Préstame tus ojos Iris Boo
¡Préstame tus ojos!
Serie Préstame 13
Iris Boo
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Préstame tus ojos Iris Boo
Derechos de autor © 2020 Iris Boo
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Préstame tus ojos Iris Boo
¡Préstame tus ojos!
Serie Préstame 13
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Préstame tus ojos Iris Boo
Prólogo
Estoy en un avión con destino a un país que no he visi-
tado nunca y que no tenía pensado pisar, cuya lengua no
conozco, menos aún sus costumbres. Llevo más de una ho-
ra aguantando las miradas curiosas de una azafata demasia-
do «amable», y no sé si es porque le gusto o porque cree
que soy un terrorista que lleva una bomba en la maleta.
Llevo sin dor mir 36 horas, el tiempo que hace que me em-
barqué en esta endiablada aventura, y aún no sé por qué
sigo metido en ella.
Si un psicoanalista analizara mi cerebro diría que soy un
egocéntrico que solo piensa en sí mismo, en satisfacer sus
caprichos, a quien le importan pocas cosas. Y por eso mis-
mo aún no comprendo qué hago metido aquí. Ni yo mismo
me entiendo. Le he pedido unos días libres al jefe para so-
lucionar un problema que estoy seguro de que no tengo,
porque no se me ha perdido nada en esta parte del mun-
do.
No, lo único que voy a encontrar, espero, es a esa mu-
jer. No tenemos nada, aunque podría haberlo tenido si qui-
siera. No soy un creído, he notado cómo me miraba algu-
nas veces y le gustaba lo que veía. Pero no hice nada al res-
pecto porque hacerlo me traería más complicaciones de las
que he querido tener hasta ahora.
La he visto casi cada día durante, ¿cuánto tiempo?, ¿dos
años?, puede que algo menos, y durante ese tiempo no he
dado un paso hacia ella. La he cuidado porque al jefe le en-
fadaría que le ocurriese algo, porque, de una extraña ma-
nera, se ha convertido en un miembro de nuestra particular
familia.
Lo tenía todo bajo control, yo en mi línea y ella a lo su-
yo. Hasta ese maldito día en que decidió complicarlo todo.
Ella es cabezota, testaruda y cree que puede resolver sus
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propios problemas. No quiere ayuda de nadie porque se
cree una mujer moder na, autosuficiente y liberada de los
estereotipos que trataron de inculcarle desde niña. Y ten-
dría que respetarlo, dejarla pelear sus propias batallas, so-
bre todo porque dejó bien claro que eran ella y sus asun-
tos, yo no estaba invitado.
Pero aquí estoy, listo para meter me en un charco emba-
rrado en el que no tengo ni pizca de ganas de meter me
por una mujer que no quiere mi ayuda, y por la que creo
que siento algo que no debería.
En fin, soy Jonas «Nube Gris» Redland y esta va a ser la
historia del final de mi controlada vida, me temo. Ella va a
acabar conmigo.
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Préstame tus ojos Iris Boo
Capítulo 1
15 años antes…
Jonas
Cerré la puerta de mi habitación tras entrar, pero no di
un portazo, no lo merecía. Estaba cansado de todos y de
todo. Lancé la mochila con los libros del colegio al suelo y
me tiré sobre la cama. Estiré la mano hacia los auriculares
que estaban en mi mesita y conecté el reproductor de au-
dio. Las fuertes notas de la ensordecedora canción enmu-
decieron los gritos de mi madrastra y mi padre. Bueno, más
bien los de ella, mi padre pasaba de decir nada. A él siem-
pre le di igual, nunca le importé mucho. Lo único que hacía
por mí era pagar a alguien para que se ocupara de mí; co-
mida, ropa limpia… esas cosas. Solo que ahora había en-
contrado más práctico liarse con una mujer que, además de
hacer eso, se podía beneficiar. Sí, ya, soy muy joven para
entender de esas cosas, o debería serlo, pero no soy un
inocente niño de 13, sé lo que significan los ruidos que sa-
len de su habitación.
La puerta de mi cuarto se abrió para dejar paso a la cara
roja de la Barbie, así la llamaba yo. Rubia, tetas grandes,
como le gustaban a mi padre, todo lo contrario a las muje-
res que se podían encontrar en la reserva. A mi padre le
gustaba el exotismo de la piel blanca y pier nas largas, y a
ellas supongo que les atraía la tez oscura y el pelo largo y
negro de mi padre. Un guerrero indio enterrando su «lan-
za» en una «colona blanca».
—Hoy no vas a cenar, Jonas, estás castigado. Y espero
que esto te sirva de lección para que no te metas en más
líos.
La puerta se cerró detrás de ella. Sí, la oí, o más bien leí
sus labios. Pero si creía que me importaba una mierda ese
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castigo, lo llevaba claro. Metí la mano en el cajón y saqué
una chocolatina de esas con barquillo y frutos secos. Le di
un mordisco y pensé en lo que tendría que hacer para que
no volviesen a pillar me.
El problema de hacer cosas «malas» no es el hacerlas, si
no el que te pillen. ¿Colarte en el cuarto del de manteni-
miento y robarle los cigarrillos? Estaba mal, sí, pero peor
era el que ese cabrón me los hubiese confiscado para así
no tener que comprarlos él. Tenía pensado rajarle las rue-
das de su mierda de coche, más que nada porque me em-
pujó demasiado fuerte contra la pared para quitar me los ci-
garrillos. Él sabía que no le denunciaría por el golpe, por-
que entonces se sabría lo de los cigarrillos, pero no contó
en que buscara justicia por mis propios medios. Entré en su
cuarto, abrí su taquilla y recuperé los cigarrillos, además de
dejarle un pequeño regalito sobre los zapatos. Lo malo es
que un profesor me pilló saliendo de allí, aunque pensó
que estaba intentando entrar. Que lo había conseguido so-
lo lo sabíamos el conserje y yo, y seguro que él haría algo
para devolver me el «favor».
Puedo ser un crío, pero hace tiempo que aprendí a no
dejar que me pisaran. Primero en la reserva, donde los
otros niños no hacían más que meterse conmigo porque
era mestizo. Blanquito me llamaban. Al principio agachaba
la cabeza y pasaba de largo, pero cuando empezaron los
empujones, decidí defender me. A partir de ese día aprendí
que el respeto hay que ganárselo, y si no lo consigues,
siempre queda el miedo. Nadie se mete con alguien al que
tiene miedo. Pues bien, iba a enseñarle a ese tipo de uni-
for me desgastado que con Jonas «Nube Gris» Redland na-
die se metía, y si se atrevía a hacerlo, pagaría las conse-
cuencias.
Mi padre acertó cuando me llamó Nube Gris, porque, al
igual que ellas avisan de la llegada de la tor menta, mi nom-
bre avisaba de que no venía nada bueno.
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Préstame tus ojos Iris Boo
Esa era mi vida con 13. Con 14 mi padre me envió de
vuelta la reserva con mi abuela, porque la Barbie rubia le
había dejado, o la dejó él, eso poco me importó. A los 15
me pillaron pasando pellote a unos blanquitos pijos, culpa
suya. La primera y única vez que me detuvieron. A los 16
pasaba de contrabando mercancías pequeñas entre Cana-
dá y EE. UU. y a los 18 era un auténtico «conseguidor». Lo
que quisieras podía hacértelo llegar por un precio. Y así fue
como conocí a Bowman, el que es hoy en día mi jefe. Pri-
mero trabajé para él en un par de ocasiones, y me di cuen-
ta de que él sí que manejaba el dinero. Lo suyo no eran
unos cientos de dólares, sino miles. ¿Que por qué no traba-
jé por mi cuenta como mi jefe? Porque con sumas como
esa, había que estar preparado para perder mucho dinero
si salía mal, pero, sobre todo, porque la infraestructura que
él tenía nunca podría tenerla yo en toda mi vida. Pero lo
más importante, porque él respondió por mí en una oca-
sión cuando la cosa se complicó. Un capullo me la jugó y
Alex pagó el dinero que yo debía desembolsar. Pero lo que
me hizo respetarlo fue el hecho de que Alex le devolvió a
aquel tramposo la jugada. Me creyó a mí y le hizo pagar al
otro. Alex se convirtió en la única persona que respetaría
siempre. Si él me pedía que saltara dentro de una casa en
llamas, lo haría.
Por eso hice de guardaespaldas de su chica en la Uni-
versidad de Chicago, porque ella era importante para él.
Negocié, porque yo soy así y Alex me lo per mite. Podría
decirse que somos amigos. Por eso también dejé que los
amigos de su chica rondaran cerca de mi espacio, aunque
no quisiera complicaciones con la argentina de ojos claros,
ni me cayese bien su amiguito el transgénero. No soy trans-
fóbico, es que el tipo me ponía de los nervios, babeando
por la argentina, por Palm y por Aisha. Sí, esa es otra. Con-
nor, el hombre de confianza de Alex Bowman encontró
también a su media naranja, y con ella llegaron de regalo
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un peque con un excelente gusto para la comida y una chi-
ca que lo pasó muy mal con su ex prometido.
Esas son historias que no quiero contar ahora. El caso
que esa era mi vida en los últimos tiempos. Ocupar me de
las «transacciones» entre Canadá, mi tierra natal, y EE. UU.,
tener un ojo puesto sobre la mujer de mi jefe, en el buen
sentido, y no per mitir que ninguno de nuestros allegados
descubriese o resultase dañado por nuestras actividades al
margen de la ley. Un trabajo no muy complicado, tan solo
que tenía sus momentos buenos y malos. Buenos: Aisha era
cocinera y me tenía encantado con sus comidas. Y malos:
tenía que soportar al baboso de Oliver persiguiendo a las
dos chicas. Sí, las dos, la argentina, Alicia, estaba en su
punto de mira desde un principio, pero el idiota se había
quedado estancado en la zona de amigos. O tal vez esa era
su estrategia, quién sabe. La verdad es que tenía que reco-
nocer que tenía buen gusto, esa argentina estaba bien bue-
na y Aisha era una buena chica.
La vida podía haber sido buena conmigo, pero debí ser
malo con alguien que no debía y me estaba castigando. La
mujer de Connor abrió una de esas pastelerías de delicate-
sen, en la que Aisha colaboraba de vez en cuando hacien-
do repostería turca. Pero en la tienda, además de la madre
de Connor por las mañanas, también estaba Alicia por las
tardes. Y como la mosca que persigue la miel, el tal Oliver
tenía que estar, cada dos por tres, metido por allí.
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Capítulo 2
Lancé al aire un silbido largo y agudo para que Sly le-
vantara la cabeza hacia mí.
—Se acabó el recreo, muchacho.
Mi perro empezó a trotar hacia la casa porque sabía lo
que tocaba. Comida y siesta. Tardé tiempo en descubrir
que era la única manera de meterlo de nuevo en casa sin
que hubiese una persecución de por medio. Y tanto que
los perros se parecen a sus dueños, este era un calco mío.
Pelo negro, ojos marrones, un apetito incontrolable y pa-
sión por los espacios abiertos. No, no compré la casa por el
jardín, aunque con un perro es una gran ventaja. No, lo hi-
ce para no estar metido en un pequeño hueco donde los
vecinos me bombardearan con sus constantes ruidos. Odio
estar cenando y escuchando de fondo una discusión sobre
quién tiene el mando a distancia de la TV.
Dejé que Sly pasara delante de mí, directo a su cuenco
de comida. Estaba vacío, pero él sabía que eso cambiaría
pronto.
—Bien, pequeño glotón, aquí está tu comida.
Llamarlo pequeño era un eufemismo. El bicho era un ca-
ballo con piel de perro. Grande, robusto, era un auténtico
rottweiler bien alimentado. Le dejé el cuenco lleno y salí ca-
si corriendo, porque el cabrón tragaba como una aspirado-
ra y tenía que salir antes de que se pegara a mi como una
lapa. Estaba cerrando la puerta, cuando oí que me llama-
ban por teléfono. Alex, mi jefe. Y luego dicen que el indio
con poderes soy yo. Este tipo sí que tenía el don de la
oportunidad.
—Dime, jefe.
—Necesito que acompañes a Palm a la Pasticceria. Con-
nor y yo estamos algo liados con el distribuidor.
No tenía que dar me más explicaciones.
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Cuando llegué a la casa de Alex, 9 minutos después, lo
primero que me encontré fue a Micky instalando una silla
para bebés en el asiento trasero del SUV. La lógica me de-
cía que una silla más de bebé en el vehículo blindado que
usaban habitualmente añadía más pasajeros a la ecuación.
Y como pensaba, ese pasajero era un pequeño de 4 años
de pelo rubio y ojos color caramelo.
—¡Jonas! —Gritó el pequeño cuando me vio. No es que
corriera hacia mí para que lo levantara, como hacía con su
padre. Él y yo teníamos otro rollo. Se paró muy cerca de mí
y empezó a botar sobre sus pies.
—Hola, compañero.
—Vamos a ir a buscar a la abuela Maggie.
—Estupendo. —Santi, el pequeño rubio, me hizo un
gesto cómplice para que me inclinara y así poder hablar
bajito en mi oído.
—Mami me prometió bizcocho de plátano y chocolate
si me portaba bien. —¡Genial! Eso quería decir que me iba
a tocar algo a mí, porque ya me buscaría la vida para con-
seguir un trozo.
—Entonces vamos a buscarla. —Le ayudé a subir a su si-
tio, mientras veía por el otro lado de la puerta como Palm
ajustaba los cinturones de Owen a su pequeño cuerpecito.
—Todo listo, ¿puedes avisar a…? —Empezó a pedir me
Palm, la jefa, cuando la voz de Aisha llegó a mis espaldas.
—Estoy aquí. —Su voz sonó suave y tímida, como si no
quisiera molestar.
—Bien, entonces nos vamos —decretó la jefa. Empezó a
caminar hacia el asiento del acompañante y se sentó en él.
Aisha y Micky nos seguirían en el otro coche.
Seguramente están pensando ¿solo dos hombres para
escoltar a la familia del jefe de la mafia irlandesa de Chica-
go? Pues sí. Primero, siempre había algún descerebrado
que intentaría hacer algo contra ellos, pero no muchos.
¿Por qué? Pues porque Alex Bowman ya protagonizó una
masacre hace más de una década. Fue el único que quedó
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en pie después de aquello y todos sabían que volvería a su-
ceder lo mismo si alguien tocaba a su familia. Había una es-
pecie de pacto en la calle que dictaba que nadie atacaría o
per mitiría una agresión contra Bowman. Eso era como qui-
tarle la anilla de seguridad a una granada. Y luego estaba la
reputación de la jefa. ¿Sabían que había matado a un hom-
bre con uno de esos ador nos para el pelo? Sí, bueno, la
historia tenía muchos matices, pero el resumen que se oía
por las calles era ese. ¿Quién en su sano juicio intentaría
atacar a una asesina de ese calibre?
Me senté detrás del volante y arranqué el vehículo. De-
trás nos seguían Micky y Pou con Aisha en su propio
vehículo. Centro del pecado, allí íbamos. No, nada de mu-
jeres, perversión, alcohol y esas cosas, el pecado era todo
lo que salía de las manos de la mujer de Connor, la madre
del dulce caramelo que estaba sentado detrás de mí. Ese
niño nos tenía comiendo en sus manos a todos. Menos mal
que había llegado Owen para equilibrar las cosas.
Cuando «descargamos» en la parte trasera de la tienda,
Pou se hizo cargo del vehículo y lo llevó al aparcamiento.
Estaba genial esto de tener aparcacoches.
Santi entró corriendo por la puerta de la trastienda, algo
a lo que ya tenían que estar acostumbrados todos, pero
que provocaba algún que otro susto con los novatos. Ya ha-
bía sorprendido a más de uno con la mano sobre el ar ma y
con las rodillas flexionadas. Listos para la acción.
—¡Mami, mami!
—Hola, cariño. —Mica se inclinó para besar a su peque-
ño. Sabía por qué no lo tomaba en brazos. No quería man-
char el unifor me de repostera con los zapatos de su peque-
ño. Era realmente escrupulosa con esas cosas, y la amaba
por ello. Ya saben, yo comía mucho de lo que salía de sus
manos y me gustaba saber que la mujer se tomaba muchas
molestias en que todo cumpliese con las nor mas higiénicas.
—¿Puedo saludar a Kevan? —Travis ya estaba caminan-
do con una sonrisa en la cara para cargar al pequeño y le-
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vantarlo hasta la mesa en la que estaba la tumbona de su
her manito. No es que el otro pequeño se enterara de mu-
cho, porque estaba dor mido como un oso en invierno.
Santi besó con adoración la sonrosada mejilla de su her ma-
nito, dio las gracias a Travis y salió disparado a la tienda,
donde presumiblemente estaría su abuela. Estaba inspec-
cionando la cocina cuando oí la voz de Mica a mi lado.
—Ya sé lo que estás buscando. —Alcé una ceja como si
no supiera de lo que estaba hablando. Pero cuando me hi-
zo un gesto con la cabeza, señalando una fuente cuadrada,
salí hacia ella como un cohete. Bizcocho de plátano y cho-
colate, mi nuevo mejor amigo. Estaba cogiendo una de las
porciones precortadas, mientras dejaba que mis oídos si-
guieran vigilando lo que ocurría a mi alrededor.
—¿Pues cómo habéis venido todos? —preguntó Mica a
Palm, mientras saludaba con la mano a Aisha.
—He quedado con Oliver para poner las nuevas foto-
grafías en la web de la Pasticceria. Quería que escogiése-
mos las dos que más nos gustaran.
—Ya sabes que delegué en ti ese tipo de cosas, así que
las que escojas tú me parecerán bien.
—Es que no sé por cual decidir me, me gustan todas. —
Me giré para seguir masticando mi premio mientras veía a
las tres mujeres moverse por el obrador.
—¿Son las que hizo Alicia? —preguntó Mica.
—Sí.
—Entonces tengo el mismo problema que tú. Me gus-
tan todas. —Sabía de lo que hablaba. Esa argentina era ca-
paz de hacer apetecible hasta un ladrillo de construcción. Y
hablando del diablo, este apareció por la puerta.
—Chicas, Oliver acaba de llegar. —Pero en vez de salir
de allí, se encaminó hacia Owen para quitárselo de los bra-
zos a su madre y besuquearle la mejilla—. ¿Cómo está mi
novio? A ver si creces rápido y eres tú el que me lleva en
brazos a mí, guapetón. —Palm caminaba detrás de ella
mientras reía. Mica las siguió y mi mirada las acompañó a
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todas ellas. Y cómo no, me tropecé con el deslucido de Oli-
ver y esa sonrisa afable suya. ¿He dicho que me cae como
una patada en los testículos? Pues eso.
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FIN DEL FRAGMENTO
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