0% encontró este documento útil (0 votos)
475 vistas16 páginas

Libro de Carlitos: Edición 1965

Cargado por

Carlos Alvarado
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
475 vistas16 páginas

Libro de Carlitos: Edición 1965

Cargado por

Carlos Alvarado
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ALCALDÍA MAYOR DE BOGOTÁ

SAMUEL MORENO ROJAS, Alcalde Mayor de Bogotá

SECRETARÍA DISTRITAL DE CULTURA, RECREACIÓN Y DEPORTE

CATALINA RAMÍREZ VALLEJO, Secretaria de Cultura, Recreación y


Deporte

FUNDACIÓN GILBERTO ALZATE AVENDAÑO

ANA MARÍA ALZATE RONGA, Directora

JULIÁN DAVID CORREA RESTREPO, Gerente del Área de Literatura

SECRETARÍA DE EDUCACIÓN DEL DISTRITO

CARLOS JOSÉ HERRERA JARAMILLO, Secretario de Educación

JAIME NARANJO RODRÍGUEZ, Subsecretario de Calidad y Pertinencia

WILLIAM RENÉ SÁNCHEZ MURILLO, Director de Educación Preescolar


y Básica

SARA CLEMENCIA HERNÁNDEZ JIMÉNEZ, Equipo de Lectura,


Escritura y Oralidad

© Primera edición: Casa Arboleda y Valencia, Bogotá,1921

© Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2010

www.fgaa.gov.co

Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin


permiso del editor.

ISBN 978-958-8471-36-5

Asesor editorial: JULIO PAREDES CASTRO

Coordinadora de publicaciones: PILAR GORDILLO

Diseñográfico: OLGA CUÉLLAR + CAMILO UMAÑA

Armada eBook: ELIBROS EDITORIA


CONTENIDO
CUBIERTA
LIBRO AL VIENTO
PORTADA
CRÉDITOS
INTRODUCCIÓN
TIERRA DE PROMISIÓN
Prólogo
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
PRIMERA PARTE II

I Un guadual que rumora mientras duerme el plantío;

Esta noche el paisaje soñador se niquela y en el cauce arenoso de corriente salvaje,

con la blanda caricia de la lumbre lunar; solitaria en un tronco donde el tumbo hace encaje,

en el monte hay cocuyos, y mi balsa que riela una garza que sueña con las ondas del río.

va borrando luceros sobre el agua estelar. En sus plumas de raso se abrillanta el rocío;

El fogón de la prora con su alegre candela y después, cuando escruta, maliciosa, el paraje,

me enciende en oro trémulo como a un dios tutelar; alargando su cuello sobre el limpio oleaje

y unos indios desnudos, con curiosa cautela, clava, inquieta, los ojos en el fondo sombrío.

van corriendo en la playa para verme pasar. Es un pez nacarino que irisándose juega

Apoyado en el remo, avizoro el vacío, en la diáfana linfa del remanso callado;

y la luna prolonga mi silueta en el río; la enemiga acechante los plumones despliega,

me contemplan los cielos, y del agua al rumor con asalto certero del cristal lo arrebata,

alzo tristes cantares en la noche perpleja, y se eleva oprimiendo con el pico rosado

y a la voz del bambuco que en la sombra se aleja, un estuche de carne guarnecido de plata.

la montaña responde con un vago clamor.

II IV

Un guadual que rumora mientras duerme el plantío; La selva de anchas cúpulas, al sinfónico giro

y en el cauce arenoso de corriente salvaje, de los vientos, preludia sus grandiosos maitines;

solitaria en un tronco donde el tumbo hace encaje, y al gemir de dos ramas como finos violines

una garza que sueña con las ondas del río. lanza la móvil fronda su profundo suspiro.

En sus plumas de raso se abrillanta el rocío; Mansas voces se arrullan en oculto retiro;

y después, cuando escruta, maliciosa, el paraje, los cañales conciertan moribundos flautines,

alargando su cuello sobre el limpio oleaje y al mecerse del cámbulo florecido en carmines

clava, inquieta, los ojos en el fondo sombrío. entra por las marañas una luz de zafiro.

Es un pez nacarino que irisándose juega Curvada en el espasmo musical, la palmera

en la diáfana linfa del remanso callado; vibra sus abanicos en el aura ligera;

la enemiga acechante los plumones despliega, mas de pronto un gran trémolo de orquestados
concentos
con asalto certero del cristal lo arrebata,
rompe las vainilleras!... y con grave arrogancia,
y se eleva oprimiendo con el pico rosado
el follaje embriagado con su propia fragancia,
un estuche de carne guarnecido de plata.
como un león, revuelve la melena en los vientos.
V VII

Cuando ya su piragua los raudales remonta, Por saciar los ardores de mi sangre liviana

brinca el indio, y entrando por la selva malsana, y alegrar la penumbra del vetusto caney,

lleva al pecho un carrizo con veneno de iguana un indio malicioso me ha traído una indiana

y el carcaj en el hombro con venablos de chonta. de senos florecidos, que se llama Riguey.

Solitario, de noche, los jarales trasmonta; Sueltan sus desnudeces ondas de mejorana;

rinde boas horrendos con la recia macana, siempre el rostro me oculta por atávica ley,

y, cayendo al salado, por la trocha cercana y al sentir mis caricias apremiantes, se afana

oye ruido de pasos... y al acecho se apronta. por clavarme las uñas de rosado carey.

Ante el ágil relámpago de una piel de pantera, Hace luna. La fuente habla del himeneo.

ve vibrar en lo oscuro, cual sonoro cordaje, La indiecita solloza presa de mi deseo,

los tupidos bejucos de feroz madriguera; y los hombros me muerde con salvaje crueldad.

y al sentir que una zarpa las achiras descombra, Pobre... ¡Ya me agasaja! Es mi lecho un andamio.

lanza el dardo, y en medio de la brega salvaje mas la brisa y la noche cantan mi epitalamio

surge el pávido anuncio de un silbido en la sombra. y la montaña púber huele a virginidad.

VI VIII

Amorosa y fecunda como el monte nativo, En la tórrida playa, sanguinario y astuto,

en la hamaca se mece bajo frescos palmares; mueve un tigre el espanto de sus garras de acero;

o tendida en las pieles de lustrosos jaguares ya venció a la jauría pertinaz, y al arquero

la perfuman los vientos del sonoro cultivo. reta con un gruñido enigmático y bruto.

Acendrando la magia de su ardiente atractivo, Manchas de oro, vivaces entre manchas de luto,

en el cuerpo se pinta voluptuosos lunares; en su felpa ondulante dan un brillo ligero;

y en sus sienes, al ritmo de los raros collares, magnetiza las frondas con el ojo hechicero,

juegan lánguidas plumas su reflejo más vivo. y su cola es más ágil y su ijar más enjuto.

Afligida, en la loma, con los serios desnudos, Tras las verdes palmichas, distendiendo su brazo

la sorprenden las noches esperando al indiano templa el indio desnudo la vibrante correa,

que en las chambas acecha los tapires membrudos. y se quejan las brisas al pasar el flechazo...

Y hacia allá, mientras siente despertar los sinsontes, Ruge el tigre arrastrando las sangrientas entrañas,

ve que algún meteoro rasga el éter lejano agoniza, y al verlo que yacente se orea,

como lívida flecha que ilumina los montes. baja el sol, como un buitre, por las altas montañas.
IX XI

La resaca se extiende como fino damasco Bajo el sol incendiario que los miembros enerva

donde brillan los oros de la luz que despunta, se abrillanta el estero como líquido estuco;

y aquí, bajo las frondas que el guadual descoyunta, duerme el bosque sonámbulo, y un ramaje caduco

pescadores alegres, machacamos barbasco. pinta islotes de sombra sobre un lienzo de yerba.

Y de las atarrayas al ruidoso chubasco, El bochorno sofoca. Y en la grata reserva

bocachicos y pejes, el pavón, la corunta, de un pindal enmallado, por florido bejuco,

van boqueando dispersos... pero el agua los junta rumia un ciervo con vagas indolencias de eunuco

y la fila plateada se recuesta al peñasco. mientras lame sus crías azoradas la cierva.

Irguiendo, moribunda, las aletas dorsales, Plegando los ijares, en la seca maraña,

rasga la sardinata los sonoros cristales; los acecha un cachorro de melena castaña;

y cuando se voltea bajo el rayo de sol, rápidos lo ventean y huyen por el rastrojo;

se enciende, como un cirio, el rubí de la escama, yergue el león, rugiendo, la cerviz altanera,

y entre peces flotantes, esa trémula llama y humilde la montaña, por calmarle su enojo,

contagia las espumas de un matiz tornasol. tiende graves silencios a los pies de la fiera.

X XII

Pescadora de estrellas, una nutria recata Entre el eco iracundo de ladridos violentos,

en la noche sus ojos de fulgente berilo; sobre un rastro de dantas va la ronca jauría,

y al bucear en el cauce de recóndito asilo, por raudales trementes, por la chamba sombría,

suena el agua profunda que los cielos retrata. revolcando los montes y mordiendo los vientos.

Bajo círculos lentos, la furtiva pirata Son mis perros, veloces y de sangre sedientos,

se sumerge en las grutas con nervioso sigilo; que iniciando, furiosos, su carrera de un día,

y al instante, robado del espejo tranquilo, pronto al sol alcanzaron en la azul serranía

un lucero diluye sus temblores de plata. y en las sombras hundieron los hocicos sangrientos.

Cuando al brillo del orto se encamina la estela, Ya de noche, sacuden la maraña tupida;

hiende líquidas franjas en la débil penumbra dan medrosos aullidos; a la danta rendida

con su fino peluche de color de canela; le devoran el vientre con titánica brega;

y encendiendo matices sobre el tubo sonoro, y al tornar, silenciosos, por las breñas oscuras,

un lingote de nácar en su boca relumbra perfumando sus pieles, todo el monte les riega

como lánguida estrella de zafir y de oro. una gran tufarada de piñuelas maduras.
XIII

Persiguiendo el perfume de risueño retiro, XV

la fugaz mariposa por el monte revuela, Sordo vuelo de abejas resplandece en la copa

y en los aires enciende sutilísima estela del follaje, agobiado por el boa sombrío;

con sus pétalos tenues de cambiante Zafiro. y meciendo las ramas, con procaz vocerío

En la ronda versátil de su trémulo giro se desbandan los monos en elástica tropa.

esclarece las grutas como azul lentejuela; De la fértil mimbrera que los dindes arropa

y al flotar en la lumbre que en los ámbitos riela, gruesos gajos desgránanse cual sonoro rocío;

vibra el sol y en la brisa se difunde un suspiro. y en su busca, saliendo de las quiebras del río,

Al rumor de las lianas y al vaivén de las quinas, gruñidora manada por la selva galopa.

resplandece en la fronda de las altas colinas, Coruscantes los ojos y la cola rastrera,

polvoreando de plata la florida arboleda; un jaguar convulsivo tras los troncos espera

y gloriosa en el brillo de sus luces triunfales, replegando los nervios de la zarpa brillante;

sobre el limpio remanso de serenos cristales y con súbito golpe, bajo el salto violento,

pasa, sin hacer sombra, con sus alas de seda. hace presa, y al trueno del rugido triunfante

corre sobre los montes hondo estremecimiento.

XIV

Soy un hijo del monte! Por su sitio más fresco XVI

busco, siempre cantando, la sonora colmena; Sobre el musgo reseco la serpiente tranquila

y en las grutas silentes mi garganta se llena fulge al sol, enroscada como rica diadema;

de panales nectáreos y de almendras de cuesco. y en su escama vibrátil el zafiro se quema,

Al salir de las ondas, con placer me adormezco la esmeralda se enciende y el topacio rutila.

sobre las hojarascas que mi perro escarmena; Tiemblan lampos de nácar en su roja pupila

y al través de las ramas, en mi cara morena que columbra del buitre la asechanza suprema,

pone el sol de la tarde su movible arabesco. y regando el reflejo de una pálida gema,

Inspirado en un sueño de ternuras lejanas, silbadora y astuta, por la grama desfila.

acaricio las flores; me corono de lianas, Van sonando sus crótalos en la gruta silente

y los troncos abrazo con profunda emoción; donde duerme el monarca de la felpa de raso;

que después, cuando a solas mi pensar reconcentro, un momento relumbra la ondulante serpiente,

busco el premio del monte, y en mi espíritu encuentro, y cuando ágil avanza y en la sombra se interna,

el retoño florido de una dulce ilusión. al chispear de dos ojos, suena horrendo zarpazo
y un rugido sacude la sagrada caverna. SEGUNDA PARTE
XVII I
Un crepúsculo inmenso la imponencia realza Perfilando sus moles sobre el dombo infinito,
de este río letárgico que en los montes se interna la serena montaña, de dorso colosal, se columbra;
van silbando los bogas una música tierna y la triple ringlera de picachos alumbra
y a sentir el paisaje, me reclino en la balsa. con luceros, sus torres de vetusto granito.
Entregado a la brisa, mi cabello se alza; De repente los vientos se despiertan al grito
en el agua un reflejo con las sombras alterna, del cóndor, y ofuscando la lejana penumbra,
y en el seno purpúreo de la linfa materna un volcán, sobre el sueño de los montes, encumbra
formo círculos amplios con mi planta descalza. su penacho flamante con rumor inaudito.
Al pasar bajo un palio de flexibles guaduales, Mitológico, entonces, al reflejo remoto,
le disparo a una ardilla, que en los turbios cristales como blanco castillo de opalinas almenas,
viene a dar, desgalgada de las trémulas frondas; un nevado levanta su pináculo ignoto;
listo un pez reluciente la sepulta en el charco, y al bruñirlo la luna con temblores de argento,
y al momento una guadua, doblegándose en arco, hacia allá, por encima de las cumbres serenas,
afligida se queda santiguando las ondas. como una nube blonda vuela mi pensamiento.

II
XVIII En un bloque saliente de la audaz cordillera
Embozado en la sombra se destaca el cóndor soberano los jaguares devora;
el farallón: y la espesura inmensa, y olvidando la presa, las alturas explora
al borrarse el crepúsculo, condensa con sus ojos de un vivo resplandor de lumbrera.
un rumor perfumado de albahaca. Entre locos planetas ha girado en la esfera;
Algo se muere entre la fronda opaca; vencedor de los vientos, lo abrillanta la aurora,
gime el paujil, la guacamaya piensa; y al llenar el espacio con su cauda sonora
lloran lánguidas voces, y en la densa quema el sol los encajes de su heroica gorguera.
quietud, boga un lucero en la resaca. Recordando en la roca los silencios supremos,
Rendido ante el dolor de la penumbra, se levanta al empuje colosal de sus remos;
mi ser, que es una luz, se apesadumbra; zumban ráfagas sordas en las nubes distantes,
después, con los murientes horizontes y violando el misterio que en el éter se encierra,
me voy desvaneciendo, me evaporo... llega al sol, y al tenderle los plumones triunfantes,
y mi espíritu vaga por los montes va corriendo una sombra sobre toda la tierra.
como una gran luciérnaga de oro.
III V

Mágicas luces el ocaso presta Bajo nevadas moles la gruta nunca vista,

al ventisquero de bruñida albura; como un templete, al rayo lunar se tornasola;

y junto al sol, que en el cristal fulgura, y entre pilares truncos la estalagmita sola

arbola un ciervo su enramada testa. deslumbra los silencios con lampos de amatista.

Al yerto soplo de la cumbre enhiesta Se ve radiar el ónix en la saliente arista;

arisco frunce la nariz oscura; y cuando el ámbar mueve su moribunda ola,

y en su relieve escultural perdura abriendo en las arcadas espléndida aureola

un lampo róseo de la brava cuesta. proyecta el arco iris su vacilante lista.

Súbito, en medio del granate vivo, Sobre el barranco, un ciervo vivaz se sobresalta

infla su cuello, bramador y altivo; y hacia la azul caverna la pronta oreja tiende;

con ágil casco las neveras hiende, con pávidos resoplos, en ágil curva salta,

y sobre el bloque rutilante y cano, y el caso, hiriendo el témpano de gualda y de jacinto

como la zarza del Horeb, se enciende parte el cristal, que rueda retiñidor, y enciende

su cornamenta en el fulgor lejano. en ópalos fugaces el sordo laberinto.

IV VI

Entre las rampas de la mole andina, Embravecida, por la gris barranca

como un anciano, el cerro se encapota; donde albos nimbos el vapor condensa,

y en las planicies desoladas brota relampagueando entre la noche inmensa

esparto indócil o menuda espina. hunde su hervor la torrentera blanca.

Por donde el zorro escuálido trajina, Abierto en flecos su caudal arranca,

lluvioso cierzo la intemperie azota; y en el profundo vértice suspensa,

y en los lanudos frailejones flota, alza un iris flotante de la densa

como harapos dispersos, la neblina. hondura, que los rápidos estanca.

De noche, a los helados ventisqueros Espumante, sus globos bramadores

bajan tímidos grupos de luceros: avienta en las rompientes de granito;

se enciende una dorada perspectiva; bate el monte con hórridos temblores,

y en la mañana, desde el monte erguido, y al estallar su tromba de centellas,

estremeciendo el páramo aterido, en el cielo, azoradas por el grito,

sube hacia el sol un águila nativa. palidecen, insomnes, las estrellas.


VII IX

Alta roca de vértices agudos Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,

se asoma al precipicio, donde suena entre ocultos follajes, la paloma torcaz,

un agua triste y cavernosa, llena acongoja las selvas con su blanda quejumbre,

de hojarascas y líquenes menudos. picoteando arrayanas y pepitas de agraz.

Disperso cardo de espinosos nudos Arrurruúu... canta viendo la primera vislumbre;

con su raíz el peñascal barrena; y después, por las tardes, al reflejo fugaz,

y muy abajo, un águila serena en la copa del guáimaro que domina la cumbre

ahuyenta los murciélagos velludos. ve llenarse las lomas de silencio y de paz.

Ágil, sobre la punta del peñasco, Entreabiertas las alas que la luz tornasola,

un cabrón maromero se disloca, se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;

audaz, en el prodigio de su casco; y esponjado el plumaje como leve capuz,

y mascullando risas de cinismo, al impulso materno de sus tiernas entrañas,

cuando gira en dos patas en la roca amorosa se pone a arrullar las montañas...

hace temblar su sombra en el abismo. y se duermen los montes... y se apaga la luz.

VIII X

Destacada en un cielo de turbia lontananza, En la estrellada noche de vibración tranquila

con taciturno porte, sobre el peñón sombrío, descorre ante mis ojos sus velos el arcano,

un águila perínclita se envilece de hastío, y al giro de los orbes en el cenit lejano

enamorada ilusa de un sol que no se alcanza. ante mi absorto espíritu la eternidad desfila.

Ella, que ayer mantuvo con los vientos su alianza, Ávido de la pléyade que en el azul rutila,

sabe que todo vuelo sólo encuentra el vacío; sube con ala enorme mi Numen soberano,

y enferma de horizontes, triste de poderío, y alta de ensueño, y libre del horizonte humano,

busca en la paz el último sueño de venturanza. mi sien, como una torre, la inmensidad vigila.

Ante el astro que muere nublando el hemisferio, Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:

siente el heroico impulso de rescatar su imperio; cuando en la paz sin límites al Cosmos interpelo,

mas otra vez con grave cansancio de grandeza lo que los astros callan mi corazón lo sabe;

el ala perezosa sobre la garra estira, y luego una recóndita nostalgia me consterna

e irremediablemente desconsolada, mira al ver que ese infinito, que en mis pupilas cabe,

que en el azul tedioso la oscuridad bosteza. es insondable al vuelo de mi ambición eterna.


TERCERA PARTE III

I Atropellados, por la pampa suelta,

De pie sobre la cúpula del farallón lejano, los raudos potros, en febril disputa,

mi espíritu con toda la inmensidad confina; hacen silbar sobre la sorda ruta

y abriendo al infinito su clámide argentina, los huracanes en su crin revuelta.

la inspiración se tiende sobre la luz del llano. Atrás dejando la llanura envuelta

Y avanza, y a los giros del vuelo soberano, en polvo, alargan la cerviz enjuta,

del horizonte surgen, en serie paulatina, y a su carrera retumbante y bruta,

palmeras y vacadas, el río, la colina, cimbran los pindos y la palma esbelta.

y sigue ante mis ojos creciendo el meridiano. Ya cuando cruzan el austral peñasco,

¡Todo lo vi! Y entonces el pensamiento mío vibra un relincho por las altas rocas;

estrecha halló la atmósfera y el ámbito sombrío. entonces paran el triunfante casco,

Mas en el propio instante que mi rebelde anhelo resoplan, roncos, ante el sol violento,

soñó violar los soles silentes de otro mundo, y alzando en grupo las cabezas locas

desde la pampa intérmina vino un viento iracundo oyen llegar el retrasado viento.

y elevó, con gran ruido, mis dos alas al cielo.


IV

II Cuando apagan los vientos su arrebol de verano

Corneando el fresco matorral, arranca desfallece mi alma con la luz vespertina;

partidos gajos que al testuz entrega; y al mugir de los toros en la loma vecina,

y azotando el ijar, la cola juega me contagia sus viejas pesadumbres el llano.

como un cordón indócil sobre el anca. Entre azules luciérnagas fosforece el pantano;

Luego asoma a la altísima barranca, a la diestra mi sombra vacilante camina,

tiende, lento, los ojos por la vega, y ante el santo lucero de la tarde se inclina

y la humeante nariz de pronto riega una palma, en la ceja del poniente lejano.

un grato olor en la mañana blanca. Ya se quejan las ranas... El paisaje se esfuma,

Lo envuelve el sol en su vislumbre de oro; y en mi ser y en los campos va cayendo la bruma;

solemnemente lo contempla el toro. sobre el cerro columbro de una hoguera el fanal,

Y al ver que con gradual prolongamiento y al sentir que algo inmenso y angustioso me llena,

su móvil sombra en el gramal se estampa, lanzo un grito!... Y entonces, compartiendo mi pena

al golpe de un bramido, con su aliento se remonta una garza del borroso juncal.

inciensa las novillas de la pampa.


V VII

Lóbrego, en alta noche, a paso lento Revestido con púrpuras de ocaso,

regresa un toro por la pampa umbría voy, bajo un cielo de vibrante domo,

y, husmeando el mustio pajonal, como un rajah, sobre el paciente lomo

confía vagos mugidos al miedoso viento. de un tardo buey de elefantino paso.

Torvo, bajo el moriche corpulento Franjada nube de mullido raso

afilando las astas, extravía; copia en las charcas su extenuado cromo;

y al fin en la estrellada lejanía, y las llanuras, de color de plomo,

surge como borroso monumento. se van muriendo al resplandor escaso.

Absorto en las ilímites sabanas, Del buey solemne el asta inofensiva

mira radiar las pléyades cercanas con los celajes últimos se aviva;

sobre las sienes del palmar suspenso... bórranse las palmeras suplicantes,

Después, hondo bramido de amargura, y lleno de feliz presentimiento,

brusco silencio en la majada oscura, como los Magos, en la noche errantes,

temblor de estrellas en el orbe inmenso! hacia la estrella del confín me oriento.

VI VIII

El potro semental que se enlozana Dando toques de alarma, se apresura

de campo y sol, en caluroso brote a convocar la grey despavorida;

lanza a las yeguas del abierto lote y en la tremenda noche, su embestida

su relincho, triunfal como una diana. rechaza al tigre en la maleza oscura.

Piafando por la estepa comarcana, Amanece batiendo la espesura;

tiende la crin para que el viento flote, y mientras torna con la nuca herida,

enarca el cuello y al golpear del trote se despeja el confín, y agradecida

vibra en el pajonal la resolana. muge la gran vacada en la llanura.

Radiante el ojo y el ijar convulso, Llena de ardor, sobre la oliente grama

gallardas curvas en el aire traza opulenta novilla lo reclama;

su dócil cola con febril impulso; y cuando ante el asombro de los montes

y elevando las manos placenteras, en un fecundo salto la violenta,

cuando sobre la hembra se adelgaza, refulge entre su enorme cornamenta

fecunda las olímpicas praderas. el sol de los lejanos horizontes.


IX XI

Con pausados vaivenes refrescando el estío, Viajera que hacia el polo marcó su travesía,

la palmera engalana la silente llanura; la grulla migratoria revuela entre el celaje;

y en su lánguido ensueño, solitaria murmura y en pos de la bandada, que la olvidó en el viaje,

ante el sol moribundo sus congojas al río. aflige con sus remos la inmensidad sombría.

Encendida en el lampo que arrebola el vacío, Sin rumbo, ya cansada, prolonga todavía

presintiendo las sombras, desfallece en la altura; sus gritos melancólicos en el hostil paisaje;

y sus flecos suspiran un rumor de ternura y luego, por las ráfagas vencido su plumaje,

cuando vienen las garzas por el cielo sombrío. desciende a las llanuras donde se apaga el día.

Naufragada en la niebla, sobre el turbio paisaje Huérfana, sobre el cámbulo florido de la vega,

la estremecen los besos de la brisa errabunda; se arropa con el ala mientras la noche llega.

y al morir en sus frondas el lejano celaje, Y cuando huyendo al triste murmullo de las hojas

se abandona al silencio de las noches más bellas, de nuevo cruza el éter azul del horizonte,

y en el diáfano azogue de la linfa profunda tiembla ante el sol, que, trágico, desde la sien del
monte,
resplandece cargada de racimos de estrellas.
extiende, como un águila, sus grandes alas rojas.

X
XII
El toro padre –cuando sorda increpa
Hay una brisa de inefable ruido,
la tempestad– con su pulmón vibrante,
que al bajar de la fértil serranía,
avanza, ronco, hacia el confín distante
por anunciarme su llegada, envía
sorbiendo ventarrones en la estepa.
gratos perfumes de maizal florido.
Parte macollas de profunda cepa;
Disuelta sobre el llano estremecido,
reta las intemperies del Levante,
cual un extraño espíritu, me espía;
y tras la brava nube retumbante
y aunque mis ojos no la ven, podría
los altos morros, rezongando, trepa.
reconocerla entre el palmar mi oído.
Después, ante la absorta novillada,
Como un suspiro de la selva ausente,
revoluciona el polvo en la planada;
por disipar mis íntimas congojas,
se envuelve en nubes de color pardusco,
despeinando mi sien, besa mi frente;
y creyéndose el dios de los inviernos,
y a su blanda caricia femenina,
brama, como tronando, y traza brusco
tiembla de placidez, como las hojas,
un zig-zag de centellas con los cuernos.
mi ser en la frescura matutina.
XIII XV

La gentil calentana, vibradora y sumisa, Dejando en la resaca mi barqueta,

de cabellos que huelen a florido arrayán, bajo los platanales me extravío;

cuando danza bambucos entristece la risa... y, echado en el silencio del sombrío,

y se alegra el susurro de sus faldas de olán. mi ser se aclara como el agua quieta.

Es más clara que el agua, más sútil que la brisa; Perfumo mis nostalgias de poeta

el ensueño la llena de romántico afán, en el sagrado ambiente del plantío;

y en los llanos inmensos, a la luz imprecisa, recojo ensueños, y al tornar al río,

tras las garzas viajeras sus miradas se van. queda vertiendo lágrimas la grieta.

Siempre el sol la persigue, la sonroja y la besa; Con el alma impregnada de poleo,

con el alma del río educó su tristeza oigo gemir la triste chilacoa;

al teñir los palmares el postrer arrebol. humilde y solo en el playón me veo,

¡Oh, daré mis caricias a su boca sonriente, y ya cuando al crepúsculo me embarco,

y los vivos rubores borrarán de su frente por donde va pasando mi canoa,

esa pálida huella de los besos del sol! florecen las estrellas en el charco.

XIV XVI

El sordo escarabajo esmeraldino La casa, llena de hongos y de esparto,

se dora en un matiz multicoloro: vetusta rinde el paredón ruinoso;

almendra de metal, ascua de oro, envejece el portal, y en el verdoso

amatista de oriente solferino. suelo, persigue arañas el lagarto.

Irisada la antena de platino, La carcoma termina su reparto;

hace zumbar el élitro sonoro duerme en la viga un búho silencioso,

y raya, como flavo meteoro, y de noche, con eco pavoroso,

con su vuelo el ambiente cristalino. muge una vaca lóbrega en un cuarto.

Rozando la enrejada claraboya, Después arde el entierro... En el oscuro

brilla otra vez, cual vagabunda joya, rincón, la llama azul tiembla en el muro;

y, cegado en su luz, se hunde en la viga; pasos entre la sombra... Con lejano

mas, tenuemente, al ocultarse, miro rumor, rezan fantasmas lastimeros...

surgir desde la celda en que se abriga y cuando el alba eclipsa los luceros,

lampo sutil de nácar y zafiro. sale huyendo una niebla por el llano.
XVII XIX

Escueto y solo, donde el llano empieza, Vibradora cigarra: con tu lírico empeño

se tiende el cementerio campesino; los veranos cantabas en la azul lejanía,

y en la santa penumbra el vespertino y al temblor de tus alas resonantes, fulgía

viento, suspira... y la colmena reza. todo el sol en mis ojos y en el valle risueño.

Nadie viola su mística tristeza, Y callabas al verme por el linde pampeño

nadie! Y en el invierno peregrin divagar, cuando el rayo moribundo del día,

se dobla alguna cruz ante el camino con las blondas palmeras que la tarde mecía

y amanece llorando la maleza. tuve amores, y el llano me enseñaba el ensueño.

Ya de noche, unas vacas compasivas, Hoy que lánguidas brumas se vistió la pradera,

haciendo misteriosas rogativas, algo espera mi alma sin saber lo que espera:

se echan por calentar las sepulturas; que el sol brille, que vuelvas y en la luz te remontes.

y, convirtiendo al cielo sus ojazos, Ni siquiera un celaje sobre el páramo eterno...

ven una cruz de estrellas, cuyos brazos Como tú ya no cantas, ha venido el invierno

se abren sobre las huérfanas llanuras. y las mudas neblinas encanecen los montes.

XVIII XX

Hay un agua salobre y solitaria, Tornando de la zona ultramarina,

que al volcarse la rica cornucopia sobre la leve ráfaga de enero,

de la noche lunar, apenas copia hoy ante el muro de pajizo alero

borrones de celeste luminaria. empezó a revolar la golondrina.

Soñando en una fuente tributaria, Trémula, en vano, con el ala endrina

huérfana vive en desolada inopia, roza las grietas, y, al fulgor postrero,

y alza débil rumor, con esa propia eleva su reclamo lastimero

humildad que enaltece a la plegaria. en la oquedad de la ventana en ruina.

Entonces, bajo el oro del ocaso, Punzada por la triste cantilena

alguna vaca de solemne paso vi que la tarde se nubló de pena;

atraviesa el yerbal de la comarca; y cuando el ave tras el bien perdido

y, adormeciendo la pupila oscura, rasgó el azul del horizonte claro,

besa con melancólica ternura contagiada del mismo desamparo

la inconsolable linfa de la charca. mi alma también atardeció de olvido.


XXI XXIII

Sintiendo que en mi espíritu doliente Grabando en la llanura las pisadas,

la ternura romántica germina, y ambos, uncida al yugo la cabeza,

voy a besar la estrella vespertina dos bueyes de humillada fortaleza

sobre el agua ilusoria de la fuente. pasan ante las tímidas vacadas.

Mas cuando hacia el fulgor cerulescente Por el pincho las pieles torturadas

mi labio melancólico se inclina, fruncen con una impávida entereza;

oigo como una voz ultradivina y al canto del boyero, con tristeza

de alguien que me celara en el ambiente. revuelven las pupilas agrandadas.

Y al pensar que tu espíritu me asiste, Mientras llora la rueda, el correaje

torno los ojos a la pampa triste; chirría en los cuernos, y la ruta queda

¡nadie!... Sólo el crepúsculo de rosa. bordada, a trechos, de espumoso encaje;

Mas, ¡ay!, que entre la tímida vislumbre, y ellos, bajo el topacio vespertino,

inclinada hacia mí, con pesadumbre, parecen en la errante polvareda

suspira una palmera temblorosa. dos tardas pesadumbres del camino.

XXII XXIV

Bajo los gualandayes el remanso circula; Sereno de humildad, la tarde gasto

y en la paz en que vibra la cigarra su antena, en rodear el potrero y la cañada,

unas vacas solemnes entre el agua serena y al trote desigual de la vacada

se han dormido al murmullo de la onda que ondula. suena la seca amarillez del pasto.

El cristal transparente con sus sombras se azula; Braman luego las crías en el vasto

y entreabriendo los ojos mientras fulge la arena, corral, ante la puerta reforzada,

ven girar una espuma de color de azucena y las vacas les tienden la mirada

que al redor de sus flancos besadora modula. con un anhelo maternal y casto.

Con la mansa caricia de su belfo cetrino Ya cuando acaba de morir la lumbre,

desvanecen los copos en ligero naufragio; siente el ganado ignota pesadumbre;

pero luego, en la hora del dolor vespertino, y, echado en melancólica postura,

cuando en todas las playas el silencio se aumenta, advierte en el ápice del cerro,

ven, mugiendo, que flota como triste presagio con agudos clamores, un becerro

un fulgor moribundo sobre el agua sangrienta. da el toque de silencio en la llanura.


XXV

Mientras las palmas tiemblan, un arrebol ligero

en solitarias ciénagas disuelve su rubí;

todo se apesadumbra, y hacia lejano estero,

sonroja en el crepúsculo sus alas un neblí.

Algo desconocido del horizonte espero...

¡Vana ilusión! Nublóse la franja carmesí;

ya suspiró la tierra bajo el primer lucero,

y siento que otros seres lloran dentro de mí.

Me borrará la noche. Mañana otro celaje;

¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?

¿Por qué todas las tardes me duele esta emoción?

Mi alma, nube de ocaso, deja lo que perdura;

y como es mi destino sufrir con la Natura,

se apagan los crepúsculos entre mi corazón.

XXVI

Cubre el silencio la bruñida arena

que el ancho cauce al horizonte explaya;

y allá en las selvas de azulina raya

sube un cantar bajo la luna llena.

Mientras la linfa su rumor serena,

al par que el astro, la canción desmaya;

y dulcemente en la brumosa playa

se inunda el aire de ignorada pena.

Junto al reflejo que la hoguera enciende,

están los bogas con atento oído;

¡nadie escuchó lo que la noche entiende!

Todos me ven con estupor, y en tanto

que no perciben ni el menor ruido,

sigue en mi absorto corazón el canto.

También podría gustarte