muchachos del equipaje con un gran conjunto de orejeras
protectoras y un chaleco reflectante. Se arrastra a través de la aleta y
asoma la cabeza. Se limpia la frente con el hombro y luego mira de mí a
la maleta y viceversa. —Bonito pompón, hombre —dice y desaparece por
el agujero.
Echo un vistazo a mi alrededor en busca de ayuda del aeropuerto
para esto, pero todo lo que veo es un cartel escrito a mano en el mostrador
de reclamo de equipaje.
¡Volveremos el lunes!

Es jueves.
Cristo.
Mientras agarro la bolsa, noto que no tiene una, sino tres etiquetas
de “LEVANTAR CON PRECAUCIÓN”: la primera nueva, la segunda
golpeada y la tercera a medio triturar. Intento levantarla. La cosa es tan
pesada que me hace gruñir como si estuviera haciendo peso muerto. Con
una agarradera a ambos lados, lo saco del transportador y la coloco en el
suelo, con las ruedas hacia abajo.
Apretando el mango del rodillo, la levanto… y se rompe en mi mano.
Las manijas de la maleta se levantan como un tenedor roto.
Cierro los ojos y pienso en “la reseña más útil” de Amazon. “Parece
como cualquier otra maleta en el planeta. Con un mango de mier**”.
Touché. Pero es lo que es. Aunque, con suerte, es su maleta.
Camino a una banca, junto a unas viejas y destartaladas cabinas
telefónicas que bordean la pared del fondo. Abro la bolsa de identificación
y leo:
13
PENELOPE DARLING
125 E. BEACH POINT DRIVE
PORT FLAMINGO, FL 34102
Me muerdo el interior de la mejilla y gimo. ¿Qué tan lindo es ese
nombre? Jesucristo, vamos. Penny Darling. Además, no es una tarjeta de
presentación impresa como la mía, sino escrita a mano. Su escritura es
dulce, bonita y femenina, con grandes letras regordetas en un marcador
rosa brillante que sangra en la cubierta de plástico, por lo que tienen una
neblina a su alrededor como luces de neón. Y allí, al fondo.
Su número.
Anotación.
Puede que no sea mi movimiento más suave, pero lo tomaré. Saco
mi teléfono de mi bolsillo y la llamo. Mientras espero el tono de llamada,
decido mandar al infierno la suavidad y discreción. La quiero y necesito
que lo sepa.
Pero luego en mi oído escucho—: Red móvil temporalmente no
disponible.
Maldita señal, atascando mis planes. Así que trato de enviarle un
mensaje de texto.
Hola, soy Russ
Del aeropuerto.
Tengo tu maleta, y creo que tú tienes la mía.
¿Qué tal esa bebida?
Presiono enviar y me responden de inmediato con una fila de signos
de exclamación rojos y cuatro repeticiones de NO ENTREGADO. Qué.
Puta. Mierda.
Entonces noto que mi servicio celular cambia de una barra,
a Roaming, a Buscando servicio…
Saco mi chicle caliente de mi bolsillo sudoroso y saco una segunda
pieza. El chicle está extrañamente derretido incluso antes de que lo ponga
en mi boca.
Las opciones ahora son bastante simples: podría tocar base con el
tipo que me contrató para venir aquí o…
Pienso en esas líneas bronceadas, la curva de sus caderas. Ese
bikini. El brillo en sus rosados labios. La forma en que arrugó la nariz
cuando sonrió.
¿Por qué siquiera me lo cuestiono? Son las cuatro de la tarde. Una
mujer hermosa está en East Beach Point Drive con todas mis cosas. Y en
algún lugar de esta ciudad, apuesto a que hay un bar junto a la playa
con una jarra de margaritas con nuestros nombres.
14
Traducido por IsCris
Corregido por Anna Karol

El transporte de estacionamiento me deja en el extremo equivocado


del Área de Clase Super Económica, dejándome en una nube de biodiesel
que huele a papas fritas muy viejas y pasadas de cocción, pero no me
importa. Ni siquiera me importa que haya perdido mi pompón, o que mi 15
cabello se haya enredado en la almohadilla nasal de mis gafas de sol
cuando las puse sobre mi cabeza, o que mis sandalias se pegaran al
asfalto chisporroteante con cada paso que daba. Nada de eso me molesta
ni un poco porque todavía estoy nadando en él, absolutamente nadando.
Con sus ojos soñadores y su camisa rosa pastel y sus antebrazos.
Sus patillas. Sus bíceps. Su trasero.
Los pantalones de vestir. Esos eran especialmente bonitos. Eran de
color gris carbón y lana. Normalmente, la lana me haría pensar en un
caso inminente de erupción por calor, pero no en él. Sobre él, me hicieron
pensar en sexo en escritorios de oficina, carpetas de archivos volando y
grapadoras estrellándose contra el suelo. Me pregunto si llevaba bóxers
o calzoncillos cortos. O tal vez incluso calzoncillos bóxer.
Mis favoritos.
Arrastro mi maleta y rodeo una gaviota asaltando un pastelito de
chocolate. Pienso en cómo su mano rozó la mía, cómo fue fuerte pero no
tanto. Un poco agresivo, un poco arrogante, pero no demasiado. Solo lo
adecuado.
Pero tan delicioso como era, me mantuve fuerte. Me apegué al plan.
Prevalecí. Saco mi teléfono de mi sostén y abro mi calendario. DIETA DE
NO HOMBRES. DÍA 27 de 60.
Toda la idea es culpa de la revista Cosmopolitan, pero después del
año que he tenido, es una desintoxicación necesaria. No estoy segura de
lo que me pasó cuando llegué a los treinta años, pero es como si tuviera
alguna condición médica. Después de una conversación con un hombre
solía saber si era adecuado para salir, al igual que como sabes si el
recipiente de leche se ha estropeado al meter la nariz en él. Solía tener el
mismo tipo de sentido común sobre los hombres. Adecuado para salir
con él o no. Buenas noticias. Malas noticias. Pegajoso. Pene pequeño.
Pero entonces mi reloj biológico comenzó a sonar y ¡boom! Adiós sexto
sentido del hombre.
Pero ese Russ, con su toque de colonia y su rastrojo de barba, y su
mandíbula. Y su desenredarme.
Maldita sea esta Dieta de No Hombres. Maldita sea.
Meto la mano en el agujero negro de mi bolso para buscar mis
llaves. Lo primero que agarro es el soporte para auriculares, su soporte
para auriculares, que estaba metido en su bolso, probablemente justo al
lado de una pila de tarjetas de negocios con algún tipo de fuente varonil.
Consultor de seguridad privada, tal vez. Russell Lo que sea (insertar rama
de militar).
¡Un soldado!
Pennnnnnnny.
Levanto mi maleta en la cajuela de mi camioneta, balanceándola
en la compuerta antes de darle un buen empujón desde abajo para que
caiga dentro. Cierro la puerta trasera y me subo al asiento del conductor. 16
El asiento de cuero plisado abrasa la parte posterior de mis muslos,
haciéndome sentir como una pechuga de pollo fría golpeando una sartén
caliente.
Amo este lugar, lo hago. Es mi hogar, es todo lo que conozco. Pero
ciertas cosas (como el hecho de que te cocinarías vivo en un automóvil
estacionado y, sin embargo, no puedes refugiarte debajo de ningún objeto
que arroje sombra a menos que quieras pasar la próxima semana
raspando la mierda de las gaviotas de tu auto) sacan el romance del
paraíso.
Excepto que me siento mucho más caliente de lo habitual. Agarro
la parte delantera de mi vestido y lo agito para obtener un poco de aire.
Apuesto a que puedo desenredarte.
Dos es mejor que uno.
Vuelvo a meter mi mano en mi bolso y tomo mi agua refrescante de
pepino. Cierro los ojos y me doy media docena de chorros rápidos. Pero
no ayuda, porque no hace calor en la Costa del Golfo. Esto es un desastre
caliente. Y todo es culpa suya.
Todos mis intentos de distraerme de él (conducir demasiado rápido,
escuchar a Adele demasiado fuerte, detenerme por una cerveza de raíz
extragrande, con crema batida extra y no una, ni dos, sino tres cerezas)
fracasan miserablemente. No puedo dejar de pensarlo, y realmente quiero
volver a ver su trasero. El hecho de que esté aquí por negocios limita los
lugares donde podría quedarse. ¿Planea arriesgarse con una casa
rodante en el campamento de KOA? No puedo imaginarlo asando filetes
afuera de una caravana, pero si está en bañador no me importa
intentarlo, o puede que se quede en el Hotel Residence Inn. Quiero decir,
siempre podría emplear el auricular como excusa. Refrescarme el pelo,
darme unos cuantos chorros de pepino más y merodear por allí para
echar un vistazo... La Dieta No Hombres no especifica nada en contra de
merodear o echar un vistazo. Pero cuando me detengo en mi camino de
entrada, tengo que presionar pausa en mi fantasía. Porque hay algo
sucediendo afuera.
Y no suena bien.
Apago el motor y escucho. El ruido, sea lo que sea, ruge sobre los
chillidos de los niños pequeños que juegan en la playa, sobre el constante
husshhhhhh de las palmeras y el canto de las gaviotas. Mientras trato de
localizarlo; ¿es mecánico? ¿humano? demoníaco?, enrollo mis
auriculares en el soporte. Lo hago con cuidado, saboreando cada vuelta.
Pero, Dios mío, ese sonido. Conduzco una camioneta de último
modelo con un problema muy serio en sus frenos. No soy ajena a los
ruidos preocupantes. ¿Pero este? Este se lleva el pastel.
—¿Qué demonios? —murmuro y me deslizo desde el asiento del
conductor.
Suena como nada que haya escuchado antes. Suena como un disco 17
rayado del Come Galletas Canta Death Metal. A todo volumen.
Y viene de la casa de mi mejor amiga, justo al lado de la mía.
Preparándome para literalmente cualquier cosa, desde las gaviotas
atrapadas en su baño hasta el resultado final de su absoluta renuencia
a comprender que no puedes tirar las bolas de algodón en el inodoro,
camino por el pasillo entre nuestras casas. Su casa es el espejo de la mía,
pero mientras que la mía es blanca, la suya es de un tono rosado que
hace que la medicina para el estómago Pepto-Bismol se vea descolorido.
El ruido se hace más fuerte a medida que avanzo por el camino y tengo
que taparme los oídos cuánto más me acerco a la fuente de lo que sea
que es. Me destapo brevemente uno de los oídos, para abrir la puerta
trasera, y es suficiente para hacerme sentir que mi equilibrio se ha vuelto
loco. Paso por la puerta y llego a lo que Maisie llama “la terraza”, en la
gran tradición de “Las Chicas de Oro”, pero lo que todos los demás en el
mundo llamarían “el patio”.
Ella está parada sobre un pie en una pose de árbol muy
tambaleante. Sobre su esterilla de yoga hay una jarra con su habitual
ron con coca cola de las 4:30 (con tanto ron que parece que la mitad del
hielo ya se ha derretido), y con un trozo de regaliz rojo en lugar de una
pajilla.
Agarro su teléfono, enchufado a sus parlantes y presiono pausa. El
ruido, afortunadamente, se apaga, y en la pantalla, veo la portada del
álbum “Joys” de Tibetan Throat Singing, Volumen 1.
—Jesús —dice, cayendo de la postura del árbol—. Namaste para ti
también. Ten un poco de respeto por la hora feliz de yoga, ¿no?
—¡Bienvenida a casa, Penny! ¡Oh, gracias! ¿Cómo estuvo tu viaje?
¿Cómo está tu abuelo? Está simplemente genial, pero en el camino a casa
tuve que sentarme al lado de una señora que olía a champiñones y no
dejaba de pedirme que la ayudara con su Sudoku. Oh, lo siento mucho.
Sé que el Sudoku hace que tus ojos se crucen. Aparte de eso, ¡perfecto!
Maisie me fulmina con la mirada. —Da igual, da igual. ¿Cómo va
la dieta?
Tenía que intentarlo. —Día veintisiete y el carro sigue rodando.
Ella se inclina y olfatea. La mujer tiene un sentido sobrenatural de
los hombres. —¿Huelo a colonia?
—No, a menos que la hayas añadido a mi espray de pepino. —
Recojo del piso un armadillo de peluche desfigurado y un pavo casi sin
relleno, junto con una pelota de tenis a la cual le falta la mitad de su
fieltro. Los pongo todos en la cama del perro y lo clavo entre mi brazo y
mi cadera, como un taco de espuma gigante.
—Oh —dice Maisie, levantando los brazos para hacer la pose de la
luna—. Por cierto, ese tipo… ¿cómo se llama...?
En ese instante, mi corazón hace un galope irracional a través de
mi pecho. Aprieto la cama del perro aún más fuerte, enviando un rocío 18
de pequeños pelos de perro a los rayos del sol poniente. —¿Russ?
Es la primera vez que digo su nombre en voz alta. Es uno de esos
nombres increíblemente masculinos, como Jack o Nick, pero aún mejor,
porque suena como si estuvieras gruñendo. Rrrrrussss. Como luchar o
susurrar, como luchando en las sábanas susurrantes.
Señor. Podría estar en verdaderos problemas aquí.
Maisie toma un trago muy respetable de su Cuba, el tipo de
movimiento que Hemingway le habría ofrecido para que disparara
después. —No, Tom o Dan, ya sabes. ¿El tipo que trabaja en la
aseguradora? A quién vimos bailar en línea... —Sus dedos se disparan
entre comillas—, “con su hermana.” —Cada palabra recibe un meneo
dramático. Que viva la reina de las comillas de miedo.
A mi favor, solo hay un chico del que podría estar hablando, pero
prefiero no hacerlo. —No tengo idea de a quién te refieres.
—Se pasó por aquí —dice, doblándose en un perro hacia abajo—.
Steve o Chad. Imbécil. Lo que sea. Como se llamaba el último.
Como dije, la Dieta de No Hombres es un mal necesario. —Por
favor, no me digas que intentaste la rutina de azúcar en el tanque de gas
de nuevo. ¿No miraste el video de YouTube que te envié? Es peligroso,
Maisie. Peligroso.
Niega con la cabeza, como si yo fuera tan, tan adorable. —Le dije
que tomara su póliza complementaria y se la metiera en el trasero, y que
si alguna vez volviera a ver su rostro bien afeitado y de dos tiempos por
aquí, le…
Existe algo llamado demasiada información, así que presiono
reproducir y la casa se llena de cánticos agitados nuevamente. —¿Dónde
está Guppy? —grito.
—¡Dormitorio! —grita, y luego se lanza en un triángulo totalmente
al azar, balanceando su codo sobre su rodilla para poder seguir bebiendo
a través de su pajita regaliz. Pero cuando me giro para irme, grita—:
Penny, cariño. Realmente creo que viene un hombre. Puedo sentirlo en el
aire.
Es como tener un capitán de velero como mejor amiga, en alta mar
y del peor grupo de piscina de citas del mundo. Estoy casi segura de que
no vendrá ningún hombre. E incluso si lo hay, lo resistiré como la última
galleta en el frasco.
De todos modos, un hombre viniendo. Pfffft. —Probablemente solo
Norm el mensajero —le grito, y luego me dirijo por el pasillo para buscar
a Guppy.

19
Traducido por Gesi & Ivana
Corregido por Anna Karol

Port Flamingo podría ser el hogar del primer aire acondicionado,


pero también es, aparentemente, el único lugar en los cuarenta y ocho
estados en donde no funciona Google Maps. Por lo que, después de un
desvío bastante largo y complicado a lo que terminó siendo una fábrica 20
de maniquí abandonado (ahora entiendo exactamente a qué se refiere la
gente cuando dice “nunca seré capaz de dejar de ver eso”) finalmente giro
en East Beach Point Drive y sigo los buzones desde el ciento uno.
Estoy acostumbrado a paredes grises e incluso cielos aún más
grises, desvanes modernos con balcones bastante incómodos y personas
que evitan conversar con extraños. Este lugar no podría ser más
diferente. En un patio hay dos niños rociándose entre sí con pistolas de
agua. Un perro salta sobre un aspersor tratando de detenerlo con la boca.
Un patio más allá, una pareja de ancianos se sienta en un columpio que
cuelga en su porche. El hombre me saluda mientras su esposa le agarra
el brazo y presiona su mejilla contra la manga de su camisa a cuadros.
Es como un universo paralelo. La luz es diferente. El ritmo es diferente.
Los colores son diferentes. La gente es diferente.
Y también, santa mierda, lo son los buzones.
No son los buzones en sí mismos los que llaman mi atención, sino
lo flamencos unidos a cada uno de ellos. Algunos están en el suelo, pero
otros están atornillados a los postes con grandes tornillos sobre sus
gargantas de plástico.
Paso el ciento veintiuno, el ciento veintitrés y me detengo frente al
ciento veinticinco. Es una casa pequeña, limpia y blanca situada en un
predio, alejada de la calle. Al lado hay una pintada de un jodido rosa
inductor de convulsiones, por lo que no me fijo en ella. Mantengo mi
atención en la de Penny, donde no hay flamencos falsos a la vista. O el
SUV de un tipo con un kayak atado a la cima. Punto extra.
Me detengo en el camino de arena junto a un Bronco azul claro que
quizás es de a finales de los ochenta o principios de los noventa.
Compruebo dos veces no tener perejil en los dientes y abro la puerta.
Mientas lo hago, le echo un vistazo al interior de su Bronco. Hay un lei
hawaiano de plástico colgando del retrovisor y una bailarina de hula en
el tablero. El auto está desordenado, pero no sucio. Simplemente es un
completo caos. Pero allí, en el medio de todo, en el portavasos, está mi
porta auriculares con uno de los pares que desenrollamos bien amarrado
con la tapa puesta.
Abro la puerta trasera de mi coche rentado. No sé qué demonios es
ese ruido, ¿una fábrica de grava? Pero lo ignoro. Tengo una misión y ni
siquiera ese horrendo sonido me distraerá de conseguir lo que quiero.
Meto la manija telescópica de plástico en mi bolsillo y saco la maleta del
asiento, usando la manija de tela en el costado. Mientras rodeo la esquina
y me dirijo por su camino, hago todo lo posible para no dejar que mi
lenguaje corporal grite: Santa mierda, esta maleta es muy pesada, y
camino tan suavemente como puedo hasta el escalón delantero. Los
sonidos agravantes de la puerta de al lado se detienen de repente, las
persianas del vecino se separan en el medio y un ojo curioso aparece. Le
doy al vecino entrometido una sonrisa y la brecha en las cortinas se
cierra. Paso por detrás de los setos del porche de Penny. Allí a la sombra
coloco la maleta junto a la puerta. Entonces me enderezo el cuello y
21
presiono el timbre.
Suena y se ilumina debajo de mi dedo. Hay un sonido galopante
seguido de un resoplido y movimiento debajo de la puerta.
Definitivamente un perro. Inhala largo y lento, luego lanza un gran
gruñido, tan fuerte que hace que una nube de polvo salga disparada del
umbral. Penny silba desde algún lugar en la casa y el perro corre hacia
ella. Y entonces escucho sus pasos. Acercándose a mí.
Me aclaro la garganta. Intento acomodar mi juego semi fuerte. No
demasiado fuerte. No modo bastardo engreído, pero lo suficientemente
fuerte como para que sepa exactamente lo que quiero.
Lo cual es ella. Definitivamente.
Pero entonces abre la puerta y mi juego se desmorona. Estoy
jodidamente mudo. Ahora no solo está con la parte superior del bikini,
sino en todo el asunto. Parte superior e inferior rosa brillante, bronceada
y desnuda en todas partes. Curvas hermosas, estómago suave y escote
precioso. Sin tatuajes que pueda ver.
Aún.
—Oh, Dios mío —dice cuando me ve, y se cruza el antebrazo sobre
sus senos. Se para detrás de la puerta para ocultar su piel desnuda—.
¿Qué haces aquí?
—Intenté llamar. Y enviar mensaje.
Se ve completamente confundida. Casi puedo leer los
pensamientos fluyendo por su cabeza. ¿Cómo demonios…?
—Esto es tuyo. —Miro la maleta—. Conseguí tu dirección del
inserto.
Sus ojos se clavan en el pompón. —Oh, Dios mío. No de nuevo.
—¿Reincidente?
—¿Por qué compré esa maleta? —Presiona los dedos sobre sus
sienes, pero está sonriendo, como si estuviera enojada pero también
divertida—. Mañana iré a T.J Maxx y me compraré una de esas horribles
maletas rosa con los lados duros. Lo siento tanto.
—El número uno en ventas de Amazon. Tú, yo y el resto de América
tuvo la misma idea.
Resopla. —Aunque también recuerdo algunas críticas bastantes
mordaces…
—Hablando de eso, tuvimos una baja. —Le entrego la manija. Sus
dedos rozan los míos cuando la agarra.
La gira sobre su palma y luego me da una mirada de arriba a abajo
mientras sacude la cabeza y hace un ruidito de tsk-tsk. —Me rompiste la
maleta y me seguiste a casa. No sé sobre ti.
Pero sus ojos dicen que sabe exactamente lo justo. Joder, sí. 22
—Por el lado bueno, obtuve tu número. —Paso los ojos por la curva
de su ombligo—. No te lo dije antes, pero siempre obtengo lo que quiero.
De una u otra forma.
—¿Siempre? —El tono de su voz me dice que es un desafío.
—Malditamente siempre.
Se toca los labios con dos dedos, midiéndome. Y luego se aleja de
la puerta, la curva de su cuerpo capta la puesta de sol desde atrás.
Siempre.
—Traeré tu maleta. Entra. —Sus cortas uñas rosas agarran la
puerta mientras la abre más ampliamente para que pueda ver aún más
de ella. Ese cuerpo es un maldito diez. Necesito poner mis manos sobre
él.
—No quiero molestarte.
—Es lo menos que puedo hacer por robarte las cosas.
—No seas tan dura contigo misma. Robar es una palabra bastante
fuerte.
Se coloca la mano en la cadera. —¿El pompón? ¿Las etiquetas? ¿De
qué otra forma lo llamarías?
—No lo sé. Tal vez estabas… —Arrastro mi mirada hacia arriba y
abajo por su cuerpo una vez más—. Distraída.
Sonríe y se ríe, y vuelve a jugar con su collar, como lo hizo en el
aeropuerto. —Tal vez. No puedo imaginarme por qué.
—Exactamente. Entonces, ¿qué tal una cena?
La estrella de mar se detiene y presiona sus pequeños brazos de
plata con la punta de sus dedos. —¿Esta noche?
—A menos que tengas planes, o que algún otro tipo esté
merodeando alrededor para desenredar tus auriculares.
Aparta la mirada y suspira. Luego se reagrupa y me vuelve a mirar.
—En realidad, no tengo planes. Y no, no hay nadie más aquí para
desenredar mis auriculares…
Demonios, sí.
—… o a mí.
Cristo.
Excepto que entonces me hace una seña con la mano, como si
acabara de recordar algo importante. —No, no, no. Realmente no puedo.
Estoy en una dieta de No Hombres. Lo siento.
—No me importa en lo que estés —digo, porque hay un brillo en su
expresión. Sus palabras me están alejando, pero todo lo demás me está
atrayendo, su lenguaje corporal, su escote, todo. Por lo que decido ir
directamente a por ello—. No me iré sin un sí. —Acerco la maleta a mi
cuerpo—. Cena conmigo y recuperarás tus cosas.
23
Sus cejas se elevan y abre la puerta aún más, empujando los
hombros hacia atrás y luciendo indignada. Como beneficio adicional,
obtengo la vista completa. Los lazos en la parte inferior del bikini hacen
juego con los de su cuello.
Hombre, oh, hombre, oh, hombre.
—Lo siento, ¿estás usando mis cosas como rehenes?
Apoyo el antebrazo en el marco de la puerta y me acerco. Giro mi
goma de mascar entre mis dientes frontales. Cuando más me acerca, más
se me acerca, hasta que estamos enfrentados con apenas una distancia
del tamaño de una mano. —Todo lo que estoy haciendo es negociar.
Tienes algo que quiero y planeo obtenerlo… Penny Darling. —Pero no lo
digo como un nombre. Lo digo como si lo dijera en serio. Penny, cariño1.
Se aleja y gira su mejilla en mi dirección. —Dios, sabes, nunca he
oído eso. Nunca en mi vida.
Hombre, amo ese descaro… y ese culo, el que ahora se destaca aún
más con la puesta de sol. Muslos sexys, suaves y curvos. —Supuse que
sería la primera vez. Pero, ¿qué tienes que perder? Pagaré, y no muerdo.
A menos que quieras que lo haga.
Su boca cae abierta. —Bueno, no pierdes el tiempo.

1 Darling se traduce como “cariño”, de ahí la expresión de Russ.


—Nunca.
Nos quedamos así, en un juego de no parpadear. Jodidamente
intenso, jodidamente fantástico. Por fin se rinde, rompiendo la tensión
con un parpadeo sexy y lento. —De acuerdo, bien. ¿Te gustan los
mariscos?
Preferiría una hamburguesa, pero a la mierda. —Agrega unas
margaritas y listo.
Abre la puerta un poco más, no tan descarada ahora. —Entra. Me
cambiaré. —Se gira y se aleja, el material de su traje de baño se agrupa
a lo largo de su trasero de la manera más increíble. Entonces me mira
sobre su hombro y agrega—: Probablemente deberías sentarte.
—Estoy bien. —Entro y pretendo estar más interesado en su cocina
que en su cuerpo. La cocina es, al igual que ella, luminosa y linda. Hay
platos multicolores apilados en los gabinetes detrás del vidrio esmerilado.
Desordenado, seguro, pero como un verdadero hogar. Bien amado y
cuidado. Hay imágenes pegadas con imanes en cada milímetro del
refrigerador, mostrando una vida feliz y plena, tan jodidamente diferente
a la mía.
—No, realmente deberías sentarte —dice mientras se mueve para
abrir una puerta—, porque voy a dejar salir al perro.
Cuando el perro entra a la habitación, lo único en que puedo
pensar es, mierda, ese es un oso polar. Le da un par de palmadas en el 24
lomo. Del modo en que las personas lo hacen con, ya sabes, los caballos.
—Este es Guppy.
—Hola, chico. —Extiendo mi mano para que pueda olerme.
Sus patas traseras están a la altura de su cintura y su cola es tan
gruesa como un bate de béisbol. Sus ojos lucen caídos, rojos debajo.
Pienso en la mención de la Dieta de No Hombres, y en que me sometió a
un interrogatorio sobre si estaba casado, separado o en una relación
complicada. Guppy parpadea, como si ya hubiera tenido suficiente de
esta mierda de encuentros-que-no-son-citas-con-hombres.
Da unos pasos hacia mí, y un chorro de baba se balancea desde su
papada izquierda como cera de vela.
Ella lanza algo por el aire, y aterriza en mi pierna. Cuando lo
levanto, me doy cuenta de que es un paño de cocina. —¿Para qué es esto?
—Lo necesitarás para tus pantalones porque él babea. Mucho.
Vuelvo enseguida. —Y luego se apresura por el pasillo, caminando
apresurada, mientras Guppy la persigue, haciendo temblar la casa como
si fuera a ser demolida en una estampida. Una puerta cruje y luego se
cierra. Entonces creo que escucho que se abre una ventana, y estoy casi
seguro de que la escucho decir—: ¡Sé que es un hombre! ¡Shhhh!
Miro alrededor de la habitación. Tiene luces navideñas decorando
la parte superior de una estantería, y veo que los cables debajo de su
decodificador de cable son un desastre absoluto, lo que me hace sonreír.
Los libros, sin embargo, están perfectamente ordenados. Hay muchos
libros de cocina y diferentes tomos de bolsillo con lomos rotos, pero en el
estante superior veo una fila de volúmenes encuadernados en cuero. Me
inclino y entrecierro los ojos. No lo puedo creer. Es una colección
completa de Dickens.
Me levanto del sofá y miro, deslizando los volúmenes verdes de uno
en uno. “Casa Desolada” tiene orejas de perro como separador. “Los
papeles póstumos del Club Pickwick” está marcado con señaladores. Hay
un corazón al margen de “La pequeña Dorrit”, al lado del pasaje sobre el
circunloquio.
Con un cuerpo como ese y le gusta Dickens. Joder, sí.
Vuelvo a sentarme en el sofá otra vez, deslizando uno de mis brazos
sobre el cojín a mi lado. Dejo caer la cabeza hacia atrás y veo el ventilador
de techo girando arriba, con su cadena haciendo un suave crac, crac,
crac.
Pero luego escucho el ruido de enormes garras prehistóricas que
golpean el piso de madera. Guppy se acerca. Y luego se queda mirando.
Y no se detiene.
Es la mirada inexpresiva que he visto en los jefes de la mafia de los
programas de detectives. Como una mirada de Tony Soprano, de ojos
lentos, la mirada fija del tipo dame-el-maldito-dinero.
25
—Hola... chico —digo, tendiéndole la mano.
Parpadea, muy, muy lento y luego da unos pasos hacia mí, hasta
que su enorme cabeza está justo por encima de mi rodilla, y sus ojos
están casi al nivel de los míos. Alrededor de su cuello hay un gran collar
de cuero, tan grueso como mi cinturón, tachonado con seis estrellas
plateadas, como las insignias del sheriff del Lejano Oeste. Una gota de
baba cae de su mejilla derecha, y aterriza de lleno en mis pantalones.
Formo una bola con el paño de cocina y empiezo a tocar su boca,
como hacen los managers con los boxeadores.
Él responde esto con un gruñido que emana de lo profundo de su
enorme cuerpo. Suena casi como un camión de basura acercándose por
la calle. Me detengo con el paño de cocina a punto de tocar su mejilla.
Hombre, sé una o dos cosas sobre huir o pelear, y cien mil años de
evolución humana me dicen: Es mejor que te levantes, Macklin. Ahora
mismo.
Entonces lo intento. Pero tan pronto como planto mis manos en el
sofá, el gruñido se vuelve más fuerte. El camión de basura se acerca.
Me detengo, a mitad de movimiento, mi trasero a medio camino de
los cojines. Frunce sus enormes labios, cada bigote en atención. Y me
vuelvo a bajar. El gruñido se detiene.
—Está bien —digo—. Estamos completamente bien. Lo que
quieras.
Sus ojos son enormes y de un azul misterioso. Y hay pensamientos
en esa cabeza, no tengo malditamente duda de eso. Grandes
pensamientos. Pensamientos filosóficos. Pensamientos de seguridad en
el hogar. Pensamientos como: ¿Qué demonios estás haciendo en nuestra
casa?
—La llevaré a cenar —explico—. Solo a cenar.
Mientras digo la palabra, se lame los labios, su gigantesca lengua
rosa se ondula sobre su boca, sobre su nariz y vuelve a entrar. Echo un
vistazo a sus dientes y recuerdo las visitas de la infancia al Museo de
Historia Natural, a la exhibición de depredadores y carnívoros de la Edad
de Hielo.
Luego me da un gran eructo varonil, que llena el aire con un olor a
Cheerios mojados.
Se abre una puerta con un chirrido. Guppy me mira una vez más
“te estoy observando, amigo” y luego cae al suelo, acariciando mi zapato
con su enorme hocico. Cierra los ojos de golpe y rueda de costado,
golpeando el suelo con su cola de tronco de árbol. Me muestra su barriga
moteada, y su lengua sale alegremente, como si todo este tiempo no
hubiéramos hecho nada más que frotar su barriga. Luego coloca su
cabeza de modo que quede frente al pasillo. Y espera a que aparezca
Penny.
El perro es un jodido genio. 26
El rostro de Penny se ilumina de la manera más hermosa cuando
lo ve a mis pies. Si antes pensé que estaba bonita, ahora se ve
absolutamente increíble. Se ha cambiado a unos pantalones cortos
blancos, una camiseta negra sin mangas y un collar largo de oro que se
acurruca entre sus senos. Su maquillaje es más oscuro y travieso, y algo
ligeramente brillante hace que sus pómulos brillen.
Jodeeeeeeeer.
—¿Se comportó? —susurra. Se lleva la mano a la boca y baja la voz
aún más, apoyándose en mí confidencialmente—. ¿Algún gruñido?
Los ojos inyectados en sangre de Guppy se conectan con los míos.
Una palabra: intimidación.
—No, todo muy bien. —Le sonrío y toco la cucharada de baba en
mi pierna. Guppy se rasca el lomo en la alfombra otra vez, y Penny le da
una palmadita.
Toma un puñado de golosinas de un frasco y las deja caer en una
enorme cama en la esquina de la sala de estar, que cuenta con un
armadillo de peluche sin rostro empapado en baba y un pájaro de peluche
decapitado, sin un ala. Guppy se acerca pesadamente y come el puñado
de golosinas en una pasada, aplastando el fondo de vellón de su cama.
Luego se sienta, mastica y la observa hasta el último movimiento. Cuando
se aleja de él, su mirada vuelve a mí. Si no la tratas bien me orinaré en
tus zapatos.
—¿Vamos? —pregunto y me pongo de pie.
Guppy eructa en mi dirección otra vez. Penny levanta el control
remoto de la mesa de café, dándome un vistazo malditamente perfecto de
lo que hay bajo su camiseta sin mangas y me muestra un pequeño sostén
blanco con margaritas. Joder. No estoy seguro de si sabe que estoy
mirando, ¿quién está babeando ahora? Pero coloca suavemente la mano
en su camiseta para ocultarlo. Femenina, sí. Pero también jodidamente
trágica.
Enciende la televisión y un programa sobre la naturaleza llena la
pantalla. Es un documental sobre morsas en guerra, y sube el volumen
a 4, 5, 6. Guppy se acomoda y coloca su enorme cabeza en el costado de
su cama, comprimiendo la gomaespuma en el piso.
“Las morsas macho alfa luchan por sus parejas cada primavera,
defendiendo sus derechos de aparearse con su harén”.
Las orejas de Guppy bajan, y de perfil miro el área de sus cejas
surcarse, como si estuviera pensando: Un harén, qué interesante.
Genio, genio total.
—¿Todo listo? —pregunta.
Le ofrezco mi brazo y ella lo toma. Huele a vainilla y se ve como el
cielo.
Este viaje fue de negocios a placer en un instante. Incluso con la 27
baba del perro filtrándose en mis pantalones.
Traducido por Val_17
Corregido por Anna Karol

El lugar más bonito de la ciudad, si no cuentas el camión de tacos


que se estaciona detrás de Ace Hardware los lunes y miércoles, es Lucky’s
Seafood Shack, en Old Pier. Le doy indicaciones rápidas a Russ hasta el
final del puerto. De alguna manera, me las arreglo para evitar resoplar 28
cuando menciona—: ¿Sabes que Google Maps no funciona aquí? —Y lo
dirijo al área de estacionamiento de la playa. No está lejos en absoluto, y
me imagino que, si realmente vamos por las margaritas, podemos
caminar de regreso. Preferiblemente de la mano, en la brisa, mientras el
sol se pone, proyectando largas sombras en nuestras filas de huellas,
como algo salido de una tarjeta del día de San Valentín. Gimoteo.
Desde mi bolso, suena el teléfono. Bajo la vista para ver una serie
de mensajes de Maisie transmitidos en la pantalla. Palabras como dieta
y hombre y mandíbula aumentan las notificaciones, también cosas como:
No voy a mentir, se ve muy bien en rosado.
Tiene cien por ciento de razón en eso. Me ajusto las gafas de sol y
me acomodo en el enorme asiento de cuero lujoso. Resulta que soy una
verdadera fanática del rosado, y él lo lleva como solo un hombre de verdad
puede hacerlo. —A la izquierda en la señal de “alto”, y llegamos allí.
Espera a que pase un carrito de golf, yendo en la dirección opuesta,
su mano apretada en la cima del volante. Ni siquiera está haciendo algo,
solo conduce, pero ya me siento agitada por él. Cuando gira a la
izquierda, sus antebrazos se ondulan y flexionan.
Adele, ¿estás ahí? Soy yo.
Se detiene en un espacio de estacionamiento, tocando la parte
delantera de su Suburban contra la hierba de las pampas. Se endereza
en su asiento y mira hacia el océano. —¿Viejo es la palabra obrante en
Old Pier?
Es verdad. —Las grandes señales oxidadas que sobresalen del
océano no tienen el mismo romance, ¿verdad?
Se frota la mandíbula con su enorme mano, haciendo un ruido de
raspado cuando su palma se roza contra el rastrojo. Quiero saber cómo
se siente eso. A lo largo de mi garganta. Por mi estómago. Entre mis
piernas.
En todas partes.
Pero entonces se voltea hacia mí. —¿Es aquí donde ocurrió esa
horrible mierda con las medusas?
Uh-oh. No las medusas. No más con las medusas. —No tengo ni la
más remota…
Pero va tras las pistas. Podría parecer alguien que posa a la luz de
la luna para portadas de libros, pero claramente no es ningún tonto.
Apaga el motor. —Eso era, ¿verdad? ¿Medusas? Tengo una tía por aquí y
solía enviarme fotos. Joder. ¿De qué se trataba todo eso?
Por supuesto, puedo decirle exactamente de qué se trataba; sin
embargo, Wikipedia puede hacer un mejor trabajo que yo. Debería
saberlo, porque escribí el maldito artículo. Y no es una historia que esté
particularmente interesada en contar. 29
No otra vez.
Así que sigo adelante y saco el teléfono de mi bolso.
Milagrosamente, tengo una barra de señal, y no pierdo la oportunidad de
preguntar—: Siri. ¿Qué dice Wikipedia sobre Port Flamingo, Florida?
La línea de pulso pensante destella en la parte inferior de la
pantalla, y responde con—: Port Flamingo, Florida, tiene una población de
21.154 habitantes. Su elevación es de casi un metro sobre el nivel del mar
en su punto más alto y más de tres metros bajo el nivel del mar en el Parque
Estatal de Great Soda Lake, el único parque de vida silvestre protegido
federalmente que fue el resultado de un desastre provocado por el hombre.
Russ suelta un gruñido de preocupación. Levanto un dedo.
—La ciudad en sí fue fundada en 1853 por marineros náufragos,
que luego murieron de sed y hambre. Se le conoce como el hogar del primer
aire acondicionado, aunque los historiadores han disputado esta
afirmación por no haber ningún fundamento verídico que lo avale…
Por supuesto, sé todas esas cosas, pero él escucha con gran
atención, parpadeando ocasionalmente, mientras sus gruesas pestañas
rozan sus hermosas mejillas.
Pero luego Siri se pone manos a la obra. Mal asunto. —En 2012,
Port Flamingo fue hogar de la marea roja más grande en la historia de la
región de la Costa del Golfo, causada por una eclosión de algas rojas, que
luego desencadenó un florecimiento masivo de krill, y finalmente una
afluencia de la rara y letal medusa Pinprick Laotian. Conocidas
comúnmente como medusas de cianuro, son los invertebrados más letales
en el océano. Durante cuatro meses, invadieron la costa de Port Flamingo,
paralizando completamente el puerto, cerrando las playas y obligando a
todas las operaciones de pesca turística a trasladarse a aguas más
amigables. Aunque las medusas se fueron más tarde ese verano, el daño
económico y ecológico al condado continúa. La población total de la ciudad
se desplomó de casi cincuenta mil a apenas veinte mil.
Desafortunadamente, justo cuando las condiciones comenzaron a mejorar,
dos tiburones fueron liberados accidentalmente del Acuario de Tampa Bay
y nadaron hacia el sur hasta Port Flamingo. El 9 de junio de 2013, un
pescador perdió su…
—Oh, mierda —dice Russ contra su puño.
Silencio a Siri. Puedo ver que ya tiene lo esencial, lo cual es bueno.
Si piensa que la situación con esas estúpidas medusas es mala, la
descripción del ataque de tiburones y la historia del Great Soda Lake lo
harían correr directo a un vuelo de regreso de donde sea que vino tan
rápido que no sería más que un difuso borrón de rosa y gris.
Dejo caer el teléfono en mi bolso. —Vamos a mostrarles a esas
margaritas quién manda.

30
Traducido por Bells767
Corregido por Anna Karol

El lugar se encuentra en un antiguo container, enterrado en la


arena, con ampolletas descubiertas colgando de sus cables sobre las
mesas. En un lado del container se encuentra la palabra LUCKY’S, pero
alguien grafiteó un “UN” delante de ella. 31
—Desafortunado2, ¿no? —dice.
Me giro hacia ella y tiene una mirada en su cara como si me
acabase de tirar una pelota y esté esperando a ver si puedo devolverla. —
Indudablemente.
—¡Heyooo! —Hace un sonido de un bombo, ba-dun-dun—.
Estaremos aquí toda la semana.
Dejando a un lado las bromas y el sentido del humor adorable, el
graffiti no es la parte preocupante, al menos no desde donde me
encuentro. La parte realmente preocupante es que incluso desde el
estacionamiento puedo notar que no voy a ser capaz de encontrar una
hamburguesa aquí aunque mi vida dependiera de ello. En la pizarra de
tiza grande veo: Camarones jumbo (apanados o con mantequilla de ajo),
Pargo colorado (pesca del día) y Ostras de labios azules (salsa a elección).
Jesús.
Pero es tan linda que no importa. A la mierda la cena, tengo hambre
de ella. Baja el visor y revisa su labial en el espejo, sacando un poco los
labios en una forma que me mata y luego se mueve para abrir la puerta.
—No, no lo harás. —Entro en acción y rodeo el carro. Le abro la
puerta y me mira boquiabierta, sonriendo.

2 Lucky se traduce como “afortunado”, y unlucky como “desafortunado”.


—Vaya, ¿no es eso agradable?
—Madame. —Le ofrezco mi mano, como los hombres a las mujeres
para cruzar charcos en las películas antiguas. No solo me da su mano,
sino que la deja ahí. Por unos tres segundos nos tomamos de las manos,
viendo a los ojos del otro, mientras la puerta suena para decirme que dejé
las llaves puestas. Mantiene su mano en la mía, se gira y se inclina dentro
del carro. Mientras se estira a buscar las llaves, me da la vista más
sensual de todo su cuerpo, toda su forma de reloj de arena. Su trasero
está justo ahí, a una distancia agarrable.
Quiero pellizcarlo (y un montón más que eso), pero me resisto. Pone
mis llaves en mi mano y las deslizo en mi bolsillo. Nos dirigimos del
estacionamiento a la playa y se saca las sandalias.
Sus pies descalzos se deslizan en la arena y me sonríe. —No me
malinterpretes; te vez muy bien en esos pantalones, pero ¿no tienes calor?
Calor. —Estos calcetines son de cachemira. Calor tenía hace horas.
Se peina su trenza y la puesta de sol hace que su escote brille. —
Sácate los zapatos, entonces. Vive un poco.
Miro hacia mis zapatos de vestir. —¿Y qué? ¿Caminar en mis
calcetines de trabajo?
Se ríe disimuladamente, pero luego se pone seria. —Tiempo de
trabajo, calcetines de trabajo. 32
Una referencia de Los Conchords, y una insinuación no tan sutil
sobre los planes para después de la cena que han estado formándose en
mi cabeza desde el momento en que salí de la escalera mecánica y la vi.
Me gusta esta chica. Mucho.
Así que me saco mis zapatos de vestir y mis calcetines. Parpadea
un poco y se ríe a carcajadas. —¿Pasas mucho tiempo bajo techo?
Es despiadada y no me importa. —¿Me estás llamando pálido?
Vuelve a poner sus lentes de sol en su cabeza y se enredan en su
cabello. Hace unos movimientos poco entusiastas para liberarlos, pero se
da por vencida y se tapa los ojos. —¡Me están dejando ciega!
—Calla. No todos podemos estar bronceados y ser hermosos.
Cierra su boca de inmediato, como si la acabase de sorprender, lo
que me gusta completamente. Caminamos juntos por la arena y elige una
mesa cerca de las olas. Le saco una silla de plástico y se sienta, mirando
por sobre su hombro hacia mí mientras pone su bolso en la arena, a sus
pies. Tomo la silla opuesta a la suya y me siento.
Pero apenas mi trasero toca la silla, comienzo a hundirme.
Y hundirme.
Y hundirme.
Cada vez que intento desenterrarme (haciendo un maldito
movimiento incómodo que requiere tirar de mi silla mientras intento
levantarme con mis piernas al tiempo que mis pies también se entierran
en la arena), me hundo aún más. Es como si mi peso y las patas de la
mesa estuviesen intentando ahogarme en la arena. —Esto es como algo
sacado de Indiana Jones.
—Una vez vi un documental de lo que les pasó a los dinosaurios.
Era algo igual a esto —agrega. Sus ojos comenzando a brillar con
lágrimas por su risa.
Más o menos cuando estoy al nivel de sus pechos y sigo
hundiéndome, me agarro de la mesa de plástico, intentando mantener
algo de masculinidad. —Este lugar es genial.
Eso le da un ataque de risa. Es un temblor silencioso y maravilloso
y lleva su barbilla a su garganta. Ya no es hermosa.
Es absoluta y malditamente perfecta.
—Te ríes porque no te estás cayendo —digo, contagiándome con la
risa, algo que no ha pasado en años. Intento desenterrarme y boto una
salsa picante de la mesa.
—Nunca… he visto… nada… así. —Sus palabras están
entrecortadas por su risa. Inhala con fuerza y se limpia algunas
lágrimas—. Dicen que mientras más te mueves, más rápido te hundes.
Intenta mantenerte quieto.
Lo hago y no ayuda ni una mierda. Esta arena movediza me está 33
tragando.
Atrás mío escucho una especie de ruido y me giro mientras
desciendo aún más en el abismo.
—Te traeré un pedazo de madera —ronca la voz de un hombre—.
Estas malditas sillas. Eso es lo que gano por ser tacaño. Lo siento,
hombre. —Es enorme, robusto y corpulento como un hipopótamo, con
un tatuaje en su brazo que dice LUCKY.
—Eso sería genial, Lucky. Gracias. —Penny se toca las mejillas con
una servilleta.
Lucky guiña de una forma que me hace pensar que probablemente
se ha pasado la mitad de su adultez siendo Popeye en fiestas infantiles.
Luego, pone en la mesa un canasto del que sale vapor y tiene un muy
fuerte olor a pescado.
—Calamar a orden de la casa. ¿Margaritas?
—Sí, por favor —Penny le entierra un tenedor que sacó de su rollo
de la servilleta a uno de los círculos fritos—. Yo quiero mango. Congelado.
Con borde de azúcar.
—¿Y para usted, señor? —pregunta Lucky—. Madera y…
—A las rocas, y sal.
—Ya vienen —dice.
Ya sea porque el peso de Lucky ralentizó la reacción de la arena
movediza o porque llegué a una roca, alcanzo un equilibrio. Sí, tengo que
mirar hacia arriba para poder verla, pero al menos ya no me estoy
hundiendo.
Miro hacia la canasta, a los tentáculos cortados y apanados,
tirando vapor.
Jesús.
Pero no quiero ser débil. No quiero que piense ni por un maldito
segundo que soy mañoso. Así que le entierro mi tenedor a un par de ellos
y los pruebo.
Sorprendentemente, están bastante buenos. No están chiclosos y
tienen una cobertura sabrosa. Ella exprime un limón en la canasta y saco
otro.
—Entonces, ¿qué te trae a Port Flamingo? —pregunta, poniendo
sus codos en la mesa.
De verdad es tan hermosa. He conocido a muchas mujeres, pero
hay algo de ella que es tan honesto, tan simple, tan puro y, al mismo
tiempo, tan malditamente travieso. Su collar brilla con la puesta de sol y
las luces producen una sombra sobre su clavícula, donde estaba antes
la estrella de mar. —Estoy aquí por trabajo.
—Te hace sonar como un mercenario. ¡Genial! 34
Bien, esto es complicado. No quiero mentirle, pero no puedo
exactamente decirle por qué estoy aquí. Es mejor dejarlo general, vago.
—Estoy aquí para… —digo, pero antes de que pueda seguir hay un leve,
pero notorio…
Cosquilleo en mi garganta.
Y también una extraña…
Presión.
Toso en mi mano y alcanzo el vaso de agua. Vuelvo a toser y ella se
congela, con un pedazo de calamar colgando de su tenedor. —¿Russ?
Tomo un gran sorbo de agua y vuelvo a toser. —Solo es un poco de
tos. Probablemente me contagié de algo en el avión.
Parpadea hacia mí una vez, luego otra. Sumerge su calamar en la
salsa de tomate y lo come, estudiándome con cuidado, preocupada. Con
sus cejas arrugadas y sus labios sexys apretados en una línea de
ansiedad, dice—: ¿Estás seguro?
—Completamente. Estoy bien. —Excepto que no lo estoy, porque el
cosquilleo en mi garganta se está convirtiendo en algo más, algo raro, un
picor. Como si mi lengua fuese demasiado grande para mi boca.
Tomo toda mi agua en unos pocos tragos y me estiro hacia la suya.
—Oh, Dios. —Deja su tenedor y toma mi brazo—. No eres alérgico
al pescado, ¿o sí?
—Hace mucho tiempo que no lo como.
Agranda sus ojos con miedo. —¿Hace cuánto tiempo?
Vuelvo a toser. —¿Treinta años? —Y entonces empieza a ponerse
un poco… borrosa. Lejana. Y mi cara comienza a picar.
—Oh, mierda —dice, con su mano en su boca.
¿Por qué se ve tan asustada? ¿Por qué mi nariz está goteando? ¿Por
qué mi corazón está acelerado? ¿Por qué todo comienza a girar?
¿Y qué mierda son estos bultos en mi cuello?
Todo comienza a ponerse borroso, como si estuviese viendo por un
lente que no está enfocado, pero Penny está completamente enfocada en
el centro del cuadro. Salta, botando su silla en la arena. Luego pone su
brazo a mi alrededor y grita, con todo lo que le dan sus pulmones—:
¡Lucky! ¡Epinefrina! ¡Ahora!

35
Traducido por MadHatter
Corregido por Anna Karol

Encajo la jeringa de epinefrina, cortesía de Lucky, en el muslo


sólido como roca de Russ y luego vuelco todo el contenido de mi bolso
sobre la arena. Me pongo de rodillas a sus pies, buscando entre el montón
de gafas de sol rayadas, manzanas encogidas, mandarinas extrañamente 36
duras y tampones de viaje maltratados, hasta que encuentro la pequeña
bolsa de plástico que contiene mis medicinas de emergencia. Dentro de
la bolsa hay unas cuantas mitades viejas de Xanax, algunos Advil,
pastillas de lactosa para Maisie (el infierno desata su furia cuando esa
mujer se encuentra con un producto lácteo). Reviso las pastillas, pero no
veo ningún Benadryl. Sin embargo, no me rendiré tan fácilmente, y
muerdo la mitad de la aleta con los dientes para abrirla. Mientras lo hago,
me doy cuenta de que me ha estado observando todo el tiempo, y ahora
sonríe con una mueca arrogante. El hombre es increíble. Ni siquiera un
roce con la muerte súbita puede quitarle su mojo.
Abro la bolsa, pero no se ve ni un óvalo rosado. —Lucky. De
Benadryl. Nada.
—Penny, ¿cómo me veo? ¿Como una farmacia? —Recoge la
epinefrina gastada y la guarda en sus pantalones cortos de carga. Se
cierne sobre nosotros, con su nariz silbando mientras respira y observa.
Sé que es un guardia de prisión retirado, y ahora está mostrando sus
rayas de tigre. Toma un vaso de agua helada de la mesa y se lo da a Russ,
mientras que con la otra mano toma un sorbo de mi margarita de mango.
Lo fulmino con la mirada y comienza a morder con los dientes el extremo
de mi paraguas de cóctel. El tipo es un habitual de Susan B. Anthony.
En lugar de Benadryl, coloco dos Advil en la palma de Russ. Los
toma en el primer trago y luego drena mi vaso de agua. Lo miro
cuidadosamente, hipnotizada por un trago sexy tras otro.
Lo que significa que su garganta no se está cerrando, gracias a
Dios. Qué garganta, sin embargo. Solo mira esa manzana de Adán.
¡Penny!
Me deslizo hacia adelante entre las piernas de Russ, así que estoy
rozando sus pantalones a cada lado. La forma en que la puesta de sol lo
golpea, y el ángulo de sus piernas, me dan una mirada perfecta a su bulto
absolutamente para morirse. —¿Mejor?
Aspira y se limpia la nariz con los nudillos, y luego parpadea un
par de veces, bien y fuerte, como lo hacen las personas cuando ponen
demasiado wasabi en su sushi. —Totalmente bien. Totalmente.
Me pongo más de rodillas, acerco los dedos a su yugular y cuento
sus latidos fuertes y sólidos. —¿Te falta el aire? ¿Te pica algo? ¿Tienes
taquicardia?
—¿Pasas mucho tiempo en WebMD3?
No lo hago, pero Maisie sí. La última vez que tuve un caso menor
de goteo posnasal me diagnosticó cáncer de garganta. —¿Por el inminente
sentido de fatalidad?
Se ríe un poco. —Estoy bien, Penny. Te lo prometo.
Son buenas noticias, pero aún no estamos fuera de peligro. He
vivido en Port Flamingo toda mi vida. ¡No soy ajena a la frase de no sabía
que era alérgico a...! 37
—¿No sabías que eras alérgico?
Russ aplasta unos trozos de hielo en sus dientes perfectamente
blancos. —Para nada. No soy un gran fanático de los peces, eso es todo.
—¡No eres un gran fanático! —Le doy un empujón—. ¿Por qué no
me lo dijiste? Podríamos haber ido al A&W a buscar hamburguesas. No
soy exigente.
Levanta una ceja surcada. Me doy cuenta de que tiene una pequeña
cicatriz, y se me cruza una escena de su pasado en la que él defendía el
honor de una novia ahora olvidada, luchando contra un bruto por un
contenedor de basura mientras rugía cosas como: Mejor aprende algo de
respeto por las mujeres, imbécil. —No quería decepcionarte, cariño.
Trago.
Pero Lucky rompe el romance, que tiene casi tanto sentido del
momento como una bola de demolición. Gira hacia el agua, levantando
su teléfono celular hacia el cielo, inclinándolo hacia adelante y hacia
atrás tratando de obtener una señal. —Este maldito pueblo. El resto del
país transmite Real Housewives todos los malditos días, pero nosotros,
los pobres tontos, tenemos que andar sosteniendo nuestros teléfonos en

3Corporación estadounidense conocida principalmente como una editorial en línea de


noticias e información relacionada con la salud y el bienestar humanos.
el aire como si estuviéramos tratando de atrapar un avión pasando con
un espejo. Hijos de puta.
—Él no dice mucho —le explico a Russ—, pero cuando lo hace, es
un grosero.
—Ya veo. —Russ cruje algunos cubitos de hielo más y mira a Lucky
caminar por la playa.
—¡Voy a comprar bupkis, Penny! ¡Bupkis! —grita Lucky. Un
puñado de pequeños cangrejos se dispersan en todas direcciones,
metiéndose en la arena húmeda para cubrirse.
Lucky hace señales al avión varias veces, pero sé cuándo estamos
vencidos. No llaman a Port Flamingo un "triángulo de celulares de las
Bermudas" por nada. Saco todo en mi bolso, incluidos los zapatos y
calcetines de Russ y aproximadamente media libra de arena, y me pongo
de pie.
—¿Vas a algún lugar? —pregunta Russ, su voz toda penetrante y
oscura.
—Te llevaré a Urgencias, sin discusiones. —Envuelvo mi brazo a su
alrededor, todo músculo, sin grasa, y hundo mis dedos en él para que se
ponga de pie junto a mí. Lo hace, pero solo plantando su mano sobre la
mesa y haciendo que todo sobre ella salga volando.
—Estoy bien. En serio. No te preocupes por mí. 38
—Silencio. Casi te mato. Necesito limpiar mi conciencia. —Me
agacho para recoger las botellas de Cholula y Tabasco, y luego lo miro.
—De acuerdo —dice, ofreciéndome su mano—. Pero solo si esperas
conmigo. De ninguna manera voy a pasar el rato en Urgencias cuando
también podría estar conociéndote.
¡Bien! —Trato hecho.
Lucky regresa, todavía con su teléfono frente a él, señalando las
estelas en el cielo. Me mira y se rasca la cabeza afeitada, lo que hace un
ruido como si estuviera usando un rallador de queso en un bloque de
parmesano. —¿Estás segura de ir a Urgencias, Penny? ¿Estás segura?
Sí, estoy segura, pero sé lo que está pensando, que es más o menos
lo mismo que yo pienso: el hospital está a solo tres horas de distancia si
no tienes tráfico y mantienes la velocidad del auto constante a 85. Y estoy
segura de que podríamos encontrar alguna otra manera de exponernos a
todas las enfermedades infecciosas conocidas por el hombre y algunas que
solo conocen los biólogos marinos. Y, ¿no tengo una mejor manera de pasar
las próximas cuatro horas que en sillas de sala de espera manchadas con
National Geographics de 20 años para leer?
Aun así, es la mejor peor opción. Atención a Urgencias Rayo de Sol,
que solía ser un Domino’s, y luego un Pizza Hut, y luego un Papa John´s.
Pero está cerca, es barato, y no creo que hayan matado a nadie. Espero.
Russ se inclina hacia mí, acercándose y presiona su nariz contra
mi cabello para respirar profundamente y saborearlo. Aprieta su agarre
sobre mí mientras cruzamos la playa. Cuando llegamos al camino
arenoso de asfalto, deslizo mi mano en su bolsillo.
—Oye, tigre —dice.
Debajo de mis dedos, los siento. No las llaves, no, y tampoco las
joyas de la corona... sino sus calzoncillos cortos. —¡Llaves! ¿Dónde están
tus llaves?
Se mete la mano en el otro bolsillo y me las muestra, con el llavero
colgando de su dedo gordo.
—Sin embargo, no dejes que te detenga —dice bruscamente, cerca
de mi oído—. Podría haber algo allí que podría aprovechar tu mano.
Me mira. Yo lo miro. Todo se vuelve un poco reluciente, y todo el
ruido de la playa se calla: las gaviotas, las barcazas del puerto, todo.
Somos solamente nosotros, descalzos en un estacionamiento municipal
junto a un basurero siendo atacado por gaviotas. Pero por la forma en
que me hace sentir, bien podríamos estar en una pista de baile en las
Bahamas. —¿Estás seguro de que estás bien?
Se me acerca, presionándome contra el Suburban. —¿Quieres que
te lo demuestre?
Una vez leí un artículo en Cosmo titulado: “En realidad es química: 39
por qué algunas parejas tienen chispas que literalmente podrían incendiar
el mundo”.
Exactamente, Cosmo. Exactamente.
—Sube al auto, guapo. Hagamos que te revisen.
Traducido por Anna Karol
Corregido por Gesi

En la ventana frontal de Urgencias puedo ver el esquema de las


letras de vinilo ahora eliminadas: ENTREGA GRATUITA, $15 MÍNIMO.
Se estaciona violentamente en un lugar de estacionamiento
marcado con un letrero para “solo conductores de entrega pacientes”.
40
Saco mis zapatos y calcetines de su bolso. Sin embargo, los calcetines
están llenos de arena. Lo más lógico sería tirarlos en el asiento trasero,
pero la acabo de conocer. No quiero ser ese imbécil que usa mocasines sin
calcetines. Así que los sacudo y me los pongo.
Apaga el auto. Nunca movió el asiento, y está sentada en el borde,
como si estuviera manejando algo demasiado grande para su tamaño: un
Caterpillar o una camioneta Mack. Abre la puerta y se empuja contra ella
para salir. Hago un movimiento para abrir la mía, pero me detiene. —¡No,
no lo hagas! —Y luego se apresura hacia mi lado con tanto furor que
puedo escuchar el ruido de sus chancletas a través de las ventanas
cerradas. Me señala severamente.
Así que le dejo probar su propia medicina y también la señalo,
porque maldita sea, abrir las puertas es mi trabajo.
Me levanta un hombro descaradamente y menea el dedo. Pero para
cuando llega a mi puerta me sonríe con esa gran sonrisa dulce toda
americana. Balanceo mis pies de un lado a otro para meterlos en mis
zapatos y le digo—: Eres linda cuando tratas de ser mandona.
Su mano se mueve casi automáticamente hacia su mejilla,
cubriendo un rubor extendido, como una repentina quemadura de sol.
Diablos, sí. —Eres insaciable.
—Ni siquiera he comenzado.
Toma su lugar a mi lado y me envuelve con sus brazos. No es que
me haya roto una pierna, puedo caminar. Pero se siente tan jodidamente
bien que no me quejaré.
Llegamos a la puerta principal de la clínica y le gano para abrirla,
mi alcance es mucho más largo que el suyo, y aún más con sus brazos a
mi alrededor.
Entra primero. Al principio soy golpeado con una ola de olores de
pizza, pero eso es seguido por una abrumadora ola de algo sintético y
dulce. Noto que cada salida tiene una de esas cosas ambientadoras que
sobresalen y en cada superficie plana hay un recipiente de papel lleno de
puñados polvorientos de popurrí.
En el otro extremo de la sala de espera hay un tipo grande con un
sombrero de John Deere, comprobando su sarpullido contra un póster
que dice: “¿TU SARPULLIDO SE VE ASÍ?” Al otro lado hay un niño
pequeño sentado junto a su madre, quien se entretiene con su teléfono,
y noto que un clip de papel cuelga de su nariz. Y ahora entiendo lo que
Lucky quiso decir cuando preguntó: ¿Estás segura sobre ir a urgencias,
Penny? ¿Estás segura?
—¿Qué tan lejos dijiste que estaba el hospital? —le susurro al oído.
Responde con una risa estrangulada y cohibida, pero luego me
mira, como si me estuviera advirtiendo que me comporte.
En el mostrador de facturación, la huella de una vieja caja 41
registradora sigue siendo totalmente evidente en la formica, cortada a la
mitad con un grueso panel de vidrio a prueba de balas.
La señora detrás del mostrador viste unos ambos decorados con
mariquitas. Su máscara es tan gruesa que sus pestañas forman cinco
grandes grupos sobre cada ojo. Levanta la vista de la pantalla de la
computadora y sus lentes bifocales se deslizan por su nariz.
—¿En qué puedo ayudarlos?
—Sí, hola —dice Penny, inclinándose sobre el cristal y haciendo
que el mostrador presione contra su estómago. Cristo—. Se comió
algunos calamares y tuve que inyectarle una de epinefrina —explica con
mucha calma, como si esta mierda sucediera todo el tiempo—. Su boca
comenzó a sentirse rara y se quedó sin aliento, y… —Me mira y se detiene
cuando la acerco. Observo el movimiento de su pecho y deslizo mis dedos
dentro de su bolsillo trasero.
Parpadea una vez, luego dos, y se inclina hacia adelante sobre
puntillas en mi dirección. No estamos parados como si fuéramos
extraños. No hay distancia entre nuestras caderas; ya no está la burbuja
de educación.
—Terminarás esa oración o… —pregunta la enfermera.
—¿En qué me quedé? —responde un poco nerviosa.
—Urticaria —le digo.
—Correcto. —Resopla y se da la vuelta, como si no pudiera mirarme
y hablar al mismo tiempo—. Le salió sarpullido en el cuello. —Se acaricia
el suyo con la punta de los dedos. Mientras lo hace, es como si un deseo
primario se iniciara dentro de mí. Quiero mi boca en esa garganta—. Aquí
—señala.
Allí.
—Y aquí —agrega.
Ahí también.
Sin embargo, a la enfermera no le importan un carajo nuestros
dobles sentidos no expresados. —¿Puedes hablar por ti mismo, cariño, o
seguiremos jugando al teléfono?
Ambos nos volteamos para mirarla mientras se sube los lentes por
la nariz con un dedo, haciendo que las patas de tarántula se vean aún
más grandes.
—¿Tienes problemas para respirar ahora? —me pregunta—.
¿Picazón en la piel, mareos, desmayos, una inminente sensación de
fatalidad?
Penny se ríe a mi lado y me mira como diciendo ¡Te lo dije!
Niego. —Estoy bien. —Luego me apoyo en su oído y le susurro—.
Pero estaría mejor si te besara. ¿Entendido?
Se aferra al mostrador, como si sus rodillas acabaran de ceder.
42
—¿Entendido? —pregunto a todo volumen.
—Oh, sí —dice sin aliento—. Entendido.
La enfermera toma nota en un portapapeles. —Tomen asiento. Esta
noche solo tenemos un médico, y está lidiando con un poco de… —Hace
una pausa y mira hacia el techo—…, una situación, así que podría tardar
un tiempo.
—Está bien. —Dejo que Penny tome un poco más de mi peso sobre
sus hombros, mostrándole lo pequeña que quiero hacerla sentir. La
enfermera desliza el portapapeles a través de la ranura en el vidrio.
Escribo mi nombre y se lo regreso.
Luego acerco a Penny con la mano en su cadera y nos dirigimos a
un par de sillas en la esquina de la sala.
Su preocupación por mí es totalmente adorable. No estoy
acostumbrado a este tipo de cosas, pero estoy seguro de que me
acostumbraré. Después de buscarme un vaso de papel con agua del
dispensador, se sienta y se gira hacia mí, acomodándose en su asiento,
con los muslos desnudos sobre la tapicería. —¿Quieres algo de la
máquina expendedora? —pregunta, tomando mi vaso y colocándolo
dentro del suyo.
La miro. Sorprendido, porque estoy bastante seguro de que cada
maldita cosa en esta sala se hizo cuando Reagan todavía estaba en el
gobierno, la máquina expendedora parece bastante nueva, y también
todo lo de dentro. Saco mi billetera de mi bolsillo trasero y le doy uno de
veinte. —Yo invito. Te dije que yo invitaba.
Frunce los labios y mira el dinero. —Puedo comprarnos azufaifas,
Russ. Es lo menos que puedo hacer.
—Nop. No te diré lo que quiero hasta que tomes esto, así que… —
Le tomo la mano y la abro, presionando el billete en su palma.
—¿Ahora quién es el mandón?
Solo espera hasta que te lleve a la cama. —Si no te digo lo que
quiero podríamos tener una repetición de lo sucedido. Podrías
alimentarme con Nutter Butters, descubrir que tampoco sabía que era
alérgico al maní, y tendríamos que pasar por todo el circo nuevamente.
Me da un golpe suave en el brazo. —Lo siento.
—¿Pararás de disculparte? —La acerco, abarrotando su espacio—.
Estoy bromeando.
—Podrías haber muerto.
—Me siento de maravilla.
—Chico grande en la sala.
—Acostúmbrate.
Sus fosas nasales se dilatan, se muerde el labio y aparta la mirada.
43
Mieeerda.
Acomodo mi mano en la parte baja de su espalda cuando se pone
de pie, sintiendo el calor de su piel debajo de su camiseta sin mangas.
Atrapo un vistazo de sus bragas apenas visibles bajo la tela de sus
pantalones cortos. Lleva una tanga blanca. Cristo.
—De acuerdo —cede, y finalmente toma mi dinero—. Entonces,
¿qué quieres?
—Adivina. —Tú. Te quiero a ti. Jodidamente tanto.
Gime y se apoya en la silla. —¿Te gusta lo salado o lo dulce?
—¿No puede un chico querer ambos?
Y lo juro por Dios que la escucho gemir mientras se da vuelta para
irse.
No puedo dejar de mirarla. Cada maldita pulgada suya es mejor
que la anterior. La línea de su trasero, la curva de sus caderas, la piel
suave de sus brazos y piernas. Sin embargo, antes de que pueda darse
vuelta para atraparme mirándola, tomo lo más cercano que tengo: una
copia de Las mejores casas y jardines, con la información de la dirección
recortada. “Cultiva tus mejores hortensias esta primavera”. Con fecha de
1998.
Unos minutos más tarde regresa con dos botellas de agua y sus
brazos llenos de cosas. Gomitas. Oreos. Papas fritas de crema agria y
cebolla. Una barra de granola. Palomitas de maíz con queso cheddar.
—Me gusta una chica a la que le gustan los bocadillos.
—Los bocadillos son mi religión. —Abre el paquete de gomitas. Se
pone una roja en la boca y me mira. Tomo una amarilla.
—¿Te gustan las de limón?
—Demonios, sí. Limón, luego naranja.
—Me gustan las rosas, luego las rojas. Sin embargo, las de lima
son asquerosas.
Asiento. —Completa y jodidamente incomibles.
Arruga la nariz mientras se ríe y se reclina en el viejo asiento
manchado. —Entonces, retomándolo donde lo dejamos, antes de que casi
mueras… ¿qué te trae a Port Flamingo?
Bien, de vuelta a eso. La pregunta del trabajo. Puedo abordarla de
dos maneras. Puedo ir directo al grano y decirle la verdad, que estoy aquí
para encontrarle suciedad al alcalde porque tengo un tipo que quiere
convertir este lugar en la próxima Pebble Beach, o puedo ir un poco más
suave. —Tengo algunos negocios con un tipo que tiene algunos planes
inmobiliarios. Pero la verdadera razón es que mi tía vive aquí. No he
estado de visita desde que era un niño. 44
—¡Oh, ¿en serio?! —exclama radiantemente—. ¿Quién es tu tía?
—Sharon Baytree. —Abro la bolsa de palomitas de maíz y le ofrezco.
Su boca se abre de golpe. —No bromees.
—¿La conoces?
—¿Conocerla? Viste lino, fuma hierba y cultiva verduras lascivas.
Quiero ser ella. ¡Es asombrosa! —Se mete un respetable puñado de
palomitas acarameladas en la boca, haciendo que sus mejillas se
hinchen.
—Así es. ¿Pero qué hay de ti? —pregunto—. Obviamente vives aquí.
¿Pero a qué te dedicas?
Se limpia las manos en los muslos y las migas caen de su piel. —
Trabajo para Visita Port Flamingo. Turismo, relaciones públicas y
publicidad. Responder comentarios groseros en Internet. Ese tipo de
cosas.
Echo un vistazo a las palmeras que se mecen en el extremo más
alejado del estacionamiento. —¿Cuál es la estrategia de mercadeo para el
paraíso?
—Ni siquiera te lo puedes imaginar.
Mete un pie debajo de ella y se apoya contra mí, dejándome sentir
la curva de su cuerpo contra el mío. No pierdo la oportunidad y extiendo
casualmente mi brazo. Puede ser algo salido de la preparatoria, pero es
una jugada sólida. Su espalda se acurruca contra mi antebrazo y llevo
mi mano a su hombro. Se pone rígida, pero no se aleja. Su expresión está
llena de calor y travesuras. —¿Estás coqueteando conmigo? ¿En
Urgencias?
Aún no has visto nada. —¿Tienes algún problema con eso?
Agarra la caja de gomitas con tanta fuerza que las esquinas se
arrugan. Y luego vuelve a mostrar esa adorable sonrisa. —En absoluto.
Cubro lo básico mientras esperamos. —¿Color favorito?
—Rosado. —Toca su línea de bronceado, donde antes estaba el
bikini. Mierda—. Cuanto más brillante, mejor. ¿Tú?
—Azul marino. ¿Comida favorita?
Hace una pausa con una palomita a medio camino de su boca. —
¿Estamos hablando de si pudieras comer algo qué comerías? ¿O de esa
horrible pregunta de si estuvieras atrapada en una isla desierta con una
sola comida por el resto de tu vida, bla, bla, bla?
—Ambas.
Rompe la mitad de la palomita con los dientes y mastica
pensativamente. —Tú primero.
Estoy casi tentado de darle la respuesta promedio. Un filete y una
buena botella de vino tinto. Pero tal vez sea la epinefrina, o la curva de su
escote, o el hecho de que creo que todos estamos siendo drogados
45
lentamente por lo que sea que esté en esos ambientadores, pero quiero
ser honesto. Realmente honesto. Sin pretensiones. —Un filete con una
rebanada de queso filadelfia extra y una cerveza helada.
—Agradable. Sí, eso es bueno. —Respira y mastica un poco más, y
finalmente responde—: Yo diría que mi selección de la isla desierta sería
papas fritas de sal y vinagre. Y una caja de vino. Y un poco de té.
—Eso es mucho.
Coloca tres palomitas en fila. —Realmente me encanta comer. Es
una pregunta difícil. —Las endereza, como un jugador de póker
decidiendo su apuesta—. Pero mi elección de toda la vida es fácil. Pastel
de cumpleaños de la tienda. No importa de qué tipo, siempre y cuando
tengan un montón de glaseado —dice, y se lanza las palomitas a la boca,
mientras caen un poco de migajas sobre su camiseta.
Le encanta comer, tiene un estante lleno de Dickens y no tiene
miedo de pinchar a un hombre en la pierna para salvarle la vida. Eso es
todo. —Solo voy a decirlo, Penny. Me gustas. Mucho.
Traducido por Val_17
Corregido por Gesi

El hombre con la erupción se nos acerca sigilosamente y


pregunta—: ¿Dirían que esto está escamoso? —Contorsiona el cuello para
poder verse mejor la parte posterior de su grueso antebrazo—. ¿O
simplemente seco? 46
Los ojos de Russ se encuentran con los míos. Veo una risa
adolorida acercándose rápidamente. Por lo que he reunido, es
increíblemente genial, tranquilo y compuesto, pero todo el mundo tiene
su límite. Claramente el suyo es discutir misteriosas erupciones con
extraños. Convenientemente ese también es mi límite. También hay una
risa inminente acumulándose en mi interior. Se agarra de mi hombro un
poco más fuerte y con su otra mano saca algunas migajas de granola de
sus pantalones.
—Umm. —Echo un vistazo al tríceps del tipo, pero trato real,
realmente duro de no mirar—. ¿Solo seco, creo?
Dobla cuerpo para ver mejor lo que sea que está pasando en su
brazo y parece vagamente decepcionado por mi diagnóstico. —A mí me
parece escamoso.
—No soy ninguna experta —contesto, y me meto demasiadas
gomitas en la boca, incluyendo un montón de las verdes, sobre todo para
evitar decir algo de lo que podría arrepentirme, como por ejemplo: ¿No
crees que tal vez deberías tener eso envuelto en una gasa o algo así?
—¿Se ve más de color rosa púrpura o púrpura rosado? —Tironea
su camiseta de John Deere—. Ese cartel dice algo sobre malva. ¿Dirías
que esto es malva?
Russ se entretiene comiendo la barra de granola. —Le dejaría eso
a los profesionales, hombre. Estoy seguro de que sabrán exactamente
qué hacer.
Claro. Como, ya sabes, ¿amputación? ¿Cuarentena? ¿Llamar a
Control y Prevención de Enfermedades?
—Supongo que tienes razón —dice, y se aleja. Se desploma en una
silla que es demasiado pequeña para él y recoge una copia de Southern
Living con lo que parece ser una de las señoras de Designing Women en
la tapa.
—Jesús —murmura Russ y luego se aclara la garganta. Se voltea
hacia mí, pero esta vez sin la risa inminente. Más serio, más interesado.
En mí.
Hola de nuevo. Todavía soy yo.
Me ofrece la segunda mitad de la barra de granola. —Entonces,
cuéntame sobre Guppy.
Es como si acabara de meterme en un baño caliente. No creo que
pudiera haber dicho algo mejor, incluso si me conociera de toda la vida.
Resisto el impulso de sacar mi teléfono y mostrar las diez mil fotos
borrosas que tengo de él haciendo cosas como mirar fijamente la pared y
tomar la siesta con su cabeza junto al lavabo del baño. Decir que tengo
una debilidad por ese perro sería como decir que Port Flamingo tiene un 47
pequeño problema de mosquitos. El eufemismo del año. —Es una mezcla
de Dogo Argentino, creo. No lo sé con certeza. Es rescatado. —Los
recuerdos de ese día surgen de repente, cada uno más desgarrador que
el anterior—. Fue encontrado a un costado de la carretera en una bolsa
de basura.
Traga saliva. —Santa mierda.
—Lo sé. —Aparto el recuerdo—. Pero se recuperó. El único
problema es que ahora el día de la basura es un poco… —Trato de pensar
en la palabra. ¿Espantoso? ¿Aterrador? ¿Fuera de control?—…, molesto.
Normalmente lo llevo al lado. No hay necesidad de hacer las cosas
difíciles.
—Pobrecito —dice de una manera suave y cariñosa—. Aunque tuvo
suerte. Se recuperó contigo como su mamá.
Sus palabras me convierten en un desastre blando por dentro. Con
mi historial, creo que estoy destinada a ser una mamá perruna, y solo
una mamá perruna, lo cual está totalmente bien. Es el mejor cumplido
que podría haberme dado jamás. —Eso espero. Todavía le teme a muchas
cosas, pero estamos mejorando.
—¿Y qué hay de ese nombre?
Decido ir con la versión popular, por conveniencia. Nadie conoce la
verdadera razón. He aprendido mi lección. Cada vez que lo explico me
encuentro en una especie de punto muerto porque las referencias
oscuras a personajes menores de la literatura clásica británica no son
exactamente la cosa por aquí. —Es que es tan grande, ¿sabes? Como
cuando a los tipos flacos se los llama gordos. O cuando a los rechonchos
flacos.
Arruga la nariz y ladea la cabeza, lo suficiente para mostrarme las
columnas de músculos que salen de sus hombros. —¿Sí? Pensé que
podría ser una referencia de Dickens.
Escucho en mi cabeza ese ruido dun-dun al igual que entre las
escenas en La Ley y el Orden. De ninguna manera.
Lo miro absolutamente asombrada. —¿Disculpa? —Sale como un
gemido detrás de las palomitas. Me esfuerzo por tragar, pero me he
metido una gran cantidad y profundamente.
Excepto que parece haberme escuchado, porque luego dice—: Vi tu
estantería y pensé que tal vez se llamaba así por Guppy, de Casa
Desolada.
Agarro su enorme antebrazo y trago lo que aún no he masticado,
los granos irregulares raspan dolorosamente mientras se deslizan a lo
largo de mi garganta. No importa. Necesito aclarar esto. Situación
urgente a la vista. Urgente. —Tienes que estar bromeando.
—Tengo razón, ¿verdad? —Levanta la barbilla de nuevo. ¿Cuánto
te gusto ahora?
Presiono la bolsa de palomitas de maíz contra mi pecho. No puedo 48
creer que esto me esté pasando. Nadie jamás lo ha deducido. —¿Conoces
Casa Desolada?
Me moriré si cita a Dickens ahora. Absolutamente muerta.
Mueve la barbilla y dice—: Sacúdeme, Judy.
¡Muerta!
Ahora estamos a dos personas en la fila de espera. Primero está un
chico con un anzuelo sobresaliendo de su labio que está leyendo una
historieta de Far Side de la mesa de café. Después la mujer que entró
cojeando porque dejó caer un cuchillo sobre su pie mientras cortaba una
pizza congelada, tiene el dedo gordo del pie envuelto en un paño de cocina
que se enrojece rápidamente y quien no deja de mirar el corte, que Dios
me ayude.
Recojo nuestra basura y me dirijo al mostrador de espera donde la
enfermera está a medio pelar una naranja y claramente no se ve
demasiado entusiasmada con todas estas quejas médicas. —¿Cuánto
tiempo más crees que estemos esperando?
Abre la ventana corrediza. —Podrían ser tres horas, señorita.
Miro el reloj en la pared. Será medianoche antes de que salgamos
de aquí. La epinefrina habrá desaparecido y se quedará dormido en mi
regazo.
¿Es tan malo? Es malo. Debería ser malo. Pero no se siente mal.
Pero entonces me volteo para mirarlo, girando sobre mis sandalias.
Apenas cabe en la pequeña silla tal como está, y la logística de hacer que
se recueste en mi regazo en una palabra es: incómodo.
—Tres horas —modulo hacia él. Deja caer la cabeza contra el póster
que dice LAVA BIEN TUS MANOS. Sus ronchas han desaparecido y no
ha comenzado a toser de nuevo… estoy bastante segura de que se
encuentra bien.
Se pasa la mano por el pelo y se ríe. —¿Qué piensas? —modula.
Vuelvo a mirar a Linda de las mariquitas. —¿Podemos irnos?
—No te pagan la hora por estar aquí, ¿verdad, cariño? —Arroja una
pequeña tira de cascara de naranja a la basura con venganza. Paso los
dedos por la ranura del cristal y saco el portapapeles por la abertura.
Tacho su nombre, admirando su escritura fuerte y segura mientras lo
hago. Russ Stevenson.
Camino de regreso a través de la sala de espera, viéndolo mirarme.
Me revuelvo el pelo, champú Herbal Essences por siempre, y meneo las
caderas un poco más de lo necesario.
—Eres libre, prisionero —le digo, y agarro mi bolso. Hago un mohín,
como si fuera a decirle algo sucio, pero en su lugar digo—: ¿Qué tal unos
camarones gigantes?
Me devuelve las palabras de inmediato. —Sopa de almejas. 49
—Mmm-hmm. —Me paso la lengua por los labios—. Ostras en
media concha.
Sonríe y pone su mano en mi espalda, donde se encontraba antes.
—Me gusta cómo piensas.
Afuera está oscuro y la brisa marina me enreda el pelo. Lo agarro
hacia un lado y luego vuelvo a meter la mano en el vórtice de mi bolso
para buscar las llaves.
—Odio este bolso —murmuro mientras sondeo en las
profundidades—. Es tan pesado como una mochila y nunca puedo
encontrar nada. —Pero como estoy distraída, aprovecha la oportunidad
de pasarme, arrinconándome contra la ventana de vidrio. Saca las llaves
de su bolsillo y las sacude delante de mí. Trato de quitárselas, pero antes
de que pueda tomarlas me agarra la mano y la apoya contra la ventana,
con las llaves entre nuestras palmas. El bolso se desliza por mi hombro
y golpea el pavimento.
Se ve codicioso y lleno de deseo, como si estuviera tomando las
riendas ahora que estamos en el exterior.
Sobre mí.
Sí, por favor.
Me enjaula cada vez más, hasta que estoy apoyada contra el cristal,
hasta que sus caderas están presionándose en mi estómago, hasta que
siento la hebilla fría de su cinturón a través de mi camiseta. Dice—: He
estado muriendo por hacer esto durante horas. Así que agárrate fuerte.
Mientras acerca sus labios a los míos, finalmente me roza con ese
rastrojo y desliza su lengua profundamente en mi boca. Este beso es
agresivo y confiado, y tan abrumador que descubro que realmente tengo
que agarrarme con fuerza, apretando mi mano libre alrededor de su
tallado antebrazo. Se siente duro contra mí, y el olor de su colonia es
intoxicante. Dejo ir su antebrazo y tiro de su camisa, dos botones en mi
puño. Mueve un brazo detrás de mí y me acerca a él.
Trato de seguir el ritmo del beso, dando mi mejor esfuerzo, pero no
puedo. Es demasiado poderoso, demasiado bueno, demasiado delicioso,
y finalmente solo me dejo llevar. Soy transportada. Disparada en un
cañón directo hacia la luna. La forma en que besa me dice más que
cualquier cosa que he descubierto sobre él. Es dominante, sabe lo que
quiere, y malditamente va a tomarlo.
Tómame. Tómame.
Su mano amasa mi trasero mientras sus dientes rechinan contra
los míos. No es dulce o tentativo; es acumulado y furioso. Inhala con
fuerza, pero no exhala, y luego sube la apuesta separando mis muslos
con su rodilla.
Toc-toc-toc. Fuerzo mis ojos a abrirse, pero sus ojos aún están
cerrados y parece que está totalmente inconsciente de cualquier cosa 50
fuera de nosotros. Libera mi muñeca inmovilizada y las llaves caen al
suelo. Lleva su palma a mi mandíbula, presionando mi mejilla con su
pulgar mientras el beso se hace más y más profundo.
En mi periferia se encuentra la enfermera con el uniforme de
mariquitas. Se ve furiosa y está haciendo un movimiento con la mano
para que nos vayamos. Aun así, Russ no le presta atención y toma mi
trasero con su palma.
Pam-pam-pam. Está a solo unos centímetros de distancia de mí, y
un dedo envuelto en una bandita apunta hacia mi cara. Linda de las
mariquitas habla en serio.
Requiere toda mi fuerza, pero me las arreglo para alejarlo, aunque
no más de un centímetro.
—Tenemos audiencia —susurro.
Luce casi enojado conmigo por interrumpirlo. Pero esa furia da
paso a una nueva determinación. Apoya su palma en el cristal y me atrae
hacia él con más fuerza. —Te necesito tendida, Penny. Larguémonos de
aquí.
Traducido por Anna Karol
Corregido por Gesi

El viaje de regreso a su casa toma diez minutos, y no muevo la


mano de su muslo ni una sola vez. Se siente como si tomara una hora,
cada minuto parece una eternidad. Cada segundo que pasa es uno que
debería pasar mapeando su cuerpo con mi boca. En un semáforo paso 51
mi palma por su muslo, colocando mis dedos debajo de sus pantalones
cortos. Agarra la manija de la puerta con tanta fuerza que veo que sus
nudillos se ponen blancos.
Tensión, deseo. Necesidad.
En un giro a la izquierda, la gravedad está en mi contra y mi agarre
se afloja. Pone su mano sobre la mía, todos sus dedos dicen: No te
apartes, por favor, no te apartes.
Así que no lo hago. Me quedo allí, la agarro más fuerte, al carajo
los giros. Muevo mis dedos hacia arriba hasta rozar el borde de sus
bragas con la punta de mis dedos. Ahí es donde me detengo, porque no
hay forma de que lleguemos a donde necesitamos estar si ahora toco el
interior.
Gruñe cuando me detengo, jodidamente gruñe, y pisotea el piso del
auto.
—De ninguna manera te tomaré por primera vez en la parte trasera
de esta camioneta, ¿entendido?
Planta las manos en el asiento, y en una inhalación larga susurra
un desesperado y necesitado—: Jesús.
Una vez que llegamos a su casa, doy la vuelta para abrirle la puerta
y tomarla de la mano. Tiene sus llaves listas antes de que lleguemos al
frente, y estamos dentro en un instante. Cierro la puerta detrás de mí y
la tomo en mis brazos, dejando que el pomo se estrelle en su trasero. La
vuelvo a besar y se agarra de mí, como si sus rodillas hubieran colapsado
y fallaran en mantenerla firme.
Me vuelve jodidamente loco saber qué hará cuando finalmente me
meta en su interior.
Todavía besándola, le desabrocho los pantalones y dejo que mi
mano se mueva por el exterior de sus bragas. Puedo decir que ya está
mojada, casi empapada.
Pero luego siento algo empujándome en el culo. Algo húmedo,
grande y…
El perro.
—Guppy —susurra, atrayendo su atención, pero también
acercándome con su otra mano. Dos de sus dedos se deslizan entre los
botones de mi camisa y tocan mi pecho.
Una enorme pata me raspa la pantorrilla. Parece que alguien está
tratando de llamar mi atención con una pala de jardinería. Inhala fuerte
contra mi bolsillo y luego exhala un estornudo húmedo.
—¡Guppy! —medio susurra, medio grita de nuevo—. Hora de
acostarse.
Una larga bocanada de aire caliente de su nariz humea mi muslo.
—Guppy —regaña—, hablo en serio. Hora de acostarse. Mamá está
ocupada.
52
Su nariz se clava en mi trasero un poco más fuerte. Mantengo mis
ojos en los de ella. Se ve muy seria, sus cejas están fruncidas. —Hora.
De. Dormir —dice, enfatizando cada palabra. Suena oficial y severa, como
si fuera otra forma de decir: Mamá no negocia con terroristas.
Gana, porque entonces suspira un gemido casi totalmente humano
y se dirige a la sala. Las tablas del suelo crujen bajo su peso y el sofá de
mimbre protesta cuando salta sobre él. Exhala como un caballo, sus
enormes papadas se agitan.
De vuelta a los negocios.
Manteniendo mi mano debajo de sus pantalones cortos, la guío
hacia atrás, a la cocina. Deja caer su bolso y se quita las sandalias.
Cuando la levanto contra la encimera, deslizo un dedo por el borde de
encaje, llegando a su coño. Está caliente, apretada y lista. Se desploma
hacia atrás, golpeando la mano sobre la tabla de corte para mantener el
equilibrio.
—Jesús —gimo en su oído—. ¿Siempre estás así de mojada?
—Para ti, creo que sí.
Le doy la vuelta y la levanto sobre la encimera, haciendo que la
tetera haga un ruido. Coloca los brazos alrededor de mi cuello y la vuelvo
a besar, presionando su cabeza contra los gabinetes. Agrego otro dedo,
sintiendo lo jodidamente apretada que realmente es. Apisono su clítoris
y muele la pelvis contra mi palma. Ese pequeño movimiento, el
movimiento de su coño, su cuerpo diciendo que sí, desencadena algo tan
poderoso como una jodida pistola de arranque en mi interior, y se golpea
contra la puerta de madera detrás de su cabeza, haciendo que la vajilla
vibre y suene.
Sus manos bajan hasta mi cinturón. Me alejo del beso y la miro,
sus delicadas manos trabajando el cuero, desenroscando el extremo de
los lazos. Presiono el borde de su clítoris con mi pulgar, lo que la hace
congelar, con la hebilla apretada en la mano. Sus ojos se cierran y se
relaja en mis brazos.
Me hago cargo y me quito el cinturón. —Entonces, escucha —le
digo, manteniendo mi tono serio y oscuro—. Quiero que me digas
exactamente lo que quieres. ¿Puedes hacerlo?
—Esto es lo que quiero —jadea, sintiéndome a través de mis
calzoncillos—. Oh, Dios mío, eres enorme.
—¿Crees que puedes manejarme?
—Si me enseñas.
Mierda, ¿qué tan sexy es eso? Levanto su barbilla hacia mi cara. —
Sí, te enseñaré. Pero quiero que seas jodidamente explícita.
—Sobre... —Se calla cuando lamo una línea en su garganta.
—Sobre lo que te gusta y cómo te gusta. No sé cuánto tiempo estaré 53
aquí, y no quiero arruinarlo. —Lamo a lo largo del lóbulo de su oreja—.
Sé sucia, sé grosera. Dime lo que quieres y no te contengas.
Su cuello se arquea y su coño se aprieta alrededor de mis dedos.
Entonces agrego un tercero. Hace una pausa con las manos dentro de
mis calzoncillos, sus dedos están a centímetros de mi polla.
—¿Qué deseas? Dímelo ahora mismo.
Me mira fijamente, como si estuviera tratando entender si voy de
farol. Como si pensara que en realidad no me importa lo que quiere. Pero
está jodidamente equivocada. Lo que quiere lo es todo.
Sin embargo, no responde. Vuelve a trabajar en mis botones, sus
pequeños dedos deshacen uno tras otro hasta que tiene sus manos sobre
mi pecho desnudo.
Es hora de ser aún más claro, así que retrocedo un poco y la miro
directamente a la cara. —Puedo follarte toda la noche, Penny. Puedo
follarte hasta que supliques piedad. O puedo ir despacio y ser dulce. —
Le quito los pantalones, bajándolos por sus piernas y dejándolos caer en
el piso de la cocina.
Pasa los dedos por mis abdominales. —¿No podemos hacer todo?
Maldita sea, sí. —Todo y más. —La forma en que es, la forma en
que cruza la línea entre lo dulce y lo sucio, hace que quiera entrar en ella
ahora mismo, en este mostrador. Quiero follarla hasta que rompamos la
tostadora y derribemos la licuadora. Quiero sacarla de su cabeza, quiero
volverla salvaje. Pero también quiero que sea jodidamente correcto, hasta
el último maldito detalle, hasta el último empujón y gemido. No puedo
follar a esta mujer como lo necesito en un mostrador de cocina.
Así que tomo su culo perfecto en mis palmas, hundiendo mis dedos
en su carne. —Dormitorio. ¿Dónde está?
Se agarra fuerte y se recuesta, como si la estuviera sumergiendo en
un tango. Mueve sus piernas un poco y su largo cabello roza mi
antebrazo. Sus ojos brillan y sus muslos me agarran más fuerte. —
Primera puerta a la derecha.
Cierro la puerta detrás de nosotros con una patada, en caso de que
al perro se le ocurra venir, y la dejo deslizarse para ponerse de pie. Le
saco la camiseta y la tiro a un lado, y finalmente dejo que me quite la
camisa. Me pongo de rodillas a sus pies cuando termina. Miro a lo largo
de su cuerpo, besando el triángulo blanco cremoso sobre su cadera
derecha, a lo largo de su línea de bikini.
Pasa la mano por mi bíceps. —Eres ridículamente sexy, Russ.
Jesucristo, es tan despistada. —No puedes ver lo que estoy viendo.
Me tienes por kilómetros y kilómetros.
Se muerde el labio superior con los dientes inferiores. Sin siquiera
esperar a que le diga, se estira y se desabrocha el sujetador. Lo envía
volando como un frisbee. Al infierno el hijo de puta, sí.
54
La línea del bikini me está haciendo todo tipo de cosas, porque si
bien su cuerpo es de un bronceado dorado, todas las partes que quiero
en mi boca son de un blanco puro y delicado. Dos triángulos hacen que
sus pezones resalten y la línea de bronceado en forma de arco entre ellos
me está volviendo absolutamente loco.
Aparto sus bragas con la lengua y la pruebo. Ese sabor, Cristo. Es
salado, dulce y todo mezclado con su loción o lo que sea. Un olor y sabor
que es muy distintivamente suyo y totalmente intoxicante. La abro
ligeramente, haciendo una V ensanchando con mis dedos para apartar
sus labios. Tan pronto como pongo mi lengua en su clítoris, sus ojos se
cierran y deja caer su cabeza hacia atrás, estabilizándose con un agarre
en mi hombro. La caliento con la parte más ancha de mi lengua, lo que
me permite saborear la humedad que también brota de ella. Su mano se
mueve hacia su seno izquierdo y luego hacia su pezón. Al principio, se
pellizca ligeramente, pero cuanto más trabajo, más aumenta la presión.
Se balancea sobre sus talones, pero la mantengo firme con una mano
plantada en su trasero. Chupo su clítoris, conociendo cada ondulación y
curva. Se pellizca aún más fuerte cuando me burlo del borde superior.
Le suelto el coño con un pop. —Eso es jodidamente caliente —digo,
y vuelvo directamente a ella.
Sus ojos se abren, como si la hubiera despertado de un sueño.
Lo intento de nuevo, dándole más presión, y el pellizco comienza
de nuevo.
—¿Esto? —pregunta, girando su pezón hacia arriba y luego hacia
abajo.
Asiento con la cabeza en su coño. Eso. Maldita magia la forma en
que responde. Y entonces juego un poco, me relajo y le doy más, deslizo
un dedo a lo largo de su hendidura y luego lo introduzco. Sus gemidos se
vuelven más necesitados y rudos. Su agarre en mi hombro se tensa y sus
uñas se clavan en mi piel, al igual que en la suya. Levantando la mano,
la coloco sobre su pecho y la empujo con fuerza hacia la cama. No soy
amable. No quiero ser amable con esta mujer. Quiero desmantelarla
hasta que esté en su punto más vulnerable.
Joder, eso no es lo que quiero. Es lo que necesito.
El colchón chirría cuando se desploma en la cama. Su trasero está
justo en el borde, y separo sus piernas, presionando mi lengua en su
abertura. —Síííííí —sisea, levantando las caderas. Voy más profundo,
dejando que la suave carne de su coño conozca la aspereza de mi barba.
Lija contra seda. Aún con mi lengua en su clítoris, curvo mis dedos para
encontrar su punto G.
Es un primer intento de tiro al blanco, y su cuerpo responde con
tanta fuerza que sus caderas colapsan.
Después de obtener un poco más de su buen sabor, sintiendo que
su humedad se espesa, perdiéndome en ese mapa interno suyo, la
textura de la mancha mágica un poco más áspera que todo lo demás, me 55
retiro y me limpio la cara en la delicada piel de su muslo interno. Mi
rastrojo deja una raya roja. Le doy un beso al leve rasguño y me mira
hacerlo. —Me gustan tus mejillas cuando te sonrojas —le digo—. Pero me
gusta esto aún más. —Con mis ojos fijos en los suyos, provoco esa piel
suave con mi boca, agregando un chupetón. Sus dedos de los pies se
curvan y jadea mirando el techo.
Pero por mucho que quiera quedarme aquí de rodillas y probarla
toda la jodida noche, lo que realmente necesito es estar en su interior,
hacerle saber cómo la quiero, hacerla sentir. Tal vez solo la conozco hace
unas pocas horas, pero una mierda como esta es simple. Primitiva.
Básica. Me pongo de pie, me quito los zapatos y los calcetines. No creo en
mucho, pero sí en que los tipos que follan con calcetines puestos deberían
ser retirados y golpeados en la cara. Se levanta sobre sus codos y luego
se inclina para sentarse. Codiciosa y rápidamente me baja los pantalones
y mi polla se libera.
Su boca se abre. —Oh, joder.
Paso el pulgar sobre sus labios y el filo de su mandíbula. —Te dije
que te enseñaría a tomarlo, hermosa. No te preocupes. —Coloco mis
manos en sus caderas y la acuesto completamente en la cama. Me subo
encima de ella, con las rodillas a cada lado de su cuerpo, mi polla
descansando sobre la piel blanca como la leche de su coño.
Un movimiento de mis caderas y estaría dentro. Estoy tan cerca de
conocerla de adentro hacia afuera; estoy tan cerca de perder toda mi puta
razón. —No te mentiré, Penny. Necesito estar dentro de ti así —bombeo
mi polla, la cabeza justo en su apertura—, sin condón.
Se tensa. —¿Es en serio?
La dejo sentir mi dureza contra su muslo. —¿Esto te parece lo
suficientemente serio?
Casi puedo escuchar las ruedas girando en su cabeza. Toda la
lógica de las chicas buenas, todo el sentido común, todas las reglas.
—Pero no quiero presionarte. —A menos que quieras que lo haga.
Es inteligente y sensata, lo sé. Quiero decir, ata un maldito pompón
a su maleta. Estoy seguro de que no es alguien que arroja la precaución
al jodido viento muy a menudo. A menos que pueda convencerla de que
es lo que debe suceder.
—¿Estás limpio?
—¿Crees que lastimaría tu cuerpo? ¿Crees que te pondría en
peligro de esa forma?
Traga saliva y planta sus manos sobre el colchón. —Apenas me
conoces.
—Conozco lo suficiente. Nunca te haría daño, nunca.
Se necesita todo lo que tengo para quedarme donde estoy, a
centímetros de sumergirme, de asolarla exactamente así. —Tienes suerte 56
de que tengo suficiente autocontrol para detenerme. —Agarro mi polla
para mostrarle que estoy listo para seguir adelante si dice la palabra.
Empujo el espacio entre los labios de su coño y la piel suave de su muslo
interno con mi erección. Listo y jodidamente esperando.
Pero no quiero asustarla. No quiero ser un imbécil, así que me
relajo. —Esperaremos hasta que estés lista. Puedes confiar en mí, pero
no espero que lo creas.
—¿Debería? ¿Confiar en ti?
—¿La forma en que quiero follarte? —Niego—. Creo que eso no está
en debate.
Vuelve a gemir, un jadeo de labios cerrados, y me mira trabajar mi
polla. Presiono la cabeza en su línea de bronceado, dejando que mis bolas
rocen sus labios.
Puedo captar la indirecta, y está totalmente bien. —Condón, ahora
mismo. —Echo un vistazo a su mesita de noche. Dos despertadores, una
pila de libros y una cajita con tapones para los oídos. No hay una caja
discreta donde puedan estar. Abro el cajón superior, pero no hay
ninguno, tampoco juguetes. Hace que me pregunte dónde tiene sus
vibradores, o si siquiera tiene alguno—. Si no tienes juguetes en esta
casa, será mejor que hagamos algo al respecto.
Se ríe, pero se detiene cuando traga nerviosamente.
Miro hacia sus ojos brillantes. Duda y su lengua se asoma entre
sus labios. Pero finalmente, dice—: Oh, al diablo. Entra, ahora. Tal cual
estás.
Las palabras envían una descarga hacia mi polla y a través de mis
bolas. —Joder, sí. ¿Estás segura?
Asiente lento, casi tentativamente. Pero entonces sus piernas se
enrollan nuevamente mi alrededor, atrayéndome. —Estoy segura.
—Será mejor que estés cien por ciento segura, Penny. No me
detendré una vez que empiece.
Esta vez es ella la que me besa. No es dulce. Es rudo y necesitado.
Rompe el beso para decirme—: Estoy ciento cincuenta por cierto segura.
Jódeme.
Usando su humedad para lubricar, me inclino, tomando su pezón
entre mis dientes. Una de sus manos se une a la mía sobre mi polla, sus
dedos fríos se burlan de mis bolas.
Suficiente juego previo. Es hora de hacer esto de verdad. —¿Estás
lista?
Se ve casi asustada por un segundo. Pero luego, ¿qué hace?
Reposiciona la maldita almohada detrás de su cabeza y se estira para
aferrarse a la cabecera. —Ve lento.
—No te lastimaré hasta que me digas que puedo.
57
Jadea en su brazo. —¿Dónde aprendiste a hablar así?
—En ningún lado. Es parte del paquete.
—Me gusta el paquete —dice, mientras me posiciono en su
apertura.
—No conoces el paquete.
Pone mala cara y me mira. —Aún no.
Agarro la base de mi polla con fuerza y la penetro, medio centímetro
a la vez, buscando cualquier señal de que la estoy lastimando. Mueve
levemente las caderas, y me agarra la mano antes de que esté a un cuarto
de camino. La agarro con fuerza para mostrarle que realmente la tengo.
Todo el puto camino.
—¿Estás bien?
—Sí —dice, viéndome hundirme como si estuviera hipnotizada, tan
bellamente inocente—. Sigue adelante.
Cada centímetro me hace sentir aún más codicioso. No solo es
apretada, sino que rompe bolas; no solo es caliente, está ardiendo.
Cuando llego a la mitad, coloco sus rodillas sobre mis hombros. Arquea
la espalda y agarra la sábana en un puño. —Miiiierda. —Presiono mi boca
contra su pantorrilla y cierro los ojos solo por un instante—. Te sientes
tan jodidamente increíble.
No responde, pero aprieta mi mano con más fuerza, y la veo
perderse en un roce de placer.
—Oh, Dios —dice cuando mis bolas rozan contra su trasero—.
¿Cómo puede algo sentirse tan bien?
Al principio voy despacio, porque no quiero lastimarla. Se siente
tan jodidamente bien que quiero castigarla, casi, pero no lo hago. Porque
quiero hacerla retorcerse, sí. Quiero hacerla rogar, sí. Pero quiero que
primero se acostumbre a mí. Quiero que necesite mi polla en su interior
y que la extrañe cuando no esté.

58
Traducido por Ivana
Corregido por Lizzy Avett’

Mientras entra en mi interior, empiezo a perderme con él... de


adentro hacia afuera. Al principio, no creo que esté sucediendo. No creo
que sea posible. Visualizo un artículo de Cosmo olvidado que una vez vi
a una mujer leyendo en el gimnasio. La imagen se filtra a través de mi 59
conciencia como la imagen de un retroproyector. El titular era: "Deja de
intentar hacer que los orgasmos vaginales sucedan; no van a suceder".
Recuerdo haber leído eso, pensando: Por supuesto que no suceden.
Mujeres ridículas. La vida real no es como el porno, y volví a mi elíptica de
bajo impacto y a mi libro de cocina Barefoot Contessa.
Pero ahora mismo, algo está sucediendo. Algo definitivamente está
sucediendo. Dentro de mí.
—Russ —digo, gruñéndole al oído—. ¿Qué me estás haciendo?
Se levanta flexionando sus brazos sobre mí. Se ve
comprensiblemente presumido. Pero instantáneamente, la sensación
mágica disminuye. Todavía se siente bien, todavía se siente increíble, sin
embargo, ya no me siento como si estuviera en una habitación llena de
luces estroboscópicas. Así que lo acerco de nuevo sobre mí, manteniendo
mi rostro hacia él, lo que me permite verlo sonreír en la almohada.
—Me gusta tu estilo, ¿lo sabes? —Suena brusco y ronco—. Sabes
lo que quieres y lo tomas.
—Me dijiste que fuera explícita. —Aprieto sus nalgas—. Pero estoy
de acuerdo con Elvis. Menos conversación…
Me penetra con fuerza. —Y un poco más de acción.
Sí. Oh sí.
Pero la cosa es que no le he dicho lo que quiero, porque no lo sé.
Mi vida sexual, hasta ahora, ha sido más una vela religiosa que la tienda
de fuegos artificiales donde Russ me está llevando. Lo que sé es bastante
simple: todos mis orgasmos pertenecen a mis dedos o a mi Hitachi. Pero
también sé algo más: nunca en mi vida he estado con un hombre
como este.
No hay negociación, ni juegos ridículos, ni pavoneo, o preguntas
tentativas, como: ¿Eso es demasiado fuerte?
Nunca es demasiado fuerte, nunca.
O, ¿es ese el lugar correcto?
Si preguntas, cariño, la respuesta es un gran no.
No hace preguntas, excepto cuando comprueba como estoy. Me
toma sin perder el tiempo. Por completo, abarcando la autoconfianza y la
masculinidad tangible. Sabe lo que está haciendo, sabe cómo hacerlo y
lo hace. Como un halcón yendo a matar.
Seré el ratón de este chico cualquier día.
—Sigue haciendo... exactamente como...
—Así es. Dame tus oraciones incompletas —se ríe con esta risa
arrogante que me hace sentir un hormigueo—. Ya eres mía. Acéptalo.
Sigue y sigue, hasta que no puedo ver bien, hasta que cada empuje
hace latir todo mi cuerpo. Agarro su magnífico trasero con mis manos y
60
lo mantengo cerca, y luego... comienza... a suceder.
Ni siquiera toca mi clítoris. No con sus dedos, ni con su boca, y yo
tampoco. Agarro su rostro, bajo su frente hasta que presiona la mía. —
Santa mierda.
—Te dije que te agarraras fuerte.
—Russ.
—Penny.
—Russssss.
Sonríe y esa barba incipiente me raspa de nuevo. —Esa es la única
palabra que necesitas.
Russ Russsss. Russsssssssss. Una y otra vez, su pelvis choca con
la mía mientras me folla más fuerte, más profundo y con más confianza
que cualquier hombre. El mundo comienza a temblar y mi cuerpo
comienza a estremecerse. Aprieto mi agarre en sus caderas con mis
muslos.
Cada maldita cosa que he conocido sobre sexo, acerca de acabar,
acerca de mí misma en la cama, sale volando por la ventana, abriéndose
paso a través de los huecos de la ventilación del aire
acondicionado. Whoosh.
—Vas a hacer que acabe... —Aprieto la cabeza con fuerza contra
las almohadas, y él me penetra una y otra vez.
—Esa es la idea. —Me embiste una vez más—. Dame lo que quiero
y dámelo ahora.
—¿Qué deseas?
—A ti, destrozándote en un millón de pedazos por lo que te estoy
haciendo.
Eso es lo que está pasando. Palabra por palabra. Justo aquí y
ahora. Siento que me empujan hacia atrás en una piscina, con toda mi
ropa puesta. No estoy lista para esto. Nunca he estado lista para esto.
Su expresión se suaviza, más suave y menos despiadada. —¿Estás
bien?
—Sí.
—Entonces déjalo ir.
—No sé cómo.
—Déjame tomar lo que es mío, Penny. Dámelo.
Las emociones son repentinas e intensas. Siempre he tenido un
poder único y exclusivo sobre mis propios orgasmos. Podía hacer que
sucedan, pero nadie más. Tenía el mapa del tesoro, y ningún hombre
aprendió el camino.
Hasta ahora.
—Acaba para mí.
61
—Russ... —lo digo como si le estuviera advirtiendo, sin siquiera
querer hacerlo. A medida que mi cuerpo comienza a disolverse para él,
también lo hace mi corazón. Él me está haciendo esto. Es él. Yo no. Lo
que pase después es suyo.
Pero solo sonríe. —Créeme. Te tengo. —Me embiste otra vez, y
siento que las olas comienzan a salir de mi clítoris.
A medida que lo desata aún más, me aferro a él como si me
estuviera ahogando. Me aferro a él con fuerza. Y luego presiono mi frente
en su hombro y solo...
Lo dejo ir.
Estoy sumida en el apagón del placer, pero él me mantiene cerca y
me habla todo el tiempo. —Sigue adelante. No te detengas.
Cosmo, adorable perra. Estabas tan equivocada. Nunca conociste
a un hombre como este.
Nunca has tenido sexo como este.
Traducido por IsCris
Corregido por Lizzy Avett’

Es sexo bueno, duro y primitivo, pero su orgasmo es trascendental.


Me quedo con ella durante su explosión épica y de regreso. Ella es
ferozmente fuerte, y sus contracciones intentan expulsarme, pero no dejo
que eso suceda. Con cada impulso, me aseguro de golpear su pelvis con 62
la mía, apretando mis caderas contra las suyas, asegurándome de que
cada empuje también comprima su clítoris. No solo se corre con su coño
o con sus gritos; se corre con todo su puto cuerpo, perdida en un mundo
diferente.
Intento evitar mi orgasmo con una mierda aburrida e
insignificante. Mi formulario de impuestos internos. El trabajo que me
espera cuando regrese a Boston. Si pagué o no el seguro de mi automóvil.
Nada de eso funciona, ni un poco, porque es una niebla y estoy perdido
en ella. Mis pensamientos se ven eclipsados por el calor de su piel, la
frescura de su cabello, la forma en que Russ se convierte en sí, lo que se
convierte en gracias.
Pero perdido o no, no me correré hasta que ella vuelva conmigo. No
me dejaré ir hasta que esté seguro de que ha tenido todo lo que puede
soportar.
Finalmente, sus ojos se abren de nuevo, un poco vidriosos. —Oh,
Dios mío. —Me atrae, gira sus piernas juntas alrededor de mi trasero y
me sostiene con un abrazo de cuerpo completo.
Me doy un respiro, aún dentro suyo, aguantando los empujes por
un minuto. Muevo la almohada detrás de su cabeza y aparto el cabello
de su oreja. Me aseguro de que esté segura y cómoda. —Te dije que te
desenredaría.
Aprieta las piernas y siento su sonrisa.
—¿Has vuelto conmigo? —Los aleteos de sus paredes comienzan a
disminuir. Pasa sus dedos por mi cabello.
—Creo que sí. No lo sé. Nunca he sido parte de algo así. Fue como
si estuviese en un caleidoscopio.
Me levanto sobre mis codos para poder mirarla. —¿No siempre es
así?
Niega con la cabeza, y los pequeños movimientos de su cuerpo
resuenan como un pulso en mis bolas. —Siempre he sido la que... —Me
mira dentro de ella.
—Estás bromeando.
—No, no lo estoy. —Ahora sus ojos vidriosos se vuelven casi
llorosos. Parpadea un puñado de veces e inspira fuerte.
Empujo su mejilla con mi nariz. No quiero hacer una gran cosa de
ello, pero mierda, eso es increíble. —¿Nunca?
—Ni una sola vez.
—Entonces ese caleidoscopio me pertenece. No lo olvides.
Vuelve a sollozar y sonríe. Se quita una lágrima de la mejilla con la
funda de la almohada y luego se da vuelta para mirarme de nuevo. —
Todo tuyo. Totalmente tuyo.
Joder, sí. Me doblo hacia abajo, adentrándome en ella con un poco 63
más de fuerza, pero no follándola tan fuerte como antes que parecía que
la cama se rompería. Su humedad es más espesa ahora que se ha corrido
tan duro, tan espesa como la miel que se derrama sobre mis bolas. Me
quedo allí con ella, en este momento… los dos unidos en uno.
Agarro su culo con ambas manos, inclinando sus caderas hasta
que estén exactamente justas. Es como si no pudiera acercarme lo
suficiente, como si quisiera cubrirla con todo mi cuerpo, no dejar una
sola pulgada de ella expuesta. Dejo que mi cara caiga en el espacio fresco
entre su cabello enredado y la cabecera, presionando mi frente contra la
almohada.
—Mierda —solloza, y su cuerpo hace eco de eso con otro apretón.
—¿Vas a correrte de nuevo? —le pregunto
—Ni siquiera lo sé. No sé lo que me estás haciendo.
Sin embargo, sé lo que le estoy haciendo. La estoy follando como si
no hubiera follado a una mujer en años, con cada onza de pasión que
tengo. Cada desplazamiento me acerca más. Al carajo con el formulario
de impuestos, y al carajo con el nuevo trabajo. Esta no es la última vez
que me correré esta noche, y lo sé. Así que se la meto con más fuerza,
entonces rueda hacia una nueva ola de Russ-dentro-sí.
Tengo toda la intención de retirarme, pero conforme voy cayendo
en ella, me clava las manos en el culo. —Por favor. Ahora. Dentro de mí.
Santo cielo. —Penny…
—Russ. No discutas conmigo —gruñe—. Sé lo que se supone que
debemos hacer, y no quiero hacerlo.
Nos miramos el uno al otro de nuevo y, de repente, no me importa
una mierda si es seguro. O si es sensato. Tiene que suceder. Necesito
reclamarla, y tiene que suceder ahora.
Siento que una ola de líquido pre seminal se derrama en ella. —
Será mejor que estés realmente segura —le digo—. No estoy bromeando.
—Estoy segura —dice, sin ninguna duda—. Real, realmente lo
estoy.
—Y si me dejas hacer esto una vez...
—Hazlo. Ahora mismo. Pon tu semen dentro de mí. No te atrevas a
intentar que cambie de opinión.
Y así, se convierte en la follada más primitiva de todas.

64
Traducido por Julie
Corregido por Lizzy Avett’

Me despierto en ese extraño estado de desorientación por el


viaje. ¿Dónde diablos estoy? ¿Qué está pasando aquí? ¿Y qué carajo es
ese olor?
En un instante, me doy cuenta de que estoy con ella, en su
65
dormitorio, con ella acurrucada a mi lado. Está desnuda, la curva de sus
caderas y la espalda en una elegante "S" lateral en las sábanas. Me
levanto sobre mi codo y la estudio. La luz del radio despertador brilla
sobre ella mientras duerme, pacífica y dulce. Casi demasiado bonita para
creerlo. Subo las sábanas a su alrededor cuando la unidad de aire
acondicionado se pone en marcha. Cuando la toco, gime y se acurruca
en una bola más compacta. Muevo su flequillo a un lado. Joder, es
realmente tan...
Encantadora.
Es la única palabra.
Pero Cristo, ese olor. Inhalo con fuerza y siento el escozor detrás de
mis ojos. No me es extraño el gas lacrimógeno, y esto no está muy lejos.
Excepto que todo afuera es silencioso. No hay luces, ni sirenas. No
hay policía antidisturbios. Ningún tipo con un megáfono. Solo se oye el
tic-tac de uno de sus relojes despertadores y el zumbido del aire
acondicionado en la ventana.
Y luego un murmullo bajo seguido por un ladrido silencioso de boca
cerrada.
Guppy.
Me doy la vuelta y miro hacia abajo. Está de lado junto a la cama,
tendido como un pony durmiendo en el suelo. Su enorme pecho de barril
se expande con una respiración profunda, y luego hace un ruidito suave
y agudo. Sus orejas aletean, y sus patas hacen movimientos como si
caminara. Pero cuanto más lo observo, me doy cuenta de que parece más
asustado. Algo en su pesadilla lo asusta, y todo su cuerpo se sacude. Sus
oídos se levantan, y los soniditos suenan más preocupados. Me agacho y
le doy una palmada en el costado. Cuando lo hago, un ronquido repentino
y muy humano se oye por su nariz. Su boca se abre y veo la hilera de
dientes en su mandíbula inferior, brillando bajo una luz nocturna en
forma de pata. Su lengua se desliza de su boca, colgando hacia el suelo,
y sus ronquidos se vuelven suaves y pacíficos.
El débil pfffffft de un pedo de perro llena el aire. Es semi silencioso,
pero totalmente mortal. Los chicos del Departamento de Defensa
deberían considerar la posibilidad de contenerlo, lo antes posible. Se le
escapa otro, y luego sus patas se mueven como si estuviera buscando
algo. A juzgar por el olor, es col enterrada y fermentada. Me froto la cara
y me siento en la cama. Respirando solo por la boca, me desenredo de las
sábanas y paso por encima de él; es como pasar por encima de un cuerpo
en un programa de crímenes, maldición. Me dirijo al baño, donde olfateo
de forma tentativa. Sorprendentemente, el olor no ha llegado aún, así que
cierro la puerta y levanto el asiento del inodoro.
Una luz ondulante entra desde las farolas de la calle, a través de la
ventana de su ducha y a través de la cortina impresa con conchas
marinas. Es suficiente luz para ver que en el mostrador hay todo tipo de
perfumes, maquillaje y lociones. Las toallas blancas y esponjosas están
66
dobladas ordenadamente en los estantes. Miro detrás de la cortina de la
ducha y me quejo. En la bañera hay un tendedero, cubierto con sus
sujetadores y bragas, cada uno clavado con una pinza. Algunos son de
encaje, otros son deportivos. Algunos son de color nude, uno es de color
rojo brillante. En el medio, hay uno negro sin tirantes que está iluminado
por un rayo de luz, cada copa es un medio círculo perfecto, hecho de
algún tipo de tela brillante y suave.
Maldita sea.
Cierro la cortina de nuevo, con cuidado de no dejar que los ganchos
choquen con la varilla, y tomo mi pene medio duro en la mano,
asegurándome de que mi puntería para el bol es sólida. Mi mente vuelve
a la forma en que ella gimoteó, la forma en que rugió. Sé que no debería
gustarme tanto ya, pero a veces es así de simple. A veces dos personas
simplemente conectan. No hay nada que hacer al respecto, no hay forma
de evitar que suceda.
Penny. Russ. Clic.
Me sacudo y tiro de la cadena, dejando el asiento como lo encontré,
porque dejar levantado el asiento del inodoro es para los tipos que tienen
sexo con los calcetines puestos. Me enjuago las manos y curvo la palma
de la mano para beber del lavabo. Me doy cuenta de su cepillo de dientes,
insertado en la pared. Un frasco de loción me llama la atención, y lo cojo,
entrecerrando los ojos a la luz de la luna.
Mantequilla corporal de vainilla de Tahití. Desenrosco la tapa y lo
huelo. Joder, sí.
Lo asimilo todo, sus pequeños toques por todas partes. Mi baño en
Boston parece un baño de hombres. Tengo una mierda mínima que cabe
en los cajones, pero la suya es la misma marca de caos de Penny que veo
por todas partes en su casa, y que también vi en su coche. Vive la vida al
límite, champan con un poco de espuma derramándose de la copa.
En silencio, abro la puerta del baño para volver a donde necesito
estar. Desde la distancia, ella es casi más cautivadora, entre la luz de la
luna y la del reloj. La curva de su cadera se acentúa por las sábanas
arrugadas. Su espalda desnuda está trazada por el tenue contorno de los
tirantes de su bikini. Su cabello está desordenado y sexy en la almohada
detrás de ella. Pero entonces allí, a su lado, donde estaba yo...
Guppy.
Está tumbado exactamente como un ser humano, justo en el sitio
caliente que dejé atrás, con la cabeza hacia las almohadas y de espaldas.
Me acerco a mi lado de la cama. El olor se ha disipado con el aire
acondicionado, gracias a Dios. —Hola, amigo —susurro, dándole una
sacudida.
Un ronquido muy humano.
Otra sacudida. 67
Se queja.
—Guppy —digo en un severo susurro.
Cuando oye su nombre, se despierta temblando, como hacen los
borrachos cuando les das una bofetada de estupor. Sus grandes ojos van
directamente a los míos, y hay un bajo estruendo.
Sin embargo, de alguna manera, sé que no me va a morder, con o
sin aviso, así que trato de desplazarlo. Es jodidamente imposible. Tiene
que pesar como setenta kilos, y ahora mismo está practicando el arte de
ser peso muerto.
Tiro de su collar.
En respuesta, suelta un pedito con tanta fuerza destructiva como
una bomba de racimo.
—Cristo —murmuro en mi mano.
Él parpadea de nuevo, mirándome. Hora de dormir.
No lo entiende. Dormir a su lado, es lo único que importa ahora
mismo. Yo, en esa cama, al lado de ese maldito cuerpo perfecto,
sosteniéndola cerca. Pero entonces él acaricia con su enorme cara el lado
del hombro de ella y le da a su corta cola unos cuantos golpes en el
colchón.
Sí, lo entiende totalmente. Es el mejor lugar de la casa.
Y es oficial. Mi culo humano acaba de ser degradado al sofá.
Traducido por Gesi
Corregido por Anna Karol

Me despierto con el sonido completamente desagradable de nuestro


alcalde cantando las partes de Sonny y Cher de “I Got You Babe” desde
la radio junto a mi cama. Sumerjo mi rostro en la almohada y gimo
mientras la voz en la radio dice—: ¡Levántate y brilla, Port Flamingo! Este 68
es el alcalde Jeffers llegando hasta ustedes desde KPFF. ¡Va a ser un día
caluroso!
Y luego termina con un sonido de tocino chisporroteante.
El alcalde Jeffers. Se parece a Sonny Bono, habla como Sonny
Bono, hace estallar sus cuellos como Phil Collins mientras afirma que es
como Sonny Bono y conoce de memoria cada canción que el chico cantó
alguna vez en su vida. Y tampoco es ajeno a Simon y Garfunkel. Está en
la radio todos los días de la semana de seis a ocho de la mañana. Su
programa se siente como una combinación de una versión de NPR4 de
muy bajo presupuesto, un bar de karaoke y Good Morning, Vietnam.
Guppy coloca su babeante cara sobre mi brazo desnudo, y le doy
una palmadita. Mi segunda alarma suena, la vieja campana. Pongo los
dos relojes en silencio como si estuviera jugando a Whac-a-Mole y luego
levanto la fría sábana sobre Guppy y yo.
Todo mi cuerpo tiene esa dolorosa y agradable sensación de
agotamiento después de una noche de muy, muy buen sexo. Más que
eso, sin embargo. Retrocedo en mi mente. Sin dudas, sin competencia:
fue el mejor sexo de todos.

4 National Public Radio es una organización de medios estadounidense sin fines de


lucro. Produce y transmite noticias y programación cultural.
Es entonces que me doy cuenta de que a esta imagen le falta algo
muy importante. Russ. Salgo de las sábanas y me siento. ¿Dónde
demonios está?
Girándome, noto que Guppy ha dejado un espacio de
aproximadamente doce centímetros entre él y el costado del colchón. —
Guppppyyy. —Le doy un empujón con las dos manos—. No tienes ningún
sentido del romance en absoluto.
Acomoda su boca y se acurruca más profundamente en la
almohada de Russ. Con la esperanza de que lo haya desalojado
recientemente, escucho por algún sonido en el baño. Nada. Salgo de la
cama y tomo mi bata del gancho de la puerta. Me la ato en la cintura
mientras me apresuro por el pasillo. Compruebo el sofá. No está allí.
Reviso la silla reclinable en la esquina. Tampoco. Se me ocurre que debido
a que mi perro no entiende el concepto de compartir, el hombre más sexy
que he conocido en mi vida y el único que me ha dado un orgasmo, puede
haber sido forzado a abandonar mi casa en medio de la noche.
Realmente estoy ganado esta. En serio. Mi estómago se retuerce
con las primeras etapas del arrepentimiento, pero entonces veo que su
maleta está justo donde la dejó, junto a la puerta.
Es entonces cuando lo veo, en mi patio, profundamente dormido
en uno de mis viejos sillones. Es tan grande que las pequeñas correas de
plástico se arquean debajo de su cuerpo, particularmente debajo de los
músculos de sus sexys nalgas. Sus hombros son tan anchos que se
69
derrama sobre los lados del sillón, pero a pesar de todo, se ve
increíblemente cómodo. Ha reclinado el asiento hacia el peldaño inferior
y sus manos están cruzadas sobre sus ondulantes abdominales. Y está
en calzoncillos.
Que Dios lo bendiga.
Hay un ruido sordo en la habitación y al poco tiempo Guppy me
está empujando la cadera con su armadillo de peluche, nuestra señal
para: Desayuno, por favor. Dejo mi tierra soñada de calzoncillos y regreso
a la realidad. Tomo la lata de comida para perros del armario y el
abrelatas del cajón. Mientras giro la manivela del abrelatas, miro la playa
desde la ventana de mi cocina. Y allá fuera en la costa, un rostro familiar
me llama la atención.
Es la señora Mankowitz, arrastrando los pies por la arena. Camina
por la orilla todas las mañanas, como un antiguo Zamboni que peina la
playa. Lleva un pequeño brazo de agarre para poder recoger cosas como
conchas, botellas de agua y la extraña parte del cuerpo de la antigua
fábrica de maniquíes. La veo agacharse como un pájaro, inspeccionando
algo frente a ella. Recoge un pie de plástico, pero se congela cuando se
da vuelta para dejarlo caer en su cesta de compras llena de basura.
El brazo mecánico se abre y también lo hace su boca.
No puedo culparla. Lo que está viendo es tan raro como una helada
en Port Flamingo: un hermoso pedazo de hombre en el pórtico de Penny
Darling.
Guppy me toca la pierna con la nariz y golpea su cola contra la
esquina de la isla. —Lo siento —digo, sacando la mitad de la lata y
midiendo suficientes croquetas para que diez chihuahuas coman durante
un mes—. Siéntate. Quieto.
Pretende no tener idea de lo que estoy hablando y se lanza hacia
una inexistente mosca que pasa. —Guppy. Siéntate. —Le doy una
sacudida a su croqueta. Finalmente deja caer su enorme trasero al suelo,
extendiendo sus enormes patas traseras detrás de él como un oso de
peluche—. Quieto.
Coloco su comida en el suelo. Cuento hasta cinco Mississippis y le
doy la señal. —¡Ya!
Y se lanza a toda velocidad.
Mi teléfono suena desde mi bolso. Ni siquiera necesito verlo para
saber que es Maisie. Es la reina del bombardeo de mensajes de texto, y
mi teléfono suena y se sacude con alertas que se apilan una encima de
la otra. Lo saco y le echo un vistazo.

¿Estás despierta? 70
¿Estás paseando al perro?
¿Quieres proteínas en tu batido?

Además:

La señora Mankowitz y yo hemos notado que…


HAY UN HOMBRE EN TU PÓRTICO.

Después de darle el desayuno a Guppy (lo que dura unos seis


segundos y es más como inhalar que comer) me pongo unos pantalones
de yoga y una remera y salgo al patio. Russ aún está profundamente
dormido, su ancho y sexy pecho sube y baja con cada respiración. Aquí
en la luz puedo ver mejor el tatuaje en su hombro. No sé qué significa,
pero es una especie de escudo oficial.
Militar. Definitivamente. Y puedo imaginarlo; en algún tipo de
situación osada. Salvando a los civiles del peligro. Tal vez incluso con
uniforme militar. ¡Uniforme militar!
Una parte de mí quiere subir sobre él aquí y ahora, maldita sea la
señora Mankowitz. Una parte de mí quiere decirle que puede mudarse a
la cama, disculparse por tener un perro tan grande como el Yeti. Quiero
susurrar en su oído: vamos por la cuarta ronda. ¿Qué dices, soldado? Pero
mi temor es que, si lo despierto, corro el riesgo de que haga lo que la
mayoría de los hombres hacen la mañana después: agarrar sus cosas,
decir algo sobre un momento realmente agradable y apresurarse hacia la
puerta. Pero si juego bien mis cartas, si lo hago bien, también hay una
oportunidad de que pueda quedarme y verlo comer mermelada y beber
café en sus calzoncillos. Así que le escribo una nota en mi lista de tareas.

Russ,
Solo salí a pasear a Guppy. Hay café fresco, pan de banana y
mermelada en la nevera. ¡Sírvete y no vayas a ningún lado!
Penny.

Levanta su brazo muy suavemente y meto la nota entre su pectoral


y bíceps para que no se vuele con la brisa. Entonces tomo la pelota de
tenis desollada de Guppy de su cama y salimos por la puerta lateral de
madera.
Mientras abro el pestillo, oigo un largo—: Auchh —y lo abro para
encontrar a Maisie frotándose la nariz con la palma de la mano.
—¿Me estabas espiando?
—No, solo trataba de inspeccionar su rostro —dice—. Estoy casi
segura de haberlo visto en alguna parte.
71
—No volveré a hablarte si dices “en la lista de los más buscados del
FBI” —medio susurro mientras cierro la puerta y lanzo la pelota de tenis
a la playa. Guppy corre a toda velocidad tras ella, galopando a través de
un castillo de arena que quedó de ayer, chocando espectacularmente
contra una torre torcida que estalla cuando la golpea. Maisie desaparece
en su patio por un segundo y luego regresa, sosteniendo dos grandes
vasos de plástico. Me pasa uno. El batido en el interior es de un verde
brillante y huele a alimento para caballos.
—¿Por qué no pueden ser frutillas? ¿O mango? —Lo olfateo—. ¿O
durazno? Hay tantas frutas, Maisie. Tantas.
—Porque la col rizada es el superalimento de los superalimentos.
¿Arándanos? Por favor. Ahora, basta de charlas tontas. —Sorbe un gran
trago a través del amplio sorbete—. ¿Te lastimaste cuando te caíste del
Vagón de Hombre? Porque podía oírte desde mi casa. A través de mis
tapones para los oídos…
Me pongo de puntillas y lo estudio sobre la pared de mi patio. El
bulto en sus calzoncillos, sus abdominales. Su rostro.
—…yyyyy la almohada sobre mi cabeza…
Comenzó como un robo accidental, pasó a ser un envenenamiento
accidental y terminó con él durmiendo en mi pórtico. Y aun así fue
absolutamente perfecto desde el extraño comienzo hasta el final aún más
extraño. Tuve un orgasmo que desacredita a Cosmo y no me he reído
tanto en una cita desde… nunca.
—…yyyy mi máquina de ASMR.
Regresando a pararme sobre las plantas de mis pies, la miro a los
ojos y tomo un largo trago con sabor a hierba. —Yyyyy hashtag lo siento,
no lo siento.

72
Traducido por MadHatter
Corregido por Anna Karol

Me despierto para encontrar una nota debajo de mi brazo. A juzgar


por las correcciones, es una modificación de una versión anterior:

73
Russ,
¡Tuve que ir a trabajar! Solo saqué a pasear a Guppy. Hay café recién
hecho, pan de plátano y mermelada en la nevera. ¡Sírvete y no vayas a
ningún lado!
¡Llámame (teléfono fijo o Skype)!
Penny.
PD: ¡Información de Wi-Fi en la nevera!

Seguido por su número y su nombre de Skype. Mi primera reacción


es maldita sea, la extrañé, pero mi segundo pensamiento es que ella es
realmente increíblemente dulce. Amable, atenta y cariñosa. Me levanto
del diván con un estiramiento y un bostezo. Hay una especie de susurro
sobre mi hombro, y me giro para mirar. Se balancea una gran flor en una
enredadera, junto con algunas hojas de una maceta en la parte superior
de la pared.
—¿Hola? —pregunto.
Pero no hay respuesta.
Dentro de la casa, Guppy está metido en una enorme bola en su
cama, con las patas apretadas debajo de su cuerpo. Decido no
despertarlo, solo los idiotas despiertan a los osos dormidos, y me dirijo a
la cocina. Hay café caliente en la cafetera, como dijo. Abro la nevera y veo
que me ha dejado dos gruesas rebanadas de pan de plátano, cubiertas
con una envoltura de plástico. Junto a eso hay un pequeño frasco
llamado "Mermelada del abuelo", fechada este mes. Lo saco todo y lo
coloco en el mostrador. Del gabinete tomo una taza, que parece casi
hecha a mano, y me sirvo una taza de café. En la nevera, veo un Post-it
con la dirección Wi-Fi MaisieEsAsombrosa y la contraseña
DeVerdadAsombrosa1.
Cuando quito la envoltura de plástico del pan de plátano, Guppy
hace su entrada. Su cabeza está nivelada con las encimeras, y bloquea
todo el gabinete de la esquina cuando se sienta. Mira el pan y la
mermelada. Su área de cejas extrañamente humana sube y se queda allí.
—Amigo, no, lo siento —le digo—. Pero toma. —Le doy una galleta
de un frasco de vidrio. La huele sospechosamente, como si estuviera
tratando de envenenarlo. Así que pruebo una galleta de diferente color y
una tercera. Finalmente, cuando llego a la marrón oscuro, él la toma,
pero parece bastante decepcionado. Tú tienes pan de plátano. A mí me
das una galleta con sabor a cartón. Idiota.
Abro su mermelada y saco un cuchillo del cajón. Normalmente, me
gusta mi tostada simple, mi café negro, mis huevos sencillos. Pero esto
es lindo y agradable; y seguro, probaré su mermelada. En su pan de
plátano.
Así que lo hago.
74
Y santa mierda.
Guppy se queja, amasando la alfombra con sus garras de oso polar,
y veo una corriente de baba deslizándose hacia el suelo mientras me
observa con sus ojos caídos e inyectados en sangre.
El pan de plátano es húmedo, pero ligeramente crujiente con
nueces, o quizás pacana. La mermelada de naranja del abuelo es agria,
dulce y sedosa, y juntos son tan jodidamente buenos. Me agarro de la
encimera, como si me hubieran dejado sin aliento.
Guppy se desploma tristemente en el suelo, aplastando la cara en
el espacio entre los gabinetes y el azulejo. Baja sus orejas y suspira.
Me meto todo el pan que puedo en la boca, doblando una esquina
con el dedo.
Con la segunda pieza, que sabe aún mejor porque le coloco el doble
de mermelada. Guppy me da su mirada de Tony Soprano. Cuando parece
razonablemente resignado al hecho de que el pan de plátano no va a caer
directamente sobre la alfombra, trota hacia su cama y levanta su pavo,
luego reanuda su guardia mientras roe una de sus patas rellenas. Me doy
cuenta de que las pequeñas estrellas en su collar dicen: HAY UN NUEVO
SHERIFF EN LA CIUDAD. YO.
Cuando termino la segunda pieza, abro el refrigerador nuevamente
y veo el pan entero, junto a los huevos. Pero al lado hay una bolsa de
plástico llena de galletas, marcada en la etiqueta: Avena con pasas.
Cristo. Esta mujer tiene totalmente mi número. Saco una de la
bolsa y la muerdo.
—Oh, mierda.
Las palabras: podría acostumbrarme a esto, cruzan mi mente. Me
permito pensar en ellas, pero no me permito sentirlas, por mucho que
quiera. Estoy aquí por negocios. Negocios. No para enamorarme de una
chica que tiene el pan de plátano más delicioso que he probado, o que
tiene una reserva de kriptonita en su refrigerador. No estoy aquí para
involucrarme con una mujer que me dio el mejor sexo de mi vida y que
hizo realidad todas mis fantasías. Que tiene la misma maleta que yo y
que nombró a su perro por un personaje de Dickens.
No. Estoy aquí para hacer un trabajo. Así que termino la galleta y
abro mi bolso. Saco una camisa y pantalones limpios, y agarro mi estuche
de aseo. En el baño, su tendedero ahora se encuentra fuera de la bañera,
empujado contra la pared. Abro el agua caliente, y cuando el vapor llena
la habitación, veo que me ha dejado una nota en el espejo, escrita con la
punta de su dedo en el cristal. ¡Buenos días, guapo!
Sobre la alfombra de baño están sus huellas húmedas. Coloco mis
pies sobre ellas y desaparecen por completo.
No estoy aquí para quedarme. No.

75
Traducido por Lauu LR & Bells767
Corregido por Anna Karol

Después de ir media hora al norte por la autopista, llego al


mediocre parque de oficinas, el tipo de lugar que parece podría ser el
hogar de una aseguradora barata, o una farmacéutica turbia. En el
primer lugar de estacionamiento hay un Cadillac de los ochentas con una 76
pequeña grieta en el parabrisas. Es blanco con un techo falso de
convertible café. Atrapado en el limbo de los carros de mierda por
siempre, es demasiado común ser un artículo de colección y demasiado
feo para ser coleccionado de todas formas. Lo peor.
Sobre las puertas correderas del edificio están las palabras A. R.
DICKERSON GOLF INTERNATIONAL. Dentro de las letras, cerca de media
docena de gaviotas han construido nidos de bolsas de plástico y redes de
pesca, y debajo de cada perno hay una mancha de oxido, como gotas de
sangre.
El lugar es igualmente siniestro, con polvosas plantas falsas de
oficina y papel tapiz tropical desgastado por el sol. Un guardia de
seguridad no levanta la mirada de su juego de Bejeweled en su teléfono.
Me meto en el elevador y presiono el botón del último piso.
Tomo la izquierda saliendo del elevador y voy por el pasillo, hacia
un juego de puertas de cristal manchadas de salpicaduras de líquido de
un medio interesado limpiador. Hay una secretaria detrás del escritorio
diciendo—: Entiendo eso, sí, pero no vamos a reembolsarle las pelotas
perdidas en los cuerpos de agua. Así no funciona el golf. —Deja que su
cara caiga contra su mano abierta—. ¡Señor! ¡No lo estoy estafando!
Recargando la barbilla en su palma, levanta su mirada en blanco
hacia mí, y le enseño mi tarjeta de negocios. Estrecha los ojos y hace la
cabeza hacia atrás, totalmente miope. —Él está ahí —gesticula, y señala
la oficina trasera. Hago mi camino por los amontonados cubículos hacia
la esquina. He estado en cientos de lugares como este. Son mi carne con
papas. Lugares como este han hecho mi carrera. Pero que me jodan si no
son los lugares más deprimentes del planeta.
La oficina de la esquina tiene la puerta cerrada, así que golpeo en
la placa que dice: ADOLF RICHARD, “DICK” DICKERSON. CEO, CFO, COO,
PROPIETARIO.
Con un nombre como ese, no me sorprende que vaya por “Dick”.
—¡Entre! —grita una voz detrás de la puerta, y después incluso más
fuerte—: ¡Hijo de perra! ¡En el culo de nuevo! ¡Bastardo!
Cristo. Si hay una cosa que he aprendido en este trabajo, es que
no creas nada que escuches detrás de una puerta cerrada. Así que me
preparo para cualquier cosa, y la abro.
La oficina de Dickerson parece un set conservado de Miami Vice.
Es como un maldito viaje en el tiempo. Todo… desde los muebles de cuero
negro a la alfombra marrón, es vintage. Hay una calculadora con un rollo
de papel en el escritorio, y en el muro hay una gran placa amarillenta
proclamando: A.R. Dickerson, hombre del año, Buró de los mejores
negocios en Florida del Sur, 1986.
Pero Dickerson en sí, más que nada, esta salido directamente de
los ochentas. Una esponjosa peluca con un peinado hacia atrás, y un
largo bigote. Está sosteniendo un palo de golf, y parado en una alfombra
verde frente a un enorme escritorio de cerezo. Frota su trasero y fulmina 77
con la mirada al hombre arrodillado detrás de él.
—Lo siento, señor, pero si solo se quedara quieto… —dice el chico
en el suelo. Se mueve sobre sus rodillas sobre la alfombra, tratando de
hacer una línea en los pantalones de poliéster de Dickerson. Alrededor
de su cuello como una bufanda esta una cinta métrica, y en lugar de reloj
lleva un cojín de alfileres.
Dickerson deja salir el aliento y rasca su nariz, que es roja y
bulbosa. Es una nariz de borracho, venosa y demasiado grande.
—¿Quién demonios eres tú? —me pregunta, sujetando su palo un
poco más agresivamente, usando ambas manos para tomarlo por el
medio.
—Russ Macklin.
—Bueno, ya era maldita hora. —Dickerson sale de la plataforma
elevada mientras el costurero se mueve de cerca, tratando de marcar el
borde—. Te esperaba ayer en la tarde. ¿Qué demonios pasó? Y no me
digas que fue una mujer. —Mueve el palo de golf en el aire como un bate
de beisbol—. No son más que problemas, mujeres.
Una mujer. No solo una mujer. La mujer. —Tuve algunos
problemas con mi equipaje.
—Mmmm —dice, frotando su enorme nariz con su nudosa mano,
poniéndola incluso más roja en la punta. Y deja caer su palo en el
escritorio—. Toma asiento. —Señala a una silla de aspecto incómodo
frente a su escritorio. Este tipo podrá ser el rey de su propio imperio de
golf, pero de ninguna manera voy a dejar que me diga donde sentarme.
Así que tomo asiento en una silla diferente y abro mi bolsa. Está a punto
de sentarse también, rodillas dobladas; casi dejándose caer en la vieja
silla de oficina, cuando el costurero jadea—: ¡Señor! ¡Los alfileres!
—Oh, por el amor de Dios —gruñe Dickerson, volviéndose a
levantar enviando su silla dando vueltas—. Toma tus medidas y sal de
aquí. El señor Macklin y yo tenemos mierda secreta que discutir.
Una vez que estamos a solas en la oficina, y después de que
Dickerson se ha cambiado de sus pantalones café de poliéster sin
dobladillo a un par de viejos kakis, presiona un botón en el viejo teléfono
de su escritorio. —¡Kathleen! Contesta mis llamadas.
Del pasillo, completamente olvidando el intercomunicador,
Kathleen grita—: ¡Bien!
Presiona unos cuantos botones más, su dedo pequeño extendido y
tocando botones en un frenesí aleatorio. Uno de ellos se ilumina y Dick
grita al teléfono—: ¡Y llama al maldito lugar de vidrios para auto para que
vengan a arreglar mi parabrisas!
De nuevo desde el pasillo, la secretaria contesta—: ¡Está bien!
El tipo claramente tiene historia con el sistema de
intercomunicación, porque está mirando el teléfono como si estuviera
cerca de arrancarlo de su cable y lanzarlo por la ventana. La esquina del 78
teléfono tiene una mancha blanca, y noto un punto a juego en los paneles
de yeso a mi izquierda. Abre su cajón superior y saca una bola antiestrés
de aspecto apretable en forma de una cabeza de payaso. La aprieta fuerte,
y su nariz bota hacia afuera. —Ahora —dice, claramente tratando de
mantener su temperamento a raya—. Señor Macklin, déjeme mostrarle
la distribución del terreno.
Del cajón superior de su escritorio saca un mapa, un mapa AAA
real en papel, doblado en un pequeño rectángulo. Mientras lo
desenvuelve, envía lapiceros, lápices y una caja de clips volando. Lanza
la cabeza de payaso terapéutica a un lado. —Este es Port Flamingo. —
Apunta al centro del mapa con su dedo manchado de salsa.
Claramente. —Entiendo.
—Esta área aquí… —toma un marcador del cajón de su escritorio,
mordiendo la tapa y entonces dibujando un círculo en una enorme área
al norte del pueblo—, es donde quiero poner el próximo resort de Golf
Dickerson. Va a ser genial —dice, alrededor de la tapa del marcador,
dando el mismo efecto que si tuviera un cigarro entre sus dientes. Mira
algo detrás de mi hombro, y doy un vistazo. Ahí, en la mesa, hay un
modelo a escala, por supuesto, completo con pequeñas banderas y
arboles—. Dieciocho hoyos, aprobado por la PGA5. Un hotel de cinco
estrellas con spa. Piedras calientes, masaje Thai, toda esa mierda lujosa.
Y —agrega emocionado—, un restaurante hibachi real, como donde los

5 La Asociación de Golfistas Profesionales de América.


chefs preparan la comida y la lanzan a tu boca, mientras tú bebes tu mai
tai, ¿me copias?
Siempre que no sean calamares. —Hasta ahora sí.
Deja caer la tapa del marcador de su boca, y esta aterriza en el
golfo. —Como sea, el alcalde de este pueblo esta tan torcido como el
parachoques delantero de una mujer de ochenta años. No puedo
conseguir hacer nada de nada con él en mi camino.
Me acomodo en mi silla. No es exactamente espionaje corporativo,
pero supongo que la variedad es el sabor de la vida. —Siempre puede
esperar a que sea votado fuera.
—No estamos en la tierra de los límites, hijo. Incluso si espero
cuatro malditos años, ¿sabes lo loco que tendrías que estar para competir
por la alcaldía de este lugar? ¿Estás familiarizado con su historia? ¿Con
esas malditas medusas?
Lo estoy ahora, gracias a Penny. Mi fuente interna.
Interna.
Joder.
Pero no estoy a punto de dejar a Dickerson verme perder en un
erótico sueño mientras estoy despierto, así que me mantengo en línea. —
Solo para estar claros, ¿está dispuesto a pagarme mi tarifa completa con
horas extras para encontrar los trapos sucios de este tipo? ¿Del alcalde 79
de este pequeño pueblo? —Cruzo los brazos y observo cada movimiento
suyo—. No soy barato, Dickerson.
—¡Estoy dispuesto a pagar, hijo! Tengo dinero saliendo de mis
cuencas oculares. El alcalde Jeffers es lo único que se interpone entre mí
y los beneficios de dieciocho hoyos. No obstante, tiene los dedos en todos
los pasteles de Port Flamingo. —Apuñala el centro del círculo rosado con
el marcador, atravesando limpiamente el mapa—. Justo aquí, en medio
de mi noveno hoyo, su granja de llamas sin licencia. —Dibuja una línea
a lado de la costa, agregando—: Y por aquí está el paseo marítimo que
también es de su propiedad.
—¿Y?
Dickerson bufa. —El alcalde Jeffers no podría invertir en una
máquina de monedas trucada y ganar. No podría frotar dos monedas
juntas sin perder un centavo. No podría…
—Entiendo.
Gruñe. —Correcto. Y no voy a soportarlo más, hijo. No veré al
hombre hacer un desastre de este pueblo. —Marca el mapa cinco veces
más con el marcador, así que parece que fue disparado con balas
fluorescentes—. Es un buen lugar con gente agradable, y no permitiré
que lo hunda.
En tanto como van los motivos para contratar un IP, es bastante
normal, sin juego de palabras. Un movimiento financiero disfrazado de
uno decente. Situación normal en esta línea de trabajo. Miro más de cerca
el mapa. Dickerson no puede construir al norte, porque hay un espacio
verde ahí, señalando un parque nacional. Pequeñas y oscuras letras lo
definen como el Great Soda Lake. Hacia abajo, el océano. A la izquierda
esta la East Beach.
Donde hay un tendedero cargado con lencería perfecta, y una
mujer llamada en honor a una maldita diosa.
Empujo lejos esos pensamientos. —Asumo que ha tratado de
comprarle esas propiedades.
—Maldita sea, por supuesto que sí. Bajé la oferta, subí la oferta…
todo. ¿Le parezco un principiante, señor Macklin?
Lo que parece, me doy cuenta, es un tipo a una barba de algodón
de distancia de encontrar trabajo en las fiestas en cualquier centro
comercial en decadencia del planeta. La nariz, la barriga, la peluca de
cabello blanco. Es como Santa usando los pantalones de segunda mano
de su papá. —Vamos a dejar algo claro, señor Dickerson. Puedo
investigar a cualquiera, pero solo puedo encontrar algo si ya está allí. Si
quiere a alguien que le fabrique evidencias, no soy el indicado.
Dickerson asiente y juega con la tapa del marcador. Se equivoca la
primera vez y hace un punto rosa en su dedo. Mas que tratar una
segunda vez, lanza el marcador a un lado y aterriza junto a la cabeza de
payaso. Entonces se sienta, toma un abrecartas de su escritorio y 80
comienza a limpiar su oído con él. —Entendido, hijo. No quiero hacer
problemas, quiero salvar este pueblo. ¿Tenemos un trato? —Mira la cera
en la punta del abridor y entonces de nuevo a mí.
Por el amor de Dios.
Lo que debería darle es un inconfundible no. Salvar pequeñas
comunidades rurales de posibles corruptos alcaldes no es exactamente
uno de mis servicios estándar. Aun así, podría ser mi último trabajo como
IP; y mientras que no es precisamente cambiador de vidas, es uno fácil.
Miro hacia las palmeras balanceándose gentilmente. De regreso en
Boston, está nevando tan fuerte que los limpiadores no pueden
mantenerse al corriente. Aquí estoy en el paraíso. Por una semana. Con
ella. —Sí, tenemos un trato.
Comienza a doblar el mapa de forma incorrecta y se queda con él.
Cuando termina, está todo arrugado y cerca de tres veces más grueso
que al inicio. Me lo da —Bien. Avísame de tus avances, hijo. —Levanta
su palo de golf de nuevo. De su bolsillo, saca un cigarrillo sin encender y
lo mete a su boca, exactamente como mordió el marcador.
Se acomoda frente al hoyo frontal. —Tendré a mi secretaria
agendándote una cita con él, encubierto. En el almuerzo, hoy. En el
restaurante Sunkissed. Dile cualquier historia encubierta que quieras,
señor Macklin —indica, acomodando el palo—. Pero no le dejes saber que
yo estoy detrás de este esquema.
***

De regreso en Port Flamingo, estaciono frente al bungaló de mi tía


Sharon. A través del aire acondicionado está el muy distintivo aroma que
siempre pertenecerá a ella, sin importar dónde lo huela. No importa si
fue en alguna fiesta universitaria o en alguna calle en el sur. Ese olor, es
ella.
Hierba.
Su cabeza se levanta en las hileras de frijoles y “tomates”, que solo
parecen plantas de tomate si nunca has visto una antes. Tiene un porro
en una mano y hojas sueltas en la otra. Antes de que pueda abrir la
puerta, corre por las rondas de hojas verdes. Se mete a su pequeño
invernadero y cierra la puerta. Las hojas de cinco puntas se mueven con
la brisa.
Cuando abro la puerta, la escucho gritar—: No vas a tocar mis
tomates sin una orden, señor.
No es exactamente el “¡Bienvenido, Russ!” que estaba esperando.
—¡Conozco mis derechos! —Su voz esta extrañamente magnificada,
y aun así amortiguada de algún modo, por el efecto del invernadero—.
¿Crees que llegué a esta edad sin saber mis derechos, agente quien sea
que seas? 81
Agente. Mierda. Me doy cuenta de lo que debe estar pensando
mientras bajo la mirada hacia mí, poniendo lo que veo a través de las
distorsionadas ventanas del invernadero y los efectos de la marihuana
orgánicamente cultivada. La Suburban negra con ventanas tintadas. Los
pantalones de vestir, la camisa. El corte de cabello militar.
Mi tía Sharon cree que soy un federal.
La cosa es, que aparecí sin avisar. No estaba totalmente seguro de
tomar este empleo, y no quería decepcionarla si no podía. Pero lo haré, y
ahora estoy aquí. Y ella no tiene idea de quién soy. Así que decido seguirle
la corriente. —¿Es así, señora?
—¡Demonios que sí!
Presiono con el botón de mis llaves. —Esta es la cosa, señora
Baytree. Hemos recibido algunas quejas. —Inhalo lentamente y sacudo
mi cabeza hacia el jardín—. Disturbio de la paz. Vegetales indecentes y
lascivos.
La neblina dentro del invernadero chilla cuando se escobilla un
punto de su mano. Se pone sus lentes de sol a lo John Lennon en su
cabeza. —¡No! —dice sin aliento.
Abro mis brazos al máximo. —Sí. Así que vamos, peligro para la
sociedad.
La puerta del invernadero se abre de golpe; ella flota por el camino
y su vestimenta vuela. Me da un abrazo gigante y un gran beso en la
mejilla. —Es tan bueno verte, cariño. Perdón por la paranoia. Eso pasa.
—Agente Quien Quiera Que Seas —la molesto.
—Más vale prevenir que lamentar.
Touché.

***

Con su cuchillo sobre un pastel del refrigerador, la tía Sharon


dice—: Algo me dice que no has venido hasta aquí sin avisar solo para
que te alimente.
Este es uno de los problemas de mi trabajo. La gente a la que se lo
quieres contar es también a quienes de verdad no se lo puedes decir.
Como mi tía, y Penny, también. —Te lo diría si pudiese.
—Está bien. Quinta Enmienda. Lo voy a permitir. —Corta un
pedazo del pastel—. Pero esta es una pregunta que la constitución no me
puede impedir hacer: ¿Ya te encontraste a una buena chica?
Para una señora que nunca se ha casado y dice la palabra
matrimonio como la mayoría de la gente dice piojos, siempre ha tenido un 82
gran interés en si al resto lo ha picado el bicho del matrimonio. En mi
interior, sé que Penny es el epítome de buena chica, pero es imposible.
Voy a estar aquí una semana y es mejor que la mantenga fuera del radar
de la tía Sharon. Dios sabe que Penny ya tiene suficiente con las canastas
de regalo de zanahorias pervertidas en su puerta principal. —Aún no.
Me estudia por sobre sus lentes normales, también del estilo de
Harry Potter y John Lennon, pero sin tintar. —Una esposa puede ser algo
bueno. Mantenerte por el buen camino. Decirte cuando la estás cagando.
Asegurarse de que tengas ropa limpia.
—Eso viene de una mujer con un tatuaje que dice “Los hombres
son un lujo, no una necesidad” -Cher.
Un mmmm conocedor sale por su nariz. —Tal vez nuestro lado de
la familia no sirve para el matrimonio. Tal vez es como la gente que no
puede hacer el spagat o que no tiene oído musical. Tal vez simplemente
no nos podemos casar.
Como siempre, tiene un punto. —Piensa en mis padres.
Inhala aire con horror. —No lo hagamos, cariño. Que descansen en
paz, pero prefiero pensar en los juicios de Núremberg.
Es un hecho. Mis recuerdos de ellos juntos están un poco borrosos,
ya que solo era un niño cuando se separaron. Pero la mayoría incluyen a
mi madre achicando los pantalones de mi padre a propósito, mientras él
vaciaba deliberadamente la batería del Honda de ella. No era exactamente
la definición de felicidad marital.
Me sirve un pedazo de pastel de ocho centímetros de grosor. —Tal
vez no somos del tipo que se casa. Dios sabe que he intentado ese
experimento suficientes veces para saber que preferiría tener herpes
antes que al mismo hombre en mi cama hasta que muera.
Hago una tos/resoplido en mi té dulce. Mi tía Sharon tiene muchas
cosas, menos un filtro. Poco sabe que ella y sus crudas descripciones del
mundo son mi mejor punto de partida para este trabajo. —El alcalde y tú
lo intentaron. No fue tan malo, ¿o sí?
El cuchillo suena contra el plato del pastel. —Russy. Me asaltaron
en el Washington Heights en 1987 y se sintió mejor que estar casada con
ese hombre.
Así es como se refiere al alcalde y como siempre lo ha llamado. Ese
hombre. Algunas mujeres de su edad tienen pasatiempos como jugar
solitario o bridge. Mi tía Sharon llena sus días haciendo crecer zanahorias
completamente dotadas y mantener un rencor eterno en contra de Ese
hombre. Todos tienen algo especial. Y el algo especial de mi tía Sharon es
la razón de porqué tomé este trabajo.
Es gracioso, sin embargo, porque para mí, hasta, digamos, anoche,
mi algo especial siempre ha sido el trabajo. Soy ese chico que siempre
está trabajando. Amo el trabajo. Pienso en él todo el maldito tiempo. Me 83
define. Es lo que soy. Pero ahora hay alguien más en el fondo. Apenas la
conozco, pero la quiero. La acabo de conocer, pero me gusta lo que
conozco de ella más de lo que debería.
Pellizco el puente de mi nariz intentando aclarar mi cabeza. En la
esquina del salón, el gato de mi tía, Janis Joplin, araña su poste.
—¿Estás bien, cariño? —Mi tía Sharon saca una rebanada de
pastel del plato y pone la mitad de ella en su boca.
—Completamente. —Parpadeo para salir de mi cabeza—. Pero
hablando de Ese hombre, si hipotéticamente fueses a contarme de sus…
puntos débiles, ¿cuáles serían?
Mi tía intenta hablar a pesar del pastel. —No me digas que lo estás
investigando…
—No puedo confirmarlo ni negarlo. Necesito información básica
sobre él. Eso es todo.
Mastica furiosamente y se limpia las migajas de su polera. —
Bueno, Dios sabe que puedo darte mucho de eso.
Traducido por Anna Karol
Corregido por Lizzy Avett’

Visita Port Flamingo funciona como la oficina del alcalde, en un


pequeño edificio de bloques de cemento que solía ser una casa de
empeños. Ahora está pintado exactamente del mismo color que una
mandarina, por dentro y por fuera, incluidas las barras de las ventanas. 84
El alcalde mismo lo pintó, después de que lo votaron por última vez, a
nadie le importó lo suficiente como para contradecirlo con eso, aunque
alguien escribió como candidato a Tratamiento de Conducto.
Como en “prefiero tener un tratamiento de conductos que votar por
ese hombre otra vez”.
Cuando escuché eso, le dije a Maisie—: Te apuesto dinero a que fue
Sharon Baytree. —Y Maisie dijo—: No es una apuesta si es algo seguro.
¡Ding, ding, ding! Tenemos un ganador.
A veces pienso que la frase bendiga su corazón fue inventada para
nuestro alcalde. Tiene buenas intenciones, eso creo, pero su estrategia
no siempre es la mejor. Atacó este lugar con un rociador de pintura y un
celo postelectoral muy errado, lo que significa que pasé el último año
limpiando los interruptores de luz de sus costras de pintura y usando
lápices romos para abrir las rejillas en las rejillas de ventilación del aire
acondicionado. Pero es alegre. Siempre y cuando estés apasionadamente
enamorado del color naranja.
Desbloqueo la puerta principal y volteo el cartel de Cerrado a Abierto.
Pongo mi bolso detrás de mi escritorio, me quito los auriculares, dejo mi
teléfono y enciendo mi computadora. Entonces, fuera de la ventana, lo
veo. Está haciendo una especie de gesto de pistola como el Fonz a alguien
al otro lado de la calle.
El alcalde. Se llama Jack Jeffers, pero prefiere que lo llamen…
Espera por ello, bebé…
Sonny.
Por supuesto que lo hace.
Empuja la puerta y me da las manos de jazz. ¡Ta-da! —
¡Penny, cariño!
Cada fibra de mi ser me dice que ponga mi cabeza en mi escritorio
y diga: Suficiente. Trabajaré en el vivero. Ya no puedo hacer esto. Pero lo
sé. Si bien no es mi empleo ideal, es un trabajo. Además, paga mejor que
reorganizar seis paquetes de petunias todo el día. Créeme, lo he
comprobado.
—¿Qué hay en el expediente, señor alcalde?
—¡No lo sé! ¡Dígamelo usted! —Toma una menta del tazón pequeño
en mi escritorio y se la mete en la boca.
Mi computadora cobra vida y mis Alertas de Google pueblan mi
bandeja de entrada. Cada vez que alguien menciona la ciudad o sus
peculiaridades, recibo una notificación. Hoy, recibí una crítica de una
estrella de Yelp de nuestra estación de servicio multiuso de cebo-
tienda: personal grosero, gusanos muertos, sin gas. Además, una revisión
de Facebook del Great Soda Lake: los olores son realmente raros, los
flamencos dan miedo, no vayas allí. Y finalmente, un artículo de opinión
del Port Flamingo Gaceta: Si no conseguimos el servicio celular en esta 85
ciudad pronto, me mudaré a Tampa y tú también deberías.
Aparto la vista de la pantalla y trato de concentrarme en algo un
poco más feliz. Levanto mi teléfono, esperando un mensaje de Russ.
Verifico mi configuración de Wi-Fi para asegurarme de que estoy en la
red de Visita Florida. Abro y cierro mis mensajes varias veces, golpeando
mi teléfono con el dedo. Abro y cierro Skype. Actualizar. No. Nada.
Si nunca vuelvo a saber de él, lo juro por Dios que será el colmo.
Ya terminé con los hombres. Tiraré toda mi lencería sexy, compraré solo
túnicas y polainas de lino, y esperaré a mi menopausia para devolverme
mi sentido común. En veinte años.
Mientras tanto, volveré a la rutina. Abro el calendario y miro. Entre
mis diversas tareas se encuentra organizar el calendario del alcalde, es
como tratar de armar un rompecabezas con solo la mitad de las piezas.
—Tiene una reunión para almorzar en la cena —digo, leyendo lo que puso
en el calendario. Espera, no—. Cafetería6.
—¿Quién lo dice?
—Usted. Lo puso aquí —le digo—. Yo escribo cafetería con una n.
Tuvo que ser usted. Almuerzo al mediodía en el Sunkissed.
Se suena la nariz en un pañuelo y se limpia las fosas nasales. —
¿Vienes conmigo?

6
El escribió ‘’dinner’’ que significa cena, en lugar de ‘’diner’’ que se puede traducir como
restaurante o cafetería.
Tratamiento de conductos.
Pero el trabajo es el trabajo. A veces siento que soy el gel protector
de la aspirina que es el alcalde. Maisie me planteó una metáfora mixta y
continuó diciendo que, si no fuera por mí, la mitad de esta ciudad se
duplicaría con reflujo ácido. La adulación te llevará a todas partes.
—Sí. Solo necesito responder al comentario de esta señora sobre el
Soda Lake y ver qué puedo hacer con los nudistas en la playa pública.
Iré a buscarle después.
Rueda la menta hacia la otra mejilla, succionando una gotita de
baba a mitad de la maniobra. —¡Suena bien, Darling!

86
Traducido por -queen-ari-
Corregido por Lizzy Avett’

El Sunkissed está limpio, huele a tocino y la camarera lleva gafas


puntiagudas de los años cincuenta como Lucille Ball. —¿Te puedo
ayudar?
—Sí, estoy aquí para ver al alcalde… —Me giro para mirar. Solo hay
87
un chico en todo el lugar... y es Sonny Maldito Bono. Mierda—. ¿Es ese
Sonny Bono?
—Sonny Bono ha fallecido, cariño. Ese es nuestro alcalde —dice la
camarera, su voz plana y mecánica como si lo hubiera dicho unas
seiscientas veces hoy. Toma un menú, indicándome que la siga.
Cuando nos acercamos a la mesa, el alcalde me mira, en medio de
pasar la página de un catálogo lleno de polos y suéteres de club de campo.
La silla al lado de la suya está retirada ligeramente, y hay una taza de té
humeante en un platillo. Un asistente, tiene que ser.
—Estoy pensando en comprarme uno de estos —Golpea un suéter
que el modelo lleva sobre sus hombros—. ¿Qué piensas?
Lo que creo es que debería tomar a la camarera por los hombros
para preguntar: ¿Estás segura de que Sonny Bono está muerto? ¿Estás
segura? Es un puto ladino. Pero lo mantengo serio y profesional. —Soy
Russ Stevenson —digo, sentándome—. Stevenson Solutions,
Incorporated.
Tira de la página de polos y rasga la encuadernación grapada. Me
mira de arriba abajo. —Soluciones Stevenson. Eso suena como si
estuvieras en tanques sépticos. —Pero luego él me estudia, arrugando la
nariz e inclinándose hacia adelante—. ¿O eres algún tipo de federal?
¿Qué está sucediendo aquí? ¿Es el corte de pelo? ¿El almidón en
mi cuello? ¿Los pantalones? Toda mi vida, nadie pensó que era policía, y
ahora entro en la Zona Crepuscular de la Costa del Golfo, y bien podría
tener una de las insignias de sheriff de Guppy en mi cinturón. —Soy un
buscador de ubicaciones. Volé desde Hollywood ayer.
Sus ojos se vuelven en forma de platillo y parpadea. —No.
No muy diferente de lo que ocurre con las "plantas de tomate" de
tía Sharon, el truco de ubicaciones solo funciona si lo estás usando en
alguien que nunca ha conocido a un explorador de locaciones. Me
encontré con una exploradora de locación una vez. Tenía veinticuatro
años, pasaba la mitad del día en Twitter y no comía más que regaliz. Pero
estoy apostando por el hecho de que este tipo no distingue sus
exploradores de locaciones de sus niñas exploradoras. —Estamos
interesados en filmar una función aquí.
—¡Sí! —Agarra la revista contra su pecho como una Biblia—. ¡Oh
sí!
—Quería asegurarme de que todo estuviera bien con usted, que
conociera el condado. Ayuda tener la aprobación local. No quisiera pisar
ningún dedo del pie.
—¿Para quién trabajas? —dice en voz baja, con entusiasmo—,
¿MGM? ¿Universal? ¿El que tiene a ET en el carrito de la compra? —En
su emoción, saca una esquina de una página de la revista, decapitando
a un tipo con un chubasquero.
—Estoy bajo no divulgación. No podría decirlo, aunque quisiera. 88
Parpadea con fuerza, una, dos, tres veces, como si tuviera arenilla
en las lentillas. —¿Qué tipo de película es? ¿Me puedes decir eso?
—No puedo decir eso tampoco.
Él da un jadeo emocionado. —¿Hay alguna posibilidad de que sea
Lifetime? ¿Una película de la semana? De hombre a hombre, soy un gran
admirador de Lifetime.
Mi primera lectura sobre el tipo no es exactamente lo que dijo
Dickerson. En la superficie, parece un padre suburbano ordinario,
apenas el autor intelectual de una operación de malversación de fondos
municipal a pequeña escala. Pero las apariencias pueden ser engañosas.
—No necesitaré mucho de usted mientras esté aquí —le digo, mientras la
camarera llena mi taza de café—, solo le estaba haciendo la cortesía de
presentarme.
—¿Tal vez tendría la oportunidad de estar en este… —Se golpea el
costado de la nariz—… proyecto?
—Nunca se sabe, alcalde, nunca se sabe.
Chilla. —Qué emocionante. Sabes, me han dicho que tengo un
parecido sorprendente con... cierta exestrella del pop, y alcalde. ¿Hay
alguna posibilidad de que sea una película biográfica? Puedo
cantar todas sus canciones.
—Honestamente, señor. Realmente no puedo decirle. —Vierto un
envase de crema en mi café y me doy cuenta de que su asistente se ha
dejado el móvil; tiene las yemas atadas y están anudadas. Me produce
un pellizco por dentro, al pensar en ella. ¿Qué demonios estoy haciendo
aquí hablando con este hombre? Debería estar con ella. En su cama. Ahora
mismo.
Pero entonces escuchó el ruido de sandalias acercándose. Una
mano delgada toma una de las sillas del comedor y la agarra, luego se
congela. Deslizo mis ojos por su cuerpo. Vestido rosa hoy, sujetador rosa
claro. Estoy casi seguro de que era el que colgaba del peldaño superior
de la rejilla de secado. Mierda.
—¿Bueno, hola? —dice, con las cejas arrugadas—. ¿Qué estás
haciendo aquí?
El alcalde me salva de tener que mentirle directamente a la cara y
le agradezco a Dios por eso. —Es de Hollywood, Penny. ¡Hollywood!
Penny se sienta con lentitud, sus manos caen juntas
cuidadosamente en su regazo. El vestido tiene una banda en la cintura,
haciendo que la tela se acumule en su punto más estrecho y sexy. Sin
embargo, apartó los ojos de su cuerpo y me concentro en su rostro. Tiene
los labios apretados, y se ve casi horrorizada. —¿Oh?
—¡Sí! —retumba el alcalde—. ¿Hay alguna posibilidad de que
necesites una asistente mientras estás aquí? Port Flamingo está 89
encantado de darle la bienvenida. ¡Feliz de hacer todo lo posible para
ayudar! Penny, aquí, por ejemplo. No está ocupada, ¿verdad, Darling?
La boca de Penny se abre y sus fosas nasales se dilatan. Se inquieta
con sus cuerdas enredadas y mira hacia mí, hacia el alcalde, y de regreso.
—Señor alcalde, tengo trabajo que hacer. Tengo críticas de una estrella
para tratar. Tengo un horario...
Claramente, no le gusta la idea. Lo entiendo. Tiene su trabajo, y yo
tengo el mío. Probablemente es mejor si los dos no se superponen.
Quiero decir, si me paso la próxima semana haciendo lo que quiera con
ella en cada superficie plana de esta ciudad, consideraría todo este
trabajo como un jodido éxito espectacular, pero no voy a presionar. —
Prefiero trabajar solo. Aunque aprecio la oferta.
Pero él sacude la cabeza con tanta fuerza que sus mejillas se agitan.
—Nop. Esta es mi ciudad, y tú eres nuestro invitado. Es un honor
ofrecerle alguien de mi personal.
Penny se lleva la mano a la frente como si se estuviera controlando
la fiebre. —No estoy exactamente en su...
—¡Shhhh! —Golpea su catálogo y hace saltar su taza de café—.
Firmo tus cheques de pago. Definitivamente eres mi personal.
Penny hace una mueca a su té mientras saca la bolsa de la taza y
la escurre envolviéndola en la cuerda. —Pero también firmas el cheque
de pago del bibliotecario, y él ni siquiera te deja entrar al edificio.
El alcalde Jeffers ignora eso. Suspira y respira, luego aplaude, tira
su café y envía un gran charco a un tipo de cabello blanco que camina
por un laboratorio amarillo en el catálogo. Penny se levanta de un salto y
corre a buscar unas servilletas, mientras el café cae de la mesa al suelo.
El alcalde no se inmuta por todo eso, y sigue hablando. —Insisto, señor
Stevenson. Toma a Penny. Es toda tuya.
Ahora de pie junto a la mesa, Penny seca el café con un montón de
servilletas, sin darse cuenta de que estoy mirando directamente entre sus
senos.
Toda mía. Joder. Sí.

90
Traducido por Anna Karol
Corregido por Lizzy Avett’

Por supuesto que esto me pasaría a mí. Por supuesto, no podría


tener la mejor noche de mi vida con un hombre común que trabaje para
el IRS7 o Marriott o que sea un biólogo marino para el Estado de Florida,
para verificar que las medusas no hayan regresado. Por supuesto, 91
termina siendo una especie de chico súper elegante de Hollywood que hoy
usa una camisa lavanda, que desabrochó dos botones para mostrar su
cabello en el pecho y que huele vagamente a mi gel de ducha…
El alcalde Jeffers se levanta y le da la mano a Russ. —Un placer
conocerlo, señor Stevenson. Déjenos saber si necesita algo. Penny sabe
dónde encontrarme. —Le da a Russ las instantáneas de Fonz y luego se
dirige a la puerta.
Sin embargo, Russ no ve irse al alcalde. Está enfocado en la brecha
entre mi vestido y mi sostén. Llevo mi mano humedecida con café contra
mi pecho.
Me mueve la barbilla. —Qué casualidad verte aquí.
Enrollo las servilletas empapadas de café y las pego en la taza del
alcalde. No. Esto nunca funcionará. Es hora de cortar esta cosa de raíz.
Pero antes de que pueda reunir una palabra lógica, dice—: Penny, tu pan
de banana estuvo jodidamente increíble. Y esa mermelada. Jesús. Pero
la verdadera sorpresa fueron las galletas de avena.
Está felicitando mis habilidades de enlatado y mi horneado en la
misma oración. Mis defensas están decididamente comprometidas. —
Russ.
—¿Dónde quieres comenzar? ¿Tu lugar?

7 Servicio de Impuestos Internos de Estados Unidos.


El carruaje comienza a rodar sin mí, así que me limpio la mano en
la pierna y alcanzo mi manta de seguridad, también conocida como
textear a Maisie. Finjo profesionalismo—: Un segundo. Solo necesito
consultar mi calendario. Creo que se supone que debo estar haciendo
algo muy importante en este momento.
¿Como qué? ¿Desmayarse? ¿Desfallecer? ¿Desmayarse en un
charco de linóleo?
Pero trabajo para el alcalde Jack Jeffers. Soy una experta
en parecer ocupada.
Muevo mi rostro hacia una expresión profesional preocupada,
como si estuviera leyendo el correo electrónico del trabajo.
Afortunadamente, el Wi-Fi de la oficina se filtra en este edificio, siempre
que sepas apuntar tu teléfono hacia el oeste, inclinarlo a cuarenta y cinco
grados y no mover un solo músculo.

¿El hombre de mi porche?


¿Lo recuerdas?
Vagamente.
Pfffft ¡obvio!
TENGO QUE TRABAJAR CON ÉL. 92
¿Está atascado el bloqueo de mayúsculas?
Él tiene esos músculos, Penny. Los busqué en Google.
¿Sabes cómo se llaman?
¡Maisie!
Espera.
Dios mío.
Espera.
El cinturón de Adonis.
¡Y llevas el nombre de una diosa!
¡Crema de maní y mermelada!

Dejo caer mi teléfono en mi bolso y lo escucho zumbar como si


estuviera lleno de pequeñas abejas. Maisie no es de ninguna ayuda. Una
vez hicimos pruebas de personalidad y la suya dio alborotadora.
Mi test de personalidad, en cambio, dio como resultado mediadora.
Así que me meto de lleno en la respuesta más sensata: No solo tengo que
trabajar con él, sino que ahora sé con certeza que está de paso.
Pantalones de vestir, coche de alquiler, Hollywood; nada de esas palabras
suena como sinónimo de elegible. Y probablemente ni siquiera soy la
primera ni la única. Apuesto a que tiene una dama en cada ciudad,
exactamente como yo, con la que hace todo tipo de cosas indecibles,
sexys, tiernas...
Tomo un sorbo de té. Es tibio y amargo, pero no me importa. Me
da la oportunidad de recuperarme. Algo así.
—Entonces —dice, subiéndose las mangas un poco más y
sonriéndome—. ¿Dónde crees que deberíamos comenzar?
Si tienes ganas de conducir unas horas, conozco un lugar con una
piscina infinita privada y…
¡Penny!
Hago algunos gestos nerviosos para alisarme el cabello antes de
encontrar mi centro de gravedad nuevamente. —Te mostraré las partes
más interesantes de Port Flamingo. —Me pongo en modo Relaciones
Públicas por completo—. El malecón, las playas, la cala privada al otro
lado de la bahía.
Su mandíbula se mueve hacia un lado y me da un asentimiento
lento y sexy. —Cala privada. Me suena bastante bien. —Su mirada
permanece en mi regazo tanto tiempo que siento un cosquilleo y un
escalofrío simultáneos. Mi taza tintinea en el platillo, y la tomo de nuevo.
Se pone las manos detrás de la cabeza y me deja ver el paquete
completo. Y luego dice—: Pero creo que ya conozco la mejor parte de esta
ciudad, Penny. Y planeo ir de nuevo. Varias veces. Pero solo después que 93
tú.
¡Agh!
Es entonces cuando llega la mesera con la cuenta. Me muevo para
agarrar mi billetera, para usar la tarjeta del alcalde para pagar, pero Russ
me niega con la cabeza. Levanta su exuberante trasero de la silla y saca
su billetera, curvada a la forma de su cuerpo.
—¿Algo más, oficial? —le pregunta la mesera.
Él entrecierra los ojos hacia ella. El hombre es demasiado dulce
para decir lo que está pensando, que probablemente sea algo así
como: ¿Alguna vez has visto a un policía con pantalones así de
lindos? Porque eso es ciertamente lo que estoy pensando. Pero no lo dice.
En cambio, le da un cortés—: No, gracias. —Y le entrega uno de diez,
diciéndole que se quede con el cambio.
Auxilio. ¡Un volquete gigantesco! ¡Aviones en espiral!
No, no, no. Esto no puede suceder. Está de paso, me niego a
involucrarme. Y además de todo eso, el alcalde me ha dado un trabajo, y
lo voy a hacer bien. De alguna u otra manera. Si no puedo, me dirijo al
centro de jardinería después de todo. Así que todo lo que tengo que hacer
es pasar el siguiente…
—¿Cuánto tiempo dijiste que estás aquí?
—Hasta el diez de noviembre.
Mi corazón cae como una trampilla que se acaba de abrir debajo de
mí. Diez de noviembre. Solo falta una semana. Pero también fortalece mi
resolución. Puedo pasar una semana. No me enamoraré de este hombre
en una semana. Una semana no es nada.
Él abre su bolso de hombro. —Escuché que la playa de la colonia
nudista tiene arenas blancas. —Se enrolla las mangas sobre esos
hermosos antebrazos un poco más—. Definitivamente tenemos que ir allí.
¿A quién estoy engañando? Una semana es una eternidad. Estoy
tan arruinada.
Guarda su billetera doblada en su bolsillo. Arrugo mi servilleta de
papel y presiono mis rodillas juntas. No es una bolsa de papas fritas. No
tengo que comer todo. No tengo que comer todo.
—Pero primero lo primero —dice—. Necesito quitarme esta ropa.
Aproximadamente a la misma velocidad que mi subconsciente me
muestra su hermoso cuerpo desnudo en mi cama, y los dos frente a frente
cuando ve vine por él, todo me brota de la boca antes de que pueda
detenerlo. —Russ. Seriamente. Esta es una idea terrible —medio ladro,
medio susurro—. No podemos ser una cosa. Estás aquí por una semana.
Eres de Hollywood. Te pones camisas de vestir y pantalones de lana.
Mírate, mírame. Una semana no es tiempo suficiente para que madure
un aguacate. Anoche fue solo eso, anoche. Tiempo pasado. —Agrego un
breve asentimiento y golpeo mi mano sobre la mesa, ahora me siento 94
bastante justa al haber señalado nuevamente el punto. Me mantendré
fuerte. No sucumbiré a sus encantos o su rastrojo—. Sucedió, pero ahora
tenemos que trabajar juntos y no podemos escabullirnos a mitad del día
para quitarnos la ropa.
Él tiene esta sonrisa arrogante en su rostro y me da un suspiro de
risa. —En realidad, hablaba en serio cuando dije que necesitaba
quitarme esta ropa. —Tira de la camisa con sus dedos gruesos y
robustos—. No puedo hacer nada si todos piensan que estoy aquí para
entregar órdenes de arresto o buscar hierba en sus autos.
—Pero te ves tan bien en tonos pasteles —Tal vez sea Tourette.
—Pantalones cortos, Penny. Algunas camisetas. Sandalias.
Necesito tu ayuda. Tú eres mi guía.
Puedo oler su goma de mascar, su detergente y su colonia. Es la
trifecta.
Busco en mi bolso mientras una ola de calor chamusca mis
mejillas. Agarro mi lápiz labial y mi pequeño espejo de bolsillo, y abro el
labial.
Se levanta de su silla, y lo miro mientras coloco la barra en mi labio
inferior. Me encuentro con un lento movimiento de cabeza. —No podemos
ser una cosa —murmura—. Maldita sea, eres adorable.
Traducido por IsCris
Corregido por Pame .R.

Sostengo la puerta del restaurante abierta para ella y la guío a


través del lugar, con mi mano en la parte baja de su espalda. Mientras
pasa por debajo de mí, puedo ver de cerca la línea de bronceado en forma
de arco en su nuca. La sigo sobre su clavícula, bajando por su pecho, y 95
luego siento ese retumbar en mi polla, pensando en cómo le gusta que le
pellizquen tanto los pezones. ¿Una semana con esta mujer? Va a ser
jodidamente fantástico.
Un escaparate cerca es una señal, colgando del pórtico, que dice
Surf’s Up Tienda de Surf. Se detiene cuando se da cuenta hacia dónde
nos dirigimos. Trato de empujarla, pero clava sus talones, levanta los
dedos de los pies de sus sandalias y se balancea hacia atrás. Una mano
sale volando y agarra un poste, como si estuviera tratando de evitar
deslizarse cuesta abajo en una tormenta de hielo. —Deberíamos ir a
Walmart o algo así. Necesito comprar detergente para la ropa de todos
modos. ¡O podríamos ir a la tienda de pesca! Te verías fantástico en un
traje para pescar.
—Penny. Está a tres metros de distancia. No necesito ropa para
pescar. Solo necesito algo que no me haga parecer que pertenezco a
Quantico.
—En serio, Surf’s Up no es tu tipo de lugar.
Dejé que mi mano se deslizara desde la parte baja de su espalda lo
suficiente como para apretar la parte superior de su trasero. —Este de
aquí es mi tipo de lugar.
Gime y se mece contra mí, pero no se rinde tan fácilmente. —En
serio. Es caro y el personal es muy grosero.
En la acera hay un tablón que dice ¡Todo con un 50% de descuento!
¡Elegida como la tienda de surf más amigable en la costa del Golfo, 2016!
¡Adelante!
—No lo creo. Vamos, linda.
Niega con la cabeza aún más vehementemente. —Publicidad falsa.
La tienda de surf más amigable —resopla—. He visto a viejos surfistas
canosos salir de allí llorando.
Gira su cabello alrededor de un dedo, haciendo un rizo brillante y
grueso, acentuando la fina línea de su cuello. Está mintiendo, no hay
duda al respecto. —Es muy bueno que no juegues al póquer. Te
machacarían. —Luego tomo su mano y la arrastro conmigo.
Cuando entramos en la tienda, la vendedora nos mira. Sostiene un
gran vaso de plástico con una especie de batido verde. Cuando nos ve, se
congela, suspendiendo el líquido verde en la mitad del sorbete.
Deja caer la pajita de su boca, dándome un gran guiño de ojo y una
sonrisa. Toma un bolígrafo del escritorio y lo clava en su moño. —¿Puedo
ayudarlo, señor? —Es linda, pero nada como Penny, ni siquiera cerca.
—Estamos bien —respondo, mirando un par de pantalones cortos
de un estante cercano mientras Penny se aleja hacia un estante de faldas.
La chica sale de detrás del mostrador de la caja registradora y se
ocupa con un maniquí a mi lado. Se pone de puntillas y mueve su brazo 96
de plástico, por lo que parece que está empujando su cabello hacia atrás
con los dedos. —No te he visto aquí antes, ¿verdad? ¿Qué te trae a Port
Flamingo? ¿Negocios? ¿O placer?
Ahí es cuando me doy cuenta de Penny. No sabe que puedo verla,
pero su reflejo se refleja hacia mi desde un espejo que está inclinado junto
a las tablas de surf. Está haciendo un movimiento de corte a través de su
garganta.
La vendedora se apoya sugestivamente en el maniquí. —¿Estás
buscando un bañador? Tenemos una nueva línea de la marca Speedos...
Penny aprieta los dientes y hace puños con las manos. Me giro
hacia ella para tratar de ver qué demonios está pasando, pero agarró un
bikini de un estante cercano y está mirando el precio.
Es negro con lazos blancos, y ya me lo imagino. Joder, lo tengo mal
con esta mujer. Pero tengo que mantener un poco de control. —Estoy
bien. Solo mirando —digo, y agarro un par largo talla 36 del estante.
—Largo, ¿eh? —pregunta la chica de la tienda con un guiño.
Detrás de mí escucho a Penny hacer una especie de gemido
estrangulado.
Pero la chica de la tienda no se inmuta. —Sabes, te ves familiar.
¿Has posado para alguna portada de algún libro de romance? Lo juro por
Dios, te he visto con el pecho desnudo en una falda escocesa.
¿Seduciendo al Libertino tal vez?
Antes de que pueda responder (fue una vez, por el amor de Dios;
conozco a tipos que tenían enfermedades de trasmisión sexual y no eran
tan acosados, como yo con Seduciendo al Libertino) somos interrumpidos
por un ruido infernal. Me doy la vuelta para mirar a Penny nuevamente.
Se las arregló para voltear un estante completo de gafas de sol. Están
esparcidas por todo el piso. Docenas de pares, esparcidas por todos lados.
Le da una sacudida adicional al estante, y unos cuantos pares más
resuenan en el suelo. —Uups.
La vendedora resopla y mete otra lapicera en su moño. —¡Lo
rompes, lo compras!
—¡Ponlo en mi cuenta! —contesta Penny, abriéndose paso a través
de las gafas de sol y guiándome hacia la parte trasera de la tienda, donde
están los vestidores.

97
Traducido por lauu lr
Corregido por Pame .R.

Hay un montón de sexys movimientos y sonidos de Russ mientras


se prueba su ropa. Toma toda mi fuerza de voluntad detenerme de correr
a su cambiador y presionar mis ojos en la rendija para mirar por la
mirilla. Cuelga su camisa encima de la puerta del vestidor, luego se quita 98
los zapatos y los calcetines. Casi puedo escuchar un redoble de tambor
en mi mente cuando pasa: el pantalón de su traje cae al suelo.
Tal vez el bóxer de hoy es de un gris claro, como un clima adecuado
para el deporte, porque eso sería…
Tomo un vestido negro cualquiera y entro al segundo probador.
Mientras cierro la puerta, escucho a Maisie diciendo algo como—: Chico,
seguro podría usar algo de ayuda con todos estos lentes, ejem, ejem. —
Pero lo ignoro. Mientras el movimiento en la puerta de al lado continua,
desabrocho mi vestido de verano y lo dejo caer de mis hombros, así estoy
parada en ropa interior frente a un poco favorecedor espejo de cuerpo
completo. Pero entonces noto un ligero moretón en mi cadera, de la forma
exacta de sus dedos cuando me sujetó anoche. Deslizo las puntas de mis
dedos por él y me vuelvo caramelo liquido por dentro.
—¿Qué tipo de película es? — le pregunto mientras paso las manos
por los tirantes por encima de la cabeza y me bajo el vestido nuevo por el
cuerpo. Es una talla más pequeña y me abraza como un envoltorio.
—Comedia romántica —su cierre se desliza hacia arriba—.
Romance en el trabajo.
Oh, Dios.
Me acomodo el vestido y miro mi reflejo. Había veces en mi vida
cuando me encontraba completamente consiente del ángel y el demonio
en mis hombros, y esta es una de ellas. Mirándome en el espejo, casi
puedo verlas a las das en posición. La diablilla es una zorra total. Botas
de combate, y una voz pecadora y rasposa. Sin mierda y un muy
respetable delineado ahumado. Le gusta la música feminista y el tequila
solo. En el otro hombro está el ángel. Es una copia exacta de mi
bibliotecaria de cuarto grado. Huele a bolas de naftalina, su lápiz labial
se desvanece cuando habla, y le encanta el jazz. La odio. También, casi
siempre tiene toda la razón. Doble demérito.
El ángel dice—: Penelope Eloise Darling, ¿por qué no puedes
encontrar un hombre agradable con trabajo estable? Ese cuestionario de
eHarmony no toma tanto tiempo. Solo piénsalo: ¡Podrías encontrar un
agradable ministro bautista en Tallahassee! ¡Al menos vivirían en el
mismo estado!
Meto el estómago tan fuerte que me siento mareada, y trato de
subir el cierre. Ni siquiera cerca. Cierro la tela con una mano, inhalo más
profundo y le doy un jalón. Se me clava, y estiro el vestido a un lado tanto
como puedo, probando la tela con 1% de spándex hasta el límite.
La diablilla toma su petaca y bebe un trago de tequila mientras
contempla su barniz de uñas negro. —Olvídate de eso, Pen. Lo quieres,
tómalo. Boom. Hecho.
El cierre finalmente coopera. Ni siquiera me miro, es tan apretado.
Giro ligeramente y miro mi trasero, por encima de mi hombro.
Que es cuando la puerta se abre. Totalmente espero ver a Maisie, 99
cargando su Kindle y diciendo algo como: “Sabía que había visto esa
mandíbula antes”, pero no. Es él.
—Oh, joder. Lo siento, pensé que este era mi… —Se detiene.
Lleva unos pantalones cortos que le sientan como un guante, y una
suave camiseta azul marino, con el logo vintage de Pac-Man, deslavado y
descolorido. Y ha encontrado una gorra, una gorra de béisbol súper
elegante con malla en la parte trasera. Además, unas chanclas.
Pensé que era guapo antes, pero esto, esto… Casual y descuidado,
y mira esos hombros. Asomándose por el borde de la manga está el final
de su tatuaje en la curva de su enorme bíceps.
Aquí yace Penelope Darling, quien murió de una calentura.
Deja salir un tembloroso y silencioso silbido. —Voy a comprarte
ese.
La forma en que habla, el dominio, me hace sentir que soy alguna
cosa nueva pero atesorada. No estoy acostumbrada a eso, pero algo es
seguro: me gusta. Excepto que incluso en mi mareo, es el ángel el que
responde primero—: No, no, no. Nunca lo usaría.
—No me importa.
¿Frívolas compras escogidas especialmente para mí? —
Deberíamos… ponernos a trabajar.
Sus ojos se mueven de arriba abajo sobre mí de nuevo tan
deliciosamente lento que siento un escalofrío. —Te mostraré como
ponerte a trabajar. —Da un paso hacia mí, pasando la mano por el
costado de mi vestido.
Me sujeto del estante detrás mío mientras mis rodillas comienzan
a debilitarse. —Voy a llevarte al Paseo Marítimo primero. Atracciones.
Bola-y-martillo. Churros. —Me está reduciendo a viñetas. Ni siquiera
puedo unir dos sustantivos y un verbo.
Aleja la mano con un gruñido frustrado. —Bien. Pero voy a
comprarlo para ti. Sin discusión, ¿entiendes? —dice finalmente, entonces
vuelve a su vestidor.
La diablilla se gira hacia el ángel, que tiene los labios apretados de
forma prudente. ¿Pero la diabla? No le importa nada, y alza su petaca
hacia mí. —Por las comedias románticas.
Adiós, Hombre de la ley.

100
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Toma un mazo con ambas manos y lo baja con fuerza. La pelota en


el cilindro casi golpea la parte superior, pero no del todo. Penny levanta
un puño cerrado en el aire, maldiciendo a la bola entre risas.
—¡Tu chica tiene músculos! —dice el tipo grande encargado de la
101
bola-y-el-martillo.
Le entrego otro boleto de la rifa, y él lo guarda en su bolsillo
delantero, que está lleno hasta reventar. Mi chica. Es demasiado pronto
para eso, demasiado apresurado. Pero, aun así, me gusta cómo suena.
Lo que representa. La simplicidad de esa hermosa maldita idea. —Sí, los
tiene.
Ella vuelve a golpear el martillo, suena el timbre y las luces en la
parte superior cobran vida, ligeramente atenuadas contra el sol de la
tarde. —¡Síííí! —aplaude, radiante—. ¿Qué gané?
—Tienes la opción de elegir un coco —explica el chico, sosteniendo
uno que todavía tiene una pegatina de $2,99 de la tienda de
comestibles—, o un pez dorado —que sostiene en una bolsa de plástico.
Mi resoplido se me escapa de la nada, pero Penny es mucho más
cortés. En sus ojos, sin embargo, puedo ver ese brillo atrevido. ¿Qué tipo
de premio de mierda es un pez dorado? Así que elige el coco, sonriendo y
riendo mientras el tipo conduce una clavija reluciente de ferrocarril hacia
la parte superior y mete una pajita adentro.
Agarro mi cámara de alrededor de mi cuello (equipo clave si estás
en el comercio de ubicación de exploradores de IP) y hago como que voy
a tomarle una foto. Al principio, no tengo ninguna intención de
fotografiarla, porque aquí hay un montón de tipos que se ven muy
sombríos. Eso es lo mejor de los carnavales locales. ¿Necesitas un
hombre que “tenga las habilidades requeridas” para desabrochar un
rastreador de tobillo? Carnaval. ¿Necesitas lavar algo de dinero rápido?
Carnaval. ¿Necesitas tener una idea de los posibles asociados conocidos
de un alcalde corrupto, criminal, personal y en algún punto intermedio?
El carnaval de Port Flamingo.
Pero en el cuadro aparece Penny, radiante, sosteniendo su coco
como la Copa Stanley. Tan pronto como la veo en el cuadro, tengo este
deseo instintivo de poseerla. Esta mujer necesita ser mía. Tomo un
puñado de fotos de ella. Yendo a través de ellas, casi me mareo con su
cara sonriente, nariz adorable, sus pecas, toda esa felicidad brillando en
la pantalla.
A la mierda. Los posibles socios sombríos del alcalde pueden
esperar.
Toma un largo sorbo de agua de coco y luego se pone las gafas en
la cabeza y me mira. —¿Crees que este lugar sería bueno? ¿Para la
película? ¿Quieres que te enseñe algo más? —Toma otro sorbo de la
pajita, y sus labios rosados se arrugan de una manera que me hace
pensar mucho sobre cómo se vería de rodillas con la boca trabajando la
longitud de mi…
Realmente no tiene idea de lo que me está haciendo, ninguna en
absoluto. —Todavía no nos hemos quedado sin boletos. —Saco dos más
de mi bolsillo. Se quita el flequillo de la frente y veo el comienzo de una 102
quemadura de sol—. Pero estás obteniendo algo de color.
—Estoy bien —asegura—. No te preocupes.
Está tratando de desenredar sus gafas de sol de su cabello, peor
que con los auriculares. La ayudo a sacar los finos y largos mechones del
clip de la nariz, teniendo cuidado de no lastimarla. Lo que no entiende es
que me incita a preocuparme. Me da ganas de cuidarla. Y solo la conozco
de un día.
Cristo.
—Tengo que dejar de hacer eso. —Las dobla y las mete en su bolso.
Mira hacia el sol—. Uno pensaría que aprendería a obtener los que no
tienen almohadillas para la nariz. Pero no, nunca. Veo un par de
aviadores y soy impotente.
—Solo necesitas que alguien te cuide —le digo y me quito la gorra.
Aprieto la correa de ajuste unas muescas y se la pongo, el pico
ligeramente a un lado. Ella se ríe un poco y luego la reposiciona. El
sombrero hace que tenga que levantar la cara hacia el sol para verme.
—¿Cómo me veo?
Meto un mechón de su cabello detrás de su oreja. —Dulce como la
mermelada. Ahora, ¿qué tal tú, yo y esa montaña rusa? Perfecto para el
primer punto de la trama.
Hace una mueca y luego mira hacia otro lado. —Umm… —Agarra
el coco contra sus senos y presiona sus dedos contra su boca—. ¿Qué
pasa con la lectura de la palma de la mano?
Echo un vistazo a la tienda. Demonios, no. —Realmente no es lo
mío.
Resopla y me da un empujón. —¿Qué, tienes miedo? ¿El Gran Russ
teme a una mujer con un pañuelo en la cabeza y Lectura de Manos para
Tontos debajo de la mesa?
—Joder, no, no tengo miedo. Es un montón de mierda, eso es todo.
Pone su mano sobre su cadera. —¿Crees que el héroe de tu película
va a negar una lectura de manos a la chica que está tratando de ganarse?
¿De verdad? —Menea las cejas—. ¿En serio?
En serio, esta mujer. Cada provocación me hace quererla más que
hace un segundo. —Muy bien, pequeño petardo. Ganaste esta.
La adivina está en pantalones de yoga y lleva una camiseta que
dice: ¡Los lectores de palmas te tienen en sus manos! La carpa se parece
mucho a un estudio de yoga o tal vez un retiro de meditación. Huele a
incienso, y hay algunos atrapasueños colgando de las vigas de metal
desnudas. Pero eso es todo. No hay bufandas colgando de las paredes, ni
dibujos de tarot, ni música extraña de acordeón. Ninguna espeluznante
anciana bebiendo whisky de una taza de café. Totalmente elegante,
totalmente moderno. 103
Penny y yo nos sentamos frente a ella, en dos sillas una al lado de
la otra, y ella dice—: Mi nombre es Marina y soy una quiromántica
entrenada. Sí, eso existe. —Sonríe—. Puedo hacer una lectura individual
por $5 cada uno. O puedo leer en pareja por $12. Incluye una evaluación
de compatibilidad zodiacal.
Penny acomoda mi gorra en su cabeza para que pueda verme un
poco mejor. —Individual, ¿verdad?
Pero cuando lo dice, puedo decir que no es lo que quiere decir, y
tampoco es lo que yo quiero. Así que saco mi billetera del bolsillo y le doy
a la mujer uno de veinte. —Pareja.
Penny me golpea el muslo. —Russ. No seas tonto.
—¿Ahora quién es la miedosa?
A lo que responde con un adorable resoplido. Hagamos esto.
—Muy bien, tortolitos —dice Marina, dándome ocho de cambio—.
Me gustaría saber sus nombres y su mes y fecha de nacimiento. Mano
dominante, por favor, cariño —le dice a Penny.
Se da vuelta para mirar a la adivina, con la espalda recta, los
hombros relajados. —Penelope. Pero me gusta que me llamen Penny. Mi
cumpleaños es el 9 de abril.
Y luego baja su mano izquierda.
Por un segundo, la miro fijamente. Solo los zurdos notan a otros
zurdos, y definitivamente estoy notando esto.
Entonces hago lo mismo, dejo mi mano izquierda. Penny me mira
boquiabierta y yo asiento. Lo sé. Jodidamente lo sé. Y digo—: Russell.
Russ para todos los que me conocen. 27 de julio.
La adivina chasquea la lengua. —El carnero y el león. Bien, bien,
bien. Ambos signos de fuego. Significa que ambos son igualmente
apasionados… y zurdos. ¡Vaya par! ¿Se conocen desde hace mucho
tiempo?
A mi lado, Penny se mueve en su asiento y la veo presionar las
rodillas.
Mierda.
—No mucho en absoluto —respondo.
La lectora de manos pone sus palmas sobre las nuestras, sus dedos
fríos apenas alcanzan la mitad de mi mano, mientras su otra mano casi
cubre la de Penny por completo. —Esa es una combinación muy
poderosa. Las líneas de su corazón indican un nivel de emoción muy
similar. Russ, pareces un poco más cerrado. ¿Ves aquí que la línea de tu
corazón es recta, pero Penny tiene unas pocas líneas que la cruzan?
—Sí.
La mujer asiente. —Probablemente protejas tus sentimientos al 104
principio, mientras que Penny lleva su corazón más en la manga. —Se
mueve a una línea diferente, la curva debajo de nuestros pulgares. Una
sonrisa aparece en su rostro, como si estuviera sorprendida por algo que
nosotros aún no conocemos—. Supongo que comparten el mismo sentido
del humor muy particular…
Recuerdo cuando Penny me llevó a Urgencias. “¿Qué tal unos
camarones gigantes?” Pobre desafortunado Lucky. Cristo.
—…Es probable que también disfruten muchas de las mismas
cosas. Libros, por ejemplo.
Dickens, santa mierda.
Ahora se mueve hacia las líneas en nuestros pulgares,
inspeccionando cada una contra la otra, como si estuviera leyendo
huellas digitales. —Su química es explosiva, pero probablemente ya
saben eso.
Los ojos de Penny se mueven hacia los míos, y me mira sin
pestañear.
Explosiva. Esa es la maldita palabra.
—En su mayor parte, las cosas para ustedes son una navegación
bastante tranquila. Probablemente sientan que se conocen desde hace
mucho más tiempo del que en realidad llevan conociéndose. Si comparten
un defecto, es que temen herirse el uno al otro. Pueden ser propensos a
la falta de comunicación; el deseo de proteger al otro del daño podría ser
lo que más lastime al final. Pero también es el mayor activo que tienen,
esa unión inquebrantable.
Unión inquebrantable. Que me jodan.
—¿A qué hora del día nacieron? —nos pregunta, presionando las
yemas de sus dedos en mi palma.
—Por la noche, creo. Ocho o nueve.
—Lo mismo aquí —dice Penny.
La adivina asiente, ni un poco sorprendida. —Son una pareja
romántica, y eso no debe tomarse a la ligera. Si abren sus corazones, y
es posible que no tengan otra opción, se enamorarán fuerte, rápido y de
forma permanente. —Me mira y luego a Penny y de regreso—. Esta
relación probablemente ya sea una de las más importantes que hayan
tenido. Bien podría ser la más importante de sus vidas, punto.
En asombrado silencio, su mano en la mía, salimos de la tienda de
quiromancia. A la luz del sol, junto a un carrito de algodón de azúcar,
Penny se detiene y me mira. —Eso fue solo…
—Surrealista.
Asiente. —¿Cómo sabía ella todo eso? —Ve su palma—. ¿Está eso
realmente escrito en nosotros? ¿Todo eso? ¿Los libros? ¿El sentido del
humor? ¿Las…explosiones?
También miro mi palma. Joder si lo sé, pero la mujer seguro que
105
dio en el clavo: los libros, sí. La risa. La química, aún más. Todo. Agarro
su mano un poco más fuerte y la guío a través de la feria, pasando un
zoológico de mascotas y un gran rectángulo de red lleno de bloques de
espuma blandos.
Lo que quiero decir es: ¿No lo sientes también? Pero no quiero
asustarla, y no quiero presionar demasiado. —Probablemente sea lo
mismo que les dice a todos.
—Probablemente. Tal vez. Sí, probablemente —replica.
Pero ahí está. Esa dulce y suave vacilación en su voz. No lo cree, y
yo tampoco.
Saco los dos últimos boletos de mi bolsillo y se los entrego al
asistente de la montaña rusa, un tipo en overol, que se rasca los dientes
con un palillo y lee una copia de Fiesta8. Nos sentamos juntos en el carrito
de adelante, los dos todavía jodidamente aturdidos, y me aseguro de que
la barra a su alrededor esté bien cerrada. El asistente pone una cuerda
frente a la entrada y presiona el botón para comenzar el viaje. Un tick-
tick-tick lento llena el aire mientras subimos la primera colina empinada.
—Está bien, tengo que ser completamente honesta… —dice Penny.

8 Fiesta es una novela de Ernest Hemingway. Escrita en 1926, está considerada la


primera obra de importancia del autor.
Vamos. Dilo. Nunca he tenido una aventura, pero quiero tener una
contigo. Sumérgete, hermosa. Conmigo. Ahora mismo.
—¿Qué es eso? —El tictac se ralentiza a medida que la pendiente
aumenta.
—Me aterran las montañas rusas —se sincera mientras traga
saliva.
Me giro hacia ella. Se ve a medio camino entre feliz y asustada
hasta la muerte. No está jugando conmigo. Hago un movimiento para
presionar el botón DETENER VUELTA, pero ella toma mi mano antes de
que pueda hacerlo.
—Está bien —asegura, toda entrecortada y sonrojada—. Estoy
dispuesta a intentarlo.
Su muslo desnudo está a solo centímetros del mío, y pongo mi
mano justo en el medio. Presiona los pies en las chanclas y nos
acercamos a la cima de la colina.
El tictac se ralentiza hasta detenerse. La gente detrás de nosotros
parlotea nerviosa, y un niño pequeño suelta un grito de anticipación.
—Escucha, Penny.
—Dios —gime—. Me encanta cuando te pones serio.
—Estoy tan contento de que hayas robado mi maleta. 106
Llevo mi mano a la parte posterior de su cuello para mantenerla
enfocada en mí. Las jaulas de seguridad están lo suficientemente sueltas
como para que pueda acercar mis labios a los suyos. Sus ojos se arrugan
en los bordes y luego se cierran cuando ese picotazo espontáneo se
convierte en el verdadero rodeo. Quiero que este beso continúe para
siempre, pero hay algo que tengo que decir y tengo que decirlo ahora. —
Una semana. Sin ataduras. Tú y yo. ¿Qué dices?
Pero antes de que ella pueda responder, los carros se inclinan hacia
adelante y caemos en picada.
Traducido por Gesi
Corregido por Pame .R.

Nos empinamos hacia arriba y abajo, todo el tiempo con el corazón


en la garganta. Su mano permanece apretada alrededor de la mía y no sé
si alguna vez me he sentido tan viva, tan libre, tan absolutamente yo
misma. Pero mientras la montaña rusa finalmente comienza a detenerse, 107
mi mente empieza a aclararse. Una semana, sin ataduras.
Me aprieta la mano con más fuerza y me doy cuenta de que necesito
mirar a otro lado. Me concentro en las gaviotas que circulan sobre el
océano para volver a centrarme. He tenido hombres diciéndome un motón
de cosas, algunas buenas, algunas malas, otras francamente
asombrosas. Pero nunca una tan increíblemente…
Avasallante.
Cuando nos detenemos, me ayuda a salir del carrito y me guía
hacia la salida. A pesar de que estoy fuera de la montaña, mi mente sigue
dando vueltas como si estuviera acelerando por las vías. Cuando estamos
solos y separados de las pequeñas multitudes, me da vuelta la gorra. —
No me dejes colgando, hermosa.
Lo que quiero decir y lo que sé que es innegable son dos cosas
totalmente diferentes. Porque la verdad es que siempre hay ataduras. Nos
enredaremos el uno con el otro como un juego de cuerdas sea que lo
queramos o no. Anudados, retorcidos y enredados.
—No creo que podamos hacerlo. No creo que yo pueda hacerlo.
Hay un destello de dolor en su rostro. —¿Ni siquiera quieres
intentarlo?
Quiero, con todo mi corazón. Pero sé que una semana con este
hombre me dejaría destrozada. —No podemos…
—¿Por qué?
—Por la forma en que ya nos sentimos.
Se lleva la mano a la mandíbula y juguetea con su barba incipiente,
luego da un paso hacia atrás. Gira la cabeza ligeramente, como si lo
hubiera abofeteado. —Escucha, tengo algo de mierda que hacer por aquí.
Cosas que medir, ese tipo de cosas. No muy divertido para ti,
probablemente.
Ni siquiera me mira a los ojos. Esta bestia de hombre de repente es
tímido, sin palabras e incómodo, todo por mi culpa. —Russ, solo quise
decir…
Mueve la mano en el aire, como si no fuera gran cosa. —Sé lo que
quisiste decir. —Sus largas pestañas proyectan una sombra sobre sus
mejillas cuando baja la vista al suelo—. Lo entiendo.
—¿Quieres esto de regreso? —Coloco la mano sobre el borde de la
gorra.
—Quédatela —contesta, mirando el suelo. Mete las manos en los
bolsillos—. Te veré mañana. —Y entonces se gira para irse.

***

108
Regreso a casa por la playa. Es una caminata larga y la hago en la
línea de flotación para que el agua me moje los dedos de los pies cada
tres o cuatro olas. Parece que en todas partes a mi alrededor hay parejas.
Hay un hombre y una mujer salpicándose entre sí en las olas. Un chico
en bañador se extiende sobre dos toallas que dicen DE Él y DE ELLA.
Muy pronto oigo el canto gutural. El sonido ha despejado nuestra
porción de costa casi por completo, como un instrumento de tortura.
Durante un largo tiempo, me quedo sola con la cara hacia la brisa del
mar mientras contemplo el golfo. Una parte de mí siente un orgullo adulto
por ser responsable. Sabía lo que iba a suceder. Él me iba a deshacer y
dejarme en un montón. Me haría sentir que estaba persiguiendo
luciérnagas al anochecer, tratando de capturar lo que no se puede
atrapar. Me compraría vestidos de cóctel y armaría un escándalo, y
durante todo el tiempo estaría pensando: Tal vez no se irá. Tal vez pueda
hacer que se quede.
Ridículo. Absolutamente ridículo. Un hombre así no cambiará su
vida por una chica como yo. Eso lo sé con certeza.
Me alejo del agua y me dirijo hacia casa, sintiendo la textura de la
arena cambiar de sólida a polvorienta bajo mis pies. Se vuelve más
áspera, con más conchas rotas, cuanto más me acerco a casa. Tan
silenciosamente como puedo, me deslizo por la puerta de mi patio,
porque, que Dios me ayude, ahora mismo no puedo tolerar a Maisie y
todas sus preguntas. Dentro, encuentro a Guppy dormido en el sofá.
Poniéndome de rodillas, me quito la gorra de Russ y envuelvo mis
brazos alrededor de mi perro. Coloca su enorme cabeza sobre mi hombro
y suspira mientras su cola golpetea contra el brazo del sillón.
—Lamento haberme ido tanto tiempo. —Le beso la mejilla tan
grande como la de un pony islandés.
Su respuesta es una gran lamida en la cara, empapándome con
baba. Me acuesto sobre la alfombra, mirando el ventilador de techo y
sacando el teléfono de mi bolso. Abro mis favoritos y llamo al alcalde.
Supongo que tengo un diez por ciento de probabilidades de contactarlo,
pero tengo que intentarlo. No es como si fuera a preocuparse si
desaparezco durante horas. Su foto de contacto es una de él sosteniendo
un conejito en la unidad de adopción de la ciudad. Alguien detrás de él
le puso orejas de conejo cuando la saqué.
—¡Penny! —grita cuando responde la llamada, haciéndose oír sobre
un poco de música polka en el fondo.
—Solo quería saber si me necesitaba para algo. No me estoy
sintiendo muy bien, pero puedo regresar.
Oh-pah, oh-pah, oh-pah, oh-pah. —¡Se está cortando!
Inhalo con fuerza. —Enferma. Quedándome en casa. ¡Lo siento! —
Cuando era niña, con el abuelo usábamos un teléfono hecho de latas y
cuerdas. El servicio celular en Port Flamingo no es mejor que eso.
109
—¿Necesitas que te lleve un poco de sopa? ¡Tienen borscht! —
brama—. ¡Y está deliciosa!
—¿Dónde está? —Miro el reloj. No suena embriagado, y es media
tarde.
—¡En Elks! Es el día de la libertad de Polonia. Que te mejores. No
te preocupes por nada. —Entonces escucho un crujido, pero la llamada
no termina. Entre sus muchos desafíos tecnológicos, colgar el teléfono es
el primero en la lista. Oigo el ruido de su bolsillo contra el altavoz cuando
un hombre grita—: ¡Alcalde! ¡Tomemos una foto!
Así que termino la llamada y dejo caer mi celular sobre la alfombra.
Guppy me mira desde arriba con sus papadas cayendo. Me estiro y le
acaricio su enorme cabeza, la piel en la parte superior es tan suave como
la cachemira. —Estaremos bien. De todos modos, era una locura.
Me considera seriamente, con la nariz mojada brillando. Mueve la
pata en el aire en señal de acaríciame, mamá. Tomo su pata a mitad del
golpe y presiono el pulgar sobre la grieta entre sus almohadillas gruesas
y coriáceas.
Nunca he tenido suerte con los hombres y no encontraré al amor
de mi vida en un chico que quiere una aventura. Eso no sucederá. Nunca
sucede. Nadie se enamora así como así.
Así que le doy un beso más y me dirijo hacia el baño. En el camino,
noto que Russ hizo mi cama. En el baño, veo que dejó su toalla doblada
y volvió a colocar mi tendedero en la bañera donde lo tuve toda la noche.
Por el aspecto de los pequeños mechones de cabello en la papelera, limpió
después de pasarse la rasuradora sobre su incipiente y hermosa barba.
Me paro frente al fregadero. Mirándome, siento que mi corazón se
rompe un poco.
O tal vez un montón.
Tonto. Tan, tan tonto.
Guppy entra al baño y apoya la cabeza sobre el mostrador,
mirándome en el espejo. Normalmente en una noche como esta, me
sentaría con él en el sofá, comería un tarro de helado de pistacho y
volvería a leer Casa Desolada con mi caja de vino blanco al alcance de la
mano. Coloco el dedo sobre un pelo solitario que no limpió, una pequeña
línea oscura en la encimera. Me concentro en su grosor entre el pulgar y
el índice. Pienso en cómo me hizo sentir, como ningún hombre lo ha
hecho. O probablemente lo volverá a hacer. “La vida está hecha de
muchas despedidas unidas”.
—Cualquier cosa menos Dickens, Guppy. Todo menos eso.

110
Traducido por Dakya
Corregido por Pame .R.

Después de que se va, hago lo que los hombres cuando son


rechazados han estado haciendo desde el principio de los tiempos, y me
dirijo al bar. En realidad, es una tienda llamada Taberna Sundown. La
parte frontal tiene puertas de taberna del oeste antiguas pintadas a 111
ambos lados de la abertura. Dentro hay un hombre mayor, canoso y
bronceado, que limpia vasos de pinta hasta que crujen. —¿Te sirvo algo,
compañero?
—Necesito una cerveza. No importa de qué tipo.
Toma uno de los vasos del estante de pino crudo detrás de él, sin
apartarse de mí. Arruga la nariz y me mira de arriba abajo.
—No soy policía. —Engancho mi pierna alrededor del taburete y lo
monto a horcajadas para sentarme. Planto mis codos en la barra y
presiono mis manos contra mis sienes—. Jodida ofrenda.
—Nunca pensé que lo fueras. Simplemente decidía si te ves más
como un hombre de lager o si eres un Doble India Pale Ale.
—Lo siento. —Me froto la cabeza—. Cualquiera de las dos está bien,
siempre y cuando este fría. —Y mientras me ayude a dejar de pensar en
ella.
Pone el vaso debajo de uno de los grifos y tira del mango de madera
pulida. Pero tratar de dejar de pensar en ella será mucho más fácil decirlo
que hacerlo, porque no puedo evitarlo; mientras sirve la cerveza, hojeo
las fotos que tomé, ahora más fáciles de ver que afuera al sol. Hago un
acercamiento a su rostro y siento un puñetazo en el estómago. Bam.
La cuestión es que no quería mentirle. Ya piensa que soy un
explorador de Hollywood, y eso es bastante malo. No quería hacer una
promesa que no podría cumplir, por lo que no lo hice. Se lo dejé muy
claro, y ahora mira adónde me llevó. Beber una cerveza solo en un
carnaval a las tres en punto de un viernes. Mierda.
El cantinero deja un portavaso y el vaso encima. Todavía mirándola
por la ventana de mi cámara, tomo un largo sorbo. Es amarga, fría y
jodidamente deliciosa.
—Dios, eso da en el clavo —digo, limpiándome la boca.
—¿Cierto? La hice yo mismo. —Golpetea en el portavaso, en un
logotipo anticuado, con uno de esos bosquejos dibujados a mano.
Cervecería Redención.
Hombre, puedo deprimirme con muchas cosas, pero si este tipo
comienza a citar a Isaías 3, lo que sea que me diga en este momento,
tendré que salir pitando. Sin embargo, no quiero ser un imbécil. —¿De
qué te redimiste?
—¿Yo? ¡Nada, hijo! Fui criado como unitario universalista. El lema
de nuestra iglesia era: “¡Ya estás salvado, entra!” —Se ríe para sí mismo,
perdido en un recuerdo antiguo—. No, así es como era: solía ser un oficial
de libertad condicional, hasta que me desanimé.
—No puedo culparte allí.
—Pero comencé a preparar cerveza en mi garaje, y he aquí,
¿descubrí la mejor manera de mantener a los hombres fuera de la cárcel?
Enséñeles a preparar cerveza y venderla. —Asiente amable y lento—. 112
Enseña a un hombre a pescar, y lo alimentarás de por vida. Enseña a un
hombre a hacer India Pale Ale, y él estará demasiado ocupado para
meterse en problemas.
Este lugar es realmente la Dimensión Desconocida. Vengo aquí
buscando suciedad en el alcalde, y encuentro la sal de la maldita tierra.
—Soy Russ. —Extiendo mi brazo para estrecharle la mano—. Y esta
es una cerveza increíble.
—Me alegra oírlo. Soy Tom Darling.
Espera. No. Por el amor de Dios. —Darling. ¿Está relacionado con
Penny?
Su vieja cara bronceada se transforma en una sonrisa de oreja a
oreja. —Es mi sobrina. ¿La conoces?
Conocerla no es la mitad de ello. Esa montaña rusa fue una mierda
en comparación con las últimas dieciocho horas. —La conocí hoy más
temprano a través del trabajo.
Sujeta a su camisa, parte de su disfraz, está la estrella de un sheriff
exactamente como la de Guppy. Bienvenido a la pequeña ciudad de
Florida, Macklin. No hay forma de escapar de ella, no importa lo que
hagas.
—Es la niña de mis ojos, esa chica —dice, cruzando los brazos
sobre su tripa cervecera. Sacude la cabeza y sonríe aún más—. Siempre
lo ha sido, siempre lo será. Es accionista de Redención. Cinco por ciento
de participación. —Sonríe de nuevo—. Esa cerveza en tu mano se llama
Penny’s IPA.
Si me hubiera dado un puñetazo, no me habría hecho sentir tan
mal. Miro la bebida a medio terminar, sintiéndome a medio terminar.
Vacío, de mierda y agotado: hay una mujer encantadora por ahí, tiene
una deliciosa cerveza que lleva su nombre, y nunca la tendré. Nunca más.
—Mejor me voy. —Saco mi billetera y dejo uno de diez—. ¿Eso lo
cubre?
—Jesús, te lo agradezco. Y, si ves a Penny, dale un fuerte apretón
de parte del tío Tom, ¿me oyes?
—Sí, hombre —le aseguro, dirigiéndome hacia la puerta de salida,
sintiendo un dolor de cabeza—. Lo haré.

***

La gerente del Residence Inn dice—: ¿Nombre?


Estoy tan distraído que me lleva un segundo recordar si hice la
reservación como Macklin o… —Stevenson, Russ.
No levanta la vista de la pantalla, sino que hace ruido en su teclado.
—No tenemos una reserva para un señor Russ. ¿Podría estar bajo un 113
nombre diferente?
—Prueba Stevenson. Russ Stevenson.
—Se suponía que debía registrarse ayer, señor Russ-Stevenson.
—Me retrasé. Lo siento por eso.
Se aleja un poco más. En la televisión enmudecida detrás de ella
hay una estación local que transmite las noticias de la noche en vivo. Veo
al alcalde arrastrarse por el marco al frente de una línea de conga.
—Desafortunadamente, debido al Festival de la Libertad de Polonia
combinado con el Festival de la Mandarina y el Festival de Kumquat esta
semana, tenemos muy pocas habitaciones… No veo que se abra nada
durante otros cuatro días. Intentamos llamarlo cuando no se presentó
para su reserva. —Mira mi teléfono celular en el mostrador de
facturación—. Pero supongo que eso no te llegó. Déjame comprobar una
cosa más.
Vuelve al traqueteo. Por supuesto que cedieron mi habitación, mi
puta suerte. Alguien le da al alcalde una jarra de cerveza, y las palabras
que se arrastran lentamente en la parte inferior de la pantalla dicen: El
alcalde Jeffers disfruta la tarde en la recaudación de fondos de Elks para
beneficiar a la nueva escuela preescolar. Los subtítulos aparecen en la
pantalla cuando el periodista pone un micrófono cerca de su boca.
—¡SOLO QUIERO DECIR MEJORATE PRONTO, PENNY! —dice la
cita textual del alcalde. Esto confirma lo obvio: soy un imbécil.
Claramente, fue a su casa y se reportó enferma. Por mí. Nosotros. Este
torbellino de alta velocidad en que los dos estamos atrapados adentro, y
que empujé a su velocidad máxima demasiado pronto.
Ahora levanta su cerveza. Sus labios se mueven, y luego el
subtítulo dice—: ¡POR PENNY! —Rociando la pantalla hay ecos de vítores.
—¡POR PENNY!
—¡SIENTETE MEJOR, PENNY!
—¡HOLA, PENNY!
—¡PENNY!
—¡POR PENNY!
¿Estas personas son reales? ¿Este lugar es de verdad?
—Lamento decir que tenemos todo reservado, señor Russ-
Stevenson.
Lo suficientemente real. —¿Algún otro hotel en la ciudad?
—Mmmm, no. Somos el único hotel en la ciudad. Siempre está el
campamento KOA, y puedes ducharte en el YMCA, pero un consejo… —
Baja la voz—. Recomendaría llevar calzado protector para la ducha. He
oído que puedes contraer hongos muy resistentes.

más?
Levanto una mano para detenerla allí mismo. —Entiendo. ¿Qué
114
Parpadea lentamente, mirándome con fijeza como si hubiera algo
mal conmigo. —No hay otras opciones. No en Port Flamingo en sí mismo.
Mi mente se desenvuelve en dirección al nuevo complejo de
Dickerson. Lo que no daría por veinte minutos en una sauna y unas
vueltas en una piscina olímpica en este momento. —¿Ni siquiera una
especie de motel sospechoso?
—No desde que Salud y Seguridad los cerró.
Me froto la cara, sintiendo el escozor de las quemaduras solares en
mis mejillas. Me imagino que podría volver a casa de tía Sharon y pasar
la noche con un zumbido de marihuana bajo-a-medio mientras
conspiramos contra el alcalde hasta altas horas de la mañana. Tentador,
pero hombre, por mucho que ame a mi tía Sharon, no puedo lidiar con la
hierba. Y en esa casa, no hay forma de evitarlo. Un subidón de segunda
mano es parte del ambiente.
Probablemente también hay otras opciones, supongo, pero solo
quiero una. Solo hay un lugar donde necesito estar.
Con ella.
El hecho es que hay un tiempo para ser un caballero, y hay un
tiempo para otra cosa. Después de la montaña rusa, ella me rechazó y
respeté su elección. Pero maldita sea, no hay un universo en el que pueda
estar a poca distancia de esa mujer y no encontrar mi camino de regreso
a ella y ese cuerpo perfecto, esa piel suave, esa risa y la forma en que
gime. No hay forma de que acepte un no por respuesta, no esta noche. —
¿Hay un florista por aquí?
La gerente toca su flequillo, que está crujiente con laca para el
cabello, y asiente. —Ahí está la tienda de carnadas. —Señala al otro lado
de la calle a una estación de servicio con un gusano sonriente en el
letrero—. Tienen claveles bonitos. A veces.

115
Traducido por Val_17
Corregido por Pame .R.

Mi cara está rígida con una mascarilla casera de clara de huevo.


Desde el sofá, Guppy y yo vemos una fila de pequeños pingüinos saltar
por un acantilado, y el narrador dice—: Los pingüinos de pecho amarillo
son fieles de por vida, y los machos pasan varias semanas preparando su 116
nido antes de que lleguen sus compañeras.
Dejo caer mi cuerpo contra Guppy. Los pingüinos pueden tener
compañeros de vida, pero yo no. No Penelope Eloise Darling de Port
Flamingo, quien era demasiado sensata para arriesgar su corazón.
—Sin embargo, un pingüino regresa al rebaño y no puede encontrar
a su pareja, sin importar a dónde mire.
La música cambia a un triste solo de violín.
—Estoy contigo, pequeña —le digo a la solitaria dama pingüino.
Maisie ni siquiera pudo arrastrarme al festival del Día de la Libertad de
Polonia… es el primero que me he perdido jamás. Cuando le dije que no,
que no podía, que simplemente no podía, regresó y me puso un
termómetro en el oído.
Y ahora aquí estoy. Desde el brazo del sofá, tomo mi vino. He
sacado una página del libro de Maisie, y estoy bebiendo directamente de
un frasco de vidrio con un sorbete. Tengo puesto un par de pantalones
de pijama y una camiseta sin sujetador. En un completo modo de chica
soltera revolcándose en su miseria. Debido a la mascarilla, seca y
crujiente ahora, tengo que retorcer los labios alrededor de la pajita. Una
pequeña gota de chardonnay se desliza por mi barbilla y Guppy me lame
la pierna.
El documental se enfoca en la hembra solitaria. —Encontrar pareja
es difícil. Ella comienza a mostrar su dolor en una danza de luto.
Pero antes de que pueda acurrucarme contra Guppy otra vez, el
timbre llena la casa con un largo dinnnnnnn-dong.
—Déjalo ahí, Norm —grito, mis palabras ligeramente mal formadas
debido a la mascarilla que estira mis labios como si hubiera recibido una
sobredosis de Botox. Intento volver a escanear mis compras de Amazon
para pensar en lo que podría ser. Solo Dios sabe con Suscríbete y Ahorra,
la mejor mala idea que alguien haya tenido. He conseguido más galletas
de mantequilla de maní sin gluten de las que Guppy será capaz de comer,
pero solo siguen llegando.
Dinnnnnnnnnnnnnnnnng-dong, vuelve a sonar el timbre. Esto
significa que no puede ser Norm, porque Norm ya sabe qué hacer. Norm
nunca toca dos veces.
Me giro para mirar por encima del respaldo del sofá, hacia la
ventana polarizada adyacente a la puerta. Veo la sombra de alguien, pero
no su forma real, así que definitivamente no es uno de los niños de la
calle viniendo para tratar de venderme galletas de las Niñas
Exploradoras. Siempre esperan con sus narices presionadas contra el
cristal… conocen un blanco fácil cuando lo divisan.
—¡No necesito un nuevo techo! —digo, y sorbo un poco más de vino.
Toc-toc-toc.
—¡Ni nuevas ventanas!
117
Dinnnnnnnng-dong.
—Oh, por el amor de Dios. —Me levanto del sofá y camino hacia la
puerta, vino en mano. La abro y me preparo para cantarle las cuarenta a
quienquiera que sea.
Y entonces lo veo.
Él está sosteniendo un clavel azul marchito en una mano y un
paquete de seis cervezas Penny en la otra. Tiene la bolsa de compras con
mi vestido colgando de su dedo, y su maleta está detrás de él.
Mi corazón se acelera en mi pecho al igual que Guppy cuando le
dan sus ataques y corre por toda la casa. —Eres tú.
—Penny… —habla con voz ronca, pero se detiene. Sus sexys labios
se separan, y se inclina hacia mí, bloqueando la puesta de sol con su
cuerpo.
En mi cabeza, se me ocurren alrededor de cien posibles oraciones
diferentes que podrían venir, pero las escucho todas a la vez. No me
importa si me alejas, te quiero, debo tenerte. Y: ¿Cómo puedes saber que
no quieres una aventura si nunca has tenido una?, ¿qué me dices? Y: ¿No
escuchaste a esa lectora de manos? ¿No lo sentiste?
Pero en su lugar, dice—: ¿Estás bien?
Empujo los dedos contra la superficie agrietada de mi mejilla. Dios
mío, la mascarilla. La mascarilla de clara de huevo.
***

Me enjuago la cara en el baño y me la seco con una toalla,


inhalando con fuerza en el tejido, captando un pequeño indicio de su
profundo olor en la tela. Es agudo y limpio, como el cedro.
De la rejilla de secado agarro un sujetador y bragas, luego desde la
parte trasera de mi puerta, tomo mi bata de playa, un florido kimono
corto. Me pongo un poco de maquillaje y parpadeo en la varita del rímel,
luego le doy a mi garganta un rocío de perfume y abro la puerta. Antes
de doblar la esquina, empujo mis hombros hacia atrás y estabilizo mi
respiración. Luego avanzo hacia la sala de estar, donde lo encuentro
compartiendo el sofá con Guppy. Tiene una cerveza en la mano, y juntos
están viendo a los pingüinos.
Cuando me ve, se pone de pie y Guppy se desparrama en el sofá.
Me siento completamente nerviosa, a pesar del maquillaje fresco y el
perfume. Pero para evitar balbucear, agarro mi teléfono y enciendo la lista
de reproducción más cercana. Peggy Lee llena la habitación, cantando
sobre fiebres.
—Toma. —Me entrega una cerveza, la cual tenía abierta y lista.
Nuestros dedos solo tocan la etiqueta, un cameo anticuado de la silueta
de mi perfil. 118
—¿Tienes hambre? ¿Puedo hacerte algo de comer? —Recojo el
envase de vino. Me doy cuenta de que es mucho más ligero que cuando
me senté con Guppy a ver los pingüinos—. Probablemente debería comer
algo …
—No te preocupes. Podemos salir.
—No hay problema, en absoluto —le aseguro, y agarro un delantal
de la puerta de la despensa, uno de los más atrevidos de mi colección. Es
el torso, cintura y caderas de una sirena, completo con un sujetador de
conchas.
Me mira de arriba abajo, riéndose en su cerveza. —Realmente eres
adorable.
La mayoría de los hombres no me ponen nerviosa, pero este sí.
Nerviosa en el buen sentido. Nerviosa como una bola de nervios muriendo
por ser…
Desenredada.
—¿Te parece jamón y queso brie? —pregunto, apretando los lazos
con fuerza.
—Perfecto.
De la nevera, saco un poco de jamón y una pequeña rueda de queso
brie. Agarro la cortadora de queso y quito la cáscara con algunos
movimientos rápidos.
—Cuando conducía por la calle, estoy bastante seguro de que la
chica de la tienda de surf pasó a mi lado y me levantó el dedo medio.
Me congelo con el pelador pegado al queso y miro por encima de mi
hombro. —Esa es mi mejor amiga. Lo siento. Es muy suspicaz con los
extraños. Y los hombres.
Una pequeña sonrisa muestra sus hoyuelos, pero no se ríe. Se
cruza de brazos, mirándome. —Aunque ella tenía razón sobre una cosa.
Seduciendo al Libertino. —Me guiña un ojo.
Desengancho el pelador del queso brie y me doy la vuelta. Él ya ha
dado un paso más cerca de mí, y en cierto modo me quedo flácida contra
el lavavajillas, el calor del ciclo de secado haciendo una tira caliente en
mi torso. Aunque no estoy particularmente interesada en Regencia,
puedo imaginarlo absolutamente. Tiene el cabello, los hombros, la
sonrisa traviesa.
Sedúceme tú, libertino. Por favor.
Entonces pone sus brazos a cada lado de mí. El calor de su cuerpo
penetra en el mío. Lavar, ciclo de secado. Russ está aquí. —Penny. Sobre
antes… lo siento. No he disfrutado tanto estar con alguien… en años. Me
dejé llevar por todo eso.
Que este hombre, este guapo semental, pudiera dejarse llevar a
causa de la vieja yo es más intoxicante para mí que cualquier caja de
vino, estante superior o etiqueta genérica. Inhalo con fuerza y siento sus 119
caderas presionando contra mi estómago de sirena. —No quiero que
ninguno de nosotros salga lastimado.
—Y yo no quiero ser quien te lastime. —Lo dice con cierta
resignación, con certeza. Con absoluto respeto por mí y lo que estoy
diciendo. Pero hay algo en sus ojos que es codicioso, y casi agresivo—. No
a menos que quieras que lo haga.
Fáltame el respeto. Hazlo.
—Nunca he tenido una aventura —hablo lentamente—. Pero…
Gruñe. Se acerca, dejándome sentir su fuerza contra mi estómago.
Está cada vez más duro. —Termina esa oración, Penny.
—Pero… solo se vive una vez. Y si va a ser con alguien…
No me deja terminar, sino que besa las palabras directamente de
mí. Mi cabeza se golpea contra el gabinete de las tazas. Desata los lazos
de mi delantal de sirena y luego rompe el beso para deslizarlo sobre mi
cabeza. —Los sándwiches van a tener que esperar —me susurra al oído.
—Me encanta cuando hablas sucio.
Y luego me pone sobre un hombro, me da una palmada en el culo
y dice—: Me lo pones fácil.
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Mientras la acuesto y me desabrocho el cinturón, veo los moretones


en su cadera. —Joder, sí. —Se apoya sobre los codos y pasa los dedos
sobre los moretones también. Los toco y ella responde con una sonrisa
de melocotón y crema que hace que sus ojos brillen. 120
—Lo sé. Los vi hoy cuando estaba en el vestidor. —Muevo mi mano
media pulgada hacia la izquierda, para que sus dedos caigan entre los
míos.
Recuerdo cuando sucedió. Se estaba corriendo por tercera vez, y yo
me venía dentro de ella por segunda. Mierda.
Con los pantalones a medio desabrochar, separo sus muslos y me
arrodillo en la cama. Levanto su cuerpo y le desabrocho el sujetador. —
Esta noche, me dejas todo a mí. ¿Lo entiendes? Todo. —Tomo su rostro
en mis manos y la miro a los ojos. Mientras la beso, la recuesto de nuevo,
sujetándola con fuerza contra el colchón—. Cada gemido, cada orgasmo,
cada por favor, por favor, por favor. Esos son míos.
Asiente, y su cabello se desliza sobre las sábanas. —Todo para ti.
Me levanto del colchón y me paro, comiéndomela con los ojos
mientras está acostada allí. Las sábanas, la manta, el desorden de
almohadas junto a la cabecera. Ella. Ella.
En un movimiento rápido, la volteo sobre su estómago y chilla.
Luego engancho mi antebrazo debajo de sus caderas y la levanto sobre
sus rodillas. Estoy dolorosamente duro en mis bóxers, y la dejo sentirme
entre sus nalgas. —¿Sientes eso? ¿Sientes lo que me haces? —Cae más
abajo sobre sus codos y gime en tanto saco sus bragas por sus muslos.
Posición perfecta para mi jodida cosa favorita.
Las nalgadas son un arte. Demasiado duras y altas y harás algo de
daño. Demasiado bajas y suaves, es una jodida broma. Pero tengo algo
de experiencia en esta mierda. Ha pasado un tiempo, pero cuando paso
los dedos por sus caderas, comienza a volver a mí bastante rápido.
Me mira por encima del hombro, acentuando esas curvas asesinas.
Paso la palma de mi mano sobre su trasero para calentarlo, para tenerla
agradable y lista. —No es divertido si lo ves venir.
Sonríe y gira la cabeza hacia el frente otra vez, preparándose.
Déjala prepararse, déjala prepararse, déjala retorcerse. Joder, sí. Deja que
todo suceda, aquí y ahora. Empuja sus rodillas juntas en anticipación. Y
por un jodido segundo, me siento como el rey del mundo, toda esta jodida
perfección completamente bella y lista para explotar para mí.
Con mi otra mano, separo sus labios y me muevo hacia ella,
enganchándome en su punto G. Curva su cuerpo aún más, inclinándose
hacia sus codos, doblando sus caderas y redondeando su trasero aún
más. Juego en su interior y la distraigo, llevando mi mano izquierda hacia
atrás por la parte delantera de sus caderas para tocar su clítoris. Todo
su cuerpo se afloja cuando lo toco, y deja caer sus rodillas. Soy gentil
alrededor de los bordes, moviendo la punta de mi dedo hacia el centro
con la presión suficiente para hacerla gemir. Y jódeme, ese gemido. Lo
hace con los dientes apretados, y proviene de lo profundo de su pecho.
Podría ser linda, podría ser adorable, pero lo que vi anoche también fue
la verdad. Una pequeña diosa sexy que sabe exactamente lo que quiere y 121
no tiene miedo de ensuciarse.
Cuando introduzco un segundo dedo, su humedad se intensifica.
Lentamente alejo mi mano de su clítoris. Sus paredes palpitan contra mis
dedos, y me inclino hacia ella. —Anoche fue jodidamente increíble,
Penny. Todo lo que pude pensar, todo el día, fue que tenías mi semen
dentro de ti.
—Mierda. Mierda.
Bajo mis calzoncillos y pongo mi verga desnuda entre sus nalgas.
Ese perfecto trasero suyo, que me jodan. Empujo la cabeza contra la
abertura, mirándola fruncir los labios mientras lo hago. Se pone rígida y
me mira.
—¿Lo quieres así? —Presiono un poco más, no lo suficiente como
para lastimarla, pero sí como para mostrarle quién está a cargo.
No dice nada, pero mira hacia la cabecera y asiente hacia el
colchón, junto con un lento y sexy—: Mmmhmmm.
Mierda. Joder. La necesidad de llenarla como pueda, para hacer
que cada abertura sea mía, late a través de mis bolas. Pero no todavía.
Malditamente no todavía. Porque la tengo ronroneando, asintiendo y
gimiendo.
Momento perfecto para el azote.
Le doy un golpe plano en la nalga derecha. No chilla ni se ríe, pero
agarra las sábanas con fuerza en sus puños. Deshago el aguijón
frotándolo y ella baja la cara hacia la cama. Enganchando mi antebrazo
alrededor de sus caderas nuevamente, la levanto sobre sus rodillas y
separo más sus muslos. Con la cabeza de mi polla, provoco su apertura,
comprimiendo el eje contra ella hasta llegar a su clítoris. Me aprieto y
mantengo la cabeza allí. —Te necesito dentro de mí, Russ. Ahora mismo.
—No estás a cargo esta vez.
—Por favor. Por favor. Por favor.
De eso es de lo que estoy hablando, pero antes de hacerlo, antes de
abrirla, antes de volver a donde necesito estar, invoco todo mi autocontrol
y me alejo.
Gime, jodidamente gime, cuando siente que nuestros cuerpos se
separan. Rueda sobre su espalda. —¿A dónde vas?
Maldita sea, es tan hermosa, tan abierta y pura. Con mi huella en
su cuerpo y rogándome que la folle. Arrastro mi palma por su estómago,
deslizando mi dedo a lo largo de su abertura. Y luego la dejo sola en la
cama.
—Russsssss —se queja.
—No te muevas, preciosa. Ya vuelvo.

122
Traducido por -queen-ari-
Corregido por Pame .R.

—Cierra esos bonitos ojos —pide, no más de un minuto después.


Cierra la puerta de la habitación detrás suyo y noto que tiene una mano
detrás de su cuerpo.
—¿Te ejercitas mucho, o naciste así?
123
—Ojos. Cerrados.
Los cierro y vuelvo a caer sobre la cama. Pero solo soy humana, y
abro uno una pizca, y lo miro entre pestañas revoloteando.
—Penny —gruñe—. Los dos ojos. Cerrados.
La agresión en su voz me pone la piel de gallina. —Bueno. Sí, señor.
—Buena chica. —Lo escucho acercarse, sus pies descalzos sobre la
alfombra del área. Algo resuena en su mano: es un sonido familiar, pero
no puedo ubicarlo. Entonces abro mi ojo otra vez.
—Eres tan jodidamente terca —dice, sacudiendo la cabeza y
sonriendo. Todavía con la mano detrás de la espalda, ve otra bata mía
colgada en la parte de atrás de la puerta. Cuidadosamente mantiene
oculto todo lo que está sosteniendo, retrocede y desliza la corbata de mi
bata.
—Póntela. —Deja caer la prenda sobre mi pecho—. No confío en
que no mires, cariño.
—Oh, esto es tan Cincuenta Sombras. —Me acurruco para
sentarme y empiezo a atar el cinto alrededor de mis ojos, como el Zorro.
—Si me preguntas —dice, con una sonrisa en su voz —. Esa fue la
hora de los aficionados.
¡Aaaaaaargh!
Me pongo el cinto con un mínimo de nudos y la aliso con las palmas
de las manos.
—¿Seguro que no puedes verme?
Asiento, sintiendo la seda deslizarse contra mi espalda. Real y
verdaderamente no puedo ver nada, excepto una tenue luz desde el fondo
que se derrama desde la curva de mis mejillas. De repente sus labios
están sobre los míos, y me quita el aliento, sorprendiéndome. El beso es
rápido y despiadado, tan intenso que vuelvo a caer en la cama.
—Solo me aseguro de que no mientes.
—Tal vez deberías seguir revisando.
¿Lo que responde con un qué? Un pellizco de pezón.
A cada lado de mí, el colchón se hunde debajo de sus rodillas y se
sube encima mío. Gira mi pezón con más fuerza entre el pulgar y el
índice, y todo mi cuerpo responde instantáneamente. Siento sus bolas
en mi estómago, cálidas, firmes y absolutamente perfectas. Con una
mano en cada una de sus perfectas nalgas, lo atraigo hacia mi boca. Al
principio, se resiste, dejando caer su peso sobre mí. Pero me quedo allí,
y finalmente me da un poco de margen para deslizarme entre sus piernas
y acercar mis labios a su polla. Está duro y listo. Deslizo mi lengua por
el eje, alrededor de la cabeza y de regreso.
—Jesucristo, Penny. —Con mi otra mano, ahueco sus bolas y lo 124
llevo a mi boca un poco más profundo—. No dije que pudieras hacer esto
todavía. —Jadea de nuevo. Lo llevo aún más lejos, casi hasta el fondo de
mi garganta—. Oh, mierda.
Es cierto, no lo dijo. Pero tampoco parece importarle. Coloca una
mano en la parte posterior de mi cabeza, suavemente, casi
tentativamente. Pongo mi mano sobre la suya y le muestro que puede
ponerme donde quiera, y que puedo tomarlo.
Mientras hago eso, mientras lo tranquilizo, mientras le doy permiso
para ser rudo, no dulce, siento sus bolas apretarse en mi mano.
—Será mejor que te cuides. Si comienzas eso ahora, voy a tomar
todo lo que tienes.
Asiento, con su pene en mi boca, y luego tiro mi cabeza hacia atrás.
—Si es demasiado, te lo diré. Hasta que eso suceda, no hay restricciones
prohibidas.
Sus bolas se vuelven a tensar. —Jesús. Maldito. Cristo.
Lo llevo más y más profundo, un poco más cada vez. Pruebo su
pre-semen y le clavo las uñas en el culo.
Pero luego da un gemido de advertencia, y con una mano fuerte,
me obliga a retroceder sobre la cama. —Si crees que voy a perder el
enfoque porque me tragas profundo, piensa de nuevo. —Deja caer su
peso sobre mi abdomen y pone la palma de su mano en mi esternón.
Me mantiene así, con las rodillas a cada lado de mi cuerpo. Su
erección yace en mi pecho, fresca con mi saliva ahora.
—Así que esto con tus pezones —dice, dándome el pellizco-y-rodar
de nuevo y haciéndome gemir un poco más—. Cuéntame sobre eso.
Lo está haciendo con exactitud bien, así exactamente como me
gusta, no puedo pronunciar una palabra excepto—: Russ. Russ.
Alivia un poco el pellizco. —Pon tus manos sobre mis muslos, y no
te atrevas a moverlas.
Esta vez, no discuto. Simplemente lo hago, sintiendo la aspereza
de sus piernas bajo la punta de mis dedos, el pelo áspero, los músculos
sólidos como una roca. —Está bien.
Se inclina hacia un lado, no puedo verlo, pero lo sé por el
movimiento en el colchón, y ahí está el ruido de nuevo.
—¿Estás lista?
La anticipación y lo desconocido hacen que mi corazón golpee
contra mi esternón. —Me vuelves loca.
—Eso es lo que me gusta escuchar.
Y luego hay un pellizco, un pellizco glorioso y alucinante, en mi
pezón derecho. —Oh, Dios. —Automáticamente le solté las piernas y me
moví para arrancarme la venda. ¿Qué es esa magia que me está pasando?
Tengo que saber. Pero cuando trato de quitarme la bata, el pellizco se
125
detiene.
Me acorrala de nuevo. —Penny. No vas a obtener lo que quieres
hasta que lo hagas como te digo. Podemos dar vueltas y vueltas toda la
jodida noche, pero me saldré con la mía.
Me congelo con un dedo a punto de deshacer el nudo en la parte
posterior de mi cabeza.
—Pero, ¿qué fue eso?
—¿Lo quieres de nuevo o no?
Este hombre. Dejo mi venda donde está y pongo mis manos donde
él me dijo.
—Ahí tienes. No te muevas, no importa lo bien que se sienta.
Cuando asiento, el nudo se frota contra la parte posterior de mi
cabeza. La anticipación hace que mi corazón palpite en mis oídos. Y luego
ahí está de nuevo, el pellizco.
—Eso es iiiinc... —jadeo. Todo va a toda marcha; el pellizco se
amplifica porque no puedo ver. Un sentido perdido y el mejor tipo de dolor
que lo reemplaza.
Mi pezón izquierdo está ardiendo, como una bengala encendida,
cada nervio termina gritando más. Toma mis manos y las pone sobre mis
muslos, presionándolos con fuerza para decir: Quédate allí. Luego
comienza a reposicionarse a sí mismo, moviendo las rodillas de su lugar
a cada lado de mí. —No te vayas de nuevo.
—Maldita sea, me encanta escucharte rogar.
—Por favor, por favor, por favor… —digo otra vez, con todas las
consonantes mezcladas.
—No voy a ninguna parte, hermosa, excepto por el único lugar del
planeta al que pertenezco en este momento.
—Dime.
Su pene se desliza hacia abajo, y siento la suave piel de sus bolas
contra mis labios. Pero entonces ni siquiera siento eso. Solo el calor de
sus muslos y el pellizco, hasta que ...
Con un impulso despiadado, se mete en mí. —Dentro de tu coño.
El cual es todo jodidamente mío.
Es como un terremoto, entre el pellizco y el empuje. Se queda allí,
muy dentro de mí, en tanto mis caderas se elevan para dejarle espacio.
Pero antes de que me haya acostumbrado a él nuevamente, hay otro
pellizco en mi pezón derecho ahora. Me envía en espiral fuera de la
habitación, fuera de la casa, fuera del estado, zumbando hacia la
estratosfera. —Dulce Jeeeeeeeeesús. ¿Qué me estás haciendo?
Por cinco poderosos empujes, no dice una palabra. Rujo su nombre
y arqueo la espalda en el colchón. Le hundo los dientes en el hombro 126
porque se siente tan bien, tan increíble, que no tengo idea de qué más
hacer. Me sostiene en la cama, aplicando un poco de presión en mi
garganta, lo suficiente como para sentir mi pulso contra su mano, al
mismo tiempo que la otra mano me ata el pelo detrás de la cabeza. Cada
impulso, cada empuje, rebota a través de mi cuerpo, como si estuviera
tocando el enchufe sin conexión a tierra de la tostadora.
—Quítate la venda —demanda, sin dejar que me levante de la
cama. Engancho un dedo sobre ella y echo un vistazo. Me está sonriendo,
las comisuras de sus ojos arrugadas—. ¿Qué crees que te hice?
—No lo sé, pero estás explotando... mi... mente —jadeo.
Otro movimiento para adentrarse en mí hace que mis ojos se
pongan en blanco.
—Dios, eres tan divertida de follar —gruñe mientras me toma con
tanta fuerza que incluso el somier clama por piedad. Pero luego me suelta
para que pueda levantar la cabeza y dice—: Echa un vistazo.
Me lleva un segundo procesar realmente lo que estoy viendo. El
sentimiento está fuera de este universo, pero la fuente del dolor es tan...
ordinaria. Dos pinzas para la ropa cotidianas, simples, se sujetaron a mí
para que mis pezones se comprimieran entre el espacio para el tendedero.
Él frena hasta detenerse, aún dentro de mí, y reposiciona una de ellas,
moviéndola noventa grados hasta que la madera se aprieta firmemente.
Boom, vuelve el cañón de placer una vez más.
—Desde el estante de secado —jadeo mientras acelera de nuevo.
—Desde el maldito tendedero —responde—. Con todas tus bragas
sexys y sostenes de encaje. No puedo sacarlos de mi cabeza. Quiero ver
cada pieza de ese encaje en ti. —Se empuja una vez más en mí—. Cada
sujetador, cada tanga. Cada jodida cosa que tienes. Quiero conocerlo
todo, capturarlo todo. Fotografiarlo todo.
Entre dos empujes, vuelvo a encontrar mis palabras. —¿Quieres
tomarme fotos?
Pone dos de sus dedos en mi boca, y giro mi lengua alrededor de
ellos, igual que hice con la cabeza de su polla. Hace que sus ojos
soñadores se cierren, y llena la habitación con el gemido más
embriagador.
—Sí. Quiero tomar fotos de ti y de mí follando. Necesito verlo.
Necesito recordarlo. Si me dejas.
Lo miro a los ojos. —Sí, por favor —le digo, y lo aprieto con fuerza.
En respuesta, se mueve aún más profundo, golpeando mi cuello uterino
y cayendo sobre mí, encerrándome con sus brazos y presionando las
pinzas contra mis senos con sus ondulantes abdominales superiores. Su
rostro es necesitado y oscuro; su expresión es resuelta y enfocada. No
tengo otra opción que ceder ante el puro poder de él, la furia salvaje pura.
Después de tantas embestidas que empiezo a perder la cuenta, me habla
al oído—: Dime que quieres mi semen dentro de ti. 127
Puede que esté en la estratosfera, pero aún no me he ido. Así que
me haré cargo de esta charla sucia y lo provocaré. —Necesito tu semen
dentro de mí.
Y con un empuje más despiadado, se corre con un rugido.
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Por segunda vez hoy comienzo a ducharme, pero esta vez tengo su
mano en la mía. Puedo decir que está nerviosa, no muy segura de lo que
sucederá después. La miro por encima del hombro y veo que me está
mirando, sus ojos un poco vidriosos y sus pezones rojos y fruncidos, a 128
pesar de que las pinzas de la ropa se han ido. Todavía no se ha corrido
porque no la dejé. Pero estamos a punto de arreglar eso ahora mismo.
El agua se calienta rápidamente. Empujo la cortina a un lado, la
ayudo a entrar y luego la sigo. La acompaño bajo el cálido chorro y dejo
que moje su largo cabello. En la humedad y el rocío, su maquillaje se
mancha cada vez que parpadea.
La presiono contra la pared de azulejos. Sus pies chirrían sobre la
porcelana, y yo clavo mi rodilla contra su coño. Acuno la parte baja de su
espalda con mi mano, asegurándome de que el control de temperatura
no la golpee. —Cuando estuve aquí esta mañana, me pregunté si alguna
vez usas este cabezal de ducha como debe ser.
Sus ojos se ponen en blanco. —Oh, Dios mío.
—¿Lo haces?
Parpadea algunas gotas de humedad. —No en siglos. No desde que
Hitachi mejoró su juego.
Maldita sea. —Llegaremos al Hitachi después. Pero real, realmente
quiero ver esto primero.
Quito sus botellas de champú de la esquina más cercana a la
alcachofa de la ducha, donde hay un estante de azulejos, lo
suficientemente grande como para sentarse, o al menos obtener un poco
de palanca. Soy un tipo bastante grande, y solo la mitad de mi trasero
cabe en el estante, pero eso es suficiente. Deslizo mis manos hacia abajo
a cada lado de sus caderas, abriéndola con mis pulgares. —Bájalo —le
digo al oído, todo cubierto de gotas de agua.
Se levanta de puntillas, apretando el culo mientras lo hace. Lo toma
del soporte, la manguera se desliza hacia el suelo. La atraigo hacia mí,
situándola en un muslo y manteniendo un brazo alrededor de ella para
mantenerla cerca.
Con mi mano libre, deslizo mis dedos en su interior, sintiendo un
impulso instintivo, sabiendo que su humedad ya no es solo suya, sino de
los dos. Le dejo el coño e inclino la palma de la mano para dejar que un
poco de agua tibia caiga sobre su clítoris. A medida que el calor la afecta,
la provoco, su cuerpo se tensa y luego se relaja.
—Ahí tienes. Pon tu mano izquierda aquí arriba, a mi alrededor. —
Hace exactamente lo que le digo, enganchando su brazo alrededor de mis
hombros en busca de apoyo. Aprieto el pie contra la pared curva de la
bañera—. ¿Ves? No vas a ninguna parte.
Deja caer su cabeza sobre mi hombro, y le doy un beso a un lado
del cuello, a esa piel suave y dulce debajo de su mandíbula.
Luego, con mi mano libre, enciendo el masajeador, girándolo una
muesca. Su cuerpo se da vuelta cuando el chorro golpea su clítoris, y se
empuja con fuerza contra mí, su pie chirriando en la bañera.
Sosteniéndolo allí, abro sus labios ligeramente. Ella flexiona sus
abdominales, y la veo situarse para que la corriente la golpee justo a la 129
izquierda de su clítoris. Cada pieza de su rompecabezas, lo que quiere, lo
que le gusta…, no tiene precio. Todo lo que hace me enseña lo que quiere
y cómo lo quiere. A medida que se acostumbra al chorro, su cuerpo
comienza a relajarse. Está usando los dedos de sus pies para agarrar la
bañera, y todavía no me ha permitido tomar todo su peso. —Te tengo —
le digo—. Adelante, déjate ir.
—Está bien —susurra, apenas pronunciando las palabras, su voz
apenas más fuerte que el sonido del rocío.
Lo giro otra muesca. El chorro se vuelve más concentrado e
intenso. Cuando el patrón cambia, su cuerpo se dobla de nuevo, pero
esta vez se deja ir más rápido, dejándome sostenerla más, dejándola
llevarla más a mi regazo. Su cuerpo está cubierto de gotas de agua, y
puedo ver mejor ese moretón. Perfecto, travieso, jodidamente correcto. Mi
mano en su cadera. Mía. Cambia el foco del cabezal de la ducha
inclinando las caderas, de modo que ahora el pulso golpea su clítoris más
directamente. Su clítoris se enrojece y se hincha con el calor. —Oh,
Jesús.
Aunque me vine duro hace unos cinco malditos minutos, me lo está
haciendo de nuevo. Bombeo mi polla en la piel suave en la parte posterior
de sus muslos y me mira. —¿De nuevo?
—Demonios, sí, otra vez. Si me quieres.
—Por supuesto que sí, qué tipo de pregunta es… —Pero se queda
callada, detenida a mitad de la oración por mi glande deslizándose dentro
de ella.
—Mierda. —Robar sus palabras con mi polla es tan jodidamente
caliente.
Tan pronto como la penetro, cae en un tipo diferente de éxtasis.
Sus dedos de los pies se curvan, y muele un talón por el costado de la
bañera. —Te sientes tan increíble siempre —dice, acurrucando su mejilla
contra mi hombro.
No sabe ni la puta mitad de eso. El agua baja de su coño hacia mis
bolas, y el azulejo frío del estante penetra en mi perineo. Giro el cabezal
de la ducha una vez más, y la corriente se convierte en un chorro en
forma de bala. Tan pronto como la golpea, me aprieta fuerte. Se agita un
poco, con una mano buscando apoyo. La agarro más fuerte, mostrándole
que la tengo. —Vamos. Te mantendré segura y estable durante todo el
proceso.
Mientras la embisto, finalmente me deja tomar todo su peso. Coloco
el pulso justo encima de su clítoris, y puedo sentir que trata de tocarme.
Lo cual es, sin duda, tan malditamente sexy, pero no es así como la
quiero. La quiero vulnerable y abierta y como quiera que sea. —No te
preocupes por mí. Disfrútalo. Podría quedarme aquí toda la noche si eso
es lo que quieres.
130
—¿Sí? —pregunta.
La forma en que dice la palabra hace que un destello de ira hierva
a través de mí. ¿Quiénes son estos cabrones con los que ha estado antes?
¿Quién la apresuró? ¿Quién la hizo preocuparse por cómo venirse y
cuándo? A la mierda esa mierda. —Sé tú. Haz lo que quieras. —Beso su
cuello otra vez—. Tienes mi permiso.
Gime, sacudiendo la cabeza. —¿Por qué es eso tan sexy? Ni siquiera
sabía que quería permiso.
—Pero lo haces. Lo quieres y lo tienes.
—Oh, Russ —dice de nuevo, y luego comienza a suceder para ella.
Sus contracciones se sienten totalmente diferentes en esta posición, y tan
jodidamente maravillosas.
—Me corrí dentro de ti, no lo olvides por un maldito minuto —le
hablo al oído—. Mientras estemos juntos, eres mía. Así es como te hago
mía.
—Ohhhhh, mierda.
—Te hago mía con mi semen dentro de ti. Te mantengo mía al
nunca dejarte escapar de mí.
—Estoy tan cerca.
—Ya estás allí. Puedo sentirlo. —Le doy un embiste desde abajo—.
Lo sé antes que tú. Así es como se supone que debe ser.
Levanto el cabezal de la ducha un poco más, una corriente
implacable que golpea directamente su nudo de nervios. Aprieto mi
agarre aún más y luego le doy la orden—: Córrete.
Y eso lo hace. Boom. Su pie se desliza por debajo de ella en total
rendición. Los orgasmos de anoche fueron salvajes, pero esta es Penny
completamente deshecha. Comienza bajo y tranquilo, como el agua a
punto de hervir, y luego se acumula hasta que sus gemidos se convierten
en gritos, sus gritos se convierten en gruñidos. Es jodidamente perfecto.
Sin retenciones, como ella dijo. Se corre y se corre. —Te tengo. Estoy
contigo todo el camino.
Me aguanto todo el tiempo que puedo, pero tan pronto como
comienza a relajarse en mis brazos, la inclino hacia adelante para obtener
una mejor posición. La sostengo de donde la tuve anoche, justo en la
marca en su piel.
Penny deja caer el cabezal de la ducha. Golpea contra la bañera,
rocía en mi pantorrilla y envía salpicaduras sobre nosotros, como una
tubería rota. La doblo sobre sus caderas, y en una elegante curva ella
alcanza la ducha y se apoya en el asiento del inodoro. Así llego tan
adentro como su cuerpo me lo permite. Con mis manos en sus caderas,
la levanto de puntillas. Tomando un puñado de su cabello mojado en mi
mano.
El dolor de su cabello anudado hace que su coño se apriete en un
estrujón jodidamente maravilloso. Toma cada empuje, cada centímetro,
131
cada impulso furioso como si estuviera hecha para mí. Y finalmente la
lleno con un orgasmo de segunda ronda que comienza profundamente en
mis bolas y me hace follarla hasta que cede y sus rodillas se doblan.
Traducido por Julie
Corregido por Pame .R.

Todo mi cuerpo está temblando mientras me ayuda a salir de la


ducha. Siento como si mis piernas estuvieran hechas de gelatina que no
ha cuajado lo suficiente, tambaleantes e inseguras. Agarra mi bata del
gancho de la puerta y me envuelve en ella, pasando sus brazos de arriba 132
a abajo sobre la tela de toalla, secando mi piel. Soy una masilla, una
masilla absoluta, y me lleva con fuerza a su pecho. Con una toalla del
perchero, me seca el pelo con cuidado, lentamente, y en el reflejo del
espejo lo veo sonreír tan dulcemente que hace que mi aliento se atragante
en mi garganta. Su cara está en parte enmarcada por mi corazón de
grafiti en el espejo lleno de vapor, y puedo decir que no tiene ni idea de lo
que está haciendo, dándome palmaditas en el pelo con la toalla, un
territorio totalmente desconocido. Pero está decidido a hacerlo. A cuidar
de mí. Es lo más dulce.
—Gracias —dice, dándome un suave beso en la mejilla y
manteniendo sus labios ahí mientras me acerca.
Coloco mi barbilla sobre su pecho. —Soy yo quien debería
agradecerte.
Sacude la cabeza. —Eso fue increíble. Tú eres increíble.
Tomo una toalla de baño del perchero, la envuelvo alrededor del
mejor trasero y la cierro debajo de su ombligo. Dejo que mis manos se
deslicen sobre la tela peluda, acariciando cada centímetro de esos
perfectos y varoniles músculos.
No me deja estar así mucho tiempo, y después de un momento me
da la vuelta, manteniéndome cerca y llevándome a la cama, su cuerpo
acariciando el mío sobre la marcha. Cuando llegamos a la cama, me
desabrocha la bata y me da la vuelta para sentarme en el colchón. En
una mano, está sosteniendo mi loción.
Me muevo hacia atrás. —Eres maravilloso.
—Un placer servir, madame. —Me pone un largo garabato de loción
en el muslo. Lo frota con ternura, con cuidado, asegurándose de que toca
cada centímetro. Luego se mueve hacia mis pies, mi estómago, mis
pechos. Es especialmente cuidadoso con mis pezones, que están
doloridos y sensibles. Baja hasta los codos, un brazo a cada lado de mí,
y toma el izquierdo en la boca. Esto es diferente a lo anterior, más suave,
más gentil. Como si me estuviera curando. Miro al techo y paso mi mano
por su pelo corto y húmedo. No sé si me merezco esto, pero estoy
encantada de que esté sucediendo.
—Joder, eres deliciosa —dice, subiéndose encima de mí por
completo.
—Por cierto, de ninguna manera te voy a dejar ir al Residence Inn.
Choca mi nariz con la suya en un beso medio esquimal. —Solo si
quieres que me quede.
—No dejaré que te vayas —susurro—. Y esta vez me aseguraré de
que Guppy no te eche de la cama.
Russ sonríe, como riéndose para sí mismo. Es increíblemente
entrañable que ni una vez, ni siquiera ahora, haya delatado a Guppy.
Nunca dijo: “Ese enorme perro tuyo secuestró mi lugar”, o “Vamos a dormir
con la puerta cerrada a partir de ahora, ¿qué te parece?” Ni una palabra
contra el hombrecito. Le doy un asentimiento de aprobación. —Vamos. 133
Suéltalo. ¿Cómo terminaste en el sillón?
—Hubo algunas negociaciones a medianoche. Tiene tácticas de
guerrilla. Es todo lo que voy a decir al respecto.
Bajo la puerta, oigo a Guppy inhalar y resoplar. Miro la hora. No es
el perro más inteligente del planeta, pero sabe cuándo es las 5:32 p.m.
como si estuviera programado para ello. Din-din.
Llevo mis labios a los de Russ para un beso rápido. —¿Quieres
ayudarme a hacer la cena? Haremos sándwiches de jamón y queso brie
y ensalada, luego... ¿Helado?
Entierra su cabeza contra mis pechos, sonriendo. —¿Dónde diablos
has estado toda mi vida?

***

Russ se pone mi travieso delantal de sirena y dice—: Yo haré la


ensalada.
Él podría haber sido el que dijo: “¿Dónde has estado toda mi vida?”,
pero ahora estoy pensando: “¿Qué opinas de fugarnos?” ¿Un hombre que
cocina? ¿Quién se ofrece como voluntario para el servicio de ensaladas?
—Perfecto. —Sonrío y me ato las cuerdas de mi delantal. Este dice:
“Que los tenedores estén contigo”. Pongo un cuchillo en la isla para Russ
y luego abro la nevera para agarrar la lechuga y una nueva libra de
jamón. Claramente, Guppy tuvo hambre mientras estábamos ocupados.
Sin embargo, perdonó el brie, bendito sea su corazón. Sabe de qué lado
está su pan con mantequilla. El jamón es prescindible. Las ruedas de
triple crema no lo son.
Russ corta un tomate en la tabla, haciendo cortes precisos a
intervalos regulares. No tiene la mano práctica de alguien que cocina
mucho, y eso lo hace todo mucho más adorable. Sus cejas están
arrugadas, y lo veo colocar el cuchillo en la piel del tomate y luego moverlo
un enésimo de un centímetro para asegurarse de que las rebanadas son
exactamente del mismo grosor.
De la puerta del refrigerador, tomo una lata de comida para perros
de cordero y arroz. Saco la mitad restante y corto un huevo duro,
poniéndolo en su tazón. Luego agrego dos tazas de croquetas de venado
y batata sin trigo ni maíz. Sostengo su tazón paralelo al suelo, contra mi
delantal.
—Ese perro lo tiene fácil.
—Dímelo a mí —digo, y luego pongo mi atención en Guppy—.
Siéntate.
Russ hace una pausa, en el medio del corte, para ver el 134
espectáculo.
Mi perro toma su lugar en la alfombra de la cocina, sus enormes
patas traseras metidas bajo su cuerpo y sus enormes patas extendidas
como guantes de cocina. Una pequeña burbuja de baba se acumula bajo
su mejilla derecha. —Quieto.
Dejo su tazón a mis pies, y él arrastra las patas. La burbuja de
baba cobra impulso y se convierte en un fino arroyo, que cae como una
cuerda de sujeción al suelo.
Mamá... Mamá.
—Quieto.
Arrastre de patas, arrastre de patas. Huevooo. Quiero mi huevooo.
Y mi coooordero.
—¡Listo!
¡Y comienza la inhalación!
—Eso es impresionante —comenta—. Que te escuche así.
—Dices eso ahora que lo tenemos perfeccionado —explico—. Lo que
no ves son tres años en los que digo “quieto” y él corre para encontrar su
armadillo.
Me enjuago las manos en el grifo y las seco en mi delantal. Afuera
en la playa, la señora Mankowitz está en ello otra vez, pero mientras
pasea por la playa debajo de mi casa, nos observa y hace pequeños
movimientos de sujeción en el aire con su brazo mecánico. Lo siento,
señora M., de verdad.
Pero hay muchas cosas que no sé. Me vuelvo hacia él y lo estudio:
una sirena grande, musculosa y con el pecho desnudo. —Ni siquiera sé
de dónde eres.
Hace una pausa, cuchillo a la mitad del tomate. —De Boston.
Donde está nevando como un hijo de puta. —Afuera, en el momento
justo, las olas chocan y se desvanecen.
Boston. Mi imagen inmediata es una mezcla de repeticiones de
Murder, She Wrote, viejos episodios de Cheers, y una especie de energía
de Guerra Revolucionaria. —Nunca he estado más al norte que Atlanta, y
nunca he visto la nieve.
—¿Nunca? ¿En serio?
—¡Nunca! Soy virgen de la nieve —digo, manteniendo mi cabeza en
alto. Extiendo una fina capa de mantequilla en el interior de los
sándwiches—. ¿Creciste allí?
—Más o menos. —Come una rebanada de tomate muy fina—. Yo
era un hijo del ejército, así que siempre nos movíamos.
—Tenía una amiga cuyo padre estaba en el ejército. —Hago una
pausa, tratando de recordar—. Su nombre era Bernadette. Éramos
amigas en segundo grado y... luego tuvo que mudarse. Fue terrible. 135
Levanta la ceja y asiente con la cabeza al tomate. —La historia de
mi vida.
Y mi corazón da un doloroso latido.
—¿Tu familia está allí ahora, en Boston?
Sacude la cabeza y considera la ordenada hilera de rodajas de
tomate en la tabla delante de él. —Ya no. Mi padre murió cuando yo
estaba en el instituto, y luego mi madre falleció... —Entrecierra los ojos,
mirando más allá de mi hombro, perdido en el pensamiento—. ¿Hace
cuatro años?
Las líneas generales de su vida no podrían ser más diferentes de
las mías. Su mundo es tan opuesto al caluroso y húmedo Port Flamingo,
donde hay un Darling a cada kilómetro. —Lo siento mucho.
No dice ninguna de las cosas habituales, pero limpia el cuchillo en
un paño de cocina. —¿Tienes otro familiar aquí además de tu tío?
¿Creando una cerveza de primera en tu honor? —Toma un trago de su
IPA de Penny, sonriendo un poco alrededor de la botella.
—Somos muchos aquí. Si no eres un Darling, probablemente estás
casado con alguien que solía serlo. Mis padres viven por allí. —Apunto
en la vaga dirección de la granja de llamas con mi cuchillo para
mantequilla—. El tío Tom vive por allá. —Apunto en la otra dirección—.
El abuelo sigue en Atlanta. —También lo señalo con mi cuchillo, lo que
hace que Russ sonría y mueva la cabeza por alguna razón. Trago con
fuerza, mis piernas se vuelven gelatina otra vez.
—¿El abuelo de la Mermelada del Abuelo?
—¡Exacto!
—Tienes suerte, ¿sabes? De tener a toda esta gente cerca de ti.
Debe ser agradable.
Agradable. Esa no es realmente la palabra que yo usaría para
describirlo. Difícil de tener algo de privacidad es más bien la realidad.
Pero, por otro lado, veo lo que quiere decir. Algo así. —Claro, pero lo que
debe ser realmente agradable es vivir tu vida sin toparte con tu madre en
la sección de productos femeninos de la farmacia. —Oh, cielos. Tal vez
pueda tomar un suplemento por esto. ¿Qué me pasa?—. A veces es un
poco... ¿acogedor?
Asiente. —Ya lo veo. —Echa un vistazo a la nevera, llena de fotos
mías y de mis sobrinos, primos segundos. Siempre al sol, siempre en la
playa. De alguna manera tengo una visión de su nevera, algo moderno y
estéril, y me entristece solo imaginarlo.
Trae el tomate y lo coloca en la ensaladera, empujándolo de la tabla
de cortar con su cuchillo. —Revelación completa: no tengo idea de cómo
hacer un aderezo a menos que salga de una botella.
—Es algo tranquilizador saber que no eres bueno en todo —digo, 136
mirándolo y dándole un codazo a su estómago de sirena. Agarro el aceite
de oliva y el vinagre de su lugar junto a la estufa—. Tal vez pueda
enseñarte una o dos cosas.
—No hay ni una maldita duda sobre eso.
Ese rubor se me sube a las mejillas otra vez. Mido una parte de
vinagre, y mientras rocío dos partes de aceite de oliva, él me da una
deliciosa palmadita en el trasero.
Cenamos en el patio mientras el sol se pone sobre la pared de mi
jardín. Es un comensal fantásticamente entusiasta, uno de esos tipos
que aborda absolutamente todo en su plato como si fuera a ser su última
comida en años. Mi abuela dijo que así es como supo que el abuelo era
para ella, por la forma en que comía. “Cuando fue por una tercera
rebanada de mi pastel de carne, supe que había encontrado a mi hombre”.
Guppy observa cada mordisco con la cabeza sobre la mesa, sus grandes
ojos se desplazan de la boca de Russ al plato y viceversa, como si fuera
un espectador en un partido de tenis. Russ termina la mitad de su
sándwich y luego toma las pinzas para ensalada de la ensaladera y apila
otro gran montón de verduras de primavera, tomates y cebollas.
—Así que mañana, creo que podríamos probar la granja de llamas.
Tiene hermosas vistas desde un extremo.
Russ se detiene con un bocado de ensalada sin masticar. —¿Sí?
Siempre y cuando no te molesten las llamas. ¡Esos dientes! —
¿Sabes algo sobre llamas? ¿Alpacas? ¿Camélidos montañeses con dientes
de sable en general?
Sacude la cabeza y sigue masticando.
Pobre tipo. Entrar en un criadero de llamas sin saber de ellas va a
ser una especie de despertar grosero, y ni siquiera he llegado a las cabras.
—Está bien. Te lo explicaré cuando lleguemos allí.
Se despacha de la ensalada y se come la corteza y luego toma un
trago de cerveza. —Penny, escucha. Sobre mi trabajo...
Mastico tan rápido como puedo para poder detenerlo. No esto, no
ahora, no puedo soportarlo. Me doy cuenta de que no han pasado ni dos
días, pero ya tengo la sensación de una cuenta atrás que se cierne sobre
mí, como la nube de lluvia sobre la cabeza de Charlie Brown. No necesito
que me lo recuerden. Aún con la boca medio llena, digo—: Dejemos el
trabajo para mañana.
Me estudia, casi con tristeza. —Hay cosas que deberías saber.
Trago. Tengo una visión del aislante térmico para cerveza favorito
de Maisie. La ignorancia es felicidad, de verdad. —Esta noche, solo quiero
estar contigo. Así. Me he pasado toda la vida preocupándome por lo
siguiente, y si esto va a ser una aventura, dejemos que sea una aventura.
Asiente y respira profundamente. —Está bien. Si eso es lo que 137
quieres.
—Lo es.
—Entonces lo tienes.
Las olas chocan de nuevo, y antes de que me dé cuenta, él ha
enganchado su pie en la base de mi silla y me está arrastrando por el
hormigón. Cuando me acerco lo suficiente, me agarra las piernas y las
pone en su regazo, corriendo una mano por mis espinillas.
El único problema con mi teoría de vivir el momento es que nada
de estar con él se siente como una aventura. Pero eso podría ser
influencia de mis furiosas hormonas post ducha.
Tal vez.
Nos quedamos allí en la tranquila quietud, mirándonos uno al otro,
mientras las olas rompen y el suave ronquido de Guppy sacude la mesa,
hasta que finalmente Russ habla—: Así que, estaba pensando. En ti. En
mí. Tu sofá. Casa Desolada.
Esto no es una aventura. No puede serlo.
Traducido por Bells767
Corregido por Pame .R.

No hay tácticas de guerrilla de medianoche con Guppy, y me


despierto a la mañana siguiente con ella en brazos. Está de lado, hecha
un ovillo y con un camisón fino y dulce adornado con encaje blanco. La
acerco y acomodo mi mandíbula junto a la suya. Le aparto el pelo para 138
que estemos mejilla con mejilla. Su respiración es rítmica y tranquila.
Miro el reloj digital y veo que son poco más de las seis. El otro reloj es un
viejo y bonito objeto retro, de color verde claro con grandes números
blancos. La clavija de la alarma de la parte superior está pulsada, para
apagar.
No sé cómo voy a hacer esto, decirle quién soy. No es un secreto de
estado, pero cada minuto que pasa hace que me preocupe más y más.
Porque en mi corazón, en mi interior, sé que no quiero arruinarlo.
Ella es especial. Lo sabes.
Una maldita aventura.
Veo los libros en su repisa, las fotos en las paredes, y las cortinas
probablemente hechas a mano. Y ahí es cuando noto que el arbusto fuera
de la ventana está… moviéndose. Al principio, pienso que tiene que ser
un pájaro, una de esas gaviotas enanas que están en todas partes. Pero
después el arbusto se mueve y se escuchan unos pies golpeando el suelo.
Guppy levanta las orejas y deja salir un gruñido bajo.
Suelto a Penny y salgo de la cama. Recojo mis bóxers y me dirijo a
la puerta de entrada, con Guppy detrás de mí a galopes largos. Tiro mi
pretina hacia arriba y abro la puerta. Luego salgo al porche y escucho.
Bajando por la calle, un rociador está haciendo kish-kish-kish y una
señorita camina rápido pasando los buzones. Rodeo la casa, caminando
descalzo por el pasto frío, aún húmedo con el rocío. Guppy se queda a mi
lado y noto que sus pelos gigantes están levantados.
El arbusto se vuelve a sacudir, haciendo que las hojas suenen. —
Sal de ahí. Lento y con cuidado —advierto. Jesús, van dos días en los que
la gente me ha dicho que me veo como un policía y ahora sueno como
uno, también. Pero esto es diferente. Es para proteger a Penny. Esto es
de verdad.
Ahí es cuando una cara se asoma por el borde. Una cara familiar.
Sonny Bono.
No, espera. Diablos.
El alcalde.
—¡Jesús! —habla entre un susurro y un grito—: ¡Señor Stevenson!
Además de mi completa sorpresa de ver al alcalde saliendo de los
arbustos, me siento bastante bien con esto. Pensé que iba a tener que
pasar el día en el ayuntamiento intentando buscar comprobantes fiscales
para ver si tiene alguna empresa fantasma. Pero no. Este tipo es un
voyerista. Hoyo en uno. —¿Qué diablos hace aquí?
Termina de salir del arbusto. —Solo estaba sacando un poco de
maleza —responde, con un diente de león en su mano que tiene tierra en
las raíces. En sus rodillas tiene unas almohadillas de jardineo. Sostiene
una pala en su mano y está usando un sombrero con alas grandes, estilo
safari.
—Sacando la maleza. —Ni siquiera lo pregunto. No es necesario ser 139
cortés.
Asiente con tanta fuerza que sus lentes de sol se deslizan por su
nariz. —Hablé con Penny ayer y sonaba un poco triste. Así que vine a
verla. Pero noté que tenía visita y no quise ser descortés.
—¿Sacando la maleza? ¿Por qué saca la maleza de su jardín?
Mira al diente de león en su mano. —Porque Penny odia desmalezar
y ella evita que pierda la cordura, así que desmalezo su jardín. —Se ve
completamente perdido sobre por qué siquiera lo cuestiono. Como si
fuese una de las verdades aceptadas del mundo. Gravedad, inercia,
desmalezar el jardín de Penny.
Hombre, puede que haya juzgado seriamente mal a este tipo.
¿Desmalezando a las seis de la mañana de un sábado como
agradecimiento? Han santificado a algunas personas por menos. Me
restriego las sienes, inhalando el dulce aroma del pasto un poco mojado.
Guppy, mientras tanto, ha perdido completamente el interés, como si
esto, de hecho, pasara seguido. Mea un rato espectacularmente largo en
una mata de margaritas.
Por el lado derecho de la calle viene lentamente un carro de policía.
El alcalde también lo ve pasar y detenerse.
A la mierda con la rutina de Señor Amable. Claramente alguien
llamó a la policía. Desmalezando, sí claro.
Pero entonces la ventana del coche patrulla se abre y el policía
dice—: Buenos días, alcalde. ¿Cómo le va desmalezando?
—¡Buenos días, alguacil! ¡Muy bien! —contesta el alcalde,
levantando un diente de león y sacándole un poco de tierra—. ¿Cómo va
tu mañana, Todd?
Toda la situación es alucinante. Crecí en Boston, donde tienes que
ser familiar de alguien para que te mire a los ojos. Nunca he visto algo
como este lugar en mi vida. Es tan estúpidamente agradable aquí, todos
son tan absurdamente encantadores que estoy seguro de que estamos a
cinco segundos de un número musical espontáneo. Puedo verlo: todo el
vecindario en bata, tomados de las manos y cantando “It’s a Beautiful
Morning9” mientras caminan juntos por la calle.
Es demasiado temprano para toda esta mierda acogedora. Ella está
en la cama y yo también necesito estar ahí. Voy hacia la casa, silbo para
llamar a Guppy y cierro la puerta detrás nuestro.
—Buenos días —saluda Penny, estirándose perezosamente en la
puerta de la habitación—. ¿Qué haces levantado?
Afuera, escucho al alcalde decir—: ¿Qué le parece si nos tomamos
una taza de café, alguacil Todd? Tengo algunas ideas de voluntariado
para discutir.
Me restriego un ojo con mis nudillos. —¿El alcalde te desmaleza el
jardín? 140
Mira más allá de mí, hacia el hombre, que está apoyado en la
patrulla. —La mayoría de los sábados. A menos que esté haciendo algo
entretenido para los niños con cáncer o algo así.
Jesucristo. A la mierda con el alcalde. A la mierda con el trabajo,
con todo esto. Ella es lo único que importa ahora mismo. —Regresa tu
trasero a la cama, lindura —digo, atrayéndola hacia mí, haciendo que se
quede sin aliento cuando nuestros cuerpos chocan—. No estoy listo para
levantarme aún.
Mira hacia mi ropa interior. —Yo diría que ya estás levantado.
—Cama. Ahora —le ordeno y golpeo su trasero, lo que llena la casa
con sus chillidos y risas.

9 Es una hermosa mañana.


Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

A las once de la mañana, mi piel está resbaladiza con su sudor y el


mío. Mi clítoris está zumbando con las réplicas de dos orgasmos,
consecutivos, de ambos. Mientras recupera el aliento, coloco mi barbilla
en su esternón y dejo que mi cabeza suba y baje con su respiración. Se 141
pone un antebrazo detrás de la cabeza y levanta el cuello para verme
mejor. Me quita un mechón de pelo sudoroso de la frente. —¿Alguna vez
probaste una de esas barras de chocolate de México? ¿Una de esas con
chiles o lo que sea?
Ahora realmente está hablando mi idioma. —Tengo una variedad
de ellas apiladas en mi congelador, la única cura para los cólicos
menstruales probada y verdadera.
—Eres así. Dulce al principio, pero picante por debajo. Mierda.
Presiono mis labios contra su pecho, sintiéndome avergonzada, y
solo lo miro. Él une su mano con la mía y también me mira. Por primera
vez en mi vida, sé lo que significa perderse en los ojos de alguien, perderse
en ese lugar donde no estás hablando, pero estás diciendo todo lo que no
sabes decir. Que me gustas mucho. Que me haces sentir como la mujer
más bella de todas y que tal vez deberíamos hacer algo loco. Quizás
deberíamos enamorarnos. Pero no lo digo. Lo guardo para mí, en mi
corazón, donde tendrá que quedarse.

***

Cuando el sol del mediodía golpea la cama con un rayo de luz


caliente, me alejo de él para subir la unidad de aire acondicionado en la
ventana. Pero en el momento que mis pies tocan el suelo, es como si mis
músculos ni siquiera estuvieran conectados a mis huesos, y tengo que
apoyarme en el tocador.
Se levanta para ayudarme, levantándome en sus brazos para
estabilizarme. —¿Estás bien? Quizás necesites comer algo. Se está
haciendo tarde.
—Oh, tú, animal —le digo, dándole un codazo a los abdominales
sólidos como una roca—. Tú hiciste esto.
De repente parece muy engreído. —Te follé hasta que no pudieras
caminar.
Asiento con la cabeza.
—¡Santa mierda, por la jodida victoria! —Me levanta en sus brazos,
estilo recién casados. Me lleva al baño y me pone frente al fregadero.
—Estoy bien —le aseguro, viendo temblar los músculos de mis
muslos en el espejo.
—Seguro que sí —dice con un guiño.
Desempaca su kit de baño en una esquina de mi lavabo. Botellas
ordenadas, llenas hasta el tope. Su navaja de afeitar. Su colonia. Me
encanta ver sus cosas mezcladas con las mías, pero luego el ángel
comienza a hablar con sentido nuevamente. No te apegues, Penelope. Es
una aventura. Solo una aventura.
Pone pasta de dientes en su cepillo, y yo hago lo mismo, viéndolo
142
mirarme en el espejo. En torno al cepillo de dientes, con la boca llena de
espuma, pregunta—: ¿Hay más mermelada?
—Galones —respondo, mi boca llena de pasta de dientes,
también—. Y encurtidos. Muchos encurtidos.
En respuesta a lo cual me da un pequeño empujoncito en el trasero
con su polla finalmente medio blanda, como diciendo te mostraré un
pepinillo.

***

Durante el resto de nuestra mañana perezosa, cada detalle


mundano parece mágico. Estar con él es fácil: nunca nos estrellamos en
mi pequeña cocina ni una sola vez. Desayunamos pan de plátano, café y
mermelada. Nos sentamos en mi pequeña mesa de desayuno y leemos las
noticias en nuestros teléfonos. Me pilla leyendo mi horóscopo y no me
importa nada. Lo veo leer sobre política, aunque parece particularmente
interesado en la ciencia y… las artes.
Cielos.
Pero cuando Guppy trae su pelota, me levanto y me dirijo a la
puerta. La pareja tiene sus límites. —Ya vuelvo. Voy a llevarlo a pasear
un poco por la playa.
Russ agarra su gorra. —Voy contigo. No te voy a perder de vista.
Y así nos dirigimos juntos a la orilla. A mitad del camino, miro hacia
atrás a nuestras huellas paralelas, avanzando por la arena húmeda. En
nuestras huellas, todo es maravillosamente simple. No hay que
preocuparse por las aventuras o complicaciones. Es un hombre, una
mujer y un perro. Una pequeña familia. Y la cosa es que, me doy cuenta,
mirando hacia atrás en la larga línea de impresiones, es algo que nunca
supe que deseaba tener.
No hasta ahora.

***

Después de nuestra caminata, le doy a Guppy un puñado de


galletas. Russ mantiene abierta la puerta de entrada con las llaves en la
mano. Lleva un atuendo diferente al de Surf’s Up, pero es tan sexy como
el de ayer: un par de pantalones cortos azul marino y otra camiseta
desteñida, esta de color verde oscuro. Se ha puesto su sexy gorra de
béisbol, y yo estoy usando un sombrero para el sol… porque él insistió.
“No, no vas a salir sin un sombrero. Y protector solar. Lo siento, Penny. Lo
siento.”
Ni siquiera me hizo enojar, ni siquiera despertó a mi dragón 143
feminista interno dormido. En cambio, me fundió en un charco y me hizo
pensar que tal vez todo este tiempo he estado buscando a un hombre que
insista. Quien no retrocederá cuando le dé mi mejor ceño, quien no me
dejará ganar sin importar lo que diga. Él es el típico hombre fanático del
protector solar, y eso está perfectamente bien para mí.
Mientras avanzamos por la calle principal, él levanta sus gafas de
sol. —¿Eso es un Starbucks? Mierda.
—Oh, tú. —Le doy un empujón—. No somos tan insignificantes.
Pone la señal de giro y se detiene en un espacio vacío frente a la
tienda. —Penny. La señora encargada del Residence Inn me advirtió sobre
las infecciones por hongos en la grava. Ya no espero nada.
Gimo al techo del Suburban. —Yo misma respondí esa queja. No
había hongos.
Pero se ríe y mueve la palanca de cambios para estacionar. —¿Qué
deseas?
—Un té helado. Negro, sin azúcar.
—¿Eso es todo?
—Sí, el café me hace… —me aclaro la garganta—, balbucear.
Ladea la cabeza mientras abre la puerta. Ha dejado las llaves en el
encendido y el motor en marcha, por lo que el aire acondicionado
permanece encendido. —Me gusta cuando balbuceas.
—Eres dulce, pero no hay necesidad de halagarme. Maisie dice que
compartir demasiado es muy poco atractivo. —De hecho, sus palabras de
elección fueron “quedar solterona”, pero omito decir eso.
Se burla. —No creo que nada de ti sea poco atractivo. —Se inclina
y señala—. Nada. Entonces, un té helado, saliendo ahora mismo. ¿Bollo
de vainilla?
Es como si me hubiera conocido desde siempre. —Sí, por favor.
Y se va. Lo veo entrar a la cafetería, y cruzo mis piernas aún
temblorosas. Pero mientras lo hago, algo me golpea en la parte posterior
del muslo. Miro hacia abajo y veo una pequeña carpeta encajada entre la
consola y mi asiento. Es una carpeta del tamaño de un folleto y la saco.
Dice Hertz en el frente y me doy cuenta de que es su contrato de alquiler.
Abro la guantera para ponerla dentro, pero cuando empiezo a guardarla
junto a su licencia, noto…
¿El nombre en el frente? No dice Russ Stevenson.
Dice Russ Macklin.
Macklin. No Stevenson.
Eso no puede ser. Me quito las gafas de sol y agarro la carpeta con
ambas manos. Pero no es un error tipográfico, y no es mi visión. Está
justo ahí en grandes letras grandes y audaces.
Russell T. Macklin 144
Pienso en la reunión con el alcalde. Stevenson, definitivamente dijo
Stevenson. Pero no hay Stevenson en ningún lado. Mi corazón comienza
a latir con fuerza en mi pecho, una caída en pánico de dudas que se
extienden rápidamente. No puede haber mentido sobre su nombre. Eso
es imposible. Es una locura. Porque si mintió sobre eso, probablemente
mintió sobre…
Todo.
Hojeo las finas impresiones, duplicados borrosos como salidos de
una impresora desactualizada. Cada firma tiene Russell T. Macklin
impreso debajo. Su firma en sí es una gran “R” varonil seguida de un
garabato, y luego una “M” sólida con otro garabato. Ha firmado con las
iniciales RTM en la parte inferior de cada página. Y allí en la segunda
página está la información tomada de su licencia.

Conductor: Russell T. Macklin


Estado de licencia: Massachusetts.

Aparto los papeles y trato de hacer todo tipo de justificaciones


posibles. Dijo que era de allí. Quizás se acaba de mudar a California.
Cuando Maisie se mudó a Maryland por unos años, nunca entregó su
licencia de Florida. Podría ser exactamente así, tal vez. Quizás. Ojalá.
Excepto que incluso eso se esfuma debajo de algo aún peor.

Dirección actual:
1023 Worcester St. Apt. 4A
Boston, MA 05412

En ninguna parte de las páginas veo California, Hollywood o algo


que tenga sentido.
Excepto explicar lo obvio. La verdad desgarradora, que te golpea la
frente y que provoca ira: que lo he vuelto a hacer. Me caí del vagón de
hombres y en los brazos de…
Levanto la vista y lo veo esperando en el mostrador, su corpulenta
espalda hacia mí, sus músculos definidos incluso a nueve metros de
distancia.
Un mentiroso.
¡Bastardo! Explorador de locaciones, sí claro. Probablemente venda
seguros de vida o administre un fondo de cobertura, o lo peor de todo,
trabaja para ese idiota Dick Dickerson. Probablemente tiene una esposa
y dos hijos y una minivan en Boston, con nieve y sopa de almejas. No es 145
de extrañar que no tenga un bronceado de California.
Lo veo de perfil, pone una tapa a su café y le da las gracias al
barista, que está agitando mi té.
¿Qué hace aquí? ¿Quién es?
Soy tan idiota.
¿Y cómo demonios me las arreglé para conseguir otro imbécil?
Mis pensamientos ni siquiera se sienten como míos. Es pelea o
huida, y no estoy dando vueltas para más detalles. No he olvidado
algunas lecciones dolorosas del año pasado. No estaré con un hombre
que me mienta. No importa la explicación, no lo creeré. Comenzó con una
mentira, y terminará con más mentiras. No seré parte de nada de eso.
Entonces abro la puerta, desabrocho el cinturón de seguridad y
agarro mi bolso. Y luego hago lo que debería haber hecho cada vez que
me enredaba en un lío romántico que no valía la pena, lo que debería
haber hecho cada vez que sospechaba que algo sonaba un poco extraño,
o un hombre decía: En realidad aún no estamos divorciados, ¡pero cerca!
Aprieto los puños, aprieto los dientes, me doy la vuelta…
Y me voy de allí.

***
Golpeo la puerta de Surf’s Up y escucho a Maisie gritar—: ¡Cerrado
por inventario! ¡Cerrado! ¡Lo opuesto a abierto! —Toco de nuevo, con más
fuerza, un golpe con la mano abierta en la puerta de cristal que hace que
la campana suene con cada palmada.
La cabeza de Maisie aparece detrás de una pila de cajas. Tan pronto
como ve que soy yo, su boca se mueve para decir un silencioso—: Uh-oh.
Llega a la puerta y abre el primer cerrojo y luego el segundo con las
llaves que guarda en un cordón alrededor del cuello. Estamos a solo
centímetros, y cuando sus ojos se conectan con los míos, esos ojos
familiares que conozco tan bien, las lágrimas nublan mi visión y mis
labios comienzan a temblar.
—Espera, espera —pide, ocupada con otra cerradura. Levanta la
mano y desabrocha el pestillo de la parte superior. Finalmente, la puerta
se abre—. ¿Qué pasó? ¿Dónde está Capitán América? ¿Estás bien?
Capitán América. No estoy bien. Estoy sudando profusamente, me
corren lágrimas por la cara y corrí hacia aquí con tanta furia que se me
irritaron los muslos, por lo que ahora me palpitan y me duelen además
de sentir que nunca serán los mismos después de lo que me hizo. Lloro
a través de un sollozo, sintiéndome tan ridícula y pequeña y tan estúpida,
estúpida, estúpida. Lentamente, Maisie me saca la historia a pedacitos.
Lloriqueo en algunas partes y gruño en otras. Toda la alegría de los
últimos días se desvanece, dejándome sintiéndome usada, inútil y
absolutamente gastada.
146
Mi amiga me atrae hacia ella y me invade una nube de aceite de
lavanda. Su piel fresca y suave se desliza contra el sudor de mis brazos,
y dejo caer la cabeza sobre su hombro huesudo. Dice—: Tal vez sea lo
mejor.
Pero, junto con las cosas sobre las que debe haber mentido, hay
otras sobre las que no podría haber mentido. La risa y la química y… —
Cita a Dickens, Maisie. Dickens.
—Dulzura. Tus expectativas son medio extrañas —dice. Me da un
último apretón y cierra la puerta detrás de mí. Luego saca una horquilla
de su cabello y la pone en mi palma—. Sacaré mi computadora de mi
bolso y tú irás a asaltar la máquina de chicles. Luego veremos qué cuenta
Internet sobre el Capitán América.
Lo que encontramos es un sitio web muy profesional y decoroso
con muchos fondos negros nítidos y fuentes sans-serif, donde habla
sobre su trabajo como investigador privado, sobre sus métodos de
investigación ejemplares, sobre su discreción, sobre su equipo de
asociados altamente calificados. MACKLIN INVESTIGACIONES dice el
encabezado en la parte superior de cada página.
Maisie pregunta—: ¿Qué petnde hacer un envistigdor como
buscadod de locacines?
Sus palabras están confusas porque ambas nos hemos embutido
la boca con tantos chicles medio rancios como podemos. La entiendo solo
porque es exactamente lo que estoy pensando.
¿Qué hace un investigador privado fingiendo ser un explorador de
locaciones de películas?
Me recuesto en los pequeños estantes debajo de la caja
registradora. Maisie se sienta frente a mí en una postura de loto, con la
nariz arrugada en su computadora portátil. Mastica con fuerza y se
limpia un poco de la capa de caramelo de los labios con el dorso de la
mano. Cuando su chicle llega a un tamaño manejable, pregunta—:
¿Militar? —y gira su computadora en su regazo. En la pantalla hay una
foto de tamaño completo de Russ. En uniforme.
Me meto otro chicle en la boca y gimo. Tan sexy como lo imaginaba.
Más caliente, incluso. Con una pistola, en el desierto. Bronceado,
polvoriento. Con ese maquillaje negro como los que usan los jugadores
de fútbol en sus mejillas. Señor, oh, Señor.
Pero Maisie no se deja llevar tan fácilmente. —Bastante chiflado si
me preguntas —comenta, girando la computadora portátil hacia ella—.
Esto tiene relación poliamorosa en Atlanta escrito por todas partes.
Me ofendería si ambas no supiéramos esa historia por experiencia
de primera mano. ¿Qué está mal conmigo? —¿Cómo se convierte una
persona en monja? ¿Puedo hacer eso? ¿Tan solo me doy una vuelta por 147
la iglesia? ¿Así es como funciona?
Se desplaza a través de más fotos, diciendo—: Creo que debes tener
algún tipo de sistema de creencias… —Se congela, a mitad de
desplazamiento, con los dedos sobre el ratón—. Oh, Jesús.
—¿Qué?
—Esto tiene que ser Photoshopeado.
Le quito el portátil y le echo un vistazo.
Es él saltando de un trampolín, en todo su esplendor, zumbando
por el aire hacia una gran piscina. Cada músculo se ondula, cada
pulgada es perfecta. El spandex de sus pantalones cortos de buceo, no
más grande que un par de mis pantalones cortos, acentúa cada bulto y
curva. El titular de la historia dice: El estado de Michigan supera a
Florida en el buceo gracias a Macklin.
No tiene Photoshop. Es realmente así de perfecto, como lo sé muy
bien: de mi cocina, mi cama, mi ducha y el piso de mi habitación. Y, por
supuesto, él bucea. Probablemente obtuvo una certificación
increíblemente experta de buceo y tiene un traje de neopreno que le
queda como un guante, mostrando todas sus partes de hombre debajo
del neopreno.
¡Idiota!
Hago clic en una página para volver a los resultados de Google. Su
presencia en Internet se mantiene cuidadosamente breve, cada detalle de
su vida está bien controlado. No como yo, con tres cuentas de Pinterest
porque no recuerdo la contraseña nunca. No, Russ no tiene Pinterest, ni
Instagram. Sin Facebook, sin Twitter. Ni siquiera una cuenta de
LinkedIn. Vuelvo a la pestaña con su sitio web y hago clic en la parte del
menú: Servicios de investigación. Se divide en subcategorías: espionaje
corporativo, corretaje de información, historial financiero, fraude fiscal,
fraude de seguros. Maisie se acerca para sentarse a mi lado, inclinándose
hacia la pantalla mientras leo en voz alta—: Macklin Investigaciones se
especializa en la recopilación y el corretaje de información, ya sea a través
de consultas directas o como un tercero desinteresado.
—¡Quizás es un espía! —dice, golpeando mi brazo con su puño—.
¡Tal vez ese acento es falso! ¡Tal vez trabaja para el MI6!
Pero antes de llegar demasiado lejos en su madriguera de conejo
de fantasía, leo un poco más—: Las licencias de investigación privada en
California, Florida, Massachusetts, Nueva York y Texas permiten a
nuestros investigadores moverse a través de las fronteras estatales según
sea necesario durante una investigación. Estamos totalmente autorizados
y vinculados, y garantizamos el 100% de discreción a nuestros clientes.
No sé cómo una propaganda comercial puede ser sexy, pero es tan
sexy. Todo sin sentido, varonil y al grano.
A continuación, hago clic en: Acerca de nuestros asociados, y me
preparo para el impacto. El principal es, por supuesto, él. Gran Hombre
en el campo. Grande y a cargo.
148
Russell T. Macklin, fundador de Macklin Investigaciones, sirvió en el
ejército de los Estados Unidos durante veintidós años. Recibió la Estrella
de Bronce por su valor en 2012, y se retiró del servicio militar en 2014.
—¡Valor! No es solo un héroe romántico. Es un verdadero héroe —
dice Maisie, ampliando una fotografía de él dándole la mano a un político.
En la foto, está bien afeitado, y puedo ver aún mejor esa mandíbula y el
hoyuelo muy tenue de su barbilla.
—¡Y espera un segundo! —continúa, señalando al espacio. Teclea
Seduciendo al Libertino en la barra de búsqueda. Aparece una imagen de
él con una falda escocesa—. ¡Mira!
Su pecho está engrasado, y su falda está a punto de abrirse con la
brisa. Es absolutamente magnífico. —No ayuda. En absoluto. —Me obligo
a apartar la vista de los pliegues alrededor de su cintura, cada pequeña
onda a cuadros susurrando mi nombre, y me concentro en los estantes
frente a mí, en las pilas de bolsas de papel y los rollos de cinta de recibo.
Dejando de lado Seduciendo al Libertino, todo lo demás que hemos
encontrado tiene sentido. Sí, es sexy. Sí, le queda bien. Pero no me gusta.
Me dijo que era una persona, cuando es otra. —Siento que tomé mi té y
obtuve jugo de naranja. No lo toleraré.
—Pen, no lo sé. Tal vez deberías darle una oportunidad —dice mi
amiga, pasando a Google Imágenes. Echo un vistazo a las miniaturas y
capto un vistazo de él en el Ejército. No está vestido solo con los
pantalones de camuflaje, sino con el uniforme completo. Hay una
explosión de pequeñas cintas multicolores en su pecho. TC MACKLIN,
dice la etiqueta con el nombre.
Busco el acrónimo con unas pocas pulsaciones de teclas. ¡Un
teniente coronel!
Pero, sea lo que sea, soy una Darling primero. Nuestro lema
familiar no oficial, que mi abuela puso en una almohada con punta de
aguja que todavía tengo en mi armario: Nos engañan una vez, la culpa es
tuya. Nos engañan dos veces, ¡cuidado! Así que abro la pantalla del
portátil y miro a Maisie. —No. De ninguna manera. No lo haré. Se acabó
la historia. La misión terminó. Estoy volviendo al vagón en este momento.
Maisie mira de un lado a otro, de mi ojo izquierdo al ojo derecho,
como si buscara un destello de incertidumbre. Al no encontrar ninguno,
se lleva el chicle en la mejilla izquierda y anuncia—: Muy bien. Iré a
esparcir alpiste sobre su auto y dejaré que las gaviotas se venguen. Nos
vemos aquí en media hora. Mantente abajo.
Trago fuerte. Es tentador darle el visto bueno, porque el infierno no
tiene la furia como la de una gaviota sobrealimentada en un trabajo de
pintura impecable, pero no estoy enojada. Estoy realmente desconsolada.
Puede que solo lo conozca desde hace unos días, pero es hora de
admitirlo. Me gusta mucho. No se siente como una aventura, y nunca lo
hizo. Y los sentimientos serios requieren medidas serias. Así que es hora
de cerrar las escotillas y poner madera contrachapada en las ventanas.
149
—Comienza a desbloquear las cerraduras. Iré a casa a darle una patada
en el trasero.
Maisie mueve su chicle a la otra mejilla y toma un trozo de papel
de una pila de facturas. En el reverso garabatea CERRADO POR
EMERGENCIA. Se quita un pequeño trozo de chicle de su gran goma, lo
pega al letrero y luego en la puerta. —No estás sola, no lo estás.
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Tan pronto como veo el folleto de Hertz en su asiento, con la puerta


todavía abierta y moviéndose, me doy cuenta de lo que sucedió. Me
descubrió debido a un maldito contrato de alquiler de autos.
Mierda.
150
Pongo su té helado y mi café en el techo, instintivamente reviso mi
teléfono para ver si envió algún mensaje. Pero no lo ha hecho, y no habría
recibido el memo incluso si me hubiera enviado un vete a la mierda.
Maldita sea. Sabía que debería habérselo dicho anoche, lo sabía. Pero no
lo hice. Dejé que esos bonitos ojos azules me convencieran. No quiero
hablar de trabajo, no en este momento. Y ahora aquí estoy, con un bollo
de vainilla en el bolsillo y sin Penny para dárselo.
Eres un cabrón tonto.
Tampoco tengo idea de adónde se fue. La busco en la calle casi
vacía, pero no veo su dulce sonrisa, ni su hermoso rostro, ni su largo
cabello oscuro. Al final de la cuadra veo el letrero de la oficina de Visita
Florida, así que cierro el Suburban y voy a echar un vistazo, presionando
mi cara contra la puerta de vidrio del edificio. Está oscuro y vacío. Su
escritorio es un caos adorablemente controlado, una especie de explosión
de bolígrafos y marcadores, y un millón de Post-it de diferentes colores
en todas partes. Sobre su monitor hay una delgada tira de panel de
corcho con docenas de fotos pegadas a lo largo. Guppy, el alcalde, su tío
Tom, un anciano con una trucha, con una camiseta que dice MEJOR
ABUELO DEL MUNDO. Y por un segundo, deseo con todo mi jodido
corazón que hubiera una foto de nosotros justo en el medio.
Nosotros.
Ojalá pudiera haber un nosotros.
Pero lo jodí y no puede haber nada hasta que la encuentre y me
explique.
En ese momento, hay un golpecito en mi hombro. Mi corazón da
un vuelco en mi pecho. Pero cuando me doy la vuelta, no es Penny. Y
tampoco es Sonny Bono. Es Dick Maldito Dickerson en toda una jodida
explosión de ropa de golf de tela escocesa. Es difícil incluso mirarlo, como
cuando los presentadores deportivos de ESPN usan trajes a cuadros en
alta definición. Algo así me da ganas de vomitar.
—Mirar por las ventanas mientras comes pasteles no es para lo que
te contraté, señor Macklin —se queja, asintiendo una vez con la cabeza
al bollo en la bolsa de Starbucks que sale de mi bolsillo—. Puedo hacer
esa mierda yo mismo. Gratis.
No me jodas. No esto, no ahora. —Tengo que decir, Dickerson, que
tu venganza contra el alcalde está empezando a parecer más personal
que profesional. Y no me involucro en combates personales de meadas.
Resopla y noto un poco de sudor de senos masculinos
humedeciendo su tela a cuadros. —Haz tu trabajo. Saca sus trapitos
sucios. Conozco gente que conoce gente, Macklin. No quieres
decepcionarme.
Lo que sea. No voy a entrar en un debate de “Te voy a joder más
yo” con la competencia de Santa aquí, no cuando tengo cosas más
importantes que hacer. 151
—He estado aquí dos días —digo, metiendo el bollo más
profundamente en mi bolsillo y dándole la espalda—. No me llames. Te
llamaré.
De vuelta en el coche, enciendo el motor y arranco, yendo por la
calle vacía. Pero antes de que pueda avanzar una cuadra más, una luz
roja me detiene, y una cascada marrón lechosa se derrama sobre mi
parabrisas. Su té helado y mi café con leche.
Enciendo los limpiaparabrisas y por un segundo dejo que mi frente
descanse en el volante. Mierda.

***

Desde la mitad de Beach Point Drive, veo mi maleta sobresaliendo


entre los buzones. Junto a ella está la chica de Surf’s Up, la del batido
verde.
La mejor amiga.
Tan pronto como ve mi auto, pone sus manos en sus caderas y me
nivela con una mirada fría como una piedra. Puedes decir mucho sobre
la forma en que una persona te mira cuando está buscando una pelea.
Si son valientes, o estúpidos, o fundamentalmente atrevidos. Sea lo que
sea, ella no es solo atrevida. Me fulmina con la mirada, como si quisiera
golpearme en la garganta. O pegarme en las bolas. O ambos.
Estaciono y salgo. Antes de que pueda enfrentarme a ella, llega a
mi lado y me intercepta en mi puerta. Se ve un poco desquiciada.
—Soy Russ. Necesito ver a Penny.
—Soy Maisie, y puedes tomar tu mierda e irte.
Miro por encima de su hombro en busca de cualquier signo de
Penny, cualquier signo de movimiento, tal vez incluso su rostro en la
ventana esmerilada, pero no hay nada. Guppy tampoco está allí. Hago un
movimiento para empujar a Maisie, pero ella me detiene con una palma
enojada contra mi pecho. Se levanta de puntillas y me mira directamente
a la cara. —Escuche, señor Macklin. No sé por qué estás aquí o qué
demonios quieres con Penny, pero su corazón es tan suave como el queso
crema. No tengo paciencia para los imbéciles con nombres falsos, y ella
tampoco.
Podría ser treinta centímetros más baja que yo, pero esta mujer no
está jodiendo. También está masticando su chicle con maldito empeño
vengativo. Me recuerda a un jugador de béisbol profesional, abriéndose
camino a su próximo desafío.
—Lo entiendo. Eres protectora. Respeto eso…
—Protectora —gruñe—. Protectora seré cuando meta un plátano en 152
tu tubo de escape. Protectora cuando deje una nota grosera en tu
parabrisas. Protectora seré cuando tengas que pasar por el lavado de
autos diez veces debido a la mierda de gaviota. Eso es ser protectora. No
has estado aquí por tres días y ya la tienes llorando. Protectora no es la
palabra, ¿me entiendes? Toma tu elegante sitio web y tu heroísmo militar
y tu departamento de Boston y tus registros de buceo y tus
investigaciones y aléjate de ella. Ve a seducir a alguien más, tú, libertino.
Guau. Mierda.
El zapato está en el otro pie, normalmente yo soy el que tiene la
información, y es real y jodidamente desorientador; me derribó con mi
propio expediente sin siquiera detenerse para respirar. Todo lo que dijo
es verdad. De hecho, es casi la suma total de mi existencia. Es ordenado,
respetable, tiene esquinas afiladas y líneas limpias, y también está
totalmente vacío. —Necesito verla. Cinco minutos. Eso es todo.
—¿Sí? ¿Planeas quedarte? ¿Planeas abandonar el apartamento 4A
y tu… —aquí inserta comillas en el aire—, “cien por ciento de garantía de
discreción”?
Jesús, es feroz. También está haciendo espuma un poco debido a
su chicle. Pero la admiro. Si tan solo tuviéramos tanta suerte de tener
una socia así.
Miro más allá de ella hacia la casa de Penny, hacia las vides y las
macetas y el calor que se derrama desde todas las ventanas y puertas.
Cada centímetro de un hogar. Un verdadero hogar. Una vida real.
Si tan solo tuviera tanta suerte de tener una vida como esta.
Doy un paso atrás. —Todo bien. Ya entendí. Punto a favor. Me voy.
—Me alegra que nos entendamos —dice Maisie. Camina alrededor
de la parte trasera de mi SUV. Espero que me lleve la maleta, pero no lo
hace. En cambio, la empuja a lo largo del pavimento, como si estuviera
empujando un bote hacia el mar.
Golpea el asa extensible de la maleta en mi palma. —Hasta aquí
llego. Que tenga una buena visita, señor Macklin. Y a menos que quiera
enfrentarse conmigo, una taza de azúcar y su póliza de seguro por
catástrofes de Hertz, le diría que debe mantenerse tan lejos de East Beach
Point Drive como sea humanamente posible.

153
Traducido por MadHatter
Corregido por Pame .R.

Maisie dijo que deshacerse de él sería tan fácil como depilarse las
piernas en casa: uno, dos, tres, contienes la respiración y desaparece.
Fácil para ella, tal vez. Pero no para mí. En la cama, el contorno de su
cuerpo todavía es visible en las sábanas arrugadas, y olvidé poner su 154
cepillo de dientes en su bolso. Se encuentra al lado del mío, junto al
fregadero, un recordatorio desgarrador de lo agradable que fue jugar a
las casitas.
Sin embargo, eso es todo, me obligo a repetir. Solo un juego. Solo
jugar a las casitas.
Después de comer dos rebanadas de pan de plátano y dos galletas,
escucho el timbre de mi teléfono. Me lanzo sobre él, esperando contra
toda esperanza que sea Russ. Pero no lo es. Es un mensaje del abuelo,
en Skype, que dice:

Intenté llamarte al mediodía como habíamos planeado.


¡Estaré por aquí!

Y, por encima de todo, dejé plantado a mi abuelo. Este día se pone


cada vez mejor.
Metiendo el último bocado de galleta en mi boca, abro Skype. Un
timbre, dos, y luego el bloop-bloop del ruido de la conexión llena la
habitación. La cara del abuelo ilumina mi pantalla. Tiene sus grandes
lentes bifocales, y hay un pequeño trozo de papel higiénico pegado a la
mejilla donde se cortó cuando se afeitó.
—¡Ahí está mi afortunada Penny! Me preguntaba por qué no
llamaste esta mañana.
Me dejo caer en una de las sillas de la mesa de mi cocina. —Lo
siento, abuelo. Perdí totalmente la noción del tiempo.
—¡No es para preocuparse! —dice, y sitúa su teléfono al lado de la
estufa. Me da una visión del regalo que le compré cuando fui de visita
para aprender a convertirme en una experta en hacer mermelada… antes
de Russ, antes de la locura, antes de las tonterías y los hormigueos. El
delantal dice: PUEDO PORQUE PUEDO, con un frasco sonriente de
pepinillos debajo. Oigo el fuego lento y el chisporroteo de la olla de
conservas, y el traqueteo de los frascos bajo el agua—. Estoy haciendo
algunas conservas de fresa. Sin embargo, estoy un poco preocupado por
la textura —comenta, mirando el agua y empañándose las gafas—. Como
si no estuviera listo, ¿sabes? ¿Como cuando pones demasiada agua en la
gelatina y nunca se pone firme? ¿Que se tambalea? ¿Algo así?
Oh, cielos. Me encuentro familiarizada con la situación. —Estoy
segura de que saldrá perfectamente.
—Entonces, ¿cómo estás, querida? ¿La situación es normal? —Se
quita las gafas y se agacha hacia su teléfono, limpiando el vapor con su
delantal.
Normalmente le cuento todo, pero no sé si puedo explicar esto. Lo
reviso a través de mis pensamientos y encuentro que suena un poco... 155
loco: Entonces había un hombre a quien le robé la maleta y a quien casi
enveneno, pero que también ama a Dickens y que era realmente muy
divertido y fácil de tener cerca y tan absolutamente…
Lleno de mentiras.
—Estoy bien. Hoy Maisie me va a obligar a ir al Festival de las
Mandarinas.
Arruga la nariz y acerca la cara al teléfono. —He escuchado que la
gente suena más feliz en los funerales. ¡Emociónate, Penny! ¡Mandarinas!
¡Paseos de carnaval! ¡El paseo marítimo! ¡El alcalde en el tanque de agua!
Es cierto, debería estar emocionada. Me encanta el festival y
siempre ha sido así. Pero hoy, todo se siente tan triste. Russ Macklin ha
sacado el oxígeno de mis velas y me siento bastante a la deriva.
—¿Estás bien? —pregunta cuando no contesto.
Lo que me haría sentir mejor ahora es un buen juego de Scrabble
con el abuelo y una lección sobre los puntos más finos de saber qué
pepinos hacen los mejores eneldos picantes. —Desearía que estuvieras
aquí.
Se vuelve a poner las gafas en la cara y vuelven a empañarse. —Yo
también, cariño. Aunque solo sea para animarte.

***
Arrojo una mandarina de madera al tanque de agua, no dándole a
la paleta por unos centímetros. El alcalde grita—: ¡Vamos, Penny! No
puedo sumergirme yo mismo por la Sociedad Protectora de Animales,
¿verdad?
Casi a pesar de mí misma, empiezo a sonreír. Su alegría ante la
vergüenza es francamente contagiosa. Tan excéntrico como puede ser,
recibe los golpes tal como vienen. A nadie le gusta que lo molesten más
que al alcalde, y a nadie le gusta que lo mojen tampoco, más que a él.
Pero me encuentro muy lejos de mi juego y mi segundo lanzamiento
también falla. El alcalde me lanza chasquidos a lo Fonz para animarme,
y extiendo mi mano para buscar mi tercera mandarina.
Maisie, actuando como entrenadora de pitcheo, la coloca en mi
palma, pero antes de soltarla, murmura—: Uh-oh.
Mi corazón se dispara en un repentino galope salvaje mientras
reviso las multitudes. Escaneo todas las caras ligeramente quemadas por
el sol. Busco en todas partes esos anchos hombros, ese hermoso cuerpo,
esa barba tosca de varios días y esa hermosa sonrisa. Pero no lo veo. Lo
que sí veo, desafortunadamente, es una visión de cuadros. Pantalones
cortos a cuadros, camisa a cuadros, gorra estilo paje a cuadros. Incluso
zapatos a cuadros.
Dickerson. 156
Miro al alcalde, que también lo ha visto. De hecho, toda la multitud
lo ha visto; es imposible pasarlo por alto, como un camaleón con un mal
funcionamiento de camuflaje muy serio. Además, cada persona de Port
Flamingo lo odia.
—Mierda —escucho gruñir al alcalde.
Dickerson entra como si fuera el dueño del lugar, lo cual no es así,
aún no. El alcalde se baja de la plataforma del tanque de agua y marcha
hacia él, abriéndose el cuello del polo para decir que habla en serio. En
el fondo, saliendo de las puertas batientes pintadas de la Taberna
Sundown viene mi tío Tom, retorciendo un paño de cocina en las manos.
Todos callan. Nos faltan tres armas para una recreación junto a la playa
del tiroteo en el O.K. Corral.
—Vete de aquí, Dickerson —dice el alcalde Jeffers—. Nadie te
quiere por aquí. Y te ves como un sofá.
Dickerson ajusta sus pantalones, que son realmente muy
inapropiados alrededor de las áreas de su grasa pélvica y entrepierna, y
trato de apartar mi mirada.
—Escuchaste al hombre —dice el tío Tom—. Vete, Dick. —Endereza
la insignia de sheriff y luego se suena los nudillos. Un par de los
muchachos que manejan las tazas de té se acercan. Preparan cerveza con
el tío Tom, y tienen tobilleras del Departamento Correccional de Florida.
Nunca pregunté, pero a juzgar por la forma en que miran a Dickerson,
algo me dice que no fueron a la cárcel por alguna evasión fiscal menor.
Dickerson pone sus manos sobre su barriga regordeta y se frota el
ombligo. Luego muestra su movimiento característico, saca las llaves de
su bolsillo y se limpia la oreja con la llave de su Cadillac.
Lo peor.
—Solo pasaba a ver a dónde irá mi hoyo dieciocho. —Mira a su
alrededor, inspeccionando la tierra—. Supongo que habrá una trampa de
arena por aquí. —Golpea el suelo con su zapato de golf. Aun así, todo
está tranquilo. Los bebés no lloran y las gaviotas no graznan. Hay un
silencio absoluto mientras todos miramos a Dickerson, que quiere
arruinar nuestra ciudad. Y a quién también nosotros queremos
arruinar—. La trampa de arena sería una mejora en este infierno.
—Si ese H.D.P. no condujera un híbrido... —murmura Maisie.
Agarro la mandarina de madera con más fuerza. Cada cosa dentro
de mí quiere meterla justo entre sus ojos demasiado cercanos y derribarlo
como en un pino de bolos o una de esas muñecas inflables de payaso que
rebotan.
Pero en cambio me alejo de él y convoco toda mi ira en el día. Toda
mi furia. Toda mi decepción. Toda mi vergüenza por tener un corazón
roto por un hombre que ni siquiera conozco. Aprecio mi vergüenza de ser
tan estúpida y tonta con respecto a Russ, y me enfurezco con Dickerson
por tratar de lastimar a mi ciudad natal. Lo que me gustaría hacer es
soltar un grito de limpieza todopoderoso al cielo. Pero me conformo con 157
la segunda mejor opción, y rompo el silencio con un lanzamiento que
golpea la paleta, en el centro, haciendo que la trampilla se abra con un
chasquido.
Traducido por Jadasa
Corregido por Pame .R.

Durante dos horas he estado sentado en la Biblioteca Pública de


Port Flamingo, y me he adentrado tanto en los archivos de los periódicos
locales que mi visión está borrosa. Pero una cosa es clara como el cristal:
la jodí con Penny. A lo grande. Y no tengo ni puta idea de qué hacer al 158
respecto.
El bibliotecario deja caer dos pequeñas cajas polvorientas sobre la
mesa frente a mí. Es un viejo arrugado y moreno que huele a protector
solar. —Esa es toda la microficha que puedo encontrar, hijo. Todo lo
demás está en Internet.
Para distraerme de pensar en Penny, me sumerjo profundamente
en una investigación exhaustiva sobre el alcalde. Una vez que termino
con los archivos digitales, enciendo el lector de microfichas y retrocedo a
través de los años. Descubro que la “suciedad” del alcalde Jeffers no es
exactamente la mierda de Irán-Contra. Se reduce a algunos puntos
básicos. 1) Cada maldita vez que el tipo aparece en el periódico, es por
ser increíble e impresionantemente amable. Uno de los titulares dice: El
alcalde salva a la niña, de 3 años, de atragantarse con una fresa
en el festival local de arte. Otro explica: El alcalde rescata a un
mapache del ataque de un gato montés. Está respondiendo bien al
tratamiento de la rabia. Esa es solo la punta del iceberg. Él siempre
está ayudando a la gente, a veces en detrimento personal y fiscal. Lo que
me lleva al 2) Está arruinado como la mierda, y no porque lo utilizara
incorrectamente o porque sea un estafador, sino porque su idea de
inversión es salvar a las empresas locales condenadas a la bancarrota.
Ha invertido su dinero personal en el carnaval del paseo marítimo, el
restaurante Sunkissed, y también en lo que Dickerson llamó “la granja
de llamas”. Una búsqueda rápida me muestra que no es realmente una
granja, sino una especie de santuario de animales de carga. Su antiguo
sitio web casero presenta imágenes de cabras, llamas y burros, “traídos
a nuestras tres hectáreas para vivir sus días en paz y comodidad. ¡Se
aceptan donaciones! ¡Incluso monedas ayudan!”
Cristo todopoderoso.
La distracción continua no es suficiente. Cierro la ventana en la
que aparecen dos llamas y una cabra compartiendo una paca de heno y
escribo el nombre de Penny en Google. Lo que aparece es una explosión
de imágenes vibrantes y adorables, tal como lo vi en su refrigerador. En
una, está con el alcalde en una ceremonia cortando la cinta, sosteniendo
un par de tijeras de cartón y sonriendo. Hay una de ella con el viejo que
vi encima de su escritorio y en su refrigerador, cada una con un tarro de
pepinillos y ambas con delantales que dicen: TÚ TAMBIÉN PUEDES. Otra
es de ella, Maisie y Guppy juntas en una fila en la playa, cada una con
gafas de sol a juego y guirnaldas hawaianas de plástico. Y también hay
una con ella de espaldas a la cámara, con los pies colgando del costado
de una piscina, enseñando a diez pequeños niños en flotadores naranjas
a nadar.
No es solo la sal de la tierra. También es todo el azúcar y el brillo.
Me muevo a la base de datos local y la busco allí. Está su anuncio
de nacimiento de la Gaceta, con una imagen borrosa de ella como un
bebé, envuelta en una manta a rayas y un sombrero a juego. Penelope
Eleanor Darling nació el 9 de abril de 1982, pesó 3 kilos, y midió 54
centímetros. Sus padres son Alice Faith Darling y Leonard John Darling de
159
Port Flamingo. A diferencia de todos los demás recién nacidos en la
página, que se ven arrugados, hinchados y enojados, Penny está
sonriendo, con las manos extendidas y los pequeños dedos regordetes
abiertos. Me desplazo más a través de la base de datos y encuentro un
artículo de unos años después de ella nadando, una foto submarina
tomada en el YMCA. La fecha del artículo me dice que apenas tenía tres
años, regordeta en las mejillas y los brazos. Lleva un traje de baño
morado, sus mejillas hinchadas mientras aguanta la respiración. Una y
otra vez, artículo por artículo, aprendo fragmentos de su pasado, cosas
que no creo que nadie se haya tomado el tiempo de recordar sobre mí.
Encuentro una foto de ella yendo al baile de graduación, su boca llena de
frenillos, su cabello corto, lacio. Incluso más tarde, un artículo donde
habla sobre su trabajo en Visita Port Flamingo y lo orgullosa que está de
trabajar para su ciudad natal.
Toda mi vida, he estado saliendo con mujeres cuya idea de vestirse
casual es usar tacones de cinco centímetros en vez de tacones de aguja,
y cuya idea de cocinar implicaba sacar platos para la comida para llevar.
Todo eso estuvo totalmente bien conmigo, pero luego viene este pequeño
tornado de amor, con su voluntariado y su enlatado en casa, y su corazón
de pueblo pequeño, y sus adorables delantales encantadores, y me
destroza.
El bibliotecario vuelve a aparecer. —Cerraremos en breve, hijo. —
Da golpecitos en su reloj.
—Son las tres de la tarde.
—El Festival de la Mandarina no espera a nadie.
Me froto la cara, me recuesto en la silla y levanto la mirada hacia
las luces fluorescentes, todas apagadas para ahorrar energía. No estoy
exactamente seguro de qué hacer a continuación, pero sé una cosa:
necesito una base de operaciones para hacerlo.

***

Tía Sharon deja caer la aguja en un disco de Ravi Shankar10 y


suelta—: ¡Por supuesto que puedes quedarte conmigo!
En el sofá, Janis Joplin extiende sus garras sobre la tapicería y tira
de la tela al tiempo que me mira. Suena exactamente como alguien
haciendo sonar los nudillos. —Solo por la noche. —Al menos estoy seguro
de que eso es todo.
—¡Quédate el tiempo que quieras! Tengo un colchón de aire en
alguna parte. Estoy segura de que aún retiene el aire. Probablemente. Y
si no, siempre está el sofá cama. No te importa, ¿verdad, Janis?
Araña, araña.
Tía Sharon se precipita hacia la cocina, con su ropa flameando. 160
Arroja un poco de salsa ranchera de una enorme botella exprimible en
una taza y comienza a colocar las verduras en una bandeja. Me siento en
el sillón que está cubierto con tela, en la esquina. Mi trasero comprime el
cojín, y una neblina de polvo y cenizas de hierba brota en el aire, hasta
la última mancha brillando con la puesta del sol.
No es lo ideal, pero no lo peor. Aunque el lugar parece de 1972, y
es como un cruce entre un restaurante de curry que falló y un santuario
para Jerry García, al menos no me recuerda a ella. Al menos tengo la
oportunidad de concentrarme en cómo arreglar esta mierda sin quedar
atrapado, pensando en lo jodidamente mal que la deseo.
Pero luego miro la mesa de al lado, donde hay un pequeño plato de
caramelos duros. Mayormente verde a la izquierda, pero algunos
amarillos y uno rosa. Me lleva de vuelta a comer dulces en Urgencias, y
mi corazón se contrae. Maldición. Pero me animo. No puedo sufrir por
unos caramelos, por el amor de Dios. Así que tomo el último de color rosa
y me lo llevo a la boca mientras tía Sharon regresa a la sala y deja la
bandeja sobre la mesa de café.
No es tu plato de verduras ordinario. Algunas de las zanahorias son
zanahorias bebé, pero entre ellas se encuentran algunos de sus intentos
de cultivar verduras lascivas. Un rábano con dos nalgas, un nabo con un

10 Ravi Shankar fue un músico indio conocido mundialmente como virtuoso del sitar.
pene. Justo en el medio hay un pimiento rojo que me hace toser. —Santa
mierda.
—Vulgar, ¿no? —dice tía Sharon, sosteniéndola con orgullo—.
Nunca existió una que se pareciera tanto a una vulva. ¡Espera a que todos
esos aficionados con sus consoladores calabacines vean esto!
Me atraganto con el caramelo. —Nunca lo verán venir.
Pero tía Sharon me está mirando, con su pimiento anatómicamente
perfecto en la mano. Se ve extrañamente en pánico, lo cual es muy
preocupante. Una vez me dijo que la única cosa realmente importante
que necesitaba recordar en la vida era: No hay que preocuparse a menos
que haya una orden firmada.
—Espera. ¿Ese era uno de mis caramelos? —Sus ojos se mueven
hacia la mesa lateral y luego a mí—. ¿De ese plato?
—Sí. —Sumerjo un pedazo de apio en la salsa ranchera y me lo
meto en la boca para deshacerme de este extraño sabor del caramelo. Sin
embargo, no estoy sorprendido. Después de que se fue a Tailandia, recibí
un paquete de caramelos de durián por cada día festivo durante cinco
años consecutivos.
Se lleva las manos a las mejillas, como esa pintura de El grito. —
Esos no son dulces, Russ.
Me quedo inmóvil con mi zanahoria en el aire. —No me digas que 161
me acabo de drogar.
Asiente con seriedad. —Cien por ciento sativa, bajo en CBD, muy
alto en THC.
Mierda. Pero no, vamos, lo que sea. No estoy preocupado. Puede
que no sea un tipo al que le encante fumar marihuana, pero peso ciento
trece kilos y puedo beber cuatro chupitos de tequila incluso antes de que
llegue a afectarme. Estaré bien. —Mi casa de fraternidad siempre ponía
los brownies en el comedor. Estamos bien.
Tía Sharon suelta un jadeo exasperado. —¡Russy! ¡Esta no es la
esquina de una bolsa de sándwiches! —Es como si la hubiera ofendido
profundamente, de la misma manera en que la mayoría de los usuarios
de Apple reaccionan cuando insultas sus iPhones—. Ese es un producto
de primer nivel. Pasado de contrabando desde... Jesús, no. No importa.
Mejor si puedes alegar ignorancia. La pregunta importante es, ¿de qué
color comiste?
El único color. Su favorito. —Rosado.
Gime y sus anillos de turquesa resuenan. La ceniza de la hierba
cuelga suspendida en el aire, y la música del sitar cambia a una tecla
menor. Janis Joplin se frota la cara sobre los cojines del sofá y le hace
cosquillas a la tela con la cola. Y luego, muy lentamente y con una
respiración profunda y controlada, tía Sharon baja las manos a su regazo.
—Abróchate el cinturón, cariño. Te espera un gran viaje.
***

Según el reloj del monitor de cable, solo ha pasado una hora, pero
eso es jodidamente imposible porque he estado sentado aquí por al menos
cuatro horas. —Deberías llamar a tu compañía de cable. Ese reloj está
totalmente jodido.
Tía Sharon me cubre con una manta tejida con un arcoíris. Me da
un vaso de leche y luego coloca unas bolitas negras en mi mano. —
Mastica estos.
Estudio las esferas en mi palma. Parecen perdigones caseros. —Si
esto es peyote, voy a pasar.
Contiene su risa. —Bendito sea tu corazón honrado, que paga
impuestos y sirve a los militares. No. Eso es pimienta negra. Muérdelos.
Me pongo el pimiento en la boca y rompo los granos entre mis
molares. Me pica las fosas nasales y hace que se me llenen los ojos de
lágrimas, pero ayuda. Más o menos. Ya no siento que estoy en el extremo
de la luz del balancín al menos. Inhalo fuertemente y me froto la nariz
con los nudillos para tratar de relajar mis senos paranasales. —Odio la
hierba.
—Sugeriría un irrigador nasal, pero ¿sabes qué es difícil de hacer
cuando estás drogado? —pregunta, acostada de espaldas en el suelo y 162
mirándome.
Puedo adivinar, a pesar del hecho de que el tapiz de Jerry García
en la pared está empezando a parecerse mucho a Jesús. —Usar un
irrigador nasal.
Asiente a sabiendas. —Correcto. Y ducharse. Y dar un paseo. Y
preguntar en Internet cómo desintoxicarse cuando te drogas con
marihuana. —Saca su teléfono de su sostén y tipea algunas letras.
Entonces lo levanta para mostrarme.
Google ha completado automáticamente las posibles respuestas:
Cómo desintoxicarse de la marihuana
¿Cuánto tiempo estaré drogado? ¿Qué jodidamente hago?
Ayuda, estoy demasiado drogado
Trato de salir, parpadeando y tratando de concentrarme en cosas
reales. Al igual que la gata, ahora mismo destripa la almohada, el
ventilador de techo y mis pantalones. Nada de eso se siente bien o
bastante real. Sin siquiera querer, vuelvo a estar en la cama con Penny,
sintiendo su respiración lenta después de otro orgasmo épico, sacudiendo
la cama, sus uñas arañando. Eso es real. Ella lo es. Y la forma en que me
hace sentir es absolutamente real también.
Sobre la mesa junto a la ventana hay una fotografía enmarcada de
tía Sharon y su primer novio. Está usando un pañuelo alrededor de la
frente y él también. Ambos están haciendo señas de paz a la cámara, y
estoy bastante seguro de que es Jimi Hendrix, quien está en el escenario
detrás de ellos. Tío Tim, ella siempre lo llama. Nunca volvió a casa de
Vietnam, y desde entonces, prende una vela por él. Después de un tipo
así, el alcalde Jeffers nunca tuvo la oportunidad.
—Está bien, sé que este no es exactamente el momento para una
charla de corazón a corazón —digo, relajándome de nuevo en el sillón
acolchado y apoyando los pies en un taburete de seda indio.
—No es el peor momento, si te apetece una lógica circular.
—Entonces... —Carraspeo. Joder, nunca pensé que diría estas
palabras, pero aquí va—: ¿Cómo sabes cuándo has encontrado esa
persona que es la única para ti?
Tía Sharon se incorpora. —Me retracto. ¿Seguro que quieres tener
esta conversación ahora? Cuando me drogo demasiado, todo lo que
quiero hacer es comer sorbete de naranja y meter los pies en la nevera.
¿Quieres hablar de la indicada para ti?
Miro el tapiz. Ya no parece Jesús. —Sí, estoy bien.
Se recuesta en el suelo, y Janis Joplin se acerca y se sienta sobre
su estómago. —Quiero decir, solo lo sabes. Lo sientes. Como cuando
sabes que te has quemado por el sol, o has comido demasiado pavo,
solo... —Me mira—. Lo sabes.
—¿Crees que puede suceder en dos días? 163
Se ríe. —Lo supe en un segundo, cariño. Me pasó en Woodstock.
En el mismo instante en que vi a tu tío Tim, Jefferson Airplane comenzó
a tocar “Somebody to Love”. Destino. —Besa las yemas de sus dedos—.
Nunca fui la misma.
La habitación se vuelve un poco rara otra vez. La música del sitar
suena como la voz fuera de biombo de “Peanuts”, ese wah-wah-wah. Y en
esa brecha, donde quiera que esté, por mucho tiempo que dure, dos
segundos, veinte minutos, pienso en Penny y lo simple que es todo, en
serio, si quito toda la mierda y todo el trabajo y el espacio entre nosotros.
Sencillamente, siento algo que no he sentido en mucho tiempo. Y que me
siento jodida y profundamente feliz por eso.
—¿Cariño? ¿Me escuchaste?
Me trago la mitad del vaso de leche y miro el reloj. Ha pasado
exactamente un minuto desde la última vez que miré. —Cuéntame de
nuevo.
Tía Sharon se pone de pie y toma la foto del tío Tim de la mesa. Lo
mira con absoluta admiración y presiona el marco contra su corazón. —
Dije que el tiempo no importa, no cuando se trata del amor. Cuando
encuentres a la persona que será tu única, debes hacer todo lo posible
para conservarla. Porque si no... —Vuelve a mirar la foto, con los ojos
húmedos—, nunca se sabe lo que traerá el mañana.
Es realmente así de simple. Es lo que quiero y es lo que necesito.
Pero no necesito recuperarla. Necesito ponerme serio, y los claveles
azules no serán suficiente. De manera que decido en ese mismo momento
que, tan pronto como este efecto desaparezca y pueda conducir sin ver
mierda extraña en mi visión periférica, se lo diré todo. Me la jugaré,
poniendo todas las cartas sobre la mesa.
Y luego dependerá de ella.

164
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Nuestras colchonetas de yoga están una al lado de la otra. La


puerta corrediza de vidrio está abierta, y la brisa marina balancea las
cortinas. Nuestros ron con Coca-Cola ya están mezclados. Maisie dijo que
pondría música relajante y suena Adele en su lugar. La hora feliz del yoga 165
está oficialmente en marcha.
—Lleva ese aliento a tu vientre —indica Maisie, con las manos
apoyadas sobre las rodillas, el pulgar y el índice apretados como Buda.
Algo así.
Imito todos sus movimientos, pero soy más o menos un fracaso.
Ella es natural en estas cosas. A veces pienso que nació para inhalar y
sostenerlo, sostenerlo, sostenerlo. Yo, por otro lado, se sabe que pierdo el
equilibrio con los dos pies en el suelo. Ella aguanta la respiración y
finalmente exhala. —Hónralo y dejarlo ir.
Lo hago, sintiéndome muy mareada y más segura que nunca sobre
una cosa: no puedo. No puedo dejarlo ir. Todo el día, me he sentido
terrible. Derrotada y tonta. Terrible porque dejé que un hombre con
calcetines de cachemir me debilitara las rodillas. Derrotada de que me
enredara con otro hombre indescifrable. Y tonta porque me decidí que me
gustaba antes de realmente conocerlo, pero aun así gustándome de todos
modos.
—Deja que tus pensamientos vayan y vengan. Que vayan y vengan.
Montaña rusa, cama. Beso fuera de Urgencias. Lectura de mano.
Todos los namastés del mundo no van a deshacer estos sentimientos.
—Cualesquiera que sean tus pensamientos, reconócelos por lo que
son. Deja que se reproduzcan y se vayan. Es solo tu mente despejándose,
como burbujas por el desagüe.
Alcachofa de la ducha. Sin condones. Nalgadas. Te tengo. Te tengo.
—Baja en plancha. Sobre tus codos. —Maisie se posa sobre su
pajita y toma un sorbo—. Aprieta esas pompis. Aprieeetaaaaa.
Les doy mi mejor apretón, pero ya están ardiendo por todos los
asombrosos juegos bajo las sábanas de las últimas cuarenta y ocho
horas. Me desplomo sobre mi estómago con un jadeo.
—Enseñarás yoga en muy poco tiempo con una forma como esa —
comenta Maisie, y toma otro sorbo.
Me quedo donde estoy, boca abajo, y planto mi frente en mis brazos
doblados. Guppy me acaricia la oreja, con la cara húmeda y un poco
babeante por una visita al cuenco de agua.
—¿Qué le dijiste, de todos modos? —pregunto, con mi cara
aplastada contra la alfombra. No he preguntado en todo el día, porque
pensé que esta picadura se iba a desvanecer. No lo ha hecho. En todo
caso, solo ha empeorado, porque ahora, además de todos los demás
sentimientos, tengo mucha curiosidad por saber qué está haciendo un
hombre así en un lugar como este.
—No tengo idea sobre de quién estás hablando. Yyyyyyyy, exhala…
la pose del niño.
La codeo en el costado, apretando el brazo contra sus costillas a
través de su camiseta de yoga. 166
Me mira por debajo de su brazo extendido. —Solo dije algunas
palabras sobre dónde puede colgar su pantalón de vestir de ahora en
adelante. E, inhala… Ahora vamos con la pose del conejo.
Levanta los brazos por encima de su cabeza, y yo me levanto desde
donde estoy para hacer lo mismo. Guppy se sienta entre nosotras,
mirando de una a otra y viceversa. —Puedes decírmelo. No me enojaré.
Una risa bulle a través de su pajita y hace que la Coca-Cola
burbujee. Pone su vaso en la esquina de su estera. —Mmmm, no. Mejor
no. Yyyy y la asana del niño otra vez.
Inhalo. Exhalo. Inhalo una vez más.
—Cruza las piernas, entra en loto… Realmente te gusta, ¿no? —
dice mientras nos sentamos espalda con espalda, de abajo hacia abajo.
Siento el movimiento tranquilizador de su respiración, la confianza de
esta bailarina, esa calma perfecta.
—Realmente me gusta.
—Yyyyy, levanta la pierna y lleva el codo a la rodilla, en un giro
sentado. —Miro sobre mi hombro mientras lo hago, y ella hace lo mismo.
Es como si estuviéramos sentadas en un sofá de reflejos—. No quiero
verte lastimada. Eso es parte del contrato de la mejor amiga.
—Lo sé. —Cambiamos de rodillas y brazos y nos enfrentamos en el
otro lado—. Pero él es como una bolsa de papas fritas, Maisie. Es el pastel
de cumpleaños de la tienda de comestibles. Soy impotente. Es que no he
sabido nada de él en todo el día. Ni pío. Te dije que no fueras muy dura
con él.
Su inhalación y exhalación hace que sus hombros se eleven y bajen
contra los míos. Observo su mirada aterrizar en la alfombra, y se muerde
el labio superior, soltándolo con un chasquido.
—Maisie.
Flexiona los dedos de los pies y luego los señala. —Es posible que
me haya puesto un poco ruda. Quizás. —Reposiciona su codo, y escucho
su columna vertebral hacer algunos estallidos—. Estaba en modo mamá
oso por completo.
—Oh, Dios.
—Guerrero sentado, deja que tus caderas se relajen…
—¡Maisie!
Mete los pies debajo de su cuerpo, y yo también. —Digo, no hice
ninguna amenaza real. No como la vez que hice llorar a ese contador. —
Resopla—. Todo lo que dije es que, si te iba a engañar, debería dejarte en
paz. Ese fue el tema. Básicamente. Y le rompí la maleta. Por accidente.
Ahora el saludo al sol… Siente cómo se abre tu cuerpo…
Déjame sentirte. Ahora mismo.
Él está en cada pose y movimiento. Cada dolencia en mi cuerpo es
suya. Todos los temblores restantes y las réplicas como escalofríos. No sé
167
si el terremoto llamado Russ es algo bueno o malo. Pero a medida que
volvemos a bajar a la posición del perro, miro la tumbona en mi patio, y
deseo tanto que estuviera acostado allí, en este momento.
Traducido por Gesi
Corregido por Pame .R.

Tengo una variedad de regalos en mi carrito de compras: una caja


de vino como la que vi en su refrigerador, todo tipo de papas fritas de sal
y vinagre que venden, una caja de caramelos confitados, un aceite de
masaje cálido de Kama Sutra porque no pude malditamente resistirme. 168
Y eso solo deja una cosa más.
Pongo mi canasta junto a una exhibición de pastelitos y me aclaro
la garganta. —Necesito conseguir un pastel con algo escrito.
La panadera se da vuelta. Se quita la redecilla de la cabeza y
señala—: Me estoy yendo, señor. Puedo tomarle el pedido, pero tendrá
que ser para mañana.
Esta parte no puede esperar. Penny tiene que saber que no voy a
dejar pasar esto. Tiene que saber que escuché cada cosa que dijo, cada
detalle, cada palabra.
Me inclino hacia adelante, apoyando las manos sobre la vitrina. Le
echo un vistazo a la etiqueta con su nombre y luego miro sus ojos
cansados y con ojeras. —Jacquie. Es urgente. Lo jodí y necesito
disculparme.
—La tienda de pesca tiene algunos claveles bonitos. Generalmente.
—Ya lo intenté. No tenían.
Me mira con severidad, como quien dice que, si los claveles azules
no funcionaron, debo estar realmente en la mierda.
—Jacquie. Por favor.
Inhala largo y profundo, apretando los labios. —Tengo mi grupo de
bolos en veinte minutos. —Señala hacia los congeladores a su espalda y
veo una camisa de bolos turquesa colgando detrás de una puerta—. Lo
siento, señor. No tengo tiempo. —Comienza a desatarse el delantal, el
cuál es una explosión borrosa y colorida de glaseados—. Como dije,
regresa mañana. Estaré encantada de hacer lo que quieras.
Saco mi billetera y abro el espacio de los billetes. —Pagaré las horas
extra. Pagaré las tarifas de tus matrículas. Te compraré un jodido nuevo
par de zapatos de bolos. Lo que sea que quieras. —Pongo un billete de
cincuenta sobre el mostrador, junto a los restos de algunas galletas
gratis—. Simplemente necesito un pastel, esta noche, con un mensaje
escrito.
Mira el dinero y luego a mí.
—Jacquie. Estamos hablando de… —¿De qué demonios estamos
hablando? ¿Química? ¿Chispas? ¿Esa sensación en mis entrañas que
nunca antes he sentido? ¿Felicidad? No, es más que eso, y solo hay una
palabra para eso—. Amor, Jacquie. Estamos hablando de amor.
Santa mierda. Sé que es verdad tan pronto como lo digo. Solo unos
días con Penny y estoy diciendo la palabra que jamás había dicho, la que
nunca pensé que diría.
Baja la nariz, arrugando la barbilla en su garganta. —¿Amor?
—Amor. Como del amor a primera vista, de un planeta diferente,
tan correcto.
Suspira con fuerza, considerando el dinero. Y entonces finalmente 169
desenreda de su palma su redecilla y se la coloca sobre sus rizos rebeldes.
—Cinco minutos. Elige tu pastel. Solo tengo tiempo para escribir, sin
embargo. Sin flores extras. Sin globos. Sin decoración. Sin chispas. ¿Está
claro?
—Jacquie, eres una salvavidas —digo y saco del estante de abajo
un pequeño pastel redondo decorado con rosas fucsias. Lo deslizo por la
vitrina mientras se vuelve a atar el delantal. Entonces toma un bloc de
papel y me entrega un bolígrafo.
—Escribe lo que quieres. Agradable y claro. No cursiva. No dejaré
que uno de mis pasteles forme parte de un hashtag de fallas de la
panadería, ¿de acuerdo? —Se coloca un par de guantes de plástico para
servir comida y abre la tapa del pastel. Lo coloca sobre un pedestal a la
izquierda de la caja registradora.
Recojo el bolígrafo y miro la libreta en blanco, pensando en lo que
quiero decir y cómo.
No es Shakespeare. Es la verdad. Seis palabras hacen el trabajo.
Cuando termino, coloco la libreta al otro lado de la caja. —Ahí.
Sus guantes se arrugan mientras lo lee y entonces retrocede
levemente. Me da una sacudida de cabeza que dice qué vergüenza. —
Señor, este es un establecimiento familiar. No puedo escribir eso en un
pastel.
Saco otro billete de cincuenta de mi billetera. —¿Qué tal ahora?
Traducido por amaria.viana
Corregido por Pame .R.

Nuestra práctica de yoga se convirtió en un caos en proporción


directa a la cantidad de ron y Coca-Cola que Maisie preparó, así que al
final de la hora feliz de yoga, nos encontramos tumbadas de espaldas en
nuestras esterillas de yoga, cantando a todo pulmón "Rolling in the Deep" 170
mientras Guppy se encorvaba en la cama en su ritual habitual antes de
la cena.
Y aun así no me siento mejor.
Sola en mi cocina, escucho los granos de palomitas de maíz
explotar en la sartén y cuento los segundos entre ellos. Siento las
primeras etapas de una resaca, y creo que me di un calambre durante la
postura del camello. Pero a pesar de todo, todavía estoy pensando en él.
Echo un vistazo a la parte del mostrador de la cocina donde me levantó.
Nunca podré volver a mirar ese lugar sin que mi barriga dé volteretas.
Estoy, como diría mi abuelo, de modito.
Las explosiones de granos disminuyen a uno cada pocos segundos.
Guppy entra a la cocina y deja caer su armadillo en el suelo, de pie junto
a mí y mirando la estufa. Está jadeando un poco, por su aventura privada
nocturna con su cama, pero la canción de sirena de las palomitas de maíz
era demasiado para ignorarla.
—Caliente. Cuidado —le digo, y aleja la nariz de la estufa,
recostándose sobre sus ancas. Juntos observamos la olla, yo acariciando
su cabeza, él babeando sobre mi pie.
Pop-pop. Mississippi uno. Mississippi dos. Mississippi tres. Pop.
Con un guante para horno en cada mano, le doy a la sartén un
batido final y luego lo retiro del fuego. Volcado los granos calientes en un
tazón, y estoy a punto de rociar media barra de mantequilla derretida por
encima…
Cuando suena el timbre.
—¡Norm! ¡Déjalo!
Lo cual es respondido por un sorprendente y grave golpe.
Guppy empieza a ladrar y lanza la alfombra de la cocina a un
montón detrás de él. Me quito los guantes de cocina y pongo un puñado
de deliciosa mantequilla en mi boca. Desde el tarro de galletas, tomo una
golosina para perros y lo tiro al cuarto de lavado, donde escondo a Guppy,
y luego me dirijo a la puerta. Pero cuando la abro, no hay nadie… ni
siquiera un hombre de mensajería novato que no conozca la rutina. En
cambio, colocado en mi tapete delantero, hay un pastel pequeño redondo,
en su caja plástica de panadería, con la etiqueta despegada en parte para
deshacerse del precio. Me agacho y quito la tapa. En glaseado rosa dice:

PENNY:
ESTOY TAN CONDENADAMENTE ARREPENTIDO
RUSS

Mi corazón salta a mi garganta. Si hubiera hecho que un piloto lo 171


escribiera en el cielo, no habría sido más dulce. Leo las palabras una y
otra vez y parpadeo una ola de lágrimas felices.
—¿Dónde estás? —pregunto, pero no recibo respuesta. Oigo el
arranque de un motor y, en algún lugar fuera de la vista, el ruido
crujiente de la grava bajo las ruedas. Asomando por debajo del pastel,
noto un sobre de negocios. Lo saco y lo abro. La portada está escrita con
su letra, fuerte, masculina y erguida.

Penny:
Necesitas saber quién soy realmente, así que decidí decírtelo de la
única manera en que sé hacerlo. Si hubiera entrado a verte, nunca habría
podido explicarte todo. No hay ningún universo en el que entre a esa casa
y no te lleve directamente a la cama y te folle hasta que no sientas tus
piernas. De nuevo.

Gimo en mi mano apretada y recojo un puñado de glaseado del


borde del pastel.

Lee el adjunto. Cada palabra de esto es verdad. Muchas de ellas son


cosas que nunca le dije a otra alma viviente. Si me quieres tal como soy,
reúnete conmigo mañana por la noche en el Shorefront Grill. 7:30. Usa ese
vestido que te compré. Sé que no tenemos mucho tiempo juntos, pero
necesito que estés segura. Yo ya lo estoy.
Russ

Deslizo la carta al final de las páginas plegadas. En la parte


superior de la segunda hoja está el logotipo de su empresa, con las
palabras:

INFORME CONFICENCIAL DE ANTECEDENTES

OBJETIVO: RUSSELL THOMAS MACKLIN

***

Caminando por la playa con Guppy, pienso todo de nuevo. Cada


palabra, cada punto, cada explicación entre paréntesis. Cada aspecto de
su vida estaba allí. Fue un resumen brutalmente honesto, casi
desgarrador de una carrera militar, de valor, de negocios. Cada hecho
sobre él, cada parte de su vida resumido en detalles limpios, ordenados
con pormenores. Incluso me enteré de que su cicatriz, esa sexy que le
172
cruza la ceja, no era en absoluto de una valiente pelea con cuchillos, sino
un arañazo de la gata de su tía cuando tenía cuatro años. Estaba todo
ahí. Heroico, noble y accidental.
Lanzo la pelota de tenis de Guppy a la marea entrante y me doy
cuenta de que lo que más me llamó la atención fue lo vacío que parecía
todo. Sin novias desde hace mucho tiempo, sin hijos. Sin mascotas. Tiene
su trabajo y sus decisiones prácticas y sensatas. Definitivamente no es
el tipo de hombre que vive en una casa de playa en constante peligro de
ser arrastrada por los huracanes. No es el tipo de hombre que adopta un
perro inconvenientemente enorme y maravillosamente complicado. Y en
definitiva no es el tipo de hombre que pensé que encajaría en mi vida.
Ni por una semana, ni por un día, ni siquiera por un minuto.
Guppy me devuelve la pelota, junto con un bocado de algas. Miro
hacia atrás a mi casa y abajo la orilla hacia Port Flamingo. Me imagino
nuestras huellas de antes, ahora lavadas. No sé cómo encaja en mi vida,
pero nunca me lo perdonaría si no me diera la oportunidad de
averiguarlo.

***

Subo a la terraza cubierta de Maisie, donde la encuentro


profundamente dormida en su diván. Cuando está despierta, es
increíblemente elegante. Incluso como un cisne. Pero duerme como un
camionero retirado en un mueble reclinado, con la boca abierta,
roncando, con los brazos extendidos a cada lado.
—Maisie. —Le doy una sacudida.
Sin respuesta, aparte de un gran ronquido jadeante. Me mataría
incluso por pensar esto, pero hay algunos rasgos muy parecidos a Guppy.
Levanto su pierna y la dejo caer. Nada.
No quiero ser grosera con esto. Ella es, después de todo, la mejor y
más agresiva amiga protectora del mundo. Es sagrada, eso es todo. Y por
eso yo no quiero, digamos, echar un poco de agua helada en su cabeza o
rociarla con la manguera, pero necesito su ayuda. Ahora mismo. Antes
de que se duerma profundamente y no tenga esperanzas de levantarla
hasta pasadas las diez de la mañana.
Su bolso se encuentra en el armario de la cocina, y rebusco en él.
Está lleno de cosas como cápsulas de gel de soya de Vegan Whole
Wellness y tinturas en botellas marrones sin etiqueta con tapas
cuentagotas. Sus tarjetas de crédito, dinero en efectivo y todo su cambio
de repuesto se acumula en la parte inferior, organizada exclusivamente
por gravedad. Y pensé que mi bolso era un vórtice. Entremezclados con
el cambio hay un montón de almendras sueltas y algunas pasas.
Pero entonces, allí abajo, lo encuentro.
173
El agua de pepino. Exactamente como la mía.
Volviendo a la batalla, tomo mi posición al lado del diván. Aprendí
mi lección, después de un viaje bastante desafortunado que hicimos para
visitar al abuelo juntas, cuando dormimos en la misma cama.
Despertarla es como molestar a un oso pardo en hibernación. Me paro lo
suficiente lejos para evitar cualquier maniobra de defensa personal medio
dormida (¡Engáñame dos veces, míralo!) y me preparo para disparar. Le
doy una sacudida más a la pierna, solo para asegurarme, y luego la rocío
con el aerosol.
Se dispara hacia arriba con un jadeo. —¿Qué pasa? ¿Por qué estoy
afuera? ¿Quién está comiendo pepinos?
—Necesito algunos consejos de moda.
Parpadea con fuerza y me mira de arriba abajo, de igual forma que
lo estoy haciendo yo misma. Logré salir de la casa sin que Guppy me
babeara el vestido, lo cual fue una victoria. Aparte de eso, me siento como
una salchicha negra.
—Te ves… fantástica —dice.
—Me siento como una salchicha. —Bajo el dobladillo un par de
centímetros.
Da un silbido entrecortado. —¿Por qué estás vestida así? ¿Me perdí
una invitación de Facebook? ¿Hay algún tipo de fiesta en los Elks?
—Necesito usar esto mañana. Pero todo lo que tengo que combine
es esmalte de uñas turquesa y chanclas. Necesito que me ayudes con un
cambio de imagen. Comenzando con tacones.
Hace una mueca. —Hemos cubierto esto. Mi historia corporativa es
mi historia corporativa. Pasado. Muerto y enterrado. Nunca en mi vida
volveré a trabajar en un cubículo, así que ayúdame, Dios. —Se quita el
polvo de las manos, como diciendo eso es todo.
Solo que sé que no lo es. Tuvo una breve, pero muy lucrativa
temporada trabajando en el mundo corporativo… una fase de su vida de
la que habla con tanta alegría como su larga batalla contra el acné en la
frente. Pero la conozco demasiado bien para creer que todo está muerto
y enterrado. —Sé que no te has separado de tus Louboutins. Eres
demasiado avara.
Me fulmina con la mirada. —Frugal, Penny. Frugal.
—Eres demasiado frugal para deshacerte de un par de tacones de
quinientos dólares, sin importar lo que digas. Así que vamos, desentierra
los cuerpos.
Mueve sus labios de lado a lado mientras me inspecciona,
comenzando por mi cabello y bajando. Levanto los dedos de los pies
cuando ella se para. —¿Sabes cómo caminar con tacones?
—Nadita. —Lo más cerca que he llegado a los tacones fue un par
de zuecos que tuve que usar en mi breve intento de camarera. Nunca he 174
trabajado tan duro en mi vida, y nunca dejé caer tantos platos en un
período de cuatro horas, y me torcí el tobillo—. También voy a necesitar
una introducción sobre eso.
Se queja y se frota la cara con las dos manos como una niña
pequeña. —Solo quiero dormir. Me hallaba en medio de este fantástico
sueño en el que tenía una aventura tórrida con un agricultor de brotes
de alfalfa. Él era perfecto. Me refiero a perfecto. Hablamos de composta
de hongos, y luego dijo…
—Alfalfa estará allí más tarde. Tenemos que preocuparnos por un
hombre de verdad. —Agarro su brazo y la miro fijamente a los ojos
inyectados en sangre—. Me compró un pastel. Un pastel de Albertson.
Con un mensaje especial en él. Y un informe. Esto es importante.
Eso, más que la salpicadura o las sacudidas de la pierna, realmente
la despierta. —¿Vino aquí? ¿A tu propiedad? Maldita sea. Ese bastardo
lo lamentará mucho cuando vaya con él con mi Coca-Cola Light y
Mentos…
—¡Silencio! Cesa y desiste. Tenemos cosas más importantes de las
que preocuparnos. Me gusta esto. —Me agito los rizos con los dedos—.
¿Qué hago con esto? No puedo usar este vestido con una melena
indómita. Hay un momento para los rizos de playa. —Jalo el vestido—.
Pero esto no es todo.
Levanta la mano y me toca el pelo, inspeccionando los extremos
sospechosamente. —¿Siquiera tienes un rizador?
—Sé peinar con los dedos. Fin de la historia.
Recoge su ron con Coca-Cola vacío, hurgando en el fondo seco del
vaso con su sorbete. —¿Cómo me vas a pagar por esto, Pen? No puedo
hacer milagros gratis.
—Un año de Capitán Morgan. Todas las cápsulas veganas de
bienestar que tu corazón desea. Toda la col rizada que puedas comer. Lo
que quieras.

175
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Me despierto duro por ella, y extiendo la mano para tirar de su


cuerpo contra el mío. Pero no está allí porque, como me doy cuenta en
cuanto estoy lo suficientemente consciente, no estoy con ella. En cambio,
estoy en el sofá cama de mi tía Sharon, con los pies colgando del extremo 176
y las varillas de metal metiéndose en mi cuerpo en varios puntos
cruciales. Riñones. Culo. Médula espinal. Cuando abro los ojos, me
encuentro con Janis Joplin mirándome desde la parte posterior del sofá
y sosteniendo una hebra de tela de tapicería.
—Buenos días.
Ella lame el hilo con su lengua de papel de lija.
Me froto la cara y bostezo. No fue la mejor noche de sueño, y esta
erección mañanera me está matando, pero el día es prometedor: la veré
esta noche. Probablemente. Si aparece.
Además, en el lado positivo, creo que huelo… café. No es un tipo
de té extraño hecho de ramitas, sino un verdadero café tradicional. Me
levanto de la cama y me pongo los pantalones. Janis Joplin salta del
respaldo del sofá al cálido lugar donde estaba acostado, mirándome como
si no pudiera entender por qué me tomó nueve malditas horas recibir el
mensaje y moverme. En la cocina encuentro a tía Sharon leyendo en su
iPad, con una gran taza de café humeante a su lado. —La cafetera está
lista para ti.
Miro el mostrador. Se la envié para Navidad y, carajo, viva, la está
usando. —Estaba seguro de que la donarías a la Sociedad Protectora de
Animales.
—Ya tenían una —me asegura, tratando de mantener una cara
seria—. Es una broma. Es impresionante. Incluso hace mi chai. —
Levanta su taza y pasa la página de su libro.
Me preparo uno estilo francés y dejo que mi mente vuelva a Penny
y lo que debe estar haciendo ahora. En su camisón. Acurrucada en la
cama. Con Guppy en mi lugar.
La máquina gorgotea para indicar que todo está hecho. Pongo un
poco de leche de soja y veo que la Gaceta está en el mostrador. Me siento
frente a Sharon en la pequeña cocina y me doy cuenta de que toda la
escena se siente extrañamente… normal. Podría ser cualquier casa en
Estados Unidos. Ni siquiera veo su cigarrillo electrónico en ningún lado.
Pero luego las cosas vuelven a la normalidad, cuando me mira y dice—:
Hay un pan de once granos sin gluten en el congelador si quieres.
—Increíble. —Pongo una rodaja en la tostadora y presiono el botón.
Mientras espero, noto el titular en el periódico: Golf Tycoon aplica para
el cambio de zonificación. Debajo hay una foto de Dickerson, en su
ropa de golf a cuadros, balanceando un palo de golf. El fotógrafo logró
capturarlo en el instante exacto en que erró en el golpe de salida, y su
rostro tiene la barbilla doble y los labios fruncidos de ira, como si hubiera
estado estreñido durante semanas. Y en esa expresión, veo algo
totalmente inesperado. Sabía que era un imbécil, pero la verdad está
escrita en toda su cara.
Está lleno de ira.
177
Richard “Dick” Dickerson continúa sus esfuerzos en
desarrollo; el Ayuntamiento plantea inquietudes. Echo un vistazo al
artículo. Diferencia. Permiso de sesenta días. Tasas de tramitación. Los
opositores. No parece la gran cosa, pero he estado en este trabajo el
tiempo suficiente para saber cuándo alguien está haciendo algo. Y este
tipo aquí definitivamente lo está haciendo.
El pan salta de la tostadora y huele a nueces quemadas. Lo unto
con un poco de mantequilla vegana, me pongo el periódico debajo del
codo y agarro una manzana de la cesta de frutas. Tía Sharon anuncia—:
Y recomendaría no comer nada de ningún plato, tazón o lata en esta casa.
—Levanta la vista de su iPad—. Traté de marcar todos los comestibles,
pero luego me quedé sin Post-its.
—Está bien —le contesto, y regreso a la habitación de invitados.
Cuando me siento con mi computadora portátil en el escritorio de
mi tía, suena mi teléfono. Es un mensaje de Rex, mi amigo más antiguo
del ejército. Es su compañía la que me alejará del negocio de
Investigación Privada cuando regrese a Boston. En la pantalla hay una
foto de nosotros de pie juntos en el periodo de servicio, con un tanque
Abrams detrás. Estamos polvorientos, malditamente exhaustos,
bronceados y medio conmocionados. Y tan jodidamente contentos de
estar vivos. Es una de esas fotos que es tan nostálgica que apenas puedo
verla directamente. Debajo, Rex ha agregado:
Esperando la próxima semana, Macklin. Jodidamente loco, te
unirás al equipo.

Todo parecía tan lógico cuando acepté, uno de esos trabajos que
cualquier hombre en su sano juicio mataría por conseguir. Pero eso fue
antes de preguntarle a una chica si podía desenredar sus auriculares, y
todo se desorganizó desde entonces. Mi corazón late con fuerza en mi
pecho, por el café tostado francés. Por Penny. Son estos sentimientos.
Miedo como la mierda, pero real como un ataque al corazón. Aunque en
este momento, nada de ella es seguro. La vida tiene que continuar, y no
puedo dejar a Rex colgando.

Lo mismo aquí, hombre. Gracias.


Nos vemos el jueves.

Guardo mi teléfono y busco el estuche de mano. Este podría ser mi


último trabajo como IP, pero voy a hacerlo bien. Utilizando la puerta
trasera de una base de datos de hipotecas, busco a los principales
propietarios en Port Flamingo. No es sorprendente que el nombre del
178
alcalde esté en todas partes. Cosignatario, residencia / granja unifamiliar
de siete, nueve acres, 901 FL Ruta 8. Saco el mapa de mi bolso y escaneo
a lo largo de la Ruta 8, dentro del círculo resaltado de Dickerson. Es la
granja de llamas. De vuelta a la base de datos, donde lo encuentro
nuevamente en la lista. Cosignatario, propiedad comercial, 1220-1450
North Beach Point. Eso corresponde a todo el terreno donde está el
carnaval del paseo marítimo. Continuamente. Una empresa local tras
otra, rescatada de la bancarrota por el alcalde.
Pero otra compañía sigue apareciendo en los listados de
propiedades, que es conocida por el nombre misteriosamente absurdo de
National Kindergarten Folios, Inc. No ha hecho grandes acaparamientos
de tierras, pero sí con varios terrenos más pequeños: $15.000 por acre
frente al mar, $10.000 por un edificio abandonado. Son compras tan
pequeñas, de hecho, que me hace preguntarme si alguien está
comprando derechos mineros al mínimo. He visto este mismo tipo de
mierda en lugares como el norte de Colorado y la cuenca del Pérmico.
Pero esto no parece algo relacionado con los derechos minerales. National
Kindergarten Folios también está comprando casas embargadas,
estaciones de servicio cerradas e incluso tiendas en la Avenida Principal.
Lo busco en el condado, y el mapa me aparece en píxeles rojos
cuadrados en todas partes, cubriendo la ciudad como una erupción.
Resulta que National Kindergarten Folios, Inc. no es una empresa
real, sino una corporación fantasma. Está registrada en Delaware,
operada desde Florida, pero no hay un nombre real vinculado a ella en
ninguna parte. El papeleo de la compañía de Florida señala a Delaware,
y viceversa. Mierda tramposa. Mierda experta. Por lo que trata realmente
la empresa, se enfrenta a todo tipo de proyectos: construcción de barcos,
bienes raíces, comunicaciones, construcción. Un artículo enterrado en
los resultados de búsqueda dice: KFolios Communications se presta
para construir torres de celulares en Port Flamingo.
Lo que nunca sucedió. Claramente.
Incluso el nombre de la empresa es raro. Es como Mad Libs, una
cadena de palabras juntas que realmente no tienen sintaxis. Y claro, la
gente hace cosas raras con los nombres de las compañías, pero no tan
raras. Así que voy con mi instinto y lo escribo en un bloc de papel. Debajo
de eso, escribo A.R. Dickerson Golf International.
Tacho una letra tras otra, ya que las encuentro en cada palabra. D
de Dickerson coincide con la D en Kindergarten y así sucesivamente. Para
cuando estoy a la mitad, lo veo, tan claro como el cristal. Es un jodido
anagrama. Las letras están reorganizadas, pero dicen lo mismo. Miro el
mapa de nueva cuenta, y las existencias, y el artículo sobre las torres de
celular incompletas.
Me recuesto en la pequeña silla de oficina, pensando: Mierda.
Porque Dick Dickerson no está tratando de construir un campo de
golf con un spa y una imitación Benihana. No está tratando de ayudar a 179
Port Flamingo. Está tratando de borrarlo del mapa.

***

El Shorefront Grill es exclusivo. Está situado al final de la bahía,


una ciudad en lo alto de un acantilado, con vistas al Golfo. Al final de la
carretera que conduce al estacionamiento hay un letrero comercial de SE
VENDE, y por un instante pienso: Lo que no daría por tener un lugar como
este.
Llego muy temprano a nuestra reserva, y la anfitriona me sienta en
una mesa para dos en la esquina. Baja los menús y se asegura de que
los bordes estén exactamente paralelos a la mesa.
—¿Puedo conseguirle algo para empezar?
—Escocés, puro.
Ella asiente. —¿Alguno en particular?
—El mejor que tengan. Pero una cosa, antes de que llegue mi cita…
—digo. Mi cita. Ni siquiera cerca de la palabra correcta, ni siquiera cerca
de cómo me siento.
Me sonríe, con las manos entrelazadas a la espalda. —¿Sí, señor?
—Sin pescado. —Muevo mi mano por el aire—. No en la misma
tabla de cortar, ni en el mismo plato. Sin siquiera una ostra, ni una
almeja, ni un trozo de calamares. No para mí.
—Anotado —responde, y se da vuelta para irse.
Cuando la camarera se va, mantengo mis ojos fijos en el
estacionamiento. Le doy una probabilidad de cincuenta, cincuenta a que
Penny no aparezca. Me siento más nervioso por esto que antes de una
cita en… joder, años. Si es que nunca. Miro la puesta de sol y trato de
pensar en la última vez que fui totalmente honesto con una mujer, que
le conté todo el jodido asunto, dejando salir todo, completamente.
Nunca lo he hecho, ni una sola vez. Nunca quise y nunca sentí la
necesidad. Hasta ahora.
Abajo, el auto de Penny se detiene en un espacio justo al lado de
mi Suburban. Su puerta se abre, y una hermosa pierna se desliza,
usando un tacón negro asesino con una suela roja. Sale el vestido y el
cuerpo. Su cabello está en rizos largos perfectos, en una cascada por su
espalda. El sol brilla sobre esos mechones, y ella se inclina para agarrar
su bolso.
Tomo la mitad de mi whisky sin apartar la mirada. Joder. Era
hermosa antes, pero ahora es otra persona de nuevo. Se da vuelta y mira
hacia el restaurante, dándome una vista de su escote y un collar de
perlas, largas y anudadas, justo entre sus senos. 180
Gimo en mi palma.
El restaurante está por encima del estacionamiento, al final de un
largo tramo de escaleras, lo que significa que no puede verme mirando.
Me da la espalda otra vez y dobla las rodillas, retocando su lápiz labial en
su espejo lateral. La posición acentúa sus caderas y su cintura y cada
pulgada de perfección.
Dreno el resto del whisky escocés y siento que se me sube el calor
del estómago. Y luego la veo subir por la escalera. Cada dos pasos
muestra el interior de sus muslos: esa piel cremosa y suave, esas curvas
y líneas. Me imagino sus moretones, invisibles debajo del vestido. La brisa
del mar atrapa su cabello, y ella lo recoge en su palma, sosteniéndolo
contra uno de sus hombros.
Al enderezarme las mangas de la camisa y alisar mi chaleco, le pido
a un Dios en el que ni siquiera creo que tal vez, solo tal vez, ella esté
dispuesta a arriesgarse. Con esto. Con nosotros.
Traducido por Tolola
Corregido por Pame .R.

Mi día estuvo lleno de llamas, burros y caos en la granja de mi


madre y mi padrastro. Antes de que el portero ligeramente encorvado me
abra la puerta, me aparto para recomponerme detrás de una columna de
estuco. Ya me duelen los pies por el camino que sube las escaleras, pero 181
no tanto como esperaba. Me estoy acostumbrando al vestido, pero todavía
no me acostumbro a mi aspecto. Mi cara se refleja en la placa cromada
brillante de la puerta y me doy cuenta de que ya no me parezco a Penny.
Me parezco a Penelope, de la cabeza a los pies. Compuesta. Pulida.
Preparada. Siempre me he sentido segura, pero nunca así. Linda, pero
nunca...
—Está muy guapa, señora —dice el viejo portero—. Parece un ángel
que cayó del cielo.
Me pongo un mechón detrás de la oreja y le sonrío, demasiado
nerviosa para decir gracias siquiera. Me estabilizo y doy un paso hacia la
puerta. Me siento como si estuviera a punto de saltar de un avión, ese
pánico de, Oh Dios mío, ¿es una buena idea? Pero el avión está en el aire,
y mi paracaídas cargado. Todo lo que queda ahora es saltar del borde y
contener la respiración. Ajusto mi larga ristra de perlas y el portero pone
su mano en la enorme manija de la puerta. —¿Lista?
Y le doy un silencioso y sonriente asentimiento.
Tan pronto como entro, Russ se levanta de la mesa. No espero a
que la anfitriona me guíe, sino que voy directamente a él. Se ve aún más
guapo esta noche que antes, porque no solo está arreglado y pulcro en
otro par de pantalones perfectos, sino que también lleva un chaleco. No
un abrigo de traje, porque hace mucho calor, sino un delicioso y perfecto
chaleco a rayas, con las mangas de la camisa arremangadas.
Me saca la silla y yo me siento, mirando el largo de su cuerpo
mientras lo hago. Me acerco y pone su mano en mi espalda, seguro y
confiado. —Estás aquí. ¿Significa eso que tengo otra oportunidad?
Siento que el rubor vuelve a subir por mis mejillas. Mis palabras
están atrapadas en mi garganta, como si supiera lo que quiero decir, pero
no cómo expresarme. Se sienta frente a mí y, durante un largo segundo,
nos miramos fijamente, sin parpadear, sobre la vela parpadeante. —Sí.
Sí. —En cuanto lo digo, el calor regresa a mis manos frías y nerviosas—.
No tenías que decirme todo eso. No necesito saberlo todo, Russ.
—Sí, tienes que saberlo. Escucha —dice, inclinándose y poniendo
uno de sus gruesos antebrazos en el mantel blanco.
Ese escucha suyo me convierte en arroz con leche.
—No te voy a engañar. Me estoy enamorando de ti, eso es todo. Los
últimos días han sido una puta locura, y me ha encantado cada segundo.
Aprieto mis labios y reprimo una risa. —Lo sé. Ha sido una locura.
A mí también me ha encantado.
—No tengo ni puta idea de lo que haremos cuando me vaya, pero
te lo prometo, Penny. Lo resolveremos.
Lo resolveremos. Agarro fuerte mi silla con ambas manos. Recuerdo
haberme colgado en un banco de piano exactamente así cuando tenía
cinco años, y olvidé cómo tocar “Mary Had a Little Lamb” en el recital de 182
la escuela, cuando cada nota se me escapó de la cabeza. Me estoy
enamorando de ti.
—Eso espero.
De su chaleco, saca un segundo sobre, como el de anoche. Lo mete
en mi menú. —Olvidé algo.
Considero el sobre sin tomarlo. —Si estos son boletos en algún
lugar, la respuesta es sí. Todo lo que necesito son unas pocas horas y un
rango de temperatura de veinte grados para saber qué empacar.
Se ríe, relajándose como yo. —Podemos hacer eso. Islandia, Turcas
y Caicos. Bali. Lo que sea. Pero eso es otra cosa. —Echa un vistazo al
sobre—. Me di cuenta de que lo olvidé anoche. Y creo que tú, de todas las
personas, necesitas saberlo.
Le doy la vuelta. La solapa está metida en el pliegue, y miro dentro.
En un papel mecanografiado, veo unas pocas palabras en una sola
página, pero no leo lo que dicen. —¿No puedes decírmelo?
Levanta su ceja delicadamente cicatrizada. Solo porque sé que vino
de un arañazo de gato ahora no lo hace menos sexy. —¿Me lo vas a poner
difícil, tigre?
—Noooo —le respondo con una sonrisa, de repente me siento
mucho más cómoda con mi vestido que hace cinco minutos—. Prefiero
oírlo de ti.
La anfitriona viene y toma nuestra orden de bebidas. Cuando se
va, trato de devolverle el sobre. Pero no lo toma y lo rechaza con un
ademán. —Eso es tuyo. No mío.
Así que lo pongo entre el salero y el pimentero. Aliso mi servilleta y
me inclino. —Todo lo que quiero saber ahora es qué estás haciendo en
Port Flamingo. Y por qué.
—No soy un explorador de locaciones de películas, lo cual estoy
seguro de que ya sabes, a juzgar por la forma en que Maisie me relató
hasta el último detalle de mi sitio web.
Le hago un gesto con la cabeza sobre mi copa de vino, mirándolo
todo el tiempo. Mi “ajá” hace eco a través de mi chardonnay. —Un
investigador privado.
—Hago lo que a veces se llama intermediación de información, pero
lo que también podría, posiblemente, llamarse... —Duda.
Chantaje. Puede que sea una chica de pueblo, pero no soy tonta.
—Reunir cosas para usarlas como chantaje.
Levanta los dedos de la mesa y asiente. —Bien. Prefiero mantenerlo
corporativo. A veces se vuelve personal. —Toma un sorbo lento de su
whisky, y puedo ver que no está acostumbrado a hablar de esto, porque
por primera vez sus palabras son un poco inseguras, casi. No esa
confianza dominante normal, sino algo un poco más... suave. Como si me
correspondiera a mí decidir si lo apruebo a él, a su trabajo, o no. 183
Lo que lo hace todo increíblemente sexy.
—No hago el trabajo sucio. No hago servicio de procesos ni nada de
esa mierda. Me quedo en segundo plano, obtengo la información y sigo
adelante.
Lo dejo seguir sin ninguna interrupción extra, aunque realmente
tengo cerca de seis millones de preguntas, solo para empezar.
Continúa—: Pero lo mantengo legal. No estoy en este trabajo para
que me metan en la cárcel. Así que ese es mi límite. El límite de lo legal
es donde me quedo.
Al principio, el ángel en mi hombro como que jadea. No sé qué
significa eso, el límite de lo legal. La diablilla le da al ángel un buen
empujón. No seas tan cobarde.
—Me contrataron para venir aquí y ver qué podía encontrar sobre
tu alcalde.
—¿El alcalde? —Me inclino hacia adelante tanto que las patas
traseras de mi silla se levantan del suelo—. ¿Encontrar qué? ¿Hombre
del año?
—Ves, eso es —dice Russ, tomando su bebida y agitando su
whisky—. Todo lo que encuentro acerca de él es increíblemente
agradable. Nunca he visto nada igual.
Agradable ni siquiera rasca la superficie. —Nunca ha visto una
causa perdida que no quisiera arreglar. Es como Santa Rita en un polo
verde.
—Exactamente. No pude encontrarle nada, en absoluto. Así que
empecé a pensar en este trabajo en la dirección opuesta. ¿Y si el alcalde
no es el problema? ¿Y si el patrocinador lo es?
Aunque estoy totalmente de acuerdo con todo esto, la jerga es un
poco desconocida todavía. Nos dirigimos a El Caso Bourne cuando solo
estoy vagamente familiarizada con Misión Imposible. —No tengo ni idea
de lo que significa.
—El tipo que me contrató, es mi patrocinador. Se llama Dick
Dickerson.
Tan pronto como las palabras salen de su boca, mi rabia se dispara
dentro de mí como el juego de pelota-martillo en la feria. —Bastardo.
—¿Lo conoces?
—¿Conocerlo? —Mantengo mi voz baja, pero no dejo que el volumen
oculte mi ira—. Tenemos dos pasatiempos en esta ciudad. Ir a festivales
y odiar a Dick Dickerson.
El camarero se acerca con un poco de pan y mantequilla y vacila,
como si estuviera esperando a que pidamos. Russ le da una
increíblemente autoritaria mirada de vuelve más tarde, y él asiente y se 184
va.
Ni siquiera tiene que hablar y se sale con la suya. Dios. Este
hombre. Cómo quiero a este hombre.
Russ endereza su tenedor. —No creo que quiera ayudar a esta
tierra. Creo que quiere arrasarla. Lo que me intriga es el por qué.
Al principio, todo parece tan absurdo, tan obvio, que casi estallo en
risa. Es como preguntar: ¿Por qué conduce el dueño del lavadero de coches
un Range Rover? Porque las gaviotas han hecho su fortuna, idiota. Pero
entonces me doy cuenta de que Russ no puede saber toda la historia. No
es de aquí. No sabe nada de los esqueletos de los pueblos pequeños. Trata
con información de alto nivel, no con el tipo de cosas que se comentan en
el salón de belleza.
Sin embargo, ahora hemos entrado oficialmente en mi terreno.
Tomo un seductor sorbo de mi vino y digo—: Todo se reduce a los Darling,
cariño.
—¿Sí?
—Oh, sí.
Levanta la barbilla. —Déjame escucharlo, porque estoy perdido con
este caso.
Abro mi panecillo y corto media esfera de mantequilla con mi
cuchillo. Esta vez, no necesito pensar en qué decir o cómo decirlo. —
Porque mi madre lo dejó plantado... en el altar.
—Oh, mierda. —Russ pone una mano detrás de su cuello,
flexionando esos magníficos bíceps y haciendo que su chaleco se suba un
poco, insinuando la plana, sólida y soñadora extensión que debajo—.
Estás bromeando.
—Mi padre se fue cuando yo era muy pequeña, solo un bebé.
Cuando tenía unos tres años, Dick Dickerson entró en su vida. Mamá
dijo que era bueno con nosotras al principio —explico—. Cuando tenía
cinco años, decidieron casarse. Recuerdo que yo debía ser la chica de las
flores, y ella estaba a punto de ponerme el vestido. —Pienso en ese día.
En ella en bata, con su cabello con enormes rizadores de velcro color
pastel, prendidos a su cabeza con alfileres enormes—. Pero de repente,
dijo: “Penny, hoy no serás la chica de las flores. Vamos a hacer un viaje al
norte en su lugar”. Y lo hicimos. Hizo mi maleta y la suya. Metió mi ramo
en un vaso de plástico, lo puso en el portavasos de su carrito, y nos
fuimos. Fue casi lo mejor de la historia. Excepto que yo era muy pequeña
para saber que ella tenía un ministro, una iglesia llena de gente, y a Dick
Dickerson esperándola.
Se queda mirando el océano. —Jesús. ¿Simplemente... lo decidió?
¿Así? —Añade un fuerte chasquido.
Asiento. —Directamente salido de las películas. No hace falta decir
que no lo vi mucho después de eso. Se rumorea que se volvió un poco
loco. Y desde entonces, ha estado tratando de arruinar Port Flamingo y a
todos los Darling que hay en él. Especialmente a mi madre. 185
Doy un gran mordisco a mi bollo y veo a Russ pasar de indignado
a melancólico y protector, presionando mi pierna con la suya. —Cabrón.
Con la boca medio llena, explico—: No odio muchas cosas, excepto
el cilantro y los plátanos demasiado maduros. Pero odio a ese hombre.
Exhala lentamente, rotando su vaso en el mantel. —El campo de
golf, el restaurante, el spa. Suena como si pudiera ser algo bueno,
objetivamente.
—Objetivamente, tal vez. Pero en la práctica, sería un desastre. —
Poniendo mi mano sobre mi boca llena, sacudo la cabeza con fuerza—.
Sería el fin de nosotros. ¿Qué restaurante de la ciudad podría competir
con un lugar así? Ninguno. ¿Qué pasará con el YMCA cuando abra su
piscina? Se cierra. ¿Qué pasa con el Sunkissed? No somos lo
suficientemente grandes para tenerlo todo. Nos arruinaría.
Russ lo entiende, puedo verlo. Es una lógica simple. No necesita
un gráfico circular para mostrar que el pez grande siempre se come al
pequeño.
—Hemos tratado de detenerlo, con reuniones del consejo
municipal, ese tipo de cosas, pero no hay mucho que podamos hacer. Él
tiene el dinero, y nosotros no. Maisie ha intentado su propio enfoque... y
ahora no puede acercarse a menos de cien metros de él.
Me señala con un dedo de advertencia y sonríe. —Tenemos que
mantener a esa vigilada. No podemos dejar que se vuelva loca y nos
descubra. Me cae bien, pero... —Se va apagando.
No hay necesidad de terminar esa frase. —Está bien. Se va de la
ciudad por unos días, así que estamos a salvo.
—Bueno. Hice algunas averiguaciones esta mañana. Hay una
compañía, llamada National Kindergarten Folios, Inc.
—Eso es como una ensalada de palabras. ¿Qué es lo que hace
que...? —Pero entonces todas las letras bailan en mi cabeza, alineándose
para formar A.R. Dickerson Golf International—. Oh, ese bastardo.
—Todo esto... —Me mira de arriba a abajo—. Y ¿puedes hacer
anagramas sin escribirlos?
Le dedico un encogimiento de hombros.
—Joder —dice, frunciendo sus hermosos labios—. De todos modos,
su participación en esa compañía es difícil de demostrar. Lo ha hecho
con cuidado, y es muy difícil decirle a un tipo: “Escucha, hijo de puta,
tenemos un rastro de papel casi convincente que puede o no llevar a las
Islas Caimán, así que será mejor que te vayas”.
—No, puedo ver que eso no tiene las consecuencias que uno
esperaría.
—Pero si logramos que se ponga en algo concreto, creo que 186
podremos detener. Si estás dispuesta a llegar al límite de lo legal conmigo.
Oh, bien. —¿Quieres atrapar a Dickerson y deseas que te ayude?
—pregunto en torno a de mi pan. La verdad es que iría a casi cualquier
lugar con él. Legal, ilegal. Público, privado. Hacer cualquier cosa, ir a
cualquier parte, en un instante. Todo mi cuerpo se tambalea con ello.
Con él, por él.
Asiente y luego se inclina. Con su pulgar me limpia un poco de
mantequilla del labio, pero mantiene la palma de la mano contra mi
mandíbula. Es la primera vez que me toca de verdad desde que entré, y
el sismógrafo dentro de mí se vuelve loco.
Dice—: Pongamos al descubierto a ese astuto hijo de puta que se
viste a cuadros y que se rasca las orejas. Juntos. Tú y yo. ¿Te apuntas?
Asiento con la mano y le planto un largo y feliz beso en la línea del
corazón. —Me apunto, guapo. Ciento cincuenta por ciento.

***

Durante la cena (dos filetes, con patatas asadas y ensalada,


seguidos de un postre) hablamos de todas las formas posibles de atrapar
a Dickerson. Russ dice que cualquier cosa es juego limpio—: Solicitar,
posesión con intención de vender, cualquier cosa vergonzosa que sea un
buen titular. Cualquier cosa.
—No te andas con rodeos —digo, terminando lo último del pastel
de chocolate sin harina y tomando la última mancha de mermelada de
frambuesa.
Su pierna presiona la mía un poco demasiado fuerte. —
Definitivamente no.
Papilla. Papilla completa.
Mete la mano en el bolsillo y saca la cartera. Por inercia, alcanzo
mi bolso para agarrar mi tarjeta. —¿Qué demonios estás haciendo? —
pregunta.
Me congelo con la mano en el bolso. —¿Pagando? ¿Mitad y mitad?
—Ni siquiera pienses en esa mierda. Nunca más —dice,
estrechando los ojos y sacudiendo la cabeza hacia mí—. Voy a ir al baño
de hombres, y daré mi tarjeta. Luego nos vamos a ir de aquí para que
pueda hacer lo que quiera contigo. ¿Entendido?
Aprieto mis talones, estrujando mis muslos contra la instantánea
ola de humedad. —Sí. Entendido. Obvio.
—Bien. Así que guarda tu maldita billetera, hermosa. —Se levanta,
pero antes de irse se inclina y me besa. Nada grande, nada escandaloso,
pero basta para decir: “Eres mía. Y así es como es”. 187
Lo veo alejarse, con su bonito trasero en esos pantalones de vestir,
sus hombros anchos acentuados por el resbaloso satén de su chaleco.
Veo a una mujer en otra mesa que le da unos ojos lujuriosos, y resisto el
verdadero impulso de lanzarle el salero.
Y es entonces cuando me llama la atención. El sobre.
Ya sé todo lo que necesito saber. En la carrera de la honestidad,
me estoy quedando atrás, con tantos triángulos complejos que explicar,
tantos intentos fallidos de encontrar mi propia historia de amor, y aun
así dice que todavía hay una cosa más que necesita que sepa.
Trazo la esquina, dejando que se me clave en la punta del dedo.
Podría ser cualquier cosa. Podría ser mundano. Podría ser
ordinario.
O podría ser... emocionante.
Y algo me dice que probablemente no sea una membresía vencida
del videoclub. Así que abro el sobre y separo el papel lo suficiente para
leer lo que hay dentro:
No hay muchas palabras, pero son emocionantes:
Tumblr. Cuenta inactiva. Nombre de usuario: DominantR76
Dioooos.
La última cosa que nadie más sabe.
Un pequeño y sucio secreto. Solo para mí.
Saco mi teléfono de mi bolso y lo oriento hacia las ventanas.
Además de que Shorefront Grill tenga una tarta de chocolate para
morirse, su ubicación también asegura que tienen lo mejor de todo:
Cobertura confiable.
Mi cuenta de Tumblr es en su mayoría viejos reblogs de Maisie y
fotos de ensaladas en frascos de conservas, pero tengo la sensación de
que él ha estado en Tumblr por una razón totalmente diferente.
Así que lo escribo. La pequeña rueda gira y gira, e inclino mi
teléfono hacia la ventana. Y luego...
Porno hermoso, sucio y travieso. Está cuidadosamente perfilado,
todo en blanco y negro. Es ingenioso, sexy y muy caliente.
Bajo hasta un GIF de un hombre de rodillas delante de una mujer,
y ella le agarra el cabello mientras su cabeza cae contra la pared detrás
suyo. El pie de foto de DominantR76 es: Ese momento. Me encanta ese
maldito momento.
Mi cuerpo responde a sus palabras instantánea y visceralmente.
Hay algo irresistiblemente sexy al saber que... miro las fechas... hace tres
años, lo hizo por diversión. Puede que las mujeres le enviaran mensajes
privados porque las volvió locas. Y ahora, todos estos años después, todo
ese deseo es mío.
188
Y también lo es el hombre del pasillo. Con sus pantalones ya
abiertos.
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Salgo del baño, y ahí está ella, luciendo salvaje. Estamos solos en
un pasillo moderno, fuera de la vista del resto del restaurante. Me agarra
y me atrae para un beso, inhala con fuerza y engancha sus dedos sobre
mi cinturón. Cuando me toca, mi polla se hace cargo: la necesito. La 189
deseo. Debo tenerla. Un día sin ella y estoy ansioso por su toque. Le
regreso el beso, fuerte, mientras pongo mis manos sobre su trasero. Es
más alta en sus tacones, y me gusta de esta manera. Tenerla de puntillas
me da un mejor agarre de sus caderas y la hace un poco menos estable.
Su beso es como si hubiera sido desatada de una manera que no era
antes. Hago que camine hacia atrás y la puerta del baño de mujeres se
abre detrás de ella. Y, joder, sigo caminando hasta que la golpeo contra
el costado de un puesto.
Cuando su cuerpo pega la pared de metal, el impacto ondula por
su trasero. Una de sus piernas se desliza hacia mí, haciendo que su falda
suba hasta su muslo. Va por mi cinturón, y yo clavo mis dedos en la
carne suave en la parte posterior de sus piernas. Toco el borde de una
especie de braguita de encaje, y en el espejo a mi derecha veo una franja
roja. Mierda.
Meto mi rodilla entre sus piernas y la muevo para mostrarle quién
es el jefe. Ella cede y deja caer su peso para que sus bragas presionen
contra mis pantalones. A través del lino puedo sentirla. Caliente, húmeda
y tan jodidamente buena. —¿Buscaste en el sobre?
Me atrae por el cuello de la camisa. —No sabes lo que eso me hace.
Ver lo que te gusta, ver cómo funciona tu mente. Lo que quieres, con lo
que fantaseas.
Le pongo una mano en la garganta. Mi cinturón está solo a la mitad
y ya está manoseando mi pene. —¿Sabes con qué fantaseo? ¿Con qué
siempre he estado fantaseando? Contigo.
Gime, acercándome más. Sus tetas se aprietan contra mi pecho, y
las perlas se clavan en mis pectorales. Presiono mi frente contra la suya,
pero no la beso de nuevo, todavía no. —Necesito verte así.
—¿Cómo?
—Codiciosa. Salvaje. —Uno de sus dedos roza mi perineo, y golpeo
el puesto con el puño. Sonríe cuando lo hago, satisfecha y contenta de
que también me esté deshaciendo.
Le obligo a defenderse con un beso agresivo que hace chocar
nuestros dientes y que la deja sin aliento. —Quiero inclinarte sobre el
fregadero, Penny. Quiero follarte por detrás y mirarte a los ojos cuando
lo estoy haciendo.
Jadea y se muerde la lengua. —Hazlo.
Pero en ese momento la puerta cruje y el ruido del restaurante se
derrama. Miro al espejo y veo a la anfitriona. Su boca se abre y una mano
llega a sus labios. —Oh, Dios mío —chilla, sus tacones deteniéndose—.
Lo siento. No quise… —Y luego se va por donde vino. Todo el ruido del
restaurante desaparece de nuevo, y el único ruido en la habitación es el
de Penny respirando con dificultad en mi oído.
190
—¿Quieres que te folle aquí o quieres que te lleve a casa y te folle
de verdad?
Con los dientes apretados, gruñe, este bufido primitivo y salvaje. El
encanto de pueblo pequeño se ha ido. En su lugar hay un gato montés
que solo yo puedo domesticar. —No me importa. Todo. Ahora, luego, más
tarde. —Sus mejillas están sonrojadas y sus pupilas dilatadas.
—La forma en que follamos no es para baños públicos, Penny —le
digo. Pero como no puedo resistirme, le subo la falda y la toco. Tan
húmeda.
La miro mientras la acaricio. Alcanzo su punto G, y sus piernas
comienzan a temblar. Deslizo mis dedos fuera de ella, y gime—:
Russsssss.
Su olor está en todas partes, y activa ese interruptor primitivo
dentro de mí, ese instinto alfa. Pero soy más fuerte que toda esa mierda.
Va a ser correcto, y va a durar mucho más allá de la última llamada y la
hora de cierre. —No te voy a tomar por el culo en un maldito restaurante,
Penny.
Antes de que pueda decir algo, pongo mis dedos empapados en su
boca, dejándola probar lo que necesito tan jodidamente mal que me
duele. —Esa es la clave de todo allí. Ese sabor. Haría cualquier cosa por
ese sabor.
Ella los chupa, su lengua gira alrededor de mis dedos, cada
movimiento resuena en mi polla. Me muerde la punta de los dedos y luego
me susurra—: Por favor, por favor, por favor.
—Escúchate suplicar.
—Russ. Ahora. Por favor.
De ninguna manera. Podría tenerme por las pelotas, pero todavía
estoy dirigiendo este maldito espectáculo. Aparto sus manos de mí y
luego ahueco su coño en mi palma. —Te llevaré a casa y te voy a follar
tan fuerte que la única palabra que te quede será mi nombre.

***

Conduzco, pero ella no lo está haciendo fácil, no con su mano


bajando mis pantalones. —Si no tienes cuidado, podría salirme del
camino.
Se acerca más, obteniendo algo de ventaja al colocar una pierna
detrás de ella para poder alcanzar un poco más. Con su mano derecha,
encuentra su camino debajo de mis bolas. —No quiero tener cuidado
nunca más.
Estoy duro como una roca, jodidamente palpitante por ella en cada
gramo de mi polla. Cada centímetro pulsando. Aparto la vista de la
191
carretera por un jodido segundo. Primero la miro a los ojos, luego a mi
erección, luego a su boca. —Hazlo entonces. Ahora mismo.
Me da una sacudida descarada de su cabeza, y sus rizos se deslizan
por sus hombros. —Soy una chica de un pueblo pequeño, señor Macklin.
No puedo bajar la cabeza en el camino cuando todavía hay luz afuera.
Tengo una reputación —dice, apretando mi eje con fuerza y apoyando su
mejilla contra la mía—. Soy una buena chica. —Sonríe, y lo siento más
que verlo, sus mejillas deslizándose contra mi mandíbula. Su lengua
traza el borde de mi oreja, y muerde lo suficiente como para hacerme
silbar. Ríe—. Tú también has dicho que soy una chica buena.
—Tan buena. Tan perfecta.
—Así es.
Mantengo una mano en el volante y pongo la otra a su alrededor,
una mejilla bien ajustada en mi palma. Moja su mano con una lamida
sexy para lubricarme. Agarra la base y luego se desliza por mi eje,
frotando la punta con el pulgar. —Cristo, Penny. —Golpeo el volante—.
Esa adivina de manos fue tan jodidamente acertada.
—Lo sé. —Desliza su nariz por mi mejilla, riendo por lo bajo—. Lo
sé.
Su agarre se tensa. No es gentil y no necesita serlo. Me toma todo
mi enfoque detenerme por completo en la señal de alto frente a mí. Muevo
mi pie hacia el acelerador y mantengo la rodilla extendida para darle más
espacio. Cuando vuelvo a aumentar la velocidad, vuelve a mojar su mano,
trabajando cada centímetro de mí exactamente como lo necesito. —¿Qué
me vas a hacer esta noche? —pregunta.
—Cada jodida cosa que quiera.
Aparta su rostro del mío, una pulgada y luego dos. —Pero hasta
que volvamos a mi casa, eres impotente.
—Joder, lo soy. —Le doy un fuerte apretón en el culo.
Se ríe un poco. —Mierda. Creo que, durante los próximos diez
minutos, tengo el control. ¿Qué opinas de eso, DominantR76?
—¿Cómo coño te pusiste tan sexy?
Guiña un ojo. Luego mira desde el retrovisor a los espejos laterales,
verificando si la costa está despejada.
Su expresión cambia de dulce a rebelde en un instante: A la mierda
con la reputación. A la mierda la rutina de las chicas de un pueblo pequeño.
Me va a hacer una mamada, en un Suburban alquilado, al anochecer.
Mierda. Sí.
Sus perlas se derraman de su escote sobre mi pierna. Se las quita
y las deja caer sobre las alfombrillas del piso y luego baja boca abajo,
hacia abajo, hacia mi regazo. No besa mi pene ni lo lame. Me lleva hasta
su garganta, haciéndome gemir y agarrar el volante como si mi maldita
vida dependiera de ello. Se quita el pelo largo de la cara en una cola de
192
caballo, y puedo ver por las líneas de sus ojos que está sonriendo.
Me he vuelto tan jodidamente loco por esta mujer.
No le pongo la mano en la cabeza, sino que la apoyo en la parte
baja de su espalda. La tela de su vestido se ondula y se estira mientras
sube y luego baja. Pero a medida que nos acercamos a la ciudad, ya estoy
pensando en el futuro. Porque me gusta esto, muchísimo, pero necesito
estar dentro de ella de verdad. —Penny —le susurro, y se detiene con mi
polla a la mitad de su boca. Me mira, preguntando: ¿qué?, sin decir una
palabra.
Eso es. Justo ahí. Hecho. La cosa más caliente de todas, jodido
punto.
Ella parpadea. De alguna manera encuentro mis palabras
nuevamente y me las arreglo para preguntar—: ¿Hay algún lugar donde
podamos obtener un lubricante decente?
Parpadea de nuevo. Y luego sacude la cabeza, con mi polla todavía
en la boca.
—¿Farmacia?
Ahora asiente. Mientras lo hace, su lengua se desliza hacia arriba
y abajo del eje, y luego vuelve a trabajar.
Se pone de rodillas y me lleva más profundo, y yo levanto mi mano
libre por su falda. Con un dedo, me deslizo en su coño. Cuando me siente
dentro de ella, se congela con sus labios apretados alrededor de mi
longitud. Dejándola reagruparse, le doy un segundo. Pero cuando toma
otra inmersión profunda, separo mis dedos. Justo en ese momento gruñe
con mi erección profundamente en su garganta. Las vibraciones del
gruñido electrifican mi pene, obligándome a frenar. —Tengo que parar,
Penny —le digo, tocando la señal de giro—. No te atrevas a detenerte.
No lo hace. Me detengo en el arcén y estaciono el coche. Penny me
toma más fuerte, más profundo, más rápido, hasta que estoy tan cerca
de explotar en ella que mi esperma está latiendo a través de mis bolas.
Pero luego disminuye la velocidad, mi longitud a medio camino en
su boca, su pulgar e índice agarrando la base.
Tiene esa mirada en la cara, como si fuera la reina del mundo, y lo
sabe. Me saca de su boca y lame una larga línea desde mis bolas hasta
el glande. Sin levantar los ojos hacia mí, hablando con mi polla, dice—:
Voy a hacerte venir. Y voy a tragarme todo lo que me puedas dar.
Joder, sí, lo hará. Inclino su cara hacia arriba con mi dedo en su
barbilla. —Entonces vamos a buscar un poco de lubricante, y voy a hacer
lo que quiera contigo. Lo que sea que quiera.
—Me alegra que estemos en la misma página.
Y luego se inclina sobre mí y presiona el botón de reclinación.
Mierda. Santa, santa mierda. 193
Traducido por Dakya
Corregido por Pame .R.

Se viene en tres chorros intensos en mi boca, rugiendo mi nombre


lento y fuerte—: Pennnnnnnnnnny —mientras agarra mi cabello en su
mano. Después de que se corre, espero que él vuelva a la cordura,
observando cómo su enorme pecho sube y baja con respiraciones 194
profundas y jadeantes. En la carretera, pasa un automóvil, sacudiendo
el costado del Suburban y haciendo temblar la cabina. Levanta la cabeza
del reposacabezas—. Santa mierda.
Me toma la mandíbula con la mano y me toca la mejilla con la yema
del pulgar. La forma en que me está mirando me hace sentir tan…
—Jodidamente te adoro. ¿Cómo puedes ser tan dulce y tan
jodidamente sucia?
Me estiro sobre su cuerpo para levantar su asiento otra vez. —Soy
una dama de muchos talentos.
—No me digas. —Se frota la cara con la mano y se pellizca el puente
de la nariz—. Jesús, Penny. Jesús.
—Deberíamos irnos a casa. A la mierda el lubricante —digo,
sentándome y alisándome el pelo. En realidad, no sé si podremos omitir
el lubricante. Nunca he hecho antes lo que él quiere hacer, y no sé cómo
va esto.
—A la mierda eso. Estoy dispuesto a escupir para lubricar como en
el porno, pero eso es porno. —Entrecierra los ojos—. Quiero hacer esto
bien, y no voy a lastimarte. De ninguna manera.
Asiento, porque ahora estoy en sus manos. —Hay una farmacia al
lado del restaurante. Dentro y fuera, bing bang boom.
Levanta su ceja cicatrizada y me da un gesto masculino. —Eso es
lo que ella dijo.
Mi risita burbujeante llena el auto hasta el techo. Él es oscuro,
dulce y divertido. Russ Macklin es todo lo mejor a la vez.
Veinte minutos después, llegamos a un lugar de estacionamiento
en la ciudad. —Pasillo de Lubricante, aquí vamos.
—Cristo. Incluso eso es caliente —comenta mientras abre la puerta
para salir. Pero cuando empiezo a hacer lo mismo, se vuelve hacia mí y
me lanza una mirada amenazante—. Penny. Hemos cubierto esto. Si tu
puerta necesita abrirse, la abriré.
Me congelo con los dedos en la manija. —De acuerdo.
Mientras camina por la parte delantera del coche, me da esa mirada
arrogante de nuevo. Abre mi puerta y toma mi mano, y juntos nos
dirigimos al local. Me siento valiente; me siento segura. Me siento
totalmente bien comprando productos para adultos en la misma farmacia
donde mi madre solía comprar mis pañales.
Hasta que veo a la cajera. Que es mi bibliotecaria retirada de cuarto
grado. También conocida como El Ángel.
—Oh, ¡hola, Penelope! —chilla. El olor muy definido de las bolas de
naftalina flota en el aire. No sé cómo es posible. Ni siquiera lleva lana.
Agarro la mano de Russ con fuerza. En el otro hombro, la diablilla 195
se ríe histéricamente, secándose las lágrimas de sus ojos maquillados. —
A la mierda Westworld —se ríe—. Este es el mejor espectáculo de todos.
—Hola, señora Martenson. No sabía que había comenzado a
trabajar aquí.
—Bueno, es gracioso que digas eso —dice, asintiendo con la cabeza
como si estuviera esperando que yo viniera aquí a las ocho en punto de
un domingo por la noche y entablara esta conversación—. Le estaba
diciendo a tu madre lo importante que ha sido para mí estar ocupada
ahora que estoy retirada. Acaba de estar aquí. —Mira a su alrededor como
si mamá pudiera materializarse en cualquier momento—. Estoy segura
de que podrías salir y rastrearla.
A mi lado, Russ se ríe y tose en la palma de su mano.
¡Ya no estás en Boston! Intento decírselo con mi mirada fija de ojos
saltones. Bienvenido a mi mundo, donde tengo que comprar lubricante a
la señora que primero me habló de Mi Amigo el Gigante y donde mi madre
podría aparecer en cualquier momento para poner un contratiempo en
todos mis planes nocturnos. —Russ, esta es la señora Martenson. Mi
bibliotecaria de la escuela primaria.
Es lo suficientemente hombre como para no reírse a carcajadas,
pero puedo decir que quiere hacerlo. Mucho.
El Ángel mira a Russ de arriba y abajo y arriba otra vez. —Dios
mío, no sabía que el FBI estaba en la ciudad.
Russ le quita importancia con una presión varonil de su lengua en
el interior de su mejilla. —Un placer conocerla, señora Martenson.
—¿Puedo ayudarte a encontrar algo? —pregunta, inclinando su
cabeza exactamente como un canario—. Tenemos un especial de dulces
de Halloween.
—Oh, no, estamos bien. Solo voy a recoger algunos elementos
esenciales —le digo mientras Russ toma una canasta de la pila.
—¡Sé cómo te gustan tus caramelos, Penny! —trina—. ¡Tres por un
dólar!
—¡Gracias! ¡Sí! ¡Gracias!
Nos dirigimos por el pasillo con los suministros para bebés.
Observo los músculos de la mandíbula de Russ tensarse y luego relajarse.
—¿La conoces?
—Solamente toda mi vida.
Ahora resopla, ahora que estamos solos. Una vez que nos
encontramos fuera de la línea de visión directa de la señora Martenson,
susurro—: Sin embargo, empeora. ¿Estás listo? Su hijo me llevó a mi
primer baile de secundaria. Me balanceé de ida y vuelta con él durante
cuatro horas, y ¿sabes lo que recibí a cambio? Un besito en la frente —le
cuento, también conteniendo mi risa—. Y ni siquiera un lindo beso en la
frente. Solo una especie de presión de labios fríos contra mi cara. 196
—Pobrecita.
Le doy un desmayo a lo Scarlett O’Hara. —He sufrido más de lo que
nunca sabrás.
Se pone más serio y me atrae hacia él. Detrás de su cabeza hay una
pantalla con un padre con un par de gemelos, uno acunado en cada
brazo, y por un instante veo a Russ haciendo eso. Señor. —Sabes, no
tienes que quedarte aquí para siempre si no quieres.
Lo miro, buscando alguna pista de que está bromeando, o
tomándome el pelo, o burlándose de mí. Pero no lo está. —Me estás
preguntando…
Abre la boca, pero luego la cierra de nuevo. Pasa su dedo sobre mis
perlas, moviéndolas de lado a lado. Finalmente continúa—: Solo digo.
Hay muchas propiedades inmobiliarias en los Estados Unidos. El
noreste. Boston. Ya sabes. Esa área general.
Me deja estupefacta. Podría tumbarme con una bolsa de bolas de
algodón. Y, sin embargo, no me asusta. No hay nada dentro de mí que
diga: Penny, no seas absurda. Para una oferta tan avanzada como es,
también es… una posibilidad. Al mirar esos ojos suyos, todo es posible.
Mis pensamientos se relajan como una tira de película desbocada.
Me dejé llevar allí, hasta el borde de la idea, pero no tan lejos como para
perderme en la tierra de: ¿Qué tal si…? Sin embargo, antes de que pueda
decir otra cosa, Kenny G se silencia en el sistema de megafonía y la
señora Martenson anuncia—: Atención. Cerraremos en diez minutos.
Cerraremos en diez minutos. Gracias.
Me catapulta veinte años atrás a las tardes que pasaba leyendo en
los cubículos con Maisie. —Oh, Dios mío, ella solía decir exactamente lo
mismo en la biblioteca.
—Vamos —dice, envolviendo su brazo alrededor de mí y poniendo
un beso a un lado de mi cabeza. Es un beso posesivo, sensual y gentil
que está a un millón de millas de cualquier baile de secundaria en el
planeta—. Vamos a conseguir esos elementos esenciales.
Con la gama completa de productos KY en nuestra canasta, nos
dirigimos hacia el pasillo de artículos de baño y belleza. Russ se detiene
frente a un exhibidor de esponjas de baño y arroja una rosa, y luego
considera los estantes de gel de baño.
—¿Esto también es parte del plan?
—Demonios, sí. —Me mira mientras abre la parte superior de algo
rosa y moteado con pequeñas burbujas dentro del gel. Olfatea y
pregunta—: ¿Qué opinas de eso?
Suavemente, comprime la botella debajo de mi nariz. Es rico y
floral. —Oh, sí, eso servirá.
—Excelente. —Lo cierra y lo agrega a la canasta, sosteniendo mi
mano mientras nos dirigimos a la caja registradora. 197
En los recovecos de mi memoria, recuerdo haber estado en la
biblioteca con Maisie, y la forma en que la señora Martenson leía los
títulos de nuestros libros mientras los estampaba. Era increíblemente
vergonzoso, porque incluso cuando tienes diez años, no quieres que todos
los que conoces escuchen que has tomado prestado “Ayer no había pelo
allí: una guía para niñas en crecimiento”.
Pero esto es una farmacia. Una farmacia nacional. Tiene que haber
reglas de privacidad contra ese tipo de cosas. Solo tiene que haberlo.
Russ deja la canasta en el mostrador. La señora Martenson desliza
sus lentes por el puente de su nariz y escribe algo en la caja registradora.
—Una esponja de baño —dice, la examina, y el registro suena.
No. Oh, no. No.
—Una botella de gel de baño de peonía de medianoche.
Agarro la mano de Russ y la aprieto con fuerza mientras ella recoge
el lubricante.
—Un contenedor de intim… —Se apaga, parpadeando.
Conmocionada. Y claramente, bastante sorprendida de que haya un
producto que incluya las palabras placer, lubricante, íntimo,
calentamiento, enfriamiento y sensación mejorada, todo en la etiqueta
frontal. Me mira a mí y luego a Russ y de regreso.
Boston. ¿Hola?
Pero entonces, bendito su dulce corazón de ángel, la señora
Martenson traga una sonrisa, lo escanea y lo deja caer en la bolsa sin
decir una palabra.

198
Traducido por Lauu LR
Corregido por Pame .R.

Volvemos a la casa para encontrar a Guppy extendido en el sofá


como un corredor exhausto.
Bloqueo la puerta detrás de ella y pregunto—: ¿Va a molestarnos? 199
Niega con la cabeza. —Caminé con él antes de cenar. Esta fuera
por la noche.
—Bien. —Tomo su bolso de su hombro y lo cuelgo detrás de la
puerta. Entonces le quito las perlas y las pongo en la mesa al lado de la
puerta. Ella desabrocha el botón superior de mi camisa y yo bajo el
pequeño cierre en la espalda de su vestido. Besarla es tan natural como
respirar, y prefiero tener mis labios en los suyos que en ningún otro lugar.
Así que la beso de nuevo, esta vez menos frenético que antes. El aire
acondicionado nos ha enfriado a ambos, lo que está bien—. Quiero tomar
esto lento. Saborear cada maldito segundo. —Me dejo caer de rodillas y
comienzo a desabrochar sus tacones. No son solo tacones, sino esas
sandalias malditamente sexys con tiras que llegan hasta sus tobillos.
Desabrocho el cierre y separo el cuero, dejando que mis dedos se deslicen
por las pequeñas marcas en su piel. Se balancea con una mano en mi
hombro mientras la ayudo a quitarse el derecho. Cuando me vuelvo a
levantar, saca la camisa de mis pantalones y desabrocha mi cinturón
mientras la acompaño hacia la pared del recibidor y presiono mi cuerpo
contra el suyo.
—Ve a encender la ducha —susurro en su oído—. Sin discusión.
—Está bien —murmura. Pero cuando se da la vuelta, se detiene.
Me da esa dulce sonrisa hermosa y lentamente comienza a quitarse el
vestido de su cuerpo. Joder.
—Ducha —le digo de nuevo.
—Un striptease no es una discusión, ¿o sí?
Voy directo por ella, automático e instintivo, pero me detiene con
una palma en mi pecho. Me sienta en la silla bajo el perchero. Centímetro
a centímetro, el vestido cae de su cuerpo. Lo deja caer al suelo y golpea
mi mano cuando trato de desabrochar su sujetador.
—¿Te gusta torturarme? —pregunto.
—Sabes que sí. —Se estira y desabrocha su sujetador sin tirantes.
Sus pechos se liberan, sus pezones ya están duros. Sale de esas sexys
bragas rojas empapadas. Las levanta con la punta de sus dedos,
inclinando una pierna y lanzándolas en el aire. Luego me da un largo y
sucio beso y camina por el pasillo, con el trasero desnudo y las bragas
colgando de un dedo, moviéndose al compás de sus caderas.
Tomo una vela del librero, junto con un encendedor y la bolsa de
la farmacia. Pongo el lubricante y el aceite de masajes en la mesita de
noche. Cuando la escucho entrar a la ducha, abro la puerta del baño. El
lugar ya se llenó de vapor; en cuanto cierro la puerta, ella saca la cabeza
por la cortina de la ducha.
—Cierra esos hermosos ojos.
Sonríe, mordiendo un poco su lengua. Y entonces hace lo que le
digo.
Enciendo la vela y apago las luces. La escucho jadear mientras el 200
cuarto se oscurece. —¿Qué planeas?
—Cuidarte. Es para lo que estoy aquí.
Cuando estoy seguro de que la vela se quedará encendida, la pongo
junto al lavabo y me quito la ropa. La veo observarme a través del
pequeño espacio entre la pared de baldosas y la cortina. —¿Se supone
que los mantenga cerrados? —pregunta suavemente—. Porque eso sería
una pena.
—Eres perfecta. —Salgo de mis bóxers, de nuevo duro. Abre la
cortina para mí, viéndome por la rendija, y entonces tomo el gel de ducha
y la esponja para unírmele.
De las puntas de sus dedos a su nuca, la cubro en espuma
jabonosa. Me muevo por su abdomen, encima de sus pezones, por cada
lado de su cadera, por la suave piel de sus curvas, con cuidado de no
desatender una sola curva, un solo valle.
Parado detrás de ella, presiono mi verga entre sus nalgas. —No voy
a mentirte, Penny. Las cosas que siento por ti no las había sentido en
años. Puede que nunca. —La giro en mis brazos, y levanto su barbilla
con mi dedo—. Nunca.
—Yo tampoco. —Seca algo de agua de sus mejillas y frente, y
entonces la acerco más para protegerla del chorro.
—Pero eso no quiere decir que no quiero hacerte cosas terribles.
—Oh, Dios —gruñe. Dientes apretados de nuevo. Me encanta eso.
—No quiere decir que no quiera adorarte y llevarte al borde.
Aprieto algo de gel de ducha en mi palma y la acerco a mí.
Mantengo mis ojos en los suyos, una mano en la parte baja de su espalda.
Y entonces muevo la otra mano, y el gel, entre sus nalgas, solo deslizando
el dedo sobre esa perfecta apertura apretada. Cuando el frío gel la toca
ahí, inhala y contiene el aliento.
La forma en que responde a esto posee cierto nerviosismo. Presiono
un poco más duro en su trasero con mi dedo meñique, calentándola. —
¿Has hecho esto antes?
El área alrededor de sus pestañas esta manchada de rímel,
doblemente oscura y pecaminosa. —No, nunca.
Bueno, jódeme. De repente, la necesidad de protegerla y cuidarla
se descontrola. De hacer lo que necesito hacerle, sí. De hacer lo que
quiera con ella. Pero también necesito asegurarme de que está bien, en
cada maldito paso del camino. —¿Estás segura de esto?
Asiente contra mi pecho, y su culo se abre un milímetro. Dejo el
agua enjuagar la espuma, pero mantengo mi dedo en su lugar.
—¿Va a doler?
Cristo bendito. Tengo cuarenta malditos años, y me está haciendo
sentir como en mi primera vez. —Si lo hace, detenme.
—Está bien. 201
—Promételo.
Asiente de nuevo, y entonces murmura—: Lo prometo. A menos
que sea un buen tipo de dolor.
—Como debe ser. —Malditamente correcto.

***

La recuesto sobre su estómago en la cama. Presiono mi pene contra


sus muslos, y ella se estira para agarrarme, pero no la dejo tomar el
control. Me acomodo justo en la entrada de su coño y empujo en ella.
Estoy tan duro que ni siquiera necesito guiarme. Su cuerpo aún está
húmedo de la ducha, al igual que el mío. El agua la pone extra resbalosa,
incluso más mojada que antes.
En la sábana gime—: ¿Por qué te sientes tan bien, Russ?
Mierda, no sabe ni la mitad. Cada curva y centímetro de su cuerpo
se siente como si estuviera hecho para mí. Me estiro para alcanzar su
parte frontal, deslizando mi palma entre su coño y la sábana, y hago un
círculo alrededor de su clítoris. Me aprieta más en respuesta, una
repentina constricción que va directo a mi columna. —Por los próximos
cuatro días, eres mía. No hay nada que puedas hacer para cambiar eso.
Se estira hacia mi cabeza y pasa los dedos ligeramente por mi
cabello. Beso su hombro, su garganta, y esa franja de piel pálida entre
su oreja y su oscuro cabello. Empujo todo el camino en su interior, lento,
tan malditamente lento, hasta que golpeo su cérvix. Cuando su cuerpo
me resiste, salgo un poco.
Enterrado en ella desde atrás, me enderezo en mis rodillas y tomo
el lubricante de la mesa de noche. Por la forma en que estoy encima suyo,
sus mejillas están apretadas, así que las separo y pongo algo de
lubricante en la línea rosada de su culo. Corre hasta la base de mi polla,
y gotea por mis bolas.
—¿Estás nerviosa?
Asiente, sin darse la vuelta para mirarme. —Sí, lo estoy.
La sostengo apretada, sus caderas como perfectas manijas
curveadas. —Voy a calentarte primero. Hacer que te acostumbres a la
sensación, ver si te gusta.
—Está bien —dice suavemente, y entonces vuelve la cara hacia la
cabecera, barbilla a la cama. Su cuerpo se tensa, como si se preparara
para que algo la lastime. Por dolor real, no de las pinzas para la ropa. No
me gusta eso, quiero que lo disfrute, quiero que lo desee. Necesito saber
que está en ello, o no voy a hacerlo.
—Oye, no tenemos que hacer esto.
202
Vuelve la cabeza rápidamente, mirándome. —No, no, no, no te
detengas. Por favor.
Maldita sea, eso. Esa mirada en sus ojos, todo ese deseo, toda esa
incertidumbre, toda esa necesitad. Es lo que necesito ver. Así que, sin
quitar mis ojos de los suyos, abro esa apretada O con mi pulgar. Mientras
presiono en ella, jadea.
Llevo mi erección a su coño un poco más duro para asegurarla,
para darle algo familiar. Pero maldita sea, su culo está tan apretado
alrededor de mi pulgar que todo dentro de mi está diciéndome que la folle
ahí y duro, en este momento. —Jesús.
Sujetándome de los costados de su trasero con los dedos,
enterrándome en esas sexys curvas y líneas, la abro un poco más.
—Tócate —la instruyo—, pero no llegues demasiado lejos.
Mientras lo hace, me muevo más adentro con mi pulgar. La mano
que no está ocupada con su clítoris hace un puño apretado sobre la
almohada.
—¿Estás bien?
—Sí. —Su respuesta viene con un largo estremecimiento—. Sí.
Ah, joder, sí. Me muevo más allá de mi primer nudillo, y su
apertura se aprieta alrededor de la parte más estrecha de mi pulgar. Esa
prensa me está enloqueciendo, y mi polla ya está palpitando. —Voy a
hablarte a través de todo, hasta el final.
—Sí, por favor.
En el momento que su trasero se ha aflojado, y cuando sus dedos
comienzan a trabajar más rápido su clítoris, lentamente salgo de su coño.
Pongo más lubricante en su culo y sitúo la punta de mi polla en su
entrada, manteniendo la base apretada en mi mano. Mientras la cabeza
se adentra en su interior, ella se congela y me mira de nuevo.
—¿Estás lista?
Asiente en las sábanas.
—Dilo.
Tres rápidos parpadeos y una sonrisa. —Estoy lista.
Con la cabeza de mi pene, extiendo el lubricante sobre su entrada.
Uso mucho, pero no tanto para que sea imposible que se quede donde lo
necesito. —Sigue tocándote. —Separo sus mejillas con la mano y meto la
cabeza en la apertura de su culo—. Relájate —le indico en tanto empujo
dentro.
Ella trata de sacarme al principio, puro reflejo físico, y tan apretado
que no me tomaría nada volverme a perder en su interior, pero retrocedo
y mantengo la presión. Finalmente, me deja entrar con un pequeño
quejido.
—¿Sigues bien?
—Sí. —Aprieta las sábanas—. Estoy bien. Lo estoy.
203
Sin embargo, no estoy malditamente convencido, y le doy algo de
tiempo para acostumbrarse a mí. Es caliente, y está apretada, y toda la
sangre de mi erección está quedando atrapada en la base y en mis bolas.
No muevo mi pene dentro de su trasero, no es fácil porque todo lo que
quiero hacer es meterme todo el camino en este maldito momento, y me
estiro por su mano libre, apretándola con la mía. Nuestros dedos están
entrelazados en su cadera, encima del lugar donde le dejé un moretón.
—Te tengo. —Bajo la mirada a mi polla, a un cuarto de camino
dentro de su culo, y la idea de que sea una virgen sigue repitiéndose en
mi cabeza. Eres su primero, su maldito primero. Cuídala. Trátala como se
merece.
—¿Cómo se siente? —pregunta, sus palabras amortiguadas por las
mantas.
—Apretado. Tan apretado.
—¿Es distinto de la otra forma?
Cristo. El día y la noche. —Sí, totalmente diferente.
Miro sus tobillos colgando del borde de la cama, las puntas de sus
pies anclándola contra la sábana. Se mueve en sus rodillas,
acomodándose. Comienzo a tomar un ritmo suave, apenas follándola,
pero dejando que se acostumbre a la sensación. Y también yo. Porque
este culo, esta mujer. Santa mierda.
Junto un montón de saliva y dejo caer unas gotas en mi dureza.
Cuando mi saliva golpea su culo, ella gruñe y se queja de nuevo. —Me
encanta eso.
Algo primario toma posesión de mí: la necesidad de follarla hasta
que ruegue piedad. Quiero arruinarla, profanarla, llevarla a la nada y
entonces unirla de nuevo. Pero no voy a hacerlo. No esta noche, aún no.
Reduce la maldita velocidad Macklin. Ya se está rindiendo a ti. Toma más
de lo que tienes y vas a arruinarlo. —Tú decides lo rápido que quieres ir.
Tú llevas las riendas.
Jadea un poco, y veo esa bonita sonrisa. Con tentativos
movimientos de rodillas, se mueve hacia mí, tomando más y más. Sé que,
si pongo las manos en su cadera en este momento, la jalaré hacia mí tan
duro que gritará, así que mantengo las manos atrás, detrás de mi cuello,
dándole rienda suelta.
Puedo decir que lo quiere porque el miedo e incertidumbre
rápidamente se convierte en confianza. Sus dudas de antes se vuelven
un ritmo fluido, cada empuje hacia mí más firme que el último. Las bolas
apretadas de sus puños se abren en palmas, y se endereza sobre sus
codos. Su cabello se derrama por encima de su hombro y me mira
mientras me folla, en tanto me toma todo el camino.
Hay un montón de cosas calientes en el mundo. Pero esto, justo
aquí, ¿esta pequeña chica sexy follándose a sí misma con mi polla en su
culo?
204
Podría también morirme justo ahora porque he terminado.
Comienza a meterse en ello, y cada movimiento hacia atrás me
tiene diez veces más cerca de lo que ella se da cuenta. —Oye, oye, oye —
susurro—. Tranquila.
Me da esa mirada de ojos enormes y se detiene con mi erección a
medio camino. —Oh, ¿en serio?
—Estás en el asiento del conductor. Te lo dije. Así que solo… —
aclaro mi garganta—. Dale a este chico un descanso.
Su cabeza cae entre sus hombros y un solo rizo se desliza en su
espalda. Mueve el cabello a un lado, y veo que está sonriendo de nuevo.
—No tengo idea.
—Quiero decir, puedo estarte tomando por el culo, sí, pero tú
estás… —Ahí va de nuevo, haciéndose atrás, tomando todo de mí—. Tú
tienes el control. Ese es el asunto, Penny. Siempre estaré tratando de
tomar lo que me des, porque eres la que tiene el poder.
—Eso es tan sexy. —Se agacha, casi haciendo que mi polla salga,
pero entonces vuelve a acercarse, y veo cada centímetro de mi
enterrándose en su culito—. Dime cómo es diferente —dice.
Jesús. Quiere que formule una oración completa cuando no soy
nada más que cerebro de réptil y necesidad. Pero no voy a negarle nada,
así que trato de explicarlo—: Tomarte por el coño, es apretado en todas
partes. Pero esto es todo enfocado en la apertura.
Asiente, y estira los brazos mientras curva los pies. —Así que
cuando hago esto —dice, lanzándose hacia mí casi violentamente—. ¿Te
gusta?
—Mierda —espeto, mirando el techo.
—¿Y esto? —pregunta, alejándose lentamente, un centímetro a la
vez, antes de volverse a echarse a mí. Su culo golpea mis muslos, mis
bolas se balancean contra los labios de su coño.
—Ten cuidado, Penny, apenas me contengo de tomarte hasta que
ya no puedas manejarme. —Sale como una advertencia, oscura casi,
porque lo es. Me tiene al borde de perder la maldita razón—. No entiendes
lo que me haces. No tienes ni idea.
Toma la botella de lubricante y me la devuelve, pronto dice—:
Entonces muéstrame.

205
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Me duele tan bien. Es la única forma de describirlo. No me toma


tan duro como antes, y empiezo a darme cuenta de que es porque él… no
puede. Porque está así de cerca, porque se siente tan bien. Solo unos
minutos de esto, y tengo a esta bestia de hombre, con su tatuaje y sus 206
cicatrices y su actitud, con su historial militar y su hábito de Tumblr,
listo para ponerse de rodillas.
Es increíblemente enriquecedor, como si lo hubiera hechizado. Me
penetra con un buen empuje sólido y se apoya en la cama, sus
abdominales presionando en mi espalda.
—Cristo, Penny. —Su voz es ronca y grave, como si acabara de
despertarse.
Esto no es tabú. Esto no es vulgar. Es increíble. Y lo amo así, tan
fuerte y vulnerable. Es fascinante. Su expresión es más suave y menos
controlada. Se conduce en mí, observa su polla y se muerde el labio
mientras lo hace. En el espejo detrás de él está el reflejo de su sexy culo,
apretado, depresiones perfectas en cada mejilla.
—Necesito que te vengas, al menos una vez —dice.
Manteniéndome sobre un codo, deslizo mi mano hacia mi clítoris y
paso las puntas de mis dos primeros dedos sobre el nudo de nervios.
—¿Crees que puedes hacer eso por mí? —me pregunta mientras se
acerca, aprieta mi culo y pellizca mi pezón al mismo tiempo.
Cortocircuita toda mi lógica. Cualquier poco de poder que sentí que
tenía hace dos minutos, puf. Una pizca y soy masilla de nuevo.
—Toca ese coño. Haz que suceda. Jodidamente ahora.
Me pone de costado y se introduce aún más profundo que antes.
Mi apertura arde, pero no tanto como para no soportarlo. Se desliza
detrás de mí, empujándome directamente a su cuerpo y haciéndome
silbar porque ha ido muy profundo.
—¿Demasiado?
—Un poco —jadeo, mis dedos congelados en mi clítoris, todos
absortos en la repentina quemadura.
Y solo así se relaja y va más lento. Me dice al oído—: Eres tan
jodidamente hermosa, Penny. —Aprieta su agarre sobre mi cuerpo—.
Nadie me ha hecho sentir lo que haces.
Giro mi rostro hacia él, y me besa, un beso jadeante y agresivo, un
sustituto de la palabra que ninguno de nosotros está dispuesto a decir.
Cuando me deja ir, le digo—: Sé que no se supone que esto suceda tan
rápido, pero… —Llevo su mano a mi pecho, como si tal vez de esa forma
pudiera sentir la palabra en mi cuerpo. Ese pellizco en mi corazón que
solo puede ser una cosa.
Él no se inmuta. Ni retrocede. —Nos estamos enamorando —
susurra—. No tengo miedo de eso. —Luego cierra esos ojos preciosos y
coloca esa mandíbula rugosa y áspera en mi hombro.
—¿Tú también lo sientes?
—Penny. —Me embiste un poco más—. No podría mentirte ahora 207
mismo, aunque quisiera, y te lo prometí. No más tonterías. Solo la verdad.
Se sumerge profundamente en mí y se queda allí. —Déjame
sentirte.
No requiere ningún enfoque, ningún truco. Solo se necesita
escuchar y estar de acuerdo. Tan malditamente simple, tan malditamente
fácil. Él quiere lo que yo quiero, y viceversa.
Con un pellizco más de mi pezón, me está haciendo caer, y sus
gruñidos me dicen que también le estoy sacando otro orgasmo. Ni
siquiera me está follando, no hay fricción, pero lo sé por la forma en que
su respiración se vuelve más urgente, más desesperada. Lo sé por la
forma en que sus ojos se cierran y sus cejas se juntan en una línea seria
y dura. Sé que lo tengo justo donde me tiene.
Su mano se desliza por mi cuerpo, por mi pecho. A mi garganta. Y
eso lo hace. —Russ. Oh, Dios.
Traducido por Camila Cruz
Corregido por Pame .R.

Hay algo sonando. Parpadeo con fuerza ante el reloj. Son las 3:10
de la mañana, y ella todavía está acurrucada en una bola, su espalda en
mi pecho. Me quedé dormido dentro de ella, y no hemos movido ni un
músculo desde entonces. Es el cielo, excepto por el sonido de un tono de 208
llamada marimba cortando el silencio una y otra vez.
Por un segundo, creo que podemos esperar. Pero sigue y sigue, y
sé que el timbre va a joder todo esto. Está profundamente dormida, y no
voy a dejar que nada la perturbe. Con cuidado, salgo de la cama y me
dirijo al pasillo, cerrando la puerta del dormitorio detrás de mí.
Tan de repente como comenzó, el timbre se detiene. Examino la
sala de estar oscura y veo a Guppy sentado en el sofá, mirándome.
—Hola, chico —susurro.
Me da un ajuste de boca aburrido y se lanza sobre los cojines.
Pero entonces el timbre comienza de nuevo. Proviene de su cartera,
y la pantalla iluminada hace brillar la parte superior de su bolso. Me
acerco y tomo el teléfono. Estoy a punto de rechazar la llamada (¿quién
carajo llama a esta hora de todos modos?) cuando veo la cara sonriente
de un anciano, y debajo el nombre del que llama: ABUELO
A las tres de la mañana no tienes que ser investigador privado para
saber que es una muy mala señal. Podría volver corriendo a su cama y
despertarla, o podría tomar una decisión ejecutiva. Así que lo hago.
—¿Sí? —respondo—. Teléfono de Penny Darling.
Hay una pausa. —Lo siento —dice al fin la voz de una mujer—. Mi
nombre es Karen. Soy enfermera en el Hospital General de Atlanta. ¿Está
la señorita Darling?
Me hundo en el sofá al lado de Guppy. Mierda. La imagen de una
enfermera en una sala de emergencias aparece en mi cabeza. Justo en
ese momento, escucho ruidos de hospital en el fondo. El sonido de un
sistema de megafonía. El traqueteo de un carro. Pitidos de máquinas. La
situación es bastante clara: algo le ha pasado a su abuelo, y no puede
ser bueno.
—¿Está bien? ¿Está herido? ¿Está…? —Ni siquiera tengo el valor
de decirlo. No conozco al señor, pero en cada foto de los dos juntos siento
el amor que tiene por él. Cada vez que lo menciona, brilla con la adoración
más intensa y pura.
Detrás de mí, una luz se enciende desde el pasillo, llenando la
habitación de sombras. —¿Todo bien? —pregunta Penny, su voz
somnolienta y un poco ronca.
Hay como un milisegundo cuando creo que voy a tener que darle la
peor noticia que una persona podría tener en la oscuridad de la noche, o
en cualquier momento del día en absoluto.
Pero luego hay un ruido y una explosión, el susurro de alguien
agarrando el teléfono en el otro extremo de la línea. Una nueva voz llega
a través de la línea, diciendo—: Lucky Penny. Me torcí el estúpido tobillo
e insistieron en llamar a mi pariente más cercano. No estoy muerto, lo
prometo.
El alivio me golpea como un trago de Jack Daniels después de un 209
largo día. Puede que nunca lo haya conocido, pero como él es importante
para ella, también es importante para mí. Es así de simple. —No soy
Penny. Soy Russ.
—Oh, muchacho —se lamenta su abuelo con un poco de vergüenza
en su voz—. Mis disculpas, Russ. Encantado de… hablar contigo, y
lamento… —El teléfono cruje, como si estuviera moviendo la boquilla.
Con una voz mucho más fuerte dice—: ¡Molestarte a mitad de la noche
por un esguince de tobillo! ¿No es así, enfermera?
Agallas de viejo. No puedes vencerlo.
—No hay necesidad de disculparse. Penny está aquí —digo, y le
entrego el celular.
Ella termina la llamada y dice—: Es una rotura, no un esguince. Si
salgo en el coche ahora, puedo estar en Atlanta por la mañana.
Torcido o roto, no está preparada, y no la culpo. —Te llevaré.
Sacude la cabeza. —Tienes cosas que hacer aquí. Le van a dar de
alta mañana, y entonces podré volver —asegura—, porque no nos queda
mucho tiempo juntos. No quiero perder un momento, pero…
Aunque parece insegura, no hay ni una sola pregunta en mi mente.
—Ve, no te lo pienses. —Podría estar contando los días con un nudo en
mi corazón, también, pero la vida es la vida. No se adhiere a un horario.
—Está bien —dice, y pone su celular sobre la mesa de la cocina—.
Voy a poner algunas cosas en una bolsa. Pero espera… dejamos mi coche
en el restaurante. Mierda.
—Iremos a buscarlo ahora mismo.
—Bien, bueno, está bien. Pero también… —Hace una mueca—.
Maisie está fuera de la ciudad. En su peregrinación anual a la Tierra
Prometida.
Tengo que probar suerte en este caso. —¿Miami?
Sacude su cabeza. —IKEA.
Al principio, no estoy totalmente seguro de por qué importa dónde
está Maisie, hasta que Penny mira hacia el sofá.
Guppy.
Mira de mí al perro y viceversa, como si la idea fuera tan ridícula
que ni siquiera lo pensaría. —Voy a llamar a mi tío Tom. Los chicos de la
cervecería lo adoran.
—¿A las tres de la mañana?
Hace una mueca de nuevo, y pone su mano en su cara. —Buen
punto, y no puedo llevarlo con mi mamá y mi padrastro porque no se
lleva bien con las cabras.
Realmente es tan linda cuando se pone nerviosa. Pero no hay 210
necesidad de eso, no cuando estoy aquí. Pongo una mano firme en cada
uno de sus hombros. —Yo me encargaré de él.
Aparta su cara, sorprendida. —No hay necesidad de ser un héroe,
Russ. Has hecho lo suficiente por este país. —Pone su mano en mi
tatuaje—. Ya tienes tu Estrella de Bronce.
Tan linda. Tan innecesario. —Hablo en serio. Tú vete, yo me quedo.
Tengo esto.
Puedo ver todos los pensamientos girando por su cabeza, cosas
como: ¿Siquiera sabe cómo alimentar a un perro? y ¿qué pasará cuando
intente caminar con él? y ¿encajarán en la cama juntos? Pero he estado en
situaciones difíciles antes. Puedo manejar un perro de tamaño pony
gruñón con estrellas de sheriff en su collar. No hay duda de eso.
—Yo me encargo, Penny. Ve. Guppy y yo estaremos bien.
—Estoy segura de que puedo llamar a la guardería de perritos.
Pueden venir a recogerlo si solo…
—Penny. —Esta vez, soy muy severo—. Ve. Haz lo que tengas que
hacer. Estaré aquí cuando vuelvas. No te preocupes por nada.
Inhala fuerte, como si estuviera a punto de sumergirse en una
piscina, y de repente me golpea con un montón de advertencias—:
Detesta los flamencos de plástico, le dan miedo los pelirrojos, y no debería
comer plátanos a menos que quieras morir por sus gases.
—Anotado.
—Tienes que darle de comer tres veces al día, y le gusta un huevo
duro con la cena.
—Lo tengo.
—Bajo ninguna circunstancia debes dejarlo en cualquier lugar
cerca del Chihuahua que vive al final de la calle. Su nombre es Miss
Muffet, y él está enamorado de ella de una manera totalmente
inapropiada.
—Penny.
—Cada noche, alrededor de las 5:55, empieza a montar su cama.
Es realmente mejor si no lo interrumpes. Y no le gusta cuando te quedas
mirando fijamente.
La atraigo hacia mi cuerpo para que su piel desnuda presione
contra la mía, hasta que esos sensibles pezones se comprimen contra mis
abdominales superiores. —Estaremos bien.
El sofá hace algunos ruidos de mimbre crujientes cuando Guppy
se pone cómodo. Baja su enorme cabeza sobre el respaldo de uno de los
cojines y me mira fijamente. Cuidado con lo que deseas, hombre.
Pero puedo manejarlo. Totalmente.
Puedo decir que Penny no está convencida. Así que saco las armas
grandes y la tranquilizo con la cosa más honesta que puedo decir,
directamente del propio Dickens—: Nos llevaremos bien como una casa 211
en llamas. Jodidamente tengo esto.

***

La próxima vez que abro los ojos, sale el sol, y hay una enorme
cantidad de papada goteando sobre mi cara. Guppy ha puesto sus patas
en el colchón y me está mirando fijamente, como un médico esperando
que un paciente se despierte de una conmoción cerebral o un anestésico
experimental.
—Hola —digo, usando mi mano para bloquear el rayo de sol.
Baja la nariz, parpadeando esos enormes ojos inyectados de
sangre.
—¿Te sientes bien?
Parpadea.
El perro absolutamente está teniendo pensamientos. La cura para
el cáncer, una solución a la crisis en el Medio Oriente, una breve pero
concisa historia de los motores de cohetes de combustible líquido.
Grandes pensamientos.
Me siento y froto mi cara. Mientras lo hago, también renuncio al
mejor lugar en el medio de la cama, que es claramente su lugar preferido.
Él salta haciendo que los resortes hagan ruido, se abre paso debajo de
las mantas hasta que todo lo que muestra es su cola y una enorme pata
con forma de oso. Excava en la sábana ajustable con una especie de
rasguuuuño-rasguño-rasguño esporádico y furioso, seguido por un
olfateo tan duro que hace que la sábana superior se apriete contra su
enorme hocico.
En mis calzoncillos, me dirijo a la cocina, donde Penny me escribió
unas seiscientas notas anoche, como si estuviera preparándose para que
me lo llevara durante dos meses, no un día. “Cambiar tazón de agua todos
los días” y “asegúrate de llevar bolsas de caca extra” y “NO SE TE OLVIDE
SU FOBIA A LA BOLSA DE BASURA”.
Todo este alboroto hace que me guste más y más. Nunca me he
preocupado de esta manera, ni siquiera cuando era un niño. Miro
alrededor de las notas, una pegada al interruptor de la luz que dice: “¡No
toques el grifo cuando esté encendiendo este interruptor, confía en mí!”
Seguido por un corazón.
A medida que la cafetera cobra vida, enciendo la radio, que está
programada para el programa matutino del alcalde. Ahora mismo está
cantando “If I Could”, de Simon y Garfunkel, incluyendo las flautas de
pan. Aplicado. Al cerrar las últimas líneas, dice—: Y ahora, a las noticias
locales. Adolf Richard Dickerson, magnate del golf, supuesto sociópata y
hombre con cero consideraciones por nadie excepto él mismo…
Hombre. Tengo que reconocérselo. El alcalde puede ser excéntrico,
pero el tipo tiene pelotas. Pelotas que no les importan una mierda cosas
212
como la calumnia.
—… Aparecerá esta noche ante el Ayuntamiento de Port Flamingo
en un esfuerzo por conseguir que el Santuario Contento de Estar Vivo
sea declarado deterioro urbano. Lo cual, todos sabemos, es ridículo. Así
que marquen sus calendarios, damas y caballeros: La reunión comienza
a las siete, las puertas se abren a las seis, y habrá kazoos gratis para
soplar cuando él trate de hablar. Ahora, al tráfico.
Pelotas. De gran tamaño.
Tomo los huevos de la nevera y un pequeño tazón de la pila junto
a sus platos de ensalada. Todo sobre este lugar me recuerda a ella.
Brillante, caótico y dulce. El hogar que nunca supe que estaba deseando
tener. Justo cuando rompo el primer huevo en un tazón, escucho un
estruendoso alboroto desde el dormitorio, y entonces Guppy sale
corriendo con las orejas alzadas.
—Te gustan los huevos, ¿verdad?
Con huevos o sin ellos, puedo ver que todavía no se vende a mí.
Prefiere que la persona que hace sus huevos sea esa linda dama con el
pelo castaño y cara bonita, no un tipo en calzoncillos que ha estado
robando todo el tiempo de su madre durante los últimos días.
Pero no soy ajeno a negociar con tipos que no están demasiado
interesados en ver las cosas desde tu lado de la mesa. Truco uno, saber
hablar su idioma. Truco dos, nunca dejes que te vean sudar. Así que, en
lugar de romper tres huevos en el tazón, como lo haría para mí, rompo
cinco. Y tengo cuidado en el contacto visual.
Caliento la sartén, y él recoge su pelota de tenis de su lugar junto
al bote de basura, comprimiéndola con sus mandíbulas de tiburón. La
pelota hace un ruido húmedo y chillón mientras observa cada uno de mis
movimientos.
Deslizo los huevos en la sartén. Sisean y salpican. Sus orejas se
deslizan hacia atrás, y se dobla hacia abajo en el asalto pelota de tenis.
Después de cuatro minutos, saco los huevos del fuego. Los divido
en dos platos. Olfatea el aire, su enorme nariz negra tiembla. Debido a
que es tan grande y porque Penny ha dejado una nota que dice: “Todo en
el mostrador es presa fácil”, pongo sus huevos en la parte superior de la
nevera para que se enfríen. Tomo el frasco de la mermelada del abuelo de
la puerta de la heladera, junto con el pan de plátano y las galletas de
avena.
Se detiene con la pelota de tenis medio masticada en la boca, a
medio aplastar, y se fija en las galletas en particular. Pero ahora estoy a
cargo de este perro y tengo que asegurarme de no estropear la rutina. No
puedo darle galletas de avena, por el amor de Dios. Tiene que haber un
límite. Y, de todos modos, planeo comerme cada una de ellas yo mismo.
Levanta la vista hacia la parte superior de la nevera y olfatea el aire,
cada inhalación hace que su pecho de barril se expanda. 213
—Siéntate.
Me mira con ojos de muerto. ¿Qué tal si te sientas en algún lugar tú
mismo, amigo?
En su enorme tazón, mido sus croquetas y la comida húmeda,
como la vi hacer la otra noche. Lo mezclo todo con una cuchara sopera,
también como hizo ella. Luego pongo los huevos fríos en la parte superior.
Huevos fritos, las yemas aún líquidas. Con un dedo, me aseguro de que
no estén demasiado calientes.
Sosteniendo su tazón en mis manos, lo miro. —Guppy. Siéntate.
Pasan dos segundos. Diez. Veinte. No parpadea. No se inmuta. Solo
mira.
Cristo. Una vez jugué póquer con un tipo como este en Las Vegas.
Lo llamaban el Indio de Madera por una razón.
Pienso en el resumen del vocabulario de anoche. —¿Quieres
desayuno o no?
Tan pronto como digo la palabra mágica, sus orejas se aplanan,
deja caer su pelota y su trasero golpea el suelo. La mirada irritada y
molesta cambia a algo mucho más interesado. —Siéntate. Quieto.
Como vi a Penny hacer, dejo el tazón en el azulejo. Él me mira y
comienza a babear en la alfombra.
Plaf, cae la baba, y arrastra sus patas.
Muy bien. Es hora del espectáculo. Así que digo—: Listo.
Pero no pasa nada. No mueve un músculo.
—Listo —repito—. Adelante. Están buenos. No duros, pero te
gustarán.
Arrastre de patas-arrastre de patas. Pero no lo toma.
Así que pienso en cómo vi a Penny hacerlo, pensando en cómo ella
le dijo que estaba listo para ir. No dijo listo como yo, de ninguna manera.
No lo dijo como un tipo. Lo dijo como Penny. Y ese es el idioma de Guppy.
No inglés. Penny.
Una vez más, digo—: ¡Listo! —pero esta vez, imito la entonación de
ella. La alegría, la felicidad, el placer final. Termina siendo un poco
falsete, pero al diablo. Esa alegría por la vida que se derrama de ella es
contagiosa, y voy a ir falsete si eso es lo que se necesita. Listo.
Eso funciona. Va a por ello, engulléndolo y metiendo su nariz en
los lados del tazón. Un pedazo de huevo cae sobre la alfombra. Es como
un frenesí de alimentación de un tiburón, tan fuerte que ya no puedo oír
al alcalde cantar sobre la Mrs. Robinson.
Es impresionante.
Bebo mi café lo veo comer un enorme bocado tras otro. A mitad de
camino, le doy una palmadita en sus enormes patas.
Cuando mi mano toca su espalda, el frenesí alimenticio se detiene.
214
Vagamente, recuerdo haber visto un programa de entrenamiento de
perros en la televisión cuando me cambiaban el aceite una vez. Nunca
interrumpas a un perro cuando está comiendo, no a menos que quieras
descubrir cómo se siente realmente un incisivo canino.
Mierda. Justo lo que tenía en mente: otro viaje a Urgencias.
Pero para mi sorpresa total, él no gruñe y no se tira pedos. Ni
siquiera se eriza su pelo. En lugar de eso, le da a su cola un meneo
minúsculo, casi imperceptible, y se sumerge de nuevo.
Progreso. Jodidamente lo tomo.
Traducido por Julie
Corregido por Pame .R.

Me apresuro a bajar el pasillo del hospital. En la máquina de café,


veo a una enfermera con uniforme azul y una sudadera con capucha, con
un estetoscopio alrededor de su cuello.
Estoy caminando tan rápido que cuando me detengo, mis sandalias
215
se deslizan por el linóleo pulido. —Estoy buscando a David Gunderson.
Se ha roto el tobillo. En Urgencias dijeron que lo habían trasladado aquí.
Presiona un botón en la máquina, y un chorro de agua caliente sale
del dispensador, llenando una taza de sopa. Los fideos secos crujen y se
desplazan contra la espuma de poliestireno. —Respira, cariño —dice
mientras el olor de la sopa llena el aire.
Al principio, quiero soltar: ¿Estás bromeando? ¡Acabo de conducir
ocho horas con nada más que café de gasolinera y osos de canela! ¡Tengo
que orinar como un caballo de carreras, y no podría relajarme ni aunque
quisiera! Pero su presencia no es ninguna tontería y desalienta el
inminente balbuceo. Claramente, no me va a dejar entrar aquí, con la
cafeína y la ansiedad, y molestando a toda la sala. En su pecho está
clavado un rectángulo rojo, que dice:

Las enfermeras siempre


Mantienen la calma
y
¡Siguen adelante!
Un consejo muy sensato para este momento. Da un golpecito al
pasador y respira profundamente. Me concentro en su sopa, en los
guisantes secos y las zanahorias que se balancean en la superficie. Sigo
su ejemplo: inhaaaalo y exhalo.
Una vez que hemos respirado profundamente dos veces, ella sujeta
la tapa de papel a la taza usando las púas de un tenedor de plástico.
Calmada, lenta y mesuradamente, anuncia—: Está en la 314. Se
encuentra absolutamente bien. —Respira de nuevo, haciendo un
pequeño círculo con una mano para indicarme que haga lo mismo—. Está
bien.
Respiro otra vez para calmarme, y ella me da un asentimiento de
aprobación. —Ahí lo tienes. Sin pánico. Estamos cuidando bien de él.
¿Eres familiar?
—Sí, su nieta. La misma nariz, ¿ve? —Golpeo en la cresta dura del
cartílago.
Me mira y asiente, como si fuera toda la identificación que necesita.
—¿Es una mala ruptura? No sé cuántas veces le he dicho que solo
porque la piscina esté abierta toda la noche no significa que deba dar
vueltas a las tres de la madrugada. Sabía que esto pasaría algún día.
Incluso intenté que se pusiera esas zapatillas de goma para nadar, pero
no. No, no, no.
Sacude la cabeza lentamente y coloca una mano en mi antebrazo. 216
—Es una ruptura sin complicaciones. Está en muy buena forma, y es un
verdadero amor.
No sé si es su abrumador Zen, o el olor reconfortante del caldo de
pollo, o las buenas noticias, pero todo mi cansancio me golpea a la vez.
El alivio, el agotamiento, todo un viaje que pasé preocupada por los
huesos frágiles de repente se desvanecen. Casi me tambaleo de
agotamiento, y me estabilizo en la máquina de café. —Gracias.
—De nada, querida. Tómate un segundo. Toma un chocolate
caliente. —Inclina su cabeza hacia la máquina—. Es aguado, pero los
malvaviscos están bastante bien.
Estoy a favor del enfoque de esta dama, pero chocolate caliente
genérico en un vaso desechable no tiene prioridad sobre el abuelo. —Tal
vez más tarde. No quiero que esté solo.
—Pero no está solo, cariño —dice, sopa en ambas manos, como un
cáliz—. Su amiga está con él. Está feliz como una almeja.
La miro fijamente, el vapor de la sopa entre nosotras. Ella agita sus
fideos y echa un vistazo bajo la tapa. Pellizca un guisante caliente
reconstituido entre sus dedos y se lo lleva a la boca.
No hay forma de que haya oído bien. El abuelo consume enlatados,
el abuelo va al bingo, el abuelo es aficionado a la carpintería. Pero una
cosa que nunca ha mencionado, nunca, es... —¿Qué amiga?
***

Con el chocolate caliente aguado en la mano, me dirijo a la


habitación 314. A dos puertas, oigo al abuelo reírse y la risa de una mujer
sonando suavemente sobre la suya.
Como si estuviera en una película de espías de bajo presupuesto,
pongo un ojo en el borde del marco de la puerta y miro dentro. El abuelo
en la cama del hospital, con su pierna elevada, cubierta desde los dedos
de los pies hasta la mitad de la pantorrilla con un yeso. Lleva su viejo
suéter, remendado en los codos, y debajo de eso está su bata de hospital.
Se ve delgado y frágil, las manchas cutáneas en el pecho un recuerdo de
que está a punto de cumplir ochenta y cinco años. Y, aun así, dejando de
lado esas manchas y la fina bata, algo más es absolutamente evidente, el
brillo en sus ojos y en su gran sonrisa. Está... feliz. Feliz de una manera
que no lo he visto desde que mi abuela falleció. Allí, a su lado, veo por
qué.
Ella es gordita y de aspecto amigable, con el pelo rojizo y un par de
bifocales turqueses brillantes en la nariz. Es más joven que él, diez años
o tal vez más. Debajo de la cama del hospital, veo que sus pies están bien
apretados juntos. Lleva puestos capris, y un par de zapatos turquesa que
coinciden exactamente con sus gafas. La piel suave y fofa se desborda
ligeramente de la parte superior de sus zapatos.
217
Muevo mi cara para esconderme de nuevo. No es propio de mí
espiar, menos al abuelo, pero esto es algo totalmente inesperado. Una
amiga. Puedo oler un agradable y cálido perfume, que debe ser de ella,
viniendo por encima del desinfectante del hospital. Es muy agradable y
un poco anticuado. No como el que usaba mi abuela, pero familiar de
todas formas.
—Cuatro vertical. Ocho letras. En San Valentín, podrías ser esto
con tu flecha —dice. Ella tiene un hermoso acento sureño, esa hermosa
inclinación de Georgia que tiene el abuelo, también.
Hay una pausa. Una enfermera llama a un doctor detrás de mí,
sorprendiéndome con mi modo de escuchar encubierto. Alguien le da un
golpe a la máquina de café. Pero el abuelo y su amiga no están nada
perturbados. Finalmente, el abuelo dice—: ¡Flechado!
Y ambos se disuelven en risas adolescentes.
Un enfermero evita chocar conmigo con un carrito de comida
rodante, y decido que es mejor que me arriesgue antes de que el universo
me delate. Asomo la cabeza por la puerta abierta. —¿Hola?
—¡Lucky Penny! —dice el abuelo, abriendo bien los brazos.
Su amiga se saca los bifocales. Le doy un gran abrazo al abuelo, y
él me da un beso en la mejilla, su corta barba blanca como una lija de
grano fino.
Y luego me vuelvo hacia ella. Tiene ojos amables y mejillas
sonrosadas y lleva un sensato conjunto de jersey, blanco con
corazoncitos rojos por todas partes. Pequeños botones de perlas hacen
juego con sus pendientes, y un toque de bronceado brilla en sus mejillas.
—Penny, esta es Rose. Rose, Penny.
—Hola, Rose. —Me acerco a la cama del abuelo para estrechar su
mano.
Me mira fijamente con la palma de la mano en el aire y chasquea
la lengua. Luego deja el crucigrama y se acerca a mi lado de la cama. Me
rodea con sus brazos y me arrastra a su pequeña nube de dulce perfume,
diciendo—: Qué alegría conocerte, querida. Por fin.

***

—¿Por qué no me hablaste de ella? —susurro, después de que Rose


se haya ido a buscarnos unos daneses de queso.
El abuelo hace una especie de balanceo con sus manos. —No sabía
cómo te sentirías al respecto. Sé cómo amabas a tu abuela, y yo la amaba
con todo mi corazón. No he conocido a Rose tanto tiempo, solo unos pocos
meses. Y no quería...
Espero el resto de la frase. Le sirvo un vaso de agua de la extraña 218
jarra del hospital, con su pico gracioso. La abuela se ha ido solo por dos
años, pero no estoy herida. Estoy encantada. —¿No querías qué?
¿Decirme que tienes a alguien que obviamente adoras?
Sonríe con fuerza y endereza sus gafas mientras le doy el agua. —
No quería que pensaras que deshonraba la memoria de tu abuela.
—Nunca pensaría eso.
Responde a eso con un lento asentimiento y una sonrisa
vergonzosa. —Y tal vez no quise gafarlo.
Me siento en una silla junto a donde Rose estaba sentada. Veo que
le ha traído lo último de Nicholas Sparks, su revista mensual de
carpintería y una bolsa de caramelos de limón. —¡Gafarlo, por favor! Si
dice que te mejores con regalos como estos, me inscribiré yo misma en
iglesiauniversaldecertificados.com.
—Ella de verdad es una muñeca, Penny. No sé qué hice para
merecerla, y probablemente sea mejor que no lo piense mucho.
Sin embargo, hay algunas consideraciones antes de dar mi
bendición. —¿Le gusta el enlatado casero? ¿No tiene problemas con los
delantales? ¿Le importa que dejes tus calcetines en el suelo y que te
gusten los plátanos verdes?
—Le gusto tal como soy —se ríe—. Plátanos verdes, despensa llena
de mermelada y todo. ¿Puedes creerlo?
Por supuesto que puedo, porque él es el mejor. Me encuentro tan
completamente desbordada de felicidad por él, que de repente lloro de
alegría por todo ello. Me he preocupado tanto de que se sienta solo, pero
ya no. Le doy un suave apretón de manos. —Parece encantadora. ¿Dónde
la conociste?
—¡En el bingo! Y es encantadora —me cuenta, mirando la puerta
abierta como si esperara que entre en cualquier momento—. Una dama
encantadora para un viejo como yo. Pero hablando de novios...
Uh-oh. Tomo el crucigrama y hago lo posible por parecer muy, muy
interesada. —Veamos. Nueve horizontal. Bien cocido, mejor francés.
Miro las letras rellenadas. R S ET. Russet. Russ. No. Dios. ¿Qué?
Lo vuelvo a poner en la cama. No puedo escapar de él. Está en el sonido
de las sábanas y los nombres de las patatas comunes. Está en todas
partes.
—Penny. —El abuelo me da un golpecito en el dorso de la mano,
como un jugador de blackjack pidiendo otra carta—. Vamos. Dame la
primicia.
No tiene sentido fingir que no se lo voy a decir, porque mi corazón
está estallando para que lo sepa. ¿Pero cómo decirlo? ¿Por dónde
empezar? ¿En Urgencias o cuando le robé el bolso? —Él es... —Me quedo
mirando al abuelo. No tengo ni idea de cómo tener esta conversación. Con
mi madre, sí. Con mi padrastro, tal vez. Con el alcalde, posiblemente. 219
Con Maisie, en definitiva. Con Guppy, obvio. Pero este es un territorio
inexplorado para el abuelo y para mí. Nunca en mi vida me ha preguntado
por los novios. Ya lo dije. El mejor.
Pero algo es diferente. Es como si el anticuado sentido arácnido del
abuelo se hubiera apoderado de él. Porque esta relación es diferente.
Russ no es simplemente una cita. Es más excitante, más divertido, más
inteligente, más... Russssss.
—¿Tiene un nombre? ¿Un trabajo? ¿Pasatiempos? Los hobbies son
muy importantes, Penny. Los hobbies dicen mucho sobre una persona.
—Endereza su vieja chaqueta, como siempre hace cuando está a punto
de decirme algo que entra en la categoría de muy buenos consejos—. Rose,
por ejemplo, es bordadora de colchas. Esos son pacientes, precisos,
cuidadosos. Saben cómo usar un cortador rotativo sin rebanarse los
dedos. Todas muy buenas cualidades.
Está bien. Aquí va nada. —Se llama Russ, es un investigador
privado. Solía estar en el ejército, y vive en Boston. Y no sé nada de
hobbies. Acabo de conocerlo el jueves.
El abuelo me entrecierra los ojos. Me doy cuenta de que ni una sola
de esas cosas me parece adecuada en absoluto, así que suelto un
balbuceo preventivo para explicarlo. —Es una locura, abuelo, pero me
gusta. Mucho. —Mientras digo las palabras, sé que no está ni siquiera
cerca. Nos estamos enamorando, Penny—. Y está cuidando de Guppy
mientras yo estoy aquí.
El abuelo sofoca la risa en su vaso de agua. —¿Le diste una
máscara de gas o trajo la suya propia?
Lo nivelo con una mirada falsa. —Te dije que no le dieras bananas.
Pero el abuelo solo sonríe y sacude el hielo de su taza. —Te conozco
muy bien, mi niña. Sucedió que estaba allí en tu primer día en este rodeo
llamado vida. Y yo diría, desde donde estoy sentado, que estás bastante...
—Mira el crucigrama en la cama y presiona con el dedo la palabra.
Flechada.
Bingo.

220
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Guppy y yo trotamos por toda la playa y regresamos con él


galopando a mi lado como un caballo. Jodidamente asombroso. Y ahora,
duchándome y listo para trabajar en este trabajo de Dickerson, enciendo
la televisión en Animal Planet. Un pequeño cérvido está comiendo una 221
pequeña hoja, y Guppy se sitúa en el sofá, cerca de un plato de palomitas
de maíz antes de volverse totalmente humano. Tomo un puñado de
golosinas para perros y estoy a punto de ponerlas en su cama cuando
suena mi teléfono.
Se queja mientras le doy la espalda, mi puño lleno de las galletas
prometidas. Lanzo una por el aire, y la atrapa con un chasquido de sus
enormes mandíbulas.
Sacando mi celular de mi bolsillo, veo que es Skype. Es ella. Mierda.
Respiro hondo y presiono el botón de contestar. —¿Penny?
Skype hace un ruido extraño, y luego la escucho—: ¿Russ?
Allí está, tan bonita como siempre, incluso medio pixelada y
borrosa. En el fondo, escucho ruidos de platos y algunas risas. —Espera
—dice, y desaparece del video. Una puerta cruje y luego regresa al marco,
que es cuando me doy cuenta de que me tiene en una cama. Se acuesta
boca abajo, con los pies cruzados detrás de ella y las rodillas dobladas.
Puedo ver su escote, pero no me distrae de su brillante sonrisa.
—Russ, no puedo verte.
Hombre, amo esta casa, amo su pequeño mundo, pero esta ciudad
necesita tres torres celulares y una visita de Verizon ahora mismo. Sin
embargo, no importa. Todo lo que importa es ella, congelada en una
sonrisa. Absolutamente adorable.
Excepto que dice—: Creo que tu pulgar está en la cámara.
Maldita sea. Solía ser tan metódico, y ahora ella me ha convertido
en un tipo que ni siquiera sabe cómo usar un teléfono inteligente. Quito
el pulgar de la lente de la cámara, y mi propia cara aparece en la ventana
en la parte inferior de la pantalla.
—¡Hola! —saluda, aplaudiendo de felicidad mientras el video se
atenúa para alcanzarla.
—Hola, hermosa. —Me siento en su sofá y ella parece iluminarse.
Flexiona sus pies detrás de ella, sus adorables dedos se menean, la línea
sexy de su pantorrilla ya me hace pensar cosas sucias—. ¿Cómo está todo
por allá?
—¡Ah, bien! ¡Él está bien! Acabamos de traerlo a casa. Pero escucha
esto —baja la voz y mira fuera de la pantalla—. ¡El abuelo tiene novia!
Una vez más, no conozco al hombre, pero soy, sin lugar a duda, su
fan. —Eso es jodidamente increíble.
—¡Lo sé! —responde, apenas un susurro—. Y ella es tan agradable.
Ha movido algunas de sus cosas así puede quedarse a cuidarlo, pero
estoy demasiado cansada para regresar hoy. —Mira hacia el teclado, lejos
de mí, cuando un enorme bostezo contorsionante la golpea. Y aun así es
tan bonita—. Estoy agotada.
—Oye, oye, oye —le aseguro—. No te preocupes. Tenemos tiempo.
Parpadea algunas lágrimas de bostezo. Al menos espero que sean 222
lágrimas de bostezo. —No es cierto.
—Shhh. Para. Haces lo que tienes que hacer. Guppy y yo estamos
muy bien.
Se lleva la mano a la frente y aprieta los dientes como si no pudiera
creer eso, no importa cuán seguro parezca. —¿De verdad?
—Trotamos en la playa, hasta el final del puerto. Sin problemas
con Miss Muffet, y solo un flamenco de plástico destruido.
Se ríe en su mano. —Tiene un promedio de uno por día.
Generalmente. Depende.
—Y mierda, él puede correr. No he tenido un compañero así desde
que estaba en el entrenamiento básico.
Penny se ríe, sus hombros van hacia un lado, sus pantorrillas
bronceadas hacia el otro. —¿Estás seguro de que estás bien? ¿Tienes
mucho para comer, mucho para beber? —Parece que su mirada se mueve
en un rectángulo para detectar cualquier signo de inconveniente—.
¿Tienes el Wi-Fi funcionando? ¿Maisie no ha reaparecido y te ha cortado
la entrepierna de todos los pantalones?
—Estamos bien. Sin Maisie. Todavía. Y aquí. —Aprieto el botón de
cambio de la cámara y le muestro a Guppy, que se mantiene firme con la
mirada de muerte porque todavía no he cumplido con las galletas—. Me
encontraba a punto de andar. Está esperando…
—Oh, Dios mío, no lo digas. —Penny jadea, riendo—. ¡Oye,
hombrecito!
Me pongo de pie y volteo la cámara, sosteniéndola para que él
también pueda verla. Podría ser inteligente, podría tener pensamientos,
pero claramente es bastante confuso que su mamá ahora esté dentro de
una pequeña caja y su cabeza quepa en mi mano. —¿Cómo está mi
Guppy? ¿Russ te está cuidando bien?
Guppy ladea la cabeza noventa grados, como Scooby Doo.
—¿Estás siendo un buen chico? ¿Te estás divirtiendo?
Ciento ochenta grados en la otra dirección. Guppy se inclina hacia
adelante y huele con curiosidad, pero cuando se da cuenta de que la
mujer en mi mano no puede ser su madre porque no huele a mamá, se
deja caer trágicamente sobre su cama, como si le hubieran disparado. Le
doy la vuelta al teléfono para poder verla y ver que se ha puesto la barbilla
en las manos y los dedos solo le tocan las mejillas.
—Él es bueno. Le hice huevos para d-e-s-a-y-u-n-a-r, fueron un
éxito. Más que fácil. —Le guiño un ojo y chasqueo la lengua—. Mejores
que huevos duros.
Exhala un gran suspiro de alivio. —Gracias, Russ. No sé qué habría
hecho si no estuvieras allí.
—De nada. Hablo en serio. Es un maldito placer. —Esa es la verdad 223
honesta de Dios. Es un placer y un honor para mí cuidarla, hacer todo lo
que nunca supe que necesitaba hacer.
Se levanta el cabello y lo retuerce sobre un hombro. —¿Es tonto
decir que te extraño?
Las palabras me golpean como una ola cálida porque es lo mismo
que estaba pensando. —Joder, yo también te extraño.
Pero pronto, desde algún lugar de su lado, escucho a alguien
gritar—: ¿Dónde está mi Lucky Penny?
—Bueno, debería irme —dice—. Tengo un juego de Scrabble con mi
nombre. Gracias de nuevo, Russ.
—Deja de agradecerme. Cuídate. ¿Te llamo más tarde?
—Eso sería genial. Adiós. Gracias de nuevo —se despide, y me
lanza un beso antes de que la pantalla se oscurezca.
Por un segundo, me quedo allí, mirando mi teléfono. Un simple
beso soplado duele. Después de esta semana, tener que despedirme de
ella… la idea me enferma.
Pero lo resolveremos. Tenemos que resolverlo.
Mientras tanto, hay cosas que hacer. Meto el celular en mi bolsillo
y le doy a Guppy el resto de sus galletas. Ni siquiera las mastica,
simplemente las engulle como vitaminas. Le doy una palmadita en su
enorme cabeza y saco mi chicle del bolsillo. Lo desenvuelvo y giro mi gorra
hacia atrás, pensando por dónde empezar. —Si fueras un desarrollador
de golf corrupto con una corporación con código de anagrama —le
pregunto a Guppy—, ¿dónde estarías ahora?
No hay respuesta, por supuesto. Pero por el lado positivo, tampoco
un gruñido.
Giro el envoltorio de goma en mis dedos. Pienso en el día en que
conocí a Dickerson y considero la mejor entrada. Luego levanto mi
teléfono nuevamente. Busco en Google Dickerson Golf International y
llamo a la recepción por Skype.
—Oficina principal de A.R. Dickerson Golf International, habla
Kathleen —dice la secretaria.
—Buenos días, Kathleen. Este es Bruce de SafeShield Auto Glass.
El señor Dickerson nos llamó para decirnos que tiene otra muesca en su
parabrisas. Intenté con su teléfono celular, pero ya sabe cómo es.
Suspira. —Vaya que lo sé.
—Llamo para confirmar que el señor Dickerson estará en la oficina
esta mañana como a las once. Tenemos nuestra tecnología móvil llegando
para rellenar la grieta. No debería tomar más de quince minutos.
—Oh, de hecho… —Escucho algunos tipeos—. Sí, estará en el
campo de golf municipal de Manatee. Su hora de salida es a las diez.
Maldita sea. A veces odio este trabajo, pero a veces me encanta. — 224
Te lo agradezco, Kathleen.
—Puedes apostar, cariño —dice, y un clic suena en la línea.
Hecho. Agarro mi bolso y mi cámara. Cuando salgo de la cocina,
noto que el bote de basura está casi lleno y listo para salir al contenedor.
Agarro los lados de la bolsa, enganchando un dedo sobre cada lazo rojo.
Pero mientras lo hago, todo va en cámara lenta. En algún lugar
dentro de mí, algo dice: Oh, joder…
A mi izquierda, Guppy salta violentamente de su cama y se estrella
contra la pared, en completo pánico como si el maldito mundo se
estuviera acabando. —¡Amigo, está bien! —digo, y suelto la bolsa, pero
eso hace que todo sea mucho peor. Escucho el ruido de sus garras al
rasgar y desgarrar el hilo tratando de encontrar algo de asidero en la
alfombra. Es como algo sacado de los Looney Tunes, moviéndose
demasiado rápido para sus pies. Rebota en la mesa de café, enviando los
controles remotos volando.
Y luego, se congela. Durante un milisegundo, nos quedamos
quietos, mirándonos el uno al otro: él con las caderas bajas y las orejas
planas contra la cabeza, yo con los brazos en alto como si fuera un robo
a un banco.
—Estamos bien, Guppy. Está bien.
Pero no lo está. Porque entonces, por sí solo, el peso de la basura
en la bolsa hace que esta vuelva a caer en la lata, llenando el aire una
vez más con el ruido del infierno.
Él es una raya blanca, saliendo a toda velocidad por el pasillo. Traz,
mete la cara en una puerta, Bang, golpea el pomo de la puerta contra la
pared, seguido por el golpeteo de sesenta y ocho kilos de un perro
profundamente traumatizado cubriéndose. En la bañera.
Me dirijo al baño con el tarro de galletas en la mano. Guppy volcó
el estante de secado, y hay lencería por todas partes. Al principio, parece
invisible, y ni siquiera estoy seguro de que esté allí hasta que llego al
baño lo suficiente como para ver todo el desastre en la bañera. Se ha
aplastado contra la parte inferior con las piernas extendidas en todos los
ángulos, y está temblando tanto que las garras de sus pies rechinan
contra la porcelana.
—Está bien, amigo. Lamento eso. Lo olvidé. Es mi culpa. No volverá
a suceder.
Un temblor de terror recorre su enorme cuerpo. Se encoge en la
esquina y se golpea la cara con el desagüe.
Pongo una galleta en el borde de la bañera y me siento en la
alfombra, al lado del estante volcado. Aparto uno de sus bonitos sostenes,
brevemente retenido como rehén por un lazo rosa entre dos copas de
sujetador. Pero luego vuelvo a la misión y agrego otra galleta a la fila, y 225
otra al lado, hasta que toda la selección está alineada. Rojo, verde,
marrón oscuro, marrón claro. El buffet completo.
Considera la línea de galletas, pero no levanta la cabeza, paralizado
por el terror hasta los huesos. El Trastorno de Estrés Post-Traumático no
solo les sucede a los militares. El miedo es miedo. Lo entiendo. Así que
voy lento y fácil, y dejo que se calme solo.
—Fue agradable ver a tu madre, ¿verdad? Te echa de menos.
Guppy parpadea y mira las galletas. Enderezo sus bordes curvos a
lo largo del borde de la bañera. Aplana sus orejas un poco más, y le doy
algo de tiempo. Dejo caer mi cabeza contra las suaves toallas detrás de
mí, que ahora huelen a ella y a mí juntos. Estudio el dibujo de un dólar
de arena, enmarcado sobre el inodoro, y el estante de mimbre debajo de
eso, con todos sus perfumes y su maquillaje. Veo una botella de
analgésicos y una botella de prescripción visible dentro del gabinete. Un
tubo exprimidor de aloe y un poco de protector solar en aerosol.
Me inclino hacia delante y abro el armario debajo de su fregadero.
Hay docenas de botellas, cajas y cepillos, amontonados en contenedores
y cestas. Justo en frente hay una botella de algo con una imagen de un
perro en el frente, y apoyado contra eso hay un cepillo de goma, de color
azul brillante y con la forma de una pata en relieve. Me la imagino
bañando a Guppy en esta bañera y lo divertido que sería verla. Y luego
mi mente se desvía repentinamente… hacia ella bañando a un bebé.
Desde el fondo de mis entrañas llega una ola de esperanza, el comienzo
de un sueño apenas formado. Es irracional, inesperado y abrumador.
¿Pero eso? Joder, eso.
Cierro el armario y vuelvo a centrarme en Guppy. Otra ola de miedo
lo hace temblar con fuerza, como si estuviera hipotérmico. Lo dejo oler
mi mano y le rasco las orejas. Su pelaje es suave, sus orejas cálidas. Cada
caricia viene con un gemido. Empuja de nuevo en mi mano con su hocico,
y rueda ligeramente sobre su costado, y puedo sentir sus piernas
temblorosas.
Gimotea. Pero a medida que disminuyo el rascado, el temblor lo
golpea nuevamente. Por lo que continúo, prestando atención a cada lado
de su hocico mojado, hundiendo mis dedos en su grueso pelaje alrededor
de su rostro. Le desabrocho el collar y lo dejo caer sobre la alfombrilla de
baño, rascando todo lo que no puede alcanzar con sus patas. —Estás
bien. Totalmente genial. Todo sano y salvo.
Está ayudando, pero no es suficiente. Todavía está encerrado en sí,
y no hay forma de que salga de esta casa mientras él está actuando así.
Me meto la mano en el bolsillo y abro Skype para llamarla. Un timbre.
Tres. Seis. Estoy a punto de rendirme cuando la pantalla azul la muestra
conectada.
Su rostro aparece en la pantalla al mismo tiempo que hunde los
dientes en una manzana. —¡Hola! —La cámara avanza en tanto se dirige
a un patio, pasando una parrilla y un estante lleno de ollas vacías—.
¿Estás bien?
226
—Tuvimos una situación. Con la basura.
—Oh, no. ¿Está en la bañera?
Le doy la vuelta a la cámara y le muestro a Guppy, luego la volteo
hacia mí. —Realmente ni siquiera pensaba en lo que estaba…
Mete el bocado de manzana en una mejilla y agita una mano frente
a la pantalla. —No te preocupes. Solía pasarme todo el tiempo. ¿Puedes
hacer que me vea?
Agarro una toallita y la pongo en la jabonera. Con cuidado,
sostengo mi teléfono encima, apoyándolo contra la pared de la ducha.
Sitúo la cámara orientada hacia adelante de modo que esté en ángulo
hacia él y su cara aparezca en el cuadro para que ella también vea.
—Está bien, señor Banana —le dice, con una voz suave solo de
ellos—. Tú lo sabes. Está bien.
Por un instante, cuando la oye, sus oídos se mueven para que ya
no estén tan apretados contra su cráneo, pero luego vuelven a donde
estaban.
—Nadie te volverá a lastimar, lo sabes. Está bien tener miedo. Eres
un buen chico. ¡Qué chico taaaaan bueno! —Su cola se acelera un poco,
golpeando el costado de la bañera con cada movimiento—. Tal vez Russ
podría ir a buscarte tu armadillo.
Tan pronto como dice la palabra, me levanto y lo busco. Escaneo el
pasillo y luego su canasta de juguetes, roída en pedazos en los bordes.
La escucho hablar con él, su dulce voz resonando por el baño. Veo un
pavo de una sola ala, una vaca de tres patas, pero no el armadillo. Y luego
me golpea. Saco la sábana de la cama y ahí está, metido en su nido desde
temprano esta mañana.
De vuelta en el baño, lo pongo en la bañera con él. —¿Ves? —le
dice—. Ahí está el armadillo. —Guppy lo empuja con la nariz. Penny
susurra—: ¡Hazlo chirriar, Russ! —Entonces lo hago, tres veces seguidas,
una tras otra hasta que suena como un animal moribundo. Guppy me lo
arrebata de la mano, se lo mete en la boca y respira dentro del caparazón
verde. “Eeeeee-kaaaaaa” suena del armadillo. Penny deja escapar su risa
contagiosa, y Guppy inclina la cabeza y deja caer el armadillo sobre sus
patas.
Empuja su nariz contra la pantalla, justo en la cara de Penny. Él
resopla y huele, y su cola golpea una y otra vez la porcelana.
—¿Quién es mi buen chico? —pregunta Penny.
Guppy responde con una gran lamida en la parte delantera de la
pantalla, enviando el teléfono a volar, y Penny se ríe desde el fondo de la
bañera.
Cuando Guppy reanuda la Operación Destruye Armadillo,
enderezo el teléfono y me agacho de rodillas para meterme en el cuadro. 227
La miniatura muestra la cara del armadillo más cercana, luego el hocico
de Guppy, y yo atrás. Le doy una palmadita y le pregunto a ella en voz
baja—: ¿Saldrá de la bañera? ¿O estará así… todo el día?
Ella mira la pantalla, estudiando a Guppy. —Depende. A veces
puedo hacer que se calme, si no se asustó demasiado. ¿Fue solo el ruido
de la bolsa de basura o…?
—Toda la condenada cosa. La tuve a medio camino de la lata.
Penny gime. —Bueno, hay algo de Remedio de Rescate en el
gabinete, pero hay que dosificarlo con aproximadamente un cuarto de
galón para que tenga efecto. Pero estará bien, Russ. Tú sigue con tu día.
No te preocupes.
Pero joder, me preocupo. Esta mujer confió en mí con su perro, un
perro con champú especial y comida elegante, que recibe huevos duros
especialmente cocinados para él, que tiene un collar hecho a medida y
una cama en cada habitación. No es como si fuera un callejero sarnoso
encadenado afuera de una tienda de mecánicos. Este es su hijo. No voy a
joder esto. Así que le rasco las orejas nuevamente y le digo—: Te
mantendré informada.
—¿Estás seguro?
—Sí, lindura. Estamos bien.
—Está bien, tengo que correr —dice, toda entrecortada y feliz, y
termina la llamada.
Guppy hunde la cabeza entre sus patas, respirando en el armadillo.
No estoy seguro de que verla haya ayudado, porque ahora no solo está
asustado, sino que también extraña a su madre aún más.
Así que pienso en el pasado, cuando era niño, recordando cosas
que no me había permitido en años, porque son demasiado dolorosas.
Pero están allí, y por Penny me dejo caer de nuevo en ellas.
Cuando tenía seis años, cuando vivíamos en San Diego, teníamos
un perro que mi mamá trajo a casa de la perrera, donde se ofrecía como
voluntaria. Lo llamamos Buck. Era un chucho desaliñado, ciego de un
ojo. No le gustaban demasiado las personas y pasaba la mayor parte del
tiempo durmiendo en la cama de mis padres. Pero la única cosa en el
mundo que realmente amaba era el automóvil. Con el vidrio de la ventana
abajo, no importaba a dónde íbamos, siempre y cuando él pudiera venir.
Así que me imagino que vale la pena intentarlo. —Guppy. ¿Te gusta viajar
en coche?
Levanta la cara al instante, mirándome fijamente, tan concentrado
que ni siquiera el armadillo podría distraerlo.
Ahora estamos hablando. —¿Sí? ¿Te gustan los autos? ¿Coches-
coches?
Su cola comienza a sacudirse.
—¿Quieres ir a hacer un reconocimiento conmigo en el coche?
228
Se desliza hasta ponerse de pie, sus patas traseras resbalándose
hasta encontrar el equilibrio. Luego, planta sus enormes patas de oso
junto al desagüe, de modo que tiene la parte delantera hacia abajo y el
trasero hacia arriba, con la cola moviéndose como un loco.
—¿Quieres espiar a Dickerson… en el coche?
Ahí es cuando Guppy deja caer su armadillo, chasquea sus patas
una vez más en la bañera y responde con un enorme y feliz—: ¡Rarf!
Traducido por Jadasa
Corregido por Pame .R.

Con Guppy encontramos a Dickerson en el séptimo hoyo del campo


de golf municipal Manatee, a treinta kilómetros al norte de la ciudad, con
un cigarro en la boca y sosteniendo su palo de golf con ambas manos.
Estoy estacionado fuera de la calle, detrás de una cerca de alambre 229
cubierta de hiedra falsa, en un camino de acceso con una señal de SOLO
MANTENIMIENTO. Metí el Suburban contra el hueco en una puerta para
obtener una línea de visión directa.
La vista es desalentadora. Han desaparecido todas las señales y la
hierba está chamuscada por el sol. Ni siquiera estoy totalmente seguro
de que las palmas sean reales. Tomo mi cámara de la consola y hago
zoom en el césped. Dickerson da caladas en su cigarro e imita a los
golfistas, como si estuvieran tratando de nivelar sus huellas de zapatos
en el césped, o como si tuvieran una hemorroide que les está dando un
infierno. Hoy está usando otro chándal de terciopelo de la vieja escuela,
este de un púrpura parduzco.
Desde el asiento del pasajero, Guppy da un gruñido grave y bajo.
Este no es el de protección; este es el auténtico. La furia del perro
guardián. Tengo un problema con ese tipo. A lo grande.
—Sí, tampoco me gusta. —Aprieto la lente para ver mejor. Lleva
Ray-Bans de borde blanco, las cuales no le quedan del todo bien, y su
vello en el pecho se ve por la parte superior del chándal. En sus mejillas
hay dos rayas blancas por el óxido de zinc.
Apoyo mi teléfono en el tablero y empiezo a grabar. No sé qué estoy
buscando, pero he tenido la sensación de que el viejo Adolf Richard
Dickerson no está aquí para jugar nueve hoyos y beber un par de tragos,
no a las diez de la mañana de un lunes. Bajo la ventana hasta la mitad
para no perderme nada que valga la pena escuchar.
Desde el otro extremo de la calle, se acerca un carrito de golf, de
manera que enfoco mi lente en eso. Quien sea que conduce, lo hace fatal;
y el chasis rebota por los caminos llenos de baches, dirigiéndose donde
se encuentra Dickerson. A medida que se acerca, Dickerson intenta
golpear suavemente y lo lanza a menos de medio metro.
—¡Maldita sea! —ruge, fumando su cigarro. Golpea el césped con
su palo, como si estuviera cortando madera. El palo se hunde en la
grama, y lo saca, enviando un trozo de hierba por el aire.
Del otro carro se baja un chico cuya cara conozco de algún lado. Al
principio, no puedo ubicarlo, es un hombre pequeño y parpadea con
fuerza ante el sol. Pero conozco esa cara. De algún lado.
Dickerson se mete de nuevo el cigarro en la boca y el recién llegado
corre detrás de él.
Ahí es cuando lo recuerdo. Es el sastre, ese pobre bastardo que vi
en la oficina de Dickerson el primer día. Solo que ahora, en vez de tener
un alfiletero en la muñeca y una cinta métrica alrededor del cuello, tiene
una especie de libro con él. Hago un acercamiento con mi cámara. Parece
una carpeta. Dickerson toma algunas bolas de su carrito y el sastre se
apresura a seguirlo. Abre la carpeta, sosteniéndola como una maestra de
preescolar leyendo a la clase, señalando...
¿Qué demonios es eso?
Alfombra, parece. Pequeños cuadrados de alfombra peluda. 230
Levanto la mirada desde el visor. Si vine hasta aquí para ver a Dickerson
escoger alfombras de pared a pared, voy a estar tan jodidamente enojado.
Pero no es alfombra, me doy cuenta, acercándome aún más. Son
todos de colores diferentes, así como de longitudes... de piel.
—Maldita sea —exclama Dickerson—. ¡No me importa una mierda
lo legal! Tráeme visón de Ucrania. Cincuenta zorros raros de Siberia, no
me importa. Solo hazlo realidad. ¿Entendido, hombrecito? Alta calidad.
Lo mejor.
El sastre dice algo, apuntando a un cuadrado cerca de la esquina
de la carpeta, pero hablando demasiado bajo como para que yo pueda
escuchar.
Dickerson golpea su palo de golf contra el césped una vez más, y
las dos bolas metidas en su chándal saltan sobre la hierba. —Que se
jodan tú y tu piel de ardilla económica. Hazlo bien o estarás trabajando
para Macy, haciendo dobladillos para vestidos de graduación más rápido
de lo que puedes decir cuál es tu pernera. —Señala al sastre con el
extremo encendido del cigarro—. ¿Entendido?
Claramente, el sastre lo entendió, porque agarra su libro de pieles
y se apresura a buscar su carrito de golf, lanzándose salvajemente hacia
la seguridad, yendo hacia una trampa de arena antes de volver al camino.
Me relajo en mi asiento y bajo la cámara. Guppy sigue el ejemplo y
se arroja sobre la consola, colocando su papada sobre la caja de cambios.
Dickerson golpea una de sus bolas de repuesto cinco centímetros, y cae
en el hoyo. Levanta su puño en el aire, directamente de Rocky.
Pieles. No es exactamente tráfico de drogas interestatal o evasión
de impuestos federales a gran escala. Pero puede ser algo.

***

De vuelta en la casa de Penny, instalo una oficina improvisada


sobre la mesa de su cocina y despliego todo lo que puedo encontrar sobre
Dickerson. Tras requisar su pequeña impresora a tinta, voy por la vieja
escuela e imprimo todos sus registros financieros. Todas las noticias,
toda la suciedad. E incluso encuentro el anuncio de la boda con fecha de
1986 de la Gaceta. Combina con un retrato familiar de Penny, su mamá
y Dickerson juntos. Su madre, hace tantos años, se ve tan bonita como
su hija ahora. Con más cabello, cejas más finas, pero esa misma sonrisa
sincera y encantada, a pesar de la mierda sentada a su lado. Penny en la
foto también tiene la alegría burbujeante al igual que ahora. Le falta el
diente frontal pero todavía se parece a Penny. La pequeña citación en la
esquina dice: 1986.
Pienso en el limbo Cadillac de Dickerson, estacionado frente a su
edificio de oficinas. Hago una búsqueda rápida y descubro que sí, incluso
ese viejo pedazo de mierda es de 1986. También recuerdo la placa en la 231
pared de su oficina, fechada ese mismo año.
Lo que me dice que desde 1986, Dickerson no ha cambiado nada
en absoluto. Ni su cabello, ni su ropa, ni su coche, nada. Está
jodidamente congelado en el tiempo, desde el día en que la mujer que
amaba finalmente abrió los ojos.
Al igual que la señorita Havisham en Grandes Esperanzas.
Puedo verlo todo. Dickerson en una mini mansión, con todos los
relojes detenidos en el momento en que se suponía que la madre de Penny
se encontraba en el altar. Un pedazo del pastel en su refrigerador. La
invitación de boda en la repisa de la chimenea. Los boletos de luna de
miel de la agencia de viajes Pan Am, todavía sobre la mesa de la cocina.
Jodidamente congelado en el momento en que todos sus sueños
explotaron.
Guppy se acerca y pone su rostro sobre la mesa, considerando la
computadora portátil y los papeles, lamiéndose ante una cáscara de
plátano que está junto a mi cerveza.
—¿Quieres cenar?
Su enorme lengua rosada sale y moja su nariz. Me incorporo de la
silla de la cocina y giro el cuello de lado a lado. Repito toda la rutina con
la comida de Guppy una vez más, pero esta vez cuando digo—: Siéntate
—escucha, la primera vez, y ni siquiera necesito hacer al falsete para que
esto suceda. Progreso de verdad.
Tomo una segunda cerveza de la nevera y le envío un mensaje a
Penny por Skype.

¿Estás ahí, hermosa?

No responde de inmediato, pero en unos segundos, su nombre


cambia de gris a verde.

¡Somos tan modernos! ¡Enviándonos mensajes de texto!


¿Todo bien?
Sí, solo comprobando. ¿Y tú?
He comido demasiados pepinillos en vinagre y me están
matando en Scrabble. MATANDO.

No quiero ser demasiado sucio, pero tampoco puedo resistirme.

Alguna vez, me gustaría reorganizar tus letras.


*Muerta* 232
Me encuentro riéndome ante la pantalla, y Guppy se da vuelta para
mirarme, sorbiendo un bocado de su cena.
Y me doy cuenta de que también me muero de hambre. He tenido
un largo día de investigación profunda, que comenzó con una de las
carreras más intensas que he tenido en años. Podría ir a algún lado,
quizás, pero no me atrae mucho la idea de salir a comer por aquí sin ella.
Lo otro es que realmente me gusta estar en esta casa. No es como la mía.
No es estéril. No es un lugar donde simplemente te acuestas a dormir y
te duchas entre once horas de trabajo. Este es un hogar; un lugar donde
podría sentirme cómodo. Miro a mi alrededor, mis cosas esparcidas por
todas partes, todas mezcladas con las de ella. Muy cómodo.

Escucha, si un chico quisiera pedir una pizza en esta ciudad...

La barra azul aparece desde la parte inferior de la pantalla y me


dice que está escribiendo. Y ella responde con:

Tendría que mudarse a una ciudad diferente.


Jajaja
¡Pero hay una pizza congelada en el refrigerador!
Abro la puerta del congelador y veo un montón de ellas. De
pepperoni, principalmente. Una griega. Totalmente mi tipo de chica.
Entonces, la cena está resuelta. Solo hay una pregunta más. Porque no
solo tengo hambre de pizza, eso es absolutamente seguro.

Necesito que tengas algo de privacidad más tarde esta noche.

La veo comenzar a escribir y detenerse una, dos, tres veces, la barra


azul aparece y desaparece. Me hace pensar que podría haberla empujado
un poco demasiado lejos. Está en la casa de su abuelo, por el amor de
Dios. Pero la necesito, la deseo, y no me importa si está a ocho horas en
auto. Debo tenerla.

¿Me va a hablar sucio en Skype, señor Macklin?


Vamos a hacer mucho más que hablar.
Haces que sienta tantas mariposas.
Esa es la idea. Nos vemos a las 10.

233
Traducido por Tolola
Corregido por Pame .R.

Si pensaba que me tuvo caliente y molesta en el estacionamiento


la semana pasada, no tenía ni idea de lo que era realmente caliente y
molesta. Desde el momento en que se despide, mi cerebro empieza a girar
con todo tipo de cosas sexy y traviesas... 234
¡Penny!
No. Saca tu mente de la cuneta. Sé saludable. Sé íntegra. ¡No
pienses en cosas sucias mientras ves Jeopardy! con dos jubilados
bebiendo té dulce y comiendo galletas de vainilla, no lo hagas.
—¡Que es Jimmy Carter! —dice el abuelo, partiendo su bizcocho
por la mitad y esperando que uno de los concursantes lo confirme.
Estoy atrapada entre dos mundos. Por un lado está el cálido, suave
y familiar mundo de mi abuelo (y Rose, que encaja perfectamente, como
si siempre estuviera destinada a estar aquí) y por el otro mi muy nuevo y
muy emocionante mundo con Russ. Me siento como si tuviera quince
años otra vez, esperando a que mi primer novio de verdad me llame.
—¡Qué es el punto de aguja! —dice Rose.
Miro fijamente el reloj. 6:31.
Los amo, mucho, pero por primera vez mi corazón y mi mente
toman una dirección totalmente nueva. A un lugar que es solo para
nosotros. Solo nuestro.
Cuando venía en auto con panecillos de canela y mi café en grano
quemado, pensé que obtendría algo de claridad, como si estar lejos de él
me hiciera ver los hechos con más facilidad. Como si me diera cuenta de
que fue un error colosal dejarme enamorar por un hombre que no está
ahí para quedarse y que me insinuó que me mudara a Boston en el pasillo
de básicos. Como si tal vez quinientos kilómetros me despejaran la
mente.
No lo ha hecho. Solo lo ha empeorado y me ha hecho empezar a
contar los días hasta que nos despidamos, que ahora se reducen a tres.
Y me ha llenado de tantos “y si” que podría estallar. ¿Y si pudiera
quedarse? ¿Y si me fuera con él? ¿Y si tratamos de hacer lo de larga
distancia? Una vez me senté al lado de una señora en un avión que dijo
que trabajaba en Baltimore pero que vivía en Atlanta, y que era lo mejor
que le había pasado a su matrimonio, sin excepción.
¡Pero tenía sesenta años! Probablemente había tenido toda una
vida de recuerdos con su marido, compras de comestibles y de anillos,
decidiendo los colores de la pintura para su casa y todos los pedazos de
unos cimientos impenetrables. Nuestra situación no es así. Y Russ
Macklin no es el tipo de hombre del que quiero estar a más de unos pocos
centímetros de distancia.
El dolor de estar separados es absolutamente real. Vuelvo a mirar
el reloj. 6:33.
—¡Que es la Ausencia hace que el corazón se encariñe! —dice el
abuelo.
Va a ser una noche muy, muy larga.

235
***

Paso por Jeopardy!, la Rueda de la Fortuna, la Hora de las Noticias


de la PBS y el delicioso guiso de pollo de Rose seguido de gelatina de fresa
con mandarinas. Y ahora son las 9:58 de la noche y estoy tan lejos del
abuelo y de Rose como es humanamente posible mientras sigo en la
misma casa. Después de cerrar la puerta, pongo una toalla en la grieta
que hay debajo como si intentara evitar que entre el humo del fuego y
apago todas las luces excepto la de la cama de invitados. Ambos tienen
sus audífonos quitados, así que creo que la costa está razonablemente
despejada. Pongo mis pies contra mi cuerpo, con mi corazón palpitando,
y observo la pantalla de mi computadora.
Desenrollo mis auriculares de su soporte y me los pongo en los
oídos. Miro el video de mi cara y me despeino. Intento girarlo, pero eso
no ayuda mucho. Intento ir a por lo sucio y lo sexy, pero eso me hace
parecer un poco loca. Opto por tenerlo sobre ambos hombros, y animo a
mis chicas. Intento inclinar la cámara para obtener un ángulo óptimo,
pero luego Skype empieza a sonar. Respiro profundamente y respondo.
Me tiene en su regazo, dándome una vista perfecta de sus
abdominales y su pecho. Se encuentra apoyado en mi cabecera, con un
brazo enorme inmovilizado detrás de su cabeza.
—Oye —dice.
Toda su voz me llena los oídos como si estuviera en un gran estadio,
donde no hay nada más que él. —Hola.
Reposiciona su laptop, y tengo una vista de cerca de esos
antebrazos tan anchos. —No me digas que estás nerviosa —dice,
burlándose de mí.
Estoy nerviosa. De repente estoy muy nerviosa y me siento muy...
sucia. —No sé si puedo hacer esto.
Me sonríe, no se burla más. —No tenemos que hacerlo.
—Oh, no, no —susurro—. Definitivamente deberíamos. O al menos
uno de nosotros. Tal vez deberías... ya sabes... —Mientras me alejo,
desliza su mano por el cuadro de la cámara.
—¿Debería qué?
Y me olvido completamente de todo en mi cabeza.
—Me encanta cuando no puedes terminar tus frases. Me encanta
cuando te quito las palabras.
Su cabello está un poco más desordenado que cuando lo vi por
primera vez, y su barba un poco más densa. Ahora es más informal, más
playero, e incluso más sexy que antes. Las crestas de los músculos de
sus hombros están resaltadas por la luz de mi habitación. De repente
vuelvo a ser una adolescente y estoy tumbada en la cama, mirando a los
Backstreet Boys en un póster en el techo con una dolorosa calentura que 236
no me permite dormir.
Noto que su mano izquierda no está quieta. Se está moviendo. Ya
se ha puesto manos a la obra.
Oh. Dios.
La oleada de humedad es instantánea e inmediata. —¿Estás
haciendo lo que creo que estás haciendo?
—Me tienes todo reprimido.
Su antebrazo ondulante se mueve arriba y abajo, y me fijo en que
cuando llega al final hace una pausa. Su brazo se flexiona, como si se
estuviera apretando en la parte superior. —No puedo dejar de pensar en
ti.
Es tan ridículamente soñador, tan increíblemente guapo. Y, sin
siquiera preguntarme si debería o no, dejo que mis dedos se muevan
hasta mi clítoris.
—Buena chica.
No solo lo oigo en mis oídos. Siento sus palabras en mis huesos.
—¿Estás mojada?
Asiento a la pantalla y trago con fuerza.
—Tienes que estar callada. Escucha, yo hablaré. ¿Entendido?
—Sí —le susurro—. Perfecto.
—Recuéstate, relájate. Pon la cámara a tu lado, déjame verte la
cara.
Hago exactamente lo que me pide, girándome para mirarlo,
haciéndome sentir como si estuviera acunando mi cabeza en su regazo.
Gruñe mientras me reposiciono. —Joder, eres hermosa.
—Realmente te extraño —digo. Si alguna vez tuve un filtro con él,
se hizo añicos en algún lugar entre el orgasmo destructor de Cosmo y el
pastel en mi puerta.
—Todo el día, has sido tú. Desde el momento en que te vi, has sido
tú. Toda mi vida, incluso antes de conocerte, has sido tú.
Aquí yace Penelope, atravesada por diez mil flechas al corazón. A
mí. Solo yo. Este hombre sexy y misterioso siempre estuvo esperando
para conocerme.
Gruñe de nuevo, y veo cómo su antebrazo se desliza hacia abajo.
—Cierra los ojos y déjame decirte lo que quiero hacerte.
Miro el relieve de los techos y cierro los ojos. Escucho su
respiración en mis oídos, y mi mente comienza a jugarme trucos porque
casi puedo olerlo. Ese almizcle, ese calor. —Eso es. Quiero hacértelo todo,
Penny. Quiero ser bueno contigo durante el día, y terrible contigo por la
noche. Quiero adorarte y ser jodidamente grosero contigo.
—Russsssss —digo mientras acelero sobre mi clítoris un poco más. 237
—Quiero follarte en cada superficie plana de tu casa y luego llevarte
directamente al suelo. Necesito sentirte venir sobre mi polla cada puto
día. Quiero dificultar que hagas algo. Quiero verte agacharte en la ducha
y entrar contigo. Porque ese quejido cuando te vienes, joder —gime—. A
la mierda con todo. Cuando te oí llegar, supe que no tenía ninguna
oportunidad.
—Oh, Dios.
—Imagíname follándote, agarrando tu trasero y diciéndote te que
vengas para mí, que te vengas para mí una y otra vez, hasta que no
puedas correrte más. Hasta que ruegues por misericordia...
—Misericordia.
—... que nunca te daré, nunca.
Nunca. Toda mi realidad, con los ojos cerrados así, es su voz, la de
ese barítono pujante y fornido. Siento que ya empiezo a acercarme. —Las
cosas que me haces —jadeo—. No tienes ni idea.
—Sí, la tengo, porque tú me haces las mismas malditas cosas. Pero
quiero hacer todas las cosas asquerosas que no he tenido la oportunidad
de hacer todavía. Quiero tomarte, cuando quieras... Cuando quiera.
Quiero una habitación con un colchón solo para nosotros. No se permite
a nadie más. Solo nuestro lugar para hacer lo que tenemos que hacer.
Donde todo lo que eres es mía.
—Tuya…
—Mía —gruñe, haciéndome jadear, a lo que responde con un
largo—: Jodeeeeeer.
Miro la pantalla. Ha movido la cámara ligeramente a un lado y veo
la punta de su polla mientras la acaricia, despiadada y agresivamente.
Exactamente como es cuando está dentro de mí.
—Me encantas así —admite, más suavemente ahora—. Pero
necesito que te vengas para mí, necesito ver eso.
—Estoy cerca —susurro.
—Acércate más.
Oh, mierda. Cambio de mano. Tan pronto como la punta de mis
dedos ligeramente más fríos tocan mi clítoris, mi cuerpo responde, y mi
espalda se arquea, alejándose de la cama. —Te necesito, Russ. —Dejo
que mis palabras floten en mi aliento y llevo mis labios contra el
micrófono. Apenas las digo—. Te necesito dentro de mí. Te necesito sobre
mí. Te necesito tanto, tanto.
—Maldición, Penny. Joder. —Gruñe de nuevo, y lo oigo envolver su
polla en su puño, con el sonido de su mano chocando contra sus bolas.
En la esquina de la pantalla lo veo tirar de la piel, llevándola sobre la
punta lisa.
—Jesucristo, esto es muy sexy —dice. Tiene la cabeza apoyada en 238
la cabecera y jadea hacia el techo. Mi visión hace un túnel hacia esos
músculos ondulantes, ese amplio pecho, la aspereza de esa línea de
barba incipiente—. Te necesito así todo el tiempo, necesito... —Pero,
antes de que pueda terminar la frase, me dirijo hacia el acantilado. En
caída libre, mi cuerpo palpita y pulsa, cada fibra es suya.
—Córrete para mí, Penny. Suéltate... te tengo.
—Dime que tú también te vas a venir.
—Joder, sí, me vengo.
—Me estoy corriendo.
—Estoy contigo.
—Vente.
—Ahora.
—Síííííííííííííí.
Daría cualquier cosa por gritar ahora mismo, pero me contengo.
Vuelvo a meter toda esa energía en mí misma, y amplifica el orgasmo diez
veces más. En ese instante, ochocientos kilómetros no son nada. Mis
dedos son sus manos; mi cuerpo es todo suyo. Todo le pertenece.
No tiene que estar callado y no lo está. Cada gemido agresivo llena
mis oídos a todo volumen. Es el sonido más sexy que jamás haya existido.
Juntos, recuperamos el aliento, mis jadeos vienen el doble de
rápido que los suyos. Es casi hipnótico, y la explosión que acaba de
sacarme hace que me acurruque en una bola, aún de cara a la pantalla.
Me concentro en su respiración, en el sonido de su cuerpo en mis
sábanas. Presiono con la punta de los dedos la imagen de sus
abdominales; el calor del portátil me juega malas pasadas.
—Estamos en el fondo, Penny.
—Lo sé.
—No quiero subir a tomar aire.
—Yo tampoco.
—Me gustaría poder tocarte —dice en voz baja—. Muchísimo. —
Traga y vuelve a colocar la cabeza en la almohada.
Mi orgasmo fue tan intenso, y mi día tan largo, que el sueño se me
está acercando rápidamente, y ya suena soñador y lejano. —Me iré a
primera hora de la mañana. Antes de que te despiertes.
En su extremo, las sábanas se mueven y mi colchón cruje. —¿Te
estás durmiendo?
—Sí.
—Bien. Me quedaré contigo hasta que te duermas. No quiero oírte
decir adiós. No ahora. Ni nunca. 239
Traducido por MadHatter
Corregido por Pame .R.

Estamos en una de esas cabañas de playa de Tahití que se asientan


sobre pilotes en el agua. Ella se encuentra a mi lado, acurrucada con su
espalda contra mi pecho. Le quito el cabello de la mejilla y le susurro—:
Te amo, Penny. Sabes que sí. 240
Pero huele un poco... no a Penny en absoluto. No como vainilla o
algo dulce. Sino más como a frituras de maíz. O una aspiradora caliente
a punto de quemarse. Y está usando algo peludo, como tal vez pantalones
de chándal de lana. No tiene ningún sentido en absoluto. ¿Estamos en
Tahití y ella usa lana? Pero se pone aún más extraño, porque en lugar de
decir que ella también me ama, dice—: Marf, marf...
Abro los ojos e inhalo con fuerza, la luz brillante me hace doler las
retinas. No estoy en Tahití. Estoy en su cama. Y no la estoy cuchareando.
Estoy haciendo cucharita con Guppy.
Me alejo de él y me froto la cara. Mi peso hace un agujero en el
colchón; cuando me muevo, Guppy también lo hace, deslizándose sobre
su espalda justo a mi lado. Su lengua cuelga de un lado de su boca, y
sus patas están dobladas por las muñecas. Realmente es tan jodidamente
increíble. Meto mi antebrazo debajo de la nuca para levantar su cabeza.
Recojo mi teléfono de la mesita de noche y tomo una foto de nosotros
juntos, y luego se la envío a Penny con el título: Hemos estado haciendo
cucharita. Será mejor que vuelvas aquí rápido.
Responde con un mensaje de video, y la rueda del temporizador
gira sobre su hermoso rostro mientras se carga el video. Cuando toco el
botón de reproducir, escucho el ruido del auto, el zumbido del motor. La
carretera se ve en el fondo. Cada marcador de kilómetro que pasa la
acerca un kilómetro más cerca de mí. —¡Buenos días, guapo! —Lleva su
cabello en una trenza, como el primer día que la vi, su flequillo recogido
hacia atrás para mostrar esa hermosa cara—. Sabía que tú y Guppy se
iban a enamorar; ¡lo sabía! De todos modos, voy de camino. Estaré allí a
la hora de la cena. Si tienes que dejar a Guppy solo por lo que queda del
día, avísame y llamaré a Maisie. Creo ya regresó. —Mira la pantalla, como
si me estuviera dando una advertencia silenciosa, y luego se vuelve hacia
la carretera. Golpea un bache, y eso hace que su escote se mueva.
Joder—. Y avísame si quieres que pase a comprarte un recuerdo del
panecillo de canela más grande del mundo, porque pasaré por ahí y no
quiero que te lo pierdas.
Respondo con un mensaje de video. —Tú tienes todos los bollos de
canela que necesito.
Responde con un fragmento de video de su risa, a mitad de la
primera gran risita. Dos segundos de puro cielo. Antes de que Skype
pueda tragárselos, presiono guardar en ese video y el anterior. Entonces
le escribo:

Conduce con cuidado. Nada de enviar mensajes.


Bueno. xoxo

En la cocina, Guppy y yo nos adaptamos a la misma rutina de ayer.


Los huevos, el desayuno y el café son seguidos por el alcalde 241
reproduciendo fragmentos de la audiencia de Dickerson en el
Ayuntamiento. —Aquí tenemos los comentarios iniciales de su
argumento de que el Santuario Contento de Estar Vivo sea declarado
deterioro urbano...
La respuesta de audio es un zumbido furioso de kazoos.
—¡Y eso, Port Flamingo, es desobediencia civil en acción! —
Reproduce un clip de sonido de aplausos, riéndose para sí mismo—. Va
a hacer calor, así que asegúrense de llevar un poco de agua extra y no
olviden su protector solar. Ahora, en eventos locales. El Festival Kumquat
se llevará a cabo...
Bajo el volumen y contemplo la playa. Este lugar podría ser la
Dimensión Desconocida de la Costa del Golfo, pero me encanta, maldita
sea.
Más que todo eso, me encanta ella, la forma en la que vive su vida
y la forma en la que existe en el mundo. Pero luego miro afuera a su
parrilla, cubierta con una lona negra blanqueada. Sus tumbonas y sus
plantas en macetas. Su casa, tan parecida a ella y tan profundamente
arraigada en este lugar. A su mejor amiga de al lado, a su tío, a su madre,
al alcalde. Puedo ir y venir de Boston cuando quiera y nadie se daría
cuenta, excepto mi señora de la limpieza. Pero la vida de Penny tiene
raíces como la mía nunca tuvo, como la mía nunca podría tener.
Y así, no por primera vez, recibo ese repugnante golpe de duda de
que esto podría no funcionar. Que es una jodida locura. Porque tendría
que estar loca para siquiera pensar en dejar todo esto. Por Boston. Por
mí.

***

Cuarenta y cinco minutos más tarde, Guppy y yo volvimos de


nuestro paseo, y estoy agotado de repasar y volver a pensar en los quizás.
Pero el paseo me ayudó a concentrarme en lo que ahora es realmente
importante: ella y nuestros últimos días juntos. Más importante que eso
es asegurarme de que sea feliz, que realmente quiera esto. Para estar
seguro, necesito tener el coraje de preguntarle, directamente y con
franqueza, qué quiere hacer.
Con nosotros.
Tomo un vaso grande del estante superior y lo lleno con agua, luego
me acuesto en el diván. Escucho las olas y pienso en cómo hacer que esta
noche sea especial, cómo mostrarle realmente cómo me siento.
Pero antes de que pueda entrar demasiado en los detalles, aparece
una cara en las vides sobre la pared del patio.
Maisie ha vuelto. Y luce enojada.
Sin embargo, en lugar de decir: “Tú otra vez”, o “¿qué tal si te
muestro una o dos cosas sobre el napalm casero?” o “ve a ponerte camisas
242
de vestir en otro código postal”, su rostro desaparece de las vides
rápidamente tan pronto como aparece, seguido de algunos ruidos y
gruñidos frustrados. A mi lado, extendido sobre el concreto, Guppy
golpea su cola y levanta las orejas.
Más gruñidos. Más bufidos. Y también algo ruidoso.
No quiero interferir, pero realmente suena como que algo va muy
mal, y no hay manera de que me quede acostado aquí mientras la mejor
amiga de Penny se encuentra en problemas. Así que coloco mis manos al
lado del macetero y me levanto para mirar por encima de la pared. Al otro
lado está Maisie, sentada en el suelo de su patio. Esparcidos a su
alrededor en todas las direcciones hay rectángulos de tablas, bolsas de
plástico llenas de tornillos y un manual de instrucciones blanco que
parece que fue hecho una bola y fue alisado nuevamente.
Me mira con una llave hexagonal en la mano. Toma una de las
bolsas de plástico y la abre con los dientes, haciendo volar los pernos.
Hay muchas cosas en la vida de las que me he perdido: tener un
hogar, sentir calidez, felicidad, el caos de vivir todos los días hasta
reventar, Penny misma. Pero una cosa que aprendí definitivamente,
durante mis muchos años como soltero, fue cómo ensamblar muebles de
IKEA. Eso definitivamente sé cómo hacerlo. —¿Necesitas una mano?
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Cuando me detengo en el camino de entrada al lado del auto de


Russ, Maisie corre por su patio y golpea mi ventana unas dieciséis veces
en rápida sucesión. Luego se congela con los nudillos flotando sobre el
cristal mientras sus ojos se mueven de un lado a otro hacia mi casa. 243
Abro la puerta con un hombro. —¿Qué pasa? ¿Por qué parece que
tu lavadora se acaba de descomponer de nuevo?
Se apresura a mi puerta. —Te… debo una disculpa.
Oh, Dios mío. No era preocupación en su rostro. Era el coraje de
decir lo que nunca antes había dicho. —Maisie. Eso es increíble. ¿Cómo
es aprender un nuevo idioma tan tarde en la vida?
No es fácil, claramente. Se ve tan dolorida como lo haría en una
auditoría de impuestos. —En realidad, él es realmente muy… —respira
hondo y aguanta la respiración, como si estuviera tratando de deshacerse
del hipo.
—¿Soñador? ¿Amable? ¿Buena compañía? ¿Inteligente? ¿Sexy?
Levanta una mano, como para decir: detente. —Muy, muy bueno
ensamblando muebles complicados de la Tierra Prometida. —Jadea
cuando todas las palabras salen, exactamente su técnica de balbuceo.
Que me condenen. Así que ese es su umbral para un buen tipo.
Alguien que pueda hacer que los muebles salgan de una caja. —Aquí
estaba, pensando que querías que encontrara a un hombre que no
tuviera un trastorno límite de la personalidad. Todo lo que necesitabas
era un tipo que pudiera armar tus estanterías.
Me da una mirada de muerte y saca su bálsamo labial de su sostén.
Lo destapa y cubre sus labios, terminando con un muac. —Es un vestidor
encantador, debo decir, pero tiene muchos cajones. Pasó tres horas en mi
terraza cubierta armándolo, no se quejó ni una vez. Luego, cuando estuvo
ensamblado, y le dije en dónde lo quería, incluso quitó las puertas para
poderlo pasar a mi habitación, y las volvió a poner después. ¡Ni siquiera
un gruñido! Y luego, le hice un batido, y no me dijo que olía a granja.
Como alguien que conozco. —Me empuja la punta de un dedo hostil en
la cara.
Nos enfrentamos por unos segundos, y reprimo mis risas el tiempo
suficiente para que su expresión se suavice. Retrae su dedo y baja la
mirada, casi tímida, frotándose los labios para extender el bálsamo. —
Lamento haber dudado de él. También lamento que no viva aquí. Por tu
bien y el suyo.
Las palabras me golpean fuerte, extrapesadas después de un día
muy largo. —Siempre hay una oportunidad —digo, y termino de salir del
coche.
—Seguro espero eso. —Maisie retrocede para dejarme sacar mis
cosas de la cajuela—. Se fue por un tiempo y luego regresó con un montón
de bolsas de supermercado. Bolsas de supermercado reutilizables, Penny.
—Se lleva la mano al pecho como si estuviera a punto de desmayarse
sobre el asfalto—. El hombre es uno de los buenos —dice. Luego planta
un beso de bálsamo de menta en mi mejilla, y vuelve corriendo a su casa.
Mientras camino por la puerta principal, Guppy trota hacia mí
como un caballo de carreras. Dejo caer mi bolso y abro las rodillas cuando
244
él se levanta sobre sus patas traseras, colocando las delanteras sobre mis
hombros. Me baña en una mezcla desordenada de besos de comida para
perros. No tiene sentido resistirse, así que contengo la respiración, cierro
la boca y dejo que se salga con la suya. A veces, después de que alguien
lo cuida, pasa unos minutos dándome miradas decepcionadas desde su
cama antes de que me perdone por haberlo abandonado por ocho horas,
pero esta vez no. Esta vez, es simplemente feliz.
Cuando me cubrió de besos desde la oreja hasta la nariz y de
regreso, y decidió que, de hecho, estoy realmente en casa, se deja caer a
cuatro patas y se lanza al sofá. Noto que la mesa está preparada para la
cena, con las servilletas cuidadosamente dobladas y los cubiertos
esmeradamente arreglados. Sobre la mesa hay un ramo de flores reales,
no claveles de la tienda de carnadas, sino lirios blancos y rosas rojas.
Esta vez, el ángel y la diablilla están de acuerdo. Maisie tiene razón,
y lo supe todo el tiempo: Él es uno de los buenos.
—¡Oye! —dice, volviéndose hacia mí desde la estufa. El delantal que
lleva puesto es nuevo y no es mío. No le temas a las sacudidas.
—Eso es… increíble.
—¿Verdad? —dice, inclinando el cuello para verse mejor—. Lo
encontré en esa tienda de cocina en Manatee. Pensé que te gustaría. Y te
estoy cocinando la cena. Entonces, ¿cómo suena eso?
Veo una cebolla picada. Tomates. Aguacates maduros listos para
rebanar. En una charola, hay algunas pechugas de pollo marinadas, y
pegada al microondas con mi imán de langosta está una receta impresa
de Cocinando.com.
Era sexy en pantalones de vestir. Un sueño en sus calzoncillos
bóxer. Pero aquí, en un delantal intrascendente que compró para mí,
preparándome la cena después de un largo día en el camino, es realmente
todos mis sueños hechos realidad.
Baja su espátula y me toma en sus brazos. Una de sus manos se
desliza hacia la parte baja de mi espalda, más allá del punto de cortesía,
baja, baja, baja por mi culo hasta el centro de la posesividad.
Con la otra mano, inclina mi barbilla hacia arriba para un beso,
pero se queda allí antes de entrar por completo. —Sabes, hay una teoría
sobre los besos. —Sus labios están cerca de los míos, pero no lo
suficientemente cerca—. Llamada la regla de 90/10.
Pongo una mano en su bolsillo trasero, tocando esa deliciosa curva
de su billetera primero, y luego su culo después de eso. —No podría hacer
matemáticas en este momento si tuviera que hacerlo.
—La teoría es que yo hago el noventa del trabajo, y luego depende
de ti decidir si quieres llegar al último diez por ciento. —Me empuja la
mejilla con la nariz, ahueca mi mandíbula en la palma de su mano y
apoya la parte posterior de mi cuello con su agarre sólido y seguro. 245
Le pongo las dos manos en los bolsillos traseros y me acerco a él
de puntillas hasta que casi nos encontramos cara a cara. —¿Qué tal si
hacemos el 80/20?
—Esa es mi chica.
Traducido por Camila Cruz
Corregido por Pame .R.

Él es más dulce esta vez que nunca y, sin embargo, también está
más centrado. Mantiene sus ojos cerrados y me penetra con tanta fuerza
que cada músculo en mi cuerpo vibra con el impacto. Cada vez que se
adentra en mí, me arrastra hacia atrás sobre la sábana descubierta, 246
hasta que estoy clavada contra la cabecera y no tengo otra opción más
que alcanzar el marco de roble y aferrarme con fuerza. Es un animal en
este momento, y va a tener lo que es suyo. Y no quiero nada más que ser
devorada.
No sé cuánto tiempo me tiene así, pero es el suficiente para que
cada terminación nerviosa en mi cuerpo esté palpitando y pulsando,
hasta que explotaré o me disolveré en sus brazos. Se siente tan bien, tan
intenso, que traen lágrimas. Parpadeo para alejarlas, y una se desliza por
mi mejilla.
Tan pronto como ve la lágrima, se congela. —Dios, me pierdo tan
jodidamente en ti. ¿Estás bien?
—Me haces sentir como si lo fuera todo. Como si fuera la única
mujer en el mundo.
Limpia la lágrima solitaria con su pulgar áspero y se queda
profundamente dentro de mí, dejando que me recupere y recobre el
aliento. —Porque lo eres. —Se levanta ligeramente sobre sus rodillas,
quitándome de la cabecera y deslizándome por la sábana, usando mis
caderas para maniobrarme. Luego nos da la vuelta para que yo esté
encima, mi cabello cayendo sobre mis hombros y rozando la piel de su
pecho.
Recoge mi cabello, y no con los movimientos suaves y practicados
que tengo, sino con agarres fuertes, como si estuviera haciendo algo que
nunca había hecho antes, como si estuviera siendo tierno de una manera
que solo está aprendiendo a ser.
Me bajo despacio por su polla. Pasa sus manos por mis
pantorrillas, luego por mis muslos, luego por mi trasero, antes de
finalmente envolverme con sus brazos, mis antebrazos hasta mis
caderas.
Cuando tomo tanto de él en mí como puedo manejar cómodamente,
dice—: Tuve un sueño que te dije que te amaba anoche.
Paso un dedo por las onduladas crestas de sus abdominales, por
la línea de pelo que desciende por su rastro del tesoro. —¿Lo hiciste?
Desde abajo, encuentra un ritmo más lento, menos intenso. Pero
está tan profundo que apenas puedo ver con claridad. Me agarra el
trasero y me levanta un poco para no hacer que mis ojos rueden tanto en
mí cabeza.
—¿Te contesté?
Sonríe. —No. Nos interrumpieron. Pero lo que dije fue: Te amo,
Penny. Sabes que lo hago.
Deja que cuelgue allí. No me pide que conteste. No me pide que
diga más. Pero en cambio dice—: Y te compré algo más, además del
delantal.
Aún dentro de mí, se estira para abrir el cajón de mi mesita de 247
noche. De allí saca un pequeño huevo de plata, con un cable conectado
a un pequeño control remoto.
—Oh Dios. —Dejo que mi cuerpo se deslizara sobre él. Todo es
placer, excepto el pinchazo en mis pies por mis dedos curvados.
Enciende el control remoto y el huevo empieza a zumbar.
Tomándolo entre dos dedos, lo coloca en mi clítoris.
No soy ajena a un buen vibrador, y compraría acciones en Hitachi
si tuviera el dinero. Pero por la forma en que me ha estado hablando, por
la forma en que me ha estado follando, por la forma en que estamos
juntos, este pequeño huevo pone a la Varita Mágica en vergüenza.
Planto la palma de mi mano sobre su estómago y lo llevo hasta el
final. —Toma esto —pide, poniéndolo en mi mano libre—. Hazlo. Y te voy
a follar mientras tanto.
—Me encanta la forma en la que me hablas.
—No más de lo que me encanta ser el que hable.
Me toma en sus brazos, acercándome a su pecho, y usa el colchón
para presionarse contra mí, adentrándose con fuerza en mí desde abajo.
Todo el tiempo, el huevo está zumbando contra mi clítoris, acercándome
más y más cerca a…
Su dedo presiona el mío en la parte superior del control remoto, y
de repente el ritmo cambia, de una vibración constante a un patrón de
staccato.
Y soy absolutamente volada al cielo alto. Whirr-whirr-whirrrrrrrr.
—Me voy a venir. Oh, Dios, Russ. Oh, Dios, Russ.
—Eso es, hermosa. Haz que mi nombre se enrede con el suyo.
Mierda, sí.
No es nada más un orgasmo. Es una implosión de cuerpo completo,
y a mitad de camino, cuando no veo nada más que el caleidoscopio, me
encuentro diciendo lo que he estado pensando durante días y días. — Te
amo, te amo, te amo —una y otra vez.
—Yo también te amo, Penny, tanto que duele.

248
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

A la mañana siguiente, me levanto envuelta firmemente en sus


brazos, cinco minutos antes de que suene mi primera alarma. Él está
aquí, y yo estoy aquí, y todo es perfecto. Excepto por la preocupación que
está burbujeando a través de mí como la lava de una grieta en la tierra. 249
Observo el avanzar del despertador de segunda mano y pienso en
la fecha, lo que hace que mi corazón caiga en picada. Cada tic trae
nuestro adiós más cerca. Anoche nos dijimos las palabras más
importantes, pero ni siquiera el amor puede detener lo que viene,
lanzándonos como un tren fuera de control.
—Russ —susurro.
Tan pronto como digo su nombre, inhala con fuerza contra mi
hombro desnudo. —¿Estás bien?
Lo alcanzo y paso mis dedos por su grueso cabello. —¿Qué vamos
a hacer?
Es tan cariñoso que no dice: “Son las 5:55 de la madrugada, Penny.
¿Podemos esperar hasta el desayuno para hablar sobre el futuro?” En
cambio, se aclara la garganta y mete la barbilla junto a mi cuello. —
Bueno, ¿qué quieres hacer?
Me giro para mirarlo. —Tú primero.
—Quiero estar contigo. Quiero encontrar la manera.
—Yo también. Más que nada. ¿Tienes que irte?
Se espabila un poco. —Desearía no tener que hacerlo, pero tengo
algo grande en Boston el jueves. Deberías venir conmigo.
—¿Trabajo? ¿Un nuevo cliente?
Traza una línea por mi mejilla con el pulgar. —Todo lo que te diga
tiene que ser un secreto.
—Lo prometo.
—Un viejo amigo mío del Ejército dirige una empresa de logística
llamada Darkwater. Me ha contratado como jefe de seguridad.
En algún lugar en los rincones oscuros de mi memoria, conozco el
nombre de esa compañía. De las noticias, tal vez. —Eso suena… elegante.
Se ríe un poco y se frota los ojos otra vez. —No sé sobre eso. Pero
es un trabajo constante, no más ajetreo. Mucho dinero. —Levanta la
sábana sobre mí, como si estuviera preocupado de que la temperatura de
California me dé escalofríos—. Suficiente para lo que necesites.
Le doy un pequeño empujón en el pecho. —No quiero ser una mujer
mantenida.
Cierra su mano alrededor de la mía. —Difícilmente.
Dejando a un lado toda la ridiculez de esa idea, primero hay algo
mucho más importante de qué preocuparse. Presiono mi cara en su
hombro. —Hablo en serio. ¿Qué vamos a hacer?
—Mírame, Penny.
Mantengo mis ojos ocultos. —Volar de ida y vuelta cada dos
semanas hasta… ¿qué? ¿Hasta que algo cambie? 250
Esta vez no me dice que lo mire, pero me obliga a hacerlo,
sosteniendo mi cara en sus manos. Empujo el pánico y hago lo que él
dice. Sus ojos son amplios, sinceros, y su expresión inquebrantablemente
tranquila. —Quizás lo intentemos, hasta que decidamos dónde queremos
estar. ¿Qué piensas de eso?
Dónde queremos estar. Me alejo de él y miro alrededor de mi
habitación, a las cortinas que mi madre hizo con el patrón que dejó mi
abuela. A las paredes que pinté cuando me mudé. Las estanterías que mi
tío hizo para mi madre. Tres generaciones de mujeres Darling han vivido
en este lugar, y la idea de dejarlo por un lugar tan desconocido es muy…
—Escucha —dice, de esa manera confiada—, creo que debemos ir
un paso a la vez. Una semana tras otra. La gente hace que estas cosas
funcionen. Pero no voy a mentir, si quieres volver a Boston conmigo
mañana, me harías el hombre más feliz del planeta.
Debajo de la puerta cerrada de la habitación, escucho a Guppy
resoplar, y justo en el momento en que suena la alarma. El alcalde grita—
: ¡Bueeeeeenos días, Port Fla…! —y lo silencio, y apago la segunda alarma
antes de que empiece a sonar también.
—Un paso a la vez —repito.
Él asiente y aleja mi flequillo de mi frente. —¿Qué dices? En dos
semanas te llevo en avión para verme. Luego, dos semanas después de
eso, vuelo aquí. O podemos hacerlo todos los fines de semana si quieres.
Es un verdadero romántico, pero no está pensando en logística, no
está pensando en recibir el correo y el cuidado de perros. Está aquí,
enamorado, conmigo. En mi cama. Un miércoles por la mañana
El hombre me derrite por completo.
Por lo que sí, puedo hacer esto. Por lo menos, puedo intentarlo. No
tengo que preocuparme de antemano durante el próximo año. Ojalá. —Si
estamos dando un paso a la vez, creo que tal vez deberías conocer a mi
madre y mi padrastro.
Esboza una gran y hermosa sonrisa. —Amaría eso.
—¿De verdad? ¿Lo dices en serio?
Asiente, solo una vez. —Acostúmbrate a mí siendo serio contigo,
Penny. Quise decir todo lo que dije anoche. Hasta la última maldita
palabra.
—Yo también. Hasta la última.
Se sube encima de mí y se hunde en un beso. Entrelaza sus dedos
con los míos y clava mis manos en el colchón. Sonríe mientras me besa,
y vuelve a estar entre mis piernas. Ni siquiera tiene que reposicionarse
mientras se presiona contra mí.
Y en cuanto lo hace, toda la preocupación sale de mi cabeza, como
brasas cayendo de un cometa en el cielo.
251
Traducido por amaria.viana
Corregido por Pame .R.

Me detengo en el camino de entrada de una casa de campo gris,


rodeada por todos lados por cercas de alambre de púas. Es sacado
directamente de una penitenciaría federal. El camino de entrada está
flanqueado y luego el perímetro de la casa también está rodeado. En el 252
porche hay una mujer con un gran sombrero de jardinería, vestida con
pantalones cortos blancos y botas de montaña. Nos saluda desde muy
lejos, como si llevara un barco a puerto.
—Penny. No quiero ser crítico, pero no creo que haya ningún
crimen en esta ciudad en absoluto. ¿Esta valla no es exagerada?
Mira a su alrededor como si estuviera sorprendida de escuchar
acerca de una cerca. —¡Oh, te refieres al perímetro de la cabra! Eso no es
por el crimen. Eso es para Horace. —Señala sobre mí y me giro para
mirar—. Ese es él. Horace es el rey de las Cabras Imbéciles.
A mi izquierda, a unos cincuenta metros de distancia, hay una
cabra pardusca, manchada de blanco y gris, que intenta romper la valla.
Él tira de la alambrada con los dientes, tratando de obtener algo de fuerza
al apretar los cascos en el suelo. Detrás de él hay un grupo de lo que
supongo que son llamas, masticando un poco de heno. Detrás de ellos,
un burro avanza hacia la nada en particular.
Detengo el Suburban junto a un miniván, que tiene el logotipo del
santuario pintado a un lado. Un burro pateador, con las palabras:
SANTUARIO CONTENTO DE ESTAR VIVO.
—Cabras, llamas, alpacas y burros —explica Penny, contando las
letras del acrónimo en sus dedos11—. Hermoso, ¿verdad? Mucho mejor
que Kindergarten blah, blah, blah. —Su dulce voz se convierte en un
gruñido—. Ese imbécil.
Se me ocurre entonces que esta misión podría tener dos propósitos.
Pero mejor lo compruebo, porque estoy bastante seguro de que no está
en el potencial manual de instrucciones del yerno entrar a la casa de tus
futuros suegros y comenzar a preguntarle a la madre de la novia sobre el
ex que dejó en el altar.
Inmediatamente, mi cerebro lógico se pone al día con ese
pensamiento. Novia. Yerno. Futuros suegros.
Santa mierda viva. ¿Puse todas esas palabras en la misma oración?
Miro a Penny, quien me sonríe. —¿Listo? —pregunta, estirándose
para apretarme la mano.
—Para que quede claro: ¿Dickerson está fuera de los límites o
puedo hacer una pregunta o dos?
—¡Pfffft! —dice, riendo—. Ella hablaría todo el día sobre él. Ella y
Wikipedia lo han diagnosticado directamente en psicopatía. Te mostrará
su hoja de cálculo. Es muy convincente.
Amo a esta mujer, y estoy muy orgulloso de ello. Demonios, sí,
pensé eso. —Estoy listo, hermosa. Estoy seguro. 253
***

La madre de Penny se llama Alice, y lo primero que me dice es—:


Bueno, ¿no eres tierno?
A mi lado, Penny gime—: ¡Mamaaaaaaaá!
Pero su madre parece increíble, no muy diferente de mi tía Sharon.
Tal vez cuando las mujeres llegan a la menopausia, todos los genes
jódanse todos entran en acción. Sea lo que sea, es ruda, y esta mujer lo
tiene a lo grande. Me da un guiño conspirador. —Adelante, ustedes dos.
Preparé un café helado y tengo paletas de coco para después.
Nos sentamos en el porche trasero, Penny se queda cerca de mí con
su brazo enlazado al mío.
A lo lejos, veo a un hombre arrojando fardos de heno en la parte
trasera de un camión. —Ese es mi padrastro —explica Penny.
Desde todas las direcciones rebaño surtido de animales raros.
Galopando, corriendo, dando vueltas. —¿Eso es un camello? —

11
G.L.A.D TO BE ALIVE (Contento de Estar Vivo). El acrónimo G.L.A.D. viene de Goat
(cabra), Llama (llama), Alpaca (alpaca) y Donkey (burro).
Entrecierro los ojos. No puede ser. De ninguna manera. Solo… creo…
Jesucristo. Lo es.
—Oh, sí. Ese es Omar. Él es nuestra estrella. —Alice sonríe
satisfecha—. Cuando los niños de la escuela primaria vienen de visita,
los lleva a pasear por la propiedad. Horace no se acercará a él.
Omar se desliza por el horizonte, como algo sacado directamente
de Lawrence de Arabia. Todo es a la vez surrealista y jodidamente
increíble.
Alice agrega crema a nuestros cafés helados. —Pero Omar también
es parte de nuestro problema. —Mientras lo dice, el agarre de Penny en
mi mano se aprieta, igual que en la montaña rusa. Sus grandes ojos se
clavan en los míos, como si dijera: Abróchate el cinturón.
Y luego su madre se descarga, dejando volar con una larga frase,
cada palabra arrojada al aire como municiones de una pistola de
perdigones—: Porque esa excusa lamentable para un ser humano Adolf
Dickerson ha presentado una orden judicial acusándonos de tener
animales exóticos sin una licencia, y no podemos permitirnos la maldita
licencia, lo que significa que si no podemos arreglar esto, todos nosotros,
incluidos Horace la cabra, Omar el camello y Sweet Pea el burro en
miniatura, estaremos perdidos.
Bueno, eso al menos explica de dónde sacó Penny su tendencia a
balbucear. También me disgusta mucho más Dick Dickerson. Ver este 254
lugar lo pone todo en perspectiva. Todos estos animales, ¿a dónde irían?
No en la parte posterior de un campo de golf Dickerson International Golf
Course, eso es absolutamente seguro. Conociendo a Dickerson,
probablemente ya tenga acciones en una fábrica de pegamento.
—Mamá. Está bien. Tengo una pastilla relajante —dice Penny,
hurgando en su bolso—. Maisie las hizo. Solo te dan un pequeño dolor
de cabeza. Minúsculo.
Pero Alice no la acepta. Toma unos tragos de su café helado y me
mira. —Lo siento.
Desestimo esa disculpa. —Iré directo al grano.
—¡Mi tipo de hombre!
—Hice una investigación de antecedentes. Está bastante bien
protegido. Compañías fantasmas, sociedades de cartera, ese tipo de
cosas.
—Anagramas —agrega Penny, adorablemente, pero no
particularmente útil. Aun así. Muy lindo.
—Es muy típico de su trastorno —comenta Alice—. Su ego es
dañado por el insulto más pequeño. —Separa sus dedos por un milímetro
y mira a través del hueco—. Lo que explicaría por qué todavía está
tratando de arruinarme treinta años después de que le dije que se llevara
sus perversiones a otro lado.
Penny me mira con el rostro rojo brillante.
Pero mi modo yerno pasa a segundo plano a mi modo investigador
privado. Esa es mierda de corretaje de información. Secretos, fetiches,
inclinaciones. Cuanto más raro, mejor. —Perversiones…
—No creo que pueda tener esta conversación —murmura Penny,
vertiendo más crema en su café—. Tal vez iré a ver a Horace. Ha pasado
un tiempo desde que me mordió en las espinillas.
Pero aprieto su mano para decirle que se quede aquí, a mi lado.
Puede que tenga los conocimientos necesarios para desenterrar tierra,
pero ella conoce este pueblo y las personas que hay en él. Es la clave de
todo esto. Además, tengo un día más con ella, y de ninguna maldita
manera estoy perdiendo un segundo de eso con una cabra loca que come
alambre de púas por diversión.
—¡Perversiones! —dice Alice, reclinándose hacia atrás en su silla y
volviéndose el sombrero—. Soy una persona bastante abierta. Quiero
decir, me gustan las nalgadas tanto como a cualquier chica.
Penny hace una mueca como si Horace realmente la acabara de
morder en las espinillas, y tengo que tragarme la risa. Toso en mi vaso y
mantengo la calma de alguna manera. ¿Qué tan extraño y asombroso es
esto? Amo este lugar. Amo a esta gente. Jodidamente me encanta.
—Pero ese hombre. —Alice baja la barbilla, como si fuera hora de
ponerse serios—. No sabía que había una palabra para eso, no en los
años ochenta. Demonios, probablemente no había una palabra para eso, 255
no entonces. Pero estaba dispuesta a intentarlo, solo una vez. Voy a
intentar cualquier cosa una vez. Dennis y yo recientemente nos hemos
interesado mucho en...
—¡Mamá! —espeta Penny.
—Correcto. Lo siento, cariño —se disculpa—. Lo que quise decir fue
que una vez me pidió que me vistiera con pieles para él, y nunca, nunca
volvió a ser el mismo.
Penny se ahoga en su vaso, haciendo que su café cremoso
burbujee. Pero desde donde estoy sentado, la visita del sastre en el campo
de golf comienza a tener mucho más sentido. —¿Pelaje, como abrigos de
piel? ¿Tiene un fetiche por los abrigos de piel?
Penny me aprieta la mano con tanta fuerza que mis dedos
comienzan a entumecerse. La miro y veo que su sonrojo ha migrado de
sus mejillas hacia su garganta como una erupción.
—Yo hubiera estado bien con un abrigo de piel —dice Alice,
totalmente imperturbable por el horror de Penny—. No, Russ. El hombre
está casi obsesionado con los trajes de piel. Disfraces de animales.
Cuanto más intrincado, complicado y auténtico, mejor.
—Bromeas.
Alice niega con la cabeza, luciendo satisfecha y encantada. —¡No lo
estoy! Lo busqué en FetLife, y se llaman furries.
Penny hace un graznido estrangulado.
—Y Dick Dickerson es el rey de ellos. Ahora, ¿a quién le gustaría
una paleta de coco?

256
Traducido por Miry
Corregido por Pame .R.

Cuando tenía trece años, tuve el enamoramiento más descomunal


del mundo por un chico de mi clase. Era uno de los populares, usaba su
gorra de béisbol baja, no decía mucho y escuchaba a Live muy fuerte en
su reproductor Walkman amarillo. Su nombre era Matt Greene, y yo solía 257
dibujar corazones alrededor de su nombre en mi cuaderno de Geografía
del Mundo. Por razones que nunca, nunca entenderé, comenzó a
interesarse por mí a mitad del año escolar. Y fue un gran interés. Como,
a veces incluso me miraba directamente a través del comedor, y a veces
incluso me preguntaba si quería ser su compañera en Artes del Lenguaje.
Gran interés.
Una tarde, en los cinco minutos sagrados entre Español y Biología,
Matt Greene se me acercó. Se quitó los auriculares del Walkman, me miró
de arriba abajo y dijo—: Hola.
Solo eso. Solo hola.
Fue como si cada dios griego cayera del cielo a la vez, bajaran sus
espadas, cayeran de rodillas y besaran mis pies. Hola.
—Hola —dije, y me tambaleé contra el banco de casilleros, perdida
en sus profundos ojos verdes y sus tres emergentes vellos de bigote. Su
camiseta preguntaba: “Si el segundo lugar es el primer perdedor, ¿por qué
obtienen un premio?” El dicho más alucinante de octavo grado sin sentido.
Para establecer realmente la escena, Friends se encontraba en su
apogeo, y yo (como Jennifer Aniston me enseñó) vestía un mono de pana
y una camiseta blanca debajo. Muy elegante. Muy Rachel.
Matt dijo—: ¿Quieres, ya sabes, pasar el rato?
Detrás de él, la boca de Maisie se abrió, y aferró su brillante carpeta
de unicornio contra su pecho.
—Yo... claro, quiero decir, tengo que estar en casa a las 4:15 pero...
—No, quiero decir, pasar el rato. En el centro comercial.
Dios mío, pasar el rato en el centro comercial. Era el pasatiempo
misterioso de los chicos geniales: deambular por las afueras de Lucky
Jeans, bebiendo Orange Juliuses, haciendo no-sé-qué. Solo los había
visto de lejos cuando mamá me llevó a comprar ropa interior. —Sí, en
cualquier momento, cuando sea. Estoy totalmente libre todo el tiempo,
todos los días, quiero decir, incluso estoy libre en este momento... —
Maisie hizo un movimiento de corte a través de su garganta y luego
abanicó su rostro con su carpeta, gesticulando ¡Tranquila! Así que traté
de actuar genial—. Tengo práctica de banda el sábado por la mañana,
pero después de eso estoy libre.
Maisie se golpeó la cara con la carpeta de unicornios.
Genial nunca ha sido mi fuerte.
Pero fue lo suficientemente bueno para Matt y sus tres vellos de
bigote. —Genial —dijo, y volvió a ponerse los auriculares. Presionó el
botón de reproducción al costado de su reproductor y se giró para irse.
Sin embargo.
Cuando Matt Greene se dio vuelta para irse y comencé a buscar a
Maisie para que pudiéramos hablar sobre lo que acababa de pasar, mi
mono se quedó atascado en uno de los casilleros detrás de mí. Lo que 258
significaba que mientras daba un paso adelante, mi mono se quedó en el
lugar.
Y se rompió con un largo y horrible rrrrrrrrrip.
Fue lo suficientemente fuerte como para silenciar el pasillo. Y lo
bastante afanoso como para que Matt Greene se girara y también se
quitara los auriculares.
Asombrada y sorprendida por la brisa en mi trasero, me di la vuelta
para ver qué había pasado. Mientras lo hacía, mostré mis muslos un poco
regordetes y mis bragas a todos los que se volvieron a mirar.
Sonido de grillos.
Pero se puso peor.
Porque esa no era cualquier ropa interior, oh no. No era un lindo
par de bragas de algodón con lunares para niñas, no. Eran las que mi
madre insistió en que obtuviera, y ahí estaba, mostrando mi faja color
carne de corte de abuela, a la vista de Matt Greene y toda mi clase de
octavo grado.
Y hasta este momento...
Mamá dice—: Fue el mugido lo que realmente lo ponía en marcha.
Y los ladridos. Esa era la salsa especial.
Russ asiente con la cabeza y luego pregunta—: ¿Hay sexo real con
estos furries, o es más un tipo de frotamiento?
... nunca me sentí más avergonzada en mi vida. Pero esto le gana.
El segundo lugar es el primer perdedor, Matt Greene. Diviértete en el
centro comercial.
Después de devorar mi paleta, pero antes de que mamá pueda
comenzar a hablar sobre su teoría sobre el problema del porno centrado
en los hombres, tomo la mano de Russ y lo saco de la casa.
—¿No quieres conocer a Horace? —pregunta mi madre mientras
empujo a Russ a través del umbral, tirando tan fuerte que me duele el
músculo de la muñeca.
—Puedo perseguirlo con el podador de césped en mi casa, mamá.
Gracias por el café. Saludos a Dennis. —Le doy un beso apresurado en
la mejilla, empujo a Russ por la puerta y cierro el pomo.
Gracias a Dios. Respiro profundamente en el silencio y meto la
mano en el bolso para conseguir el agua de pepino.
Pero luego reaparece mi madre, abriendo la puerta un poco. —Un
placer conocerte, Russ. Espero volver a verte pronto. Es agradable hablar
con un hombre que se siente tan cómodo con el sexo semi desviado...
—¡Mamá!
—También es un placer conocerte, Alice —dice Russ cálidamente,
y mamá cierra la puerta.
Me rocío el rostro una y otra vez y trato de recomponerme. No 259
funciona. Y siento que acabo de caer en una ensalada griega.
Russ, mientras tanto, ni siquiera se resiste a la risa de iglesia-y-
funeral, sino que cae en una risa llorosa, silenciosa y estremecedora,
frotando sus sexys pestañas oscuras y gimiendo. —Penny, ella no tiene
ningún filtro.
—¡Cuéntamelo a mí! —Le doy un codazo en el brazo mientras lo
arrastro hacia la camioneta—. ¡Alégrate de no estar relacionado con ella!
¿Qué tal si es hereditario?
—¿Te gustan las nalgadas? —pregunta, disolviéndose en risitas. Se
limpia una lágrima y se vuelve a consumir en una profunda risa viril.
Intento empujarlo por el pecho, pero me cambia la jugada, me da
vueltas como si bailáramos en el salón de baile y me hace retroceder
hasta que tenemos algo de privacidad detrás del Suburban. Toda mi torpe
frustración se invierte en una especie de necesidad sin palabras. Me
presiona contra el guardafango, una mano en mi cadera y la otra en mi
trasero, sacudiendo su cabeza hacia mí como si fuera tan, tan linda.
Empuja sus caderas hacia mi estómago, y me da ese delicioso y posesivo
movimiento de su barbilla. Espero algo sexy después, como: “Eres linda
cuando estás nerviosa”, o “maldita sea, me encanta cuando te sonrojas.
Algo muy Russ. Pero en lugar de eso, dice—: Sin embargo, nos dio
información valiosa. Las pieles podrían ser la respuesta.
No, no, no. Le doy un empujón a medias, pero no se mueve. —Ya
me he traumatizado lo suficiente. ¿Sabes lo difícil que será ver programas
de naturaleza con Guppy? ¿O ver mascotas durante los partidos de
fútbol? Nunca me recuperaré de esto. ¡Nunca!
Pero parece que ahora ninguna protesta o queja sacará este plan
de su vista. —Es jodidamente perfecto. ¿Él con un traje de alce,
frotándose contra una dama con un traje de conejo? Esa es la clase de
cosas por el que el Internet fue hecho.
Intento olvidar esa imagen tan pronto como toma forma en mi
cabeza, junto con todo lo demás, incluida mi madre diciendo: ¿Un alce en
celo, alguna vez has visto uno? —Suena bastante sospechoso. Sucio.
Caliente.
Russ asiente, pura confianza. —Exactamente. Todo lo que
realmente necesitamos para mantener este lugar, esta ciudad y el resto
de tu familia libre de Dickerson es algo que lo avergonzará. Algo que
tenemos, solo nosotros, que podemos usar como ventaja duradera y
sólida.
A decir verdad, no me importa mucho cómo llegaremos ahí, siempre
y cuando al final sea difamado sin gloria, dejado a toda una vida de
chándales de terciopelo sudorosos de segunda mano y noches pasadas
solo escuchando a Michael Bolton en un apartamento tipo estudio en el
lado equivocado de Tallahassee.
Aparentemente, Russ puede leerme como un libro o puede
escuchar mis maquinaciones desde donde está parado. —Al borde de lo 260
legal, Penny. Sé que quieres llevarlo a donde duele, y creo que esto es.
Imagino que podemos engañarlo o podríamos atraparlo con miel.
Lo miro de reojo, parpadeando contra el sol. —¿Esos verbos son
reales?
—Dios, eres adorable.
Traducido por lauu lr
Corregido por Pame .R.

El camión de Tacos Paco esta estacionado justo detrás de la tienda


de ferretería, y Paco conoce la orden de Penny de memoria. En la esquina
del menú, pintada en madera contrachapada, está un pescado genérico
en un gran círculo rojo y una línea diagonal roja atravesándolo. —Paco 261
es parte de tu tribu —explica Penny.
Le doy a Paco mi orden y pago nuestros almuerzos, y tomamos
asiento en el banco ensombrecido por el ángulo del edificio detrás de
nosotros. Saco el teléfono de mi bolsillo, y lo desbloqueo mientras Penny
se recarga en mí, así que siento la calidez de su brazo desnudo contra el
mío. El viento cambia y de nuevo estoy perdido. —¿Por qué siempre
hueles tan bien?
Hace esta cosa adorable, como si oliera alrededor de su cara. —¿Lo
hago?
—Cristo. Sí.
—Mmm —dice, recargándose contra mí—. También tú.
—Sí, pero yo no huelo a galletas frescas.
Inhala más profundo y lentamente. —Oh, no, hueles mejor que eso.
Y sabes mejor, también. Debería saberlo.
Es como si no hubiera nadie más en el planeta. No Paco, no camión
de tacos, no puñados de personas en su descanso del almuerzo
caminando alrededor y conversando. Solo ella. Y yo. Y el deseo más puro
que he sentido. Lo que daría por acostarla justo ahora en este banco y
follarla hasta que se venga conmigo en su interior. —Me estas
convirtiendo en un animal.
Se burla. —¡Y ni siquiera llevo pieles!
—Linda. Tan malditamente linda.
Me da la clave del Wi-Fi para Visita Port Flamingo, y después de
cerca de treinta segundos de buscar, mi teléfono se mueve de sin servicio
a roaming… y de regreso.
—¿Puedo? —pregunta, sus dedos en cada lado de mi celular—. Es
como usar una Ouija. Toma un toque especial.
—Todo tuyo.
Toma un largo trago de su jugo de sandía y baja el vaso al asfalto.
Manteniendo mi teléfono plano en su mano, lo mueve (izquierda, abajo,
derecha) hasta que conseguimos dos barras completas. —Está bien. Si
nos quedamos exactamente así, tendremos buena señal, ¿Qué estamos
buscando?
—FetLife.
Sus ojos se disparan a los míos. —Oh, por Dios.
—¿Tienes una mejor idea de cómo descubrir que planea Adolf?
Porque si es así, te escucho.
Traga duro y mira la pantalla, que brilla con el sol. Paco sale del
camión con nuestros tacos en dos cajas de poliestireno, unidas por una
cinta pegada con cubiertos y servilletas encima.
Mientras se aleja, dejándonos solos de nuevo, me meto un poco en
su espacio. —Y no pretendas ser santurrona —gruño en su oído—. Sé lo
262
que te gusta, y no es vainilla.
Da la casualidad de que, buscar FetLife con la mujer de la que no
solo me he enamorado sino que quiero follar hasta que se olvide de su
propio nombre, no es lo más listo que hacer en público.
Mientras nuestros tacos se quedan esperando, hacemos un perfil
falso, usando el mismo email que usé para Tumblr y cada compra en
línea que he hecho. Le dejo a ella los detalles del perfil, mayormente,
porque es malditamente sexy, viéndola decidir lo que le gusta, e incluso
más sexy, obtener la confirmación de que sabe lo que le gusta. En vez de
ponerse como sumisa, se desplaza hacia abajo a cambiar.
—Buena chica. —Ajusto mi posición, porque esta erección es
malditamente seria.
Presiona sus labios juntos y gime. Me estiro encima de ella, tomo
su bolso y lo pongo en mi regazo.
—Inteligente —dice, asintiendo.
—Necesario. Para que conste, quiero llevarte al callejón detrás de
nosotros y darte todo lo que tengo.
Penny hace algo parecido a tragarse el hipo y vuelve a dejarse caer
en el banco. —Está bien.
—Y si no hubiera un chico ahí rompiendo cajas para reciclaje, es
exactamente lo que haríamos. ¿Estamos claros?
Me deja tomar su peso en mi hombro. —Sí. Muy, muy claro.
—Bien —le digo, y la acerco un poco más. Juntos, trabajamos un
poco. Solo es cuestión de algunos clics y una búsqueda de códigos
postales revela que hay un hombre a dos códigos postales de distancia
con el nombre de PandaPaul1986. Hago un acercamiento al avatar. Es
un tipo con una máscara completa de panda, pero ese año al final de su
nombre… —¿Es cuando tu mamá lo plantó? ¿1986?
—¡Sí! —jadea Penny.
—La señorita Havinsham, ¿verdad?
Jadea de nuevo. —¡Santa mierda! Nunca se me ocurrió.
—Demonios, sí. Él está congelado ahí. Probablemente aun piensa
que el muro de Berlín está en pie. La ropa, los lentes, todo. Ustedes,
queridas, son rompecorazones. De la cabeza a los pies
Penny le da a mi brazo un golpe con la mano extendida y unas
risitas.
Aumento más el perfil. —Hombre, sesenta y ocho. Emprendedor.
Interesado en furmeets y yiffs. Siempre libre para hablar.
—¿Yiffs? —pregunta Penny, tomando otro trago de jugo de sandía.
—Ni idea.
—¡Está bien, Google! —dice—. ¿Qué es un yiff? 263
Google responde—: Un yiff es un tipo de fiesta en una convención
furry donde hombres con pieles pueden mantener relaciones sexuales el
uno con el otro.
Hombres. Hombres. —No sé qué pensar de eso, pero
definitivamente sé que no quiero pasar mi última noche contigo en una
convención furry.
—Secundo eso.
—Entonces, el perfil falso tendrá que ser…
Penny levanta la mirada y toma un largo trago con su sorbete. —
No tengo idea de qué significa eso, Russ.
—Pronto lo harás.
Traducido por Beatrix
Corregido por Pame .R.

Una hora después, salgo del probador de Máscaras y Más en


Coconut Cove. Llevo un disfraz de zorro pequeño y sexy: un leotardo
peludo y una máscara de hocico de goma que tiene el mismo olor que las
botas de lluvia nuevas. 264
—Hombre —dice Russ, pasando la mano por su barba inicial—.
No me gusta esta mierda, pero mirándote ahora mismo, creo que podría
entenderlo.
Me giro frente al espejo, la esponjosa cola de zorro balanceándose
detrás de mí. No es un traje de piel de cuerpo completo, pero es más que
uno de conejita de Playboy que encuentras en Grimm, y todo junto no
poco favorecedor, para mi sorpresa. Las orejas son especialmente lindas,
y ajusto mi diadema para obtener el máximo efecto. —¿Crees que esto
funcionará?
—Sí, lo creo. Sin embargo, ¿estás segura de que estás lista? Quiero
decir, has conocido a este tipo toda tu vida, villano o no.
Mirando fijamente a Russ en el espejo, lo pienso detenidamente.
Por un lado, me gustaría patear realmente a Dick Dickerson en su escroto
envejecido. Me encantaría deshacerme de Kindergarten Lo Que El Inferno
Sea Inc. de cada una de sus tenencias sombrías. Pero, por otro lado,
Dickerson fue el hombre que una vez usó la mitad de un tarro de
mantequilla de maní para quitarme un mechón con el chicle de Maisie
cuando tenía cuatro años. Mi madre estuvo comprometida con él durante
casi un año. No es del todo malo. O no siempre lo fue. Y cuanto más
aprendo sobre él, más patético y menos vil parece.
—¿Cómo es que tienes que ser tan lógico?
Levanta la palma izquierda y la señala. —Nací así. —Y guiña.
Si bien me siento valiente, Russ tiene razón: los aspectos prácticos
de todo este plan de repente me dan ganas de darme una ducha muy
caliente y larga, con una cucharada extra de exfoliante de sal. Ni siquiera
quiero saber la logística de un yiff, y mucho menos ver uno con mis
propios globos oculares. Y, sin embargo, necesitamos sacar a Dickerson
de la escena lo más rápido posible, por el bien de Port Flamingo. Por el
bien de mi madre. Por el bien de Omar, el camello.
—¿Cuál es nuestra otra opción? —le pregunto, ajustando mi
hocico.
Se ríe un poco, mirándome fijamente. —No sé. No conocerás a
alguien que tenga una pasión casi patológica por la venganza, ¿verdad?
¿Alguien de tu edad, quién cabría en ese disfraz, y quién me dijo mientras
estaba montando su vestidor IKEA y cito: “no le importaría darle a
Dickerson la madre de todos los calzones chinos metafóricos, pero seguía
trabajando en el final de los detalles” fin de la cita?
Tiene todas las habilidades y todas las respuestas. —¡Maisie!
Russ asiente y juega con una nariz de payaso de goma que acaba
de sacar de un estante de exhibición. —¿Crees que lo haría?
En mi propio tesauro personal: ¿Le gustaría a Maisie derribar al
hombre que está tratando de destruir nuestra ciudad? Es una forma muy
complicada de decir: ¡Obviamente! —¿Estás bromeando? Se estará
poniendo bigotes con el delineador de ojos tan rápido que no sabremos 265
qué nos golpeó.
—Perfecto. Ahora, cámbiate de ese atuendo antes de que ya no
pueda manejarme más —pide golpeando mi trasero ligeramente peludo.
En el vestuario, me desnudo hasta que me quedo en paños
menores, y ahí es cuando escucho su teléfono sonar. Después de todo,
estamos en Coconut Cove, a una ciudad de Port Flamingo, lo que significa
que la vida real puede invadirlo en cualquier momento y en cualquier
lugar.
—Sí —le oigo decir, áspero y grave—. Este es Macklin.
Me quito las orejas y el hocico y lo miro a través de la cortina. Le
está dando vueltas a un collar en la mano. Señor, ten piedad de mi alma.
—Oye, hombre, lo sé. Estaré allí a las seis en punto. Mi vuelo arriba
a las cuatro. Si llego tarde a Logan, te lo haré saber.
Me toma solo un segundo entender que está hablando de su vuelo
de regreso a Boston. Su vida. El final de este sueño loco y perfecto.
Aunque he sabido que se acerca, escuchar la confirmación me
sorprende. Me sorprende de una manera que casi nunca me sorprende,
y una ola de emociones me invade, de modo que tengo que apoyarme en
la pequeña silla en la esquina.
—Eso suena genial. Yo también estoy feliz. —A pesar de que su
tono es tranquilo e inexpresivo, las palabras siguen ahí. El próximo
capítulo de su vida está en movimiento, y no me involucra.
Me hundo, sentándome en mi disfraz de zorro, mientras mi
diadema me golpea en la pierna. El aire acondicionado sopla sobre mi
cuerpo mayormente desnudo, y de repente me siento muy fría, muy
pequeña y muy, muy ingenua. Tú, niña tonta. Él nunca lo dejaría todo por
ti. Nunca.
Con ese pensamiento, la tristeza realmente me sobrepasa. Cuando
lloriqueo, la cara de Russ aparece en el hueco al lado de la cortina. —
¿Estás bien?
Su teléfono aún está cerca de su oído, pero es a mí a quien está
hablando. Intento asentir, pero un sollozo sale de mi boca. Termina la
llamada sin siquiera decir adiós. A través de mis lágrimas, lo veo abrir la
cortina y cerrarla detrás de él. Me saca de la silla. —Está bien, Penny.
Vamos a resolverlo.
—¿Pero cómo? —Presiono mi mejilla húmeda contra su pecho y me
aferro a él tan fuerte como puedo.
Me alisa el cabello y me llena la oreja izquierda con un sonido bajo
de shhh, shhh, shhh, hasta que me calmo un poco. En cuanto la tristeza
se calma, aleja su rostro del mío y pregunta—: Si voy a hacer algo, muy
rápido, ¿te quedarás aquí?
Me limpio las lágrimas y asiento. —Sí. Estaré aquí.
—Cinco minutos. Eso es todo lo que necesito.
266
—De acuerdo.
Me da un beso más y sale del vestidor, cerrando la cortina de
terciopelo rojo detrás de él mientras avanza.
Dejó su tarjeta de crédito con el chico de la recepción, así que
cuando salgo, el disfraz está pagado. El empleado coloca el atuendo en
una bolsa de papel, utilizando un cuidado meticuloso para mantener todo
ordenado y organizado, envolviendo la máscara del hocico y la diadema
de orejas en papel de seda. Pero entonces algo me llama la atención. Es
un delantal y todavía no lo tengo en mi colección. Es demasiado corto
para ser útil, y eso significa que es absolutamente perfecto. La Criada
Francesa.
—Lo compraré yo misma.
El empleado me dice. —¿La misma bolsa?
—Seguro. Pero apúrate. No quiero que lo vea.
El hombre sonríe para sí mismo mientras lo envuelve rápidamente
en un pequeño paquete de papel de seda, colocándolo junto al disfraz de
zorro. Firmo mi recibo y guardo mi tarjeta en mi bolso. Justo cuando le
quito la bolsa al empleado, suena el timbre de la puerta y vuelve a
aparecer Russ. En su mano hay una pequeña bolsa de papel. Me lleva
afuera de la mano y se detiene a la sombra de un árbol plantado en un
hueco en la acera.
—No es un anillo —dice—, pero es algo.
Me entrega el pequeño saco y lo abro. Ahí adentro, lo veo. Latón
brillante y reluciente.
Una llave de la casa recién copiada.
—¿Para tu apartamento? —Presiono la llave contra mi pecho,
todavía caliente por la cortadora de llaves. De su bolsillo sale un llavero,
que también parece nuevo. Escrito en el pequeño inserto está su
dirección en Boston.
Me atrae hacia él y me da un beso en la parte superior de la cabeza.
—Lo superaremos. Te lo prometo.
Quiero creerle con toda mi alma. Necesito creerle. Entonces, reúno
mi fuerza, suspendo mi preocupación e intento aferrarme a la forma en
que su cuerpo se siente contra el mío. Me consuela el olor de él y el
tamaño de su mano en la parte baja de mi espalda. Trato de encontrar
algo de paz en el sonido de las palmas de sus manos rozándome y el calor
de su aliento en mi mejilla.
—Hagamos esto, hermosa. Primero nos encargamos de Panda
Paul, y luego la noche nos pertenece a ti y a mí.

267
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Le sirvo a Penny una copa de vino y enciendo la hornalla debajo de


la olla con agua para pasta. Ella da vuelta a la esquina con un vestido de
flores y la veo atar un lindo delantal de sirvienta francesa alrededor de
su cintura. Que me jodan. Alzo mi cerveza hacia ella. —Por ti y por mí. Y 268
por salvar a Port Flamingo.
—Por nosotros, especialmente.
—Primero y por siempre.
Pero justo cuando tomamos el primer sorbo para celebrar nuestra
última noche juntos por un tiempo, escucho el ruido de la puerta trasera.
—¿Están decentes, tortolitos? —pregunta Maisie.
Penny se lleva la mano a la frente. —Esto podría ser más de lo que
esperábamos, Russ. Tal vez deberías ser el zorro sexy. Eres muy
atractivo. Tienes cierto encanto oscuro…
No voy a mentir, se me había ocurrido. Poner a mujeres inocentes
en el extremo opuesto de una expedición de embaucamiento en línea no
es exactamente la razón por la que me convertí en IP, pero esta es la única
forma esta vez. —Estoy bastante seguro de que no soy su tipo, y Maisie
lo hará genial. Si se vuelve demasiado extraño, simplemente cerraremos
la computadora portátil. Eso será todo.
Penny se estabiliza con un trago. —Bueno. Sí. De acuerdo.
Excepto que se vuelve muy claro bastante rápido, en el momento
que Maisie entra por la puerta trasera y Guppy salta del sofá, que había
una variable que no consideramos en todo este subterfugio peludo para
deshacernos de Dickerson. Un ser que no contamos. El peludo de sesenta
y ocho kilos que vive aquí.
Guppy mismo.
Él se detiene y mira a Maisie, quien, por cierto, luce perfecta para
el trabajo. Penny le dijo que se pusiera pesada en el delineador, y ella lo
hizo. No es tan sexy como Penny estaba en el disfraz, pero hay un poco
de locura en sus ojos que realmente pone todo sobre la cima.
Y Guppy está de acuerdo. Miro el reloj. 5:54 de la tarde, y me doy
cuenta por su postura de que el romance nocturno con su cama ha sido
reemplazado por algo mucho más atractivo.
—Oh, Dios —murmura Penny, captando el pulso de la situación
que se desmorona lentamente, igual que yo. Ella bebe de su vino—.
Guppy. Hora de acostarse. —Su voz es tranquila y firme, con una
pequeña corriente de preocupación.
Pero Guppy no la está escuchando. Guppy está en el cielo. Justo
en frente de él hay un zorro tan grande como él, y se está enamorando de
ella justo enfrente de nosotros. —Soy yo —dice Maisie—. Es tu tía Maisie.
Guppy le huele la mano con fuerza y luego monta el aire con dos
ondulaciones de su cuerpo. —Uh-oh —exclama Maisie.
—No el cohete rosa, no en este momento —murmura Penny,
tratando de distraerlo con su armadillo.
Pero ni siquiera el armadillo puede evitar que este tren salga de la
estación. Guppy da otro paso hacia Maisie y se levanta sobre sus enormes 269
patas traseras, colocando sus enormes patas delanteras sobre sus
hombros desnudos. Maisie comienza a reírse y él se dobla hacia abajo y
monta el aire.
Tan pronto como Maisie se ríe, Penny también, y luego es como un
círculo de retroalimentación positiva mientras una risa alimenta a la otra.
Guppy le da a su nueva y sexy amiga zorra una enorme lamida en la cara
y sus caderas rebotan en el aire. Maisie está tan abrumada por la risa
que termina apoyándose directamente en el sofá, hundiéndose en el
patrón floral en una risa silenciosa y de cuerpo completo.
—Guppppppy —intenta decir Penny a través de risitas
temblorosas—. No. Hora de acostarse.
Me aclaro la garganta severamente. —Coche-coche, Guppy.
Penny intenta con otro—: Playa.
Mi turno de nuevo. —Desayuno.
No pasa una jodida sílaba, sobre todo porque Maisie está chillando
y riendo. Los cojines florales caen del sofá y el mimbre chirría con cada
empuje.
Lo aparto de Maisie en un abrazo de oso hacia atrás y lo llevo a la
habitación, mientras Penny camina frente a nosotros con un puñado de
galletas. Él está jadeando y babeando y todavía montando en seco el aire.
—Hombre, tranquilo. Tómatelo con calma. —Siento que estoy tratando
de tranquilizar a un amigo después de una pelea en un bar. Penny cierra
la puerta del dormitorio y lo dejo en su cama, donde él se deja caer sobre
la manta, exhausto.
Desde la cocina, Maisie grita, un largo y encantado—: ¡Jaaaaaa! —
y la escucho servirse un poco de vino para ella.
—Eso fue como algo sacado de uno de tus programas de Animal
Planet —comenta Penny dulcemente, dándole palmaditas en la cabeza.
Él se traga las galletas y rueda de costado. El vigor canino gastado.
Penny se aleja de la cama y me mira. —Eso fue realmente… nunca
he visto algo así. Casi no quería mirar, pero no podía apartar la vista. —
Reprime una risa, como si no quisiera avergonzar al pobre Guppy más de
lo que ya debería estar.
—Al menos el disfraz pasó la prueba.
Penny asiente lentamente mientras nos giramos para irnos. —
Seguro que sí.
Justo cuando abro la puerta de la habitación para ella, guiándola,
escuchamos el ruido familiar de Skype sonando desde mi computadora
portátil. Esta vez, sin embargo, no es la cuenta que normalmente uso, la
que pertenece principalmente a Penny ahora. Esta es una nueva cuenta
que pertenece a ZorriLoxy, la que “Zorri” usó para hacer morder el
anzuelo a Dickerson para un yiff virtual. Y ahora aquí está, justo a
tiempo.
270
Doy unos largos pasos por el pasillo hacia la computadora portátil.
Hago clic en grabar en el software, y saco la silla de Maisie para ella.
Penny endereza el hocico de Maisie y limpia una pequeña mancha de
delineador de ojos debajo de las pestañas de Maisie con la punta de un
dedo húmedo, como si la estuviera maquillando antes de un espectáculo.
—¿Estás lista? —le pregunto mientras Penny se aleja, con las
manos en la boca en anticipación.
Maisie toma un trago de chardonnay, golpea el vaso sobre la mesa
y dice—: ¡Claro que sí! Acción.

***

Maisie es coqueta, tímida, y sigue haciendo esto donde se revuelve


el pelo y se rasca las orejas peludas. Cada jodida vez que lo hace,
Dickerson jadea como si acabara de agarrar sus bolas.
—Entonces, chico grande —dice Maisie, juntando los codos sobre
la mesa de la cocina y haciendo pucheros—. ¿Cómo estuvo tu día?
Me inclino hacia el oído de Penny y le susurro—: ¿Ha hecho esto
antes?
Penny levanta un dedo y saca su lista de tareas del refrigerador. En
el otro extremo del video, Dickerson habla de sí mismo, no como
Dickerson, sino como Panda Paul, que tiene toda una leyenda propia,
increíblemente detallada. Nacido en los bosques de bambú de Tailandia,
el macho alfa de la manada, padre de dieciséis cachorros, una y otra vez.
El tipo es intenso. Pero Maisie no se inmuta, ni una sola vez. Cuanto más
extraños son los detalles, más interesada se ve. —Te dejaría engendrar a
mis cachorros cualquier día —dice ella, con un ronroneo real.
En el papel, Penny escribe: Tuvo un novio súper raro en Dinamarca
durante cuatro años. Nunca se conocieron en persona, pero le pidió que se
casara con él diecisiete veces. Ahora, ya sabes.
Tiene perfecto jodido sentido. Juntos vemos a Maisie trabajar sus
encantos. Todo el tiempo, mantengo mi mano alrededor de Penny, y sin
querer, me encuentro sintiendo su trasero. Ella aleja mi mano.
—Lo siento —me disculpo en voz baja.
Y mueve su dulce dedo meñique en el aire de una manera que no
me hace sentir mal por eso, ni un poquito.
Tomo el bloc de papel y le arranco la nota de Penny. En la parte
posterior de la página, en letras mayúsculas claras, escribo un mensaje
para Maisie. Lo necesitamos sin su máscara.
Penny lo desliza sobre la mesa para ella, y Maisie hace un gesto
casi imperceptible con la barbilla para decir que lo tiene.
—¿Qué tal si me dejas ver esa cara tuya, Paul? Quiero ver al 271
hombre detrás de la bestia.
Excepto que Panda Paul está metido profundo en su papel. —Esta
es mi cara, ZorriLoxy. Soy Panda Paul. Este soy yo.
Cristo. A mi lado, Penny hace una mueca. Se lleva las yemas de los
dedos a las orejas como si realmente quisiera ahogarlo todo con un buen
ruido la-la-la-la.
Pero Maisie, es una maldita profesional. —Sé que lo es, Paul. Pero
tengo mucha curiosidad sobre qué tipo de hombre humano tendría una
voz hermosa y resonante como la tuya. Quiero conocer al animal detrás
del animal. Tan viril. Tan masculino. Tan alfa.
Hay una larga pausa, llena solo por el sonido hueco de Dickerson
respirando detrás de su máscara. Vagamente como Darth Vader, pero
con más pieles involucradas.
—Por favor —suplica Maisie.
—Zorri, esta es mi cara.
Maisie se rasca la oreja y luego acaricia seductoramente su hocico.
Panda Paul vuelve a gemir, pero todavía no parece estar listo para
morder el anzuelo. Entonces es cuando Penny toma el bloc de papel y
escribe un mensaje. Lo escribe tan rápido que ni siquiera puedo verlo
antes de que se deslice sobre la mesa hacia Maisie.
La miro leer la nota, y luego levanta la vista hacia la cámara web,
batiendo sus largas pestañas postizas. —Suenas como ese chico que
interpretó a Magnum P.I. Tom Selleck. Mmmmmm.
—¿De verdad? —pregunta Panda Paul.
—Oh, sí —murmura con admiración Maisie.
Doy un paso al costado de la sala de estar, fuera del marco, pero lo
suficientemente cerca como para ver la pantalla. Penny se queda donde
está en la cocina, sosteniendo su vino en la mano y haciendo una mueca
como si se estuviera preparando para un accidente aéreo.
—Por favor, Paul —ruega Maisie, y agrega un pequeño y agudo—:
¿Arf?
Ese pequeño ladrido sella el trato. Dickerson pone sus patas de
panda peludas a los lados de su máscara. Hay un susurro y el sonido de
un velcro que se separa.
Y luego ahí está. Dick Dickerson, con una máscara de panda en la
parte superior de su cabeza, luciendo sudoroso y drogado por todo el
acto. —Este soy yo, ZorriLoxy. Aquí estoy. ¡Rawr!
Desde la cocina, Penny chilla de alegría y me paro detrás de Maisie,
dejando que mi cara entre en el cuadro.
—¿Qué en el siempre amoroso… ¡Macklin! —Se pone la máscara de
nuevo, manteniendo las manos peludas a los lados de su rostro, como la 272
mascota perdida en un partido de baloncesto universitario.
—Saca tus dedos gordos de Port Flamingo, Dickerson.
—¡Deja a mi madre en paz! —exclama Penny desde fuera de la
pantalla.
—Y deja de ser tan imbécil —agrega Maisie.
Gime por debajo de su máscara y se lleva las manos a los ojos
saltones de panda. —Maldito seas, Macklin. Lo sabía. ¡Nunca confíes en
un hombre con una camisa de vestir color lavanda!
—Jódete, Dick. —Lo tengo donde lo quiero, y ahora es el momento
del golpe mortal—. Déjate de mierda o de lo contrario este video se volverá
viral más rápido de lo que puedes decir “tiro de búnker”.
—¡Grrrrrr! —dice Panda Paul.
Le doy el viejo saludo Semper Fi. —Es un placer hacer negocios
contigo, Adolf.
Fin de la grabación.

***

Después de que Maisie se va, y luego de que brindamos por


nosotros y un trabajo bien hecho varias veces, por socios y crímenes, por
la caída de Dickerson, y todo lo demás, la levanto en el mostrador de la
cocina, como la tuve esa primera noche.
—Eres una especie de héroe, ya sabes —dice, mordiéndose el labio
y volviendo a mis brazos. Puedo decir que está un poco borracha. Joder,
sí.
—¿Tienes hambre? —le pregunto y la atraigo hacia mí, deslizando
su falda y su delantal de criada francesa por sus piernas.
—No de comida, no. —Engancha su dedo sobre mi cinturón y
envuelve sus pantorrillas alrededor de mi trasero.
La levanto del mostrador y la llevo de la mano al dormitorio. Guppy
sale de sus sueños de ZorriLoxy y trota hacia la cocina.
Caminando hacia atrás, sus rodillas se doblan en el instante que
llega al colchón. Levanta sus manos y las mueve hacia las almohadas.
Tanto el vestido de verano como el delantal suben por sus muslos,
mostrando sus bragas. Me quita la camisa por encima de mi cabeza y la
tira al suelo. Sus piernas se abren para mí automáticamente, como si
supiera exactamente lo que necesito. Tomo sus bragas con mis dientes y
las arrastro a un costado, enganchándolas con mi dedo índice para
exponer su coño en toda su jodida gloria. Me hundo directamente en ella,
tirando de su clítoris con los dientes, y levanto la mano para pellizcarle
el pezón. Responde al pellizco con un estremecimiento, pero luego se
relaja debajo de mí, confiando en mí para hacer lo que hay que hacer. 273
Enredado en todas estas últimas horas hay un gran miedo de mi
parte. Es una mujer hermosa. Estaré a tres mil millas de distancia. No
soy tan arrogante como para pensar que ella podría no conocer a alguien
más mientras estamos separados, y no la culparía. Es posible, en el peor
de los casos, que esta sea la última vez que esté con ella, y tengo que
estar preparado para eso. Entonces, una vez que la he probado, una vez
que estoy drogado con la forma en que se siente y con su olor, como las
conchas marinas, como el océano afuera, saco la boca de su coño y me
limpio los labios en su pierna. Saco mi teléfono de mi bolsillo, luego me
desabrocho los pantalones y me quito la ropa interior. Me arrodillo a cada
lado de ella, con mi polla en su vientre y tomo una foto de eso. Una foto
de su coño. Un primer plano de mi polla contra su clítoris, con el borde
de sus bragas en el marco. Otro primer plano de su pezón tenso entre
mis dedos.
Ella alcanza mi teléfono y las ve. —Oh, Dios —gime con los dientes
apretados.
—Quiero un montón de estas, ¿de acuerdo? ¿Cuando estemos
separados? Envíame toda tu inmundicia.
Asiente, ya triste. —Llenaré esa ventana de Skype con tantas cosas
así que tendrás miedo de abrirla en público.
—De eso es de lo que estoy hablando. —Arrojo mi teléfono sobre la
cama y arrastro mis manos por su cuerpo, tratando de cubrir cada
centímetro de su cuerpo con mis huellas, obsesionado con la idea de
marcarla como mía. El moretón en su cadera todavía está allí, así que
también tomo una foto de eso—. Me encantaría ver eso como un tatuaje.
—Presiono mis dedos en el lugar.
—Lo haré. Todo lo que tienes que hacer es decir la palabra.
Es una maldita diosa, y ese dulce coño es solo mío para ver. Ella
es todo fuego allí. Exactamente lo que siempre he necesitado. —No quiero
que ningún otro hombre te toque nunca más.
Levanta una ceja. —Te ves fantástico todo posesivo.
Me paro a los pies de la cama y me quito la camiseta. —Me haces
enloquecer con eso. Loco por hacerte mía.
Se ríe un poco, girando su mejilla hacia las sábanas y dejándome
ver esa larga y hermosa línea de su garganta. Sus dedos se mueven hacia
su colgante de estrella de mar, y se lo lleva a los labios. —Ya me diste tu
llave.
—Sí —le digo, mirándola de arriba abajo, observando hasta el
último centímetro—. Pero quiero darte mucho más que eso.
Me mira como si no supiera qué decir. O como si estuviera tratando
de descifrarlo. Y por un segundo, estoy pensando: Joder, hombre.
Empujaste demasiado.
Pero luego coloca sus pies sobre mis muslos, levantando su trasero
de la cama. Su espalda se inclina y hace que su abdomen se curve hacia 274
afuera de esta manera sexy y exagerada. Por un maldito segundo, en esa
curva en su estómago, puedo ver cómo se vería, no como es ahora, sino...
Paso mi mano sobre esa curva inclinada y la piel muy estirada
sobre su ombligo. Ella tiene que estar pensando lo mismo que yo. Es tan
jodidamente obvio aquí entre nosotros. Está colgando en el aire como un
pensamiento no dicho. Es lo más condenadamente humano, lo que nos
uniría más allá de distancias y trabajos. Más allá de ciudades de
residencias y planes quinquenales. Lo que nunca consideré hasta que
comenzó a dejarme poner mi semen dentro de ella. —Maldita sea, Penny.
No me tientes.
Pero no se ríe ni pone la mejilla. No se hace la recatada y batea sus
pestañas. No se ríe. Sostiene mi mirada y dice—: No te estoy tomando el
pelo, Russ. Quieres que sea tuya, hazme tuya.
Inclina aún más su estómago, exagerando ese lugar imaginario.
Mierda. ¿Esta mujer perfecta, esta hermosa criatura, a mi lado para
siempre? Todos los años pasan frente a mí, una instantánea tras otra. —
Si eso sucede, no podemos parar con uno.
—Ni uno. Tres. Cinco. Siete. Nueve —dice, ahora sonriendo un
poco. Abre más las piernas y me hundo más profundamente. Sin siquiera
tener que guiar mi eje, empujo dentro de ella, apartando sus bragas con
mi pene. Cuando estoy realmente profundo, la atraigo aún más,
enganchando mis dedos sobre sus hombros y cubriéndola todo lo que
puedo con mi cuerpo. Porque quiero protegerla, quiero devorarla, quiero
ser su todo. Por siempre y para siempre.
—Sabes de lo que estoy hablando —le digo, y pongo mi mano sobre
su vientre—. Quiero ser claro al respecto.
Asiente, y en mi oído susurra—: Quiero que ese sea el riesgo cada
vez que entras en mí. Cada vez.
—Mierda. Penny.
Me da un apretón de bolas. —Cada vez.
Joder. Pero como de costumbre, sus palabras, su cuerpo, sus
gemidos y dedos de los pies curvados, me hacen querer más. Me hace tan
jodidamente codicioso por ella: ser más, tener más, llevarla al límite. Ser
inmundo, posesivo y nunca disculparme.
Mis labios están justo contra su oreja, y puedo saborear su perfume
en su piel. —Quiero follarte hasta que tengas a mi bebé. No necesito
papeles, no necesito anillos. Quiero tenerte y hacerte mía. Tan simple
como eso.
Presiona su cabeza contra el colchón, colocando una pulgada entre
sus ojos y los míos. Muevo mi mano derecha hacia abajo sobre su trasero
y lo agarro con fuerza, hundiendo mis dedos en esa carne perfecta y
suave. Sus rodillas vuelven a caer en el buen y anticuado misionero.
Ahora coloca sus labios en mi oído y su aliento calienta mi mejilla. 275
Le doy un impulso lento, y luego otro, que es cuando finalmente dice—:
Hazlo, Russ. Déjame embarazada, si es que aún no lo has hecho.
Y con esas palabras, el deseo más profundo que nunca supe que
tenía, malditamente se desata.

***

Nos quedamos acostamos en la cama durante horas, ella con la


cabeza apoyada en mi brazo y yo acariciando suavemente su cabello.
Realizamos una caminata de medianoche a la luz de la luna a lo largo de
la playa. Hacemos un plan para mi regreso en dos semanas y para llevarla
a verme dos semanas después. Al final del puerto, se vuelve hacia mí y
me rodea con los brazos alrededor del cuello.
—Te voy a extrañar muchísimo. —Veo una lágrima deslizarse por
su mejilla, brillando bajo los rayos de luna azulados.
—¿Qué tal si veo si puedo retrasar la firma del contrato? Haré
cualquier cosa por ti, Penny. Solo dime lo que necesitas.
No me responde. Por primera vez, no me lo da directamente. Y lo
que necesito directamente, en este momento, es que diga todas las cosas
importantes que parecen demasiado pronto para decir. Sí. Ahora.
Siempre. Tú y yo. Renuncia a todo. Arriésgate con esto. Pero no lo hace.
En cambio, se limpia la mejilla contra mi camisa y sacude la cabeza. —
Dos semanas —dice, con los labios temblando, rompiendo mi maldito
corazón.

276
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Lo sigo hasta donde tiene que entregar el coche de alquiler. Me


estaciono en el lugar de espera y salgo, manteniendo mi mano en la suya
a cada paso. Cada cosa necesita ser memorizada. La forma en que
camina, la forma en que sus pantalones abrazan ese sexy trasero, su 277
cuerpo. Sus ojos. Pone las llaves y el contrato en el mostrador, y los
desliza hacia la asistente. No noto nada ni a nadie, excepto a él. El ruido
de la televisión parece estar muy lejos, y lo único de lo que estoy
realmente consciente, es que necesito sentirlo a él a mi lado.
Paga su factura, y dejamos la pequeña oficina. Pone su maleta en
la parte trasera de mi Bronco y cierra la puerta trasera. Acercándose la
mano a la frente, se protege la cara del sol y me mira.
Es como si cada minuto fuera una eternidad. No quiero que pasen
y, sin embargo, sé que están pasando. Cada segundo es uno menos que
nos pertenece.
Detrás de él hay un grupo de palmeras que se mecen con la brisa.
Saco mi teléfono de mi bolsillo y abro la cámara.
Me pongo de puntillas y le doy un beso en la mejilla, tomando la
foto mientras lo hago. Ni siquiera puedo soportar mirarlo, no aquí. Ahora
no. Aún no.
—Envíame eso, ¿de acuerdo? —pide.
Ya me estoy ahogando y asiento con fuerza, frunciendo los labios
para contener un sollozo. Dejo caer mi teléfono en mi bolso y luego me
meto en el asiento del conductor de mi automóvil. Se pone del otro lado,
y su mano encuentra su camino hacia mi muslo, ese mismo agarre
posesivo y delicioso que ha usado conmigo desde la primera vez. Es como
si ninguno de nosotros supiera qué decir, por lo que conducimos en un
doloroso y desgarrador silencio. Me detengo en el estacionamiento a corto
plazo, fuera del sol y en las sombras profundas. No pierdo el tiempo
buscando un lugar, tomo el primero que encuentro. Mientras estaciono
la camioneta, él se inclina y acuna mi mandíbula en su mano. Este beso
es más tierno que urgente, y también muy, muy triste. Mis lágrimas se
deslizan por mis mejillas y humedecen sus labios contra los míos.
Juntos nos dirigimos hacia la terminal. Lleva su maleta por el asa
lateral, por lo que no se oyen ruidos de rodadura, solo el sonido de
nuestros pasos sobre el hormigón manchado de aceite. La maleta no le
parece pesada, porque me doy cuenta de que no lo es. Solo contiene una
semana de ropa. Eso es todo lo que ha sido. Una semana. Una semana
que cambió toda mi vida.
Y ahora se acabó.
Comprueba su vuelo, sin soltarme nunca la mano. Lo vislumbro en
su licencia, donde se ve mucho menos feliz, más como cuando lo vi por
primera vez y no como el hombre que he llegado a conocer. Antes de que
el agente de boletos pueda tomar su bolso, saco mi pompón rosado de mi
bolso y lo anudo dos veces en el asa.
—Ahí —susurro.
Lo miro y veo que sus labios, esos labios sensuales y confiados,
tiemblan. Se lleva el puño a la boca y sus ojos se llenan de lágrimas, se
derraman sobre sus pestañas oscuras y se deslizan por sus mejillas. Tan 278
pronto como sus lágrimas comienzan a llegar, también las mías, en
grandes, terribles y dolorosos sollozos.
—Odio esto —admito contra su camisa.
Su respiración es irregular mientras trata de contener la tristeza.
—Mierda. Yo también.
El asistente toma su bolso y mira tristemente hacia él, hacia mí, y
de regreso, luego lo pone en el transportador y dice—: Puerta A6, señor
Macklin. Embarque en media hora.
Esperamos hasta el final más amargo, más áspero de esos treinta
minutos. Nos sentamos juntos, haciendo más planes para la próxima
visita, y la siguiente y la siguiente, asegurándonos que pasarán en un
instante, que no se sentirá como nada de tiempo en absoluto, que dos
semanas pasarán antes de que nos demos cuenta. Pero cada minuto de
esta semana fue la eternidad más preciosa, y cómo sobreviviré dos veces
así sin él, simplemente no lo sé.
Cuando la última llamada de abordaje llega por los altavoces, nos
dirigimos a la seguridad. Espero con él todo el tiempo hasta que no me
dejan quedar más, hasta que el agente de la Administración de Seguridad
y Transporte sella su boleto y le entrega su identificación.
Se vuelve hacia mí y me toma en sus brazos, me hace caminar
contra la cinta del carril negro y se aparta. —Esta ha sido la mejor
semana de toda mi vida, Penny. Nunca supe lo que era ser feliz hasta que
te conocí.
Hay tantas cosas que quiero decirle, tanto que no puedo decir. Por
favor no te vayas. Por favor quédate. Por favor. Por favor. Por favor. Pero
por el altavoz, lo llaman por su nombre.
—Te amo —le digo, mientras me abraza tan fuerte que mis pies se
elevan, hasta que no hay gravedad sino él, ninguna fuerza en el mundo
más fuerte que lo que sentimos—. Avísame cuando aterrices en… —Pero
no puedo pronunciar las palabras.
—Yo también te amo. Nos vemos pronto —asegura, y finalmente
me baja. Se aleja de mí y se da la vuelta.
Pídeme que te acompañe de nuevo. Insiste en ello. Dime que tu
corazón también se está rompiendo.
Y él se gira hacia mí, pero no dice nada. Solo sonríe y se limpia los
ojos, el pulgar y el índice empujan las lágrimas.
Nunca he conocido una angustia como esta, jamás. Es el tipo de
pena que me hace querer caer de rodillas. Lo miro quitarse el cinturón y
ver un atisbo de piel debajo de su camisa cuando se la quita fuera del
pantalón. Pone su bolsa en el transportador y su computadora portátil.
Sus zapatos, sus llaves. Todas las pequeñas cosas que adoro porque son
suyas. Todo lo que es suyo es perfecto. Todo lo que él es, perfecto
también. Se queda, con los ojos en mí, por un largo momento. Y luego se
va.
De alguna manera, a través de mis lágrimas, encuentro el camino 279
de regreso a mi auto. Presiono la caja de los auriculares sobre mi pecho.
Abro mi teléfono para ver la imagen de nosotros dos bajo el sol y me llevo
la mano a la boca. Y durante mucho tiempo, me siento en el
estacionamiento oscuro y silencioso, sollozando con la cabeza en el
volante, mientras Adele a mi alrededor canta sobre la diferencia entre
nosotros, el millón de millas y quienes solíamos ser.
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Justo antes de que despeguemos, mi teléfono suena. Quiero que


sean las mil cosas que necesito escuchar. No te vayas. Quédate. Quédate
para siempre. Pero en cambio, es la foto de nosotros juntos, frente a las
palmeras. Me veo tan feliz que apenas me reconozco. Pero la reconozco. 280
El amor de mi vida, que ahora se aleja cada vez más de mí a medida que
avanzamos hacia el despegue.
Abro el video de su risa del día en que conducía de regreso a mí.
Su risita llena mis oídos, y esa sonrisa contagiosa también me hace
sonreír. Lo veo una y otra vez: su mirada, su sonrisa, su risa de cuerpo
entero. Y mi corazón toca fondo cada vez que termina.
Ni siquiera trato de ocultar las lágrimas mientras veo a Port
Flamingo desaparecer debajo del avión. Desearía con todo mi puto
corazón haberme arrodillado y haberle dicho: A la mierda la vida real.
Cásate conmigo. Quédate conmigo para siempre. Toda la mierda que
debería haber dicho anoche, y hoy, y otras cien veces, pero no lo hice.
Traducido por Miry
Corregido por Pame .R.

Tan pronto como llego a casa vuelvo a la cama, donde paso las
nuevas pocas horas llorando en el pelaje de Guppy y entrando y saliendo
del sueño mientras viejos episodios de Murder, She Wrote se reproducen
desde mi computadora portátil. Cuando termino una pinta entera de 281
helado, mi teléfono suena con un mensaje del alcalde.

¡Dickerson ha retirado su permiso para el campo de golf!


¡Parece que está siguiendo adelante, querida!

Creo que es un buen momento para darle las malas noticias al


alcalde, así que me froto los mocos con los nudillos, le envío un emoji de
gorro de fiesta con solo la mitad de mi corazón y le digo:

Creo que el explorador de la película en realidad se hallaba aquí


investigándolo.

A lo que responde con un gif de Sonny Bono aplaudiendo. Dejo caer


mi teléfono en las sábanas y entierro el rostro en la fresca funda de
almohada donde dormía Russ. Mi celular vuelve a sonar y veo que no es
Russ, ni siquiera el alcalde, sino un mensaje de mi madre. Es una foto
de Omar, la cual ha delineado con un corazón rojo dibujado a mano, las
líneas un poco desiguales de la aplicación de edición de fotos de su
teléfono. Debajo de ella ha agregado el mensaje:
¡Lo lograron! ¡La granja está a salvo!
¡Dale un abrazo a Russ por mí!

Quiero estar feliz. Estoy feliz, por ella, los animales y Dennis, y
también por Port Flamingo, pero también estoy bien y verdaderamente
atrapada en una desesperada y melancólica tristeza. Sin más helado, me
muevo a las galletas de chocolate, que hacen que mis sábanas se sientan
como si las hubiera rociado con arena. Extraigo la información de su
vuelo en Internet y sigo presionando actualizar hasta que aterriza en
Boston. A los pocos segundos de que el vuelo aterrizó, me envía un
mensaje con un simple:

Te amo.

Y las lágrimas comienzan de nuevo. Estuvo aquí por tan poco


tiempo y, sin embargo, cambió todo. Me cambió, cambió nuestra ciudad,
cambió mi vida. Sacudió todo lo que soy, todo lo que sé y también todo lo
que siempre pensé que quería.
Maisie viene a verme cada pocas horas y finalmente llega y se queda
alrededor de las cinco en punto. Se sienta a mi lado en la cama, coloca
su mano en mi frente cada diez minutos y me toma el pulso sin ninguna 282
razón. Alimenta a Guppy y arrastra mis cajas del correo hacia adentro
desde el porche. Pero alrededor de las seis, entra a mi habitación con los
puños en las caderas. —Estoy de acuerdo con los períodos de luto, pero
no puedo ver esto. —Y luego, literalmente, me saca de la cama. Me obliga
a ponerme unos pantalones cortos negros suaves y mi camiseta sin
mangas favorita. Me ruboriza las mejillas y luego, arrastrándome por
ambos brazos, me carga en su auto.
—¿A dónde vamos? —digo tristemente contra la ventana.
—A animarte. Sé exactamente la cosa.
Exactamente la cosa es, por supuesto, no la cosa en absoluto,
porque es una bebida juntas en Lucky’s. Cuando estaciona su pequeño
vehículo en el estacionamiento arenoso, dejo caer el rostro en mis manos
y los sollozos comienzan de nuevo. Estoy demasiado agotada para decirle
que este es el peor lugar que podría haber elegido y, sin embargo, también
estoy demasiado cansada para resistirme. Rodea su codo con el mío y
caminamos por la arena, por el mismo camino que tomé con Russ. Donde
estuvieron nuestros pies esa primera noche. Donde todo comenzó a
cambiar para siempre.
En la playa, nos sentamos en el mismo lugar donde Russ y yo nos
sentamos, pero la arena no cede debajo de la silla de Maisie. Miro las
salsas picantes a través de los dedos. —No sé cómo hacer esto, Maisie.
Sé que no debería sentirme así...
Su mano frota el dorso de la mía suave y lentamente. —Está bien.
Te sientes cómo te sientes, y eso tiene sentido para mí.
Las lágrimas caen sobre mis piernas desnudas. Maisie pide dos
margaritas de mango para nosotras y miro a Lucky mientras lloro.
Incluso a través de la confusión de mis lágrimas, puedo ver que su gran
rostro se ve preocupado y con dolor. —¿Estás bien, Pen? ¿Ese tipo se
recuperó del incidente?
El maremoto de tristeza me golpea una vez más. Es una locura y,
sin embargo, es lo único lógico. Hay una sabiduría de la cabeza y una
sabiduría del corazón. Sé que lo volveré a ver, pero hay un gran agujero
enorme en mi pecho donde solía estar. Donde debería estar siempre.
—Está bien —explica Maisie, entregándome una servilleta de
papel—. Dos congelados, mango, borde de azúcar. Uno doble para mí y
uno triple para ella.
Intento sonarme la nariz, pero he llorado tanto que mis senos
nasales están bloqueados por completo. Hago un graznido terrible en la
servilleta de papel marrón y las lágrimas siguen llegando.
Lucky regresa con nuestras margaritas y una canasta de calamares
de cortesía. Tan pronto como la deja sobre la mesa, presiono la servilleta
contra mis ojos con tanta fuerza que veo destellos. Maisie hace ruidos
suaves ―: Shhh, shhh, shhh. —El chorro de limón es un suave rocío en
mi antebrazo, pero estoy demasiado congestionada para olerlo. 283
—Necesitas comer —dice—. Desaparecerás frente a mí si no lo
haces, y no podemos permitir eso. ¿Quién probará una versión beta de
mi nueva sal exfoliante? ¿Quién va a hacer yoga en la hora feliz conmigo,
si no tú? ¿Norm del correo?
Ensarta un trozo de calamar con su tenedor de plástico,
sosteniéndolo en el aire para mí. Empuja mis labios cerrados con el
círculo maltratado. —Oh, Dios mío, Penny. No es el batido de heno. Te
encantan los calamares. Así que hasta el fondo. Por favor ―suplica, y
finalmente abro la boca.
—Aquí vamos. —Asiente maternalmente mientras hago todo lo
posible por masticarlo. Trago saliva, trago un poco de mi margarita con
una pajita y me seco las mejillas con una servilleta nueva.
Maisie me da otro trozo de calamar y luego otro. Mientras mastico,
hace pequeños movimientos de masticar, asintiendo con sus cejas
perfectas juntas en una línea dramática. Cada bocado me recuerda a ser
una niña pequeña y tener dos infecciones de oído y un resfriado al mismo
tiempo. —Está bien, Penny. —Su voz está muy lejos, y siento que me
encuentro bajo el agua—. Estará bien. Solo dos semanas, y él estará de
vuelta aquí.
—Dos semanas. Catorce días. Trescientas treinta y seis horas. —
Paso a sollozos de nuevo.
—Chico, Cupido está lanzando un asalto a gran escala contra ti.
Toma un poco de margarita. Déjame traerte un poco de mi tintura
calmante. Solo sabe a vinagre por un segundo.
Me pongo el sorbete de margarita en la boca, pero antes de que
pueda tomar un trago, algo más me ocurre: es una sensación totalmente
desconocida. Es un mareo que me revuelve el estómago. Una vez, mi tío
me llevó a algunos mares agitados y me sentí así de mal. Dejo la margarita
y me aferro al borde de la mesa. Un temblor de náuseas me llega desde
la boca del estómago y mis manos se vuelven frías y húmedas. Me golpeo
la boca con la palma de la mano y voy hacia el cesto de la basura, pero
es demasiado tarde. Este barco está navegando, y pierdo mis galletas
directamente en las olas del océano.
Maisie se encuentra justo detrás de mí, y pronto llega Lucky con
un montón de toallas de papel húmedas. Caigo de rodillas en la arena
húmeda, la bilis punzante del vómito me arde en las fosas nasales y me
quema la garganta.
—Hay algo malo con ese calamar —le digo a Lucky en tanto me
limpio la boca.
—No lo hay —me contradice, y da palmaditas en mi espalda—. Lo
he estado comiendo todo el día. Y todos los demás.
—Me siento bien —agrega Maisie—. Tal vez es todo el llanto. Vamos
a llevarte a casa. Te pondré en la bañera y luego podremos ver algo de 284
Dickens.
Oh, Dios. Aparece la tristeza y la ola de náuseas nuevamente. Me
tiro a la arena y vomito el helado del almuerzo.
—Tal vez tienes un bicho. —Maisie mueve mi cabello a un lado.
Cavo mis dedos en la arena y me preparo para otra ronda. Las olas se
deslizan por la orilla, y el olor del océano me enferma nuevamente,
reduciéndome a horribles arcadas—. Tal vez debería llevarte a Urgencias.
—Maisie —gruño, a través de los vómitos—, te amo, pero no estás
ayudando.
—Está bien, está bien —dice suavemente, tirando de mi cabello
hacia atrás en una improvisada cola de caballo mientras caigo sobre mis
codos, superada por las náuseas nuevamente—. Tiempo de silencio. Lo
tengo.
Observo los enormes pies descalzos de Lucky hundirse en la arena
húmeda, hasta que llega hasta los tobillos. Otra ronda de arcadas me
golpea, y otra, hasta que me encuentro a cuatro patas en la playa.
Cuando vuelvo a sentarme, entre episodios, Lucky deja escapar un
silbido que suena como uno de los efectos de sonido de radio del alcalde.
—La última vez que vi a una persona enferma de esta manera —comenta,
dándome palmaditas en la espalda nuevamente—, fue cuando mi señora
estaba embarazada.
La mano de Maisie detiene sus suaves roces. Una bocina se detiene,
dejando el aire inquietantemente silencioso. Me congelo, viendo cómo las
olas se esfuman frente a mí. Y luego me vuelvo para mirar a mi amiga,
cuya boca cae abierta mientras me mira sin pestañear.
Embarazada.
Oh.
Dios.
Mío.

285
Traducido por Beatrix
Corregido por Pame .R.

Esa noche, a las seis, salgo de un taxi frente a un restaurante de


carnes en Boylston. Las calles están llenas de gente que se dirige a casa,
observando el suelo mientras caminan, y comienza a nevar. Entro por la
primera puerta, en la pequeña antesala climatizada, y la anfitriona me 286
abre la segunda puerta. —Me reuniré con un par de chicos aquí. La
reserva probablemente esté a nombre de Miller.
Mira hacia la computadora, una pantalla plana en el podio. —Sí,
señor. ¿Puedo tomar su abrigo?
Cambio mi chaqueta por un comprobante de reclamo, y ella me
lleva a través del restaurante lleno. Los filetes chisporrotean y los
tenedores resuenan en los platos. En la mesa del fondo, en un rincón
privado, se encuentra Rex con dos de sus inversionistas, también tipos
del ejército, pero no los conozco. Los tres llevan traje, como yo. Delante
de la silla vacía hay un whisky con hielo, esperándome. En la parte
superior de mi menú hay una carpeta manila con el logotipo de
Darkwater.
Hace dos semanas, estaba tan jodidamente entusiasmado con esto.
No más ajetreo de IP, solo trabajo constante y sólido para alguien que ha
estado en el infierno y ha vuelto conmigo. Pero ahora, todo es diferente.
Ella me deshizo por completo.
Rex se levanta y me da la mano. Presenta a los otros dos como
Ortega y Brooks. Es el viejo movimiento familiar: un apretón en los
hombros. —Bonito bronceado —comenta Rex, cuando nos sentamos de
nuevo—. ¿Dónde demonios has estado?
Solo consiguiendo que mi maldita vida se ponga patas arriba. —
Joder, si supieras.
Me estudia como si hubiera algún secreto que podrá encontrar en
mi cara, o como si estuviera ocultando una herida de metralla para
mantener la moral. —¿Estás bien?
—Sí, estoy bien. —Que puta mierda. Estoy lo contrario de bien.
Reviso mi teléfono, como lo he estado revisando todo el día, mi pulgar
abre automáticamente Skype y la ventana de chat con ella. Respondió a
mi mensaje anterior con: También te amo. Pero no ha habido nada desde
entonces.
Levanto la vista de mi celular e inhalo con fuerza, mirando
alrededor de la mesa. Es un déjà vu surrealista, volver a sentarse frente
a Rex en infinitos juegos de póker en Basora. Volviendo a los recorridos,
que pensamos que nunca terminarían. Pero eso fue entonces. Y esto, este
sentimiento en mis entrañas, es ahora.
—Papeleo primero, celebración después —dice Rex, y destapa un
bolígrafo.
Su anillo de bodas me llama la atención, al igual que su teléfono
en la mesa, la imagen de su esposa debajo del código de acceso, con sus
dos hijos besando sus mejillas. Entonces la pantalla se desvanece a
negro.
Ortega y Brooks ordenan otra ronda de bebidas, y Rex le pide a la
camarera cuatro chupitos de Jack. Abro la carpeta y las palabras me
llegan como gráficos en un PowerPoint. Contrato por 5 años. Beneficios. 287
2,5% de participación. Volteo al primer marcador, esperando mi firma.
Pongo mi bolígrafo en el papel.
Y pienso en ella. Y lo que podríamos tener, ahora mismo. Y para
siempre después.
Este contrato es un trato realmente dulce.
Pero no tan dulce como ella.
Ahí es cuando lo sé: Ella es mi futuro, no hay duda de eso.
Quito mi pluma de la línea de la firma y luego sacudo la cabeza
hacia Rex. —Lo siento. No puedo.
Rex pone sus codos sobre la mesa, haciendo temblar todos los
vasos. No se ve tan enojado sino jodidamente desconcertado. Ortega y
Brooks se miran y al unísono aflojan sus corbatas. Mi camarada
pregunta—: ¿Tú qué?
Cierro la carpeta y respiro hondo. —Yo solo… —Miro el logotipo,
todo industrial, misterioso. Ominoso. Trabajos secretos, información de
alto valor. Un mundo aparte del que quiero, de la mujer que necesito—.
... no puedo.
La camarera regresa con los chupitos primero. Delante de cada uno
de nosotros, el whisky tiembla en gruesos vasos de cristal.
Rex levanta las manos para decir ¿Qué mierda? Pero ahora no lo
dudo. Solo hay una razón para dejar el trabajo de toda una vida, y es
Penny Eleanor Darling. Así que solo lo digo. Puro y simple—: Conocí a
una mujer en Florida, y no quiero despedirme de ella nunca más.
Mientras Rex frota su pelo rapado, me mira, perplejo y asombrado.
Y no lo culpo. Una vez le dije lo que solía creer: que el amor era para otras
personas. No para mí. —Amigo —dice finalmente—. ¿De verdad?
—Lo sé. Jodidamente loco, ¿verdad?
Me mira fijamente, su frente es una serie de profundos surcos
paralelos. —¿La amas?
Es una locura, es rápido e intenso. Es la verdad. —Sí. Realmente
lo hago.
—Mierda. ¿Cuál es su nombre?
—Penny. —Incluso decir esa sola palabra me hace sonreír tan
fuerte.
Y luego Rex comienza a sonreír también. —Bueno, maldita sea.
Nunca pensé que vería el día.
—Yo tampoco. —Todo el estrés de hoy se drena de mis hombros, y
siento que finalmente puedo respirar. El gran peso se ha ido. El camino
está despejado—. Pero realmente lamento dejarte tirado.
—A la mierda con eso —dice, radiante—. Los trabajos son trabajos,
los hay a montones, ¿pero amor? —Gira su anillo y asiente. Luego levanta
su vaso de chupito, y también lo hacen Ortega y Brooks. Y mi amigo
288
dice—: El amor lo es todo. Maldita sea, hombre, por ti. ¡Y por Penny!
Por Penny. Para Penny. Con Penny. Para siempre.

***

Vuelvo a mi apartamento, con sus paredes grises y sus líneas


limpias. Miro el siguiente vuelo a Port Flamingo, que sale pasado
mañana. Quedan asientos del medio, cuesta una fortuna, y va a tomar
todo el día. Nunca he reservado un viaje tan rápido en mi vida.
Mirando fijamente la pared de ladrillo al otro lado de la calle, pido
una pizza y la llamo. Suena congestionada, como si hubiera estado
llorando, y lo entiendo. Hasta que rechacé a Rex, sentí que toda mi alma
se estaba desangrando. Una parte de mí quiere decirle que volveré con
ella, que estaré allí antes de que lo sepa. Que estaremos juntos pronto, y
nunca más me iré.
Pero más que eso, quiero sorprenderla. Realmente sorprenderla.
Quiero aparecer con un boleto de ida y cada promesa cumplida. Quiero
ver la expresión de su rostro cuando entre del trabajo, y yo esté en el sofá
con Guppy, viendo espectáculos de la naturaleza y bebiendo una cerveza
con su nombre, con su casa llena de flores y la cena lista. Si vamos a
pasar el resto de nuestras vidas juntos, quiero que comience
exactamente, jodidamente bien. Quiero ver su cara. Quiero abrazarla
fuerte. Y no puedo hacer nada de esa mierda en Boston.
—¿Estás bien? —le pregunto mientras me dirijo a la habitación.
Pongo mi maleta en la cama y me quito la corbata.
—Sí —dice, sollozando, pero puedo escuchar su sonrisa—. Estoy
genial. ¿Cómo estás?
—Estoy bien. —La pongo en altavoz y lo coloco en mi mesita de
noche.
—¿Cómo fue la firma del contrato?
—Fantástico —contesto, bajando el tono de mi felicidad,
manteniendo mi voz neutral—. Hubo una sorpresa, pero me encontraba
listo.
Vuelve a sollozar y luego se suena la nariz. Al fondo a su lado,
escucho a Guppy hacer chirriar su armadillo.
Estoy a punto de abrir el cierre de mi bolso, pero me doy cuenta de
que hay algo mucho más importante que volver a empacar. Voy a mi
cómoda y empiezo a buscar en los cajones lo que nunca pensé que usaría.
Revuelvo mi ropa interior, mis calzoncillos largos, mis camisetas. Allí, en
el cajón inferior, encuentro la caja del anillo de cuero negro. Lo abro y
saco el anillo de bodas de mi madre, que también fue de mi abuela. La
única herencia familiar Macklin en el mundo. 289
Lo pongo en mi dedo, y ni siquiera llega al nudillo. De alguna
manera, sé que le quedará bien. Pero si no es así, puede usar este
alrededor de su cuello, porque Penny Darling tiene diamantes en camino.
Cada aniversario, cada cumpleaños, para siempre.
—Por cierto, mañana tengo que ayudar en el Festival Kumquat —
dice—. Tengo que estar allí a las siete de la mañana. Si no puedes
localizarme, es por eso.
Vuelvo a meter el anillo en su pequeña ranura y coloco la caja
encima del tocador, al frente y al centro. —Suena bien. También tengo
un día lleno. —Pero no con lo que ella piensa. En lugar de comenzar un
nuevo trabajo, moveré mis cuentas bancarias, notificaré el contrato de
arrendamiento de este lugar y comprobaré si Shorefront Grill aún está a
la venta.
—¿Quieres cenar conmigo y luego ver Little Dorrit juntos en Netflix?
—pregunta. Oigo el ruido de una sartén y el sonido del grifo de su cocina.
Le sonrío al pompón de hilo viejo y triste. Por un día más, puedo
manejarlo. Durante treinta y seis horas más, sobreviviré. —Eso suena
perfecto.
Traducido por Tolola
Corregido por Pame .R.

El Festival de Kumquat era una mentira piadosa. A la tarde


siguiente salgo del Aeropuerto Logan, llevando un par de botas que Maisie
guardaba de sus días de trabajo en Maryland, junto con un par de
guantes con un pequeño agujero de polilla en la palma. Los ruidos de los 290
taxis, autos y autobuses se arremolinan a mi alrededor, pero no me doy
cuenta de nada, porque aunque todo es extraño y ruidoso, también es
mágico. Cayendo del cielo hay grandes y gordos copos de nieve que no
parecen reales. Cada pequeño cristal brilla bajo las luces de la calle.
Levanto la cara y dejo que se me peguen en las mejillas. Me quito el
guante con los dientes y siento los pequeños pinchazos de frío en la palma
de la mano. Nunca he sentido nada parecido. Es como el más suave rocío
de sal que el océano ha hecho.
Es casi el atardecer. El frío me pica la nariz, y los gases de diésel
también. Pero todo es perfecto. Alguien choca conmigo por detrás, y
cuando doy un paso para estabilizarme, mi mano va automáticamente a
mi estómago. Porque lo que Lucky sospechaba era cierto. Maisie y yo lo
confirmamos con tres marcas diferentes de pruebas de embarazo que le
compramos a la señora Martenson. Tengo un signo más, dos líneas, y
EMBARAZADA.
Y nunca he sido tan feliz en mi vida.
Un taxi se detiene en la parada de taxi, y el conductor baja la
ventanilla del lado del pasajero. —¿Va a alguna parte, señora, o solo va a
quedarse ahí de pie y mirar al cielo? —Al principio me sorprende, ese
acento descarado y también la grosería. Esta no es la tierra de “Buenas
tardes, cariño, ¿a dónde te diriges?” Pero luego me doy cuenta de que
sonríe cuando lo dice, así que le devuelvo la sonrisa.
—Sí, voy a algún sitio. —Arrastro la maleta rosa de Maisie, que
tiene un asa que funciona, a través de los copos esponjosos. Él estaciona
su taxi y se baja. Es un tipo pequeño, mucho más bajo que yo, con
enormes cejas rebeldes y unos amables ojos azules. Baja el asa y abre el
maletero, que también contiene una bolsa de sal, una pequeña pala, un
rascador de hielo y tres galones de líquido limpiador. Un carril más allá,
un conductor de camioneta toca la bocina. La señora a la que le toca la
bocina no se apresura, sino que baja la ventanilla y le enseña el dedo.
Definitivamente no es la tierra del té dulce. Pero hay una gran
sencillez en todo esto que me gusta mucho. No es ninguna tontería. Si
me tocas la bocina te hago un corte de mangas, ¿qué te parece?
—¿Primera vez en Nueva Inglaterra? —me pregunta cuando me
siento en la parte trasera del taxi.
—Sí, nunca he estado al norte de Atlanta. Nunca he visto la nieve
—contesto, hipnotizada por la forma en que los copos hacen crestas
blancas, como el glaseado, incluso en la superficie más pequeña.
—Se avecina una ventisca, así que es muy bueno que hayas llegado
cuando lo hiciste. Podría llegar a medio metro o más.
—¿Metro?
Sube un poco más la temperatura y maniobra a través de los
carriles atascados de los coches. —Metro. Entonces, ¿a dónde nos
dirigimos? 291
—Un segundo. —Me abrocho el cinturón y coloco mi bolso en mi
regazo. Desde lo alto del vórtice, su llave de latón del apartamento brilla
hacia mí, y no puedo evitar sonreír tan fuerte que me duelen las mejillas.
Saco mi teléfono, encantada por la cobertura completa y ni una sola
advertencia de roaming. Pero no quiero arruinar la sorpresa, así que me
quedo en la aplicación de Skype y pregunto:

¿Estás en casa?
No, todavía no. Banco, tintorería.
¿Y tú?

Mentir no es algo natural para mí, pero puedo hacerlo por un poco
más de tiempo. Es por la mejor causa.

Todavía estoy hasta las cejas de kumquats.


¿Estarás en casa en una hora más o menos? ¿Podemos
vernos?
No puedo esperar.
—¡Señora! —ladra el taxista—. ¿A dónde vamos? —Levanta las
manos y me mira por el espejo retrovisor ligeramente polvoriento—.
¡Tengo cosas que hacer! Nieve para palear, Cartas contra la Humanidad
para jugar. —Chasquea sus dedos enguantados, haciendo un ruido sordo
y lanudo—. ¿Cuál es la dirección?
—1023 Worchester Street.
Arruga su nariz roja e intenta girar en su asiento, haciendo que la
tela de su parka se arrugue. —¿Te refieres a Wooster?
¿Qué? No. Definitivamente no. No hay suficientes sílabas en esa
palabra. Tal vez sea mi acento. ¿Tengo acento? Oh, cielos. Probablemente
suene como una belleza sureña, y ni siquiera lo sé. Así que trato de darle
la fonética. —Whirr-chester. —Sostengo el llavero que Russ me dio y lo
presiono contra la barrera de plástico entre nosotros.
—Bien —repite—. Wooster. Rima con rooster.
Me quedo mirando la palabra. —Eso no tiene sentido.
—¡Bienvenida a Boston, señora!
Miro fijamente el llavero e intento decirlo en voz alta. No rima con
rooster, ni siquiera si lo dices rápido. Pero está bien. Es un mundo nuevo
y valiente, y me encanta. —1023 de Wooster entonces. ¿Pero podemos
hacer una parada primero?
292
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

Cuando doy la vuelta a la esquina de mi edificio, mi teléfono suena


dentro de mi abrigo. Lo saco, y algunos copos se derriten en el cristal
sobre las palabras: Video llamada, Penny.
A pesar de que está jodidamente congelado y nevando y está medio
293
oscuro, no hay forma de que me lo pierda, así que empiezo a transmitir
el video. Su cara bonita y sonriente ilumina la pantalla.
—¡Hola! —Saluda—. ¿Dónde estás?
Pasa una quitanieves, la cuchilla en la parte delantera rechina
sobre el pavimento y envía los pocos centímetros acumulados de
aguanieve sobre la acera. —Voy llegando a casa. ¿Y tú?
—¡Oh! Ya estoy en casa.
Me abro paso hacia mi edificio y decido subir las escaleras para no
perderla en el ascensor. Sin embargo, esta llamada es diferente a la de
anoche porque no está pixelada ni borrosa. Ella se ve clarísima. —¿Estás
en casa? La calidad del video es jodidamente increíble.
Sus ojos se amplían y resopla. —Maisie movió la conexión
inalámbrica de debajo de su decodificador de cable. Tal vez eso es todo.
—Tiene que ser —le digo, cuando llego al rellano del segundo piso.
—Así que, ¿cómo estuvo tu día? —pregunta.
—Mejor ahora. ¿Cómo estuvieron los kumquats?
—Pequeños y raros. ¡Pero fue divertido!
Hay tanto que quiero decirle. Que programé una fecha de mudanza,
que puse una oferta en Shorefront Grill, que soy suyo para siempre. Ni
siquiera sé por dónde empezar, y la mitad de mí sospecha que no hay
manera de que pueda hacerlo hasta mañana antes de contarle todo. Aun
así, espero. Porque quiero que sea perfecto. Abro la puerta desde el hueco
de la escalera hasta el cuarto piso, y me dirijo por el pasillo hacia mi
apartamento, pisoteando lo último de la nieve de mis zapatos. Veo que
me tiene en la cama otra vez, y sus pies están detrás de ella, como cuando
llamó por primera vez desde el lugar de su abuelo. Excepto,
extrañamente, está usando calcetines, y lo que parece ser unas polainas.
Echo un vistazo a la pantalla. —¿Has dicho que estás en casa?
Asiente vigorosamente.
Mientras su cabeza se mueve, miro la habitación detrás de ella en
pequeñas tomas. —¿Pintaste tu habitación? ¿Por qué está tan oscuro?
—Debe ser la iluminación —enfatiza, deslizándose para que su
rostro y hombros llenen todo el cuadro. —Hoy está nublado. Se acerca
una tormenta. Entonces, cuéntame sobre tu día, guapo. De principio a
fin.
Saco mis llaves y empiezo a desbloquear el cerrojo. Pero cuando
voy a girar la llave en la cerradura, me doy cuenta… ya está abierta.
Las luces de mi departamento están encendidas.
Hay una maleta rosa junto a mi sofá.
Y en vivo, Penny corre por el pasillo hacia mí, riendo.
Salta a mis brazos abiertos, y yo la giro una y otra vez. —¿Estoy 294
soñando? —le pregunto, pero me doy cuenta de que no puedo estarlo.
Puedo escucharla reír, puedo oler su piel. Está en mis brazos. Es ella,
realmente es ella—. Santo cielo. Tengo boletos para ir a verte mañana.
¿Sabías eso?
—¡No! —Se ríe en mi mejilla—. Pero no podía esperar más. Un día
fue todo lo que pude soportar. ¡Y me detuve en el supermercado!
La pongo en sus pies y sostengo su rostro en mis manos. Realmente
está aquí. Mi Penny está realmente en mi departamento. Santa, santa
mierda.
—Hay algo en la nevera para ti —dice.
Pateo la puerta para cerrarla, pero antes de que pueda agarrarla
de nuevo, retrocede, riendo, con las manos juntas frente a su boca. —
¡Refrigerador!
—No me importan una mierda las compras —le digo, jalándola
hacia mí.
Pero se retuerce y sacude la cabeza, toda descarada y feliz. —No,
no todavía. Te tengo una sorpresa y necesitas verla.
Todo lo que quiero hacer ahora es acostarla en la mesa de mi
cocina, pero ¿a quién engaño? Siempre se saldrá con la suya. —Bien,
bien. Comestibles primero.
Chilla. —¡Estante superior!
—¿Qué planeas?
—¡Ve a mirar!
Abro la heladera y en el estante superior, hay una caja de pastel.
Ella toma su lugar al lado de la puerta abierta del refrigerador,
presionando sus dedos en el sello de goma. Está claramente tan
jodidamente emocionada por lo que sea de lo que se trate esto, y sus
pequeños pies retumban en el piso de madera al tiempo que salta arriba
y abajo.
Pongo el pastel en el mostrador y le quito la tapa a la caja.
—¡Léelo! —dice.
Lo hago, una y otra vez. Veo las palabras. Leo las palabras, pero no
puedo procesarlas. A medida que cada una se alinea detrás de la otra, mi
mente dice que es demasiado bueno para ser verdad. Esto no puede estar
pasando. Tiene que ser un sueño.

¡SERÁS EL MEJOR PAPÁ!

La alegría. Santa mierda viva, la alegría. —Penny. ¿Estás…?


—¡Sí! —responde, poniendo una mano sobre su estómago, luciendo
repentinamente nerviosa—. ¿Eso es… está bien? 295
¿Bien?
Ella nunca entenderá cuánto la amo, ni ahora ni nunca. Es todo.
Ella es todo. Esto es todo. Estoy tan feliz que ni siquiera puedo hablar.
La levanto de nuevo en mis brazos y la giro hasta que estamos solos
juntos dentro de un mundo desenfocado, hasta que no hay nada más que
nosotros dos, sus chillidos y el largo beso de bienvenida a casa.
Un mes después
Traducido por Anna Karol
Corregido por Pame .R.

296
Descalza, salgo de mi patio a la arena, tomada del brazo del abuelo.
Juntos avanzamos por la playa, hacia dos hileras de sillas plegables,
decoradas con cintas y globos blancos y brillantes. Algunos pétalos de
rosa de mi ramo son alcanzados por la brisa, cayendo hacia el océano.
Uno aterriza entre mi tío Tom y la tía de Russ, Sharon. Otro debajo de mi
padrastro, y uno debajo de mi madre. Uno gira, da volteretas y aterriza
en el costado de Guppy, un pequeño punto rosado en su enorme flanco
blanco. El rosa del pétalo coincide con el ramillete atado a su cuello, el
ramo que Maisie está sosteniendo en sus manos, y la flor que Rose
también ha sujetado a su vestido.
Russ se vuelve hacia mí y sonríe, el sol atrapa la sombra de su
hoyuelo muy ligeramente. La música cambia de “Scarborough fair” a
“Here comes the bride”.
Y todos se ponen de pie, vestidos y corbatas aleteando en la brisa
marina.
Antes de que esté a mitad de camino por el pasillo, Russ me tiende
la mano. Palma abierta y esperando.
—Eres tan hermosa —me murmura.
Las lágrimas caen por mis mejillas sin control, y mis labios
comienzan a temblar.
—No llores —me pide, pero puedo ver que sus ojos también se están
llenando de lágrimas.
Y así, con la felicidad más pura, más alegre y simple, nos unimos
en la playa de la ciudad. Frente a nosotros, el alcalde Jeffers luce elegante
con un traje de lino, su corbata es un nudo ancho y anticuado.
Sé lo que está diciendo, pero las palabras me inundan como la
marea. “Estamos reunidos aquí hoy” se enreda con las olas. “Para unir a
esta mujer y este hombre” se pierde en el sonido de las gaviotas en lo alto.
Y antes de darme cuenta, Russ está poniendo el anillo de su madre en
mi dedo, y le estoy poniendo uno nuevo de oro blanco.
Ahora, más que nunca, estamos solos en el centro del universo. El
mundo gira, las palmeras se balancean, pero no nosotros. Con él, todo
está quieto, pacífico y correcto.
El alcalde sigue hablando, pero no estoy escuchando. —Te amo —
le susurro a Russ.
Él mueve un mechón de mi cabello a un lado y me susurra—: Yo
también te amo.
El alcalde Jeffers tose y me empuja un poco con la Biblia. Aparto
la vista de Russ el tiempo suficiente para volver a la tierra. El alcalde me
mira, y luego a Russ, y respira hondo. Russ aprieta mi mano un poco
más fuerte, y por el rabillo del ojo, veo a Guppy amasar la arena con sus
enormes patas.
Luego, el alcalde dice—: Por el poder que me confiere la gente de
Port Flamingo y el estado de Florida, ahora los declaro… 297
Pero Russ no espera las palabras, y el esposo y la esposa se pierden
en un beso.

Fin
Cuanto más escribo, más crece mi gratitud. A Neda, Dani, Sybil,
Najla, Eagle, Kiezha, Karin, Keyanna, Mila, Anita, Kate, Sam, April, Anna,
Emily, Serena, Christina y mi querida Sarah. Por las Peaches y las
Motherbitches. A los KOs. A los muchos blogs, grandes y pequeños, que
han disfrutado siendo traviesos conmigo. A los nuevos lectores y a los
antiguos. A los autores que me inspiran cada día. A mis alumnos, que no
tienen ni idea de que estoy haciendo esto pero me aguantan cuando se
me cansan los ojos por ello. A mis perros. Y muy especialmente a Henry,
mi ser humano favorito del planeta. Cada día te amo más.

298
Nicola Rendell escribe comedia romántica
sucia. Le gustan los tragos fuertes y los
pasteles bien cubiertos. Le encanta cocinar,
coser y tocar el piano. Se da cuenta de que
sus aficiones pueden hacerla parecer una
anciana y está totalmente conforme con
ello. Creció en Taos, Nuevo México; después
de recibir un puñado de títulos en un
puñado de lugares, ahora trabaja como
profesora en Nueva Inglaterra. Su obra, que
es un éxito de ventas en Amazon, ha
aparecido en la revista Happy Ever After de
USA Today y en el Huffington Post. Está
representada por Emily Sylvan Kim en la
Agencia Prospect. 299
Su sitio web: www.nicolarendell.net

También podría gustarte