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MolinaresHassan 2014 Bonita TedioYOtrosCuentos

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Bonita
Campo Elías, por tus burlas.
Alex, algo de humor para recordar tu vida.

S iempre me preocupé por el día de mi muerte, de manera concreta


mi preocupación fue la forma en que iba a lucir mi cabello den-
tro del ataúd. El cabello rizado exige siempre un manejo diferente,
algunas veces se puede cepillar y luce bien, pero en otras ocasiones se
levanta y los risos se desdibujan.
Recuerdo que el día del matrimonio de mi hermana menor, por
insistencia de mi madre, que después de veintiocho años de verme con
el cabello rizado no perdía la esperanza de que lo alisara para lucir
según ella “mejor”, fui a un salón de belleza y me estiraron el cabello
con un secador que transformó mis rizos desordenados y libres en un
cabello ordenado y rígido. Obvio, cuando llegué a la fiesta nadie me
reconoció.
Por eso nunca me ha gustado que nadie me peine, porque solo
yo conozco los secretos de mi cabello y sé cómo tratarlo; viví angus-
tiada pensando que el día de mi muerte el preparador de mi cadáver
podía dañar la imagen de mujer bonita que mis amigos tenían de mí y
de nada habrían servido todos los cuidados que tuve en vida para lucir
Copyright 2014. Universidad del Norte.

un cabello abundante, brillante y con rizos naturales.

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AN: 1531659 ; Molinares Hassan, Viridiana, Gaviria, Clara.; Tedio y otros cuentos
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Tedio y otros cuentos

Porque el día de la muerte el rostro es lo más importante, es lo


único que se ve dentro del ataúd, los labios y las mejillas nunca me
preocuparon, pensaba que con un poco de pintalabios rojo los labios
se verían jugosos aunque su humedad no pueda deleitar, y con algo
de rubor mi rostro tendría algo de luz. Aunque Katy me decía que las
cejas también eran importantes porque enmarcan los ojos cerrados por
la eternidad, por eso su preocupación era quién la iba a maquillar. Para
Alexandra todo esto era una tontería, las cejas y el cabello no eran nada
relevante, lo de ella era el miedo al frío en los pies. Alex me dijo clara-
mente que el día de su muerte teníamos que ponerle medias de golf, de
las cortas para que no le apretaran y no le dejaran marcas, así evitaría
que el frio le invadiera el cuerpo; y ni qué decir de Ana María, ella
fue un poco más exigente, su preocupación era quedarse sola, sentía
pánico al imaginar que después de las diez de la noche todos los ami-
gos se fueran de la funeraria y ella tuviera que estar sola en ese lugar
desconocido. Vicky decía que tenían que vestirla con una pinta show,
siempre le angustió que la vistieran mal, fuera de tono, con ropa que
no reflejara su personalidad. Silvana explicó, categóricamente, que le
tenían que poner unos pantys ajustados, porque a ella le daba miedo
que después de muerta le caminaran hormigas entre las piernas.
De otra parte el velorio y el entierro, para mí, siempre fueron
poco excitantes aunque mi abuela me contara que en su pueblo los
velorios eran desgarradores. Los hombres se quedaban tomando aguar-
diente en el patio de la casa del difunto; no lloraban, porque en los
pueblos los hombres no lloran, son de ese tipo que tienen en el cuerpo
la marca del trabajo duro, los ojos grandes, claros y sinceros. La abuela

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Bonita

decía que las mujeres llegaban vestidas de negro con hermosas manti-
llas españolas que salían del escaparate solo para la misa del domingo
y de los muertos; los familiares del muerto se abrazaban a los ataúdes
implorando a Dios morir con el muerto para no vivir con la ausencia
dolorosa que es la muerte. El ataúd se ubicaba en el centro de la casa,
frente a una especie de altar improvisado que permanecía así durante
un mes, y al cadáver, si era de un niño le ponían dos pequeños palillos
para sostenerle los parpados inertes con la intención de que mantu-
viera los ojos abiertos como un último anhelo de un resucitamiento
milagroso o, para que el niño no se quedara en el limbo y con los ojos
abiertos pudiera encontrar el camino al cielo.
Pero en la ciudad yo siempre vi las cosas diferentes: los velorios
no se hacían en las casas sino en funerarias; las mujeres usaban lentes
oscuros para evitar mostrar el dolor; a los hombres los vi siempre con
las manos en los bolsillos pagando no sé qué extrañas cosas; si había
niños, siempre vestían uniformes de colegios. De gritos y llantos nada
recuerdo; pero tanto en el pueblo como en la ciudad una cosa sí era
igual: una fila de gente desfilaba frente al ataúd, se detenían a ver el
rostro del muerto para grabarlo en el recuerdo, por eso mi constante
preocupación por el cabello.
El cabello, las cejas, el frío, la soledad, toda la vida pensando en la
preparación para mi entierro, queriendo evitarlo pero a la vez vigilando
los detalles y todo para nada, de una forma extraña mi vecina ha encon-
trado mi cadáver recostado sobre la cama y, ante la falta de padre y ma-
dre, y con unos hijos ausentes ha decidido no hacer velorio y cremarme.

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Sin título, collage, 7,5 x 10,5 x 3,5 cm, 2009.

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Cosas que no se dicen: Cristina encontró un beso empapelado y recordó
a Jessica, una amiga que perdió el amor mientras se bañaba. Jessica
siempre pensó que se había enjabonado tanto que el amor se le cayó
por el desagüe de la ducha y no se dio cuenta; a pesar de que le había
adaptado un colador para evitar taparlo con los abundantes cabellos
que empezaron a caérsele desde que se enamoró como dice Ángela se
enamoran las mujeres inteligentes: ¡como idiotas!

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