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El Castillo de Kafka: Llegada y Conflicto

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FRANZ KAFKA

EL CASTILLO

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Librodot El castillo Franz Kafka

LA LLEGADA1
Cuando K llegó era noche cerrada. El pueblo estaba
cubierto por una espesa capa de nieve. Del castillo 2 no
se podía ver nada, la niebla y la oscuridad lo rodeaban,
ni siquiera el más débil rayo de luz delataba su
1
Variante del inicio:
«El posadero saludó al huésped. Estaba preparada una habitación en el
primer piso.
—La "habitación principesca" —dijo el posadero.
Era una habitación grande, dolorosamente grande en su desnudez, con
dos ventanas y una puerta de cristal entre ellas. Los pocos muebles que
se encontraban desperdigados poseían unas patas extrañamente
delgadas, se podría creer que eran de hierro, pero eran de madera.
—Le ruego que no salga al balcón —dijo el posadero cuando el
huésped, después de haber contemplado la oscuridad de la noche por
una ventana, se acercó a la puerta de cristal—. La viga maestra está
quebradiza.
Entró la criada, limpió el lavabo y preguntó si la habitación estaba lo
suficientemente caldeada. El huésped asintió. Pero a pesar de que no
había objetado nada a la habitación, aún iba de un lado a otro
completamente vestido, con el abrigo, el bastón y el sombrero en la
mano, como si no estuviese seguro de que iba a permanecer allí. El
posadero estaba al lado de la criada, de repente el huésped se acercó a
ellos por detrás y les gritó:
—¿Por qué susurráis?
El posadero contestó aterrorizado:
—Sólo le daba instrucciones a la criada para la ropa de cama. Por
desgracia, como acabo de comprobar, la habitación no está tan
cuidadosamente preparada como hubiese deseado. Todo se arreglará en
seguida.
—Nada de eso —dijo el huésped—, no he esperado otra cosa que un
agujero sucio y una cama repugnante. No intentes despistarme. Sólo
quiero saber una cosa: ¿quién te ha anunciado mi llegada?
—Soy un posadero y espero huéspedes. La habitación estaba
dispuesta, como siempre.
—Muy bien, no sabías nada, pero no me quedo aquí.
En ese instante abrió una de las ventanas y gritó a través de ella: —¡No
desenganche a los caballos, seguimos camino!

2
El Castillo

presencia. K permaneció largo tiempo en el puente de


madera que conducía desde la carretera principal al
pueblo elevando su mirada hacia un vacío aparente.
Se dedicó a buscar un alojamiento; en la posada aún
estaban despiertos, el hostelero no tenía ninguna
habitación para alquilar, pero permitió, sorprendido y
confuso por el tardío huésped, que K durmiese en la
sala sobre un jergón de paja. K se mostró conforme.
Pero cuando se apresuraba a salir por la puerta, la criada se interpuso
en su camino, una muchacha débil, demasiado joven y tierna, que dijo
con la cabeza inclinada:
—No te vayas. Sí, te hemos esperado, pero lo hemos silenciado por
nuestra torpeza al contestar y porque estábamos inseguros acerca de tus
deseos.
La aparición de la criada había conmovido al huésped, pero sus
palabras resultaban sospechosas.
—Déjame solo con ella—le dijo el huésped al posadero.
El posadero dudó, pero se fue.
—Ven —le dijo el huésped a la muchacha y se sentaron a la mesa.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el huésped y tomó la mano de la
muchacha por encima de la mesa.
—Elisabeth—dijo ella.
—Elisabeth —dijo él—, escúchame bien. Tengo una tarea difícil ante mí
y le he dedicado toda mi vida. Lo hago con alegría y no quiero la
compasión de nadie. Pero como es todo lo que tengo, me refiero a esa
tarea, suprimo todo lo que pudiese perturbar su ejecución, sin
consideración alguna. En esa falta de consideración puedo llegar a
comportarme con extremada obcecación.
Él apretó su mano, ella le miró y asintió.
—Así que lo has comprendido —dijo él—, y ahora explícame cómo
conocíais mi llegada. Sólo quiero saber eso, no pregunto por vuestras
convicciones. Aquí estoy para luchar, pero no quiero que me ataquen
antes de tiempo. Así pues, ¿qué pasó antes de mi llegada?
—Todo el pueblo conocía tu llegada, no lo puedo explicar, ya desde
hace semanas lo saben todos, al parecer la información proviene del
castillo, pero no sé nada más.
—¿Alguien del castillo estuvo aquí y me anunció?
—No, nadie estuvo aquí, los señores del castillo no tratan con nosotros,
pero la servidumbre de arriba puede haber hablado de ello, gente del
pueblo puede haberlo oído, tal vez haya sido así como se ha difundido.

3
Librodot El castillo Franz Kafka

Algunos campesinos aún estaban sentados delante de


sus cervezas pero él no quería conversar con nadie,
así que él mismo cogió el jergón del desván y lo situó
cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos
permanecían en silencio, aún los examinó un rato con
los ojos cansados antes de dormirse.
Pero poco después le despertaron. Un hombre joven,
vestido como si fuese de la ciudad, con un rostro de

Vienen tan pocos forasteros, de uno se habla mucho.


—¿Pocos forasteros? —preguntó el huésped.
—Ay —dijo la criada, y sonrió; al mismo tiempo parecía extraña y
familiar—, nadie viene, es como si el mundo se hubiese olvidado de
nosotros.
—¿Por qué debería venir alguien aquí? —dijo el huésped—. ¿Acaso
hay algo digno de verse?
La muchacha retiró lentamente su mano y dijo: Aún no tienes confianza
en mí.
—Con razón —dijo el huésped, y se levantó—. Todos sois chusma, pero
tú eres más peligrosa que el posadero. Has sido enviada por el castillo
para servirme.
—¿Enviada por el castillo? —dijo la muchacha—. Qué poco conoces
nuestra situación. Te vas por recelo, pues sé que te vas a ir.
—No —dijo el huésped, y arrojó el abrigo sobre una silla—, no me voy,
ni siquiera has logrado expulsarme de aquí.
Pero de repente vaciló, dio aún un par de pasos y cayó sobre la cama.
La muchacha se acercó rápidamente a él.
—¿Qué te pasa? —susurró, y fue corriendo hacia el lavabo, trajo agua,
se arrodilló a su lado y lavó su rostro.
—¿Por qué me atormentáis así? —dijo él con esfuerzo.
—No te atormentamos —dijo la muchacha—. Tú quieres algo de
nosotros y no sabemos qué es. Habla sinceramente conmigo y yo te
responderé con sinceridad».

2
Al igual que ocurre con la catedral en la novela El proceso, se han
buscado los modelos que hayan podido inspirar a Kafka para la
descripción del castillo. Así, se ha mencionado el castillo de Praga,
también la ruina Strela en las cercanías de Strakonitz o el castillo de
Wallenstein en Friedland. Según Wagenbach, se trataría del castillo en
Wossek, un pequeño pueblo a cien kilómetros de Praga de donde
procedía el padre de Kafka.

4
El Castillo

actor, ojos estrechos y cejas espesas permanecía a su


lado junto al posadero. Los campesinos todavía
seguían allí, algunos habían dado la vuelta a sus sillas
para ver y escuchar mejor. El joven se disculpó muy
amablemente por haber despertado a K, se presentó
como el hijo del alcaide del castillo y después dijo:
—Este pueblo es propiedad del castillo, quien vive
aquí o pernocta, vive en cierta manera en el castillo.
Nadie puede hacerlo sin autorización del conde. Usted,
sin embargo, o no posee esa autorización o al menos
no la ha mostrado.
K, que se había incorporado algo, se alisó el pelo,
miró desde abajo a la gente que le rodeaba y dijo:
—¿En qué pueblo me he perdido? ¿Acaso hay aquí
un castillo?
—Así es —dijo lentamente el joven, mientras aquí y
allá se sacudía alguna cabeza sobre K—, el castillo del
Conde Westwest3.
—¿Y hay que tener una autorización para pernoctar?
—preguntó K como si quisiese convencerse de que no
había soñado las informaciones aportadas con
anterioridad.

3
En los numerosos comentarios de la novela El castillo se ha
especulado con el significado de este enigmático nombre. Partiendo de la
consideración de que Kafka solía elegir los nombres con que designaba a
sus personajes por su alcance simbólico, el conde Westwest ha
experimentado distintas interpretaciones. Por ejemplo, se ha relacionado
con el «Hotel Occidental» en la novela El desaparecido que hacía
referencia a decadencia o ruina; sin embargo, la duplicación de la sílaba,
como establece Erich Heller, también puede indicar una afirmación
resultante de una doble negación. Según Politzer, aquí Kafka podría
referirse a la vida eterna. Otra interpretación podría basarse en una
topografía ficticia relacionada con la Divina Comedia, algunos exegetas
han considerado, siguiendo esta hipótesis, que la novela se desarrolla en
una suerte de submundo. Otra teoría hace hincapié en la condición de
Kafka de judío occidental; así, Westwest haría referencia al «más
occidental de los judíos».

5
Librodot El castillo Franz Kafka

—Hay que tener la autorización —fue la respuesta, y


K captó un tono de burla cuando el joven preguntó al
hostelero y a los huéspedes con el brazo extendido:
—¿O acaso no hay que tener una autorización?
—Entonces tendré que recoger la autorización —dijo
K bostezando y se quitó la manta con la intención de
levantarse.
—Sí, ¿y quién se la va a dar? —preguntó el joven.
—El señor conde —dijo K—, no me queda otro
remedio.
—¿Solicitar ahora, a medianoche, una autorización
del conde? —exclamó el joven, retrocediendo un paso.
—¿No es posible? —preguntó K con indiferencia—,
entonces ¿por qué me ha despertado?
Pero el joven entró en cólera.
—¡Maneras de vagabundo! —exclamó—. ¡Exijo
respeto para la autoridad condal! Precisamente le he
despertado para comunicarle que debe abandonar en
seguida el condado.
—Basta de comedias —dijo K con un tono
llamativamente bajo, volvió a echarse y se cubrió con la
manta—. joven, ha llegado demasiado lejos y mañana
volveré a ocuparme de su conducta. El posadero y

6
El Castillo

estos señores serán testigos, en el caso de que


necesite testigos. Por ahora conténtese con saber que
soy el agrimensor4 solicitado por el conde. Mis
ayudantes vendrán mañana en coche con los aparatos.
No quise perderme un paseo por la nieve, pero por
desgracia me he desviado algunas veces del camino y
por eso he llegado tan tarde. Que era muy tarde para
presentarme en el castillo es algo que ya sabía yo
mismo ates de su lección. Por esta razón me he
conformado con este albergue nocturno que usted,
dicho con indulgencia, ha tenido la descortesía de
perturbar. Con esto he concluido mis explicaciones.
Buenas. noches, señores.
Y K se volvió hacia la estufa.
—¿Agrimensor? —oyó aún que preguntaban
dubitativamente a sus espaldas, luego se hizo el
silencio. Pero el joven se recobró de la sorpresa y le
dijo al posadero en un tono lo suficientemente apagado
para interpretarse como una actitud de respeto hacia el
sueño de K, pero lo suficientemente elevado como para
que le fuese comprensible:
—Me informaré por teléfono.
¡Cómo! ¿Hasta un teléfono había en esa posada de
pueblo? Estaban perfectamente establecidos. Ese

4
Sobre la elección de la profesión de agrimensor para el personaje K se
han aportado diversas aclaraciones. La agrimensura, como el arte de
medir tierras, sugiere un afán de ordenación, de establecer límites y
fronteras, lo que contrasta con la vida desarraigada de K y sus intentos de
integrarse en el pueblo. Desde esta perspectiva, el término «agrimensor»
despierta múltiples asociaciones y paralelismos. En sus Diarios, Kafka
escribió que en 1912, durante su estancia en un sanatorio en Stapelburg,
conoció a un agrimensor con el que posteriormente mantuvo una
correspondencia. Según P E Neumayer, la figura del agrimensor K se
inspira en un libro leído por Kafka, una biografía escrita por Oskar Weber
con el título El barón del azúcar. El destino de un ex oficial alemán en
Sudamérica. El autor, con el que Kafka se identificó, trabajó siete años
como agrimensor.

7
Librodot El castillo Franz Kafka

detalle sorprendió a K, aunque en verdad lo había


esperado. Resultó que el teléfono estaba situado casi
encima de su cabeza, su somnolencia lo había pasado
por alto. Pero si el joven quería telefonear no podría
impedir, ni con toda su buena voluntad, perturbar el
sueño de K. Se trataba de si K debía dejarle llamar, y
decidió permitirlo. Pero entonces ya no tenía sentido
simular que estaba dormido, así que volvió a ponerse
boca arriba. Vio a los campesinos arrimarse
tímidamente y hablar entre ellos: la llegada de un
agrimensor no era algo baladí. La puerta de la cocina
se había abierto, ocupando todo el umbral se
encontraba la poderosa figura de la posadera; el
posadero se acercó a ella de puntillas para informarla
de lo sucedido. Y entonces comenzó la conversación
telefónica. El alcaide dormía, pero un subalcaide, uno
de los subordinados, un tal Fritz, estaba allí. El joven,
que se presentó como Schwarzer, explicó que había
encontrado a K, un hombre en la treintena, bastante
andrajoso, durmiendo tranquilamente en un jergón de
paja con una minúscula mochila como almohada y con
un bastón nudoso al alcance de la mano. Era evidente
qué le había resultado sospechoso, y como el
posadero había descuidado ostensiblemente su deber,
la obligación de Schwarzer consistía en llegar al fondo
del asunto. El hecho de despertarle, el interrogatorio, la
amenaza derivada del deber de expulsarlo del
condado, habían sido tomados con indignación por
parte de K, por lo demás, según había resultado al
final, con razón, pues afirmaba ser un agrimensor
solicitado por el conde. Naturalmente que suponía al
menos un deber formal comprobar esa afirmación, y
Schwarzer le pedía por ese motivo al señor Fritz que
averiguase en la secretaría central si realmente se
esperaba a un agrimensor de ese tipo y que
telefonease la respuesta en seguida.

8
El Castillo

Entonces volvió el silencio. Fritz averiguaba por su


cuenta y allí se esperaba la respuesta. K permaneció
como hasta entonces, ni siquiera se dio la vuelta, no
pareció mostrar curiosidad alguna, se limitaba a mirar
ante sí. El relato de Schwarzer, en su mezcla de
maldad y cautela, le dio una idea de la formación
diplomática de la que disponía en el castillo gente
inferior como Schwarzer. Y tampoco carecían de
diligencia, la secretaría general tenía servicio nocturno.
Por añadidura, daba visiblemente una rápida
respuesta, ya sonaba la llamada de Fritz. Ese informe
pareció muy corto, pues Schwarzer, furioso, colgó en
seguida el auricular.
—¡Ya lo había dicho! —gritó—. Ninguna huella de un
agrimensor, un vulgar vagabundo mentiroso, tal vez
algo peor.
Por un momento K pensó que todos, Schwarzer, los
campesinos, el posadero y la posadera, se iban a
arrojar sobre él; para al menos evitar la primera
acometida se acurrucó debajo de la manta, desde allí
volvió a sacar lentamente la cabeza y oyó cómo
sonaba el teléfono, pareciéndole que lo hacía con una
fuerza inusitada. Pese a que era muy improbable que
volviese á referirse a K, todos se quedaron estáticos y
Schwarzer regresó al aparato. Allí escuchó una larga
aclaración y luego dijo en voz baja:
—¿Así que un error? Esto me resulta muy
desagradable. ¿El mismo jefe de oficina ha
telefoneado? Extraño, muy extraño. ¿Cómo se lo voy a
explicar ahora al señor agrimensor?
K escuchó. Así que el castillo le había nombrado
agrimensor. Eso era por una parte desfavorable, pues
mostraba que el castillo sabía todo lo necesario acerca
de él, que había equilibrado las fuerzas y que
emprendía la lucha sonriendo. Por otra parte también
era favorable, pues eso demostraba, según su opinión,

9
Librodot El castillo Franz Kafka

que se le menospreciaba y que gozaría de más libertad


de la que había pensado desde un principio. Y si creían
que se le podría mantener en un estado de continuo
terror mediante ese reconocimiento de su condición de
agrimensor, que, ciertamente, les otorgaba cierta
superioridad moral, se equivocaban, sólo le causaba un
ligero escalofrío, nada más.
K hizo una señal negativa a Schwarzer cuando intentó
acercarse a él con actitud sumisa; se negó a
trasladarse al dormitorio del posadero, sobre lo que se
le insistió, se limitó a aceptar del hostelero una bebida
para favorecer el sueño, de la hostelera una jofaina con
jabón y una toalla y ni siquiera tuvo que solicitar que se
vaciase la sala, pues todos se apresuraron a salir
escondiendo el rostro para que no se les pudiese
reconocer al día siguiente; apagaron la lámpara y
finalmente tuvo tranquilidad. Durmió profundamente,
sólo molestado una o dos veces por las ratas que se
deslizaban por la habitación, hasta que llegó la
mañana.
Después del desayuno, que, como toda la
manutención, según indicaciones del posadero, corría
a cargo del castillo, quería dirigirse inmediatamente al
pueblo. Pero como el posadero, con quien sólo había
hablado hasta ese momento lo necesario en recuerdo
de su conducta del día anterior, no paraba de vagar a
su alrededor con un semblante de muda súplica, sintió
compasión de él y le invitó a sentarse un rato a su lado.
—Aún no conozco al conde —dijo K—, al parecer
paga con generosidad el trabajo bien hecho, ¿es
cierto? Cuando alguien como yo viaja tan lejos de su
mujer e hijo, siempre quiere llevar algo a casa.
—A ese respecto el señor no debe preocuparse,
nadie se queja aquí de salarios bajos.

10
El Castillo

—Bien —dijo K—, no soy una persona tímida y


también le puedo dar mi opinión a un conde, pero
siempre resulta mucho mejor resolver todos los
problemas de forma pacífica.
El posadero se había sentado frente a K en el borde
de la repisa de la ventana, no se atrevía a sentarse con
más comodidad, y contempló a K todo el tiempo con
unos grandes y temerosos ojos castaños. Al principio
había hecho esfuerzos por acercarse a K, ahora
parecía como si prefiriese huir de él. ¿Temía que le
preguntara sobre el conde? ¿Temía la desconfianza
del «señor» por el que ahora tomaba a K? K tuvo que
cambiar de conversación. Miró la hora y dijo:
—Pronto llegarán mis ayudantes, ¿podrás ofrecerles
aquí alojamiento?
—Por supuesto, señor —dijo—, pero, ¿no vivirán
contigo en el castillo?
¿Acaso renunciaba tan fácilmente y encantado a sus
huéspedes que los quería relegar a toda costa al
castillo?
—Eso aún no es seguro —dijo K—, antes tengo que
conocer qué trabajo quieren que realice. Si tuviera, por
ejemplo, que trabajar aquí abajo, entonces sería
razonable vivir aquí abajo. También temo no
adaptarme a la vida arriba en el castillo. Siempre quiero
ser libre.
—No conoces el castillo —dijo el posadero en voz
baja.
—Es cierto —dijo K—, no se debe de juzgar con
anticipación. Por el momento, del castillo no sé más
que allí saben elegir al agrimensor adecuado. Tal vez
haya otras ventajas.
Dicho esto, se levantó para liberarse del posadero
que, intranquilo, no cesaba de morderse los labios.

11
Librodot El castillo Franz Kafka

Desde luego no se podía ganar fácilmente la confianza


de ese hombre.
Mientras K se alejaba le llamó la atención un retrato
oscuro en un marco también oscuro. Ya se había fijado
en él desde su lecho, pero no había podido apreciar los
detalles desde esa distancia y creía que el cuadro
había sido retirado quedando sólo una mancha negra.
Pero, como podía comprobar ahora, se trataba de un
cuadro, el busto de un hombre de unos cincuenta años.
Mantenía la cabeza tan inclinada sobre el pecho que
apenas se podían distinguir los ojos; esa inclinación
parecía causada por la elevada y pesada frente y una
nariz grande y aguileña. La barba, a causa de la
posición de la cabeza, permanecía aplastada contra el
mentón, pero volvía a recobrar su amplitud más abajo.
La mano izquierda se hundía abierta en los cabellos,
como si quisiese levantar la cabeza sin conseguirlo.
—¿Quién es? —preguntó K—. ¿El conde?
K permanecía ante el cuadro y ni siquiera se volvió
hacia el posadero.
—No —dijo el posadero—, el alcaide.
—Buen aspecto tiene el alcaide del castillo —dijo K—,
lástima que tenga un hijo que no le llegue a los talones.
—No —dijo el posadero, atrajo un poco a K hacia sí y
le susurró en el oído:
—Ayer Schwarzer exageró, su padre no es más que
un subalcaide e incluso uno de los últimos.
En ese momento el posadero le pareció a K un niño.
—¡El muy granuja! —dijo K sonriendo, pero el
posadero no sonrió con él, sino que se limitó a decir:
—También su padre es poderoso.
—¡Vete! —dijo K—. Consideras a todos poderosos.
¿Acaso a mí también?

12
El Castillo

A ti —dijo con timidez y seriedad— no te considero


poderoso.
—Compruebo que tienes una gran capacidad de
observación —dijo K—. Dicho en confianza, no soy
realmente poderoso. En consecuencia no tengo menos
respeto que tú frente a los poderosos, sólo que no soy
tan sincero como tú y no siempre quiero reconocerlo.
Y K dio unas palmadas en la mejilla del posadero para
consolarle y ganar su favor. Entonces sonrió un poco.
En realidad parecía un adolescente con su rostro suave
y casi barbilampiño. ¿Cómo era posible que se hubiese
podido casar con esa mujer tan gruesa y de edad tan
avanzada, a la que en ese momento se podía ver a
través de una ventana cómo trabajaba en la cocina con
los codos bien separados del cuerpo? K, sin embargo,
no quería seguir sondeando a ese hombre y terminar
borrando la sonrisa que tanto le había costado obtener
de él, así que le hizo una señal para que le abriese la
puerta y salió a la hermosa mañana invernal.
Ahora pudo ver el castillo nítidamente destacado en el
aire luminoso, con su contorno aún más realzado por la
ligera capa de nieve que lo cubría todo imitando todas
las formas. Además, en la montaña donde estaba
situado el castillo parecía haber menos nieve que en el
pueblo, donde K se desplazaba con no menos esfuerzo
que el día anterior en la carretera principal. Allí
alcanzaba la nieve hasta las ventanas de las casas y
se acumulaba pesada sobre los bajos tejados, pero
arriba, en la montaña, todo se elevaba libre y ligero, al
menos eso parecía desde allí abajo.
En general, el castillo, como se mostraba desde la
lejanía, correspondía a lo que K había esperado. No
era ni un viejo castillo medieval ni un nuevo edificio
suntuoso, sino una extensa construcción consistente
en unos pocos edificios de dos pisos situados muy
próximos unos de otros. Si no se hubiera sabido que

13
Librodot El castillo Franz Kafka

era un castillo, se habría tenido por una pequeña


ciudad. K sólo pudo ver una torre, si pertenecía a una
vivienda o a una iglesia era algo que no se podía
saber. Bandadas de cornejas la rodeaban.
Con la mirada fija en el castillo, K siguió su camino,
sin que le inquietase nada más. Pero al aproximarse, el
castillo le decepcionó: en realidad sí que se trataba de
un miserable villorrio, compuesto de casas de pueblo, y
sólo se distinguía porque tal vez todo estaba construido
de piedra, pero la pintura hacía tiempo que se había
caído y la piedra parecía desmenuzarse. K se acordó
fugazmente de su pueblo natal: apenas tenía nada que
envidiarle a ese supuesto castillo; si K hubiese venido
sólo para visitarlo, la larga marcha no habría merecido
la pena y habría sido más razonable haber vuelto a
visitar una vez más su lugar de nacimiento, donde
hacía tiempo que no había estado. Y comparó en su
mente el campanario de su pueblo natal con la torre de
arriba. El campanario, es cierto, no podía dudarse, se
erguía recto, rejuveneciéndose en la parte superior, y
coronado por un techo ancho de tejas rojas, un edificio
terrenal —¿qué otra cosa podíamos construir?—, pero
con una finalidad muy superior a la del achaparrado
villorrio y con una expresión más luminosa que la
otorgada por el sombrío día laboral. La torre de allá
arriba —era lo único visible— era la torre de una
vivienda, como ahora se mostraba, quizá la del castillo
principal, un edificio redondo y uniforme, en parte
cubierto piadosamente por la hiedra, con pequeñas
ventanas que destellaban por la luz del sol —su
aspecto tenía algo de descabellado—, y acababa en
una especie de azotea, cuyas almenas, inseguras,
irregulares, rotas, mordían el cielo azul y parecían
haber sido diseñadas por un niño descuidado o
acobardado. Era como si algún habitante afligido que
tendría que haberse mantenido encerrado en la

14
El Castillo

habitación más alejada de la casa, hubiese roto el


techo y se hubiese alzado para mostrarse al mundo.
K se detuvo una vez más, como si al estar quieto
poseyera más capacidad de juicio. Pero algo le
perturbó. Detrás de la iglesia del pueblo, al lado de la
cual se había detenido —en realidad era sólo una
capilla, ampliada ligeramente para poder acoger a los
feligreses— se encontraba la escuela. Ésta era un
edificio largo y bajo que aunaba extrañamente el
carácter provisorio y lo antiguo. Estaba situado detrás
de un jardín cercado con una verja que ahora estaba
cubierto de nieve. En ese preciso momento salían los
niños con el maestro. Se apiñaban a su alrededor,
dirigiendo hacia él todas las miradas y sin parar de
hablar entre ellos. K no podía entender su forma de
hablar tan rápida. El maestro, un hombre joven,
pequeño y estrecho de hombros, pero, sin que
resultase ridículo, muy recto, ya se había fijado en K
desde lejos, si bien K era, aparte de su grupo, la única
persona que podía verse en el lugar. K, como forastero,
saludó primero a ese hombrecillo de aspecto
autoritario.
—Buenos días, señor maestro —dijo.
Los niños enmudecieron de golpe, ese repentino
silencio como preparación a sus palabras debió de
agradar al maestro.
—¿Contempla el castillo? —preguntó con más
amabilidad de lo que K había esperado, pero con un
tono como si no aprobase lo que K estaba haciendo.
—Sí —dijo K—, soy forastero, ayer por la noche
llegué a este lugar.
—¿No le gusta el castillo? —preguntó rápidamente el
maestro.
—¿Cómo? —respondió K un poco confuso y repitió la
pregunta de una forma más suave:

15
Librodot El castillo Franz Kafka

—¿Que si no me gusta el castillo? ¿Por qué supone


que no me gusta?
—A ningún forastero le gusta—dijo el maestro.
Para no decir nada inapropiado, K cambió de
conversación y dijo:
—¿Conoce al conde?
—No —dijo el maestro, y quiso alejarse, pero K no
cedió y volvió a preguntar:
—¿Cómo? ¿No conoce al conde?
—¿Por qué tendría que conocerlo? —preguntó el
maestro en voz baja y añadió en voz alta en francés—:
Tenga consideración con la presencia de niños
inocentes.
K se creyó entonces con derecho a preguntar:
—¿Podría visitarle, señor maestro? Permaneceré
aquí largo tiempo y ya me siento un poco abandonado;
no me identifico con los campesinos, y tampoco con los
habitantes del castillo.
—Entre los campesinos y el castillo no hay ninguna
diferencia —dijo el maestro.
—Puede ser —dijo K—, pero eso no altera mi
situación. ¿Podría visitarle alguna vez?
—Vivo en la calle Schwannen, en la casa del
carnicero.
Eso era más la información de una dirección que una
invitación; no obstante K dijo:
—Bien, iré.
El maestro asintió con la cabeza y siguió su camino
con los niños apiñados a su alrededor que ya habían
reanudado su griterío. Al poco tiempo desaparecieron
por una callejuela que descendía abruptamente.

16
El Castillo

K estaba preocupado, enojado por la conversación.


Por primera vez desde su llegada se sentía realmente
cansado. El largo camino hasta allí parecía no haberle
afectado en nada —¡cómo había caminado día tras día,
tranquilamente, paso a paso!—; ahora, sin embargo, se
mostraban las consecuencias de ese esfuerzo enorme,
y a destiempo. Se sentía irresistiblemente impulsado a
buscar nuevos conocidos, pero cada nuevo conocido
aumentaba su fatiga. Si ese día, en el estado en que se
encontraba, se obligaba a prolongar su paseo al menos
hasta la entrada del castillo, habría hecho más que
suficiente.
Así que continuó su camino, pero era un largo
camino. Además, la calle, esa calle principal del
pueblo, no conducía al castillo, sólo pasaba cerca;
después, sin embargo, como intencionadamente, torcía
y, aunque no se distanciaba del castillo, tampoco se
aproximaba a él. K siempre esperaba que la calle
finalmente se dirigiese hacia el castillo y sólo
fundándose en esa esperanza seguía avanzando; en
apariencia dudaba en abandonar la calle a causa de su
cansancio, también se quedó asombrado por la
longitud del pueblo que no conocía fin, una y otra vez
se sucedían las casuchas con las ventanas cubiertas
de hielo, la nieve y la soledad; finalmente se apartó de
esa calle y le acogió una callejuela estrecha, con una
capa de nieve aún más profunda, donde sólo podía
avanzar con gran esfuerzo al hundírsele los pies en el
manto blanco; el sudor comenzó a correr por su frente;
de repente se detuvo y ya no pudo seguir.
Bueno, no estaba aislado, a derecha e izquierda
había casas de campesinos; hizo una bola de nieve y
la arrojó contra una ventana. En seguida se abrió una
puerta —la primera puerta que se abría durante toda la
caminata por el pueblo— y un viejo campesino, con

17
Librodot El castillo Franz Kafka

una chaqueta de piel de cordero, con la cabeza


inclinada, apareció en el umbral, débil y amable.
—¿Puedo entrar un rato en su casa? —dijo K—, estoy
muy cansado.
No pudo oír lo que le dijo el anciano, aceptó
agradecido que le colocasen una tabla, que le salvaran
de la nieve y que con unos pasos se hallara en una
sala.
Una gran sala en la penumbra. El que venía de fuera
al principio no podía ver nada. K tropezó con un cubo y
una mano femenina le retuvo. Desde una esquina
llegaron los lloros de un niño pequeño, de otra se
elevaba humo convirtiendo la penumbra en tinieblas, K
parecía estar entre nubes.
—Pero si está borracho —dijo alguien.
—¿Quién es usted? ¿Por qué lo has dejado entrar?
—se oyó que decía una voz dominante dirigida al
anciano—. ¿Acaso se puede dejar entrar a cualquiera
que se arrastre por las calles?
—Soy el agrimensor del condado —dijo K, intentando
así justificarse ante la persona aún invisible que había
hablado.
—¡Ah!, es el agrimensor —dijo una voz femenina y
luego siguió un completo silencio.
—¿Me conocen? —preguntó K.
—Claro que sí —dijo brevemente la misma voz.
El hecho de que le conocieran no le pareció ninguna
recomendación.
Al fin se disipó algo el humo y K pudo orientarse
lentamente. Parecía un día de limpieza general. Cerca
de la puerta se estaba lavando ropa. El humo, sin
embargo, procedía de la esquina izquierda, donde, en
una cubeta de madera tan grande como K no la había

18
El Castillo

visto en su vida —tenía las dimensiones de dos camas


— se bañaban dos hombres en agua caliente. Pero
aún más sorprendente, sin que se pudiera precisar en
qué consistía la sorpresa, era la esquina derecha. De
un gran tragaluz, el único en la pared del fondo,
procedía, del patio, una pálida luz blanca de nieve que
daba al vestido de una mujer, que casi yacía con
aspecto cansado en un sillón en lo más profundo de la
esquina, una apariencia sedosa. Tenía un bebé al
pecho. A su alrededor jugaban un par de niños, hijos
de campesinos, como se podía comprobar, pero ella no
parecía ser de su misma clase, si bien la enfermedad y
el cansancio también otorgan delicadeza a los
campesinos.
—¡Siéntese! —dijo, resollando, uno de los hombres,
uno con barba y bigote. Indicó, cómicamente, con la
mano sobre el borde de la cubeta, un baúl, y al hacerlo
salpicó el rostro de K con agua caliente. En el baúl se
sentaba ya aletargado el anciano que le había dejado
entrar. K estaba agradecido de poder sentarse al fin.
Entonces nadie se preocupó de él. La mujer que hacía
la colada, rubia, en plena juventud, cantaba en voz baja
mientras trabajaba; los hombres en el baño pataleaban
y se daban la vuelta, los niños querían acercarse a
ellos, pero eran rechazados una y otra vez por chorros
de agua que tampoco respetaron a K; la mujer en el
sillón yacía como inánime, ni siquiera miraba a la
criatura que tenía al pecho, sino hacia un lugar
indeterminado en las alturas.
K contempló esa invariable imagen triste y hermosa a
un mismo tiempo, pero luego debió de quedarse
dormido, pues al ser llamado por alguien en voz alta,
se asustó y descubrió que su cabeza se apoyaba en el
hombro del anciano que estaba a su lado. Los
hombres, que habían terminado de bañarse —ahora le
tocaba el turno a los niños que se movían por la cubeta

19
Librodot El castillo Franz Kafka

vigilados por la mujer rubia—, se encontraban vestidos


ante K. Resultó que el gritón de la barba era el más
ordinario de los dos. El otro, no más alto que el de la
barba, aunque con menos barba, era un hombre
silencioso y pensativo, de ancha figura y rostro también
ancho, que mantenía la cabeza inclinada hacia abajo.
—Señor agrimensor —dijo—, aquí no puede
quedarse. Perdone la descortesía.
—Tampoco quería quedarme —dijo K—, sólo
descansar un poco. Ya lo he hecho y me voy.
—Es probable que se sorprenda de la poca
hospitalidad —dijo el hombre—, pero para nosotros la
hospitalidad no es costumbre, no necesitamos
huéspedes.
Refrescado por el sueño y más perspicaz que antes,
K se alegró por las sinceras palabras. Se movió con
más libertad, apoyó su bastón aquí y allá y se acercó a
la mujer tendida en el sillón; por lo demás, él era el más
alto en la habitación.
—Cierto —dijo K—, para qué necesitan huéspedes.
Pero en un momento u otro se necesita alguno, por
ejemplo a mí, al agrimensor.
—Eso no lo sé —dijo lentamente el hombre—, si le
han llamado, es probable que le necesiten, eso es una
excepción; nosotros, sin embargo, gente humilde, nos
atenemos a las reglas, eso no nos lo puede reprochar.
—No, no —dijo K—, sólo les puedo estar
agradecidos, a ustedes y a todos los presentes.
E inesperadamente para todos, K se dio la vuelta y
quedó ante la mujer. Ella miraba a K con sus ojos
azules y cansados, un pañuelo de cabeza transparente
de seda. le llegaba hasta la mitad de la frente, la
criatura dormía en su pecho.
—¿Quién eres? —preguntó K.

20
El Castillo

Con desdén, aunque no quedaba claro si su


desprecio se dirigía a K o se refería a su propia
respuesta, dijo:
—Una mujer del castillo.
Todo eso sólo había durado un instante, pero K ya
tenía a su derecha e izquierda a cada uno de los
hombres y, como si no hubiera ningún otro medio de
comunicación, le llevaron hasta la puerta en silencio
pero aplicando todas sus fuerzas. El anciano se alegró
de algo y aplaudió, también la mujer que lavaba se rió
cuando los niños comenzaron repentinamente a hacer
ruido como locos.
K se encontraba en la callejuela y los hombres le
vigilaban desde el umbral de la puerta. Otra vez caía
nieve, sin embargo parecía haber aclarado algo. El de
la gran barba gritó impaciente:
—¿Adónde quiere dirigirse? Por aquí se va al castillo,
por allí al pueblo.
K no le respondió, pero al otro, que a pesar de su
superioridad le parecía el más tratable, le dijo:
—¿Quién es usted? ¿A quién tengo que agradecerle
la hospitalidad? —Soy el maestro curtidor Lasemann,
pero no le tiene que agradecer nada a nadie.
—Bien —dijo K—, quizá volvamos a encontrarnos.
—No lo creo —dijo el hombre.
En ese instante exclamó el de la barba con la mano
levantada:
—¡Buenos días, Artur! ¡Buenos días, Jeremías!
K se dio la vuelta. ¡Así que en ese pueblo salía la
gente a la calle! De la dirección del castillo venían dos
jóvenes de estatura media, los dos muy delgados, con
trajes estrechos, muy parecidos de rostro, de tez muy
morena, pero con unas perillas tan negras que aun así

21
Librodot El castillo Franz Kafka

destacaban. Para la condición en que se hallaba la


calle avanzaban sorprendentemente deprisa, dando
grandes zancadas rítmicas con sus piernas delgadas.
—¿Adónde vais? —preguntó el de la gran barba.
Sólo se podía hablar con ellos a gritos, tan rápido
caminaban y no se detenían.
—¡Negocios! —exclamaron riéndose. —¿Dónde?
—¡En la posada!
—¡Hacia allí me dirijo yo también! —gritó K.
De repente, y más que cualquier otra cosa, sintió la
gran necesidad de que le llevaran con ellos; trabar
conocimiento con ellos no le pareció muy productivo,
pero parecían alegres compañeros de camino.
Ellos oyeron las palabras de K, se limitaron a asentir
con la cabeza y ya habían pasado de largo.
K aún permanecía en la nieve y tenía pocas ganas de
levantar el pie para volver a hundirlo una vez más un
poco más allá. El maestro curtidor y su compañero,
satisfechos por haberse desembarazado
definitivamente de K, se retiraron lentamente, no sin
dejar de mirarle desde la casa por el resquicio de la
puerta. K se quedó solo— rodeado de nieve.
—Una buena oportunidad para desesperarse un poco
—pensó—, si me encontrase aquí por casualidad y no
por mi propia voluntad.
En la casa situada a la izquierda se abrió de repente
una ventana minúscula —cerrada había parecido azul
oscura, tal vez por el reflejo de la nieve—, y era tan
pequeña que al permanecer ahora abierta no se podía
ver todo el rostro de la persona que miraba por ella,
sólo los ojos, unos ojos castaños y ancianos.
—Allí está —oyó K que decía una voz femenina y
temblorosa.

22
El Castillo

—Es el agrimensor —dijo una voz masculina.


Entonces fue el hombre quien miró por la ventana y
preguntó no de una manera descortés, pero sí como si
le preocupase que todo estuviese en orden delante de
su casa.
—¿A quién está esperando?
—A un trineo que me lleve —dijo K.
—Por aquí no pasa ningún trineo —dijo el hombre—.
En esta calle no hay tráfico.
—Pero si es la calle que conduce al castillo —objetó
K.
—A pesar de eso —dijo el hombre con cierta
inflexibilidad— por aquí no hay tráfico.
Los dos callaron. Pero el hombre meditaba algo, pues
aún mantenía abierta la ventana, de la que salía humo.
—Es un camino bastante malo —dijo K por mantener
la conversación.
El hombre, sin embargo, se limitó a decir:
—Sí, es cierto.
Después de un rato añadió:
—Si quiere le llevo con mi trineo.
—Sí, por favor —dijo K con gran alegría—. ¿Cuánto
me va a cobrar?
—Nada —dijo el hombre.
K se asombró.
—Usted es el agrimensor —dijo el hombre
explicándose— y pertenece al castillo. ¿Adónde quiere
ir?
—Al castillo —dijo rápidamente K.
—Allí no voy —dijo el hombre en seguida.

23
Librodot El castillo Franz Kafka

—Pero si pertenezco al castillo —dijo K repitiendo las


palabras del hombre.
—Puede ser —dijo el hombre algo reservado.
—Entonces lléveme a la posada —dijo K.
—Bien —dijo el hombre—, ahora salgo con el trineo.
La conversación no le dio la impresión de amabilidad,
sino la de un empeño egoísta, temeroso y casi pedante
de retirar a K de la entrada de la casa.
Se abrió la puerta del patio y por ella apareció un
trineo para cargas ligeras, completamente plano y sin
ningún asiento, tirado por un pequeño y débil caballo,
detrás salió el hombre, no un anciano, sino un hombre
débil, encorvado, cojo, con un rostro delgado, colorado
y con aspecto de acatarrado, que daba la impresión de
ser muy pequeño debido a la bufanda de lana que
rodeaba el cuello. El hombre estaba visiblemente
enfermo y sólo había salido para poder
desembarazarse de K. Éste hizo una alusión al
respecto, pero el hombre la rechazó con señas
negativas. K sólo pudo enterarse de que era el cochero
Gerstäcker y que había cogido ese trineo tan incómodo
porque ya estaba preparado y sacar otro habría
necesitado mucho tiempo.
—Siéntese —dijo, y señaló con el látigo la parte
trasera del trineo.
—Me sentaré junto a usted —dijo K.
—Entonces me marcharé —dijo Gerstäcker.
—Pero ¿por qué? —preguntó K.
—Me marcharé —repitió Gerstäcker y sufrió un
ataque de tos que le sacudió tanto que se vio obligado
a afirmar fuertemente sus piernas en la nieve y a
sujetarse con las dos manos en el borde del trineo. K
no dijo nada más, se sentó en la parte trasera del
trineo, la tos se fue calmando lentamente y partieron.

24
El Castillo

El castillo allá arriba, extrañamente oscuro a esa hora,


y que K había tenido la esperanza de alcanzar ese
mismo día, se alejaba una vez más. Como si le quisiera
dar una despedida provisional, en el castillo se oyó el
repicar de una campana con un tono alegre y alado,
que al menos durante un instante hizo temblar el
corazón, como si le amenazase —pues el son también
era doloroso— el cumplimiento de lo que él anhelaba
con inseguridad. Pero al poco tiempo esa gran
campana enmudeció y fue reemplazada por una
campanita débil y monótona, quizá arriba o quizá ya en
el pueblo. Ese repique se adaptaba mejor al lento
avance y al lastimoso pero implacable cochero.
—Eh, tú —exclamó repentinamente K (ya se hallaban
cerca de la iglesia, el camino hacia la posada no
estaba lejos, así que K podía osar algo)—, me
sorprende mucho que te atrevas a llevarme por los
alrededores por tu propia cuenta. ¿Puedes hacerlo?
Gerstäcker no le prestó atención y continuó la marcha
junto a su caballito.
—¡Eh! —exclamó K, cogió algo de nieve del trineo,
hizo una bola, la lanzó y acertó en la oreja de
Gerstäcker. Éste se detuvo y se volvió. Pero cuando K
le vio así tan cerca de él —esa figura encorvada y en
cierto modo maltratada; el rostro colorado, delgado y
cansado, con mejillas disparejas, una plana, la otra
caída; la boca abierta, con actitud de sorpresa, en la
que sólo se veían unos pocos dientes— tuvo que
repetir con compasión lo que antes había dicho por
maldad: si Gerstäcker no podía ser castigado por
transportarle.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Gerstäcker sin
comprender, y no esperó ninguna aclaración, llamó al
caballito y reanudó el camino.

25
Librodot El castillo Franz Kafka

Cuando ya se hallaban cerca de la posada —K se dio


cuenta de esta circunstancia al tomar una curva—,
para su sorpresa comprobó que ya había oscurecido.
¿Tanto tiempo había estado fuera? Según sus
cálculos, sólo una o dos horas, y había salido por la
mañana. Tampoco había sentido hambre, y hacía poco
aún había percibido la claridad del día, no obstante
ahora ya anochecía.
—Días cortos, días cortos —se dijo, bajó del trineo y
entró en la posada.
Arriba, en la pequeña escalera del vestíbulo, le
agradó ver al posadero alumbrando con un farol ante
sí. Acordándose fugazmente del cochero, K se detuvo,
oyó que alguien tosía en la oscuridad y comprobó que
estaba detrás de él. Bien, ya le vería próximamente.
Sólo cuando llegó arriba, donde estaba el posadero,
que le saludaba con humildad, comprobó que había un
hombre a cada lado de la puerta. Tomó el farol de las
manos del posadero e iluminó a las dos personas; eran
los dos jóvenes con los que se había encontrado y a
los que se habían dirigido con los nombres de Artur y
Jeremías. Ahora le saludaron. Sonrió en recuerdo de
su servicio militar, de aquellos tiempos felices.
—¿Quiénes sois? —preguntó, y miró de uno al otro.
—Sus ayudantes —respondieron.
—Son los ayudantes —confirmó en voz baja el
posadero.
—¿Cómo? —preguntó K—. ¿Sois mis antiguos
ayudantes a los que dije que viniesen después de mí y
a los que he estado esperando?
Ellos asintieron.
—Está bien —dijo K después de un rato—, está bien
que hayáis venido.

26
El Castillo

—Por lo demás —dijo K después de otro rato—, os


habéis retrasado mucho, sois negligentes.
—Era un largo camino —dijo uno de ellos.
—Un largo camino —repitió K—, pero me he
encontrado con vosotros cuando regresabais del
castillo.
—Sí —dijeron sin más aclaraciones.
—¿Dónde tenéis los aparatos? —preguntó K.
—No tenemos ninguno —dijeron.
—Los aparatos que os había confiado —dijo K.
—No tenemos ninguno —repitieron.
—Pero, ¿qué clase de gente sois? —dijo K—.
¿Entendéis algo de agrimensura?
—No —respondieron.
—Si sois mis antiguos ayudantes, tenéis que entender
algo —dijo K.
Ellos callaron.
—Así que esas tenemos —dijo K, y los empujó
delante de él hacia el interior de la casa.

27
Librodot El castillo Franz Kafka

BARNABÁS5
Los tres estaban sentados juntos ante una mesita en
la taberna de la posada, bebían cerveza y guardaban
silencio. K en el centro, a derecha e izquierda sus
ayudantes. Había otra mesa ocupada por campesinos,
como en la noche anterior.
—Resulta difícil con vosotros —dijo K, y comparó sus
rostros como había hecho frecuentemente con
anterioridad—, ¿cómo os voy a distinguir? Sólo os
diferenciáis en los nombres, en lo demás sois idénticos
como... —se interrumpió y continuó maquinalmente—,
como serpientes.
Ellos se rieron.
—Se nos diferencia bien —dijeron como justificación.
—Lo creo —dijo K—; yo mismo he sido testigo de ello,
pero yo sólo veo con mis ojos y con ellos no puedo
distinguiros. Por eso os trataré como a un solo hombre
y os llamaré a los dos Artur, así se llama uno de
vosotros ¿quizá tú? —preguntó K a uno de ellos.
—No —dijo éste—, yo me llamo jeremías.
—Bueno, da igual —dijo K—, os llamaré Artur a los
dos. Si envío a Artur a algún lado, os vais los dos
juntos, si le encargo a Artur un trabajo, lo hacéis los
dos, aunque eso tiene para mí la gran desventaja de
que no os puedo emplear en trabajos distintos; sin
embargo, tiene la ventaja de que los dos tenéis una
5
El nombre de Barnabás o Bernabé despierta ecos bíblicos. En los
Hechos de los Apóstoles, 4, 36 se menciona a José a quien los apóstoles
llamaron Bernabé (es decir, Consolado), que era clérigo judío y natural de
Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el importe y puso el dinero a
disposición de los apóstoles. En la novela parece desempeñar el papel de
mensajero de la esperanza o expendedor de consuelo.

28
El Castillo

responsabilidad indivisible sobre todo lo que os


encargue. Cómo os repartáis el trabajo que os
encargue, me resulta indiferente, pero no me podéis
hablar uno después del otro, para mí sois un solo
hombre.
Ellos meditaron un instante y dijeron:
—Para nosotros sería muy desagradable.
—Cómo no —dijo K—; es natural que os resulte
desagradable, pero así lo haré.
Ya desde hacía un rato había observado K que uno
de los campesinos rondaba la mesa: finalmente se
decidió, se acercó a uno de los ayudantes y quiso
susurrarle algo en el oído.
—Disculpe —dijo K, golpeó con la mano en la mesa y
se levantó—, éstos son mis ayudantes y ahora
tenemos una entrevista. Nadie tiene derecho a
molestarnos.
—¡Oh!, perdone, perdone —dijo el campesino
atemorizado y regresó a su grupo.
—Esto tenéis que tenerlo muy presente —dijo K
volviéndose a sentar—, no podéis hablar con nadie sin
mi permiso. Yo soy aquí un forastero y si sois mis
antiguos ayudantes, también vosotros sois forasteros.
Nosotros, los tres forasteros, tenemos, por
consiguiente, que mantenernos juntos; estrechadme
entonces vuestras manos.
Con demasiada docilidad estrecharon la mano de K.
—Me habéis dado vuestra palabra —dijo—, tenéis
que cumplir mis órdenes. Ahora me iré a dormir, os
aconsejo que hagáis lo mismo. Hoy hemos perdido un
día de trabajo, mañana tendremos que comenzar muy
temprano. Tenéis que conseguir un trineo para ir al
castillo y estar aquí, ante la casa, con él, a las seis de
la mañana, dispuestos para partir.

29
Librodot El castillo Franz Kafka

—Bien —dijo uno, pero el otro se inmiscuyó:


—Dices «bien», pero sabes que es imposible.
—Silencio —dijo K—, ya queréis comenzar a
distinguiros.
Pero entonces también habló el primero:
—Tiene razón, es imposible, sin autorización ningún
forastero puede ir al castillo.
—¿Dónde se consigue esa autorización?
—No lo sé, tal vez del alcaide.
—Entonces intentaremos hablar con él por teléfono.
Llamad en seguida al alcaide, los dos.
Corrieron hacia el aparato, pidieron la conexión —por
el modo en que se afanaban aparentaban ser
ridículamente obedientes— preguntaron si podía ir al
castillo con ellos al día siguiente. El «no» pudo oírlo K
desde su mesa, pero la respuesta fue aún más
detallada: «ni mañana ni ningún otro día».
—Yo mismo telefonearé —dijo K, y se levantó.
Mientras que hasta ese momento, salvo el incidente
con el campesino, los presentes apenas habían
reparado en K y sus ayudantes, sus últimas palabras
despertaron el interés general. Todos se levantaron al
mismo tiempo que K y, aunque el posadero intentó
echarlos hacia atrás, se agruparon alrededor del
aparato formando un semicírculo. Entre ellos
predominó la opinión de que K no recibiría ninguna
respuesta. K tuvo que pedirles que permaneciesen en
silencio: no quería oír su opinión.
En el receptor escuchó un zumbido, como nunca lo
había oído al telefonear. Era como si ese zumbido
estuviese compuesto de innumerables voces infantiles,
pero en realidad tampoco era un zumbido, sino un
canto de voces lejanas, extremadamente lejanas, como
si de ese zumbido se formase una única voz elevada y

30
El Castillo

fuerte que golpeaba el oído como si quisiese penetrar


más en el pobre aparato auditivo. K escuchaba sin
decir nada, había apoyado el brazo izquierdo en el
soporte del teléfono y escuchaba en esa postura.
No supo cuánto tiempo estuvo allí escuchando, al
cabo el posadero le tiró de la chaqueta y le dijo que
acababa de llegar un mensajero para él.
—¡Fuera! —gritó perdiendo el dominio de sí mismo,
quizá en el auricular del teléfono, pues entonces se
anunció alguien. Se desarrolló la siguiente
conversación:
—Aquí Oswald, ¿quién es? —gritó una voz severa y
arrogante con lo que a K le pareció un pequeño defecto
en la articulación que intentaba compensar con un
suplemento de severidad. K dudó en identificarse,
estaba indefenso ante el teléfono: el otro podía
fulminarle, colgar el auricular y K se habría cerrado un
camino quizá no carente de importancia. El titubeo de
K acabó con la paciencia del hombre.
—¿Quién es? —repitió, y añadió—: Me agradaría que
no se telefonease tanto desde allí: hace sólo un
instante se ha telefoneado.
K no se ocupó de esa indicación y anunció con una
decisión repentina:
—Soy el ayudante del señor agrimensor.
—¿Qué ayudante? ¿Qué señor? ¿Qué agrimensor?
K se acordó de la conversación telefónica del día
anterior.
—Pregúntele a Fritz —dijo brevemente.
Para su sorpresa surtió efecto. Pero más por el hecho
de que surtiera efecto, se asombró de la centralización
del servicio.
La respuesta fue:

31
Librodot El castillo Franz Kafka

—Ya sé, el eterno agrimensor, ja, ja. ¿Qué más?


¿Qué ayudante?
—Josef —dijo K.
Le molestaba algo el murmullo de los campesinos a
sus espaldas, en apariencia no estaban de acuerdo en
que no se presentase correctamente. Pero K no tenía
tiempo de ocuparse de ellos, pues la conversación
necesitaba de toda su concentración.
—¿Josef? —preguntaron—. Los ayudantes se
llaman... —una pequeña pausa, al parecer reclamaba
los nombres a otra persona—, Artur y jeremías.
—Ésos son los nuevos ayudantes —dijo K.
—No, ésos son los antiguos.
—Son los nuevos, yo, sin embargo, soy el antiguo, el
que ha llegado hoy después del agrimensor.
—¡No! —gritaron.
—Entonces, ¿quién soy yo? —preguntó K con la
misma tranquilidad.
Y después de una pausa la misma voz con el mismo
defecto de articulación, aunque con otro tono más
profundo y respetable, dijo:
—Tú eres el antiguo ayudante.
K escuchó el timbre de la voz y casi pasó por alto la
pregunta: «¿Qué quieres?»
Hubiese querido colgar el auricular. De esa
conversación ya no esperaba nada más. Sólo
forzándose preguntó rápidamente:
—¿Cuándo puede ir mi señor al castillo?
—Nunca —fue la respuesta.
—Bien —dijo K, y colgó el auricular.
Detrás de él los campesinos se habían aproximado
mucho a su persona. Los ayudantes intentaban

32
El Castillo

detenerlos lanzándole a él miradas de soslayo. Pero


sólo parecía ser una comedia; además, los
campesinos, satisfechos con el resultado de la
conversación, comenzaban a ceder lentamente.
Entonces el grupo fue dividido desde atrás por un
hombre con paso rápido que se inclinó ante K y le dio
una carta. K mantuvo la carta en la mano y miró al
hombre, ya que en ese instante le parecía más
importante que la carta. Se daba una gran similitud
entre él y los ayudantes, era tan delgado como ellos,
con el mismo traje ceñido, también tan ágil y ligero
como ellos y, sin embargo, tan diferente. ¡Ojalá K le
hubiese tenido como ayudante! Le recordaba un poco a
la dama con el lactante que había visto en la casa del
maestro curtidor. Vestía casi por entero de blanco, el
traje no era de seda, era un traje de invierno como
cualquier otro, pero tenía la suavidad y solemnidad de
un traje de seda. Su rostro era claro y sincero, los ojos
demasiado grandes. Su sonrisa era enormemente
estimulante; se pasó la mano por el rostro como si
quisiese ahuyentar esa sonrisa, pero no lo logró.
—¿Quién eres? —preguntó K.
—Me llamo Barnabás —dijo—, soy un mensajero.
Sus labios se abrían y cerraban al hablar con
masculinidad y, sin embargo, con suavidad.
—¿Te gusta este lugar? —preguntó K, y señaló a los
campesinos, que aún no habían perdido el interés por
él, y que miraban con sus rostros atormentados —el
cráneo parecía como si hubiese sido aplanado desde
arriba y los rasgos faciales se hubiesen formado por el
dolor al ser golpeados—, sus labios gruesos, sus bocas
abiertas, pero al mismo tiempo tampoco miraban, pues
a veces su mirada erraba y permanecía fija en algún
objeto antes de regresar; luego K señaló a los
ayudantes, que se mantenían abrazados, mejilla con
mejilla, y sonreían, no se sabía si humilde o

33
Librodot El castillo Franz Kafka

burlonamente, se los señaló como si le presentase un


séquito que le habían impuesto por circunstancias
especiales, esperando —en ello residía la confianza y a
eso era a lo que K daba importancia— que Barnabás
distinguiera razonablemente entre él y ellos. Pero
Barnabás —si bien con completa inocencia, como se
podía reconocer— no admitió la pregunta, la dejó pasar
como un criado bien educado deja pasar las palabras
sólo en apariencia dirigidas a él por su señor, y se
limitó a mirar a su alrededor en el sentido de la
pregunta, saludando a sus conocidos entre los
campesinos e intercambiando algunas palabras con los
ayudantes, todo eso libre y espontáneamente, sin
mezclarse con ellos. K, desairado, pero no
avergonzado, volvió a la carta que tenía en la mano y
la abrió. Decía lo siguiente:

«Muy señor mío:


Como usted ya sabe, ha sido aceptado en el servicio
condal. Su superior más próximo es el alcalde del pueblo,
quien le comunicará los detalles acerca de su trabajo y
sus condiciones salariales y a quien también tendrá que
dar cuenta de su trabajo. Sin embargo, no le perderé de
vista. Barnabás, el portador de esta carta, le preguntará
de vez en cuando para conocer sus deseos y
comunicármelos a mí. Siempre me encontrará dispuesto,
en cuanto sea posible, a complacerle. Deseo tener
trabajadores satisfechos».

La firma era ilegible, pero impreso se podía leer: «El


director de la oficina X».
—¡Espera! —le dijo K a Barnabás, quien obedeció
con una ligera inclinación. A continuación, K llamó al
posadero para que le mostrase su habitación, ya que
deseaba permanecer un tiempo a solas con la carta. Al
hacerlo recordó que Barnabás, a pesar de la simpatía

34
El Castillo

que sentía hacia él, no era más que un mensajero y


pidió que le sirvieran una cerveza. Prestó atención a la
forma en que la aceptó, aparentemente la aceptó
encantado y se la bebió en seguida. En la casa sólo
habían podido poner a disposición de K una habitación
en el ático, e incluso eso había creado dificultades,
pues había dos criadas que habían dormido hasta
entonces en ella y que habían tenido que ser alojadas
en otro lugar. En realidad no se había hecho otra cosa
que sacar a las criadas, en lo restante la habitación
había quedado intacta, nada de sábanas nuevas en la
única cama, sólo un par de almohadas y una manta de
caballerizas en el mismo estado en que habían
quedado después de la última noche; en la pared había
algunas imágenes de santos y fotografías de soldados;
ni siquiera habían aireado la habitación, al parecer no
se esperaba que el huésped permaneciese allí mucho
tiempo y tampoco se hacía nada para retenerlo. K, sin
embargo, se mostró conforme con todo, se rodeó con
la manta, se sentó a la mesa y comenzó a leer de
nuevo la carta a la luz de una vela.
No era una carta uniforme, había pasajes en los que
se hablaba con él como si fuese una persona
independiente, a quien se le reconoce una voluntad
propia, así era el encabezamiento, al igual que el
pasaje que se refería a sus deseos. Sin embargo,
había otros pasajes en que era tratado abierta o
encubiertamente como un trabajador inferior apenas
digno de la atención de ese director; éste parecía tener
que esforzarse para no «perderle de vista», su superior
sólo era el alcalde del pueblo, a quien incluso tenía que
rendir cuentas, era probable que su único colega fuese
el policía del pueblo. Ésas eran sin duda
contradicciones, tan visibles que debían de ser
intencionadas. Pues el pensamiento absurdo, referido a
una administración como ésa, de que había actuado
con indecisión, ni siquiera fue tomado en cuenta por K.

35
Librodot El castillo Franz Kafka

Más bien advertía en ello el ofrecimiento de una


elección, se dejaba a su consideración lo que quería
hacer con las instrucciones de la carta: si quería ser un
trabajador del pueblo con una conexión, así y todo,
distinguida, pero aparente con el castillo, o un
trabajador del pueblo aparente que en realidad hacía
depender toda su relación laboral de las indicaciones
de Barnabás. K no dudó al elegir, tampoco habría
dudado sin las experiencias que ya había tenido. Sólo
como trabajador del pueblo, lo más alejado posible del
señor del castillo, estaba en condiciones de alcanzar
algo en el castillo; esa gente del pueblo, que aún se
mostraba tan recelosa frente a él, comenzaría a hablar
cuando él, aunque no se hubiese convertido en su
amigo, sí fuese un conciudadano, y una vez que ya no
se diferenciase de un Gerstäcker o Lasemann —y esto
tenía que ocurrir con gran rapidez, de ello dependía
todo—, entonces se le abrirían de golpe todos los
caminos que, si hubiese dependido de los señores de
arriba y de su indulgencia, no sólo habrían quedado
cerrados para él, sino invisibles. Es cierto que había un
peligro y se había acentuado suficientemente en la
carta, se había descrito con cierta alegría, como si
fuese inevitable. Era la condición de trabajador.
Servicio, director, superior, trabajo, condiciones
salariales, dar cuenta, trabajador, la carta abundaba en
todos estos términos laborales e incluso cuando se
decía algo diferente, más personal, se decía desde esa
perspectiva. Si K quería convertirse en un trabajador,
podía hacerlo, pero entonces con terrible seriedad, sin
ninguna otra intención. K sabía que no le habían
amenazado con una obligación real, no la temía y aquí
menos, pero sí que temía la violencia del ambiente
desalentador, la habituación a las decepciones, la
violencia de las influencias imperceptibles que se
producirían a cada momento, pero tenía que atreverse
a enfrentarse con ese peligro. La carta tampoco

36
El Castillo

silenciaba que, si se llegaba a la lucha, K sería quien


habría tenido la osadía de comenzarla, se había dicho
con sutileza y sólo una conciencia inquieta —inquieta,
no mala— podía advertirlo, eran las palabras «como
usted ya sabe» respecto a su admisión en el servicio. K
se había anunciado y desde ese momento sabía, como
se expresaba en la carta, que había sido admitido.
K retiró una foto de la pared y colgó la carta en un
clavo; en esa habitación viviría, ahí debía colgar la
carta.
Luego bajó a la taberna de la posada; Barnabás
estaba sentado con los ayudantes a una mesita.
—¡Ah!, estás ahí —dijo K sin motivo, sólo porque se
alegró de ver a Barnabás. Éste se levantó de
inmediato. Apenas entró K, los campesinos se
levantaron para acercarse a él, se había convertido en
una costumbre estar siempre detrás de sus talones.
—¿Qué queréis continuamente de mí? —exclamó K.
No se lo tomaron a mal y regresaron lentamente a sus
asientos. Uno de ellos, mientras se retiraba, dijo como
explicación y con una indefinible sonrisa, que otros
imitaron:
—Siempre se entera uno de algo nuevo —y se lamió
los labios como si lo «nuevo» fuese comida.
K no dijo nada reconciliador, estaba bien si recibía
algo de respeto, pero apenas acababa de sentarse al
lado de Barnabás, cuando ya notó el aliento de un
campesino en la nuca; venía, según dijo, a coger el
salero, pero K dio, enojado, una patada en el suelo, y el
campesino se alejó corriendo sin el salero. Era fácil
molestar a K, sólo había que incitar a los campesinos
contra él: su obstinada participación le parecía más
perversa que la reserva de los otros y, además,
también se trataba de reserva, pues si K se hubiese
sentado a su mesa, con toda seguridad no se habrían

37
Librodot El castillo Franz Kafka

quedado sentados. Sólo la presencia de Barnabás le


impidió formar un escándalo. Pero se dio la vuelta
hacia ellos con actitud amenazadora, y también ellos le
miraron. Al verlos así sentados, cada uno en su puesto,
sin hablar entre ellos, sin un vínculo visible entre ellos,
teniendo sólo en común que todos le miraban
fijamente, le pareció que no se trataba de maldad lo
que les impulsaba a perseguirle, tal vez querían
realmente algo de él y no lo podían decir, y si no era
eso, quizá se tratase sólo de infantilismo; un
infantilismo que parecía abundar en esa casa, ¿acaso
no era también infantil el posadero, que sostenía una
jarra de cerveza para un cliente con las dos manos,
permaneciendo en silencio, mirando a K y haciendo
caso omiso de una llamada de la posadera, quien se
había asomado por la ventana de la cocina?
K, más tranquilo, se volvió hacia Barnabás: le hubiese
gustado alejar a los ayudantes, pero no encontró
ninguna excusa, por lo demás . se limitaban a mirar en
silencio sus cervezas.
—He leído la carta —comenzó K—. ¿Conoces su
contenido?
—No —dijo Barnabás. Su mirada pareció decir más
que sus palabras. Tal vez K se equivocaba para bien
como con los campesinos para mal, pero siguió
sintiéndose bien en su presencia.
—También se habla de ti en la carta, de vez en
cuando tienes que transmitir informaciones entre la
dirección y yo, por eso había pensado que conocerías
el contenido.
—Sólo recibí el encargo —dijo Barnabás— de
entregar la carta, esperar a que se haya leído y, si lo
considerases necesario, llevar una respuesta oral o
escrita.

38
El Castillo

—Bien —dijo K—, no necesita ser escrita, comunícale


al señor director, ¿cómo se llama? No pude leer el
nombre.
—Klamm6 —dijo Barnabás.
—Comunícale entonces al señor Klamm mi
agradecimiento por la admisión y por su amabilidad,
agradecimiento y amabilidad que, como una persona
aún no adaptada a este lugar, sé valorar en lo que se
merecen. Me comportaré según sus instrucciones. Por
ahora no tengo ningún deseo especial.
Barnabás, que había escuchado atento, pidió a K
poder repetir el mensaje. K lo permitió y Barnabás lo
repitió literalmente. Luego se levantó para despedirse.
Durante todo ese tiempo K había examinado su
rostro, ahora lo hizo por última vez. Barnabás era tan
alto como K, sin embargo parecía como si inclinase la
mirada hacia K, eso ocurría casi con humildad, pero
era imposible que ese hombre pudiese avergonzar a
alguien. Cierto, no era más que un mensajero, no
conocía el contenido de la carta que debía entregar,
pero también su mirada, su sonrisa y su paso parecían
ser un mensaje, por más que no quisiera saber nada
de ellos. Y K le extendió la mano, lo que pareció
sorprenderle, pues él sólo hubiese querido inclinarse.
En cuanto se hubo ido —antes de abrir la puerta se
había apoyado un instante con el hombro en ella y
había abarcado la sala con una mirada que no dirigió a
nadie en particular—, K se dirigió a sus ayudantes:
—Voy a traer de mi habitación los planos, entonces
hablaremos de nuestro próximo trabajo.
Quisieron acompañarle.
—¡Quedaos aquí! —dijo K.

6
La traducción del nombre de Klamm sugiere estrechez, rigidez.

39
Librodot El castillo Franz Kafka

Pero no cejaron en su empeño. K tuvo que repetir la


orden con más severidad. Barnabás ya no estaba en el
pasillo, acababa de irse. Tampoco lo vio ante la casa, y
volvía nevar. Gritó:
—¡Barnabás!
No hubo respuesta. ¿Acaso se encontraba aún en la
casa? No parecía haber otra posibilidad. No obstante,
K volvió a gritar su nombre con todas sus fuerzas: el
nombre estalló en la oscuridad de la noche. Y desde la
lejanía llegó una débil respuesta, tan lejos se
encontraba ya Barnabás. K respondió y fue a su
encuentro; en el lugar donde se encontraron ya no
podían ser vistos desde la posada.
—Barnabás —dijo K, y no pudo evitar un temblor en
su voz—, quería decirte algo más. Me he dado cuenta
de que no funcionaría bien si tuviese que depender de
tus visitas casuales si necesito algo del castillo. Si no te
hubiese alcanzado ahora por pura casualidad —aún
creía que estabas en la casa—, quién sabe cuánto
tendría que haber esperado a tu próxima aparición.
—Puedes pedirle al director —dijo Barnabás— que
me envíe regularmente a las horas que tú indiques.
—Tampoco eso sería suficiente —dijo K—, tal vez no
quiera decir nada en todo un año, pero un cuarto de
hora después de tu partida se me puede ocurrir algo
inaplazable.
—¿Debo comunicar entonces a la dirección —dijo
Barnabás— que entre ella y tú establezca otra
conexión además de la mía?
—No, no —dijo K—, de ningún modo, menciono este
asunto sólo de pasada, esta vez he tenido suerte y he
logrado alcanzarte.

40
El Castillo

—¿Quieres que regresemos a la posada —dijo


Barnabás— para que me puedas dar allí el nuevo
mensaje?
Ya había dado un paso en dirección a la posada.
—Barnabás —dijo K—, no es necesario, te
acompañaré un poco.
—¿Por qué no quieres ir a la posada? —preguntó
Barnabás.
—La gente me molesta allí —dijo K—. Ya has visto la
impertinencia de los campesinos.
—Podemos ir a tu habitación —dijo Barnabás.
—Es la habitación de las criadas —dijo K—, sucia y
mal ventilada, para no quedarme allí quería
acompañarte un poco, sólo tienes que dejar —añadió K
para superar definitivamente sus dudas— que me
apoye en ti, tú caminas con más seguridad.
Y K se cogió de su brazo. Había una profunda
oscuridad, no veía su rostro, su figura era imprecisa, ya
con anterioridad había intentado Palpar su brazo.
Barnabás cedió y se alejaron de la posada. Sin
embargo, K sintió que él, a pesar del gran esfuerzo, no
era capaz de mantener el paso de Barnabás, que
impedía la libertad de sus movimientos y que incluso
en circunstancias normales todo tenía que fracasar por
ese detalle, y precisamente en una de las callejuelas
como aquella en la que K se había hundido en la nieve
por la mañana y de la que sólo podría salir llevado por
Barnabás. Pero alejó esas preocupaciones y se
consoló con el silencio de Barnabás; si continuaban en
silencio, entonces seguir caminando podría constituir
también para Barnabás la finalidad de su compañía.
Avanzaron, pero K no sabía en qué dirección, no
podía reconocer nada, ni siquiera sabía si ya habían
pasado la iglesia. Debido al esfuerzo que le causaba el

41
Librodot El castillo Franz Kafka

simple hecho de caminar, ocurrió que no podía dominar


sus pensamientos. En vez de permanecer fijos en su
objetivo, se confundían. Una y otra vez emergió su
lugar de origen y los recuerdos de él le colmaron.
También allí había una iglesia en la plaza principal, en
parte estaba rodeada por un viejo cementerio y éste a
su vez por un elevado muro. Pocos niños habían
escalado ese muro, tampoco K había sido capaz de
escalarlo. No les impulsaba la curiosidad, el cementerio
ya no tenía para ellos ningún secreto, muchas veces
habían entrado por su puerta enrejada, era el elevado
muro lo que querían superar. Una mañana —la plaza,
silenciosa y vacía, estaba inundada de luz, K nunca la
había visto así y jamás la volvería a ver—, le resultó
sorprendentemente fácil; en un lugar donde otras veces
había fracasado con frecuencia, escaló el muro a la
primera con una bandera entre los dientes. Aún se
desprendían piedras bajo él cuando ya estaba arriba.
Desenrolló la bandera, el viento desplegó el paño, miró
hacia abajo y a su alrededor, también sobre el hombro
hacia las cruces hundidas en la tierra, nadie estaba en
ese momento y allí más alto que él. Casualmente pasó
el maestro, obligó a K a bajar con una mirada enojada
y, al saltar, K se lesionó en la rodilla; sólo con esfuerzo
pudo regresar a casa, pero había estado en el muro, el
sentimiento de esa victoria le proporcionó seguridad
para una larga vida, lo que no era del todo absurdo,
pues ahora, después de muchos años, vino en su
ayuda en la noche nevada caminando del brazo de
Barnabás.
Se sujetó a él con más fuerza, Barnabás casi le
arrastraba, el silencio no se interrumpió; del camino K
sólo sabía que por el estado de la calle no se habían
desviado hacia una de esas callejuelas laterales. Se
alabó por no detenerse debido a la dificultad del
camino o a la preocupación de tener que regresar; para
que, finalmente, le arrastrasen, aún alcanzarían sus

42
El Castillo

fuerzas. ¿Podía ser el camino infinito? Durante el día el


castillo se había presentado ante él como un fácil
objetivo y el mensajero conocía con toda seguridad el
camino más corto.
Entonces Barnabás se detuvo. ¿Dónde estaban? ¿No
se podía seguir? ¿Se despediría Barnabás de K? No le
sería posible, K se sujetaba con tal fuerza del brazo de
Barnabás que casi le hacía daño. ¿O podía haber
ocurrido lo increíble y se encontraban ya en el castillo o
ante sus puertas? Sin embargo, por lo que K sabía, no
habían ascendido en ningún momento. ¿O Barnabás le
había conducido por un camino que subía
imperceptiblemente?
—¿Dónde estamos? —preguntó K en voz baja, más a
él mismo que al otro.
—En casa —respondió Barnabás de la misma
manera.
—¿En casa?
—Ahora ten cuidado, no vayas a resbalar. El camino
desciende.
—¿Desciende?
—Sólo son unos pasos —añadió, y ya estaba
llamando a una puerta.
Abrió una joven, se encontraban ante el umbral de
una gran sala, casi en plena oscuridad, pues sólo
brillaba una diminuta lámpara de aceite sobre una
mesa en la parte trasera de la izquierda.
—¿Quién viene contigo, Barnabás? —preguntó la
muchacha.
—El agrimensor —dijo él.
—El agrimensor —repitió ella en voz alta mirando
hacia la mesa. A continuación, se levantaron de allí dos
ancianos, hombre y mujer, y otra joven. Saludaron a K,

43
Librodot El castillo Franz Kafka

Barnabás le presentó a todos, eran sus padres y sus


hermanas Olga y Amalia. K apenas se fijó en ellos, le
quitaron la chaqueta empapada para secarla en la
calefacción y K dejó que lo hicieran.
Así pues, no ellos, sino Barnabás era quien estaba en
su casa. Pero, ¿por qué estaban allí? K se llevó a
Barnabás aparte y dijo:
—¿Por qué has venido a tu casa? ¿O es que vivís en
el recinto del castillo?
—¿En el recinto del castillo? —repitió Barnabás,
como si no comprendiese a K.
—Barnabás —dijo K—, tú querías ir de la posada al
castillo.
—No, señor —dijo Barnabás—, yo quería ir a casa, al
castillo iré por la mañana temprano, nunca duermo allí.
—Así que —dijo K— no querías ir al castillo, sólo aquí
—su sonrisa le pareció lánguida, su apariencia
deslucida—. ¿Por qué no me has dicho nada?
—No me has preguntado —dijo Barnabás—. Querías
darme un mensaje, pero ni en la taberna ni en tu
habitación, entonces pensé que me lo podrías dar en
casa de mis padres sin que nadie te molestase; se
alejarán en seguida, si se lo ordenas, también podrías
pernoctar aquí si esto te gusta más. ¿No he hecho
bien?
K no pudo responder. Había resultado ser un
malentendido, un vulgar y banal malentendido y K se
había abandonado a él. ¿Se había dejado encantar por
la chaqueta sedosa, brillante y ajustada de Barnabás,
que éste ahora se desabrochaba y debajo de la cual
aparecía una camisa basta, de un color gris sucio, llena
de remiendos sobre el poderoso y anguloso pecho de
un siervo? Y todo lo que le rodeaba no sólo estaba en
sintonía con eso, sino que llegaba a superarlo: el viejo

44
El Castillo

padre gotoso, que avanzaba más gracias a sus manos


que a sus piernas rígidas; la madre con las manos
dobladas en el pecho que, debido a su volumen sólo
podía dar pasos minúsculos; los dos, el padre y la
madre, habían abandonado su esquina desde que K
había entrado y aún no le habían alcanzado. Las
hermanas, rubias, muy similares y también parecidas a
Barnabás, pero con rasgos más duros que él, jóvenes
altas y fuertes, rodeaban a los recién llegados y

45
Librodot El castillo Franz Kafka

esperaban de K algunas palabras de saludo, él, sin


embargo, no podía decir nada, había creído que en
aquel pueblo todos tenían importancia para él y así era,
sólo esa gente no le importaba en lo más mínimo 7. Si
hubiese sido capaz de regresar solo a la posada, se
habría ido en seguida. La posibilidad de ir con
Barnabás por la mañana temprano al castillo no le
tentaba. Ahora, en la noche, inadvertido, habría querido
penetrar en el castillo, conducido por Barnabás, pero
con el Barnabás que se le había aparecido al principio,
un hombre que le estaba más próximo que cualquier
otro de los que había visto allí hasta entonces, y del
que había creído al mismo tiempo que poseía
estrechas conexiones con el castillo que iban más allá
de su rango visible. Sin embargo, con el hijo de esa
familia, a la que pertenecía por completo y con la que
ya estaba sentado a la mesa, con un hombre que
significativamente ni siquiera podía dormir en el castillo,
era imposible ir al castillo en pleno día y cogido de su
brazo, era un intento ridículo y desesperado.
K se sentó en un banco situado debajo de una
ventana, decidido a pasar allí la noche y a no reclamar
de la familia ningún otro servicio. La gente del pueblo,
que le había echado o que tenía miedo de él, le parecía
menos peligrosa, pues le impulsaba a depender de sí
mismo, le ayudaba a mantener concentradas sus
fuerzas; esos ayudantes aparentes, sin embargo, que
en vez de al castillo le conducían, gracias a una
pequeña mascarada, a su familia, le apartaban de su
camino; lo quisieran o no, trabajaban en la destrucción
de sus fuerzas. Ignoró una llamada de invitación
procedente de la mesa familiar, permaneciendo en el
banco con la cabeza hundida.
En ese instante se levantó Olga, la más afable de las
hermanas y, mostrando una huella de confusión juvenil,
se acercó a K y le pidió que le acompañase a la mesa,

46
El Castillo

en ella habían dispuesto pan y tocino e iría a traer


cerveza.
—¿De dónde? —preguntó K.
—De la posada —dijo ella.
Eso le convenía a K. Le pidió que no trajera cerveza
pero que le acompañara hasta la posada, pues aún
tenía importantes trabajos que concluir. Sin embargo,
resultó que no quería ir tan lejos, a su posada, sino a
otra más cercana, a la señorial. A pesar de ello, K le
pidió que le dejara acompañarla; tal vez, pensó, podría
encontrar allí una posibilidad para pernoctar; en todo
caso lo habría preferido a la mejor cama en esa casa.
Olga no respondió en seguida, se limitó a mirar hacia la
mesa. El hermano se había levantado, asintió con la
cabeza y dijo:
—Si el señor así lo desea.
Con ese consentimiento, K casi estuvo a punto de
retirar su petición, pues sólo podía consentir algo
carente de valor. Pero cuando a continuación se habló
sobre la posibilidad de que la posada admitiese a K y
todos dudaron, insistió en ir sin ni siquiera hacer el
esfuerzo de fundamentar razonablemente su petición;
esa familia tenía que aceptarle tal como era: en cierto
modo no sentía ninguna vergüenza ante ellos. Sólo le
desconcertaba un poco Amalia con su mirada seria,
directa e impávida, quizá también algo abúlica.
Durante el corto camino a la posada —K se asió del
brazo de Olga y ella le arrastró, no podía ayudarse de
otra manera, como lo había hecho su hermano—, supo
que esa posada sólo estaba destinada a los señores
del castillo, que allí podían comer o incluso pernoctar
cuando tenían algo que hacer en el pueblo. Olga habló
con K en voz baja y confidencial: era agradable ir con
ella, casi como con su hermano; K se resistió a esa

47
Librodot El castillo Franz Kafka

sensación de bienestar, pero terminó plegándose a


ella.
La posada era exteriormente muy similar a la posada
en que K vivía; en el pueblo no había grandes
diferencias externas, pero sí que podían advertirse en
seguida pequeñas: la escalera de entrada, por ejemplo,
tenía una barandilla, habían fijado un pequeño farol
sobre la puerta, cuando entraron ondeó un paño sobre
sus cabezas, era una bandera con los colores
condales. En el pasillo les salió al encuentro el
posadero, que al parecer se encontraba realizando una
ronda de inspección; con los ojos pequeños,
examinadores o somnolientos, no se sabía muy bien,
miró fugazmente a K y dijo:
—El señor agrimensor sólo puede llegar hasta el
despacho de venta de consumiciones.
—Claro —dijo Olga, intercediendo en seguida—, sólo
me acompaña.
K, sin embargo, desagradecido, se desprendió de
Olga y se apartó con el posadero. Olga, mientras tanto,
esperó pacientemente al final del pasillo.
—Desearía pernoctar aquí —dijo K.
—Por desgracia, eso es imposible —dijo el posadero
—. Parece desconocer que la casa está
exclusivamente destinada a los señores del castillo.
—Eso lo puede decir el reglamento —dijo—, pero
tiene que ser posible dejarme dormir en algún rincón.
—Me encantaría poder satisfacer su deseo —dijo el
posadero—, pero aparte de la severidad del
reglamento, del que usted habla como un forastero, su
deseo resulta imposible de cumplir porque los señores
son extremadamente sensibles; estoy convencido de
que son incapaces, al menos tomándolos
desprevenidos, de soportar la mirada de un extraño; si

48
El Castillo

yo le dejase dormir aquí y por una casualidad —y las


casualidades siempre se producen del lado de los
señores— le descubrieran, no sólo estaría yo perdido,
también usted lo estaría.
Sonaba ridículo, pero era cierto. Ese señorón,
abotonado hasta el cuello, que, con una mano apoyada
en la pared y la otra en la cadera, con las piernas
cruzadas y un poco inclinado hacia K, le hablaba en
confianza, parecía no pertenecer al pueblo, por más
que su oscuro traje tuviese un aspecto solemne y
pueblerino.
—Le creo perfectamente —dijo K— y tampoco
menosprecio la importancia del reglamento: he debido
de expresarme con imprecisión. Sólo quiero llamarle la
atención sobre algo, en el castillo tengo valiosas
conexiones y las tendré aún más valiosas, las cuales le
aseguran contra todo peligro que pudiese ocasionar mi
estancia aquí y le garantizo que estoy en condiciones
de agradecerle con creces un pequeño favor.
—Lo sé —dijo el posadero, y repitió una vez más—:
Eso lo sé.
Ahora K tendría que haber expresado su deseo con
más intensidad, pero precisamente esa respuesta del
posadero le confundió, por eso se limitó a preguntar:
—¿Pernoctan hoy aquí muchos señores del castillo?
—En ese aspecto ésta es una noche ventajosa —dijo
el posadero tentador en cierta manera—, sólo se queda
un señor.
K no podía seguir insistiendo, pero tenía la esperanza
de que lo admitiesen, así que preguntó por el nombre
del huésped.
—Klamm —dijo el posadero de pasada, mientras se
volvía hacia su esposa que apareció en ese momento
con un vestido extrañamente envejecido y usado, lleno

49
Librodot El castillo Franz Kafka

de arrugas y pliegues, pero de un estilo fino, de la


ciudad. Quería llevarse al posadero, pues el señor
director deseaba algo. Pero antes de irse, el posadero
se volvió hacia K, como si no fuese él sino K quien
tuviese que decidir sobre la posibilidad de pernoctar
allí. K, sin embargo, no pudo decir nada; precisamente
la circunstancia de que se hallase allí su superior lo
había desconcertado; sin poder aclarárselo a él mismo,
no se sentía tan libre ante Klamm como frente al
castillo; ser descubierto por él no habría supuesto un
susto en el sentido del posadero, pero sí una situación
desagradable, algo así como si le ocasionase algún
dolor a alguien a quien le debía agradecimiento; al
mismo tiempo le oprimió severamente advertir que en
esa irresolución se mostraban las temidas
consecuencias de ser un subordinado, un trabajador, y
que no era capaz, ni siquiera allí, donde surgían, de
luchar con ellas hasta eliminarlas. Permaneció de pie,
se mordió los labios y no dijo nada. Una vez más, antes
de que el posadero desapareciese por una puerta, éste
le miró y K le devolvió la mirada, pero no se movió de
su sitio hasta que Olga vino y se lo llevó.
—¿Qué querías del posadero? —preguntó Olga.
—Quería pasar aquí la noche —dijo K.
—Pero si vas a pernoctar en nuestra casa —dijo Olga
maravillada.
—Sí, claro —dijo K, y le confió la interpretación de
esas palabras.

50
El Castillo

FRIEDA8
Donde se servían las bebidas, en una habitación grande,
vacía en el centro, se sentaban cerca de la pared, al lado de
8
El nombre de Frieda hace referencia a paz, quizá como el deseo de K de
alcanzar a través de ella la tan ansiada integración en el pueblo.

7 7
Variante:
«Me volví para encontrar la chaqueta, me la quería poner, mojada como
estaba, y regresar a la posada por muy difícil que resultase. Creí necesario
reconocer sinceramente que me había dejado engañar, y el regreso a la posada
parecía una clara confesión de ello. Ante todo no quería despertar ninguna
inseguridad en mi interior, ni perderme en una empresa que, con unas
esperanzas iniciales tan grandes, se había mostrado inútil. Me desprendí de una
mano que cogió mi manga sin mirar de quién era. Entonces oí cómo el hombre
mayor le decía a Barnabás:
—La muchacha del castillo ha estado aquí.
A continuación, hablaron entre los dos en voz baja. Me había vuelto tan
receloso que los observé durante un rato para confirmar si ese comentario no se
había hecho por mi causa. Pero no había sido así, el charlatán del padre,
apoyado en un momento u otro por la madre, le había contado aleatoriamente
muchas cosas a Barnabás, este último se había inclinado hacia él y mientras le
escuchaba sonreía hacia mí, como si me tuviese que alegrar con él por su
padre. A eso no llegué, pero estuve mirando durante un rato esa sonrisa con
asombro. Entonces me volví hacia las jóvenes y les pregunté:
—¿La conocéis?
Ellas no me entendieron, también estaban un poco afectadas, pues había
preguntado sin intención con demasiada rapidez y severidad. Les expliqué que
me refería a la muchacha del castillo. Olga, la más tranquila de las dos —
también mostró una huella de confusión adolescente, mientras que Amalia me
contemplaba con una mirada seria y distante, quizá algo obtusa—, respondió:
—¿La muchacha del castillo? Pues claro que la conocemos. Hoy ha estado
aquí. ¿La conoces tú? Pensé que habías llegado ayer.
—Ayer, sí. Pero hoy ha sido cuando me he encontrado con ella. Hemos
hablado unas palabras, pero luego nos interrumpieron. Me gustaría volver a
verla.

51
Librodot El castillo Franz Kafka

barriles y sobre ellos, algunos campesinos, que, sin


embargo, presentaban un aspecto diferente a los de la
posada de K. Eran más limpios y uniformes, vestidos con un
paño basto de color amarillo grisáceo, las chaquetas eran
holgadas, los pantalones ceñidos. Eran hombres pequeños,
a primera vista muy parecidos, con rostros angulosos y
planos, pero al mismo tiempo de mejillas redondeadas.
Todos parecían tranquilos y apenas se movían, sólo con la
Para debilitar su deseo, añadí:
—Quería un consejo en un asunto.
Pero entonces la mirada de Amalia me resultó molesta y dije:
—¿Qué tienes? Te pido que no me sigas mirando así.
Pero en vez de disculparse, Amalia se limitó a encogerse de hombros y se fue
hacia la mesa, allí cogió una labor de punto y ya no se ocupó más de mí. Olga
quiso intentar rectificar la mala educación de Amalia y dijo:
—Es probable que regrese mañana a nuestra casa, entonces podrás hablar
con ella.
—Bien —dije yo—, me quedaré a dormir aquí esta noche, aunque también
podría verla en casa del zapatero Lasemann, pero prefiero quedarme con
vosotros.
—¿En casa de Lasemann?
—Sí, allí es donde me he encontrado con ella.
—Entonces se trata de un error. Me refería a otra muchacha, no a la que está
en casa de Lasemann.
—¡Si lo hubieras dicho en seguida! —exclamé, y comencé a ir de un lado a
otro de la habitación, cruzándola sin consideración alguna. El carácter de esa
gente me parecía una extraña mezcla, a pesar de su ocasional amabilidad, eran
fríos, cerrados, al acecho, disimulados, pero todo eso estaba en parte
equilibrado —también se podía decir agudizado, aunque yo no lo veía así, no
correspondía a mi naturaleza— mediante su torpeza, un pensamiento infantil y
cándido, lento y tímido, sí, incluso mediante un cierto sometimiento. Si se
lograba utilizar la parte benevolente de su carácter y evitar la hostil —para lo que
era necesario algo más que habilidad y para lo que, por desgracia, también se
necesitaría su propia ayuda—, entonces ya no serían un obstáculo más, ya no
me rechazarían más como había ocurrido continuamente hasta ese momento,
entonces me llevarían más bien a donde yo quisiera y, además, con pasión
infantil. En mis paseos me encontré de repente al lado de Amalia, le quité la
labor de punto de la mano y la arrojé sobre la mesa, a la que estaba sentada el
resto de la familia.

52
El Castillo

mirada perseguían a los que habían entrado, pero


lentamente y con actitud indiferente. Sin embargo, como
eran tantos y reinaba tanto silencio, ejercieron en K cierto
efecto. Volvió a tomar el brazo de Olga para así aclarar a
aquellos hombres su presencia. En una esquina se levantó
un hombre, un conocido de Olga, y quiso aproximarse a ella,
pero K la obligó a volverse en otra dirección con el brazo
con el que se apoyaba. Nadie salvo Olga lo pudo notar; ella
lo toleró con una sonriente mirada de soslayo.
Una jovencita de nombre Frieda les sirvió la cerveza. Una
pequeña, rubia e insignificante muchacha, con rasgos tristes
y mejillas hundidas, que, sin embargo, sorprendía por su
mirada, una mirada de especial superioridad. Cuando esa
mirada recayó en K, le pareció como si esos ojos hubiesen
solucionado ya asuntos que le concernían y cuya existencia
ni siquiera conocía, pero de cuya existencia esa mirada le
convenció. K no dejó de mirar de reojo a Frieda, tampoco
cuando habló con Olga. No parecían ser amigas, sólo
intercambiaron algunas palabras indiferentes. K quiso
contribuir algo a la conversación y preguntó cuando menos
se esperaba:
—¿Conoce al señor Klamm?
Olga se rió.
—¿Qué haces? —gritó Olga.
—¡Ah! —dije entre enojado y sonriente—, todos me sacáis de mis casillas. Y
me senté en el banco al lado de la calefacción. Cogí a un gato negro que pasaba
por allí y lo puse sobre mis rodillas. Me sentía a un mismo tiempo en casa y en
un lugar extraño, a los dos ancianos ni siquiera les había dado la mano, con las
muchachas apenas había hablado, con el nuevo Barnabás, como se me había
parecido allí, lo mismo, y, sin embargo, estaba sentado en la sala,
calentándome, sin que nadie me prestase atención porque había reñido con
ellas, y el confiado gato de la casa trepaba por mi pecho hasta el hombro. Y
aunque aquí he sufrido una decepción, también he alimentado esperanzas.
Barnabás no había ido al castillo, pero lo haría por la mañana temprano, y
aunque no viniese esa mujer del castillo, es posible que viniese otra».

53
Librodot El castillo Franz Kafka

—¿Por qué te ríes? —preguntó K enojado.


—Pero si no me río —dijo, y siguió riéndose.
—Olga es aún una joven muy infantil —dijo K, y se inclinó
sobre el mostrador para atraer una vez más la mirada fija de
Frieda.
Sin embargo, ella la mantuvo baja y dijo en voz baja:
—¿Quiere ver al señor Klamm?
K se lo pidió. Ella señaló hacia una puerta situada a la
izquierda, cerca de donde se encontraban.
Allí hay un pequeño agujero, puede mirar a través de él.
—¿Y esta gente? —preguntó K.
Ella levantó el labio inferior y se llevó a K hacia la puerta
con una mano increíblemente suave. A través del agujero,
que se había realizado ostensiblemente con objeto de
observar, pudo abarcar casi toda la habitación. A un
escritorio en el centro de la habitación, en un redondo y
cómodo sillón, estaba sentado el señor Klamm iluminado
intensamente por una bombilla que colgaba ante él. Era un
hombre de mediana estatura, gordo y torpe. El rostro aún
estaba terso, pero las mejillas caían un poco por efecto de la
edad. Lucía un largo bigote. Unos quevedos torcidos que
reflejaban la luz ocultaban sus ojos. Si el señor Klamm
hubiese estado sentado completamente frente a la mesa, K
sólo habría podido ver su perfil, pero como había adoptado
una posición oblicua, le podía ver toda la cara. Klamm
apoyaba el codo izquierdo en la mesa; la mano derecha,
que sostenía un cigarro, descansaba sobre la rodilla. Sobre
la mesa había una jarra de cerveza; como el borde de la
mesa estaba elevado, K no pudo ver bien si allí había
documentos, a él le parecía que estaba vacía. Para mayor
seguridad le pidió a Frieda que mirase por el agujero y que
le informase. Como ella había estado hacía poco en la

54
El Castillo

habitación, pudo confirmarle sin más que no había ningún


escrito. K le preguntó a Frieda si ya tenía que irse, pero ella
le dijo que podía seguir mirando todo el tiempo que quisiese.
K se había quedado solo con Frieda. Olga, como comprobó
fugazmente, había encontrado el camino hacia su conocido,
estaba sentada sobre un barril y pataleaba.
—Frieda —dijo K con un susurro—, ¿conoce bien al señor
Klamm?
—Ah, sí, muy bien —dijo.
Se inclinó hacia K y arregló con actitud juguetona su blusa
color crema que, como ahora comprobaba K, era
ligeramente escotada y colgaba de su pobre cuerpo como
algo ajeno. Entonces ella dijo:
—¿No se acuerda de la risa de Olga?
—Sí, la muy malcriada —dijo K.
—Bien —dijo ella reconciliadora—, había motivos para
reírse, usted preguntó si yo conocía a Klamm, y soy... —
aquí se enderezó involuntariamente y volvió a dirigir su
mirada victoriosa hacia K, aunque no guardase ninguna
relación con lo que se estaba hablando—, soy su amante.
—La amante de Klamm —dijo K.
Ella asintió con la cabeza.
—Entonces usted es para mí —dijo K sonriendo para que
no hubiese demasiada seriedad entre ellos— una persona
muy respetable.
—No sólo para usted —dijo Frieda amigablemente, pero
sin imitar su sonrisa.
K tenía un remedio contra su altanería y lo empleó, al
preguntarle:
—¿Ha estado alguna vez en el castillo?

55
Librodot El castillo Franz Kafka

Pero no resultó, porque ella respondió:


—No, pero ¿acaso no es suficiente con estar aquí en el
despacho de bebidas?
Era evidente que su orgullo se había desbordado y
precisamente quería cebarse en K.
—Cierto —dijo K—, aquí, en la taberna, usted desempeña
las funciones del posadero.
—Así es —dijo ella—, y comencé como criada en la
posada del puente.
—Con esas manos tan suaves —dijo K con un tono medio
interrogativo y no supo si se limitaba a lisonjear o realmente
había sido obligado por ella a hacerlo. Sus manos, sin
embargo, eran realmente pequeñas y suaves, aunque
también podría haberse dicho que eran delgadas e
indiferentes.
—Nadie se ha fijado nunca en ellas —dijo ella—, ni
siquiera ahora...
K la miró con actitud interrogadora, ella sacudió la cabeza
y no quiso seguir hablando.
—Usted tiene, naturalmente —dijo K—, sus secretos y no
hablará de ellos con alguien a quien sólo conoce desde
hace una hora y que aún no ha tenido la oportunidad de
contarle cuál es su situación.
Ésa fue, como se demostró en seguida, una indicación
inadecuada, era como si hubiese despertado a Frieda de
una agradable ensoñación, ella sacó de su cartera de piel,
que colgaba de su cinturón, un trozo de madera y tapó con
él el agujero en la pared, a continuación, y para ocultar su
cambio de humor, le dijo visiblemente forzada:
—En lo que a usted concierne, lo sé todo, usted es el
agrimensor.

56
El Castillo

Después de una pausa añadió:


Ahora tengo que trabajar.
Y ocupó su puesto detrás del mostrador, mientras entre la
gente se levantaba de vez en cuando alguno para que ella
le llenase la jarra vacía. K quería volver a hablar con ella de
forma discreta, así que tomó una jarra vacía de un estante y
se aproximó a ella.
—Sólo una cosa más, señorita Frieda —dijo—. Resulta
extraordinario, y se necesita una gran energía para
ascender de criada a camarera, pero ¿se puede decir que
una persona así ha alcanzado ya su meta? Ésta es una
pregunta absurda. En sus ojos, y no se ría de mí, señorita
Frieda, no habla tanto la lucha pasada como la futura. Pero
las resistencias del mundo son grandes, se tornan más
grandes cuanto más grandes son los objetivos, y no supone
ninguna vergüenza asegurarse la ayuda de un hombre sin
influencia pero igual de combativo. Tal vez podamos hablar
con tranquilidad, no aquí, donde se fijan en nosotros tantas
miradas.
—No sé qué pretende usted —dijo, y en el tono esta vez,
contra su voluntad, no parecían reflejarse las victorias de su
vida, sino las infinitas decepciones—. ¿Acaso desea
separarme de Klamm?
—¡Cielo santo! Me ha leído el pensamiento —dijo K
cansado de tanto recelo—. Precisamente ésa era mi
intención secreta. Usted debería abandonar a Klamm y ser
mi amante. Y ahora ya me puedo ir. ¡Olga! —exclamó K—.
Nos vamos a casa.
Obediente, Olga descendió del barril, pero no pudo
desembarazarse en seguida de los amigos que la rodeaban.
Entonces dijo Frieda en voz baja, mirando a K con un aire
amenazador:

57
Librodot El castillo Franz Kafka

—¿Cuándo puedo hablar con usted?


—¿Puedo pernoctar aquí? —preguntó K.
—Sí —dijo Frieda.
—¿Puedo permanecer aquí?
—Salga con Olga para que me deshaga de la gente.
Después de un rato puede volver.
—Bien —dijo K, y esperó impaciente a Olga.
Pero los campesinos no la dejaban, habían inventado un
baile cuya protagonista era Olga; danzaban a su alrededor
en corro y al lanzar un grito común salía uno del corro,
aferraba la cadera de Olga con una mano y la remolineaba;
el corro giraba cada vez más deprisa, los gritos, como
resuellos hambrientos, se tornaron paulatinamente en uno
solo; Olga, que al principio había querido romper el corro
sonriente, se tambaleaba de mano en mano con el pelo
suelto.
—Ésa es la gentuza que me envían —dijo Frieda, y se
mordió con ira sus finos labios.
—¿Quiénes son? —preguntó K.
—Los criados de Klamm —dijo Frieda—; una y otra vez los
trae consigo y su presencia me trastorna. Apenas sé de qué
he hablado hoy con usted, señor agrimensor, si fue de algo
malo, perdóneme, la presencia de esa gente es la culpable:
es lo más despreciable y repugnante que conozco y a ellos
les tengo que servir cerveza. Cuántas veces le he tenido
que pedir a Klamm que los envíe a casa; si tengo que
soportar a los criados de otros señores, al menos podría
tener consideración conmigo, pero todo ha sido en vano,
una hora antes de su llegada se abalanzan como el ganado
en el establo. Pero ahora deben irse realmente al establo,
que es el sitio al que pertenecen. Si usted no estuviese aquí,

58
El Castillo

abriría violentamente la puerta y el mismo Klamm tendría


que sacarlos de esta habitación.
—Pero, ¿no los oye? —preguntó K.
—No —dijo Frieda—, duerme.
—¿Cómo? —exclamó K—. ¿Duerme? Cuando miré en la
habitación aún estaba despierto y sentado a la mesa.
—Así se sienta siempre —dijo Frieda—, también cuando
usted le vio estaba durmiendo. ¿Le hubiera dejado mirar en
otro caso? Ésa era su posición para dormir, los señores
duermen mucho, apenas se puede comprender. Por lo
demás, si no durmiese tanto, ¿cómo podría soportar a esa
gente? Pero ahora tendré que expulsarlos de aquí yo
misma. Cogió un látigo de una esquina y se acercó con un
único salto, elevado y algo inseguro, a los danzantes.
Primero se volvieron hacia ella como si fuese una nueva
danzarina y, efectivamente, en un primer instante pareció
como si Frieda quisiese dejar caer el látigo, pero lo volvió a
alzar.
—¡En el nombre de Klamm —gritó—, al establo, todos al
establo!
Entonces comprobaron que iba en serio; con un miedo
incomprensible para K comenzaron a aglomerarse en la
parte trasera, con el golpe del primero se abrió una puerta,
el aire nocturno penetró en la habitación, y todos
desaparecieron con Frieda, que al parecer los llevó por el
patio hasta el establo. Pero en el silencio repentino que
invadió la sala, K oyó pasos en el pasillo. Para protegerse
saltó detrás del mostrador, era el único lugar donde podía
esconderse; aunque no le estaba prohibido permanecer en
esa zona, quería pernoctar allí, así que debía evitar que le
vieran. Cuando la puerta se abrió, se deslizó en el interior.
Que le descubriesen allí no dejaba de ser peligroso, en todo

59
Librodot El castillo Franz Kafka

caso la excusa de que se había escondido allí de la furia de


los campesinos no era inverosímil. Era el posadero.
—¡Frieda! —gritó, y se paseó varias veces por la
habitación. Afortunadamente, Frieda regresó pronto y no
mencionó a K, sólo se quejó de los campesinos y se dirigió
al mostrador con la intención de encontrar a K, allí pudo K
rozar su pie y a partir de ese momento se sintió seguro.
Como Frieda no mencionó a K, al cabo tuvo que hacerlo el
posadero.
—Y ¿dónde está el agrimensor? —preguntó.
Era un hombre cortés y bien educado por el trato duradero
y relativamente libre con personas muy superiores a él, pero
con Frieda hablaba empleando un tono especialmente
respetuoso, que llamaba la atención porque, a pesar de ello,
en la conversación no dejaba de ser el empleador frente a
su empleada, además frente a una empleada bastante
audaz.
—He olvidado por completo al agrimensor —dijo Frieda, y
puso su pequeño pie en el pecho de K—. Se ha debido de ir
hace tiempo.
—Pero yo no le he visto —dijo el posadero— y he estado
casi todo el tiempo en el pasillo.
Aquí no está —dijo Frieda con indiferencia.
—A lo mejor se ha escondido —dijo el posadero—,
después de la impresión que me ha dejado, le considero
capaz de eso y de otras cosas.
—No creo que tenga esa osadía —dijo Frieda, y presionó
aún más su pie contra K.
Había algo alegre y libre en su ser que K no había
advertido antes y ese rasgo se apoderó increíblemente de
ella cuando de repente, y riéndose, dijo:

60
El Castillo

—A lo mejor está escondido aquí debajo —se agachó


hacia K y lo besó fugazmente para levantarse al instante y
decir con un tono triste:
—No, no está aquí.
Pero también el posadero dio motivo de sorpresa cuando
dijo:
—Para mí es muy desagradable no poder decir con
seguridad que se ha ido. No sólo se trata del señor Klamm,
sino del reglamento. Pero el reglamento, señorita Frieda, me
afecta a mí tanto como a usted. Usted se hace responsable
de esta sala, yo mismo registraré el resto de la casa.
¡Buenas noches! ¡Que duerma bien!
Aún no había salido de la habitación, cuando Frieda apagó
la luz y ya estaba al lado de K debajo del mostrador.
—¡Amado mío! ¡Mi dulce amado! —susurró, pero ni
siquiera rozó a K, como inconsciente de amor yacía sobre la
espalda con los brazos extendidos; el tiempo era infinito
para su amor afortunado y suspiró, más que cantó, una
canción. Luego se sobresaltó, pues K estaba sumido en sus
pensamientos, y comenzó a arrastrarse hacia él como si
fuera una niña:
—Ven, aquí se asfixia uno.
Se abrazaron, el pequeño cuerpo ardía en las manos de K,
rodaron sumidos en una inconsciencia de la que K intentó
en vano liberarse; unos metros más allá chocaron con la
puerta de Klamm provocan do un ruido sordo y allí yacieron
sobre un charco de cerveza y rodeados de otra basura de la
que el suelo estaba cubierto. Allí transcurrieron horas, horas
de un aliento común, de latidos comunes, horas en las que
K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan lejos
en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que
él, una tierra en la que el aire no tenía nada del aire natal,

61
Librodot El castillo Franz Kafka

en la que uno podía asfixiarse de nostalgia y ante cuyas


disparatadas tentaciones no se podía hacer otra cosa que
continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un
principio, no supuso ningún susto, sino un consolador
amanecer, cuando alguien llamó a Frieda desde la
habitación de Klamm con una voz profunda, entre
indiferente y autoritaria.
—Frieda —dijo K en el oído de Frieda y transmitió la
llamada.
Con una obediencia innata Frieda quiso levantarse de un
salto, pero entonces se acordó de dónde estaba, se estiró,
rió en silencio y dijo:
—No, no iré, nunca más iré con él.
K quiso contradecirla, quiso impulsarla a que fuese con
Klamm, comenzó a buscar con ella los restos de su blusa,
pero no pudo decir nada, estaba demasiado feliz de tener a
Frieda en sus brazos, demasiado feliz y a un mismo tiempo
asustado, pues le parecía que si Frieda le abandonaba, le
abandonaba todo lo que tenía. Y como si Frieda se hubiese
fortalecido con la aquiescencia de K, golpeó con su puño en
la puerta y gritó:
—¡Estoy con el agrimensor! ¡Estoy con el agrimensor!
Entonces Klamm se calló. Pero K se levantó, se arrodilló
junto a Frieda y miró a su alrededor en la penumbra del
amanecer.
¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaban sus esperanzas?
¿Qué podía esperar de Frieda que había traicionado todo?
En vez de avanzar con la mayor precaución como
correspondía a la magnitud del enemigo y del objetivo, se
había solazado allí durante toda la noche sobre restos de
cerveza, cuyo olor llegaba a aturdir.
—¿Qué has hecho? —dijo ante sí—. Estamos perdidos.

62
El Castillo

—No —dijo Frieda—, sólo yo estoy perdida, pero te he


ganado a ti. Tranquilízate, pero escucha cómo se ríen los
dos.
—¿Quién? —preguntó K, y se volvió.
En el mostrador estaban sentados sus dos ayudantes, un
poco somnolientos, pero alegres: era la alegría que da el fiel
cumplimiento del deber.
—¿Qué queréis aquí? —gritó K como si fuesen culpables
de todo, y buscó a su alrededor el látigo que Frieda había
tenido por la noche.
—Teníamos que buscarte —dijeron los ayudantes—, como
no regresaste con nosotros a la posada, te buscamos en
casa de Barnabás y finalmente te encontramos aquí: hemos
estado aquí sentados toda la noche. El trabajo no es fácil.
—Os necesito durante el día, no por la noche —dijo K—.
¡Largaos de aquí!
—Ya es de día —dijeron, y no se movieron.
Realmente era de día, las puertas del patio se abrieron, los
campesinos inundaron la sala con Olga, a la que K había
olvidado por completo. Olga estaba animada como por la
noche, por más que su pelo y su vestido estuviesen
desordenados; sus ojos buscaron a K desde que apareció
en la puerta.
—¿Por que no viniste a casa conmigo? —dijo ella casi
llorando—. ¡Por una criada como ésa! —y repitió esa
exclamación varias veces.
Frieda, que había desaparecido por un instante, regresó
con un hatillo. Olga se apartó con tristeza.
Ahora ya nos podemos ir —dijo Frieda.
Era evidente que se refería a la posada del puente, ése era
el lugar al que quería ir. K iba acompañado de Frieda y, a

63
Librodot El castillo Franz Kafka

continuación, los ayudantes: ésa era la comitiva. Los


campesinos mostraron desprecio por Frieda, era
comprensible porque ella hasta ese momento los había
dominado con severidad: uno de ellos incluso tomó un
bastón e hizo como si no quisiese dejarla irse hasta que no
hubiese saltado sobre él, pero su mirada bastó para
ahuyentarlo. Afuera, en la nieve, K pudo respirar algo: la
alegría de estar al aire libre era tan grande que esta vez le
pareció soportable la dificultad del camino, aunque si K
hubiese estado solo, habría ido mejor. Al llegar a la posada,
se dirigió directamente a su habitación y se echó en la
cama; Frieda preparó un lecho en el suelo y los ayudantes
entraron en la habitación, fueron expulsados, volvieron a
entrar por la ventana y K se mostró demasiado cansado
para expulsarlos de nuevo. La posadera vino en persona
para saludar a Frieda y fue llamada «madrecita» por ésta,
se produjo un saludo efusivo incomprensible con besos y
largos abrazos. En la habitación no había apenas
tranquilidad, con frecuencia entraron también las criadas
alborotando con sus botas masculinas ya fuese para traer o
para recoger algo. Si necesitaban cualquier cosa de la
cama, llena de los objetos más dispares, no dudaban en
sacarlas sin consideración a K. A Frieda la saludaron como
si fuese una de ellas. A pesar de todas esas molestias, K
permaneció en cama durante todo el día y la noche. De vez
en cuando Frieda le tendía la mano. Cuando finalmente se
levantó al día siguiente, recuperado por el descanso, ya era
su cuarto día en el pueblo.

64
El Castillo

CONVERSACIÓN CON LA POSADERA

Le habría gustado hablar confidencialmente con Frieda,


pero los ayudantes, con quienes, por lo demás, Frieda reía y
bromeaba de vez en cuando, se lo impedían con su
impertinente presencia. Desde luego no se podía decir que
fuesen exigentes, se habían instalado en el suelo, sobre dos
faldas viejas; su ambición, como le repitieron a Frieda,
consistía en no molestar a K y en ocupar el mínimo espacio
posible; a este respecto, si bien es cierto que sin dejar de
susurrar y soltar risitas medio ahogadas, doblaban brazos y
piernas, se acurrucaban el uno junto al otro y en la
penumbra sólo se veía un gran ovillo. Sin embargo, se
apreciaba muy bien que con la luz del día se convertían en
observadores atentos, siempre mirando fijamente a K, ya
fuese empleando sus manos como telescopios al igual que
los niños en sus juegos y realizando otras cosas absurdas, o
sólo parpadeando mientras parecían ocupados en el
cuidado de sus barbas, a las que atribuían una gran
importancia, comparándolas innumerables veces en su
longitud y densidad y dejando que Frieda las juzgase. K
miraba frecuentemente desde su cama con completa
indiferencia los manejos de los tres.
Cuando se sintió lo suficientemente fuerte para abandonar
la cama, los tres se apresuraron a servirle. No obstante, aún
no estaba tan fuerte como para poderse defender de su
celo, notó que por ello se veía sometido a cierta
dependencia que podía tener consecuencias perjudiciales,
pero no tenía más remedio que dejarlo estar. Tampoco fue
muy desagradable tomarse en una mesa bien puesta el

65
Librodot El castillo Franz Kafka

buen café que Frieda había traído, calentarse al lado de la


calefacción que Frieda había encendido, hacer que los
ayudantes impulsados por su celo e ineptitud bajasen y
subiesen las escaleras diez veces para traer agua, jabón, un
peine y un espejo, y, una última vez, porque K había
expresado el deseo en voz baja de querer un vasito de ron.
En medio de todo ese ordenar y servir, K, más como
resultado de su bienestar que de la esperanza de éxito, dijo:
—Salid ahora los dos, por el momento no necesito nada y
quiero hablar a solas con la señorita Frieda.
Y cuando no vio en sus rostros ninguna señal de
resistencia, aún les dijo para resarcirlos:
—Luego nos iremos los tres a ver al alcalde, me podéis
esperar abajo en la taberna.
Por extraño que parezca le obedecieron, sólo que antes de
salir dijeron:
—También podríamos esperar aquí.
K respondió:
—Lo sé, pero no quiero.
A K le pareció enojoso, aunque también, en cierto sentido,
favorable, que Frieda (quien, una vez que habían salido los
ayudantes, se había sentado sobre las rodillas de K), le
dijese:
—¿Qué tienes, cariño, contra los ayudantes? Ante ellos no
debemos tener ningún secreto. Son fieles.
—¡Ah!, conque fieles —dijo K—, me espían continuamente,
su conducta es absurda y repugnante.
—Creo entenderte —dijo ella, se colgó de su cuello y quiso
decir algo más pero no pudo seguir hablando y, como el
sillón estaba cerca de la cama, oscilaron sobre ella y
cayeron. Allí yacieron, pero no tan entregados como la

66
El Castillo

noche anterior. Ella buscaba algo y él buscaba algo,


furiosos, dibujándose extrañas muecas en sus rostros;
buscaban horadando el pecho del otro con la cabeza, y sus
abrazos y sus cuerpos violentamente entrelazados no les
hacían olvidar, sino que les recordaban el deber de buscar;
como perros desesperados que escarban en el suelo, así
escarbaban en sus cuerpos e, irremediablemente
decepcionados, para sacar algún resto más de felicidad,
deslizaron sus lenguas por el rostro ajeno. Sólo el cansancio
logró calmarlos y que se mostrasen mutuamente
agradecidos. Entonces llegaron las criadas.
—Mira cómo están echados ahí —dijo una de ellas, y
arrojó un trapo sobre ellos por compasión.
Cuando más tarde K se liberó del trapo y miró a su
alrededor, comprobó —no le asombró nada— que sus
ayudantes volvían a estar en su esquina, amonestándose
mutuamente con seriedad mientras señalaban a K con el
dedo y le saludaban, pero, además, la posadera estaba
sentada al lado de la cama y remendaba un calcetín, una
pequeña labor que no se compaginaba con su figura
enorme que casi oscurecía la habitación.
—Estoy esperando desde hace tiempo —y alzó su rostro
ancho y surcado de arrugas, aunque en general daba la
extraña sensación de ser liso y quizá, en otro tiempo,
hermoso. Las palabras sonaron como un reproche, un
reproche inconveniente, pues K no había solicitado que
acudiese. Se limitó a constatar con la cabeza sus palabras y
se incorporó. También Frieda se levantó, pero abandonó a K
y se apoyó en el sillón donde estaba sentada la posadera.
—Señora posadera —dijo K distraído—, ¿no puede
esperar eso que me quiere decir hasta que regrese de ver al
alcalde? Tengo una importante entrevista con él.

67
Librodot El castillo Franz Kafka

—Esto es más importante, créame señor agrimensor —dijo


la posadera—, allí se trata probablemente sólo de un
trabajo, aquí de un ser humano, de Frieda, mi querida
sirvienta.
—¡Ah, ya! —dijo K—, entonces no entiendo por qué no nos
deja ese asunto a nosotros dos.
—Por amor e inquietud —dijo la posadera, y atrajo hacia sí
la cabeza de Frieda, quien, de pie, sólo llegaba al hombro
de la posadera sentada.
—Como Frieda tiene tanta confianza en usted —dijo K—,
no puedo hacer otra cosa. Y como Frieda ha llamado hace
poco fieles a mis ayudantes, estamos entre amigos. Así que
le puedo decir, señora posadera, que considero lo mejor que
Frieda y yo nos casemos y, además, lo más pronto posible.
Por desgracia no podré compensar a Frieda de lo que ha
perdido: el puesto en la posada de los señores y la amistad
de Klamm.
Frieda levantó su rostro, sus ojos estaban llenos de
lágrimas, en ellos no había nada de un sentimiento de
victoria.
—¿Por qué yo? ¿Por qué he sido yo la elegida?
—¿Cómo? —preguntaron K y la posadera a un mismo
tiempo.
—Está confusa, pobre hija —dijo la posadera—, confusa
por la coincidencia de tanta felicidad y desgracia.
Y como confirmación de esas palabras Frieda se precipitó
sobre K, le besó con pasión, como si no hubiese nadie más
en la habitación y cayó después de rodillas, llorando y
abrazándole. Mientras acariciaba el cabello de Frieda, K
preguntó a la posadera:
—¿Me da usted la razón?

68
El Castillo

—Usted es un hombre de honor —dijo la posadera,


también a ella se le notaba la emoción en la voz, parecía
algo decaída y respiraba con dificultad; no obstante, aún
encontró la fuerza para decir:
—Ahora habrá que pensar en algunas garantías que usted
debe dar a Frieda, pues por muy grande que sea el respeto
que le tengo, usted sigue siendo un forastero, no puede
remitirse a nadie, su situación doméstica es aquí
desconocida, así que las garantías son necesarias, eso lo
comprenderá, señor agrimensor, usted mismo ha destacado
lo que Frieda perderá al unirse a usted.
—Por supuesto, garantías, naturalmente —dijo K—, lo
mejor es que todo se haga ante un notario, pero quizá otros
organismos administrativos del condado también se
inmiscuyan. Por lo demás, antes de la boda tengo un asunto
que resolver. Tengo que hablar con Klamm.
—Eso es imposible —dijo Frieda, levantándose un poco y
apretándose contra K—. ¡Qué ocurrencia!
—Tiene que ser —dijo K—, si me resulta imposible a mí,
tendrás tú que conseguirlo.
—No puedo, K, no puedo —dijo Frieda—, Klamm no
hablará nunca contigo. ¿Cómo puedes creer que Klamm
hablará contigo?
—¿Hablaría contigo? —preguntó K.
—Tampoco —dijo Frieda—, ni contigo ni conmigo, eso es
imposible.
Se volvió hacia la posadera con los brazos extendidos.
—Vea, señora posadera, lo que reclama.
—Usted es una persona peculiar, señor agrimensor —dijo
la posadera, y K quedó horrorizado al ver cómo estaba
sentada, recta, con las piernas abiertas, las poderosas

69
Librodot El castillo Franz Kafka

rodillas marcándose en la fina falda—. Usted pide algo


imposible.
—¿Por qué es imposible? —preguntó K.
—Se lo explicaré —dijo la posadera en un tono como si
esa aclaración no fuese un último favor sino ya la primera
pena que imponía—, estaré encantada de explicárselo.
Cierto, yo no pertenezco al castillo, y soy sólo una mujer, y
sólo una posadera, aquí, en una posada de última categoría
—bueno, no es de última categoría, pero casi—, y así es
posible que no atribuya mucha importancia a mi aclaración,
pero durante toda mi vida he mantenido los ojos bien
abiertos y he conocido a mucha gente y yo sola he llevado
todo el peso de la economía, pues mi esposo es un buen
hombre, pero no un posadero, y jamás comprenderá lo que
significa asumir la responsabilidad. Usted, por ejemplo, debe
a su negligencia —en aquella noche yo estaba
completamente agotada que siga en el pueblo, que esté
aquí sentado tan cómoda y pacíficamente en la cama.
—¿Cómo? —dijo K, despertando de su distracción, más
excitado por la curiosidad que por el enojo.
—Sólo lo debe a su negligencia —exclamó una vez más la
posadera señalando a K con el dedo índice.
Frieda intentó apaciguarla.
—¿Qué quieres tú? —dijo la posadera con un rápido giro
de todo su cuerpo—, el señor agrimensor me ha preguntado
y debo responderle. No hay otra forma de que comprenda lo
que a nosotros nos resulta evidente: que el señor Klamm
jamás hablará con él, pero qué digo, que jamás podrá hablar
con él. Escúcheme, señor agrimensor, el señor Klamm es
un señor del castillo, eso ya significa por sí mismo, al
margen de su otra posición, un rango muy elevado. Pero,
¿qué es usted, cuyo consentimiento para la boda buscamos
tan humildemente? Usted no pertenece al castillo, no es del

70
El Castillo

pueblo, usted es un don nadie. Por desgracia, sin embargo,


usted es algo: un forastero, uno que siempre resulta
superfluo y siempre está en camino, uno por quien siempre
se producen trastornos, por cuya causa hay que esconder a
las criadas, cuyas intenciones son desconocidas, uno que
ha seducido a nuestra pequeña y querida Frieda y al que
hay que dársela, por desgracia, como esposa. A causa de
todo esto no le hago en el fondo ningún reproche. Usted es
lo que es; ya he visto mucho en mi vida como para no
soportar ahora esta situación. Sin embargo, imagínese lo
que está pidiendo. Un hombre como Klamm debe hablar con
usted. Con dolor he oído que Frieda le ha dejado mirar por
el agujero de la pared, ya cuando lo hizo había sido
seducida por usted. Dígame, ¿cómo ha podido soportar la
mirada de Klamm? No tiene por qué responder, lo sé, la ha
soportado muy bien. Usted no es capaz de ver realmente a
Klamm, esto no es envanecimiento por mi parte, pues yo
tampoco soy capaz. Klamm debería hablar con usted, pero
él ni siquiera habla con la gente del pueblo, nunca ha
hablado con alguien del pueblo. La gran distinción de
Frieda, que será mi orgullo hasta la muerte, consistía en que
al menos solía pronunciar su nombre, en que ella podía
dirigirle la palabra cuando quería y recibía el permiso para
mirar por el agujero de la pared, pero él tampoco ha hablado
con ella. Y que llamase a Frieda de vez en cuando, no debe
tener el significado que a uno le gustaría atribuirle, él se
limitaba a pronunciar el nombre de Frieda. Pero ¿quién
conoce sus intenciones? Que Frieda, naturalmente,
acudiese deprisa, era asunto suyo, y que la dejasen
presentarse ante él sin oponerse, se debía a la bondad de
Klamm, pero no se puede afirmar que la hubiese llamado.
Ahora es cierto que todo eso se ha acabado para siempre.
Tal vez Klamm vuelva a pronunciar el nombre de Frieda, es
posible, pero ya no la dejarán entrar, a ella, a una muchacha
que es su prometida. Y hay una cosa, una sola cosa que no

71
Librodot El castillo Franz Kafka

comprendo con mi pobre cabeza, que una joven, de la que


se decía era la amante de Klamm —dicho sea de paso,
considero esta expresión algo exagerada— se dejase rozar
por usted.
—Cierto, eso es extraño —dijo K, y colocó a Frieda, que se
sometió con la cabeza inclinada, sobre sus rodillas—, eso
demuestra, según creo, que no toda la situación es como
usted la describe. Así, por ejemplo, usted tiene razón
cuando dice que yo ante Klamm soy un don nadie, y si
ahora exijo hablar con Klamm y no me dejo influir por sus
explicaciones, con eso aún no se ha dicho que sea capaz de
soportar la mirada de Klamm sin la puerta interpuesta y que
no correré en cuanto esté en su presencia. Pero ese temor,
aunque fundado, para mí no supone un motivo para no
aventurarme a afrontarlo. Si me resulta posible soportarlo,
entonces es necesario que hable conmigo, me basta si
puedo comprobar la impresión que le hacen mis palabras y
si no le hacen ninguna o ni siquiera las escucha, habré
sacado el beneficio de haber hablado libremente ante un
poderoso. Usted, sin embargo, señora posadera, con todos
sus conocimientos humanos y de la vida, y Frieda, que aún
ayer era la amante de Klamm —no veo ningún motivo para
cambiar de término—, me podrían facilitar la entrevista con
Klamm, si no es posible de otra manera, entonces en la
posada de los señores, quizá aún siga hoy allí.
—Es imposible —dijo la posadera—, y ya veo que le falta
la capacidad de comprenderlo. Pero díganos, ¿de qué
quiere hablar con Klamm?
—Sobre Frieda naturalmente —dijo K.
—¿Sobre Frieda? —dijo la posadera con incomprensión y
se volvió hacia Frieda—. ¿Has oído, Frieda? Sobre ti quiere
hablar con Klamm, ¡con Klamm!

72
El Castillo

—¡Ay! —dijo K—, usted es, señora posadera, una mujer


tan lista y respetable y, sin embargo, la asusta cualquier
pequeñez. Así es, quiero hablar con él de Frieda, eso no es
tan terrible, sino más bien evidente. Pues se equivoca con
toda seguridad si cree que Frieda, desde el instante en el
que yo aparecí, se ha convertido en algo insignificante para
Klamm. Le menosprecia si es eso lo que cree. Pienso que
resulta presuntuoso por mi parte querer instruirla a este
respecto, pero lo tengo que hacer. Por mi causa no ha
podido alterarse nada en la relación de Klamm con Frieda.
O no existía ninguna relación esencial —eso es lo que dicen
aquellos que no le quieren dar el nombre honorífico de
amante a Frieda—, por lo que hoy tampoco existiría, o sí
existía, entonces ¿cómo podría perturbarla una persona
como yo, quien, como ha dicho certeramente, es un don
nadie a los ojos de Klamm? Esas cosas se creen en el
primer instante del susto, pero la más pequeña reflexión
debe ponerlas en su sitio. Por lo demás, dejemos que Frieda
exprese su opinión sobre el asunto.
Con una mirada perdida en la lejanía, la mejilla apoyada en
el pecho de K, Frieda dijo:
—Es como madre dice: Klamm no quiere saber nada más
de mí. Pero, ciertamente, no porque llegaras tú, querido,
nada parecido podría haberle conmocionado. Creo que fue
obra suya que nos encontrásemos bajo el mostrador, esa
hora fue bendecida y no maldita.
—Si es así —dijo K lentamente, pues las palabras de
Frieda habían sido dulces y él había cerrado los ojos unos
segundos para dejarse invadir por esas palabras—, si es
así, aún hay menos motivos para temer una entrevista con
Klamm.
—Verdaderamente —dijo la posadera mirándolo desde
arriba—, me recuerda a veces a mi esposo, usted es tan

73
Librodot El castillo Franz Kafka

obstinado e ingenuo como él. Lleva dos días en el pueblo y


ya cree saberlo todo mejor que sus habitantes, mejor que
yo, una mujer ya mayor, y que Frieda, que tanto ha visto y
oído en la posada de los señores. No niego que alguna vez
sea posible lograr algo contra los reglamentos o contra la
costumbre, por mi parte no he visto algo parecido, pero
según dicen hay ejemplos de ello, puede ser, pero entonces
con toda certeza no ocurre de la manera en que usted
pretende hacerlo: diciendo continuamente que no,
guiándose sólo por su propia tozudez y pasando por alto los
consejos bienintencionados. ¿Acaso cree que usted es el
objeto de mi inquietud? ¿Me he ocupado de usted mientras
estaba solo? ¿A pesar de que hubiese sido conveniente y
se hubiese podido evitar algo? Lo único que le dije entonces
a mi esposo fue: «Mantente alejado de él». Estas palabras
deberían haber mantenido su validez también para mí en el
día de hoy, si el destino de Frieda no estuviese involucrado.
A ella le debe —le guste o no— mi atención, sí, incluso mi
consideración. Y no puede simplemente rechazarme ya que
usted es responsable ante mí, la única que cuida a la
pequeña Frieda con atención maternal. Es posible que
Frieda tenga razón y que todo lo que ha ocurrido haya sido
la voluntad de Klamm, pero de Klamm no sé nada, jamás
hablaré con él, para mí es completamente inalcanzable.
Usted, sin embargo, se sienta aquí, tiene en sus manos a mi
Frieda y —por qué debería callarlo— también está en mis
manos. Sí, en mis manos, pues intente si no, joven, si le
echo de casa, buscar un alojamiento en el pueblo, aunque
sea en una caseta de perro.
—Gracias —dijo K—, ésas son palabras sinceras y las
creo. Tan insegura es entonces mi posición y, por tanto, la
de Frieda.
—¡No! —gritó la posadera furiosa—. La posición de Frieda
no tiene a ese respecto nada que ver con la suya. Frieda

74
El Castillo

pertenece a mi casa y nadie tiene el derecho de llamar


insegura su posición aquí.
—Bueno, bueno —dijo K—, también le doy la razón en
eso, especialmente porque Frieda, por motivos
desconocidos, parece tenerle demasiado miedo para
injerirse. Sigamos tratando provisionalmente sólo mi caso.
Mi posición es extremadamente insegura, eso no lo niega,
sino que más bien se esfuerza en demostrarlo. Como ocurre
con todo lo que dice, esto es en su mayor parte cierto, pero
no del todo. Así, sé de un buen alojamiento que estaría
dispuesto para mí.
—¿Dónde? ¿Dónde? —exclamaron Frieda y la posadera
tan simultáneamente y con tanta codicia como si tuviesen
los mismos motivos para sus preguntas.
—En casa de Barnabás —dijo K.
—¡Esas granujas! —exclamó la posadera—. ¡Esas
taimadas granujas! ¡En casa de Barnabás! ¿Lo habéis oído?
—y se volvió hacia la esquina donde se encontraban los
ayudantes, pero éstos ya hacía tiempo que se habían
levantado y estaban detrás de la posadera cogidos del
brazo; ella, ahora, como si necesitase un apoyo, cogió la
mano de uno de ellos—. ¿Habéis oído dónde las corre el
señor? ¡En la familia de Barnabás! Es cierto, ahí recibirá un
alojamiento, ¡ay!, habría sido mejor que lo hubiese
conseguido allí y no en la posada de los señores. Y ¿dónde
pasasteis vosotros la noche?
—Señora posadera—dijo K antes de que respondiesen los
ayudantes—, se trata de mis ayudantes, pero así los trata
como si fueran sus ayudantes y mis vigilantes. En cualquier
otra cosa estoy dispuesto, al menos, a discutir cortésmente
sobre sus opiniones, pero no respecto a mis ayudantes,
pues aquí el asunto está claro. Por esto le pido que no hable

75
Librodot El castillo Franz Kafka

con mis ayudantes, y si mi solicitud no bastase les prohibo a


mis ayudantes que la contesten.
—Así que no puedo hablar con vosotros —dijo la
posadera, y los tres se rieron, la posadera, sin embargo, de
forma burlona y con más suavidad de la que K había
esperado; los ayudantes en su forma acostumbrada,
significándolo todo y nada, rechazando cualquier
responsabilidad.
—No te enojes —dijo Frieda—, tienes que comprender
correctamente nuestra excitación. Si se quiere, en realidad
debemos nuestro encuentro a Barnabás. Cuando te vi por
primera vez en el mostrador —entraste del brazo de Olga—
ya sabía algo sobre ti, pero en general me eras por
completo indiferente. Pero no sólo tú me eras indiferente,
casi todo, casi todo me era indiferente. Estaba insatisfecha
con muchas cosas y algo me producía enojo, pero ¿qué
clase de insatisfacción y de enojo? Por ejemplo, uno de los
huéspedes me molestó en el mostrador—siempre estaban
detrás de mí, ya viste a aquellos tipos, pero venían más
enojosos, el servicio de Klamm no era de lo peor—, así
pues, uno de ellos me molestó, ¿qué significaba eso para
mí? Para mí era como si hubiese ocurrido hace muchos
años o como si no me hubiese ocurrido a mí o como si
hubiese escuchado cómo lo contaban o como si ya lo
hubiese olvidado. Pero no lo puedo describir, ni siquiera me
lo puedo imaginar más, tanto han cambiado las cosas desde
que he abandonado a Klamm.
Y Frieda interrumpió su relato, inclinó con tristeza la
cabeza y mantuvo las manos dobladas sobre el regazo.
—Ve usted —exclamó la posadera, y lo hizo como si no
hablase ella misma sino que prestase su voz a Frieda, luego
se acercó más y se sentó al lado de ella—, se da cuenta
ahora, señor agrimensor, de cuáles han sido las

76
El Castillo

consecuencias de su comportamiento; y también sus


ayudantes, con los que no puedo hablar, pueden aprender
de esta situación. Usted ha arrancado a Frieda del estado
de máxima felicidad que se le podía dar y le ha sido posible
porque Frieda, con su exagerada e infantil compasión, no
pudo soportar que entrase colgado del brazo de Olga y que
pareciese entregado a la familia de Barnabás. Le ha salvado
y al hacerlo se ha sacrificado. Y ahora que ya ha ocurrido y
que Frieda ha cambiado todo lo que tenía por la felicidad de
sentarse sobre sus rodillas, ahora viene usted y presenta
como su gran triunfo que una vez tuvo la posibilidad de
poder pernoctar en la casa de Barnabás. Con eso quiere
demostrar que usted es independiente de mí. Cierto, si
realmente hubiese pernoctado en casa de Barnabás, sería
tan independiente de mí que tendría que abandonar mi casa
al instante y de la forma más rápida.
—No conozco los pecados de la familia de Barnabás —dijo
K mientras Frieda, que estaba como inánime, se
incorporaba cuidadosamente, se sentaba en la cama y
terminaba por levantarse—. Quizá tenga usted razón en lo
que dice, pero con certeza tenía yo razón cuando le pedí
que nos dejase a Frieda y a mí resolver nuestros propios
asuntos. Usted mencionó algo de amor y preocupación, de
ello no he vuelto a notar nada, sí, sin embargo, de odio,
escarnio y expulsión de la casa. Si se le había ocurrido
apartar a Frieda de mí o a mí de Frieda, lo ha intentado con
gran habilidad, pero me parece que no lo logrará y, si lo
lograse —permítame por una vez pronunciar una oscura
amenaza—, lo lamentará amargamente. En lo que se refiere
al alojamiento que me ha brindado —con esas palabras
parece referirse a este repugnante agujero— no resulta del
todo seguro que lo haya puesto a mi disposición por propia
voluntad, más bien me parece que existe una instrucción al
respecto de la administración condal. Comunicaré allí que

77
Librodot El castillo Franz Kafka

me han desahuciado de la posada y si me conceden otro


alojamiento entonces podrá ya respirar con libertad, y yo
con mayor profundidad. Y ahora me voy a ver al alcalde con
motivo de éste y de otros asuntos. Ocúpese al menos, por
favor, de Frieda, a quien ya ha maltratado lo suficiente con
sus sermones maternales.
A continuación, se volvió hacia sus ayudantes.
—Venid —dijo, quitó la carta del clavo y se dispuso a salir.
La posadera había permanecido en silencio, pero en
cuanto K Puso la mano en el picaporte, dijo:
—Señor agrimensor, aún me queda algo por decirle antes
de que se ponga en camino, pues diga lo que quiera y me
insulte como me insulte, a mí, a una mujer ya anciana, sigue
siendo el futuro esposo de Frieda. Sólo por eso le digo que
ignora por completo la situación que se le presenta aquí; a
una le zumba la cabeza cuando le oye y cuando compara lo
que dice y piensa con la realidad. No se puede arreglar esa
ignorancia de una vez y quizá no se pueda nunca, pero hay
muchas cosas que pueden mejorar si me cree aunque sólo
sea un poco y mantiene presente el hecho de esa
ignorancia. Entonces, por ejemplo, se volverá en seguida
más justo conmigo y comenzará a sospechar la magnitud
del susto que he sufrido —cuyos efectos aún padezco—
cuando me he dado cuenta de que mi querida pequeña ha
abandonado, en cierta manera, al águila, para unirse a la
culebra ciega, aunque la relación real sea mucho peor y
tenga que intentar olvidarla continuamente, sino no podría
hablar con usted una palabra con tranquilidad. Pero ahora
se ha enfadado otra vez. No, no se vaya todavía, escuche
aún esto, por favor: adonde quiera que vaya sepa que sigue
siendo el más ignorante y tenga cuidado, aquí en nuestra
casa, donde la presencia de Frieda le protege de daños,
puede decir lo que quiera, aquí nos puede mostrar, por

78
El Castillo

ejemplo, cómo pretende hablar con Klamm, pero, por favor,


por favor se lo pido, no se atreva a decir esas cosas en la
realidad.
Se levantó algo tambaleante por la excitación, se acercó a
K, tomó su mano y le miró con gesto suplicante.
—Señora posadera —dijo K—, no comprendo por qué se
humilla para suplicarme una cosa así. Si, como usted dice,
resulta imposible hablar con Klamm, entonces no lo podré
lograr, me lo supliquen o no. Pero si fuese posible, ¿por qué
tendría que renunciar a hacerlo, especialmente cuando con
la refutación de su principal reproche el resto de sus
temores resultan cuestionables? Es cierto, soy ignorante; sin
embargo, la verdad prevalece, y eso es muy triste para mí,
pero también tiene la ventaja de que el ignorante osa más,
así que prefiero portar conmigo aún un poco más la
ignorancia y sus malas consecuencias, al menos mientras
alcancen mis fuerzas. Esas consecuencias, en lo esencial,
sólo me afectan a mí, y por eso ante todo no comprendo por
qué me suplica. Usted siempre cuidará de Frieda y, si
desaparezco completamente de su círculo, eso significará,
según su opinión, una suerte para ella. ¿Qué teme
entonces? ¿Acaso teme que al ignorante le parece todo
posible? —aquí K abrió la puerta—. ¿No temerá acaso por
Klamm?
La posadera miró en silencio cómo salía y bajaba deprisa
las escaleras con sus ayudantes detrás.

79
Librodot El castillo Franz Kafka

EN CASA DEL ALCALDE

A K, casi para su sorpresa, la entrevista con el alcalde le


causaba pocas preocupaciones. Intentó explicárselo con el
hecho de que, según sus experiencias hasta ese momento,
el trato oficial con las autoridades condales había sido muy
fácil para él. Por una parte eso se debía a que, respecto al
tratamiento de sus asuntos, era evidente que se había
emitido de una vez por todas un determinado principio de
actuación, supuestamente muy favorable para él, y por otra,
se debía a la unidad digna de admiración del servicio, que
precisamente allí donde no existía en apariencia se
presentía perfecta. K, cuando alguna vez pensaba en estas
cosas, no estaba muy lejos de encontrar su situación
satisfactoria, a pesar de que, después de los ataques de
bienestar que le aquejaban, se dijera que cabalmente ahí
radicaba el peligro. El trato directo con organismos
administrativos no era demasiado difícil, pues éstos, por
muy organizados que estuvieran, siempre tenían que
defender cosas invisibles y distantes en nombre de señores
invisibles y distantes, mientras que K luchaba por algo
viviente y cercano, por él mismo, sobre todo, al menos
últimamente, por su propia voluntad, pues él era el atacante,
y no sólo él luchaba por él mismo, sino con toda seguridad
por otras fuerzas que no conocía, pero en las que podía
creer según las medidas de los organismos administrativos.
Pero como los organismos desde un principio le habían
manifestado su buena voluntad en cosas inesenciales —
hasta ese momento tampoco se había tratado de más—, le
habían impedido la posibilidad de pequeñas y ligeras

80
El Castillo

victorias y con esa posibilidad también la correspondiente


satisfacción, así como la fundada seguridad resultante de
ella para otras luchas más grandes. En vez de eso le
dejaban deslizarse por todas partes, eso sí, sin abandonar
el pueblo, y, mediante esa táctica, le mimaban y debilitaban,
evitando toda lucha y situándolo en una vida extraña,
extraoficial, completamente opaca y turbia. De esa manera
bien podía ocurrir, si no estaba alerta, que él algún día, pese
a toda la deferencia del organismo y pese al cumplimiento
completo de todas las obligaciones oficiales tan
exageradamente fáciles, fuese embaucado por el favor
supuestamente concedido y condujese su vida con tan poca
precaución que se desmoronase, y el organismo
competente, aún suave y amistoso, por decirlo así, contra su
voluntad pero en nombre de cualquier orden público
desconocido para él, viniese para deshacerse de él. Y ¿qué
era su vida extraoficial allí? K no había visto nunca una
mayor fusión entre vida y función pública que allí, tan
fundidas estaban que a veces podía parecer que la vida y la
función pública habían intercambiado sus puestos. ¿Qué
significaba, por ejemplo, el poder formal que Klamm había
ejercido hasta ahora sobre la posición oficial de K, si se
comparaba con el poder real que tenía Klamm sobre su
alcoba? Así concluyó que sólo había lugar para un
comportamiento relajado frente a la administración, mientras
que en lo restante siempre sería necesaria una gran
precaución, un mirar hacia todos los lados antes de dar un
paso.
K encontró por lo pronto confirmada su idea de la
administración local con el alcalde. Éste, un hombre amable,
obeso y afeitado pulcramente, estaba enfermo, padecía un
ataque de gota y recibió a K en la cama.
Así que aquí está nuestro agrimensor—dijo; quiso
levantarse para saludarle, pero no pudo y se arrojó,

81
Librodot El castillo Franz Kafka

disculpándose y señalando hacia la pierna, de nuevo sobre


el cojín. Una mujer silenciosa, casi como una sombra en la
habitación oscurecida por las pequeñas ventanas y las
cortinas corridas, trajo una silla a K y la colocó al lado de la
cama.
—Siéntese, siéntese, señor agrimensor—dijo el alcalde—,
y dígame sus deseos.
K le leyó la carta de Klamm y añadió algunos comentarios.
Una vez más sintió la extraordinaria ligereza del trato con la
administración. Asumían literalmente toda la carga, se les
podía cargar con todo y uno quedaba intacto y libre. Como
si el alcalde hubiese sentido lo mismo a su manera, se
volvió incómodo en la cama. Finalmente, dijo:
—Como habrá notado, señor agrimensor, ya conocía el
asunto. El que no haya emprendido nada tiene dos motivos,
primero mi enfermedad, y segundo que, como usted no
venía, pensé que había renunciado al trabajo. Ahora que ha
sido tan amable de venir a verme, debo decirle la
desagradable verdad. Ha sido aceptado como agrimensor,
como usted dice, pero, por desgracia, no necesitamos a
ningún agrimensor. No hay ningún trabajo para usted. Los
límites de nuestras pequeñas propiedades han sido
trazados, todo ha sido registrado convenientemente, apenas
hay transmisiones de la propiedad y las pequeñas disputas
de límites las arreglamos entre nosotros. ¿Para qué
necesitamos, pues, a un agrimensor?
K, sin que hubiera pensado antes en ello, estaba
convencido en su interior de haber esperado una
comunicación similar. Por eso mismo pudo responder
inmediatamente:
—Eso me sorprende mucho y arroja todos mis cálculos por
la borda. Sólo espero que se trate de un malentendido.
—Por desgracia, no —dijo el alcalde—, es como le digo.

82
El Castillo

—Pero ¿cómo es posible? —exclamó K—, no he


emprendido un viaje larguísimo para ahora ser mandado de
vuelta.
—Ésa es otra cuestión —dijo el alcalde— sobre la que yo
no tengo que decidir, pero le puedo explicar cómo se ha
producido ese malentendido. En una administración tan
grande como la del condado puede ocurrir alguna vez que
un departamento disponga algo y que otro disponga otra
cosa diferente, ninguno sabe del otro, el control superior, es
cierto, actúa con gran precisión, pero, por su naturaleza,
demasiado tarde, y así pueden originarse pequeñas
confusiones. Siempre se trata de pequeñeces, como, por
ejemplo, su caso; en asuntos importantes aún no he
conocido un error, aunque las pequeñeces son con
frecuencia lo suficientemente desagradables. En lo que
concierne a su caso, le contaré abiertamente los
pormenores sin secretos oficiales: para esto no llego a la
categoría de funcionario, soy un campesino y nada más.
Hace mucho tiempo, cuando llevaba pocos meses de
alcalde, llegó un edicto, no sé de qué departamento, en el
que se comunicaba de la forma categórica tan peculiar a los
señores que se debía contratar a un agrimensor y en el que
se encargaba a la comunidad que preparase todos los
planos y registros necesarios para su trabajo. Ese edicto,
naturalmente, no podía afectarle a usted, pues eso fue hace
muchos años y no me habría acordado si ahora no
estuviese enfermo y tuviese tiempo suficiente para
reflexionar en la cama sobre las cosas más ridículas. Mizzi
—dijo de repente, interrumpiendo su informe, dirigiéndose a
la mujer que aún correteaba por la habitación realizando una
actividad incomprensible—, por favor, mira en el armario, a
lo mejor encuentras el edicto. Data —se explicó ante K— de
mi primera época: en aquel tiempo aún lo guardaba todo.

83
Librodot El castillo Franz Kafka

La mujer abrió en seguida el armario, K y el alcalde


miraban. El armario estaba lleno a rebosar de papeles, al
abrirlo rodaron dos gruesos rollos de expedientes,
enrollados como si fuesen troncos. La mujer saltó asustada
hacia un lado.
—Abajo, tiene que estar abajo —dijo el alcalde, dirigiendo
sus movimientos desde la cama. Con actitud obediente, la
mujer, abarcando los expedientes con sus dos brazos,
arrojó hacia abajo todo el contenido del armario para llegar a
los papeles situados en la parte inferior. Los papeles ya
cubrían la mitad de la habitación.
—Se ha trabajado mucho —dijo el alcalde asintiendo con
la cabeza—, y eso sólo es una pequeña parte. La masa
principal la he conservado en el granero, aunque la mayor
parte se ha perdido. ¿Quién puede guardar todo eso? En el
granero, sin embargo, aún queda mucho.
—¿Vas a encontrar de una vez el edicto? —se volvió de
nuevo hacia la mujer—. Tienes que buscar un expediente en
el que está la palabra «agrimensor» subrayada con color
azul.
—Esto está demasiado oscuro —dijo la mujer—, traeré una
vela.
Y salió de la habitación pasando por encima de los
papeles.
—Mi esposa es una gran ayuda para mí —dijo el alcalde—
en este trabajo pesado que, sin embargo, se debe realizar
en los ratos libres. Cierto, para los escritos dispongo de un
ayudante, el maestro, pero pese a ello resulta imposible
terminarlo todo, siempre queda mucho sin concluir, todo eso
se encuentra guardado en esas cajas —y señaló hacia otro
armario—. Y sobre todo ahora que estoy enfermo, se
acumula—dijo, y se recostó cansado pero con orgullo.

84
El Castillo

—¿No podría ayudar a su esposa a buscar? —dijo K


cuando la mujer ya había regresado con la vela y buscaba el
edicto arrodillada ante las cajas.
El alcalde sacudió sonriente la cabeza:
—Como ya le dije, no tengo secretos oficiales para usted,
pero no puedo llegar tan lejos como para dejarle que busque
en los expedientes. El silencio invadió la habitación, sólo se
podía oír el roce de los papeles, el alcalde quizá dormitaba
un poco. Un ligero golpeteo en la puerta hizo que K se diese
la vuelta. Eran, naturalmente, los ayudantes. Al menos se
mostraron algo educados, no irrumpieron en la habitación,
sino que primero susurraron a través de la ranura de la
puerta.
—Tenemos mucho frío fuera.
—¿Quién es? —preguntó el alcalde asustándose.
—Sólo se trata de mis ayudantes —dijo K—, no sé dónde
me pueden esperar, en el exterior hace mucho frío y aquí
molestan.
—A mí no me molestan —dijo amablemente el alcalde—,
déjelos entrar. Además, les conozco. Viejos conocidos.
—Pero a mí sí que me molestan —dijo K con franqueza y
dejó vagar su mirada de los ayudantes al alcalde y de éste a
los ayudantes, encontrando las tres sonrisas iguales—. Pero
ya que estáis aquí —dijo a modo de prueba—, entonces
quedaos y ayudad a la señora a buscar un expediente en el
que aparece la palabra «agrimensor» subrayada con color
azul.
El alcalde no puso ninguna objeción; lo que no podía hacer
K, lo podían hacer los ayudantes. Se arrojaron
inmediatamente sobre los papeles, pero revolvían los
montones más que buscaban, y mientras uno deletreaba un
escrito, el otro se lo arrebataba continuamente de las

85
Librodot El castillo Franz Kafka

manos. La mujer, por el contrario, estaba arrodillada ante las


cajas vacías, parecía haber dejado de buscar, en todo caso
la vela estaba muy lejos de ella.
—Así que los ayudantes —dijo el alcalde con una sonrisa
de satisfacción, como si todo ocurriese según sus propias
disposiciones, aunque nadie pudiese suponerlo—, le
resultan molestos. Pero son sus propios ayudantes.
—No —dijo fríamente K—, se han unido a mí aquí.
—¿Cómo que unido? —dijo el alcalde—. Querrá decir que
le han sido asignados.
—Bueno, pues asignados —dijo K—, igual podrían haber
caído del cielo, tan irreflexiva fue esa asignación.
—Aquí no ocurre nada de forma irreflexiva —dijo el
alcalde, olvidó incluso el dolor del pie y se sentó en la cama.
—¿Nada? —dijo K—; y ¿qué ocurre con mi contratación?
—También su contratación fue fruto de la reflexión —dijo el
alcalde—, sólo que hay algunas circunstancias accesorias
que han creado confusión, se lo demostraré con los
expedientes.
—Esos expedientes no se van a encontrar—dijo K.
—¿No? —exclamó el alcalde—. Mizzi, por favor, busca
más rápido. Pero en un principio también le puedo contar la
historia sin expedientes. Aquel edicto del que ya le he
hablado lo contestamos agradecidos diciendo que no
necesitábamos ningún agrimensor. Esta respuesta al
parecer no llegó al departamento originario, lo denominaré
A, sino, erróneamente, a otro departamento B. Así pues, el
departamento A se quedó sin respuesta, pero por desgracia
el departamento B tampoco recibió toda nuestra respuesta,
ya fuese porque el contenido del expediente se hubiese
quedado aquí o porque se hubiese perdido por el camino —
en el departamento desde luego no, se lo puedo garantizar

86
El Castillo

—, el caso es que al departamento B sólo llegó una carpeta


del expediente en la que no había nada indicado salvo que
se trataba del expediente incluido, pero en realidad
desgraciadamente perdido, de la contratación de un
agrimensor. Mientras, el departamento A esperó nuestra
respuesta; es cierto que tenía notas sobre el asunto, pero
como suele ocurrir comprensiblemente y puede ocurrir
debido a la precisión con que se llevan todos los casos, el
encargado confió en que responderíamos y que él luego o
contrataría al agrimensor o seguiría manteniendo
correspondencia con nosotros según las necesidades. Por
consiguiente, descuidó las notas y se olvidó de todo. Al
departamento B, sin embargo, llegó la carpeta, en concreto
a un funcionario famoso por su escrupulosidad, se llama
Sordini, un italiano, incluso para mí, un iniciado, resulta
incomprensible por qué un hombre de sus capacidades
ocupa uno de los puestos más subordinados. Este Sordini,
naturalmente, nos envió la carpeta vacía para que
incluyésemos el expediente. Ahora bien, desde el primer
escrito del departamento A habían pasado muchos meses,
cuando no años, y esto es comprensible, pues, cuando,
como es la regla, un expediente recorre el camino correcto,
llega a su departamento a más tardar en un día y se
soluciona en ese mismo día, pero cuando yerra el camino, y
debe buscar con celo en la excelencia de la organización el
camino correcto, si no lo encuentra, entonces dura mucho
tiempo. Cuando recibimos la nota de Sordini, sólo nos
podíamos acordar difusamente del asunto, en aquel tiempo
sólo éramos dos en el trabajo, Mizzi y yo, aún no me habían
asignado al maestro, y sólo conservábamos copias de los
asuntos más importantes. En suma, sólo pudimos responder
de forma vaga que no sabíamos nada de esa contratación y
que no necesitábamos a ningún agrimensor.

87
Librodot El castillo Franz Kafka

—Pero —se interrumpió a sí mismo el alcalde como si


hubiese llegado demasiado lejos en su celo narrativo o
como si al menos existiese esa posibilidad de haber llegado
demasiado lejos— ¿no le aburre la historia?
—No, nada de eso —dijo K—, me divierte.
A eso contestó el alcalde:
—No se la cuento para su diversión.
—Sólo me divierte —dijo K— porque me deja entrever la
ridícula confusión que, bajo determinadas circunstancias,
puede decidir sobre la existencia de un hombre.
—Aún no ha podido entrever nada—dijo el alcalde con
seriedad—, y puedo seguir contándole la historia. Con
nuestra respuesta, evidentemente, un Sordini no podía
quedar satisfecho. Admiro a ese hombre, aunque para mí
resulta un tormento. No se fía de nadie; aun cuando, por
ejemplo, ha conocido a alguien en innumerables ocasiones
como el hombre más digno de confianza, siempre desconfía
de él en la siguiente ocasión y, además, como si no lo
conociese de nada o, mejor, como si le conociera como un
granuja. Considero que su forma de actuación es correcta:
un funcionario debe proceder así, por desgracia no puedo
seguir ese principio debido a mi carácter. Ya ve como le
muestro todo abiertamente, a un extraño; no puedo actuar
de otro modo. Sordini, sin embargo, consideró
inmediatamente con desconfianza nuestra respuesta.
Entonces se desarrolló una numerosa correspondencia.
Sordini preguntó por qué se me había ocurrido de repente
que no había que contratar a ningún agrimensor. Yo
respondí con ayuda de la excelente memoria de Mizzi que la
iniciativa había partido de la administración (ya hacía mucho
tiempo que nos habíamos olvidado de que se trataba de otro
departamento); Sordini, por el contrario: ¿por qué menciona
ahora este escrito oficial?; yo otra vez: porque me acabo de

88
El Castillo

acordar de él; Sordini: eso es muy extraño; yo: eso no es


extraño en un asunto que se arrastra ya desde hace tanto
tiempo; Sordini: sí que es extraño, pues el escrito del que yo
me había acordado, no existe; yo: naturalmente que no
existe, porque se ha perdido el expediente; Sordini: pero
debe de haber una nota respecto a ese primer escrito. Yo:
pues no la hay. Aquí me detuve, pues no osé afirmar ni
creer que en el departamento de Sordini se había deslizado
un error. Quizá usted, señor agrimensor, reproche en su
mente a Sordini que la consideración a mi afirmación al
menos tendría que haberle impulsado a investigar el asunto
en otros departamentos. Pero precisamente eso no hubiese
sido correcto; no quiero que en sus pensamientos quede
una mácula sobre ese hombre; es un principio laboral
fundamental de la administración que no se cuente con la
posibilidad de errores. Ese principio está autorizado por la
exquisita organización del Todo y es necesario cuando se
quiere alcanzar una gran velocidad en la conclusión de los
asuntos. Así pues, Sordini no pudo investigar en otros
departamentos; además, esos departamentos no le habrían
respondido, pues habrían advertido en seguida que se
trataba de la investigación de un posible error.
—Permítame, señor alcalde, que le interrumpa con una
pregunta —dijo K—, ¿no mencionó antes un organismo de
control? El funcionamiento de la administración es tal, según
lo que me cuenta, que me produce vértigo la sola idea de
que ese control no se llegase a aplicar.
—Usted es muy severo —dijo el alcalde—, pero multiplique
su severidad por mil y seguirá siendo una minucia
comparada con la severidad que aplica la administración
contra sí misma. Sólo un completo forastero como usted
puede plantear esa pregunta. ¿Que si hay organismos de
control? Sólo hay organismos de control. Cierto, no tienen
como misión descubrir errores en el sentido grosero del

89
Librodot El castillo Franz Kafka

término, pues en realidad no se producen errores y en el


caso de que se produzca uno, como el suyo, ¿quién puede
afirmar definitivamente que se trata de un error?
—¡Eso sería algo completamente nuevo! —exclamó K.
—Para mí es algo muy viejo —dijo el alcalde—. No estoy
convencido de una manera muy diferente a la suya de que
se ha producido un error; Sordini, a causa de la
desesperación que le ha causado, ha enfermado
gravemente, y los primeros organismos de control, a
quienes debemos el descubrimiento del origen del error,
también lo reconocen. Pero ¿quién puede afirmar que los
segundos órganos de control juzgarán de la misma manera,
y también los terceros y los restantes?
—Puede ser —dijo K—, prefiero no injerirme en esas
especulaciones; también es la primera vez que oigo de esos
órganos de control y, naturalmente, no los puedo
comprender. No obstante, creo que aquí hay que distinguir
dos cosas, la primera es lo que ocurre en el seno de la
administración y lo que se puede entender de una manera u
otra como oficial, y, en segundo lugar, mi persona real, yo
mismo, que permanezco fuera del ámbito administrativo y a
quien amenaza un perjuicio tan absurdo por parte de la
administración que aún no puedo creer en la seriedad del
peligro. Para lo primero probablemente posea validez, señor
alcalde, lo que ha contado con tan extraordinario y
asombroso conocimiento de causa, pero quisiera oír aunque
sólo sea una palabra acerca de mi persona.
—Ahora voy a eso —dijo el alcalde—, pero no podría
haberlo comprendido si no hubiera dicho lo anterior. Al
mencionar los órganos de control me he anticipado. Así que
regreso a las divergencias con Sordini. Como le he
mencionado, mi defensa fue cediendo lentamente. Pero
cuando Sordini tiene en la mano cualquier ventaja, por

90
El Castillo

mínima que sea, ya ha vencido, pues entonces se


intensifican su atención, su energía y su presencia de
ánimo, siendo una visión horrible para el atacado y
espléndida para el enemigo del atacado. Porque he
experimentado esto último, puedo contárselo, como así
hago. Por lo demás, aún no he logrado verle, él no puede
bajar, tiene demasiado trabajo, me han descrito su
despacho como una habitación consistente en paredes
cubiertas con columnas de expedientes, y ésos son sólo los
expedientes en los que está trabajando en ese momento, y
como los expedientes se están sacando y metiendo
continuamente, ocurriendo todo con gran prisa, las
columnas se derrumban y precisamente el ruido y los
crujidos que producen se han convertido en el distintivo del
despacho de Sordini. Así es, Sordini es un trabajador y
dedica al caso más pequeño el mismo cuidado que al más
grande.
—Usted siempre denomina, señor alcalde, mi caso como
uno de los más pequeños y, sin embargo, ha ocupado ya a
muchos funcionarios; si al principio quizá era muy pequeño,
se ha convertido por el celo de funcionarios como Sordini en
un caso grande. Por desgracia, y en contra de mi voluntad,
puesto que mi celo no me lleva a originar columnas de
expedientes referentes a mí y a hacer que se derrumben,
sino a trabajar tranquilamente en mi humilde mesa de
diseño como un humilde agrimensor.
—No —dijo el alcalde—, no es ningún caso grande, en
este sentido no tienen ningún motivo para quejarse, es uno
de los casos más pequeños entre los pequeños. El volumen
de trabajo no determina el rango del caso; sigue estando
muy lejos de comprender a la administración, si es eso lo
que cree. Pero incluso si dependiese del volumen de
trabajo, su caso sería uno de los más insignificantes; los
casos normales, es decir, aquellos en los que no se

91
Librodot El castillo Franz Kafka

producen los supuestos errores, dan mucho más trabajo y,


por añadidura, más productivo. Por lo demás, usted no sabe
nada del trabajo que causó su caso, de eso quiero hablarle
ahora. Al principio Sordini me dejó de lado, pero sus
funcionarios vinieron, se produjeron diariamente
interrogatorios de miembros respetados de la comunidad en
la posada de los señores, de todos esos interrogatorios se
levantó acta. La mayoría me apoyó, sólo unos pocos se
quedaron extrañados, la cuestión de la agrimensura afecta a
los campesinos, sospechaban algún acuerdo secreto,
alguna injusticia, además encontraron un líder, y Sordini
debió de llegar a la conclusión de que si sometía la cuestión
al consejo municipal no todos se habrían mostrado
contrarios a la contratación de un agrimensor. Así, algo
evidente, esto es, que no necesitábamos a ningún
agrimensor, se convirtió al menos en algo cuestionable. En
especial destacó al respecto un tal Brunswick, usted no le
conoce, quizá no sea un mal tipo, pero sí tonto y fantasioso,
es un cuñado de Lasemann.
—¿Del maestro curtidor? —preguntó K, y describió al
hombre con barba que había visto en la casa de Lasemann.
—Sí, es él —dijo el alcalde.
—También conozco a su esposa —dijo K un poco a la
buena de Dios.
—Es posible —dijo el alcalde, y enmudeció.
—Es hermosa —dijo K—, pero un poco pálida y enfermiza.
Parece que procede del castillo —esto último lo pronunció
en un tono casi interrogativo.
El alcalde miró la hora, puso algo de medicina en una
cuchara y la tragó con premura.
—Del castillo usted sólo conoce la zona administrativa,
¿verdad? —preguntó K con rudeza.

92
El Castillo

—Sí —dijo el alcalde con una sonrisa irónica y, sin


embargo, agradecida—, es la más importante. Y en lo que
concierne a Brunswick: si pudiéramos excluirlo de la
comunidad, casi todos seríamos felices y Lasemann no
menos que los demás. Pero en aquella época Lasemann
ganó algo de influencia; desde luego no es un orador, pero
sí un gritón y eso les basta a algunos. Y así ocurrió que me
vi obligado a presentar el caso ante el consejo municipal,
por lo demás el único éxito de Brunswick, pues,
naturalmente, el consejo municipal, en su gran mayoría, no
quería saber nada de un agrimensor. También esto ocurrió
hace mucho tiempo, pero el asunto nunca ha llegado a
tranquilizarse del todo, en parte por la escrupulosidad de
Sordini, quien intentó averiguar los motivos tanto de la
mayoría como de la oposición mediante las comprobaciones
más cuidadosas, en parte por la necedad y el celo de Brun-
swick, que mantiene diversas relaciones personales con la
administración y que ponía en movimiento con nuevas
invenciones de su fantasía. Sordini, sin embargo, no se dejó
embaucar —¿cómo podría embaucar Brunswick a Sordini?
—, pero, incluso para no dejarse embaucar, era necesario
iniciar nuevas averiguaciones y antes de que se hubiesen
concluido, a Brunswick ya se le había ocurrido algo nuevo,
pues es muy dinámico, eso forma parte de su necedad. Y
ahora llego a una característica especial de nuestro aparato
administrativo. Debido a su precisión también es
extremadamente sensible. Cuando se ha ponderado un
asunto durante mucho tiempo, puede ocurrir, sin que las
consideraciones se hayan terminado, que surja
repentinamente, como un rayo, una decisión del caso en un
lugar impredecible e ilocalizable, una decisión que termina
con él de manera arbitraria aunque, la mayoría de las veces,
de forma correcta. Es como si el aparato administrativo no
hubiese podido soportar más la tensión causada por la
irritación de tantos años debido a la misma insignificante

93
Librodot El castillo Franz Kafka

cuestión, y hubiese tomado por sí misma la decisión, sin la


colaboración de los funcionarios. Naturalmente, no se ha
producido ningún milagro y con toda certeza ha sido algún
funcionario quien ha escrito la conclusión o tomado una
decisión ágrafa, pero en todo caso, al menos por nuestra
parte o por la de la administración, no se puede afirmar qué
funcionario ha decidido en esa ocasión y por qué motivos.
Son los órganos de control los que pueden constatarlo
mucho después, aunque nosotros ya no lo sabremos nunca,
además tampoco se interesaría nadie más por eso. Como
he dicho, sin embargo, esas decisiones son la mayoría de
las veces excelentes, sólo molesta de ellas que, como
acostumbra a ocurrir, de esas decisiones sólo se sabe
mucho después y, por lo tanto, mientras, se sigue
discutiendo apasionadamente sobre el asunto ya decidido
hace tiempo. No sé si en su caso se produjo una decisión
semejante —hay circunstancias que hablan a favor y otras
en contra—, pero si hubiera ocurrido, entonces le habrían
enviado a usted el contrato y habría realizado el largo viaje
hasta aquí; mientras, habría transcurrido mucho tiempo y
Sordini habría seguido trabajando en el mismo asunto hasta
la extenuación, Brunswick habría seguido intrigando y yo
habría sido atormentado por los dos. Me limito a indicar esa
posibilidad, con certeza sólo sé lo siguiente: un organismo
de control descubrió entretanto que del departamento A
salió hace muchos años una interpelación a la comunidad
referente a un agrimensor sin que hasta ese momento
hubiese llegado una respuesta. Me volvieron a preguntar y
se volvió a aclarar toda la cuestión, el departamento A se
quedó satisfecho con la respuesta de que no se necesitaba
ningún agrimensor, y Sordini tuvo que reconocer que ese
caso no había entrado en su ámbito de competencias y que,
ciertamente sin culpa, había realizado un trabajo inútil y
agotador. Si no se hubiera vuelto a acumular tanto trabajo
de todas partes, como siempre, y si su caso no hubiese sido

94
El Castillo

uno muy pequeño —casi se puede decir el más pequeño


entre los pequeños—, todos habríamos podido respirar, creo
que incluso Sordini, sólo Brunswick se mostró rencoroso,
pero era algo ridículo. Y ahora imagínese, señor agrimensor,
mi decepción, cuando, después de la conclusión feliz de
todo el asunto —y también ha pasado mucho tiempo de eso
—, usted aparece repentinamente y parece como si todo el
caso tuviese que comenzar de nuevo. Comprenderá muy
bien que estoy firmemente decidido, en lo que a mí
concierne, a no permitirlo.
—Claro —dijo K—, pero aún comprendo mejor que aquí se
ha cometido un terrible abuso conmigo y quizá, incluso, con
las leyes. Sabré defenderme, por mi parte, contra todo esto.
—¿Qué pretende hacer? —preguntó el alcalde.
—Eso no se lo puedo decir—dijo K.
—No quiero meterme donde no me llaman —dijo el alcalde
—, pero quiero recordarle que usted, en mí, tiene, no quiero
decir un amigo, pues somos completamente extraños, pero
sí, en cierto modo, un compañero de negocios. Lo único que
no concedo es que se le haya contratado como agrimensor,
pero por lo demás siempre se puede dirigir a mí con
confianza, aunque, ciertamente, dentro de los límites de mi
poder, que no es muy grande.
—Usted repite una y otra vez —dijo K— que debo ser
contratado como agrimensor, pero ya he sido contratado,
aquí tiene la carta de Klamm.
—La carta de Klamm —dijo el alcalde— es valiosa y
honrosa con la firma de Klamm, que parece verdadera,
pero..., no, aquí no me atrevo a decir nada. ¡Mizzi! —
exclamó entonces—. ¿Qué estáis haciendo?
Era evidente que ni los ayudantes, a quienes habían
dejado de observar hacía tiempo, ni Mizzi, habían

95
Librodot El castillo Franz Kafka

encontrado el expediente, pero luego lo habían querido


guardar todo en el armario y no les había sido posible
debido al gran desorden causado. Entonces a los ayudantes
se les había ocurrido algo y era lo que estaban ejecutando.
Habían volcado el armario en el suelo, lo habían llenado de
expedientes, se habían sentado luego con Mizzi sobre la
puerta del armario e intentaban ahora presionarla para que
se cerrase.
—Así que no han encontrado el expediente —dijo el
alcalde—, es una lástima, pero ya conoce la historia, en
realidad ya no necesitamos el expediente, aunque
tendremos que encontrarlo, probablemente se halle en casa
del maestro, en la que aún se encuentran muchos
expedientes. Pero ven con la vela, Mizzi, y léeme esta carta.
Mizzi se acercó y pareció aún más gris e insignificante que
cuando estaba sentada al borde de la cama y se apretaba
contra el voluminoso hombre que la tenía rodeada con el
brazo. Su pequeño rostro llamó la atención ahora a la luz de
la vela, con sus arrugas severas sólo suavizadas por el
decaimiento causado por la edad. No hizo nada más que
mirar la carta y dobló las manos.
—De Klamm —dijo.
Luego leyeron conjuntamente la carta, murmuraron un
poco entre ellos y, finalmente, mientras los ayudantes
gritaban hurras por haber logrado cerrar el armario y Mizzi
los miraba agradecida, el alcalde dijo:
—Mizzi comparte mi opinión y ahora lo puedo decir. Esta
carta no es ningún escrito oficial, se trata de una carta
privada. Eso se puede reconocer claramente en el
encabezamiento «Muy Sr. Mío». Además, en ella no se dice
una palabra de que usted haya sido contratado como
agrimensor, en realidad sólo se habla en general de
servicios señoriales y ni siquiera eso se ha expresado de

96
El Castillo

modo vinculante, sino que se dice que usted ha sido


contratado «como usted sabe», esto es, la carga de la
prueba de que ha sido contratado recae sobre usted. Al
final, por lo demás, se le remite en asuntos oficiales
exclusivamente a mí, como su superior más próximo, quien
le comunicará los detalles, como en gran parte ha ocurrido
ya. Para alguien que sepa leer los escritos oficiales y que,
en consecuencia, lee mejor las cartas no oficiales, todo esto
queda muy claro. Que usted, un forastero, no lo pueda
percibir, no me extraña. En general, la carta significa otra
cosa: que Klamm se propone ocuparse personalmente de
usted para el caso en que se le contrate para servicios
señoriales.9
—Señor alcalde —dijo K—, interpreta tan bien la carta que
al final no queda otra cosa más que un papel en blanco con
una firma. ¿Acaso no nota que así denigra el nombre de
Klamm al que pretende respetar?
—Eso es un malentendido —dijo el alcalde—, no
desconozco la importancia de la carta, ni tampoco la denigro
con mi interpretación, todo lo contrario. Una carta privada de
Klamm tiene, naturalmente, mucha más importancia que un
escrito oficial, pero precisamente no tiene la importancia que
usted le otorga.
—¿Conoce a Schwarzer? —preguntó K.
—No —dijo el alcalde—. ¿Lo conoces tú, Mizzi? Tampoco.
No, no le conocemos.
—Eso es extraño —dijo K—, es el hijo de un subalcaide.
9
Variante:
«Al principio no comprendió —esto, sin embargo, lo hemos sabido después—
por qué no había partido de nosotros la iniciativa, por decirlo así, de no llamar a
un agrimensor. No habíamos mencionado la primera carta del departamento X
porque tuvimos que suponer que todo el asunto se había trasladado de un
departamento a otro en virtud de algún reglamento».

97
Librodot El castillo Franz Kafka

—Querido señor agrimensor —dijo el alcalde—, ¿cómo


podría conocer a todos los hijos de los subalcaides?
—Bien —dijo K—, entonces tendrá que creerme que lo es.
Con ese Schwarzer tuve el día de mi llegada una disputa
enojosa. Él mismo se puso en contacto telefónico con un
subalcaide apellidado Fritz y recibió la información de que
yo había sido contratado como agrimensor. ¿Cómo se
explica eso, señor alcalde?
—Muy fácil —dijo el alcalde—, en realidad aún no ha
entrado en contacto con nuestra administración. Todos sus
contactos hasta ahora han sido aparentes. Usted, sin
embargo, como consecuencia de su ignorancia de las
circunstancias, los tuvo por reales. Y en lo que respecta al
teléfono, mire, en mi casa, y yo verdaderamente tengo
suficientes contactos con la administración, no hay ningún
teléfono. En posadas, etc., es posible que pueda prestar
buenos servicios, como un tocadiscos, pero nada más. Ha
telefoneado aquí alguna vez, ¿verdad? Entonces es posible
que me comprenda. En el castillo el teléfono funciona
perfectamente, me han contado que allí se telefonea
ininterrumpidamente, lo que, es natural, acelera mucho el
trabajo. Ese ininterrumpido telefonear es oído en nuestros
teléfonos como un rumor o un canto, seguro que usted
también lo ha oído. Sin embargo, ese rumor y esos cantos
son lo único correcto y digno de confianza que nos
transmiten los teléfonos del pueblo, todo lo demás es
engañoso. No hay ninguna conexión telefónica específica
con el castillo, ninguna centralita que comunique nuestra
llamada; si se llama desde aquí al castillo, allí suena en
todos los aparatos de los departamentos más inferiores o,
mejor, sonaría en todos, como sé con certeza, si los
teléfonos no estuvieran desconectados en casi todos ellos.
De vez en cuando, sin embargo, hay algún funcionario que
siente la necesidad de distraerse un poco —especialmente

98
El Castillo

por la tarde o por la noche—, entonces conecta los teléfonos


y nosotros recibimos alguna respuesta, aunque una
respuesta que no es más que una broma. Por lo demás, es
muy comprensible. ¿Quién puede creerse legitimado para
alborotar a causa de sus pequeños problemas personales
en medio de los trabajos más importantes de los que se
ocupan a una velocidad vertiginosa? Tampoco comprendo
cómo un forastero puede creer que si él, por ejemplo, llama
por teléfono a Sordini, el que contesta es Sordini. Más bien
se tratará probablemente de un insignificante secretario de
otro departamento. Por el contrario, en alguna hora especial,
puede ocurrir que, si se llama al insignificante secretario,
sea Sordini quien responda. Entonces, ciertamente, será
mucho mejor salir corriendo y dejar el teléfono antes de oír
la primera sílaba.
—No lo había considerado así —dijo K—, no podía
conocer esas particularidades, tampoco tenía mucha
confianza en esas conversaciones telefónicas y siempre fui
consciente de que sólo tiene una importancia real lo que se
conoce o se alcanza en el mismo castillo.
—No —dijo el alcalde, acentuando la negación—, esas
respuestas telefónicas poseen una importancia real, ¿cómo
podría ser de otro modo? ¿Cómo es posible que una
información dada por un funcionario del castillo carezca de
importancia? Ya se lo dije con ocasión de la carta de
Klamm. Todas esas manifestaciones carecen de
importancia oficial; si les atribuye una importancia oficial, se
equivoca; sin embargo, su importancia privada, en un
sentido amistoso u hostil, es muy grande, la mayoría de las
veces más grande de lo que podría llegar a ser nunca una
importancia oficial10.
—Bien —dijo K—, aceptando que todo sea como usted lo
ha expuesto, entonces yo tendría una buena cantidad de
amigos en el castillo; bien considerado, ya antaño, hace

99
Librodot El castillo Franz Kafka

muchos años, la ocurrencia de aquel departamento de hacer


venir a un agrimensor fue un acto de amistad respecto a mi
persona, y en el periodo que siguió se fueron encadenando
esos actos hasta que, con un mal final, me atrajeron hasta
aquí y ahora me amenazan con expulsarme.
—Hay algo de verdad en su forma de ver las cosas —dijo
el alcalde—, tiene razón en que no se pueden tomar
literalmente las declaraciones del castillo. Pero siempre es
necesaria la precaución, y no sólo aquí, será más necesaria
cuanto más importante sea la declaración de que se trata.
En lo que se refiere a lo que ha dicho de haber sido atraído,
me resulta incomprensible. Si hubiera seguido mejor mis
informaciones, debería saber que la cuestión de su
contratación aquí es demasiado difícil como para poder
responderla a lo largo de una pequeña conversación.
—Así que como resultado —dijo K— sólo queda que todo
es muy confuso e insoluble, salvo mi expulsión.
—¿Quién osaría expulsarle, señor agrimensor? —dijo el
alcalde—. La misma opacidad de las cuestiones que le
incumben le garantizan el tratamiento más cortés, sólo que,
según parece, usted es muy sensible. Nadie le retiene aquí,
pero eso aún no es una expulsión.
—Oh, señor alcalde —dijo K—, ahora es usted otra vez el
que ve algo con demasiada claridad. Le enumeraré algunas
cosas que me retienen aquí: los sacrificios que hice para
salir de mi casa; el largo y penoso viaje; las esperanzas
fundadas que me hice a causa de la contratación; mi
completa falta de capital; la imposibilidad de encontrar un
trabajo en casa y, finalmente, y no la menor, mi novia, que
es de aquí.
—¡Ah, Frieda! —dijo el alcalde sin sorpresa alguna—. Ya
sé. Pero Frieda le seguiría a cualquier parte. En lo que res-
pecta al resto, aquí son necesarias algunas consideraciones

100
El Castillo

e informaré sobre ello en el castillo. Si se emitiese una


decisión o fuese necesario otro interrogatorio, iré a
recogerle. ¿Está de acuerdo?
—No, en absoluto —dijo K—, no quiero ningún regalo
compasivo del castillo, sino mi derecho.
—Mizzi —dijo el alcalde a su esposa, que aún permanecía
sentada en la cama y apretada contra él y que jugueteaba
soñadora con la carta, de la que había hecho un barquito. K
se la quitó asustado—. Mizzi, la pierna comienza de nuevo a
dolerme mucho, tendremos que renovar la compresa.
K se irguió.
—Entonces ha llegado el momento de despedirme —dijo.
—Sí —dijo Mizzi, quien había comenzado a aplicar una
pomada—, la corriente de aire es muy fuerte.
K se volvió, los ayudantes, en su celo servicial e
improcedente, habían abierto las puertas de par en par en
cuanto K había hecho la indicación de retirarse. K sólo pudo
inclinarse ligeramente ante el alcalde para preservar la
habitación del enfermo del intenso frío que penetraba.
Luego salió de la habitación, llevándose detrás a los
ayudantes, y cerró rápidamente la puerta.

101
Librodot El castillo Franz Kafka

SEGUNDA CONVERSACIÓN CON LA POSADERA

El posadero le esperaba ante la posada. Sin ser


preguntado no habría osado hablar, por eso fue K quien le
preguntó qué quería.
—¿Tienes ya una nueva vivienda? —preguntó el posadero,
mirando al suelo.
—¿Preguntas por encargo de tu esposa? —dijo K—.
Dependes mucho de ella, ¿no?
—No —dijo el posadero—, no pregunto por encargo de
ella. Pero está muy excitada y se siente muy desgraciada
por tu culpa, no puede trabajar, tampoco sale de la cama y
no cesa de suspirar y de quejarse.
—¿Crees que debo visitarla? —preguntó K.
—Te lo pido —dijo el posadero—, quería recogerte en casa
del alcalde, oí allí a través de la puerta, pero estabais en
plena conversación, no quería molestar, además me
preocupaba mi esposa, así que regresé corriendo, pero ella
no me dejó entrar en la habitación, por lo que no me quedó
otro remedio que esperarte.
—Entonces vamos deprisa—dijo K—, la tranquilizaré
pronto.
—Ojalá sea posible —dijo el posadero.
Atravesaron la luminosa cocina, donde trabajaban tres o
cuatro criadas, separadas las unas de las otras, en
ocupaciones casuales, y que se quedaron estáticas al ver a
K. Ya en la cocina se podían oír los suspiros de la posadera.

102
El Castillo

Se encontraba en una pequeña dependencia sin ventanas,


separada de la cocina sólo por un tabique de madera. Había
únicamente espacio para una gran cama de matrimonio y un
armario. La cama estaba situada de tal modo que desde ella
se podía ver toda la cocina y se podía vigilar todo el trabajo
que se realizaba en ella. Por el contrario, desde la cocina
apenas se podía ver algo de esa dependencia: en su interior
reinaba una gran oscuridad, sólo el cobertor rojo brillaba un
poco. Cuando ya se había entrado y la vista se había
acostumbrado a la oscuridad, se podían distinguir algunos
detalles.
—Por fin viene usted —dijo la posadera con voz débil.
Yacía sobre la espalda con los miembros extendidos, era
evidente que la respiración le causaba molestias, pues
había arrojado el edredón. En la cama presentaba un
aspecto más juvenil que vestida, pero el gorro de dormir de
fino encaje que llevaba, a pesar de que era muy pequeño y
no se ajustaba debido a su peinado, despertaba la
compasión al destacar el decaimiento de su rostro.
—¿Cómo iba a venir? —dijo K con suavidad—.
No me ha llamado. —No tendría que haberme dejado
esperar tanto —dijo la posadera con la obstinación del
enfermo—. Siéntese —dijo, y señaló el borde de la cama—.
Los demás podéis iros.
Junto a los ayudantes también habían entrado las criadas.
—¿También yo debo irme, Gardena? dijo el posadero.
K era la primera vez que oía el nombre de la esposa.
—Naturalmente —dijo ella con lentitud, y como si estuviese
entre tenida con otros pensamientos, añadió—: ¿Por qué
ibas a quedarte precisamente tú?
Pero cuando todos se habían retirado a la cocina, incluidos
los ayudantes, que esta vez obedecieron en seguida, quizá

103
Librodot El castillo Franz Kafka

porque les interesaba una de las criadas, Gardena demostró


estar lo suficientemente atenta como para comprobar que
desde la cocina se podía oír todo lo que allí se hablara, pues
esa estancia carecía de puerta, así que ordenó que todos
desalojasen la cocina. Esto ocurrió en seguida.
—Por favor, señor agrimensor—dijo entonces Gardena—,
en la parte delantera del armario cuelga un chal,
alcáncemelo. Quiero taparme con él, no soporto el edredón,
tengo dificultades para respirar.
Y cuando K le hubo entregado el chal, ella dijo:
—Ve usted, éste es un bonito chal, ¿verdad?
A K le pareció un chal de lana común y corriente, lo palpó
una vez más por cortesía, pero no dijo nada.
—Sí, es un bonito chal —dijo Gardena, y se tapó con él.
Ahora yacía pacíficamente, todas las penas parecían
haberla abandonado, incluso recordó su cabello alborotado
por su posición en la cama, así que se sentó un rato y
arregló su peinado alrededor del gorro de dormir. Tenía un
cabello abundante.
K se tornó impaciente y dijo:
—Encargó que me preguntasen, señora posadera, si ya
había encontrado otro alojamiento.
—¿Encargué que le preguntasen? —dijo la posadera—.
No, eso es un error.
—Su esposo me acaba de hacer esa pregunta.
—No me sorprende —dijo la posadera—, estoy reñida con
él. Cuando yo no quería tenerle aquí, dejó que se quedara,
ahora que estoy feliz de que viva aquí, continúa su juego.
Siempre hace cosas parecidas.
—Entonces —dijo K—, ¿ha cambiado tanto su opinión
sobre mí? ¿En tan sólo una o dos horas?

104
El Castillo

—No he cambiado mi opinión —dijo débilmente la


posadera—. Deme su mano, así. Y ahora prométame que
será completamente sincero, yo también quiero serlo con
usted.
—Bien —dijo K—, pero ¿quién va a comenzar?
—Yo —dijo la posadera; no daba la sensación de que con
eso hubiese querido hacer una concesión a K, sino que
parecía ansiosa por ser la primera en hablar.
Sacó una fotografía de debajo del colchón y se la dio a K.
—Fíjese en esa foto —le pidió.
Para verla mejor, K se adentró un poco en la cocina pero ni
siquiera allí era fácil reconocer algo en la fotografía, pues,
debido a su antigüedad, los tonos habían palidecido y
presentaba numerosas arrugas y manchas.
—No está en muy buenas condiciones —dijo K.
—Por desgracia, no —dijo la posadera—, cuando se llevan
siempre encima durante años, les ocurre eso. Pero si se fija
bien, lo podrá reconocer todo, seguro. Por lo demás, yo
misma puedo ayudarle, dígame lo que ve, me alegra mucho
oír algo de la fotografía. ¿Qué ve?
—A un hombre joven —dijo K.
—Correcto —dijo la posadera—. Y ¿qué hace?
—Parece descansar sobre una tabla, se estira y bosteza.
La posadera se rió.
—No, eso es completamente falso —dijo ella.
—Pero si aquí se ve la tabla y a él encima—insistió K.
—Fíjese mejor—dijo la posadera enojada—, ¿se le ve
realmente tendido?

105
Librodot El castillo Franz Kafka

—No —dijo entonces K—, no está tendido, flota, y ahora lo


veo, no es ninguna tabla, sino probablemente un cordón y el
joven da un salto.
—Así es —dijo la posadera alegrándose—, salta, así se
ejercitan los mensajeros oficiales, ya sabía que lo
reconocería. ¿Puede ver también su rostro?
—Del rostro veo muy poco —dijo K—, parece esforzarse
mucho, la boca está abierta, los ojos entornados y el pelo
ondea.
—Muy bien —dijo la posadera con un tono elogioso—,
nadie que no le haya visto antes puede apreciar más. Pero
era un joven hermoso, sólo lo vi fugazmente una vez y
nunca le olvidaré.
—¿Quién era? —preguntó K.
—Era el mensajero —dijo la posadera—, a través del cual
Klamm me llamó por primera vez.
—K no pudo oír muy bien, fue distraído por el ruido de un
cristal. Encontró en seguida el origen de la perturbación. Los
ayudantes permanecían en el patio exterior, saltando
alternativamente sobre un pie y sobre el otro en la nieve.
Simularon que se alegraban de ver a K, de la alegría le
señalaron y repiquetearon con los dedos en la ventana de la
cocina. Ante un gesto amenazador de K dejaron
inmediatamente de hacerlo, intentaron apartarse
mutuamente de allí, pero uno desplazaba al otro y al poco
tiempo volvieron a estar los dos en el mismo sitio. K se
apresuró a llegar al dormitorio, donde los ayudantes no
podían verle desde el exterior y él también podía dejar de
verlos. Pero el ruido suave y suplicante en la ventana aún le
persiguió durante un buen rato.
—Otra vez los ayudantes —dijo a la posadera como
disculpa, y señaló hacia afuera. Ella, sin embargo, no le

106
El Castillo

prestó atención, le había quitado la foto, la había visto,


alisado y vuelto a guardar debajo del colchón. Sus
movimientos se habían tornado más lentos, pero no por
cansancio, sino bajo la carga del recuerdo. Había querido
contarle la historia a K, pero ésta le había hecho olvidar a K.
Jugaba con el borde del chal. Sólo transcurrido un rato miró
hacia arriba, se pasó la mano sobre los ojos y dijo:
—También este chal es de Klamm, y el gorro de dormir. La
fotografía, el chal y el gorro: ésos son los tres recuerdos que
me quedan de él. No soy joven como Frieda, ni tan
ambiciosa, ni tampoco tan delicada, ella es muy delicada; en
suma, sé resignarme con la vida que me ha tocado, pero
tengo que reconocer que sin estas tres cosas no habría
soportado tanto tiempo aquí, sí, probablemente no habría
soportado ni un día. Estos tres recuerdos quizá le parezcan
pobres, pero ya ve, Frieda, que ya lleva tratando con Klamm
tanto tiempo, no posee ningún recuerdo, se lo he
preguntado, ella es demasiado entusiasta y también
demasiado difícil de contentar, yo, por el contrario, que sólo
estuve tres veces con Klamm —después no me volvió a
llamar, no sé por qué—, presintiendo la brevedad de mi trato
con él, me traje estos recuerdos. Cierto, hay que ocuparse
personalmente de ello, Klamm, por sí mismo, no da nada,
pero cuando se ve algo adecuado, se puede pedir.
K se sentía incómodo con esas historias, por más que le
afectaran.
—¿Cuánto tiempo ha pasado de todo eso? —preguntó
suspirando.
—Más de veinte años —dijo la posadera—, mucho más de
veinte años.
—Así que tanto tiempo se mantiene fidelidad a Klamm —
dijo K—. ¿Es consciente, señora posadera, de que con esas

107
Librodot El castillo Franz Kafka

confesiones me causa hondas preocupaciones cuando


pienso en mi futuro matrimonio?
La posadera encontró una impertinencia que K se
inmiscuyera en sus asuntos y le miró sesgada e iracunda.
—No se enoje, señora posadera —dijo K—, no digo una
palabra contra Klamm, pero por el poder de los
acontecimientos mantengo ciertas relaciones con Klamm,
eso no lo puede negar ni el más grande admirador de
Klamm. En consecuencia, cuando se le nombra siempre
pienso en mí, es algo que no puedo evitar. Por lo demás,
señora posadera —aquí K tomó su mano vacilante—,
recuerde lo mal que terminó nuestra última conversación y
que ahora queremos separarnos en paz.
—Tiene razón —dijo la posadera, e inclinó la cabeza—,
pero respéteme. No soy más sensible que otros, todo lo
contrario, todos tienen zonas sensibles, yo sólo tengo ésta.
—Por desgracia, también es la mía —dijo K—, pero podré
dominarme. Ahora acláreme, señora posadera, cómo puedo
soportar en el matrimonio esa horrible fidelidad a Klamm,
presuponiendo que Frieda también la comparta.
—¿Horrible fidelidad? —repitió la posadera enojada—. ¿Se
trata de fidelidad? Yo soy fiel a mi esposo, ¿pero a Klamm?
Klamm me hizo una vez su amante, ¿puedo perder alguna
vez ese rango? ¿Y que cómo lo puede soportar con Frieda?
Ay, señor agrimensor, ¿quién es usted para atreverse a
realizar semejante pregunta?
—¡Señora posadera! —dijo K con tono admonitorio.
—Ya sé —dijo la posadera aplacándose—, pero mi esposo
no ha planteado esas preguntas. No sé a quién se puede
llamar más desgraciada, si a mí en aquel tiempo o a Frieda
ahora. Frieda, que abandona a Klamm por petulancia o yo, a
quien no volvió a llamar. Quizá sea Frieda, aunque no

108
El Castillo

parezca saberlo aún en toda su trascendencia. Pero en


aquellos tiempos mi desgracia dominaba exclusivamente
mis pensamientos, pues una y otra vez tenía que
preguntarme y hoy tampoco dejo de preguntarme: ¿por qué
ocurrió? ¡Tres veces te llamó Klamm, pero no hubo nunca
una cuarta vez! ¿Qué es lo que me ocupaba más entonces?
¿De qué otra cosa iba a hablar con mi esposo, con el que
me casé poco después? Durante el día no teníamos tiempo,
habíamos adquirido esta posada en un estado lamentable y
teníamos que intentar levantarla. ¿Y en la noche? Durante
muchos años nuestros pensamientos nocturnos giraban en
torno a Klamm y a los motivos de su cambio de opinión. Y
cuando mi esposo se quedaba dormido en esas
conversaciones, le despertaba y seguíamos hablando.
—Ahora, si me lo permite —dijo K—, le plantearé una
pregunta algo brusca.
La posadera permaneció en silencio.
—Así que no puedo preguntar —dijo K—, también eso me
basta.
—Cierto —dijo la posadera—, también eso le basta,
especialmente eso. Usted lo interpreta todo mal, también el
silencio. Pero no puede hacer otra cosa. Le permito que
pregunte.
—Si todo lo interpreto mal —dijo K—, quizá también
interprete mal mi pregunta, quizá no sea tan brusca. Sólo
quería saber cómo conoció a su esposo y cómo llegó esta
posada a su posesión.
La posadera arrugó la frente, pero dijo con indiferencia:
—Esa es una historia muy simple. Mi padre era herrero y
Hans, mi actual esposo, que era mozo de caballerías de un
terrateniente, venía con frecuencia a ver a mi padre. Fue
después de mi último encuentro con Klamm, yo era muy

109
Librodot El castillo Franz Kafka

desgraciada y en realidad no debería haberlo sido, pues


todo se había producido con corrección y que no pudiese
volver a ver a Klamm, era la decisión de Klamm, es decir,
era correcta, sólo los motivos seguían siendo oscuros;
podría haberlos investigado, pero no debería haber sido
desgraciada; sin embargo lo era y no podía trabajar, pasaba
el día sentada en nuestro jardín. Allí me vio Hans, se sentó
a mi lado, no me quejé, pero él sabía de qué se trataba, y
como es un buen chico se puso a llorar conmigo. Y cuando
el posadero de entonces, a quien se le había muerto la
esposa, renunciando al negocio, pues ya era un hombre
viejo, pasó un día por delante de nuestro jardín y nos vio allí
sentados, se detuvo y nos ofreció sin dudarlo el
arrendamiento de la posada. Como nos tenía confianza, no
quiso recibir ningún anticipo y fijó un arrendamiento muy
barato. No quería representar una carga para mi padre, todo
lo demás me resultaba indiferente y así, pensando en la
posada y en el trabajo que quizá podría procurarme algo de
olvido, le di mi mano a Hans. Ésa es la historia.
Durante un momento reinó el silencio, luego dijo K:
—La manera de actuar del posadero fue espléndida pero
imprudente, ¿o tenía algún motivo para tener confianza en
los dos?
—Conocía muy bien a Hans —dijo la posadera—, era su
tío.
—Entonces resulta evidente —dijo K— que la familia de
Hans tenía interés en establecer vínculos con usted.
—Tal vez —dijo la posadera—, no lo sé, no me preocupó.
—Pero tuvo que ser así —dijo K—, cuando la familia
estuvo dispuesta a realizar semejante sacrificio y poner en
sus manos la posada sin garantía alguna.

110
El Castillo

—No supuso ninguna imprudencia como luego se mostró


—dijo la posadera—. Me puse manos a la obra, como era
fuerte, la hija del herrero, no necesitaba criada ni mozo,
estaba en todas partes, en la sala, en la cocina, en el
establo, en el patio, cocinaba tan bien que incluso le quité
clientes a la posada de los señores. Aún no ha estado al
mediodía en el comedor, no conoce a nuestros huéspedes
de esas horas, antaño aún eran más, desde entonces he
perdido a muchos. Y el resultado fue que no sólo pudimos
pagar sin problemas el arrendamiento, sino que
transcurridos algunos años pudimos comprar la posada y
hoy casi no tenemos deudas. El siguiente resultado, sin
embargo, fue que me destrocé, me puse enferma del
corazón y ahora soy una mujer mayor. Quizá crea que soy
mucho mayor que Hans, pero en realidad sólo es dos o tres
años más joven y, además, no envejecerá nunca, pues con
su trabajo —fumar en pipa, escuchar a los huéspedes,
vaciar la pipa y de vez en cuando coger una cerveza—, con
ese trabajo no se envejece.
—Su capacidad de trabajo resulta digna de admiración —
dijo K—, de ello no cabe la menor duda, pero hablábamos
de los tiempos anteriores a su matrimonio y entonces debió
de ser extraño que la familia de Hans, sacrificando su dinero
o, al menos, con la asunción de un riesgo tan grande como
la entrega de la posada, hubiesen fomentado la boda y sin
otra esperanza que la basada en su capacidad de trabajo,
desconocida para ellos, y en la de Hans, cuya debilidad ya
tendría que haber salido a la luz.
—Bueno, sí —dijo la posadera cansada—, ya sé adónde
quiere ir a parar y el error en que se encuentra. De Klamm
no había ninguna huella en todo eso. ¿Por qué habría tenido
que cuidarse de mí o, mejor, cómo habría podido cuidarse
de mí? Él ya no sabía nada de mí. Que no me hubiese
vuelto a llamar era un signo de que me había olvidado.

111
Librodot El castillo Franz Kafka

Cuando ya no llama, olvida por completo. No quería hablar


de esto delante de Frieda. Tampoco es olvido, es más que
eso, pues a quien se ha olvidado, se le puede volver a
conocer. En el caso de Klamm eso no es posible. Cuando
no manda llamar a alguien, no sólo le ha olvidado en lo que
respecta al pasado, sino también en lo que respecta al
futuro. Cuando me esfuerzo mucho, puedo ponerme en su
lugar y leer sus pensamientos, unos pensamientos que aquí
carecen de sentido y que quizá en el lugar de donde viene
posean alguna validez. Posiblemente llegue a la osadía de
pensar la extravagancia de que Klamm me había procurado
a un Hans como esposo para que yo no tuviera ningún
impedimento para verle cuando me llamase en el futuro.
Bien, más allá no puede ir una extravagancia. ¿Dónde está
el hombre que podría impedirme ir a ver a Klamm, cuando él
me hiciese una señal? Absurdo, completamente absurdo,
una misma se confunde cuando juega con esos absurdos.
—No —dijo K—, no queremos confundirnos, no había
llegado tan lejos con mis pensamientos como usted supone,
aunque, para decir la verdad, me encontraba en ese
camino. Al principio me asombró que los parientes
esperasen tanto de la boda y que esas esperanzas,
efectivamente, se hiciesen realidad, si bien es cierto con el
empeño de su corazón, de su salud. El pensamiento en una
conexión entre esos hechos y Klamm se abrió paso en mi
mente, pero no del modo tan grosero en que usted lo ha
representado, sólo con la finalidad de volver a increparme,
porque eso le causa placer. ¡Pues que lo disfrute! Mi
pensamiento, sin embargo, era otro: al principio es Klamm la
causa del matrimonio. Sin Klamm no habría sido usted
infeliz, no habría permanecido pasiva en su jardín; sin
Klamm no la hubiese visto Hans; sin su tristeza, el tímido de
Hans jamás se habría atrevido a dirigirle la palabra; sin
Klamm no habrían llorado juntos; sin Klamm, el buen tío

112
El Castillo

posadero jamás les hubiera visto allí, pacíficamente


sentados; sin Klamm usted no se habría mostrado
indiferente frente a la vida, esto es, no se habría casado con
Hans. Bueno, en todo esto ya hay suficiente Klamm,
podríamos pensar, pero aún sigue. Si no hubiese buscado el
olvido, no habría trabajado contra usted misma con tanta
desconsideración, y tampoco habría mejorado tanto la
posada. Así que también aquí aparece Klamm. Pero Klamm,
aparte de eso, también fue la causa de su enfermedad, pues
su corazón ya estaba agotado antes de su matrimonio por la
desgraciada pasión que la consumió. Sólo queda la
pregunta de qué fue lo que tanto tentó a los parientes de
Hans para querer la boda. Usted misma mencionó una vez
que ser la amante de Klamm significa una elevación en el
rango que ya no se puede perder, así pues, bien pudo ser
eso lo que les atrajo. Pero además creo que también fue la
esperanza de que la buena estrella que la había conducido
hasta Klamm —presuponiendo que se tratase de una buena
estrella, pero usted así lo afirma— le seguiría
perteneciendo, esto es, que permanecería con usted y no la
abandonaría de forma tan repentina, como Klamm había
hecho.
—¿Cree todo eso en serio? —preguntó la posadera.
—En serio —contestó rápidamente K— sólo creo que las
esperanzas de los parientes de Hans no eran ni fundadas ni
infundadas y también creo descubrir el error que usted ha
cometido. Aparentemente todo parece haber acabado con
éxito. Hans está bien situado, tiene una esposa espléndida,
es respetado, la posada está libre de deudas. Pero en
realidad no todo ha concluido con éxito, él habría sido
mucho más feliz con una simple muchacha, de la que él
hubiese sido su primer amor; si él, como le reprochan, a
veces se queda en la taberna como perdido, es porque
realmente se siente perdido —sin por ello ser desgraciado,

113
Librodot El castillo Franz Kafka

desde luego, ya le conozco bastante para decirlo—, pero


también es seguro que ese joven guapo y comprensivo
habría sido más feliz con otra mujer, con lo que también
digo, más independiente, más trabajador y masculino. Y
usted, con toda certeza, no es feliz y, como dijo, sin los tres
recuerdos no habría podido seguir viviendo y también está
enferma del corazón. Así que, ¿fueron infundadas las
esperanzas de sus parientes? No lo creo. La bendición
recaía sobre usted, pero no supieron emplearla.
—¿Qué se ha omitido? —preguntó la posadera. Yacía
boca arriba con los miembros extendidos mirando al techo.
—Preguntarle a Klamm—dijo K.
—Entonces volveríamos a ocuparnos de su caso.
—O del suyo —dijo K—, nuestros asuntos parecen
tocarse11
—¿Qué quiere usted de Klamm? —preguntó la posadera.
Se había sentado erguida y sacudido la almohada para
poder apoyarse y miraba directamente a los ojos de K—. Le
11
Variante:
«En cierto sentido, le han preguntado —dijo la posadera—. El certificado de
matrimonio lleva, aunque casualmente, su firma, pues entonces representaba al
jefe de otro departamento, por eso consta en él: «en representación, Klamm».
Recuerdo cómo vine corriendo a casa desde el Registro Civil, ni siquiera me
quité el traje de novia, me senté a la mesa, extendí el certificado, leí una y otra
vez ese caro nombre e intenté imitar con el celo infantil de mis diecisiete años su
firma, con un gran esfuerzo rellené folios y folios y ni siquiera me di cuenta de
que Hans estaba detrás de mí, mirando mi trabajo, y sin osar molestarme. Por
desgracia había que devolver el certificado al ayuntamiento una vez que llevase
las firmas de rigor.
—Bueno —dijo K—, no me había referido a esa demanda, nada oficial, no hay
que hablar con el funcionario Klamm, sino con la persona privada. Aquí no
hablamos en términos oficiales. Si usted, por ejemplo, hubiese visto el suelo del
registro municipal —es posible que su certificado estuviese allí tirado, a no ser
que lo conserven en el granero con las ratas—, creo que me habría dado la
razón».

114
El Castillo

he contado sinceramente mi caso, del que podría aprender


algo. Dígame ahora usted con toda sinceridad lo que le
quiere preguntar a Klamm. Sólo con esfuerzo he convencido
a Frieda de que se vaya a su habitación y permanezca allí,
temía que en su presencia no hablaría con la suficiente
sinceridad.
—No tengo nada que ocultar —dijo K—. Para comenzar,
sin embargo, tengo que llamarle la atención sobre algo.
Klamm olvida en seguida, dijo. Eso, en primer lugar, me
parece muy improbable y, en segundo lugar, no se puede
demostrar; es evidente que sólo se trata de una leyenda,
inventada por la fantasía de las jovencitas que en ese
momento gozaban del favor de Klamm. Me asombra que
crea una invención tan trivial.
—No es ninguna leyenda —dijo la posadera—, es más el
producto de la experiencia.
—Entonces también se puede refutar con una nueva
experiencia —dijo K—. Y también hay una diferencia entre
su caso y el de Frieda. Aún no se ha producido el hecho de
que Klamm no llame a Frieda, más bien sí que la ha
llamado, pero ella no ha obedecido la llamada. Es incluso
posible que aún la esté esperando.
La posadera calló y paseó por K una mirada escrutadora.
Luego dijo:
—Escucharé tranquilamente todo lo que tenga que decir.
Hable con toda sinceridad y no tenga miramientos conmigo.
Sólo le pido una cosa, no emplee el nombre de Klamm.
Llámele «él» o de cualquier otra forma, pero no con su
nombre12.
—Encantado —dijo K—, pero lo que quiero de él es difícil
de decir. En principio quiero verle de cerca, luego quiero oír
su voz y, a continuación, quiero saber qué opina de nuestra
boda; el resto depende del curso de la conversación.

115
Librodot El castillo Franz Kafka

Pueden surgir muchas cosas mientras hablamos, pero lo


más importante para mí es estar frente a él. Aún no he
hablado directamente con ningún funcionario de verdad.
Parece ser más difícil de lograr de lo que había creído.
Ahora, sin embargo, tengo el deber de hablar con él como
una persona particular, y eso es, según mi opinión, mucho
más fácil de lograr; como funcionario tal vez sólo pudiera
hablar con él en su despacho inaccesible, en el castillo o, lo
que resulta cuestionable, en la posada de los señores; como
persona particular, sin embargo, en cualquier parte de la
casa, en la calle, donde consiga encontrarme con él. El
hecho de que cuando lo logre, también tendré ante mí al
funcionario, lo aceptaré encantado, pero no es mi primer
objetivo13.
—Bien —dijo la posadera, y presionó su rostro contra la
almohada, como si dijera algo vergonzoso—, si logro con
mis conexiones que se transmita su solicitud de una
entrevista con Klamm, prométame que no emprenderá nada
por su cuenta hasta que llegue la respuesta.
—Eso no lo puedo prometer —dijo K—, aunque me
gustaría complacer sus deseos. El asunto corre prisa, sobre
todo después del resultado desfavorable de mi entrevista
con el alcalde.
—Esa objeción es baladí —dijo la posadera—, el alcalde
es una persona insignificante. ¿Acaso no lo ha notado? No
podría permanecer un día en el puesto, si su esposa, que lo
lleva todo, no estuviera allí.
—¿Mizzi? —preguntó K.
La posadera asintió.
—Estuvo presente—dijo K.
—¿Dijo algo? —preguntó la posadera.

116
El Castillo

—No —dijo K—, pero tampoco me dio la impresión de que


pudiera.
—Bueno —dijo la posadera—, todo lo contempla
erróneamente aquí. En todo caso, lo que el alcalde ha
dispuesto sobre usted no tiene ninguna importancia y con la
esposa hablaré en su momento. Y si ahora le prometo que
la respuesta de Klamm llegará como mucho en una semana,
ya no tiene ningún motivo para no transigir con mi petición.
—Todo eso no es decisivo —dijo K—, mi resolución está
tomada e intentaría ejecutarla aunque llegase una respuesta
negativa. Pero si tengo esa intención desde el principio, no
puedo solicitar con anterioridad una entrevista. Lo que sin la
solicitud permanece un intento quizá osado, pero de buena
fe, después de una respuesta negativa se convertiría en una
insubordinación manifiesta. Eso sería mucho peor.
—¿Peor? —dijo la posadera—. En todo caso se tratará de
insubordinación. Y ahora haga lo que quiera. Acérqueme la
falda.
Se puso la falda sin ninguna consideración a K y se
apresuró a entrar en la cocina. Ya desde hacía tiempo se
oían ruidos en el comedor. Habían llamado en la ventana.
Los ayudantes la habían abierto y gritado que tenían
hambre. También habían aparecido otros rostros. Incluso se
oía un canto bajo entonado por varias voces.
La conversación de K con la posadera había retrasado la
comida: aún no estaba preparada y los huéspedes se
habían reunido, si bien ninguno de ellos había osado
infringir la prohibición de la posadera de pisar la cocina.
Ahora, sin embargo, que los observadores anunciaron que
la posadera ya llegaba, las criadas entraron en la cocina, y
cuando K entró en el comedor, los numerosos comensales,
más de veinte, hombres y mujeres, vestidos con
provincialismo pero no como campesinos, se abalanzaron

117
Librodot El castillo Franz Kafka

desde la ventana hacia las mesas para asegurarse su plaza.


Sólo en una pequeña mesa, situada en un rincón,
permanecía ya sentado un matrimonio con algunos niños; el
hombre, un señor amable de ojos azules con cabello gris
desgreñado y barba, estaba inclinado hacia los niños
marcándoles el compás para su canción, que se esforzaba
en mantener en un tono bajo. Quizá quería que se olvidaran
del hambre con la canción. La posadera se disculpó ante los
comensales con unas palabras pronunciadas con
indiferencia, nadie le reprochó nada. Miró buscando al
posadero, que ya había huido hace tiempo ante la dificultad
de la situación. Entonces se fue lentamente hacia la cocina;
para K, que se apresuró a buscar a Frieda en su habitación,
ya no tuvo ni una mirada.

118
El Castillo

EL MAESTRO

K se encontró arriba con el maestro. La habitación, para su


alegría, apenas se podía reconocer, tan diligente había sido
Frieda. Había aireado, había puesto la calefacción, fregado
el suelo, hecho la cama; las cosas de las criadas, esa
odiosa basura, habían desaparecido, incluidas las
fotografías; la mesa, que había atraído las miradas por la
costra de mugre formada en la tabla, había sido cubierta con
un mantel blanco. Ahora ya se podía recibir a huéspedes; la
poca ropa de K que Frieda había lavado con anterioridad y
que colgaba ahora ante la calefacción para secarse,
molestaba poco. El maestro y Frieda estaban sentados a la
mesa, se levantaron cuando entró K, Frieda le saludó con
un beso, el maestro se inclinó un poco. K, distraído y aún
con la intranquilidad provocada por la conversación con la
posadera, comenzó a disculparse por no haber podido
visitar aún al maestro: parecía como si indicase que el
maestro, impaciente por la espera de K, se hubiese decidido
por hacer él mismo la visita. El maestro, sin embargo, con
su actitud moderada, sólo pareció recordar lentamente que
entre K y él se había convenido una suerte de visita.
—Usted es, entonces, señor agrimensor —dijo lentamente
—, el forastero con el que hablé hace tiempo en la plaza de
la iglesia.
—Sí —dijo brevemente K; lo que había tolerado entonces
en su abandono, no lo iba a permitir en su habitación. Se
volvió hacia Frieda y habló con ella sobre una visita
importante que tenía que hacer inmediatamente y en la que

119
Librodot El castillo Franz Kafka

tenía que aparecer lo mejor vestido posible. Frieda, sin


preguntar más a K, llamó en seguida a los ayudantes, qu e
estaban entretenidos en inspeccionar el nuevo mantel,
ordenándoles que limpiaran el traje y los zapatos de K, que
había comenzado a quitarse, y que los limpiaran
concienzudamente en el patio. Ella misma tomó una camisa
del cordel y corrió hacia la cocina para plancharla.
Ahora se encontraba K a solas con el maestro, que
permanecía sentado y en silencio, dejó que esperase aún
un poco más, se quitó la camisa y comenzó a lavarse ante
la jofaina. Ahora, de espaldas al maestro, le preguntó sobre
el motivo de su visita.
—Vengo por encargo del alcalde —dijo él.
K se mostró dispuesto a recibir el mensaje. Pero como las
palabras de K apenas se podían oír por el chapoteo del
agua, el maestro tuvo que acercarse y se apoyó en la pared
junto a K. Éste se disculpó por su ocupación y por su
intranquilidad con la excusa de la urgencia de la visita
proyectada. El maestro no reparó en sus palabras y dijo:
—Fue descortés con el señor alcalde, un hombre mayor,
honorable y con amplia experiencia.
—No sé si fui descortés —dijo K mientras se secaba—,
pero que pensaba en otra cosa que en un comportamiento
cortés, es cierto, pues se trataba de mi existencia que se ve
amenazada por el ignominioso funcionamiento de una
administración cuyas particularidades no tengo que
expresar, pues usted mismo es un miembro activo de sus
organismos. ¿Se ha quejado sobre mí el alcalde?
—¿De quién otro se podría quejar? —dijo el maestro—. Y
si lo hubiera, ¿se quejaría de él alguna vez? Me he limitado
a levantar un acta, según su dictado, sobre su conversación
y, a través de ella, he tenido suficiente noticia sobre la
bondad del señor alcalde y sobre su tipo de respuestas.

120
El Castillo

Mientras K buscaba el peine, que Frieda tenía que haber


guardado en alguna parte, dijo:
—¿Cómo? ¿Un acta? ¿Redactada en mi ausencia por
alguien que ni siquiera estuvo en la entrevista? No está mal.
Y ¿por qué un acta? ¿Acaso fue un acto administrativo?
—No —dijo el maestro—, fue semioficial, también el acta
es sólo semioficial, se hizo porque en nuestros asuntos tiene
que reinar un orden severo. En todo caso ya está redactada
y no resulta muy honrosa para usted.
K, que ya había encontrado el peine sobre la cama, dijo
más tranquilo:
—Pues muy bien, ¿ha venido sólo a anunciármelo?
—No —dijo el maestro—, pero no soy ningún autómata y
tenía que expresarle mi opinión. Mi encargo, sin embargo,
es una prueba más de la bondad del señor alcalde. Hago
hincapié en que para mí esa bondad resulta inexplicable y
que cumplo su encargo sólo como una obligación de mi
puesto y por veneración al señor alcalde.
K, lavado y peinado, estaba ahora sentado a la mesa
esperando la camisa y el traje, sentía poca curiosidad por lo
que el maestro le iba a comunicar, también había influido en
él la baja opinión que la posadera tenía del alcalde.
—¿Son más de las doce? —dijo pensando en el camino
que aún tenía que recorrer, luego recapacitó—: Quería
cumplir un encargo del alcalde, ¿no?
—Bueno —dijo el maestro encogiéndose de hombros
como si quisiera desprenderse de cualquier responsabilidad
—. El señor alcalde teme que usted, si la decisión sobre su
asunto se prolonga durante mucho tiempo, emprenda algo
irreflexivo por su propia cuenta. Yo, por mi parte, no sé por
qué teme eso, mi opinión es que usted puede hacer lo que
quiera. No somos sus ángeles protectores y tampoco

121
Librodot El castillo Franz Kafka

tenemos ninguna obligación de seguirle en todos los


caminos que elija. Pero en fin, el señor alcalde es de otra
opinión. Cierto es que no puede acelerar la decisión sobre la
competencia de la administración; sin embargo, desea
tomar una decisión, provisional aunque generosa, en su
radio de acción que dependerá de usted aceptarla o no: le
ofrece provisionalmente el puesto de bedel de la escuela.
K, al principio, apenas prestó atención a lo que se le
ofrecía, pero el hecho de que se le ofreciera algo no le
parecía insignificante. Indicaba que, según la opinión del
alcalde, era capaz de poner en práctica medidas para su
defensa, y para defenderse de ellas quedaban justificados
algunos sacrificios de la comunidad. Y qué importancia se le
daba al asunto. El maestro, que ya había esperado allí un
buen rato y que antes había redactado el acta, debía de
haber sido enviado a toda prisa por el alcalde.
Cuando el maestro comprobó que con su mensaje sólo
había conseguido que K se tornase meditabundo, continuó:
—Yo puse mis objeciones. Le dije que hasta ahora no
había sido necesario ningún bedel en la escuela: la esposa
del sacristán limpia de vez en cuando y la señorita Gisa, la
maestra, lo inspecciona; yo tengo ya preocupaciones
suficientes con los niños como para enojarme ahora con un
bedel. El señor alcalde opuso que, sin embargo, la escuela
está muy sucia. Yo le contesté, como era verdad, que no
está tan mal y añadí: ¿será mejor si tomamos a ese hombre
como bedel? Seguro que no, aparte de que él no entiende
de esos trabajos, la escuela consta exclusivamente de dos
grandes clases sin ninguna otra estancia, el bedel tiene, por
tanto, que vivir con su familia en una de las clases, dormir,
incluso es posible que cocinar, eso no puede aumentar,
naturalmente, la limpieza. Pero el señor alcalde insistió y
dijo que ese puesto podía significar la salvación para usted y
que, por consiguiente, se esforzaría todo lo posible para

122
El Castillo

cumplirlo a la perfección; además, el señor alcalde opinó


que con usted ganábamos también las fuerzas de su esposa
y de sus ayudantes, de tal forma que no sólo la escuela,
sino también el jardín podrían mantenerse con una limpieza
y orden ejemplares. Todo eso lo pude refutar con facilidad.
Finalmente, el señor alcalde no pudo aducir más en su
favor, se rió y dijo que usted es el agrimensor y que, por
tanto, trazaría muy bien los macizos de flores en el jardín de
la escuela. Bueno, contra las bromas no hay objeciones, así
que vine aquí para transmitirle esa proposición.
—Se preocupa inútilmente, señor maestro —dijo K—,
jamás se me ocurriría aceptar ese puesto.
—Estupendo —dijo el maestro—, lo rechaza sin reservas.
Tomó el sombrero y se marchó.
Poco después llegó Frieda con el rostro turbado: traía la
camisa sin planchar, y no respondió ninguna pregunta. Para
distraerla, K le contó lo del maestro y la oferta; apenas lo
hubo escuchado, arrojó la camisa sobre la cama y volvió a
irse. Regresó al poco tiempo, pero con el maestro, que
presentaba un aspecto mohíno y ni siquiera saludó. Frieda
le pidió un poco de paciencia —era evidente que se lo había
pedido ya varias veces en el camino hasta allí—, se llevó a
K por una puerta lateral, de la que él no sabía nada, hacia
una habitación contigua y finalmente le contó, excitada y sin
aliento, lo que le había ocurrido. La posadera, furiosa
porque se había humillado ante K con confesiones y, lo que
era más enojoso, con condescendencia referente a una
entrevista de K con Klamm, y sin conseguir otra cosa que,
como ella dijo, un rechazo frío y, además, poco sincero,
había decidido no tolerar por más tiempo a K en su casa; si
tiene conexiones con el castillo, que las utilice rápidamente,
pues hoy mismo, ahora, tiene que abandonar la casa y sólo
por una orden directa de la administración y obligada por la

123
Librodot El castillo Franz Kafka

fuerza le volvería a acoger, pero ella tiene la esperanza de


que no se llegue a eso, pues también ella tiene conexiones
con el castillo y sabrá hacerlas valer. A fin de cuentas, él
sólo ha sido admitido en la posada por el descuido del
posadero y ni siquiera en una situación de necesidad, pues
esta misma mañana se ha preciado de tener otro
alojamiento dispuesto. Frieda, naturalmente, se puede
quedar, pero si quiere mudarse con K, la posadera será muy
desgraciada, sólo por ese pensamiento se había
desplomado, llorando, ante el horno de la cocina, la pobre
mujer que padece del corazón, pero cómo puede actuar de
otro modo, si se trata, al menos en su imaginación, del
honor del recuerdo de Klamm. Así piensa la posadera.
Frieda, ciertamente, seguirá a K a donde él quiera, por la
nieve o el hielo, sobre eso no cabía ninguna duda, pero en
todo caso su situación era muy mala, por eso ha saludado
con gran alegría la oferta del maestro; por más que no sea
un puesto muy adecuado para K, era temporal, se podía
ganar tiempo y se podrían encontrar fácilmente otras
posibilidades, aunque la decisión final fuese desfavorable.
—¡En caso de necesidad emigramos! —exclamó
finalmente Frieda colgada del cuello de K—. ¿Qué nos
mantiene aquí en el pueblo? Temporalmente, ¿verdad,
cariño?, aceptamos la oferta, he vuelto a traer al maestro, tú
le dices «trato hecho», nada más, y nos trasladamos a la
escuela.
—Malo —dijo K sin tomarlo muy en serio, pues el
alojamiento le importaba poco, también tenía mucho frío en
ropa interior allí, en la buhardilla, que, expuesta, era
atravesada por una corriente de aire hela do—. ¿Ahora que
has arreglado tan bien la habitación tenemos que
mudarnos? Sólo aceptaría ese puesto de mala gana, muy a
disgusto, ya la humillación ante ese maestrillo me resulta
desagradable y ahora se convierte en mi superior. Si

124
El Castillo

pudiera permanecer un poco más aquí, quizá esta misma


tarde cambiase mi situación. Si al menos tú permanecieras
aquí, podríamos esperar y darle al maestro una respuesta
incierta. Para mí siempre encontraré un alojamiento, aunque
sea en casa de Bar...
Frieda le tapó la boca con la mano.
—Eso no —dijo angustiada—, por favor no vuelvas a
decirlo. En lo demás, te seguiré en todo. Si quieres,
permaneceré aquí sola, por muy triste que sea para mí y si
quieres rechazaremos la oferta, por muy errónea que me
parezca esa decisión. Pues mira, si encontrases otra
posibilidad, incluso esta misma tarde, bueno, entonces es
evidente que renunciaríamos inmediatamente a la escuela,
nadie podrá impedírnoslo. Y en lo que respecta a la
humillación ante el maestro, déjame que yo me preocupe de
eso y verás como no lo es, yo misma hablaré con él. Tú
permanecerás en silencio, no tendrás nunca que hablar con
él, si no quieres; yo seré en realidad su subordinada y ni
siquiera yo lo seré, pues conozco sus debilidades. Así que
no se perderá nada si aceptamos el puesto, mucho, sin
embargo, si lo rechazamos, ante todo no encontrarías un
alojamiento, ni siquiera para ti mismo, si hoy no logras
alcanzar el castillo, al menos uno por el que yo, tu futura
esposa, no tuviera que avergonzarme. Y si no encuentras
ningún alojamiento, reclamarás de mí que duerma aquí en
una habitación cálida mientras sé que tú estás vagando allá
afuera, en plena noche y helado de frío.
K, que durante todo el tiempo había permanecido con los
brazos cruzados sobre el pecho y con las manos
golpeándose la espalda para así calentarse un poco, dijo:
—Entonces no nos queda otra solución que aceptar,
¡vamos!

125
Librodot El castillo Franz Kafka

En la habitación se apresuró a acercarse a la calefacción,


del maestro no se preocupó; éste estaba sentado a la mesa,
sacó el reloj y dijo:
—Ya se ha hecho tarde.
—Pero ya nos hemos puesto completamente de acuerdo,
señor maestro —dijo Frieda—, aceptamos el puesto.
—Bien —dijo el maestro—, pero el puesto se ha ofrecido
sólo al señor agrimensor, él es quien debe manifestarse al
respecto.
Frieda acudió en ayuda de K.
—Cierto —dijo ella—, él acepta el puesto, ¿verdad, K?
Así K pudo limitar su declaración a un simple «sí», que ni
siquiera fue dirigido al maestro, sino a Frieda.
—Entonces —dijo el maestro—, sólo me queda enumerarle
sus deberes laborales, para que coincidamos en ello de una
vez por todas. Señor agrimensor, tiene que limpiar y
calentar diariamente las dos clases, así como efectuar
pequeñas reparaciones en el edificio, en el mobiliario y en
los aparatos gimnásticos, debe mantener el camino a través
del jardín despejado de nieve, realizar servicios de
mensajero para mí y para la maestra y en la temporada
cálida se encargará de los trabajos del jardín. Entre sus
derechos se encuentran los siguientes: podrá vivir en una de
las clases, según su elección; sin embargo, cuando no se
den clases simultáneas en las dos habitaciones, y usted viva
precisamente en la habitación donde se da clase, tendrá
que trasladarse naturalmente a la otra habitación. En la
escuela no puede cocinar, por eso tanto usted como los
suyos recibirán la comida aquí, en la posada, a costa de la
comunidad. Menciono sólo de pasada, pues usted, como un
hombre instruido, ya debe de saberlo, que tendrá que
comportarse de un modo digno para una escuela y que,

126
El Castillo

especialmente durante las horas de clase, los niños jamás


serán testigos de escenas domésticas desagradables. En
este ámbito aprovecho para recordarle que debe legitimar lo
más rápidamente posible sus relaciones con la señorita
Frieda. Sobre todo esto y otros detalles se redactará un
contrato laboral que deberá firmar en cuanto se traslade a la
escuela.
A K le parecía todo eso carente de importancia, como si no
le afectase o no le vinculase a nada, sólo la jactancia del
maestro le irritaba, por lo que dijo sin reflexionar:
—Bueno, se trata de las obligaciones usuales.
Para difuminar un poco esa observación, Frieda preguntó
por el sueldo.
—Si se paga un sueldo —dijo el maestro— se considerará
después de que transcurra un mes de prueba.
—Pero eso es muy duro para nosotros —dijo Frieda—,
deberíamos casarnos prácticamente sin dinero, crear
nuestro hogar de la nada. ¿No podríamos, señor maestro,
mediante una solicitud a la comunidad, pedir un pequeño
sueldo inmediato? ¿Lo aconsejaría usted?
—No —dijo el maestro, que dirigía sus palabras a K—, una
solicitud así tendría que ser acompañada de mi
recomendación para que pudiera tener éxito y yo no la
recomendaré. La concesión de la plaza no es más que una
deferencia frente a usted y las deferencias, cuando se es
consciente de la propia responsabilidad pública, no se
deben llevar demasiado lejos.
Entonces se inmiscuyó K, casi en contra de su voluntad.
—En lo que concierne a la deferencia, señor maestro —
dijo—, creo que se equivoca. La deferencia, más bien, parte
de mí.

127
Librodot El castillo Franz Kafka

—No —dijo el maestro sonriendo, ya había logrado que K


hablase—, sobre eso estoy muy bien informado.
Necesitamos un bedel en la escuela con tanta urgencia
como un agrimensor. Bedeles y agrimensores no son más
que una carga. Me costará muchos dolores de cabeza cómo
voy a justificar esos costes ante la comunidad, lo mejor y lo
más sincero sería arrojar el nombramiento sobre la mesa y
no molestarse en justificarlo.
—A eso es a lo que me refiero —dijo K—, me tiene que
contratar en contra de su voluntad; a pesar de que le va a
causar dolores de cabeza, me tiene que contratar. Cuando
alguien se ve obligado a contratar a otro y este otro se deja
contratar, el último es quien hace el favor.
—Extraño —dijo el maestro—, ¿qué nos puede obligar a
contratarle? La bondad del señor alcalde, su gran corazón,
eso es lo que nos obliga. Usted deberá renunciar, señor
agrimensor, de eso me doy buena cuenta, a algunas
fantasías, antes de convertirse en un buen bedel. Y para la
percepción de un sueldo, esas indicaciones, naturalmente,
no crean la atmósfera adecuada. Por desgracia también
noto que su comportamiento aún me dará mucho que hacer:
durante todo el tiempo ha estado negociando conmigo, lo
sigue haciendo y no lo puedo creer, en camisa y
calzoncillos.
—¡Así es! —exclamó K sonriendo y dando una palmada—.
¿Dónde están esos terribles ayudantes?
Frieda corrió hacia la puerta. El maestro, que comprobó
que K ya no estaba dispuesto a seguir hablando con él, le
preguntó a Frieda cuándo querían trasladarse a la escuela.
—Hoy mismo —dijo Frieda.
—Entonces mañana por la mañana haré mi visita de
inspección —dijo el maestro, saludó con la mano, quiso salir
por la puerta, que Frieda mantenía abierta para él, pero

128
El Castillo

chocó con las criadas que ya venían con sus pertenencias


para acomodarse otra vez en la habitación. Así que el
maestro tuvo que deslizarse entre ellas y Frieda le siguió.
—Tenéis mucha prisa —dijo K, que esta vez se mostró
muy satisfecho con ellas—, aún estamos aquí y ya queréis
volver.
Ellas no contestaron y retorcieron confusas sus hatillos de
ropa, de los que sobresalían los conocidos trapos sucios.
—Ni siquiera habéis lavado vuestras cosas —dijo K, no lo
dijo con maldad, sino con cierta simpatía. Ellas lo notaron,
abrieron al mismo tiempo sus rudas bocas, mostraron sus
hermosos y fuertes dientes, como los de un animal, y
lanzaron una sonora carcajada.
—Venid —dijo K—, instalaos, es vuestra habitación.
Como aún dudaban —su habitación les parecía demasiado
cambiada—, K tomó a una del brazo para conducirla hacia
el interior. Pero la dejó inmediatamente, tanta sorpresa leyó
en la mirada de las dos, después de haberse intercambiado
un signo de inteligencia, mirada que no apartaron de él.
—Ya me habéis mirado suficiente tiempo —dijo K,
defendiéndose de una sensación desagradable; tomó los
zapatos y el traje, que Frieda, seguida de los ayudantes,
acababa de traer, y se vistió. Una vez más le resultó
incomprensible la paciencia que mostraba Frieda con los
ayudantes. Los había encontrado, tras una larga búsqueda,
en vez de limpiando los trajes en el patio como debían, en el
comedor, pacíficamente sentados y comiendo, con el traje
sucio y arrugado sobre las rodillas; ella misma tuvo que
limpiarlo después y, sin embargo, ella, que sabía dominar a
la gente de baja condición, ni siquiera se enojó con ellos, en
su presencia habló de su burda negligencia como si contase
una broma e incluso acarició a uno de ellos en la mejilla. K

129
Librodot El castillo Franz Kafka

quería exponerle sus quejas al respecto más adelante.


Ahora, sin embargo, ya era hora de irse.
—Los ayudantes se quedan aquí para ayudarte en el
traslado —dijo K.
Ellos no se mostraron de acuerdo, alegres y satisfechos
con la comida, preferían algo de movimiento. Sólo cuando
Frieda dijo: «claro, os quedáis aquí», se sometieron.
—¿Sabes adónde voy? —preguntó K.
—Sí —dijo Frieda.
—¿Y no quieres detenerme? —preguntó K.
—Encontrarás tantos impedimentos —dijo ella—, ¡qué
significarían para ti mis palabras!
Se despidió de K con un beso, le dio, como no había
podido comer, un paquete con pan y salchichas, que había
subido de la cocina, le recordó que ya no debía regresar allí,
sino a la escuela, y le acompañó, con la mano en su
hombro, hasta la puerta.

130
El Castillo

ESPERANDO A KLAMM

Al principio, K estaba contento de haber escapado del


barullo de las criadas y de los ayudantes en la habitación
caldeada. Fuera helaba un poco, la nieve era más dura, se
podía caminar con más facilidad. Pero comenzaba a
oscurecer, así que aceleró sus pasos.
El castillo, cuyos perfiles comenzaban a difuminarse,
permanecía, como siempre, en calma, jamás había
percibido K en él un signo de vida, quizá era imposible
reconocer algo desde esa distancia y, sin embargo, los ojos
reclamaban algo y no querían tolerar esa quietud. Cuando K
contemplaba el castillo, a veces le parecía como si
observase a alguien que estaba sentado allí tranquilo,
mirando ante sí, no sumido en sus pensamientos y cerrado
a todo su entorno, sino libre y despreocupado, como si
estuviese solo y nadie le observase. Y, sin embargo, tenía
que percibir que alguien le observaba, pero eso no afectaba
en nada a su tranquilidad y, en realidad —no se sabía si
como motivo o como consecuencia— las miradas del
observador no podían mantenerse fijas y resbalaban. Ese
día, esa sensación se fortaleció por la temprana oscuridad:
cuanto más tiempo lo contemplaba, con más profundidad se
hundía todo en la penumbra.
Precisamente cuando K llegó a la posada de los señores,
aún sin iluminar, se abrió una ventana en el primer piso, un
hombre joven, gordo y pulcramente afeitado, con una
pelliza, se asomó por ella y permaneció allí; no pareció
responder al saludo de K ni con la más ligera inclinación de

131
Librodot El castillo Franz Kafka

cabeza. K no encontró a nadie ni en el pasillo ni en la


taberna, el olor a cerveza rancia era peor que la última vez,
algo parecido no ocurría en la posada del puente. Se acercó
de inmediato a la puerta por la cual había observado a
Klamm, presionó cuidadosamente el picaporte hacia abajo,
pero la puerta estaba cerrada; a continuación, palpó para
encontrar el lugar donde se hallaba el agujero, pero le
habían debido de poner un tapón tan bien ajustado que no
podía encontrarlo de esa manera, así que encendió una
cerilla. Entonces un grito le asustó. En el rincón, entre la
puerta y la barra, cerca de la calefacción, estaba sentada,
formando un ovillo, una muchacha que le observaba con
fijeza en el resplandor de la cerilla con unos ojos apenas
abiertos por la somnolencia. Era evidente que se trataba de
la sucesora de Frieda. Se recuperó pronto de la sorpresa,
encendió la luz, la expresión de su rostro aún era enojada,
entonces reconoció a K.
Ah, el señor agrimensor —dijo sonriendo, le dio la mano y
se presentó:
—Me llamo Pepi.
Era pequeña, colorada, sana, el cabello abundante y rojizo
estaba recogido en una trenza, algunos mechones
ondulados colgaban alrededor del rostro; llevaba un vestido
liso que caía verticalmente y que no le quedaba bien: estaba
hecho de una tela gris brillante, en la parte inferior había
sido estrechado en el bajo de un modo tosco e infantil con
ayuda de una cinta de seda. Se interesó por Frieda y
preguntó si no regresaría pronto. Ésa era una pregunta que
casi rayaba en la maldad.
—Me llamaron a toda prisa —dijo entonces—, después de
la partida de Frieda, pues aquí no se puede emplear a una
cualquiera, hasta ahora era criada, pero no ha sido un
cambio muy bueno el que he hecho. Aquí hay mucho trabajo

132
El Castillo

nocturno, es agotador, apenas podré soportarlo, no me


sorprende que Frieda haya renunciado.
—Frieda estaba aquí muy satisfecha —dijo K para,
finalmente, llamar la atención de Pepi sobre la diferencia
existente entre Frieda y ella y que ella no consideraba.
—No la crea—dijo Pepi—, Frieda puede dominarse como
nadie. Lo que no quiere reconocer, no lo reconoce, y
ninguno nota que ella tuviese algo que reconocer. Ya hace
unos años que trabajo con ella aquí, siempre hemos
dormido juntas en la misma cama, pero no nos tomamos
confianza, seguro que ya no piensa en mí. Su única amiga
es quizá la vieja posadera de la posada del puente y eso
también resulta significativo.
—Frieda es mi novia —dijo K, y siguió buscando al mismo
tiempo el agujero.
—Lo sé —dijo Pepi—, por eso se lo cuento, si no para
usted no tendría ninguna importancia.
—Comprendo —dijo K—, se refiere a que puedo estar
orgulloso de haber ganado para mí a una mujer tan
reservada.
—Sí —dijo ella, y rió satisfecha, como si hubiese
conseguido de K un secreto acuerdo referente a Frieda.
Pero no eran realmente sus palabras las que ocupaban a K
y las que le distraían algo de su búsqueda, sino su aparición
y su presencia en ese lugar. Cierto, era mucho más joven
que Frieda, casi una niña, y su vestido era ridículo, parecía
evidente que se había vestido así para corresponder a las
ideas exageradas que tenía de una muchacha de servicio
en la barra. Y ni siquiera podía corresponder con pleno
derecho a esas ideas, pues la ocupación de ese puesto, que
no le iba nada, había sido inesperada e inmerecida, además
se lo habían dado temporalmente, ni siquiera le habían

133
Librodot El castillo Franz Kafka

confiado la cartera de piel que Frieda siempre había llevado


en el cinturón. Y su supuesta insatisfacción con la plaza no
era más que arrogancia. Sin embargo, a pesar de su
irreflexión infantil, era probable que tuviera relaciones con el
castillo, pues, si no mentía, había sido criada; sin saber de
sus posesiones, pasaba el tiempo allí dormitando, pero un
abrazo a ese pequeño y redondo cuerpecillo quizá no
sirviera para arrebatarle sus posesiones, pero sí podría
animarle para el penoso camino que tenía ante él. Entonces,
¿quizá no era diferente a Frieda? Oh, sí, era diferente.
Bastaba con pensar en la mirada de Frieda para
comprenderlo. K jamás habría rozado a Pepi, pero ahora
tuvo que taparse un rato los ojos, con tanta codicia la estaba
mirando.
—No tiene por qué estar encendida —dijo Pepi, y apagó la
luz—, sólo he encendido porque me ha asustado. ¿Qué
busca aquí? ¿Ha olvidado algo Frieda?
—Sí —dijo K, y señaló hacia la puerta—, ahí, en la
habitación contigua, un mantel, uno blanco y bordado.
—Sí, su mantel —dijo Pepi—, lo recuerdo, un trabajo muy
bonito, también yo la ayudé a hacerlo. Pero en esa
habitación no creo que esté.
—Frieda así lo cree. ¿Quién vive aquí? —preguntó K.
—Nadie —dijo Pepi—, es la habitación de los señores,
aquí comen y beben los señores, esto es, está destinada
para eso, pero la mayoría de ellos permanecen arriba, en
sus habitaciones.
—Si supiera —dijo K— que en la habitación no hay nadie,
me encantaría entrar y buscar el mantel. Pero es muy
inseguro; Klamm, por ejemplo, suele sentarse allí.

134
El Castillo

—Klamm no está ahora allí, con toda seguridad—dijo Pepi


—, está a punto de partir, en el patio le está esperando el
trineo.
En seguida, sin una palabra de explicación, K abandonó la
taberna, torció en el pasillo en vez de hacia la salida hacia el
interior de la casa y ya había alcanzado en pocas zancadas
el patio. ¡Qué bello y silencioso estaba aquel lugar! Un patio
cuadrado, limitado en tres de sus lados por la casa y
separado de la calle, una calle lateral que K desconocía, por
un elevado muro blanco con una enorme y pesada puerta
que en ese momento permanecía abierta. En la parte del
patio la casa parecía más alta que vista desde la parte
frontal, al menos el primer piso estaba terminado de
construir y presentaba un gran aspecto, pues se hallaba
rodeado de una galería de madera cerrada hasta dejar sólo
una rendija a la altura de la vista. Aún en el tramo central,
pero ya en el ángulo, en la intersección de las dos alas del
edificio, había una entrada a la casa, abierta, sin puerta.
Ante ella se encontraba un trineo cerrado tirado por dos
caballos. Salvo al cochero, a quien K, desde esa distancia y
en la penumbra, más adivinaba que veía, no se podía ver a
nadie más.
Con las manos en los bolsillos, mirando cuidadosamente a
su alrededor, K rodeó dos muros del patio hasta llegar al
trineo. El cochero, uno de esos campesinos que habían
estado en la taberna, le había visto venir hundido en su
abrigo de piel e indiferente, del mismo modo en que alguien
sigue el camino de un gato. Pese a que K llegó a donde se
encontraba, saludó, e incluso los caballos se volvieron un
poco intranquilos ante la presencia de un hombre surgido de
la oscuridad, permaneció despreocupado. Eso le venía bien
a K. Apoyado en el muro sacó su comida, pensó agradecido
en Frieda que tan bien le alimentaba, y atisbó en el interior
de la casa. Una escalera rectangular descendía desde allí y

135
Librodot El castillo Franz Kafka

se veía atravesada por un pasadizo aparentemente


profundo; todo estaba limpio, pintado de blanco y bien,
delimitado.
K esperó más de lo que había pensado. Ya hacía mucho
tiempo que había terminado la comida, el frío era
considerable, de la penumbra se había pasado a las más
oscuras tinieblas y Klamm aún no aparecía.
—Aún puede tardar bastante —dijo repentinamente una
voz ruda tan cerca de K que éste se estremeció. Era el
cochero que, como si se hubiese despertado, se estiraba y
bostezaba en voz alta.
—¿Que puede tardar bastante? —preguntó K, en cierto
modo agradecido por sus palabras, pues el continuo silencio
y la tensión comenzaban a ser desagradables.
—Hasta que usted se vaya—dijo el cochero.
K no le comprendió, pero no siguió preguntando, creía que
así podía hacer hablar a ese tipo altanero. No responder en
esa oscuridad era casi una provocación. Y, efectivamente, el
cochero preguntó al poco rato:
—¿Quiere coñac?
—Sí —dijo K sin reflexionar, demasiado tentado por la
oferta, pues estaba tiritando de frío.
—Entonces abra el trineo —dijo el cochero—, en la cartera
lateral hay algunas botellas, tome una, beba y démela a mí.
Me resulta muy problemático bajar a causa del abrigo de
piel.
A K le fastidió eso de tener que darle la botella, pero como
ya había comenzado una conversación con el cochero,
obedeció, aun con el peligro de ser sorprendido por Klamm
en el interior del trineo. Abrió la amplia puerta y hubiera
podido sacar en seguida la botella de la cartera situada en la
parte lateral, pero se vio tan atraído por el interior, ahora que

136
El Castillo

la puerta estaba abierta, que no pudo resistirse; sólo quería


sentarse un instante. Se introdujo rápidamente. Era
extraordinaria la calidez en el interior del trineo y así
permaneció aunque la puerta, que K no se atrevía a cerrar,
estaba abierta. No sabía si estaba sentado en un banco,
tantas pieles, edredones y cojines había por doquier; uno
podía estirarse y girar hacia todos los lados, siempre se
hundía con suavidad y calor. Con los brazos extendidos y la
cabeza apoyada en los cojines, que siempre estaban a
mano, K miró desde el interior del trineo hacia la oscura
casa. ¿Por qué Klamm tardaba tanto en bajar? Como ebrio
por el calor después de la larga espera en la nieve, K deseó
que Klamm llegase por fin. El pensamiento de que no
debería ser visto por KIamm en esa situación sólo se hizo
consciente de un modo difuso, como una silenciosa
perturbación. En ese olvido se vio apoyado por la conducta
del cochero, quien debía de saber que estaba en el interior
del trineo y le dejaba allí sin ni siquiera reclamarle la botella
de coñac. Eso era considerado, pero K quería hacerle el
favor; torpemente, sin cambiar de postura, alcanzó la cartera
lateral, pero no la de la puerta abierta, que estaba muy lejos,
sino la que se encontraba detrás de él, en la cerrada,
aunque daba igual, también en ésa había botellas. Sacó
una, la abrió y olió el contenido, tuvo que reírse
involuntariamente, el olor era tan dulce, tan acariciador,
como si se oyera de alguien, a quien se ama mucho,
alabanzas y buenas palabras, y sin saber con certeza de
qué se trata, sin ni siquiera querer saberlo, sintiéndose sólo
feliz con la conciencia de que esa persona amada es la que
habla. «¿Será esto coñac?» —se preguntó K dubitativo y lo
probó por curiosidad. Pues sí, era coñac, por extraño que
pareciese, quemaba y daba calor. ¿Cómo era posible que al
beberlo, algo que era portador de un dulce aroma se
convirtiese en una bebida digna de un cochero? «¿Es

137
Librodot El castillo Franz Kafka

posible?» —se preguntó K como haciéndose un reproche a


sí mismo y volvió a beber.
En ese momento —K estaba precisamente dando un largo
trago a la botella—, se hizo la claridad, se encendió la luz
eléctrica en el interior de la escalera, en el corredor, en el
pasillo y sobre la entrada. Se oyeron pasos en la escalera,
la botella se cayó de las manos de K y se derramó sobre
una de las pieles. K saltó fuera del trineo; acababa de cerrar
la puerta, lo que produjo un ruido estruendoso, cuando un
señor salió lentamente de la casa. Lo único consolador es
que no se trataba de Klamm, o ¿había que lamentarse de
que no lo fuera? Era el señor que K ya había visto en la
ventana del primer piso. Un señor aún joven, muy apuesto,
rosado y blanco, pero muy serio. También K le miró con aire
sombrío, pero con esa mirada aludía a sí mismo. Hubiera
preferido arreglárselas para que los ayudantes se hubiesen
comportado como él había hecho, entonces habrían
comprendido. El hombre aún callaba, como si no tuviera el
aliento suficiente para hablar en su ancho pecho.
—Esto es terrible —dijo entonces, y alzó algo el sombrero
sobre la frente.
¿Cómo? ¿El señor no sabía probablemente nada de la
estancia de K en el interior del trineo y ya encontraba algo
terrible? ¿Acaso encontraba terrible que K pudiese haber
penetrado hasta el patio?
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó el señor en
voz más baja, pero logrando ya respirar, entregándose a lo
irrevocable.
¡Qué pregunta! ¿Qué podía responder? ¿Debía confirmar
expresamente K que el camino comenzado con tantas
esperanzas había sido en vano? En vez de responder, K se
volvió hacia el trineo, lo abrió y recogió su gorro que había

138
El Castillo

olvidado en el interior. Con desagrado notó cómo el coñac


goteaba sobre el estribo.
Luego se dirigió de nuevo hacia el señor; ya no tenía
ningún reparo en mostrarle que había estado en el trineo,
tampoco era lo peor; si le preguntaba, aunque sólo en ese
caso, no silenciaría que el mismo cochero le había inducido
al menos a abrir la puerta. Lo realmente malo era en
realidad que el señor le había sorprendido, que no había
tenido el tiempo suficiente para esconderse de él para luego
esperar a Klamm sin molestias o que no había tenido la
suficiente presencia de ánimo para permanecer en el interior
del trineo, cerrar la puerta, y allí esperar a Klamm entre las
pieles, o al menos permanecer allí mientras ese señor se
encontrase en las cercanías. Cierto, él no podía haber
sabido si era realmente Klamm el que venía, en cuyo caso
hubiese sido naturalmente mucho mejor haberle recibido
fuera del trineo. Sí, había mucha materia para reflexionar,
pero ya no, pues todo había acabado.
—Venga conmigo —dijo el señor, sin ordenar en un
sentido estricto, aunque la orden no residía en las palabras,
sino en un corto movimiento de la mano, intencionadamente
indiferente, que las acompañaba.
—Estoy esperando a alguien —dijo K, ya sin esperanzas
de éxito, sólo por principio.
—Venga —dijo una vez más el señor impertérrito, como si
quisiese mostrar que nunca había dudado que K esperase a
alguien.
—Pero entonces no encontraré a quien estoy esperando —
dijo K con un estremecimiento del cuerpo. Pese a todo lo
ocurrido tenía la sensación de que lo que había conseguido
hasta ese momento era una especie de posesión que,
ciertamente, sólo mantenía de forma aparente pero que no
debía renunciar a ella por una orden cualquiera.

139
Librodot El castillo Franz Kafka

—No le va a encontrar en ningún caso, tanto si se queda


como si se va—dijo el señor, brusco al manifestar su
opinión, pero llamativamente deferente respecto al proceso
mental de K.
—Entonces prefiero no encontrarle esperándole —dijo K
con obstinación; con toda seguridad no iba a dejarse
expulsar de allí sólo por las palabras de ese joven. A
continuación, el señor cerró un instante los ojos con una
expresión de superioridad en el rostro, inclinado hacia arriba
con arrogancia, como si quisiese que K entrase en razón;
pasó la lengua por sus labios semiabiertos y le dijo al
cochero:
—¡Desenganche los caballos!
El cochero, obediente, pero lanzando una enojada mirada
de soslayo a K, tuvo que descender y quitarse la piel,
comenzando con lentitud, como si no esperase una
contraorden del señor, pero sí un cambio de opinión de K, a
empujar a los caballos hacia atrás, aproximándose a un ala
lateral del edificio en la que, detrás de una gran puerta,
debía de estar el establo y la cochera. K vio cómo se
quedaba solo, por una parte se alejaba el trineo, por la otra,
por el camino por donde K había venido, se alejaba el joven
señor, aunque los dos lo hacían con gran lentitud, como si
quisieran mostrar a K que aún estaba en su poder
impulsarlos a regresar14.
Quizá tuviese ese poder, pero no le habría servido de
nada; hacer regresar al trineo habría significado tener que
alejarse. Así que permaneció en silencio, siendo el único
que mantenía su puesto, pero era una victoria que no
proporcionaba ninguna alegría. Miró alternativamente al
trineo y al señor. Este último ya había alcanzado la puerta
por la que K había entrado al patio, una vez más miró hacia
atrás, K creyó ver cómo sacudía la cabeza sobre tanta

140
El Castillo

obstinación, luego se volvió con un movimiento corto y


decidido y entró al pasillo en el que desapareció. El cochero
permaneció más tiempo en el patio, tenía mucho trabajo con
el trineo, tenía que abrir la gran puerta del establo,
retroceder y colocar el trineo en su lugar, desenganchar los
caballos, llevarlos a la cuadra, todo lo hacía con gran
seriedad, sumido en sus pensamientos, ya sin ninguna
esperanza de realizar un viaje; ese continuo trabajo en
silencio, sin ninguna mirada de soslayo a K, le pareció a
éste un reproche más duro que el comportamiento del
señor. Y cuando una vez terminada la labor, el cochero, con
su paso lento y oscilante, atravesó el patio, cerró la puerta y
regresó al establo, todo pausadamente, siguiendo
literalmente su propio rastro en la nieve, encerrándose en el
establo, y cuando entonces se apagó la luz —¿a quién
tendría que haber iluminado?—, y arriba, en la galería de
madera, aún se veía claridad a través de la ranura,
atrayendo su mirada errática, a K le pareció como si
hubiesen roto todos los vínculos con él y como si fuese más
libre que nadie y pudiera esperar en ese lugar prohibido
todo lo que quisiera, como si se hubiese ganado en duro
combate, como ningún otro, esa libertad, y como si nadie
pudiera tocarle o expulsarle, ni siquiera hablarle, pero —este
convencimiento era como mínimo igual de fuerte— como si,
al mismo tiempo, no hubiese nada más absurdo, más
desesperado que esa libertad, esa espera, esa
invulnerabilidad.

141
Librodot El castillo Franz Kafka

LA LUCHA CONTRA EL INTERROGATORIO

Y se alejó de allí regresando a la casa, esta vez no a lo


largo del muro, sino a través de la nieve; en el pasillo se
encontró al posadero, quien le saludó sin decir una palabra
y le señaló la puerta de la taberna. K siguió el gesto del
posadero porque estaba helado y quería ver personas,
aunque se quedó muy decepcionado al encontrar una vista
opresiva para él, a una mesita, que en realidad había sido
dispuesta a propósito, pues allí se contentaban con los
barriles, se sentaba el joven señor y ante él, de pie, estaba
la posadera de la posada del puente. Pepi, orgullosa, con la
cabeza inclinada hacia atrás, con la misma sonrisa eterna,
consciente de su irrefutable dignidad, oscilando la trenza
con cada uno de sus movimientos, corrió de un lado a otro
llevando cerveza, tinta y una pluma, pues el señor había
extendido papeles ante sí, comparaba cifras que encontraba
en un papel y luego en otro al final de la mesa, y quería
escribir. La posadera contemplaba muda y tranquila al señor
y los papeles como si ya hubiese dicho todo lo necesario y
hubiese sido bien recibido.
—El señor agrimensor, por fin —dijo el señor cuando K
entró, lanzándole una mirada fugaz y concentrándose de
nuevo en los papeles. También la posadera dirigió a K una
mirada, ésta indiferente y carente de sorpresa. Pepi pareció
haber reparado en K sólo cuando él se acercó a la barra y
pidió un coñac.

142
El Castillo

K se apoyó allí, presionó los ojos con su mano y no prestó


atención a nada. Luego dio unos sorbitos al coñac y lo
rechazó porque era imbebible.
—Todos los señores lo beben —dijo brevemente Pepi,
vació el resto, lavó la copa y la colocó en su sitio.
—Los señores también lo tienen mejor—dijo K.
—Es posible—dijo Pepi—, pero yo no.
Con eso había terminado con K y ya estaba otra vez al
servicio del señor, quien, sin embargo, no necesitaba nada,
así que pasó una y otra vez por detrás de él con el intento
respetuoso de arrojar una mirada a los papeles; pero no era
más que burda curiosidad y fanfarronería, que también la
posadera desaprobó frunciendo las cejas.
De repente, sin embargo, la posadera oyó algo y se quedó
inmóvil, concentrándose en la escucha, mirando al vacío. K
se volvió, no oyó nada especial, tampoco los otros parecían
oír nada, pero la posadera anduvo de puntillas con pasos
cortos hacia la puerta detrás de ella que conducía al patio,
miró por el ojo de la cerradura, se volvió hacia los demás
con los ojos muy abiertos y el rostro sofocado, hizo un gesto
con la mano hacia donde estaban y entonces miraron
alternativamente, la posadera la mayor parte del tiempo,
también Pepi tuvo su turno, y el señor se mostró en
comparación el más indiferente. Pepi y el señor regresaron
pronto, sólo la posadera seguía mirando con esfuerzo, muy
inclinada, casi de rodillas, parecía como si quisiese conjurar
al ojo de la cerradura para que la dejase pasar a través de
él, pues ya hacía tiempo que no se podía ver nada. Cuando
finalmente se irguió, se pasó las manos por el rostro, se
arregló el cabello despeinado, tomó aire y su vista
aparentemente se habituó a la habitación y a los presentes,
—aunque lo hizo en contra de su voluntad. K, no para que le

143
Librodot El castillo Franz Kafka

confirmasen algo que ya sabía, sino para anticiparse a un


ataque, que ya temía, tan vulnerable era ahora, dijo:
—¿Entonces ya se ha ido Klamm?
La posadera pasó por su lado sin decir una palabra, pero el
señor dijo desde la mesita:
—Sí, claro. Como usted ha abandonado su puesto de
vigilancia, Klamm ya ha podido partir. Resulta maravilloso lo
sensible que es el señor. ¿No notó, señora posadera, lo
intranquilo que miraba Klamm a su alrededor?
La posadera no pareció haberlo observado, pero el señor
continuó:
—Bueno, afortunadamente, ya no se podía ver nada más,
el cochero borró las huellas en la nieve.
—La señora posadera no ha advertido nada—dijo K—,
pero no dijo eso a causa de alguna esperanza, sino sólo
irritado por la afirmación del señor que había querido sonar
tan conclusiva e inapelable.
—Quizá no estaba en ese preciso instante en el ojo de la
cerradura —dijo la posadera al principio para proteger al
señor, pero después también quiso otorgarle su derecho a
Klamm y añadió:
—Por lo demás, no creo que Klamm sea tan sensible. Es
cierto que tememos por él e intentamos protegerle y por eso
partimos de una extremada sensibilidad de Klamm. Eso está
bien así y con seguridad también es la voluntad de Klamm.
Pero cómo sea en realidad, no lo sabemos. Está claro que
Klamm jamás hablará con alguien con quien no quiera
hablar, por mucho que se esfuerce ese alguien y por muy
insoportable que sea su intromisión, pero sólo ese hecho,
que Klamm jamás hablará con él, que jamás dejará que
aparezca en su presencia, basta, ¿por qué no podría
soportar en realidad la mirada de cualquiera?

144
El Castillo

El señor asintió con insistencia.


—Esa es también, naturalmente, mi opinión —dijo—, si me
he expresado de un modo algo diferente ha sido para que el
señor agrimensor me comprendiese. Cierto es, sin embargo,
que Klamm, en cuanto salió, miró varias veces a su
alrededor.
—Quizá me ha buscado —dijo K.
—Es posible —dijo el señor—, en eso no había caído.
Todos se rieron, Pepi, que apenas entendía de qué
hablaban, con más fuerza que los demás.
—Ahora que estamos todos reunidos y tan alegres —dijo
entonces el señor—, le pediría al señor agrimensor que me
ayudase a completar mis actas con algunos datos.
—Aquí se escribe mucho —dijo K, y miró desde la lejanía
hacia el acta.
—Sí, una mala costumbre —dijo el señor, y volvió a reírse
—, pero quizá aún no sepa quién soy yo. Soy Momus 15, el
secretario municipal de Klamm.
Después de estas palabras la seriedad volvió a la
habitación; aunque la posadera y Pepi, naturalmente,
conocían bien al señor, quedaron afectadas por la mención
del nombre y de su cargo. E incluso el señor mismo, como si
hubiese dicho demasiado para su capacidad receptiva, y
como si quisiera al menos huir de toda solemnidad adicional
implícita en sus palabras, se concentró en sus expedientes y
comenzó a escribir de tal modo que en la habitación sólo se
oía la pluma.

15
Momus, figura mitológica que descubre los errores de los dioses, el crítico
del Olimpo, el hijo de la noche. En contraste con Barnabás, parece destruir toda
esperanza.

145
Librodot El castillo Franz Kafka

—¿Qué es eso de secretario municipal? —preguntó K


después de un rato.
En vez de Momus, que ahora, después de haberse
presentado, ya no consideraba adecuado proporcionar ese
tipo de explicaciones, fue la posadera quien contestó:
—El señor Momus es el secretario de Klamm como
cualquier otro de los secretarios de Klamm, pero su
residencia oficial y, si no me equivoco, sus competencias...
Momus sacudió vivamente la cabeza mientras escribía y la
posadera mejoró sus palabras.
—Bueno, su residencia oficial, no sus competencias,
queda limitada al pueblo. El señor Momus se encarga de los
escritos de Klamm referentes al pueblo y es el primero que
recibe todas las peticiones a Klamm procedentes del pueblo.
Cuando K, aún poco afectado por esas cosas, contempló a
la posadera con la mirada vacía, añadió ella casi confusa:
Así está dispuesto, todos los señores del castillo tienen sus
secretarios municipales.
Momus, que había escuchado con más atención que K,
completó lo dicho por la posadera:
—La mayoría de los secretarios municipales sólo trabajan
para un señor; yo, sin embargo, para dos, para Klamm y
para Vallabene.
—Sí —dijo la posadera, recordándolo en ese momento, y
se dirigió a K:
—El señor Momus trabaja para dos señores, para Klamm y
para Vallabene, por tanto es doble secretario municipal.
—Incluso doble —dijo K asintiendo con la cabeza hacia
Momus, como se asiente ante un niño del que se acaban de
oír elogios. Mientras, el secretario municipal, inclinado hacia
adelante, le miraba directamente.

146
El Castillo

Si en esas palabras había cierto desprecio, o no se notó o,


por el contrario, se supuso. Precisamente ante K, que ni
siquiera era lo suficientemente digno para ser visto por
Klamm, aunque sólo fuera casualmente, se detallaban los
méritos de un hombre perteneciente al estrecho círculo de
Klamm con la intención sin disimulo de obligarle a mostrar
reconocimiento y alabanzas. Y, sin embargo, K no se daba
cuenta; él, que se esforzaba con todas sus energías por
conseguir una mirada de Klamm, no valoraba lo suficiente el
puesto de un Momus, que podía vivir ante Klamm; lejos
estaban de él la admiración o incluso la envidia, pues no
consideraba su proximidad lo más deseable, él, sólo él, con
sus deseos y con los de nadie más, era quien tenía que
acercarse a Klamm, y acercarse, no para descansar a su
lado, sino para adelantarle en su camino hacia el castillo.
Y después de mirar la hora en su reloj, dijo:
—Ahora debo irme a casa.
En ese momento cambió de inmediato la situación a favor
de Momus.
—Sí, es cierto —dijo éste—, los deberes del bedel de la
escuela le llaman. Pero antes me tendrá que dedicar un
minuto. Se trata de unas preguntas cortas.
—No tengo ganas —dijo K, y quiso irse hacia la puerta.
Momus golpeó una de las actas contra la mesa y se
levantó:
—En nombre de Klamm le conmino a responder mis
preguntas.
—¿En nombre de Klamm? —repitió K—, ¿acaso le
preocupan mis asuntos?
—Sobre eso —dijo Momus— no puedo juzgar y usted
mucho menos, dejémoslo a su discreción. Pero le exijo en el

147
Librodot El castillo Franz Kafka

ejercicio del cargo que ocupo, concedido por Klamm, que


permanezca y responda.
—Señor agrimensor —se injirió la posadera—, me
guardaré mucho de seguir aconsejándole; con mis
anteriores consejos, los más benevolentes que puede
haber, he sido rechazada por usted con la mayor grosería y
he venido ha hablar con el secretario —no tengo nada que
ocultar para informar a la administración de su conducta y
de sus intenciones, así como para impedir en el futuro que
usted sea alojado de nuevo en mi posada; así están las
cosas entre nosotros y ya no se puede cambiar nada, y si
ahora digo mi opinión, no lo hago para ayudarle a usted,
sino para facilitar en algo la difícil tarea del señor secretario
consistente en tratar con un hombre como usted. No
obstante, y debido a mi completa sinceridad—con usted no
puedo hablar sino con sinceridad y aun así ocurre en contra
de mi voluntad—, también usted puede sacar provecho de
mis palabras, siempre que quiera. En este caso le advierto
de que el único camino que conduce a Klamm pasa por las
actas del señor secretario. Pero no quiero exagerar, quizá el
camino no conduzca a Klamm, quizá se interrumpa antes de
llegar a él, sobre eso decide el secretario según su arbitrio.
En todo caso es el único camino que, al menos para usted,
va en la dirección de Klamm. ¿Y usted quiere renunciar a
este único camino por ningún otro motivo que por
obstinación?
—Ay, señora posadera —dijo K—, no es ni el único camino
hacia Klamm ni posee más valor que los demás. Y usted,
señor secretario, es quien decide sobre si lo que diré aquí
llegará hasta Klamm o no.
—Cierto —dijo Momus, y miró orgulloso, con los ojos
hundidos, hacia la derecha y la izquierda, donde no había
nada que mirar—. ¿Para qué sería en otro caso secretario?

148
El Castillo

—Ahora puede ver, señora posadera —dijo K—, que no


necesito un camino para llegar a Klamm, sino uno para
llegar al señor secretario.
—Ese camino se lo pretendía abrir yo —dijo la posadera—,
¿no le pedí esta mañana que me dejase canalizar su
petición a Klamm? Eso habría ocurrido a través del señor
secretario. Usted, sin embargo, lo rechazó y ahora no le va
a quedar otro remedio que este camino. Ciertamente,
después de su actuación de hoy, de su intento de asaltar a
Klamm, con menos perspectivas de éxito. Pero esta última y
diminuta esperanza que desaparece, casi inexistente, es lo
único que tiene.
—¿Cómo es posible, señora posadera —dijo K—, que en
un principio haya intentado impedirme que llegase hasta
Klamm y que ahora torne tan en serio mi solicitud y, en
cierto modo, me considere perdido después del fracaso de
mis planes? Si al principio se me desaconsejó con toda
sinceridad que intentase llegar a Klamm, ¿cómo es posible
que ahora se me impulse hacia adelante, al parecer con la
misma sinceridad, en el camino hacia Klamm, por más que
no conduzca hasta él?
—¿Le impulso hacia adelante? —preguntó la posadera—.
¿Acaso significa impulsarle hacia adelante decirle que sus
intentos carecen de esperanza de éxito? Sería,
verdaderamente, lo máximo en osadía, si así quisiese
descargar sobre mí una responsabilidad que le concierne a
usted. ¿Es quizá la presencia del señor secretario lo que le
motiva a ello? No, señor agrimensor, yo no le impulso a
nada. Sólo puedo reconocer una cosa, que yo, cuando le vi
por primera vez, quizá le estimé demasiado. Su rápida
victoria sobre Frieda me asustó, no sabía de lo que aún
podría ser capaz, yo quería impedir males mayores y creí
poder conseguirlo si le conmocionaba con amenazas y
súplicas. Mientras tanto he aprendido a pensar con más

149
Librodot El castillo Franz Kafka

tranquilidad sobre todo. Puede hacer lo que quiera, sus


actos podrán dejar, a lo mejor, afuera, en la nieve del patio,
profundas huellas, pero nada más.
—Me parece que aún no ha logrado aclarar la
contradicción —dijo K—, pero me doy por satisfecho
habiéndole llamado la atención sobre ella. Ahora le pido,
señor secretario, que me diga si la opinión de la señora
posadera es acertada, me refiero a si el acta que quiere
completar conmigo podría conducir como consecuencia a
que pudiese aparecer ante Klamm. Si es así, estoy
dispuesto a responder a todas las preguntas. A ese
respecto, estoy dispuesto a todo.
—No —dijo Momus—, no existe esa vinculación. Aquí se
trata sólo de redactar una correcta descripción de lo
acontecido esta tarde para el registro municipal de Klamm.
Esa descripción ya está terminada, sólo tiene que rellenar
dos o tres espacios en blanco por cuestión de orden, no
existe ninguna otra finalidad y tampoco se puede alcanzar.
K miró en silencio a la posadera.
—¿Por qué me mira? —preguntó la posadera—. ¿Acaso
he dicho algo diferente? Así ocurre siempre, señor
secretario, así ocurre siempre. Falsea las informaciones que
se le dan y luego afirma que ha recibido informaciones
falsas. Le vengo diciendo desde el principio, hoy y siempre,
que no tiene ninguna posibilidad de ser recibido por Klamm,
si no hay ninguna posibilidad, tampoco la recibirá por esta
acta. ¿Puede haber algo más claro? Además, le digo que
esta acta es la única conexión oficial que puede tener con
Klamm, también eso es lo suficientemente claro y no da
lugar a dudas. Como no me cree, sigue con la esperanza —
no sé por qué ni para qué— de poder llegar hasta Klamm,
entonces sólo se le puede ayudar, si se logra insertar en su
proceso mental que la única conexión oficial que tiene con

150
El Castillo

Klamm es esta acta. Eso es lo que me he limitado a decir, y


quien afirme otra cosa diferente tergiversa maliciosamente
mis palabras.
—Si es como dice, señora posadera, entonces le pido
disculpas, entonces la he interpretado mal; yo creía,
erróneamente, como ha resultado ahora, que de sus
palabras se podía deducir una ínfima esperanza para mí.
—Cierto —dijo la posadera—, ésa es mi opinión, usted
vuelve a tergiversar mis palabras, aunque ahora en el
sentido contrario. Para usted, según mi opinión, existe una
esperanza así y, además, se basa únicamente en esta acta,
pero puede ser que asalte al señor secretario con la
pregunta «¿podré ver a Klamm si respondo a las
preguntas?» Cuando un niño pregunta así, uno se ríe,
cuando lo hace un adulto resulta una ofensa contra la
administración, lo que el señor secretario ha ocultado
indulgentemente con la elegancia de su respuesta. La
esperanza, sin embargo, a la que me refiero, consiste en
que a través del acta posee una suerte de conexión, quizá
una suerte de conexión con Klamm. ¿No es esa una
esperanza suficiente? ¿Si le preguntaran sobre los méritos
que le hacen digno de esa esperanza, podría mencionar
algo? Cierto, no se puede decir nada más concreto acerca
de esa esperanza, y especialmente el señor secretario, en el
ejercicio de sus funciones, jamás podrá darle la mínima
indicación al respecto. Para él se trata, como ya le dijo, de
una descripción de la tarde de hoy, por cuestión de orden,
más no le dirá, ni siquiera si ahora mismo le pregunta
respecto a mis palabras.
—¿Entonces, señor secretario —preguntó K—, leerá
Klamm esa acta?

151
Librodot El castillo Franz Kafka

—No —dijo Momus—, ¿para qué? Klamm no puede leer


todas las actas, en realidad no lee ninguna. «¡Dejadme en
paz con vuestras actas!», suele gritarnos.
—Señor agrimensor—se quejó la posadera—, me agota
con esas preguntas. ¿Acaso es necesario o siquiera
deseable que Klamm lea esa acta y tome conciencia literal
de las naderías de su vida? ¿No preferiría pedir
humildemente que ocultasen ese expediente a Klamm, una
petición, por lo demás, tan irrazonable como la primera —
quién puede ocultar algo a Klamm— algo que, sin embargo,
revelaría en usted un carácter más simpático? ¿Y es
necesario para eso que usted denomina su esperanza? ¿No
ha declarado que quedaría satisfecho, si sólo tuviese la
oportunidad de hablar delante de Klamm, aun en el caso de
que él no le viera y ni siquiera le escuchara? ¿Y no alcanza
mediante este expediente al menos eso, aunque quizá
mucho más?
—¿Mucho más? —preguntó K—. ¿De qué manera?
—Si no quisiera tenerlo siempre todo en forma comestible
—dijo la posadera—, como si fuera un niño. ¿Quién puede
dar respuesta a esas preguntas? El acta se guarda en el
registro municipal de Klamm, eso ya lo ha escuchado, mas
no se puede decir con seguridad. ¿Conoce ya toda la
importancia de lo que redacta el señor secretario para el
registro municipal? ¿Sabe lo que significa cuando el señor
secretario le interroga? Tal vez, o es muy probable, ni
siquiera lo sepa él mismo. Está aquí tranquilamente sentado
y cumple con su deber, por cuestión de orden, como dijo.
Pero piense que Klamm le ha nombrado, que trabaja en
nombre de Klamm, que lo que hace, aunque nunca llegue
hasta Klamm, cuenta desde un principio con la aprobación
de Klamm. Y ¿cómo puede tener algo la aprobación de
Klamm si no está inspirado por su espíritu? Muy lejos está
de mí la intención de adular toscamente al señor secretario,

152
El Castillo

él mismo tampoco lo toleraría, pero no hablo de su


personalidad independiente, sino de lo que él es cuando
cuenta con la aprobación de Klamm, como ahora mismo.
Entonces es un instrumento en el cual se posa la mano de
Klamm, y ay de aquel que no se someta a él16.
K no temía las amenazas de la posadera, ya estaba
cansado de las esperanzas con las que intentaba hacerle
caer en la trampa. Klamm estaba lejos, una vez la posadera
había comparado a Klamm con un águila y eso le había
parecido a K ridículo; ahora ya no, pensaba en su lejanía, en
su inexpugnable morada, en su silencio continuo, quizá sólo
interrumpido por gritos que K jamás había oído, en su
mirada penetrante que nunca se dejaba contrariar ni poner
en evidencia, en sus círculos, indestructibles por la
profundidad de K, que trazaba arriba según leyes
incomprensibles, sólo visibles en algún instante, todo eso
tenían en común Klamm y el águila. El acta no tenía nada
que ver con todo eso, esa acta sobre la cual Momus
despedazaba en ese momento una rosquilla con la que iba
a acompañar la cerveza y con la que cubrió todos los
papeles de sal y comino.
—Buenas noches —dijo K—, siento aversión contra todos
los interrogatorios.
Y realmente se fue hacia la puerta.
—Pues se va —dijo Momus casi atemorizado a la
posadera.
—No se atreverá —dijo ella.
Pero K no pudo oír nada más, ya se encontraba en el
pasillo. Hacía frío y soplaba un fuerte viento. De la puerta de
enfrente salió el posadero, parecía como si detrás de ella,
por un agujero, hubiese vigila do el pasillo. Se sujetaba los
faldones de la chaqueta, tan fuerte soplaba el viento en el
pasillo.

153
Librodot El castillo Franz Kafka

—¿Ya se va, señor agrimensor? —dijo.


—¿Se asombra de ello? —preguntó K.
—Sí —dijo el posadero—. Entonces, ¿no le han
interrogado?
—No —dijo K—, no me dejo interrogar.
—¿Por qué? —preguntó el posadero.
—No sé por qué razón me debería dejar interrogar, por qué
me tengo que someter a una broma o a un capricho
administrativo. Tal vez lo hubiese hecho en otra ocasión
para matar el tiempo, pero hoy no.
—Sí, claro —dijo el posadero, pero era una anuencia
cortés, carente de convicción—. Tengo que dejar entrar al
servicio en la taberna —dijo después—, ya hace tiempo que
ha pasado su hora. No quería importunar el interrogatorio.
—¿Lo consideraba tan importante? —preguntó K.
—Oh, sí —dijo el posadero.
—Entonces, ¿no tendría que haberme negado? —preguntó
K.
—No —dijo el posadero—, no lo debería haber hecho.
Como K callaba, ya fuese para consolarle o para salir del
paso con más rapidez, añadió:
—Bueno, bueno, no por eso se va a caer el cielo.
—No —dijo K—, por el tiempo que hace, no creo.
Y se separaron sonriendo.

154
El Castillo

10

EN LA CALLE

K salió a la escalera exterior azotada por el fuerte viento y


miró hacia la oscuridad. Un tiempo malo, malísimo. De
alguna manera, en consonancia con él se acordó de cómo
la posadera se había esforzado en que se plegase al
interrogatorio y cómo había logrado resistirse. No había sido
ningún esfuerzo externo, en secreto le había alejado del
acta, al final no sabía si había resistido o se había
resignado. Una naturaleza intrigante, aparentemente
trabajando sin sentido como el viento, según encargos
lejanos y extraños de los que nunca se tenía noticia.
Apenas había caminado unos pasos por la carretera
cuando vio en la lejanía dos luces oscilantes. Ese signo de
vida le alegró y se apresuró a llegar hasta ellas, que también
venían a su encuentro. No supo por qué se sintió tan
decepcionado al reconocer a los dos ayudantes que
marchaban hacia él, probablemente los había enviado
Frieda, y los faroles que le liberaban de las tinieblas
haciendo ruido a su alrededor eran de su propiedad; no
obstante, estaba decepcionado, había esperado encontrarse
con algún extraño, no con esos viejos conocidos que le
resultaban una carga. Pero no sólo venían los ayudantes, de
la oscuridad, entre ellos, surgió Barnabás.
—¡Barnabás! —exclamó K, y le ofreció su mano—. ¿Me
buscabas?
La sorpresa del encuentro le hizo olvidar al principio el
enojo que le causó una vez.
—Sí —dijo Barnabás con el mismo tono amable de
siempre—, y con una carta de Klamm.

155
Librodot El castillo Franz Kafka

——¡Una carta de Klamm! —dijo K alzando la cabeza y


tomando deprisa la carta de la mano de Barnabás—.
¡Iluminad! —le dijo a los ayudantes que se apretaban contra
él a derecha e izquierda y levantaban los faroles.
K tuvo que doblar repetidas veces el gran pliego de la carta
para protegerlo del viento. A continuación leyó: «¡Al
agrimensor en la posada del puente! Los trabajos de
agrimensura que ha realizado hasta el presente son dignos
de mi reconocimiento. También los trabajos de los
ayudantes son dignos de alabanza. Sabe estimularlos muy
bien a trabajar. ¡No desmaye en su celo profesional!
¡Conduzca sus trabajos a un buen fin! Una interrupción me
enojaría. Por lo demás, esté confiado, la cuestión salarial se
decidirá en breve. No le pierdo de vista».
K dejó de mirar la carta cuando los ayudantes, lectores
más lentos, gritaron tres hurras para celebrar las buenas
noticias e hicieron oscilar los faroles.
—Calma —dijo, y dirigiéndose a Barnabás—: Es un
malentendido.
Barnabás no le comprendió.
—Es un malentendido —repitió K.
Y el cansancio de la tarde volvió a apoderarse de él, el
camino hasta la escuela le parecía aún más largo y detrás
de Barnabás se encontraba toda su familia y los ayudantes
se apretaban contra él, así que tuvo que distanciarlos con
los codos; cómo había podido Frieda enviárselos; si él había
ordenado que permanecieran con ella. El camino a casa lo
habría encontrado él solo y lo habría recorrido con más
facilidad que en esa compañía. Por añadidura, uno de ellos
se había puesto alrededor del cuello un pañuelo, cuyos
extremos ondeaban con el viento y golpeaban el rostro de K,
mientras que el otro los retiraba de su rostro con sus dedos
puntiagudos y juguetones sin, ciertamente, mejorar la

156
El Castillo

situación. Los dos, incluso, parecían haberle tomado el


gusto a esa actividad, del mismo modo en que les
entusiasmaba el viento y la inestabilidad de la noche.
—¡Vamos! —gritó K—. Si habéis venido a mi encuentro,
¿por qué no habéis traído mi bastón? ¿Con qué si no os voy
a llevar hasta casa?
Se escondieron detrás de Barnabás, pero tampoco
estaban tan asustados, pues en otro caso no habrían
mantenido los faroles a derecha e izquierda de su protector.
Él, sin embargo, se desprendió de ellos.
—Barnabás —dijo K, y le afectó profundamente que
Barnabás no comprendiese que en tiempos tranquilos su
chaqueta brillase, pero que cuando había problemas, no
supusiese ninguna ayuda; en él sólo se podía encontrar una
resistencia muda, resistencia contra la que no se podía
luchar, pues él mismo estaba indefenso, sólo brillaba su
sonrisa, pero era de tan poca ayuda como las estrellas
arriba contra la tormenta allí abajo.
—Mira lo que me escribe el señor —dijo K, y mantuvo la
carta ante su rostro—. El señor está mal informado, no hago
ningún trabajo de agrimensura y lo valiosos que son los
ayudantes, bueno, eso ya lo sabes tú mismo. Y el trabajo
que no hago no lo puedo interrumpir, ¡si ni siquiera puedo
despertar el enojo del señor, cómo voy a ganarme su
reconocimiento! Y confiado, desde luego, no lo estaré
nunca.
—Yo lo intentaré arreglar —dijo Barnabás, que todo el
tiempo había pasado la vista por la carta, pero no la había
podido leer, ya que la tenía pegada al rostro.
—¡Ay! —dijo K—, me prometes que lo vas a arreglar, pero
¿puedo creerte realmente? ¡Necesito tanto a un mensajero
digno de confianza, ahora más que nunca!

157
Librodot El castillo Franz Kafka

K se mordió los labios de impaciencia.


—Señor —dijo Barnabás con una ligera inclinación del
cuello. K estuvo a punto de dejarse seducir y creer a
Barnabás—, yo lo arreglaré, también lo último que me
pediste.
—¡Cómo! —gritó K—. ¿Aún no lo has arreglado? ¿No
estuviste al día siguiente en el castillo?
—No —dijo Barnabás—, mi buen padre es viejo, ya lo has
visto, y había mucho trabajo, tuve que ayudarle, pero ahora
podré ir pronto al castillo.
—Pero ¿qué haces, ser descabellado? —exclamó K, y se
dio una palmada en la frente—, ¿acaso no tienen prioridad
ante todo los asuntos de Klamm? ¿Tienes el cargo superior
de un mensajero y lo ejerces con tal desvergüenza? ¿A
quién le preocupa el trabajo de tu padre? Mamm espera
noticias y tú, en vez de precipitarte a llevárselas, prefieres
sacar la porquería del establo.
—Mi padre es zapatero —dijo Barnabás impertérrito—,
tenía encargos de Brunswick y yo soy el ayudante de mi
padre.
—¡Encargos—zapatos—Brunswick! —gritó K amargado,
como si hiciese inservibles para siempre cada una de las
palabras—. ¿Y quién necesita aquí zapatos en los caminos
siempre vacíos, y qué me importan a mí todos los zapatos
del mundo? Te he confiado un mensaje, no para que lo
olvides en un banco de zapatero, sino para que lo lleves de
inmediato al señor.
K se tranquilizó un poco al ocurrírsele que probablemente
Klamm no había permanecido todo el tiempo en el castillo,
sino en la posada de los señores, pero Barnabás volvió a
irritarle cuando comenzó a recitar el primer mensaje para
demostrarle que no lo había olvidado.

158
El Castillo

—Basta, no quiero saber más—dijo K.


—No te enfades conmigo, señor—dijo Barnabás y, como si
quisiera castigarle inconscientemente, apartó su mirada y
bajó los ojos, pero no era más que consternación por los
gritos de K.
—No me he enfadado contigo —dijo K, y su intranquilidad
se volvió contra él mismo—, no contigo, pero resulta muy
perjudicial para mí sólo tener un mensajero así para las
cosas importantes.
—Mira —dijo Barnabás, y pareció como si para defender
su honor de mensajero dijera más de lo que podía—, Klamm
no espera tus noticias, incluso se enoja cuando llego, «otra
vez noticias», dijo él una vez, y la mayoría de las veces se
levanta cuando me ve llegar desde lejos, se va a la
habitación contigua y no me recibe. Tampoco está acordado
que tenga que presentarme cada vez que tenga un
mensaje; si fuese así, es obvio que me presentaría
inmediatamente, pero no se ha acordado nada al respecto, y
si no me presentase nunca, tampoco me reclamarían que lo
hiciese. Cuando llevo un mensaje lo hago voluntariamente.
—Bien —dijo K observando a Barnabás y apartando
premeditadamente la vista de los ayudantes que,
alternándose detrás de los hombros de Barnabás, surgían
lentamente de su hundimiento y rápidamente, con un silbido
que imitaba al viento, como si se asustasen ante la mirada
de K, volvían a desaparecer, así se divirtieron un buen rato
—, no sé cómo son las cosas con Klamm, que tú sepas
reconocer cómo son allí, lo dudo e incluso si pudieras,
tampoco podrías mejorarlas. Pero sí puedes transmitir un
mensaje, y eso es lo que te pido. Un mensaje muy corto.
¿Podrás llevarlo mañana mismo y decirme la respuesta
también mañana o al menos informarme de cómo ha sido
recibido? ¿Puedes y quieres hacerlo? Para mí sería muy

159
Librodot El castillo Franz Kafka

importante. Y tal vez tenga la oportunidad de agradecértelo


o tal vez tienes ahora un deseo que yo pueda cumplir.
—Claro que cumpliré tu encargo —dijo Barnabás.
—¿Y quieres esforzarte, cumplirlo lo mejor posible,
transmitírselo personalmente a Klamm, recibir la respuesta
del mismo Klamm y en seguida, mañana, aún por la
mañana, quieres hacerlo?
—Lo haré lo mejor que pueda—dijo Barnabás—, pero eso
es lo que hago siempre.
—No vamos a seguir discutiendo sobre eso —dijo K—.
Éste es el mensaje: «El agrimensor solicita al señor director
que le permita presentarse personalmente ante él, acepta
por antelación toda condición que esté vinculada a esa
autorización. Se ha visto obligado a realizar esta petición,
porque hasta ahora todos los intermediarios han fracasado,
como prueba aduce que hasta el momento no ha realizado
ningún trabajo de agrimensura; con desesperada vergüenza
ha leído, por tanto, la última carta del señor director, sólo
una entrevista personal podría ayudar a solucionar la
situación. El agrimensor conoce las molestias que puede
causar, así que se esforzará por reducirlas todo lo que
pueda, sometiéndose a cualquier limitación de tiempo,
incluso a una fijación del número de palabras, si se
considera necesaria, que pueda emplear durante la
entrevista, incluso cree poder contentarse con sólo diez
palabras. Con gran respeto y extremada impaciencia, esper a
la decisión».
K había hablado concentrado en las palabras y
olvidándose de sí mismo, como si estuviese ante la puerta
de Klamm y hablase con el vigilante de la puerta.
—Es más largo de lo que había pensado —dijo al cabo—,
pero tienes que transmitirlo oralmente, no quiero escribir una
carta, seguiría el infinito camino de los expedientes.

160
El Castillo

Así, K garabateó en un papel sobre la espalda de uno de


los ayudantes, mientras el otro iluminaba, pero K pudo
escribirlo según el dictado de Barnabás que lo había
memorizado todo y lo repetía como un escolar, sin
preocuparse del texto erróneo que los ayudantes le
intentaban soplar.
—Tu memoria es extraordinaria —dijo K, y le dio el papel
—, ahora, por favor, muéstrate extraordinario en el resto. ¿Y
los deseos? ¿No tienes ninguno? Te digo sinceramente que
me tranquilizaría, respecto al destino de mi mensaje, si
tuvieras alguno.
Al principio Barnabás permaneció callado, luego dijo:
—Mis hermanas te envían saludos.
—Tus hermanas —dijo K—, sí, esas jóvenes fuertes y
altas.
—Las dos te envían un saludo, pero especialmente Amalia
—dijo Barnabás—, hoy me ha traído esta carta del castillo
para ti.
Interesado en esta información, K preguntó:
—¿No podría llevar ella también mi mensaje al castillo? ¿O
no podríais ir los dos juntos y buscar suerte cada uno por su
lado?
—Amalia no puede entrar en las oficinas —dijo Barnabás
—, si no lo haría encantada.
—Mañana es probable que vaya a visitaros —dijo K—,
pero ven tú antes a buscarme con la respuesta. Te espero
en la escuela. Saluda de mi parte a tus hermanas.
La promesa de K pareció hacer muy feliz a Barnabás y,
después de estrecharse las manos como despedida, llegó
incluso a rozar fugazmente el hombro de K. Éste sintió
sonriente ese roce como si fuera un distintivo, como si ahora

161
Librodot El castillo Franz Kafka

todo fuese como al principio, cuando Barnabás entró por


primera vez en la posada con todo su esplendor en la
presencia de los campesinos. Ya más calmado, durante el
camino de regreso dejó que los ayudantes hicieran lo que
quisiesen.

162
El Castillo

11

EN LA ESCUELA

Llegó congelado a casa, todo estaba oscuro, las velas en


los faroles se habían consumido; conducido por los
ayudantes, que conocían el lugar, logró entrar en una de las
clases palpando las paredes:
—Vuestra primera acción digna de elogio —dijo
recordando la carta de Klamm.
Aún medio dormida, Frieda exclamó desde una esquina:
—¡Dejad dormir a K! ¡No le molestéis!
Así seguía ocupando K sus pensamientos, aun cuando
rendida por el sueño no había podido esperarlo despierta.
Entonces se encendió la luz, aunque la lámpara, dado que
tenía poco petróleo, apenas iluminaba. El lugar mostraba
varias carencias, si bien se había caldeado; la gran
habitación, que también se empleaba para hacer gimnasia
—los aparatos estaban por todos lados y también colgaban
del techo—, había consumido ya toda la leña disponible.
Como se le aseguró a K, la temperatura había sido muy
agradable, pero ahora, por desgracia, se había enfriado. En
un depósito había reservas de leña, pero estaba cerrado y el
maestro era quien tenía la llave, además, sólo permitía que
se sacase leña para calentar durante las horas de clase.
Hubiera sido soportable, si hubiesen dispuesto de camas
para poder huir del frío en ellas, pero no había nada excepto
un jergón de paja, cubierto, lo que era digno de aprecio, por
un mantón de lana perteneciente a Frieda, pero sin colchón
de plumas y sólo con dos cobertores rígidos y bastos que
apenas calentaban. E incluso los ayudantes miraban con

163
Librodot El castillo Franz Kafka

codicia ese jergón de paja, pero, naturalmente, no tenían la


esperanza de poder acostarse en él. Frieda miró a K con
miedo; que podía hacer habitable incluso la habitación más
miserable, era algo que había demostrado en la posada del
puente, pero aquí no había podido lograr nada más, sin
ningún medio, como en realidad había sido.
—Nuestro único mobiliario son los aparatos de gimnasia —
dijo entre lágrimas esforzándose por sonreír. Pero en lo que
se refería a las graves carencias, la insuficiencia de camas y
la calefacción, se prometía ayuda para el día siguiente y le
pidió a K que tuviera paciencia hasta entonces. Ninguna
palabra, ningún signo, ningún gesto podía indicar que
albergaba en su corazón la mínima amargura por más que
él, como tenía que reconocer, la había sacado de la posada
de los señores y luego de la del puente. Por esta razón K se
esforzó por encontrarlo todo soportable, lo que tampoco le
resultaba tan difícil, pues él caminaba en pensamientos con
Barnabás y repetía literalmente todo su mensaje, pero no
como se lo había transmitido a Barnabás, sino como él creía
que sonaría en los oídos de Klamm. Además, se alegró
sinceramente por el café que Frieda le preparaba en un
hornillo y siguió desde la calefacción, ya fría, sus
movimientos experimentados y ligeros con los cuales
extendía sobre la mesa del maestro el inevitable mantel
blanco, colocaba una taza de café con motivos florales y,
junto a ella, pan y tocino e, incluso, una lata de sardinas.
Ahora ya estaba todo listo, tampoco Frieda había comido,
sólo había esperado a K. Había dos sillas: en ellas Frieda y
K se sentaron a la mesa, los ayudantes a sus pies, en la
tarima, pero no permanecieron tranquilos, también
molestaron durante la comida; a pesar de que recibieron con
abundancia de todo y ni siquiera habían terminado lo suyo,
no cesaban de levantarse para comprobar si aún quedaba
algo en la mesa y si podían esperar algo más. K no les

164
El Castillo

prestó atención, sólo por la risa de Frieda se fijó en ellos. Él


puso su mano acariciadora sobre la de ella y le preguntó en
voz baja por qué les toleraba tanto, incluso aceptaba
amablemente su mala educación. De esa manera jamás
podrían desprenderse de ellos, mientras que tratándolos con
dureza como correspondía a su comportamiento podrían
lograr o dominarlos o, lo que era más probable y mejor,
quitarles el gusto de seguir en ese puesto y finalmente que
se fuesen. No parecía que la estancia en la escuela tuviese
perspectivas de ser muy buena, aunque tampoco fuera a
durar mucho, pero apenas se notarían las carencias si los
ayudantes se hubiesen ido y sólo los dos per maneciesen en
esa casa tan tranquila. ¿Acaso no notaba que los ayudantes
se ponían más descarados cada día que pasaba, como si la
presencia de Frieda y la esperanza de que K no intervendría
con fuerza en su presencia, como haría en otro caso, les
animara a ello? Además, quizá podría haber algún medio
simple para desembarazarse de ellos, tal vez hasta lo
conociese Frieda, que tanto sabía de su situación actual. Y
a los ayudantes probablemente sólo se les hiciese un favor
al expulsarlos, pues tampoco se daban allí la gran vida y la
haraganería de la que habían disfrutado hasta ese momento
terminaría en parte, ya que tendrían que ponerse a trabajar,
mientras que Frieda, después de las agitaciones de los
últimos días, tenía que descansar y él, K, estaría ocupado
en buscar una salida a la situación de emergencia en que se
encontraban. Sin embargo, si los ayudantes se fueran, se
encontraría tan aligerado que podría cumplir fácilmente con
las obligaciones en la escuela y con todo lo demás.
Frieda, que había escuchado con atención, acarició
lentamente su brazo y dijo que era de la misma opinión,
pero que él, sin embargo, quizá valoraba demasiado la mala
educación de los ayudantes, eran chicos jóvenes, alegres y
algo simples, por primera vez al servicio de un forastero,

165
Librodot El castillo Franz Kafka

liberados de la severa disciplina del castillo, por eso mismo


un poco excitados y asombrados, y que en ese estado a
veces cometían tonterías, sobre las que, naturalmente, uno
se tenía que enojar, aunque lo más razonable sería reírse.
Ella, a veces, no podía dejar de reírse. Sin embargo, estaba
de acuerdo con K en que lo mejor sería desembarazarse de
ellos y quedarse los dos solos. Se aproximó a K y ocultó su
rostro en su hombro, y allí dijo, de forma tan incomprensible
que K se tuvo que inclinar, que no conocía ningún medio
contra los ayudantes y temía que fracasase todo lo
propuesto por K. Por lo que ella sabía, había sido el mismo
K quien los había reclamado y ahora los tenía y los
mantendría. Lo mejor sería aceptarlo como un mal menor,
como lo que en realidad eran, y así los soportaría mejor.
K no quedó satisfecho con esa respuesta: medio en broma
medio en serio dijo que le parecía que ella tenía confianza
en ellos o que, al menos, sentía por ellos una gran
inclinación, a fin de cuentas eran unos chicos atractivos
aunque no había nadie del que alguien, con buena voluntad,
no pudiese deshacerse, y eso lo demostraría con los
ayudantes.
Frieda le dijo que ella le estaría muy agradecida si lo
lograba. Además, a partir de ese momento ya no se reiría de
ellos ni hablaría con ellos una palabra que no fuese
necesaria. Ya no encontraba en ellos nada que le hiciera
gracia; por añadidura no era nada agradable ser observada
continuamente por dos personas, ella había aprendido a
contemplar a los dos con sus ojos. Y, realmente, se
sobresaltó un poco cuando los dos ayudantes volvieron a
levantarse, en parte para comprobar los restos de comida
en parte para enterarse de a qué se debían los continuos
murmullos.
K aprovechó la ocasión para quitarle las ganas a Frieda de
seguir con los ayudantes, la atrajo hacia sí y terminaron

166
El Castillo

juntos la comida. Entonces deberían haberse acostado,


todos estaban muy cansados, uno de los ayudantes se
había quedado dormido, incluso, mientras comía, eso divirtió
mucho al otro y quiso convencer a K y a Frieda para que
mirasen el necio rostro del durmiente, pero no lo logró, los
dos se mantuvieron arriba con actitud de rechazo. Con el
insoportable frío que hacía dudaban si irse a dormir,
finalmente K declaró que se tenía que volver a caldear la
habitación, en otro caso sería imposible dormir. Buscó un
hacha o alguna herramienta parecida, los ayudantes sabían
de un hacha y la trajeron; a continuación se fue al depósito
de leña. En poco tiempo había logrado romper la puerta;
encantados, como si no hubiesen experimentado en su vida
nada mejor, persiguiéndose y empujándose mutuamente,
los ayudantes comenzaron a llevar leña a la habitación; en
poco tiempo ya habían acumulado un buen montón, así que
encendieron la calefacción, se sentaron alrededor, a los
ayudantes les dieron un cobertor, para arroparse con él, y
eso bastó, porque acordaron que uno de ellos siempre
vigilaría el fuego para mantenerlo, pero poco después hacía
tanto calor que ya no necesitaron los cobertores, se apagó
la lámpara y, felices por el calor y la calma, Frieda y K se
echaron a dormir.
Cuando K se despertó por la noche a causa de un ruido y
tocó somnoliento en el lugar donde debía estar Frieda,
comprobó que en vez de ella a su lado estaba uno de los
ayudantes. Fue, probablemente debido a la irritación que ya
trajo consigo el ser despertado de repente, el mayor susto
que había tenido desde que había llegado al pueblo. Se
levantó dando un grito y sin pensarlo le dio al ayudante tal
puñetazo que comenzó a llorar. El malentendido, sin
embargo, se aclaró en seguida. Frieda se había despertado
porque —al menos eso se había figurado— un animal
grande, probablemente un gato, le había saltado al pecho y

167
Librodot El castillo Franz Kafka

luego se había escapado. Ella se había levantado y buscado


al animal por toda la habitación. Eso lo había aprovechado
uno de los ayudantes para disfrutar un poco del placer del
jergón de paja, lo que ahora pagaba amargamente. Frieda,
sin embargo, no pudo encontrar nada, quizá sólo fuera pura
imaginación, regresó con K y en el camino, como si hubiese
olvidado la conversación nocturna, acarició el pelo del
ayudante lloroso para confortarle. K no dijo nada, se limitó a
ordenar al ayudante que dejase ya de vigilar el fuego, pues
con el consumo de casi toda la leña reunida ya hacía
demasiado calor.
Por la mañana se despertaron cuando los primeros niños
de la escuela ya estaban allí y rodeaban con curiosidad a
los durmientes. Fue algo desagradable porque a causa del
calor, que ahora, sin embargo, por la mañana, había dado
lugar a un frío respetable, se habían quitado todos hasta la
camisa y precisamente cuando comenzaban a vestirse
apareció en la puerta Gisa, la maestra, una mujer joven,
alta, rubia y hermosa, aunque algo rígida. Había sido
visiblemente preparada para tratar al nuevo bedel y había
recibido instrucciones del maestro, pues ya en el umbral
dijo:
—Esto no lo puedo tolerar. Pues sí, bonita situación.
Tienen simplemente el permiso de dormir en la clase, pero
yo no tengo la obligación de dar clase en su dormitorio. Una
familia que duerme hasta casi el mediodía, ¡era lo que nos
faltaba!
Bueno, contra eso se podría decir bastante, especialmente
en lo que se refería a la familia y a las camas, pensó K,
mientras él y Frieda —los ayudantes no podían ayudar, se
limitaban a mirar perplejos, desde el suelo, a la maestra y a
los niños— empujaron a toda prisa el potro y las barras, los
cubrieron con el cobertor y así crearon un espacio en el
cual, asegurados contra las miradas de los niños, al menos

168
El Castillo

pudieron vestirse. Pero no lograron gozar de un minuto de


tranquilidad. Al principio la maestra les riñó porque no había
agua fresca en la jofaina. Precisamente K acababa de
pensar en recoger la jofaina para él y para Frieda, pero en
principio renunció a ello para no irritar demasiado a la
maestra, aunque esa renuncia no ayudó en nada, pues poco
después se produjo una gran disputa, puesto que,
desgraciadamente, se habían olvidado de quitar los restos
de la cena de la mesa del maestro, así que la maestra lo
apartó todo con una regla y lo tiró al suelo; a la maestra no
le preocupó en absoluto que se derramase el aceite de las
sardinas y los restos del café, el bedel ya pondría orden en
todo. Aún sin estar completamente vestidos, apoyados en
las barras, Frieda y K contemplaban la destrucción de su
pequeña posesión, los ayudantes, que no pensaban en
vestirse, espiaban, para el disfrute de los niños, por debajo
del cobertor. A Frieda lo que más le dolía era la pérdida de
la cafetera, sólo cuando K, para consolarla, le aseguró que
iría inmediatamente a ver al alcalde y reclamaría una
reposición, se calmó lo suficiente como para, en ropa interior
como estaba, salir del recinto y recuperar al menos la tapa
para impedir que se ensuciara más. Lo logró a pesar de que
la maestra, para asustarla, martillaba la mesa de un modo
irritante. Una vez que K y Frieda terminaron de vestirse,
tuvieron, no sólo que obligar a los ayudantes, que yacían
como embargados por los acontecimientos, con órdenes y
empujones, para que se vistieran, sino que en parte tuvieron
que vestirlos ellos mismos. Cuando terminaron, K repartió el
trabajo. Los ayudantes tenían que recoger madera y
calentar la habitación, pero primero en la otra clase, en la
cual aún amenazaban grandes peligros, pues allí se
encontraba ya probablemente el maestro. Frieda tenía que
fregar el suelo y K traería agua y ordenaría un poco, por
ahora no se podía pensar en desayunar. Pero para
informarse del estado de ánimo de la maestra, K quería salir

169
Librodot El castillo Franz Kafka

el primero, los demás le deberían seguir cuando él los


llamara, tomó esa medida porque no quería que las
tonterías de los ayudantes volviesen a empeorar la situación
y, por otra parte, porque quería procurar no herir a Frieda,
pues ella tenía ambición, él no; ella era sensible, él no; ella
pensaba en los pequeños horrores del presente, él, sin
embargo, en Barnabás y en el futuro. Frieda siguió
correctamente todas sus indicaciones, apenas apartaba los
ojos de él. En cuanto salió, la maestra, acompañada de las
risas de los niños, que ya no cesaron, exclamó:
—¡Qué! ¿Se han quedado dormidos?
Y cuando K no se dignó responder, pues no había sido una
pregunta de verdad, y se dirigió directamente al lavabo, la
maestra preguntó:
—¿Qué han hecho con mi gato?
Un gato gordo y viejo yacía sobre la mesa y la maestra
inspeccionaba una pata que parecía ligeramente herida. Así
que Frieda había tenido razón, ese gato no había saltado
sobre ella, pues parecía incapaz de saltar, pero había
pasado por encima de ella, se habría asustado por la
presencia de personas en la casa, se querría esconder y al
realizar algún movimiento inusual causado por la prisa, se
había herido. K intentó explicárselo tranquilamente a la
maestra, pero ésta sólo se fijó en el resultado y dijo:
—Ya veo, le habéis herido, así os habéis presentado aquí.
Mire —y llamó a K para que acudiese a la mesa, le enseñó
la pata y antes de que pudiese darse cuenta, ella le hizo un
arañazo en la palma de la mano. Aunque las uñas del gato
estaban ocultas, la maestra, esta vez sin consideración con
el gato, las presionó con tanta fuerza que produjeron unas
estrías sangrientas.
—Y ahora vaya al trabajo —dijo ella con impaciencia y
volvió a inclinarse sobre el gato.

170
El Castillo

Frieda, que había mirado detrás de las barras con los


ayudantes, gritó al ver la sangre. K mostró la mano a los
niños y dijo:
—Mirad lo que me ha hecho un gato malo y astuto.
No lo dijo por los niños, cuyos gritos y risas se habían
vuelto tan ingobernables que ya no necesitaban ninguna
causa o estímulo, no había ninguna palabra que pudiese
penetrarlos o influir en ellos. Pero como la maestra sólo
respondió con una breve mirada de soslayo y continuó
ocupada con el gato, quedando su furia inicial satisfecha
con el castigo sangriento, K llamó a Frieda y a los ayudantes
para comenzar el trabajo.
Después de que K se hubo llevado la jofaina con agua
sucia y hubo traído agua fresca y cuando se disponía a
fregar la clase, un niño de doce años se levantó de su
asiento, tocó la mano de K y dijo algo incomprensible por el
barullo. Entonces se produjo un gran silencio. K se volvió.
Había ocurrido lo temido durante toda la mañana. En la
puerta estaba el maestro, el hombrecillo sostenía con cada
una de sus manos a un ayudante cogido por el cuello. Los
había atrapado cuando recogían leña; con poderosa voz,
haciendo una pausa entre cada palabra, gritó:
—¿Quién se ha atrevido a romper la puerta del depósito de
leña? ¿Quién es el culpable para que lo aplaste?
Entonces se levantó Frieda del suelo, pues se esforzaba
en limpiar a los pies de la maestra, miró hacia K, como si
quisiese reunir fuerzas, y, no sin algo de su antigua
superioridad en la voz y el gesto, dijo:
—He sido yo, señor maestro. No se me ocurrió otra cosa.
Si las clases tenían que estar caldeadas por la mañana
temprano, había que abrir el depósito de leña. No me atreví
a recoger la llave en su casa, pues ya era de noche, mi
novio estaba en la posada de los señores, era posible que

171
Librodot El castillo Franz Kafka

pasara la noche allí, así que tuve que tomar una decisión. Si
hice mal, perdóneme mi inexperiencia, ya me ha reñido lo
suficiente mi novio cuando vio lo ocurrido. Sí, incluso me
prohibió que caldease la clase temprano, pues creía que al
mantener cerrado el depósito de leña, usted no quería que
se calentase por la mañana, al menos hasta que usted
llegase. Que no se haya encendido la calefacción es culpa
suya, pero de la rotura de la puerta yo soy la culpable.
—¿Quién ha roto la puerta? —preguntó el maestro a los
ayudantes, quienes aún intentaban liberarse de su
cautividad.
—El señor—dijeron los dos al unísono y, para que no
hubiese ninguna duda, señalaron a K.
Frieda se rió, y esa risa pareció más convincente que sus
palabras. A continuación, comenzó a escurrir el trapo con el
que estaba fregando el suelo en el cubo, como si con su
explicación el caso se hubiese concluido y el testimonio de
los ayudantes no hubiese sido nada más que una broma.
Cuando se agachó para continuar su labor, dijo:
—Nuestros ayudantes son niños que, a pesar de su edad,
deberían estar aquí en la escuela. Yo misma abrí la puerta
del depósito de madera ayer por la noche con un hacha, fue
muy fácil, no necesité a los ayudantes, sólo habrían
importunado. Pero cuando mi novio vino por la noche y salió
para inspeccionar los daños y para repararlos en lo que
fuese posible, los ayudantes le siguieron después,
probablemente porque tenían miedo de permanecer aquí
solos, y vieron a mi novio trabajando delante de la puerta
destrozada, por eso dicen eso ahora; ya ve, son como
niños.
Mientras hablaba Frieda, los ayudantes no paraban de
mover negativamente la cabeza, seguían señalando a K y
se esforzaban por cambiar la opinión de Frieda con sus

172
El Castillo

gestos, pero como no lo consiguieron, finalmente se


sometieron, tomaron las palabras de Frieda como una orden
y al repetirles la pregunta el maestro, ya no respondieron.
—Bueno, bueno, así que me habéis mentido, o al menos
habéis acusado injustamente al bedel.
Ellos se mantuvieron en silencio, pero su temblor y sus
miradas angustiadas parecían indicar una conciencia
culpable.
—Entonces os daré ahora mismo una paliza —dijo el
maestro, y envió a uno de los niños a la otra habitación para
que le trajera una palmeta. Cuando el maestro levantó la
palmeta, Frieda gritó:
—¡Los ayudantes han dicho la verdad!
Entonces arrojó desesperada el trapo en el cubo,
salpicando con el agua, y corrió hasta detrás de las barras
para esconderse.
—Un grupo de mentirosos —dijo la maestra, que acababa
de ponerle la venda al gato y lo mantenía en el regazo, para
el cual era demasiado ancho.
—Así que nos queda el señor bedel —dijo el maestro,
empujó a los ayudantes dejándolos libres y se volvió a K,
que, durante todo el tiempo, había estado escuchando
apoyándose en el palo de la escoba.
—Este bedel, que por cobardía reconoce con toda
tranquilidad que se inculpe a otros falsamente de sus
propias bellaquerías.
—Bueno —dijo K, que había notado que la intervención de
Frieda había calmado la desenfrenada furia inicial del
maestro—, si los ayudantes hubiesen recibido un castigo, no
me habría apenado, pues ya se han salido con la suya en
más de diez casos en que lo merecían, así que bien podrían
recibir un castigo aunque sea inmerecido. Pero también me

173
Librodot El castillo Franz Kafka

hubiera convenido si se hubiera evitado un enfrentamiento


directo entre usted, señor maestro, y yo, quizá también le
habría convenido a usted. Pero como ahora Frieda me ha
sacrificado a los ayudantes —aquí K realizó una pausa, se
podían oír en el silencio los sollozos de Frieda detrás del
cobertor—, se tienen que aclarar las cosas.
—Esto es inaudito —dijo la maestra.
—Comparto completamente su opinión, señorita Gisa —
dijo el maestro—. Usted, bedel, está naturalmente
despedido de inmediato por este comportamiento
vergonzoso en el ejercicio de sus funciones, por ahora me
reservo la sanción que seguirá, pero márchese al instante
con todas sus cosas de esta casa. Para nosotros será una
liberación y por fin podremos comenzar las clases. Así que
dese prisa.
—Yo no me muevo de aquí —dijo K—. Usted es mi
superior pero no la persona que me ha concedido este
empleo, esa persona es el señor alcalde, sólo acepto su
despido. Pero él no me ha dado el puesto para que me
congele aquí con los míos, sino —como usted mismo dijo—
para impedir actos desesperados e imprudentes por mi
parte. Despedirme de repente estaría en contra de sus
intenciones; mientras no oiga lo contrario de su propia boca,
no lo creeré. Por lo demás, es probable que el rechazo de
su imprudente despido le sea ventajoso también a usted.
—¿Así que no obedece? —preguntó el maestro.
K negó con la cabeza.
—Piénselo bien —dijo el maestro—, no se puede decir que
sus decisiones siempre sean las mejores, piense por
ejemplo en la tarde de ayer, cuando rechazó que le
interrogasen.
—Por qué menciona eso ahora? —preguntó K.

174
El Castillo

—Porque me da la gana —dijo el maestro—, y ahora repito


por última vez: ¡fuera de aquí!
Pero como esas palabras tampoco tuvieron ningún efecto,
el maestro se fue hacia la mesa y habló en voz baja con la
maestra; ésta dijo algo referente a la policía, pero el maestro
lo rechazó; finalmente, los dos llegaron a un acuerdo, el
maestro dijo a los niños que le siguieran a la otra habitación,
allí tendrían clase con los otros niños, todos juntos, ese
cambio les alegró; en un instante, entre gritos y risas, la
habitación se quedó vacía, el maestro y la maestra fueron
los últimos en salir. La maestra llevaba el diario de clase y
encima al gato, que se mantenía impertérrito. Al maestro le
hubiese gustado dejar allí al gato, pero una indicación que lo
sugería fue rechazada categóricamente por la maestra,
haciendo una referencia a la crueldad de K, así que para
colmo K le cargó el gato al maestro. Esto último influyó,
evidentemente, en las últimas palabras que el maestro
dirigió a K desde la puerta:
—La señorita abandona esta clase obligada por la
necesidad, porque usted se niega de manera recalcitrante a
aceptar mi despido y porque nadie puede reclamar de ella,
una mujer joven, que imparta su clase en medio de sus
sucias relaciones domésticas. Así que se queda solo y
puede ponerse todo lo cómodo que quiera, sin sentirse
molesto por la aversión de observadores decentes. Pero no
durará mucho, se lo garantizo.
Y con esto cerró la puerta.

175
Librodot El castillo Franz Kafka

12

LOS AYUDANTES

Cuando todos abandonaron la habitación, K dijo a los


ayudantes:
—¡Fuera de aquí!
Asombrados por esa orden repentina, obedecieron, pero
en cuanto K cerró con llave la puerta detrás de ellos,
gimotearon y llamaron a la puerta:
—¡Estáis despedidos! —gritó K—, jamás os volveré a
tomar a mi servicio.
Pero no quisieron aceptar esa decisión y golpearon con las
manos y los puños en la puerta.
—¡Queremos regresar contigo, señor! —gritaron, como si
K fuese la tierra prometida y ellos no pudiesen llegar hasta
ella. Pero K no tenía ninguna compasión, esperó impaciente
hasta que el ruido insoportable obligó a intervenir al
maestro. Ocurrió pronto.
—¡Deje entrar a sus malditos ayudantes! —gritó.
—¡Los he despedido! —respondió K, y tuvo el
desagradable efecto colateral de mostrar lo que ocurría
cuando alguien era lo suficientemente fuerte no sólo para
despedir a otro, sino para ejecutar el despido. El maestro
intentó aplacar bondadosamente a los ayudantes, sólo
tenían que esperar allí con calma, al final K los volvería a
admitir. Después de decir estas palabras, se fue. Y quizá se
hubiesen calmado si K no les hubiera vuelto a gritar que
estaban definitivamente despedidos y que no tenían ninguna
esperanza de ser readmitidos. A continuación, volvieron a

176
El Castillo

hacer ruido como al principio. De nuevo vino el maestro,


pero esta vez no habló con ellos, se limitó a alejarlos de allí
con la temida palmeta.
Al poco rato aparecieron ante la ventana de la clase de
gimnasia, golpearon en los cristales y gritaron, pero sus
palabras eran incomprensibles. No permanecieron allí
mucho tiempo, en la profunda capa de nieve no podían
saltar como lo requería su intranquilidad. Así que corrieron
hacia la verja del jardín y se subieron sobre su parte inferior,
desde donde, aunque sólo desde la lejanía, disfrutaban de
una mejor vista sobre la habitación; allí, encaramados a las
verjas, se balanceaban a un lado y a otro, pero de repente
se quedaban quietos y doblaban las manos en actitud de
súplica hacia K. Eso lo hicieron durante mucho tiempo, sin
considerar la inutilidad de sus esfuerzos; estaban como
cegados, ni siquiera oyeron cómo K corrió las cortinas para
liberarse de su visión.
En la penumbra de la habitación K fue hacia las barras
para ver a Frieda. Ante su mirada ella se levantó, se arregló
el pelo, se secó el rostro y se puso en silencio a hacer el
café. Aunque ella lo sabía todo, K le informó formalmente de
que había despedido a los ayudantes. Ella se limitó a asentir
con la cabeza. K se sentó en un pupitre y observó sus
cansados movimientos. Siempre había sido la frescura y la
tenacidad lo que había embellecido la futilidad de su cuerpo,
ahora esa belleza había desaparecido. Unos días viviendo
con K lo habían logrado. El trabajo en la taberna no había
sido fácil, pero más conveniente para ella. ¿O había sido el
distanciamiento de K la causa real de su decadencia? La
cercanía de Klamm la había hecho tan irresistiblemente
seductora; seducido por ella, K la había tomado para sí y
ahora se marchitaba entre sus brazos17.
—Frieda—dijo K.

177
Librodot El castillo Franz Kafka

Ella dejó en seguida el molinillo de café y se acercó a K en


el pupitre.
—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó ella.
—No —dijo K—, creo que no puedes hacer otra cosa. Has
vivido satisfecha en la posada de los señores, debí dejarte
allí.
—Sí —dijo Frieda, y miró ante sí con tristeza—, tendrías
que haberme dejado allí. No valgo lo suficiente para vivir
contigo. Liberado de mí, quizá podrías conseguir todo lo que
quieres. En consideración a mí te sometes a ese maestro
tiránico, asumes este puesto miserable, solicitas
fatigosamente una entrevista con Klamm. Todo lo haces por
mí, pero yo te lo pago mal.
—No —dijo K, y la rodeó consolador con su brazo—, todo
eso no son más que pequeñeces que a mí no me dañan y
en realidad a Klamm sólo le quiero ver por ti. ¡Y todo lo que
tú has hecho por mí! Antes de conocerte, aquí estaba
completamente extraviado, nadie me aceptaba, y cuando los
obligaba me despedían a toda prisa. Y si pudiese haber
encontrado tranquilidad con alguien, eran personas de las
que tenía que huir, como por ejemplo Barnabás.
—Huiste de ellos, ¿verdad, querido? —exclamó Frieda con
viveza y después de oír el dubitativo «sí» de K volvió a caer
en su apatía. Pero K tampoco poseía la tenacidad para
explicar qué es lo que gracias a Frieda había tomado un
camino favorable. Soltó lentamente el brazo que la rodeaba
y se quedaron un rato sentados y en silencio, hasta que
Frieda, como si el brazo de K le hubiese transmitido calor,
dijo:
—No soportaré esta vida. Si quieres que siga contigo,
tenemos que emigrar, a cualquier lado, al sur de Francia o a
España.

178
El Castillo

—No puedo emigrar —dijo K—, he venido para


permanecer aquí. Permaneceré aquí —e incurriendo en una
contradicción que no hizo el esfuerzo de aclarar, añadió
como si hablase consigo mismo—: ¿Qué podría haberme
tentado a venir a este páramo a no ser el deseo de
quedarme?
A continuación, dijo:
—Pero tú también quieres quedarte aquí, es tu tierra. Sólo
que echas de menos a Klamm y eso hace que te
desesperes.
—¿Que echo de menos a Klamm? —dijo Frieda—, aquí
hay Klamm en exceso, demasiado Klamm; para escapar de
él quiero salir de aquí. No echo de menos a Klamm, sino a
ti. Por ti quiero irme, porque no puedo tener suficiente de ti,
aquí, donde todos tiran de mí. Cómo me gustaría quitarme
esta bonita máscara y con el cuerpo miserable poder vivir
contigo en paz.
K sólo prestó atención a una cosa.
—¿Klamm está aún en contacto contigo? —preguntó en
seguida—. ¿Te llama?
—No sé nada de Klamm —dijo Frieda—, hablo de otros,
por ejemplo de los ayudantes.
—¡Ah!, los ayudantes —dijo K sorprendido—. ¿Te acosan?
—¿Acaso no lo has notado? —preguntó Frieda.
—No —dijo K, e intentó recordar en vano algún detalle—.
Son jóvenes impertinentes y ávidos, pero que te hayan
importunado, eso no lo he advertido.
—¿No? —dijo Frieda—. ¿No notaste que no había manera
de sacarlos de nuestra habitación en la posada del puente,
ni cómo vigilaban celosos nuestra relación, o cómo uno de
ellos, finalmente, se echó a mi lado en el jergón de paja, o

179
Librodot El castillo Franz Kafka

cómo han testimoniado contra ti para expulsarte, perderte y


así poder estar a solas conmigo? ¿No has notado nada de
eso?
K miró a Frieda sin responder. Esas acusaciones contra los
ayudantes eran verdaderas, pero también podían
interpretarse de forma inocente, como fruto del carácter
ridículo, infantil, inquieto y falto de dominio de los dos. Y ¿no
hablaba contra la acusación de Frieda que hubiesen
intentado siempre ir a todas partes con K en vez de
quedarse con Frieda? K mencionó algo parecido.
—¡Pura hipocresía! —dijo Frieda—. Pero ¿no has podido
darte cuenta? Entonces ¿por qué los has despedido si no es
por estos motivos?
Y se fue hacia la ventana, apartó un poco las cortinas, miró
hacia afuera y llamó a K. Aún se encontraban los ayudantes
en la verja. Aunque estaban visiblemente cansados, de vez
en cuando, haciendo acopio de todas sus fuerzas, seguían
extendiendo los brazos con actitud suplicante hacia la
escuela. Uno de ellos, para no tener que aferrarse
continuamente había ensartado la chaqueta en una de las
barras de la verja. —¡Pobres! ¡Pobres! —exclamó Frieda18.
—¿Que por qué los he expulsado? —preguntó K—. La
causa directa has sido tú.
—¿Yo? —preguntó Frieda sin apartar la vista de los
ayudantes.
—Sí, porque has tratado con demasiada amabilidad a los
ayudantes —dijo K—, por perdonarles su comportamiento
maleducado, reírte de sus necedades, acariciar su pelo,
tener continuamente compasión de ellos, J os pobres, los
pobres», vuelves a decir, y, finalmente, el último incidente,
como para ti mi precio no era muy alto, me quisiste sacrificar
para rescatar del castigo a los ayudantes.

180
El Castillo

—Eso es —dijo Frieda—, de eso es precisamente de lo


que hablo, eso es lo que me hace infeliz, lo que me separa
de ti, aunque no conozco mayor felicidad para mí que estar
contigo, continuamente, sin interrupción, sin fin; sueño que
en la tierra no hay ningún lugar tranquilo para nuestro amor,
ni en el pueblo ni en ningún otro sitio, y por eso me imagino
una tumba, profunda y estrecha, en la que nos mantenemos
abrazados como oprimidos por unas tenazas, yo oculto mi
rostro en ti, tú el tuyo en mí y nadie nos ve más. Pero aquí...
¡mira a los ayudantes! Sus manos suplicantes no se dirigen
a ti, sino a mí.
—Y no soy yo quien los observa —dijo K—, sino tú.
—Claro, yo —dijo Frieda casi enojada—, de eso es de lo
que estoy hablando todo el rato, ¿a qué se debería si no
que los ayudantes me persiguieran, por más que puedan ser
emisarios de Klamm?
—¿Emisarios de Klamm? —dijo K, a quien sorprendió
mucho esa designación, por muy natural que le pareciese al
principio. —Emisarios de Klamm, claro —dijo Frieda—,
aunque lo sean, al mismo tiempo son jóvenes pueriles que
necesitan probar la palmeta para su educación. Qué jóvenes
más feos y gamberros son y qué repugnante es el contraste
entre sus rostros de adultos, casi de estudiantes, y su
comportamiento necio e infantil. ¿Acaso crees que no me
doy cuenta? Me avergüenzo de ellos. Pero aquí radica el
asunto, ellos no me repudian, sino que me avergüenzo de
ellos. Siempre tengo que mirarlos. Cuando debiera
enojarme con ellos, me tengo que reír. Cuando debiera
golpearlos, tengo que acariciar su pelo. Y cuando yazco a tu
lado por la noche, no puedo dormir y tengo que ver cómo
uno de ellos duerme enrollado en una manta y el otro
permanece arrodillado ante la calefacción, vigilando que no
se apague, y tengo que inclinarme hasta casi despertarte. Y
no es el gato lo que me asusta, ¡ay!, conozco gatos y

181
Librodot El castillo Franz Kafka

también conozco esos sueños agitados y constantemente


turbados en la taberna, no es el gato lo que me asusta,
sino19 yo misma. Y no necesito a ese gato monstruoso, me
estremezco con el menor ruido. Temí que te despertaras y
todo llegase a su fin y entonces me levanté y encendí una
vela para que te despertases deprisa y me pudieses
proteger.
—No sabía nada de todo eso —dijo K—, sólo por un
presentimiento de lo que me cuentas los he expulsado,
ahora ya se han ido, ahora todo está bien.
—Sí, al fin se han ido —dijo Frieda, pero su rostro estaba
atormentado, triste—, pero no sabemos quiénes son.
Emisarios de Klamm, así los llamo yo jugando con mi
imaginación, aunque tal vez lo sean. Sus ojos, esos ojos
simples pero centelleantes, me recuerdan en cierto modo a
los ojos de Klamm, sí, ésa es la mirada de Klamm, que a
veces me contempla a través de sus ojos. Y, por tanto, fue
incorrecto cuando dije que me avergonzaba de ellos. Sólo
quería que fuese así. Pero sé que en otro lugar y con otras
personas el mismo comportamiento sería necio y
repugnante, pero con ellos no es así, contemplo sus
necedades con respeto y admiración. Pero si son los
emisarios de Klamm, ¿quién nos liberará de ellos? Y ¿sería
bueno que nos liberasen de ellos? ¿No tendrías que correr a
recogerlos y alegrarte de que quisieran volver?
—¿Quieres que los vuelva a dejar entrar? —preguntó K.
—No, no —dijo Frieda—, no hay nada que quiera menos.
Su mirada cuando entrasen, su alegría por volverme a ver,
sus saltos de niños y sus abrazos de hombres, todo eso no
podría soportarlo. Pero en cuanto pienso que, si
permaneces duro con ellos, quizá cierres el camino de
Klamm hacia ti, deseo preservarte de las consecuencias que
eso tendría. Entonces sí quiero que los dejes entrar.

182
El Castillo

Entonces que entren lo más rápido posible. No tengas


ninguna consideración conmigo, yo no importo. Me
defenderé todo el tiempo que pueda y, si tuviera que perder,
bueno, perderé, pero con la conciencia de que también ha
ocurrido por ti.
—Con esas palabras no haces más que reforzar mi
sentencia respecto a los ayudantes —dijo K—, jamás
entrarán si puedo impedirlo. Que los he expulsado,
demuestra que, bajo determinadas circunstancias, se los
puede dominar y que, por tanto, no guardan ninguna
relación esencial con Klamm. Ayer por la noche recibí una
carta de Klamm de la que se puede deducir que está mal
informado acerca de los ayudantes, de lo que también se
puede deducir que le son completamente indiferentes, pues
si no lo fueran habría podido recabar noticias cabales sobre
ellos. Y que veas en ellos a Klamm no demuestra nada,
pues aún, por desgracia, estás influida por la posadera y ves
a Klamm por todas partes. Todavía eres la amante de
Klamm y todavía no eres mi esposa. A veces eso me
entristece profundamente, me parece como si lo hubiese
perdido todo, tengo la sensación de haber venido al pueblo,
pero no lleno de esperanza, como estaba en realidad
cuando llegué, sino con la conciencia de que sólo me
esperan decepciones y que tendré que probarlas todas
hasta la raíz. Aunque esto sólo ocurre a veces —añadió K
sonriendo al ver cómo Frieda se venía abajo con sus
palabras—, y en el fondo demuestra algo bueno: lo que
significas para mí. Y si ahora reclamas que decida entre tú y
los ayudantes, los ayudantes ya han perdido. Vaya
pensamiento, elegir entre los ayudantes y tú. Ahora quiero
librarme definitivamente de ellos. Quién sabe, por lo demás,
si la debilidad que se ha apoderado de nosotros dos no
proviene de que no hemos desayunado.

183
Librodot El castillo Franz Kafka

—Es posible —dijo Frieda sonriendo con cansancio y se


puso a trabajar. También K volvió a coger la escoba.

184
El Castillo

13

HANS

Después de un rato, llamaron débilmente a la puerta.


—¡Barnabás! —gritó K, arrojó la escoba y en pocas
zancadas ya estaba ante la puerta.
Horrorizada más por el nombre que por otra cosa, Frieda le
contempló. Con las manos inseguras K no podía abrir el
viejo cerrojo.
—Ya abro —repetía en vez de preguntar quién era el que
llamaba. A continuación tuvo que ver cómo el que entraba
por la puerta abierta no era Barnabás, sino un niño que ya
con anterioridad había querido hablar con K. Pero K no tenía
ganas de acordarse de él.
—¿Qué buscas aquí? —dijo—. La clase es ahí al lado.
—Vengo de allí —dijo el niño, y miró tranquilamente a K
con sus grandes ojos castaños, muy recto y con los brazos
pegados al cuerpo.
—¿Qué quieres? Dímelo rápido —dijo K, y se inclinó un
poco hacia abajo, pues el niño hablaba en voz baja.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó el niño.
—Nos quiere ayudar—dijo K a Frieda, y luego al niño—:
¿Cómo te llamas?
—Hans Brunswick—dijo el niño—, alumno de cuarto curso,
hijo de Otto Brunswick, maestro zapatero en la calle
Madelein.
—Así que te llamas Brunswick—dijo K, y se dirigió a él en
un tono más amable. Resultó que Hans, por los arañazos

185
Librodot El castillo Franz Kafka

sangrientos con que la maestra había castigado a K, se


había irritado tanto que había decidido apoyarle. Por su
propia cuenta se había escabullido de la clase contigua
como un desertor, exponiéndose a un gran castigo. Podía
deberse a las ideas infantiles que le dominaban. A ellas
también correspondía la seriedad que se desprendía de
todos sus actos. Su timidez sólo le había molestado al
principio, luego se habituó a K y a Frieda y cuando le dieron
un café se animó y tomó confianza, siendo sus preguntas
vehementes y penetrantes, como si quisiera enterarse
rápidamente de lo más importante para luego poder tomar
decisiones por su propia cuenta en favor de K y Frieda.
También había algo imperioso en su carácter, pero estaba
tan mezclado con la inocencia infantil, que, medio en broma
medio en serio, se dejaba someter. En todo caso acaparó
toda la atención, habían dejado el trabajo y el desayuno se
prolongaba. A pesar de que estaba sentado ante un pupitre,
K en la mesa del maestro y Frieda en una silla a su lado,
parecía que Hans era el maestro, como si examinase y
juzgase las respuestas; una ligera sonrisa en su rostro
parecía indicar que sabía muy bien que sólo se trataba de
un juego, no obstante, más seria era su actitud ante el
asunto, aunque quizá no era una sonrisa lo que se reflejaba
en sus labios, sino la felicidad de la niñez.
Sorprendentemente tarde reconoció que ya conocía a K,
desde que éste estuvo en la casa de Lasemann. K se alegró
de ello.
—¿Tú jugabas entonces a los pies de la mujer? —preguntó
K.
—Sí —dijo Hans—, es mi madre.
Y entonces tuvo que hablar sobre su madre, pero lo hizo
con dudas y sólo cuando le reiteraron la petición. Resultó
que era un niño a través del cual a veces parecía hablar,
especialmente en las preguntas, en un presentimiento del

186
El Castillo

futuro, quizá también como consecuencia de la ilusión de los


sentidos que afectaba a los intranquilos y tensos oyentes,
casi un hombre enérgico, astuto y perspicaz, pero que poco
después se manifestaba sin transición como un escolar que
no comprendía algunas preguntas, otras las interpretaba
mal, que con una desconsideración infantil hablaba en voz
demasiado baja, aunque se le había llamado
frecuentemente la atención sobre esa falta y que,
finalmente, como consuelo frente a algunas preguntas
urgentes, se limitaba a callar y, además, sin mostrar
confusión alguna, como jamás podría hacerlo un adulto. Era
como si, según su opinión, sólo a él le estuviese permitido
preguntar y que las preguntas de los otros infringieran algún
reglamento o fuesen una pérdida de tiempo. También podía
mantenerse mucho tiempo sentado con el cuerpo recto, la
cabeza inclinada hacia abajo y el labio inferior ligeramente
desprendido. A Frieda le gustó tanto esa actitud, que le
planteó con frecuencia preguntas de las que esperaba que
le hiciesen callar de esa manera. A veces lo consiguió, pero
a K le enojaba. En general pudieron saber poco, la madre
estaba algo enferma, pero no pudieron averiguar de qué
enfermedad se trataba; el niño que la señora Brunswick
mantenía en el regazo era la hermana de Hans y se llamaba
Frieda (la coincidencia de nombres con la mujer que le
preguntaba la tomó con mal humor), todos vivían en el
pueblo, pero no en casa de Lasemann, allí sólo estaban de
visita para que los bañasen, porque Lasemann tenía una
gran bañera, en la cual bañarse y jugar procuraba un gran
placer a los niños pequeños, entre los que Hans no se
contaba; de su padre Hans habló con respeto o con miedo,
pero sólo cuando no hablaba al mismo tiempo de la madre;
en comparación con la madre el valor del padre parecía
pequeño, por lo demás, todas las preguntas sobre la vida
familiar, fuera cual fuese el método en plantearlas, quedaron
sin respuesta; del oficio del padre se supo que era el

187
Librodot El castillo Franz Kafka

zapatero más importante del lugar, nadie se le podía igualar,


como repitió con frecuencia y en respuesta a preguntas que
no tenían nada que ver con eso, incluso le daba trabajo a
otros zapateros, por ejemplo, al padre de Barnabás; en este
último caso Brunswick lo hacía por compasión, al menos
eso indicaba el gesto orgulloso de Hans, lo que impulsó a
Frieda a acercarse a él de un salto y darle un beso. A la
pregunta de si ya había estado en el castillo, respondió,
después de habérsela repetido muchas veces, que «no», y
la misma pregunta, pero referida a la madre, no se dignó
responderla. Al final K se cansó. Seguir preguntando le
pareció inútil, en eso el niño tenía razón, y además había
algo vergonzoso en querer enterarse de secretos familiares
a través de un niño inocente, y doblemente vergonzoso era
que ni siquiera se enteraran de algo al respecto. Y cuando K
para terminar le preguntó en qué se ofrecía para ayudar, no
se maravilló al oír que sólo quería ayudarles en el trabajo
para que el maestro y la maestra no se enojasen, con K.
Éste le aclaró que no era necesaria su ayuda, que enojarse
era un rasgo del carácter del maestro y que no podrían
impedirlo ni con el trabajo mejor realizado. Pero el trabajo en
sí no era difícil, esa vez simplemente se había retrasado por
unas circunstancias casuales, además esos enojos no
hacían el mismo efecto en K que en un escolar, se los
sacudía de encima, le eran indiferentes, y tenía la
esperanza de librarse del maestro muy pronto. Agradecía
mucho que hubiese ofrecido su ayuda con el maestro y
Hans podía regresar, esperaba que no lo castigasen por lo
que había hecho. A pesar de que K no subrayó y se limitó a
indicar fugazmente que se trataba de ayuda con el maestro
la que él no necesitaba, dejaba abierta la pregunta sobre
otro tipo de ayuda, Hans así lo dedujo y preguntó si quizá K
necesitaba otra ayuda, le encantaría ayudarle y si él mismo
no pudiera, se lo pediría a su madre y entonces seguro que
podía resultar. También cuando el padre tenía

188
El Castillo

preocupaciones, le preguntaba a la madre. Y la madre ya


había preguntado una vez por K, ella apenas salía de casa,
sólo excepcionalmente estuvo aquel día en casa de
Lasemann; él, sin embargo, Hans, iba con frecuencia para
jugar con sus hijos y una vez le preguntó la madre si tal vez
el agrimensor se había encontrado allí. Pero a la madre,
como estaba tan débil y cansada, no se le podía hablar
mucho y él se limitó a decir que no había visto al agrimensor
y ya no se habló más del asunto. Pero al encontrarle ahora
en la escuela, le había tenido que hablar para poder
informar luego a la madre. Pues eso es lo que más le gusta
a la madre: cuando se obedecen sus deseos sin una orden
expresa. A eso respondió K, después de una breve
reflexión, que no necesitaba ninguna ayuda, tenía todo lo
que necesitaba, pero era muy amable por parte de Hans
que quisiera ayudarle y le agradecía sus buenas
intenciones, era posible que más tarde pudiese necesitar
algo, entonces se dirigiría a él, ya conocía su dirección. Por
el contrario, quizá K pudiese ayudarle un poco, sentía
mucho que la madre de Hans estuviese enferma y que
nadie comprendiese allí su sufrimiento; en un caso tan
descuidado puede darse un grave empeoramiento de una
ligera dolencia. Pero él, K, tenía conocimientos médicos y lo
que aún era más valioso, experiencia en el tratamiento de
los enfermos. Consiguió triunfar cuando los médicos
fracasaron. En casa siempre le habían llamado por sus
poderes curativos «hierba amarga». En todo caso querría
ver a la madre de Hans y hablar con ella. Quizá pudiese
darle un buen consejo, sólo por él, por Hans, estaría
encantado de poder hacerlo. Al principio los ojos de Hans
brillaron con esa oferta, sedujeron a K para mostrarse más
perentorio, pero el resultado fue insatisfactorio, pues Hans
contestó a las preguntas, y ni siquiera se mostró triste al
hacerlo, que su madre no podía recibir visitas de extraños,
pues necesitaba reposo absoluto; a pesar de que K apenas

189
Librodot El castillo Franz Kafka

habló con ella, tuvo que pasar después varios días en cama,
lo que, ciertamente, ocurría con frecuencia. En aquella
ocasión el padre se enojó mucho con K y jamás permitiría
que K visitase a su madre, incluso aquella vez él quiso
buscar a K para castigarle por su comportamiento, pero la
madre le convenció de lo contrario. Ante todo era su misma
madre la que no quería hablar con nadie y su interés por K
no significaba una excepción de la regla, todo lo contrario, a
su mención ocasional de que tendría el deseo de verle, no le
siguieron los hechos, con eso había manifestado claramente
su voluntad. Sólo quería oír de K, pero no hablar con él. Por
lo demás tampoco padecía de una enfermedad en el pleno
sentido de la palabra, ella sabía muy bien el origen de su
estado y a veces lo dejaba entrever, probablemente se
debía al aire de allí, que ella no soportaba, pero tampoco
quería abandonar el lugar a causa del padre y de los niños,
también estaba mejor que antes. Eso fue de lo que K se
enteró; la capacidad mental de Hans aumentaba
visiblemente, ya que protegía a su madre de K, de K, a
quien supuestamente quería ayudar; incluso con la finalidad
de proteger a la madre de K contradijo algunas de sus
manifestaciones anteriores, por ejemplo respecto a la
enfermedad. No obstante, K notó también que le seguía
cayendo bien a Hans, sólo que sobre la madre olvidaba todo
lo demás. Cualquiera que se colocase frente a la madre, se
ponía en una posición injusta, ahora había sido K, pero
también podía ser, por ejemplo, el padre. K quiso intentar
esto último y dijo que era muy razonable por parte de su
padre que protegiese así a su madre de toda molestia y si K
hubiese sospechado algo en aquella ocasión, no habría
osado dirigirse a ella y ahora pedía perdón por ello. Por el
contrario, no podía entender del todo por qué el padre, si el
origen del padecimiento estaba tan claro como Hans decía,
impedía que la madre se recuperase cambiando de aires; se
tenía que afirmar que se lo impedía, pues ella no quería irse

190
El Castillo

por el padre y por los niños, pero se podría llevar a los


niños, tampoco tendría que estar ausente mucho tiempo ni
tampoco muy lejos, ya arriba, en la montaña del castillo, el
aire era mucho mejor. Los costes de esa excursión no
deberían atemorizar al padre, a fin de cuentas era el mejor
zapatero del lugar y con toda seguridad la madre tenía
parientes o conocidos en el castillo que la acogerían
encantados. ¿Por qué no dejaba que se fuera? No debería
menospreciar ese padecimiento; K sólo había visto
fugazmente a la madre, pero su llamativa palidez y debilidad
le impulsaron a dirigirle la palabra, ya en aquella ocasión le
sorprendió que el padre dejase a la esposa enferma en la
atmósfera perjudicial de la habitación de los baños y que ni
siquiera se moderase en sus conversaciones en voz alta. El
padre no sabía de qué se trataba, por más que haya
mejorado de la enfermedad en los últimos tiempos, ese tipo
de padecimientos tienen humores, pero si no se los combate
con todas las fuerzas, se llega a un momento en que ya no
puede ayudar nada. Si K no podía hablar con la madre,
sería quizá ventajoso si al menos pudiese hablar con el
padre y llamarle la atención sobre todo eso.
Hans había escuchado con gran atención, había entendido
la mayoría y había sentido con fuerza la amenaza implícita
en el resto. A pesar de ello dijo que K no podía hablar con el
padre, pues éste tenía una gran aversión hacia él y
probablemente le trataría igual que el maestro. Dijo esto
sonriendo y con timidez al hablar de K y triste y con saña
cuando habló del padre. Sin embargo, añadió que K quizá
pudiese hablar con la madre, pero sin que lo supiera el
padre. Entonces Hans reflexionó con la mirada fija en un
punto, como una mujer que quiere hacer algo prohibido y
busca una posibilidad de realizarlo con impunidad. Poco
después dijo que en un par de días quizá sería posible, pues
el padre iba por la tarde a la pensión de los señores, ya que

191
Librodot El castillo Franz Kafka

allí tenía algunas entrevistas, entonces él, Hans, vendría por


la tarde y conduciría a K hasta su madre, presuponiendo
que ella estuviese de acuerdo, lo que sería muy improbable.
Ella no hacía nada contra la voluntad del padre, se sometía
en todo a él, incluso en cosas cuya irracionalidad hasta él
mismo, Hans, veía claramente. Ahora buscaba Hans ayuda
contra el padre, era como si se hubiese engañado a sí
mismo, pues había creído que quería ayudar a K, mientras
que en realidad había querido averiguar si tal vez, como
nadie del lugar había podido ayudar, ese forastero
aparecido repentinamente y mencionado incluso por la
madre era capaz de hacerlo. Qué inconscientemente
reservado, sí, casi solapado, era el niño, no había sido fácil
de deducir de su presencia y de sus palabras, sólo se pudo
notar después por la casualidad y la intención dulas
confesiones que habían asomado. Y entonces reflexionó
con K en largas conversaciones qué dificultades habría que
superar; eran, pese a la mejor voluntad de Hans, dificultades
casi insuperables; sumido en sus pensamientos y, sin
embargo, buscando ayuda, miraba continuamente a K con
ojos inquietos y parpadeantes. No podía decirle nada a la
madre antes de la partida del padre, si no éste se enteraría
de todo y ya sería imposible, así que sólo más tarde podría
mencionarlo, pero por consideración a la madre tampoco de
repente y deprisa, sino lentamente y en el momento
oportuno, entonces podría pedir permiso a la madre, luego
vendría a recoger a K, pero ¿no sería ya demasiado tarde?,
¿no amenazaría la llegada inminente del padre? Sí, en
realidad era imposible. K, por el contrario, demostró que no
era imposible. No tenían que temer que no hubiese
suficiente tiempo, bastaría una corta entrevista, un breve
encuentro, y no hacía falta que Hans viniese a buscar a K,
éste esperaría escondido en algún lugar cerca de la casa y,
con un signo de Hans, acudiría en seguida. No, dijo Hans, K
no podía esperar cerca de la casa —una vez más le

192
El Castillo

dominaba la sensibilidad por causa de su madre—, sin


conocimiento de la madre K no podía ponerse en camino,
Hans no podía aceptar un acuerdo secreto con K que fuese
secreto para la madre, él tenía que recoger a K de la
escuela y no antes de que la madre lo supiese y diese su
consentimiento. Bueno, dijo K, entonces era realmente
peligroso, era posible que el padre le descubriese en la casa
y aunque no ocurriese, la madre, por miedo, no dejaría que
K la visitase y todo fracasaría por culpa del padre. Contra
eso volvió a defenderse Hans y así siguió la disputa. Ya
hacía tiempo que K había llamado a Hans para que viniese
a la mesa y le había colocado entre sus rodillas,
acariciándolo de vez en cuando para tranquilizarlo. Esa
cercanía influyó en que Hans, a pesar de su resistencia
temporal, consintiese en llegar a un acuerdo. Convinieron lo
siguiente: Hans le diría al principio a su madre toda la
verdad, sin embargo, para facilitarle el consentimiento,
añadiendo que K también quería hablar con Brunswick,
aunque no a causa de la madre, sino por sus asuntos. Eso
también era verdad, a lo largo de la conversación a K se le
había ocurrido que Brunswick, aunque fuese un hombre
malo y peligroso, no podía ser realmente su enemigo, a fin
de cuentas había sido, al menos según el informe del
alcalde, el líder de aquellos que, fuese también por motivos
políticos, habían reclamado la contratación de un
agrimensor. Así pues, la llegada de K al pueblo tenía que
haber sido favorable para él, pero entonces el enojoso
encuentro el primer día y la aversión de la que Hans había
hablado resultaban incomprensibles, quizá Brunswick se
había enojado porque K no se había dirigido a él primero
para solicitar ayuda, quizá había otro malentendido que
podía ser aclarado con unas palabras. Una vez que
ocurriera eso, K podría encontrar en Brunswick un respaldo
contra el maestro, sí, incluso contra el alcalde, poniendo al
descubierto todo el fraude administrativo, pues ¿qué otra

193
Librodot El castillo Franz Kafka

cosa podía ser todo? El alcalde y el maestro le mantenían


alejado de los órganos administrativos del castillo y le
obligaban a aceptar el puesto de bedel. Si se producía una
nueva lucha por K entre Brunswick y el alcalde, Brunswick
tendría que poner a K de su parte, K sería huésped en la
casa de Brunswick y sus instrumentos de poder se pondrían
a su disposición, todo a despecho del alcalde, quien sabía
muy bien hasta dónde podría llegar y, en todo caso, estaría
frecuentemente cerca de la mujer. Así jugaba con sus
sueños y ellos con él, mientras Hans, pensando
exclusivamente en su madre, observaba preocupado el
silencio de K, al igual que se hace con un médico sumido en
sus pensamientos para encontrar un remedio en un caso
grave. Con esa propuesta de K, que él quería hablar con
Brunswick por la contratación como agrimensor, Hans se
mostró conforme, aunque sólo porque gracias a eso su
madre quedaba protegida del padre y, además, se trataba
de un recurso excepcional que esperaba no se produjese.
Sólo preguntó cómo K aclararía al padre una visita tan
tardía, y se conformó finalmente, aunque con un rostro algo
sombrío, con que K diría que el insoportable puesto como
bedel en la escuela y el tratamiento deshonroso del maestro
le habían sumido en una repentina desesperación y había
olvidado cualquier consideración.
Cuando lograron preparar todo, en lo que se podía prever,
y la posibilidad de éxito ya no quedaba al menos excluida,
Hans, liberado de la carga de la reflexión, se tornó más
alegre y charló aún un rato de manera infantil, primero con K
y luego con Frieda, que desde hacía tiempo estaba
abstraída y ahora comenzó de nuevo a participar en la
conversación. Entre otras cosas ella le preguntó qué quería
ser de mayor, él no reflexionó mucho y dijo que quería ser
un hombre como K. Cuando le preguntó los motivos, no
supo qué responder y a la pregunta de si quería ser bedel

194
El Castillo

en una escuela, contestó negativamente. Sólo al seguir


preguntándole reconocieron a través de qué caminos había
llegado a expresar ese deseo. La situación presente de K no
era en modo alguno digna de envidia, sino triste y
despreciable, él mismo habría preferido preservar a su
madre de la mirada y de las palabras de K. Sin embargo, él
había llegado hasta K y le había pedido ayuda y había sido
feliz de que K consintiese, también creía reconocer lo mismo
en otras personas, y ante todo la madre había mencionado
a K. De esa contradicción surgió en él la creencia de que en
ese momento K era aún un ser humillado y espantoso, pero
que en un futuro, si bien casi inimaginable y lejano, él los
superaría a todos. Y precisamente esa disparatada lejanía y
el orgulloso desarrollo que debería conducir a ella tentaron a
Hans. Incluso a ese precio quería tomar al K del presente.
Lo especialmente infantil y al mismo tiempo astuto de ese
deseo consistía en que Hans contemplaba desde lo alto a K
como si fuera un joven cuyo futuro se expandiera más que
el suyo propio, el de un niño. Y era con una seriedad
sombría con la que él, obligado una y otra vez por las
preguntas de Frieda, hablaba de esas cosas. Pero K le
volvió a animar cuando dijo que él sabía lo que Hans le
envidiaba, se trataba de su espléndido bastón de nudos que
se encontraba sobre la mesa y con el que Hans había
jugado distraído durante la conversación. Bueno, K sabía
fabricar esos bastones y, si el plan resultaba exitoso, le
haría a Hans uno más bonito. No quedó muy claro si Hans
sólo había tenido en mente el bastón, tal fue su alegría
sobre la promesa de K, y se despidió alegremente no sin
antes estrechar con fuerza la mano de K y decir:
—Entonces hasta pasado mañana.

195
Librodot El castillo Franz Kafka

14

EL REPROCHE DE FRIEDA

Ya era hora de que Hans se marchase, pues poco después


el maestro abrió violentamente la puerta y, al ver a K y a
Frieda tranquilamente sentados sobre la mesa, gritó:
—¡Perdonad la molestia! Pero decidme cuándo vais a
terminar por fin de arreglar la habitación. En la otra
habitación se sientan todos apretados, así no se puede dar
clase, mientras vosotros os estiráis aquí a vuestras anchas
en la habitación grande y encima, para tener aún más sitio,
habéis echado a los ayudantes. ¡Y ahora haced el favor de
moveros!
Y dirigiéndose a K:
—¡Tú ahora me traes un tentempié de la posada del
puente!
Todo eso lo gritó furioso, pero las palabras eran
proporcionalmente suaves, incluso el grosero tuteo. K se
mostró dispuesto a obedecer en seguida; sólo para sondear
al maestro dijo:
—Me ha despedido.
—Despedido o no, tráeme mi tentempié—dijo el maestro.
—Despedido o no, eso es precisamente lo que quiero
saber—dijo K.
—¿De qué hablas? No has aceptado el despido.
—¿Eso basta para anularlo? —preguntó K.

196
El Castillo

—Para mí no —dijo el maestro—, de eso puedes estar


seguro, pero sí para el alcalde, incomprensiblemente. Ahora
corre, si no sales de aquí volando y esta vez de verdad.
K estaba satisfecho, el maestro había hablado mientras
tanto con el alcalde o tal vez no había hablado, sino
adoptado la previsible opinión del alcalde y ésta era
favorable a K. Ahora quería K darse prisa en traer el
tentempié, pero cuando aún se encontraba en el pasillo, el
maestro le hizo regresar, ya fuese porque quisiese probar
con esa orden especial su disposición servicial para
orientarse luego según el resultado, ya fuese porque había
recobrado las ganas de ordenar y le causaba placer que K,
siguiendo sus órdenes, saliese corriendo como un camarero
y le pudiese obligar a regresar con la misma rapidez. K, por
su parte, sabía que él, mediante un comportamiento
demasiado obediente, se convertiría en el esclavo y en
cabeza de turco del maestro, pero hasta cierto límite quería
ahora aceptar pacientemente los caprichos del maestro,
pues si, como se había mostrado, no podía despedirle
legalmente, podía atormentarle en el puesto hasta hacerle la
vida imposible. Pero precisamente ahora K necesitaba ese
puesto más que antes. La conversación con Hans le había
dado nuevas esperanzas, manifiestamente improbables, sin
ningún fundamento, pero inolvidables, incluso hacían olvidar
a Barnabás. Si quería ir detrás de ellas, y no le quedaba otro
remedio, tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas, no
preocuparse de ninguna otra cosa, ni de la comida, ni de la
vivienda, ni de la administración del pueblo, ni siquiera de
Frieda, y en el fondo se trataba sólo de Frieda, pues todo lo
demás únicamente le afligía con relación a Frieda. Por eso
tenía que intentar mantener ese puesto que daba alguna
seguridad a Frieda y no debía arrepentirse de tolerar algo
más al maestro en aras de ese objetivo, aunque fuese más
de lo que le hubiese tolerado en otras circunstancias. Todo

197
Librodot El castillo Franz Kafka

eso no era demasiado doloroso, pertenecía a esa cadena


continua de pequeñas aflicciones de que constaba la vida,
no era nada en comparación con aquello a lo que aspiraba
K, además, no había venido para llevar una vida pacífica y
rodeada de honores.
Y así ocurrió que, al igual que se había puesto en camino
hacia la posada, al recibir la contraorden se mostró
dispuesto en seguida a ordenar antes la habitación para que
la maestra pudiese trasladarse a ella con su clase. Pero
tenía que trabajar deprisa, pues después tenía que traer el
tentempié y el maestro ya estaba hambriento y sediento. K
aseguró que lo haría todo según sus deseos; el maestro
miró un rato cómo K se apresuraba a cumplir sus órdenes,
cómo quitaba el jergón de paja, ponía los aparatos de
gimnasia en su lugar y barría, mientras Frieda lavaba y
frotaba la tarima. Ese celo pareció satisfacer al maestro, aún
llamó la atención de que ante la puerta había preparado un
montón de leña para la calefacción —no quería dejar que K
abriese el depósito de leña— y se fue a ver a los niños con
la amenaza de regresar e inspeccionar la tarea.
Después de un rato de trabajo silencioso, Frieda preguntó
por qué se sometía ahora tanto al maestro. Era una
pregunta compasiva e inquieta, pero K, que pensaba lo poco
que Frieda había conseguido cumplir su promesa de
protegerle de las órdenes y de la violencia del maestro, dijo
brevemente que ahora que era bedel de la escuela tenía
que ejercer el puesto. Entonces volvió el silencio hasta que
K, recordando con la breve conversación que Frieda había
estado mucho tiempo sumida en sus propios pensamientos,
ante todo durante la conversación con Hans, le preguntó
abiertamente, mientras llevaba la leña, en qué estaba
pensando. Ella respondió, mirando hacia él lentamente, que
en nada determinado, sólo pensaba en la posadera y en la
verdad de algunas de sus palabras. Sólo cuando K insistió

198
El Castillo

en que siguiese, contestó con más detalles después de


varias negativas, pero sin dejar su trabajo, lo que no hacía
por diligencia, pues apenas avanzaba en él, sino sólo para
no verse obligada a mirar a K. Y entonces contó cómo al
principio había escuchado tranquilamente la conversación
de K con Hans, cómo después se asustó con algunas
palabras de K y comenzó a comprender con más precisión
el sentido de esas palabras y cómo desde entonces no
había podido dejar de encontrar en las palabras de K
confirmaciones de una advertencia que agradecía a la
posadera y en cuyo fundamento no había querido creer. K,
enojado sobre los modismos generales con que hablaba y
más irritado que conmovido por su voz triste y llorosa —pero
ante todo porque la posadera volvía a injerirse en su vida, al
menos en recuerdos, ya que en persona hasta ese
momento había tenido poco éxito—, arrojó la leña al suelo,
se sentó encima y reclamó con palabras serias que hablase
con completa claridad.
A menudo —comenzó Frieda—, ya desde el principio, la
posadera se esforzó en que dudara de ti, no afirmaba que
mentías, todo lo contrario, dijo que eras sincero como un
niño, pero que tu manera de ser era tan diferente a la
nuestra que nosotros, incluso cuando hablabas
sinceramente, nos teníamos que esforzar mucho para
creerte y, si no nos salvaba antes una buena amiga, nos
teníamos que habituar a creerte a través de una amarga
experiencia. Incluso a ella, que posee un gran conocimiento
de los hombres, no le ocurre de manera muy diferente. Pero
después de la última conversación contigo en la posada del
puente, ella —me limito a repetir sus malas palabras— ha
descubierto tus manejos, ahora ya no puedes embaucarla,
incluso si te esforzaras en ocultar tus intenciones. «Pero él
no oculta nada», repitió una y otra vez, añadiendo:
«esfuérzate en escucharle realmente en cualquier

199
Librodot El castillo Franz Kafka

oportunidad, no sólo superficial, sino realmente». Ninguna


otra cosa ha hecho ella, y respecto a mí habría averiguado
lo siguiente: tú me has abordado —empleó esta expresión
afrentosa— sólo porque casualmente me crucé en tu
camino, no te desagradé y porque tú tomaste a una chica de
barra, de manera errónea, por la víctima propicia de todo
huésped que alargaba su mano. Además, querías, por algún
motivo, dormir aquella noche en la posada de los señores,
como la posadera ha sabido del posadero, y eso sólo lo
podías conseguir gracias a mí. Todo eso habría bastado
para convertirme en tu amante aquella noche, pero para que
llegase a más, se necesitaba más, y ese «más» era Klamm.
La posadera no afirma saber lo que quieres de Klamm, sólo
afirma que tú, antes de conocerme a mí, te esforzabas en
llegar hasta Klamm tanto como después. La diferencia
residía en que antes carecías de esperanzas, después, sin
embargo, creíste encontrar en mí un instrumento de
confianza para llegar pronto e incluso con superioridad
hasta Klamm. Cómo me asusté —pero sólo fue fugazmente,
sin un motivo profundo cuando dijiste hoy que antes de
conocerme te sentías extraviado aquí. Son las mismas
palabras que empleó la posadera, también ella dice que
desde que me conociste te has vuelto mucho más resuelto.
Eso se debe a que creíste haber conquistado en mí a una
amante de Klamm y, por eso, poseer una prenda que sólo
se podía desempeñar al precio más alto. Negociar con
Klamm sobre ese precio es tu único anhelo. Como no tienes
ningún interés en mí, sino sólo en mi precio, estás dispuesto
respecto a mí a toda concesión, pero respecto al precio te
muestras testarudo. Por eso te resulta indiferente que pierda
mi puesto en la posada de los señores, te es indiferente que
también tenga que abandonar la posada del puente, que
tenga que realizar el trabajo pesado de la escuela, no tienes
ninguna dulzura conmigo, ni siquiera tienes tiempo para mí,
me dejas a los ayudantes, no conoces los celos, el único

200
El Castillo

valor que poseo para ti es que una vez fui la amante de


Klamm, en tu ignorancia te esfuerzas en impedirme olvidar a
Klamm para que al final no me resista mucho cuando el
momento decisivo haya llegado; por añadidura luchas
también contra la posadera, a quien crees capaz de poder
arrebatarme de tu lado, por eso extremaste tu disputa con
ella para poder abandonar conmigo la posada del puente;
de que yo, en lo que a mí concierne, sea tu posesión bajo
todas las circunstancias, de eso no dudas. Te imaginas la
entrevista con Klamm como un negocio: dinero efectivo a
cambio de dinero efectivo. Cuentas con todas las
posibilidades; para conseguir el premio, estás dispuesto a
todo; si Klamm me quiere, me darás a él; si quiere que te
quedes conmigo, te quedarás conmigo; si quiere que me
abandones, me abandonarás, pero también estarás
dispuesto a hacer comedia en caso de que sea ventajoso;
en ese caso simularás que me quieres, intentarás combatir
su indiferencia resaltando tu insignificancia y
avergonzándole con el hecho de tu sucesión en mi persona
o le informarás de mis confesiones amorosas respecto a él,
que realmente he hecho, y le pedirás que me vuelva a
acoger, por supuesto bajo condición del pago del precio; y si
no hay otra manera, simplemente suplicarás en nombre del
matrimonio K. Pero si tú entonces, dedujo la posadera, te
das cuenta de que te has equivocado en todo, en tus
suposiciones y en tus esperanzas, en tu idea de Klamm y de
sus relaciones conmigo, en ese momento comenzará para
mí el infierno, pues seré tu única posesión de la que,
además, dependerás por completo, pero al mismo tiempo
será una posesión que ha resultado sin valor y a la que
tratarás en consecuencia, ya que el único sentimiento que
tienes hacia mí es el del poseedor.
K había escuchado tenso y con la boca cerrada, la leña
debajo de él había rodado, casi había resbalado hasta el

201
Librodot El castillo Franz Kafka

suelo, no se había dado cuenta, sólo ahora lo percibió; se


levantó y se sentó en la tarima, allí tomó la mano de Frieda,
que intentó eludirlo débilmente, y dijo:
—En el informe no he podido distinguir la opinión de la
posadera de la tuya.
—Sólo era la opinión de la posadera—dijo Frieda—, lo he
escuchado todo porque venero a la posadera, pero fue la
primera vez en mi vida que rechacé del todo su opinión. Tan
lamentable me pareció todo lo que dijo, tan lejana su
comprensión de nuestra situación real. Más bien me pareció
verdad todo lo contrario de lo que ella dijo. Pensé en la
mañana sombría después de nuestra primera noche. Cómo
te arrodillaste a mi lado con una mirada como si todo
estuviese perdido. Y cómo sucedió después que a pesar de
mis esfuerzos, no sólo no pude ayudarte, sino que te
obstaculicé. Por mí se convirtió la posadera en tu enemiga,
a quien aún continuas sin apreciar en lo que vale; por mí,
por quien te preocupabas, tuviste que luchar por este
empleo; estabas en desventaja frente al alcalde, tuviste que
someterte al maestro y a los caprichos de los ayudantes,
pero lo peor ha sido que quizá por mi culpa has cometido
una falta contra Klamm. Que sigas queriendo llegar hasta
Klamm no es más que el esfuerzo impotente de reconciliarle
contigo. Y me dije que la posadera, que sabe todo esto
mucho mejor que yo, me quería guardar con sus consejos
de los reproches mucho más amargos que me podría hacer
yo a mí misma. Un esfuerzo bienintencionado, pero
superfluo. Mi amor a ti me habría ayudado a superarlo todo,
finalmente te habría ayudado a ti, si bien no aquí, en el
pueblo, en cualquier otro lado, ya ha habido una prueba de
su fuerza, te ha salvado de la familia de Barnabás.
Así que ésa era tu opinión —dijo K—. Y ¿qué ha cambiado
desde entonces?

202
El Castillo

—No lo sé —dijo Frieda, y miró la mano de K que


mantenía la suya—, quizá no ha cambiado nada; si estás
tan cerca de mí y me preguntas con tanta tranquilidad,
entonces creo que no ha cambiado nada. En realidad, sin
embargo —y retiró su mano, se sentó erguida ante él y lloró
sin cubrirse la cara, mostrándole el rostro bañado en
lágrimas como si no llorara por ella y, por lo tanto, no tuviera
nada que ocultar, sino como si llorara por la traición de K y
éste mereciese la desolación de esa visión—, en realidad
todo ha cambiado desde que te he oído hablar con el niño.
Con qué inocencia comenzaste, preguntando por su
situación doméstica, por esto y aquello, me pareció como si
acabases de llegar a la taberna, solícito, sincero, buscando
mi rostro con celo infantil. No había ninguna diferencia con
aquella vez y me hubiera gustado que la posadera estuviera
aquí, te hubiese escuchado e intentase mantenerse en su
opinión. Pero de repente, no sé cómo ocurrió, noté con qué
intención hablabas con el niño. Con tus palabras
compasivas ganaste fácilmente una confianza difícil de
ganar para luego perseguir sin obstáculos tu objetivo, que
yo iba identificando más y más. Ese objetivo era la mujer. A
través de tus palabras aparentemente preocupadas se
reflejaba sin ambages el interés exclusivo en tus asuntos.
Has engañado a la mujer antes de ganártela. No sólo
escuchaba en tus palabras mi pasado, también mi futuro,
me parecía como si la posadera se sentara a mi lado y me
aclarase todo y yo intentase apartarla con todas mis fuerzas,
pero dándome cuenta de la imposibilidad de semejante
esfuerzo y en ello en realidad ya no era yo la engañada, ni
siquiera era yo ya la engañada, sino esa extraña. Y cuando
hice un último esfuerzo y le pregunté qué quería ser y él dijo
que quería ser como tú, esto es, que ya te pertenecía del
todo, ¿qué diferencia podía haber entre él, el niño inocente
del que se ha abusado aquí, y yo, de quien se abusó aquella
vez en la taberna?

203
Librodot El castillo Franz Kafka

—Todo —dijo K; al ir acostumbrándose a los reproches se


había serenado—, todo lo que tú dices es, en cierto sentido,
correcto, no se puede decir que no sea verdad, sólo que es
hostil. Son pensamientos de la posadera, mi enemiga,
incluso si crees que son tuyos, eso me consuela. Pero
también son instructivos, aún se puede aprender algo de la
posadera. A mí no me los ha comunicado, aunque tampoco
ha sido indulgente conmigo, es evidente que te ha confiado
esa arma con la esperanza de que la emplearías contra mí
en un momento especialmente malo o decisivo; si abuso de
ti, ella también lo hace. Pero ahora, Frieda, piensa, aun
cuando todo fuese exactamente tal y como lo cuenta la
posadera, sólo sería muy grave en un caso, si tú no me
amaras. Entonces, sólo entonces habría ocurrido así, que yo
te habría ganado con cálculo y astucia para beneficiarme de
esa posesión. Quizá forme parte también de mi plan que
aquella vez, para despertar tu compasión, apareciese ante ti
con Olga del brazo, y la posadera ha olvidado añadir eso en
mi cuenta. Pero si no se da ese caso, si no fue un astuto
animal de rapiña el que se apoderó de ti entonces, sino que
tú viniste hacia mí, del mismo modo en que yo fui hacia ti, y
nos encontramos olvidándonos de nosotros mismos, dime,
Frieda, ¿qué sería? Desde aquella vez llevo adelante tanto
tus asuntos como los míos, no hay ninguna diferencia y sólo
una enemiga puede hacer distinciones. Eso vale en todas
partes, también respecto a Hans. Por lo demás, en tu
delicadeza de sentimientos, exageras la conversación con
Hans, pues si las opiniones de Hans y las mías no coinciden
plenamente, tampoco llegan tan lejos como para que exista
una contradicción, además, a Hans no se le han escapado
nuestras diferencias, si creyeras eso, valorarías en muy
poco a ese cauteloso joven y aun en el caso de que le
hubieran quedado ocultas, nadie recibirá un daño por ello, al
menos eso espero.

204
El Castillo

—Es tan difícil orientarse, K —dijo Frieda, y sollozó—, no


he tenido ningún recelo contra ti, me lo ha contagiado la
posadera, y sería feliz de poder deshacerme de él y pedirte
perdón de rodillas, como en realidad hago todo el rato,
incluso cuando digo cosas tan malas. Pero cierto es que
mantienes muchos secretos; vienes y vas, no sé adónde ni
de dónde. Antes, cuando Hans llamó a la puerta,
pronunciaste incluso el nombre de Barnabás. Si alguna vez
me hubieras llamado a mí con tanto amor como por un
motivo incomprensible gritaste ese nombre odiado. Si no
tienes ninguna confianza en mí, cómo puedo impedir que no
se origine desconfianza en mí, entonces estoy entregada a
la posadera a quien pareces confirmar con tu
comportamiento. No en todo, no quiero afirmar que la
confirmas en todo, ¿acaso no has expulsado por mí a los
ayudantes? ¡Ay, si supieras con cuánto anhelo busco algo
positivo para mí en todo lo que haces y dices, aun cuando
me atormente!
Ante todo, Frieda —dijo K—, no te oculto nada: cómo me
odia la posadera y cómo se esfuerza por apartarte de mí y
con qué medios despreciables lo hace y cómo tú cedes ante
ella, Frieda, cómo cedes ante ella. Dime en qué te oculto
algo. Que quiero llegar hasta Klamm, ya lo sabes, que no
puedes ayudar a lograrlo y que lo tengo que conseguir por
mi propia cuenta, también lo sabes, que hasta ahora no lo
he conseguido, ya lo ves. ¿Tengo que humillarme
doblemente al contarte los intentos fallidos que ya en la
realidad me humillan lo suficiente? ¿Tengo acaso que
preciarme de haber esperado en vano, congelándome, al
lado del trineo de Klamm durante toda una tarde? Feliz de
no tener que pensar más en esas cosas, me apresuro a
volver contigo y entonces encuentro que de ti emana esa
actitud amenazadora. ¿Y Barnabás? Cierto, le espero. Es el
mensajero de Klamm, no he sido yo el que le ha nombrado.

205
Librodot El castillo Franz Kafka

—¡Otra vez Barnabás! —exclamó Frieda—. No creo que


sea un buen mensajero.
—Quizá tengas razón —dijo K—, pero es el único
mensajero que me han enviado.
Aún peor—dijo Frieda—, entonces más deberías guardarte
de él.
—Por desgracia, hasta ahora no me ha dado motivo para
ello —dijo K sonriendo—, viene raramente y lo que trae
carece de importancia, sólo el hecho de proceder de Klamm
es lo que le confiere valor.
—Pero mira ahora—dijo Frieda—, ya ni siquiera Klamm es
tu objetivo, quizá eso sea lo que más me intranquiliza; que
quisieras llegar a Klamm por encima de mí, era malo, pero
que ahora parezcas querer alejarte de Klamm es mucho
peor, es algo que ni siquiera la posadera ha previsto. Según
la posadera, mi suerte terminó, una suerte muy cuestionable
pero real, con el día en que tú viste definitivamente que tu
esperanza en Klamm era vana. Ahora ni siquiera esperas
ese día, de repente entra un niño y comienzas a luchar con
él por su madre, como si lucharas por oxígeno para respirar.
—Has comprendido correctamente mi conversación con
Hans —dijo K—, así fue realmente. Pero ¿se ha hundido
tanto en tu recuerdo tu vida anterior —excepto,
naturalmente, la posadera, que no se deja apartar— que ya
no sabes cómo se debe luchar por avanzar, especialmente
cuando se viene de abajo? ¿Te has olvidado de que hay
que utilizar todo aquello que de alguna manera dé
esperanza? Y esa mujer viene del castillo, ella misma me lo
dijo cuando me perdí el primer día y acabé en la casa de
Lasemann. ¿Qué otra cosa se me podía ocurrir que no
fuese pedirle consejo e, incluso, ayuda? Si la posadera
conoce con exactitud todos los impedimentos que me

206
El Castillo

separan de Klamm, esa mujer conoce probablemente el


camino, pues ella ha bajado por él.
—¿El camino hacia Klamm? —preguntó Frieda.
—Claro, hacia KIamm, ¿hacia dónde si no? —dijo K, que
entonces se levantó de un salto.
—Pero ahora ya ha llegado el momento de que vaya a
recoger el tentempié.
Frieda insistió en que permaneciera con una urgencia
injustificada, como si sólo su permanencia confirmase todas
sus palabras confortadoras. K, sin embargo, le recordó al
maestro, señaló hacia la puerta, que en cualquier momento
se podía abrir violentamente, prometió volver en seguida, ni
siquiera tenía que encender la calefacción, él mismo lo
haría. Finalmente, Frieda se sometió en silencio. Cuando K
caminaba por la nieve —ya hacía tiempo que tenía que
haberla retirado del camino, extraño lo lento que avanzaba
el trabajo—, vio cómo uno de los ayudantes aún se aferraba
a la verja muerto de cansancio. Sólo había uno, ¿dónde
estaba el otro? ¿Había logrado romper K la resistencia de al
menos uno de ellos? El que había quedado aún tuvo las
energías suficientes, ya que, al ver a K, se animó de nuevo,
extendió los brazos y comenzó a hacer girar sus globos
oculares con anhelo.
—Su tenacidad es modélica—se dijo K, y se vio obligado a
añadir—: Uno se congela con él en la verja.
Por lo demás, K sólo tuvo para el ayudante un gesto
amenazador con el puño que excluyó cualquier
acercamiento, sí, incluso el ayudante retrocedió asustado un
buen trecho. En ese momento abrió Frieda la ventana, para,
como había convenido con K, airear antes de encender la
calefacción. El ayudante dejó inmediatamente de mirar a K y
se deslizó, atraído irresistiblemente, hasta la ventana. Con
el rostro desfigurado por la amabilidad frente al ayudante y

207
Librodot El castillo Franz Kafka

de impotencia frente a K, ella agitó un poco la mano por la


parte de arriba de la ventana, ni siquiera era claro si se
trataba de un gesto de defensa o de un saludo. El ayudante,
al acercarse, tampoco se dejó desconcertar. Entonces
Frieda cerró deprisa la ventana exterior y permaneció detrás
con la mano en el picaporte, con la cabeza inclinada hacia
un lado, grandes ojos y una sonrisa rígida. ¿Sabía que así
atraía al ayudante más que lo espantaba? Pero K ya no miró
hacia atrás, prefería darse prisa y regresar pronto.

208
El Castillo

15

CON AMALIA

Por fin —ya era de noche— había terminado K de despejar


el camino del jardín, había acumulado la nieve a ambos
lados del camino y la había aplanado, terminando el trabajo
del día. Estaba en la puerta del jardín, sin nadie a su
alrededor en un amplio círculo. Hacía horas que había
expulsado al ayudante, le había perseguido durante un buen
trecho y se había escondido en algún lugar entre el jardín y
las casas. Ya no le pudo encontrar, pero tampoco apareció
más. Frieda estaba en casa y o lavaba la ropa o seguía
bañando al gato de Gisa; era un signo de confianza por
parte de Gisa que dejase a Frieda ese trabajo, por lo demás,
un trabajo desagradable e inadecuado, que K habría
rechazado, si no fuese aconsejable, después de todas las
negligencias laborales, aprovechar cualquier oportunidad
para satisfacer a Gisa. Ésta había visto satisfecha cómo K
bajaba la bañera para niños, había calentado el agua y
cómo, finalmente, introducía al gato en la bañera. Entonces
Gisa incluso le había dejado al exclusivo cuidado de Frieda,
pues Schwarzer, un conocido de K de la primera noche,
había venido y, después de saludar a K con una mezcla de
timidez, cuyo motivo se encontraba en aquella noche, y un
desprecio inmoderado, como correspondía a un bedel de
escuela, se había ido con Gisa a la otra clase. Allí seguían
los dos. Como le habían contado a K en la posada del
puente, Schwarzer, que era hijo de un alcaide del castillo,
hacía tiempo que vivía en el pueblo por amor a Gisa; había
conseguido que, gracias a sus conexiones, le nombraran
maestro auxiliar, pero ejercía ese cargo de tal manera que

209
Librodot El castillo Franz Kafka

casi nunca se perdía una clase de Gisa, ya fuese en los


bancos entre los niños o, mejor, en la tarima a los pies de
Gisa. Ya no molestaba, los niños hacía tiempo que se
habían acostumbrado y con gran facilidad, pues Schwarzer
no sentía ni inclinación ni comprensión por los niños, apenas
hablaba con ellos, sólo había asumido de Gisa la clase de
gimnasia y en lo demás se mostraba satisfecho de vivir
cerca, en la misma atmósfera, en la calidez de Gisa. Su
mayor placer consistía en sentarse junto a ella y corregir los
cuadernos escolares. Hoy también se ocupaban en eso:
Schwarzer había traído un buen montón de cuadernos, el
maestro también le daba los suyos, y mientras hubo
claridad, K había podido verlos a los dos sentados a una
mesita al lado de la ventana y trabajando, cabeza con
cabeza, inmóviles, ahora, sin embargo, sólo se podían ver
dos velas con llamas vacilantes. Era un amor serio y
silencioso el que los unía, el tono lo daba Gisa, cuya manera
de ser algo lenta a veces explotaba y rompía todos los
límites, pero que jamás habría tolerado algo similar en otros,
así que el más vivaracho, Schwarzer, tenía que someterse,
andar lento, hablar lento, callar mucho, pero, eso se veía
muy bien, era ricamente recompensado por la presencia
sencilla y silenciosa de Gisa. Y a lo mejor Gisa ni siquiera le
amaba, en todo caso sus ojos redondos y grises, que jamás
pestañeaban, que aparentemente giraban en las pupilas, no
daban respuesta a esa pregunta, sólo se veía que toleraba a
Schwarzer sin réplica, pero estaba claro que no sabía
apreciar el honor de ser amada por el hijo de un alcaide y su
cuerpo exuberante seguía contribuyendo como siempre a si
Schwarzer la seguía con la mirada o no. Schwarzer, por el
contrario, le ofrecía el continuo sacrificio de vivir en el
pueblo; a los mensajeros del padre, que venían con
frecuencia a recogerle, los despachaba con gran enojo,
como si el breve recuerdo del castillo y de sus obligaciones
filiales despertado en él supusiese una considerable

210
El Castillo

perturbación de su felicidad. Y, sin embargo, en realidad


tenía mucho tiempo libre, pues Gisa sólo se mostraba ante
él durante las horas de clase y durante la corrección de
cuadernos; esto, es cierto, no por interés, sino porque
amaba más que nada la comodidad y, por tanto, la soledad,
y tal vez cuando se sentía más feliz era cuando, en su casa,
se podía estirar con toda libertad en su sofá, con el gato a
su lado, que no molestaba porque ya apenas se podía
mover. Así pasaba la mayor parte del día Schwarzer sin
ocupación alguna, pero también eso le gustaba, pues
siempre tenía la posibilidad, que aprovechaba a menudo, de
ir a la calle Löwen donde vivía Gisa, subir a su pequeña
habitación en la buhardilla, escuchar ante la puerta siempre
cerrada y luego volver a irse después de haber constatado
inevitablemente en la habitación el más perfecto e
incomprensible silencio. No obstante, a veces se mostraban
en él las consecuencias de esa forma de vida, aunque
nunca en la presencia de Gisa, mediante erupciones
ridículas e instantáneas de un resurgido orgullo oficial, que,
si bien es cierto, no se adaptaba mucho a su situación
presente; cuando eso ocurría no era muy agradable, como K
había tenido la ocasión de experimentar20.
Resultaba asombroso que al menos en la posada del
puente se hablase de Schwarzer con cierto respeto, incluso
cuando se trataba de cosas más ridículas que serias, y
también se incluía a Gisa en ese respeto. Pero no
correspondía a la realidad cuando Schwarzer se creía
superior a K 'por el hecho de ser maestro auxiliar, esa
superioridad no existía, un bedel es para los maestros, e
incluso para un maestro de la categoría de Schwarzer, una
persona muy importante a la que no se puede despreciar
impunemente y a la que, cuando no se pueda evitar
despreciarla por intereses de clase, al menos se le tiene que
hacer soportable con la correspondiente contraprestación. K

211
Librodot El castillo Franz Kafka

quería pensar en ello cuando llegara la ocasión, además,


Schwarzer ya le debía algo por la primera noche, una deuda
que no se había reducido porque los días siguientes
hubiesen dado razón al recibimiento de Schwarzer. Pues no
se podía tampoco olvidar que ese recibimiento quizá había
dado el tono a todos los restantes. A través de Schwarzer y
de un modo absurdo se había concentrado en las primeras
horas toda la atención de la administración en K, cuando,
completamente extraño en el pueblo, sin conocidos, sin un
refugio, yaciendo en un jergón de paja, agotado por la
caminata e indefenso, se encontraba abandonado a
cualquier intervención administrativa. Sólo una noche más y
todo podría haber transcurrido de otra manera, con
tranquilidad, semioculto. En todo caso nadie habría sabido
nada de él, no habrían tenido ninguna sospecha, al menos
no habrían dudado en dejarle permanecer allí un día como
un joven excursionista, se habrían dado cuenta de su
utilidad y fiabilidad, se habría difundido por el vecindario,
quizá habría encontrado pronto como criado un alojamiento
en algún lugar. Naturalmente, no habría podido zafarse de la
administración. Pero era una diferencia notable que en
plena noche, por su culpa, se hubiese puesto al teléfono la
administración central o quien fuese, se la hubiese
despertado, se le hubiese exigido, si bien con humildad,
pero con importuna inflexibilidad, además por Schwarzer,
probablemente considerado arriba con reprobación, en vez
de, al día siguiente, haberse presentado K durante las horas
de servicio en la casa del alcalde, como se debía hacer,
haberse anunciado como un excursionista forastero que ya
había encontrado un alojamiento en casa de un miembro de
la comunidad y que al día siguiente probablemente partiría,
a no ser que se produjese el caso improbable de que
encontrase allí trabajo, sólo por unos días, naturalmente,
pues en ningún caso quería permanecer más tiempo allí.
Así, o de una forma parecida, habría ocurrido sin Schwarzer.

212
El Castillo

La administración habría continuado ocupándose del


asunto, pero con tranquilidad, siguiendo la vía oficial, sin ser
molestada por la impaciencia, probablemente odiada, de las
partes. K era inocente de todo, la culpa recaía en
Schwarzer, pero Schwarzer era el hijo de un alcaide y
externamente se había comportado con corrección, así que
sólo se podía indemnizar a K. ¿Y la causa ridícula de todo
eso? Quizá el mal humor de Gisa en aquel día, por lo cual
Schwarzer decidió vagar por la noche sin poder dormir y
hacer pagar a K sus penas. Por otra parte también se podía
decir que K debía mucho a esa conducta de Schwarzer.
Sólo gracias a ella había sido posible lo que K en solitario
jamás habría logrado, ni jamás habría osado lograr y lo que
por su parte la administración nunca habría reconocido, que
él, desde el principio, sin rodeos, abiertamente y de tú a tú,
se había enfrentado a la administración, en la medida en
que eso era posible con ella. Pero era un regalo
envenenado, le había ahorrado a K muchas mentiras y
secretos, pero también le dejaba prácticamente indefenso,
en todo caso le perjudicaba en su lucha y le podría haber
desesperado, si no se hubiese dicho que la diferencia de
poder entre la administración y él era tan terrible que todas
las mentiras y la astucia de las que él hubiese sido capaz no
habrían podido inclinar esencialmente esa diferencia a su
favor, sino que cualquier cambio siempre habría tenido que
resultar imperceptible. Pero ése sólo era un pensamiento
con el que K se consolaba; Schwarzer, sin embargo, seguía
siendo su deudor. Si aquella vez había dañado a K, quizá la
próxima vez pudiese ayudarle, K seguiría necesitando
ayuda, por mínima que fuese, por ejemplo, Barnabás
parecía haber fracasado una vez más. A causa de Frieda, K
había dudado durante todo el día si debía ir a preguntar a la
casa de Barnabás; para no recibirle cuando Frieda estuviese
delante, K había trabajado fuera y después del trabajo
también se había quedado en el exterior para esperar a

213
Librodot El castillo Franz Kafka

Barnabás, pero Barnabás no había venido. Entonces no


quedaba otro remedio que ir a casa de las hermanas, sólo
un rato, sólo quería preguntar desde el umbral, al poco
tiempo estaría de regreso. Golpeó la nieve con la pala y
salió corriendo. Llegó sin aliento a la casa de Barnabás,
abrió después de llamar en ella y preguntó sin ni siquiera
fijarse en el aspecto que presentaba la habitación:
—¿Aún no ha llegado Barnabás?
En ese momento comprobó que Olga no estaba, que los
dos ancianos estaban otra vez sentados a una mesa lejana
en la penumbra, todavía no se habían percatado de lo que
había ocurrido en la puerta y lentamente giraban sus rostros
hacia él, y, finalmente, vio a Amalia debajo de un cobertor
echada en un banco al lado de la calefacción, asustada por
la aparición de K y manteniendo la mano en la frente para
tranquilizarse. Si hubiera estado Olga, habría contestado en
seguida y K podría haberse ido, pero ahora al menos tuvo
que dar los pasos necesarios para acercarse a Amalia,
extenderle la mano, que ella estrechó en silencio, y pedirle
que impidiese a los intimidados padres que se molestasen
en venir por él, lo que ella hizo con unas palabras. K se
enteró de que Olga cortaba leña en el patio, que Amalia,
agotada —no mencionó ningún motivo—, se había tenido
que echar hacía poco y que Barnabás aún no había llegado,
pero que tenía que llegar pronto, pues nunca pernoctaba en
el castillo. K le agradeció la información, ya se podía ir, pero
Amalia le preguntó si no quería esperar a Olga, pero él ya
no tenía tiempo, luego preguntó Amalia, si ya había hablado
ese día con Olga, él lo negó asombrado y le preguntó si
Olga tenía algo especial que comunicarle. Amalia hizo un
gesto de enojo con la boca y asintió en silencio, se trataba
claramente de una despedida y se echó de nuevo. Desde
esa posición le observó fijamente como si se sorprendiera
de que aún estuviera allí. Su mirada era fría, inmóvil como

214
El Castillo

siempre, no estaba dirigida hacia lo que observaba, sino que


iba algo más lejos —causando cierto malestar—, lo que la
originaba no parecía una debilidad, ni confusión, ni falta de
sinceridad, sino un continuo anhelo de soledad, que
superaba a cualquier otro, y que quizá en ella misma sólo se
hacía consciente de esa manera. K creyó recordar que esa
mirada ya le había ocupado la primera noche, sí, que
probablemente la impresión negativa que esa familia le
había dado obedecía a esa mirada que no era fea en sí
misma, sino orgullosa y sincera en su carácter reservado.
—Estás siempre tan triste, Amalia —dijo K—. ¿Te
atormenta algo? ¿Acaso no puedes decirlo? Nunca he visto
una campesina como tú. Hoy mismo, ahora me ha llamado
la atención. ¿Eres del pueblo? ¿Has nacido aquí?
Amalia lo afirmó como si K sólo hubiese realizado la última
pregunta, luego dijo:
—¿Entonces vas a esperar a Olga?
—No sé por qué preguntas continuamente lo mismo —dijo
K—; no puedo permanecer aquí más tiempo porque mi
novia me está esperando en casa.
Amalia se apoyó en un codo, no sabía nada de una novia.
K mencionó su nombre, pero Amalia no la conocía.
Preguntó si Olga sabía algo de ese noviazgo, K así lo creía,
Olga le había visto ya con Frieda, también se difunden
rápidamente esas noticias por el pueblo. Amalia, sin
embargo, le aseguró que no sabía nada y que eso la haría
muy desgraciada, pues Olga parecía amar a K. No había
hablado abiertamente de ello, porque era muy reservada,
pero traicionaba involuntariamente
su amor. K estaba convencido de que Amalia se
equivocaba. Amalia sonrió y esa sonrisa, aunque era triste,
iluminó su rostro sombrío y concentrado, hizo que hablara su
silencio, hizo confiada la extrañeza, era la revelación de un

215
Librodot El castillo Franz Kafka

secreto hasta ahora bien guardado del que, si bien podía


retractarse otra vez, ya nunca podría hacerlo del todo.
Amalia dijo que estaba segura de no equivocarse, sí, incluso
sabía más, también sabía que K sentía cierta inclinación por
Olga y que sus visitas, que tenían como pretexto los
mensajes de Barnabás, en realidad tenían como finalidad
ver a Olga. Pero ahora que Amalia lo sabía todo, no tenía ya
por qué tomárselo con tanta severidad y podía venir con
más frecuencia. Sólo eso había querido decirle. K sacudió la
cabeza y recordó su noviazgo. Amalia no pareció
desperdiciar muchos pensamientos con ese noviazgo, la
impresión directa de K, ahora, solo ante ella, era lo decisivo;
se limitó a preguntar cuándo había conocido a esa joven,
pues hacía pocos días que estaba en el pueblo. K le contó
la noche en la posada de los señores, por lo que Amalia dijo
brevemente que ella había estado en contra de que le
condujesen a la posada de los señores. Llamó a Olga como
testigo quien precisamente entraba en ese momento con un
montón de leña en un brazo, con la tez fresca curtida por el
frío, vivaz y fuerte, como transformada por el trabajo en
contraste con su presencia en la habitación el día anterior,
más apagada. Dejó la leña, saludó despreocupada a K y
preguntó en seguida por Frieda. K se comunicó con Amalia
mediante una mirada pero ella no se consideró rebatida. Un
poco irritado por ello, K habló más detalladamente de Frieda
de lo que en otro caso habría hecho, entre otras cosas
describió en qué condiciones tan difíciles tenía que conducir
una especie de hogar en la escuela y, con la premura por
contarlo, se olvidó de sí mismo de tal manera —quería irse
en seguida a casa— que como despedida invitó a las
hermanas a visitarle. Pero entonces se asustó y dejó de
hablar, mientras Amalia en seguida, sin darle tiempo para
decir una palabra, aceptó su invitación, y Olga se sumó. K,
sin embargo, aún presionado por el pensamiento de la
necesidad de una despedida urgente y sintiéndose inquieto

216
El Castillo

bajo la mirada de Amalia, no dudó en reconocer, sin


ambages, que la invitación había sido precipitada y sólo
obedecía a sus sentimientos personales, pero que por
desgracia no la podía mantener, ya que entre Frieda y la
familia de Barnabás existía una incomprensible enemistad.
—No es ninguna enemistad —dijo Amalia, se levantó y
arrojó el cobertor detrás de sí—, no llega a tanto, no es más
que un rumor de la opinión general. Y ahora vete, ve con tu
novia, ya veo que tienes prisa. Tampoco temas que
vayamos a visitarte, al principio sólo lo dije de broma, por
maldad. Pero tú puedes venir con más frecuencia a vernos,
para ello no hay ningún impedimento, puedes poner como
pretexto los mensajes de Barnabás. Te lo facilito aún más al
decir que Barnabás, aun cuando traiga un mensaje para ti
del castillo, no tendrá que irse otra vez hasta la escuela para
comunicártelo. No puede caminar tanto, el pobre, con ese
servicio se agota, tú mismo tendrás que venir a recoger tus
noticias.
K no había oído hablar tanto a Amalia en ese sentido,
además sonaba distinto a lo anteriormente dicho, en ello
había una especie de soberanía, que no sólo sentía K, sino
también Olga, quien debía de estar acostumbrada a su
hermana, y que permanecía un poco apartada, con las
manos en el regazo, con su postura habitual, con las piernas
algo abiertas e inclinada ligeramente hacia adelante, con los
ojos fijos en Amalia, mientras ésta sólo miraba a K.
—Es un error—dijo K—, un gran error si crees que no
espero a Barnabás con seriedad, mi más grande, mi único
deseo es arreglar mis asuntos con la administración. Y
Barnabás tiene que ayudarme, casi toda mi esperanza
recae en él. Es cierto que ya me ha decepcionado una vez,
pero fue más culpa mía que suya, ocurrió en la confusión de
las primeras horas, creí entonces que podría lograrlo todo
con un paseo nocturno y después le atribuí a él que lo

217
Librodot El castillo Franz Kafka

imposible se mostrase imposible. Incluso me ha influido en


mi juicio sobre vuestra familia y sobre vosotras. Pero eso ha
pasado, creo que os comprendo mucho mejor, sois incluso...
—buscó la palabra adecuada, no la encontró en seguida y
se contentó con una ocasional—, sois tal vez los más
bondadosos de todos los del pueblo, tal como los he podido
conocer hasta ahora. Pero tú, Amalia, vuelves a
confundirme, porque, si bien no desacreditas el servicio de
tu hermano, sí que disminuyes la importancia que tiene para
mí. Tal vez no estés enterada de los asuntos de Barnabás,
entonces lo comprenderé y ya no mencionaré el asunto,
pero es posible que sí estés enterada —y tengo esta
sensación—, entonces resulta enojoso, porque eso significa
que tu hermano me engaña.
—Tranquilízate —dijo Amalia—, no estoy enterada, nada
podría impulsarme a enterarme de esos asuntos, nada, ni
siquiera en consideración a ti, por quien, sin embargo,
estaría dispuesta a hacer algo, pues como dijiste somos
bondadosos. Pero los asuntos de mi hermano son sólo de
su incumbencia, no sé nada de ellos, excepto lo que oigo
casualmente aquí y allá. De todo eso, por el contrario, te
puede informar Olga, ella está al tanto.
Y Amalia se fue, primero con sus padres, con quienes
habló en voz baja, luego a la cocina; se había ido sin
despedirse de K, como si supiera que iba a permanecer
mucho más tiempo y no fuese necesaria ninguna despedida.

218
El Castillo

16

K se quedó atrás con un rostro de sorpresa, Olga se rió de


él y lo llevó hasta el banco al lado de la calefacción; parecía
feliz de poder sentarse con él a solas, pero era una felicidad
pacífica, no turbada por los celos. Y precisamente esa
ausencia de celos y, por tanto, también de toda severidad,
sentó bien a K; encantado miró en esos ojos azules, ni
tentadores ni imperiosos, sino tímidamente tranquilos y
tímidamente fijos. Era como si no le hubiesen hecho más
receptivo, pero sí más sagaz para las advertencias de
Frieda y de la posadera. Y él rió con Olga cuando ella se
sorprendió de que hubiese llamado bondadosa
precisamente a Amalia; Amalia podía ser muchas cosas,
pero bondadosa, no, desde luego. K se vio obligado a
aclarar que esa alabanza iba dirigida en realidad a ella, a
Olga, pero que Amalia era tan dominante que no sólo se
apoderaba de todo lo que se mencionaba en su presencia,
sino que uno se lo asignaba voluntariamente.
—Eso es cierto —dijo Olga poniéndose más seria—, más
cierto de lo que supones. Amalia es más joven que yo,
también más joven que Barnabás, pero ella es la que decide
en la familia, para bien y para mal; aunque también es cierto
que ella soporta más que los demás, tanto lo bueno como lo
malo.
K lo consideró exagerado, Amalia acababa de decir que,
por ejemplo, no se ocupaba de los asuntos del hermano y
que Olga, por el contrario, estaba enterada de todo.
—¿Cómo podría explicarlo? —dijo Olga—. Amalia no se
preocupa ni de Barnabás ni de mí; en realidad no se
preocupa de nadie salvo de nuestros padres, los cuida
noche y día, ahora les ha preguntado si deseaban algo y se

219
Librodot El castillo Franz Kafka

ha ido a la cocina para prepararles la comida, por ellos ha


superado su cansancio y se ha levantado, pues desde el
mediodía se siente mal y está aquí echada en el banco.
Pero, a pesar de que no se preocupa por nosotros,
dependemos de ella como si fuese la mayor, y si nos
aconsejara en nuestras cosas, seguiríamos con toda
seguridad sus consejos, pero no lo hace, le somos extraños.
Tú tienes mucha experiencia con los hombres, vienes de
fuera, ¿no te parece especialmente inteligente?
—Me parece especialmente triste —dijo K—, pero ¿cómo
puede ser compatible con vuestro respeto por ella que, por
ejemplo, Barnabás cumpla un servicio de mensajero que
Amalia desaprueba o tal vez, incluso, desprecia?
—Si supiera que otra cosa podría hacer, abandonaría
inmediatamente el servicio de mensajero que no le satisface
nada.
—¿No es zapatero? —preguntó K.
—Sí, claro —dijo Olga—, él trabaja de vez en cuando para
Brunswick y si quisiera tendría trabajo noche y día y ganaría
bastante.
—Bueno —dijo K—, entonces tendría algo que podría
sustituir el servicio de mensajero.
—¿El servicio de mensajero? —preguntó Olga asombrada
—. ¿Acaso lo ha asumido por las ganancias?
—Puede ser—dijo K—, pero mencionaste que no le
satisface.
—No le satisface y por muchos motivos —dijo Olga—, pero
se trata de un servicio del castillo, así y todo una especie de
servicio del castillo, al menos eso se podría creer.
—¿Cómo? —dijo K—. ¿Incluso de eso dudáis?

220
El Castillo

—Bueno —dijo Olga—, en realidad, no, Barnabás va a las


oficinas, trata a los criados de igual a igual, ve desde lejos a
algunos funcionarios, recibe cartas relativamente
importantes, incluso le confían mensajes orales, eso ya es
mucho y podemos estar orgullosos de todo lo que ha
alcanzado siendo tan joven.
K asintió, ya no pensaba en volver a casa. —¿También
tiene una librea propia? —preguntó. —¿Te refieres a la
chaqueta? No, ésa se la hizo Amalia antes de que le
nombrasen mensajero. Pero te acercas a un punto delicado.
Hace tiempo que tendría que haber recibido, no una librea,
que no hay en el castillo, pero sí un traje de la
administración, eso se le ha asegurado, pero a este
respecto en el castillo son muy lentos y lo peor es que nadie
sabe qué significa esa lentitud; puede significar que el
asunto está en trámite, pero también puede significar que el
trámite administrativo aún no ha comenzado, esto es, que
aún está en una fase preliminar y, finalmente, también
puede significar que el trámite ya ha terminado, pero que
por algún motivo se ha retirado esa promesa y que
Barnabás jamás recibirá el traje. Sobre ello no se puede
saber nada con más exactitud o quizá sólo cuando
transcurra mucho tiempo. Tal vez conozcas el dicho de aquí:
«Las decisiones administrativas son más tímidas que una
jovencita».
—Ésa es una buena observación —dijo K, quien la tomó
con más seriedad que Olga—, una buena observación, es
posible que las decisiones compartan otras características
con jovencitas.
—Tal vez —dijo Olga—, aunque no sé muy bien a qué te
refieres. Quizá lo hayas dicho como una alabanza. Pero en
lo que respecta al traje oficial, es una de las preocupaciones
de Barnabás y como compartimos las preocupaciones,
también lo es mía. ¿Por qué no recibe un traje oficial? Nos

221
Librodot El castillo Franz Kafka

preguntamos en vano. Ahora bien, no se trata de un asunto


fácil. Los funcionarios, por ejemplo, parecen no tener ningún
traje oficial; por lo que sabemos aquí y por lo que cuenta
Barnabás, los funcionarios llevan trajes normales pero
bonitos. Por lo demás, ya has visto a Klamm. Bueno,
Barnabás no es un funcionario, ni siquiera, naturalmente,
uno de la categoría más baja, tampoco tiene la audacia de
querer serlo. Pero tampoco criados superiores, que no
aparecen nunca por el pueblo, según el informe de
Barnabás, tienen trajes oficiales. Eso es un consuelo, se
podría pensar, pero resulta engañoso, pues ¿acaso es
Barnabás un criado superior? No, por más afecto que se le
tenga, eso no se puede decir, no es un criado superior, el
mero hecho de que venga al pueblo, incluso de que viva
aquí, es una prueba en contra, los criados superiores son
más reservados que los funcionarios, quizá con razón, quizá
son incluso superiores a algunos funcionarios, hay algunos
indicios de ello, trabajan menos y, según Barnabás, resulta
un espectáculo maravilloso ver a ese grupo de hombres
fuertes y seleccionados andar lentamente por los pasillos,
Barnabás siempre ronda a su alrededor. En suma, no se
puede afirmar que Barnabás sea un criado superior. Así que
podría ser uno de los inferiores, pero éstos tienen trajes
oficiales, al menos cuando bajan al pueblo, no es una librea
en el propio sentido del término, también presentan muchas
diferencias, pero de todas formas siempre se reconoce en
seguida por el traje a los criados del castillo, tú ya has visto
a esa gente en la posada de los señores. Lo más llamativo
en los trajes es que la mayoría de las veces son muy
ajustados, un campesino o un artesano no los podría utilizar.
Bueno, pues Barnabás no tiene ese traje, eso no sólo es
vergonzoso, sino indigno, se podría soportar, pero —sobre
todo en las horas sombrías y, a veces, no es raro, Barnabás
y yo las tenemos— nos hacen dudar de todo. ¿Es un
servicio del castillo el que presta Barnabás? Nos

222
El Castillo

preguntamos entonces; cierto, va a las oficinas, pero ¿son


las oficinas el castillo? Y aun cuando las oficinas
pertenezcan al castillo, ¿son las oficinas el lugar donde
Barnabás puede entrar? Él entra en oficinas, pero sólo son
una parte de todas ellas, después hay barreras y detrás hay
más oficinas. No se le prohibe seguir avanzando, pero no
puede seguir avanzando cuando ya ha encontrado a sus
superiores, le han despachado y despedido. Además, allí
siempre te observan, al menos así se cree. E incluso si
siguiese avanzando, ¿de qué serviría si allí no tiene ningún
trabajo administrativo y sería un intruso? Esas barreras no
te las tienes que imaginar como una determinada frontera,
sobre ello Barnabás siempre me llama la atención. En las
oficinas también hay barreras, por las que él pasa, por lo
tanto también hay barreras que atraviesa y que no se
distinguen de aquellas por las que no ha pasado, y no
puede afirmarse de antemano que detrás de esas últimas
barreras no haya otras oficinas en esencia iguales a
aquellas en las que Barnabás ya ha estado. Sólo en esas
horas sombrías lo cree así. Y luego la duda se extiende, no
se puede evitar. Barnabás habla con funcionarios y recibe
mensajes, pero ¿qué tipo de funcionarios y qué tipo de
mensajes? Ahora, como él dice, ha sido asignado a Klamm
y recibe personalmente de él los encargos. Bueno, eso ya
sería mucho, incluso hay criados superiores que no han
llegado tan lejos, casi es demasiado, eso es lo angustioso.
Piensa, ser asignado directamente a Klamm, hablar con él
de tú a t. Pero ¿es así? Bien, así es, pero ¿por qué duda
entonces Barnabás de que el funcionario al que se designa
con el nombre de Klamm sea realmente Klamm?
—Olga —dijo K—, ¿no pretenderás bromear? ¿Cómo
pueden existir dudas del aspecto de Klamm? Se conoce su
aspecto, yo mismo le he visto.

223
Librodot El castillo Franz Kafka

—Claro que no —dijo Olga—, y no bromeo, expreso mis


preocupaciones más serias21. Pero tampoco te las cuento
para aligerar mi corazón y para cargar el tuyo con ellas, sino
porque preguntaste por Barnabás, porque Amalia me
encargó que te las contara y porque creo que te puede ser
útil conocer las cosas con más exactitud. También lo hago
por Barnabás, para que no pongas tantas esperanzas en él,
no te decepcione y luego tenga que sufrir por tu decepción.
Es muy sensible; por ejemplo, esta noche no ha dormido
porque ayer te mostraste insatisfecho con él, al parecer
dijiste que era malo para ti tener sólo un mensajero como
Barnabás. Esas palabras le han quitado el sueño, tú mismo
no habrás notado mucho de su excitación, los mensajeros
del castillo tienen que saber dominarse. Pero él no lo tiene
fácil, ni siquiera contigo. Según tu opinión, no le exiges
mucho, pero te has traído contigo ciertas ideas propias de lo
que es el servicio de un mensajero y te guías en la
valoración de sus servicios por esas exigencias. Pero en el
castillo tienen otras ideas de ese servicio y no coinciden con
las tuyas, aun cuando Barnabás se sacrificara del todo por
el servicio, a lo que a veces, por desgracia, parece
dispuesto. Habría que someterse, no se podría decir nada,
si la cuestión sólo fuese si es realmente el servicio de un
mensajero lo que él hace. Frente a ti, naturalmente, no
puede dejar traslucir ninguna duda, para él hacer eso
supondría enterrar su propia existencia, infringir
groseramente las leyes a las que él cree estar sometido, e
incluso conmigo tampoco habla libremente, le tengo que
arrancar sus dudas con besos y caricias e incluso en ese
caso se resiste a reconocer que las dudas son dudas. Tiene
algo de Amalia en la sangre. Y es seguro que no me dice
todo, a pesar de que soy su única persona de confianza.
Pero a veces hablamos sobre Klamm, yo aún no he visto a
Klamm, ya sabes, Frieda no me aprecia y no me habría
permitido que le mirase, no obstante su aspecto es bien

224
El Castillo

conocido en el pueblo, algunos le han visto, todos han oído


de él y de esos testimonios visuales, de rumores y de
algunas opiniones falsas se ha formado una imagen de
Klamm que coincide en los rasgos básicos. Pero sólo en los
rasgos básicos. En lo demás es mudable y quizá ni siquiera
tan mudable como el aspecto real de Klamm. Su aspecto es
distinto cuando viene al pueblo y cuando lo abandona;
diferente antes de beber una cerveza y diferente después;
diferente despierto, diferente dormido, diferente solo,
diferente en conversación y, lo que resulta comprensible tras
todo esto, casi completamente diferente en el castillo. Y se
han constatado varias diferencias en el mismo pueblo,
diferencias en la altura, la actitud, la corpulencia, el bigote,
sólo respecto a los trajes coinciden los informes, siempre
lleva el mismo traje, un traje negro con largos faldones.
Ahora bien, todas esas diferencias no obedecen a ningún
juego de magia, sino que son muy comprensibles, surgen
del estado de ánimo en ese instante, del grado de
excitación, de las innumerables estratificaciones de la
esperanza o de la desesperación, en las que se encuentra
el espectador, quien, por lo demás, la mayoría de las veces
sólo puede verle fugazmente. Te cuento todo esto como con
frecuencia me lo ha contado Barnabás y, en general, uno
puede tranquilizarse al oírlo cuando no se está interesado
personalmente en el asunto. Nosotros no podemos
tranquilizarnos, para Barnabás es una cuestión vital si habla
con Klamm o no.
—No lo es menos para mí —dijo K, y se acercaron más el
uno al otro.
K quedó afectado por las desfavorables novedades de
Olga, pero encontró una compensación en que allí había
personas a las que, al menos aparentemente, les iba casi
como a él mismo, a las que se podía unir, con las que se
podía entender, y no sólo en un poco como era el caso de

225
Librodot El castillo Franz Kafka

Frieda. Si bien es cierto que fue perdiendo paulatinamente


la esperanza en un éxito del mensaje de Barnabás, cuanto
peor le iba a Barnabás allá arriba, en el castillo, más
próximo se sentía K a él; jamás hubiera pensado que del
pueblo pudiera partir un empeño tan desgraciado como era
el de Barnabás y el de su hermana. Aún no estaba aclarado,
ni mucho menos, y, finalmente, podía dar un vuelco, no
había que dejarse seducir por el carácter inocente de Olga
para creer en la sinceridad de Barnabás.
—Barnabás conoce muy bien los informes sobre el aspecto
de Klamm —siguió Olga—, ha reunido muchos y los ha
comparado, quizá demasiados. Una vez vio o creyó ver a
Klamm en el pueblo por la ventanilla de un coche, así que
se consideró capacitado para reconocerle y, sin embargo —
¿cómo puedo aclararlo?—, cuando fue a una de las oficinas
del castillo y entre varios funcionarios le señalaron a uno
diciendo que ése era Klamm, no le reconoció y aún después
tuvo que acostumbrarse a que debía de ser Klamm. Pero si
le preguntas a Barnabás en qué se diferenciaba ese hombre
de las nociones usuales que circulan de Klamm, no puede
responder, aún más, responde y describe al funcionario en
el castillo, pero esa descripción coincide exactamente con la
descripción de Klamm que nosotros conocemos. «Entonces,
Barnabás», le digo, «¿por qué dudas?, ¿por qué te
atormentas de esa manera? A lo que él contesta, en un
visible apuro, enumerando las particularidades del
funcionario en el castillo, las cuales parecen más fruto de la
invención que de la observación, y que, además, son tan
minúsculas —afectan, por ejemplo, a una determinada
forma de asentir con la cabeza o de abotonarse el chaleco—
que es imposible tomarlas en serio. Todavía más importante
me parece la manera en que Klamm trata con Barnabás. Mi
hermano me lo ha descrito con frecuencia, incluso me lo ha
dibujado. Normalmente, Barnabás es conducido a un gran

226
El Castillo

despacho de las oficinas, pero no es el despacho de Klamm,


ni siquiera pertenece a una sola persona. Esa habitación
está dividida en toda su longitud por un pupitre para escribir
de pie, que se prolonga de un extremo al otro; el espacio
estrecho, por donde apenas pueden pasar dos personas al
mismo tiempo, es el de los funcionarios, y luego hay uno
amplio para los interesados, los espectadores, los criados y
los mensajeros. Sobre el pupitre hay grandes libros abiertos,
uno junto al otro, y ante la mayoría de ellos hay funcionarios
leyendo. Pero no permanecen siempre ante el mismo libro;
aunque no los intercambian, cambian de puesto, lo que más
sorprende a Barnabás es cómo en esos cambios de puesto
tienen que apretarse para pasar a causa de la estrechez del
espacio. En la parte delantera, junto al pupitre, hay mesas
muy bajas a las que se sientan los escribientes, quienes,
cuando lo desean los funcionarios, escriben según el
dictado de estos últimos. Una y otra vez se asombra
Barnabás de cómo ocurre. No obedece a una orden expresa
del funcionario, tampoco se dicta en voz alta, apenas se
nota que se está dictando, más bien parece como si el
funcionario siguiese leyendo como antes, sólo que al mismo
tiempo murmura y el escribiente lo escucha. Con frecuencia
dicta el funcionario en voz tan baja, que el escribiente,
sentado, no puede oír nada, entonces tiene que levantarse,
captar lo dictado, y volverse a sentar rápidamente para
escribirlo, volverse a levantar, etc. ¡Qué extraño es todo eso!
Casi incomprensible. Barnabás tiene tiempo suficiente para
observarlo todo, pues tiene que esperar en el espacio para
los espectadores horas y, a veces, durante todo el día,
hasta que la mirada de Klamm recae en él. Y aun cuando
Klamm le ha visto y Barnabás ha adoptado la posición de
atención, no se ha decidido nada, pues Klamm puede volver
a dirigir su mirada al libro y olvidarle, así ocurre
frecuentemente. ¿Qué tipo de servicio de mensajero es ése
tan carente de importancia? Me pongo triste cada vez que

227
Librodot El castillo Franz Kafka

Barnabás dice por la mañana temprano que se va al castillo.


Ese camino, probablemente inútil, ese día, probablemente
perdido, esa esperanza, probablemente vana. ¿Para qué
todo eso? Y aquí se acumula el trabajo de zapatero que
nadie hace y que Brunswick urge que se haga.
—Bien —dijo K—, Barnabás tiene que esperar mucho
tiempo antes de recibir un encargo, eso es comprensible,
aquí parece haber un exceso de empleados, no todos
pueden recibir un encargo cada día, de eso no os podéis
quejar, eso afecta a todos. Al cabo, Barnabás también
recibe encargos, a mí ya me ha traído dos cartas.
—Es posible —dijo Olga— que no tengamos derecho a
quejarnos, en especial yo, que conozco todo de oídas y que,
al ser una mujer joven, no puedo comprenderlo muy bien,
como Barnabás, que se calla algunas cosas. Pero ahora
escucha lo referente a las cartas, con las cartas para ti, por
ejemplo. Esas cartas no las recibe directamente de Klamm,
sino del escribiente. Un día cualquiera, a una hora
cualquiera—por eso el servicio es tan agotador, aunque
parezca fácil, pues Barnabás siempre tiene que estar alerta
—, el escribiente se acuerda de él y le hace una señal.
Klamm no parece ser el causante, él sigue leyendo
tranquilamente en su libro; algunas veces, sin embargo,
aunque eso también lo hace con frecuencia, limpia su
binóculo en el momento en que Barnabás se acerca y quizá
le mira, suponiendo que pueda ver sin binóculo, Barnabás lo
duda, pues Klamm tiene los ojos semicerrados, parece
dormir y limpiar el binóculo en sueños. Mientras, el
escribiente, entre los numerosos expedientes y cartas que
tiene debajo de la mesa, busca una para ti: por el aspecto
del sobre parece muy vieja, como si hubiera estado allí largo
tiempo. Pero, si es una carta tan vieja ¿por qué han hecho
esperar tanto tiempo a Barnabás, y a ti también? Y,
finalmente, a la carta, pues ya está anticuada. Y entonces

228
El Castillo

Barnabás gana la fama de ser un mensajero lento y malo. El


escribiente, sin embargo, se lo pone fácil, dice «de Klamm
para K» y con eso despide a Barnabás. Entonces Barnabás
regresa a casa, sin aliento, con la carta bajo su camisa,
pegada al cuerpo, y nos sentamos aquí, en este banco,
como ahora, y nos cuenta lo ocurrido y analizamos todos los
pormenores y valoramos lo que ha conseguido, para, al
final, concluir que ha logrado muy poco y aun esto resulta
cuestionable, entonces Barnabás deja la carta, no tiene
ganas de llevarla, pero tampoco tiene ganas de irse a
dormir, se pone a trabajar con los zapatos y se pasa toda la
noche sentado en el taburete. Así ocurre, K, y ésos son mis
secretos y ya no te sorprenderás de que Amalia renuncie a
ellos.
—¿Y la carta? —preguntó K.
—¿La carta? —dijo Olga—. Bueno, después de un tiempo,
cuando he insistido lo suficiente a Barnabás, pueden haber
pasado días o semanas, toma la carta y la va a entregar. En
esas nimiedades es muy dependiente de mí. Cuando he
superado la primera impresión de su relato de los hechos,
me puedo calmar, algo de lo que él, probablemente porque
sabe más, no es capaz. Y así le puedo repetir: «¿Qué
quieres realmente, Barnabás? ¿Con qué carrera, con qué
objetivos sueñas? ¿Acaso quieres llegar tan lejos que nos
tengas, que me tengas que abandonar? Mira a tu alrededor
si alguno de nuestros vecinos ha llegado tan lejos. Cierto, su
situación es diferente a la nuestra y no tienen ningún motivo
para querer mejorar su situación, pero incluso sin comparar
hay que comprender que contigo todo está en el buen
camino. Te enfrentas a impedimentos, a decepciones y
dudas, pero eso sólo significa lo que ya sabíamos de
antemano, que no te van a regalar nada, que te vas a tener
que ganar en dura lucha cada minucia, y ése es un motivo
más para estar orgulloso y no deprimirte. Y, además,

229
Librodot El castillo Franz Kafka

Barnabás, también luchas por nosotros. ¿No significa eso


algo para ti? ¿No te da nuevas fuerzas? ¿No te alegras de
que yo esté feliz y orgullosa de tener un hermano como tú?
¿No te ofrece ninguna seguridad? En realidad, no me
decepcionas en lo que has logrado en el castillo, sino en lo
que yo he logrado contigo. Puedes ir al castillo, eres un
continuo visitante de las oficinas, pasas días enteros en la
misma estancia que Klamm, eres un mensajero reconocido
oficialmente, puedes reclamar un traje oficial, recibes
muchas misivas para entregar, todo eso eres, todo eso
puedes y, sin embargo, bajas del castillo y en vez de
abrazarnos llorando de felicidad, parece abandonarte todo
tu valor en cuanto me ves, entonces dudas de todo, sólo te
tientan los zapatos; la carta, en cambio, esa garantía de
nuestro futuro, la dejas tirada». Así hablo con él y después
de habérselo repetido día tras día, coge suspirando la carta
y se va. Pero es probable que no se deba al efecto de mis
palabras, sino que se ve impulsado a volver al castillo y sin
cumplir el encargo jamás osaría regresar.
—Pero tú tienes razón en todo lo que le has dicho —dijo K
—, lo has resumido todo con una exactitud digna de
admiración. ¡Con qué asombrosa claridad piensas!
—No —dijo Olga—, te dejas engañar, quizá también le
engañe así a él. ¿Qué ha logrado? Puede entrar en una
oficina, pero ni siquiera parece una oficina, más bien una
antesala de las oficinas, quizá ni siquiera eso, quizá se trate
de una habitación donde se tiene que mantener a todos
aquellos que no pueden entrar en las oficinas. Habla con
Klamm, pero ¿se trata realmente de Klamm? ¿No será
acaso alguien que se parece a Klamm, tal vez un secretario
que presenta alguna similitud con Klamm y que se esfuerza
por parecérsele más y que se hace el importante imitando la
actitud soñadora de Klamm? Esa parte de su carácter es la
más fácil de imitar, algunos intentan imitarla, pero con el

230
El Castillo

resto no se atreven. Y un hombre tan anhelado y tan


difícilmente accesible como lo es Klamm, adopta en la
fantasía de la gente numerosas figuras. Klamm, por
ejemplo, tiene aquí un secretario municipal llamado Momus.
Ah, ¿lo conoces? También él se mantiene reservado, pero
le he visto varias veces. Un joven fuerte, ¿verdad? Y es
probable que no se parezca en nada a Klamm. Y, sin
embargo, podrás encontrar a gente en el pueblo que juraría
que Momus es Klamm y ningún otro. Así trabaja la gente en
su propia confusión. Y ¿tiene que ser diferente en el
castillo? Alguien ha dicho a Barnabás que aquel funcionario
era Klamm y, ciertamente, hay una similitud entre los dos,
pero una similitud puesta en duda una y otra vez por
Barnabás. Y todo habla en favor de sus dudas. ¿Acaso
Klamm tendría que apretarse en una estancia pública con
otros funcionarios con el lápiz detrás de la oreja? Eso
resulta muy improbable. Barnabás, con algo de ingenuidad
—eso es un rasgo que crea confianza—, suele decir: «El
funcionario se parece mucho a Klamm; si se sentara en su
propio despacho, ante su propia mesa y si en la puerta
estuviera su nombre, ya no tendría ninguna duda». Eso es
infantil y, sin embargo, sensato. Aún más sensato sería, sin
embargo, que Barnabás, cuando se encuentre arriba, se
informe por distintas personas de cómo funcionan allí las
cosas, a fin de cuentas a su alrededor hay suficientes
personas. Y si sus datos no fuesen más fiables que los de
aquel, que, sin ser preguntado, le señaló a Klamm, de su
diversidad podría deducir algunos puntos de apoyo o
comparativos. Esto no se me ha ocurrido a mí, sino a
Barnabás, pero no se atreve a llevarlo a la práctica; por
miedo a perder su puesto al infringir involuntariamente algún
reglamento desconocido, no se atreve a hablar con nadie;
así de inseguro se siente; esa desgraciada inseguridad me
aclara su posición con más eficacia que todas las
descripciones. Qué incierto y amenazador le tiene que

231
Librodot El castillo Franz Kafka

parecer todo, cuando ni siquiera osa abrir la boca para


formular una pregunta inocente. Cuando pienso en ello, me
acuso de dejarle solo en esas estancias desconocidas,
donde reina una atmósfera en la que incluso él, que antes
de pecar de cobarde lo haría de temerario, tiembla de
miedo22.
Aquí me parece que llegas a lo decisivo —dijo K—. Eso es.
Por lo que me has contado, creo verlo claro. Barnabás es
demasiado joven para ese trabajo. Nada de lo que él cuenta
se puede tomar en serio. Como arriba se muere de miedo,
no puede observar nada y cuando se le obliga aquí a que
informe, sólo se oyen cuentos confusos. El respeto a la
administración es aquí innato, se os sigue insuflando
durante toda vuestra vida de las maneras más distintas y
desde todas partes, y vosotros mismos ayudáis en ello en lo
que podéis. En principio no digo nada en contra; cuando una
administración es buena, ¿por qué no se le debería tener
respeto? Pero no se puede enviar de repente al castillo a un
joven poco instruido como Barnabás, que no ha salido del
pueblo, y reclamar de él informes fidedignos e investigar sus
palabras como si fuesen una Revelación y hacer depender
de su interpretación la propia felicidad. Nada puede ser más
erróneo. Cierto, yo también me he dejado confundir como tú
y no sólo he puesto esperanzas en él, sino que también he
sufrido decepciones, y siempre basándome en sus palabras,
que ni siquiera estaban fundadas.
Olga callaba.
—No me resulta fácil —dijo K— conmover la confianza que
tienes en tu hermano, pues ya veo cómo le quieres y lo que
esperas de él. Pero debo hacerlo, incluso en interés de tu
amor y de tus esperanzas. Pues mira, una y otra vez te
impide algo —no sé lo que es— que reconozcas lo que
Barnabás no ha logrado pero que se le ha regalado. Puede
ir a las oficinas o, si tú lo quieres, puede entrar en una

232
El Castillo

antesala, bueno, pues sí, en una antesala, pero allí hay


puertas que conducen a otras estancias, así como barreras
que se pueden atravesar cuando se tiene la habilidad para
ello. Para mí, por ejemplo, esa antesala permanece
inaccesible, al menos provisionalmente. No sé con quién
habla Barnabás allí, tal vez ese escribiente sea el más bajo
de los sirvientes, pero aun cuando sea el más bajo, puede
conducir a su inmediato superior y si no puede conducir
hasta él, al menos le puede mencionar y, si no le puede
mencionar, podrá indicar a alguien que lo pueda mencionar.
El supuesto Klamm puede que no tenga nada en común con
el real, la similitud sólo puede existir en los ojos ciegos por
la excitación de Barnabás, puede que él sea el más ínfimo
de los funcionarios, puede que ni siquiera sea funcionario,
pero algún cometido tiene que tener en ese pupitre, algo lee
en su libraco, algo murmura al oído del escribiente, en algo
piensa cuando dirige su mirada tras largo tiempo a
Barnabás, y aun cuando nada de eso sea verdad y sus
actos no signifiquen nada, alguien le habrá puesto allí y lo
habrá hecho con alguna intención. Con todo esto quiero
decir que en ello hay algo, algo que se ofrece a Barnabás, al
menos algo, y que sólo es culpa de Barnabás si no puede
alcanzar nada salvo miedo, dudas y desesperación. Y en
todo esto he partido del caso más desfavorable, que es
incluso el más improbable. Pues tenemos las cartas en la
mano, en las que no confío mucho, pero más que en las
palabras de Barnabás. _Puede también que sean cartas
anticuadas y sin valor, que se han sacado de un montón de
cartas igual de anticuadas y sin valor, seleccionando a la
buena de Dios y reflexionando tan poco como un canario en
una feria empleado para que pique una papeleta de
tómbola, puede que sea así, pero esas cartas tienen al
menos una relación con mi trabajo, están dirigidas
visiblemente a mí, aunque no estén destinadas a serme
útiles; como testimoniaron el alcalde y su esposa, eran de

233
Librodot El castillo Franz Kafka

puño y letra de Klamm y poseen, una vez más según el


alcalde, una gran importancia, si bien sólo privada y poco
transparente.
—¿Dijo eso el alcalde? —preguntó Olga.
—Sí, eso dijo —respondió K.
—Se lo contaré a Barnabás —dijo rápidamente Olga—,
eso le animará mucho.
—Pero él no necesita que le animen —dijo K—, animarle
significa decirle que tiene razón, que tiene que continuar
como hasta ahora, pero si sigue actuando precisamente
como hasta ahora no logrará nada. No puedes animar a
alguien a que vea cuando tiene tapados los ojos por un
pañuelo, no podrá ver nunca; sólo cuando se le quite el
pañuelo podrá ver. Barnabás necesita ayuda, no que le
animen. Piensa que allí arriba la administración se muestra
en su inextricable grandeza; yo creía tener una idea
aproximada de ella antes de venir aquí —qué ingenuo era
todo—, pero allí está la administración y Barnabás se
enfrenta a ella, nadie más, sólo él, tan sólo que es digno de
lástima, y representaría demasiado honor para él si no
permaneciese encogido toda su vida en una oscura esquina.
—No creas, K —dijo Olga—, que no valoramos en lo que
vale la tarea que Barnabás ha asumido. No nos falta respeto
por la administración, ya lo has dicho tú.
—Pero se trata de un respeto descaminado —dijo K—, un
respeto en el lugar inadecuado, ese respeto degrada su
objeto. ¿Acaso se puede llamar respeto cuando Barnabás
abusa del regalo de poder entrar en esa estancia para pasar
allí los días o cuando él baja y empequeñece o calumnia a
alguien ante quien ha temblado, o cuando por
desesperación o cansancio no lleva las cartas en seguida o
no transmite inmediatamente los mensajes que le han sido
confiados? Eso ya no es respeto. Pero el reproche va más

234
El Castillo

lejos, también se extiende a ti, Olga, no te lo puedo ahorrar;


has enviado a Barnabás al castillo, pese a que crees tener
respeto por la administración, en plena juventud, con su
debilidad y abandono o, al menos, no se lo has impedido23.
—El reproche que me haces —dijo Olga— también me lo
hago yo y desde hace tiempo. Aunque no se me puede
reprochar que haya enviado a Barnabás al castillo, no le he
enviado, él fue por su cuenta, pero tendría que haberle
retenido con todos los medios, con persuasión, astucia, con
violencia si hubiese sido necesario. Tendría que haberle
retenido, pero si hoy fuese aquel día, aquel día decisivo, y
sintiese la miseria de Barnabás y de mi familia como la sentí
entonces y la siento ahora, y Barnabás, claramente
consciente de toda la responsabilidad y del peligro, volviese
a desprenderse de mí sonriente y con dulzura para irse,
tampoco le retendría hoy, pese a todas las experiencias de
este tiempo, tú mismo en mi lugar no podrías hacer otra
cosa. No conoces nuestra miseria, por eso cometes una
injusticia con nosotros, pero ante todo con Barnabás.
Antaño teníamos más esperanza que hoy, pero tampoco era
nuestra esperanza muy grande, grande sólo era nuestra
miseria y así ha permanecido. ¿No te ha contado Frieda
nada de nosotros?
—Sólo alusiones —dijo K—, nada en concreto, pero sólo
vuestro nombre la irrita.
—¿Tampoco la posadera te ha contado nada?
—No, nada.
—Y ¿ninguna otra persona?
—Nadie.
—¡Naturalmente! ¿Cómo podrían contarte algo? Todos
saben algo sobre nosotros, o la verdad, en lo que les resulta
accesible, o al menos algún rumor tomado de la calle o

235
Librodot El castillo Franz Kafka

inventado por ellos mismos, y todos piensan en nosotros


más de lo necesario, pero nadie lo contará, sienten aversión
a tocar ese tema. Y tienen razón. Resulta difícil articularlo,
incluso frente a ti, K, y ¿acaso no es posible que tú, si lo
escuchas, te vayas y no quieras saber más de nosotros,
aunque a ti aparentemente no te afecte en nada? Entonces
te habríamos perdido, a ti, que para mí significas, lo
reconozco, más que el servicio que hasta ahora ha prestado
Barnabás en el castillo. Y, sin embargo, esa contradicción
me atormenta toda la tarde, lo tienes que saber, en otro
caso no puedes hacerte una idea de nuestra situación, pero
entonces serías injusto con Barnabás, lo que me dolería
especialmente, y nos faltaría la necesaria unidad, ya no
podrías ayudarnos ni aceptar nuestra ayuda extraoficial.
Pero aún queda una pregunta: ¿realmente quieres saberlo?
—¿Por qué preguntas eso? —dijo K—. Si es necesario,
quiero saberlo, pero ¿por qué preguntas así?
—Por superstición —dijo Olga—, te verás inmiscuido en
nuestros asuntos, inocente como eres, al menos no más
culpable que Barnabás.
—Cuenta rápido —dijo K—, no tengo miedo. Por pura
pusilanimidad femenina lo haces peor de lo que es.

236
El Castillo

17

EL SECRETO DE AMALIA

Juzga por ti mismo —dijo Olga—, además, suena muy


simple, no se comprende cómo puede tener tanta
importancia. Hay un funcionario en el castillo que se llama
Sortini.
—Ya he oído hablar de él —dijo K—; participó en mi
contratación.
—Eso no me lo creo —dijo Olga—, Sortini apenas aparece
públicamente. ¿No te equivocarás con Sordini, escrito con
«d»?
—Tienes razón —dijo K—, era Sordini.
—Sí —dijo Olga—, Sordini es muy conocido, uno de los
funcionarios más diligentes y del que se habla mucho,
Sortini, por el contrario, es muy reservado y desconocido
para la mayoría. Hace más de tres años que le vi por
primera y última vez. Fue el 3 de julio en una fiesta de la
compañía de bomberos, el castillo también había participado
y había donado una nueva bomba de incendios. Sortini, que
al parecer se ocupa en parte de asuntos relativos a los
bomberos y a la protección contra incendios, aunque quizá
sólo había venido en representación —los funcionarios se
representan mutuamente con frecuencia y por eso resulta
difícil distinguir las competencias de unos y otros—,
participó en la ceremonia de entrega de la bomba de
incendios; naturalmente, también habían venido otros del
castillo, funcionarios y sirvientes, y Sortini estaba, como
corresponde a su carácter, siempre en un segundo plano.
Es un hombre pequeño, débil y pensativo; algo que llamaba

237
Librodot El castillo Franz Kafka

la atención a todo el que se fijaba en él era la forma en que


se arrugaba su frente, todas las arrugas —y eran una gran
cantidad, aunque no supera los cuarenta— se plegaban
como un abanico desde la parte superior de la frente hasta
la raíz de la nariz, no he visto nunca nada parecido. Bueno,
entonces se celebraba aquella fiesta. Nosotras, Amalia y yo,
habíamos esperado ese día con gran alegría, habíamos
arreglado los vestidos de domingo, especialmente el vestido
de Amalia era muy bonito, con su blusa blanca que se
ahuecaba en la pechera adornada de encajes, una fila sobre
la otra; nuestra madre había empleado para ello todos sus
encajes, yo tenía envidia y lloré casi toda la noche anterior a
la fiesta. Sólo cuando al día siguiente vino a visitarnos la
posadera de la posada del puente...
—¿La posadera de la posada del puente? —preguntó K.
—Sí —dijo Olga—, era muy amiga nuestra, así que llegó,
tuvo que reconocer que Amalia estaba en ventaja y me
prestó, para calmarme, su propio collar de granates de
Bohemia. Pero cuando ya estábamos listas, Amalia delante
de mí, y nuestro padre dijo: «Hoy, recordad lo que os digo,
Amalia encuentra novio», entonces, no sé por qué, me quité
el collar, que era todo mi orgullo, y se lo puse a Amalia, sin
sentir ya nada de envidia. Me incliné ante su victoria y creí
que todos tendrían que inclinarse ante ella; quizá nos
sorprendió entonces que su aspecto fuese diferente al
usual, pues en realidad no era hermosa, pero su mirada
sombría, que ha mantenido desde aquella vez, se elevaba
por encima de nosotros y nos sentíamos inclinados literal e
involuntariamente ante ella. Todos lo notaron, también
Lasemann y su esposa cuando vinieron a recogernos.
—¿Lasemann? —preguntó K.
—Sí, Lasemann —dijo Olga—, éramos una familia muy
apreciada y la fiesta, por ejemplo, no habría empezado de

238
El Castillo

verdad hasta que no hubiésemos llegado nosotros, pues mi


padre era el tercer director de ejercicios de la compañía de
bomberos.
—¿Tan robusto era aún tu padre? —preguntó K.
—¿Mi padre? —preguntó Olga como si no comprendiese
del todo—, hace tres años era en cierto modo un hombre
joven, en un incendio en la posada de los señores, por
ejemplo, corrió con un funcionario a cuestas, con el pesado
Galater. Yo misma estuve allí, en realidad no había peligro
de incendio, sólo un poco de leña seca junto a una
chimenea comenzó a humear, pero Galater tuvo miedo, gritó
auxilio por la ventana, vinieron los bomberos y mi padre tuvo
que cargarlo aunque el fuego ya estaba extinguido. Bueno,
Galater es un hombre difícil de mover y en esos casos hay
que tener precaución. Lo cuento sólo por mi padre, no han
pasado ni tres años desde entonces y mira ahora cómo está
ahí sentado.
K se dio cuenta ahora de que Amalia estaba de nuevo en
la habitación, pero se encontraba alejada, en la mesa de los
padres, allí alimentaba a la madre, que no podía mover sus
brazos reumáticos y al mismo tiempo dirigía la palabra al
padre para que tuviese un poco de paciencia con la comida,
que iría con él en seguida para darle de comer. Pero no tuvo
éxito con su advertencia, pues el padre, ansioso por
tomarse la sopa, superó su debilidad física e intentó ya
sorberla de la cuchara, ya beberla del plato, y gruñía
enojado al no conseguir ni lo uno ni lo otro, la cuchara
quedaba vacía mucho antes de llegar a la boca, mientras
que la barba colgante se sumergía en la sopa, goteando y
salpicando hacia todas partes menos hacia la dirección
adecuada.

239
Librodot El castillo Franz Kafka

—¿Eso han hecho tres años de él? —preguntó K, pero aún


no sentía ninguna compasión por los ancianos ni para la
esquina de la mesa familiar, sólo aversión.
—Tres años —dijo lentamente Olga—, o, con más
exactitud, unas horas en una fiesta. La fiesta se celebró en
una pradera ante el pueblo, al lado del arroyo, ya había una
gran aglomeración de personas cuando llegamos, también
habían venido de los pueblos vecinos, el ruido causaba una
gran confusión. Primero nuestro padre nos condujo,
naturalmente, a la bomba de incendios, rió de alegría al
verla, una nueva bomba le hacía feliz; comenzó a tocarla y a
explicarnos cómo funcionaba, no toleraba ninguna
contradicción ni tampoco ninguna reserva, si había algo que
ver debajo de la bomba, todos nos teníamos que agachar y
casi arrastrarnos por debajo de ella; Barnabás, que intentó
resistirse, recibió un pescozón. Sólo a Amalia no le
importaba la bomba, permanecía muy recta delante de ella
con su bonito vestido y nadie osaba decirle nada, yo fui
hacia ella alguna vez y la tomé del brazo, pero ella callaba.
Aún hoy no puedo aclararme cómo ocurrió que, mientras
estábamos en la bomba de incendios, cuando nuestro padre
se apartó de ella, nos dimos cuenta de que allí permanecía
Sortini, quien parecía haber estado todo el tiempo detrás de
la bomba, apoyado en una palanca. Había un ruido terrible,
no usual en todas las fiestas; el castillo había regalado a los
bomberos unas trompetas, unos instrumentos especiales de
los que con un mínimo esfuerzo, del que hasta un niño
podría ser capaz, se emitían los más estruendosos sonidos;
al oírlo se podía creer que los turcos ya habían llegado y era
imposible acostumbrarse, a cada nuevo soplido seguía un
estremecimiento. Y como eran trompetas nuevas, todos
querían tocarlas, y como era una fiesta popular, se
consentía. Precisamente a nuestro alrededor, tal vez los
había atraído Amalia, había algunos trompetistas, era difícil

240
El Castillo

mantener los sentidos en esas circunstancias y si además,


según las órdenes de nuestro padre, había que prestar
atención a la bomba de incendios, eso era lo máximo que se
podía rendir, así que no nos dimos cuenta durante mucho
tiempo de la presencia de Sortini, a quien tampoco
conocíamos de antes.
—Ahí está Sortini —murmuró Lasemann a mi padre, yo
estaba a su lado. Mi padre inclinó la cabeza y nos hizo un
gesto excitado para que nosotros también nos inclinásemos
ante él. Sin conocerle personal mente, nuestro padre
siempre había venerado a Sortini como un especialista en
servicios contra incendios, y había hablado con frecuencia
de él en casa, así que para nosotros fue sorprendente y un
acontecimiento muy importante verle en la realidad. Pero
Sortini no se interesaba por nosotros, eso no era ninguna
peculiaridad de Sortini, la mayoría de los funcionarios
aparecen públicamente con actitud de indiferencia, también
estaba cansado, sólo su deber le mantenía allí abajo; no son
los peores funcionarios los que encuentran especialmente
pesados esos deberes representativos; otros funcionarios y
sirvientes, ya que estaban allí, se mezclaron con el pueblo,
pero él permaneció al lado de la bomba de incendios y a
todo el que se intentaba aproximar con cualquier solicitud o
lisonja lo rechazaba con su silencio. Así ocurrió que él se
percató más tarde de nosotros que nosotros de él. Sólo
cuando nos inclinamos llenos de respeto y nuestro padre
nos intentó disculpar miró hacia nosotros y nos contempló a
uno detrás del otro con mirada cansada: era como si
suspirase porque al lado de uno apareciese otro, hasta que
se detuvo en Amalia, a la que tuvo que mirar hacia arriba,
pues era mucho más alta que él. Entonces se desconcertó,
saltó sobre el pértigo para estar más cerca de ella, nosotros
lo interpretamos mal al principio y quisimos acercarnos
todos a él encabezados por mi padre, pero él nos detuvo y

241
Librodot El castillo Franz Kafka

nos hizo una señal para que nos fuéramos. Eso fue todo.
Bromeamos mucho con Amalia diciéndole que realmente ya
había encontrado un novio, en nuestra inconsciencia
estuvimos alegres toda la tarde, pero Amalia estaba más
silenciosa que de costumbre. «Se ha enamorado locamente
de Sortini», dijo Brunswick, que siempre es algo grosero y
no tiene comprensión para naturalezas como la de Amalia,
pero esa vez su comentario nos pareció cierto, ese día nos
divertimos mucho y cuando llegamos a casa a medianoche
estábamos embriagados, incluso Amalia lo estaba, con el
dulce vino del castillo.
—¿Y Sortini? —preguntó K.
—Sí, Sortini —dijo Olga—, a Sortini le vi con frecuencia
durante la fiesta, sentado en un pértigo, tenía los brazos
cruzados sobre el pecho y así permaneció hasta que vino a
recogerle el coche del castillo. Ni siquiera fue a las
maniobras de los bomberos, donde mi padre se distinguió
entre todos los hombres de su edad, precisamente con la
esperanza de que Sortini se fijase en él.
—¿Y no habéis oído más de él? —dijo K—, pareces tener
una gran veneración por Sortini.
—Sí, veneración —dijo Olga—, sí, y también oímos de él.
A la mañana siguiente nos despertó de nuestro sueño
festivo un grito de Amalia, los demás volvieron a dormirse,
pero yo estaba completamente despierta y corrí hacia ella,
estaba al lado de la ventana y sostenía una carta en la
mano que un hombre le acababa de entregar a través de la
ventana, el hombre esperaba una respuesta. Amalia ya la
había leído —era corta— y la mantenía en una de sus
manos, bajada y lánguida; cómo la amaba siempre que
estaba tan cansada. Me agaché a su lado y leí la carta.
Apenas había terminado de leerla, Amalia, después de
dirigirme una rápida mirada, la cogió, pero no la quiso leer

242
El Castillo

otra vez, sino que la rompió y arrojó los trozos al rostro del
hombre que esperaba fuera y cerró la ventana. Ésa fue
aquella decisiva mañana. La llamo decisiva, pero todo
instante de la tarde anterior fue igual de decisivo.
—Y ¿qué decía la carta? —preguntó K.
—¡Ah!, sí, aún no lo he contado —dijo Olga—; la carta era
de Sortini, e iba dirigida a la joven con el collar de granates.
No puedo reproducir el contenido. Era un requerimiento para
que fuese a su habitación en la posada de los señores y,
además, Amalia tenía que ir en seguida, pues Sortini tenía
que partir en una media hora. La carta estaba escrita con las
expresiones más vulgares que he oído y sólo pude deducir
la intención del conjunto. Quien no conociera a Amalia y
sólo hubiese leído esa carta, consideraría deshonrada a la
muchacha a la que alguien había tenido la osadía de escribir
así, por más que a ella ni siquiera la hubiesen rozado. Y no
era ninguna carta de amor, en ella no había ninguna palabra
lisonjera, más bien Sortini estaba enojado por el hecho de
que le hubiese afectado tanto la visión de Amalia y de que le
hubiese distraído de sus asuntos. Más tarde nos lo
explicamos de la siguiente manera: era probable que Sortini
hubiese querido llegar al castillo, pero sólo a causa de
Amalia se quedó en el pueblo, y por la mañana, furioso
porque durante la noche no había logrado olvidarse de
Amalia, había escrito la carta. Al principio uno tenía que
escandalizarse con la carta, incluso quien tuviese la sangre
más fría, pero después, en otra persona que no fuese
Amalia, habría prevalecido el miedo por el tono
amenazador, en Amalia, en cambio, prevaleció el enojo. Ella
no conoce el miedo, ni para ella ni para los demás. Y
mientras yo me refugiaba en la cama y me repetía la frase
final interrumpida: «o vienes ahora mismo o...», Amalia
permaneció en el banco al lado de la ventana y miró hacia

243
Librodot El castillo Franz Kafka

afuera como si esperara a otros mensajeros y estuviese


dispuesta a tratarlos como al primero.
Así que ésos son los funcionarios —dijo K algo vacilante—,
esos ejemplares sólo se pueden encontrar entre ellos. ¿Qué
hizo tu padre? Espero que se quejase de Sortini con todo
vigor en el lugar competen te, si no escogió el camino más
corto y seguro hasta la posada de los señores. Lo más
repugnante de la historia no es la vejación a Amalia, eso se
podía enmendar, no sé por qué le concedes tanta
importancia; ¿por qué iba Sortini con semejante carta a
comprometer para siempre a Amalia? Según lo que has
contado, se podría creer eso, pero precisamente eso resulta
imposible, era fácil conseguir una satisfacción para Amalia y
en unos días se habría olvidado el caso; Sortini no
comprometió a Amalia, sino que él mismo fue quien se
comprometió. Me espanta la posibilidad de que pueda
producirse tal abuso de poder. Lo que en este caso no
resultó, porque, para decirlo con claridad, era
completamente transparente y encontró en Amalia a un
enemigo más fuerte, en miles de otros casos con unas
circunstancias algo más desfavorables podría resultar
perfectamente y, además, sin que lo supiese nadie, ni
siquiera la afectada.
—Silencio —dijo Olga—, Amalia nos está mirando.
Amalia había terminado de dar de comer a sus padres y
ahora desvestía a la madre, acababa de soltarle la falda,
puso los brazos de la madre alrededor de su cuello, la
levantó un poco y le quitó la falda volviendo a sentarla con
cuidado. El padre, siempre insatisfecho con que la madre
fuese atendida en primer lugar, lo que sólo ocurría porque
ella estaba más desvalida que él, intentaba desvestirse él
mismo, tal vez para castigar a la hija por su supuesta
lentitud, pero a pesar de que comenzó con lo más accesorio
y ligero, las desproporcionadas zapatillas para sus pies, no

244
El Castillo

lo conseguía de ningún modo y entre fuertes resoplidos tuvo


que renunciar y recostarse otra vez con rigidez en la silla.
—No te das cuenta de lo esencial —dijo Olga—, puedes
tener razón en todo, pero lo esencial fue que Amalia no se
dirigió a la posada de los señores; la manera en que trató al
mensajero, eso podía pasarse por alto, ya se encubriría de
alguna manera, pero que no fuese significó que sobre la
familia cayese una maldición y entonces el tratamiento del
mensajero también fue imperdonable, sí, incluso para la
opinión pública ocupó el primer plano.
—¡Cómo! —exclamó K, y bajó en seguida la voz, ya que
Olga levantó la mano suplicante—. ¿No dirás tú, su
hermana, que Amalia tuvo que obedecer a Sortini e ir a la
posada?
—No —dijo Olga—, Dios me libre de esa sospecha, ¿cómo
puedes creer eso? No conozco a nadie que obrase con
tanta justicia congo Amalia. Si bien es cierto que, en el caso
de que hubiese ido a la posa da, también le hubiese dado la
razón; pero, que no fuese, fue un acto heroico. En lo que a
mí respecta, reconozco sinceramente que si hubiese
recibido una carta como ésa habría ido. No habría podido
soportar el miedo ante las consecuencias, sólo Amalia podía
soportarlo. También había algunas salidas, otra, por
ejemplo, se habría maquillado y habría dejado pasar un
buen rato, luego habría llegado a la posada de los señores y
se habría enterado de que Sortini había partido, quizá que
había salido inmediatamente después de enviar al
mensajero, algo que incluso habría sido muy probable, pues
los caprichos de los señores son fugaces. Pero a Amalia no
se le ocurrió hacer eso ni nada parecido, se sintió
demasiado ofendida y respondió sin reservas. Si sólo
hubiese obedecido en apariencia, si sólo hubiese
traspasado el umbral de la posada a tiempo, se habría
podido evitar la fatalidad, aquí tenemos abogados muy listos

245
Librodot El castillo Franz Kafka

que saben hacer todo lo que uno quiere de nada, pero en


este caso ni siquiera había la necesaria nada, todo lo
contrario, sólo había la humillación de la carta de Sortini y la
ofensa al mensajero.
—Pero ¿qué fatalidad? —dijo K—, ¿qué abogados? No se
podía acusar ni castigar a Amalia por la actuación delictiva
de Sortini.
—Claro que sí —dijo Olga—, sí que se podía, aunque no
mediante un proceso propiamente dicho ni directamente,
pero se la castigaba de otra manera, a ella y a toda su
familia, y ahora empiezas a saber lo grave que es esa pena.
A ti te parece injusto y monstruoso, ésa es una opinión
completamente aislada en el pueblo, para nosotros es muy
favorable y nos debería consolar, y así sería si no se basase
visiblemente en errores24. Te lo puedo demostrar muy
fácilmente, perdona si hablo al hacerlo de Frieda, pero entre
Frieda y Klamm, sin tener en cuenta en qué ha derivado
finalmente su relación, ha ocurrido algo muy similar a lo
ocurrido entre Amalia y Sortini y, sin embargo, tú lo
encuentras ahora muy correcto, aunque al principio te
pareciera terrible. Y eso no es por efecto de la costumbre,
nadie puede quedar tan embotado por la costumbre cuando
se trata simplemente de enjuiciar, aquí se trata de una
acumulación de errores.
—No, Olga—dijo K—, no sé por qué metes a Frieda en
este asunto, el caso era completamente distinto, no
confundas tantas cosas esencialmente diferentes y sigue
contando.
—Por favor —dijo Olga—, no me tomes a mal si insisto en
la comparación, incurres en un error respecto a Frieda
cuando crees defenderla contra una comparación. No es
necesario defenderla, sino sólo alabarla. Cuando comparo
los casos no estoy diciendo que sean iguales, en realidad se

246
El Castillo

relacionan entre sí como el blanco y el negro, y el blanco es


Frieda. En el peor de los casos uno se puede reír de Frieda
como yo lo he hecho en la taberna de manera tan descortés
—después me he arrepentido mucho—, pero aunque quien
ríe aquí es perverso o envidioso, al menos puede reírse,
pero a Amalia, cuando no se mantiene un parentesco
sanguíneo con ella, sólo se la puede despreciar. Por eso
son dos casos esencialmente distintos, como dices, pero
también similares.
—Tampoco son similares —dijo K, y sacudió enojado la
cabeza—, deja a Frieda a un lado. Frieda no recibió ninguna
carta de ese jaez como Amalia de Sortini, y Frieda ha
amado realmente a Klamm, y quien lo dude, puede
preguntarle, le sigue amando hoy.
—¿Son esas grandes diferencias? —preguntó Olga—.
¿Acaso no crees que Klamm pudo escribirle una carta
similar a Frieda? Cuando los señores se levantan del
escritorio son así, no saben orientarse en el mundo; en su
despreocupación dicen las cosas más groseras, no todos,
pero muchos. La carta a Amalia pudo haber sido plasmada
en el papel de forma irreflexiva y en completa
despreocupación por lo escrito. ¡Qué sabemos nosotros de
los pensamientos de los señores! ¿Acaso no has escuchado
tú mismo o has oído contar el tono que Klamm empleaba
con Frieda? De Klamm se sabe que es muy grosero, al
parecer no habla nada durante horas y de repente dice tal
grosería que uno se estremece. De Sortini, sin embargo, no
se sabe nada parecido, quizá porque es un completo
desconocido. En realidad de él sólo se sabe que su nombre
es muy similar al de Sordini; si no existiese esa similitud de
nombres, probablemente no se le conocería. También como
especialista en servicios contra incendios se le confunde
probablemente con Sordini, quien es el verdadero
especialista y que se aprovecha de la similitud de los

247
Librodot El castillo Franz Kafka

nombres para cargar sobre Sortini los deberes de


representación y así no ser molestado en su trabajo. Pero si
un hombre tan torpe en los asuntos mundanos como Sortini
se enamora repentinamente de una joven del pueblo, la
manifestación de ese sentimiento adopta otras formas que si
se enamora el aprendiz de carpintero de la esquina.
También hay que tener en cuenta que entre un funcionario y
la hija de un zapatero existe una gran distancia que debe
superarse de alguna manera; Sortini lo intentó de esa
manera, otros podrán hacerlo de otra. Cierto es que se dice
que todos pertenecemos al castillo y que no existe ninguna
distancia y por lo tanto que no hay nada que superar y eso
quizá sea verdad por regla general, pero por desgracia
hemos tenido la oportunidad de ver que, cuando realmente
llega la hora de la verdad, no es así. En todo caso, después
de lo expuesto la actuación de Sortini te resultará más
comprensible y menos terrible y, en realidad, si se compara
con la de Klamm, mucho más comprensible aún e incluso
cuando se ha estado involucrado, más soportable. Cuando
Klamm escribe una carta de amor es más desagradable que
la carta más grosera de Sortini. Compréndeme bien, aquí no
me aventuro a enjuiciar a Klamm, me limito a comparar, ya
que tú rechazas la comparación. Klamm es como un
comandante con las mujeres, ordena a una o a otra que
vayan, no tolera ningún retraso y así como ordena que
vengan, ordena que se vayan. ¡Ay!, Klamm ni siquiera haría
el esfuerzo de escribir una carta. Y en comparación con esto
sigue siendo horrible que Sortini, que vive completamente
retirado y cuyas relaciones con las mujeres son al menos
desconocidas, se siente una vez y escriba con su bella
caligrafía de funcionario una carta repugnante. Y si de esta
circunstancia no resulta ninguna diferencia a favor de
Klamm, sino todo lo contrario, ¿acaso debería hacerlo el
amor de Frieda? La relación de las mujeres con los
funcionarios es, créeme, muy difícil o, más bien, muy fácil de

248
El Castillo

enjuiciar. Aquí nunca falta amor. No hay un amor


funcionarial desgraciado. A este respecto no supone
ninguna alabanza cuando se dice de una muchacha —aquí
no hablo, ni mucho menos, sólo de Frieda— que ella se
entregó al funcionario porque le amaba. Ella le amaba y se
ha entregado a él, así ha sido, pero en ello no hay nada que
alabar. Amalia, sin embargo, no ha amado a Sortini, objetas.
Bueno, no le ha amado, pero a lo mejor sí que le ha amado,
¿quién puede decidir? Ni siquiera ella misma. ¿Cómo puede
creer haberle amado cuando le ha rechazado con tanta
fuerza, como probablemente no ha sido rechazado ningún
funcionario? Barnabás dice que aún tiembla por el
movimiento con que hace tres años cerró la ventana. Eso
también es verdad y por eso no se le puede preguntar
acerca de ello; ha terminado con Sortini, y sólo sabe eso; si
le ama o no, eso no lo sabe. Nosotros, sin embargo,
sabemos que las mujeres no pueden hacer otra cosa que
amar a los funcionarios cuando ellos las miran, sí, incluso
aman a los funcionarios ya desde antes, por mucho que
quieran negarlo, y Sortini no sólo miró a Amalia, sino que
saltó el pértigo cuando la vio, y lo saltó con sus
articulaciones rígidas debido a su trabajo sedentario. Pero tú
dirás que Amalia es una excepción. Sí, eso es lo que es,
eso lo demostró cuando se negó a ir con Sortini, ésa es
suficiente excepción; pero que además no amase a Sortini,
eso ya es casi demasiada excepción, eso sería ya
inimaginable. Aquella tarde nos quedamos completamente
cegados, pero que a través de toda la niebla creyésemos
percibir algo del enamoramiento de Amalia muestra un poco
de sentido. Ahora bien, cuando se confrontan todos estos
datos, ¿qué diferencia queda entre Frieda y Amalia? Sólo
que Frieda hizo lo que Amalia se negó a hacer.
—Puede ser —dijo K—; para mí, sin embargo, la diferencia
principal es que Frieda es mi novia, y Amalia sólo me

249
Librodot El castillo Franz Kafka

incumbe por ser la hermana de Barnabás, del mensajero del


castillo, y que su destino quizá se entrelaza con su servicio.
Si un funcionario hubiese cometido con ella una injusticia
que clamase al cielo, como me pareció después de tu relato
de los acontecimientos, me hubiera preocupado, pero esto
más como un asunto público que como un sufrimiento
personal de Amalia. Ahora, sin embargo, después de tu
relato, cambia algo la imagen en una forma no del todo
comprensible para mí, pero como eres tú quien lo narra, de
una forma lo suficientemente digna de crédito y por eso
quiero despreocuparme completamente del asunto, no soy
ningún especialista en servicios contra incendios y qué me
importa a mí Sortini. No obstante, me preocupa Frieda y me
resulta extraño que tú, en quien confío plenamente y en
quien siempre estaré dispuesto a confiar, intentes atacar a
Frieda a través de Amalia y despertar en mí la sospecha. No
supongo que lo hagas con intención, mucho menos con
mala intención, si no ya hace tiempo que me habría ido. No
lo haces intencionadamente, las circunstancias te llevan a
ello, por amor a Amalia la quieres elevar sobre todas las
mujeres y como tú misma no encuentras en Amalia algo
elogiable, te ayudas empequeñeciendo a otras mujeres. El
gesto de Amalia es extraño, pero conforme más cuentas de
ese gesto, menos se puede decidir si ella ha sido grande o
pequeña, lista o necia, heroica o cobarde; Amalia mantiene
sus motivos encerrados en su corazón, nadie se los va a
arrebatar. Frieda, por el contrario, no ha hecho nada
extraño, sólo ha seguido los impulsos de su corazón, para
todo aquel que se ocupe de ello con buena voluntad, queda
claro, cualquiera lo puede comprobar, no hay ningún
espacio para rumores. Pero yo ni quiero denigrar a Amalia ni
defender a Frieda, sino sólo aclararte cómo pienso de
Frieda y cómo todo ataque contra Frieda supone al mismo
tiempo un ataque contra mi existencia. He venido aquí por
propia voluntad y por propia voluntad me he quedado, pero

250
El Castillo

todo lo que ha ocurrido hasta ahora y ante todo mis


perspectivas de futuro —por muy sombrías que sean, en
todo caso aún existen—, todo eso se lo agradezco a Frieda,
eso no se puede discutir. Aquí fui acogido como agrimensor,
pero eso sólo fue en apariencia, han jugado conmigo, me
han expulsado de todas las casas, incluso hoy juegan
conmigo, pero por muy complicado que sea todo esto, en
cierto modo he ganado terreno y eso ya significa algo, ya
tengo, por muy insignificante que sea, un hogar, un empleo
real, tengo una novia que, cuando estoy ocupado en otros
asuntos, me quita trabajo, me casaré con ella y seré
miembro de la comunidad, además de la oficial, aún tengo
una relación personal con Klamm, aunque todavía no la he
empleado. ¿Acaso eso es poco? Y cuando llego a vuestra
casa, ¿a quién saludáis? ¿A quién confías la historia de
vuestra familia? ¿De quién tienes la esperanza, aunque sea
la más improbable, de obtener ayuda? No de mí, del
agrimensor, a quien, por ejemplo, hace una semana
Lasemann y Brunswick expulsaron de su casa con violencia,
sino que la esperas del hombre que ya posee algún
instrumento de poder, pero ese instrumento de poder se lo
agradezco a Frieda, a Frieda, que es tan modesta que si
intentas preguntarle por algo similar no querrá saber nada
de ello. Y, sin embargo, después de todo, parece que Frieda
con su inocencia ha logrado más que Amalia con todo su
orgullo, pues mira, tengo la impresión de que buscas ayuda
para Amalia, y ¿de quién? De ninguna otra que de Frieda.
—¿He hablado tan mal de Frieda? —dijo Olga—, no lo
pretendía y tampoco creo haberlo hecho, aunque es posible,
nuestra situación es tal que nos enemistamos con todo el
mundo, y si comenzamos a lamentarnos, esos lamentos nos
arrastran y no sabemos adónde nos llevan. También tienes
razón ahora, hay una gran diferencia entre nosotros y Frieda
y es bueno acentuarla por un momento. Hace tres años

251
Librodot El castillo Franz Kafka

éramos jóvenes pequeñoburguesas y Frieda era la


huérfana, criada en la posada del puente; pasábamos a su
lado sin dedicarle una mirada, seguramente éramos
demasiado orgullosas, pero así nos habían educado. Pero
en la noche que estuviste en la posada de los señores
pudiste darte cuenta del actual estado de las cosas: Frieda
con el látigo en la mano y yo con los criados. Pero es aún
peor. Frieda puede despreciarnos, eso corresponde a su
posición, las circunstancias reales obligan a ello. ¡Pero
quién no nos desprecia! Quien se decide a despreciarnos,
no hace más que sumarse a la gran mayoría. ¿Conoces a la
sucesora de Frieda? Se llama Pepi. La conocí hace dos
días, hasta entonces era una criada. Ella supera con certeza
a Frieda en desprecio hacia mí. Me vio desde la ventana
cómo venía a recoger la cerveza, corrió hacia la puerta y la
cerró, tuve que suplicarle largo tiempo y prometerle el lazo
que llevaba en el pelo antes de que me abriera. Pero
cuando se lo di, lo arrojó a un rincón. Bueno, puede
despreciarme, en parte dependo de su benevolencia y ella
es la dependienta en la taberna de la posada de los
señores, aunque también es cierto que sólo lo es
provisionalmente y no tiene las cualidades necesarias para
ser contratada allí por tiempo indefinido. Sólo hay que oír
cómo el posadero habla con Pepi y comparar cómo hablaba
con Frieda. Pero eso tampoco impide a Pepi despreciara
Amalia, a Amalia, cuya mirada bastaría para sacar tan
rápidamente de la habitación a la pequeña Pepi con todas
sus trenzas y borlas como nunca podría conseguirlo con sus
piernas cortas y gordas. Qué cotilleo más indignante tuve
que oír ayer sobre Amalia, hasta que los clientes se
ocuparon de mí de la forma que tú ya viste.
—Qué temerosa eres —dijo K— sólo he puesto a Frieda
en el lugar que le corresponde, pero no he querido
denigraros como tú lo entiendes ahora. También para mí

252
El Castillo

tenía vuestra familia algo especial, eso no lo he silenciado;


pero no comprendo cómo ese «algo especial» puede dar
motivos para el desprecio.
—¡Ay!, K —dijo Olga—, me temo que tú también llegarás a
comprenderlo; ¿no puedes comprender de ninguna manera
que la conducta de Amalia frente a Sortini fue la primera
causa de ese desprecio?
—Eso sería demasiado extraño —dijo K—, por eso se
puede admirar o condenar a Amalia, pero ¿despreciarla? Y
si alguien por un sentimiento incomprensible para mí
despreciase realmente a Amalia, ¿por qué extiende
entonces el desprecio hacia vosotros, hacia la familia
inocente? Que, por ejemplo, Pepi te desprecie, es
imperdonable, y cuando regrese de nuevo a la posada de
los señores se lo haré pagar con creces.
—Si quisieras hacer cambiar de opinión —dijo Olga— a
todos los que nos desprecian, sería un trabajo muy duro,
pues todo parte del castillo. Recuerdo muy bien las horas
que siguieron a aquella mañana. Brunswick, que en aquella
época era nuestro ayudante, había venido como todos los
días, mi padre le había dado trabajo y le había enviado a
casa, nosotros estábamos sentados desayunando, todos
menos Amalia y yo estaban muy animados, nuestro padre
seguía hablando de la fiesta, tenía varios planes respecto al
cuerpo de bomberos; en el castillo tienen un servicio de
incendios propio, que envió una delegación a la fiesta y con
cuyos miembros se habló de varios aspectos; los señores
del castillo habían visto el rendimiento de nuestro cuerpo de
bomberos y habían hablado muy favorablemente de él, lo
habían comparado con el del castillo y el resultado nos
beneficiaba, se había hablado de la necesidad de una
reorganización del servicio de incendios y para ello eran
necesarios instructores del pueblo, se hablaba ya de
algunos de ellos pero mi padre tenía la esperanza de que le

253
Librodot El castillo Franz Kafka

eligieran a él. De todo eso hablaba y, como era su


costumbre, abrazaba casi literalmente la mesa y cómo
miraba por la ventana hacia el cielo, su rostro era tan joven
y esperanzado, nunca después volví a verle así. Entonces,
Amalia, con una superioridad que no conocíamos en ella,
dijo que no había que confiar en esos discursos de los
señores, ellos, con motivo de esos acontecimientos, solían
decir algo amable, pero con poco o ningún significado, una
vez dicho ya estaba olvidado para siempre, aunque, si bien
es cierto, en la próxima oportunidad se volvía a caer en la
trampa. Nuestra madre le reprendió esas palabras, nuestro
padre se rió de sus ínfulas de experiencia, luego, sin
embargo, se agachó, pareció buscar algo de cuya falta
pareció percatarse en ese momento, pero no faltaba nada y
dijo que Brunswick le había contado algo de un mensajero y
de una carta rota y preguntó si sabíamos algo de ello, a
quién le afectaba y qué había ocurrido. Nosotras nos
mantuvimos en silencio, Barnabás, entonces joven como un
corderillo, dijo algo tonto o impertinente, se habló de otra
cosa y se olvidó el asunto.

254
El Castillo

18

EL CASTIGO DE AMALIA

Pero poco después fuimos acribillados desde todas partes


con preguntas sobre la historia de la carta, vinieron amigos y
enemigos, conocidos y extraños, pero no permanecían
mucho tiempo, los mejores amigos fueron los que se
despidieron más deprisa; Lasemann, en otras ocasiones
lento y digno, entró como si quisiera examinar las
dimensiones de la habitación, echó un vistazo a su
alrededor y se acabó; pareció un horrible juego infantil ver
cómo Lasemann huía y nuestro padre, separándose del
resto de la gente, salía detrás de él hasta el umbral donde
renunció a seguirlo más. Brunswick vino y le dijo a mi padre,
con toda sinceridad, que se quería hacer independiente; un
tipo listo, ese Brunswick, supo aprovechar la ocasión;
vinieron clientes y buscaron sus zapatos en el taller de mi
padre, los que habían dejado allí para reparar, al principio mi
padre intentó que cambiaran de opinión, y todos le
apoyamos con todas nuestras fuerzas, pero más tarde
renunció y ayudó a buscar en silencio, en el libro de
encargos se fue tachando línea tras línea, se entregaron las
reservas de piel que los clientes tenían en el taller, todo
ocurrió sin la menor disputa, se quedaban satisfechos
cuando conseguían romper rápida y completamente el
vínculo con nosotros, aunque al hacerlo se sufrieran
pérdidas, eso no importaba. Y, finalmente, como era de
prever, apareció Seemann, el jefe de bomberos, aún puedo
—ver la escena, Seemann, alto y fuerte, aunque un poco
inclinado y enfermo del pulmón, siempre serio, no podía reír,
estaba ante mi padre, a quien había admirado, a quien le

255
Librodot El castillo Franz Kafka

había prometido en confianza el puesto de representante del


jefe, y le anunció que quedaba expulsado del cuerpo,
pidiéndole que le devolviera el diploma. Las personas que se
encontraban a nuestro alrededor dejaron sus asuntos y
rodearon a los dos hombres. Seemann no podía decir nada,
se limitaba a dar unas palmadas en el hombro de mi padre
como si quisiera sacarle las palabras que él mismo quisiera
decir y no podía encontrar. Al hacerlo sonreía, con lo que
quería tranquilizarse y tranquilizar a los demás, pero como
no podía sonreír y nadie le había oído reír, a nadie se le
ocurrió que aquello pudiera ser una sonrisa. Nuestro padre,
sin embargo, ya estaba demasiado cansado y desesperado
para poder ayudar a Seemann, sí, incluso parecía
demasiado cansado como para poder reflexionar de qué se
trataba. Todos estábamos desesperados en la misma
medida, pero como éramos jóvenes no podíamos creer en
semejante catástrofe, siempre pensábamos que entre los
visitantes finalmente habría uno que ordenaría «alto» y
obligaría a que todo retrocediese a su estado original.
Seemann nos parecía, en nuestra irreflexión, la persona
más indicada para eso. Con tensión esperábamos a que de
esa sonrisa sempiterna saliese finalmente una palabra clara.
¿De qué se podía uno reír si no era de la necia injusticia que
nos estaba ocurriendo? «Señor jefe, señor jefe, dígaselo a
la gente», pensábamos y nos apretábamos contra él, lo que
sólo le obligaba a realizar los giros más extraños. Al cabo
comenzó a hablar, pero no para cumplir nuestros deseos
ocultos, sino para responder a las exclamaciones de ánimo
o enojadas de la gente. Aún teníamos esperanza. Comenzó
realizando una gran alabanza de nuestro padre. Le llamó un
ornato del cuerpo, un modelo inalcanzable para las nuevas
generaciones, un miembro imprescindible, cuya salida del
cuerpo casi lo destruiría. Todo eso fue muy bonito, si
hubiese terminado allí. Pero siguió hablando. Si a pesar de
eso el cuerpo había decidido solicitarle la renuncia, aunque

256
El Castillo

sólo provisional, había que reconocer la seriedad de los


motivos que obligaban al cuerpo a tomar esa medida. Tal
vez, sin los espléndidos logros de nuestro padre en la fiesta
del día anterior, no se habría llegado tan lejos, pero
precisamente esos logros habían despertado especialmente
la atención oficial, el cuerpo se encontraba en un primer
plano y, por tanto, tenía que cuidarse más que antes de su
pureza. Entonces había ocurrido la ofensa al mensajero y el
cuerpo no había podido encontrar otra salida, él, Seemann,
había asumido el gravoso deber de anunciarlo. Nuestro
padre no debía hacérselo más difícil. Qué contento estaba
Seemann de sus palabras, por la satisfacción que sentía por
ello, dejó de ser excesivamente considerado, señaló el
diploma que colgaba de la pared e hizo una señal con el
dedo. Nuestro padre asintió y fue a recogerlo, pero no logró
descolgarlo del clavo debido a sus manos temblorosas, yo
me subí a una silla y le ayudé. Y desde ese instante todo se
había acabado, ni siquiera sacó el diploma del marco, sino
que se lo dio todo a Seemann, como estaba. A continuación,
se sentó en un rincón, no se movió ni habló con nadie más,
nosotros tuvimos que tratar con la gente de la mejor manera
que supimos.
—Y ¿dónde ves aquí la influencia del castillo? —preguntó
K—. Por ahora no parece haber intervenido. Lo que has
contado sólo ha sido el miedo irreflexivo de la gente. La
alegría por la desgracia ajena, la falsa amistad, cosas que
se encuentran en todas partes, y también, por parte de tu
padre, al menos así me lo parece, encuentro cierta pobreza
de espíritu, pues ¿de qué era aquel diploma? La
confirmación de sus aptitudes, y esas aptitudes las
mantenía, haciéndole imprescindible, además podría
haberle puesto las cosas realmente difíciles al jefe si en
cuanto comenzó a hablar le hubiese arrojado a los pies el
diploma. Pero me parece especialmente significativo que no

257
Librodot El castillo Franz Kafka

hayas mencionado a Amalia; Amalia, a la que se debía todo,


estaba probablemente tranquila en un segundo plano y
contemplaba la catástrofe.
—No, no —dijo Olga—, no se le pueden hacer reproches a
nadie, nadie pudo actuar de otra manera, todo eso ya era la
influencia del castillo.
—Influencia del castillo —repitió Amalia que acababa de
entrar del patio, los padres hacía ya tiempo que se habían
acostado—. ¿Contáis historias del castillo? ¿Aún estáis ahí
sentados? Y tú, K, querías haberte despedido en seguida, y
ya son casi las diez. ¿Te importan algo esas historias? Aquí
hay personas que se alimentan de esas historias, se sientan
juntas, como vosotros, y se estimulan recíprocamente a
hablar, pero no me parece que tú seas una de esas
personas.
—Sí lo soy—dijo K—, precisamente soy una de ellas, pero
al contrario que otras que no se preocupan de esas historias
y dejan inquietarse a los demás, a mí no me impresionan
demasiado.
—Bueno —dijo Amalia—, pero el interés de la gente es
muy diferente; una vez oí de un joven que estaba
obsesionado con el castillo, pensaba en él día y noche, todo
lo demás lo descuidaba, se temía por su capacidad para
realizar las cosas de la vida ordinaria, pues su mente
siempre estaba en el castillo, pero al cabo resultó que en
realidad sus pensamientos no tenían por objeto el castillo,
sino la hija de una criada de las oficinas, la consiguió y todo
volvió a la normalidad.
—Ese hombre me caería bien, creo —dijo K.
—Dudo mucho que ese hombre te cayera bien —dijo
Amalia—, quizá su esposa. Pero no os quiero importunar
más, me voy a dormir y voy a tener que apagar la luz, por
los padres; aunque se duermen en seguida, después de una

258
El Castillo

hora ya se les ha acabado el sueño real y entonces les


molesta cualquier resplandor. Buenas noches.
Y, en efecto, al poco rato todo se quedó a oscuras y
Amalia puso un colchón en el suelo al lado de sus padres y
allí se hizo la cama.
—¿Quién es ese joven del que ha hablado? —preguntó K.
—No lo sé —dijo Olga—, tal vez Brunswick, aunque no le
va nada, pero quizá otro. No es fácil entenderla de forma
adecuada porque no se sabe si habla irónicamente o en
serio.
—¡Deja las interpretaciones! —dijo K—. ¿Cómo te has
vuelto tan dependiente de ella? ¿Era así antes de la
desgracia u ocurrió después? ¿Nunca has tenido el deseo
de independizarte de ella? ¿Y está fundada racionalmente
esa dependencia? Ella es la más joven y como tal tendría
que obedecer. Inocente o culpable ha traído la desgracia a
la familia. En vez de pediros perdón cada día, lleva la
cabeza más alta que todos, no se preocupa de nada salvo
de los padres y por condescendencia, no quiere ponerse al
corriente de nada, como ella se expresa, y cuando habla
con vosotros, entonces es la mayoría de las veces en serio,
pero suena irónico. O domina por su belleza, que tú
mencionas a veces. Pero los tres sois muy similares, y lo
que la diferencia a ella de vosotros dos resulta favorable
para ella; ya la primera vez que la vi me horrorizó su mirada
hosca y dura. Y, sin embargo, es la más joven, aunque nada
en su exterior lo muestre; tiene el aspecto sin edad de las
mujeres que apenas envejecen y que apenas han sido
realmente jóvenes. Tú la ves todos los días y no notas la
dureza de su rostro. Por eso, si lo pienso, tampoco puedo
tomar en serio la inclinación de Sortini, quizá sólo quería
castigarla con la carta, no llamarla.

259
Librodot El castillo Franz Kafka

—No quiero hablar de Sortini —dijo Olga—, con los


señores del castillo todo es posible, ya se trate de la
muchacha más bella o más fea. Por lo demás, te equivocas
completamente respecto a Amalia. No tengo ningún motivo
especial para congraciarte con Amalia y si lo intento sólo lo
hago por ti. Amalia fue, en cierto modo, el origen de nuestra
desgracia, eso es seguro, pero ni siquiera nuestro padre,
que ha sido el más afectado por la desgracia y que nunca se
ha mordido la lengua, ni siquiera él ha dicho a Amalia una
palabra de reproche, ni en los peores tiempos. Y no
precisamente porque hubiese aprobado el comportamiento
de Amalia; ¿cómo habría podido él, un admirador de Sortini,
aprobarlo? No podía comprenderlo, lo habría sacrificado
todo en aras de Sortini, pero no como realmente ocurrió, con
un Sortini probablemente dominado por la ira, y digo
«probablemente» porque ya no supimos más de Sortini; si
con anterioridad había sido reservado, desde aquel
momento fue como si no existiese25. Y tendrías que haber
visto a Amalia en aquel tiempo. Sabíamos que no se nos
impondría ningún castigo expreso. Simplemente se
apartaron de nosotros, tanto la gente de aquí como la del
castillo. Pero mientras notábamos cómo la gente del pueblo
nos evitaba, respecto a la del castillo no notábamos nada.
Tampoco antes habíamos notado ninguna asistencia del
castillo, ¿cómo podíamos entonces notar un cambio? Esa
tranquilidad fue lo peor, y no la conducta evasiva de la
gente, pues los habitantes del pueblo no lo habían hecho
por convicción, tal vez ni siquiera tenían algo serio contra
nosotros, el actual desprecio aún no existía, sólo lo habían
hecho por miedo y se limitaban a esperar para ver cómo se
desarrollaban los acontecimientos. Tampoco teníamos que
temer ninguna necesidad, nos habían pagado todos los
deudores, los negocios que cerramos nos resultaron
ventajosos, lo que nos faltaba en alimentos nos lo
proporcionaron nuestros parientes, fue fácil, estábamos en

260
El Castillo

tiempo de cosecha, si bien es cierto que no teníamos


campos y nadie nos dejó trabajar en ningún lado: por
primera vez en nuestra vida quedamos condenados al ocio.
Y entonces nos sentamos juntos con las ventanas cerradas
en el calor de julio y agosto. No ocurrió nada. Ninguna
citación, ninguna noticia, ninguna visita, nada.
—Bueno —dijo K—, como no ocurría nada y tampoco se
esperaba ningún castigo expreso, ¿de qué teníais miedo?
¿Qué clase de personas sois vosotros ?26
¿Cómo puedo explicártelo? —dijo Olga—. No temíamos lo
venidero, ya padecíamos bajo nuestra situación, nos
hallábamos en medio del castigo. La gente del pueblo se
limitaba a esperar a que nos acercásemos a ellos, a que
nuestro padre volviese a abrir su taller, que Amalia, que
sabía confeccionar bonitos vestidos, volviese a aceptar
pedidos, si bien sólo para los más ricos, a la gente le daba
pena lo que habían hecho. Cuando en el pueblo se aísla
repentinamente a una familia de buena reputación, todos
padecen alguna desventaja por ello; cuando se apartaron de
nosotros, creyeron estar cumpliendo con su deber, tampoco
nosotros hubiésemos hecho otra cosa en su lugar. No
habían sabido con exactitud qué había ocurrido, sólo que el
mensajero había regresado a la posada de los señores con
la mano llena de trozos de papel; Frieda le había visto salir y
regresar, había hablado unas palabras con él y había
difundido rápidamente lo poco de lo que se había enterado,
pero tampoco por hostilidad hacia nosotros, sino sólo por
cumplir con su deber, como habría sido el deber de
cualquier otro en el mismo caso. Y entonces la gente habría
preferido más que nada una feliz solución de todo el
problema. Si hubiésemos llegado repentinamente con la
noticia de que todo estaba arreglado, de que, por ejemplo,
sólo se había tratado de un malentendido ya completamente
aclarado, o que había sido una falta ya reparada o —incluso

261
Librodot El castillo Franz Kafka

esto habría satisfecho a la gente— que mediante nuestras


conexiones en el castillo habíamos conseguido que se
olvidara el asunto, nos habrían recibido con los brazos
abiertos, nos habrían besado y abrazado, se habrían
organizado fiestas, ya he conocido algo parecido con otros.
Pero ni siquiera habría sido necesaria una noticia como ésa,
si hubiésemos venido por propia voluntad y les hubiésemos
ofrecido reanudar nuestras antiguas relaciones, sin perder
ninguna palabra sobre el asunto de la carta, eso habría
bastado; con alegría habrían renunciado a mencionar la
carta, junto al miedo había sido ante todo lo delicado del
asunto el motivo de que se apartasen de nosotros,
simplemente no querían oír nada sobre el asunto, ni hablar,
ni pensar, ni quedar afectados de ningún modo por él.
Cuando Frieda traicionó lo ocurrido, no lo hizo para
regocijarse con ello, sino para resguardarse ella misma y
resguardar a los demás de sus efectos, quiso llamar la
atención de la comunidad de que había ocurrido algo de lo
que había que apartarse con el mayor cuidado posible. No
nos tomaban en consideración a nosotros, como familia,
sino sólo a causa del asunto en el que habíamos quedado
involucrados. Así que si hubiésemos vuelto a salir, si
hubiésemos dejado descansar el pasado, si hubiésemos
mostrado con nuestro comportamiento que habíamos
superado el asunto, fuera de la manera que fuese, la opinión
pública habría llegado a la convicción de que el asunto,
cualquiera que hubiese sido, no volvería a ser objeto de
conversación; entonces todo también habría acabado bien,
habríamos encontrado en todas partes la antigua
complacencia; aun cuando nosotros sólo hubiésemos
olvidado parcialmente el asunto, lo habrían comprendido y
nos habrían ayudado a olvidarlo por completo. En vez de
eso nos sentábamos en casa; no sé a qué esperábamos,
bien podía ser a la decisión de Amalia, en aquella mañana
había arrebatado para sí el liderazgo de la familia y lo

262
El Castillo

mantuvo con fuerza, y todo sin ninguna ceremonia especial,


sin órdenes, sin súplicas, prácticamente por medio de su
silencio. Los demás teníamos, es cierto, mucho que
consultar, era un continuo murmullo de la mañana hasta la
noche y a veces me llamaba mi padre repentinamente
angustiado y yo pasaba casi toda la noche en el borde de su
cama. O a veces nos acurrucábamos juntos Barnabás y yo,
mi hermano comprendía poco de todo el asunto y no cesaba
de reclamar ardientemente explicaciones, siempre las
mismas, sabía de sobra que los años de despreocupación
que a otros esperaban a su edad habían desaparecido, así
que nos sentábamos juntos, de forma muy parecida a como
estamos sentados tú y yo, y olvidábamos que era de noche y
que volvía a hacerse de día. Nuestra madre era la más débil
de todos nosotros, y esto porque no sólo había padecido el
dolor general sino también el dolor de cada uno de los
demás, y pudimos percibir con horror las alteraciones que
se producían en ella y que, como sospechábamos,
esperaban a toda la familia. Su lugar favorito era la esquina
de un canapé, hace tiempo que ya no lo tenemos, se
encuentra en el gran salón de Brunswick, allí se sentaba y
—no se sabía muy bien qué ocurría— dormitaba o mantenía
consigo misma, como los labios parecían indicar, largas
conversaciones. Era tan natural que hablásemos
continuamente del asunto de la carta, que profundizásemos
en él, en todos los detalles seguros y en todas las inseguras
posibilidades, y que continuamente nos superásemos
mutuamente en la búsqueda de medios para conseguir una
buena solución, era tan natural e inevitable, pero no era
bueno, caímos más y más profundamente en el foso del que
queríamos escapar. ¿Y de qué servían esas espléndidas
ocurrencias? Ninguna de ellas se podía realizar sin Amalia,
todo eran meros preparativos, auténticos absurdos, ya que
sus resultados no llegaban hasta Amalia y, si hubiesen
llegado hasta ella, sólo habrían encontrado su silencio.

263
Librodot El castillo Franz Kafka

Bueno, afortunadamente, hoy conozco mejor que entonces


a Amalia. Ella soportó más que los demás, resulta
incomprensible cómo lo ha podido soportar y que aún viva
entre nosotros. Tal vez nuestra madre soportó toda nuestra
pena, la soportó porque penetró violentamente en ella y no
la tuvo que soportar mucho tiempo; si aún la soporta hoy, no
se puede decir, ya entonces su mente estaba nublada. Pero
Amalia no sólo soportó la pena, sino que además poseía el
entendimiento de penetrarla con la mirada, nosotros sólo
veíamos las consecuencias, ella veía el motivo, nosotros
teníamos esperanza en encontrar algún medio, por pequeño
que fuese, ella sabía que todo estaba decidido, nosotros
teníamos que murmurar, ella tenía que callar. Ella estaba
cara a cara con la verdad y vivió y soportó esa vida como lo
sigue haciendo hoy. Qué bien nos iba a nosotros en nuestra
necesidad en comparación con ella. Cierto, tuvimos que
abandonar nuestra casa, Brunswick la ocupó, nos asignaron
esta chabola y con un carro de mano trajimos nuestras
posesiones en varios viajes, Barnabás y yo tirábamos,
nuestro padre y Amalia ayudaban en la parte trasera,
nuestra madre, a la que habíamos traído con anterioridad,
nos recibió, sentada en una caja, sin dejar de gemir en voz
baja. Pero recuerdo que Barnabás y yo, durante los
fatigosos viajes —que también fueron humillantes, pues con
frecuencia nos encontrábamos con carros que venían de
cosechar y cuyos tripulantes callaban ante nosotros y
desviaban la mirada—, ni siquiera podíamos dejar de hablar
de nuestras preocupaciones y de nuestros planes, a veces
quedábamos tan sumidos en nuestra conversación que nos
deteníamos y mi padre se veía obligado a llamarnos la
atención para recordarnos nuestro deber. Pero todas esas
conversaciones no lograron cambiar nuestra vida después
de la mudanza, sólo que comenzamos paulatinamente a
notar nuestra pobreza. Las provisiones de los parientes se
acabaron, nuestras existencias casi habían llegado a su fin,

264
El Castillo

en aquel tiempo comenzó a desarrollarse el desprecio


contra nosotros, como tú lo conoces. Se notó que no
disponíamos de la fuerza necesaria para salir del asunto de
la carta y eso se nos tomó muy a mal; no menospreciaban la
pesada carga de nuestro destino, pese a que no la conocían
con exactitud; si la hubiésemos superado, nos habrían
honrado, pero como no lo habíamos conseguido, hicieron
definitivamente lo que hasta ese momento sólo habían
hecho provisionalmente, nos excluyeron de todos los
círculos; sabían que probablemente nadie habría pasado la
prueba mejor que nosotros, pero aún más necesario, por
esa razón, era separarse completamente de nosotros. A
partir de entonces ya no se hablaba de nosotros como si
fuésemos seres humanos, ya no se volvió a pronunciar
nuestro apellido, se nos llamaba por Barnabás, el más
inocente de nosotros; incluso nuestra chabola cobró mala
fama y si tú reflexionas, también reconocerás que al entrar
en ella por primera vez creíste percibir la justificación de ese
desprecio; más tarde, cuando volvieron a visitarnos algunas
personas, arrugaron la nariz por las cosas más
insignificantes, por ejemplo porque la lámpara de aceite
cuelga sobre la mesa, a ellos eso les parecía insoportable.
Pero si colgábamos la lámpara en otro sitio, su aversión no
cambiaba en nada. El mismo desprecio afectaba a todo lo
que éramos y teníamos.

265
Librodot El castillo Franz Kafka

19

PEREGRINAJES

¿Y qué hicimos nosotros mientras tanto? Lo peor que


podíamos hacer, algo por lo que podríamos haber sido
despreciados con más razón de lo que fuimos: traicionamos
a Amalia, desobedecimos su orden silenciosa; no podíamos
seguir viviendo así, sin ninguna esperanza, por lo que
comenzamos a suplicar y a asediar el castillo, cada uno a su
manera, ojalá pueda perdonarnos. No obstante, sabíamos
que no estábamos en disposición de subsanar nada,
también sabíamos que la única conexión esperanzada que
teníamos con el castillo, la de Sortini, la del funcionario que
sentía inclinación por nuestro padre, se había vuelto
inaccesible debido a los acontecimientos; sin embargo, nos
pusimos manos a la obra. Nuestro padre fue quien
comenzó, comenzaron los absurdos peregrinajes hacia el
director, los secretarios, los abogados, los escribientes, la
mayoría de las veces no le recibieron y cuando él, por
astucia o casualidad, logró que le recibieran —cómo nos
llenábamos de júbilo con esa noticia y nos frotábamos las
manos— fue rechazado lo más rápidamente posible y no fue
recibido otra vez. También era demasiado fácil responderle,
el castillo lo tiene siempre tan fácil. ¿Qué quería? ¿Qué le
había ocurrido? ¿Para qué pedía una disculpa? ¿Cuándo y
por quién se había movido un dedo contra él en el castillo?
Cierto, se había empobrecido, había perdido su clientela,
etc., pero ésos eran sucesos de la vida cotidiana, asuntos
profesionales y de mercado, ¿tenía que ocuparse el castillo
de todo? En realidad ya se ocupaba de todo, pero no podía
intervenir groseramente en el desarrollo de los

266
El Castillo

acontecimientos, simple y llanamente para servir los


intereses de un particular. ¿Debía enviar a sus funcionarios
para que corriesen detrás de los clientes e intentar traerlos
por la fuerza? Pero, objetaba entonces nuestro padre —
nosotros tratábamos estas cosas con toda exactitud en
casa, tanto antes como después, en un rincón, como
ocultándonos de Amalia, que si bien se daba cuenta de
todo, no intervenía—, pero, como decía, entonces objetaba
nuestro padre que él no se quejaba de su empobrecimiento,
todo lo que había perdido lo recuperaría con facilidad, todo
eso era accesorio si se le perdonaba. Pero ¿qué se le tenía
que perdonar? Se le respondía, a ellos no les había llegado
ninguna demanda, al menos aún no constaba en las actas,
cuando menos no en las actas accesibles a los abogados,
en consecuencia, en lo que podía confirmarse, ni se había
emprendido algo contra él, ni había nada en curso. ¿Podía
mencionar alguna disposición emitida contra él? Nuestro
padre no podía. ¿O se había producido la intervención de un
órgano oficial? De eso nuestro padre no sabía nada. Bueno,
si no sabía nada y si no había ocurrido nada, ¿qué quería
entonces? ¿Qué se le podía perdonar? Como mucho que
molestara a la administración sin ningún motivo, pero
precisamente eso era imperdonable. Nuestro padre no cejó,
en aquel entonces aún era muy fuerte y el ocio obligado le
proporcionaba todo el tiempo que quería. «Recobraré el
honor de Amalia, no durará mucho», nos decía a Barnabás
y a mí varias veces al día, pero en voz muy baja, pues
Amalia no podía oírlo; sin embargo sólo lo decía por Amalia,
ya que en realidad no pensaba en recobrar su honor, sino
sólo en el perdón. Pero antes de recibir el perdón tenía que
establecer la culpa y ésta se la negaron una y otra vez en la
administración. Se le ocurrió —y esto mostró que ya estaba
perturbado mentalmente— que le ocultaban la culpa porque
no pagaba lo suficiente; hasta ese momento había pagado
siempre las tasas establecidas que, al menos para nuestra

267
Librodot El castillo Franz Kafka

situación, eran lo suficientemente elevadas. Pero ahora


creyó que tenía que pagar más, lo que no era cierto, pues
nuestra administración acepta sobornos, aunque sólo para
simplificar las cosas y evitar conversaciones innecesarias,
pero con ellos no se puede lograr nada. Como era la
esperanza de mi padre, no le quisimos molestar. Vendimos
lo que nos quedaba —era casi lo imprescindible— para
suministrarle a nuestro padre los medios para seguir
investigando y durante mucho tiempo tuvimos la satisfacción
todos los días de que nuestro padre, cuando se despedía
por la mañana, pudiese al menos contar con algunas
monedas en el bolsillo. Nosotros, sin embargo, padecíamos
hambre durante todo el día, mientras que lo único que
conseguimos con el dinero fue que nuestro padre se
mantuviese en un estado de esperanzada alegría. Esto, sin
embargo, no se podía decir que fuese una ventaja. Él se
atormentaba con sus peregrinajes y lo que sin dinero habría
encontrado un merecido fin, se prolongó en el tiempo. Como
a cambio de su dinero no podía recibir ningún rendimiento
extraordinario, algún escribiente intentaba de vez en
cuando, al menos en apariencia, rendir algo, entonces
prometía investigaciones, indicaba que ya se habían
encontrado ciertas pistas que no se seguirían para cumplir
el deber, sino sólo por afecto a nuestro padre, quien en vez
de tornarse escéptico era cada vez más crédulo. Regresaba
con una de esas absurdas promesas como si trajera una
bendición a la casa y resultaba patético ver cómo siempre a
espaldas de Amalia, haciendo señas hacia ella con una
sonrisa desfigurada y los ojos muy abiertos, nos quería dar
a entender cómo la salvación de Amalia, que no
sorprendería a nadie más que a ella, estaba muy cerca
gracias a sus esfuerzos, pero que todo era aún un secreto y
nosotros teníamos que guardarlo muy bien. Todo esto
habría durado mucho tiempo si, finalmente, no nos hubiese
sido imposible proporcionarle más dinero. Aunque mientras

268
El Castillo

tanto Barnabás, después de muchas súplicas, había sido


admitido por Brunswick como ayudante —si bien de tal
manera que tenía que recoger los encargos en la oscuridad
de la noche y devolverlos de la misma forma, no obstante,
hay que reconocer que Brunswick asumió un riesgo para su
negocio por nuestra causa, pero por ello pagaba muy poco a
Barnabás y el trabajo de Barnabás no tiene mácula—, pero
ese salario apenas bastaba para sacarnos del hambre. Con
muchas preparaciones y con gran delicadeza le anunciamos
a nuestro padre la interrupción de nuestras ayudas
monetarias, pero lo tomó con gran tranquilidad. En el estado
en que se encontraba su mente ya no era capaz de
comprender lo vano de sus intervenciones, pero estaba
cansado de las continuas decepciones. Aunque dijo —ya no
hablaba con tanta claridad como antes, había hablado casi
con demasiada claridad— que sólo habría necesitado muy
poco dinero más, que al día siguiente o incluso ese mismo
día lo podría saber todo y que entonces su esfuerzo habría
sido inútil, que sólo habría fracasado por culpa del dinero
etc., el tono con que lo decía mostraba que no se creía lo
que estaba diciendo. Además, en seguida forjó nuevos
planes. Como no había sido capaz de demostrar la culpa y,
en consecuencia, no pudo conseguir nada por la vía oficial,
quiso abordar personalmente a los funcionarios. Entre ellos
había algunos que tenían un corazón bueno y compasivo,
que si bien no lo podían mostrar en su cargo, sí cuando no
lo ejercían, cuando se les sorprendía en el momento
adecuado.
Aquí, K, que había estado escuchando absorto a Olga,
interrumpió su relato con la pregunta:
—¿Y tú no lo consideras correcto?
Aunque el posterior relato le tenía que dar la respuesta a
su pregunta, lo quería saber en seguida.

269
Librodot El castillo Franz Kafka

—No —dijo Olga—, no se puede hablar de compasión o de


nada parecido. Tan jóvenes e inexpertos como éramos, eso
lo sabíamos muy bien y también nuestro padre lo sabía,
naturalmente, pero lo había olvidado, esto como casi todo lo
demás. Había concebido el plan de situarse en la carretera
principal, cerca del castillo, por donde pasaban los coches
de los funcionarios, y siempre que pudiera presentar su
solicitud de perdón. Dicho con sinceridad, un plan
demencial, incluso si hubiese ocurrido lo imposible y su
solicitud hubiese llegado realmente hasta el oído de un
funcionario. ¿Acaso puede perdonar un solo funcionario?
Eso tendría que ser competencia de la administración en
conjunto, pero incluso ésta probablemente no puede
perdonar, sólo juzgar. Ahora bien, ¿puede hacerse una idea
del asunto un funcionario, incluso en el caso de que se
bajase y se ocupase de él, en virtud de lo que nuestro
pobre, cansado y viejo padre le murmura? Los funcionarios
son muy instruidos, pero también parciales, en su
especialidad un funcionario deduce de una palabra cadenas
enteras de pensamientos, pero se puede intentar aclararles
cosas que no son de su departamento durante horas, quizá
asientan amablemente con la cabeza, pero no
comprenderán nada. Todo esto es evidente, intenta
comprender los pequeños asuntos oficiales que le incumben
a un funcionario, problemas minúsculos que él soluciona
con un encogerse de hombros, intenta comprenderlos a
fondo y para ello necesitarás toda la vida y aun así no
llegarás al final. Pero si nuestro padre hubiese dado con un
funcionario competente, éste no podría solucionar nada sin
las actas previas y, por supuesto, tampoco en medio de la
carretera principal; un funcionario competente no puede
perdonar, sino archivar oficialmente el caso y para eso
indicar de nuevo la vía oficial, pero conseguir algo en esta
vía le habría sido completamente imposible a nuestro padre.
Hasta qué punto había llegado nuestro padre para querer

270
El Castillo

poner en práctica semejante plan. Si hubiese una


oportunidad, por muy lejana que fuese, la carretera principal
estaría llena de pedigüeños, pero como aquí se trata de una
imposibilidad, de la que para darse cuenta sólo se necesita
una educación básica, está completamente vacía. Quizá eso
fortaleciese la esperanza de nuestro padre, él la alimentaba
de todo lo que encontraba. Aquí resultaba muy necesario, el
sentido común no tenía por qué perderse en grandes
reflexiones, tenía que reconocer claramente la imposibilidad
en lo más superficial. Cuando los funcionarios se trasladan
al pueblo o regresan al castillo, esos viajes no son de ocio,
en el pueblo y en el castillo les espera el trabajo, por eso
viajan a la mayor velocidad. Ni siquiera se les ocurre mirar
por la ventanilla y buscar allí peticionarios, sino que los
coches están llenos de actas y expedientes que los
funcionarios estudian ininterrumpidamente.
—Pero yo —dijo K— he visto el interior de un trineo de
funcionarios en el que no había expedientes.
En el relato de Olga se le abría la perspectiva de un mundo
tan grande e inverosímil que no podía evitar confrontarlo con
su pequeña experiencia para, de ese modo, convencerse
más claramente de la existencia de ese mundo, así como de
la existencia del suyo propio.
—Es posible—dijo Olga—, pero entonces es peor, pues el
funcionario está ocupado en asuntos tan importantes que
los expedientes son demasiado valiosos o demasiado
voluminosos para poder llevarlos consigo, esos funcionarios
avanzan al galope. En todo caso, para nuestro padre,
ninguno de ellos tuvo tiempo. Y, además, hay varias
carreteras que llevan al castillo. De repente una se pone de
moda, entonces la mayoría utiliza ésa, luego se pone otra, y
todos quieren circular por ella. Aún no se sabe mediante qué
reglas se produce ese cambio. A las ocho de la mañana
todos van por una carretera, una media hora después, todos

271
Librodot El castillo Franz Kafka

por otra, diez minutos más tarde, por una tercera, una media
hora después quizá otra vez por la primera y por ella se
sigue circulando durante todo el día, pero en cualquier
instante existe la posibilidad de un cambio. Aunque en las
proximidades del pueblo convergen todas las carreteras en
una, por ella los coches pasan a toda velocidad, mientras
que en las cercanías del castillo la velocidad es moderada.
Pero así como el tráfico respecto a las carreteras no
obedece a ninguna regla y resulta impredecible, lo mismo
ocurre con el número de los coches. Con frecuencia hay
días en los que no pasa un solo coche, pero luego sigue un
día en el que circula un gran número de ellos. Y ahora
imagínate a nuestro padre en la carretera. Todas las
mañanas, con su mejor traje, que es lo único que le
quedaba, salía de la casa acompañado de nuestras
bendiciones. Se llevaba un pequeño distintivo del cuerpo de
bomberos que ha conservado injustamente y se lo ponía en
cuanto salía del pueblo, en él tiene miedo de mostrarlo a
pesar de que es muy pequeño y de que apenas se puede
distinguir a dos pasos de distancia, pero según la opinión de
nuestro padre debería servir para llamar la atención de los
funcionarios sobre él. No muy lejos de la entrada al castillo
hay un establecimiento de horticultura, pertenece a un tal
Bertuch, que suministra hortalizas al castillo, allí, en el
delgado borde de la base que sustentaba la verja del huerto,
escogió nuestro padre su sitio. Bertuch lo toleró porque
había tenido amistad con mi padre y también había
pertenecido a sus clientes más fieles; por lo demás, él tiene
un pie deforme y creía que sólo nuestro padre era capaz de
hacerle un zapato que se adaptara perfectamente a su
defecto. Así que allí permanecía nuestro padre sentado, día
tras día; fue un otoño lluvioso, pero el tiempo le era
completamente indiferente, por la mañana, a una hora
determinada, tenía la mano en el picaporte de la puerta y
nos hacía señal de despedida, por la noche regresaba

272
El Castillo

empapado, parecía como si se fuese encorvando cada vez


más, y se arrojaba en el rincón. Al principio nos contaba sus
pequeños acontecimientos, por ejemplo que Bertuch por
compasión y en recuerdo de su antigua amistad le había
arrojado una manta sobre la verja, o que en los coches que
pasaban había creído reconocer a tal o cual funcionario o
que de vez en cuando algún cochero le reconocía y le
rozaba con el látigo de broma. Más tarde dejó de contar
esas cosas, era evidente que ya no tenía esperanzas de
lograr nada, simplemente consideraba su deber, su aburrida
profesión, irse hasta allí y pasar el día. Entonces
comenzaron sus dolores reumáticos, el invierno se
acercaba, cayó nieve antes de lo esperado, aquí el invierno
comienza muy pronto, y se tuvo que sentar sobre la piedra
mojada o sobre la nieve. Por la noche gemía por los dolores,
por las mañanas a veces se sentía inseguro de si debía
salir, pero lograba superarse y partía. Nuestra madre se
aferraba a él y no quería dejarle marchar, él, tal vez
angustiado por sus desobedientes miembros, le permitía
acompañarle, así que también nuestra madre comenzó a
sufrir dolores. Con frecuencia estábamos con ellos, les
llevábamos comida o simplemente les hacíamos una visita,
otras veces intentábamos convencerles para que
regresasen; cuántas veces les encontramos allí
acurrucados, abrazándose en la estrechez de su asiento,
tapados con una delgada manta que apenas los cubría,
rodeados sólo de nieve y niebla y días enteros sin ningún
ser humano ni ningún coche hasta donde alcanzaba la vista.
¡Qué visión!, K, ¡qué visión! Hasta que una mañana las
piernas rígidas de nuestro padre ya no le pudieron sacar de
la cama; estaba desconsolado, en su delirio creía ver cómo.
paraba un coche al lado del establecimiento de Bertuch,
bajaba un funcionario, buscaba en la verja a nuestro padre y
sacudiendo la cabeza y enojado regresaba al coche.
Nuestro padre emitía tales gritos como si quisiera llamar la

273
Librodot El castillo Franz Kafka

atención del funcionario desde allí abajo y explicarle que se


había ausentado sin culpa. Y fue una larga ausencia, ya no
regresó más, tuvo que permanecer semanas enteras en la
cama. Amalia asumió su cuidado, el tratamiento, todo, y así
ha seguido con pausas hasta ahora. Ella conoce hierbas
medicinales que tranquilizan los dolores, apenas necesita
dormir, nada le asusta, no teme a nada, jamás se muestra
impaciente, ella realizó todo el trabajo relativo a nuestros
padres; mientras nosotros, en cambio, sin poder ayudar en
nada, rondábamos intranquilos, ella se mantenía en todo fría
y silenciosa. Una vez que hubo transcurrido lo peor y
nuestro padre, cuidadosamente y apoyado a izquierda y
derecha, logró salir de la cama, Amalia volvió a retirarse en
seguida y nos lo dejó a nosotros.

274
El Castillo

20

LOS PLANES DE OLGA

Entonces se trataba de encontrar cualquier ocupación a


nuestro padre de la que aún fuera capaz, algo que al menos
mantuviese en él la creencia de que servía para liberar a la
familia de la culpa. Encontrar algo semejante no era difícil,
en el fondo todo podía ser tan útil como sentarse ante el
huerto de Bertuch, pero yo encontré algo que incluso a mí
me dio una esperanza. Siempre que en los organismos de la
administración o entre los escribientes se hablaba de
nuestra culpa, se mencionaba la ofensa al mensajero de
Sortini, nadie osaba llegar más lejos. Bueno, me dije, si la
opinión pública, aunque sólo sea en apariencia, únicamente
sabe de la ofensa al mensajero, todo se podría arreglar, al
menos en apariencia, si nos pudiésemos reconciliar con el
mensajero. No se había presentado ninguna denuncia,
como nos explicaron, el asunto aún no estaba en manos de
la administración, así que dependía enteramente del
mensajero, de su persona, pues sólo se trataba del hecho
de perdonarnos. Todo eso podía no tener ninguna
importancia decisiva, era sólo apariencia y podía ser que no
diese ningún resultado, pero a nuestro padre le alegraría y
podría resarcirse algo con los informadores que tanto le
habían atormentado. Primero, ciertamente, había que
encontrar al mensajero. Cuando le conté mi plan a nuestro
padre, al principio se enojó mucho, se había vuelto muy
caprichoso, en parte creía, lo que se desarrolló durante su
enfermedad, que le habíamos impedido lograr el éxito final,
primero al interrumpir el suministro de dinero, luego al
mantenerle en la cama, en parte también porque ya era

275
Librodot El castillo Franz Kafka

incapaz de asumir pensamientos ajenos. No había


terminado de contárselo, cuando ya había rechazado mi
plan; según su opinión, tenía que seguir esperando ante el
huerto de Bertuch y como ya no sería capaz de ir
diariamente, le tendríamos que llevar en la carretilla. Pero yo
no cejé y poco a poco se fue reconciliando con la idea, lo
único que le molestaba de ella era que en ese asunto
dependía completamente de mí, pues sólo yo había visto al
mensajero aquella mañana, él no le conocía. Cierto, un
sirviente se asemeja al otro, y no estaba muy segura de
poder reconocerle otra vez. Comenzamos a frecuentar la
posada de los señores y a buscar entre el servicio que solía
aparecer por allí. Había sido un criado de Sortini y Sortini ya
no volvió a bajar al pueblo, pero los señores cambian con
frecuencia de sirvientes, se le podía encontrar en el grupo
de otro señor y si no se le podía encontrar al menos se
podría averiguar algo preguntando a los otros sirvientes.
Para esto, sin embargo, había que pasar todas las noches
en la posada y la gente no se encontraba a gusto en nuestra
presencia, menos en un lugar como ése; como clientes que
pagan no podíamos aparecer. Pero resultó que nos podían
necesitar, ya sabes el tormento que suponía la servidumbre
para Frieda, en el fondo se trata de gente tranquila, mal
acostumbrada por un servicio fácil y holgazana, «¡que te
vaya como a un sirviente!», reza una de las bendiciones de
los funcionarios y en efecto, en lo que respecta a la buena
vida, los sirvientes son los auténticos señores en el castillo;
ellos también saben apreciarlo en lo que vale y en el castillo,
donde se mueven según sus propias leyes, son silenciosos
y dignos, eso me lo han confirmado con frecuencia y
también aquí, entre los sirvientes, se encuentran restos de
ello, pero sólo restos, en lo demás, como las leyes del
castillo no poseen una validez completa en el pueblo,
parecen transformados, se convierten en un grupo salvaje e
insubordinado, sin que sus instintos insaciables queden

276
El Castillo

dominados por las leyes. Su desvergüenza no conoce


límites, es una suerte para el pueblo que sólo puedan
abandonar la posada obedeciendo órdenes, pero en la
posada no cabe otro remedio que bregar con ellos; a Frieda
le resultaba muy difícil, así que le vino muy bien que me
utilizasen a mí para tranquilizar a la servidumbre; desde
hace más de dos años paso como mínimo dos noches
enteras a la semana en el establo con la servidumbre.
Antes, cuando nuestro padre aún podía ir a la posada de los
señores, dormía en cualquier lado en la taberna y así podía
esperar las noticias que yo le traía por la mañana temprano.
Eran pocas. Al mensajero no le hemos encontrado hasta
hoy, aún debe de estar al servicio de Sortini, quien le
aprecia mucho, y ha debido de seguirle cuando Sortini se
retiró a oficinas alejadas. Durante todo este tiempo tampoco
le han visto los sirvientes, y si alguno dice que sí, se trata de
un error. Así que en realidad mi plan había fracasado,
aunque no completamente: es indudable que no hemos
encontrado al mensajero y que nuestro padre, al tener que
recorrer el camino hasta la posada y pernoctar allí, tal vez
incluso debido a la compasión que sentía por mí, en la
medida en que era capaz de sentirla, empeoró y se halla
desde hace dos años en este estado en que tú le has visto,
y quizá le vaya mejor que a nuestra madre, cuyo fin
esperamos cualquier día y que sólo se retrasa gracias a los
esfuerzos sobrehumanos de Amalia. Pero lo que he logrado
en la posada de los señores ha sido cierta conexión con el
castillo, no me desprecies si digo que no me arrepiento de lo
que he hecho. ¿De qué gran conexión con el castillo se
puede tratar?, te preguntarás. Y tienes razón, no es ninguna
gran conexión. Cierto, conozco a muchos sirvientes, casi a
todos los sirvientes de los señores, y si alguna vez entrase
en el castillo no sería ninguna extraña. También es cierto
que sólo son sirvientes en el pueblo, en el castillo son muy
diferentes y allí no reconocen a nadie y menos a alguien con

277
Librodot El castillo Franz Kafka

quien han tenido tratos en el pueblo, por mucho que juren


mil veces en el establo que se alegrarían de verte en el
castillo. Por lo demás, ya he experimentado lo poco que
significan esas promesas. Pero eso no es lo más
importante. No sólo a través de los sirvientes tengo una
conexión con el castillo, sino también, y ojalá que sea así,
por alguien que me observa a mí y lo que hago desde arriba
—siendo la organización de la servidumbre una parte muy
importante y delicada del trabajo administrativo—, y esa
persona que me observa quizá llegue a un juicio más
benevolente sobre mí que otras, quizá reconozca que yo,
aunque de una forma lastimosa, lucho por mi familia y
continúo los esfuerzos de mi padre. Si se contempla así,
quizá también se me perdone que acepte dinero de los
sirvientes y lo emplee en mi familia. Y aún he logrado algo
más, algo que tú también me reprochas. He sabido a través
de los sirvientes cómo se puede ingresar en el servicio del
castillo por medio de atajos y sin someterse al
procedimiento oficial de selección, tan difícil y que puede
durar años, entonces, aunque no se sea un empleado
público, sino sólo secreto y parcialmente aceptado, no se
tienen ni derechos ni deberes, ni ventajas ni desventajas; lo
peor es no tener ventajas, aunque una sí se tiene, que
siempre se está cerca de todo, se pueden reconocer
oportunidades favorables y aprovecharlas, no se es ningún
empleado, pero casualmente se puede encontrar algún
trabajo, en ese momento no hay un empleado a mano, una
llamada, uno se apresura, y lo que no se era un segundo
antes, se es ahora: un empleado. Sin embargo, ¿cuándo se
puede encontrar esa oportunidad? A veces en seguida,
apenas se ha llegado, surge la oportunidad, no todos tienen
la capacidad y la presencia de ánimo como para, en la
condición de novato, darse cuenta de ella, pero otras veces
dura más años que el procedimiento de selección público y
quien sólo ha sido aceptado parcialmente ya no puede

278
El Castillo

aspirar a un ingreso conforme a las normas. Así que aquí


hay suficientes inconvenientes. Sin embargo, ellos silencian
que en el procedimiento público se selecciona con
extremada severidad y que el miembro de una familia de
mala fama queda descartado de antemano; si alguien así se
somete a ese procedimiento, tiembla durante años ante el
resultado, por todas partes le preguntan desde el primer día
con asombro cómo ha podido osar algo tan inútil; pero él
tiene esperanzas, cómo podría vivir si no, pero después de
muchos años, tal vez ya anciano, se entera del rechazo, se
entera de que todo está perdido y de que su vida fue en
vano. No obstante, también aquí se producen excepciones,
por eso se puede caer tan fácilmente en la tentación. Ocurre
que precisamente personas de mala reputación sean
admitidas, hay funcionarios que, contra su voluntad, aman el
olor de esos tipos; en los exámenes de ingreso olfatean el
aire, contraen la boca, ponen los ojos en blanco, un hombre
semejante parece obrar para ellos como un estímulo del
apetito y tienen que aferrarse con fuerza a los códigos para
poder resistir la tentación. Algunas veces eso ayuda a la
persona en cuestión no para la admisión, sino para la
prolongación infinita del procedimiento de ingreso, que ya no
termina, sólo se interrumpe con su muerte. Así pues, tanto
el procedimiento legal de admisión como el otro están llenos
de dificultades tanto conocidas como ocultas y antes de
embarcarse en esa aventura es aconsejable pensarlo muy
bien. Bueno, Barnabás y yo nos hemos tomado esto último
muy en serio. Siempre que regresaba de la posada de los
señores, nos sentábamos juntos, yo le contaba las
novedades que había conocido, hablábamos durante días
enteros y el trabajo de Barnabás se interrumpía más tiempo
del prudencial. Y aquí puedo tener cierta culpa en tu sentido.
Sabía que no podía fiarme mucho de las informaciones de
los sirvientes. Sabía que nunca tenían ganas de contarme
nada del castillo, siempre cambiaban de tema, había que

279
Librodot El castillo Franz Kafka

rogarles para que dejaran escapar una palabra, pero luego,


cuando estaban en ello, se disparaban, soltaban las cosas
más absurdas, fanfarroneaban, se superaban unos a otros
en exageraciones e invenciones, de tal forma que en el
griterío infinito en el oscuro establo apenas había alguna
indicación que correspondiese a la verdad. Yo, sin embargo,
se lo volvía a contar todo a Barnabás de la forma en que lo
recordaba, y él, que aún no tenía la capacidad de distinguir
entre lo verdadero y lo falso y que por la situación de
nuestra familia se moría de anhelo por esas cosas, se lo
creía todo y ardía en deseos de saber más. Y,
efectivamente, mi nuevo plan se centraba en Barnabás. De
los sirvientes ya no se podía lograr más. No había quien
encontrara al mensajero de Sortini y no se le encontraría
jamás, tanto Sortini como su mensajero parecían ir
retrocediendo cada vez más, con frecuencia su apariencia y
sus nombres caían en el olvido y yo tenía que describirlos
largo tiempo para no lograr otra cosa que se acordaran con
esfuerzo de ellos pero sin saber decir nada. Y en lo que res-
pecta a mi vida con los sirvientes, naturalmente no tenía
ninguna influencia en cómo se juzgaba, sólo podía esperar
que se tomara como se tomó y que se redujera algo la culpa
de mi familia, pero no recibí ningún signo externo de ello. No
obstante, seguí, ya que no veía para mí ninguna otra
posibilidad de poder conseguir algo en el castillo. Para
Barnabás, sin embargo, sí vi otra posibilidad. De las
informaciones de los sirvientes pude deducir, cuando tenía
ganas y siempre tenía de sobra, que alguien qu e ha sido
admitido en el servicio del castillo puede lograr mucho para
su familia. Cierto, ¿qué había digno de crédito en esos
cuentos? Era imposible distinguirlo, sólo estaba claro que
era muy poco. Pues, cuando un sirviente, a quien no
volvería a ver o a quien, en el caso de volver a verle, apenas
volvería a reconocerle, me aseguraba solemnemente que
ayudaría a mi hermano a conseguir un puesto en el castillo

280
El Castillo

o, al menos, a apoyarle cuando Barnabás fuese al castillo,


esto es, algo como animarle, pues, según los relatos de los
criados, puede ocurrir que los solicitantes de un empleo se
desmayen por la larga espera o queden confusos, en cuyo
caso están perdidos si no hay amigos que se preocupen de
ellos, cuando me contaba todo eso y mucho más, eran
seguramente advertencias justificadas, pero las promesas
de que iban acompañadas estaban vacías. No para
Barnabás, aunque le advertí que no las creyera; el simple
hecho de mencionarlas fue suficiente para también hacer
suyo mi plan. Mis objeciones apenas le hicieron efecto, en él
sólo tenían efecto los relatos de los sirvientes. Y así me
quedé dependiendo únicamente de mí misma, pues con mis
padres no se podía entender nadie salvo Amalia; conforme
seguía con más perseverancia los antiguos planes de mi
padre, aunque a mi manera, más se apartó Amalia de mí;
ante ti o ante otros habla conmigo, pero nunca cuando
estamos solas, para los sirvientes en la posada de los
señores fui un juguete que se esforzaban enfurecidos por
romper, durante dos años ni siquiera he intercambiado con
uno de ellos una palabra confidencial, sólo mentiras, insidias
o desvaríos, así que sólo me quedaba Barnabás y Barnabás
aún era muy joven. Cuando al transmitirle mis informes veía
el brillo de sus ojos, que él ha mantenido desde entonces,
me asustaba, pero no desistía, me parecía que había
demasiado en juego. Cierto, no tenía los grandes y vacíos
planes de mi padre, no tenía esa determinación masculina,
permanecí en el desagravio por la ofensa al mensajero y
quería que se me reconociera como un mérito esa modestia.
Pero lo que a mí me había sido imposible conseguir, lo
quería lograr a través de Barnabás y de una forma distinta y
segura. Habíamos ofendido a un mensajero y le habíamos
ahuyentado de las oficinas más externas, ¿qué podía ser
más indicado que ofrecer a un nuevo mensajero en la
persona de Barnabás, realizar el trabajo del mensajero

281
Librodot El castillo Franz Kafka

ofendido a través del trabajo de Barnabás y así facilitar al


ofendido la posibilidad de permanecer en la distancia todo el
tiempo que quisiera, todo el tiempo que necesitase para
olvidar la ofensa? Me di perfecta cuenta de que en toda la
modestia de este plan había cierta arrogancia por mi parte,
pues podía despertar la sensación de que quería dictarle
algo a la administración, por ejemplo, cómo debía tratar
cuestiones de personal, o podía parecer como si
dudásemos de que la administración fuese capaz de
resolver la situación por su cuenta y de la mejor forma
posible, o de que incluso no hubiesen tomado las medidas
necesarias antes de que a nosotros se nos hubiese ocurrido
que ahí se podía hacer algo. Sin embargo, creí de nuevo
que era imposible que la administración me interpretase tan
mal o que ella, si ése fuese el caso, lo hiciera con intención,
esto es, que todo lo que yo hago quedase rechazado de
antemano y sin ninguna investigación. Así que no cejé y el
celo de Barnabás hizo el resto. En esa fase preparatoria
Barnabás se volvió tan altanero que, como futuro empleado
de las oficinas, consideró el trabajo de zapatero demasiado
sucio, sí, incluso se atrevió a contradecir a Amalia cuando
ésta habló unas palabras con él, lo que era muy extraño, y
además, la contradijo en lo esencial. Le permití esa corta
alegría, pues con el primer día que fue al castillo se acabó
con la alegría y la altanería, como era de prever. Entonces
comenzó a desempeñar ese servicio aparente del que te he
hablado. Resulta sorprendente cómo Barnabás entró en el
castillo o, mejor, en la oficina que se ha convertido, por
decirlo así, en su ámbito laboral. Ese éxito casi me volvió
loca al principio, y cuando Barnabás me lo murmuró al oído
por la noche cuando regresó a casa, fui hacia Amalia, la
abracé, la apreté contra una esquina y la besé con los labios
y los dientes hasta que lloró del dolor y del susto. No pude
decir nada por la excitación y, además, ya hacía mucho
tiempo que no habíamos intercambiado una palabra, lo dejé

282
El Castillo

para los días siguientes. Pero en los días siguientes ya no


había nada que decir. Nos quedamos estancados en lo que
habíamos logrado tan rápidamente. Durante dos años llevó
Barnabás esa vida monótona y opresiva. Los sirvientes
fracasaron lastimosamente, yo le di a Barnabás una carta en
la que le recomendaba a los sirvientes y que al mismo
tiempo les recordaba sus promesas; siempre que veía a un
sirviente, sacaba la carta y se la presentaba, por más que a
veces se encontrara con sirvientes que no me conocían, y
aunque a los que sí me conocían se limitaba a mostrarles la
carta sin decir palabra, pues arriba no se atreve a hablar,
fue una vergüenza que nadie le ayudara y resultó un alivio,
que nos podíamos haber procurado nosotros mismos y
desde hacía mucho tiempo, cuando un sirviente, a quien
probablemente ya le había mostrado la carta varias veces,
formó una bola de papel con ella y la tiró a la papelera. Se
me ocurre que al mismo tiempo podría haber dicho: «Así
soléis tratar también vosotros las cartas». Pero por muy
infructuosa que fuese esa época, en Barnabás ejerció una
influencia beneficiosa, si se puede llamar beneficioso a que
madurase prematuramente, a que se convirtiese
precozmente en un adulto, incluso en cierta manera con una
seriedad y perspicacia que superan el término medio entre
los hombres adultos. Con frecuencia me apena contemplarle
y compararle con el joven que aún era hace dos años. Y ni
siquiera he tenido de él el consuelo y el apoyo que quizá
podría darme como hombre. Sin mí no habría llegado al
castillo, pero desde que está allí es independiente de mí. Yo
soy su única persona de confianza, pero él sólo me cuenta
una parte de lo que siente. Me cuenta muchas cosas del
castillo, pero de lo que me cuenta, de los pequeños sucesos
que me transmite, no se puede comprender ni mucho
menos cómo todo eso le ha podido transformar tanto. En
especial no se puede comprender por qué ahora que es un
hombre ha perdido allá arriba el valor que, cuando joven,

283
Librodot El castillo Franz Kafka

llegaba a desesperarnos. Cierto, esa inútil espera día tras


día, repitiéndose una y otra vez, sin posibilidades de
cambio, desmoraliza, produce indecisión y, finalmente,
incapacita para otra cosa que no sea esa eterna espera.
Pero ¿por qué no ofreció ninguna resistencia al principio?
Porque pronto reconoció que yo había tenido razón y que
allí no se podía conseguir nada que retribuyera la ambición,
si acaso tal vez para la mejora de nuestra situación familiar.
Pues allí todo funciona, si exceptuamos los caprichos de los
sirvientes, con modestia, el orgullo busca allí satisfacción en
el trabajo y como el asunto mismo es lo que cobra mayor
importancia, el orgullo se pierde por completo y no hay
espacio para deseos infantiles. Sin embargo, Barnabás,
como me contó, creía ver claramente lo grande que era el
poder y el saber de esos funcionarios tan discutibles de la
oficina en que podía permanecer. Me describió cómo
dictaban, rapido, con los ojos semicerrados, y breves
ademanes; cómo despachaban, sólo con el dedo índice y
sin decir una palabra, a los quejosos sirvientes, que en esos
instantes sonreían felices mientras respiraban
dificultosamente, o cómo encontraban un pasaje importante
en sus libros, llamaban la atención sobre él con una
palmada y los demás acudían presurosos, estorbándose
mutuamente debido a la estrechez del pasillo, y alargaban
los cuellos para poder verlo. Eso y otras cosas similares
alimentaban la fantasía de Barnabás acerca de esa gente y
tenía la sensación de que si ellos llegaran a fijarse en él y
pudiera intercambiar con ellos algunas palabras, no como
un extraño, sino como un colega de oficina, aunque
subordinado, podría lograr algo impredecible para nuestra
familia. Pero no ha llegado tan lejos y Barnabás no se atreve
a hacer algo que pudiera aproximarlo a eso, a pesar de que
sabe muy bien que pese a su juventud ha ocupado entre
nosotros, a causa de las infelices circunstancias, la posición
tan cargada de responsabilidad del cabeza de familia. Y

284
El Castillo

para colmo hace una semana llegaste tú. Lo oí mencionar a


alguien en la posada de los señores, pero no me interesé
por el asunto. Había llegado un agrimensor, ni siquiera
sabía qué profesión era ésa. Pero a la noche siguiente llegó
Barnabás a casa —yo solía salir a su encuentro a una hora
determinada—, más pronto que de costumbre, miró a
Amalia, que en ese instante se encontraba en la habitación,
y por eso me sacó a la calle, allí presionó su rostro sobre mi
hombro y lloró durante varios minutos. Ha vuelto a ser el
joven de antes. Le ha ocurrido algo para lo que no está
preparado. Es como si un nuevo mundo se hubiese abierto
repentinamente ante él y no pudiese soportar las
inquietudes que le produce esa novedad. Y lo único que le
ha ocurrido es que ha recibido una carta para ti, pero
ciertamente se trata de la primera carta, del primer trabajo
que le han encargado.
Olga dejó de hablar. Todo se quedó en silencio, sólo se oía
la respiración fatigosa de los padres. K, como para
completar el relato de Olga, dijo sin reflexionar:
—Habéis simulado conmigo. Barnabás me trajo la carta
como si fuese un mensajero con experiencia y muy ocupado
y tanto tú como Amalia, que en esto estaba de acuerdo con
vosotros, hicisteis como si el servicio de mensajero y las
cartas no fuesen sino algo secundario.
—Tienes que distinguir entre nosotros —dijo Olga—.
Barnabás, gracias a las dos cartas, se ha convertido de
nuevo en un niño feliz, pese a todas las dudas que tiene en
su actividad. Esas dudas sólo las tiene para él y para mí,
frente a ti, sin embargo, busca su honor en presentarse
como un mensajero real, del modo en que, según su idea,
tienen que presentarse los mensajeros de verdad. Por eso,
por ejemplo, y aunque su esperanza de recibir un traje
oficial ha aumentado, en dos horas tuve que cambiarle tanto
el pantalón como para que fuese al menos parecido al

285
Librodot El castillo Franz Kafka

pantalón ajustado del traje oficial y así poder darte una


buena impresión, ya que tú a este respecto eres fácil de
engañar. Así es Barnabás. Amalia, en cambio, desprecia
realmente el servicio de mensajero y ahora que Barnabás
parece tener algo de éxito, como se puede reconocer
fácilmente tanto en él como en mí misma y se puede deducir
de nuestros encuentros y cuchicheos, ahora le desprecia
aún más que antes. Así pues, ella dice la verdad, no
cometas nunca el error de dudar de ello. Pero si yo, K, he
menospreciado alguna vez el servicio de mensajero, no
ocurrió con la intención de engañarte, sino a causa del
miedo. Esas dos cartas que han pasado hasta ahora por las
manos de Barnabás son, desde hace tres años, el primer
signo de gracia, por muy dudoso que sea, que ha recibido
nuestra familia. Este cambio, si realmente se trata de un
cambio y no de una ilusión —las ilusiones son más
frecuentes que los cambios—, está en relación con tu
llegada; nuestro destino, en cierto modo, se ha hecho
dependiente de ti, quizá esas dos cartas sean sólo el inicio y
la actividad de Barnabás pueda extenderse más allá del
servicio de mensajero que te presta a ti —en eso
pondremos nuestras esperanzas tanto tiempo como
podamos—, pero por ahora todo apunta en tu dirección. Allí
arriba tenemos que contentarnos con lo que se nos da, aquí
abajo, en cambio, tal vez podamos hacer algo, esto es:
asegurarnos tu favor o, al menos, evitar tu rechazo o, lo que
es más importante, protegerte hasta donde alcancen
nuestras fuerzas y nuestra experiencia para que contigo no
se pierda la conexión con el castillo, de la que tal vez
podríamos vivir. ¿Cómo podemos conseguirlo de la mejor
manera? Intentando que no alimentes sospechas contra
nosotros cuando nos aproximemos a ti, pues aquí eres un
extraño y por lo tanto algo sospechoso en todas partes, algo
legítimamente sospechoso. Además, a nosotros nos
desprecian y tú te ves influido por la opinión general,

286
El Castillo

especialmente a través de tu novia, ¿cómo podemos


entonces acercarnos a ti sin, por ejemplo, y aunque
nosotros no tengamos esa intención, enfrentarnos a tu novia
y, por tanto, sin mortificarte? Y los mensajes que yo he leído
detalladamente antes de que tú los recibieras —Barnabás
no los ha leído, al ser mensajero no le está permitido— a
primera vista no parecían muy importantes, todo lo contrario,
parecían anticuados, ellos mismos se quitaban importancia
al remitirte al alcalde. ¿Cómo tenemos que comportarnos
contigo a este respecto? Si aumentamos su importancia,
nos hacemos sospechosos de valorar en demasía algo que
es evidente carece de importancia o de ensalzarnos ante ti
como los portadores de las noticias, pero si no
persiguiésemos tus objetivos, podríamos menospreciar las
noticias y engañarte contra nuestra voluntad. Sin embargo,
si no atribuimos mucho valor a las cartas, también nos
hacemos sospechosos, pues ¿por qué nos ocuparíamos
entonces de llevar esas cartas sin importancia a su
destinatario? Aquí nuestros actos rebatirían nuestras
palabras, pues no sólo no te engañaríamos a ti, al
destinatario, sino también a nuestro mandante, que,
ciertamente, no nos dio las cartas para que rebajásemos su
valor ante el destinatario con nuestras explicaciones. Y
encontrar el justo medio entre las exageraciones, esto es,
interpretar correctamente las cartas, es imposible, cambian
continuamente de valor; las reflexiones a que dan pie son
infinitas y el lugar donde uno se detiene viene determinado
por la casualidad, así que las opiniones resultantes también
son casuales. Y si encima a ello se añade el miedo que
tenemos por ti, todo se confunde, no puedes juzgar mis
palabras con mucha severidad. Cuando, por ejemplo, como
ya ha ocurrido una vez, viene Barnabás con la noticia de
que estás insatisfecho con su servicio y él, guiado por el
susto, así como, desgraciadamente, por su sensibilidad de
mensajero, considera dimitir de su puesto, entonces estoy

287
Librodot El castillo Franz Kafka

dispuesta, para reparar el error, a engañar, mentir, estafar, a


realizar cualquier perversidad si puede ayudar. Pero eso lo
hago, al menos así lo creo, tanto por ti como por nosotros.
Llamaron. Olga se acercó a la puerta y la abrió. En la
oscuridad se vio un resplandor procedente de una linterna
sorda. El visitante tardío murmuró algunas preguntas y
recibió algunos murmullos de respuesta, pero no quedó
satisfecho con ello y quiso entrar en la habitación. Olga no
pudo impedírselo y llamó, por lo tanto, a Amalia, de quien
esperaba que, para proteger el sueño de sus padres, haría
todo lo posible para alejar al visitante. Y, ciertamente,
apareció deprisa, echó a Olga hacia un lado, salió a la calle
y cerró la puerta tras de sí. Sólo transcurrió un instante y
volvió a entrar, tan rápidamente había logrado lo que había
sido imposible para Olga.
K se enteró por Olga de que la visita le había concernido a
él, había sido un ayudante que le buscaba por encargo de
Frieda. Olga había querido protegerle del ayudante; si más
tarde quería reconocer ante Frieda su visita, podía hacer lo
que quisiera, pero no podía ser descubierto por los
ayudantes; K lo aprobó. No obstante, rechazó la oferta de
Olga de quedarse a dormir allí y esperar a Barnabás; por él
quizá habría aceptado, pues ya era muy tarde y le parecía
que, quisiéralo o no, estaba unido de tal manera a esa
familia que un alojamiento allí, por otros motivos quizá
desagradable, sin embargo, respecto a ese vínculo, sería lo
más natural en todo el pueblo, pero rechazó la oferta, la
visita del ayudante le había asustado, le resultaba
incomprensible cómo Frieda, que conocía su voluntad, y los
ayudantes, que habían aprendido a temerle, habían vuelto a
unirse de tal manera que Frieda no dudaba en mandarle a
uno de ellos, por lo demás a uno solo, mientras el otro se
quedaba con ella. Preguntó a Olga si tenía un látigo, pero no
tenía, aunque sí una buena vara de mimbre, que K tomó; a

288
El Castillo

continuación, preguntó si había otra salida de la casa; había


otra por el patio, pero luego había que trepar por la verja del
jardín del vecino y atravesar ese jardín hasta llegar a la
calle. Eso es lo que K quiso hacer. Mientras Olga le
acompañaba a través del patio hasta la verja, K intentó
tranquilizarla lo más rápidamente posible, explicándole que
no se había enojado con ella debido a sus ardides en el
relato de lo acontecido, sino que lo comprendía muy bien, le
agradeció la confianza que había depositado en él y que
había demostrado con sus palabras y le encargó que
enviase a Barnabás a la escuela en cuanto llegase, aunque
fuese por la noche. Aunque los mensajes de Barnabás no
constituían su única esperanza, en ese caso su futuro se
vería negro, tampoco quería renunciar a ellos, quería
atenerse a ellos y no olvidar a Olga, pues para él Olga era
aún más importante que los mensajes: su valor, su
prudencia, su astucia, su sacrificio por la familia. Si tuviese
que elegir entre ella y Amalia, no le costaría reflexionar
mucho. Y le estrechó efusivamente la mano, mientras se
disponía a trepar por la verja del jardín vecino.
Cuando se encontró en la calle vio, en la medida en que se
lo permitía la oscuridad de la noche, cómo el ayudante
seguía yendo y viniendo ante la puerta de la casa de
Barnabás, a veces se detenía e intentaba iluminar el interior
a través de la ventana cubierta con una cortina. K le llamó;
sin asustarse visiblemente, dejó de espiar la casa y se
dirigió hacia donde estaba K.
¿A quién buscas? —preguntó K, y probó en su pierna la
flexibilidad de la vara de mimbre.
—A ti —dijo el ayudante mientras se aproximaba.
¿Quién eres tú? —dijo repentinamente K, pues no le
parecía que fuese el ayudante. Parecía más viejo, cansado
y arrugado, aunque con un rostro más lleno, también su

289
Librodot El castillo Franz Kafka

paso era muy diferente al paso ágil, como electrizado en las


articulaciones de los ayudantes, era más lento, cojeante,
enfermizo.
—¿No me reconoces? —preguntó el hombre—. Soy
Jeremías, tu antiguo ayudante.
¿Sí? —dijo K, y dejó asomar de nuevo la vara, que había
escondido a su espalda—. Pero tu aspecto es muy
diferente.
—Es porque estoy solo —dijo Jeremías—, cuando estoy
solo, desaparece la alegre juventud.
—¿Dónde está Artur? —preguntó K.
—¿Artur? —preguntó Jeremías—. ¿El niño mimado? Ha
abandonado el servicio. Fuiste demasiado duro con
nosotros. Su alma delicada no lo ha soportado. Ha
regresado al castillo y va a poner una denuncia contra ti.
¿Y tú? —preguntó K.
—Yo he podido permanecer aquí, Artur también pone la
denuncia en mi nombre.
¿De qué os quejáis? —preguntó K.
—De que no entiendes ninguna broma —dijo Jeremías—.
¿Qué hemos hecho? Hacer unas cuantas bromas, reírnos
un poco, importunar algo a tu novia. Todo, por lo demás,
según lo que nos encargaron. Cuando Galater nos envió a
ti...
¿Galater? —preguntó K.
—Sí, Galater —dijo Jeremías—, entonces representaba a
Mamm. Cuando nos envió a ti, dijo —lo recuerdo muy bien
pues a eso apelamos— que nosotros íbamos como los
ayudantes del agrimensor. Nosotros dijimos: no entendemos
nada de ese trabajo. Él respondió: eso no es lo más
importante; si es necesario, él os instruirá al respecto. Pero

290
El Castillo

lo más importante es que le entretengáis un poco. Me han


informado de que todo se lo toma muy a pecho. Acaba de
llegar al pueblo y ya le parece un gran acontecimiento, pero
en realidad no significa nada. Eso es lo que le tenéis que
transmitir.
—Bien —dijo K—, ¿ha tenido razón Galater y habéis
cumplido su encargo?
—No lo sé —dijo Jeremías—, tampoco ha sido posible en
un tiempo tan breve. Sólo sé que tú has sido muy grosero y
por eso nos quejamos. No entiendo cómo tú, que no eres
más que un empleado y ni siquiera un empleado del castillo,
no puedes comprender que nuestro servicio es un trabajo
duro y que es muy injusto dificultar a propósito y de forma
tan infantil la labor de los trabajadores como tú has hecho.
Te recuerdo la desconsideración con la que nos dejaste que
nos congeláramos en la verja o cómo golpeaste con el puño
a Artur cuando se encontraba en el jergón, un hombre a
quien una palabra negativa le duele durante días, o cómo
me perseguiste a mí por la nieve en plena noche, por lo que
necesité una hora para recuperarme de la persecución. ¡Ya
no soy joven!
—Querido Jeremías —dijo K—, tienes razón, pero
deberías exponérselo todo a Galater. Él ha sido quien os ha
enviado por propia voluntad, yo no se lo he pedido. Y como
no os había reclamado, nada me impedía devolveros, y
habría preferido hacerlo en paz y sin violencia, pero al
parecer vosotros no lo queríais de otra forma. ¿Por qué no
me hablaste con la misma sinceridad cuando nos vimos por
primera vez?
—Porque estaba de servicio —dijo Jeremías—, eso es
evidente.
—Y ahora ¿ya no estás de servicio? —preguntó K.

291
Librodot El castillo Franz Kafka

—Ya no —dijo Jeremías—, Artur ha renunciado al servicio


en el castillo o al menos ha abierto el procedimiento que nos
liberará definitivamente de ti.
—Pero ahora me buscas como si siguieras de servicio —
dijo K.
—No —dijo Jeremías—, sólo te busco para tranquilizar a
Frieda. Cuando la abandonaste por la muchacha de los
Barnabás, fue muy infeliz, no tanto por la pérdida como por
tu traición, por lo demás lo había visto venir desde hacía
tiempo y por eso había sufrido. Precisamente regresé a la
ventana de la escuela para comprobar si tal vez te habías
vuelto más razonable, pero ya no estabas allí, sólo estaba
Frieda, que lloraba sentada en un banco de la escuela.
Entonces me acerqué a ella y llegamos a un acuerdo. Ya he
cumplido mi parte. Soy camarero en la posada de los
señores, al menos mientras en el castillo no se haya llegado
a una solución en mi asunto, y Frieda está de nuevo en la
taberna. Es mejor para Frieda. No había nada razonable en
convertirse en tu esposa. Y tú tampoco has sabido valorar el
sacrificio que suponía para ella. Ahora, sin embargo, la muy
bondadosa aún tiene dudas de si no se ha cometido una
injusticia contigo, de si tu tal vez no estuviste con la
muchacha de los Barnabás. Aunque, naturalmente, no había
ninguna duda de dónde estabas, yo he venido para
cerciorarme de una vez por todas, pues, después de tanta
agitación, Frieda merece dormir con tranquilidad, yo, por lo
demás, también. Así que he venido hasta aquí y no sólo te
he encontrado, sino que además he podido comprobar que
las jovenzuelas comen de tu mano; especialmente la
morena, una auténtica tigresa, está a tu favor. Bueno, cada
uno según sus gustos. En todo caso, era innecesario que
tomases el rodeo por el jardín vecino, conozco el camino27.

292
El Castillo

21

Así que había ocurrido lo que era de prever y no se había


podido impedir. Frieda le había abandonado. No tenía por
qué ser algo definitivo, tampoco era tan malo, podía volver a
conquistarla, se dejaba influir fácilmente por extraños, ante
todo por esos ayudantes que consideraban el puesto de
Frieda comparable con el suyo y, como habían abandonado
el servicio, también habían inducido a Frieda a hacerlo, pero
K sólo tenía que aparecer ante ella, recordarle todo lo que
hablaba en su favor y sería suya una vez más y llena de
arrepentimiento, sobre todo si fuese capaz de justificar la
visita a las muchachas con un éxito obtenido gracias a ellas.
Sin embargo, y pese a esas reflexiones con las que
intentaba tranquilizarse respecto a Frieda, no lograba
calmarse. Hacía poco se había preciado de Frieda ante
Olga y la había llamado su único apoyo, bueno, ese apoyo
no había sido de lo más sólido, ni siquiera había sido
necesario el ataque de un poderoso para robárselo a K,
bastó ese desagradable ayudante, ese trozo de carne que a
veces daba la impresión de ni siquiera estar vivo.
Jeremías ya había comenzado a alejarse, K le llamó:
—Jeremías —dijo—, quiero ser sincero contigo:
respóndeme honradamente una pregunta. Entre nosotros ya
no existe una relación entre señor y sirviente, por lo que no
sólo te alegras tú, sino también yo, así que no tenemos
ninguna razón para engañarnos. Aquí, ante tus ojos, rompo
la vara que reservaba para ti, pues no he escogido el
camino del jardín por miedo, sino para sorprenderte y dejar
caer la vara más de una vez sobre tus espaldas. Bien, no
me lo tomes a mal, todo eso es historia, si no fueras un
sirviente que se me ha impuesto oficialmente, sino sólo un

293
Librodot El castillo Franz Kafka

conocido, nos hubiésemos entendido muy bien, aunque


algunas veces tu aspecto me moleste un poco. Y ahora
podríamos recobrar el tiempo perdido.
—¿Así lo crees? —dijo el ayudante, y se frotó los
cansados ojos mientras bostezaba—. Podría explicarte todo
el asunto de una forma más detallada, pero no tengo
tiempo, tengo que ir a ver a Frieda, la niña me espera, aún
no se ha puesto a trabajar, el posadero, convencido por mis
palabras —ella quería concentrarse en seguida en el
trabajo, probablemente para olvidar— le ha dado un periodo
para que se recupere y al menos ese tiempo queremos
pasarlo juntos. En lo que respecta a tu proposición,
ciertamente no tengo ningún motivo para mentirte, pero
tampoco para confiarte algo. Mi caso es diferente al tuyo.
Mientras estaba en relación de servicio contigo, para mí
eras, naturalmente, una persona muy importante, no por tus
atributos, sino a causa del encargo oficial, y lo habría hecho
todo por ti, lo que hubieses querido, pero ahora me resultas
indiferente. Tampoco el que rompas la vara me afecta algo,
sólo me recuerda al señor tan brutal que he tenido y que no
ha sabido ganarse mi favor.
—Hablas conmigo —dijo K— con la seguridad de que ya
no vas a tener ningún motivo para temerme. Pero en
realidad no es así. Es probable que aún no te hayas liberado
por completo de mí, aquí no se resuelven estos asuntos con
tanta celeridad.
—A veces aún más rápido —objetó jeremías.
—A veces —dijo K—, nada indica que eso haya ocurrido
esta vez, al menos ni tú ni yo disponemos por ahora de una
cancelación por escrito. El procedimiento se ha puesto en
marcha y yo aún no he intervenido con mis conexiones,
aunque lo haré. Si la solución fuese desfavorable para ti,
aún no habrás hecho lo suficiente para ganarte el favor de tu

294
El Castillo

señor, quizá me haya precipitado al romper la vara. Y a


Frieda, es cierto, te la has llevado para ti, de lo que puedes
presumir todo lo que quieras, pero con todo el respeto por tu
persona, y aunque tú no tengas ninguno conmigo, unas
palabras mías a Frieda bastarían para destruir las mentiras
con que la has embaucado. Y sólo mentiras podrían apartar
a Frieda de mí.
—Tus amenazas no me asustan —dijo Jeremías—. Tú no
quieres tenerme como ayudante, todo lo contrario, me
temes como ayudante, temes a los ayudantes en sí mismos,
sólo por miedo golpeaste al bueno de Artur.
—Tal vez —dijo K—, ¿le ha hecho por ello menos daño?
Es posible que te muestre con más frecuencia mi miedo de
esa misma manera. Ya veo que ä ti eso de ayudar no te
procura muchas alegrías, así que obligarte a cumplir con tu
deber me divertirá mucho más, prescindiendo de todo el
miedo. Y además ahora me las arreglaré para sólo tomarte
a ti a mi servicio, sin Artur, así podré prestarte más atención.
¿Acaso crees dijo jeremías— que tengo miedo de todo
eso?
—Pues sí, sí lo creo —dijo K—. Un poco de miedo sí que
tienes y si eres listo, mucho miedo. ¿Por qué no te has ido
ya con Frieda? Di, ¿la amas?
¿Que si la amo? Es una chica buena y lista, una antigua
amante de Klamm, así que respetable en todo caso. Y si ella
me pide continuamente que la libere de ti, ¿por qué no
debería hacerle ese favor, especialmente cuando al hacerlo
no te causo ningún daño a ti, pues te consuelas con las
malditas mujeres de los Barnabás?
—Ahora veo tu miedo —dijo K—, un miedo lamentable,
intentas atraparme con tus mentiras. Frieda sólo ha pedido
una cosa, que la liberen de los perrunos y lascivos
ayudantes que se han tornado incontrolables, por desgracia

295
Librodot El castillo Franz Kafka

no he tenido tiempo para cumplir completamente sus


deseos y ahora ya están aquí las secuelas de mi
negligencia.
—¡Señor agrimensor! ¡Señor agrimensor! —gritó alguien
en la calle. Era Barnabás. Venía jadeante, pero no olvidó
inclinarse ante K.
—Lo he conseguido —dijo.
¿Qué has conseguido? —preguntó K—. ¿Has llevado mi
petición a Klamm?
—Eso no pude hacerlo —dijo Barnabás—, me he
esforzado mucho, pero fue imposible; me abrí camino,
permanecí allí todo el día sin que nadie me requiriese, tan
cerca del pupitre que incluso un escribiente a quien le
quitaba la luz me empujó hacia un lado; me anuncié, lo que
está prohibido, con la mano levantada cuando Klamm miró
hacia arriba, fui el que más tiempo permaneció en la oficina,
me quedé allí solo con el sirviente cuando tuve una vez más
la oportunidad de ver a Klamm, pero no vino por mi causa,
sólo quería comprobar rápidamente algo en un libro y se fue
al instante, finalmente el sirviente me expulsó, casi con la
escoba, pues aún no tenía la intención de moverme de allí.
Te confieso todo esto para que no te muestres insatisfecho
de mi rendimiento.
¿De qué me sirve toda tu diligencia, Barnabás —dijo K—,
si no conduce a ningún éxito?
—Pero tuve éxito —dijo Barnabás—. Cuando salí de mi
oficina—yo la llamo mi oficina—, vi cómo venía lentamente
un señor por el largo pasillo, todo lo demás ya estaba vacío,
era muy tarde, decidí esperarle, era una buena oportunidad
para permanecer allí, en realidad hubiese preferido
permanecer allí para no tener que traerte la mala noticia.
Pero mereció la pena esperar a ese señor, era Erlanger 28.
¿No le conoces? Es uno de los primeros secretarios de

296
El Castillo

Klamm, un hombre pequeño y débil que cojea un poco. Me


reconoció en seguida, es famoso por su memoria y su
conocimiento de la naturaleza humana, se limita a contraer
las cejas y eso le basta para reconocer a alguien, con
frecuencia a personas que ni siquiera ha visto, de las que
sólo ha oído o leído, a mí, por ejemplo, no creo que me
hubiese visto nunca. Pero a pesar de que reconoce a
cualquier persona, siempre pregunta como si estuviera
inseguro. «¿No eres Barnabás?», me dijo. Y luego preguntó:
«Tú conoces al agrimensor, ¿verdad?» Y, a continuación,
dijo: «Es una feliz coincidencia. Ahora mismo me voy a la
posada de los señores. El agrimensor me tiene que visitar
allí. Vivo en la habitación N.° 15. Pero tendría que venir
ahora, en seguida, allí tengo unas entrevistas y regresaré a
las cinco de la mañana. Dile que es importante que hable
con él».
De repente Jeremías salió corriendo. Barnabás, que por su
agitación apenas le había prestado atención, preguntó:
¿Qué quiere Jeremías?
—Anticiparse a mí para ver a Erlanger —dijo K, que salió
corriendo detrás de Jeremías, le alcanzó y le sostuvo por el
brazo, diciendo:
¿Es el anhelo de ver a Frieda lo que ha causado esa
despedida tan repentina? Yo no lo siento menos, así que
iremos al mismo paso.
Ante la oscura posada de los señores se encontraba un
pequeño grupo de hombres, dos o tres tenían linternas de
mano, de tal forma que se podían reconocer algunos
rostros. K sólo encontró a un conocido, a Gerstäcker, el
cochero. Gerstäcker le saludó con la pregunta:
—¿Aún estás en el pueblo?
—Sí —dijo K—, he venido para quedarme.

297
Librodot El castillo Franz Kafka

—A mí me da igual —dijo Gerstäcker, tosió con fuerza y se


volvió hacia los demás.
Resultó que todos esperaban a Erlanger. Este último ya
había llegado, pero aún se entrevistaba con Momus antes
de recibir a las partes. La conversación general se centraba
en que no se podía esperar en la casa, sino fuera, de pie en
la nieve. Aunque no hacía mucho frío, era desconsiderado
dejar a aquellas personas quizá durante horas ante el
edificio. Cierto, no era culpa de Erlanger, que más bien era
muy transigente, apenas sabía nada de ello y con toda
seguridad se habría enojado mucho si se lo hubiesen
comunicado. Era culpa de la posadera, que en su enfermiza
aspiración por la exquisitez, no soportaba que entrasen
muchas personas al mismo tiempo en la posada de los
señores. «Ya que es inevitable y tienen que venir», solía
decir, «entonces, por amor de Dios, uno detrás de otro». Y
finalmente había logrado que las personas que primero
esperaban en el recibidor, más tarde en la escalera, luego
en el pasillo y, por último, en la taberna, fueran expulsados a
la calle. Y ni siquiera eso le bastó. Le parecía insufrible
quedar «sitiada» en su propia casa, como ella se expresaba.
Le resultaba incomprensible por qué había ese trajín de
personas. «Para ensuciar la escalera», le contestó una vez
un funcionario a su pregunta, quizá enojado, pero para ella
fue una respuesta muy esclarecedora y solía citar esas
palabras29. Aspiraba, y en esto también se acomodaba a los
gustos de los interesados, a que se construyera un edificio
frente a la posada de los señores en el que pudieran
esperar. Pero lo que más deseaba era que las entrevistas
con las partes, así como los interrogatorios, se celebrasen
fuera de la posada, pero a eso se oponían los funcionarios y
cuando los funcionarios se oponían seriamente, la posadera
no podía imponerse, por más que en las cuestiones
accesorias, y debido a su celo incansable y femenino,

298
El Castillo

ejerciese una especie de pequeña tiranía. Pero la posadera


tendría que seguir tolerando previsiblemente las entrevistas
y los interrogatorios en la posada, pues los señores del
castillo, cuando estaban en el pueblo, se negaban a
abandonar la posada para asuntos oficiales. Siempre tenían
prisa, sólo estaban en el pueblo contra su voluntad,
alargaban su estancia allí sólo para lo absolutamente
necesario, no tenían nada de ganas y, por eso, no se podía
exigir de ellos que, en consideración a la paz doméstica en
la posada, se trasladasen temporalmente con todos sus
escritos a cualquier otro edificio y así perder el tiempo. Los
funcionarios preferían resolver los asuntos oficiales en la
taberna o en su habitación, a ser posible durante la comida
o desde la cama, antes de dormirse o por la mañana,
cuando estaban demasiado cansados para levantarse y
querían estirarse un poco en la cama. En cambio, la
cuestión de la construcción de una sala de espera en otro
edificio les parecía una solución ventajosa, aunque,
ciertamente, se trataba de un castigo considerable para la
posadera —se reían un poco sobre ello—, pues
precisamente el asunto de la construcción de una sala de
espera haría necesarias numerosas entrevistas y los
pasillos de la casa no podrían quedar vacíos.
Sobre todas estas cosas se conversaba a media voz entre
los que esperaban. A K le llamó la atención que, aunque la
insatisfacción era grande, nadie reprochaba a Erlanger que
convocase a los interesados en plena noche. Preguntó al
respecto y recibió la información de que por esa medida
habría que estarle más bien agradecido. A fin de cuentas,
era exclusivamente su buena voluntad y la gran estima que
tenía de su cargo lo que le impulsaba a venir al pueblo, él, si
quisiera —y tal vez correspondiese mejor a los reglamentos
—, podría enviar a un secretario subalterno y dejar que él
rellenase las actas. Pero se niega la mayoría de las veces a

299
Librodot El castillo Franz Kafka

hacer esto, quiere verlo y oírlo todo, pero para eso tiene que
sacrificar sus noches, pues en su horario de trabajo no hay
previsto ningún tiempo para viajes al pueblo. K objetó que
Mamm venía al pueblo por el día y que incluso permanecía
allí varios días, ¿acaso era Erlanger, que sólo tenía el cargo
de secretario, más indispensable arriba? Algunos rieron
bondadosamente, otros callaron confusos, estos últimos
formaban la mayoría y apenas le contestaron algo a K. Sólo
uno dijo algo vacilante que, naturalmente, Klamm era
indispensable, tanto en el castillo como en el pueblo.
En ese momento se abrió la puerta de la posada y
apareció Momus entre dos sirvientes con dos lámparas.
—Los primeros a los que dará audiencia el señor
secretario Erlanger —dijo— son Gerstäcker y K. ¿Están
presentes?
Ellos se anunciaron, pero antes que ellos jeremías se
deslizó en el interior con las palabras:
—Soy camarero aquí.
Y fue saludado por un Momus sonriente con una palmada
en el hombro.
«Tendré que prestar más atención a Jeremías» —se dijo
K, aunque era consciente de que jeremías probablemente
era menos peligroso que Artur, quien trabajaba contra él en
el castillo. Tal vez fuese más astuto dejarse atormentar por
los ayudantes que dejarlos vagar sin control para que
pudiesen intrigar libremente, para lo que, por cierto,
parecían tener un talento especial.
Cuando K pasó al lado de Momus, éste hizo como si
reconociese en él en ese momento al agrimensor.
—¡Ah, el señor agrimensor! —dijo—. El que no le gusta
que le interroguen, se apresura ahora para llegar al
interrogatorio. Conmigo hubiese sido entonces mucho más

300
El Castillo

fácil, aunque, ciertamente, es difícil escoger los


interrogatorios adecuados.
Cuando K quiso detenerse para contestar a esa alusión,
Momus
dijo:
—¡Vaya! ¡Vaya! Aquella vez habría necesitado sus
respuestas, ahora no.
Sin embargo, K contestó, irritado por la conducta de
Momus.
—Sólo pensáis en vosotros. No responderé por el mero
hecho de que se me interrogue de oficio, ni lo hice antes ni
lo haré ahora.
Momus dijo:
—¿En quién tenemos que pensar entonces? ¿Quién sigue
aquí? ¡Váyase!
En el pasillo le recibió un sirviente que le condujo por el
camino ya conocido por K a través del patio, luego por la
puerta y el corredor bajo y descendente. En los pisos
superiores vivían al parecer sólo los funcionarios superiores,
los secretarios, en cambio, vivían en ese corredor, también
Erlanger, aunque era uno de los secretarios superiores. El
sirviente apagó su lámpara, pues allí había luz eléctrica.
Todo en el interior era pequeño pero construido con
elegancia. Se había aprovechado el poco espacio
disponible. El corredor tenía la altura justa para pasar por él
sin inclinarse; en los laterales se sucedía una puerta tras
otra; las paredes no llegaban hasta el techo, eso se debía
probablemente a motivos de ventilación, pues las pequeñas
habitaciones en ese corredor profundo y propio de un
sótano no tenían ventanas. La desventaja de esas paredes
incompletas era el alboroto en el corredor y en las
habitaciones. Muchas de éstas parecían ocupadas, en la

301
Librodot El castillo Franz Kafka

mayoría de ellas aún había personas despiertas, se oían


voces, golpes de martillo, tintineos de cristal, pero no se
tenía la impresión de que reinase una especial alegría. Las
voces parecían sofocadas, apenas se entendía aquí y allá
una voz, tampoco daban la sensación de ser
conversaciones, probablemente alguien dictaba a alguien o
le leía algo; precisamente en la habitación en la que se oía
el ruido de copas y platos no se oía ninguna palabra y los
martillazos recordaron a K algo que le habían contado, que
algunos funcionarios, para recuperarse de los continuos
esfuerzos intelectuales, se ocupaban a ratos con carpintería,
mecánica de precisión u otras actividades similares. El
corredor estaba vacío, sólo ante una puerta se sentaba un
señor alto, pálido y delgado con un abrigo de piel, bajo el
cual se podía ver el pijama, era probable que hubiese
sentido la escasa ventilación en su habitación, así que había
salido, se había sentado y leía el periódico, pero sin
concentrarse, a veces dejaba de leer con bostezos, se
inclinaba y miraba por el corredor, tal vez esperase a alguna
de las partes a la que había citado y que se había olvidado
de venir. Cuando pasaron a su altura, el sirviente le dijo a
Gerstäcker en referencia al señor sentado:
—¡El Pinzgauer!
Gerstäcker asintió.
—Hacía tiempo que no bajaba—dijo.
—Sí, hace mucho tiempo —confirmó el sirviente.
Finalmente llegaron ante una puerta que no era diferente
de las demás y detrás de la cual, como informó el sirviente,
vivía Erlanger. El sirviente se subió a los hombros de K y
miró por la parte de arriba en la habitación.
—Está en la cama —dijo el sirviente bajándose—, aunque
vestido, pero creo que dormita. A veces le asalta un enorme
cansancio aquí en el pueblo, por el cambio de la forma de

302
El Castillo

vida. Tenemos que esperar. Cuando se despierte, llamará.


No obstante, ha llegado a ocurrir que se ha quedado
dormido durante toda su estancia en el pueblo y después de
despertarse se ha ido inmediatamente al castillo. A fin de
cuentas se trata de un trabajo voluntario el que aquí realiza.
—Es preferible que duerma hasta el final —dijo Gerstäcker
—, pues si después de despertarse aún le queda algo de
tiempo para trabajar se muestra muy enojado por haberse
quedado dormido e intenta resolver las cuestiones con prisa
y uno no puede decirlo todo.
¿Usted viene por la concesión de los transportes para el
nuevo edificio? —preguntó el sirviente.
Gerstäcker asintió, llevó al sirviente a un lado y habló en
voz baja con él, pero el sirviente apenas le escuchó, miró
sobre Gerstäcker, pues le superaba en más de una cabeza,
y se acarició lentamente y con seriedad el pelo.

303
Librodot El castillo Franz Kafka

22

Entonces K vio, al mirara su alrededor, en la lejanía, en


una de las esquinas del corredor, a Frieda; ella hizo como si
no le reconociera, se limitaba a mirarle fijamente, en la
mano llevaba una taza y varios platos vacíos. K le dijo al
sirviente, quien, sin embargo no le prestó ninguna atención
—cuanto más se hablaba con el sirviente, más ausente se
mostraba—, que volvería en seguida, y corrió hacia Frieda.
Al llegar a donde estaba la cogió por los hombros, como si
recuperase su posesión, le hizo algunas preguntas
insignificantes y miró sus ojos con actitud examinadora.
Pero su aspecto tenso no cambió, intentó algo confusa
colocar algunos platos sobre una taza y dijo:
—¿Qué quieres de mí? Vete con ellas..., bueno, ya sabes
cómo se llaman, precisamente vienes de su casa, puedo
verlo en tu mirada.
K cambió rápidamente de tema, la entrevista no tenía que
producirse de manera tan repentina y comenzando por lo
peor, por lo más desventajoso para él.
—Pensaba que estarías en la taberna—dijo.
Frieda le miró asombrada y pasó suavemente la mano que
le quedaba libre por su frente y su mejilla. Era como si
hubiese olvidado su aspecto y quisiese volver a tomar
conciencia de él, también sus ojos tenían la expresión
velada de un recuerdo ganado con esfuerzo.
—He sido readmitida en la taberna —dijo lentamente,
como si careciese de importancia lo que pudiese decir, pero
condujese a una conversación con K y eso fuese lo más
importante—. Este trabajo no es para mí, lo puede hacer
cualquiera; cualquiera que sepa poner una cara amable o

304
El Castillo

hacer la cama y que no tema las molestias causadas por los


huéspedes, sino que ella misma dé pie a ellas, puede ser
una criada. Pero en la taberna, eso es muy distinto. Acabo
de ser readmitida en la taberna, aunque la abandoné de una
forma no muy honrosa; tengo que reconocer, sin embargo,
que he tenido protección. Pero el posadero está contento de
que tenga protección y así le fuese posible readmitirme.
Incluso sucedió que tuvo que animarme para que aceptara
el puesto; si piensas en los recuerdos que me trae la
taberna, lo comprenderás. Finalmente, he aceptado el
puesto. Aquí sólo estoy como ayudante, Pepi ha pedido que
no la avergüencen teniendo que abandonar en seguida la
taberna; por esa razón, y porque ha trabajado con diligencia
y ha cumplido con su deber en los límites de su capacidad,
le hemos concedido un plazo de veinticuatro horas.
—Todo eso está muy bien dispuesto —dijo K—, ahora
bien, tú abandonaste una vez la taberna por mi causa, ¿y
ahora que estamos a punto de casarnos regresas a ella?
—No habrá ninguna boda —dijo Frieda.
—¿Porque te he sido infiel? —preguntó K.
Frieda asintió en silencio.
—Mira, Frieda —dijo K—, sobre esa supuesta infidelidad
ya hemos hablado con frecuencia y siempre has tenido que
reconocer finalmente que se trataba de una sospecha
injusta. Desde entonces no ha cambia do nada por mi parte,
todo es tan inocente como era y como no puede ser de otra
manera. Así que algo ha tenido que cambiar de tu parte, ya
sea por insinuaciones ajenas o por otros motivos. En todo
caso, conmigo cometes una injusticia, pues, ¿qué ocurre
con esas dos muchachas? Una de ellas, la morena —me
avergüenzo por tener que defenderme, pero tú así lo quieres
—, la morena no me resulta menos desagradable que a ti, si

305
Librodot El castillo Franz Kafka

puedo alejarme de ella, lo haré, y ella lo facilitará, pues no


se puede ser más reservada de lo que ella es.
—¡Así es! —exclamó Frieda, sus palabras parecían brotar
contra su voluntad. K se alegró de verla tan desorientada,
era diferente a como quería ser.
—Precisamente te gusta por su aspecto reservado, a la
más desvergonzada de todas la llamas reservada y tú lo
crees sinceramente; por muy inverosímil que parezca, no
disimulas, ya lo sé. La posadera de la posada del puente
dice de ti: «No le puedo soportar, pero tampoco lé puedo
abandonar, una no puede dominarse ante la mirada de un
niño pequeño, que aún no puede andar bien y se atreve a
alejarse, hay que intervenir».
Acepta por esta vez su consejo —dijo K sonriendo—, pero
a esa muchacha, ya sea reservada o una desvergonzada, la
podemos dejar a un lado, no quiero saber nada de ella.
—Pero, ¿por qué la llamas «reservada»? —preguntó
Frieda inflexible.
K tomó ese interés por una señal favorable.
¿Acaso lo has experimentado o quieres rebajar a otras? —
dijo ella.
—Ni lo uno ni lo otro —dijo K—, la llamo así por
agradecimiento, porque me facilita hacer caso omiso de ella
y porque, aun cuando ella me hablase con más frecuencia,
no lograría que regresase, lo que sería una gran pérdida
para mí, pues tengo que ir a causa de nuestro futuro común,
como ya sabes. Y por esta razón también tengo que hablar
con la otra joven, a quien aprecio por su aptitud, prudencia y
desinterés, pero de quien nadie puede afirmar que sea
seductora.
—Los criados son de otra opinión —dijo Frieda.

306
El Castillo

—Tanto en ese como en otros muchos aspectos —dijo K


—. ¿De los caprichos de los criados quieres deducir mi
infidelidad?
Frieda se calló y toleró que K tomase la taza de su mano,
la pusiera en el suelo, la cogiese del brazo y comenzasen a
caminar de un lado a otro en el reducido espacio.
—No sabes lo que es la fidelidad —dijo ella, resistiéndose
un poco a su proximidad—, el modo en que te comportas
con esas muchachas no es lo más importante; el hecho de
que vayas a la casa de esa familia, el olor de la habitación
en tu ropa ya suponen una vergüenza insoportable para mí.
Y, por añadidura, te vas de la escuela sin decirme nada, y te
quedas con ellas parte de la noche, y cuando alguien
pregunta por ti, dejas que ellas nieguen que estás allí, que lo
nieguen apasionadamente, sobre todo la reservada, que no
tiene rival. Luego sales furtivamente de la casa por un
camino secreto, quizá para proteger el honor de esas
muchachas, ¡el honor de esas muchachas! ¡No, no
hablemos más del asunto!
—De éste no —dijo K—, pero sí de otro muy diferente,
Frieda. De éste ya no hay nada más que decir. Tú conoces
el motivo de por qué debo ir. No me resulta fácil, pero tengo
que superarlo. No deberías ponérmelo más difícil de lo que
es. Hoy había pensado ir un instante y preguntar si
Barnabás, quien tenía que haberme traído un mensaje
importante desde hacía tiempo, por fin había llegado. No
había llegado aún, pero tenía que venir muy pronto, como
se me aseguró y también era creíble. No quería que viniese
a la escuela para que no te molestase con su presencia.
Pero las horas pasaron y, por desgracia, no vino. Sin
embargo, vino otro a quien odio. No tenía ganas de dejarme
espiar, así que salí por el jardín vecino, pero tampoco quería
esconderme de él, sino que salí libremente a la calle y me
dirigí hacia él, con una flexible vara de mimbre, como tengo

307
Librodot El castillo Franz Kafka

que confesar. Eso es todo, sobre ello ya no hay nada más


que decir, pero sí sobre otra cosa muy diferente. ¿Qué
ocurre con los ayudantes, cuya mención me resulta tan
repugnante como a ti la de esa familia? Compara tu relación
con ellos y mi comportamiento con esa familia. Comprendo
tu aversión contra esa familia y puedo compartirla. Sólo voy
a su casa por mi asunto, a veces casi me parece que
cometo una injusticia con ellos, que los utilizo. Lo contrario
ocurre contigo y con los ayudantes. No has negado que te
persiguen y has reconocido que sientes cierta atracción por
ellos. No me enojé contigo por ese motivo, he comprendido
que ahí había fuerzas en juego que te superan, estaba feliz
de que al menos te defendieras y sólo porque te he dejado
unas horas, confiando en tu fidelidad, y también con la
esperanza de que la casa estaba irremisiblemente cerrada y
los ayudantes se habían dado definitivamente a la fuga —
me temo que los sigo subestimando—, sólo porque te dejé
unas horas y ese jeremías —por cierto, un tipo envejecido y
enfermizo— ha osado asomarse a la ventana, sólo por eso
tengo que perderte, Frieda, y oír como saludo: «No habrá
ninguna boda». A mí sería a quien le correspondería hacerte
reproches y, sin embargo, no los hago, sigo sin hacerlos.
Y una vez más a K le pareció conveniente desviar un poco
a Frieda del tema y le pidió que trajera algo de comer, pues
no había comido nada desde el mediodía. Frieda, al parecer
también aligerada por la petición, asintió y se fue a buscar
algo, no por el corredor donde K suponía la cocina, sino por
otro lateral, bajando dos escalones. Al poco rato regresó con
un surtido de fiambres y una botella de vino, pero eran los
restos de una comida, lo que había quedado había sido
ordenado fugazmente para que no se notara, incluso
quedaban trozos de piel y la botella no estaba llena. Pero K
no dijo nada y se puso a comer con apetito.
¿Has estado en la cocina? —preguntó.

308
El Castillo

—No, en mi habitación —dijo ella—. Aquí abajo tengo una


habitación.
—Tendrías que haberme llevado contigo —dijo K—, bajaré
y me sentaré un poco para comer.
—Te traeré una silla —dijo Frieda, y ya se había puesto en
camino.
—Gracias —dijo K impidiendo que se fuese—. Ni voy a
bajar ni necesito una silla.
Frieda soportó la situación con insolencia, inclinó la cabeza
y se mordió los labios.
—Pues sí, está abajo —dijo—. ¿Esperabas otra cosa?
Está en mi cama, se ha constipado, tiembla de frío y apenas
ha comido. En el fondo todo es culpa tuya, si no hubieses
espantado a los ayudantes y no hubieras ido detrás de esa
gente, ahora mismo podríamos estar sentados
pacíficamente en la escuela. Pero has destrozado nuestra
felicidad. ¿Acaso crees que Jeremías, mientras estaba de
servicio, se habría atrevido a secuestrarme? En ese caso
desconoces el orden que rige aquí. Quería venir conmigo,
se ha atormentado, me ha espiado, pero sólo era un juego,
del mismo modo en que juega un perro hambriento y no se
atreve a saltar a la mesa. A mí me ocurrió lo mismo. Me
sentí atraída por él, es mi camarada de juegos de la infancia
—jugábamos juntos en la ladera de la montaña del castillo,
fueron tiempos felices, tú nunca me has preguntado por mi
pasado—, pero nada era importante mientras jeremías
estuviese impedido por el servicio, pues él conocía mi deber
como tu futura esposa. Pero entonces expulsaste a los
ayudantes y, por añadidura, te precias de ello, como si
hubieses hecho algo por mí, sólo en cierto sentido es
verdad. En el caso de Artur tuviste éxito, aunque sólo
provisionalmente, él es delicado, no tiene la pasión de
Jeremías, que no teme ninguna dificultad, también es

309
Librodot El castillo Franz Kafka

verdad que casi le has destrozado con tu puñetazo


nocturno, aquel puñetazo que también diste contra nuestra
felicidad; ha huido al castillo para quejarse y aunque
regresará pronto, ahora ya no está aquí. Jeremías, sin
embargo, se quedó. Cuando está de servicio teme hasta un
guiño del señor, pero cuando no lo está, no teme a nada ni a
nadie. Vino y me tomó; abandonada por ti y dominada por
mi viejo amigo, no pude ofrecer resistencia. No había
cerrado la puerta de la escuela, aun así rompió el cristal de
la ventana y me sacó. Huimos hasta aquí, el posadero le
respeta; además, nada le puede resultar más agradable a
los huéspedes que tener semejante camarero, así que
fuimos aceptados, él no vive en mi habitación, sino que
tenemos una habitación común.
—A pesar de todo eso que me cuentas —dijo K— no
lamento haber expulsado a los ayudantes de su trabajo. Si
la relación era como tú la describes, esto es, tu fidelidad
sólo se hallaba condicionada por el vínculo laboral de los
ayudantes, entonces está bien que todo haya finalizado. La
felicidad del matrimonio en medio de dos depredadores que
sólo se humillan bajo el látigo no hubiese sido mucha.
Entonces le quedo agradecido a esa familia que ha
contribuido su parte en separarnos.
Se callaron y comenzaron a caminar otra vez uno al lado
del otro sin que fuese posible distinguir quién había dado el
primer paso. Frieda, cercana a K, parecía enojada porque él
no la volvió a tomar del brazo.
—Y así todo estaría arreglado —continuó K—, y podríamos
despedirnos, tú podrías irte con tu señor Jeremías, que
probablemente aún siente el frío del jardín de la escuela y a
quien tú, en consideración a ello, ya le has abandonado
demasiado tiempo, y yo podré regresar a la escuela o, como
allí sin ti no tengo nada que hacer, a cualquier otro sitio
donde me acojan. Si, no obstante, aún vacilo, es por un

310
El Castillo

buen motivo: aún dudo un poco de lo que me has contado.


De Jeremías tengo la impresión contraria. Mientras estaba
de servicio, estaba detrás de ti y no creo que el servicio le
hubiese impedido por mucho tiempo asaltarte. Ahora, en
cambio, desde que considera que ha sido liberado del
servicio, es diferente. Disculpa si me lo aclaro de esta
manera: desde que tú has dejado de ser la novia de su
señor, ya no eres para él tan seductora como antes. Puedes
ser su amiga de los años de infancia, pero él —realmente
sólo le conozco por una conversación que he mantenido con
él esta noche— no creo que dé mucha importancia a esos
sentimientos. No sé por qué te parece un carácter
apasionado. Su forma de pensar me parece más bien fría.
Ha recibido, en relación conmigo, un encargo de Galater,
que tal vez no me sea favorable; él se esfuerza en
ejecutarlo, con cierta pasión servicial, como debo reconocer
—aquí no es demasiado rara—, y en su misión queda
incluida la ruptura de nuestra relación; él quizá lo ha
intentado de formas diferentes, una de ellas fue que intentó
atraerte con sus lascivas ignominias, otra, y aquí le ha
ayudado la posadera, al fabular acerca de mi infidelidad; su
ataque ha tenido éxito, cualquier recuerdo de Klamm puede
haber ayudado, pero ha perdido el puesto, aunque quizá
precisamente en el momento en que ya no lo necesitaba,
ahora recolecta los frutos de su trabajo y te saca por la
ventana de la escuela, con eso su trabajo ha terminado y,
abandonado por el celo servicial, aparece cansado, hubiese
preferido estar en el lugar de Artur, que desde luego no se
queja, sino que se dedica a alabarse y a conseguir nuevos
encargos, pero alguien tiene que quedarse atrás para
observar el desarrollo de los acontecimientos. Para él
sustentarte es un deber desagradable y pesado. En él no
hay ni una huella de amor hacia ti, me lo ha confesado con
toda sinceridad, como amante de Klamm, naturalmente, le
resultas respetable e instalarse en tu habitación y sentirse

311
Librodot El castillo Franz Kafka

como un pequeño Klamm, le viene de perlas, pero eso es


todo, tú, ahora, no significas nada para él, haberte
conseguido aquí un alojamiento no es más que una medida
complementaria de su encargo principal; él también ha
permanecido para que no te inquietes, pero sólo
provisionalmente, mientras no reciba nuevas del castillo y su
constipado no se haya curado del todo.
—¡Cómo le calumnias! —dijo Frieda golpeando sus
pequeños puños uno contra el otro.
¿Calumniar? —dijo K—. No, no le quiero calumniar. Tal
vez cometa con él una injusticia, eso es posible. Lo que he
dicho de él no se basa en rasgos superficiales, se puede
interpretar de otra manera. Pero ¿calumniar? Calumniar
sólo podría tener un objetivo: luchar contra el amor que
sientes por él. Si fuese necesario y la calumnia fuese un
medio adecuado, no dudaría en calumniarle. Nadie podría
condenarme por eso, está en tal ventaja respecto a mí por
su mandante, que yo, dependiendo sólo de mí, podría
calumniar un poco. Sería un medio de defensa
proporcionalmente inocente y, al fin y al cabo, impotente.
Así que deja tranquilos los puños.
Y K tomó la mano de Frieda en la suya; ella quiso
impedirlo, pero sonriendo y sin aplicar mucha fuerza.
—Pero no tengo que calumniar—dijo K—, pues tú no le
amas, sólo le crees y me quedarás agradecida si te libero de
esa ilusión. Si alguien quisiera apartarte de mí, sin violencia,
pero con una cuidadosa estrategia, entonces lo tendría que
hacer por mediación de los dos ayudantes. Jóvenes
aparentemente buenos, cándidos, alegres, irresponsables,
procedentes del castillo, a lo que se añade un poco de
recuerdos infantiles, todo eso es muy agradable, sobre todo
porque yo soy todo lo contrario, siempre detrás de asuntos
que no te resultan del todo comprensibles, que te son

312
El Castillo

enojosos, que me llevan a frecuentar gente que te parece


odiosa y algo de eso lo proyectas en mi persona, a pesar de
mi inocencia. Todo esto no es más que la explotación
perversa y, sin embargo, muy astuta de los defectos en
nuestra relación. Toda relación tiene defectos, incluso la
nuestra. A fin de cuentas, los dos procedemos de mundos
distintos y, desde que nos conocemos, la vida de cada uno
de nosotros ha tomado un camino completamente insólito,
aún nos sentimos inseguros, todo es demasiado nuevo. No
hablo de mí, eso no es tan importante, en el fondo yo me he
considerado agasajado desde el principio, desde la primera
vez que pusiste tus ojos en mí: acostumbrarse a ser
agasajado no es difícil. Tú, sin embargo, sin considerar lo
restante, fuiste arrancada de las manos de Klamm, no
puedo valorar lo que eso significa, pero paulatinamente me
he ido haciendo una idea, uno vacila, no puede orientarse, y
aunque hubiese estado dispuesto a acogerte otra vez, no
me hallaba presente y cuando lo estaba te retenían tus
ensueños o algo más vivo, como la posadera, en suma,
hubo momentos en que, pobre niña, apartaste la mirada de
mí, en que la dirigiste hacia algo indefinido y en esos
periodos intermedios se te tenían que presentar en la misma
dirección de tu mirada las personas adecuadas y ellas te
perdieron, sucumbiste a la ilusión de que, lo que eran
instantes, fantasmas, viejos recuerdos, en el fondo vida
pasada y ya transcurrida, eso creíste que aún era tu vida
real del presente. Un error, Frieda, nada más que la última
dificultad y, bien visto, la más despreciable, que impide
nuestra unión final. Vuelve en ti, serénate; si también
pensaste que los ayudantes habían sido enviados por
Klamm —no es cierto, vienen de Galater— y si también
pudieron hechizarte con ayuda de ese truco hasta tal punto
que creíste encontrar en su suciedad y lascivia huellas de
Klamm, como alguien cree ver una piedra preciosa perdida
hace tiempo en un montón de estiércol, mientras que en

313
Librodot El castillo Franz Kafka

realidad no podría encontrarla aun si estuviera allí, en


realidad no se trata más que de jóvenes del tipo de los
sirvientes del establo, sólo que no tienen su salud, les pone
enfermos un poco de aire fresco y acaban en la cama, la
cual, si bien es cierto, saben buscar con sagacidad servil.
Frieda había apoyado su cabeza en el hombro de K, con
los brazos entrelazados siguieron caminando en silencio de
un lado a otro.
—Si hubiéramos emigrado en seguida —dijo Frieda
lentamente, calmada, casi sintiéndose cómoda, como si
supiera que sólo le estaba permitido un corto plazo de
tranquilidad en el hombro de K y quisiese disfrutarlo hasta el
último instante—, si hubiéramos emigrado aquella misma
noche, ahora podríamos estar seguros en cualquier lado,
siempre juntos, con tu mano siempre lo suficientemente
cerca para tocarla; cómo necesito tu proximidad, cómo me
siento abandonada sin tu presencia desde que te conozco;
tu presencia, créeme, es el único objeto de mis sueños,
ningún otro.
Alguien gritó en el corredor lateral: era jeremías, estaba
fuera, en el escalón inferior, vestido sólo con una camisa,
pero se había envuelto con un chal de Frieda. Como allí
estaba, con el pelo desgreñado, la barba rala, deslucida, los
ojos cansados, suplicantes y expresando reproche, con las
mejillas coloradas pero caídas, con las piernas desnudas
temblando de frío, de tal forma que los largos flecos del chal
temblaban con ellas, parecía un enfermo escapado del
hospital, frente a quien no se podía pensar en otra cosa que
en llevarlo de nuevo a la cama. Así lo entendió también
Frieda, se soltó de K y en un instante ya estuvo abajo con
él. Su cercanía, el modo cuidadoso con que le envolvió
mejor en el chal, la prisa con que quería llevarle a la
habitación, pareció fortalecerle algo, era como si en ese
momento reconociese a K.

314
El Castillo

—¡Ah, el agrimensor! —dijo él, acariciando la mejilla de


Frieda para pagarle su atención, pero ella no quería permitir
ninguna conversación—. Perdone la molestia. No me siento
bien, eso disculpa. Creo que tengo fiebre, tengo que tomar
té y sudar. La condenada verja del jardín, de eso me tendré
que arrepentir, y luego vagando de noche. Uno sacrifica su
salud, sin notarlo, por cosas que no merecen la pena. Pero
usted, señor agrimensor, no se deje estorbar por mí, venga
con nosotros a nuestra habitación, haga una visita de
enfermo y dígale a Frieda lo que le falte por decir. Cuando
dos que están acostumbrados a estar juntos se separan,
tienen, naturalmente, tanto que contarse en el último
momento que un tercero es imposible que pueda
comprenderlo, incluso cuando yace en la cama y espera el
té que le han prometido. Pero entre, yo me mantendré en
silencio.
—Basta, basta —dijo Frieda, y tiró violentamente de su
brazo—. Tiene fiebre y no sabe lo que dice. K, no vengas, te
lo pido. Es nuestra habitación, de jeremías y mía, te prohibo
que entres. Me persigues, ay, K, ¿por qué me persigues?
Jamás, jamás regresaré contigo, me dan escalofríos cuando
pienso en esa posibilidad. Ve con tus mujercitas, se sientan
junto a la calefacción con sólo la camisa, a tu lado, como me
han contado, y cuando alguien viene a buscarte, le echan de
allí. Allí estarás como en casa, si tanto te atrae. Siempre he
intentado apartarte de allí, con poco éxito, pero al menos lo
he intentado, pero ya es demasiado tarde, eres libre, ante ti
se abre una vida feliz, a causa de la primera quizá tengas
que luchar un poco con los sirvientes, pero en lo que res-
pecta a la segunda, no hay nadie en el cielo ni en la tierra
que pueda disputártela. La unión ha sido bendecida de
antemano. No digas nada en contra, lo puedes refutar todo,
pero al final no has refutado nada. Date cuenta, Jeremías,
¡lo ha refutado todo!

315
Librodot El castillo Franz Kafka

Se entendieron con gestos de la cabeza y sonrisas.


—Pero —continuó Frieda—, aceptando que lo hubieses
refutado todo, ¿qué habrías logrado que me importase a
mí? Lo que allí suceda es asunto vuestro, tuyo y de ellas, no
mío. Lo mío es cuidar de jeremías hasta que vuelva a estar
sano como estaba antes, antes de que K le atormentase por
mi culpa.
—Entonces ¿no quiere venir, señor agrimensor? —
preguntó Jeremías, pero fue apartado finalmente por Frieda,
quien ni siquiera se volvió más hacia K. Abajo se veía una
puerta pequeña, aún más pequeña que la del corredor: no
sólo Jeremías, también Frieda tenía que inclinarse para
entrar, en el interior parecía haber claridad y una
temperatura agradable, aún se escucharon algunos
susurros, probablemente palabras cariñosas para que
Jeremías se acostara, luego cerraron la puerta.

316
El Castillo

23

K se dio cuenta entonces del silencio que reinaba en el


corredor, y no sólo en la parte en que había estado con
Frieda y que parecía pertenecer a los espacios adyacentes
a la taberna,—sino también en el corredor largo con las
habitaciones en las que antes había existido tanta agitación.
Así que los señores se habían quedado finalmente
dormidos. También K estaba muy cansado, tal vez a causa
del cansancio no se había defendido contra jeremías como
tendría que haberlo hecho. Probablemente hubiese sido
más astuto cambiar de estrategia y haberse puesto en el
mismo plano que jeremías, quien exageraba visiblemente su
resfriado —su estado deplorable no se debía al resfriado,
sino que era innato y no se dejaba curar por ningún té
medicinal—, haberse puesto en su mismo plano, mostrando
su gran cansancio real, agachándose allí mismo, en el
corredor, lo que le tendría que haber sentado muy bien,
dormir un poco y quizá haberse dejado cuidar. Pero no le
habría ido tan bien como a Jeremías, quien con toda
seguridad habría ganado en esa competición por la
compasión ajena y, además, con razón, así como en
cualquier otro tipo de lucha. K estaba tan cansado que
pensó si no debería intentar entrar en una de esas
habitaciones, de las que alguna podría estar vacía, y dormir
profundamente sobre una buena cama. Eso habría sido,
según su opinión, una buena indemnización por mucho de lo
acaecido. También tenía consigo una bebida que le
facilitaría el sueño. En la bandeja que Frieda había dejado
en el suelo había una pequeña garrafa que contenía algo de
ron. K acometió el esfuerzo de regresar y la vació.

317
Librodot El castillo Franz Kafka

Ahora se sentía al menos lo suficientemente fuerte para


ver a Erlanger. Buscó la puerta de Erlanger, pero como ya
no veía al criado ni a Gerstäcker y todas las puertas eran
iguales, no la pudo encontrar. No obstante, creyó recordar
en qué lugar del corredor había estado la puerta y decidió
abrir una puerta que, según su opinión, era la buscada. El
intento no podía ser muy peligroso; si era la habitación de
Erlanger, éste le recibiría, si era la habitación de algún otro,
sería posible disculparse e irse, y si el huésped dormía, lo
que era más probable, no notaría la visita de K, sólo podía
empeorar la situación si la habitación estaba vacía, pues en
ese caso no podría resistir la tentación y se echaría en la
cama, durmiendo hasta no se sabe cuándo. Miró una vez a
derecha e izquierda del corredor por si venía alguien que le
pudiese informar e hiciese inútil el riesgo, pero todo el
corredor se encontraba vacío y en silencio. A continuación,
K escuchó en la puerta y tampoco oyó nada. Llamó tan bajo
que alguien durmiendo no se habría despertado y como
entonces tampoco sucedió nada, abrió la puerta con
extremada precaución. Pero le recibió un ligero grito 30. Era
una habitación pequeña, una amplia cama ocupaba casi la
mitad de ella, en la mesita de noche brillaba una lámpara, a
su lado había un maletín. En la cama, aunque oculto por
una manta, alguien se movió con nerviosismo y susurró a
través de un resquicio entre la manta y la almohada:
¿Quién es?
Ahora K no podía marcharse sin más; insatisfecho observó
la opulenta cama, aunque, desgraciadamente, ocupada,
entonces se acordó de la pregunta y dijo su nombre. Eso
pareció tener un buen efecto, el hombre en la cama retiró un
poco la manta del rostro, pero con miedo, dispuesto a
volverse a cubrir por completo cuando algo en el exterior le
resultase sospechoso. Pero al instante se quitó toda la
manta y se incorporó. Desde luego no se trataba de

318
El Castillo

Erlanger. Era un hombre pequeño y bien parecido, cuyo


rostro incluía una cierta contradicción: que las mejillas
poseían una redondez infantil, los ojos reflejaban una
alegría también infantil, pero la elevada frente, la nariz
puntiaguda, la boca delgada, cuyos labios no llegaban a
cerrarse, y el mentón retraído no eran en ningún modo
infantiles, sino que traicionaban un pensamiento superior.
Era la satisfacción, la satisfacción consigo mismo la que
había mantenido en su rostro un fuerte resto de sana
infantilidad.
—¿Conoce a Friedrich? —preguntó.
Kafka respondió negativamente.
—Pero él le conoce a usted —dijo el señor sonriendo.
K asintió, no le faltaba gente que le conociera, ése era
incluso uno de los impedimentos principales en su camino.
—Soy su secretario —dijo el señor—, me llamo Bürgel".
—Disculpe —dijo K, y puso la mano en el picaporte—, me
he equivocado de puerta, en realidad estoy citado en la
habitación del secretario Erlanger.
—¡Qué lástima! —dijo Bürgel—. No que haya sido citado
en otra parte, sino que se haya equivocado de puerta. Una
vez despertado, ya no puedo dormirme. Bueno, eso no tiene
por qué preocuparle, es mi desgracia personal. ¿Por qué no
se podrán cerrar aquí las puertas con llave? Cierto, tiene su
motivo: porque, según el dicho, las puertas de los
secretarios siempre deben estar abiertas. Pero tampoco se
debería tomar tan a la letra.
Bürgel miró a K con alegría y un gesto interrogativo; al
contrario de lo que expresaban sus quejas, parecía muy
descansado, desde luego no estaba tan cansado como K en
ese momento.

319
Librodot El castillo Franz Kafka

—Son las cuatro, tendrá que despertar a la persona con


quien quiere hablar, no todos están acostumbrados como yo
a que perturben su sueño, no todos lo aceptarán con tanta
paciencia, los secretarios forman un cuerpo muy nervioso.
Quédese, por tanto, un rato. A las cinco comienzan aquí a
levantarse, entonces podrá cumplir de la mejor manera con
su citación. Deje entonces de una vez el picaporte y
siéntese donde pueda, el espacio aquí es estrecho, lo mejor
será que se siente aquí, en el borde de la cama. ¿Se
asombra de que no tenga ni mesa ni sillas? Bueno, tuve la
elección, o una habitación completamente amueblada con
una estrecha cama de hotel o esta gran cama con sólo el
lavabo. Elegí la cama grande: en un dormitorio la cama es lo
principal. ¡Ay!, para quien pueda estirarse bien y sea un
buen dormilón, esta cama tiene que ser espléndida. Pero
también a mí, que siempre estoy cansado y sin poder
dormir, me hace bien, en ella paso la mayor parte del día,
aquí despacho la correspondencia y tomo declaración a las
partes. Me va bien. Aunque las partes no tienen sitio para
sentarse, lo soportan, para ellos resulta más agradable si
permanecen de pie y el secretario se siente a gusto, que
permanecer cómodamente sentados y que les miren con
mala cara. Así que sólo puedo ofrecer este sitio en el borde
de la cama; no obstante, éste no es un sitio oficial y sólo
está reservado para las conversaciones nocturnas. Pero
usted está demasiado callado, señor agrimensor.
—Estoy muy cansado —dijo K, quien, después de la
invitación, se había sentado inmediatamente, con grosería y
sin respeto alguno, en la cama y se había apoyado en un
poste.
—Naturalmente —dijo Bürgel sonriendo—, todos aquí
están cansados. No ha sido ninguna pequeñez lo que he
rendido entre ayer y hoy. Es prácticamente imposible que
me vuelva a dormir ahora, pero si ocurriera esa extremada

320
El Castillo

improbabilidad y me durmiera mientras usted está aquí, le


ruego que permanezca en silencio y no abra la puerta. Pero
no tema, no me voy a dormir y, en el mejor de los casos,
sólo unos minutos. Ocurre conmigo que, quizá debido a que
estoy acostumbrado al trato con las partes, me duermo más
fácilmente cuando tengo compañía.
—Le ruego que se duerma, señor secretario —dijo K,
contento por ese anuncio—, yo también dormiré un poco, si
me lo permite.
—No, no —volvió a reír Bürgel—, no puedo dormirme
simplemente porque me inviten a ello, sólo en el curso de la
conversación se puede dar la ocasión, lo que mejor me
duerme es una conversación. Sí, los nervios padecen con
nuestro trabajo. Yo, por ejemplo, soy secretario de enlace 31.
¿No sabe lo que es? Bueno, yo represento el enlace más
fuerte —aquí se frotó las manos con alegría espontánea—
entre Friedrich y el pueblo, formo el enlace entre sus
secretarios del castillo y los del pueblo, la mayor parte del
tiempo la paso en el pueblo, pero no siempre, en cualquier
momento tengo que estar preparado para subir al castillo,
ahí ve mi maletín, una vida agitada, no todos están hechos
para ella. Por otra parte, es cierto que ya no puedo
prescindir de este tipo de trabajo, cualquier otro trabajo me
parece insípido. ¿Ocurre lo mismo con su trabajo de
agrimensor?
—Ahora mismo no realizo ese trabajo, no me ocupo en
labores de agrimensor —dijo K; no prestaba mucha atención
a lo que se estaba diciendo, en realidad ardía en deseos de
que Bürgel se durmiera, pero también eso lo hacía por un
cierto sentido del deber, en el fondo creía saber que aún
transcurriría tiempo antes de quedarse dormido.
—Eso es asombroso —dijo Bürgel con un vivo gesto de la
cabeza y sacó un cuaderno de debajo de la manta para

321
Librodot El castillo Franz Kafka

anotar algo—. Usted es agrimensor y no realiza ningún


trabajo de agrimensura.
K asintió mecánicamente, había extendido su brazo
izquierdo hacia arriba en el poste de la cama y descansaba
su cabeza en él; ya había intentado ponerse cómodo de
múltiples maneras, pero esa posición era la más cómoda de
todas, ahora podía prestar algo más de atención a lo que
Bürgel decía.
—Estoy dispuesto —continuó Bürgel— a seguir este
asunto. Aquí en el pueblo no estamos en la situación de
poder desaprovechar fuerzas laborales especializadas. Y
también para usted tiene que ser desagradable, ¿no padece
por ello?
—Sí que padezco —dijo lentamente K, y sonrió para sí,
pues precisamente en ese momento no padecía lo más
mínimo por esa circunstancia. Tampoco le hizo una gran
impresión el ofrecimiento de Bürgel. Era por completo
diletante. Sin saber algo de la situación que había
propiciado el llamamiento de K, de las dificultades que
habían surgido en la comunidad y en el castillo, de las
complicaciones que se habían producido durante la
residencia de K en el pueblo, sin saber nada de eso, sí,
incluso sin mostrar, como sería de esperar sin más en un
secretario, que ni siquiera tenía una idea del tema, se
ofrecía de repente a arreglar todo el asunto con ayuda de su
pequeño cuaderno de notas.
—Parece haber sufrido ya algunas decepciones —dijo
Bürgel, y demostró tener una cierta experiencia del mundo,
lo que impulsó a K, desde que había entrado en la
habitación, a no subestimar a Bürgel, pero en su estado era
difícil juzgar correctamente algo que no fuese su propio
cansancio.

322
El Castillo

—No —dijo Bürgel, como si respondiera a un pensamiento


de K y le quisiera privar de forma considerada del esfuerzo
de responder—. No debe dejarse desanimar por las
decepciones. Aquí hay algo que especialmente parece
dispuesto para desanimar, y cuando se llega a este lugar
por primera vez, los impedimentos parecen insalvables. No
quiero investigar el fondo del asunto, tal vez la apariencia se
corresponda con la realidad, en mi posición me falta la
distancia necesaria para comprobarlo, pero adviértalo, a
veces pueden surgir nuevas ocasiones que no llegan a
coincidir del todo con la situación general, ocasiones
mediante las cuales, a través de una palabra, de una
mirada, de una señal de confianza, se puede conseguir más
que con esfuerzos extenuantes que duran toda la vida. Sí,
así es. Ciertamente, esas ocasiones coinciden de nuevo con
la situación general en la medida en que nunca se
aprovechan del todo. Pero, ¿por qué no se llegan a
aprovechar del todo?, me pregunto una y otra vez.
K no lo sabía, sin embargo notaba que el tema de
conversación de Bürgel con toda probabilidad le afectaba a
él personalmente, pero tenía una gran aversión hacia todo
aquello que le afectaba de algún modo: echó la cabeza un
poco hacia un lado, como si quisiese dejar vía libre a las
preguntas de Bürgel y no le concerniera ninguna de ellas.
—Los secretarios siempre se han quejado —continuó
Bürgel, estirando los brazos y bostezando, lo que
contradecía confusamente la seriedad de sus palabras— de
verse obligados a realizar por la noche la mayoría de los
interrogatorios en el pueblo. Pero ¿por qué se quejan?
¿Porque les fatiga mucho? ¿Porque preferirían mejor
emplear la noche en dormir? No, de eso no se quejan. Entre
los secretarios los hay, naturalmente, diligentes y menos
diligentes, como en todas partes, pero ninguno de ellos se
queja por realizar esfuerzos desmedidos, sobre todo en

323
Librodot El castillo Franz Kafka

público. No es nuestra manera de ser. A este respecto no


conocemos ninguna diferencia entre tiempo de ocio y tiempo
laboral. Esas diferenciaciones nos resultan ajenas. Pero,
entonces ¿qué tienen los secretarios contra los
interrogatorios nocturnos? ¿Se trata acaso de consideración
hacia las partes? No, no, tampoco es eso. Frente a las
partes los secretarios son desconsiderados, aunque no lo
son menos que frente a ellos mismos, sino exactamente
igual. En realidad, esa desconsideración, es decir, su férrea
prestación y ejecución de su servicio, representa la mayor
consideración que las partes podrían desearse. En el fondo,
esta circunstancia se acepta por todos —un observador
superficial, sin embargo, no lo nota—, aunque, por ejemplo,
en este caso, son precisamente los interrogatorios
nocturnos los más apreciados por las partes, nunca se
presentan quejas importantes contra los interrogatorios
nocturnos. ¿Por qué, entonces, esa aversión de los
secretarios?
K tampoco lo sabía, sabía tan poco, ni siquiera distinguía si
Bürgel reclamaba seriamente la respuesta o sólo en
apariencia. «Si me dejas echarme en tu cama —pensó—, te
responderé a todas las preguntas mañana al mediodía o,
mejor, por la tarde».
Pero Bürgel no parecía prestarle atención, tanto le
ocupaba la pregunta que él se había formulado a sí mismo.
—Por lo que puedo reconocer y según mi experiencia, los
secretarios tienen, respecto a los interrogatorios nocturnos,
las siguientes dificultades: la noche es poco adecuada para
las sesiones con las partes porque por la noche es difícil o
casi imposible mantener el carácter oficial de las sesiones.
Esto no se debe a las formalidades, las formas se pueden
observar, naturalmente, con la misma severidad que durante
el día. Así que eso no es; sin embargo, la apreciación oficial
padece por la noche. Uno tiende involuntariamente a

324
El Castillo

enjuiciar las cosas bajo una perspectiva más personal, las


alegaciones de las partes cobran más peso de lo que les
corresponde, en la apreciación se mezclan consideraciones
ajenas que pertenecen a la situación privada de las partes,
al margen del asunto, así como sus padecimientos y
preocupaciones; la barrera necesaria entre las partes y el
funcionario, por más que exista sin máculas, se disloca, y
donde, como debería ser, sólo se intercambian preguntas y
respuestas, parece producirse un extraño e inadecuado
trueque de personas. Al menos eso es lo que cuentan los
secretarios, esto es, gente que, a causa de su profesión,
está dotada de un extraordinario tacto para esas cosas.
Pero incluso ellos —sobre esto ya se ha discutido con
frecuencia en nuestro círculo— notan poco de esos efectos
desfavorables durante los interrogatorios nocturnos, todo lo
contrario, se esfuerzan de antemano por oponerse a ellos y
finalmente creen haber alcanzado buenos rendimientos.
Pero si después se leen los expedientes, uno se sorprende
por sus ostensibles debilidades. Y son estos errores, una y
otra vez victorias casi injustificadas de las partes, los que, al
menos según nuestros reglamentos, ya no se pueden
arreglar en la acostumbrada vía breve. Cierto, más tarde
serán mejorados por la oficina de control, pero eso sólo
servirá al derecho, pero ya no podrá dañar a la parte
beneficiada. ¿No están muy justificadas, bajo esas
circunstancias, las quejas de los secretarios?
K ya se había quedado un rato adormecido, ahora volvía a
ser molestado. ¿A qué venía todo eso? ¿A qué?, se
preguntó, y con los párpados caídos contempló a Bürgel no
como a un funcionario, sino como a algo que le impedía
dormir y cuyo sentido no podía averiguar. Bürgel, sin
embargo, sumido en su argumentación, sonreía como si
hubiese conseguido desorientar un poco a K, pero estaba
dispuesto a conducirlo de nuevo al camino correcto.

325
Librodot El castillo Franz Kafka

—Bueno —dijo—, tampoco se puede decir, así, sin más,


que esas quejas sean del todo justificadas. Los
interrogatorios nocturnos no han sido prescritos en ningún
sitio, no se incumple ningún reglamento si los funcionarios
intentan evitarlos, pero las circunstancias, el estar
sobrecargados de trabajo, las formas de desempeñar su
empleo en el castillo, su difícil disponibilidad, el reglamento
que establece que se debe interrogar a las partes
inmediatamente después de la finalización de la
investigación, todo eso y mucho más ha contribuido a que
los interrogatorios nocturnos se hayan convertido en una
necesidad inevitable. Pero si se han convertido en una
necesidad —digo yo—, también es, al menos
indirectamente, un resultado de los reglamentos, y censurar
la esencia de los interrogatorios nocturnos —aquí,
naturalmente, exagero un poco, y precisamente como
exageración puedo decirlo— supone entonces censurar al
mismo tiempo los reglamentos. Por el contrario, los
secretarios mantienen la competencia de asegurarse tan
bien como pueden contra los interrogatorios y contra sus tal
vez aparentes desventajas en el marco establecido por los
reglamentos. Y eso es lo que hacen y, además, en gran
medida, sólo permiten causas en las que haya poco que
temer en todos los sentidos: las examinan cuidadosamente
antes de las sesiones y, cuando el resultado del examen así
lo requiere, y aunque sea en el último momento, suspenden
todas las declaraciones, se fortalecen al citar a una de las
partes hasta diez veces antes de interrogarla realmente,
prefieren dejarse representar por algún colega que no es
competente en el caso correspondiente (tratándole así con
más ligereza) o sitúan las sesiones al principio o al final de
la noche y evitan las horas intermedias, y éstas no son
todas las medidas; los secretarios no se dejan abordar
fácilmente, son casi tan resistentes como vulnerables.

326
El Castillo

K dormía, en realidad no era un sueño en el sentido propio


del término, oía las palabras de Bürgel quizá mejor que
cuando estaba despierto y muerto de cansancio, cada una
de las palabras repercutía en su oído, pero la molesta
conciencia había desaparecido, se sentía libre, ya no era
Bürgel quien le retenía, sino que era él quien tanteaba en el
camino hacia Bürgel; aún no se había quedado
profundamente dormido, pero se había sumido en el sueño,
nadie se lo podría ya robar. Y le pareció como si hubiese
logrado una gran victoria y de pronto hubiese alguien allí
para celebrarlo y como si él u otra persona elevase una
copa de champán en honor del vencedor. Y para que todos
supieran de qué se trataba, la lucha y la victoria se
repitieron, o quizá no, más bien se produjeron en ese
momento y, en realidad, la victoria se había celebrado con
anticipación, así que tampoco se dejó de celebrar, pues el
éxito, afortunadamente, era seguro. K acosó en la lucha a
un funcionario desnudo, muy parecido a la estatua de un
dios griego. Era muy gracioso y K se rió en sueños de cómo
el secretario perdía su actitud orgullosa ante cada ataque de
K y tenía que emplear el brazo extendido y el puño cerrado
para cubrir sus vergüenzas, siendo siempre demasiado
lento. La lucha no duró mucho, K avanzó paso a paso y los
pasos eran muy grandes. ¿Se trataba, en realidad, de una
lucha? No había ninguna resistencia seria, sólo aquí y allá
se oía algo parecido al piar del secretario. Ese dios griego
piaba como una jovencita a la que se le hacen cosquillas. Y,
finalmente, desapareció; se quedó solo en una gran
estancia: dispuesto a la lucha giró sobre sí mismo y buscó al
contrario, pero no había nadie, también la compañía había
desaparecido, sólo quedaba la copa de champán rota en el
suelo. K la trituró con el pie. Sin embargo, los trozos de
cristal se le clavaron y en ese momento se despertó
sobresaltado. Se sintió mareado, como cuando despiertan a
un niño pequeño, a pesar de ello, al ver el pecho desnudo

327
Librodot El castillo Franz Kafka

de Bürgel, se deslizó en él un pensamiento del sueño: ¡aquí


tienes a tu dios griego! ¡Sácale de la cama!
—Sin embargo —dijo Bürgel, elevando el rostro hacia el
techo en actitud reflexiva, como si buscase ejemplos en la
memoria, pero no pudiese encontrar ninguno—, sin
embargo, pese a todas las medidas de precaución, hay una
posibilidad para las partes de aprovecharse de esa debilidad
nocturna de los secretarios, siempre presuponiendo que se
trate de una debilidad. Si bien se trata de una posibilidad
muy esporádica que no surge casi nunca. Consiste en que
el interesado comparezca a medianoche sin haberse
anunciado. Tal vez se sorprenda de que esto, a pesar de
que parezca tan evidente, ocurra tan poco. Bueno, usted no
se ha familiarizado aún con nuestras costumbres. Pero
también a usted le ha debido de llamar la atención la falta de
lagunas que caracteriza a la organización administrativa. De
esa falta de lagunas resulta que cualquiera que tenga
alguna demanda o que deba ser interrogado por cualquier
otro motivo, en seguida, sin dudar, la mayoría de las veces
antes de haberse hecho cargo del asunto, sí, incluso antes
de que lo sepa, reciba una citación. Esa vez aún no se le
tomará declaración, en la mayoría de los casos aún no, por
lo normal el asunto no ha alcanzado la madurez necesaria,
pero ya tiene la citación, ya no puede venir completamente
de sorpresa y sin anunciarse, como mucho sólo puede llegar
a destiempo, entonces se le llama la atención sobre la fecha
y la hora de la citación y cuando regresa en el momento
preciso, por regla general, ya no se le recibe y no hay
ninguna dificultad más; la citación en la mano del interesado
y la anotación en el expediente siempre son para los
secretarios fuertes armas defensivas, aunque no siempre
basten. Esto se refiere al secretario que únicamente es
competente del asunto, cualquiera tiene la libertad de
presentarse sorpresivamente ante los otros por la noche.

328
El Castillo

Pero eso apenas hay alguien que lo haga, no tiene sentido.


Al principio con esa medida se irritaría al funcionario
competente; nosotros, los secretarios, no somos celosos del
trabajo de los demás, cada uno soporta su elevada y bien
distribuida carga de trabajo, sin mezquindad alguna, pero
frente a las partes no podemos tolerar perturbaciones en el
ámbito competencial. Alguno ya ha perdido la partida
porque, al creer que no lograba avanzar hasta la instancia
competente, intentó escurrirse en una que no era
competente. Esos intentos, por lo demás, también tienen
que fracasar debido a que un secretario que no es
competente, incluso cuando es asaltado por sorpresa en
plena noche y quiere ayudar con la mejor voluntad,
precisamente debido a su falta de competencia apenas
puede intervenir más que cualquier abogado o, en el fondo,
mucho menos, pues, incluso si pudiera hacer algo, ya que
conoce los caminos secretos del Derecho mejor que
cualquier abogado, le falta el tiempo en las cosas que no es
competente, no puede emplear en ellas ni un minuto.
¿Quién utilizaría entonces sus noches en visitar a
secretarios que no son competentes? También las partes
están muy ocupadas, sobre todo si, además de cumplir con
sus profesiones, quieren corresponder a las citaciones y
avisos de las instancias competentes, «ocupadas», es
cierto, en el sentido de las partes, lo que no es ni mucho
menos lo mismo que «ocupado» en el sentido de los
secretarios.
K asintió sonriendo, ahora creía comprenderlo todo, y no
porque le preocupase, sino porque ahora estaba convencido
de que de un momento a otro iba a caer dormido
profundamente, esta vez sin sueños ni perturbaciones; entre
los secretarios competentes a un lado y los que no lo eran a
otro y, en vista de la masa de partes tan ocupada, se
sumiría en un sueño profundo y de esa manera escaparía a

329
Librodot El castillo Franz Kafka

todos. Se había acostumbrado hasta tal punto a la voz baja


y satisfecha de Bürgel, luchando ella misma en vano por
alcanzar el sueño, que más que impedirla estimulaba su
somnolencia.
«Muele, molino, muele —pensaba—, sólo mueles para
mí».
—Así pues, ¿dónde está? —dijo Bürgel, jugando con dos
dedos en el labio inferior, con los ojos muy abiertos y el
cuello extendido, como si, después de una esforzada
caminata, se aproximara a una vista espléndida—, ¿dónde
está esa mencionada y rara posibilidad que casi nunca se
presenta? El secreto se encuentra en los reglamentos sobre
las distribuciones de competencias. Pero esto no supone, y
no puede suponer, en una gran organización viviente, que
haya un determinado secretario competente para cada
asunto. Ocurre que uno tiene la competencia principal,
muchos otros, sin embargo, una competencia parcial,
aunque sea pequeña. ¿Quién podría solo, aunque fuese el
trabajador más esforzado, concentrar en su mesa todas las
relaciones y todos los asuntos por pequeños que fueran?
Incluso lo que he dicho sobre la competencia principal
resulta exagerado. ¿Acaso no se encuentra ya en la
competencia más pequeña también la general? ¿No decide
la pasión con que se acomete el asunto? Y esta pasión, ¿no
es siempre la misma y siempre con la misma fuerza? Puede
ser que haya diferencias entre los secretarios, y las hay
numerosísimas, pero no en la pasión, ninguno de ellos
puede retenerse cuando le llega el requerimiento para
ocuparse de un caso respecto al cual tenga competencia,
por mínima que ésta sea. Hacia el exterior, sin embargo, se
tiene que crear una posibilidad ordenada para el desarrollo
de la causa, por eso siempre aparece en primer plano ante
las partes un determinado secretario, a quien se tienen que
atener oficialmente. Pero no tiene que ser aquel que posee

330
El Castillo

la competencia principal sobre el caso, aquí decide la


organización y sus necesidades circunstanciales. Éste es el
estado de las cosas. Y ahora considere, señor agrimensor,
la posibilidad de que una de las partes, por cualquier razón,
a pesar de los impedimentos que ya le he descrito, en
general completamente suficientes, sorprenda en plena
noche a un secretario que tiene cierta competencia sobre el
caso correspondiente. ¿No ha pensado en esa posibilidad?
Lo creo. Tampoco es necesario pensar en ella, pues no se
presenta casi nunca. Qué extraño, hábil y bien formado
granito de arena debería ser esa persona para poder pasar
por ese insuperable cedazo. ¿Usted cree que no puede
pasar? Tiene razón, no puede pasar de ningún modo. Pero
una noche —¿quién puede garantizarlo todo?— logra pasar.
Entre mis conocidos no conozco a ninguno a quien le haya
ocurrido, pero eso demuestra poco: mis conocidos son
limitados en comparación con todos los que aquí tomamos
en consideración y, además, no es seguro que un
secretario, a quien le haya ocurrido algo parecido, lo quiera
reconocer, se trata, así y todo, de un asunto muy personal y
que afecta de algún modo al pudor profesional. No obstante,
mi experiencia demuestra que se trata de un asunto muy
esporádico, que sólo parece existir en los rumores y que no
ha sido confirmado por ninguna circunstancia. Incluso si
ocurriera realmente, se le podría quitar su carácter nocivo —
al menos eso creo— demostrándole —lo que resulta muy
fácil— que para él no hay ningún lugar en el mundo. En todo
caso, supone una actitud enfermiza cuando, por miedo, se
esconde algo de él bajo la manta y uno no se atreve a mirar.
E incluso cuando la perfecta improbabilidad hubiese tomado
repentinamente cuerpo, ¿acaso está todo perdido? Todo lo
contrario. Que esté todo perdido es más improbable que lo
más improbable. Cierto, si la parte se encuentra en la
habitación, ya es lo suficientemente malo. Oprime el
corazón. «¿Cuánto tiempo podrás ofrecer resistencia?», se

331
Librodot El castillo Franz Kafka

pregunta uno. Pero no habrá ninguna resistencia, eso ya se


sabe. Debe imaginarse correctamente la situación. La parte
nunca vista, siempre esperada, esperada con verdadera sed
y siempre considerada de forma razonable como
inalcanzable, se sienta ahí. Sólo su muda presencia invita a
penetrar en su pobre vida, a moverse por ella como si fuera
de nuestra propiedad y sufrir con él por sus vanas
reclamaciones. Esa invitación en la noche silenciosa es
cautivadora. Se la acepta y se ha dejado de ser una persona
de la administración32. Es una situación en la que muy
pronto será imposible rechazar una petición. Bien
considerado, se está desesperado y, mejor considerado
aún, se es muy feliz. Desesperado porque esa indefensión
con la que nos sentamos aquí y esperamos la petición de la
parte, sabiendo que una vez formulada hay que cumplirla,
aun cuando, al menos en lo que uno puede apreciar, haga
pedazos la organización administrativa, es lo más enojoso
que se nos puede presentar en la práctica. Ante todo —y
prescindiendo de lo demás— porque se produce una
violenta e inaudita elevación jerárquica. Por nuestra posición
no estamos autorizados a cumplir ese tipo de peticiones,
pero por la proximidad de esas partes nocturnas aumentan
en cierto modo nuestras energías administrativas, nos
obligamos a cosas que están fuera de nuestro ámbito, sí,
incluso las ejecutamos; las partes, como los ladrones en el
bosque, nos obligan en la noche a realizar sacrificios de los
que no seríamos capaces durante el día; pues bien, así
ocurre cuando la parte está ahí, nos fortalece y nos obliga y
nos instiga y todo está inconscientemente en marcha, pero
¿cómo será después, cuando la parte nos abandone ya
satisfecha y despreocupada y nosotros nos quedemos solos
e indefensos ante nuestro abuso de autoridad? No me
atrevo ni a pensarlo. Y, sin embargo, somos felices. Qué
suicida puede ser la felicidad. Podríamos esforzarnos en
mantener secreta para las partes la verdadera situación.

332
El Castillo

Ellas, por sí mismas, apenas notan nada. Según su opinión,


probablemente han entrado, por cualquier motivo casual,
cansados, decepcionados y desconsiderados e indiferentes
por el cansancio y la decepción, en una habitación
equivocada, se sientan ahí completamente ignorantes y
ocupan sus pensamientos, si se llegan a ocupar en algo,
con su error o su cansancio. ¿No se les podría dejar
abandonados a sus pensamientos? No, no se puede 33. Hay
que explicarles todo con la locuacidad de los benditos. Hay
que mostrarles detalladamente, sin exponerse a ningún
riesgo, lo que ha ocurrido y por qué motivos ha ocurrido, qué
excepcionalmente rara y qué únicamente grande es la
oportunidad, hay que mostrar cómo ha caminado a tientas
en ese asunto en plena impotencia, como sólo las partes
pueden hacerlo, y cómo ahora, señor agrimensor, lo pueden
dominar todo y para ello no tienen que hacer nada más que
presentar su petición, cuyo cumplimiento ya está dispuesto,
y para el que ellas ya estiran sus brazos, todo eso hay que
mostrar, es la hora más difícil del funcionario. Pero una vez
que se ha hecho, señor agrimensor, ya ha ocurrido lo más
necesario, entonces hay que moderarse y esperar.
K ya no oyó nada más, dormía, ausente a todo lo que
podía ocurrir. Su cabeza, que al principio había colocado en
el brazo izquierdo en la parte superior del poste de la cama,
se había deslizado durante el sueño y colgaba libremente,
hundiéndose cada vez más, sin que el apoyo del brazo
fuese ya suficiente, pero K se apropió de otro apoyo al ex-
tender la mano derecha bajo la manta y coger casualmente
el pie de Bürgel. Éste miró en esa dirección y le dejó el pie,
por molesto que le resultara34.
De repente alguien golpeó repetidamente la pared. K se
asustó y miró hacia la pared.
¿Está ahí el agrimensor? —preguntó alguien.

333
Librodot El castillo Franz Kafka

—Sí —dijo Bürgel, liberó su pie de K y se estiró


repentinamente animado y travieso como un joven.
—Entonces que venga ya de una vez —dijo la voz.
No se tomó en consideración a Bürgel ni a que pudiera
necesitar
a K.
—Es Erlanger —musitó Bürgel. No pareció sorprenderle
que se encontrase en la habitación contigua.
—Vaya en seguida, ya está enojado, intente calmarlo.
Tiene un buen sueño, pero hemos conversado en voz
demasiado alta, uno no puede dominarse cuando habla de
ciertas cosas. Vaya, vaya, parece como si no pudiera salir
de su somnolencia. Vaya ¿qué quiere aún aquí? No, no
tiene que disculparse por su somnolencia, ¿por qué tendría
que hacerlo? Las energías corporales sólo llegan hasta un
límite determinado, ¿qué culpa tiene de que esos límites
tengan gran importancia en otros aspectos? No, nadie es
culpable por eso. Así se corrige el mundo en su curso y
mantiene el equilibrio. Se trata de un dispositivo admirable,
inimaginablemente admirable, aunque desconsolador en
otros sentidos. Pero ahora váyase, no sé por qué me mira
así. Si se sigue demorando, Erlanger caerá sobre mí, y me
gustaría evitarlo. Pero váyase, quién sabe lo que le espera,
aquí está todo lleno de oportunidades. Sólo que hay
oportunidades que, en cierta medida, son demasiado
grandes para ser aprovechadas; hay cosas que no fracasan
por otro motivo que por sí mismas. Sí, es maravilloso. Por lo
demás, ahora espero poder dormir un poco. Cierto, ya son
las cinco y pronto comenzará el ruido. ¡Si al menos quisiera
irse ya!
Aturdido por el repentino despertar de un profundo sueño,
aún necesitado ilimitadamente de sueño, con el cuerpo
dolorido por la incómoda postura, K no se decidía a

334
El Castillo

levantarse, mantenía la frente con una mano y miraba hacia


su pecho. Ni siquiera las continuas despedidas de Bürgel
habían logrado impulsarle a marcharse, sólo el sentimiento
de la completa inutilidad de prolongar su estancia allí le
indujo lentamente a hacerlo. Aquella habitación le parecía
indescriptiblemente yerma. Si eso había ocurrido entonces o
había sido así desde el principio, no lo sabía. Ni siquiera
lograría volver a dormirse allí. Ese convencimiento fue,
incluso, lo decisivo, riéndose un poco de ello, se levantó, se
apoyó donde sólo se podía encontrar un apoyo, en la cama,
en la pared, en la puerta, y salió, como si hiciese mucho
tiempo que se hubiese despedido de Bürgel, sin un saludo35.

335
Librodot El castillo Franz Kafka

24

Probablemente también le hubiera resultado indiferente


haberse pasado la habitación de Erlanger, si Erlanger no
hubiese estado en la puerta abierta y le hubiese hecho una
seña, una única y pequeña seña con el dedo índice.
Erlanger ya estaba dispuesto a irse, llevaba un abrigo de
piel negro abrochado hasta el cuello. Un sirviente le daba en
ese mismo momento los guantes y mantenía en la otra
mano un gorro de piel.
—Tendría que haber venido mucho antes —dijo Erlanger.
K quiso disculparse, pero Erlanger mostró al parpadear con
cansancio que renunciaba a sus disculpas.
—Se trata de lo siguiente —dijo—, en la taberna trabajaba
antes una tal Frieda, sólo conozco su nombre, a ella no la
conozco, no me interesa. Esa tal Frieda le sirvió a Klamm
alguna vez la cerveza, ahora parece haber allí otra
muchacha. Bien, ese cambio carece, naturalmente, de
importancia, probablemente para todos, con toda seguridad
para Klamm. Pero cuanto más grande es un trabajo, y el
trabajo de Klamm es el más grande, menos fuerza resta
para defenderse contra el mundo exterior, en consecuencia
cualquier cambio banal puede perturbar seriamente las
cosas más importantes. El más pequeño cambio en la
mesa, la limpieza de una mancha existente allí desde
siempre, todo eso puede perturbar del mismo modo que una
nueva criada. Ahora bien, todo eso perturba, como
perturbaría a cualquier otro con cualquier trabajo, pero no a
Klamm, eso es imposible. Sin embargo, estamos obligados
a velar por el bienestar de Klamm de tal forma que
apartemos de él perturbaciones que para él no son tales —
probablemente para él no haya ninguna—, cuando nos

336
El Castillo

llaman la atención como un potencial foco de perturbación.


Y no por él, no por su trabajo apartamos esas
perturbaciones, sino por nosotros, por nuestra conciencia y
tranquilidad. Por esta razón, Frieda tiene que regresar
inmediatamente a la taberna: quizá por el hecho de
regresar, perturbe, pero entonces la volveremos a echar;
provisionalmente, sin embargo, tiene que regresar. Usted
vive con ella, según me han dicho, así que consiga que
regrese de inmediato. Es evidente que aquí no se deben
tomar en consideración sentimientos personales, por eso no
pienso discutir nada sobre este asunto. Ya estoy haciendo
más de lo necesario si menciono que en el caso de que
cumpla en esta pequeñez, le podría ser útil en otro
momento. Esto es todo lo que tenía que decirle.
Se despidió de K con una inclinación de cabeza, se puso el
gorro de piel que le ofreció el sirviente y, seguido por éste,
bajó rápidamente por el corredor aunque cojeando algo.
A veces allí se impartían órdenes que eran muy fáciles de
cumplir, pero esa facilidad no alegró a K. No sólo porque la
orden afectaba a Frieda se había emitido como una orden,
aunque a K le hubiera sonado como una burla, sino ante
todo porque en ella se reflejaba la inutilidad de todos sus
esfuerzos. Sobre él pasaban las órdenes, las favorables y
las desfavorables, y también las favorables tenían un núcleo
desfavorable, pero en todo caso todas pasaban por encima
de él y él se encontraba en una situación de inferioridad que
le impedía acometerlas o enmudecerlas y tener la
posibilidad de hacerse oír. Si Erlanger te hace señas para
que no hables, ¿qué puedes hacer? Y si no hiciera señas,
¿qué podrías decirle? Ciertamente, K era consciente de que
su cansancio le había perjudicado más que lo desfavorable
de las circunstancias, pero ¿por qué una persona, que había
creído poder confiar en su cuerpo y que sin esa convicción
jamás se habría puesto en camino, no había podido pasar

337
Librodot El castillo Franz Kafka

una noche sin dormir y otras durmiendo mal?, ¿por qué


sintió allí ese cansancio incontrolable, donde nadie estaba
cansado o, donde, más bien, todos estaban continuamente
cansados sin que eso perjudicase su trabajo, sí, incluso
parecía que lo fomentaba?
De eso se podía deducir que era un cansancio diferente al
de K. Allí se encontraba el cansancio en medio de un trabajo
feliz, era algo que daba la sensación de ser cansancio pero
que en realidad era una tranquilidad indestructible, una paz
indestructible. Cuando se está algo cansado al mediodía,
eso pertenece al feliz curso del día. Los señores aquí
disfrutan de un continuo mediodía, se dijo K.
Y con esa idea coincidía que ya a las cinco de la mañana
todo se tornase animado a los lados del corredor. Esa
confusión de voces en las habitaciones tenía algo de
extremadamente alegre. Una vez sonaba como el júbilo de
los niños que se preparan para irse de excursión, otras
veces como el amanecer en el gallinero, como la alegría de
estar en consonancia con el día que despierta, incluso en un
momento uno de los señores imitó el canto de un gallo. El
corredor, sin embargo, aún estaba vacío, pero las puertas
ya estaban en movimiento, una y otra vez se abría alguna
de ellas y se cerraba en seguida, el corredor zumbaba por el
abrir y cerrar de puertas, K también vio por arriba, en el
resquicio que dejaban las paredes sin llegar al techo, cómo
aparecían las cabezas desgreñadas y volvían a
desaparecer. Desde el fondo venía lentamente un carrito,
llevado por un sirviente, que contenía expedientes. Un
segundo sirviente caminaba a su lado, tenía una lista en la
mano y comparaba los números de las puertas con el de los
expedientes. El carrito se detenía ante la mayoría de las
puertas; por regla general se abría entonces la puerta y los
expedientes correspondientes, a veces sólo una hoja —en
estos casos se producía una pequeña conversación entre la

338
El Castillo

habitación y el corredor, probablemente se le hacían


reproches al sirviente—, eran entregados en la habitación.
Si la puerta permanecía cerrada, se colocaban
cuidadosamente ante ella. En esos casos a K le pareció
como si no cesase el movimiento en las puertas contiguas,
sino que aumentase. Tal vez los otros se asomaban para
mirar llenos de ansiedad los expedientes acumulados
incomprensiblemente ante la puerta, no podían comprender
que alguien que sólo tenía que abrir la puerta para
apoderarse de sus expedientes no lo hiciese; quizá incluso
fuese posible que más tarde se repartiesen definitivamente
los expedientes abandonados entre los demás señores,
quienes en ese momento, asomándose continuamente,
querían convencerse de si los expedientes seguían ante la
puerta y si, por tanto, aún podían albergar esperanzas. Por
lo demás, esos expedientes abandonados en el suelo solían
ser gruesos legajos y K supuso que se habían dejado allí
provisionalmente por cierta fanfarronería o maldad o por un
justificado orgullo frente a los colegas. Algo fortaleció esa
suposición: que a veces, y precisamente cuando él no
miraba, el paquete, después de haber estado allí en
exhibición un buen rato, era retirado repentinamente y a
toda prisa, quedando la puerta tan inmóvil como antes.
También las puertas vecinas se tranquilizaban en ese caso,
decepcionadas o también satisfechas de que ese motivo de
irritación hubiese desaparecido, pero poco después volvían
a entrar en movimiento.
K contemplaba todo eso no sólo con curiosidad, sino
también con interés. Casi se sentía en medio de esa
agitación, miraba aquí y allá y seguía, aunque a prudente
distancia y para observar su labor de reparto, a los
sirvientes, quienes, por cierto, ya con frecuencia se habían
dado la vuelta con mirada severa, cabeza inclinada y gesto
huraño. Esta labor, conforme avanzaba, se producía con

339
Librodot El castillo Franz Kafka

mayor lentitud, o la lista río coincidía, o los expedientes no


eran bien distinguidos por los sirvientes, o los señores
ponían objeciones por otros motivos, en todo caso se
llegaron a repetir algunos repartos, entonces el carrito
retrocedía y el sirviente negociaba sobre la devolución a
través del resquicio de la puerta. Esas negociaciones
causaban grandes dificultades, ocurría con frecuencia que,
cuando se trataba de una devolución, puertas que habían
estado con anterioridad muy animadas, ahora
permaneciesen inexorablemente cerradas, como si no
quisiesen saber nada del asunto. Entonces comenzaban las
verdaderas dificultades. Aquel que creía tener derecho a los
expedientes, era extremadamente impaciente, hacía mucho
ruido en su habitación, daba palmadas, pataleaba, y gritaba
una y otra vez a través del resquicio de la puerta un número
determinado de expediente. En esas situaciones el carrito
quedaba abandonado. Mientras uno de los sirvientes estaba
ocupado en tranquilizar al impaciente, el otro luchaba ante la
puerta cerrada para la devolución. Los dos lo tenían difícil.
El impaciente se volvía más impaciente con los intentos de
calmarle, ya no podía oír las palabras vacías del sirviente,
no quería consuelo, quería expedientes, uno de esos
señores llegó a derramar un vaso de agua sobre el sirviente.
El otro sirviente, de superior rango jerárquico, aún lo tenía
más difícil. Si el señor condescendía en negociar, se
producían discusiones complejas en las que el sirviente se
remitía a su lista y el señor a sus notas y precisamente a los
expedientes que en teoría tenía que devolver, pero que
mantenía con fuerza en la mano de tal manera que ni
siquiera una esquina de él quedaba expuesta a la ansiosa
mirada del sirviente. El sirviente, para buscar nuevas
pruebas, también tenía que regresar al carrito que siempre
había rodado un poco más debido a la inclinación del
corredor, o tenía que ir a la habitación del señor que
reclamaba sus expedientes para intercambiar las objeciones

340
El Castillo

del actual poseedor con las del otro. Esas negociaciones


duraban mucho tiempo, a veces llegaban a un acuerdo, el
señor cedía una parte de los expedientes o recibía otra
como indemnización, ya que sólo se había producido una
confusión, pero también sucedía que alguien tuviera que
renunciar sin más a todos los expedientes requeridos, ya
fuese porque el sirviente le acorralase con sus pruebas, ya
porque se cansase de tanto negociar, pero entonces no le
devolvía los expedientes al sirviente, sino que los arrojaba
en una pronta decisión por el corredor, lo que provocaba
que se soltasen las cintas, las hojas volasen y los sirvientes
tuvieran que esforzarse en ordenarlo todo otra vez. Pero el
problema resultaba proporcionalmente más difícil cuando el
sirviente no recibía ninguna respuesta a su petición de
devolución; en ese caso permanecía ante la puerta cerrada,
pedía, suplicaba, citaba su lista, se remitía a reglamentos,
todo en vano, ningún sonido salía de la habitación y, al
parecer, el sirviente no tenía ningún derecho a entrar en la
habitación sin permiso. A veces el sirviente llegaba a perder
en esa situación el dominio de sí mismo, se iba hacia su
carrito, se sentaba, sin más recursos, sobre los expedientes,
se limpiaba el sudor de la frente y durante un rato no
emprendía nada que no fuese bambolear los pies. El interés
por esos incidentes era grande, por todas partes se oían
cuchicheos en cuanto una puerta se quedaba tranquila y,
curiosamente, seguían los acontecimientos por el resquicio
de la pared con rostros embozados con toallas, que, por lo
demás, no podían estar un rato en calma. En medio de toda
esa agitación a K le resultó llamativo que la puerta de Bürgel
permaneciese cerrada durante ese tiempo y que, aunque los
sirvientes habían realizado el reparto de expedientes en esa
parte del corredor, no le hubiesen entregado ninguno. Quizá
seguía durmiendo, lo que, con ese ruido, hubiese significado
un sueño muy sano, pero ¿por qué no había recibido ningún
expediente? Sólo muy pocas habitaciones y, además,

341
Librodot El castillo Franz Kafka

probablemente deshabitadas, habían sido evitadas de esa


manera. En cambio, en la habitación de Erlanger ya había
un nuevo e intranquilo huésped, Erlanger debió de ser
prácticamente desalojado por él en plena noche; eso no se
adaptaba mucho al carácter frío y experimentado de
Erlangen, pero el hecho de que hubiese esperado a K en el
umbral de la puerta hablaba en esa dirección.
Después de esas observaciones más personales, se fijó de
nuevo en el sirviente; respecto a ese sirviente no se
constataba lo que le habían contado a K acerca de los
sirvientes en general, de su inactividad, su vida cómoda, su
arrogancia, también había excepciones entre los sirvientes
o, lo que era más probable, había diferentes grupos entre
ellos, pues allí había, como notó K, delimitaciones que hasta
ese momento no había percibido. En especial de ese
sirviente le gustó mucho su inflexibilidad. En lucha contra
esas habitaciones obstinadas —a K le parecía una lucha
contra las habitaciones, pues sus habitantes apenas se
dejaban ver—, el sirviente no cedía. Se fatigaba, sin duda,
pero ¿quién no se hubiese fatigado? Al poco tiempo, sin
embargo, ya se había recuperado, bajaba del carrito y
avanzaba una vez más, con los dientes apretados, para
conquistar la puerta. Y ocurría que fuese rechazado una y
dos veces, y de una forma muy fácil, mediante el
endemoniado silencio, pero aún no se daba por vencido.
Como veía que no podía conseguir nada con un ataque
frontal, lo intentaba de otra manera, por ejemplo, y si K lo
comprendió correctamente, con astucia. Se distanciaba
aparentemente de la puerta, dejaba que agotase su silencio,
se dirigía hacia otras puertas, pero después de un rato
regresaba, llamaba al otro sirviente, todo en voz alta y de
forma llamativa, y comenzaba a apilar expedientes ante la
puerta, como si hubiese cambiado de opinión y al señor no
se le tuviesen que retirar legítimamente expedientes, sino en

342
El Castillo

realidad darle más. Entonces seguía, pero mantenía la


puerta vigilada, y cuando el señor, como solía ocurrir, abría
la puerta cuidadosamente para coger los expedientes, el
sirviente estaba allí en dos saltos, introducía el pie entre la
puerta y la pared y obligaba así al señor a negociar con él
cara a cara, lo que conducía por regla general a un acuerdo
parcialmente satisfactorio. Y si no lo conseguía así o no le
parecía el método adecuado para una puerta concreta, lo
intentaba de otra forma. Entonces se dedicaba, por ejemplo,
al señor que reclamaba los expedientes. Desplazaba a un
lado al otro sirviente, que sólo trabajaba mecánicamente, y
era más bien un estorbo, y comenzaba a convencer al señor
con susurros, en secreto, introduciendo la cabeza en la
habitación, probablemente le hacía promesas y le
aseguraba el correspondiente castigo del otro señor en el
próximo reparto, al menos señalaba con frecuencia hacia la
puerta del oponente y reía, en lo que se lo permitía su
cansancio. Pero también se daban casos, uno o dos, en los
que renunciaba a más intentos, pero aquí también creía K
que eso sólo era una renuncia aparente o, al menos, una
renuncia con motivos justificados, pues seguía con toda
tranquilidad, toleraba, sin mirar hacia atrás, el ruido del
señor perjudicado, y mostraba simplemente con un
parpadeo más largo que sufría por el ruido. El señor, sin
embargo, se tranquilizaba paulatinamente, al igual que el
ininterrumpido llanto infantil se convierte poco a poco en
sollozos aislados, aunque después de que hubiese
enmudecido aún se oyese de vez en cuando un grito o un
fugaz abrir y cerrar de esa puerta. En todo caso, se
mostraba que también en esa oportunidad el sirviente había
actuado correctamente. Finalmente sólo quedó un señor
que no quería tranquilizarse, calló durante un largo tiempo,
pero simplemente para recuperarse, luego comenzó de
nuevo, y no más débil que antes. No estaba muy claro por
qué gritaba y se quejaba, quizá no fuese por el reparto de

343
Librodot El castillo Franz Kafka

los expedientes. Mientras tanto, el sirviente había concluido


su trabajo, sólo un expediente, en realidad, un papel, la
página de un cuaderno de notas, había quedado por culpa
del ayudante en el carrito y no se sabía a quién le
correspondía.
«Ése podría ser mi expediente», se le pasó a K por la
cabeza. El alcalde siempre había hablado de ese «caso
minúsculo». Y K, por muy ridícula y absurda que le
pareciera esa suposición, intentó acercarse al sirviente que
en ese momento mantenía pensativo la página en su mano.
No era fácil, pues el sirviente no soportaba la proximidad de
K, incluso en medio del trabajo más duro siempre había
encontrado tiempo para mirar hacia K impaciente y enojado,
con movimientos bruscos de la cabeza. Sólo después de
haber concluido el reparto parecía haberse olvidado algo de
K, quizá porque se había tornado más indiferente; su
extremado agotamiento lo hacía comprensible, tampoco se
esforzaba mucho con la nota, ni siquiera la leyó entera, sólo
lo aparentó, y aunque probablemente habría procurado una
gran alegría a uno de los señores al repartirle la nota, tomó
otra decisión, ya estaba harto de repartir, así que hizo un
gesto de silencio a su acompañante llevándose el dedo
índice a la boca, rompió —K aún no había llegado hasta él—
la nota en trozos pequeños y se los metió en el bolsillo. Se
trataba de la primera irregularidad que K había visto en el
trabajo administrativo, aunque también podía ser posible
que lo hubiese entendido erróneamente. Y aun cuando
fuese una irregularidad, se podía disculpar, y bajo las
condiciones en que se realizaba el trabajo, el sirviente no
podía trabajar sin cometer errores, una vez tenía que
liberarse del enojo y la irritación acumulados, y que eso se
mostrase sólo en la acción de romper esa nota, parecía lo
suficientemente inocente. Aún resonaba la voz por el
corredor del señor que no había manera de tranquilizar y los

344
El Castillo

colegas, que en otros aspectos no se comportaban


precisamente con amabilidad entre ellos, parecían compartir
la misma opinión en lo referente al ruido, era como si el
señor hubiese adoptado la tarea de hacer ruido por todos
aquellos que le animaban con gritos y gestos con la cabeza
para que siguiera con el escándalo. Pero el sirviente ya no
se preocupaba en absoluto de ello, había terminado su
trabajo, señaló el asidero del carrito para que el otro
sirviente lo agarrase y se fueron como habían venido, sólo
que más satisfechos y con tal rapidez que el carrito brincaba
ante ellos. Sólo una vez se sobresaltaron y miraron hacia
atrás, cuando el señor, que continuaba gritando, y ante cuya
puerta permanecía K, porque le hubiera gustado saber qué
quería realmente, al parecer comprobó que con los gritos no
iba a llegar a ninguna parte y encontró el botón de un
timbre, por lo que, entusiasmado con la posibilidad de liberar
su enojo, en vez de gritar comenzó a tocar el timbre. A
continuación, comenzó un gran murmullo en las otras
habitaciones, al parecer de aprobación; el señor parecía
estar haciendo algo que a todos les hubiera gustado hacer
desde hacía tiempo y que habían omitido sólo por motivos
desconocidos. ¿Era quizá a la servidumbre, tal vez a Frieda,
a quien llamaba el señor con todo ese ruido? Ya podía tocar
todo lo que quisiera. Frieda estaba ocupada en envolver a
jeremías en paños calientes y aun cuando él estuviese
sano, ella tampoco tendría tiempo, pues entonces estaría en
sus brazos. Pero los timbrazos tuvieron un efecto inmediato.
Ya se veía cómo el posadero venía corriendo desde la
lejanía, vestido de negro y abotonado hasta el cuello, como
siempre; pero corría como si se olvidase de su dignidad;
había extendido los brazos, como si le hubiesen llamado por
haberse producido una gran desgracia y llegase para
agarrarla y hacerla desaparecer en su pecho; y con cada
irregularidad del timbre parecía dar un saltito y apresurarse
aún más. Su esposa apareció a una gran distancia de él:

345
Librodot El castillo Franz Kafka

también ella corría con los brazos extendidos, pero sus


pasos eran cortos y afectados y K pensó que llegaría
demasiado tarde, mientras tanto el posadero ya habría
hecho todo lo necesario. Para dejar espacio al posadero, K
se apretó contra la pared. Pero el posadero se detuvo ante
K como si ésa fuese su meta y la posadera le alcanzó en
seguida y los dos le llenaron de reproches, que él, con las
prisas y la sorpresa, no entendió, sobre todo porque el
timbre del señor se injería e incluso otros timbres
comenzaron a sonar, ahora ya no por necesidad, sino sólo
por jugar y por el exceso de alegría. K, porque tenía mucho
interés en comprender su culpabilidad, se mostró conforme
con que el posadero le tomase por el brazo y se lo llevase
de aquel ruido que seguía aumentando, pues detrás de ellos
—K no se volvió, ya que el posadero y sobre todo, en la otra
parte, la posadera, no dejaban de hablarle— se abrían las
puertas por completo, el corredor se animaba, pareció
desarrollarse cierto tráfico, como en una animada callejuela,
las puertas ante ellos parecían esperar impacientes a que K
pasase de una vez por todas para poder dejar salir a los
señores, y, mientras, no cesaban de tocar los timbres como
si festejasen una victoria. Finalmente —ya se encontraban
en el blanco y silencioso patio—, y con lentitud, K pudo irse
enterando de qué había ocurrido. Ni el posadero ni la
posadera podían entender que K hubiese osado hacer
semejante cosa. Pero ¿qué había hecho? Una y otra vez lo
preguntó K, pero durante mucho tiempo no lo pudo
averiguar, pues su culpabilidad era para los dos tan evidente
que no podían pensar en su buena fe. Sólo muy lentamente
se dio cuenta K de todo. No tenía derecho a estar en el
corredor, por regla general sólo le era accesible
excepcionalmente la taberna por un acto de gracia y salvo
contraorden. Si había sido citado por un señor, naturalmente
tenía que comparecer en el lugar señalado, pero siempre
tenía que permanecer consciente —al menos tendría el

346
El Castillo

habitual sentido común, ¿no?— de que estaba en un sitio al


que no pertenecía, sólo porque un señor, en la mayoría de
los casos contra su voluntad, puesto que así lo reclamaba y
disculpaba un asunto administrativo, le había convocado.
Así pues, tenía que aparecer rápidamente, someterse al
interrogatorio, pero después desaparecer cuanto antes
mejor. ¿No había tenido en el corredor el sentimiento de que
aquél no era su sitio? Pero si lo había tenido, ¿cómo había
podido vagar por allí como un tigre enjaulado? ¿Acaso no
había sido citado para un interrogatorio nocturno? ¿No
sabía por qué se habían introducido los interrogatorios
nocturnos? Los interrogatorios nocturnos —y aquí recibió K
una nueva explicación de su sentido— tenían como finalidad
escuchar rápidamente, en plena noche y con luz eléctrica, a
aquellas partes cuya visión fuese insoportable para los
señores durante el día, con la posibilidad de olvidar toda esa
fealdad mediante el sueño. El comportamiento de K, sin
embargo, se había burlado de todas las medidas de
precaución. Incluso los fantasmas desaparecían cuando
amanecía, pero K se había quedado allí, con las manos en
los bolsillos, como si esperase que, ya que él no se
apartaba, todo el corredor con todas las habitaciones y sus
ocupantes tenían que apartarse. Y eso habría ocurrido —de
eso podía estar seguro— con toda certeza, si hubiese sido
posible, pues la delicadeza de sentimientos de los señores
no conoce límites. Ninguno de ellos expulsaría a K o ni
siquiera diría lo más evidente, que se tenía que ir, ninguno
de ellos lo haría, a pesar de que mientras durase la
presencia de K probablemente temblasen de excitación y les
aguase la mañana, su momento preferido. En vez de
dirigirse a K, preferirían sufrir, en lo que, si bien es cierto,
también jugaría la esperanza de que K, finalmente, tendría
que reconocer lo que saltaba a la vista y tendría que sufrir
los mismos padecimientos de los señores hasta límites
insoportables, tan terriblemente inconveniente era su

347
Librodot El castillo Franz Kafka

estancia allí, en el corredor, por la mañana y visible para


todos. Pero se trataba de una vana esperanza. No sabían,
o, en su amabilidad y tolerancia, no querían saber, que hay
corazones insensibles, duros, que no se ablandan con
ningún respeto. ¿Acaso no busca la polilla nocturna, el
pobre animal, cuando llega el día, un rincón silencioso y allí
se aplana, prefiriendo desaparecer, siendo infeliz por no
poder lograrlo? K, en cambio, se había situado allí donde
era más visible y si pudiera mediante esa acción impedir
que amaneciera, lo haría. No lo podía impedir, pero,
desgraciadamente, sí lo podía retrasar o dificultar. ¿Acaso
no había presenciado cómo se repartían los expedientes?
Eso era algo que no podía presenciar nadie excepto los
interesados. Eso era algo que ni el posadero ni la posadera
podían presenciar en su propia casa. Sólo recibían alguna
información como, por ejemplo, ese mismo día, del sirviente.
¿No había notado las dificultades con que se topaba la
distribución de expedientes? Algo incomprensible, pues
cada uno de los señores sólo servía a la causa, nunca
pensaba en su ventaja personal y, por tanto, tenía que
trabajar con todas sus fuerzas para que la distribución de
expedientes, esa labor tan importante y fundamental, se
produjera con celeridad, facilidad y sin errores. Y, ¿ni
siquiera había supuesto lejanamente que el motivo principal
de todas las dificultades era que el reparto de los
expedientes se tenía que realizar, por su culpa, con las
puertas casi cerradas, sin la posibilidad de un trato directo
entre los señores, quienes, naturalmente, podían
entenderse en un instante, mientras que con la mediación
del sirviente todo tenía que durar horas, nunca podía ocurrir
sin quejas, lo que suponía un tormento duradero para
señores y sirviente y que probablemente tendría efectos
perjudiciales para el trabajo posterior? Y ¿por qué no podían
tratar directamente los señores entre ellos? Sí, ¿aún no lo
comprendía K? La posadera no había conocido nada similar

348
El Castillo

y el posadero lo confirmó también de su parte y eso que ya


habían tenido que tratar con gente terca. Cosas que, en otro
caso, no se osarían decir, había que decírselas
abiertamente para que comprendiese lo más necesario. Muy
bien, habría que decírselo: por su culpa, exclusivamente por
su culpa, no habían salido los señores de sus habitaciones,
pues a esas horas de la mañana, poco después del sueño,
son demasiado vergonzosos y sensibles como para
exponerse a las miradas ajenas; se sienten demasiado
desnudos para mostrarse, por más que ya estén
completamente vestidos. Es difícil decir de qué se
avergonzaban, tal vez lo hacían, esos eternos trabajadores,
por el sencillo hecho de haber dormido. Pero quizá más que
de mostrarse, se avergonzaban de ver a gente extraña; lo
que habían superado felizmente con ayuda de los
interrogatorios nocturnos, la visión de las partes tan
difícilmente soportable para ellos, no querían volver a
afrontarlo de nuevo por la mañana36, súbitamente, en toda
su crudeza. A eso no le podían hacer frente. ¿Qué tipo de
hombre había que ser para no respetar ese hecho?37 Bien,
había que ser un hombre como K, alguien que, con su
obtusa indiferencia y somnolencia, pasase por alto todo, las
leyes, así como la consideración humana más normal, a
quien no le importase nada hacer casi imposible la
distribución de los expedientes y dañar la reputación de la
casa, que lograse lo hasta ahora inaudito de desesperar
tanto a los señores que éstos comenzasen a defenderse,
que echasen mano de los timbres, en una superación de sí
mismos impensable para personas comunes, y pidiesen
ayuda para así poder expulsar a K, a quien no había otra
manera de estremecer. ¡Ellos, los señores, pidiendo ayuda!
El posadero y la posadera, con todo el personal, ¿acaso no
habrían acudido a toda prisa, si hubiesen osado aparecer
por la mañana ante los señores, aunque sólo fuese con el
fin de traer ayuda, para luego desaparecer inmediatamente?

349
Librodot El castillo Franz Kafka

Temblando de indignación, desconsolados por la impotencia


habían tenido que esperar allí, al inicio del corredor, y el
sonido de los timbres no fue precisamente para ellos un
sonido de salvación. Bueno, ¡lo peor ya había pasado! ¡Si al
menos pudieran echar un vistazo en el alegre alboroto de
los señores finalmente liberados de K! Para K, sin embargo,
no había pasado, con toda certeza tendría que responder de
lo allí ocurrido.
Mientras, habían llegado a la taberna, el motivo por el que
el posadero, a pesar de su enojo, había conducido a K hasta
allí, no estaba del todo claro, tal vez se había dado cuenta
de que el cansancio de K le haría imposible abandonar la
casa. Sin esperar una invitación a que se sentara, K se
desplomó sobre uno de los barriles. Allí, en la oscuridad, se
sentía bien. En toda la estancia sólo brillaba una débil
lámpara eléctrica colocada sobre los grifos de los barriles.
También fuera reinaba una profunda oscuridad, parecía que
nevaba copiosamente. Había que estar agradecido por
permanecer allí, en la habitación templada, y tomar medidas
para no ser expulsado. El posadero y la posadera aún
estaban ante él, como si de su presencia siguiera emanando
cierto peligro, como si con su falta de formalidad no se
pudiera excluir que saliese de repente e intentase volver a
penetrar en el corredor. También ellos estaban cansados del
susto nocturno y del temprano despertar, especialmente la
posadera, que llevaba puesto un traje sedoso de color
marrón, de falda amplia, no muy bien abotonado —¿de
dónde lo había sacado con las prisas?—, y que mantenía la
cabeza apoyada en el hombro de su esposo, secándose los
ojos con un pañuelo de tela fina mientras lanzaba miradas
enojadas a K. Para tranquilizar al matrimonio, K dijo que
todo lo que le habían contado era nuevo para él, que, a
pesar de su ignorancia, no habría permanecido tanto tiempo
en el corredor, donde realmente no tenía nada que hacer y,

350
El Castillo

con toda seguridad, no había pretendido atormentar a nadie,


sino que todo había ocurrido por su extremado cansancio.
Les agradecía que hubiesen puesto fin a esa escena tan
desagradable. Si tenía que responder por su conducta, lo
haría agradecido, pues así podría impedir una interpretación
errónea de ella. Sólo el cansancio y nada más había sido el
culpable. Ese cansancio, sin embargo, procedía de que aún
no estaba acostumbrado al esfuerzo de los interrogatorios.
No hacía mucho tiempo que había llegado. Con un poco
más de experiencia, no volvería a pasar. Tal vez se tomaba
demasiado en serio los interrogatorios, pero eso no podía
representar ninguna desventaja. Había tenido que soportar
dos interrogatorios consecutivos, uno en la habitación de
Bürgel y el segundo en la de Erlanger, especialmente el
primero le había agotado, el segundo, es cierto, no había
durado mucho, Erlanger sólo le había pedido un favor, pero
los dos juntos había sido más de lo que podía soportar, tal
vez para otro, como por ejemplo, para el señor posadero,
algo parecido también hubiese sido demasiado. Del
segundo interrogatorio salió tambaleándose. Casi se podría
decir que había quedado sumido en un estado de
embriaguez: había visto y oído a aquellos señores por
primera vez y también les había tenido que responder. Por
lo que sabía, todo había salido bien, pero entonces ocurrió
esa desgracia, que, sin embargo, no se le podía atribuir
como un comportamiento culpable en vista de lo
precedente. Por desgracia sólo Erlanger y Bürgel se habían
dado cuenta de su estado y, con toda seguridad, le habrían
protegido y evitado todo lo posterior, pero Erlanger se tuvo
que ir inmediatamente después del interrogatorio, al parecer
para dirigirse al castillo, y Bürgel, probablemente cansado
por el interrogatorio —¿cómo habría podido entonces
resistirlo K sin salir perjudicado?— se había dormido e
incluso se había saltado toda la distribución de los
expedientes. Si K hubiese tenido otra posibilidad, la habría

351
Librodot El castillo Franz Kafka

puesto en práctica con alegría y habría renunciado a todas


las observaciones prohibidas, y esto le hubiese resultado
más fácil puesto que en realidad no había estado en
disposición de ver nada38 y por eso los señores más
sensibles se habrían podido mostrar ante él sin sentir
vergüenza alguna.
La mención de los dos interrogatorios, sobre todo el de
Erlanger, y el respeto con el que K había hablado de los dos
señores, ablandó al posadero. Pareció querer cumplir la
petición de K de poner una tabla sobre los barriles y dejarle
dormir allí hasta la tarde, pero la posadera estaba
claramente en contra; ajustándose inútilmente el vestido,
cuyo desorden parecía haber descubierto en ese momento,
sacudía una y otra vez la cabeza; al parecer estaba a punto
de desencadenarse de nuevo la vieja disputa sobre la
pureza de la casa39. Para K, debido a su cansancio, la
conversación del matrimonio adoptada una importancia
desmesurada. Ser expulsado de allí le parecía una
desgracia que superaba todo lo experimentado hasta
entonces. Eso no podía ocurrir, ni siquiera si los dos se
ponían de acuerdo contra él. Les siguió acechando
acurrucado sobre el barril, hasta que la posadera, con su
hipersensibilidad, que a K le había llamado la atención hacía
tiempo, se echó repentinamente a un lado —probablemente
ya había hablado con el posadero de cosas diferentes— y
gritó:
—¿No ves cómo me mira? ¡Haz que salga de aquí de
inmediato!
K, sin embargo, aprovechando la oportunidad y
completamente convencido, casi hasta la indiferencia, de
que permanecería allí, dijo:
—No te miro a ti, sino tu vestido.
¿Por qué mi vestido? —preguntó la posadera irritada.

352
El Castillo

K se encogió de hombros.
—Ven —dijo la posadera a su esposo—, está borracho, el
muy bruto. Deja que duerma aquí la borrachera.
Y ordenó a Pepi, que al oír cómo se dirigía a ella salió de la
oscuridad, cansada y desgreñada, sosteniendo con
negligencia una escoba, que le arrojase a K un cojín
cualquiera.

353
Librodot El castillo Franz Kafka

25

Cuando K despertó, creyó al principio que apenas había


dormido; la habitación estaba igual, vacía y templada, todas
las paredes ocultas por la oscuridad, la lámpara sobre los
grifos de los barriles, y una ventana que mostraba la noche.
Pero cuando se estiró, cayó el cojín y tanto la tabla como los
barriles crujieron; Pepi acudió en seguida y entonces se
enteró de que ya era de noche y que había dormido más de
doce horas. La posadera había preguntado por él varias
veces durante el día, también Gerstäcker, quien, por la
mañana, cuando K hablaba con la posadera, había
esperado allí con una cerveza, pero luego no se atrevió a
molestarle, había regresado para verle, también Frieda
había venido y había permanecido un instante al lado de K,
pero no había venido por él, sino porque tenía cosas que
preparar allí, pues por la noche tenía que reanudar su
antigua labor.
—¿Ya no te quiere? —le preguntó Pepi, mientras le traía
un café y un pastel. Pero no lo preguntó con maldad como
antes, sino con tristeza, como si mientras tanto hubiese
conocido la maldad del mundo, frente a la cual fracasa toda
maldad propia y se torna absurda. Habló a K como una
compañera de infortunios, y cuando él probó el café y ella
creyó ver que no lo consideraba lo suficientemente dulce,
corrió y le trajo el azucarero. Su tristeza, sin embargo, no le
había impedido aderezarse más que la última vez, se había
trenzado cuidadosamente el pelo, pequeños rizos caían
sobre la frente y las sienes y, alrededor del cuello, llevaba
una cadena que colgaba hasta el escote de la blusa.
Cuando K, satisfecho por haber dormido bien y por poder

354
El Castillo

tomar un buen café, cogió disimuladamente una de las


trenzas e intentó soltarla, Pepi le dijo cansada:
—Déjame —y se sentó frente a él en un barril.
Y K no tuvo que pedirle que le hablara de su dolor, ella
misma comenzó a hablar de él, con la mirada fija en la
cafetera, como si necesitase una distracción incluso durante
el relato, como si, aun ocupándose de su propio dolor, no
pudiese entregarse por completo a él, pues eso superaría
sus fuerzas. Para empezar, K se enteró de que en realidad
él tenía la culpa en la desgracia de Pepi, pero que ella no le
guardaba rencor por eso. Y asintió fervientemente para
impedir cualquier contradicción de K. Primero se había
llevado a Frieda de la taberna y posibilitado así el ascenso
de Pepi. Nada imaginable, de no ser eso, habría podido
impulsar a Frieda a renunciar a su puesto; ella se sentaba
allí, en el mostrador, como la araña en el centro de su tela,
tenía tendidos sus hilos por todas partes, que sólo ella
conocía. Quitarlos sin su consentimiento habría sido
imposible, sólo el amor por un inferior, esto es, algo que no
era compatible con su posición, la podía apartar de su
puesto. ¿Y Pepi? ¿Había pensado alguna vez ganarse ese
puesto? Ella era una simple criada, tenía un empleo
insignificante y con pocas perspectivas. Por supuesto, tenía
sueños de un gran futuro, como cualquier otra muchacha,
nadie podía prohibirse soñar, pero no pensaba seriamente
en prosperar, se había conformado con lo logrado. Y de
repente desapareció Frieda de la taberna, ocurrió de forma
tan repentina que el posadero no tenía disponible una
sustituta adecuada, buscó y su mirada recayó en Pepi,
quien, ciertamente, se había adelantado. En aquel tiempo
amaba a K como no había amado a nadie en su vida, se
había sentado meses enteros en su cuarto oscuro y
diminuto y estaba preparada a pasar allí años y, en el peor
de los casos, toda su vida, siempre inadvertida y, de

355
Librodot El castillo Franz Kafka

repente, apareció K, un héroe, un liberador de mujeres


jóvenes y le había abierto el camino hacia arriba. Él, por
supuesto, no sabía nada de ella, no lo había hecho por ella,
pero eso no disminuyó en nada su gratitud; en la noche
anterior a su ascenso —la contratación aún era insegura,
pero muy probable—, pasó horas hablando con él,
susurrándole en el oído su agradecimiento. Y en sus ojos
aún aumentó su acto por el hecho de que era precisamente
Frieda la carga que había puesto sobre sus hombros, algo
incomprensiblemente desprendido residía en esa acción:
que para alzar a Pepi, convirtiese a Frieda en su amante, a
Frieda, una muchacha fea, envejecida y escuálida, con un
cabello corto y ralo, además una muchacha insidiosa, que
siempre tenía algún secreto, lo que sin duda guardaba
relación con su aspecto; si su cuerpo y su rostro eran
deplorables, debía de tener algún secreto que nadie podía
comprobar, por ejemplo su supuesta relación con Klamm. E
incluso a Pepi le habían asaltado pensamientos como que
era posible que K amase realmente a Frieda, quizá no se
engañase o sólo engañase a Frieda y el único resultado de
ello fuera el ascenso de K, luego él se daría cuenta de su
error o no querría ocultarlo por más tiempo y entonces sólo
vería a Pepi y no a Frieda, lo que no tenía por qué ser pura
imaginación de Pepi, pues ella podía competir muy bien con
Frieda, mujer frente a mujer, lo que nadie podía negar, y
ante todo había sido la posición de Frieda y el brillo que ella
le había sabido dar lo que había cegado momentáneamente
a K. Y Pepi, entonces, había soñado que K, cuando ella
tuviera el puesto, vendría a ella y ella tendría la elección
entre prestar oídos a K y perder el puesto o rechazarle y
seguir ascendiendo. Y ella estaba dispuesta a renunciar a
todo, a inclinarse hacia él y mostrarle el verdadero amor que
jamás podría encontrar con Frieda y que era independiente
de todos los empleos de honor de este mundo. Pero luego
todo sucedió de un modo distinto. ¿Y quién era el culpable?

356
El Castillo

Sobre todo K y, luego, también era cierto, la astucia de


Frieda. Pero ante todo K, pues ¿qué quería? ¿Qué tipo de
hombre tan extraño era? ¿A qué aspiraba? ¿Qué eran esas
cosas tan importantes que le preocupaban y que le
impulsaban a olvidar lo más próximo, lo mejor, lo más bello?
Pepi era la víctima, todo era una necedad y todo estaba
perdido, y quien tuviese la fuerza de incendiar toda la
posada de los señores, pero hasta los cimientos, sin que
quedase una huella, ardiendo como un papel en la
chimenea, ése sería hoy el elegido de Pepi. Sí, Pepi llegó a
la taberna hacía cuatro días, poco antes de la comida. No
era ningún trabajo fácil ése, se podía decir que casi era un
trabajo asesino, pero no era poco lo que se podía alcanzar
con él. Pepi tampoco había vivido antes al día y aunque
nunca, en sus pensamientos más osados, había aspirado a
ese puesto, sin embargo sí había realizado numerosas
observaciones, conocía las exigencias del puesto, desde
luego no lo había asumido sin estar preparada. Y no se
podía asumir sin estar preparada, porque en otro caso se
perdería en las primeras horas, sobre todo si se intentaba
realizar el trabajo como lo haría una criada. Como criada
una se olvidaba de Dios y de los hombres, se trataba de un
trabajo como en una mina, al menos en el corredor de los
secretarios así era. Día tras día no se veía allí, aparte de las
pocas personas convocadas que iban rápidamente de un
lado a otro sin atreverse a mirar, a ningún ser humano,
excepto las dos o tres criadas que estaban igual de
amargadas que Pepi. Por las mañanas no se podía salir de
la habitación, a esas horas los secretarios querían estar
solos, entre ellos, la comida se la llevaban los sirvientes de
la cocina, por regla general las criadas no tenían nada que
ver con eso, tampoco durante las horas de la comida nos
podíamos mostrar en el corredor. Sólo cuando los señores
trabajaban, las criadas podían limpiar, pero, naturalmente,
no en las habitaciones ocupadas, sino en las vacías, y ese

357
Librodot El castillo Franz Kafka

trabajo se tenía que realizar en silencio para no molestar a


los señores. Pero ¿cómo era posible limpiar en silencio
cuando los señores vivían varios días en las habitaciones?
A todo ello se añadían los sirvientes, esa chusma, que no
paraban de trastocarlo todo, así, cuando las criadas podían
entrar en la habitación, ésta se encontraba en un estado que
ni siquiera un diluvio podría limpiarla. Cierto, se trataba de
señores, pero había que superar la repugnancia para limpiar
sus habitaciones. Las criadas no tenían mucho trabajo, pero
era duro. Y nunca una palabra amable, sólo reproches,
especialmente éste, el más frecuente y atormentador: que al
limpiar habían desaparecido expedientes. En realidad no se
perdía nada, cualquier papel, por pequeño que fuese, se
entregaba al posadero, pero era cierto que se perdían
expedientes, aunque no por obra de las criadas. Y entonces
se formaban comisiones y las criadas tenían que abandonar
sus habitaciones y la comisión registraba las camas; las
criadas no tenían ninguna propiedad, sus pocos objetos
personales cabían en un cesto, pero la comisión buscaba
durante horas. Por supuesto que no encontraba nada,
¿cómo podrían llegar hasta allí expedientes? Pero el
resultado volvía a ser insultos y amenazas procedentes de
la decepcionada comisión y transmitidos por el posadero. Y
nunca se encontraba la tranquilidad, ni de día ni de noche.
Había ruido casi toda la noche y ruido desde el amanecer.
Si al menos no hubiera que vivir allí, pero era obligatorio,
pues había periodos en que era competencia de las criadas
llevar pequeñeces, según los pedidos, de la cocina, sobre
todo por la noche. Siempre de repente el puño golpeando la
puerta de la criada, el dictado del pedido, bajar a la cocina,
sacudir al mozo de cocina que duerme, poner el pedido en
el suelo ante la puerta de la criada, donde lo recogía uno de
los sirvientes, qué triste era todo eso. Pero no era lo peor.
Lo peor era cuando no se producía ningún pedido, cuando
en lo más profundo de la noche, cuando todos tendrían que

358
El Castillo

estar durmiendo y la mayoría dormía de verdad, alguien


comenzaba a andar de puntillas ante la puerta de las
criadas. Entonces las criadas se levantaban de un salto —
las camas eran literas, había poco espacio, la habitación de
las criadas no era más que un gran armario con tres nichos
—, escuchaban atentamente en la puerta, se arrodillaban,
se abrazaban atemorizadas. Y continuamente se oía al
furtivo ante la puerta. Todas habrían sido felices si
finalmente hubiese entrado en la habitación, pero no ocurría
nada, nadie entraba. Y había que reconocer que en ello no
se tenía que ver necesariamente un peligro, quizá sólo era
alguien que iba de un lado a otro ante la puerta, reflexionaba
si quería hacer un pedido y luego no se decidía. Tal vez sólo
era eso, o tal vez fuera algo muy diferente. En realidad no
conocíamos a los señores, apenas los habíamos visto. En
todo caso las criadas se morían de miedo y, cuando por fin
ya no se oía nada, se apoyaban en la pared y no tenían más
fuerzas para subir hasta sus camas. Ésta era la vida que le
esperaba otra vez a Pepi, esa misma noche ocuparía de
nuevo su plaza en la habitación de las criadas. Y ¿por qué?
A causa de K y Frieda. De vuelta a esa vida de la que
acababa de escapar, de la que había escapado, sí, con
ayuda de K, pero también con un gran esfuerzo, pues en
ese servicio las criadas se descuidaban, incluso las más
cuidadosas. ¿Para quién se tendrían que acicalar? Nadie
las miraba, en el mejor de los casos el personal de la
cocina; a quien eso le bastase, se podía acicalar. El resto
del tiempo lo pasábamos en nuestro cuarto o en las
habitaciones de los señores, y entrar en ellas con vestidos
limpios habría sido absurdo y un derroche. Y siempre bajo la
luz eléctrica y con un aire pesado —siempre se estaba
caldeando—, y, en realidad, siempre cansadas. La mejor
forma de pasar la tarde libre era durmiendo tranquilamente y
sin miedo en algún rincón de la cocina. ¿Para qué
acicalarse entonces? Sí, apenas nos vestíamos. Y de

359
Librodot El castillo Franz Kafka

repente Pepi fue destinada a la taberna, donde,


presuponiendo que se afirmara en el puesto, precisamente
sería necesario todo lo contrario, siempre se encontraría
expuesta a las miradas de los demás, entre los que se
encontrarían muchos señores muy atentos y exigentes y
donde siempre habría que dar la impresión más agradable
posible. Y Pepi podía decir que no había omitido nada. No
se preocupó de lo que vendría después. Ella sabía muy bien
que tenía las capacidades necesarias para ocupar ese
puesto, de eso estaba muy segura, y esa misma convicción
la seguía teniendo ahora y nadie se la podía quitar, ni
siquiera ese día, el día de su derrota. Sólo era difícil el modo
en que podría mantenerse al principio, pues no dejaba de
ser una criada pobre, sin vestidos ni joyas, y porque los
señores no tenían la paciencia de esperar para ver cómo se
iba evolucionando, sino que en seguida, sin transición
ninguna, querían tener una camarera como estaba
mandado, en otro caso la rechazaban. Se podría pensar que
sus exigencias no eran grandes, pues Frieda las podía
satisfacer, pero eso no era cierto. Pepi había reflexionado
sobre ello, también se había encontrado a menudo con
Frieda y durante un tiempo había dormido con ella. No era
fácil seguir las huellas de Frieda y quien no tenía mucho
cuidado ¿y qué señores lo tenían?— caía en sus engaños.
Nadie sabía mejor que Frieda lo lamentable que era su
aspecto; cuando, por ejemplo, se veía por primera vez cómo
se soltaba el pelo, había que juntar las manos de pena, una
muchacha como ella, si las cosas se hiciesen bien, no
podría ser ni criada. Ella también lo sabía y por ello había
llorado más de una noche, se había abrazado a Pepi y se
había tapado la cara con su pelo. Pero cuando estaba de
servicio, desaparecían todas sus dudas, se consideraba la
más bella y sabía convencer a cualquiera de la mejor
manera. Y mentía deprisa y estafaba para que la gente no
tuviera tiempo de contemplarla correctamente. Por supuesto

360
El Castillo

que eso no podía durar mucho, la gente tenía ojos y, al final,


terminarían por tener razón. Pero en el instante en que
percibía un peligro semejante, ya tenía preparado otro
artificio, por ejemplo, en los últimos tiempos, su relación con
Klamm. ¡Su relación con Klamm! Si no lo creía, lo podía
confirmar, podía visitar a Klamm y preguntarle. Qué astuta
era, qué astuta. Y si no se atrevía a presentarse ante Klamm
con semejante pregunta y ni siquiera lograba una cita con
cuestiones infinitamente más importantes, o Klamm fuese
completamente inaccesible para él —sólo para él y para los
que eran como él, pues Frieda, por ejemplo, se plantaba
ante él de un brinco cuando quería—, si eso era así, a pesar
de ello aún lo podía confirmar, no necesitaba más que
esperar. Klamm no toleraría durante mucho tiempo un rumor
tan falso, él estaba perfectamente informado de todo lo que
se contaba de él en la taberna y en las habitaciones, todo
eso poseía para él la mayor importancia y si era falso, lo
rectificaría. Pero si no lo rectificaba, entonces no había nada
que rectificar y todo era verdad. Lo único que se veía es que
Frieda llevaba la cerveza a la habitación de Klamm y
regresaba con el pago, pero lo que no se veía, eso es lo que
contaba Frieda y había que creerla. Pero no contaba nada,
no iba a divulgar esos secretos, no, los mismos secretos se
divulgaban por sí mismos y ya que se habían divulgado, ya
no temía hablar de ellos ella misma, pero con modestia, sin
afirmar nada, se remitía a lo conocido por todos. Sin
embargo, no lo contaba todo, por ejemplo que Klamm,
desde que ella estaba en la taberna, bebía menos cerveza
que antes, no mucha menos, pero significativamente menos,
de eso no decía nada, podía obedecer a distintos motivos,
podía ser que fuese una temporada en la que a Klamm le
agradase menos la cerveza o, quizá, se olvidaba de la
cerveza por Frieda. En todo caso, y por muy sorprendente
que pudiera parecer, Frieda era la amante de Klamm. Pero
lo que satisfacía a Klamm, ¿por qué no podrían admirarlo

361
Librodot El castillo Franz Kafka

los demás? Y así Frieda, en un abrir y cerrar de ojos, se


había convertido en una belleza, en una muchacha hecha a
la medida de la taberna, casi demasiado bella, demasiado
poderosa, quizá incluso fuera demasiado buena para la
taberna. Y, en efecto, a muchos les resultaba extraño que
siguiese en la taberna; el empleo de camarera en la taberna
era mucho, desde esa perspectiva parecía muy creíble la
relación con Klamm; ahora bien, si la camarera de la
taberna era la amante de Klamm, ¿por qué la dejaba tanto
tiempo en la taberna? ¿Por qué no la ascendía? Se le podía
repetir mil veces a la gente que aquí no existía ninguna
contradicción, que Klamm tenía distintos motivos para obrar
así, o que, tal vez, que el ascenso de Frieda estaba al caer,
todo eso producía poco efecto, la gente tenía determinadas
ideas y no se dejaba desviar de ellas mucho tiempo por
complejo que fuera el artificio que se empleaba. Nadie había
dudado que Frieda fuera la amante de Klamm, incluso
aquellos que posiblemente lo sabían mejor, ya estaban
demasiado cansados para dudar. «¡Por todos los diablos, sé
la amante de Klamm!», pensaron, «pero si ya lo eres, lo
queremos confirmar con tu ascenso». Pero nadie pudo notar
ni confirmar nada, y Frieda permaneció en la taberna como
hasta entonces y aún estaba contenta en secreto de que así
fuera. Pero entre la gente perdió en prestigio, eso lo tuvo
que notar, ella solía notar cosas antes de que se
manifestasen. Una muchacha realmente bella y
encantadora, una vez que se había adaptado a la taberna,
no debía emplear artimañas; mientras fuera bella,
permanecería camarera en la taberna, siempre y cuando no
se produjese alguna desgraciada casualidad. Una
muchacha como Frieda, sin embargo, tenía que estar
continuamente preocupada por su puesto, era evidente que
no lo mostraba, más bien solía quejarse y renegar de su
trabajo, pero observaba permanentemente en secreto el
ambiente. Y así comprobó que la gente se tornaba

362
El Castillo

indiferente, la aparición de Frieda ya no suponía ningún


motivo que mereciera la pena para levantar la mirada, ni
siquiera los sirvientes se fijaban en ella, comprensiblemente
se sentían atraídos por Olga y otras mujeres parecidas,
también comprobó en el comportamiento del posadero que
ella cada vez era menos imprescindible, y tampoco podía
inventar más historias de Klamm, todo tenía límites, y así la
buena de Frieda se decidió por algo nuevo. ¡Todos lo
adivinaron! Pepi lo sospechó, pero, por desgracia, no lo
adivinó. Frieda se decidió por provocar un escándalo, ella, la
amante de Klamm, se quiso arrojar en los brazos de un
cualquiera; en lo posible, en los del más ínfimo. Eso
causaría sensación, de eso se hablaría largo tiempo y,
finalmente, se acordarían de lo que significaba ser la
amante de Klamm y de lo que significaba rechazar ese
honor en la embriaguez de un nuevo amor. Lo único difícil
era encontrar el hombre adecuado con el que se pudiera
jugar una partida tan astuta. No podía ser un conocido de
Frieda, tampoco uno de los sirvientes, probablemente uno
de ellos la habría mirado con los ojos muy abiertos y habría
seguido su camino, ante todo no habría sabido mantener la
seriedad, y habría resultado imposible difundir, ni con toda la
elocuencia, que Frieda había sido asaltada por él, que no
había sabido defenderse y que se había rendido a él en un
momento de inconsciencia. Y aunque se tratase de la
persona más ínfima, tendría que ser alguien del que se
pudiera hacer creíble que, a pesar de su carácter obtuso y
grosero, sólo anhelaba a Frieda y que no tenía otro deseo
que —¡Cielo Santo!— casarse con ella. Pero aun siendo el
hombre más vulgar, en lo posible inferior a un criado, muy
inferior a un criado, al menos tenía que ser uno que no
fuese objeto de risa de todas las muchachas, alguien en
quien otra mujer con sentido común pudiese encontrar algo
atractivo. Pero ¿dónde se podía encontrar a un hombre
semejante? Cualquier otra mujer probablemente lo habría

363
Librodot El castillo Franz Kafka

buscado en vano durante toda la vida, la suerte de Frieda,


sin embargo, condujo tal vez al agrimensor a la taberna
precisamente la noche en que le vino el plan a la cabeza. ¡El
agrimensor! Sí, ¿en qué pensaba K? ¿Qué cosas tan
especiales ocupaban su mente? ¿Quería lograr algo
especial? ¿Un buen empleo, una distinción? ¿Quería algo
similar? Bueno, entonces tendría que haberse conducido de
un modo diferente desde el principio. Era un don nadie,
resultaba lamentable contemplar su situación. Era
agrimensor, eso quizá fuese algo, al menos había aprendido
una profesión, pero cuando no se sabe qué emprender con
ello, no significa nada. Y encima presentaba exigencias; sin
tener ningún respaldo, presentaba exigencias, no
directamente, pero se notaba que tenía pretensiones, eso
era irritante. ¿Sabría que incluso una criada le hacía una
concesión cuando hablaba con él? Y con todas sus
pretensiones la primera noche cayó en la trampa más burda.
¿Acaso no se avergonzaba? ¿Qué fue lo que le atrajo tanto
de Frieda? Ahora podía reconocerlo. ¿Le había podido
gustar realmente esa cosa amarillenta y escuchimizada?
¡Ah!, no, ni siquiera la había mirado, ella sólo le dijo que era
la amante de Klamm, en él eso sonó a novedad y ya estaba
perdido. Pero entonces ella se tenía que mudar, ya no había
sitio para ella en la posada de los señores. Pepi la vio la
mañana antes de la mudanza, todo el personal se había
reunido allí, había curiosidad por verlo. Y tan grande era aún
su poder que se compadecían de ella, todos, también sus
enemigos; tan exitoso resultó su cálculo al principio; haberse
arrojado en los brazos de un tipo semejante les parecía a
todos algo incomprensible, un golpe del destino; las
pequeñas mozas de cocina, que naturalmente admiraban a
todas las camareras de la taberna, estaban inconsolables.
Incluso Pepi estaba afectada, ni siquiera ella se pudo
dominar, aunque dirigía su atención a algo diferente. Le
llamó la atención la escasa tristeza que mostraba Frieda. En

364
El Castillo

el fondo se trataba de una terrible desgracia que le había


afectado, y ella hacía como si fuese muy desgraciada, pero
no lo suficiente, ese juego no podía engañar a Pepi. ¿Qué la
mantenía tan íntegra? ¿Acaso la felicidad del nuevo amor?
Bueno, esa consideración caía por sí misma. Pero ¿qué
podía ser entonces? ¿Qué le daba la fuerza incluso para
tratar a Pepi, que ya entonces era considerada su sucesora,
con la fría amabilidad de siempre? Pepi no tenía tiempo
para reflexionar sobre ello, tenía demasiado que hacer con
los preparativos para el nuevo empleo. Probablemente
debería ocuparlo en unas horas y no tenía ningún peinado
bonito, ningún vestido elegante y de tela fina, ningunos
zapatos decentes. Todo eso había que conseguirlo en unas
horas, si no podía aparecer con corrección, era mejor
renunciar al trabajo, pues entonces lo perdería en la primera
media hora. Bueno, lo logró en parte. Para peinarse tenía un
talento especial, una vez incluso la llamó la posadera para
que la peinara, posee una habilidad especial en las manos,
si bien ella tenía una abundante cabellera que se amoldaba
a todos los deseos. También consiguió ayuda para el
vestido. Sus dos compañeras se mantuvieron fieles, también
suponía para ellas cierto honor cuando una criada de su
grupo era nombrada camarera de la taberna; además Pepi,
más tarde, cuando tuviese poder, podría conseguirles
alguna ventaja. Una de ellas tenía desde hacía tiempo una
tela muy cara, era su tesoro, y con frecuencia dejaba que
las demás la admiraran; soñaba con emplearla alguna vez
de forma espléndida y —lo que fue un bonito gesto de su
parte—, ahora que la necesitaba Pepi, la sacrificó. Y las dos
la ayudaron gustosas a coser, si hubiesen cosido para ellas
mismas, no habrían invertido tanto celo. Incluso fue un
trabajo muy alegre y dichoso. Estaban sentadas cada una
en su cama, una sobre la otra, cosían y cantaban y se
pasaban las partes concluidas y los accesorios de costura.
Cuando Pepi pensaba en ello le llegaba al corazón que todo

365
Librodot El castillo Franz Kafka

hubiese sido en vano y que ahora tuviese que regresar con


sus amigas con las manos vacías. Qué desgracia y cuánta
imprudencia, sobre todo por parte de K. Cómo se alegraron
todas del vestido. Pareció el colmo del éxito, y cuando
posteriormente aún se encontró espacio para un lazo,
desapareció la última duda. ¿Y acaso no era bonito el
vestido? Ya estaba un poco arrugado y sucio, Pepi no tenía
un segundo vestido, así que había tenido que llevar ése día
y noche, pero aún se podía comprobar lo bello que había
sido, ni siquiera la condenada de los Barnabás había podido
ponerse uno mejor. Y además se podía ajustar y aflojar,
arriba y abajo, según el gusto; que fuese un solo vestido,
pero tan modificable, supuso una gran ventaja y realmente
fue su invención. Cierto, para ellas no era difícil la costura,
Pepi no se vanagloriaba de ello, a las muchachas jóvenes y
sanas les quedaba todo bien. Más difícil fue conseguir la
ropa interior y los zapatos, y aquí comenzó el fracaso.
También en esto ayudaron las amigas, pero no pudieron
conseguir mucho, sólo ropa basta que remendaron y, en vez
de zapatos de tacón alto, hubo que conformarse con unos
zapatos de andar por casa, que era preferible esconder
antes que mostrar. Consolaron a Pepi, Frieda tampoco iba
muy bien vestida y a veces se paseaba tan desaliñada que
los clientes preferían dejarse servir por los mozos antes que
por ella. Así era en realidad, pero Frieda podía hacerlo, ella
gozaba del favor de los demás; cuando una dama se
muestra vestida con descuido, se vuelve más seductora,
pero ¿con una novata como Pepi? Y, además, Frieda no
podía vestirse bien, carecía de gusto. Si alguien tenía la piel
amarillenta no le cabía otro remedio que aguantarse, pero
no tenía, como Frieda, que ponerse una blusa escotada
color crema para dañar los ojos de los demás. Y aun en el
caso de que no hubiese sido así, era demasiado mezquina
para vestirse bien, todo lo que ganaba, lo ahorraba, nadie
sabía para qué. Mientras estaba de servicio no necesitaba

366
El Castillo

dinero, lograba salir de problemas con mentiras y trucos,


Pepi no quería imitar su ejemplo y por eso estaba justificado
que se acicalase tanto para hacerlo patente y desde el
principio. Si hubiese podido emplear más medios, podría
haber salido victoriosa a pesar de la astucia de Frieda y de
la necedad de K. Todo comenzó muy bien. Los
conocimientos necesarios ya los había adquirido antes.
Apenas llegada a la taberna, ya se había adaptado. Nadie
echaba de menos a Frieda. Sólo el segundo día hubo
algunos huéspedes que preguntaron por ella. No se
cometieron errores, el posadero estaba satisfecho, todo el
primer día permaneció en la taberna por miedo, luego ya
sólo fue de vez en cuando, finalmente lo dejó todo en manos
de Pepi, ya que la caja coincidía, además, los ingresos, por
término medio, incluso habían aumentado respecto al
periodo de Frieda. Pepi introdujo novedades. Frieda había
cedido algunos de sus derechos, no por diligencia, sino por
avaricia, ansias de dominio, y por miedo; también controlaba
a los criados, al menos esporádicamente, sobre todo
cuando alguien miraba. Pepi, sin embargo, adjudicó ese
trabajo a los mozos, que para eso servían mejor. Gracias a
esa medida, se disponía de más tiempo para las
habitaciones de los señores, los huéspedes fueron servidos
con rapidez y, aun así, pudo conversar algo con ellos, no
como Frieda que, al parecer, sólo se reservaba para Klamm
y consideraba cada palabra, cada aproximación de otro
como una ofensa a Klamm. Esa táctica, sin embargo,
también era astuta, pues cuando dejaba que alguien se
aproximara a ella, se tenía que interpretar como un gran
privilegio. Pepi, en cambio, odiaba esos artificios, además,
al principio no eran útiles. Pepi se mostraba amigable con
todos y todos le pagaban con amabilidad. Todos estaban
visiblemente alegres por el cambio; cuando por fin los
agotados señores se podían sentar un rato para tomarse
una cerveza se les podía cambiar con una palabra, una

367
Librodot El castillo Franz Kafka

mirada, un encogerse de hombros. Tantas veces pasaban


las manos por los rizos de Pepi, que se tenía que renovar el
peinado diez veces al día; nadie se resistía a la seducción
ejercida por esos rizos y trenzas, ni siquiera K, tan irreflexivo
en otras cosas. Tantos días exitosos, excitantes y llenos de
trabajo. ¡Si no hubiesen pasado tan rápido! ¡Si hubiesen
sido más! Cuatro días eran demasiado poco, por más que
se realizase un esfuerzo hasta el agotamiento, quizá habría
bastado el quinto día, pero cuatro habían sido demasiado
pocos. Cierto, Pepi ya había adquirido en cuatro días
amigos y bienhechores, si hubiese podido confiar en todas
las miradas; se puede decir que nadaba, cuando traía las
jarras de cerveza, en un mar de amistad; un escribiente
llamado Bratmeier estaba loco por ella, le había regalado
esa cadena y el colgante y en el colgante estaba su retrato,
lo que había sido una osadía; sí, ocurrieron muchas cosas,
pero sólo fueron cuatro días, en cuatro días, si se lo
proponía, Pepi casi podía hacer que se olvidasen de Frieda,
aunque no del todo, y se habrían olvidado de ella aún antes,
si no hubiese mantenido precavidamente su nombre en
todos los labios a causa de su gran escándalo, con él era
como si fuese nueva para todos, sólo por curiosidad les
hubiera gustado verla; lo que se había convertido para ellos
en algo aburrido hasta la saciedad, había adquirido un
nuevo acicate gracias a los merecimientos del indiferente K;
por ello no habrían renunciado a Pepi, mientras estuviese
allí y destacase por su presencia, pero en su mayoría eran
señores mayores, aferrados a sus costumbres; antes de que
se acostumbrasen a una nueva camarera tenían que pasar
unos días, por muy beneficioso que hubiese sido el cambio;
contra la voluntad de los señores siempre duraba unos días,
quizá sólo cinco días, pero cuatro no bastaban; Pepi, a
pesar de todo, seguía siendo considerada como una
camarera provisional. Y luego quizá la desgracia más
grande, en esos cuatro días Klamm, a pesar de que durante

368
El Castillo

los dos primeros días estuvo en el pueblo, no bajó de su


habitación. Si hubiese bajado, habría sido el ensayo
decisivo, un ensayo que ella al menos no temía, todo lo
contrario, por el que se alegraba. No se hubiese convertido
—ésas eran cosas de las que era mejor no hablar— en la
amante de Klamm, ni tampoco habría mentido para tenerse
por una, pero hubiese sabido dejar la jarra de cerveza en la
mesa con la misma simpatía que Frieda, le habría saludado
amablemente sin la impertinencia de Frieda y se habría
despedido con la misma amabilidad, y si Klamm hubiese
buscado algo en los ojos de una joven, lo habría encontrado
en los ojos de Pepi hasta la saciedad. Pero ¿por qué no
bajó? ¿Por casualidad? Eso fue lo que creyó Pepi entonces.
Durante los dos días le esperó a cada momento. «Ahora
vendrá Klamm» —pensaba continuamente y corría hacia un
lado y a otro sin otro motivo que la intranquilidad de la
espera y el anhelo de ser la primera en verle cuando
entrara. Esa continua decepción la fatigó mucho, quizá por
eso rindiera menos de lo que era capaz. Se deslizaba,
cuando tenía un poco de tiempo, hasta el corredor, cuyo
acceso le estaba terminantemente prohibido al personal, allí
se ocultó en un rincón y esperó. «Si ahora viniese Klamm —
pensaba—, si pudiese recoger al señor en su habitación y
llevarlo hasta la taberna en mis brazos. Soportaría esa
carga sin derrumbarme, aun cuando fuese mucho más
pesada». Pero no fue. En esos corredores de arriba reinaba
tal silencio, un silencio imposible de imaginar si no se ha
estado allí. Reinaba tal silencio que no se podía soportar
mucho tiempo, el silencio terminaba por ahuyentarte. Diez
veces fue Pepi ahuyentada, diez veces volvió a subir. Era
absurdo. Klamm bajaría cuando quisiese bajar, pero si no
quería, Pepi no podría sacarle por mucho que se asfixiara
en el rincón sufriendo fuertes palpitaciones. Era absurdo,
pero si no bajaba, todo era absurdo. Y no bajó. Hoy sabía
Pepi por qué Klamm no había bajado. Frieda se habría

369
Librodot El castillo Franz Kafka

divertido mucho si hubiese visto a Pepi arriba, en el


corredor, escondida en un rincón y con las dos manos en el
corazón. Klamm no bajó porque Frieda no lo consintió. No lo
logró con sus súplicas, sus súplicas no llegaban hasta
Klamm, pero esa araña tenía conexiones que nadie conocía.
Cuando Pepi le decía algo a un huésped, lo decía
abiertamente, también lo podía oír la mesa vecina; Frieda,
sin embargo, no tenía nada que decir, ponía la cerveza en la
mesa y se iba; sólo susurraban sus enaguas de seda, lo
único en lo que invertía dinero. Pero si alguna vez decía
algo, no lo decía abiertamente, sino que se lo susurraba al
cliente, se inclinaba de tal manera que en la mesa vecina se
aguzaban los oídos. Lo que decía era probablemente
insignificante, aunque no siempre; ella tenía conexiones,
apoyaba las unas en las otras y aunque la mayoría de ellas
fracasaban —¿quién se preocuparía largo tiempo de
Frieda?—, de vez en cuando había alguna que persistía. Así
que comenzó a aprovecharse de esas conexiones. K le
proporcionó la posibilidad para ello, en vez de sentarse a su
lado y vigilarla, él apenas se quedó en casa, vagó por todas
partes, sostuvo entrevistas aquí y allá, a todo le prestó
atención menos a Frieda, y, para darle aún más libertad, se
mudó de la posada del puente a la escuela. Todo eso había
sido un buen inicio para una luna de miel. Bueno, Pepi era
con toda seguridad la última que podía reprochar a K que no
hubiese logrado soportar a Frieda. Con ella no se podía
aguantar mucho tiempo. Pero ¿por qué no la había
abandonado, por qué había regresado con ella una y otra
vez, por qué había despertado la impresión en sus
peregrinaciones de que luchaba por ella? Era como si, a
través de su contacto con Frieda, hubiese descubierto su
insignificancia, como si quisiese hacerse digno de Frieda,
como si quisiese trepar y para ello renunciase a la
convivencia para luego poderse resarcir de los sacrificios
realizados. Mientras, Frieda no había perdido el tiempo,

370
El Castillo

había permanecido sentada en la escuela, adonde ella


seguramente había conducido a K, y observaba la posada
de los señores y observaba a K. Tenía a su disposición
mensajeros excepcionales, los ayudantes de K, que —lo
que era incomprensible, incluso conociendo a K resultaba
incomprensible— se los dejaba a ella. Ella se los enviaba a
sus viejos amigos, hacía que la recordasen, se quejaba de
que un hombre como K la mantenía encerrada, acosaba a
Pepi, anunciaba su próxima llegada, pedía ayuda, juraba
que no había traicionado a Klamm, hacía como si hubiese
que proteger a Klamm y no se le debiera permitir en ningún
caso que bajase a la taberna. Lo que ella vendía a algunos
como la protección de Klamm, ante el posadero lo
interpretaba como su éxito personal, y llamaba la atención
acerca de que Klamm ya no bajaba. ¿Cómo podría bajar, si
abajo era Pepi la que servía? Aunque era cierto que el
posadero no tenía culpa alguna, esa Pepi era, en todo caso,
la mejor sustituta que había podido encontrar, pero no era
suficiente, ni siquiera para unos días. K no sabía nada de
toda esa actividad de Frieda; cuando no vagaba por ahí,
yacía ignorante a sus pies, mientras ella contaba las horas
que aún la separaban de la taberna. Pero los ayudantes no
sólo le prestaban ese servicio de mensajería, también
colaboraban para poner celoso a K, para mantenerlo en
calor. Frieda conocía a los ayudantes desde su infancia, no
tenían ningún secreto entre ellos, pero en honor a K
comenzaron a anhelarse mutuamente y surgió el peligro de
que se convirtiera en un gran amor. Y K hizo cualquier cosa
para satisfacer a Frieda, incluso lo más contradictorio, dejó
de ponerse celoso por los ayudantes y sin embargo toleraba
que los tres permanecieran juntos mientras él emprendía
solo sus peregrinaciones. Era como si fuese el tercer
ayudante de Frieda. Entonces Frieda, basándose en sus
observaciones, se decidió a dar el gran golpe, decidió
regresar. Y realmente era el momento oportuno, resultaba

371
Librodot El castillo Franz Kafka

admirable cómo Frieda, la muy astuta, lo reconoció y


aprovechó, esa fuerza en la observación y en la decisión
constituía el inimitable arte de Frieda; si Pepi lo tuviera, qué
diferente habría sido el curso de su vida. Si Frieda hubiese
permanecido un día o dos más en la escuela, ya no podrían
haber expulsado a Pepi, sería definitivamente camarera,
amada por todos, habría ganado el dinero suficiente para
completar su ajuar, sólo uno o dos días y Klamm ya no
habría podido ser apartado con ninguna intriga de la
taberna, habría bajado, bebido, se habría sentido cómodo y,
si acaso hubiese percibido la ausencia de Frieda, estaría
muy satisfecho con el cambio; sólo uno o dos días más y
todo habría quedado olvidado, Frieda con su escándalo, con
sus conexiones, con los ayudantes, nada de eso habría sido
recordado. ¿Quizá entonces podría aferrarse mejor a K y,
presuponiendo que fuese capaz de ello, aprender a
quererle? No, tampoco eso, pues K no necesitaba más de
un día para hartarse de ella, para reconocer cómo le
embaucaba de la manera más miserable, con todo, con su
supuesta belleza, su supuesta fidelidad y, sobre todo, con el
supuesto amor de Klamm, sólo un día, nada más,
necesitaba para expulsar de la casa a esa sucia compañía
de ayudantes, ni siquiera K necesitaba más. Y, sin embargo,
entre esos dos peligros, cuando ya comenzaba a cerrarse la
tumba sobre ella, K, en su simpleza, aún le dejaba abierta la
última y estrecha vía, y ella escapaba. De repente —nadie lo
había esperado, iba contra la naturaleza—, era ella la que
ahuyentaba a K, quien la seguía queriendo y persiguiendo, y
bajo la útil presión de los amigos y ayudantes aparecía ante
el posadero como una salvadora, más seductora que antes
a causa del escándalo, deseada notoriamente tanto por los
inferiores como por los superiores, aunque habiendo
sucumbido sólo un instante ante el más inferior de todos, a
quien rechazaba como estaba mandado para permanecer
inalcanzable como antes, sólo que antes todo eso se

372
El Castillo

dudaba con razón, pero ahora reinaba el convencimiento.


Así que regresaba, el posadero vacilaba mientras miraba a
Pepi de soslayo —¿debía sacrificarla, a ella, que tan bien
había trabajado?—, pero al poco tiempo ya se había dejado
convencer, había demasiado que hablaba en favor de
Frieda y, ante todo, quería volver a ganar a Klamm para la
taberna. Y así se llegaba a esa misma noche. Pepi no
esperaría a que llegase Frieda y a que hiciese un triunfo de
la ocupación del puesto. Ya le había dado al posadero la
caja, se podía ir. La cama en la habitación de las criadas ya
estaba preparada para ella, allí la saludarían sus llorosas
amigas, se quitaría el vestido, las cintas del pelo y lo
arrojaría todo en algún lugar donde quedase bien escondido
y no le recordasen innecesariamente tiempos pasados que
deberían olvidarse para siempre. Luego tomaría la fregona y
el cubo e iría a trabajar con los dientes apretados. Pero
antes le tenía que contar todo a K para que él, que sin
ayuda no se habría dado cuenta de nada, viese claramente
lo mal que había tratado a Pepi y lo infeliz que la había
hecho. Aunque, ciertamente, también de él se había
abusado40.
Pepi había terminado de hablar. Se limpió, suspirando,
algunas lágrimas de los ojos y de las mejillas y miró a K
asintiendo con la cabeza, como si quisiese decir que en el
fondo no se trataba de su desgracia, que ella la soportaría y
para ello no necesitaría ni ayuda ni consuelo de nadie, y
menos de K; ella, a pesar de su juventud, conocía la vida y
su desgracia sólo era una confirmación de sus
conocimientos, en realidad se trataba de la desgracia de K:
había querido presentarle su propia imagen; después de la
destrucción de todas sus esperanzas, ella había
considerado necesario hacerlo así41.
—Qué imaginación más desbocada tienes, Pepi —dijo K—.
No es verdad que hayas descubierto ahora todas esas

373
Librodot El castillo Franz Kafka

cosas, no son más que sueños producto de vuestra oscura y


estrecha habitación de criadas, que allí abajo tienen su
razón de ser, pero que aquí, al aire libre de la taberna,
resultan extraños. Con esos pensamientos no podías
afirmarte aquí, eso es evidente. Incluso tu vestido y tu
peinado, de los que tanto te vanaglorias, sólo son producto
de la oscuridad y de las camas de vuestra habitación; allí
pueden ser muy bonitos, aquí, sin embargo, todos se ríen de
ellos ya sea en secreto o en público. ¿Y qué cuentas más?
¿Que han abusado de mí y me han estafado? No, querida
Pepi, de mí han abusado tan poco como de ti y me han
estafado tan poco como a ti. Es cierto que Frieda me ha
abandonado o, como tú te expresas, se ha escapado con
los ayudantes; vislumbras un destello de la verdad, y es
realmente muy improbable que se convierta en mi esposa,
pero no es cierto que me haya hartado de ella o que la
hubiera expulsado al día siguiente o que me hubiera
engañado como quizá una mujer engaña a un hombre.
Vosotras, las criadas, estáis acostumbradas a espiar a
través del ojo de la cerradura y de esa costumbre deriváis la
forma de pensar consistente en deducir, de forma magistral
pero completamente falsa, el todo de una pequeñez que
realmente veis. La consecuencia de ello es que en este
caso, por ejemplo, yo sé menos que tú. Tampoco puedo
explicar tan detalladamente como tú por qué Frieda me ha
abandonado. La explicación más probable me parece la que
tú has insinuado pero sin sacarle el partido necesario: que la
he descuidado. Eso es, por desgracia, cierto. La he
descuidado, pero eso tuvo motivos especiales que no
vienen ahora a cuento; sería feliz si regresara a mí, pero
volvería a descuidarla en seguida. Así es. Cuando estaba
conmigo, me encontraba continuamente en mis
peregrinajes, tan ridiculizados por ti, ahora que se ha ido, no
tengo casi ninguna ocupación, estoy cansado, tengo deseos

374
El Castillo

de no ocuparme absolutamente de nada. ¿No tienes ningún


consejo para mí, Pepi?
—Pues sí —dijo de repente, tornándose vivaz y cogiendo
los hombros de K—, nosotros dos somos los estafados,
permanezcamos juntos, ven conmigo abajo, con las demás.
—Mientras te quejes de haber sido estafada —dijo K—, no
puedo llegar a un acuerdo contigo. Tú quieres seguir siendo
estafada, porque eso te adula y te conmueve. Pero la
verdad es que tú no eres la adecuada para este puesto.
Cuán clara resulta tu ineptitud, que hasta yo, según tu
opinión, el más ignorante, me doy cuenta de ella. Eres una
buena chica, Pepi, pero no es fácil reconocer lo que te digo;
yo, por ejemplo, al principio te tomé por cruel y arrogante,
pero no lo eres, sólo es este puesto que te confunde, ya que
no eres apta para él. No quiero decir que el puesto sea
demasiado elevado para ti, tampoco es un empleo tan
extraordinario; quizá sea, si se mira con más detenimiento,
más honorable que tu empleo anterior, pero en general la
diferencia no es tan grande, los dos se asemejan tanto que
se pueden confundir, sí, casi se podría afirmar que es
preferible ser criada antes que camarera, pues abajo
siempre se está entre secretarios, aquí, sin embargo, hay
que tener contacto con el pueblo llano, por ejemplo
conmigo, si bien también se puede servir a los superiores de
los secretarios en sus habitaciones; está decretado que yo
no pueda permanecer en ningún lado salvo aquí, en la
taberna, y la posibilidad de tratar conmigo ¿podría ser algo
extremadamente honroso? Sólo a ti te lo parece y quizá
tengas motivos para ello. Pero precisamente por eso
careces de la aptitud necesaria. Es un empleo como
cualquier otro, para ti, sin embargo, es el Reino Celestial, en
consecuencia todo lo haces con un celo desmesurado, te
acicalas como, según tú, se deben acicalar los ángeles —
ellos, en realidad, son de otra manera—, tiemblas por el

375
Librodot El castillo Franz Kafka

puesto, te sientes continuamente perseguida, buscas


ganarte con desmesurada amabilidad a todos aquellos que
te puedan servir de apoyo, pero con esa actitud los
importunas y los repeles, pues ellos buscan paz en la
taberna y no añadir a sus preocupaciones las de la
camarera. Es posible que después de la salida de Frieda
ninguno de los clientes se diese cuenta del suceso, ahora,
sin embargo, sí lo saben y realmente anhelan a Frieda, pues
ella lo ha conducido todo de otro modo. Fuera cual fuese su
carácter y el modo en que valorase su empleo, poseía una
gran experiencia en su trabajo, era fría y sabía dominarse,
tú misma lo has destacado, aunque sin haberte
aprovechado del ejemplo. ¿Te has fijado alguna vez en su
mirada? Ésa no era ya la mirada de una camarera, casi era
la mirada de una posadera. Todo lo veía y, al mismo tiempo,
captaba a cada una de las personas, y la mirada que dejaba
para ellas era lo suficientemente fuerte como para
someterlas. Qué importaba que quizá fuese un poco
delgada, que estuviese un poco envejecida, que uno se
pudiera imaginar un cabello más denso, ésas son
pequeñeces comparadas con lo que realmente tenía y
aquellos a quienes hubiesen molestado esos defectos sólo
habrían demostrado que les faltaba el sentido para captar lo
importante. Esto no se le puede reprochar a Klamm y sólo
es el falso punto de vista de una muchacha joven e
inexperta lo que te impide creer en el amor de Klamm por
Frieda. Klamm te parece —y con razón— inalcanzable y,
por eso, crees que tampoco Frieda tendría que haber
llegado hasta Klamm. Te equivocas. Yo confiaría
exclusivamente en la palabra de Frieda, aun en el caso de
que careciera de pruebas irrefutables. Por increíble que te
parezca y aunque te resulte incompatible con tus ideas del
mundo y del funcionariado, de la distinción y efecto de la
belleza femenina, es verdad, como que estamos aquí
sentados y tomo tu mano entre las mías, que así se

376
El Castillo

sentaban, como si fuera la cosa más natural del mundo,


Klamm y Frieda, uno al lado del otro, y él bajaba
voluntariamente, incluso se apresuraba a bajar, nadie
espiaba en el corredor, descuidando el trabajo; el mismo
Klamm tenía que hacer el esfuerzo de bajar y los fallos en el
vestido de Frieda, que tanto te horrorizaban, a él no le
molestaban en absoluto. ¡No quieres creerla! Y no sabes
cómo te descubres, cómo muestras tu inexperiencia. Ni
siquiera alguien que no supiese nada de la relación con
Klamm, tendría que reconocer en su carácter que se ha
formado algo que es más que tú y yo y que toda la gente del
pueblo y que sus conversaciones iban más allá de las
bromas que son habituales entre clientes y camareras y que
parecen ser la meta de tu vida. Pero te hago una injusticia.
Tú reconoces muy bien las dotes de Frieda, te has dado
cuenta de su capacidad de observación, de su fuerza para
decidir, de su influencia sobre las personas, sólo que todo lo
interpretas erróneamente, crees que todo lo emplea de
forma egoísta para obtener ventaja, con maldad, sólo como
un arma contra ti. No, Pepi, aun cuando pudiese disparar
esas flechas envenenadas, no podría dispararlas a una
distancia tan corta. ¿Y egoísta? Más bien podría decirse
que, sacrificando lo que tenía y lo que podía esperar, nos ha
dado la posibilidad de mantenernos en un puesto superior,
pero los dos la hemos decepcionado y la hemos obligado a
regresar aquí. No sé si es así, tampoco mi culpa me parece
clara, únicamente cuando me comparo contigo surge en mi
mente algo parecido, como si nosotros nos hubiésemos
esforzado de un modo demasiado ruidoso, infantil e
inexperto para ganar algo que se podría obtener fácilmente
con la tranquilidad y la objetividad de Frieda, pero que con
lloros, arañazos y tirones violentos, como un niño tira del
mantel, no se puede obtener, más bien echar por tierra y
hacerlo inalcanzable. No sé si esto será así, pero que hay

377
Librodot El castillo Franz Kafka

más posibilidades de que sea así y no cómo tú lo has


contado, eso lo sé con toda certeza.
—Muy bien —dijo Pepi—, estás enamorado de Frieda
porque se te ha escapado, no es difícil estar enamorado de
ella cuando ya no está42. Puede que todo sea como dices y
puede que tengas razón, también al ridiculizarme. ¿Qué vas
a hacer ahora? Frieda te ha abandonado. Ni con tu
explicación ni con la mía tienes la esperanza de que regrese
a ti e incluso si regresase alguna vez, en algún lugar tendrás
que alojarte durante ese tiempo, hace frío y no tienes ni
trabajo ni cama, ven con nosotras, mis amigas te gustarán,
te acomodaremos muy bien. Nos ayudarás en el trabajo,
que en realidad es demasiado duro para unas jovencitas
como nosotras; no dependeríamos exclusivamente de
nosotras mismas y por la noche ya no tendríamos miedo.
¡Ven con nosotras! También mis amigas conocen a Frieda,
te contaremos historias acerca de ella hasta que te hartes.
¡Pero ven! También tenemos fotos de Frieda y te las
mostraremos. Antaño Frieda era más modesta que hoy,
apenas la reconocerás, como mucho por sus ojos que ya en
aquella época tenían ese aspecto inquisitivo. ¿Vas a querer
venir?
—¿Está permitido? Ayer se produjo ese gran escándalo
porque fui descubierto en vuestro corredor.
—Porque fuiste descubierto, pero si estás en nuestra
habitación, jamás te descubrirán. Nadie sabrá nada de ti,
sólo nosotras tres. ¡Ah!, será muy divertido. Ya me parece la
vida allí mucho más soportable que hace un momento. Tal
vez no pierda tanto al tener que irme. Tampoco nos hemos
aburrido las tres allí abajo, hay que dulcificar el amargor de
la vida, ya se nos amarga lo suficiente la existencia durante
la juventud para que la lengua no se empalague, pero
nosotras tres nos mantenemos unidas, vivimos lo mejor
posible según las circunstancias; especialmente te gustará

378
El Castillo

Henriette, pero también Emilie, ya les he hablado de ti, esas


historias se escuchan con incredulidad, como si fuera de la
habitación en realidad no pudiese ocurrir nada, allí se está
caliente y es un lugar estrecho: nos apretamos todas juntas,
pero aunque dependemos de nuestra mutua compañía no
nos hemos hartado las unas de las otras, todo lo contrario,
cuando pienso en mis amigas, casi me parece justo que
regrese con ellas; ¿por qué tendría que llegar más lejos que
ellas?, precisamente era eso lo que nos mantenía unidas,
que las tres teníamos el futuro cerrado de la misma manera
y ahora yo he perforado el muro y me he separado de ellas;
cierto, no las he olvidado, y mi principal preocupación era
cómo podía hacer algo por ellas; mi propio puesto aún era
inseguro —lo inseguro que era, no lo sabía—, y, sin
embargo, ya hablé con el posadero sobre Henriette y Emilie.
Respecto a Henriette el posadero no estuvo del todo
inflexible, pero respecto a Emilie, que es mucho mayor que
nosotras, tiene la edad aproximada de Frieda, no me dio
ninguna esperanza. Pero imagínate, no quieren salir de allí,
saben que es una vida miserable la que llevan, pero ya se
han resignado, esas pobres almas; creo que las lágrimas
que derramaron se debieron más a que tenía que
abandonar la habitación, a que tenía que salir al frío —a
nosotras nos parece frío todo lo que está fuera de la
habitación— y a que tenía que tratar con grandes personas
extrañas en grandes espacios y con ninguna otra meta que
ganarme la vida, lo que también había logrado en nuestro
hogar común. Probablemente no se asombrarán si ahora
regreso, y sólo para transigir un poco conmigo llorarán y
lamentarán mi destino. Pero entonces te verán a ti y se
darán cuenta de que fue una buena cosa que me fuera. Que
ahora tengamos un hombre como ayudante y protector las
hará felices y estarán encantadas de que todo tenga que
permanecer en secreto y que a través de ese secreto
estaremos más unidas que antes. ¡Oh, por favor, ven, ven

379
Librodot El castillo Franz Kafka

con nosotras! No tendrás ninguna obligación, no quedarás


vinculado para siempre a nuestra habitación, como
nosotras. Si al llegar la primavera puedes encontrar un
alojamiento en cualquier lado y no te gusta estar con
nosotras, te puedes ir, sólo que tendrás que guardar el
secreto y no traicionarnos, pues entonces sería nuestra
última hora en la posada de los señores; y aun así, cuando
estés con nosotras, tendrás que tener cuidado de no
mostrarte en ningún lado que consideremos peligroso y
tendrás que seguir nuestros consejos; eso es lo único que te
vinculará y a eso te tendrás que atener, como es nuestro
caso, en lo demás eres completamente libre; el trabajo que
te asignemos no será difícil, no temas por ello. Así que
¿vienes?
—¿Cuánto queda hasta que llegue la primavera? —
preguntó K. —¿La primavera? —repitió Pepi—. Aquí el
invierno es largo y monótono. Pero de eso no nos quejamos
aquí abajo, contra el invierno estamos aseguradas. Bueno,
en su momento llega la primavera y el verano, pero en el
recuerdo, la primavera y el verano parecen tan breves que
casi se diría que son poco más de dos días, e incluso en
esos días, también en el más bello, cae alguna vez algo de
nieve.
En ese momento se abrió la puerta, Pepi se estremeció,
sus pensamientos se habían alejado demasiado de la
taberna, pero no era Frieda, sino la posadera. Se quedó
asombrada al ver que K seguía allí. K se disculpó diciendo
que la había estado esperando y, al mismo tiempo, le
agradeció que le hubiese permitido pernoctar allí. La
posadera no entendió por qué K la estaba esperando. K dijo
que había tenido la impresión de que la posadera aún
quería hablar con él; pedía disculpas si había sido un error,
además, ya se tenía que ir, había abandonado por mucho
tiempo la escuela, de la que era bedel, de todo tenía la

380
El Castillo

culpa la citación del día anterior, aún tenía poca experiencia


en esas cosas, no volvería a causarle tantas molestias,
como el día anterior. Y se inclinó dispuesto a salir. La
posadera le miró como si soñase. Debido a esa mirada, K
se quedó más tiempo del que quería. Entonces ella sonrió
un poco y sólo con el rostro asombrado de K volvió, en
cierta manera, en sí misma; era como si hubiese esperado
una respuesta a su sonrisa y, al no recibirla, se hubiese
despertado.
Ayer tuviste la osadía de decir algo sobre mi vestido.
K no podía acordarse.
—¿No lo recuerdas? A la osadía le sigue la cobardía.
K se disculpó con su cansancio del día anterior, era posible
que hubiese dicho algún disparate, en todo caso ya no
recordaba nada. ¿Qué habría podido decir de los vestidos
de la posadera? ¿Que eran tan bellos como no los había
visto en su vida? Al menos aún no había visto a ninguna
posadera que trabajase con esos vestidos.
—Déjate de comentarios —dijo rápidamente la posadera
—, no quiero oír más una palabra tuya acerca de mis
vestidos, no te incumben en absoluto, te lo prohibo de una
vez por todas.
K se inclinó una vez más y se dirigió hacia la puerta.
—Pero ¿qué significa eso —exclamó la posadera detrás de
él— de que jamás has visto a una posadera con esos
vestidos durante el trabajo? ¿Qué significan esos absurdos
comentarios? Son completamente absurdos, ¿qué quieres
decir?
K se dio la vuelta y pidió a la posadera que no se excitase.
Naturalmente que el comentario era absurdo. Además, él no
entendía nada de vestidos. En su situación cualquier vestido
sin manchas le parecía un lujo. Sólo se había quedado

381
Librodot El castillo Franz Kafka

asombrado al ver a la señora posadera, abajo, en el


corredor, con un vestido de noche tan bello entre tantos
hombres apenas vestidos, nada más.
—Ah, muy bien —dijo la posadera—, ya pareces comenzar
a recordar tu comentario de ayer. Y lo completas con otro
absurdo. Es cierto que no entiendes nada de vestidos. Así
que deja de juzgar—te lo pido seriamente— cuáles son
lujosos o cuáles son inadecuados y otras cosas por el estilo
—aquí pareció como si tuviese un escalofrío—, no vuelvas a
decir nada sobre mis vestidos, ¿lo oyes?
Y cuando K quería darse la vuelta en silencio, ella
preguntó:
—¿De dónde sabes tú algo de vestidos?
K se encogió de hombros, no sabía nada.
—No sabes nada —dijo la posadera—, entonces no
deberías pretender que sabes. Ven a la oficina, te mostraré
algo, entonces dejarás para siempre tus insolencias.
La posadera salió por la puerta, Pepi se acercó a K de un
salto; con el pretexto de cobrar la cuenta de K, llegaron
rápidamente a un acuerdo; era muy fácil, pues K conocía el
patio, cuya puerta conducía a la calle lateral, al lado de la
puerta había otra mucho más pequeña, detrás de ella
estaría Pepi en una hora y la abriría cuando golpease en
ella tres veces.
La oficina privada estaba situada frente a la taberna, sólo
había que atravesar el pasillo; la posadera ya había entrado
en la habitación iluminada y esperaba a K con impaciencia.
Hubo una nueva molestia. Gerstäcker había esperado en el
pasillo y quiso hablar con K. No era fácil desembarazarse de
él, también la posadera ayudó y reprochó a Gerstäcker su
impertinencia.

382
El Castillo

—¿Adónde entonces? ¿Adónde? —aún se pudo oír a


Gerstäcker cuando se cerró la puerta y las palabras se
mezclaron desagradablemente con sollozos y toses.
Era una habitación pequeña y demasiado caldeada. Un
pupitre de pie y una caja fuerte quedaban adosados a las
paredes más cortas, en las más largas había un armario y
una otomana. Casi todo el espacio era ocupado por el
armario, no sólo porque llenaba toda la pared más larga,
sino porque también su anchura estrechaba la habitación:
se necesitaban dos puertas corredizas para abrirlo del todo.
La posadera hizo una señal hacia la otomana, indicando que
K se sentara, ella se sentó en una silla giratoria al lado del
pupitre.
—¿Ni siquiera has aprendido el oficio de sastre? —
preguntó la posadera.
—No, nunca—dijo K.
—¿Qué eres en realidad?
—Agrimensor.
—¿Qué es eso?
K se lo explicó. La explicación la hizo bostezar.
—No dices la verdad. ¿Por qué no dices la verdad?
—Tampoco tú la dices.
—¿Yo? Ya comienzas otra vez con tus insolencias. Y si no
la dijera, ¿acaso tendría que responder de ello ante ti? Y
¿en qué no digo la verdad?
—No sólo eres posadera, como pretendes.
—¡Hombre! Estás lleno de descubrimientos. Entonces
¿qué soy? Tus insolencias rompen todos los límites.
—No sé lo que eres además, sólo sé que eres una
posadera y que llevas vestidos que no son propios de una

383
Librodot El castillo Franz Kafka

posadera y como, por lo que sé, no los lleva nadie aquí en el


pueblo.
—Bueno, ahora llegamos al meollo del asunto, no lo
puedes silenciar, tal vez no seas insolente, sólo eres como
un niño que sabe cualquier tontería y que es imposible
obligarle a que se la calle. Habla entonces. ¿Qué tienen de
especial estos vestidos?
—Te enojarás si lo digo.
—No, me reiré, no es más que cháchara infantil. ¿Cómo
son los vestidos?
—Tú eres la que lo quieres saber. Bien, son de un buen
material, lujosos, pero están anticuados, sobrecargados, a
veces retocados, gastados y no le van ni a tu edad, ni a tu
figura, ni a tu posición. Me llamaron la atención la primera
vez que te vi, hace una semana, aquí en el pasillo.
—Aquí lo tenemos. Son anticuados, sobrecargados y ¿qué
más? ¿De dónde pretendes saber todo eso?
—Simplemente lo veo. Para eso no se necesita ninguna
instrucción.
—Eso lo ves tú, así, sin más. No tienes que preguntar en
ninguna parte y sabes lo que está de moda. Me vas a ser
indispensable, pues tengo una debilidad por los vestidos
bonitos. Y ¿qué opinarías si te digo que todo este armario
está lleno de vestidos?
Corrió una de las puertas y se pudieron ver los vestidos
comprimidos que ocupaban todo el armario, la mayoría eran
vestidos oscuros, azules, marrones y negros, todos
cuidadosamente colgados y estirados.
—Éstos son los vestidos para los que no tengo espacio en
mi habitación, allí aún tengo dos armarios llenos, dos
armarios, cada uno tan grande como éste. ¿Te asombras?

384
El Castillo

—No, había esperado algo similar, ya dije que no sólo eres


posadera, aspiras a algo más.
—Sólo aspiro a vestirme bien y tú eres o un loco o un niño
o un hombre muy malo y muy peligroso. ¡Vete, vete ya!
K ya estaba en el pasillo y Gerstäcker le volvía a coger del
brazo, cuando la posadera gritó:
—¡Mañana recibo un vestido nuevo, quizá te llame!
Gerstäcker, sacudiendo enojado la mano, como si quisiera
callar a la posadera desde lejos, exhortó a K a que lo
acompañase. En principio no quiso dar ninguna explicación.
Apenas prestó atención a la objeción de K de que tenía que
regresar a la escuela. Sólo cuando K se resistió a seguir,
Gerstäcker le dijo que no debía preocuparse, que en su
casa tendría todo lo que necesitaba, podía renunciar al
puesto de bedel, pero tenía que ir con él ya, le había estado
esperando todo el día, su madre ni siquiera sabía dónde
estaba. K preguntó, lentamente y cediendo, por qué quería
darle alojamiento y comida. Gerstäcker sólo respondió
fugazmente, necesitaba a K como ayudante con los
caballos, él tenía otros negocios, pero ahora no tenía que
hacerse arrastrar así y procurarle dificultades innecesarias.
Si quería un sueldo, le daría un sueldo. Pero K se mantuvo
quieto a pesar de todos los esfuerzos de Gerstäcker. No
entendía nada de caballos. Eso tampoco era necesario, dijo
Gerstäcker con impaciencia, y cruzó enojado las manos
para intentar convencer a K de que avanzase.
—Sé por qué me quieres llevar contigo —dijo finalmente K.
A Gerstäcker le era indiferente lo que K supiera.
—Porque crees que puedo conseguir algo para ti con
Erlanger.
—Cierto —dijo Gerstäcker—. ¿Qué otra cosa podía querer
yo de ti?

385
Librodot El castillo Franz Kafka

K se rió, se colgó del brazo de Gerstäcker y se dejó guiar a


través de la noche.
La sala en la casa de Gerstäcker estaba apenas iluminada
por el fuego de la chimenea y por una vela, a cuya luz leía
alguien acurrucado en un rincón bajo las torcidas y salientes
vigas de cubierta. Era la madre de Gerstäcker. Ofreció a K
una mano temblorosa y le indicó que se sentara junto a ella;
hablaba con esfuerzo, apenas se la podía entender, pero lo
que decía...

386
El Castillo

NOTAS

387
Librodot El castillo Franz Kafka

10
Variante:
«—Según esto —dijo K, irguiéndose y sosteniendo en la mano la carta
arrugada de Klamm—, tendría una gran cantidad de amigos entrañables arriba
en el castillo, sólo que, por desgracia, nadie de quien oír un sí o un no
definitivos. Y, sin embargo, tendré que encontrar a un hombre así. Usted ya me
ha dado algunas indicaciones de cómo podría hacerlo.
—No era mi intención —dijo el alcalde sonriendo mientras le daba la mano de
despedida—, pero ha sido muy agradable haber hablado con usted, aligera la
conciencia. Tal vez le vuelva a ver pronto.
—Será necesario que regrese —dijo K, y se inclinó sobre la mano de Mizzi,
quiso superar su aversión y besarla, pero Mizzi se la quitó con un pequeño grito
de miedo y la escondió debajo del cojín.
—Mizzi, Mizzi —dijo el alcalde con tono cariñoso y comprensivo, acariciándole
la espalda.
—Siempre será bienvenido —dijo, quizá para ayudar un poco a K debido al
efecto causado por el comportamiento de Mizzi, pero entonces añadió:
—Especialmente ahora que estoy enfermo. Cuando pueda regresar a la mesa
de mi despacho, mi trabajo, naturalmente, me ocupará todo el tiempo.
—¿Quiere decir —dijo K— que hoy no ha hablado oficialmente conmigo?
—Cierto —dijo el alcalde—, no he hablado oficialmente con usted, se podría
decir que semioficialmente. Da demasiado valor a lo no oficial, como ya le dije,
pero también minusvalora lo oficial. Una decisión oficial no es algo, por ejemplo,
como este frasco de medicina que está sobre la mesa. Uno lo coge y ya lo tiene.
A una verdadera decisión oficial le preceden innumerables reflexiones y
comprobaciones, para ello se necesita el trabajo durante años de los mejores
funcionarios, incluso en el caso de que esos funcionarios conociesen ya desde
el principio la decisión definitiva. Y ¿hay realmente una decisión definitiva? Para
que no se produzca hay precisamente organismos de control.
—Muy bien —dijo K—, todo está excelentemente dispuesto, ¿quién puede
dudar de ello? Pero me lo ha representado en general de una forma tan
seductora como para que ahora no aplique todos mis esfuerzos en conocer los
detalles.

388
El Castillo

A estas palabras siguieron algunas inclinaciones y K salió. Los ayudantes


tuvieron una despedida especial con risas y susurros y salieron poco después.
En la posada, K encontró su habitación tan embellecida que casi no la
reconoció. Tan trabajadora había estado Frieda, que le recibió en el umbral con
un beso. La habitación había sido bien aireada, se había encendido la
calefacción, se había barrido el suelo y se había hecho la cama; las cosas de las
criadas, incluidas las fotografías, habían desaparecido, ahora colgaba sólo una
fotografía en la pared, sobre la cama. K se aproximó...»

12
Variante:
«—Encantado —dijo K—, y ahora lo que quería decirle. Hablaría, por ejemplo,
de la manera siguiente: «Nosotros, Frieda y yo, nos amamos y queremos
casarnos lo más rápidamente posible. Pero Frieda no sólo me ama a mí, sino
también a usted, de una manera distinta, cierto, no es culpa mía que la pobreza
del idioma designe los dos casos con la misma palabra. Que en el corazón de
Frieda también hay espacio para mí, es algo que ni siquiera ella comprende y
sólo puede creer que sólo fue posible por su voluntad. Después de todo lo que
he oído sobre Frieda, sólo puedo unirme a su opinión. A fin de cuentas no deja
de ser una conjetura fuera de la cual únicamente queda el pensamiento de que
yo, un forastero, un don nadie, como me llama la posadera, me he interpuesto
entre Frieda y usted. Para tener seguridad a este respecto, me permito
preguntarle, cómo es en realidad». Ésta sería, pues, la primera pregunta, y creo
que sería lo suficientemente respetuosa.
La posadera suspiró.
—Pero ¿qué tipo de hombre es usted? —dijo ella—. Aparentemente bastante
astuto, pero infinitamente ignorante. Quiere negociar con Klamm como si fuera el
padre de la novia, algo así como si usted se hubiese enamorado de Olga —por
desgracia no ha ocurrido— y quisiese hablar con el viejo Barnabás. Con cuánta
sabiduría está todo dispuesto para que no pueda hablar con Klamm.
—Esa objeción —dijo K— no la habría oído en mi conversación con él, que en
todo caso se produciría a solas y tampoco tendría que dejarme influir por ella.
Respecto a su respuesta, hay tres posibilidades, o dice «no era mi voluntad», o
«era mi voluntad», o se calla. Excluyo provisionalmente la primera posibilidad de

389
Librodot El castillo Franz Kafka

la reflexión, en parte en consideración a usted; el silencio, sin embargo, lo


interpretaría como consentimiento.
—Hay otras posibilidades —dijo la posadera—, y mucho más probables, si
tomase en serio el cuento ese de un encuentro, por ejemplo que le deje tirado y
se vaya.
—Eso no cambiaría nada —dijo K—. Me interpondría en su camino y le
obligaría a escucharme.
—¿Obligarle a que le escuche? —dijo la posadera—. ¿Obligar al león a que
coma hierba? ¡Vaya heroicidades!
—Siempre tan irritada, señora posadera—dijo K—. Me limito a responder sus
preguntas, no pretendo sacarle confesiones. Tampoco hablamos de un león,
sino de un director de departamento y si le quito la leona al león para casarme
con ella, tendré para él la importancia suficiente para que al menos me
escuche».

13
Variante.
«—Aquí, con nosotros, está perdido, señor agrimensor—dijo la posadera—,
todo lo que dice está lleno de errores. Tal vez, como su esposa, Frieda pueda
mantenerle aquí, pero casi es una tarea demasiado difícil para una niña tan
débil. Ella también lo sabe; cuando cree que nadie la observa, suspira y tiene los
ojos llenos de lágrimas. Cierto, también mi esposo se adosa a mí como una
lapa, pero no quiere dirigir y aun en el caso de que quisiera, sólo haría tonterías,
aunque como es de aquí, nada nocivo. Usted, sin embargo, está sumido en los
errores más peligrosos. Klamm como persona privada. ¿Quién ha visto alguna
vez a Klamm como persona privada? ¿Quién se lo puede imaginar siquiera
como persona particular? Usted puede, objetaría usted mismo, pero ahí consiste
precisamente la desgracia. Puede hacerlo porque no se lo puede imaginar como
funcionario, porque simplemente no se lo puede imaginar de ningún modo. De
un funcionario de verdad no puede decirse que a veces es más funcionario y
otras veces menos, siempre es funcionario en su totalidad. Pero para intentar
conducirle por el sendero del conocimiento, esta vez no haré caso omiso de ello
y le diré que nunca fue más funcionario que en aquellos años de mi felicidad, y
tanto Frieda como yo coincidimos en que no amamos sino al funcionario Klamm,

390
El Castillo

al funcionario superior, extraordinariamente superior».

14 14
Variantes:
(1) «K creía no tener ningún motivo para hacerlo, casi se podía decir que había
una nueva esperanza: que desenganchasen los caballos era, ciertamente, un
signo triste, pero la puerta aún permanecía allí, abierta, imposible de cerrar con
llave, una promesa continua y una continua tentación. Entonces volvió a oír a
alguien en la escalera; retrocedió unos pasos con precaución y celeridad hacia
el pasillo y miró hacia arriba. Para su sorpresa era la posadera de la posada del
puente. Con lentitud y actitud reflexiva bajaba las escaleras, sujetándose
regularmente al pasamanos. Le saludó con amabilidad, allí, en terreno ajeno, no
parecía tener validez su disputa».
(2) «¡Qué le importaba a K ese señor! Que se alejara si quería, cuanto más
rápido, mejor; era una victoria de K, aunque, por desgracia, no podía sacar
provecho de ella si al mismo tiempo se alejaba el trineo, al que seguía
tristemente con la mirada.
—Si me voy en seguida de aquí —exclamó volviéndose con una decisión
repentina hacia el señor—, ¿puede regresar el trineo?
Mientras decía esto, K no creyó ceder a ninguna orden —en otro caso no lo
habría hecho—, sino que le pareció como si renunciase a favor de una persona
más débil, pudiendo alegrarse de haber realizado una buena acción. En la
respuesta brusca del señor reconoció en seguida, sin embargo, en qué
confusión de sentimientos se hallaba si creía que actuaba voluntariamente,
voluntariamente había invocado el dictado del señor.
—El trineo puede regresar —dijo el señor—, pero sólo si usted viene en
seguida conmigo, sin dudar, sin condiciones, sin retractarse. ¿Quiere que
regrese entonces? Se lo pregunto por última vez. Créame, entre mis funciones
no se encuentra la de vigilar el orden público en el patio.
—Me voy —dijo K—, pero no con usted, me voy por esa puerta, a la calle.
Señaló hacia el portón.
—Bien —dijo el señor, una vez más con esa atormentadora mezcla de
deferencia y dureza—, entonces yo también me iré por ahí. Pero deprisa.

391
Librodot El castillo Franz Kafka

El señor regresó hasta donde estaba K y avanzaron uno al lado del otro por el
centro del patio, a través de la nieve inmaculada. Volviéndose fugazmente, el
señor hizo una señal al cochero, quien una vez más se adelantó hasta la
entrada, se subió al pescante y se dispuso otra vez a esperar, su espera
comenzaba de nuevo. Pero para su enojo, también comenzó la espera de K,
pues apenas habían salido del patio, se quedó parado.
—Usted es insoportablemente tozudo —dijo el señor.
K, sin embargo, que cuanto más se alejaba del trineo y del testigo de su falta,
más despreocupado se sentía, más seguro de su objetivo y, por tanto, más a la
altura del señor, sí, incluso en cierto sentido, superior a él, se puso enfrente de
él y le dijo:
—¿Es verdad eso? ¿No me quiere engañar? ¿Insoportablemente tozudo? No
podría desearme nada mejor.
En ese instante, K sintió en la nuca un ligero escozor, quiso cerciorarse de la:
causa, se tocó con la mano y se volvió. ¡El trineo! Aún tenía que haber estado K
en el interior del patio, cuando el trineo había comenzado a avanzar sin hacer
ruido, en la profunda nieve, sin campanilla, sin luces, y ahora acababa de pasar
al lado de K y el cochero le había rozado de broma con el látigo. Los caballos,
nobles animales, a los que no había podido juzgar durante su espera por su
posición de descanso, tensaban ahora sus músculos y tomaban el camino del
castillo, desapareciendo rápidamente en la oscuridad de la noche.
El señor sacó el reloj y dijo con un acento de reproche:
—Así que Klamm ha tenido que esperar dos horas.
—¿Por mi causa? —preguntó K.
—Pues claro —dijo el señor.
—¿No puede soportar verme?
—No —respondió el señor—, no puede soportarlo. Ahora me voy a casa. No
puede imaginarse el trabajo que he tenido que dejar allí, por cierto, yo soy el
actual secretario de Klamm, me llamo Momus. Klamm es un hombre a quien le
gusta trabajar y los que estamos con él tenemos que imitarle en lo que alcancen
nuestras fuerzas.

392
El Castillo

El hombre se había vuelto hablador, habría tenido ganas de contestar todas las
preguntas de K, pero éste permaneció mudo, sólo parecía observar con
detenimiento el rostro del secretario, como si buscase descubrir la ley, según la
cual se tenía que regir un rostro para que Klamm lo soportase. Pero no encontró
nada y lo dejó, ya no prestó atención a la despedida del secretario y se limitó a
mirar cómo se ponía en camino hacia el patio y se abría paso entre un grupo de
personas que de allí venía y que probablemente estaba compuesto por la
servidumbre de Klamm. Iban por parejas, pero sin ningún orden, hablaban entre
ellos y ocultaron sus rostros a un lado u otro cuando pasaron al lado de K.
Detrás de ellos se cerró lentamente la puerta. K tenía necesidad de calor, de luz,
de una palabra amable, en la escuela era probable que le esperase todo eso,
pero tenía la sensación de que, en su estado, no encontraría el camino a casa,
sin tener en consideración que se encontraba en una calle completamente
desconocida para él. Tampoco le atraía mucho esa perspectiva, pues por más
que se imaginaba todo lo que le esperaba en casa con los colores más bonitos,
no lo consideraba suficiente para un día como ése. Bueno, en todo caso allí no
podía quedarse, así que se puso en camino».

16
Variante.
«K no temía las amenazas de la posadera; las esperanzas con que pretendía
atraparle significaban poco para él, pero el expediente comenzaba a tentarle. No
a causa de Klamm, Klamm estaba lejos; una vez la posadera le había
comparado con un águila, eso a K le había parecido ridículo, pero ya no; pensó
en su silencio y en su lejanía, en su inexpugnable morada y en su penetrante
mirada, que nunca se dejaba demostrar ni refutar, en los círculos que trazaba
allá arriba, según leyes incomprensibles e indestructibles desde la profundidad,
sólo visibles en ciertos instantes: todo eso tenían en común Klamm y el águila.
El acta, sobre la cual en ese preciso momento Momus rompía una rosquilla con
la que acompañaba una cerveza, cubriendo de comino y de sal todas las
páginas, es cierto, no tenía nada que ver con todo eso. Pero tampoco carecía de
importancia; la posadera tenía razón, no en su sentido, sino en un sentido
general, cuando dijo que K no podía renunciar a nada. Ésa había sido siempre la
opinión de K cuando no quedaba debilitado por las decepciones, como ese día
después de sus experiencias vespertinas. Pero se había ido recuperando
lentamente, los ataques de la posadera le fortalecían, pues por más que hablara

393
Librodot El castillo Franz Kafka

de su ignorancia y de su incapacidad para aprender, su irritación demostraba lo


importante que era para ella instruirle a él, precisamente a él, y si intentaba
humillarle con sus respuestas, el ciego fervor con que lo hacía mostraba el poder
que sus insignificantes preguntas tenían sobre ella. ¿Debía prescindir de esa
influencia? Y la influencia sobre Momus podía ser incluso más fuerte, aunque
Momus hablaba poco y cuando lo hacía, prefería gritar, ¿pero no significaba ese
silencio precaución, esto es, acaso no pretendía ahorrar en autoridad? ¿No
había traído a la posadera para ese propósito, quien, como no tenía ninguna
responsabilidad oficial, podía intentar conducir a K hacia la trampa del acta, con
independencia, sólo adaptándose al comportamiento de K, mezclando palabras
dulces y amargas? Cierto, no bastaba para llegar a Klamm, pero ¿no había
antes de Klamm o en el camino hacia Klamm algún trabajo para K? ¿No había
sido la tarde de ese día una prueba de que cualquiera que creyese poder
alcanzar a Klamm con un salto en lo incierto minusvaloraba mucho la distancia
que le separaba de Klamm? ¿Era posible alcanzar a Klamm? Sólo paso a paso
y por ese camino se encontraban también Momus y la posadera. ¿No le habían
impedido ese día esos dos, al menos aparentemente, el contacto con Klamm?
Primero, la posadera, que había avisado de la llegada de K, y luego Momus, que
se había convencido, mirando por la ventana, de la llegada de K, y que había
impartido en seguida las órdenes necesarias, de tal forma que incluso el cochero
había estado informado de que antes de que K no se hubiese ido, no podía
producirse la salida y que, por tanto, el cochero se había quejado lleno de
reproches de que podía durar mucho antes de que K se fuese, lo cual, para K,
había sido incomprensible. Así que todo se había dispuesto, a pesar de que,
como casi había tenido que reconocer la posadera, la sensibilidad de Klamm, de
la que gustaban contar auténticas leyendas, no podía haber sido un
impedimento para dejar pasar a K. Quién sabe qué habría ocurrido, si la
posadera y Momus no hubiesen sido enemigos de K o, al menos, no se
hubiesen atrevido a mostrar esa hostilidad. Era muy posible que ni aun así
hubiese podido entrar a ver a Klamm, habrían surgido nuevos impedimentos, la
reserva de ellos era quizá inagotable, pero K habría tenido la satisfacción de
haberlo preparado todo según sus conocimientos de la situación, mientras que
ahora había quedado expuesto a los ataques de la posadera y no había hecho
nada para protegerse de ellos. Pero K conocía los errores que había cometido,
lo que no sabía era cómo se podían evitar. Su primera intención, en vista de la
carta de Klamm, de convertirse en un sencillo trabajador del pueblo había sido

394
El Castillo

muy razonable. Pero se tuvo que apartar necesariamente de ella cuando la falaz
aparición de Barnabás le había hecho creer que podría acceder fácilmente al
castillo, del mismo modo en que se sube a una colina en un corto paseo, aún
más, fue exhortado a ello por la sonrisa y los ojos de ese mensajero. Y
entonces, sin posibilidad de reflexionar, había llegado Frieda y con ella la fe no
del todo irrenunciable en que mediante su intermediación había surgido una
relación casi física, hasta llegar a cuchichearse en el oído, con Klamm, de la que
tal vez sólo K tenía conocimiento, pero que sólo necesitaría una pequeña
intervención, una palabra, una mirada para revelar, ante todo a Klamm, pero
luego también a todos, algo increíble, pero evidente mediante la compulsión de
la vida, del abrazo amoroso. Bien, tan fácil no había sido y en vez de
conformarse provisionalmente como trabajador, ya hacía tiempo que K buscaba
a tientas, siempre impaciente y en vano, a Klamm. Pero mientras habían surgido
otras posibilidades: el pequeño puesto de bedel de escuela; quizá no fuese el
empleo conveniente, desde la perspectiva de los deseos de K, quizá se
adaptaba demasiado a las circunstancias de K, demasiado llamativo y
provisional, demasiado dependiente de la indulgencia de muchos superiores,
sobre todo del maestro, pero, en todo caso, era un firme punto de partida,
además los errores del empleo quedarían paliados por el matrimonio inminente,
en el que K hasta ese momento apenas había pensado, pero que ahora le
sorprendió por su gran importancia. ¿Qué era él sin Frieda? Un don nadie
tambaleándose detrás de brillantes fuegos fatuos como la seda del tipo de
Barnabás o de aquella muchacha del castillo. Con el amor de Frieda, es cierto,
tampoco ganaba a Klamm como con un golpe de mano, sólo en un instante de
demencia lo había creído o casi sabido y aun cuando esas esperanzas seguían
presentes, como si no las dañara ninguna refutación con hechos, ya no quería
contar más con ellas en sus planes. Pero tampoco las necesitaba, mediante el
matrimonio ganaba una mejor seguridad: miembro de la comunidad, derechos y
obligaciones, ya no sería ningún extraño, entonces sólo tendría que guardarse
de la arrogancia de esa gente, eso era fácil, no había que apartar la mirada del
castillo. Más difícil sería someterse, los pequeños trabajos con la gente llana;
quería comenzar sometiéndose al acta.
K miró los papeles con una sospecha incierta. Entonces cambió de
conversación. Quizá podía llegar a la verdad desde otro ángulo. Como si no
hubiese habido ninguna diferencia de opinión, preguntó tranquilamente:

395
Librodot El castillo Franz Kafka

—¿Tanto se ha escrito sobre unas horas de la tarde? ¿Todos esos papeles


tratan sobre eso?
—Todos —dijo amablemente Momus como si hubiese esperado esa pregunta
—, es mi trabajo.
—¿No podría leer un poco de ellos? —preguntó K.
Momus comenzó a pasar las hojas como si estuviese mirando si había algo
que pudiese mostrar a K, luego dijo:
—No, por desgracia no es posible.
—Me da la impresión —dijo K— de que ahí se encuentran cosas que yo podría
refutar.
—Que usted se esforzaría en refutar —dijo Momus—, sí, en estas páginas se
encuentran esas cosas.
Y cogió un lápiz azul y subrayó sonriendo algunas líneas.
—No soy curioso —dijo K—, puede seguir subrayando, señor secretario, y
copiando con tranquilidad y sin control todas las cosas horribles que se han
escrito sobre mí. No me preocupa en absoluto lo que se conserva en el Registro.
Sólo pensé que ahí se podría encontrar algo que resultase instructivo para mí,
que me mostrase cómo un funcionario con experiencia juzga honorablemente
sobre mí. Eso me hubiera gustado leer, pues me gusta aprender, detesto
cometer errores y producir enojos.
—Y le encanta hacerse el inocente —dijo la posadera—. Obedezca al señor
secretario y sus deseos se cumplirán parcialmente. A través de las preguntas
conocerá indirectamente algo del contenido del acta y a través de las respuestas
podrá influir sobre su espíritu.
—Siento mucho respeto por el secretario —dijo K— como para creer que me
revelará a través de las preguntas lo que ha decidido de antemano que no me
dirá. Tampoco tengo ganas de fortalecer cosas incorrectas o que me acusan
injusta mente, aunque sólo sea en apariencia, al limitarme a responder y
dejando que mis respuestas se incluyan en un texto hostil.
Momus miró a la posadera con actitud reflexiva.

396
El Castillo

—Entonces recogemos nuestros papeles —dijo él—, ya hemos esperado


mucho tiempo, el señor agrimensor no puede quejarse de nuestra impaciencia.
Como dijo el señor agrimensor «siento mucho respeto por el señor secretario
etc.», así pues, el enorme respeto que me tiene le impide seguir hablando. Si
pudiese disminuirlo, conseguiría las respuestas. Por desgracia, me veo obligado
a aumentarlo al reconocer que estos expedientes no necesitan de sus
respuestas, ya que no necesitan ser completados ni mejorados, pero él sí que
está necesitado del expediente y tanto de las preguntas como de las respuestas.
Ahora, sin embargo, cuando abandone esta habitación, el acta desaparecerá
para siempre de su vista y ya no se abrirá más ante él.
La posadera asintió lentamente con la cabeza hacia K y dijo:
—Yo lo he sabido y me he esforzado por dárselo a entender, pero no me ha
comprendido. En el patio ha esperado en vano a Klamm y aquí, en lo referente
al acta, ha dejado que Klamm espere en vano. ¡Qué confuso, qué confuso está
usted!
La posadera tenía lágrimas en los ojos.
—Bien —dijo K, afectado por las lágrimas—, el secretario sigue aquí y también
el acta.
—Pero yo me voy ahora—dijo el secretario, guardó los papeles en una cartera
y se levantó.
—¿Quiere responder de una vez, señor agrimensor? —preguntó la posadera.
—Demasiado tarde —dijo el secretario—, Pepi tiene que abrir la puerta, ya ha
pasado la hora de la servidumbre.
Hacía tiempo que se oían golpes en la puerta, Pepi estaba allí con la mano en
el cerrojo, sólo esperaba ala finalización de las negociaciones con K para abrirla
en seguida.
—Abra la puerta, pequeña —dijo el secretario, y a través de la puerta entraron,
empujándose y sin consideración alguna, hombres del tipo que K ya conocía con
su uniforme caqui. Miraron con enojo a K porque habían tenido que esperar
tanto tiempo, la posadera y el secretario no prestaron atención y se deslizaron
entre ellos como si fueran huéspedes ordinarios; fue una suerte que el secretario
tuviese los papeles en la cartera bajo el brazo, pues la mesa había sido volcada

397
Librodot El castillo Franz Kafka

con la irrupción de los hombres y aún no se había levantado, los hombres


pasaban por encima de ella con toda seriedad, como si tuviera que ser así. Sólo
se había salvado la jarra de cerveza del secretario, uno se había apoderado de
ella con un ruido gutural y se había apresurado a presentarse con ella ante Pepi,
la cual había desaparecido entre el grupo de hombres. Sólo se veía cómo
alrededor de Pepi se alzaban brazos que señalaban hacia el reloj de pared, se le
intentaba aclarar la gran injusticia que había cometido con esos hombres al abrir
demasiado tarde. Aunque era inocente del retraso, del cual era culpable K
aunque no por propia voluntad, Pepi no parecía ser capaz de justificarse ante
ellos, era demasiado difícil para su juventud e inexperiencia tratar
razonablemente con aquella gente. Cómo se habría revuelto Frieda en el lugar
de Pepi y se habría desembarazado de todos ellos. Pepi, sin embargo, no
lograba salir del círculo que habían formado a su alrededor, y eso tampoco
serenaba el ambiente, pues los hombres querían que se les sirviese cerveza.
Pero la masa no se podía dominar e intentaba apoderarse del objeto de su
placer por el que todos estaban ansiosos. Una y otra vez la marea de gente
desplazó a un lado y a otro a la pequeña muchacha, y ahí Pepi se comportó con
valor, pues no gritó, ni se la veía ni se la oía. Y continuamente entraba gente por
la puerta, la sala estaba atestada, el secretario no podía salir, ni la puerta del
pasillo ni la del patio le resultaban accesibles, los tres estaban apretados, la
posadera del brazo del secretario, y K enfrente de ellos y tan pegado al
secretario que sus rostros casi se rozaban. Pero ni el secretario ni la posadera
mostraban sorpresa o enojo por el tumulto, lo tomaban como una catástrofe
natural, intentaban salvaguardarse de los empujones, inclinaban las cabezas
cuando era necesario protegerse de la respiración jadeante de los hombres aún
insatisfechos, pero en lo demás parecían tranquilos e, incluso, un poco
distraídos. Cercano como estaba ahora K al secretario y a la posadera, y unido a
ellos, aunque exteriormente no se notara, formando un grupo enfrentado al otro,
su comportamiento cambió por completo, todo tono oficial, hostil o clasista
desapareció entre ellos o al menos fue aplazado para más tarde.
—Parece que no puede salir—dijo K al secretario.
—No, por el momento no —respondió el secretario.
—¿Y el acta? —preguntó K.
—Está en la cartera—dijo Momus.

398
El Castillo

—Me gustaría echarle un vistazo —dijo K, y casi involuntariamente intentó


coger la cartera, logrando sujetarla por un extremo.
—No, no —dijo el secretario y le eludió.
—Pero ¿qué hace usted? —dijo la posadera, golpeando la mano de K—.
¿Acaso cree que puede recobrar con violencia lo que ha perdido por su
imprudencia y arrogancia? ¡Usted es un hombre malvado y horrible! ¿Acaso
cree que el acta tendría en sus manos algún valor? Sería como una flor
marchita.
—Y estaría destruida —dijo K, y dio un tirón decidido de la cartera bajo el
brazo del secretario y se apoderó de ella. Pero el secretario se la había cedido
voluntariamente, en seguida soltó el brazo, de tal forma que la cartera habría
caído al suelo, si K no la hubiese cogido.
—¿Por qué ahora? —preguntó el secretario—. Con violencia se habría podido
apoderar de ella en cualquier momento.
—Es violencia contra violencia—dijo K—. Sin ningún fundamento me niega el
interrogatorio que me ofreció antes o, al menos, que le eche un vistazo a los
papeles. Sólo para lograr uno de ambos deseos le he arrebatado la cartera.
—Esto es, la toma en prenda—dijo el secretario sonriendo. Y la posadera dijo:
—Eso de las prendas se le da muy bien. Señor secretario, eso queda
demostrado en el acta. ¿No se le podría enseñar esa página?
—Claro —dijo Momus—, ahora se le puede enseñar.
K sostuvo la cartera y la posadera revolvió en su interior, pero, al menos en
apariencia, no podía encontrar la página. Dejó de buscar y, agotada, se limitó a
decir que tenía que ser la página 10. Entonces la buscó K y la encontró en
seguida. La posadera la cogió para confirmar que se trataba de la página
correcta; sí, lo era, la volvió a leer por encima para saborearla y el secretario,
inclinado sobre su brazo, la leyó con ella. Luego se la dieron a K.
«No es fácil demostrar la culpa del agrimensor K. Sólo se puede llegar a
conocer sus manejos, si, por desagradable que sea, se intenta penetrar en sus
procesos mentales. Aquí no hay que dejarse desconcertar si, en ese camino, se
llega desde fuera a una increíble ruindad, todo lo contrario, si se ha llegado a

399
Librodot El castillo Franz Kafka

eso, quiere decir que no se ha errado, entonces hemos llegado al lugar correcto.
Tomemos, por ejemplo, el caso de Frieda. Está claro que el agrimensor no ama
a Frieda y que no contraerá matrimonio con ella por amor; él sabe muy bien que
es una muchacha de mal aspecto y tiránica, además con un feo pasado; él la
trata de acuerdo a estas circunstancias y vaga por ahí sin preocuparse de ella.
Éste es el estado de las cosas. Podría ser interpretado de distintas maneras, de
tal forma que K apareciese como un hombre débil, necio, generoso o miserable.
Pero todo eso no es cierto. A la verdad sólo se llega si se siguen sus huellas,
que hemos consignado aquí desde su llegada, hasta su relación con Frieda. Una
vez que se ha encontrado entonces la espeluznante verdad, tenemos que
acostumbrarnos a creerla, pero no queda otro remedio. Sólo debido al cálculo
más sucio se ha aproximado K a Frieda y no la dejará mientras aún posea
alguna esperanza que concuerde con su cálculo. Cree haber conquistado a una
amante del señor director y con ella poseer una garantía o prenda que sólo
devolverá al más alto precio. Su única aspiración ahora es negociar ese precio
con el señor director. Como de Frieda no le importa nada y todo depende del
precio, está dispuesto a ceder en cualquier cosa respecto a Frieda, pero
respecto al precio se muestra obstinado. Por ahora inofensivo, aparte de la
repugnancia de sus suposiciones y proposiciones, él podría, en cuanto
reconociese cómo se había engañado y puesto en ridículo, incluso volverse
maligno, naturalmente en los límites de su insignificancia». Con eso terminaba la
página. En el margen había un dibujo tachado algo infantil, un hombre sostenía
en sus brazos a una muchacha, el rostro de la muchacha estaba hundido en el
pecho del hombre; sin embargo, el hombre, mucho más grande, miraba un papel
por encima del hombro de la muchacha que tenía en las manos y en el que él
incluía con alegría algunas sumas. Cuando levantó la mirada de la página,
permanecía solo, con la posadera y el secretario, en medio de la habitación. El
posadero había llegado y había puesto orden. Con su habitual distinción,
levantando los brazos para quitar importancia a lo acontecido, avanzaba a lo
largo de las paredes. Los hombres ya se habían acomodado como habían
podido, cada uno con su cerveza, ya fuese sobre los barriles o abajo, junto a
ellos. Ahora podía comprobarse que no eran tantos, sólo porque todos se habían
abalanzado sobre Pepi se había provocado un altercado tan grave. Alrededor de
Pepi aún había un grupo pequeño que seguía excitado porque no les había
atendido. Pepi tenía que haber aplicado energías sobrehumanas para dominar el
tumulto, aún le corrían lágrimas por las mejillas, la bonita trenza se había

400
El Castillo

soltado, el traje estaba rasgado a la altura del pecho, de tal forma que se veía la
camiseta, pero, sin preocuparse por ella misma, e influida por la presencia del
posadero, trabajaba infatigablemente sirviendo cervezas. Todo el enojo que le
había causado a K se disipó ante esa imagen conmovedora.
—Sí, la página —dijo entonces, la guardó en la cartera y se la dio al secretario
—. Disculpe la precipitación con que le arrebaté la cartera. Culpable fue el
tumulto y la excitación, bueno, ya sabe. Pero la página me ha decepcionado.
Realmente es una flor marchita, vulgar y corriente, como dijo la posadera. Sólo
considerado como trabajo puede tener cierto valor oficial. Para mí, sin embargo,
no son más que chismes, chismes emperejilados, vacíos, tristes y femeninos, sí,
el autor debió de tener ayuda femenina. Bueno, aquí hay tanta justicia que
podría quejarme de ese producto ante cualquier organismo, pero no lo haré, no
sólo porque es lastimoso, sino porque le estoy agradecido. Habían logrado que
el acta me resultase siniestra, pero ahora ya ha perdido esa condición. Sólo se
puede decir que es siniestra por el hecho de que algo así pueda emplearse
como fundamento de un interrogatorio y que incluso se abusase del nombre de
Klamm para ello.
—Si fuese su enemiga—dijo la posadera—, no habría deseado nada mejor que
ese enjuiciamiento de la situación.
—Ah, ¿sí? —dijo K—, ¿no es mi enemiga? Por amor a mí deja incluso que
difamen a Frieda.
—¿No creerá que ahí está contenida mi opinión sobre Frieda? —exclamó la
posadera—. Pero sí que es su opinión, no de otra forma considera usted a esa
pobre niña.
K ya no contestó más, pues sólo se trataba de insultos. El secretario se
esforzaba por ocultar su alegría por haber recuperado la cartera, pero no lo
lograba, miraba la cartera sonriendo, como si no fuera la suya, sino una nueva
que le acababan de regalar y de la que su vista no lograba saciarse. Como si de
ella se desprendiera una calidez bienhechora, la mantenía apretada contra su
pecho. Incluso sacó la página leída por K con el pretexto de quererla ordenar
mejor y volvió a leerla, pero lo que más le hubiera gustado habría sido dársela a
leer una vez más a la posadera. K los dejó a su aire, apenas los miraba, tan
grande era la diferencia entre la importancia que habían tenido para él y su

401
Librodot El castillo Franz Kafka

actual insignificancia. Cómo estaban allí juntos los dos colaboradores,


ayudándose mutuamente con sus miserables secretos».
«—¿En qué se reconoce pues la anuencia de Klamm? —preguntó K.
—En nada —contestó la posadera—. No se puede reconocer. O ¿acaso cree
que el aspecto del señor Momus comienza a experimentar transformaciones
cuando habla en nombre de Klamm? Ni siquiera él puede reconocerlo y es
posible que él alguna vez diga algo en nombre de Klamm que no se podía decir
en nombre de Klamm.
—Entonces —dijo K— ¿hay que seguirle ciegamente por la simple casualidad
de que esa vez actúe en el sentido de Klamm?
—No —dijo la posadera—, en la vida comercial común y corriente eso sería
actuar correctamente, pero frente a Klamm sería lamentable, digno de castigo,
sería seguramente una forma de actuar que no admitiría y erraría su objetivo.
—Pero entonces —dijo K— no se puede reconocer el consentimiento de
Klamm, y sin reconocerlo no se puede seguir; eso significa que nunca se puede
seguir y tengo razón cuando me niego a contestar las preguntas.
—No —dijo la posadera—, nunca puede negarse a responder las preguntas, ni
siquiera las del señor secretario. ¿Quién es usted para negarle algo a un
funcionario? Y, sin embargo, hay una diferencia si responde preguntas del señor
secretario o de Klamm; en todo caso tiene que responder y, además, conforme a
la verdad de los hechos, pero es asunto suyo si cree responder a Klamm o al
señor secretario y por esa creencia quedará influida necesariamente su
respuesta, y no sólo su respuesta, sino también sus efectos.
—Tal vez—dijo la posadera, como si hubiesen logrado finalmente refutar sus
argumentos—, la responsabilidad que deriva de esas respuestas sea muy
grande e incierta, quizá sea mejor renunciar a todo antes que asumir esa
responsabilidad».

17
Variante:
«—Ya sé —dijo Frieda—, sería mejor para ti si nos separásemos, pero se me
rompería el corazón si tuviera que hacerlo. Y, sin embargo, lo haría, si fuese
posible, pero es imposible (y me alegro de ello), al menos aquí en el pueblo no

402
El Castillo

es posible. Por la misma razón tampoco los ayudantes pueden irse. ¡En vano
alimentas la esperanza de haber podido ahuyentarlos definitivamente!
—Eso es lo que espero —dijo K, sin ocuparse de los otros comentarios de
Frieda. Alguna inseguridad se lo impedía; cada vez le parecían más tristes las
manos delgadas y débiles que en ese momento estaban ocupadas con el
molinillo de café, sujetado entre las dos escuálidas piernas—. Los ayudantes no
regresarán más.
—¿De qué imposibles estás hablando?
Frieda había dejado de trabajar y contemplaba a K con una mirada inexpresiva
y empañada por las lágrimas.
—Cariño —dijo ella—, entiéndeme bien, no soy yo quien ha determinado todo
eso, sólo te lo explico porque tú así lo quieres y porque así también justifico algo
mi comportamiento, lo que tú no puedes comprender ni conciliar con mi amor por
ti. Como forastero aquí no tienes derecho a nada, tal vez se sea aquí muy
severo con los forasteros, o injusto, no lo sé, pero es así, no tienes derecho a
nada. Alguien de aquí, por ejemplo, cuando necesita ayudantes, toma a ese tipo
de gente y cuando es adulto y quiere casarse, toma para sí a una mujer. La
administración también tiene mucha influencia en ese ámbito, pero en lo
principal cada cual puede decidir libremente. Tú, sin embargo, como forastero,
dependes de lo que te regalen; si le gusta así a la administración, te ofrece
ayudantes, si lo prefiere, te da una mujer. Naturalmente eso no es arbitrario,
pero es competencia exclusiva de la administración y eso significa que los
motivos de los regalos quedan ocultos. Tal vez puedas rechazar los regalos, eso
no lo sé, pero una vez que los has aceptado es cosa hecha y sobre ti pesará la
presión de la administración, sólo si ella quiere te los podrá retirar, pero eso no
puede suceder de ninguna otra manera. Es lo que me ha dicho la posadera, de
la que he aprendido todo; ella dijo que tenía que abrirme los ojos antes de
casarme. Y especialmente hizo hincapié en que, en los libros que tratan de esos
asuntos, se aconseja a los forasteros que se conformen con esos regalos ya
aceptados, pues nadie puede desprenderse de ellos, lo único que se puede
lograr es hacer de los regalos, que aún tienen alguna huella de amabilidad,
enemigos o tormentos para toda la vida. Eso dijo la posadera, sólo repito lo que
ha dicho, la posadera lo sabe todo y hay que creerla.

403
Librodot El castillo Franz Kafka

—Algo se la puede creer—dijo K».

18
Variante:
—Los acepté al principio —dijo K— bajo la sorpresa de mis primeras
impresiones aquí, con ellos me tomaron de improviso, después los mantuve
como una especie de impuesto que tengo que pagar por mi residencia aquí,
pero ahora que ya me he establecido y te he tomado como mujer ya no puedo
soportar esa absurda carga y los he despedido.

19
Variantes:
(1) «... sino la mala conciencia. Y cuando el gato cayó sobre mí, fue como si
alguien me empujase en el pecho, como un signo de que logran ver a través de
mí. Y después no buscaba al gato con la vela, sólo quería despertarte a ti. Así es
querido, querido...»
(2) «... sino la mala conciencia. Y cuando el gato cayó sobre mí, me estremecí
como si todo se hubiese descubierto. Y entonces no busqué al gato con la vela,
sino que sólo deseé despertarte a ti. Me asustan los dos ayudantes. Y no es
necesario ese gato monstruoso, me estremezco con el menor ruido. Temí que te
despertases y que todo acabase, entonces me levanté de un salto y encendí la
vela, para que te despertases deprisa y me pudieses proteger. —Son emisarios
de Klamm —dijo K, atrajo a Frieda hacia sí y la besó en la nuca, de tal manera
que ella se estremeció, saltó sobre él y los dos rodaron por el suelo, jadeantes,
angustiados, como si uno buscara esconderse en el otro, como si el placer que
disfrutaban perteneciese a un tercero a quien se lo robaban...»
(3) «Me asustan los tres ayudantes. Y no es necesario ese gato monstruoso,
me estremezco con el menor ruido. Temí que te despertaras y todo hubiese
llegado a su fin, y entonces me levanté y encendí la vela para que te
despertases deprisa y me pudieses proteger.
—Son emisarios de Klamm —dijo K, atrajo a Frieda hacia sí y la besó en la
nuca.
—Él continúa hablando conmigo, pero yo no puedo dirigirme a él.
—¿Quieres que abra la puerta? —preguntó K—. ¿Quieres irte con ellos?

404
El Castillo

—¡No! —gritó Frieda, y le cogió del brazo—, no quiero ir con ellos, quiero
quedarme contigo. Protégeme y manténme a tu lado.
—Pero si tú —dijo K— les llamas emisarios de Klamm, ¿de qué servirán las
puertas, de que servirá mi protección? Y, si pudieran ayudar en algo, ¿sería esa
ayuda algo bueno?
—No sé quiénes son —dijo Frieda—, les llamo emisarios porque Klamm es tu
superior y fue la administración la que te los asignó, no sé más, sólo que sus
ojos, esos ojos simples y risueños, aunque centelleantes, en cierto modo se
parecen mucho a los de Klamm, sí, eso es, en ellos encuentras la mirada de
Klamm, que a veces me contempla a través de sus ojos. Y, por tanto, no es
correcto eso que dije de que me avergüenzo de ellos. Sé que en otras personas
ese mismo comportamiento sería necio, pesado y repulsivo, pero en ellos no es
así, contemplo sus necedades con gran admiración y respeto. Cariño, vuelve a
admitirlos, no ofendas a quien tal vez los ha enviado.
K se soltó de Frieda y dijo:
—Los ayudantes se quedan fuera, no quiero tenerlos más en mi cercanía.
¿Cómo? ¿Esos dos van a tener la capacidad de conducirme a Klamm? Lo dudo
mucho. Y si pudieran, yo no tendría la capacidad de seguirlos, sí, con su
proximidad me imposibilitarían la capacidad de adaptarme a este sitio. Me
confunden, y como escucho ahora por desgracia también te confunden a ti. Me
quieren a mí. Te he ofrecido la elección entre ellos y yo y te has decidido por mí,
entonces déjame a mí el resto. Hoy espero recibir noticias decisivas. Ya
comenzaron cuando quisieron apartarte de mí. Si son culpables o no, carece de
importancia para mí. ¿Crees realmente, Frieda, que te hubiera abierto la puerta
para que te pudieras haber ido libremente con ellos?»

20
Variante.
«Acababan de apagarse las velas en el interior y en ese mismo instante
apareció Gisa en la puerta; había abandonado la habitación cuando aún había
luz, pues atribuía mucha importancia a la decencia. Al poco tiempo también
apareció Schwarzer y, sorprendidos agradablemente, anduvieron por el camino
despejado de nieve. Cuando llegaron a la altura de K, Schwarzer le dio unas
palmadas en el hombro y dijo:

405
Librodot El castillo Franz Kafka

—Si mantienes esta casa ordenada y limpia, puedes contar conmigo. A causa
de tu conducta por la mañana, sin embargo, he oído graves quejas de ti.
—Está mejorando —dijo Gisa sin mirar a K y sin ni siquiera detenerse.
—El hombre lo necesita urgentemente —dijo Schwarzer, y se apresuró para no
distanciarse de Gisa».

21
Variante:
«No quiero preocuparte, todo lo contrario, si pudiese quitarte preocupaciones
lo haría con alegría, las asumiría yo misma con alegría y no notaría apenas el
aumento de ellas, tan grande es la preocupación que soporto, sobre todo esa
preocupación por Barnabás».

22
Variante:
«—Aquí me parece que llegas a lo decisivo —dijo K—. Eso es. Barnabás es
demasiado joven para ese trabajo. Nada de lo que cuenta se puede tomar en
serio, y no porque no cuente la verdad, sino porque allí se muere de miedo. Y no
me sorprende. El respeto a la administración es aquí innato, se os sigue
insuflando durante toda vuestra vida de las maneras más distintas y desde todas
partes, y vosotros mismos ayudáis en ello en lo que podéis. En principio no
tengo nada en contra, si una administración es buena, ¿por qué no se debería
tener respeto por ella? Pero no se puede enviar de repente al castillo a un joven
poco instruido como Barnabás, que nunca ha salido del pueblo, y luego querer
oír de él informes fidedignos, interpretar sus palabras como si fuesen una
Revelación y hacer depender de ellas la propia felicidad. Nada puede ser más
erróneo. Cierto, yo me he dejado confundir como tú, y también he puesto en él
esperanzas y he padecido decepciones, las dos cosas basándome en sus
palabras que ni siquiera estaban fundadas. Es tu hermano, pones grandes
esperanzas en él y lo ya alcanzado parece darte la razón.
—Quizá sea así —dijo Olga—, confío en ti, pues tú eres independiente y
posees una perspectiva libre; nosotros, sin embargo, con nuestras tristes
experiencias y continuos temores nos asustamos, sin defendernos, de cualquier
crujido de la madera y cuando uno se asusta, se asusta inmediatamente el otro y
ni siquiera sabe el motivo.

406
El Castillo

—Nunca hubiera pensado que eras así —dijo K.


—No era así, me he vuelto así —dijo Olga—. ¿No te ha contado nada Frieda
sobre nosotros?
—Sólo insinuaciones —dijo K—, nada más.
—¿Tampoco la posadera?
—No —dijo K—, nada.
—No me sorprende—dijo Olga—, nadie del pueblo te contará algo concreto de
nosotros, en contra, cualquiera, ya sepa de qué se trata o no, ya sean rumores
de su propia invención u oídos por ahí. Todos mostrarán en general que nos des
precian, al parecer deberían despreciarse a sí mismos si no lo hicieran. De esta
situación surgen, naturalmente, extrañas contradicciones. ¿Conoces a la
sucesora de Frieda? Se llama Pepi, sí. La conocí ayer por la noche, antes había
sido una criada. Bueno, pues esa pequeña Pepi me desprecia, me vio ayer
desde la ventana cómo iba a por cerveza, entonces corrió hasta la puerta de la
taberna y la cerró. Tuve que solicitarle durante mucho tiempo y prometerle la
cinta que llevaba en el pelo antes de que me abriera. Así que puede
despreciarme, en parte dependo de su benevolencia, ya eso es motivo suficiente
para el desprecio, pero incluso aparte de eso, una sirvienta de taberna en la
posada de los señores no es poco en comparación conmigo, aunque lo sea
provisionalmente y no tenga las cualidades que son necesarias para ser
empleada de una manera duradera. Sólo hay que oír cómo el posadero habla
con Pepi y comparar cómo hablaba con Frieda. Pero eso sea dicho de paso. En
realidad, no sólo me desprecia a mí, sino también a Amalia. La pequeña Pepi
desprecia a Amalia; la desprecia a ella, cuya mirada bastaría para sacar a la
pequeña Pepi con todas sus trenzas y lazos tan rápidamente de la habitación
como jamás podría conseguir a causa de sus piernas gordas. Qué cháchara
más indignante tuve que oír ayer otra vez hasta que, finalmente, los huéspedes
me acogieron de la manera que tú ya viste una vez.
—Y ¿por qué os desprecian? —preguntó K, y se acordó de la desagradable
impresión que le dio la primera noche esa familia apretada bajo la lámpara de
aceite, con una espalda al lado de la otra y los dos ancianos con los rostros
inclina dos prácticamente hasta la sopa, esperando a que se les sirviera. Qué
repugnante había sido aquello y aún más repugnante porque esa impresión no

407
Librodot El castillo Franz Kafka

se podía explicar con detalles, pues los detalles se podían nombrar para
aferrarse a algo, pero no eran ellos los causantes, sino otra cosa que no se
podía nombrar. Sólo después de que K se hubiese enterado de cosas en el
pueblo, lo que le hizo precavido con las primeras impresiones, y no sólo con las
primeras, sino también con las segundas y las siguientes, sólo entonces esa
familia comenzó a dividirse en sus componentes, que él comprendía en parte,
pero sobre todo con los que podía sentir como si fue tan los amigos que hasta
ahora no había encontrado en el pueblo, sólo entonces comenzó a desaparecer
aquella experiencia desagradable, aunque nunca del todo, los padres en su
rincón, la pequeña lámpara de aceite, la habitación, no era nada fácil soportar
todo aquello con tranquilidad y había que recibir algo, como un regalo, en ese
caso el relato de Olga, para reconciliarse un poco, aunque sólo fuese en
apariencia y provisionalmente. Y sumido en sus pensamientos, añadió:
—Estoy convencido que se os hace una injusticia, eso lo quiero decir desde el
principio. Pero —no conozco el motivo— debe de ser difícil no cometer con
vosotros una injusticia. Hay que ser un forastero en mi situación especial para
evadirse del prejuicio. Y yo mismo estuve largo tiempo influido, tan influido que
ese estado de ánimo que domina contra vosotros —no sólo se trata de
desprecio, sino también de miedo— me pareció obvio, no pensé en ello, no
intenté defenderos, cierto, todo eso me parecía ajeno. Ahora, sin embargo, todo
aparece ante mí de forma muy distinta. Es evidente que se os reprocha que
queráis llegar más lejos que los otros, que Barnabás haya llegado a mensajero
del castillo o que intente serlo; para no tener que admiraros, se os desprecia y
se hace con tal fuerza que también vosotros sucumbís, pues ¿qué son vuestras
preocupaciones, vuestra angustia, vuestras dudas sino las consecuencias de
ese desprecio general?
Olga sonrió y miró a K con tal inteligencia y claridad que quedó afectado, era
como si hubiese dicho algo erróneo y Olga tuviese que penetrar en él para paliar
el error y ella estaba feliz de realizar esa tarea. Y la pregunta de por qué todo
estaba en contra de esa familia, le pareció otra vez a K sin solución y necesitada
de una clara respuesta.
—No —dijo Olga—, no es así, nuestra situación no es tan favorable, tú intentas
favorecerla porque hasta ahora no nos has defendido frente a Frieda y ahora
nos defiendes demasiado. No aspiramos a más que los demás. ¿Sería una gran

408
El Castillo

aspiración querer ser mensajero? Cualquiera que pueda correr y pueda


memorizar unas palabras posee la aptitud para ser mensajero. Tampoco es un
puesto retribuido. La solicitud para ser aceptado como mensajero del castillo se
suele entender como la solicitud de varios niños pequeños y desocupados que
se esfuerzan por hacer algún trabajo a un adulto sólo por hacerlo y por el honor
que lleva consigo. Así es aquí, sólo con la diferencia de que no hay muchos que
quieran hacerlo y que, a quien se acepta, real o aparentemente, no se le trata
amigablemente como a un niño, sino que se le atormenta. No, por eso no nos
envidia nadie, más bien nos compadecen y por eso en toda hostilidad se
encuentra una chispa de compasión. Quizá también en tu corazón, si no ¿qué te
atraería de nosotros? ¿Sólo los mensajes de Barnabás? Eso no lo puedo creer.
Nunca les has atribuido mucho valor, sólo has seguido con él por compasión a
Barnabás, o en su mayor parte por compasión. Y has logrado ese objetivo. Es
cierto que Barnabás sufre con tus exigencias, demasiado elevadas e imposibles
de cumplir, pero al mismo tiempo a través de ellas gana un poco de orgullo, un
poco de confianza; las continuas dudas, de las que no se puede liberar en el
castillo, son un poco contrarrestadas por tu confianza, por tu permanente interés.
Desde que estás en el pueblo le va mejor, y también nosotros nos beneficiamos
de esa confianza, y sería más si vinieses con más frecuencia a visitarnos. Te
resistes a causa de Frieda, eso lo comprendo, lo mismo le dije a Amalia. Pero
Amalia es tan intranquila, últimamente sólo me atrevo a hablar con ella lo más
necesario. No parece escuchar cuando se habla con ella, y cuando escucha no
parece comprender lo escuchado, y cuando lo comprende, parece despreciarlo.
Pero todo eso no lo hace por propia voluntad y no podemos enfadarnos con ella;
cuanto más esquiva se muestra, con más dulzura hay que tratarla. Tan fuerte
como parece, en realidad es muy débil. Ayer, por ejemplo, dijo Barnabás que tú
vendrías hoy. Como conoce a Amalia añadió con cuidado que tú tal vez
vendrías, pero que no era seguro. Sin embargo, Amalia te ha esperado todo el
día, incapaz de hacer ninguna otra cosa, y ya por la tarde no se podía mantener
de pie y se tuvo que echar.
—Ahora comprendo —dijo K—, por qué significo algo para vosotros, aunque
sin que sea merecimiento mío. Estamos unidos, como el mensajero al
destinatario, pero tampoco así, no hay que exagerar, aprecio demasiado vuestra
amistad, especialmente la tuya, Olga, como para permitir que peligrase por
esperanzas exageradas. También yo me distancié de vosotros por poner

409
Librodot El castillo Franz Kafka

demasiadas esperanzas. Si juegan con vosotros, no juegan menos conmigo,


entonces se trata de un juego sorprendentemente centralizado y uniforme. De lo
que me has contado incluso tengo la impresión de que los dos mensajes que me
ha enviado Barnabás son los únicos que le han confiado hasta ahora.
Olga asintió.
—Me avergüenzo de reconocerlo —dijo con los ojos humillados.
—Así que no eres sincera conmigo —dijo K—, ni siquiera tú eres sincera
conmigo.
—Aún no comprendes nuestra situación desesperada —dijo Olga, y contempló
a K con mirada angustiada—, tal vez tengamos la culpa, desacostumbrados al
trato humano, quizá te seamos repulsivos por nuestros exasperados intentos de
atraerte. ¿Que no soy sincera? Nadie podría ser más sincero que yo contigo. Si
te silencio algo, sólo ocurre por miedo de ti y esto no lo oculto, sino que lo
muestro abiertamente, quítame el miedo y me tendrás del todo.
—¿Qué clase de miedo es ése? —preguntó K.
—El miedo de perderte —dijo Olga—, piénsalo, Barnabás ya hace tres años
que lucha por su puesto, durante tres años estamos al acecho del éxito de sus
esfuerzos, todo en vano, no hemos conseguido nada, sólo vergüenza, tormento,
tiempo perdido, amenazas del futuro, pero una noche llega con una carta, una
carta dirigida a ti. Ha llegado un agrimensor, parece haber llegado para nosotros.
«Haré de intermediario en todos los mensajes entre él y el castillo», dijo
Barnabás. «Parece que hay cosas importantes en juego», añadió.
«Naturalmente», dije yo, «¡un agrimensor! Realizará muchos trabajos, serán
necesarios muchos mensajes. Ahora eres realmente un mensajero, pronto
recibirás un traje oficial». «Es posible», dijo Barnabás, incluso él, ese joven que
se ha vuelto tan atormentado, dice: «es posible». Aquella noche fuimos felices,
incluso Amalia participó a su manera, aunque no nos escuchó, acercó el
taburete en el que cose hasta nosotros y a veces miró cómo nos reíamos y
cuchicheábamos. La suerte no ha durado mucho, aquella misma noche se
terminó. Aunque pareció surgir de nuevo cuando Barnabás apareció
inesperadamente contigo. Pero entonces comenzaron las dudas, era,
ciertamente, un honor que hubieses venido a nuestra casa, pero también era
perturbador desde un principio. ¿Qué querías?, nos preguntamos. ¿Por qué

410
El Castillo

viniste? ¿Eras realmente el gran hombre por el que te teníamos si querías venir
a nuestra casa? ¿Por qué no permaneciste donde estabas, dejaste que el
mensajero, como correspondía a tu dignidad, se acercara a ti, despachándolo en
seguida? ¿No quitaste al venir una parte de la importancia al puesto de
mensajero de Barnabás? Aunque eras un forastero, vestías pobremente, la
chaqueta mojada que te quité la escurrí con tristeza. ¿íbamos a tener mala
suerte con el primer destinatario tan largamente anhelado? Además,
comprobamos que nos rechazabas, permaneciste en la ventana y no hubo
manera de atraerte hasta la mesa. No nos volvimos hacia ti, pero no
pensábamos en otra cosa. ¿Habías venido sólo a examinarnos? ¿Para ver de
qué familia procedía tu mensajero? ¿Ya tenías en la segunda noche de tu
residencia en el pueblo una sospecha contra nosotros? Y ¿te habíamos dado
tan mala impresión como para que te mostraras tan reservado y deseases
abandonarnos lo antes posible? Tu salida fue para nosotros una prueba de que
no sólo nos despreciabas, sino, lo que era peor, también despreciabas los
mensajes de Barnabás. Nosotros solos no éramos capaces de reconocer su
verdadera importancia, eso sólo podías hacerlo tú, a quien estaban
expresamente dirigidos y a cuya profesión se referían. Así que tú, en realidad,
nos enseñaste la duda, desde aquella noche comenzaron las tristes
observaciones de Barnabás arriba, en las oficinas. Y las preguntas que había
dejado sin contestar la noche pareció responderlas definitivamente la mañana.
Cuando salí con los criados del establo y vi cómo salías de la posada de los
señores con Frieda y los ayudantes, di por probado que ya no ponías ninguna
esperanza en nosotros y que nos habías abandonado...»

23
Variante:
«Y Amalia no se ha inmiscuido, aunque, según tus alusiones, sabe más del
castillo que tú, quizá sea ella en quien recae la mayor culpa de todo.
—Tienes una visión general de las cosas que es sorprendente—dijo Olga—, a
veces me ayudas con una sola palabra, eso es porque vienes de fuera.
Nosotros, por el contrario, con nuestras tristes experiencias y continuos temores
nos asustamos, sin ni siquiera poderlo evitar, incluso con el crujido de la leña y
cuando se asusta uno se asustan los demás y sin saber el motivo cierto. De esa
manera no se puede llegar a un juicio certero. Aun cuando se hubiese tenido la

411
Librodot El castillo Franz Kafka

capacidad de reflexionarlo todo —y nosotras, las mujeres, jamás la hemos


tenido—, se habría perdido en esas circunstancias. Qué suerte representa para
nosotros que tú hayas venido.
Por primera vez oía K en el pueblo una bienvenida sin reservas, pero por
mucho que la había echado de menos y por muy digna de confianza que le
pareciera Olga, no le gustó oírla. No había venido a traerle suerte a nadie, era
libre de ayudar o no a alguien cuando fuese necesario, pero nadie le podía
saludar como un talismán; quien lo hiciera, confundía sus caminos, le reclamaba
para cosas para las que él, así, obligado, nunca se ofrecería, ni siquiera con su
mejor voluntad podría hacerlo. Pero Olga corrigió su error cuando continuó
hablando:
—Cierto, cuando creo que yo podría dejar de lado mis preocupaciones, pues tú
encontrarías una explicación y una salida para todo, dices de repente algo
dolorosamente injusto, como esto: «Amalia es la que más sabe, no se injiere y
es en la que recae la mayor culpa». No, K, Amalia está a demasiada distancia, y
con esos reproches es como menos se la puede alcanzar. Lo que te ayuda para
enjuiciar el resto, tu condición de forastero y tu valor, impide que puedas juzgar a
Amalia. Para poder reprocharle algo, antes tendríamos que tener una idea de
aquello por lo que sufre. Últimamente está tan inquieta, oculta tanto —y, en el
fondo, no oculta otra cosa que su propio sufrimiento— que apenas me atrevo a
hablar con ella de lo más necesario. Cuando entré y te vi conversando
tranquilamente con ella, me asusté, en realidad no se puede hablar con ella,
aunque hay fases en las que se torna más tranquila o, quizá, no más tranquila,
pero sí más cansada, pero ahora es un mal momento. No parece escuchar
cuando se habla con ella, y si escucha, no parece comprender lo escuchado, y
cuando lo comprende, parece despreciarlo. Pero todo eso no lo hace por propia
voluntad y no nos podemos enojar con ella. Cuanto más reservada se muestra,
con más dulzura hay que tratarla. Tan fuerte como parece, tan débil es en
realidad. Ayer, por ejemplo, dijo Barnabás que hoy vendrías. Como conoce a
Amalia, añadió con cuidado que tal vez vinieras, que no era seguro. Sin
embargo, Amalia te esperó durante todo el día, incapaz de hacer otra cosa, y por
la tarde ya no podía mantenerse de pie y tuvo que echarse.
Una vez más K escuchó ante todo las demandas que le ponía esa familia; en
esa familia uno podía perderse, si no estaba alerta. Le dio pena que

412
El Castillo

precisamente frente a Olga le ocupasen esos pensamientos imposibles de


revelar que distorsionaban la confianza que Olga había sido la primera en
sugerir, que a él le sentaba tan bien, y que ante todo era la que le retenía allí y
por la que había postergado su partida.
—Difícilmente podremos coincidir—dijo K—, ya lo veo. Apenas hemos tocado
lo más importante y ya surgen antagonismos aquí y allá. Si estuviéramos solos,
llegaríamos fácilmente a un acuerdo, quisiera que tú y yo compartiésemos la
misma opinión, tú eres desinteresada e inteligente, pero no estamos solos, ni
siquiera somos los personajes principales, tu familia está aquí, sobre la que no
podremos coincidir, y sobre Amalia seguro que no.
—¿Condenas a Amalia del todo? —preguntó Olga—. ¿La condenas sin
conocerla?
—No la condeno —dijo K—, yo tampoco soy ciego respecto a sus virtudes,
reconozco incluso que quizá cometo una injusticia con ella, pero es muy difícil no
hacerle una injusticia, pues es orgullosa y reservada, al igual que dominante en
extremo. Si no fuese también triste y, al parecer, infeliz, la reconciliación con ella
sería imposible.
—¿Es eso todo lo que tienes contra ella? —preguntó Olga, que ahora se había
puesto triste.
—Es suficiente —dijo K, y se dio cuenta de que Amalia estaba otra vez en la
habitación, pero alejada, en la mesa de los padres; daba de comer a la madre,
que no podía mover los brazos reumáticos y al mismo tiempo hablaba con el
padre, diciéndole que esperara hasta que estuviese con él para darle también de
comer. Pero sus palabras no tenían ningún éxito, pues el padre se mostraba
ansioso de que llegara su sopa, y superando su debilidad física intentaba en
parte sorberla de la cuchara o beberla del plato, gruñendo al no conseguirlo de
ninguna de las dos formas; la cuchara ya estaba vacía cuando llegaba a la boca,
y su barba, sumergida en la sopa, goteaba y salpicaba a su alrededor.
—Ya está allí —dijo K, y contra su voluntad resonó en sus palabras la
repugnancia ante esa cena y todos los que participaban en ella.
—Tienes un prejuicio contra Amalia—dijo Olga.

413
Librodot El castillo Franz Kafka

—Lo tengo —dijo K—. ¿Por qué lo tengo? Dímelo, si lo sabes. Eres sincera,
eso es lo que más valoro, pero eres sincera sólo en lo que se refiere a ti, crees
que tienes la obligación de proteger a tus hermanos con tu silencio. Eso es
injusto, no puedo apoyar a Barnabás cuando no sé todo lo que se refiere a él y,
como vosotros siempre metéis a Amalia en el juego, todo lo que se refiere a ella.
No querrás que emprenda algo y, como consecuencia de mis conocimientos
insuficientes de las circunstancias y sólo por este motivo, lo eche todo a perder,
que os dañe a vosotros y a mí mismo de un modo irrevocable.
—No, K —dijo Olga después de una pausa—, no quiero hacer eso y quizá
fuese mejor que todo quedase como antes.
—No creo que eso sea lo mejor—dijo K—, ni creo que sea mejor que Barnabás
lleve esa vida aparente de un supuesto mensajero y que vosotras compartáis
esa vida con él, como adultos que se alimentan de comida infantil; no creo que
eso sea mejor a que Barnabás se una a mí, me deje pensar con tranquilidad en
los mejores medios y vías, con confianza, ya no dependiendo sólo de sí mismo,
sino realizándolo todo bajo un continuo control para que, para su utilidad y la
mía, penetre más en las oficinas o, si no logra penetrar más en ellas, que pueda
comprender y valorarlo todo en la estancia en que se encuentra. No creo que
ésa sea una mala idea y que no sea digna de algún sacrificio. Pero también es
naturalmente posible que yo no tenga razón y que precisamente lo que tú
silencias, te dé la razón. Entonces seguiremos siendo buenos amigos, aquí no
podría prescindir de tu amistad, pero ya será inútil que pase aquí toda la tarde y
haga esperar a Frieda, sólo el asunto importante e inaplazable de Barnabás
podría justificarlo.
K quiso levantarse, pero Olga se lo impidió.
—¿Te ha contado algo Frieda de nosotros? —preguntó.
—Nada en concreto.
—¿Tampoco la .posadera?
—No, nada.
—Eso es lo que me imaginaba—dijo Olga—. De nadie del pueblo sabrás algo
en concreto de nosotros, por el contrario, cualquiera, ya sepa de qué se trata o
no o, ya crea en los rumores que corren o los haya inventado él mismo, querrá

414
El Castillo

mostrar que nos desprecia, es evidente que se despreciaría a sí mismo si así no


lo hiciese. Así ocurre con Frieda y con todos. Pero ese desprecio no nos toca a
todos nosotros por partes iguales, a la familia, sino especialmente va dirigido
contra Amalia. Por eso te estoy muy agradecida, pues, aunque estás bajo la
influencia general, no nos desprecias a nosotros ni a Amalia. Sólo tienes un
prejuicio contra Barnabás y Amalia, nadie puede eludir por completo la influencia
del mundo; que tú, sin embargo, estés dispuesto a ello, ya es mucho y la mayor
parte de mi esperanza se basa en ese hecho.
—A mí no me importa la opinión de los demás —dijo K—, y no tengo
curiosidad por sus motivos. Tal vez, sería malo pero posible, tal vez eso cambie
para mí cuando me case y resida aquí, pero por ahora soy libre, no me será fácil
silenciar esta visita a Frieda o justificarla, pero aún soy libre; cuando algo me
parece tan importante como el asunto de Barnabás, todavía puedo ocuparme de
ello sin remordimientos y tan intensamente como lo desee. Ahora comprenderás
por qué pido una decisión tan urgente, aún estoy en vuestra casa, pero sólo
hasta que me llamen, en cualquier instante puede venir alguien y recogerme y
no sé cuándo podré volver.
—Pero Barnabás no está aquí —dijo Olga—, ¿qué se puede decidir sin él?
—Por ahora no le necesito —dijo K—, por ahora necesito otra cosa; antes de
que la diga, te pido que no te dejes engañar cuando lo que diga suene tiránico,
soy tan poco tirano como curioso, no quiero ni someteros ni desvelar vuestros
secretos, sólo quiero trataros como yo quisiera que me trataran.
—De qué forma tan extraña hablas ahora—dijo Olga—, te habías aproximado
tanto a nosotros, tus reservas son innecesarias, nunca he dudado de ti y no lo
haré, pero no lo hagas tú por mí.
—Si hablo de una forma diferente que antes—dijo K—, es porque quiero estar
más cerca de vosotros que antes, quiero sentirme con vosotros como en mi
casa, o me uno con vosotros así o de ningún otro modo, o actuamos todos
conjunta mente respecto a Barnabás o evitamos incluso todo contacto fugaz e
innecesario que me pueda comprometer a mí o a vosotros. Para esa unión como
yo la quiero, esto es, una unión con el castillo como objetivo, hay, sin embargo,
un impedimento enojoso: Amalia. Y por eso pregunto primero: ¿puedes hablar
por Amalia, puedes responder por ella?

415
Librodot El castillo Franz Kafka

—En parte puedo hablar por ella, pero no puedo responder por ella.
—¿No quieres llamarla?
—Eso sería el final. A través de ella te enterarías de menos que a través de mí.
Rechazaría toda conexión y no toleraría ninguna condición, me prohibiría que
contestase, te obligaría, con una habilidad y obstinación que no conoces de ella,
a romper las promesas y a irte y luego, sin embargo, cuando estuvieras fuera, es
muy posible que cayese desmayada. Así es ella.
—Pero sin ella no hay esperanzas —dijo K—, sin ella todo es incierto, nos
quedamos a medias.
—Tal vez—dijo Olga—valores mejor ahora el trabajo de Barnabás; nosotros, él
y yo, trabajamos solos; sin Amalia es como si construyésemos una casa sin...»

24
Variante:
«No son tus opiniones lo que me consuelan, sino tu presencia, tu mirada, tu
confianza, tengo la esperanza de que alcanzarás más que todos nuestros
abogados y escribientes, más incluso que Barnabás y mucho más si tú, como ya
has indicado, te unes a él».

25
Variante.
—¿Acaso fue castigado oficialmente por la carta? —preguntó K.
—¿Porque desapareció del todo? —preguntó Olga—. Todo lo contrario. Esa
completa desaparición fue una recompensa que los funcionarios se esfuerzan
por conseguir, el trato con las partes interesadas supone para ellos lo más
molesto.
—Pero Sortini tampoco había realizado antes ese tipo de trabajo —dijo K—, ¿o
quizá pertenecía la carta al trato con las partes que tan pesado le resultaba?
—Por favor, K, no preguntes así —dijo Olga—, desde que Amalia estuvo aquí,
eres diferente. ¿De qué sirven esas preguntas? Las hagas en broma o en serio,
nadie puede responderlas. Me recuerdan a Amalia en los primeros tiempos de
estos años desgraciados. Apenas hablaba, pero prestaba atención a todo lo que
ocurría, era más atenta que ahora y a veces interrumpía su silencio con una

416
El Castillo

pregunta que tal vez avergonzaba a quien la hacía, en todo caso a quien iba
dirigida, pero con toda seguridad no a Sortini».

26
Variante:
«El castillo es en sí infinitamente más poderoso que vosotros, sin embargo aún
podía haber una duda de que alcanzase la victoria; pero no aprovechasteis esa
coyuntura, todo lo contrario, parece como si todo vuestro afán hubiese consistido
en asegurar la victoria del castillo, por eso comenzasteis repentina e
infundadamente a tener miedo en medio de la lucha y así aumentasteis vuestra
impotencia».

27
Variante:
«La puerta de la escuela estaba abierta, ni siquiera se había tomado la
molestia de cerrarla después de abandonarla; la responsabilidad recaía
exclusivamente en K. Además, el traslado había sido completo, como pudo
comprobar al encender una cerilla, no había quedado nada salvo la mochila con
algo de ropa sucia, incluso parecía faltar el bastón, como si hubiese previsto
que, como sustituto, traería la vara, que finalmente no había utilizado».

28
Precisamente el funcionario del que K espera alcanzar una solución, aunque
en vano, como se mostrará, se llama Erlanger, «el que consigue o alcanza
algo».

29
Variante:
«Le parecía que el tráfico de personas realmente estaba dirigido contra ella y
contra la pureza de su casa. ¿Para qué podía servir si no? O los funcionarios lo
sabían todo de antemano, entonces ¿para qué el trato con los interesados?, o
los funcionarios no lo sabían todo, entonces ¿de qué les podían servir las
mentiras de los interesados?»

30
Variante:

417
Librodot El castillo Franz Kafka

«Ayer nos contó K la experiencia que había tenido con Bürgel. Es muy raro
que tuviese que estar precisamente con Bürgel. Ya sabéis, Bürgel es el
secretario del funcionario del castillo Friedrich, y el brillo de Friedrich se ha
apagado mucho en los últimos años. La razón de esto constituye un tema por sí
mismo, yo podría contar bastante acerca de ello. Seguro es, en todo caso, que
la agenda de Friedrich es hoy una de las más insignificantes y cualquiera puede
comprender lo que eso representa para Bürgel, que ni siquiera es el primer
secretario de Friedrich, sino uno de los menos importantes. Cualquiera, excepto
K. Aunque ya vive lo suficiente con nosotros en el pueblo, sigue siendo un
forastero como si hubiese sido ayer cuando llegó, y es capaz de perderse en las
tres calles del pueblo. Por esta razón se esfuerza en prestar mucha atención y
está detrás de sus asuntos como un perro de caza, pero no le ha sido dado
adaptarse a este entorno. Por ejemplo, hoy le cuento algo de Bürgel, él escucha
atento, todo lo que se le cuenta de los funcionarios del castillo le afecta mucho,
realiza preguntas de entendido, lo comprende todo a las mil maravillas, no en
apariencia, sino realmente, pero creedme, al día siguiente ya no sabe nada del
asunto. O, más bien, sí lo sabe, él no olvida nada, pero le resulta demasiado, la
voluminosidad del funcionariado le confunde, él no ha olvidado nada que haya
escuchado, y ha escuchado mucho, pues aprovecha cualquier oportunidad para
aumentar sus conocimientos y, en teoría, conoce al funcionariado incluso mejor
que nosotros, en eso es digno de admiración, pero cuando tiene que aplicar
esos conocimientos adopta el movimiento equivocado, gira sobre sí mismo como
en un calidoscopio, no los puede aplicar. Todo se retrotrae probablemente a que
no es de aquí, por eso tampoco avanza en su asunto. Ya sabéis, afirma que ha
sido contratado como agrimensor por nuestro Conde. En sus detalles se trata de
una historia bastante fantástica, que no quiero abordar aquí. En suma, ha sido
nombrado agrimensor y quiere quedarse aquí. Ya conocéis, al menos de oídas,
los esfuerzos enormes que ha emprendido, completamente estériles, para
alcanzar esa pequeñez. Cualquier otro, en ese tiempo, ya habría medido diez
países, pero él aún sigue oscilando aquí en el pueblo entre los secretarios, con
los funcionarios no se atreve, probablemente nunca ha tenido la esperanza de
que le convoquen arriba, en las oficinas del castillo, se contenta con los
secretarios cuando bajan del castillo a la posada de los señores, a veces tiene
interrogatorios diurnos, otras nocturnos, y se dedica a rondar continuamente la
posada de los señores como el zorro al gallinero, sólo que en realidad los
secretarios son los zorros y él es la gallina. Bien, eso sea dicho de paso, en

418
El Castillo

realidad quería hablar de Bürgel. Ayer por la noche K había sido citado en la
posada de los señores por su asunto y en la habitación del secretario Erlanger,
con quien más trata. Siempre se alegra con ese tipo de citaciones. A ese
respecto, las decepciones no le afectan, ¡si se pudiese aprender eso de él! Cada
nueva citación le fortalece, no en las viejas decepciones, sino sólo en la vieja
esperanza. Espoleado por esa citación, se apresuró a acudir a la posada de los
señores. Él, sin embargo, no se encontraba en un buen estado, no había
esperado la citación, por eso tenía diferentes cosas que hacer en el pueblo
referentes a su asunto, aquí tiene más conexiones de las que una familia podría
hacer en un siglo, todas esas conexiones sólo sirven a su actividad de
agrimensor y, como han sido logradas tras una enconada lucha y tienen que
recuperarse una y otra vez con esfuerzo, no puede perderlas de vista, os lo
tenéis que imaginar correctamente, cómo todas esas conexiones amenazan con
escurrírsele de las manos. Así que está continuamente ocupado con ellas. Y, sin
embargo, encuentra tiempo para mantener conmigo largas conversaciones
sobre cosas muy ajenas a esos temas, pero esto sólo porque no hay nada que
sea lo suficientemente ajeno que no tenga algo que ver con su asunto. Así
trabaja siempre, ni siquiera se me ha ocurrido que también pueda dormir. Pero
ése es el caso, el sueño desempeña, incluso, el papel principal en la historia de
Bürgel. Cuando corrió a la posada de los señores para ver a Erlanger, ya estaba
infinitamente cansado, no había estado preparado para la citación y se había
descuidado, la noche anterior no había dormido, y las dos noches anteriores
sólo tres horas respectivamente. Por esta razón le alegró la citación de Erlanger,
que era a medianoche, como cualquier otra citación semejante, pero al mismo
tiempo le preocupó por su estado, que quizá le impediría afrontar las exigencias
de la entrevista como debiera. Así que llegó a la posada, buscó el corredor
donde viven los secretarios y, para su desgracia, se encontró allí con una criada
conocida. No le faltan historias con mujeres, todas al servicio de su causa. Esa
joven le contó algo sobre otra que también le es conocida, se lo llevó a su
habitación, él la siguió, aún no era medianoche y su principio fundamental es no
desperdiciar ninguna oportunidad en la que se pueda averiguar algo nuevo. No
obstante, además de ventajas, eso trae a veces e, incluso, con frecuencia,
grandes desventajas, por ejemplo, esa vez, pues cuando abandonó a la
muchacha chismosa aturdido por el sueño y se encontró de nuevo en el
corredor, ya eran las cuatro. Entonces no pensó en otra cosa que en no
desatender la citación en la habitación de Erlanger. De una garrafa de ron que

419
Librodot El castillo Franz Kafka

encontró en una bandeja olvidada en una esquina obtuvo un poco de fuerza,


quizá demasiada, se deslizó por el largo corredor, anteriormente muy concurrido,
pero entonces silencioso como un cementerio, hasta una puerta que él tomó por
la puerta de Erlanger; no llamó para no despertar a Erlanger en caso de que
estuviera durmiendo, sino que abrió con sumo cuidado la puerta. Y ahora quiero
contaros la historia de la forma más literal posible, de la misma forma minuciosa
en que K me la contó ayer, con todos los signos de una desesperación letal.
Ojalá que le haya consolado una nueva citación. La historia misma es muy
extraña, escuchad: lo realmente extraño es lo minucioso y de ello se os
escapará mucho en mi relato. Si lo lograse, en ella tendríais a todo K, pero ni
una huella de Bürgel. Si lo lograse, ésa es la condición previa, pues la historia
también puede ser muy aburrida, también alberga ese elemento. Pero
afrontemos el riesgo: en la habitación K fue recibido con un ligero grito».

31
Variante:
«Soy secretario de enlace.
—¿Secretario de enlace? —repitió K con la expresión de una completa
incomprensión, sólo impulsado a repetir mecánicamente las palabras por el
énfasis con las que el señor las había pronunciado.
—Sí, secretario de enlace —dijo Bürgel—, ¿no sabe lo que es? Soy el
secretario de enlace, esto es, yo represento el enlace más fuerte —y aquí se
frotó las manos con alegría espontánea— entre Friedrich y el pueblo. No soy
secretario del pueblo, sino precisamente secretario de enlace, paso la mayor
parte del tiempo en el pueblo, pero no siempre, cada día (también por la noche)
puede darse la necesidad de que tenga que subir. Ahí puede ver mi maletín, es
una vida inquieta, no todos sirven. Habrá notado cómo me he ocultado bajo la
manta cuando usted entró, es ridículo, pero para mí también triste, tan nervioso
me he vuelto, tan miedoso. Es algo peculiar que aquí las puertas no se puedan
cerrar con llave. La mayoría de los señores consienten en ello, al parecer esa
disposición procede, incluso, de ellos, pero yo lo tengo por una indigna
fanfarronería; mientras no ocurra nada, uno es un héroe, pero cuando ocurra
algo, uno querrá amurallarse. Sobre esto se podrían decir muchas cosas más.
Por ejemplo, mire ahí arriba, en la fisura, la he tapado algo con mi abrigo. Pero,
¿qué quería de mí, señor agrimensor?»

420
El Castillo

32
Variante:
«Uno se sienta frente al interesado, pero en realidad se le sostiene en los
brazos o se es mantenido por él o se está unido a él de forma aún más
profunda».

33
Variante:
«¿Cómo se lo puedo explicar? Cuando en el día más espléndido irrumpe
repentinamente un rayo de sol y en ese rayo se refleja que ese día espléndido
también había sido lluvioso y nublado, ¿podría usted, si pertenece
completamente, y en virtud de una profunda convicción, al viejo mundo,
mostrarse insensible al nuevo rayo? Seguro que no, aunque sólo sea porque ya
no hay nada excepto ese rayo».

34
Variante:
«Como si se hubiese dado cuenta ahora con toda seguridad de que K dormía,
Bürgel encendió un cigarrillo, se reclinó en la almohada y contempló el techo de
la habitación hacia el que también expulsaba el humo».

35
Variante:
«Probablemente también le hubiera resultado indiferente haberse pasado la
habitación de Erlanger, si Erlanger no hubiese estado en la puerta abierta y le
hubiese hecho una seña: una única y pequeña seña con el dedo índice. Luego
Erlanger entró en la habitación sin mirar si K le seguía. Era el doble de grande
que la habitación de Bürgel, en la esquina izquierda estaba la cama, a su lado
un lavabo y un armario, todo tan apretado que apenas parecía utilizable en esa
disposición. La mayor parte de la habitación, sin embargo, estaba vacía, sólo en
el centro había una mesa con un sillón y en la pared del fondo de la habitación
se sucedían varias sillas hasta alcanzar el número de diez. Incluso había una
pequeña ventana, arriba, cerca del techo, y no muy lejos de ella, un ventilador
funcionando que ronroneaba como un gato.

421
Librodot El castillo Franz Kafka

—Siéntese donde pueda—dijo Erlanger. Él mismo se sentó en la mesa y


colocó varios expedientes en un maletín, parecido al de Bürgel, después de
haberlos ordenado echando un vistazo fugaz a las carpetas que los contenían,
pero el maletín resultó ser demasiado pequeño para los expedientes; Erlanger
tuvo que sacar los que ya había guardado e intentó ponerlos de otra manera.
—Tendría que haber venido hace tiempo —dijo. Ya al principio había sido
desagradable, pero ahora transmitió su rencor, provocado por los obstinados
expedientes, a K. Éste, con el sueño espantado por el nuevo entorno y el
lacónico estilo de Erlanger, que a él, con las distancias correspondientes de
dignidad, le recordaba un poco al del maestro —también en el aspecto exterior
se daban pequeñas similitudes y él mismo estaba allí sentado como un alumno
en un día en que sus compañeros a derecha e izquierda habían faltado—,
respondió cuidadosamente, comenzó con la mención del sueño de Erlanger, le
explicó que se había ido para no molestarle, silenció, sin embargo, su ocupación
en el periodo de tiempo intermedio, retomó el hilo, a continuación, con la
confusión de las puertas y terminó indicando su terrible cansancio, que él pidió
se tomara en consideración. Erlanger encontró inmediatamente el punto débil de
la respuesta:
—Extraño —dijo—, yo duermo para estar descansado durante mi trabajo,
usted, sin embargo, anda vagando por ahí en ese mismo tiempo para luego,
cuando debe empezar el interrogatorio, justificarse con su cansancio.
K quiso responder, pero Erlanger se lo impidió con un movimiento de la mano.
—Su cansancio no parece menguar su charlatanería —dijo—, el continuo
murmullo en la habitación vecina tampoco era lo más indicado para respetar mi
sueño, al que usted al parecer atribuye tanta importancia.
Una vez más K quiso contestar, pero Erlanger volvió a impedirlo.
—Por lo demás, no abusaré mucho de su tiempo —dijo Erlanger—, sólo quiero
pedirle un favor.
Sin embargo, de repente recordó algo, resultó que durante todo ese tiempo
había pensado en algo que le distraía; la severidad con que había tratado a K tal
vez sólo había sido una formalidad, en realidad producto de su falta de atención.
Presionó el botón de un timbre eléctrico sobre la mesa. En una puerta —así
pues, Erlanger habitaba varias habitaciones con su servidumbre— apareció en

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El Castillo

seguida un sirviente. Se trataba con toda seguridad de un ordenanza, uno de los


que le había hablado Olga, él mismo no había visto ninguno hasta ese momento.
Era un hombre bastante pequeño, pero muy ancho, también el rostro era ancho
y franco, por lo que sus ojos, que nunca abría completamente, parecían más
pequeños de lo que eran. Su traje recordaba al de Klamm, pero éste estaba
gastado, le sentaba mal, especialmente resultaban llamativas sus mangas
demasiado cortas, era evidente que el traje tenía como destinatario a una
persona aún más pequeña, probablemente los sirvientes llevaran los trajes
viejos de los funcionarios. Eso podía contribuir al proverbial orgullo de los
sirvientes, también éste parecía creer que al haber obedecido la llamada del
timbre ya había realizado todo el trabajo que se podía reclamar de él y miró a K
con una expresión tan severa como si hubiese sido llamado para impartirle
órdenes. Erlanger, en cambio, esperaba en silencio a que el sirviente realizase
algún trabajo que, según la costumbre, sin necesidad de ninguna orden
concreta, debía realizar. Pero como no ocurrió así, y el sirviente seguía mirando
a K lleno de enojo y de reproches, Erlanger, visiblemente enfadado, dio un
pisotón en el suelo y empujó a K hasta sacarlo casi de la habitación (una vez
más K tuvo que soportar las consecuencias de un enojo del que no era
culpable). Le dijo que esperase fuera un instante, que le volvería a llamar en
seguida. Cuando le volvió a llamar, esta vez con más amabilidad, el sirviente ya
había desaparecido, la única alteración que K notó en la habitación consistía en
que una cortina corrediza ocultaba el lavabo y el armario.
—Es muy enojoso el trato con los sirvientes —dijo Erlanger, lo que de su boca
era una asombrosa confidencia, a no ser que se tratase de un simple monólogo
consigo mismo—. Enojo y preocupaciones hay de sobra —continuó. Estaba
sentado reclinado en el sillón; las manos, crispadas en puños, las mantenía
sobre la mesa, lejos de él.
—Klamm, mi señor, está muy intranquilo desde hace varios días, al menos eso
nos parece a los que vivimos en su proximidad e intentamos interpretar y
reflexionar todas sus manifestaciones. En realidad, sólo nos parece, esto es, no
es él quien está intranquilo —¿cómo podría llegar la intranquilidad hasta él?—,
sino que nosotros estamos intranquilos y apenas lo podemos ocultar ante él. Así
pues, nos encontramos en una situación que puede traer consigo los mayores
males —para todos, también para usted—, y si es posible no debe durar ni un
instante más. Hemos buscado los motivos y hemos encontrado diversos factores

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Librodot El castillo Franz Kafka

que podrían ser los culpables. Entre ellos hay las cosas más ridículas, lo cual no
sorprende, pues la extrema ridiculez y la extrema seriedad pueden llegar a
tocarse. El trabajo de oficina es tan agotador que sólo puede realizarse si se
observan los más pequeños pormenores y no se permite ninguna modificación a
ese respecto. La circunstancia, por ejemplo, de que un tintero se halle a cinco
centímetros de su lugar habitual puede poner en peligro el trabajo más
importante. Vigilar todo eso debería ser el trabajo de los sirvientes, pero por
desgracia se puede confiar tan poco en ellos que parte de ese trabajo lo
tenemos que realizar nosotros, y no en menor parte por mí, que tengo fama de
poseer una atención especial hacia ello. Pero se trata de un trabajo muy
sensible e íntimo, que podría ser echado a perder en un instante por las manos
torpes de un sirviente, una labor que acaba conmigo y que está muy lejos de mis
ocupaciones, con ese ir y venir; unos nervios delicados como los míos terminan
completamente destrozados. ¿Me comprende? K creyó comprenderle.
—Bien —dijo Erlanger—, entonces también comprenderá...»

36
Variante:
«... por la mañana, cuando apenas son personas oficiales —en realidad
siempre son personas oficiales, sólo que no pueden soportar continuamente la
carga de las partes nocturnas—, ...»

37
Variante:
«Que no comprende que hay que dejar a los señores, al menos en las
primeras horas de la mañana —por eso se despiertan tan temprano— que
respiren con libertad en la feliz ilusión de que finalmente ya no hay más
citaciones con las partes, que, sin ser molestados, entre ellos mismos y de
habitación en habitación ...»

38
Variante:
«El posadero se mostró conforme con que K pusiese una tabla sobre los
barriles y durmiese allí un poco, pero la posadera le contradijo, únicamente el
alejamiento de K le parecía un método seguro para evitar más escándalos. Sólo
cuando el posadero le indicó la posibilidad de que K fuese citado de nuevo y que

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El Castillo

lo mejor sería que se le dejase allí para terminar de una vez y del modo más
rápido posible todo el asunto y así quedar liberados definitivamente de él, la
posadera consintió lentamente».

39
Variantes:
(1) «El posadero temía esa situación y con una severidad inesperada le mostró
la puerta a K. Éste se levantó emitiendo un suspiro, le entraron ganas de
vengarse de la posadera y el cansancio le hizo ceder a la tentación:
—Te creerás que vas bien vestida, deja los botones tranquilos, no lo vas a
mejorar si lo abotonas bien. Estás vestida de tal modo que hasta a mí, a quien
no quieres dejar dormir aquí un rato, me das pena. Si tienes una modista, te
engaña. Esos vestidos no están hechos para ti, son viejos y usados, sólo te los
pones porque son de seda y poseen un aspecto noble. Avergüénzate. Tendrás
una habitación llena de esos trajes y creerás que tienes un tesoro. Y, sin
embargo, aún eres joven y delgada, no te sería difícil ir bien vestida, como
corresponde a la posadera de la posada de los señores.
Las palabras de K no enojaron a la posadera, la atemorizaron, se apretó contra
el posadero y se ciñó el vestido. El posadero rió, pero a pesar de que la broma
de K era evidente y, por el efecto que había ejercido en la posadera, la risa
estaba justificada, a K le pareció grosera y desconsiderada. Entendió como un
castigo al posadero que su esposa de repente cambiase de opinión y permitiese
que K durmiese sobre los barriles. En el fondo le resultaba completamente
indiferente por qué se lo permitía, el permiso era lo principal, cogió una tabla de
una esquina, en la que ya se había fijado con anterioridad para ese propósito,
notando que alguien le ayudaba y que probablemente se trataba de Pepi; se
quitó la chaqueta, se la puso como almohada, se estiró, sin prestar atención a si
el posadero y su esposa seguían allí, hizo una seña con la mano a alguien que
se inclinó sobre él, parecía ser Gerstäcker, y se durmió en seguida».
(2) «Ella miró a K con enojo y el posadero era evidente que tenía miedo de él.
Por su parte, K miró a la posadera de abajo arriba con actitud displicente, no
tendría que haber sido tan cruel, no le estaba prohibido permanecer allí, sólo se
lo impedía su capricho. Con la abúlica sensación de que tenía que distraerla
para que así comprendiera la pequeñez que suponía dejar dormir allí a K,

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intervino en la conversación del matrimonio.


—No vas (usted no va) muy bien vestida.
El posadero miró asombrado a su alrededor, no creía haber comprendido bien
y quiso preguntar a K qué es lo que había dicho. Pero la posadera gritó:
—¡Cállate!
Lo que podía valer tanto para su esposo como para K.
—¿Entiendes algo de vestidos? —preguntó a K con una sonrisa desfigurada.
—No —dijo K, y pensó que ya casi se había asegurado el permiso para dormir
allí.
—Entonces cierra la boca—dijo la posadera.
—Uno no tiene por qué entender de vestidos —e inclinó la cabeza hacia cada
uno de los lados—para enjuiciar los tuyos.
—¿Cómo puedes enjuiciar los vestidos? —dijo la posadera, que ya había
olvidado que se había sumido en una conversación seria y rechazaba al
posadero, que quería recordarle lo inconveniente de esa conversación—. ¿Has
visto en el pueblo vestidos similares? Para estos vestidos ni siquiera se te han
abierto los ojos. Son los únicos vestidos de este estilo en todo el pueblo.
—No puede ser de otra manera—dijo K—, pues si se los hubieras visto a otra,
los habrías reconocido y ya no los llevarías más.
—¿Qué tendría que haber visto? —gritó la posadera y retiró la mano del
posadero que quería acariciarla y tranquilizarla—. Y ¿cómo te atreves a
hablarme de mirar y de mis vestidos, conociendo sólo éste, que me he echado
por encima casualmente porque, por tu culpa, alborotador, he tenido que salir a
toda prisa hacia el corredor de los señores?
—Del alboroto soy culpable —dijo K—, perdóname por ello, pero del vestido no
soy culpable. También conozco otro, el marrón claro, casi amarillo, el vestido de
paño que llevabas hace unos días, la primera vez que vine aquí.
Y repentinamente le asaltó, por encima de toda broma y astucia, algo como
una aversión apasionada contra ese vestido y, a pesar de que creía saber que
todo lo que hacía y decía desde hacía horas se debía a su cansancio, añadió:

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El Castillo

—¿Por qué tendría que ver los distintos vestidos? ¿Acaso no leo en tu mirada
que tienes toda una habitación llena de esos vestidos y que los consideras tu
mayor tesoro?»

40
Variante:
«Durante todo ese relato, Pepi apenas había permanecido quieta en su silla,
su vivacidad era más grande que su tristeza, por muy grande que fuese ésta. Tal
vez no fuese vivacidad, sino sólo la intranquilidad de la despedida. Mientras
hablaba abrió la puerta que daba al pasillo y miró a través de ella para ver si
venía alguien, luego se acercó al mostrador y, sirviendo en un plato lo que allí se
encontraba por casualidad, le llevó algo de comer a K, lo que éste aceptó
encantado —comió prácticamente durante todo el tiempo—, a continuación
revolvió en un pequeño cajón, cogió distintos objetos, un cepillo, un peine, unas
tenazas, un frasco de perfume, etc., lo empaquetó para llevárselo, pero
entonces, llegada a un desesperado pasaje de su narración, cambió de opinión,
lo desempaquetó todo y lo guardó en el cajón, pero para regresar al poco
tiempo, intentar de nuevo empaquetarlo y, en medio del trabajo, dejarlo
finalmente abierto en el mostrador. Entonces llegó un joven delgado y tímido,
con las manos sobre el estómago, mirando a su alrededor con los ojos muy
abiertos, con el cuello moviéndose continuamente hacia abajo y hacia arriba, lo
que expresaba un continuo afán de mostrarse complaciente, y se sentó sobre un
barril lo más lejos posible de K. Pepi, sin interrumpir su relato, se limitó a hacerle
una señal de asentimiento con la cabeza, pero no como saludo, sino como si ella
quisiera mostrarle así que se había percatado de él y como si él, sin ese signo,
no hubiera osado creerlo. Allí estaba sentado, con el codo apoyado en un barril,
la mano derecha en la boca, la izquierda sobre la rodilla, y escuchando con
seriedad. Pepi siguió contando durante largo tiempo antes de llevarle una jarra
de cerveza sin ni siquiera preguntarle qué deseaba, aunque esto lo hizo más
para ceder a su intranquilidad que para servir al huésped. Luego se subió sobre
un barril en su proximidad y, sentada sobre él a horcajadas, siguió hablando
desde allí, esta vez más detalladamente, con comodidad, como acariciada por la
mirada del joven. Cuando describió su efecto sobre los clientes y mencionó,
sonriendo (como si captase casualmente y, sin embargo, con una intención
superior, lo más ínfimo) al escribiente Bratmeier, el huésped —era Bratmeier—
se tapó rápidamente los ojos con la mano como si le deslumbrase una luz; pudo

427
Librodot El castillo Franz Kafka

ser una broma poco hábil o también vergüenza real. Cuando Pepi estaba
terminando su relato y, para su enojo, entró lentamente y con pesadez
Gerstäcker, alzando alternativamente los hombros, y llegó a molestar tanto con
su tos que Pepi tuvo que interrumpirse un instante hasta que dejó de toser.
Además, se sentó al lado de K y rozó frecuentemente su brazo con su mano,
como si tuviera algo que decirle y apenas percibiese que por el momento la para
él indiferente Pepi estaba contando algo. Pepi no pudo soportarlo, se acercó a K
y se lo llevó al mostrador, allí le siguió hablando, pero siempre en voz alta, sin
ningún secreteo, como si se tratase de cosas públicas, que todos sabían salvo
K. Para finalizar se limpió, suspirando, algunas lágrimas de los ojos y de las
mejillas y miró a K asintiendo con la cabeza, como si quisiese decir que en el
fondo no se trataba de su desgracia, que ella la soportaría y para ello no
necesitaría ni ayuda ni consuelo de nadie, y menos de K; ella, a pesar de su
juventud, conocía la vida y su desgracia sólo era una confirmación de sus
conocimientos, en realidad se trataba de la desgracia de K, había querido
presentarle su propia imagen; después de la destrucción de todas sus
esperanzas, ella había considerado necesario hacerlo así.
K también le estaba agradecido, le acarició la mejilla, lo que Bratmeier toleró
en la lejanía con los ojos caídos, e intentó consolarla. Con ello debilitó su fuerza;
ella, entre sollozos, le puso algunos reparos, con frecuencia no con palabras,
sino sólo con los gestos defensivos de sus manos. K habló en voz muy baja,
nadie podía escucharle excepto Pepi. Su desgracia era, ciertamente, grande,
eso lo reconocía K, él tampoco habría comprendido en otro caso cómo podía
exagerar de esa manera. Todo eso no eran mas que espectros de la
desesperación, pero en ello había poco que fuese verdad, de eso respondía él;
ella no indicaba de dónde sabía todo eso, nadie podía confirmarlo. Pero, sí, sin
embargo, lo contrario. Frieda no era ni una araña ni un demonio, sino una
muchacha que luchaba por su existencia, como también lo hacía Pepi, sólo que
mayor y más experimentada; lo que a Pepi le parecía maldad y perfidia, no era
más que astucia y costumbres mundanas, de las que Pepi, en su ardor juvenil,
aún no era capaz, una incapacidad que le provocaba al mismo tiempo envidia y
orgullo. Frieda regresaba a la taberna, eso era cierto, las circunstancias,
combinaciones incontrolables, así lo habían querido, pero dudaba mucho de que
Frieda fuese especialmente feliz por ello. Más bien se podía decir que los tres
habían sido desgraciados, con un corto periodo de felicidad en medio y, a ese

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El Castillo

respecto, se había producido una justa distribución. Y la culpa, era cierto,


aunque no se podía percibir claramente, recaía sobre Frieda y K, pero Pepi
tampoco carecía por completo de culpa. Le recordaba cómo, a causa de su
ascenso, se embriagó de arrogancia, cómo se había comportado con K cuando
Momus quería interrogarle, y cómo le había cerrado a Olga la puerta de la
taberna y no había querido dejarla entrar. Quién sabe lo cruel que se podría
haber vuelto, si hubiese podido seguir siendo camarera en la taberna, mucho
más cruel que Frieda a la que ahora acusaba. Todo aquel que ocupa una
posición elevada le parece al subordinado, por ese mero hecho, cruel, ésa era la
crueldad de la que se quejaba Pepi de Frieda, pero aumentar esa crueldad,
como Pepi había hecho, eso era realmente una injusticia. Pero ahora que Pepi
estaba deprimida no quería mortificarla, sólo había querido mostrarle con un
ejemplo que otros se podrían quejar aún más de ella que ella de Frieda y que la
desgracia no había caído sobre ella de una forma tan incomprensiblemente
injusta como ella creía. Ella, por ejemplo, había reconocido el error de la belleza
y del vestido de Frieda, pero otros también podrían haber añadido algo sobre
ella. Lo que, según su opinión, era muy bello en su vestido, no satisfacía a otros.
La camarera de la taberna debía ser la camarera y no la amante de todos los
clientes; si creía esto último —su narración así lo indicaba, así como su vestido
— se trataba de un gran malentendido. Tal vez Frieda vestía de forma
demasiado llamativa, pero el vestido de Pepi superaba todo lo permitido. Lo que
ella llevaba puesto no era un vestido, sino una camisa abigarrada y su peinado
era ridículo, indigno de su cabello. El hecho de que ese jovenzuelo se hubiese
quedado prendido de todo eso no era más que una prueba en contra. De esa
manera no podría prosperar nada. Ahora tenía que regresar, pero era absurdo
decir que todo estaba perdido. Ahora, si surgía una nueva oportunidad, debería
aprovecharla de otra forma. Era joven y estaba sana, con un vestido más simple
se ganaría a todos. Pero tampoco tenía que hacerse una idea exagerada de las
personas a quienes tenía que ganarse y, en función de esa exageración,
exagerarlo todo y, finalmente, como no podía ser de otra manera, fracasar. El
puesto de camarera en la taberna era tan bueno como cualquier otro, cierto, era
mejor estar en la taberna que abajo, en las habitaciones de los secretarios, y si
en el mundo no hubiese más que esos dos empleos, uno podría perder la razón
por pasar del primero al segundo, pero como no era así, sino que, más bien, el
mundo disponía de innumerables puestos y, desde ese punto de vista, la
diferencia entre esos dos empleos no era tan grande, incluso eran tan similares

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Librodot El castillo Franz Kafka

que se podían confundir, había que reconocer, sin embargo, que ser camarera
en la taberna no era algo inaudito, una aventura, y que para conquistar el puesto
no había que acicalarse desesperadamente como una belleza de Circo. Más
bien para perderlo habría que hacerlo así. Cierto, dijo finalmente K, él
comprendía muy bien el error de Pepi. En primer lugar, se trataba de un error de
juventud. Pepi no debería haber sido tan impulsiva, aún no estaba a la altura de
ese puesto; joven como era, creía que un puesto como ése debería hacer
realidad todos los sueños de la juventud, pero eso no era así, ningún empleo lo
conseguía, y quien ocupaba un puesto semejante con esas esperanzas no era
apto para desempeñarlo. Además, era muy improbable que hubiese sido Frieda
quien la hubiese expulsado, dio la casualidad de que Frieda se había vuelto a
quedar libre y por eso el posadero la ha reintegrado en su puesto, pero incluso
en el caso de que Frieda no hubiese venido, Pepi no habría podido mantenerse
en él. Pero no sólo había sido un error de juventud, también era un error que K,
probablemente, había cometido y él ya no era demasiado joven para lanzarse al
mundo. En sus respectivos errores tenían algo en común, él y Pepi, y por eso
también se asombraba de que ella le hiciese esos reproches a causa de sus
supuestos peregrinajes y de sus inútiles entrevistas, sí, incluso que le insultase
por esa razón. Era verdad, de eso se había dado cuenta, él quería lograr un
puesto determinado y todo lo que hacía estaba dirigido a lograr ese objetivo.
Pero también era probable que se hiciese una idea exagerada de lo que quería
lograr y precisamente por eso fracasasen sus esfuerzos. Él mismo tendría que
aprender como Pepi. Aunque su situación era peor que la de ella. Al menos ella
había alcanzado durante cuatro días lo que se proponía; allí pudo mirar un poco
a su alrededor y para el próximo intento ya estaba avisada. Él, sin embargo, K,
fuera cual fuese la distancia a la que se encontraba, ésta no había variado ni un
ápice. Sí, comparado con Pepi, él ni siquiera era una criada, pues había llegado
como agrimensor, aunque no había recibido el empleo correspondiente, así que
ni siquiera había conseguido ese puesto, que lo deseaba tan poco como ella el
de criada, sí, que incluso lo deseaba aún menos que ella, pero incluso por ese
puesto se veía obligado a luchar y se trataba de una lucha difícil y, por el
momento, sin esperanzas de éxito. No sólo Pepi tenía motivos para quejarse.
Sólo había querido secar las lágrimas de Pepi, que también le dolían a él. Pero
él no se quejaba. La justicia de su pretensión estaba tan clara que a veces creía
que podría acostarse sin preocupaciones —primero, es cierto, tendría que
conquistar la cama y dejar que su pretensión luchase sola por sí misma, eso

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El Castillo

bastaría. Pero eran otra vez sueños, sueños dañinos e inútiles.


Pepi no había comprendido todo lo que K había dicho, ni siquiera lo había
escuchado todo, en algunas cosas, como en lo referente a su vestido, se había
quedado prendida de sus propias reflexiones y lo siguiente se le había
escapado. Pero todo lo dicho la había puesto triste, quizá antes se había sentido
desgraciada, ahora se sentía triste y en su indefensión, para la cual, según el
juicio de K, Bratmeier no bastaba, se inclinó hacia la mano de K, la presionó
contra sus ojos y lloró.
Y luego volvió al mostrador, al principio vacilante, después con exagerada
rapidez, allí empaquetó sus cosas, hizo una seña a Bratmeier, que en dos saltos
se plantó a su lado, se estremeció, como si creyese haber oído a alguien
acercándose por el pasillo, y salió apresuradamente, seguida por Bratmeier, no
sin antes arreglarse algo la parte trasera de su peinado.
En ese momento creyó Gerstäcker que había llegado su momento. Aunque
durante todo el tiempo había intentado conseguir que K le escuchase, comenzó,
no podía hacerlo de otra manera, de forma bastante grosera:
—¿Tienes un empleo?
—Sí —dijo K—, uno muy bueno.
—¿Dónde?
—En la escuela.
—Pero tú eres agrimensor, ¿no?
—Sí, pero es un puesto provisional, permaneceré allí hasta que reciba el
contrato como agrimensor, ¿comprendes?
—Sí, y eso ¿durará mucho?
—No, no, puede llegar en cualquier momento, ayer hablé al respecto con
Erlanger.
—¿Con Erlanger?
—Ya lo sabes, no me aburras. Vete, déjame.

431
Librodot El castillo Franz Kafka

—Bueno, muy bien, has hablado con Erlanger, pensaba que eso era un
secreto.
—Contigo no compartiré mis secretos. Tú eres quien me insultó cuando me
quedé inmovilizado en la nieve ante tu puerta.
—Pero luego te llevé a la posada del puente.
—Eso es cierto, y no te he pagado el viaje. ¿Cuánto quieres?
—¿Te sobra el dinero? ¿Te pagan bien en la escuela?
—Lo suficiente.
—Conozco un empleo donde te pagarían mejor.
—¿Acaso contigo, con los caballos?
—¿Quién te lo ha dicho?
—Me acechas desde ayer por la noche para atraparme.
—Ahí te equivocas.
—Si me equivoco, mejor.
Ahora que te veo en una situación tan desesperada, a ti, a un agrimensor, a un
hombre instruido, con ese traje raído, sin abrigo, venido a menos, despertando la
compasión de cualquiera, en consonancia con los harapos—de Pepi, quien
probablemente te apoya, ahora me acuerdo de lo que una vez dijo mi madre:
«No se debería dejar que ese hombre se deprave tanto».
—Un buen consejo, por eso no voy a tu casa.
K se desembarazó de Gerstäcker, pues la posadera entró en ese momento,
ella llevaba, como por consuelo, el mismo vestido que la noche anterior, pero
todo estaba cuidadosamente planchado, lo que tendría que haber costado un
gran esfuerzo, pues el vestido tenía muchos pliegues, especialmente en lugares
donde no parecían ir bien, por ejemplo en los laterales hasta las axilas, de tal
manera que los brazos no se podían pegar completamente al cuerpo. Además,
influían en los movimientos de la posadera, adoptando cierta solemnidad y
orgullo, mientras que ella en realidad tenía que ser grácil y ligera. Primero
preguntó por Pepi, parecía visiblemente enojoso para ella que ya se hubiese ido.

432
El Castillo

K disculpó a Pepi diciendo que ella había creído que Frieda vendría en seguida,
pero por la posadera supo que eso no era seguro, que Frieda estaba encerrada
en su habitación y al parecer no se sentía bien. K preguntó si debía traer a Pepi.
No, dijo la posadera, Frieda tiene que venir aunque esté enferma. Pero entonces
pareció tomar conciencia de con quién estaba hablando y preguntó asombrada
qué hacía K allí, por qué no se había ido ya hacía tiempo. K dijo:
—He estado esperando a la señora posadera.
—¿Sí? —dijo ella sonriendo con cansancio—. Entonces ven.
Gerstäcker quiso salir detrás de la posadera y de K, deslizándose por la
puerta, pero K se lo impidió.
—Tú te quedas aquí —dijo él—. Eres muy pesado.
—¿Viene contigo?—dijo la posadera.
—No —dijo K—, sólo lo pretende.
Fueron por el pasillo hasta llegar a una puerta de la que K ya había visto salir
con anterioridad al posadero. Era la oficina privada del posadero: también
estaba escrito sobre la puerta, como K advirtió en ese momento. Era una
habitación pequeña y demasiado caldeada. Un pupitre de pie y una caja fuerte
estaban adosados a dos paredes, en las otras dos paredes había una estantería
con libros de contabilidad y una otomana. La posadera señaló la otomana e
invitó a que K se sentase, ella se sentó en una silla giratoria al lado del pupitre.
Ayer fuiste grosero —dijo la posadera—, eso no es conveniente.
—Estaba muy cansado —dijo K—, no había dormido durante varias noches y
luego tuve ese susto en el corredor. Además, no fui grosero.
—Fuiste grosero, no lo niegues, es horrible que ahora lo niegues. Si eres
cobarde, no tengo nada más que hablar contigo. Entonces vete otra vez.

41
Variante:
«Tienes preocupaciones necesarias e innecesarias —dijo K—. Más
innecesarias que necesarias; no me sorprende que tengas la desgracia a tu
servicio cuando temes continuamente que te embauquen y por eso te esfuerzas

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Librodot El castillo Franz Kafka

continuamente en afrontar las consecuencias. Eso no lo puede soportar nadie, ni


siquiera una persona afortunadamente tan fuerte como tú lo eres. ¡Qué
imaginación más desbocada tienes! La habitación de las criadas debe de ser
muy oscura y opresiva para generar esos pensamientos. Con ello te has
preparado mal para tu puesto y ahora lo pierdes como tiene que ser. Pero yo en
tu lugar no estaría tan desesperado por ese hecho».

42
Variante:
«Y en el fondo ni siquiera estás enamorado de ella, sino de la posadera de la
posada del puente, pues cuando se habla de Frieda, en realidad se habla de la
posadera, Frieda es su criatura, que ejecuta su voluntad y hacia la que acude
constantemente para pedir consejo. Ésa era mi esperanza cuando llegué aquí,
que la caída de Frieda se hubiese producido sin el conocimiento de la posadera,
que Frieda fuese rechazada por la posadera y que yo también pudiera ocupar su
lugar en el afecto de la posadera. Ahora hablo contigo con toda franqueza. De
las flechas de Frieda no habría tenido miedo, habría sabido repelerlas como si
fuesen moscas, y a Frieda con ellas».

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