Se trata del punto de partida para erradicar el conocimiento etno-y sociocéntrico.
Una de ellas
es escindir las acciones de las nociones que esgrimen los actores sobre ellas, sustituyéndolas
por las nociones del investigador. Esta escisión se produce sutilmente al determinar -explícita o
implícitamente- qué prácticas y qué nociones son racionales y cuáles irracionales, por ejemplo, a
través de la selección de prácticas relevantes para la observación y la explicación. Así mutila,
según sus prioridades de exotista o racionalista, el hecho social que inicialmente incluía a
ambas.
En un ejemplo más clásico de la antropología citado por Holy y Stuchlik , el investigador
registra cómo un pueblo suele adoptar la práctica de dejar en barbecho la tierra y la de rotación
de cultivos para incrementar la fertilidad, pero olvida anotar los rituales mágicos para la lluvia
que esos agricultores practican puntualmente en ciertas fechas. Sus acciones son lo que son
porque la gente tiene reglas específicas para ellas y razones específicas para ejecutarlas.
Evaluarlas como falsas, por ejemplo, y reemplazarlas con explicaciones que consideramos
verdaderas significa, en términos prácticos, negar su relación con las acciones observadas. En
ambos casos se mutila la totalidad del hecho social, lo cual conduce, inexorablemente, a
conclusiones parciales y, sobre todo, esquemáticas y caricaturescas, esto es, ofensivas.
Distintas posturas teóricas se han suministrado variadas respuestas a la naturaleza de la
relación entre lo informal y lo formal, relación que suele caracterizarse como estructurada, no
caótica, a la que hay que desentrañar y explicar. La relación a veces discordante entre lo formal
y lo no formal es una de las fuentes más comunes de desconcierto para el investigador. Es en
este punto inesperado, sin referencias teóricas ni coincidencias con la cultura del investigador,
donde se producen los quiebres con lo familiar y lo conocido. Es en el campo donde esa
perplejidad puede y debe ser alimentada, instalando el proceso cognitivo en las contradicciones,
las rupturas y las interrupciones en la comunicación.
El investigador habría podido apartar su atención de los datos que no encajan, tratando de
forzarlos, o bien suponer que no ha mirado bien y revisar los procedimientos técnicos. Ello lo
conduce a concientizar y explicitar el cúmulo de ideas, decisiones y comportamientos que
asume en este proceso, sometiéndolos «al análisis en los mismos términos en que los demás
participantes» . La elaboración teórica tiene sentido si se contrasta y reformula desde las
categorías de los actores y los avatares del trabajo empírico. La construcción final de una
explicación de lo social deja de ser sociocéntrica si se han atravesado uno o varios momentos de
deconstrucción de la lógica original para «construir sobre la reconstrucción de momentos
condensados, selectos y significativos experimentados en campo» .
En suma, si se ha procedido a una constante puesta en relación entre lo universal y lo singular.
Para acceder a la perspectiva del actor y construirla para relevar aspectos informales o no
documentados y establecer contradicciones y relaciones entre verbalizaciones y prácticas, para
evidenciar la articulación entre los distintos aspectos de la vida social, para ampliar y descentrar
la mirada sobre los sujetos, la presencia directa en el campo es condición necesaria pero no
suficiente. A ello se añade, ahora, la elaboración teórica y del sentido común que, desde el
principio al final, permite apropiarse de la información, transformarla en dato y organizaría en
una explicación. Concebimos el conocimiento reflexivamente, lo cual significa incorporar al
investigador al campo de análisis y poner en cuestión su mundo académico, cultural y social,
que es su condicionamiento, a la vez que su posibilidad de conceptualizar la objetividad social.
El trabajo de campo como instancia reflexiva del conocimiento
Como vimos, el trabajo de campo antropológico se fue definiendo como la presencia directa,
generalmente individual y prolongada, del investigador en el lugar donde se encuentran los
actores/miembros de la unidad sociocultural que desea estudiar. Algunas de estas
características son compartidas por otras ciencias sociales y profesiones, e incluso pueden no
ser una norma dentro del campo antropológico. Sin embargo, para el antropólogo, el trabajo de
campo tiene cierta originalidad que la definición citada no alcanza a expresar y que reside en la
concepción antropológica de «campo» y en la relación entre los informantes y el investigador.
¿Qué es el «campo»?
El campo de una investigación es su referente empírico, 1 la porción de lo real que se desea
conocer, el mundo natural y social en el cual se desenvuelven los grupos humanos que lo
construyen. Se compone, en principio, de todo aquello con lo que se relaciona el investigador,
pues el campo es una cierta conjunción entre un ámbito físico, actores y actividades. Es un
recorte de lo real que «queda circunscrito por el horizonte de las interacciones cotidianas,
personales y posibles entre el investigador y los informantes». Pero este recorte no está dado,
sino que es construido activamente en la relación entre el investigador y los informantes.
Distintos medios técnicos permiten su conocimiento, pero ambos componen por igual el mundo
singular sobre el cual trabaja el investigador . Lo real comprende hechos pasados y presentes, a
los que pueden referirse representaciones y nociones. Utilizaremos «campo» y «referente
empírico» indistintamente. Lo real abarca asimismo -aun cuando entren en contradicción
prácticas, valores y normas formales- lo que la gente hace, lo que dice que hace y lo que se
supone que debe hacer.
Tanto la norma escrita como su puesta en práctica, incluso desde el distanciamiento o la
transgresión directa, son parte de lo real y, por lo tanto, son abordados en la investigación de
campo. La articulación de actores y actividades es la que torna significativas las verbalizaciones
y las prácticas. Ahora bien, al considerar que el mundo social es un mundo preinterpretado por
los actores, el investigador necesita desentrañar los sentidos y relaciones que construyen la
objetividad social. A ello accede en el trabajo de campo.
Este acceso no es neutro ni contemplativo, pues el campo no provee datos sino información
que solemos llamar, algo equívocamente, «datos». Cuando se dice que se «recolectan datos», se
está diciendo que se releva información sobre hechos que recién en el proceso de recolección se
transforman en datos. Esto quiere decir que los datos son ya una elaboración del investigador
sobre lo real. Los datos son la transformación de esa información en material significativo para
la investigación.
Esta aclaración merece tenerse en cuenta tanto cuando se reflexiona sobre las técnicas de
campo, como cuando el investigador elabora sus procedimientos e indaga en sus registros,
inventando mejores vías de acceso a la información. La diferencia entre información y dato es
crucial para entender que las técnicas no aseguran la recolección de hechos en su estado puro.
Trabajo de campo y reflexividad
Los datos no provienen exclusivamente de los hechos ni los replican, porque después de la
intervención del investigador pasan a integrar sus intereses y a encuadrarse en su problema de
investigación. La tensión entre el bagaje del investigador y la originalidad del campo recorre,
como en otras ciencias, la totalidad de esta disciplina, pero tiene en ella aspectos distintivos,
particularmente en el trabajo de campo. En la resolución de esta tensión, el trabajo de campo
antropológico y las técnicas empleadas adquieren un carácter particular. El investigador
interpreta el referente empírico a partir de prácticas o actividades concretas y de categorías que
algunos han definido como «folk» .
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