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Cuadernillo de Literatura 5° Año

Literatura 5to año
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Escuela Secundaria N° 5 “Almafuerte”.

Cuadernillo de Literatura.
5° año.
Pendientes o equivalencias 2021.
“Porque amasar el pan y escribir un cuento son cosas muy
parecidas. Porque compartir un pan entre todos y leer un
cuento en voz alta son las más antiguas costumbres del
amor” Bodoc Liliana, Cuentos de harina

Profesoras:
Luna Marcela.
Flores María del Pilar.

1
5° AÑO.
MATERIA: Literatura. 2021
PROGRAMA DE COMISIÓN EVALUADORA DE PENDIENTES O EQUIVALENCIA.

Cosmovisión Realista:
Géneros literarios: características del género narrativo, lirico y dramático. Puntos de vista del narrador:
omnisciente, testigo y protagonista.
Concepto y características del Realismo. Trama descriptiva y trama narrativa en la novela realista. El retrato de
los personajes. Registro y niveles del lenguaje (coloquial, lunfardo, rural, etc.)
Lectura:
“Infierno grande” Martínez Guillermo.
“La fiesta ajena” Heker Liliana.
“La intrusa” Borges Jorge Luis.
“Patrón”. Castillo Abelardo.
“Cuestión de principios” Fontanarrosa Roberto.
Novela: “Tuya” Claudia Piñeiro.
Cosmovisión Fantástica y maravillosa.
Concepto de cuento fantástico y maravilloso: Definición y características. Mecanismos de lo fantástico en
Cortázar: Alteraciones. Contextualización del Boom latinoamericano. Realismo mágico: concepto y
características.

Lectura:
“Un señor muy viejo con las alas enormes” García Márquez G.
“Casa tomada”, “La noche boca arriba”, “Continuidad de los parques”. Julio Cortázar.
Cosmovisión ciencia-ficción.
Origen de la ciencia ficción. Conceptos y características de la ciencia ficción. Alteración espacio-temporal. La
utopía y distopía. Lenguajes, temáticas, conflictos, personajes.
Lecturas:
“El árbol de la buena muerte” Oesterheld H.G
“El mejor amigo de un muchacho” Asimov Issac.
Película: Matrix

IMPORTANTE. Para presentarse al examen los estudiantes deben leer como mínimo 1 novela y 2 cuentos de cada
cosmovisión.

MODALIDAD DE EXAMEN DOCENTES:


Examen escrito y oral Luna Marcela
Flores. P.

2
UNIDAD N°1.

REVISIÓN DE CONTENIDOS BÁSICOS DE LITERATURA.

Literatura.
¿Qué es?

 Un conjunto de producciones de textos.


 Una obra en la cual su autor se haya servido de la palabra hablada o escrita como medio de expresión de
sus ideas.
 Manifestación artística del ser humano.

Géneros literarios son tres: lírico, dramático y narrativo.

¿Qué son los géneros?


 Son distintos tipos de texto que se dan dentro de las obras de ficción, por ejemplo: la narración, drama,
historieta, fotonovela, telenovela.

¿Qué es la ficción?
 Se denomina ficción a los hechos, personajes y circunstancias que no son reales, aunque lo parezcan.

Género lírico.
Esta formado por los poemas o poesías y canciones. Generalmente aparece escrito en verso y se caracteriza
por el uso de un lenguaje sugerente. Tienen musicalidad y ritmo, es decir que tienen gran importancia
sonoridad de las palabras. El autor expresa sus sentimientos, sensaciones y estados de ánimo a través de un
“yo lírico” de manera que el lector siente que son muy semejantes a los suyos.

Género dramático.

Está formado por el texto solamente dialogado que se caracteriza por mostrar conflictos a través de las
palabras y de las acciones de los personajes, sin que aparezcan descripciones ni narraciones. Dentro de este
género se incluyen las obras de teatro y guiones de cine y televisión

Género narrativo.

Está formado por los textos que comunica hechos que transcurren en el tiempo y que significan una
transformación de la situación inicial en que se encuentran los personajes. Una narración es una historia
contada en prosa. Hay distintos tipos de narraciones según la intención con que se narra, es así como se narra
para provocar placer, para entretener y gustar y mostrar belleza en el lenguaje (narración literaria). También
se narra para informar y con esta intención se producen las narraciones cotidianas, periodísticas, las históricas
y las científicas.
Nosotros vamos a profundizar en las narraciones literarias. Éstas se diferencian de todos los demás por el
carácter imaginario o ficticio de los hechos narrados.
Los tipos de narraciones más frecuentes son los cuentos y novelas. Dentro de estas categorías se establecen
distintos tipos de relato según sus características.

Características del género narrativo.

3
 Tiene un narrador: es una figura imaginaria creada por el autor para narrar la historia. El narrador no es lo
mismo que el autor. El autor es la persona real que escribe el texto.

Tipos de narradores

Omnisciente puede ser alguien indeterminado. Sabe todo lo que sucede, todo lo que sienten los personajes,
todo lo que sucedió, sucede y sucederá. Narra la historia en tercera persona.
Testigo: puede ser que alguno de los personajes cuente la historia; pero este personaje no sabe todo lo que
pasa ni lo que sienten los personajes. Solamente cuenta lo que ve y escucha. También narra en tercera
persona.
Protagonista: el personaje principal (protagonista) cuenta su propia historia, lo que siente, y vive. Narra la
historia en primera persona.

Personajes: son las personas imaginarias, ficticias, propias de los textos literarios. Pueden clasificarse en
principales y secundarios.
Personajes principales:
Protagonista: personaje principal de un texto literario.
Antagonista: personaje opuesto al protagonista.
Personajes secundarios: son los personajes menos importantes en la historia y que acompañan las acciones
del protagonista.

Estructura de un texto narrativo literario.

Superestructura narrativa

Marco

Tiempo Lugar Personajes

Situación inicial

Complicación

Resolución

Situación final.

El marco: está constituido por la presentación de los personajes, el tiempo y el lugar en los que transcurre la
acción.
Situación inicial: es en donde se presenta la acción.
Complicación: un problema planteado.
Resolución: solución al conflicto o problema planteado.

ACTIVIDAD

1- Indica a qué género literario pertenece cada uno de los siguientes fragmentos. Justifica tu
respuesta.

TEXTO A.

4
“…De noche Yasí, la luna, alumbra desde el cielo misionero las copas de los árboles y platea el
agua de las cataratas. Eso es todo lo que conocía de la selva: los enormes torrentes y el colchón
verde e ininterrumpido del follaje, que casi no deja pasar la luz…”

TEXTO B

No me gaste las palabras


no cambie el significado
mire que lo que yo quiero
lo tengo bastante claro

si usted habla de progreso


nada más que por hablar
mire que todos sabemos
que adelante no es atrás

TEXTO C

CRIADA.- Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes.


LA PONCIA.- (Sale comiendo chorizo y pan.) Llevan ya más de dos
horas de gori-gori. Han venido curas de todos los pueblos. La iglesia está
hermosa. En el primer responso se desmayó la Magdalena.
CRIADA.- Es la que se queda más sola.
LA PONCIA.- Era la única que quería al padre. ¡Ay! ¡Gracias a Dios que
estamos solas un poquito! Yo he venido a comer.

2- Indica en los siguientes fragmentos el tipo de narrador que posee.

TEXTO A

“…Pero un día bajó a la tierra acompañada de Araí, la nube, y juntas, convertidas en muchachas,
se pusieron a recorrer la selva. Era el mediodía y, el rumor de la selva las invadió, por eso era
imposible que escucharan los pasos sigilosos del yaguareté que se acercaba, agazapado, listo
para sorprenderlas, dispuesto a atacar. Pero en ese mismo instante una flecha disparada por un
viejo cazador guaraní que venía siguiendo al tigre fue a clavarse en el costado del animal…”
TEXTO B

“… Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado
como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau
Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa
noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a
que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su
nueva vida.…”

TEXTO C

“…Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía1, y tal vez de locura. Tales
acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de

5
mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)2 están abiertas
día y noche a los hombres y también a los animales…”

3- Investiga las características del cuento y la novela. Luego realiza un cuadro


comparativo entre ambas.

CUENTO NOVELA

Unidad N° 1

COSMOVISIÓN REALISTA.

El Realismo
Se llama Realismo a la tendencia estética que manifiesta interés primordial por la
observación del mundo y del hombre en su dimensión biológica, psicológica y
social. Así definido se puede afirmar que en todas las épocas hubo aspectos
realistas en la literatura; pero esta corriente que surge en el siglo XIX, en Europa,
nace como una reacción contra las exageraciones del Romanticismo. Por estas
razones a menudo los autores incorporan a sus obras el lenguaje vulgar que hace
más estrecha la distancia entre lengua oral y lengua literaria.

Las características más significativas de este movimiento son:

● Observación: pasa a ser la facultad más estimada en el arte; se desechan


la imaginación y el sentimiento (propios del Romanticismo) y la razón
(Neoclasicismo)Existe una observación minuciosa de la realidad
contemporánea.
● Regionalismo: los novelistas y cuentistas se interesan por la realidad de
cada región.
● Costumbrismo: la descripción de costumbres de los individuos o clases
sociales interesa a los artistas.

6
● Ampliación del repertorio de personajes: se amplían la serie de personajes
que interesan a la literatura. Se incluyen figuras vulgares, feas o viciosas
que no se enmarcan en el carácter de héroe.
● Contemporaneidad: se desarrollan temas de la época.
● Acción natural: las obras logran un desarrollo y desenlace natural y no
según el designio del autor.
● Descripción y narración: fueron los dos procedimientos técnicos más
empleados por los autores.
● Literatura de la clase media: autores y lectores pertenecían a la clase
media.
● Busca la objetividad.
● La obra de arte como medio de la corrección de la sociedad.
● La novela y el teatro fueron los géneros principales en donde se desarrolló.

Escribir literatura realista para los escritores implica asumir un nuevo rol; pensar
en la función social. Surge como oposición a otras miradas literarias, basadas
más en un ideal de belleza y que servían para dar cuenta de los estados de ánimo
del escritor o evadirse hacia mundos imaginarios sin establecer una relación con lo
que existe fuera del texto. La mirada realista parte de esta relación: se propone
captar y reproducir artísticamente el mundo real, dar testimonio de una época y
expresar sus tendencias y latencias profundas. Su programa estético consiste en
reflejar la realidad no tal como se nos presenta a los ojos sino como es
verdaderamente, es decir, descubrir y configurar las conexiones existentes en la
realidad para iluminar su esencia, que permanece oculta en el caos de la vida
cotidiana.

En los textos realistas nada es azaroso: cada detalle está al servicio de la totalidad
y contribuye a darle forma. El objetivo es delinear el mundo que se presenta y, al
mismo tiempo, imponer en el lector el “efecto de realidad”: aquello que aparece
entre sus ojos no es otra cosa que la realidad en la que vive.

Esta literatura no intenta ser una fotografía exacta de la realidad, con lo que
perdería su sentido como arte: entre los diversos elementos de lo real, el escritor
elige, establece jerarquías, y sobre todo juzga desde su punto de vista, que es,
por supuesto, subjetivo. Por eso el realismo no significa “objetividad neutra”,
sino una relación entre el mundo, independiente del hombre y el modo en que el
artista lo experimenta, valorándose en las posibilidades y obstáculos que le
impone a los hombres y mujeres para vivir y realizarse, La cosmovisión realista
implica así la idea de un encuentro con la realidad, un encuentro que implica
intervención de un sujeto, y por lo tanto, un reflejo activo, una representación.

7
INFIERNO GRANDE.

Martínez Guillermo.

Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las
moscas, me acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y
que nadie en el pueblo volvió a mencionar.

Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera
vez que lo vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida y, sobre todo, con
aquella melena larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el
principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que sería
un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le
hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y
me preguntó por una peluquería.

Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido
a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie
habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra punta
del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.

La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras


Cervino le cortaba el peto se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho
como miraba ella a los hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el
muchacho se quedó en el pueblo y todos pensamos lo mismo: que se quedaba
por ella.

No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y


era muy poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía
comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cervino era
sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la
ciudad, habían llegado el verano anterior, al comienzo de la temporada, y recuerdo
que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé que pronto arruinaría al viejo
Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero y premio en un concurso de
corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y le
echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo.
Además, en la peluquería de Cervino estaba siempre el último El Gráfico en el
revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa.

Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise
averiguarlo: me hubiera desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la Francesa
había nacido en Bahía Blanca o, peor todavía, en un pueblo como éste. Fuera

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como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer como aquélla. Tal
vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno
darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa
costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y
pintarse largamente frente al espejo, delante de todos. Pero no, había en la
Francesa algo todavía más inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía
estorbarle la ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que
estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta que uno bajaba la vista.
Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de burla, como si
la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie se
le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su
medida. Así, con los ojos provocaba y con los ojos, desdeñosa, se quitaba. Y todo
delante de Cervino, que parecía no advertir nada, que se afanaba en silencio
sobre las nucas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras en el aire.

Sí, la Francesa fue al principio la mejor publicidad para Cervino y su peluquería


estuvo muy concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo me había
equivocado con Melchor. El viejo no era tonto y poco a poco fue recuperando su
clientela: consiguió de alguna forma revistas pornográficas, que por esa época los
militares habían prohibido, y después, cuando llegó el Mundial, juntó todos sus
ahorros y compró un televisor color, que fue el primero del pueblo. Entonces
empezó a decir a quien quisiera escucharlo que en Puente Viejo había una y sólo
una peluquería de hombres: la de Cervino era para maricas.

Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor
fue, otra vez, a causa de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho
tiempo la burla o la humillación de una mujer.

Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acampaba en las afueras,


detrás de los médanos, cerca de la casona de la viuda de Espinosa. Al almacén
venía muy poco; hacía compras grandes, para quince días o para el mes entero,
pero en cambio iba todas las semanas a la peluquería. Y como costaba creer que
fuera solamente a leer El Gráfico, la gente empezó a compadecer a Cervino.
Porque así fue, al principio todos compadecían a Cervino. En verdad, resultaba
fácil apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la sonrisa pronta,
como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en ocasiones
parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba
largo rato afilando la navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras y
había que toser para retornarlo. Alguna vez, también, yo lo había sorprendido por
el espejo contemplando a la Francesa con una pasión muda y reconcentrada,

9
como si ni él mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y
realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra de sospechas.

Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para
las casadas y casaderas del pueblo, que desde siempre habían hecho causa
común contra sus temibles escotes. Pero también muchos hombres estaban
resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que tenían fama de gallos en
Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al
desprecio y mucho menos a la sorna de una mujer. Y sea porque se había
acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo venían
faltando los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las
andanzas del muchacho y la Francesa. Detrás del mostrador yo escuchaba una y
otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una noche en la playa, era
una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y debían estar drogados
porque hicieron algo que Nielsen ni entre hombres terminaba de contar; lo que
decía la viuda de Espinosa: que desde su ventana siempre escuchaba risas y
gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se
revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería,
delante de él y en las narices de Cervino... En fin, quién sabe cuánto habría de
cierto en todas aquellas habladurías. Un día nos dimos cuenta de que el
muchacho y la Francesa habían desaparecido. Quiero decir, al muchacho no lo
veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la peluquería ni en el camino
a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todos es que se
habían ido juntos y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal
vez porque el peligro ya estaba lejos, las mujeres parecían dispuestas ahora a
perdonar a la Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo fallaba, decían;
Cervino era demasiado viejo para ella y por otro lado el muchacho era tan buen
mozo... y comentaban entre sí con risitas de complicidad que quizás ellas hubieran
hecho lo mismo. Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto
estaba en el almacén la viuda de Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que
a su entender algo peor había ocurrido; el muchacho aquel, como todos sabíamos,
había acampado cerca de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuelto a ver, la
carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño -repetía aquello, muy extraño-
que se hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería avisar al
comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar también a
Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle:
tengo por norma no discutir con los clientes. Empecé a decir débilmente que no se
podía acusar a nadie sin pruebas, que para mí era imposible que Cervino, que
justamente Cervino... Pero aquí la viuda me interrumpió: era bien sabido que los
tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los más peligrosos.

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Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la
puerta. Hubo un gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos
trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció
más que nunca un chico indefenso, que no había sabido crecer. Cuando hizo el
pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado yoghurt. Mientras
pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la Francesa. Cervino enrojeció otra
vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado con tanta solicitud. Dijo
que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba muy
enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de
hablar había en todas las caras una expresión curiosa, que me costó identificar:
era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió a la carga. A
ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre
mujer. Y repetía por lo bajo que había un asesino suelto en Puente Viejo y que
cualquiera podía ser la próxima víctima. Transcurrió una semana, transcurrió un
mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho tampoco se lo había vuelto a
ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los indios en la carpa abandonada
y Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de que
Cervino era un criminal y los que todavía esperábamos que la Francesa regresara,
que éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que Cervino había degollado al
muchacho con la navaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a
los chicos que jugaran en la cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos
que volvieran con Melchor. Sin embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se
quedó por completo sin clientes: los muchachos del pueblo se desafiaban unos a
otros a sentarse en el fatídico sillón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y
empezó a ser prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray. Cuando le
preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro enfermo,
que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la
viuda de Espinosa había hablado con el comisario para que lo detuviese. Pero el
comisario había dicho que mientras no aparecieran los cuerpos nada podía
hacerse. En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos
decían que Cervino los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado
en tiras para arrojarlos al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada vez
más monstruoso.

Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir


un temor supersticioso, el presentimiento de que en aquellas interminables
discusiones se iba incubando una desgracia. La viuda de Espinosa, por su parte,
parecía haber enloquecido. Andaba abriendo pozos por todos lados con una
ridícula palita de playa, vociferando que ella no descansaría hasta encontrar los
cadáveres. Y un día los encontró. Fue una tarde a principios de noviembre. La
viuda entró en el almacén preguntándome si tenía palas; y dijo en voz bien alta,

11
para que todos la escucharan, que la mandaba el comisario a buscar palas y
voluntarios para cavar en los médanos, detrás del puente. Después, dejando caer
lentamente las palabras, dijo que había visto allí, con sus propios ojos, un perro
que devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y
mientras buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía
escuchando, aún sin poder creerlo, la conversación entrecortada de horror, perro,
mano, mano humana. La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último,
cargando las palas. Miraba a los demás y veía las mismas caras de siempre, la
gente que compraba en el almacén yerba y fideos. Miraba a mi alrededor y nada
había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era
una tarde como cualquier otra, a la hora inútil en que se despierta de la siesta.
Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar,
distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció
comprender de dónde provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar
sucediendo algo así, no en Puente Viejo. Cuando llegamos a los médanos el
comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando con el torso desnudo y
la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló vagamente entorno y yo
distribuí las palas y hundí la mía en el sitio que me pareció más inofensivo.
Durante un largo rato sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la
tierra. Yo le iba perdiendo el miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la
viuda se había confundido, que quizá no fuera cierto, cuando oímos un alboroto de
ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un pobre animal raquítico que se
desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso espantarlo a cascotazos
pero el perro volvía y volvía y en un momento pareció que iba a saltarle encima.
Entonces nos dimos cuenta de que era ése el lugar, el comisario volvió a cavar,
cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí; las palas se precipitaron todas
juntas y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un poco
más y apareció el primer cadáver. Los demás apenas le echaron un vistazo y
volvieron enseguida a las palas, casi con entusiasmo, a buscar a la Francesa,
pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con detenimiento. Tenía un agujero
negro en la frente y tierra en los ojos. No era el muchacho. Me di vuelta, para
advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una pesadilla: todos estaban
encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a cada golpe de pala
rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se
mirara muertos y más muertos, cabezas, cabezas. El horror me hacía deambular
de un lado a otro; no podía pensar, no podía entender, hasta que vi una espalda
acribillada y más allá una cabeza con venda en los ojos. Miré al comisario y el
comisario también sabía. Nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se
moviera, y volvió al pueblo, a pedir instrucciones. Del tiempo que transcurrió hasta
su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante del perro, el olor a muerto y la figura
de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos que había que

12
seguir, que todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió
caminaba erguido y solemne, como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó
delante de nosotros y nos mandó que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal
como estaban. Todos volvimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras
la tierra iba cubriendo los cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría
también allí. El perro ladraba y saltaba enloquecido. Entonces vimos al comisario
con la rodilla en tierra y el arma entre las manos. Disparó una sola vez. El perro
cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en la mano y lo pateó hacia
adelante, para que también lo enterrásemos. Antes de volver nos ordenó que no
hablásemos con nadie de aquello y anotó uno por uno los nombres de los que
habíamos estado allí. La Francesa regresó pocos días después: su padre se había
recuperado por completo. Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa
la robaron ni bien empezó la temporada.

COMPRENSIÓN LECTORA.

1- ¿Qué significa la expresión “pueblo chico infierno grande”?

2- ¿A qué situación particular alude el título? ¿Qué sería aquí “lo infernal”?

3- ¿Qué personajes intervienen en el cuento? Menciónalos y descríbelos por


orden de aparición.

4- ¿Qué mundial de fútbol hace referencia este cuento? ¿Por qué situación
histórica particular atravesaba nuestro país?

5- ¿Cuántas historias cuenta “Infierno Grande”? Especifica tu respuesta.

7- ¿Quién es el primero en descubrir los cadáveres?

8- ¿Por qué el comisario mata al perro?

9- ¿Qué les ordena el comisario a los que fueron testigos de la escena? ¿Por
qué obedecen?

10- ¿Quién es el narrador de la historia? Justifica con una cita textual.

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LA FIESTA AJENA.

L I L IANA HE KER

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la


tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre.
¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés
todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono,
pensó la chica: era por el cumpleaños.

–No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.

–Los ricos también se van al cielo –dijo la chica, que aprendía religión en el
colegio.

–Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le
gusta cagar más arriba del culo.

A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía


nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.

–Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es
mi amiga. Y se acabó.

–Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por
fin–, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija
de la sirvienta, nada más. Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.

–Callate –gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.

Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los
deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y
se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había
en esa casa. Y la gente también le gustaba.

–Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo
dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo.

La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos
en las caderas.

14
–¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las
pavadas que te dicen. Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que
su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran
ricas.

Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso
palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste.
Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.

–Si no voy me muero –murmuró, casi sin mover los labios.

Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la


mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de
Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con
vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir
Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se
vio lindísima.

La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:

–Qué linda estás hoy, Rosaura.

Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró
a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana
puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.

–Está en la cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque


es un secreto. Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo

vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen
rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba
a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés
se lo había dicho: “Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que
rompen algo”.

Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra


de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con
mucho cuidado y no volcó ni una gota.

Eso que la señora Inés le había dicho: “¿Te parece que vas a poder con esa
jarra tan grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De
manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:

15
–¿Y vos quién sos?

–Soy amiga de Luciana –dijo Rosaura.

–No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y
conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.

–Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi


mamá y hacemos los deberes juntas.

–¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.

–Yo y Luciana hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura,

muy seria. La del moño se encogió de hombros.

–Eso no es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?

–No.

–¿Y entonces, de dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a


impacientarse.

Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su

madre. Respiró hondo:

–Soy la hija de la empleada –dijo.

Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que
sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que
agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a
animar a decir algo así.

–Qué empleada –dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?

–No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.

–¿Y entonces cómo es empleada? –dijo la del moño.

Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a
Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa
mejor que nadie.

–Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.

16
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba
era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en
la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.
Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones
pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca
en su vida había sido tan feliz. Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después
que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido
que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos
los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó
de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte
sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y
muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del
moño una tajadita que daba lástima.

Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era
mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba
argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el
mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. “A ver,
socio,

dé vuelta una carta”, le decía. “No se me escape, socio, que estamos en


horario de trabajo”.

La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono
en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.

–¿Al chico? –gritaron todos.

–¡Al mono! –gritó el mago.

Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo. El mago llamó a
un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo
levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con
la cabeza.

–No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.

–¿Qué es timorato? –dijo el gordito.

El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para

comprobar que no había espías.

17
–Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero.

Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba
el corazón.

–A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba
a ella.

No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer


al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza
de Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció otra vez allí, lo
más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes
de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:

–Muchas gracias, señorita condesa.

Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue
lo primero que le contó.

–Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: “Muchas gracias, señorita condesa”.

Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que
estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a
decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así
que le contó lo del mago.

Su madre le dio un coscorrón y le dijo:

–Mírenla a la condesa.

Pero se veía que también estaba contenta. Y ahora estaban las dos en el hall
porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho:
“Espérenme un momentito”. Ahí la madre pareció preocupada.

–¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura.

–Y qué va a pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los

regalos para los que nos vamos.

Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall


al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía
bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba
una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le

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regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas,
pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué
no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?”. Era así su madre. Rosaura no tenía
ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le
dijo:

–Yo fui la mejor de la fiesta.

Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una
bolsa celeste y una bolsa rosa.

Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa


celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le
dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con
su mamá. Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una
sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después
miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:

–Qué hija que se mandó, Herminia.

Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la
pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella
también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar
ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni
buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.

En su mano aparecieron dos billetes.

–Esto te lo ganaste en buena ley –dijo, extendiendo la mano–.

Gracias por todo, querida.

Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la
mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó
contra el cuerpo de su madre. Nada más.

Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.

La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara


a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado
equilibrio.

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L I L I ANA HE KE R

Nació en 1943 en la Ciudad de Buenos Aires. Escritora y ensayista, a los 16


años comenzó a colaborar en la revista literaria El grillo de papel. Colaboró con
Abelardo Castillo en la fundación de las revistas El Escarabajo de Oro y El
Ornitorrinco. Entre sus libros de cuentos figuran: Los que vieron la zarza, Un
resplandor que se apagó en el mundo, Las peras del mal, Los bordes de lo
real. Y entre sus novelas: Zona de clivaje y El fin de la historia.

COMPRENSIÓN LECTORA.

En el cuento se aborda la construcción del otro, la mirada sobre el otro, dónde


se lo ubica, cómo uno se presenta ante el otro, la nominación del otro.

“Sos la hija de la sirvienta, nada más.” Al comienzo del cuento la madre de


Rosaura le expresa a su hija que no le gusta que vaya al cumpleaños de
Luciana, pero lo hace ubicándola en un lugar determinado

1- ¿Cuáles son las frases mediante las cuales la madre ubica a su hija en
relación a los otros? Describan los efectos que pueden producir ese tipo de
frases en otra persona.

—No me gusta que vayas —le había dicho


—. Es una fiesta de ricos.
—Los ricos también se van al cielo —dijo la chica, que aprendía religión en
el colegio.
—Qué cielo ni cielo —dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m’hijita
le gusta cagar más arriba del culo. A la chica no le parecía nada bien la
forma de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las
mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a ir porque estoy invitada —dijo—. Y estoy invitada porque
Luciana es mi amiga. Y se acabó
—Ah, sí, tu amiga —dijo la madre. Hizo una pausa.
—Oíme, Rosaura —dijo por fin—, ésa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos
vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.

2- Existe un número importante de expresiones que ubican a las personas en


lugares fijos sin posibilidad de cambio, por ejemplo: “El que nace para pito
nunca llega a corneta”, Busquen otras expresiones como la anterior y
analícenlas.

20
A- ¿Qué idea de lo que es una persona está expresando cada una de
estas frases, dichos, refranes?
B- En las escuelas, ¿se emplean expresiones con el mismo sentido?
¿Cuáles son? ¿Quién/ es las usan habitualmente para referirse a
quién/es? ¿Qué efectos producen en quienes las usan y quiénes son
sus destinatarios?

3- La bolsa celeste, la bolsa rosa y la cartera de la madre de Luciana parecen


tres lugares en los cuales se ubica al otro y se lo va a buscar.
A- ¿A quiénes ubica en cada uno de estos lugares la madre de Luciana?
B- ¿Qué otras cosas suponen ustedes que podría colocar la madre de
Luciana en esos lugares?
C- ¿Por qué esta división tan marcada?
2- ¿Existen estos lugares predeterminados para las personas en una
institución escolar? ¿En la sociedad? ¿Quién los determina? ¿Es posible
para las personas salir del lugar que les asignaron? ¿Cómo?
3- La madre de Luciana parece entender que Rosaura solo necesita lo
básico, dinero por ejemplo. ¿Qué opinan de esto?
4- ¿Por qué la madre de Luciana y la de Rosaura no pueden ver a sus hijas
como amigas? ¿Por qué sus hijas sí se tratan como amigas?
5- “Decí que sos la hija de la empleada.” Busquen en el cuento diferentes
momentos en que alguien se presenta ante otro.¿Cómo incide nuestra
manera de presentarnos en el tipo de vínculo o relación que se establece
con las otras personas?
6- El mago le dice a Rosaura: “Muchas gracias, señorita condesa”. ¿Qué
importancia tiene la manera de nombrar al otro?

21
Patrón

Castillo Abelardo.

La vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un


miedo oscuro y pegajoso: llevar una criatura adentro como un bicho enrollado, un
hijo, que a lo mejor un día iba a tener los mismos ojos duros, la misma piel áspera
del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no preguntó: asintió. Porque ya
lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero m'hija, había
dicho la mujer, llevo anunciando más partos que potros tiene tu marido. La miraba.
Va a estar contento Anteno, agregó. Y Paula dijo sí, claro. Y aunque ya no se
acordaba, una tarde, hacía cuatro años, también había dicho:

–Sí, claro.

Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor
Domínguez, el dueño de La Cabriada: el amo.

–Mire que no es obligación. –La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se
veía de lejos que sí, que era obligación. –Ahora que usté sabe cómo ha sido
siempre don Anteno con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso
no quita que haga su voluntad.

Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en
toda La Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir
que Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja –muerto, achicharrado en los
corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30– podía ser la mujer
del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado al rancho
y había dicho:

–Quiero casarme con su nieta –Paula estaba afuera, dándoles de comer a las
gallinas; el viejo había pasado sin mirarla. –Se me ha dado por tener un hijo,
sabes. –Señaló afuera, el campo, y su ademán pasó por encima de Paula que
estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que
iba a pronunciar después. –Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío.

¿Cuántos años tiene la muchacha?

22
–Diecisiete, o dieciséis –la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien
cómo hacer para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender
a la nieta. Se secó las manos en el delantal.

Él dijo: –Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para
adelante, bien pegada a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar
mejor que acá. Qué me contestas.

–Y yo no sé, don Anteno. Por mí no hay... –y no alcanzó a decir que


no había inconveniente porque no le salió la palabra. Y entonces todo estaba
decidido. Cinco minutos después él salió del rancho, pasó junto a Paula y dijo
"vaya, que la vieja quiere hablarla". Ella entró y dijo: –Sí, claro.

Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos
esa noche, en el patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería
escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.

–Un alambre parece el viejo.

Duro, retorcido como un alambre, bailando esa noche, demostrando


que de viejo sólo tenía la edad, zapateando un malambo hasta que el peón dijo
está bueno, patrón, y él se rió, sudado, brillándole la piel curtida. Oliendo a
padrillo.

Solos los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con
todo el cielo arriba y sus estrellas y el silencio. De golpe, al subir una loma, como
un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del Cerro Negro. Dijo Antenor:

–Cerro Patrón.

Y fue todo lo que dijo.

Después, al pasar el último puesto, Tomás, el cuidador, lo saludó


con el farol desde lejos. Cuando llegaron a la casa, Paula no vio más que a una
mujer y los perros. Los perros que se abalanzaban y se frenaron en seco sobre los
cuartos, porque Antenor los enmudeció, los paró de un grito. Paula adivinó que
esa mujer, nadie más, vivía ahí dentro. Por una oscura asociación supo también
que era ella quien cocinaba para el viejo: el viejo le había preguntado "comieron",
y señaló los perros.

Ahora, desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los
perros duermen. Largos los pinos, lejos.

23
–Todo lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo –
Antenor señaló afuera, a lo hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio
se oyó un relincho

–. Vení, arrímate.

Ella se acercó.

–Mande –le dijo.

–Todo va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que
acá se hace lo que yo digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. –Y
señalaba el campo, afuera, hasta mucho más allá del monte de eucaliptos, detrás
de los pinos, hasta pasar el cerro, abarcando aguadas y caballos y vacas. Le tocó
la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido.

–Veintiocho años tenía cuando me lo gané –la miró, como quien se mete dentro
de los ojos–, ya hace arriba de treinta.Paula aguantó la mirada. Lejos, volvió a
escucharse el relincho. Él dijo: –Vení a la cama.

II

No la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del
árbol crecido en el patio.

Estaba ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de los postes y el
alambrado de púas. Una noche –se decía–. muchos años antes, Antenor
Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un minuto más. Porque
el trato era "hasta que amanezca", y él estaba acostumbrado a estas cláusulas
viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a veces ni
siquiera con eso.

–De acá hasta donde llegues –y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la
mano, y la mano, que era grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos
del otro–. Clavas la estaca y te volvés. Lo alambras y es tuyo.

Nadie sabía muy bien qué clase de favor se estaba cobrando


Antenor Domínguez aquella noche; algunos, los más suspicaces, aseguraban que

24
el hombre caído junto al mostrador del Rozas tenía algo que ver con ese trato:
toda la tierra que se abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin
ser tan zonzo como para reventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la
estaca empezó a ser don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si
cuadraba, regalarle a un hombre todo el campo que se animara a cabalgar en una
noche. Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado treinta años y estaba
acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el
alambre. Por eso no la consultó. La cortó.

Ella lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló.
Nadie, viéndola, hubiera comprendido bien este silencio: la muchacha era una
mujer grande, ancha y poderosa como un animal, una bestia bella y chucara a la
que se le adivinaba la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio, flaco, áspero
como una rama.

–Contesta, che. ¡Contesta, te digo! –se le acercó. Paula sentía ahora su aliento
junto a la cara, su olor a venir del campo. Ella dijo:–No, don Anteno.

–¿Y entonces? ¿Me querés decir, entonces...?

Obedecer es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea
una, por más que aguante el olor del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento,
como si entrase también, por más que se quede quieta boca arriba. Un año y
medio boca arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose la
sangre tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo
y

encontrando sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto; le
pareció distinto.

Ella cruzaba los potreros, buscándolo, y un peón asomó detrás de una parva;
Paula había sentido la mirada caliente recorriéndole la curva de la espalda, como
en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un golpe seco, y se dio vuelta.
Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el peón abría la boca como en una
arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue esa sola vez. Se sintió mujer
disputada, mujer nomás. Y no le importó que el viejo dijera yo te voy a dar mirarme
la mujer, pión rotoso, ni que dijera:

–Y vos, qué buscas. Ya te dije dónde quiero que estés.

En la casa, claro. Y lo decía mientras un hombre, todavía en el suelo,


abría y cerraba la boca en silencio, mientras otros hombres empezaron a rodear al

25
viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear con una expresión menos parecida al
respeto que a la amenaza. El viejo no los miraba:

–Qué buscas.

–La abuela –dijo ella–. Me avisan que está mala –y repentinamente se sintió
sola, únicamente protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones
agresivos, ambiguos, que ahora, al escuchar a la muchacha, se quedaron quietos.
Y ella comprendió que, sin proponérselo, estaba defendiendo al viejo.

–Qué miran ustedes –la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el
momento de clavar una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz
venía del lado de las cabañas, gritando alguna cosa. El viejo miró a Paula, y de
nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un perro apaleado–. Si
andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.

III

A los dos años empezó a mirarla con rencor. Mirada de estafado,


eso era. Antes había sido impaciencia, apuro de viejo por tener un hijo y asombro
de no tenerlo: los ojos inquisidores del viejo y ella que bajaba la cabeza con un
poco de vergüenza. Después fue la ironía. O algo más bárbaro, pero que se
emparentaba de algún modo con la ironía y hacía que la muchacha se quedara
con la vista fija en el plato, durante la cena o el almuerzo. Después, aquel insulto
en los potreros, como un golpe a mano abierta, prefigurando la mano pesada y
ancha y real que alguna vez va a estallarle en la cara, porque Paula siempre supo
que el viejo iba a terminar golpeando. Lo supo la misma noche que murió la
abuela

–O cuarenta y tantos, es lo mismo.

Alguien lo había dicho en el velorio: cuarenta y tantos. Los años de


diferencia, querían decir.

Paula miró de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos cueros, adivinó la
mirada y entendió lo que todos pensaban: que la diferencia era grande. Y quién
sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.

–Volvemos a la casa –dijo de golpe.

26
Ésa fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después -
hasta la tarde aquella, cuando un toro se vino resoplando por el andarivel y hubo
gritos y sangre por el aire y el viejo se quedó quieto como un trapo– pasó un año,
y Antenor tenía siempre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía querer
meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer año,
quedó encinta. Debió de haber sido durante una de esas noches furibundas en
que el viejo, brutalmente, la tumbaba sobre la cama, como a un animal maneado,
poseyéndola con rencor, con desesperación.

Ella supo que estaba encinta y tuvo miedo. De pronto sintió ganas de
llorar; no sabía por qué, si porque el viejo se había salido con la suya o por la
mano brutal, pesada, que se abría ahora: ancha mano de castrar y marcar,
estallándole, por fin, en la cara.

–¡Contesta! Contéstame, yegua.

El bofetón la sentó en la cama; pero no lloró. Se quedó ahí, odiando


al hombre con los ojos muy abiertos. La cara le ardía.

–No –dijo mirándolo–. Ha de ser un retraso, nomás. Como siempre.

–Yo te voy a dar retraso –Antenor repetía las palabras, las mordía–. Yo te voy a
dar retraso.

Mañana mismo le digo al Fabio que te lleve al pueblo, a casa de la


Tomasina. Te voy a dar retraso.

La había espiado seguramente. Había llevado cuenta de los días;


quizá desde la primera noche, mes a mes, durante los tres años que llevó cuenta
de los días.

–Mañana te levantas cuando aclare. Acostate ahora.

Una ternera boca arriba, al día siguiente, en el campo. Paula la vio


desde el sulky, cuando pasaba hacia el pueblo con el viejo Fabio. Olor a carne
quemada y una gran "A", incandescente, chamuscándole el flanco: Paula se
reconoció en los ojos de la ternera.

Al volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones.
Un torito mugía, tumbado a los pies del hombre; nadie como el viejo para voltear
un animal y descornarlo o caparlo de un tajo.

27
Antenor la llamó, y ella hubiera querido que no la llamase: hubiera
querido seguir hasta la casa, encerrarse allá. Pero el viejo la llamó y ella ahora
estaba parada junto a él.

–Ceba mate. –Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el
nacimiento de los cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un crujido y
un mugido largo, y del hueso brotó, repentino, un chorro colorado y caliente. –Qué
fruncís la jeta, vos.

Ella le alcanzó el mate. Preñada, había dicho la Tomasina. Él pareció


adivinarlo. Paula estaba agarrando el mate que él le devolvía, quiso evitar sus
ojos, darse vuelta.

–Che –dijo el viejo.

–Mande –dijo Paula.

Estaba mirándolo otra vez, mirándole las manos anchas, llenas de


sangre pegajosa: recordó el bofetón de la noche anterior. Por el andarivel traían
un toro grande, un pinto, que bufaba y hacía retemblar las maderas. La voz de
Antenor, mientras sus manos desanudaban unas correas, hizo la pregunta que
Paula estaba temiendo. La hizo en el mismo momento que Paula gritó, que todos
gritaron.

–¿Qué te dijo la Tomasina? –preguntó.

Y todos, repentinamente, gritaron. Los ojos de Antenor se habían


achicado al mirarla, pero de inmediato volvieron a abrirse, enormes, y mientras
todos gritaban, el cuerpo del viejo dio una vuelta en el aire, atropellado de atrás
por el toro. Hubo un revuelo de hombres y animales y el resbalón de las pezuñas
sobre la tierra. En mitad de los gritos, Paula seguía parada con el mate en la
mano, mirando absurdamente el cuerpo como un trapo del viejo. Había quedado
sobre el alambrado de púas, como un trapo puesto a secar.

Y todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la
voz autoritaria de don Antenor Domínguez.

–¡Ayúdenme, carajo!

IV

28
Esta orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que
articuló. Después estaba ahí, de espaldas sobre la cama, sudando, abriendo y
cerrando la boca sin pronunciar palabra. Quebrado, partido como si le hubiesen
descargado un hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho más
tarde. Sólo entonces el médico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el
viejo no volvería a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en
condiciones de comprender alguna cosa, Paula le anunció lo del chico.

–Va a tener el chico –le anunció–. La Tomasina me lo ha dicho.

Un brillo como de triunfo alumbró ferozmente la mirada del viejo; se


le achisparon los ojos y, de haber podido hablar, acaso hubiera dicho gracias por
primera vez en su vida. Un tiempo después garabateó en un papel que quería
volver a la casa grande. Esa misma tarde lo llevaron.

Nadie vino a verlo. El médico y el capataz de La Cabriada, el viejo


Fabio, eran las dos únicas personas que Antenor veía. Salvo la mujer que
ayudaba a Paula en la cocina –pero que jamás entró en el cuarto de Antenor, por
orden de Paula–, nadie más andaba por la casa. El viejo Fabio llegaba al caer el
sol. Llegaba y se quedaba quieto, sentado lejos de la cama sin saber qué hacer o
qué decir. Paula, en silencio, cebaba mate entonces.

Y súbitamente, ella, Paula, se transfiguró. Se transfiguró cuando


Antenor pidió que lo llevaran al cuarto alto; pero ya desde antes, su cara, hermosa
y brutal, se había ido transformando. Hablaba poco, cada día menos. Su expresión
se fue haciendo cada vez más dura –más sombría–, como la de quienes, en
secreto, se han propuesto obstinadamente algo. Una noche, Antenor pareció
ahogarse; Paula sospechó que el viejo podía morirse así, de golpe, y tuvo miedo.
Sin embargo, ahí, entre las sábanas y a la luz de la lámpara, el rostro de Antenor
Domínguez tenía algo desesperado, emperradamente vivo. No iba a morirse hasta
que naciera el chico; los dos querían esto. Ella le vació una cucharada de remedio
en los labios temblorosos. Antenor echó la cabeza hacia atrás. Los ojos, por un
momento, se le habían quedado en blanco. La voz de Paula fue un grito:

–¡Va a tener el chico, me oye! –Antenor levantó la cara; el remedio se volcaba


sobre las mantas, desde las comisuras de una sonrisa. Dijo que sí con la cabeza.

Esa misma noche empezó todo. Entre ella y Fabio lo subieron al


cuarto alto. Allí, don Antenor Domínguez, semicolgado de las correas atadas a un
travesaño de fierro, que el doctor había hecho colocar sobre la cama, erguido a
medias podía contemplar el campo. Su campo. Alguna vez volvió a garrapatear

29
con lentitud unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres
que,

abriendo un boquete en la pared, extendieron la ventana hacia abajo y a lo ancho.


El viejo volvió a sonreír entonces. Se pasaba horas con la mirada perdida, solo, en
silencio, abriendo y cerrando la boca como si rezara –o como si repitiera
empecinadamente un nombre, el suyo, gestándose otra vez en el vientre de
Paula–, mirando su tierra, lejos hasta los altos pinos, más allá del Cerro
Negro.Contra el cielo.

Una noche volvió a sacudirse en un ahogo. Paula dijo:

–Va a tener el chico. El asintió otra vez con la cabeza.

Con el tiempo, este diálogo se hizo costumbre. Cada noche lo


repetían.

El campo y el vientre hinchado de la mujer: las dos únicas cosas que


veía. El médico, ahora, sólo lo visitaba si Paula –de tanto en tanto, y finalmente
nunca– lo mandaba llamar, y el mismo Fabio, que una vez por semana ataba el
sulky e iba a comprar al pueblo los encargos de la muchacha, acabó por olvidarse
de subir al piso alto al caer la tarde. Salvo ella, nadie subía.

Cuando el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus
ropas, la mujer que ayudaba en la cocina no volvió más. Los ojos de Antenor,
interrogantes, estaban mirando a Paula.

–La eché –dijo Paula.

Después, al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que
Paula llevará siempre consigo, colgada a la cintura), y el viejo tuvo que
acostumbrarse también a esto. El sonido de la llave girando en la antigua
cerradura anunciaba la entrada de Paula –sus pasos, cada día más lerdos, más
livianos, a medida que la fecha del parto se acercaba–, y por fin la mano que
dejaba el plato, mano que Antenor no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del
viejo también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se cruzaron con los de
Paula, o tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con

30
una presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura,
sí, alguna noche, cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso
como un gesto estático, interminable, que parecía haberse ido fraguando en su
cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar callada, apretando
los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en puntadas desde la cintura, le
hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó girar la llave y vio
proyectarse larga la sombra de Paula sobre el piso, antes de que ella dijera lo que
siempre decía, el viejo intuyó algo tremendo. Súbitamente, una sensación que
nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el cerebro, como una gota
de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable. Quiso no
escuchar, no ver la cara de ella, pero adivinó el gesto, la mirada, el rictus aquel de
apretar los dientes. Ella dijo:

–Va a tener el chico.

Antenor volvió la cara hacia la pared. Después, cada noche la volvía.

VI

Nació en invierno; era varón. Paula lo tuvo ahí mismo. No mandó


llamar a la Tomasina: el día anterior le había dicho a Fabio que no iba a necesitar
nada, ningún encargo del pueblo.

–Ni hace falta que venga en la semana –y como Fabio se había quedado
mirándole el vientre, dijo: –Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.

Después pareció reflexionar en algo que acababa de decir Fabio; él


había preguntado por la mujer que ayudaba en la casa. No la he visto hoy, había
dicho Fabio.

–Ha de estar en el pueblo –dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: –Si lo
ve al Tomás, mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:

–Podés irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.

Desde la ventana, arriba, Antenor pudo ver cómo Paula se quedaba


sola junto al aljibe. Después ella se metió en la casa y el viejo no volvió a verla
hasta el día siguiente, cuando le trajo el chico.

31
Antes, de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido
ahogado y, al acercarse la noche, un grito largo retumbando entre los cuartos
vacíos; por fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura. Entonces el viejo
comenzó a reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de
la cama y quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.

Cuando Paula entró en el cuarto, el viejo permanecía en la misma


actitud, rígido y sentado. Ella lo traía vivo: Antenor pudo escuchar la respiración de
su hijo. Paula se acercó. Desde lejos, con los brazos muy extendidos y el cuerpo
echado hacia atrás, apartando la cara, ella, dejó al chico sobre las sábanas, junto
al viejo, que ahora ya no se reía. Los ojos del hombre y de la mujer se encontraron
luego. Fue un segundo: Paula se quedó allí, inmóvil, detenida ante los ojos
imperativos de Antenor.

Como si hubiera estado esperando aquello, el viejo soltó las correas


y tendió el brazo libre hacia la mujer; con el otro se apoyó en la cama, por no
aplastar al chico. Sus dedos alcanzaron a rozar la pollera de Paula, pero ella,
como si también hubiese estado esperando el ademán, se echó hacia

atrás con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un ángulo del cuarto,
al principio lo miró

con miedo. Después, no. Antenor había quedado grotescamente caído hacia un
costado: por no aplastar al chico estuvo a punto de rodar fuera de la cama. El
chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca, buscó sentarse y no dio con la
correa. Durante un segundo se quedó así, con la boca abierta en un grito
inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e impotente, tan salvaje, sin
embargo, que de haber podido gritarse habría conmovido la casa hasta los
cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la cabeza. Antenor estaba
sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la correa; con la otra, sostenía
a la criatura. Delante de ellos se veía el campo, lejos, hasta el Cerro Patrón.

Al salir, Paula cerró la puerta con llave; después, antes de atar el


sulky, la tiró al aljibe.

COMPRENSIÓN LECTORA.

1- Redacta brevemente el argumento del cuento. (Recuerda que el


argumento es una síntesis de la historia escrita con tus palabras)

32
2- ¿Por qué el texto se llama “Patrón”? ¿Por qué es un cuento?

3- ¿Quiénes son los personajes principales? ¿Cuáles son sus características?

4- ¿Quiénes son los personajes secundarios? ¿Cuáles son sus características?

5- ¿Cuál es el tema del cuento?

6- ¿Quién es la víctima y quién es el victimario? ¿Por qué?

7- ¿Qué derechos humanos son violados en el cuento? ¿Por qué?

8- Si pudieras cambiar el final ¿Cuál sería para vos? ¿Por qué?

9- ¿Sobre qué temas te hace reflexionar el cuento? ¿Por qué?

10- ¿Cuánto hacía que estaban casados Antenor y Paula

11- ¿Paula podía elegir no casarse con Antenor? ¿Por qué quería el viejo
casarse?

12- ¿Cómo había conseguido las tierras Antenor? Explica la frase… “y cuando
clavó la estaca empezó a ser Don Antenor…”

13- ¿Qué significa la gran “A” estampada en la ternera? ¿Qué le sugiere a


Paula?

14- Narre brevemente el incidente que deja inválido a Antenor.

15- ¿En qué circunstancias Paula comienza a ejercer poder en la casa?

16- ¿Cuándo volvió a sonreír el viejo?

17- Narra los preparativos que hizo Paula para el momento del parto ¿Quién la
asistió en ese momento?

Cuestión de principios.
Fontanarrosa Roberto.

33
¿Te conté la del viejo Castilla? La del viejo Castilla es mundial. Es la prueba
de lo que se puede comprometer un tipo por hablar al pedo, ¿viste? Por darse
manija con las palabras y después no poder volver atrás. A mí siempre me pareció
un viejo pelotudo, eso te lo aclaro desde el vamos, aunque al final, no sé, creo que
medio que se reivindica el viejo, pero de todas maneras siempre fue bastante
pelotudo. Un formal, ¿viste?, un tipo que estaba permanentemente tratando de
demostrarte que él era un caballerito inglés, un tipo educado, un tipo que mantenía
una diferencia muy notoria con el resto de la gente, de la gente como nosotros.
Cordial, ¿no? Siempre cordial. Demasiado. Meloso a veces. Muy cuidadoso en su
vocabulario, casi te diría que a propósito. Mirá que en la empresa por ahí todos
hablaban, cuando se reunían los empleados, por ejemplo a tomar café de una
manera normal, lógica, cotidiana. Puteando, por ejemplo, cagándose de risa. Pero
Castilla, no. Participaba, hacía algunos silencios reprobatorios ante las malas
palabras y siempre mezquinaba las opiniones. Las quería hacer valer. Como si no
pudiese rebajarse a intervenir demasiado en las charlas sobre pavadas, o como si
se reservara el derecho a la conclusión final, a la moraleja. Un plomo, el pelotudo.

Decí que nosotros ya no le dábamos pelota. Hablábamos delante de él como


si no estuviera. ¡Hacía tanto que uno lo conocía de la empresa!. Porque hacía como
20, 30 años... ¡qué sé yo los años que hacía que ese hombre trabajaba en la
empresa!. Era ya parte del inventario. Te estoy hablando de un hombre que ahora
tendrá cerca de 65 años más o menos. Y siempre muy atildado en el vestir, de traje
y chaleco impecable, bigotito fino, cabello rizado algo escaso arriba y muy plateado
sobre las sienes. Creo que se daba con la tintura el viejo. Porque era, es, un viejo
coqueto. Y muy baboso. Siempre andaba rondando a las minitas, las secretarias.
Haciéndose el que no les daba bola. Pero las trataba con mucha deferencia, les
corría la silla para que se sentaran, les elogiaba el peinado, les comentaba la ropa.

Un galán a la antigua, digamos. Eso es lo que él, como estrategia yo pienso,


quería explotar: su comportamiento a la antigua. El viejo se consideraba un
reservorio de las viejas costumbres, un detalle de distinción. Pensaba que con eso
hacía diferencia, que eso le daba un rasgo distinto y ganador.

Además, usaba palabras extrañas de vez en cuando, a propósito,


antigüedades. “Cobijas”, decía, por ejemplo... “Botines” por zapatos, “Chansonnier”
por cantor... Y no te creas que no impresionaba a algunas pibas cuando lo veían
tan educado, tan fino... Las minas nos marcaban las diferencias con nosotros, que
las tratábamos para la mierda a veces, o como a cualquier otro compañero de
trabajo. “Un señor”, solían decir las chicas, cuando hablaban de él.

Aunque me parece que el viejo, muy cauto, nunca iba más allá de ese
revoloteo.

34
No supe de ninguna oportunidad en que haya invitado a una de las pibas a
tomar un café fuera de la empresa o que se haya tirado abiertamente con una. Hasta
ahí nomás llegaba el viejo. Jugueteaba, le gustaba ese asunto seductor de
mariposón veterano.

Con la única que mostraba la hilacha, te juro, era con la Inés, una potra
ligerísima que laburaba en Administración. Esa mina siempre estuvo buenísima y
además se iba con unas minifaldas por acá que te volvían loco. Para colmo, le daba
calce al viejo. En joda nomás, de hija de puta, porque ella se lo caminaba al gerente
y después al hijo del gerente.

Te estoy hablando de una mina de unos 34 años, que sabía lo que quería,
muy agradable la mina. Y con ella sí, el viejo se moría.

Yo, que conocía el paño, lo miraba cuando él le hablaba o lo cazaba cuando


ella andaba revoloteando por la oficina y él, desde su escritorio, la miraba.

Y se le caía la baba al viejo Castilla...

Y un día no va y por estas cosas de los nuevos mercados, la globalización,


la computación y todo eso, aterriza en la empresa un nuevo capo. Un nuevo capo
con toda una banda de colaboradores nuevos. Como se acostumbra ahora, ¿viste?
Un pendejo.

Insoportable el pendejo, te estoy hablando de 30, 31 años, no más. Medio


pintón el mocoso, o parecía pintón porque vos sabés que no hay nada que te arregle
más la cara que una buena tarjeta de crédito. Engreído, prepotente, arrogante, con
esa cosa yanqui de “pisa recio y escupe lejos”. De la raza de los winners, de los
ganadores, de los yuppies y toda esa mierda.

Entrador, por otra parte, cuando quería, simpático, fachero, deportista.


Siempre tostado el tipo, Silva se llamaba, de andar en el río, en el mar, de ir a
esquiar, de jugar paddle y todas esas boludeces. No le faltaba nada al pendejo. Y
su segundo, su mano derecha, otro como él. Algo más grande tal vez, 34, 35, Pérez
Centurión, licenciado en marketing, en merchandising y esos inventos.

Las minas, locas con los dos, pero especialmente con el Silva, el presidente.
La Inés, por ejemplo, lo marcó de arranque nomás, porque de largada ya estaba la
Inés en las gateras. Sin embargo, te diré que el pendejo no comía vidrio -no se llega
hasta esos puestos comiendo vidrio- y tampoco era un viva la pepa en su
comportamiento profesional. Estos pendejos están adiestrados para competir y para
ser eficientes.

35
Entonces en la empresa mucho no jodía. Te diría que todo lo contrario.
Apuntaba más que nada a la eficiencia y al laburo. Armó una revolución en la
empresa, echó gente a la mierda, sacó tipos de aquí y los metió en otra parte,
modificó secciones, y al viejo Castilla lo dejó donde estaba, ni lo tocó, como si fuera
un mueble que no necesita modificaciones. Tampoco lo ascendió, pero no le pegó
una patada en el culo. De todas maneras te digo que el viejo era muy eficiente en
lo suyo, muy cuidadoso, muy meticuloso.

-Yo duermo muy bien por las noches, Juan Alberto; le contaba uno de esos
días a su cuñado por teléfono el viejo, explicando las modificaciones de la empresa.
-Vos no sabés lo bien que yo duermo a la noche. Como un bebé, como un bebé... y
Sarita, la mujer del viejo, meneaba la cabeza de un lado para otro, sin intervenir en
la conversación, mientras planchaba.

-Yo nunca le he pisado la cabeza a nadie para subir, ¿me entendés?. Nunca.
Por eso duermo tranquilo. Tengo la conciencia muy limpia.

- ¿Subir? ¿A dónde subir?; preguntó Sarita, amarga, apenas Castilla cortó la


comunicación. -Tenés casi 40 años en la empresa y seguís en un puesto de
porquería... ¿Qué “subir”?

-No seas injusta, Sara... Vos sabés que es un buen puesto. Gano bien, me
respetan...

-¿Te respetan?. ¿Así te respetan? Hace como cinco años que no te


ascienden...

-No seas injusta -Castilla exageraba su herida-. ¿Y dónde pensabas que


podía llegar en esta empresa? ¿A gerente general?

-Mirá, Miranda...

-Miranda... -Castilla meneó la cabeza, con una sonrisa triste-. Miranda...

-Sí, mirá a Miranda... Entró después que vos y gana más que el doble de lo
que vos ganás...

-No es más que el doble, no es más que el doble...

-En menos tiempo...

-Oíme, Sara... -Castilla se mordió los labios, como dudando en revelar un


secreto de Estado-, yo sé bien cómo ascendió Miranda...

36
- ¿Qué? ¿Cómo ascendió Miranda? ¿Qué hizo Miranda?

-Yo sé muy bien cómo ascendió Miranda... Hay muchas formas de ascender
en una empresa, Sarita... Yo no sé si Miranda duerme tan tranquilo como yo...

-Ah, claro... -Sarita golpeó más de lo necesario con la plancha sobre la tabla-
. Ya sabía yo... Todos los que consiguen cosas, todos a los que les va bien, son
unos deshonestos, son unos sinvergüenzas, son unos ladrones... El único honesto
acá sos vos...

Castilla giró sobre sus talones, arreglándose el cuello impecable de la camisa


-permanecía con corbata hasta en la casa- volvió a resoplar, como si estuviese
recurriendo a los últimos vestigios de su infinita paciencia.

-Hay muchas maneras de trepar, Sarita, muchas maneras...

-Y bueno, contáme -desafió Sara-. A ver, contáme, cómo hizo para trepar
Miranda...

-No te puedo contar -frunció la cara, Castilla-. No te puedo contar, es muy


complejo...

-Claro, yo soy una burra que no entiende nada. A mí no me podés contar


nada porque no entiendo -Sara no levantaba la vista de la tabla-. Lo único que sé
es que Miranda está en el puesto en el que vos deberías estar desde hace mucho...
Y que todos los que llegan a algo son delincuentes...

Para colmo, te cuento, el viejo Castilla había recrudecido con ese argumento
desde el momento en que llegó el pendejo de jefe. Acostumbrado a una empresa
más tradicionalista, eso lo puso loco. Y lo comentó en la mesa del almuerzo con su
familia: Sarita, y Rolo, su pibe, porque la pendeja ya se había pirado un par de años
atrás.

-Cualquier mocoso petulante se cree con derecho de llevarte por delante,


Sarita -había dicho-. Tendrías que ver a este muchacho, su altanería, su soberbia,
su desparpajo... Yo no me explico cómo pueden estos muchachos acceder a
puestos de tanta importancia...

-Será capaz, Adalberto -cortaba Sara-. Será capaz... Muy simple...

Castilla chasqueaba los labios, despectivo.

37
-Capaz de cualquier cosa. De eso es capaz... Auto importado, teléfono
celular...

-¿Y eso qué tiene de malo?; terció Rolito, el hijo de Castilla, que no tenía más
de 16 años, tomando partido junto a su madre.

-Atropellan a todo el mundo -Castilla desestimó la pregunta de su hijo-.


Piensan que no tienen nada que aprender...

-Pero llegaron, Adalberto. Llegaron. Y el día de mañana le darán un buen


pasar a su familia; dijo Sarita.

Castilla sonrió tristemente.

-Tal vez sea yo el equivocado -dijo, dramático-. Tal vez sea yo...

Y la cosa se armó una tarde de una forma en que no se puede creer. No me


preguntés cómo conozco yo algunos detalles, pero vos sabés que en esas
empresas, a la corta o a la larga, uno se entera de todo.

Hasta ese momento, este pendejo Silva no le había dado ni cinco de pelota
a Castilla. Salvo saludos muy formales, casi ni le había hablado. Tampoco era que
lo ignoraba, sino que más bien estaba haciendo otros estudios de la empresa y no
había tocado la parte de Castilla.

Pero esa tarde lo llama a su despacho, en el último piso del edificio para que
le lleve unos papeles. Y Castilla va y descubre una cosa, mirá qué rasgo curioso en
un pendejo como este Silva con su perfil de eficientista pragmático.

Primero Castilla comprueba que este pibe había cambiado casi todo el
mobiliario de su oficina. A la mierda con los viejos muebles, con las cortinas, con las
bibliotecas. Todo nuevo, supermoderno, amplios ventanales, moqueta de punta a
punta, sillones giratorios, computadoras. Y segundo, que en el estante de una de
las nuevas bibliotecas había una colección de revistas muy viejas, la revista
“Tertulias”, una revista casi desconocida del año del pedo. Estaban ahí y no tenían
un carajo que ver con nada.

Silva, el pendejo, yo creo que a propósito para molestar a Castilla, para


escandalizarlo, en ese momento estaba hablando con su segundo, con Pérez
Centurión, de minas, medio en clave, como intentando ser prudentes.

- ¿Y cómo terminaste anoche?; preguntó Pérez Centurión, haciendo caso


omiso de Castilla que acomodaba los papeles de la carpeta que debía presentar.

38
- ¿Anoche?

-Con la Dalmita.

- ¿Con la Dalmita? -Silva apretó una sonrisa-. Bien... Muy bien... Pero me
acosté temprano...

-Buena piba...

-Me dijo que la amiga te iba a llamar cuando volviera de Punta del Este...

- ¿La amiga?.

Fue cuando Castilla carraspeó indicando que ya tenía todo preparado. Silva
tomó la carpeta, le pegó una hojeada y musitó un par de “Muy bien, muy bien”,
complacido. Entonces el viejo, alentado y agrandado por la aprobación del jefe,
preguntó, muy puntilloso, muy medido, por lo de las revistas antiguas.

-Las colecciono, señor Castilla; exclamó, ufano y casi simpático, Silva.

Castilla enarcó las cejas. Nunca hubiese pensado que ese muchacho al que
uno podía relacionar más que nada con los estudios del mercado, el análisis sobre
gestiones de empresa, las vinchas para playa en colores flúo, las tablas de surf y
los amaneceres en Pinamar, podía dedicarse a coleccionar revistas viejas.

-Por mucho tiempo coleccioné pisapapeles también -siguió Silva-. Pero me


cansé pronto. Y me entusiasmé con las revistas. Aunque no tengo mucho tiempo
para dedicarles. Tampoco tuve mucha suerte con esta colección...

- ¿Por qué?; preguntó Castilla, asombrado de haber detectado un rasgo


noble en el muchacho.

-Me falta un número, Castilla. Aunque usted no lo crea, me falta un número y


no lo consigo.

- ¿Un número te falta?; se rió Pérez Centurión, sentado a la mesa de


directorio.

- ¿Podés creer? ¡Un número!

- ¿Probó en las librerías de viejo?; preguntó Castilla. Silva se encogió de


hombros como desestimando una pregunta de tamaña boludez.

39
-Entiendo que le parecerá una obviedad mi pregunta -admitió Castilla-. Pero
es que yo he visto números de esa revista tiempo atrás en librerías... Y es más, yo
tengo algunos ejemplares, muy pocos...

-En librerías no hay -fue drástico Silva-. Pero es muy interesante lo que usted
me dice de los ejemplares que tiene...

-Conservo uno -dijo Castilla- de manera muy especial, porque en uno de sus
artículos, le estoy hablando del año ´33, ´34, hay una nota donde aparece mi padre.
En la visita del príncipe Humberto de Saboya a Rosario, que vino al Jockey. Y allí
aparece mi padre.

- ¿Y es el único número que tiene?.

-No... Debo tener tres o cuatro guardados en algún cajón del ropero...

- ¿Por qué no me averigua, Castilla?. El número que a mí me falta es el 148.


El 148, recuerde...

Pérez Centurión, con presteza, anotó el número en un papelito autoadhesivo


y se lo entregó a Castilla. Castilla aprobó un par de veces con la cabeza y se retiró.

Y mirá cómo son las cosas, ya te irás imaginando lo que ocurrió. Castilla va
a su casa, esa tarde busca en los estantes altos del ropero y encuentra las revistas.
Dos o tres números de “Tertulias” medio hechos mierda, amarillos ya, llenos de
tierra, dentro de un sobre, a los que no miraba ni de casualidad desde hacía más
de treinta años. Y comprueba, por supuesto, que la revista en que aparecía la foto
de su padre, era la número 148, cosas del destino, aunque uno no crea.

Y te digo más. Lo que aparecía de su padre no era ni un artículo, ni una foto


de su padre solo, ni nada que se le pareciera. Era una foto de conjunto, con casi
más de 35 personas, borrosa, donde su padre aparecía entre ese montón de
lameculos rodeando al príncipe Humberto, apretujándose para aparecer en la
imagen.

El padre de Castilla era uno más entre todos esos obsecuentes de sombrero
y corbatita que rodeaban al monarca. Sin duda de ahí le venía también al viejo
Castilla esa reverencia por las monarquías, por los escudos de armas, por la
prosapia de la familia y todas esas pelotudeces que él solía contar en la empresa.
“León rampante escarlata sobre campo gualda”, solía describir el escudo de sus
abuelos, remarcando que uno de ellos había sido Marqués de las Octavillas en el
año del pedo.

40
Lo cierto es que el viejo Castilla se guardó la información de que tenía esa
revista. Ni a su mujer le dijo. Pero andaba sonriéndose por los rincones convencido
de que había conseguido un arma capaz de darle un poder insospechado. Al día
siguiente, el pendejo Silva lo llama de nuevo para pedirle otros papeles. Cuando
sube, en el último piso estaba reunida toda la plana mayor de la empresa, como
quince figurones de todo tipo y calaña, discutiendo algo importante. Silva se hace
un momento para estudiar los informes de Castilla y cuando Castilla ya se estaba
por ir, desde la mesa de directorio lo para.

-Señor Castilla -llamó, ante el silencio de todos los demás. Castilla se detuvo
junto a la puerta-. ¿Me averiguó lo que le pedí sobre la revista?.

-Vea lo que son las casualidades -paladeó Castilla, muy orondo, desde la
salida-. Efectivamente, el número que yo tengo, donde aparece mi padre, es el que
usted está buscando, el 148.

Silva enarboló una sonrisa de chico bueno.

-Fantástico lo suyo, Castilla, fantástico -exclamó-. Después hablaremos del


asunto -se rió, pícaro-. Supongo que no tendrá inconvenientes en vendérmela en
este caso... Puedo pagarla muy bien... Usted puede fotocopiarla de punta a punta
en todo caso, hoy por hoy la fotocopia láser permite reproducir una publicación como
si fuera la original...

Castilla, la mano apoyada sobre la puerta abierta, comprendió que ése era el
momento que había estado esperando toda la vida. mantuvo la respuesta en
suspenso, dejando que la ansiedad creciera en el silencio de los presentes que
seguían la conversación con una mezcla de interés e ignorancia.

-Señor Silva -deletreó Castilla- usted sabrá perdonarme... Pero esa revista
tiene para mí un enorme valor de tipo espiritual... Y no todo se puede comprar con
dinero... Con permiso -y cerró la puerta lenta, dramáticamente, sin un solo ruido-.

Al día siguiente el pelotudo del viejo Castilla, porque te digo que era un
pelotudo, festejaba su cumpleaños en su casa, en el departamento que tenía por
España y Montevideo. Reunió a casi toda la familia o al menos a aquellos que le
tenían una especie de admiración, que consideraban que la suya era palabra santa
y que lo ubicaban entre los grandes sabios contemporáneos porque el viejo hablaba
bien y tenía modales para comer. No estaba Susana, la hija, porque esa pendeja ya
se había roto las pelotas de un modo inconmensurable años atrás con el viejo y se
había ido con un pendejo a vivir al Sur o por esa zona. Pero todos los demás

41
estaban. Comieron, chuparon, charlaron y sobre el final de la cena el viejo pidió
atención.

-Silencio, silencio que va a hablar Adalberto; exigió, pegando con la palma


de su mano la tía Magda, que siempre había sido una chupamedias del viejo.

-Callados, che -acordó Sarita-. Un poquito de silencio...

-Ayer me llama nuestro nuevo gerente general...; empezó a decir el viejo,


solemne, con una sonrisa pícara, para detenerse de inmediato al escuchar
cuchicheos. Tía Magda se inclinó sobre Cachito que insistía en seguir conversando
con su primo y, enérgica, le ordenó algo en voz baja, zamarreándolo por un brazo.
Cachito se calló.

-Escuchá, Ernesto -requirió Adalberto, creando más expectativa-. Escuchá,


Tolo, que esto es bueno...

Tolo, cuñado de Castilla, acepto el pedido con una sonrisa ancha y burlona.
Era al único que siempre le rompía las bolas el constante señorío de Castilla, y el
único que luego, en su casa, despotricaba contra el viejo con frases tales como:
“Pero por qué no se va a hacer lavar un poco el culo”. Aceptaba no obstante las
invitaciones al departamento de España y Montevideo, porque de tanto en tanto
debía recurrir a la ayuda de su hermana Sara ya que él no llevaba una vida
“ordenada” como postulaba el viejo.

-Escuchá, Tolo... -insistió el viejo- .Ayer me llama este muchachito Silva, el


nuevo jefe...

-No me habías contado nada...; frunció el ceño Sarita, simulando una sonrisa.
Y a medida que el viejo contaba el episodio en el directorio de la empresa su rostro
comenzaba a tomar un tinte ceniza.

-Y ahí yo le dije... ahí yo le dije... -lentificó el relato, deleitado, Castilla- desde


la puerta nomás y frente al silencio de todos los que estaban en la sala... le dije:
“Perdonemé, señor Silva, pero esa revista tiene un gran valor espiritual par mí... Y
hay cosas que no se compran con dinero”... Y me fui...

Se hizo un silencio. Sarita estaba violeta. Tía Magda, la chupamedias,


enseguida dijo, pegando con el puño sobre la mesa, “¡Tomá!”.

-Se lo dije... repitió Castilla, altivo.

- ¡Qué lección de vida!; graznó tía Isabel.

42
- “Esa revista tiene un gran valor espiritual para mí... -casi deletreó, de nuevo,
el viejo-. Y hay cosas que no se compran con dinero”.

- ¡Pero por supuesto! -chilló Magda-. ¡Estos jovencitos se piensan que se


pueden llevar todo por delante, es increíble la prepotencia que tienen!.

-Creen que todo se puede comprar con dinero, Isabel, ése es el problema;
acotó Laura. Tolo no dijo nada. Sólo miraba a Sarita quien, una mano sobre la boca,
estaba verde.

Esa noche por supuesto, cuando se fueron los invitados, se armó el


quilombo. Sarita le reprochó airadamente lo que había hecho, lo calificó de
irresponsable, le preguntó quién se creía que era, le consultó dónde iba a ir él a
buscar trabajo cuando su patrón le pegara una buena patada en el culo y de dónde
iba a sacar la plata para pagar el viaje que Rolito iba a hacer con el equipo de rugby
a Nueva Zelandia.

-No hablamos de dinero, Sarita -contestó Castilla ya desde la cama, molesto-


. Estamos hablando de principios, que son cosas muy diferentes... ¡De principios!.

Pero Sarita ya no le contestó. Lloraba sofocadamente en el baño.

A otro al que no le había caído para nada bien la cosa fue lógicamente a
Silva. Para colmo, Pérez Centurión, medio en joda medio en serio, lo empujaba en
los descansos de sus partidas de paddle.

-¿Qué más querés, boludo? -le dijo, tomando un Gatorade y secándose la


frente con su muñequera de toalla-. Arriba de que tenés un tipo insobornable, justo
en un puesto donde tiene que defender el dinero de la empresa... te quejás...

-¿Insobornable? -osciló la cabeza Silva-. Lo que quiere ese hijo de puta es


sacarme guita... Eso es lo que quiere...

-Por ahí no, por ahí no... Por ahí es un tipo de principios muy fuertes... No le
importa la guita...

-Es un hijo de puta, Manuel... Yo los conozco a estos tipos, yo los conozco...

-¿Y qué vas a hacer?.

Silva se puso de pie y se pegó dos o tres veces con la paletita sobre el muslo
transpirado.

-Ya vas a ver lo que voy a hacer... Todo hombre tiene su precio, acordáte...

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- ¿Lo vas a echar?.

Silva miró a su amigo con conmiseración.

-Sería muy fácil; dijo. Y siguieron jugando.

Al día siguiente, Silva le pidió de nuevo a Castilla que subiera al directorio. Y


ahí, sin dilaciones pero siempre dentro de un marco muy cordial, le ofreció 5.000
dólares por la revista. Castilla, sentado frente a él, se quedó mirándolo. Disfrutaba
el momento. Esa cifra era bastante más de lo que ganaba en todo un mes.

-Señor Silva -comenzó a hablar, convencido de que estaba iniciando una


cruzada de moralización- creo que provenimos de culturas diferentes, de
educaciones diferentes. Yo no digo que la mía sea mejor que la suya o viceversa.
Pero son nítidamente diferentes. Y en la cultura de la cual yo provengo se
privilegiaban otros valores: la lealtad, la honestidad, el esfuerzo, la amistad, el
sentido solidario. Habrá advertido usted, señor Silva, que en ningún momento he
hablado de dinero. El recuerdo de mi padre no se mide en dinero moneda nacional,
señor Silva. Es todo lo que puedo decirle.

Silva, echado poco elegantemente sobre su sillón, siguió jugueteando con su


rompecabezas plástico de intrincado diseño, la vista perdida en un punto abstracto.
Aprobó luego con la cabeza. Se puso de pie y extendió la mano de Castilla.

-Le agradezco, señor Castilla -dijo, ya animado-. Sinceramente le juro que


admiro a personas como usted, que pueden estar apartados del tema económico...

-No crea que yo no tengo mis problemas, señor Silva; se puso de pie,
radiante, Castilla.

-Me imagino, me imagino. Lo que hace más encomiable su actitud.

Castilla se marchó, erguido como De Gaulle. Silva se volvió a sentar, rumió


una puteada y le dijo a Pérez Centurión.

-Dame el número de teléfono de la casa de este tipo.

Para colmo -ya te he dicho que todas las cosas se saben en la empresa- la
noticia de este asunto, al día siguiente, ya la conocía todo el mundo. Había
trascendido lo de la primera reunión, lo de la revista, la negativa de Castilla, la actitud
firme de Castilla, la insistencia de Silva, el rebote repetido de Silva. Hubo
empleados, yo entre otros, que nos acercamos a Castilla para felicitarlo,
discretamente, sin levantar tampoco demasiado la perdiz. Y las minas se le fueron

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encima. Hasta Inés, que se sabía positivamente que se encamaba con el Silva, se
acercó para felicitarlo. Castilla estaba radiante, pese a que mantenía un entripado
con ella desde que se había enterado de su fato con el gerente. Celos, más que
nada, seguramente. De todos modos, Castilla adoptó un perfil bajo. “Hice
simplemente lo que mi ética y mi moral me dictaban”, decía, bajando la vista, no
sólo para fingir humildad sino también porque no quería seguramente montar tal
circo que hiciera que el patrón lo echara a la mierda por bocón y farolero. De
cualquier forma, se encargó muy bien de decir en las ruedas de café y descanso
que algún freno había que poner a todos aquellos que pensaban que cualquier cosa,
hasta lo más sagrado, se podía comprar.

Al día siguiente llega a la casa y la Sarita lo estaba esperando.

-Llamó tu jefe; lo abarajó. Castilla se quedó tieso, aflojándose un poco la


corbata. Se había cuidado muy bien de contar los últimos episodios a su esposa,
especialmente el del ofrecimiento de 5.000 dólares por la revista.

-Me contó todo; siguió Sarita. Rolito, el rugbier, estaba sentado a la mesa
escuchando.

-Te dijo lo del dinero -dijo Castilla-. Te habrás dado cuenta el tipo de tipo que
es... Un inescrupuloso que...

-Me pareció muy bien el muchacho -cortó Sarita-. Muy bien. Muy educado.
Dijo que se dirigía a mí porque tal vez yo fuese más razonable...

-Esto ya supera los límites -se sulfuró Castilla-. Ese tipo se está
extralimitando... es un imprudente y voy a tener que hablar con él nuevamente... no
tiene por qué hablar a esta casa y...

-Papá... -fue a los bifes Rolito-. Por una revistita de mierda que ni siquiera
sabías que la tenías...

- ¿Cómo revistita de...? -aulló Castilla, perdiendo su compostura-. ¿Cómo


dijiste?

- ¡Estuve mil veces a punto de tirarlas, Adalberto! -gritó Sarita-. Mil veces
estuve a punto de tirar todas esas porquerías del ropero. No las tiré porque estaban
junto a unas recetas de cocina... ¡no me vengas a decir ahora que esa revista es
muy importante para vos!

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- ¡Fundamental! -rugió Castilla, el dedo índice al aire-. Fun-da-men-tal... está
mi padre allí... y aunque así no lo fuera, aunque para mí no tuviese ya demasiada
importancia esa revista, Sarita, ahora la cosa pasa por otro lado...

- ¿Por qué lado?.

-Por el hecho en sí, por mis principios, por no permitir que un mocoso
insolente e irresponsable se crea que me puede comprar con un puñado de dólares
miserables...

-No tan miserables -se enojó Rolito-. Es la plata que estamos buscando para
mi viaje.

-Y para la ropa que se tiene que comprar Rolito para viajar -secundó Sarita-.
No va a viajar hecho un pordiosero ese chico...

Castilla giró un tanto la cara, se quedó mirando hacia un punto indeterminado


y abatió sus hombros de la forma en que una vez viera hacerlo a Vittorio De Sica en
“Pan, amor y fantasía”.

-Parece mentira... -musitó, como para sí-. Parece mentira... un chico de 17


años, al que uno supondría en la exacta edad de la pureza y la espiritualidad... está
dispuesto a venderse por 5.000 dólares miserables, como un sirviente, como un
fenicio, como un galeote...

-¿Cómo 5.000 dólares, Adalberto? -frunció el ceño, Sarita-. 10.000 dólares


me dijo ese muchacho, 10.000.

-Diez mil dólares le dijo el tipo, papá; repitió Rolito. Y Castilla sintió que la
tierra se abría bajo sus pies.

Al día siguiente, fue Castilla el que llamó a Silva pidiendo visitarlo en su


despacho. Castilla entró con paso vacilante. Había perdido su antigua arrogancia,
pero la reemplazaba por una militante resignación. La misma, imaginaba, que había
lucido Juana de Arco frente a la pila de leños.

El viejo sabía que Silva inteligentemente había abierto otro frente atacando
en la cabecera de playa familiar. Sabía, además, que Silva podía multiplicar la
apuesta hasta límites difíciles de soportar. Y que su frente interno no resistiría tanto.

Pero el viejo, que te adelanté que era un pelotudo, había llevado las cosas
demasiado lejos. Ya todo el mundo sabía de su postura desafiante frente a los jefes,

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se había convertido en una suerte de Che Guevara frente al poder de la empresa y
ahora, si hocicaba, si se rendía, su derrumbe sería vertical y definitivo.

-Me ha parecido realmente imprudente de su parte, señor Silva -dijo el viejo-


que metiera a mi esposa en este problema...

-No es un problema, Castilla, es una transacción comercial.

-Para mí ya es un problema, señor Silva. Usted me ha enfrentado con mi


mujer y mi hijo, en algo que no debería haber salido de este despacho...

-Hagamos una cosa, señor Castilla... vamos a ver... -lo cortó Silva, práctico-.
Yo sé que todo esto ha trascendido en la empresa, todo este asunto con usted, su
revista, mi colección y esas cosas... muy bien... usted, entonces, se ha convertido
en una especie de paladín de las causas nobles, en alguien que puede, dentro de
este mundo tan comercializado, marginarse de esas presiones y sostener sus
principios a rajatabla. Y se ha convertido en eso con justicia, Castilla, créame...

Castilla lo miraba, tratando de adivinar a dónde quería ir.

-Pero usted es un principista, Castilla -siguió Silva- y yo soy un comerciante.


Entonces, hagamos una cosa... hagamos una cosa... dejemos las cosas así.
Esperemos que todo esto se apacigüe, que sus compañeros de trabajo se olviden
del asunto, que dejen de hablar de estas pavadas... y dentro de un mes, dentro de
dos meses, usted me vende la revista, en la más total de las privacidades. Nadie se
entera. Usted mantiene el prestigio adquirido, yo me quedo con la revista y completo
la colección. Y usted y su familia se hacen del dinero. Y todos contentos.

Castilla sentía un profundo dolor en la garganta. Pero empezó a negar


lentamente con la cabeza. Recuperó su ánimo insuflado de un espíritu épico que lo
enardecía.

-Hablamos idiomas diferentes, señor Silva. Y en la familia de los Castilla


hemos sido siempre hombres de una sola palabra; se puso de pie. Seguramente
Castilla pensaba que en ese momento, su cuerpo íntegro resplandecía, como los
de los antiguos mártires religiosos.

Silva comprimió las mandíbulas.

-Un momento, Castilla, un momento... tal vez a usted no le importe el dinero.


Pero pueden importarle otras cosas...

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Silva miró a Pérez Centurión, testigo privilegiado como siempre de los
acontecimientos. Castilla miraba a Silva.

- ¿Hace mucho que usted no viaja a Buenos Aires, Castilla?; preguntó


Silva.

Castilla se desinfló en una sonrisa irónica, no podía creer que Silva lo corriera
con eso.

-Bastante; admitió.

- ¿Qué le parecería si la empresa lo manda una semanita a Buenos Aires,


Castilla, todo pago por supuesto, a un hotel cinco estrellas...

Castilla sacó hacia delante su mentón, cada vez más sarcástico, abismado,
tal vez, por la ramplonería de su adversario.

-...acompañado por la señorita Inés, Castilla? ¿Qué le parecería eso?

El viejo sintió como un mazazo en la cabeza. Mil imágenes se le cruzaron


inmediatamente frente a los ojos, de camas de agua, recepciones de hoteles
lujosísimos, cenas con champán, alcobas con aire acondicionado y las piernas
larguísimas de Inés.

-Me parece... -trató de sobreponerse- me parece una falta de respeto hacia


la señorita Inés, señor Silva.

-De eso no se preocupe -dijo Silva-. Usted piénselo, ¿me entiende? Piénselo.
Imagínese cómo podría ser. Si le gusta. Si le parece bien...

-Me parece... me parece una bajeza, señor Silva -se atrevió a acusar,
Castilla-. Lo mismo que el hecho de hablarle a mi señora a mi casa...

-Quédese tranquilo, Castilla -Silva se adelantó casi como para ponerle el


brazo sobre el hombro, cínico-. Si hablo con su mujer no le comentaré lo del viaje a
Buenos Aires...

Al viejo no le pasaba ni el aire por la garganta.

-Le pido -articuló, con dificultad- que no llame nunca más a mi mujer a mi
casa.

-Por supuesto que no lo voy a hacer -prometió Silva-. ¿Pero qué hago si ella
me llama? Es su esposa la que quedó en llamarme...

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El viejo no dijo más nada y se retiró del despacho. Para colmo, cuando salía,
escuchó sonar el teléfono.

De ahí en más pienso que la cosa fue un calvario para ese pobre viejo
pelotudo. Yo supongo que lo del viaje a Buenos Aires con esta mina, la Inés, lo debe
haber tenido despierto más de una noche pero que lo descartó casi desde el
arranque. No dejaba de ser un viejo pusilánime, hasta moralista te diría, con ese
verso pomposo de la fidelidad matrimonial. Y, más que nada, con un cagazo cerval
a que lo pescaran en una trampa y que todos dijeran: “Pero mirá en el renuncio que
lo cazaron al señor Castilla”. Pero lo que le enquilombó definitivamente la cosa fue
la siguiente ofensiva de Silva, decidido firmemente a demostrar al mundo y en
especial a Pérez Centurión y sus esbirros del directorio, que todo tiene su precio,
que todo se puede comprar y que un buen empresario no debe detenerse ante nada
ni ante nadie. Cuando la Sarita lo llamó de nuevo -porque fue ella la que había
quedado en llamarlo- Silva le ofertó, derecho viejo, 30.000 dólares. Creo que ya lo
hacía no sólo por el desafío personal de confrontar su filosofía de vida con la de
este viejo carcamán y ridículo, sino que lo tomaba como una inversión educativa
para sus pares, que debían tomar en cuenta ese “caso testigo” como una enseñanza
para ejecutivos. Sarita lo encaró a Castilla y lo hizo de goma.

-Es el futuro de tu hijo, -le puntualizó, tratando de mantener la calma- el viaje


de tu hijo, los arreglos que le tenemos que hacer al departamento y hasta la
posibilidad del auto...

Castilla se quedó en silencio, sentado frente a ella, mordisqueándose la piel


interna de los labios

- ¿Cuánto hace que no tenemos auto, Adalberto? -preguntó Sarita-. Desde


que estábamos de novios, que vos tenías 23 años, yo creo. Desde esa
época. Gladys y Ernesto tienen. Magda tiene. Y hasta el Tolo está por
comprar uno.

Se hizo un silencio.

- ¿Por qué no le decís que no. -preguntó Rolito, de pronto- y esperás hasta
que te haga una oferta de 50.000?

Castilla lo miró sin verlo, preguntándose a sí mismo cómo podía haber


engendrado semejante monstruo.

-Si vos le decís que no a tu jefe... -continuó Sarita- porque acordate que es
tu jefe, yo te juro que, primero... voy y quemo esa revista de mierda ahora mismo.
Ahora mismo la quemo. Y después... -se apoyó el puño sobre los labios que le
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temblaban, al borde del llanto- te juro que agarro mis cosas y las cosas de Rolo y
los dos nos vamos de esta casa... a cualquier lado nos vamos, a cualquier lado...

Castilla miró a su hijo. Rolito le mantuvo la mirada, decidido. El viejo se puso


de pie.

-Es reconfortante saber -musitó- que siempre han querido tener un padre que
fuera un ejemplo de integridad, de solvencia moral, de ética... es reconfortante...

- ¿Qué tiene que ver esto con la ética, Adalberto? -saltó Sarita-. ¡No hagas
una pantomima de una revistita de mierda!. ¿De qué ética me estás hablando?

Fue Castilla entonces el que se sentó vencido.

- ¿Qué va a decir tu hermana? -preguntó-. ¿Magda, Ernesto... tu madre?.

- ¡Nada tienen que decir, nada! ¡No tienen por qué enterarse de nada! ¿O te
creés que todo el mundo está preocupado por esa revista de porquería, Adalberto?
¿Qué van a decir, eh, qué van a decir? “Adalberto le regaló esa revista a su jefe”,
van a decir, eso van a decir, “Cambió de opinión y le regaló esa revista a su jefe”...

-Es que no se la regalo... No es un regalo...

-Se van a alegrar, después de todo, cuando vean que tenemos auto, que
Rolo se va de viaje, que por fin nos va bien...

Castilla miraba hacia el infinito.

-También se la podría regalar... reflexionó, mustio.

-Te mato; dijo Sarita.

-Ni en pedo; saltó su hijo.

-Me voy de casa, Adalberto, sabelo -le recordó Sarita-. Nos vamos con tu
hijo... y Castilla se quedó callado.

Yo pienso que ahí el viejo decidió entregar el rosquete. Se dio cuenta de que
sus desplantes, sus bravatas, sus compadradas, ya no daban para más. Había ido
demasiado lejos. Fue al ropero, sacó la revista y la puso sobre la mesa. La hojeó,
repasó la foto donde aparecía -uno en la multitud- su padre y suspiró hondo. Y fue
en ese momento cuando llamó la hija. Después de no haberle hablado durante más
de tres años, Susana, la hija que se le había pirado al sur con un artesano, apareció
de vuelta. Le dijo por teléfono que estaba de paso por Rosario y que quería verlo un

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momento. Averiado, frágil, tremulento, el viejo aceptó la propuesta. Él mismo la
había echado prácticamente a la piba, cuando ella se negó a estudiar medicina
insistiendo en aprender teatro; allí, para colmo, había conocido a un flaco con
apariencia de miserable que hacía figuritas con alambre y tocaba la viola.

El viejo se encontró esa misma tarde con Susana en un café del centro y
estuvieron hablando largo rato. Y Susana lo emocionó. Le dijo que se había
enterado de todo el quilombo por la revista. Que estaba orgullosa de tener un viejo
como él, que él era un bastión de la moralidad y el espiritualismo contra toda la
mierda comercial y materialista del sistema que había convertido a América Latina
en una sociedad careta. El viejo casi se larga a llorar. Y cuando la Susanita le dijo
adiós, porque iba a encontrarse con el flaco melenudo para volverse a San Martín
de los Andes, lo dejó al pobre viejo con tal quilombo en la sabiola que él decidió
consultar con su amigo Abodenky.

¿Quién es Abobenky, dirás vos?. Bueno, Pedro Abodenky es un viejo pelado,


de barba, abogado, que había hecho toda la secundaria con Castilla.

Y por aquel entonces, Abodenky era un líder de la zurda, un militante


comunista de los más bravos, un agitador. El viejo siempre lo admiró en silencio al
Abodenky. Sin admitirlo, porque el viejo andaba en otra cosa, en el individualismo,
en el surrealismo, hablando de Breton, Apollinaire, Braque y esas pelotudeces. Pero
lo admiraba al Abodenky por su pasión, por los huevos que este tipo tenía, por la
pureza de sus ideas y por la bola que le daban las pendejas a este referente de la
zurda.

El viejo no militaba, pero de tanto en tanto charlaba largamente con


Abodenky, discutiendo a veces sobre el papel de las masas, sobre el riesgo de sus
errores y lo discutible de su infalibilidad histórica.

Durante años no supo más nada de él. Es más, pensó que había sido boleta,
que lo habían hecho cagar los milicos porque nadie sabía acercarle noticias de su
amigo. Pero al fin reapareció. El viejo lo encontró un día caminando por la calle
Córdoba. Había vivido una punta de años refugiado en Holanda. Y con la
democracia se había vuelto. Le dejó un teléfono a Castilla, casi como una formalidad
tonta, por si acaso, por si necesitaba algo. Y Castilla, en medio del quilombo que le
había armado la hija en el balero, lo llamó. Quería pedirle una opinión, un consejo,
en ese momento en el que su estructura moral y su ética vacilaban.

- ¡Pero dale esa revista, Adalberto! -se echó hacia atrás, como
escandalizado, Abodenky-. Dale esa revista y que se deje de hinchar las pelotas.

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-Es que... no sé... yo suponía que vos...

-Oíme, Adalberto, oíme... no te pongás en una posición principista pelotuda -


bajó la voz, comprensivo-. Este tipo te está presionando, está tocando lo que para
vos es lo más sagrado, tu familia. Te está originando un conflicto con tu mujer y tu
hijo. Te está cagando la vida. Puede multiplicar la apuesta tres o cuatro veces más
hasta quebrarte... y estamos hablando de una revista chota, Adalberto...

-No se trata de una revista, Pedro. Yo pensé que vos entenderías la lucha de
principios y de filosofías de vida que se están planteando en este asunto...

-Adalberto... Adalberto... esto no es como las películas de James Bond,


donde se juega el destino de la humanidad. Yo comprendo perfectamente lo que
me querés decir... han muerto y mueren miles y miles de personas por cosas más
importantes en el mundo... vos estás haciendo una cosa supuestamente épica de
un enfrentamiento, hasta te diría, generacional... dale la revista, cobrá la guita,
comprate el auto, llevala de vacaciones a tu mujer, que tu pibe pueda viajar a Nueva
Zelandia y que ese muchacho Silvo, Silva o como se llame se meta la revistita hecha
un cilindro en el medio del orto...

- ¿Te parece, Pedro? Vos eras duro...

Abodenky estiró una sonrisa triste.

-Estoy laburando en una multinacional, Adalberto -le dijo-. Como abogado.


Yo, estoy laburando para una multinacional. Ya me casé y me separé tres veces...
tengo hijos en Holanda e hijos acá... encontré a un ex compañero mío laburando
como informante de la Armada... escribo de vez en cuando y trato de no convertirme
en un terrible hijo de puta... por los pibes, más que nada te digo...

Castilla lo miró en silencio.

-Y vos me venís con este conflicto de la revista... -se rió Abodenky-.

-Bueno... perdoná... creí que era importante...

- ¡No hombre, por favor!. Me encanta verte, me encanta verte... pero vendele
esa revista... ¿o acaso alguien te va a reconocer algo si no lo hacés?. ¿No nos
decían a nosotros que nadie nos había pedido que combatiéramos por ellos? ¿No
nos decían eso? ¿No nos dicen eso?

-Y es la verdad -pinchó Castilla-.

Abodenky se rió, amargo. Se despidieron.


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Dos días después, Castilla arregló las condiciones de su entrega, de su
rendición. Absoluto secreto, exigió. Discreción completa. Incluso lo habló por
teléfono con Silva desde su casa, porque cada vez que subía al directorio todo el
mundo se enteraba, y no sólo eso, todo el mundo se enteraba de lo que hablaban.

-Por favor, Castilla, ni qué decirlo -aprobó Silva, medido pero exultante,
mientras le hacía un gesto con el pulgar elevado a su amigo Pérez Centurión-. Ni
qué decirlo. Le digo más. Le propongo que no me traiga la revista acá, a la empresa.
Y que nos veamos fuera del horario de trabajo. Incluso, estrictamente, esto no es
una cuestión de trabajo. ¿Qué le parece mi departamento el domingo a la tarde?

Castilla vaciló.

- ¿Su departamento?; medía los riesgos.

-Mi departamento. Yo vivo solo, en Barrio Martín. Si usted me dice que se


viene a la tardecita, yo lo espero a eso de las siete, siete y media, como le resulte
más cómodo. Usted me entrega la revista y yo le doy ahí mismo el cheque. El lunes
lo cobra.

Castilla miró a su mujer y ésta, adivinando el éxito, enarcó las cejas.

-Ocho y media del domingo -contrapuso Castilla-. Tengo algo que hacer
antes.

Era mentira. Pero pensaba que a esa hora, las ocho y media, ya estaría
oscuro y menos gente podría verlo entrando al departamento de Silva. “Como si
fuera un ladrón”, se flageló antes de seguir hablando.

-Ocho y media, Castilla. Perfecto. Ahí lo espero. ¿Vendrá usted solo por
supuesto?.

-Por supuesto, señor Silva. Iré solo.

Para el domingo el viejo estaba como si se hubiese sacado un peso de


encima. El hecho de tomar una decisión, bien o mal, yo pienso que te tranquiliza
considerablemente. Lo jodido, lo que te mata, es la incertidumbre. Por otra parte,
había recuperado el respaldo de Sarita y hasta el respeto del adolescente Rolo, el
promisorio rugbier.

La demás gente le importaba menos. Ya nadie le comentaba nada sobre el


asunto de la revista. Y su hija, la recuperada Susana, estaba de nuevo en la remota
San Martín de los Andes con el artesano cantor.

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Llegó a la puerta del lujoso edificio del barrio Martín y tocó el portero eléctrico.
Hacía frío. No se veía prácticamente a nadie por la calle, ni tampoco en la puerta de
los departamentos. Ni siquiera un portero detrás de la mesa de recepción. “Mejor”,
pensó Castilla, sosteniendo debajo del brazo el sobre de papel manila donde llevaba
la revista. El ascensor lo fue elevando, lenta y silenciosamente, hasta el piso
catorce. Abrió y frente a la puerta del ascensor se abrió también la del
departamento. Silva lo esperaba en mangas de camisa pero con corbata, con un
vaso de whisky en la mano, sonriendo. Atrás se veía una sala amplia y un amplísimo
ventanal que daba al río.

- ¿Qué tal?; dijo Castilla.

-¿Cómo le va, Castilla?. Pase, pase.

Castilla entró al departamento y refrenó un impulso de quitarse el sobretodo.


Quería que la cosa fuese rápida. El lugar estaba silencioso y poco iluminado, como
si Silva también estuviera apurado por terminar aquello, como si estuviera a punto
de salir.

-Pase, pase por acá, Castilla; Silva lo invitó a una habitación contigua que se
veía más luminosa.

-Le traje también... -aceptó la indicación Castilla- las otras revistas, los otros
números que yo guardaba de “Tertulias”. Total, para mí...

Y se quedó en silencio, atónito. Ahí, en el otro salón, frente a una mesa ratona
bastante amplia donde había botellas, bocaditos y vasos de distintos tipos, estaban
todos, todos sus compañeros de oficina. Estaban también Pérez Centurión, Inés, y
los demás secuaces de Silva en el directorio general.

-Miren quién vino; anunció el hijo de puta de Silva. Y ahí fue como si
recuperaran el habla todos, que saludaron con gritos de júbilo a Castilla. El viejo se
quedó helado, plantado en el medio de la pieza. Sentía, presentía, asumía, que se
lo habían cogido.

-A ver... a ver esa revista que usted no quería venderme, Castilla... -palmoteó
alegre Silva, manoteando un sándwich triple y zampándoselo en la boca, ante la
algarabía general-. Permítamela verla...

Castilla había quedado con el sobre extendido hacia adelante. Silva lo tomó
sin esfuerzo y luego se dejó caer en un hueco que le dejaban en el medio del sillón
principal la rubia de computación e Inés, que se rió a los gritos. Todos -eran como
veinte- se inclinaron sobre la revista para mirarla, con fingidos chillidos de interés.

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-Lo prometido es deuda, Castilla -Silva se puso de pie de nuevo, como un
resorte-. Ahora le traigo su cheque... -y se marchó casi a los saltos hacia otra
habitación-. Castilla permanecía clavado donde estaba, respirando con dificultad.
Inés le ofreció un trago, Pérez Centurión, bocaditos, pero el viejo no aceptó ni
contestó nada.

-Acá tiene -anunció Silva, volviendo-. Acá tiene lo suyo... -enarboló el cheque
a la vista de todos-. ¡30.000 dólares!

- ¡30.000 dólares!... ¡Qué maravilla!; gritaron muchos, en especial, las


mujeres.

-Lo que cuesta, vale; sentenció Silva, extendiendo el cheque hacia Castilla,
pero sin acercarse. Castilla, tras un momento de vacilación, caminó hasta donde
estaba Silva, estirando el brazo, arrastrando los pies.

-Acá lo tiene -explicó Silva, repasando lo escrito en el cheque con el dedo


índice-. Mañana mismo puede cobrarlo... mañana a la tarde ya se puede comprar
un auto cero kilómetro, si le interesa...

Castilla tomó el cheque como en cámara lenta. Cuando lo apresó entre sus
dedos, un suspiro de admiración creció entre los presentes. Castilla vio que Inés lo
miraba, ahora, muy seria. Entonces el viejo Castilla, siempre con movimientos
lentos, como didácticos, como explicativos, agarró el cheque y lo rompió en mil
pedazos. Lo hizo mierda, loco, ahí mismo, frente a los ojos de todos aquellos
chupaculos del pendejo Silva, que lo miraba con una mirada de incomprensión.

Después, el viejo Castilla pegó media vuelta y se fue del departamento. Vaya
a saber qué carajo habrá pensado cuando salió al frío de la noche. Tal vez en el
quilombo que le iban a hacer su mujer y su hijo. Tal vez en lo que le iba a decir a la
Susana si lo llamaba de nuevo desde San Martín de los Andes. Tal vez en la cagada
que significa comprometerse por hablar tanto al pedo. O tal vez en que esa noche
iba a dormir muy, pero muy tranquilo.

COMPRENSIÓN LECTORA.

1) ¿Qué características del Realismo aparecen en este cuento? Identifícalas.

2) Describí lo más detalladamente (no sólo los aspectos superficiales, sino


su carácter, etc.) a Castilla y a Silva

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3) ¿Qué opinan sobre el asunto de la revista Sarita; Rolo, Susana y
Abodenky?

4) ¿Por qué pensás que Silva se propone con tanto empeño obtener la
revista? ¿Por qué Castilla no quiere venderla?

5) ¿Qué narrador predomina en el cuento? Transcribí un fragmento que


justifique tu respuesta.

6) ¿Qué temas aparecen en el cuento? Explicarlos.

7) ¿Cómo termina el cuento? Expresá tu opinión.

8) Observa la película homónima del texto literario leído con anterioridad.


Luego responde:

A- ¿Los personajes son fieles a la historia? ¿Qué similitudes y diferencias podés


encontrar?

B- ¿Cómo termina la película? ¿Cuáles de dos finales te gustó más y por qué?

La intrusa

Jorge Luis Borges.

2 REYES, I, 26.

DICEN (LO CUAL es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el
menor de los Nilsen, en el velorio de Cristian, el mayor, que falleció de muerte
natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es
que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate
y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron
a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más
prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y
divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me
engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con
probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar
algún pormenor.

En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor


recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia
de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y

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fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de
los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de
ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y
otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad.
En las habitaciones desmanteladas durmieron en catres; sus lujos eran el caballo,
el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol
pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que
nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio les temía
a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro
pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan
Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho.
Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de
avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos
nada se sabe ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de
bueyes.

Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa


Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Mal
quistarse con uno era contar con dos enemigos.

Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta
entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristian
llevó a vivir con Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es
menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En
las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y
donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos
rasgados, bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto,
donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.

Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes


por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había
levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se
emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la
mujer de Cristian. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa
alegría la rivalidad latente de los hermanos.

Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristian


atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores
pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristian le dijo a Eduardo:

—Yo me voy a una farra en lo de Farias. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés,


usala.

57
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo;
no sabía qué hacer, Cristian se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que
era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.

Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa


sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por
unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el
nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban, razones
para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían
era otra cosa. Cristian solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban
celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer
pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban
enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.

Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo
felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo
injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristian.

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna
preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la
había dispuesto.

Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no
apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se
acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con
todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado
su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso
y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las cinco
de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo.
El trato ya estaba hecho; Cristian cobró la suma y la dividió después con el otro.

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también


era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de
hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas
casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual
por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de
año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristian se fue a Morón; en el
palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro
estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristian le dijo:

—De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos
a mano.

58
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La
Juliana iba con Cristian; Eduardo espoleó al overo para no verlos.

Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos


habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño
entre los Nilsen era muy grande —¡quién sabe que rigores y qué peligros habían
compartido!— y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un
desconocido, con los perros, con la Juliana, que había traído la discordia.

El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los


domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio
que Cristian uncía los bueyes. Cristian le dijo:

—Vení; tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué,
aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de
las Tropas; después, por un desvío. El campo se iba agrandando con la noche.

Orillaron un pajonal; Cristian tiró el cigarro que había encendido y dijo sin
apuro:

—A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté.


Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente
sacrificada y la obligación de olvidarla.

COMPRENSIÓN LECTORA.

1- ¿Quiénes son los protagonistas de la historia? Caracterizarlos según su


forma física y de actuar.

2- ¿Qué tipo de narrador tiene la historia? Cita un ejemplo textual.

3- ¿Cuál es el conflicto que se plantea en el cuento? Justifica con una cita.

4- ¿Dónde y cuándo transcurre la historia?

5- ¿Cuál es el crimen que cometen los hermanos? ¿Por qué?

6- ¿Cuál es el rol de la mujer en el cuento? ¿Por qué te parece que es así?

59
7- Relee las dos últimas oraciones del cuento y explica su significado.

8- Explica el título del cuento.

9- Menciona cuatro características del Realismo y busca una cita y ejemplifica.

10- En el cuento aparecen exageraciones (hipérboles), transcribe un ejemplo.

11- El machismo está presente en la historia. Busca una cita textual y


ejemplifica

12- En la historia se realizan referencias bíblicas. Transcribirla

COMPRENSIÓN LECTORA.

Novela: “Tuya”

Autora: Piñeiro Claudia.

Capítulo 1

1) ¿Quién es “Tuya”? ¿cómo descubre Inés su existencia?

2) ¿Cómo mata Ernesto a “Tuya”?

3) Marcar la opción correcta:

• Para Inés, Ernesto no le cuenta sobre su infidelidad porque…

a) Es algo sin importancia.

b) Es un maldito perro infiel.

c) No quiere hacerse cargo de las consecuencias.

• Según Inés la muerte de Tuya es…

a) La posibilidad de una herencia

b) Un accidente.

c) Un plan premeditado.

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4) En el final del primer capítulo, Inés se va a su casa porque “era lo más sensato”
¿qué otras posibilidades u opciones tenía? Nombrar por lo menos tres.

Capítulo 2

5) ¿Por qué llora Lali? Leé estos fragmentos y sacá una hipótesis:

(…) - ¿Hablaste con tu viejo? Reíte un poco. Te pasaste todo el día llorando.

-Tengo mis motivos.

- Bueno no hables con nadie. Dejalo para después del viaje.

- Mi viejo se muere.

Capítulo 3

6) Inés dice que Ernesto “la cuidó” ¿a qué se refiere? ¿vos estás de acuerdo con
esta idea?

7) Inventá seis preguntas “incómodas” que le realizarían la policía a Ernesto.

8) ¿Por qué pensás que Inés dice que Ernesto es una “víctima”? ¿vos qué opinás?

Capítulo 4

9) Marcá la opción correcta:

• La madre de Iván le dice a Lali…

a) Que lo que “le pasó” es problema sólo de ella.

b) Que la espera para cenar el martes y conversar.

c) Que le traiga el abrigo que le prestó.

• Lali llama por teléfono a Iván…

a) Para que le devuelva la plata prestada.

b) Para invitarlo a un baile.

c) Porque está embarazada.

10) a) Ubicá en el capítulo 3 y 4 la palabra “accidente” ¿a qué se refiere en cada


capítulo?

61
b) Luego de hacer el punto a, buscá en en el diccionario las palabras “accidente” y
“responsable” y copiá las definiciones. Para vos, ¿cambia la manera de entender
las situaciones, si cambio una palabra por la otra? Explicalas.

11) Si hubieras estado en el lugar de Lali, ¿qué le hubieras contestado a la madre


de Iván cuando dice: “Pero, bueno, te vas a tener que hacer cargo de tu error (…)
porque el error fue tuyo ¿estamos de acuerdo?” Inventá un dialogo que responda a
esa aseveración.

Capítulo 5

12) ¿Qué encuentra Inés en el garaje? ¿qué decide hacer?

Capítulo 6

13) ¿Por qué pensás que Inés tenía una publicación forense en su mesita de luz?

Capítulo 7

14) ¿A qué se refiere Inés con la frase: “Lo tuve que apurar”? ¿qué pensás de esta
forma de actuar?

Capítulo 8

15) ¿Para qué va Inés a la oficina de Ernesto? ¿qué encuentra?

Capítulo 9

16) ¿Con quién habla Lali y para qué? ¿qué acuerdan hacer?

17) La persona que habla con Lali utiliza palabras en diminutivo, buscalas y
copialas. Luego relacioná ¿por qué habrá elegido utilizar esas palabras y no otras?

Capítulo 10

18) ¿Para qué va Inés a la casa de Alicia? ¿qué encuentra y qué decide hacer?

19) Inés afirma conocer bien a su marido, para vos ¿ésto es así? Justificá tu
respuesta.

Capítulo 11

20) Completá

a) Lali y Pau hablan de……………………………..

62
b)…... Necesita mil pesos para……………………..

c) Va a buscar esa plata en………………………….y va a encontrar…….

21) Colocale un nombre a cada capítulo.

Capítulo 12

1) Marcá la opción correcta:

• Ernesto le dice a Inés que…

a) Alicia y él eran amantes.

b) Alicia lo acosaba sexualmente.

c) Se quiere separar.

2) ¿Porqué pensás que Ernesto le miente a Inés? Inventá dos opciones.

Capítulo 13

3) El capítulo trece comienza con la frase “Fotocopias halladas en la casa de la


familia Pereyra: éstas ¿son halladas por quién?

Capítulo 14

4) ¿Quién es Charo?

5) Inventá una noticia policial en donde se hable de la desaparición de Tuya (ponele


un título)

6) Inés declara que “La sociedad es muy machista, hay que aceptarlo” Investigá:

a) ¿Qué es el machismo?

b) ¿Hay mujeres “machistas”?

b) ¿Qué situaciones/pensamientos/hechos/pensamientos de Inés pueden ser


consideradas machistas? Nombrá y explicá tres.

d) Expresá tu opinión sobre este tema.

7) ¿Qué narrador predomina? Justificá tu respuesta con una cita textual.

Capítulo 15

63
8) Lali dice: “Todavía no se qué voy a hacer” ¿a qué se refiere?

Capítulo 16

9) ¿Qué narrador predomina? Copiá un fragmento que justifique tu respuesta.

10) ¿Qué adjetivos usarías para describir a Ernesto? Colocá diez.

11) Marcá la opción correcta:

• Charo es…

a) Amiga de Alicia.

b) Sobrina de Alicia.

c) Hermana de Alicia.

• Ernesto iba a viajar a Río con:

a) Alicia.

b) Inés.

c) Charo.

• Charo se dedica a…

a) La pastelería.

b) La fotografía.

12) Después de leer el capítulo dieciséis ¿quién es Tuya?

Capítulo 17

13) ¿Sobre qué habla la revista mexicana? ¿por qué pensás que están resaltados
esos párrafos?

Capítulo 18

14) ¿A dónde se va Lali?

Capítulo 19

15) ¿Qué relación tiene Inés con su hija?

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16) Inventá dos diálogos no agresivos en donde Inés le pide a Lali que vaya a su
cuarto.

17) ¿por qué Inés quiere estar a solas con Ernesto? ¿qué ocurre?

Capítulo 20

18) Imaginá un diálogo en donde Lali le cuenta a su padre que está embarazada.

Capítulo 21

1) ¿De qué se entera Inés gracias al olvido de la carpeta celeste?

2) ¿Qué hubieras hecho vos en la situación de Inés?

Capítulo 22

3) ¿Qué guarda Inés en la caja de herramientas?

Capítulo 23

4) ¿Qué “alternativa” te parece más posible?

Capítulo 24

5) ¿Qué hace Laly en la terminal de ómnibus? ¿A quién conoce? ¿Qué le ofrece?

Capítulo 25

6) El capítulo 25 es un texto polifónico, es decir, un entramado de voces distintas.


Teniendo en cuenta esto, respondé:

a) Ubicá los textos en otra letra y numeralos. Después pensá, ¿a qué y a quién
refieren los textos 1, 3 y 5?

b) Los textos 2 y 4, ¿con quién los podés relacionar?

c) La descripción de la búsqueda, ¿a quién puede pertenecer?

7) a) Investigá el significado de tu nombre y cópialo.

b) ¿Se relaciona el significado con tu manera de ser? Justificá tu respuesta.

Capítulo 26: Completá

8) Inés ve la cara de su hija y supone…

65
9) Inés “se equivocó” cuando…

Capítulo 27

10) ¿Qué le pasa a Laly? Para vos, ¿qué tendría que hacer ella?

Capítulo 28: Completá

11) Inés piensa que Laly no está porque…, pero en realidad ella…

12) ¿Cuál es la nueva coartada que piensa Inés?

Capítulo 29

13) a) ¿A quién y para qué llama Laly?

b) En esta situación, para vos, ¿a quién podría haber acudido? ¿Por qué pensás
que no lo hace?

Capítulo 30

14) ¿Qué se descubre en la autopsia?

Capítulo 31

15) Inventá una posible “alternativa” que explique por qué Ernesto llegó a la
comisaría con el mozo.

Capítulo 32

16) ¿Qué le está ocurriendo a Laly? Escribí tres opciones sobre la razón de su llanto.

Capítulo 33: Marcá la opción correcta

17) Alicia busca un guante porque…

a) Quiere parecer elegante

b) No quiere que se borren las huellas de Ernesto

c) Lo necesita para un disfraz

Capítulo 34

18) a) ¿Qué declara el mozo del bar?

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b) Su declaración, ¿corresponde a lo que pasó?

Capítulo 35: Ordená la historia

19) 1) Compra una peluca castaña

2) Inés va a una tienda y se compra un jean y una campera de cuero negro

3) Inés va al banco a retirar dinero de la cuenta en común con Ernesto

4) Alquila un auto gris

5) Inés se deshace de su trajecito color arena

Capítulo 36

20) ¿Qué hecho anticipa este capítulo?

Capítulo 37

21) ¿Para qué compró Inés la peluca?

22) ¿Por qué tira el revólver dentro del auto?

Capítulo 38

23) ¿Por qué pensás que Laly le pone Guillermina a su hija?

24) Explicá con tus palabras la frase “¿A quién se parece? A nadie, por suerte no
se parece a nadie.”

Capítulo 39

25) ¿Cómo termina la novela?

26) ¿Qué creés que pasó con Ernesto, Inés y Laly?

27) ¿Por qué creés que Inés no tuvo culpa de matar a Charo?

67
UNIDAD N°2.
“El relato fantástico echa sus raíces en un elemental y profundo principio, cuya atracción
no es solamente universal sino necesaria al género humano: el miedo” H.P Lovercraft

COSMOVISIÓN FANTÁSTICA.
FANTÁSTICO.

El término fantástico llega al español a través del latín que a su vez, lo toma del
griego fantastikos, que significa “relativo al sueño, la apariencia, la ilusión; aquello
que se relaciona con la imagen de algo en el espíritu”.

El término fantástico ha sido usado para englobar producciones literarias bien


diversas, como las leyendas folclóricas, los relatos de terror, de fantasmas y de
ciencia ficción entre otros. Pero ¿cómo definir con precisión lo fantástico?

Uno de los críticos que más ha reflexionado sobre este tema ha sido Tzvetán
Todorov en su libro Introducción a la literatura fantástica, en el que clasifica los
sucesos narrados en cualquier relato en dos grandes grupos: por un lado, los textos
pueden dar cuenta de sucesos normales, es decir, regidos por las leyes físicas que
gobiernan nuestro mundo cotidiano; y, por el otro, en cambio pueden presentar
sucesos anormales, que no se ajustan a dichas leyes. Por ejemplo, si un personaje
tira una piedra y esta cae al suelo configuraría un suceso normal; pero si la piedra
se pierde volando en la inmensidad del cielo, el hecho sería, claramente, anormal.

Si un hecho presenta, exclusivamente, acontecimientos normales nos hallamos en


presencia de una narración realista; pero si combina ambos tipos de hechos,
sostiene Todorov, deberíamos prestar atención a la forma en que estos son
presentados.

Cuando un hecho anormal no resulta explicable ni se lo puede ubicar en otro mundo


regido por las leyes estamos en presencia de lo fantástico. El lector y los propios
personajes dudan y así se constituye la vacilación, propia del relato fantástico. El
acontecimiento se presenta en este mundo -en ningún otro- pero no puede ser
explicado racionalmente, es lo suficientemente ambiguo como para no permitir ni
una cosa ni otra y cuestionar así los conceptos de real e imaginario, de lo lógico e
irracional que podamos poseer. De esta manera, lo fantástico vendría a ser esa
franja de falta de certeza-la incertidumbre- que nos cuestiona como seres
racionales y problematiza la realidad que nos rodea.

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Según la autora inglesa, Rosemary Jackson, en su libro Literatura y subversión,
explica que la literatura fantástica implica apertura, movilidad y ruptura, ya que
disloca, desestabiliza y rechaza lo establecido. Sostiene que esta cosmovisión no
se sitúa ahora en una realidad sobrenatural sino en la entraña del propio hombre, el
interior de su mundo.

Las principales características del relato fantástico moderno según Jackson son:

Los temas son: los relatos cuya fuente de alteridad (lo diferente, lo que
desestabiliza) radica en el propio individuo como en el caso de “El extraño caso
del doctor Jekyll y Mr. Hyde” y en los relatos en los que la alteridad viene propiciada
por agentes externos al sujeto, como por ejemplo en “Drácula”.

La diferencia de los relatos fantásticos con los maravillosos está en que lo fantástico,
se recombina e invierte lo real, no se escapa de lo real, como si ocurre en la literatura
maravillosa. Esto sucede porque lo central de lo fantástico es poner en duda todas
las pautas culturales.

Al cuestionar y problematizar las formas de percibir la realidad, la literatura


fantástica instaura la “otredad”, desborda, altera, rompe los límites, entre las
diferentes áreas de la experiencia, surge otra realidad que no es la del sentido
común, pero tampoco la sobrenatural. se hace presente lo ausente, se habla lo
indecible, se quiebran los marcos con los que “ordenamos” nuestra experiencia en
el mundo para comprenderlo.

MECANISMOS DE LOS FANTÁSTICO EN CORTÁZAR.

Los cuentos fantásticos de Julio Cortázar cuestionan las categorías con las que
comprendemos la realidad, tales como el tiempo, el espacio y la causalidad lógica.
Por esta razón, puede afirmarse que presentan una visión extrañada del mundo. En
los estudios literarios, se llama “extrañamiento” al fenómeno de volver extraños
los objetos y la cotidianidad, cuya percepción tenemos automatizada. Lo fantástico,
entonces, se convierte, más que en la aparición de una nueva realidad, en el
replanteo de los hechos y acciones cotidianas desde una nueva realidad, en el
replanteo de los hechos y acciones cotidianas desde una nueva perspectiva que
permite no huir de lo real, sino percibirlo (y comprenderlo) de otra manera.

Para conseguir este efecto, Cortázar recurre muchas veces a alterar algunas de las
conocidas dualidades con las que nos manejamos, por ejemplo, cuestionando los
límites entre:

69
pasado/presente; acá/allá; yo/otro; sueño/vigilia; realidad/ficción.

Algunos ejemplos de esas alteraciones son:

En “La noche boca arriba” plantea la dualidad entre pasado/ presente. A través del
dormir y la vigilia, se vinculan el México azteca y una ciudad contemporánea al
lector.

En “Continuidad de los parques” se plantea la dualidad entre realidad/ficción. Los


límites entre lo que el lector vive y la materia narrativa que está leyendo se vuelven
difusos.

Se ha dicho que Cortázar elaboró una “Literatura de pasajes”: los personajes de sus
relatos van de un mundo a otro o de un tiempo a otro distinto y sus textos tematizan
las consecuencias de ese pasaje entre espacios que la percepción habitual
mantiene separados.

Otro recurso empleado por el autor es la elipsis, que consiste en omitir ciertos
datos, lo cual conduce a infinidad de interpretaciones del relato. “Casa tomada” es
el mejor modelo, ya que el narrador nunca nombra aquello que “toma” la casa, y
esto permite diferentes lecturas.

Cortázar se centró en el efecto que un cuento debe tener sobre el lector, lo compara
con una pelea de boxeo ganada por knock-out; mientras que la novela la comparó
con las peleas que se ganan por puntos.

La noche boca arriba


Cortázar Julio.

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;

le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se
apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado
le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez;
llegaría con tiempo sobrado a donde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios
del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó

70
en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un
viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios


con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable
del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco
tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas
demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha
como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día
apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el
accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a
pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie
y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el

choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo


estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una
rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo
derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo
alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que
había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de
dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta
una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que
rasguños en las piernas. "Usted la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la
máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así
va bien y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la
penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una


camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que
estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo
acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre
por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien,
era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo
que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la
ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le
deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una
camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de
pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo
rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y
vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo,

71
sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido
por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa


todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de
operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado se le acercó y se puso a mirar la
radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de
una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo
que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien
parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca


soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada
empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor
cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se
movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas
que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo
más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo
ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta


aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta
entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando
instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido
inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era
extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un
arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran
lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del
cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un
animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando.
No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la
guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas.
A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada,
dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales
palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió
una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No


brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los
ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó
casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de
un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo

72
kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y
hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra
vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos,
escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando
a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una
enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa
aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un
médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para
verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un
estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y
dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como estar viendo una película aburrida
y pensar que, sin embargo en la calle es peor, y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a


perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando
poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían
suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales
de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil
dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios
resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones


por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en
plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos
negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían
en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los
arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar
de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba
cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a
encontrarla. La mano que sin saberlo él, aferraba el mango del puñal, subió como
un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector.
Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y
la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al
mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y a la
espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La
guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si
conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá
de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en
la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino
el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del

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regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del
otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el


cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy
cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello
casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las
luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una
soga lo atrapó desde atrás. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me
pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme
bien.

Al lado de la noche de donde volvía la penumbra tibia de la sala le


pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como
un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo
era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla.
Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las
poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una
botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente.
Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas.
Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como
un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera
pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y
le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a
rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un
desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación
de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo,
más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido
distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas
maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo
alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la
contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y
auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía
a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en
su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de
veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba
apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía


a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de

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filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar
en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió
las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo
de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el
mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían
arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final.
Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de
la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera
de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito,
acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba
vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable.
Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían
ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la
boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se
abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo
sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas
que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el
dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de
las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la
ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio.
Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas.
Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el
bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que
lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando
vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían
agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un
metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de
antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la
escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca,
pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía
no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él
no quería, pero como impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su
verdadero corazón, el centro de su

vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la


sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos
dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja,

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de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando
el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegados a sus
párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se
enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto,
que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo
que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos
abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano
sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se
cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras
roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque
el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos
se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos
no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro
lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían
era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza
colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo
perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el
vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las
escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por
despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil
en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió
los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo
de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía
que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido
el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por
extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían
sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas.
En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también
alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a
él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

COMPRENSIÓN LECTORA.

1- Este cuento comienza con un epígrafe ¿Qué significado tiene?

2- En este cuento confluyen en un mismo individuo dos tiempos históricos distintos,


dos culturas diferentes. ¿Cuáles son?

3- ¿Qué elementos en común tienen los protagonistas de ambas historias? (Ej.: los
dos transitaban una calzada y desviarse hacia la izquierda les resulta fatal)

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4- ¿Qué diferencias pueden señalar entre una y otra? (Ej.: el motociclista, a pesar
del accidente, se siente seguro, protegido, etc. El moteca, en cambio, padece miedo
y angustia.)

5- ¿Qué pistas brinda el narrador que permite al lector descubrir que el personaje
es uno solo? (Ej.: el motociclista se siente como si hubiera corrido kilómetros,
cuando en realidad el que ha corrido es el moteca)

6- Si consideramos el mundo representado en las dos historias que integran el


cuento, ¿qué estrechos puntos de contacto se pueden establecer en ambos?
Atendiendo a: a) Personajes. b) Espacio. c) Acontecimientos.

7- Expliquen a qué alude el título.

8- a) ¿En qué persona gramatical se narra? ¿Qué tipo de narrador es?

Continuidad de los parques

Cortázar Julio

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios
urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar
lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde después de
escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de
aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque
de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera
molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda
acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos.
Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas;
la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse
desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba y sentir a la vez que su cabeza
descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos
seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del
atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de
los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y
movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.

Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por
el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos

77
pero él rechazaba las caricias, no había venido a repetir las ceremonias de una
pasión secreta. protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal
se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo
anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes y se sentía que todo
estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del
amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura
de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado, coartadas,
azares, posibles errores. A partir de esa hora, cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpió apenas para
que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la
puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda
opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez.
parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del
crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no
ladraron. El mayordomo no estaba a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños
del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras
de la mujer: primero una sala azul, después una escalera alfombrada. En lo alto,
dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del
salón, y entonces: el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de
un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

COMPRENSIÓN LECTORA.

1- En el cuento encontramos indicios (pistas) que tienden a unificar “la historia


de la novela” y “la historia que está viviendo el personaje-lector de la novela”
¿Cuáles son esos indicios?
2- ¿Cuál de las dos historias cobra más fuerza, la inicial o la historia narrada?
3- Marca con una X

En qué contexto social transcurre la historia del lector-personaje

Clase baja

Clase media

Clase alta

4- ¿Cuáles con los indicios que te permitieron llegar a tu respuesta anterior?


5- Explicar brevemente el título del cuento.
6- Según la trama narrativa del cuento y cómo son narrado los hechos podemos
decir que el cuento es circular o lineal ¿Por qué?
78
CASA TOMADA

Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas
antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los
recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la
infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura
pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza
por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo -le dejaba a Irene
las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a
mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos
platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y
silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a
creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin
mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el
nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la
genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún
día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para
enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearemos
justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. Irene era una chica nacida
para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día
tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las
mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer
nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno,
medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después
lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la
canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas
horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se
complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba
esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había
novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la
Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque
yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno
puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo
sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de
pañoletas blancas, verdes, lila, Estaban con naftalina, apiladas como en una
mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No

79
necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y
el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una
destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos
plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se
agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso. Cómo no acordarme de la
distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres
dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez
Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala
delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al
cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán
con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el
zaguán, abría el cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros
dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando
por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de
la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir
por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta
estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión
de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo
vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta
de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los
muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y
no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa
el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de
macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero vuela y se suspende en el aire, un
momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos. Lo recordaré
siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba
tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió
poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada
puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché
algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un
volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También
lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde
aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera
demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba
puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la
cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije
a Irene: -Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó
caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. - ¿Estás seguro? Asentí. -
Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba
el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me
acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco. Los primeros días

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nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas
cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos
en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la
abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una
botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente
sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos
mirábamos con tristeza. -No está aquí. Y era una cosa más de todo lo que habíamos
perdido al otro lado de la casa. Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se
simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo,
no. daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir
conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se
decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer
fríos de noche. Nos alegramos porque resulta molesto tener que abandonar los
dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el
dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre. Irene estaba contenta porque
le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros,
pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de
papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en
sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A
veces Irene decía: -Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de
trébol? Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel
para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y
poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene
soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz
de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía
que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el
cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se
escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el
ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos,
el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum
filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño,
que quedaban tocando la parte tomada nos poníamos a hablar en voz más alta o
Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y
vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí
el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa
se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos.
Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz,
me desvelaba en seguida.) Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De
noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a
servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la

81
cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba
el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi
lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente
que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo
mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera.
Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin
volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a
espaldas nuestras. Cerré de un golpe el cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora
no se oía nada. -Han tomado esta parte --dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos
y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos
habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo. - ¿Tuviste tiempo de traer
alguna cosa? -le pregunté inútilmente. -No, nada. Estábamos con lo puesto. Me
acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi
brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle.
Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la
alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en
la casa, a esa hora y con la casa tomada.

COMPRENSIÓN LECTORA.

1- Reflexionemos sobre el título. ¿Qué es tomar una casa? ¿Cómo es visto


socialmente?

2- ¿Qué tipo de narrador tiene este cuento?

3- Durante el relato, el narrador hace algunas afirmaciones. ¿Qué piensan


sobre ellas? ¿Cómo se imaginan que se sentirían ustedes en su lugar y por qué?

A. Para divertirse, Irene teje todo el tiempo y su hermano revisa los libros o la
colección de estampillas. Y así pasaban los días. El personaje dice: “Nos
divertíamos mucho, cada uno en sus cosas…” ¿Qué dirías si estuvieras en una
situación similar? ¿Qué actividades te resultan divertidas a vos?

B. Cuando pierden parte de sus pertenencias, dice: “Estábamos bien, y poco a


poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.” ¿Qué sentirías en
una situación similar?

4- ¿Por qué los intrusos tomaron la casa? ¿Cuáles son sus razones?

5- ¿Qué simboliza la casa tomada?

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6- Describe la casa donde viven los hermanos.

7- ¿Cuáles son las actividades que realizan los hermanos durante el día?

8- ¿A qué clase social te parece que pertenecen? ¿Cómo te diste cuenta?

9- ¿Qué características de la cosmovisión fantástica encontrarás en este


cuento? Menciona y explica en qué momento del cuento aparece.

10- ¿Cuál es el tema del cuento?

Realismo mágico

El realismo mágico es un género artístico y literario propio de la literatura


latinoamericana de mediados del siglo XX, que funde la realidad narrativa con
elementos fantásticos, mostrando lo común y cotidiano como algo irreal o extraño.
La noción de la realidad tal como la apreciamos cotidianamente se ve quebrada y
puesta en duda por elementos fantásticos que se mezclan en las situaciones
aceptadas como reales. El realismo mágico floreció en la literatura latinoamericana
a raíz de las discrepancias surgidas entre cultura de la tecnología, la cultura del
mestizaje y la cultura de la superstición, y cuando las dictaduras que azotaban
Latinoamérica hicieron de la palabra la herramienta más poderosa. Como se dijo,
en el realismo mágico, lo real y lo imaginario aparecen completamente unidos e
inseparables dentro del universo narrativo con características que le son propias:

 Incorpora, frente a los acontecimientos y percepciones objetivas, el


mundo de lo onírico, el de la magia, el de los mitos y leyendas.
 Aparece lo profético y adivinatorio.
 El milagro, lo fantástico, lo maravilloso; es decir, las múltiples esferas
de la imaginación.

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 Se rompe la idea de tiempo lineal que vertebra el relato: el tiempo es
cíclico, pero no perfectamente cíclico. Todo vuelve a pasar, todo se
repite, pero no exactamente igual.
 Superposición de tiempos: el tiempo histórico se encuentra con otros
tiempos que fluyen paralelamente: el tiempo mítico, el de los sueños,
el de la imaginación. Podría decirse que la temporalidad del realismo
mágico es parecida a la que experimentamos cuando soñamos:
presente, pasado y futuro coexisten en el mismo espacio.
 Lo "esperable y cotidiano" se vuelve inesperado y extraño, y a la
inversa.
 “Lo mágico” o “imposible” forman parte de la realidad de aquello que
“puede suceder”.

EL BOOM LATINOAMERICANO.

Si bien puede reconocerse su origen a fines de la década del 20, el realismo


mágico tiene su esplendor en América Latina en los años 70 del siglo
XX. Esta década marcó un hito en la historia de la narrativa
latinoamericana y durante ese período se escribieron alguna de las
novelas más importantes de la lengua española. Este notable fenómeno
fue denominado Boom latinoamericano, y fue un acontecimiento cultural.
Un grupo de escritores consiguió darle a la literatura de nuestro
continente una visibilidad y un lugar que nunca antes había tenido: se
convirtieron en best sellers, comenzaron a ser traducidos a otros idiomas
y a ser considerados por la crítica literaria internacional.

En líneas generales este grupo de artistas se propuso la misión de describir


las características que convierten a América en un territorio único. En

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palabras de uno de ellos, el mexicano Carlos Fuentes “contribuir con la
tarea interminable de darle un nombre a América”

Las características peculiares de nuestro continente así como un identidad


pluricultural fueron las respuestas. La identidad parece surgir como
resultado de los procesos de conquista y colonización que vivió nuestro
continente. El contraste de cosmovisiones, el choque cultural entre los
conquistados y conquistadores, conformó nuestra peculiar identidad.
Podríamos decir que toda la historia latinoamericana, en esta visión, es
la lucha entre estas dos concepciones del mundo, radicalmente
opuestas: la del conquistador y la del conquistado.

El pasado épico de la resistencia indígena, que opera con sustancia mítica,


y el presente de los conquistadores y sus herederos coexisten. Se
integran en relatos literarios para así poder dar cuenta de nuestra
identidad.

UN SEÑOR MUY VIEJO CON UNAS ALAS

ENORMES
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo
tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos en el mar, pues el niño recién
nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era a causa de la
pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes.

El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en
marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo
y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo
regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué
era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho
para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el

85
lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo
impedían sus enormes alas.

Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que
estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio.
Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un
trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy
pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había
desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio
desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron,
y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del
asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él
les contestó en un dialecto incomprensible, pero con una voz de navegante. Fue así
como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen
juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el
temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las

cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.

-Es un ángel- les dijo- Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que
lo ha tumbado la lluvia.-

Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel
de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de
estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían
tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde
la cocina, armado con su garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras
del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alambrado.

A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando


cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer.
Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con
agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en alta mar. Pero
cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario
frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas
de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura
sobrenatural sino un animal de circo.

El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la


noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer,
y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más
simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más

86
áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara
todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como
semental para implantar en la Tierra una estirpe de hombres alados y sabios que
se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había
sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó en un instante su
catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca aquel
varón de lástima que más bien parecía una enorme gallina decrépita entre las
gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas,
entre las cáscaras de frutas y las sobras de desayunos que le habían tirado los
madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de
anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el
gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de
su impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus
ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un
insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias
y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza
miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces
abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los
riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de
recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las
alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y
un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin
embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra a su
primado y para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto
final viniera de los tribunales más altos.

Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó


con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de
mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que
ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto
barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco
centavos por la entrada para ver al ángel. Vinieron curiosos hasta de la Martinica.
Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces
por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de
ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más
desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los
latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaiquino que no
podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se
levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y
muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que
hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en

87
menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de
peregrinos que esperaban turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.

El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se


le iba en buscar acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de
las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas.
Al principio trataron que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la
sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los
despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban
los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo
nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la
paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando lo picoteaban las gallinas en
busca de los parásitos estelares que profilaban en sus alas, y los baldados le
arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos
le tiraban piedras tratando que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única
vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de
marcar

novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto.
Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en
lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de
gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo.
Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor,
desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su
pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en
reposo.

El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de


inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza
del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El
tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo
que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si
no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían
ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera
puesto término a las tribulaciones del párroco.

Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes
del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había
convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo
costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda
clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés,
de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula

88
espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo
más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que
contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado
de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el mbosque
después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el
cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la
convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas
caritativas quisieran echarle en la boca.

Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible


escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que
apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le
atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no
recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y del paralítico que no pudo
andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y la del leproso a quien le nacieron
girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían
entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la
mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga
se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario
como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los
dormitorios.

Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado
construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles
muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro
en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un
criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo
de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y
muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas
en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció
atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en
su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de
muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja
la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron que no
estuviera muy cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y
acostumbrándose a la peste, y antes que el niño mudara los dientes se había metido
a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El
ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero
soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin
ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al
niño no resistió a la tentación de auscultar al ángel, y le encontró tantos soplos en

89
el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera
vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas.

Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no


podía entenderse por qué no las tenían también los otros hombres. Cuando el niño
fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el
gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin
sueño. Lo

sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la


cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que
se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda
gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles.
Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que
andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas
de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de
dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con
calenturas delirando en trabalenguas de noruego viejo. Fue ésa una de las pocas
veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la
vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.

Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor en los
primeros soles.

Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo
viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas
grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo
percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de esos cambios, porque
se cuidaba muy bien para que nadie los notara, y para que nadie oyera las
canciones de navegante que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana,
Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento
que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó a la ventana, y
sorprendió al ángel en las primeras tentativas de vuelo. Eran tan torpes, que abrió
con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el
cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban
asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella
y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de
cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando
acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo
pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto
imaginario en el horizonte del mar.

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COMPRENSIÓN LECTORA.
1. ¿Qué problemas de salud tiene el niño en el momento que llega el ángel?

2. ¿Cómo es descrito el ángel?

3. ¿Qué pensaban Pelayo y Elisenda que era? ¿Y la vecina?

4. ¿Dónde fue encerrado el ángel la primera noche que pasó en casa de Pelayo?

5. ¿Qué oficios anticiparon algunos para el ángel?

6. ¿Qué actitud revela el ángel ante la mirada de los visitantes?

7. ¿Qué pensó el padre Gonzaga del ángel? ¿Qué decisión tomó después de visitarlo?

8. ¿Qué negocio hacen Pelayo y Elisenda con el ángel?

9. ¿Qué otros competidores tiene el ángel?

10. ¿Cómo es tratado el ángel durante su estancia en casa de Pelayo y Elisenda?

11. ¿Qué discusiones tienen en Roma respecto a la identidad del ángel?

12. ¿Qué provocó la transformación de la niña en una araña?

13. ¿Qué problemas de salud le encuentra el médico al ángel?

14. ¿Cómo reacciona el pueblo, y vos como lector, ante la presencia sobrenatural del ángel?

15. ¿Cuál es la duración aproximada del tiempo de esta historia?

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UNIDAD N°3
“Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad.”

Julio Verne (1828 - 1905)

COSMOVISIÓN DE LA CIENCIA-FICCIÓN.

LOS MUNDOS POSIBLES DE LA CIENCIA FICCIÓN.

Para entender qué es la literatura de ciencia ficción y cuál es la visión del mundo que ofrece
a los lectores, podemos comenzar a pensar la relación entre las dos palabras que forman el
concepto: “ciencia” y “ficción”. En primer lugar, entendemos que se trata de una literatura
relacionada con la ciencia ya que los mundos que crea son mundos posibles gracias a las
conquistas de la ciencia y la evolución tecnológica que los descubrimientos científicos traen
aparejadas.

La ciencia ficción se puede pensar, así, como un intento de describir y explorar el impacto
de lo científico sobre el hombre, no solo en el aspecto práctico y cotidiano, sino también en
los campos filosófico, mitológico y poético.

Estos relatos manifiestan los temores, incertidumbres y esperanzas de una época frente a los
avances tecnológicos y sus consecuencias, tanto simbólicas como materiales y concretas,
para los seres humanos.

A este primer acercamiento a una definición de la ciencia ficción, podemos agregarle la


cualidad de ser una literatura de anticipación: el escritor de ciencia ficción se anticipa a la
ciencia porque se propone “inventar” un futuro posible.

DIFERENCIAS ENTRE LO MARAVILLOSO, FANTÁSTICO Y REALISTA.

A diferencia del género fantástico, en la ciencia ficción, siempre hay una explicación posible
y racional para los acontecimientos narrados. Sus resoluciones, o su trama misma, pueden
resultar fantásticas para nuestro presente, pero no son sobrenaturales. Es decir, la ciencia
ficción exhibe un mundo posible al que los avances científicos han modificado hasta hacer
irreconocible para el hombre actual. No hay leyes naturales que lo refuten por lo que aparece
como una de entre las infinitas posibilidades del devenir humano.

La ciencia ficción como la literatura realista, es el producto de una época. Por eso, sus
temas y postulados “envejecen rápidamente”. Por ejemplo, la ciencia ficción del siglo XIX,
que relata viajes espáciales deja de ser novedosas para un lector de nuestra época. Puede

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ocurrir que las realidades virtuales pasen también “de moda” en un futuro próximo, en el
que tal vez, se integren a nuestra vida cotidiana.

CARACTERÍSTICAS DE LA CIENCIA FICCIÓN.

Aunque cada autor y cada obra de ciencia ficción perfilan propuestas distintas, podemos
sistematizar algunas características más generales.

TEMÁTICAS.

 Los viajes en el tiempo y espacio.


 La rebelión de las máquinas.
 Las guerras o la convivencia interplanetaria.
 Las invasiones extraterrestres a la tierra.
 El mundo virtual.
 La conquista o la vida en otros planetas.
 El descubrimiento de “mundos perdidos”.
 Las realidades o dimensiones paralelas.
 La exploración de regiones inaccesibles para el hombre.
 Los modos en que estará organizado nuestro mundo en el futuro.
 La manipulación genética.
 Científicos e inventos que traspasan los límites éticos permitidos.

CONFLICTOS.

Los principales conflictos pueden reducirse a tres:

a- La inventiva humana pone en funcionamiento mecanismos que escapan al dominio


del hombre.
b- Seres inteligentes, no humanos, se introducen en el mundo del hombre.
c- Fenómenos naturales imprevistos, alteran la situación del hombre en la tierra o
amenazan la subsistencia de las especies.

LENGUAJES.

El uso de un vocabulario particular, plagado de tecnicismos (es decir, palabras o


expresiones específicas de determinado ámbito científico) y neologismos (palabras
inexistentes en el diccionario, creadas para nombra las nuevas realidades que se describen,
para las que no existen, todavía un lenguaje) contribuye a crear la atmósfera de la narración
de ciencia ficción y darle verosimilitud a la realidad creada.

93
PERSONAJES.

Sus personajes son de dos tipos:

1- Seres posibles en nuestro mundo científicos, investigadores, exploradores y


astronautas, que representan la espera científica pero también hombre y mujeres
comunes, los “afectados” por la ciencia.
2- Seres “imposibles” en nuestro mundo; alienígenas, robots inteligentes, androides,
mutantes, superhombres, protohombres, seres extinguidos, etc. Aunque el relato se
construya sobre un personaje determinado, a veces, este no funciona como una
individualidad psicológica sino como un representante de la especie y es el destino
de la especie lo que aparece en cuestión.

UTOPÍAS Y DISTOPÍAS.

El desarrollo tecnológico que se produjo a partir de la Revolución Industrial junto con el


avance de la ciencia a lo largo del siglo XIX, propiciaron el nacimiento de la narrativa de
ciencia ficción. En las primeras manifestaciones de este género se percibe un optimismo
inusitado con respecto a los avances de la ciencia, se disfruta de las aplicaciones
tecnológicas y se prevén desarrollos crecientes. Sin embargo, a partir del siglo XX,
comienza a desdibujarse ese optimismo y la sociedad se cuestiona sobre los riesgos que la
aplicación creciente de la ciencia y la tecnología podrían acarrear al hombre. La narrativa
de la ciencia ficción se hizo eco de este cambio, y, por lo tanto manifestó las consecuencias
no deseadas de estos avances.

Una vertiente de la ciencia ficción se propone mostrar los beneficios que la ciencia y la
tecnología pueden producir para la liberación del hombre. Se trata, en este caso, de una
visión optimista o utópica del futuro, que supondría el alcance de una felicidad plena a
partir de las conquistas científicas.

También existe una visión pesimista o distópica, que plantea la idea de un futuro en el que
el hombre en lugar de salvarse, se pierde debido a los avances de la ciencia que traspasa
determinados límites y no tiene en cuenta las consecuencias inhumanas de sus “logros”.

La ciencia ficción distópica muestra el sentimiento de pérdida, la destrucción y la


deshumanización que el progreso puede traer consigo. En este sentido se puede entender
como una crítica social. Cuando la ciencia se aleja de su sentido original (el mejoramiento
de la especie) inevitablemente conduce a profundizar los problemas sociales y políticos, a
generar mayores diferencias entre los seres humanos y también a desencadenar catástrofes
al liberar el poder de la naturaleza, un poder descomunal y caótico.

94
El árbol de la buena muerte
H. G. Oesterheld

María Santos cerró los ojos, aflojó el cuerpo, acomodó la espalda contra el blando
tronco del árbol.
Se estaba bien allí, a la sombra de aquellas hojas transparentes que filtraban la
luz rojiza del sol.
Carlos, el yerno, no podía haberle hecho un regalo mejor para su cumpleaños.
Todo el día anterior había trabajado Carlos, limpiando de malezas el lugar donde
crecía el árbol. Y había hecho el sacrificio de madrugar todavía más temprano que
de costumbre, para que, cuando ella se levantara, encontrara instalado el banco al
pie del árbol.
María Santos sonrió agradecida; el tronco parecía rugoso y áspero, pero era
muelle, cedía a la menor presión como si estuviera relleno de plumas. Carlos
había tenido una gran idea cuando se le ocurrió plantarlo allí, al borde del
sembrado.
Tuf-tuf-tuf.
Hasta María Santos llegó el ruido del tractor. Por entre los párpados
entrecerrados, la anciana miró a Marisa, su hija, sentada en el asiento de la
máquina, al lado de Carlos.
El brazo de Marisa descansaba en la cintura de Carlos, las dos cabezas estaban
muy juntas: seguro que hacían planes para la nueva casa que Carlos quería
construir.
María Santos sonrió; Carlos era un buen hombre, un marido inmejorable para
Marisa. Suerte que Marisa no se casó con Larco, el ingeniero aquel; Carlos no era
más que un agricultor, pero era bueno y sabía trabajar, y no les hacía faltar nada.
¿No les hacía faltar nada?
Una punzada dolida borró la sonrisa de María Santos.
El rostro, viejo de incontables arrugas, viejo de muchos soles y de mucho trabajo,
se nubló.
No. Carlos podría hacer feliz a Marisa y a Roberto, el hijo, que ya tenía 18 años y
estudiaba medicina por televisión.
No. Nunca podría hacerla feliz a ella, a María Santos, la abuela…
Porque María Santos no se adaptaría nunca – hacía mucho que había renunciado
a hacerlo – a la vida en aquella colonia de Marte.
De acuerdo con que allí se ganaba bien, que no les faltaba nada, que se vivía
mejor que en la Tierra; de acuerdo con que allí, en Marte, toda la familia tenía un
porvenir mucho mejor; de acuerdo con que la vida en la Tierra era ahora muy
dura… De acuerdo con todo eso; pero, ¡Marte era tan diferente!…
¡Qué no daría María Santos por un poco de viento como el de la Tierra, con algún
panadero volando alto!
– ¿Duermes, abuela? – Roberto, el nieto, viene sonriente, con su libro bajo el
brazo.
– No, Roberto. Un poco cansada, nada más.
– ¿No necesitas nada?
– No, nada.

95
– ¿Seguro?
– Seguro.
Curiosa, la insistencia de Roberto; no acostumbraba ser tan solícito; a veces se
pasaba días enteros sin acordarse de que ella existía.
Pero, claro, eso era de esperar; la juventud, la juventud de siempre, tiene
demasiado quehacer con eso, con ser joven.
Aunque en verdad María Santos no tiene por qué quejarse: últimamente Roberto
había estado muy bueno con ella, pasaba horas enteras a su lado, haciéndola
hablar de la Tierra.
Claro, Roberto no conocía la Tierra; él había nacido en Marte, y las cosas de la
Tierra eran para él algo tan raro como cincuenta o sesenta años atrás lo habían
sido las cosas de Buenos Aires -la capital-, tan raras y fantásticas para María
Santos, la muchachita que cazaba lagartijas entre las tunas, allá en el pueblito de
Catamarca.
Roberto, el nieto, la había hecho hablar de los viejos tiempos, de los tantos años
que María Santos vivió en la ciudad, en una casita de Saavedra, a siete cuadras
de la estación.

Roberto le hizo describir


ladrillo por ladrillo la casa, quiso saber el nombre de cada flor en el cantero que
estaba delante, quiso saber cómo era la calle antes de que la pavimentaran, no se
cansaba de oírla contar cómo jugaban los chicos a la pelota, cómo remontaban
barriletes, cómo iban en bandadas de guardapolvos al colegio, tres cuadras más
allá.
Todo le interesaba a Roberto: el almacén del barrio, la librería, la lechería… ¿No
tuvo acaso que explicarle cómo eran las moscas? Hasta quiso saber cuántas
patas tenían… ¡Cómo si alguna vez María Santos se hubiera acordado de
contarlas! Pero, hoy, Roberto no quiere oírla recordar: claro, debe ser ya la hora
de la lección, por eso el muchacho se aparta casi de pronto, apurado.
Carlos y Marisa terminaron el surco que araban con el tractor. Ahora vienen de
vuelta.
Da gusto verlos; ya no son jóvenes pero están contentos.
Más contentos que de costumbre, con un contento profundo, un contento sin
sonrisas, pero con una gran placidez, como si ya hubieran construido la nueva

96
casa. O como si ya hubiesen podido comprarse el helicóptero que Carlos dice que
necesitan tanto.
Tuf-tuf-tuf…
El tractor llega hasta unos cuantos metros de ella; Marisa, la hija, saluda con la
mano; María Santos sólo sonríe; quisiera contestarle, pero hoy está muy cansada.
Rocas ondulantes erizan el horizonte, rocas como no viera nunca en su
Catamarca de hace tanto. El pasto amarillo, ese pasto raro que cruje al pisarlo,
María Santos no se acostumbró nunca a él. Es como una alfombra rota que se
estira por todas partes; por los lugares rotos afloran las rocas, siempre angulosas,
siempre oscuras.
Algo pasa delante de los ojos de María Santos.
Un golpe de viento quiere despeinarla.
María Santos parpadea, trata de ver lo que le pasa por delante.
Allí viene otro.
Delicadas, ligeras estrellitas de largos rayos blancos…
¡“Panaderos”!
¡Sí, “panaderos”, semillas de cardo, iguales que en la Tierra!
El gastado corazón de María Santos se encabrita en el viejo pecho: ¡“Panaderos”!
No más pastos amarillos: ahora hay una calle de tierra, con huellones profundos,
con algo de pasto verde en los bordes, con una zanja, con veredas de ladrillos
torcidos…
Callecita de barrio, callecita del recuerdo, con chicos de guardapolvo corriendo
para la librería de la esquina, con el esqueleto de un barrilete no terminando de
morirse nunca, enredado en un hilo de teléfono.
María Santos está sentada en la puerta de su casa, en su silla de paja, ve la hilera
de casitas bajas, las más viejas tienen jardín al frente, las más modernas son muy
blancas, con algún balcón cromado, el colmo de la elegancia.
“Panaderos” en el viento, viento alegre que parece bajar del cielo mismo, desde
aquellas nubes tan blancas y tan redondas.
“Panaderos” como los que perseguía en el patio de tierra del rancho allá en la
provincia.
¡“Panaderos”!
El pecho de María Santos es un gran tumulto gozoso.
“Panaderos” jugando en el aire, yendo a lo alto…
Carlos y Marisa han detenido el tractor.
Roberto, el hijo, se les junta, y los tres se acercan a María Santos.
Se quedan mirándola.
– Ha muerto feliz… Mira, parece reírse.
– Sí… ¡Pobre Doña María!
– Fue una suerte que pudiéramos proporcionarle una muerte así.
– Sí, tenía razón el que me vendió el árbol, no exageró en nada: la sombra mata
en poco tiempo y sin dolor alguno, al contrario…
– ¡Abuela!… ¡Abuelita!…

97
COMPRENSIÓN LECTORA.
1- ¿Cómo imaginaste el árbol al que hace referencia el título antes de leer el
cuento?
2- ¿En qué puede consistir, según tu opinión, una “buena muerte”?
3- ¿Dónde se desarrollará la historia?

4- ¿Quién es el autor del cuento? ¿Qué clase de textos escribió a lo largo de su


vida?

5- ¿Por qué se puede asegurar que éste cuento es de ciencia ficción? Justifica tu
respuesta y da al menos dos ejemplos que lo confirmen.
6- ¿Quién narra los hechos en el cuento: un narrador que participa de la historia o
un narrador externo en tercera persona? Justifica tu respuesta.

7- ¿Dónde transcurren los hechos? Transcribe del texto la oración donde


aparece esta información.

8- Marca la opción correcta para completar la frase: “En los primeros


párrafos, el escenario donde se encuentra el personaje aparece como…
__ un paisaje exótico donde los personajes realizan actividades también extrañas.”
__ un lugar hostil.”
__ un lugar tranquilo, similar a las zonas rurales de la tierra.”

8- El árbol que da título al cuento ¿Cómo aparece descripto al comienzo de la


historia?

9- El narrador hace foco en un personaje para narrar la historia desde ese su


punto de vista ¿cuál es el personaje? Transcribe una oración del texto que
ejemplifique el procedimiento.
10- ¿Por qué razón María Santos no puede adaptarse a la vida en Marte?
¿Cuáles son las diferencias que ella advierte entre Marte y la Tierra?

11- ¿En qué consiste el cambio de actitud de Roberto, el nieto de María


Santos, con su abuela? Explícalo con tus palabras.

12- La frase “Algo pasa delante de los ojos de María Santos” da comienzo a
una serie de situaciones, lugares, objetos y personas percibidos por ella.
¿Qué ve María Santos?

14- a) Releé este párrafo del cuento.

María Santos está sentada en la puerta de su casa, en su silla de paja, ve la hilera de


casitas bajas, las más viejas tienen jardín al frente, las más modernas son muy blancas,
con algún balcón cromado, el colmo de la elegancia.

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b) Señalá con una cruz cómo se completa la afirmación.

Este párrafo:

__ Informa acerca de un hecho real.


__ Presenta una situación imaginada y deseada por la protagonista.

15- Hacia el final, el narrador cambia de punto de vista. ¿En qué consiste ese
cambio?

16- ¿Dentro de qué tipología y tema de la ciencia ficción situarías a este relato?
Justifica tu respuesta y da ejemplos que lo demuestren.
17- Este relato, ¿puede considerarse Utópico o Distópico? Explica y ejemplifica.

El mejor amigo de un muchacho


Isaac Asimov
-Querida, ¿dónde está Jimmy? -preguntó el señor Anderson.
-Afuera, en el cráter -dijo la señora Anderson-. No te preocupes por él. Está con Robutt…
¿Ha llegado ya?
-Sí. Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho
contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya
quinceaños… dejando aparte los de las películas, claro.
-Jimmy nunca ha visto uno -dijo la señora Anderson.
-Porque nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que
es el primero que viene a la Luna.
-Sí, su precio lo demuestra -dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro.
-Mantener a Robutt tampoco resulta barato, querida -dijo el señor Anderson.
Jimmy estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían
considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y
piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y
pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar como ningún terrestre
podía hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y daba su salto de canguro su padre
siempre acababa quedándose atrás.

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El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra -que se hallaba bastante
baja en el cielo meridional, el lugar desde donde siempre podía ver desde Ciudad Lunar-, ya
casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por
su claridad.
La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir
que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que
no había ninguna gravedad contra la que luchar.
- ¡Vamos, Robutt! -gritó Jimmy.
Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrás de él. Jimmy era un experto,
pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que
además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dio una
voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.
-No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte -le ordenó Jimmy.
Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba “Sí”.
-No confío en ti, farsante -exclamó Jimmy.
Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter
y le hizo descender hacia la ladera inferior.
La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad cegadora y amistosa
que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad
visible era la emitida por las estrellas.
En realidad Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los
adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era
liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que
había en él.
Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta
resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de
Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. Mientras
Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre
él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se
ocultaba detrás de una roca aunque Robutt supiera todo el tiempo dónde estaba Jimmy, jamás
podría sufrir ningún daño. En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido
y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de
rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena
reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.
La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.
-Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo.
Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de
entrar en casa; e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba.
Robutt estaba inmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta

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centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su
cabecita desprovista de boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la
diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos
hasta que el señor Anderson abrió la boca.
-Tranquilo, Robutt -dijo el señor Anderson, y sonrió-. Bien, Jimmy, tenemos algo para ti.
Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas
y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.
- ¿Algo de la Tierra, papi?
-Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad… un cachorro terrier escocés para ser
exactos. El primer perro de la Luna… Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos
a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño.
-El señor Anderson parecía estar esperando que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría
la boca siguió hablando-. Ya sabes lo que es un perro, Jimmy. Es de verdad, está vivo…
Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot.
Jimmy frunció el ceño.
-Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro.
-No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está
hecho de acero y circuitos. No está vivo.
-Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.
-No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma.
Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.
-El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?
-Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá
acostumbrado a él… Y cuando esté en la ciudad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos
en casa enseguida notarás la diferencia.
Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles,
como si estuviera asustado. Jimmy extendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia
que le separaba de ellos de un solo salto.
- ¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? -preguntó Jimmy.
-Es difícil de explicar -dijo el señor Anderson-, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El
perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te
quisiera, ¿entiendes?
-Pero papi… No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que
también finja.
El señor Anderson frunció el ceño.

101
-Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás
la diferencia.
Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión
desesperada de su rostro indicaba que no estaba dispuesto a cambiar de opinión.

-Pero si los dos se portan igual conmigo, entonces tanto da que sea un perro de verdad o un
perro robot -dijo Jimmy-. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.

Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su
existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes… ladridos de pura felicidad.

COMPRENSIÓN LECTORA.

1- ¿Qué temática de la ciencia ficción plantea este cuento? ¿Por qué?


2- ¿Quiénes son los personajes? ¿Cuáles son sus características?
3- ¿Cuál es el conflicto que se plantea en el cuento?
4- ¿Dónde transcurre la historia?
5- ¿Te parece un cuento utópico o distópico? ¿Por qué?

GUÍA DE ANÁLISIS.

Película: Matrix.

Después de ver la película “The Matrix”, realiza el siguiente cuestionario.

1- ¿Qué es la matriz? Relaciona tu respuesta con estos términos: control, sistemas


informáticos, libertad, energía, virtual, realidad.
2- Ubica la acción narrativa de esta película en tiempo y espacio. Tené en cuenta la
estructura de mundos paralelos y la oposición real/virtual.
3- En la mitología griega Morfeo es uno de los mil hijos del sueño, su nombre
significa forma e indica su función: está encargado de mostrar la verdad a las
personas mientras duermen. Vincula este mito con la acción de la película, teniendo
en cuenta la relación entre el sueño que padece Neo y el concepto de virtualidad.
4- Relaciona los nombres de los personajes de la película con la acción que cada uno
desarrolla en la misma. Morfeo: forma, sueño, verdad; Trinity: trinidad, tres; Neo:
el nuevo; Cipher: cifra, el diablo, la maldad.

5- ¿En qué consiste la misión de Morfeo? ¿Cuál es la misión de Neo?

6- ¿Cómo Neo vence a los Programas conscientes? Tené en cuenta las siguientes citas:

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Morfeo “Tienes que olvidarlo todo, Neo” //Neo “El miedo, la duda, la incredulidad/libera
tu mente”

Morfeo “este es el programa “sparring”, parecido a la realidad programada de la Matriz,


tiene las mismas reglas básicas, como las de la gravedad; tienes que saber que esas reglas
no son distintas a la de un sistema informático, algunas se pueden ajustar, otras se pueden
infringir”

7- ¿Qué función tiene la pastilla azul? ¿Por qué Neo necesita las conexiones y el
proceso de aislamiento? Tené en cuenta la siguiente cita: Morfeo: “Tu ropa es distinta
y los enchufes de tu cuerpo han desaparecido, vuelves a tener tu pelo. Tu aspecto
actual es lo que llamamos una “auto-imagen residual”/ es la proyección de tu yo
digital. Neo: ¿Entonces, esto no es real? // Morfeo: ¿Qué es “real”? ¿Cómo definirías
real? Si te refieres a lo que puedes sentir y oler, a lo que puedes saborear y ver,
entonces qué designa el término “real”. Son señales eléctricas interpretadas por tu
cerebro, el mundo que tú conoces es tal como era al final del siglo XX, ahora existe
como una simulación interactiva neutral a la que llamamos Matriz. Has vivido en un
mundo imaginario, Neo. Bienvenido al desierto real, sabemos que a principios del siglo
XXI, toda la humanidad se maravilló al dar origen a la I.A, a la inteligencia
Artificial//”

8- Explica por qué esta película responde a la ciencia-ficción, qué características de la


actualidad se encuentran extrapoladas y exacerbadas en ese mundo fututo y define si se
trata de una utopía o distopía.

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