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Dogma de la Inmaculada Concepción

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1.

La convicción de que María fue preservada de toda mancha de pecado ya desde su


concepción, hasta el punto de que ha sido llamada toda santa, se fue imponiendo
progresivamente en la liturgia y en la teología. Ese desarrollo suscitó, al inicio del siglo
XIX, un movimiento de peticiones en favor de una definición dogmática del privilegio de la
Inmaculada Concepción.

El Papa Pío IX, hacia la mitad de ese siglo, con el deseo de acoger esa demanda, después
de haber consultado a los teólogos, pidió a los obispos su opinión acerca de la
oportunidad y la posibilidad de esa definición, convocando casi un concilio por escrito. El
resultado fue significativo: la inmensa mayoría de los 604 obispos respondió de forma
positiva a la pregunta.

Después de una consulta tan amplia, que pone de relieve la preocupación que tenia mi
venerado predecesor por expresar, en la definición del dogma, la fe de la Iglesia, se
comenzó con el mismo esmero la redacción del documento.

La comisión especial de teólogos, creada por Pío IX para la certificación de la doctrina


revelada, atribuyó un papel esencial a la praxis eclesial. Y este criterio influyó en la
formulación del dogma, que otorgó más importancia a las expresiones de lo que se vivía
en la Iglesia, de la fe y del culto del pueblo cristiano, que a las determinaciones
escolásticas.

Finalmente, en el año 1854, Pío IX, con la bula Ineffabilis, proclamó solemnemente el
dogma de la Inmaculada Concepción: "...Declaramos, proclamamos y definimos que la
doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda
mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y
privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del
género humano, está revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente
creída por todos los fieles" (DS, 2.803).

2. La proclamación del dogma de la Inmaculada expresa el dato esencial de fe. El Papa


Alejandro VII, en la bula Sollicitudo del año 1661, hablaba de preservación del alma de
María "en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo" ( DS, 2.017). La
definición de Pío IX, por el contrario, prescinde de todas las explicaciones sobre el modo
de infusión del alma en el cuerpo y atribuye a la persona de María, en el primer instante
de su concepción, el ser preservada de toda mancha de la culpa original.

La inmunidad "de toda mancha de la culpa original" implica como consecuencia positiva la
completa inmunidad de todo pecado, y la proclamación de la santidad perfecta de María,
doctrina a la que la definición dogmática da una contribución fundamental. En efecto, la
formulación negativa del privilegio mariano, condicionada por las anteriores controversias
que se desarrollaron en Occidente sobre la culpa original, se debe completar siempre con
la enunciación positiva de la santidad de María, subrayada de forma más explícita en la
tradición oriental.

La definición de Pío IX se refiere sólo a la inmunidad del pecado original y no conlleva


explícitamente la inmunidad de la concupiscencia. Con todo, la completa preservación de
María de toda mancha de pecado tiene como consecuencia en ella también la inmunidad
de la concupiscencia, tendencia desordenada que, según el concilio de Trento, procede del
pecado e inclina al pecado (DS, 1.515).

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