Cuento.
“La ratita presumida”
Érase una vez una ratita muy trabajadora y cuidadosa con las cosas del
hogar.
A la ratita presumida le encantaba tener su casa limpia y muy cuidada.
Cada mañana limpiaba la puerta de su casa hasta que no quedaba
rastro de hojas o de pelusa.
Además, disfrutaba poniendo flores en las ventanas y cortando
delicados ramos de flores silvestres para decorar la mesa de su
comedor.
Era una ratita muy coqueta y siempre le gustaba estar arreglada,
incluso cuando estaba en casa.
Una mañana, mientras limpiaba la puerta de su casa, la ratita, encontró
una moneda de oro.
– ¡Qué suerte! Sé exactamente en qué voy a gastar esta moneda –
Pensó la ratita con gran ilusión –
Como la ratita era muy presumida, se fue directamente a comprar una
cinta de seda roja y se hizo un bonito lazo en su larga colita – ¡Qué
bien me queda! ¡Cómo realza mi magnifica colita!
Todos los animales se quedaron sorprendidos de lo guapa que estaba
la ratita y ella, que era muy presumida, se dio cuenta de lo mucho que
la miraban, así que decidió sentarse en la entrada de su casa para que
todo el mundo pudiera admirarla.
Al verla allí, el gallo se acercó con su aire elegante y estirado.
– Ratita, Ratita, qué guapa estás hoy – dijo el gallo – ¿Quieres casarte
conmigo?
La ratita pensó – Bueno, es bastante guapo y elegante – y le preguntó
– ¿Y que harás por las noches?
– Pues te cantaré quiquiriquí –
– ¡Uy, no, no, no, qué horror! Con tanto ruido no podré dormir. No me
casaré contigo
Y el gallo se marchó algo triste.
Poco después apareció el burro y al verla tan preciosa le preguntó –
Ratita, Ratita ¿te quieres casar conmigo?
La ratita le preguntó – ¿Y que harás por las noches? –
– ¡Hi-aa, hi-OO! – contestó el burro.
– ¡Uy, uy, qué ruido tan horroroso! Lo siento mucho, pero no puedo
casarme contigo – dijo la ratita presumida.
Y el burro siguió su camino algo más triste.
Entonces llegó el cerdo, que se paró frente a la casa de la ratita y dijo
– Buenos días Ratita preciosa, ese lazo rojo te sienta de maravilla
¿quieres casarte conmigo?
– Bueno, vamos a ver ¿qué harás por las noches? – preguntó la ratita
presumida.
– ¡Oinc, oinc! – dijo el cerdo.
– ¡Uf, que ruido tan fuerte! No, no puedo casarme contigo. – Contestó.
Y así fueron pasando animales y todos ellos fueron rechazados.
Incluso el amable ratón, que siempre había estado enamorado de la
ratita fue rechazado por su aspecto endeble. – Lo siento mucho ratón,
pero eres poca cosa para una ratita como yo – le contestó.
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Cuando el pobre ratón se hubo marchado con el corazón roto, apareció
el gato.
Un galán al que ninguna señorita se le resistía, con su pelo suave y
blanco, y con su voz profunda le dijo – Ratita, Ratita, llevo un rato
observándote y estoy seguro de que serías una esposa perfecta para mí
–
La ratita, asombrada por la belleza del gato le dijo – ¿y qué harás por
las noches? –
A lo que el astuto gato contestó – Nada, sólo dormiré y pensaré en ti –
La ratita quedó prendada del gato y le dijo – Si, por supuesto que me
casaré contigo. Ven, siéntate aquí que te voy a traer un poco de pastel
que acabo de preparar.
El gato se acercó a la ratita y cuando esta se giró para entrar a por el
pastel, se abalanzó sobre ella para intentar comérsela.
La ratita grito tanto, que el ratón pudo escucharla y corrió en su ayuda.
Con un palo enorme golpeo al malvado felino hasta que este se
marchó.
Fue así, como la Ratita Presumida se dio cuenta de lo mucho que la
quería el Ratón y se enamoró de él y vivieron felices el resto de sus
días.
FIN