Estructura y Función del Texto Expositivo
Estructura y Función del Texto Expositivo
Alumno/a: ………………………………………
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¿Qué es un texto?
No es difícil imaginar cómo se llevó a cabo esta relación entre el TEXTO y un TEJIDO…
Si lo pensamos un poco y en detalle recaemos en que la manera tradicional de producir una tela
es a partir de desplegar una serie de hilos (urdimbre) a lo largo de un marco (telar) y sobre ella
entrelazar perpendicularmente otra serie de hilos (trama).
Así también, sobre la página, se dispone un marco de texto y dentro de él se dibujan las palabras
que forman las líneas luego formarán las páginas escritas.
Pues bien, un tejido es el resultado de la acción de urdir o entrelazar un hilo o filamento de lana
u otra fibra para construir una estructura estable y sólida. De manera semejante, urdir o
entrelazar sonidos constituye “palabras” y urdir o entrelazar palabras en conjuntos coherentes
constituye estructuras con significados.
En ambos casos se trata de un proceso de “construcción” a partir de determinados elementos.
Por tanto “texto” como discurso o enunciado oral o escrito es una metáfora basada en la
relación de semejanza. Por eso, existir el doblete “tejido” /"texto””, el primero ha quedado para
referirse al entrelazado de filamentos y el segundo al entrelazado de palabras, es decir, un
texto/tejido parlante.
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Actividades:
1. Extraer del texto el significado de las siguientes palabras: TEXTO y URDIMBRE.
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Los textos expositivos
Decimos que un texto es expositivo (o expositivo - explicativo) cuando está preparado para informar
sobre un tema, pero no es ésta su única función. Un texto expositivo no solo proporciona datos, sino que
además los explica, los describe con ejemplos y analogías, con el fin de guiar y facilitar la comprensión del
tema.
Los textos expositivos están presentes en todas las ciencias, tanto en las físico-matemáticas y en las
biológicas como en las sociales, ya que el objetivo central de la ciencia es proporcionar explicaciones a los
fenómenos característicos de cada uno de sus campos. Obviamente, de acuerdo con la ciencia de que se
trate, variará la forma del texto expositivo. No tiene las mismas características un texto sobre la estructura
del átomo que uno sobre la Revolución de Mayo.
Los textos expositivos o explicativos surgen para dar respuestas a interrogantes: ¿Qué?
¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? Por lo que su intención es brindar información sobre temas variados.
Aparecen en manuales escolares, enciclopedias, diccionarios, en periódicos, en revistas.
Preguntar y preguntarse, plantear y plantearse problemas, buscar respuestas, parecen actitudes
inherentes al ser humano. La humanidad ha avanzado gracias a preguntas:
No sólo los científicos se hacen preguntas. En la vida cotidiana, solemos plantear interrogantes que son, en
realidad, pedidos de explicación. En algunos casos el objetivo es conocer la causa de algún hecho (¿Qué le
pasó al auto?). En otros, se desea conocer un procedimiento (¿Cómo se prepara la salsa de hongos?).
Explicar es:
desarrollar un tema;
indicar las causas de un acontecimiento;
aclarar una idea o un texto que resulta complejo;
enseñar un procedimiento.
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¿Qué son las PREGUNTAS EXPLICATIVAS?
Las preguntas explicativas comienzan como parte de una duda, un cuestionamiento o una necesidad de
explicación. La explicación surge siempre para resolver un problema, para responder una pregunta. La
pregunta que desencadena la explicación puede ser formulada por el interlocutor o por el emisor mismo.
El problema que desencadena la explicación suele explicitarse en el propio texto, generalmente en el título
o en el primer párrafo. Cuando no se explicita el tema o problema, el lector debe reconstruirlo para poder
interpretarlo.
ACTIVIDAD 1:
A continuación, haremos el ejercicio de unir con flechas preguntas explicativas con sus
explicaciones correctas. Pero tendrás que poner especial atención a que algunas explicaciones no están.
Deberás hacerlas vos, con información que obtengas de charlas familiares u otras fuentes como ser
internet, libros, enciclopedias.
ACTIVIDAD 2:
Elijan tres de estos cuestionamientos y ensayen respuestas posibles en sus carpetas.
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Estructura del texto expositivo
Estos textos presentan generalmente tres partes:
INTRODUCIÓN: se presenta el tema de manera amena tratando de atraer la
atención del lector. Puede ser el título y/o el primer párrafo.
DESARROLLO: se amplía el tema con las ideas más importantes ofreciendo datos
y reflexiones complementarias. Ocupa la mayor parte del texto porque es la
explicaciónn propiamente dicha.
CONCLUSIÓN: se resume lo expuesto para cerrar el tema. A veces, esta parte, no
está presente.
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Procedimientos explicativos
El objetivo de los textos expositivos explicativos es que quien los oye o lee adquiera un
saber que no tiene. Para ello, el emisor deberá tener en cuenta quién es el receptor y qué
conocimientos posee. Si no le da información nueva o si está es incomprensible, la explicación
fracasa, no tiene sentido.
Para que la explicación sea exitosa, además de adaptarse al receptor y a la situación
comunicativa, debe ser clara y ordenada. Cuando la explicación se da en el curso de una
conversación, el receptor puede plantear sus dudas, manifestar que no está comprendiendo y en
función de ello el emisor se esforzará por solucionar esas dificultades. En los textos escritos el
receptor no está presente; en consecuencia, el emisor debe presuponer cuáles serán las
dificultades, anticiparse a las preguntas y tratar de resolverlas. Para ello, utilizarán diversos
procedimientos.
La DEFINICIÓN sirve para explicar a qué clase pertenece el tema y describir sus
rasgos característicos. La definición es un procedimiento que consiste en proporcionar el
significado de una palabra o expresión. Los conectores o expresiones utilizados son: se
llama, se refiere a, significa que, se define como, se denomina, etc.
Por ejemplo: Los asteroides son cuerpos rocosos irregulares de gran tamaño que se
encuentran agrupados entre las órbitas de Marte y Júpiter.
La ANALOGÍA es una forma de comparación que relaciona aquello que se busca explicar
con un concepto que se supone conocido por el lector.
Por ejemplo: La atmósfera también actúa como una barrera contra los cuerpos celestes
que podrían impactar la Tierra.
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ACTIVIDADES:
1. Identificar los procedimientos explicativos utilizados en los siguientes textos. Escribir al final de
cada uno el procedimiento que es. Por último, en tu carpeta, fundamentar la elección:
a) Un hábitat es una zona extensa ocupada por muchas especies. Un habitáculo es el lugar donde
una especie particular se protege a sí y a sus crías de los depredadores y del mal tiempo. La
madriguera de un topo y el nido de un ave son ejemplos de habitáculos._________________
b) Se llama microhábitat a una pequeña parte de un hábitat que reúne unas condiciones
particulares: temperatura y luz. Son ejemplos de microhábitat el área de sombra bajo un árbol, o
la cara inferior de una piedra bajo una corriente de agua________________________
d) La contaminación del suelo preocupa a los científicos, principalmente la que se origina a causa del
uso de los biocidas. Por ejemplo los pesticidas, herbicidas, funguicidas. Los biocidas son productos
químicos. Fueron creados para eliminar especies que el hombre consideraba nocivas para sus
actividades agrícolas, ganaderas y forestales. En los últimos decenios, como resultado de su uso
indiscriminado han surgido serios problemas de contaminación en muchas regiones del
mundo._________________________
2. Teniendo en cuenta el último texto que hace referencia a la contaminación del suelo:
a. ¿A qué asignatura corresponde?
b. Escribir una definición de pesticida, herbicida y funguicida (se puede consultar un diccionario)
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3 Leer el texto que está a continuación y, luego, realizar las actividades que están
debajo.
UN TESORO DE CUENTOS
Aunque vivieron hace mucho tiempo, los hermanos Jacob y Willhem Grimm forman parte de la
vida de miles de niños en todo el mundo. ¿Cómo es esto posible, si ambos murieron hace más de un siglo:
Jacob en 1863 y Willhem en 1859?
La respuesta está en los cuentos maravillosos que escribieron y que se convirtieron en clásicos
para las generaciones posteriores. Entre muchos otros, gracias a los hermanos Grimm conocemos “La
Caperucita Roja”, “Hansel y Gretel”, “La oca de oro”, “La Cenicienta”, “Pulgarcito” y “Los seis cisnes”.
Jacob y Willhem nacieron en Alemania en 1785 y 1786, respectivamente. En 1798, dos años después de la
muerte de su padre, la familia se mudó a la ciudad de Kassel. Allí, ambos realizaron sus primeros estudios
y luego iniciaron la carrera de Leyes. Pero su verdadera vocación era el estudio de la lengua y de la
literatura popular alemanas. Ellos recopilaban canciones populares, así como cuentos y leyendas que
contaba la gente del pueblo.
Para reunir esas historias, viajaron por los rincones de su país hablando con campesinos,
mercaderes y leñadores.
Les pedían que recordaran y narraran las historias oídas en su infancia, las que sus padres y
abuelos les habían contado. Jacob y Willhem tomaban notas mientras escuchaban. Luego, utilizaban esos
apuntes para estudiar la lengua y para escribir, por primera vez, esos cuentos, mitos y leyendas folclóricos
que hasta ese momento solo habían circulado de boca en boca. Y los escribieron con sencillez, gracia y
hermoso estilo.
Como fruto de su trabajo, publicaron el libro Cuentos infantiles y caseros en 1812, y dos
volúmenes de Cuentos para la infancia y el hogar, uno en 1812 y el otro en 1815. Muchos años después,
en 1857, esta colección fue aumentada y publicada como Cuentos de hadas de los hermanos Grimm.
La dedicación que tuvieron por su trabajo fue enorme. Más aún si se consideran las penurias
económicas por las que atravesó la familia después de la muerte de la madre, en 1808. Gracias a esa
dedicación, la mayoría de las personas conocemos a los hermanos Grimm por el gran tesoro de cuentos
que nos dejaron.
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La organización de los textos expositivos
Muchas veces los textos combinan distintos tipos de organización que deben identificarse para
graficar correctamente las ideas. A continuación transcribimos los modelos de gráficos propuestos por
Emilio Sánchez Miguel para representar la información de diversos textos.
Los esquemas ayudan a retener la información en la memoria a largo plazo y sirven de soporte
para las exposiciones orales. A continuación están los esquemas graficados, deberás completar la
explicación con su esquema correspondiente.
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Repasamos lo dado con el siguiente pizarrón de ayudas:
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Leyendo con las manos
Las personas no videntes pueden tener hoy acceso a la lectura lo mismo que los que gozan del sentido de
la vista.
Esto es así porque existen libros y revistas para personas que tienen discapacidad visual y cuanto material
de información necesiten éstos, no sólo por el placer de leer, sino también para estudiar, realizados con
un sistema especial.
Claro que, para eso, cuentan con un medio especial de interpretación, un alfabeto, el cual fue ideado por
un hombre del siglo pasado, Louis Braille, quien daría después nombre a su sencillo pero maravilloso
invento.
Cuando Braille nació, a principios de 1809, en el pueblito francés de Coupvray, las personas con
discapacidad visual eran consideradas por casi todo el mundo personas incapaces de realizar trabajos
importantes.
Desde hacía varios años existía en París el instituto de Jóvenes con disminución visual, en el que su
fundador, Valentín Haüy, llevaba a cabo la difícil tarea de enseñar a unos cuantos muchachos que no
veían. Quería demostrar que los no videntes estaban tan capacitados para el estudio como las demás
personas, a pesar de carecer de visión. Un discípulo de Haüy, que estaba solo en la mesa de trabajo de su
maestro, descubrió que podía reconocer, al tacto, las letras que habían quedado marcadas en relieve en el
revés de una cartulina impresa a máquina. Haüy creyó haber encontrado el modo de enseñar a leer a los
ciegos. Y preparó una serie de textos con caracteres normales grabados en relieve.
El método resultaba dificilísimo para los alumnos, porque los signos de la escritura tradicional están
concebidos para ser descifrados por la vista y no por el tacto.
Louis Braille, que veía con normalidad desde su nacimiento, perdió por completo la vista a los tres años de
edad como consecuencia de una herida producida en un ojo por un punzón. A los siete años ingresó en el
Instituto de Jóvenes Ciegos e inició el aprendizaje de la lectura al tacto. Aprendió también las materias que
enseñaban allí: gramática, retórica, álgebra, lógica.
Al finalizar sus estudios, el joven Braille, que había obtenido durante sus ocho años de permanencia en el
instituto las máximas calificaciones, se quedó allí como profesor auxiliar.
Desde este puesto, Braille pudo someter a prueba el sistema de escritura para ciegos, o sea, su alfabeto,
que había estado madurando durante tantos años.
El alfabeto braille parte de un signo generador, que se compone de seis puntos situados en dos columnas
verticales de tres puntos cada una. Las diferentes combinaciones de estos seis puntos generan las diversas
letras del alfabeto común y los signos de puntuación correspondientes. Para grabar los puntos se utiliza
igualmente rectangular, que encaja en la plancha, sujeta un papel, casi como una cartulina, para que los
relieves que hace el punzón sean una plancha rectangular de metal o de madera que dispone de una serie
de surcos paralelos colocados, a igual distancia, en sentido horizontal. Un bastidor igualmente rectangular,
que en caja en la plancha, sujeta un papel, para que los relieves que hace el punzón sean hondos. Sobre el
bastidor se acopla una regla, que tiene perforaciones en forma
de pequeños rectángulos. Con un punzón se pinchan en el papel tantos puntos como letras o signos se
quieren representar.
Como el sistema braille está pensado para que la persona no vidente lea con las yemas de los dedos sobre
los relieves producidos por el punzón sobre el papel, la escritura debe hacerse de derecha a izquierda y
por el revés de la hoja, en donde después se leerá de izquierda a derecha. Naturalmente, deben escribirse
los signos dados vuelta para que luego el lector los encuentre en la posición correcta.
Hoy es tan difundido que existen, para la escritura braille, además del procedimiento tradicional del
punzón y la regleta, máquinas de escribir y de imprimir. Y las obras más importantes de la literatura
universal ya están traducidas a este sistema. Si antes un no vidente estaba condenado a ser analfabeto,
hoy, gracias a Braille, puede terminar una carrera y ser tan culto y estar tan informado como cualquier
persona vidente.
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ACTIVIDADES:
1. ¿Por qué este texto es expositivo?
2. ¿De qué trata el texto? ¿Qué intenta explicar/informar?
3. Identificá la estructura del texto.
4. ¿Cuáles son las ideas principales de cada uno de los párrafos? Subrayá en el texto.
5. Explicá quién fue Louis Braille.
6. Señalá los paratextos presentes.
7. Escribí un epígrafe para cada una de las imágenes que acompañan el texto.
8. Indicá los conectores que aparecen. (ayúdate con el cuadro que está debajo)
9. A partir de las ideas principales, elaborá un resumen del texto (consultá la página que
sigue).
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El resumen
Resumir es recuperar las ideas o datos clave de un texto y también las relaciones que se
establecen entre ellos. Como lectores usamos estrategias de reducción textual: eliminamos
frases y oraciones que consideramos poco relevantes y reelaboramos otras para construir un
texto abreviado que será nuestra propia versión del texto original.
No es necesario que el resumen mantenga la estructura del texto original, pero deberá retener
su contenido básico.
Reconocer los tipos de textos facilita la construcción del resumen. También es posible hacer un
resumen a partir
de un esquema.
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El origen de las letras
La escritura más antigua nació en la
Mesopotamia, una región que ocupaba el actual
territorio de Irak. Allí, hace cerca de 5300 años,
Escritura cuneiforme un pueblo llamado sumerio empezó a escribir
haciendo marcas con una caña de punta
triangular sobre tablas de arcilla. Como esas
marcas tenían forma de cuña, se llamó a su
escritura “cuneiforme”. Al principio, hacían
dibujos de objetos o combinaciones de objetos
pero, con el tiempo, los sumerios incorporaron
Jeroglíficos egipcios algunos signos que representaban sonidos. Más
específicamente, sílabas.
Empezar a “dibujar” los sonidos fue un avance
importantísimo. Hasta aquel momento, las
escrituras estaban basadas en imágenes de
ideas y necesitaban un signo distinto para cada
Escritura fenicia
objeto o idea diferente. El problema de estas
formas de expresión, llamadas ideográficas, es
que lleva demasiado tiempo aprenderlas porque
hay mucho para memorizar. La escritura china,
por ejemplo, es ideográfica. Llegó a tener 50 mil
Letras griegas
caracteres y muy pocos podían practicarla.
También los jeroglificos egipcios conformaban
una escritura ideográfica.
Pero ni los sumerios ni los egipcios con sus
jeroglíficos fueron los creadores de un verdadero
alfabeto. Ambas civilizaciones utilizaron signos
Letras romanas de sonidos, pero siempre combinándolos con
dibujos de objetos. Los fenicios, habitantes de la
costa del mar Mediterráneo, al norte de Israel,
fueron los responsables del primer alfabeto.
Eran un pueblo de navegantes y comerciantes y,
para llevar registros de su actividad, necesitaron
un tipo de escritura corta y rápida. Entonces,
idearon un sistema en el que cada signo
representaba un sonido único: una letra.
De diversas alteraciones del alfabeto fenicio
nació el que usamos nosotros en la actualidad.
Lo tomaron los griegos y lo modificaron un
poco: le agregaron las vocales y determinaron
que debía escribirse únicamente de izquierda a
derecha. Y de los griegos pasó a los romanos y
éstos, con su Imperio, lo diseminaron por
Europa occidental.
www.enciclopedia.net
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ACTIVIDADES:
1- Señalar los paratextos y enumerar los párrafos.
2- ¿Dónde y cuándo surgió la escritura más antigua?
3- ¿Cómo era esa escritura y cómo se denominó?
4- ¿Qué es la escritura ideográfica? ¿Cuáles son los ejemplos que ofrece el texto?
5- ¿Quiénes crearon el primer alfabeto? ¿Cómo era?
6- ¿Cuáles fueron las modificaciones que le hicieron los griegos? ¿Y los romanos que
hicieron?
7- Entonces, ¿cuál es el origen del alfabeto que actualmente usamos?
8- Señalar los conectores presentes en el texto.
9- Pensar sinónimos para las palabras subrayadas.
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EL CHOCOLATE, “EL ALIMENTO DE LOS DIOSES”
Cuenta la leyenda que el dios bondadoso de los aztecas, Quetzalcoatl, regaló a los hombres el árbol del cacao antes de
ser expulsado del Paraíso. Con este fruto divino, los hombres lograrían vigor y fuerza.
Hace aproximadamente cuatro mil años surgieron los primeros especímenes
de la planta de cacao. Estos árboles nativos de la selva amazónica crecen solamente a veinte grados al norte y veinte
grados al sur del Ecuador.
Sus frutos, las bayas, contienen los granos de cacao con que los aztecas preparaban una bebida a la que agregaban
chile, clavo y canela, y llamaban “oro líquido”. Si bien, la consideraban propia, la habían tomado de los mayas a
quienes
dominaban durante varios siglos y seguían a cargo de las plantaciones en el Yucatán. Los granos de cacao, con forma
de almendras hinchadas y duras, eran utilizados como moneda: con cien granos se podía comprar un esclavo.
El xocolatl, vocablo que significa “agua espumosa” (xoco: espuma – atl: agua) fue llevado, según una de las hipótesis, a
los Reyes Católicos por Cristóbal colón al regreso de su viaje a las Indias en 1502, pero sin éxito ya que esa bebida
amarga y picante no fue del gusto real.
En 1519, cuando el conquistador español Hernán Cortés llegó a México, el emperador azteca Moctezuma lo recibió
como a una divinidad y le ofreció esta bebida, reservada sólo a personas de alta posición social. Este episodio
determinó que el botánico Linneo bautizara la planta con el nombre de theobroma que en griego significa “alimento
de los dioses”.
Más tarde, Cortés la introdujo en la corte de Carlos V. Los monjes españoles adaptaron esta bebida al paladar
europeo, sustituyendo las fuertes especias utilizadas por los nativos americanos, por miel o azúcar y leche. La corte
española mantuvo la preparación a nivel de secreto de Estado durante un siglo aproximadamente. Solo los monjes
conocían el procedimiento para convertir el fruto del cacao en chocolate.
Posteriormente, en el siglo XIX, la revolución industrial generó interés en el rubro chocolatero por parte de los
primeros hombres de negocios interesados en producir masivamente tabletas amargas y dulces.
Como herencia de los dioses, su valor histórico no tiene precio. Como alimento, y evitando siempre el exceso que hace
perjudicial cualquier producto, constituye una reserva de energía en poco peso y espacio. Y como placer, son
indiscutibles sus cualidades para aportar satisfacción y hacernos la vida un poco más dulce.
Datos extraídos de: www.lector.net/verano99/chocolat.htm
www.educar.org/IndustriasAlimenticias/Curiosidades/chocolate
Actividades:
1. ¿Cuáles son los paratextos aparecen?
2. ¿Por qué el título lleva comillas sólo en una parte?
3. ¿Cuál es el tema central del texto? ¿Cuáles serían las ideas secundarias?
4. ¿Qué término científico aparece?
5. Identificar la estructura del texto, utilizando corchetes o llaves.
6. ¿Quién era Quetzalcoatl?
7. ¿A qué llamaban “oro líquido” los aztecas y por qué?
8. ¿Quién fue Hernán Cortes y qué hizo con el conocimiento de la existencia del chocolate?
9. ¿Cuáles fueron las diferencias entre el modo de consumir el chocolate de los pueblos originarios (aztecas, mayas) y
los españoles?
10. ¿Quiénes tenían la posibilidad de disfrutar del chocolate?
11. ¿Qué conectores se utilizan en el texto?
12. En este texto (marcar la opción correcta con una cruz):
Se explica el origen del chocolate…………………………………….
Se explica el origen y la historia del chocolate…………………
Se compara al chocolate con otra golosina actual…………..
13. Realizar el esquema correspondiente para graficar la información.
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Los Juglares
Los juglares desempeñaron un papel significativo en la vida cultural de la Europa medieval, como
transmisores de noticias, creadores y difusores de la literatura. Con la palabra jocularis (derivada de
jocus, “juego”) se denomina, desde el siglo VII, a la persona que divertía al rey, a los nobles o al
pueblo en general. Los juglares se ganaban la vida actuando ante un público, y para ello usaban
instrumentos musicales, poemas, acrobacias, pantomimas, charlatanería o prestidigitación (es decir,
conjunto de trucos y habilidades con los que se hacen juegos de manos, cosas sorprendentes y extraordinarias como
hacer aparecer y desaparecer objetos y personas, descubrir cosas ocultas, etc.).
A partir del siglo XI, se registra una denominación para designar al poeta más culto, el que componía sus poesías en
el ámbito de la corte: era el trovador (palabra que deriva del provenzal trovar, “hallar”, “componer versos”). A
diferencia del trovador, el juglar generalmente interpretaba poemas de la tradición oral (y, por lo tanto, anónimos)
en los que solía introducir modificaciones según la fidelidad de su memoria, su gusto personal y las reacciones del
público.
Hubo juglares establecidos en los castillos, al servicio de los grandes señores y de los reyes; pero lo más frecuente
era encontrarlos viajando de un sitio a otro en busca de un público variado, del que recibían, en el mejor de los
casos, dones suficientes para su manutención: dinero, víveres, ropa, o una invitación para compartir una mesa.
Los juglares acompañaban a los peregrinos a lo largo de su recorrido, a los poderosos en sus habituales
desplazamientos y también viajaban con los ejércitos al campo de batalla. De este modo, su oficio tenía un carácter
de abierta internacionalidad. Este movimiento ayudaba a la propagación de la música y de la poesía no solo entre el
público, sino también entre los mismos intérpretes. Al mismo tiempo, los juglares comunicaban las regiones
dialectales unas con otras y contribuían, por lo tanto, a unificar el habla de los países que se estaban formando.
José Manuel Herrero Massari, Juglares y trovadores (Madrid, 1999).
Actividades:
1. ¿Por qué este texto es expositivo?
2. ¿De qué manera se organiza la información en este texto?
3. Marcar párrafos y sangrías. Numerar los párrafos.
4. Señalar (nombrar) los paratextos presentes.
5. Escribir una pregunta explicativa para cada párrafo.
6. Determinar el tema central del texto.
7. ¿Cuál es el origen de la palabra “juglar”?
8. Establecer las definiciones de juglar y trovador. Extraer información del texto y
complementarla con la del diccionario.
9. Mencionar las diferencias entre juglar y trovador.
10. ¿Cuál es la profesión u oficio de la actualidad más semejante a la del Juglar en el pasado?
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Desastres ambientales
Los desastres o catástrofes ambientales son grandes eventos que afectan las
condiciones naturales, es decir, producen un gran deterioro, y que tienen consecuencias
negativas para la población. Según su origen pueden ser naturales o antrópicos,
producto de las actividades humanas.
Los desastres naturales se producen cuando ocurre un fenómeno natural de gran Imagen ilustrativa
magnitud como un terremoto, un ciclón, la erupción de un volcán, una inundación o una
sequía, entre ellos.
Estos fenómenos son procesos naturales, no son catástrofes o desastres en sí mismos. Pero se
convierten en desastres cuando ocurren en zonas pobladas y afectan la vida y las actividades de las
personas. Por ejemplo, cuando un volcán entra en erupción, las consecuencias pueden ser desastrosas
para las ciudades situadas en las cercanías, ya que las nubes de cenizas, las explosiones, la emisión de
gases y de rocas, las corrientes de lava pueden provocar importantes daños en la agricultura, la ganadería
y hasta sepultar ciudades enteras.
Si bien estos fenómenos no se pueden impedir, la sociedad puede evitar que se conviertan en
catástrofes y reducir al mínimo sus consecuencias. Por ejemplo, si se conocen las causas que los producen
y las zonas de riesgo, es decir, el área de extensión donde ocurren con más frecuencia, se pueden elaborar
estrategias de acción.
Los desastres de origen antrópico se deben a acciones provocados por las actividades humanas. Los
accidentes por fallas o uso inadecuado de la tecnología son ejemplos de catástrofes antrópicas. Esto
sucedió en el año 1986, cuando se produjo un accidente en la usina nuclear de Chernobyl (Ucrania), que
liberó radioactividad y mató a miles de personas.
Estas catástrofes, a diferencia de las naturales, pueden evitarse si la sociedad aplica mecanismos de
control eficientes y normas que regulen las actividades y el uso de la tecnología.
AA.VV. Problemáticas ambientales. Kapeluz
Actividades:
1. ¿Cuál es el tema del texto? ¿Qué paratexto te ayuda a predecirlo?
2. Señalar los paratextos en el texto.
3. Vocabulario: buscar el significado de las palabras subrayadas.
4. Leer detenidamente cada párrafo y titúlalos. Anota estos títulos en la hoja.
5. Subrayar los conectores presentes en el texto.
6. Las palabras “desastre” y “catástrofe” ¿tienen el mismo significado? ¿Son sinónimos?
7. ¿Qué es un desastre ambiental? Definirlo según la información que aporta el texto.
8. Mencionar los ejemplos de fenómenos naturales que pueden producir desastres o
catástrofes.
9. ¿Qué es un desastre de origen antrópico?
10. ¿Qué ejemplo de desastre antrópico se expone en el texto?
11. ¿Se pueden evitar los desastres? Explicar.
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TRAS LAS HUELLAS DEL CRIMEN
Desde la prehistoria, los cazadores y rastreadores primitivos han utilizado los
menores indicios para rastrear su presa. Una rama rota así como una huella en el
barro resultan suficientes para que un hábil cazador reconstruya el recorrido del
animal que persigue. Al igual que el cazador, el detective se vale de indicios para
descubrir una verdad oculta y entre los indicios que deja el culpable en la escena
del crimen tiene un lugar primordial la huella dactilar.
¿Qué es una huella digital?
Una huella dactilar o huella digital es una impresión visible o moldeada que origina el contacto
de los relieves y surcos de la piel ubicados en la palma de las manos y en la planta de los pies.
Como está comprobado científicamente que la huella dactilar es perenne (pues permanece
incluso en los cadáveres), inmutable (ya que no cambia con el paso de los años) y diversiforme
(porque no hay dos impresiones idénticas), se utiliza como medio de identificación de las
personas.
La huella digital, una forma de identificación
En 1823, John Evangelist Purkinje, un catedrático de Anatomía de la Universidad
de Breslau, publicó una tesis en la que identificaba nueve tipos de huellas
dactilares, pero recién en 1892, luego de doce años de investigación, Sir Francis
Galton publicó su libro Fingerprints en el que sostenía que las huellas digitales
eran únicas e inmutables y estableció un sistema para clasificarlas. Con este
libro, nació la dactiloscopia, ciencia que estudia las huellas dactilares.
Siguiendo las investigaciones de su padre, Galton hijo “demostró” científicamente que las
huellas dactilares no cambian con la edad y que no hay dos huellas idénticas. También
determinó la forma con la que en la actualidad se identifica una huella digital.
El primer fichero de huellas digitales lo estableció en 1891 el policía argentino Juan Vucetich,
quien un año después logró identificar mediante este sistema a una asesina apellidada Rojas,
quien “delatada” por la huella ensangrentada que había dejado en el buzón de una puerta.
En la actualidad, las huellas dactilares digitalizadas y archivadas en enormes bases de datos
pueden ser chequeadas rápidamente en computadora.
Fuente: Wikipedia (adaptación)
Actividades:
1. ¿Cuál es el tema del texto? ¿Qué paratexto te ayuda a predecirlo?
2. Señalar los paratextos en el texto.
3. Indicar los párrafos y enumerarlos.
4. ¿Cuál es la comparación o analogía que se establece entre los cazadores de la prehistoria
y los detectives?
5. ¿Cuáles son las palabras que definen a la huella digital? Explicar detalladamente qué
significa cada una.
6. ¿Quién fue John Evangelist Purkinje?
7. ¿Y quién fue Francis Galton? ¿Qué hizo su hijo?
8. ¿Cuál fue el aporte del argentino Juan Vucetich?
9. Entonces, la huella digital ¿es un descubrimiento argentino? ¿Sí o no? Explicar por qué.
20
Leamos el siguiente cuento policial y analicemos las “huellas del crimen”:
La esposa, con un velo blanco, algunos granos de arroz aún esparcidos entre los
pliegues, acabó también ella en el cuartelillo de la policía, con el rostro pálido, sin
lágrimas, la mirada cargada de odio ante el funcionario que, detrás de su escritorio,
le explicaba:
-Es inútil que digan que no es verdad, por el amor de Dios, que no les guste es
natural, pero la verdad es la verdad, y ustedes tienen que conocerla… Él salió esta mañana de su casa a las
nueve, para casarse con usted. Estaba todo calculado, premeditado con exactitud. Sale de casa con el
coche, repito, para ir a la iglesia donde se iba a celebrar la boda. Pero apenas ha subido al coche aparece
una antigua amiga, y él sabía que aparecería. “Déjame subir – le dice la antigua amiga -, tú no vas a
casarte con ésa, tú te vienes conmigo”. Es una exaltada, una loca, él lo sabe, desde hace dos años que ella
lo atormenta, él no aguanta más, la deja subir y la mata repentinamente y luego, antes de venir a casarse
con usted, pasea por el parque, arroja el cadáver detrás de un cesto y va corriendo a la iglesia para
representar el papel de marido que espera a la esposa…
Usted llega, se celebra la ceremonia, y se van a la fiesta y él está tranquilísimo, porque tiene una coartada
a prueba de bomba, se lo digo yo. Aunque lo detengamos y le preguntemos: ¿Dónde estaba la mañana del
29 de abril?, él responderá Estaba casándome. ¿Cómo puede una persona que va a casarse, matar al
mismo tiempo a una mujer? Pero él no podía imaginarse que el coche perdiera aceite precisamente esa
mañana. Cerca de la mujer estrangulada había un charquito de aceite, seguimos las gotas de aceite como
en los cuentos y llegamos hasta la iglesia…, desde la iglesia llegamos hasta el hotel, donde continúa aún la
fiesta, preguntamos de quién es el coche y el coche es del marido, y el marido ha confesado, señora, lo
siento muchísimo, pero la verdad es la verdad…
Bajo su velo blanco, ella, sin embargo, siguió mirándolo con odio.
Actividades:
1. ¿Por qué este texno NO es un texto expositivo?
2. ¿Por qué este texto es un cuento?
3. Mencionar los hechos principales de esta historia.
4. ¿Por qué se relaciona este texto con el de la página anterior?
21
LAS FORMAS DEL LIBRO
Las primitivas tablillas mesopotámicas eran, por lo general, trozos de arcilla cuadrados, aunque a veces
rectangulares, de poco más de siete centímetros de ancho y podían llevarse cómodamente en la mano. Un
libro constaba de varias de esas tablillas, tal vez guardadas en una bolsa de cuero o en una caja, de modo
que el lector pudiera examinar una tablilla tras otra en un orden preestablecido.
Los egipcios comenzaron a realizar sus inscripciones en papiro, material que se obtenía del tallo secado y
cortado de una planta del mismo nombre, parecida al junco. Según Plinio el Viejo el rey Tolomeo de
Egipto, queriendo mantener secreta la producción de papiros para favorecer a su propia biblioteca de
Alejandría prohibió su exportación, lo que obligó a su riva l, Eumenes, soberano de Pérgamo, a encontrar
un material nuevo para su biblioteca. Si Plinio estaba en lo cierto, el edicto de Tolomeo llevó a la invención
del pergamino en Pérgamo en el siglo II a.C. fabricado con la piel de animales.
El pergamino, por otra parte, podía cortarse o doblarse en todo tipo de tamaños distintos. A partir del
siglo IV, y hasta la aparición del papel en Italia ocho siglos después, el pergamino fue el material preferido
en toda Europa para fabricar libros.
El códice, que se constituía de varios fajos de hojas encuadernadas de pergamino, y a veces de papiro,
sustituyó a la tablilla y al papiro sueltos.
Por supuesto, más allá de los deseos del lector, el formato de un libro tenía posibilidades limitadas. La
arcilla era conveniente para fabricar tablillas, y el papiro podía convertirse en rollos manejables; ambos
eran relativamente fáciles de transportar. Pero ninguno de los dos se adecuaba a la forma del libro del
códice: un códice de tablillas de arcilla habría sido pesado e incómodo y, aunque se hicieron códices con
páginas de papiro, este material era demasiado quebradizo para plegarlo en forma de libro.
El códice de pergamino pasó en poco tiempo a ser la forma común de los libros para funcionarios, clérigos,
viajeros, estudiantes y, de hecho, para todos los que necesitaran transportar su material de lectura de
manera conveniente de un lugar a otro, y consultar sin dificultad cualquier sección de un texto. Además,
podían utilizarse los dos lados de cada hoja, y los cuatro márgenes de la página de un códice facilitaban la
inclusión de glosas y comentarios, permitiéndole al lector intervenir en el relato, una participación que era
mucho más difícil con los rollos. El códice, por otro lado, permitía al lector pasar instantáneamente a otras
páginas, y retener de ese modo la percepción de la totalidad, una percepción aumentada por el hecho de
que por lo general el lector tenía en las manos el texto íntegro mientras leía.
De todas las formas que los libros han adquirido a través de los siglos, las más populares han sido aquellas
que permitían al lector sostener los libros cómodamente en la mano.
A partir de Una historia de la lectura, de Alberto Manguel. Buenos Aires, Emecé Editores, 2005.
Actividades:
1. ¿Qué paratextos presenta el texto? ¿Se relacionan con el contenido del texto? ¿Por qué?
2. ¿Cómo eran las tablillas mesopotámicas?
3. ¿Cómo se obtenía el papiro?
4. ¿Quiénes utilizaban el códice de pergamino, cómo era ese material?
5. ¿Por qué se inventó el pergamino?
6. ¿Cuándo apareció el papel?
7. ¿Qué es un códice? ¿Cuáles eran las ventajas de utilizarlo?
8. Subrayen ideas principales o palabras claves de cada párrafo.
9. Agreguen un párrafo en el cual incluyan un invento tecnológico que haya favorecido a la lectura en la
actualidad.
10. Reemplacen las palabras subrayadas por sinónimos.
11. Resuman el texto y transcríbanlo en la carpeta.
22
Las andanzas de Sherlock Holmes y Hércules Poirot
Actividades:
1. ¿Por que este texto es expositivo?
2. ¿Cuál es el tema del texto? ¿Qué paratexto te ayuda a predecirlo?
3. Indicar los párrafos y enumerarlos.
4. ¿De qué manera se organiza la información en este texto?
5. Para realizar el esquema según la organización de la información, completá el
cuadro que está a a continuación.
Creador
Año de creación
Características físicas
Elementos típicos
Nacionalidad
Ayudante
Método de
investigación
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PROPIEDADES TEXTUALES: Coherencia y Cohesión
Propiedades textuales
Los seres humanos nos comunicamos de manera oral o escrita por medio de textos
formados por una o muchas palabras. Sin embargo, no todo conjunto de palabras es un
texto.
Un texto tiene propiedades que son características propias de él. Ellas son: CLARIDAD,
CORRECCIÓN, ADECUACIÓN, COHERENCIA Y COHESIÓN.
A continuación, a partir de un gráfico se intenta explicar en qué consisten.
24
Profundizamos las propiedades textuales: COHERENCIA Y COHESIÓN
Coherencia
El texto se construye por oraciones y/o párrafos que deben estar relacionadas entre sí para que
se pueda determinar fácilmente su tema. Es indispensable que la información nueva que va
apareciendo esté relacionada (lógica y cronológicamente) con la información anteriormente
dada.
En los textos, el tema no siempre aparece explícito (dicho o escrito), por lo que el lector deberá
reponerlo acudiendo al contexto o a los conocimientos previos que él tenga sobre ese tema en
cuestión.
En síntesis, la coherencia tiene que ver con que la organización de la información sea correcta
para que el tema del texto pueda reconocerse fácilmente y sin confusiones.
Cohesión
Es el conjunto de relaciones que se establecen entre las palabras de un texto para darle
coherencia al mismo. Es decir, si las palabras de un texto están bien relacionadas entre sí, el
texto tiene cohesión o está bien cohesionado y, eso, le da coherencia al mismo.
Las frases siguientes forman el cuento Música para una vaca de Mou Zi, escritor chino
del siglo II después de Cristo. Para poder leerlo es necesario ordenarlas coherentemente,
colocando la numeración correspondiente al costado (las mayúsculas y la puntuación les
servirán de ayuda):
25
Actividad 2: Usar recursos de cohesión
Para evitar las repeticiones en un texto existen algunos recursos que permiten
sustituir una palabra por otra o por una frase equivalente.
Usen las siguientes oraciones para armar un párrafo.
Al hacerlo, traten de evitar las repeticiones, pero tengan en cuenta que a veces
son necesarios para no dar lugar a confusiones.
LOS DINOSAURIOS
Los dinosaurios habitaron nuestro planeta hace unos 200 millones de años. Los
dinosaurios desaparecieron hace unos 65 millones de años.
El nombre dinosaurio significa “reptil terrible”. Los dinosaurios recibieron ese
nombre por el gran tamaño que alcanzaron algunos de estos dinosaurios.
¿Los dinosaurios eran reptiles? En realidad, los dinosaurios no se arrastraban,
pero se consideró reptiles a los dinosaurios porque eran descendientes de esta
clase de animales.
No todos los dinosaurios eran enormes ni muy parecidos unos a otros. Había
dinosaurios veinte veces más grandes que un elefante, pero también había otros
pequeños como una gallina.
26
Actividad 4: Evitar las repeticiones
El texto que sigue fue escrito por un alumno de 1° año. Léanlo y detecten las
repeticiones. Luego pueden sustituirlas por pronombres, sinónimos, o eliminarlas.
Siempre y cuando no se altere el significado.
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Actividad 5:
La iguana overa
La iguana overa es el lagarto de mayor tamaño en nuestro país y uno de los más corpulentos del mundo. Su longitud
llega a alcanzar hasta 1,50 metros. Pertenece a la clase de los reptiles y a la familia de los “teiidae”. Vive en los climas
subtropicales y templados húmedos, cerca de ríos y lagunas. Su distribución en Argentina, abarca las provincias de
Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Formosa, Chaco, Santa Fe, Buenos Aires, el centro este y sureste de Córdoba y el
noreste y sureste de La Pampa.
La alimentación de la iguana overa se va modificando con la edad, de acuerdo con la evolución de su dentición. Los
ejemplares más jóvenes comen caracoles terrestres, insectos, y gustan de pequeñas frutas carnosas. Luego,
comienzan a capturar pequeños vertebrados y depredan huevos de yacaré, tortuga o gallina (conducta que hace que
la especie sea perseguida por la gente de campo en algunas regiones). Los adultos más viejos, en cambio, comen
materia orgánica en descomposición.
Como todos los poiquilotermos (esto es, animales de sangre fría), estos lagartos no pueden regular la temperatura
interna de su cuerpo; característica de la cual se deriva buena parte de sus hábitos. Éstos son diurnos; sus actividades
básicas se desarrollan entre las 11 de la mañana y las 4 de la tarde. Durante ese lapso, toman baños de sol y se
dedican a la caza de sus presas. Otro rasgo que presenta la iguana overa, en relación con la necesidad de mantener su
temperatura constante, es que en los meses fríos, entre fines de marzo y fines de agosto, hiberna, es decir,
permanece inactiva, en cuevas que cava a poca profundidad.
El comportamiento depredador que caracteriza a estos reptiles los ha convertido en el blanco de los campesinos que
tratan de defender a sus animales de granja y en el de los cazadores interesados en su cuero. También los cambios
climáticos han afectado la supervivencia de esta especie, que actualmente se encuentra en peligro de extinción.
Texto extractado y adaptado de “Fauna argentina”, N° 22.
Actividades:
¿Cuál es el tema del texto? ¿Qué paratexto te ayuda a predecirlo?
Señalar los paratextos en el texto.
Indicar los párrafos y enumerarlos.
¿Qué definición aparece en el texto?
Dada la siguiente serie de palabras, seleccionen aquellas que sean hiperónimos de “iguana overa” y ordénenlas de
mayor a menor grado de inclusión: animal – ejemplares – poiquilotermo – lagarto – insecto – reptil
Reemplacen las palabras subrayadas en el texto por sinónimos apropiados al contexto.
Si tuvieran que sustituir la palabra “pertenece” sin hacer modificaciones dentro de la oración en la que aparece, ¿cuál
de las siguientes opciones elegirían? está incluido / corresponde / forma parte
Indiquen cuál es el antónimo correspondiente a: mayor, cerca, jóvenes, comienzan, todos, interna, diurna.
Unan los elementos de ambas columnas para formar oraciones:
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Actividad 6:
TAREA:
2. Traer infraction sobre el tema elegido. Puede ser de un libro o de internet.
3. Traer una imagen referida al tema elegido.
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TEXTOS NARRATIVOS: NARRACIONES PERIODÍSTICAS
CRÓNICAS Y NOTICIAS
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Noticia
La noticia es un texto que relata un hecho verdadero, inédito, actual y de interés masivo.
Nosotros mismos podemos ser noticia siempre que nuestros actos, para bien o para mal,
atraigan al público por su implicancia; por ejemplo: si jugamos a la lotería, realizamos un hecho
común; pero si la ganamos, convierte al hecho en noticia y ahí sí podemos ser protagonistas de
una noticia.
Características de la noticia:
Género periodístico: pertenecen a este género porque aparecen publicadas en medios
masivos de comunicación: diarios, revistas, portales de internet, noticieros televisivos o
de radio.
Esquema de las 6W: para que una noticia sea completa, debe dar respuesta a las
preguntas básicas que provienen del periodismo inglés y es el llamado esquema de las
6W:
— What? - ¿Qué pasó?: el hecho que se narra.
— Who? - ¿Quién?: los que participaron en el hecho que se narra.
— Where? - ¿Dónde?: el lugar donde sucedió el hecho que se narra.
— When? - ¿Cuándo?: el tiempo en el que sucedió el hecho que se narra.
— Why? - ¿Por qué?: la causa o el motivo por el que sucedió el hecho que se narra.
— How? -¿Cómo?: el modo en el que sucedió el hecho que se narra.
— A veces también se agrega la pregunta ¿para qué? Que tiene que ver con la finalidad del
hecho que se narra.
Pirámide invertida: la información en la noticia se organiza bajo la técnica de la pirámide
invertida que consiste en que el núcleo de la información, es decir, lo más importante, se
escribe en el primer párrafo y los detalles que la complementan se agregan a
continuación, en los párrafos que siguen. Así, el tema progresa de mayor a menor
importancia.
Paratexto: es toda la información que rodea al cuerpo de la noticia y agrega datos sobre
lo que se narra. Los principales elementos paratextuales son:
— La volanta: anticipa el hecho.
— El título: amplía la información sobre el hecho. Apunta al tema central. El tamaño de las
letras varía según la importancia o el efecto que quiera darse al hecho. Siempre tiende a
llamar la atención del lector para que lea todo el texto.
— El copete: es un resumen o avance de la noticia.
— La imagen: es una ilustración que puede ser testimonial o no.
— El epígrafe: es la explicación o aclaración de la imagen.
— La infografía: es el conjunto de cuadros o esquemas acompañados con testos breves que
facilitan la interpretación de datos o hechos que se narran.
— La fuente: son los datos de publicación de la noticia.
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Crónica
La crónica tiene casi las mismas características que la noticia pero como diferencia
primordial tiene su extensión dado que es más larga que la noticia porque narra de
manera mucho más detallada el hecho en cuestión.
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Actividad:
Completar el siguiente esquema donde se resume lo aprendido sobre la noticia y la crónica.
Género
Extensión
Da detalles de lo narrado
Tiene paratexto
o Robó un banco para ir a la cárcel y no vivir con su esposa, pero le dieron arresto
domiciliario.
o Mató a una mujer y la enterró viva.
o Conductor borracho casi provoca una tragedia. Batman el único testigo.
o Accidente fatal en Flores, mueren dos personas y un boliviano.
o Fallecen tres al ser asesinados.
o Realizaron un pacto suicida por amor: ella se envenenó, él se arrepintió y vive.
o Con las manos en la masa: frustraron asalto a panadería, detenido armado.
o Catamarca: “Enano fantasmagórico”, confirman su existencia.
o Choque e incendio: 4 heridos graves y perrito carbonizado.
o Se apuñaló a si mismo para no ir a trabajar.
o Brasil: obrero apareció en su propio velatorio.
o Insólito: fingió su propia muerte para comprobar quiénes asistían a su funeral
o Una anciana desconectó el respirador de un paciente porque le molestaba el ruido.
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Del disparate a la noticia…
Si un perro muerde a un hombre no es noticia. Ahora bien, si es un hombre el que muerde a un
perro, la cosa cambia.
Esta disparatada máxima suele plantearse en las facultades de periodismo como ejemplo de algo
noticioso.
Este disparate se ha hecho realidad, porque un granjero chino mordió hasta la muerte a un perro
que estaba atacando a su querido cachorro. Lean la siguiente noticia.
Actividades:
a- Responder las seis preguntas básicas de la información.
b- Agregar una volanta y un copete.
c- ¿Por qué esta noticia es tristemente disparatada?
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BBC Mundo 13.02.2019
CIENCIAS
La Isla de Basura en el Pacífico ya es más grande que
Francia y preocupa a la humanidad
Un estudio pone en evidencia cómo crece la gran isla de residuos plásticos
que flota entre Hawái y California.
La gigantesca isla de basura en el Océano Pacífico está creciendo a gran velocidad, según una
nueva investigación publicada en la revista Nature.
De acuerdo al estudio, esta área de residuos que se expande por un 1,6 millones de Km2 —es decir, casi
tres veces el tamaño de Francia— contiene cerca de 80.000 toneladas de plástico.
Esta cifra es 16 veces más alta de lo reportado anteriormente.
Un lugar específico dentro de esta área tiene, además, la mayor concentración de plástico jamás
registrada.
"La concentración de plástico está aumentando. Creo que la situación está empeorando", señaló Laurent
Lebreton, autor principal del estudio de The Ocean Cleanup Foundation en Deltf, Holanda.
Cantidad "impactante"
Los investigadores utilizaron botes y aviones para mapear esta zona
en el norte del Océano Pacífico, donde las corrientes rotativas y los
vientos hacen que converjan los desechos marinos, incluyendo el
plástico, las algas y el plancton.
El trabajo, que se realizó a lo largo de tres años, mostró que la
contaminación por plástico está "aumentando exponencialmente y
a un ritmo más veloz que el agua circundante", dijo el equipo
internacional de investigadores.
Los microplásticos representan el 8% del total de la masa de plástico flotante.
De los 1,8 billones de trocitos de plástico, algunos son más grandes que los microplásticos, incluidos
pedazos de redes de pescar, juguetes e incluso un asiento de inodoro.
Erik van Sebille, de la Universidad de Utrecht, en Holanda, quien no participó en el estudio, dijo que la
cantidad de basura hallada es "impactante".
"Si bien las estimaciones tienen un rango incierto, hablan de una cantidad de plástico abrumadora. Y
también descubrieron que la isla se está moviendo más de que
lo que se esperaba".
Cambios en el uso
El uso de nuevos medios de medición aéreos y marítimos
explican, en parte, por qué los nuevos estimados son más altos
que en el pasado.
Sin embargo, las diferencias pueden deberse también al
incremento de los niveles de contaminación plástica en el
tiempo, desde que se hicieron los estudios anteriores.
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La cantidad de plástico que llegó al mar después del terremoto y tsunami de Japón en 2011 puede ser la
causa de al menos el 20% de plástico acumulado en años recientes, señala estudio.
Cada año, millones de toneladas de plástico ingresan en el océano. Algunos pedazos acaban en los grandes
sistemas de circulación de las corrientes oceánicas, que se conocen como giros.
Una vez que quedan atrapados en los giros, los plásticos se desmenuzan y quedan convertidos en
microplásticos, y así es como pueden llegar a ser ingeridos por criaturas marinas.
El mensaje del estudio es claro, dice Laurent Lebreton. "Todo se remite a cómo usamos el plástico",
explica. "No podemos deshacernos de los plásticos. En mi opinión son muy útiles, en medicina, transporte
y construcción. Pero creo que debemos cambiar la forma en como los usamos, sobre todo los que se usan
una sola vez y los objetos que tienen una vida útil muy corta".
Actividades:
1- Señalen todos los paratextos presentes. También determinen cuáles faltan.
2- Respondan las seis preguntas básicas de la información.
3- Escriban otros paratextos para esta noticia: volanta, título y copete.
4- ¿Qué problema o problemas se plantean en el texto?
5- Determinen de manera escrita cuáles son las causas de la problemática que aquí se
plantea.
6- Escriban cuáles son las medidas que deberían tomarse para contrarrestar las
consecuencias de las causas de la consigna anterior.
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Actividad:
A partir del tema del texto anterior, seguimos pensando en estas problemáticas y
escribimos un texto expositivo.
Usando la información del esquema que sigue, deberán escribir un texto expositivo.
Para eso:
organicen la información
agreguen lo que consideren necesario (extrayendo de diversas fuentes que
tengan disponibles: libros o internet)
escríban un título y subtítulo al texto.
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La voz del interior, 13 de agosto de 2021
HACE 76 AÑOS
Hace 76 años, cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial, Alemania ya se había rendido y Japón estaba
casi vencido. Estados Unidos decidió demostrar su poder lanzando por primera vez una bomba atómica
sobre una ciudad.
El gobierno de EE.UU. justificó “pobremente” la medida: dijeron que como Japón no se iba a rendir, la
invasión a ese país hubiera provocado más muertes entre japoneses y norteamericanos que la misma
bomba. Hoy pocos creen en esa excusa y cada vez es mayor el repudio al ataque.
DATOS DE LA BOMBA
Recuerdos del horror La bomba atómica arrojada sobre
Los sobrevivientes relatan la terrible imagen Hiroshima equivale a 200.000 bombas
del hongo de fuego, de la gente corriendo con convencionales.
la piel quemada, los cuerpos convertidos en Little Boy fue el nombre que los
sombras, evaporados por la acción de los 7000 norteamericanos le dieron a la bomba
grados centígrados que mataron en un y su costo fue de 2000 millones de
segundo a 120.000 personas. (En esa época dólares.
Hiroshima tenía 280.000 habitantes.) En los Medía 4.25 metros de largo y 1.5 de
seis meses siguientes murieron 20.000 más. La diámetro. Pesaba casi 4.000 kilos.
acción de la radioactividad mató hasta 1978 a A 500 metros alrededor de donde cayó
106.186 seres humanos más por anemia, la bomba todos murieron. La presión del viento atómico fue
cáncer en la piel y otras afecciones físicas y devastadora: 1.200 km/h.
psíquicas. Y las radiaciones siguieron matando: Inmediatamente después de la explosión ardieron 1327 hectáreas
entre 1990 y 1994 más de 5.000 personas de Hiroshima. 56.000 casas fueron destruidas por el fuego y 6.820
por el viento atómico.
fallecieron por efectos de la bomba atómica.
Con la bomba atómica cayeron rayos gamma, beta, alfa y
neutrones que al entrar en un objeto lo convierten en radioactivo.
Aprender de los errores
La bomba, que fue lanzada desde 500 metros del nivel del mar, dejó algunas enseñanzas a la humanidad.
Si se fabrican armas tan poderosas, es posible que se usen.
En situaciones de conflicto, políticos y militares toman decisiones sin medir las consecuencias. (Los
científicos habían advertido los riesgos de lanzar la bomba).
Las personas se equivocan, por lo tanto, las armas tan poderosas no deberían estar en manos de ellas.
Actividades:
1. ¿Qué conmemora y recuerda en la noticia?
2. ¿Cuáles son los hechos reales e históricos que se narran?
3. ¿Cuáles fueron las consecuencias de esos hechos?
4. Responder las seis preguntas básicas.
5. Señalar/nombrar los paratextos.
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La historia de Rufina Cambaceres retrata uno de los miedos más frecuentes del ser humano
¿Has pensado alguna vez en la posibilidad de que te entierren aún estando vivo? ¿Te imaginas despertar y darte cuenta
de que estás en un ataúd, con varios kilos de tierra encima? Este miedo ha acompañado al ser humano desde
prácticamente la existencia de las civilizaciones, aunque las historias al respecto se vieron incrementadas hace
aproximadamente 100 o 200 años cuando los médicos descubrieron que estaban diagnosticando como fallecidas a
muchas personas que aún estaban vivas.
Actividades:
1. El texto que está en esta página ¿es una noticia o no? ¿Por qué?
2. En tu carpeta, escribí una noticia donde se narre algo similar a los que sufrió
Rufina Cambaceres. Para ello:
a) Escribí la volanta, el título y el copete.
b) Escribí un texto de no menos de dos párrafos contando el hecho en sí.
39
Actividades:
1. Relaciona con flechas cada una de las seis preguntas básicas con la respuesta
correspondiente.
¿Qué? Ushuaia
¿Quiénes? Descubrieron el casco de acero del
buque de pasajeros “Monte
Cervantes” hundido en el canal de
Beagle, a 138 metros de la
superficie.
¿Dónde? Ayer ( fecha de edición del diario 18/10/2019)
¿Cuándo? Un equipo de documentalistas alemanes
¿Cómo? Para conocer su posición actual, filmarán imágenes del barco.
¿Para Con la ayuda de un experimentado buzo fueguino y un robot que
qué? puede sumergirse hasta los 300 metros de profundidad.
40
Un robo que hizo historia
El comerciante argentino Eduardo Valfierno y su cómplice Yves Chaudron idearon el robo de La
Gioconda utilizando a Vincenzo Perugia, un ignorante carpintero italiano que robó del Louvre
la genial obra de Leonardo Da Vinci, con la intención de retornarla a Italia.
( ) Recién en 1913, Perugia fue detenido al intentar vender la auténtica Mona Lisa al director
del museo italiano Galleria degli Uffizi. El romántico carpintero sostuvo que su única intención al
sustraerla había sido rescatarla de manos de los franceses y regresar la obra al país que
pertenecía: Italia.
( ) A las once de la mañana, Béroud preguntó nuevamente al guardia y este, preocupado, fue a
investigar el motivo de la inusual demora en regresar La Gioconda a su sitio. Minutos después,
regresó desencajado porque tampoco estaba en los talleres de reparación. Recién entonces, más
de veinticuatro horas después de consumado el robo, se dio aviso a las autoridades.
( ) Mientras la noticia del robo se divulgaba por todas partes, el crédulo Vincenzo aguardaba
inútilmente en su modesta habitación de hotel, ubicada a pocas cuadras del Louvre, la visita del
ambicioso Valfierno. Este ya no necesitaba la auténtica Gioconda para consumar la estafa. Con
máxima discreción, se contactó con seis coleccionistas millonarios (cinco norteamericanos y un
brasileño) y les vendió copias pintadas por Chaudron a trescientos mil dólares cada una.
( ) Para las primeras horas de la tarde del 22 de agosto, sesenta inspectores y más de cien
gendarmes controlaban todos los accesos de Louvre, revisaban cada sector e interrogaban a los
visitantes. La única evidencia que encontraron fue el marco del cuadro, abandonado en la
escalera.
El museo permaneció cerrado durante una semana, tiempo en el que fueron interrogados los
empleados estables y también los temporarios, entre ellos, Perugia.
41
Actividades:
Mientras que en la noticia periodística la información se presenta por orden de
importancia, en la crónica los acontecimientos aparecen en orden cronológico, es decir,
ordenados en el tiempo.
1- Escribir esta crónica. Para hacerlo, primero marquen todas las referencias de tiempo y
luego numeren cada fragmento destacado.
3. ¿Saben quién fue Pablo Picasso? Ya sean sus respuestas negativas o positivas, averigüen
y escriban datos biográficos del artista.
4. Leer el siguiente texto y responder ¿por qué lo acusaron del robo? ¿Cómo terminó esa
acusación?
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TEXTOS NARRATIVOS: NARRACIONES FICCIONALES:
CUENTOS
43
¿Qué es un cuento?
La palabra cuento proviene del término latino compŭtus, que significa “cuenta”. El
concepto hace referencia a una narración breve de hechos imaginarios.
Un cuento presenta un grupo reducido de personajes y un argumento no demasiado
complejo,
ya que entre sus características aparece la economía de recursos narrativos.
Definición
Es un género discursivo literario en el que se narra brevemente una serie de hechos
ficcionales creados por la imaginación de un autor.
El autor es la persona física que inventa todo: la secuencia narrativa (hechos o acciones),
los personajes (quienes llevan adelante los hechos), el marco (tiempo y espacio en el
que se desarrollan los hechos), el narrador (personaje que cuenta la historia).
Características
-Carácter ficcional: el cuento es el resultado de la imaginación creadora de alguien.
-Brevedad: en relación con la novela, el cuento es un relato breve. Oir o leer un cuento
no debería llevarnos más de un momento.
-Intesidad: la acción está concentrada en un solo conflicto. La brevedad obliga a que los
hechos se dirijan hacia el efecto final, que suele sorpresivo.
Todo cuento comienza con la mención de una determinada situación, que es la inicial
pero, siempre, hay un hecho desestabilizador (un viaje, una muerte, un encuentro
inesperado, etc.) que altera el equilibrio de la situacion inicial. Esa alteración constituye
la complicación que da lugar al relato en sí. La complicación se resuelve de alguna
manera dando lugar a la resolución y, al final, se llega a otra situación estable que es la
situación final.
Trama textual
En todos los cuentos, la trama textual predominante es la narrativa porque se cuentan
hechos, aunque también hay trama descriptiva cuando se mencionan las características
de lugares o de personajes y, además, puede haber trama conversacional cuando se
incluyen diálogos entre los personajes.
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Secuencia narrativa
La secuencia narrativa consiste en mencionar en forma de ítem los núcleos narrativos
de una historia.
Los núcleos narrativos son las acciones principales que hacen avanzar el relato. Estos
núcleos narrativos constituyen la columna vertebral de la historia. No pueden
modificarse ni suprimirse porque, si se hace, se cambiaría la historia. Identificar esos
núcleos narrativos es importante para poder comprender y producir mejor las
narraciones.
También, hay acciones menos importantes que se llaman acciones secundarias y son
importantes porque hacen más interesante el relato ya que agregan detalles (pueden ser
descripciones o diálogos). Además, provocan suspenso o crean una situación
interesante que capta la atención del lector en el paso de un núcleo narrativo a otro.
Estas acciones secundarias, sí pueden modificarse o suprimirse porque, al ser detalle
dentro de la historia, no son extremadamente fundamentales.
Tipos de narrador
En las narraciones ficcionales, el autor, inventa todo, incluso el personaje que cuenta
todos los hechos o acciones y llamamos narrador.
Omnisciente
✓ Cuenta todo sobre la historia porque sabe absolutamente todo, incluso lo que sienten
y piensan los personajes.
✓ No participa de los hechos.
✓ Usa la 3era persona gramatical (él, ella, ellos, ellas).
Protagonista
✓ Cuenta lo que le sucede a él como personaje protagonista de la historia.
✓ Sí participa de los hechos.
✓ Usa la 1era persona gramatical (yo, nosotros, nosotras).
Testigo
✓ Cuenta aquello ve que hacen los otros personajes ya que él es un personaje más
dentro de la historia.
✓ Sí participa de los hechos.
✓ Usa la 3era persona gramatical (él, ella, ellos, ellas).
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El cuento realista
Por tanto, el cuento realista es una representación seria y a veces trágica de la realidad.
Generalmente el autor parte de la observación directa de su contorno y lo refleja en sus
obras con verosimilitud.
Los sucesos responden a un orden natural: lo que se cuenta, los personajes y el contexto
se rigen por las características culturales de la época en donde suceden y dentro de
posibilidades lógicamente aceptables. En las narraciones realistas los personajes son
tipos sociales reconocibles (campesino, marinero, militar, etc.). La trama se desarrolla sin
confusiones temporales que generen incertidumbre en el lector respecto de los sucesos.
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LEEMOS CUENTOS REALISTAS…
PÁJAROS PROHIBIDOS
Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro
preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.
Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe
un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los
censores se lo rompen en la entrada a la cárcel.
El domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y
el domingo pasa. Didashkó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que
aparecen en la copa de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:
¿Son naranjas? ¿qué frutas son?
La niña lo hace callar:
Ssssshhhh.
Y en secreto le explica:
Bobo, ¿no ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.
Eduardo Galeano
EL CAUTIVO
En Junín o en Tapalqué refieren la historia. Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado
los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un
indio de ojos celestes que bien podría ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero
inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo.
El hombre, trabajado por el desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó
conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin
entenderla. De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin
vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando
chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un dia fue a buscar su desierto. Yo
querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el
hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y
la casa.
Jorge Luis Borges.
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A la deriva
Horacio Quiroga (1878 - 1937)
Antes de leer
1 - ¿Qué significa “estar a la deriva”?
2 - ¿Les dan miedo las víboras? ¿Por qué?
Lectura
3 - Lean el cuento.
4 – Busquen las palabras desconocidas en el diccionario.
A LA DERIVA
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó
adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí
misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban
dificultosamente, y sacó el machete
de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su
espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante
contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir
todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada
hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el
hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado
desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una
metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo
juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos
puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel
parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se
quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había
sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos
vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una
monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la
ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la
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par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto
con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose
en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en
las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-
Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero
allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de
sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte. La pierna entera,
hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El
hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre
desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El
hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir
ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo
fácilmente atracar. Se arrastró por la
picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del
suelo. En el silencio de la selva no
se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente,
cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien
metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques
de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la
eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte.
Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un
violento escalofrío. Y de pronto, con
asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la
sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía
fuerzas para mover la mano, contaba
con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en
Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni
en la pierna ni en el vientre.
¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón
mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había
coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer
sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre.
Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí
misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez
mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón
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Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho
meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración…
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto
Esperanza un viernes santo…
¿Viernes? Sí, o jueves…
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves…
Y cesó de respirar.
Después de leer
5 - ¿Dónde suceden los hechos?
6 - Completen el cuadro con las descripciones que señalan el progreso de la enfermedad.
Llega al rancho
Sube a la canoa
En lo de Alves
Por el Paraná
Frente a la costa paraguaya
Fin del viaje
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El cuento fantástico
Los relatos no necesariamente buscan ser reflejo o imitación de la realidad, a
veces la cuestionan o la enfrentan. Así, la literatura fantástica es la otra cara del
realismo: los personajes, los hechos, los lugares y el tiempo son alterados. Para
comprenderla no nos basta la lógica.
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Axolotl
Julio Cortázar (1914 – 1984)
Lectura
1 – Lean el cuento.
También es posible disfrutar del cuento, escuchándolo:
https://www.youtube.com/watch?v=wR64OJXLxHo
2 – Busquen las palabras desconocidas en el diccionario.
Axolotl
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del
Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus
oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo
real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y
L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los
leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los
acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban
feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta
dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de
otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son
formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género
amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros
rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares
en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su
vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la
mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más)
como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes.
Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los
acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que
bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde
un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente
perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme
aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los
axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y
mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría
apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban.
Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras
silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una
situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito
rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante
a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una
delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría
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una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron
las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas
minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como
cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero
mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y
perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los
inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con
lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída
por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil
se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la
piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le
crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias
supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se
enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía
los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta
movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos
con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo
se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl.
Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo
con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el
tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan
con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor
mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado
de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de
sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la
presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a
veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa
entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil
golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción.
Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde
una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el
día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono
revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La
absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi
reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas…
Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la
cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y
sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una
metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé
conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una
reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin
embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos».
Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos
seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se
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enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban
mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero
en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran
como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos,
había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva
quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin
embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la
proximidad de otros visitantes y del guardián,
no me hubiese atrevido a quedarme solo con
ellos. «Usted se los come con los ojos», me
decía riendo el guardián, que debía
suponerme un poco desequilibrado. No se
daba cuenta de que eran ellos los que me
devoraban lentamente por los ojos en un
canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía
más que pensar en ellos, era como si me
influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la
oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro.
Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los
ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al
inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi
cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua.
Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo
había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a
vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de
dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían.
Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una
conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que
ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de
penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de
un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio,
en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del
vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue
en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino.
Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el
esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente
que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era
un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y
estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme
prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre,
enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas
insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando
moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que
también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en
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él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al
resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi,
me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por
nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude
pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se
sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están
cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida
de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en
cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy
definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl
piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo
esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta
soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre
nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
Después de leer
1. En este relato, ¿qué les llamó la atención?
2. ¿Por qué este cuento se considera fantástico?
3. Caracterizar al narrador.
4. ¿En qué lugar se desarrolla el cuento?
5. ¿Cuáles son los personajes?
6. Transcribe la descripción que hace el narrador del animal.
7. ¿De qué lugar es originario el axolotl?
8. Según el diccionario: ¿Qué son los axolotls?
9. ¿Qué lo atrae al protagonista de este animal?
10. ¿Por qué se siente identificado con él?
11. ¿Qué papel está jugando el vidrio del acuario?
12. ¿Cómo busca el protagonista su identidad?
13. Elige la opción correcta: en el desenlace…
a) El conflicto se resuelve
b) El conflicto no se resuelve sino que se origina otro.
c) El final deja al lector en la duda o la incertidumbre.
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El cuento policial
El policial y su clasificación
De acuerdo con el tipo de detective que protagoniza la historia y con el modo en que se
presenta el delito que hay que investigar.
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Las reglas del policial
o Un crimen, del que se desconoce quién, cómo y por qué lo cometió, y que
se presenta como un enigma aparentemente irresoluble y complicado.
o Un detective de inteligencia destacada, que investiga y resuelve el caso a
pedido de la policía. Con este personaje colabora un fiel compañero, que
escucha sus razonamientos y deducciones.
o Un ayudante que colabora con la investigación del detective.
o Una serie de pistas o indicios, aparentemente inconexos, que le sirven al
detective para descubrir al delincuente.
o Uno o varios sospechosos para investigar sus coartadas y excusas.
o Un móvil o motivo para la realización del crimen.
o Los métodos del detective para resolver el caso se basan en la
observación, el análisis y la deducción.
o La resolución del misterio, la identificación del culpable y la explicación,
por parte del investigador, de cómo llegó a la verdad.
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“Cuento policial”
Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los
días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La
mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos
clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica
y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la
platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se
introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a
gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber
podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría
al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la
increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en
el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su
amante y que esa noche la visitaría.
Marco Denevi
Actividades:
1- Lean el cuento de Marco Denevi “Cuento policial” y respondan:
a- ¿Por qué el vendedor decide entrar a robar a la casa de la mujer?
b- ¿Ellos se conocían antes de que él entrara a la casa?
c- ¿Qué ocurre cuando el joven está dentro de la casa?
d- ¿Qué pista le permite a la policía descubrir al asesino?
e - ¿Por qué creen que la mujer escribió eso en su diario? Subrayen la opción que crean correcta:
o Porque ellos ya se conocían y habían arreglado el encuentro
o Porque la mujer había observado al vendedor y había imaginado el encuentro.
Sherlock Holmes y el Dr. Watson se fueron en un viaje de camping. Después de una buena comida y una
botella de vino se despidieron y se fueron a dormir. Horas más tarde, Holmes se despertó y codeó a su
amigo:
- Watson, mira el cielo y dime que ves...
Watson contestó:
- Veo millones y millones de estrellas...
- ¿Y eso qué te dice?
Watson pensó por un minuto...
- Astronómicamente, me dice que hay millones de
galaxias y potencialmente billones de planetas,
astrológicamente, veo que Saturno está en Leo.
Cronológicamente, deduzco que son aproximadamente
las tres y diez. Teológicamente, puedo ver que Dios es todopoderoso y que somos pequeños e
insignificantes. Meteorológicamente, intuyo que tendremos un hermoso día mañana... ¿y a usted qué le
dice?
Tras un corto silencio, Holmes habló:
- Watson, eres un idiota... ¡NOS HAN ROBADO LA CARPA!
Actividades
1. ¿En qué reside el humor?
2. ¿Cuál sería la enseñanza moral de este fragmento de texto?
3. Escribir un título para este texto.
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EL SOFÁ
El gerente del Astoria Hotel encargó al ebanista Sergio un sofá especial: tenía que caber
exactamente en el hueco de cierta pared.
Fue al hotel para tomar las medidas y se enteró de que el sofá decoraría la habitación
reservada para una pareja ejemplar.
—Seré curioso: ¿quiénes son?
—Dos artistas de los nuestros, que han triunfado en Norteamérica — le informó el gerente—
. Vienen el viernes 27 para el festival de cine. Bobby Weston y Linda Croce.
Sergio se puso pálido. Cinco años atrás Linda, su antigua mujer, se había escapado con
Bobby, un amigo de los tiempos del colegio. Cuando quiso alcanzarlos se interpuso el taller: tuvo que quedarse en Buenos
Aires, atendiendo su oficio manual, mientras ellos, los románticos, huían a Hollywood. Ahora volvían famosos, en una visita
fugaz. ¡Y él, burlado y fracasado, debía adornarles la habitación!
Aceptó su fiero destino.
Le dieron la llave y lo dejaron solo. Subió a la lujosa habitación y tomó las medidas. Cosa de minutos, pero se demoró
meditando. Premeditando, más bien. Imprimió sobre un trozo de masilla el perfil de la llave, se familiarizó con las entradas
y salidas del hotel y se retiró con un plan perfecto para asesinar a los traidores.
Al construir el sofá dejó, debajo del asiento, una cavidad donde él pudiera acomodarse. A fin de que los cargadores, en
el momento de transportar el mueble con él adentro, no reparasen en el exceso de peso, seleccionó maderas y metales
livianos para el armazón y gomapluma para los rellenos. A un costado disimuló una rendija. Se tocaba un resorte, se abría
un escotillón y él se deslizaba fuera del sofá. Lo demás sería fácil. Esperaría a que estuvieran dormidos, dirigiría una
puñalada en cada corazón y, con la llave que se había mandado hacer, tranquilamente se marcharía.
El jueves 26 llamó al aprendiz y le dijo:
—Esta tarde vendrán los empleados a llevarse el sofá. Yo no estaré, así que usted se va en el camión con ellos y coloca
el sofá donde ya sabe. Ahora váyase a comer.
A la tarde se llevaron el sofá, con Sergio adentro, y lo encajaron en el hueco de la pared.
Por la noche, a través de la mirilla, Sergio vio entrar a Linda y a Bobby, radiantes de felicidad. Aguardó hasta que
cayeron dormidos. ¡Ahora, por fin, la venganza! Tocó el resorte pero ¡maldición! No funcionó. ¡Cómo podía ser, si
innumerables veces lo había probado, siempre con éxito!
Inútil, inútil. Se sintió atrapado en el sofá como un cataléptico que despierta en un ataúd. Oscuridad, silencio,
quietud… Al rato movió un brazo. El espacio le pareció más holgado. Después advirtió que podía recoger las rodillas,
cambiar de posición. Cada vez se veía más. El acero del puñal clareaba a lo lejos como un horizonte en el alba. Ahora
descubrió la arquitectura interior del sillón. Se arrastró boca abajo. El espacio seguía expandiéndose. Viajó por grutas,
puentes, castillos. Conoció la ciudad de los elásticos y por una arandela de aluminio desembocó en un campo de
entretelas. De pronto se encendió la luz. Por una rendija vio que Linda, descalza, iba al baño. Sergio se dejó caer por la
rendija y con toda la velocidad que sus patitas le permitían corrió sobre la alfombra. Linda lanzó un grito de asco: — ¡Una
cucaracha!
Bobby se estiró desde la cama y de un zapatazo lo aplastó.
Enrique Anderson Imbert
Actividades:
1. Buscar el significado de ebanista y catalepsia.
2. ¿Por qué este texto es una narración ficcional?
3. ¿Por qué este es un cuento fantástico?
4. Explica el título del cuento.
5. ¿Qué tipo de narrador tiene este texto? ¿Cuáles son sus características?
6. ¿cuál es el personaje que se transforma?
7. ¿En qué se transforma?
8. ¿Cuál es el significado de esa transformación?
9. ¿quiénes son los personajes principales del relato? Describilos.
10. ¿Cuál es la traición que vive Sergio?
11. ¿Quiénes y cómo lo traicionan?
12. ¿Pudo Sergio llevar a cabo su venganza? ¿Por qué?
13. ¿Quién es el autor del texto?
14. Cámbiale el título al texto
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La soga
A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por
la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz
del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos
juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga
vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los
baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier
cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en
sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito
había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con
ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un
arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas,
después una horca para los reos,
después un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la
soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a
morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se
acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara;
era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le
acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta
maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y
retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no
juegues con la soga.” La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el
suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más
flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión.
E l gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban
sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los
discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus
movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia
delante, para retorcerse mejor. Si alguien le pedía: —Toñito, préstame la soga. El
muchacho invariablemente contestaba: —No. A la soga ya le había salido una lengüita,
en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía
de dragón. Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena. ¿Una
soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las
tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto
y le dio agua. La bautizó con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada
movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía. Toñito tomó la
costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita
sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas. Una tarde de diciembre, el sol,
como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba
comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la
soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de
Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa. Así murió Toñito. Yo
lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La soga, con el flequillo despeinado, enroscada junto
a él, lo velaba.
60
Actividades:
1. ¿Quién es la autora del texto? ¿Qué nacionalidad tiene?
2. ¿Qué tipo de cuento es este? ¿Por qué?
3. Escribir la secuencia narrativa.
4. ¿Qué tipo de narrador tiene este texto? ¿Por qué?
5. ¿Quién es el personaje principal? ¿Cuáles son sus características?
6. ¿Qué juegos le gustaban al protagonista antes de tener la soga?
7. ¿Cómo consigue la soga el protagonista?
8. ¿Para que servía la soga antes de ser de Antoñito?
9. ¿Cómo era la soga según el narrador? ¿Por qué?
10. ¿Cómo era y que características tenía la soga cuando fue propiedad de Antoñito?
11. A. ¿Qué efectos causó este cuento en vos? Copiá la opción que prefieras: susto, risa,
emoción, desconcierto, conmoción.
B. Justifica la consigna anterior.
12. ¿Cuál fue tu juguete favorito en la infancia?
13. ¿Qué travesura peligrosa realizaste de niño con algún juguete?
14. ¿Qué otra cosa peligrosa pudo haber hecho Antoñito con la soga además de querer
ahorcar a alguien?
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LA DECISIÓN DE RANDOLPH CARTER
Les repito que no sé qué ha sido de Harley Warren, aunque pienso -y casi espero- que ya
disfruta de la paz del olvido, si es que semejante bendición existe en alguna parte. Es
cierto que durante cinco años fui su más íntimo amigo, y que he compartido
parcialmente sus terribles investigaciones sobre lo desconocido. No negaré, aunque mis
recuerdos son inciertos y confusos, que este testigo de ustedes pueda habernos visto
juntos como dice, a las once y media de aquella terrible noche, por la carretera de
Gainsville, camino del pantano del Gran Ciprés. Incluso puedo afirmar que llevábamos
linternas y palas, y un curioso rollo de cable unido a ciertos instrumentos, pues todas
estas cosas han desempeñado un papel en esa
única y espantosa escena que permanece grabada en mi trastornada memoria. Pero
debo insistir en que, de lo que sucedió después, y de la razón por la cual me encontraron
solo y aturdido a la orilla del pantano a la mañana siguiente, no sé más que lo que he
repetido una y otra vez. Ustedes me dicen que no hay nada en el pantano ni en sus
alrededores que hubiera podido servir de escenario de aquel terrible episodio. Y yo
respondo que no sé más de lo que vi. Ya fuera visión o pesadilla -deseo fervientemente
que así haya sido-, es todo cuanto puedo recordar de aquellas horribles horas que viví,
después de haber dejado atrás el mundo de los hombres. Pero por qué no regresó
Harley Warren es cosa que sólo él, o su sombra -o alguna innombrable criatura que no
me es posible describir-, podrían contar.
Como he dicho antes, yo estaba bien enterado de los sobrenaturales estudios de Harley
Warren, y hasta cierto punto
participé en ellos. De su inmensa colección de libros extraños sobre temas prohibidos,
he leído todos aquellos que están escritos en las lenguas que yo domino; pero son pocos
en comparación con los que están en lenguas que desconozco. Me parece que la
mayoría están en árabe; y el infernal libro que provocó el desenlace -volumen que él se
llevó consigo fuera de este mundo-, estaba escrito en caracteres que jamás he visto en
ninguna otra parte. Warren no me dijo jamás de qué se trataba exactamente. En cuanto
a la naturaleza de nuestros estudios, ¿debo decir nuevamente que ya no recuerdo nada
con certeza? Y me parece misericordioso que así sea, porque se trataba de estudios
terribles, a los que yo me dedicaba más por morbosa fascinación que por una inclinación
real. Warren me dominó siempre, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí la
noche anterior a que sucediera aquello, al contemplar la expresión de su rostro mientras
me explicaba con todo detalle por qué, según su teoría, ciertos cadáveres no se
corrompen jamás, sino que se conservan carnosos y frescos en sus tumbas durante mil
años. Pero ahora ya no le tengo miedo a Warren, pues sospecho que ha conocido
horrores que superan mi entendimiento. Ahora temo por él.
Confieso una vez más que no tengo una idea clara de cuál era nuestro propósito aquella
noche. Desde luego, se trataba de algo relacionado con el libro que Warren llevaba
consigo -con ese libro antiguo, de caracteres indescifrables, que se había traído de la
India un mes antes-; pero juro que no sé qué es lo que esperábamos encontrar. El
testigo de ustedes dice que nos vio a las once y media en la carretera de Gainsville, de
camino al pantano del Gran Ciprés. Probablemente es cierto, pero yo no lo recuerdo con
precisión. Solamente se ha quedado grabada en mi alma una escena, y puede que
ocurriese mucho después de la medianoche, pues recuerdo una opaca luna creciente ya
muy alta en el cielo vaporoso. Ocurrió en un cementerio antiguo; tan antiguo que me
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estremecí ante los innumerables vestigios de edades olvidadas. Se hallaba en una
hondonada húmeda y profunda, cubierta de espesa maleza, musgo y yerbas extrañas de
tallo rastrero, en donde se sentía un vago hedor que mi ociosa imaginación asoció
absurdamente con rocas corrompidas. Por todas partes se veían signos de abandono y
decrepitud. Me sentía perturbado por la impresión de que Warren y yo éramos los
primeros seres vivos que interrumpíamos un letal silencio de siglos. Por encima de la
orilla del valle, una luna creciente asomó entre fétidos vapores que parecían emanar de
ignoradas catacumbas; y bajo sus rayos trémulos y tenues puede distinguir un repulsivo
panorama de antiguas lápidas, urnas, cenotafios y fachadas de mausoleos, todo
convertido en escombros musgosos y ennegrecido por la humedad, y parcialmente
oculto en la densa exuberancia de una vegetación malsana.
La primera impresión vívida que tuve de mi propia presencia en esta terrible necrópolis
fue el momento en que me detuve con Warren ante un sepulcro semidestruído y
dejamos caer unos bultos que al parecer habíamos llevado. Entonces me di cuenta de
que tenía conmigo una linterna eléctrica y dos palas, mientras que mi compañero
llevaba otra linterna y un teléfono portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que
parecíamos conocer el lugar y nuestra misión allí; y, sin demora, tomamos nuestras palas
y comenzamos a quitar el pasto, las yerbas, matojos y tierra de aquella morgue plana y
arcaica. Después de descubrir enteramente su superficie, que consistía en tres inmensas
losas de granito, retrocedimos unos pasos para examinar la sepulcral escena. Warren
pareció hacer ciertos cálculos mentales. Luego regresó al sepulcro,
y empleando su pala como palanca, trató de levantar la losa inmediata a unas ruinas de
piedra que probablemente fueron un monumento. No lo consiguió, y me hizo una seña
para que lo ayudara. Finalmente, nuestra fuerza combinada aflojó la piedra y la
levantamos hacia un lado.
La losa levantada reveló una negra abertura, de la cual brotó un tufo de gases
miasmáticos tan nauseabundo que
retrocedimos horrorizados. Sin embargo, poco después nos acercamos de nuevo al
pozo, y encontramos que las exhalaciones eran menos insoportables. Nuestras linternas
revelaron el arranque de una escalera de piedra, sobre la cual goteaba una sustancia
inmunda nacida de las entrañas de la tierra, y cuyos húmedos muros estaban
incrustados de salitre. Y ahora me vienen por primera vez a la memoria las palabras que
Warren me dirigió con su melodiosa voz de tenor; una voz singularmente tranquila para
el pavoroso escenario que nos rodeaba:
- Siento tener que pedirte que aguardes en el exterior -dijo-, pero sería un crimen
permitir que baje a este lugar una persona de tan frágiles nervios como tú. No puedes
imaginarte, ni siquiera por lo que has leído y por lo que te he contado, las cosas que voy
a tener que ver y hacer. Es un trabajo diabólico, Carter, y dudo que nadie que no tenga
una voluntad de acero pueda pasar por él y regresar después a la superficie vivo y en su
sano juicio. No quiero ofenderte, y bien sabe el cielo que me gustaría tenerte conmigo;
pero, en cierto sentido, la responsabilidad es mía, y no podría llevar a un man ojo de
nervios como tú a una muerte probable, o a la locura. ¡Ya te digo que no te puedes
imaginar cómo son realmente estas cosas! Pero te doy mi palabra de mantenerte
informado, por teléfono, de cada uno de mis movimientos. ¡Tengo aquí cable suficiente
para llegar al centro de la tierra y volver!
Aún resuenan en mi memoria aquellas serenas palabras, y todavía puedo recordar
mis objeciones. Parecía yo
63
desesperadamente ansioso de acompañar a mi amigo a aquellas profundidades
sepulcrales, pero él se mantuvo inflexible. Incluso amenazó con abandonar la expedición
si yo seguía insistiendo, amenaza que resultó eficaz, pues sólo él poseía la clave del
asunto. Recuerdo aún todo esto, aunque ya no sé qué buscábamos. Después de haber
conseguido mi reacia aceptación de sus propósitos, Warren levantó el carrete de cable y
ajustó los aparatos. A una señal suya, tomé uno de éstos y me senté sobre la lápida
añosa y descolorida que había junto a la abertura recién descubierta. Luego me estrechó
la mano, se cargó el rollo de cable y desapareció en el interior de aquel indescriptible
osario.
Durante un minuto seguí viendo el brillo de su linterna y oyendo el crujido del cable a
medida que lo iba soltando; pero la luz desapareció abruptamente, como si mi
compañero hubiera doblado un recodo de la escalera, y el crujido dejó de oírse también
casi al mismo tiempo. Me quedé solo; pero estaba en comunicación con las
desconocidas profundidades por medio de aquellos hilos mágicos cuya superficie
aislante aparecía verdosa bajo la pálida luna creciente.
Consulté constantemente mi reloj a la luz de la linterna eléctrica, y escuché con febril
ansiedad por el receptor del teléfono, pero no logré oír nada por más de un cuarto de
hora. Luego sonó un chasquido en el aparato, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar
de lo aprehensivo que era, no estaba preparado para escuchar las palabras que me
llegaron de aquella misteriosa bóveda, pronunciadas con la voz más desgarrada y
temblorosa que le oyera a Harley Warren. Él, que con tanta serenidad me había
abandonado poco antes, me hablaba ahora desde abajo con un murmullo trémulo, más
siniestro que el más estridente alarido:
-¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que veo yo!
No pude contestar. Enmudecido, sólo me quedaba esperar. Luego volví a oír sus
frenéticas palabras:
-¡Carter, es terrible..., monstruoso..., increíble!
Esta vez no me falló la voz, y derramé por el transmisor un aluvión de excitadas
preguntas. Aterrado, seguí repitiendo:
-¡Warren! ¿Qué es? ¿Qué es?
De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca por el miedo, teñida ahora de
desesperación:
-¡No te lo puedo decir, Carter! Es algo que no se puede imaginar... No me atrevo a
decírtelo... Ningún hombre podría conocerlo y seguir vivo... ¡Dios mío! ¡Jamás imaginé
algo así!
Otra vez se hizo el silencio, interrumpido por mi torrente de temblorosas preguntas.
Después se oyó la voz de Warren, en un tono de salvaje terror:
-¡Carter, por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate de aquí, si puedes!...
¡Rápido! Déjalo todo y vete... ¡Es tu única oportunidad! ¡Hazlo y no me preguntes más!
Lo oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. Estaba rodeado de tumbas,
de oscuridad y de sombras; y abajo se ocultaba una amenaza superior a los límites de la
imaginación humana. Pero mi amigo se hallaba en mayor peligro que yo, y en medio de
mi terror, sentí un vago rencor de que pudiera considerarme capaz de abandonarlo en
tales circunstancias. Más chasquidos y, después de una pausa, se oyó un grito lastimero
de Warren:
-¡Esfúmate! ¡Por el amor de Dios, pon la losa y esfúmate, Carter!
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Aquella jerga infantil que acababa de emplear mi horrorizado compañero me devolvió
mis facultades. Tomé una determinación y le grité:
-¡Warren, ánimo! ¡Voy para abajo!
Pero, a este ofrecimiento, el tono de mi interlocutor cambió a un grito de total
desesperación:
-¡No! ¡No puedes entenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa es mía. Pon la losa y
corre... ¡Ni tú ni nadie puede hacer nada ya!
El tono de su voz cambió de nuevo; había adquirido un matiz más suave, como de una
desesperanzada resignación. Sin embargo, permanecía en él una tensa ansiedad por mí.
-¡Rápido..., antes de que sea demasiado tarde!
Traté de no hacerle caso; intenté vencer la parálisis que me retenía y cumplir con mi
palabra de correr en su ayuda, pero lo que murmuró a continuación me encontró aún
inerte, encadenado por mi absoluto horror.
-¡Carter..., apúrate! Es inútil..., debes irte..., mejor uno solo que los dos... la losa... Una
pausa, otro chasquido y luego la débil voz de Warren:
-Ya casi ha terminado todo... No me hagas esto más difícil todavía... Cubre esa escalera
maldita y salva tu vida... Estás perdiendo tiempo... Adiós, Carter..., nunca te volveré a
ver.
Aquí, el susurro de Warren se dilató en un grito; un grito que se fue convirtiendo
gradualmente en un alarido preñado del horror de todos los tiempos...
-¡Malditas sean estas criaturas infernales..., son legiones! ¡Dios mío! ¡Esfúmate! ¡¡Vete!!
¡¡¡Vete!!!
Después, el silencio. No sé durante cuánto tiempo permanecí allí, estupefacto,
murmurando, susurrando, gritando en el teléfono. Una y otra vez, por todos esos eones,
susurré y murmuré, llamé, grité, chillé:
-¡Warren! ¡Warren! Contéstame, ¿estás ahí?
Y entonces llegó hasta mí el mayor de todos los horrores, lo increíble, lo impensable y
casi inmencionable. He dicho que me habían parecido eones el tiempo transcurrido
desde que oyera por última vez la desgarrada advertencia de Warren, y que sólo mis
propios gritos rompían ahora el terrible silencio. Pero al cabo de un rato, sonó otro
chasquido en el receptor, y agucé mis oídos para escuchar. Llamé de nuevo:
-¡Warren!, ¿estás ahí?
Y en respuesta, oí lo que ha provocado estas tinieblas en mi mente. No intentaré,
caballeros, dar razón de aquella cosa - aquella voz-, ni me aventuraré a describirla con
detalle, pues las primeras palabras me dejaron sin conocimiento y provocaron una
laguna en mi memoria que duró hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Diré
que la voz era profunda, hueca, gelatinosa, lejana, ultraterrena, inhumana, espectral?
¿Qué debo decir? Esto fue el final de mi experiencia, y aquí termina mi relato. Oí la
voz, y no supe más... La oí allí, sentado, petrificado en aquel desconocido cementerio de
la hondonada, entre los escombros de las lápidas y tumbas desmoronadas, la vegetación
putrefacta y los vapores corrompidos. Escuché claramente la voz que brotó de las
recónditas profundidades de aquel abominable sepulcro abierto, mientras a mí
alrededor miraba las sombras amorfas necrófagas, bajo una maldita luna menguante.
Y esto fue lo que dijo:
-¡Tonto, Warren ya está MUERTO!
Howard Philips Lovecraft (1890-1937).
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EL HOMBRE DE TIZA
Pablo De Santis
El cine Lux estaba en una calle oscura, casi escondido por las ramas de los árboles. La
sala pertenecía a una escuela parroquial y se usaba para actos escolares, pero los
sábados a la noche daban dos películas de terror. Las funciones empezaban a las nueve y
terminaban a la una de la mañana. Los espectadores nunca éramos más de diez, incluido
el acomodador. Con Isabel y Fernando, mis amigos, asistíamos a todas las funciones, y
luego emprendíamos temblando el camino de regreso.
Teníamos doce años, y a esa edad se aprende una cosa muy importante: el cine es sólo
la mitad de la película. La otra mitad es conversar. En el camino hablábamos de
monstruos. Hablábamos de Igor y del resto del personal doméstico que suele atender en
castillos, laboratorios y mazmorras. Hablábamos del miedo.
Una noche, frente a la puerta de su casa, Isabel nos preguntó:
-¿Qué es lo que les da más miedo?
No recuerdo qué dijimos: tal vez La noche de los muertos vivientes, pero ella
interrumpió:
-No hablo de películas. Hablo del miedo de verdad.
Para animarnos a hablar dijo que, Punto 1) Estaba prohibido reírse cuando los otros
contaran los miedos. Punto 2) Tampoco valen libros ni programas de televisión. Y Punto
3) Lo que más la asustaba eran los ruidos nocturnos de una casa vecina, como si afilaran
cuchillos.
Isabel me miró con insistencia, y al cabo dije:
-A mí me dan miedo los perros.
-¿Cuáles perros? ¿Los doberman?
-Todos. No tengo preferencias.
-¿Incluidos los chihuahuas? -preguntó Fernando.
-Incluidos los chihuahuas.
A pesar del Punto 1, se rieron. Fernando quiso cambiar de tema, pero al final dijo:
-A mí lo que me da más miedo es el hombre de tiza. Nunca habíamos oído nada
semejante.
-No valen películas -recordó Isabel.
-No es una película.
-¿Qué es?
El dedo de Fernando trazó una figura en el aire.
-Es un dibujo en un pizarrón.
Alguien nos chistó desde una ventana, e Isabel entró rápido a su casa.
El fin de semana siguiente la función se suspendió por un corte de luz (en esa época eran
muy frecuentes) y nos volvimos a ver recién a los quince días. Como los tres íbamos a
colegios distintos, sólo teníamos el cine como lugar de encuentro. Después de la película
a Fernando le tocó contar:
-Voy a una escuela que está a la vuelta de casa. Es muy grande, ocupa casi la mitad de la
manzana. En abril, cuando la maestra entró en el aula descubrió un dibujo en el pizarrón.
Era una figura humana, una silueta. No estaba bien dibujada. Tenía ojos grandes, unas
orejas puntiagudas, pero nada fuera de lo normal. Los ojos miraban fijos, sin vida. Y las
manos tenían sólo tres dedos cada una.
66
-¿Te da miedo un dibujo? Un dibujo se puede borrar. Los perros, no.
-El problema no es que yo le tenga miedo. El problema es que todo el mundo le tiene
miedo. La maestra quiso borrarlo y no pudo. El trazo era de tiza, pero no se podía borrar,
como si le hubieran pasado una mano de barniz. Trató de dar clase como todos los días,
pero el dibujo la distraía, la desanimaba. Al segundo día, la maestra se enfermó y no
volvió en una semana. Nos mandaron una suplente. La directora ordenó cambiar el
pizarrón por otro.
-¿Y qué pasó con el hombre de tiza?
-El portero de la escuela trató de lijar la superficie, para que el pizarrón se pudiera volver
a usar. Se lo llevó al patio y trabajó durante toda la mañana, sin poder borrar la figura.
Empezaban los primeros fríos y el hombre se enfermó. Estuvo diez días sin venir. La
directora se dio por vencida e hizo llevar el pizarrón a la biblioteca. Todavía está allí. Le
pusieron una sábana encima, para que nadie lo vea. Desde que está ahí nadie entra a la
biblioteca.
-¿Y por qué no lo tiran?
-Es una escuela pública, hay que hacer trámites antes de tirar un pizarrón nuevo a la
basura.Nos miró.
-A eso le tengo miedo yo. Y veo por sus caras que ustedes también.
-Nos asustó porque es de noche -dijo Isabel-. Pero si fuera de día, no nos asustaría nada.
-Además, no hay nada que no se pueda borrar -intervine.
-Si no me creen, vengan a verlo ustedes mismos.
-Sabés que no podemos hacer eso -dijo Isabel-. No somos alumnos de tu colegio.
-Desde el patio de mi casa se puede saltar al patio del colegio. Yo lo hice tres veces.
¿Qué? ¿No se animan?
En vez de ir al cine el sábado siguiente fuimos a la casa de Fernando. Vivía solo con el
padre, que trabajaba en un restaurante hasta tarde. A mí no me interesaba ningún
dibujo en ningún pizarrón, lo único que me import aba era que Fernando no quedara
como el único valiente frente a Isabel.
Trepamos una pared baja y saltamos al patio de la escuela; por una pequeña ventana
entramos en un cuarto donde había escobillones y escobas. Empuñando la linterna,
Fernando nos guió por los pasillos de baldosas negras y blancas. Entramos a la
biblioteca. Había paquetes con libros atados en el piso, un par de pupitres rotos, mapas
enrollados. Apoyado en el suelo, estaba el pizarrón, grande, cubierto con una sábana.
-Acá está -dijo Fernando.
Arrancó la sábana e iluminó con la linterna la superficie negra. Yo no llegué a ver nada,
pero Fernando dio tal grito que eché a correr hacia la salida y estuve a punto de
perderme en los pasillos en penumbras. Es así la vida de un varón; una larga preparación
para recibir el título de héroe, y en un segundo lo echamos todo a perder.
No hablamos hasta estar de nuevo en la casa.
-Nos asustaste en serio con tu grito -le dijo Isabel-. No se hacen esas bromas. En el
pizarrón no había nada.
Bastó mirar los ojos de Fernando para ver que no nos había hecho ninguna broma. No sé
qué creía, pero lo creía de verdad.
-El pizarrón estaba vacío -dijo.
-¿Y?
-El hombre de tiza se escapó.
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Retomamos las idas al cine, pero Fernando siempre terminaba hablando del hombre de
tiza.
-Siento que a veces está ahí. Que cuando salgo de mi cuarto, mira mis cosas, mi ropa,
mis zapatos. El otro día encontré una huella de tiza en la tapa de un libro.
Isabel trató de tranquilizarlo.
-Muchas veces sin darnos cuenta nos apoyamos en el pizarrón. Todos terminamos
manchados de tiza.
-No, son las huellas que deja él. En los discos, en los zapatos, dentro de los cajones,
aunque estén cerrados con llave. Fernando estaba raro, y eso hizo que las idas al cine
agotaran su encanto. El cine es sólo la mitad de la película. Como volvíamos caminando
en silencio, la otra mitad la perdíamos.
Al año siguiente los tres entramos en el secundario. Un sábado esperé en vano a mis dos
amigos en la puerta del Lux, y al
final entré solo a ver la película. Apenas terminó salí de la sala, sin esperar la segunda.
Meses más tarde volví a encontrarme con Isabel, pero me dijo que el cine de terror
había dejado de interesarle, que las películas le parecían tontas, para chicos. Una tarde
toqué el timbre en la casa de Fernando y una mujer me dijo que se había mudado, no
sabía adónde. Ya estaba en tercer año cuando volví a ver a Fernando en el primer piso
de un Pumper Nic, una casa de comidas que dejó de existir hace tiempo. Yo estaba solo,
estudiando. Al día siguiente tenía que dar un examen de matemática. Trataba de
concentrarme en los problemas, pero todo me distraía, y miraba la cara de cada uno que
entraba en el salón. Entonces lo reconocí. Fernando estaba altísimo, muy delgado, y
vestía uniforme de colegio: un blazer azul con un escudo, camisa blanca, pantalón gris,
corbata azul.
Tuve que decirle mi nombre para que me reconociera, entonces se dibujó en su cara una
sonrisa triste.
-Claro que me acuerdo. Las idas al cine. A Isabel la vi un tiempo más.
Como ya no éramos amigos, podíamos decirnos la verdad. Los dos aceptamos que Isabel
nos había gustado siempre. Después miró mi carpeta y me ayudó a resolver un
complicado problema de aritmética. Con paciencia y lentitud, como si le hablara a un
niño de tres años, me explicó los procedimientos para llegar a la solución.
-No me imaginaba que sabías tanto de números.
-Soy buen alumno. Me saco diez en todo -dijo sin vanidad, con resignación-. Los números
me ayudan a liberarme, a descansar.
Me extrañó que dijera eso. ¿A quién podían hacerlo descansar los números? Después
hablamos de cine, de su colegio, de su padre, hasta que al fin dije lo que no debería
haber dicho.
-¿Te acordás de tu hombre de tiza?
Pensé que no se acordaría, o que se reiría de su viejo miedo. Pero me agarró de la mano
con fuerza y apretó hasta que me dolió.
-Nunca debí haber mirado lo que había en el pizarrón. No hay que jugar con el hombre
de tiza.
Y eso fue todo lo que dijo. Yo quise disculparme, pero no me dio tiempo. Lo vi alejarse
entre las mesas con pasos de sonámbulo. Antes de que se perdiera de vista descubrí, en
el blazer azul, a la altura del hombro derecho, una huella blanca. Tres dedos de tiza.
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EL CABALLO DE PORCELANA
Pablo De Santis
Cuando mi padre murió, yo hacía cinco años que no lo veía. Se había ido en barco, y
durante los meses que siguieron a su partida escribió unas cartas que luego se
convirtieron en postales y al fin en vagos telegramas, hasta que el correo cesó por
completo. Con otra persona se hubiera pensado: "Algo malo debe haberle ocurrido".
Con él no. La ausencia era un rasgo de su carácter. Cumplí 18 años un jueves de
diciembre de 1980: el lunes siguiente llegó una carta escrita por el capitán de un barco
de la marina mercante: mi padre había muerto en un hotel de Génova.
Ese mes mi madre se fue a vivir a Mar del Plata, a la casa de su hermana, y yo me quedé
solo en el enorme caserón del
barrio de Boedo. Me preparé todo el verano para dar el examen de ingreso en la
Facultad de Medicina, que al fin rendí, agotado por las noches en vela y las anfetaminas.
A comienzos de marzo fui a buscar las notas. Una multitud llenaba el hall: algunos
saltaban y daban gritos de alegría y otros, la mayoría, se sentaban abatidos en las
escaleras o deambulaban por los pasillos como sonámbulos. Era difícil distinguir a los
más exaltados de los más tristes, porque el llanto era el mismo. En unas infinitas
planillas, pegadas con cinta scotch en las paredes, encontré mi nombre y el puntaje: 170
sobre 200. Un promedio alto, que me aseguraba el ingreso. Yo no salté ni abracé a nadie.
Apenas llegué a casa me puse a pensar en las dificultades que me esperaban: cómo haría
para estudiar y trabajar a la vez. Tenía que mantener la casa, pródiga en caños
agujereados, cables viejos y goteras tan entusiastas que hasta prescindían de la lluvia.
Debía además comprar muchos libros: los más caros eran los de anatomía. Pasaba las
noches preguntándome hasta cuándo podría seguir con la carrera. Fue entonces cuando
llegó la valija.
La trajo a mi casa el capitán Rand, el mismo que había enviado la carta con la noticia de
la muerte de mi padre. Rand era
todo lo que uno espera de un capitán de barco: tenía la barba cana, fumaba en pipa y
tomó media botella de whisky sin parpadear. Dijo que había sido su amigo; lo dijo con
vacilación, como si mencionar a mi padre y a la amistad en una misma frase fuera
incurrir en un extravío o una paradoja. Mi padre, me contó, había sufrido un ataque
cardíaco, pero no había muerto de inmediato, había llegado a recuperar la lucidez
durante algunas horas.
-Entonces me dijo que regalara toda su ropa a los pobres de una iglesia católica, y que te
trajera esa valija tal como estaba. Doy por cumplidas las dos cosas.
El capitán Rand dio unos pasos tambaleantes por la sala y puso en mi mano una llave
diminuta.
Era una valija de cuero negro de las viejas; en una etiqueta estaba el nombre de mi
padre. Yo me quedé un rato quieto sin animarme a abrirla. Por mucho que nos
impongamos el escepticismo, la esperanza se abre paso, tenaz, por donde puede. Cómo
no desear que adentro hubiera algo que me salvara: un puñado de billetes, un reloj de
oro, cualquier cosa que pudiera vender, o quizás -pero esto era pedir demasiado- una
carta donde mi padre explicara su larga huida por el mundo, que la muerte había
perfeccionado. Recordé un refrán que decía mi tío Franco: "La vida siempre tiene la
última palabra", y le dejé a la valija la palabra final. Puse la llave y la abrí.
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En el desorden provocado por las largas peripecias y los bamboleos del barco, había una
serie de objetos sin sentido ni
valor: un libro escrito en francés, un pequeño frasco de tinta verde, unas viejas cartas
con sus sobres, atadas con una cinta amarilla; una mano con articulaciones, como las
que usan de modelo los pintores; algunas monedas de distintas épocas y países,
envueltas en un paño negro; una muñeca japonesa de madera. Las cartas estaban
escritas en alemán y eran de una mujer desconocida; nunca supe qué decían. Lo más
extraño de todo era un caballo de ajedrez de porcelana blanca. A un lado de la cabeza
tenía pintado un único ojo azul.
Mis esperanzas de obtener un peso de aquellas baratijas eran mínimas; pero necesitaba
sacar la valija de mi vista. No me molestaban los objetos incongruentes, sino la ausencia
de una carta o una sola línea dedicada a mí. No tardé ni un día en
llevarle la valija a Franco, el hermano mayor de mi padre. Mi tío Franco tenía un negocio
de antigüedades en la calle Medrano, cerca de Corrientes. Al revés de mi padre, Franco
se ocupaba con devoción de su familia (su mujer, su única hija) y siempre me había
tratado con una mezcla de afecto y distancia. Era un hombre alto, de ojos claros, que
parecía estar siempre ligeramente ausente, como si de tanto estar entre muebles y
cosas viejas un pedazo de él fuera incesantemente arrebatado por el pasado. Apenas me
vio con la valija, me preguntó:
-¿Te vas de viaje?
Pero yo murmuré el nombre de su dueño, y le tendí la llave dorada. Antes, solo, yo la
había abierto con lentitud (así es como se frotan las lámparas mágicas y se abren los
cofres en los cuentos), pero él lo hizo con desinterés y brusquedad. Miró los objetos y
sólo dijo:
-Tu padre, tu padre...
El predicado de la frase fue un largo silencio.
-¿Hay algo de valor? -pregunté. Suspiró.
-Tal vez se pueda vender la muñeca. Hay coleccionistas que pagan bien. Pero depende
de que pertenezca a una colección, de que no haya sido restaurada..
Conversamos de mis primeras clases en la facultad, de mis trabajos ocasionales (la
desgrabación de algunas materias de la facultad, una suplencia en Botánica en un
colegio secundario) y abandoné la valija con el alivio con que se despachan los equipajes
en los aeropuertos.
Tres meses después ya estaba a punto de abandonar la facultad. El padre de un amigo
me había ofrecido un trabajo de ocho horas en una aseguradora. Podría ganar lo
suficiente para mantener la casa. Más adelante retomaría la carrera. Esta mentira me la
decía en voz alta, para resultar más creíble. En esas deliberaciones estaba cuando mi tío
me llamó. Caminé hasta el negocio. La valija ya no estaba a la vista. El caos de muebles,
jarrones y cristalería se la había tragado. Franco sonreía.
-Aunque no lo puedas creer, vendí el libro.
Me tendió unos billetes. Alcanzaría para salir del apuro en que estaba metido.
-¿Tanto?
-El libro recopilaba unas cartas de un tal Argenson, un amigo de Voltaire. Pero no era
valioso por eso, sino por no sé qué detalle de la encuadernación y porque estaba
impreso en caracteres elzevirianos. A los bibliófilos les gustan esas cosas raras que uno
ni nota. El librero buscó en unos catálogos, estudió el lomo con una lupa y pronunció una
cifra que me sorprendió. Tengo años de práctica en poner cara de póquer, así que dije
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que lo pensaría. Pasé el resto del día visitando a todos los libreros anticuarios de la
ciudad. Se lo vendí al que me ofreció más.
Miré los billetes.
-Es el primer regalo que mi padre me hace en años -le dije.
-Ya era hora.
Empecé a noviar con una estudiante y luego con otra, y no hay nada como el romance
para que nos distraigamos de todo. Dejé que pasaran los meses sin una sola visita a mi
tío. Cuando me aparecí en su negocio, yo andaba al borde de la ruina. Mi tío estaba de
mal humor -una señora que acababa de enviudar quería venderle una lámpara y le pedía
una fortuna - pero me dijo que se ocuparía del asunto en cuanto tuviera un minuto libre.
Me pareció que le causaba un poco de fastidio el recuerdo de la valija.
Una semana después me llamó por teléfono.
-Decidí probar suerte con las monedas. Había una que parecía muy antigua; la fecha
estaba borrosa, y le tenía al go de confianza. Pero parece que su valor era nada. En
cambio, las dos monedas polacas, grandes y plateadas, las acuñaron justo antes de la
invasión alemana y por eso son una rareza. Me ofrecieron 700 dólares. Las vendí sin
consultarte.
Fui corriendo al negocio. Llegué sin aire: me esperaba mi tío en la puerta, sentado en
una mecedora Thonet, con un sobre
en la mano. Insistí en vano en dejarle una parte de comisión.
-No puede ser casualidad -dije después-. ¿Y si mi padre decidió entregarme algo valioso
pero que estuviera escondido, a salvo de las miradas? Tal vez desconfiaba del capitán
Rand.
-Puede ser -dijo mi tío, no muy convencido-. Pero no esperes que todo tenga valor.
Aunque tu padre haya reunido estos objetos a propósito, puede haberse equivocado: no
era ningún experto en antigüedades.
Los primeros años de la facultad habían estado marcados por la zozobra y los aplazos;
los cambié por la convicción y los siete cincuenta. Las sucesivas novias ocasionales
derivaron en una novia única, bonita y persistente; mis empleos transitorios, en un
puesto en un laboratorio. Me pareció que vivir era como leer novelas policiales: uno iba
pasando de las múltiples pistas al indicio verdadero, de los abundantes sospechosos al
asesino final. Se aprendía a resumir, a subrayar lo importante. La valija colaboró con esa
serie inevitable de progresos y abdicaciones que nos traen los años. Cuando enfermó mi
madre, las estampillas de las cartas resultaron ser un tesoro; cuando apareció una vieja
deuda inmobiliaria, la tinta verde fue vendida al Museo de Plumas de Sintra, en Portugal.
La mano la compró una Academia de Bellas Artes: y así me enteré de que era un modelo
fabricado en un taller de carpintería de Cartagena de Indias. La valija estaba casi vacía,
pero yo ya estaba a punto de obtener mi título.
-Sólo queda el caballo de ajedrez -dijo mi tío-. Pero ahí no tengo ninguna confianza. Las
otras cosas estaban completas; el caballo, en cambio, es la parte de un todo que no
sabemos dónde está.
El caballo no me preocupaba. No tenía el mismo apremio que antes por el dinero. A lo
que no me resignaba era a que la valija estuviera vacía del todo. Era como si todavía
esperase de mi padre un último objeto, un mensaje final. Una tarde mi tío pasó a verme
y nos sentamos en un bar de la avenida Boedo. Yo pedí un café, él un vaso de vino tinto
y soda.
-Estuve investigando la pieza- dijo con tono misterioso.
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-¿Y?
-Fui a curiosear a la biblioteca del club Torre Negra, ¿lo conocés? -Negué con la cabeza. -
Parece que en la ciudad de Darmstadt, en Alemania, cerca de Fráncfort, hay un Museo
de la Porcelana. Y ahí tienen un juego de ajedrez al que le falta una pieza. En los años 30
robaron uno de los caballos blancos. Como el museo viene ofreciendo, a modo de
curiosidad, más que de esperanza, una recompensa por la pieza, ya varias veces les
enviaron falsificaciones. Voy a escribirles, quién sabe, mirá si ésta es la verdadera.
Pero a los dos meses mi tío, en el mismo bar, me contempló con tristeza:
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condenada al negocio familiar, era una afrenta. Todos sus comentarios eran
declaraciones de melancolía:
-Estoy tan cansada de las cosas viejas que me gustaría vivir en una casa en la que todo
fuera limpio, nuevo y blanco.
Así como hay gente con la que entablamos conversación con facilidad, hay otros a
quienes nunca sabemos qué decir. En esa mutua extrañeza coincidíamos con Esther. Ella
me convidó un vaso de Coca-Cola y los dos nos quedamos en silencio, incómodos.
Cuando entró un cliente, casi lo abrazamos. Aproveché la interrupción para decirle que
me iba, que no quería molestarla, saludos a la familia. Ella me detuvo.
-En el depósito hay una valija con el nombre de tu padre. ¿Por qué no te la llevás?
Tenía curiosidad por revisarla a fondo, pero a la vez me desanimaba volver a mi casa con
la valija. Fuera cual fuera su secreto, era mejor no verla más.
-Quedátela o vendela. Está vacía.
-¿A quién le voy a vender una valija vieja? Las nuevas, made in China y con rueditas, no
cuestan nada. Además, me parece que vacía del todo no está.
¿Habría quedado un último objeto en un bolsillo o en un compartimento secreto? Era
fácil imaginar a mi padre con una valija con doble fondo, atravesando fronteras
nocturnas con cosas de contrabando.
Detrás de una puerta estaba el depósito. Ahí mi tío se dedicaba a encolar las patas de las
sillas, a limpiar los bronces, a poner espejos nuevos en marcos antiguos. La valija estaba
sobre una mesa. La llave dorada esperaba en la cerradura. Que haya una carta, deseé
con todas mis fuerzas. Que la valija no esté vacía del todo. La abrí. Todas las cosas
estaban en su lugar: el libro, las cartas atadas con cinta amarilla, las monedas, el frasco
de tinta, la mano articulada, la muñeca japonesa,
y abajo de todo, como escondido, el caballo de porcelana con su único ojo azul.
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FLOR, TELÉFONO, MUCHACHA
No, no es cuento. Yo soy uno de esos tipos que a veces escucha y otras no escucha, y así
va tirando.
Aquel día escuché porque era una amiga la que hablaba y hace bien oír a los amigos,
aunque no hablen, porque un amigo es capaz de hacerse entender hasta sin señales.
Hasta sin ojos.
¿Se hablaba de cementerios? ¿De teléfonos? No me acuerdo, pero fuera de lo que fuese,
mi amiga —ah, sí; ahora me acuerdo, hablábamos de flores— de pronto se puso seria y
bajó la voz.
—Sé el caso de una flor, ¡pero es tan triste!
Y sonriente:
—Además, estoy segura de que no lo vas a creer.
¿Quién sabe? Todo depende de quién lo cuenta y de cómo lo cuenta. Hay días en que ni
de esto depende: es cuando estamos poseídos de una credulidad universal; pero,
argumento máximo para mí, ella aseveraba que la historia era verdadera.
—La muchacha vivía en la calle General Polidoro —empezó diciendo—. Cerca del
cementerio de San Juan Bautista. Como has de saber, los que viven por ahí, quiéranlo o
no, se familiarizan con la muerte. No hay hora en que no pase un entierro y termine por
interesarnos. No es tan fascinante como ver pasar navíos, o casamientos, o la carroza de
un rey, pero siempre vale la pena mirarlos. La muchacha, naturalmente, prefería ver un
entierro a no ver nada. Menos mal que el desfile de tanto cadáver no la deprimía.
Si el entierro era muy importante, de esos, sabes, con un obispo o un general, la
muchacha se quedaba a la entrada del cementerio para ver mejor. ¿Te has fijado cómo
la gente se impresiona con las coronas? Demasiado, ¿no? Y se muere de curiosidad por
saber qué hay escrito en las cintas. El muerto que da verdaderamente pena es el que
llega sin acompañamiento floral, tanto da que sea por decisión de la familia o por falta
de medios.
Las coronas no sólo confieren prestigio al difunto, sino que hasta lo acunan. A veces ella
entraba al cementerio y seguía al séquito hasta el lugar de la sepultura. Así adquirió,
seguramente, la costumbre de pasear por allí dentro. ¡Dios mío, con tantos lugares para
pasear como hay en Río! Y en el caso de esa muchacha, de haberse aburrido mucho, no
tenía más que tomar el tranvía que va a la playa, bajar en el Morisco y apoyarse en el
múrete. Tenía el mar a su disposición, a cinco minutos de su casa. El mar, los viajes, las
islas de coral, todo gratis. Pero, por pereza, o por su interés en los entierros o... qué sé
yo, le dio por ir al San Juan Bautista,
a contemplar bóvedas. ¡Pobre!
—En el interior eso es muy común...
—Pero ella era de Botafogo.
— ¿Trabajaba?
—En su casa. Pero no me interrumpas. Ni me pidas el certificado de su nacimiento ni que
te describa su físico. Para el caso que te estoy contando, eso no interesa. El hecho es
que, de tarde, solía pasearse —o mejor dicho, "deslizarse"—, ensimismada, entre las
callecitas blancas del cementerio. Leía una inscripción, o no la leía, descubría una figura
de angelito, una columna trunca, un águila; comparaba las tumbas ricas con las tumbas
pobres, hacía cálculos sobre la edad de los difuntos, miraba retratos y medallones —sí,
ha de haber sido esto lo que hacía, porque allí, dime, ¿qué más podía hacer?—. Quizá
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llegó a subir el cerro, donde está la parte nueva del cementerio, las tumbas más
modestas. Debe de haber sido ahí donde, una tarde, recogió la flor.
— ¿Qué flor?
—Una flor cualquiera. Una margarita, por ejemplo. O un clavel. Para mí era una
margarita, pero esto es puro pálpito,
nunca lo averigüé. La tomó con ese ademán, vago y maquinal, que en ese caso todos
hacemos, se la acercó a la nariz — como era de esperar, no tenía aroma—, después
machucó la flor distraídamente y la arrojó hacia un costado, pensando en otra cosa.
Tampoco sé si la muchacha tiró la margarita al pavimento del cementerio o al de la calle,
de vuelta a su casa. Ella misma trató, más tarde, de esclarecer este punto, pero no pudo.
Lo cierto es que ya estaba tranquilamente en su casa desde hacía unos minutos, cuando
sonó el teléfono. Ella lo atendió.
—Hola.
— ¿Qué es de la flor que sacaste de mi sepultura?
La voz era distante, pausada, sorda. Pero la muchacha rió y, comprendiendo a medias,
preguntó:
— ¿La qué?
Cortó. Volvió a su cuarto, a sus obligaciones. Cinco minutos después, el teléfono llamaba
de nuevo.
—Hola.
— ¿Qué es de la flor que sacaste de mi sepultura?
Cinco minutos bastan para que la persona menos imaginativa se haga una composición
de lugar. La muchacha rió de nuevo, pero prevenida.
—La tengo aquí: ven a buscarla.
En el mismo tono lento, severo, triste, la voz respondió:
—Quiero la flor que me robaste. Dame mi florcita.
¿Era hombre? ¿Era mujer? Imposible adivinarlo por esa voz distante que, sin embargo,
se hacía entender. La muchacha
siguió su juego:
—Ya te he dicho: ven a buscarla.
—Sabes muy bien, hija mía, que yo no puedo buscar nada. Quiero mi flor y es tu
obligación devolvérmela.
—Pero ¿quién habla?
—Dame mi flor, te lo suplico.
—O me dices quien eres o no te la doy.
—Dame mi flor. Tú no la necesitas y yo sí. Quiero la flor que brotó en mi sepulcro.
La broma era estúpida, machacona. La muchacha, aburrida, cortó la comunicación. Se
quedó tranquila el resto del día. Pero al siguiente, a la misma hora, el teléfono volvió a
sonar. La muchacha, con toda inocencia, fue a atenderlo:
— ¡Hola!
— ¿Qué es de la flor...?
No oyó más. Irritada, colgó el receptor. ¡Qué ganas de embromar! Con rabia, volvió a su
costura. Apenas se sentó, la campanilla sonó de nuevo. Y antes de que la voz
quejumbrosa recomenzase, ella advirtió:
—Oiga, cambie de disco. Ya estoy harta.
—Tienes que devolverme la flor —retrucó la voz doliente—. ¿Por qué razón te
entrometiste con mi tumba? Tienes todo en el mundo, y yo, pobre de mí, he terminado.
Me hace mucha falta esa flor.
—Bueno, déjate de embromar.
Cortó. Pero al volver a su cuarto, ya no iba sola.
Llevaba consigo la idea de aquella flor, o, mejor dicho, la idea de la persona idiota que la
vio arrancar una f lor en el cementerio y ahora la cargaba por teléfono. ¿Quién podría
ser? No recordaba haber visto a ningún conocido; era distraída por naturaleza. No sería
fácil adivinar por la voz. Claro, era una voz camuflada, pero tan bien que no podía
saberse si era de hombre o de mujer. Una voz extrañamente fría. Y llegaba de lejos,
como de fuera de la ciudad. O de algún lugar más distante aún... ¿Te darás cuenta de
que la muchacha ya empezaba a tener miedo?
—Yo también.
—No seas tonto. Bueno, el hecho es que esa noche a ella le costó dormirse. Y de ahí en
adelante no durmió nada. La
persecución telefónica no cesaba. Siempre a la misma hora, siempre en el mismo tono.
La voz no amenazaba, no subía de volumen: imploraba. Parecía que la maldita flor era,
para ella, la cosa más valiosa del mundo, y que su eterno descanso
—admitiendo que se trataba de una persona muerta— dependiera de la restitución de
una humilde florcita, pero sería absurdo admitir tal cosa y, por lo demás, la muchacha no
quería dejarse abatir. Al quinto o sexto día, escuchó firme la cantilena de la voz y, a
continuación, le dijo de todo: que se fuera al demonio, que dejara de ser imbécil
(palabra excelente porque se adecuaba a ambos sexos) y que si no se callaba, ella
tomaría las medidas pertinentes.
La medida consistió en avisarle al hermano y después al padre. (La intervención de la
madre no había conmovido a la voz.) Por el teléfono, el padre y el hermano cubrieron de
improperios a la voz suplicante. Estaban totalmente convencidos de que se trataba de
alguien que quería hacerse el gracioso, sin tener pizca de gracia, pero lo raro era que, al
referirse a él, decían 'la voz".
— ¿La voz llamó hoy?—preguntaba el padre al volver del centro.
— ¡Mira que no! Es infalible —suspiraba la madre, desalentada.
Por lo visto, con enfurecerse no se sacaba nada. Era menester usar el cerebro, indagar,
hacer averiguaciones en el
vecindario, vigilar los teléfonos públicos. Padre e hijo se repartieron las tareas. Lo
primero fue frecuentar los comercios, los cafés más próximos, las florerías, los
marmolistas. Si alguien entraba y pedía permiso para usar el teléfono, el oído del espía
se afinaba. ¡Pero qué...!
Nadie reclamaba una flor de sepultura. Quedaba la red de los teléfonos particulares.
Uno en cada departamento, diez, doce en el mismo edificio. ¿Cómo descubrirlo?
El hermano comenzó a llamar a todos los teléfonos de la calle General Polidoro, después
a todos los de las calles transversales, después a todos los de la característica 2-6...
Discaba, oía el "Hola", verificaba que ésa no era la voz y
cortaba. Tarea inútil: la persona de la voz debía de estar mucho más cerca: el tiempo de
salir del cementerio y llamar a la muchacha. Y muy escondida tenía que estar ya que sólo
se hacía oír cuando quería, es decir, a cierta hora de la tarde. Este problema de la hora le
inspiró a la familia algunas diligencias. Pero infructuosas.
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Claro que la muchacha dejó de atender el teléfono. Ni siquiera con sus amigas hablaba.
Entonces la "voz" que le pedía "dame mi flor", le decía al que atendía el aparato: "Quien
me robó la flor tiene que restituirla", "quiero mi flor", etc.... No dialogaba con estas
personas.
Únicamente conversaba con la muchacha. Y la "voz “no daba explicaciones.
Quince días o un mes así termina por enloquecer a un santo. La familia quería evitar el
escándalo, pero tuvo que quejarse a la policía. O la policía estaba demasiado ocupada en
detener comunistas, o las investigaciones telefónicas no eran de su incumbencia: el
hecho es que no se averiguó nada. El padre, entonces, corrió a la Compañía Telefónica.
Lo recibió un caballero amabilísimo que, rascándose el mentón, aludió a factores de
orden técnico.
— ¡Pero se trata de la paz de mi hogar, eso vengo a pedirle! La tranquilidad de mi hija,
de mi casa. ¿O me veré obligado a privarme del teléfono?
— No, no vaya a hacer eso, mí estimado señor: sería una locura. Entonces sí que no
sabríamos nada. Hoy en día es
imposible vivir sin teléfono, radio y heladera. ¿Me permite un consejo? Mire, vuelva a su
casa, tranquilice a la familia y espere los acontecimientos. Le prometo que haremos lo
posible.
Bueno, ya te habrás dado cuenta de que todo eso no sirvió para nada. La voz siguió
mendigando la flor. La muchacha, perdiendo el apetito y el ánimo. Andaba pálida, sin
fuerzas para salir a la calle o para trabajar. ¡Ni qué decir para ver pasar los entierros! Se
sentía desdichada, esclava de una voz, de una flor, de un vago difunto
que ni siquiera conocía. Porque —ya te dije que era
distraída— ni siquiera recordaba de
qué tumba había sacado esa maldita flor. Si por lo menos lo
supiera...
El hermano volvió del cementerio diciendo que por donde su
hermana había pasado aquella tarde había cinco sepulturas
con flores plantadas. La madre no dijo nada, bajó, entró a la
florería más cercana, compró cinco enormes ramilletes, cruzó
la calle hecha un jardín viviente y con ademán votivo,
esparció las flores sobre los cinco túmulos. Volvió a casa y quedó a la espera de la hora
insoportable. El corazón le decía que aquel gesto propiciatorio aplacaría el ansia del
enterrado —si es que los muertos sufren y a los vivos les es dado consolarlos, después
de haberlos afligido.
Pero la "voz" no se dejó consolar ni sobornar. Ninguna flor le convenía sino aquella
menuda, estrujada, olvidada, que había quedado rodando en el polvo y que ya no
existía. Las otras venían de otra tierra; no habían nacido de su humus — esto decía la
voz, sin decirlo—. Y la madre desistió de las ofrendas que había proyectado. ¿Flores,
misas, para qué?...
El padre jugó la última carta: espiritismo. Descubrió un médium eficaz a quien le expuso
largamente el caso, pidiéndole que estableciese contacto con el alma despojada de su
flor. Asistió a innumerables sesiones y grande era su fe de emergencia, pero los poderes
sobrenaturales se negaron a cooperar, o son impotentes cuando alguien quiere alguna
cosa en su última fibra: la voz continuó sorda, desdichada, metódica. Si era de una
persona viviente (como a veces la familia todavía conjeturaba, aunque se aferraba cada
día más a una explicación desalentadora que era la falta de cualquier explicación lógica),
esa persona había perdido toda noción de misericordia. Y si era de una persona muerta,
¿cómo juzgar, cómo vencer a los muertos? De cualquier modo, en el llamado había una
tristeza húmeda, una congoja tan honda, que hacía olvidar su crueldad y reflexionar que
hasta la maldad puede ser triste. Esto era todo lo que se podía comprender. Alguien pide
continuamente cierta flor, y esa flor no se le puede dar porque ya no existe. ¿No te
parece que es el colmo de la falta de esperanza?
— Pero ¿y la muchacha?
— Carlos, te previne que este caso era muy triste. La muchacha murió, exhausta, al cabo
de algunos meses. Pero quédate
tranquilo, para todo hay esperanza: la voz no llamó nunca más.
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Lila y las luces
Falta poco para el amanecer. En las estribaciones de los Andes patagónicos el viento
corre ladera abajo y estremece los techos de las cinco o seis casitas del valle. Lila se
acerca a la espalda de su hermano Ramón en busca de calor. Se vuelve a dormir con un
sueño liviano, de pájaro. Un rato después, la luz fría de la mañana los despierta. La
madre ya ha salido y el bebé está moviendo los bracitos en silencio. Somnolienta, lo
levanta y lo cambia. En la cocina, el fogón ha guardado algo de rescoldo. Rápida y eficaz,
Lila hace brotar el fuego. Con el bebé en brazos, se asoma a la puerta. Lejos, en la ladera
del cerro, las manchas blancas le señalan dónde está su mamá con las cabras. Pone los
jarros sobre la mesa y sirve el mate cocido. Sus tres hermanos se sientan y empiezan a
hacer ruido y a reírse. Se pegan en las manos cada vez que uno estira el brazo para
alcanzar el pan. El de tres años, todavía un poco dormido, tiene el pelo parado y la ropa
torcida. “¿Vendrá el maestro hoy?”, piensa Lila
–¿Hoy viene el maestro? –pregunta al hermano mayor.
–Y claro, por qué no ha de venir.
Con ocho años, su hermano Ramón es siempre el que más sabe.
–Digo.
El viento mueve la puerta, la leche se derrama en el fuego, el bebé llora. Lila le cierra los
dedos sobre un trozo de pan; mientras, ella enfría la leche en el jarro. Sus hermanos
salen al patio.
–Por qué no te dormís vos, ¿eh? –le habla al bebé con el tono enérgico que usa su
madre–. Si no te dormís viene el enano y te lleva.
Con cuidado lo vuelve a acostar en la cama grande y sale. En el patio se pelean los más
chicos y Lila los separa. Uno de ellos se ha caído y tiene un moretón en la frente y la cara
llena de lágrimas y mocos.
–Ya van a ver cuando venga la mamá –los amenaza.
Lila corre junto a Ramón que juega a subirse a las piedras a un costado de la casa, donde
la ramada del corral de las cabras se recuesta contra la roca viva. El sol ya está alto pero
el viento es frío. Las manchitas blancas se han desplazado un poco hacia la parte baja del
cerro; Lila igual alcanza a ver la pollera azul y hasta el pañuelo en la cabeza. Unas nubes
cruzan veloces el cielo. Oscurecen la montaña y cuando ya pasan todo vuelve a ser claro
y brilla. Esto le gusta a Lila. Baja saltando de las piedras y entra en la casa para ver que
no se apague el fuego. Recién entonces saca el cuaderno y el libro de la bolsa de nailon y
los lleva a la mesa. Toma el lápiz para hacer la tarea. Lila se pregunta por centésima vez
cuántas patitas debe dibujarle a la E. El maestro dijo que es como un rastrillo, pero el
rastrillo tiene muchos dientes y la E no tiene tantos. Ya ha borrado muchas veces y tiene
miedo de que el papel del cuaderno se rompa. El maestro dijo que había que aprender
palabras del libro de lectura y copiarlas en el cuaderno. Las manos morenas y delgaditas
lo abren con cuidado. Lila no se cansa de mirar los dibujos llenos de detalles y de colores
brillantes. Lo mandaron de regalo para su escuela. Esta semana le tocó a Lila llevarlo a su
casa. En ese libro hay que aprender a leer, dijo el maestro, porque es el único libro que
hay. Lila ya ha mirado muchas veces al chico de la lectura que sale de su casa y va a la
escuela, pero por más que mira no puede acordarse de lo que dicen las palabras.
–Escuela... –deletrea en voz baja.
Ahora tiene que copiarla, pero en la lectura está con la e y Lila debe escribirla con la E.
En ese momento el bebé llora. Guarda todo en la bolsa y va a atender a su hermano más
chico.
Al mediodía, su mamá ha vuelto y las cabras están en el corral. Lila y Ramón caminan
entre los cerros. Desde lejos saben que el maestro vino: la bandera se ve arriba,
ondeando. En el patio, se juntan con sus compañeros hasta que toca la campana, pero
Lila no juega, está inquieta. No pudo hacer la tarea y tiene miedo de que el maestro se
enoje. Es el segundo año que viene a la escuela y su mamá dice que si otra vez repite, la
saca. A muchos chicos no les da la cabeza, y hay que ver si a Lila la escuela no le hace
perder el tiempo. Abre el libro sobre el pupitre pero las palabras siguen mudas. Por su
cabeza cruza el anchimallén. Cuando oscurece, antes de que su mamá encienda la
lámpara, a Lila le da miedo. El enano malo se ríe en el aire y se aparece como una luz
que anda por los techos o entre las patas de los caballos. Su tío dijo que una mujer se
quedó ciega porque lo miró de frente. Lila piensa en su mamá, que está en los cerros con
los más chicos. En el dibujo del libro, el alumno de guardapolvo blanco va a la escuela en
una ciudad muy grande, llena de casas. Es la capital de nuestro país, ha dicho el maestro.
El chico se queda parado y mira unas luces. Ella también las mira. El maestro ya ha
explicado qué es esa cosa con luces, pero Lila ha olvidado para qué sirven y la palabra
escrita no le dice nada.
–¿Para qué era esto? –pregunta bajito a su compañera.
La chica mira un momento, duda, acerca la cara al libro, y después dice:
–Para que no te pise el auto. Si te pisa te mata.
Cada cinco días pasa el colectivo que va hasta Neuquén. Una vez su mamá se fue en ese
colectivo, cuando Ramón estuvo enfermo, y allá había luz eléctrica, dijo. En sus siete
años Lila nunca fue a una ciudad. Piensa si las luces no servirán para que el enano no te
agarre en el cerro. Se lleva los chicos a una cueva, dijo su tío, después los saca muertitos.
Pero en los cerros no hay luces, salvo el relámpago y la luz mala del anchimallén cuando
alguien se va a morir. Por eso Lila le dice a su mamá que a la noche tranque bien la
puerta. Su papá hace mucho tiempo que no está; una vez se fue a trabajar y no volvió.
Después vino hace como un año y se volvió a ir. Su papá es más alto que su mamá. Lila
se acuerda bien de su cara y del pelo.
–Lila, ¿copiaste las palabras de la lectura?
Asustada, Lila mira su cuaderno y no contesta.
–¿Aprovechaste el libro? Mañana se lo lleva Mario. ¿Copiaste las palabras que marqué?
Lila siente la cara ardiendo. Los ojos se le llenan de lágrimas. Sin saber qué hacer, tira de
la blusa para abajo.
–¿Quién copió las palabras? –pregunta, en general, el maestro.
Lila vuelve a sentarse. En el libro, el chico ha subido a un colectivo y habla con el
conductor. El colectivo es más nuevo que el que pasa por el valle para Neuquén. El
maestro habla de la ciudad y dice que la lectura se llama “El ritmo de las ciudades”.
Lila mira las letras y empieza a deletrear: El..., pero el maestro ya está explicando otra
cosa: que en las ciudades se hacen embotellamientos de tránsito de tantos autos que
hay. A Lila la palabra embotellamiento no le parece difícil y cree que la puede copiar
porque la e chica no es como la E. El maestro está diciendo que algún día ellos van a ir a
la ciudad entonces tienen que saber cómo es. A Lila esto le gusta y a la vez no le gusta.
Se siente inquieta. Mira a su compañera y le dice:
–¿Vos vas a ir?
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–¿A dónde? –dice Yarita.
–Ahí, donde dice el maestro.
La chica hace que no con la cabeza. A Lila esto al tranquiliza. ¿Su mamá ya habrá vuelto
del cerro con sus hermanos? Había dos cabras por parir y su mamá estaba nerviosa.
–Copien las palabras –repite el maestro.
Lila borra otra vez. La timidez la paraliza. De golpe, toma coraje.
–Maestro, maestro, yo no puedo hacer esta letra... –dice en voz baja.
En el otro extremo del aula, el maestro está distraído. Rodeado por el grupo de los más
grandes, donde está su hermano Ramón, no presta atención para el lado de los más
chicos y no la escucha. Lila vuelve a mirar el dibujo del libro: muchos coches en una calle,
también hay colectivos y un camión. Parecen los chivos queriendo salir del corral. Arriba,
las letras dicen ¡tuu! ¡tuuu! Eso Lila lo lee perfectamente. El maestro ahora está a su
lado y Lila se sobresalta.
–Lila, copiá las palabras... que Yarita te ayude.
Pero Yarita dice:
–No quiero... yo estoy escribiendo, maestro.
–Bueno, Lila, copiá esta palabra –dice el maestro.
Con alivio Lila empieza a dibujar la e, la m, la b...Yarita mira por encima de su hombro.
–Ahora poné el cero –dice Yarita; Lila la interrumpe.
–No es el cero, es la o.
–Es el cero –porfía Yarita.
–Ya está –dice Lila satisfecha–: embote...- deja de escribir porque suena la campana.
En el patio, el maestro recomienda a Ramón que ayude a su hermana. Es el único que lo
puede hacer. Dice que con ayuda Lila va a salir adelante. Ramón no mira al maestro,
hace un hoyo con el talón en la tierra y dice que a lo mejor su mamá la saca, que como
es mujer va a ayudar en la casa o a lo mejor va de niñera a Neuquén. El maestro insiste y
le recuerda a Lila que mañana le toca a otro compañero llevarse el libro.
Emprenden la vuelta. En el camino, Ramón junta piedras y se las tira a los tordos. Lila va
pensativa.
–¿Qué son las luces, Ramón?
–¿Qué luces?
–Ésas, las de colores, para que no te pisen los autos.
–¿Dónde? –dice su hermano, probando su puntería en una piedra grande, a unos diez
metros. La piedra rebota y sale disparada para arriba.
–En el libro del maestro...
–Si te pisa un auto te destripa –dice su hermano y, sin esperar contestación, sale
corriendo.
Su hermano tampoco sabe lo de las luces, si no le hubiera dicho. Las montañas se han
puesto violetas y el viento es cada vez más frío. En las cimas nevadas todavía hay sol,
pero en las laderas, el atardecer ha hecho un hueco negro. Desde una loma oscurecida,
un guanaco muy erguido la mira. Lila empieza a correr.
-¡Ramón, Ramón...!
Su hermano sale detrás de una piedra y la asusta. Se ríe a carcajadas. Se para en el
medio del camino:
–Te agarra el anchimallén y te lleva a la cueva... –otra vez sale corriendo y gana
distancia.
A todo lo que dan las piernas, Lila sigue a su hermano sin mirar atrás. A la vuelta del
camino, bajando la cuesta, aparece su casa. Un humo delgado se levanta del techo. El
perro viene a su encuentro y Lila lo abraza con fuerza. Entre ladridos, corre y cruza la
puerta. La felicidad de Lila es que su mamá está adentro, de espaldas, frente al fogón.
–Mamá, el Ramón me dejó sola y me asusta –dice sin aliento.
Su hermano ni la mira porque está luchando con el perro en un rincón. Lila se da cuenta
de que su mamá no está nerviosa, está contenta porque han nacido cuatro chivitos
nuevos, más de lo que esperaban. Pero la leche de las cabras no alcanza, dice. Hay que
preparar las botellas para darles, si no se les mueren. Eso es lo único en el mundo que
Lila sabe que no puede pasar. La madre dice que cambie al bebé que está mojado y lo
ponga a dormir. Ramón ya está echando la leche en las botellas y tapándolas con la
tetina de cuero. Lila tiene ganas de ver los cabritos, pero primero debe hacer lo que su
mamá le ha dicho.
-¡Duérmase de una vez! –ordena impaciente–. Viene el enano y lo lleva –el bebé sonríe y
la mira con los ojos redondos, sin asomo de sueño–. ¡Le pongo las luces! –amenaza Lila–.
¡Le pongo las luces y lo pisa el auto!
Al fin, el bebé se duerme y Lila corre excitada afuera. Ramón acarrea el balde con las
cuatro botellas. En el corral de palo ya oscurecido, su madre da órdenes cortas y precisas
que Lila y Ramón obedecen al instante. De un lado al otro, el perro vigila que ningún
chivo se escape. Lila es todo ojos. En las sombras, su madre sujeta con brazos y piernas
una cabra, cuando la tiene segura, con una mano toma el chivito y lo pone a mamar. Lila
entiende. Tienen que aprender a mamar los chivitos para que después tomen de la
mamadera y no se mueran. Ramón ya sostiene la otra cabra. Lila se agacha y levanta uno
de los recién nacidos. Los balidos son débiles y lastimeros.
–Tiene hambre –dice Lila.
Rápida, busca la ubre de la cabra y mete el dedo en la boca del cabrito. Escucha el ruido
de succión.
–Este ya toma –dice a su hermano.
El corral se llena de balidos, de viento y de noche. Una racha fría alborota la pollera de la
madre y el pelo de Lila que, en cuclillas, deja un recién nacido y levanta otro. En su
palma late desenfrenado el corazón del chivito que toma con avidez. “Se va a salvar”,
piensa Lila. “No se van a morir”. Se deja caer, jugando, sobre el costado de una cabra
que se mueve y la empuja. “Son calentitas”, piensa contenta.
–Este se tomó todo, ya.
Recortados contra la luz débil de la cocina, los más chicos miran desde la puerta. La
madre le dice a Ramón que vaya a la pieza, saque el colchón y traiga el elástico de la
cama. Le ordena a Lila que le ayude. El corral tiene la puerta rota y los animales pueden
salirse durante la noche. Obedecen, su hermano pone el colchón en el piso y apoya el
elástico de canto. Lila toma el otro extremo y, entre los dos lo llevan afuera. Van
tropezando en la oscuridad. Su madre acomoda el elástico a la entrada del corral y lo
sujeta con unas sogas. Le está diciendo a Ramón que mañana debe buscar unos palos
buenos y arreglar la puerta.
Todo terminó. Su mamá y Ramón entran a la casa, pero Lila se queda. Con la cara entre
los palos, mira la oscuridad estremecida del corral, siente el olor áspero, familiar, y
escucha el roce de los cuerpos y las patas. El viento sisea entre las piedras, las cabras se
acomodan para dormir y las crías, al abrigo de sus madres, no balan más.
82
La noche bajó sobre la Patagonia entera. El perfil de las montañas es apenas el trazo leve
de las cumbres nevadas. No hay luna. Un arco portentoso de estrellas resplandece en la
pureza del aire nocturno y cubre el cielo de un extremo al otro del valle con sereno
esplendor.
–¡Lila!
Lila corre a la casa y su madre tranca la puerta.
Un rato más tarde, sentados a la mesa, los cuatro miran silenciosos la espalda de la
madre frente al fogón. El olor de la tortilla llena la cocina. El más chico se ha quedado
dormido con la cara sobre la mesa. A Lila se le cierran los ojos, pero el hambre la
mantiene despierta. Comen en silencio. La madre quiere saber si ha venido el maestro y
qué les ha dicho. El que contesta es Ramón. Lila va a preguntar de las luces, pero mastica
y se le cierran los ojos. La voz de su mamá se va apagando. En el techo silba el viento y el
anchimallén está lejos. Mañana va a aprender lo de las luces para que el maestro vea
que ella sabe. El viento sigue su canto, monótono. Lila se queda dormida.
Sylvia Iparraguirre:
Nació en Junín, provincia de Buenos aires, el 4 de julio de 1947. Con su hermana y sus
padres, pasó su infancia y adolescencia en Los Toldos y Junín, los lugares de origen de su
familia. A los dieciocho años viene a Buenos Aires a estudiar e ingresa en la carrera de
Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Es profesora en Letras Modernas y pertenece, desde 1982, al Concejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (CONI-CET). Actualmente trabaja en el Instituto de
Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) donde ha participado y participa de
diversos proyectos de investigación y donde dicta un seminario de postgrado.
Es escritora y ensayista. En diciembre de 1969 conoce al escritor Abelardo Castillo con
quien se casa en 1976. Participó de la revista literaria El Escarabajo de Oro y fue
cofundadora junto a Abelardo Castillo y Liliana Heker de El Ornitorrinco (1977/1986), la
revista que la continuó, considerada la primera publicación de resistencia cultural
durante la dictadura militar (1976/1983).
Publicó tres libros de cuentos: En el invierno de las ciudades (primera edición, Galerna,
1988) que obtuvo el Primer Premio Municipal de Literatura; Probables lluvias por la
noche (primera edición, Emecé, 1993), y El país del viento (Alfaguara, 2003) destacado
como mejor "Libro de cuentos juvenil" por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil
Argentina” (Feria del Libro de Buenos Aires, 2004). Los tres libros más cuentos inéditos
aparecieron reunidos en el volumen: Narrativa breve (Alfaguara, 2005)
MIL GRULLAS
Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Porque ellos eran nuevos en
el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez
estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del
mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos
de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a
la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah... y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban
murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan
acostumbrados al silencio... Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba
sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
-No tengo hambre —le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el
mediodía—. Te dejo mi vianda —y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para
que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi... Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener
ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún...
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las
vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los
dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un
mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían
entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque... Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del
almanaque... Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! —pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a
pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras
épocas.
— Para cuando termine la guerra... —decía el abuelo.
— Todo acaba algún día... —comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy
hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal
como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni
árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué
alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus:
Lento se apaga el verano. Enciendo lámpara
y sonrisas. Pronto florecerán los crisantemos. Espera,
corazón.
***
Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños
tesoros de la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo
que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas
veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida
esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca...
Y los dos deseos se cumplieron.
84
Pero el mundo tenía sus propios planes...
***
Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo:
-¿Qué estará haciendo ahora?
"Ahora", Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta:
-¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima. En el avión, hombres blancos que pulsan
botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: "Donguri-Koro Koro- Donguri Ko..." por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen
edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su
casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar dónde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de
miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su
misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue
pelusita oscura.
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro... —susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama—. Nunca llegaré a
plegar las mil grullas que me hacen falta...
Mil grullas... o "Semba-Tsuru", como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó
cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi —le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
***
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron
aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado
mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de
que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían
acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego
los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había
hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de
diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo
de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al
hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del
hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
***
-Prohibidas las visitas a esta hora —le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos
extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor...
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma
aparentemente impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que
entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió. Tuvo que
estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del
techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada
hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
-Son hermosas, Toshi-can. Gracias.
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas —y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas
por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
***
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles
avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?
Febrero de 1976. Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente
de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de
papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se
encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquinas de calcular.
Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes...
Grullas y más grullas.
Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.
-Algún día completará las mil... —cuchicheaban entre risas— ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con
su perdido amor primero.
Glosario:
Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima Tatami: estera que se coloca sobre
pisos, en las casas japonesas tradicionales Haiku: breve poema de diecisiete sílabas, típico de la poesía japonesa. Obi:
faja que acompaña al kimono. Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplias mangas, largas hasta los pies y
que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi. Donguri Koro: Verso de una popular
canción infantil japonesa. Semba-tsuru (Mil grullas): Una creencia popular japonesa, asegura que haciendo mil de esas
aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel) – se logra alcanzar la larga vida y
felicidad.
Furoshiki: tela cuadrangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido
Toshi-can: diminutivo de Toshiro.
Elsa Bornemann
Nació en Buenos Aires en 1952. Fue una escritora de cuentos, canciones, novelas y piezas teatrales para niños y jóvenes. Se graduó
como profesora en Letras en Universidad Nacional de Buenos Aires. Entre los numerosos e importantes premios que recibió por sus
libros y por su trayectoria, se destacan: la Faja de Honor de la SADE por El espejo distraído y el Premio Nacional de Literatura Infantil.
Fue la primera escritora argentina que integró, en 1976, la Lista de Honor de IBBY, por su libro Un elefante ocupa mucho espacio.
Murió el 24 de mayo de 2013.
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