Caninos i
Colección Cajanegra, No. 3 |
Imagen de portada :
David Kattán í |
Edición = |
Daniela Alcivar Bellolio : |
Juan Pablo Crespo
O Mónica Ojeda, 2017
O Editorial Turbina, 2017
Wilson E8-171
170523 Quito
Telf.: 2504243 / Cel.: 0997899141
editorialturbina@[Link]
El Editorial Turbina
ISBN: 978-9942-30-150-5 l
Impreso en Ecuador
reina
EDIBOPIAL
caninos
Mónica Ojeda
Índice
CaNINOS ;. s it A 13
Reseña del autorsars s 43
A mi padre, que quería un hijo y,
en cambio,
le nació esta careza.
un perro mediano es blanco
yo lo cuido
atento en otra dirección
como un ojo que no ve
como ur: encierro
cuando yo le digo esta piedra
yo misma le meto y le muevo la lengua
en el agua
yo duermo como él bajo la. cama
yo aprieto una forma abierta
como una mesa volteada
una mesa mediana
no sé
Un Perro de Noche
es borroso
deforme lejos
María Auxiliadora Álvarez
Hija guardaba la dentadura de Papi
como si fuera un cadáver, es decir, con
amor sacro de ultratumba: seco en
los colmillos, sonoro -en las mordidas
,
desplazándose por los rincones de la
casa igual que un fantasma de encías
rojas. Un clac clac de castañuela
molar la hacía sonreír al amanecer; y
por las tardes, una percusión tribal,
un choque de dientes la arrullaba
hasta perder la conciencia sobre la al-
mohada rosa donde caían agónicas
las luciérnagas a. morir. Todas las
noches, mientras dormía, la dentadura
de Papi era su amante, su compañera de
cama, salivando en sus-sueños y pesa-
dillas menores sin lengua;: sin-músculo
mojado oloroso a mal, ‘sin filo oxidado
en-la conciencia. Y. al despertar Hija
barría las luciérnagas de la almohada
rosa con su pelo, se [Link] las
escaleras del patio para ver-cómo se
moría el jardín, paseaba a Godrzilla por
el barrio y juntos le ladraban a otros
perros con bozales, lazos -o ropitas de
niño de dos años.
13
A los amos no les gustaba que ella
ladrara más fuerte que Godzilla.
La llamaban loca de mierda.
Le miraban muy feo los pies.
Luego, cuando regresaba a casa, Hija
cepillaba la dentadura de Papi y la ponía
en la repisa como un trofeo. La ponía en
el sofá junto a ella antes de encender—
la televisión. Se la llevaba a la cama
y la metía debajo de la sábana. Se la
llevaba a'la tina y se hundía con ella.’
La guardaba en la refrigeradora. La
ocultaba en un zapato. Hija desplazaba
la dentadura postiza por la casa, pero la
escondía cuando Mami y Ñaña venían de
visita.'Ellas creian haberse llevado todo -
de Papi porque no sabían que su hogar
era un sarcófago construyéndose poco
a poco, con paciencia, con esmero.
“¡Mira cómo tienes el jardín, si lo estás
matando de no cuidarlo!”.
14
“¡Qué asco! ¡Hay hasta mierda de
perro!”.
Mami y Ñaña desconocían la
arqui-
tectura personal de su luto aun
que la
olfateaban con los ojos. |
“¿Atite parece normal esta inmund
icia?”.
Miraban el jardin como gemelas. Apre-
taban los labios a la vez frente
a la
enfermedad. Así lo habían hecho
con
Papi cuando se lo dejaron a ella
—un
padre dañado en el umbral de la
casa:
una silla de ruedas, un suer
o, una
bombona de oxígeno—. Se lo dejaro
n a
pesar de que sabían que ella era
incapaz
[Link] a nadie. Se lo dejaron
porque
era la-mayor: la Hija. Y en cambio Mam
i
vestía como Ñaña y bebía demasiado
. Y
Ñaña apenas estaba terminando
el cole
y tenía un novio con el que desapa
recía
a menudo e iba a conciertos de
rock.
Ahora visitan a Hija todos los mié
rcoles
y los viernes, pero cuando Papi est
aba
15
vivo sólo le tocaban el timbre el último
sábado de cada mes:
“Tienes todo lleno de polvo”.
“Te van a comer las arañas”.
“¡Córtate las uñas, por dios!”.
Durante sus visitas post mortem se cam-
biaban la ropa en-el cuarto de Papi y
se ponían a limpiar. Se echaban ca-
misas largas y rotas con estampados
de Nirvana. Con estampados de tigre
y de tambores. Con estampados de
las Powerpuff-Girls. Hija las miraba con
serenidad: porque nunca se atrevían a
meterse al jardín en donde ella enterraba
la dentadura para que no se la quitaran.
Tres veces enviaron a un jardinero que
curara las plantas enfermas, pero Hija
no lo dejó entrar.
“Cómo te gusta vivir en medio de lo que
se pudre”.
16
“Cómo te gusta darnos lástim
a”,
La idea de llevarse todo de
Papi había
sido-de Mami. Mami que
sentía que
estaba en la flor de su
edad. Mami
que tenía doce años meno
s que Papi,
pero que ahora que Papi est
aba muerto
tendría once años menos, diez años
menos, nueve años menos,
y así hasta
alcanzarlo y ser mayor
- que él, su-
perarlo en edad, morir más
vieja y más
enferma. Más muda, más
rota y con
menos dientes.
Hija se sorprendió de que
se le cayeran
tantos molares a Papi.
“El doctor dice que es normal
”, le dijo
Ñaña cuando Papi aún viv
ia-con ella y
con Mami, y
“¿Qué doctor? ¿No se supone
que esto
pasa cuando estás muy vie
jo?”, le pre-
guntó Hija. “Y él no está tan
viejo”.
2esle: 100 cibiliq 1A u au Thom st ‘
r obiiBus say SuO Adid ee |
Los dientes del padre caían semana
a semana como frutas maduras en su
lengua de tierra. Él los escupía y rebo-
taban contra las paredes, las mesas,
las sillas, los sofás de la casa de Mami
y Ñaña. i
“¿Tú alguna vez te has sentado sobre
un diente ensangrentado?”, le preguntó
“Ñaña llorando para hacerla sentir cul-
pable. “Si no te has sentado sobre un
diente con sangre entonces no sabes
una mierda”.
La boca de su padre poco antes
de morir era un árbol pálido con raíces
de baba oscura, pero cuando tenía
sus dientes bien puestos bebía alcohol
y. apestaba' a rata muerta. Hija sabía
cómo ólían las ratas descomponiéndose
porque tardaron días en encontrar a una
atrapada entre los cablés de la lavadora.
Sus padres nunca se daban cuenta de
todos los animales que morían junto a
los electrodomésticos: bebían mucho y
18
jugaban a ser otros en la sala de
las cor-
tinas azules, con un plato hon
do al pie
de la escalera, una correa, un
bozal y un
hueso amarillo.
Papi sufría de temblores, sudaba, se
encogía por el síndrome de abstinencia
desde que Hija y Ñaña tenian ocho y
siete años. Lloraba como un bebote
acurrucado en una esquina mientras
Mami bebía con los labios inflam
ados y
de vez en cuando le silbaba.
“¡Mis - hijas, mis pobrecitas - hijas!”,
gritaba él con la cara llena de
mocos.
“¡Perdonen a papil ¡Perdonen
la debi-
lidad de papi!”.
Nunca podía aguantar más
de un día
sin beber. Mami tampoco. Hija
y Ñaña
los preferían borrachos
porque así
no lloraban ni se peleaban
durante su
sexualidad roja. Borrachos reía
n, se car-
cajeaban y les permitian enc
errarse en
Su habitación. Borrachos eran
mejores
19
padres. Les regalaban cosas. Se gas-
taban la herencia de los abuelos en
juguetes. Las llevaban de viaje en bus y
en avión. :
A veces la gente no se daba cuenta
de que sus padres estaban borrachos
cuando estaban borrachos.
A veces ni' siquiera ella ni Ñaña sabian
la diferencia. -
Luego Hija cumplió los dieciocho y se
fue a vivir sola a la casa que había sido
de los abuelos. Abandonó a la hermana,
a la madre y al padre. Abandonó a la
hermana con la madre y con el padre.
No se sintió mal porque hasta entonces
había -cuidado - siempre: de Nafia. 'La
había' protegido del dengue de los mos-
quitos, de los platos- quebrados, del
pis en ‘el suelo, de los gruñidos y de la
sexualidad roja de Papi y Mami.
A veces, cuando’ Papi quería dejar de
beber y lloraba como un niño horrible y
20
sucio que abrazaba a Ñaña gimiendo
perdones nosolicitados, Hijale
acercaba
la botella y le decía: “Toma, papito”.
Y así conseguía que soltara a Ñañ
a,
que en ese tiempo se asustaba con
cualquier cosa.
Mami era más coherente.
Mami nunca lloraba ni intentaba dejar
de beber.
Mami les dio ron con-Coca Col
a cuando
Hija tenía nueve años y Naña
ocho.
“¿Ven? .¡Sabe malísimo! Nunca
bebañ;
Como papi y mami, corazones”..:..
..-.:
Hija -nota.- que su-madre nunca- está
borracha cuando la [Link]
Ñaña y
limpian toda la casa menos el jard
ín que
es el terreno de Godzilla y de
la:den-
tadura de Papi.
El
“¡Lobo hijueputa!”, -grita sy vmadre
cuando el perro le ladra y le muestra
21
sus colmillos de león. Sus colmillos
de tiburón.
“Más feo y se muere el cojudo ese”, dice
Ñaña cuando sale a fumar y lo ve atado
y babeando la tierra enferma.
A Hija le gustaba Godrilla porque lo
encontró el mismo día en que decidió
mudarse, vivir sola, dejar al padre, a
la hermana y a la madre. Lo encontró
herido y sarnoso. Llovía y lo único que
hizo fue seguir por la vereda e ignorar al
perro, pero el perro le mordió la pierna.
El dolor, entendió esa tarde, podía
ser luminoso.
Todo se le puso blanco. Ni siquiera sintió
el instante en- que cayó al suelo. Ni si-
quiera pateó al perro. Y por eso, porque
se dejó morder, Godrilla le soltó la pan-
torrilla. Hija lo recordaba muy bien: ese
instante de lucidez plena en los col-
millos del perro, en la perforación de su
22
propia carne. Y tuvo, de repente; una
imagen vaga del pasado que le hizo en-
tender que no era la primera vez que
la mordían.
No sabía cómo había logrado leva
n-
tarse y seguir su camino con tanta luz
en la cabeza, pero el perro la siguió.
Siguió el agua y la sangre. Siguió a
Hija, que palpitaba entera. A Hija, que
jamás había dudado de su memoria,
pero que a cada paso nuevo que daba
un recuerdo añejo, punzante y borroso
como el paisaje de su casa en' medio
de la tormenta y de las ranas, sé re-
componia. Entonces lloré con el perr
o
a su espalda lamiéndolelá sangre: se:
dejó llorar por el miedo 'de' saber que
si había recordado eso podría récordar
cosas aún peores, cosas que le habían
pasado y que habitaban ocultas en
su
mente como cucarachas, como tarán-
tulas que de repente salían del dormitorio
para decirle quién era de verdad y ella
no quería saber.
23
Por eso Mami y Ñaña odiaban a Godzilla:
por ser un perro lamesangre.
Por eso limpiaban la casa entera menos
el jardín.
|
“Sabemos que necesitas tiempo y bla-
bla-blá, pero esto no puede durar para
siempre”; le decía Ñaña. “Tendrás que
comportarte como una persona normal
algún día”.
Godzilla respetaba-a Hija porque se
había dejado morder, o .quizás porque
le probó la carne y la encontró salada y
triste. Algunas veces, cuando lo sacaba
a pasear, el perro le meaba en los pies.
Luego Hija regresaba y, no se los lavaba
para -dejar..que -el olor del padre flore-
cieraen la casa de los abuelos. .
c e T
Había días .[Link] tenia fuerza para
ninguna [Link] que no fuera la den-
tadura de -Papi lamida por Godzilla
con cariño.
24
“Mira, yo entiendo que nos dejaras
y no te culpo, no creas que te culpo,
pero ahora tienes que hacerte cargo
de él porque ni tu ñaña ni yo lo po-
demos tener más acá”, le dijo Mami
por teléfono.
Entonces Hija dijo: “Llevé
moslo a un
hospicio”. “Paguémosle a
alguien para
que lo cuide”. Y Mami dijo: “Seras
idiota”,
como cuando bebía muy poco. “No po-
demos hacer eso”. “Tú sabes que él
tiene otras necesidades”.
Pero Hija no entendia por qué
no po-
dían olvidarse de sus necesídad'es. si.
estaba enfermo y no podia ni
siquiera’
hablar bien.
i
“Ya tuviste tus vacaciones,
ahora es
tiempo de familia”.
Mami casi siempre estaba _borracha,
pero nunca cuando la visit: É
R- on
Naña para acaric-iarle la cab
) £
eza¿aj?apl_,
que apenas podía moverse. '
25
“Tu hermana no puede hacer lo que hay
que hacer, no conoce los límites”.
“Es tosca”.
“Se excede”.
El diagnóstico de la enfeñnedad llegó
tarde, por eso Papi se ded¡co a beber
más que nunca, le contó Nana y Mami
a esconderse con sus amigas “alcohdli-
cas-moderadas en la villa que había sido
de los abuelos.
“Si no me ayudas voy a explotar”, le
dijo. “Tienes que llevartelo o no respondo
Papi empezó a encorvarse y
apaz de caminar un metro sin
caer. Su enfermedad era igual a su borra-
chera, solo que sin Mami, sin correas,
i sin ladridos, sin huesos, sin
olpe idos histéricos en la sala.
Sin sexualidad roja.
26
Luego la silla de ruedas. Las pastillas.
El suero. Las inyecciones. El tanque
de oxígeno.
“Lo que le duele más a Papi es que ya
no puece beber”, le dijo Ñaña. “Eso y
que se le están cayendo los dientes”.
Papi siempre había sidoun hombre or-
gulloso de su belleza. Un hombre que
desprec¡aba la fealdad y que sabía bien
cémo usar sus dientes.
“Porlo menos ya no tengo que aguantar-
los juntos haciendo su show de mierda”.
Si las iba'a dejar al colegio, Papi son=
reía desde su descapotable y Ias otras
niñas susplraban M
“¡Qué papi guapérrimo tienen!”.
“¡Qué suertudas!”.
Entonces Hija les decía: “Pero si-es un
perro”, y sólo Ñaña se reía porque la en-
tendía de verdad.
27
A Papi le gustaba que otros admiraran
sus caninos, por eso, mucho antes de
que enfermara, cuando la erosión dental
por el alcohol empezó a dañarle el ego,
acudió a un dentista arrugado que tenía
la dentadura de un joven de veinte.
“Después de este tratamiento voy a
quedar estupendo”, le dijo a-Mami. Y
quedó estupendo, al menos por unos
años, hasta que la enfermedad lo postró
y ya no pudo ir más al dentista de la
boca joven y se le comenzaron a caer
los dientes:
“Es que no es normal que se le caigan
así”, dijo Hija cuando Papi todavía no
vivía con ella; pero ya había perdido
por completo el habla y la miraba con
los ojos muy abiertos, como si estuviera
viendo una película de terror.
“Claro que es normal”, le decía Ñaña.
“Lo que nó es normal es que los escupa
por toda la casa igual que un niño”.
28
Pero un niño sólo escupía sus dientes
de leche, los primeros y no los últimos,
pensaba Hija mientras observaba
los ojos del padre casi saltando
de
[Link]. !
“Mami no ayuda en nada".
Le disgustaba tenerlo cerca desde que
Godrzilla le mordió la pierna.--
“Si esto sigue así, te jjuro que me escapo"
El novio de Ñaña usaba una chaqueta
rota de cuero negro inclusolos días" que:
hacía calor. Fumaba Lucky Strike y le
había enseñado a'su: hermana a! hacer'
curculos de humo en el-áire::
“No debenas dejar que fume”, le dijo
Hija a Mami-cuando Pápi “todavía:
estaba vivo pero ya no podía ni'beber nl'
iral baño sin ayuda
29
“¿Me vas a decir tú cómo criar a mi cría?
Ufff. ¡Por favor! Mejor aprende a lim-
piarte el culo, pendeja”.
Hija se había sentido la madre de su
hermana muchas veces, pero no tenía
claro qué era ser una buena madre y
ella quería ser buena, muy buena, como
aquellos días en los que aún vivía con
Ñaña y Mami.y no había pensado jamás
en la posibilidad de mudarsea la casa
abandonada de los abuelos.
Solía preguntarse cuánto sabría el novio
de su hermana sobre Papi: cuánto Naña
habría sido capaz de recordar y de contar.
Alguna vez le; preguntó: “¿No te pasa
que hay cosas:de hace años que no re-
cuerdas bien?”. Y Ñaña la miró mal,
como:si ' tuviera un moco colgando o
un pedazo-de comida entre los dientes:
“No, yo .no:sé-hacerme la estúpida”.
Hija pensába a menudo en lo que implicaba
hacerse la estúpida en situaciones en las
30
que ser inteligente era difícil: un sacri-
ficio inconsciente, un dejarse afuera de
la propia cabeza.
Cuando Mami y Ñaña le entregaron
al padre enfermo y ella lo bañó por
primera vez, encontró una quemadura
de cigarrillo reciente, mal curada, unos
centímetros por arriba de la rodilla, pero
Papi ya no podía hablar, sólo aletearle
los párpados con los ojos cada vez más
húmedos y saltones.
“Pregúntale a tu ñaña”, le dijo Mami
por teléfono. “Yo te dije que tenías
que llevártelo”.
Hija notó, esa misma tarde, que su padre
tenía las encías hinchadas y que a veces
le sangraban gotas sobre el mentón y
la camisa. -
“Alguien le ha apagado un cigarrillo a’
Papi en la pierna”, le explicó a Ñaña
durante una sesión de pedicure. “Tú lo
bañabas, tú tenías que saber”.
31
——
Entonces Hija, de pronto a cargo de la
salud de Papi, de la buena muerte de
Papi, lo llevó a un dentista que le curó
las encías y le hizo una dentadura nueva.
“Claro que sabía”, le dijo Ñaña pin-
tándose las uñas de color carne. “Claro
que sé”. |
Y cuando el dentista le preguntó con
pose de detective que cómo se había
caído su padre para haber perdido casi
todos los dientes, Hija le respondió
tan rápido que se sorprendió de su
propia forma de pensar: “Se cayó por
las escaleras”, le dijo, mientras. Papi
pestañeaba como una mariposa a la que
le acababan de echar insecticida.
“Estásloca;: ¿cómo pudiste?”; le soltó
Hija sintiendo que quería vomitar por el
olor intenso del esmalte, y Ñaña cerró
los parpádos: “Ay; por favor. No te hagas
la mosca muerta”.
32
A veces Hija se revolcaba en la luna de
su memoria: blanca, oronda, rellena de
cosas que quería olvidar y que olvidaba,
aunque no para siempre. Cosas como
que Papi y Mami bebían y Ñaña e Hija
se encerraban para no ve_'rlos jugar en la
sala. Para no ver la sexualidad roja del
padre con correa.
El padré con bozal, a cuatro patas.
La madre con espuelas.
Para no verlo morder el hueso que la
madre lanzaba; que la madre plsaba
Para no ver a Mami paseando a Pap¡
por los' pasillos, pon¡endole restos de
comida en el suelo, castlg ndolo por
mearse junto al sofá o por cagarse
debajo de la mesa.
Pero Ñaña se pintaba las uñas del color
de la piel de Papi.
33
“¿Qué te importa a ti que lo queme o
que le saque todos los dientes si sólo es
un perro?”.
Hija no quiso pensar en cómo su
hermana le decía quién realmente era
y ella no quería saber. Por eso bañó a
Papi, alimentó a Papi, sacó a pasear a
Papi. Por eso, cuando le entregaron la
dentadura postiza, Hija se la puso a Papi
y Papi dejó de asustarse y le sonrió con
esos incisivos nuevos que no eran los
suyos pero que se le parecían. E Hija
lo peinó, lo perfumó, lo sacó a pasear
con Godrilla. Y mientras Godzilla le
ladraba a otros perros, Papi movía len-
tamente la mandíbula y sacaba la lengua
y jadeaba, contento. Y cuando Godrilla
mostraba los dientes, Papi mostraba su
dentadura, feliz, y a Hija le daba mucha
rabia porque recordaba cosas que no
quería. Recordaba una correa tensa,
Papi ladrando como un loco, salivando,
golpeando sus rótulas contra las bal-
dosas, aruñando el suelo, mirándola
34
a ella y a Ñaña en el pasillo, asus-
tadas, impactadas, y a Mami soltando
la correa.
“¡Mis hijas, mis pobrecitas hijas!”.
“¡Perdonen a papi!”.
“¡Perdonen la debilidad de papi!”.
¿Había sido a ella o a Ñaña? A veces
dudaba: a veces se veía cerrando la
puerta de la habitación justo a tiempo,
poniéndose a salvo de los caninos,
dejando a la hermana afuera para la
dentadura del padre; otras veces, en el
pasillo, rogándole a Ñaña que le abriera,
que la dejara entrar y, luego, la mordida.
“Yo no recuerdo eso bara nada, y si
pasó, habrá sido cosa de una vez, cosa
del alcohol, porque cuando jugábamos
tu padre era inofensivo”, le dijo Mami.
“Más bravo es el perro feo ese que
tienes y no le andas reclamando lo que
te hizo en la pierna”.
=55
Pero Hija sabía que Godzilla no era el
primer perro que la mordía.
“¡Eres tú quien debería cuidarlo!”, le
reclamó a su madre cuando el padre
empezó a aullar y a cagarse encima
todas las noches.
“No puedo”, le dijo Mami como si es-
tuviera hablando de alfombras.
“Yo
sólo sé castigar a tu padre,en cambio
tú sí sabes lo que es cuidar bien a
un perro”.
Hija le secaba el pelaje con un secador.
Le regalaba los huesos de pollo
para
que los royera con sus dientes fals
os.
Le ponía la correa y lo ataba junto
a
Godzilla en el jardín para que vier
a caer
el sol. Dejaba que Mami le acaricia
ra la
cabeza cuando venía de visita: Vigi
laba
que Nafia no le pellizcara las orej
as.
“Tienes que castigarlo un día sí y un
día
no porque eso es'lo que le gusta”,
le
decía su hermana antes de despedir
se,
36
pero ella cepillaba la dentadura de
Papi y la veía hundirse en un vaso con
agua limpia.
Le cambiaba los pañales. Le limaba
las uñas. Lo afeitaba. Le silbaba como
a Godzilla.
Le dejaba aullar y Iadrarvpor la noche.
“Esto es lo que mató pronto a Papi. Lo
sabes, ¿verdad?”, le dijo Ñaña apoyada
en el trapeador. “Tus ganas de ser una
chica buena cuando a él [Link]
cuidarlo de otra forma”.
El novio de la hermana tenia las.uñas:
pintadas de negro y:los ojos del color.
de los mangles. A veces, si. lo: en-
contraba esperando a Ñaña frente al
colegio con la lengua afuera, las orejas
levantadas y las uñas en los bolsillos;.
Hija se imaginaba un alicate y se pre-:
guntaba cuánto sabría de la quemadura:
de cigarrillo y de los dientes de Papi. - -
37
Cuánto sabría de la forma transparente
y violenta que tenía su hermana menor
de amar.
Un viernes, mientras Mami limpiaba las
ventanas, Godzilla desenterró la den-
tadura y la lamió sobre la hierba.
“No puedo creer que te la quedaras”,
\dijo -Mami restregándose los falsos
dientes de Papi contra las mejillas.
“¡Debimos enterrarlo con esto!”, soltó
llorándose el maquillaje. “¡Ay! ¿Qué es
de un perro sin sus dientes?”.
Hija se quedó mucho tiempo pen-
sando en ello: ;qué es de un perro sin
sus'dientes? :
Papise meaba encima. Se cagaba
ericima.- Aullaba por las noches e Hija
nunca' le dio la oportunidad de usar
bien ' su :dentadura. Nunca le dio la
oportunidad de defenderse. Antes de
38
dormir le quitaba los colmillos con un
placer que jamás admitiría en voz alta,
mirando los ojos del padre que bro-
taban de horror por la desnudez de la
boca y, en esos globos oculares que
parecían huevos a punto de romperse,
Hija veía con nitidez quién era ella de
verdad aunque por las mañanas nunca
lo quería saber.
“Tú sí que entiendes lo que es cuid
ar
bien a un perro”, le decía Mami, pero
Hija no estaba segura de que Godzilla
domesticado recordara el enorme pla-
cer de morder.
No sabía si, cuando lo sacaba a pasear
y le quitaba la correa del cuello para de-
cirle “tienes que irte; yo no sé cuidarte y
tampoco sé si te quiero”, el perro com-
prendía que ella hubiera preferido que
se fuera y que no regresara nunca,
que usara los dientes en otra parte,
en
otros huesos: que lamiera otra sangre
39
sólo le babeaba
de familia. Pero el perro si
jaba un poco,
los talones y, si se ale
y orinarse encima
le daba por pasear
regresaba con el
de otros pies, siempre
hocico limpio a casa.
40
Mónica Ojeda
(Guayaquil, 1988)
Es autora de las novelas La desfiguración Silva
(Premio Alba Narrativa 2014) y Nefando (Candaya,
2016), así como del libro de poemas El ciclo de las
piedras (Premio Nacional Desembarco Poético
2015). Ha sido seleccionada como una de las
voces literarias más relevantes de Latinoamérica
por el Hay Festival Bogotá39 2017.
43