EL CANTO DEL BANDONEÓN
Hans D. Meyer Zu Düttingdorf
Traducción de Irene Saslavsky
Créditos
Título original: Das Bandoneon
Traducción: Irene Saslavsky
Edición en formato digital: enero de 2015
© Aufbau Verlag GmbH & Co. KG, Berlin 2014 (publicado de acuerdo con Rütten & Loening, un
sello de Aufbau Verlag GmbH & Co. KG) © Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427
08009 Barcelona (España)
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D.L.B.: 213-2015
ISBN: 978-84-9019-934-3
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EL CANTO DEL BANDONEÓN
1
Christina estaba sentada en medio de las cajas de cartón y los últimos muebles, sosteniendo un
puñado de viejas fotografías: las vacaciones en Niendorf a orillas del mar Báltico, fotos de los
innumerables fines de semana en el lago, el Wannsee, Christina con el cucurucho de papel lleno de
golosinas y otros objetos que reciben los niños el primer día de clase y el pañuelo amarillo de la
patrulla de tráfico en la cabeza: en la parte posterior de la foto su madre había escrito: «El primer
día de clase de Christina», y entonces tuvo que sonreír ante la cariñosa inutilidad de la nota. No
quería llorar, no entonces, porque en cualquier momento aparecerían los encargados de vaciar el
piso.
Su mamá. Juntas, ambas dominaban la vida, una vida con un esposo fallecido antes de tiempo, un
padre que jamás había conocido. Una vida llena de orgullo, afecto y también de dependencia mutua.
Cuán poco quedaba de todo ello: ese montón de cajas, muebles y algunas fotos cuyos bordes ya se
combaban; era como si las fotos de la década de los setenta se tiñesen con los colores de sus
recuerdos.
Ambas lo habían tenido claro, las dos sabían que esa vez su madre no lo superaría, si bien ella y
Christina jamás hablaban del tema.
—Lo lograremos —había dicho mamá.
Como si se pudiera detener una tormenta inminente dándole la espalda. Todo ocurrió con terrible
rapidez y comenzó con aquella llamada telefónica de su madre.
—Tengo algo en el vientre, hija.
Christina aún no osaba pronunciar la palabra «cáncer». «Tengo algo en el vientre...» resultó ser
tan agresivo que inmediatamente después del diagnóstico le siguieron la operación y la
quimioterapia. Los dolores, las náuseas, la peluca, el miedo, la esperanza, un diagnóstico favorable,
cuatro semanas de confianza en la misericordia del destino —«lo lograremos»— y por fin la
deprimente sentencia: era demasiado tarde, el decaimiento de su madre no dejaba lugar a dudas; no,
no lo habían logrado. Y ahora estaba sentada aquí, en el piso casi vacío, aguardando que los hombres
de la mudanza se llevaran el último resto tangible de la existencia de su madre, y ya no pudo
controlar las lágrimas.
Un timbrazo arrancó a Christina de sus meditaciones. Se apresuró a abrir la puerta y se dio cuenta
de que lo que había sonado no era el timbre sino su móvil.
En la pantalla ponía «Bernd», lo que le faltaba en ese momento. Era el hombre con quien
compartía la vida, o al menos eso era lo que se había propuesto en aquel entonces cuando le dio el sí
embargada de felicidad. No, no quería pensar en ello, pero el timbrazo de los de la mudanza evitó
que tuviera que escoger entre presionar «rechazar» o «contestar». Cuando abrió la puerta, la
expresión del hombre reflejó el temor de Christina: su maquillaje formaba dos deltas negros bajo sus
ojos enrojecidos... ¡Mierda! No era necesario que todos vieran...
pero ¿por qué no? ¿Por qué no habrían de ver todos que... sí, eso precisamente...
«Sí, puede llevarse todo esto, excepto las fotos apoyadas en esa caja. Espere, las guardaré...
muchas gracias... sí, lo sé, es una pena, el bonito sofá de cuero, a lo mejor usted puede... Ay, desde
luego, si tuviera que quedarse con todos los sillones de cuero... comprendo... solo era una idea...
muchas gracias... sí, mi madre... no es fácil, no, por favor, llévese las cosas, cuanto antes mejor, será
más sencillo para mí... muchas gracias.»
Pit habría rechazado uno de sus artículos periodísticos si hubieran aparecido tantos «muchas
gracias», previsiblemente con el siguiente comentario: «El idioma alemán posee muchas palabras,
¿por qué no las utilizas?»
Al pensar en su jefe de redacción, Christina sonrió.
—Esta foto estaba atascada detrás de un cajón de la cómoda —dijo el hombre, y le tendió una
viejísima foto en blanco y negro donde aparecía un grupo musical.
Era una vieja tarjeta postal. Christina la guardó en el bolso con las demás.
Entonces esos hombres se llevaron de la vivienda la vida de su madre y también una parte de la
suya propia. El sofá, los sillones, los estantes, la cama de dos plazas, uno de cuyos lados siempre
estaba vacío.
Se preguntó si su madre alguna vez volvería a...
Christina se dirigió a la cocina. Al menos los muebles podían quedarse donde estaban, quitarlos
hubiera sido una pena, pues la cocina aún estaba en muy buen estado. Miró a través de la ventana y
vio las copas de los árboles del patio trasero. Su madre adoraba esa cuarta planta.
«No quiero tener nada encima de la cabeza», había dicho, y por eso siempre quiso vivir en la
última planta, directamente debajo del techo y del cielo. ¿Acaso Christina no notaba que la luz y la
energía de una casa cambiaban cuando uno ascendía de la tercera planta a la cuarta?
«Solo noto que mi energía empieza a desaparecer cuando llego a la segunda planta cargando con
tus garrafas de agua», había contestado en aquel entonces.
Su madre se limitó a reír. Ojalá mamá hubiera tenido ascensor, entonces quizá podría haberse
quedado en el piso un tiempo más. Las voces de los operarios la arrancaron de sus recuerdos y en
ese momento se percató de que el apartamento estaba prácticamente vacío.
—Casi han acabado.
El hombre se despidió con un apretón de manos.
—¿Quiere que cierre la puerta?
—Sí, por favor.
Los pasos de Christina resonaron en el piso vacío. ¡Cuán frío y gris se había vuelto todo de
pronto y qué venida a menos parecía la vivienda deshabitada!
Todas las marcas de los muebles y de los cuadros en el empapelado, contornos de un recuerdo,
sombras proyectadas de una vida. Volvió a tomar aire, de nuevo reprimió las lágrimas, que
amenazaban con derramarse; después se marcharía.
Todo estaba arreglado con la administración, Christina dejaría las llaves en el buzón y más
adelante pagaría el coste de las reformas. Ya habían encontrado un nuevo inquilino.
Un nuevo inquilino, ¡qué extrañas sonaban aquellas palabras! Ese era el apartamento de su
madre, ¿no? Christina se había criado allí y solo ella y su madre debían ocuparlo...
Entonces cerró la puerta a sus espaldas por última vez. No merecía la pena echar la llave, puesto
que salvo los muebles empotrados de la cocina ya no quedaba nada más. Una vez ante el buzón,
vaciló: si dejaba la llave allí ya no habría marcha atrás. Inspiró profundamente, el metal golpeó
contra el metal y después salió a la calle y respiró aire puro, dejó que el viento le acariciara el rostro
y tal vez le secara las lágrimas. El maquillaje emborronado le resultaba indiferente; apagó el móvil y
deambuló por las calles. No debía volverse, debía dirigir la vista hacia delante.
«¡Te echo de menos, mamá!»
Caminar le sentó bien. Contempló las casas y las amplias aceras ante las fachadas de los viejos
edificios. Adoraba ese viejo Berlín, tras cuyas ventanas se ocultaban tantas historias... Le gustaba
imaginar quién había ocupado esas viviendas, cómo habían sido amuebladas. ¿Quién había vivido
antaño en los apartamentos de una sola habitación situados en la parte de atrás de los edificios? ¿Los
criados de los señores que habitaban en la parte delantera? No obstante, en comparación con los así
llamados edificios modernos, esos apartamentos de la parte posterior eran casi lujosos. Al recordar
aquel piso de la década de los cincuenta en el que ella y Bernd habían vivido como estudiantes en
Maguncia, todos los huecos de escalera de un viejo edificio parecían los de un palacio.
Como era periodista, lo que despertaba su interés eran los otros barrios: «puedes ser tan fea,
Berlín», pensó. Calles en las que se amontonaba la basura de manera rutinaria, colonias de edificios
de varias plantas que ocultaban el sol y también esos barrios que más bien parecían un suburbio
provincial de la Alemania Occidental.
Por fin se encontró ante la puerta de su casa y se sorprendió: había emprendido rumbo a ella sin
pensar. Estaba en el vestíbulo, de techo alto, abrió el buzón de manera mecánica, arrojó a la papelera
la revista gratuita de programas de televisión repleta de publicidad y optó por subir por las escaleras
en vez de tomar el ascensor.
«¿No notas que la luz y la energía cambian de la tercera a la cuarta planta de la casa?»
Abrió las diversas cerraduras: Bernd era un obseso de la seguridad.
—¿Para qué necesitamos todas esas cerraduras y cerrojos? Si un día la casa se derrumbara, la
única puerta que permanecería clavada en su marco y cerrada con llave sería la nuestra. Es
totalmente innecesario, vivimos en Berlín y no en el país de los takatuka —le había reprochado
Christina en cierta ocasión.
—Alégrate de que no vivamos en el país de los takatuka, porque de lo contrario tendrías que
vigilar la hoguera y mantener limpia la cueva. La última vez que tuviste un plumero en la mano quizá
fuera para regalármelo. Además...
—había añadido Bernd—, resulta imposible ser demasiado cuidadoso. En Berlín también entran
a robar. ¿Crees que el seguro nos pagaría un solo céntimo si no protegiéramos nuestra vivienda de
manera sensata?
—¡El seguro! Pero, Bernd, si toda tu vida es una póliza de seguro; relájate y sé un poco más
creativo. Como matemático se pueden hacer cosas fantásticas, por ejemplo... bien, tú lo sabrás mucho
mejor que yo. ¿Por qué no te liberas de tus temores existenciales y de tu puesto administrativo tan
absolutamente gris? En aquel entonces sacaste las mejores notas en el examen, se te habrían abierto
todas las puertas.
—Ahora no finjas que no te beneficias de mis ingresos fijos. ¿Acaso no te basta? Pero si insistes
en navegar en yate y convertirte en un miembro de la jet, no puedo hacer nada por ti. Ya sabes que
ese jamás fue mi propósito, déjame vivir mi vida, sencillamente; lamento que tus ideas no
concuerden con las mías.
¿Acaso ignoras que puedes seguir ejerciendo como periodista freelance porque traigo dinero
seguro a casa todos los meses? ¿De verdad crees que el banco nos habría prestado un céntimo para
financiar esta vivienda si yo no la hubiese avalado con mi puesto fijo?
La relación de ambos estaba cada vez más definida por esas luchas de poder.
Peleas sin reconciliación, nada de abrazos o de decir «lo siento», nada de «¡no sé qué me ha
pasado!» o «¿de verdad quieres que vigile esta cueva?». Al contrario, solo silencio, un silencio que
manifestaba el vacío reinante entre ambos.
Después, retirada al estudio o al salón, conectar el ordenador y el televisor.
Silencio. Al cabo de un rato, una pregunta: —¿Quieres comer algo? Estoy preparando una
ensalada.
—De acuerdo.
Comer en silencio, masticar frente al televisor.
—¿Qué estás viendo?
—Un documental sobre el canal de Panamá.
—Vaya.
Y más silencio. Luego se hacía tarde, lo bastante como para que uno de ellos dijera que estaba
cansado, que se iba a la cama sin que ello resultara increíble.
—Me voy a acostar.
—Iré dentro de un rato.
Quizá solo era cuestión de tiempo que durmieran en habitaciones separadas, pero ¿cómo, en un
apartamento de tres habitaciones con un estudio que permitía desgravar?
Christina entró en el apartamento vacío, se quitó los zapatos en el vestíbulo y los dejó en el
suelo. En la cocina había una nota de Bernd.
«¿Dónde has estado todo este tiempo?
Intenté llamarte, tu móvil estaba apagado.
He ido al vernissage. B.»
Vaya, había olvidado el vernissage. La mujer del jefe de Bernd se dedicaba a pintar flores
abstractas y por fin había logrado convencer al dueño de su cafetería predilecta para que expusiera
sus cuadros. Cuando Bernd y Christina conocieron a la mujer durante una fiesta celebrada en la
oficina del distrito, esta mostró un entusiasmo inmediato por Christina.
—¡Qué bien que por fin nos conozcamos, Christina! ¡Hay tantas cosas que vinculan a dos almas
creativas! Usted escribe, yo pinto. Usted cubre el papel de letras y yo de colores e inspiración.
A ello le siguió un interminable monólogo sobre los detalles de su vida artística que lo incluía
todo: la infancia, su madre músico, el padre severo cuya excesiva dureza hizo que se refugiara en el
arte, algo que logró gracias a su psicoterapeuta.
—Un excelente profesional, veré si tengo su tarjeta... vaya, esta es la del centro ayurveda...
Finalmente, la señora Floral comenzó a hablar de sus últimas obras. Se había dejado inspirar por
sus vacaciones en... (mentalmente, Christina suplicó: «por favor, no digas en la Toscana, encima no
cometas ese cliché»)... la Toscana y entonces Christina recibió una invitación a ese vernissage, al
que no acudiría.
Tarde por la noche, Bernd despertó a Christina. Logró sorprenderla: no le hizo reproches, no le
preguntó dónde había estado y tampoco le dijo que había intentado llamarla. En lugar de eso, habló
en tono amistoso.
—¡Por desgracia tenías razón con respecto a tu evaluación acerca de su talento artístico!
Tanta comprensión hizo que Christina perdiera el control y se echara a llorar; dando rienda suelta
a toda la pena contenida y todo el dolor.
Bernd no sabía qué hacer y le hizo una torpe caricia.
—Ha sido un día duro, ¿verdad?
Ella asintió. Había recuperado el control, se secó las lágrimas y al contemplar el dorso de la
mano vio los restos del maquillaje.
—¡Debo de tener un aspecto horroroso!
—No, si a uno le gustan los osos panda recién salidos de un tren de lavado — dijo él con una
sonrisa que incluso logró arrancarle a ella una risa leve.
Sí: aún existían esos instantes en los que realmente amaba a Bernd.
—Iré al baño a lavarme la cara.
Bernd siguió a su mujer con la mirada. Se había quedado dormida en el sofá con la tele
encendida. En la mesa reposaba un vaso medio vacío de cacao. Ella, que siempre era tan fuerte y
que podía ser tan dura, acurrucada con el rostro manchado de lágrimas. La enfermedad de su
madre había afectado a ambos.
Fueron meses espantosos. Él había notado cuánto sufría debido al declive cada vez mayor de
su madre. Christina estaba acostumbrada a ordenar su vida según sus propios planes, pero el
destino le reservaba planes distintos. Era profesionalmente ambiciosa y estaba mimada por el
éxito, dos características que a él le resultaban completamente ajenas. Bernd se alegraba de
haber encontrado un empleo tranquilo y no obstante exigente, pero que por la tarde, cuando
cerraba la puerta del despacho, podía olvidar hasta la mañana siguiente. Y
además se alegraba de haber podido instalarse en Berlín, su ciudad natal.
Mientras que Christina aceptaba diversos trabajos en toda Alemania, tras obtener su diploma,
Bernd se empeñó en volver a reunirse lo antes posible con sus viejos amigos, en regresar a su vida
anterior.
Chris —como a veces la llamaba en los buenos momentos— y él se conocieron mientras
estudiaban en Maguncia. Oriundos de Berlín, ambos vivían en esa asquerosa casa de
apartamentos de alquiler que se convirtió en su enemigo común. Christina se instaló en el
apartamento anexo y él se enamoró de ella a primera vista. Jamás se hubiese atrevido a soñar que
aquella muchacha lo elegiría precisamente a él, al aburrido estudiante de matemáticas que no le
daba mucha importancia a su aspecto. Lo único que tenía muy presente era que, gracias a sus
buenos genes, poseía una figura bastante aceptable. Al pensarlo, Bernd tensó los músculos del
vientre, pero no pudo esconder el pequeño michelín que se le formaba en la cintura.
Ni siquiera sabía cuándo y cómo había ocurrido. Puede que en cierto momento ambos
sintieran ese hormigueo eléctrico, esa mágica atracción. Todo sucedió con bastante rapidez: se
conocieron y acudieron juntos a la universidad por primera vez.
«¿Nos encontramos en el comedor universitario hoy al mediodía?»
Miradas disimuladas que luego dejaron de serlo, la primera velada compartida, el bochornoso
aguardar ante la puerta —cuando uno vive puerta con puerta el momento de la pregunta decisiva
se prolonga hasta el último segundo—, pero antes de que Bernd pudiera decir algo, Christina ya
lo había besado y su vida en común comenzó.
Después de tantos años, ambos se conocían muy bien, sabían los puntos flacos del otro y casi
todas las historias, que en su mayoría habían experimentado juntos. No había lugar para los niños
en la vida de Christina, no formaban parte de su plan. Bernd consideró que era una pena, pero se
conformó. Al recordar las historias de sus amigos sobre la búsqueda de una guardería, los
problemas en el cole, las suegras que se inmiscuían en la educación y todo lo que formaba parte
de una supuesta familia feliz, la ausencia de hijos le resultaba bastante aceptable.
Christina era una estupenda periodista, una estupenda mujer pero con la que a veces era
difícil convivir. Por desgracia, ahora esos momentos eran más frecuentes. Claro que el último año
fue excepcional, la enfermedad de su suegra los había puesto muy nerviosos a ambos y los
arrebatos emocionales resultaban muy comprensibles. Si bien Bernd la amaba tal cual era... y
precisamente porque era como era, tenía la sensación de que a ella ya no le bastaba. Ella no
dejaba de quejarse de su supuesta pachorra profesional. Últimamente se enfadaba porque él
llevaba calcetines azules con pantalones de pana marrones, además de que en la cama ya no
sucedía gran cosa. Si bien un buen amigo le decía que todo eso era muy normal y que a veces las
mujeres eran así, la situación lo inquietaba.
Confiaba en que ahora, tras la muerte de la madre de Christina, su relación mejoraría y que
ambos encontrarían el tiempo necesario para tomar aliento.
Volvería a casarse con Christina sin dudarlo... pero no estaba muy seguro de que ella opinara
lo mismo.
Christina salió del baño. El espejo había confirmado sus peores temores; tras quitarse el
maquillaje parecía más pálida, pero también más humana, y estaba dispuesta a hablar. Le contó a
Bernd que habían vaciado el apartamento, le habló del sofá de cuero, de la cocina empotrada y del
árbol del patio trasero (aunque Bernd conocía todos esos detalles fingió que era la primera vez que
los oía), de la llave que dejó en el buzón y de su deambular por las calles.
—Ahora la vivienda de mamá está vacía. Me alegro de que todo ya estuviera preparado; de que
solo tuvieran que llevarse los muebles y no hubiera que ordenar nada.
Christina tenía que hablar y Bernd la escuchó. Después se regañó a sí misma por no decirle nunca
que sabía escuchar. Por fin volvió a recordar las fotos de su infancia de los años setenta.
—Has de verlas, Bernd. ¿Alguna vez me has visto con un pañuelo en la cabeza?
¿Tú también tuviste que ponerte esa gorra amarilla de la patrulla de tráfico el primer día de
clase? Las chicas teníamos que llevar un horroroso pañuelo en vez de la gorra. Te mostraré las fotos.
Christina se dirigió al vestíbulo y regresó con el bolso y, tras hurgar un rato, las encontró.
Entonces la vieja tarjeta postal volvió a llamarle la atención, esa que los hombres de la mudanza
encontraron detrás de un cajón. Era una foto en blanco y negro de un grupo musical, cuatro hombres
miraban fijamente a la cámara. Uno de ellos sostenía una guitarra en la mano, a su lado otro tenía un
contrabajo, además había un violinista y en el centro estaba sentado un apuesto individuo que
sostenía una suerte de acordeón en las rodillas, pero era un acordeón bastante pequeño. Todos
llevaban traje, quizás era el de los domingos pero incluso en esa foto un tanto borrosa se adivinaba
que la tela era basta. A un lado había una pequeña palmera apoyada en una columna que debía de
representar el lujo colonial. Pese a todo el esfuerzo, era evidente que el cuarteto no se había
enriquecido gracias a la música.
Cuando Bernd comentó que podía imaginar muy bien cómo esos individuos tan tiesos lograban
dar ambiente a la sala, Christina se rio. El borde de la tarjeta estaba cortado en zigzag. Bernd calculó
que la foto era de los años treinta, quizás incluso de un poco antes.
Algo de la foto fascinaba a Christina, no sabía por qué, pero la imagen tenía significado para
ella. Bernd sabía que el curioso instrumento era un bandoneón, uno típico de las orquestas de tango.
Dijo que el sonido era igual de horrendo que el de una concertina, pero que era más pequeño.
Curiosamente, su comentario desdeñoso hirió a Christina y tuvo que reconocer que lo que la
fascinaba no era tanto el bandoneón sino más bien el joven músico que lo sostenía en las rodillas.
Mantenía la vista fija en la cámara pero, a diferencia de sus colegas, su mirada era dulce,
comprensiva y profunda. Imaginó cómo sonaría su voz y creyó que sería cálida y agradable; puede
que incluso fuera el cantante del grupo. Debía de tener manos diestras para dominar la botonera del
instrumento, y cuando Bernd le dijo que le diera la vuelta a la tarjeta, despegar la vista del músico le
costó un esfuerzo.
—Seguro que ahí dice de dónde proviene la foto.
Y en efecto: en el amarillento reverso de la imagen ponía algo, pero Christina se sorprendió al
comprobar que no solo aparecía un pequeño título impreso, «Los Tangueros de Buenos Aires», y una
dirección en letras aún más pequeñas sino también una breve nota escrita con caracteres verticales y
puntiagudos. Esa escritura se denominaba Sütterlin y ella la conocía: era una antigua escritura
alemana utilizada en los años veinte del siglo pasado, pero por desgracia era incapaz de leerla y
Bernd solo pudo adivinar algunas letras.
—¿Pero por qué tu madre tenía esta tarjeta? Una tarjeta de Argentina con una nota en alemán. ¿Y
por qué la ocultó? ¿O acaso solo fue a parar detrás del cajón de la cómoda por azar? A lo mejor solo
era un cachivache.
—No, no lo creo. Mi madre detestaba lo superfluo, en su casa no había cachivaches, pero ¿quién
pudo haberle enviado esa tarjeta desde Argentina? Un momento: la tarjeta nunca fue enviada, se la
debieron de haber entregado a mamá.
—¿Pero por qué y por quién? ¿Y quién escribió esa nota en Sütterlin?
—Seguro que no fue mi madre.
Christina sabía que los estudios de su madre eran escasos; de jovencita se había avergonzado de
ella porque no dominaba otras lenguas y porque jamás realizó estudios superiores. Después se
avergonzó de su propia arrogancia, pues sabía que su madre había perdido a sus padres durante los
últimos bombardeos de Berlín. Se crio en un orfanato y muy pronto tuvo que valerse por sí misma,
así que no tuvo tiempo para asistir al instituto. Su madre no le había hablado apenas de los años
pasados en el orfanato, quizá no quería recordarlos aunque siempre insistía en que las responsables
del convento eran especialmente simpáticas.
Más adelante, el destino tampoco fue misericordioso con su madre. ¿Qué habría sentido cuando
perdió a su marido solo un año después del nacimiento de su hija? El dolor no tenía fin.
«¡Esa no tiene padre!»
Las burlas de sus compañeros del colegio le dolían. Christina echaba en falta a su padre, de niña,
de adolescente y también ahora. Y lo que más encontraba a faltar era que jamás descubriría qué era
eso que echaba de menos. Solo tenía una vaga idea de lo que un padre significaba para un niño, ideas
sacadas de los libros y de las películas.
Bernd regresó del ordenador con una página impresa.
«Escritura Sütterlin»: todos los temas figuraban en la enciclopedia on-line, así que ambos
descubrieron que la escritura Sütterlin fue introducida en Prusia a partir de 1915 y que gozó de una
amplia difusión en los años veinte. A partir de 1935 la escritura Sütterlin formaba parte de los planes
de estudio oficiales, pero apenas diez años después la prohibieron.
—Pero con eso tampoco ganamos nada —constató Christina.
—Si encontráramos a alguien que aprendiera a leer y escribir en aquella época...
Ambos se contemplaron y, casi al unísono, exclamaron: —¡La señora Müller!
Antaño, la señora Müller había regentado una tienda en la planta baja, una suerte de bazar. Ahora
hacía tiempo que una panadería ocupaba el local y hacía décadas que la señora Müller se había
jubilado y residía en el apartamento de la planta baja situado en la parte posterior del edificio. Bernd
y Christina solo se encontraban con la anciana de vez en cuando. Apenas podía caminar y sus piernas
gruesas y vendadas dejaban suponer que se movía con mucha dificultad; sin embargo, la mujer nunca
estaba de mal humor: cuando procuraba enderezarse, apoyada en su andador, y contemplar a
Christina, su rostro siempre estaba sonriente.
—¡Bajaremos a verla ahora mismo! —dijo Christina, excitada.
—Échale un vistazo al reloj, no creo que la señora Müller estuviera very amused si la sacas de
la cama a estas horas. Y si he de serte sincero, tampoco tengo muchas ganas de verla en camisón.
Bernd tenía razón, ya era demasiado tarde, lamentablemente, pero Christina iría a verla al día
siguiente sin falta. Bernd no podía comprender por qué la tarjeta le resultaba tan importante. ¿Qué
sabía él de lo que significaba la intuición?
La mañana siguiente, Christina se despertó temprano. Conectó el ordenador y le envió un breve e-
mail a Pit en la redacción.
«Hoy llegaré un poco más tarde debido a lo de mi madre...»
Bueno, no era una mentira total, y dicho argumento evitaría que le hicieran preguntas. Sabía que
Pit era incapaz de enfrentarse al dolor ajeno y que, pese a lo tosco que solía ser, la trataría con
guantes de seda. Ello le aseguraría una mañana libre.
Poco después de las nueve, Christina salió de casa. La entrada al apartamento de la señora
Müller se encontraba detrás de la primera curva de la escalera, un poco más abajo que la planta
baja... otro de los misterios de un edificio tan antiguo como ese. ¿Quién habría ocupado antaño ese
apartamento escondido en la planta baja? ¿Tal vez la portera? Christina se detuvo ante la pequeña
puerta semioculta por la escalera. En el cartelito de cerámica, junto al timbre, en el que aparecían
flores y un patito, ponía «Müller». Oyó pasos que se arrastraban tras la puerta y una voz dijo:
—¡Un momento, enseguida voy!
Después de una eternidad, oyó la llave girando en la cerradura, la puerta se entreabrió y la
cadena de seguridad se tensó.
—¡Hola, señora Müller, soy yo, Christina, su vecina!
La anciana parecía un gnomo, y contempló a Christina procurando identificarla.
—¡Qué sorpresa! ¡Aguarde un momento!
La puerta volvió a cerrarse, Christina oyó que quitaba la cadena y la puerta se abrió del todo.
—¡Qué sorpresa! —repitió la señora Müller, y entonces pareció asustarse—.
No ha sucedido nada malo, ¿verdad?
—No, no —aseguró Christina, y echó un vistazo al interior del apartamento.
Un aroma rancio flotaba en el aire; en el estrecho pasillo había una cómoda y un florero con
flores de plástico, gruesas alfombras cubrían el suelo—. Solo quería pedirle un favor.
—Pues pase, querida niña, pase. Acabo de preparar café, tomará una taza conmigo, ¿verdad?
La señora Müller no esperó la respuesta y se volvió, apoyada en su andador.
—En realidad solo quería...
Entonces Christina comprendió que sería inútil hablar de todo el asunto en el vestíbulo, así que
cerró la puerta a sus espaldas y entró al salón, que estaba bien amueblado. Las persianas bajadas, el
televisor encendido; no podía distinguir bien en la penumbra pero había alguien sentado en un sillón.
—Es mi marido —dijo la señora Müller como si le hubiese adivinado el pensamiento—. Hace
mucho que vive en su propio mundo, pero al menos aún está aquí, de lo contrario estaría
completamente sola.
Un perro negro y gordo se abrió paso entre las piernas de la señora.
—No, Daisy, claro que no completamente sola. También te tengo a ti.
En la cocina la luz de los fluorescentes era implacable, pero al menos el olor no era tan rancio
como en el pasillo. El desayuno de la señora Müller estaba en la mesa: una tostada con mermelada a
la que le faltaba un bocado y una taza de café. Christina se preguntó si debía decirle que a ella no le
gustaba el café de filtro sino solo el italiano. Quizá resultaría maleducada, así que tomó asiento en la
silla y confió en que la taza estuviera más limpia que el resto del apartamento.
Daisy se instaló en un desflecado cojín.
—Hija mía —dijo la señora Müller, y le alcanzó leche y azúcar—, usted acaba de perder a su
madre, ¿verdad? ¡Lo siento muchísimo!
¿Cómo lo sabía la anciana? Christina sintió una punzada.
—Perder a un ser querido es terrible. Verá, soy muy vieja pero tengo la suerte de que mi marido
aún esté conmigo... bueno, aunque no está muy bien de la cabeza. Todas mis amigas han muerto hace
tiempo.
Una lágrima se deslizó por las mejillas de Christina.
—Ay, perdóneme por hurgar en su dolor. De viejo uno olvida cuán distante está el final de la
vida para los jóvenes y cuán aterrador aún resulta. Bien —dijo, y adoptó un tono más alegre—, ¿qué
la trae por aquí?
Christina le mostró la foto en blanco y negro que había sostenido en la mano todo el tiempo.
Antes de que pudiera pedirle el favor, la señora Müller dijo: —¡Ah, una orquesta de tango!
Los ojos le brillaban.
—¿Se ha dado cuenta enseguida? —preguntó Christina, desconcertada.
—Bien, hija mía, ¿acaso cree que siempre he circulado por ahí con ese estúpido andador? —
contestó la anciana con una sonrisa.
La vecina le contó que había nacido en 1923; su padre era un oficial prusiano retirado, pero por
desgracia su retiro no impidió que siguiera albergando sus ideas prusianas y ello supuso que la vida
de la joven fuese bastante complicada.
—¿Sabía que antaño los oficiales tenían prohibido bailar el tango? ¡Demasiado sospechoso!
¡Demasiado erótico! Y claro, esos cuentos dieron alas a mis fantasías de muchacha. Con Hitler todo
eso cambió; permítame que me ahorre hablarle de aquellos tiempos. Demasiado dolor, demasiadas
imágenes espantosas. En aquel entonces perdí tantos amigos y familiares que prefiero no recordarlo.
Después de la guerra me casé y fui a parar a esta tienda y a esa familia —dijo la señora Müller,
sonrió y le guiñó un ojo—. Mi familia política, los Müller, tuvieron suerte: la casa no fue destruida,
la tienda seguía existiendo y pudieron proseguir con su negocio. Mi marido regresó de la guerra
relativamente pronto: él también tuvo suerte, estaba ileso. Digamos que aún conservaba los brazos y
las piernas, pero lo que les hicieron a nuestros hombres fue muy cruel. Y créame: morir como un
héroe no tiene nada de heroico. —La anciana se deshizo del nudo en la garganta con un buen trago de
café—. Así que cuando mi marido regresó al hogar, la casa estaba casi intacta y sus padres también
seguían vivos. En aquel entonces, la familia ocupaba el amplio apartamento de la primera planta,
directamente por encima de la tienda. Esto de aquí —dijo, echando un vistazo a la cocina—, este
apartamento era el almacén de la tienda. Quién hubiese soñado que un día nosotros dos lo
ocuparíamos. Bien, así es la vida. Mi marido tuvo suerte, estaba sano, tenía un hogar y un trabajo. Al
principio lo de la tienda fue duro, no había nada, no obstante en el sector occidental las cosas
mejoraron con rapidez, pero ¿sabe cuál fue su mayor suerte?
Christina la contempló con los ojos muy abiertos y aguardó a que la señora respondiera a su
propia pregunta.
—Pues es evidente, ¿no? ¡Me conoció a mí! —La risa de la anciana dio paso a un ataque de tos
—. ¡Qué desastre, querida mía...! Bien, me mudé a la casa de la familia de mi marido. Eran buenos
tiempos pese a que vivíamos entre ruinas, tiempos de reconstrucción. Y construir algo en común te
vuelve fuerte. Hace ya más de medio siglo que vivo en esta casa, es increíble... —dijo la anciana, y
se sumió en sus recuerdos.
—¿Pasó hambre? —preguntó Christina después de unos momentos de silencio.
—Claro que pasamos hambre, será mejor que no le cuente las cosas que comíamos, le revolvería
el estómago, créame.
Christina le sonrió. ¡Cuán interesantes se volvían las personas cuando uno se molestaba en
escucharlas! Casi había olvidado el motivo urgente de su visita: las palabras escritas en el reverso
de la vieja tarjeta postal.
—Ay, sí —dijo la señora Müller, regresando al presente—, el tango: bien, en los años cincuenta
nos gustaba la música más loca: «Oh, Egon, Egon, Egon, solo he caído tan bajo por tu amor.» —La
anciana entonó la antigua canción de moda con voz quebradiza—. ¡Eso es el tango! —dijo la señora,
y su cara adoptó una expresión parecida a la de Margaret Rutherford en una de sus célebres películas
donde interpretaba a la señorita Marple.
—Quisiera pedirle un favor. ¿Sabe leer la escritura Sütterlin?
—Uy, hace mucho tiempo de eso, pero creo que lo aprendido no se olvida.
En vez de contestar, Christina dio vuelta a la vieja tarjeta postal.
—Espere —graznó la anciana: hablar la había fatigado—. Necesito mis gafas de lectura —
añadió, y trató de ponerse en pie—. Por favor, hija, le ruego que me las traiga, están en la sala, en la
mesa auxiliar delante del sofá.
Christina se dirigió a la sala en penumbra. El señor Müller mantenía la vista clavada en el
televisor y no notó su presencia.
Se sentía incómoda.
—Solo he venido a buscar las gafas de su mujer, soy la vecina —dijo, como si fuera una niña
pequeña que había hecho algo prohibido.
Al tratar de leer el reverso de la tarjeta postal la señora Müller entrecerró los ojos.
—¡Qué escritura tan bonita! Dios mío, esto está muy bien escrito, hoy día nadie sabe hacerlo así,
y si he de ser sincera, aunque la aprendí, nunca hubiera podido escribir letras tan bonitas —dijo, y
pareció volver a sumirse en sus recuerdos.
—Pero ¿qué pone? —preguntó su vecina.
—Claro, usted es incapaz de leerlo. Es muy sencillo: pone «Este bandoneón alberga toda mi
vida» y una letra, la «E».
«¡Este bandoneón alberga toda mi vida!», ¿eso era todo? Christina estaba decepcionada, había
deseado que fuese algo espectacular, algo excitante, si bien no sabía exactamente qué.
Pero ¿quién se ocultaba tras la letra «E»?
2
Buenos Aires... Emma saboreó esas palabras: era un nombre divertido para una ciudad.
Justo quince años después del terrible naufragio del Titanic, ella, Emma Hechtl, de soltera Von
Schaslik, se encontraba en un barco cruzando el Atlántico. Tocó la madera lisa y lustrosa de la
barandilla, un viento frío y húmedo le acariciaba el rostro joven. El orgulloso barco se llamaba Cap
Arcona y sus tres chimeneas se elevaban majestuosamente al cielo azul; era el barco más moderno y
veloz de la flota hamburguesa. ¡Qué revuelo se había armado en el puerto de Hamburgo! Flores hasta
donde alcanzaba la vista; a fin de cuentas era el viaje inaugural y en el muelle bullía una auténtica
multitud: pasajeros, criados, mensajeros, maleteros, curiosos, carros de caballos, elegantes carrozas
y automóviles que hacían sonar el claxon. Las personas gritaban, se buscaban las unas a las otras,
reían y se deseaban buen viaje. Había caballos relinchando, en algún lugar creyó oír el balido de una
cabra, apagado por los ladridos de los perros. También habían acudido periodistas y el olor de los
flashes flotaba en el aire. Un joven quiso fotografiar a Emma, pero ella se apartó, avergonzada.
Había gozado de una buena educación, sabía lo que era decoroso y sobre todo lo que no era
decoroso para una joven, en especial para una mujer casada.
¡Era un día apasionante! Su marido y ella abandonaban Europa, estaban cargando su equipaje y
una rampa decorada con guirnaldas se elevaba desde el muelle hasta la zona de la primera clase del
transatlántico. Una vez a bordo, el capitán los saludó personalmente y un camarero los acompañó
hasta su camarote. Tras la puerta los recibió un mundo lujoso revestido de maderas nobles: una suite
con su salón, un baño amplio y ojos de buey chapados en latón.
En la mesa reposaba una gran fuente de plata con un pie de cristal en forma de tres bailarinas que
sostenían la abundante fruta fresca que se derramaba por encima del borde. Al día siguiente Emma se
encargaría de que repusieran la fruta fresca todos los días y daba igual que ella y su marido la
hubieran consumido o no.
En una cómoda del vestidor había un candelabro de siete brazos, la menorah judía. Si bien Emma
no solía mantener contacto con judíos, conocía su significado. Por lo visto se trataba de un error, y el
marido de Emma sufrió un ataque de ira al ver el candelabro y le gritó al camarero.
—¡Qué desfachatez! ¿Acaso cree que soy uno de esos?
El arrebato de su marido la inquietó.
—Debe de tratarse de un malentendido, querido, al fin y al cabo es el viaje inaugural, y todo es
nuevo incluso para el personal del barco.
El camarero balbuceó una disculpa y, rojo como un tomate, agarró el candelabro y se retiró
caminando hacia atrás. Más tarde el capitán se disculpó con su marido, afirmando que no comprendía
cómo podía haber ocurrido semejante error y le aseguró a Juan que el camarero no volvería a
molestarlos. Sí: Emma y su marido eran huéspedes especiales, huéspedes de la compañía naviera y
les habían prometido que jamás olvidarían esa travesía. ¡Cuán cierto! Más adelante, Emma
comprendería que los mejores momentos de la vida de una persona eran aquellos que uno recordaba
en sueños; la realidad solía presentarse con demasiada rapidez. Pero de momento les esperaban
semanas de gula y de placer, una exquisita aventura.
Vivían en una época turbulenta. Muchas de las grandes calles de Berlín solo habían sido
construidas en los últimos diez o veinte años, demolieron las viejas casas y las reemplazaron por
grandes edificios de amplias y luminosas viviendas.
Algunos incluso disponían de ascensor. Eran tiempos modernos, si bien antes las circunstancias
económicas seguramente habían sido mejores. Emma observó que, año tras año, unas arrugas cada
vez más profundas surcaban el rostro de su padre. La fábrica tenía problemas. No obstante,
disfrutaba viviendo en esa época ajetreada. En el prado de Tempelhof incluso estaban construyendo
un aeropuerto. ¡Volar! Increíble pero cierto. Los automóviles más espectaculares circulaban por la
ciudad y, cada vez más, reemplazaban los coches tirados por caballos. Y qué veloces eran: algunos
iban hasta a sesenta kilómetros por hora.
¡Era asombroso! Y ahora ella misma emprendería una aventura mucho más fascinante, iba rumbo
a una tierra remota, estaba de pie apoyada en la barandilla de ese bonito barco junto a su nuevo
esposo y contemplaba el mar.
Hacía escasos días que se había despedido de sus padres, de su hermano pequeño y de Berlín una
lluviosa mañana de noviembre, derramando abundantes lágrimas montada en el tren a Hamburgo.
Entonces, mientras permanecía junto a su marido acodada en la barandilla, sus ojos se llenaron de
lágrimas.
—¿Estás llorando? —le preguntó él.
—No, solo es el viento —mintió, y se esforzó por sonreír.
—Entremos, seguro que ya nos esperan en el salón.
—Quedémonos un rato más, querido.
Emma disfrutaba del lujoso ambiente que reinaba a bordo, de su suite, de las personas
elegantemente vestidas, de la música nocturna en el salón, pero lo que más le gustaba era la fresca
brisa que siempre barría la cubierta.
Juan era un hombre apuesto, de excelentes modales, una casi mejor reputación y sumamente
acaudalado. Su familia poseía una finca en los alrededores de Buenos Aires: cuatro mil increíbles
hectáreas de las mejores tierras. En la ciudad, la familia disponía de un palacio, un auténtico palacio.
Su propia vanidad asustó a Emma. ¿Realmente se había casado con ese hombre debido a la
perspectiva de gozar de su prosperidad?
Recordó los últimos días, los días entre sus dos vidas: la antigua, como hija de buena familia, y
la nueva, como esposa; y más adelante como madre, casada con un miembro de una de las mejores
familias de Argentina.
—¿Por qué viajamos en invierno? —había preguntado durante el viaje en tren de Berlín a
Hamburgo, fingiendo que estaba enfadada.
—Porque viajamos hacia el verano, querida.
Emma se había avergonzado de su estupidez. ¿Cómo pudo haber olvidado que Buenos Aires se
encontraba en el otro hemisferio, el del sur, donde todo era al revés: verano en vez de invierno e
invierno en vez de verano? Se había mordido los labios: ella, la inteligente e instruida Emma, se
comportaba como una mocosa malcriada.
Rodeada por el mar y el horizonte infinito, había caído presa de una profunda nostalgia. Ya era
una mujer casada, se habían acabado los sueños de muchacha, los momentos transcurridos en el
jardín de la casa de sus padres, y todo eso casi le parecía más grande y más bonito de lo que era en
realidad. Claro que también recordaba las cortinas del gran salón, desgastadas y devoradas por las
polillas, en el que ella misma apenas presenció fiestas y reuniones sociales. También las ventanas de
las antiguas habitaciones de servicio situadas en la última planta que ya no se podían abrir, pero
¿para qué repararlas cuando en la casa ya no quedaban sirvientes, a excepción de la única vieja
criada? Solo el gran tilo de tronco hueco del jardín aún ostentaba su antigua magnificencia y su
sombra siempre fue el lugar predilecto de Emma.
Y ahora Emma se encontraba junto a su marido. Juan era unos cuantos años mayor que ella, pero
su aspecto aún era muy imponente. Ambos tendrían hijos hermosos. Juan Hechtl, hijo de inmigrantes
alemanes, nacido y criado en Buenos Aires, la capital de ese país que prometía felicidad, que reunía
todas las riquezas.
Ese país tan lejano, situado en un remoto continente y que, sin embargo, estaba unido a Alemania
a través de una compañía naviera. La idea la tranquilizó. Si todo salía mal, ella tomaría el próximo
barco y regresaría a Alemania, y daba igual si su marido estaba de acuerdo o no. Al fin y al cabo,
ella era Emma von Schaslik... Emma Hechtl. La idea de haber perdido su apellido la hizo suspirar,
pero después se reprendió por su vanidad.
Juan había aprovechado el viaje a Europa y había iniciado negociaciones con la CNHS, la
Compañía Naviera Hamburgo-Sudamericana que también regentaba el Cap Arcona . Durante la
Primera Guerra Mundial, la naviera había perdido casi toda la flota, un golpe muy duro, pero que
finalmente hizo que en el presente dispusiera de los navíos más modernos. Acababan de iniciar la
construcción de una increíble novedad: buques frigoríficos, mediante los cuales se transportarían
frutos casi recién cosechados entre el viejo y el nuevo mundo y —lo que también era importante
para Juan— carne. Había emprendido negociaciones exitosas en Hamburgo. La oferta era
tentadora: por una participación bastante importante en la planificación y el coste de los buques
frigoríficos se haría con contratos exclusivos sobre el uso de los mismos. Si todo salía bien, nadie
podría transportar carne de Argentina a Europa con los buques de la CNHS sin pagarle las tasas
correspondientes a Juan. Preveía un futuro brillante, aunque en realidad no era tanto el dinero lo
que le interesaba: su familia ya tenía bastante dinero. A Juan lo que le importaba era el
reconocimiento, el respeto. Lo había planificado todo y emprendido los pasos correctos. Un día la
familia Hechtl —y sobre todo su nombre— figuraría en los libros de historia como ejemplo de una
política económica exitosa. Y su esposa, joven y bonita, la pequeña Emma, encajaba
perfectamente en su imagen del futuro. Era muy guapa, inteligente y con sentido del humor, sabía
comportarse en sociedad y era de buena familia, aunque venida a menos. A Juan le haría bien
tener sangre aristocrática a su lado. El florecimiento económico de los Von Schaslik era cosa del
pasado y solo sería cuestión de tiempo hasta que incluso los últimos restos de esa dinastía
industrial cayeran en el olvido. Emma podía estar agradecida de que él la hubiera rescatado de
ese barco a punto de naufragar. La elección de esa imagen absolutamente adecuada le hizo
gracia: él, que haría fortuna construyendo barcos, la rescataba del navío que se hundía y
trasladaba precisamente a ese moderno transatlántico.
Esa observación ingeniosa hizo que soltara una carcajada de satisfacción.
—¿De qué te ríes, querido?
Emma contempló a su nuevo esposo. Se habían conocido en el baile de invierno de los Zu
Eulenburg celebrado en el castillo de Liebenberg, uno de los escasos compromisos sociales con los
que aún cumplían tras el derrumbamiento económico de su padre. Este no quería rechazar la
invitación de esa familia, eran buenos y viejos amigos. Durante los tiempos duros, cuando circularon
horrendas calumnias sobre los Zu Eulenburg, su padre los había apoyado. Emma no sabía mucho al
respecto, se trataba de una supuesta atracción por un miembro del mismo sexo. A Emma le hubiera
encantado saber más del asunto, pero su madre le aconsejó que callara para evitar que su padre
recordara la historia. Aquello había afectado profundamente la reputación y también la posición
económica de los Zu Eulenburg, y arruinado al viejo amigo de su padre, que había muerto hacía seis
años agobiado por el dolor: nunca se había recuperado de las graves acusaciones y de la pérdida del
respeto social.
Solo hacía poco tiempo que el actual cabeza de familia, el barón Von Engelhardt, se había
emparentado con la familia. Disponía de un gran talento para los negocios, la finca se recuperó de la
crisis y avanzaba viento en popa. El baile de invierno de los Zu Eulenburg —la familia de Emma
seguía hablando de los Eulenburg en vez de acostumbrarse a emplear el nuevo nombre de
«Engelhardt»— debía demostrarle a la sociedad que la finca había dejado atrás los tiempos oscuros.
¡Con cuánto esplendor se presentaba el castillo de Liebenberg! Hasta las dos casetas de la entrada
estaban iluminadas, y las antorchas clavadas en la nieve indicaban el camino a los invitados. Cuando
llegaron a la plaza del castillo, su padre señaló la fuente del patio.
—¿Sabíais que hace veinte años el emperador en persona se la regaló a nuestros amigos? ¡En
agradecimiento por las cacerías imperiales anuales!
Claro que lo sabían, pero su madre simuló sorpresa.
«Seguro que solo las esposas amantes son capaces de algo así: fingir que oyen una historia por
primera vez y volver a entusiasmarse con ella», pensó Emma y le lanzó una mirada disimulada al
hombre de pie a su lado junto a la barandilla.
Desde siempre, Liebenberg jugó un papel especial en la historia. Incluso Theodor Fontane, el
autor, había escrito sobre el castillo. Desde la plaza ascendieron las escaleras hasta el vestíbulo. El
joven barón los aguardaba ante la puerta y saludó a su padre, a su madre y finalmente a Emma con
perfecta formalidad.
—¡Ah, la señorita Von Schaslik! —exclamó con su cálida voz de bajo y, lanzando una rápida
mirada galante a la madre de Emma, añadió—: Aunque creí que nadie podía igualar la belleza de su
señora madre, compruebo que usted la ha superado con creces. Si no estuviese felizmente casado
pediría su mano hoy mismo, respetable señorita. Bien, es una noche estrellada y puede que alguno
pierda la cabeza.
El estilo pomposo del joven barón divertía a Emma, suponía un maravilloso contraste con su
aspecto moderno. En el vestíbulo los criados se hicieron cargo de sus abrigos. La fiesta se
desarrollaba en todas las estancias importantes del castillo; en el vestíbulo las bellezas del momento
paseaban bajo las impresionantes cornamentas colgadas de las paredes. Emma rio: cabezas cornudas.
Más tarde, cuando la orquesta del gran salón interpretó un charlestón, la madre de Emma se indignó
ante la «desmesura de ese baile degradante», y poco después bailaba un vals lento en brazos de su
marido. La biblioteca se había convertido en una sala en la que los invitados se ponían cómodos y
charlaban.
Los temas iban de la crisis económica hasta Lindbergh, que había conquistado los cielos y
cruzado el Atlántico en un avión hacía escasos meses. También se debatía acaloradamente acerca de
la introducción de la democracia y la pérdida lamentable que suponía el fin del imperio y —entonces
Emma aguzó los oídos— sobre esa opinión de última moda: que las mujeres también debían trabajar.
—Incluso hay personas que creen que es adecuado que una mujer consiga un empleo y viva sola
en un pequeño apartamento... ¡y no estoy hablando del personal de una casa o de criados! —dijo una
dama gorda que llevaba un llamativo adorno de plumas en la cabeza en tono indignado.
De pronto un escalofrío le recorrió la espalda, su pulso se aceleró y se le aflojaron las rodillas.
—¿Qué te pasa, querida? ¿No te encuentras bien?
—preguntó su madre, preocupada.
—No, estoy bien. Haz que me traigan un vaso de agua, por favor.
El motivo del repentino ataque de debilidad de Emma estaba en la entrada de la biblioteca,
llevaba un frac de corte excelente. El apuesto desconocido conversaba con el joven barón Von
Engelhardt, quien le lanzó una breve mirada a Emma y entonces el otro también la descubrió. Entre
tanto, la madre de Emma había regresado con un vaso de agua.
—Cuando uno los necesita, todos los criados están ocupados; siéntate aquí, Emma, y bebe, pero
no te apresures. Ya has recuperado los colores, hija, gracias a Dios. ¿Te encuentras mejor?
Emma le dedicó una sonrisa al desconocido y este tomó al barón del brazo, señaló a Emma
inclinando la cabeza y entonces el barón y el desconocido se aproximaron a las dos mujeres.
—Respetables damas, permítanme que les presente a un amigo y socio: Johann Hechtl; está
pasando unos meses en Europa y ha sido una gran alegría que pudiera asistir a nuestra modesta fiesta
escasos días antes de su partida.
—Estimado barón: la palabra modesta aplicada a esta fiesta no la describe en absoluto. Es una
de las fiestas... más impresionantes que recuerdo —dijo Emma.
Había escogido sus palabras con gran acierto y el desconocido parecía opinar lo mismo. Tomó la
mano de la madre de Emma, que se la tendió para que la besara, luego tomó la de Emma y le acarició
la palma con la punta de los dedos.
Emma se estremeció.
Tras depositar un suave beso en el dorso de la mano de ella, el desconocido dijo:
—Cuando el nombre de un castillo es tan bello, es de esperar que uno se encuentre con semejante
belleza, y cuando ello ocurre, un hombre sabe que Dios acaba de hacerle un regalo. —Y le lanzó una
mirada elocuente a Emma—.
Permítanme que corrija a mi amigo el barón. En Argentina, mi tierra natal, mi nombre se
pronuncia «Juan», en vez de Johann, pero el significado es el mismo.
—¿Argentina? ¡Qué interesante!
La madre de Emma quiso tomar la palabra, pero el barón se las arregló para enredarla en una
conversación y llevársela al fondo del salón. Entonces Emma y el desconocido se encontraron frente
a frente. Las miradas de él no dejaban lugar a dudas sobre lo que pensaba, y Emma se ruborizó. Dijo
que necesitaba tomar el aire; Juan le ofreció el brazo y la acompañó al exterior.
En la terraza del castillo las estrellas brillantes y la clara noche de invierno hicieron el resto.
Emma había sucumbido al encanto de Juan y esa noche ambos estuvieron a punto de cometer una
estupidez.
Al día siguiente, cuando Juan se presentó en su casa, Emma supo que se convertiría en su esposo.
Un día después Juan le propuso matrimonio y, encantada, ella le dio el sí. Debía de estar loca,
acababan de conocerse, pero solo unos días después Juan pediría su mano a sus padres y, como era
de esperar, estos se horrorizaron.
—¡Pero si apenas os conocéis, hija mía! —insistió su madre.
—¿Comprometida? ¿Es que has perdido el juicio? —dijo el padre de Emma, y luego añadió—:
No lo conoces en absoluto. No sabemos nada sobre su familia ni sobre él. ¿Y si fuera un estafador,
un impostor o, aún peor, un tratante de blancas?
—Padre —dijo Emma, y lo rodeó con los brazos—, los Eulenburg conocen a su familia, lo
invitaron a su baile de invierno y además tiene modales exquisitos.
¡El corazón me dice que es el hombre indicado para mí!
Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas.
—Por favor, madre, no llores. Un día recibiréis una foto de vuestro nieto y poco después os
visitaremos con nuestro hijo en Berlín. ¡Argentina no está tan lejos!
—Argentina está a una distancia de varias semanas en barco —dijo su padre en tono severo.
Tras oír la palabra «nieto», su madre dudó.
—Hija, no habréis...
—Por favor, ¿acaso me creéis capaz de tal cosa?
Hacer algo así con un hombre antes del matrimonio a Emma le parecía inimaginable.
Avergonzada y haciendo un gran esfuerzo, su madre le había hablado de ese asunto, eso que un
hombre y una mujer hacían juntos, y no había sonado muy atractivo, la verdad.
—Supongo que su familia no es aristocrática, ¿verdad? —preguntó su padre, disparando otro
cañonazo.
—Señor Von Schaslik: es de buena familia y eso deberá bastar. La nobleza ya no es lo que era —
dijo Emma, y acarició las barbudas mejillas de su padre.
—¿Es que no te importa dejarnos solos aquí? —preguntó su madre en voz baja.
—Claro que sí, madre, me desgarra el corazón, pero ¿qué he de hacer? Si no me voy con él, me
pasaré el resto de la vida llorando por ese amor perdido.
Vosotros no queréis eso, ¿verdad?
Su madre la abrazó. Su padre insistió en hacer averiguaciones sobre ese hombre y su familia. Ese
mismo día condujo hasta Liebenberg y mantuvo una larga conversación junto a la chimenea. Al día
siguiente, cuando regresó, parecía menos preocupado, pero todavía entristecido. Los padres de
Emma se retiraron al salón, luego llamaron a Emma. Su hermano pequeño la miró y preguntó qué
pasaba. Era el benjamín de la familia y solo tenía cuatro años, demasiado pocos como para
comprender la conversación de los adultos.
Cuando Emma entró en la sala, su madre se encontraba sentada en el gran sillón, y su padre, de
pie detrás de ella.
—Bien, Emma —dijo su padre en tono serio—, he hecho averiguaciones sobre ese hombre.
El corazón le dio un vuelco: ¿acaso su padre estaba a punto de revelar que su prometido, el
hombre de quien se había enamorado y con el que quería casarse a toda costa, era un bribón?
—Bien —prosiguió su padre—, digamos que resulta que es un buen partido.
Dicen que su familia es considerablemente acaudalada, posee una gran finca y el joven, que por
cierto ya no es tan joven puesto que tiene treinta y cuatro años y tú solo veintiuno, bueno, al parecer
ese Juan Hechtl dispone de excelentes referencias sin la menor excepción. Por tanto, tu madre y yo
hemos decidido que, en vista de las favorables perspectivas de ese hombre, su buena familia y
debido a las... —su padre carraspeó— malas circunstancias económicas en Alemania, estamos de
acuerdo con tu casamiento.
Emma soltó un grito de júbilo y corrió a abrazarlos, y al percibir la calidez de su madre derramó
lágrimas. Todos sabían que podía tratarse de una despedida para siempre, desde luego. Argentina
estaba muy lejos, la travesía por mar era larga. El padre de Emma también luchaba por contener las
lágrimas, se volvió hacia la ventana, murmuró unas palabras acerca de que se le había metido algo en
el ojo y sacó su pañuelo. Por supuesto que Emma también hubiese querido disponer de más tiempo
para conocer a su marido, pero ¿qué podían hacer? Al fin y al cabo, la estancia de Juan en Europa
era limitada.
Unos días después, Juan se presentó con un gran ramo de rosas rojas para Emma y otro aún más
grande para su madre. La vieja criada le abrió la puerta y lo hizo pasar. El padre de Emma habló con
él en el salón; tras esa conversación masculina sirvieron café. Finalmente, el propio Juan rompió el
hielo gracias a su sinceridad, diciendo que a los padres de Emma debía de resultarles difícil entregar
a su hija a un desconocido, y encima a uno que vivía en el extranjero, y les prometió que cuidaría de
su bellísima primogénita como la niña de sus ojos.
El rostro de su madre se iluminó y su padre lo llamó «yerno». Emma y Juan lo habían logrado. Su
padre insistió que se casaran en Alemania, al menos ante el Estado, luego podrían celebrar el
matrimonio eclesiástico en Argentina.
Renunciando a la ceremonia religiosa, el padre de Emma esquivó hábilmente el problema que
suponía que Emma fuese protestante y Juan, católico. Si bien a los padres de Emma les disgustaba
hablar del tema, en realidad no eran muy religiosos, de modo que si el matrimonio se limitaba a
celebrarse en el despacho del burgomaestre, ello no los afectaba demasiado. Dado el escaso tiempo
disponible, una gran boda era impensable. Además, Emma no estaba segura de que las finanzas de su
padre hubiesen permitido celebrar el casamiento conforme a su nivel social.
Y ya había llegado el momento de hacer las maletas. Emma estaba ante el armario con expresión
dubitativa.
—¿Con qué clima me encontraré en Argentina, cómo es la moda allí y qué necesito para la vida
en el campo?
No dejaba de hacerse innumerables preguntas, así que su madre decidió que bajaran el gran baúl
del desván, el mismo con el que ella se había instalado en la casa de los Von Schaslik hacía muchos
años.
—Pues tendrás que llevarte todos tus vestidos, dejar algo aquí sería inútil — declaró su madre.
Emma volvió a llorar.
—¡Ay, mi pequeña Emma, todos te echaremos de menos! ¡Echaré en falta tu risa y, además, ahora
tu padre tendrá que buscarse a otro para enfadarse!
—¡Madre...!
Emma no pudo seguir hablando y, lanzando un profundo suspiro, su madre se secó las lágrimas y
también las de su hija. Después se enderezó súbitamente y, batiendo las palmas, exclamó:
—¡Manos a la obra!
Todos los vestidos, las enaguas, las medias, los ligueros, sombreros y zapatos desaparecieron en
el gran baúl; por fin cerraron la tapa, como si sellaran un capítulo de la vida de Emma. Un día antes
de la partida, un chófer de la compañía naviera pasó a recoger la valija, y Emma siguió el coche con
la mirada mucho después de que este hubiera desaparecido.
Confiaba en que su matrimonio fuera tan feliz como el de sus padres; sabía que en un tiempo tan
breve entre ella y Juan un trato tan directo y sincero todavía no era de esperar. Juan le atraía, le
gustaba charlar con él, conocía mundo, tenía influencia y —debía reconocerlo aunque el pensamiento
era pecaminoso— le gustaba compartir el lecho con él. Aquello resultó ser muy diferente de lo que
había imaginado, incluso era bonito. Sin embargo, se preguntó si algún día llegaría a comprender a
ese hombre de verdad. Nunca parecía manifestar lo que pensaba; Emma lo adjudicó a la mentalidad
extranjera y a su educación argentino-germana, que seguramente era muy distinta de la alemana.
Emma dirigió la mirada al mar, cuyo límite se confundía con el horizonte a medida que avanzaba
el crepúsculo. Había regresado al aquí y ahora y tomó a su marido del brazo.
—¿Entramos al salón?
—¡Seguro que las Templeton ya nos aguardan para contarnos sus historias!
El tono irónico de Juan provocó la risa de Emma e, imitando la voz de miss Templeton, dijo:
—¡Le ruego que me llame señorita Templeton, my darling! Soy soltera, al igual que mi hermana.
Las Templeton eran dos estrafalarias hermanas oriundas de una comarca situada al sur de
Londres; aunque su aspecto no podría haber sido más diferente —una era pequeña y arrugada y se
apoyaba en un bastón de mango de plata; la otra era alta y robusta, con piernas que parecían dos
troncos de árbol y que incluso cuando había mala mar no se despegaban de la cubierta—, eran
espiritualmente idénticas, como si fuesen una sola.
—Sí, es verdad —había declarado la más menuda de las dos—, nunca nos hemos separado.
Cuando Juan y Emma entraron en el salón, las Templeton ya estaban sentadas una frente a la otra
ante la mesa de bridge, los otros dos asientos estaban ocupados por una pareja desconocida.
—¡Ah, aquí están nuestros tortolitos!
Las dos ancianas les lanzaron una sonrisa y los saludaron con sus manos arrugadas; corrían
rumores de que ambas eran jugadoras muy taimadas. Solo en una ocasión, un joven matrimonio que
viajaba en el Cap Arcona había logrado derrotar a las hermanas. Al principio las dos viejas se
quedaron mudas, pero pronto recuperaron la corrección británica y felicitaron a la pareja; sin
embargo, a la noche siguiente no bajaron a cenar y adujeron que les dolía la cabeza para disculpar su
ausencia, pero los pasajeros que estaban al tanto de la situación se alegraron secretamente de la
lección que estas habían recibido.
Ambas eran auténticas expertas y siempre se negaban a que las parejas de jugadores se
decidieran por sorteo e insistían en el Fixed Bridge y, gracias a su agudo ingenio y al encanto típico
de las viejas solteronas, solían persuadir a sus nuevos compañeros, sobre todo a los matrimonios,
que aceptaran sus condiciones.
—Ustedes también se eligieron el uno al otro y ahora no querrán cambiar, ¿verdad? Dado que el
destino hizo que nuestras almas de jugadoras se encarnaran en dos hermanas y ambas hemos
renunciado a los indudables placeres del matrimonio, ya sea debido a unas circunstancias
desafortunadas o a una manipulación consciente, les rogamos que no nos obliguen a separarnos
durante el juego y encima sin la protección de una vigilante mirada masculina — dijeron riendo, y
luego pusieron fin a sus exigencias añadiendo—: Que nuestros puentes sean sólidos e intrépidos
como nuestro Tower Bridge, nuestro puente que resiste a las aguas del Támesis y siempre sabe para
quién ha de abrirse y para quién ha de permanecer cerrado.
Se murmuraba que las hermanas Templeton empleaban un código secreto para ponerse de
acuerdo al principio de la partida y establecer la mejor táctica. Uno de los pasajeros provocó las
risas de los demás afirmando que se alegraba de que solo fueran dos hermanas y no tres, porque de lo
contrario sus actividades le recordarían el principio del drama de Macbeth.
Emma apreciaba a las hermanas, eran tan maravillosamente estrafalarias...
Además, disfrutaba practicando el inglés, aunque al principio de la travesía este era bastante
tosco. Juan había dejado meridianamente claro desde el principio que ni él ni su joven esposa
participarían en los juegos de azar y de cartas. Su decisión no supuso un problema para Emma, sobre
todo porque ni siquiera conocía las reglas del bridge, pero su vehemencia la inquietó.
Emma se sentía atraída sobre todo por la menor de las hermanas y una tarde ambas tomaron el té
en el salón.
—Por favor, querida, llámeme Ellie. «Señorita Templeton» suena tan formal...
—Ay, Ellie, es divertido observarlas a usted y a su hermana. ¡Irradian mucha armonía! —dijo
Emma, contemplando a la menuda señorita por encima del borde de la taza.
—Hace ya casi ochenta años que mi hermana Clara y yo nos conocemos, y considerando dicho
número, o armonizábamos o bien ya nos hubiéramos asesinado mutuamente. Prefiero que me hable de
usted y de su nuevo esposo. Se llama Johann, ¿no?
—Juan —la corrigió Emma—, así se pronuncia su nombre en Buenos Aires.
Ellie batió palmas.
—¿Así que vivirá en Buenos Aires? ¡Qué maravilla! La envidio, usted lleva una vida muy
interesante, pero ¿cómo es que una muchacha joven como usted va a parar a la otra punta del mundo?
Emma le habló de la casa de sus padres, de su adorado tilo al borde del jardín, de su hermanito,
del castillo de Liebenberg, del baile de invierno y también le contó que ella y Juan acababan de
conocerse.
—Entonces ustedes dos se fugaron con la bendición de sus padres, por así decir —dijo Ellie,
volviendo a dar palmadas—. Pues eso me gusta, porque usted debe de haberse enamorado
perdidamente. Seguro que es usted muy feliz, hija mía.
Emma no supo qué decir y su titubeo no pasó inadvertido: Ellie Templeton frunció el ceño.
—No quiero que me malinterprete —dijo Emma, recuperando la palabra—, claro que soy muy
feliz, tengo un esposo apuesto, me he emparentado con una de las mejores familias de Argentina, me
aguarda una vida libre de preocupaciones... pero todavía hay tantos interrogantes... No conozco ese
país, no conozco a mi nueva familia y, si he de serle sincera, en realidad tampoco conozco a mi
nuevo marido. Hay momentos en los que albergo dudas. ¿De verdad tomé la decisión correcta cuando
opté por ir directamente a Argentina con él? Tal vez debiese haber esperado, a lo mejor él hubiera
vuelto a Europa otra vez y entonces habría venido a buscarme.
—¿Y si no fuera así? —dijo Ellie, y la miró directamente a los ojos—. Si no hubiera regresado,
¿cuánto tiempo lo habría esperado, querida mía? ¿Y qué hubiera cambiado? Puesto que entonces
tampoco lo hubiese conocido mejor.
Créame, a veces esperar no es la mejor decisión. Y sé de lo que estoy hablando.
La mujer menuda bebió un gran sorbo de té y le pidió al camarero que le sirviera más.
—No crea que llegué al mundo como esta chiflada y arrugada ancianita, Emma. Bien, reconozco
que cuando nací también era pequeña y arrugada, pero al menos no era vieja —dijo Ellie, al parecer
complacida por su propio sentido del humor, y soltó una carcajada—. Lo que quería decir es que
antaño fui joven y tenía... sentimientos. —La vieja solterona alargó la última palabra para destacarla
—. En mi vida también hubo un gran amor, se llamaba John, John Simon Canterborough, y era un
hombre joven y apuesto —dijo Ellie con expresión soñadora—. Mire qué casualidad: «John» es lo
mismo que «Juan».
Bien, John y yo nos vimos por primera vez en la agencia de mi padre, él estaba empleado allí y
fue un amor a primera vista. Por desgracia el puesto que ocupaba en la agencia no era bueno, al
contrario, era una especie de chico de los recados y de una jerarquía muy inferior. Sabíamos que mi
padre se pondría furibundo si descubría nuestro amor. John se las ingeniaba para enviarme pequeños
mensajes secretos, era astuto e inteligente. Nos encontrábamos en secreto y nunca pasó nada, desde
luego, si es que usted comprende a qué me refiero: a fin de cuentas, yo sabía cómo comportarme.
Ellie calló un momento, se sirvió otra taza de té y observó cómo la leche se disolvía en el oscuro
líquido. El silencio hizo que Emma considerara que debía replicar a lo que había dicho Ellie: «a fin
de cuentas, yo sabía cómo comportarme», que debía justificarse, pero antes de que pudiera tomar
aliento, la señorita Templeton siguió hablando.
—Bien, John Simon Canterborough y yo nos convertimos en una pareja de enamorados:
celebramos encuentros secretos en el jardín bajo la luz de la luna, nos tomábamos de las manitas y
una vez incluso nos besamos. John era toda mi felicidad, pero, por desgracia, también un cero a la
izquierda para los negocios, de manera que no podíamos revelarles nuestro amor a mis padres. Y
seguro que sus padres, que eran humildes trabajadores, le hubieran prohibido el trato conmigo,
diciendo que «semejantes vínculos» eran poco naturales y solo causaban problemas. Éramos tan
tontos, Emma, créame, ¡nada es tan valioso como el amor, nada! Dios solo nos ha dado esta vida y no
para practicar.
Finalmente, mi John tuvo una idea; tontos de nosotros, que nos creíamos unos listillos. Un colega
de su padre le había dicho que en los barcos que regresaban de América siempre viajaban hombres
que habían alcanzado el éxito en ese continente, que abandonaban Inglaterra como pobres diablos y
regresaban a su patria como hombres ricos. John quería probar suerte en la tierra prometida, donde
todos eran iguales. Pensaba regresar pronto como un hombre pudiente y vendría a buscarme, se
presentaría ante mi padre y le pediría mi mano. Ambos estábamos tan ilusionados con esa idea...
¡éramos unos tontos! John se embarcó y zarpó rumbo a América. La despedida me rompió el corazón,
pero debía disimular, pues nadie sabía nada de nuestro romance. En casa, mi padre se limitó a hacer
un breve comentario diciendo que uno de sus chicos —sí, así se refirió a mi John—, bueno, que uno
de sus chicos había sido lo bastante estúpido como para embarcarse a América en un buque en mal
estado.
Los ojos de Ellie se llenaron de lágrimas y trató de superar la tristeza con otro sorbo de té.
—Bueno, qué quiere que le diga: ¡John jamás regresó! No sé qué fue de él, si llegó a América y
si allí hizo fortuna. Solo sé una cosa con toda seguridad: que sacrifiqué el gran amor de mi vida en
aras de las normas sociales. Con el paso de los años abandoné la esperanza, en algún momento
nuestro amor se convirtió en un recuerdo, en un hermoso sueño. Tuve algún que otro admirador,
desde luego, yo era muy bonita, aunque ahora eso parezca increíble.
Emma negó con la cabeza, amable y formal, y Ellie le apoyó la mano en el brazo.
—No se moleste, hija mía, en mi camarote hay un espejo enorme. Bien, mi hermana y yo
heredamos una gran fortuna y eso te vuelve atractiva, pero no logré apasionarme por ninguno de esos
jóvenes, por no hablar de enamorarme de ellos. ¿A quién podría contarle lo que me ocurría? ¿A mis
padres? Eso sí que hubiera supuesto un escándalo. Y nosotros los puritanos tampoco disponemos de
un sacerdote con quien hubiese podido confesarme. En algún momento finalmente tuve que
desahogarme con alguien y le conté mi historia de amor a mi hermana. Podrá imaginarse la cara que
puso, pero me apoyó y me consoló.
Ambas estábamos convencidas de que el amor por un hombre siempre acabaría en desgracia, así
que nos juramos que la una siempre estaría allí para la otra y que nunca nos separaríamos. Incluso lo
juramos bajo la luna llena, que en aquellos tiempos lo volvía aún más importante —dijo Ellie,
meneando la cabeza y sonriendo—. Hoy puedo asegurarle que Clara y yo nos equivocamos.
Entonces ambas empezamos a viajar juntas y así logramos esquivar preguntas fastidiosas sobre el
matrimonio y los hijos. Y si he de ser sincera, incluso hoy sigo soñando con volver a ver a John en
uno de mis viajes.
Hubo una pausa prolongada; Emma no sabía qué decir. La hermana de Ellie, la robusta Clara,
entró en el salón de té y su presencia hizo que una respuesta a la narración de Ellie se volviera
innecesaria.
—¡Ahí estás, Ellie! Hemos quedado para jugar una partida de bridge, ¿o acaso pretendes que
juegue yo sola?
—Por supuesto que no, Clara, ¿cómo podría dejarte sola? —dijo Ellie en tono de resignada
confianza. Permitió que la ayudaran a levantarse del sillón y se dispuso a abandonar la sala apoyada
en su bastón.
»Querida niña —dijo—, me ha encantado charlar con usted. ¡Viva como a usted le parezca
correcto, entonces lo será!
Emma permaneció unos momentos en el salón, reflexionando sobre la historia.
Supuso que aquello significaba que Juan y ella lo estaban haciendo bien, pues había seguido a su
amor. Entonces se puso de pie suspirando y se dirigió a su suite.
Cuando abrió la puerta del camarote, Juan estaba sentado en el salón. En la mesa reposaba una
gran copa de whisky y en el aire flotaba el olor a alcohol.
—¿Dónde estabas todo este tiempo? ¿Qué hacías vagando por el barco? No quiero que mi mujer
se divierta a solas cuando yo ni siquiera sé dónde se encuentra. ¡No solo he tenido que preguntarle al
personal del barco, también a otros pasajeros!
—Pero si estaba en el salón de té con las dos damas del bridge, querido — contestó Emma, que
no comprendía por qué estaba tan alterado.
—Sí, acabé por averiguarlo. Te vi a través de la ventana, la vieja apoyaba sus manos arrugadas
en tu brazo y ambas parecíais mantener una conversación muy íntima. No quiero que te mezcles con
esas dos viejas solteronas, no tienen nada que ver con nosotros ni nosotros con ellas. ¡Además, tienen
fama de hacer trampas en el juego!
—Claro que hacen trampas, Juan, todo el barco lo sabe, pero solo juegan por unas sumas
minúsculas.
—Y además —dijo Juan, cada vez más furioso—, además me hubiese gustado tenerte a mi lado.
Acabo de conocer a un hombre muy interesante: Ernst Helderlein, oriundo de Hamburgo, y también a
su esposa Margarethe. Me encontré con ambos en la cubierta y nos presentamos. Viajan a Buenos
Aires por negocios y su familia está emparentada con la compañía naviera. Esa relación podría
resultar muy provechosa para nosotros. ¿Te imaginas el bochorno que he sentido cuando no he
podido contestar a la pregunta de dónde se encontraba mi joven esposa?
¡Así que de eso se trataba: de vanidad ofendida!
—Quiero que te hagas amiga de Margarethe —añadió.
—¿Pero y si esa Margarethe no me gusta? —dijo Emma, a quien el tono autoritario de él le
resultaba profundamente desagradable.
—Eso, querida mía, está fuera de cuestión y además no tiene la menor importancia. Hemos
quedado en cenar juntos esta noche, ya he dispuesto que preparen una mesa para los cuatro, así que
ponte guapa y compórtate como una buena esposa.
Juan, que pese al alcohol se dio cuenta de que había ido demasiado lejos con sus últimas
palabras, intentó abrazarla.
—Emma, querida mía, esto lo hago por nosotros. Estaba preocupado por ti, sabes que en este
barco no solo hay pasajeros de primera clase, y prefiero no pensar en lo que esa chusma de allí abajo
podría hacerte.
Sabía que si depositaba un beso cariñoso en el cuello de Emma, ella dejaría de resistirse.
Las grandes arañas de cristal del comedor se deleitaban en hacer resplandecer las joyas de las
damas y en hacer brillar la gomina de los caballeros. Uno de los camareros acompañó a Juan y a
Emma hasta su mesa, donde Ernst y Margarethe ya los aguardaban; Emma los reconoció: era la joven
pareja que había derrotado a Ellie y a Clara Templeton en la partida de bridge y que recibió el
aplauso de la mayoría de los pasajeros por ello, pero no el de Emma. ¿Qué clase de victoria era esa,
consistente en estropear el placer de dos viejas señoras?
—¡Usted debe de ser Emma! —exclamó Margarethe. Llevaba guantes largos y un sombrero
demasiado llamativo—. Encantada de conocerla, siéntese a mi lado, así podremos charlar; dejemos
los aburridos temas políticos y económicos a los hombres, que para eso están.
Tras pronunciar esas palabras, Margarethe lanzó una mirada lasciva a Ernst, indicando
claramente que el deber de los hombres también consistía en algo más.
Junto a esa mujer fatal Emma se sentía pequeña y torpe; además, no consideraba que la política y
los negocios fuesen temas exclusivamente masculinos. Fue el inicio de una aburrida velada en la que
Margarethe monologó sobre el teatro, la última moda y varios cotilleos. ¿Emma ya sabía que en
ciertos restaurantes de mala fama se bailaba el tango? Claro que Emma había oído hablar del tango,
pero solo comentarios desfavorables: demasiadas cosas «inadecuadas». Margarethe soltó una risita
afectada. Supuso que Emma quiso decir «eróticas».
Margarethe bajó la voz y le lanzó una mirada elocuente.
—Pero si se trata precisamente de eso, mi querida Emma, eso es lo que lo vuelve tan excitante —
murmuró.
Emma no dejaba de dirigirle miradas a Juan en busca de ayuda, pero él estaba sumido en la
conversación con Ernst.
Cuando al final de la velada —que para fastidio de Emma se prolongó en el bar después de la
cena— volvieron a estar a solas, por fin pudo manifestar su desaprobación respecto de Margarethe.
—Es una ninfómana; además de tonterías sobre temas superficiales como las telas y las plumas
de los sombreros, lo único que tiene en la cabeza es «eso»: ya sabes a qué me refiero. La velada ha
sido insoportable, Juan, nunca me he sentido tan abochornada como junto a esa mujer. Apenas me
atrevo a preguntártelo, pero ¿estás seguro de que esos dos de verdad están interesados en establecer
un vínculo comercial con nosotros? No logro desprenderme de la sensación de que esa mujer y su
marido buscan algo más.
Juan la contempló con expresión divertida. Sí, él también tenía la sensación de que a Margarethe
le hubiera gustado hacer algún que otro jueguecito. Entonces abrazó a Emma.
—No te preocupes, querida, ahora nosotros dos somos una pareja y pasamos muy buenos
momentos juntos, así que una Margarethe no puede sacarnos de quicio.
Esa noche, al igual que todas las noches, se acostó con Emma y comprobó que la fantasía de que
no estaban solos durante el acto le dio alas. Por fin se tumbó sobre la almohada al lado de su mujer.
—Estas relaciones pueden ser muy valiosas para nosotros, para nuestros negocios quiero decir,
por supuesto
—dijo, dándole la espalda—. Por cierto: he pedido que dispongan una mesa para nosotros y los
Helderlein durante el resto del viaje.
Un momento después empezó a roncar suavemente. Emma se quedó de piedra.
¿Acaso realmente debería pasar cada velada con esa mujer tan vulgar?
Permaneció despierta mucho tiempo, su indignación se mezcló con una sensación de inseguridad.
Reflexionó sobre el papel de la mujer junto a un hombre. ¿Acaso la conducta de Juan era
absolutamente normal? Emma lo ignoraba y no había nadie a quien pudiera preguntárselo. Echaba de
menos a su madre; con ella hubiese podido hablar del asunto. Emma decidió que en adelante se
dedicaría a observar: quería aprender cuál era su función, qué debía hacer y qué no.
A partir de entonces pasaron todas las veladas con Ernst y Margarethe Helderlein. Noche tras
noche, Emma escuchó la cháchara estúpida y los comentarios descarados de Margarethe, y su
capacidad de fingir interés aumentaba cada día. Hasta Juan se dejó engañar. Cierta noche dijo que
quizá no fuese tan malo para ella que hubiera llegado a ese arreglo con los amigos —ya llamaba
amigos a los Helderlein—. Por más importantes que fueran los hombres, enredarlos resultaba muy
fácil. Una buena lección aprendida.
Emma notó, dolorosamente, que las Templeton, en especial su tan apreciada Ellie, se alejaban de
ella, y que sus encuentros se limitaban a una conversación casual y amable. Las dos viejas hermanas
aún no habían superado el duro golpe que supuso la partida perdida y trataban de enemigos a sus
adversarios. Tras una velada en el bar, cuando Juan y Emma llegaron a su suite, exhaustos y —al
menos Juan— borracho, Emma le preguntó qué opinaba su familia del hecho de que regresara con
una novia. No era muy normal que un hombre emprendiera un viaje tan largo y volviera con una
aborigen, por así decir. A Emma le hizo gracia su broma.
—Pero, querida —contestó Juan, que ya estaba bastante ebrio—, en casa saben que me he casado
contigo y están contentos. Les envié un telegrama y les informé de todo. Se alegran de mi excelente
elección.
—¿Tu excelente elección? Pero si no me conocen en absoluto.
—Pues verás —dijo Juan; Emma percibió su aliento a alcohol—. Hicieron averiguaciones sobre
tu familia, claro está.
—¿Que han hecho qué? —Emma se quedó sin palabras.
Mientras tanto, Juan fue al baño y siguió hablando a través de la puerta entreabierta.
—¿Pero tú qué habías pensado, tontita? Yo también hice averiguaciones, ¿o acaso crees que me
casaría con la primera mujer cuya belleza me hace perder la cabeza, así, sin más?
—Pero Juan... —tartamudeó Emma, porque ella había hecho eso, exactamente: casarse con él así,
sin más.
—Vamos, Emma, al fin y al cabo tu padre también fue a Liebenberg y averiguó todo lo necesario.
Me hubiese sorprendido que no lo hiciera.
Juan tenía razón: su familia también se había informado; sin embargo, Emma no logró
desprenderse de la sensación de que su decisión fue más espontánea que la de su flamante marido.
Juan salió del baño y le dedicó una sonrisa.
—Vamos, tesoro, lo más importante es que nosotros nos hemos encontrado y somos marido y
mujer, señora Emma Hechtl, Von Schaslik de soltera.
Una vez más, Emma no pudo resistirse al encanto de Juan, entre sus brazos no había lugar para
cavilaciones.
Los días iban transcurriendo a bordo del Cap Arcona. Con cada milla que dejaban atrás
abandonaban el invierno y empezaban a percibir el calor. Por fin cruzaron el ecuador, arribaron al
hemisferio sur y ya estaban en verano. Emma disfrutaba de la brisa primaveral en cubierta y dejaba
pasar las horas como las aguas que chapoteaban bajo el casco. Berlín cubierta de nieve y las
personas envueltas en pesados abrigos del puerto de Hamburgo quedaron muy atrás.
La sirena del transatlántico sonó, un sonido profundo y retumbante que arrancó a Emma de sus
meditaciones.
Juan corrió hacia ella.
—¡Ven al otro lado del barco, date prisa!
La tomó de la mano y la arrastró consigo, abriéndose paso entre damas mayores de grandes
sombreros y los caballeros de chaqué. Sus ojos brillaban y tendió la mano indicando el horizonte
donde apenas se destacaba una leve silueta.
—¡Mira, tesoro, eso de allí es Argentina! ¡Hemos llegado!
3
Christina abandonó el apartamento de su vecina sumida en sus pensamientos.
Contempló la nota que aparecía en el reverso de la tarjeta postal: «¡Este bandoneón alberga toda
mi vida!» Christina no dejó de repetir la frase pero no lograba descifrarla. ¿Por qué su madre había
conservado la tarjeta durante todos esos años? ¿Qué secreto se ocultaba tras ese recuerdo en blanco
y negro? No tenía ganas de trabajar, así que llamó a Pit a la redacción y se disculpó, diciendo que
necesitaba más tiempo, que estaba confusa y desconcentrada...
—Dile a Bettina que escriba el artículo sobre la iniciativa de crear actividades independientes.
Ya apareceré, pero aún no sé cuándo. ¡Agradezco tu comprensión, Pit!
Christina necesitaba tomar aire; tras cerrar las múltiples cerraduras se dirigió al parque. En la
acera se encontró con la señora Müller, a su lado renqueaba la vieja perra.
—Hola, señora Müller. Muchas gracias una vez más por ayudarme.
—Ay, hijita, ¡hace horas que pienso en ese instrumento musical y su posible significado!
—¿Se refiere al bandoneón? —preguntó Christina, más por cortesía que por interés; no tenía
muchas ganas de seguir conversando.
—No —contestó la señora Müller—, ¡no a un bandoneón cualquiera sino a este bandoneón!
—¿Cómo que a este?
—Bueno, la palabra «Este» aparece en mayúscula: «¡ESTE bandoneón alberga toda mi vida!»,
así que supongo que se refiere al instrumento que aparece en la foto.
Christina se quedó de piedra. ESTE bandoneón. Instintivamente, supo que se trataba de algo
importante, la historia se volvía emocionante... y no era cualquier historia, era la historia de su
madre.
De pronto a Christina le entró la prisa.
—¡Debo marcharme, señora Müller, después iré a verla!
Temblaba de excitación y en cuanto entró en el apartamento volvió a marcar el número de la
redacción y Pit contestó de inmediato.
—¿Qué? No, no pasa nada, que Bettina escriba el artículo, no te he llamado por eso. ¿Confías en
mí, Pit?
El silencio de Pit al otro lado de la línea demostró su experiencia profesional.
—Presta atención —prosiguió Christina—, voy detrás de una historia, no tengo ni idea de su
alcance, pero es muy importante para mí. Quiero seguir con el asunto, pero necesito tiempo. No sé
cuánto, pero de momento unos días.
¡Confía en mí!
Por fin Pit dijo que estaba de acuerdo, qué remedio. De todos modos, no podía imponerle nada a
Christina: cuando se le metía algo en la cabeza, no paraba hasta llevarlo a cabo.
Esa noche Christina le habló del asunto a su marido y, como era de esperar, Bernd no mostró el
menor entusiasmo.
—Bien —dijo, recorriendo la habitación de un lado al otro como si fuera Hércules Poirot—,
resumamos: en el cajón de la cómoda de tu madre había una tarjeta postal...
—No del todo, la tarjeta estaba detrás del cajón, ¡estaba oculta! —lo interrumpió ella.
—De acuerdo, tal vez sea un detalle importante —dijo Bernd, como si fuera un detective—. La
tarjeta estaba detrás de un cajón y en ella aparece un grupo de intérpretes de tango.
—Los Tangueros de Buenos Aires —dijo ella.
—Exactamente. Al parecer, la tarjeta es de los años veinte o treinta del siglo pasado. ¿Cómo lo
sabemos? Por una parte porque la tarjeta permite esa conclusión, por la otra, está esa nota en el
reverso en letra Sütterlin, escrita por algún alemán y cuyo nombre empieza por «E». La escritura solo
fue desarrollada en 1915 y estuvo prohibida en 1941 por el Partido Nacionalsocialista Obrero
Alemán, lo que supone que la escritura solo fue practicada durante un breve lapso.
Bernd había hecho algunas investigaciones y había descubierto una página web en la que
aparecían los caracteres Sütterlin.
—Así que la tarjeta fue utilizada por alguien que asistió a la escuela antes de la llegada de los
nazis y que guardaba alguna relación con ese cuarteto de tango de Buenos Aires. La tarjeta fue escrita
antes de la prohibición de la letra Sütterlin, o sea en años anteriores a 1941. O... —de pronto a
Bernd se le ocurrió una idea—, por una persona que aprendió a escribir en Alemania en aquella
época, pero que más adelante no vivió en Alemania, sino que fue de Alemania a Buenos Aires y
escribió la tarjeta allí con la letra que había aprendido —dijo, y derrumbándose un poco, añadió—:
Pero el modo en que esta llegó a Alemania sin sello ni dirección sigue siendo un misterio.
—Y sobre todo —dijo Christina—, qué diablos hacía la tarjeta en el cajón de mi madre. Ella
nunca estuvo en Argentina, no hablaba español y no bailaba el tango.
—¿Crees que podría guardar una relación con la familia de tu madre? ¿Sabes algo de su origen?
—No, nada en absoluto. ¡Lo sabes perfectamente! —dijo ella, irritada: ese tema le resultaba tan
desagradable como siempre le había resultado a su propia madre—. Es probable que la familia de mi
madre perdiera la vida durante uno de los últimos bombardeos de Berlín. Después de la guerra, ella
ingresó en un orfanato cuando era un bebé. No sabía nada acerca de su origen, ni siquiera quién la
había llevado allí.
—Pero ¿y si hubiese sabido algo? —preguntó Bernd tras una pausa.
Christina le lanzó una mirada, desconcertada.
—¿Quieres decir que mi madre me ocultó algo?
El golpe la afectó profundamente y se sintió mareada. Se agarró al apoyabrazos del sofá y pensó:
«¿Acaso mi madre me ocultó algo a mí, su única hija, o aún peor, me mintió?»
Bernd notó que se ponía pálida y trató de tranquilizarla.
—Perdona, seguro que todo fue una estúpida casualidad sin importancia.
Puede que tu madre hubiese comprado la cómoda de segunda mano y la tarjeta perteneciera al
dueño anterior.
—No, Bernd. Yo le regalé la cómoda e incluso la monté yo misma. Ni siquiera ha pasado mucho
tiempo de eso —dijo, meneando la cabeza—. Mamá escondió esa tarjeta detrás del cajón, Bernd —
añadió, clavando la vista en su marido—, creo que tienes razón, si bien preferiría que no fuese así.
Hay algo del pasado de mi madre que no encaja, nunca quiso hablar del tema de la familia conmigo.
Ni siquiera permitió que la acompañara al viejo orfanato, que está en el gran solar de la clínica del
convento. Se negó, incluso me prohibió que fuera allí por mi cuenta.
Christina siempre había partido de la base de que los recuerdos de esa época dolorosa de
privaciones afectaban a su madre y que por eso no quería rememorar el tiempo pasado en el orfanato.
¿Sería posible que su madre tuviera algo que ocultar, que supiese algo que Christina no debía
descubrir?
—Debo saber qué pasa con esa tarjeta, Bernd, por qué precisamente ese bandoneón alberga toda
la vida de alguien —dijo, y lo miró en busca de ayuda.
¡De repente parecía tan frágil!
—Lo sé, porque te conozco.
Bernd quiso abrazarla para consolarla y acariciarle la cabeza, pero ya no se atrevía a hacerlo. Su
vida en común había dejado escaso espacio para el cariño.
—También sé que resolverás el enigma.
Christina le sonrió, estaba exhausta; las últimas semanas le habían exigido un gran esfuerzo.
—¡Ven! —dijo Bernd, y le golpeó suavemente el hombro—. ¡Tratemos de dormir, ya es muy
tarde!
—Mañana por la mañana temprano iré al orfanato.
Entre tanto, el antiguo orfanato se había transformado en una clínica de Berlín Occidental; los
edificios sobrevivieron a la guerra casi sin sufrir daños. Christina conocía el convento de oídas,
debía desarrollar una estrategia para obtener acceso a los documentos del orfanato y optó por la
vieja mentira consistente en decir que era periodista y que estaba realizando investigaciones para un
artículo.
En su mayoría, la gente consideraba que el mundo mediático era tan brillante e interesante que la
perspectiva de disfrutar de un instante de gloria aún abría muchas puertas. Llamó a la administración
de la clínica y su mentira funcionó: la mujer que contestó la llamada telefónica estaba dispuesta a
proporcionarle información y le dijo que el antiguo orfanato se había convertido en una guardería,
que incluso las monjas del convento —que antaño habían dirigido el hospicio— seguían dirigiendo
el jardín de infancia, que se trataba de una medida destinada a no dejar sin trabajo a las pocas
religiosas que aún quedaban con vida.
La clínica se encontraba junto a la última parada de la línea de autobús.
Christina miró en derredor cuando se apeó, por fin descubrió un cartel que indicaba dónde se
encontraba la guardería y se encaminó hacia allí. Tenía mala conciencia, a su madre le hubiera
disgustado que hurgara en el pasado. El antiguo orfanato estaba detrás de una curva, al final de la
calle. Así que allí se había criado su madre, aprendido a caminar y a hablar, y desde allí ingresó en
una escuela de monjas para ganarse el sustento como ayudante de enfermera. El edificio estaba
pintado de color marrón, y un tejado a cuatro aguas cubría la primera planta; la casa parecía sencilla
y sólida, ni acogedora ni fría. Christina oyó el vocerío de los niños en la guardería. Giró el pomo y
la puerta se abrió.
Justo detrás de la entrada había un suelo de piedra gris y unos peldaños que daban a un claustro.
—¿Puedo ayudarla?
Christina dio un respingo y se volvió, no había notado la presencia de la portera. Una joven la
miró amablemente, Christina se presentó y le mostró su carné de periodista.
—Quiero escribir un reportaje sobre la infancia en el Berlín de posguerra. Sé que antaño esta
guardería fue un orfanato. También tendré en cuenta el asunto de los huérfanos en el reportaje, pues
en aquel entonces ese destino solía ser bastante frecuente...
Christina se dio cuenta de que hablaba demasiado; Pit tenía razón cuando afirmaba que carecía de
talento para fingir, pero la mujer detrás del mostrador parecía creerla.
—Lo mejor será que la lleve con la hermana Maria. Es la monja de más edad del lugar, tiene casi
noventa años y presenció aquella época espantosa.
—¿Acaso la hermana vive aquí, en esta casa? —preguntó Christina.
—¿Que si vive aquí la hermana Maria? ¡No, pero trabaja aquí! —dijo la joven, riendo al ver la
expresión de desconcierto de Christina—. La hermana Maria se encarga de la contabilidad y del
correo. ¡Quizá nos sobreviva a todos! —añadió, volviendo a reír.
Christina la siguió a lo largo de los pasillos.
—Es aquí —dijo la portera, y llamó a la puerta.
Del interior surgió una voz amable que dijo: —¡Adelante!
Christina entró en la habitación: muebles de madera de los años cincuenta, armarios persiana,
estanterías, casilleros sobre una alfombra amarillo-verdosa, y en medio de todo aquello había una
mujer muy vieja que le presentaron como la hermana Maria. La portera le explicó la petición de
Christina.
—Vaya, vaya —dijo la vieja con voz asombrosamente firme, y la contempló: la mirada de la
anciana expresaba una aguda inteligencia—. Pues entonces tome asiento, querida niña. ¿Qué es lo
que quiere saber, exactamente?
A Christina el tono familiar le resultó agradable y empezó a contarle su historia inventada: un
artículo sobre la infancia en el Berlín destruido por las bombas, los huérfanos y medio huérfanos, sus
destinos y fechas —las fechas y las estadísticas suponían un truco para echarle un vistazo a los libros
—, y...
—... quisiera averiguar cómo era la vida de esos niños en el Berlín de aquel entonces —dijo por
fin.
Entre tanto ya le habían servido una humeante taza de café. Maria había rechazado el
ofrecimiento.
—¡Su café acabará conmigo! ¡Es muy bueno! —exclamó, guiñándole un ojo a la joven portera
que volvió a soltar su risa cristalina.
»Bien, hijita, supongo que se trata de estadísticas, evaluaciones y cosas similares, ¿verdad?
—No me lo tome a mal, hermana, pero me gustaría ver la materia prima y hacer las cuentas yo
misma. Ya sabe lo que dicen: no te fíes de las estadísticas...
—... que tú no has falseado —dijo la anciana, completando la oración—. Bien, así que usted
misma quiere echar un vistazo a las actas; entonces vamos al archivo, pero primero necesito su
garantía de que ejercerá la más absoluta discreción. Protección de datos... usted sabe cómo las gastan
los funcionarios de los despachos.
Agarró un formulario y se lo tendió a Christina.
—Léalo, fírmelo y entre tanto iré a buscar las llaves.
La hermana Maria se apoyó en su sencillo bastón y abandonó la habitación con una agilidad
sorprendente. El plan de Christina funcionaba: la vieja monja parecía confiar en ella, así que
permaneció sentada y firmó la declaración, «... no revelaré datos personales ni los publicaré...», y
quizá descubriría el secreto de su madre antes de lo esperado.
—Tiene suerte, hija mía —dijo la hermana Maria cuando regresó y, de un vistazo, comprobó que
Christina había firmado el formulario—. Hace cierto tiempo hice trasladar todas las viejas actas del
desván aquí, a la planta baja, de lo contrario usted se hubiese visto obligada a sentarse en esa
buhardilla. Siempre necesito los comprobantes. La vieja regla de la contabilidad: ningún asiento sin
comprobante. Y por desgracia remontar las escaleras ya me cansa.
Christina tuvo que sonreír: que esa mujer tan vieja se lamentara de cierta dificultad para subir las
escaleras resultaba realmente encantador.
La hermana Maria recorrió un largo pasillo, al final abrió una puerta y ambas se encontraron en
un pequeño recinto con estanterías repletas de actas y carpetas.
—Usted acaba de decir que quería saber cuántos niños estuvieron aquí y en qué año. ¿Qué
período le interesa?
—El inmediatamente posterior al final de la guerra, es decir sobre todo el año 1945.
Christina sabía que, en el caso de los niños expósitos, numerosos orfanatos apuntaban la fecha
del ingreso como fecha de nacimiento, al menos cuando se trataba de bebés. Confiaba en que ese
hubiera sido el caso de su madre, pues solo así podría limitar el período que a ella le interesaba. La
anciana indicó un estante situado en la parte de atrás de la pequeña habitación; en el estante no había
actas individuales sino mohosas carpetas.
—Ha de buscar en esas carpetas, en la tapa figuran los períodos. ¡Écheles un vistazo! ¡Le deseo
mucha suerte! Y confío, querida niña, que no hurgará en las otras actas. Si necesita algo, estaré en mi
despacho.
Y entonces Christina se quedó sola entre los estantes repletos de historias de vidas convertidas
en papel. Todavía estaba sorprendida ante la facilidad con la cual le habían permitido acceder a ese
archivo. La confianza en Dios de la hermana Maria era evidente, pero eso era natural, ¿no?
Agarró una carpeta del estante donde ponía «1944 a 1947» y la apoyó en la pequeña mesa junto a
la ventana. Contenía un viejo archivador, las esquinas estaban dobladas, la tapa de cartón hinchada
por la humedad y los refuerzos metálicos, oxidados, pero las inscripciones en las amarillentas
etiquetas eran perfectamente legibles: estaban tan bien escritas que era como si las cifras y las letras
estuvieran impresas.
Mientras Christina contemplaba la carpeta, las actas se volvieron borrosas y se le aparecieron
imágenes terribles del último año. Los dos brotes de enfermedad de su madre, la primera operación y
la esperanza de que se repusiera, y después la espantosa recaída. ¿Realmente había esperanza tras la
operación o solo había sido una mentira de los médicos para que los últimos meses resultaran
soportables? Christina sacudió la cabeza. «¡Sé profesional, concéntrate en la tarea!», se dijo.
Agarró el archivador de 1945 y hojeó las páginas: cuentas, viejos comprobantes, cartas de
petición dirigidas a la dirección, cálculos de alimentos.
Las listas revelaban el hambre reinante durante el bombardeado Berlín. Planos detallados del
edificio... una de las puertas estaba tachada con lápiz rojo. En los actuales pasillos figuraban camas
que llegaban hasta los peldaños de la entrada.
Después le seguía una larga lista de apellidos. Antes de cada hilera aparecían dos letras y una
numeración consecutiva: aa, ab, ac, ad, ae... seguido de ba, bb, bc... etcétera. ¿A quién pertenecían
esos apellidos? ¿Eran los de los niños del orfanato? Febrilmente, Christina buscó el de su madre. Su
apellido de soltera era Bühnow, pero no figuraba en toda la lista. Recorrió las páginas con los
apellidos una y otra vez, pero no halló nada y empezó a desesperarse. Estaba tan cerca de descubrir
las raíces de su madre... Siguió hojeando y de pronto se quedó sin aliento: páginas de calendario en
las que cada día aparecían diversas cifras y detrás ponía «varón» o «niña». Ahí estaba la lista que
enumeraba cuántos niños habían ingresado en el orfanato y el día de su ingreso. Detrás de algunos de
los apellidos figuraban cifras, siempre seis, detrás de otros había una cruz. Christina tragó saliva.
Las hojas de calendario parecían las listas de una contabilidad: ingresos y gastos. Pero se trataba de
niños que habían perdido a sus padres y ya no tenían un hogar: un cuaderno de bitácora del horror. Le
llamó la atención el incremento de las cifras de niños y, en general, esos días también el de las
cruces.
Christina carecía de información histórica como para relacionar las fechas del calendario con los
acontecimientos de los últimos días de la guerra, del bombardeo de Berlín y de la ocupación de la
ciudad.
Buscó la fecha del cumpleaños de su madre con manos temblorosas. Ahí estaba: era un viernes y
recorrió la fecha con el dedo. Pero eso era imposible: no había ninguna entrada acerca de una niña
recién nacida que había perdido a su familia entre los escombros de Berlín y que un alma caritativa
había depositado en el orfanato. Christina acercó la página a la luz; tal vez la tinta se había borrado,
pero no: no aparecía ninguna entrada. Christina se apresuró a revisar los días anteriores y
posteriores: varón, varón, niña con una cruz, varón, nada, nada que encajara. Su madre no figuraba.
Y otra vez esas imágenes atroces: su madre en el hospital, aún sin despertar tras la anestesia, las
miradas insondables de los médicos, los gestos compasivos de las enfermeras... ¿Y ahora resultaba
que su madre no aparecía en ese calendario? ¿Su madre, cuya vida empezó y acabó de manera
dolorosa? ¿Sencillamente no aparecía en ese calendario? ¿Acaso ni siquiera se merecía ser
nombrada? ¿Es que todo el mundo se había conjurado en su contra? Christina estalló en sollozos.
De pronto notó que alguien le rozaba el hombro y pegó un respingo. La anciana monja estaba
detrás de ella y le acariciaba el cabello.
—Tranquilícese, hija mía.
Christina se volvió hacia la monja y dejó que la abrazara.
—¡Todo irá bien! —dijo la monja en voz baja.
Agradecida, aceptó el pañuelo que le tendía la hermana Maria y entonces notó que sus lágrimas
habían emborronado una parte del viejo calendario y, avergonzada, balbuceó una disculpa.
—¿Por qué no me cuenta qué está buscando? —dijo la monja, mirándola directamente a los ojos
—. ¿Por qué ha venido?
Poco después ambas estaban sentadas en el despacho de la monja. Maria le había servido un café
caliente y esa vez ella también bebió una taza.
—Supe de inmediato que me estaba engañando, usted no tiene talento para mentir —dijo la
anciana con una sonrisa bondadosa.
—Sí, lo sé.
—Tómelo como un cumplido, prefiero a las personas incapaces de mentir.
—¿Está enfadada conmigo?
—Verá —dijo la monja—, ya he oído tantas historias en este lugar, me han soltado tantas
mentiras y, en general, eran mujeres jóvenes como usted en busca de su propio pasado. No quiero
impedir esa búsqueda; sé muy bien que mi conducta no es totalmente legal, desde luego, pero... —
añadió con una sonrisa—: ¿Qué me podrían hacer a mí, a mi edad? ¡Así que suelte la lengua, hijita!
Christina le habló de su madre, de que sabía que había perdido a su familia durante un
bombardeo y que en 1945 ingresó en el orfanato de bebé. Habló de sus vacaciones a orillas del mar
Báltico, de los fines de semana en el Wannsee, de su padre al que nunca había conocido, de lo mucho
que sufrió su madre y que había fallecido.
—Al vaciar el apartamento encontré una vieja tarjeta postal en un cajón; no tengo ni la más
remota idea de quién se la dio y por qué la escondió. A mi marido se le ocurrió que quizá guardara
una relación con el origen de mi madre.
Tal vez es una idea estúpida, a lo mejor he malgastado su tiempo inútilmente.
—No diga eso. ¿Cómo se llamaba su madre?
—Marianna, Marianna Bühnow.
—¡Marianna! —exclamó la monja con lágrimas en los ojos—. Marianna... ¿y ya ha muerto?
¡Pobrecita! ¡A veces los caminos de Dios resultan difíciles de comprender, pero no nos corresponde
entenderlos o juzgarlos!
—¿Usted recuerda a mi madre?
De pronto Christina tuvo esperanzas.
—Sí, hasta recuerdo muy bien a su madre. E incluso recuerdo la tarjeta postal: era una foto de un
grupo musical de Buenos Aires, ¿verdad?
Christina se quedó boquiabierta.
—¡No me mire así! No tengo recuerdos tan claros de todos los niños que pasaron por aquí, pero
cuando depositaron a su madre en el orfanato de bebé, era justo el primer día que empezaba a servir
en el orfanato. Aún era una novicia y su madre fue el primer niño que acepté, que alcé en brazos y —
he de confesarlo— al que tomé cariño. Piense en el nombre de su madre. En aquel entonces yo era
bastante egocéntrica y bauticé a la niña con mi nombre: hermana Maria, antaño todavía la novicia
Maria.
—Hermana Maria, quiero saberlo todo sobre mi madre. Cómo era, a qué jugaba de niña, si tenía
amigos, qué la hacía reír... ¡todo!
Era la primera vez que Christina oía hablar a alguien de su madre. Era una niña muy despierta,
pronto se encargó de ciertas tareas en el orfanato y, pese a que se entendía muy bien con todas las
monjas y también con casi todos los niños, quería abandonar el hospicio lo antes posible. Por eso se
apresuró a formarse como ayudante de enfermera.
—¿Y quiénes eran los Bühnow? Si el apellido de mi madre realmente es Bühnow, debe de haber
existido una familia con ese nombre, ¿no?
—Creo que ahora tendrá que ser bastante fuerte, hija mía. Le he contado que el día que su madre
ingresó, también era mi primer día de trabajo. Bien... —la hermana Maria hizo una pausa y tomó aire
—... es verdad que empecé a trabajar como novicia el mismo día y el mismo mes que figura como el
del cumpleaños de su madre, pero no fue en 1945 sino en 1947. ¡Su madre nació dos años después
del final de la guerra!
Christina no daba crédito a sus oídos. ¿Cómo podía ser? ¿En 1947? ¿Dos años después de los
últimos bombardeos?
—Pero la familia de mi madre sucumbió durante un bombardeo, ¿no? Los Bühnow murieron por
las bombas...
La hermana Maria suspiró.
—Es probable que los Bühnow nunca existieran, al menos yo nunca conocí a una familia con ese
apellido. Enseguida comprenderá por qué recuerdo la tarjeta postal de su madre. En el reverso ponía
algo sobre Buenos Aires. Teníamos que ponerle un nombre a la niñita, así que se me ocurrió la idea
de convertir Buenos Aires en «Büno», es decir pronunciar la u y la e como «ü» y añadir una «h» y
una «w». Así se generó el apellido Bühnow —dijo la hermana Maria, y le lanzó una mirada con
cierta preocupación a Christina—. ¿Puede soportar otra verdad más?
Christina asintió. Esas novedades la dejaban muda.
—Su madre fue entregada por una mujer muy joven, en realidad casi una niña: solo tendría
diecisiete o dieciocho años. Esa era la madre de su madre, es decir su propia abuela. Tenía un
aspecto lamentable, el hambre y el miedo la habían marcado. Eran años horribles, usted no podría
imaginarse la miseria que reinaba en Berlín. Esa jovencita estaba desbordada, no hubiese podido
criar a su madre; puede que incluso ella misma ya no tuviera padres, tal vez había perdido a su
familia. La guerra es muy cruel y su crueldad afecta a todos, tanto a una jovencita como a un recién
nacido. Cuando le cambiamos los pañales a la pequeña Marianna, es decir a su madre, descubrimos
la tarjeta postal de la que usted habló. Supongo que la muchacha había metido allí la única dote que
podía darle a su hijita. Pero antes de que me lo pregunte: no, yo tampoco sé qué significa esa tarjeta
postal.
Tras un largo silencio, Christina recuperó el oremus. ¿Así que su madre no era la trágica víctima
de un bombardeo sino una hija expósita, abandonada por su madre, que era casi una niña? ¿Y el
nombre y el apellido de su madre eran el invento de una novicia y en realidad había nacido dos años
después del final de la guerra?
—¿Qué significa todo esto? —preguntó Christina, desamparada.
—¿Quién puede saber las motivaciones de las personas? De niña su madre ya se avergonzaba
porque no era una auténtica huérfana. Tuvo que aprender a asimilar que su propia madre la había
abandonado, pero no podía aceptarlo.
Sospecho que mediante la pequeña mentira acerca de su fecha de nacimiento su madre intentó que
su propia biografía no fuese tan insoportable. Para una huérfana en el Berlín destruido por las
bombas, hacer semejante corrección resultaba fácil. Ya no había más papeles ni documentos y
durante los años posteriores a la guerra teníamos cosas más importantes que hacer que ocuparnos de
formalidades.
—Entonces supongo que no tengo la menor posibilidad de descubrir quién es la auténtica madre
de mi madre, es decir, mi abuela.
La palabra «abuela» le sonó muy extraña.
—Pues yo no diría eso.
La hermana Maria la contempló sonriendo y le pidió que fuera a buscar el archivador
correspondiente al año del nacimiento de su madre. Christina recorrió el pasillo a toda prisa y un
instante después regresó con la carpeta del año 1947. Y en efecto: al revisar las hojas del calendario,
encontró la entrada. El día en que una mujer joven abandonó a su madre en el orfanato ponía «1
niña».
Una niña: esa era su madre.
La monja le sonrió.
—Seguro que vio las seis cifras que aparecen tras las entradas, ¿verdad?
Christina asintió.
—¿Y vio que tenemos tablas de nombres numeradas con dos letras consecutivas?
Christina volvió a asentir con la cabeza.
—Se corresponden con un sistema cifrado originario de la Primera Guerra Mundial. Un oficial
inglés nos lo enseñó y desde entonces dichas tablas fueron empleadas en la contabilidad del orfanato.
En una casa ordenada nada desaparece. Mientras usted iba en busca del viejo archivador, encontré la
vieja tabla.
Solo unos minutos después, la anciana encontró el nombre que se correspondía con «1 niña»
mediante una viejísima tabla para descifrar de la época de la guerra: Hannelore Schamitzke.
Christina se quedó muda. Así que Hannelore Schamitzke era su abuela. Las lágrimas se
derramaron por sus mejillas y por fin abrazó a la anciana sentada en su silla de escritorio que por
poco pierde el equilibrio.
—Usted no puede imaginar lo que esto significa para mí, hermana Maria.
—Sí, querida, sí que puedo. Y precisamente por eso lo he hecho.
Tras volver a abrazarla, Christina se despidió y se apresuró a salir.
De camino llamó a su marido. Cuando Bernd le dijo que tenía una reunión al cabo de cinco
minutos hizo caso omiso de su comentario y le soltó un torrente de palabras: tenía que contarle a
alguien todo lo ocurrido. Estaba totalmente confundida: demasiadas novedades, demasiadas cosas
increíbles. Su madre le había mentido durante toda la vida y el enfado que ello le causaba se
confundía con la compasión. Le contó la búsqueda en el archivador a su marido con todo detalle. Por
fin logró ponerle punto final a la historia.
—Esa mujer, la que depositó a mi madre en el orfanato, es mi abuela y se llama Hannelore
Schamitzke.
—¿Y ahora qué piensas hacer? —preguntó Bernd, aunque en realidad la pregunta era superflua,
pues era evidente que Christina insistiría en buscar a esa mujer o a su familia; esa Hannelore
Schamitzke debía de tener más de ochenta años y quizá ya no estuviera viva.
Entre tanto, Christina había montado en el autobús.
—Dentro de un momento ya no tendré cobertura, hablaremos esta noche.
En cuanto regresó a casa empezó a investigar, se conectó a todos los buscadores, las compañías
telefónicas y los listines, pero no obtuvo ningún resultado. Empezó a desesperarse: era bastante
improbable que esa mujer siguiera llevando su apellido original, quizá se había casado, creado una
familia y vivía feliz, rodeada de sus hijos y nietos, y había olvidado a su primera hija.
Christina se sintió invadida por el rencor, y este dio paso a una ira descontrolada debido a la
injusticia con la que esa mujer había tratado a su madre.
De noche, cuando Bernd regresó a casa, encontró a Christina sentada ante el ordenador,
completamente deshecha; apenas alzó la vista cuando él entró en la habitación: por lo visto su
búsqueda no había sido exitosa.
Entonces depositó una nota en el teclado, fingiendo indiferencia.
—Ignoro el número de teléfono por desgracia: Hannelore Kerzenzieher, Schamitzke de soltera,
sin hijos, calle Grübchengasse 14, Berlín.
Christina casi no podía dar crédito al tesoro que Bernd le proporcionaba y se volvió lentamente.
—¡Que sea la última vez que te quejas de que tu marido trabaja como funcionario! —dijo Bernd,
dedicándole una sonrisa—. ¡Hay que tener contactos, conocer a alguien de la oficina de
empadronamiento!
Christina se puso de pie y lo abrazó, hacía tiempo que no habían estado tan cerca el uno del otro.
Cuando volvieron a separarse ella casi parecía aturdida y, con cierta timidez, Bernd prosiguió la
conversación diciendo que un colega del sector informático de la oficina de empadronamiento era un
viejo conocido.
—¿Quieres decir que lo convenciste de que husmeara para mí?
Christina lo contempló con expresión de incredulidad: eso no encajaba con él en absoluto.
—Bueno, no del todo, coordino un proyecto relacionado con los bancos de datos. Me puse en
contacto con él como coordinador y le pedí que hiciera una no oficial prueba al azar. No sé si se dio
cuenta, ambos evitamos hablar del tema.
La Grübchengasse estaba en Berlín Oriental y Christina condujo hasta allí en coche; en el bolso
llevaba la vieja tarjeta postal y se detuvo ante el número 14.
Era un austero edificio de ladrillo de los años treinta, similar a los demás que bordeaban la calle
a ambos lados, uno de esos polígonos obreros erigidos con rapidez para albergar a muchas personas.
Un ribete de ladrillos adornaba la puerta de entrada.
Cuando llamó al apartamento donde ponía «Kerzenzieher» el corazón le latía muy deprisa. Una
cortina se movió en una ventana en la parte superior de la casa, un momento después oyó el zumbido
del interfono y Christina entró.
¿Qué aspecto tendría esa mujer que había abandonado a su madre? ¿Cómo sería su abuela?
En cada planta leyó las placas de las puertas donde aparecían los nombres de los inquilinos y por
fin, en la tercera, encontró la que ponía «Kerzenzieher».
Christina temblaba, estaba muy nerviosa, pero antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió... y
fue como recibir una descarga eléctrica: estaba mirando a su madre a los ojos. El parecido era
incuestionable, el mismo color, la misma mirada intensa. Oyó la voz de la mujer como a gran
distancia, como si tuviera que abrirse paso a través de la oleada de emociones que la embargaban,
había olvidado todo lo planeado, las palabras preparadas con anterioridad y, en vez de decir algo,
Christina metió la mano en el bolso, sacó la vieja tarjeta postal y se la tendió a la mujer.
Esta la contempló con el ceño fruncido y sostuvo la tarjeta a cierta distancia.
Cuando se puso las gafas, colgadas de una barata cadena de cuentas de cristal, y reconoció la
vieja foto, su mirada recorrió la imagen en blanco y negro. La postal temblaba en su mano y la
anciana clavó la vista en Christina, incrédula. El silencio reinante entre ambas mujeres narró una
historia de decenios a la velocidad del rayo.
—¿De dónde ha sacado esta tarjeta?
—Le pertenecía a mi madre.
La mujer se llevó el pañuelo a la boca... estaba sollozando.
—Entonces mi pequeña niña sobrevivió...
La anciana tardó unos momentos en recuperarse; Christina tampoco podía contener las lágrimas.
Hannelore Kerzenzieher, Schamitzke de soltera, la invitó a pasar a su apartamento, ambas
tomaron asiento en dos viejos sillones tapizados y se secaron las lágrimas. Finalmente, la vieja mujer
fue la primera en volver a hablar.
—No sé qué decir. Si la tarjeta pertenecía a su madre, entonces usted es... bien, entonces tú eres
mi nieta y yo, tu abuela, ¿verdad?
—¡Sí, creo que así es!
Pese a la emoción, esa mujer desconocida no despertó una sensación de parentesco en Christina.
—Aún no me he presentado: me llamo Christina —dijo, y las dos mujeres intercambiaron
miradas tímidamente—. Me resulta difícil decirle «abuela» o «abu», pero tratarla de usted sería una
tontería —añadió, abochornada.
—Entonces deberíamos llamarnos por nuestros nombres de pila: ¡Hannelore y Christina!
La vieja mujer que hacía unos minutos se había convertido en su abuela había vuelto a calmarse.
—Sí, muy bien... ¡Hannelore!
—¡Christina!
—¿Café? —preguntó su abuela, y ella la siguió hasta la cocina.
A grandes rasgos, Christina resumió cómo la había encontrado; era un relato cronológico que
comenzó con el vaciado del apartamento y que acabó con el modo en el que se había hecho con la
dirección de Hannelore.
—¿Y antes? ¿Cómo fue la vida de mi pequeña? ¿Era feliz? ¿Tuvo un matrimonio feliz? ¿Tienes
hermanos? ¿Dónde vivían?
Entonces la ira volvió a invadirla: ahí estaba esa mujer charlando en la cocina, preparando café
como si ambas estuvieran refiriéndose a una vieja tía o quizás a una amiga de la escuela. Pero resulta
que hablaban de la niña que esa mujer había abandonado.
—¿No te parece que deberías haberte hecho esas preguntas antes de abandonar a tu propia hija
así, sin más? Durante toda su vida, mamá se avergonzó de ser una niña expósita de la que se
deshicieron como si fuera basura. ¡Se avergonzaba tanto que incluso me mintió a mí, su única hija!,
¡inventó la historia de una familia muerta en un bombardeo y falsificó la fecha de su nacimiento! ¿Y
ahora que mi madre ha muerto me preguntas si su vida fue bonita?
Christina no tenía la intención de expresarse con tanta dureza: fue como si un montón de flechas
se hubiesen clavado en la anciana. Meneó la cabeza y con los ojos llenos lágrimas, le lanzó una
mirada suplicante.
—Ay, Christina, tienes razón. ¿Acaso crees que no me hice reproches durante toda la vida? No
dejé de preguntarme si mi hijita habría sobrevivido y qué se había hecho de ella. Sufría muchísimo
cada vez que llegaba el día de su cumpleaños; en aquel entonces, tras abandonar el orfanato, quise
poner fin a mi vida, no quería vivir cargando con esa culpa pero tenía que salir adelante, pues debía
ayudar a mi propia madre, solo podíamos sobrevivir juntas. Todo es tan absurdo... Mi difunto esposo
y yo nos moríamos por tener un hijo, pero no fue posible. Y yo sabía que allí fuera, en alguna parte,
estaba mi hija carnal. No, no lo sabía, pero confiaba en ello. ¿Qué aspecto tendría? ¿Qué color de
pelo? ¿Era alta o baja, gorda o delgada? Solía mirar a las mujeres por la calle, tal vez una de ellas
era mi hija, a la que ni siquiera pude ponerle un nombre...
La cólera de Christina se disipó y recordó el montón de fotos que llevaba en el bolso. Poco
después, ella y Hannelore estaban sentadas una junto a la otra, y las lágrimas de emoción se
derramaban por el rostro de la anciana.
—¡A esa edad tu madre se parecía a mí!
—Sí, lo noté enseguida, tenéis los mismos ojos.
—Nosotras dos tenemos los mismos ojos, Christina.
Ambas se sonrieron. Aunque solo había traído un puñado de fotos consigo, ella y su recién
descubierta abuela las contemplaron durante mucho tiempo. A Christina le alegraba poder relatar su
vida, era como si su madre volviera a estar presente, casi como un vínculo entre ambas generaciones.
Y Hannelore disfrutaba escuchando los recuerdos que ella misma no pudo albergar. Por fin la última
foto reposó en la mesa.
Hannelore inspiró profundamente.
—Bien, supongo que ha llegado el momento de que yo te cuente mi historia — dijo, bebió otro
sorbo de café y volvió a llenar las tazas—. La guerra había terminado, Berlín estaba en ruinas, las
ratas se paseaban por encima de los escombros y la gente buscaba sus bienes, o los de otros, entre
los restos.
Pasamos hambre y frío. Incluso meses después de la guerra aún encontrábamos cadáveres entre
los destrozos. Nadie debería experimentar algo semejante y ningún niño por supuesto. Y en aquel
entonces yo era una niña; cuando empezó la guerra no había cumplido los diez, tuve que convertirme
en adulta con demasiada rapidez. Nuestro padre fue reclutado muy pronto y mi madre, mi hermanito
menor y yo vivíamos solos en un gran apartamento. Mi padre ocupaba un puesto bien remunerado en
la administración, nos iba muy bien...
¡pero no era un nazi! —añadió Hannelore, alzando el dedo para subrayar la última frase—. Mi
padre cayó en el frente. De pronto mi madre y yo supimos que debíamos arreglárnoslas solas, junto
con mi hermanito, que era demasiado pequeño como para comprender lo que ocurría.
—¿Qué se hizo de tu hermano?
—¡Murió hace tiempo! —dijo Hannelore con expresión entristecida—. Una noche, durante el
bombardeo, huimos demasiado tarde, nos dirigimos al búnker demasiado tarde. Una piedra le
destrozó la cabeza... en brazos de mi madre. Un trozo de la piedra hirió a mi madre en el rostro y a
partir de entonces se quedó ciega de un ojo.
El silencio era absoluto, solo interrumpido por el tic-tac del reloj de pared.
Christina agarró la cafetera, le lanzó una mirada interrogativa a su abuela, esta asintió y le sirvió
otra taza.
—Mi madre y yo sobrevivimos. No sé cómo lo logramos, pero sobrevivimos a la guerra. A las
noches de los bombardeos siguió el pánico ante las hordas que recorrían las calles asesinando y
saqueando. Las violaciones estaban a la orden del día, pero tuvimos suerte. Yo me ocultaba y
supongo que el ojo deformado de mi madre la ayudó. Una amarga ironía del destino, ¿no te parece?
La guerra había acabado, Alemania ya no existía, Berlín era un montón de escombros humeantes y ahí
estábamos esas dos mujeres... bueno, yo aún era una muchacha.
La casa en la que vivíamos todavía estaba en pie; la vivienda había sido saqueada, desde luego,
pero aún quedaban unos pocos muebles; tratamos de poner orden.
El espacio habitable era escaso, porque los apartamentos de Berlín fueron subdivididos, y mi
madre y yo estábamos aterradas: ¿acaso debíamos compartir nuestro hogar con unos desconocidos?
¿A largo plazo y sin poder elegir?
¿Quién garantizaba nuestra seguridad? Puede que en ese momento nuestros temores carecieran de
fundamento. Bien, ideamos un truco para poder ejercer cierta influencia en la elección de los
compañeros de piso: abrimos una suerte de pensión, pero no creas que era una pensión como las de
ahora. En el fondo, la pensión era casi idéntica a los otros apartamentos donde las personas se veían
obligadas a convivir. Pero nuestros compañeros de piso eran huéspedes, solo se quedaban durante un
tiempo limitado y eso nos proporcionó la sensación de que seguía siendo nuestro hogar. No sé de
dónde sacó la fuerza mi madre para seguir viviendo: había perdido a su marido, había visto morir a
su hijo en sus brazos, estaba mutilada... quizá siguió viviendo porque se sentía responsable de mí.
Hannelore tragó saliva y se sumió en sus recuerdos: en aquel entonces había sido demasiado
cobarde como para hacerse cargo de dicha responsabilidad con respecto a su propia hija, pero
¿qué debería haber hecho? Cuando le dijo que estaba embarazada, su madre se horrorizó y le hizo
violentos reproches. ¿Acaso ambas no tenían bastantes problemas? ¿Cómo creía ella, Hannelore,
que alimentaría al niño? Y, además, ¡qué vergüenza! Ni siquiera era una adulta y ya estaba
embarazada. Ojalá pudieran quitárselo. Hannelore permanecía sentada ante la mesa de la cocina
con ojos llorosos y dejó que su madre decidiera: del mismo modo en que su madre se encargaba
de que sobrevivieran, también se encargó de esa situación y decidió que el niño debía ser
entregado en un orfanato.
Tenía que arreglárselas para que el bebé naciera en secreto y ocultar el embarazo.
A partir de entonces las prendas de Hannelore se volvieron cada vez más amplias. Los que
compartían el apartamento se sorprendieron al ver que la muchacha se escabullía por la casa con
expresión avergonzada, envuelta en prendas que parecían un saco, pero en aquel entonces nada
resultaba realmente extraño. Al final de su embarazo, la joven Hannelore apenas osaba
abandonar la cocina y solo recorría el pasillo cuando nadie la veía. Era muy posible que algunos
de los huéspedes incluso ignoraran su existencia.
El sótano, la mugre, las ratas, la sangre que se mezclaba con el agua podrida que brotaba de
las tuberías rotas... Hannelore prefería no recordar el parto. Poco después, cuando pudo volver a
andar, su madre la obligó a llevar el bebé al orfanato. Las monjas gozaban de una excelente
reputación incluso antes de la guerra. Además, su madre había averiguado que las bombas casi no
habían afectado el terreno y era de suponer que la gran distancia a la que se encontraba respecto
de la ciudad también supuso un motivo para que su madre lo escogiera: estaba suficientemente
alejado de su vida cotidiana.
Fue el momento más atroz de la vida de Hannelore. Una mujer joven, una novicia a juzgar por
su hábito, se hizo cargo de su hijita. La monja le sonrió, debía de haber visto lo mal que se
encontraba. Le preguntó si quería declarar su nombre, aunque nunca se lo dirían a su pequeña
hija, pero así más adelante tendría la oportunidad de volver a encontrarla.
Christina no interrumpió el silencio. Se percató de que la anciana estaba sumida en sus
recuerdos. Finalmente, Hannelore pareció regresar al presente y Christina la animó a seguir
hablando.
—Así que teníais una especie de pensión...
—Ay, sí, nuestra pensión. La mayoría de los habitantes eran extranjeros, muchos rusos, claro
está, puesto que nos encontrábamos en el sector ocupado por los soviéticos. Bien, y un día apareció
Óscar.
—¿Óscar?
—Óscar Hechtl, de Buenos Aires —dijo su abuela con una sonrisa luminosa: no hacía falta saber
mucho de los seres humanos para interpretar dicha sonrisa —. Óscar era joven, apenas un poco
mayor que yo, y era increíblemente apuesto.
Has de tener en cuenta que los hombres que conocía en aquel entonces eran viejos o estaban
heridos. Y, sobre todo, estaban demacrados, pero Óscar no.
Provenía de una acaudalada familia argentina y aún hoy ignoro qué lo llevó al Berlín destruido
por las bombas tan poco tiempo después del fin de la guerra.
Pero allí estaba ese joven apuesto. Hablaba alemán; «Hechtl», su apellido, indicaba que sus
antepasados eran alemanes y yo me derretí, era como mantequilla en sus manos. Sé que ahora todo
eso suena inimaginable, querida, pero la guerra acababa de terminar, yo había perdido a media
familia y no sabía cuánto tiempo me quedaba a mí. Era jugar con fuego, Óscar y yo éramos jóvenes,
jóvenes y estábamos enamorados. Vaya, si he de ser sincera, yo estaba enamorada pero para Óscar
más bien supuso una diversión pasajera con una autóctona. —Hannelore soltó una amarga carcajada
—. De día, Óscar se ausentaba. De noche, cuando regresaba, sus ropas estaban cubiertas de polvo.
Como era extranjero, podía desplazarse con bastante libertad entre los sectores.
Y por las noches me escabullía del dormitorio de mi madre, el trabajo y las preocupaciones
hacían que se durmiera profundamente. Pasé momentos maravillosos con Óscar, anhelaba la alegría y
la calidez, toda mi infancia y mi juventud estaban marcadas por la guerra, Óscar satisfizo mis ansias
de armonía.
Hannelore bajó la vista, avergonzada.
—Nuestro romance solo duró unos días y entonces de pronto me dijo que se marchaba de Berlín.
Óscar Hechtl, mi gran amor, estaba en la cocina de mi madre y pagaba su habitación... con café, la
moneda secreta. Se me encogió el corazón. Óscar me miró por última vez, luego agarró su maleta y
cerró la puerta a sus espaldas. Así, sin más. La puerta estaba cerrada y no volvería a verlo.
Todavía pude oír sus pasos en la escalera, pero se apagaron con rapidez. Mi madre me lanzó una
mirada, sorprendida. Me pregunto si ya sospechaba algo.
No lo sé. Me dijo que fuera a la habitación de Óscar e hiciera orden y limpiara.
Cerré la puerta con llave y me tumbé en la cama, llorando. Las toscas mantas y la sábana gris aún
conservaban su aroma... nuestro aroma.
La anciana interrumpió su relato.
—¿Y entonces qué pasó con esta tarjeta postal? —preguntó Christina, insistiendo para que su
abuela retomara el hilo.
—Sí, claro. En algún momento dejé de llorar: los niños de la guerra debíamos ser prácticos. Así
que limpié la habitación. Barrí el suelo de madera y entonces encontré esa tarjeta postal debajo de la
cama. Óscar debía de haberla perdido, era obvio que le pertenecía. En aquel entonces las palabras
escritas en el reverso también me desconcertaron. Guardé la tarjeta en mi desgastado delantal:
¿acaso sería lo único que podía conservar de él? Unas semanas después supe que aquel no era el
único recuerdo del tiempo que pasamos juntos. La primera que notó mi cambio corporal fue mi
madre: yo no tenía ni idea de lo que significaba un embarazo. Mi madre logró mantenerlo en secreto
y también el parto. Fue ella quien decidió entregar mi niñita en el orfanato de las monjas.
Cuando Christina quiso interrumpirla, Hannelore se resistió.
—Sí, sí, sé que debería haberme negado, claro que no puedo cargarle la culpa a mi madre.
Entonces oculté la tarjeta entre los trapos que usamos a guisa de pañales. Quería darle algo a mi hija
y la tarjeta postal era lo único valioso que poseía. Bien, a partir de entonces tú conoces la historia
mejor que yo.
Hannelore parecía exhausta pero también aliviada y contempló a su nieta.
—¿Sabes que a excepción de mi madre, tú eres la única que conoce esta historia, Christina?
Christina tragó saliva. No estaba muy segura de que aquello supusiera un honor.
Óscar Hechtl, el gran amor de su abuela, nunca regresó y jamás se enteró de que tenía una hija.
Más adelante, Hannelore conoció al hombre que se convertiría en su marido y ambos se mudaron a
Rostock. Su madre, su marido... hacía años que habían muerto.
Después regresó a Berlín, su ciudad natal, antaño capital de la República Democrática Alemana.
A lo largo de los años el deseo de averiguar qué había sido de su pequeña hija, del bebé, no dejó de
aumentar. Pero el Telón de Acero —Hannelore se encontraba del lado oriental y el antiguo orfanato
de las monjas del lado occidental— imposibilitaron cualquier comunicación.
Finalmente se resignó. Consideraba que el hecho de no volver a ver a su hija nunca más era un
castigo del destino.
4
Emma estaba impaciente por pisar suelo argentino. Tras apenas tres semanas de navegación a
través del océano, ella y Juan por fin alcanzaron la costa argentina; el Cap Arcona ya emprendía
rumbo a Buenos Aires a lo largo del Río de la Plata. Juan le explicó el significado de las palabras.
No se vislumbraban las costas.
¡Era un río muy ancho! Si el profundo color azul del océano no hubiese dado paso al sucio gris
pardusco del río, Emma habría creído que aún estaban en alta mar. Juan la corrigió con una sonrisa,
diciendo que el río no era gris pardusco sino que brillaba como plata líquida: cuando el sol ocupara
el ángulo correcto ella lo notaría.
Aunque ni siquiera habían abandonado el transatlántico, Europa, Berlín, su familia y su antigua
vida ya estaban muy lejos. Era principios de diciembre y todo estaba verde y lleno de vida, resultaba
muy difícil imaginar el frío invernal de su hogar berlinés. ¿Su hogar berlinés? No, eso ya no era así,
ahora su hogar se encontraba en Argentina.
Arribaron al puerto de Buenos Aires y, al igual que muchos otros pasajeros, Emma observaba
fijamente la orilla. Vio villas miserables de latón ondulado y tablas de madera pintadas de colores
vivos. Entre estas reinaba un gran ajetreo: arrojaban pescados de unos cubos de cinc a otros cubos
más pequeños, había redes de pesca tendidas al sol y niños mugrientos colgados de las faldas de sus
madres. Ancianas con vestidos de lana negra, chaquetas tejidas y andares de pato, se lamentaban en
voz alta. Olía a pescado, aire de mar y petróleo.
Emma no dispuso de mucho tiempo más, los gruesos cabos ya estaban amarrados a las bitas del
muelle, y el Cap Arcona se detuvo. Apoyaron una larga rampa contra el barco destinada a los
pasajeros de primera clase; estos descendían hacia un estrado adornado de flores desde el cual una
ancha escalera daba al muelle. Y a lo largo de una valla cubierta se alcanzaba...
—... la oficina de Inmigración —dijo Juan—. Todos los recién llegados deben pasar por ahí,
pero no te preocupes, mi familia ya lo ha organizado todo.
«Organizado»: una manera simpática de referirse al pago de un soborno.
—No has de preocuparte, lo más probable es que podamos pasar sin cumplir con otras
formalidades o someternos a un cacheo.
—¿Un cacheo? —exclamó Emma, horrorizada.
—No te preocupes, tesoro —contestó Juan—. No permitiré que te pongan en cuarentena —
añadió, sonriéndole a su aterrada mujer. Emma le pellizcó el brazo: la había asustado.
Había llegado la hora de desembarcar. El capitán se acercó y se despidió personalmente de
ellos; Emma quiso agradecerle sus atenciones pero cuando se disponía a hacerlo Juan le lanzó una
mirada dura y sumamente elocuente. Emma comprendió: era una nueva lección aprendida en su breve
vida de casada, una indicación del lugar que debía ocupar junto a su esposo: en silencio y con
paciencia. Juan le agradeció con breves palabras y añadió que, con toda seguridad, en los años
venideros la compañía naviera y el capitán mantendrían frecuentes relaciones, y que se alegraba de
ello.
Mientras se dirigían a la rampa oyeron voces conocidas.
—¡Eh, Juan, Emma, esto es Buenos Aires, esto es Argentina, volvemos a estar en verano!
Ernst Helderlein se abrió paso entre la multitud de pasajeros que aguardaban junto a la
barandilla, seguido de su mujer Margarethe.
—¡Me alegro de volver a verlos! —dijo Emma. Era mentira.
—Pero, querida Emma —murmuró Margarethe—, si no me equivoco a partir de ahora nos
veremos bastante a menudo, dado que nuestros dos fuertes maridos... —añadió, lanzando una mirada
descarada a ambos hombres—... se convertirán en socios.
¿Socios? ¿Juan y ese pícaro individuo con su insoportable mujer? ¿Por qué estaba al tanto de eso
la descarada de Margarethe y ella no? La perspectiva de que los Helderlein formaran parte de su
vida le disgustaba profundamente... se había alegrado mucho de habérselos quitado de encima. Pero,
al parecer, se había equivocado: Juan confirmó lo dicho por Margarethe.
—Sí, Ernst y yo conquistaremos el mundo de la exportación y la importación.
Tú, Emma, y usted, Margarethe, ya lo veréis: ¡un buen día, todos nos bañaremos en champán y en
bañeras de oro! —dijo, dirigiéndose a Margarethe, alzó la ceja izquierda al tiempo que esta soltaba
una carcajada provocativa pues por lo visto ya se veía compartiendo la bañera.
Juan rodeó los hombros de Emma con el brazo y la condujo hasta la rampa.
—Ahora por fin podrás pisar mi tierra natal.
Los apretujones la abrumaron, el ajetreo del muelle parecía una feria y el ambiente pleno de vida
despertó su entusiasmo: un vocerío en diversas lenguas, en alguna parte resonaba música. Hombres
harapientos de cabellos greñudos arrastraban pesados carros de madera; marineros cargaban con sus
pesados sacos y corrían a lo largo de los barcos; mujeres de maquillaje chillón y vestidos llamativos
les cortaban el paso. Emma sabía lo que ofrecían esas mujeres y frunció la nariz. Cabezas de ganado
cruzaban el muelle, vio calesas y automóviles haciendo sonar el claxon y procurando abrirse paso
entre la multitud, y también hombres a caballo.
Cuando Juan, Emma y los Helderlein bajaron por la escalera del estrado, Emma vio a Ellie y
Clara Templeton, las hermanas jugadoras de bridge, y las saludó alegremente con la mano. Las dos
ancianas se rieron, la saludaron y la pequeña y arrugada Ellie —que había compartido su historia de
amor con Emma — pareció gritarle unas palabras, pero el ruido era ensordecedor y Emma no
comprendió qué decía.
Por fin alcanzaron la oficina de Inmigración. Tras un breve intercambio de palabras con un señor
que parecía el jefe y que ordenó al empleado del mostrador que se diera prisa con expresión severa y
ademán autoritario, Emma y Juan pudieron abandonar la barraca.
Para sorpresa de Emma, ya los aguardaba un joven moreno a quien Juan saludó en español.
Emma no había tenido en cuenta ese nuevo aspecto de su vida: que tendría que aprender otro idioma.
El moreno le lanzó una mirada amable y curiosa, pero Emma no comprendió las escasas palabras
que le había dirigido. Como al parecer se trataba de un saludo, se limitó a sonreír. El joven cargó
con el portafolio de Juan y les abrió paso a través del caos que se extendía más allá de la oficina de
Inmigración.
—¡No te despegues de mí! —gritó Juan—. Así no nos perderemos, ¡y ten cuidado con tus joyas,
sobre todo con la cadena!
—¿Perdernos? —preguntó ella, temerosa. La idea de extraviarse en ese mar de olores y ruido la
mareó. Aferró la cadena con una mano como si de ella colgara su propio corazón y con la otra la
mano de su marido. Juan le sonrió.
—¿Y nuestro equipaje? —Emma le gritó al oído.
Pero una enorme máquina de vapor, que mediante grandes correas trapezoidales impulsaba
pesados martillos en un ruinoso cobertizo, ahogaba cualquier sonido. Por fin alcanzaron la parte
trasera del hangar, en donde el ajetreo era menor, afortunadamente, y Emma soltó una carcajada de
alivio: era como si ya hubiera vivido una gran aventura.
—¡Ha sido increíble! —exclamó, pero entonces el susto volvió a atenazarla—.
¿Dónde está nuestro equipaje? —añadió, dirigiendo la mirada hacia atrás.
—No te inquietes, querida —dijo Juan, tranquilizándola—, la compañía naviera se encarga de él,
nos lo traerán. —Entonces cambió de tono y de actitud, y añadió—: ¡Nosotros los Hechtl jamás
cargaremos con nuestro equipaje, no lo olvides!
—Juan, Emma, ¿también lo habéis logrado? Esto es increíble. ¡Qué confusión, qué caos!
Ernst Helderlein y su mujer se acercaron tropezando por encima del empedrado. Emma puso los
ojos en blanco. Margarethe sostenía el bolso con una mano, al tiempo que estiraba la otra como si
hiciera equilibrio encima de una cuerda en el circo. Su marido, con la cara roja como un tomate,
cargaba con dos grandes bultos. Estaba empapado en sudor.
«¡Los Hechtl jamás cargarán con su equipaje, pero los Helderlein, sí!», pensó Emma, y esa idea
breve y arrogante le produjo un gran placer.
—¡Ernst, Margarethe! —exclamó Juan, riendo—. Vaya, amigo mío, parece agotado cargando con
esos pesados bártulos.
—Disfrute de sus bromas y búrlese de los plebeyos. Al menos las autoridades de Inmigración
estaban preparadas para nuestra llegada —dijo Ernst, guiñándole un ojo—. Nuestro mozo nos dejó
en la estacada, después de haberse hecho con unas monedas, claro está. ¡Esta gentuza! ¡Usted no se
imagina con cuánta rapidez desaparecen esos individuos! Así que de pronto ahí estábamos con
nuestro equipaje.
Cuando Juan le preguntó cómo pensaban seguir viaje, Ernst Helderlein hizo un gesto indicando
que no se preocupara, que ya encontrarían un coche de plaza que los trasladara al hotel. Y en efecto:
en ese momento apareció uno. Ernst llamó al cochero y este detuvo su viejo caballo. Juan discutió
con el hombre sentado en el pescante hasta que este por fin asintió. Al parecer, los Helderlein
podrían seguir viaje, y Emma se alegró al pensar que esa desagradable pareja por fin desaparecería.
Ernst cargó los bultos en el coche, Juan ayudó a Margarethe a montar y, una vez que Ernst tomó
asiento junto a su mujer, el cochero chasqueó la lengua, agitó el látigo y el vehículo se alejó
lentamente.
—¡Nos veremos pronto, tal como hemos quedado! —gritó Juan.
Helderlein agitó la mano, confirmando que lo había oído. Emma le lanzó una mirada inquisitiva a
su marido, confiando en que por fin le explicaría qué significaba todo aquello.
—Ven, querida, ahora nos vamos a casa.
Emma no podía resistirse a su encantador marido. «A casa», ¡bonitas palabras... y al mismo
tiempo tan ajenas...!
El hombre alto y fuerte que los condujo a través de la multitud aún estaba de pie a su lado. Había
observado todo lo acontecido con los Helderlein sin pestañear; nada parecía escapársele en ese
lugar miserable y Emma comprendió que se ocupaba de su seguridad. Juan le dirigió unas palabras,
el hombre asintió con la cabeza, sonrió e indicó una esquina de la plaza a sus espaldas. Emma dirigió
la vista hacia allí y se quedó boquiabierta: ahí había un automóvil, una limusina de color rojo oscuro
y negro, de grandes guardabarros por encima de las ruedas delanteras y una figura plateada en el
radiador brillando al sol. Una horda de pilluelos rodeaba el vehículo. El hombre de tez morena les
espetó una arenga y, asustados, echaron a correr.
—¿Te gusta nuestro coche? —preguntó su marido; una sonrisa le iluminaba el rostro.
Al contemplar la lujosa carrocería sus ojos brillaban y a Emma le hizo gracia el orgullo causado
por el automóvil. De pronto recordó a Paul, su hermanito, y cómo había devorado con la mirada la
máquina de vapor que su padre le había regalado las pasadas Navidades.
—¿De verdad es nuestro? —preguntó Emma, incrédula.
—¡Sí! ¡Me pertenece, así que nos pertenece a ambos!
El hombre alto y moreno abrió la portezuela trasera, Emma aceptó la mano que le tendió para
ayudarla a montar y se deslizó sobre el tapizado. Miró a través del cristal que la separaba del chófer
y admiró los numerosos botones, mandos y palancas que rodeaban el volante. Tras la ovalada
ventanilla trasera, los chicos, situados a una respetuosa distancia, aún admiraban el automóvil. Juan
se sentó a su lado y cerró el cristal que los separaba del conductor.
—Es un coche precioso —dijo Emma.
Él le depositó un beso cariñoso en la frente.
—Tú eres preciosa, tesoro mío. ¡Frente a la belleza de mi joven esposa este vehículo solo es un
montón de hojalata!
Juan le gritó unas palabras al chófer a través del cristal y entonces este puso el coche en marcha y
partieron.
—¿Adónde vamos?
—A reunirnos con mi familia. Vamos al campo, a nuestra estancia —dijo Juan, y notó que ella
fruncía el ceño—. La «estancia» es nuestro latifundio. Todas las quintas son muy grandes, en los
alrededores de la nuestra solo hay campos, prados y lagos.
—Suena romántico.
—En la zona hay dos estancias más. Allí donde nuestras tres propiedades limitan las unas con las
otras los terratenientes hicimos construir las barracas de los peones. Ese pequeño lugar debería tener
un nombre. Al principio solo lo llamábamos «La Esquina», y ahora las barracas se llaman así. No
será muy poético, pero resulta claro.
—¿Cuánto falta para llegar a la estancia? —preguntó Emma, muy excitada.
—No está muy lejos. Vivimos cerca de Lobos, un pequeño pueblo situado a unos doscientos
kilómetros de aquí.
—¿Doscientos kilómetros? ¡Pero esa es casi la misma distancia que hay de Berlín al mar Báltico!
—Tranquilízate, querida. En primer lugar, disponemos de un auto muy veloz, y en segundo lugar
aquí en Argentina todo es bastante más grande que en la vieja Europa. Aquí dichas distancias no son
nada, ¡cuando viajemos al mar durante las vacaciones de verano, durante muchas horas recorreremos
comarcas en las que no verás ni un alma!
Abrazó a su joven esposa y le depositó un beso cariñoso en la nuca. Ambos guardaron silencio; a
Emma le resultaba incómodo que su marido la abrazara delante del chófer, pero no estaba
acostumbrada al trato con el personal. La buena vieja Ida, la criada de sus padres, ya casi formaba
parte de la familia.
Emma miró por la ventanilla. Pronto dejaron atrás las chozas de chapa ondulada pintadas de
colores chillones del barrio del puerto y conducían a lo largo de calles concurridas, bordeadas de
casas de una o dos plantas; la zona no parecía próspera pero tampoco pobre. Emma vio que había
numerosos artesanos y pequeñas tiendas, los transeúntes estaban bastante bien vestidos. El conductor
no dejaba de esquivar carros arrastrados por caballos y de tocar el claxon, y cosechó unas cuantas
miradas de desaprobación. Pasaron junto a una hilera de antiguas casas de aspecto palaciego, los
edificios estaban descuidados y en algunos faltaban las grandes puertas de entrada.
—¿Qué pasó con todas esas casas? —preguntó Emma.
—Esto es San Telmo, antaño era uno de los barrios más importantes de la ciudad, donde vivían
muchas familias ricas que se construyeron estos magníficos palacios. Estas vivían del comercio y por
eso se afincaron cerca del puerto. Hace más de medio siglo una terrible epidemia de fiebre amarilla
causó estragos en la ciudad. Muchos perecieron debido a esa espantosa enfermedad, así que
abandonaron el barrio y se asentaron en las colinas situadas más al norte, donde las brisas eran más
intensas, y el aire, más seco; allí el peligro de contagio era menor. Obviamente, nadie quería seguir
viviendo en esta zona, en todo caso, nadie que pudiera permitírselo, y por eso los palacios fueron
abandonados. Los ocupó la gentuza y ahora muchas familias comparten las grandes casas.
Pasaron junto a una gran plaza, atestada de carros arrastrados por caballos. Un complejo
arquitectónico predominaba sobre el resto.
—Esta es la plaza Constitución —dijo Juan, como si le hubiera adivinado el pensamiento—.
Desde allí se toma el tren al sur.
Emma solo pudo asentir sorprendida. Entre tanto, se había soltado de los brazos de Juan y, como
si fuese una niña pequeña, apretó la nariz contra la ventanilla. El panorama había cambiado, grandes
casas de cuatro o más plantas y señoriales fachadas bordeaban la calle, mujeres elegantes paseaban
por las aceras, criados cruzaban apresuradamente las calles esquivando los automóviles. Era casi
como en Berlín.
Pero pronto dejaron atrás la zona de los elegantes edificios, y casas bajas rodeadas de jardines
frondosos se extendían a uno y otro lado de la calle. El empedrado se volvió aún más irregular, Juan
bajó la ventanilla y Emma disfrutó de la brisa cálida. Aspiró el aire fresco y se sintió muy feliz. ¡Era
un país maravilloso y un maravilloso día de verano! El entusiasmo de su joven esposa lo alegró y
Juan se repantigó con aire satisfecho.
Una vez que cruzaron la pequeña ciudad de Lobos, enfilaron el camino hacia La Esquina.
—Estamos muy cerca, enseguida habremos llegado.
Por más que Juan hubiese disfrutado de los meses transcurridos en Europa, se alegraba de
regresar a su hogar, a la gran estancia, y tenía la sensación tranquilizadora proporcionada por el
hecho de que sus tierras se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Desde el camino sin asfaltar salía otro al menos tan bacheado como el anterior y pasaba a través
de un arco de piedra pintado de blanco.
—¿Es la entrada? —preguntó Emma con voz entrecortada.
Por fin conocería su nuevo hogar y su nueva familia. Por más que se alegrara de que el largo
viaje de Berlín a Argentina hubiese llegado a su fin, le hubiera gustado que el viaje en automóvil se
prolongara un poco más. ¿Se cumplirían sus expectativas acerca de su nuevo hogar?
Emma vio un gran jardín rodeado de árboles muy altos. El camino trazó una curva y entonces vio
la estancia de la familia Hechtl por primera vez. La casa era un sencillo edificio blanco y bajo que se
extendía detrás de una explanada con una glorieta. Juan bajó el cristal que lo separaba del chófer y le
dijo unas palabras. Entonces este rio e hizo sonar el claxon. Oyeron un grito jubiloso y desde la parte
posterior de la casa una mujer con el cabello trenzado echó a correr hacia el coche agitando los
brazos y gritando el nombre de Juan. Emma notó que arrastraba una pierna.
—Esa es mi hermana Wilhelmine —dijo Juan, saltó del coche en marcha y echó a correr hacia su
hermana, la abrazó y la hizo girar por el aire. Al observarlos, Emma sonrió: podía imaginar
perfectamente cómo habían sido de niños. Entre tanto, el auto se acercó a la casa: no era un castillo,
pero a juzgar por las numerosas puertas acristaladas protegidas por persianas de madera oscura, era
evidente que la casa poseía muchas habitaciones. Una terraza rodeaba la casa, protegida por un
porche, las enredaderas trepaban por las paredes.
El coche se detuvo ante la terraza, una de las puertas centrales se abrió y Emma vio una delgada
mujer mayor que, pese a la temperatura estival, vestía de negro y llevaba el cabello recogido en un
severo moño. Sus rasgos expresaban amargura y dureza, y Emma se estremeció. Detrás de la mujer
apareció un anciano; solo podía moverse apoyado en un bastón y en una mujer de mediana edad,
sencillamente vestida y de aspecto bondadoso.
Entre tanto, Juan se había soltado del abrazo y junto a su hermana remontaba la explanada; Juan
se acercó al automóvil y le abrió la portezuela a Emma.
Wilhelmine le lanzó una mirada curiosa.
—Bienvenida a la estancia Hechtl, Emma.
Observada por todos, Emma se apeó del coche.
—¡Soy Wilhelmine! —dijo la hermana de Juan, y le tendió la mano con una amplia sonrisa—, así
que ahora somos cuñadas.
—¡Encantada de conocerla, Wilhelmine!
—Supongo que no os trataréis de usted, ¿verdad? A fin de cuentas ahora estáis emparentadas.
—Juan tiene razón. ¡Bien, Emma, ahora tú y yo somos hermanas, por así decir!
—¿Es que no pensás saludar a tu madre y a tu abuelo, Juan?
Las palabras de la mujer eran casi una orden.
—¡Por supuesto, madre! —exclamó Juan, y se apresuró a estrecharle la mano y después la del
anciano.
Así que esa era la madre de Juan y el viejo era su abuelo, pero nada de abrazos ni de manifestar
afecto. Emma volvió a estremecerse.
—Así que usted es Emma —dijo la mujer, y le lanzó una mirada cortante—.
¡Pase, ahora este es su nuevo hogar!
Emma tomó aire, subió los tres peldaños de la terraza y la saludó con una reverencia.
—¡Buenos días, señora Hechtl! —dijo. Se sentía tan insegura como una niña pequeña.
—¡Que no! Llámeme suegra —dijo la mujer con una sonrisa; antes de pronunciar la palabra
«suegra» hizo una pausa minúscula.
Emma no estaba segura de si había reflexionado un instante o si la pausa fue adrede.
—O aún mejor: llámeme Elisabeth. Vivimos en tiempos modernos y en un país libre —dijo su
suegra, y le tendió la mano; luego señaló al anciano junto a ella—.
Este es mi padre.
—Aquí todos me llaman abuelo, Emma, le ruego que usted también me llame así.
El anciano señor irradiaba tanto afecto y calidez que Emma se conmovió. Sus ojos, aunque
ocultos entre arrugas y bajo cejas hirsutas, expresaban simpatía.
La mujer de tez morena en la que se apoyaba se dirigió a ella en español.
Emma se encogió de hombros, disculpándose.
—Lo siento, no la comprendo —dijo en alemán.
—Es Matilde, la mujer de nuestro capataz. No habla alemán; sus antepasados llegaron a
Argentina desde el norte de España y, aunque nació aquí, aún conserva ese espantoso acento vasco
—dijo la suegra de Emma—. ¿Dónde está el marido de Matilde, nuestro capataz, el señor
Langileburu? ¿Es que no oyó el claxon? ¿Dónde está el señor Langileburu, Matilde?
Matilde contestó la pregunta indicando la explanada. Desde el otro extremo un hombre rechoncho
se acercó al grupo, se quitó su gran sombrero y le sonrió a Emma; su sonrisa guardaba un asombroso
parecido con la del joven chófer que los había recogido en el puerto de Buenos Aires, y los condujo
hasta la estancia, en efecto: al pasar junto al muchacho el señor Langileburu le palmeó el hombro.
—¡Ah, la señora!
Eso fue lo único que Emma comprendió, pero no lo que dijo después. Él se limpió las manos en
el pantalón y la saludó estrechándoselas. Ella le sonrió de forma amistosa, luego él le dijo unas
palabras a su mujer que aún sostenía al abuelo.
—Sí, Langileburu tiene razón —dijo Juan por fin—, deberíamos entrar y tomar un café. Seguro
que Matilde ha preparado algo exquisito. Has de saber, tesoro, que el capataz y su mujer se ocupan
de todos los asuntos prácticos de la estancia.
Langileburu es el responsable de las tierras y el ganado. También da órdenes a los peones.
—Nuestro conductor se le parece mucho —dijo Emma.
—¿Esteban? Sí, es su hijo, nació aquí. Trabaja en la estancia y también para mí, conduce el
coche y me lleva a Buenos Aires cuando tengo negocios allí. Es un buen tipo, confiable, rápido en
comprenderlo todo y además es un manitas, lo cual es una suerte si se avería el automóvil. Matilde,
su madre, es el alma bondadosa de la casa, se encarga de todo el hogar y también de las dos criadas.
—Vaya, pues quiero añadir algo —lo interrumpió su hermana, hablando en alemán—. Puede que
Matilde sea el alma bondadosa de la casa, pero los vascos son incapaces de planificar y mantener el
orden. ¡Para eso hay que tener sangre alemana en las venas!
La afirmación de Wilhelmine provocó las risas de Juan y de su madre, y entonces todos entraron
en la casa. Emma se sentía incómoda: que los Langileburu también rieran sin sospechar que el
comentario era desdeñoso le desagradó.
Al entrar, Emma tuvo que acostumbrarse a la penumbra. La luz que penetraba a través de las
persianas proyectaba franjas blancas en el suelo. Se encontraban en una sala amplia y alargada que
se extendía a lo largo de la parte central de la casa, todas las ventanas que daban a la terraza
pertenecían a esa sala. El alto cielo raso debía de ser el tejado de la casa, estaba revestido de
artesones de madera oscura; unos muebles pesados invitaban a tomar asiento y una gran chimenea de
piedra adornaba una de las paredes; junto a la de enfrente había una gran mesa de comedor.
El abuelo ya se había sentado.
—Tomemos un café. Wilhelmine ha preparado una tarta estupenda.
—¿Dónde sentamos a Emma? —dijo la hermana de Juan, corriendo en torno a la mesa como una
gallina aturullada—. ¿Sabes?, Emma, desde que nuestro querido padre murió —añadió y se persignó
tres veces—, achicamos la mesa y solo caben cuatro personas. Cinco es un número desequilibrado,
he reflexionado al respecto y espero que madre y Juan estén de acuerdo, he vuelto a agrandar la
mesa, sentaremos al abuelo en la cabecera y nosotros ocuparemos los lados, la otra cabecera quedará
desocupada. ¿Qué os parece?
—¡Yo ocuparé la cabecera, por supuesto, todo lo demás me da igual! —dijo Juan en tono
impaciente, y puso fin a las protestas de su hermana ocupando su asiento, de modo que él y el abuelo
ocupaban ambas cabeceras. Wilhelmine parecía preocupada y se apresuró a cambiar los platos de
lugar. La madre de Juan se sentó junto a su hijo, entre ella y el abuelo quedaba un lugar libre y aún
nadie se había sentado en el lado opuesto. Cuando Wilhelmine quiso sentarse frente a su madre al
otro lado de Juan, cosechó una mirada dura de Elisabeth y, asustada, ocupó una silla más allá, junto a
su abuelo. Estaba tan tensa que casi cayó de la silla. Emma bajó la vista, procurando reprimir una
sonrisa y se sentó junto a su marido.
—¡Eso ha salido bien, menos mal! —dijo el abuelo, y le guiñó un ojo a Emma, que no sabía si se
refería a la colocación de Wilhelmine o a su propia risa reprimida.
Para Emma, los primeros días en la estancia eran como estar de vacaciones. Un maravilloso
clima estival, Juan de buen humor, los peones la saludaban con afecto y sus mujeres también le
sonreían. Emma pasaba casi todo el tiempo en la terraza, lamentaba profundamente no dominar el
español. Mientras que Wilhelmine, con su manía casi histérica por el orden, no era realmente una
buena interlocutora, Juan dedicaba la mayor parte del tiempo a hablar de negocios con su madre.
Aunque el abuelo le hacía compañía en la terraza, conversar lo fatigaba y no tardaba en quedarse
dormido en su sillón.
Su suegra le resultaba inquietante: Elisabeth irradiaba severidad y frialdad, y Emma procuraba
evitarla.
Pocos días después de su llegada, Elisabeth apareció en la terraza.
—Durante las próximas semanas deberíamos ocuparnos de vuestra boda, Emma.
La boda: Emma la había olvidado por completo. Juan y ella todavía no se habían casado por la
Iglesia.
—Juan me dijo que no eres católica.
—Sí, soy protestante, pero en casa la religión no era...
—No importa —la interrumpió su suegra—. He hablado con el joven párroco de Lobos. Te
bautizará y te dará la primera comunión. Entonces serás católica y podremos organizar la boda. El
párroco también es de origen alemán, no tendrás ningún problema. Me he encargado de que no te
haga muchas preguntas, así nos evitaremos las molestias que supone cambiar de religión. En los
papeles de inmigración ya te apuntamos como católica. Nadie notará nada.
Emma estaba atónita: al parecer sus propios deseos no tenían la menor importancia.
—Bien —fue lo único que pudo decir.
—Sin embargo, antes de que celebréis la boda deberías aprender un poco de español. También
lo hemos arreglado; el antiguo profesor particular de Juan ya es mayor, pero aún es muy capaz de
enseñarte todo lo necesario. Empezarás las clases pasado mañana. Nos han dicho que en Alemania
eras bastante lista, así que no tardarás en aprender nuestra lengua y nuestras costumbres.
La indignación se adueñó de Emma. Su suegra decidía por ella como si fuese una niña, y ¿qué
diablos significaba eso de: «nos han dicho que en Alemania eras bastante lista»? ¡Qué arrogancia y
qué descaro! Emma casi revienta de ira.
«Evita soltar la primera palabra airada», siempre le había dicho su madre. No, Emma no sería la
que rompiera ese dique, se controlaría. Soltó una disculpa y se apresuró a abandonar la terraza.
Elisabeth la siguió con la mirada. Así que ahora esa jovencita era su nuera.
Siempre había temido el día en el que su único hijo regresara a casa con una mujer y, sin
embargo, siempre había sabido que no podría evitar que se casara involucrándolo en actividades
comerciales y que, a la larga, tampoco lograría espantar exitosamente a las candidatas mediante
su frialdad. Juan había heredado su inteligencia y, gracias al largo viaje por Europa, se había
sustraído de su influencia. ¡Era muy listo! Elisabeth esbozó una sonrisa: había hecho
averiguaciones sobre la familia de Emma, los Von Schaslik. Un nombre que seguía siendo muy
respetable en Berlín, pero una familia totalmente empobrecida. Decían que el padre de Emma no
tenía el menor talento para los negocios. Juan le relató su primera visita en casa de los Von
Schaslik, y al recordarlo Elisabeth casi soltó una carcajada. Esa criada arrugada que le había
abierto la puerta haciendo un gran esfuerzo y que lo había acompañado hasta el salón cojeando...
Y los señores... ¡ja! Ahí estaba la familia, sentada en una casa cuyo esplendor hacía tiempo
que pertenecía al pasado. Su hijo le describió los muebles anticuados y el parqué estropeado. Que
el padre de Emma hiciera averiguaciones sobre la reputación de Juan precisamente en el castillo
de Liebenberg le hizo mucha gracia, cuando quien había organizado todo el asunto era nada
menos que el joven barón. A través del barón habían arreglado el contacto con la compañía
naviera de Hamburgo —por cierto, una jugada comercial muy astuta, esa que Juan había ideado
—, y entonces, como de paso, Juan también le preguntó si podía presentarle a una joven
adecuada.
No obstante, ello disgustó a Elisabeth y lanzó un suspiro. Seguro que el joven barón suponía
una suerte para el castillo de Liebenberg y le vino muy bien que Juan generosamente le ofreciera
financiarle una fiesta, un gran baile de invierno.
Claro que ello también fue por interés personal. Juan quería establecer contactos y también
conocer a la joven Emma, tan cálidamente recomendada. Cuando le preguntó si los Von Schaslik
también asistirían a la fiesta, el barón le palmeó el hombro, riendo: ¡allí donde había algo gratis,
los Von Schaslik no tardaban en hacer acto de presencia!
Las descripciones de su hijo la habían hecho reír y entonces, mientras las recordaba sentada
en la terraza, volvió a soltar una carcajada.
—¿De qué te reís? —preguntó el abuelo, que acababa de despertar.
—Nada, nada... ¡estaba soñando!
Se alisó su vestido negro y se puso de pie. Tenía cosas que hacer, al fin y al cabo, tras la
muerte de su marido, ella llevaba los libros de la estancia. Prosperaban y eso debía seguir así. Y
también superaría el asunto de su hijo con esa Emma. La muchacha no había protestado cuando
ella le manifestó sus planes, eso estaba bien, así debía ser, pues en ese caso más adelante tampoco
supondría un problema para ella. Pero a Elisabeth no se le había escapado el ataque de ira de su
nuera.
Emma era lo bastante inteligente como para no arriesgarse a tener una pelea.
Muy bien. Era una muchacha bonita y parecía muy inteligente... y también tenía sangre
aristocrática.
—Sangre aristocrática —murmuró Elisabeth suspirando, y volvió a entrar en la casa sin
dignarse mirar al anciano.
El abuelo siguió a su hija con la mirada. ¿De quién había heredado ese carácter tan duro?
Conocía la respuesta a su pregunta. Argentina no era ese plateado país que prometía dicha, no
para todos. En aquel entonces, la muerte demasiado prematura de su amada esposa lo había
afectado profundamente. Había gastado todos sus ahorros en los hospitales debido a sus atroces
sufrimientos, y sin Elisabeth se habrían arruinado. Su boda los había liberado a él, un viudo
solitario, y a ella misma de la pobreza, pero los comentarios maliciosos de la sociedad elegante
—para la cual su hija nunca dejó de ser una persona insignificante que carecía de cualquier
privilegio— y el matrimonio con ese hombre demasiado viejo le habían carcomido el alma. Y
ahora su hija hacía gala de la misma frialdad que antaño tuvo que soportar.
¿Qué clase de mundo era ese donde no se aprendía nada? ¿Qué clase de mundo, que no dejaba
de reinventarse eternamente de la misma manera?
Elisabeth creía que él ignoraba todo eso. Quizá fuese mejor así, ambos se habían engañado
mutuamente toda la vida.
Matilde interrumpió sus cavilaciones sirviéndole una taza de té.
Emma había corrido a su dormitorio y se había arrojado sobre la cama. Las gruesas almohadas
ahogaron sus sollozos. Una vez que sus lágrimas se secaron se atrevió a salir. Juan la encontró en el
jardín; se había convertido en su lugar predilecto: los altos árboles mecidos por la brisa veraniega,
el amplio césped...
Al final del parterre, donde este daba paso a los campos y los prados, incluso había un lago.
Emma adoraba sentarse en la orilla; allí podía reflexionar y entregarse a la nostalgia. Y, sobre todo,
ahí estaba a salvo de su suegra. Solo rara vez alguien acudía a ese lugar apartado. A veces aparecía
el señor Langileburu cuando se ocupaba del ganado, casi siempre en compañía de su hijo Esteban;
los tres Langileburu eran una familia alegre. También Wilhelmine, la hermana de Juan, se había
sentado a su lado a orillas del lago. Emma no tardó en notar que la muchacha no solo adolecía de un
impedimento corporal, tampoco podía vanagloriarse de tener un intelecto brillante, pero al menos era
de muy buen corazón. Wilhelmine necesitaba sus ritmos y sus ritos precisos. Adoraba los animales y,
para disgusto de su hermano, incluso cuidaba de las palomas enfermas.
—Juan —dijo Emma, y se puso de pie cuando su marido se acercó.
—Te estaba buscando, Emma. Wilhelmine me dijo que te encontraría aquí. El abuelo me ha dicho
que debía ocuparme de ti. ¿Qué ha pasado?
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas. No quería llorar, no quería cargar a su flamante
esposo con los problemas causados por su madre. Pero entonces no pudo más y dio rienda suelta a su
nostalgia y al dolor por la frialdad con la que la trataba Elisabeth.
—¡Tesoro mío! —dijo Juan, y la abrazó—. Lo siento mucho —añadió, y le besó los cabellos—.
Mi madre es un erizo, por desgracia. No puede o no quiere tolerar la presencia de una mujer en mi
vida. Lo arreglaré, hablaré con ella.
—No, te ruego que no lo hagas. Una vez dicho, no hay manera de cambiarlo.
Ya me las arreglaré.
Los días transcurrían en la estancia Hechtl y Emma se adaptó a su situación; tomaba clases de
español todos los días, el idioma le gustaba y aprendía con rapidez. El viejo profesor particular de
los Hechtl era un hombre bondadoso con sentido del humor que no solía perder la calma. Era un
sibarita, su chaleco de lino blanco y los tirantes que sostenían sus pantalones se tensaban por encima
de su vientre abultado. Todos los días, la señora Langileburu le servía un abundante almuerzo, una
copa de buen vino tinto y después un licor. Restos de las exquisiteces preparadas por la señora
Langileburu solían aparecer en su poblada barba y él se los limpiaba con un gran pañuelo. Elogiaba
la rapidez con la que Emma aprendía el español.
Después de las primeras clases, Emma ya empezó a dirigirle frases breves y amables en español
a la familia del capataz. Los tres le contestaban tratando de animarla, pero en general Emma no
comprendía lo que decían. Aunque las clases de español suponían un gran placer, Emma detestaba
las de catecismo; el joven párroco era casi lo opuesto a su profesor de español: menudo y delgado,
sus labios finos siempre estaban apretados y era incapaz de enfrentarse a la discusión que Emma
hubiera querido mantener con él, pues la idea de aceptar la doctrina católica así, sin más, no le
agradaba en absoluto.
Una noche Elisabeth pronunció la bendición de la mesa y después le lanzó una mirada dura a
Emma.
—A partir de mañana tú bendecirás la mesa, Emma. Creo que un poco de práctica te vendrá bien
—dijo, y luego se dirigió a Juan—: El párroco no parece muy entusiasmado con su alumna. Deberías
alegrarte, Emma, de que ese párroco esté dispuesto a instruirte.
Emma clavó la vista en el plato. ¿Qué le había hecho a esa mujer? ¿Por qué su suegra la hacía
sufrir tanto? Entonces Juan, que no le daba mucha importancia a la religión, tomó la palabra.
—Estoy seguro de que Emma cumplirá perfectamente con las exigencias de la Iglesia, madre.
Elisabeth lo contempló alzando las cejas.
—¡Discute con él, cuestiona la palabra de Dios!
—¡No es verdad! —exclamó Emma, que ya no pudo contenerse—. ¡Lo que cuestiono no es la
palabra de Dios, sino la del párroco!
En la mesa se hizo el silencio; Juan le lanzó una mirada: era un potrillo que se resistía a unas
bridas demasiado tensas, pero en ese caso hubiera sido mejor que callara.
—¿De veras? —dijo Elisabeth, y abandonó la mesa. Un silencio incómodo reinó en el comedor e
incluso la señora Langileburu, que se disponía a servir el plato siguiente, se retiró a la cocina
caminando de puntillas.
—¡Eso ha sido innecesario, querida! —dijo Juan, apoyó la mano en la de Emma y notó que
temblaba—. Será mejor que le pidas disculpas a mi madre.
Emma le lanzó una mirada, desconcertada, y cuando estaba a punto de preguntarle por qué, notó
la del abuelo: esta también le indicaba que Juan tenía razón y que Emma no saldría victoriosa de
aquella batalla.
Emma fue en busca de Elisabeth, que estaba en el despacho. Su suegra la aguardaba ante una de
las grandes ventanas y le daba la espalda. Una vez que Emma, haciendo un gran esfuerzo, le presentó
sus disculpas, Elisabeth se sosegó.
—Supongo que muchas cosas son nuevas para ti, Emma. Tendrás que aprender que en este mundo
hay que aceptar ciertas reglas, y da igual si te gustan o no, si las comprendes o no. Y la Iglesia nos
ofrece muchos milagros que no podemos entender, ¡porque de lo contrario no serían milagros! No te
entristezcas, hija: todos hemos de jugar un papel en esta vida... también tú. —Y tras titubear un
momento, añadió en voz baja—: ¡También yo! Y ahora volvamos a la mesa. Sería una pena renunciar
a la cena.
Elisabeth permitió que Emma la tomara del brazo, y cuando ambas volvieron a sentarse dijo:
—¿Qué te parece si ambas bendecimos la mesa, yo en alemán y tú en español?
Claro que no tendrás que traducir la bendición tú sola: ¡pídele ayuda a tu profesor, que por cierto
no deja de elogiarte!
La tormenta había pasado, la cena llegó a su fin. Juan suspiró aliviado, había temido que el
asunto acabara peor; Emma creyó ver que el abuelo meneaba ligeramente la cabeza.
Aunque había enviado una carta en cuanto llegó, Emma aún no había recibido correspondencia de
sus padres desde Berlín y aguardaba una respuesta con impaciencia. Ya era diciembre y hacer
coincidir el clima estival con ese hecho le resultaba difícil, y aún más, que dentro de pocos días
sería Navidad. Navidad: pero si eso significaba nieve, escarcha en forma de flor en las ventanas,
narices rojas por el frío, muñecos de nieve en el jardín y humeante vino especiado en la pista de
patinaje de hielo. ¿Y aquí celebrarían la Navidad en medio de una temperatura estival? Al menos
había imágenes navideñas adornando la casa, pequeños ángeles en las mesas, y en el salón habían
instalado un bonito belén con figuras de madera.
El día anterior a la Nochebuena por fin llegó una carta de sus padres y no solo una carta: un
paquete. Emma tuvo que esforzarse por reprimir la emoción que la embargó y lo abrió con dedos
temblorosos. Lo primero que encontró fue una carta de su madre y Emma la leyó con avidez, como si
quisiera absorber lo escrito. Su madre hablaba de temas intrascendentes, del frío, de las ventanas que
no cerraban bien, de que uno de los cristales de las viejas habitaciones de criados se había
desprendido del marco y había caído sobre la terraza. Por suerte en invierno allí no había nadie. Al
final de la carta su madre ponía: «¡Querida Emma, te enviamos todo nuestro amor y pensamos en ti!»
Entonces Emma ya no pudo contener las lágrimas.
La señora Langileburu le acarició el cabello.
—No resulta fácil, ¿verdad?
Entonces Emma por fin examinó el contenido del paquete: era un grueso chal de lana y tuvo que
reír.
—¡Mire, señora Langileburu! —Y la mujer del capataz también rio: era obvio que los padres de
Emma habían olvidado que en Argentina era verano.
Reír le hizo bien.
Había algo enredado en el chal de lana y Emma lo desprendió cuidadosamente.
Era un pequeño trozo de metal e identificarlo le costó un esfuerzo, pero después supo qué era:
formaba parte de la máquina de vapor que su padre le había regalado a su hermanito. Emma
recordaba perfectamente los rostros de su padre y su hermano al contemplar la máquina: fue durante
las últimas Navidades, en Berlín.
El abuelo descubrió a Emma con el paquete en el regazo y la carta en la mano; tenía el rostro
empapado en lágrimas. Se acercó apoyado en su bastón y le puso una mano en el hombro.
—La primera Navidad en el extranjero es la peor, querida hija. Después las cosas mejoran,
créeme.
Emma alzó la vista y dijo:
—¡Gracias!
La misa de Nochebuena supondría la presentación oficial de Emma como nuevo miembro de la
familia ante la comunidad de Lobos. Había dejado atrás la comunión y el bautizo, ambos realizados
en secreto, así que ya era una católica, o al menos fingía serlo. Asistieron a la misa en la nueva
iglesia principal. La iglesia de Nuestra Señora del Carmen apenas se había acabado de construir
hacía unos veinte años; su orgullosa torre se elevaba al cielo y proclamaba la riqueza de la pequeña
ciudad a cuantos la visitaban. Las tierras de la región eran fértiles, y para los argentinos la distancia
entre Lobos y Buenos Aires, la capital, era escasa.
Cuando la familia Hechtl entró en la iglesia un murmullo recorrió los bancos.
Con la cabeza alzada, Elisabeth —como siempre vestida de negro de pies a cabeza— se dirigió
al primer banco. Aunque la iglesia ya estaba llena, el banco principal estaba desocupado; al parecer,
existía una ley no escrita según la cual la familia Hechtl ocupaba ese lugar. Juan y Emma seguían a
Elisabeth, Wilhelmine y el abuelo formaban la retaguardia. La señora Langileburu sostenía al
anciano, e incluso su marido se había puesto un traje, algo que le resultaba bastante incómodo. Los
acompañaba su apuesto hijo Esteban. Su madre ayudó al abuelo a tomar asiento y después los tres se
dirigieron a sus propios lugares en la iglesia.
Emma notó las miradas curiosas que le dirigían los presentes.
Tras persignarse ante el altar, Elisabeth saludó a las otras familias inclinando la cabeza. Eran los
otros terratenientes. En aquel entonces, Emma ignoraba que las familias se instalaban en los bancos
según el tamaño de sus propiedades, por eso los Hechtl ocupaban el principal.
El joven párroco le lanzó una mirada nerviosa a Elisabeth y solo pareció sosegarse después de
que ella le dedicara una sonrisa benigna y lo saludara con una inclinación de la cabeza. Entonces
empezó a oficiar la misa; Emma se concentró, procurando no cometer un error. El párroco celebró la
Nochebuena y al final no solo alabó a Dios sino también a la familia Hechtl, gracias a cuya generosa
donación la iglesia dispondría de una nueva pila bautismal. Elisabeth miró de forma elocuente a su
nuera; así que ese era el precio del silencio del párroco: una nueva pila bautismal.
Después de la misa, las familias terratenientes se saludaron en el atrio y se desearon feliz
Navidad. Emma estrechó innumerables manos, algunos se dirigieron a ella en alemán y le desearon
muchas felicidades, otros intentaron iniciar una conversación en español, pero por desgracia Emma
solo pudo contestar encogiéndose de hombros y sonriendo. Esteban ya los esperaba con el coche.
Para que todos cupieran, había colocado un pequeño banco de madera entre el asiento delantero y el
trasero, que entonces ocuparon Emma y Wilhelmine. Los Langileburu se apretujaron en el asiento
delantero junto a su hijo. Las criadas ya aguardaban a los señores en la finca con champán frío, y por
fin todos se encontraban en la sala y bebieron a la salud de los demás.
—¡Feliz Navidad! Frohe Weihnachten!
El español y el alemán se mezclaron y Emma se enorgulleció de comprender al menos algunas
frases, pero todavía no lograba conectar el verano con la Navidad ni la Navidad con el verano. La
servidumbre de la estancia había sido invitada a participar en la fiesta junto con la familia y un poco
más tarde todos los empleados y sus mujeres, Juan, Wilhelmine y también Emma estaban sentados
bajo la pérgola en el jardín de la casa, riendo a carcajadas. Habían instalado mesas y bancos para
que todos pudieran tomar asiento. El abuelo y su hija Elisabeth ocupaban un lugar un poco apartado.
El vino fluía en abundancia, la alegría iba en aumento y las voces se volvieron más sonoras. Grandes
trozos de carne se cocinaban en el asador; esta era muy rica y quizás era la primera vez desde su
llegada que Emma volvía a reír con alegría. Pese a no comprender las palabras, cantó melodías junto
con los demás. Cuando entonaban canciones navideñas conocidas añadía la versión alemana; se
encontraba a gusto entre esos alegres peones. Juan estaba a su lado; su cuñada, sentada frente a ella;
su suegra, fuera de su alcance, y el abuelo agitaba la cabeza alegremente.
Por fin, los presentes gritaron «¡feliz Navidad!»: era la señal de poner fin a la fiesta y en pocos
minutos todos se encargaron de retirar las mesas y los bancos.
De pronto solo quedaron la familia del capataz y los Hechtl. A lo lejos aún se oían los gritos de
los peones que regresaban a sus casas en La Esquina. Entonces también los Langileburu se
despidieron, volvieron a desearles feliz Navidad a todos y se dirigieron a su pequeño hogar.
Finalmente, también los Hechtl se retiraron a sus habitaciones. Emma se sentía liberada y pudo
volver a disfrutar de las caricias de Juan.
Antes de que ambos se durmieran, Emma le susurró «feliz Navidad» al oído.
Él le sonrió y ambos se sumieron en un sueño profundo.
5
—¡Esto me está sacando de las casillas, Bernd! ¡Es imposible que no podamos averiguar nada
acerca de ese condenado Óscar Hechtl! ¿De dónde vino, a dónde quería ir, qué buscaba en Berlín?
Bernd observó a su mujer en silencio, sabía que Christina no esperaba una respuesta.
—Resumamos —dijo ella, plantándose ante él—. Inmediatamente después del fin de la guerra un
joven vino a Berlín desde Argentina y alquiló una habitación barata en la pensión de la madre de
Hannelore.
—Es decir, en la casa de tu bisabuela.
Christina, que volvía a recorrer la habitación con pasos nerviosos, se detuvo y se volvió hacia
Bernd.
—¡No es necesario que lo subrayes! Ya me resulta bastante difícil aceptar un pasado
completamente nuevo.
Bernd calló. Se había pasado todo el día recurriendo a sus contactos en todos los despachos de la
administración de Berlín en busca de Óscar Hechtl, pero sin éxito. Las actas de la época justo
después de la guerra eran muy escasas, muchos documentos se habían perdido y ello significaba que
podían estar pudriéndose en los sótanos de un viejo edificio municipal y que nadie lo supiera. No
logró encontrar a ningún Óscar Hechtl, ni a la familia Hechtl, pero Christina se negaba a aceptarlo.
—Si las cosas son como tú dices —dijo—, si realmente resultara que no había ninguna familia
Hechtl en Berlín, tendría que existir algo parecido a un visado de entrada.
Bernd no quería quitarle la esperanza, pero estaba convencido de que semejantes papeles,
procedentes de una época en la que los ejércitos victoriosos se repartieron Alemania, serían casi
imposibles de encontrar. ¿Por dónde habría que empezar? ¿Acaso habría que buscar en los archivos
ingleses, franceses o incluso rusos? Consideraba que era una empresa inútil, pero evitó manifestarlo
en voz alta.
Christina siguió hablando.
—¿Qué se le había perdido a Óscar Hechtl en Berlín? No había otros Hechtl, todo estaba en
ruinas, reinaban el hambre, la miseria... en aquel entonces Berlín no era un destino atractivo. Tal vez
era uno de esos muchachos que adoran la aventura. Hannelore cree que provenía de una familia
adinerada.
—Creo que el turismo catastrofista más bien es un fenómeno de nuestra época, así que ¿por qué
no te concentras en la tarjeta postal? ¿Por qué llevaba consigo esa tarjeta? ¿No te parece que sería
interesante averiguarlo?
—Tienes razón, desde luego, la tarjeta postal... Óscar Hechtl estaba buscando ese bandoneón,
tenía la tarjeta, hablaba alemán y sabía lo que ponía en ella.
Perseguía el secreto de ese bandoneón, al igual que lo estoy haciendo yo... A lo mejor Óscar
Hechtl incluso sabía cuál era ese secreto, puesto que debe de haber sido un asunto importante si por
ello viajó hasta Alemania desde Argentina.
Los ojos de Christina se dilataron, como si acabara de pronunciar las palabras de Alí Babá para
que Sésamo se abriera.
—Óscar tenía que hacerse con ese bandoneón y su misión era secreta, no se la mencionó a nadie,
ni siquiera le dijo a Hannelore por qué había ido a Berlín. Lo único que ella sabía era lo que veía:
ropas polvorientas y zapatos sucios tras vagar por la ciudad. ¿Y por qué vagó durante días enteros?
¡Porque buscaba el bandoneón! —dijo Christina, y le lanzó una mirada triunfal a su marido.
—Y en ese caso, ¿por qué abandonó Berlín repentinamente? —preguntó Bernd.
Consideraba que todo era demasiado sencillo para que fuese la solución correcta.
Christina puso los ojos en blanco.
—Pues porque lo encontró y resolvió el secreto. Y entonces ya no tuvo motivos para quedarse.
—¿Que encontró el bandoneón? ¿En una ciudad que se extiende a lo largo de más de cincuenta
kilómetros y que encima estaba en ruinas?
Christina se puso de mal humor.
—¿Y por qué no? Tuvo suerte, o disponía de un punto de partida y sabía dónde buscar —dijo,
pero era consciente de que los reparos de Bernd estaban justificados—. Sí, reconozco que todo suena
demasiado sencillo. Pero entonces, ¿para qué llevaba la tarjeta consigo?
—Dijiste que la había perdido y olvidado debajo de la cama, ¿verdad?
—Sí, Hannelore la encontró mientras limpiaba.
—Pero eso demuestra que la tarjeta no tenía mucha importancia para él, porque de lo contrario
hubiera regresado a por ella, ¿no?
—Una excelente conclusión, pero si la tarjeta no tenía importancia, ¿por qué la llevaba consigo?
A menos que la tarjeta ya no significara nada para él cuando partió. Había cumplido con su misión,
ya no la necesitaba.
—¿Y cuál era su misión?
—Cuando lo averigüe, Bernd, te enviaré un e-mail —exclamó Christina, cada vez más irritada.
—Tu Óscar Hechtl solo permaneció en Berlín durante poco tiempo, ¿verdad?
Sería interesante averiguar si Berlín era su único destino europeo.
—Buena idea, Bernd... pero cómo... aguarda un momento... —dijo Christina, pensando
febrilmente—, ¿te acuerdas de Matthias, Matthias que vive en Hamburgo?
Bernd la miró, inquisitivo.
—Ese Matthias, con el que asistí a la escuela de periodismo. Si mal no recuerdo, trabajaba en...
Espera, voy a ver...
Bernd no tenía ni idea de qué estaba hablando su mujer. Tras unos momentos volvió al salón con
una gran caja llena de tarjetas de visita y, con una sonrisa de satisfacción, depositó una de ellas en la
mesa, como si fuera el as en una partida de cartas.
—Matthias de Hamburgo es el portavoz de una compañía naviera hamburguesa. Si alguien es
capaz de averiguar algo sobre los viajeros que entraron y salieron de Alemania es él, porque en
aquel entonces todos cruzaban el gran charco en barco.
Christina sostenía el auricular del teléfono con una mano, y con los dedos de la otra tamborileaba
nerviosamente en el escritorio. Matthias acababa de frustrar sus esperanzas de encontrar a Óscar
Hechtl. Dijo que era sumamente improbable que después de la guerra alguien hubiese viajado en un
barco de la compañía naviera hamburguesa, que muchos barcos habían sido destruidos y que de
todos modos en los primeros años después de la guerra la navegación civil se había vuelto
inexistente.
—¿Dónde está tu olfato periodístico, Matthias? —preguntó Christina en tono retador—. ¡Cuando
trabajabas como periodista freelance eras más ambicioso!
Debía haber reprimido ese comentario, porque conocía la situación de Matthias perfectamente:
había comprado una casa y debía alimentar a su familia, así que la decisión de trabajar como
portavoz para la compañía naviera era muy comprensible.
Pero a Matthias no le resultó difícil replicar a su reproche.
—¿Sabes qué pasa, Christina? Que dos niños preciosos suponen una compensación suficiente por
una carrera importante —dijo. Él también sabía hacer comentarios hirientes—. ¿Y vosotros? ¿Todo
bien? ¿Aún no tenéis hijos?
—Sí, gracias, todo bien. Nosotros no planeamos ninguna compensación y no se te ocurra
mencionar el reloj biológico —replicó Christina.
Finalmente, quedaron en verse la semana próxima; Christina tenía cosas que hacer en la
redacción de Hamburgo.
Tras la conversación, Christina permaneció sentada ante su escritorio en la redacción y trató de
poner en orden los pocos datos de que disponía: su madre había escondido una tarjeta postal
argentina, lo único que había recibido de su propia madre. La tarjeta postal era un recuerdo de Óscar
Hechtl, el abuelo de Christina, que por algún motivo fue a Berlín y poco después volvió a
desaparecer. La tarjeta estaba firmada con la letra «E» y en ella aparecía un grupo de tango llamado
Los Tangueros y que provenía de Buenos Aires. ¿De Buenos Aires? Buenos Aires...
Christina se dirigió al despacho del jefe de redacción.
—La semana que viene iré a Hamburgo un par de días, después debo viajar a Buenos Aires, Pit.
Pit indicó el sillón ante su escritorio.
—Hola, Christina, sí, yo también me alegro de verte. ¿Quieres un café?
Una vez más, y como siempre que estaba nerviosa, Christina había tirado por la borda todas las
reglas de urbanidad. Hacía tiempo que cualquier otro jefe de redacción se hubiera hartado de su
conducta, pero Pit —quien pese a la prohibición de fumar fumaba como una chimenea en su pequeño
despacho acristalado y a quien lo que más le gustaba era quitarse los zapatos y apoyar los pies en el
escritorio— tampoco era un dechado de buenos modales o cortesía.
—Tesorito —nadie más que Pit hubiera osado llamarla así—, ¿por qué no me cuentas de qué se
trata en realidad?
Christina se dispuso a inventar una historia sobre investigaciones secretas y relaciones germano-
latinoamericanas, pero al ver la expresión de Pit, decidió contarle la verdad.
Pit la contempló simulando enfado, luego una amplia sonrisa se le dibujó en el rostro.
—Te deseo mucha suerte —dijo.
Incluso buscó la dirección de una conocida suya en Buenos Aires. Maju era una antigua becaria
de la época en la que Pit trabajaba en Zúrich. A lo mejor podría ayudar a Christina en la búsqueda.
Cuando llegó a casa, Christina abordó a su marido con los hechos consumados.
—¿Así que tomarás el avión la semana que viene?
—preguntó él.
—Sí, la semana que viene, aún tengo cosas que hacer en Hamburgo. Después volaré directamente
a Argentina.
6
¡El día más hermoso! ¡Será el día más hermoso de tu vida! Eso es lo que podrían haber grabado
encima de la puerta de entrada de la estancia. Puede que en los últimos días fuera la frase que Emma
oyó con mayor frecuencia.
Tras las festividades navideñas, la organización de la boda de Emma y Juan se produjo de forma
detallada y perfeccionista pero a ella prácticamente no le consultaron, era como si hablaran de la
boda de otra persona.
Elisabeth reunió a la familia en torno a la gran mesa del comedor donde había dispuesto su
calendario. La boda se celebraría a mediados de febrero, porque entonces aún haría bastante calor
cuando la joven pareja pasara la luna de miel a orillas del mar.
—¿Iremos al mar? —exclamó Emma, encantada.
—Claro que sí, querida, disfrutaremos de dos semanas en Quequén, en el Hotel Quequén, a saber
—dijo Juan.
—¡El mejor hotel de veraneo que existe! —añadió Wilhelmine.
—Partiremos inmediatamente después de la boda. Quequén se encuentra a unos quinientos
kilómetros al sur, pero las fatigas del viaje merecerán la pena, pues... —Juan no pudo acabar la
oración, Wilhelmine lo interrumpió.
—¿De qué color quieres que sea tu habitación?
Emma no comprendió a qué se refería.
—Lo que quiero decir es que en el hotel puedes decidir los colores de las paredes —dijo su
cuñada.
Emma la contempló con expresión incrédula.
—Así es, en efecto —dijo Juan, volviendo a tomar la palabra—. Aunque solo en caso de
reservar con meses de antelación. Como he dicho: es el mejor hotel de la costa atlántica argentina.
—¡Pasaremos unos días maravillosos, Juan!
—No, si no proseguimos con la planificación, porque de lo contrario ni siquiera llegaréis a la
boda —dijo Elisabeth con una expresión tan severa que el abuelo se echó a reír con tantas ganas que
sufrió un ataque de tos. La señora Langileburu se apresuró a sostenerlo.
—¿Nos casaremos en la iglesia de Lobos, en la que también celebramos la Navidad? —preguntó
Emma.
Su suegra le lanzó una mirada, sorprendida.
—¿En Lobos? Pero Emma, vuestra boda será un acontecimiento de gran importancia social, así
que os casaréis en Buenos Aires, claro. Después de la ceremonia nupcial celebraremos una
recepción en nuestra residencia de la capital. Será una fiesta de altos vuelos. ¡El primogénito de los
Hechtl se merece la más opulenta de las recepciones! —dijo, y le lanzó una mirada de orgullo a su
hijo. Este respondió inclinando la cabeza—. Bueno... —dijo Elisabeth, y empezó a contar los días en
su calendario.
Ella había escogido el fin de semana de mediados de febrero y, asombrada, Emma comprobó que
su suegra incluso había reservado la iglesia, y lo había hecho cuando Emma y Juan aún estaban en
alta mar. Por fin Elisabeth decidió que bastaría con que viajaran a Buenos Aires al cabo de tres
semanas, por lo tanto, a finales de enero.
—Deberías aprovechar el tiempo para aprender español lo mejor posible, Emma; entre hoy y
mañana confeccionaremos la lista de invitados, Juan, para que puedan imprimir las invitaciones y
enviarlas. ¡Bueno, todo está decidido! — dijo Elisabeth, echando una mirada en torno y cerrando el
calendario.
La boda se celebraría en La Recoleta, en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, una de las más
antiguas de Buenos Aires, erigida en el siglo XVIII por monjes franciscanos. En el cementerio
adjunto, la familia Hechtl poseía un gran mausoleo, todas las familias argentinas importantes
disponían de panteones en La Recoleta, y sus residencias también se encontraban en ese barrio.
Las semanas anteriores al viaje a Buenos Aires pasaron volando; Emma mejoró mucho en
español y hacía grandes progresos: dos meses tras su llegada ya era capaz de mantener
conversaciones sencillas sobre el clima, el paisaje, la comida y la ropa, temas que su suegra y su
profesor consideraban adecuados. Ya habían hecho las maletas, confeccionado la lista de invitados y
enviado las invitaciones.
Juan partió a la capital unos días antes.
Más adelante el resto de la familia tomó el tren a Buenos Aires en la pequeña ciudad de Lobos.
Al principio Emma se sorprendió al comprobar que los Langileburu no los acompañarían, pero no
tardó en comprender que ambos debían ocuparse de la estancia. Solo una de las criadas viajó con
ellos, además de un peón que se encargaría de las maletas.
—¡Nosotros los Hechtl jamás cargamos con nuestro equipaje! —dijo su suegra, repitiendo las
palabras dichas por Juan hacía unas semanas en el puerto.
Durante el viaje a Buenos Aires, Wilhelmine le explicó a Emma que disponían de su propio
personal en la residencia de la ciudad.
—Allá nuestra Fernanda es el ama de llaves, la que se encarga de la casa.
Cuando no estamos allí o cuando el único que ocupa la casa es Juan, solo están Fernanda y una
criada. Pero cuando toda la familia reside en Buenos Aires, Fernanda llama a su sobrina y nosotros
nos llevamos una criada.
Wilhelmine no dejó de hablar de la casa, de Fernanda el ama de llaves, de su sobrina, de las
avenidas y de las personas elegantes, de la ropa y de las modistas.
Elisabeth, como siempre vestida de negro de pies a cabeza, soportaba el parloteo con
indiferencia estoica, miraba por la ventana o leía la Biblia. El abuelo optó por dormir, así que la
única obligada a prestarle oídos a Wilhelmine era Emma.
Por fin llegaron al centro. ¡Buenos Aires!, y entonces Emma conocería la legendaria capital de la
tierra de plata; estaba tensa y nerviosa, también impaciente por abrazar a Juan, pero quien los
aguardaba en el andén no era su marido sino Esteban Langileburu, que había conducido a Juan en el
automóvil hasta la ciudad.
Este estaba aparcado delante de la estación de ferrocarril, pero el grupo tardó un rato en
alcanzarlo pues, encorvado y apoyado en su bastón, el abuelo marcaba el ritmo. A un lado del
automóvil también había un sencillo coche de plaza en el que las criadas y el peón cargaban las
maletas y en el que por fin montaron. A Elisabeth parecía no escapársele nada y no dejó de reprender
las torpezas del personal. Finalmente, todos emprendieron la marcha.
A Emma le encantaba volver a encontrarse en una ciudad, y Buenos Aires no le pareció extraña:
casas bonitas de lujosas fachadas, calles bordeadas de grandes plátanos y señoras elegantes
paseando por las aceras, acompañadas de doncellas o niños acicalados. Automóviles, tranvías y
vehículos arrastrados por caballos circulaban por las calles.
Las calles se volvieron más anchas, grandes avenidas, casas aristocráticas, palacios... Emma se
había criado en el elegante barrio de Südende de Berlín, pero el de La Recoleta superaba todo lo
conocido con anterioridad. Estaba asombrada. Su suegra le preguntó si le agradaba la zona, tal vez
para darse importancia: el entusiasmo de Emma parecía proporcionarle cierta satisfacción.
La residencia de los Hechtl se encontraba justo detrás de los magníficos palacios. Enfilaron el
pequeño patio delantero y los guijarros crujieron bajo los neumáticos de la limusina. La residencia
no era tan imponente como las mansiones de la primera fila, pero también era muy elegante.
La puerta se abrió y el personal de la casa salió a recibirlos. Habían aguardado su llegada tras
las ventanas; las tres criadas llevaban cuidados vestidos negros y delantales blancos. La primera era
una mujer de unos cincuenta años —que debía de ser Fernanda, el ama de llaves—, a su lado estaba
una muchacha de aspecto tímido que no se separaba del ama; Emma supuso que se trataba de la
sobrina que solo ayudaba de vez en cuando y era casi una niña; la tercera era la doncella.
Todas contemplaban a Emma.
Entonces apareció Juan.
—¡Ya llegaron! —dijo, dedicándole una amplia sonrisa a su mujer—. ¡Bajen del auto!
Todos se apearon, incluso el abuelo parecía más ágil que de costumbre y rechazó la ayuda de
Esteban. El personal hizo una reverencia, Elisabeth estrechó la mano a Fernanda y saludó a la
sobrina y a la otra criada con una breve inclinación de la cabeza. Ambas bajaron la vista.
Juan presentó a Emma.
—Fernanda —dijo—, esta es mi joven y hermosa mujer, Emma Hechtl, Von Schaslik de soltera.
¡Quiero que te ocupes de ella personalmente!
Emma se alegró de haber comprendido casi todo; el ama de llaves le cayó bien de inmediato. La
saludó y luego estrechó la mano a la sobrina y a la criada, provocando la sorpresa del personal y de
la familia, pero Emma era una buena conocedora de la naturaleza humana y se dio cuenta de que su
gesto había encantado a la sobrina.
Entonces el coche con la criada de la estancia, el peón y las maletas también alcanzó el patio de
la mansión.
Sin prestarle atención Juan tomó a su mujer del brazo y la condujo hasta la entrada.
—¡Y ahora, mi querida Emma, serás la princesa de nuestro castillo!
Abrió la puerta y Emma entró en el vestíbulo de la casa. Una escalera de madera oscura ascendía
a la planta superior trazando una elegante curva. Una enorme araña de cristal proporcionaba una luz
clara y se reflejaba en el suelo de mosaico. Todo era maravilloso, y Elisabeth contempló a su nuera
con satisfacción. Al menos la jovencita parecía estar bastante agradecida de que Juan la hubiese
arrancado de su empobrecida familia.
Emma sonrió a Juan y lo abrazó.
—No acá, delante de todos —dijo este, carraspeando.
Pero él también se alegró al ver el brillo en la mirada de su joven mujer.
Después la familia disfrutó de la cena; el talento culinario de Fernanda era mayor y más refinado
que el de la señora Langileburu; se trataba de una cocina de gran ciudad, aromatizada mediante
diversas especias, quizá solo obtenibles en una ciudad portuaria. Cansados tras el viaje, todos se
retiraron temprano. Emma se alegró de volver a estar con Juan y ambos disfrutaron de su amor.
Al día siguiente Esteban los condujo hasta el mausoleo de la familia. El cementerio parecía una
ciudad de mármol en miniatura, inmensos portales bordeaban los senderos, uno más opulento que el
otro; ángeles de mármol negro lloraban a los muertos, las columnas sostenían techos impresionantes y
las medidas de algunos panteones eran las de una casita pequeña.
El mausoleo de la familia Hechtl no se quedaba atrás. El último que fue enterrado allí, el esposo
de Elisabeth, había muerto hacía muchos años. El pequeño grupo permaneció en silencio ante el
testimonio de lo efímero de la vida humana. Elisabeth depositó un ramo de flores y se persignó. El
abuelo, a sus espaldas, todavía estaba agradecido a su hija por el sacrificio que supuso para ella su
matrimonio y, cuando le apoyó una mano en el hombro, ambos eran los únicos que sabían que dicho
gesto no guardaba ninguna relación con el duelo por el difunto.
Cuando abandonaron el cementerio y regresaron al automóvil, pasaron junto a la vieja iglesia
pintada de blanco que resplandecía bajo el sol estival. Un clérigo apareció en la puerta.
—¡Ah, la familia Hechtl! —los saludó en español.
—¡Qué feliz casualidad, hermano Marcos, hoy el Señor se muestra benévolo con nosotros! Verá
—dijo Elisabeth—, esta es Emma, mi nuera alemana, la novia de mi hijo Juan.
El clérigo saludó a Emma y al resto de la familia y no tardaron en fijar una fecha para la
conversación entre el sacerdote y los contrayentes. En realidad, las dos semanas anteriores a la boda
estaban repletas de planes y de compras. A Emma le hubiera gustado recorrer la ciudad, pero debido
a las pruebas del vestido en el taller de la modista, las conversaciones sobre el peinado y la
planificación de los platos no le quedó tiempo libre. Contrataron a un ejército de criados; la mansión
había sido renovada a fondo, todo debía estar absolutamente perfecto. Y también Emma, así que se
convirtió en una suerte de bailarina de ballet que debía aprender todos los pasos. Emma evitó
manifestar una protesta, porque de todos modos los invitados no serían sus invitados y se entristeció
al pensar que ninguno de sus amigos estaría presente en ese día tan importante.
Emma, Elisabeth y Wilhelmine se convirtieron en visitantes muy apreciadas de los grandes
almacenes Harrod’s, frecuentados por la alta sociedad. Damas elegantes, niñas con prendas de
puntillas blancas, niñeras y también algunos señores paseaban a lo largo de las diversas plantas,
cruzadas por anchos pasillos alfombrados de rojo que convertían a todo visitante en un rey. Las
personas intercambiaban saludos. El mejor de los sastres atendía a las tres mujeres; a Emma le
hubiera gustado llevar un vestido de novia moderno, adoraba el estilo nuevo y sencillo, y algunos
vestidos incluso dejaban ver las piernas.
—¿Querés un vestido de novia corto? ¿Perdiste el juicio? —exclamó Elisabeth, abanicándose:
los rayos de sol que penetraban a través de las altas ventanas habían calentado el salón de costura de
la primera planta—. Ya llamás bastante la atención, Emma, toda la ciudad habla de Juan y su novia
alemana, así que por lo menos tu vestido debería ser de un estilo discreto y poco llamativo. Algunos
de nuestros invitados masculinos son viejos, tan viejos como el abuelo. Ahorrate tus encantos para tu
marido, de lo contrario un exceso de erotismo podría causar infartos entre los invitados al
casamiento.
Emma no daba crédito a lo que escuchaba: su suegra poseía sentido del humor, un rasgo de
carácter que de momento había logrado ocultar con éxito.
Elisabeth le sonrió, sorprendida de su propia actitud. En Buenos Aires volvía a ser aquella
muchacha ingeniosa que, en la estancia, ella creía difunta hacía años.
Solo faltaban dos días para la boda. Mientras Emma acudía a las citas con la modista, se probaba
vestidos, degustaba los platos y los vinos y aprobaba las decisiones de Elisabeth sobre la decoración
de las mesas, la distribución de los asientos, el jardín con los pabellones y las mesas, el tema de la
misa, las calesas, los coches, el uniforme del personal y muchas cosas más, las personas que la
rodeaban se convirtieron en una multitud irreconocible. A veces identificaba a algunas personas que
luego desaparecían en medio del ajetreo: Elisabeth, Wilhelmine, la modista, Juan, el abuelo, los
criados, Fernanda y su joven sobrina. En la cabeza de Emma todos giraban con una rapidez cada vez
mayor: al igual que una niña en un tiovivo, ella era la princesa a quien habían montado en la carroza,
pero sin haberle consultado. El bullicio de la feria zumbaba en sus oídos, personajes graciosos
tocaban campanillas de plata, parecían burlarse de ella y un grito mudo resonó en su alma, una
silenciosa rebelión.
Y de pronto, como quien despierta de un sueño bañado en sudor tras una noche agitada, se
encontró vestida de seda blanca en la escalera de madera de la residencia, contemplando los rostros
sonrientes de la familia: gritos de entusiasmo, aplausos. Ahí estaba Emma Hechtl, oriunda de Berlín,
Von Schaslik de soltera, en una residencia de Buenos Aires tras muchas millas marítimas de travesía
transatlántica.
Emma descendió los peldaños, ya no era la princesa, ahora era la reina. La excitación, el miedo y
los nervios de los últimos días dieron paso a una sensación de gran felicidad cuando Juan la estrechó
entre sus brazos.
—Tené cuidado, le estás arrugando las puntillas —le advirtió Elisabeth, que llevaba un vestido
verde oscuro con adornos negros y estaba de pie junto a Wilhelmine, ataviada como una muñeca.
—¡Sos tan hermosa...! —murmuró Juan.
Esteban también se había esmerado. La ornamentada calesa brillaba bajo el sol.
Juan y Emma serían los últimos en llegar a la iglesia, el resto de la familia se trasladaría en
coches tirados por caballos que ya los aguardaban en la calle.
Fernanda ayudó al abuelo a montar en el coche, seguido de Elisabeth, y por fin la hermana de
Juan, bastante impedida debido a su pierna tullida. Fernanda quiso ayudarla, pero Wilhelmine la
rechazó. El cochero chasqueó la lengua y ambos caballos se pusieron en marcha.
—¡Nos vemos en la iglesia! —gritó Wilhelmine saludando a los novios con la mano cuando ya
desaparecían entre los palacios de la primera hilera de casas.
Los golpes de los cascos resonaban en la avenida. Juan y Emma se quedaron con los criados;
Fernanda apretó las manos de Emma.
—¡Les deseo a ambos toda la felicidad del mundo!
La iglesia blanca estaba decorada de fiesta, una ligera brisa estival agitaba los árboles. El
corazón de Emma latía con fuerza: sabía lo que le esperaba, Elisabeth había tenido razón cuando le
comentó al sastre de Harrod’s en tono mordaz que, debido a su apresurado casamiento europeo, Juan
y Emma habían escandalizado a la sociedad bonaerense. Ahora todos querrían ver cómo era esa
alemana, esa aristócrata berlinesa.
Esteban abrió la portezuela de la calesa; el sacerdote, el hermano Marcos, salió a su encuentro.
—¡Todo tal como lo ensayamos, todo tal como lo ensayamos! —exclamó. Al ver el rostro pálido
de Emma, añadió—: ¡Nada puede salir mal, lo que Dios ha unido, el hombre no debe separar!
En la iglesia ya sonaba la música, manos serviciales arreglaron la cola del vestido de Emma por
última vez —¿acaso allí también Elisabeth se había encargado de contratar personal?—, y entonces
Emma entró en la penumbra del brazo de su marido. El crujido de la madera y el susurro de las telas
indicaron que todos los presentes se ponían de pie. La iglesia estaba repleta y Emma quedó
impresionada: por lo visto su boda realmente suponía un acontecimiento social.
Avanzó con los pasos tantas veces ensayados como si estuviera en trance, se sentó en la silla
frente al altar y apenas oyó las plegarias y la misa. En cierto momento llevaba un anillo en el dedo y
había dicho: —¡Sí, con la ayuda de Dios!
Cuando salieron de la iglesia la luz resplandeciente del verano los envolvió.
Emma recibió abrazos, le estrecharon la mano, las palabras llovieron sobre ella, más abrazos y
de repente ella y Juan estaban sentados en la calesa detrás de Esteban y regresaban a la residencia.
—Ya pasó —dijo Emma, dirigiéndose a Juan, que la contemplaba con expresión amorosa—, y
casi no me he enterado de nada.
Juan rio.
—Lo principal es que hayas dicho «sí» —dijo, y la besó apasionadamente.
Las mesas y los pabellones blancos del jardín resplandecían bajo el sol argentino. La familia
Hechtl, a la que ahora Emma pertenecía de manera oficial, se apostó en la entrada del jardín para
recibir al desfile de invitados. Los rostros y las manos se sucedían, el español, el alemán y un poco
de inglés se mezclaban, Emma trató de saludar a todos con una palabra cordial.
De vez en cuando pensaba: «¡Aquí estoy en mi propia boda y no conozco a ninguno de los
invitados!»
Finalmente, una vez que les sirvieron bebidas a todos los presentes en el jardín, aparecieron el
capataz y su mujer, y Emma se alegró de verdad: ¡había alguien conocido en su boda!
—¡Cuánto me alegro de que hayan venido, señor y señora Langileburu!
No obstante, la señora ayudaría en la cocina y el capataz regresaría rápidamente a la estancia.
Juan y Emma se mezclaron con los invitados; de vez en cuando él le murmuraba un nombre o una
posición social, pero Emma no trató de recordar esos detalles, se conformó con comprender algunas
palabras de las conversaciones en español.
Entonces una voz inoportuna resonó en el jardín.
—¡Emma, Juan, holaaaa!
¿Cómo pudo olvidarlo? Allí volvían a estar Ernst y Margarethe Helderlein, a quienes habían
conocido en el Cap Arcona. Ambos los felicitaron gesticulando exageradamente, dijeron que no
habían podido acudir a la iglesia; su explicación poco convincente no despertó el interés de Emma.
«Ojalá en ese momento les hubiese caído un rayo», pensó Emma.
Ernst Helderlein aferró a Juan del brazo y lo arrastró a un lado hablando sin parar. Margarethe
aprovechó la oportunidad para «sondear la situación», como le dijo a Emma, y ello significaba que
ese espantoso personaje, por una parte ebria y por la otra como una perra en celo, pronto se colgaría
del cuello de todos los hombres jóvenes.
Emma se quedó sola; de pronto una voz dijo en un alemán perfecto y culto: —No siempre supone
una ventaja comprender todas las conversaciones en alemán.
Emma rio y vio un rostro de rasgos angulosos y aristocráticos. Con gesto galante, un señor mayor
la saludó con la cabeza.
—No contaba con que me recordara tras saludar a esa larga fila de personas que le ofrecían sus
congratulaciones. Me llamo Grünberg y me alegro de que una mujer tan bella se haya mudado a
nuestro vecindario.
—Me encanta que alguien se dirija a mí en mi idioma materno, ¡sobre todo un compatriota tan
agradable! —dijo Emma, devolviéndole el cumplido.
Descubrió que los Grünberg también eran oriundos de Alemania; vivían en un palacio que daba a
la gran avenida, cerca de la residencia de los Hechtl. Durante un breve paseo, Emma había pasado
junto a la lujosa mansión: incluso la casa del guarda era de un tamaño considerable.
—¡Una boda maravillosa! —dijo la esposa de Grünberg, reuniéndose con ellos.
Emma disfrutó de una animada conversación con los Grünberg, pero de pronto se vio
interrumpida por Elisabeth. Tras murmurar una disculpa, su suegra la arrastró consigo hasta un rincón
tranquilo donde Wilhelmine se unió a ambas.
—¡Es un judío! Un judío alemán —espetó Wilhelmine.
—¡Sí, en efecto, es judío! —dijo Elisabeth manifestando su desagrado con absoluta claridad—.
Es muy influyente, así que por desgracia no podemos ignorarlo, pero no queremos tener más
contactos de los absolutamente imprescindibles.
Se suponía que Grünberg formaba parte de más directorios de bancos que ningún otro, pero nadie
estaba muy seguro de las empresas en las que participaba; se rumoreaba que era uno de los hombres
más influyentes de Argentina.
Emma no comprendía por qué no debía hablar con ese agradable matrimonio.
Claro que estaba al tanto del rechazo general hacia los judíos; en Alemania había mucha gente
que hablaba mal de ellos. Emma miró desconcertada a Elisabeth.
Esta suspiró.
—No preguntes, hacé lo que te digo, hay muchos otros invitados que deberías conocer. Te
presentaré al embajador alemán, es nuevo en el cargo y será de gran importancia para los negocios
de Juan.
Poco después, Emma fue presentada al embajador y se vio obligada a seguir hablando sobre
temas intrascendentes. No había contado con encontrar un grupo tan grande de germanohablantes en
Buenos Aires. Entre tanto, hizo unos intentos de hablar en español pero sin demasiado éxito. En el
ínterin Margarethe Helderlein se había emborrachado y estaba sentada en una silla del pabellón
situado al borde del jardín. Verla medio derrumbada, con la cabeza cayendo hacia delante de vez en
cuando y agitando el enorme sombrero divirtió a Emma; los invitados, que se percataban de su
aspecto, se burlaban de la borracha sin el menor disimulo y Emma se preguntó dónde estaría Ernst y
por qué no se ocupaba de ella.
Ernst había logrado arrastrar a una de las criadas reclutadas por los Hechtl para la recepción
hasta un trastero y se entretenía con la joven ingenua.
Fernanda, el ama de llaves, los descubrió: Ernst Helderlein —con los pantalones a la altura de
los tobillos— presentaba un aspecto muy ridículo mientras montaba a la muchacha como si fuera un
perro. Aterrado, agarró un trapo y se cubrió la cara; asustada, Fernanda se disculpó y echó a correr,
simulando que no lo había reconocido. Helderlein se dio a la fuga de inmediato y abandonó a la
criada en el trastero. Fernanda le hizo severos reproches a la desgraciada y la echó de la casa.
Después le diría a la señora que la había descubierto robando alimentos. Nadie preguntaría por ella:
Buenos Aires era implacable con cuantos desconocían las reglas del juego.
Por fin la fiesta acabó. Cansados y satisfechos, los Hechtl ocupaban sus sillas en uno de los
pabellones del jardín al tiempo que el personal ponía orden. Todos estiraban las piernas, exhaustos,
pasaron revista a la boda y concluyeron que había sido un éxito total.
Mientras Elisabeth daba las últimas instrucciones a Fernanda, Emma y Juan se retiraron a su
habitación. El abuelo les deseó las buenas noches guiñándoles el ojo. La señora Langileburu —que
ya había acabado con sus tareas en la cocina— lo condujo hasta su dormitorio, lo saludó y cerró la
puerta sin hacer ruido.
El abuelo estaba agradecido de que quien le ayudara a desvestirse fuese esa vieja conocida.
Cualquier otra le hubiera resultado molesta. Ahora dormía en la casa alrededor de la cual hacía
muchos años se había visto obligado a aprovechar la oscuridad de la noche. Estaba tendido sobre
blandas almohadas y fino hilo. Sus miembros ahora reposaban sobre plumas de ocas blancas.
Antaño, a solo unos pocos metros más allá de las paredes, había buscado algo comestible entre la
basura... y se había despreciado por ello. Ya había abandonado la lucha. Solo, viudo y
desorientado, se había dejado arrastrar como una vieja tabla de barco en el Río de la Plata. En
aquel entonces, su hija ya no era una niña, pero tampoco era capaz de valerse por sí misma. Ya no
tenía esperanzas y, aletargado y descorazonado como se sentía, fue incapaz de conseguir un
empleo. Su amada esposa había muerto demasiado pronto y lo había dejado a solas con la
pequeña niña. Solo sobrevivió por ella, Elisabeth no se merecía perder también a su padre.
Cada día en el que debía responsabilizarse de su hija se había hundido aún más.
El viejo abuelo suspiró.
Las maletas estaban listas, Esteban conduciría el coche durante el largo trayecto hasta Quequén a
solas; Juan no quería renunciar al automóvil durante su luna de miel en el paraíso costero. Él y Emma
viajarían en tren hasta allí; Emma se alegraba por anticipado ante la perspectiva de pasar unos días
de vacaciones sin la familia... y sobre todo sin Elisabeth.
—¡Parecés encantada de deshacerte de nosotros! —dijo el abuelo cuando se despedían; cuando
Emma quiso contradecirlo, añadió—: Olvidalo, tenés toda la razón del mundo. —Y les deseó una
maravillosa luna de miel.
Emma y Juan disponían de un compartimento de lujo, un revisor se ocupaba de su bienestar. La
perspectiva de descubrir algo más de su nueva patria alegró a Emma; cruzaban la pampa, esa región
de miles de kilómetros cuadrados de extensión, solo ocupada por pequeños grupos de árboles o
arbustos bajo cuya sombra se refugiaba el ganado y donde a finales del verano la hierba ya empezaba
a amarillear. A lo lejos creyó vislumbrar las siluetas de casas señoriales. Juan conocía varias y le
dijo el nombre de los propietarios e incluso que los de una de las fincas habían asistido a su boda.
—¡Ay! —dijo Emma, suspirando—, ¡he celebrado mi propia boda y ni siquiera sé quiénes eran
los invitados!
—¡Pero confío en que no hayás olvidado quién estaba a tu lado ante el altar! — exclamó Juan,
riendo, y abrazó a su mujer sentándola en la cama.
Más tarde se despertaron cuando llamaron a la puerta. Les sirvieron té, café, mate, bollería,
tartitas, sándwiches ingleses de pepino y otros tentempiés. Juan solo entreabrió la puerta y agarró la
bandeja de plata ofrecida. Emma soltó una risita y, envueltos en las sábanas, disfrutaron de los
dulces y también de los sosos sándwiches de pepino.
—¿Aún recuerdas a esas dos hermanas del Cap Arcona? —preguntó Emma.
—¿Te referís a esas dos viejas que engañaron a medio barco con sus cartas marcadas? —dijo
Juan con una sonrisa maliciosa, sabiendo que Emma no le dejaría pasar esa descripción sin protestar.
—Eres malo, pobres Templeton.
—Puedo oír cómo exclamarían «¡delicioso!» si probaran estos insulsos sándwiches.
Ambos rieron.
Emma le contó la historia de Ellie, de su amor por el recadero de su padre que fue a América por
ella, para hacer fortuna, y al que desde entonces la pobre había esperado toda su vida.
—Juan —dijo Emma de pronto; disfrutaba de la sinceridad con la que ambos hablaban en ese
momento—, ¿cuándo me hablarás de tus negocios? ¿De qué trata esa asociación con ese Ernst
Helderlein? ¿Qué significa eso de que ambos os convertiréis en los reyes de la importación y la
exportación?
Si bien en realidad Juan no consideraba necesario informar a su mujer de sus proyectos, estaba
de un humor comunicativo y le explicó sus planes.
—Bueno —dijo—, ¿qué dirías si tu marido se convirtiese en el vendedor de carne de vacuno más
importante de Argentina?
Emma calló. Juan había confiado en que demostraría un entusiasmo mayor, pero quizá las mujeres
no entendían de negocios, a excepción de su madre, claro, pero ella era viuda. Caminó de un lado al
otro del pequeño compartimento con las manos en la espalda.
—Invertí mucho capital en unas acciones excelentes. Eso me convierte en un hombre rico y a
nosotros en una familia acaudalada. El año que viene venderé dichas acciones, que para entonces
habrán aumentado considerablemente de valor. La situación argentina todavía es muy buena, mientras
que la economía de ustedes, la europea, es un desastre.
—¿Qué quieres decir con eso de «la economía de ustedes», querido? Ahora yo también soy
argentina —dijo, guiñándole un ojo.
Pero Juan no hizo caso de dicha ocurrencia.
—¿Y por qué venderé las acciones? Porque necesito mucha plata y cuando digo mucha, quiero
decir muchísima plata.
—Ajá —fue lo único que pudo contestar Emma, porque no comprendía a dónde quería ir a parar
Juan.
—Porque... —dijo Juan con un brillo repentino en la mirada—... ¡porque compraré un barco, un
barco grande que surcará los mares del planeta!
—¿Un barco? ¿Quieres hacerte a la mar?
—Claro que no, querida. Llegué a un acuerdo con la compañía naviera de Hamburgo en cuyo Cap
Arcona viajamos hasta acá. Invertiré en esa compañía y adquiriré la parte principal de un barco y
quizás incluso de dos.
—¿Pero para qué quieres poseer un barco?
—Porque no será un barco cualquiera, ¡será un buque frigorífico!
—¿Un buque frigorífico?
—Es un invento magnífico; se trata de un barco que funciona como una enorme heladera, en el
que las mercancías perecederas pueden transportarse durante varias semanas. Actualmente, la
compañía hamburguesa está construyendo el primero de esos buques, quieren transportar frutas;
aprovechan la velocidad que ya alcanzaron con el Cap Arcona y podrían realizar el trayecto de
Buenos Aires a Hamburgo en dos semanas. Gracias a la nueva técnica frigorífica, la mercancía llega
a Alemania como recién cosechada. Si todo se desarrolla como es debido, dentro de dos años
botarán el primer buque frigorífico. Pero ese solo estará destinado a transportar fruta. —Juan hizo
una pausa prolongada, quería aumentar el suspense; por fin prosiguió—: Construyeron enormes
plantas frigoríficas en el puerto de Buenos Aires donde almacenan grandes cantidades de carne de
vacuno. Y yo seré el primer empresario que invertirá en un barco capaz de transportar carne
congelada a través del mar. Un buque frigorífico para transportar carne.
—¡Eso suena fantástico! —dijo Emma, realmente entusiasmada—, pero ¿cómo ganarás dinero
con ese buque frigorífico?
—Bueno, mi inversión en el buque también supone una inversión en una compañía nueva que
habrá que fundar. Esa compañía, con sedes en Hamburgo y en Buenos Aires, obtendrá derechos
exclusivos y siempre será el primer importador que cargará carne en el buque frigorífico. Eso no
solo es bueno para vender nuestras propias reses de la estancia: nadie que quiera exportar carne
desde Buenos Aires a Europa podrá esquivar esa compañía y tampoco a mí. Seré el eje de todo el
mercado de exportación de carne. Y por supuesto que haré pagar mis servicios de manera
principesca —dijo Juan, se arrodilló ante su mujer y la tomó de las manos—. Soy muy feliz. En la
sociedad argentina las cosas nunca fueron fáciles para los Hechtl. La primera mujer de mi padre
murió, después estuvo solo durante mucho tiempo, dicen que tenía problemas con el alcohol, ya me
entendés. El nombre Hechtl desapareció de la buena sociedad. Y que ocupemos una posición tan
importante solo se debe al empeño enérgico de mi madre, y ahora yo coronaré todo el asunto. ¡Seré
el rey del mercado de carne argentino!
Juan se puso de pie como si ya llevara un manto de armiño púrpura y sostuviera el cetro en la
mano.
—¿Cómo te las arreglaste para establecer todos esos contactos en Alemania?
—Solo diré una palabra —dijo Juan, haciendo otra pausa—... ¡Liebenberg!
Vuestros Liebenberg. La familia dispone de excelentes contactos. ¡Siempre se relacionaron con
las altas esferas e incluso eran íntimos del emperador!
De pronto Emma recordó a su padre y su «historia sobre la fuente del emperador»: la misma que
este había regalado a la familia para agradecerle sus leales servicios.
—Claro que las malévolas calumnias de los últimos años hicieron daño a la familia Liebenberg,
pero ahora el joven barón lleva los negocios con éxito. Lo conocí por casualidad y él me allanó el
camino a la compañía naviera de Hamburgo. Poco antes del baile de invierno ya había llegado a un
acuerdo con esta. No obstante, sus condiciones supusieron un problema: insistían en que la futura
compañía comercial fuese alemana. Quería convencer al joven barón de que se convirtiese en el
socio de la compañía, pero rechazó mi oferta. Se concentra en su finca y su tarea política, pero los
caminos siempre conducen a la meta y ese problema se resolvió gracias a una maravillosa
casualidad.
Emma lo intuyó. ¿Quién se había jactado en voz alta de la colaboración?
¿Quién había bebido a la salud de su fortuna comercial conjunta? ¿De quién Emma por lo visto no
lograría librarse jamás?
Juan confirmó sus temores.
—Fundaremos la compañía comercial Helderlein-Hechtl, con sede principal en Hamburgo y una
sucursal argentina en Buenos Aires.
Ernst Helderlein y su ninfomaníaca mujer Margarethe. Emma suspiró.
Juan no se detuvo.
—Que hayamos conocido a Ernst y a Margarethe supuso un golpe de suerte.
Creeme: Ernst Helderlein es la persona más indicada para este propósito. Es voluntarioso,
dinámico y un auténtico empresario. Me alegro de haberlo convencido de mi idea, y Margarethe, su
esposa...
Antes de que Juan lograra pronunciar una palabra elogiosa sobre esa mujer tan ordinaria, Emma
lo interrumpió cambiando de tema.
—¿Y ocuparéis un despacho en el puerto?
—¿En el puerto? ¿Estás loca? Ni diez caballos me arrastrarían a ese barrio lleno de tabernuchas.
No: nuestra sede debe estar en una buena zona, será en la residencia de La Recoleta, abriremos el
despacho argentino en nuestra casa.
—¿Significa que ya no podremos vivir allí?
—Claro que seguiremos viviendo allí, querida. En casa solo dispondré mi despacho, nada más.
Oficialmente, la dirección de nuestra residencia figurará como la sede argentina de la compañía; de
todos modos, la sede principal estará en Hamburgo. Nada cambiará para la familia, excepto que
pronto podremos darnos el lujo de comprar un palacio mucho más grande.
Emma contempló a su marido. Era astuto, osado y creativo, y sí: creía amarlo de verdad. Cuando
le preguntó cuándo llegaría el primer buque frigorífico al puerto de Buenos Aires descubrió que aún
había que construirlo, puesto que las exigencias en cuanto al enfriamiento de la carne eran mayores
que en el caso de las frutas. Juan dijo que llevaría al menos unos cinco años más. Primero había que
dejar los contratos atados y bien atados, ello ocurriría en los meses siguientes; había que fundar la
empresa comercial y asegurar el derecho exclusivo del primer exportador por escrito. Todo lo demás
llevaría cierto tiempo.
Juan siguió describiendo los tiempos dorados que los aguardaban; mientras fuera se sucedían los
paisajes, habló del estatus comercial, de la importancia de un puesto en el ministerio, de la reforma
de la estancia para convertirla en una elegante casa señorial, de los criados, de frutos exóticos en
fuentes de plata y cosas por el estilo. Emma dejó que sus palabras fluyeran, todo sonaba demasiado
fantástico como para ser verdad. En el fondo, que Ernst Helderlein se hiciera cargo de la sede
hamburguesa era positivo, porque ello significaba que esa horrenda pareja abandonaría Argentina
antes o después y regresaría a Alemania.
El paisaje había cambiado. La región se volvió habitada, el tren pasó junto a pequeños pueblos;
en los campos se veían peones, y en el camino, carros arrastrados por caballos cargados hasta los
topes. El panorama estepario de la pampa y sus interminables cabezas de ganado vacuno dieron paso
a campos más verdes y cultivados.
—Falta poco para que lleguemos; si pudiésemos inspirar el aire quizás ya percibiríamos el
primer aroma salado. Acá siempre vuelvo a convertirme en un pibe, amor mío. Para nosotros, este
panorama al otro lado de la ventanilla significaba el comienzo de las semanas más maravillosas del
año, el principio de las vacaciones. Libres de obligaciones, nos aguardaba el Atlántico. Igual que
vos y yo ahora, Wilhelmine y yo pasábamos los últimos kilómetros mirando por la ventana.
—¿Dices que tú y tu hermana estabais de pie ante la ventana, como nosotros dos?
—¡Bueno, con una leve diferencia! —dijo Juan, y abrazó apasionadamente a su flamante esposa.
Chirridos metálicos, nubes de vapor, frenos, arena esparcida en las vías, un último bufido de la
locomotora y el tren se detuvo: habían llegado al lugar donde pasarían la luna de miel, y Quequén
parecía aguardarlos con el fin de ofrecerles las mejores semanas de su vida.
En el andén de la pequeña estación un criado de librea sostenía un cartel donde ponía «Señor y
señora Hechtl» en grandes letras.
—¡Esos debemos de ser nosotros! —comentó Emma, encantada.
Montaron en un coche de plaza abierto. Quequén era una ciudad rica donde amarraban los
grandes barcos pesqueros, y como las tierras de la región eran fértiles proporcionaban excelentes
cosechas. De camino al hotel pasaron junto a elegantes mansiones rodeadas de amplios y frondosos
jardines; por encima de la entrada de un castillo de piedra ponía VILLA MARÍA en letras doradas y
tras una curva del camino apareció el magnífico panorama del Atlántico.
—¡El mar! —exclamó Emma.
En el hotel fueron recibidos por otros criados de librea que, con gesto galante, ayudaron a Emma
a bajar del coche. Casi al mismo tiempo llegó Esteban en el automóvil cubierto de polvo; Esteban,
casi siempre sonriente, parecía cansado tras el largo viaje y, mientras entregaba las maletas a los
sirvientes del hotel, Emma y Juan cruzaron el fresco vestíbulo y se dirigieron a su habitación. ¡Los
Hechtl nunca cargaban con su equipaje!
El hotel era un edificio bajo y alargado; los muros históricos irradiaban una elegante discreción y
en su interior se abría un amplio patio donde se desarrollaba la vida de los huéspedes. El agua fresca
brotaba de las fuentes, un árbol frondoso proporcionaba sombra, el viento despertaba el murmullo de
las hojas y su aroma indicaba que era un eucalipto. Emma aspiró el aroma; había sillones de mimbre
agrupados en torno a diversas mesitas y un ejército de camareros se encargaba de satisfacer los
deseos de los clientes.
Un hombre elegantemente trajeado salió al paso de los recién casados.
—¡Cuánto me alegro! ¡Cuánto me alegro de que vuelva a ser nuestro huésped, estimado señor
Hechtl! —dijo; era evidente que se trataba del director, y Emma se alegró de poder entablar una
conversación—. ¿Acaso esta encantadora criatura es su joven esposa? —añadió, y sin esperar la
respuesta el director se volvió hacia Emma y le besó la mano—. Bienvenida, señora Hechtl, y mi
más sincera enhorabuena... para ambos, por supuesto. ¡Deseo que disfruten de su estadía en el hotel!
Emma y Juan entraron en su habitación: maderas nobles, un pequeño grupo de sillones, una fuente
de plata con fruta fresca y un gran ramo de rosas rojas...
Emma se sentía feliz. Cuando el botones abrió las ventanas, el sol inundó la habitación y reveló
el panorama del puerto y del mar. El empleado descorchó una botella de champán y les sirvió dos
copas.
—Una modesta atención de la dirección —dijo, depositó las copas en una mesa auxiliar y aceptó
la propina de Juan.
A la mañana siguiente los rayos del sol penetraban a través de las persianas; inmediatamente
después del desayuno, Emma y Juan se dirigieron a la playa situada a apenas un kilómetro de
distancia. El hotel disponía de una cala privada y de un club anexo. Un coche arrastrado por un
caballo iba y venía de la playa al hotel, pero Emma prefirió ir hasta el mar andando; allí se divertía
una multitud variopinta, y Juan y Emma se contagiaron del entusiasmo general, se quitaron los zapatos
y corrieron descalzos por la arena.
Una vez llegados a la playa privada del hotel, ambos volvieron a comportarse correctamente y se
pusieron las medias y los zapatos. Emma soltaba risitas, como una niña pequeña que había cometido
una travesura. Volvería a tener muchas cosas que contarle a su madre. En la medida de lo posible,
Emma hacía partícipe a su familia de Berlín en su nueva vida mediante largas cartas, pero por
desgracia el correo tardaba mucho y siempre aguardaba las respuestas con ansiedad.
El club no tenía nada que envidiar al hotel en cuanto a elegancia, los huéspedes se reunían en la
terraza que daba al mar y conversaban; Emma y Juan tomaron un aperitivo. La brisa marina era
fresca, y ella y su marido decidieron pasar el resto de la tarde en el hotel.
Esteban ya los esperaba ante el club con el recién lustrado automóvil. Dado que seguramente era
incapaz de leer el pensamiento, Juan había vuelto a arreglarlo todo con antelación. Emma suspiró.
¿Tan fácil resultaba adivinar sus deseos? Se dirigieron a su habitación, se cambiaron y se instalaron
en el patio interior del hotel, donde tomaron un café junto a la fuente. Desde el salón resonaban las
suaves melodías de un piano.
—¿Crees que puedo pedirle al pianista que toque cierta pieza? —preguntó Emma.
—Claro que sí, quizá tengas que convencerlo —contestó, sacando un billete de la cartera.
—¡No merece la pena!
—Sí, tesoro, ¡de lo contrario yo le pediré que toque algo para vos!
—¡No, no, iré yo!
Emma adoraba las soñadoras piezas de Chopin, sobre todo el vals en do sostenido menor, y
confió en que el pianista lo conociera y supiera tocarlo. De camino al salón preparó las palabras que
debía decir en español. Dar propina la incomodaba, consideraba que era inadecuado para una dama
y decidió no hacerlo, sin dejar de repetir mentalmente las palabras. Sin embargo, si el pianista no la
comprendía, tendría que tararear el vals. ¿En qué lío se había metido? Se percató de que en un país
extraño hasta las cosas más sencillas suponían un reto.
Al principio tuvo que acostumbrarse a la penumbra del salón, completamente desierto a
excepción del músico; era de suponer que ninguno de los huéspedes del hotel tenía ganas de pasar la
estupenda tarde estival en la penumbra. Emma bajó la vista para no tropezar con la gruesa alfombra y
solo la alzó cuando alcanzó el piano. El pianista la contempló y dejó de tocar súbitamente. Ambos
intercambiaron una mirada, los segundos se hicieron eternos, la eternidad se convirtió en un instante,
fue como si cayera un rayo, la sangre palpitaba, el corazón latía como un caballo desbocado. De
pronto fue como si el mundo erupcionara como un volcán y Emma creyó perder pie.
¿Qué estaba sucediendo? Tuvo que aferrarse al piano, se sentía mareada en medio de la luz
deslumbrante que la envolvía. Respirando entrecortadamente, Emma se volvió y echó a correr hacia
la puerta del salón: quería regresar al patio, a la fuente, al eucalipto, al mundo que le parecía seguro.
Estaba recién casada con un hombre que amaba.
Los pasos de Emma se volvieron más lentos y poco antes de alcanzar la puerta se detuvo y
recuperó el oremus. Solo quería solicitar una pieza musical, ¿no?
¿Qué debía hacer? Tenía que pedirla, de lo contrario, ¿qué le diría Juan? ¿Qué motivo aduciría si
no la interpretaban? Si mentía y afirmaba que el pianista no sabía tocarla, puede que Juan se
encargara de que lo despidieran. Tenía que volver a dirigirse al joven pianista. Notaba su presencia
en la espalda y se volvió lentamente. Entonces sus miradas se cruzaron de nuevo.
Emma tartamudeó su deseo y se dirigió a la puerta.
—¡Estás muy agitada! —dijo Juan cuando Emma se sentó—. ¿Pasó algo? — preguntó, inquieto.
Emma casi no lo veía, solo volvía a ver los ojos del músico.
—No, no pasa nada. A veces las mujeres sufrimos cambios de humor. ¡Ya sabes!
Juan le creyó. Jamás hubiera osado hacerle preguntas detalladas acerca de la anatomía del cuerpo
femenino.
Suave como el terciopelo, el vals de Chopin resonaba en medio de la penumbra del salón.
7
El aeropuerto de Madrid. Era tarde y Christina tenía hambre; la gran terminal parecía desierta.
Todos los negocios estaban cerrados. Fin del trabajo, incluso en la diminuta cafetería estaban
bajando la persiana.
«¡La culpa es tuya!», parecían decirle todas las oscuras puertas de cristal de la terminal
arquitectónicamente moderna, pero una terminal era una terminal, daba igual que estuviera revestida
de madera o no... y un hospital seguía siendo un hospital. De repente pensó en su madre. Una foto, un
vistazo y todos lo sabían: era un hospital. ¿Se debía al suelo sintético resistente a los artículos de
limpieza? ¿A la luz deslumbrante e implacable, las rozaduras negras en las paredes causadas por
enfermeros impacientes o al intento inútil de mitigar la tristeza del lugar mediante grabados baratos y
marcos aún más baratos? El caballito azul de Franz Marc enmarcado en madera de pino, tamaño
cartel. Era como si el intenso olor a desinfectante procurase ahogar el carácter transitorio de la vida
y la pena, ¡pero inútilmente! Había fracasado, al igual que el caballito azul. Relinchos en la
oscuridad.
¿Acaso las personas cambiaban cuando estaban tendidas en una cama de hospital?
Porque de lo contrario, ¿cómo explicar que Christina casi no había reconocido a su propia
madre? Las personas decaían, se volvían grises como las paredes.
Bajo el soporte de hierro del cual colgaba el gotero todos se encogían.
La muerte de su madre había cambiado a Christina, se había vuelto más pensativa y el tiempo se
convirtió en un bien precioso.
¿Qué convertía la muerte en algo tan insoportable? ¿La consciencia de la propia finitud? Nada
era eterno salvo la misma eternidad. Eso es por lo que apostamos, la vida eterna, el más allá, el
nirvana, el paraíso, la resurrección.
Ninguna sociedad del mundo estaba dispuesta a aceptar la absoluta finitud de la muerte.
«Ay, mamá, ¿por qué nunca emprendiste la búsqueda de tu familia? ¿Y qué es esta búsqueda que
he emprendido yo? ¿La búsqueda de un bandoneón? ¿Del significado de una tarjeta postal?», pensó.
Ella y su madre siempre habían funcionado bien; sin embargo, esa vieja tarjeta postal en el bolso
de Christina le gritaba desde el oscuro fondo que en su hasta entonces preciso mecanismo de
relojería había un grano de arena desconocido que solo se había manifestado en el último giro.
Christina no lograba olvidar los últimos y espantosos días mientras la vida de su madre se
consumía: velando junto a la cama, durmiendo en la silla, pegando un respingo ante cualquier sonido.
Risas que surgían desde el despacho de las enfermeras, la agitada respiración de su madre y el
repentino silencio.
¿Respiración? Tocar el timbre, pánico, certeza, pena... Formalidades... Lo único que quedaba era
el horroroso recuerdo de un rostro demacrado.
—¡Maldición!
El dispensador automático se negaba a soltar la barrita de chocolate. El estómago de Christina se
rebeló: si no conseguía algo de comer, mañana en las cabeceras de los periódicos pondría: «La
hambruna ha llegado a Europa. Una mujer muere de inanición en el aeropuerto de Madrid.» Por fin un
puntapié liberó el objeto de deseo de su prisión y, lanzando un suspiro, Christina devoró el chocolate
con galleta y caramelo y su estómago dejó de protestar.
Christina observó a una joven pareja asiática: ambos tonteaban y se sacaban fotos: sujetar el aquí
y el ahora, décimas de segundo congeladas para siempre, pero incluso las fotos palidecían y se
perdían, como los recuerdos. ¿Cuánto hacía que ella y Bernd se habían fotografiado mutuamente?
¿Cuándo habían reído juntos por última vez? Ya no lo recordaba, no recordaba la emoción. ¿O
acaso las emociones ya solo eran recuerdos? Solo viejas fotos cuyo brillo y color se reducía con
cada día que pasaba.
Christina miró en derredor. ¡Qué aburrido era viajar sola! Podría haberle preguntado a Bernd si
quería acompañarla, pero ni siquiera se le había pasado por la cabeza. ¿Es que ello no debería
asustarla o al menos sorprenderla? A fin de cuentas, era su marido y, envidiosa, Christina observó a
una pareja de ancianos que conversaba animadamente en la mesa de al lado.
Finalmente anunciaron el vuelo a Buenos Aires. Esos vuelos transatlánticos: los recordaba de un
reportaje anterior; un día quiso cruzar el Atlántico en barco y al pensar en ello notó el sabor salado
del aire, la brisa marina en el cabello y la madera lisa de la barandilla bajo las palmas de las
manos... y deseó que semejante travesía no fuese tan espantosamente larga.
—Buenas noches, bienvenida —la saludó una auxiliar de vuelo.
Al entrar en el avión, la azafata la acompañó a través del sector de la primera clase, un ejemplo
de la manera en la que uno se imaginaba un vuelo tan largo: cómodos y amplios sillones rodeados del
espacio suficiente, dispuestos en hileras irregulares. Los primeros pasajeros ya se habían instalado y
contemplaban al proletariado que pasaba a su lado con una expresión en la que se mezclaban la
compasión y el desdén; sostenían copas de cristal y no de plástico. Más allá de una cortina, el mundo
bonito estallaba como una pompa de jabón y daba paso a la realidad: los primeros viajeros ya
procuraban introducir su equipaje de mano en los reducidos compartimentos, con la cara roja y el
cabello despeinado. Otros los empujaban desde atrás y los obligaban a ocupar los asientos:
bienvenidos a la cubierta de la galera.
El sonido del aviso de abrocharse el cinturón despertó a Christina. El avión se agitaba, era de
madrugada y estaban a punto de aterrizar en Buenos Aires.
Delante del aeropuerto: taxis, personas que venían a recoger a alguien, otras que salían de viaje,
despedidas, saludos, grupos de turistas, parejas. Hombres trajeados estrechaban la mano de otros
hombres trajeados, una madre saludaba a su pequeña hija con lágrimas en los ojos y el calor golpeó a
Christina como una pared. ¡Verano! Inspiró el aire tibio. Árboles de hojas verdes, sol, todo florecía.
El taxista condujo a toda velocidad a través de las calles. ¡Santo cielo, pero si no estaban en una
autopista! Se detuvieron ante un semáforo. El hombrecillo de los peatones parpadeaba y contaba los
segundos restantes: una cuenta atrás. Y el taxista también parecía considerar que se trataba de una
cuenta atrás y jugaba con el acelerador y el embrague. El coche avanzaba y retrocedía, al igual que
los caballos de carrera en los boxes a un lado y al otro. Entonces empezó la marcha, el conductor se
adelantó pero una curva lo obligó a frenar y Christina casi consideró que debía disculparse por la
dirección que le había indicado.
La cifra de los carriles que parecían caber en una calle de dos direcciones era increíble.
¿Cuántos coches aguardaban ante el semáforo junto a ellos? ¿Tres, cuatro? Sin contar al patinador
que se abría paso entre los autos. Christina disfrutó de la brisa cálida que penetraba a través de la
ventanilla.
Buenos Aires pasaba a su lado, zumbando. La ciudad era grande y diversa: palacios
desmoronados junto a edificios modernos, rascacielos, entradas vigiladas, cristales espejados... Los
plátanos sumían las calles en sombras multicolores, paseantes de perros conducían hordas de canes,
una imagen divertida. El taxista aceleró. Por fin se detuvo ante un edificio sencillo.
—¡No, señor, puede que el símbolo sea el mismo, pero lo que aparece en su taxímetro son pesos,
no dólares!
Los lamentos a voz en cuello del conductor no la impresionaron en absoluto.
Un poco de experiencia latinoamericana resultaba bastante útil... pero tuvo que renunciar a que la
ayudara a bajar las maletas.
Tal como Maju le había indicado, Christina llamó al apartamento número cinco. Del viejo
interfono surgió un graznido. Imposible saber si esa era la voz de Maju o un acoplamiento con el
timbre. La puerta permaneció cerrada. Tras lo que le pareció una eternidad oyó pasos al otro lado de
la puerta de entrada, una maldición y una voz femenina gritando que había olvidado la llave arriba.
Nueva espera, otros pasos y por fin la puerta se abrió.
Maju tenía un aspecto increíble: una cabellera desordenada y el casi imperceptible estrabismo le
proporcionaban una misteriosa belleza. Pit tenía razón cuando dijo que a nadie se le ocurriría llamar
a Maju por su nombre completo; en efecto: «María Julia» encajaba tan poco con ella como los
grandes pendientes de plástico con el color de su pintalabios.
—¡Cuánto equipaje! —gritó Maju al ver la enorme maleta y el bolso de mano de grandes
dimensiones—. Me alegro de verte. ¡Bienvenida! ¡Puff, qué calor!
¿Querés que cargue con algo?
Sin aguardar una respuesta, agarró el pequeño bolso de Christina y entró en el edificio. Christina
procuró seguirla arrastrando la pesada maleta y el equipaje de mano.
—Vivo en la última planta. ¡ Sorry, el ascensor está averiado, por desgracia!
—Estoy acostumbrada a subir escaleras —dijo Christina, pero mentalmente puso los ojos en
blanco.
Los escalones eran empinados; los pasillos, estrechos.
—¿Vuestro interfono también está averiado? —preguntó Christina. Maju se volvió y la contempló
como si acabara de preguntarle por la cuadratura del círculo.
—¿Nuestro qué? ¡Ah, ya entiendo! ¿Te referís a esa cosa con la que puedo abrir automáticamente
la puerta de entrada desde arriba?
—Sí, eso.
El pesado equipaje, el calor y la humedad hacían que gotas de sudor se deslizaran por su espalda.
Maju sacudió la cabeza.
—Sería demasiado peligroso. Nadie dejaría entrar a cualquiera, así, sin más — dijo, y soltó una
carcajada, como si Christina le hubiera contado una historia muy divertida, y siguió subiendo las
escaleras. «Otra obsesa de la seguridad», pensó, y entonces se acordó de que debía avisar a Bernd
de que había llegado bien.
Alcanzaron la penúltima planta y luego ascendieron por una pequeña escalera lateral de
desgastados peldaños. En un rincón había innumerables tarjetas postales y, mientras Christina
remontaba los últimos escalones arrastrando las maletas, Maju empezó a explicar.
—Conservé todas mis tarjetas postales. Sin excepción. Con los años fueron aumentando cada vez
más y cuando me mudé no supe dónde ponerlas, así que las dejé en el recibidor. En aquel entonces el
portero consideró que era una invitación a usar el recibidor como buzón y siempre dejaba mi correo
allá. Acá quien se ocupa del correo es el portero —dijo, suspirando, y luego añadió—: y también de
nuestros amigos, nuestras costumbres y de si tomamos drogas o nos dedicamos a la prostitución.
Maju agarró un puñado de tarjetas.
—¡Y mirá! ¿Qué tenemos acá? ¡Pero si esta tarjeta es de Pit! —En la foto aparecía la puerta de
Brandeburgo—. No sabía que Pit enviara tarjeta postales, no es típico de él.
Maju dio vuelta a la tarjeta. No ponía nada en el reverso, solo una diminuta carita sonriente
estaba dibujada en el rincón inferior izquierdo. Christina se echó a reír y Maju la imitó.
El apartamento era un caos de libros, montones de papeles, plantas marchitas, tazas de café
sucias, pañuelos, zapatos y otras prendas de vestir. Un pequeño pasillo desembocaba en un espacio
ocupado por una cocina y una pila... y más tazas sucias. Tras beber un vaso de agua fría con limón,
Christina aceptó la invitación de tomar una ducha.
—¡Estás en tu casa! —gritó su anfitriona.
«Si así fuese, lo primero que haría es ordenar», pensó Christina, y corrió la cortina de la ducha...
un instante después —y con gran estrépito— la sostenía en la mano junto con la barra.
—¡Tené cuidado con la cortina! Tenés que agarrar la barra cuando la corrés.
¿De verdad el calor le había parecido agradable cuando llegó al aeropuerto?
Poco después, Christina estaba tendida en la cama que Maju le había adjudicado.
Su cuerpo intentó iniciar un diálogo consistente en preguntarle cómo podía haberle hecho eso, al
tiempo que oleadas de cansancio y de calor se adueñaban de ella. Durante esas tristes y grises
semanas invernales de Berlín se había acostumbrado al frío y tras solo un día se veía catapultada al
pleno verano.
Estaba completamente agotada. Denominar el espacio en el que se encontraba como «habitación
de huéspedes» era un eufemismo: «trastero» hubiese sido más adecuado.
El ruido de la calle penetraba en la calurosa habitación a través de las persianas: cláxones,
frenazos chirriantes y gritos de los obreros de un edificio en construcción. ¡En comparación, Berlín
era una aldea muy tranquila! Más adelante Maju diría que en pleno verano Buenos Aires era una
ciudad maravillosamente silenciosa y desierta.
Tras un par de horas de sueño inquieto Christina se levantó y se apoyó contra el marco de la
puerta del estudio de Maju... al menos ella lo bautizó así. Maju estaba sentada encima de un montón
de libros ante su ordenador portátil. En la diminuta habitación también había una cama plegable, y
entonces Christina se dio cuenta de que Maju no había dispuesto la habitación de huéspedes para ella
sino su propio dormitorio. Al parecer, pensaba dormir en esa destartalada cama plegable.
—¡Eh, ahí estás! —dijo Maju con una amplia sonrisa—. Vení, tomaremos un café en la terraza,
que por cierto es lo mejor de todo el departamento.
Maju abrió las puertas del balcón: al otro lado se extendía una gran terraza entre los muros de
ladrillo.
—¡Es increíble!
—Sí, ¿verdad? ¡Es un sueño, sobre todo en verano!
Después se dirigió apresuradamente a la cocina y encendió el gas bajo la cafetera italiana.
—¡Allá está mi pileta!
Al otro lado de una esquina de la terraza, ante una pared cubierta de grafiti, había una pequeña
piscina de plástico y Christina rio, pero la idea de meterse en el agua resultaba muy atractiva.
—¡Iré a buscar mi bañador!
—¿Qué bañador? ¿Y también un salvavidas hinchable y gafas de buceo?
Riendo a carcajadas, Maju regresó a la terraza y se quitó el ligero vestido de verano.
Al principio Christina se sintió incómoda, pero tras superar su pudor inicial permaneció sentada
junto a su anfitriona chapoteando en el agua.
—Dime, Maju, ¿acaso me has cedido tu propio dormitorio?
—¡Ay, Christina!, ¿qué importa? Considero que la única diferencia entre una habitación y otra es
que en una está la cocina y en la otra el inodoro.
Christina rio y señaló la pared.
—¡Un grafiti demencial!
—Sí. Tuve que prometerle al anterior inquilino que no lo taparía con pintura.
¡Palabra de honor de jefe indio! Y bueno, hay que cumplir lo prometido, así que ahora vivo con
una horrible cabeza de dragón en esta mezcla de skateboard y tabla de planchar. ¿Cómo está Pit, ese
viejo gruñón? Dios mío, en aquel entonces estaba tan loca por él... Era un tipo muy apasionado y yo
casi una nena.
¿Te contó cómo nos conocimos en Suiza? Nos encontramos en la calle, yo viajaba por el mundo
con una mochila, era una época realmente loca. Y él era un alegre sibarita inmoral —dijo Maju,
guiñándole un ojo con expresión elocuente.
«Típico de Pit con las becarias y sus conocidas», pensó Christina.
—Me metió en su redacción; yo ya había escrito un poco con anterioridad: poesías, textos,
historias cortas y cuando cursaba secundaria también algunas cosas para el diario de la ciudad. No
nací en Buenos Aires, sino en una ciudad chica situada al sur. Algunos de mis escritos no eran del
todo malos...
—Pit elogió tu talento... —Christina se ruborizó—... tu talento periodístico, quiero decir.
Maju rio.
—Sos un amor, Christina. ¡Espero que todavía recuerde mis otros talentos! En aquel entonces yo
era un auténtico bombón. Abandoné Argentina durante la guerra de las Islas Malvinas. No quería ser
ciudadana de un país que libra guerras.
Christina tardó un momento en traducir «Islas Malvinas» a «Islas Falkland», la denominación a
que ella estaba acostumbrada. Uno era el nombre argentino de esas minúsculas islas del Atlántico
Sur y el otro el inglés. Resultaba notable cómo se había optado en general por apoyar las
pretensiones territoriales del reino prefiriendo el nombre inglés de las islas.
Maju siguió hablando.
—Bueno, hoy sé que huir tampoco es una solución, pero igual pude ver mundo: Israel, los países
árabes. Antes las cosas eran un poco diferentes. Pasé mucho tiempo en Europa, en Tailandia, en India
y por fin en Suiza. Allá conocí a Pit y ¡pumba!, cayó un rayo. ¿Todavía es tan cool como antes?
Christina asintió con una sonrisa.
—Me llevó al diario para hacer de todo, por así decir, pese a que eso no le resultó demasiado
fácil. En Suiza nosotros los argentinos más bien éramos considerados extranjeros de segunda clase.
Entonces trabajé con él en esa redacción, escribía artículos sobre asuntos internacionales, hice
mucha investigación. Gracias a mis viajes dominaba unos cuantos idiomas, sobre todo el inglés. Y
entonces eso se convirtió en mi profesión. ¿Sabés que ahora soy traductora? Traduzco obras
literarias, ¡y últimamente incluso poesía!
—Mis respetos, Maju, pero ¿cómo ocurrió, por qué no seguiste con el periodismo?
Maju hizo una mueca.
—¿Periodismo de investigación en Argentina? Para eso tenés que tener muchos amigos
importantes que te protejan. Te contaré un cuento que lo ilustra: el Ministerio de Fomento argentino
convocó un concurso para la construcción de un edificio público. Tenía que ser elegante, por
supuesto, y la convocatoria era internacional. Finalmente, solo quedaban un estudio de arquitectura
japonés, uno estadounidense y uno argentino. El día de la presentación llegó. El japonés presentó
cálculos y planos muy detallados, muchos documentos y el coste de su proyecto alcanzaba los dos
millones de dólares. Después les tocó el turno a los estadounidenses, cuya presentación fue como un
espectáculo de fuegos artificiales: un equipo de varias personas dedicaban sonrisas a sus potenciales
clientes, proyectaron impresionantes imágenes en tres dimensiones, habían producido vídeos de
campañas publicitarias y no dejaban de amontonar nuevos y brillantes prospectos en la mesa. Tanto
show, tanta competencia... —dijo Maju, adoptando una expresión inocente—... salía caro: el precio
total subía a ocho millones de dólares. El último en aparecer en la sala fue un tipo en jeans y camisa:
el arquitecto bonaerense. Lo único que llevaba en la mano era un cachito de papel arrugado en el que
había escrito «seis millones». El ministro de Fomento lo miró asombrado, nuestro amigo argentino se
inclinó por encima de la mesa y le susurró lo siguiente al oído: «Escuche, ministro, así es como lo
haremos: dos millones para usted, dos para mí y por los otros dos millones dejaremos que los
japoneses construyan el edificio... ¡incluso saldrá más barato que si lo construyen los yanquis!»
Christina rio a carcajadas. Era la primera vez que alguien describía la corrupción en
Latinoamérica con tanto acierto.
—Y ahora sabés por qué abandoné el periodismo de investigación y me convertí en traductora.
Christina sabía muy bien a qué se refería. Hacía cierto tiempo ella misma había seguido la pista
del fraude de las subvenciones en una pequeña ciudad próxima a Berlín. La administradora de un
teatro local había colaborado con el director de una fundación semiprivada con sede en Múnich. Y
también había involucrado al jefe de la sección cultural del periódico del lugar y a una de sus
colaboradoras freelance; se trataba del dinero de la subvención, del trozo más grande de la tarta. Por
eso todos los espectáculos que no se producían en el teatro y de los que su administradora no obtenía
ganancias debían ser desacreditados, así que todos los demás espectáculos recibían críticas
demoledoras, casi todas obra de esa colaboradora freelance. A ello se sumaban diversas
subvenciones despóticamente administradas por la fundación que desaparecían a través de canales
muy dudosos.
Christina había reunido todos los hechos, pero ninguno de sus testigos estaba dispuesto a
declarar. Los viejos cuadros de la RDA aún seguían funcionando, incluso décadas tras la caída del
muro el miedo seguía presente.
Pero lo peor de todo fue que en aquel entonces tuvo que abandonar el reportaje. Christina nunca
olvidaría ese día; Pit la había llamado a su despacho y le dijo que cerrara la puerta. Profundas
arrugas le surcaban el rostro.
—Ese artículo tuyo sobre el fraude cultural... —dijo Pit, y su incomodidad era evidente—... en
fin, seré breve: ¡tendrás que olvidarte de él!
Christina no daba crédito a lo que oía.
—No hablarás en serio, ¿verdad, Pit? Sabes cuánto he trabajado en el asunto.
—Te pagaremos la investigación, por supuesto...
—¿Pretendes ofenderme? ¡Sabes perfectamente que cuando se trata de un buen artículo el dinero
no me importa!
—Estoy de tu parte, Christina.
Le costó recuperar la calma y luego Pit le explicó la nueva estructura de la editorial: habría una
fusión que produciría una sinergia regional. El asunto era muy sencillo. La fusión de diversas
empresas periodísticas con una grande — bien, con la más grande— haría que el periódico de
Christina y aquel para el que trabajaba el corrupto redactor de provincias se encontraran bajo el
mismo techo.
—¡Y resulta que quienes ocupan la misma casa no se arrojan mierda entre ellos! —dijo Pit por
fin, soltando un suspiro.
Christina lo había mirado fijamente y en silencio, luego agarró su bolso y abandonó el despacho
dando un portazo.
—¿Eh? ¿Qué pasa? —preguntó Maju, preocupada al ver la expresión de Christina—. Es como si
en tu cabeza hubiera estallado una tormenta.
Christina sonrió.
—Me temo que en Alemania suceden cosas parecidas, pero me gusta la manera en que tú tratas el
tema. ¡A la salud de los japoneses y su talento arquitectónico!
—dijo, alzando la taza de café.
—¡A la salud de los japoneses! ¡Y a la de los dos millones de dólares para nosotros!
Maju encendió un cigarrillo, le ofreció el paquete a Christina pero esta negó con la cabeza.
—No te molesta que fume, ¿verdad? Sé que ustedes los europeos se toman muy en serio la
prohibición de fumar... —dijo Maju, meneando la cabeza con aire incrédulo, como si hubiese
hablado de la quema de brujas.
«Sí, me molesta, pero este es tu apartamento y tu terraza», pensó Christina, y le hizo otra
pregunta.
—Pero aquí en Argentina también está prohibido fumar en los lugares públicos, ¿no?
—Ay, Christina, nuestra actitud respecto de las reglas es la siguiente: ¡las modificamos, las
deformamos y solo las aplicamos cuando tenemos ganas! Pensá en el tráfico. Yo vengo de una ciudad
muy chica donde los semáforos tienden a ser interpretados como una recomendación
bienintencionada, si es que hay semáforos. En un cruce, el que se adelanta es el más osado o el que
tiene el auto más grande o el que es hijo del intendente.
—¿Pero cómo funciona sin reglas? Debería ser claro quién tiene derecho a avanzar y quién no.
—Uno se entiende mediante la mirada o arrancando descaradamente. Entonces el otro frenará.
—¡Es imposible que eso funcione!
—¡Toda la Argentina es una demostración de lo contrario! —dijo Maju con una sonrisa triunfal
—. Casi todas las ciudades están organizada en cuadras más o menos regulares. En su mayoría, las
calles son unidireccionales, el sentido de la marcha varía de una cuadra a la siguiente, en una sube,
en la siguiente baja.
—¿Y cómo descubro en qué sentido se circula?
—En general, en las paredes de las casas hay unas flechitas que indican la dirección, pero
muchas se cayeron, oxidaron o fueron cubiertas de pintura por algún vecino entusiasta.
—¿Y entonces?
—¡Entonces te limitás a hacer lo mismo que los demás!
—¿Pero y si no hay ningún otro conductor?
—Entonces observá los autos estacionados, en general están dispuestos en la dirección en la que
debés circular.
—De acuerdo, pero si no hay ningún coche aparcado y la flecha se ha caído, ¿qué?
—¡Por Dios, Christina, si no hay nadie en ninguna parte qué importa en qué sentido manejás!
Christina sonrió a su vecina sentada a su lado en la pequeña piscina de plástico.
—¡Gracias!
Maju frunció el ceño.
—¿Qué me estás agradeciendo?
—¡La delicada lección de cómo amar la libertad!
Ambas mujeres estaban tendidas en el agua tibia y disfrutaban de la paz estival.
Una suave brisa rizaba la superficie del agua y Christina se adormiló y por fin se durmió.
De pronto las dos despertaron soltando un chillido: se habían golpeado la cabeza contra el suelo
y un torrente de agua se derramaba sobre ellas: la piscina se había deshinchado y el agua inundaba la
terraza. Tras superar el susto, Maju soltó un bufido.
—¡No debería fumar mientras duermo!
Había hecho un agujero en el plástico y, empapadas y desnudas, ambas estaban tendidas en medio
del plástico azul y anaranjado.
Maju se puso de pie y se asomó a la barandilla de la terraza.
—¡David! —gritó—, ¿estás ahí, David?
—¡Eh, Maju, estás desnuda! —le recordó Christina.
—¡No importa, David es gay!
Una planta más abajo chirrió una puerta y David apareció en su pequeña terraza.
—¡Cielos, Maju, qué facha!
—No finjas que nunca viste una mujer desnuda... claro que en tu caso no estoy tan segura...
—¡Ay, no me refería a eso, pero tu rouge no combina con tus aritos!
Christina tuvo que morderse los labios para reprimir la risa.
—Oíme, David, puede que tu cielo raso derrame un poco de agua...
—¡No me digás que volviste a hacerlo!
—¿Acaso tengo la culpa de que esos cachivaches sean tan inestables?
—¿Inestables? ¡Mostrame un plástico resistente a un cigarrillo encendido!
—Sí, sí, tenés razón. Bueno, si pasa algo no te preocupes.
—¡Qué graciosa! ¡Claro, no es tu cielo raso el que se cubre de manchas de humedad!
—Oíme, iremos a cenar, yo invito. Estoy con una amiga de Berlín, ¡será una noche divertida!
Tras unas protestas y, malhumorado, David, invisible para Christina, pareció retirarse a su
apartamento. Maju la contempló.
—¿Tiene razón con eso del rouge y los aritos?
¿Es que esa mujer realmente llevaba un fez de color anaranjado en la cabeza?
Ese sombrero parecía un tiesto forrado de terciopelo. Una «árabe» rubio platino saludó a Maju,
David y Christina en perfecto inglés hasta que David contestó en español. Él era quien había
escogido el restaurante árabe. La idea de su vecino había entusiasmado a Maju, que, sin embargo,
tenía que compensarlo por algunas cosas: David había tenido que disponer cubos y palanganas para
recoger el agua que caía del cielo raso.
La rubia platino, envuelta en diversos pañuelos y chales, cruzó una sala inmensa que albergaba
innumerables mesas. Pero ni las almenas artificiales ni los minaretes de papel maché y las
polvorientas alfombras voladoras colgadas del techo altísimo mediante hilos casi invisibles lograban
proporcionarle el ambiente de las Mil y una noches.
«¡Aladino, dame la lámpara y sálvame!», pensó Christina, pero en voz alta dijo:
—¡Una mesa muy bonita!
No quería estropear la velada. Un negro les tomó el pedido y, con acento yanqui, dijo llamarse
Abdullah, tartamudeando.
La velada transcurrió de manera agradable. David resultó ser un compañero estupendo, con un
sentido del humor mordaz e inteligente, si bien no les dedicó su atención a ambas hasta que Abdullah
hubo rechazado sus intentos de seducción.
—¡Tiene que haber un par de tipos lindos y heterosexuales para nosotras! — dijo Maju, tratando
de consolarlo.
Sonaba música árabe.
—¡Una bailarina! —exclamó Maju, y aplaudió, haciendo entrechocar sus innumerables brazaletes
de plástico.
La bailarina agitaba todo lo agitable, las pequeñas campanitas de metal cosidas a sus faldas; el
trasero y los pechos temblaban, los pies descalzos realizaron auténticos milagros de agilidad.
Balanceando sinuosamente los brazos se acercó al único hombre de la mesa. David sudaba a mares y
se volvió hacia sus dos compañeras, buscando ayuda mientras los grandes pechos de la bailarina
bamboleaban de forma seductora ante su nariz. Les lanzó una mirada de súplica a sus compañeras,
pero estas se limitaron a reír a carcajadas y animaron a la bailarina gritando «¡Bravo!» y silbando.
Por fin llegó el momento en el que David debía darle dinero.
—¡Solo llevo billetes grandes o monedas, pero no puedo meterle una moneda allí! —gritó, pero
el sonido de las campanillas y la pandereta casi ahogaron sus palabras.
Maju se moría de risa. Por fin Christina rescató al pobre David pasándole un billete por debajo
de la mesa y, con alivio evidente, David se dejó caer contra los cojines al tiempo que la bailarina
por fin lo dejó tranquilo y se alejó.
Más tarde, completamente exhausta, Christina subió las escaleras por detrás de Maju y se dejó
caer en una de las sillas multicolores de la terraza. Aún hacía calor y Maju conectó el ordenador.
—¿No hay nadie en casa a quien debas avisar de que llegaste bien?
— ¡Shit! —exclamó Christina. Se había olvidado de Bernd, en Berlín era tarde, casi de
madrugada—. ¡Le enviaré un SMS!
—Si es tu amigo...
—¡Es mi marido! —la interrumpió Christina.
—¿Tu marido? ¿Y no pensaste en él...?, me parece que abriré una botella de vino tinto y
prepararé algo para fumar.
Christina negó con la cabeza. Maju no era precisamente la persona con quien quería hablar de su
vida amorosa; además hacía años que no fumaba hierba.
—¡No te enfades, Maju, pero estoy muy cansada!
Entonces se dio cuenta de que ni siquiera le había dicho por qué estaba en Buenos Aires. Esa
explicación tendría que esperar, Christina solo quería acostarse y dormir.
Maju se encogió de hombros y volvió a guardar el paquetito que había sacado de detrás de un
libro.
Antes de acostarse, Christina hurgó en su bolso y encontró un analgésico.
¿Cómo pudo haberse olvidado de avisar a Bernd?
«Ay, Bernd... ya no hay manera de que me satisfagas. Y eso que en realidad eres bastante guapo.
¿Por qué las cosas entre nosotros han dejado de funcionar?»
8
Mientras que Juan ya dormía plácidamente a su lado, Emma tardó mucho tiempo en conciliar el
sueño. Era la primera vez que comprendía por qué algunas mujeres denominaban el acto que siempre
proporcionaba tanto placer con la desagradable frase de «deberes conyugales». Solo habían pasado
unas horas tras el encuentro con el músico en el salón del hotel, pero ella no lograba reprimir las
sensaciones que el breve encuentro le había provocado. Una y otra vez veía sus ojos y recordaba el
vértigo junto al piano. Un anhelo desesperanzado la abrasaba, el anhelo de volver a verlo. Ardía de
pasión, apenas había podido concentrarse en Juan. ¿Qué diablos le había ocurrido? Llevaba una vida
lujosa junto a un hombre exitoso que pronto sería el exportador de carne de vacuno más importante
de Argentina. Era una mujer feliz, así pues, ¿cómo podía ser que un músico desconocido la
desquiciara hasta ese punto? Un músico con el que — a excepción de balbucear un deseo sobre una
pieza de música— no había intercambiado una sola palabra, un hombre a quien no conocía en
absoluto... y con el que sin embargo todo la unía, todo aquello capaz de unir dos almas. En caso de
que existiera algo similar a la providencia, ambos estaban hechos el uno para el otro. Pero ¿acaso no
había sentido la misma ansia abrasadora la primera vez que se encontró con Juan en el baile de
invierno en el castillo de Liebenberg, en Berlín? Sí, pero no con la misma intensidad. El encuentro de
esa tarde la había afectado mucho más profundamente. Sabía que si en aquel entonces Juan no hubiera
llevado ese maravilloso frac, si no hubiera sido el amigo del barón y si no lo hubiese envuelto esa
aura evidente de bienestar y prosperidad, el impacto habría sido mucho menor. Pero con ese hombre
las cosas eran diferentes: era músico, tocaba el piano para los huéspedes del hotel, un hotel en el que
no podía darse el lujo de hospedarse. Socialmente, era un don nadie. Y en ese instante era todo lo
que Emma deseaba. ¿Qué pasaría con el resto de su luna de miel?
A la mañana siguiente, cuando ella y Juan despertaron, los aguardaba otro día radiante, las
gaviotas volaban por encima del puerto y algunas barcas de pescadores regresaban de su travesía
matutina. Emma suspiró: no, no era un sueño, el día anterior había existido y toda la belleza del
nuevo día no lograba disipar su inquietud. Juan ya estaba en el baño; cuando regresó recién afeitado
depositó un beso en la frente de Emma.
—Es un día hermoso, Emma. Hoy haremos una excursión en el auto y recorreremos la comarca.
Pediré que nos preparen una cesta con comida y bebida y después haremos un picnic en algún lugar.
¿Qué te parece? ¡Solo vos y yo!
—Y Esteban, nuestro conductor —dijo Emma, riendo—. ¡Es una idea estupenda, querido!
Sí, era una idea estupenda, puesto que la excursión la mantendría alejada del hotel y del músico.
Suponía una oportunidad de dominar su confusión. Como siempre, Esteban la saludó con una amplia
sonrisa y depositó una cesta repleta de exquisiteces en el asiento delantero; hasta había incluido la
vajilla, los cubiertos de plata y las copas de cristal. El motor se puso en marcha y Juan y Emma
abandonaron el hotel. Emma se volvió disimuladamente con la intención de captar una mirada del
músico, pero este no apareció.
Condujeron hasta el faro pintado de blanco y negro situado en lo alto del acantilado. Era un gran
cilindro de piedra y metal, en el interior una pequeña escalera de hierro ascendía hasta la parte más
alta, y Emma se mareó al remontarla. Quiso retroceder varias veces, el estrecho hueco de la escalera
le daba vértigo, pero ¿qué podía hacer? Estaba atrapada entre Juan —que subía los peldaños por
delante de ella— y el viejo farero, un marino jubilado que le seguía los pasos con una sonrisa
comprensiva.
Cuando por fin alcanzaron la cúpula, una vista fantástica supuso una buena recompensa por el
esfuerzo. A lo lejos se divisaba el puerto y el hotel; además, desde el faro se disfrutaba de un
excelente panorama de los magníficos jardines de las grandes mansiones junto a las que pasaron
cuando llegaron a Quequén.
Era una zona realmente próspera: un puerto abierto al mundo vinculado a la red ferroviaria
argentina y unas tierras fértiles. Los habitantes de las mansiones podían estar seguros de que en unos
cien años aún tomarían tazas de té en sus elegantes salones.
Emma disfrutó de la brisa fresca y dirigió la mirada al horizonte. Al otro lado de ese océano
estaba Europa; y un poco más allá, sus padres, su hermanito, su antigua vida y Berlín.
—Ahora haremos el picnic —dijo Juan cuando volvían a estar sentados en el cómodo asiento del
automóvil, y le dijo a Esteban que condujera hasta las cascadas.
—¿Cascadas? —dijo Emma—, ¡suena fantástico!
—Bueno, no son gran cosa, pero es un lindo lugar.
El río Quequén fluía apaciblemente a través de los fértiles prados; al llegar a las cascadas la
corriente se aceleraba y el agua brincaba entre las piedras. Se sentaron a la sombra de un árbol y
extendieron una gran manta. Se les hizo la boca agua al ver las exquisiteces preparadas por el
cocinero del hotel, al tiempo que ambos contemplaban las aguas claras con expresión soñadora.
Emma incluso creyó ver unos peces y, mientras ambos permanecían en silencio, Emma volvió a
recordar al joven músico.
—Estás muy callada —dijo Juan, interrumpiendo sus pensamientos.
—Disfruto de este día maravilloso —contestó Emma, mintiendo.
Finalmente empezaron a sentir frío y Juan llamó a Esteban para que guardara todo en el coche.
Cuando llegaron al hotel, el director les salió al paso.
—¿Lo pasaron bien? —preguntó, y sin esperar una respuesta, prosiguió—: Llegó un telegrama
para usted, señor Hechtl, lo tengo en mi despacho.
—¿Un telegrama? —Juan frunció el ceño—. Espero que no sea nada grave.
Subí a la habitación, querida, enseguida me reuniré con vos.
Emma se dirigió al patio interior y enfiló por el pasillo, entonces una mano la agarró del brazo y
casi soltó un grito, pero lo reprimió al ver quién la aferraba.
—La he esperado toda la tarde. Desde ayer que no consigo sosegarme, no podía encontrarla.
¿Dónde estaba?
Aunque los conocimientos de español de Emma aún no eran muy buenos, comprendió lo que el
músico le susurraba.
—Suélteme, por favor. No debemos hacer esto, estoy casada, mi marido no tardará en aparecer.
No puede ser, ¿comprende? —dijo con voz temblorosa, pero sus palabras carecían de convicción,
porque el corazón le decía lo contrario.
El joven músico la contempló con mirada resplandeciente.
—¡Me llamo Eduardo! —dijo, y depositó una tarjeta postal en la mano de ella —. Vivo en
Buenos Aires. Toco tango. Vaya a verme, por favor. ¡La amo!
Emma soltó un resuello y a duras penas logró ocultar la tarjeta postal bajo la manga del vestido
al tiempo que se acercaban pasos. Era Juan, y el músico desapareció como un gato. Al cruzarse con
Juan lo saludó con cortesía, pero este ni siquiera le prestó atención. El músico se volvió y, a
espaldas de Juan, le lanzó un beso a Emma.
—¡Acá estás, querida!
Emma notaba la tarjeta junto a su muñeca y la pasión que parecía albergar el trozo de cartulina le
abrasó la piel.
—¿Te encontrás bien? —preguntó Juan, contemplándola.
—¡Estaba preocupada por ti, querido! —contestó Emma, aliviada por haber encontrado una
mentira plausible—. ¿Qué ponía en el telegrama? No ha pasado nada, ¿verdad? El abuelo...
—No, Emma, nada grave. En realidad es algo magnífico, pero por desgracia debemos interrumpir
nuestra luna de miel.
Juan le dijo que el telegrama era de Ernst Helderlein; al oír ese nombre Emma suspiró. ¿Es que
los Helderlein los perseguirían hasta allí? Pero, por suerte, la horrenda sospecha de que tendría que
compartir la luna de miel con esa repugnante pareja no se confirmó. No obstante, Juan tendría que
regresar a Buenos Aires: al parecer, el director de la compañía naviera hamburguesa llegaba a
Argentina en el próximo barco y ello suponía una excelente oportunidad para Juan y Helderlein de
sellar un acuerdo sobre los derechos exclusivos de la exportación de carne y la inversión en el buque
frigorífico.
—Una vez que ese acuerdo esté firmado, Emma, nada podrá impedir que controlemos la
exportación de carne. Regresaré en cuanto esté firmado y podremos seguir disfrutando de nuestra
luna de miel.
—¿Cuánto tiempo estarás ausente?
—Tres días, por lo menos. Solo el viaje ya supone casi un día entero; Esteban me llevará en el
auto. Le diré al director del hotel que se ocupe de vos.
Los pensamientos de Emma se arremolinaron: estaría sola durante tres días, dispondría de tres
días para aclararse acerca de su repentina pasión por el músico, o tres días para... ¡No! ¡No debía
pensar en ello!
¡Tenía que conseguir a esa mujer! Era el tercer verano que Eduardo tocaba el piano en el
Hotel Quequén. Una buena fuente de ingresos, si bien su papel como intérprete de música de
fondo le desagradaba. Pero el dinero les iba muy bien a él y a su esposa. Permanecían separados
durante el verano, pero al menos se las arreglaban para subsistir. Su padre administraba un
pequeño mesón en el barrio del puerto, llamado Los Tangueros de Buenos Aires. Allí Eduardo
podía dedicarse a su auténtica pasión: el tango. Durante las largas noches de invierno, cuando
tocaba el bandoneón, los ojos de todos se humedecían. Las personas echaban de menos su patria,
estaban muy lejos de Europa, de los paisajes familiares, de sus ciudades y sus aldeas; habían
dejado atrás a sus amigos y vecinos. Muchos hombres incluso habían viajado a Argentina sin sus
mujeres porque primero querían hacer fortuna. Todos se llevaron sus canciones consigo y las
cantaban en Los Tangueros. El recinto era diminuto, solo albergaba cinco mesas. Eduardo y su
mujer vivían con los padres de él en las miserables habitaciones que bordeaban el oscuro patio
trasero. Las noches en las que tocaban tango, el mesón se llenaba hasta los topes, tanto que las
bebidas servidas en el mostrador pasaban de mano en mano hasta alcanzar a sus destinatarios.
Entonces Eduardo se sentaba en la barra y detrás de él se colocaban el bajista y el violinista. El
cantante con su guitarra trataba de ubicarse donde podía. En esas veladas, Los Tangueros se
convertía en un poema cantado; los clientes disfrutaban del espectáculo ofrecido por los cuatro
muchachos y el ambiente rezumaba nostalgia.
¡Cuán distinta era la vida en el elegante Hotel Quequén! Los huéspedes no sentían el menor
interés por las melodías que Eduardo interpretaba; igual que las olas del mar y el rumor de las
hojas del eucalipto del patio interior, Eduardo se encargaba de crear un agradable telón de fondo
que endulzaba las vacaciones de la adinerada clientela.
Pero esa joven que había entrado el día anterior en el salón era distinta. Lo notaba. Durante
los veranos transcurridos en el hotel había visto muchas mujeres bonitas y algunas también se le
habían insinuado; a veces aceptaba la insinuación, pero con esta era diferente. Todo su cuerpo
ansiaba tocarla, aspirar su aroma; anhelaba susurrarle palabras tiernas al oído. El conserje le
había dicho que era alemana, que quizás hacía poco que se encontraba en el país, pues su español
era bastante deficiente. Era una perla y Eduardo le había suplicado insistentemente al bedel para
que le organizara una cita.
—¿Estás loco? —le espetó—. No deberías meterte con la clientela femenina. Si el director se
enterase te despediría en el acto y jamás volverías a tocar el piano en esta comarca.
Eduardo le había lanzado una mirada suplicante.
—¡Por favor, tengo que acercarme a esa mujer! ¡Te lo suplico!
Eduardo no podría haberle dicho algo así a ninguna otra persona. Él y el conserje tenían una
buena relación. Dos veranos atrás, el primero en el que Eduardo tocó el piano en el hotel, rescató
al portero de una situación delicada.
Una dama había depositado una joya valiosa en la conserjería; cuando el conserje se ausentó
unos minutos para ir al baño, la valiosa joya desapareció y el pobre bedel sufrió un ataque de
pánico.
En aquel entonces, Eduardo pudo serle de ayuda, pues los músicos no eran los únicos que se
desplazaban a la costa en pos de los veraneantes: también los golfos y los carteristas. Dado que
Eduardo vivía en el barrio del puerto, conocía a muchos de ellos y tal vez una o más monedas
robadas habían ido a parar a su sombrero tras su actuación en Los Tangueros. Con el fin de
echarle una mano al pobre conserje, había acudido a la taberna más miserable del puerto de
Quequén y, como era de esperar, encontró algunos rostros conocidos y les propuso un trato.
Los bribones sabían cuándo podían reemplazar un buen negocio por otro aún mejor, así que
aceptaron. Durante todo el verano, a través de los informes del conserje, Eduardo les decía qué
dama con qué joyas planeaba hacer una excursión; a cambio de dicha información —y tras
hacerse con su primer botín durante una de esas excursiones—, devolvieron la pieza cuya pérdida
había supuesto el infierno para el pobre conserje. La dueña no se enteró de nada y se lo agradeció
al bedel cuando este le devolvió la joya; también le dijo lo mucho que se alegraba de haber
depositado todo en la conserjería, puesto que numerosos viajeros habían perdido sus alhajas
durante una excursión. El conserje solo pudo dedicarle una débil sonrisa.
—¡Estás loco! —dijo el portero, suspirando—. ¡Está bien, veré qué puedo hacer!
Agradecido, Eduardo le dio un beso en la frente y se alejó cantando.
El conserje meneó la cabeza. Nunca olvidaría la ayuda prestada por el músico; se rozó la
frente con los dedos, sonrió y suspiró.
Juan se despidió de Emma temprano por la mañana. El conserje le aseguró que se encargaría
personalmente de que la señora no se aburriera durante esos tres días.
Juan se sentía satisfecho.
—Sé que mi esposa estará en las mejores manos —dijo, y le tendió discretamente un billete.
El conserje se preguntó si la joven de cuyo cuidado acababa de encargarse compartiría sus
segundas intenciones, porque aceptó con una rapidez sorprendente la sugerencia de que el joven
pianista le hiciera de guía. El pianista disponía de tiempo libre desde por la mañana hasta el
principio de la tarde.
Emma se quedaría sola durante tres días. Tuvo que sonreír: aunque el conserje había procurado
simular inocencia al sugerir que podría pasar esos días con el pianista no logró engañarla. Su mirada
expresaba tanta simpatía por el pianista que ella supuso que ambos eran amigos. Eso la tranquilizó,
porque si el conserje realmente era amigo del músico no querría hacerle daño, ni a él ni a ella.
El bedel se había comprometido a que el músico la acompañara durante los próximos días. La
idea de estar cerca de ese joven, de pasar casi un día entero a su lado, le aceleró el pulso. Era como
el miedo escénico, el mismo que sentiría un actor antes de salir a escena, solo que Emma y el
pianista no disponían de un guion ni de un director, pero sí de una larga y silenciosa lista de cosas
que — dentro de lo posible— debían evitar, y la primera de todas era que en realidad no debían
encontrarse.
Emma lo vio en cuanto entró al vestíbulo. El joven músico le daba la espalda y dirigía la mirada
al patio delantero a través de la puerta. Tenía una estupenda figura, joven y masculina. Tamborileaba
los dedos sobre la pernera; Emma era incapaz de pensar, sabía que el instante en que se volviera y la
contemplara, el mundo se tambalearía.
—¡Ah, señora Hechtl! —dijo el conserje.
El músico se volvió bruscamente y su mirada fue en busca de la de ella... y la encontró.
—Eduardo —dijo el conserje; era como si hablara a través de la niebla que de pronto envolvió a
Emma—, ¿por qué no te presentás?
—Claro. Eduardo, me llamo Eduardo —dijo el músico.
Emma le tendió la mano.
—Eduardo —repitió.
Cuando ambos se estrecharon la mano fue como si sufrieran una descarga eléctrica: percibieron
los dedos del otro, la piel desconocida, la nueva calidez que al mismo tiempo les resultaba tan
familiar... En ese instante el conserje era el único capaz de poner fin a la escena de manera más o
menos decente, así que se apresuró a acompañarlos hasta el coche de plaza.
Emma se sorprendió. ¿Acaso ambos pasarían el día en el club de la playa? Pues mejor, así no
correría el peligro de que... pero ¿de verdad era mejor? Emma reprimió esa idea.
A mitad de camino entre el hotel y el club de la playa, Eduardo le dijo al cochero que se
detuviera, que recorrerían el último trecho a pie pues hacía un día magnífico. El cochero se paró y la
extraña pareja se apeó del coche. El cochero no se sorprendió: nada desconcertaba a cuantos
trabajaban para los mimados huéspedes del Hotel Quequén.
Una vez que el coche se perdió de vista, Eduardo indicó un pequeño y destartalado camión
aparcado junto a los arbustos. Emma lo reconoció: era el vehículo que transportaba la ropa blanca
del hotel a la lavandería.
—¡Ahora te mostraré el auténtico Quequén!, ¡te mostraré el Atlántico!
¿De verdad pretendía que ella montara en ese vehículo que no le inspiraba ninguna confianza?
—¡Eduardo! —exclamó, y sacudió la cabeza.
Él le tomó la mano, ambos echaron a correr hacia el camión y luego la ayudó a instalarse en el
sucio asiento, que había cubierto con mantas. El músico ocupó el asiento del conductor, el motor
arrancó con gran estrépito y entre ambos traqueteaba un cajón de madera.
—¿Adónde vamos? —le gritó Emma al oído.
Debido al ruido infernal, la comunicación en español se volvía aún más difícil.
Eduardo dijo algo acerca de un lugar muy bonito, algo sobre un oasis verde, y que había pedido
prestado el vehículo. Ella se encogió de hombros y el músico silbó una melodía. Debido al estrépito
del motor, Emma tardó un momento en reconocer el vals de Chopin. Entonces rio.
Recorrieron caminos bacheados, a veces próximos a la costa, otras alejados.
Pasaron junto a un interminable paisaje de dunas; Emma disfrutaba del aire fresco que penetraba
a través de las ventanillas. Las gaviotas surcaban el cielo azul, las olas rompían en la playa y de
pronto un bosquecillo de eucaliptos apareció como de la nada. La arboleda se adentraba en la playa.
—¡Ya llegamos! —dijo Eduardo, y apagó el motor. El vehículo se agitó como si quisiera
desprenderse de la arena que lo invadía—. ¡Este es mi secreto!
Bienvenida al Atlántico, bienvenida a mi verde oasis, ¡a nuestro verde oasis!
Con gesto tierno ayudó a Emma a bajar del camión y le rodeó las caderas.
Ambos se miraron durante un instante.
—¡Es un paraíso! —susurró Emma.
—¡Entonces somos Adán y Eva! —dijo Eduardo, riendo.
—¿Hay serpientes? —preguntó Emma, también riendo.
—¡No, pero tal vez manzanas!
Emma se sorprendió al ver una cesta del hotel llena de alimentos apoyada en el compartimento de
carga del destartalado vehículo. La manta que cubría el asiento y la bonita cesta eran obra del
conserje.
Tendieron la manta multicolor en un claro con vistas al mar y encima todas las exquisiteces que
había en la cesta. Quizás era la misma canastilla y la misma manta que Emma y Juan habían usado
durante el picnic un par de días atrás.
Eduardo y Emma disfrutaron del sol. Estaban sentados uno junto al otro, bebiendo vino,
comiendo las frutas y saboreando los manjares de la cocina del hotel. Apenas intercambiaron una
palabra, en su lugar sus miradas lo decían todo. De pronto Eduardo se puso de pie y echó a correr
hacia el camión; cuando Eduardo abrió el cajón de madera, Emma oyó un traqueteo: nunca había
visto algo parecido al objeto que extrajo. Era una suerte de pequeño acordeón. Al notar su
curiosidad, Eduardo dijo:
—Es un bandoneón. ¡Para tocar tango!
Eduardo empezó a tocar, una melodía nostálgica se confundió con el rumor de las olas y el de las
copas de los árboles, mecidos por el viento. Emma cerró los ojos. ¡Era un momento maravilloso!
Entonces Eduardo depositó el instrumento en el suelo.
—Vení, vamos a bailar. ¡Vamos a bailar un tango!
—Pero si no lo sé bailar.
—El tango no se aprende a bailar, ¡hay que sentirlo y experimentarlo!
¡Y cómo lo experimentaría ella! Eduardo la estrechó entre sus brazos, le apoyó una mano en la
cadera —en realidad demasiado abajo— y tarareó la melodía que acababa de tocar. Emma se
entregó a su voz y al baile. Notaba la excitación de él en el bajo vientre y en vez de apartarlo con
indignación dejó que todo sucediera, incluso estaba orgullosa de que ese hombre joven y apuesto la
deseara... pues ella también lo deseaba a él. Siguieron bailando; Eduardo deslizó la mano hasta el
trasero de Emma y ella se estremeció al tiempo que él seguía tarareando y ella no dejaba de bailar.
El límite entre el juego amoroso y el baile se disolvió. No existía el baile o el amor, el hombre o la
mujer... solo existía la «y»: el baile y el amor, el hombre y la mujer. Eran una pareja.
Súbitamente, Eduardo dejó de canturrear y ambos se mecieron al son de la imaginaria melodía;
Emma la sentía en todas las fibras de su cuerpo, el sonido del bandoneón vibraba en sus
pensamientos. Eduardo le acariciaba el cuello suavemente con los dedos, recorría sus delicados
músculos. Emma había cerrado los ojos y una ola de excitación la abrasó y apretó sus muslos contra
los de él. La respiración de Eduardo se aceleró, le besó el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja con
mucha suavidad y Emma gimió de placer. El tango no parecía tener fin.
Ambos siguieron bailando estrechamente abrazados y el verde oasis ocultó su secreto. Se
miraron y Eduardo la besó en la boca. Sus labios carnosos eran cálidos y suaves, y los besos se
volvieron cada vez más apasionados. Él le acarició los pechos, por debajo del vestido notó que se le
ofrecían, exigiendo roce y satisfacción. Eduardo le desabrochó los botones y Emma lo dejó hacer,
suspirando anhelante. El baile amoroso se convirtió en una danza del amor.
Las manos de él parecían estar en todas partes, le presionó los pezones sonrosados, los besó, los
acarició con los dientes y los mordió tiernamente mientras Emma gemía de placer. Finalmente se
tendieron en la manta, ella deslizó la mano por encima del vientre tenso de Eduardo y entre sus
muslos.
Nunca había hecho nada parecido, Eduardo se bajó la bragueta y su miembro viril emergió,
retador. Emma notó la dureza, el calor y la pulsación, Eduardo soltó un gemido, el deseo lo estaba
volviendo loco.
Cuando la penetró, Emma soltó un grito y él dudó, pero ella quería más, mucho más, era un grito
de placer, no de dolor, y Eduardo percibió que ella se le entregaba por completo. Volaban, eran
como las aves, por debajo de ellos resplandecía el Atlántico, la playa, las dunas, el oasis verde...
Emma deslizó las manos por la espalda de Eduardo, palpó cada músculo y notó cómo sus
embestidas se repetían en el cuerpo de ella. No solo había penetrado en su cuerpo, sino también en su
alma, y siguieron moviéndose al compás del tango... un tango apasionado que se convirtió en un
huracán y entonces cayó un rayo, la tensión se descargó y era como si sus almas flotasen como hojas
ligeras y se posaran en el suelo...
Durante el viaje de regreso ambos guardaron silencio. Eduardo condujo el traqueteante camión
por senderos entre los campos hasta el camino. Cualquier palabra hubiera resultado inadecuada,
demasiado pequeña y fútil, demasiado cotidiana como para describir lo ocurrido. Ambos estaban aún
embargados por la emoción, ninguno de los dos lograba comprender qué había sucedido. Emma le
lanzó una mirada de soslayo. ¡Cuán apuesto era! ¡Qué viril, qué suave, qué fuerte y qué delicado! No
se avergonzaba, no se sentía culpable y no se arrepentía. Todo estaba tan bien, era tan natural... y
también estaba tan mal, por supuesto: había engañado a su marido y encima durante la luna de miel.
Eso no tenía perdón ni justificación, pero Emma no sentía la necesidad de pedir perdón ni de
justificarse: por más erróneo que fuese según las reglas establecidas, ella sentía que había actuado
correctamente.
Eduardo notó su mirada, que se lo decía todo... y él sentía lo mismo.
Dejaron el vehículo a cierta distancia del hotel; Emma se arregló el vestido y el peinado y
Eduardo también procuró que su aspecto fuese el mismo de esa mañana, cuando ambos abandonaron
el hotel, pero no lograron engañar al conserje, que nunca había visto esa mirada en el joven músico y
le bastó un solo vistazo para comprender que Eduardo estaba perdidamente enamorado. Y la joven
alemana también.
«¡Pobrecitos —pensó, suspirando—, este día los ha condenado a una eterna infelicidad!» Sabía
de qué hablaba: la vida lo había convertido en un observador del amor.
Cómo se presentaría Emma ante Juan. Confiaba que no notara nada; su estadía en Buenos Aires se
había prolongado un día más, así que regresó al Hotel Quequén al final de la cuarta jornada. Por
suerte estaba demasiado cansado para mantener una larga conversación... o incluso para otra cosa.
Esteban también parecía agotado tras el largo trayecto recorrido.
—Mañana te lo contaré todo, querida. Espero que no te hayas aburrido sin mí.
Lamento haberte dejado sola tanto tiempo... —murmuró, y se quedó profundamente dormido.
Emma le quitó los zapatos y lo cubrió con la manta.
Después se preparó para irse a la cama y, antes de apagar la luz, le contestó a su esposo,
dormido:
—No, no me aburrí —dijo, suspirando.
Allí fuera el mundo no parecía haber cambiado. Juan había despertado a Emma con un beso,
estaba de buen humor, pero a ella el día soleado casi la sorprendió.
¿Acaso el sol podía ser tan ignorante? Puesto que lo había visto todo, sus rayos cálidos habían
iluminado el claro junto al mar y observado las indecentes actividades de Emma.
Juan tenía mucho apetito y disfrutaba del desayuno sentado frente a su mujer; Emma procuró
concentrarse en su marido e intentó reprimir los recuerdos de ese día con Eduardo, rebosante de
apasionada ternura.
—¡Bien, querido, háblame de tus negociaciones! ¿Cómo resultaron? —dijo, tratando de
distraerse de sus propios pensamientos.
—Fue muy bien, Emma, el director de la compañía naviera se reunió conmigo.
Estaba en Buenos Aires y quería verme para hablar de nuestros negocios en común.
Mientras Juan le hablaba de sus negocios con la compañía naviera, Emma se distrajo; no dejaba
de recordar las horas pasadas junto al joven músico, sentada en el traqueteante camión de la
lavandería, Eduardo a su lado y entre ambos el cajón que albergaba el bandoneón. Rememoró el
aroma de los eucaliptos, oyó el rumor de las olas y la melodía del tango que bailaron. No lograba
quitársela de la cabeza.
—Te amo —musitó Emma de pronto, y se estremeció del susto ante sus propias palabras.
Sorprendido, Juan interrumpió su relato y su expresión se volvió cariñosa.
—Queridísima Emma, yo también te amo.
Emma debía concentrarse, semejante distracción no debía volver a suceder.
Hacía un buen rato que había perdido el hilo, pero el relato de Juan no había avanzado
demasiado. Los hombres de negocios habían establecido las condiciones y se habían puesto de
acuerdo. Juan debía disponer del dinero a finales del próximo año, aunque el buque solo se
construiría al cabo de unos años, pero ello no lo preocupaba. Si el año siguiente la cotización le
resultaba favorable, no tendría que solicitar un crédito. El dinero no lo cobraría la compañía naviera
sino la nueva sociedad comercial Helderlein-Hechtl. A su vez, esta ingresaría su capital como
inversión en la compañía. Emma no comprendió los motivos relacionados con la aduana y los
impuestos. El director comercial de esa sociedad sería Ernst Helderlein; Juan, el director de la
sucursal argentina, pero gozaría de los mismos derechos. La sede de la sociedad comercial estaría en
Hamburgo, así que sería una empresa alemana.
—Es una lástima, no volverás a ver a Ernst y a Margarethe. Emprenderán el viaje de regreso a
Hamburgo con el director de la compañía naviera en los próximos días. Así Ernst podrá prepararlo
todo en Alemania, ¡y tendrá la oportunidad de estrechar relaciones con el director durante la
travesía!
Esa noticia hizo que Emma aguzara los oídos. ¿Así que los insoportables Helderlein se
marchaban? ¿Ese advenedizo petimetre y su perra en celo pronto abandonarían Argentina? Eso sí que
era una buena noticia y, agradecida, Emma aceptó la copa de champán que Juan le ofrecía.
—Lo has hecho muy bien. ¡Te felicito!
—Vení, querida —dijo Juan, y la tomó de la mano—, vayamos a ver el mar.
Pero antes quiero recuperar los días que perdimos.
Le sonrió, insinuando lo que, según él, ambos se habían perdido. Emma sabía que sería una
esposa cariñosa y tierna, pero también que las cosas con Juan nunca volverían a ser las mismas.
Cuando ambos regresaban a toda prisa a su habitación, le preguntó qué opinaba del tango.
—¿El tango? —Juan le lanzó una mirada, irritado—. El tango es la música de la chusma, ¡una
diversión para los no privilegiados!
Los días en Quequén transcurrían. Emma se sentía desgarrada entre la pasión por Eduardo y los
sentimientos por su marido. ¿Es que amaba a los dos? Lo que sentía por el joven músico ¿era amor o
pasión? Emma se confesó a sí misma que en realidad durante esas horas de felicidad junto al mar
solo se había dejado llevar por el deseo. La idea la hizo estremecer. ¿Y qué pasaba con su marido?
¿Era amor lo que sentía por él o solo la necesidad de sentirse protegida y gozar de una seguridad
material? Y esa idea tampoco le resultó muy agradable. ¿Quién era ella? Ya no se conocía a sí misma
y sintió un profundo deseo de hablar de todo aquello con alguien en quien confiara. Pero ni siquiera
hubiese podido confesárselo a su madre. El adulterio no tenía perdón, pero ¿si estaba tan mal, por
qué le parecía tan bien?
Las ideas se arremolinaban en su cabeza y le impedían conciliar el sueño.
Sufría pesadillas de las que despertaba empapada en sudor y gritando de miedo en medio de la
noche. Juan, a quien su grito había despertado, la abrazó y la consoló.
—¡Solo fue un sueño, querida, tranquilizate! —murmuró, acariciándole el cabello y, cuando ella
quiso decir algo, añadió—: No hables, querida. Acá en Argentina dicen que los sueños solo tienen
que contarse después del desayuno, sobre todo las pesadillas, para que no se vuelvan reales.
Emma se secó las lágrimas. Juan la estrechó entre sus brazos. Por fin volvió a sentir sueño y,
suspirando, susurró:
—¡Perdóname, Juan!
Y soñó con Eduardo.
Mientras Esteban conducía hasta la estancia en el automóvil cargado de maletas, el cochero del
hotel condujo a Juan y Emma hasta la estación de ferrocarril. La idea de abandonar a Eduardo le
revolvía el estómago; había intentado evitar cualquier encuentro con él, pero al mismo tiempo lo
ansiaba.
Una y otra vez lo había escuchado tocar el piano; Eduardo interpretaba innumerables variaciones
del tango que ambos habían bailado y lo incorporaba en toda clase de melodías. Los demás
huéspedes del hotel no lo notaron, pero Emma se estremecía: sus melodías le acariciaban la nuca y
una tarde casi dejó caer la taza de té.
En el oscuro salón del hotel, Eduardo había desplazado el piano de manera que a través de
una rendija entre las persianas lograba observar el patio interior. Solo podía pensar en Emma;
aún aspiraba su aroma, sentía su delicadeza y su calidez.
El recuerdo de las horas apasionadas, felices y profundamente satisfactorias, le había costado
muchas noches en vela. Saber que esa pasión no tenía esperanzas hizo que sus sueños se volvieran
angustiantes.
Sentado ante el piano, Eduardo podía observar a Emma, y de pronto se quedó de piedra:
estaba vestida para viajar y el director del hotel se despedía de ella y de su marido. ¿Acaso
tendrían que separarse así? ¿Sin una palabra, sin volver a tocarse? Siguió observando a la
pareja. Mientras el marido de Emma prestaba oídos a las lisonjas del director ella se volvió hacia
el salón. Eduardo sabía que ambos compartían ese momento, que era su manera de despedirse de
él. Claro que no podía verlo a través de la estrecha rendija, pero lo sentía en el corazón y le decía
adiós. Entonces, con suavidad y delicadeza, interpretó el vals de Chopin.
Al reconocer la soñadora melodía, Emma se quedó sin aliento y tomó a Juan del brazo. Él
disfrutó del gesto afectuoso de su mujer y no sospechó que necesitaba apoyarse para no derrumbarse;
ella insistió en que se marcharan porque de lo contrario perderían el tren. Pero se detuvo un instante
y, alzando la voz para que el conserje pudiera oírla, se dirigió al director.
—¡No olvidaré en la vida la estadía en el hotel!
El director sonrió, alegrándose del cumplido; el conserje inclinó la cabeza con gesto casi
imperceptible. Emma sabía que había comprendido y que le trasladaría ese último saludo a Eduardo.
Tras muchas horas de viaje en tren, Emma y Juan alcanzaron la estación de Lobos. Esteban ya los
aguardaba con el automóvil recién lustrado. Era evidente que el muchacho estaba encantado de
volver al hogar. Cuando enfilaron la larga explanada a través del arco de ladrillo y se acercaron a la
casa, Emma suspiró: el breve sueño de pasión a orillas del Atlántico había llegado a su fin.
Hacía escasas semanas que Emma volvía a estar en la estancia cuando de pronto cayó enferma.
Aunque hacía tiempo que el verano había dado paso a un otoño dorado, hacía un calor insoportable.
Ella se abanicaba, el corazón le latía deprisa y no lograba tomar aire. Después su circulación sufrió
un colapso y perdió el conocimiento; además tenía un dolor de cabeza atroz y náuseas. De mañana
estaba adormilada, apenas lograba mantenerse despierta durante todo el día y debía esforzarse por
permanecer de pie.
Estaba a solas con la familia en la estancia, Juan estaba en Buenos Aires: había abandonado la
casa pocos días después de su regreso porque, como siempre, debía ocuparse de sus impostergables
negocios.
Elisabeth frunció el ceño con preocupación y, como el estado de su nuera no mejoraba, mandó
llamar al médico de la familia. Era un hombre sensato y experto, y hacía decenios que los Hechtl
confiaban en su sapiencia; había asistido al nacimiento de Juan cuando aún era un joven médico.
Examinó a Emma en su habitación y mientras se lavaba las manos en la palangana proporcionada por
la mujer del capataz, hizo pasar a Elisabeth. Emma estaba tendida en la cama, exhausta, y cuando su
suegra entró volvió a cubrirse.
—¿Qué le pasa a mi nuera, doctor? —preguntó en tono suspicaz.
El viejo médico se sentó en una silla junto a la cama de Emma y le acarició el brazo con gesto
paternal.
—Bien, esta joven espera un hijo. Su nuera está embarazada.
—¿Embarazada? —soltó Elisabeth, y las rodillas le temblaron.
«Tranquilizate, Elisabeth, tranquilizate —trató de decirse—. La mujer de tu hijo espera un
nene. Está todo bien. Está embarazada. Te dará un nieto a vos y un hijo a Juan. Está todo bien, así
tiene que ser. Esa era su función y ahora la cumplirá. El viejo Hechtl estaría contento, era lo que
quería, que los Hechtl no se extinguieran. Tranquilizate, Elisabeth, quedate tranquila. Siempre
fuiste una maestra del disimulo. Esa bruja es la mujer de tu hijo, es tu nuera, y se encargará de
que la tradición familiar continúe. Está todo bien, está todo bien.»
—¡Pero eso es maravilloso! —soltó Elisabeth por fin.
Emma les dedicó una gran sonrisa al médico y a su suegra y repitió: —Sí, es maravilloso.
Elisabeth se obligó a sonreír.
—Ahora te dejaremos tranquila. Tenés que cuidarte. Informaré a los demás y a partir de ahora la
señora Langileburu solo te preparará comida saludable.
Luego condujo al viejo médico fuera de la habitación y se lo llevó al salón, casi sin dejarle
tiempo de despedirse de Emma. El médico se apresuró a desearle lo mejor para el futuro y luego él y
Elisabeth permanecieron a solas ante la puerta.
—¿Está completamente seguro? —preguntó ella.
En vez de contestar, se limitó a asentir con la cabeza y le estrechó la mano.
—Si ocurriera algo, avíseme. De lo contrario volveré a pasar dentro de unos días para
comprobar cómo se encuentra la futura madre.
—Pero... —dijo Elisabeth, dispuesta a interrumpirlo.
—Alégrese, estimada Elisabeth. Crear vida siempre es un milagro, es el milagro más grande y
más hermoso que nos ofrece la naturaleza. Y a nosotros nos corresponde aceptar ese gran regalo con
alegría —dijo, lanzándole una mirada insistente. El médico sabía que ella lo había comprendido.
9
Aún era muy de mañana. Debido al jet lag Christina despertó demasiado temprano; Maju estaba
sentada ante el ordenador.
—Buenos días, Christina, ¿dormiste bien?
—Sí, muy bien.
Tal vez ese no era el momento indicado para quejarse del bullicio de la calle, del calor y la
humedad.
—Te has levantado muy temprano, Maju.
—¿Yo? No, no dormí, tengo que entregar esto, así que preferí trabajar toda la noche.
Christina se sorprendió: jamás hubiera creído que esa caótica melenuda fuese tan disciplinada.
—Vestite y después bajaremos a la cafetería de la esquina y tomaremos un café con medialunas.
—¿Medialunas? ¡Nada de comida árabe para el desayuno, por favor!
Maju soltó una carcajada.
—¿Nunca comiste medialunas? ¡Entonces ya es hora de que lo hagas!
La promesa de su anfitriona se cumplió: las pequeñas medialunas, dulces y crujientes, eran
deliciosas y, sumadas al café cargado y al ambiente de la mañana estival, todo resultaba maravilloso.
Maju se había envuelto en un gran pañuelo multicolor y los cristales de unas gafas enormes de sol le
cubrían los pómulos y media frente.
—¡Debes de estar absolutamente exhausta, Maju, tras trabajar toda la noche!
—¿Por qué creés que llevo estos anteojos monstruosos? Lo ocultan todo, desde las ojeras hasta
las arrugas de la frente. Bueno, Christina, ¿qué buscás en Buenos Aires?
—Es una larga historia.
—Entonces será mejor que empecés cuanto antes.
Maju le sonrió animándola a hablar y Christina empezó su relato. Tras casi dos horas había
alcanzado el punto en que su historia acababa, al menos de momento. Maju no despegaba la vista de
ella; la vieja tarjeta postal con la enigmática nota reposaba en la mesa: «Este bandoneón alberga toda
mi vida.»
Maju se puso de pie y le rodeó los hombros con el brazo.
—Iniciemos la búsqueda, entonces, Christina. ¡Aunque no creo que lo que realmente estés
buscando sea el bandoneón!
El breve timbrazo de su móvil despertó a Bernd. Por lo visto había acabado por quedarse
dormido, estaba tendido en la cama en vaqueros y jersey. Se había pasado todo el día aguardando
noticias de Christina; a fin de cuentas, debía de haber llegado a Argentina de madrugada, es decir
alrededor de mediodía, hora de Berlín. Casi no pudo concentrarse durante todo el día, no dejaba
de echar ojeadas al teléfono y a su correo electrónico, pero nada. El timbrazo lo hizo regresar de
golpe al presente. Era muy temprano, todavía casi de noche. Bernd sacudió la cabeza para
despejarse.
Un SMS de Christina: ¡por fin! «Llegué bien. Todo OK. Saludos cariñosos. C.»
Bernd se tragó su decepción.
David había protestado: se negaba a transitar por las calles del barrio del puerto que no formaran
parte del recorrido turístico. ¡Que ni hablar!, que si Maju había perdido el juicio, puesto que conocía
muy bien la clase de gente que pululaba por La Boca y él no tenía ganas de que lo atracaran. Entonces
Maju le lanzó una mirada dura y le preguntó si prefería que ella y Christina circularan por allí sin su
compañía protectora. A David no le quedó más remedio que ceder ante la insistencia de su vecina,
así que los tres tomaron un autobús a La Boca, el viejo barrio portuario. Si la tarjeta de Christina no
mentía, allí habían tocado Los Tangueros de Buenos Aires. Antes Maju había decidido que había que
seguir dos hilos conductores: primero debían averiguar quién era Óscar Hechtl, ese misterioso
argentino que un día dejó embarazada a la abuela de Christina y después la dejó plantada así, sin
más.
—También me gustaría saber qué se le perdió en Berlín. ¿Quién viajaría voluntariamente allá
justo después de la guerra? ¡Todo destruido y lleno de nazis! Querida Christina: espero que no nos
encontremos con una sorpresa desagradable y que resulte que tu apreciado abuelo Óscar era un viejo
nazi argentino que debía asegurar alguna prebenda.
Esa posibilidad ni siquiera se le había ocurrido a Christina, no era un giro agradable.
—Pero quizá nuestra historia del bandoneón resulta ser un asunto relacionado con el servicio
secreto —dijo Maju, con mirada brillante.
Esa mirada revelaba su interés por aquella tarea detectivesca y, divertida, Christina se percató de
que Maju ya había convertido la búsqueda del bandoneón en un asunto propio y eso le supuso un gran
alivio, porque significaba que ya no debía luchar a solas.
Maju continuó explicando su plan de batalla.
—Y por otra parte, tenemos que encontrar a ese músico del bandoneón. Un tipo guapo, por cierto.
—Pues espero que no lo encontremos, porque según mis cálculos ya tendría más de cien años y
estaría bastante muerto —dijo Christina, riendo.
—Si descubrimos algo acerca del músico, tal vez también averigüemos algo sobre el bandoneón
—dijo Maju—. Así que lo primero que haremos es ir a La Boca. Tenemos una dirección y eso es
mucho más de lo que figura en todas las novelas policiacas que he traducido.
David suspiró.
—Acercarse a esta mujer es un error: uno siempre acaba sufriendo un atraco y teniendo manchas
de humedad en el cielo raso.
Maju le acarició la cabeza como si fuera un niño pequeño.
—No dramaticés, palomita mía. ¡Después te compraré un helado!
La zona donde los dejó el autobús no inspiraba ninguna confianza, las casas eran de ladrillos
huecos; en vez de cristal, algunas ventanas estaban cerradas con cartón, otras dejaban ver el interior
oscuro. En las entradas merodeaban niños mugrientos que los contemplaban con aire suspicaz, y
perros sarnosos de piel hirsuta deambulaban por las callejuelas.
Entonces alcanzaron la meta, debía de ser allí, la dirección coincidía, y fuera cual fuese su
relación con Óscar Hechtl, allí debía de haber tocado su bandoneón... pero ahí donde debía
encontrarse la huella más importante de su detectivesca búsqueda solo había un terreno baldío entre
las chozas de ladrillo, un solar cubierto de basura.
Intentaron preguntar a las personas del vecindario, pero en vez de respuestas solo cosecharon un
encogimiento de hombros. ¿Quién podía esperar otra reacción frente a una vieja tarjeta postal?
Deprimidos, Christina y sus dos compañeros dieron media vuelta y suspiraron resignados cuando
alcanzaron la parada del autobús. Maju agarró a Christina del brazo, David le alcanzó un pañuelo.
Fue el primero en tomar la palabra.
—Le prometiste un helado a tu palomita, ¿verdad, Maju? Creo que ha llegado el momento de
cumplir con lo prometido.
—¡Tenés razón, valiente guerrero! —dijo Maju, y le palmeó el hombro—. Lo mejor será que
vayamos hasta Caminito, está acá a la vuelta. Supondrá un buen contraste y nos levantará la moral.
Caminito era una calle de solo unos cien metros de largo en la que desembocaban diversas
callejuelas bordeadas de casas de latón pintadas de colores chillones. El bullicio los envolvió,
estaba lleno de turistas, alguien tocaba un tango, pero ese ajetreo solo había llegado hasta allí cuando
los extranjeros descubrieron el lugar. Antes, esa calle era una de las zonas más pobres y delictivas
de la ciudad; antaño era el lugar donde atracaban los grandes transatlánticos cargados de inmigrantes.
En aquel entonces, las casas de latón — hoy convertidas en multicolores bazares— eran las pobres
moradas de los habitantes del puerto, las personas vivían en esas barracas de lata en medio de la
mugre y las ratas. La alegre pintura de las chozas se debía a que sus primeros habitantes no disponían
de dinero para comprar pintura y, para proteger el endeble latón y evitar que se oxidara, solían
aprovechar el barniz con el que se pintaban los barcos y que quizá solo conseguían en el mercado
negro.
Esa zona se convirtió en la cuna del tango. Ese «pensamiento triste que también se puede bailar»,
sus melodías y sus palabras expresaban la dureza de la vida y la desesperanza del multicolor barrio
del puerto.
El tango fascinó a Christina; observaba las miradas lascivas y seductoras de las bonitas
bailarinas que levantaban las piernas en torno a las de su compañero con increíble rapidez y,
desconcertada, comprobó que las mujeres jóvenes bailaban encantadas con ancianos a los que, como
mucho, les hubieran ofrecido su asiento en el autobús.
—Vengan, entremos acá, es hora de que la palomita tome su helado y nosotras, las adultas, un
café —dijo Maju, le pellizcó el trasero a David y lo arrastró hasta uno de los cafés cuyas mesas
estaban dispuestas en la acera.
Pero al sol hacía demasiado calor, así que los tres se instalaron en una mesa diminuta en un
rincón del café, charlaron sobre el tango y Maju dijo que cuando ella era una adolescente solo los
viejos lo bailaban.
—Nosotros los jóvenes lo despreciábamos; siempre me veía obligada a ver esos espantosos
programas de televisión sobre cantantes de tango. Era la música de mis padres, pero seguro que no la
mía. Últimamente, ustedes los europeos volvieron a traer el tango a Argentina, nos contagiamos de su
entusiasmo.
—Vaya, qué suerte, porque hubiera sido una pena...
Christina no pudo seguir hablando: casi se atragantó con el café y clavó la mirada en la pared
detrás de Maju y David.
—Eh, Christina, ¿cortaste la corriente? ¿Aún hay luz ahí arriba? —exclamó Maju, y agitó la mano
ante la cara de Christina.
Esta señaló la pared, Maju y David se volvieron: la pared estaba cubierta de viejas fotos del
barrio del puerto. Mostraban pobreza, el puerto, personas vestidas con harapos, una familia delante
de su casa de latón y...
—¡... es imposible! ¡Es demencial!
La foto de la tarjeta postal también estaba pegada en la pared. Christina se apresuró a sacar la
tarjeta del bolso: no cabía duda, era el grupo musical, era su bandoneón.
—¿Esas fotos? Casi todas son un regalo del Abuelo. Claro que no es nuestro abuelo de verdad,
pero todos lo llamamos así. Es un viejo titiritero que nació en el barrio. Hizo un trato con el chef y
este le permite comer acá, a cambio nos dejó toda su colección de fotos —dijo el camarero,
contestando a la pregunta encogiéndose de hombros.
Christina y Maju ya no pudieron permanecer sentadas; arrojaron unas monedas en la mesa y
salieron en busca del titiritero. David se apresuró a seguirlas.
Una multitud rodeaba al Abuelo. Estaba sentado en un destartalado cajón de madera; de un
radiocasete salía música de tango. El anciano hacía bailar dos marionetas, una pareja de tango: era la
eterna historia entre el hombre y la mujer, traducida a pasos y giros, y la escena resultaba
sorprendentemente realista, como si la vieja madera y la tela cobraran vida. La mujer era la bonita,
la autoritaria, alzaba la cabeza y le daba la espalda a su compañero y, mediante un leve movimiento
del hilo, el Abuelo hacía que su cabeza se agitara con gesto retador. El público reía, los niños
pequeños acuclillados ante las marionetas chillaban de alegría. Los movimientos seductores de la
mujer no dejaban indiferente al hombrecillo: se enderezaba y se acercaba bailando hacia su adorada;
por fin él, incansable, lograba conquistar a la atractiva mujer y ambos empezaban a bailar.
El público estaba entusiasmado, los niños pedían monedas a sus padres para arrojarlas al
sombrero del Abuelo. Este se levantó del cajón y agradeció haciendo una reverencia, y sus pequeños
títeres saludaron a los niños con la mano. La multitud se dispersó y solo quedaron Christina, Maju y
David.
El Abuelo los miró, perplejo.
—No se enojen, pero nosotros... —dijo, señalando las dos figuras que acababa de guardar en el
cajón—... ya no somos jóvenes y ahora nos vemos obligados a hacer una pausa.
—¡Nos encantaría invitarlo a tomar algo! —dijo Maju.
El viejo la miró desconfiado y, antes de que pudiera contestar, ya le había mostrado la tarjeta
postal de Christina.
—Y hablarle de esta foto.
Al ver la vieja foto el anciano sonrió y poco después volvían a estar en el café, sentados en el
mismo rincón, así que no les resultó difícil explicarle cómo lo habían encontrado.
El Abuelo empezó a hablar.
—De chicos, mis padres nos llevaron a Buenos Aires; antes vivíamos en un rancho diminuto en
medio de la nada, en el norte de Argentina, y apenas lográbamos subsistir cultivando la tierra; igual
que muchos en aquel entonces, mi padre y mi madre también confiaban en hacer fortuna en la gran
ciudad, y a mediados de los años treinta empacaron sus pertenencias, cerraron la puerta de nuestro
rancho miserable por última vez, alzaron en brazos a sus dos hijos chicos y por fin llegaron al barrio
del puerto; cambiaron el pobre rancho por un rincón cubierto de trapos sucios en un patio trasero. Mi
hermanita enfermó durante el primer invierno: desnutridos como estábamos todos, ella era demasiado
débil para resistir al frío y a la humedad del puerto. Solo llegó a cumplir los cuatro años, pobre nena.
Con manos temblorosas y voz quebradiza, el Abuelo añadió: Turbio fondeadero donde van a
recalar,
barcos que en el muelle para siempre han de quedar, sombras que se alargan en la noche del
dolor, náufragos del mundo que han perdido el corazón...
Los ojos de Christina se llenaron de lágrimas.
—¡Qué maravilla! ¿Qué es?
—El principio de uno de los tangos más célebres: «Nieblas del Riachuelo.» El Riachuelo es el
pequeño río junto al puerto. Bueno, más adelante siempre quise tener una hija, creía que así
recuperaría a mi hermanita, pero por desgracia las nieblas no nos concedieron hijos.
La muerte de la hermana hizo que la pequeña familia, oriunda de los Andes, que había llegado a
Buenos Aires con tantas esperanzas, se desanimara.
—Mi padre no tenía trabajo y a ello se sumó la bebida; mi madre tuvo que alimentarnos
trabajando en las fábricas de pescado, cosiendo y cosas por el estilo. Yo me refugié en mi propio
mundo, el mundo del tango. Y así conocí a Eduardo.
Christina frunció el ceño y le lanzó una mirada inquisitiva.
—Bueno, Eduardo es el bandoneonista que aparece en su vieja tarjeta postal y en esa foto de allá
—dijo, señalando la pared cubierta de fotos del café.
—Eduardo... —repitió Christina, pero de inmediato descartó que fuese quien había firmado la
tarjeta con una «E», porque, ¿cómo podría haber escrito en alemán y con letra Sütterlin un argentino?
—. ¿Y ese Eduardo era el líder del grupo de tango llamado Los Tangueros de Buenos Aires? —
preguntó al anciano.
—No, Los Tangueros no era un grupo musical, era un mesón, una taberna donde tocaban tango.
Pertenecía al padre de Eduardo, un amante de la música y un gran admirador de su hijo. De noche me
acercaba sigilosamente a las ventanas de Los Tangueros para escuchar la música; es una lástima que
haya dejado de existir, demolieron la taberna cuando decidieron que ya no podían reformarla.
—¿Y qué se hizo de Eduardo y su familia?
—Al final, el propio Eduardo provocó la ruina de la taberna de su padre. Pero antes de seguir
hablando, tengo que reponerme un poco —dijo el Abuelo, y enmudeció.
El primero en comprender a qué se refería fue David y pidió otra jarra de vino tinto; el Abuelo le
agradeció inclinando la cabeza.
—Bueno, Eduardo murió hace tiempo. Experimenté los buenos tiempos de Los Tangueros de
chico y de adolescente. La magia de esa música me hechizó. El tango no se escucha, se siente, ¿sabe?
¡Y cuánto lo sentía yo! Al final empecé a bailar; primero a escondidas, a la sombra de la taberna,
más adelante casi me convertí en un bailarín profesional. Pero las privaciones sufridas en la juventud
acabaron por cobrarse su tributo; envejecí, mis piernas se volvieron débiles, bailar me costaba un
esfuerzo y por fin mi compañera de baile me abandonó.
No, no por el baile. Murió. Estuvimos casados durante casi cuarenta años...
Christina le dedicó una sonrisa compasiva y le apretó la arrugada mano apoyada en la mesa.
Luego indicó la caja que contenía las marionetas.
—¿Y con eso ha eternizado a su mujer?
—No —dijo el viejo, y le devolvió la sonrisa—, mi mujer era mucho más linda que esa, que solo
es un cacho de madera, unas telas y unos hilos. Ella era de fuego, de nostalgia y de dolor... como el
tango.
El viejo volvió a callar.
—Usted dijo que al final el responsable de la ruina de la taberna fue el propio Eduardo, ¿no es
cierto? —dijo Maju, tratando de animar al Abuelo a retomar la historia.
Este la contempló con una sonrisa ingenua y se encogió de hombros.
—Eduardo dejó de tocar el bandoneón de un día para otro y eso resultó fatal para su padre; antes
les iba más o menos bien, como a todos en este barrio.
Eduardo pasaba los veranos en la costa, donde tocaba con otros músicos para los ricos en un
hotel. No tocaba tango, por supuesto, en aquel entonces aquello era impensable: el tango era la
música del puerto, de la gente sencilla, ¿pero sabe una cosa?: muchas veces el alma de esas personas
era mucho más refinada que la de los miembros de la alta sociedad.
El tono en el que pronunció las dos últimas palabras no dejaba lugar a dudas sobre su opinión
acerca de esa alta sociedad.
—Cuando la temporada terminaba, Eduardo siempre volvía a casa con bastante plata. Su mujer
se quedaba en la ciudad durante todo el verano, trabajaba en una lavandería, creo. Ha de saber que el
tiempo borra los detalles y los cambia por unos que nos hubiese gustado experimentar. En verano,
cuando Eduardo no estaba en Buenos Aires, tocaban música en Los Tangueros, pero solo se llenaba
de verdad en las noches de invierno en las que Eduardo convertía el lugar en otro mundo.
»Finalmente, su mujer le dio un hijo, un nene sano. Toda la familia y también los vecinos se
alegraron, porque hacía mucho tiempo que Eduardo y su mujer querían tener descendencia... y para
colmo tuvieron un varón que aseguraría el futuro de Los Tangueros. Eduardo era un padre cariñoso y
un par de veces se llevó a su hijo a la costa. Cuando regresó, el nene no dejaba de hablar de los
dulces y los postres, del mar, de los grandes árboles y de las olas. Supongo que a la mujer de
Eduardo le iba bien que Eduardo se llevara al nene, porque así su marido no podía hacer lo que le
venía en gana. Las mujeres no son tontas... — dijo el Abuelo, y le palmeó el hombro a David—. ¿No
es cierto, muchacho? En general se dan cuenta de todo rápidamente.
Christina y Maju reprimieron una sonrisa. El titiritero pidió otra jarra de tinto, el vino le soltaba
la lengua y, cuando su copa volvió a estar llena, siguió hablando.
—Si la persona indicada lo hubiera escuchado tocar, Eduardo podría haberse convertido en una
gran estrella. Pero las cosas se complicaron. De pronto su interpretación se volvió negligente,
desmotivada y vulgar. La taberna se vino abajo y el padre de Eduardo cayó en la desesperación
porque, ¿qué es una taberna de tango sin música de tango? Eduardo se dedicó a haraganear en las
tabernas del puerto y un día la familia desapareció, los tres se marcharon —dijo el anciano
contemplando a Christina—. Esto le resulta decepcionante, ¿no es cierto? Había confiado en que
pudiera decirle algo más, ¿no?
Christina volvió a apretarle la mano.
—Sí, claro que tenía la esperanza de que usted pudiese conducirme hasta ese bandoneón, pero
averiguar una parte de la historia ha sido magnífico.
—Bueno —dijo el Abuelo con una sonrisa—, el hijo de Eduardo debería de estar vivo, no debe
de tener mucho más de setenta años.
—Tal vez podemos averiguar dónde vive —dijo Maju de pronto, y le lanzó una mirada elocuente
—, y tengo la sensación de que usted podría ayudarnos a encontrarlo.
—¡Es usted una mujer inteligente! Pero hacer averiguaciones en verano resulta muy cansado para
un viejo como yo, tardaría por lo menos una semana y entonces pierdo plata con mis marionetas...
Maju sonrió. No se había equivocado al evaluar al titiritero.
—Bueno, diría que resulta difícil calcular cuánto le dan los turistas, pero ¿qué le parece si
durante esa semana le reservamos una buena cantidad de vino en este café? Porque entonces de noche
podría recuperarse de la cansada investigación.
—¡Diez jarras diarias! —dijo el viejo sin vacilar.
—Dos: de lo contrario no podrá proseguir con la búsqueda al día siguiente.
—Ese es mi problema. Bueno, entonces ¡tres!
Riendo, Maju estrechó la mano del titiritero y acordaron volver a encontrarse en el café al cabo
de una semana. Pagaron el vino por anticipado y el anciano prometió apuntar en un papel todo lo que
averiguara y dejarlo en el café en caso de que él no pudiese acudir.
—Muy bien, trato hecho, le tomo la palabra... por todo lo que le es sagrado — dijo Maju, y
reflexionó un instante—. ¡Por el sagrado tango!
—¡Puff —exclamó el Abuelo—, sos un hueso duro de roer, nena! Bueno, confíen en mí. Les
dejaré una nota dentro de una semana, porque de hecho solo puedo abandonar mi alojamiento de vez
en cuando. ¡Hoy me siento bien, tuvieron suerte!
—Así que tenemos una semana —dijo Maju cuando los tres se sentaron en el autobús que los
llevaría a casa—. ¿Qué hacemos? Por una parte hay que averiguar quién era ese Óscar Hechtl y por
la otra tenemos que mostrarte un poco de nuestro lindo Buenos Aires.
Christina le dedicó una amplia sonrisa a su nueva amiga y la abrazó.
—¡Haberte conocido es una bendición!
—¿Acaso a mí, no? —dijo David, exagerando su indignación.
—¡Tú eres el mejor! —dijo, soltando una carcajada y depositando un beso en su mejilla.
Por la noche Christina se conectó a la red, pero de bastante mala gana; tenía que ponerse en
contacto con su marido y, como si la hubiera estado esperando, Bernd apareció en la pantalla, por lo
que Christina se apresuró a colocarse el auricular.
—Hola, Christina, ¿cómo estás?
—Muy bien, de momento todo bien.
—¡Me inquieté al no tener noticias tuyas!
—Lo siento, solo pude conectarme muy tarde.
¿Qué podía decirle? ¿Que se había olvidado de él, de su propio marido, que el ambiente
veraniego de Buenos Aires le sentaba bien? Pero solo añadió lo siguiente:
—¡Ya sabes cómo son estas cosas!
—¿Ya has averiguado alguna cosa sobre nuestro Óscar Hechtl?
Christina se dio cuenta de que no quería que él hablara de «nuestro» Óscar Hechtl. Era su
enigma, un enigma que su madre le había trasladado sin querer, no el de ambos. Así que le narró
brevemente el encuentro con el titiritero y le dijo que al cabo de una semana sabría más cosas acerca
del bandoneón.
—¡Pero eso es estupendo! —replicó Bernd—. ¡Es un principio!
—Sí, es verdad. Creo que ahora deberíamos cortar, allí ya es bastante tarde.
Tienes que acostarte y yo todavía estoy hecha polvo por el cambio de hora y el calor —dijo
Christina, poniendo fin a la conversación de manera abrupta.
—¿Volverás a llamar? —preguntó Bernd en tono temeroso e inseguro.
—Claro que sí, Bernd, no te preocupes. Todo esto es un poco abrumador para mí.
Esa noche Christina durmió mal. ¿Realmente podría encontrar ese bandoneón y descubrir su
secreto? ¿Y si el titiritero había mentido y solo quería asegurarse tres jarras de vino tinto por día? ¿Y
si no encontraban al hijo del músico, de Eduardo? Y si lo encontraban, ¿sabría algo sobre el
bandoneón? ¿Y Óscar Hechtl? ¿Qué relación guardaba con ese asunto? ¿Cuál era el vínculo entre él,
el bandoneón, el músico y esa misteriosa persona que firmaba con la letra «E»?
¿Qué significaba la frase «Este bandoneón alberga toda mi vida», y quién era «E»?
A la mañana siguiente, ni el día soleado ni el café cargado que bebió en la terraza de Maju
lograron animarla. Su anfitriona se sentó a su lado y la contempló.
—No me molestaré en preguntarte cómo dormiste, ¡pero hoy te cedería generosamente mis
anteojos!
Christina esbozó una sonrisa; se sentía como si acabara de superar una gripe.
El teléfono de Maju sonó.
—¿Cómo estás, mi dulce sobrina? ¿Examen? ¿Cuándo, mañana? ¿Qué decís que querés que haga
qué? ¿Estás loca? No puedo. Tu tía te quiere mucho, tesorito, pero eso es pedir demasiado, de
verdad. Vos ya tenías una suplente, ¿no? Ajá... comprendo... eso es... Tenés que darme las
direcciones... Eh, esperá, podés mandármelas por e-mail...
Maju puso los ojos en blanco y cubrió el auricular con la mano.
—Es mi sobrina. Estudia acá en Buenos Aires, mañana tiene un examen y... — dijo, volviendo a
hablar por el auricular—. Esperá... No hace falta que las busques ahora, mandámelas...
Quizá la sobrina había dejado el teléfono a un lado.
—Trabaja como paseadora de perros, su suplente acaba de llamarla y le dijo que se había
torcido el tobillo y quiere que mañana yo saque los perros a pasear.
Ah. Volvés a estar ahí... No, mandame las direcciones por e-mail. Claro que no, querida, lo haré
por vos. Confiá en mí, pero vos también podés hacer algo por mí, cielo. Tu novio trabaja en la
municipalidad, ¿no? —De algún modo, Maju se las arregló para sacar un cigarrillo del paquete con
la otra mano—. Bueno, quiero pedirte un favor —añadió.
Al tiempo que encendía el cigarrillo, Maju entró en el apartamento y cuando volvió sostenía un
papel con una larga lista de direcciones y diversas instrucciones en la mano. Le lanzó una mirada
suplicante a Christina.
—¡Tenés que acompañarme! ¡No sé absolutamente nada sobre perros!
—¡Pues dame la lista, Maju! —dijo Christina, y echó un vistazo a la lista de las diversas razas y
cuál debía ir al lado de cuál y cuál no y unos cuantos consejos más: que si la señora Blábláblá
siempre le daba unas galletas para perros, pero que el perro del señor Blúblúblú no debía comerlas
porque tenía diabetes. Hizo un gesto para animar a Maju y, completamente convencida, añadió—:
¡Lo de mañana será un auténtico fiasco!
—¡Ay, Dios mío, tiene un coma diabético, está completamente rígido! —gritó Maju, presa del
pánico; el perrillo de pelo color castaño claro estaba tendido en la acera, aullando—. ¡No te mueras
acá, por favor! ¿Era el perro que no podía comer galletas?
—Tranquilízate, Maju, el pequeño está hecho polvo porque el dogo acaba de zarandearlo.
Maju se inclinó por encima del perrito y le acarició el lomo, el animalito soltó un ladrido y no
tardó en morderla.
—¡Ay! ¿Qué significa eso?
—Diría que ese es el cocker quisquilloso —dijo Christina, muerta de risa.
La situación era completamente absurda. Las dos corrían por las calles con veinte perros, era una
catástrofe. Las correas se enredaban, unos corrían hacia la izquierda y los otros a la derecha en torno
a una farola y se peleaban. El dogo, que según su amo era un santo, le dio un mordisco al perro más
próximo y cuando este ademán de dominación no fue aceptado por el mimado cocker, el dogo lo
zarandeó y lo arrojó a un lado y la correa del desconcertado animalito se enredó en la farola.
—¡Basta! —exclamó Maju, estaba agotada—. Dejamos a estos estúpidos perros atados a la
farola, anudamos las correas y pasamos los próximos veinte minutos en una cafetería. Hoy los bichos
no corretearán por ahí y punto.
Se quitó un rizo de la frente sudada y anudó las correas. Se dejaron caer en las sillas de mimbre y
pidieron «algo frío, con mucho hielo».
Maju empezó a recuperarse lentamente y se abanicó.
—¿Mi sobrina? —dijo, echando un vistazo al móvil, sorprendida—. Creía que tenías un examen,
querida. Ah, comprendo, es más tarde. Cruzaré los dedos...
No, no, está todo bien. ¿Quién te llamó por teléfono? La señora... —preguntó Maju, y extrajo la
lista de las direcciones del bolso—. Ay, la habíamos olvidado.
No te preocupes, pasaremos y nos llevaremos al bebé... ¿Que es un qué? Un lobero irlandés.
Bueno, ya nos las arreglaremos, quedate tranquila —añadió, y cortó la comunicación—. ¡Es la última
vez que le hago un favor a ese monstruito!
De algún modo, Christina y Maju lograron incorporar al lobero irlandés en la manada y, horas
después, al devolverlos a todos, solo habían confundido a dos perros.
Por la noche sonó el teléfono. Era la sobrina de Maju y Christina oyó que hablaba en tono
excitado y alegre.
—Te felicito. Qué bárbaro... pero ¿qué decís? ¿Que averiguaste algo más sobre nuestro asunto?
—exclamó Maju, y sonrió a Christina, sentada frente a ella ante la mesa donde reposaban el vino
tinto, el queso y las aceitunas—. ¡Un momento, eso es sensacional! Voy a buscar la lapicera y un
papel.
Maju desapareció en el interior del apartamento y un momento después regresó a la terraza con
una sonrisa triunfal y un trozo de papel en la mano.
—Y pensar que algunos dicen que el aburrido del novio de mi sobrina es un inútil. Vas a ver lo
que logró averiguar en un solo día, Christina. Tu abuelo Óscar Hechtl era el hijo de una familia
Hechtl que hace años vivía en una dirección del elegante barrio de La Recoleta, pero si confiabas en
recibir una herencia inesperada y una inconmensurable fortuna, lo siento, debo desilusionarte. En los
años cuarenta la propiedad fue rematada y no hay ni rastro de la familia.
Con aire de haber resuelto las preguntas básicas del mundo, Maju depositó la hoja de papel en la
mesa.
—¡Creo que es hora de destapar una botella de champán, Christina!
10
—¡Óscar habló! —exclamó Wilhelmine que, presa de la excitación, abandonó la terraza y entró
en la casa.
Asustada, Emma salió de su habitación y también Elisabeth apareció a toda prisa. Wilhelmine,
que había empujado el cochecito del pequeño hijo de Emma a través del jardín, se plantó ante las dos
mujeres, resollando.
—¡Madre, Emma! ¡Habló! ¡Dijo «abu»!
Debido a la excitación, había dejado al pequeño Óscar en el cochecito delante de la casa y,
chillando, las tres mujeres corrieron hacia él.
—¡Es estupendo, tesoro, podés hablar!
Emma sonrió a su hijo; atraída por los gritos, también acudió la señora Langileburu y las cuatro
mujeres rodearon el cochecito; con mirada radiante, el pequeño Óscar las contemplaba, envuelto en
mantas y con un gorrito tejido en la cabeza.
—Dijo «abu»; dale, Óscar, volvé a decirlo: ¡Aaaabu! —dijo Wilhelmine, procurando que su
sobrino volviera a demostrar su talento.
—¿Y qué más podría haber dicho?, ¡mi bisnietito es igual a mí! —dijo el abuelo, que había
salido a la terraza. La señora Langileburu se apresuró a ayudarle a sentarse en un gran sillón de
mimbre y le cubrió las rodillas con una manta.
—Tenemos que decírselo a Juan de inmediato. ¡Vamos a llamarlo por teléfono!
Wilhelmine estaba encantada: había encontrado otro motivo para utilizar ese logro de la técnica
moderna. Hacía poco tiempo que disponían de teléfono en la estancia; primero Juan hizo instalar un
teléfono en el despacho de la recién fundada sociedad comercial Helderlein-Hechtl, ubicada en su
residencia bonaerense y, milagrosamente, también logró que instalaran uno en La Esquina.
Entre tanto, Emma ya conocía Argentina lo bastante bien como para saber que no se trataba de
ningún «milagro». Las tres familias de terratenientes instalaron líneas desde La Esquina hasta sus
respectivas estancias de manera que estas también disponían de teléfono. La línea común causaba un
divertido efecto secundario: todos podían escuchar las conversaciones de los demás.
—¿De qué sirve ese cachivache que solo proporciona temas de murmuraciones? —había
declarado Elisabeth en su momento, y decidió que los asuntos importantes se seguirían resolviendo
por carta o telegrama. Por el contrario, Emma se alegró de poder hablar con su marido en Buenos
Aires, pues así sentía que estaba comunicada con la capital: la echaba de menos pese a la belleza del
campo. Las mujeres estaban en el despacho tratando de comunicarse con Juan, pero fue en vano.
—No es una tragedia, cuñada, ya daremos con él más tarde —dijo Emma, tratando de consolar a
Wilhelmine; alzaba a su hijo envuelto en mantas y lo mecía.
La señora Langileburu contempló al pequeño.
—Es un niño muy bonito. ¡Igualito a su padre!
—¡Sí, supongo que sí! —comentó Elisabeth, arqueando las cejas.
El pequeño Óscar era la alegría de toda la familia y entonces, a principios de primavera,
cumpliría un año. Emma pasaba muchas horas con él y le hablaba tanto en alemán como en español.
Que la primera palabra que pronunciara fuese «abu» no la sorprendía: el abuelo trataba al
primogénito con mucho afecto, todo el que podía proporcionarle pese a su quebrantada salud. A
Emma le hubiese gustado que Elisabeth también sintiera más simpatía por su nieto; no comprendía la
actitud de su suegra. Una y otra vez, el pequeño parecía conquistar el corazón de Elisabeth, sus
rasgos se dulcificaban y su mirada se volvía brillante... pero entonces se enderezaba abruptamente y
volvía a mostrarse distante. En cambio su cuñada se ocupaba del niño de un modo conmovedor y
trataba al pequeño Óscar casi como si fuera su hijo; este disfrutaba de su presencia: reía al verla,
pataleaba, agitaba los bracitos y chillaba de alegría. El pequeño despertaba una sonrisa en el rostro
de todos los habitantes de la estancia.
Juan también estaba orgulloso de su hijo. Emma hubiese deseado que la presencia de su marido
fuera más frecuente, pero este pasaba la mayor parte del tiempo en Buenos Aires, en la recién
fundada sociedad. Pronto llegaría el momento de realizar el importante pago: la inversión en el
buque frigorífico para la exportación de carne. A Emma la incomodaba que los únicos que invirtieran
fueran los Hechtl y que el desagradable Helderlein no compartiese carga económica alguna. Pero su
marido le dijo que no suponía ningún problema, que los Helderlein eran estrellas en ascenso sin
capital, que más adelante compensarían la inversión de Juan con el reparto de las ganancias.
—Todo está establecido por contrato. No le des más vueltas a tu linda cabecita, tesoro —dijo
Juan, y la besó en la frente.
«Puede que mi marido tenga razón», pensó Emma, y se concentró en sus deberes maternales. Se
sentía feliz en aquella época, pero no había un día en que no pensara en Eduardo. Aunque ya había
transcurrido más de un año y medio desde su aventura prohibida con el joven músico, siempre volvía
a leer la tarjeta postal que en aquel entonces, en el pasillo del hotel, había ocultado bajo la manga de
su vestido. Deslizaba los dedos por encima de la foto de Eduardo, sentado con el bandoneón
apoyado en las rodillas y mirando fijamente a la cámara. Cuando miraba la imagen volvía a
recordarlo todo: sus cálidas manos y las horas de apasionado amor en el bosquecillo de eucaliptos
frente al mar.
¿Alguna vez volvería a ver a Eduardo? La dirección del mesón donde tocaba aparecía en el
reverso de la tarjeta, pero Emma jamás se atrevería a dejarse ver por allí; además, ¿cómo podría
ocultárselo a Juan?
Emma suspiró y contempló al pequeño Óscar, que le sonreía. ¡La vida era un magnífico milagro!
Un día la vida llegó a la Tierra y a partir de entonces se transmitía una y otra vez de generación en
generación. Al igual que antaño cuidaban el fuego para que no se apagara, la Tierra cuidaba de la
vida e impedía que esa llama se apagara.
Entonces un grito apagado surgió del despacho: era Elisabeth y todos se apresuraron a correr
hacia allí. La madre de Juan sostenía un telegrama con manos trémulas, era de suponer que acababa
de recibirlo, pero nadie había oído la llegada del mensajero. Emma nunca había visto a su suegra en
ese estado: Elisabeth se había dejado caer en el sillón de cuero del escritorio y los desordenados
cabellos enmarcaban su rostro pálido.
—¿Qué ha pasado, Elisabeth? —dijo Emma, y le desabrochó los primeros botones del vestido
para que pudiera respirar.
—Es de Buenos Aires. El telegrama es de Juan —dijo su suegra con voz débil —. Perdimos todo
nuestro capital invertido en acciones, perdido, perdu, arrastrado por el Río de la Plata, ¡acabado!
Juan viajará hasta acá hoy mismo para hablar de todo el asunto conmigo. ¡Ahora déjenme, debo
reflexionar! — añadió, y les indicó a todos que se marcharan.
La noche anterior Juan había apoyado la cabeza en las manos, invadido por la desesperación.
Estaba sentado en el despacho de la residencia de Buenos Aires y ante él reposaba el telegrama
que Ernst enviaba desde Hamburgo.
«Catástrofe... derrumbe del mercado financiero... compañía naviera insiste en cumplimiento
de contrato... imposible desistimiento de contrato.» Poco antes Juan había hablado por teléfono
con el director de su banco y, conmocionado, este le informó que el capital que Juan había
ingresado se había reducido casi a la nada.
Los vendedores de diarios voceaban los titulares: «¡Viernes negro, derrumbe económico
mundial!» La gente les arrancaba el periódico de las manos. La crisis económica se había
iniciado hacía unos años, pero el derrumbamiento de la Bolsa de Nueva York arrastró a todos al
abismo.
Juan soltó un alarido encolerizado.
—¿Por qué? ¿Por qué me pasó a mí?
Después volvió a desmoronarse. ¿Y por qué ahora cuando todo iba tan bien? El contrato con
la compañía naviera estaba sellado, su capital en acciones acumulado a lo largo de mucho tiempo
producía réditos y lo convirtió en un hombre rico, la estancia proporcionaba buenas ganancias,
se había asegurado un futuro próspero gracias al negocio ideado, había tenido un hijo, el
pequeño Óscar estaba sano y un día se haría cargo de una empresa floreciente, la sociedad
comercial Helderlein-Hechtl.
Pero ahora estaba en bancarrota y se asomaba al vacío. Juan apoyó la cabeza en el
escritorio; casi todo el capital de los Hechtl había desaparecido en un único día bursátil. Y aún
peor: no solo habían sido destruidos los frutos de diez años de trabajo, sino que además la
compañía hamburguesa insistía en sus exigencias.
Para cumplir con las condiciones del contrato, Juan se vería obligado a pagar enormes sumas
a la compañía. ¿Por qué no se limitó a proseguir con su negocio estanciero, dejando que el
capataz criara cabezas de ganado y cultivara los campos? Porque les iba bien, ¿no? Todo estaría
en orden. ¿Qué diría su madre?
Tenía que informarle de lo sucedido, pero no por teléfono: el riesgo de que alguien de las
otras estancias escuchara la conversación era demasiado grande.
Llamó a Esteban a voz en cuello, quería que enviara un telegrama a la estancia.
—Tenés que mandar este telegrama de inmediato. Es urgente —dijo, y garabateó unas
palabras en el papel.
Esteban se apresuró a abandonar el despacho; se detuvo un momento en el vestíbulo para
descifrar el escrito y entonces se quedó sin aliento.
«Madre, crisis económica, acciones sin valor, todo el capital aniquilado. Llego mañana por la
noche. Necesito ayuda. Juan.»
El corazón le dio un vuelco. Claro que Esteban había oído a los vendedores de periódicos en
la calle, pero no pensó que los Hechtl podrían verse afectados por los hechos.
Las calles de Buenos Aires se habían convertido en un hervidero, un caos.
Esteban vio largas colas ante las tiendas de alimentos, y la escena en los bancos era aún peor:
las puertas estaban cerradas a cal y canto, procurando evitar inútilmente que la airada multitud
se lanzara al ataque.
Cuando Esteban por fin alcanzó el edificio de Correos casi se desmayó debido al griterío y los
empujones de la multitud; de algún modo por fin logró abrirse paso hasta el mostrador y pudo
dictarle el telegrama al hombre sentado al otro lado de la reja que observaba el acontecimiento
con expresión temerosa.
Entre tanto, Juan se arrastró hasta la biblioteca y se sirvió una gran copa de whisky. Las
sienes le palpitaban. La botella pronto quedó vacía y, ebrio y envuelto en su abrigo, abandonó la
casa. Necesitaba distraerse y cerró la puerta de un portazo. Fernanda dio un respingo; no
comprendía muy bien qué gritaban los vendedores de periódicos allí fuera, pero sospechó a dónde
se dirigiría el joven Hechtl. No sería la primera vez que Esteban se veía obligado a recoger al
señor de madrugada de una de las casas del barrio del puerto. La pobre Emma no se merecía que
la engañara de ese modo.
Al ver la expresión angustiada y aterrada de Esteban cuando este regresó del correo,
Fernanda se asustó.
—¿Qué pasó, Esteban, por el amor de Dios?
Ambos se sentaron en la cocina y Fernanda preparó un café bien cargado. Sentía aprecio por
el hijo del capataz de la estancia: Esteban era tan sincero y tan honesto... y siempre les prodigaba
una sonrisa a ella y a su sobrina. Fernanda sospechaba que su pequeña sobrina de solo quince
años estaba enamorada de ese joven apuesto. Y no podía reprochárselo a la pequeña Isabel.
El café humeante reposaba en la mesa. Esteban le contó lo que ponía en el telegrama y ambos
se contemplaron, inquietos. ¿Acaso aquello significaba el fin de la familia Hechtl?
Solo a la tarde del día siguiente Juan estaba lo bastante despejado como para dejarse conducir a
la estancia en automóvil. Él y Elisabeth estaban sentados a solas en el despacho de la casa.
—Primero tenemos que examinar los hechos, Juan —dijo Elisabeth.
Había recuperado su actitud habitual; el día anterior se había dejado llevar por la desesperación
no solo ante la familia sino también ante el personal. Era imperdonable, y entonces, con la cabeza
fría, mucha serenidad y mirada helada empezó a pensar en voz alta.
—Así que perdimos el capital accionario. Eso es muy grave, pero no nos arruinará
económicamente. Todavía tenemos la estancia, somos los propietarios de cuatro mil hectáreas; no
necesitamos las acciones. La casa es sólida, la compañía es bastante moderna y por ahora podemos
ahorrarnos la remodelación de las casas de los peones.
Juan soltó un profundo suspiro. Luego empezó a explicarle los enredos contractuales, le habló de
sus compromisos con la compañía naviera hamburguesa, de la enorme cifra que debía pagar y por fin
del telegrama de Helderlein informando de que la compañía no estaba dispuesta a renunciar a sus
exigencias.
—En otras palabras, no solo perdimos todo el capital invertido en acciones sino que al menos
tendremos que reunir la misma cantidad para cumplir con nuestros compromisos —dijo, poniendo fin
a la información.
Elisabeth no dijo ni una palabra, solo clavó los dedos en los apoyabrazos. Ella conocía los
planes de negocios de su hijo, desde luego, puesto que él lo comentaba todo con ella y ella había
aprobado sus propuestas. También sabía que mediante la construcción de ese buque frigorífico Juan
se había asegurado los derechos exclusivos de la exportación de carne, pero él no le había informado
acerca del alcance de las exigencias económicas. Podría haberlo abofeteado, porque si su hijo la
hubiese puesto al corriente sin duda de que lo habría convencido de mejorar las condiciones del
contrato. Pero ya era demasiado tarde para las bofetadas.
—Eso significa que o vendemos gran parte de la estancia o bien tendremos que solicitar un
crédito muy cuantioso.
—¿Quién nos concedería un crédito, madre? Sobre todo en estos tiempos. Y
nuestro banco conoce nuestra situación.
—Lo veo de otro modo, hijo. Solo necesitaríamos un intercesor poderoso que nos allane el
camino. En este momento los bancos estarán ansiosos por hacerse con bienes raíces. Un crédito que
otorgan y que creen que no podremos cumplir supondría que se harían con tierras por un precio muy
inferior a su valor real.
Quizá todo resultará mucho más sencillo de lo que creemos.
—¿Y quién será ese poderoso intercesor?
—¡Grünberg!
—¿El judío? ¿Grünberg de Buenos Aires?
—Sí, Grünberg, nuestro vecino judío de La Recoleta. Pienso en su palacio; todos sabemos que
ese hombre tiene una gran influencia en el mundo de las finanzas. Si mal no recuerdo, en el
casamiento Emma hizo buena amistad con ese judío —dijo Elisabeth, arqueando las cejas—.
Arreglaremos un encuentro en Buenos Aires. Emma estará presente y seducirá al viejo Grünberg con
su encanto juvenil. El resto del negocio podés dejármelo a mí, ya lo convenceré de lo que ambos
queremos. ¡Y vos obtendrás tu crédito, hijo mío!
—¿Pero y si más adelante no podemos devolver el crédito?
—¡Tonterías! Entonces tendríamos que vender tierras, pero de todos modos esa sería la única
alternativa, así que, ¿por qué no intentar otro camino primero?
Y yo te digo, Juan, que podremos devolver el crédito, porque creo en tu idea, en tu negocio. El
mundo se recuperará de la crisis. ¡Cuando dentro de unos años boten los buques frigoríficos en el
puerto de Hamburgo, nos reiremos de nuestra conversación actual!
Elisabeth se había levantado de la silla e inclinó la cabeza tratando de animar a su hijo, pero en
su fuero interno la ingenuidad de Juan la enfadaba. ¿Cómo pudo equivocarse hasta ese punto con el
negocio? Se enderezó y se alisó el vestido.
—Y ahora informaremos a los demás de que nos enfrentaremos a la crisis económica mundial
mediante un plan astuto, y vos le pedirás a Emma que te acompañe durante el importante almuerzo de
negocios con los Grünberg. ¡Estoy convencida de que estará encantada!
—Tendremos que ahorrar, la crisis nos ha afectado a todos. Reduciremos nuestros gastos y
llevaremos una vida más sencilla. De momento, les mantendremos el sueldo a los peones, pero no
podemos prometerles nada. Que se acostumbren a los recortes y vigilen sus gastos. Perdido todo
nuestro capital accionario, solicitaremos un crédito para no perder el excelente negocio con la
compañía naviera hamburguesa que Juan urdió tan astutamente. Tenemos que actuar, nos haremos con
nuevos aliados, y para lograrlo Juan, Emma y yo iremos a Buenos Aires dentro de un mes y nos
reuniremos con los Grünberg...
—¿Los Grünberg? ¿Y yo estaré presente? —exclamó Emma sorprendida, e interrumpió a su
suegra.
Elisabeth le lanzó una mirada dura.
—Sí, los Grünberg. Conociste a la pareja en tu casamiento. Sé qué cafetería frecuenta su esposa y
allá, vos y yo, Emma, nos la encontraremos como por casualidad. Y también nos llevaremos a Óscar:
en los días anteriores a la Navidad incluso los judíos se contagian de la alegría general. Ya veremos
cuánto tardaremos en sentarnos ante la mesa de negociación con el viejo Grünberg — dijo Elisabeth,
poniendo fin al consejo familiar.
También había mandado llamar al señor y la señora Langileburu, y el capataz tuvo que hacerse
cargo del desagradable deber de hablar con los peones. Debía decirles que la familia Hechtl haría
todo lo posible por mantener los sueldos pese a la crisis, pero que tenían que contar con posibles
recortes. El capataz sabía cómo reaccionarían los ya de por sí mal pagados peones.
Emma había recibido una carta de Berlín de su madre y, como siempre que la familia daba
señales de vida, temblaba de emoción. En ese momento, a finales de noviembre, el clima era
agradablemente templado, había acostado a Óscar en su cunita y estaba sentada en la terraza junto a
su cuñada Wilhelmine. Juan ya había regresado a Buenos Aires hacía varios días; tras la
conversación con su madre quedarse en la estancia le resultaba intolerable. Emma no se entristeció:
las pérdidas económicas lo habían vuelto bastante insoportable, Juan reaccionaba con irritación ante
cualquier inconveniente e incluso le gritó al pequeño Óscar.
—Sí, es una carta de mi madre —dijo Emma, contestando a la pregunta de Wilhelmine, y
comenzó a leerla.
Querida hija:
¡Cuánto me hubiera gustado enviarte una carta alegre ahora que se acerca Navidad! Ya han caído
los primeros copos de nieve y, como siempre, Berlín tiene un aspecto mágico, pero hoy en día resulta
difícil estar animado. El mundo se ha puesto patas arriba y nuestro Berlín ya no es el que era. ¡Un
año horroroso! Tanta muerte, tanta violencia y tantas pérdidas... A principios de mes falleció
Stresemann. ¿Recuerdas quién era? Nuestro ministro de Exteriores; tu padre está muy preocupado,
dijo que Stresemann había sido un buen político que sabía dirigir los partidos.
Y a ello se suma que las acciones han perdido su valor. Ay, Emma, temo que volvamos a sufrir
una espantosa inflación, como hace unos años.
¿Recuerdas cuando todos éramos «millonarios»? ¡Era una época muy amarga! Un pan costaba
varios millones de marcos. Tu padre dice que confía en que el mercado de valores resista.
Ida no se encuentra nada bien; tuvimos que mudarla de la habitación de servicio y la instalamos
en la pequeña alcoba junto a la cocina, allí al menos está cerca de la chimenea, casi no puede subir
las escaleras. Tiene los huesos torcidos y le duelen los brazos y las piernas, pero no podemos
despedirla: es como si fuera de la familia. Hace tiempo que no podemos pagarle un sueldo e Ida se
conformó con tener un lugar donde vivir y comer. Hacía el trabajo lo mejor posible; supongo que
ahora me convertiré en la criada de Ida y tendré que cuidar de ella. El mundo se ha vuelto del revés;
siempre pregunta por ti y te manda muchos saludos.
¿Cómo te encuentras, hija mía? ¿Te has emparentado con una buena familia? ¿Te tratan bien?
Quizás hiciste lo correcto. Aunque me entristece saberte tan lejos de nosotros, nos alegramos de que
vivas en un entorno acomodado: nuestro pequeño rayo de sol se lo merece. ¿Hace bastante calor en tu
casa? Ahora que ha llegado el invierno has de abrigarte y, si bien no es agradable, siempre deberías
llevar ropa interior de lana.
Emma tuvo que sonreír, conmovida. Claro que en el invernal Berlín su madre había olvidado que
en Argentina acababa de empezar la primavera.
Paul, tu hermano pequeño, es nuestra alegría. Ya hace un año que asiste a la escuela y progresa.
Es de mente inquieta y se entusiasma con facilidad, lo que más le gusta son la técnica y las ciencias
naturales. Ay, Emma, te echamos de menos. Lo sé, tu padre dice que no debería escribírtelo, pero no
puedo llevar el corazón en la mano. El estado de ánimo aquí en Berlín es terrible, reina la pobreza y
el hambre; ante los comedores sociales se forman largas colas, la gente vaga por las calles y pide
limosna. Padre dice que la situación hace que las personas se vuelvan extremistas, se refiere a la
política. Y en efecto: en mayo hubo alborotos en los barrios obreros de Wedding. La policía tuvo que
disparar porque los comunistas cometieron actos violentos. ¿Cómo acabará todo esto?
Padre tuvo que despedir a casi todos nuestros obreros. Apenas osamos salir de casa, no
queremos encontrarnos con los vecinos. Aquí, en la zona sur de la ciudad, las penurias no se notan
tanto, pero sabemos que nuestros vecinos también han perdido su capital. Nadie quiere hablar de
ello. Dicen que en la gran mansión situada al otro lado del parque alguien se pegó un tiro. Cada vez
hay más voces exigiendo una mano dura que ponga orden. A veces creo que quizá la gente tiene
razón, porque las cosas no pueden seguir así. Ya no entiendo el mundo, siento tanta nostalgia de
aquellos días tranquilos que pasábamos en el jardín... Ojalá nuestra situación económica fuese un
poco mejor; nuestro bonito hogar se cae a pedazos, quizá se trata de un símbolo. Podrás imaginar lo
que tu padre dice al respecto. Pude preparar un buen guiso, conseguí nabos y patatas. Claro que
sabría mejor con chorizo, pero también así nos sabrá rico. Tu hermano debe alimentarse bien, crece
con tanta rapidez...
La madre de Emma saltaba de un tema al otro; el tono de la carta la entristeció.
Inmersa en sus propios problemas, levantarles el ánimo a sus padres resultaba una tarea casi
imposible.
Pocos días después de llegar a Buenos Aires, Elisabeth y Emma estaban sentadas en la magnífica
mansión de los Grünberg, tomando el té con la dueña de casa. El plan de Elisabeth había funcionado
a la perfección. Elisabeth llevó a Emma y al pequeño Óscar a la cafetería donde sospechaba que
encontrarían a la esposa de Grünberg, y en efecto: dieron con ella tras tres intentos. Tal como habían
esperado, la señora se derritió al ver al pequeño y, como si supiera lo que estaba en juego, Óscar se
portó de maravilla, sonrió, balbuceó unas palabras y rio a carcajadas.
La mansión de los Grünberg superaba todas las otras residencias que Emma había visto; como
mínimo, era tan grande como el castillo de Liebenberg en Berlín, donde ella y Juan se habían
conocido. Una amplia escalera conducía del vestíbulo hasta la planta noble, y Emma fue incapaz de
calcular a cuántos metros por encima de su cabeza se elevaba el cielo raso artesonado, revestido de
madera oscura. Tuvieron que cruzar otro salón central antes de alcanzar uno más pequeño donde
tomaron asiento.
Su suegra resultó ser una gran conversadora y charló con la señora Grünberg sobre temas
intrascendentes: la moda, la primavera... y estuvo a punto de hablar de la Navidad, pero en el último
instante logró evitar esa metedura de pata. No obstante, la señora Grünberg no tuvo el menor
inconveniente en comparar Navidad con Janucá, la Fiesta de las Luces.
—¿Sabe?, nosotros los judíos no queremos quedarnos con las ganas cuando ustedes celebran las
hermosas Navidades —dijo, guiñando un ojo a sus interlocutoras—. Janucá recuerda la
reinauguración del segundo templo judío de Jerusalén hace más de dos mil años. Hay una historia
muy bella que la acompaña: en el templo había un candelabro que nunca debía apagarse y que
quemaba aceite consagrado. Sin embargo, los judíos acababan de liberarse del dominio sirio y solo
disponían de aceite para un día; elaborar más aceite llevaría ocho días. Entonces ocurrió un milagro,
y pese a la falta de aceite el candelabro permaneció encendido durante ocho días, hasta que
dispusieron de más. Así que celebramos dicha fiesta durante ocho jornadas y todos los días se
enciende otra vela hasta que por fin las ocho están encendidas. La fecha exacta de la fiesta varía de
un año a otro, pero en esta ocasión nuestra Fiesta de las Luces cae justo antes de Nochebuena, cuando
encenderemos la última vela. Así que ambas religiones se concelebrarán, por así decir.
El modo natural con el que esa mujer trataba las diferencias religiosas entre judíos y cristianos
fascinó a Emma.
—Así que celebraremos la fiesta que nosotros denominamos «Fiesta de las Luces nuevas en una
época muy oscura»... ¡cuán adecuado, en estos tiempos difíciles!
—dijo una agradable voz masculina, sorprendiendo a las señoras.
Nadie había notado la presencia del señor Grünberg; el cabeza de familia saludó cordialmente a
las tres damas y le lanzó una mirada muy cordial a Emma.
—Me alegro de que hayan encontrado el camino hasta nuestro hogar. Los tiempos son duros,
estimada señora Hechtl, y siempre siento interés por la opinión de los jóvenes inteligentes. Así que
para mí sería un placer intercambiar ideas acerca de la situación económica de nuestro país con su
hijo, ¡si su respetable esposa no tiene inconveniente, por supuesto! —dijo, contemplando a Emma.
«Es un viejo zorro, seguro que se da cuenta de que lo de Elisabeth es puro teatro», pensó Emma,
y asintió con la cabeza.
Grünberg le sonrió. La joven era astuta y eso le agradaba. Sabía que su suegra, la amargada
Elisabeth Hechtl, no sentía la menor simpatía por su esposa; lo único que podría haber hecho que
superara su rechazo por los judíos era el interés económico. Una vez que su mujer le informó del
encuentro casual —y, riendo, añadió que quizá no era tan casual porque el camarero le había
susurrado al oído que en los días anteriores Elisabeth, Emma y el niño ya habían estado sentadas en
la cafetería aguardando con impaciencia—, Grünberg se informó acerca de la situación económica
de los Hechtl. Un amigo suyo, el director del banco de la familia, le contó que a finales de octubre,
tras el crack, su capital accionario quedó reducido a la nada. Si entonces la fría y calculadora
Elisabeth se acordaba de sus vecinos, era de suponer que necesitaba su ayuda. Elisabeth era incapaz
de engañar a Grünberg; él sabía cómo se había convertido en la esposa del viejo Hechtl y también
que antes de casarse había vivido en circunstancias miserables. Se rumoreaba que en aquel entonces
su padre había sido visto en La Recoleta buscando restos de comida entre la basura.
—¿Puedo raptarla, querida Emma, y mostrarle nuestra casa? Así podremos conocernos un poco,
pero solo si mi esposa me da permiso —dijo Grünberg, dirigiéndole una sonrisa a su mujer.
—¡Siempre prefiero saber que estás en compañía de una joven bonita, próximo y bajo mi control!
—dijo la señora Grünberg, riendo.
Emma le lanzó una mirada insegura a su suegra; Elisabeth asintió con la cabeza, pero su disgusto
era evidente.
—Tiene una casa maravillosa, señor Grünberg, estoy realmente impresionada —exclamó Emma
cuando el dueño de la casa la condujo a través de diversos salones y finalmente hasta la amplia
terraza que ofrecía una vista al parque contiguo.
—¡No se deje impresionar demasiado! ¡En realidad, todo esto no tiene valor!
La respuesta de Grünberg la sorprendió.
—Verá, querida Emma, ¿qué significa la plata? Sí, por supuesto, mi familia tuvo mucha suerte y
tal vez fuimos bastante hábiles. Mediante una táctica correcta y amigos importantes logramos
acumular un montón de eso que la mayoría persigue durante toda la vida. Pero en comparación con la
libertad, la seguridad, el amor, los hijos sanos y los amigos, ¿qué importancia tiene?
—Bueno, no se ofenda, pero ¿acaso ese no es un punto de vista que solo pueden permitirse los
que poseen mucho dinero?
En vez de contestar, Grünberg se limitó a contemplar a su joven huésped.
Después ambos volvieron a dirigirse al saloncito, pero antes de llegar, Grünberg se detuvo
súbitamente.
—Su marido tiene problemas económicos. Es por eso que vinieron, ¿no es cierto?
Emma se asustó cuando él le mencionó el plan quizá no tan astutamente urdido por Elisabeth de
un modo tan directo.
—No sé qué decir, señor Grünberg —dijo avergonzada, y bajó la vista—.
Lleva razón, tiene problemas económicos y confiaba en que usted podría ayudarle.
—¿Y usted, Emma? ¿También albergaba esa esperanza?
Emma reflexionó un momento.
—Verá, señor Grünberg, tras ese terrible mes de octubre sé que a muchas personas les pasa lo
mismo que a nosotros, pero Juan es mi marido y Elisabeth es su madre. Todo lo que la familia Hechtl
ha construido se está tambaleando. Y
ahora yo también formo parte de esta familia. Mi mayor deseo es que mi adorado hijo Óscar se
críe en circunstancias favorables. ¡Y si su ayuda contribuye a ello, entonces solo puedo decirle que
sí, que espero que eche una mano a mi marido!
—Le agradezco su sinceridad, Emma. Usted es una mujer inteligente y recta, de ideas claras y
modales excelentes. Sus padres la convirtieron en una persona maravillosa. Haré todo lo posible por
ayudar a su marido, pero por favor, quiero que tenga presente que no lo hago por él y tampoco por su
suegra. Lo hago únicamente por usted, pero eso solo nos incumbe a usted y a mí —dijo, y abrió la
puerta del salón.
Antes de entrar, Emma le preguntó en voz baja: —¿Qué opina del tango?
Grünberg le lanzó una mirada, perplejo.
—¿Del tango? No debería decirlo, en nuestro ambiente resulta inadecuado, ¡pero esa música me
parece maravillosa! ¡Creo que un día conquistará el mundo!
Con mirada brillante y una sonrisa cómplice, Emma entró en el salón de té.
Pocos días después, Grünberg aseguró a Juan que recurriría a sus contactos para conseguirle un
crédito, que no se preocupara.
Juan no cabía en sí de alegría y para celebrarlo le dijo a Fernanda que organizara un banquete
para todos; que preparara lo mejor que albergaba la cocina y la bodega.
—¡Pensaba que teníamos que ahorrar! —dijo Emma, bastante inquieta, temiendo que Juan se
entusiasmase demasiado debido a la conversación que al parecer se había desarrollado de manera
tan sencilla, porque su marido estaba convencido de que lo que había impresionado al «viejo judío»,
como denominó a Grünberg con la más absoluta falta de respeto, se debía a su talento empresarial y a
su carácter mundano. Juan soltó una carcajada autocomplaciente.
«¡Cuán ciego y obcecado eres!», pensó Emma, e incluso a Elisabeth la jactancia de su hijo le
pareció exagerada y, mediante un breve y duro comentario acerca del origen de toda la situación,
obligó a su hijo a volver a la realidad. El resto del banquete transcurrió en silencio hasta que el
pequeño Óscar, tendido en la cuna, protestó y exigió su atención. Emma se alegró de la interrupción.
Esa noche Juan la importunó. El resultado positivo de la conversación con Grünberg y el vino se
le habían subido a la cabeza.
—¿No deberíamos encargarnos de darle una hermanita a Óscar? —dijo, tumbó a su mujer en la
cama y la sometió con toda su fuerza viril.
Hacía bastante tiempo que la consumación del matrimonio no le proporcionaba ninguna
satisfacción a Emma; ansiaba comentarlo con alguien de confianza. ¿Acaso le ocurría algo a ella?
Pero tal vez todo aquello era bastante normal y volvió a recordar eso de los «deberes conyugales»...
pero si era realmente sincera consigo misma, conocía el motivo de su falta de deseo. Desde las horas
pasadas con Eduardo el amor físico con su marido ya no le producía placer. Sencillamente, no
lograba olvidar al joven músico y los días vividos con él en el bosquecillo de eucaliptos junto al
Atlántico.
Al día siguiente llegó una invitación a casa de los Hechtl, una carta de la señora Grünberg
invitando a Elisabeth y Emma a pasar el primer día de la fiesta de Janucá en su casa, y les comunicó
que por desgracia y debido a los negocios, su marido no podría estar presente esos días importantes,
así que las vecinas no debían faltar. Emma parecía ser la única de los Hechtl que se alegraba de la
invitación.
—¡Lo que nos faltaba! —gruñó Elisabeth, poniendo los ojos en blanco.
Juan gritó que qué se habían creído esos judíos desvergonzados al invitar a su mujer y a su madre
a participar en esos ritos paganos, y que a Emma ni se le ocurriera pisar esa casa.
Pero su madre lo reprendió y le dijo que se refrenara, que al fin y al cabo dependían
económicamente de los Grünberg, y aunque Dios sabía que no tenía ganas de ir a su casa, rechazar la
invitación supondría una ofensa que podría poner en peligro la buena relación con el viejo Grünberg,
así que tendrían que aceptar.
—Emma —dijo Elisabeth, resuelta—, vos serás la única que acudirá, yo aduciré que no me
siento bien. Para guardar las apariencias te acompañará Fernanda, podrá esperarte en la cocina de
los Grünberg. Y ahora dame una tarjeta para que pueda contestar como corresponde.
Un grupo alegre e ilustre se había reunido en casa de la señora Grünberg, dominado por unas
viejas damas. Emma era la única cristiana, pero eso no incomodó a nadie. La señora Grünberg y las
demás mujeres le explicaron los planes de la velada.
—Hoy comeremos opíparamente, querida vecina. Todos los platos son grasos, pues a fin de
cuentas el candelabro de Janucá también consume aceite —dijo la señora Grünberg con aire
inocente, acompañada por las sonoras carcajadas de sus amigas.
El festejo se inició de manera muy alegre.
—Tenemos que esperar hasta que se haga de noche, solo entonces podemos encender el
candelabro. ¡Pero hasta entonces disponemos del tiempo suficiente para contar historias y jugar!
Todas las mujeres soltaron chillidos, divertidas.
—¡Traigan el dreidel! ¡Traigan el dreidel!
—Dejen tranquilo ese viejo trompo. ¿Qué les parece si jugamos a los dados y a las cartas?
—¡Sí! —exclamaron las señoras, entusiasmadas, y Emma aprendió las reglas de «la campana y el
martillo». El juego comenzaba repartiendo las cartas, las apuestas de las damas se volvían cada vez
más osadas: mientras que la primera empezó apostando un pañuelo de encaje, la segunda se quitó la
alianza del dedo para júbilo de sus compañeras. Con gran estrépito, una de las ancianas se deslizó de
la silla cuando se disponía a quitarse la liga y cosechó grandes carcajadas.
Emma no sabía qué estaba sucediendo. El mundo que se le abría en esa casa la fascinaba. La
señora Grünberg le guiñó un ojo y le apoyó la mano en el brazo para tranquilizarla.
—No tema, lo recuperarán todo.
De paso, otra mujer le explicó que el dreidel era una peonza de cuatro caras en las que aparecían
las letras del alfabeto judío y representaban la siguiente frase: «Allí ocurrió un gran milagro», y se
refería a la historia del Janucá y al candelabro que ardió durante ocho días.
—¡Ya oscurece, señoras! Empecemos con las historias. Cuéntenos un poco de su patria. Casi
todas tenemos parientes en Alemania.
Y Emma les habló de su adorado Berlín, al que echaba de menos más de lo que quería admitir.
Habló de su madre y de su padre, de su hermanito que quizás ya no la recordaría y del gran tilo en el
jardín de sus padres.
Las mujeres escucharon el relato de esa mujer tan especial en silencio; no se les había escapado
el tono nostálgico que revelaba la soledad de Emma. Cuando Emma dejó de hablar, todas callaron.
La primera en volver a tomar la palabra fue la señora Grünberg.
—Todas nosotras podemos comprender cómo debe de sentirse acá de vez en cuando. Los judíos
somos un pueblo errante, expulsado y obligado a huir una y otra vez. ¿Conoce nuestro saludo de
despedida tradicional? «El año que viene en Jerusalén.» Eso significa lo siguiente: el año que viene
alcanzaremos la meta, acabaremos nuestro viaje. Pero le confesaré algo que aprendí durante mi larga
vida: nosotros los humanos siempre estamos de viaje y todos vamos en busca de nuestro Jerusalén
personal. Supongo que eso es lo que nos impulsa a todos, sobre todo acá, en Argentina. Todas las
que estamos acá sentadas nos separamos de nuestras raíces para echar nuevas hojas, y quién sabe: tal
vez un día volvamos a emprender viaje, voluntariamente u obligadas. Muchas veces tuvimos que
dejar atrás seres queridos, pero al menos nos llevamos nuestras tradiciones y costumbres. Nos
proporcionan la fuerza para aguantar. El año que viene en Jerusalén.
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas.
La devoción se apoderó del grupo tan alegre hacía un momento, la señora Grünberg depositó el
candelabro de ocho brazos en la cabecera de la mesa, agarró una vela y la encendió.
—Este es el schamasch, el sirviente, porque las velas del candelabro no se pueden encender
directamente ni deben ser utilizadas para otra cosa como leer, iluminar la habitación y sobre todo no
para encender unas con otras.
Entonces encendió ceremoniosamente la primera vela de la hilera y todos los días encendería una
más hasta que por fin ardieran las ocho, al tiempo que la vieja señora pronunciaba tres bendiciones
en hebreo. Las mujeres empezaron a rezar y la magia de la celebración fascinó a Emma.
Cuando dejaron de rezar, las mujeres se abrazaron afectuosamente y se desearon Chag Sameach:
Feliz Janucá.
—Bien, mis queridas amigas —dijo la señora Grünberg, y al decir «amigas» le lanzó una mirada
afectuosa a Emma—, ¡ahora tomaremos ganso asado!
La dueña de la casa dio unas palmadas y las otras mujeres aplaudieron entre gritos de «¡Bravo!».
—Querida Emma, en realidad no queríamos comer tan opíparamente, pero el ganso asado
proporciona mucha grasa que después podemos volver a quemar en el candelabro.
Emma comprendió que no podía contar todo eso en su casa y decidió que ni siquiera lo intentaría.
Cuando la puerta se abrió, los criados de los Grünberg entraron con una fuente donde reposaba
un ganso asado de aspecto muy apetitoso. ¿Y quién cargaba con la fuente de plata y el ave crujiente y
dorada? Fernanda, el ama de llaves de los Hechtl. Al parecer, Fernanda no había permanecido mano
sobre mano mientras aguardaba en la cocina de los Grünberg y al entrar le guiñó un ojo a Emma con
expresión alegre.
Tras depositar el ganso asado en el centro de la mesa, uno de los criados se dedicó a trincharlo.
Al salir, Fernanda le murmuró unas palabras a Emma.
—Ellos llaman kosher al modo de prepararlo. ¡Me encargué de que también le sepa bien a usted!
Emma meneó la cabeza, riendo. Por lo visto Fernanda no solo era de buen corazón sino que
también poseía un gran sentido del humor.
El ganso asado era delicioso y la fiesta se prolongó hasta altas horas de la noche. Por fin, la
señora Grünberg hizo acompañar a Emma y a Fernanda a la residencia de los Hechtl en coche.
—¡Aunque hace calor y el trayecto es corto, no debe ir andando, querida!
Ambas se despidieron cordialmente y Emma le agradeció la maravillosa velada. Cuando el coche
ya se ponía en movimiento, su anfitriona se acercó y dijo:
—¡Le deseo Feliz Navidad, querida Emma!
—¡ Chag Sameach, querida señora Grünberg, Chag Sameach!
Elisabeth ya la estaba esperando y con expresión dura espetó: —¿Cómo se te ocurre regresar tan
tarde?
Emma la contempló con frialdad.
—La señora Grünberg lamentó tu ausencia y desea que te mejores.
Entonces dejó plantada a la desconcertada Elisabeth, subió las escaleras y se dirigió a su
habitación. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan fuerte; al abrir la puerta oyó la respiración
profunda de Juan. ¡Qué bonito sería si el que estuviera allí tendido fuese Eduardo! Se puso el
camisón sin hacer ruido y se deslizó bajo la sábana.
«¡El año que viene en Jerusalén!»
Y se durmió con una sonrisa en los labios.
11
Impresionada, Christina contemplaba la casa en la que, según la información de la sobrina de
Maju, antaño había vivido Óscar Hechtl: una mansión que también podría haber estado en el barrio
de Grunewald de Berlín. En el gran cartel de latón junto a la puerta figuraba el nombre del despacho
de un asesor financiero. No, claro que no era un «despacho», sino un Finance and Fondsconsulting
Businesscenter.
Tras llamar al botón de nácar del timbre se abrió una pesada puerta y apareció una mujer rubia
que llevaba el cabello recogido.
—¿Qué desea? —preguntó, altiva.
Christina volvió a recurrir a la táctica de decir que era periodista, que estaba haciendo un
reportaje, y afirmó que realizaba un estudio en el que también figuraría la historia de esa casa.
—No sé si el patrón lo aprobará... —dijo la rubia en tono dubitativo.
Que la rechazaran siempre hacía que Christina se pusiera en plena forma.
—Quizá sería mejor que dejara que eso lo decidiera él —dijo, lanzándole una sonrisa arrogante.
—Regresará dentro de una hora. Le informaré de su visita. ¡Vuelva más tarde!
—dijo la rubia, indignada, y cerró la puerta.
«¡Estúpida!», pensó. A Christina no le resultó difícil pasar una hora en ese barrio tan bonito y
poco después entró en una pequeña cafetería situada en los jardines de un edificio palaciego, disfrutó
del verano, del excelente café y observó los gorriones picoteando migajas de pan. El agua de una
fuente bañaba piedras cubiertas de musgo, árboles inmensos proporcionaban sombra y en la primera
página del menú aparecía un breve resumen de la historia del palacio, que hoy albergaba un museo y
hacía un par de décadas aún pertenecía a un hombre de negocios judío.
Una hora después hicieron pasar a Christina.
—Tiene suerte, mi patrón puede dedicarle unos minutos —dijo la rubia.
Christina miró en derredor. La casa rezumaba un pasado en el que los criados se ocupaban de sus
tareas y la familia señorial moraba en medio de maderas oscuras y muebles pesados.
«¡Esa no era una familia cualquiera —se dijo—, quien vivía aquí era tu abuelo!»
Del alto cielo raso colgaba un moderno objeto de diseño denominado elemento luminoso... ¿o tal
vez uno podía llamarlo lámpara y punto? Cristal, acero y laca blanca. La madera que revestía las
paredes y el cielo raso dejaban adivinar el aspecto que antaño tenía la casa. La secretaria llamó a
una gran puerta de madera tallada con delicadeza —había que reconocer que no carecía de elegancia
—, la entreabrió y anunció a Christina en voz baja.
Esta ya intuía con qué se encontraría: un despacho repleto de objetos de diseño y rodeado de
cuadros colgados de las paredes escogidos por el color y el tamaño, no por el contenido artístico,
donde la recibiría un petimetre atildado que la saludaría con una sonrisa y ademanes exagerados.
Luego le diría a su secretaria: «Por favor, prepare un café, usted bebe café, ¿verdad?», y ella se
sentaría en una silla tapizada de blanco ante una mesa circular de cristal; su interlocutor contemplaría
a su secretaria como si fuera una perra de su propiedad y después le sonreiría a su huésped. Y la
sonrisa sería tan poco auténtica como el color de su pelo.
Christina comprobó que había acertado: un despacho blanco, muebles lacados, cristal, cuadros
originales, caros... pero ¿quién era ese tío relajado que llevaba vaqueros y un sencillo jersey azul?
—Está sorprendida, ¿verdad? Había imaginado que yo tendría otro aspecto, ¿no es cierto? Deje
que lo adivine: un tipo trajeado, con una americana de botones dorados y el pelo teñido, ¿cierto?
«Por todos los diablos, ¿acaso es capaz de leerme el pensamiento?»
El joven sonrió.
—Verá, me divierte jugar según las reglas del establishment y al mismo tiempo infringirlas...
solo hay que evitar creérselo.
Christina tuvo que reconocer que el carisma del joven resultaba atractivo.
Pocos minutos después aparecieron tazas de expreso en la mesa y también una botella de agua
mineral. Su interlocutor se repantigó en el sillón de cuero blanco frente a ella.
—¿Así que está haciendo un reportaje sobre nuestra casa?
Christina titubeó un instante y, animada por la mirada brillante del joven, optó por decirle la
verdad.
—No, era una mentira para acceder a usted.
El hombre soltó una carcajada.
—Una gran salida a escena, estoy ansioso por saber qué me espera de verdad y, si tengo que ser
sincero, también logró tranquilizarme.
Christina le dijo que sí, que era periodista, pero que había ido a verlo por un motivo muy
distinto. Le dijo que estaba buscando a Óscar Hechtl y procuró hablar en el tono más sosegado
posible.
—¿Y usted esperaba que me pusiera de pie, la abrazara, la llamara «prima» y derramara
lágrimas de emoción? —dijo él, guiñándole un ojo—. No tengo nada que ver con esa familia Hechtl.
—Me lo imaginaba —replicó Christina—. Ya sé que por algún motivo los Hechtl desaparecieron
de la faz de la Tierra.
—Sin embargo, puedo contarle algunas cosas. Hace poco que ocupamos este edificio y antes de
instalarnos en este inmueble nos informamos sobre la historia de la casa con el fin de no encontrarnos
con sorpresas desagradables. Sus colegas periodistas nos vigilan muy de cerca porque entre nuestros
clientes hay numerosos políticos y otras personas importantes, así que no queríamos dar un paso en
falso. Nunca se sabe lo que la prensa puede usar para atacarte, a veces incluso pueden recurrir a la
historia de una casa. Imagínese el titular: «Hoy los políticos se dejan asesorar sobre sus finanzas en
esa casa antes frecuentada por dictadores militares.» Dada la historia argentina, siempre hay que
tenerlo todo en cuenta —dijo, con una sonrisa autocomplaciente—. Investigamos la historia de la
casa hasta la época en la que fue construida; en general, era bastante aburrida: abogados, médicos,
altos funcionarios... pero en el caso de los Hechtl no era así. Ellos construyeron la mansión, eran una
familia adinerada: poseían muchas tierras fértiles y estas les proporcionaban grandes ingresos, se
enriquecieron gracias a los cultivos y la ganadería. Después la familia se dedicó al comercio
internacional y la mansión se convirtió en la sede de su compañía.
Por desgracia no existen muchos documentos, esa empresa de los Hechtl se fundó como una
compañía alemana...
—¿Una compañía alemana? —soltó Christina, desconcertada.
—Incluso entonces no era raro que se trabajara con compañías europeas. Casi todos los
argentinos son oriundos de Europa y muchos recuperaron sus antiguas raíces.
—¿Qué pasó con esa empresa de los Hechtl?
—No puedo decírselo, lamentablemente. En algún momento dejaron de mencionar la compañía,
ya no figuraba en ninguna parte. Es poco habitual, porque incluso si hubiera quebrado debería
aparecer en algún registro. A menos que...
—¿Que qué? —dijo Christina, sentada al borde de la silla.
—Bien, de vez en cuando los registros se borraban o no se llevaban a cabo.
—¿Y eso cuándo sucedía?
—Bueno, los motivos son diversos, pero las condiciones siempre eran las mismas: primero
alguien debía tener interés en que eso sucediera, y tenía que ser alguien muy influyente. Pero no solo
muy influyente, también tenía que disponer de ciertos medios económicos —dijo, frotando el pulgar
con el índice.
—¿Y la estancia? ¿Qué pasó con la estancia? —preguntó Christina, impaciente.
Su interlocutor hizo un ademán negativo.
—Las ventas de terrenos están documentadas, las familias vecinas compraron las tierras, todo
ocurrió a finales de los años cuarenta y en la misma época también desapareció la compañía, en todo
caso a partir de entonces no hay más registros.
—¿Pero qué puede haber ocurrido? Es como si hubiese habido una gran catástrofe.
—Nosotros también nos lo preguntamos. Consideramos que los Hechtl eran como los
dinosaurios: vivieron hace mucho tiempo y, nadie sabe por qué, desaparecieron. Finalmente
abandonamos la búsqueda de más información y, de todos modos, de momento la prensa nos deja
tranquilos, pero ¿se imagina cuánto nos asustamos cuando usted apareció ante la puerta con ese
cuento de que buscaba documentación sobre la casa?
—Lo siento, no era mi intención. Dado que usted está al tanto de la venta de las tierras, supongo
que sabrá dónde se encontraba la estancia de los Hechtl, ¿no?
—Sí, claro. Al sur de la capital. Mi asistenta le proporcionará la dirección precisa —dijo en
tono muy amable, pero de paso le indicó que la conversación había llegado a su fin.
—Muchas gracias por la información —dijo Christina, y se puso de pie—.
Usted me ha ayudado mucho más de lo que creía posible, me ha ahorrado un gran esfuerzo.
—¡No solo eso: sobre todo le ahorré un montón de plata! —dijo él, volviendo a sonreír—. No
crea que hubiera podido obtener ni una sola de estas informaciones acá en Buenos Aires sin
presentar argumentos muy sólidos. Y, en general, esos argumentos llevan el símbolo del dólar.
—¡Espero que no me envíe una factura!
Ambos rieron y el hombre se despidió con una sugerencia: que Christina visitara el cementerio
de La Recoleta, situado a pocos pasos de allí. Al igual que todas las familias pudientes de Argentina
seguro que los Hechtl poseían un mausoleo y, tras dicho consejo, dejó a Christina en manos de su
secretaria.
Unos minutos después volvió a encontrarse en la acera con un papel en la mano donde ponía
«Estancia Hechtl, Lobos».
El viejísimo cementerio del elegante barrio era célebre por sus suntuosos mausoleos. La tumba
de Evita Perón, la venerada patrona del pueblo, convertía ese lugar del último reposo en una
atracción turística, pero un poco más allá de los senderos principales el silencio reinaba entre los
mausoleos. Hacía mucho calor. Christina recorrió los senderos en busca de una pista y pensando en
su difunta madre. «¿Por qué nunca me contaste nada sobre tu pasado? ¿Por qué te guardaste ese
secreto?»
Christina se sentó en un banco de piedra y la realidad se volvió borrosa. De pronto tuvo la
certeza de que su madre la esperaba tras el próximo bloque de granito. Estaba como en trance, ya no
se encontraba en el mismo mundo de aquellos que la rodeaban y, como si soñara despierta, se dirigió
hasta un rincón sombreado, se encontró con su madre y ni siquiera se sorprendió. El tiempo y la
infinitud se encontraron y compartieron un instante de la eternidad. Una gran calidez envolvió el alma
de Christina, no se sentía rara ni asustada, y su madre se puso de pie y le sonrió.
—¿Eres tú, mamá, de verdad?
En vez de responder, su madre le tendió los brazos y las lágrimas se derramaron por las mejillas
de Christina.
—No llores, pequeña, no merece la pena.
—¡Te echo tanto de menos, mamá!
—Lo sé, pero no debes estar triste, de verdad. Aunque no puedas comprenderlo. Lo entenderás
todo cuando llegue el momento.
—¿Te encuentras bien?
—Me encuentro maravillosamente, hija mía. Aquí todo es alegría, ligereza y comprensión. A este
lado de la luz el dolor, la pena y la pérdida ya no existen.
Christina sonrió a su madre con lágrimas en los ojos y contempló el rostro amado.
—¿Sabes por qué estoy aquí, mamá?
—Claro que lo sé, hijita, claro que sí. Vaya, la vieja tarjeta postal. Me acompañó durante toda mi
vida, era una bendición y también una maldición. En aquel entonces creía que era lo único que me
convertía en una persona real.
Quería ser como los demás niños, quería tener padres o al menos saber quiénes eran ellos. La
tarjeta postal era la prueba de que en mi vida también existió una familia. Esa era la bendición, pero
al mismo tiempo también suponía un enigma.
Nunca logré descifrar el secreto, y esa era la maldición. Todo tiene dos lados, todo se compensa.
Más adelante la tarjeta dejó de ser importante. Creé mi propia familia contigo; solo de vez en
cuando, cuando me sentía desamparada, volvía a mirar la tarjeta y la acariciaba con los dedos. Como
cuando perdimos a papá. Si tú no hubieses existido no podría haberlo soportado; de noche, a menudo
estaba sentada en la cama súbitamente tan vacía y me decía que allí fuera había alguien más a quien
yo pertenecía, pero era incapaz de contestar a las preguntas que ello suscitaba. Siempre me
preguntaba por qué mi madre metió la tarjeta entre mis pañales, qué me quiso decir con aquello. Hoy
lo he comprendido.
—¿Pero cuál es el secreto de la tarjeta?
—La tarjeta no estaba dirigida a mí, Christina, yo solo era una estación intermedia y también mi
madre, tu abuela, solo era la portadora. Tú, Christina, eres la destinataria de esta tarjeta y ahora por
fin ha llegado a tus manos. A veces el correo puede ser muy lento.
La madre de Christina rio: al parecer, uno no dejaba atrás el humor en el reino del principio y del
fin.
—Todo lo que ocurre está escrito. Prosigue tu camino, tesoro, pues es tu sino.
Y da igual la bifurcación que tomes, la decisión siempre será la correcta porque es tu decisión.
No puedo decirte nada más, porque solo comprenderás a través de la experiencia. Debes perdonarme
—dijo su madre, haciendo un gesto desvalido.
—¿Pudiste perdonar a tu madre? Ha sufrido, la he conocido.
—Sí, lo sé, hace tiempo que la he perdonado. Estoy muy orgullosa de ti, orgullosa de que hayas
logrado llegar hasta aquí. Tu búsqueda no ha terminado ni con mucho y recibirás muchas respuestas
con solo preguntar con sinceridad.
Has de saber, tesoro, que siempre estoy contigo, todos están contigo pues de este lado no existe
el Yo y el Tú. Te acompañaremos y un día lo comprenderás todo, pero hasta ese momento seguirás
buscando respuestas a preguntas que quizá no puedas formular.
Christina alzó la vista. ¿Qué era eso que acababa de experimentar? Tuvo que sacudirse para
regresar al aquí y ahora. Se volvió y dirigió la mirada al rincón en el que acababa de soñar.
Los rayos del sol se clavaban en su cabeza. No cabía duda: había vuelto a la realidad. Se
encontraba entre turistas que paseaban. Sin saber cómo había llegado allí, se encontró ante una tumba
venida a menos: una pesada puerta de hierro cerraba la entrada a la cámara. De la puerta colgaba una
gruesa anilla de hierro, un picaporte sostenido entre las fauces de un león majestuoso de ojos
oxidados.
Hacía mucho tiempo que el mausoleo había perdido su esplendor. La puerta ejercía un atractivo
mágico sobre ella, y Christina rozó la inscripción manchada de orín y pintura negra descascarada. No
tuvo que leer lo que ponía para saber ante la tumba de quién se encontraba. Había llegado el
momento de llamar a la puerta del pasado.
12
La señora Langileburu no podía dejar de llorar. El espejo estaba cubierto de paños negros y
habían detenido el reloj de pie del salón. El pequeño Óscar corrió hacia su madre.
—¿Qué le pasa a la tía Langileburu, mamá? ¿Por qué llora? Y la tía Wilhelmine también está
llorando.
Emma sonrió débilmente y acarició el cabello de su hijo. ¡Cuánto había crecido! Faltaban pocos
meses para que fuese escolarizado.
—Ay, tesoro, todos estamos muy tristes porque el abuelo nos ha dejado.
—Sí, lo sé. Como las vacas: a veces una se tumba en el prado y ya no se levanta, pero Pepe me
dijo que su abuela le dijo que nosotros, las personas, sufrimos menos que los animales, que vamos al
cielo y que allí todo es maravilloso y que cada persona se convierte en una estrella. ¿Está en el cielo
el abuelo? ¿Es una estrella?
Emma a duras penas lograba controlar el llanto y, haciendo un último esfuerzo, le dijo a su
pequeño hijo que fuera en busca de Pepe.
El abuelo estaba muerto. Había empeorado cada vez más y al final ya no pudo abandonar el
lecho. La casa se había vuelto más fría tras su muerte y Emma tiritaba cuando el viento sur, el
pampero, silbaba a través de las rendijas de las ventanas. Se sentía sola y abandonada; durante los
últimos meses había quedado a merced de su suegra. Antes el abuelo siempre intervenía con sus
palabras afectuosas, pero eso se había terminado para siempre y Juan apenas pasaba unos días en la
estancia y permanecía en Buenos Aires no solo durante la semana sino también cada segundo fin de
semana. Si no fuese por Óscar, Emma se habría derrumbado. El pequeño era un niño muy guapo e
inteligente y en la estancia su amigo era el pequeño Pepe, el hijo de un peón que vivía con su familia
en una de las barracas de La Esquina. Juan desaprobaba esa amistad con un miembro de la
servidumbre, pero Emma lo tranquilizó diciendo que era una suerte que en esa región solitaria
hubiese nacido un niño el mismo año que Óscar, pues entonces al menos tenía alguien de la misma
edad con quien jugar. Pepe era un niño despierto, y cuando Emma los observaba a ambos jugando
alegremente no dejaba de pensar cuán felices eran los niños, porque hacían caso omiso de su origen y
de los límites.
Ya habían transcurrido casi seis años desde que Emma pasó aquellos maravillosos días de
verano con Eduardo a orillas del Atlántico; sin embargo, aún pensaba en él con frecuencia. No lo
había vuelto a ver jamás. Poco después del nacimiento de Óscar resultaba demasiado agotador viajar
hasta la costa y después llegó la crisis y no había dinero. Emma había confiado que su nostalgia por
ese hombre se desvanecería, pero sucedió lo contrario. Cuanto más a menudo Juan la dejaba sola,
cuanto menos el abuelo la apoyaba, tanto más echaba de menos a Eduardo; cada vez que sostenía la
vieja tarjeta postal con su imagen creía notar su presencia, oír su voz cálida y la melodía del tango
que tocó con el bandoneón. ¿Qué había dicho Juan sobre el tango? Que era la música de la clase
baja. Sí, Eduardo pertenecía a la clase baja, pero eso a Emma le resultaba completamente
indiferente, así que ella también era como el pequeño Óscar.
Elisabeth había pasado hora tras hora junto al lecho de muerte de su padre. Y
tampoco entonces podía perdonarle, seguía enfadada con su destino. Recordaba las noches de
invierno de Buenos Aires cuando, envueltos en mantas mugrientas, se refugiaban en las entradas
de las casas; aún percibía el olor mohoso del barrio del puerto cuyas calles pobres y oscuros
rincones antaño fueron su hogar.
—¿Cómo pudiste permitir que me convirtiera en lo que soy, padre?
De muchacha, Elisabeth había confiado en su futuro, era inteligente y bonita, quería ser una
princesa en un castillo, con un príncipe y caballos blancos arrastrando una carroza. Quería
respeto, seguridad, protección, y por fin los había conseguido.
—Pero ¿a qué precio? —le reprochó al anciano moribundo—. ¿En qué me convertí? En una
vieja amargada, en la joven viuda de un anciano. Tuve que renunciar a mi identidad y ese fue el
precio que pagué por mi vulgar sueño de convertirme en princesa.
¿Y qué había hecho su padre por ambos? Había vagado por ahí de noche, afirmó que había
encontrado trabajo en el puerto cargando cajas. Que le pagaban con comida. ¿Cargar cajas?
¡Ridículo! No hubiese aguantado ese duro trabajo ni media hora. Todas las mañanas aparecía con
restos de comida recogidos en los cubos de basura de la ciudad. Cuando por fin ya no pudieron
pagar el alquiler y pasaron el primer invierno en la calle, Elisabeth se hartó.
Tenía que hacer algo. Si una era una muchacha bonita viviendo en el barrio del puerto había
una respuesta evidente, y a partir de entonces padre e hija se mintieron noche tras noche.
Elisabeth fingió creer los cuentos de hadas acerca del barrio del puerto y su padre no le preguntó
por qué podían ocupar el sótano del patio trasero de ese bar.
Al recordar la mugre y la peste de aquella época Elisabeth sentía la necesidad de lavarse,
pero no lograba deshacerse del dolor y del desprecio por sí misma.
En aquel entonces estuvo a punto de dar rienda suelta a su desesperación y entonces el viejo
Hechtl entró en su vida. Muchos años mayor que ella, desaseado y con malos modales, se acostó
con ella apestando a alcohol y a ropa interior sucia. ¡Cuán repugnante le resultaba! Hechtl
perdió la cabeza por ella y Elisabeth lo usó como tabla de salvación. Era viudo y no tenía hijos;
su estancia proclamaba su prosperidad; el escaso juicio que el alcohol aún no había borrado
suponía que su única preocupación fuese perpetuar la existencia de la familia Hechtl, así que esa
jovencita tan empecinada en escapar de su ambiente le venía como anillo al dedo. Se casó con
Elisabeth, su padre pudo acompañarla a la estancia, pero había una condición.
—Quiero un hijo, solo cuando tengas un hijo sano habrás cumplido con nuestro acuerdo. De
lo contrario, Elisabeth, te mandaré de vuelta al puerto. Soy viejo.
No puedo darme el lujo de volver a esperar junto a la mujer equivocada.
Sus palabras seguían resonando en sus oídos junto al lecho de muerte de su padre. En aquel
entonces habría dicho sí a cualquier acuerdo.
Poco después de la sencilla ceremonia nupcial, celebrada con escasa alegría en la iglesia del
pueblo, Elisabeth dio a luz a su hijo Juan. Cuando el antaño joven médico se acercó a su cama y
depositó al niño en sus brazos ella lo miró agradecida y aliviada. ¡Un hijo! Si en aquel entonces el
médico no la hubiese apoyado no sabía dónde habrían estado su padre, Juan y ella en el presente.
Cuando el viejo Hechtl murió, Elisabeth pudo soltar un suspiro de alivio. Se había librado de
él, pero no de las pesadillas en las que su difunto marido se le aparecía noche tras noche. Esas
pesadillas la destrozaban y entonces, cuando Emma dio a luz al pequeño Óscar, todo cambió.
Elisabeth podía volver a dormir tranquilamente, los horrendos sueños se acabaron y se
desprendió de una pesada carga. ¡La vida transcurría por caminos muy extraños!
El discreto entierro del abuelo tuvo lugar en el pequeño cementerio de Lobos; el monumental
mausoleo de los Hechtl de La Recoleta permaneció cerrado para él. Solo unos pocos asistieron al
entierro, como la señora Langileburu, de riguroso luto. También algunos peones fueron a darle el
pésame a los Hechtl y también la familia del pequeño Pepe. La abuela de Pepe le acarició el cabello
a Óscar y, con voz quebradiza, le dijo que no debía estar triste, que su abuelo vigilaba desde el cielo
que todo estuviera en orden.
—¡Sí, sí, muchas gracias! —dijo Juan, apartando a la anciana con impaciencia.
Desde el crack de la Bolsa se había vuelto insoportable. Todos estaban esperando que la
compañía naviera de Hamburgo finalmente construyera el buque frigorífico; según los planes, lo
botarían al cabo de dos años. Si bien el crédito que Grünberg les había conseguido hizo posible que
cumplieran con el contrato de la compañía naviera y salvado la estancia, el reembolso y los intereses
suponían una pesada carga. La estancia no rendía lo suficiente como para cumplir con las exigencias.
Y Juan no lograba superar ese golpe del destino, pero Emma sabía que lo que los había dejado en esa
situación no solo era el destino sino también la arrogante ceguera de Juan. Con la presunción de
quien se crea invulnerable había firmado un acuerdo que suponía que el único que corría un riesgo
era él. Antaño, cuando regresó a Buenos Aires durante unos días mientras estaban de luna de miel y
dejó a Emma en el Hotel Quequén...
—Mirá, mamá, me lo dio Pepe, lo intercambiamos por la moneda alemana que la abuela me
regaló por Navidad.
El pequeño Óscar arrancó a Emma de sus cavilaciones. Se había retirado a la terraza para leer
una carta de Berlín. Con un leve suspiro, dejó el sobre abierto a un lado y se dirigió a su hijo.
—¿Qué pone acá, mamá? —dijo el niño, y le tendió su tesoro.
—Pone «Bono de Compra». ¿Sabes lo que significa?
—¿Bueno para comprar?
—Algo parecido, es un bono con el que puedes ir a comprar.
—¿Como el dinero?
—Sí, como el dinero, solo que con él no puedes hacer compras en cualquier parte, sino solo en el
almacén de La Esquina.
—Pepe dijo que el bono de compra le pertenecía a su padre, que la abuela se lo daba por
trabajar para nosotros y que lo usaban para ir a comprar en el almacén.
Es un lugar fantástico...
Óscar enmudeció al recordar que su padre le había prohibido ir a las barracas de los peones de
La Esquina.
—¿Estuviste en el almacén, Óscar?
El pequeño removió los pies en la tierra; adoraba la pequeña tienda donde compraban las
familias de los peones. La señora de la tienda incluso les había regalado unos caramelos a él y a
Pepe.
—¡Sabes que tu padre te lo ha prohibido, cielo! —dijo Emma, pero en realidad no podía
enfadarse con su hijo; consideraba que la prohibición era injusta y que incluso era un error—. Oye,
tesoro, dame el bono.
Óscar alzó la vista, asustado.
—Verás: si el padre de Pepe lo ha recibido de la abuela por su trabajo, entonces el bono le
pertenece al padre de Pepe y no a tu amiguito. Y ellos lo necesitan para comprar comida. No querrás
que la familia de Pepe pase hambre, ¿verdad?
—¡Pero yo le di mi moneda!
—A veces perdemos cosas, tesoro, cuando queremos otra cosa muy especial — dijo Emma,
pensando en su marido y sus negocios con la compañía naviera—.
Así que dame el bono, consultaré con la abuela qué haremos con él.
Óscar le entregó su tesoro de muy mala gana y Emma notó su indignación y su enfado.
—¡Y ahora vete a la cocina y dile a la señora Langileburu que te prepare un chocolate con poca
leche y mucho chocolate!
Todo volvía a estar en orden y, gritando «¡sííí!», Óscar echó a correr a la cocina, donde estaba la
adorada tía Langileburu, que siempre disponía de alguna exquisitez para el niño.
«¡Ojalá pudiéramos resolver nuestros problemas con tanta facilidad!», pensó Emma,
contemplando el bono de compra con expresión pensativa. No sabía nada de ese bono y más adelante
pensaba hablarle de ello a Elisabeth, pero entonces había llegado el momento de leer la carta de
Berlín.
Mi querida Emma:
Pienso en ti muy a menudo. Siempre vuelvo a contemplar la foto que nos enviaste. Tienes un hijo
precioso, parece tan alegre e inteligente... Tu padre y yo disfrutamos mucho con la foto. Estamos muy
orgullosos de ti y de nuestro nieto, espero que un día podamos conocerlo. Argentina está muy lejos,
pero quizás ahora por fin las circunstancias mejorarán, aquí en Berlín. Ha habido un cambio radical,
desde principios de año tenemos un nuevo canciller: Adolf Hitler. Con él, el Partido
Nacionalsocialista ha llegado al poder; te reirás: la bandera vuelve a ser la de antes, con los mismos
colores. ¿Aún recuerdas cómo se peleaban todos cuando abandonaron los colores imperiales, el
negro, el rojo y el blanco? Ahora los hemos recuperado: la gente se pelea por cada cosa... Tu padre
está muy preocupado por ese nuevo partido, pero ya le conoces: siempre está preocupado por algo.
Su salud deja mucho que desear, por desgracia.
Algo en la espalda le presiona los nervios y le cuesta caminar. Bien, todos nos hacemos viejos. A
mí tampoco me gusta mucho ese partido, montan tanto alboroto con sus interminables desfiles y
manifestaciones... Sus banderas ondean por toda la ciudad, en el centro aparece una cruz gamada,
supuestamente es un antiguo símbolo germánico. Nuestro vecino, el profesor, ya se ha burlado de
ello. ¿Llegaste a conocer al profesor Eisengrün? Hace poco que vive en esta zona; dicen que trabaja
con Warburg, el ganador del premio Nobel. Vaya, dicen muchas cosas cuando los días son largos. Su
mujer es muy simpática, tienen una hija de casi la misma edad que tu hermano; me gustaría que ambos
jugaran juntos pero ya sabes cómo son los chicos. El profesor afirma que la cruz gamada es un
símbolo milenario indio de no sé qué. Ese Hitler parece ser un hombre fuerte, en Liebenberg ya han
establecido excelentes contactos con la dirección del partido; esa familia es muy lista, también
formaban parte de la clase dominante durante el Imperio. Sabes que el emperador en persona les
regaló una fuente...
Emma tuvo que sonreír. Su madre volvía a repetir esa historia de la fuente imperial del castillo
de Liebenberg, el gran regalo que el emperador le hizo a la familia. ¡Cuántas veces había oído a su
padre contar esa historia!
Tu hermano ya ha cumplido diez años, es un chico estupendo. Ese nuevo partido ha creado una
organización juvenil, no sé muy bien qué opinión me merece. Al menos ha sacado a los jóvenes de la
calle, ese vagabundeo se volvió realmente grave en los últimos años; ahora el pequeño acude a las
reuniones, incluso les proporcionan una suerte de uniforme a los chicos, y a condición de que a tu
hermano le guste no tengo inconveniente. Y le gusta y está contento; cuando vuelve de las reuniones
lo hace con mirada brillante y, orgulloso, nos narra sus aventuras. También hacen cosas útiles como
ayudar a los ancianos a cargar con el carbón guardado en el sótano y las camisas y los pantalones
cortos son de buena calidad, aguantan todo y son fáciles de lavar. Sin embargo, tu padre se vuelve
muy silencioso cuando ve a su hijo vestido así. Yo siempre le digo que qué más se puede esperar de
un partido obrero como ese. Después de que tantas personas fueran despedidas durante los últimos
años ahora los obreros tratan de cambiarlo todo, pero no llegarán muy lejos, pronto comprenderán
que cierto orden básico resulta razonable y que las diferencias entre las clases existen y punto. Es
imposible volver a inventar el mundo, pero puede que tu padre y yo no comprendamos los tiempos
modernos. Lo importante es que por fin reine la tranquilidad en Alemania y que la situación mejore.
Todos aún recordamos los horrores de la guerra y ya vimos lo que sucede cuando se les da carta
blanca a los comunistas: a fin de cuentas ellos quemaron el Reichstag, ¿no? Lo que me tranquiliza es
que la familia del castillo de Liebenberg tenga una excelente opinión sobre Hitler. Siempre
entendieron mucho de política y siento un gran respeto por su opinión. Y
esas otras cosas no son más que travesuras, pura espuma. Recorren las calles con antorchas, en
mayo quemaron libros de autores comunistas y supongo que también de autores judíos. Llovía a
mares y el agua casi apagó las hogueras, y eso demuestra lo que la naturaleza opina sobre los desfiles
con antorchas. A fin de cuentas, fueron elegidos democráticamente, si no se portan bien perderán las
próximas elecciones y entonces seguro que volverán a discutir sobre la bandera. En ese caso, me
pregunto qué símbolo elegirán, quizás uno chino.
La madre de Emma aún seguía percibiendo el mundo a su manera. El comentario al margen de
que su padre tenía la columna afectada y dificultades para caminar la dejó pensativa; cuando
contestara la carta le preguntaría al respecto. El asunto de la quema de libros le resultaba
incomprensible. ¿Por qué alguien querría quemar libros en Alemania? Como siempre, su madre
pasaba de los temas privados a los públicos, mezclaba la política con la cultura, los acontecimientos
cotidianos con las historias de vecinos. ¡Cuánto le hubiera gustado hablar con su padre sobre la
situación política en Alemania! Emma siguió leyendo.
Por desgracia, el estado de Ida no ha mejorado y este verano frío y húmedo hizo lo demás. Si las
cosas siguen así supongo que pronto tendremos que despedirnos de nuestra vieja criada que nos
sirvió tan fielmente durante muchas décadas. Aún recuerdo la primera vez que Ida te sostuvo en
brazos: le sonreíste de inmediato, siempre te quiso mucho.
La carta se perdía en la nostalgia por el tiempo pasado. Emma se recostó en el sillón de mimbre y
contempló el cielo. Su madre contaba muchas cosas, pero también provocaba numerosas preguntas;
las frases escritas con tanta ligereza le causaban inquietud, ese fin de semana le preguntaría a su
marido acerca de la situación política en Alemania, pues al fin y al cabo él estaba en contacto
permanente con Hamburgo.
Entonces volvió a recordar el bono de compra y, poco después, Emma y Elisabeth se enzarzaron
en una discusión sobre el asunto.
—¿En qué mundo vivís, Emma? ¿Cómo se te ocurre afirmar que el bono de compra es injusto?
—¡Porque si solo les pagamos a nuestros peones con bonos que después únicamente pueden
canjear en nuestra propia tienda, no disponen de dinero en efectivo!
—Claro que no disponen de efectivo. ¿Para qué lo querrían? El almacén les proporciona todo lo
que necesitan, ¿y a qué viene ese reproche de que es nuestra propia tienda? ¿Qué esperabas? ¿Acaso
tengo que animar a nuestros peones a comprar mercancía ajena?
Elisabeth meneó la cabeza. Había abandonado su escritorio y recorría la habitación con paso
inquieto.
—Antes de la crisis siempre les pagábamos con efectivo a nuestros peones, ¿y para qué lo
utilizaban? Para comprar vino. En el almacén siempre se producían peleas salvajes. ¡Esa es la
realidad!
—Esa no es la única realidad, suegra, la realidad también es el pequeño Pepe, que jamás tendrá
la oportunidad de abandonar la estancia y progresar, ¡puesto que sus padres ni siquiera tienen dinero
para comprarle un libro o un lápiz!
—¡Pueden comprar lapiceras en el almacén con sus bonos! —siseó Elisabeth, apoyándose en el
escritorio—, y además, ¿en qué debería convertirse ese chico?
Es el hijo de un resero y nunca será otra cosa que un resero. Un día Óscar será el dueño de ese
chico y por eso no es bueno que permitas que intime con él.
¿Querés que te diga lo que ocurre cuando las personas de clase baja acceden a la cultura? ¡La
revolución!
Emma meneó la cabeza ante la terquedad y la arrogancia de su suegra.
—En todo caso, le devolveré ese bono a los padres de Pepe.
—¡Hacé lo que te parezca! ¡Mandá a la señora Langileburu!
—¡Y de paso, echaré un vistazo a la tienda de La Esquina! —exclamó su nuera.
Sin aguardar una respuesta, abandonó el despacho, recogió al pequeño Óscar, que jugaba en la
terraza, descendió la explanada y se dirigió a La Esquina.
Elisabeth corrió tras ella, pero se detuvo en el último peldaño de la terraza y gritó a su nuera en
alemán: no era necesario que todos comprendieran lo que decía.
—¡Haz el favor de quedarte aquí! ¿Te has vuelto completamente loca? ¡Juan te lo tiene
prohibido! ¡Ya verás lo que consigues si vas!
Desde la cocina, la señora Langileburu había oído los gritos y la pelea, y había visto cómo
Emma, presa de la furia, se alejaba con el pequeño Óscar. Meneando la cabeza, volvió a meterse en
la cocina y consideró que sería mejor decirle a su marido que la siguiera con el carro. La Esquina —
y sobre todo el almacén— no era un lugar apropiado para la joven señora. Su marido no tardó en
enganchar el caballo y ella le dijo que actuara con disimulo, que su presencia debía parecer casual.
Ni la señora mayor ni la joven debían notar la intervención del capataz.
De camino a La Esquina la cólera de Emma se disipó, sabía que había ido demasiado lejos; la
discusión había sido causada por una nimiedad y podía imaginar con toda claridad que su suegra le
contaría hasta el más mínimo detalle a Juan. Pero ya era demasiado tarde, y lágrimas de rabia, de
miedo ante su marido y de enfado por su propia estupidez se derramaron por sus mejillas.
El pequeño Óscar se estaba quedando sin aliento porque Emma lo arrastraba a toda velocidad.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Estás llorando?
Ella se detuvo y se puso en cuclillas.
—A mamá solo le ha entrado un poco de polvo en un ojo, tesoro.
Entonces, como un regalo del cielo, apareció el capataz con el carro.
—Señor Langileburu... —exclamó Emma, aliviada—, queremos ir a La Esquina. ¿Nos lleva?
—¡Desde luego, yo también voy al almacén!
—¡Una afortunada casualidad!
Emma debía de parecer un ser de otro mundo cuando apareció en el umbral con su vestido de
color claro, y cuando la joven señora entró en el almacén las conversaciones enmudecieron de golpe.
Emma tardó un momento en acostumbrarse a la penumbra reinante. Un mostrador de madera
dominaba el interior de la miserable casita, había unas cuantas mesas y sillas destartaladas, olía a
bebidas alcohólicas, tabaco y sudor. Tras el mostrador había una pareja de aspecto sencillo, el
hombre se quitó el sombrero con gesto torpe pero fue incapaz de decir una palabra.
—¡Buenos días! —dijo Emma, rompiendo el silencio.
Cuando Óscar se asomó detrás de las faldas de su madre el rostro de la mujer, de pie tras el
mostrador, se iluminó y Óscar también le dedicó una amplia sonrisa. Tiró de la falda de Emma e
indicó una de las pequeñas cajas de cartón amontonadas en medio del caos reinante en los estantes
detrás de la mesa.
—¡Allá guardan los caramelos!
Emma rio, conmovida.
—¿Acaso crees que mereces uno?
La mujer ya se había apresurado a buscar una caja.
—Bueno, pero solo uno, el otro es para tu amigo Pepe —dijo Emma—.
¿Dónde está el pequeño?
—¡Yo la llevaré con él! —dijo el capataz, que entre tanto había atado el caballo. Sabía que, dada
la situación, él era el único capaz de hablar. La joven señora no podía imaginar hasta qué punto su
presencia en el almacén resultaba inconcebible. Era la primera vez que una mujer de la familia
Hechtl aparecía por allí.
—¡Adiós! —dijo Emma, y abandonó el almacén tras pagar los caramelos.
—No quisiera meterme donde no me llaman —dijo el capataz—, pero usted no les hace ningún
favor a esas personas presentándose en sus alojamientos.
—¿Pero qué significa eso, señor Langileburu? Si allí algo no está en orden entonces nosotros y
los demás terratenientes debemos encargarnos de mejorar las condiciones.
El capataz optó por guardar silencio. Y se sintió aliviado cuando se encontraron con Pepe al salir
del almacén, de la mano de su abuela; seguro que uno de los peones había salido por la puerta de
atrás y había ido en busca de ambos.
—Usted es la abuela de nuestro pequeño Pepe y estuvo en el entierro. ¡Me alegro de volver a
verla! —dijo Emma, y le tendió la mano a la anciana, pero esta rechazó el saludo abochornada y
prefirió no tocar los limpios dedos de la joven señora—. ¡He venido por el asunto del dinero y del
bono!
El rostro de la anciana palideció y, en tono duro, le espetó a su nieto: —¡Te dije que tenías que
devolver la moneda! Le ruego que le perdone, Pepe no lo hizo con mala intención.
—¡Pero Óscar me la dio, hicimos un intercambio! —dijo Pepe con la cara cubierta de lágrimas.
—No pasa nada —dijo Emma, procurando tranquilizar al niño, y luego se dirigió a la anciana a
su lado—: ¡Le devolveré el bono, por supuesto! Y la moneda... —añadió, contemplando a los dos
niños que intercambiaban miradas de inquietud—... pues tú te la quedarás. Un regalo es un regalo,
¿verdad, Óscar?
—Sí —dijo el niño en voz baja.
Emma le alcanzó el bono de compra a la abuela de Pepe, que no dejó de agradecerle. Su alivio
era muy evidente.
Finalmente, el capataz intervino y dijo que debían marcharse.
—Debo regresar al trabajo.
—¡Desde luego, señor Langileburu! —dijo Emma, y ella y Óscar se sentaron en el pescante del
carro. Un rumor recorrió las miserables barracas.
—¿Que Emma hizo qué? —gritó Juan, desconcertado, cuando oyó rezongar a su enfurecida
madre.
Le había prohibido expresamente a su mujer que fuese a La Esquina. ¿Es que no podía
comportarse de manera correspondiente a su origen, aunque solo fuera una vez? Ya era bastante
lamentable que dejara que su hijo tratara con ese Pepe.
Juan se enfureció. Había colgado el auricular del teléfono y confiaba que ningún miembro de
las familias de las otras estancias hubiese escuchado la conversación, pero se enterarían a través
de los peones: Hechtl no controlaba a su mujer.
Juan se apresuró a beber de la botella de whisky, ya ni siquiera se molestaba en usar una
copa. Las cosas no quedarían así, debía restablecer el orden; el año siguiente Óscar sería
escolarizado, se lo llevaría de la estancia y lo inscribiría en un internado de Buenos Aires, a ver
cómo se las arreglaba su mujer sin el pequeño.
Juan abandonó la residencia a paso ligero y gritó a Fernanda, el ama de llaves, que no
cenaría en casa.
—¿Un internado? ¿Con qué plata pensás pagar un internado?
Al oír la sugerencia de Juan, Elisabeth meneó la cabeza; como era el fin de semana, por fin
tenía tiempo de hablar de la humillación sufrida con su hijo. En vez de saludar a su mujer, Juan
solo dijo: «¡Hablaremos dentro de un momento!», y desapareció en el despacho de su madre.
Elisabeth estaba sentada detrás del escritorio.
—¡Prefería no tener que volver a ver a esa estúpida! —siguió diciendo Elisabeth—. Creo que
será mejor que Emma y Óscar se vayan a Buenos Aires.
Juan dio un respingo: la idea de que su familia viviera con él le desagradaba profundamente.
Había organizado su vida en la capital, disfrutaba de la libertad, de sus veladas bebiendo
abundante whisky y, sobre todo, de las noches en el barrio del puerto. Eso de ser padre de familia
cada quince días y el resto hacer vida de soltero le gustaba.
—No considero que sea buena idea —balbuceó.
Su madre lo miró con dureza.
—¿Por qué no es una buena idea? ¿Acaso tenés algo que ocultar a tu familia?
—preguntó. Elisabeth se imaginaba muy bien lo que su hijo pretendía esconder, pues a fin de
cuentas era el hijo del viejo Hechtl—. Además, en Buenos Aires, Óscar tendría la oportunidad de
tratar con nenes de su clase y no con ese inútil cualquiera de La Esquina, si bien al parecer tu
mujer siente simpatía por esa gente.
Juan no reaccionó ante las palabras ofensivas acerca de su mujer. Elisabeth estaba
satisfecha: había recuperado el viejo poder sobre su hijo.
—¡No, no, no! —Los gritos de Óscar resonaron a través del salón de la estancia—. ¡No quiero ir
a Buenos Aires! ¡No quiero ir!
Cuando Emma quiso alzarlo en brazos pataleó y se debatió.
—¡Ya basta, Óscar! —rugió Juan. La voz dura de su padre hizo que el niño temblara de miedo y
le lanzó una mirada temerosa—. Ahora irás a tu habitación y solo saldrás cuando estés dispuesto a
disculparte por tu comportamiento irrespetuoso. Vos y mamá irán a Buenos Aires, todos volveremos
a vivir juntos y asistirás a una buena escuela.
El llanto de Óscar penetraba a través de la puerta cerrada de su habitación.
Emma acababa de enterarse de que irían a Buenos Aires; hacía unos momentos Juan le había
soltado un largo discurso, reprochándole que lo hubiera dejado en ridículo. ¿Qué eran esas ideas
comunistas que albergaba, acaso pretendía tomar partido por los peones? Su madre le había contado
todo con exactitud. Emma se imaginaba perfectamente cuánto había disfrutado Elisabeth
informándolo de cada detalle y añadiendo adornos y toda clase de indirectas. Emma estaba furiosa,
furiosa por la injusticia con que la trataban, furiosa consigo misma por haberse dejado ir, furiosa por
el sufrimiento del pequeño Óscar y sobre todo furiosa con su marido, que la regañaba ante las
narices de su suegra.
—¿Qué he hecho tan mal? Fui a La Esquina, eso es todo. ¿Por qué resulta tan reprobable?
—¿Que por qué resulta reprobable? —gritó Juan alzando los brazos—. En primer lugar, porque
te prohibí que fueras allá. ¡Ninguna de las mujeres de la familia debe dejarse ver en el almacén! ¿Es
que ignorás la clase de lugar que es?
Por las noches la pareja que lo administra incluso cierra con llave las puertas de su tienda
inmunda y solo sirve a través de una ventanita enrejada, y casi exclusivamente bebidas alcohólicas.
Eso es lo que es almacén. Los hombres se emborrachan hasta que ya no pueden mantenerse en pie y
después se pelean.
Casi todas las noches las cosas acaban en un lío descomunal. Ni siquiera las mujeres de los
peones salen de noche, ¿y querés saber por qué? Porque tienen miedo. Miedo de los hombres con los
que tratan de día; esos peones son gentuza, ¿y vos preguntás por qué no podés ir allá? Alegrate de
que no te haya pasado nada. Si el señor Langileburu no te hubiese traído de vuelta a la estancia, es
muy posible que tu contacto con esa chusma hubiera sido aún más íntimo. ¡Y no creas que alguien de
La Esquina hubiese escuchado tus gritos!
Emma comprendió que había cometido un error. Por lo visto, se había puesto en peligro y
también a su hijo, y bajando la voz murmuró una disculpa. Se sentía muy mal, como una miserable.
Juan estaba plantado ante ella, respirando agitadamente; tuvo que dominarse para, invadido por la
ira, no recurrir a la violencia. Su madre, que había estado presente todo el tiempo, fue la primera en
tomar la palabra.
—Andá con Óscar y ocupate de él —dijo en tono cordial—, no le resultará fácil abandonar la
estancia. —Y tras reflexionar un momento, añadió—: Yo también lo echaré de menos. Creo que
deberíamos modificar nuestra decisión, Juan, ambos pasarán los próximos meses en la estancia y
solo después del verano Emma y Óscar se trasladarán a Buenos Aires, cuando comiencen las clases
en la escuela.
El verano había llegado a su fin y también la despreocupada infancia de Óscar; él y Emma
estaban sentados en el automóvil, Esteban los llevaría a Buenos Aires. Cuando partieron, Elisabeth
ni siquiera aguardó a que el auto desapareciera de su vista: había regresado a la casa de inmediato y
se sentó detrás de su escritorio con expresión triunfal. Solo Wilhelmine y el matrimonio Langileburu
permanecían en la terraza; Wilhelmine echaría de menos a Óscar y él también echaría de menos a su
siempre alegre tía.
Cuando Esteban recorrió la explanada y pasó junto al gran arco de ladrillo, Pepe y su abuela
esperaban en La Esquina, a la vera del camino. Emma le dijo a Esteban que detuviera el auto.
—¡Venga, Óscar, es hora de despedirse!
La anciana desdentada abrazó a Óscar y después ambos niños se contemplaron en silencio.
Finalmente, Emma acarició la cabeza de su hijo.
—¡Vamos, pequeño, hemos de ponernos en camino!
—Que Dios la proteja, señora Hechtl. ¡Usted tiene un buen corazón!
Emma estrechó la mano de la anciana.
—Cuide de Pepe. ¡Es un buen muchacho!
Cuando volvieron a montar en el coche Emma abrazó a su hijo y le besó los cabellos. Irían a
Buenos Aires, por fin había escapado de su suegra, por fin volvería a disfrutar de la vida ciudadana,
por fin regresaba a Buenos Aires.
«¡Por fin volveré a estar cerca de ti, Eduardo!», pensó Emma.
13
Que Bernd la contemplara a través de la pantalla con expresión completamente incrédula no
debería sorprenderla, pues ella no le había dicho nada de lo experimentado en el cementerio; ¿cómo
podía explicarle que había visto a su difunta madre?
—Aunque me tomes por loca, Bernd, te ruego que vayas a ver a Hannelore Schamitzke, ya sabes,
la madre de mi madre...
—A la que se suele llamar «abuela», y por cierto: si mal no recuerdo ahora se llama
Kerzenzieher —dijo, disgustado.
—Ve a verla y dile que mamá la ha perdonado. Ahora no puedo explicártelo, pero es importante
para ella y para nosotras.
—¿Para nosotras? —dijo Bernd, frunciendo el ceño.
—Sí, para mamá y para mí.
—¿De verdad te encuentras bien, Christina?
—Creo que nunca me he encontrado mejor —dijo Christina, sonriendo a la pequeña cámara de su
ordenador.
Pocos días después, Bernd estaba sentado en el pequeño salón de Hannelore Schamitzke, hoy
Kerzenzieher. La mujer estaba hecha un mar de lágrimas. Lo abrazó y, entre sollozos, le agradeció
profusamente.
—Salude a Christina de mi parte y dígale que yo también soñé algo parecido.
—Al ver el rostro consternado de Bernd, rio conmovida y añadió—: Créame, Christina sabrá a
qué me refiero.
Bernd abandonó el apartamento meneando la cabeza.
Cuando Bernd desapareció de la pantalla, Christina esperó a Maju. Su anfitriona le había dejado
una nota donde ponía que sentía mucha curiosidad por saber lo que Christina había averiguado en la
mansión de los Hechtl. Poco después, Maju la contempló, boquiabierta.
—¿Lobos? ¿Los Hechtl eran oriundos de Lobos? ¡Eso es demenciaaaal! — exclamó Maju,
estirando la letra «a»—. ¿Sabés quién más es oriunda de Lobos?
—añadió, y se subió a la mesa de la terraza: Christina tuvo que hacer un rápido movimiento para
evitar que la botella de vino tinto cayera al suelo—. ¡He aquí a María Julia, apodada Maju, nacida y
criada en la ciudad de Lobos y de la que sin embargo logró escaparse! —gritó y, de un brinco,
aterrizó en el suelo—. Es una casualidad increíble, Christina. ¡Es místico, realmente fantasmagórico!
—Sí, realmente es una casualidad —dijo Christina, y se alegró al pensar que si a Maju eso le
parecía fantasmagórico era una suerte que no le hubiera contado lo acontecido en el cementerio.
Al día siguiente ambas estaban sentadas en un coche prestado y conducían rumbo a Lobos,
situado a una distancia de ciento cincuenta kilómetros, apenas a dos pasos, como dijo Maju. El coche
se lo había prestado uno de sus tres «amantes».
—¿Tres? —preguntó Christina con aire incrédulo.
—Sí —contestó Maju, sonriendo—, y cada uno tiene sus ventajas: este por ejemplo tiene un auto.
—¡Puff! —dijo Christina, resoplando—. ¡Menuda base para una relación!
—Ay, Christina, no seas tan cerrada. Vivimos en el tercer milenio y estamos más allá de la
familia formada por padre, madre, hijo como único estilo de vida.
Christina se ofendió. ¿Cerrada? Nadie podía decirle eso.
—Querida Maju: no creo que eso de padre, madre, hijo sea lo único que te proporciona la dicha,
yo misma me crie sin un padre y eso no fue nada divertido, te lo aseguro. Y hasta hace poco tuve que
aguantar que cada vez que se presentaba la ocasión me preguntaran por qué Bernd y yo no teníamos
hijos.
¡Por no hablar de las miradas compasivas que me lanzaban!
—¿Y ahora ya no te lo preguntan? —dijo Maju, y se bajó las gafas hasta la punta de la nariz con
expresión pícara—. Eso debería hacerte reflexionar... — añadió, y soltó una carcajada.
Christina no podía seguir enfadada.
—¡Vos sos una persona imposible, María Julia!
—Lo sé, ¿no es maravilloso?
Maju habló de sus tres amantes, animada; uno de ellos estaba casado; si Christina no se
equivocaba, ese quizá podría haber sido el hombre de su vida.
Entonces pensó en Bernd. ¿Acaso esos amantes complementarios podrían suponer la solución de
sus problemas matrimoniales? Pero ¿con qué quería complementar su relación? Tras reflexionar unos
instantes llegó a la conclusión de que ignoraba lo que quería cambiar. Todo debía cambiar un poco,
sencillamente, o tal vez todo tendría que ser un poco más como en el pasado. ¿Y
Bernd? ¿Es que él también deseaba que ella fuera un poco distinta? Lentamente, empezó a
comprender ciertas cosas. ¿Qué le había dicho su madre en el cementerio? Que Christina recibiría
respuestas a preguntas que no podía formular, y esa parecía ser una respuesta que resultaba
condenadamente agradable.
—Parecés muy relajada —dijo Maju, y le sonrió.
Christina le devolvió la sonrisa, pero sin contestar. Disfrutaba del verano y de la excursión al
campo. Cruzaron los límites de la ciudad, amplios campos e interminables prados con algunas
cabezas de ganado bordeaban la carretera.
Durante el trayecto Christina se enteró de que los parientes de Maju ya no vivían en Lobos.
—Mis padres ya están en el cielo, por desgracia; el resto de la familia se dispersó por todo el
país, pero eso no supone un problema para nuestras averiguaciones. Ya sé quién nos puede ayudar: el
párroco de Lobos.
—¿María Julia? —dijo el párroco, visiblemente sorprendido cuando un poco después se
encontraron con él—. ¿Pisás una iglesia por tu propia voluntad? ¡No creí que lo vería tras todo ese
griterío durante tu primera comunión!
—Escuche, señor párroco —dijo Maju con una sonrisa—, nunca tuve nada en contra de usted
personalmente, los únicos que me suponían un problema eran sus patrones, y no me refiero a nuestra
superestrella —añadió, indicando la imagen del Cristo crucificado colgada de la pared—, sino más
bien a su agencia de reservas cuya sede se encuentra en la bella Roma.
El párroco suspiró y los tres se sentaron en uno de los bancos de la iglesia.
—Si pretendés hablar conmigo sobre la reforma de la Iglesia, Maju, considero que hoy hace
demasiado calor, así que, ¿qué las trae a ambas por acá?
Christina tomó la palabra y le explicó el motivo de su visita.
—Uy, la familia Hechtl... —dijo el párroco, y se reclinó en el banco.
—¿La conocía? —preguntó Christina, esperanzada.
—No, no soy tan viejo... —contestó el párroco, parpadeando. Parecía ofendido.
—La vanidad es uno de los pecados mortales, ¿verdad? —dijo Maju con una sonrisa maliciosa.
—Ay, Maju, no tratés de presumir de un saber que no poseés —dijo, volviendo a sonreír—, pero
mi antecesor sí conoció a la familia. Fue trasladado a Lobos cuando aún era un joven sacerdote y
permaneció acá durante toda su vida.
—¡Puff, toda una vida en Lobos...! —exclamó Maju, abanicándose y poniendo los ojos en blanco.
—Claro que el buen párroco, que Dios lo tenga en Su gloria, nunca habló mal de la familia, pero
su tono de voz dejaba intuir que no lo pasó bien bajo el yugo de esos señores.
—¿Señores?
—Sí, los Hechtl eran como los señores de Lobos, eran los terratenientes más importantes de la
región. Deben de haber hecho sufrir al viejo sacerdote, habló de unas clases que tuvo que dar, de un
acoso espiritual y cosas por el estilo.
—¿Pero por qué lo toleró?
—¿Ve esa pila bautismal de allá?
Christina contempló el ostentoso objeto.
—Esa pila fue donada por la patrona de la familia. Una iglesia de pueblo también tiene que
rebuscárselas.
—¿Por la patrona? —preguntó Maju con gran interés.
—Sí, la viuda. Ella llevaba las riendas de la estancia y supongo que también las del pueblo. Se
casó y se emparentó con la familia cuando aún era joven, su marido era mucho mayor que ella. El
bueno de mi antecesor me contó que se rumoreaba que sus orígenes no eran muy aristocráticos. Pero
en su infinita sabiduría, Dios ama a todos Sus corderos, ante Él todos somos iguales y seguro que no
nos corresponde juzgar Sus caminos.
—¿Y qué más sabe sobre esa mujer?
—No puedo decirles nada más, lamentablemente. La familia se arruinó debido a no sé qué
negocios. Después las otras dos grandes familias compraron las tierras por poca plata y se las
repartieron, debió de haber ocurrido a finales de los cuarenta.
—¿Las otras dos familias?
—Originalmente, las familias levantaron las casitas de ambas estancias para sus peones. Incluso
llegué a dar sepultura a un viejo lobo de mar nacido en La Esquina, en las mugrientas casuchas de los
peones. Cuando joven se embarcó para escapar de la pobreza y al final de su vida regresó a su
antiguo hogar.
—¡Ah! ¡Ahora sé de cuál estancia se trata! —dijo Maju, golpeándose la frente —. ¡De la casa de
los fantasmas!
—Espero que no creas en esas supercherías, Maju.
—Ay, señor párroco, usted sabe muy bien de qué casa estoy hablando, de esa cerca de La
Esquina, en medio del campo. Íbamos allí cuando éramos adolescentes, suponía una especie de
prueba de valor. Quien quería formar parte del grupo tenía que pasar una noche de luna llena allá, era
un lugar realmente inquietante, Christina. En aquel entonces casi me hice pis en los pantalones...
¡Oh, perdón! —dijo, dirigiéndose al párroco, fingiendo sentirse culpable.
—¿Qué se hizo de los Hechtl tras perder sus bienes? —preguntó Christina.
—Desaparecieron. En los libros ya no hay entradas sobre la familia y eso es poco habitual. El
viejo párroco, un alma buena, era un hombre sumamente meticuloso y ordenado. Durante muchos
años incluso anotó los motivos del fallecimiento de los enterrados, pero no quiso darme información
sobre los Hechtl, aduciendo que había jurado guardar silencio; no obstante, dijo que en aquel
entonces todo transcurrió de manera legal y con la más absoluta pureza ante los ojos del Señor, tal
como él lo expresó. Bien, si no supiera que un sacerdote católico nunca miente, puede que antaño
hubiera albergado ciertas dudas y sospechado que tenía algo que ocultar. Pero ¿quién soy yo para
tomarme semejante libertad? Solo sé que tras la muerte de Elisabeth no hay más entradas acerca de
los Hechtl.
—¿Elisabeth? ¿Qué Elisabeth? —exclamaron Christina y Maju al unísono.
—¡Elisabeth Hechtl, la tristemente célebre patrona!
Las dos mujeres intercambiaron una mirada elocuente.
—«El bandoneón alberga toda mi vida» —dijo Christina, citando la oración de la tarjeta postal.
—¡«E»! —añadió Maju.
—Apreciado párroco: ¡no sabe cuánto acaba de ayudarnos! —dijo Christina, lanzándole una
mirada, agradecida.
El sacerdote se desconcertó al ver con cuánta prisa ambas abandonaron su iglesia, pero de pronto
Christina se detuvo en la plazoleta ante la iglesia.
—Espérame en el coche, Maju, creo que olvidé mi chal en la iglesia.
El párroco estaba de pie ante el altar y al oír el golpe de la puerta se volvió y sonrió a Christina.
—Señor párroco, me resulta un tanto incómodo pero es posible que yo...
Quiero decir que si bien usted dijo que eso de los fantasmas era pura superchería, sin embargo...
El bochorno la hacía sudar.
—Puede decirme lo que quiera, Christina. Tal vez no nos crean capaces, pero a un sacerdote
católico nada humano le resulta ajeno, muy al contrario: ¡créame que tras escuchar confesiones
durante unos cuantos años uno ya escuchó prácticamente todo!
Christina tomó aire.
—¿Es posible que los difuntos se nos aparezcan? Quiero decir que haya visto...
bien, ¿que haya visto a mi difunta madre, hablado con ella, que me abrazara y me diera consejos?
El párroco le sonrió de forma bondadosa.
—¿Es eso lo que le pasó a usted? Pero sí es maravilloso y tampoco es algo que yo descartaría
como fantasmagoría o superchería, porque a saber qué es la realidad. ¿Quién de nosotros puede
afirmar que una imagen de la Virgen María es incapaz de llorar lágrimas de sangre solo porque es de
madera o que su madre no puede haberle dado consejos solo porque Dios la llamó a su lado? Piense
en nuestro amado Señor Jesucristo: ¿acaso no se les apareció a sus apóstoles tras la crucifixión? ¿Es
que eso no supone la demostración de que algo así es posible?
Christina se sintió muy agradecida por las palabras del sacerdote y, en vez de decir algo, le
estrechó la mano hasta que oyó gritar a Maju afirmando que su chal estaba en el coche y no en la
iglesia.
—¿Así que usted buscaba su chal aquí? —preguntó, guiñándole un ojo—.
Menos mal que los mandamientos solo nos prohíben la mentira y nos las mentiras piadosas.
Ambos rieron, y cuando Christina abandonó la iglesia corriendo como una niña, él la saludó con
la mano.
Poco después las dos mujeres llegaron a La Esquina. Las destartaladas barracas de los peones de
las que había hablado el párroco habían dado paso a brillantes silos metálicos y en un cruce entre
esos enormes monstruos se elevaba una vieja y miserable casita, por encima de cuya entrada se
adivinaba el descascarado letrero ALMACÉN.
—Esa era la tienda de ultramarinos —dijo Maju—, y el centro de la estafa de los terratenientes.
—¿Estafa?
—En lugar de pagar los sueldos de sus peones en efectivo les daban una especie de bono que
solo servía para comprar en una única tienda... ¿no adivinás cuál?
—¡Claro, el almacén de sus patrones!
—¡Bingo! Los peones apenas cobraban un sueldo y con lo poco que ganaban solo podían comprar
en el almacén.
—¡Pues sí que se lo montaron bien! —exclamó Christina, alzando las cejas.
—Oh, sí, no eran ingenuos. Un sistema cerrado cuyas ruedas de molino eran impulsadas por sus
peones como si fueran hámsters, ¡y encima convencían a esos pobres diablos de que el mundo había
planeado sus vidas de esa manera, que por así decir era la voluntad de Dios! —dijo Maju, y,
soltando un bufido desdeñoso, abandonó la carretera y giró a lo largo de un bacheado camino. El
coche empezó a agitarse de un lado a otro.
Pasaron junto a los restos de unos postes de piedra, el camino conducía hacia un grupo de
grandes árboles y densos arbustos.
—Supongo que hace tiempo todo eso era el parque —dijo Maju.
El camino trazó una curva y más allá se abrió un hueco en medio de un espeso seto, revelando
una casa vieja y alargada de estilo colonial. La antigua casa señorial ofrecía un aspecto triste, el
techo se había hundido y arbustos y pequeños árboles se extendían hacia la luz, el viento levantaba
polvaredas y en alguna parte se oía el chirrido de los restos de las persianas.
—¡Acá están sus raíces, señora! —gritó Maju.
La frase afectó a Christina de un modo extraño.
—Mis raíces... —murmuró.
¿Dónde había oído hablar de raíces y del regreso a estas? Claro: en el despacho de aquel asesor
financiero un tanto peculiar, en la antigua mansión de los Hechtl. Christina se volvió, pensativa; la
historia se reflejaba a sí misma: antaño los Hechtl recuperaron sus propias raíces e hicieron negocios
con Alemania y ella misma acudía a ese lugar desde Alemania en busca de sus orígenes.
—Vení, entremos —dijo Maju, interrumpiendo el silencio de su amiga.
Christina sintió una punzada al contemplar los podridos peldaños de la terraza y durante un
instante una imagen imposible de atrapar le cruzó por la cabeza y le causó una sensación angustiante.
Inspiró profundamente.
—¿Está todo bien, chiquita? —preguntó Maju, preocupada.
—¡Sí, sí, todo bien! —dijo Christina.
—Entonces conquistemos nuestro castillo de fantasmas —dijo Maju, y subió los peldaños.
El suelo de la terraza estaba agrietado, de uno de los montones de basura surgía un trozo de
madera envuelto en restos de paja.
—Supongo que antes fue una silla.
Christina volvió a ver esa imagen imposible de atrapar. ¿Qué estaba pasando?
¿Es que allí había fantasmas de verdad?
—¡Tené cuidado! —le advirtió Maju cuando entraron en el gran salón a través de una de las
puertas.
—¡Es el salón!
Christina contempló los restos de una gran chimenea y se cubrió los hombros con el chal: aunque
era un cálido día veraniego tiritaba.
—Es un lugar inquietante, ¿no es cierto? Te lo dije... —comentó Maju.
Christina asintió, no quería imaginar cómo sería pasar una noche de luna llena allí, y de pronto se
le doblaron las rodillas.
—¡Christina! —exclamó Maju, y le alcanzó una vieja silla—. ¡Estás pálida como la nieve!
¿Querés un poco de agua? Esperá, voy al auto a buscar la botella —añadió, y brincó por encima de
las piedras y las vigas que cubrían el suelo.
—¡No me dejes sola! —susurró Christina, más bien para sus adentros—. ¡No vuelvas a dejarme
sola!
El agua se derramó por su garganta cuando Maju le tendió la botella.
—Es el calor, que acá en el campo es insoportable. ¡Bienvenida al verano argentino! Imagino que
lo de hoy ya fue demasiado, ¿no? —dijo Maju, inquieta por su amiga.
—Ya me encuentro mejor. Sí, ha sido el calor —dijo Christina, sabiendo que se mentía a sí
misma—. ¡Ven! —añadió, poniéndose de pie y deslizando la mirada a lo largo del árbol que crecía
en medio del salón en ruinas—. ¡Vamos a echarle un vistazo a las otras habitaciones de mi casa! Con
un poco de buena voluntad y un par de cortinas seguro que esto quedaría muy hogareño.
Ambas rieron.
El aspecto de las otras habitaciones que se alineaban a lo largo del salón también era lamentable:
techos hundidos, ventanas arrancadas, paredes embadurnadas, botellas de cerveza rotas y por todas
partes escombros y excrementos de palomas.
—¿Y aquí pasaste una noche de luna llena?
Maju asintió con la cabeza y, a juzgar por su expresión, no debió de ser nada agradable.
—Es curioso: todo es muy ajeno y al mismo tiempo tan conocido... —dijo Christina, sacudiendo
la cabeza.
—¡Claro, es tu familia, está en tus genes!
—Pues no sé. En general, las viejas casas y las ruinas dan alas a mi fantasía, en cambio aquí
tengo miedo de examinar mis pensamientos.
—Te lo dije: es una ruina llena de fantasmas —dijo Maju.
—Volvamos a salir.
Salieron por la parte trasera de la casa. Ante ellas se extendía un parque abandonado y cubierto
de malezas. Como atraída por un hechizo, Christina se abrió paso a través de los arbustos y las
malezas que casi le llegaban a los hombros; Maju quedó atrás, optó por buscar un lugar sombreado.
Christina se dirigía a una meta desconocida pero que de algún modo le resultaba familiar, y por fin
alcanzó el extremo del jardín. Ante ella se abría un pequeño edén: un estanque... no, más bien un
pequeño lago en cuyas orillas nadaban patos y por encima de la superficie de las aguas zumbaban
libélulas. Era la primera vez desde que llegaron a la vieja estancia que volvía a respirar libremente,
y la presión en el pecho desapareció. Desde la orilla opuesta hasta el horizonte se extendían los
campos y los prados, era como si el tiempo se hubiera detenido e incluso la brisa se desvaneció.
Christina se sentó junto a la orilla, cerró los ojos y sintió el calor del sol en la piel. Todo
resultaba tan agradablemente familiar, era como si la brisa arrastrara risas infantiles, y procuró
vislumbrar los chicos que jugaban, pero no había nadie, solo la soledad del campo, y se reclinó,
relajada. Podría haber pasado horas en ese lugar, un lugar secreto que ella había descubierto, un
lugar retirado y pacífico... y el punto de partida de una huida.
¿Una huida? Christina se incorporó, desconcertada. Una huida: qué extraño.
Finalmente oyó los gritos de su amiga argentina.
—¡Acá estás! —dijo Maju; estaba sentada a la sombra de una pérgola en una silla de tres patas
—. ¿No es un sueño?
Hacía tiempo que las viejísimas vides de gruesos troncos y ramas entrelazadas no requerían el
apoyo de las maderas podridas de la pérgola.
—¡Maravilloso! Y gracias por prestarme tu apoyo —dijo Christina con una sonrisa.
—¡Qué estupidez! Será mejor que resumamos lo que sabemos. Bueno, tu Óscar era un miembro
de la familia Hechtl, cuyos orígenes están acá, en La Esquina. ¿Correcto?
—¡Correcto!
—Por motivos inexplicables, tras la ruina de la familia, esta ya no aparece más en los libros, ¿no
es cierto?
—¡Cierto!
—Más o menos en la misma época tu Óscar apareció en Berlín para reproducirse.
—Bueno, no creo que ese fuera su objetivo principal —comentó Christina.
—Y... —prosiguió Maju en tono imperturbable—... los Hechtl hicieron negocios con los
alemanes y los años cuarenta supusieron su ruina económica, así que justo en la época en la que
Óscar viajó a Berlín, ¿no es así?
—Así es.
—Entonces está todo claro: Óscar fue mandado por tu familia con el fin de salvar la situación
económica. ¡Era quien dirigía las negociaciones!
Christina reflexionó un momento.
—Suena bien, pero es imposible. Óscar viajó a una Alemania completamente destruida y solo
después del final de la guerra, a saber. No solo la economía sino todo el país se limitaba a ser un
montón de escombros y ceniza. En ese momento hubiese sido demasiado tarde para entablar
cualquier negociación.
—Sí, es cierto —dijo Maju, y se encogió de hombros.
—A ver, otro enfoque. ¿Qué pasa con la tarjeta postal? ¿Por qué la tenía Óscar? ¿Estaba
buscando el bandoneón? ¿Pero por qué motivo? ¿Y qué relación guarda Elisabeth con el bandoneón?
—¿Crees que pudo haber mantenido un vínculo con el músico...? ¿Cómo se llamaba?
—Eduardo...
—Sí, Eduardo. ¿Podría haber mantenido un vínculo con él?
—¿Te refieres a una relación amorosa?
—Es posible, en todo caso podemos suponer que solo se casó con su marido por la plata y que
era bastante más joven que él. Entonces una aventura amorosa podría haberle hecho mucho bien.
—Pero sería una relación bastante rara. Recuerda lo que dijo el anciano titiritero del barrio del
puerto. Si no nos equivocamos en nuestros cálculos, Eduardo debió de haber nacido alrededor de
1910 o un poco antes, en cambio Elisabeth quizás ya era mayor. Cuando le regaló la pila bautismal a
la iglesia el párroco de aquel entonces era joven, digamos que tendría unos veinticinco años, pero en
ese momento ella ya había sobrevivido a su marido y era la patrona del pueblo. Si piensas en el
párroco actual, que tampoco es muy joven, y añades el tiempo que hace que ocupa el puesto, entonces
la donación debió de haberse producido a finales de los años veinte o principios de los treinta. En
ese momento nuestro músico Eduardo debía de tener alrededor de veinte años y Elisabeth ya era una
experimentada empresaria viuda.
—Pero eso solo es una suposición, ella también podría haber sido más joven.
¡Tal vez, como era tan rica, Eduardo solo fue su amorcito!
— Oh là là: muy inmoral, pero una buena idea.
—¡La inmoralidad es lo mío! —dijo Maju, sonriendo pícaramente—. ¡Tal vez ese es el motivo
por el cual Elisabeth usó aquella extraña escritura secreta en la tarjeta, para que nadie pudiera
descifrarla con facilidad!
—Ay, Maju... —dijo Christina, desanimada—. No se me había ocurrido.
Nuestra Elisabeth no es la que firmó con una «E».
—¿Por qué?
—La escritura secreta no es secreta, solo es una antigua escritura alemana, pero que únicamente
fue utilizada durante un período bastante breve en Alemania.
Aquí en Argentina nadie la hubiese utilizado.
—Entonces realmente no hemos avanzado mucho —dijo Maju, desanimada.
Pero Christina todavía estaba de un humor detectivesco.
—No logro quitarme de la cabeza algo que dijo ese asesor financiero en la mansión de La
Recoleta. Al hablar de los negocios de los Hechtl con Alemania dijo que no era raro rastrear las
huellas de las propias raíces o algo parecido. No puedo decirte por qué, pero intuyo que esa frase
guarda alguna relación con Óscar Hechtl.
—¿Qué querés que te diga, querida Christina? Por más triste que suene, supongo que no podrás
enorgullecerte demasiado de tu familia: un hombre joven que quizás era un nazi y fue a Alemania
para hacer Dios sabe qué, cuya madre tenía fama de ser una bruja vociferante y que quizá despilfarró
una gran herencia familiar. Menos mal que heredaste gran parte de los genes de tu abuela y no tantos
de los Hechtl.
Christina esbozó una sonrisa. Al pensar en el trato que le daba a Bernd consideró que quizá lo
que la impulsaba era el espíritu de la vieja Elisabeth.
—¡No, no fue Elisabeth quien arruinó a la familia! —declaró sin reflexionar.
—¿Cómo podés estar tan segura? —preguntó Maju.
—¡Porque Elisabeth no era la madre de Óscar, era su abuela!
—Por favor, Christina, no finjas ser el oráculo de Delfos. ¿De dónde sacaste esa idea?
—Pero si todo está clarísimo. Hace un momento calculamos la fecha aproximada del nacimiento
de Elisabeth; después de la guerra ya debía de ser una mujer bastante vieja, y en cambio Óscar
Hechtl aún era muy joven cuando llegó a Alemania. ¡Ella era su abuela!
—Sí, puede que tengas razón, debe de haber habido otra generación intermedia, pero en ese caso
es muy raro que...
—... ¡que conozcamos a los nietos y los abuelos, pero que no sepamos nada sobre los padres de
Óscar! —añadió Christina.
Ambas mujeres asintieron con la cabeza.
—¡Lo que borraron no fue la historia de la familia Hechtl sino la de esa generación!
Esa noche, tras regresar muy tarde a Buenos Aires, el sueño de Christina fue inquieto. A la
mañana siguiente estaba sentada en la terraza hecha polvo, bebiendo una gran taza de café.
—¡Tenés un aspecto lamentable! —dijo Maju; sus palabras no eran precisamente alentadoras—.
Oíme, antes de volver a encontrarnos con el viejo titiritero tenemos que dedicar un par de días a
actividades prácticas.
—¿Y qué sugieres? —dijo Christina, todavía demasiado cansada como para pensar por su
cuenta.
—¡Comprar! —dijo Maju, sonriendo de oreja a oreja.
Cada boutique parecía querer superar a la vecina en creatividad. El antaño modesto barrio de
Palermo se había convertido en una zona poblada de caras tiendas de diseño. Christina y Maju se
probaban vestidos y zapatos, y entre risitas observaban a los hombres que, con mirada impaciente,
cargaban innumerables bolsas con las adquisiciones de sus mujeres. Finalmente, agotadas, se
sentaron en una cafetería y pidieron café con hielo.
Christina tomó a su amiga de la mano.
—¡Gracias, Maju!
—Falta poco para que llegue el gran día en el que averiguarás el secreto de tu músico —contestó
Maju con una sonrisa.
—¿Y si el viejo titiritero no ha logrado averiguar nada y no ha encontrado al hijo de Eduardo?
—No te preocupés, estoy segura de que el viejo ya sabía la dirección con anterioridad.
—¿Crees que...?
—Seguro... Nuestro Abuelo es un tipo inteligente, criado en el barrio del puerto. ¡Una estafa tan
insignificante como esa casi supone una cortesía! Pero podés estar segura de que si no hubiera estado
convencido de tener éxito, no nos habría propuesto el negocio: hubiese supuesto infringir el honor de
los estafadores.
—¡Las cosas que sabes!
—Será mejor que no preguntes cómo —dijo Maju, guiñándole un ojo.
Al final resultó que Maju tenía razón. Cuando los tres —David, el vecino de Maju, volvió a
acompañarlas— entraron en el café para turistas del multicolor barrio de Caminito, la camarera tenía
noticias para ellos. Dijo que el viejo titiritero les enviaba sus cordiales saludos y que les había
dejado un mensaje. La mujer sacó un papel arrugado de detrás de la barra en la que figuraba el
nombre de la cafetería.
—¿Cuánto hace que tenés ese papel? —preguntó Maju con expresión escéptica.
La camarera sonrió.
—Escribió el mensaje hace una semana, justo después de encontrarse con ustedes.
—¡Lo sabía! —exclamó Maju en tono triunfal.
—Sí —dijo la camarera—, y me pidió que les agradeciera la buena alimentación.
Todos rieron.
—¡Muéstramelo! ¿Qué pone en el papel?
Los dedos de Christina temblaban al agarrar la notita.
—El hijo del bandoneonista se llama Raúl, es escultor y vive... —Christina tuvo que esforzarse
por descifrar los garabatos del viejo—... en Quequén.
—¿Quequén?
—Sí, Quequén.
Maju tomó a Christina y a David del brazo.
—Entonces te reservaremos un pasaje en el autobús que va a la costa Atlántica.
¡Quequén se encuentra a seiscientos kilómetros al sur, junto al mar!
En la estación de autobuses de Buenos Aires, Christina arrastró la maleta detrás de sí y remontó
la larga rampa de hormigón. Desde allí partían los grandes autobuses interurbanos, trayectos de
varios días aguardaban a los pasajeros.
Christina miró en torno. El edificio se extendía interminablemente, la cochera, iluminada por un
ejército de carteles luminosos con números, estaba ocupada por ajetreadas madres de familia,
hombres que arrastraban maletas y nerviosos adolescentes. Christina tomó asiento en una butaca y
aguardó.
Por fin anunciaron la salida de su autobús. Hizo cola, despachó la maleta, comprobaron que
figuraba en la lista de pasajeros, le permitieron montar en el vehículo en cuyo interior reinaba la
penumbra... y entonces recibió una sorpresa agradable: ese autobús no guardaba el menor parecido
con el recuerdo de los infernales viajes baratos, más bien disponía de asientos reclinables, confort y
servicios de primera clase; su aspecto era exactamente el mismo que el del folleto, así que este no
había exagerado en absoluto. Christina no creía que en el ramo turístico existiera algo así como
folletos honrados y, sonriendo, recordó el «popular hotel situado en el animado centro, a solo cien
metros del mar», donde antaño Bernd había reservado una habitación para sus primeras vacaciones
en común. Una autopista de cuatro carriles los había separado de una escarpada costa, por no hablar
de la discoteca situada justo por debajo de su calurosa habitación.
Se repantigó, inclinó el respaldo hacia atrás y poco después el zumbido del motor se encargó de
que Christina ya no se diera cuenta de que el autobús abandonaba la ciudad.
14
Para disgusto del resto de la familia Hechtl, Emma y la señora Grünberg, su vecina judía, se
habían hecho muy amigas. La elegante señora estaba completamente enamorada del hijo de Emma y
mimaba al niño cuanto podía.
¡Óscar había crecido mucho! Ya hacía dos años que vivían en Buenos Aires; el hijo de Emma se
había convertido en un chico de ciudad, pero en las vacaciones de verano, cuando iban a la estancia,
durante los últimos kilómetros apenas lograba dominar su exaltada alegría.
Emma disfrutaba de las cordiales conversaciones y los inteligentes diálogos con la señora
Grünberg. Ambas se encontraban para tomar el té, discutían sobre los métodos de educación, las
diferencias entre judíos y cristianos, la última moda o comentaban los cotilleos de la alta sociedad
argentina. Ese día, cuando se reunieron, la expresión de la señora Grünberg era seria. Era evidente
que quería decirle algo y procuraba encontrar las palabras adecuadas.
—Bien, querida Emma, según me han dicho su marido está en Alemania, ¿no?
Emma asintió, entristecida. En efecto: Juan estaba en Alemania... solo, sin ella.
Al parecer, la compañía naviera hamburguesa no tenía prisa en construir el buque frigorífico y
Juan había viajado hasta allí para acelerar el asunto. Todos aguardaban la construcción del barco con
mucha urgencia; el retraso era el motivo del viaje a Europa de varios meses de duración, pero Emma
sabía perfectamente que Juan también huía de ella y sobre todo de sus obligaciones como padre de
familia. El costoso viaje suponía una carga económica para los Hechtl y, aduciendo ese motivo,
desde un principio Juan descartó la posibilidad de que Emma lo acompañara. Esa decisión la
consternó, una decisión a la que no le quedó más remedio que someterse. Juan incluso se negó a
prometerle que visitaría a sus padres en Berlín; su padre no estaba nada bien de salud, el tumor de la
espalda le presionaba los nervios, de modo que las piernas casi no le respondían. De mañana se
hacía trasladar al despacho de la fábrica y después pasaba casi todo el día sentado detrás de su
escritorio y, como si fuese una burla del destino, la empresa de su padre volvía a recuperarse. Sus
padres incluso hicieron arreglar las viejas y podridas ventanas de su hogar. ¡Cómo los echaba de
menos! ¡Cuánto le hubiera gustado volver a ver a su hermano! Entre tanto, el pequeño Paul ya había
cumplido los doce y, tal como le contaba su madre en las cartas, era un auténtico pillín. A Emma le
hubiese encantado volver a visitar Berlín, las cartas de su madre no le bastaban para comprender qué
estaba pasando. Su madre hablaba del auge económico, de la construcción de autopistas, de una
organización denominada Juventudes Hitlerianas... Suponía que su hermano estaba deseando tener la
edad suficiente para pertenecer a ellas.
Emma se alegró de que la fábrica del padre volviera a recibir encargos, de que pudiera volver a
contratar a los obreros. Pero su madre estaba preocupada por el antisemitismo cada vez mayor del
pequeño Paul. Escribía sobre la prohibición de actuar que le habían impuesto a los admirados
Comedian Harmonists, pero por otra parte estaba encantada con la veta social del partido que,
mediante medidas que denominaban «alcanzar la fuerza a través de la alegría», incluso
proporcionaban vacaciones de verano a los obreros.
Como siempre, las cartas de su madre eran muy confusas. Emma no lograba comprender todo lo
que contaba y formarse una opinión sobre ese Hitler, ni siquiera lograba captar la opinión de su
madre al respecto. No obstante, se dio cuenta de que el escepticismo de su padre frente a esos
nacionalsocialistas no había disminuido. Algunos de sus amigos conservadores habían perdido su
empleo y su cargo, pero últimamente ese nuevo gobierno proporcionaba ganancias cada vez mayores
a la empresa de su padre. En general, Emma dejaba las cartas a un lado meneando la cabeza. ¿Por
qué tenía ese mal presentimiento?
El matrimonio de Emma ya solo era un simulacro. Cuando ella y Óscar llegaron a Buenos Aires
hacía dos años, los recibió una entusiasmada Fernanda.
También estaba presente la sobrina del ama de llaves, que los miró radiante de alegría. Hacía
tiempo que Isabel ya no era una niña, se había convertido en una joven veinteañera que tal vez no
tardaría en casarse. Si Emma daba crédito a los rumores, el afortunado era Esteban, el chófer de los
Hechtl. Ese vínculo le agradaba, Emma apreciaba a Isabel, la sobrina de Fernanda era una criatura
muy agradable. Mientras que en aquel entonces Fernanda le dio la bienvenida, Juan se limitó a
saludar a su mujer y a su hijo diciendo: «¡Qué bien que estén acá!»; ya a partir de ese momento la
tensión flotaba en el ambiente y, solo escasos días después de su llegada, Juan remató todo el asunto
sugiriendo que sería mejor que Emma y él durmieran en habitaciones separadas, que se había
acostumbrado a trabajar hasta muy tarde y no quería molestarla al acostarse.
¿La estaba engañando? ¿Iría por ahí de noche? Sus habitaciones ni siquiera se encontraban en la
misma planta. Juan se había instalado de manera que podía abandonar la casa sin que nadie lo notara.
Sus mentiras resultaban muy poco convincentes. Sin embargo, Emma no logró descubrir si tenía una
amante fija.
¿Acaso quería saberlo? Al fin y al cabo, antaño ella también había engañado a su marido... Todos
esos años carcomida por la nostalgia por Eduardo: no pasaba un día en el que no lo echara de menos.
La actitud de su padre hacía sufrir a Óscar; según Juan, nunca hacía nada bien: si jugaba en su
habitación sin hacer ruido, le echaba bronca y le decía que se comportara como un auténtico
muchacho. Si hacía ruido, le chillaba y lo mandaba callar. La situación empeoró una noche cuando
Juan, totalmente borracho, alzó la mano para pegarle y Emma se abalanzó sobre su pequeño hijo para
protegerlo.
—¡Ni se te ocurra! —le había gritado a su marido.
Juan la contempló fijamente, con mirada vidriosa y tambaleándose. Después se volvió sin decir
una palabra y se retiró a su despacho.
Emma y Juan solo cohabitaban. Si no fuese por Fernanda y el pequeño Óscar no lo hubiera
soportado. Para ella el ama de llaves era mucho más que una empleada. Era una amiga, una madre
sustituta, una cómplice y la persona que la consolaba. A menudo ambas estaban sentadas ante la gran
mesa de la cocina y Emma se desahogaba. Fernanda le sonreía bondadosamente y le servía otra taza
de café.
Emma se había distanciado mentalmente, se produjo una pausa prolongada y solo la mirada
inquisidora de la señora Grünberg hizo que regresara al presente.
—Sí, Juan ha viajado a Alemania, se quedará allí unos meses.
—¿Sabe lo que está ocurriendo en Alemania, Emma? ¿Sabe la clase de persona que es ese
Hitler?
—No, si he de ser sincera. Solo tengo información a través de las cartas de mi madre y no me
aclaran nada. Dice que mi padre habla de una dictadura, pero también afirma que ahora se siente más
segura en la calle. Ernst Helderlein, el socio de mi marido...
Cuando Emma mencionó el apellido Helderlein su anfitriona puso los ojos en blanco y se abanicó
con la mano. Aunque ya habían pasado siete años todavía recordaba a esa persona desagradable y su
lamentable mujer, presentes en la boda de Emma.
Emma sonrió.
—Veo que sabe a quién me refiero. Ese Helderlein habla muy bien del gobierno alemán, si bien
no le doy mucha importancia a su opinión; pero algo la aflige, ¿verdad, querida señora Grünberg?
—No sé por dónde empezar, querida amiga. Todos nosotros tenemos raíces alemanas y mi
marido me contó cosas que me aterran. Más exactamente, ¡que me aterran como judía! —dijo la
dueña de la casa, que siempre se había mostrado segura de sí misma—. Todo resulta tan
incomprensible, y no quisiera creer que las profecías de mi marido pudieran cumplirse. Por una
parte, mi marido es un hombre muy inteligente, mantiene relaciones con las personas importantes del
gobierno y con frecuencia sabe más que todos los demás —dijo la señora Grünberg, inspirando
profundamente—. Hace un tiempo, querida Emma, usted nos contó de un modo casual que sus padres
tienen un vecino judío, un tal profesor Eisengrün.
—Sí, claro, mi madre me lo escribió en cierta ocasión. ¡Qué raro que usted lo recuerde, yo ya lo
había olvidado!
—Es lógico, para usted no tenía importancia, pero sí para nosotros, Emma, por eso recuerdo lo
que usted me contó. Eisengrün es un científico y un médico muy talentoso, es un conocido de mis
parientes alemanes. Queremos que él advierta a nuestra familia alemana y quizás incluso la salve.
Emma frunció el ceño. No comprendía a dónde quería ir a parar su anfitriona, pero entonces el
marido de la señora Grünberg entró en el salón.
—Estaba a punto de hablarle de Eisengrün —dijo ella, volviéndose hacia su marido en busca de
ayuda.
La mirada del dueño de la casa se ensombreció, acercó un taburete al sillón de Emma y le tomó
los dedos con sus manos aristocráticas.
—Queremos organizar una red de ayuda y para ello necesitamos a Eisengrün.
Usted nos habló de sus amigos del castillo de Liebenberg, también deberemos involucrarlos a
ellos.
Emma miró estupefacta al matrimonio Grünberg.
—Por favor, dígame todo aquello que ignoro sobre mi país natal. ¿Qué está sucediendo allí?
¿Qué pasa con esa red de ayuda, con Eisengrün, con Liebenberg...? ¡Estoy completamente
desorientada!
Grünberg contempló a su mujer y luego se volvió hacia su joven interlocutora.
—¿Oyó hablar de las leyes raciales de Nürenberg? Dichas leyes prohíben el casamiento entre
judíos y no judíos. Perdone que lo mencione, no es un tema adecuado para las damas, ¡porque las
leyes castigan las relaciones sexuales entre judíos y arios!
Emma se quedó muda, solo pudo balbucear unas palabras con expresión incrédula.
—Ese Hitler, Emma, a quien los alemanes llaman Führer y al que vitorean entusiasmados, es un
loco, un demente lleno de odio. Muchos años antes de alcanzar el poder escribió un libro titulado
Mein Kampf. Allá dice que la cruz gamada que aparece en la bandera alemana significa «Misión de
la lucha por la victoria de los arios sobre el judaísmo mundial».
—¡Pero eso es espantoso, señor Grünberg! Es imposible que aquí, en la lejana Argentina, usted
haya averiguado todo eso ignorado por los propios alemanes.
Además, es un pueblo inteligente. ¡Todo eso es imposible!
—Emma —dijo Grünberg, que parecía consternado de que ella dudara de sus palabras—, ojalá
me equivocara. Tal vez sea el auge económico que hace que sus paisanos pasen todo eso por alto.
También puede que las personas se hayan enceguecido debido a la propaganda de los
nacionalsocialistas.
—¡Ay, nadie puede volverse tan ciego y tan sordo! —protestó la señora Grünberg.
Su marido le apoyó una mano en el brazo procurando tranquilizarla.
—Incluso se rumorea que Hitler planea una guerra.
Emma lo miró con expresión aterrada. ¿Una guerra? ¿Quién podía querer una guerra en
Alemania? Puesto que todos aún recordaban los años terribles que desencadenaron la desgracia, el
dolor y la pobreza en el país.
—Consideran que Hitler prepara Alemania para una guerra de conquista.
Alienta al pueblo con sus discursos sobre el «espacio vital en el este». ¿Acaso creen que los
pueblos del este están dispuestos a marcharse por su propia voluntad? No comprendemos por qué los
países europeos vecinos no reaccionan con mayor dureza. Todo me resulta bastante incomprensible,
también a mí, pero de momento solo son especulaciones. Sin embargo, por desgracia el odio de
Hitler a los judíos es muy real. Habla de la aniquilación de la raza judía.
—¡Pero todo eso es espantoso! —fue lo último que Emma logró decir antes de perder el
conocimiento.
Después volvió en sí tendida en una chaise longue, a su lado estaba sentada la señora Grünberg
con expresión de preocupación y le tendía un vaso de agua.
Emma se sentía avergonzada por haberse desmayado y por fin volvió a incorporarse.
El señor Grünberg estaba de pie junto a la chaise longue.
—Lamento haberla incomodado, Emma. Debería haber medido mis palabras, le ruego que me
perdone, fui desconsiderado. ¡Pero mi mujer y yo estamos muy preocupados por nuestras familias y
amigos de Alemania!
Emma tomó aire y le lanzó una mirada muy directa a Grünberg.
—¿Cómo puedo ayudarle, señor Grünberg, qué puedo hacer por usted y sus amigos?
15
—¡Pero eso está en el barrio del puerto, señora Hechtl, usted no puede ir allá!
—dijo Fernanda, llevándose las manos a la cabeza.
—Debo ir allí, Fernanda, debo ir a la oficina de Inmigración.
Unas semanas antes de esa conversación con el ama de llaves, Emma había escondido un
pequeño sobre en blanco dentro de la carta destinada a sus padres, un sobre que le entregó Grünberg.
Emma rogaba a sus padres que se lo dieran a su vecino, el profesor Eisengrün, diciendo que era un
mensaje de un amigo de Buenos Aires. Emma tuvo que inventar una historia y engañó a sus padres
con palabras floridas. A través de los vecinos de sus padres se trasladarían los judíos alemanes con
papeles falsos a Argentina. Mediante sus cartas, Emma proporcionaba documentos a los Eisengrün; a
su vez, estos tenían un contacto en Suiza a través del cual podrían organizar la salida de Alemania.
Pero entonces los propios Eisengrün se vieron obligados a abandonar Berlín a toda prisa y ya
estaban de camino a Buenos Aires. La llegada del profesor y su familia tendría lugar al cabo de
pocos días y Emma debía prepararlo todo en la oficina de Inmigración; para ello, Grünberg le había
entregado una gran suma de dinero en efectivo. Grünberg habló de un grupo que se reunía en el
castillo de Liebenberg y que planeaba la resistencia contra el régimen de Hitler. En aquel entonces
Emma mencionó que su madre le había dicho que la familia que vivía en Liebenberg eran buenos
amigos de los miembros de la cúpula política de Alemania.
Al oír la objeción de Emma, Grünberg había sonreído.
—Sí, es increíble que en ese lugar existan dos mundos paralelos, ¿no es cierto?
Emma estaba desconcertada. ¿Acaso realmente apoyaba la resistencia en su tierra natal desde
allí, a miles de millas marinas de distancia? A veces se sentía terriblemente confusa, las cosas
transcurrían con demasiada rapidez como para comprenderlas. Los acontecimientos se precipitaban,
al cabo de escasos días debía tomar una decisión que, para personas que le eran absolutamente
desconocidas, era de una enorme importancia. Debía salvarlos, debía ayudar a rescatar a unas
personas de un sistema acerca del cual lo ignoraba casi todo. ¿Y
por qué el castillo de Liebenberg no dejaba de aparecer en su vida? El antiguo vínculo de su
familia con los Liebenberg, el hecho de haber conocido allí a Juan en el baile de invierno, los
contactos comerciales de Juan con la compañía naviera organizados por el joven barón, los contactos
políticos con los nacionalsocialistas y entonces también la resistencia política...
—Usted no puede ir allá sola en ningún caso. Esteban la acompañará —dijo Fernanda en tono
firme: no tenía ninguna intención de cambiar de opinión.
Emma suspiró. El ama de llaves nunca había manifestado semejante determinación, pero ella se
negaba a involucrar a Esteban en el asunto porque no quería causarle un problema. Emma había
decidido no decirle nada a Juan sobre sus andanzas, pues temía que su marido se dejaría contagiar
por las retorcidas ideologías de los nacionalsocialistas y por eso era mejor que el chófer no se
enterara de nada. Pero era obvio que los reparos de Fernanda estaban fundamentados: como mujer,
dirigirse a solas al barrio del puerto era una insensatez.
—¿Pero si resulta que conozco a alguien en el barrio del puerto? —dijo; las ideas se
arremolinaban en su cabeza y empezó a idear un plan.
—¡No, lo siento, no me diga nada!
Cuando Emma le mostró la tarjeta postal, Fernanda negó con la cabeza. Dijo que no conocía a
esos intérpretes de tango y tampoco la taberna Los Tangueros situada en el puerto, pero entendía esa
mirada de Emma, una mirada que expresaba lo no dicho.
—Siempre es bueno tener un amigo en esta vida —dijo Fernanda, y le guiñó un ojo.
Emma se ruborizó, confirmando la suposición del ama de llaves. Si las circunstancias fuesen
otras, aquello la habría consternado, pero dada la frialdad y la amarga dureza con las que el joven
señor Hechtl trataba a su mujer, ¿acaso uno podía echarle en cara que esta buscara un poco de
calidez?
Fernanda ideó un plan: ella sería quien, recurriendo a una excusa, enviaría a Isabel y a Esteban a
ese local de tangos con una carta para el bandoneonista. Sin embargo, Emma rechazó dicho plan, ya
había ido mucho más allá en su imaginación. Si bien no podía decírselo a Fernanda, no tenía
intención de desaprovechar esa oportunidad.
Entonces Fernanda modificó sus planes.
—En ese caso usted deberá ocultar su rostro tras un grueso velo y llevar un gran sombrero. Será
la desconocida vestida de negro, hoy en día es el nuevo truco de los jóvenes. No se preocupe, Emma:
¡en el barrio del puerto nada resulta extraño y nada humano resulta ajeno! —dijo el ama de llaves—.
¡Parta de la base de que en el barrio del puerto hablarán de la desconocida vestida de negro! ¡Usted
elige!
—¡Ay, Fernanda, no tengo elección!
—Bueno, Esteban la conducirá hasta allí.
—Sí, pero ¿cómo? No quiero involucrarlo, no debe enterarse de nada.
—Será una de mis amigas en busca de una aventura.
—¿Una aventura? ¿Pero usted cree que él se lo creerá?
—Claro que no, pero así le evitaremos el conflicto que le supondría la deslealtad frente a su
marido, porque oficialmente condujo a una desconocida, a una amiga mía.
—¡Es usted muy astuta, Fernanda!
—¡Algunos también lo llaman ser católica! —replicó Fernanda.
Ambas rieron.
Emma tenía el corazón en un puño. Tomó aire y después entró en la oscura tabernucha; Esteban la
esperaba con la limusina en la acera de enfrente. No habían intercambiado ni una palabra, él le
seguía el juego. En la pared de la destartalada casita ponía LOS TANGUEROS DE BUENOS AIRES
en letras despintadas.
El espacio interior era muy reducido; Emma encontró una mesa libre en un rincón, seguida de
todas las miradas y los murmullos de los presentes. ¡Cuán miserable era esa taberna! Un
desagradable olor a sudor, alcohol, cigarrillos, mugre y grasa flotaba en el aire; detrás de la barra un
viejo llenaba las copas, tenía el delantal cubierto de manchas, y una mujer se arrastraba penosamente
de mesa en mesa y servía a los clientes.
Cada vez más personas se apretujaban en el local, empezaba a faltar el aire y Emma casi se
arrepintió de haber seguido adelante con esa idea insensata. Debía de tener un aspecto absurdo
vestida de negro de pies a cabeza, con ese enorme sombrero y el velo impenetrable.
De pronto oyó un sonido conocido: la delicada melodía del bandoneón resonó desde el fondo del
recinto, al igual que antaño, cuando la música del piano acompañó sus pasos desde el salón hasta el
patio interior sombreado por los eucaliptos del Hotel Quequén. En cuanto sonaron las primeras
notas, las conversaciones enmudecieron y todas las miradas se dirigieron a la puerta trasera, por la
que apareció Eduardo.
Emma no podía respirar: como si los años no hubiesen transcurrido la pasión del sueño junto al
Atlántico volvió a abrasarla y sus manos temblaron.
Eduardo había visto inmediatamente a la mujer vestida de negro sentada en el rincón: otra
mujer rica jugando a ser la desconocida de incógnito. Una vez más, los engreídos miembros de las
clases superiores disfrutaban mezclándose con la gente del barrio del puerto. De momento, nadie
osaba darles su merecido a esos impertinentes, porque todos sabían por quién tomaría partido la
Policía en esos casos. Era de suponer que aquella mujer gozaba observando la pobreza de las
personas que la rodeaban, y después, en cuanto hubiese regresado a su mansión, se haría
preparar un baño de espuma por su doncella para lavarse la mugre con un jabón caro. ¿Por qué
esas ricachonas no se quedaban en sus jaulas doradas?
¿Necesitaban disponer de historias que contar mientras tomaban el té? La mujer estaba
sentada a solas, tensa y rígida, nadie se atrevía a acercarse a ella. Lo miraba fijamente a través
del espeso velo, como si no fuera suficiente que en verano, mientras tocaba el piano en el Hotel
Quequén, se viese obligado a hacer el tonto para los ricos. De pronto algo interrumpió sus
pensamientos, porque algo de esa silueta le resultaba conocido.
¿Quequén? Las ideas de Eduardo se arremolinaron. ¿Acaso era posible? ¿Era ella? ¿Ella, la
única mujer que hacía años que no lograba quitarse de la cabeza?
¿En cuyo aroma, en cuya suave piel hacía siete años que pensaba noche tras noche? ¿La mujer
que en todos esos años no había vuelto a ponerse en contacto con él, que nunca más regresó a
Quequén, a la que solo pudo tocar una única vez y cuya pasión jamás había olvidado? ¿Era ella?
—¡Una melodía! —le gritó al público; los demás músicos lo dejaron hacer.
Apoyó el bandoneón en sus rodillas, sabía que su público adoraba sus solos. Los clientes le
lanzaron miradas expectantes y las primeras notas flotaron en el aire.
Era la única melodía mediante la cual podría asegurarse de quién era la mujer vestida de
negro. En cierta ocasión le había pedido que la tocara, antaño, la primera vez que se encontraron
en el Hotel Quequén hacía tanto tiempo... El vals de Chopin conmovió a los presentes hasta las
lágrimas y a uno de ellos se le clavó en el corazón. Temblaba, su copa se estrelló contra el suelo.
¡Emma! Era ella.
Aunque no podía verla a través del velo, notó que su mirada buscaba la suya.
Eduardo se echó a llorar.
—¡Eh, seguí tocando! —gritó el público.
—¿Qué te pasa? —preguntaron sus colegas.
—¡Toquen algo alegre, muchachos, una milonga, vuelvo enseguida! — murmuró Eduardo, y se
abrió paso al exterior.
Emma ya lo estaba esperando.
—¡Eduardo!
Aunque le costaba un esfuerzo, no debía dejar que Eduardo se le aproximara porque sabía que
Esteban la estaba observando, así que se apresuró a tenderle una nota.
—¿Puedes venir a verme mañana? Aquí está la dirección, ven alrededor de mediodía. ¡Necesito
tu ayuda!
—¿Te encontrás bien?
—No temas, no se trata de mí. Pero sí, también se trata de mí, porque lo que en realidad me
impulsa a hacer todo esto es mi profundo deseo de volver a verte, Eduardo. ¡Te he echado tanto de
menos durante todos estos años, tanto...!
—Al menos dejá que te abrace, Emma.
—Ahora no, no aquí. ¡Ven mañana, por favor! —dijo Emma, y desapareció en la noche, dejando
atrás a Eduardo, presa de la más absoluta confusión.
Fernanda no tardó ni un segundo en reconocer al hombre joven que se presentó ante la puerta
trasera temblando de emoción: era el músico de la tarjeta postal, el intérprete de tango, el
bandoneonista. Le dedicó una sonrisa cordial, el pobre parecía tan asustado y desamparado...
La mansión hacía que Eduardo se sintiera inseguro, no sabía manejarse en semejante entorno,
jamás se le hubiese ocurrido presentarse ante la puerta principal: las personas de su condición no
cruzaban esos amplios portales, entraban furtivamente por la puerta de servicio destinada a sus
criados por la clase alta.
El ama de llaves procuró aliviar su agobio.
—Pase, por favor. Viene a ver a la joven señora Hechtl, ¿no es cierto?
Eduardo permaneció mudo. Lo condujeron a través de la cocina, luego escaleras arriba hasta el
salón; la puerta estaba entreabierta y un rayo de luz iluminaba el oscuro pasillo. El ama de llaves
llamó y una voz cálida y conocida dijo:
—Adelante.
Eduardo casi no podía respirar; Fernanda abrió la puerta y lo empujó hacia el interior. Como en
estado de trance, Emma se puso de pie y lo contempló.
—¡Iré al mercado! —dijo Fernanda, se retiró discretamente y los dejó solos en el salón.
El pequeño Óscar aún tardaría en volver de la escuela, la criada había sido despedida hacía
tiempo, y Esteban se encontraba ausente, así que la joven Emma estaría a solas en la casa durante un
buen rato. Con una sonrisa bondadosa, el ama de llaves cerró la puerta trasera y abandonó la mansión
con una gran cesta colgada del brazo. ¿Qué diablos haría durante tantas horas en el mercado? En
lugar de eso, iría a casa de su hermana, quizás Isabel también estaría allí y las tres podrían charlar
tranquilamente. Desde lejos vio el gran automóvil y soltó una carcajada: de regreso se haría
acompañar cómodamente en la limusina por Esteban.
Eduardo estaba allí, ante ella. Emma volvió a oír el rumor de las olas del Atlántico, el susurro
del viento y percibió el aroma de los eucaliptos. Ambos permanecieron frente a frente, como si todos
esos años no hubieran transcurrido, luego se abalanzaron el uno sobre el otro. No hizo falta que
hablaran, que intercambiaran palabras, ambos sentían lo que significaban el uno para el otro. Si
antaño fueron las arenas de la playa que reflejaron su pasión, entonces fueron las blandas almohadas
y las suaves mantas del lecho de Emma, que por encima de su cabeza volvía a ver el cielo azul y
resplandeciente del día estival a orillas del mar, notó los fuertes brazos de Eduardo, su aliento
ardiente y su aroma. Siete años de separación fueron borrados de un plumazo, siete años de nostalgia
y anhelos desaparecieron en ese instante y convirtieron el recuerdo en un puro aquí y ahora.
16
—¡Tenemos que salir a la calle, despertar a los habitantes de Buenos Aires, ay, qué estoy
diciendo, debemos despertar a todo el mundo! Hay que organizar una manifestación en Luna Park,
como el año pasado. ¡Tenemos que actuar, hay que alzar la voz!
Con el rostro enrojecido, el profesor Eisengrün estaba sentado ante la mesa de sus amigos en la
mansión de los Grünberg, donde todos habían vuelto a reunirse a la hora del té. Al observar al
antiguo vecino de sus padres, Emma recordó las turbulentas semanas de hacía cuatro años, cuando
ayudó a los Eisengrün a huir de Berlín, en 1935, justo aquel año en que volvió a encontrarse con
Eduardo.
A partir de entonces, ella y Eduardo por fin iniciaron su romance; nadie lo sabía excepto
Fernanda, pues a una ama de llaves no se le escapa nada. Hacía tiempo que la relación entre las dos
mujeres se había convertido en una secreta amistad; el mismo hombre las hacía sufrir a ambas: a
Emma como su mujer, a Fernanda como su empleada, y las penas compartidas las habían unido.
Emma disfrutaba de cada segundo pasado junto a Eduardo; en sus escasos encuentros hablaban de
su vida y se amaban apasionadamente. Un pequeño y discreto hotel se convirtió en su nido de amor.
Al dueño, un viejecito arrugado, le habían puesto el apodo de Alberich porque les recordaba el
enano que vigilaba el anillo en el Cantar de los Nibelungos.
En cambio, en el matrimonio de Emma la última chispa de pasión se había apagado hacía tiempo.
Su marido la ignoraba, pero el matrimonio de Eduardo aún funcionaba bastante bien. Emma nunca
había visto a su mujer, no quería verla; sabía que pecaba contra ella.
Eduardo suponía un sostén para Emma; era un hombre muy poético, citaba letras de tango y
despertó su entusiasmo por el bandoneón. Ella le había pedido que llevara el instrumento al hotel de
los Nibelungos, que se moría por oírlo tocar otra vez. Eduardo la introdujo en los secretos del
bandoneón; las manos de ella no eran lo bastante diestras como para tocar el instrumento, pero
comprendía la exigente técnica necesaria. El bandoneón de Eduardo estaba fabricado en Alemania y
en cierta ocasión había destornillado una de las tapas laterales y, orgulloso, le mostró el sello
circular de papel del fabricante alemán, donde ponía «AA» y «C». La doble A significaba «Fábrica
de concertinas y bandoneones Alfred Arnold», y la C, «Carlsfeld».
Fue Eduardo quien se dirigió a la oficina de Inmigración con el fajo de billetes del vecino de
Emma y sobornó a los funcionarios. A lo largo de los años, él y Emma se convirtieron en los
mensajeros de la gran mansión de Grünberg a las barracas de los inmigrantes. Claro que Emma no
sabía que una parte de las sumas de dinero cada vez más importantes proporcionadas por Grünberg
no iban a parar a las manos de los funcionarios sino a los bolsillos de Eduardo, quien lo consideraba
su parte del negocio, porque eso es lo que era para él: un negocio. El puerto tenía sus propias leyes.
Se alegraba de los elevados principios morales de su amada Emma, pero uno no podía alimentarse
solo de generosidad y moralidad. Allí donde las aguas hediondas empapaban los muros de piedra, el
significado de la palabra «justicia» no era el mismo que en los elegantes salones de la alta sociedad.
La prohibición de hablar sobre el asunto salvo con quienes estaban al tanto le resultaba difícil.
Ni siquiera podía informar a su madre —que en sus cartas manifestaba una profunda inquietud por la
repentina desaparición de sus vecinos, los Eisengrün— que estos habían llegado sanos y salvos a
Argentina.
Emma estaba enfadada consigo misma por haberle hablado a Juan de los amigos de los Grünberg.
Juan desaprobaba sus visitas al «templo judío», como él llamaba la mansión de los Grünberg y
afirmaba que un día ella llegaría a lamentarlas, pero durante los años de humillación Emma se había
vuelto lo bastante fuerte como para no dejarse intimidar por sus amenazas.
Sentado frente a Emma, el profesor Eisengrün volvió a tomar la palabra.
—¡Este Hitler es el diablo en persona! Inició una guerra e hizo quemar las sinagogas. ¡Todo el
pueblo alemán se deja incitar por él!
Desde la huida de Alemania, los Eisengrün vivían en el palacio de los Grünberg, donde se
alojaban bajo nombres falsos porque los dueños de la casa temían que los nazis fanáticos —también
los había en Argentina— pudieran hacerles daño a sus amigos. Debido a su ciego odio antisemita,
esos fanáticos trataban de atrapar judíos escapados de las garras alemanas.
Además, en Alemania su amigo Eisengrün había trabajado para el célebre Otto Heinrich
Warburg, quien, poco antes de que los nacionalsocialistas se hicieran con el poder, había obtenido el
premio Nobel por sus investigaciones como médico. Warburg no era judío, pero debido a su modo
de vida los nazis sospechaban de él. Era soltero, y su criado personal vivía bajo su mismo techo, lo
acompañaba a todas partes; sin embargo, ninguno de sus colegas manifestó sus sospechas: no le
daban importancia a su estilo de vida, pero preferían no pensar lo que los dirigentes del partido
habrían sido capaces de hacerle si el director de su institución no hubiera sido un científico tan
destacado. Emma ya no reconocía su antigua patria a través de los informes. Ya no tenía nada en
común con la Alemania que había abandonado hacía doce años: volvía a estar en guerra y Emma no
dejó de releer la carta de su madre una y otra vez.
... Tu padre y yo estamos completamente consternados. Hitler ha proclamado la guerra. ¡Guerra!
¡Ojalá pudiésemos hacer algo! Tu padre está desesperado: tu hermano se presentó voluntario en el
ejército a nuestras espaldas. El pequeño está eufórico, Paul aún es tan joven...
Vocifera las estúpidas palabras de Hitler en la calle y saluda alzando el brazo. Se alegra de
participar en la guerra. ¡Se alegra! Pese a las numerosas ocasiones en las que le contamos los
espantosos acontecimientos que vivimos. Tu padre lloró. Está ahí sentado en su silla de ruedas, y su
hijo, nuestro polluelo, le echa en cara que carece de patriotismo, que su padre no comprende que ha
llegado la hora del resarcimiento, del resarcimiento por lo que le habían hecho a Alemania.
Dice que su generación es la garantía del Tercer Reich. Correoso como el cuero y duro como el
acero de los Krupp, el Führer los conduce a victoria tras victoria, las juventudes hitlerianas lo han
absorbido por completo, está tan espantosamente cegado. ¿Qué habremos hecho mal? ¿Cómo no me
di cuenta de ese peligro? Ya no podemos comunicarnos con él. Tengo mucho miedo, querida Emma...
Lo que su madre le escribía resultaba inconcebible y la dejaba muda. Y
entonces, en la mansión de los Grünberg, le informaban de más atrocidades cometidas por el
régimen alemán. Los nazis daban rienda suelta al odio a los judíos; saqueaban tiendas, quemaban
sinagogas... ¿Y su hermano menor formaba parte de esa gente? ¿Cómo podía ser?
Como reacción ante los delitos cometidos por Alemania, la comunidad judía de Buenos Aires
convocó en la gran sala del Luna Park una reunión de protesta a la que acudieron miles de personas.
Proclamaron ocho días de duelo y en aquellos días Emma también vestía de negro. La comunidad
judía escogió precisamente la gran sala del Luna Park y este se convirtió en el símbolo del destruido
matrimonio de Emma, porque también era el punto de reunión de los nazis argentinos leales a
Alemania... y en Alemania Juan se había dejado contagiar por sus ideas enfermizas.
Juan prolongó su estancia en Europa durante muchos meses. Aunque había pasado varias semanas
en el castillo de Liebenberg, no visitó a sus suegros en Berlín ni una sola vez. En aquel entonces
Emma se había sentido muy decepcionada y su única satisfacción fue que la opinión de Juan respecto
de Helderlein, su socio alemán de Hamburgo, había cambiado de manera radical.
Estaba furioso con él y le echó en cara el fracaso sufrido: su buque frigorífico no sería
construido. Eso suponía una catástrofe. Todos los astilleros estaban dedicados a construir barcos de
guerra, en esa época ya no había espacio para la construcción de buques frigoríficos que debían
transportar carne argentina congelada. Helderlein no se había enterado de nada y Juan estaba fuera de
sí.
Cuando Emma comentó que había un acuerdo contractual con la compañía naviera, Juan dejó el
ataque de ira a un lado y gritó: —¿Todavía no lo comprendiste? ¡Estalló la guerra! El mundo se
volvió loco y, además, en el contrato solo pone que tenemos el derecho exclusivo de transportar
carne en el buque frigorífico, pero no el de obligar a la naviera a construirlo.
Emma comprendió: Juan se había dejado engañar, había invertido todo el capital de la familia,
ahora utilizado para construir barcos de guerra y no buques frigoríficos. Juan estaba arruinado. Los
Hechtl habían perdido su capital para siempre y el crédito suponía una carga cada vez mayor. No
obtendrían ninguna ganancia de los negocios de Juan. ¿Cómo se las arreglarían para devolver el
crédito? Juan se vio obligado a iniciar la venta de una gran parte de la estancia, solo para poder
financiar su vida y pagar los intereses. La desastrosa situación económica suponía un gran
sufrimiento para la suegra de Emma. Durante esos años, Elisabeth se volvió cada vez más débil,
respirar le suponía un esfuerzo y si quería dar más de unos pasos debía detenerse y descansar.
—¡Creo en los nacionalsocialistas! Ya vas a ver: un día el Führer gobernará toda Europa y
entonces habrá llegado nuestra hora. La familia de los Liebenberg mantiene excelentes contactos con
la cúpula del partido y yo mantengo excelentes contactos con ellos. ¿No es una maravillosa
coincidencia? —dijo Juan; en sus ojos brillaba la locura del bebedor.
—¿Has perdido el juicio, Juan? ¿Cómo puedes estar a favor de esos delincuentes? Sabes lo que
les hacen a los judíos, ¿no?
—Todo eso solo son calumnias de esa panda de desgraciados; además, los judíos siempre fueron
perseguidos durante siglos. Eso debería darte que pensar, Emma. ¿Acaso creés que todas las
generaciones anteriores estaban equivocadas?
—Por favor, Juan, dime que no hablas en serio.
—Te diré algo más, hoy mismo acudiré a la unión nacionalsocialista acá en Buenos Aires y me
inscribiré como miembro. Ya somos más de veinte mil camaradas. Apuesto por el progreso, por el
futuro.
—Estás loco, Juan.
—Ya vas a ver, Emma, la semana que viene en el Luna Park iré a la primera gran reunión
celebrada bajo la cruz gamada en Argentina. Y cuando Hitler gobierne Europa yo estaré preparado,
acá en Buenos Aires; los Hechtl no se dejan doblegar.
Hacía casi un año que, tras esas palabras, Juan había abandonado la casa dando un portazo y
dejando a Emma sola en el vestíbulo, y poco después proclamaba las soflamas enceguecidas en el
Luna Park.
Unos meses más tarde, Emma también se encontraba en el Luna Park, junto con la numerosa
comunidad judía. Juan le montó un número horroroso, le gritó, la insultó diciendo que era una puta
judía y finalmente le dio una bofetada.
Emma cayó al suelo. Óscar se abalanzó sobre su padre, lo aferró y gritó que, si volvía a pegar a
su madre, lo mataría. Fernanda había acudido a toda prisa, alarmada por el alboroto, y Esteban
también salió del garaje. Como en una opereta, los protagonistas se enfrentaban, jadeando. Fernanda
se arrodilló en el suelo junto a Emma y le secó la sangre que manaba de su nariz. Juan se soltó de las
manos de su hijo, insultó a todos y se encerró en su despacho. El odio de Juan a los judíos había
cavado una zanja profunda entre ambos miembros de la pareja.
El profesor Eisengrün prosiguió informando, y lo que les dijo resultaba increíble.
—Los nacionalsocialistas están construyendo prisiones para los judíos; las denominan campos de
concentración; circulan rumores atroces acerca de lo que ocurre en esos lugares. ¡Algunos dicen que
los asesinan!
—Pero eso es imposible, profesor Eisengrün, no se puede encerrar a las personas sin una
acusación. Nadie en Alemania lo permitirá. ¡Todos los alemanes son muy respetuosos con la
legalidad! —dijo Emma, procurando tranquilizar al profesor deshecho en lágrimas.
—¡Me temo que sí, querida señora Hechtl! —dijo Grünberg—. Pueden hacerlo y lo hacen. Ya
arrastraron a mucho más de mil judíos a esos campos de concentración. Obtenemos nuestra
información a través del grupo de resistencia del castillo de Liebenberg. Los llaman la «Capilla
Roja», y detrás de ellos se oculta una red muy bien informada. Nuestro amigo Eisengrün todavía tuvo
tiempo de establecer el contacto en Berlín. Informaron de que el gobierno estaba confeccionando
listas de judíos acaudalados. Detuvieron a rabinos y, bajo amenaza de tortura, los obligaron a
proporcionarles los nombres de los miembros de su comunidad. Registraron todas las compañías
judías, Hitler lo preparó todo para atraparlos. ¿Y qué hará con sus listas? Puede que nuestro profesor
acá sentado ya se encontrara en un campo de concentración si usted no le hubiera ayudado a huir,
querida señora Hechtl.
El silencio se cernió sobre el grupo reunido en la mansión de Grünberg.
La primera en volver a tomar la palabra fue la señora Grünberg.
—Me alegro de que nuestro gobierno haya dado un ejemplo prohibiendo esas relaciones con
Alemania. ¡Me alegro de que nos apoye!
—Bueno —objetó su marido—, no estoy muy seguro de que el gobierno realmente nos apoye.
Pero con los rumores sobre la planeada anexión de la Patagonia por parte de Hitler se encargaron de
sembrar el pánico y el gobierno tuvo que actuar. ¡Una idea completamente absurda! Hitler reclama
tierras en Argentina para la expansión del pueblo alemán. ¡Es ridículo! Pero hubiera deseado que no
prohibieran esos grupos de nazis.
—¿Cómo podés desear algo así?
—Porque un grupo prohibido se vuelve clandestino y entonces resulta todavía más difícil de
controlar. En Buenos Aires los nazis tienen muchos amigos entre las personas de origen alemán.
Emma bajó la vista, abochornada. De momento, había callado sobre las horrendas convicciones
de su marido.
—Hay un grupo de hombres —siguió diciendo Grünberg— que fueron excluidos del partido
nacionalsocialista de Alemania por disidentes. Son perros perversos que emigraron a Argentina y
formaron el llamado Frente Negro.
Nosotros los vigilamos, no debemos subestimarlos.
—¡Les daremos una lección a esos individuos! —dijo el profesor Eisengrün, haciendo rechinar
los dientes—. Estamos preparando el lanzamiento del primer periódico judío en lengua alemana de
Argentina. El periódico saldrá el año que viene. Averiguaremos los nombres de esos nazis de aquí,
ya sabemos unos cuantos, los publicaremos. Muchos de ellos son empresarios y tienen ambiciones
políticas. ¡Acabaremos con ellos! —añadió Eisengrün con las venas del cuello hinchadas por la
cólera.
Grünberg se había puesto de pie y apoyó una mano en el hombro del profesor para calmarlo.
—¡No se deje arrastrar por el mismo odio que nosotros intentamos combatir, amigo mío!
Emma sentía una gran consternación tras esa reunión en casa de los Grünberg.
Temía que Juan hubiera ingresado en esa organización, en ese Frente Negro.
¿Qué ocurriría si Grünberg o Eisengrün lo descubrieran? ¿O es que ya lo sabían?
—¡Óscar! —exclamó Emma sorprendida al ver a su hijo en el umbral—. Ven, Óscar, siéntate a
mi lado.
Si bien su hijo —que ya había cumplido trece años— ya no era un niño, siempre le gustaba
acurrucarse contra ella.
—¿Tienes ganas de ver las viejas fotos de mi familia?
Emma abrió un cajón de su escritorio y sacó una pila de fotos, pero tuvo el cuidado de dejar la
tarjeta postal donde aparecía el conjunto musical de Eduardo en el cajón. Al contemplar las viejas
instantáneas, las lágrimas bañaron sus mejillas: la mansión de sus padres, el jardín, su hermanito
Paul, el alto tilo, su padre y su madre.
—Y esta foto fue tomada en el castillo de Liebenberg. ¿Ya te lo he contado?
Allí nos conocimos tu padre y yo. Ante el castillo hay una fuente, la llaman la fuente del
emperador...
Emma se dio cuenta de lo que estaba diciendo y tuvo que sonreír: ella también estaba contando la
historia de la fuente regalada por el emperador que tantas veces había oído contar a su padre.
—Sí, mamá, ya me lo contaste.
Emma rio: ella no era mejor que su padre.
—Tienes razón, te aburro con mis viejas historias.
Suspirando, se puso de pie y volvió a guardar las fotos en el cajón. Al abrirlo, Eduardo la
contemplaba desde la vieja tarjeta postal, y Emma sonrió. En la planta baja la puerta se cerró con
gran estrépito: Juan abandonaba la casa.
—¿Qué te parece si vamos a la cocina a visitar a Fernanda? ¡Tal vez esté preparando una tarta!
Su hijo echó a correr escaleras abajo.
—¿Hay torta, Fernandaaaaa? —gritó, entrando en la cocina.
Fernanda conocía las maniobras de distracción de Emma y sabía que debía distraer al niño
durante unas horas.
Era su día. El de Eduardo y Emma. Intentaban encontrarse con regularidad; Emma no siempre
lograba arreglárselas, pero ese día, sí. En cuanto Juan abandonó la casa se puso el abrigo y se dirigió
al hotel de los Nibelungos. Unos momentos después estaba tendida junto a Eduardo con la cabeza
apoyada en su pecho; él le rodeaba su pálido cuerpo con el brazo. La pasión y los fuertes brazos de
Eduardo le hacían bien. Tenía que deshacerse de las increíbles historias relatadas en la mansión de
los Grünberg. Como siempre, Eduardo le prestó oídos amorosamente y luego la abrazó. Su gesto de
consuelo dio paso a las caricias y despertaron el deseo de ella.
—¿Cómo se crea una melodía, Eduardo, una canción, un tango? ¿Cómo se compone?
Eduardo se incorporó y le lanzó una mirada, perplejo, después sonrió.
—Al principio solo es un fraseo leve que se instala en tus pensamientos, una idea que aguarda
hasta cobrar vida gracias al aliento divino de la Musa. Entonces la idea se agita, el fraseo quiere
crecer, quiere salir al exterior, forma notas, melodías, estribillos y estrofas, se abre paso a la luz, se
casa con un texto del que se ha enamorado, alcanza la libertad y por fin sus alas, formadas por las
teclas, las flautas y las cuerdas, la trasladan al Olimpo donde los dioses le dan la bienvenida y
después busca un lugar a sus pies.
Emma sonrió.
—¿Qué opinas, Eduardo? ¿Cuál de nosotros es la melodía y cuál el texto?
—¡Solo podemos averiguarlo probando!
Eduardo soltó una carcajada salvaje y se lanzó sobre ella. Emma soltó un grito de júbilo: su amor
era música, era un tango.
Cuando Emma regresó de su cita secreta, Fernanda ya la esperaba ante la puerta con el rostro
desencajado.
—Dios mío, Emma, acaba de marcharse un criado de los Grünberg. ¡Es terrible! —exclamó el
ama de llaves, resollando; estaba pálida y tenía los ojos llorosos—. El profesor Eisengrün fue a dar
un breve paseo por el parque, apenas estuvo a solas unos instantes, se encontraba a escasos pasos de
la mansión de los Grünberg, es absolutamente horroroso...
—Dime qué ha pasado de una buena vez, Fernanda —dijo Emma, agarrando al ama de llaves de
los hombros y zarandeándola.
Fernanda temblaba como una hoja y tuvo que apoyarse en la pared.
—¡El profesor Eisengrün, su amigo judío berlinés, fue asesinado!
17
Una mano zarandeó el hombro de Christina con suavidad.
—Señora, señora... ya llegamos.
Christina tardó un momento en orientarse. Apartó la cortina de la ventanilla del autobús y el sol
matinal la deslumbró. Estaba en Quequén, había llegado... el Atlántico... el bandoneón... el hijo del
músico... Se desperezó y regresó al presente, registró el asiento comprobando que no olvidaba nada,
descendió del autobús e inspiró el aire fresco. Adoraba el frescor matutino; si estuviera en Berlín,
Bernd también la estaría esperando, como siempre cuando regresaba a casa de un viaje, por más
corto que fuera. De vez en cuando la incomodaba y, sorprendida, comprobó que aquí se hubiese
alegrado de ver a Bernd.
En Berlín sonó el teléfono, un número de Hamburgo. Era Matthias, el colega universitario de
Christina; ella se había reunido con él antes de partir para averiguar algo más acerca de Óscar
Hechtl.
—Hola, Matthias, ¡qué sorpresa! Christina no está aquí, está en Argentina.
—Ay, entonces ya ha partido. Mierda, tengo una información interesante para tu mujer.
—Se trata de su investigación, ¿no? Pues dímela a mí, hablo con ella todos los días —dijo
Bernd, que notó que el colega de Christina titubeaba.
—Sí, claro, ¿por qué no? Ella estuvo aquí y quería saber algo sobre ese Óscar Hechtl. No me
quedé tranquilo hasta que logré averiguarlo.
Matthias había seguido investigando. Bernd tuvo que sonreír: ese hombre estaba hecho de la
misma madera que Christina: una investigación debía producir resultados.
—Bueno, si bien no averigüé nada sobre Óscar Hechtl descubrí que otro Hechtl, a saber un tal
Juan Hechtl, viajó en un barco de nuestra compañía de Buenos Aires a Alemania a finales de los
años veinte. Seguro que se trata de la misma familia, ¿verdad? Existen unas historias bastante
notables acerca de ese tal Juan Hechtl.
—Vaya, pues entonces dispara.
—Por desgracia, no es una historia muy gloriosa y nuestra compañía naviera tampoco jugó un
papel muy bonito, que digamos. Pero también puede tratarse de una extraña concatenación de
casualidades.
Entonces Bernd recordó para quién trabajaba Matthias: era el portavoz de prensa de esa
compañía naviera hamburguesa.
—¿Por dónde he de empezar? —prosiguió Matthias—. Aquí en Hamburgo existía una empresa
comercial argentino-alemana que se especializó en la exportación y la importación entre Buenos
Aires y Hamburgo en buques frigoríficos, en el comercio de carnes, para ser exacto. En aquel
entonces, es decir a finales de los años veinte y principios de los treinta, ello suponía una
revolución.
Empezaban a construir buques frigoríficos, en general para transportar frutas y verduras; la
idea era realmente excelente, un hito total: nadie más era capaz de transportar carne congelada a
través del Atlántico.
—¿Pero?
—La compañía gastó mucho dinero, pero no transportó ni un gramo de carne.
—¿Por qué?
—Porque los buques frigoríficos jamás fueron construidos.
—¿Qué? ¿Dices que los buques jamás fueron construidos?
—En realidad, la inversión de esa empresa comercial debía estar destinada a la construcción
de los nuevos buques frigoríficos, pero el dinero se esfumó.
—¿A dónde fue a parar?
—Bueno, todo ocurrió en los años treinta, así que es obvio qué partido estaba metido en el
asunto.
—¿Quieres decir que Juan Hechtl hizo negocios con los nazis?
—No sé si directamente, pero como mínimo estaba involucrado en negocios con ellos.
—Oh, eso no le gustará a Christina.
—Sí, me lo imagino. En medio de toda esa confusión había una figura sumamente dudosa: el
socio alemán de Juan Hechtl, cierto Ernst Helderlein. Hoy se sabe que pertenecía al partido nazi
desde mucho antes de la toma de poder de Hitler. Actuaba como una especie de recaudador de
dinero para los nazis. El ambiente aristocrático de Berlín avisó al tal Helderlein que cierto
argentino, a saber Juan Hechtl, viajaba a Alemania con muchísimo dinero. Quizás ese Juan Hechtl
estaba encantado de dejarse persuadir por el alemán. ¿A quién no le agrada que lo seduzcan?
—¿Así que crees que ese Helderlein reclutó a Hechtl para los nazis?
—Eso parece.
—Puaj, qué mischpoke, qué familia.
—Vaya, apreciado Bernd, una palabra poco afortunada en ese contexto: « mischpoke » es una
palabra de origen hebreo.
Bernd puso los ojos en blanco: ya conocía esa discusión sobre el significado de las palabras
mantenida entre Christina y sus colegas.
—La tarea de Helderlein consistía en hacerse con el dinero del argentino — continuó diciendo
Matthias—. Y se había preparado muy bien. Según los viejos documentos de a bordo, el nazi
Helderlein y su mujer Margarethe se embarcaron en la misma nave en la que Juan Hechtl regresó
a Argentina. Por cierto, recuerdo que más adelante vi que figuraba como «Juan Hechtl y
esposa»... y hay algo más que debo contarte. Bien, resulta que Ernst y su supuesta mujer
Margarethe no estaban casados, al menos no entre ellos. Supongo que esa supuesta esposa solo
era una vulgar y ordinaria... actriz. Ya sabes lo que quiero decir.
Bernd rio.
—Puede que Ernst Helderlein viajara acompañado por ese mal bicho para su propio disfrute o
quizá para usarla como cebo para el argentino; en todo caso, ambos acabaron fundando esa
empresa dedicada al comercio de carnes. Le eché un vistazo a los antiguos contratos, todavía
están en los archivos. Es increíble que el argentino firmara una cosa semejante: todo el capital
procedía únicamente de la familia argentina, ese listillo de Helderlein no aportó ni un céntimo
pero podía cobrar beneficios, y encima quien corría todos los riesgos era Hechtl. Y
precisamente debido a esos contratos la empresa acabó por fracasar. Sospecho que dicho
fiasco estaba planeado desde el principio y que la conducta de la compañía naviera de Hamburgo
tampoco fue muy limpia, pero es una mera especulación mía. Sin embargo, el hecho es que ese
Helderlein era un individuo realmente asqueroso. El dinero que le timó al argentino, una suma
considerable, se coló a través de la empresa cárnica y quién sabe a dónde fue a parar. Quizá
también sirvió para financiar la construcción de varios barcos de guerra.
—¡Qué historia, tío! —exclamó Bernd—. Pero la verdad es que ese nazi argentino no me da la
menor lástima. Él tenía la culpa y era de justicia que esa gentuza nazi lo perdiera todo.
—Sí, en el fondo tienes razón. Es de suponer que esos dos eran tal para cual.
Durante todo el Tercer Reich, Helderlein trabajó para los nazis y mantuvo una estrecha
relación con la Marina; supongo que el comercio de armas también formaba parte de su
repertorio. En aquel entonces incluso llevó al antiguo jefe de nuestra compañía naviera
hamburguesa a Buenos Aires. Puede que allí hubiese más víctimas de Helderlein y necesitara un
interlocutor que causara una buena impresión.
—Así que trabajaba para tu compañía, por así decir —dijo Bernd.
—Sí, pero créeme —contestó Matthias, irritado—, esa idea no me gusta en absoluto. Pero
desde entonces ha pasado mucho tiempo y puede que todo esto sea solo una casualidad. Como
podrás imaginar, en nuestros libros no figura nada más al respecto. Helderlein forma parte de
esos perros gimientes que pululaban por todas partes, pero que jamás combatían en primera
línea. Es posible que él también sea el culpable de esa terrible historia del transatlántico.
—¿Qué terrible historia es esa?
—Una espantosa sucesión de desgracias. Se trata del Cap Arcona , que por cierto era el barco
en el que viajó Juan Hechtl.
—¿Qué pasó?
—Al final de la guerra, el Cap Arcona fue declarado inútil, antes lo utilizó la Marina de
Guerra para transportar refugiados desde las zonas orientales hasta Occidente. Pero pese a que
estaba medio desguazado y en bastante mal estado, los nazis aún planeaban algo espantoso con el
barco. Cuando todo llegaba a su fin, esos cerdos quisieron borrar los rastros de sus atrocidades y
enviaron al Cap Arcona y a otros buques de vapor al mar Báltico. Querían embarcar a los presos
de los campos de concentración del norte de Alemania en las viejas naves y hundirlas en el mar
Báltico. Querían ahogarlos, como si fueran gatos.
—¡Qué horror! —dijo Bernd, espantado.
—Ese era el plan, pero el destino guardaba una carta aún más cruel en la manga. Poco antes
del fin de la guerra, los barcos, repletos de prisioneros y estrechamente vigilados, estaban
anclados en alguna parte de la costa.
Bombarderos británicos los descubrieron, supusieron que los dirigentes nazis se preparaban
para huir y bombardearon los barcos. Un cálculo erróneo desastroso.
Cuando acabó el ataque todo estaba en llamas y el Cap Arcona se había hundido.
Bernd ya no pudo poner palabras a su consternación y durante un momento ambos hombres
guardaron silencio.
—Sí, sobrevivir al campo de concentración —dijo Matthias— solo para que después te
mataran los liberadores supuso una malvada ironía del destino. ¿Te imaginas el pánico que
reinaba a bordo?
—No quiero imaginármelo, Matthias.
—He averiguado algo más que me parece extraño —prosiguió—. Juan Hechtl cruzó el
Atlántico hasta Alemania solo y con un único billete, pero desde el principio había reservados
billetes de regreso para «Juan Hechtl y esposa», así que me pregunto dónde estaba la mujer
durante el viaje de ida...
—¿Sería un polizón?
—¡De ninguna manera! Los Hechtl no carecían de dinero. Además, eran una especie de
huéspedes VIP de la naviera, debido a ese asunto del buque frigorífico.
—¿Así que la esposa viajó antes?
—Lo he revisado todo y no figura ninguna entrada acerca de una señora Hechtl de Buenos
Aires. Te digo que ese individuo sabía muy bien que no regresaría solo.
—Supongo que eso significa que el bueno de Juan Hechtl llegó a Alemania como soltero, ¿no?
—Sí, eso parece.
—¿Y cómo se llama...?, iba a decir «la afortunada», pero quizá no sea la palabra idónea, dado
el miserable que le tocó como esposo.
—Sí, esa es otra cosa que no encaja. Su nombre no figura, lo único que aparece en las listas es
«Juan Hechtl y esposa» y no preguntes por qué. No comprendo cómo esa mujer pudo desembarcar
en Argentina. En nuestros archivos no aparece nada al respecto, de todos modos, los informes
sobre esa época presentan muchas lagunas. Y sospecho que dichas lagunas fueron creadas
posteriormente.
—Bueno, pero Hamburgo sufrió intensos bombardeos, así que seguro que se perdieron muchos
documentos.
Matthias rio.
—Debería presentarte a nuestro director. Esa es exactamente la explicación oficial, pero si he
de ser sincero temo que en aquel entonces ocurrieron cosas bastante deshonestas. A fin de
cuentas, se trataba de mucho dinero.
—Caramba, Matthias, todo esto es muy apasionante.
—Es verdad, pero aún queda un misterio: ¿quién era la querida esposa de Hechtl?
—Creo que sé cómo podría averiguarlo.
—Eso sería genial, Bernd. Si averiguas algo, llámame. Y saluda a Christina de mi parte. ¿De
verdad que os va bien a ambos?
—¿Qué quieres decir? —dijo Bernd, que ya reflexionaba acerca de cómo continuar la
investigación—. ¿Sabes en qué fecha «Juan Hechtl y esposa» se embarcaron a Buenos Aires?
—Dos años antes de la gran crisis económica, exactamente en noviembre de 1927.
—Eso me sirve. Te llamaré por teléfono en cuanto sepa algo más.
De pronto Bernd tenía prisa por poner fin a la conversación. Sabía qué debía hacer: trabajar
como funcionario no siempre suponía una desventaja.
Christina se dirigía a la casa de Raúl, el hijo del bandoneonista. El nerviosismo inicial se había
disipado porque ahora debía concentrarse en conducir en medio del tráfico.
—¡No puede ser tan difícil, maldita sea! —exclamó.
Cuando le pidió un plano de la ciudad, la dueña de la pensión le tendió un trozo de papel que,
más que un mapa, parecían las instrucciones del juego «Ahora construiremos un asentamiento». Las
calles formaban una cuadrícula y estaban numeradas.
—¡Vaya, con esto no podré perderme!
—Oh, no diga eso... —aseguró la dueña de la pensión, y después, cuando Christina le dijo que
debía dirigirse al barrio del puerto, le advirtió de los peligros y le preguntó si realmente quería
conducir hasta allí.
Sí, Christina quería ir allí, así que, sudando y con el corazón en un puño, condujo su coche de
alquiler a través de las calles. Su certeza inicial: que llegar hasta allí no podría resultar demasiado
complicado, había dado paso a unas cuantas dudas. Quizás hubiera sido mejor tomar un taxi. Procuró
atenerse a lo que Maju le había dicho sobre las normas de circulación, que consistían en lo siguiente:
el más atrevido tenía prioridad.
Pero resulta que en ese caso Christina no formaba parte de los más atrevidos y encima estaban
esas calles de una sola dirección supuestamente identificadas por unas flechitas en las paredes de las
casas. ¿Dónde diablos estaban esas estúpidas flechitas? Cada vez que giraba tenía esa incerteza: ¿y
si se topaba con uno de esos viejísimos camiones tocando el claxon? Y en cada cruce, la misma
pregunta: ¿en qué dirección vendrían los demás? Y, además, ¿dónde estaban los números de las
casas? Christina echaba de menos los carteles indicadores, los semáforos, la prioridad de la derecha
sobre la izquierda... Al menos había logrado cruzar el río y conducía a través de las calles del puerto
llenas de contenedores, silos, bares de prostitutas, tiendas dudosas y un inmenso parking de camiones
donde aguardaban grandes vehículos. Era inútil: Christina tuvo que reconocer que no tenía la menor
idea de dónde estaba, se había perdido.
Se detuvo ante uno de los antaño espléndidos edificios. Una parte se había derrumbado,
sorprendentemente el resto parecía habitado y aún se veía un descascarado cartel donde ponía
VILLA MARÍA; en la esquina holgazaneaba un grupo de adolescentes.
Antes de entreabrir la ventanilla, Christina bajó el seguro de todas las puertas; los muchachos se
acercaron y rodearon el coche.
—Estoy buscando una casa aquí en Quequén —dijo Christina con voz temblorosa, y le alcanzó a
uno el trozo de papel con la dirección—. ¿Cómo llego hasta allí?
El mayor de los chicos, al que ya le faltaban varios dientes, dijo: —Eso debe de quedar en
aquella dirección, señora. Lo mejor será que maneje hasta el puerto de contenedores y después gire a
la izquierda: allá se encontrará con el antiguo Hotel Quequén, es un edificio bastante grande, y luego
siga derecho. Entonces llegará hasta la costanera y verá un café junto al mar, detrás del cual la calle
se bifurca. Vuelva a preguntar por allá, no creo que quede muy lejos, pero no conozco muy bien la
zona.
—¡Gracias! —dijo Christina con una gran sonrisa y, aliviada pero avergonzada por sus
prejuicios, siguió conduciendo.
Ya había encontrado el camino correcto. Solo después de devolver el coche de alquiler notaría
que, tras esa breve parada, le faltaban las gomas del limpiaparabrisas trasero.
En la radio retransmitían música clásica y la melodía le produjo un hormigueo.
¿Qué estaba pasando? Christina conocía la pieza, era un vals de Chopin, pero no estaba
completamente segura. Y allí se encontraba el café del que hablaron los chicos. Christina decidió que
era hora de tomar uno bien cargado con medialunas. Pese a la amenaza de criar michelines, se había
vuelto adicta a esos exquisitos bollos. Pero ¡qué más daba! No tenía que demostrarle nada a nadie,
era una mujer adulta y estaba casada. Se sorprendió al comprobar que la idea del matrimonio
también podía ofrecer consuelo.
Recorrió la pasarela de madera hasta el café. Estaba de buen humor, una brisa fresca soplaba
desde el mar; en la terraza del café se disfrutaba de un magnífico panorama de la bahía. Christina no
era la única que había optado por desayunar allí: todos los lugares al sol estaban ocupados, y a la
sombra hacía demasiado frío. Una mujer que estaba en una de las mesas notó la vacilación de
Christina y la invitó a compartir la suya con una sonrisa.
—Siéntese en mi mesa, señora. ¡No necesito las cuatro sillas!
Christina aceptó, agradecida.
Ambas mujeres se cayeron bien de inmediato y pronto entablaron una animada conversación. La
al parecer inevitable pregunta de si tenía hijos la incomodó, optó por esquivar el tema y le hizo la
misma pregunta a su interlocutora, que se había presentado diciendo que se llamaba Silvia.
—Sí, dos varones —contestó la mujer en tono orgulloso—. Están allá fuera, en alguna parte —
añadió, dirigiendo la mirada al mar.
—¿Sus hijos son navegantes?
—¿Navegantes? —dijo Silvia, boquiabierta, y después soltó una carcajada—.
¡No! Ambos están allá, parados en sus tablas de surf. ¿Los ve? Esos dos puntos oscuros en el
horizonte deben de ser ellos.
Christina también rio; casi había olvidado el auténtico motivo de su visita al café: el de preguntar
dónde podía encontrar a ese Raúl.
—¿Conoce esta dirección? —preguntó.
Silvia frunció el ceño, pero cuando Christina le alcanzó el papel con la dirección, su rostro se
iluminó.
—Sí, claro que sé dónde vive Raúl: en Liberato, ese fue el nombre con el que bautizó su casa.
Encontrarla es fácil.
—¿Conoce a Raúl?
—Bueno, eso sería una exageración. Es escultor, vive una vida bastante retirada en su casita a
orillas del mar.
—¡Qué bonito! ¡Una casa a orillas del mar! —comentó Christina.
Silvia sonrió.
—Bueno, acá vivimos obligatoriamente a orillas del mar, está justo delante de la puerta —dijo, y
volvió a buscar a los surfistas con la mirada.
—¿Puede decirme algo de Raúl?
—Si usted me dice qué quiere de él —dijo la mujer en tono suspicaz.
—Desde luego, perdóneme, es una deformación profesional: soy periodista.
Su narración se prolongó más de lo que Christina había pensado.
—... Y ahora confío en que al menos podré avanzar con el asunto del bandoneón y que Raúl
pueda contarme algo acerca de su padre. Por cierto, ¿usted conoció a su padre, ese músico?
—No. Raúl no es de acá, se trasladó a Quequén durante los tiempos difíciles.
—¿Los tiempos difíciles? ¿Se refiere a la dictadura?
Tras vacilar unos instantes, Silvia dijo:
—Sí, durante la dictadura. En aquel entonces decían que había huido de Buenos Aires, eran
tiempos difíciles. Yo también perdí muchos amigos —dijo Silvia, meneando la cabeza como si
quisiera deshacerse de los recuerdos tenebrosos—. Pero por suerte ya pasó mucho tiempo desde
aquello, hoy es mejor que disfrutemos del sol —añadió, volviendo a sonreír—. Entre tanto Raúl se
ha convertido en un escultor bastante exitoso; no entiendo mucho de arte, pero en el gran parque de la
ciudad hay una de sus obras, es muy bueno. Me lo encontré alguna vez, pero en realidad no lo
conozco. Además, ¿a quién conoce uno realmente?
Christina pensó en su madre. Había llegado la hora de partir y ella y Silvia se despidieron muy
cordialmente.
Tras recorrer un camino muy bacheado Christina por fin alcanzó la meta: en una piedra ponía
Liberato con artísticas pinceladas. El amplio terreno estaba bordeado de una valla de tela metálica y
arbustos. Christina echó un vistazo por encima de un vallado pintado de blanco.
Grandes eucaliptos bordeaban un camino y, sombreada por viejos árboles, había una pequeña
casa baja pintada de blanco y con persianas azules, al igual que un granero cuya puerta de dos alas
estaba abierta. Christina oyó golpes de martillo y, tras un par de minutos, abandonó la búsqueda de
un timbre, abrió la puerta del vallado y se deslizó al interior del terreno.
—¿Hola?
El martilleo cesó y un hombre de tez bronceada salió del granero: el tono de su piel era el de una
persona que vive junto al mar todo el año e irradiaba una envidiable serenidad. Tenía el rostro
cubierto de polvo.
—¡Buenos días! —dijo Christina, y el tono tímido de su propia voz la sorprendió—. Perdone que
lo moleste, ¿es usted Raúl, el hijo de Eduardo, el músico?
Su interlocutor le dedicó una sonrisa amable.
—¿No le parece que debería empezar por presentarse, muchachita? Al fin y al cabo, usted acaba
de irrumpir en mi terreno.
El papel de muchacha desamparada y balbuceante no le agradaba para nada a Christina. ¿Qué se
había hecho de su superioridad? En vez de seguir tartamudeando, metió la mano en el bolso y le
tendió la vieja tarjeta postal.
El hombre la contempló, asombrado.
—¿De dónde la sacó?
Haciendo un esfuerzo, Christina comenzó a contarle algunos fragmentos de su historia, pero Raúl
no tardó en interrumpirla y el corazón de Christina brincó de alegría al notar su reacción: no cabía
duda de que se trataba del hijo del músico.
—Sentémonos allá, a la sombra. Seguro que tiene sed.
Agradecida, Christina bebió una Coca-Cola helada. Empezó a hablar del vaciado del
apartamento de su madre, del descubrimiento de la tarjeta, de que quería averiguar la verdadera
identidad de su familia y del viejo titiritero del barrio del puerto que le había proporcionado la
dirección de Raúl.
—Un viaje muy largo para encontrar a un músico del que usted lo ignoraba todo, del que lo único
que sabe es que de algún modo una tarjeta postal con su fotografía fue a parar al cajón de su madre...
Perdone, pero me parece un esfuerzo muy considerable —dijo Raúl en tono pensativo—. ¿Qué es lo
que está buscando en realidad?
—¿Que qué busco? Un par de respuestas.
—¿A qué preguntas?
—No lo sé con exactitud —dijo Christina con una sonrisa—. Pero sé una cosa: ya en Berlín
estaba absolutamente segura de que esta tarjeta postal juega un papel importante en mi vida y que
debo investigar el asunto. Y desde hace unos días incluso sé con total seguridad que soy la
destinataria de esta tarjeta.
Raúl le lanzó una mirada interrogativa, pero Christina optó por mantener su propósito y no hablar
de su encuentro con su difunta madre.
—Lo sé y punto, y estoy empecinada en encontrar ese bandoneón. ¿Lo tiene usted?
—Un momento, jovencita, no se apure. ¿Por qué quiere encontrar ese bandoneón?
Entonces Christina se dio cuenta de que no le había dicho ni una palabra sobre la anotación que
aparecía en el reverso de la tarjeta.
—Mire, ¿lo ve...? —dijo, y dio la vuelta a la tarjeta—... aquí pone «ESTE
bandoneón». ¿Comprende lo que quiero decir? «ESTE» aparece en mayúsculas: «ESTE
bandoneón alberga toda mi vida. E.»
—¿Y usted cree que lo escribió mi padre? ¿«E» de Eduardo?
—No, claro que no, porque su padre no sabía escribir en alemán, ¿verdad?
—No, seguro que no —contestó Raúl, negando con la cabeza—. Pero entonces, jovencita, ¿quién
es «E»?
—Una buena pregunta.
Raúl soltó una carcajada.
—Creo que deberíamos conocernos un poco. Si usted quiere, puedo contarle algunas cosas sobre
mi padre, quizás entonces se le ocurra alguna idea. Usted me resulta simpática, Christina, de lo
contrario no me mezclaría en este asunto.
Pero antes de seguir hablando, Raúl quería preparar un mate.
—¿Sabe qué es?
—Pues sé que existe —dijo Christina, pero la idea de beber esa infusión mediante una bombilla
compartida por todos no la entusiasmaba.
—¿Qué? —exclamó Raúl con indignación fingida—. ¿Está en Argentina y aún no ha tomado un
mate? Bueno, es hora de que lo haga —añadió, y fue en busca del pequeño recipiente redondo y la
bombilla de metal.
En la otra mano llevaba una olla abollada. Le mostró la pequeña calabaza a Christina: estaba
llena de una hierba verdosa.
—¿Con azúcar o sin? Ay, claro, no puede saberlo puesto que es su primer mate. ¡En ese caso
mejor con azúcar!
Raúl volvió a desaparecer en el interior de la casita. Poco después, cuando vertió un poco de
azúcar en la calabaza, Christina consideró que suponía una concesión para una novata. Raúl llenó el
recipiente de agua caliente y dejó remojar las hojas verdes.
—Mate: símbolo de los puntos en común y la serenidad. ¡Pruébelo!
Christina vio las vetas de la calabaza y tuvo que vencer su repugnancia al chupar de la bombilla
cubierta de manchas oscuras.
—Si he de ser sincera, me resulta demasiado amargo.
La hierba le dejó un sabor áspero en el paladar.
Raúl rio y le guiñó un ojo.
—¡Lo sabía, tiene que ser con azúcar! —dijo, y rechazó la calabaza que Christina le tendía—.
¡Oh, no, todos deben terminar su mate! El mate es como la vida: se comparte con otros, pero a cada
uno le toca su ración. Al principio está caliente, después se enfría un poco; el azúcar disimula el
amargor, pero uno no deja de notarlo y todos beben su mate hasta el final.
Christina chupó con fuerza.
—Es una bonita comparación. ¿Cómo tomaba el mate Eduardo, su padre?
—Una transición inteligente. ¿Mi padre? Era de esos que lo toman con azúcar, sin azúcar, con
azúcar, sin azúcar, con azúcar... y preferentemente todo al mismo tiempo. Vivíamos en el barrio del
puerto de Buenos Aires, en el patio trasero de la tabernita de mi abuelo: Los Tangueros de Buenos
Aires; solo hablaban de Los Tangueros, para algunos el nombre de mi padre era su sinónimo: uno iba
a lo de Eduardo. En la foto aparecen mi padre con su bandoneón y los otros músicos.
Tenía bastante talento, en todo caso Los Tangueros siempre estaba repleto cuando él tocaba.
—Su padre tocaba tango, ¿verdad?
—¡Por supuesto! ¿Qué si no? Adoraba el tango... no: lo vivía. Debo contarle algo más sobre mi
familia. Éramos pobres, y «pobres» significa pasar hambre y frío, vivir en un oscuro y húmedo patio
trasero, y no saber si al día siguiente tendrás algo que llevarte a la boca. Nosotros, los chicos del
puerto, vivimos la enfermedad y la miseria.
Christina le había devuelto el mate. Raúl volvió a llenarlo de agua y bebió su ración.
—No era una linda vida, pero por más paradójico que parezca, tuve una infancia feliz. A menudo
mi madre estaba cansada, trabajaba en una lavandería y en casa de una modista; se la pasaba de pie
ante las cubas que despedían vapor y se pinchaba la punta de los dedos con clavos oxidados, pero
me dio mucho amor.
Mi padre era un artista, adoraba la vida y la disfrutaba mucho. Vivía para su instrumento, su
bandoneón. Cuando tiraba del fuelle y lo hacía sonar, algo mágico flotaba en Los Tangueros. Incluso
cuando yo era chico notaba que él era una persona muy especial, y se trataba de algo más que aquel
orgullo natural que uno siente por su padre. Él y yo nos divertíamos mucho, jugaba y reía conmigo.
Solo mucho más adelante me di cuenta de que había dejado el sustento de nuestra familia en
manos de mi madre. Si mi abuelo no hubiera permitido que viviésemos en su patio trasero, habríamos
ido a parar a la calle —dijo, y dio otra chupada a la bombilla con aire pensativo.
—Pero usted dice que sin embargo su infancia fue feliz —dijo Christina, intentando convencerlo
de seguir hablando.
—Sí, de hecho lo fue. Verá: mi padre casi siempre estaba pendiente de mí.
Claro que había días en que se ausentaba con sus músicos; en general, esas breves excursiones le
sentaban bien. Si durante unas horas lograba escapar de nuestro miserable patio trasero, sabía que
más tarde regresaría a casa de buen humor y con unos dulces para mí. En esa época también nos iba
un poco mejor económicamente. Lo mejor de todo eran nuestros veranos, los veranos acá, en
Quequén. En verano, en época de vacaciones, mi padre dejaba nuestro hogar bonaerense y venía acá,
lo contrataban en el Hotel Quequén. En esa época la alta sociedad vivía en los alrededores del
puerto. Hoy resulta imposible imaginarlo, pero Quequén era un balneario lleno de hoteles caros. El
más elegante era el Hotel Quequén, frecuentado por los argentinos ricos. ¿Ha visto las viejas y
grandes mansiones en el trayecto hasta acá?
Christina asintió.
—Hoy solo quedan esos palacios vacacionales medio derruidos. De chico pude acompañar a mi
padre durante unos días. Ambos ocupábamos una diminuta buhardilla del hotel. Estaba mimado por
todo el personal y siempre me daban toda clase de exquisiteces. Sobre todo el portero, que me traía
lo mejor de la cocina. En cierta ocasión, mi padre me dijo que ambos se habían ayudado mutuamente
a zafar de un problema. Eran unas vacaciones de ensueño y la alegría previa me duraba todo el año.
De chico, deseaba que toda la vida fuese como los primeros días de las vacaciones de verano.
Christina volvió a asentir.
—Bien, de día, cuando no debían ensayar o tocar en el salón de té, mi padre y sus colegas
músicos buscaban un lugar donde nadie los molestara e interpretaban su música, el tango, puesto que
no podían tocar tangos ante los elegantes huéspedes del hotel.
—¿Qué significa el tango para usted, Raúl?
—Es difícil de decir. Antes me sumergía en la música con toda naturalidad y dejaba que las
melodías me envolvieran, pero hoy es el símbolo del triste fin de mi padre.
—¿Triste fin?
—Sí, por desgracia. Debido al alcohol. Su vida fue un tango, una experiencia agridulce, como el
mate con azúcar. Y tal como bebemos el mate hasta la última gota, el tango también acaba
irremisiblemente con la última nota. Un acorde final y el baile se termina. Por desgracia, no todos
tienen la suerte de poder bailar juntos hasta el final.
Durante un momento el silencio reinó entre los dos.
—En los tiempos gloriosos del Hotel Quequén el tango era despreciado, un baile de pobres cuyo
destino eran las tabernas y los prostíbulos. Pero para mi padre el tango era su vida.
—¿Qué opinaba su madre del hecho de que su marido y también su pequeño hijo estuvieran
ausentes todo el verano?
—¿Mi madre? Era el único modo de sobrevivir. Cuando mi padre tocaba el piano en el hotel
sabíamos que pasaríamos aquel verano y también el siguiente invierno. Creo que mis padres se
querían de verdad, pero la mirada de mi padre expresaba una nostalgia que aún hoy no puedo
interpretar. Tal vez se tratara del anhelo por una gran carrera que nunca realizó. Quizá dicho anhelo
también fuera la causa del quebranto de su vida.
Christina le dio tiempo, pero lo contempló atentamente.
—Sí, el gran quebranto. Hasta ese momento, y pese a la pobreza y la mugre, nuestro mundo
parecía bastante intacto. Disfrutamos de muchos momentos felices, mi padre se ocupaba de mí, la
relación de mis padres era buena. Debió de haber ocurrido algo a mediados de los años cuarenta. Mi
padre se volvió depresivo, nada lograba levantarle el ánimo y solo se dedicaba a holgazanear. De
pronto el alegre y siempre de buen humor Eduardo se transformó en un gruñón.
Todo le parecía mal, se volvió caprichoso, cínico y no hacía más que soltarle comentarios
desdeñosos a todo el mundo. Mis abuelos observaban impotentes cómo también maltrataba a mi
madre. Justamente a mi madre, que a fin de cuentas era la única que todavía aportaba algo para
nuestra supervivencia.
Trabajaba duro tanto de día como de noche, solo para ganar un poco de plata.
—¿Y qué pasó con su contrato en el hotel?
—Mi padre no solo se convirtió en una persona insoportable, también desatendió la música.
Perdió el empleo. Creo que supuso un golpe muy duro para él. ¿Qué mantiene en pie a un músico? La
eterna esperanza de que ocurra un milagro, pero si una amarga verdad acaba con dicha esperanza el
mundo se desmorona.
Christina asintió y recordó aquel momento en el hospital, cuando ella y su madre recibieron el
angustioso diagnóstico.
—¿Pero qué lo hizo cambiar tanto?
—No lo sé. Esa pregunta me acompaña desde siempre.
Entonces volvió a reinar el silencio.
Por fin, Raúl volvió a verter agua caliente en la calabaza y se la alcanzó a Christina, pero ella la
rechazó, prefirió beber otra Coca-Cola. Le hubiese gustado preguntarle a Raúl por el bandoneón, si
lo tenía él o dónde había quedado, pero ese no era el momento indicado y lo dejó tranquilo hasta que
el escultor tomó aire y siguió hablando.
—En algún momento mi padre tiró la toalla. Bueno, quizá pueda imaginarse lo que supone el fin
de un borracho.
Christina notó que Raúl se esforzaba por no llorar.
—¡Pero no olvide que usted también vivió momentos de felicidad, Raúl!
—Sí, tiene razón. Debo pensar en otra cosa, distraerme. ¿Tendría ganas de conocer el Quequén
viejo y feudal? Iremos a los lugares de las vacaciones de mi infancia feliz.
—¡Nada me gustaría más! —dijo Christina con las llaves de su coche en la mano.
—No, iremos en el mío —dijo Raúl, indicando un cajón de lata con ruedas aparcado en la parte
trasera del terreno.
Al notar su expresión, Raúl soltó una carcajada.
—Es un Mehari, está basado en el viejo Citroën 2CV, el «pato». Hace años lo fabricaban acá.
Aprenderá a quererlo, créame, y a mí me basta.
—¡De acuerdo!
Poco después Christina se dejó caer en el asiento de plástico con un suspiro y lo lamentó de
inmediato, porque el golpe hizo vibrar los escasos amortiguadores. El vehículo era una mezcla de
todoterreno, buggy, Cabrío y juguete infantil.
—Pues con esta cosa no pasaría el control en Alemania, que por cierto se denomina ISO.
—Oh, acá, en Argentina, tampoco —contestó Raúl en tono divertido.
—¿Cómo dice? —exclamó Christina, poniéndose derecha.
—Bien, tampoco acá en Argentina este auto pasaría una... ISO, pero a condición de no abandonar
el término municipal no necesitas una ISO. Solo hay que pasar el control para circular por las
carreteras, pero, de todos modos, nunca voy muy lejos con el Mehari. Pero mire, aún hay cosas
peores —dijo, indicando otro coche.
Christina rio al ver el cartel pegado al parabrisas trasero del montón de hierro oxidado.
—¿En venta? ¿Alguien pretende vender ese montón de chatarra?
El parachoques casi rozaba el suelo, unas cuerdas sujetaban las puertas, faltaban las ventanillas
laterales, por no hablar de los faros o los intermitentes.
¡Argentina! ¿Es que en Alemania eran demasiado estrechos de miras o aquí demasiado
desenfadados? En todo caso, Christina se alegró cuando ese montón de chatarra dobló por otro
camino sin que un trozo de latón los alcanzara.
—¡Allí está el Hotel Quequén! Ahí trabajó mi padre, el lugar de mis veranos felices.
—¿Podemos entrar?
—No, lo siento, hoy es un edificio de departamentos privado.
Cuando pasaron ante el hotel, Christina se volvió y contempló el edificio colonial. Notó que el
corazón le latía aprisa. Pocos metros después volvieron a encontrarse en la zona portuaria donde se
había perdido a la ida.
—Estas mansiones son impresionantes, es una pena que estén en tan mal estado. ¿Dónde quedó la
riqueza de Quequén?
—Acá la prosperidad provenía sobre todo de la industria pesquera. Quequén era el único gran
puerto, además de Buenos Aires; allí, al otro lado del puerto, aún se levanta la ruina de la vieja
fábrica de conservas, una joya de la arquitectura industrial.
—Sí, la he visto y me pregunté qué habría sido en el pasado —dijo Christina.
—Entonces seguro que también ha visto los magníficos edificios vecinos, hoy convertidos en
pasado.
—Pero aún siguen pescando, ¿no?
—Claro, pero al igual que antes, pescan en aguas más septentrionales, las de la costa de la
Patagonia, y aquellas provincias no eran tontas: finalmente, construyeron un gran puerto allí, donde
trasladaban el pescado y lo industrializaban. De pronto todo se detuvo en Quequén, las grandes
familias dejaron de ocupar sus mansiones y los ricos veraneantes dejaron de acudir. La región volvió
a limitarse al cultivo de las tierras en torno al puerto y este se especializó en los productos agrarios.
Que el comercio se recuperara llevó bastante tiempo, y también el turismo. Al principio todo era un
recuerdo de los viejos tiempos, las familias pudientes compraron departamentos de vacaciones, las
madres y sus hijos pasaban todo el verano acá, los maridos, los que ganaban la plata, solo se
quedaban una o dos semanas, o venían los fines de semana. Pero empezaron a construir un edificio de
departamentos tras otro y entonces llegaron las multitudes y precisamente esas multitudes se instalan
acá en verano, nos guste o no. En todo caso, de eso vive la ciudad.
Christina asintió: había visto las ruidosas salas de juego de luces intermitentes y los restaurantes
baratos del centro de la ciudad. El Mehari recorrió una calle bacheada en dirección a la playa y Raúl
se detuvo ante un edificio alargado parcialmente en ruinas.
—Esa es la vieja estación de ferrocarril de Quequén, antes era un ejemplo del bienestar y la
elegancia.
Christina estaba impresionada y, presa de la fascinación, se dirigió a aquel lugar. Su aspecto la
hizo estremecer y se volvió hacia Raúl casi como si soñara.
—Aquí estaba la calesa, el conductor aguardaba justo en este lugar.
—¿De qué está hablando? —preguntó Raúl, sorprendido.
Christina, que solo entonces se dio cuenta de lo que había dicho, también se sorprendió.
—¿Qué calesa?
—No lo sé, Raúl, pero era una calesa negra descapotable. Un conductor bondadoso llevaba las
riendas de los caballos y transportaba a los huéspedes al edén estival.
—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó Raúl, inquieto. Tal vez no deberían haber circulado sin
la capota, el sol caía a plomo.
—Está todo bien, Raúl, es maravilloso. Esta estación resulta muy inspiradora.
Venga, vamos a verla.
Recorrieron el antiguo vestíbulo de la estación, donde hacía años que los buenos tiempos habían
pasado y solo quedaban las frías y descascaradas paredes.
Al otro lado había un andén carente de rieles. Oxidadas columnas de hierro cubiertas de
filigranas sostenían el alero. Allí donde antaño un llamativo mosaico de cristal dividía los rayos del
sol en innumerables colores solo quedaba un enrejado de hierro cincelado. Las antiguas vías estaban
cubiertas de malezas, y, con expresión ensimismada, Christina deslizó la mirada por el viejo andén.
Pese a su estado ruinoso aún se adivinaba el antiguo brillo.
—¡Es un lugar fascinante! —dijo ella con una sonrisa—. Puedo oír el bufido de la locomotora, el
traqueteo de las puertas de los compartimentos, percibo el aroma de la madera que revestía los
lujosos vagones.
De pronto se volvió, pensativa.
—La calesa negra... todo comenzó con ella.
—¿De verdad se encuentra bien, Christina? Hoy hace mucho calor, debió haber bebido más
líquido.
—No se preocupe. Me encuentro estupendamente. Ahora sé qué quiso decir mi madre cuando
dijo que recibiría respuestas a preguntas que no puedo formular.
Ambos se sentaron en el suelo de piedra del andén y dejaron colgar las piernas por encima del
balasto.
—¿Echa de menos a su padre, Raúl?
El escultor reflexionó un momento, la pregunta lo había sorprendido.
—Lo eché de menos desde el instante en el que ya no pude comprenderlo. En aquel entonces
quería que regresara mi padre alegre, divertido y músico, pero nunca más volvió. Hoy considero que
mi padre era como un tren rumbo a ninguna parte. Recorrió la vida a toda velocidad hasta que por fin
se dio cuenta de que para él no había una meta. Quizás este andén también echa de menos los rieles
que antaño pasaban por acá.
Cuando regresaron a la casa de Raúl, el sol se estaba poniendo. Aunque Christina solía
conducirse bastante bien, allí en Argentina su sentido de la orientación fallaba. Le parecía que el sol
giraba en dirección contraria, que todo había cambiado de lugar: resultaba que allí donde Christina
suponía que saldría el sol era el oeste, y en cambio el sol se ponía por donde ella creía que estaba el
este, y entonces decidió que en cuanto llegara al baño de su pensión se fijaría en qué dirección giraba
el agua en el sumidero.
—Ha sido un día maravilloso, Raúl. Si bien mis preguntas quedaron sin respuesta. El bandoneón,
Óscar Hechtl, el vínculo con su padre...
—¿Tiene ganas de volver mañana? —la interrumpió Raúl—. Me encantaría volver a verla.
—¡Con mucho gusto! —contestó ella con una sonrisa luminosa.
18
Christina estaba tendida en la cama de la pensión, incapaz de conciliar el sueño. ¿Se estaba
volviendo loca? Esa calesa negra delante de la estación de ferrocarril... ¡La había visto de verdad y
también a su madre en el cementerio! Y
eso solo era un fragmento de todo lo que había percibido: la presencia de personas en el andén,
la vieja estación, el sonido del tren y, entre el vapor de la locomotora, la silueta de una mujer. Se
sentía... «manejada por otro» fue la frase que se le ocurrió, pero la palabra «vinculada» resultaba
más adecuada, pero ¿con qué? Cuando amaneció se alegró de dejar a un lado sus cavilaciones y poco
después condujo hasta la casa de Raúl y tomó café en su cocina americana.
—¿Tiene ganas de dar un paseo por la playa? —preguntó el escultor.
—¡Desde luego! —contestó, se puso de pie y agarró la cámara fotográfica.
—No, deje la cámara acá; será mejor que la guardemos, de lo contrario podría resultar
demasiado tentador —dijo Raúl, y la encerró en un pequeño armario debajo de la pila—. Además,
las imágenes importantes las lleva acá —añadió, y se llevó la mano al corazón.
—¿De verdad cree que podrían entrar ladrones en su casa, en pleno día? — preguntó ella, al
tiempo que recordaba el viejo problema con su marido, que creía necesitar un seguro para todo.
—¡Acá roban todo lo que pasa por la puerta! —contestó Raúl—. En mi casa ya han entrado dos
veces a robar; la primera vez, poco antes de comprarla: no dejaron ni uno solo de los muebles de los
antiguos propietarios, a excepción de dos placares que eran tan grandes que no cabían por la puerta.
Poco después, cuando me convertí en el nuevo propietario y me instalé, habían vaciado el baño.
Incluso destornillaron el viejo inodoro, rompieron las paredes de todas las habitaciones y se
llevaron los cables de la corriente.
—¡Pues a mí me hubiera dado un ataque de rabia! —dijo Christina, perpleja.
—Bueno, maldije como un demente y créame, mientras estudiaba trabajé en la construcción, con
lo que mi repertorio de malas palabras es muy variado. Por otra parte, es triste que valga la pena
robar un viejísimo inodoro. Más adelante, esos tipos volvieron a entrar y me robaron el que había
puesto nuevo —dijo Raúl, esbozando una sonrisa—. ¡Bueno, vamos a la playa!
Raúl soltó un silbido y Christina oyó los ladridos de un perro a lo lejos, luego una nube de polvo
apareció en el sendero arenoso. Agitando la cola, el perro pasó junto a la verja, corrió hacia un
hueco en el seto y lo atravesó de un brinco.
—¡Qué perro tan bonito! ¿Cómo se llama?
—Es una perra y se llama Ella. Bueno, al menos yo la llamo así en honor a Ella Fitzgerald.
Ignoro si una u otra Ella me lo toman a mal.
—¡A fin de cuentas es su perra!
—Oh, no, querida Christina, nuestra Ella es un ser libre que vive su propia vida y, si he de ser
sincero, creo que más bien es a la inversa: yo soy su ser humano. En todo caso, decidió que yo tengo
derecho a darle de comer y que siempre quiere pasar unas horas conmigo, tres veces diarias, para ser
exactos: en el desayuno, la comida y la cena.
Christina rio. Así que era una perra vagabunda, ya había visto unos cuantos perros perdidos por
ahí, pero esa perra era un ejemplar especialmente bonito.
—Mis vecinos la llaman Samba y en el supermercado oí que alguien la llamaba Leika. Se las
arregla para conseguir lo mejor de todo el mundo. ¡Pero con quien más le gusta estar es conmigo! —
dijo Raúl—. Sin embargo, es de suponer que tanto las Sambas como las Leikas afirmarían lo mismo.
Raúl y Christina se pusieron en marcha. El pequeño edén del escultor solo estaba a cien metros
de la costa y tras unos pocos pasos ambos —no, los tres: Ella les pisaba los talones— se
encontraron en un arrecife con la playa a sus pies.
Las grandes olas del Atlántico rompían contra las rocas, Christina disfrutó de la fresca brisa
marítima y el viento le agitaba el cabello.
—¡Qué lugar tan estupendo! —exclamó.
—¿Hacia dónde vamos, Christina, a derecha o a izquierda? A la derecha nos espera una caminata
de cuatro kilómetros a lo largo de la playa concurrida y acaba en la bocana del puerto. Ahí hay un
par de bares.
—Sí, conozco la zona: ayer, mientras trataba de encontrar su casa tomé algo en un café de la
playa. ¿Y si nos dirigimos a la izquierda?
—A la izquierda no tardaremos en encontrar las últimas casas y después solo hay playa y dunas.
—Me gusta, vayamos allí —declaró Christina.
—¡Qué bien! ¡Confié en que usted también optaría por ir a la izquierda! — dijo Raúl, sonriendo
—. A unos seis kilómetros un oasis chico interrumpe la interminable costa desierta, el Arenas
Verdes. Allá hay un camping y un restorán modesto. Podríamos hacer un alto allá; por cierto, sirven
unos calamares exquisitos. ¿Le parece bien? Pero no olvide que después tenemos que regresar.
—¡De acuerdo, en marcha!
La perspectiva de una larga caminata por la playa le agradaba. Al parecer, Raúl ya había
previsto que aceptaría porque llevaba agua suficiente para los tres en la mochila.
Dejaron atrás las últimas casas y entonces ante ellos se extendía la magnífica costa atlántica
argentina. Una playa ancha y completamente desierta hasta donde alcanzaba la vista. El sol se
reflejaba en el mar, las olas rompían contra las rocas de la playa; detrás de la playa se elevaban
grandes dunas, como un paisaje lunar.
En el remoto horizonte Christina vislumbró los grandes mercantes que se dirigían al puerto para
ser descargados.
Durante un buen rato Christina y Raúl caminaron en silencio uno junto al otro y sus pasos se
marcaban en la arena. Ella brincaba en torno a ellos, a veces se adelantaba, otras se quedaba atrás o
desaparecía entre los bajos arbustos que crecían en las dunas. De vez en cuando Raúl recogía un palo
y jugaba con la perra, que mordía el trozo de madera y no lo soltaba, al tiempo que Raúl tiraba de él,
la izaba y la zarandeaba. Christina reía, todos disfrutaban del juego. Una vez recuperado el palo Raúl
lo arrojaba, Ella corría tras él y, con porte orgulloso, cargaba con su trofeo trotando junto a ambos.
Christina notó que la que siempre ponía fin al juego era la perra, nunca Raúl, quien también recogía
las piedras que le parecían bonitas y, donde el agua entre las rocas formaba charcos, las hacía saltar
por encima de la superficie.
—¡Caramba, hace años que no hacía eso! —dijo Christina, y probó suerte; Raúl le mostró una
piedra grande como la palma de su mano y casi rectangular.
—Es como si la hubieran tallado a mano, los bordes son tan rectos y regulares...
Tras arrojar la piedra consideró que era hora de volver a hablar de su petición.
—Ayer fue como una especie de asalto, debí haberlo llamado por teléfono primero, pero solo
tenía su dirección y además aquí mi teléfono no funciona, no hay cobertura. No debería haber
confiado en las recomendaciones de un vendedor callejero de Buenos Aires al comprarlo, ¡porque
entonces tendría un aparato que funciona en todas partes, aquí en Argentina!
Raúl rio y le dijo que le mostrara el móvil. Lo sopesó, se volvió hacia el mar y de pronto lo
arrojó a las olas.
Christina se quedó paralizada del susto.
—¿Es que le falta un tornillo? ¡No puede arrojar mi móvil al mar, así sin más!
—gritó, y soltó un torrente de insultos... en alemán, porque su vocabulario español no daba para
tanto—. No lo comprendo... —añadió, se llevó las manos a la cabeza y caminó de un lado a otro por
la arena—... ¿Cómo se le ocurre tirar mi móvil al mar? ¡No me lo puedo creer, Raúl, de verdad!
—Pero si usted misma dijo que no funcionaba —trató de apaciguarla Raúl.
—¡Pero solo aquí fuera, porque no hay cobertura!
—Me parece mal que mientras damos este maravilloso paseo usted siempre quiera estar
localizable.
—¡Pues deje que eso sea mi problema!
—Le compraré uno nuevo, Christina, ¿de acuerdo? Deje que disfrutemos de este día, por favor.
En cuanto regresemos iremos hasta la ciudad y compraré un teléfono que también funcione aquí,
okay? —dijo Raúl, y le lanzó una mirada suplicante.
—¡Usted está loco! —bufó Christina.
—Hoy en día consideramos que siempre tenemos que estar presentes y localizables —dijo Raúl,
tomándola del brazo—. Antes insistió en llevarse la cámara. ¿Por qué? Es de suponer que no
olvidará estos paisajes, y en caso contrario, sería porque no eran importantes para usted. Pero quiere
llevar fotos para los otros en casa o, aún mejor, quiere subirlas a internet para que todo el mundo vea
lo mismo que vio usted. Pero eso también significa que mientras pasea por la playa no deja de pensar
en las fotos que quiere tomar y a quién se las quiere mostrar y, ¡paf!: en lugar de estar acá está en
casa o con sus colegas o en la página de internet. Todos adolecemos de lo mismo, no podemos
quedarnos tranquilos, siempre vamos con prisas. ¿Ha llamado alguien? ¿Ha recibido un SMS? ¿Un e-
mail? Deje que lo adivine: seguro que en su casa hay dos o tres teléfonos: el fijo, un celular
particular y otro del trabajo, ¿correcto? La computadora funciona todo el día, hay al menos dos
páginas de chat abiertas además de su correo electrónico y cada segundo recibe un mensaje y también
en el celular. Y encima está el televisor o —aún mejor— dos televisores, uno en el salón, otro en la
cocina... y así todos estamos permanentemente al trote, inundados de información poco relevante y
nos volvemos solitarios. ¡Para mí, el mundo integrado en la red es la puerta a la soledad!
Christina frunció el ceño.
—¡Pero si justamente la interconexión hace que podamos conocer a tantas personas de todo el
mundo y que no estemos solos!
Raúl negó con la cabeza.
—¿Conocer? ¿Con cuántas personas está sentada ante la computadora cuando lee sus correos? ¿O
cuán grande es el grupo de los que están físicamente presentes cuando chatea, con cuántos de ellos se
ha encontrado en el mundo real?
—Vaya, puede que tenga razón —tuvo que admitir Christina.
—Exacto. Está sola y todos esos otros allá fuera, conectados a la red informática mundial,
también lo están. ¿Y acaso entonces no nos sentimos solos también nosotros? En general, tarde por la
noche, cuando todo ya está oscuro y solo la lámpara del escritorio y la pantalla iluminan nuestra
habitación y, en medio del mar de bits y bites que nos hacen creer que tenemos amigos virtuales, en
realidad somos débiles, fáciles de intimidar y... de manipular.
—Por lo visto el tema le preocupa, ¿verdad?
—En realidad, mi tema es más bien la existencia en común —replicó Raúl—.
No comprendo por qué las personas nos complicamos la vida mutuamente, y trato de encontrar el
motivo. Verá: soy artista y, como escultor, tengo mucho tiempo para reflexionar y busco preguntas
que sirvan para expresarme.
—¿Y recibe respuestas?
—Creo que sí. A veces comprendo cosas que no puedo formular.
Christina se detuvo un momento. Su madre había dicho algo parecido en el cementerio, ¿no?
—Creo que, en realidad, nuestra vida debería ser linda y no difícil, esforzada —prosiguió Raúl
—. ¿Sabe que acá la tasa de suicidios entre los adolescentes es muy elevada? El motivo es el temor
al fracaso escolar, a la falta de trabajo, a la soledad y al abandono. ¿No es aterrador? La vida es un
regalo tan grande... y no puede ser que un ser humano se limite a arrojarla a la basura.
Ambos se detuvieron y dirigieron la vista al horizonte. Ella se sentó y restregó la cabeza contra
las rodillas de Christina.
—El aislamiento y el miedo son los dos métodos para volver sumisas a las personas y por eso
tengo una opinión tan crítica del aislamiento humano. Hubo una época en la historia de su país,
Christina, en la que el miedo posibilitó lo inconcebible, y acá, en Argentina, también ocurrieron
cosas atroces. Perdí muchos amigos en los años setenta, desaparecieron, de pronto ya no estaban, ¿y
qué hicimos? Agachamos la cabeza, siempre temerosos de ser el próximo. Si atemorizás a las
personas podés manipularlas, pero si estas pierden el miedo se vuelven fuertes y, entonces, cuando
han cobrado valor, si también logran encontrarse las unas y las otras, ya no pueden ser manipuladas.
—Usted convierte los mecanismos del poder en una fórmula bastante sencilla.
—Me temo que es así de sencilla. En todo el mundo, unos cuantos aprovechan el miedo para
imponer su voluntad, para incrementar su poder y su riqueza, y los temerosos lo toleran. Me pregunto
por qué nosotros, los humanos, somos tan manipulables. ¡Puff! ¡El mundo de Raúl en diez minutos!
Perdóneme, el mar da alas a mis pensamientos, seguro que la he aburrido.
Christina lo contempló, fascinada. No era un chiflado, solo estaba un poco apartado de la
sociedad. Antaño ella también era así, cuando estudiaba en la universidad: aún no era una adulta,
pero tampoco una adolescente. En aquel entonces, cuando acababa de egresar del instituto, todos
creían conocer y comprender el mundo. Discutían sobre el auge de los nuevos Verdes y se
preguntaban si sería mejor votar por estos o por los rojos. Claro que en aquel entonces ya sabía que,
por amor a sus padres, la mitad de su círculo de amigos en realidad votaba por los conservadores,
pero nadie lo reconocía, por supuesto.
Echaba de menos esos debates. ¿Qué se había hecho de las discusiones intelectuales con su
marido? Hoy en día ella y Bernd hablaban de las cuentas de la calefacción y de las compras del fin
de semana, si es que hablaban alguna vez.
De pronto las lágrimas se derramaron por sus mejillas; ella misma ignoraba el motivo. La belleza
de la naturaleza, la conciencia de que jamás había tenido una auténtica familia, el espíritu abierto que
percibía en Raúl, la comparación con Bernd —con quien el fuego parecía haberse apagado hacía
tiempo— y después el susto por la pérdida del móvil. Se sentía superada.
—Lo siento —dijo Raúl, y le rodeó los hombros con el brazo—, la asusté con eso del celular, no
quería herirla
—añadió, y le acarició la cabeza; Christina no lo rechazó.
—Discúlpeme —dijo Christina—, yo tampoco sé qué me pasa. De pronto me echo a llorar, pese
a que aquí todo es tan bonito... —añadió, parpadeando.
—No, discúlpeme usted... —Raúl carraspeó—... ¡fue un truco lamentable! — dijo, metió la mano
en el bolsillo del pantalón y extrajo el móvil de Christina.
—Pero qué... eso es mi... pero si vi que usted... —balbuceó Christina, que no daba crédito a lo
que veía.
—¡Perdóneme, de verdad, fue un estúpido juego de manos! Lo que tiré al agua fue esa piedra
cuadrada que le mostré. ¡Perdóneme!
—Usted... pues no entiendo nada... usted...
Christina estaba sorprendida y aliviada, y pese a tener los ojos llenos de lágrimas se echó a reír.
—¡Usted es un asco, de verdad!
—Gracias por tomárselo a broma. Fue un truco muy sencillo que hace años me enseñó un mago
callejero, por unos pesos, claro. Tenía la piedra en una mano y su celular en la otra, y el efecto
sorpresa es tan grande que el público no nota el cambio.
—No me lo puedo creer. Ella —dijo Christina, dirigiéndose a la perra en tono ceremonioso—,
apártate de este individuo, Ella, ¡es un miserable tramposo! — añadió, y le pegó un puñetazo en el
hombro a Raúl, que estaba al menos tan aliviado como ella. Sabía que había ido demasiado lejos.
Ella se alegró de que los humanos hubiesen recuperado el buen humor, ladró y brincó en torno a
ambos. Raúl tomó a Christina de la mano y siguieron caminando.
Chicos gritones recorrían las dunas en sus ruidosas motos de cuatro ruedas.
—Pues este lugar no es muy solitario, que digamos —constató Christina.
—Sí, los cuatrociclos y la pista de la playa —dijo Raúl, siguiendo a los chicos con la mirada—.
Las dunas son la zona preferida de esos atorrantes en plena pubertad.
Christina rio y decidió recordar la expresión e incluirla en un artículo. Raúl siguió hablando; se
alegraba de haberla hecho reír.
—En primavera, el camino que bordea la playa tiene que ser despejado por una topadora porque
durante las tormentas de invierno las dunas se extienden.
—¿Toda esa arena? ¡Qué barbaridad! En Berlín usan esas topadoras para quitar la nieve de las
calles en invierno.
—¿En serio? ¿Tanta nieve hay? ¡Qué barbaridad! —dijo Raúl, también riendo.
—Ay, Raúl, tiene mucha suerte de poder vivir aquí. ¡Me gusta estar aquí con usted!
—Gracias, le devuelvo el cumplido —dijo Raúl, carraspeó y bajó la vista, avergonzado—.
Vamos, todavía hay que recorrer un buen trecho y además tenemos que volver. Quiero regresar antes
de que oscurezca, no debemos perder tiempo.
—Tenemos a Ella. ¿Qué podría pasarnos acompañados por esa perra guardiana?
—Sí, nuestra perra guardiana; acá Ella depende más de nosotros que nosotros de ella. Los perros
sueltos tienen sus territorios; en ciertas noches de estío libran luchas feroces y en medio de la
oscuridad se oyen ladridos y gruñidos, y también algunos aullidos. A la mañana siguiente a veces
aparecen perros desconocidos que nunca había visto antes en la zona; de momento Ella ha logrado
defender el territorio del escultor loco, pero acá nos encontramos fuera de su radio y Ella jamás se
atrevería a corretear por ahí sola. La primera vez que fui hasta el Arenas Verdes con la perra, Ella
no se percató de que me había marchado y se quedó esperando en el restorán durante horas. Nunca
me he preocupado por ella, la gente del restorán me conoce, por supuesto, y finalmente me llamaron
por teléfono y tuve que ir a buscar a nuestro diablito. —Después de unos momentos añadió en voz
baja—: Para mí, fue muy lindo saber que esta perra de mirada fiel me necesita.
Christina le lanzó una mirada de soslayo: ese tío fuerte capaz de discursear con tanta inteligencia
tenía un lado débil.
—¿Tiene ganas de hablar de ello?
—¡Usted no da puntada sin hilo! —exclamó él—. Bien, si le interesa... — añadió, pero tardó
unos minutos en volver a hablar.
»Se llamaba Magdalena. Nos conocimos en la Academia de Bellas Artes, era una salvaje muy
talentosa, una pintora. Pintaba grandes cuadros de colores vivos y muy expresivos. Discutíamos
sobre pintura y escultura, ella rechazaba a Rodin, yo lo veneraba, sus discursos me enfurecían:
afirmaba que Rodin era un monumentalista y que compensaba el tamaño de su pene esculpiendo
obras gigantescas. Yo replicaba que a través de Camille Claudel, la alumna y amante de Rodin, se
notaba que Rodin era un genio mientras que ella, Camille, solo había corrido tras él y podría haberse
hundido en sus huellas profundas.
Entonces Magdalena me golpeó la cabeza con el único cojín del sofá y gritó: “¡Por Camille
Claudel, la auténtica musa e inspiración de un escultor con un pene demasiado chico!”, y riendo a
carcajadas, nos abalanzamos el uno sobre el otro.
Christina notó que Raúl estaba muy emocionado.
—Usted la amaba mucho, ¿verdad?
—Oh, sí, nos amábamos. Nos devorábamos mutuamente; tras egresar de la Academia ambos nos
mudamos a un departamentito en Buenos Aires. Era un cuchitril en un altillo y, como escultor, las
condiciones no eran nada buenas para mí y los grandes lienzos de Magdalena apenas cabían en
nuestro atelier. Había corrientes de aire y hacía frío, en un lugar entraba la lluvia. El gas no estaba
conectado y teníamos que preparar la comida sobre la única llama de una bombona. Éramos pobres,
pero ricos de corazón. Hoy aquel destartalado departamento me parece un palacio. Nos manteníamos
realizando trabajos temporales, ella trabajaba de camarera, yo en la construcción, donde podía
practicar golpeando piedras. Parece estúpido, pero aún me resulta útil en el presente. Creíamos
haber comprendido el mundo, saber cómo funcionaba y estábamos convencidos de que debíamos
salvarlo. ¡Dios mío, éramos muy bobos! Aunque ya no estudiábamos en la Academia, Magdalena y
yo manteníamos una relación estrecha con los estudiantes, luchábamos junto a ellos por la reforma
universitaria, la democracia y la modernización social. Nos organizábamos en grupos
revolucionarios cada vez más radicales. Algunos de nosotros incluso proclamamos la lucha armada
contra el viejo orden con el fin de provocar una reforma socialista.
Raúl bajó la cabeza y se restregó los ojos con la mano, como si quisiera borrar los recuerdos.
—Éramos tan jóvenes, Christina, tan ingenuos y estúpidos... Uno quería superar en radicalidad al
otro y nuestros gritos se volvieron cada vez más sonoros. Magdalena y yo formábamos parte del ala
izquierdista de los seguidores de Perón: la Juventud Peronista. En nuestros panfletos exigíamos el fin
del poder de la oligarquía y de la influencia de Estados Unidos y apoyábamos una Argentina
socialista. Tras la muerte de Perón, la situación se agravó en todas partes. Habíamos caído en un
torbellino que ya no logramos detener. Nos perseguían. La derecha organizó escuadrones de la
muerte destinados a encontrar a los miembros de la izquierda radical para matarlos. Pasamos a la
clandestinidad; algunos de los nuestros se armaron y atentaban contra funcionarios de derechas.
Magdalena y yo estábamos consternados, no comprendíamos qué estaba pasando, se había encendido
un fuego que ardía como un incendio devastador. Y no sabíamos cómo había ocurrido. ¿Quién se
había aprovechado de nuestras ideas? Algunos de nuestros amigos de izquierdas perdieron el control
y se sumieron en una suerte de delirio homicida, antiguos colegas raptaban empresarios y exigían un
rescate consistente en publicar sus manifiestos políticos. Y por otra parte, los sabuesos de la Triple
A de extrema derecha recorrían las calles y asesinaban a cuantos encontraban. Muchos de nuestros
amigos murieron, pero nosotros también teníamos muertos sobre nuestra conciencia y ya nadie era
capaz de decir quién era el cazador y quién la presa, quién el criminal y quién la víctima, quién era
culpable o inocente.
Magdalena y yo estábamos desesperados, nunca se nos ocurrió que estábamos contribuyendo al
odio y que nuestros amigos se convertirían en guerreros armados. Queríamos bajarnos, alejarnos de
todo aquello, pero ya estábamos demasiado involucrados, era demasiado tarde. Y entonces llegó
aquel miércoles que lo cambiaría todo para siempre, para Magdalena y para mí. El 24 de marzo de
1976 los militares dieron un golpe «para salvar la Patria». Fue devastador. La clase media burguesa
no lo consideró peligroso, al contrario: confiaba que las fuerzas armadas volverían a instaurar el
orden en el país e incluso algunos miembros de la izquierda consideraron que el golpe no resultaría
muy perjudicial. ¡Las personas estaban tan ciegas...! Argentina ya había sufrido varios
derrocamientos y golpes militares, pero nosotros sabíamos que aquel era distinto. Los generales no
tardaron en dejar claro su concepto acerca de la debida composición política del pueblo. El nuevo
gobierno se había fijado una meta: aniquilar la oposición de izquierdas, e inició una guerra de
exterminio. Los nuevos gobernantes eran brutales, no tenían escrúpulos y sabían fomentar el miedo.
En torno a nosotros, las personas desaparecían sin dejar rastro, de un día para otro nuestros amigos
ya no estaban y nadie sabía dónde se encontraban.
Habían desaparecido y punto. ¿Se imagina lo que significa ignorar dónde están tus amigos, si
para colmo sabés que las desapariciones son sistemáticas? Escuché hablar de personas secuestradas
en plena calle que trataron de gritarles su nombre a los transeúntes para que alguien al menos avisara
a sus familias, con una última esperanza de que aún hubiera alguien que pudiera ayudarles. Pero la
gente desviaba la mirada, avergonzada y atemorizada. Casi ninguno de los secuestrados sobrevivió.
Hoy sabemos que fueron torturados para extraerles una confesión, otros fueron asesinados,
enterrados en fosas comunes o arrojados al Río de la Plata desde un avión.
Raúl no pudo continuar, su voz era trémula, su cuerpo temblaba y luchaba contra las lágrimas. Él
y Christina se sentaron en unas grandes rocas y ambos contemplaron el mar. Permanecieron así un
tiempo; por fin Raúl rompió el silencio y prosiguió con la atroz historia.
—Mientras que al principio perseguían sobre todo a los militantes de izquierda, más adelante la
ira de los dictadores se dirigió contra todo lo que según ellos era subversivo. A veces bastaba con
que un hombre llevara barba o el pelo largo, también que fuera joven. Magdalena y yo estábamos
atemorizados, circulaban rumores sobre torturas y asesinatos, veíamos muertos en las calles y un día
la Junta Militar también nos golpeó a nosotros; yo había salido un momento y cuando subí las
escaleras de nuestro ruinoso edén ya presentía lo peor. Habían derribado la puerta, arrancado el
picaporte y la cerradura, había astillas de madera por doquier. Todo estaba devastado... ¿Y
Magdalena? Había desaparecido. El gran amor de mi vida, la mujer con la que podía discutir sobre
arte y con quien pasé las noches más locas, con la que quería compartir mi vida, fundar una familia y
junto a la que quería envejecer había desaparecido. Y para siempre.
Raúl se cubrió el rostro con las manos; después, cuando volvió a alzar la vista, sus ojos llorosos
delataban el dolor que le atenazaba el alma.
—Ni siquiera tengo una tumba o un lugar donde poder llorarla, ni ninguna certeza confirmada
sobre lo inconcebible. Solo un espantoso vacío que apenas logro soportar.
Por fin, la marea subió, las olas alcanzaron las rocas donde ambos estaban sentados y las aguas
chocaban contra las piedras. Ella se manifestó, tenía sed.
—Ay, Ella, hermosa —dijo Raúl, y le dio de beber agua ahuecando la palma de la mano.
»Nosotros también deberíamos beber algo, pero no de la mano —dijo, sacó dos vasos de la
mochila y los llenó—. ¡Gracias por escuchar!
—¡Gracias por contármelo!
Ambos inclinaron la cabeza y vaciaron el vaso.
—Bien, basta de pensamientos tristes, quiero escuchar algo lindo. Está casada, ¿verdad,
Christina? Veo un anillo que se parece mucho a una alianza. Hábleme de su marido y cuénteme algo
sobre Berlín. Nunca estuve allí, pero cuentan cosas maravillosas de esa ciudad. ¿Es realmente tan
asombrosa como dicen?
Ambos siguieron caminando a lo largo de la playa.
—¿Berlín? —dijo. Como siempre, a Christina le resultaba difícil describir su ciudad natal—.
¿De cuál Berlín quiere que le hable? ¿Del de las tarjetas postales o del Berlín de los berlineses?
—Del que usted prefiera —contestó Raúl en tono diplomático.
A Christina le complació su papel de guía turística.
—Empecemos por el Berlín de las tarjetas postales, por ejemplo nuestro monumento
característico: la Puerta de Brandeburgo, la conoce, ¿verdad? Seis columnas de piedra y encima la
cuadriga, el carro triunfal de la alada diosa Victoria arrastrado por cuatro impetuosos corceles.
—Sí, claro que conozco la Puerta de Brandeburgo. ¿Qué significa la puerta para usted, Christina?
Christina vaciló, era una pregunta poco habitual y tuvo que reflexionar un instante antes de
contestar.
—Si contestara de manera espontánea habría dicho: en realidad, nada, es un chisme turístico, al
igual que la Columna de la Victoria, nuestra gran columna coronada por la misma diosa. Todos los
guías turísticos dicen que la vista desde la punta de la columna es magnífica, pero yo nunca he estado
allí —dijo Christina, riendo y meneando la cabeza—. Bien, la Puerta de Brandeburgo tiene algún
significado para mí, al menos me alegro cuando veo su imagen en alguna parte del mundo. Nací en el
Berlín dividido, en la zona occidental y nuestro mundo acababa en el Muro. La puerta estaba justo
detrás, casi al alcance de la mano y, sin embargo, muy lejana.
—¿No se sentía encerrada?
—No, en absoluto. Sé que resulta difícil de comprender, sobre todo si uno se ha criado en un país
tan grande como Argentina, pero para mí el Muro era algo completamente normal, no conocía otra
cosa y tampoco mis amigas ni mis compañeros de clase. Hacíamos excursiones hasta Spandau, que es
uno de los barrios limítrofes de la ciudad, así que en realidad no era una excursión, pero a nosotros
nos bastaba; también íbamos a nadar a un lago, el Wannsee, y una vez al año cruzábamos lo que
antaño era la RDA hasta la Alemania Occidental, a orillas del mar Báltico. Allí vivía una vieja
amiga del instituto de mi madre en una pequeña aldea. Aprendí a caminar en el jardín junto al mar
Báltico y caí en un macizo de rosas.
Con expresión pensativa, Christina recordó los felices veranos de la infancia.
—Claro que cuando cayó el Muro, supuso un golpe para nosotros. Crecí convencida de que la
división de Alemania siempre perduraría, y de pronto se derrumbó todo el Estado allende el Muro.
Fueron tiempos demenciales. Y
fantásticos para nosotros, los adolescentes. Podíamos incrementar nuestra paga semanal así, sin
más. De noche arrancábamos trozos del muro y de día se los vendíamos a los turistas
estadounidenses. Ahora que lo recuerdo, en aquel entonces un hippie argentino arrancaba trozos del
muro con nosotros. Las chicas lo bautizamos «Jesús» en broma, porque llevaba el pelo largo y una
camisa amplia. ¡Dios mío, ha pasado una eternidad desde entonces! Éramos unos timadores, pero a
nosotras las chicas nuestras madres no tardaron en prohibirnos eso de arrancar trozos del Muro por
las noches, pero como nos negábamos a renunciar al incremento de la paga semanal les vendíamos a
los yanquis todas las piedras que lográbamos encontrar... y daba igual que fueran trozos del muro, o
no. ¡Si hubiesen amontonado todos los ladrillos y las piedras supuestamente pertenecientes al Muro
el resultado sería al menos tan largo como la Gran Muralla China!
—Las personas creen en lo que quieren creer —dijo Raúl—. ¿Así que ese era el Berlín de las
tarjetas postales? Me gusta. Ahora hábleme de su Berlín, del Berlín de los berlineses.
—Berlín tiene un encanto propio; dicen que nosotros los berlineses somos antipáticos, prefiero
decir que somos de corteza áspera y hueso blando. Incluso puede que Berlín y Buenos Aires guarden
cierto parecido; Berlín también tiene sus barrios, cada uno con su nombre y su carácter. Por cierto:
en Berlín, barrio se dice kiez. Como en Buenos Aires, los barrios son muy distintos y a menudo una
avenida que los atraviesa cambia de carácter por completo. ¿Me preguntó si Berlín era tan
asombrosa? Sí, claro que hay barrios asombrosos y muy jóvenes donde se reúnen los artistas, donde
unas boutiques chillonas ofrecen moda aún más chillona, hay bares de diseño de los años setenta:
grandes círculos anaranjados sobre paredes de terciopelo blanco, sillas verdes de diseño
escandinavo y alfombras de lana. Pero también hay zonas más tranquilas y elegantes. Algunas son
bastante burguesas. Berlín es todo al mismo tiempo: bonita y fea, silenciosa y ruidosa, pacífica y
agresiva, capitalina y provinciana.
Hay una canción sobre Berlín que da bastante en el clavo.
—Cántemela, me gustaría escucharla.
—No sé cantar, por el amor de Dios, y además es en alemán.
—Por favor, cántela. Soy el único que puede oírla.
—De acuerdo, pero bajo su responsabilidad —dijo Christina, carraspeó y entonó su estrofa
preferida de la conocida canción alemana.
Después rio, abochornada.
—Una canción muy linda, ¡gracias! ¿Qué dice la letra?
Christina procuró traducirla lo más poéticamente posible.
—«Esta ciudad es tan encantadora y tan áspera, tan colorida y tan gris... A veces es como un
gatito y otras como un animal salvaje, por eso me gusta vivir aquí. Sí, esto es Berlín, el condenado
Berlín. Me gustas, Berlín, aunque a veces me resulta difícil. Aquí me encuentro bien, aquí estoy como
en casa.»
A lo lejos Christina vislumbró unos grandes árboles, un verdor que se elevaba por encima de la
arena amarilla de las dunas.
—¿Lo ve? —dijo Raúl, señalando el bosquecillo—. Eso es el Arenas Verdes, nuestra meta. ¡Los
calamares se aproximan!
—¡Qué rico! Empiezo a necesitar un descanso. Caray, no estoy en forma, seguro que Bernd me
echaría en cara que no hago bastante ejercicio.
—¿Bernd? ¿Es su marido?
—Sí, aún no le he hablado de él.
—¿Y es feliz con él?
Christina se detuvo súbitamente y apoyó las manos en las caderas.
—Vaya, estimado Raúl, ¡qué preguntas! ¿No debería haber comenzado por decir algo como
«¿Cuánto hace que está casada?» o «¿Cuál es la profesión de su marido?».
—Pero siento mucho más interés por su estado de ánimo —dijo Raúl con una sonrisa astuta.
—De acuerdo, ¿por qué no? Puesto que ya ha logrado que le cantara... ¿Que si soy feliz con mi
marido? Una pregunta difícil. Antaño fui muy feliz con él, Bernd y yo nos conocemos desde hace
mucho tiempo; vivíamos en apartamentos contiguos mientras estudiábamos. Bernd estudiaba
matemáticas... nunca comprenderé cómo a uno puede interesarle eso. Me gustaba aquel muchacho
tímido, reíamos, podíamos discutir, bebíamos, a veces fumábamos un poco de hierba y juntos
pasamos noches maravillosas. El amor entre ambos sucedió lentamente. Cuando acabó los estudios,
Bernd regresó a Berlín de inmediato, él también es berlinés de nacimiento. En cambio yo pasé de un
empleo a otro y me consolidé como periodista. En aquel entonces, mientras yo montaba mi carrera,
Bernd se instaló cómodamente en su propia vida: un empleo en la administración, buenos amigos,
compañeros de trabajo, toda la retahíla. Creo que fue entonces cuando empezamos a desarrollarnos
de manera separada; habíamos llegado juntos a un cruce de caminos y entonces escogimos rumbos
diferentes. Al principio nuestros brazos aún eran lo bastante largos para no tener que soltarnos las
manos, pero en cierto momento la distancia se volvió demasiado grande y nos soltamos... y por
desgracia no nos dimos cuenta.
Christina calló.
—Es una imagen muy hermosa —dijo Raúl.
—Al fin y al cabo escribir y hablar forma parte de mi trabajo —dijo Christina, volviendo a tomar
la palabra—. Si hace un tiempo me hubiese preguntado si era feliz habría contestado rápida y
espontáneamente: «no, ya no soy feliz con él. Lo fui, pero ya no lo soy». Sin embargo, a partir de la
muerte de mi madre y el inicio de mi odisea con el tango algo ha cambiado. Bernd me ha dado tanto
apoyo, ha investigado tanto, me ha ayudado tanto a pensar... es sorprendente, pero ahora que nos
separa tanta distancia, vuelvo a sentirme más próxima, más vinculada a él. También puede que entre
tanto solo seamos buenos amigos.
—¿Por qué dice «solo», Christina? Tener un muy buen amigo... ¿cuántos pueden hacer esa
afirmación? ¿Y quién es capaz de definir dónde acaba el amor y comienza la amistad? Además, tal
vez no exista una diferencia entre el amor y la amistad, a excepción de la corporalidad. Pero supongo
que usted sabe que para los hombres no es imprescindible que el sexo esté vinculado al amor.
¡Bueno, ahora no tengo ganas de iniciar ese debate! —exclamó Raúl con una sonrisa pícara.
—Hace unas semanas estaba casi segura de que Bernd y yo debíamos poner punto final a nuestro
matrimonio. Ahora en realidad ya no sé nada.
—Entonces no intente decidir algo que no tiene por qué decidir. Creo en el poder del destino,
todo ocurrirá tal como ha de ocurrir, ¡así que aceptémoslo!
—¿Cree en Dios? —quiso saber Christina.
—¿Dios? Ignoro cómo debería llamarse esa fuerza: Dios, Alá, Jehová o incluso Re o Zeus. Creo
en un poder que obra en todas partes y que todo lo decide. Un poder que mantiene las estrellas en su
lugar no comete errores.
—Un bello concepto: un poder que mantiene las estrellas en su lugar.
—Era una suerte de legítima defensa o de tabla de salvación —dijo Raúl—. Sin esa confianza en
el destino jamás hubiera superado la pérdida de Magdalena.
Recorrieron el último tramo hasta la meta en silencio.
—Hemos llegado al Arenas Verdes —dijo Raúl, y extendió los brazos en dirección al
bosquecillo que se elevaba un poco más allá y su mirada resplandecía como la de un niño que acaba
de recibir su primera bicicleta. El Arenas Verdes hacía honor a su nombre: era un auténtico oasis en
medio del desértico paisaje de dunas. Los eucaliptos se elevaban al cielo y sus troncos lisos
brillaban bajo la luz estival. Los árboles habían cedido ante el viento permanente y se inclinaban en
dirección opuesta al mar. Hacia la costa, el oasis descendía y los altos eucaliptos daban paso a
arbustos bajos, matorrales y plantas rastreras y acababa por perderse en la arena de la playa.
Christina estaba entusiasmada y, extendiendo los brazos, echó a correr riendo y se adentró en el
pequeño bosquecillo. Inspiró el aroma de los eucaliptos y disfrutó del frescor de la sombra. La brisa
no llegaba al interior de la fronda, oyó el canto de las cigarras, el rumor de las copas de los árboles
y se volvió hacia Raúl, que la había seguido lentamente.
—Es maravilloso, es un paraíso.
—Sí, lo es; me alegro de que usted sienta lo mismo. Yo entré corriendo al igual que usted la
primera vez que vine, aunque en aquel entonces aún era un pibe. Mi padre me trajo acá. ¡Cuánto
disfruté de mis vacaciones en Quequén! Todos los años, mi padre conseguía un viejo camión y me
llevaba hasta el Arenas Verdes; yo todavía era demasiado chico para recorrer todo el trayecto a pie y
las escasas horas libres de mi padre tampoco hubieran bastado. Antes esto no era más que un
bosquecito entre las dunas, solitario y desierto. Mi padre y yo nos sentábamos en el linde y
contemplábamos el mar. Solía darme unos caramelos o algún dulce de su desgastada chaqueta.
Después sacaba su bandoneón y tocaba.
—¿Tocaba para usted? ¡Qué bonito!
—Bueno, no del todo, en esos momentos estaba completamente ausente, con la mirada dirigida al
horizonte y a otro tiempo. No sé en qué pensaba, pero seguro que no tocaba para mí. Era casi un
ritual: tocaba el mismo tema año tras año. Y
solo tocaba eso, el vals en do sostenido menor de Chopin, no tocaba tango ni melodías
folclóricas, solo ese vals.
—¿Un vals de Chopin? —dijo Christina, aguzando los oídos. ¿Dónde había oído ese vals hacía
poco?
—Sí. ¿Por qué lo pregunta?
—No tiene importancia, siga contándome.
—Bien, después mi padre y yo permanecíamos sentados un buen rato en silencio. Él me rodeaba
los hombros con el brazo y ambos escuchábamos el silbido del viento y el rumor de las olas. Este
lugar es místico... y mágico.
—Sí, tiene razón, este lugar es mágico. ¿Me muestra el lugar exacto donde usted y su padre
contemplaban el mar, por favor?
—¡Nada me gustaría más! —dijo Raúl en un tono carente de cualquier sentimentalismo—. Porque
resulta que exactamente allí, en el linde del bosque donde nos sentamos, hoy hay un restorán. ¿Y sabe
lo que eso significa?
¡Calamares frescos! ¡Venga conmigo, los calamares no deberían perder la vida en vano!
Raúl echó a correr a través del bosque con una ligereza sorprendente, seguido de Ella y
Christina.
19
Habían pasado dos años desde la alevosa muerte del profesor Eisengrün; todos sospechaban que
los autores de ese cobarde asesinato eran los nacionalsocialistas argentinos leales a Alemania, pero
las pruebas escaseaban. Los Grünberg estaban desconsolados, Emma nunca había visto a sus
queridos amigos tan abatidos. El mundo pasaba por una época espantosa, los últimos años habían
sido horribles.
A través de sus amigos judíos Emma se enteraba de un número cada vez mayor de atrocidades
cometidas en Alemania y, profundamente angustiada, escuchó un fragmento de un discurso en el que
una multitud jubilosa exigía la guerra total.
Ella y sus amigos lo habían oído por radio en la mansión de los Grünberg, en silencio y
meneando la cabeza. Grünberg opinaba que la guerra no duraría mucho más, que Alemania estaba
hundida y su satisfacción era evidente.
En Argentina la situación de los judíos también había empeorado; oyeron hablar de ataques
antisemitas en Buenos Aires, el pobre profesor Eisengrün no era una excepción. La entrada de
fugitivos judíos se vio restringida, el semanario judío fundado por el profesor Eisengrün cerró tras
solo cuatro años. Emma se enteró de que numerosas ciudades alemanas habían sido destruidas por
las bombas: Hamburgo, Colonia, Dresde, quizá también Berlín, y nadie era capaz de afirmar que los
informes eran ciertos, la propaganda no decía la verdad, estaba destinada a cumplir con los objetivos
de sus amos. ¿Qué se habría hecho de sus padres en Berlín, de su hermano? ¿Cómo se salvaría su
padre, postrado en una silla de ruedas? Pero tal vez hacía tiempo que su familia se había puesto a
salvo, que estaban fuera de la ciudad en casa de sus amigos del castillo de Liebenberg. «No resulta
sorprendente que en estos tiempos no lleguen cartas de ultramar», pensó Emma, procurando no dar
rienda suelta a sus malos presentimientos.
—¿Mamá? ¿Estás arriba?
La voz profunda de su hijo no dejaba de sorprender a Emma, que, entonces, con diecisiete años,
ya no era un niño.
—Acá estás, mamá, pero ¿qué te pasa?, ¿estás llorando?
Emma había sacado las viejas fotos de familia del cajón de su escritorio y las deslizaba entre las
manos.
—Ven y siéntate a mi lado, tesoro.
Óscar se apretujó contra ella, le agradaba su proximidad, ella era tan distinta a su padre, por
el que ya solo sentía desprecio. Frecuentaba los prostíbulos y había vendido la mayor parte de la
estancia, sobre todo para conservar su estatus en la ciudad, dejando que la abuela y tía
Wilhelmine se consumieran en la estancia. La abuela solo era una sombra de sí misma, estaba en
los huesos, se asfixiaba y cualquier movimiento le suponía un esfuerzo. Tía Wilhelmine cuidaba de
ella y procuraba aliviar su sufrimiento en la medida de lo posible. Los Langileburu habían
envejecido, al capataz le costaba contener a los peones, que ya no le obedecían; Langileburu ya
no era lo bastante fuerte como para imponerse a esa horda desbocada y su mujer apenas lograba
ocuparse de las tareas del hogar y de la administración de la casa.
Pepe, su amigo de infancia —que entre tanto también se había convertido en un muchacho—,
quería abandonar la estancia, estaba harto de la mugre y la pobreza. A pesar de todas las
diferencias a lo largo de los años en los que se volvieron adultos, ambos compañeros de juegos
seguían manteniendo el antiguo vínculo. Pepe le contó a Óscar que planeaba enrolarse como
marinero en un barco, en uno que lo llevaría a todo el mundo. Óscar lo había escuchado
boquiabierto y le pidió que le contara todos los detalles acerca de las autoridades portuarias, el
trabajo a bordo y el trato brutal cuando se enroló. Al igual que la mayoría de los peones de La
Esquina, Pepe no sabía leer ni escribir. Óscar a duras penas logró reprimir el susto al examinar
el texto firmado por Pepe con tres cruces: era un contrato leonino... pero Óscar no quería
decepcionar a Pepe y, además, quién sabe si, pese al contrato, la vida que aguardaba a su amigo
de infancia en el barco incluso fuese mejor que quedarse en la estancia.
Óscar no logró desprenderse de la fascinante idea: embarcarse a Europa y así escapar de la
situación familiar. Sabía que le rompería el corazón a su madre, pero tal vez incluso llegaría a
comprenderlo, porque al fin y al cabo ella también había abandonado a su familia hacía muchos
años. Cuando se presentara la oportunidad, Óscar quería sondearla, y la oportunidad se produjo
durante uno de los infrecuentes paseos por el parque que madre e hijo aún hacían juntos.
—Vos cruzaste el océano, mamá. ¿Cómo es la vida a bordo?
En aquel entonces, ella le lanzó una mirada sorprendida y una sonrisa.
—A bordo la vida es bonita y también cruel. Cuando estás en el barco y diriges la mirada al
horizonte, lo único que ves es el mar y sabes que bajo tus pies solo hay cientos de metros de mar
profundo, oscuro y frío. —Mentalmente, Emma volvía a estar junto a la barandilla, notaba la madera
lisa bajo las manos y percibía el aroma salado del viento—. Saboreas el aire salado y percibes el
viento en la piel... es una sensación difícil de describir. Eres grande y al mismo tiempo muy pequeño,
estás de camino y a la vez no estás en ninguna parte, te has marchado pero aún no has llegado, pero te
encuentras muy expectante. ¿Puedes imaginar cuán emocionada estaba en aquel entonces cuando viajé
a Buenos Aires? Solo tenía veinte años e iba de camino a un mundo nuevo.
—¡Qué lindo!
—¿En qué tonterías estás pensando? —dijo Emma, y le lanzó una mirada suspicaz a su hijo.
Óscar, sintiéndose descubierto, negó repetidamente con la cabeza.
—No, solo siento interés por tu historia.
—Bien, hijo mío —dijo Emma, y carraspeó—, perdón: quise decir jovencito, los viajes más
interesantes no son los que hacemos en barco, los viajes más interesantes son los que hacemos todos
los días porque la mayor aventura que debemos superar es la misma vida. Un barco es un lugar para
soñadores, posterga nuestra partida, prolonga nuestra despedida y nos mantiene alejados de la
llegada. El viaje deja lugar a la fantasía y los deseos. Aún no has llegado, pero ya te has ido. Y dicha
postergación nos da tiempo para reflexionar sobre lo que acabamos de abandonar y para soñar con
aquello a lo que aún no hemos arribado. Entre dos mundos, entre el cielo y la tierra, siempre a lo
largo del horizonte.
—¿Pero no te proporciona una increíble sensación de libertad?
Emma vaciló y reflexionó sobre la pregunta de su hijo.
—Sí, es una sensación de libertad, pero solo es una ilusión. ¿Te he hablado alguna vez de las dos
viejas hermanas inglesas que tu padre y yo conocimos durante la travesía?
Óscar negó con la cabeza.
—Ambas eran excelentes jugadoras de bridge y también pequeñas timadoras, ¡al menos se
rumoreaba que hacían trampas! —dijo Emma, riendo al recordar a la arrugada Ellie Templeton de
mirada bondadosa—. Se pasaban casi toda la vida viajando, ya habían visto todo el mundo, habían
visitado los lugares más remotos del planeta y casi toda su vida transcurría en los barcos. ¿Y sabes
por qué? Porque huían. No, no huían de la justicia sino de sí mismas. No querían enfrentarse al
mundo, así que de jóvenes decidieron escapar de las molestias de la Guerra Mundial; eso fue lo que
dijeron: «las molestias de la Guerra Mundial».
Pero en realidad huían de su propia vida; a lo mejor confiaban que, al vivir permanentemente
entre los mundos, podrían detener el reloj y ganar tiempo para subsanar el mayor error de su vida.
—Pero en todo caso vivían libres en los océanos del mundo, de toda la Tierra.
¡Suena maravilloso!
La mirada brillante de Óscar desagradó profundamente a Emma.
—¿Sabes cuán pequeño resulta un barco en comparación con el mundo, muchacho? ¿Cómo
puedes hablar de libertad? Los barcos siempre jugaron un papel en mi vida: primero fue el Cap
Arcona, después la esperanza cifrada en los buques frigoríficos de tu padre...
Ante la mención de su padre y sus ruinosos negocios, Óscar lanzó un salivazo.
—¡Óscar! —exclamó su madre en tono reprobatorio—. Tu padre no siempre fue así, también
disfrutamos de buenos momentos. Por desgracia, la vida le deparó sorpresas desagradables que lo
cambiaron. Sí, los barcos...
Mentalmente, también añadió los barcos del barrio del puerto en los que arribaban personas a las
que ella y Eduardo habían ayudado a salvar. De pronto Emma se detuvo, se volvió hacia su hijo y lo
agarró de los hombros.
—¡La libertad no tiene lugar allí fuera, Óscar, sino exactamente aquí! —dijo, y le tocó la frente.
En aquel entonces, en el parque, su madre le causó una profunda impresión. Y
ahora volvía a estar ahí sentada en el pequeño sofá de su habitación con las viejas fotos en el
regazo.
—Mira, Óscar, ¿ya te he mostrado estas viejas fotos?
Claro que ya había visto las fotos de la familia de su madre; las guardaba en un cajón de su
escritorio. Óscar se sentó a su lado y dejó que le contara las viejas historias.
—Estoy tan preocupada, Óscar... Hace mucho tiempo que no tengo noticias de mis padres, hace
dos años que no recibo una carta ni una señal de vida. Están tan lejos, ignoro qué ha sucedido, ni
siquiera sé si... —Emma se interrumpió un momento, las lágrimas le impedían hablar—... ni siquiera
sé si siguen con vida.
El timbrazo del teléfono la sobresaltó, era Juan, que llamaba desde la estancia.
Había conducido hasta allí porque el estado de Elisabeth había empeorado de manera drástica y
se preparaban para lo peor. En tono brusco, Juan le dijo a su mujer que se dispusiera para emprender
viaje, que le enviaba a Esteban con el coche, que su madre quería hablar con ella.
—Y apurate, es urgente. ¡Quién sabe cuánto tiempo la vieja seguirá en su sano juicio!
Juan se había convertido en un hombre duro. El alcohol lo obnubilaba casi todo el tiempo y
apenas podía cumplir con sus obligaciones. Desde que su negocio con la compañía naviera fracasó
de manera definitiva, su espíritu emprendedor se había apagado. Emma le dijo a Fernanda que
hiciera las maletas de inmediato.
Con el fin de recoger a la joven señora, Esteban había conducido desde la estancia hasta
Buenos Aires lo más rápidamente posible. Se alegraba de dejar atrás el ambiente opresivo del
campo. Wilhelmine, la hermana del señor, se había convertido en una vieja solterona, los
desordenados cabellos le cubrían la cara, presentaba un aspecto lamentable. La vieja señora casi
no podía abandonar el lecho, seguro que no tardaría en morir.
—¡Estamos observando la muerte mientras trabaja! —había dicho la mujer del almacén de La
Esquina y también que era una vergüenza que el señor dejara que todo se viniera abajo. Como si
un hechizo malvado se cerniera sobre el antaño colorido mundo de la estancia. Los terratenientes
vecinos se habían lanzado como buitres sobre los prados y las tierras de cultivo, y las ventas
forzosas habían hecho bajar los precios. Hacía mucho tiempo que la mayoría de los peones ya no
trabajaba para los Hechtl. Muchos de ellos manifestaban su malevolencia, afirmando que la vida
le había jugado una mala pasada a la antaño tan arrogante familia. La única por la que sentían
lástima era por Emma, la joven señora. Ella no se merecía presenciar esa decadencia.
Recordaban su aparición en el almacén, hacía muchos años. En aquel entonces el pequeño Pepe y
su abuela habían hablado muy bien de ella. Los padres de Esteban habían trabajado muy duro
durante toda su vida y servían a los Hechtl desde su juventud. Ambos nacieron en La Esquina y, a
excepción de la estancia de los Hechtl, casi no conocían otra cosa. Y ahora debían presenciar
cómo la estancia se hundía sin poder hacer nada para remediarlo. Eran demasiado viejos y
estaban muy cansados como para empezar de nuevo. Esteban estaba preocupado. ¿Qué sería de
sus padres?
Emma estaba sentada junto a la cama de Elisabeth; el olor a decrepitud y a enfermedad le cortaba
el aliento. Elisabeth tenía un aspecto atroz, su suegra debía hacer un gran esfuerzo para hablar y no
dejaba de interrumpirse en medio de cada frase.
—Acercate, Emma, hablar me cuesta un esfuerzo.
Emma obedeció a su suegra de mala gana, el abismo entre ambas mujeres era demasiado
profundo y allí, junto al lecho de muerte, tampoco resultaba superable.
—Escuchame, Emma, nosotras las mujeres de la familia Hechtl sobre todo tenemos un deber y
consiste en encargarnos de tener descendencia. Ambas cumplimos con dicho deber y me alegro: no
podés imaginar la presión bajo la cual he vivido. Lo que me legitimaba junto al viejo Hechtl era mi
fertilidad juvenil.
Elisabeth rio amargamente y recordó las noches pasadas junto a su repugnante marido. Hacía
tiempo que había aprendido a dominar la repulsión; su padre nunca había descubierto cómo
aseguró la supervivencia de ambos, antaño, cuando él recorría los patios traseros de las
mansiones por las noches. Fue una escuela dura en la cual la mayoría de las muchachas solo se
vieron aún más absorbidas por la vorágine. Ella había aguantado en medio de ese torbellino
hasta que por fin logró aferrarse a una rama salvadora: había aprendido a aguantar el
matrimonio con el viejo Hechtl incluso antes de conocerlo.
—Bueno, Emma... —prosiguió Elisabeth—, durante mucho tiempo dudé de si ponerte al corriente
de este secreto.
Emma aguzó los oídos.
—Pero no quiero llevármelo a la tumba. Estaba casada con el viejo Hechtl y el matrimonio no me
resultó fácil. Pronto quedé embarazada y confiaba en dar a luz a un varón. Nuestro médico de
cabecera asistió al parto, vos misma lo conociste, ya viejo. En aquel entonces todavía era muy joven
y me trajo al recién nacido: «Es un varón», dijo, y depositó el niño en mi vientre. Yo estaba muy
feliz, pero el doctor continuó hablando: «Por desgracia, los testículos del niño no han bajado, se trata
de un caso de la así llamada criptorquidia», dijo.
Emma no tenía ni idea de a dónde quería ir a parar Elisabeth.
—La criptorquidia significa que los testículos del nene se encuentran en la cavidad abdominal.
En muchos casos se desplazan hacia abajo por sí solos durante el primer año de vida, de lo contrario
hay que operar. Esa operación puede ser peligrosa, muchos se vuelven estériles.
Elisabeth jadeó y con gesto débil le indicó a Emma que le colocara más almohadas detrás de la
espalda.
—Fui tan estúpida, Emma... Quería un bebé perfecto, un nene entero y no uno sin testículos y le
dije al médico que lo operara de inmediato. El doctor palideció, me explicó que el problema se
resolvería por sí solo, que los testículos estaban ahí pero que permanecían en la cavidad abdominal y
que la operación era peligrosa, pero no me dejé convencer y le ordené que la realizara. Le dije que
mantuviera a la familia alejada de mí durante unos días, porque entonces el bebé tendría tiempo de
recuperarse; su padre, el viejo Hechtl, no podía tener un hijo imperfecto porque en ese caso se
negaría a reconocerlo como su primogénito.
Amenacé al médico con desacreditarlo ante todas las familias acaudaladas importantes, le dije
que nunca volvería a pisar sus casas, así que no le quedó más remedio que obedecerme.
Emma seguía sin comprender a qué se refería. Su suegra no pudo seguir hablando y le pidió que
la abanicara un poco; por fin Elisabeth recuperó cierta fuerza y pudo proseguir con la historia.
—La operación salió mal: una herida que se infectó... seguro que el pobre Juan sufrió mucho y lo
peor fue que en aquel entonces el doctor me dijo que era absolutamente seguro que mi hijo —dijo
Elisabeth, y le lanzó una mirada gélida a Emma— más adelante sería estéril. Sí, nuera, madre de mi
nieto, ¡tu marido es estéril! —añadió Elisabeth, contemplando a la aborrecida mujer de su hijo.
Emma palideció: su suegra había dado en el blanco.
—No sé de quién es ese bastardo al que toda mi vida he tratado como si fuera mi nieto, pese a
saber que eso era imposible. ¡No obstante, confío en que al menos recuerdes quién podría ser su
padre!
Emma se quedó muda. El último comentario era una desfachatez, pero no estaba en situación de
protestar. Así que su suegra siempre había estado al tanto de su adulterio, pero había callado.
—¿Por qué te guardaste esa información para ti, Elisabeth? Puesto que te hubiese resultado muy
fácil deshacerte de mí para siempre y eso era lo que más deseabas.
—No, no creas que soy tan tonta. Además, el nacimiento de Óscar supuso un dilema. Podría
haberte descubierto, pero eso también hubiera puesto al descubierto mi mentira.
—Has callado durante todos estos años, ¿por qué me cuentas esto hoy? No será porque quieres
deshacerte de ese cargo de conciencia, ¿verdad? ¿Acaso esperas que te pida perdón?
—¿Perdón? Jamás te haría ese favor. No, Emma, para mí es una satisfacción que sepas que nunca
me engañaste, y ahora deberás comprender que, por más que me detestes, vos y yo somos bastante
parecidas. ¡Y saberlo te amarga! Ahora andate.
Emma se negaba a poner fin a la conversación, pero Elisabeth se mostró inexorable, agarró la
campanilla de la mesilla de noche, la hizo sonar y Wilhelmine —que nunca estaba lejos debido a la
vigilancia— entró precipitadamente en la habitación.
—Emma se marcha, Wilhelmine, por favor acompáñala al auto. ¡Ahora tendrás que seguir
viviendo con eso, Emma!
Wilhelmine le lanzó una mirada interrogativa a Emma, Elisabeth agitó la mano y les indicó que
abandonaran la habitación.
Cuando la puerta se cerró, Elisabeth se dejó caer sobre las almohadas. Estaba satisfecha: a
Emma le resultaría más fácil enfrentarse a la maldad de su suegra que verse obligada a
comprenderla.
«No, Emma, para que me comprendieras hubiera tenido que contarte demasiadas cosas de mi
vida, cuando yo apenas la entiendo. Mediante mi silencio no me protegí a mí misma sino sobre
todo a vos y a tu hijo Óscar, por supuesto.
No nací para amar, la vida me enseñó a evitar ese sentimiento. La vida, ese curioso invento
con el que Dios ha cargado a los hombres. La vida...»
Elisabeth se sumió en un sueño profundo.
«Esa bestia realmente es la personificación de la maldad», pensó Emma. Juan era estéril, por eso
durante años su madre había ahuyentado a todas las mujeres que se le acercaban, para ocultar su
propio error. Fernanda le había contado que Elisabeth se las arregló para impedir cualquier intento
de Juan de contraer matrimonio. «Y ahora encima mi adulterio encubre la mentira que ha mantenido
durante toda su vida.» ¿Acaso la moribunda Elisabeth había logrado jugarle una última mala pasada?
De pronto Emma sintió una curiosa satisfacción, pues en realidad debía alegrarse de que Óscar
hubiera heredado la disposición de Eduardo y no la del borracho de Juan. ¿Es que no lo había
sospechado al contemplar la mirada brillante de su hijo? ¿No había notado ese parecido?
Emma estuvo a punto de volverse, regresar a la habitación y gritarle a Elisabeth: «¿Sabes qué?
¡Me alegro de que tu hijo no sea el padre de Óscar!» Pero se detuvo. Ella, Emma Hechtl, Von
Schaslik de soltera, no se rebajaría. Emma se sorprendió: era la primera vez en mucho tiempo que
volvía a llamarse a sí misma por su apellido de soltera. Se dirigió al automóvil y Esteban ya le había
abierto la portezuela. Óscar era hijo de Eduardo y eso era maravilloso: quería contárselo de
inmediato, Eduardo debía saberlo.
—¡No iremos a casa, Esteban, sino al barrio del puerto, a la taberna Los Tangueros!
—¿Dónde se encuentra esa taberna?
—¡Vamos, Esteban, ambos ya hemos estado allí!
Esteban sonrió en silencio y asintió.
Durante el largo trayecto hasta Buenos Aires, Emma se imaginó que Eduardo la abrazaría, la
alzaría y la haría girar por el aire. Se alegraría: un hijo en común, el fruto de su amor y a la primera...
Emma sonrió. De pronto titubeó: tal vez se asustaría, incluso se intimidaría... Pero no, ¿por qué
habría de hacerlo? Claro que nadie salvo ellos dos sabría la verdad, sería su secreto. Emma se
repantigó en el asiento.
Durante todos esos años Emma no había vuelto al local del puerto. Le dijo a Esteban que se
detuviera a cierta distancia para poder observar la casa sin ser vista. La puerta de entrada se abrió y
salió una mujer. ¿Era la esposa de Eduardo? Emma se quedó sin aliento. Eduardo apareció al otro
lado de la esquina, la mujer le sonrió, él la abrazó y la besó. Emma reprimió un grito, tenía los ojos
llenos de lágrimas; de pronto oyó una voz alegre y un niño impetuoso abrió la puerta de la taberna.
—¡Papááá! —lo oyó gritar Emma.
¡Era el hijo de Eduardo! Este lo alzó en brazos y lo lanzó al aire, riendo y sonriendo de oreja a
oreja. Después depositó a su hijo en el suelo, abrazó a su mujer y ambos contemplaron a su vástago
con expresión feliz y orgullosa.
Emma tenía el corazón en un puño. Claro que sabía que Eduardo tenía un hijo y una pequeña
familia, pero saberlo y verlo eran dos cosas muy distintas. Esa mujer podría pasar toda su vida junto
a ese hombre con el cual Emma solo podía encontrarse en secreto. ¿Era ese su destino? Emma
comprendió que siempre estaría en segundo plano, que Óscar jamás se convertiría en el hijo de
Eduardo, porque este ya tenía un hijo, una familia y una vida.
—¡Por favor, Esteban, lléveme a casa! —susurró Emma.
—Menos mal que llegó, Emma, ya he telefoneado a la estancia. ¡Wilhelmine me dijo que estaba
de camino!
Fernanda recibió a Emma ante la puerta y casi no le dio tiempo de quitarse el abrigo.
—¿Qué sucede, Fernanda? —preguntó Emma con voz triste y apagada.
—Una mujer la está esperando. No comprendí qué decía, no habla español, creo que es alemana.
Lleva un paquete en la mano y se limita a repetir el nombre de usted. La instalé en el salón, ya hace
un rato que está allí.
—¿Pero quién es?
—Le dije que me mostrara sus papeles. No puedo pronunciar su nombre, pero lo apunté —dijo el
ama de llaves, y le tendió un papel arrugado.
Emma echó un vistazo a la nota y fue como si las piernas se negaran a sostenerla, se apoyó en la
pared y casi perdió el conocimiento.
—¿Sabes quién es, Fernanda? ¡Pero eso es imposible!
En la nota que Emma sostenía con mano temblorosa Fernanda había escrito un apellido conocido:
¡el suyo, Von Schaslik!
—¡Madre! —gritó Emma, cruzó el vestíbulo y abrió las puertas del salón. Una mujer menuda y
vieja se volvió hacia ella; era muy delgada, estaba demacrada y tenía los ojos ojerosos. Emma se
detuvo de golpe: frente ella había una desconocida y no su madre. La delgada mujer le sonrió.
—Usted es Emma, ¿verdad? —preguntó en alemán.
Emma asintió, le temblaban las rodillas, se le nubló la vista, sintió un mareo y se desplomó, la
desconocida que viajaba bajo el apellido de soltera de Emma se abalanzó hacia ella y la sostuvo.
Fernanda y Esteban también entraron en el salón, Fernanda había oído los gritos de la desconocida.
Emma tardó un buen rato en recuperar el oremus. Fernanda le alcanzó un vaso de agua y Emma
empezó a reponerse. Se dirigió a ambos criados en español y les dijo que podían dejarla sola, pero
que no se alejaran demasiado, por si acaso.
Cuando por fin las dos mujeres se quedaron solas en el salón, Emma contempló a la desconocida,
cuyo rostro expresaba miedo. Tardó unos momentos en carraspear tímidamente.
—Perdóneme, le he dado un susto espantoso. ¡Soy una tonta! En los últimos años he olvidado lo
que es la empatía.
La situación le resultaba inquietante a Emma.
—Estoy absolutamente confusa. Por favor, dígame qué quiere de mí. ¿Por qué lleva mi apellido?
—No me llamo «Von Schaslik» desde luego, mi apellido es Rosenbaum, soy judía, una judía de
Berlín —dijo la mujer, haciendo un esfuerzo—. Vinieron de noche, llevaban abrigos negros y yelmos
de acero y registraron una planta tras otra, una vivienda tras otra y nos reunieron a nosotros, los
judíos, en la calle.
Nos golpearon con la punta de los fusiles, nos obligaron a montar en furgonetas donde nos
apiñaron como el ganado. Apenas duró más de una hora, el infierno se había abierto y soltado sus
perros. De pronto reinó el silencio, las calles de nuestro barrio se volvieron oscuras y desiertas.
Saquearon numerosas viviendas, arrancaron las puertas, mataron a bebés a culatazos, estaban
tendidos en sus cunitas con la vista espantada clavada en la noche oscura. Se llevaron a mi marido y
a mi hijo. Habíamos intentado escondernos, oímos los pasos de los esbirros en el hueco de la
escalera, escuchamos los gritos, las súplicas y los gemidos de nuestros vecinos. Los disparos
pusieron fin a los gritos más sonoros.
La señora Rosenbaum no pudo seguir hablando; Emma le alcanzó un vaso de agua.
—No encontraron mi escondite. Lo revolvieron todo, abrieron los armarios pero no se les
ocurrió que tras la puerta de la vivienda podría haber alguien.
Cuando la abrieron a patadas, la puerta me golpeó en la frente y tuve que esforzarme por reprimir
un grito. Aferré la puerta, permanecía detrás de esta y apenas osé respirar. Noté que la sangre se
derramaba por mi cara, tenía una herida en la frente pero aguanté, sencillamente aguanté.
—Fue usted muy valiente.
—¿Valiente? No lo sé. A través de la puerta oí cómo empujaban a mi hijo y a mi marido por las
escaleras, oí los gritos de dolor de mi hijo. Temblaba, las piernas se negaban a sostenerme y en
algún momento me caí al suelo. Ya no recuerdo cuánto tiempo aguardé, yo era la única de todo el
edificio a la que no encontraron, la única de ocho familias.
Emma no sabía qué decir y, atónita, siguió escuchando.
—Pasé cierto tiempo en las viviendas vacías, entre los muertos. Antes de que amaneciera, salí,
temía que las hordas vestidas de cuero negro regresaran; ya no recuerdo durante cuántos días me abrí
paso de una sombra a la siguiente, siempre agachada, siempre huyendo. De día procuraba volverme
invisible, por las noches me escurría rápidamente de un lugar a otro en busca de comida. No era la
única. No sabía adónde ir. Entonces recordé lo que me había dicho una pareja de viejos empresarios,
sabía que en ese lugar podía conseguir un pasaporte falso; unos amigos suyos lograron huir. Esa era
mi esperanza, si bien sabía que ya había pasado bastante tiempo desde que organizaran esas
operaciones de rescate.
Lentamente, Emma empezó a comprender.
—Sabía que eran aristócratas y que vivían en una mansión en Südende, en la zona sur de la
ciudad. No tenía ni idea dónde, pero confiaba en un destino bondadoso. Y entonces de algún modo
llegué a casa de sus padres, supongo que la encontré gracias al cartel con el nombre fijado en la
puerta del jardín. Poco después estaba sentada frente a su madre y su padre.
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas.
—Hábleme de mis padres, señora Rosenbaum. ¿Cómo se encuentran?
—Dadas las circunstancias, sus padres se encontraban bien. Su madre no tenía ni idea de qué le
hablaba: cuando mencioné «documentos de identidad» y «huida» me miró atónita. Al principio creí
que fingía, al fin y al cabo no me conocía y yo podía ser una espía. Tardé unos minutos en darme
cuenta de que su madre no sabía nada acerca de los pasaportes falsos y me asusté, pero ella me
tranquilizó y me rogó que se lo contara todo. El primero en darse cuenta de cómo se llevaba a cabo
el asunto fue su padre, aún recuerdo su rostro con toda claridad. Su expresión pensativa dio paso a la
comprensión aunque estaba sorprendido y, al final, a cierta diversión. Incluso rio y habló de usted,
Emma, y dijo que suponía que usted había ayudado a huir a unas cuantas personas.
Emma se esforzó por no echarse a llorar.
—Bien, Emma, tras el breve momento de alegría caí presa de la desesperación.
Sus padres eran mi última esperanza de emprender la huida. Aún hoy me avergüenzo de haberme
derrumbado ante ellos, me arrodillé en el suelo y di rienda suelta a mi dolor, mi desesperación, mi
pena y mi miedo. Y entonces ocurrió el milagro por el que estaré eternamente agradecida. Sin
titubear, su madre se puso de pie, se dirigió a un pequeño escritorio y agarró su propio pasaporte, un
pasaporte alemán. Para mí, una pobre judía aterrada, semejante pasaporte valía tanto como toda una
vida. Había perdido amigos que lo hubiesen dado todo por ese documento. Su madre me lo dio, dijo
que lo usara, que aunque era más gruesa que yo, nuestras edades eran similares y si rayaba la foto
ligeramente podría funcionar. Me quedé muda. Estaba ahí, arrodillada en la alfombra, llorando, y
contemplé a su madre como si fuera un ser de otro mundo.
Y en cierto modo lo era, era un ser de la otra Alemania, de la Alemania que usted aún conoció y
recuerda, Emma, de la Alemania que antaño yo también amaba. Su madre todavía quería ponerse de
acuerdo con su padre y mientras tanto yo pude tomar un baño e incluso escoger ropas limpias de un
armario.
Cuando por fin su madre volvió a invitarme a pasar al salón, en la mesa reposaba el pequeño
paquete que ahora le entrego. Su madre me mostró que había incluido una carta para su hija que vivía
en Buenos Aires. Si lograba huir, debía prometerle que la buscaría y le entregaría el paquete y la
carta a usted. Sus padres parecían muy emocionados, noté que ambos habían derramado lágrimas.
Ignoro lo que ocurrió durante aquella hora y también ignoro qué contiene el paquete, pero debe
de ser muy importante. Así que hicimos una suerte de trato.
Le prometí a su madre que le entregaría este paquete al que durante el viaje cuidé como si fuera
un tesoro. A cambio, ella me dio su pasaporte.
La señora Rosenbaum inspiró profundamente y le narró a Emma la historia de su huida: empezó
por decirle que dejó a los padres de Emma en su mansión blanca de la zona sur de Berlín, cómo huyó
de Alemania bajo circunstancias lamentables y por fin logró obtener un pasaje a Buenos Aires. Emma
prefirió no preguntarle cómo había conseguido el dinero del pasaje. No podía dejar de pensar en sus
padres.
—¿Sabe algo más de mis padres? ¿Gozan de buena salud? ¿Sabe algo de mi hermano?
—Tendré que decepcionarla, no sé cómo se encuentran sus padres en la actualidad. Han pasado
más de dos años desde que conocí a su madre.
Un silencio opresivo envolvió a ambas mujeres.
—Su madre incluyó una carta en el paquete, seguro que alberga más información —dijo la señora
Rosenbaum, y le tendió el bulto. Era muy pesado —. Le dejaré el pasaporte de su madre, ya no lo
necesito.
—¿Qué piensa hacer ahora, aquí en Buenos Aires?
—Todavía no lo sé. Tal vez siga viajando, quizás hasta los Estados Unidos.
Ambas se tomaron de las manos.
—Tiene unos padres magníficos, Emma, y usted también ha hecho cosas muy importantes. Lo he
comprendido, y también sus padres. Puede que usted ignore el alcance de sus actos, pero le ha
salvado la vida a muchas personas. Y ahora lea la carta de su madre, me alegro de haber cumplido
con mi promesa. ¡He cumplido con mi deber y créame: estaré eternamente agradecida a su familia!
Emma se echó a llorar y la señora Rosenbaum tampoco pudo contener las lágrimas. Emma la
abrazó y pocos minutos después Fernanda la acompañó hasta la puerta; la señora Rosenbaum volvió
a desaparecer de su vida. Si no hubiera sido por el paquete que reposaba en su regazo, Emma habría
considerado que estaba soñando. Con dedos temblorosos cortó el cordón que sujetaba el papel
exterior. Dentro había otro paquete y la carta de su madre. Un mensaje del pasado: la carta estaba
fechada en 1943.
Queridísima Emma, mi hija a quien tanto echo de menos: Ahora has recibido mi mensaje. Me
alegro, no, no solo yo sino todos nos alegramos porque mientras escribo apresuradamente estas
líneas tu padre está sentado a mi lado. En la planta superior una desconocida que acaba de relatarnos
tu historia está tomando un baño. Tu padre y yo estamos muy orgullosos de ti, pero deberías habernos
puesto al corriente, tal vez podríamos haberte ayudado más.
Que sus padres hubiesen acabado por enterarse de sus actos hizo que Emma sintiera una extraña
satisfacción.
Mediante esa señora Rosenbaum descubrimos lo que has hecho por los judíos de aquí. Casi
reímos al pensar que nos involucraste en el asunto sin que lo notáramos. Ahora estamos felizmente
convencidos de que nuestro antiguo vecino, el profesor Eisengrün, también está a salvo. Eso nos
tranquiliza.
El pobre profesor Eisengrün, que huyó de la persecución alemana y que por fin murió
alevosamente asesinado. Emma suspiró, era mejor que sus padres no supieran esa parte de la
historia.
¡Imagínate! El premio Nobel para el que trabajaba el profesor Eisengrün ahora ha instalado su
laboratorio en la casa junto al lago de los Liebenberg. Liebenberg... ay Emma, las noticias del
castillo son estremecedoras. Detuvieron a algunos miembros de la familia. Libertas, la sobrina de
París, fue fusilada por traición a la patria. Son tiempos muy crueles. ¡Cuánto me gustaría enviarte
noticias alegres, pero los tiempos no lo permiten! Hemos recibido novedades terribles del frente. Tu
hermano ha caído, lo mataron en la gélida Rusia. «¡Por la patria!» ¡Qué sabor tan amargo el de esta
época! Y no pude estar a su lado, no pude acompañarlo en su lecho de muerte, ni siquiera sabemos
cómo ocurrió.
Estoy tan desesperada, Emma... El pobre Paul aún era un niño y estaba tan orgulloso de estar en
el ejército... ¡Qué tonto fue! ¡Qué tontos fuimos todos!
La hoja temblaba en las manos de Emma. Su hermano pequeño... ¿caído?
Pobre muchacho. Y pobres padres. «Por la patria.» ¡Cuán siniestramente burlonas sonaban esas
palabras! ¿Qué clase de patria era aquella que llamaba a las personas a las armas e incitaba a los
pueblos a enfrentarse, esos pueblos que compartían fronteras en pacífica convivencia, que perseguía
a los de pareceres diferentes, que saqueaba y asesinaba?
Es tan espantosamente cruel. Ya han bombardeado Berlín, otras ciudades han sufrido bombardeos
más intensos. ¿Y si también nos bombardean aquí, en la zona sur? ¿Cómo podríamos huir? Ya no
puedo caminar rápido, la cadera me causa cada vez más problemas y tu padre está en silla de ruedas.
Es verdad que hay un refugio antiaéreo subterráneo en el edificio de la escuela, pero ¿cómo llegar
hasta allí?
Estoy desesperada, Emma.
Emma sabía que hacía dos años de aquella misiva, así que exactamente en el año que su madre
escribió la carta, Berlín había sufrido terribles bombardeos, sus vecinos, los Grünberg, le habían
informado de ello. E incluso Juan se vio tan afectado por esas noticias que en aquel entonces volvió
a dirigirle la palabra a su mujer. Emma albergó la esperanza de que esa carta hubiese sido redactada
después de los grandes bombardeos, porque así podía seguir confiando que sus pobres padres
hubieran sobrevivido.
No nos queda demasiado tiempo para escribirte, queridísima Emma. La mujer no tardará en salir
del baño y entonces todo ha de estar hecho.
Espero que no solo te llegue esta carta sino también el pequeño paquete.
Este contiene todo lo que podemos darte como dote. Antaño, cuando viajaste a Argentina, no
pudimos ofrecerte un ajuar, aunque realmente lo merecías. Tu padre y yo nos juramos mutuamente
que cuando la empresa volviera a recuperarse te proporcionaríamos una dote correspondiente a tu
rango. ¡Tu padre fue muy inteligente! Optó por invertir en oro.
«Durante milenios, y en todas las civilizaciones, el oro siempre tuvo mucho valor. Y también lo
seguirá teniendo y sobrevivirá a los gobiernos», dijo, y durante todo este tiempo hemos ahorrado
cuanto pudimos. Nos hubiese gustado mucho entregarte este paquetito personalmente y visitarte en
Argentina, por fin volver a verte, abrazarte...
En la hoja de papel había una gran mancha de tinta borroneada. ¿Acaso madre había llorado? Las
lágrimas se derramaban por las mejillas de Emma.
... bien, supongo que ello ya no ocurrirá. Confiamos en que el dinero llegue a tus manos. Son
todos nuestros ahorros. Creo que ya no nos harán falta. Confiemos que un día, querida Emma,
volvamos a vernos, sanos y felices. En otra época, en una época mejor, pero quizá también en otro
mundo. Siempre te querremos.
TU MADRE
Su padre también había garabateado su firma. Emma dio rienda suelta a su llanto; por fin
Fernanda entró en el salón presa de la preocupación y la rodeó con los brazos. Emma tardó un buen
rato en recuperar el control.
Poco después, Emma estaba sentada en el despacho de la residencia de su vecino judío con el
paquete que contenía lingotes de oro. Grünberg, el dueño de casa, estaba sentado frente a ella.
—Esa es una cantidad de oro considerable, mi apreciada vecina. En total, los lingotes pesan
medio kilo. Lo que sus padres le dejaron es una considerable fortuna. ¿Qué hará con ella?
—Por eso he venido a verlo. Quisiera hablar con usted al respecto.
—¿Su marido sabe que ha recibido este oro?
Emma bajó la vista, un poco abochornada. Si bien no hablaba de sus problemas con Juan, estaba
segura de que Grünberg conocía su situación.
—No, no le he dicho nada.
—Obró muy bien —dijo Grünberg, y carraspeó—. El oro es una inversión segura, pero no rinde
dinero. Si de verdad quiere mi consejo, invierta en terrenos. La tierra no pierde su valor y... —
añadió Grünberg, alzando el índice como si fuera un maestro dirigiéndose a sus alumnos—... y en
tiempos de crisis uno puede cultivar verduras o criar ganado en un terreno. Pero ¿a quién le estoy
diciendo esto? ¡La propia familia Hechtl posee tierras!
«Si la decadencia de la estancia continúa, pronto será “poseía”», pensó Emma con amargura. Su
vecino se había puesto de pie y tomó asiento junto a Emma ante su escritorio.
—Divida el oro en tres partes. Invierta una en tierras, conserve algo de oro y creo que lo más
inteligente sería comprar un bien inmueble, una casita en la ciudad. ¿No cree que sería sensato que
usted tuviera su propio hogar? —dijo Grünberg, acentuando la palabra «propio».
Emma lo contempló: ¿acaso sus palabras albergaban cierta astucia? Pero su rostro solo
expresaba sinceridad y honestidad.
—Creo que vuelve a tener razón, señor Grünberg, y le estaría agradecida si usted me ayudara con
la adquisición. Con respecto al terreno, ya se me ha ocurrido una idea, pero en ese caso también
necesitaré su apoyo.
—Soy su amigo, Emma, y para mí será un placer ayudarla. Y ahora no sigamos haciendo esperar
a mi mujer, ha hecho preparar té y tortas.
Emma estaba encantada de reunirse con la esposa del señor Grünberg.
Eduardo besó a Emma con la misma pasión de siempre. Habían pasado unas cuantas semanas
desde que Emma observara a su familia sin ser vista. Ver la felicidad de Eduardo al encontrarse con
ellos la había afectado profundamente y desde entonces lo había esquivado, había mentido diciendo
que no podía abandonar la casa. Emma había postergado ese encuentro con Eduardo porque sabía
que sería el último. Tras verse obligada a observar con cuánta felicidad jugaba con su pequeño hijo,
ver la mirada orgullosa y cariñosa con la cual él y su bonita mujer contemplaban al pequeño,
comprendió que, a la larga, no habría lugar para ella en su vida.
Procuró prepararse para esa situación, pero ¿cómo hacerlo, cuando en su fuero interno ansiaba
exactamente lo contrario? De vez en cuando, la vida resultaba amargamente irónica. Durante
innumerables noches había deambulado por su habitación con la tarjeta postal de Eduardo en la mano
y murmurando: «¡Adiós!»
Se encontraron en su pequeño y discreto hotel. Como siempre, el anciano y arrugado dueño —su
enano de los Nibelungos— le alcanzó la llave por encima del deslucido mostrador sin hacer
preguntas, y por primera vez Emma notó cuán destartalado era su lugar secreto. La habitación era fría
y desnuda, una desgastada cortina cubría la mugrienta ventana y la mesa redonda y coja amenazaba
con desmoronarse bajo el peso del bandoneón de Eduardo.
—Toca algo para nosotros, por favor.
Emma necesitaba un poco más de tiempo, le hubiese gustado mucho desahogarse, llorar apoyada
contra el hombro de Eduardo y confiar que ocurriera un milagro y pudieran estar juntos, pero en lugar
de eso, abandonaría a Eduardo para siempre.
—Algo te ocurre, Emma. ¿Qué pasa?
Emma suspiró. ¿Debería sincerarse con él y hablarle de su angustia tras verlo con su familia?
Pero no tenía sentido, porque Eduardo no podía remediarlo, así que esquivó la pregunta.
—Ay, Eduardo, sabes que los acontecimientos se precipitan, a duras penas logro arreglármelas
con mi vida; en los últimos meses han sucedido más cosas que en todos los años anteriores. ¡Por
favor, toca un tango, así ambos podremos soñar un poco!
Eduardo le rozó la punta de la nariz con el índice, le sonrió y ambos se sumergieron en la mirada
del otro. El hechizo de esa atracción magnética que ambos experimentaron en cuanto se encontraron
por primera vez aún persistía.
Al darse cuenta de ello Emma sintió una punzada en el corazón y, una vez más, recordó a la vieja
Ellie Templeton, que durante toda su vida aguardó el regreso del recadero del despacho. ¿Acaso
después de aquella noche ella misma se pasaría la vida esperando?
Emma se acurrucó contra él al tiempo que Eduardo arrancaba soñadoras melodías al bandoneón y
volvía a trasladarla al hotel a orillas del mar. Emma disfrutó del aquí y ahora, gozó del instante y
dejó de pensar en el oscuro futuro.
Después se amaron apasionadamente. Ella no quería soltarlo y le rodeó las anchas espaldas con
los brazos, pero por fin tuvo que volver a la realidad.
Eduardo se durmió y permaneció tendido a su lado respirando profundamente.
Ella se deslizó de la cama sin hacer ruido; Eduardo se estiró un poco y siguió durmiendo. Emma
sonrió. ¡Cuán apuesto era! Los años no lo habían afectado, ambos ya tenían casi cuarenta pero a ella
le parecía que aún eran esos dos veinteañeros bajo el sol del Atlántico argentino. Tomó aire y se
vistió, sabía lo que debía hacer: mentalmente, había recorrido los pasos siguientes numerosas veces.
El bandoneón reposaba sobre la mesa coja y se preguntó en qué momento Eduardo descubriría el
secreto. Sacó la carta de despedida del bolso y la dejó en la mesa, depositó un suave beso en la
mejilla de él y Eduardo sonrió entre sueños. Luego abandonó la habitación de puntillas y cerró la
puerta.
Cuando pasó junto al conserje este se limitó a alzar la mirada un instante: había visto tantas
parejas secretas durante todos esos años... La mirada fue suficiente para comprender que esa parejita
no regresaría al hotel, que este acababa de perder dos clientes. Suspiró y siguió hojeando el
periódico. Poco después, un hombre de expresión desconsolada aparecería ante su mostrador y le
devolvería la llave. El conserje fingiría no notar nada: en ese hotel no se hacían preguntas, en ese
hotel nadie se sorprendía.
Emma volvía a encontrarse en su residencia cuando llamaron al timbre de la puerta. Oyó que
Fernanda cruzaba el vestíbulo, la abría y al rato acompañaba a alguien al despacho de Juan. Un
momento después los gritos de rabia de Juan rompieron el silencio. Emma se puso de pie y corrió
hasta las escaleras, y Fernanda también acudió deprisa. Presa de una excitación salvaje y soltando
insultos, Juan empujaba a un hombre joven y temeroso hacia la puerta. El pobre mensajero no
comprendía qué estaba ocurriendo y huyó de la casa, asustado.
Juan cerró de un portazo; entonces descubrió a Emma, de pie en la escalera, y alzó el puño con
gesto amenazante. ¿Qué le había dicho ese mensajero a su marido?
—¡Todo esto te lo debo a vos y a esa chusma judía! —vociferó y lanzó un salivazo—. ¡Y a ese
asqueroso de Grünberg!, seguro que vos, puta judía, ya lo sabías todo! ¡Y puede que incluso estés
metida en el asunto!
Juan gritaba como un loco, su rostro abotargado se crispó y se convirtió en una fea mueca.
—¡Deberían matarlos a todos, a esa panda inmunda; deberían colgarlos de los árboles uno tras
otro, acá mismo, en el parque, para que pueda verlos todos los días al pasar! ¡Esa asquerosa gentuza
judía!
—¡Juan! —exclamó Emma en un poco habitual tono duro—. Contrólate, Juan.
¿Qué pasa?
—¿Que qué pasa? ¡Leelo vos misma! —chilló Juan, y le arrojó dos papeles.
Luego se volvió y abandonó la casa a toda prisa dando otro tremendo portazo.
Fernanda y Emma se quedaron en el vestíbulo, espantadas, y reinó un silencio inquietante. Emma
recogió los papeles del suelo y los contempló.
—Por favor, Fernanda, tráeme las gafas.
Eran dos cartas oficiales, una de una autoridad, la otra del banco. Fernanda le alcanzó las gafas,
Emma leyó la carta oficial y entonces ella también se quedó sin respiración.
... Argentina se encuentra en guerra con Alemania. Todas las propiedades de las compañías
alemanas han sido expropiadas con efecto inmediato. Usted dirige la sucursal de una compañía
alemana, la compañía comercial Helderlein-Hechtl. La casa que alberga su compañía alemana, así
como cualquier clase de inventario, se convierte en propiedad de la República Argentina con efecto
inmediato. Lo instamos a que proceda a su inmediato desalojo...
A ello le seguían otros comentarios y una firma. Emma no daba crédito a sus ojos. ¿Es que allí
realmente ponía que su residencia de Buenos Aires sería expropiada? Argentina era el último país
del continente sudamericano en declararle la guerra a Alemania, pero ¿qué relación guardaba todo
eso con su residencia? Era imposible, ellos eran argentinos, ¿no? Así que no podían robarles sus
posesiones así, sin más. Era verdad que, oficialmente, la sede de la empresa comercial estaba en su
residencia, pero esta era la mansión de la familia Hechtl y no podían quitarles la casa y punto, ¿no?
Emma tuvo que sentarse y releyó la carta una y otra vez. ¿Acaso serían precisamente ellos
quienes debían pagar por la culpabilidad de Alemania como causante de la guerra? Precisamente la
familia Hechtl, cuando el socio hamburgués, el miserable Helderlein, hacía tiempo que se había
quitado de en medio.
De hecho, desde el inicio de la guerra la empresa comercial estaba muerta.
Cuando las primeras bombas cayeron sobre Hamburgo, Helderlein había puesto pies en
polvorosa vaciando antes la cuenta del banco de la empresa, ¿y ahora eran los Hechtl los que debían
pagar por ello? Era una catástrofe y por primera vez en mucho tiempo Emma compartió la ira de
Juan, pero ¿por qué se suponía que justamente su vecino Grünberg guardaba relación con ese asunto?
Tal como estaba formulado el escrito, afectaba a todas las empresas alemanas de Argentina. Emma
leyó la segunda carta, enviada por el banco: las letras negras proclamaban la ruina de los Hechtl.
... Debido a los acontecimientos políticos, un banco argentino no puede mantener relaciones
comerciales con una compañía alemana. Por tanto, lamentamos vernos obligados a anular el crédito
destinado a la creación de un negocio de exportación. Con respecto a las especiales circunstancias
de carácter más elevado, como también por el éxito no comprobable de su compañía, hacemos uso de
nuestro derecho a la inmediata anulación...
Las otras frases retóricas se volvieron borrosas. El vencimiento del crédito y la expropiación de
su residencia bonaerense acabarían con el patrimonio familiar de los Hechtl. De todos modos, la
estancia ya solo era una sombra de sí misma y la necesidad de una inmediata devolución del crédito
supondría un golpe mortal para su funcionamiento. Pero todo eso era imposible, ¿verdad? ¿Acaso
Juan tenía razón y quien estaba detrás de todo el asunto era Grünberg? A pesar de ser un hombre muy
mayor, aún ejercía una gran influencia y hacía años se había encargado de que obtuvieran dicho
crédito. El banco de los Hechtl no osaría anular el crédito sin antes escuchar a Grünberg, así que
debía de ser él quien estaba detrás de todo ello, pero ¿por qué? No encajaba con él en absoluto, él
era su amigo. Emma sabía que Grünberg y su mujer sentían rechazo por Juan, pero ambos siempre la
habían protegido porque la apreciaban. ¿Por qué habían dejado de hacerlo?
Emma se puso súbitamente de pie, debía hablar con Grünberg y averiguar qué estaba pasando.
Todo ese asunto solo podía tratarse de un desafortunado malentendido.
—¡No, querida Emma, no se trata de ningún malentendido! —dijo Grünberg meneando la cabeza.
Cuando Emma llamó a la puerta él mismo le abrió y lo primero que dijo fue—: La estaba esperando.
—¿Pero por qué? ¿Qué le he hecho yo?
Habían llegado al salón donde la señora Grünberg ya había tomado asiento. En la mesa había tres
tazas de té, todo estaba preparado para la visita de Emma y ella repitió la pregunta con lágrimas en
los ojos.
—¿Por qué? Usted sabe que eso significa nuestra ruina, señor Grünberg.
—No la suya, mi querida amiga, usted invirtió su oro de manera inteligente, su marido no sabe
nada al respecto y me he encargado de que, ante el futuro embargo, el banco no haga preguntas acerca
de sus propios bienes. Usted, querida Emma, no está arruinada —dijo su vecino, pero cuando
prosiguió, su rostro de expresión cordial se endureció, y asustó a Emma—. Pero tiene razón: su
marido está arruinado. Lo poco que queda de la estancia no bastará para cumplir con las exigencias
del banco y ahora que ha perdido la mansión tampoco podrá hacer valer ese bien.
Los rasgos de Grünberg no reflejaban misericordia, solo un desprecio brutal.
Emma se quedó muda. Dirigió la mirada a la señora Grünberg en busca de ayuda, pero cualquier
compasión también se había borrado de su rostro.
—¿Pero por qué? —susurró Emma.
—¿De verdad quiere saberlo? —dijo Grünberg, y la miró directamente a los ojos.
Emma asintió.
—¿Todavía recuerda al profesor Eisengrün?
Claro que Emma recordaba al científico. Antaño había sido vecino de sus padres y ella le había
ayudado a huir. Hacía muchos años el pobre Eisengrün fue asesinado a golpes en el parque.
—En aquel entonces ya sabíamos quién asesinó alevosamente al pobre profesor. Pero también
sabíamos que debíamos esperar que llegara el momento oportuno para vengar ese crimen. Y ahora
ese momento ha llegado. Hoy hemos arruinado al asesino de Eisengrün.
¿Había oído bien? Emma quiso hablar, pero las palabras se le atragantaban.
¿Juan era un asesino? ¿Su marido, con el que vivía bajo el mismo techo, asesinó a Eisengrün?
Emma tragó saliva y procuró reprimir las náuseas; la señora Grünberg se sentó a su lado, le rodeó
los hombros amistosamente con el brazo y le dijo a la criada que le trajera un vaso de agua con unas
gotas de limón. El sabor fresco y ácido hizo que Emma volviera a la realidad y contempló a su amiga
judía con expresión incrédula.
—¿Están completamente seguros?
—Sí, querida Emma, lo siento. Durante todos estos años callamos, pero solo por usted. Ahora
que usted se ha vuelto independiente, decidimos hacer pagar a su marido por su crimen.
—¿Pero qué será de nosotros ahora?
—Eso lo debe decidir usted y solo usted.
Miles de ideas se cruzaron por la cabeza de Emma, una confusión de sentimientos parecida a una
tormenta. Por fin se enderezó y contempló a sus amigos: sabía que tendría que actuar.
Un grito estremecedor resonó a través de la mansión de los Hechtl. Emma estaba tendida en el
suelo de su habitación agitada por un llanto convulso y sollozando profundamente. Tenía los
músculos acalambrados y golpeaba el parqué con los puños. Fernanda se apresuró a subir las
escaleras.
—¡Por el amor de Dios, Emma, vuelva en sí!
Haciendo un gran esfuerzo, el ama de llaves logró incorporarla y Emma hundió el rostro en el
hombro de Fernanda, agitada por los sollozos. Balbuceaba palabras incomprensibles interrumpidas
por el llanto. Mientras ambas estaban acurrucadas en el suelo y Emma entre los brazos de Fernanda,
como si fuera una niña pequeña, esta echó un vistazo en derredor. El escritorio estaba abierto, el
cajón superior también. Era el cajón en el que Emma guardaba sus viejas fotos de familia; junto a
Emma había una hoja de papel, pero Fernanda no vio qué ponía y meció a Emma como si fuera una
niña.
—¡Es demasiado, no puedo más!
—¿Pero qué pasó, Emma?
—Es demasiado, un ser humano no puede soportarlo... No puedo más, no puedo más, no puedo
más... —repitió Emma con voz monótona.
Finalmente, Fernanda logró hacerse oír. Emma la contemplaba con mirada llorosa.
—Estoy acabada, Fernanda —dijo, y agarró el papel—. ¡Léelo! —añadió, y se lo tendió.
Era una carta de Óscar.
Tras leerla apresuradamente, Fernanda también soltó un grito.
—Pero esto es terrible, Emma.
—Sí, es terrible. Óscar nos ha abandonado. No lo puedo creer, ¡quiero despertar de esta
pesadilla, por favor! Todo esto no puede ser verdad, esas cosas no ocurren en la realidad.
Fernanda...
Emma volvió a sollozar.
Entre tanto, Esteban había entrado en la habitación, le lanzó una mirada inquisitiva a Fernanda y
esta le alcanzó la carta. Esteban no daba crédito a lo que estaba leyendo. Al igual que el pequeño
Pepe de la estancia, Óscar también se había enrolado en un barco y había huido de Buenos Aires y de
las garras de su padre. Esteban volvió a leer las líneas.
Querida mamá:
Cuando leas esto ya me habré embarcado. Planifiqué mi partida de modo que no pudieras
detenerme. En aquel entonces, cuando paseábamos por el parque, me dijiste que la libertad no reside
en un barco sino en mi propia cabeza. Pero en mi cabeza ya no hay lugar para la libertad. No te
enojes conmigo. Sabés que junto a padre no tengo oportunidad de ser feliz. Trataré de abrirme paso
hasta Berlín y averiguarlo todo sobre tus padres. Me llevé las fotos de tu cajón, las necesito para
encontrar la casa y tu familia. Averiguaré qué se hizo de ella. Quiero conocer a mis abuelos...
y un día también quiero sentarme a la sombra del tilo hueco. De tu tilo hueco...
—Se llevó todas las fotos —dijo Emma, dirigiéndose al ama de llaves—. ¡Todas las fotos!
¿Comprendes?
—¿También la tarjeta postal?
—Sí, también la tarjeta postal.
Esteban no tenía ni idea de qué estaban hablando. Solo entonces Emma notó su presencia en la
habitación y todos callaron. A Esteban le resultaba incómodo ver a su señora en ese estado y
carraspeó, abochornado.
—Mi madre siempre dice que la mejor defensa es un buen ataque.
Fernanda puso los ojos en blanco y Esteban bajó la vista.
De pronto Emma se volvió hacia él.
—¡Sí, esa es la solución!
Como golpeada por un rayo, Emma se puso de pie y miró a sus empleados. Su mirada se volvió
beligerante. Volvía a tenerlo todo claro y estaba muy concentrada.
—No debemos perder tiempo. Fernanda, recoge nuestras cosas, y cuando digo «nuestras» me
refiero a las mías y las tuyas. Tenemos que marcharnos de aquí, no permaneceré bajo este techo ni un
minuto más. No hagas preguntas, más adelante te lo explicaré todo. ¡Confía en mí! Esteban, prepare
el automóvil, aparque con el motor en marcha junto a la entrada de servicio y no me mire con esa
cara de tonto, no podemos perder ni un segundo. Hay que aprovechar el tiempo en el que aún estamos
solos en la casa.
Ambas mujeres corrieron de un lado a otro, Fernanda fue a buscar la gran maleta del vestidor y
ella y Emma arrojaron todo dentro prácticamente sin mirar.
—¡Ahora corre a tu habitación y recoge tus cosas!
Fernanda estaba completamente confusa y se apresuró a reunir sus escasas posesiones; ignoraba
qué se proponía Emma pero confiaría en ella: si Emma abandonaba la casa ella tampoco quería
quedarse.
Emma vio el cajón abierto y vacío de su escritorio: Óscar se había llevado todo su pasado.
«Y tú también me has sido arrebatado, Eduardo. Ahora solo me queda tu recuerdo», pensó.
El ama de llaves la arrancó de su melancolía diciendo: —Estoy lista, ¿puedo ayudarla con algo
más?
Al ver a Fernanda en el umbral con expresión belicosa, pese a su pena Emma no pudo reprimir
una sonrisa.
—No, yo también estoy lista, bajemos las maletas.
Esteban las ayudó; entre él y Fernanda transportaron el pesado baúl hasta el coche. Emma echó
un último vistazo a su habitación: así que se había acabado.
Era el fin de la familia Hechtl. Suspirando, cerró la puerta detrás de ella.
Fernanda ya había desaparecido en el sótano y ante la puerta de servicio aguardaba Esteban con
el coche. Emma corrió a través del vestíbulo y de pronto Juan salió de la biblioteca, gritando a voz
en cuello. Emma no había notado su regreso. Juan solo tardó un segundo en comprender lo que
sucedía, echó a correr hacia Emma y ambos se enfrentaron. Juan cerró los puños y acercó su cara a la
de ella. Emma temblaba como una hoja.
—¡No te atreverás, puta, no me abandonarás! —siseó—, ¡jamás lo permitiré!
¡Antes te mato!
Un escalofrío le recorrió la espalda y se estremeció de asco ante la brutalidad de su marido.
—¿Matarme, dices? ¡En eso estás versado, asesino!
Juan se quedó boquiabierto.
—Te juro, Juan Hechtl, que me encargaré de que te encierren para siempre. ¡Si me tocas un pelo,
a mí o a los empleados, me encargaré de que pagues durante toda tu vida por el cobarde asesinato del
profesor Eisengrün!
Juan se puso pálido como la nieve. Eso la tranquilizó, pues no había estado segura de poder
proferir esa amenaza con éxito.
—Me dejarás en paz, ¿me oyes? Te abandono. Y si tratas de impedirlo prestaré declaración. Un
asesinato no prescribe. Sé que aquella noche, cuando asesinaron a Eisengrün, tú no estabas en casa.
—Emma lo sabía porque aquella noche se encontró con Eduardo—. Y en el peor de los casos
cometeré perjurio. Juraré que volviste a casa con las ropas manchadas de sangre y que amenazaste
con hacerme daño si lo mencionaba. Y añadiré que me confesaste que mataste al profesor Eisengrün.
Te prometo que ningún juez dudará de la declaración de una esposa si esta acusa a su marido.
Juan se quedó mudo y retrocedió.
—¡Pediré el divorcio, no quiero seguir siendo tu esposa!
Juan recuperó el control y rugió:
—Pero sos mi esposa. Te traje acá desde Europa y me casé contigo. ¡Me pertenecés, sos mi
mujer!
—Nunca le perteneceré a nadie. ¡Ni siquiera estoy segura de haber sido tu mujer alguna vez!
—¡Maldita puta! —gritó Juan—, jamás lo permitiré, ¡no te divorciarás de mí!
¡Te lo prohíbo!
—¡Ya no puedes prohibirme nada más! ¡Te abandoné hace tiempo!
Presa de la ira, Juan derribó un gran florero de la mesa al tiempo que Emma se dirigía lentamente
a la puerta entreabierta del sótano. Fernanda, que la aguardaba al otro lado, la dejó pasar y ambas
echaron a correr a través de la cocina hacia la puerta trasera. Montaron en el coche de un brinco y
Esteban arrancó. Oyeron gritos en la casa, Juan arrojó una silla por la ventana, rabiando como un
toro salvaje.
Emma contempló a Fernanda y después al gran bolso que reposaba en sus rodillas.
—Los Hechtl nunca cargan con su propio equipaje... ¡pero yo, Emma von Schaslik, estoy
orgullosa de cargar con mis propias maletas!
20
El restaurante del oasis de eucaliptos era un sencillo bungalow de madera con una gran terraza
que daba a la playa. Christina y Raúl se sentaron en las sillas de mimbre, Ella se instaló debajo de la
mesa. Dos platos de aromáticos calamares no tardaron en llegar y Christina consideró que jamás
había probado algo tan sabroso; por fin, con el estómago lleno, ambos disfrutaron de un café cargado
y contemplaron el mar.
—¿Por qué será que a todos nos fascina tanto el mar? —comentó Christina—.
¿Nuestro origen? ¿La vida, que surgió del agua?
En vez de una respuesta, Raúl le planteó una adivinanza.
—«Igual que las olas del mar, nunca estoy del todo ausente y nunca me acerco del todo. No tengo
principio ni fin, no tengo piernas y tampoco manos, a veces te dejo fuera, otras dentro. Nunca te dejo
escapar de la eternidad. Y si querés comprenderme del todo, tenés que observarme desde arriba.
Pero mientras me contemples desde vos misma, menospreciás la oportunidad de lo completamente
nuevo, desgastás tus inútiles garras, chocarás conmigo y por fin caerás.» ¿Qué es?
Dejó que Christina reflexionara y cuando por fin se encogió de hombros, resolvió la adivinanza.
—Es el círculo, el círculo interminable que solo se ve cuando lo observás desde cierta distancia.
—¿Pero qué relación guarda el círculo con el mar?
—La fascinación que experimentamos al dirigir la vista al mar puede ser la fascinación por lo
eterno, por el tiempo eterno y circular. El mar es un ciclo, el juego del escondite entre la pleamar y la
bajamar, la evaporación y la lluvia, la vida en el mar que incluye parir y morir, devorar y ser
devorado. Todo lo que nos rodea está organizado en círculo. Las plantas y los animales enraizados
en la tierra y el clima, el mismo mundo que gira en torno a su eje y en torno al sol, los procesos
corporales. Y al final nuestra propia vida solo es una parte del gran ciclo. Es tan claro, tan unívoco...
Siempre me desconcierta que los científicos se hagan preguntas sobre el principio del tiempo, el
principio del universo, el Big Bang. No creo en ningún Big Bang, ni siquiera creo en el tiempo. El
tiempo es un invento humano, lo inventamos porque es útil y porque organiza nuestra vida. ¿Acaso
solo porque nosotros, los seres humanos, tenemos un principio y un fin ha de significar que lo
Inmenso y la Totalidad deben tener un principio y un fin? ¡Qué idea tan arrogante!
—Pero resulta que podemos medir el tiempo —dijo Christina.
—Pero ¿qué es lo que medimos, exactamente? Porque en realidad son los giros de un mecanismo
de relojería. Denominamos hora a sesenta giros y día a veinticuatro multiplicado por sesenta. ¿O se
trata de una cantidad de arena que se desliza hacia abajo en un cristal? ¿Es que el tiempo se puede
invertir, los granos de arena o lo que sea? No, no creo en el tiempo, creo en la simultaneidad y en los
ciclos. Intente aceptar que el universo es... no que fue, no que será, sino que sencillamente es. No
tiene principio ni final, pues es como un círculo o una esfera: infinito. Y al igual que en una esfera,
estoy convencido de que todo ocurre en un momento... ¡y de manera simultánea, a saber! Lo que usted
experimenta depende del punto de la esfera en el que se encuentre en ese instante.
—¿Quiere decir que, simultáneamente nazco, muero, paso las vacaciones en el mar Báltico, me
peleo con mi madre durante la pubertad, conozco a mi marido, me caso con él y al mismo tiempo
estoy sentada con usted a orillas del mar?
—... y discute conmigo acerca de la simultaneidad —añadió Raúl en tono de broma—. Sí, es
como en la adivinanza: «... no tengo principio ni final, no tengo piernas ni manos, a veces te dejo
fuera, otras dentro y nunca dejo que escapes de la eternidad».
—Pero nosotros mismos tenemos un principio y un final —objetó Christina —, somos individuos.
—¿Ah sí? Entonces mire las plantas rastreras de las dunas. ¿Ve cómo se multiplican? Cada vez
que la arena cubre un tallo, en la parte cubierta se forman raíces y de estas vuelve a crecer otra
planta que a su vez genera tallos, forma nuevas raíces, etcétera. ¿Acaso todo eso solo es un
individuo, una planta de diversos brazos o cada uno es un nuevo brazo arraigado porque es capaz de
vivir de manera independiente?
—No lo sé —dijo Christina, encogiéndose de hombros—. Depende exclusivamente de la
definición de «independiente». Supongo que visto en conjunto es una única planta, pero puedo
arrancar trozos, desde luego, y dejarlos crecer en otro lugar. Eso hablaría a favor de una definición
como planta individual, solo se trata del punto de vista.
Raúl arqueó las cejas y volvió a recitar la adivinanza.
—«Y si querés comprenderme del todo, tenés que observarme desde arriba.
Pero mientras me contemples desde vos misma, menospreciás la oportunidad de lo
completamente nuevo, desgastás tus inútiles garras, chocarás conmigo y por fin caerás.»
Christina meneó la cabeza.
—¡Su sabiduría y su bondad me asustan, Raúl!
—Es solo que viví unos cuantos decenios más que usted... —dijo Raúl con su voz cálida. De
pronto se detuvo y escuchó la música que surgía de los altavoces —. ¿Lo escucha? —añadió. La
radio retransmitía un tango—. Se llama Sur, uno de los tangos preferidos de mi padre. ¿Lo conoce?
Sur es el tango de los barrios del sur de Buenos Aires que en su melancolía y belleza reúne los
altibajos de una vida. ¿Tiene ganas de bailar, Christina?
—¡No sé bailar tango!
—Pero yo sí —contestó Raúl con una mirada luminosa—. Sienta la música y déjese llevar por
sus pies.
Ayudó a Christina a ponerse de pie, le rodeó la espalda con un brazo y estiró el otro. Ella se
adaptó a su postura, el personal del restaurante subió el volumen de la música que se derramó,
nostálgica y sentimental, por encima de los toscos tablones de madera de la terraza. Allí junto al
Atlántico, entre los eucaliptos, las dunas y el rumor de las olas, Christina comprendió la
simultaneidad de toda la existencia... y, una vez más, se sumió en el tango. ¿Una vez más? Una vez
más.
El regreso del oasis transcurrió en silencio, habían hablado tanto, averiguado tantas cosas sobre
el otro que bastaba con ensimismarse en los propios pensamientos. Caminaban hacia el ocaso y
durante un instante el mundo sostuvo el aliento, envuelto en un color rojizo y anaranjado.
Ya era casi de noche cuando Christina y Raúl por fin volvieron a encontrarse en la casa de
Quequén y, exhausta, Christina se dejó caer en el arcón que hacía las veces de banco.
—Su terreno se asemeja al oasis verde.
—Quizá se deba a los eucaliptos. Al principio me interesé por el terreno hoy ocupado por el
restorán, ya sabe, hace años, cuando tuve que abandonar Buenos Aires. Se supone que ese terreno era
exactamente el lugar donde mi padre y yo contemplábamos el mar.
—¿Es que en aquel entonces el restaurante no existía?
—No, en los años setenta el oasis de eucaliptos solo era un lugar virgen, verde y frondoso. El
camping y el restorán aparecieron más adelante.
—¿Qué le impidió comprar el oasis?
—El propietario... o propietaria. No tengo idea de quién era.
—¿Ni idea? Pero usted pudo haberlo averiguado, ¿no?
—En realidad, sí, pero en ese caso no fue así. En Argentina la distribución de la propiedad
depende del pago regular de los impuestos. ¿Le parece extraño? Es muy sencillo: en Argentina hay
numerosas tierras sin dueño o por las que nadie ha pagado impuestos en años. Argentina es enorme,
así que entre las familias pudientes a veces se pierde la visión de conjunto.
—¿Y qué pasa cuando no se paga ningún impuesto?
—Si usted posee un terreno colindante puede hacerse cargo de los impuestos y entonces, una vez
transcurridos veinte años, el terreno le pertenece a usted.
—Un reglamento curioso.
—Solo para las personas que hace siglos que viven en un continente densamente poblado —dijo
Raúl, guiñándole un ojo.
—¿Así que antaño alguien pagó los impuestos de ese terreno?
—Sí, así es, pero no hubo manera de averiguar el nombre del pagador, como si hubiera
desaparecido sin renunciar a su compromiso.
—¿Y el restaurante?
—Ese apareció más adelante, a finales de los ochenta. Ellos tuvieron más suerte, ya nadie seguía
pagando los impuestos, ¡y ahora los paga el restorán y utiliza mi terreno!
—Pero en última instancia usted tuvo suerte, Raúl, esta casa y este terreno son estupendos. Y tan
maravillosamente tranquilos y solitarios.
—Sí, es cierto. En Argentina mi pasión por la soledad me convierte en un outsider, pero cada
vez somos más.
Y todos esos outsiders se trasladan acá y se construyen casas de vacaciones para outsiders,
compran en su supermercado para outsiders, se sientan en las tabernas outsider y alquilan sus
departamentos outsider a los no outsiders, estos se mezclan en alguna parte con los outsiders y al
final todo acaba como en Rebelión en la granja de Orwell, con las personas y los chanchos. Aunque
en realidad ignoro quién es una persona y quién un chancho —dijo Raúl con una sonrisa irónica—.
La zona está cambiando, dentro de cinco años todos los terrenos estarán urbanizados. Las grandes
casas se apelotonan y ya están construyendo los primeros edificios de departamentos.
—¡Qué horror!
—¿Tengo derecho a quejarme? ¡Porque en el fondo son personas como yo que empiezan de cero!
—¡Ay, Raúl, usted es demasiado bueno para mí!
De pronto Raúl guardó silencio y la miró directamente a los ojos.
—No, Christina, no soy una buena persona.
Se puso de pie, hurgó en un pequeño escritorio y sacó una nota amarillenta en la que una mano
temblorosa había escrito unas palabras.
—Verá, Christina, este es un poema que me dio mi padre. Es un poema que me dedicó. Me lo dio
junto con su regalo de despedida.
¡Nunca te desprendas del bandoneón! ¡Pensá en mí cuando lo toques, cuando lo sientas! Perseguí
tus sueños. ¡Cuando sientas tus sueños, cuando vueles con ellos, pensá en mí! Y un día, si por fin se
abre para vos, si le proporciona una base a tus sueños, sabrás que hoy es correcto que el destino
finalmente nos separe.
—Raúl... —dijo Christina, y lo contempló con el ceño fruncido—, ¿lo he comprendido
correctamente, Raúl, y su padre habla de un bandoneón? ¿Y no me equivoco al suponer que no era
cualquier bandoneón sino su propio bandoneón, es decir, el bandoneón que yo estoy buscando?
Raúl asintió.
—¿Y acaso eso significa que usted tiene ese bandoneón...? —prosiguió Christina en tono trémulo
por la emoción.
Raúl la interrumpió.
—Sí, está sentada encima de él, está en el arcón, justo debajo de usted.
Christina le lanzó una mirada incrédula.
—Perdóneme, Christina, pero usted no es la única para quien el bandoneón tiene una gran
importancia. Primero tenía que poder confiar en usted, por eso esperé tanto tiempo antes de
mencionarlo.
Como en trance, Christina se puso de pie y clavó la mirada en el arcón.
—¡Ábralo de una buena vez! —dijo Raúl; casi parecía aliviado.
Ella apenas osó levantar la tapa, como si algo incontrolable pudiese surgir del interior: un
fantasma, una maldición, un recuerdo conmovedor. Acercó la mano al arcón como en cámara lenta,
notó la tosca madera bajo los dedos y entreabrió la tapa.
De pronto hubo un estallido y ella gritó:
—¿Qué es eso?
Todo se volvió negro, no veía nada, la noche la envolvió súbitamente, la tapa se cerró con
estrépito, ella perdió el equilibrio y trató de apoyarse en algo. Después de lo que parecía una
eternidad, una fría luz azulada iluminó la cocina y proyectó sombras fantasmagóricas. El rostro de
Raúl había adoptado un tono pálido y verdoso. Christina se aferró a la mesa.
—Un apagón —dijo Raúl en tono sereno—. Acá ocurre cada dos o tres días, sobre todo en
verano, cuando vienen los turistas. Espere, iré a buscar una lámpara de queroseno. Esta espantosa
linterna de emergencia y su luz aún más atroz solo sirven para los primeros minutos, hasta que uno
encuentra algo mejor.
Christina se quedó sentada en el arcón respirando agitadamente. El susto la había afectado y
temblaba.
«Un apagón —pensó—, solo ha sido un apagón, una banalidad. ¡Caramba, Christina, estás
totalmente desquiciada!»
Raúl había desaparecido en la habitación del fondo; se desplazaba con gran seguridad a través de
la casa a oscuras. Encendió una cerilla y poco después regresó con una lámpara de queroseno.
—Demasiadas sorpresas juntas, ¿no es cierto? —dijo.
—¡Y que lo diga! Por favor, ¿Raúl, puedo verlo?
Un momento después el objeto de deseo de Christina reposaba en la tosca mesa de la cocina,
como si fuera la cosa más normal del mundo. Así que había logrado descifrar la tarjeta postal, había
conocido a su abuela, iniciado la búsqueda de los rastros, identificado al músico, encontrado a su
hijo... ¿y ahora se suponía que había alcanzado la meta de su viaje? El bandoneón había pasado
tranquilamente a ocupar un lugar en la vida de Christina. Ella lo contempló, atónita. En los lados
plateados, la botonera reflejaba la luz de la lámpara.
—¿Puedo? —preguntó; se moría por tocarlo.
—No creo que suene todavía.
—No, no, no tengo la menor intención de arrancarle un sonido —dijo ella, deslizó la punta de los
dedos por encima de cada pliegue del fuelle y por fin rozó la madera barnizada—. ¡Es precioso! —
susurró.
Tras unos instantes alzó la vista. Raúl la estaba observando y ambos intercambiaron una sonrisa.
—Me ha tenido en ascuas, Raúl, hace dos días y dos noches que el bandoneón aguardaba en el
arcón.
—¿Aguardaba? —dijo Raúl con la vista clavada en la penumbra—.
Aguardaba... eso suena interesante y tiene razón: a mí también me parecía que el bandoneón
estaba aguardando algo. Incluso puede que la aguardara a usted, quizá precisamente a que llegara
este día. Debe perdonarme por no haber abierto el arcón de inmediato, pero el bandoneón significa
demasiado para mí como para mostrárselo a cualquier..., discúlpeme, a cualquier desconocido, si
bien es verdad que, sorprendentemente, ayer, cuando usted cruzó la puerta del jardín, no me resultó
desconocida.
—¿Qué significa el bandoneón para usted?
—Es el único vínculo con mi padre y, a saber, con un padre que era como el que yo amaba y
admiraba de chico, porque los chicos admiran a sus padres, ¿no?
La pregunta la golpeó y se encogió de hombros.
—Supongo que sí —contestó.
Raúl comprendió en el acto.
—Perdón, lo había olvidado.
Christina lo tranquilizó haciendo un ademán.
—Me preguntó qué significa el bandoneón para mí, le contaré las circunstancias en las que mi
padre me lo regaló, entonces me comprenderá. Mi padre era un músico realmente talentoso —dijo, y
le lanzó una mirada afectuosa al instrumento—. Creo que muy pocos eran capaces de arrancarle tanto
sentimiento a esta cajita de madera. Los momentos de mayor felicidad de mi padre no eran los que
pasaba conmigo o con mi madre, la familia no era lo más importante de su vida, los momentos más
felices eran aquellos en los que su público lo escuchaba presa de la fascinación y compartía sus
melodías. Mi madre y yo lo aceptábamos; a veces ella suspiraba cuando Eduardo entraba en Los
Tangueros desde el patio trasero y era recibido con gritos de «¡bravo!» desde el interior, pero sus
suspiros también eran de orgullo y de comprensión. Las cosas eran así, ella no lograría cambiarlo.
Mi madre apenas cobraba una paga semanal por su trabajo en la lavandería; claro que durante los
meses de verano subsistíamos gracias al trabajo de mi padre en el Hotel Quequén, pero ¿en invierno?
De algún modo, a veces él se las arreglaba para traer mayores sumas a casa. Bueno, no lo recuerdo,
fue antes de que yo naciera, en cierta ocasión mi madre me lo contó, pero fue mucho más adelante.
También dijo que jamás se atrevió a preguntar de dónde salía la plata. Verá: cuando uno crece en el
barrio del puerto de Buenos Aires es mejor no saber demasiado.
Raúl hizo una pausa. Fue en busca de un mate, llenó de agua caliente la calabaza y la sostuvo en
la mano.
—En algún momento, a mediados de los años cuarenta, mi padre se volvió hosco y gruñón,
ahogaba su malhumor en alcohol y lo pagaba con nosotros. No sabíamos qué había pasado, pero
debía de ser algo grave. Las cosas empeoraron año tras año, mi padre se abandonó por completo y
mi madre tuvo que trabajar muy duro para que no muriésemos de hambre. Los Tangueros se vino
abajo, se convirtió en una pensión de mala muerte y cuando poco después fallecieron mi abuela y mi
abuelo ya no hubo más motivos para abrir el local. A mi padre casi no lo veíamos, a veces
desaparecía durante días, vagabundeaba y las ratas callejeras eran su única compañía.
Hubo otra pausa. El rostro de Raúl manifestaba el dolor del recuerdo.
—Verá, de chico uno no quiere admitir todo eso. Quería que él siguiera siendo mi héroe, el
hombre grande y fuerte que me hacía girar por el aire y que pasaba los veranos conmigo a orillas del
Atlántico, pero la verdad no tardó en atraparnos con sus garras heladas. Mi padre dejaba deudas en
todas partes, no había tabernero a quien no le debiese la bebida o ningún amigo a quien no le hubiera
pedido plata. La poca que ganaba mi madre no bastaba para pagar las deudas. Yo no comprendía
nada de todo aquello, aún era un pibe. Un día tuvimos que empacar nuestras cosas, mi madre lloraba,
mi padre estaba acurrucado en un rincón de nuestro mugriento patio trasero con el rostro deshecho.
Ella le gritó y le hizo amargos reproches: que por culpa de él habíamos perdido nuestra casa, que
todo podría haber salido tan bien, pero que de todos modos no hubo manera de refrenarlo y que no
creyera que ella era boba... ¡primero el alcohol y antes...!
—¿A qué se refería su madre con eso de «y antes»?
—No tengo idea —dijo Raúl, indiferente—. Tal vez a mujeres. —Hizo una pausa y luego siguió
hablando—: Nuestros pocos bienes cabían en una sábana anudada. Mi madre se limpió el rostro
lloroso y me tendió la mano. Comprendí que nos marcharíamos y que eso significaba solo ella y yo.
Mi padre permaneció acurrucado en su rincón. Yo me solté y, llorando, corrí hacia él. Creo que en
ese instante mi padre se vio a sí mismo cómo era de verdad: un borracho venido a menos, sucio y
apestoso, que a partir de ese momento se convertiría en un mendigo callejero. Nunca olvidaré su
mirada: no la dirigió a mí sino a mi madre, que me aguardaba ante la puerta: su rostro crispado
expresaba desesperación y una amarga angustia. «¡Esperá!», le suplicó a mi madre. «¡Esperá aunque
solo sea un momento!» Se puso de pie haciendo un gran esfuerzo y entró en la casa tambaleándose.
Después de una eternidad volvió a salir al patio. Lo tenía en la mano y contempló a su mujer con
doloroso agradecimiento. Mi madre lo había dejado en el placard. Su bandoneón, que era lo único de
valor que poseíamos y mi madre no lo había vendido. Mi padre me lo dio, quiso decir algo pero no
pudo pronunciar palabra. Con la última lucidez había garabateado el poema de despedida en un
papel; supongo que era un viejo texto que hacía tiempo que tenía en la cabeza, tal vez un tango
inacabado que se había grabado en su cerebro embotado por el alcohol. Sí, eso debía de ser: un
tango inacabado, eso encaja con el final de mi padre.
Christina oía el ligero zumbido de la lámpara de queroseno. Por fin preguntó: —¿Y qué se hizo
de su padre?
—Cuando me dio el bandoneón, supe que mi padre, antes grande y fuerte, estaba acabado. El
bandoneón era su vida, una vida que entonces yo, de la mano de mi madre, tenía en la mía. Mi madre
me arrastró hasta la calle y al volverme ya no pude distinguir a mi padre de la pared mugrienta en
medio de la luz tenue del patio. Era el fin, el fin de nuestra familia, el fin de Los Tangueros, el fin de
mi infancia. El resto de la historia es breve. Primero nos alojamos en un rincón de la lavandería
donde trabajaba mi madre, después encontramos una habitación muy chica y barata. Un día volví a
casa y descubrí a mi madre, encorvada y sentada ante la mesa de la cocina. En silencio, me dio un
papel donde nos informaban de la muerte de mi padre en el lenguaje sobrio de las autoridades. Lo
habían encontrado en algún lugar cerca de nuestra antigua casa. Mi madre y yo intercambiamos una
mirada prolongada y su silencio fue muy elocuente: se había terminado, se habían terminado los
sueños y las esperanzas y ya no había marcha atrás. Con movimientos casi mecánicos, mi madre se
puso de pie y sacó el bandoneón de debajo de la cama. Durante un instante un recuerdo afectuoso le
iluminó el rostro, pero después me miró con aterradora claridad que me hizo estremecer. «Mirá,
Raúl, él nunca me amó de verdad y eso no era demasiado importante porque yo sí lo amaba. Y te
quiero mucho a vos, pero ahora quiero pedirte que me permitas elegir la libertad.» La comprendía.
Abrimos la tapa del arcón y ambos hicimos desaparecer el pasado en su interior. Poco después mi
madre se casó con un comerciante de buena posición, nuestra vida se volvió más confortable, pude
asistir a un instituto de enseñanza superior y más adelante incluso a la universidad. Los días
apasionados, alegres y soleados dieron paso a una existencia uniforme, grisácea y tranquila. Nunca
volvimos a hablar de mi padre.
—¿Y el bandoneón?
—Conservó su lugar en el arcón. Lo único que siempre guardé en la cartera es el garabateado
poema de despedida.
Christina palpó la madera del arcón y le recordó a un ataúd.
—Seguro que no fue fácil volver a abrir la tapa, ¿verdad?
—¡Usted estaba presente! —contestó Raúl con una sonrisa.
De repente Christina se dio cuenta del alcance de esa frase y soltó un resuello.
Al cabo de unos minutos, el escultor dijo:
—¿Quiere un mate?
Christina asintió y no supo cuánto tiempo transcurrió antes de que pudiera volver a hablar.
—¿Puedo leer de nuevo el poema de su padre? —preguntó, y sostuvo el papel en la mano con
aire pensativo—. Es bonito, me gustan las palabras, son muy dulces y poéticas.
—Bueno, mi padre era músico. Supongo que la sensibilidad formaba parte de la profesión, o más
bien de la vocación.
Raúl instó a Christina a no regresar a su hotel en coche. El apagón sumía toda la región en una
profunda oscuridad y grandes nubarrones cubrían el cielo. En medio de la negrura los caminos de
arena resultarían indistinguibles.
Agradecida, Christina aceptó el ofrecimiento de Raúl y por fin estaba tendida en la habitación de
huéspedes con una linterna en la mesilla. Ambos habían pasado horas con la vista clavada en el
bandoneón, en los resplandecientes herrajes metálicos, los innumerables botoncitos, el fuelle y los
tornillos. ¿Cuál era el secreto? ¿Cuál era el vínculo entre Óscar Hechtl, la tarjeta postal y Eduardo,
el padre de Raúl? ¿Qué significaba la firma que aparecía en la tarjeta «Este bandoneón alberga toda
mi vida. E.»? ¿Y quién se ocultaba tras esa misteriosa «E»?
Antes de cerrar la puerta y desearle buenas noches, Raúl dijo que si necesitaba algo podía
despertarlo en cualquier momento.
Christina tardó mucho tiempo en conciliar el sueño, los numerosos acontecimientos se
arremolinaban en su cabeza y por fin los pensamientos dieron paso a los sueños. Christina corría en
medio de una espesa niebla, el rumor del mar penetraba entre los grandes árboles. No tenía una meta,
nunca había echado a correr y jamás llegaría. En medio de la nada, la misteriosa anotación de la
tarjeta postal y las líneas del poema de despedida resonaban y se confundían con la adivinanza de
Raúl acerca de la eternidad del círculo: Da rienda suelta a tus lágrimas. Cuando las sientas,
cuando vueles con ellas.
¡Pensá en mí! ESTE bandoneón alberga toda mi vida. Nunca te desprendas de él.
Cuando lo toques, cuando lo sientas. ¡Pensá en mí! Si por fin querés comprenderme del todo,
tenés que observarme desde arriba. Y si por fin un día se abre para vos... a veces te deja fuera,
otras en su interior, nunca dejará que escapes de la eternidad. Si proporciona un terreno a tus
sueños entonces sabrás que hoy es correcto que el destino nos separe.
Los fragmentos giraban cada vez más rápido hasta que acabaron por convertirse en unas pocas
líneas:
¡Nunca te desprendas del bandoneón! ESTE bandoneón alberga tus sueños y toda mi vida. ¡Y si
por fin un día se abre para vos, pensá en mí!
Christina despertó súbitamente; el corazón le latía aprisa.
¡Claro, eso era, tan sencillo y tan evidente! Tanteó buscando la linterna y el tenue haz de luz
recorrió la pared pintada de blanco. Jadeando, llegó corriendo a la habitación de Raúl y le iluminó la
cara.
—¡Despierte, Raúl! Lo tengo. ¡Despierte, Raúl!
La luz lo deslumbró y, desorientado, tanteó en busca del interruptor de la lámpara de la mesilla
de noche. Un clic, luego la luz eléctrica iluminó la habitación.
—¿Qué pasa, Christina? ¿Qué sucede? —dijo Raúl, frotándose los ojos—.
Espero que tenga un buen motivo para despertarme tan bruscamente y, por favor, deje de
iluminarme con la linterna, ¿o acaso pretende interrogarme?
Christina se apresuró a apagar la linterna. No se le había ocurrido comprobar si volvía a haber
corriente. Raúl se incorporó.
—¡Es una adivinanza, Raúl, todo es una gran adivinanza!
—¿Qué quiere decir, Christina?
—El poema de despedida de su padre y la anotación de la tarjeta. Ambas suponen una
adivinanza. ¡Y la he resuelto!
Poco después, ambos estaban sentados en la cocina, el bandoneón estaba apoyado en la mesa.
Raúl había preparado un café cargado y, lanzando un suspiro y una mirada de simulado reproche a su
huésped, dijo: —Calculo que pasaremos el resto de la noche sentados en torno al bandoneón, así que
un café nos vendrá bien.
—¡Por favor, Raúl, vuelva a darme la nota de su padre!
Christina la tomó y leyó en voz alta.
—«¡Nunca te desprendas del bandoneón! ¡Pensá en mí cuando lo toques, cuando lo sientas!
Perseguí tus sueños. ¡Cuando sientas tus sueños, cuando vueles con ellos, pensá en mí! Y un día, si
por fin se abre para vos, si le proporciona una base a tus sueños, sabrás que hoy es correcto que el
destino finalmente nos separe.» Y ahora añada lo que pone en la tarjeta: «ESTE
bandoneón alberga toda mi vida.» Bien, ¿qué le dice eso?
Raúl se encogió de hombros y bebió un sorbo de café.
—Si quisiera esconder algo en el bandoneón, ¿dónde lo guardaría? —preguntó Christina.
Lentamente, Raúl empezó a comprender.
—El bandoneón alberga... y si un día se abre... ¡Es genial, Christina!
Fingiendo una indiferencia que no sentía, Christina también bebió un sorbo de café.
—Bien, Raúl, ¿dónde?
Ambos contemplaron el instrumento.
—¡Los tornillos! —exclamaron casi al unísono: cuatro brillantes tornillos sujetaban cada una de
las dos piezas laterales; con mucho cuidado, Raúl trató de desprender la tapa y esta cedió con una
facilidad sorprendente.
—Son de buena calidad, de plata, no se oxidan —dijo, sorprendido.
Ambas tapas se desprendieron y Raúl las depositó en la mesa; la botonera se asemejaba a una
vieja máquina de escribir, del otro lado aparecieron una serie de pequeñas escamas metálicas
insertadas en zapatas de madera.
—Son las lengüetas —dijo Raúl.
Christina examinó cada centímetro de esas lengüetas y de la botonera. Levantó una válvula tras
otra y confió que el bandoneón revelaría su secreto, pero no encontraron nada.
—Nada, no hay nada —dijo Christina, contemplando a Raúl—. ¿Tal vez dentro del fuelle?
Entonces vio la expresión aterrada de él.
—Supongo que no pretenderá que yo...
Entonces ella dirigió la mirada a una de las dos tapas que Raúl había dejado en la mesa y su
rostro se iluminó: ya lo tenía. Sin pensárselo dos veces, tomó una de las dos piezas laterales e
iluminó la cara interior: había un trozo redondo de papel pegado en la tapa, el viejísimo logo del
fabricante: dos letras «A»
entrelazadas y en el centro la letra «C». El papel era amarillento y ondulado, cubierto de manchas
marrones, el pegamento ya no lo mantenía unido a la madera en todas partes. Christina hizo girar la
tapa bajo la luz y deslizó los dedos por encima del papel.
¡No cabía duda!
Entonces Raúl también lo vio: bajo el logo se destacaba un pequeño objeto plano. Ambos se
contemplaron y Raúl asintió con la cabeza. Christina arrancó el papel y una llave cayó sobre la mesa,
una llave con un número grabado. La llave estaba ennegrecida.
—¡Raúl! —susurró Christina—. Esta es la solución de la adivinanza. Esto es lo que albergaba el
bandoneón, esta llave.
El escultor asintió.
Ambos tardaron una eternidad en recuperar el habla.
—¿Tiene idea de qué es esa llave que su padre ocultó ahí?
—No, para nada —contestó Raúl, meneando la cabeza.
—¿Pero por qué nadie encontró la llave de su padre antes que nosotros? ¿Por qué nadie lo notó?
Porque seguro que mientras aún tocaba el bandoneón, alguna vez desprendió estas tapas.
—Sí, no cabe duda, pero ningún músico siente interés por la tapa. Cuando se destornillan las
tapas de un bandoneón siempre se trata de examinar el mecanismo, no las tapas. Además, mi madre y
yo lo escondimos en el arcón. — Tras titubear unos instantes, añadió—: ¿Pero por qué está tan
segura de que fue mi padre quien escondió la llave?
—Vaya, Raúl, es evidente. Estoy convencida de que le dio el bandoneón junto con la adivinanza
adrede. Seguro que quería que usted encontrase la llave.
—No, no lo creo. Estoy casi seguro que él mismo ignoraba la presencia de la llave oculta. Donde
pone que el bandoneón alberga algo es en su tarjeta postal y donde pone que hay que abrirlo es en el
poema de mi padre. Esa combinación tiene sentido.
—Quiere decir que...
—Sí, estoy seguro de que el poema no es obra de mi padre sino de...
—¡... de la misteriosa «E»! Y en ese caso volveríamos a encontrarnos al principio, a hacernos la
pregunta que ya me hice en Berlín: ¿quién es «E»?
—Y ahora se enfrenta a otra pregunta: ¿a qué cerradura corresponde esta llave?
—Me parece que si no averiguamos la identidad de «E», tampoco averiguaremos nada sobre la
llave, Raúl. «E» debe de ser el vínculo entre los Hechtl y su padre. Ya le he dicho que teníamos una
candidata para la «E», a saber, Elisabeth Hechtl, la matriarca de la familia, pero mi intuición me dice
que no se trata de ella. Además, sería mucho mayor que su padre.
—Usted dijo algo acerca de una... ¿cómo lo expresó?... de una generación de los Hechtl ausente.
—Sí, así es. Entre esa matriarca y su marido mucho mayor y Óscar Hechtl, que al parecer es mi
abuelo, hay demasiados años. Tiene que haber existido otra generación intermedia.
—Apuesto a que nuestra «E» pertenece a dicha generación.
Christina asintió.
—Bien, ¿y ahora qué hacemos con lo que descubrimos? —preguntó el escultor.
—No lo sé, y eso me pone furiosa. —Christina vaciló un momento y luego echó un vistazo a la
hora. Aún era de noche—. Llamaré a mi amiga de Buenos Aires, es una persona creativa, a lo mejor
se le ocurre una idea.
—¿No cree que es un poco tarde para llamar?
—¿Para Maju? Oh, no, Maju es como Nueva York: The city that never sleeps —dijo, y agarró el
móvil.
Solo entonces notó que tras la broma de Raúl durante el paseo por la playa lo había desconectado
y, haciendo un esfuerzo, recordó su PIN.
—¡Ay, qué suerte, incluso tengo cobertura!
Varios tonos de advertencia anunciaron un bombardeo de SMS y mensajes.
Christina frunció el ceño: todos eran de Bernd.
«Soy Bernd, Christina, es urgente que me llames, da igual la hora que sea.»
Christina miró asustada a Raúl.
—Hable con él tranquilamente. ¿Tiene bastante cobertura? Si no, también puede usar mi teléfono.
Christina meneó la cabeza al tiempo que marcaba su número de Berlín. En Alemania debía de ser
de madrugada o muy tarde por la noche.
—Por fin, Christina. He estado esperando mucho tiempo.
—¿Qué sucede, Bernd? ¿Qué ha pasado?
—No te asustes, nada malo, pero escucha: creo que esto es importante para ti.
Christina puso los ojos en blanco. Acababa de resolver el misterio del bandoneón, había recibido
dos regalos: una llave y una ominosa «E» y no podía hacer nada con ellos porque no tenía ni idea de
lo que significaban. Y ahora su marido pretendía soltarle una historia berlinesa que en ese momento
le resultaba totalmente inútil.
Bernd le habló de la llamada de Matthias.
—Ya sabes, tu ex colega de Hamburgo que ahora trabaja en esa compañía naviera.
Claro que sabía quién era Matthias, puesto que ella misma había ido a verlo.
Por lo visto, su marido no estaba dispuesto a resumir la historia, así que escuchó pacientemente
el relato del transatlántico de lujo —un destino realmente atroz— hasta que por fin Bernd fue al
grano.
—Ningún Óscar Hechtl figuraba en los documentos hamburgueses pero, y ahora agárrate, había
un tal Juan Hechtl que desembarcó en Europa a finales de los años veinte. Y aún mejor. Matthias me
dijo que ese Juan Hechtl llegó a Alemania solo, pero que ya había reservado dos pasajes para el
viaje de regreso y eran para él y su esposa, a saber. Y ahora, querida Christina, verás que tener un
marido que trabaja en la administración no es tan horrible.
—No empieces con eso, Bernd.
—¡No temas, enseguida lo comprenderás, tú, una Von Schaslik!
—No entiendo ni una palabra. ¡Deja de divagar!
—Pues si Óscar Hechtl es el hijo de Juan Hechtl y a su vez tú eres la nieta de ese Óscar, entonces
tu bisabuela es una Von Schaslik, en su apellido de soltera, miembro de una vieja familia berlinesa.
—Un momento, poco a poco. ¿Quiénes son esos Von Schaslik y qué tiene que ver conmigo todo
ese asunto?
—Bueno, cuando Matthias me dijo que al parecer Juan Hechtl llegó a Berlín de soltero, les pedí
a mis amigos del archivo que echaran un vistazo a los registros de los casamientos de aquel entonces
y ¡bingo!: en 1927 se celebró un matrimonio entre Juan Hechtl y una tal Emma von Schaslik.
El grito de Christina lo interrumpió.
—¿Has dicho Emma?
—Sabía que te gustaría.
—¡«E»! Estoy segura de que se trata de mi «E», la que aparece en la tarjeta postal, Bernd —
exclamó, y mientras hablaba agarró la vieja tarjeta y leyó con voz trémula—: «Este bandoneón
alberga toda mi vida.» ¡Emma von Schaslik!
Juan Hechtl y Emma von Schaslik: la generación faltante. No te imaginas lo que acabas de hacer,
Bernd: has reunido todas las claves —añadió, y echó un vistazo al pequeño objeto metálico que
reposaba en la mesa de la cocina—. He estado buscando esa generación desesperadamente, pero
ahora no puedo explicártelo.
Ahora dime: ¿qué sabes de esos Von Schaslik? ¿Dónde viven, dónde se encuentran?
—Lo he investigado, por supuesto. Los Von Schaslik eran los últimos miembros de una vieja
familia que en el transcurso de los siglos se redujo a ese puñado de berlineses. Eran industriales y a
principios del siglo veinte vivían en el barrio de Südende, en una elegante zona de Berlín.
—¿Südende? ¿Dónde cae eso?
—Pues en el sur, tal como indica su nombre.
—No soy tonta, Bernd, pero jamás he oído hablar de ese barrio.
—Es que en realidad no existe, hoy pertenece a Steglitz. ¿Recuerdas esa cervecería a la que
fuimos una vez, en cuyo jardín había un inmenso tilo?
Christina lo recordaba muy bien: en aquel entonces una niña pequeña se metió en el tronco hueco
y se quedó atascada.
—En aquel entonces Südende era un barrio elegante, una zona residencial llena de mansiones.
Por desgracia ya no queda nada de él. A finales de 1943 toda la zona sufrió intensos bombardeos y
después de la guerra ya no hay más entradas acerca de los Von Schaslik. Lamentablemente, es de
suponer que...
—... que no sobrevivieron —dijo Christina completando la frase, invadida por una gran
amargura. Sus ideas se arremolinaron. Emma von Schaslik, la berlinesa, se emparentó con la familia
de Juan Hechtl casándose con él, una familia rica que seguramente pasaba las vacaciones en
Quequén. Eduardo, un músico carismático, una joven alemana y Óscar Hechtl. Ahora comprendía por
qué las palabras de aquel asesor financiero que ocupaba la residencia bonaerense de los Hechtl la
habían afectado tanto: «las huellas de la familia». Claro: Óscar Hechtl había buscado las huellas de
su familia, de la familia de su madre y por eso viajó al Berlín destruido por las bombas. A lo mejor
incluso quería ayudarles, salvarlos o lo que sea. ¿Acaso todo podría ser tan sencillo y Juan y Emma
Hechtl, Von Schaslik de soltera, eran la generación faltante? Pero ¿por qué ya no figuraban en los
libros y las crónicas argentinas? Era como si se los hubiera tragado la tierra. Christina se concentró.
¿Acaso, en Buenos Aires, Maju y el amigo de su sobrina no debían averiguarlo todo sobre los
Hechtl?
Bernd la arrancó de sus cavilaciones.
—Eh, Christina, ¿sigues ahí?
—Perdona, estoy pensando. Me has ayudado muchísimo, te lo agradezco.
Ahora debo hacer unas llamadas, creo que estoy a punto de resolver todos los enigmas. He
encontrado el bandoneón y de algún modo todo encaja.
Volveremos a hablar más tarde.
—Te echo de menos, Christina.
Ella dudó un momento y por fin respondió:
—Eso es muy bonito, Bernd, de verdad —y lo dijo con absoluta sinceridad.
—¡Raúl! —gritó Christina—. Venga aquí, he de contarle muchas cosas.
Después agarró el móvil y marcó el número de Maju.
21
—¡Bingo! —gritó Maju.
El amigo de su sobrina había hecho un buen trabajo. Si bien no había hallado ningún dato sobre
Emma Hechtl, comprobó que desde finales de los años cuarenta Emma von Schaslik aparecía
regularmente en los registros argentinos.
Raúl, Christina y Maju estaban sentados en la gran terraza, en la parte de atrás aún reposaba la
desinflada piscina de plástico y Maju casi estalla de orgullo al desenrollar un pequeño trozo de
papel.
—¡Acá está la dirección de tu bisabuela!
Christina se atragantó.
—Bueno, lo comprendo, pero tampoco tenés que marcharte de inmediato — dijo Maju, y agitó su
rizada cabellera.
Raúl le dio unos golpecitos en la espalda a Christina. No había tenido que insistir mucho para
que él la acompañara a Buenos Aires.
—¡En ti se puede confiar, Maju! —exclamó Christina, y meneó la cabeza, admirada.
—Por supuesto que sí, ¿qué esperabas? ¡Chin chin, tesorito! —dijo Maju, que había descorchado
una botella de champán para celebrar el acontecimiento y alzó la copa—. A la salud de Emma von
Schaslik, que ahora por fin revelará su secreto... Felicitaciones una vez más, Christina.
—Bien, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Christina, incapaz de pensar con claridad.
—Mirá, tesorito: el taxi llegará enseguida y entonces... ¡iremos rumbo a tu pasado!
—¿Tienen inconveniente en que me retire de esta primera parte de la investigación? —preguntó
Raúl, sorprendiendo a ambas con su pregunta—. Ha pasado tanto tiempo desde que estuve en Buenos
Aires por última vez... Me gustaría dar un paseo a solas.
Christina lo comprendía muy bien.
—¿Quiere un consejo? Vaya al cementerio.
Raúl sonrió.
—Igualmente, Christina, nosotras nos pondremos en marcha —dijo Maju, y le lanzó una mirada,
desconcertada, a su amiga.
Al parecer, Emma von Schaslik había vivido en una casa de La Recoleta, cerca de la zona de las
mansiones y de la avenida Santa Fe. Christina y Maju no tardaron en encontrar la calle que parecía
casi irrealmente tranquila en medio del animado entorno; era como si las casas pequeñas y viejas
soñaran con un esplendor perteneciente al pasado. Mientras Maju aún hurgaba en el bolso en busca
del papel con la dirección, Christina señaló una casa con total convicción.
—¡Ahí está!
Maju la contempló boquiabierta y comprobó que el número de la casa se correspondía con el
apuntado en el papel.
—Es cierto, ¿cómo lo sabías?
Christina se encogió de hombros. La casa ocupaba un lugar discreto y retirado en la calle
estrecha. El color verde menta de la fachada casi resultaba doloroso a la vista y Christina recordó la
señorial residencia bonaerense de los Hechtl y también la ruinosa casa de la estancia con su parque y
su lago, allá en el campo.
La pequeña casa era mucho más sencilla y sonrió: el hogar de color verde menta le resultaba
simpático. ¿Acababa de pensar «hogar»? En efecto, daba la sensación de ser un hogar.
¿Qué habría ocurrido en la vida de su bisabuela? ¿Qué la habría impulsado a volver a adoptar su
apellido alemán? ¿Y por qué motivo la llave albergada en el bandoneón significaba toda su vida?
Christina suspiró y llamó al timbre con dedos temblorosos. Una empleada regordeta abrió la
puerta; llevaba el típico uniforme de una mujer de la limpieza que Christina ya había observado en
las calles de la ciudad e intentó explicarle qué quería. La mujer se limitó a chillar «¡Señoraaa!» en
medio de la penumbra del vestíbulo. Maju y Christina oyeron pasos apresurados y entonces apareció
una mujer que llevaba elegantes vaqueros, una camiseta sencilla pero cara y un ligero maquillaje.
Parecía simpática, guapa y segura de sí misma, y les lanzó una mirada interrogativa a ambas mujeres.
—Buenos días, señoras.
El saludo sonaba un tanto perentorio. ¿Por dónde debía empezar? Porque cuando Christina dijo:
—¡Estamos buscando a una de las antiguas propietarias de la casa! —La única reacción que
obtuvo fue un ceño fruncido.
Entonces no le quedó más remedio que contarle brevemente la historia y, como prueba, le mostró
la vieja tarjeta postal.
—Esto es casi una novela policial —dijo la mujer, sonriendo—. Lo siento, pero no puedo decirle
nada de esa... ¿cómo se llama...?
—¡Emma von Schaslik!
—... bien, de esa mujer. Le compramos la casa a una anciana que hacía tiempo que vivía acá. Al
menos el estado de la casa nos llevó a dicha conclusión —dijo la mujer haciendo una mueca—. Sé
que la señora usó la plata para adquirir una plaza en una residencia para ancianos. Le daré la
dirección de nuestro agente inmobiliario, tal vez él sepa algo... espere, lo llamaré por teléfono...
Christina y Maju intercambiaron una mirada de satisfacción, no habían contado con tanto apoyo.
Al tiempo que la guapa mujer desaparecía en el interior de la casa, la criada regordeta se dedicó a
vigilarlas. Que no las invitaran a pasar no sorprendió a Maju. La dueña de la casa tardó unos minutos
en regresar.
—Ha tenido suerte, de verdad —dijo la mujer con una amplia sonrisa—. La señora se llama
Langileburu, y acá está la dirección de la residencia de ancianos.
Christina estaba perpleja y, agradecida, agarró la nota: era la siguiente pieza del rompecabezas.
—Muchas gracias, me ha ayudado mucho.
—No hay de qué, pero ahora debo despedirme, tengo una cita. Le deseo mucha suerte con la
búsqueda y espero que le guste lo que encuentre —dijo, y cerró la puerta.
—¡Esto es demencial! —dijo Maju, la primera en recuperar el habla.
—¡Y ahora vamos a la residencia de ancianos! ¡Espero que usted, señora Langileburu, nos diga
algo sustancial!
Ambas tomaron un autobús, estaban de buen humor: a lo mejor el sol, el éxito y la copa matutina
de champán surtían su efecto.
—¿A quién desean ver? —preguntó la mujer detrás del cristal—. ¿A la señora Langileburu?
Christina y Maju asintieron casi al mismo tiempo.
—A ver... —De pronto el rostro de la mujer se iluminó—. Ya, quieren ver a Isabel, ¿por qué no
lo dijeron enseguida? Acá todos solo llaman Isabel a la señora. Es la residente más anciana que
tenemos, hace más tiempo que vive acá que todos los demás. A veces creo que en realidad es un
espíritu familiar —dijo la mujer con una risita, y salió de la estrecha cabina—. Bien, acompáñenme.
Una mujer menuda, arrugada y de mirada muy vivaz estaba sentada en un sillón cerca de la puerta
que daba a la terraza y pese a las numerosas arrugas que le surcaban el rostro su sonrisa dejaba
adivinar su belleza anterior. Christina se inclinó hacia ella, alzó la voz y habló lentamente.
—Buenos días, soy Christina, vengo de Berlín y esta es mi buena amiga Maju.
Nos gustaría hablar con usted.
—No es necesario que grite, hijita, todavía escucho muy bien. Agarre unas sillas, así no tengo
que levantar la cabeza para contemplarlas.
Un momento después las tres mujeres formaban un pequeño círculo.
—Así que usted se llama Christina, ¿no es cierto?
Esta asintió.
—Bien, Christina, ¿qué diablos la hecho venir a verme desde Berlín?
Una vez más, Christina no supo por dónde empezar. Tras titubear un instante, decidió resumir y
contarle lo más necesario: que estaba en busca de su pasado, que por eso viajó a Argentina y por fin
descubrió que una tal Emma von Schaslik era su bisabuela. Y que por eso fue a parar a la calle
tranquila, a la casa de color verde menta y después allí, a la residencia...
—... Donde me encontré con usted, señora Langileburu.
—¿Usted es pariente de Emma? —preguntó Isabel, y se puso pálida—. Pero Emma siempre me
prometió que la casa sería mía, primero se lo dijo a mi tía y después a mí. No lo tengo por escrito
pero le ruego que me crea.
La anciana temblaba de miedo.
—No, querida Isabel, no se preocupe. No tengo la menor intención de discutirle su herencia —
dijo Christina, y le apretó la mano para tranquilizarla.
—¿Y la cuenta del banco? ¿Conoce su existencia? Bien, esa cuenta servía para pagar unos
impuestos, el banco se encargaba de todo. Lo siento mucho, pero en algún momento la plata de la
venta de la casa ya no fue suficiente para pagar la residencia. Además, ¿quién hubiese podido
suponer que yo viviría tantos años?
Una y otra vez le pregunté a Dios qué era lo que debía seguir esperando. Hace tiempo que todos
mis amigos y amigas murieron y mi querido Esteban también, claro. Envejecer resulta desolador,
pero no quiero lamentarme. Cuando la plata escaseó hice suspender el pago de los impuestos y cerré
la cuenta. Necesitaba cada peso, de verdad, si bien no era mucho. Sé que no debí haberlo hecho, se
lo había prometido a Emma, pero ya habían pasado tantos años... Tras mi muerte nadie se ocuparía
de eso y yo, ¿qué podía hacer? ¿Mudarme de acá? ¿A dónde?
En fin, la plata de los impuestos y la cuenta no eran una gran suma, pero bastó para que pudiera
quedarme. Como parte del inventario, por así decir.
Christina estaba conmovida.
—No se preocupe, querida Isabel, la herencia de Emma no nos interesa en absoluto, pero me
gustaría que me contara todo lo que usted sabe de ella.
—Uy, hay tanto que contar... —dijo la ancianita, y su alivio se hizo evidente—.
Emma era una mujer extraordinaria y usted puede estar orgullosa de pertenecer a su familia. Yo
incluso la asistí en su casamiento. Era la única de la familia Hechtl que me trató bien. Los demás
eran muy arrogantes. ¿Y de qué les sirvió?
La arrogancia viene antes de la caída. Mi tía era el ama de llaves de la residencia bonaerense de
los Hechtl situada en La Recoleta, una casa maravillosa.
—La he visto, es realmente espectacular.
Isabel le lanzó una mirada, sorprendida.
—¿Así que ya la vio? El casamiento fue una fiesta magnífica, la alta sociedad argentina estaba
presente, el jardín estaba lleno de invitados: sombreros caros, vestidos preciosos... pero la más
hermosa era Emma. Juan Hechtl y Emma ya se habían casado en Europa, pero la auténtica ceremonia
tuvo lugar acá, en Buenos Aires. Estuvimos tan atareadas... Tía Fernanda era un prodigio de la
organización, todo salió perfecto. Aunque no recuerdo qué platos sirvieron entonces...
Christina se inquietó ligeramente.
—¿También estuvo en la estancia de la familia, Isabel?
—No, yo no. Pero Esteban trabajaba allí, Esteban era mi marido. Debería haberlo visto, un
hombre muy buen mozo, alto y fuerte, de pelo oscuro y ojos castaños de mirada profunda —dijo la
ancianita, emocionada—. Esteban era el hijo de los Langileburu, él era el capataz y su esposa se
encargaba de la casa.
Antaño la finca era señorial, con empleados del hogar, muchos peones y grandes extensiones de
tierra. Esteban era el chófer de Juan Hechtl; Juan Hechtl era un inútil vanidoso, un fanfarrón. Quien
se ocupaba de los negocios era Elisabeth, su madre; si lo hubiese seguido haciendo a lo mejor nos
habríamos ahorrado todo lo demás.
Isabel enmudeció, los recuerdos que la invadían no parecían agradables. Meneó la cabeza y tomó
aire.
—De chica yo ya estaba muy enamorada de Esteban, y tía Fernanda se burlaba de mí. Bueno, y un
día me preguntó si quería casarme con él. Fue el día más hermoso de mi vida.
—¿Y Emma? —Esa vez fue Maju quien intervino en la conversación.
—¿Emma? Cuando Óscar, el hijo de Emma, tuvo que ir a la escuela, él y Emma abandonaron la
estancia y se mudaron a la residencia de Buenos Aires, donde vivía Juan.
—¿Juan no vivía en la estancia?
—¿Juan? No, de ninguna manera. No, nuestro elegante señor Hechtl —dijo Isabel con expresión
asqueada—, Juan Hechtl, pasaba casi todo su tiempo en Buenos Aires, dedicado a sus negocios
dudosos. Yo no entendía nada de todo eso, porque todavía era una muchacha, pero hay una cosa que
recuerdo muy bien: mi tía siempre hacía ciertas insinuaciones cuando rezongaba para sus adentros en
la cocina: ¡que Emma era demasiado buena para ese individuo! Verá: Juan Hechtl bebía, y más
adelante Esteban me contó que en numerosas ocasiones tuvo que llevarlo al barrio del puerto, ya
sabe, para cometer actos inmorales.
La menuda mujer meneó la cabeza con expresión indignada.
Con el rabillo del ojo, Christina vio que Maju reprimía una sonrisa.
—Óscar creció y se convirtió en un muchacho de ciudad, pero nunca perdió el amor por la
estancia. Yo lo quería mucho, era muy distinto de su padre, gracias a Dios.
Isabel se detuvo, los recuerdos la emocionaban.
—¿Por qué motivo Emma volvió a usar su apellido alemán, querida Isabel?
¿Lo sabe? Algo debió de haber ocurrido, ¿verdad? —preguntó Christina en tono cauteloso.
La anciana le lanzó una mirada, afligida.
—Me resulta difícil hablar de esos tiempos tristes. Tal vez primero debería hablarle de los
amigos judíos de Emma, los Grünberg. Los Grünberg habitaban el palacio más grande y más lindo de
todo el barrio, estaba muy cerca de la residencia de los Hechtl. La señora Grünberg sentía un gran
afecto por el pequeño Óscar, porque lamentablemente el matrimonio Grünberg no tuvo hijos. ¿Y
ustedes? —preguntó la ancianita, echando una mirada retadora a ambas mujeres, que negaron con la
cabeza—. ¡Ay, qué pena! Por desgracia, Esteban y yo tampoco tuvimos. Era nuestro mayor deseo,
siempre soñé con ver crecer a mis propios hijos...
—¿Y los Grünberg eran amigos de los Hechtl?
—¿Qué? Sí, claro, los Grünberg... Emma y Óscar entraban y salían de su casa, todos se querían
mucho y ustedes podrán imaginar el trato que esa pareja mayor y sin hijos daba a ese nene tan dulce
—dijo, con otra risita pícara—. Pero creo que eso supuso el inicio de la crisis. Verá: Juan, el marido
de Emma, era... apenas me atrevo a decirlo... era uno de esos nazis y hacía negocios con los
alemanes.
Disculpe, Christina, no lo digo por usted, que no tiene la culpa.
Christina hizo un ademán negativo.
—Juan Hechtl fundó una compañía con un alemán. En aquel entonces Esteban trató de
explicármelo pero yo no entendí nada. Sin embargo, recuerdo que hablaba con repugnancia de los
lugares en los que su socio alemán y Juan se reunían... y ese alemán tenía una mujer... Supongo que el
alemán convenció a Juan de sus ideas, en todo caso se rumoreaba que asistía a las marchas de
propaganda. ¿Y Emma? La pobre era amiga de los judíos, ¿qué podía hacer?
Pero Emma no hubiera sido Emma si se hubiese limitado a ser una observadora.
Mi tía me contó que un día recibió una extraña visita, una alemana de aspecto lamentable con la
que habló durante mucho tiempo, y me dijo que después Emma se quedó totalmente afligida. Pero
más adelante Emma nos dijo que si no hubiera sido por esa mujer nunca habría logrado escapar de
toda esa situación.
Maju sacudió la cabeza.
—Un momento, no vaya tan rápido. ¿Podemos volver a los Grünberg?
—Bien, Emma y Óscar eran amigos de los Grünberg y un día uno de sus amigos judíos fue
asesinado en el parque. Hubo un tremendo escándalo, Juan y Emma se gritaron, fue terrible. El pobre
Óscar se encontraba entre dos frentes, pero al final se puso del lado de su madre. Después incluso
decían que Juan tuvo algo que ver con el asunto, pero no sé nada al respecto. Juan Hechtl fue de mal
en peor, bebía, provocaba, ofendía y lo único que le demostraba a su esposa era desprecio. Sus
negocios con el alemán se fueron a pique debido a la guerra en Europa; Alemania estaba en ruinas y
también la compañía de Juan. En todo caso, los Hechtl estuvieron a punto de perder todos sus bienes.
Juan le echó la culpa a Emma y también a los Grünberg. Y entonces llegó ese día tan extraño, tía
Fernanda me habló de él una y otra vez: dijo que jamás olvidaría ese momento.
Y Esteban también estaba presente aquel día, aquel día...
La mirada de Isabel se perdió en la distancia.
Christina y Maju intercambiaron una mirada un tanto desconcertada. ¿Debían instar a la anciana a
seguir hablando? Pero entonces Isabel retomó la palabra.
—Emma y Juan tuvieron una espantosa discusión y Emma salió apresuradamente de la casa y se
dirigió a la de sus amigos, los Grünberg. Ignoro por qué, tía Fernanda nunca me contó nada al
respecto. Y cuando Emma regresó había sucedido lo peor que puede ocurrirle a una madre: su hijo
Óscar se había marchado. Le dejó una carta de despedida y se embarcó a Europa. No lo hubiese
creído capaz de aquello, la verdad. ¡Uno no abandona a su madre así, sin más!
Después todo aconteció con mucha rapidez, Emma y tía Fernanda se apresuraron a empacar sus
cosas, Esteban debía tener el auto preparado y ellas huirían. Imagínese, huir de verdad, como en las
películas... —dijo Isabel con una sonrisa maliciosa—. Todo estuvo a punto de salir mal. El marido
de Emma las descubrió; debió de haber sido una escena horrorosa. Esteban aguardaba ante la puerta
de servicio con el auto e incluso desde allá escuchó los gritos. Fernanda y Emma salieron corriendo
de la casa, tiraron sus cosas dentro del auto, subieron y Esteban arrancó rápidamente. Cuando estaba
al volante, mi Esteban era un conductor intrépido...
Antes de que Isabel volviera a desviarse del tema, Christina hizo avanzar la historia.
—¿Pero a dónde fueron Emma, su tía y Esteban? ¿A la estancia?
—¿A la estancia? No, por Dios: eso hubiera sido mucho peor. No, nuestra inteligente Emma ya lo
tenía todo preparado: con la ayuda de Grünberg había comprado la casita a espaldas de la familia
Hechtl.
—¿El hogar de color verde menta? —preguntó Christina.
—Sí, no es una casa, es un hogar, ¿verdad? No obstante, fueron los nuevos propietarios quienes
eligieron ese color horrible —dijo Isabel, indignada—. Tía Fernanda me contó que ella y Esteban se
quedaron atónitos cuando con gesto orgulloso Emma sacó la llave de la casa de su escote: un buen
escondite cuando una ya no tiene nada que ver con su marido —añadió, y soltó otra risita—. Sin
embargo, la alegría por la casa y su nueva vida no mitigaban el dolor causado por la marcha de
Óscar. Emma no quería saber nada de los Hechtl e incluso mientras se bajaba del auto les informó a
mi tía y a mi marido que a partir de entonces quería volver a llamarse Emma von Schaslik, que nunca
se había llamado de otra manera y que nunca había estado casada con Juan Hechtl.
Supongo que podrá imaginarse la sorpresa de todos.
—¿Pero cómo se suponía que lo lograría? Cambiar de identidad y adoptar una nueva a partir de
ese momento...
—Emma lo tenía todo organizado. El judío Grünberg era un señor poderoso, tenía mucha
influencia en todas partes y se las ingenió para que el nombre «Emma Hechtl» y también el del
matrimonio formado por Juan y Emma y Hechtl fueran eliminados de todos los libros. Ya nada
indicaba que alguna vez hubiera existido una Emma Hechtl. Solo quedó Emma von Schaslik, la nueva
Emma.
—Juan y Emma Hechtl, la generación perdida —dijo Maju.
—Como si se los hubiese tragado la tierra, ¡cuán próximas a la verdad estábamos, Maju!
Isabel las contempló sin comprender ni una palabra, luego prosiguió.
—Más adelante, Grünberg siguió apoyando a Emma y ella pudo llevar a cabo su proyecto. Y
cuando se enteró de que el hijo de Emma se había marchado, se encargó de que sus cartas llegaran a
manos de Emma, así que ella pudo informarle de su nueva situación.
—Pero si Juan Hechtl era tan irascible, ¿no trató de encontrar a Emma y de hacerle daño?
—Ah sí, por supuesto. Durante las primeras semanas Emma se mantuvo oculta, pero al final todo
se arregló. Esteban renunció a su trabajo como chófer de Hechtl, se limitó a dejar el auto delante de
la puerta, entró de repente en la casa y se llevó un par de cosas que le pertenecían y que se habían
quedado allá.
Alcanzó a ver que había unos tipos extraños examinando la casa, todo fue confiscado. Los Hechtl
perdieron la residencia bonaerense y poco después también la estancia. Elisabeth, la madre de Juan,
esa vieja víbora, no lo presenció: murió a tiempo. Si mal no recuerdo, acabaron por internar a la
hermana de Juan en una granja de la Patagonia: era una mujer de aspecto bastante desagradable y
renqueaba. En cierto momento me enteré de que esa hermana solo sobrevivió poco tiempo... ay, mi
memoria...
—¿Y qué se hizo del marido de Emma?
Isabel alzó la barbilla con aire triunfal.
—Cárcel, prisión, se fue preso... llámelo como quiera. Lo acusaron de traición a la patria y de
varias cosas más. Los guardias lo encontraron colgado de los barrotes de la ventana, ahorcado con la
sábana, y ese fue el final de la familia Hechtl.
La frialdad demostrada por Isabel hizo que Christina se estremeciera. ¡Cuán profundo debía de
ser su odio!
—¿Y qué pasó con Emma, Óscar, su tía Fernanda y usted?
—Bueno, tía Fernanda siguió trabajando como ama de llaves de Emma, si bien cuando huyeron
ya no era joven, pero la inteligente Emma siempre encontraba una solución para todo. No solo había
comprado la casa a espaldas de la familia, también la había amueblado, y la primera vez que ella y
mi tía se encontraron ante la habitación destinada a Óscar se puso a llorar amargamente; seguro que
había imaginado su futuro en ese nidito de manera diferente, no como mujer sola —dijo Isabel,
suspirando—. Pero Emma era muy valiente. Tía Fernanda me contó que le sonrió y le dijo que por
qué no le proponía a su sobrina que ocupara esa habitación y me imagino que literalmente dijo: «y
que nos haga compañía en esta casa de mujeres». Y la sobrina era yo, claro, así que no solo me mudé
allá, además me convertí en la nueva ama de llaves —dijo, palmeó las manos sembradas de manchas
marrones y soltó una carcajada—. Por desgracia tía Fernanda no estaba destinada a vivir mucho
tiempo. Más adelante, Esteban y yo nos mudamos a nuestro propio hogar, muy próximo al de Emma.
Me ocupé de ella hasta que murió. Lamentablemente, ella tampoco llegó a vieja.
La anciana calló de repente. Christina la contempló, sabía que no debía meterle prisa.
—Fue durante los años setenta, los años terribles. Lo que ocurrió acá fue atroz, y Emma también
se enteró de los conflictos sangrientos, las luchas callejeras, los asesinatos, las desapariciones de
personas, de todo, el dolor y la pena. Parecía romperle el corazón y no dejaba de protestar contra las
circunstancias intolerables y la política. Emma era una mujer fuerte, capaz de superar lo que fuera,
pero le faltaba un compañero, un hombre en quien confiar, a quien pudiese amar. Si he de ser sincera,
me alegré de que solo tuviera que vivir el principio de la dictadura militar. Dios se apiadó de ella y
la llamó a Su lado.
El silencio volvió a reinar. Isabel estaba sumida en sus recuerdos. La primera en atreverse a
romperlo fue Maju.
—¿Y qué fue del hijo de Emma, Isabel?
—¿De Óscar? Ay, por desgracia esa tampoco es una historia muy alegre.
Logró llegar a Berlín, de vez en cuando Emma recibía una carta suya; vivía para esas cartas y se
consumía al leerlas. Ahora que lo pienso, claro que usted sabe que llegó a Berlín —dijo Isabel,
soltando una risita, y luego le lanzó una mirada de disculpa a Christina—. Sus noticias eran tristes.
Berlín estaba en ruinas, todo estaba destruido y no había rastro de los padres de Emma. Tampoco
permaneció allá mucho tiempo, ¿para qué habría de hacerlo puesto que ya no había nada que lo
retuviera? De Berlín se trasladó a Suiza. Durante todos esos años Emma confió en que un día
aparecería por la puerta. Le había escrito acerca de su nueva situación, de la huida, de la ruptura con
su familia... Pero Óscar jamás regresó.
Se quedó en Suiza, le iba bien allá, era feliz y se ganaba el sustento.
—¿Tenía hijos? —preguntó Christina, con la esperanza de dar por fin con un pariente vivo.
—No, por desgracia. Supongo que tenía muchas amigas, por lo menos en las cartas aparecían los
nombres de varias mujeres, pero no sé nada de hijos.
—¿Y qué fue de él?
—Lo último que Emma recibió fue una carta de bordes negros. Una enfermedad, pero olvidé
cuál. Emma sufrió durante mucho tiempo, era incapaz de reaccionar y no creo que llegara a
superarlo. ¿Quién podría hacerlo? Perder un hijo... ¿es que hay algo peor que eso? No me lo tome a
mal, pero prefiero no hablar de esa época espantosa: hay cosas que es mejor olvidar.
Christina le alcanzó un pañuelo: la anciana Isabel se había echado a llorar.
—Disculpe, todo eso pasó hace mucho tiempo —dijo, sacudiendo la cabeza con expresión
abatida.
—¿Y qué hizo Emma después de huir de los Hechtl? —preguntó Maju en tono suave.
—Oh, Emma no se dejó amedrentar. Sí, tenía que ganarse el sustento; al principio todavía
contaba con la ayuda de los Grünberg, pero a la larga aquello no era una solución. Y entonces
sucedió algo notable. ¿Escucharon hablar del Partido Femenino? —preguntó Isabel dirigiendo la
mirada a Maju—. ¿No?
Entonces, hijita, la pondré al corriente. Ustedes, las jóvenes, creen que han inventado la
emancipación, pero se equivocan. Emma sentía fascinación por Eva Perón; en casa celebramos la
implantación del derecho al voto de las mujeres, creo que fue alrededor de mediados de los años
cuarenta. Emma estaba entusiasmada, aprobaba la igualdad de derechos. Poco después Eva —o
Evita, como acabó llamándola todo el mundo, al menos tras aquel gracioso show musical— fundó el
partido femenino, al que denominó «Partido Peronista Femenino». Y ahora adivine quién estaba muy
impaciente por convertirse en miembro de ese partido: ¡Emma, por supuesto! Y Emma no solo se
convirtió en un miembro, ah no, eso no hubiese sido suficiente. Emma organizó una casa para
mujeres. Sí, escucharon bien: en nuestra humilde casita organizó un refugio para mujeres maltratadas,
mujeres que se vieron obligadas a huir de su marido o de su familia, igual que ella misma unos años
antes. Al principio las invitó a la casa, pero en poco tiempo nuestro hogar parecía una de esas barcas
repletas de refugiados que salen en la televisión. Las actividades de Emma no dejaron de llamar la
atención. No sé si la propia Eva Perón estaba al corriente, pero el Partido Peronista Femenino
oficializó su trabajo y a partir de entonces recibió un modesto sueldo. No era mucho pero bastaba
para subsistir. Sin embargo, su entusiasmo inicial por la política pronto dio paso a la desilusión. Aún
lo recuerdo muy bien: Emma estaba sentada en su sillón, agitaba la cabeza y me dijo: «Isabel —nos
tratábamos de vos y eso todavía me enorgullece—, todo es tan triste, Isabel. Logré escapar de la
violencia de los Hechtl y ahora me veo obligada a admitir que los mecanismos del poder son iguales
en todas partes, también en la política: temor, amenazas, opresión y engaños. ¿Es que este mundo
nunca aprenderá?» En aquel entonces se desengañó de la política y abandonó el Partido.
—¿Y entonces no perdió su puesto y sus ingresos?
—Ah, no, no. Emma era demasiado importante, demasiado apreciada y respetada, pero se retiró
de la organización de las otras casas de refugio y solo se concentró en dirigir la casa en la que todo
había comenzado.
—Mis respetos... —dijo Maju, asintiendo con un gesto de aprobación—, porque entonces logró
vengarse de su familia con éxito. Es como si sus sueños se hubieran vuelto realidad.
—¿Sus sueños? —dijo Isabel, negando con la cabeza—. El anhelo de Emma jamás encontró
satisfacción.
—¿Qué quiere decir?
—Había un anhelo insatisfecho en su mirada, cuyo motivo desconozco. A veces sospeché que mi
Esteban sabía algo, pero por más que insistiera... el bueno de mi marido me amaba más que a nadie,
pero él nunca le hubiese sido desleal a Emma. ¿Acaso debería haber tenido celos? —Isabel rio—. A
lo mejor, pero yo era incapaz de enojarme con él, nos amábamos muchísimo y Emma... Ay, Emma era
un ángel.
Christina reflexionó sobre las palabras de la anciana: «un anhelo insatisfecho en su mirada»...
Raúl había dicho casi lo mismo de su padre.
—Todavía conservo viejas fotos de esa época, Christina. ¿Tiene ganas de verlas?
—¡Qué pregunta, claro que sí!
Christina estaba emocionada: había llegado hasta allí, había encontrado nombres e historias y
ahora conocería los rostros de sus protagonistas.
La cuidadora tardó unos momentos en regresar con una destartalada caja de cartón; Isabel la tomó
con sus manos arrugadas y sacó viejas fotos en blanco y negro.
—¡Este es mi Esteban! —dijo con voz orgullosa y feliz, contemplando al hombre joven y
sonriente de la foto.
—Un tipo bárbaro —dijo Maju.
La ancianita rio.
—Ah sí, ya lo creo. Lo echo mucho de menos, así que en realidad me alegro de volver a verlo —
dijo la vieja señora, y siguió hurgando en la caja—. Estos eran los Hechtl.
Una mujer de expresión severa y fría miraba a la cámara; a un lado de esa mujer de aspecto
autoritario un viejo encorvado se apoyaba en un bastón, al otro un hombre joven de mirada arrogante
mantenía la vista clavada en el horizonte.
Christina se alegró cuando su vieja interlocutora extrajo otra foto.
—Esta es mi tía Fernanda, la buena Fernanda, y a su lado...
—... ¡está Emma! —exclamó Christina, completando la frase.
—¡Es cierto, su intuición no falla! —replicó Isabel.
Christina empezó a hurgar en su bolso y sacó la vieja tarjeta postal.
—¿Conoce al músico, al bandoneonista de esta foto?
—No, lo siento. Un lindo muchacho. Se parece al hijo de Emma.
—¿Qué está diciendo?
—Bueno, los ojos, el mentón... ¡Óscar tenía el mismo rostro!
—¿Óscar?
El mundo de Christina se puso patas arriba. ¿Acaso era posible? Sí, claro que era posible.
Christina y Maju intercambiaron miradas elocuentes.
—Dígame, Isabel, ¿la familia Hechtl veraneaba?
—Claro, era lo moderno, y los Hechtl siempre buscaban a los de su condición social, ¡sobre todo
Elisabeth, que siempre iba detrás de la plata!
—Veraneaban en el Hotel Quequén, ¿verdad? —preguntó Christina.
—Sí, así es, en aquel entonces era uno de los más elegantes de la costa atlántica.
¿Cómo lo sabe? Debe de haber sido un lugar muy lujoso, Esteban me habló de él; en cierta
ocasión llevó a Juan y Emma a Quequén en el auto. Pero dígame, Christina, ¿qué es esa tarjeta
postal?
Christina, que hasta entonces no había incluido la historia del bandoneón en su resumen, procuró
contestarle con la máxima brevedad.
—¿Óscar llevaba esta tarjeta consigo?
Isabel no tuvo que aguardar la respuesta; su intelecto aún vivo trabajaba a toda marcha, ella
también comprendió lo que Christina sospechaba y su rostro se iluminó.
—¿Qué le parece si le regalo la foto de Emma? Tengo la sensación de que, de algún modo, la
tarjeta postal y la foto deberían estar cerca una de la otra.
—Es una idea maravillosa, Isabel —contestó Christina con una sonrisa—. Pero yo no me llevaré
su foto, sino que le dejaré mi tarjeta postal a usted. Creo que debería regresar al pasado, como las
otras fotos, pues allí es donde ahora debe estar. Es como si un largo viaje hubiese llegado a su fin —
añadió, suspirando y agachando la cabeza—, por desgracia tendré que renunciar a esclarecer el
misterio de la tarjeta por completo. Ahora tengo esta llave que encontré en el bandoneón y no sé qué
hacer con ella.
—¿Qué llave? —preguntó Isabel lenta y casi cautelosamente.
—Pues esta —dijo Christina, y sacó la pequeña llave de su monedero—. Estaba oculta en el
bandoneón.
Isabel soltó una carcajada, sorprendiendo a Christina y a Maju, resoplaba y se golpeaba los
muslos.
—Es maravilloso, querida Christina. ¿Sabe que pasé toda la vida buscando esa llave? ¿Y quién
la encuentra? Una joven alemana de Berlín —dijo la anciana, que no podía dejar de reír y resollar.
Por fin se tranquilizó.
»Tengo buenas noticias para todos nosotros, Christina. Esa llave es la de una caja de seguridad
de un banco por la cual pago una tasa desde que recibí la herencia de Emma, pero jamás pude abrir
la maldita caja. Usted no se imagina todo lo que intenté, pero el banco no cedió: solo quien poseía la
llave podía abrirla.
—¡No! —fue lo único que pudo decir Christina.
Unos minutos después las dos mujeres habían reunido sus cosas y apuntado la dirección de un
banco de antiguo arraigue. Tenían mucha prisa, se despidieron con mucha rapidez. Isabel no dejó de
reír y ante la puerta Christina se volvió.
—Maju, sal, llama por teléfono a Raúl y dile que vaya al banco. Dile que hemos encontrado la
cerradura correspondiente a la llave.
Luego regresó a la sala.
—Me alegro mucho de haberla conocida, Isabel. Si no fuera por usted, jamás habría resuelto el
enigma de mi vida.
La anciana la tomó de la mano.
—Me alegro de... —dijo, y se interrumpió un instante—... de haberla conocido, querida. Ahora
sé por qué Dios me hizo esperar.
Ambas tenían lágrimas en los ojos.
22
Christina creyó que se iba a desmayar de la emoción, Raúl parecía inquieto y hasta Maju era
incapaz de decir una sola palabra.
El uniformado empleado del banco se volvió hacia ellos y les sonrió antes de introducir la llave
en una de las dos cerraduras. Christina estaba como hechizada: por fin había llegado el momento de
resolver el último enigma.
—Por favor... —Las palabras del empleado la arrancaron de su ensimismamiento.
—¿Qué? Sí, claro, la llave... —dijo ella, pero las manos le temblaban tanto que no acertó a
introducir la llave en la cerradura.
—Permítame, yo lo haré —dijo el empleado.
Christina, Maju e incluso Raúl se aferraron los unos a los otros. La puerta de la caja de seguridad
estaba atascada, se negaba a revelar el secreto guardado durante tantas décadas. El empleado la
agitó, sonó un suave chirrido y finalmente la puerta se abrió. El hombre de uniforme sacó una
pequeña linterna del bolsillo e iluminó el oscuro interior.
—Una carta... —dijo Maju, la primera en recuperar el oremus.
Una carta de aspecto modesto, inofensivo e inocente reposaba en la caja.
—¡Agárrela, Christina! —dijo Raúl; su voz penetró en los oídos de Christina como a través de
algodones.
Christina estiró la mano aún temblorosa y tanteó el papel, el sobre no estaba cerrado; Christina
levantó la solapa y extrajo una hoja de papel y un documento de aspecto oficial; la hoja de papel
estaba prolijamente plegada y aún más prolijamente escrita. Entonces les sonrió a sus acompañantes:
no cabía duda de que la letra del sobre era la de Emma, reconoció las líneas y el carácter de la
escritura. Aunque estaba escrita en español y las letras no eran las de la antigua escritura Sütterling
alemana, los trazos resultaban inconfundibles. Leyó lo que ponía, su mirada recorrió las líneas a toda
velocidad, y cuanto más leía tanto más amplia se volvía su sonrisa, su cuerpo se relajó y sus manos
dejaron de temblar.
Le tendió la carta a Maju y su cara se iluminó.
—Creo que tú deberías leer la carta en voz alta: eres la menos afectada.
Rápidamente, Maju leyó las primeras palabras, luego sonrió y tomó aire.
Eduardo, amado mío:
Mi mayor anhelo es que leamos esta carta juntos. Tú y yo. Así es como debería ser. Ahora has
encontrado la llave. Presté mucha atención cuando me explicaste cómo funcionaba el bandoneón,
¿verdad? ¡A que era un buen escondite!
Me resulta difícil empezar a escribir esta carta. ¿Cómo explicarme contigo? Solo hay un hombre
en el mundo a quien pertenece todo mi amor, Eduardo, y ese eres tú. Jamás olvidaré el tiempo pasado
contigo, los momentos en nuestro pequeño hotel, pero sobre todo las horas transcurridas en nuestra
playa, nuestro verano en Quequén. Confío, queridísimo Eduardo, que mientras tú lees estas líneas mi
cabeza esté apoyada contra tu fuerte hombro. Nuestro verano en Quequén no solo fue el principio del
mayor amor que jamás sentí en mi vida, también fue el inicio de nuestra pequeña familia... y cuando
digo «nuestra» quiero decir la nuestra: tú, Eduardo, yo y nuestro hijo Óscar. Sí, has leído
correctamente: Óscar es nuestro hijo y me ha hecho muy feliz. Es mi sol, es un muchacho guapo e
inteligente, posee tus ojos y tu cariño... Pero tú y yo ya hemos hecho nuestros votos matrimoniales.
Te he visto a ti y a tu familia: hacías girar a tu pequeño hijo por el aire, reíais, erais felices y tu
joven y bonita mujer te contemplaba con tanto amor y calidez que comprendí que lo que hacíamos no
era correcto, porque destruir una familia —tu familia— no puede estar bien. ¿Durante cuánto tiempo
nuestros encuentros hubieran permanecido secretos, cuánto faltaba para que algún miserable esbirro
pudiera vender cara su información hasta que la extorsión, la humillación y la vergüenza se
adueñaran de nuestra vida? Y por eso tuvimos que separarnos; sabía que tú jamás me abandonarías,
así que tuve que dar el primer paso y ello supuso un dolor muy profundo para mí. Sin Óscar no
hubiera sobrevivido a la separación.
Pero quiero que nos demos una oportunidad. Si el destino decide que un día podamos vivir juntos
no quiero cerrarme a esa posibilidad. He comprado un terreno para nosotros, un lugar donde ambos
podemos construir un nuevo futuro. No es cualquier lugar ni cualquier terreno, es el lugar de los
sueños que ambos experimentamos, el lugar de nuestra íntima pasión, del principio de nuestra
felicidad: ese lugar junto al mar, el solitario bosquecillo de eucaliptos en Quequén, el hogar de
nuestro amor.
¿Ya sostienes el documento del terreno en la mano? Espero que ambos lo leamos juntos. Por eso
escondí la llave, por eso dejé esas líneas en la mesilla de noche.
Maju alzó la vista, Christina desplegó la segunda hoja de papel: era un documento que nombraba
a Emma como propietaria de un terreno en Quequén.
—Ahora ya sabe quién pagó los impuestos de su terreno durante todos esos años, Raúl.
—Pero claro, Isabel ya nos lo dijo. Habló de esta cuenta de banco y de que dejó de pagar los
impuestos —añadió Maju, nerviosa.
Christina no dejó que las palabras de Maju la confundieran.
—¿Qué ponía en las últimas líneas de la poesía de despedida de su padre, Raúl?
—preguntó.
Raúl tuvo que carraspear, hablar suponía un esfuerzo.
—«Y cuando por fin se abra para vos, cuando le proporcione un terreno a tus sueños, entonces
sabrás que hoy es correcto que el destino finalmente nos separe» —dijo Raúl, citando.
—Era la adivinanza de Emma destinada a Raúl. Su padre le entregó la adivinanza de su gran
amor, una adivinanza que quizá lo acompañó durante toda su vida y que nunca pudo resolver —dijo
Christina.
Las lágrimas se derramaban por el rostro de Raúl.
—Pobre padre, le destrozó el corazón, lo destrozó a él.
—Solo lo escribió en sentido literal —dijo Christina casi para sus adentros—, «si le
proporciona un terreno a tus sueños»... Se refería a un terreno. Nuestro gran enigma, nuestra gran
adivinanza resultó ser muy banal.
Los tres guardaron silencio. El empleado del banco —que se había retirado a un rincón del
recinto— carraspeó: consideraba que el asunto se prolongaba demasiado.
Maju asintió y leyó las últimas líneas en voz alta.
Si ha de ser así, Eduardo amado mío, si el destino quiere que vivamos juntos, entonces
comprenderás mi pequeña adivinanza y encontrarás la llave. Sabrás que fui yo quien la escondió en
tu bandoneón y vendrás a buscarme. Sí, vendrás a buscarme, no puede ser de otra manera. Vendrás a
buscarme y ambos leeremos esta carta juntos. Tú y yo. Te amaré eternamente.
TU EMMA
Christina y Raúl se abrazaron. Ambos lloraban. Cuando volvieron a recuperar el control se
tomaron de las manos y Christina sonrió.
«Igual que las olas del mar, nunca estoy del todo ausente y nunca me acerco del todo. No tengo
principio ni fin, no tengo piernas y tampoco manos, a veces te dejo fuera, otras dentro. Nunca te dejo
escapar de la eternidad.»
23
No, Emma no quería experimentar todo eso, no estaría presente durante esa parte de la historia de
la humanidad. Ya había perdido demasiadas personas en la vida, había sufrido demasiado y no
quería soportar aquello: no quería ver muertos en las calles ni oír los rumores sobre personas que
desaparecían sin dejar rastro. No quería observar cómo algunos se enriquecían y daban rienda suelta
a su voracidad de alcanzar más poder y más riqueza.
Esos hombres eran unos bárbaros y ella conocía los mecanismos que impulsaban a esos salvajes
uniformados. Lo había comprendido: lo único que incendiaba el mundo, acababa con la vida de las
personas y desataba las guerras era el ansia de obtener reconocimiento y amor. ¿Por qué los seres
humanos se malograban? ¿Acaso no eran los reyes de la creación, los últimos en ser creados por
Dios? Ningún animal torturaba a otro para divertirse y los animales carnívoros nunca cazaban por el
placer de matar sino porque tenían hambre.
¿Por qué los humanos se maltrataban? ¿Y por qué otros participaban en dicho maltrato? ¿Cómo
era posible que las ideas confusas de unos pocos —en su mayoría hombres— arrastraran a miles
hasta tal punto que morían y mataban a otros por semejantes disparates? ¿Acaso esos idiotas creían
que, así, sus propias vidas mejorarían? ¿Es que había alguien en este mundo que creía que dos
soldados enfrentados en una guerra realmente querían dispararse el uno al otro?
A lo mejor incluso podrían haberse convertido en amigos. No, Emma no quería experimentar
todo aquello.
Recordó a la pequeña señorita Templeton, una de las dos jugadoras de bridge, con la que en
aquel entonces, durante la travesía a Buenos Aires, solía charlar en el salón de té del Cap Arcona. La
anciana señora le había hablado de su amor perdido, había transcurrido tanto tiempo desde aquello...
Quizás entonces ella ya era más vieja, más de lo que antaño le habían parecido las hermanas
Templeton. Habían ocurrido tantas cosas desde que ella, la joven Emma von Schaslik, recién casada
con Juan Hechtl, viajaba hacia una nueva vida en aquel transatlántico. ¿Qué fue lo que dijo la
extravagante Ellie Templeton en el transatlántico? «¡La vida no está hecha para practicar!» ¡Una
frase muy sabia! Y, sin embargo, a Emma le parecía que a menudo su propia vida era un ensayo
general... pero ¿de qué, exactamente?
Emma dejó de elucubrar. Recordaba que a principios del siglo veinte las dos hermanas inglesas
habían esquivado la Primera Guerra Mundial viajando ininterrumpidamente durante aquellos años
terribles. Una buena decisión.
Aunque contempladas desde la distancia, el peso de las atrocidades no era menor, solo más
fáciles de soportar. Si mal no recordaba, hacía muchos años Emma también había escapado de una
dictadura antes de que esta se iniciara.
Sabía que debía sentirse agradecida por ello, y lo estaba. No tuvo que presenciar el régimen nazi
y sus terroríficos y destructores resultados... al menos no de manera directa. Pero Hitler le arrebató a
sus padres y a su hermano, mató a sus amigos e incluso destruyó a su propia familia, allí, en
Argentina. Eslóganes nazis: había aprendido a detestarlos. Inesperadamente, su emigración se
convirtió en una huida a tiempo de una dictadura del horror.
Así que decidió emprender otro viaje; quería escapar del terror que hacía estragos en Argentina,
ya no quería seguir luchando. Sería un viaje largo, muy largo. Y al igual que antaño, cuando la joven
Emma Hechtl estaba de pie junto a la barandilla del barco recordando su hogar, con la fría brisa
marítima acariciándole la piel y contemplando un futuro lejano con mirada nueva, la expectativa de
lo que encontraría —lo desconocido y las nuevas experiencias— la llenó de alegría.
Recordó a cuantos habían marcado su vida: sus padres, su madre bondadosa y su padre afectuoso
y protector; su hermano, que perdió la vida en esa guerra atroz cuando aún era muy joven; Juan, que
le había hecho tanto daño y por quien pese a todo no sentía rencor; su familia, Elisabeth que la había
hecho sufrir tanto, Óscar, su adorado hijo a quien nunca logró inculcarle la sensatez y, por fin,
Eduardo, claro está.
«Ay, Eduardo, ¿cómo podría haber encontrado las palabras y las ideas que describieran cuánto te
amaba, a ti y a tu maravillosa música? Te encuentres donde te encuentres ahora, siempre te amaré.
Dejé que el destino decidiera si volveríamos a estar juntos. El tiempo debía determinar nuestro
camino y dicha decisión no nos fue favorable.» Emma estaba convencida de que si Eduardo hubiese
encontrado la llave habría ido a buscarla y ambos hubieran iniciado una vida en común en Quequén.
Pero Eduardo nunca apareció. El destino tenía otros planes y Emma se preguntó si algún día su
mensaje llegaría a sus manos.
Había encerrado su secreto en el reverso de la tarjeta postal. La propia Emma ignoraba qué se
había propuesto con ello, solo sabía que tenía sentido y aún más: que había sido necesario. Era su
secreto. Al igual que los niños pequeños entierran hallazgos en el jardín, ella había pensado en crear
un escondite, ¿o tal vez más bien había creado un escondite para sus pensamientos?
«¿Cómo podía imaginar que Óscar se llevaría la tarjeta postal? ¿Y cómo podía prever que yo
sobreviviría a Óscar? Una crueldad del destino. ¡Ninguna madre puede preverlo y ninguna madre
jamás debería soportar ese dolor!»
Emma bebió un gran sorbo de agua y sus lágrimas cayeron en el vaso. Después volvió a pensar en
Eduardo.
«Si Dios existe, confío en Él y confío que un día tú, Eduardo amado mío, recibas mi mensaje,
pero ya no me quedaré esperando la llegada de ese día. Mi único verdadero amor, mi Eduardo, el
hombre que más he amado.»
Se sorprendió al comprobar que su melancolía por el irrecuperable pasado y la amargura
causada por la atroz realidad que la rodeaba allí fuera, en las calles de Buenos Aires, se convertían
en algo semejante a una especie de satisfacción.
Emma se observó a sí misma y a ese sentimiento y, aunque conturbada y profundamente
emocionada, estaba satisfecha consigo misma y con su decisión.
Nada se interponía entre ella y el nuevo viaje.
Puso su disco favorito en el tocadiscos. La melodía intensa y melancólica del tango Sur flotó en
el ambiente. Emma se encargó de que la iluminación de la habitación fuese agradable, tomó
asiento en el gran sillón y dejó que la música y las palabras la envolvieran.
Nostalgias de las cosas que han pasado,
arena que la vida se llevó,
pesadumbre de barrios que han cambiado
y amargura del sueño que murió.
Emma sintió cansancio y por fin se sumergió en las profundidades del océano nocturno. Las
últimas notas de Sur aún resonaban en sus oídos. Le sonrió a Eduardo, ¡era tan apuesto, sentado en la
roca a orillas del Atlántico y tocando para ella!
Al día siguiente, cuando encontraron a Emma, nadie prestó atención a la jarra de agua y al vaso
vacío apoyado en la mesilla junto al sillón. Si lo hubiesen hecho era de suponer que habrían visto el
pequeño resto de polvillo depositado en el fondo del vaso.
—Se durmió pacíficamente —dijo el médico al que llamaron, quien consideró que un examen
más minucioso resultaba innecesario dada la avanzada edad de esa mujer—. Una muerte como la que
quizá todos deseamos.
Mientras rellenaba los papeles necesarios, hacía horas que Emma, como un rastro luminoso,
había desaparecido en la eterna liviandad del universo y se había confundido con el resplandeciente
océano de las almas y su eterna alegría.
Y a la misma hora, en el lejano Berlín, una niña pequeña abría los ojos a la luz del mundo y un
día emprendería un largo viaje.
Agradecimientos
Todo comenzó durante un concierto de tango en una casa, durante el que yo y Juan Carlos Risso
permanecimos sentados justo frente al bandoneonista, así que dispusimos de mucho tiempo para
observar al músico y su instrumento. La idea de que en semejante bandoneón se podía ocultar algo
fácilmente nació durante el viaje de regreso. Sí, pero ¿qué? En los meses siguientes la idea nos
acompañó y urdimos una historia. Finalmente fue Paula Kock quien dijo: —¡Entonces escribe un
libro sobre ello!
Como me enseñaron a ser obediente, lo hice, y así Paula se convirtió en el detonante decisivo de
nuestra creación literaria.
Gracias a la obra teatral Cafetín del Sur, de Hans Henner Becker, que me proporcionó
muchísima información, me ahorré interminables horas de investigación, y finalmente, una noche de
verano, Thilo von Trotha nos sirvió de inspiración para idear la misteriosa historia del bandoneón.
Ello supuso la respuesta a la pregunta «¿Pero qué?».
Dos años después les dí a leer la primera versión del manuscrito a mis dos hermanas. Confiaba
en su indulgencia y benignidad, y estas me fueron concedidas. Animados, dimos el siguiente paso y se
lo dimos a leer a Bea Bachnik, que lo leyó crítica y benevolentemente. Cuando nos llamó por
teléfono en medio de la noche y dijo: «Absolutamente bonito y publicable», sus palabras nos dieron
alas.
¿Existen las casualidades en la vida? Creo que no: conocimos a Zoe Beck y ella nos puso al
corriente de los secretos del negocio literario.
Solo puedo desearles a todos que tengan la misma suerte que nosotros al buscar un agente:
Anoukh Foerg. Junto con Andrea Zimmermann llevó nuestro bebé —el nombre que entre tanto le
habíamos adjudicado a nuestro libro— a Reinhard Rohn y a la editorial Rütten & Loening, quien,
como podrán imaginar, nos proporcionó momentos felices con su «SÍ» absoluto.
Ahora quiero agradecer a todos cuantos nos han llevado —a mí y a nosotros— al lugar donde hoy
nos encontramos. Esta obra supuso un largo y bonito camino. Por último quiero dar las gracias a Juan
Carlos Risso, mi pareja y coautor, sin el cual este libro jamás hubiera existido.