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Guerras, memoria e historia

Gonzalo Sánchez

Encuentros y desencuentros entre guerra y memoria son materia de reflexión creciente en el mundo
occidental, particularmente en Europa, pero no solo allí. La obsesión de la memoria parece ser un
rasgo característico de un tránsito de siglo marcado por las desilusiones del mito revolucionario y el
karma de la guerra. Sus expresiones son múltiples: vicisitudes de una conciencia colectiva sobre el
Holocausto en Alemania que comenzó en 1945 con los mundialmente famosos y paradigmáticos
procesos de Nuremberg y de Tokio contra los crímenes y políticas genocidas durante la Segunda
Guerra Mundial; gestos públicos de demanda de perdón, como el de Willy Brandt ante el gueto de
Varsovia en 1970; Tribunales Penales Internacionales para los genocidios extremos de origen estatal
en Yugoslavia y Ruanda (1994); y más recientemente exigencias de apertura de archivos y
rectificación histórica de la memoria traumática que dejó la confrontación entre Francia y Argelia
de 1954 a 1962, a la que se aludía simplemente como ”los eventos de Argelia” y, solo hasta el 2001,
reconocida y dignificada oficialmente por Francia como ”guerra”.

En América Latina, el tema irrumpió con el ocaso de las Dictaduras del Cono Sur, y se extendió luego
a las sociedades posbélicas centroamericanas que generaron diferentes modalidades de
rememoración, es decir, diferentes estrategias de duelo, de olvido y de reconciliación, o de simple
reconocimiento de la verdad de lo que pasó. En todos estos casos, han sido muchos los intentos por
suprimir, suplantar, profanar o desfigurar la memoria. Pero contra tales intentos se han
desencadenado también múltiples exigencias de reparación: jurídicas, simbólicas, políticas e incluso
financieras a las víctimas. Ni siquiera los esfuerzos más sistemáticos de ocultación, los de las
dictaduras o los de la Alemania nazi han logrado el cometido de borrar las huellas de sus atrocidades.

En Colombia, donde ”el pasado no pasa”, porque la guerra no termina, la apelación a la memoria es
mucho más ambigua que en estas historias ya consumadas, puesto que puede cumplir una función
liberadora, pero puede también producir efectos paralizantes sobre el presente. Como lo señalaba
para otro contexto Ernest Renan en su segunda carta a Strauss1, ”la guerra no tendrá fin si no se
admiten prescripciones para las violencias del pasado”. La anotación es pertinente para la historia
nacional de Colombia en donde los ”odios heredados” sirvieron durante mucho tiempo de
encadenantes de nuestras guerras, saldadas con diversas fórmulas de olvido. Pero surge la
pregunta: ¿se puede olvidar ilimitadamente renunciando a un mínimo de reparación y de justicia?

Cualquier intento de respuesta tiene que estar condicionado a un gran esfuerzo de historia crítica,
de contextualización, que ponga los acontecimientos bélicos del pasado en relación con los otros
acontecimientos de las estructuras sociales y de poder del presente, y que, por sobre todo, nos
permita hacer la selección de lo memorable y de lo que merezca simplemente ser olvidado, para
vivir sanamente el presente y afrontar transformadoramente el futuro.

Para alcanzar estos objetivos, no hay que aspirar a un imposible y tal vez indeseable relato común
de la guerra o de la historia nacional. A lo que hay que aspirar es a construir los escenarios en los
cuales los viejos adversarios puedan hablar de sus contrapuestas visiones del pasado, y debatir
abiertamente sobre sus diferenciados proyectos de nación. Lo que hay que retomar es un trabajo
de crítica de los ideales, valores y principios que han hecho de la guerra la forma dominante de
construcción de nuestra identidad como nación. Es esta una de las tareas prioritarias que incumbe
a los intelectuales de hoy.
Las preguntas que orientan esta búsqueda pueden enunciarse de la siguiente manera: ¿qué tipo de
huellas marcan nuestra historia nacional?; ¿cómo las incorporamos al lenguaje?; ¿cómo nos las
representamos y condicionan nuestro presente?; ¿qué restricciones imponen hoy a nuestra
memoria los procesos de universalización de la justicia; cómo enfrentar a partir de ellas el futuro?

Esta reflexión se basa en mi experiencia investigativa sobre Colombia, pero sus resultados pueden
ser de interés para la elucidación de otros contextos en donde la administración política de la
memoria está asociada de manera determinante a la experiencia social y cultural de la guerra.

Las huellas de la guerra


La guerra no es más que una de las manifestaciones más protuberantes de la crisis prolongada de
la sociedad colombiana, sociedad que forma parte de las que alguien llamara, en los albores del
siglo XX, ”democracias inorgánicas” de América Latina, caracterizadas por una mezcla de
parlamentarismo y guerras civiles.

Por ello, guerra, memoria e historia es una trilogía que evoca relaciones muy complejas, alusivas, en
primer lugar, a los procesos de construcción de identidad, es decir, a las representaciones que nos
hacemos de nuestro conflicto y sobre todo frente a nosotros mismos como nación; en segundo
lugar, dicha trilogía alude a la pluralidad de relatos, trayectorias y proyectos que se tejen en
relaciones específicas de poder que afirman, suprimen o subordinan a determinados actores; en
tercer lugar, y aunque esto no tenga referentes claros en Colombia, la problemática aquí tratada se
extiende a los símbolos, a las iconografías, a los monumentos, a los mausoleos, a los escritos, a los
”lugares de memoria” que pretenden perpetuar la presencia, o la vida de personas, hechos,
colectividades, porque la memoria es, en sentido profundo, una forma de resistencia a la muerte, a
la desaparición de la propia identidad.

Lo que esencialmente nos interesa aquí es, pues, lo que pudiéramos llamar las reciprocidades del
pasado y el presente o, si se quiere, los procesos de intervención del uno sobre el otro, en una
especie de movimiento pendular de la memoria.

La historia, primer elemento, tiene una pretensión objetivadora y distante con el pasado que le
permite atenuar ”la exclusividad de las memorias particulares”2. La historia diluye estas, o así lo
pretende, en un relato común. La memoria, por el contrario, tiene un sesgo militante, resalta la
pluralidad de relatos. Inscribe, almacena u omite, y, a diferencia de la historia, es la fuerza, la
presencia viva del pasado en el presente. La memoria requiere del apoyo de la historia, pero no le
interesa tanto el acontecimiento, la narración de los hechos (o su reconstrucción), como dato fijo,
sino las huellas de la experiencia vivida, su interpretación, su sentido o su marca a través del tiempo.
Por eso, como lo subraya Marc Augé, lo que se olvida y se recuerda no son los hechos mismos, tal
como se han desarrollado, sino la ”impresión”, que han dejado en la memoria3, impresión sujeta
desde luego a múltiples transformaciones. Esta es la gran mutación de la historiografía
contemporánea que ha saltado de una centralidad del acontecimiento, objeto privilegiado de la
historia, a la huella, objeto privilegiado de la memoria. Es, como lo han señalado Pierre Nora y
Jacques LeGoff, el paso inaugural de la narración, de las cadenas acontecimentales, a la
hermenéutica, a las cadenas significativas.

La memoria es una nueva forma de representación del decurso del tiempo. En efecto, mientras los
acontecimientos parecen ya fijos en el pasado, las huellas son susceptibles de reactivación, de
políticas de memoria. En suma, el pasado se vuelve memoria cuando podemos actuar sobre él en
perspectiva de futuro.

Ahora bien, en ningún otro país de América Latina, el tema de las huellas de la guerra tiene tanta
vigencia y condiciona tanto las percepciones políticas como en la Colombia de hoy. Puede
establecerse, entonces, una primera constatación: son en buena medida las exigencias de
comprensión de la guerra actual las que han llevado en años recientes a un redescubrimiento ávido
de las guerras del siglo xix. Todo ocurre como si se esperara que la relectura de las viejas guerras
pudiera descifrar la actual, en el supuesto de que las primeras de alguna manera le imponen su
propia trama a la de hoy. Así lo atestigua, por ejemplo, la profusión bibliográfica en torno a la Guerra
de los Mil Días (1899-1902), con sus 100 000 muertos, que no se debe solo a un afán conmemorativo
de su centenario; se debe también a la centralidad actual de algunos de sus temas específicos como
el canje de prisioneros, la regulación de la guerra, los rituales de la negociación y las potenciales
amenazas de una nueva desmembración nacional, como la que ocurrió entonces con Panamá. La
historia y en general las ciencias sociales fueron prácticamente invadidas en este país, en el curso
de las dos últimas décadas, por el tema de la violencia, primero, y de la guerra (pasada y presente),
luego.

Es evidente que, en Colombia, la memoria no está asociada a la conmemoración-exaltación del


pasado, al culto nostálgico a los muertos, a momentos o rituales heroicos, como sí ocurre en la
Francia victoriosa con los suyos, sobre todo los de 1918, cada 11 de noviembre. En Colombia, la
memoria está más asociada a la fractura, a la división, a los desgarramientos de la sociedad. En
Colombia, realmente no se hace memoria del fin de la Violencia (el advenimiento o la caída de la
dictadura del general Rojas Pinilla o la inauguración del Frente Nacional), sino ritualmente memoria
de su iniciación, el 9 de abril de 1948, referente simbólico de la división contemporánea de la
sociedad colombiana, cuando, tras el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, se pasó de
manera generalizada de la guerra de las palabras, la violencia simbólica, a la guerra de las armas4.
Más aún, puesto que la Violencia había comenzado antes del 9 de abril, la conmemoración de esta
fecha es más la evocación de una catástrofe que la apelación a un porvenir.

Pero hay que matizar. De las guerras civiles del siglo xix, por más trágicas que hayan sido, todavía se
recuerdan, claro está dentro de visiones antagónicas de liberales y conservadores, pacifistas y
guerreristas, los momentos decisivos, es decir, las batallas: Peralonso, Humareda, Palonegro,
registradas en una amplia literatura heroica. De la Violencia en cambio, solo se recuerdan sus
masacres aparentemente sin sentido y, por ello quizás, en Colombia la enorme producción
bibliográfica y los multitudinarios encuentros que se le consagraron en las dos décadas precedentes
tienen un sabor a esfuerzos de desciframiento del trauma. En Colombia, estamos pues, frente a un
problema de memoria no solo con respecto a un acontecimiento, temporalmente determinado, sino
con respecto a toda la historia nacional.

De las guerras civiles hay infinidad de reconstrucciones escritas, —memorias—, elaboradas por sus
grandes jefes, que consideraron que sus hazañas y sus objetivos eran dignos de ser relatados para
la posteridad. Lo mismo ha acontecido con los guerrilleros reinsertados la década de 1990. Líder
guerrillero(a) que se respete escribe un libro de memorias. Los dos últimos ejercicios de esta
naturaleza son el de Vera Grabe, Razones de vida, y el de María Eugenia Vásquez, Escrito para no
morir: bitácora de una militancia. En cambio, sobre la Violencia, cuyas huellas han forjado la
memoria y la identidad de toda una generación de colombianos, son escasos los relatos de sus
contemporáneos y protagonistas.
Sin embargo, hay quienes piensan que, en la sociedad colombiana, con su presente ya invadido por
la guerra, existe un exceso de memoria que sobredimensiona la visión presente del país como
repetición del pasado.

Una gran pregunta queda, pues, abierta: ¿cuánta memoria y cuánto olvido requiere una sociedad
para superar la guerra?5 La pregunta es pertinente, sobre todo si se acepta que el olvido no es una
función pasiva de la memoria, sino una operación activa sobre la misma o, como lo expresa aún más
categóricamente Paul Ricœur, comentando a Nietzsche, el olvido es una necesidad, pero es también
una estrategia6. Las respuestas a la pregunta formulada han variado en todo caso de una época a
otra. Como se indicó antes, en tiempos de Ernest Renan, se insistía más en los riesgos políticos de
hacer historia y memoria de las turbulencias del pasado nacional, y no tanto en la función liberadora
de la memoria, como tiende a aceptarse hoy.

Por otro lado, para Colombia, la respuesta sería incompleta si no analizáramos el conjunto de los
procesos históricos, porque el pasado de Colombia es de guerras, pero no es solo de guerras. Habría
que preguntarse también, desde otro ángulo, por la persistencia de los espacios de la civilidad. Es
otra mirada que ha permitido ver esta misma historia como escenificación de conversaciones entre
caballeros, en el marco de una ”democracia oligárquica”, que, aún tras los peores tiempos de crisis,
como el de Violencia, sale renovada con alguna fórmula de consenso. En este contexto, el acuerdo
bipartidista del Frente Nacional es presentado como paso necesario pero transitorio en la
reconquista de la unidad de la nación7. Su impacto mental es tal que la temática de violencia
desaparece durante un buen tiempo, incluso de los manuales escolares. Era preciso olvidarla. Solo
con el advenimiento de una nueva generación se reaviva la necesidad de excavar ese pasado
suprimido.

Inútil es escoger entre estas visiones contrapuestas, historia de guerras, historia de la civilidad. Son
énfasis que obedecen a cambios en la realidad, en las mentalidades y en las percepciones, respecto
de las cuales lo importante es determinar históricamente las dominancias. En efecto, pese a su
tradición guerrera, hasta la década de 1940 del siglo xx, Colombia alardeaba de civilismo,
constitucionalismo y republicanismo. Era la imagen que proyectaba frente al resto de América
Latina, llevada hasta el extremo. Colombia era el país de los pactos, de las constituciones, de los
consensos, y Bogotá, la ”Atenas suramericana”. Fue quizás a partir de la década de 1980 cuando
comenzó a invertirse ese imaginario colombiano y pasamos al de la guerra. La guerra presente
trastocó el demasiado cómodo imaginario de la democracia colombiana. Empezamos a reconocer
que grandes momentos de lucha o de demanda por la reincorporación política, a veces a través de
las armas, como en la Guerra de los Mil Días, a veces desde la movilización callejera y de la plaza
pública, como en el Gaitanismo, habían sido ahogados en sangre. El país había vivido en procura de
un reformismo recurrentemente diferido.

Yo soy en cierta medida responsable de algunas de estas visiones menos optimistas al postular la
historia de Colombia como una historia de guerras permanentes. En reacción a una idealizada visión
de la historia nacional que exageraba la estabilidad como característica dominante, silenciando una
real historia de confrontaciones y de exclusiones8, y en un esfuerzo comprensible por llamar la
atención sobre las dimensiones del conflicto que se estaba incubando a comienzos de la década de
1980, terminé por dramatizar quizás los aspectos guerreros, minimizando los rasgos civilistas y las
conquistas de la historia colombiana en otros órdenes. Era difícil, entonces, admitir que, a mitad de
camino entre la guerra y el rito democrático, se pudiera encontrar, para retomar la expresión
adjudicada a la Alemania decimonónica, un ”Estado de derecho sin democracia”9. Una operación
selectiva de memoria, la de la guerra y la de la civilidad, hacía casi imposible la integración de las
dos en una sola narrativa nacional. Daniel Pécaut encontró una clave de gran fuerza heurística, no
en la disyuntiva, sino en la complementariedad y vínculos orgánicos de Orden y Violencia.

Es preciso volver a poner las cosas en su justo lugar e insistir, más que en las dicotomías, en las
intersecciones de la guerra y la política. Pero esto no debe impedir reconocer igualmente que la
cronicidad de nuestra violencia, especialmente bajo su expresión bélica, es excepcional en el
contexto latinoamericano, y que produce, aparte de los obvios efectos económicos y políticos,
impactos culturales en una doble dirección:

Primero, remite, quiérase o no, a la idea chocante de una cultura de la violencia, no necesariamente
en el sentido de una naturaleza violenta del hombre colombiano, sino al menos de una tendencia
históricamente identificable y explicable, pero recurrente de la guerra.

Segundo, la cronicidad de nuestra violencia remite también paradójicamente a una cultura del
consenso, que a la larga ha llevado a la idea no menos problemática de que todo es negociable, todo
el tiempo. Se trata, en efecto, de un pactismo que atraviesa todas las esferas de la vida social, y que
va generando, con su propia reproducción, la erosión de reglas básicas de convivencia y de un orden
estatal colectivamente aceptado.

Esta propensión al pactismo y al perdón tiene una larga tradición en Colombia. Como parte de la
recomposición política después de las guerras, en el siglo xix, se ha señalado10, hubo numerosas
amnistías (perdón al delito) e indultos (perdón a la pena), no solo a nivel nacional, sino muchas otras
con radio de acción muy limitado, regional o local; a veces, sobre el conjunto de un ejército rebelde
y otras con exclusión de los jefes; a veces, por delitos específicos y, en otras, con generosidad
extrema, como fue la de 1880 en la que representantes del poder constituido y representantes de
los rebeldes se conceden amnistía mutua, en una especie de versión laica del perdón en la católica
Colombia del siglo xix.

A veces, la amnistía y el indulto se utilizan como recurso para facilitar la terminación de una guerra
y a veces se decretan al término de una fase de negociación. Como conclusión de la guerra que dio
origen a la soñadora Constitución de Rionegro de 1863, por ejemplo, se produjo la amnistía total,
tanto por delitos políticos como por los comunes, al igual que se había hecho en los momentos
fundadores de la Republica de Colombia (1820) y de la Gran Colombia (1821). Una ley de 1908 (Ley
4 del 10 de agosto) fue aún más genérica y declaró ”prescrita la pena o la acción criminal a que se
hayan hecho acreedores los militares que al servicio del Gobierno o de los revolucionarios hayan
cometido delitos comunes o políticos en las últimas guerras civiles”11, lo que era una manera de
amnistiar a todos los sobrevivientes de las guerras precedentes, declarando, mediante una ficción
jurídica, como no existentes los delitos cometidos en el curso de tales guerras. Los beneficiarios,
rehabilitados legal o judicialmente, recobraban la plenitud de sus derechos para volver a la política.

Desde luego, tras esta activación inercial de la amnistía, se pueden adivinar factores estructurales,
como la crónica debilidad del aparato estatal y en particular, del aparato judicial. Ante las
limitaciones para castigar a los ejércitos derrotados y sus apoyos sociales, al Estado solo le quedaba
como opción realista la incorporación formal y jurídica de aquéllos mediante el recurso sustitutivo
de la amnistía12.
Hay pues una historia real, una práctica casi natural de la amnistía en Colombia, que le plantea
problemas a la memoria, a nuestra relación con el pasado. El primero de ellos es cómo nombrarlo.

¿Cómo nombrar el pasado?

La memoria no sólo es huella identificable. Es también representación mental de un proceso social


y cultural. De allí que un segundo campo problemático al estudiar la cadena continua o discontinua
de las guerras y la Violencia es el de cómo nombrar, periodizar y ordenar los eslabones de la cadena.
Tres operaciones del análisis y de la construcción de memoria, tres mediaciones si se quiere, que se
vuelven en Colombia más complejas que en cualquiera otra nación latinoamericana. Nombrar es
escoger o determinar cómo y con qué sentido el evento (en un sentido muy amplio) se va a fijar en
la memoria; es definir el rasgo de identidad que va aglutinar todos los atributos de lo nombrado.

Los grandes momentos de ruptura política son también momentos de quiebre en los usos del
lenguaje. El lenguaje se vuelve escenario visible de las relaciones políticas. En el momento de mayor
tensión entre España y sus colonias, cuando apenas acaba de enunciarse la discriminación entre los
españoles de España y los españoles de América, en 1811, Antonio Nariño enuncia el antagonismo
creado como un problema de semántica política:

”Ya no somos colonos: pero no podemos pronunciar la palabra libertad, sin ser insurgentes. Advertid
que hay un diccionario para la España Europea, y otro para la España Americana: en aquélla las
palabras libertad independencia son virtud; en ésta insurrección y crimen”13

Existen, pues, claras imbricaciones entre gramática y política. Nombrar los enfrentamientos de la
década de 1950 del siglo xx como revolución, violencia o guerra también tenía implicaciones
políticas muy serias. Los diferentes actores tenían su propio diccionario, sus propios recursos de
memoria, para autonombrarse y para nombrar a los demás. La guerra es también un duelo en el
terreno de los discursos.

Delincuente, bandido, guerrillero, terrorista expresan ante todo relaciones de poder, que varían con
el tiempo, con las funciones, con los escenarios y con los observadores. Baste recordar cómo los
bandidos de la época de Benito Juárez en México se convierten en patriotas, cuando aquel los
incorpora a la lucha contra la invasión francesa, y Villa, el prototipo, es absorbido por la Revolución
y convertido en héroe nacional cuando entra triunfante a la ciudad de México. Incluso Zapata pasó
por diferentes categorías en el curso de ese proceso, como lo ha mostrado magistralmente Alan
Knight en su The Mexican Revolution.

En el acto de nombrar están, pues, escenificadas visiones de sociedad, visiones de procesos,


valoraciones antagónicas de acontecimientos históricos. En suma, los parámetros de identificación
son social, política e históricamente construidos ¿cuando se pasa, y mediante qué elementos
diferenciadores, de guerras de emancipación, a guerras civiles, a revoluciones y a la Violencia?

En una primera aproximación, podría decirse, de manera muy simplificada, que:

Las guerras nacionales o de emancipación se definen por la confrontación entre un poder colonial y
unos emergentes poderes nacionales, confrontación de la cual surgen los sujetos y narrativas de las
nuevas historias patrias. Es la guerra la que le asigna un nuevo lugar a los rebeldes, reduciéndolos a
simples insurgentes si la pierden, o convirtiéndolos en próceres, si la ganan.
Las guerras civiles por su parte, eran aquellas que, según estableció en siglo xviii el jurista suizo
Emmerich de Vattel, ”se hacen entre los miembros de una misma sociedad política…”14 y, por lo
tanto, con responsabilidades compartidas. Las guerras civiles, desde una perspectiva
latinoamericana, en cambio, no eran solo guerras entre los civiles, aunque alteraran las
subjetividades, rompieran lazos familiares, de amistad y las identidades comunitarias. Las guerras
civiles eran luchas ”entre el poder establecido, los poderes públicos, y la insurrección”15.

He recurrido a esta simplificación para subrayar, en un segundo momento, las dificultades.

En el siglo xix, a las guerras civiles también se las nombraba como revoluciones. Muchos de los
protagonistas escribieron sus memorias dándoles ese rango a las confrontaciones en que
participaron. Asimismo, a mediados del siglo xx en Colombia y en algunas zonas, como el Sur del
Tolima o los Llanos Orientales, en la frontera con Venezuela, los campesinos no utilizaron el término
de violencia, de origen más bien urbano, sino el de revolución. Sus fuerzas organizadas eran ”fuerzas
revolucionarias”. Al término del período de la Violencia y en los debates parlamentarios, para
combatirla, algunos aludían a ella como una ”gran ola de criminalidad” pese a su gravedad,
extensión y duración. Otros, pensando más bien en el futuro, acogieron el calificativo de guerra civil,
por razones prácticas. Las implicaciones eran de efecto inmediato: si se trataba simplemente de una
gran ola de criminalidad, no era posible negociar y tampoco perdonar: había que reprimir, en el
doble sentido de castigar y de esconder en el inconsciente. No había lugar para la memoria. Y, si era
guerra civil, entonces, se trataba de una rebelión justificada o legitimable contra el gobierno
existente y, por lo tanto negociable, amnistiable, perdonable.

Surge, entonces, la pregunta: ¿desde dónde se construye la diferencia? ¿Por qué se nombra de igual
manera a las rebeliones que comienzan desde arriba (así habría sido, con contadas excepciones, en
toda América Latina en el siglo xix) y a las que comienzan desde abajo? ¿A las que enfrentan
naciones (guerras de fronteras) y a las que enfrentan comunidades políticas? ¿Cómo catalogar las
guerras en la que está involucrada una potencia a la vez nacional e internacional, como la Iglesia,
como civiles o como internacionales?

Tal vez quien primero problematizó estas categorías fue el historiador venezolano Laureano
Vallenilla Lanz, quien escandalizó a todos los historiadores en 1912 con la tesis de que ”la guerra de
nuestra Independencia fue al mismo tiempo una guerra civil” como cualquiera de las otras
”matazones” del siglo xix17.

El historiador francés Georges Lomné ha retomado el punto para Colombia en un trabajo reciente18
y muestra cómo el enemigo se configura de manera distinta en los varios momentos del proceso de
Independencia (1810 = patriotas contra monárquicos, 1811 = federalistas contra centralistas,
ciudades contra ciudades), y cómo incluso en la óptica de los historiadores conservadores hay una
causalidad determinante: fue la Independencia la que generó la guerra civil, la guerra de facciones.
Lomné concluye mostrando la imposibilidad de pensar aisladamente guerra de independencia y
guerra civil19.

Lo expuesto hasta aquí tal vez nos permita enunciar una primera conclusión: no hay una guerra,
sino que, en toda guerra, hay múltiples dinámicas de guerra o diversas guerras entrelazadas: la
emancipación se desenvuelve en coexistencia con la guerra civil; la guerra por la nación se convierte
en guerra dentro de la nación. Es también la ruta de investigación que, con sus ambivalencias, ha
emprendido la historiografía francesa, la cual ha comenzado a reconocer la heterogeneidad de la
Segunda Guerra y la necesidad de pensarla a la vez como guerra civil, guerra nacional y guerra
mundial, tal como se sugirió también con respecto a la Revolución Francesa20, considerándola
simultáneamente guerra de opiniones, guerra nacional y guerra civil.

He aquí un principio de diferenciación, al menos para la era contemporánea. La revolución, en el


imaginario político, está dignificada. La Revolución es, en principio, promesa de algo que se realiza
en beneficio colectivo. La guerra civil, por el contrario, es por esencia sectaria, es déficit de algo en
su contenido (en los actores, en la sociedad, en la manera de llevar a cabo la confrontación), es
oscuridad en sus objetivos, y exceso de violencia. Un influyente estudio sobre la Revolución
Mejicana, La Gran Rebelión, de Ramón Eduardo Ruiz, causó conmoción en el mundo académico
norteamericano y mejicano a comienzos de la década de 1980 al sostener que lo acontecido a partir
de 1910 en aquel país fue el estallido de una guerra civil, que no alcanzó a ser ”Revolución”21. Fue
una revolución deficitaria, una guerra civil.

Por otro lado, la guerra parecería convertirse en violencia, primero, cuando se generalizan conflictos
aparentemente inconexos, y, segundo, cuando, tras la exacerbación de los antagonismos de
adversarios a la vez próximos y lejanos, los métodos se imponen sobre los objetivos. En la historia
colombiana, la violencia queda, como lo sugerí hace unos años, entre paréntesis, como un tiempo
muerto e inmóvil que no encuentra sentido ni en el pasado ni en el futuro, como si nunca hubiera
existido, como si la historia hubiera que escribirla sin ella, como una anomalía o transgresión que
interfiere en el análisis y rompe la racionalidad de nuestro devenir nacional.

El debate sigue abierto. Con todo, lo importante para nuestra argumentación es que el análisis no
parece alterar la memoria. Esta ya ha cumplido sus funciones hegemónicas: la Independencia
seguirá siendo la Independencia; las guerras civiles, un momento definido de la historia
latinoamericana; la Revolución Mexicana seguirá siendo la Revolución; la Violencia seguirá siendo
esquiva a las acotaciones. La representación simbólica de tales procesos terminará imponiéndose
sobre la discutida y discutible naturaleza de los mismos. Francia, por ejemplo, para evocar otro
extremo, se ha negado a aceptar cualquier contaminación semántica para caracterizar los grandes
momentos de su historia: la Revolución, la Comuna, la Resistencia, conservando incólumes las
definiciones canónicas. La memoria le dicta sus límites a la historia.

I. MODOS DE RESOLUCIÓN DEL PASADO


La pregunta por la relación guerras civiles y violencia crónica remite a un tercer tema que no es el
del comienzo o la naturaleza de estas guerras, sino el del malestar con las percepciones sobre su
terminación, la forma como se terminan. La forma como se terminan las grandes confrontaciones,
lo sabemos muy bien a la luz de las experiencias contemporáneas de las dictaduras y las crisis
revolucionarias centroamericanas, deja su marca en las formas de memoria de los protagonistas.
No es la misma la memoria en situaciones de victoria rebelde que en casos donde la cesación
definitiva de hostilidades se decide por negociación o que en aquellos en que lo que cuenta es el
colapso de un régimen militar; tampoco es la misma en contextos de aislamiento que en los de
apoyo internacional a alguna de las partes. Hay que distinguir también cuándo hay un blanco único
de las violaciones a los derechos humanos y cuándo estas se reparten, así sea de manera desigual,
entre los polos de la confrontación, como en El Salvador, o como lo será probablemente en la
Colombia de hoy, donde puede haber interés de las múltiples partes en la impunidad, dado lo que
se ha llamado un ”barbarismo simétrico”22. Entre memoria y olvido no hay relaciones dicotómicas,
sino negociaciones estratégicas.
La Revolución Mexicana o cualquiera de las otras contemporáneas (que son consideradas como
tales) cierran un capítulo de la respectiva historia nacional con una transferencia de poder de unos
sectores sociales, políticos o étnicos a otros, e incluso con la desaparición virtual de una clase social,
como sucedió en gran medida en Bolivia con los terratenientes. Aparecen como procesos cumplidos,
desarrollados en su potencialidad histórica. Las guerras civiles, po r el contrario, y desde esta
perspectiva, son, por lo general, guerras inconclusas. A menudo la una motiva la siguiente, haciendo
estrictamente de la paz una ”simple suspensión temporal de las hostilidades”, para retomar la
expresión de un filósofo inglés23.

No hay, en las guerras civiles, un final o sello revolucionario en el orden político o el orden social.
Más grave aún, y desde el punto de vista de los vencidos, las amnistías u olvidos de las guerras civiles
son mal negociados o groseramente incumplidos: se fusila a los jefes; no se reincorpora
productivamente a los exguerrilleros; las reformas pactadas se aplazan sine die. Las guerras se
terminan, pero no se resuelven. Los antiguos combatientes sobreviven a la espera de la próxima
guerra. Basta recordar que, en el siglo xix, salvo en un caso, todas las guerras las pierden los
rebeldes, hecho que consagró literariamente García Márquez en Cien Años de Soledad,
atribuyéndole a su protagonista, el coronel Aureliano Buendía, haber participado en treinta y dos
guerras civiles y haberlas perdido todas.

Si aceptamos, con Lewis Coser24, que hay que diferenciar los conflictos que terminan de los
conflictos que se resuelven, deberíamos concluir que no hay, en nuestro turbulento pasado guerras
resolutivas. Más aún, en las grandes versiones literarias, trátese de Sobre Héroes y Tumbas de
Ernesto Sábato, o Cien Años de Soledad de García Márquez, las guerras civiles del siglo xix aparecen
como la expresión de toda una tragedia continental25. Ya entrando el siglo xx, para evocar otros de
los momentos más importante, habría que precisar que la Guerra de los Mil Días, primero, termina
catastróficamente con la usurpación de Panamá, y la Violencia de la década de 1950 terminaría
luego con un Frente Nacional que es percibido como pacto de elites, que dejó por fuera a quienes
pagaron los costos de la guerra, los campesinos. No hay reconciliación con ese pasado. Es un pasado
suprimido. Se diría que, en la Colombia de la Violencia, la relación entre memoria y perdón fue
resuelta en cierta manera por el Frente Nacional, concebido precisamente como un pacto de perdón
y olvido en el cual cada formación partidista renunciaba a ser víctima principal. Pero, como se sabe,
la amnistía, el perdón, es por un lado recurso indispensable para superar el conflicto, para resolver
la desmovilización de los actores armados; pero, por otro lado, deja pendiente algo demasiado
importante: el sentido de reparación histórica a los damnificados deja viva la memoria del ”civil-
víctima”26. Casi de manera ofensiva, entre quienes van a ser ungidos como héroes de la
reconciliación y la terminación, figurarán prominentemente los responsables de la catástrofe (los
líderes bipartidistas, incluido el propio Laureano Gómez). Como lo señaló vigorosamente Immanuel
Kant, la simple omisión de hostilidades no es garantía de paz: la paz debe ser instaurada27; e
instaurar la paz es resolver las causas que le dieron origen y las que surgieron en el curso de la
confrontación. O, para retomar al mismo Kant, ”un tratado de paz puede poner término a una
determinada guerra pero no a la situación de guerra”28.

II. QUÉ HACER CON EL PASADO


46¿Qué hacer con el pasado, no como reconstrucción histórica de algo ya consumado, pues en este
sentido no hay posibilidad alguna de intervención, sino con sus huellas, con sus efectos sobre el
presente? ¿Es la memoria en tanto ”presente del pasado” susceptible de modificaciones, de
políticas de memoria? Es sobre la convicción de una respuesta afirmativa que actúan las víctimas de
experiencias traumáticas reclamando nuevos sentidos al pasado a partir del presente, mediante la
puesta en marcha de mecanismos y estrategias de resistencia a la ocultación deliberada o
inconsciente, con dispositivos diversos, incluidos los jurídico-políticos. Vista así, la memoria
constituye un territorio esencialmente político.

En Colombia, con su democracia formal o inorgánica, el problema se plantea de manera muy


diferente como se ha planteado en tantas otras experiencias latinoamericanas. En el caso de la
violencia en Colombia, no hay disputa por las pretensiones de autoamnistía-impunidad a los grupos
dominantes y vencedores, como se dio en el Cono Sur, o arreglos de reconocimiento y perdón más
o menos recíproco, como los que se produjeron en la década pasada en Centroamérica, sino
simplemente pacto de silencio de los rebeldes y de las víctimas con los verdugos, con un costo
político inmenso para los rebeldes, pues la renuncia a la violencia política por parte de estos conlleva
la aceptación de la legitimidad del régimen29. En consecuencia, los dueños del nuevo orden del
Frente Nacional, con su pretensión refundacional de la política, se reservan el control de la verdad
sobre ese pasado, respecto del cual el arrepentimiento no tiene cabida. La reconciliación de las elites
deja a las víctimas con la única certeza de una lucha fratricida sin sentido, una vergüenza colectiva
de la cual mejor ni hablar. Memoria prohibida, nadie reclama un monumento a las víctimas, no hay
héroes a los cuales erigirles una estatua. La violencia, pese a las propuestas en algunas prácticas
estéticas como la pintura, la obra literaria o el cine, es relegada al dominio de lo no-representable,
nomemorable, no-ubicable. Borradas de la memoria, las víctimas solo existen como fría estadística:
doscientos mil muertos!. El difuso nombre de ”Violencia” con el cual se la incorpora a la memoria
nacional cumple a cabalidad la imagen de un relato sin actores, de víctimas y victimarios diluidos en
el anonimato. iQue los muertos entierren a sus muertos!. ¿Cómo rehumanizarlos? A través de qué
voces pueden volver a hablar? La respuesta hasta ahora es un sintomático silencio.

Ni siquiera hay un esfuerzo de recuperación de memoria de las víctimas identificando sus nombres,
asignándoles un lugar para el duelo, un sitio para enterrarlas, un monumento para recordarlas.

Dada desde luego la desigual correlación de fuerzas, el olvido a los actos de los rebeldes exonera de
responsabilidades y de culpas a los detentadores del poder que imponen como memoria social su
memoria particular, reproducida en los textos, en la escuela y en todos los medios de comunicación,
a la espera de una historia crítica que remueva sus certezas.

Cada país, de acuerdo con su experiencia histórica, con la naturaleza de la guerra y el carácter de
los acuerdos de paz, elabora mecanismos y funciones diferenciadas para el necesario ejercicio de
memoria y de consolidación democrática. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico de
Guatemala, por ejemplo, creada en 1994 para ”preservar la memoria de las víctimas”, se daba como
función el simple ”esclarecimiento” de las violaciones de derechos humanos y hechos de ”violencia
política” durante el conflicto armado, sin individualizar responsabilidades, y sin propósitos o efectos
judiciales30. En El Salvador, la tarea es entregada en 1991 a un organismo internacional, las
Naciones Unidas, mediante acuerdo del gobierno y el Frente Farabundo Martí para la Liberación
Nacional, con capacidad de nombrar a las víctimas y a los victimarios, pero cuyos efectos fueron
atenuados con una posterior amnistía del presidente Alfredo Cristiani31. Muy distinto es el caso de
la Truth and Reconciliation Commission de Sudáfrica (1995), que se nutrió de las previas
experiencias latinoamericanas, y que integra las funciones de memoria, de justicia y de restauración
haciendo no solo públicas e individualizadas las acusaciones por los crímenes perpetrados durante
la guerra que llevó al colapso del régimen de apartheid, sino condicionando la opción política de la
amnistía a la comparición de los implicados ante la Comisión dentro de un plazo determinado,
transformando la culpa moral en responsabilidad jurídico-política. Dicho procedimiento les
garantiza también a los victimarios el derecho a ser oídos antes de ser incriminados, en un
intercambio de verdad por perdón. Las Comisiones de Verdad, veintiuno desde 1974, pueden en
ciertos casos facilitar, con mayor o menor éxito, la posterior persecución judicial, suministrando la
información de base procesal y resolviendo la real o potencial contradicción entre el deber de
justicia y la necesidad de memoria, cuando existe un sistema judicial confiable y efectivo, con los
recursos necesarios para cumplir su misión. Hay, pues, una enorme gama de variantes en las
complejas relaciones del indisociable trípode: la necesidad de memoria, la necesidad de justicia y la
consolidación democrática. Pero si hay algo en común, al menos en los casos de transición de un
orden político a otro (dictadura-democracia, por ejemplo), es que el período de la guerra aparece
como una suspensión de la memoria. Muchas y sustanciales cosas quedan pendientes tras las firmas
de los acuerdos.

El combate por la restauración de esa memoria trunca en la Colombia contemporánea apenas


comienza. Se ha vuelto, en todo caso, componente esencial de la recomposición nacional, de la
guerra y de su resolución o superación, de reparación moral y jurídica; y, en consecuencia, un tema
central de la política.

Ciertamente el libro La Violencia en Colombia, producto de la ”Comisión Investigadora de las Causas


de la Violencia” de la década de 1950, fue el primer registro que les reveló a los colombianos las
dimensiones y formas del horror que acababan de transitar, pero sin que generara las consecuencias
políticas que hubiera debido, dado el interés de las fuerzas hegemónicas y la tradición nacional por
el olvido. Los ineficaces y frágiles Tribunales de Conciliación y Equidad, que actuaban todavía bajo
la presión de la violencia inconclusa, dejaban a merced de los usufructuarios de la violencia la
discrecionalidad de la reparación económica que se proponían32. Con todas sus limitaciones tales
Tribunales fueron, sin embargo, el único instrumento de reparación material, que pudo identificar
nombres, sitios, fechas. Pero, insistamos, eran solo mecanismos de reparación material a las
víctimas. Lo demás quedaría en el ámbito de lo irreparable. Un segundo intento, en efecto más
elaborado y más importante que el anteriormente señalado, fue el de la Comisión Especial de
Rehabilitación que operó durante la época ”bandolera” de la violencia entre 1958 y 196033. Más
recientemente, ha sido creada una fundación, la Fundación Manuel Cepeda Vargas, que ha
elaborado una ”Galería de la memoria” y una página de Internet dedicada especialmente a recordar
a las víctimas de la Unión Patriótica, el politicidio de la UP34, una operación de exterminio de
disidentes con la misma ideología que las peores dictaduras de América Latina, la ”depuración-
limpieza” del cuerpo político de la nación, como recurso extremo para frenar el avance del
pluralismo político, percibido como disruptor del orden establecido.

Las complejas relaciones entre perdón y olvido, negociación y democracia, reviven con dramatismo
hoy en Colombia, al iniciarse, bajo la administración del presidente Álvaro Uribe, el proceso de
negociación, no con la insurgencia, sino con los paramilitares, que, no obstante su pretensión de
Autodefensas Unidas de Colombia, son una heterogénea fuerza de grupos ilegales no antagónicos
del Estado, sino aliados estratégicos en la lucha contrainsurgente, responsables de múltiples
crímenes de lesa humanidad, y con sus principales jefes pedidos en extradición por Estados Unidos
por terroristas y por sus ostensibles vínculos con el narcotráfico. El simple orden de las
negociaciones plantea de manera crítica las tensiones entre memoria, justicia y paz.

La memoria, asociada a viciosas formas de olvido, ha sido vivida como un problema recurrente en
la historia de Colombia. ¿Por qué solo ahora empezamos a tematizarla? ¿Por qué sigue siendo tan
difícil hacer de ella un problema nacional? Arriesgo una explicación que está en el trasfondo de esta
exposición: primero, la omnipresencia, real o imaginaria, de la guerra en el devenir nacional nos ha
hecho vivir en una especie de presente perpetuo, donde nada o poco cambia: ¿cómo acumular,
entonces, el recuerdo, hacer memoria, en una historia inmóvil, en un continuum de la guerra?
Segundo, y aunque parezca paradójico, la guerra hace vivir el presente de manera tan aplastante
que parecería como si todos los tiempos se juntaran en el instante que vivimos. Tercero, el período
de la Violencia, en particular, atravesó de una manera tan crucial todas las instituciones y las vidas
de todos los individuos que la responsabilidad histórica es más difícil de definir que en cualquier
otra experiencia latinoamericana, sin alimentar el recrudecimiento de las heridas.

En las guerras del siglo xix, las amnistías se estructuraban incluso de manera más simple que en la
Violencia del siglo xx, puesto que los vencidos en aquellas eran las más de las veces socialmente
simétricos. Según un estudio reciente, en el siglo xix, se produjeron en Colombia diecisiete amnistías
y otras nueve en el siglo xx, inscritas no tanto en una intención reparadora, sino en cálculos
estratégicos de los vencedores; asimismo, hubo en el curso de esos dos siglos sesenta y tres indultos.
La rutinización del olvido alimentaba la rutinización de la guerra.

III. LA TRANSNACIONALIZACIÓN DEL PASADO Y LOS RETOS DE LA MEMORIA


Para terminar, quisiera enunciar los límites que al ejercicio de la memoria impone la reciente y
creciente internacionalización de la justicia.

En los últimos años, se ha consolidado una percepción pública de que la escala de los
enfrentamientos, en términos de capacidad de fuego, control de territorios, de poblaciones y grado
de organización de las múltiples fuerzas irregulares, enfrentadas entre sí y con el Estado, ha entrado
en una nueva fase: tiempo, espacio y contenido de la guerra se han trastocado.

Hemos saltado recientemente de los equívocos de la violencia a los temas de la guerra: las páginas
de los periódicos están llenas de noticias y opiniones sobre canje de prisioneros, estatus de
beligerancia, arbitraje, mediación internacional, aplicación de legislación humanitaria en el uso de
ciertas armas, respeto a emblemas como la Cruz Roja, cuidado de enfermos, heridos y muertos,
secuestro y asesinato de ciudadanos extranjeros; atentados a bienes de uso colectivo, como los
acueductos, etc. Todo ello para no hablar de los efectos transnacionales de nuestra guerra (costos,
refugiados y contagio del conflicto) en los países vecinos de fronteras terrestres: Panamá, Ecuador,
Perú, Brasil y Venezuela, panorama que hace del conflicto colombiano un conflicto continental y
que, gradual y alternativa o complementariamente, ha ido llevando a la gestación de una diplomacia
para la guerra y una diplomacia para la paz, una diplomacia de ”países amigos” y una diplomacia de
aliados estratégicos, en suma, a un desplazamiento de la lucha por la legitimidad de las partes en
conflicto.

La posición geográfica, la importancia estratégica, los precarios equilibrios de la convulsionada


región latinoamericana hacen de la guerra colombiana un punto nodal de la diplomacia continental.
Dicho de otra manera, la dinámica actual de la guerra plantea problemas de soberanía para
Colombia y para los vecinos. Una soberanía extremadamente frágil vista desde la posición
colombiana, en tanto está atravesada por dos temas —las drogas y el Derecho Humanitario— frente
a los cuales las fronteras entre lo interno y lo externo, según los parámetros contemporáneos de la
comunidad internacional, son esencialmente difusas. Se trata, en efecto, de temas que nos llevan a
pensar no solo en una cuasiinternacionalización del espacio interno, como en el siglo xix, sino
también en una cuasiinternacionalización de los problemas internos. Con estrategias como el Plan
Colombia, transformado luego en Iniciativa para la Región Andina, y la inserción del conflicto
colombiano en la cruzada mundial contra el terrorismo, la guerra ha dejado de ser interna. Se ha
externalizado, abriendo paso a múltiples formas de intervención, incluidas las humanitarias. La
preponderancia de tales intervenciones se acentúa de manera inversamente proporcional a la
debilidad o fuerza del Estado colombiano en su triple frente de combate contra la insurgencia, la
contrainsurgencia y los narcotraficantes. La dimensión internacional es, pues, una de las grandes
variables que entran en los cálculos inciertos de la guerra en Colombia.

Al constatar que los problemas nacionales cruciales se han vuelto internacionales, estamos
señalando también que Colombia está pasando de una condición periférica a otra de centralidad en
la definición de hegemonías regionales en el subcontinente y potencial laboratorio americano de
los grandes ítems de la agenda internacional. Hoy se habla incluso de que, bajo el liderazgo del
presidente Álvaro Uribe, Colombia le está vendiendo su pelea a la región, con el beneplácito de
Washington.

Paradójicamente son estas preocupaciones por los impactos internacionales de la guerra las que
han llevado a un creciente debate sobre la naturaleza de la misma. Se evocan, de un lado, los rasgos
constitutivos de la guerra civil, a saber: un enfrentamiento armado prolongado entre ciudadanos, o
de ciudadanos contra el Estado o el orden institucional existente; carácter generalizado, organizado
y jerarquizado de los contendores; y expresado en controles territoriales identificables del espacio
nacional. Pero se insiste, de otro lado, en que la nuestra no es una pura y simple guerra civil
convencional: su especificidad consiste en que, pese a tales características, sigue siendo una guerra
civil irregular. Esto quiere decir que hay borrosas diferencias entre población civil y población
combatiente; que hay débiles estructuras organizativas y de autoridad; y que, por lo tanto, en
desarrollo de sus tácticas, a menudo de terror, se pretende rehuir la aplicación de la legislación
internacional humanitaria con el argumento de que es casi consustancial a la guerra irregular
involucrar a la población civil, cuyo apoyo a los contendientes es parte objetiva de la
confrontación35. De paso, esto último, lo señalamos ya, dificulta el reconocimiento de los
insurgentes como beligerantes.

Esta irregularidad ha originado también una gran preocupación práctica y jurídica por las
acotaciones de la guerra: quiénes están en ella, quiénes deber ser excluidos de ella. En términos
clásicos, se trata de distinguir los contenidos y razones de la guerra, su justeza (Jus ad bellum,
derecho de la guerra), de los modos de hacerla y las normas que la deben regir (Jus in bellum), cuyos
momentos culminantes son las Convenciones de Ginebra (1864) y de la Haya (1899 y 1907). No
obstante el reconocimiento de que la guerra por su propia dinámica subvierte normas jurídicas,
morales y de convivencia social, se busca, por diversos caminos, construir lo que ha convenido en
llamarse una ética de la guerra, cuyo ideal caballeresco quedó plasmado en el principio de que el
objetivo de la guerra no era eliminar al enemigo, sino someterlo36, ocupar sus territorios. Como lo
señala lacónicamente Michael Walzer, ”los ejércitos beligerantes tienen el derecho de tratar de
ganar sus guerras, pero no tienen el derecho de hacer todo lo que sea o parezca necesario para
ganarlas”37. En otras palabras, se hace necesario privilegiar el principio moral sobre el de la utilidad
de ganar la guerra a toda costa.

Si estos temas cobran una centralidad inédita en Colombia es porque en este país se despliega hoy
una clamorosa voz de desconcierto por la generalización de los blancos de la guerra (por las armas
que se utilizan, como pipas de gas, minas quiebrapatas; y atentados indiscriminados que, a muy
bajos costos, pueden producir enormes daños físicos e impacto psicológico.
Escalamiento de la guerra, multiplicación y vulnerabilidad de los blancos, ciertamente, pero también
creciente vigilancia internacional del conflicto. No cabe duda, pues, sobre los impactos de nuestra
guerra. Como lo señala a comienzos del siglo xx un notable jurista internacional:

Y cabe recordar que también el tiempo, la duración, en todos estos procesos, es un elemento
fundamental. Pese a que doctrinariamente el estallido de una guerra civil en un Estado no fracciona
en principio la soberanía del mismo, su prolongación puede modificar estos parámetros. Se cita, en
efecto, a Hugo Grotius (1583-1645) argumentando que ”una nación en guerra civil debe
considerarse, después de cierto tiempo, como formando dos naciones”39, reconocimiento que es
el que atemoriza a los adversarios de la beligerancia, por más que se diga que la aceptación de esta
no conlleva el reconocimiento de Estados diferenciados a las partes en pugna. Todo ello hace pensar
en la apreciación de Becu: ”La guerra civil destruye, siquiera sea parcial o temporalmente, la unidad
de la soberanía del Estado”40. Cantonización del país, riesgos de desintegración territorial son
temas que salen a menudo en las consideraciones sobre los efectos de largo plazo de la guerra que
se libra en Colombia.

Quiérase o no, en el curso de la guerra, se produce una fractura de la soberanía. En consecuencia,


el fantasma detrás de la beligerancia es, comprensiblemente en el caso colombiano actual, la
fragmentación territorial del Estado colombiano. Con todo, el criterio jurídico señala que el
reconocimiento de la beligerancia es la simple aceptación de un nivel de gravedad de la guerra que
debe llevar al sometimiento de la misma al Derecho de Gentes.

Dice Brocher:

”Una vez llegada la guerra civil a una cierta gravedad, es para el Estado atacado una medida de
humanidad, de sabia política y de interés bien entendido, renunciar a su actitud de justicier,
reconocer a sus adversarios como beligerantes, y aplicarles las reglas del Derecho de Gentes, sin
preocuparse, momentáneamente, de la legitimidad o de la ilegitimidad que asiste a los rebeldes,
para tomar las armas.”41

Triple internacionalización, pues, de la guerra colombiana: por un lado, la internacionalización


negativa, dados los niveles de violación de los derechos humanos que pone numerosas prácticas
corrientes de la degradada guerra colombiana bajo la competencia de tribunales internacionales
(Corte Penal Internacional, Tratado de Roma); internacionalización negativa derivada también de
los nexos inextricables entre el tema de las drogas, cuya solución trasciende las fronteras nacionales,
y el tema de la guerra; internacionalización con la inclusión, antes del 11 de septiembre, de tres
protagonistas de la guerra (FARC, ELN y Autodefensas Unidas de Colombia) en la lista de
organizaciones consideradas por el Departamento de Estado, seguido luego por la Unión Europea,
como ”terroristas”. El efecto inmediato es no solo la ”desterritorialización” de los actores, sino las
interferencias a su reconocimiento político, acrecentadas por el simple hecho de que tienen como
contraparte no una dictadura al estilo de las del Cono Sur, sino un régimen formalmente
democrático. Tres factores que operan como camisa de fuerza a la negociación interna, a la
administración de nuestra memoria. Tres barreras que imponen límites irreversibles a la tradición
colombiana de que todo es negociable, perdonable, amnistiable, ya que quienes son rebeldes
internos serían al mismo tiempo criminales internacionales. Parecería, pues, que nos estuviéramos
acercando a la idea de Kant en 1705, según la cual ”un derecho violado en cualquier lugar podía
sentirse en todas partes”42.
En el nuevo contexto internacional, y de centralidad de los derechos humanos, las aparentes
bondades de la transaccionalidad a ultranza tienen insalvables límites éticos y políticos: si antes lo
pudo ser, hoy no todo es negociable. En el actual contexto de globalización y cosmopolitismo
político, hay cada vez menos margen —aunque no sin resistencias— a los particularismos y a la
soberanía territorial. La distinción básica entre un acto de guerra y un acto criminal (por los blancos,
los métodos y el sentido) se vuelve esencial.

La batalla política contra las estrategias de olvido e impunidad de las dictaduras, que habían actuado
bajo la inspiración de la ”seguridad nacional” y la protección de la ”obediencia debida”43, se
universaliza y extiende hoy a todos los crímenes de guerra. Y, en un conflicto como el colombiano,
con sus tendencias a la degradación, el tema de lo no negociable es ineludible. El futuro necesita la
memoria. La memoria reclama, una vez más, su lugar en la política.

NOTAS
1 Ernest Renan, Qu’est-ce qu’une nation?, 1992, Agora, p. 21.

2 François Dosse, Paul Ricoeur: entre mémoire, histoire et oubli. La Mémoire, entre histoire et
politique, Cahiers Français, N°. 303, 2001, París: La Documentation Française.

3 Marc Augé, Las Formas del Olvido, 1998, Barcelona: Editorial Gedisa, pp. 22-23. Título original, Les
Formes de l’oubli, 1998, Paris: Editions Payot.

4 Gonzalo Sánchez G., Los días de la revolución. Gaitanismo y 9 de abril en provincia, 1983, Bogotá:
Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán.

5 Jean Hannoyer (Sous la coordination de), Guerres Civiles. Economies de la violence, dimensions
de la civilité, 1999, Paris-Beyrouth: Éditions Karthala-CERMOC, p. 11.

6 Paul Ricœur, La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido, 1999, Madrid: Ediciones de la
Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, p. 39.

7 Para una visión típica al respecto, véase de Alexander Wilde, el sugestivo ensayo La Quiebra de la
Democracia en Colombia: Conversaciones de Caballeros, 1982, Bogotá: Tercer Mundo Editores.

8 William Ramírez Tobón en ”Violencia, guerra civil, contrato social”. En: Instituto de Estudios
Políticos y Relaciones Interancionales- IEPRI ed. Colombia: Cambio de siglo. Balance y Perspectivas,
2000, Bogotá: Planeta Editorial, pp. 21-67, ha hecho muy pertinentes anotaciones a los vacíos que
dejó mi texto de 1982. Con todo, para mis críticos, ha pasado inadvertida una verdadera
reformulación de mi tesis original, que fue publicada originalmente en la Revista Análisis Político,
N°. 11, 1990, y que puede ser leída en G. Sánchez, Guerra y Política en la Sociedad Colombiana,
1991, Bogotá: Ancora Editores.

9 J. Habermas, Historia y Crítica de la Opinión Pública, 1994, México D. F: Ediciones G. Gili, p. 11.

10 Ver Mario Aguilera, ”Amnistías e indultos, siglos xix y xx”. Revista Credencial Historia, N°. 137,
2001, pp. 8-13; y Jorge Orlando Melo, Id., pp. 14,15.
11 Citado en Gonzalo Sánchez G. & Mario Aguilera P. (eds.), Memoria de un país en Guerra. Los Mil
Días 1899-1902, 2001, Bogotá: Planeta/Iepri/Unijus, p. 421.

12 Comunicación personal con Iván Orozco, 26 de febrero de 2003.

13 Suplemento a La Bagatela, N°. 5, Santafé, domingo 11 de agosto de 1811. Citado en Hans-Joachim


König, En el Camino hacia la Nación. Nacionalismo en el proceso de formación del Estado y la Nación
de la Nueva Granada, 1750-1856, 1994, Bogotá: Banco de la República, p. 285.

14 Emmerich de Vattel, citado en Roberto Domenech, Las Guerras Civiles Americanas ante el
Derecho Internacional, La Semana, 1915, Buenos Aires, p. 11.

15 José León Suárez en su prólogo al libro de Roberto Domenech Las Guerras Civiles Americanas
ante el Derecho Internacional, La Semana, 1915, Buenos Aires, p. XXXII. Desde una perspectiva
diferente de la mía, Eduardo Posada Carbó ha hecho una notable organización de este debate en
¿Guerra Civil? El lenguaje del conflicto en Colombia, 2001, Bogotá: Alfaomega, 2001. Para una
advertencia sobre el impasse político a que puede llevar la insistencia en esquivar la caracterización
del conflicto colombiano como guerra civil, véase mi ensayo ”Colombia: sociedad de desarraigo”, a
propósito del libro ”Guerra contra la Sociedad” de Daniel Pécaut. Revista de El Espectador, 26 de
agosto de 2001.

16 Stathis Kalivas, La violencia en medio de la guerra civil: esbozo de una teoría. Análisis Político, N°.
42, enero-abril 2001, pp. 3-25.

17 Laureano Vallenilla Lanz, Cesarismo Democrático, 1994, Caracas: Monte Avila Editores, pp. 39,
62.

18 Georges Lomné, ”Una ‘palestra de gladiadores’. Colombia de 1810 a 1828: ¿guerra de


emancipación o guerra civil?” En: Gonzalo Sánchez Gómez y María Emma Wills Obregón
(compiladores), Museo, Memoria y Nación, 2000, Bogotá: Museo Nacional de Colombia, pp. 285-
312.

19 Ibid. p. 307.

20 Antoine-Henri Jomini, Précis de l’art de la guerre, 2001, París: Perrin, p. 69.

21 Marco Velásquez, ”Escritura y Memoria de la revolución Mexicana”. En: Javier Pérez y Verena
Radkau García (coordinadores), Identidad en el Imaginario Nacional. Reescritura y enseñanza de la
historia, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Puebla/El Colegio de San Luis/Instituto Georg
Ecbert, Alemania, México, 1998, p. 78.

22 Citado en Natalia Maria Springer, Setting Up a Thruth Commission in the Middle of the Conflict.
A case study of Colombia, 2001, Lovaina: Master´s Thesis, p. 55; hay versión en español: Natalia
María Springer, Sobre la Verdad en los Tiempos del Miedo. Del establecimiento de una comisión de
la Verdad en Colombia y los Desafíos para la Justicia Restorativa. 2002, Bogotá: Universidad
Externado de Colombia. Ver también John Crowley, ”Pacifications Reconciliations (1)”. En: Cultures
et Conflits, 1999, N°. 40, Otoño, p. 11.
23 Henry Sidgwick, citado por Michael Walzer, Just and Unjust Wars, Basic Books, 3rd ed., p. 56.

24 The Functions of Social Conflict, 1956, New York: The Free Press.

25 Rebecca Earle (ed.), Rumours of Wars: Civil Conflict in Nineteenth-Century Latin America, 2000,
Londres: Institute of Latin American Studies, p. 2.

26 He estudiado el tema en ”Raíces Históricas de la Amnistía o las Etapas de la Guerra en Colombia”,


publicado por primera vez en la Revista de Extensión Cultural, 1983, N°. 15, Universidad Nacional
de Colombia, Seccional Medellín e incluido posteriormente en el libro Ensayos de Historia Social y
Política del siglo xx, 1985, Bogotá: Ancora Editores. Ver también de Joseph Bahout, ”Du pacte de
1943 à l’Accord de Taëf. La Réconciliation nationale en question au Liban”. En: Jean Hannoyer (Sous
la coordination de), Guerres Civiles. Economies de la violence, dimensions de la civilité, 1999, París-
Beyrouth: Éditions Karthala-CERMOC, p. 312. Se cita allí a Ralf Dahrendorf afirmando que toma seis
meses hacer una reforma política, seis años hacer viable una economía y sesenta años reconstruir
la ”sociedad civil”.

27 Immanuel Kant, La paz perpetua, 1989, Madrid: Tecnos, p. 14.

28 Ibid. p. 23.

29 Este fue también el dilema que se les planteó a las Brigadas Rojas en la Italia de las décadas de
1970 y 1980. Ver Sandrine Lefranc et Daniel Mouchard, ”Réconcilier, réprimer: les années de
plomb”. En: Italie et les transitions démocratiques dans le Cône sud latinoaméricain. Cultures et
Conflicts, 2001, N°. 40, p. 80.

30 Marta Altolaguirre, ”Alcances y Limitaciones de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de


las Violaciones a los Derechos Humanos y los Hechos de Violencia que han Causado Sufrimiento a la
Población Guatemalteca”. En: Rachel Sieder (ed.), Guatemala after the Peace Accords, 1998,
Londres: Institute of Latin American Studies, University of London, pp. 153-172. Ver allí mismo los
ensayos de Frank La Rue, The Rigt to Truth ande Right to Justice as Preconditions for the Rule of
Law, pp. 173-180, y Richard Wilson, The Politics of Remembering and Forgetting in Guatemala, pp.
181-204.

31 José Zalaquett, Truth, ”Justice and Reconciliation: Lessons for the International Community”. En:
Cynthia J. Arnson (ed.), Comparative Peace Processes in Latin America, 1999, Washington: Woodrow
Wilson Center Press/Stanford University Press, pp. 339-348.

32 Gonzalo Sánchez G., ”La Violencia: De Rojas al Frente Nacional”. En: Nueva Historia de Colombia,
tomo II, 1989, Bogotá: Planeta, p. 172, 173.

33 Gonzalo Sánchez G., ”Rehabilitación y Violencia bajo el Frente Nacional”. En: Gonzalo Sánchez
G., Guerra y Política en la Sociedad Colombiana, 1991, Bogotá: El Ancora Editores.

34 Un texto para el tema que tratamos aquí es precisamente Fundación Manuel Cepeda Vargas,
Duelo, Memoria, Reparación, 1998, Bogotá.
35 Stathis Kalivas, ”La violencia en medio de la guerra civil: esbozo de una teoría”. En: Análisis
Político, enero-abril 2001, N°. 42, p. 10.

36 Roger Caillois, La Cuesta de la Guerra, 1972, México: Fondo de Cultura Económica, pp. 30-31 (en
francés originalmente Bellone ou la pente de la guerre, París, 1963).

37 Michael Walzer, Just and Unjust Wars, 2000, Basic Books, 3er ed., p. 131.

38 Roberto Domenech, Las Guerras Civiles Americanas ante el Derecho Internacional, La Semana,
1915, Buenos Aires, p. 70.

39 Roberto Domenech, Las Guerras Civiles Americanas ante el Derecho Internacional, La Semana,
1915, Buenos Aires, p. 19.

40 Ibid. p. XXXIX.

41 Citado en Roberto Domenech, Las Guerras Civiles Americanas ante el Derecho Internacional, La
Semana, 1915, Buenos Aires, p. 353.

42 Immanuel Kant, La paz perpetua, 1989, Madrid: Tecnos, citado en Mary Kaldor, Las Nuevas
Guerras. La violencia organizada en la era global, 2001, Barcelona: Tusquets Editores, p. 37.

43 En Argentina, fue una batalla que se ganó a medias, pues la Ley de Punto Final de 1987 condenó
a los jefes militares, pero exoneró a los subordinados. Ver Emilio F. Mignone, ”Beyond Fear: Forms
of Justice and Compensation”. En: Juan E.Corradi, Patricia Weiss Fagen y Manuel Antonio Garretón
(eds.), Fear at the Edge. State Terror and Resistance in Latin America, 1992, University of California
Press, pp. 250-263.

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