Cuadernillo de Literatura 5° Año
Cuadernillo de Literatura 5° Año
Cuadernillo de Literatura.
5° año.
Pendientes o equivalencias 2021.
“Porque amasar el pan y escribir un cuento son cosas muy
parecidas. Porque compartir un pan entre todos y leer un
cuento en voz alta son las más antiguas costumbres del
amor” Bodoc Liliana, Cuentos de harina
Profesoras:
Luna Marcela.
Flores María del Pilar.
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5° AÑO.
MATERIA: Literatura. 2021
PROGRAMA DE COMISIÓN EVALUADORA DE PENDIENTES O EQUIVALENCIA.
Cosmovisión Realista:
Géneros literarios: características del género narrativo, lirico y dramático. Puntos de vista del narrador:
omnisciente, testigo y protagonista.
Concepto y características del Realismo. Trama descriptiva y trama narrativa en la novela realista. El retrato de
los personajes. Registro y niveles del lenguaje (coloquial, lunfardo, rural, etc.)
Lectura:
“Infierno grande” Martínez Guillermo.
“La fiesta ajena” Heker Liliana.
“La intrusa” Borges Jorge Luis.
“Patrón”. Castillo Abelardo.
“Cuestión de principios” Fontanarrosa Roberto.
Novela: “Tuya” Claudia Piñeiro.
Cosmovisión Fantástica y maravillosa.
Concepto de cuento fantástico y maravilloso: Definición y características. Mecanismos de lo fantástico en
Cortázar: Alteraciones. Contextualización del Boom latinoamericano. Realismo mágico: concepto y
características.
Lectura:
“Un señor muy viejo con las alas enormes” García Márquez G.
“Casa tomada”, “La noche boca arriba”, “Continuidad de los parques”. Julio Cortázar.
Cosmovisión ciencia-ficción.
Origen de la ciencia ficción. Conceptos y características de la ciencia ficción. Alteración espacio-temporal. La
utopía y distopía. Lenguajes, temáticas, conflictos, personajes.
Lecturas:
“El árbol de la buena muerte” Oesterheld H.G
“El mejor amigo de un muchacho” Asimov Issac.
Película: Matrix
IMPORTANTE. Para presentarse al examen los estudiantes deben leer como mínimo 1 novela y 2 cuentos de cada
cosmovisión.
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UNIDAD N°1.
Literatura.
¿Qué es?
¿Qué es la ficción?
Se denomina ficción a los hechos, personajes y circunstancias que no son reales, aunque lo parezcan.
Género lírico.
Esta formado por los poemas o poesías y canciones. Generalmente aparece escrito en verso y se caracteriza
por el uso de un lenguaje sugerente. Tienen musicalidad y ritmo, es decir que tienen gran importancia
sonoridad de las palabras. El autor expresa sus sentimientos, sensaciones y estados de ánimo a través de un
“yo lírico” de manera que el lector siente que son muy semejantes a los suyos.
Género dramático.
Está formado por el texto solamente dialogado que se caracteriza por mostrar conflictos a través de las
palabras y de las acciones de los personajes, sin que aparezcan descripciones ni narraciones. Dentro de este
género se incluyen las obras de teatro y guiones de cine y televisión
Género narrativo.
Está formado por los textos que comunica hechos que transcurren en el tiempo y que significan una
transformación de la situación inicial en que se encuentran los personajes. Una narración es una historia
contada en prosa. Hay distintos tipos de narraciones según la intención con que se narra, es así como se narra
para provocar placer, para entretener y gustar y mostrar belleza en el lenguaje (narración literaria). También
se narra para informar y con esta intención se producen las narraciones cotidianas, periodísticas, las históricas
y las científicas.
Nosotros vamos a profundizar en las narraciones literarias. Éstas se diferencian de todos los demás por el
carácter imaginario o ficticio de los hechos narrados.
Los tipos de narraciones más frecuentes son los cuentos y novelas. Dentro de estas categorías se establecen
distintos tipos de relato según sus características.
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Tiene un narrador: es una figura imaginaria creada por el autor para narrar la historia. El narrador no es lo
mismo que el autor. El autor es la persona real que escribe el texto.
Tipos de narradores
Omnisciente puede ser alguien indeterminado. Sabe todo lo que sucede, todo lo que sienten los personajes,
todo lo que sucedió, sucede y sucederá. Narra la historia en tercera persona.
Testigo: puede ser que alguno de los personajes cuente la historia; pero este personaje no sabe todo lo que
pasa ni lo que sienten los personajes. Solamente cuenta lo que ve y escucha. También narra en tercera
persona.
Protagonista: el personaje principal (protagonista) cuenta su propia historia, lo que siente, y vive. Narra la
historia en primera persona.
Personajes: son las personas imaginarias, ficticias, propias de los textos literarios. Pueden clasificarse en
principales y secundarios.
Personajes principales:
Protagonista: personaje principal de un texto literario.
Antagonista: personaje opuesto al protagonista.
Personajes secundarios: son los personajes menos importantes en la historia y que acompañan las acciones
del protagonista.
Superestructura narrativa
Marco
Situación inicial
Complicación
Resolución
Situación final.
El marco: está constituido por la presentación de los personajes, el tiempo y el lugar en los que transcurre la
acción.
Situación inicial: es en donde se presenta la acción.
Complicación: un problema planteado.
Resolución: solución al conflicto o problema planteado.
ACTIVIDAD
1- Indica a qué género literario pertenece cada uno de los siguientes fragmentos. Justifica tu
respuesta.
TEXTO A.
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“…De noche Yasí, la luna, alumbra desde el cielo misionero las copas de los árboles y platea el
agua de las cataratas. Eso es todo lo que conocía de la selva: los enormes torrentes y el colchón
verde e ininterrumpido del follaje, que casi no deja pasar la luz…”
TEXTO B
TEXTO C
TEXTO A
“…Pero un día bajó a la tierra acompañada de Araí, la nube, y juntas, convertidas en muchachas,
se pusieron a recorrer la selva. Era el mediodía y, el rumor de la selva las invadió, por eso era
imposible que escucharan los pasos sigilosos del yaguareté que se acercaba, agazapado, listo
para sorprenderlas, dispuesto a atacar. Pero en ese mismo instante una flecha disparada por un
viejo cazador guaraní que venía siguiendo al tigre fue a clavarse en el costado del animal…”
TEXTO B
“… Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado
como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau
Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa
noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a
que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su
nueva vida.…”
TEXTO C
“…Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía1, y tal vez de locura. Tales
acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de
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mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)2 están abiertas
día y noche a los hombres y también a los animales…”
CUENTO NOVELA
Unidad N° 1
COSMOVISIÓN REALISTA.
El Realismo
Se llama Realismo a la tendencia estética que manifiesta interés primordial por la
observación del mundo y del hombre en su dimensión biológica, psicológica y
social. Así definido se puede afirmar que en todas las épocas hubo aspectos
realistas en la literatura; pero esta corriente que surge en el siglo XIX, en Europa,
nace como una reacción contra las exageraciones del Romanticismo. Por estas
razones a menudo los autores incorporan a sus obras el lenguaje vulgar que hace
más estrecha la distancia entre lengua oral y lengua literaria.
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● Ampliación del repertorio de personajes: se amplían la serie de personajes
que interesan a la literatura. Se incluyen figuras vulgares, feas o viciosas
que no se enmarcan en el carácter de héroe.
● Contemporaneidad: se desarrollan temas de la época.
● Acción natural: las obras logran un desarrollo y desenlace natural y no
según el designio del autor.
● Descripción y narración: fueron los dos procedimientos técnicos más
empleados por los autores.
● Literatura de la clase media: autores y lectores pertenecían a la clase
media.
● Busca la objetividad.
● La obra de arte como medio de la corrección de la sociedad.
● La novela y el teatro fueron los géneros principales en donde se desarrolló.
Escribir literatura realista para los escritores implica asumir un nuevo rol; pensar
en la función social. Surge como oposición a otras miradas literarias, basadas
más en un ideal de belleza y que servían para dar cuenta de los estados de ánimo
del escritor o evadirse hacia mundos imaginarios sin establecer una relación con lo
que existe fuera del texto. La mirada realista parte de esta relación: se propone
captar y reproducir artísticamente el mundo real, dar testimonio de una época y
expresar sus tendencias y latencias profundas. Su programa estético consiste en
reflejar la realidad no tal como se nos presenta a los ojos sino como es
verdaderamente, es decir, descubrir y configurar las conexiones existentes en la
realidad para iluminar su esencia, que permanece oculta en el caos de la vida
cotidiana.
En los textos realistas nada es azaroso: cada detalle está al servicio de la totalidad
y contribuye a darle forma. El objetivo es delinear el mundo que se presenta y, al
mismo tiempo, imponer en el lector el “efecto de realidad”: aquello que aparece
entre sus ojos no es otra cosa que la realidad en la que vive.
Esta literatura no intenta ser una fotografía exacta de la realidad, con lo que
perdería su sentido como arte: entre los diversos elementos de lo real, el escritor
elige, establece jerarquías, y sobre todo juzga desde su punto de vista, que es,
por supuesto, subjetivo. Por eso el realismo no significa “objetividad neutra”,
sino una relación entre el mundo, independiente del hombre y el modo en que el
artista lo experimenta, valorándose en las posibilidades y obstáculos que le
impone a los hombres y mujeres para vivir y realizarse, La cosmovisión realista
implica así la idea de un encuentro con la realidad, un encuentro que implica
intervención de un sujeto, y por lo tanto, un reflejo activo, una representación.
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INFIERNO GRANDE.
Martínez Guillermo.
Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las
moscas, me acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y
que nadie en el pueblo volvió a mencionar.
Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera
vez que lo vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida y, sobre todo, con
aquella melena larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el
principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que sería
un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le
hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y
me preguntó por una peluquería.
Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido
a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie
habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra punta
del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.
Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise
averiguarlo: me hubiera desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la Francesa
había nacido en Bahía Blanca o, peor todavía, en un pueblo como éste. Fuera
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como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer como aquélla. Tal
vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno
darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa
costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y
pintarse largamente frente al espejo, delante de todos. Pero no, había en la
Francesa algo todavía más inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía
estorbarle la ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que
estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta que uno bajaba la vista.
Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de burla, como si
la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie se
le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su
medida. Así, con los ojos provocaba y con los ojos, desdeñosa, se quitaba. Y todo
delante de Cervino, que parecía no advertir nada, que se afanaba en silencio
sobre las nucas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras en el aire.
Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor
fue, otra vez, a causa de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho
tiempo la burla o la humillación de una mujer.
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como si ni él mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y
realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra de sospechas.
Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para
las casadas y casaderas del pueblo, que desde siempre habían hecho causa
común contra sus temibles escotes. Pero también muchos hombres estaban
resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que tenían fama de gallos en
Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al
desprecio y mucho menos a la sorna de una mujer. Y sea porque se había
acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo venían
faltando los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las
andanzas del muchacho y la Francesa. Detrás del mostrador yo escuchaba una y
otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una noche en la playa, era
una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y debían estar drogados
porque hicieron algo que Nielsen ni entre hombres terminaba de contar; lo que
decía la viuda de Espinosa: que desde su ventana siempre escuchaba risas y
gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se
revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería,
delante de él y en las narices de Cervino... En fin, quién sabe cuánto habría de
cierto en todas aquellas habladurías. Un día nos dimos cuenta de que el
muchacho y la Francesa habían desaparecido. Quiero decir, al muchacho no lo
veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la peluquería ni en el camino
a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todos es que se
habían ido juntos y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal
vez porque el peligro ya estaba lejos, las mujeres parecían dispuestas ahora a
perdonar a la Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo fallaba, decían;
Cervino era demasiado viejo para ella y por otro lado el muchacho era tan buen
mozo... y comentaban entre sí con risitas de complicidad que quizás ellas hubieran
hecho lo mismo. Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto
estaba en el almacén la viuda de Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que
a su entender algo peor había ocurrido; el muchacho aquel, como todos sabíamos,
había acampado cerca de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuelto a ver, la
carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño -repetía aquello, muy extraño-
que se hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería avisar al
comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar también a
Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle:
tengo por norma no discutir con los clientes. Empecé a decir débilmente que no se
podía acusar a nadie sin pruebas, que para mí era imposible que Cervino, que
justamente Cervino... Pero aquí la viuda me interrumpió: era bien sabido que los
tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los más peligrosos.
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Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la
puerta. Hubo un gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos
trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció
más que nunca un chico indefenso, que no había sabido crecer. Cuando hizo el
pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado yoghurt. Mientras
pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la Francesa. Cervino enrojeció otra
vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado con tanta solicitud. Dijo
que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba muy
enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de
hablar había en todas las caras una expresión curiosa, que me costó identificar:
era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió a la carga. A
ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre
mujer. Y repetía por lo bajo que había un asesino suelto en Puente Viejo y que
cualquiera podía ser la próxima víctima. Transcurrió una semana, transcurrió un
mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho tampoco se lo había vuelto a
ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los indios en la carpa abandonada
y Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de que
Cervino era un criminal y los que todavía esperábamos que la Francesa regresara,
que éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que Cervino había degollado al
muchacho con la navaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a
los chicos que jugaran en la cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos
que volvieran con Melchor. Sin embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se
quedó por completo sin clientes: los muchachos del pueblo se desafiaban unos a
otros a sentarse en el fatídico sillón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y
empezó a ser prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray. Cuando le
preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro enfermo,
que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la
viuda de Espinosa había hablado con el comisario para que lo detuviese. Pero el
comisario había dicho que mientras no aparecieran los cuerpos nada podía
hacerse. En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos
decían que Cervino los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado
en tiras para arrojarlos al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada vez
más monstruoso.
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para que todos la escucharan, que la mandaba el comisario a buscar palas y
voluntarios para cavar en los médanos, detrás del puente. Después, dejando caer
lentamente las palabras, dijo que había visto allí, con sus propios ojos, un perro
que devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y
mientras buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía
escuchando, aún sin poder creerlo, la conversación entrecortada de horror, perro,
mano, mano humana. La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último,
cargando las palas. Miraba a los demás y veía las mismas caras de siempre, la
gente que compraba en el almacén yerba y fideos. Miraba a mi alrededor y nada
había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era
una tarde como cualquier otra, a la hora inútil en que se despierta de la siesta.
Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar,
distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció
comprender de dónde provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar
sucediendo algo así, no en Puente Viejo. Cuando llegamos a los médanos el
comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando con el torso desnudo y
la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló vagamente entorno y yo
distribuí las palas y hundí la mía en el sitio que me pareció más inofensivo.
Durante un largo rato sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la
tierra. Yo le iba perdiendo el miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la
viuda se había confundido, que quizá no fuera cierto, cuando oímos un alboroto de
ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un pobre animal raquítico que se
desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso espantarlo a cascotazos
pero el perro volvía y volvía y en un momento pareció que iba a saltarle encima.
Entonces nos dimos cuenta de que era ése el lugar, el comisario volvió a cavar,
cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí; las palas se precipitaron todas
juntas y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un poco
más y apareció el primer cadáver. Los demás apenas le echaron un vistazo y
volvieron enseguida a las palas, casi con entusiasmo, a buscar a la Francesa,
pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con detenimiento. Tenía un agujero
negro en la frente y tierra en los ojos. No era el muchacho. Me di vuelta, para
advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una pesadilla: todos estaban
encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a cada golpe de pala
rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se
mirara muertos y más muertos, cabezas, cabezas. El horror me hacía deambular
de un lado a otro; no podía pensar, no podía entender, hasta que vi una espalda
acribillada y más allá una cabeza con venda en los ojos. Miré al comisario y el
comisario también sabía. Nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se
moviera, y volvió al pueblo, a pedir instrucciones. Del tiempo que transcurrió hasta
su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante del perro, el olor a muerto y la figura
de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos que había que
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seguir, que todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió
caminaba erguido y solemne, como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó
delante de nosotros y nos mandó que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal
como estaban. Todos volvimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras
la tierra iba cubriendo los cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría
también allí. El perro ladraba y saltaba enloquecido. Entonces vimos al comisario
con la rodilla en tierra y el arma entre las manos. Disparó una sola vez. El perro
cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en la mano y lo pateó hacia
adelante, para que también lo enterrásemos. Antes de volver nos ordenó que no
hablásemos con nadie de aquello y anotó uno por uno los nombres de los que
habíamos estado allí. La Francesa regresó pocos días después: su padre se había
recuperado por completo. Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa
la robaron ni bien empezó la temporada.
COMPRENSIÓN LECTORA.
2- ¿A qué situación particular alude el título? ¿Qué sería aquí “lo infernal”?
4- ¿Qué mundial de fútbol hace referencia este cuento? ¿Por qué situación
histórica particular atravesaba nuestro país?
9- ¿Qué les ordena el comisario a los que fueron testigos de la escena? ¿Por
qué obedecen?
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LA FIESTA AJENA.
L I L IANA HE KER
–No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.
–Los ricos también se van al cielo –dijo la chica, que aprendía religión en el
colegio.
–Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le
gusta cagar más arriba del culo.
–Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es
mi amiga. Y se acabó.
–Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por
fin–, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija
de la sirvienta, nada más. Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los
deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y
se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había
en esa casa. Y la gente también le gustaba.
–Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo
dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo.
La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos
en las caderas.
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–¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las
pavadas que te dicen. Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que
su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran
ricas.
Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso
palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste.
Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró
a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana
puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen
rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba
a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés
se lo había dicho: “Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que
rompen algo”.
Eso que la señora Inés le había dicho: “¿Te parece que vas a poder con esa
jarra tan grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De
manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
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–¿Y vos quién sos?
–No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y
conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
–¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.
–No.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que
sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que
agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a
animar a decir algo así.
–No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a
Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa
mejor que nadie.
–Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
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Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba
era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en
la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.
Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones
pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca
en su vida había sido tan feliz. Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después
que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido
que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos
los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó
de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte
sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y
muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del
moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era
mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba
argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el
mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. “A ver,
socio,
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono
en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo. El mago llamó a
un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo
levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con
la cabeza.
–No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.
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–Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba
el corazón.
–A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba
a ella.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue
lo primero que le contó.
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que
estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a
decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así
que le contó lo del mago.
–Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta. Y ahora estaban las dos en el hall
porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho:
“Espérenme un momentito”. Ahí la madre pareció preocupada.
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regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas,
pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué
no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?”. Era así su madre. Rosaura no tenía
ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le
dijo:
Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una
bolsa celeste y una bolsa rosa.
Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la
pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella
también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar
ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni
buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la
mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó
contra el cuerpo de su madre. Nada más.
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L I L I ANA HE KE R
COMPRENSIÓN LECTORA.
1- ¿Cuáles son las frases mediante las cuales la madre ubica a su hija en
relación a los otros? Describan los efectos que pueden producir ese tipo de
frases en otra persona.
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A- ¿Qué idea de lo que es una persona está expresando cada una de
estas frases, dichos, refranes?
B- En las escuelas, ¿se emplean expresiones con el mismo sentido?
¿Cuáles son? ¿Quién/ es las usan habitualmente para referirse a
quién/es? ¿Qué efectos producen en quienes las usan y quiénes son
sus destinatarios?
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Patrón
Castillo Abelardo.
–Sí, claro.
Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor
Domínguez, el dueño de La Cabriada: el amo.
–Mire que no es obligación. –La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se
veía de lejos que sí, que era obligación. –Ahora que usté sabe cómo ha sido
siempre don Anteno con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso
no quita que haga su voluntad.
Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en
toda La Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir
que Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja –muerto, achicharrado en los
corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30– podía ser la mujer
del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado al rancho
y había dicho:
–Quiero casarme con su nieta –Paula estaba afuera, dándoles de comer a las
gallinas; el viejo había pasado sin mirarla. –Se me ha dado por tener un hijo,
sabes. –Señaló afuera, el campo, y su ademán pasó por encima de Paula que
estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que
iba a pronunciar después. –Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío.
22
–Diecisiete, o dieciséis –la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien
cómo hacer para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender
a la nieta. Se secó las manos en el delantal.
Él dijo: –Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para
adelante, bien pegada a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar
mejor que acá. Qué me contestas.
Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos
esa noche, en el patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería
escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.
Solos los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con
todo el cielo arriba y sus estrellas y el silencio. De golpe, al subir una loma, como
un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del Cerro Negro. Dijo Antenor:
–Cerro Patrón.
Ahora, desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los
perros duermen. Largos los pinos, lejos.
23
–Todo lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo –
Antenor señaló afuera, a lo hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio
se oyó un relincho
–. Vení, arrímate.
Ella se acercó.
–Todo va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que
acá se hace lo que yo digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. –Y
señalaba el campo, afuera, hasta mucho más allá del monte de eucaliptos, detrás
de los pinos, hasta pasar el cerro, abarcando aguadas y caballos y vacas. Le tocó
la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido.
–Veintiocho años tenía cuando me lo gané –la miró, como quien se mete dentro
de los ojos–, ya hace arriba de treinta.Paula aguantó la mirada. Lejos, volvió a
escucharse el relincho. Él dijo: –Vení a la cama.
II
No la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del
árbol crecido en el patio.
Estaba ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de los postes y el
alambrado de púas. Una noche –se decía–. muchos años antes, Antenor
Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un minuto más. Porque
el trato era "hasta que amanezca", y él estaba acostumbrado a estas cláusulas
viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a veces ni
siquiera con eso.
–De acá hasta donde llegues –y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la
mano, y la mano, que era grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos
del otro–. Clavas la estaca y te volvés. Lo alambras y es tuyo.
24
el hombre caído junto al mostrador del Rozas tenía algo que ver con ese trato:
toda la tierra que se abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin
ser tan zonzo como para reventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la
estaca empezó a ser don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si
cuadraba, regalarle a un hombre todo el campo que se animara a cabalgar en una
noche. Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado treinta años y estaba
acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el
alambre. Por eso no la consultó. La cortó.
Ella lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló.
Nadie, viéndola, hubiera comprendido bien este silencio: la muchacha era una
mujer grande, ancha y poderosa como un animal, una bestia bella y chucara a la
que se le adivinaba la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio, flaco, áspero
como una rama.
–Contesta, che. ¡Contesta, te digo! –se le acercó. Paula sentía ahora su aliento
junto a la cara, su olor a venir del campo. Ella dijo:–No, don Anteno.
Obedecer es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea
una, por más que aguante el olor del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento,
como si entrase también, por más que se quede quieta boca arriba. Un año y
medio boca arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose la
sangre tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo
y
encontrando sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto; le
pareció distinto.
Ella cruzaba los potreros, buscándolo, y un peón asomó detrás de una parva;
Paula había sentido la mirada caliente recorriéndole la curva de la espalda, como
en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un golpe seco, y se dio vuelta.
Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el peón abría la boca como en una
arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue esa sola vez. Se sintió mujer
disputada, mujer nomás. Y no le importó que el viejo dijera yo te voy a dar mirarme
la mujer, pión rotoso, ni que dijera:
25
viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear con una expresión menos parecida al
respeto que a la amenaza. El viejo no los miraba:
–Qué buscas.
–La abuela –dijo ella–. Me avisan que está mala –y repentinamente se sintió
sola, únicamente protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones
agresivos, ambiguos, que ahora, al escuchar a la muchacha, se quedaron quietos.
Y ella comprendió que, sin proponérselo, estaba defendiendo al viejo.
–Qué miran ustedes –la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el
momento de clavar una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz
venía del lado de las cabañas, gritando alguna cosa. El viejo miró a Paula, y de
nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un perro apaleado–. Si
andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.
III
Paula miró de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos cueros, adivinó la
mirada y entendió lo que todos pensaban: que la diferencia era grande. Y quién
sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.
26
Ésa fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después -
hasta la tarde aquella, cuando un toro se vino resoplando por el andarivel y hubo
gritos y sangre por el aire y el viejo se quedó quieto como un trapo– pasó un año,
y Antenor tenía siempre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía querer
meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer año,
quedó encinta. Debió de haber sido durante una de esas noches furibundas en
que el viejo, brutalmente, la tumbaba sobre la cama, como a un animal maneado,
poseyéndola con rencor, con desesperación.
Ella supo que estaba encinta y tuvo miedo. De pronto sintió ganas de
llorar; no sabía por qué, si porque el viejo se había salido con la suya o por la
mano brutal, pesada, que se abría ahora: ancha mano de castrar y marcar,
estallándole, por fin, en la cara.
–Yo te voy a dar retraso –Antenor repetía las palabras, las mordía–. Yo te voy a
dar retraso.
Al volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones.
Un torito mugía, tumbado a los pies del hombre; nadie como el viejo para voltear
un animal y descornarlo o caparlo de un tajo.
27
Antenor la llamó, y ella hubiera querido que no la llamase: hubiera
querido seguir hasta la casa, encerrarse allá. Pero el viejo la llamó y ella ahora
estaba parada junto a él.
–Ceba mate. –Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el
nacimiento de los cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un crujido y
un mugido largo, y del hueso brotó, repentino, un chorro colorado y caliente. –Qué
fruncís la jeta, vos.
Y todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la
voz autoritaria de don Antenor Domínguez.
–¡Ayúdenme, carajo!
IV
28
Esta orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que
articuló. Después estaba ahí, de espaldas sobre la cama, sudando, abriendo y
cerrando la boca sin pronunciar palabra. Quebrado, partido como si le hubiesen
descargado un hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho más
tarde. Sólo entonces el médico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el
viejo no volvería a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en
condiciones de comprender alguna cosa, Paula le anunció lo del chico.
29
con lentitud unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres
que,
Cuando el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus
ropas, la mujer que ayudaba en la cocina no volvió más. Los ojos de Antenor,
interrogantes, estaban mirando a Paula.
Después, al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que
Paula llevará siempre consigo, colgada a la cintura), y el viejo tuvo que
acostumbrarse también a esto. El sonido de la llave girando en la antigua
cerradura anunciaba la entrada de Paula –sus pasos, cada día más lerdos, más
livianos, a medida que la fecha del parto se acercaba–, y por fin la mano que
dejaba el plato, mano que Antenor no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del
viejo también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se cruzaron con los de
Paula, o tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con
30
una presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura,
sí, alguna noche, cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso
como un gesto estático, interminable, que parecía haberse ido fraguando en su
cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar callada, apretando
los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en puntadas desde la cintura, le
hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó girar la llave y vio
proyectarse larga la sombra de Paula sobre el piso, antes de que ella dijera lo que
siempre decía, el viejo intuyó algo tremendo. Súbitamente, una sensación que
nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el cerebro, como una gota
de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable. Quiso no
escuchar, no ver la cara de ella, pero adivinó el gesto, la mirada, el rictus aquel de
apretar los dientes. Ella dijo:
VI
–Ni hace falta que venga en la semana –y como Fabio se había quedado
mirándole el vientre, dijo: –Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.
–Ha de estar en el pueblo –dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: –Si lo
ve al Tomás, mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:
–Podés irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.
31
Antes, de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido
ahogado y, al acercarse la noche, un grito largo retumbando entre los cuartos
vacíos; por fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura. Entonces el viejo
comenzó a reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de
la cama y quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.
atrás con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un ángulo del cuarto,
al principio lo miró
con miedo. Después, no. Antenor había quedado grotescamente caído hacia un
costado: por no aplastar al chico estuvo a punto de rodar fuera de la cama. El
chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca, buscó sentarse y no dio con la
correa. Durante un segundo se quedó así, con la boca abierta en un grito
inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e impotente, tan salvaje, sin
embargo, que de haber podido gritarse habría conmovido la casa hasta los
cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la cabeza. Antenor estaba
sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la correa; con la otra, sostenía
a la criatura. Delante de ellos se veía el campo, lejos, hasta el Cerro Patrón.
COMPRENSIÓN LECTORA.
32
2- ¿Por qué el texto se llama “Patrón”? ¿Por qué es un cuento?
11- ¿Paula podía elegir no casarse con Antenor? ¿Por qué quería el viejo
casarse?
12- ¿Cómo había conseguido las tierras Antenor? Explica la frase… “y cuando
clavó la estaca empezó a ser Don Antenor…”
17- Narra los preparativos que hizo Paula para el momento del parto ¿Quién la
asistió en ese momento?
Cuestión de principios.
Fontanarrosa Roberto.
33
¿Te conté la del viejo Castilla? La del viejo Castilla es mundial. Es la prueba
de lo que se puede comprometer un tipo por hablar al pedo, ¿viste? Por darse
manija con las palabras y después no poder volver atrás. A mí siempre me pareció
un viejo pelotudo, eso te lo aclaro desde el vamos, aunque al final, no sé, creo que
medio que se reivindica el viejo, pero de todas maneras siempre fue bastante
pelotudo. Un formal, ¿viste?, un tipo que estaba permanentemente tratando de
demostrarte que él era un caballerito inglés, un tipo educado, un tipo que mantenía
una diferencia muy notoria con el resto de la gente, de la gente como nosotros.
Cordial, ¿no? Siempre cordial. Demasiado. Meloso a veces. Muy cuidadoso en su
vocabulario, casi te diría que a propósito. Mirá que en la empresa por ahí todos
hablaban, cuando se reunían los empleados, por ejemplo a tomar café de una
manera normal, lógica, cotidiana. Puteando, por ejemplo, cagándose de risa. Pero
Castilla, no. Participaba, hacía algunos silencios reprobatorios ante las malas
palabras y siempre mezquinaba las opiniones. Las quería hacer valer. Como si no
pudiese rebajarse a intervenir demasiado en las charlas sobre pavadas, o como si
se reservara el derecho a la conclusión final, a la moraleja. Un plomo, el pelotudo.
Aunque me parece que el viejo, muy cauto, nunca iba más allá de ese
revoloteo.
34
No supe de ninguna oportunidad en que haya invitado a una de las pibas a
tomar un café fuera de la empresa o que se haya tirado abiertamente con una. Hasta
ahí nomás llegaba el viejo. Jugueteaba, le gustaba ese asunto seductor de
mariposón veterano.
Con la única que mostraba la hilacha, te juro, era con la Inés, una potra
ligerísima que laburaba en Administración. Esa mina siempre estuvo buenísima y
además se iba con unas minifaldas por acá que te volvían loco. Para colmo, le daba
calce al viejo. En joda nomás, de hija de puta, porque ella se lo caminaba al gerente
y después al hijo del gerente.
Te estoy hablando de una mina de unos 34 años, que sabía lo que quería,
muy agradable la mina. Y con ella sí, el viejo se moría.
Las minas, locas con los dos, pero especialmente con el Silva, el presidente.
La Inés, por ejemplo, lo marcó de arranque nomás, porque de largada ya estaba la
Inés en las gateras. Sin embargo, te diré que el pendejo no comía vidrio -no se llega
hasta esos puestos comiendo vidrio- y tampoco era un viva la pepa en su
comportamiento profesional. Estos pendejos están adiestrados para competir y para
ser eficientes.
35
Entonces en la empresa mucho no jodía. Te diría que todo lo contrario.
Apuntaba más que nada a la eficiencia y al laburo. Armó una revolución en la
empresa, echó gente a la mierda, sacó tipos de aquí y los metió en otra parte,
modificó secciones, y al viejo Castilla lo dejó donde estaba, ni lo tocó, como si fuera
un mueble que no necesita modificaciones. Tampoco lo ascendió, pero no le pegó
una patada en el culo. De todas maneras te digo que el viejo era muy eficiente en
lo suyo, muy cuidadoso, muy meticuloso.
-Yo duermo muy bien por las noches, Juan Alberto; le contaba uno de esos
días a su cuñado por teléfono el viejo, explicando las modificaciones de la empresa.
-Vos no sabés lo bien que yo duermo a la noche. Como un bebé, como un bebé... y
Sarita, la mujer del viejo, meneaba la cabeza de un lado para otro, sin intervenir en
la conversación, mientras planchaba.
-Yo nunca le he pisado la cabeza a nadie para subir, ¿me entendés?. Nunca.
Por eso duermo tranquilo. Tengo la conciencia muy limpia.
-No seas injusta, Sara... Vos sabés que es un buen puesto. Gano bien, me
respetan...
-Mirá, Miranda...
-Sí, mirá a Miranda... Entró después que vos y gana más que el doble de lo
que vos ganás...
36
- ¿Qué? ¿Cómo ascendió Miranda? ¿Qué hizo Miranda?
-Yo sé muy bien cómo ascendió Miranda... Hay muchas formas de ascender
en una empresa, Sarita... Yo no sé si Miranda duerme tan tranquilo como yo...
-Ah, claro... -Sarita golpeó más de lo necesario con la plancha sobre la tabla-
. Ya sabía yo... Todos los que consiguen cosas, todos a los que les va bien, son
unos deshonestos, son unos sinvergüenzas, son unos ladrones... El único honesto
acá sos vos...
-Y bueno, contáme -desafió Sara-. A ver, contáme, cómo hizo para trepar
Miranda...
Para colmo, te cuento, el viejo Castilla había recrudecido con ese argumento
desde el momento en que llegó el pendejo de jefe. Acostumbrado a una empresa
más tradicionalista, eso lo puso loco. Y lo comentó en la mesa del almuerzo con su
familia: Sarita, y Rolo, su pibe, porque la pendeja ya se había pirado un par de años
atrás.
37
-Capaz de cualquier cosa. De eso es capaz... Auto importado, teléfono
celular...
-¿Y eso qué tiene de malo?; terció Rolito, el hijo de Castilla, que no tenía más
de 16 años, tomando partido junto a su madre.
-Tal vez sea yo el equivocado -dijo, dramático-. Tal vez sea yo...
Hasta ese momento, este pendejo Silva no le había dado ni cinco de pelota
a Castilla. Salvo saludos muy formales, casi ni le había hablado. Tampoco era que
lo ignoraba, sino que más bien estaba haciendo otros estudios de la empresa y no
había tocado la parte de Castilla.
Pero esa tarde lo llama a su despacho, en el último piso del edificio para que
le lleve unos papeles. Y Castilla va y descubre una cosa, mirá qué rasgo curioso en
un pendejo como este Silva con su perfil de eficientista pragmático.
Primero Castilla comprueba que este pibe había cambiado casi todo el
mobiliario de su oficina. A la mierda con los viejos muebles, con las cortinas, con las
bibliotecas. Todo nuevo, supermoderno, amplios ventanales, moqueta de punta a
punta, sillones giratorios, computadoras. Y segundo, que en el estante de una de
las nuevas bibliotecas había una colección de revistas muy viejas, la revista
“Tertulias”, una revista casi desconocida del año del pedo. Estaban ahí y no tenían
un carajo que ver con nada.
38
- ¿Anoche?
-Con la Dalmita.
- ¿Con la Dalmita? -Silva apretó una sonrisa-. Bien... Muy bien... Pero me
acosté temprano...
-Buena piba...
-Me dijo que la amiga te iba a llamar cuando volviera de Punta del Este...
- ¿La amiga?.
Fue cuando Castilla carraspeó indicando que ya tenía todo preparado. Silva
tomó la carpeta, le pegó una hojeada y musitó un par de “Muy bien, muy bien”,
complacido. Entonces el viejo, alentado y agrandado por la aprobación del jefe,
preguntó, muy puntilloso, muy medido, por lo de las revistas antiguas.
Castilla enarcó las cejas. Nunca hubiese pensado que ese muchacho al que
uno podía relacionar más que nada con los estudios del mercado, el análisis sobre
gestiones de empresa, las vinchas para playa en colores flúo, las tablas de surf y
los amaneceres en Pinamar, podía dedicarse a coleccionar revistas viejas.
39
-Entiendo que le parecerá una obviedad mi pregunta -admitió Castilla-. Pero
es que yo he visto números de esa revista tiempo atrás en librerías... Y es más, yo
tengo algunos ejemplares, muy pocos...
-En librerías no hay -fue drástico Silva-. Pero es muy interesante lo que usted
me dice de los ejemplares que tiene...
-Conservo uno -dijo Castilla- de manera muy especial, porque en uno de sus
artículos, le estoy hablando del año ´33, ´34, hay una nota donde aparece mi padre.
En la visita del príncipe Humberto de Saboya a Rosario, que vino al Jockey. Y allí
aparece mi padre.
-No... Debo tener tres o cuatro guardados en algún cajón del ropero...
Y mirá cómo son las cosas, ya te irás imaginando lo que ocurrió. Castilla va
a su casa, esa tarde busca en los estantes altos del ropero y encuentra las revistas.
Dos o tres números de “Tertulias” medio hechos mierda, amarillos ya, llenos de
tierra, dentro de un sobre, a los que no miraba ni de casualidad desde hacía más
de treinta años. Y comprueba, por supuesto, que la revista en que aparecía la foto
de su padre, era la número 148, cosas del destino, aunque uno no crea.
El padre de Castilla era uno más entre todos esos obsecuentes de sombrero
y corbatita que rodeaban al monarca. Sin duda de ahí le venía también al viejo
Castilla esa reverencia por las monarquías, por los escudos de armas, por la
prosapia de la familia y todas esas pelotudeces que él solía contar en la empresa.
“León rampante escarlata sobre campo gualda”, solía describir el escudo de sus
abuelos, remarcando que uno de ellos había sido Marqués de las Octavillas en el
año del pedo.
40
Lo cierto es que el viejo Castilla se guardó la información de que tenía esa
revista. Ni a su mujer le dijo. Pero andaba sonriéndose por los rincones convencido
de que había conseguido un arma capaz de darle un poder insospechado. Al día
siguiente, el pendejo Silva lo llama de nuevo para pedirle otros papeles. Cuando
sube, en el último piso estaba reunida toda la plana mayor de la empresa, como
quince figurones de todo tipo y calaña, discutiendo algo importante. Silva se hace
un momento para estudiar los informes de Castilla y cuando Castilla ya se estaba
por ir, desde la mesa de directorio lo para.
-Señor Castilla -llamó, ante el silencio de todos los demás. Castilla se detuvo
junto a la puerta-. ¿Me averiguó lo que le pedí sobre la revista?.
-Vea lo que son las casualidades -paladeó Castilla, muy orondo, desde la
salida-. Efectivamente, el número que yo tengo, donde aparece mi padre, es el que
usted está buscando, el 148.
Castilla, la mano apoyada sobre la puerta abierta, comprendió que ése era el
momento que había estado esperando toda la vida. mantuvo la respuesta en
suspenso, dejando que la ansiedad creciera en el silencio de los presentes que
seguían la conversación con una mezcla de interés e ignorancia.
-Señor Silva -deletreó Castilla- usted sabrá perdonarme... Pero esa revista
tiene para mí un enorme valor de tipo espiritual... Y no todo se puede comprar con
dinero... Con permiso -y cerró la puerta lenta, dramáticamente, sin un solo ruido-.
Al día siguiente el pelotudo del viejo Castilla, porque te digo que era un
pelotudo, festejaba su cumpleaños en su casa, en el departamento que tenía por
España y Montevideo. Reunió a casi toda la familia o al menos a aquellos que le
tenían una especie de admiración, que consideraban que la suya era palabra santa
y que lo ubicaban entre los grandes sabios contemporáneos porque el viejo hablaba
bien y tenía modales para comer. No estaba Susana, la hija, porque esa pendeja ya
se había roto las pelotas de un modo inconmensurable años atrás con el viejo y se
había ido con un pendejo a vivir al Sur o por esa zona. Pero todos los demás
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estaban. Comieron, chuparon, charlaron y sobre el final de la cena el viejo pidió
atención.
Tolo, cuñado de Castilla, acepto el pedido con una sonrisa ancha y burlona.
Era al único que siempre le rompía las bolas el constante señorío de Castilla, y el
único que luego, en su casa, despotricaba contra el viejo con frases tales como:
“Pero por qué no se va a hacer lavar un poco el culo”. Aceptaba no obstante las
invitaciones al departamento de España y Montevideo, porque de tanto en tanto
debía recurrir a la ayuda de su hermana Sara ya que él no llevaba una vida
“ordenada” como postulaba el viejo.
-No me habías contado nada...; frunció el ceño Sarita, simulando una sonrisa.
Y a medida que el viejo contaba el episodio en el directorio de la empresa su rostro
comenzaba a tomar un tinte ceniza.
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- “Esa revista tiene un gran valor espiritual para mí... -casi deletreó, de nuevo,
el viejo-. Y hay cosas que no se compran con dinero”.
-Creen que todo se puede comprar con dinero, Isabel, ése es el problema;
acotó Laura. Tolo no dijo nada. Sólo miraba a Sarita quien, una mano sobre la boca,
estaba verde.
A otro al que no le había caído para nada bien la cosa fue lógicamente a
Silva. Para colmo, Pérez Centurión, medio en joda medio en serio, lo empujaba en
los descansos de sus partidas de paddle.
-Por ahí no, por ahí no... Por ahí es un tipo de principios muy fuertes... No le
importa la guita...
-Es un hijo de puta, Manuel... Yo los conozco a estos tipos, yo los conozco...
Silva se puso de pie y se pegó dos o tres veces con la paletita sobre el muslo
transpirado.
-Ya vas a ver lo que voy a hacer... Todo hombre tiene su precio, acordáte...
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- ¿Lo vas a echar?.
-No crea que yo no tengo mis problemas, señor Silva; se puso de pie,
radiante, Castilla.
Para colmo -ya te he dicho que todas las cosas se saben en la empresa- la
noticia de este asunto, al día siguiente, ya la conocía todo el mundo. Había
trascendido lo de la primera reunión, lo de la revista, la negativa de Castilla, la actitud
firme de Castilla, la insistencia de Silva, el rebote repetido de Silva. Hubo
empleados, yo entre otros, que nos acercamos a Castilla para felicitarlo,
discretamente, sin levantar tampoco demasiado la perdiz. Y las minas se le fueron
44
encima. Hasta Inés, que se sabía positivamente que se encamaba con el Silva, se
acercó para felicitarlo. Castilla estaba radiante, pese a que mantenía un entripado
con ella desde que se había enterado de su fato con el gerente. Celos, más que
nada, seguramente. De todos modos, Castilla adoptó un perfil bajo. “Hice
simplemente lo que mi ética y mi moral me dictaban”, decía, bajando la vista, no
sólo para fingir humildad sino también porque no quería seguramente montar tal
circo que hiciera que el patrón lo echara a la mierda por bocón y farolero. De
cualquier forma, se encargó muy bien de decir en las ruedas de café y descanso
que algún freno había que poner a todos aquellos que pensaban que cualquier cosa,
hasta lo más sagrado, se podía comprar.
-Me contó todo; siguió Sarita. Rolito, el rugbier, estaba sentado a la mesa
escuchando.
-Te dijo lo del dinero -dijo Castilla-. Te habrás dado cuenta el tipo de tipo que
es... Un inescrupuloso que...
-Me pareció muy bien el muchacho -cortó Sarita-. Muy bien. Muy educado.
Dijo que se dirigía a mí porque tal vez yo fuese más razonable...
-Esto ya supera los límites -se sulfuró Castilla-. Ese tipo se está
extralimitando... es un imprudente y voy a tener que hablar con él nuevamente... no
tiene por qué hablar a esta casa y...
-Papá... -fue a los bifes Rolito-. Por una revistita de mierda que ni siquiera
sabías que la tenías...
- ¡Estuve mil veces a punto de tirarlas, Adalberto! -gritó Sarita-. Mil veces
estuve a punto de tirar todas esas porquerías del ropero. No las tiré porque estaban
junto a unas recetas de cocina... ¡no me vengas a decir ahora que esa revista es
muy importante para vos!
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- ¡Fundamental! -rugió Castilla, el dedo índice al aire-. Fun-da-men-tal... está
mi padre allí... y aunque así no lo fuera, aunque para mí no tuviese ya demasiada
importancia esa revista, Sarita, ahora la cosa pasa por otro lado...
-Por el hecho en sí, por mis principios, por no permitir que un mocoso
insolente e irresponsable se crea que me puede comprar con un puñado de dólares
miserables...
-No tan miserables -se enojó Rolito-. Es la plata que estamos buscando para
mi viaje.
-Y para la ropa que se tiene que comprar Rolito para viajar -secundó Sarita-.
No va a viajar hecho un pordiosero ese chico...
-Diez mil dólares le dijo el tipo, papá; repitió Rolito. Y Castilla sintió que la
tierra se abría bajo sus pies.
El viejo sabía que Silva inteligentemente había abierto otro frente atacando
en la cabecera de playa familiar. Sabía, además, que Silva podía multiplicar la
apuesta hasta límites difíciles de soportar. Y que su frente interno no resistiría tanto.
Pero el viejo, que te adelanté que era un pelotudo, había llevado las cosas
demasiado lejos. Ya todo el mundo sabía de su postura desafiante frente a los jefes,
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se había convertido en una suerte de Che Guevara frente al poder de la empresa y
ahora, si hocicaba, si se rendía, su derrumbe sería vertical y definitivo.
-Hagamos una cosa, señor Castilla... vamos a ver... -lo cortó Silva, práctico-.
Yo sé que todo esto ha trascendido en la empresa, todo este asunto con usted, su
revista, mi colección y esas cosas... muy bien... usted, entonces, se ha convertido
en una especie de paladín de las causas nobles, en alguien que puede, dentro de
este mundo tan comercializado, marginarse de esas presiones y sostener sus
principios a rajatabla. Y se ha convertido en eso con justicia, Castilla, créame...
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Silva miró a Pérez Centurión, testigo privilegiado como siempre de los
acontecimientos. Castilla miraba a Silva.
Castilla se desinfló en una sonrisa irónica, no podía creer que Silva lo corriera
con eso.
-Bastante; admitió.
Castilla sacó hacia delante su mentón, cada vez más sarcástico, abismado,
tal vez, por la ramplonería de su adversario.
-De eso no se preocupe -dijo Silva-. Usted piénselo, ¿me entiende? Piénselo.
Imagínese cómo podría ser. Si le gusta. Si le parece bien...
-Me parece... me parece una bajeza, señor Silva -se atrevió a acusar,
Castilla-. Lo mismo que el hecho de hablarle a mi señora a mi casa...
-Le pido -articuló, con dificultad- que no llame nunca más a mi mujer a mi
casa.
-Por supuesto que no lo voy a hacer -prometió Silva-. ¿Pero qué hago si ella
me llama? Es su esposa la que quedó en llamarme...
48
El viejo no dijo más nada y se retiró del despacho. Para colmo, cuando salía,
escuchó sonar el teléfono.
De ahí en más pienso que la cosa fue un calvario para ese pobre viejo
pelotudo. Yo supongo que lo del viaje a Buenos Aires con esta mina, la Inés, lo debe
haber tenido despierto más de una noche pero que lo descartó casi desde el
arranque. No dejaba de ser un viejo pusilánime, hasta moralista te diría, con ese
verso pomposo de la fidelidad matrimonial. Y, más que nada, con un cagazo cerval
a que lo pescaran en una trampa y que todos dijeran: “Pero mirá en el renuncio que
lo cazaron al señor Castilla”. Pero lo que le enquilombó definitivamente la cosa fue
la siguiente ofensiva de Silva, decidido firmemente a demostrar al mundo y en
especial a Pérez Centurión y sus esbirros del directorio, que todo tiene su precio,
que todo se puede comprar y que un buen empresario no debe detenerse ante nada
ni ante nadie. Cuando la Sarita lo llamó de nuevo -porque fue ella la que había
quedado en llamarlo- Silva le ofertó, derecho viejo, 30.000 dólares. Creo que ya lo
hacía no sólo por el desafío personal de confrontar su filosofía de vida con la de
este viejo carcamán y ridículo, sino que lo tomaba como una inversión educativa
para sus pares, que debían tomar en cuenta ese “caso testigo” como una enseñanza
para ejecutivos. Sarita lo encaró a Castilla y lo hizo de goma.
Se hizo un silencio.
- ¿Por qué no le decís que no. -preguntó Rolito, de pronto- y esperás hasta
que te haga una oferta de 50.000?
-Si vos le decís que no a tu jefe... -continuó Sarita- porque acordate que es
tu jefe, yo te juro que, primero... voy y quemo esa revista de mierda ahora mismo.
Ahora mismo la quemo. Y después... -se apoyó el puño sobre los labios que le
49
temblaban, al borde del llanto- te juro que agarro mis cosas y las cosas de Rolo y
los dos nos vamos de esta casa... a cualquier lado nos vamos, a cualquier lado...
-Es reconfortante saber -musitó- que siempre han querido tener un padre que
fuera un ejemplo de integridad, de solvencia moral, de ética... es reconfortante...
- ¿Qué tiene que ver esto con la ética, Adalberto? -saltó Sarita-. ¡No hagas
una pantomima de una revistita de mierda!. ¿De qué ética me estás hablando?
- ¡Nada tienen que decir, nada! ¡No tienen por qué enterarse de nada! ¿O te
creés que todo el mundo está preocupado por esa revista de porquería, Adalberto?
¿Qué van a decir, eh, qué van a decir? “Adalberto le regaló esa revista a su jefe”,
van a decir, eso van a decir, “Cambió de opinión y le regaló esa revista a su jefe”...
-Se van a alegrar, después de todo, cuando vean que tenemos auto, que
Rolo se va de viaje, que por fin nos va bien...
-Me voy de casa, Adalberto, sabelo -le recordó Sarita-. Nos vamos con tu
hijo... y Castilla se quedó callado.
Yo pienso que ahí el viejo decidió entregar el rosquete. Se dio cuenta de que
sus desplantes, sus bravatas, sus compadradas, ya no daban para más. Había ido
demasiado lejos. Fue al ropero, sacó la revista y la puso sobre la mesa. La hojeó,
repasó la foto donde aparecía -uno en la multitud- su padre y suspiró hondo. Y fue
en ese momento cuando llamó la hija. Después de no haberle hablado durante más
de tres años, Susana, la hija que se le había pirado al sur con un artesano, apareció
de vuelta. Le dijo por teléfono que estaba de paso por Rosario y que quería verlo un
50
momento. Averiado, frágil, tremulento, el viejo aceptó la propuesta. Él mismo la
había echado prácticamente a la piba, cuando ella se negó a estudiar medicina
insistiendo en aprender teatro; allí, para colmo, había conocido a un flaco con
apariencia de miserable que hacía figuritas con alambre y tocaba la viola.
El viejo se encontró esa misma tarde con Susana en un café del centro y
estuvieron hablando largo rato. Y Susana lo emocionó. Le dijo que se había
enterado de todo el quilombo por la revista. Que estaba orgullosa de tener un viejo
como él, que él era un bastión de la moralidad y el espiritualismo contra toda la
mierda comercial y materialista del sistema que había convertido a América Latina
en una sociedad careta. El viejo casi se larga a llorar. Y cuando la Susanita le dijo
adiós, porque iba a encontrarse con el flaco melenudo para volverse a San Martín
de los Andes, lo dejó al pobre viejo con tal quilombo en la sabiola que él decidió
consultar con su amigo Abodenky.
Durante años no supo más nada de él. Es más, pensó que había sido boleta,
que lo habían hecho cagar los milicos porque nadie sabía acercarle noticias de su
amigo. Pero al fin reapareció. El viejo lo encontró un día caminando por la calle
Córdoba. Había vivido una punta de años refugiado en Holanda. Y con la
democracia se había vuelto. Le dejó un teléfono a Castilla, casi como una formalidad
tonta, por si acaso, por si necesitaba algo. Y Castilla, en medio del quilombo que le
había armado la hija en el balero, lo llamó. Quería pedirle una opinión, un consejo,
en ese momento en el que su estructura moral y su ética vacilaban.
- ¡Pero dale esa revista, Adalberto! -se echó hacia atrás, como
escandalizado, Abodenky-. Dale esa revista y que se deje de hinchar las pelotas.
51
-Es que... no sé... yo suponía que vos...
-No se trata de una revista, Pedro. Yo pensé que vos entenderías la lucha de
principios y de filosofías de vida que se están planteando en este asunto...
- ¡No hombre, por favor!. Me encanta verte, me encanta verte... pero vendele
esa revista... ¿o acaso alguien te va a reconocer algo si no lo hacés?. ¿No nos
decían a nosotros que nadie nos había pedido que combatiéramos por ellos? ¿No
nos decían eso? ¿No nos dicen eso?
-Por favor, Castilla, ni qué decirlo -aprobó Silva, medido pero exultante,
mientras le hacía un gesto con el pulgar elevado a su amigo Pérez Centurión-. Ni
qué decirlo. Le digo más. Le propongo que no me traiga la revista acá, a la empresa.
Y que nos veamos fuera del horario de trabajo. Incluso, estrictamente, esto no es
una cuestión de trabajo. ¿Qué le parece mi departamento el domingo a la tarde?
Castilla vaciló.
-Ocho y media del domingo -contrapuso Castilla-. Tengo algo que hacer
antes.
Era mentira. Pero pensaba que a esa hora, las ocho y media, ya estaría
oscuro y menos gente podría verlo entrando al departamento de Silva. “Como si
fuera un ladrón”, se flageló antes de seguir hablando.
-Ocho y media, Castilla. Perfecto. Ahí lo espero. ¿Vendrá usted solo por
supuesto?.
53
Llegó a la puerta del lujoso edificio del barrio Martín y tocó el portero eléctrico.
Hacía frío. No se veía prácticamente a nadie por la calle, ni tampoco en la puerta de
los departamentos. Ni siquiera un portero detrás de la mesa de recepción. “Mejor”,
pensó Castilla, sosteniendo debajo del brazo el sobre de papel manila donde llevaba
la revista. El ascensor lo fue elevando, lenta y silenciosamente, hasta el piso
catorce. Abrió y frente a la puerta del ascensor se abrió también la del
departamento. Silva lo esperaba en mangas de camisa pero con corbata, con un
vaso de whisky en la mano, sonriendo. Atrás se veía una sala amplia y un amplísimo
ventanal que daba al río.
-Pase, pase por acá, Castilla; Silva lo invitó a una habitación contigua que se
veía más luminosa.
-Le traje también... -aceptó la indicación Castilla- las otras revistas, los otros
números que yo guardaba de “Tertulias”. Total, para mí...
Y se quedó en silencio, atónito. Ahí, en el otro salón, frente a una mesa ratona
bastante amplia donde había botellas, bocaditos y vasos de distintos tipos, estaban
todos, todos sus compañeros de oficina. Estaban también Pérez Centurión, Inés, y
los demás secuaces de Silva en el directorio general.
-Miren quién vino; anunció el hijo de puta de Silva. Y ahí fue como si
recuperaran el habla todos, que saludaron con gritos de júbilo a Castilla. El viejo se
quedó helado, plantado en el medio de la pieza. Sentía, presentía, asumía, que se
lo habían cogido.
-A ver... a ver esa revista que usted no quería venderme, Castilla... -palmoteó
alegre Silva, manoteando un sándwich triple y zampándoselo en la boca, ante la
algarabía general-. Permítamela verla...
Castilla había quedado con el sobre extendido hacia adelante. Silva lo tomó
sin esfuerzo y luego se dejó caer en un hueco que le dejaban en el medio del sillón
principal la rubia de computación e Inés, que se rió a los gritos. Todos -eran como
veinte- se inclinaron sobre la revista para mirarla, con fingidos chillidos de interés.
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-Lo prometido es deuda, Castilla -Silva se puso de pie de nuevo, como un
resorte-. Ahora le traigo su cheque... -y se marchó casi a los saltos hacia otra
habitación-. Castilla permanecía clavado donde estaba, respirando con dificultad.
Inés le ofreció un trago, Pérez Centurión, bocaditos, pero el viejo no aceptó ni
contestó nada.
-Acá tiene -anunció Silva, volviendo-. Acá tiene lo suyo... -enarboló el cheque
a la vista de todos-. ¡30.000 dólares!
-Lo que cuesta, vale; sentenció Silva, extendiendo el cheque hacia Castilla,
pero sin acercarse. Castilla, tras un momento de vacilación, caminó hasta donde
estaba Silva, estirando el brazo, arrastrando los pies.
Castilla tomó el cheque como en cámara lenta. Cuando lo apresó entre sus
dedos, un suspiro de admiración creció entre los presentes. Castilla vio que Inés lo
miraba, ahora, muy seria. Entonces el viejo Castilla, siempre con movimientos
lentos, como didácticos, como explicativos, agarró el cheque y lo rompió en mil
pedazos. Lo hizo mierda, loco, ahí mismo, frente a los ojos de todos aquellos
chupaculos del pendejo Silva, que lo miraba con una mirada de incomprensión.
Después, el viejo Castilla pegó media vuelta y se fue del departamento. Vaya
a saber qué carajo habrá pensado cuando salió al frío de la noche. Tal vez en el
quilombo que le iban a hacer su mujer y su hijo. Tal vez en lo que le iba a decir a la
Susana si lo llamaba de nuevo desde San Martín de los Andes. Tal vez en la cagada
que significa comprometerse por hablar tanto al pedo. O tal vez en que esa noche
iba a dormir muy, pero muy tranquilo.
COMPRENSIÓN LECTORA.
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3) ¿Qué opinan sobre el asunto de la revista Sarita; Rolo, Susana y
Abodenky?
4) ¿Por qué pensás que Silva se propone con tanto empeño obtener la
revista? ¿Por qué Castilla no quiere venderla?
B- ¿Cómo termina la película? ¿Cuáles de dos finales te gustó más y por qué?
La intrusa
2 REYES, I, 26.
DICEN (LO CUAL es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el
menor de los Nilsen, en el velorio de Cristian, el mayor, que falleció de muerte
natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es
que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate
y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron
a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más
prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y
divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me
engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con
probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar
algún pormenor.
56
fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de
los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de
ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y
otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad.
En las habitaciones desmanteladas durmieron en catres; sus lujos eran el caballo,
el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol
pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que
nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio les temía
a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro
pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan
Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho.
Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de
avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos
nada se sabe ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de
bueyes.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta
entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristian
llevó a vivir con Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es
menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En
las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y
donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos
rasgados, bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto,
donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
57
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo;
no sabía qué hacer, Cristian se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que
era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo
felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo
injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristian.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna
preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la
había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no
apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se
acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con
todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado
su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso
y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las cinco
de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo.
El trato ya estaba hecho; Cristian cobró la suma y la dividió después con el otro.
—De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos
a mano.
58
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La
Juliana iba con Cristian; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
—Vení; tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué,
aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de
las Tropas; después, por un desvío. El campo se iba agrandando con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristian tiró el cigarro que había encendido y dijo sin
apuro:
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente
sacrificada y la obligación de olvidarla.
COMPRENSIÓN LECTORA.
59
7- Relee las dos últimas oraciones del cuento y explica su significado.
COMPRENSIÓN LECTORA.
Novela: “Tuya”
Capítulo 1
b) Un accidente.
c) Un plan premeditado.
60
4) En el final del primer capítulo, Inés se va a su casa porque “era lo más sensato”
¿qué otras posibilidades u opciones tenía? Nombrar por lo menos tres.
Capítulo 2
5) ¿Por qué llora Lali? Leé estos fragmentos y sacá una hipótesis:
(…) - ¿Hablaste con tu viejo? Reíte un poco. Te pasaste todo el día llorando.
- Mi viejo se muere.
Capítulo 3
6) Inés dice que Ernesto “la cuidó” ¿a qué se refiere? ¿vos estás de acuerdo con
esta idea?
8) ¿Por qué pensás que Inés dice que Ernesto es una “víctima”? ¿vos qué opinás?
Capítulo 4
61
b) Luego de hacer el punto a, buscá en en el diccionario las palabras “accidente” y
“responsable” y copiá las definiciones. Para vos, ¿cambia la manera de entender
las situaciones, si cambio una palabra por la otra? Explicalas.
Capítulo 5
Capítulo 6
13) ¿Por qué pensás que Inés tenía una publicación forense en su mesita de luz?
Capítulo 7
14) ¿A qué se refiere Inés con la frase: “Lo tuve que apurar”? ¿qué pensás de esta
forma de actuar?
Capítulo 8
Capítulo 9
16) ¿Con quién habla Lali y para qué? ¿qué acuerdan hacer?
17) La persona que habla con Lali utiliza palabras en diminutivo, buscalas y
copialas. Luego relacioná ¿por qué habrá elegido utilizar esas palabras y no otras?
Capítulo 10
18) ¿Para qué va Inés a la casa de Alicia? ¿qué encuentra y qué decide hacer?
19) Inés afirma conocer bien a su marido, para vos ¿ésto es así? Justificá tu
respuesta.
Capítulo 11
20) Completá
62
b)…... Necesita mil pesos para……………………..
Capítulo 12
c) Se quiere separar.
Capítulo 13
Capítulo 14
4) ¿Quién es Charo?
6) Inés declara que “La sociedad es muy machista, hay que aceptarlo” Investigá:
a) ¿Qué es el machismo?
Capítulo 15
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8) Lali dice: “Todavía no se qué voy a hacer” ¿a qué se refiere?
Capítulo 16
• Charo es…
a) Amiga de Alicia.
b) Sobrina de Alicia.
c) Hermana de Alicia.
a) Alicia.
b) Inés.
c) Charo.
• Charo se dedica a…
a) La pastelería.
b) La fotografía.
Capítulo 17
13) ¿Sobre qué habla la revista mexicana? ¿por qué pensás que están resaltados
esos párrafos?
Capítulo 18
Capítulo 19
64
16) Inventá dos diálogos no agresivos en donde Inés le pide a Lali que vaya a su
cuarto.
17) ¿por qué Inés quiere estar a solas con Ernesto? ¿qué ocurre?
Capítulo 20
18) Imaginá un diálogo en donde Lali le cuenta a su padre que está embarazada.
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
a) Ubicá los textos en otra letra y numeralos. Después pensá, ¿a qué y a quién
refieren los textos 1, 3 y 5?
65
9) Inés “se equivocó” cuando…
Capítulo 27
10) ¿Qué le pasa a Laly? Para vos, ¿qué tendría que hacer ella?
11) Inés piensa que Laly no está porque…, pero en realidad ella…
Capítulo 29
b) En esta situación, para vos, ¿a quién podría haber acudido? ¿Por qué pensás
que no lo hace?
Capítulo 30
Capítulo 31
15) Inventá una posible “alternativa” que explique por qué Ernesto llegó a la
comisaría con el mozo.
Capítulo 32
16) ¿Qué le está ocurriendo a Laly? Escribí tres opciones sobre la razón de su llanto.
Capítulo 34
66
b) Su declaración, ¿corresponde a lo que pasó?
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
24) Explicá con tus palabras la frase “¿A quién se parece? A nadie, por suerte no
se parece a nadie.”
Capítulo 39
27) ¿Por qué creés que Inés no tuvo culpa de matar a Charo?
67
UNIDAD N°2.
“El relato fantástico echa sus raíces en un elemental y profundo principio, cuya atracción
no es solamente universal sino necesaria al género humano: el miedo” H.P Lovercraft
COSMOVISIÓN FANTÁSTICA.
FANTÁSTICO.
El término fantástico llega al español a través del latín que a su vez, lo toma del
griego fantastikos, que significa “relativo al sueño, la apariencia, la ilusión; aquello
que se relaciona con la imagen de algo en el espíritu”.
Uno de los críticos que más ha reflexionado sobre este tema ha sido Tzvetán
Todorov en su libro Introducción a la literatura fantástica, en el que clasifica los
sucesos narrados en cualquier relato en dos grandes grupos: por un lado, los textos
pueden dar cuenta de sucesos normales, es decir, regidos por las leyes físicas que
gobiernan nuestro mundo cotidiano; y, por el otro, en cambio pueden presentar
sucesos anormales, que no se ajustan a dichas leyes. Por ejemplo, si un personaje
tira una piedra y esta cae al suelo configuraría un suceso normal; pero si la piedra
se pierde volando en la inmensidad del cielo, el hecho sería, claramente, anormal.
68
Según la autora inglesa, Rosemary Jackson, en su libro Literatura y subversión,
explica que la literatura fantástica implica apertura, movilidad y ruptura, ya que
disloca, desestabiliza y rechaza lo establecido. Sostiene que esta cosmovisión no
se sitúa ahora en una realidad sobrenatural sino en la entraña del propio hombre, el
interior de su mundo.
Las principales características del relato fantástico moderno según Jackson son:
Los temas son: los relatos cuya fuente de alteridad (lo diferente, lo que
desestabiliza) radica en el propio individuo como en el caso de “El extraño caso
del doctor Jekyll y Mr. Hyde” y en los relatos en los que la alteridad viene propiciada
por agentes externos al sujeto, como por ejemplo en “Drácula”.
La diferencia de los relatos fantásticos con los maravillosos está en que lo fantástico,
se recombina e invierte lo real, no se escapa de lo real, como si ocurre en la literatura
maravillosa. Esto sucede porque lo central de lo fantástico es poner en duda todas
las pautas culturales.
Los cuentos fantásticos de Julio Cortázar cuestionan las categorías con las que
comprendemos la realidad, tales como el tiempo, el espacio y la causalidad lógica.
Por esta razón, puede afirmarse que presentan una visión extrañada del mundo. En
los estudios literarios, se llama “extrañamiento” al fenómeno de volver extraños
los objetos y la cotidianidad, cuya percepción tenemos automatizada. Lo fantástico,
entonces, se convierte, más que en la aparición de una nueva realidad, en el
replanteo de los hechos y acciones cotidianas desde una nueva realidad, en el
replanteo de los hechos y acciones cotidianas desde una nueva perspectiva que
permite no huir de lo real, sino percibirlo (y comprenderlo) de otra manera.
Para conseguir este efecto, Cortázar recurre muchas veces a alterar algunas de las
conocidas dualidades con las que nos manejamos, por ejemplo, cuestionando los
límites entre:
69
pasado/presente; acá/allá; yo/otro; sueño/vigilia; realidad/ficción.
En “La noche boca arriba” plantea la dualidad entre pasado/ presente. A través del
dormir y la vigilia, se vinculan el México azteca y una ciudad contemporánea al
lector.
Se ha dicho que Cortázar elaboró una “Literatura de pasajes”: los personajes de sus
relatos van de un mundo a otro o de un tiempo a otro distinto y sus textos tematizan
las consecuencias de ese pasaje entre espacios que la percepción habitual
mantiene separados.
Otro recurso empleado por el autor es la elipsis, que consiste en omitir ciertos
datos, lo cual conduce a infinidad de interpretaciones del relato. “Casa tomada” es
el mejor modelo, ya que el narrador nunca nombra aquello que “toma” la casa, y
esto permite diferentes lecturas.
Cortázar se centró en el efecto que un cuento debe tener sobre el lector, lo compara
con una pelea de boxeo ganada por knock-out; mientras que la novela la comparó
con las peleas que se ganan por puntos.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se
apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado
le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez;
llegaría con tiempo sobrado a donde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios
del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó
70
en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un
viento fresco le chicoteaba los pantalones.
71
sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido
por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
72
kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y
hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra
vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos,
escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando
a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una
enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa
aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un
médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para
verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un
estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y
dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como estar viendo una película aburrida
y pensar que, sin embargo en la calle es peor, y quedarse.
73
regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del
otro lado de los cazadores.
74
filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar
en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió
las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo
de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el
mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían
arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final.
Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de
la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera
de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito,
acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba
vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable.
Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían
ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la
boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se
abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo
sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas
que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el
dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de
las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la
ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio.
Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas.
Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el
bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que
lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando
vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían
agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un
metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de
antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la
escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca,
pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía
no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él
no quería, pero como impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su
verdadero corazón, el centro de su
vida.
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de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando
el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegados a sus
párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se
enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto,
que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo
que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos
abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano
sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se
cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras
roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque
el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos
se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos
no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro
lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían
era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza
colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo
perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el
vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las
escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por
despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil
en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió
los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo
de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía
que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido
el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por
extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían
sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas.
En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también
alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a
él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
COMPRENSIÓN LECTORA.
3- ¿Qué elementos en común tienen los protagonistas de ambas historias? (Ej.: los
dos transitaban una calzada y desviarse hacia la izquierda les resulta fatal)
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4- ¿Qué diferencias pueden señalar entre una y otra? (Ej.: el motociclista, a pesar
del accidente, se siente seguro, protegido, etc. El moteca, en cambio, padece miedo
y angustia.)
5- ¿Qué pistas brinda el narrador que permite al lector descubrir que el personaje
es uno solo? (Ej.: el motociclista se siente como si hubiera corrido kilómetros,
cuando en realidad el que ha corrido es el moteca)
Cortázar Julio
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios
urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar
lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde después de
escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de
aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque
de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera
molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda
acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos.
Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas;
la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse
desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba y sentir a la vez que su cabeza
descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos
seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del
atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de
los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y
movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.
Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por
el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos
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pero él rechazaba las caricias, no había venido a repetir las ceremonias de una
pasión secreta. protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal
se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo
anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes y se sentía que todo
estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del
amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura
de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado, coartadas,
azares, posibles errores. A partir de esa hora, cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpió apenas para
que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la
puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda
opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez.
parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del
crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no
ladraron. El mayordomo no estaba a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños
del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras
de la mujer: primero una sala azul, después una escalera alfombrada. En lo alto,
dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del
salón, y entonces: el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de
un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
COMPRENSIÓN LECTORA.
Clase baja
Clase media
Clase alta
Julio Cortázar
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas
antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los
recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la
infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura
pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza
por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo -le dejaba a Irene
las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a
mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos
platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y
silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a
creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin
mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el
nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la
genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún
día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para
enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearemos
justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. Irene era una chica nacida
para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día
tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las
mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer
nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno,
medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después
lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la
canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas
horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se
complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba
esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había
novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la
Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque
yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno
puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo
sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de
pañoletas blancas, verdes, lila, Estaban con naftalina, apiladas como en una
mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No
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necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y
el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una
destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos
plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se
agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso. Cómo no acordarme de la
distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres
dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez
Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala
delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al
cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán
con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el
zaguán, abría el cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros
dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando
por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de
la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir
por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta
estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión
de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo
vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta
de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los
muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y
no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa
el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de
macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero vuela y se suspende en el aire, un
momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos. Lo recordaré
siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba
tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió
poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada
puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché
algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un
volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También
lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde
aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera
demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba
puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la
cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije
a Irene: -Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó
caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. - ¿Estás seguro? Asentí. -
Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba
el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me
acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco. Los primeros días
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nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas
cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos
en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la
abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una
botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente
sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos
mirábamos con tristeza. -No está aquí. Y era una cosa más de todo lo que habíamos
perdido al otro lado de la casa. Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se
simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo,
no. daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir
conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se
decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer
fríos de noche. Nos alegramos porque resulta molesto tener que abandonar los
dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el
dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre. Irene estaba contenta porque
le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros,
pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de
papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en
sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A
veces Irene decía: -Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de
trébol? Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel
para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y
poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene
soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz
de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía
que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el
cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se
escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el
ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos,
el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum
filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño,
que quedaban tocando la parte tomada nos poníamos a hablar en voz más alta o
Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y
vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí
el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa
se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos.
Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz,
me desvelaba en seguida.) Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De
noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a
servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la
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cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba
el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi
lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente
que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo
mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera.
Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin
volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a
espaldas nuestras. Cerré de un golpe el cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora
no se oía nada. -Han tomado esta parte --dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos
y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos
habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo. - ¿Tuviste tiempo de traer
alguna cosa? -le pregunté inútilmente. -No, nada. Estábamos con lo puesto. Me
acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi
brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle.
Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la
alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en
la casa, a esa hora y con la casa tomada.
COMPRENSIÓN LECTORA.
A. Para divertirse, Irene teje todo el tiempo y su hermano revisa los libros o la
colección de estampillas. Y así pasaban los días. El personaje dice: “Nos
divertíamos mucho, cada uno en sus cosas…” ¿Qué dirías si estuvieras en una
situación similar? ¿Qué actividades te resultan divertidas a vos?
4- ¿Por qué los intrusos tomaron la casa? ¿Cuáles son sus razones?
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6- Describe la casa donde viven los hermanos.
7- ¿Cuáles son las actividades que realizan los hermanos durante el día?
Realismo mágico
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Se rompe la idea de tiempo lineal que vertebra el relato: el tiempo es
cíclico, pero no perfectamente cíclico. Todo vuelve a pasar, todo se
repite, pero no exactamente igual.
Superposición de tiempos: el tiempo histórico se encuentra con otros
tiempos que fluyen paralelamente: el tiempo mítico, el de los sueños,
el de la imaginación. Podría decirse que la temporalidad del realismo
mágico es parecida a la que experimentamos cuando soñamos:
presente, pasado y futuro coexisten en el mismo espacio.
Lo "esperable y cotidiano" se vuelve inesperado y extraño, y a la
inversa.
“Lo mágico” o “imposible” forman parte de la realidad de aquello que
“puede suceder”.
EL BOOM LATINOAMERICANO.
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palabras de uno de ellos, el mexicano Carlos Fuentes “contribuir con la
tarea interminable de darle un nombre a América”
ENORMES
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo
tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos en el mar, pues el niño recién
nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era a causa de la
pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes.
El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en
marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo
y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo
regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué
era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho
para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el
85
lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo
impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que
estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio.
Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un
trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy
pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había
desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio
desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron,
y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del
asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él
les contestó en un dialecto incomprensible, pero con una voz de navegante. Fue así
como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen
juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el
temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las
cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
-Es un ángel- les dijo- Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que
lo ha tumbado la lluvia.-
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel
de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de
estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían
tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde
la cocina, armado con su garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras
del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alambrado.
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áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara
todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como
semental para implantar en la Tierra una estirpe de hombres alados y sabios que
se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había
sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó en un instante su
catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca aquel
varón de lástima que más bien parecía una enorme gallina decrépita entre las
gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas,
entre las cáscaras de frutas y las sobras de desayunos que le habían tirado los
madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de
anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el
gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de
su impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus
ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un
insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias
y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza
miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces
abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los
riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de
recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las
alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y
un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin
embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra a su
primado y para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto
final viniera de los tribunales más altos.
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menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de
peregrinos que esperaban turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto.
Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en
lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de
gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo.
Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor,
desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su
pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en
reposo.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes
del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había
convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo
costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda
clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés,
de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula
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espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo
más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que
contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado
de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el mbosque
después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el
cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la
convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas
caritativas quisieran echarle en la boca.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado
construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles
muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro
en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un
criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo
de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y
muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas
en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció
atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en
su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de
muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja
la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron que no
estuviera muy cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y
acostumbrándose a la peste, y antes que el niño mudara los dientes se había metido
a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El
ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero
soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin
ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al
niño no resistió a la tentación de auscultar al ángel, y le encontró tantos soplos en
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el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera
vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor en los
primeros soles.
Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo
viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas
grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo
percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de esos cambios, porque
se cuidaba muy bien para que nadie los notara, y para que nadie oyera las
canciones de navegante que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana,
Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento
que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó a la ventana, y
sorprendió al ángel en las primeras tentativas de vuelo. Eran tan torpes, que abrió
con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el
cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban
asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella
y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de
cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando
acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo
pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto
imaginario en el horizonte del mar.
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COMPRENSIÓN LECTORA.
1. ¿Qué problemas de salud tiene el niño en el momento que llega el ángel?
4. ¿Dónde fue encerrado el ángel la primera noche que pasó en casa de Pelayo?
7. ¿Qué pensó el padre Gonzaga del ángel? ¿Qué decisión tomó después de visitarlo?
14. ¿Cómo reacciona el pueblo, y vos como lector, ante la presencia sobrenatural del ángel?
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UNIDAD N°3
“Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad.”
COSMOVISIÓN DE LA CIENCIA-FICCIÓN.
Para entender qué es la literatura de ciencia ficción y cuál es la visión del mundo que ofrece
a los lectores, podemos comenzar a pensar la relación entre las dos palabras que forman el
concepto: “ciencia” y “ficción”. En primer lugar, entendemos que se trata de una literatura
relacionada con la ciencia ya que los mundos que crea son mundos posibles gracias a las
conquistas de la ciencia y la evolución tecnológica que los descubrimientos científicos traen
aparejadas.
La ciencia ficción se puede pensar, así, como un intento de describir y explorar el impacto
de lo científico sobre el hombre, no solo en el aspecto práctico y cotidiano, sino también en
los campos filosófico, mitológico y poético.
Estos relatos manifiestan los temores, incertidumbres y esperanzas de una época frente a los
avances tecnológicos y sus consecuencias, tanto simbólicas como materiales y concretas,
para los seres humanos.
A diferencia del género fantástico, en la ciencia ficción, siempre hay una explicación posible
y racional para los acontecimientos narrados. Sus resoluciones, o su trama misma, pueden
resultar fantásticas para nuestro presente, pero no son sobrenaturales. Es decir, la ciencia
ficción exhibe un mundo posible al que los avances científicos han modificado hasta hacer
irreconocible para el hombre actual. No hay leyes naturales que lo refuten por lo que aparece
como una de entre las infinitas posibilidades del devenir humano.
La ciencia ficción como la literatura realista, es el producto de una época. Por eso, sus
temas y postulados “envejecen rápidamente”. Por ejemplo, la ciencia ficción del siglo XIX,
que relata viajes espáciales deja de ser novedosas para un lector de nuestra época. Puede
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ocurrir que las realidades virtuales pasen también “de moda” en un futuro próximo, en el
que tal vez, se integren a nuestra vida cotidiana.
Aunque cada autor y cada obra de ciencia ficción perfilan propuestas distintas, podemos
sistematizar algunas características más generales.
TEMÁTICAS.
CONFLICTOS.
LENGUAJES.
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PERSONAJES.
UTOPÍAS Y DISTOPÍAS.
Una vertiente de la ciencia ficción se propone mostrar los beneficios que la ciencia y la
tecnología pueden producir para la liberación del hombre. Se trata, en este caso, de una
visión optimista o utópica del futuro, que supondría el alcance de una felicidad plena a
partir de las conquistas científicas.
También existe una visión pesimista o distópica, que plantea la idea de un futuro en el que
el hombre en lugar de salvarse, se pierde debido a los avances de la ciencia que traspasa
determinados límites y no tiene en cuenta las consecuencias inhumanas de sus “logros”.
94
El árbol de la buena muerte
H. G. Oesterheld
María Santos cerró los ojos, aflojó el cuerpo, acomodó la espalda contra el blando
tronco del árbol.
Se estaba bien allí, a la sombra de aquellas hojas transparentes que filtraban la
luz rojiza del sol.
Carlos, el yerno, no podía haberle hecho un regalo mejor para su cumpleaños.
Todo el día anterior había trabajado Carlos, limpiando de malezas el lugar donde
crecía el árbol. Y había hecho el sacrificio de madrugar todavía más temprano que
de costumbre, para que, cuando ella se levantara, encontrara instalado el banco al
pie del árbol.
María Santos sonrió agradecida; el tronco parecía rugoso y áspero, pero era
muelle, cedía a la menor presión como si estuviera relleno de plumas. Carlos
había tenido una gran idea cuando se le ocurrió plantarlo allí, al borde del
sembrado.
Tuf-tuf-tuf.
Hasta María Santos llegó el ruido del tractor. Por entre los párpados
entrecerrados, la anciana miró a Marisa, su hija, sentada en el asiento de la
máquina, al lado de Carlos.
El brazo de Marisa descansaba en la cintura de Carlos, las dos cabezas estaban
muy juntas: seguro que hacían planes para la nueva casa que Carlos quería
construir.
María Santos sonrió; Carlos era un buen hombre, un marido inmejorable para
Marisa. Suerte que Marisa no se casó con Larco, el ingeniero aquel; Carlos no era
más que un agricultor, pero era bueno y sabía trabajar, y no les hacía faltar nada.
¿No les hacía faltar nada?
Una punzada dolida borró la sonrisa de María Santos.
El rostro, viejo de incontables arrugas, viejo de muchos soles y de mucho trabajo,
se nubló.
No. Carlos podría hacer feliz a Marisa y a Roberto, el hijo, que ya tenía 18 años y
estudiaba medicina por televisión.
No. Nunca podría hacerla feliz a ella, a María Santos, la abuela…
Porque María Santos no se adaptaría nunca – hacía mucho que había renunciado
a hacerlo – a la vida en aquella colonia de Marte.
De acuerdo con que allí se ganaba bien, que no les faltaba nada, que se vivía
mejor que en la Tierra; de acuerdo con que allí, en Marte, toda la familia tenía un
porvenir mucho mejor; de acuerdo con que la vida en la Tierra era ahora muy
dura… De acuerdo con todo eso; pero, ¡Marte era tan diferente!…
¡Qué no daría María Santos por un poco de viento como el de la Tierra, con algún
panadero volando alto!
– ¿Duermes, abuela? – Roberto, el nieto, viene sonriente, con su libro bajo el
brazo.
– No, Roberto. Un poco cansada, nada más.
– ¿No necesitas nada?
– No, nada.
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– ¿Seguro?
– Seguro.
Curiosa, la insistencia de Roberto; no acostumbraba ser tan solícito; a veces se
pasaba días enteros sin acordarse de que ella existía.
Pero, claro, eso era de esperar; la juventud, la juventud de siempre, tiene
demasiado quehacer con eso, con ser joven.
Aunque en verdad María Santos no tiene por qué quejarse: últimamente Roberto
había estado muy bueno con ella, pasaba horas enteras a su lado, haciéndola
hablar de la Tierra.
Claro, Roberto no conocía la Tierra; él había nacido en Marte, y las cosas de la
Tierra eran para él algo tan raro como cincuenta o sesenta años atrás lo habían
sido las cosas de Buenos Aires -la capital-, tan raras y fantásticas para María
Santos, la muchachita que cazaba lagartijas entre las tunas, allá en el pueblito de
Catamarca.
Roberto, el nieto, la había hecho hablar de los viejos tiempos, de los tantos años
que María Santos vivió en la ciudad, en una casita de Saavedra, a siete cuadras
de la estación.
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casa. O como si ya hubiesen podido comprarse el helicóptero que Carlos dice que
necesitan tanto.
Tuf-tuf-tuf…
El tractor llega hasta unos cuantos metros de ella; Marisa, la hija, saluda con la
mano; María Santos sólo sonríe; quisiera contestarle, pero hoy está muy cansada.
Rocas ondulantes erizan el horizonte, rocas como no viera nunca en su
Catamarca de hace tanto. El pasto amarillo, ese pasto raro que cruje al pisarlo,
María Santos no se acostumbró nunca a él. Es como una alfombra rota que se
estira por todas partes; por los lugares rotos afloran las rocas, siempre angulosas,
siempre oscuras.
Algo pasa delante de los ojos de María Santos.
Un golpe de viento quiere despeinarla.
María Santos parpadea, trata de ver lo que le pasa por delante.
Allí viene otro.
Delicadas, ligeras estrellitas de largos rayos blancos…
¡“Panaderos”!
¡Sí, “panaderos”, semillas de cardo, iguales que en la Tierra!
El gastado corazón de María Santos se encabrita en el viejo pecho: ¡“Panaderos”!
No más pastos amarillos: ahora hay una calle de tierra, con huellones profundos,
con algo de pasto verde en los bordes, con una zanja, con veredas de ladrillos
torcidos…
Callecita de barrio, callecita del recuerdo, con chicos de guardapolvo corriendo
para la librería de la esquina, con el esqueleto de un barrilete no terminando de
morirse nunca, enredado en un hilo de teléfono.
María Santos está sentada en la puerta de su casa, en su silla de paja, ve la hilera
de casitas bajas, las más viejas tienen jardín al frente, las más modernas son muy
blancas, con algún balcón cromado, el colmo de la elegancia.
“Panaderos” en el viento, viento alegre que parece bajar del cielo mismo, desde
aquellas nubes tan blancas y tan redondas.
“Panaderos” como los que perseguía en el patio de tierra del rancho allá en la
provincia.
¡“Panaderos”!
El pecho de María Santos es un gran tumulto gozoso.
“Panaderos” jugando en el aire, yendo a lo alto…
Carlos y Marisa han detenido el tractor.
Roberto, el hijo, se les junta, y los tres se acercan a María Santos.
Se quedan mirándola.
– Ha muerto feliz… Mira, parece reírse.
– Sí… ¡Pobre Doña María!
– Fue una suerte que pudiéramos proporcionarle una muerte así.
– Sí, tenía razón el que me vendió el árbol, no exageró en nada: la sombra mata
en poco tiempo y sin dolor alguno, al contrario…
– ¡Abuela!… ¡Abuelita!…
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COMPRENSIÓN LECTORA.
1- ¿Cómo imaginaste el árbol al que hace referencia el título antes de leer el
cuento?
2- ¿En qué puede consistir, según tu opinión, una “buena muerte”?
3- ¿Dónde se desarrollará la historia?
5- ¿Por qué se puede asegurar que éste cuento es de ciencia ficción? Justifica tu
respuesta y da al menos dos ejemplos que lo confirmen.
6- ¿Quién narra los hechos en el cuento: un narrador que participa de la historia o
un narrador externo en tercera persona? Justifica tu respuesta.
12- La frase “Algo pasa delante de los ojos de María Santos” da comienzo a
una serie de situaciones, lugares, objetos y personas percibidos por ella.
¿Qué ve María Santos?
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b) Señalá con una cruz cómo se completa la afirmación.
Este párrafo:
15- Hacia el final, el narrador cambia de punto de vista. ¿En qué consiste ese
cambio?
16- ¿Dentro de qué tipología y tema de la ciencia ficción situarías a este relato?
Justifica tu respuesta y da ejemplos que lo demuestren.
17- Este relato, ¿puede considerarse Utópico o Distópico? Explica y ejemplifica.
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El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra -que se hallaba bastante
baja en el cielo meridional, el lugar desde donde siempre podía ver desde Ciudad Lunar-, ya
casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por
su claridad.
La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir
que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que
no había ninguna gravedad contra la que luchar.
- ¡Vamos, Robutt! -gritó Jimmy.
Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrás de él. Jimmy era un experto,
pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que
además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dio una
voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.
-No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte -le ordenó Jimmy.
Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba “Sí”.
-No confío en ti, farsante -exclamó Jimmy.
Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter
y le hizo descender hacia la ladera inferior.
La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad cegadora y amistosa
que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad
visible era la emitida por las estrellas.
En realidad Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los
adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era
liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que
había en él.
Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta
resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de
Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. Mientras
Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre
él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se
ocultaba detrás de una roca aunque Robutt supiera todo el tiempo dónde estaba Jimmy, jamás
podría sufrir ningún daño. En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido
y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de
rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena
reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.
La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.
-Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo.
Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de
entrar en casa; e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba.
Robutt estaba inmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta
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centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su
cabecita desprovista de boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la
diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos
hasta que el señor Anderson abrió la boca.
-Tranquilo, Robutt -dijo el señor Anderson, y sonrió-. Bien, Jimmy, tenemos algo para ti.
Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas
y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.
- ¿Algo de la Tierra, papi?
-Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad… un cachorro terrier escocés para ser
exactos. El primer perro de la Luna… Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos
a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño.
-El señor Anderson parecía estar esperando que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría
la boca siguió hablando-. Ya sabes lo que es un perro, Jimmy. Es de verdad, está vivo…
Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot.
Jimmy frunció el ceño.
-Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro.
-No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está
hecho de acero y circuitos. No está vivo.
-Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.
-No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma.
Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.
-El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?
-Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá
acostumbrado a él… Y cuando esté en la ciudad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos
en casa enseguida notarás la diferencia.
Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles,
como si estuviera asustado. Jimmy extendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia
que le separaba de ellos de un solo salto.
- ¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? -preguntó Jimmy.
-Es difícil de explicar -dijo el señor Anderson-, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El
perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te
quisiera, ¿entiendes?
-Pero papi… No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que
también finja.
El señor Anderson frunció el ceño.
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-Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás
la diferencia.
Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión
desesperada de su rostro indicaba que no estaba dispuesto a cambiar de opinión.
-Pero si los dos se portan igual conmigo, entonces tanto da que sea un perro de verdad o un
perro robot -dijo Jimmy-. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.
Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su
existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes… ladridos de pura felicidad.
COMPRENSIÓN LECTORA.
GUÍA DE ANÁLISIS.
Película: Matrix.
6- ¿Cómo Neo vence a los Programas conscientes? Tené en cuenta las siguientes citas:
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Morfeo “Tienes que olvidarlo todo, Neo” //Neo “El miedo, la duda, la incredulidad/libera
tu mente”
7- ¿Qué función tiene la pastilla azul? ¿Por qué Neo necesita las conexiones y el
proceso de aislamiento? Tené en cuenta la siguiente cita: Morfeo: “Tu ropa es distinta
y los enchufes de tu cuerpo han desaparecido, vuelves a tener tu pelo. Tu aspecto
actual es lo que llamamos una “auto-imagen residual”/ es la proyección de tu yo
digital. Neo: ¿Entonces, esto no es real? // Morfeo: ¿Qué es “real”? ¿Cómo definirías
real? Si te refieres a lo que puedes sentir y oler, a lo que puedes saborear y ver,
entonces qué designa el término “real”. Son señales eléctricas interpretadas por tu
cerebro, el mundo que tú conoces es tal como era al final del siglo XX, ahora existe
como una simulación interactiva neutral a la que llamamos Matriz. Has vivido en un
mundo imaginario, Neo. Bienvenido al desierto real, sabemos que a principios del siglo
XXI, toda la humanidad se maravilló al dar origen a la I.A, a la inteligencia
Artificial//”
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