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Matando Idolos 1

el ultimo ser humano fue convocado en un juego para matar iconos

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Oscar Collins
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EL ULTIMO HUMANO

El planeta que alguna vez fue la cuna de una próspera civilización ahora era un
mausoleo, una ruina humeante con los continentes quemados y los mares
envenenados. Los cielos eran de un permanente gris, con nubes envenenadas
tan grandes que cubrían los continentes. Enormes cañones encendidos, como
las brasas de un fuego moribundo señalaban las cicatrices de sus ciudades. En
órbita alrededor, enormes pilas de escombros flotaban, destacando una sobre
las demás: el único satélite natural del planeta, que había sido partido en dos
mucho tiempo atrás por una enorme explosión que diseminó su masa en pilas
de escombros que formaron un enorme anillo alrededor del planeta.

Mirando al cielo sobre un mar de azufre estaba el único superviviente de este


mundo. Fue el primero de su clase y ahora era el último de su especie.
Diseñado para comandar un ejército en nombre de sus creadores para someter
o erradicar al resto del universo, ahora no quedaba ninguno otro, solo él. De
cuerpo delgado y atlético, piel blanca y cabello rubio platino peinado hacia
atrás, dejando descubiertas sus gruesas cejas y ojos dorados con una pupila
vertical. Las orejas un poco alargadas y terminadas en punta le daban un
aspecto élfico. Lo llamaron Alkanphel, y recordó la felicidad que sintió cuando
abrió los ojos y escuchó por primera vez su nombre.

Un pequeño pico de roca sobresalía del mar a pocos metros bajo sus pies.
Finalmente se desmoronó, la última piedra de lo que fue su casa, la isla en la
que durmió por tantos siglos. Ya no quería seguir viendo el mundo, sabía que
estaba atrapado, sabía que iba a morir, y que por mucho poder que él tuviera,
no podría escapar. Las nubes sobre él se abrieron en un enorme círculo
dejando ver las estrellas. Las estrellas le habían fascinado porque le
prometieron de pequeño que un día viajaría por ellas.

Sacudió la cabeza. "Creo que soy demasiado viejo ya", pensó mirando las
estrellas. Todos sus planes, todos sus soldados, su destino; todo se perdió.
Cuando regresaron sus creadores, no pudo hacerles frente. Los creadores no
habían perdido su tiempo. Luego de abandonar el planeta, crearon un enorme
ejército con criaturas enormes que no habían pasado todas las pruebas.
Dotadas de una mente colmena y funcionando a base de instinto, estas
criaturas eran desplegadas en los mundos para borrar a los enemigos.

Una sonrisa apareció en los labios de Alkanphel. "Tus mejores armas no


pudieron derrotarnos, a nosotros que nos consideraste tus errores fuera de
control", recordando cómo, después del primer ataque, por muy fuertes que
fueran los monstruos que les mandaron y sin importar el número de oleadas,
habían resistido. Las bestias que seguramente habrían arrasado con
civilizaciones enteras fueron frenadas por un montón de experimentos
[Link] trueno lo sacó de sus pensamientos y lo devolvió a la realidad. Para
los creadores había sido una derrota, sí, pero para los humanos fue el fin de
todo. Incluso el sol había sido herido en esa última pelea contra la nave de los
creadores. En unas horas, la estrella que le dio luz y calor a su mundo, la que
había visto toda su vida como algo inamovible, explotaría, borrando a la
humanidad y la tierra del universo.
Apretó los puños con furia pensando en que sus creadores estaban a salvo
muy lejos de ahí, y se enfureció al pensar que nunca conseguiría vengarse por
lo que habían hecho. Y esa satisfacción de haber demostrado que los humanos
eran sus mejores creaciones ya no tenía sentido."Parece que se terminó el sol,
ya empezó a expandirse." Detrás de Alkanphel apareció un hombrecillo con
una enorme cabeza calva y ropa amarilla, con cinturón, botas, guantes y un
pequeño sombrero morado. Había llegado tres días atrás y desde entonces iba
y venía molestando a Alkanphel. De haber podido, lo habría matado, pero este
hombrecillo era inmune a los poderes de Alkanphel; nada lo afectaba. Harto
de él, optó por ignorarlo. "Tienes que haberte dado cuenta ya, en una hora
este mundo desaparecerá, y tú con él," la voz del hombrecillo era aguda y
rasposa, muy molesta para Alkanphel. "Esta puede que sea tu única
oportunidad para salvarte, ¿sabes?".

"No," le contestó cortantemente Alkanphel al hombrecillo. Se dio la vuelta


para mirarlo a los ojos. Los dos estaban volando a varios kilómetros sobre el
mar. "Si queda poco tiempo antes de que muera, quiero que te vayas y me
dejes en paz."

"¿Incluso si puedo salvarte?"

Le mostró una sonrisa que en su rostro lampiño y con los dientes grandes
parecía una mezcla entre un bebé y un duende.
"No hay nada para mí fuera de este mundo, ya no me queda nada."

"Ah, no, eso no es verdad y lo sabes. Te queda la venganza."

"Sería inútil, tan pronto como me vean escaparán, y además, no me queda


más tiempo."

"Incluso con esto." Sobre la mano del hombrecillo apareció flotando un


extraño disco con un cristal redondo en el centro. Alkanphel lo reconoció de
inmediato, "una unidad (G)," una pieza de tecnología de los creadores, un ser
diseñado para fusionarse a nivel celular con un huésped y amplificar su poder.

La primera idea de Alkanphel fue arrebatársela, pero si había una cosa que
aprendió de todo el fiasco de la guerra fue la paciencia. "¿Cómo conseguiste
eso?"

— Es un recuerdo. Cuando esas enormes naves de tus creadores rodearon este


planeta, conseguí esto. Te he observado; sé que estás herido, que te estás
muriendo desde hace mucho tiempo, y que esto te podría salvar.
Alkanphel miró la unidad con una mal disimulada expresión de desesperación.
Había perdido la oportunidad de conseguir una unidad cuando, hace años, las
tres que estaban en la Tierra fueron tomadas en medio de una conspiración
que lo obligó a destruir a los humanos que activaron esas unidades,
convirtiéndolos en Guyvers. De haber conseguido una, la guerra habría
terminado de manera muy diferente.

— Escucha mi oferta y luego decide, ¿te parece? — La unidad desapareció


frente a los ojos de Alkanphel. Aún no entendía quién era ese hombrecillo ni
qué clase de poder tenía. — Verás, yo tengo un par de amigos que están
obsesionados con unos seres pequeños. Vienen, van, juegan con ellos un rato y
luego regresan a repetir el mismo círculo. Quiero que mates a estos dos seres
por mí. Puede que haciendo esto, ellos dejen esa actitud.

— Te estás confundiendo; yo no soy tu perro, y ya no sigo órdenes de nadie.

El hombrecillo asintió con la mano en el mentón. — Hace mucho que eres rey
de este pequeño mundo, pero me estarías haciendo un favor. Yo te sacaré de
aquí y te daré la unidad (G). A cambio, tú matarás a dos tipos, y cuando
termines, te mandaré al hogar de tus creadores.
La idea era tentadora, pero Alkanphel no estaba feliz con obedecer a este ser
extraño. Además, había algo extraño. — ¿Si tienes tanto poder, por qué no los
matas tú mismo? — le preguntó confundido.

— Porque no habría demostrado mi punto ante ellos. Necesito a alguien que


pueda matarlos, y ese serás tú. — Lo señaló con un dedo. — Porque sé que tú
no quieres morir aquí, y sé que quieres vengarte. Mereces revancha por lo que
te hicieron. No solo el dolor o la extinción de tu gente, sino la humillación
cuando te abandonaron aquí. Esta es tu única oportunidad para lograrlo.

Alkanphel respiró hondo para calmarse, un gesto inútil porque ya había


tomado una decisión. — ¿Me sacas de aquí y me das esa unidad (G), y cuando
termine, me dejarás con los creadores, y nunca más me molestarás, ¿verdad?

— Ese es el plan.

— Entonces, acepto.
Y con esas palabras sellaron el trato. El hombrecillo le dio la unidad a
Alkanphel, que al presionar el cristal del centro se abrió como si fuera una red
de carne cubriendo el cuerpo de Alkanphel. Al principio, parecía que estaba
cubierto de barro marrón; después, un par de ojos de color rojo sobresalieron
de la cabeza, muy parecidos a los de los insectos. El cristal redondo se colocó
en la frente, y poco a poco la silueta de su cuerpo se reforzó cuando la unidad
creó una armadura alrededor del cuerpo de Alkanphel. Similar a las corazas de
los insectos, tenía un color dorado quitinoso, y las partes de las articulaciones
estaban cubiertas por un órgano parecido a un gusano segmentado de color
negro.

Un cuerno que se curvó hacia atrás sobresalió de la cabeza sobre el cristal


redondo, y los dedos de los pies estaban cubiertos por dos piezas, con los
cuatro dedos pequeños en una y el pulgar en otra. De los codos sobresalían
pequeñas y planas vigas como navajas. En la cabeza, a los costados, había dos
esferas plateadas, y en la escafandra que cubría la boca, un par de esferas más
pequeñas junto a dos esclusas que soltaron un chorro de gas cuando el cristal
de la frente empezó a brillar. La escafandra estaba conectada a un pequeño
órgano en el pecho mediante dos mangueras.

— Justo a tiempo — dijo el hombrecillo cuando una ola de luz desgarró el


cielo. Alkanphel vio cómo la tierra explotó; apenas un instante después,
estaban en el techo de un edificio. — Bienvenido a Star City. No te daré un
límite de tiempo, ni te pediré que seas eficiente ni nada de eso. Me conformo
con que mates a los dos tipos que te pedí.
Mirando la ciudad, notó algo increíble. — ¿Humanos? — se preguntó. No era
posible, la tierra ya no existía. ¿Dónde estaba? Y ¿por qué había humanos?
Eran las únicas cosas en que podía pensar. Miró al cielo azul con apenas unas
pocas nubes; el sol brillaba cálido y agradable. No había visto algo así en
muchos años.

— Te lo simplificaré. Esta es una realidad en el marco de las posibilidades


derivativas en el sentido de la expansión cósmica — al ver que Alkanphel no
podía entender lo que le decía, el hombrecillo se detuvo y bajó los brazos que
había levantado como si estuviera pidiéndole a una multitud que calmara sus
aplausos. Luego continuó con su explicación —. Bien, mira, este es otro
planeta Tierra. Tiene una historia similar a la tuya, excepto que aquí nunca
hubo creadores. Los humanos aquí no son como tú. De hecho, este universo
está muy lejos de la norma si lo comparas con el tuyo. Hay seres alienígenas
que han venido a la Tierra y ahora viven aquí.— Claro, claro, pero si es así, ¿qué
tan diferente es este lugar de mi tierra? — Alkanphel desacopló la armadura
Guyver, que se separó en piezas flotando hasta reunirse a su espalda y luego
comenzó a ondular y desaparecer en el aire, dejándolo desnudo.

— Bastante, y al mismo tiempo, hay cosas similares. Aunque te seré honesto,


te traje desde muy lejos para matar a esos dos porque eres algo que ellos
nunca han visto. Se han enfrentado a dioses, ejércitos y han protegido este
mundo muchas, muchas veces. — Alkanphel escuchó la explicación del
hombrecillo y frunció el ceño al escuchar que habían hecho tantas cosas —. La
verdad es que no sé si puedas matarlos fácilmente. Por eso te di la unidad (G),
para que tengas mejores oportunidades. Uno de ellos en especial es más
fuerte que tú, pero sé que podrás porque tienes algo que ellos no. Tu
existencia misma fue diseñada para matar; ellos no se atreven a matar a
menos que sea absolutamente necesario.

— Claro, claro, pero ¿a quién quieres que mate? Aún no me lo has dicho —
Alkanphel no tenía interés en cuán fuertes fueran estos dos seres. Dudar en
matar sería absurdo. Primero los vería un tiempo, después de ver cuán fuertes
eran, los mataría.

— Nombres: Batman y Superman — fue la única respuesta que dio antes de


desaparecer en el aire. Alkanphel se quedó solo en el techo del edificio,
mirando hacia abajo. Los nombres eran ridículos: Hombre Murciélago y
Superhombre.

Algo en la calle le llamó la atención: una procesión de autos negros se dirigía a


un enorme edificio en el centro de la ciudad. Nueve limusinas negras
escoltadas por autos de la policía. Algunas calles estaban bloqueadas para
dejar el paso. Alkanphel estaba curioso. Por primera vez desde que fue
abandonado por sus creadores, tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo
que quisiera. Así que decidió seguir los autos.
Salió volando del edificio para ver mejor qué estaba pasando. Antes, en su
mundo, nunca tuvo mucho interés en lo que hacía la gente fuera de su círculo
de confianza. Pasaba sus días en su isla o en las distintas bases militares
revisando las tropas. De vez en cuando veía alguna cosa que hacían en la
sociedad: la invención de la música, la pintura y la ropa fueron cosas que su
gente ya hacía antes de que él naciera, pero con el tiempo llegaron a
perfeccionar el arte.

Recordó cómo la gente lo sorprendía en el pasado: un lugar antiguo al que


solo fue una vez, una enorme ciudad hace ya 50 mil años. Todos vestían con
telas que ellos mismos confeccionaban. Pasaron de vivir en campamentos
alrededor de fogatas y usar pieles de animales para vestirse a construir
enormes edificios y tener ropa hecha a medida. "Una lástima que nada parecía
durar mucho", pensó al recordar cómo apenas 3 siglos después, el lugar ya no
existía.

En su vida, vio enormes imperios alzarse y caer, grandes reyes reunir ejércitos
para expandir sus dominios, para apenas medio siglo después, esos territorios
fueran tomados por alguien más. Cada siglo o algo así, salía de la isla por un
par de meses para ver el mundo, y siempre se maravillaba. Fueron construidos
como armas, pero de alguna forma, la gente lograba enfocar su mente y sus
talentos para construir más que solo destruir, y conforme pasaba el tiempo, los
cambios se hacían más y más rápidos.
Por lo menos, para él era así. Después de que los creadores lo dejaran herido y
abandonado, casi muere incontables veces. Tuvo que adaptar restos de la
tecnología de los creadores para irse a dormir y recargar su cuerpo. Por
desgracia, esto solo le permitía estar activo un año por cada década que
estuviera durmiendo en la isla. Nunca llegó a conocer a nadie fuera de
aquellos humanos notables que a través de los siglos habían nacido con un
potencial superior al [Link] gente común, nunca. Hubo algunas ocasiones
en que veía a la gente pasear, familias, amigos, amantes, incluso enemigos.
Las vidas de esta gente eran infinitamente pequeñas, infinitamente frágiles
comparadas con él, y al mismo tiempo, eran infinitamente más libres de lo que
él nunca fue. El ruido de la multitud le llegó hasta arriba, donde estaba
volando: gritos, vítores, amenazas. Había tanta gente que apoyaba a los
hombres en los autos como quienes estaban en su contra.

Eso siempre fue así. No importa cuánto trabajes, cuánto bien o mal hagas, no
importa si quieres ayudar o maldecir al pueblo, el pueblo siempre estará
dividido: algunos te apoyan, otros te odian, o no les importas. Y eso parecía
una constante. Poco a poco fue reconociendo las palabras; el idioma era
inglés, o más bien una de sus ramas degradadas y simplificadas. Entender lo
que estaban diciendo era necesario para encontrar a esos dos tipos y
[Link] limusinas dieron un rodeo en una glorieta para estacionarse
frente a un hotel.

De estas primero salieron varios hombres con traje negro, lentes oscuros, la
seguridad de los hombres dentro de las limusinas. En uno de los edificios
frente al hotel había un hombre con un traje rojo y máscara blanca con una
mira de aumento en el ojo derecho, sostenía un enorme rifle de francotirador
apuntando a la entrada del hotel. Había llegado una semana antes buscando
el lugar perfecto para instalarse, vivía bajo la norma de la ubicación, paciencia
y prevención.

El dedo se tensó frente al gatillo cuando vio a su objetivo bajar de la limusina.


Un hombre calvo, bajo y regordete con un traje blanco y chaleco negro,
dignatario de Bialya, estaba en medio del grupo de guardias. Deadshot esperó
a que estuviera subiendo las escaleras de la entrada del hotel para jalar del
gatillo. Hubo una detonación cuando la bala, convertida en un punto de luz
naranja, salió disparada estrellándose contra la puerta del hotel.

Un muchacho con un traje amarillo y rojo había movido al dignatario de


Bialya, haciendo fallar a Deadshot. De pronto, como si estuviera todo planeado
desde el inicio, un grupo de hombres armados en motocicletas salió a la calle
disparando contra la entrada. El mismo chico que salvó al dignatario lo sacó
de la escena cuando un grupo de chicos vestidos con trajes de colores, capas
cortas y antifaces saltaban de las ventanas del hotel arrojando bumerangs y
disparando flechas a los hombres en las motocicletas.Rápido como una bala,
uno de los chicos vestido de negro y rojo golpeó una de las motocicletas,
haciendo caer al piloto mientras la motocicleta derrapaba por la calle. Las
balas lo golpeaban, pero el chico se quedó inmóvil con los brazos en la cintura,
casi como si estuviera posando, recibiendo la ráfaga de balas.
Entre golpe y golpe, los chicos estaban soltando frases que Alkanphel solo
pudo describir como balbuceos infantiles, fuera de lugar en una pelea. Se
daban ánimos, gritaban sus nombres entre ellos mientras seguían peleando
contra hombres armados usando bumerangs y bastones. Los hombres, por su
parte, no dejaban de atacar, aunque era evidente que ya no podían
[Link] expandió su conciencia y sentidos para examinar el área y
descubrió que alguien estaba corriendo dentro del edificio frente al hotel. Casi
había llegado a un auto en la parte trasera cuando el chico con super
velocidad lo golpeó, y por alguna razón, empezó a hablar con él,
preguntándole si iba alguna parte además de la prisión.

La pelea se terminó en pocos minutos, dejando a Alkanphel muy confundido


de lo que había pasado. Abajo, en la calle, en medio de los vehículos
destruidos y humeantes, frente a los muros con agujeros de balas y los ocho
cadáveres de guardaespaldas tirados en la calle, la gente vitoreaba a los chicos
con los trajes coloridos. Alkanphel quería acercarse más para entender qué
pasaba, pero de hacerlo llamaría mucho la atención, así que decidió entrar al
hotel por una ventana y robar algo de ropa.

El resultado de la pelea fue que 14 personas resultaron heridas de gravedad y


hospitalizadas durante casi un mes por heridas de bala o quemaduras graves.
Además, más de 20 personas sufrieron daños leves, que incluían cortes con
cristales, y hubo más de 8 muertos, entre los que se contaban algunos de los
guardaespaldas, algunos peatones y un botones que estaba preparado para
abrirle la puerta al dignatario de Bialya.
Alkanphel bajó a la calle más tarde usando lo mejor que pudo encontrar: unos
pantalones de mezclilla, zapatos deportivos y una chaqueta deportiva con
capucha. En la entrada del hotel, había un joven muerto con un agujero
sangrante en el estómago. En las escaleras del hotel y en la calle, había unos
cadáveres de hombres en traje negro caminando por la calle. Al ver cómo todo
había terminado y la gente se estaba despejando, se acercó a una persona que
estaba cerca del lugar para preguntar qué había pasado, y lo que escuchó lo
confundió aún más.

Parecía un intento de asesinato que fue detenido por un grupo de chicos a los
que llamaron "titantes". Alkanphel supuso que se referían a los chicos de
antes. Dos semanas después, se enteró de que el hombre que disparó al
dignatario escapó de prisión caminando, mientras los demás presos lo
vitoreaban por haberle quitado las armas a los guardias y usarlas para acabar
con toda resistencia.

El próximo mes fue una locura para Alkanphel. Desde la vida diaria de los
pseudo-humanos de este mundo, gente con poderes parecían aparecer casi
cada tres días, alienígenas llegaban a la tierra todos los días e incluso había
personas que afirmaban tener poderes mágicos.

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