Stéphane Carlier
La peluquera y Proust
Traducción de Isabel de Miguel
Barcelona, 2024
Índice
PORTADA
LA PELUQUERA Y PROUST
I. CINDY COIFFURE
HISTORIA DE RAYMONDE
II. MARCEL
HISTORIA DE RAYMONDE (CONTINUACIÓN)
III. CLARA
HISTORIA DE RAYMONDE (FIN)
EPÍLOGO. HABRÁ QUE DECÍRSELO
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
CRÉDITOS
Para mi hermano, Raphaël, una luz en la noche
«Hay que liberar el propio ser,
encontrar sus verdaderas dimensiones,
no permitir obstáculos».
VIRGINIA WOOLF
I
CINDY COIFFURE
A pesar del frío, Madame Habib ha salido a la calle sin más abrigo
que la blusa. Está fumando, con un brazo extendido para alejar el
cigarrillo y el otro doblado sobre el pecho. A un tiempo rígida y
temblorosa, examina el escaparate de su peluquería como si
quisiera desentrañar un misterio. Las letras blancas del letrero, el
inmenso póster en el que una mujer peinada al estilo Louise Brooks
mira hacia abajo como si se examinara los pies, la lista de precios
sobre la puerta de cristal. En el extremo opuesto, debajo de todo,
inútil y solitario en su jarrón transparente, un tallo de bambú que no
ha crecido más de un centímetro.
–Lo que no funciona es el nombre: Cindy. Así se llamaba la hija
del antiguo propietario. En 1982 el nombre estaba de moda, pero
hoy no nos dice nada.
Madame Habib se equivoca de pleno sobre la categoría de su
peluquería. Ha soñado tanto con su salón que ha acabado por
convencerse de que dirigía el equivalente a un Dessange, uno de
esos salones de lujo, cuando en realidad Cindy Coiffure es un local
minúsculo y alargado, escondido en un hueco oculto en un pasaje, y
sobrevive gracias a una clientela de habituales cuya media de edad
está próxima a los setenta años. Cindy Coiffure es exactamente el
nombre más apropiado para el local.
–Y que no me hablen de esos nombres acabados en «-tivo»,
como «Cualita-tivo» y cosas así. Detesto los juegos de palabras.
Madame Habib aspira su cigarrillo, y Clara lo oye crepitar.
–Se me ha ocurrido un nombre. Ya me dirás... –Hace una
pequeña pausa para causar más efecto–. El Jardín de las Delicias.
Madame Habib siempre tiene un problema con los nombres.
Empezando por el suyo propio. No le ha perdonado a su marido que
le transmitiera un apellido que le taladra los tímpanos, cuando su
nombre de soltera era Delage. «Digan lo que digan, la verdad es
que Jacqueline Delage suena mejor que Jacqueline Habib».
–¿Qué te sugiere el nombre?
«Un restaurante chino», tiene ganas de responder Clara, pero se
contenta con encogerse de hombros. Si no se tratara del nombre de
la peluquería, sería que la fachada necesita una capa de pintura o
que es preciso empezar a hacer trabajos de manicura. («¿Has visto
que el salón de manicura de la Rue Thiers está siempre lleno?»).
Ya sabe lo que pasará a continuación. Madame Habib dará una
última calada al cigarrillo y arrojará el humo lo más lejos posible
mientras aplasta la colilla con el pie izquierdo, dirá algo como «hoy
no nos moriremos de calor, desde luego» y volverá a la peluquería.
Se lavará las manos en la trastienda y se meterá en la boca un
caramelo de menta. Al salir se mirará en el espejo, se alisará la
falda y ocupará su lugar detrás de la caja. Entrará alguien y la
peluquería cobrará vida con el sonido de las conversaciones
susurradas, el aire de los secadores de pelo, las canciones
nostálgicas de tiempos pasados..., y será como si nunca se hubiera
hablado de El Jardín de las Delicias, de las palabras acabadas en «-
tivo» y de los nombres que estaban de moda en 1982.
Normalmente, la primera en llegar es Lorraine. La peluquería
apenas acaba de abrir cuando ella entra portando dos cafés sobre
una bandejita redonda y se instala en el amplio taburete de la caja
para charlar con Madame Habib.
Lorraine lleva el bar tabac en la esquina del pasaje con la Avenue
de la Libération. Cuando llega a la peluquería hace varias horas que
está de pie y ya no puede con su alma. Sus clientes la exasperan.
Esos tipos que necesitan su calvados a las ocho de la mañana y le
hablan como si se tratara de su mujer o su hermana. Esos pobres
que se gastan su subsidio en metálico o lo dejan a cuenta, con el
ruido de las monedas sobre el mostrador cuando recogen su tique.
Esos fumadores avergonzados: «Me llevo un paquete de Dunhill;
vaya, cuánto tiempo». Jacqueline la escucha tan inmóvil que, vista
de espaldas, se diría que duerme de pie. Ella también visita a
Lorraine cuando tiene un momento, pero más tarde y no tan a
menudo. Cuando regresa, casi siempre canturrea y huele a
aguardiente de ciruela.
Lorraine dice a menudo: «Esta mañana tenía las mismas ganas
de venir que de ahorcarme». Cuenta los días que quedan para sus
vacaciones y, cuando están cerca, se transforma. Cuando, poco
antes de salir de vacaciones entra en la peluquería para cortarse y
teñirse el pelo, no es la misma mujer. Se diría que es su hermana
gemela, una mujer realizada y enamorada... A su regreso tiene un
color bermellón y unos kilos de más, y su cabello conserva un tono
rubio. El bienestar se prolonga; habla de apuntarse a taichí, de
volver a la fotografía, «esta vez va en serio». Pero cada vez lo
comenta menos, y poco después del comienzo oficial del otoño,
cuando los últimos vestigios de su bronceado se han desvanecido,
vuelven a su boca otras palabras: «Esta mañana tenía las mismas
ganas de venir que de ahorcarme».
A las nueve de la mañana, en su peluquería, Madame Habib tiene el
aspecto de una mujer en un casino el sábado por la noche. Blusa de
seda beis o estampado de leopardo, pulseras que tintinean con sus
mínimos gestos y Shalimar, mucho Shalimar, tanto Shalimar que el
perfume impregna el local y se ha convertido en un distintivo tan
reconocible como el embaldosado blanco que imita el mármol o las
dos notas de la campanilla de la entrada. Un maquillaje excesivo
acentúa la expresión de cansancio de sus ojos ligeramente saltones.
Tiene la voz ronca, rota por el tabaco, como si hubiera pasado el día
esperando. El moreno de su tez se debe tanto a los polvos de
maquillaje como a las sesiones bajo la lámpara de rayos UVA.
Madame Habib es adicta al bronceado (cuando hace buen tiempo,
durante la pausa de la comida, no es raro verla en la Place de la
Libération, sentada en la esquina del banco al que todavía no le da
la sombra, comiendo una ensalada de arroz con el rostro al sol).
A menudo, el martes por la mañana Clara se pregunta qué habrá
hecho Madame Habib los dos días anteriores. Sobre eso no hablan;
su relación excluye tal género de confidencias. Lo que ha permitido
a Clara hacerse una idea de quién es su patrona son las
confidencias a los clientes que ha podido captar a lo largo del
tiempo.
Sabe que hubo un monsieur Habib, quien le legó el detestable
apellido, y que en algún momento desapareció, ya fuera porque
muriera o simplemente se marchara. Clara no está segura, porque
es el tema más tabú de todos. Madame Habib tiene una hija, que
trabaja como enfermera cerca de Toulon, a la que ve un par de
veces al año, y con la que no parece mantener muy buena relación.
Y también está París –¡Oh, París!–, donde Madame Habib vivió en
otros tiempos, una época de la que le gusta mucho hablar. Siempre
cuenta las mismas historias. Que veía la cúpula del Panteón desde
la ventana de su cocina; que un actor, cuyo nombre Clara ha
olvidado, le dejaba rosas delante de la puerta cuando se iba al
teatro; que los parisinos son inteligentes y cultivados, y que todos
leen. «En el metro, hasta el más zote tiene un libro entre las
manos». Puede que esta sea la razón de las arrugas que forman
dos paréntesis a ambos lados de la boca de Madame Habib: ya no
vive en la ciudad donde ha sido más dichosa.
«Zote» es una palabra que le gusta. Y también la expresión
«alborotar el gallinero». «Sin intención de alborotar el gallinero
estamos acabando con las reservas de Infinium y no entiendo lo que
ha pasado». Además, dice «salón de uñas» en lugar de «salón de
manicura», y lo dice a la inglesa: «nail salon».
–Una amiga de mi hija ha abierto un nail salon en Hyères con
mucho éxito –anuncia, atenta al efecto de la frase en su
interlocutora.
Por supuesto, corren rumores. Se dice que hace unos años la
vieron atravesar un campo de colza a las afueras de Baune tras
dejar su Mini Morris Mayfair aparcado un poco más allá, junto a la
carretera. Se dice que estaba borracha. Se dice también que,
cuando llegó a la comarca, antes de encargarse de la peluquería,
salía con el hombre que era entonces alcalde de Dijon.
A Madame Habib le gustan los hombres, de eso a Clara no le
cabe ninguna duda. Se nota en su forma de mirar a los pocos que
entran en el local, en cómo se dirige a ellos, sin importar si son
guapos, feos, jóvenes o viejos, si llevan monos de trabajo o
chancletas hawaianas. Se nota también en su forma de tratar a J. B.
J. B. es la pareja de Clara. Y es también el único tema personal
que Madame Habib se permite abordar con su empleada. O, mejor
dicho, el tema que no puede evitar abordar. Fue así desde el primer
momento, desde el primer día en que J. B. vino a buscar a Clara a
Cindy Coiffure. Jacqueline no podía estarse quieta; los labios le
temblaban de emoción. Se notaba que lamentaba no haberlo
sabido, no haber tenido tiempo de retocarse el maquillaje. Se
comportaba como si tuviera la misma edad que ellos, como si
hubiera ocupado un lugar en el corazón de J. B. antes que Clara.
Era del todo absurdo; parecía una comedia de teatro de barrio. J. B.
interrogó a Clara con la mirada, y esta sintió deseos de tranquilizar a
su jefa, de decirle que todo iba bien, que no había ningún problema,
que no se pusiera nerviosa.
Pasaron unos días, y una tarde, a la hora de cerrar la peluquería,
Madame Habib le confesó a Clara:
–Si hubiera tenido un hombre como él en mi vida, la peluquería
me importaría un rábano. De hecho, creo que no trabajaría; me
pasaría los días cocinando, cuidando nuestro apartamento. Haría lo
necesario para que no se marchara.
Antes de descolgar el teléfono, Madame Habib aparta su zarcillo de
la oreja derecha. A continuación dice: «Cindy Coiffure, buenos días,
soy Jacqueline» de una tirada, mientras contempla la puerta
acristalada, aunque no haya nadie al otro lado, y con la mano
derecha sopesa su zarcillo como si se tratara de una canica.
También está Nolwenn, la otra empleada de la peluquería. La
verdad es que su figura carece de contornos y raramente cambia de
expresión. Tanto si cuenta que su cuñada ha perdido el bebé que
esperaba como si le hace a Clara un regalito de cumpleaños,
conserva una expresión neutra, y solo se anima cuando mira vídeos
en su móvil. Una amplia sonrisa surca la parte inferior de su rostro
cuando ve a un chimpancé paseando a un lechón con correa o a un
golden retriever joven intentando subir su primer escalón. Estuvo
mucho tiempo mostrándole esos vídeos a Clara, hasta que dejó de
hacerlo, decepcionada sin duda por la tibieza de sus reacciones. Ya
no los comparte con nadie, y durante sus descansos no es raro oír
cómo se carcajea a solas en el patio trasero de la peluquería.
Dice cosas como «pienso de que todo irá bien» (en lugar de
«pienso que», porque el «de» no es necesario en este caso),
«costurera sin dedal, mal atina con el ojal» (cuando una clienta se
deja un botón del abrigo sin abrochar), y también «cabello
recalcitrante», una expresión que utiliza a la menor ocasión desde
que la oyó recientemente. En ocasiones incluso emplea dos de esas
expresiones en la misma frase: «No pensaba de que pudiéramos
hacerle un alisado a Madame Rinaldi, con ese pelo tan recalcitrante
que tiene, pero funcionó».
La relación con su jefa no ha sido siempre buena. Al principio, no
se entendían. «No tiene ojo», decía Madame Habib, que, cuando
observaba su forma de trabajar, salía a fumar un cigarrillo para
tranquilizarse o, peor todavía, la relevaba en su puesto en mitad de
un corte de pelo. También la incomodaba su forma de estar, la
sensación de molicie que desprendía. «Escucha, ponte de pie.
¡Pareces una vaca mirando pasar un tren de alta velocidad!».
Parecía evidente que no duraría mucho en el trabajo. Sin embargo,
Nolwenn es fuerte, mucho más fuerte de lo que parece. Cuando oía
los comentarios de Jacqueline, seguía trabajando sin dejar traslucir
efecto alguno en su ánimo, arreglaba un bucle o repetía para sus
adentros el nombre o la cantidad de un producto. Esta
determinación muda debió de impresionar a Madame Habib y,
contra todo pronóstico, Nolwenn se quedó. Hoy la relación ha
mejorado. Nolwenn se sienta en cuanto puede y siempre tiene prisa
por marcharse (deja de trabajar a las siete en punto y sale casi
corriendo), pero ya no comete grandes errores y se tapa la boca con
la mano cuando bosteza. Madame Habib todavía la vigila, y en
ocasiones la sermonea («¡Un poco más de clase, por favor!»), pero
el tono ya no es el mismo. Nolwenn ha encontrado su lugar en Cindy
Coiffure, hasta el punto de que parece incluso la que más cómoda
se siente en el local. Como si, con el tiempo, se hubiera producido
una especie de simbiosis entre este local modesto y simple y esta
mujer joven que, a su manera, se le parece.
En una ocasión, Nolwenn volvió de las vacaciones con el pelo
rizado. Se había hecho unos bucles cortos. Es un peinado que no le
queda bien a nadie, y menos a ella. El efecto de esos pequeños
bucles flanqueando su rostro grueso y agitándose al más mínimo
movimiento era desastroso. Las clientas se quedaban un rato
mirándola, y algunas interrogaban a Madame Habib con la mirada.
(«¿Ha perdido una apuesta? ¿Se está preparando para una fiesta
de disfraces?»). Jacqueline no hizo ningún comentario. La jornada
debió de parecerle especialmente larga a Nolwenn, que, al día
siguiente, apareció con el pelo liso.
También está Patrick. Solo trabaja los sábados y los días festivos:
en Pascua, Todos los Santos y Navidad se le ve cada día. Es como
el artículo de lujo de Cindy Coiffure. No hay duda de que Patrick es
un peluquero excepcional. Madame Habib lo ha repetido hasta la
saciedad. «Un día tendrá su propia peluquería en Dijon, o incluso en
Lyon».
Es un chico un poco grueso, y su apariencia no siempre es
impecable. Al parecer, no lleva una vida sencilla, porque está
separado de la madre de su hijo, al que no ve tan a menudo como
desearía. Patrick lo calcula todo –el precio de los cortes de pelo, la
cantidad de las propinas, las horas trabajadas– y se irrita con
facilidad. En una ocasión trató a una clienta, Madame Garcin, de
«vieja gruñona». Madame Habib lo obligó a presentar sus disculpas,
y Patrick así lo hizo. Madame Garcin fingió que no se lo tomaba a
mal, pero dejó de acudir a la peluquería.
De todas formas, Clara opina que Patrick podría sonreír un poco
más. Jacqueline debe de pensar lo mismo, pero no dice nada. Como
tampoco dice lo que piensa de sus retrasos, de sus uñas mordidas o
de esas camisetas negras que lleva por fuera de los pantalones.
Tiene demasiado miedo de perderlo. Cuando Patrick está en la
peluquería, Madame Habib no es la misma. Está más tensa, habla
menos y lo observa de reojo para asegurarse de que todo va bien.
Sabe que la reputación de su peluquería se la debe a Patrick.
Algunas clientas vienen de Lons para que Patrick las peine. A Clara
también se le da bien, y las clientas la aprecian, pero no harían hora
y media de carretera para verla.
También a Patrick le cae bien Clara. Le da a entender que es una
de las pocas mujeres de Cindy Coiffure que no lo deprime. En una
ocasión, le mostró en su móvil unos dibujos, una especie de mangas
en blanco y negro, eróticos y violentos. Clara se quedó
impresionada; ¿lo había hecho él? Intentó también que se aficionara
a Rage Against the Machine, según Patrick uno de los mejores
grupos de metal de todos los tiempos, pero en esa ocasión no logró
convencerla.
Un sábado en que tenía una clienta detrás de otra, comentó que
no pensaba «pudrirse en este agujero». Estaba fumando un
cigarrillo liado a mano en el patio trasero, en una pausa entre dos
clientas. Era verano, el aire acondicionado estaba estropeado y en
la peluquería hacía un calor asfixiante. «Y tú, lo mismo», añadió.
Clara hubiera deseado saber qué quería decir, pero Patrick apagó
su cigarrillo contra la pared y volvió al trabajo.
Madame Habib siente una rendida admiración por Jacques Chirac.
Según ella, Francia nunca fue tan poderosa como cuando él
ocupaba la presidencia, y a partir de ahí, todo empezó a
descontrolarse. Incluso ha colgado una foto de Chirac en la pared,
justo encima de la caja registradora. Es una foto en blanco y negro,
recortada de una revista, y a Chirac apenas se le reconoce; se diría
que es un actor de la edad de oro de Hollywood. A los escasos
clientes que se fijan en la foto, les explica: «¿Con un físico así, qué
queréis?». Traducción: «Cuando se es tan guapo, es normal hacer
grandes cosas».
J. B. vuelve loco a todo el mundo. Las clientas de Clara, sus amigas,
su hermana... Incluso sus padres, que no son dados a manifestar
sus sentimientos, no pueden evitar expresar su admiración.
«Siempre has tenido suerte, desde que eras pequeña» (su madre).
«Si no os casáis por falta de dinero, podemos ayudaros» (su padre).
Es cierto que tiene muchas cualidades. Físicamente se parece a
Flynn Rider en Enredados, la película de dibujos animados. Al igual
que él, tiene unas mechas oscuras que le caen sobre los ojos y un
cuerpo de futbolista americano, y es un gran aficionado a las
bromas (como ponerse espuma de afeitar en una fiesta a modo de
disfraz). A menudo le señalan que ni el tiempo ni las preocupaciones
han dejado huella en su piel. Ejerce la profesión con la que sueñan
todos los chavales, bombero, y hasta ofrece charlas sobre el tema
en los colegios. Sobresale en una impresionante cantidad de
deportes: fútbol, vóley, motocross; y es un tenista aceptable. Es
afectuoso, atento, nunca se olvida de regalarle a Clara unas flores el
11 de agosto ni de organizarle una pequeña fiesta sorpresa por su
cumpleaños.
En fin, eso es lo que perciben los demás. Lo que Clara percibía
también al inicio de su relación. Hoy, casi tres años después de su
primera cita, ve sobre todo a un hombre con ciertos signos de
fragilidad. Un hombre que algunas mañanas se queda de pie ante la
ventana del salón con su bol de Chocapic en la mano y una
expresión de inmensa tristeza. Que bebe un poco más de la cuenta
la víspera de sus días de asueto, que prácticamente no habla con su
padre, que a veces lucha en sueños y profiere horribles insultos. Un
hombre al que Clara ya no desea. Esa es la nubecilla que oscurece
el cielo de su vida. Ese Flynn Rider que antes la electrizaba hasta el
dedo pequeño del pie ahora le produce el mismo deseo que un plato
de embutidos después de un pavo navideño. Contempla la comisura
de sus labios que se levanta sola, el castaño claro de sus ojos, la
suavidad de su cabello. «Nada, niente, nichts», como diría Madame
Habib.
En eso piensa Clara en el bus, camino de la peluquería. Recuerda
que, al principio de su relación, aprovechaban ese momento del día
para intercambiarse mensajes. Se acababan de separar, habían
pasado la noche juntos, habían gozado el uno del otro, pero el
deseo persistía. Y se llamaban para no decirse nada, en realidad.
Clara volvía la mirada hacia la ventanilla y escuchaba la voz todavía
adormilada de J. B., que le contaba el último sueño de la noche o le
hacía una lista de los lugares donde le gustaría besarla. Y, como con
eso no bastaba, se enviaban mensajes o fotos de determinadas
partes de su cuerpo. A Clara le gustaba la zona lisa debajo del
cuello de J. B.; le encantaba poner la mano allí, donde la piel era
suave y sedosa debido al vello que la recubría. Así que J. B. tomaba
una foto de esa parte de su cuerpo cuando estaba a punto de entrar
en la ducha y se la enviaba para darle ánimos, y funcionaba. Saber
que tenía el esternón de su pareja en el móvil ayudaba a Clara a
soportar mejor la jornada.
Hoy eso ya no tendría sentido. Recordarlo es para ella como oírse
hablar en una lengua que ya no entiende. En el autobús, le envía un
mensajito a su madre o chatea con su hermana, y el resto del
tiempo lo pasa en Instagram, que abandona antes de haber
acabado de ver todas las nuevas publicaciones. Todavía gira la
cabeza hacia la ventanilla, pero es para pensar en la desaparición
del deseo, en sus interacciones tóxicas con J. B., que desde hace
tiempo se limitan a unos besos en la boca (algunos, todavía) o en la
frente (cada vez más). Se dice que pronto será más bien como si
fueran hermanos. Y mira, ya ha llegado a la Place de la Libération.
Clara no entiende por qué la mayoría de la gente encuentra
fascinantes a los gatos. El suyo no es en absoluto fascinante. Es
una bola enorme de pelo blanco que se esfuma en cuanto una mano
hace ademán de acariciarlo, y, tras once meses de vida en común,
todavía bufa a sus dueños si se los encuentra en el pasillo. El resto
de los rasgos de su carácter, por lo que Clara puede deducir, son la
glotonería (está demasiado gordo), la pereza y la tristeza. Su única
buena cualidad, la fotogenia, resulta inútil porque, aparte de sus
amos, no lo ve nadie más. En cuanto llega un invitado al
apartamento, el gato corre a refugiarse en uno de sus escondites, y
no reaparece hasta el día siguiente o dos días más tarde. «Tiene su
carácter», dice J. B. para disculparlo, lo que siempre consigue
exasperar a Clara. No es que tenga carácter; seguramente sufrió
malos tratos o se cayó desde un tercer piso, o puede que ambas
cosas, con lo que se ha vuelto a un tiempo desgraciado y de lo más
antipático.
–¡Venga, esta vez sí que apruebas seguro! –le dice Madame Habib
a Nolwenn, que tiene que examinarse para el carnet de conducir.
Apoya las manos sobre sus hombros y la obliga a ponerse recta;
la anima a tener confianza, a sonreír. Parece una entrenadora con
una boxeadora. Hay que decir que es el quinto intento de Nolwenn
y, si vuelve a suspender, tendrá que volver a «examinarse» de todo
(también de la parte teórica). La última vez le tocó una examinadora
loca de remate que le explicó que las estelas que dejan los aviones
en el cielo son mensajes con los que se comunican los miembros de
una élite satánica mundial (o algo parecido). Y la vez anterior el
examinador estaba bien de la cabeza, pero Nolwenn había olvidado
el carnet de identidad.
Mañana deprimente en Cindy Coiffure. Cada hora que pasa parece
una prueba de resistencia. Fuera hace un tiempo escocés: lluvia,
viento y oscuridad. Dentro no es mucho mejor. Nolwenn ha
suspendido el examen de conducir (ha chocado contra un
contenedor de reciclaje al intentar aparcar en paralelo) y, por alguna
razón, la iluminación interior de un mueblecito de cristal adquirido
hace apenas un mes se ha estropeado. Madame Habib, sin
embargo, adora esa vitrina que compró por catálogo; le parece que
contribuye a elevar el nivel de la peluquería. El día en que la trajeron
se comportó como una niña en la mañana de Reyes; aplaudió
cuando el instalador encendió la luz de la vitrina y, durante una
semana, les preguntaba a todos los clientes que entraban: «¿No ve
nada diferente?». Esta mañana ni siquiera intenta dar el cambio. No
se le ha oído decir nada, salvo a eso de las diez, cuando ha salido
de la trastienda y ha cortado en seco la maldita canción de J’ai
encore rêvé d’elle con un suspiro:
–Qué alivio dejar de escuchar esto.
HISTORIA DE RAYMONDE
Salgo de casa para ir a visitar a mi hermana. Son las seis y media.
Llego a la estación de autobús y espero y espero, pero no hay
autobús. Bueno, sí, pero no se puede subir porque no hay
conductor. Como la estación está cerrada a esta hora, tengo que
preguntarle a otro conductor para enterarme de lo que ha pasado.
Dédé ha tenido un ataque cuando salía de su casa, y se ha
cancelado el autobús nocturno. «Pobre Dédé –me digo–. Bueno, da
igual, iré mañana». Y vuelvo a casa. Una vez en casa, telefoneo a
mi hermana y me preparo algo de cenar. René ya me había dicho
que pasaría la tarde en la bolera. Aprovecha para ir a la bolera
cuando yo voy a visitar a Geneviève. De modo que como algo, quito
el rabillo a las judías verdes y recojo la ropa tendida. Después tengo
que tumbarme en la cama porque me duelen las piernas. Me estiro
en la cama y, claro, me quedo dormida. Al cabo de un rato noto que
la cama empieza a bambolearse como una barquichuela y oigo unos
grititos. «Qué sueños más extraños tengo», me digo al despertarme.
Pero el caso es que no estaba soñando. Enciendo la luz y, ¿qué
veo? ¡Una mujer en mi cama! ¡Una mujer que lo está haciendo con
mi René! Está a cuatro patas, y él, de rodillas, se la mete por detrás
(perdona la vulgaridad, Jacqueline, pero lo cuento tal como pasó).
No sé de dónde ha salido esa mujer; es una especie de china con
mucho pintalabios. En cuanto me ve, se pone a gritar como una
posesa, se baja de un salto de la cama y sale corriendo mientras se
pone las bragas. Pero, como no es posible hacer las dos cosas a la
vez, se cae de bruces al suelo. ¿Y sabes qué? René le pregunta si
está bien. La otra no responde, se levanta y se va dando saltitos
sobre una pierna mientras acaba de ponerse las bragas. «¿Qué
significa esto?», le pregunto a René, que ha empezado a vestirse.
¿Sabes lo que me contesta? «¿Pero tú no estabas en casa de
Geneviève?». ¡Eso es lo único que se le ocurre! No, te juro que... Se
creían que no había nadie en casa. Como la habitación estaba a
oscuras, no me habían visto. René empezó a soltarme un rollo, pero
no quise saber nada y lo eché de casa. «¡Vete con tu china!». No
podía ni mirarlo a la cara. Él no insistió. Dejé sus cosas en el
descansillo, y él las iba cogiendo. No dijo apenas nada. Él también
estaba en shock; no esperaba para nada encontrarme en la cama...
Yo no pude volver a nuestro dormitorio; dormí en la habitación de
Francine. La verdad es que no dormí demasiado. No podía dejar de
pensar en lo que había pasado y me preguntaba dónde estaría
René, porque además llovía. Pensé que iría a casa de su madre,
pero no oí el coche ni la puerta del garaje. Y esta mañana, desde la
ventana de la cocina, he visto que el cobertizo que tenemos al fondo
del jardín tenía la puerta entreabierta. Había dormido allí.
Desde hace unos días, Lorraine se queja de sufrir unos vértigos
tremendos que le dan la impresión de encontrarse en un ascensor
en caída libre. «Nunca me había pasado nada tan horrible. Tengo
ganas de morirme cada vez que me pasa». Madame Habib la
escucha sin pestañear porque es un tema que le interesa, y también
porque poco después de la hora de apertura de la peluquería, ella,
que sufre de insomnio, es víctima de un poderoso ataque de sueño,
hasta el punto de que hay momentos en que golpea con el pie el
suelo para no dormirse mientras escucha a su amiga. Como
Lorraine no dice nada más, y como no hay que dejar que se
prolongue el silencio, Madame Habib dice lo primero que se le
ocurre:
–A la gente no le gusta el color rosa, y yo lo encuentro injusto. El
color rosa viejo es muy bonito. En un dormitorio, por ejemplo.
Vino varias veces seguidas a Cindy Coiffure. Era un hombrecito de
pelo blanco con un gabán beis. Llegaba, le daba un beso a Madame
Habib, saludaba a Nolwenn y a Clara con un gesto de la cabeza y
se sentaba en una de las sillas que hay entrando a la derecha.
Sumido en sus pensamientos, observaba todo lo que ocurría en el
salón. En ocasiones cogía una revista, la hojeaba y la volvía a soltar
poco después. Su nombre no constaba en el libro de citas; no venía
para que lo peinaran... Entonces, ¿por qué venía? El nerviosismo
que mostraba Madame Habib en su presencia no invitaba a
preguntar. Al cabo de un rato, cuando ya todo el mundo se había
olvidado de él, se marchaba discretamente.
Ocurrió tres o cuatro veces. Pero un día, al verlo llegar, Jacqueline
salió a su encuentro.
–¡Bueno, Roger, ya está bien!
El hombre se marchó de inmediato y no regresó nunca más.
Es sábado y Patrick no está en la peluquería. Madame Gobineau, su
primera clienta del día, lleva media hora esperándolo. Está aturdida,
como si le hubieran anunciado la fecha exacta del fin del mundo. Y
es evidente que los treinta minutos continuos de música en la
emisora Nostalgie no han ayudado a tranquilizarla.
Cuando llega Madame Berrada, su segunda clienta, ha empezado
a tronar, el cielo está tan oscuro como si fueran las seis de la tarde y
Patrick no ha aparecido todavía. Madame Habib decide llamarlo; le
salta el buzón de voz y deja un mensaje que nadie puede oír a
causa del secador de pelo que está usando Nolwenn. Madame
Habib cuelga, echa una mirada inquieta al pedazo violeta de cielo
que se ve desde la peluquería y le dice a Madame Gobineau que
ella misma la peinará. Pero Madame Gobineau prefiere irse (tiene
que pasar por el carnicero del mercado, al que le ha encargado
hígado de ternera, y le fastidia marcharse sin peinar, pero no quiere
quejarse porque está convencida de que le ha pasado algo a su
peluquero preferido).
Cuando Patrick por fin aparece, falta poco para las once de la
mañana. Tenía a su hijo desde el día anterior, y su ex acaba de
pasar a buscarlo. «O eso, o me lo traía a la peluquería».
A Clara le cuesta creerlo. De entrada, porque Patrick tiene al niño
los domingos, nunca los viernes. Y además huele a tabaco y a Red
Bull, y es evidente que lleva la misma ropa del día anterior. Está casi
segura de que viene de Hangar, una discoteca en Chenôve de la
cual habla a menudo, y donde seguramente ha pasado la noche.
Patrick se pone manos a la obra de inmediato, con ese añadido
de energía que proporcionan las noches en blanco. Madame Habib
observa cómo obra maravillas con el pelo de Madame Berrada, la
cual, sin que parezca importarle el estado de su peluquero, le
explica en detalle el menú de la boda inminente de su hija. Desde
luego, Patrick tiene suerte. Su jefa se verá obligada a llamarle la
atención, pero lo hará con un comentario tan sutil que será
prácticamente un cumplido.
Más tarde, como es sábado y van con cierto retraso, Jacqueline
se quita las pulseras, se arremanga la blusa color cámel y se
dispone a colocarle los rulos a Madame Rousseau, lo que resulta
excepcional. Y, como se ha tranquilizado después de temer que le
hubiera pasado algo a su empleado, y como todo vuelve a estar en
orden después de haber rozado la catástrofe, se pone a contar
cosas. Clara la oye comentar que en otro tiempo solía ir a una
discoteca de París donde te cruzabas «con muchas vedettes». Allí
estuvo bailando con un tal Jacquez Cazot, quien elogió su belleza
antes de susurrarle al oído: «París te pertenece...». Jacqueline, que
se ha quedado inmóvil después de colocarle el último rulo a
Madame Rousseau, se reanima de golpe. «Ah, mejor no abrir el
baúl de los recuerdos».
Miércoles, 14 de agosto. No hay ningún nombre escrito en el libro de
citas. Mañana, la peluquería se cierra durante dos semanas. Clara
ha jugado al Candy Crush, se ha cansado del juego y está
contestando un test que ha encontrado en un viejo número de Elle:
«¿Sabes sacarle el máximo partido a tu potencial de seducción?».
Es una ocupación inútil, porque, además de que no le importa nada
la respuesta a esa pregunta que nunca se ha planteado, la página
de resultados no está; probablemente la ha arrancado una clienta
que prefería leerlos en su casa.
Dos golondrinas estridentes pasan por delante de la peluquería.
Nolwenn y Patrick están de vacaciones. Madame Habib ha salido a
comprar cigarrillos. Lo único ligeramente constructivo que ha hecho
Clara este verano es encontrar el mejor lugar para colocar una
postal de Patrick que le llegó ayer. La postal del Festival des Vieilles
Charrues,1 escrita en parte en bretón, ha encontrado su lugar sobre
el mostrador, apoyada en la pared, bajo la foto de Jacques Chirac.
Claro que no se quedará aquí para siempre; unas semanas como
mucho, después de lo cual pasará al cajón del mostrador, entre las
moneditas, los rollos de papel y las tarjetas de visita de los
comerciales que han pasado por la peluquería, para más tarde
desaparecer discretamente.
Madame Habib regresa tarareando Le Sud, que ha sonado hace
poco en la emisora Nostalgie. El sudor ha dibujado unos círculos
oscuros bajo su blusa beis. Guarda los cigarrillos en su estuche
plateado y pasa a la trastienda, donde Clara la oye cepillarse los
dientes. Luego llega un silencio que pronto interrumpen unos suaves
ronquidos, cada vez más seguidos. Al rato, los ronquidos se
detienen. Poco después, Jacqueline reaparece y se acerca a Clara,
que está sentada detrás de la caja registradora para recibir de lleno
el chorro de aire acondicionado. Su jefa la observa unos segundos
mientras ella pasa fotos en su móvil y le dice:
–Márchate si quieres. Creo que podemos dar por terminada la
jornada.
Las comidas en casa de sus padres la sumen en un estado de
confusión cada vez mayor. Es una mezcla de angustia y de dulzura,
una angustia desleída, algo muy extraño. El momento desempeña
un papel importante. Es domingo, domingo al mediodía. El tiempo
parece estirarse como si ese día la Tierra girara a propósito más
despacio entre las once y media y las cuatro de la tarde. Y la luz
blanca tras los visillos de las ventanas del salón, los alzapaños de
borlas que recogen las cortinas, el pollo con judías verdes que ha
preparado su madre, el olor que desde la cocina inunda las demás
habitaciones y que se mezcla con el de la ropa limpia o el
encerado... Todo esto la conmueve –la tranquiliza y entristece a la
vez–, como si en cada ocasión descubriera que es algo que conoce
desde siempre, porque es aquí donde se ha criado.
Lo que le resulta más duro es el paseo que dan después de la
comida, por una carretera llana junto a los campos cercanos al
pueblo. La luz siempre es demasiado intensa allí. Clara se adelanta
a sus padres, que caminan despacio porque charlan con J. B. En
algunos momentos, incluso se detienen. Esas pausas la molestan
tanto como las demostraciones de afecto a ese hombre que a sus
padres les encantaría que formara parte de la familia para siempre.
El aire de felicidad de su madre, las preguntas tontas de su padre
(«¿De verdad hay bomberos que fuman?»), y J. B. como un príncipe
entre los dos. Siempre le ha dicho lo mismo a Clara: «Eres
afortunada de tener estos padres; los míos no son así ni mucho
menos».
Tras mucho reflexionar, Clara ha logrado entenderlo. O por lo
menos ha encontrado algo parecido a una explicación. Ocurrió un
domingo por la tarde, en el camino de vuelta a casa, cuando en un
extremo del cielo se abrieron las nubes y el campo de Saône-et-
Loire se inundó de una luz dorada. Lo que le provocaba malestar
eran las preguntas: «¿Es así como acaba todo? ¿Esto es todo lo
feliz que se puede ser?».
En la peluquería, reciben la visita de Audrey, antigua empleada, que
ha ido a presentar a su bebé, nacido la semana anterior. Se llama
Malo y ha nacido con 3,2 kilos. «Un pequeño Leo, como su padre».
Y añade: «Apenas me enteré del parto, no como con el de Elliot».
Porque es el segundo bebé que tiene desde que dejó Cindy
Coiffure. Clara, encantada, acaricia con el índice la tripa del bebé.
Nolwenn, que llegó a la peluquería después de la marcha de
Audrey, no se muestra tan expresiva. En cuanto a Madame Habib, si
bien sigue sintiendo simpatía por su exempleada, nunca se ha
llevado bien con los niños, en especial con los recién nacidos.
Apenas Audrey ha traspasado la puerta con su cochecito, se oye a
Jacqueline murmurar:
–La verdad es que a esta edad no son más que tubos. Todo lo
que entra por un lado, sale por el otro.
–¡Me haces daño!
Al retirarle un bigudí a Madame Quintin, Nolwenn le ha arrancado
un mechón de cabello. No se entiende que le haya ocurrido, sobre
todo porque es casi lo único que hace: permanentes y moldeados.
Madame Habib no le ahorra el reproche.
–Si no quieres hacer las cosas bien, ve a Mariella Brunella; ¡te
recibirán con los brazos abiertos!
Mariella Brunella es una peluquería en el centro comercial de
Carrefour. A Madame Habib le parece una peluquería horrible, la
peor de todas, aunque suele estar llena, hace más negocio que
Cindy Coiffure, atrae a una clientela más joven y diversa, etc.
Nolwenn le presenta sus disculpas a Madame Quintin, pero, como
su expresión es siempre indescifrable, no da en absoluto la
impresión de ser sincera.
El técnico que ha venido a reparar la vitrina bien vale las diez
semanas de espera. Es guapísimo. Casi perfecto. A Clara le
recuerda a Henry Cavill. A Madame Habib, a Nino Castelnuovo.
Además del encanto de su piel morena y su espalda de nadador, se
mueve con una soltura asombrosa, como si tuviera los miembros
elásticos. Es como para preguntarse qué hace reparando vitrinas en
Saône-et-Loire en lugar de desfilar por las pasarelas de París o de
Milán. Es preciso ver la escena en Cindy Coiffure, al final de la
mañana, con las cinco mujeres presentes en el salón inmóviles
como estatuas mientras observan cómo se agacha, se arrodilla, se
estira sobre el suelo embaldosado y se contorsiona para pasar la
mano bajo el mueble, cuya reparación es bastante rápida.
–El problema era el enchufe –explica–. Lo he cambiado por uno
nuevo.
La jugada será colocar otra vez el viejo para que tenga que volver.
La primera vez que lo vio, Clara no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Menuda boba. Pensó que el hombre estaba haciendo una
pantomima, un vídeo para una despedida de soltero o algo así. Pero
Madame Habib sí que lo entendió. La puerta todavía no se había
cerrado del todo y ya estaba invitándolo a quitarse el abrigo con el
aire atareado de las personas acostumbradas a enfrentarse a
situaciones delicadas.
–Tengo cita para las once –dijo él mientras se deshacía del
abrigo–. Con el nombre de Claudie.
Jacqueline negó con la cabeza para indicarle que no era
necesario dar detalles; luego cogió su abrigo y le indicó que se
sentara en una de las sillas junto a la entrada.
–Clara se ocupará de usted en cuanto acabe con Madame Weil.
Claudie tomó asiento mientras en la emisora Nostalgie sonaba
True Colors de Cindy Lauper, una ironía radiofónica que ninguna de
las tres mujeres presentes estaba lo bastante relajada para advertir.
Jacqueline siguió limpiando el expositor debajo del mostrador como
si no ocurriera nada extraño. Clara fruncía el ceño mientras
deshacía los bigudíes de Madame Weil y se reprochaba la sonrisa
boba de antes. En cuando a Madame Weil, miraba al frente con una
expresión atónita en sus ojos perrunos. Casi se la oía pensar:
«¿Alguien me explicará algún día qué está pasando en el mundo?».
But I see your true colors
Shining through
I see your true colors
And that’s why I love you.
Claude Hansen, conductor del autobús escolar de Romain-
Rolland, se había convertido en mujer. O, mejor dicho, Claudie
Hansen se había convertido en ella misma después de haberse
extraviado a sí misma durante más de cincuenta años en la piel de
Claude. Tras la marcha de Madame Weil, se lo explicó a Madame
Habib, a Clara y a Nolwenn, la cual acababa de regresar de su clase
de conducir y contemplaba a Claudie como si la estatua del soldado
de la Place de la Libération acabara de cobrar vida.
Claudie les contó la fase final de su salida del armario, que había
querido que fuera lenta y progresiva, pensando que así se evitaría
sufrimientos inútiles. Primero se había dejado crecer el pelo (parecía
un mosquetero) antes de llevar zapatos de tacón (lo más duro,
porque ya no dejaba lugar a dudas) y a continuación vestidos de
mujer. Las joyas y el maquillaje no eran de su agrado. En un pueblo
como en el que vivía, era difícil que su transformación pasara
inadvertida. Hubo cotilleos, protestas y bromas pesadas, pero
también estuvo la crecida del río Dheune en invierno; el termómetro,
que no baja de los veinte grados las noches de verano; los
problemas de salud; y, al cabo de un tiempo, esa mujer inmensa que
los vecinos veían en el mercado les resultaba ya tan familiar como el
frontispicio un tanto sombrío de la iglesia o las luces navideñas que
seguían adornando la calle principal. Lo raro habría sido no verla.
Cuando Nolwenn, que siempre es más atrevida de lo que parece,
le comentó que su profesión no debía de resultarle cómoda «con
todos esos chavales», Claudie le explicó que no, que los
adolescentes en general la respetaban, que solían ser de espíritu
abierto, que los que peor reaccionaban eran (y aquí se puso a
contarlos con sus dedos de nudillos gruesos) los vagabundos
borrachos, los hombres jóvenes cuando iban en grupo y las mujeres
pobres que normalmente empujaban un carrito. En una ocasión, una
de ellas la había insultado en un supermercado Auchan, y Claudie
había tenido que buscar refugio en la pescadería, desde donde
continuó oyendo sus insultos.
–Bueno, la verdad es que donde estoy más tranquila es en el
campo. –Se contempló en el espejo y apartó con el dedo anular los
mechones que le caían sobre la frente–. Y aquí –añadió–. La verdad
es que con vosotras me siento bien. Me siento yo misma.
El gris plateado está muy bien, muy elegante, pero Madame Lévy-
Leroyer quiere probar otra cosa. Pasa revista con Clara a los
distintos colores que le sentarían bien a su rostro seco y huesudo,
aunque sublimado por una mirada color esmeralda. Al fin lo
encuentra.
–¡Ah, ya lo tengo! Un rubio como el de Bernadette Chirac.
Madame Habib, ocupada en pasar los nombres a una nueva
libreta de teléfonos, le dirige una mirada inquieta por encima de las
gafas. Acaba de oír el nombre de su principal rival.
Lorraine le ha hablado de sus vértigos al doctor Maître, quien le ha
propuesto que se haga una resonancia magnética. Lorraine ha
pedido hora, y tiene cita dentro de doce días en el hospital de Le
Creusot. El doctor Maître no se ha arriesgado a emitir un
diagnóstico, pero Lorraine está convencida de que tiene un tumor
cerebral. «He sido tan desgraciada que ha acabado por afectarme a
la cabeza». Esta mañana no ha dicho ni palabra. Ha llegado con dos
bolsitas de galletas speculoos, además de los cafés de siempre, se
ha sentado en su taburete y prácticamente no ha abierto la boca. Ha
paseado por la peluquería una mirada melancólica y ha observado a
Nolwenn y a Clara con aire de decir: «La verdad es que lo hemos
pasado bien, amigas mías; os voy a echar de menos».
Después de que Lorraine se marchara, Nolwenn ha aprovechado
que su primera clienta estaba pagando para hacerse con las dos
bolsitas de galletas que se habían quedado sobre el mostrador. Se
ha metido una en el bolsillo y ha abierto la otra para ir comiéndose
las galletitas sobre la marcha.
Llega un miércoles sin cita previa, a media tarde. Es otoño y el día
ya empieza a declinar. Nolwenn está en un seminario de gestión, y
Madame Habib ha salido a comprar paracetamol. Ha sido un día
tranquilo.
Clara comprende enseguida que el hombre no es de la zona. Por
su forma de estar y de preguntar: «¿Hay algún problema si no he
pedido hora?». Sus gestos son amplios y nerviosos. Se hunde
rápidamente en la silla y se queda inmóvil. Tal vez sea un artista, un
actor... Sí, un actor; hay muchos que no son tan conocidos. Clara no
se atreve a apoyar las manos sobre los hombros del cliente.
–¿Qué quiere que le hagamos?
–Ah, pues algo limpio, sencillo. Corto. En fin, sobre todo que sea
limpio. Confío en usted.
–¿Y cómo se peina normalmente?
El hombre se pasa una mano por la cabeza, de derecha a
izquierda.
–Así.
–Y la nuca, ¿la despejamos?
–Sí.
–¿Recta o más bien degradada?
–Recta está bien.
Tiene el pelo muy fino. Clara le pasa los dedos por el cabello;
parece de seda. El mínimo corte con la tijera se notará, de modo
que tendrá que tener cuidado, tomarse su tiempo.
–Tengo un chichón de nacimiento; no se sorprenda.
–No es ningún problema.
Champú. El hombre cierra los ojos. Clara aprovecha para mirar su
rostro al revés y piensa que estará memorizando un guion. ¿Por qué
tiene necesidad de imaginar que es un actor? Se pregunta si serían
felices los dos juntos. Tal vez, si ella fuera también actriz. O artista.
Bueno, en todo caso, no una peluquera. Y, si estuvieran juntos, ¿le
seguiría atrayendo después de tres años de vida común?
Durante el corte de pelo no se hablan. En una peluquería se suele
rehuir el silencio, se intenta que no se prolongue mucho. Pero en
esta ocasión es diferente. Es un silencio de concentración, un
silencio de placer, no de vacío ni de ausencia. La emisora Nostalgie
emite Tout doucement, de Bibie. Clara encuentra magnífica la
canción, y se promete que la volverá a escuchar en el autobús. Le
pasa a menudo. Se emociona con canciones que había olvidado y
se propone escucharlas más tarde en YouTube, cuando esté
tranquila. Pero, claro, al salir de la peluquería hay muchas cosas
que hacer –comprar leche, llamar a su madre– y al final nunca lo
hace.
Tout simplement
Fermé pour cause de sentiments différents
Reviendrai p’t-être dans un jour, un mois, un an
Dans son coeur, dans sa tête2
El hombre abre los ojos y sonríe a Clara. Ella hace lo propio antes
de bajar la cabeza. Seguro que a él lo seguiría deseando incluso
tres años después de vivir juntos.
Entonces llega Madame Habib y Tout doucement da paso a una
publicidad de Leclerc.
Jacqueline se limpia los pies en el felpudo de entrada.
–La cruz de la farmacia se ha soltado, ahora pende solamente de
un hilo. Es impresionante.
Se da cuenta de que no conoce a la persona que Clara está
peinando, que, por cierto, es un hombre. De inmediato, se produce
en ella un cambio: pasa al modo «hombre en la peluquería». Cuelga
su abrigo en el armario y, cuando regresa, muy erguida, acaricia los
respaldos de las sillas como si fuera presa de una sensualidad
irreprimible. No da mucho resultado.
Una vez que Clara ha acabado de peinarlo, el hombre se levanta
y ella se convierte de nuevo en una desconocida. Justo entonces
entra Madame Chicheportiche con su nieto, Ferdinand. Es
miércoles, lo ha ido a buscar a la salida de su clase de trombón y lo
lleva «al peluquero». Clara los ayuda a quitarse los abrigos y los
cuelga en el armario. Cuando vuelve, el hombre ya se ha marchado.
No ha dejado propina. Clara se siente un poco decepcionada. No
por la propina, sino porque ya no lo verá más. Sienta a Ferdinand y,
mientras, acciona el pedal con el pie para elevar el asiento,
descubre un objeto sobre la repisa. Un libro que el hombre se ha
dejado olvidado. Un libro de bolsillo. Clara podría salir en su busca,
pero no es su estilo. Desde luego, eso le daría a él una razón para
volver. Clara sabe que, si Madame Habib se diera cuenta de lo
ocurrido, estaría encantada de salir corriendo para devolverle el
libro. De modo que se acerca a la repisa, abre el cajón y guarda allí
el libro con un gesto tan natural como si se tratara de un peine o de
unas tijeras. Jacqueline no la ha visto; está escuchando a la abuela
Chicheportiche, quien le describe una casita que acaba de heredar.
–Con una glicinia que cae sobre la puerta de entrada, como yo
siempre había querido.
Clara se siente mejor. Con el libro guardado en el cajón, es casi
como si el hombre siguiera en la peluquería. Le pasa la mano por la
cabeza a Ferdinand y luego la apoya sobre su hombro. Ferdinand
está cambiando, tiene cada vez más presencia, más seguridad.
Bueno, en apariencia. Cuando responde a las preguntas de Clara,
se le encienden las mejillas igual que siempre.
Clara no encuentra el libro que había olvidado hasta más tarde, al
abrir el cajón para coger un coletero. Piensa de nuevo en ese
hombre, en su misterio, en su nerviosismo encantador. No ha vuelto
a la peluquería. ¿Y si hubiera abandonado el libro a propósito? Mira
el título y la cubierta, donde aparece una mujer con un bonito
vestido de muselina y un niño de mejillas sonrosadas. Es el detalle
de un cuadro antiguo. Abre el libro, lo hojea y detecta una esquina
doblada en una página, hacia el final del primer tercio. Hay una frase
subrayada con un bolígrafo azul: «Tiene usted un alma hermosa, de
calidad excepcional, y una naturaleza de artista; no permita que se
vea privada de lo que necesita».
Clara meterá el libro en su bolso, donde permanecerá hasta el lunes
siguiente, cuando, al poner orden en su capazo y antes de que la
distraiga una visita de la vecina, lo dejará sobre la mesa del salón de
su casa. Al día siguiente, el libro llamará la atención de J. B., que lo
cogerá al entrar en el salón con su bol de Chocapic, leerá el título y
el nombre del autor, verá el detalle del cuadro en la cubierta, no le
parecerá nada especial y lo dejará un poco más allá, en un extremo
de la mesita. Unos días más tarde, el gato lo tirará al aterrizar con
torpeza de un salto desde el sofá, y el ruido le causará tal susto que
saldrá corriendo del salón como si se hubiera topado con un
francotirador. Esa misma tarde, Clara lo recogerá del suelo y lo
colocará en la biblioteca del pasillo, en la misma estantería que La
llamada del ángel y La mujer de papel, de Guillaume Musso; Ma
médecine naturelle, del Dr. Fabrice Visson; Bajo el hielo, de Bernard
Minier; Soy Zlatan Ibrahimović, de Zlatan Ibrahimović; El secreto, de
Rhonda Byrne (regalo de Anaïs, amiga de la infancia de Clara); Los
mejores treinta caminos para hacer senderismo en Borgoña (regalo
de su padre); Tres besos, de Katherine Pancol; Bélier, votre
horoscope jour par jour, edición de 2011, 2013, 2015, 2016 y 2018; y
una decena de mangas firmados por Akira Toriyama, un autor que a
J. B. le encanta. El libro permanecerá allí exactamente cinco meses,
veintinueve días, dos horas y cuarenta y siete minutos.
Es un domingo de marzo a media tarde. Clara se despierta de una
siesta. Ha dejado de nevar, pero la nieve proyecta su blancura en el
techo del apartamento, y el efecto es muy bonito. Instalado en el puf
que hay delante del sofá, el gato la observa con cara de decir
«¿Quién es usted y qué hace en mi casa?» antes de soltar un
bostezo como para desencajarse la mandíbula. J. B. está ayudando
a un amigo a hacer la mudanza desde primera hora, y la comida
dominical en casa de los padres de Clara se ha anulado.
Clara aprovecha la tranquilidad del apartamento para sumergirse
en la bañera, y luego telefonea a su madre. Después saca del
congelador una empanada de pollo y champiñones para la cena, y
se prepara un té. Cuando el agua empieza a hervir, recibe un
mensaje de J. B. («Regresamos a Sevrey. No habremos acabado a
la hora de cenar»), y le responde con dos emojis (un bíceps
contraído y un beso). Abre Instagram, lo cierra al instante, coloca el
móvil sobre una superficie plana y mira por la ventana. Tiene ganas
de hacer el amor. La nieve, el frío y el silencio amortiguado deben
tener algo que ver. Le gustaría hacer el amor con Jacob Elordi. Lo
ha descubierto esta semana en una serie que ha visto con J. B.
Cada vez que el actor aparecía en pantalla, Clara se preguntaba si
era capaz de disimular el deseo que le despertaba. Siempre le han
gustado los hombres altos y delgados, muy delgados. Como el
cliente de la peluquería de hace unas semanas. No ha olvidado sus
manos largas, sus dedos delgados; se los imagina alrededor de su
cintura. Recuerda su boca; se la imagina entreabierta a pocos
centímetros de la suya, dejando escapar un aliento tibio, y no sabe
por qué esa imagen la impacta tanto... El hombre dejó olvidado un
libro en la peluquería. Un libro de bolsillo. ¿De qué iba?
II
MARCEL
De entrada, nada. «Nada, niente, nichts». Una primera frase tan
conocida como un eslogan publicitario o el estribillo de una canción
infantil, y todo se oscurece. Las palabras le parecen hormigas en fila
india. Hablan de Francisco I, de Carlos V y de la metempsícosis.
Francisco I era un rey de Francia. Carlos V ya no está tan claro. En
cuanto a la palabra «metempsícosis», seguro que no la ha oído en
la peluquería ni en boca de J. B. ¿De qué va este libro?
Bebe un trago de té, se cubre las piernas con la manta y sigue
leyendo. De pronto, una frase la interpela como si le hubieran hecho
un gesto de saludo con la mano. «Apoyaba con delicadeza las
mejillas en las bonitas mejillas de la almohada, tan llenas y tan
frescas como las propias mejillas de nuestra niñez». La imagen la
emociona, y todavía más lo que sigue. Pero se trata de una falsa
alegría. Un hombre se despierta en su cama. Como se encuentra
mal, se alegra al ver luz por debajo de la puerta. Ha llegado la
mañana y podrá pedir ayuda. Pero no. De hecho, el rayo de luz
proviene de una lámpara de gas que acaban de encender en el
pasillo. Todavía es de noche, no ha dormido más que unos minutos
y le quedan largas horas de sufrimiento...
Continúa leyendo, quiere saber, está intrigada, siempre ha sido
curiosa. Otra frase la obliga a parar. «Un hombre dormido queda
envuelto en un hilo compuesto por las horas, el paso de los años y
el orden de los mundos». Impenetrable. Clara frunce el ceño, pero
continúa leyendo, esta vez sin impresionarse. Las palabras vuelven
a convertirse en una fila de hormigas. Proust habla de la posición de
su cuerpo en la cama, de su brazo anquilosado, de los muebles a su
alrededor. Escribir tantas palabras para decir tan solo que no
consigue conciliar el sueño: este tipo tiene un problema; ha de ver a
un especialista.
Clara cierra el libro y lo tira sobre el sofá. Ya está bien, muchas
gracias. No cabe duda de que hay gente a la que le gusta este tipo
de lectura, pero a ella le gusta más Jacob Elordi. Vuelve la cabeza
para mirar por la ventana y piensa en los ojos del actor, en su
expresión de cocker triste, y de súbito, curiosamente, como si sus
conexiones neuronales hubieran necesitado un tiempo para
entender, le viene a la cabeza la última oración que ha leído. Abre
de nuevo el libro y encuentra la página con la frase en cuestión. «En
la oscuridad, todo giraba a mi alrededor: las cosas, los países, los
años». De golpe, todo cobra sentido. Es la historia de un hombre en
la cama que va y viene entre el sueño y la vigilia, los sueños y la
realidad, el pasado y el presente. Clara reconoce esos estados de
confusión. A ella también le ha ocurrido que, en el momento de
sumirse en el sueño o en los segundos que seguían a su despertar,
no estaba segura de si se encontraba en este mismo apartamento,
en la casa donde creció o en la de su abuela en Besançon.
Se incorpora, se concentra... Indica que se acaban las idas y
venidas. Proust. Bueno, el personaje de su libro. Lo escribe al final
de un capítulo: va a recordar su vida de otros tiempos. Volver
totalmente al pasado y, como Alicia cuando cae en el pozo que la
lleva al país de las maravillas, se va para no volver. En busca del
tiempo perdido. ¿Por qué no emprender ese viaje? El pasado
siempre la ha atraído. Los velos, los vestidos largos, los carruajes
desfilando por las calles adoquinadas. En casa de su aya, en el
salón, encima del sofá, había una reproducción de un cuadro que
debía datar de la época del libro. Se veía a una mujer de pie contra
el viento. Llevaba una larga falda blanca y una sombrilla verde en la
mano para protegerse del sol. Clara la había mirado tantas veces
que casi la veía moverse, y en ocasiones le parecía que volvía la
cabeza y la observaba en silencio, con los ojos entornados, porque
la distancia hacía que la viera borrosa. Hacía años que no pensaba
en ese cuadro. Curiosamente, la lectura del libro ha despertado su
recuerdo, como si hubiera estado oculto tras un biombo que Proust
hubiera apartado un poco con infinita delicadeza.
Ha leído apenas doce páginas, más o menos, y ya sabe cómo irá la
historia entre ellos. A ella le tocará esforzarse y continuar
avanzando, en ocasiones en medio de la bruma y hasta de la
oscuridad, sin desanimarse por sus frases alambicadas y sus
imperfectos de subjuntivo; tendrá que armarse de paciencia y, si es
preciso, de un diccionario. Él, por su parte, la deslumbrará de tanto
en tanto, cuando Clara menos se lo espere.
Cuanto más lo lee, mejor lo comprende. Proust no emplea
palabras complicadas, pero a menudo sus frases «se escapan por
otro lado». Ahora que Clara lo sabe, ahora que entiende que Proust
no la abandona, sino que volverá a buscarla, todo fluye por sí solo.
En la vida normal, no es habitual sentir las cosas de esta manera.
Es preciso elevarse a ese grado de sutileza que necesita un
esfuerzo por parte del lector. Que requiere toda su atención. Lo que
hace que sea imposible leer Por el camino de Swann con Rage
Against The Machine sonando de fondo. Bueno, es un ejemplo.
Además, por qué no decirlo, siente cierto orgullo. Está leyendo En
busca del tiempo perdido. Es capaz de hacerlo. No es cualquier
cosa. Anaïs no podría leerlo. Y Nolwenn mucho menos. Además,
que el libro haya llegado así a sus manos, por azar y solo por
curiosidad, contribuye al sentimiento de triunfo que crece en su
interior.
–¿No cenamos?
J. B. está de pie delante de Clara. El gato la observa con una
expresión interrogativa similar; también debe de tener hambre.
–Son las nueve y cuarto. ¿No estás muerta de hambre?
–Sí, sí...
Clara se estira.
–He descongelado una empanada. Solo hay que calentarla.
–Ya lo hago yo, si quieres.
–No, haré una ensalada para acompañar.
Clara se pone de pie.
–De todas formas, ya es hora de que deje el libro un rato.
En la cocina, prepara la empanada y la ensalada, y se sienta
frente a J. B., quien durante la cena le explica la mudanza de
Florian.
–... el coche estaba casi rozando la pared, no te exagero. No
podía meter una mano entre las dos...
Clara ve a J. B. pronunciar las palabras mientras mastica, lo ve
recoger las migas con el índice, ve los dos arañazos en su
antebrazo, pero tiene la cabeza en otra parte, muy lejos, en un
pueblo llamado Combray a finales del siglo xix. En una habitación
infantil, en el último piso de una casa tradicional con entramado de
madera, tiene lugar un drama enternecedor. Marcel, que tiene
dificultad para conciliar el sueño, solo espera una cosa desde el
momento en que se acuesta: que su madre venga a darle un beso.
Esa noche, la visita inesperada de Swann, un amigo de la familia,
retrasa todavía más el momento del beso materno. Como no
imaginaba una espera tan larga, Marcel tiene la idea de escribirle a
su madre un mensaje diciéndole que debe verla con urgencia, y se
lo entrega a Françoise, la criada. Cuando se marcha con el mensaje
en la mano, Marcel espera impaciente la llegada de su madre.
–¿No te lo acabas?
J. B. señala el trozo de tarta que Clara ha dejado en el plato.
–Ehhh, no.
Por la noche nunca tiene mucha hambre. Le pasa el plato. J. B.
engulle el trozo de tarta como si llevara tres días sin comer.
–¿Ha ido bien el día?
–Todo bien.
–¿Qué has hecho?
Hoy ha empezado a leer un libro escrito hace más de cien años
por un hombre que no se levantaba de la cama. Un libro con frases
interminables y que a Clara le parece, por una alguna razón que
todavía se le escapa, que la hará más fuerte.
Cuando acaba de leer es casi la una de la madrugada. J. B. duerme
junto a ella. Sus cuerpos no se tocan, pero Clara nota el calor de su
piel.
La reacción de mamá Proust al mensaje de su hijo ha sido
terrible. La peor de todas. «No hay respuesta», le ha hecho saber a
Françoise. Marcel está desesperado, pero más tarde las cosas
cambiaron a su favor. Tras la partida de Swann, al oír que su madre
subía las escaleras, el niño ha ido a su encuentro. Su padre también
subía y el pequeño grupo se ha encontrado en el pasillo. Al ver a su
hijo en un estado de nervios y malestar que no esperaba, papá
Proust le ha propuesto a su mujer que pasara la noche con el niño.
«Esto no entra en el remolque», murmura J. B. en sueños, antes
de dar media vuelta y quedarse boca arriba.
Clara contempla su boca entreabierta y la expresión de su rostro.
A continuación, se gira hacia el lado contrario y apaga la luz, aunque
mantiene los ojos abiertos.
A Marcel debería haberle alegrado la idea de que su madre
durmiera en la habitación con él, pero no. Lo que sentía era el dolor
de su madre, el dolor que le había causado ver llorar a su hijo, el
bochorno de haber cedido por lástima. Esta confesión de debilidad
maternal anulaba de entrada el placer que hubiera podido otorgarle
su presencia, cualquier sentimiento de victoria personal.
Clara junta las manos bajo el mentón, cierra los ojos y se
encuentra al instante en la habitación de Combray. Por la ventana
ve como los padres de Proust acompañan a Swann, los oye hablar
de langosta y de helado de café con pistacho. Cuando ya están
fuera de su vista, se adentra en el pasillo, donde no tarda en hacer
acto de presencia la madre de Marcel, con una vela en la mano.
Clara ha pasado de largo su parada del bus. Es la primera vez que
le ocurre. Ha bajado en De-Lattre-de-Tassigny, en lugar de en
Libération. Como faltaban trece minutos para que llegara el bus en
el sentido inverso, ha hecho el trayecto a pie y ha llegado tarde a la
peluquería.
Ha soñado toda la noche con una campanilla que pendía de la
cancela de un jardín, con el crujido de un vestido de muselina en la
escalera, con campanas que sonaban en el silencio de la noche. Se
paseaba por un pueblo a la caída de la tarde, con un mensaje en la
mano que se desvanecía cuando intentaba ver lo que ponía... En el
bus ha retomado la lectura del libro, sin pensar que iba a leer un
capítulo tan apasionante que no ha oído la voz grabada que
anunciaba la parada, la primera vez en un tono más interrogativo
que la segunda: «Libération... Libération».
Marcel, ya convertido en adulto, bebe un sorbo de tila en la que
acaba de mojar una magdalena y le invade algo extraordinario; algo
revive. «Todas las flores de nuestro jardín y las del parque de
monsieur Swann; y las ninfeas del Vivonne, y la buena gente del
pueblo; las casitas, la iglesia, Combray y sus alrededores; todo ello
toma forma, se vuelve sólido y brota, con la ciudad y los jardines, de
mi taza». Es un párrafo tan poderoso que Clara lo ha releído para
sentir de nuevo su sabor, al igual que Marcel ha tomado otro sorbo
de infusión para recuperar la sensación del recuerdo.
Es así, exactamente. La pequeña magdalena de Clara tuvo lugar
unos años atrás, en el instituto, durante una clase de Ciencias
Naturales. Habían vuelto los días bonitos, las ventanas estaban
abiertas y se oía el cortacésped en el jardín. El ruido del motor del
cortacésped mezclado con el olor de la hierba recién cortada sumió
a Clara en un estado de extraordinario bienestar, como si una mano
le acariciara la cabeza. Pero había más. Si el ronroneo del motor y
el aroma de la hierba le producían tal efecto era porque la
transportaban a un momento placentero de su pasado. En este caso
era en casa de su aya, que acostumbraba a dar de merendar a los
niños que cuidaba. Una rebanada de pan con mantequilla y una
barrita de chocolate con leche. Y fue en una de esas meriendas,
porque en otras ocasiones se encontraba sentada en la cocina de
Madame Le Hennec, cuando Clara oyó por primera vez el sonido del
cortacésped en el jardín y olió la hierba recién cortada.
Esas impresiones de su niñez fueron las que revivió durante la
clase de Ciencias Naturales. El momento de la merienda, como una
pausa en una tarde de juego y movimiento; el gusto del chocolate
con leche que tan bien casaba con el de la rebanada de pan, como
si los hubieran inventado para comerlos juntos. En el autobús revivió
las sensaciones de la clase de Ciencias Naturales. Los primeros
días calurosos del año; la sensualidad difusa, excesiva, casi
dolorosa que los acompañaba; así como el placer de una asignatura
fácil gracias a una profesora simpática; los nombres de otros
alumnos, Estelle Joffre, Nathan Girardin... Esta tercera experiencia
de felicidad fue tan intensa que Clara estuvo a punto de interpelar a
los pasajeros sentados con ella en el bus: «Qué locura esta historia
de la magdalena que hace revivir el pasado. ¿A ustedes también les
ha ocurrido?». Y es entonces cuando oye la voz grabada. «De-
Lattre-de-Tassigny... De-Lattre-de-Tassigny».
–¿Su madre le había metido una pastilla en la infusión? –pregunta
Madame Lopez, mirándola fijamente en el reflejo del espejo.
–No, no hizo falta ninguna pastilla. Es el gusto de la infusión que
bebe en casa de su madre lo que le recuerda a la que bebía en casa
de su tía cuando era niño.
Madame Habib les lanza una mirada por encima de las gafas,
preguntándose de qué estarán hablando. Madame Lopez ha
renunciado a entender lo que le está explicando Clara y fija la
mirada en su propia imagen en el espejo, con aire de pensar: «Me
importa un pimiento si el tipo se bebió la infusión en casa de su tía,
de su madre o de la misma reina de Inglaterra. Lo único que quiero
es que mi corte de pelo quede bien».
Clara insiste:
–Como quiere quedarse en el recuerdo, bebe un sorbo más de
infusión, pero el recuerdo no llega con la misma intensidad. Un poco
como los sueños cuando nos despertamos. Cuanto más nos
esforzamos en recordarlos, más se nos escapan, ¿sabe lo que le
digo?
Madame Lopez gira la cabeza a un lado, observa su perfil en el
espejo y se limita a responder:
–Eh, no, no, tampoco demasiado corto.
Magnífico es el chopo, que dirige «súplicas y saludos desesperados
a la tormenta». Magníficos son los últimos truenos que «tabletean
entre las lilas». Magnífico Marcel, que besa el viento porque es el
aire que su amada ha respirado a pocos kilómetros de distancia. Y
la luz anaranjada que emana de las dos últimas sílabas del nombre
Guermantes: «antes»; «la luna blanca y sin brillo en el cielo del
mediodía, como una actriz a la que no le ha llegado todavía la hora
de salir a actuar»; la lectura, «mágica como un sueño profundo».
Cada vez que subraya una frase, Clara dibuja un corazoncito justo
al lado, en el margen.
J. B. ha pasado tres cuartos de hora mirando fotos en su ordenador
antes de colocarlo sobre la mesita de noche y acurrucarse contra
Clara. Está segura de que le quiere decir algo, y eso la molesta,
porque está leyendo unas páginas especialmente absorbentes
sobre los amores tumultuosos de Swann y de Odette, sobre los
celos de uno y las mentiras de la otra. Este libro reclama tanto
compromiso y crea una relación tan estrecha con su lector que este
puede llegar a tener la impresión de que su entorno se ha
confabulado para estropearle el placer de la lectura. Es lo que le
ocurre a ella, en todo caso, que cada vez tiene más deseos de
pasar unos días sola en el campo, para no hacer nada más que leer
a Proust.
J. B. apoya la cabeza en el hombro de Clara, la observa un
momento y le dice:
–Te encanta, ¿verdad? Estás todo el rato leyéndolo.
Clara interrumpe su lectura, renunciando por el momento a
conocer la reacción de Odette, a la que Swann acaba de preguntar
si son ciertos los rumores de que se ha acostado con mujeres.
–Me gusta mucho.
–¿Crees que me gustaría?
–Ehhh, no lo creo. Pero nunca se sabe.
–¿Y de qué habla?
Clara está tentada de decir «de todo», pero sería una respuesta
un poco vaga.
–Es difícil de resumir.
–Inténtalo –dice él, poniéndole la mano sobre el vientre, por
debajo de las sábanas–. Me interesa.
Clara dobla la esquina de la página cuatrocientos nueve y cierra el
libro.
–Bueno, pues al principio Marcel, o sea, el protagonista del libro,
está en la cama, no puede dormir y se acuerda de su pasado.
Primero, de su infancia, cuando iba a Combray a casa de su tía
abuela. Bueno, es una mujer horrible que se pasa el día en la cama,
mirando por la ventana, pero a él eso no le importa, porque se
dedica sobre todo a pasear. Así que narra todo lo que ve durante
sus paseos, las flores, los paisajes... Todo lo describe de una forma
superdetallada. Al principio resulta muy chocante, pero pronto
comprendes que si da todos esos detalles es porque lo oye todo, lo
ve todo. Es un genio, la verdad. También habla de las personas que
lo rodean. De Swann, un señor que los visita. Y también de
Françoise, la criada. Lo cierto es que es una mujer que me encanta.
Es una persona muy directa, pero al mismo tiempo se confunde con
las palabras. Cocina de maravilla, prepara un áspic de buey que te
da unas ganas locas de conseguir la receta... En fin, el libro empieza
así, en el campo, y después hay un cambio de escenario y nos
encontramos en París, en un salón literario. No un salón en el
sentido de una peluquería, por supuesto. En aquella época, un salón
era un lugar donde se reunía la gente para escuchar música o para
no hacer nada, solo para charlar, hablar de los demás, en general
hablar mal de unos y de otros. Y este salón literario en cuestión es
el de Madame Verdurin. La llaman la Jefa, pero es ridícula, como
todos los que acuden a su casa. Por ejemplo, desde que se le
desencajó la mandíbula, se inclina hacia delante cuando ríe y
esconde la cara entre las manos. Y también hay un individuo que no
recuerdo ahora cómo se llama, que cuando oye a alguien mencionar
el color blanco, grita «¡Blanca de Castilla!», así, sin más. Cree que
esto le da un aire inteligente, pero no, porque es algo absurdo, sin
relación con nada. Y, bueno..., no sé qué más... Ah, sí. En casa de
Madame Verdurin encontramos a Swann. Pero está fuera de lugar,
se encuentra por encima de toda esa gente, porque él sí que tiene
clase, ¿sabes? De hecho, si va al salón es para encontrarse con
Odette, que lo obsesiona. Quiere saber qué hace cuando no está
con él, la busca en todos los restaurantes de su barrio, mira por la
ventana de su casa. Y lo más curioso de todo es que la primera vez
que la vio no le gustó. La encontró más bien fea y está convencido
de que le oculta algunas cosas. Además, utiliza palabras inglesas en
su conversación, como decir lunch en lugar de comida; es muy
irritante. De hecho, si está obsesionado con ella es precisamente
porque se le escapa. Si lo piensas, es muy fuerte lo que significa.
Significa que el amor no es algo que nos caiga encima porque sí,
sino algo que decidimos. Decidimos amar lo que no tenemos, justo
porque no lo tenemos.
Clara se detiene, pensando que tal vez es demasiado tarde para
tanta explicación. J. B. no reacciona. Clara baja la cabeza, le ve el
párpado cerrado y nota que el pecho se le mueve con la respiración.
Es evidente que está dormido. Seguramente ha dejado de prestar
atención mientras ella evocaba los detalles, la precisión de las
descripciones proustianas.
Fue así como empezó todo. Al acabar un capítulo, cerró el libro y
observó a las mujeres vestidas de blanco y tumbadas sobre la
hierba que había en la cubierta, una ilustración en la que hasta
entonces no se había fijado. De repente le pareció encantadora la
imagen del libro sobre la manta de mohair color mostaza con la que
se abrigaba las piernas (estaba en la terraza, en casa de su
hermana, en Louhans), de modo que lo fotografió, le aplicó el filtro
Juno y le añadió las etiquetas #marcelproust,
#enbuscadeltiempoperdido, #alasombradelasmuchachasenflor y
#novela.
Alrededor de las diez de la noche, volvió a entrar en Instagram.
Su foto había recibido diez «me gusta». Por comparar, su foto más
apreciada hasta el momento, la del gato metido en la bolsa de
deporte de J. B. asomando solo la cabeza, había obtenido 193.
Madame Bozonnet entra en la peluquería para cancelar su visita de
la tarde. Se ha encontrado mal en las galerías comerciales de
Carrefour y los bomberos la han llevado al hospital, donde espera
que le hagan unas pruebas... Lo que explica no tiene sentido. Clara
vuelve la cabeza hacia la caja registradora. No es Madame
Bozonnet, sino su marido el que ha venido a cancelar la visita de su
esposa. Los dos tienen la misma voz endeble y vacilante, una voz
«que se excusa».
Lorraine entra con aire triunfante en la peluquería. La resonancia
magnética que le han hecho indica que no tiene un tumor en el
cerebro. El doctor Maître le ha explicado que sin duda sufre algún
tipo de trastorno de ansiedad «nosequé» (no recuerda el nombre) y
le ha recomendado que vaya a un psicoanalista para intentar
comprender la causa. De modo que ahora está buscando uno, lo
que en sí mismo constituye un desafío. Sobre todo porque quiere
que sea un psicoanalista que haga «formularios de atención
médica».
–¡La verdad es que ya pago tres cuotas diferentes a la Seguridad
Social!
Nunca se ha visto a una mujer tan feliz de saber que sufre un
trastorno de ansiedad paroxístico.
Lo que más aprecia de él es el ritmo que le impone. La obliga a leer
lentamente, pero también a estar atenta; es algo muy curioso.
Cuántas veces, mientras lo leía, su mente se ha alejado de las
palabras para lanzarse a hacer la lista de la compra o para recordar
una conversación que había mantenido ese mismo día en la
peluquería. Lentitud y vigilancia, relajación y concentración. Proust
es su yoga.
Y para leerlo bien no hay que dudar en saltarse algunos fragmentos.
En ocasiones se trata de cinco páginas que Clara pasa por alto
antes de retomar la lectura en mitad de un nuevo capítulo. En las
más de cuatro mil páginas de En busca del tiempo perdido, hay
margen para eso. Clara lo hace sin sentimiento de culpa,
convencida de que incluso Marcel, si hoy se releyera, encontraría
que en algunos momentos se hace demasiado largo.
Dada la edad media de las clientas habituales de Cindy Coiffure, no
es raro que de vez en cuando fallezca una. Cuando esto sucede,
Madame Habib suspira y retira de su pequeño expositor giratorio la
ficha de la clienta en cuestión, la rompe en cuatro pedazos y la
deposita en la papelera (arrojarla allí le parecería una falta de
respeto). La noticia se extiende en la peluquería y durante dos o tres
horas el ambiente se vuelve más pesado antes de que la vida
retome su curso normal. En el caso de Madame Da Silva, como era
la clienta más antigua, Jacqueline ha querido asistir al funeral.
Puesto que ha pasado de camino por la peluquería, han podido ver
que se había puesto sus mejores galas: una mantilla de encaje de
Calais, un vestido de terciopelo negro sobre el que destacaba un
colgante de la Virgen con el Niño y unas gafas oscuras al estilo de
Jackie Onassis. No habría estado más elegante si se hubiera
vestido para el funeral de una infanta de Portugal.
Claudie Hansen hace su entrada con los primeros compases de la
canción Le coup de soleil, de Richard Cocciante. La atiende Clara.
Madame Habib se ha tomado el sábado libre para asistir a una
boda. Patrick está allí, en la peluquería. Nolwenn, ocupada en alisar
los cabellos de Madame Rinaldi, ni siquiera levanta la cabeza.
Claudie parece más relajada que en su anterior visita, pero con
peor aspecto. Como si el paso del tiempo no le hubiera enseñado a
ser una mujer. Los mechones sin forma le caen como cuerdas a un
lado y a otro de su rostro, y contribuyen a que parezca enorme. Se
ha maquillado, pero no como habría debido; sus clavículas
sobresalen y sus bailarinas acentúan la longitud de sus pies. Al
mirarla, no ves a una mujer, sino a un ser agotado de sentirse
tironeado entre dos géneros. Y, sin embargo, esa sonrisa...
Después del lavado, Clara le pregunta a Patrick su opinión, y este
responde sin interrumpir el brushing que le está haciendo a Madame
Castaneda:
–Yo le haría unos reflejos y le dejaría un poco de flequillo para
que la frente no se le vea tan despejada. Luego se lo secaría con el
secador y un cepillo y, si todavía queda demasiado liso, ¿por qué no
un ondulado? Pero no demasiado duro; algo muy discreto, como el
que le he hice a Anne-Gaëlle el sábado pasado.
Era más o menos lo que Clara tenía pensado. Se lo explica a
Claudie, que la mira fijamente en el espejo y asiente a cada una de
sus frases mientras dice: «De acuerdo... De acuerdo...». Todo le
parece bien. Y tampoco tiene demasiada importancia, dice su
mirada. Lo que importa es estar allí. Claudie se hunde en la silla,
cruza sus piernas inmensas y se queda totalmente quieta. El
cantautor Roch Voisine ha tomado el relevo de Richard Cocciante.
J’ai pas voulu croire
Qu’un jour ton amour
Ferait demi-tour3
–¡Ay, no me lo puedo creer! –exclama Claudie, incorporándose en
el asiento–. ¿Estás leyendo este libro?
Se refiere al ejemplar de A la sombra de las muchachas en flor
que Clara ha colocado sobre la mesilla al volver de comer.
–¡Este libro me salvó la vida! –dice Claudie, cogiendo el ejemplar.
Clara esboza una sonrisa de pura alegría. Si tuviera ojos en la
espalda, vería que Nolwenn, sorprendida por esta conversación
poco habitual, levanta la cabeza con indolencia.
Claudie gira el libro, le echa un vistazo al texto de la
contracubierta y lo gira de nuevo.
–¡Es una maravilla! ¿Por dónde vas?
–Por el principio. Cuando él está jugando con Gilberte.
–En el jardín de los Campos Elíseos.
–Exactamente.
Tras un instante de duda, Clara se acerca a Claudie y murmura:
–La verdad es que hay una cosa que no estoy segura de haber
comprendido. Está jugando al escondite con Gilberte, cae sobre ella
y..., no sé cómo decirlo...
–Llega al orgasmo. ¡Sin ninguna duda!
Las voces se apagan a su alrededor. Patrick se ríe. Incluso Roch
Voisine da la impresión de cantar más bajito.
Claudie espera a que el ambiente vuelva a la normalidad para
añadir:
–En busca del tiempo perdido es un libro muy orgánico. Habla
mucho del cuerpo, de la piel. Si Proust describe la ropa con tanta
precisión es para que sintamos los cuerpos que hay debajo. Los
cuerpos llenos de deseo. Por eso, sus personajes tienen a menudo
el rostro enrojecido.
Clara se queda inmóvil, presa de repente de las palabras de esa
conductora de autobús escolar, que sigue hablando:
–Se irá a Balbec, ya verás; son unas páginas maravillosas... ¿Es
el primer libro que lees de Proust o has leído otros?
–He leído Por el camino de Swann. ¿Y tú?
–Ah, ¡yo he leído todo En busca del tiempo perdido varias veces!
Y de vez en cuando releo algunas partes. Proust me ha salvado la
vida, lo digo muy en serio. Un día te lo explicaré.
Despacio, como si la onda de esta bonita sorpresa pasara todavía
a través de ella, Claudie coloca el libro donde estaba. Luego se
vuelve a acomodar en la silla, observa a Clara en el espejo y afirma:
–Estaba segura de que tú no eras como las demás.
Con Proust, Clara tiene la impresión de que lo puede ver todo. Y
desde luego es así, porque Proust muestra el mundo visible en sus
detalles más nimios, y detrás, oculta pero con un poder y una
amplitud capaz de imponer su voluntad y su ley, muestra la realidad
psíquica y psicológica de las criaturas. Y hay más. Al iniciar a Clara
en los principios de la memoria involuntaria, como si le colocara las
manos sobre los hombros para dirigirla con suavidad, el escritor
enriquece su punto de vista, añade una dimensión que ella hasta
entonces había ignorado, la del tiempo. ¿Acaso el pasado no se
prolonga al surgir en el presente? ¿Acaso el recuerdo no adquiere
más presencia que el episodio que relata? ¿Por qué nos parece que
a medida que envejecemos nuestros recuerdos se hacen más
vivos?
Menudo regalo. Clara se hace esa reflexión una mañana al oír a
Nolwenn hablarle a una clienta de la serie Les Marseillais à Dubaï.
El tiempo que Clara dedica a leer a Proust es tiempo ganado, un
tiempo que enriquece la inteligencia en lugar de empobrecerla.
–Clara, me gustaría hablar contigo.
–¿Pasa algo, Jacqueline?
–No, no, solo que... Es Madame Lopez. Acaba de llamar para
pedir hora y quiere que la atienda Nolwenn.
–¿Nolwenn? Normalmente soy yo la que peino a Madame Lopez.
–Por eso quiero hablar contigo. Creo que la última vez no quedó
contenta.
–La última vez le hice lo mismo de siempre.
–No se trata del peinado. La última vez oí que le contabas la
historia de un hombre que bebe una infusión y que eso lo transporta
a su pasado.
–Ah, claro. No, le conté la historia de la pequeña magdalena de
Proust. Ella no la conocía.
–¿Lees a Proust?
–Sí. Bueno, no, estaba leyendo Por el camino de Swann. Ahora
leo A la sombra de las muchachas en flor.
–¿Por qué?
–¿Cómo que ¿«por qué»?
–¿Tienes un examen o algo así?
–No, lo leo solo por placer. ¿Lo has leído?
–Sí, bueno, la verdad es que no, pero eso es lo de menos.
–Deberías leerlo; estoy segura de que te gustaría.
–Seguramente. En fin, creo que ese comentario no le gustó a
Madame Lopez. Por su expresión, me pareció que se sentía
incómoda. Mejor que no les comentes esas cosas a las clientas;
podrían sentirse acomplejadas.
–También hablé del tema con Claudie, y no se sintió acomplejada.
Al revés, me propuso ir a su casa para hablar.
–¿Claudie?
–Hansen. La conductora del autobús escolar. Dice que Proust le
cambió la vida.
–Pero no vas a su casa a peinarla, ¿no?
–No, no te preocupes. No voy para eso, y además le encanta
venir a la peluquería. Solo hablaremos de Proust y beberemos té.
HISTORIA DE RAYMONDE
(continuación)
Fui al cobertizo en un momento en que sabía que mi marido no
estaba, y confirmé que había dormido allí. Había ido a buscar una
manta al garaje y la había usado para dormir encima. Esa misma
tarde, desde la ventana de la cocina, lo vi regresar al cobertizo. Me
daba lástima que durmiera allí, pero en cuanto recordaba a la china
saltando a la pata coja para ponerse las bragas se me pasaba. En
cuanto a él, ya no intentaba hablar conmigo porque veía que yo no
tenía ganas, y así fue pasando el tiempo, yo en casa y él en el
cobertizo, sin dirigirnos la palabra el uno al otro. A veces lo veía
cuando entraba o salía del cobertizo. Cuando nuestras miradas se
encontraban, las apartábamos enseguida. Por la noche le oía entrar
en la casa. Iba a la nevera y cogía un poco de queso o de jamón,
como un ratoncito. O bien iba al garaje a buscar alguna herramienta.
Así pasó un mes, más o menos, y un día vino a verme.
–Escucha, Raymonde, no puede ser, no soy un perro, tienes que
dejarme volver.
Y, como yo lo había meditado mucho, ya tenía una respuesta
preparada.
–Te dejo volver con una condición. Que antes me dejes hacer un
cosa.
René se arrodilló ante mí.
–¡Lo que quieras! –dijo, abrazado a mis piernas.
Me abrazaba tan fuerte que casi me tiró al suelo... Pero no perdí
ni un minuto. A la mañana siguiente, salí de casa sobre las diez de
la mañana y me dirigí hacia Saint-Marcel. Una vez allí, me detuve
frente a la carnicería de Blériot. Puedo asegurarte que no las tenía
todas conmigo. Tenía el corazón a punto de estallar y las piernas
apenas me sostenían. Eché un vistazo dentro y vi que Bernard, el
carnicero, estaba solo. No tenía clientes, y al aprendiz no se le veía
por ninguna parte. Me dije que era una ocasión que no podía dejar
pasar y entré. Bernard me saludó:
–Ah, Raymonde, llegas en buen momento. Tengo cabeza de vaca.
Ya me dirás qué te parece.
Como no le respondí, me preguntó si todo iba bien.
–Sí –le contesté–, lo que pasa es que tengo que pedirte algo que
no es fácil.
Bernard, apoyando las manos bien separadas sobre el mostrador,
me dijo:
–Eso es otra cosa. Te escucho.
Yo lo miré a los ojos y empecé a hablar:
–Bernard, ¿sabes cuánto tiempo hace que nos conocemos?
La pregunta lo sorprendió tanto que no movió ni una ceja.
–Treinta y siete años, según mis cálculos. Al cabo de treinta y
siete años se conoce a una persona, ¿no? Se le tiene confianza,
¿no?
Bernard ladeó la cabeza sin dejar de mirarme.
–Raymonde, me estás asustando. ¿Qué ha pasado?
Entonces me armé de valor y me lancé:
–Lo que ocurre es que me gustaría pasar una noche contigo. Solo
una noche. Después, te prometo que no te pediré nada más.
Proust no es difícil, es diferente.
Pero, bueno, de todas maneras podría hacer párrafos un poco más
cortos de vez en cuando.
Mientras tanto, entre su trayecto en bus, su descanso para comer y
la hora de acostarse, Clara lee todos los días sus treinta páginas.
Proust no es Harlan Coben, y, si tenemos en cuenta el ritmo que
impone su lectura, podemos considerarlo una auténtica hazaña,
sobre todo para una persona ocupada.
–Creo que me voy a acostar un rato en la cama.
–¿Qué te pasa? –le pregunta su madre.
–¿Te ha sentado mal algo que has comido? –pregunta su padre.
–Estoy indispuesta –responde Clara, frotándose la barriga.
–La verdad es que no tienes buena cara.
–¿No vienes a pasear?
–No, papá, me voy a acostar un rato.
–Qué lástima, para una vez que hace buen tiempo.
–Yves, no insistas. Ya sabes que Clara siempre ha tenido reglas
dolorosas.
–Mamá...
–Las cosas hay que decirlas.
–Pero esta mañana te encontrabas bien –interviene J. B.
–Me acaba de dar.
–¿Quieres que volvamos a casa?
–No, no es nada. Voy a echarme un rato. Pero salid a pasear
vosotros.
Cuando llega a su habitación, comprende que se ha olvidado lo
más importante. Vuelve al salón, donde su madre está contando una
historia que Clara ha oído centenares de veces, sobre una vieja
compañera del trabajo que tenía reglas tan dolorosas que, para
olvidarse del dolor, se pellizcaba los brazos hasta hacerse
hematomas. Clara coge su bolso poniendo cara de fastidio, como si
se preguntara dónde tiene la cabeza. Al volver a su habitación,
endereza las almohadas, se sienta en la cama y acerca su bolso, de
donde extrae el ejemplar de A la sombra de las muchachas en flor.
Y entonces exhala un largo suspiro de placer.
Hace ya diez días que Clara ha tenido la regla. Simplemente, no
soportaba la idea de seguir escuchando a sus padres y a J. B.
comparando las ventajas de la libreta de ahorros y el seguro de
vida, y menos aún la de acompañarlos en el paseo que seguiría a la
charla, justo cuando el barón de Charlus acaba de aparecer en A la
sombra de las muchachas en flor, igual que un feo moscardón que
se posa sobre una bola de mozzarella.
Ya lo ha comprobado. Las mejores ideas, las más pertinentes, las
más constructivas, le vienen a la mente durante la última parte de su
trayecto en bus, pasado el puente viejo. Seguramente porque su
cerebro comprende que no le queda más que un ratito de libertad.
Esta mañana, por ejemplo. Cuando el autobús acaba de atravesar
el río Saona, Clara aparta la mirada del libro y comprende una cosa:
su sensibilidad por las palabras, por su precisión, por su música,
todo eso que la ha llevado a enamorarse de esta obra y de su autor,
es algo que ha poseído siempre. Simplemente, era una disposición
que no tenía objeto, como una tierra en barbecho, hasta que abrió
este libro.
En realidad no es justo así. Bien pensado, se ha apasionado por
este libro, pero habría podido apasionarse por el ajedrez, el cultivo
de bonsáis o la creación de perfumes. Lo que preexistía en ella era
la necesidad de una pasión absorbente y exigente. Inteligente.
El inicio de El mundo de Guermantes, que explica el traslado de la
familia Proust a una vivienda dentro del palacete de Guermantes,
constituye para Clara una conmoción inesperada. Ya no quería salir
de ese apartamento, en especial de la cocina de Françoise; se
resistía a que la historia la llevara a otra parte. Leyendo esas
páginas se produjo una especie de magia que, por primera vez en
su existencia, la llevó a pensar que los libros podían ser mejores
que la vida.
–Yo era un bicho raro. Todo el mundo sabía dónde encajaba, y yo
intentaba hacer lo mismo, pero no lo lograba. Tenía la impresión de
ser un gato al que piden que resuelva una ecuación con dos
incógnitas. Llegué a detestarme a mí misma, y luego estaba
agotada. Escribí una carta en la que explicaba todo eso, me tragué
un tubo entero de Lexomil con una copa de Cointreau, y me tumbé
en la cama y me quedé dormida. Pero mi madre, con la que había
hablado esa misma mañana, sospechó que me pasaba algo.
Aunque vive a seiscientos kilómetros de mi casa, hizo que los
bomberos tiraran la puerta abajo y me desperté en el hospital, muy
disgustada de seguir con vida. Una ex vino a visitarme. Ya no
estábamos juntas, pero nos seguíamos viendo de vez en cuando.
Trabajaba en una librería de viejo en Yonne, allá donde vivía
Colette, y llevaba años insistiéndome en que tenía que leer a Proust.
En esta ocasión me trajo un ejemplar de Por el camino de Swann.
Recuerdo que la ilustración de la cubierta era una acuarela bastante
mala donde se veía la cara de un niño, una taza de té y unas
magdalenas. Lo abrí una mañana, una bonita mañana de otoño, en
el jardín del hospital. Y me quedé deslumbrada. Enseguida todo
cobró significado para mí. Esa delicadeza, ese sentido de la belleza.
Un hombre tan enfermizo que debía vivir recluido, que dedicaba
páginas enteras a sus adormecimientos o a describir un arbusto de
espino blanco. Era tan bicho raro como yo. Ya no me sentía sola.
Estaba salvada.
La casa de Claudie es muy de su estilo. Es de madera, con una
sola planta, y da la impresión de que no la han hecho de una vez,
sino poco a poco, a lo largo del tiempo y sin un plan preciso, con
habitaciones en lugares inesperados (más tarde, Claudie me
confesaría que ella misma había construido buena parte de la casa).
Las habitaciones son amplias, agradables tanto para atravesarlas
como para estar en ellas, con multitud de sofás, butacas y cojines.
También hay varios gatos, pero, al contrario que otros, estos se
dejan acariciar, y hasta responden cuando se les habla. De vez en
cuando llegan aromas de naranja y de cedro, y hay cortinajes
amarillos sobre las ventanas. Uno se diría que está en un cañón a
las afueras de Los Ángeles a principios de los años setenta.
Instalada entre dos grandes cojines recubiertos de una tela con
motivos de cachemira, con las piernas dobladas bajo el cuerpo,
Claudie está resplandeciente con su amplio jersey de rombos, que
lleva como si fuera un vestido corto. Clara ha comprendido que para
Claudie la seducción no tiene importancia: sentirse mujer parece
bastarle para estar bien. Un perrito de una raza indefinida y con un
problema en un ojo está echado junto a ella. Ha colocado la cabeza
sobre las patas delanteras y observa el vacío ante él, esperando a
que le venza el sueño.
–Cuanto más lo lees, más te gusta, ¿no te parece?
–Es cierto –dice Clara–. Es porque te acostumbras a su ritmo. Al
principio, te dices «No entiendo, esta frase debería pararse aquí, y
resulta que continúa», pero es porque lo lees demasiado deprisa, y
es un error. Hay que tomarse su tiempo, hacer pausas. Ahora,
cuando lo leo, tengo la impresión de que lo oigo hablarme.
–Una auténtica proustiana... Y su humor... ¿No te parece que es
muy divertido?
–¡Sí! Es muy visual; hay momentos en que parece que estés en
una película. Cuando se baja del carruaje porque ha visto a una
chica en la acera y se da de bruces con la Verdurin, quien cree que
es ella a la que persigue.
–¡Es fantástico! Y cada vez es más divertido, ya verás. ¿Has
empezado El mundo de Guermantes?
–Sí, he leído el principio, que me ha encantado, pero lo he
interrumpido para volver a leer Un amor de Swann. No sé por qué,
pero me apetecía releerlo.
–Es algo que nos pasa con este magnífico libro. A menudo
sentimos deseos de volver atrás. Seguramente para estar seguras
de que no nos hemos perdido nada. De todas formas, lo pasarás
muy bien con Guermantes; está repleto de escenas de salón
divertidísimas.
Como si esta última observación lo hubiera hecho reaccionar, el
perrito levanta la cabeza ladrando, baja del canapé y se pone a
correr. Clara vuelve la cabeza y ve al perrito saludando a una mujer
que acaba de entrar en la habitación. Tiene unos sesenta años, el
cabello oscuro y sembrado de canas, un poco alborotado, y lleva
unas gafas redondas.
–Clara, te presento a Michèle –dice Claudie, estirando las
piernas–. Mi esposa. Me parece que no os conocéis.
Es cierto. Claude tenía una esposa. Clara había dejado a un lado
esa información, dando por supuesto que la pareja se había
separado cuando Claudie había hecho la transición...
–Qué guapa eres –dice Michèle, tocándole la cabeza–. ¿De modo
que tú eres la peluquera que lee a Marcel Proust? Tendrás que
explicarme el secreto. Yo no lo he conseguido nunca. Para mí es
directamente un somnífero.
–No ve en él otra cosa que un escritor frívolo –le explica Claudie–.
Es inútil que le repita que no lo es...
–Lo que me incomoda es que siguió en su cama, bien abrigadito,
contando historias de duquesas mientras masacraban a toda una
generación en las trincheras.
–¡Era asmático! ¡Casi ni podía ir de la cama a la planta baja de su
casa! Por no hablar de su hipersensibilidad. Quiero decir, Michèle, el
simple tintineo de una cuchara contra un vaso podía provocarle un
desmayo. ¿Cómo quieres que lo movilizaran para el frente? A
cambio, ha hecho un servicio a la humanidad al escribir una obra
maestra de la literatura mundial.
Clara pasa la mirada de una a otra, como en un partido de tenis.
–Por lo menos podría haber hablado de lo que pasaba –dice
Michèle.
–¿De qué?
–De la guerra. Y de las condiciones de vida de los obreros de la
época, de los niños que trabajaban en las fábricas.
–¡Pero ya habla de la guerra! Hay mucho sobre la guerra en En
busca del tiempo perdido. En cuanto a las condiciones de vida de
los obreros, has leído a Zola o a Louise Michel, que lo hacen muy
bien. Por otra parte, estoy convencida de que, si Proust hubiera sido
pobre, no habría escrito un libro muy diferente. Creo que habría
visto las mismas mezquindades, la misma hipocresía.
–Tiene respuesta para todo –le comenta Michèle a Clara,
colocándole una mano sobre el hombro–. Te quedas a comer con
nosotras.
–Pero...
–No tienes elección. He traído tomates y queso feta del mercado;
prepararé una ensalada griega. Y así pruebas el pan que hacen
aquí. Ya me dirás qué te parece.
Michèle mira un instante a su mujer, como para asegurarse de
que todo va bien, tanto en la sala como en su vida, y a continuación
se marcha seguida por el perrito tuerto.
Clara se vuelve a mirar a Claudie, quien se levanta del sofá.
–Quiero enseñarte una cosa, ven.
La conduce a la habitación contigua, una especie de antesala en
la que solo hay una bicicleta de mujer, y luego a otra, una pequeña
biblioteca de techo bajo, con las paredes cubiertas de estanterías
combadas por el peso de los libros, de discos viejos de 33
revoluciones y de hileras de CD. Son estos últimos los que le
interesan.
–Me has dicho que ahora estás leyendo...
–Un amor de Swann.
–Un amor de Swann –repite Claudie mientras retira de la
estantería la caja correspondiente.
Sin más comentarios, conduce a Clara de nuevo al salón. En esta
ocasión lo cruzan, salen por una puertecita acristalada y se instalan
en un porche que hay detrás de la casa, desde donde se divisa un
terreno inclinado que asciende hasta sumergirse un poco más allá
en una bruma por donde asoman únicamente algunos tejados de
tejas agrupados alrededor de un campanario. Claudie abandona
unos minutos a su invitada y regresa con dos botellas de Heineken y
un lector de CD en forma de pedrusco. Le pasa una cerveza a
Clara, enciende un cigarrillo e introduce el CD en el lector. A
continuación, se instala cómodamente en una silla de mimbre,
apoya los pies en un pequeño parapeto ante ella y espera mientras
contempla el campo.
Y es así como, en este rincón perdido de Saône-etLoire, frente a
un cielo que va adquiriendo un tono rojizo y con el canto de un mirlo
especialmente elocuente de fondo, se eleva la voz cálida y amistosa
de André Dussollier: «El doctor Cottard nunca sabía a ciencia cierta
el tono en que debía responder a alguien, ni si su interlocutor
hablaba en broma o en serio...».
Sumergida en la bañera, se topa con una frase que tendrá que
releer cinco veces para captar su sentido:
«Bastaba para despertar en él la angustia de tiempos pasados,
aquella lamentable y contradictoria excrecencia de su amor que
alejaba a Swann de lo que era ella, como la necesidad de alcanzarla
(el sentimiento auténtico de la mujer por él, el deseo escondido de
sus días, el secreto de su amor), puesto que esta angustia elevaba
entre Swann y aquella a la que amaba una resistente barrera hecha
de las sospechas anteriores que tenían su causa en Odette, o tal
vez en otra que la había precedido, y que no permitían al viejo
amante conocer a su amor actual más que a través del fantasma
viejo y colectivo de “la mujer que excitaba sus celos” un fantasma en
el que había depositado de forma arbitraria su nuevo sentimiento».
Lo que significa que Swann sentía unos celos injustificados por su
nueva conquista, porque ha sentido celos de otras mujeres, sobre
todo de Odette, antes que de ella.
Una vez que Clara la ha comprendido, la frase le parece
absolutamente nítida. No cree que fuera posible decirlo tan bien de
otra manera, con tal precisión.
Empezó diciéndose que Nolwenn guardaba alguna semejanza con
Françoise, de En busca del tiempo perdido. Luego fue Madame
Habib la que le pareció un personaje salido del libro, con sus
accesos de esnobismo, sus tics idiomáticos y gestuales, y su mirada
de rana melancólica. Al final, comprendió que este libro es tan
inmenso, aborda tantos temas, que cuando lo estás leyendo resulta
casi imposible no ver el mundo a través de su prisma. La cosa más
nimia te parece proustiana. Un racimo de glicinia, el color violeta de
sus flores destacando sobre el verde de sus hojas. El polvo en
suspensión que aparece en el rayo de luz que atraviesa una
habitación a oscuras. Y Annick, su madre, que siempre que la
fotografían vuelve ligeramente la cabeza y entreabre la boca como
si alguien, aparte del fotógrafo, la llamara en ese mismo instante. Es
algo proustiano, realmente proustiano.
Lo lee antes de dormirse y, a menudo, lo que ve al cerrar los ojos
son las flores. Capuchinas bajo un sol resplandeciente, setos de
espino blanco que huelen a almendra, flores de manzano que se
mecen bajo una lluvia primaveral. Y lilas como las que hay a la
entrada del jardín de Swann, ramos de violetas como las que lleva
Odette en el corpiño, rosas de Pensilvania como las de Balbec,
nomeolvides, amapolas, vincapervincas... Sus colores persisten,
impregnan el inicio de sus sueños, que, sometidos también al
esplendor proustiano, son más vastos y creativos que nunca.
Ahora deja por escrito sus impresiones de la lectura, tal como le
aconsejó Claudie. Las escribe en un cuadernito rosa.
«En este libro, las personas pasan mucho rato observándose.
Swann observa a Odette. Marcel a Gilberte. Marcel está pendiente
de lo que hace la duquesa de Guermantes».
«El nombre “Guermantes” es como un globo. Si lo pinchamos,
aparece todo Combray».
«Hacemos las cosas por razones distintas a las que
imaginamos».
Anota también algunas frases que la han emocionado, por una u
otra razón:
«Soplaba un viento húmedo y agradable».
«Comprendía que las cualidades de Odette no justificaban que
atribuyera un precio tan alto a los momentos que pasaba con ella».
«En tanto que un acontecimiento que deseamos no se produce
nunca tal como lo habíamos imaginado, ni nos ofrece las ventajas
con las que creíamos poder contar, otros que no esperábamos se
hacen realidad, de modo que todo se compensa».
«La sabiduría no te llega así como así; la tienes que descubrir por
ti mismo tras un recorrido que nadie puede hacer en tu nombre y
que nadie te puede ahorrar, ya que es un punto de vista sobre las
cosas».
«La existencia no tiene interés más que en esos días en que el
polvo de la realidad se mezcla con granos de arena mágica».
«... en que el polvo de la realidad se mezcla con granos de arena
mágica».
Proust. Antes, este nombre mítico era para ella como el de algunas
ciudades –Capri, San Petersburgo...– que daba por descontado que
nunca iba a pisar.
Nunca ha sido hábil con las palabras, sobre todo cuando se trata de
decir cosas importantes. Como era consciente de ello, había tenido
que prepararse, a lo mejor incluso las había repetido para sus
adentros sentado al volante del Duster, abajo en la calle, antes de
subir. Clara lo deduce por su actitud, por su mirada, por el modo en
que están construidas sus frases, que no es su forma habitual de
hablar. A pesar de todo, no consigue minimizar el impacto de su
anuncio. De entrada, porque el momento no es el adecuado. Un
lunes de Pascua de un sol radiante después de veinte días de lluvia.
Clara no piensa más que en una cosa, y es en acabar cuanto antes
lo que le queda por planchar y salir corriendo a casa de su hermana,
con su enorme terraza, para seguir con El mundo de Guermantes.
Bueno, pues aquí está el anuncio:
–Clara, tengo que decirte una cosa que no es agradable. Mira, he
encontrado a alguien y quiero recorrer una parte del camino con
ella.
Se detiene para echar un vistazo al bolsillo de su vaquero, de
donde se escapa la insoportable introducción de The Final
Countdown, que hace poco ha convertido en el tono de su móvil
después de oírlo en un evento de Monster Jam. Se percibe su
indecisión; no sabe si responder o no a la llamada.
–¿Quieres...? –pregunta Clara.
–No, dejarán un mensaje.
–No, me refiero a si quieres que nos separemos.
–Ah, sí. Eso es.
Es un desastre, les cuesta comunicarse, comprenderse, como en
el fondo les ha ocurrido siempre. Nunca se han comunicado bien,
nunca se han comprendido.
J. B. espera a que se haga el silencio para añadir:
–Yo siempre te querré; eso no cambiará. Lo que pasa es que
tengo ganas de seguir mi camino con otra persona.
Es justo el tipo de frase que seguramente ha estado ensayando,
tal vez incluso se la ha sugerido la mujer con la que J. B. tiene
ganas de seguir su camino. («No te olvides de decirle que siempre
la querrás, que eso ayuda a pasar el mal trago»).
Clara cruza los brazos sobre el pecho, levanta una mano y se la
pone en el cuello. J. B. le pregunta si está bien.
–Sí, solo que... estoy sorprendida.
–Ya nunca hacemos el amor.
Estaba segura de que tocaría ese tema.
–Lo he calculado –añade J. B.–. Hace diez meses. Diez meses.
¿Te das cuenta?
–Ya lo sé.
–Tengo veinticinco años, y tú veintitrés.
–Ya lo sé.
Es como si asistiera al despegue de un cohete. Es evidente que
ocurre algo; a su alrededor todo retumba y se inflama, pero ella no
se mueve, sigue impasible, no siente nada aparte, tal vez, de un
poco de calor. No tiene ganas de llorar, ni de coger el primer objeto
a su alcance para lanzárselo a J. B. a la cara, ni siquiera tiene
necesidad de sentarse. Se le ocurre que J. B. habría podido esperar
a la noche para decírselo (ahora le será imposible sumergirse en la
lectura de El mundo de Guermantes); a continuación lo mira a los
ojos y, con el tono curioso pero desapasionado que emplearía para
preguntarle a un camarero sobre los ingredientes de su ensalada
marinera, pregunta:
–¿Quién es?
J. B. no tiene intención de desvelar esa información y, como es
amable por naturaleza, se lo hace saber cerrando los ojos.
–Puedes decírmelo –insiste Clara–. No intentaré ponerme en
contacto con ella. Ya me conoces, no es mi estilo. Solo que no
quiero quedar como una idiota si aparece en la peluquería.
–No, no va a la peluquerí[Link] a Beaune.
–¿Es de Beaune?
J. B. asiente con la cabeza.
–Ahí fue donde diste una charla sobre tu profesión. Es profesora
allí, supongo. ¿La has conocido al asistir a su clase? Dime solo si
tengo razón. No te pediré nada más.
J. B. no responde, pero, por su expresión de pesar, Clara
comprende que ha dado en el clavo. J. B. no ha sabido nunca
esconder sus emociones.
Isabelle Audoin. Así se llama. No se lo ha dicho J. B.; de hecho, no
ha vuelto a verlo desde su conversación. Se marchó aquella misma
tarde. Lo había previsto todo; lo tenía preparado. El nombre lo
descubrió ella por su cuenta, en internet, tras una búsqueda de unos
seis minutos (encender el ordenador le llevó más tiempo que la
búsqueda en sí). Recordó que J. B. había ido a dar una charla a una
escuela de viticultura en Beaune, donde hay unos doce profesores y
solo dos de ellos son mujeres. Sus nombres están escritos en la
web del centro, junto con sus fotos, tomadas entre viñedos.
Catherine Cucq, alta y delgada, aparentemente en buena forma
(tiene aspecto de haber hecho el Camino de Santiago) pero de unos
cincuenta años, pelo corto, huesuda. No es el estilo de J. B.; todo lo
contrario que Isabelle Audoin, mucho más joven y con una
estructura ósea perfecta, como diría Patrick, aspecto de gustarle las
actividades al aire libre y de llevarse bien con los niños. Es ella, no
cabe duda. Tiene el mismo tipo de belleza que Clara, pero más
dinámico, menos romántico. Y además su foto no tiene fecha; es
imposible saber cuándo se la hicieron, aunque presenta una
expresión victoriosa que fácilmente podría significar: «Estoy viviendo
una historia con un bombero guapo como Flynn Rider, nunca he
hecho el amor tan a menudo como ahora y pocas veces me he
sentido tan feliz».
Es un tiempo de adversidades, de acontecimientos un poco locos.
En la misma semana, al principio y al final, la marcha de J. B. y de
Madame Bach. Madame Bach es una mujer alta como un árbol, con
una melena larga y gris y unas gafas que les dan a sus ojos el
aspecto de los de una mosca. Fue clienta de la peluquería en otro
tiempo (en la época de Audrey), hasta que empezaron a verla cada
vez menos, lo que no sorprendió a nadie; era evidente que iba
cuesta abajo. Un día supieron que la habían ingresado en Myosotis,
una residencia de ancianos de la región. Madame Habib retiró su
ficha del pequeño expositor, como hace con las clientas fallecidas, y
en la peluquería se olvidaron de aquella mujer grandota que se
apagaba como una vela.
Hasta esta mañana. La peluquería acababa de abrir, Lorraine se
había instalado ya en su taburete y de repente vieron a Madame
Bach en la acera, con expresión aturdida, justo delante del
escaparate de Cindy Coiffure. La primera en verla fue Nolwenn, al
levantar la mirada de su ordenador portátil.
–¡Ay, madre!
«Ay, madre», porque Madame Bach llevaba una camiseta gris con
el triángulo verde de Leroy Merlin, y nada por debajo. Ni vestido ni
pantalón ni leotardos ni bragas. Lo sucedido estaba claro: se había
levantado de la cama en Myosotis y, sin tomarse el tiempo de
vestirse –sin duda, no se le había ocurrido siquiera–, había venido a
pie hasta aquí.
Madame Habib salió a su encuentro en la calle, le puso una bata y
entró con ella en la peluquería. La instaló al fondo, en el puesto de
trabajo de Nolwenn. Madame Bach no parecía entender las
preguntas que le hacían ni darse cuenta de que sostenía un vaso de
agua en la mano. Observaba a las mujeres que se afanaban a su
alrededor con una leve expresión de asombro.
¿Cómo había venido a parar aquí? ¿Qué representaba la
peluquería para su inconsciente? Tal vez se trataba de un simple
salto en el tiempo: su cerebro había borrado de golpe unos cuantos
años y la había transportado hasta una mañana en que tenía cita en
la peluquería.
Madame Habib contactó con la residencia, donde le confirmaron
que Madame Bach «salía» cada vez más. Mientras esperaban a que
la pasaran a recoger, Jacqueline le preguntó a Madame Bach si
quería que le hicieran algo en el pelo. Al no obtener respuesta,
decidió lavárselo. Como ni Nolwenn ni Clara estaban libres, se quitó
las pulseras, se arremangó la camisa de satén color crema y le
aplicó ella misma el champú.
Se ha olvidado un poco de Proust, desde luego. J. B. e Isabelle
Audoin ocupan sus pensamientos, incluso durante sus trayectos en
bus; durante unas semanas, el libro duerme en el fondo de su bolso.
Hasta que, un día, una tarde de domingo en la que estaba previsto
que se reuniera con sus padres en el Museo de la Fotografía para
ver la exposición de lavaderos de Borgoña, Clara decide quedarse
en casa, abre de nuevo el libro El mundo de Guermantes, y regresa
Marcel. Al volver a comprobar su inteligencia luminosa, su
delicadeza, se pregunta cómo ha podido resistir sin él y se lanza a
leerlo con avidez. Esas páginas tienen para ella un poder
consolador equivalente, o superior, al del sol o el chocolate, y en
tres días devora ciento cincuenta.
A una persona a la que han abandonado sin avisar tras tres años
y medio de vida en común nunca se le dice: «Deberías leer El
mundo de Guermantes». Es más habitual que le aconsejen que se
apunte a un gimnasio o que tenga un gato, pero es un error. No lo
de apuntarse a un gimnasio o tener un gato, sino dejar de lado a
Proust. Si bien no ha escrito precisamente una guía de
supervivencia para separaciones dolorosas, Marcel no tiene igual a
la hora de reconfortar a un lector abandonado. De entrada, lo hace
más inteligente, lo que no es poco, y también lo lleva a comprender
que el amor no existe, que no es más que una creación de nuestro
cerebro como respuesta a nuestra frustración existencial, a nuestro
terror al abandono; que la persona a la que creemos amar no tiene
nada que ver con quién es en realidad; que la deseamos porque se
nos escapa, pero que, una vez que la tenemos, ya no
comprendemos ni siquiera lo que nos llevaba a desearla; que
estamos de todas formas irremisiblemente solos y que, por lo tanto,
en cuestión de amor solo podemos sufrir un martirio o aburrirnos
mortalmente.
Cualquier tentación que Clara pudiera tener de sentir nostalgia de
la pareja que formaba con J. B. queda así pulverizada antes incluso
de tomar forma, igual que las naves del Imperio Galáctico al final de
El retorno del Jedi. Y en las ocasiones en que, a pesar de todo, a
pesar de Proust, un acceso de nostalgia logra abrirse camino en su
corazón, le basta recordar cómo pasaron los últimos diez meses de
su relación sin tocarse; el cuerpo pálido y grande de J. B., por el que
sentía entonces tanto deseo como el que sentiría un vegetariano por
unas manitas de cordero o unos callos; o incluso el sueño que
abrigaba entonces de marcharse sola al campo, en plan ermitaño,
para leer sin el ruido de fondo de los juegos de una consola, o sin
que la interrumpieran con preguntas sobre el horario o la
composición de la próxima comida.
Pero lo peor –como suele suceder en las grandes pruebas
personales– son los demás. Su madre, por ejemplo, a quien la
partida de J. B. afecta de forma exagerada, casi como si hubiera
sido ella la abandonada. Pasa varias semanas en un estado
próximo al pánico, enviando a Clara textos totalmente fuera de lugar
que en general empiezan diciendo: «Lo he estado pensando. Lo he
estado pensando, y deberías escribirle una carta en la que le digas
que 1) en la vida todos tenemos derecho a una segunda
oportunidad (muy importante) y 2) que, si está de acuerdo, te
gustaría verlo para hablar con tranquilidad del tema...». A
continuación, cae en un estado de aturdimiento del que esperan
sacarla con una cura de magnesio, pero será más tarde, durante
una excursión organizada por su club de caminantes entre Millau y
las gargantas del Tarn, cuando Annick se desembarazará de su
proyecto de tener a J. B. como yerno con tanta facilidad como si
pelara una naranja.
Y, desde luego, Madame Habib, a la que Clara no ha dicho ni una
palabra de lo ocurrido durante varias semanas hasta una tarde en
que se quedan las dos solas para cerrar la peluquería y le suelta la
noticia. Cautivada por la historia, con los labios temblorosos de
emoción, Jacqueline la escucha con los ojos grandes y tristes
clavados en ella. Es evidente que esto ha despertado en ella un
recuerdo personal; la ha hecho revivir una o varias separaciones
pasadas. «¿Y qué vas a hacer ahora?», balbucea, como si Clara le
hubiera anunciado que lo había perdido todo en un incendio. A
continuación, enciende un cigarrillo y deja caer, con un suspiro de
borracha: «Ay, de verdad, habría que cortarles el pito».
Una tarde, sin embargo, Clara no puede evitar el dolor cuando
proyecta en su interior la película de lo que debió de ocurrir sin que
ella se enterara en la escuela de viticultura de Beaune. La primera
mirada, las primeras palabras que J. B. e Isabelle Audoin
intercambiaron cuando estuvo claro que las cosas tomaban un cariz
no profesional. ¿Dónde ocurrió? ¿En el aula, después de clase?
¿En el todoterreno Duster? ¿En la primera o en la segunda visita de
J. B.? Como lo conoce bien, Clara sabe cuáles han sido sus gestos,
la lentitud antes de la precipitación, el cambio en su tono de voz;
conoce el sabor y los olores de su boca, de su cuerpo. ¿Habrá
besado J. B. las plantas de los pies de Isabelle Audoin, como le
gustaba hacer con Clara? ¿Habrá envuelto con los labios el dedo
pulgar de su pie?
Se levanta, va al baño para tomarse la mitad de un Lexomil y
vuelve a la cama.
¿Cómo es posible que eche de menos a una persona que le
resultaba una molestia cuando la tenía al lado? ¿Cómo es posible
que sufra por no estar con él cuando en realidad ya no lo quería?
¿Qué es lo que echa de menos exactamente? Porque su mayor
deseo no es recuperar a J. B....
El amor es algo diferente del amor. Y su desaparición es otra cosa
que su desaparición. Clara fija la mirada en el techo y se relaja al
imaginar a Proust diciendo estas palabras: «Hay que ver el lado
bueno de las cosas –le oye decir–. «Ahora tienes toda la cama para
ti sola». Le parece que, si se incorpora, podrá ver a Proust sentado
en su sillón al otro lado de la habitación, con la cabeza apoyada en
la mano, como en la famosa foto, y apenas se atreve a cerrar los
ojos.
Al día siguiente, ya no hay nada, ni dolor insistente ni fantasma
proustiano.
Así que sus padres se llaman Annick e Yves. «Annives e Yck»,
decía su tío Jacques cuando ella era pequeña. Era el hermano
bromista y secreto de Annick, y a Clara siempre le había divertido
esa manera de llamarlos; durante mucho tiempo lo consideró un hito
del humor y de la broma. Annick e Yves todavía sonríen cuando se
acuerdan, pero J. B. no lo encontraba divertido. «Annives e Yck»,
no, de verdad, no entendía por qué les hacía gracia.
Clara recuerda este tipo de anécdotas ahora que ya se ha ido,
igual que un leño que sube a la superficie cuando ya no hay razón
para mantenerlo sumergido. Lejos de ser un detalle insignificante,
esto demuestra hasta qué punto tenían sensibilidades diferentes,
hasta qué punto nunca se encontraban.
Está en la librería, donde ha encargado el libro de Proust La
prisionera. No ha terminado Sodoma y Gomorra, pero se adelanta.
–¿Está usted leyendo todo En busca del tiempo perdido?
A Clara le cae bien el librero. Le recuerda a Ned Flanders, el
vecino de los Simpson; tiene el mismo aspecto normal,
tranquilizador. Bueno, un Flanders francés, más seductor que el
original, que regenta una librería con retratos en blanco y negro de
Beckett, Faulkner y Le Clézio.
–Sí, desde el principio.
–¿Es a causa de sus estudios, o...?
–No, es por mí, solo por placer.
El librero pone cara de admiración.
–No conozco a muchos jóvenes que lean a Proust por placer. Es
normal, porque con todos esos tiktoks ya no pueden concentrarse
más de cinco segundos. –El librero teclea en su ordenador,
pensando en otra cosa–. Desde luego, es insuperable. En realidad,
en términos literarios, todo el siglo xx es insuperable. Cuando has
leído a Céline, a Colette...
Clara sonríe encantada.
–Encuentro fantásticas a esas novelistas que se hacían llamar por
su nombre de pila.
Le parece oír un resoplido a sus espaldas. Una mujer ha soltado
una carcajada. Si girara la cabeza, Clara vería a la clienta en la cola,
una persona con gafas de cristales gruesos, greñas de dos colores y
la expresión golosa de quien disfruta anticipando la anécdota que va
a explicar sobre lo que acaba de oír.
Flanders espera un instante, se inclina hacia Clara y le dice:
–El nombre de pila de Céline es Louis-Ferdinand.
Clara se pone tan roja como seguramente no le ocurría desde el
colegio.
–No tiene ninguna importancia –se apresura a añadir el librero,
quitando hierro al asunto. Luego fija la mirada en la pantalla de su
ordenador–. ¿Le enviamos un SMS, como de costumbre, cuando
recibamos el ejemplar?
Lorraine ha encontrado un psicoanalista, Marc Vauzelle, en Dijon.
No hace formularios de atención médica, pero adapta sus tarifas a
las posibilidades de sus pacientes. Y la primera sesión es gratuita.
La sesión fue ayer, y esta mañana Lorraine no habla de otra cosa.
¿Seducida? Conmovida, más bien. Y locuaz. «Dice que mis vértigos
son un mensaje de mi inconsciente, y que lo descifraremos entre los
dos». Se lo cuenta a Madame Habib, quien, aunque no sea habitual
en ella, se limita a responder con discretos «hummm». «Como yo no
sabía qué decirle, me suelta: “Hábleme de su madre”. Le respondo:
“No sé qué tiene que ver ella con mis vértigos”. Y nada más
decírselo veo el rostro de mi madre, esa carita de pajarito que tenía
al final, y, entonces –apoya la mano en el antebrazo de Madame
Habib–, ¡me pongo a llorar como una Magdalena, querida! ¡No
podía parar de llorar!».
Nunca había leído tanto, en especial por la noche. Ahora no es raro
que apague la luz a las dos de la mañana, incluso entre semana.
¿Es porque leer le ayuda a olvidar que está sola? ¿O simplemente
porque ahora tiene más tiempo para sí misma? El caso es que los
personajes de este libro, Françoise, los Guermantes, Charlus, le
resultan casi tan familiares como las personas que ve a diario. En
ocasiones, cuando está cansada y recuerda algunos detalles, una
reflexión aguda, una expresión de sorpresa en el rostro de alguien,
ya no está segura de si se trata de recuerdos personales o literarios.
¿Es posible que en el hombre no haya más que mentira, hipocresía
y mediocridad? ¿Que la vida no sea más que una comedia de las
apariencias, algo apenas más agradable que un reflujo gástrico?
¿Que no haya nada a la altura del deseo que lo precede? ¿Que la
única salvación posible, la única experiencia posible de felicidad se
encuentre en las obras de arte?
Mañana tranquila en Cindy Coiffure. Clara acaba de acompañar a la
puerta a una clienta y está consultando la agenda de visitas. Su
próximo cliente es a las once menos cuarto, de modo que tiene un
poco de tiempo para ella. Levanta la cabeza y contempla la
peluquería. Desde la caja registradora se ve prácticamente todo el
local. Madame Habib, inclinada sobre uno de los espejos de la
izquierda, comprueba si tiene manchas de pintalabios en los
dientes. Nolwenn, que también está esperando a que llegue su
próxima clienta, barre su zona de trabajo con la mente claramente
muy lejos de allí. En la emisora Nostalgie suena Il tape sur des
bambous, de Philippe Lavil. Huele a Shalimar, a laca Infinitum y a
cabellos calientes. El pequeño mundo de Cindy Coiffure. Clara lo ve,
lo oye, «lo siente» y en ese momento comprende que ya no le
basta.
Tomos de En busca del tiempo perdido que Clara ha leído hasta
hoy, por orden de preferencia:
1. El mundo de Guermantes
2. Por el camino de Swann
3. A la sombra de las muchachas en flor
4. Sodoma y Gomorra
En cuanto a los personajes:
1. Françoise
2. Charlus
3. La abuela
4. Swann y la duquesa de Guermantes, ex aequo
Las últimas reflexiones en su cuaderno:
«En este libro, a menudo las personas no saben que las miran
(Charlus, la duquesa de Guermantes, la abuela)».
«Sublime, cuando habla con su abuela por teléfono (es como
hablar con ella en el más allá)».
«Un libro sensual y generoso como una fruta, como un
melocotón».
Y estas citas:
«Nuestras facciones no son más que gestos convertidos por el
hábito en definitivos».
«La verdad no necesita ser dicha para manifestarse [...] tal vez
pueda recogerse con más seguridad, sin aguardar a las palabras,
aun sin tenerlas en cuenta, en mil signos exteriores, incluso en
ciertos fenómenos invisibles, análogos en el mundo de los
caracteres a lo que son, en la naturaleza física, los cambios
atmosféricos».
«La acera, todavía mojada, se torna gracias a la luz en esmalte
dorado».
La evocación llega cuando menos se la espera. De hecho, el mismo
nombre lo dice; se habla de episodios de «memoria involuntaria». El
primero lo vivió al oír el ruido del cortacésped en la clase de
Ciencias Naturales, una experiencia que recordó unos meses antes
en el bus, después de leer el episodio sobre la magdalena en Por el
camino de Swann. El segundo le ocurre en Marionnaud, donde ha
ido a comprar Gentleman de Givenchy para su padre, que va a
cumplir años, y en ese momento le llega a la nariz el olor de Habit
Rouge, que alguien ha rociado cerca de ella. Y resulta que Habit
Rouge es el agua de colonia que Clara, aconsejada por una
dependienta que se la había vendido como un «clásico intemporal»,
le regaló a J. B. en las primeras Navidades que pasaron juntos. En
una milésima de segundo, se transporta a ese periodo tan especial,
tan «determinante» de su vida. Todo le vuelve. La explosión sexual
que se produjo (hacían el amor en todas partes: en el tren, en la
piscina...); la felicidad que le procuraba explorar el cuerpo de su
Flynn Rider (su rostro hacía esto, sus caderas aquello); el sabor a
hierro que acabaron por tener sus besos; el orgullo de caminar junto
a él por la calle; de presentarlo a sus amigos, a sus padres; y
también, casi más emocionantes, la sensación de los días fríos y
despejados, la de la cercanía de las fiestas de final de año, una
impresión general de placer, de luz, de confianza; con esa juventud,
con esas caras, sus vidas no podían ser más que un éxito rotundo.
Un placer intenso forrado de dolor, o, más bien, un dolor inserto
en el placer. Clara cierra los ojos para profundizar en lo que siente,
consciente de que ha llegado el momento de desembarazarse de
todo ello. Algunos pensamientos conscientes acompañan a su
esfuerzo; en especial, entiende que estaba más enamorada de J. B.
de lo que quería admitir, y que su marcha la ha marcado más de lo
que quisiera. Y es su hermana, que la acompaña, la que pone fin a
la experiencia:
–No les queda Gentleman. Tendremos que volver el martes.
Mierda.
En el autobús, entre Palais-de-Justice y Republique, se ríe sola al
pensar en la duquesa de Guermantes cuando dice de un joven que
tiene el aspecto de un tapir.
Le está secando el pelo a Madame Fabré cuando Madame Habib se
acerca a ella y le susurra, con tanta precaución como si le confiara
el código de su tarjeta de crédito:
–Te llaman por teléfono. Es Claudie Hansen.
Clara apaga el secador de pelo.
–¿Quiere cambiar la hora de su cita?
A Jacqueline se le escapa un pequeño eructo que logra convertir
en un discreto «ufff», y eso hace que su respuesta llegue con cierto
retraso.
–No creo. Para eso no haría falta que te telefoneara.
Ha sido una jornada con mucho trabajo y bastantes
contratiempos. Clara se acerca con desgana a la caja registradora y
coge el auricular, preguntándose qué más se le viene encima.
–Buenos días, Claudie.
–Ah, Clara, perdona que te moleste. Seguro que estás muy
ocupada...
Esa voz grave y frágil a la vez. Oírla en un día como hoy es como
reconocer una cara familiar en medio de una multitud.
–Te llamo porque he tenido una idea. Ya sé que nos veremos la
semana que viene, pero esto no puede esperar. Se me ocurrió ayer,
y no dejo de darle vueltas; incluso lo he comentado con Michèle y
está de acuerdo conmigo. Bueno, mejor que vaya al grano. Creo
que deberías leer a Proust.
Hace ya nueve meses que Clara lee a Proust; es la razón por la
que Claudie la invitó a su casa y estuvieron hablando de eso toda
una tarde, e incluso mientras cenaban. Clara se dice que Claudie
está mal de la cabeza, que su tratamiento hormonal está afectando
seriamente a su memoria, y entonces la oye concretar:
–Me refiero a leérselo a los demás. En voz alta. Ayer tarde,
cuando ordenaba mis CD, volví a oírte leyendo el resumen de lo que
estuvimos escuchando en mi casa... Clara, tu voz tiene la misma
dulzura, la misma delicadeza que ese texto. Tu voz es como el
perfume del espino.
Unas palabras así, en este contexto... Es incapaz de lograr que le
funcione la cabeza; solo se le ocurren respuestas banales. «Eres
muy amable», y otra vez «eres muy amable», y después «buenas
tardes», y ahí se acaba la conversación.
Al dejar el teléfono en la base, siente en su interior una vibración
que no se debilita. Regresa a su puesto de trabajo, donde Madame
Habib ha ido a hacer compañía a Madame Fabré, pero no se
detiene, sino que pasa de largo ante las dos mujeres, se refugia en
la trastienda y sale al patio trasero de la peluquería. El cielo es de
un blanco electrizante que le hace torcer el gesto. Se pone en
cuclillas y empieza a llorar. Sale todo lo que tiene que salir. La
marcha de J. B., la humillación en la librería, Isabelle Audoin y
Madame Bach, los días cada vez más pesados en la peluquería,
ese libro que todo lo cuestiona, y ahora esa idea de que tiene que
leerle a la gente. Y hay otra cosa. Todos esos contemporáneos de
Proust, esas personas anónimas de 1900-1910; últimamente las ha
estado viendo en YouTube, con sus sombrillas y sus chisteras. Las
ve apresurarse por la Avenue de l’Opéra, o ante Notre-Dame, y
siente por todas ellas una inmensa compasión, porque cree saber
algo que ellas no saben todavía, y es que no hay nada que dure,
que toda vida cae en el olvido y su recuerdo se borra tan fácilmente
como un dibujo sobre una ventana empañada.
Debería parar; no va a poder volver al trabajo. Pero qué tontería,
cuanto más llora, más ganas tiene de llorar, y ahora gimotea como
un animalito, y ve que la puerta se abre y aparece Madame Habib,
que se arrodilla y la abraza diciendo:
–Todo irá bien, pequeña... Todo irá bien.
III
CLARA
«Y, con esa zafiedad intermitente que reaparecía en cuanto ya no se
sentía desgraciado y que rebajaba su nivel de moralidad, dijo para
sí: “¡Cuando pienso que he malgastado años enteros, que he
deseado morir y he sentido el amor más grande de mi vida, todo por
una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!”».
Cierra el libro, se aclara la garganta y espera, sin atreverse a
mirar a Madame Renaud.
No ha ido bien. Ha dicho «controlar» en lugar de «consolar», lo
que ha desprovisto de sentido la frase en cuestión, y en la última
parte se ha saltado una línea entera (hay que decir que se trata de
un texto muy denso). Se ha excusado antes de seguir leyendo y ha
narrado el final sin sentir nada, pronunciando las palabras tal como
se le iban presentando.
Madame Renaud parece descontenta. Normal. Tiene la mirada
perdida y mueve despacio los labios sin producir ningún sonido.
Claudie se la ha presentado a Clara como «una vieja amiga, fan de
Proust, a la que le gustaría escuchar el final de Un amor de Swann».
Tendría que haber añadido «y que sabrá hacerte sentir incómoda si
no lo lees bien».
–¿Dónde has aparcado? –pregunta al fin Madame Renaud.
–He venido a pie.
–¿Vives muy cerca?
Está claro que evita comentar la lectura que acaba de oír, y tiene
motivos. Clara le sigue la corriente.
–No, vivo en Chavannes. He venido directamente desde la
peluquería que está detrás de la Place de la Libération.
–Entiendo. ¿Y cómo vuelves a casa?
–Voy hasta la peluquería y tomo el bus. El tres.
–Ah, sí, el tres.
–Va directo, tengo suerte.
–Sí, es muy práctico.
Ya han agotado el tema y no hay nada que añadir. La anciana se
levanta de la silla apoyándose en los reposabrazos y, sin decir
palabra, ambas recorren el pasillo, que huele a hospital. De camino,
Clara observa en la sala de estar, encima de un mantelito blanco de
encaje colocado sobre un mueble lacado, la foto de un papa en un
marco plateado. Cuando llegan a la puerta, tiene que esforzarse por
no llorar.
–Bueno, pues adiós.
–Sí, hasta mañana.
–¿Perdón?
–He dicho: «Hasta mañana».
–Para... ¿leer?
–Pues sí. Con Claudie habíamos acordado dos sesiones. Un
amor de Swann y la muerte de la abuela. ¿No te lo comentó?
–Sí, pero mi lectura no... ¿Le ha gustado?
–Desde luego. Si no, no te propondría que volvieras.
–Ha habido un momento en que me he equivocado.
–Ah, es posible, no prestaba atención. Tienes una voz bonita,
capaz de tonos graves y agudos, muy agradable de oír. Y te
mantienes en un segundo plano, no sobreactúas, lo que es de
agradecer. La última chica que me leyó a Proust lo hacía como si se
tratara de un vodevil; era tremendo... ¿Mañana a las siete y media,
igual que hoy?
–De acuerdo.
–Mañana por la tarde estaré con mi nieta. Mi hija la trae después
de comer. La pequeña tiene cuatro años, salta por todas partes,
dibuja por todas partes. La quiero mucho, pero toda la tarde es
demasiado. Me dará ánimos saber que después vienes tú.
Al salir, repasa una y otra vez una canción que ha oído en la
peluquería. Esta vez no olvida el título. Con Don’t Stop Me Now, de
Queen, resonándole en la cabeza, atraviesa la Place de la
Libération y a continuación el casco antiguo, pasando por delante de
la catedral.
I’m gonna go, go, go,
There’s no stopping me.
El secreto es ir despacio. Te permite limitar el riesgo de titubeos, de
caer en una lectura automática, y, sobre todo, ayuda a la persona
que escucha a saborear bien todo el texto.
Tomemos como ejemplo la frase: «El marqués de Palancy, con el
cuello estirado y el rostro en diagonal, con su ojo redondo abultado
pegado al cristal del monóculo, se movía despacio en la sombra
transparente, y parecía no ver al público de la orquesta, como si se
tratara de un pez que pasa, ajeno a los visitantes curiosos, al otro
lado de la pared de cristal de un acuario». Incluso si se lee rápido,
es poco probable que al oyente se le pase por alto la imagen de un
pez en un acuario. Pero, si no se lee con la lentitud suficiente, puede
que no capte «con el cuello estirado y el rostro en diagonal» o «la
sombra transparente», lo que sería una lástima.
Las comas de Proust dan la sensación de estar colocadas al azar;
no están adaptadas a la lectura en voz alta de frases tan largas. De
modo que a Clara se le ocurre la idea de marcar, en los párrafos que
va a leer, algunas indicaciones personales:
«/», entre algunas palabras, para indicar una pausa.
«//», entre algunas frases, para detenerse más rato, a fin de
recuperar el aliento y también de conceder a la persona que
escucha tiempo para comprender lo que acaba de oír (no hay que
tener miedo a las pausas; un silencio siempre le parece más largo al
que lee que al que escucha).
Pronto añadirá otros signos a las páginas de sus libros:
«>>», en el margen de un párrafo, significa que puede acelerar la
lectura sin riesgo de balbuceos (en el caso de una enumeración o
de un diálogo, por ejemplo).
«~», entre dos palabras, por ejemplo, significa que puede hacer la
liaison. Las falsas liaisons son la trampa en la que más fácilmente
se puede caer cuando se lee en voz alta.
Estas marcas son un poco como las que se ven en las rutas de
senderismo, indispensables para quienes las recorren por primera
vez, pero no para el guía experimentado, que ni siquiera las
advierte. A Clara le resultan útiles durante la preparación, pero no
después, cuando, tras leer y releer el texto para hacerlo suyo, ha
memorizado el ritmo y las entonaciones que le quiere imprimir.
Entonces, cuando lo lee puede concentrarse en lo esencial: estar
presente, concentrada en las palabras. Porque es lo más difícil:
estar «dentro del texto», y permanecer allí de la primera a la última
sílaba, hasta el punto de que ni el tono de un móvil ni el llanto de un
bebé, ni siquiera la explosión de una olla a presión en la habitación
de al lado, perturbarían su lectura. Yoga.
Hacía un tiempo que no veían a Madame de Lamballe en la
peluquería, y con razón. Ha sufrido un derrame cerebral. Esta
mañana ha regresado. Madame Habib la ha mimado, Nolwenn la ha
peinado. Sus andares son un poco inseguros, y tiene una mitad del
rostro un poco más rígida que la otra. Además, ya no emplea
verbos; se expresa mediante conceptos y onomatopeyas. «Mi hija
distraída, sus zapatillas de deporte en la escalera, mi yerno
patapúm, la noche en urgencias». O bien: «Lisboa, la brandada de
bacalao, los pastelitos de crema, ¡ayayay la báscula!». Esto tiñe sus
intervenciones de cierto aire bobo, pero también hace que parezcan
haikus fáciles de comprender. De hecho, una vez que se ha ido de
la peluquería, nadie hace comentario alguno. Madame Habib, por
corrección; Nolwenn, porque ha pasado a otra cosa. En cuanto a
Clara, imagina lo que el hándicap de la pobre Madame de Lamballe
habría inspirado en Proust... Una baronesa con este problema.
A quien ha transformado radicalmente la marcha de J. B. es al gato.
Al principio lo ha estado buscando con un aire más desconcertado
que de costumbre. Entraba en la habitación y exploraba su lado de
la cama como si acabara de aterrizar en Marte, o bien observaba el
gancho donde J. B. solía colgar su bolsa de deporte, sin entender
por qué no había nada. Y una tarde, al entrar en casa, Clara lo
encontró sobre el sofá (hasta entonces reservado tan solo a los
humanos) ronroneando (un hecho también inaudito), con los ojos
entrecerrados de contento y moviendo suavemente la cola. Se había
hecho a la idea de que J. B. no volvería, que a partir de ahora solo
estarían Clara y él, y, por lo visto, le parecía bien.
APELLIDO: Poitrenaud
NOMBRE: Clara
LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO: El 22 de marzo de 1997 en
Dole
TÍTULO DEL TRABAJO:
Lectura de extractos de En busca del tiempo perdido, de Marcel
Proust
DISCIPLINA (tachar lo que no proceda):
Teatro, Música, Danza, Artes circenses, Montaje plástico, Montaje
sonoro, Montaje digital
OTRO (concretar): Lectura
–¿Diez días?
–¿Te parece que es demasiado?
–Es que Patrick estará ausente en las mismas fechas.
–Solamente la primera semana.
–Es cierto, pero Patrick solo viene el sábado.
–Pero estará Nolwenn. Los diez días.
–De acuerdo, pero eso no quita que algunas clientas puedan ir a
probar a otro sitio. No tengo ganas de darle negocio a Mariella
Brunella.
–De todas formas, a finales de julio suele haber menos gente.
–Eso ya lo veremos... ¿De verdad necesitas todo ese tiempo? El
festival solo dura cuatro días.
–Sí, pero tengo que prepararme. Es lo que me gustaría hacer los
primeros días. Ensayar en mi casa.
–¿No puedes hacerlo por las tardes, después de la peluquería?
–No, estoy reventada. Además, voy a leer a casa de una señora
tres veces por semana.
–¿A casa de Claudie Hansen?
–No, de una amiga suya. Bueno, de una amiga de su madre,
Madame Renaud, que vive en la Avenue de Paris. Al principio tenía
que ir solo un día, pero quiso que volviera. Ahora voy tres veces a la
semana.
–¿Para leer?
–Sí, para leerle a Proust en voz alta. Es su pasión.
–Pero eso ya es un entrenamiento.
–¿Para qué?
–Para el festival.
–Ah, sí. Aunque no será lo mismo.
–¿Tienes pánico escénico?
–No, bueno, no lo sé, no me lo planteo.
–Esto me recuerda a cuando era joven. Mi hermana y yo
trabajamos como azafatas de congresos dos o tres veces, en el
salón del automóvil o de la aeronáutica. Nuestra jefa nos decía que
enseñáramos las piernas. Cada vez que pasaba cerca de nosotras
nos levantaba la falda con un tirón rápido. Yo había visto a Gilbert
Bécaud. El cantante. Me firmó un autógrafo en un pañuelo de papel,
porque era lo único que llevaba encima. La tinta del rotulador se
corrió, el autógrafo estaba ilegible... No sé por qué te cuento todo
esto; no tiene nada que ver.
–No... Entonces, ¿quedamos en que me puedo tomar dos
semanas en julio?
–Por supuesto, Clara, tómate las dos semanas en julio para leer a
Marcel Proust. Ya nos las arreglaremos.
Ahora Lorraine aparece en la peluquería con un libro, además de
sus cafés. Se trata de Cinco conferencias sobre psicoanálisis, de
Sigmund Freud, un libro que le ha recomendado Vauzelle. Tras
intercambiar con Madame Habib las noticias habituales del día, se
instala en el taburete y se sumerge en su libro, colocándolo de
forma que todos los presentes puedan ver el título y el nombre del
autor. De modo que ahora hay dos lectoras en Cindy Coiffure, una
de Proust y la otra de Freud, lo que resulta a un tiempo muy culto y
bastante desconcertante.
Clara ha observado que Lorraine, que es una mujer coqueta, lo es
especialmente los días en que tiene cita con su psicólogo (vestido
escotado en lugar de los chinos de siempre y chaqueta vaquera de
un tono azul grisáceo, el que mejor resalta su cabello rubio) y que ya
no menciona nunca, pero nunca, la posibilidad de ahorcarse.
Es un sábado, a la hora de apertura de la peluquería. Ya hay dos
clientas esperando; hay que darse prisa. En el patio trasero, con los
ojos todavía hinchados de sueño, Patrick le advierte a Clara:
–No te asustes, ¿eh?
Se coloca el cigarrillo en la comisura de los labios y desenrolla el
cartel. Clara, al verlo, se tapa la boca con la mano.
Es un dibujo en blanco y negro hecho de tal manera que parece
que se hubiera rayado una pizarra con la uña. Una chica con rasgos
de heroína de manga y con un escote vertiginoso parece guiñar el
ojo al espectador, a menos que se trate de un fallo en el dibujo del
rostro. Abajo, a la izquierda, hay una sombra chinesca del perfil de
un hombre, probablemente Proust, que recuerda a Jack el
Destripador o a un criminal similar. Arriba, a la derecha, con una
tipografía que evoca el universo de Juego de tronos más que la obra
proustiana, se lee: «La peluquera y Proust».
No hace falta decir que, aun conociendo el estilo de Patrick, Clara
esperaba algo muy distinto. Patrick lo sabe, y añade, como si
hubiera firmado una obra maestra:
–He pensado que los que conocen a Proust irían de todas
maneras, y que a quienes hay que atraer es a los jóvenes. Por eso
he utilizado el estilo manga. He pretendido desempolvar a Proust,
borrar su parte remilgada.
–Desde luego, de remilgado no tiene nada.
–Pero ¿te gusta?
Clara se cruza de brazos.
–El título me gusta –responde, señalándolo.
–Sí, me habías dicho que pusiera otro, ya no recuerdo...
–«Lectura de extractos de En busca del tiempo perdido, de Marcel
Proust».
–Exacto, pero era demasiado largo. «La peluquera y Proust» es
mejor. Bueno, en mi opinión. Es fácil de recordar.
–Está claro.
Patrick se frota un ojo irritado por el humo del cigarrillo y dice:
–Te dará suerte, ya verás.
–Muchas gracias.
Está a punto de añadir «de verdad», pero se contiene.
–¿Qué estáis haciendo? Tenéis a todo el mundo esperando. –
Nolwenn se asoma al patio–. ¿Qué es esto? –pregunta, refiriéndose
al cartel.
Patrick, que acababa de enrollarlo, lo desenrolla de nuevo.
Nolwenn se acerca para verlo mejor. Sus ojos van rápidamente del
cartel a Patrick, para volver enseguida al cartel.
–¿Lo has hecho tú?
–Sí, ¿por qué lo dices? ¿Te mola?
Nolwenn traga saliva.
–Por supuesto, muchísimo.
HISTORIA DE RAYMONDE
(fin)
Tengo que decir que lo de Bernard y yo no ha surgido de repente.
Es un hombre que siempre me ha gustado, incluso iba detrás de mí
cuando éramos jóvenes. Lo que ocurre es que yo ya estaba con
René, me quedé embarazada, nos tuvimos que casar... Bueno, que
no pasó nada. Pero eso no significa que me lo quitara de la cabeza.
Durante todos estos años, sentía un placer desproporcionado
cuando entraba en su carnicería. Cuando más me gustaba ir era el
sábado por la mañana, porque había cola y así podía mirarlo
durante más tiempo. Cuando veía su nariz bien dibujada, sus uñas
bien cortadas, su pelo, un poco ondulado en las puntas, sentía como
un calor en el vientre. Por culpa de eso, compraba demasiada
carne. Tanta que me pregunto si no será culpa mía que en mi familia
todo el mundo sea diabético (no estoy segura de que sea muy sano
comer carne todos los días). También debo decir que Bernard es un
hombre libre. Está soltero desde que su mujer se marchó con otra
mujer, hace unos quince años. Se fueron a vivir primero a Dijon, y
luego a las islas, no sé exactamente dónde; esa también es una
historia curiosa. De modo que le pedí que pasara una noche
conmigo. Al principio lo veía como una historia para poder decirle a
René: «Tú has mojado el churro, pues yo también he pasado un
buen rato» (perdona que lo diga de esta manera, Jacqueline, pero
hablo tal como me viene). Bernard me contestó que sí (eso no me
sorprendió mucho; no conozco a ningún hombre que diga que no a
una proposición de este tipo y, además, a mis sesenta y siete años
no estoy nada mal). No, la sorpresa fue lo bien que fue todo. La
cena, para empezar, estaba riquísima. Fuimos a un restaurante en
Crissey; yo tomé pato con salsa de arándanos, y Bernard, costillar
de cordero. La verdad es que nos dimos un festín, y luego pasamos
la noche en una pensión cercana. No hicimos nada fuera de serie,
pero fue todavía mejor. Nos acostamos en la cama y empezamos a
hablar. Bernard me escuchaba mientras me acariciaba la espalda; la
ventana estaba abierta y oímos cantar a los pájaros toda la noche.
De vez en cuando me quedaba un rato dormida y me despertaban
sus besos en el cuello o en la frente. Abría los ojos, veía que me
miraba y me decía que se sentía bien. ¿Qué más se puede pedir?
Después de esto, ya no tengo ganas de regresar para decirle al otro
que puede entrar en casa. Me importa un pimiento si René vuelve,
se marcha o se casa con su china, si le apetece. No pienso más que
en Bernard, en su boca, en su piel; espero los mensajitos que me
envía a lo largo del día desde la carnicería; calculo el tiempo que
falta para nuestra próxima cita. Sí, porque tenemos previsto vernos
otra vez el sábado. Esta vez pasaremos juntos dos días, en el lago
de Settons. En realidad, por eso he venido. Traigo una foto que he
encontrado en alguna parte y me preguntaba si me podríais hacer
algo parecido. El pelo un poco más claro, recogido por detrás y que
al mismo tiempo caiga un poco sobre la cara. Creo que Patrick
podría hacérmelo, o incluso Clara.
El lugar no es un sitio concreto, o mejor dicho cambia, se
transforma. Empieza en el pasaje donde está Cindy Coiffure y
continúa en el vestíbulo de un edificio cuyos pisos desaparecen de
repente para dar paso a un cielo estrellado.
El librero que se parece a Flanders le pregunta el nombre del
barón de Charlus. «¡Palamède!», responde ella de inmediato, antes
de añadir, en un exceso de celo: «¡Lo llaman Memé!». El librero
hace un gesto de asentimiento y sigue con las preguntas:
–Ahora, algo más difícil. ¿Quién de En busca del tiempo perdido
se llama Bathilde?
–¡La abuela!
–¡Impresionante!
Sin más dilación (tal vez porque sus respuestas han sido
acertadas), Clara vuelve a encontrarse en el espacio infinito, donde
camina entre guijarros y otros residuos de estrellas plateadas. A lo
lejos se distingue una silueta, la figura de alguien tan perdido como
ella; es un hombre que se aproxima, es Proust. Sus cuerpos
encajan con suavidad y giran lentamente en el espacio sideral. En
un instante, están desnudos; Clara siente el contacto de toda la piel
del escritor, que es deliciosamente tersa, un placer indescriptible.
Con cada movimiento de sus pelvis, con cada roce de sus piernas o
presión de sus manos, se acercan al éxtasis un paso más. Y ese
avance va acompañado de una melodía que suena cada vez más
clara, aunque no es una melodía en realidad, sino tres notas como
las de una cuchara al tintinear contra unos vasos llenos de agua; es
un móvil, el móvil de Clara, que la despierta. Son las siete de la
mañana del 21 de julio, el primer día del festival.
Mientras alarga la mano para coger el móvil, e incluso una vez
desactivada la alarma, se dice que es sorprendente que nadie haya
mencionado nunca que Proust, aparte de un genio literario, era un
amante excepcional.
Primer día (miércoles)
Clara encuentra de nuevo su sitio, en la Rue des Tonneliers, delante
de la vitrina pintada de blanco de una vieja joyería. Ya estuvo allí
diez días atrás, con la responsable del festival. Pega con cinta
adhesiva su cartel sobre una señal de dirección prohibida y, debajo,
cuelga una hoja anunciando sus lecturas.
11 h: Swann se repone de Odette
15 h: El viaje en tren y la vendedora de café con leche
18 h: La Sonata de Vinteuil
Toma asiento junto al cartel, sobre un sillón de ratán, frente a tres
alfombras dispuestas en semicírculo que Anaïs la ha ayudado a
transportar en su Saxo, y espera. Espera, pero no viene nadie. «No
viene ni el tato», como diría Madame Habib. Son las once menos
veinte, menos doce, menos tres minutos, y Clara nunca se había
sentido tan sola.
Al otro lado de la calle principal, unos críos de Le Creusot bailan
breakdance y tienen, qué, cinco o seis espectadores. No es gran
cosa, pero a Clara la haría muy feliz tener a cinco o seis personas
sentadas frente a ella. Pero nada, la gente pasa por la calle, y ya
vayan solos, en pareja o en familia, sus miradas hacen siempre el
mismo recorrido. Miran el cartel, el programa y a Clara, y, cuando la
ven, ya es demasiado tarde; ya han tomado su decisión: no les
interesa. Su expresión compungida lo dice todo. «Estamos
convencidos de que lees bien, y apreciamos tu esfuerzo, pero
“Swann se repone de Odette” no puede ser, simplemente».
Encuentran encantador que esta joven apasionada lea a Proust en
el festival callejero, pero no es asunto suyo, no los emociona nada;
prefieren detenerse delante de los breakdancers porque girar así
sobre sí mismo hay que saber hacerlo, o bien se compran un helado
en el salón de té cerca de la catedral, aunque no haga un sol
espléndido, porque los helados son deliciosos, la verdad.
Son las once y cinco, y Clara no va a leer sola, en voz alta, si no
hay nadie. Sería patético. Así que, para disimular, forzando una
semisonrisa, repasa los textos que se sabe prácticamente de
memoria, por si acaso alguien la estuviera mirando. ¿Cómo ha
podido imaginar que iba a salir bien? En la vida hay que hacer cosas
normales. Ser peluquera está bien: trabajas cinco días por semana,
te dan un salario a fin de mes y al mes siguiente vuelves a empezar.
Tiene un sentido, significa algo tanto para la peluquera como para la
clienta, en tanto que instalarse en la calle esperando que la gente
venga a sentarse en unas alfombras para escuchar extractos de En
busca del tiempo perdido es algo que no guarda ninguna relación
con el mundo de hoy; no hay nada visible, nada instagrameable.
Todo lo contrario del breakdance o las dos bolas de helado de
vainilla de Madagascar, con una presentación preciosa en su tarrina.
Las once y once. No ha acudido nadie. Basta de humillación.
Clara coge su bolso; le pide al vendedor de pastelitos orientales, en
la acera de enfrente, que vigile sus cosas; y se marcha calle arriba.
En la librería, que por una increíble casualidad se encuentra a
veinte metros de donde Clara planeaba leer, ve a Flanders con el
ceño fruncido ante su ordenador. Un poco más allá, unos jóvenes
actores interpretan una obra cómica en las ventanas de un edificio,
aparecen en el primer piso o en el entresuelo por turnos para recitar
el guion. Clara se detiene a observarlos y, por primera vez en toda la
mañana, sonríe. Le sienta bien verlos porque son divertidos y
también porque, aunque actúan solo para una persona más aparte
de Clara, parecen felices. Lo que interpretan no es una obra, sino
más bien una serie de sketches bastante cortos. Al final de uno de
ellos, Clara aplaude y prosigue su camino en dirección al río.
En la Rue Saint-Georges, un chico sentado junto a una pared toca
un instrumento que Clara no había visto nunca. Es una especie de
platillo volante de metal pequeño con algunos huecos que, al
golpearlos, producen cada uno su propia nota. El chico consigue así
una melodía de reminiscencias hawaianas, delicada, bastante
cautivadora. No obstante, la gente pasa de largo. Clara se detiene,
escucha la música, observa al chico. La expresión aplicada de su
rostro; sus manos largas y precisas; y hasta los dedos de sus pies,
que asoman modosamente de las sandalias; todo tiene un efecto
calmante y sensual en ella. Recuerda lo que ha soñado esta
madrugada, su cuerpo unido al de Proust, la sensación de su piel
suave, y comprende que ha pasado demasiado tiempo sin hacer el
amor. El músico debe percatarse, porque, sin dejar de tocar, levanta
la mirada y le sonríe. Clara se escabulle, se aleja, se topa con un
arlequín montado sobre unos zancos, magnífico. Lleva un antifaz
negro decorado con plumas blancas y un traje del color de los
caramelos de Navidad. Se inclina hacia Clara cuando esta lo
adelanta y empieza a seguirla. Ella acelera el paso y él la deja ir con
una mueca de tristeza.
Cuando ya está llegando a la dársena del río, se dice a sí misma
que le gusta este ambiente un poco alocado, creativo. Sin duda,
este festival es mejor vivirlo como espectadora que como artista. Ha
debido de ser un despiste, un error de casting. Decide que llamará a
la responsable del festival para preguntarle si es posible retirarse, no
volver esta tarde. Con cero espectadores en su primera lectura,
seguro que lo comprende.
Se sienta en un banco paralelo al río Saona. Su mirada se detiene
primero en el río frente a ella y a continuación en una pareja que
llega por su derecha, un hombre y una mujer que corren juntos y
que Clara reconoce de inmediato. J. B. e Isabelle Audoin. Al instante
coge el bolso y baja la cabeza como si buscara algo dentro...
Cuando la pareja pasa por delante de ella, con sus trajes negros y
ajustados al cuerpo, Clara no puede evitar levantar un poco la vista.
Ellos siguen concentrados en sus trotes y no le prestan atención,
pero Clara observa dos cosas. La primera es que J. B. ha
engordado. Bah, solo un poco, pero lo suficiente como para que se
le note entre las caderas y los muslos. La segunda es que la chica
que lo acompaña no es Isabelle Audoin. Es una rubia con coleta y
asombrosamente delgada, salvo por los senos y los glúteos. Nada
que ver con la encantadora profesora de la escuela de viticultura de
Beaune que, sin comerlo ni beberlo, Clara ha culpado del fracaso de
su vida en pareja. En ocasiones, la vida se burla de nosotros.
Almuerza sushi reseco y, de vuelta a la Rue des Tonneliers, llama a
la responsable del festival, quien le dice que no, que no se puede
abandonar el primer día, que no sería correcto para con el comité
que la ha seleccionado, que es cierto que leer a Proust atrae a
menos gente que el breakdance, pero que precisamente eso la
distingue, hace que sobresalga del resto, que justo el otro día se lo
comentó a una amiga que trabaja como periodista independiente en
el Journal de Saône-et-Loire, que le dijo «Deberías hablar de esa
joven que lee a Proust», y que la amiga le respondió que intentaría
que publicaran algo en la edición del sábado, lo que sería ideal
porque el festival no despega de verdad hasta el fin de semana...
Hay alguien sentado en las alfombras.
Son las catorce horas y cincuenta y siete minutos. No puede ser
que alguien se haya sentado por casualidad, porque estuviera harto
de andar. No, es evidente que espera a la lectora, espera que
empiece la lectura en voz alta.
Se saludan educadamente. Clara toma asiento, se da cuenta de
que está nerviosa y recuerda la pregunta que Madame Habib le
planteó a este respecto. En cualquier caso, es su primera lectura
pública. Saca el libro y una botellita de agua del bolso, se aclara la
voz y se dirige a su único espectador:
–Voy a leer un extracto de A la sombra de las muchachas en flor.
Es un pasaje que me gusta mucho. Estamos en el tren con el
protagonista y su abuela, que van hacia Balbec, en la costa de
Normandía.
El espectador, un sexagenario menudo y bronceado que debe de
ser aficionado al ciclismo, en lugar de escuchar, le pregunta:
–¿Le gusta el actor Fabrice Luchini?
Clara no entiende el interés de semejante pregunta. A modo de
respuesta, se pone el índice delante de la boca para invitarle a
guardar silencio. Abre el libro y cierra un momento los ojos para
despejarse, para estar solo aquí, en este instante y en este lugar, y
se lanza:
–«Las salidas del sol son como un acompañamiento de los viajes
largos en tren, como los huevos duros, los diarios con fotos, los
juegos de cartas...».
Escuchar su voz de lectora le produce la sensación de
reencontrarse con una buena amiga. Siente un calor en un cuerpo,
una fuerza especial, el sentimiento de que, cuando lee a otros en
voz alta, nada malo le puede pasar. Está hecha para esto, para
hacer que los demás oigan la música de las palabras; tiene que
convencerse de eso.
–«El paisaje se tornó accidentado, abrupto, y el tren se detuvo en
una pequeña estación entre dos montañas...».
(Apareció una joven vendedora de mejillas sonrosadas y ofreció
café con leche a los pasajeros del tren. Al verla, Marcel
experimentará el gusto de la belleza y de la felicidad, hasta el punto
de imaginar el placer que le produciría vivir con ella, seguirla en sus
actividades cotidianas. Clara adora esta evocación luminosa, en la
que el lector no sabe bien si se trata de un sueño o de un recuerdo).
–«Por encima de su cuerpo voluminoso, su rostro era tan dorado
y sonrosado como si estuviera al otro lado de una vidriera
iluminada».
Dos pequeñas marcas la invitan a hacer una pausa. Clara levanta
la mirada para comprobar el efecto de la lectura en su espectador,
pero el hombre ha desaparecido. ¿Cuándo? Clara lo ignora; es
posible incluso que haya estado un par de minutos leyendo en voz
alta para nadie. Bueno, para nadie no, porque el vendedor de
pastelitos orientales está de pie en el umbral de su tienda, con los
brazos cruzados sobre el delantal que le cubre el vientre abultado.
Antes de volver al interior, saluda a Clara con un gesto del mentón, y
ella pasa un rato con el libro sobre los muslos, con los hombros
relajados, sin pensar en nada...
–¿Todo bien?
Una chica que pasaba por la calle se detiene a la altura de Clara.
–Buf.
–Pareces como...
–No tengo público. Había una persona, pero...
No tiene fuerzas para continuar.
La chica se sienta frente a ella, sobre las alfombras. Es morena,
con unos ojos bonitos de cervatillo y una barbilla pronunciada. Lleva
una camiseta sin mangas color caqui y desprende un ligero olor a
sudor.
–El primer día siempre es muy flojo. La gente no se atreve a
detenerse. Miran qué les interesa y se dicen que ya volverán.
Nosotros, por ejemplo, no actuamos hoy. Empezamos mañana.
Pero incluso mañana será flojo. Se empezará a animar el viernes.
–¿Actúas en una obra?
–Sí. En Port-Nord, con un grupo. Se llama Feliz Navidad y buen
apocalipsis. A lo mejor has visto los carteles. Más que una obra, es
un recorrido. Invitamos al público a deambular por lo que, a nuestro
entender, será el mundo posapocalíptico.
–Guau...
–Me llamo Mathilde.
–Clara.
Se estrechan la mano.
–Clara, la que lee a Proust...
–Sí, bueno, esta mañana no he leído demasiado.
–Eso cambiará –dice Mathilde.
Coge A la sombra de las muchachas en flor y lo hojea antes de
comentar:
–Proust. Nunca me he atrevido con él. Es como Dostoievski, un
tipo especial. Me impresionan, la verdad.
–No tienes por qué.
–Y no resulta un poco... ¿pesado?
–Al contrario, es ligero. Bueno, en mi opinión. A mí me hace volar.
Mathilde escoge un párrafo cualquiera y lo lee para sí antes de
leerlo en voz alta, separando bien las sílabas:
–«La pena que causa una persona amada puede ser amarga, aun
cuando se encuentre encajada en medio de preocupaciones,
quehaceres y alegrías que provienen de otras cosas, y de las que
nuestra atención se aparta de cuando en cuando para volver de
nuevo hacia la persona amada...». Es como la filosofía, de hecho.
Clara sonríe.
–¿No te parece que te hace sentir bien?
–No lo sé, tendría que pensarlo –dice sonriendo Mathilde.
Le devuelve el libro y se hace un silencio durante el cual Clara
observa la fachada del edificio de enfrente, en especial una
chimenea, en lo alto, que el sol, que acaba de aparecer entre las
nubes, tiñe de un amarillo incandescente.
–Ven. –Mathilde se ha puesto de pie y le tiende una mano–. Te
voy a sacar de aquí.
–¿Adónde vamos?
–De momento, no te digo nada.
Clara se levanta.
–A las seis tengo una lectura.
–Ya estarás de vuelta.
–Tengo que pedirle al señor de enfrente que vigile mis cosas.
Tras hacerlo, las dos jóvenes suben juntas la calle. Parecen dos
hermanas.
Clara solo había visto el Port-Nord desde lejos. Es una zona
industrial espectacular abandonada, un paisaje de ruinas metálicas,
de barracones con ventanas rotas y de charcos verdosos,
seguramente tóxicos. Las grúas y las pasarelas dibujan una suerte
de esqueletos en el cielo, y el aire hace chirriar las poleas, que
parecen emitir gemidos. En medio de esta pesadilla, un colectivo de
artistas se ha instalado en un viejo almacén. Dentro hay un piano de
«saloon», un perchero con ruedas con trajes de escena, una caja
repleta de alcachofas, una bicicleta colgada del techo y una
colección de puertas de todos los colores que deben de servir para
decorado. Pero esta tarde no hay nadie allí; la vida se concentra
fuera, en la inmensa terraza de madera que hay a la entrada. Allí,
entre el caos de las mesas y los bancos, alguien toca unos acordes
en una guitarra, y otro conversa, mientras apaga el cigarrillo en un
pequeño cenicero de acero inoxidable; en un rincón, hay otra
persona sentada a solas, abrazándose las piernas flexionadas con
expresión meditabunda y la mirada perdida en el río Saona, a pocos
metros de allí. Para Clara, el espectáculo es una revelación. Se
puede vivir así, existe esta opción, no es indispensable ir todos los
días a cortar, rizar el pelo o hacer la permanente a mujeres a las que
no vería en otras circunstancias.
–Os presento a Clara –dice Mathilde a todos en general–. Lee a
Proust en la Rue des Tonneliers.
La guitarra deja de sonar, todos vuelven la cabeza hacia ella y se
oye un «Hola, Clara». Ella los saluda con la mano, y entonces ve un
rostro que reconoce. Es el músico de esta misma mañana. Está allí,
frente a ella, como si se hubiera preparado. Está acabando de liar
un cigarrillo, con un pie desnudo sobre el banco. Luce la misma
sonrisa que en la Rue Saint-Georges. Es un hombre alto y delgado,
casi flaco.
Mathilde le pregunta a Clara qué quiere beber. Ella responde que
una cerveza antes de buscar la mirada del músico, que con un gesto
la invita a sentarse frente a él. La guitarra vuelve a sonar. El día es
precioso. El río Saona, iluminado por el sol, tiene reflejos opalinos.
Segundo día (jueves)
No ha podido dormir más de cuarenta minutos en toda la noche y,
sin embargo, no siente ningún cansancio. Lleva una hora
dirigiéndose a los paseantes que le caen simpáticos en la Rue des
Tonneliers. «Señora, ¿sabe quién es Proust?», o «Algo me dice que
le gusta Marcel Proust». Y, cuando ya no pasa nadie más, hace lo
mismo en la Rue aux Févres. «Si le digo El mundo de Swann, ¿en
qué escritor piensa?». La gente le sigue el juego; van de paseo,
están de vacaciones, y ella es joven y guapa.
Ayer tarde, en Port-Nord, Mathilde y los otros le explicaron que
tenía que ir en busca de su público. «Tienes que cogerlos por el
cuello, como hace una gata con sus gatitos». Sobre todo con su tipo
de espectáculo. Aparte de algunos incondicionales de Proust, nadie
iría por su propio pie a sentarse sobre unas alfombras para
escuchar una lectura titulada El viaje en tren y la vendedora de café
con leche. Hay que elogiar la belleza de la prosa, explicarles lo
mucho que les gustará, la satisfacción que sentirán más adelante
cuando, al oír nombres como Swann, Charlus o Guermantes, sepan
de quiénes les hablan.
Y, entre lecturas, nada de quedarse sentada contemplando las
chimeneas de enfrente o charlando con el vendedor de pastelitos
orientales. Tiene que hacer publicidad. Distribuir folletos, por
ejemplo. Reproducciones tamaño postal del cartel que ha diseñado
Patrick, para lo que deberá encargar quinientos ejemplares en Top
Office...
Clara ha hecho todas estas cosas con una facilidad extraordinaria,
con un placer evidente y contagioso. Las noches cortas son
estimulantes, y además siente un fuego interior que convierte en
cenizas cualquier temor. Está animada por la noche que ha pasado,
por las personas que ha conocido, por su creatividad. Por la lectura
que les hizo, un poco después de medianoche, a la luz vacilante de
las velas colocadas en las cuatro esquinas de la terraza, de uno de
sus pasajes preferidos de En busca del tiempo perdido. Es uno de
los episodios más divertidos y más crueles, cuando los Guermantes,
que están a punto de salir para un evento social, hacen caso omiso
de Swann, que viene a anunciarles que padece una enfermedad
mortal. «¡Si está usted tan fuerte como el Pont Neuf! ¡Nos enterrará
a todos!». Sin hablar del rato que pasó después con Paolo, el chico
guapo que tocaba el hang, bajo el techo acristalado del almacén, en
un rincón decorado como el camarote de un barco, donde las
palabras se convirtieron en caricias con las primeras luces del día.
Su campaña de publicidad ha dado algunos frutos. Ocho
personas (una multitud) asisten a su lectura de las once de la
mañana. Hay que decir que Clara apuesta fuerte, porque ha
empezado la jornada con La pequeña magdalena.
–«Pero, en el preciso instante en que aquel trago mezclado con
las migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo
extraordinario que ocurría en mi interior...».
Veinte minutos de felicidad, a cuyo término resonaron los
aplausos en la Rue des Tonneliers.
A las tres de la tarde Clara tiene un poco menos de público: cinco
personas al principio de su lectura, seis al final, lo que era previsible.
Después de comer, las calles se vacían antes de volver a llenarse y,
además, el fragmento que lee no es tan conocido como La pequeña
magdalena. Se trata de La aparición de Odette en la Avenue du
Bois.
–«Tardía, lenta y lozana, Madame Swann aparecía de repente en
la arena de la avenida, como una hermosa flor que no se abre hasta
el mediodía, desplegando un atuendo diferente cada vez y que
recuerdo sobre todo de color malva...».
Al levantar la cabeza durante su lectura, Clara observa que
alguien la está filmando con su móvil. Otro destello de dicha en este
día lleno de magia. Como cuando una transeúnte le grita: «¡Para
leer a Proust en la calle hay que tener cojones!». O Flanders, que
viene a verla para decirle que esta mañana ha vendido dos
ejemplares de Por el camino de Swann. «¡Con sus lecturas va a
impulsar las ventas de Proust!».
Y más tarde, ese regalo, esa recompensa cuando, entre las diez
personas que han acudido a escuchar la lectura de Cómo funcionan
los recuerdos a las seis de la tarde, Clara reconoce a Madame
Habib, a Nolwenn y a Patrick. Jacqueline, tan elegante como si
asistiera a una ceremonia de entrega de la Legión de Honor en el
Elíseo; Patrick, con una camiseta negra atravesada por la
inscripción I’d rather be dead; Nolwenn, que la saluda con la mano.
Clara se siente embargada por una emoción que tendrá que
mantener a raya durante su lectura.
–«La mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en
una brisa cargada de lluvia, en el olor a cerrado de un cuarto o en el
perfume de una primera llamarada, dondequiera que encontremos
esa parte de nosotros que nuestra inteligencia, al considerarla inútil,
ha desdeñado...».
Tras la lectura, los cuatro se reúnen.
–No lo he comprendido todo, pero lees muy bien, es como si lo
hubieras hecho toda la vida. (Nolwenn)
–La verdad es que eres the best. ¿Alguien quiere una birra?
(Patrick)
–¿Qué es lo que no has entendido? (Madame Habib a Nolwenn)
–Nada. Bueno, todo. Encuentro que lo dice de una forma muy
complicada. (Nolwenn)
–Al contrario, es muy sencillo. Explica que lo que nos reaviva más
los recuerdos son los detalles que hemos retenido en la memoria sin
darnos cuenta, como el olor de una habitación o del fuego de una
chimenea. (Madame Habib)
–¿A nadie le apetece una birra? (Patrick)
Se encuentran en la terraza de un café en la Rue Saint-Vincent, a
la hora en que el sol, justo enfrente de ellos, corta sus rostros en
dos. Madame Habib, más distendida gracias a un cóctel americano,
empieza a hablar de sus padres, lo que no había hecho nunca. No
sabe quién fue su padre; la criaron su madre y sus tías, y Clara
entiende entonces que su miedo al abandono no es tanto el de una
adulta como el de una niña que ha visto cómo abandonaban a su
suerte a las mujeres de su entorno. Patrick la escucha con atención
mientras da caladas a un cigarrillo que ha tardado una eternidad en
liar. Nolwenn, un poco ausente, contempla a las personas que
pasan por la callejuela antes de sorprenderlos a todos anunciando:
–Tengo que deciros una cosa. –Se hace el silencio alrededor de
las dos mesitas. Todos esperan algo dramático–. Ya tengo mi
permiso –dice ella, como si nada, como si anunciara la hora.
–¿Tu permiso... de conducir? –pregunta Patrick.
Nolwenn asiente.
–Me volví a presentar sin deciros nada, porque creía que volvería
a suspender. Pero, bueno, he aprobado.
–¡Vaya! –dice Madame Habib. Emocionada y desinhibida gracias
al cóctel, pivota sobre su silla para abrazar a su empleada–. Estoy
muy orgullosa de ti.
Clara levanta su copa en dirección a Nolwenn.
–Bravo –dice sonriendo, antes de cruzar la mirada con un chico
alto y delgado que se acerca a su mesa, se inclina y le da un beso
en el cuello.
Paolo se une a ellos con su pequeño platillo volante, sus bonitos
párpados soñolientos, sus gestos tranquilos. Paolo, quien esta
mañana la ha despertado cantándole Águas de Março mientras
recorría con el índice los contornos de su rostro. «É o pau, é a
pedra, é o fim do caminho...». Habla del calor que hace, del fin de
semana siguiente y de una chica un poco loca que, mientras él
estaba tocando, le ha susurrado al oído: «Me casaría ahora mismo
contigo». Clara lo escucha mirando a los demás. Es una tontería,
pero durante todo este tiempo, sin una razón concreta, quizá
simplemente porque hoy es un día que ha salido perfecto y no se
repetirá, de modo que mientras pasa es como si ya hubiera pasado,
tiene que esforzarse por contener las lágrimas.
Epílogo
Habrá que decírselo
La idea era que fueran directamente al hotel desde la estación, pero
Isabella ha querido ver primero la peluquería donde había trabajado
su madre. Esa historia siempre le había despertado curiosidad. De
pequeña se la contaba incluso a la gente que no le había
preguntado. «Antes, mi madre era peluquera». Ahora, en general las
personas que conocen a Clara ya saben cuál fue su primer trabajo,
y su hija, que ya no es una niña, no siente necesidad de hablar de
ello. Sin embargo, tiene muchas ganas de ver la peluquería y, en
caso de que ya no exista, el lugar donde estaba.
Es una mañana de septiembre, fresca pero luminosa. Clara, que
no tiene que ir al teatro antes del mediodía, cuenta con dos horas de
libertad, y en el fondo tiene las mismas ganas de ver la peluquería
que Isabella. Es la primera vez que vuelve a Chalon; en todo este
tiempo no ha tenido la ocasión de volver. Sus padres viven en
Morvan; su hermana, en Louhans; y su amiga Anaïs se ha mudado
a Lisboa. La representación teatral de esta tarde es lo único que la
ha hecho regresar después de tantos años.
Clara telefonea al hotel para decir que no las esperen y sube a pie
con su hija por el Boulevard de la République. Al final del bulevar
giran a la izquierda en dirección al barrio de la Citadelle. La
peluquería no estaba lejos. Isabella, acostumbrada al bullicio
parisino, reacciona como siempre que sale de París. Lo encuentra
todo encantador, acogedor; a los diez minutos ya está hablando de
venir a pasar un tiempo aquí después de los exámenes finales. A
Clara, atenta a las transformaciones del pueblo, le parece que no ha
cambiado mucho. Tal vez un poco los comercios. Hay una Fnac en
la Rue du Général-Leclerc, y parece que los vecinos de Chalon se
alimentaran solamente de tacos o de kebabs. Pero su personalidad,
la de un pueblo que resiste a los asaltos de la fealdad y la codicia,
de un combatiente que tendría mejor suerte si no estuviera tan solo,
le parece que no ha cambiado.
En la Avenue de Paris, su mirada se detiene en el cartel de un
espectáculo programado para la última edición de Chalon en la
Calle, un dibujo al estilo Reiser4 que la transporta al pasado tan
rápidamente como una cancioncita que llevara un tiempo sin oír.
Todo vuelve a su memoria, el pequeño taburete de mimbre, las
alfombras que Anaïs la ayudó a transportar, la lista de las lecturas
pegada con cinta adhesiva bajo el signo de prohibido girar, y
comprende que su hija no sabe gran cosa sobre esa época de su
vida, sobre su enamoramiento de Proust, sobre lo importante que
fue para ella la obra del escritor, sobre cómo le permitió pasar del
mundo que habitaba al del arte y los artistas, el único en realidad
capaz de convertir su vida en algo apasionante. Tendrá que
decírselo, hablarle de esos meses un poco alocados en los que
Clara tenía la impresión de correr cada vez más deprisa, de tomar
impulso y de saltar lo más lejos posible. ¿Cómo va a entender, si no,
que dedique su vida a recitar a otros los grandes textos, es decir, a
intentar cada noche que otros sientan el hechizo que sintió ella al
leer En busca del tiempo perdido?
Además, es una historia ejemplarizante. No son muchos los que
se reinventan. Generalmente, damos por buena la versión de la
realidad que nos presentan en primer lugar, no la cuestionamos por
falta de audacia, porque es más fácil y más cómodo no hacerlo. Y
así vivimos la vida imperfecta y frustrante de alguien que no se
parece a nosotros ni de lejos. Clara tiene pocas certezas, cada vez
menos en realidad, pero hay una cosa de la que está segura: no nos
damos cuenta de hasta qué punto nuestro destino está modelado
por los otros.
Al llegar a la Place de la Libération, se detienen y Clara se toma un
momento para situarse. Ve una farmacia que no existía; lo que
había allí era un café que hacía esquina y que regentaba una mujer
teñida de rubio que las visitaba cuando abrían la peluquería, y cuyo
nombre no recuerda.
–La peluquería estaba en este pasaje –dice, señalando–. En la
parte izquierda.
Isabella levanta una ceja, un gesto que ha heredado de su padre.
–Es un lugar curioso. No parece nada comercial.
–Es cierto. Era curiosa esta pequeña peluquería escondida,
cuando había otras muy a la vista en la plaza. Además, en el pasaje
estaba retranqueada, no se veía. Creo que mi jefa no tenía espíritu
comercial.
–¿Qué hace ahora?
Clara recuerda la llamada telefónica de su madre, dos o tres años
después de que ella se marchara de Chalon. Annick había leído en
el Journal de Saône-et-Loire que una mujer había muerto en la
carretera de Tournus mientras hablaba por teléfono al volante de su
Mayfair. «Madame Habib, ¿no se llamaba así tu jefa?».
Se dispone a responder a su hija, pero no tiene ocasión. Han
entrado en el pasaje, Isabella ha visto el hueco de la peluquería y se
aleja, deseosa de saber si todavía existe. Cuando se detiene, Clara
no sabe lo que está mirando.
Sigue siendo una peluquería, con la misma puerta acristalada a la
izquierda y el mismo escaparate, desde donde se ve todo el interior.
Pero el local se llama L’Hair du Temps, las paredes son de un verde
pálido, la decoración es minimalista y ya no hay mostrador. Y, por
supuesto, el personal ha cambiado. Una peluquera, solo una, sin
duda la jefa, está medio sentada detrás de un adolescente al que
está afeitando la nuca. Es una cuarentona corpulenta, con el pelo
corto. Clara cree reconocerla. Sí, es ella, es Nolwenn, con dieciséis
años más. La propia Nolwenn, al intuir una presencia en el pasaje,
vuelve la cabeza hacia su izquierda. Ve a Clara y aparta
rápidamente la mirada. No la ha reconocido. Se cala las gafas y le
dice algo al adolescente, que responde con una sonrisa. Clara se
dice que es mejor así, que hay recuerdos que es mejor no despertar,
pero entonces ve que Nolwenn vuelve de nuevo la cabeza en su
dirección, esta vez despacio. La cara de la mujer al otro lado del
cristal le suena de algo.
AGRADECIMIENTOS
Mi agradecimiento al Centre National du Livre [Centro Nacional del
Libro] y a la región de Bourgogne-Franche-Comté, que han
concedido una beca para la escritura de este libro.
Gracias también a Emmanuel Delorme, Pascaline Fornot,
Gabrielle Lécrivain, Frédéric Le Roux, Aurore Mamet, Laurent
Mauvignier, Jean-Noël Pancrazi, Quentin Piters, Maud Simonnot,
Laurence Torzo, Michaël Uras y Claude Vercey por su valiosa
ayuda.
Título original: Clara lit Proust
© Éditions Gallimard, París, 2022
© de la traducción, 2024, por Isabel de Miguel
© de esta edición, 2024, por Antonio Vallardi Editore S.u.r.l., Milán
Pág. 48: True Colors, letra y música de Tom Kelly y Billy Steinberg
© Steinberg Billy Music/Denise Barry Music/Sony Music Publishing;
Pág. 55: Tout doucement, letra y música de Jean-Paul Dréau
© Chappell Sa/Max Music SARL;
Pág. 88: Avant de partir, letra d’Yves Decary y música de Germain Gauthier
© RV International Éditions/Éditions Bloc Notes/Peermusic France;
Pág. 148: Don’t Stop Me Now, letra y música de Freddie Mercury
© Queen Music Ltd./EMI Music Publishing;
Pág. 183: Águas de Março, letra y música de Tom Jobim
© Corcovado Music Corp.
Para las citas de Marcel Proust:
Du côté de chez Swann y À l’ombre des jeunes filles en fleurs, © Éditions
Gallimard, 1987;
Le Côté de Guermantes, © Éditions Gallimard, 1988.
Primera edición en formato digital: junio de 2024
Duomo ediciones es un sello de Antonio Vallardi Editore S.u.r.l.
Pl. Urquinaona, 11, 3.º 1.ª izq. Barcelona, 08010 (España)
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Gruppo editoriale Mauri Spagnol S.p.A.
[Link]
ISBN: 978-84-19521-74-3
Código IBIC: FA
DL: B 2.602-2024
Diseño de interiores: Agustí Estruga
Composición: David Pablo
Conversión a formato digital: [Link]
Ilustración de cubierta: © Gisela Navarro
Diseño de cubierta: Elsa Suárez Girard
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright,
la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico,
telemático o electrónico –incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet– y la
distribución de ejemplares de este libro
1. Festival de los Viejos Arados, un festival musical que se celebra cada año
en Francia. (Todas la notas son de la traductora).
2. Simplemente se ha cerrado / porque tenemos sentimientos diferentes. /
Es posible que vuelvan dentro de un día, un mes, un año / a su corazón, a su
mente. (N. del T.)
3. Nunca había pensado, / mi amor, que un día / pudieras alejarte de mí. (N.
de la T.)
4. Jean-Marc Reiser fue un caricaturista que trabajó sobre todo en los años
sesenta y setenta en muchas publicaciones, entre otras Charlie Hebdo. (N. de
la T.)