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La Resurrección Como Insurrección

El documento discute la resurrección de Jesús como una insurrección contra la justicia establecida que condenó a Jesús, y como una anticipación de la plena realización de la vida humana. La resurrección significa que la víctima no es derrotada por el verdugo, y que la justicia de los oprimidos prevalece.

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La Resurrección Como Insurrección

El documento discute la resurrección de Jesús como una insurrección contra la justicia establecida que condenó a Jesús, y como una anticipación de la plena realización de la vida humana. La resurrección significa que la víctima no es derrotada por el verdugo, y que la justicia de los oprimidos prevalece.

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La resurrección como insurrección: el verdugo no triunfa sobre la víctima

Lo que sustenta al cristianismo, en sus distintas expresiones históricas en diferentes iglesias, no es


la referencia a un gran profeta o sabio, no es la cruz impuesta injustamente a alguien que pasó por el
mundo haciendo solamente el bien, ni es la sangre derramada. Es la resurrección. Pierre Teilhard de
Chardin, uno de los primeros que articuló la fe cristiana con la visión evolutiva del mundo, dice que
la resurrección es un “tremendous” de significación universal que va más allá de la propia fe
cristiana. Representaría una revolución dentro de la evolución. En otras palabras, una anticipación
del fin bueno de toda la creación y la realización de todas las virtualidades escondidas dentro del ser
humano que, prisionero del espacio-tiempo, no consigue dejarlas irrumpir. Él es un ser que está
todavía naciendo . Y llega un momento, dentro del proceso cosmogénico en curso, en el que se da
esta oportunidad de acabar de nacer. Entonces implosiona y explosiona el homo revelatus, el ser
humano totalmente revelado y realizado en su plena hominización. Es la anticipación de la
esperanza radical de que no la muerte sino la vida en plenitud escribe la última página de la historia
humana y universal.
Para los portadores de la fe cristina, la resurrección es la realización en la persona de Jesús de lo que
él anunciaba: el Reino de Dios. Este significa una revolución absoluta de todas las relaciones,
inclusive cósmicas, inaugurando lo nuevo en el mundo. Esa revolución implica la superación de la
muerte y el triunfo definitivo de la vida, no de cualquier tipo de vida, sino de una vida totalmente
plenificada. En fin, el “novísimo Adán” (1Cor 15,45) acaba de irrumpir dentro de la historia.
San Pablo, inesperadamente, tuvo una experiencia del Resucitado cuando iba camino de Damasco a
perseguir cristianos. A la luz de esa experiencia, se burla de la muerte y exclama: “ ¿Dónde, oh
muerte, está tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, el aguijón con el que nos atemorizabas? La muerte
fue tragada por la victoria. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 15,55-57).
El cristianismo vive y sobrevive por la fe en la resurrección de Cristo y no por la creencia en la
inmortalidad del alma, tema que no es cristiano sino platónico. Aquí se decide todo, hasta el punto
de que Pablo en su Primera Carta a los Corintios afirma con todas las palabras: “Si Cristo no
resucitó, vana es nuestra fe; somos también falsos testigos, somos los más miserables de todos los
hombres”(1Cor 15,14-19).

La explosión de luz se transforma en explosión de alegría. Contra la experiencia cotidiana de la


mortalidad, especialmente ahora bajo la acción letal de la Covid-119, podemos mantener la fe y la
esperanza de que los que fueron arrebatados, viven resucitados. Cristo, nuestro hermano, es el
primero entre los hermanos y hermanas. Nosotros participamos de su resurrección, pues lo que
ocurre en su humanidad, afecta a la humanidad que está también en nosotros. Entonces podemos
decir: no vivimos para morir, morimos para resucitar.
Los muertos de los cuales no pudimos despedirnos, darles nuestro último homenaje ni hacerles el
velorio, son solo invisibles. Ellos, resucitados, no están ausentes sino bien presentes. Esto puede
enjugar nuestras lágrimas y dar sosiego a nuestro corazón.
Por otro lado, la resurrección representa una insurrección contra la justicia de los hombres,
judíos y romanos, por la cual Jesús fue condenado al suplicio de la cruz. Esa justicia
establecida y legal fue rechazada. Con la resurrección de Jesús triunfó la justicia del oprimido
e injusticiado, venció el derecho del pobre. Cabe recordar que quien resucitó no fue un emperador
con todo su poder político y militar, no fue un sumo sacerdote en la cima de su santidad, ni un sabio
con la irradiación de su sabiduría. Fue un crucificado, un ajusticiado, muerto fuera de los muros de
la ciudad, lo que significaba una suprema humillación.
La resurrección define el sentido de nuestra esperanza: ¿por qué morimos si ansiamos vivir
siempre? ¿Qué sentido tiene la muerte de aquellos que sucumbieron en la lucha por la justicia de los
humillados y ofendidos? ¿Quién dará sentido a la sangre de los anónimos, de los campesinos, de los
obreros, de los indígenas, de los negros, de las mujeres y de los niños, derramada por los poderosos
en razón del único crimen de reivindicar su derecho negado? La resurrección responde a estas
preguntas inevitables del corazón. Ella garantiza que el verdugo no triunfa sobre la víctima.
Significa el rescate de la justicia y del derecho de los débiles, de los subyugados y deshumanizados
como lo fue el Hijo de Dios cuando pasó entre nosotros. Ellos heredan la vida nueva.
¿Cómo denominar la realidad resucitada que llegó a la culminación anticipada de la evolución? Los
autores del Nuevo Testamento se enredan en los términos. Para un evento nuevo, nuevo lenguaje. El
más pertinente, entre otros, es el de San Pablo: “el novísimo Adán” o “cuerpo espiritual”
(1Cor15,45). El primer Adán trae consigo la muerte; el novísimo, Jesús resucitado, deja atrás la
muerte. La expresión “cuerpo espiritual” parece contradictoria: si es cuerpo no puede ser espíritu; si
es espíritu no puede ser cuerpo. Pero Pablo inteligentemente une los dos términos: es cuerpo,
realidad concreta y no fantasmagórica, pero un cuerpo con cualidades del espíritu. Es propio del
espíritu estar más allá de la materia, como ya lo vio Aristóteles. Por el espíritu habitamos las
estrellas más distantes y tocamos la realidad divina. El espíritu posee una dimensión transcendental
y cósmica. Eso sería la resurrección. No sin razón, Pablo elabora en sus epístolas toda una
cristología cósmica: el Resucitado llena el universo y nos acompaña en las tareas más cotidianas.
Finalmente, cabe destacar que la resurrección es un proceso: comenzó con Jesús y se extiende por la
humanidad y por la historia. Siempre que triunfa la justicia sobre las políticas de dominación,
siempre que el amor supera la indiferencia, siempre que la solidaridad salva vidas en peligro, como
ahora, obligados al aislamiento social, ahí está ocurriendo la resurrección, es decir, la inauguración
de aquello que tiene futuro y será perennizado para siempre.
A quien cree en la resurrección, no le es permitido vivir triste, no obstante la oscuridad de la
historia, como actualmente. El Viernes Santo es un paso que culmina con la resurrección. Es más
que el triunfo de la vida; es la plena realización de la vida en todas sus virtualidades.
*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Nuestra resurrección en la muerte, Vozes 2012. Vida más
allá de la muerte, Vozes, 26. edic. 2012; titulado en español Hablemos de la otra vida, Sal Terrae.

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