Día 1
Salmo 31
«Inclina a mí Tu oído, rescátame pronto; sé para mí
roca fuerte, fortaleza para salvarme»
(Sal. 31:2).
Si pudiera algún día conversar con David, el rey autor de muchos salmos, esto es
algo de lo que quisiera decirle: «Gracias por ser real». No sé si en la eternidad será
posible; pero si lo fuera, creo que esas serían mis palabras. Al menos, algunas de
ellas.
El Libro de los Salmos está entre los favoritos de la mayoría de los cristianos, y creo
que se debe al hecho de que nos podemos identificar mucho con esos versos. Los
salmos fueron escritos por personas tristes, alegres, frustradas, a veces solitarias,
temerosas, valientes, llenas de amor, llenas de rabia. Sí, así es. Aquí no tengo
espacio suficiente, pero si estudias los salmos con cuidado verás que todas estas
emociones figuran entre sus páginas.
Por estos días el mundo vive momentos oscuros, bajos; días en el valle de la
tribulación, la incertidumbre, el temor, la ansiedad. Y, ¿sabes?, los momentos
oscuros de la vida pueden llevarnos a muchos lugares, nosotros tenemos que
decidir a cuál iremos. He llegado a la conclusión de que el único lugar seguro es la
Palabra de Dios y Su presencia. En cuanto me salgo de allí el momento difícil se
vuelve todavía más bajo y oscuro.
Así que, leyendo el libro de Salmos, llegué al 31, un salmo donde su autor, David,
suplica a Dios protección y ayuda. Si leemos el versículo 2 encontramos una oración
suplicante: «Inclina a mí Tu oído, rescátame pronto; sé para mí roca fuerte, fortaleza
para salvarme» (NBLA). Estas son las palabras de alguien que sabía dónde acudir en
momentos de angustia y debilidad. Dios escucha. Nuestras oraciones no se quedan
en el techo. En días como estos que hoy vivimos, la preocupación solo produce más
preocupación y ansiedad. Corramos a Dios y abrámosle nuestro corazón, no solo
porque nos escucha, sino porque es nuestra roca, Él permanece firme, nos sostiene.
Además, David dice: «Me gozaré y me alegraré en Tu misericordia, porque Tú has
visto mi aflicción; has conocido las angustias de mi alma» (Sal. 31:7). ¿Te
percataste? En medio de circunstancias difíciles, había un motivo de alegría: la
misericordia de Dios. Esa nunca se agota, es nueva cada mañana, ¡y de ahí que
podamos alegrarnos! Es una alegría que no depende de las circunstancias, sino de
Dios, que domina las circunstancias y que no solo nos escucha, sino que ve nuestra
angustia. ¡No estamos solos en esta situación!
Nuestras vidas están seguras en Dios: «Y no me has entregado en manos del
enemigo; tú has puesto mis pies en lugar espacioso» (v. 8). David escribió este
salmo en medio de la angustia de la persecución.
En esta pandemia nos «persigue» un enemigo microscópico, dañino y poderoso.
Pero nuestro Dios es el mismo; incluso si nos tocara atravesar una enfermedad
temible, ¡tenemos Su promesa de llevarnos más allá de la muerte porque Cristo la
venció! Por su obra en la cruz sabemos que pase lo que pase, el Señor nos pondrá
en ese lugar espacioso, hermoso, perfecto que es Su presencia eterna.
¿Cuáles son las dudas que hay en mi corazón para no correr hacia Dios en momentos de angustia y
debilidad? Algo está bloqueando la luz de Dios para correr hacia Él.
Creo que a todo padre le produce alegría cuando un hijo corre hacia él en momentos de angustia o
debilidad, si el hijo confía y depende de él y correrá hacia su padre y como consecuencia no estará
solo, estará alegre, seguro y a salvo ¿estas corriendo a Dios ahora mismo? ¿te sientes sola o
acompañada por Dios?
Nuestros enemigos la incertidumbre, el temor, la ansiedad tienden a tomar el control de nuestra
vida, ¿en manos de quien estas ahora mismo, en manos de Dios o del enemigo? ¿a qué dirección he
corrido en medio de mi angustia? ¿corro a las noticias a ver si ya está aplacándose esta pandemia
porque me siento perseguido por ella o corro a la Palabra de Dios para eliminar la incertidumbre, el
temor, la ansiedad y gozarme en su Misericordia?
¿puedes ver los efectos que está produciendo la incertidumbre, el temor, la ansiedad en ti y tu
familia? Seguro no te sentirás rescatada ni salvada.
Quizá ahora mismo nos sentimos tristes, alegres, frustradas, a veces solitarias, temerosas, valientes,
llenas de amor, llenas de rabia, pero podemos ahora mismo ir a Dios y decirle:
«Inclina a mí Tu oído, rescátame pronto; sé para mí
roca fuerte, fortaleza para salvarme»
(Sal. 31:2).
Ya que nuestras emociones son tan cambiantes e inseguras debemos correr a Dios pidiendo su
rescate porque Él es el fuerte, fiel y firme como una roca y tiene el poder para sostenernos.
Seamos agradecidos con Dios pues si corremos a Él no nos entregará en manos del enemigo que
nos aleja de Él, sino que nos pondrá en lugar seguro junto a Él.
Adoremos pues al percatarnos de su presencia, de su mirada puesta en nosotros, tenemos la
libertad para alegrarnos en Dios y contemplar de cerca su Misericordia y su bondad.