Libro de Carlitos: Edición 1965
Libro de Carlitos: Edición 1965
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ISBN 978-958-8471-36-5
con la blanda caricia de la lumbre lunar; solitaria en un tronco donde el tumbo hace encaje,
en el monte hay cocuyos, y mi balsa que riela una garza que sueña con las ondas del río.
va borrando luceros sobre el agua estelar. En sus plumas de raso se abrillanta el rocío;
El fogón de la prora con su alegre candela y después, cuando escruta, maliciosa, el paraje,
me enciende en oro trémulo como a un dios tutelar; alargando su cuello sobre el limpio oleaje
y unos indios desnudos, con curiosa cautela, clava, inquieta, los ojos en el fondo sombrío.
van corriendo en la playa para verme pasar. Es un pez nacarino que irisándose juega
me contemplan los cielos, y del agua al rumor con asalto certero del cristal lo arrebata,
alzo tristes cantares en la noche perpleja, y se eleva oprimiendo con el pico rosado
y a la voz del bambuco que en la sombra se aleja, un estuche de carne guarnecido de plata.
II IV
Un guadual que rumora mientras duerme el plantío; La selva de anchas cúpulas, al sinfónico giro
y en el cauce arenoso de corriente salvaje, de los vientos, preludia sus grandiosos maitines;
solitaria en un tronco donde el tumbo hace encaje, y al gemir de dos ramas como finos violines
una garza que sueña con las ondas del río. lanza la móvil fronda su profundo suspiro.
En sus plumas de raso se abrillanta el rocío; Mansas voces se arrullan en oculto retiro;
y después, cuando escruta, maliciosa, el paraje, los cañales conciertan moribundos flautines,
alargando su cuello sobre el limpio oleaje y al mecerse del cámbulo florecido en carmines
clava, inquieta, los ojos en el fondo sombrío. entra por las marañas una luz de zafiro.
en la diáfana linfa del remanso callado; vibra sus abanicos en el aura ligera;
la enemiga acechante los plumones despliega, mas de pronto un gran trémolo de orquestados
concentos
con asalto certero del cristal lo arrebata,
rompe las vainilleras!... y con grave arrogancia,
y se eleva oprimiendo con el pico rosado
el follaje embriagado con su propia fragancia,
un estuche de carne guarnecido de plata.
como un león, revuelve la melena en los vientos.
V VII
Cuando ya su piragua los raudales remonta, Por saciar los ardores de mi sangre liviana
brinca el indio, y entrando por la selva malsana, y alegrar la penumbra del vetusto caney,
lleva al pecho un carrizo con veneno de iguana un indio malicioso me ha traído una indiana
y el carcaj en el hombro con venablos de chonta. de senos florecidos, que se llama Riguey.
Solitario, de noche, los jarales trasmonta; Sueltan sus desnudeces ondas de mejorana;
rinde boas horrendos con la recia macana, siempre el rostro me oculta por atávica ley,
y, cayendo al salado, por la trocha cercana y al sentir mis caricias apremiantes, se afana
oye ruido de pasos... y al acecho se apronta. por clavarme las uñas de rosado carey.
Ante el ágil relámpago de una piel de pantera, Hace luna. La fuente habla del himeneo.
los tupidos bejucos de feroz madriguera; y los hombros me muerde con salvaje crueldad.
y al sentir que una zarpa las achiras descombra, Pobre... ¡Ya me agasaja! Es mi lecho un andamio.
lanza el dardo, y en medio de la brega salvaje mas la brisa y la noche cantan mi epitalamio
VI VIII
en la hamaca se mece bajo frescos palmares; mueve un tigre el espanto de sus garras de acero;
la perfuman los vientos del sonoro cultivo. reta con un gruñido enigmático y bruto.
Acendrando la magia de su ardiente atractivo, Manchas de oro, vivaces entre manchas de luto,
y en sus sienes, al ritmo de los raros collares, magnetiza las frondas con el ojo hechicero,
juegan lánguidas plumas su reflejo más vivo. y su cola es más ágil y su ijar más enjuto.
Afligida, en la loma, con los serios desnudos, Tras las verdes palmichas, distendiendo su brazo
la sorprenden las noches esperando al indiano templa el indio desnudo la vibrante correa,
que en las chambas acecha los tapires membrudos. y se quejan las brisas al pasar el flechazo...
Y hacia allá, mientras siente despertar los sinsontes, Ruge el tigre arrastrando las sangrientas entrañas,
ve que algún meteoro rasga el éter lejano agoniza, y al verlo que yacente se orea,
como lívida flecha que ilumina los montes. baja el sol, como un buitre, por las altas montañas.
IX XI
La resaca se extiende como fino damasco Bajo el sol incendiario que los miembros enerva
donde brillan los oros de la luz que despunta, se abrillanta el estero como líquido estuco;
y aquí, bajo las frondas que el guadual descoyunta, duerme el bosque sonámbulo, y un ramaje caduco
pescadores alegres, machacamos barbasco. pinta islotes de sombra sobre un lienzo de yerba.
van boqueando dispersos... pero el agua los junta rumia un ciervo con vagas indolencias de eunuco
y la fila plateada se recuesta al peñasco. mientras lame sus crías azoradas la cierva.
Irguiendo, moribunda, las aletas dorsales, Plegando los ijares, en la seca maraña,
rasga la sardinata los sonoros cristales; los acecha un cachorro de melena castaña;
y cuando se voltea bajo el rayo de sol, rápidos lo ventean y huyen por el rastrojo;
se enciende, como un cirio, el rubí de la escama, yergue el león, rugiendo, la cerviz altanera,
y entre peces flotantes, esa trémula llama y humilde la montaña, por calmarle su enojo,
contagia las espumas de un matiz tornasol. tiende graves silencios a los pies de la fiera.
X XII
Pescadora de estrellas, una nutria recata Entre el eco iracundo de ladridos violentos,
en la noche sus ojos de fulgente berilo; sobre un rastro de dantas va la ronca jauría,
y al bucear en el cauce de recóndito asilo, por raudales trementes, por la chamba sombría,
suena el agua profunda que los cielos retrata. revolcando los montes y mordiendo los vientos.
Bajo círculos lentos, la furtiva pirata Son mis perros, veloces y de sangre sedientos,
se sumerge en las grutas con nervioso sigilo; que iniciando, furiosos, su carrera de un día,
y al instante, robado del espejo tranquilo, pronto al sol alcanzaron en la azul serranía
un lucero diluye sus temblores de plata. y en las sombras hundieron los hocicos sangrientos.
Cuando al brillo del orto se encamina la estela, Ya de noche, sacuden la maraña tupida;
hiende líquidas franjas en la débil penumbra dan medrosos aullidos; a la danta rendida
con su fino peluche de color de canela; le devoran el vientre con titánica brega;
y encendiendo matices sobre el tubo sonoro, y al tornar, silenciosos, por las breñas oscuras,
un lingote de nácar en su boca relumbra perfumando sus pieles, todo el monte les riega
como lánguida estrella de zafir y de oro. una gran tufarada de piñuelas maduras.
XIII
la fugaz mariposa por el monte revuela, Sordo vuelo de abejas resplandece en la copa
y en los aires enciende sutilísima estela del follaje, agobiado por el boa sombrío;
con sus pétalos tenues de cambiante Zafiro. y meciendo las ramas, con procaz vocerío
esclarece las grutas como azul lentejuela; De la fértil mimbrera que los dindes arropa
y al flotar en la lumbre que en los ámbitos riela, gruesos gajos desgránanse cual sonoro rocío;
vibra el sol y en la brisa se difunde un suspiro. y en su busca, saliendo de las quiebras del río,
Al rumor de las lianas y al vaivén de las quinas, gruñidora manada por la selva galopa.
resplandece en la fronda de las altas colinas, Coruscantes los ojos y la cola rastrera,
polvoreando de plata la florida arboleda; un jaguar convulsivo tras los troncos espera
y gloriosa en el brillo de sus luces triunfales, replegando los nervios de la zarpa brillante;
sobre el limpio remanso de serenos cristales y con súbito golpe, bajo el salto violento,
pasa, sin hacer sombra, con sus alas de seda. hace presa, y al trueno del rugido triunfante
XIV
busco, siempre cantando, la sonora colmena; Sobre el musgo reseco la serpiente tranquila
y en las grutas silentes mi garganta se llena fulge al sol, enroscada como rica diadema;
Al salir de las ondas, con placer me adormezco la esmeralda se enciende y el topacio rutila.
sobre las hojarascas que mi perro escarmena; Tiemblan lampos de nácar en su roja pupila
y al través de las ramas, en mi cara morena que columbra del buitre la asechanza suprema,
pone el sol de la tarde su movible arabesco. y regando el reflejo de una pálida gema,
acaricio las flores; me corono de lianas, Van sonando sus crótalos en la gruta silente
y los troncos abrazo con profunda emoción; donde duerme el monarca de la felpa de raso;
que después, cuando a solas mi pensar reconcentro, un momento relumbra la ondulante serpiente,
busco el premio del monte, y en mi espíritu encuentro, y cuando ágil avanza y en la sombra se interna,
el retoño florido de una dulce ilusión. al chispear de dos ojos, suena horrendo zarpazo
y un rugido sacude la sagrada caverna. SEGUNDA PARTE
XVII I
Un crepúsculo inmenso la imponencia realza Perfilando sus moles sobre el dombo infinito,
de este río letárgico que en los montes se interna la serena montaña, de dorso colosal, se columbra;
van silbando los bogas una música tierna y la triple ringlera de picachos alumbra
y a sentir el paisaje, me reclino en la balsa. con luceros, sus torres de vetusto granito.
Entregado a la brisa, mi cabello se alza; De repente los vientos se despiertan al grito
en el agua un reflejo con las sombras alterna, del cóndor, y ofuscando la lejana penumbra,
y en el seno purpúreo de la linfa materna un volcán, sobre el sueño de los montes, encumbra
formo círculos amplios con mi planta descalza. su penacho flamante con rumor inaudito.
Al pasar bajo un palio de flexibles guaduales, Mitológico, entonces, al reflejo remoto,
le disparo a una ardilla, que en los turbios cristales como blanco castillo de opalinas almenas,
viene a dar, desgalgada de las trémulas frondas; un nevado levanta su pináculo ignoto;
listo un pez reluciente la sepulta en el charco, y al bruñirlo la luna con temblores de argento,
y al momento una guadua, doblegándose en arco, hacia allá, por encima de las cumbres serenas,
afligida se queda santiguando las ondas. como una nube blonda vuela mi pensamiento.
II
XVIII En un bloque saliente de la audaz cordillera
Embozado en la sombra se destaca el cóndor soberano los jaguares devora;
el farallón: y la espesura inmensa, y olvidando la presa, las alturas explora
al borrarse el crepúsculo, condensa con sus ojos de un vivo resplandor de lumbrera.
un rumor perfumado de albahaca. Entre locos planetas ha girado en la esfera;
Algo se muere entre la fronda opaca; vencedor de los vientos, lo abrillanta la aurora,
gime el paujil, la guacamaya piensa; y al llenar el espacio con su cauda sonora
lloran lánguidas voces, y en la densa quema el sol los encajes de su heroica gorguera.
quietud, boga un lucero en la resaca. Recordando en la roca los silencios supremos,
Rendido ante el dolor de la penumbra, se levanta al empuje colosal de sus remos;
mi ser, que es una luz, se apesadumbra; zumban ráfagas sordas en las nubes distantes,
después, con los murientes horizontes y violando el misterio que en el éter se encierra,
me voy desvaneciendo, me evaporo... llega al sol, y al tenderle los plumones triunfantes,
y mi espíritu vaga por los montes va corriendo una sombra sobre toda la tierra.
como una gran luciérnaga de oro.
III V
Mágicas luces el ocaso presta Bajo nevadas moles la gruta nunca vista,
y junto al sol, que en el cristal fulgura, y entre pilares truncos la estalagmita sola
arbola un ciervo su enramada testa. deslumbra los silencios con lampos de amatista.
Súbito, en medio del granate vivo, Sobre el barranco, un ciervo vivaz se sobresalta
infla su cuello, bramador y altivo; y hacia la azul caverna la pronta oreja tiende;
con ágil casco las neveras hiende, con pávidos resoplos, en ágil curva salta,
como la zarza del Horeb, se enciende parte el cristal, que rueda retiñidor, y enciende
IV VI
un agua triste y cavernosa, llena acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
con su raíz el peñascal barrena; y después, por las tardes, al reflejo fugaz,
y muy abajo, un águila serena en la copa del guáimaro que domina la cumbre
Ágil, sobre la punta del peñasco, Entreabiertas las alas que la luz tornasola,
cuando gira en dos patas en la roca amorosa se pone a arrullar las montañas...
VIII X
con taciturno porte, sobre el peñón sombrío, descorre ante mis ojos sus velos el arcano,
enamorada ilusa de un sol que no se alcanza. ante mi absorto espíritu la eternidad desfila.
Ella, que ayer mantuvo con los vientos su alianza, Ávido de la pléyade que en el azul rutila,
sabe que todo vuelo sólo encuentra el vacío; sube con ala enorme mi Numen soberano,
y enferma de horizontes, triste de poderío, y alta de ensueño, y libre del horizonte humano,
busca en la paz el último sueño de venturanza. mi sien, como una torre, la inmensidad vigila.
Ante el astro que muere nublando el hemisferio, Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:
siente el heroico impulso de rescatar su imperio; cuando en la paz sin límites al Cosmos interpelo,
mas otra vez con grave cansancio de grandeza lo que los astros callan mi corazón lo sabe;
el ala perezosa sobre la garra estira, y luego una recóndita nostalgia me consterna
e irremediablemente desconsolada, mira al ver que ese infinito, que en mis pupilas cabe,
De pie sobre la cúpula del farallón lejano, los raudos potros, en febril disputa,
mi espíritu con toda la inmensidad confina; hacen silbar sobre la sorda ruta
la inspiración se tiende sobre la luz del llano. Atrás dejando la llanura envuelta
Y avanza, y a los giros del vuelo soberano, en polvo, alargan la cerviz enjuta,
y sigue ante mis ojos creciendo el meridiano. Ya cuando cruzan el austral peñasco,
¡Todo lo vi! Y entonces el pensamiento mío vibra un relincho por las altas rocas;
Mas en el propio instante que mi rebelde anhelo resoplan, roncos, ante el sol violento,
soñó violar los soles silentes de otro mundo, y alzando en grupo las cabezas locas
desde la pampa intérmina vino un viento iracundo oyen llegar el retrasado viento.
partidos gajos que al testuz entrega; y al mugir de los toros en la loma vecina,
como un cordón indócil sobre el anca. Entre azules luciérnagas fosforece el pantano;
tiende, lento, los ojos por la vega, y ante el santo lucero de la tarde se inclina
y la humeante nariz de pronto riega una palma, en la ceja del poniente lejano.
Y al ver que con gradual prolongamiento y al sentir que algo inmenso y angustioso me llena,
al golpe de un bramido, con su aliento se remonta una garza del borroso juncal.
regresa un toro por la pampa umbría voy, bajo un cielo de vibrante domo,
mira radiar las pléyades cercanas con los celajes últimos se aviva;
sobre las sienes del palmar suspenso... bórranse las palmeras suplicantes,
VI VIII
tiende la crin para que el viento flote, y mientras torna con la nuca herida,
su dócil cola con febril impulso; y cuando ante el asombro de los montes
Con pausados vaivenes refrescando el estío, Viajera que hacia el polo marcó su travesía,
ante el sol moribundo sus congojas al río. aflige con sus remos la inmensidad sombría.
Encendida en el lampo que arrebola el vacío, Sin rumbo, ya cansada, prolonga todavía
presintiendo las sombras, desfallece en la altura; sus gritos melancólicos en el hostil paisaje;
y sus flecos suspiran un rumor de ternura y luego, por las ráfagas vencido su plumaje,
cuando vienen las garzas por el cielo sombrío. desciende a las llanuras donde se apaga el día.
Naufragada en la niebla, sobre el turbio paisaje Huérfana, sobre el cámbulo florido de la vega,
la estremecen los besos de la brisa errabunda; se arropa con el ala mientras la noche llega.
y al morir en sus frondas el lejano celaje, Y cuando huyendo al triste murmullo de las hojas
se abandona al silencio de las noches más bellas, de nuevo cruza el éter azul del horizonte,
y en el diáfano azogue de la linfa profunda tiembla ante el sol, que, trágico, desde la sien del
monte,
resplandece cargada de racimos de estrellas.
extiende, como un águila, sus grandes alas rojas.
X
XII
El toro padre –cuando sorda increpa
Hay una brisa de inefable ruido,
la tempestad– con su pulmón vibrante,
que al bajar de la fértil serranía,
avanza, ronco, hacia el confín distante
por anunciarme su llegada, envía
sorbiendo ventarrones en la estepa.
gratos perfumes de maizal florido.
Parte macollas de profunda cepa;
Disuelta sobre el llano estremecido,
reta las intemperies del Levante,
cual un extraño espíritu, me espía;
y tras la brava nube retumbante
y aunque mis ojos no la ven, podría
los altos morros, rezongando, trepa.
reconocerla entre el palmar mi oído.
Después, ante la absorta novillada,
Como un suspiro de la selva ausente,
revoluciona el polvo en la planada;
por disipar mis íntimas congojas,
se envuelve en nubes de color pardusco,
despeinando mi sien, besa mi frente;
y creyéndose el dios de los inviernos,
y a su blanda caricia femenina,
brama, como tronando, y traza brusco
tiembla de placidez, como las hojas,
un zig-zag de centellas con los cuernos.
mi ser en la frescura matutina.
XIII XV
y se alegra el susurro de sus faldas de olán. mi ser se aclara como el agua quieta.
Es más clara que el agua, más sútil que la brisa; Perfumo mis nostalgias de poeta
tras las garzas viajeras sus miradas se van. queda vertiendo lágrimas la grieta.
con el alma del río educó su tristeza oigo gemir la triste chilacoa;
esa pálida huella de los besos del sol! florecen las estrellas en el charco.
XIV XVI
brilla otra vez, cual vagabunda joya, rincón, la llama azul tiembla en el muro;
surgir desde la celda en que se abriga y cuando el alba eclipsa los luceros,
lampo sutil de nácar y zafiro. sale huyendo una niebla por el llano.
XVII XIX
Escueto y solo, donde el llano empieza, Vibradora cigarra: con tu lírico empeño
viento, suspira... y la colmena reza. todo el sol en mis ojos y en el valle risueño.
se dobla alguna cruz ante el camino con las blondas palmeras que la tarde mecía
Ya de noche, unas vacas compasivas, Hoy que lánguidas brumas se vistió la pradera,
haciendo misteriosas rogativas, algo espera mi alma sin saber lo que espera:
se echan por calentar las sepulturas; que el sol brille, que vuelvas y en la luz te remontes.
ven una cruz de estrellas, cuyos brazos Como tú ya no cantas, ha venido el invierno
se abren sobre las huérfanas llanuras. y las mudas neblinas encanecen los montes.
XVIII XX
Mas cuando hacia el fulgor cerulescente Por el pincho las pieles torturadas
oigo como una voz ultradivina y al canto del boyero, con tristeza
torno los ojos a la pampa triste; chirría en los cuernos, y la ruta queda
Mas, ¡ay!, que entre la tímida vislumbre, y ellos, bajo el topacio vespertino,
XXII XXIV
se han dormido al murmullo de la onda que ondula. suena la seca amarillez del pasto.
El cristal transparente con sus sombras se azula; Braman luego las crías en el vasto
y entreabriendo los ojos mientras fulge la arena, corral, ante la puerta reforzada,
ven girar una espuma de color de azucena y las vacas les tienden la mirada
que al redor de sus flancos besadora modula. con un anhelo maternal y casto.
cuando en todas las playas el silencio se aumenta, advierte en el ápice del cerro,
ven, mugiendo, que flota como triste presagio con agudos clamores, un becerro
XXVI