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Admiración: Origen del Filosofar

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Gabriela Inés Pagani Cordón

9572 – 24 - 585
LA ADMIRACION Y EL ENCUENTRO CON LA VERDAD

EL ORIGEN DEL FILOSOFAR: LA ADMIRACIÓN


El saber filosófico es un saber eminente porque es un saber de causas últimas, a las que se
accede por la luz natural de la razón. Pero, ¿cómo se puede acceder a ese saber? Además, si
un individuo jamás ha ejercido la filosofía, si no la conoce, ¿cómo la podrá amar?
La filosofía es amor, búsqueda del saber, y que éste es algo que normalmente todos
deseamos poseer. De acuerdo con esto, todos los seres humanos, somos en cierto modo
filósofos. Sin embargo, aunque tengamos esa posibilidad no siempre realizamos la
actividad filosófica.
¿Cómo se inicia el saber filosófico?, ¿cuál es su punto de arranque o su origen?
Muchos de los grandes filósofos están de acuerdo en que el comienzo de la filosofía es la
admiración. Todos ellos empezaron a hacer filosofía admirándose. Pero, ¿qué es la
admiración? Se puede decir, en primer lugar, que en cierta manera la admiración es una
especie de deshabituación, un salir de lo acostumbrado.

A. LA DESHABITUACIÓN

De ordinario nos acostumbramos a ver la realidad como la vemos. Llegamos a este mundo
prematuramente, después de los nueve meses de estar en el vientre materno; y cuando
venimos a esta realidad no somos ni siquiera conscientes de ello. De pequeños, se nos
presenta el mundo progresivamente, gracias a nuestros padres y posteriormente a nuestros
maestros, que son quienes "muestran" al recién llegado esta gran casa que es el universo,
las personas, etc.; y nos vamos acostumbrando, por ejemplo, a que aquella planta crece, a
que aquel animal se comporta así, a que las personas hablan y hacen cosas. Evidentemente
un niño pregunta, y a veces hasta el cansancio; pero se contenta pronto con las respuestas
que recibe, porque su inteligencia aún no se ha desarrollado lo suficiente.
Pero, imaginémonos que venimos a este mundo, siendo mayores, como si de pronto
despertáramos a una realidad extraña, y al abrir los ojos, veríamos algo a lo que no estamos
habituados. La primera pregunta que seguramente afloraría a nuestros labios sería: ¿dónde
estoy?, ¿qué es todo esto? A veces, hay acontecimientos en nuestra vida que nos interpelan
de modo radical, como, por ejemplo, la muerte de un ser querido. Quizá sea entonces
cuando el sujeto intente comprender la realidad de un modo más profundo y más propio.

B. EL ARTE DE SABER PREGUNTAR

La admiración requiere una cierta deshabituación. Cuando uno se sale de los conocimientos
habituales es porque éstos no le bastan para contestar sus interrogantes. Por ello, la
deshabituación de la admiración requiere una actitud de serena insatisfacción. Según esto el
filósofo es un insatisfecho, pero no en el sentido de desasosiego, sino de tener una gran
capacidad de pregunta.
Es posible conformarnos con las respuestas elementales. Inclusive al filósofo se le plantea
el ¿para qué más? Él podría responder: ¿Y por qué menos? Según Aristóteles, es indigno
del ser humano no acceder a un conocimiento del que es capaz. Uno no puede
instalarse en los conocimientos obtenidos. El verdadero filósofo no se instala jamás.
La inquietud por la verdad ha prendido una vez en su interior y una vez que se ha gustado
de la verdad no se la puede dejar ya más.
Se suelen distinguir dos momentos en la admiración: uno que es el acto inicial de
sorprenderse, acompañado ordinariamente de una cierta conmoción sensible. Se trata de
una situación en que se advierte que a uno le falta la comprensión de algo que nos admira y
que no sabemos explicarnos. Nos damos cuenta que estamos frente a una realidad de la que
no sabemos dar razón, de la que no podemos respondernos. Es un pugnar por penetrar la
realidad y ver que no se nos entrega.
Muchas de estas preguntas se han hecho famosas a través del tiempo, por ejemplo: ¿Por qué
el ser y no más bien la nada?, ¿Por qué el cambio, el movimiento en la realidad?, ¿Por qué
la multiplicidad y variabilidad de las cosas?, ¿Por qué el dinamismo intrínseco de un ser
viviente?, ¿Por qué el ser humano no puede dejar de aspirar siempre a la felicidad?, ¿Por
qué los amigos terminan siempre pareciéndose?, ¿Por qué el advenimiento de la muerte?,
etc. Una característica de todas esas grandes preguntas es que se refieren a lo que estamos
tranquilamente acostumbrados, a lo que damos por hecho, a lo que tomamos como
evidencias, y de lo cual casi nadie se pregunta.
De acuerdo con esto ya tenemos una pista para saber preguntar y es precisamente
preguntarnos sobre lo obvio, sobre lo que transcurre nuestra vida y casi nadie se pregunta.

Otro elemento que nos ha legado la tradición socrática es el ejercicio de una sana ironía.
Como se sabe, Sócrates y sus discípulos ejercían el arte de la pregunta en la ciudad,
entrevistando a quienes se consideraban entendidos en su oficio, y cuestionándoles
precisamente lo que ellos creían que sabían. Por ejemplo, si acudían a visitar a los
artesanos, les preguntaban por su actividad. Es probable que el artesano respondiera de
acuerdo al cómo de su arte, pero no supiera responder al qué es.
Igualmente sucedía con los poetas, al preguntarles ¿qué es la poesía? ellos podrían
responder vagamente, o haciendo unos versos, pero en realidad no sabían decir qué era la
poesía en cuanto tal. De la misma manera sucedía cuando preguntaban a los políticos sobre
¿qué era la política? y ellos contestaban exponiendo sus planteamientos políticos, pero no la
esencia de la política: ¿qué es dirigir?, ¿qué es mandar?, ¿qué es la ley?, etc.
Evidentemente, este ejercicio es bastante delicado porque no todos buscan la verdad en lo
que hacen, sino que pueden tener otros fines, y al hacerles ver la verdad pueden rechazarla,
por razones de orgullo, amor propio, o también como malicia. De ahí que el amor a la
verdad, o por lo menos el respeto hacia ella es una condición necesaria para el ejercicio
filosófico.

C. LA DOCTA IGNORANCIA.

Según la tradición socrática, si se vive bien el momento de la deshabituación o el de la sana


ironía se da lugar a la llamada docta ignorancia, que es tal porque todavía no ha alcanzado
la verdad y es docta porque sabe que ignora, y por tanto ya sabe algo.
En cambio, el verdaderamente ignorante es aquel que no sabe que lo es. La docta
ignorancia es un saber que no se sabe y se expresa con la conocida máxima:
"Sólo sé que no sé nada".

Sin esa conciencia de que no se sabe, o de que se sabe muy poco, es imposible el filosofar.
No hay nadie que dé un paso adelante y se ponga en movimiento en pos de algo que cree
que ya posee de modo completo. Por ello, si alguien piensa que ya sabe cómo son las cosas,
no se dispondrá a su búsqueda, ¿para qué va a tratar de conocer las cosas, si ya sabe cómo
son? Por esa razón a la verdad hay que acercarse con la humildad de quien sabe que ignora
muchas cosas, y por tanto se le acerca sin resabios. Se trata de una cierta ingenuidad, la de
creer que es posible alcanzar la verdad, y que la aproximación a ella es paulatina y
comporta mucho esfuerzo y paciencia.

D. EL DESCUBRIMIENTO DE LA VERDAD

Si uno afronta con sinceridad, a veces irónicamente, esa situación de ignorancia, de


insuficiencia, entonces se da paso al segundo momento de la admiración: la búsqueda y el
descubrimiento de la verdad. Habíamos dicho antes que la verdad es esquiva, que no se
entrega fácilmente; por ello en este segundo momento se despliega todo el esfuerzo, se
empeñan todas las energías, se afina el método necesario para medirse con aquella realidad,
se apuesta todo en favor del descubrimiento de la verdad, de su posesión.

Cuando por fin se ejercen los actos intelectuales que se corresponden con la realidad y se
llega a alcanzar la verdad, entonces se produce la luz. A los intentos, a la lucha contra las
dificultades, le sigue el gozo del encuentro con la verdad. A esto Sócrates le llamó
"mayéutica": el arte de dar a luz; haciendo un símil respecto del oficio de su madre que era
partera y que ayudaba a las madres a dar la luz a su hijo.
En cierta manera ese encuentro con la verdad "marca" la vida del sujeto, que al encontrarla
se embelesa con ella, la integra en su vida, la cual se ve, de esta manera, dichosamente
enriquecida. Con aquella luz del intelecto se "ve más y mejor" la realidad, se la ve de un
modo nuevo, distinto. Lo que se ha vivido antes de conocer la verdad y el futuro que se
abre a partir de entonces es diferente. Si se tiene la inmensa fortuna de encontrarse con la
verdad ésta es acogida con una intensidad sólo comparable a su búsqueda.

EL OCIO FILOSÓFICO Y LA VIDA ACTUAL

Es evidente que plantearse en profundidad la verdad, requiere unas condiciones. Un


requisito básico es un cierto ocio, es decir, hacer un paréntesis en la vida de negocio.
Normalmente la vida práctica puede absorbernos de tal modo que apenas tengamos tiempo
para admirarnos, investigar y alcanzar la verdad.

En medio de la vida práctica no es posible la admiración. Y ésta no es simplemente pensar


sobre asuntos prácticos, sino profundizar en lo que de permanente hay en la realidad, en las
personas, en la sociedad, etc.
Así, por ejemplo, uno puede darse cuenta de que debe dirigir su acción de una determinada
manera, de que en vez de hacer su acción de tal modo la tiene que hacer de tal otro, o que la
tiene que dirigir a aquellas personas en lugar de estas otras, pero eso no es admirarse, eso es
sencillamente aprender a rectificar la acción. Para "admirarse" hace falta "salir" de la
actividad práctica, es decir, es preciso detenerse, pararse a pensar.
Actualmente, las condiciones no son favorables para la filosofía. El ambiente cultural en
que vivimos no facilita el filosofar porque estamos en la época de la primacía de la acción
práctica y de sus resultados. Pero si se da la primacía de los resultados, y de acuerdo a ellos
se mide el éxito o el fracaso de una persona, si se valora más el hacer, el tener y el placer
material, entonces todo ello se pone por encima del saber y éste sólo lo es, si acaso, en
función del hacer, subordinado a él.
Es significativo que el héroe que se admiraba antaño, el que se jugaba la vida por las causas
justas y nobles, haya sido sustituido en la actualidad por el manager, el cual es magnificado.
El ídolo no es ahora el sabio, sino el hombre de acción, que baja de un avión para tomar
enseguida otro, que atiende y maneja muchos negocios y asuntos, en medio de una vorágine
en que pararse a reflexionar es hasta un lujo prohibido.
No es extraño que aquel ritmo lleve al estragamiento y al hastío. La nuestra es una época
cansada, en la que pareciera que hemos dejado lo mejor de nuestras energías en aquella
carrera sin aliento, íntimamente desgraciada, en la que nunca se posee lo que se busca, y
que no es iluminante, sino que, al contrario, es oscura, no da un saber, no ilumina ni el qué,
ni el por qué, ni el para qué más profundos; se trata de un vivir provisional porque cada
resultado es impelido a ser superado en ese mismo momento.
Con todo, lo malo no son los resultados sino de buscarlos desasosegadamente de tal manera
que impiden la contemplación intelectual. En cambio, con la teoría se tiene el gozo de
poseer, intelectualmente y de modo inmediato el objeto conocido.
Por otra parte, el cansancio viene en razón de que aquellas certezas son efímeras, duran el
tiempo justo para que el sujeto las constate, se autoafirme a sí mismo y se perciba como
existente (hago cosas, luego existo); pero al fin y al cabo esto lleva a un mecanicismo cada
vez más inerte.
La técnica con toda su bondad nos ha puesto a la mano inmensidad de artefactos que
cuando
No se saben recibir nos llevan a "la cultura del botón" en la que estamos instalados, sin ver
que detrás de ese botón hay tanto saber acumulado, que es preciso recorrer; pero que por
comodidad no vemos, sino que nos quedamos sólo los efectos, pero entonces surge
irremediablemente el aburrimiento. Inclusive, la gente suele hablar de "no son importantes
las ideas, sino el ponerles pies a las ideas", tendríamos que responder, que precisamente
para ponerle pies a las ideas hay que tenerlas antes, de lo contrario no se sabe a qué se le va
a poner pies.

Esta primacía del pragmatismo ha tenido su repercusión hasta en la institución a la que más
genuinamente le corresponde el cultivo del saber: la universidad. Sin embargo, en muchos
casos, ésta se ha convertido en una institución en la que su valor principal no es el saber y
su comunicación, sino los valores económicos, y se ha reducido a vender (en este caso
títulos), como en los grandes almacenes, sólo lo que demanda el cliente o el usuario, que es
el alumno; el cual sólo acude para adquirir un saber práctico, el título y nada más.
El hombre de hoy ha entronizado, pues, el hacer práctico y a él le entrega lo mejor de sí,
corriendo el riesgo de hacerse incapaz para un saber teórico profundo.
Pero con ello no hace más que agravar las situaciones y los problemas, suscitar no
soluciones profundas, potentes, sino pequeños "parches", que lo que hacen es generar
efectos perversos y agravar la situación, porque la vida práctica sólo es posible de ser
dirigida si es asistida por la vida teórica.
A veces un hombre de acción dice: "no me expliques el por qué, dime qué hago". Parece
increíble que alguien pueda estar dispuesto a hacer algo a ciegas, y sin embargo esto está
sucediendo actualmente, ya no interesa por qué se hace algo, sino hacerlo, tanto es el poder
de lo pragmático.
Es también significativo que el hombre de acción no tenga reparos en
confesar, hasta orgullosamente, que su médico le ha indicado descanso y cuidados; en
cambio, por ejemplo, se puede sentir hasta culpable si yendo en su automóvil, hiciera un
alto en el camino y se parase largamente a contemplar un paisaje. Esto le puede parecer un
lujo, o una debilidad, con lo cual pone de manifiesto su incapacidad para la contemplación.
Gran parte de esa actitud se ha generado por la complejidad de los problemas que nos
acechan que son muy difíciles y tan perentorios, tan urgentes que parecen desbordarnos; y
entonces se pierde la serenidad y se lanza uno desaforadamente a la acción, con la intención
de solucionarlos. Sin embargo, precisamente porque se trata de acometer aquellos asuntos
tan complejos, es necesario intentar soluciones que integren muchos aspectos, que sean
muy profundas.
Sólo en el nivel de esa radicalidad se pueden avizorar planteamientos potentes con que se
puedan acometer la complejidad de aquellas situaciones que parecen desbordantes y que
con las prisas nos encargamos de empeorarlas más todavía, porque se generan más
problemas de los que se solucionan.
En las últimas épocas, el ser humano ha inventado lo más alto para hacer frente a los
problemas: la ciencia. Con ella se intenta afrontar las enfermedades (medicina), los recursos
escasos (economía), la organización social (derecho y política), etc. En atención a ello, el
profesional de las Ciencias Empresariales, o el de la comunicación, el abogado o el
ejecutivo más ocupado, precisamente por tener que hacer frente a lo imprevisto, debieran
salirse de aquella especie de "rueda de molino" de su actividad y pararse a pensar, aunque
sea unas pocas horas el fin de semana, sobre qué, cómo y para qué está "moliendo". Las
prisas, los requerimientos de cada instante, pueden impedir la actividad filosófica. De
suceder así podemos entrar en pérdida, porque sin vida teórica que ilumine, la vida práctica
discurre como en medio de un gran circuito, pero con apagón, minando la eficacia de la
propia vida práctica.
A veces se ha pensado que lo más importante no es conocer las cosas sino transformarlas.
Sin embargo, ¿cómo se puede transformar algo que no se conoce? Insistimos que, para
transformar cualquier cosa, lo primero que se necesita es saber cómo es, de lo contrario, se
puede dar lugar a los llamados "efectos perversos", es decir consecuencias dañinas que no
se habían previsto. De ahí que lo primero que se le pide a alguien que va a actuar es que
sepa.
No es fácil el desprendimiento de las cosas urgentes, y sin embargo es la condición para
filosofar. Para pensar es menester detenerse, "pararse". La admiración y el filosofar
constituyen así una especie de privilegio en un ser humano. Pero también es –no lo
olvidemos– un requerimiento de su naturaleza humana que es racional. No es humano vivir
sin verdad. La ignorancia es un gran mal para el hombre.
Es posible, y con esto no intentamos justificar el activismo, que en situaciones de extrema
urgencia haya que dejar el filosofar para dedicarse a lo que requiere nuestra atención de
manera inmediata.

Se suele decir: primum vivere, deinde filosfare (primero vivir, luego, filosofar); pero esto
no quiere decir que, por el hecho de vivir, se excluya a la filosofía definitivamente, ya que
como sostiene Aristóteles, la teoría es la vida más alta, de modo que aquella situación daría
lugar al pro vita, vita perdere. Pero no podemos perder la vida precisamente por ella.
Aún en situaciones límites, de grave necesidad debemos tratar de pensar, aunque sea
después de que nos hemos visto obligados a actuar.

Por ejemplo, en algún país que se padecía una grave crisis económica, con una hiper
inflación de tres dígitos, sin antecedentes, quizá entonces no hubiera más remedio, si se
tienen responsabilidades políticas, que tomar medidas de urgencia sin mucho tiempo para
pensar, en esas situaciones es peor no tomar una decisión que tomarla. Y, sin embargo, no
se puede dirigir un país así, sin pensar, durante 2, 5 ó 10 años.

Así mismo, no es verdad que necesariamente en los países en vías de desarrollo no pueda
surgir la filosofía debido a que tengamos que abocarnos al desarrollo económico. Es verdad
que, por ejemplo, en el Perú tienen que haber muchos y muy buenos técnicos en diferentes
ámbitos, en la agricultura, en la minería, en la industria, en la informática, etc.; y también se
necesita de directivos, de verdaderos empresarios para que puedan mover una empresa o
una industria, que nos es tan necesaria o elemental para una producción y un crecimiento
real y sostenido.
Sin embargo, ni técnicos, ni empresarios pueden ni deben jubilar su inteligencia, sino que
tendrían que acceder, más pronto o más tarde, de algún modo, y en la medida de sus
posibilidades, a un conocimiento superior y cada vez más profundo de la realidad. Por otra
parte, una filosofía de la economía peruana que integre todos los elementos pertinentes,
también los de la economía mundial, sería de mucha ayuda para nuestro país y para otros.
Entonces la filosofía no está reñida con la actividad práctica cuando ésta no se transforma
en activismo, porque entonces se haría imposible la admiración que es lo que da origen a la
actividad filosófica. Pero conviene tener presente otra condición para que pueda darse la
admiración y poseer la verdad, y es la de tener un espíritu esforzado, que no se haya
instalado en la comodidad. No sólo el activismo, las prisas, impiden el filosofar, sino
también el hedonismo, la vida cómoda, sin nervio, sin tensión hacia lo valioso, que
generalmente es costoso.
Tampoco en este requerimiento nos favorece el ambiente actualmente, ya que junto con el
activismo se magnifica lo fácil y placentero. Cada vez se trata por todos los medios de
ahorrar esfuerzos, pero si uno se descuida se puede ablandar con esa ley del mínimo
esfuerzo. Las nuevas tecnologías, el internet, etc., deben estar al servicio del pensar
profundo y no sustituirlo.
Sucede que, si no nos esforzamos por nada que sea verdaderamente valioso, nos
desvitalizamos y entonces nos hacemos cada vez más incapaces de él y también de la
esperanza; ya que nos acostumbramos a los resultados rápidos, inmediatos, cerrándonos el
camino a la esperanza, que comporta precisamente el llevar entre manos tareas de largo
plazo.

Es importante el esfuerzo sostenido para poder filosofar. Es posible que en más de una
ocasión uno tenga que esperar un tiempo para comprender alguna realidad, inclusive a
veces puede sentirse uno algo tonto si se trata de algo nuevo, pero si se persevera siempre
se consigue alcanzarla. Como no es fácil encontrarse con la verdad hay que estar atentos
cuando se vislumbra algo de ella, porque la verdad no suele exhibirse, se basta a sí misma.
Por tanto, el filosofar requiere, de parte nuestra, una cierta disposición interior. Ya hemos
señalado que requiere de capacidad de esfuerzo, de pregunta, de contemplación, de
humildad, y de modo especial exige que se valore la verdad, que uno esté dispuesto a no
dar cabida a la mentira dentro de uno mismo.

Es difícil no convivir con la mentira. A veces, vivir en la verdad puede costarnos algunas
cosas, ciertas ventajas, el aprecio de algunas personas, incomprensiones, negarnos un cierto
tipo de satisfacciones y también perder algunas prebendas o éxitos aparentes.
La mentira se puede meter en la propia vida, en lo que se hace y en lo que se dice. Hay
quien tiene posturas ambiguas respecto a la verdad, se puede dar una apariencia por fuera y
ser muy distinto lo que se lleva dentro, se puede fingir hacer algo por un motivo cuando en
realidad es por otro motivo oculto, es posible manipular a los otros, o dejarse manipular por
ellos, bailar al son de sus trompetas, darles todos sus caprichos sin importar si son buenos
para ellos, toda una vida hecha mentira, buscando sólo el interés particular; también son
abundantes las mentiras prácticas cuando se engaña con un trabajo mal hecho, cuando se
"promete" demasiado con un producto mal hecho, no entregado a tiempo, etc.
Si nos enfrentamos con la mentira dentro de nosotros, si empezamos por no engañarnos a
nosotros mismos, si ponemos todos los esfuerzos para no vivir en la mentira, entonces
reconoceremos la falsedad a leguas de distancia, la rechazaremos y la verdad tendrá cabida
en nosotros. Si queremos acceder a la sabiduría tendría que repugnarnos la mentira,
inclusive físicamente, tendríamos que ser incapaces de soportar la falsedad.
No podemos convivir con la mentira, aunque haya mucha presión por dentro y por fuera.
Cuando veamos que lo falso quiere entrar, o ha entrado, en nosotros, no vacilemos en hacer
los mayores sacrificios por evitarlo, sacarlo o por alejarlo. Tenemos que estar dispuestos a
rectificar. A veces, debemos decir, por ejemplo: "Perdona, eso que te dije antes no era
exacto, la verdad es tal".
No faltarán ocasiones de ser falsos, tentaciones de envolvernos en el engaño, situaciones
ficticias o perjudiciales, compensaciones engañosas; también a veces puede parecernos que
hemos perdido "oportunidades" o beneficios personales por haber pretendido decir o
defender la verdad. Sin embargo, no es tal, ya que la verdadera pérdida es la de la verdad y
la real ganancia es un alma entera, una mirada limpia, verdadera. A los jóvenes que les
suele entusiasmar la autenticidad tienen en este programa una hermosa tarea que acometer.

EL ENCUENTRO CON LA VERDAD. IMPORTANCIA.


Es difícil expresar con palabras este gran acontecimiento que es el encuentro con la verdad.
Tal hallazgo es el encuentro con lo permanente que se hace inolvidable.

Como ya señalamos, en su origen, la palabra verdad se denomina a-letheia.


La palabra lethos significa olvido y la palabra a-letheia significa sin olvido.
Y esto es justamente porque cuando uno se encuentra con la verdad, uno se encuentra con
lo que permanece, y entonces ya no se puede olvidarlo jamás. El encuentro con la verdad es
el gran acontecimiento en la vida de las personas, y quien lo haya tenido es muy
afortunado, porque sin verdad no es posible vivir humanamente.

¿Cómo se encuentra la verdad? En el camino de la vida hay muchos modos de encontrarla.


Se la puede encontrar en el arte, en las matemáticas, en ciencias como la medicina, la
economía, en la política, etc. Hay quienes la han encontrado en la música, otros
desarrollando un problema matemático, cuando se dan cuenta que, siguiendo tal proceso,
tal planteamiento ¡sale la respuesta! y uno dice admirado: ¡esto es verdad!, ¡esto es
necesariamente así y no de otra manera!
También se puede encontrar la verdad en una persona. Cuando uno tiene la inmensa fortuna
de encontrarse con una persona que tiene gran riqueza en su ser, el gozo es inefable.
La conmoción no es sólo sensible, involucra todas nuestras potencias o facultades. A partir
de ese encuentro nuestra vida ya no es la misma. Cuando uno se encuentra con una persona
verdadera la propia vida queda iluminada con la verdad de aquella otra persona, se queda
uno deslumbrado.

La vida se ve gozosamente transformada. Se podría decir que se empieza una vida nueva.
Antes de conocer a aquella persona no hay antes, la vida anterior no es verdadera vida,
aparece pobre y oscura ante el resplandor de la novedad, de la verdad, de aquella persona.
Se da inicio a una vida nueva. Se empieza a vivir más plenamente, y entonces no hay
pasado, ni dolor, que merezcan recordarse.
Gracias a la verdad encontrada en aquella persona, a los nuevos horizontes que nos hace
vislumbrar, a aquellas insospechadas dimensiones a las que nos abre, podemos aprender
que nuestra vida puede ser de otra manera, mucho mejor que antes y por eso ya no se le
puede olvidar jamás. Nuestra vida se ve entonces enriquecida. En las distintas
circunstancias nos basta con pensar en esa persona, en su vida, en lo que hace y el modo
como lo hace, para ayudarnos a ser verdaderos y felices.
Cuando encontramos la verdad en una persona, podemos acceder a una revelación muy
personal. Ante nosotros aparece imponente la sabiduría, la bondad, la pureza de alma, y a
uno le parece como si de pronto los sueños, los ideales, se han hecho realidad, que eso que
se creía imposible o difícil de pronto está ahí delante nuestro. Uno se da cuenta de que es
posible vivir así, en esas dimensiones, con ese ritmo interior, con esa intensidad.
Encontrar la verdad en una persona es una de las formas más intensas de encontrarla. Al
conocerle se puede exclamar ¡qué bueno es que existas!, ¡Es tanto lo que me revelas! ¡Me
es necesaria un poco de tu luz, de tu verdad, de tu bondad!, y uno se centra en aquella
persona, en quien encuentra puntos de referencia seguros.
Esto sucede en el amor humano, pero más aún y de modo muy intenso cuando uno
descubre a la persona divina, a Dios.
Lo mismo ocurre con el encuentro de la verdad en la filosofía. Se produce entonces un
deslumbramiento, un gozo que llena toda la vida. Porque la verdad de aquel conocimiento,
de aquella ciencia, como en el caso del encuentro con la verdad de una persona, iluminan la
vida de modo nuevo; debido a que es tal la riqueza de su contenido que de alguna manera
"marca" la propia existencia.

Desde entonces la verdad encomienda una tarea, supone compromiso, la de proseguir


descubriéndola y dándola a conocer en la medida de lo posible. Habíamos señalado antes
que cuando uno se encuentra con la verdad y se da cuenta de que hasta entonces su pobre
vida había transcurrido sin saber que existía aquello, entonces esa verdad, esa persona se le
hace inolvidable. Desde ese momento en adelante no queda más que comprometerse con
ella. Así, el matemático se compromete con su ciencia y se entrega a ella; igualmente le
sucede al médico, al filósofo, etc. Ya no se puede vivir sin progresar en ese conocimiento.
Algo semejante ocurre con el descubrimiento de la verdad en una persona.
La tarea que a partir de entonces se sigue es profundizar en esa verdad y tratar de decirla.
La vida adquiere un sentido hasta entonces desconocido. Alguna vez ocurre este
acontecimiento: ¡es el gran encuentro con la verdad! Si no se ha tenido nunca esta
experiencia es difícil entender hasta qué punto es importante.
Sin verdad se vive a tientas, dando palos de ciego, sin saber de qué va la vida, ni los
sucesos, la existencia y la realidad. No es propiamente una vida. Sin verdad, nuestra vida
queda en la oscuridad, o en la rutina, y siempre a expensas de la mentira.

Mala señal si ante la verdad respondemos con una burla cínica, o secundamos aquellos
versos de: "Nada es verdad, nada es mentira, todo es del color del cristal con que se mira".
Frecuentemente, con esa expresión se pretende justificar la superficialidad o mentira en la
que se vive. Para reconocer la verdad es necesario tener la mirada limpia, y el corazón
entero. Pilatos se hizo esa pregunta: "y ¿qué es la verdad? precisamente cuando la tenía
delante, y no la reconoció, le dio la espalda.
En estos tiempos donde hay mucha carencia de verdad, no solamente en la vida personal
sino social es muy necesario, es urgente, que nos propongamos descubrirla, con esfuerzo y
con la promesa de que más pronto o más tarde aparecerá ante nosotros de modo ya para
siempre esplendoroso. Es importante encontrar la verdad y darla a conocer, a pesar de que
ello conlleve esfuerzo, penas, e incluso desprecios, o hasta calumnias. El gozo de la verdad
no es comparable al esfuerzo en poseerla.
Es importante y urgente incrementar la verdad en el trabajo que hacemos, en las actividades
que desempeñamos, y en las grandes cuestiones que interpelan al hombre de hoy: el valor
de la vida humana, la familia, la vida conyugal, la sexualidad humana, la amistad, la
economía, la vida en sociedad, etc.
Aquellas aluden a verdades permanentes porque atañen a la esencia del ser humano, la cual
las "reclama". Sin verdad, se falsean las cosas, pero este atropello tiene un precio
demasiado alto: La unión conyugal se prostituye, la amistad se hace interesada,
sometida a manipulación, el amor deviene en amoríos, el crecimiento económico es ficticio,
la familia se desintegra, etc.
En definitiva, un hombre sin verdad no es digno, se encuentra a merced de sí mismo o de
otros intereses, en cambio "la verdad nos hará libres".
A partir del encuentro con la verdad la vida empieza a tener sentido y no se puede ya vivir
sino tratando de progresar en la verdad, en su conocimiento, en su comunicación. Es
necesario vivir esta experiencia, para saberlo. En la actualidad, en que la gente se ve atraída
por el afán de experiencias, bien podría hacer la experiencia del encuentro con la verdad, si
hasta el momento no ha tenido la suerte de tenerla.

Si buscamos la verdad en nuestra vida, en lo que hacemos, si tenemos el gozo de


encontrarla, la amaremos, nos comprometeremos con ella, tendremos esperanza y el camino
abierto hacia el futuro, progresaremos en su descubrimiento, entonces la difundiremos,
comprometiendo los mejores esfuerzos para que la verdad no se "detenga". Con todo lo que
llevamos diciendo podemos ver qué importante es el filosofar, cuál es su finalidad y
sentido.
La actividad filosófica es un modo de alcanzar la verdad, la cual es muy necesaria en la
vida humana, y es capaz de constituir el entramado de toda una vida. Sin verdad el hombre
no es propiamente persona. Una persona sin verdad no tiene una vida con dignidad, ni con
continuidad, ni con sentido.
A menudo se ha dicho que la filosofía no sirve para nada, que no tiene una utilidad práctica.
Un verdadero filósofo jamás verá esto como una afrenta, ni siquiera se sentirá herido por
ello, y si lo hace es que no es un filósofo. La filosofía no tiene una utilidad práctica porque
lo útil es un medio y la filosofía no es un medio, sino un fin. La filosofía, la verdad, se basta
a sí misma.

Sin embargo, de modo secundario la filosofía ayuda a esclarecer la realidad y al hacerlo


sustenta a la vida práctica. Por ejemplo, es muy gratificante saber iluminar la verdad en una
situación, en un problema, en un proyecto, en una institución, etc. Entonces se encuentra
una especial satisfacción, cuando se comprueba que esas adquisiciones son útiles para
aligerar la vida de los demás.
Más de una vez, el filósofo ha podido experimentar, en las personas que le rodean, la
perplejidad, la falta de salida en problemas muy humanos; quizá lo que está en su mano, y
no es poco, es ayudar a que las personas se aclaren. Ver el meollo de los problemas, saber
el porqué de ellos, eso es de gran "utilidad". Cuando los problemas son complejos no valen
las respuestas fáciles y hay que generar soluciones del tamaño de los problemas que se
acometen, ajustadas a ellos.
Ayudar a aclararse es un gran bien, porque el hombre sin aclararse es muy desgraciado, y
en lo más profundo de su ser surge la pregunta: ¿por qué? ¿Qué me sucede? Esto se hace
más urgente en nuestro tiempo, de lo contrario cunde la desorientación. Como decíamos, es
conocida la frase de que en esta nuestra época lo que nos pasa es que no sabemos lo que
nos pasa. Sin embargo, la filosofía es precisamente la que contribuye a salir de aquel estado
de perplejidad.
REFERENCIAS

Castillo, G. (2013). Introducción a la filosofía. Piura, Perú.

Russell, B. (1945). Historia de la filosofía occidental. Simon and Schuster.


A. LA DESHABITUACIÓN

Jeremías Network. (2022, 29 de septiembre). "La admiración en la filosofía"


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