0% encontró este documento útil (0 votos)
121 vistas25 páginas

La Importancia de la Consagración Cristiana

Cargado por

dios_apolo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
121 vistas25 páginas

La Importancia de la Consagración Cristiana

Cargado por

dios_apolo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La consagración es la respuesta del creyente que ha sido tocado por el amor de Dios.

Stephen Kaung

Lectura: Romanos 12:1-5.

En los primeros ocho capítulos de Romanos se nos muestra que en Cristo nosotros hemos recibido la justificación, la
santificación y la glorificación. Ahora bien, ¿cuál debería ser nuestra respuesta ante todo eso?

La consagración es la primera experiencia cristiana

Hermanos y hermanas, Dios dijo: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis
vuestros cuerpos en sacrificio vivo». Dios puede tratar con nosotros con todo derecho, porque él nos ha comprado por
precio. Así que no nos pertenecemos a nosotros mismos, le pertenecemos a él, y él tiene todos los derechos para demandar
de nosotros que le sirvamos, que le adoremos, para exigirnos vivir para él. Sin embargo, nuestro Dios nunca ejercerá sus
justos derechos. Más bien nos constreñirá por amor. Es como si él nos rogara. Dios nos ruega a través del apóstol Pablo.
«He hecho todo esto por ustedes, les he dado a mi Hijo unigénito, y ahora, ¿cómo me responderán? ¿Han sido tocados por
mi amor? ¿Están agradecidos de mí? Si han sido conmovidos por mi amor, entonces presenten sus cuerpos en sacrificio
vivo». Ésta es la única cosa que Dios pide de nosotros.

Amados hermanos y hermanas, ustedes saben que en tiempos del Antiguo Testamento, cuando un israelita recibía una
bendición de Dios y estaba agradecido, ¿cómo expresaba su gratitud? Él tomaba un cordero de su rebaño y lo traía al
templo, lo ataba a los cuernos del altar, ponía sus manos sobre la cabeza del cordero, y ese animal era sacrificado y
quemado en el altar por el fuego, lentamente, hasta ser totalmente consumido.

Pero, hermanos y hermanas, nosotros ya no vivimos en la sombra; vivimos en la realidad. Cristo ya ha venido, el Cordero
de Dios ya ha sido ofrecido, una vez y para siempre. Pero Dios no pide algo que le pertenezca a usted. Todo lo que él pide
es a usted mismo. Él dice: «Te quiero a ti, no quiero tu oro o tu plata, no quiero tus talentos, no quiero tu servicio; todo lo
que yo quiero es a ti. Yo te he amado, y te he dado mi Hijo. ¿Has sido tocado por mi amor? ¿Están dispuestos a presentar
sus cuerpos?».

¿Por qué los cuerpos? Porque este cuerpo ha sido redimido, ha sido comprado por precio. Este cuerpo ha sido santificado
y será glorificado, este cuerpo le pertenece a él. Y usa la palabra cuerpo porque es algo de cada día de vida. Nosotros
vivimos en este cuerpo, así que presentar nuestro cuerpo, significa presentar todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo,
nuestro ser entero que ha sido redimido es presentado a Dios. Y decimos: «Señor, éste es mi sacrificio». Pero no es un
sacrificio muerto, es un sacrificio vivo. En otras palabras, cada día de nuestra vida lo vivimos como un sacrificio. Ya no
vivimos para nosotros, sino para él, porque él es digno.

Amados hermanos y hermanas, la consagración es la primera experiencia cristiana. Después que usted recibió al
Señor Jesús, ¿consagró a él su vida? Si nunca lo ha hecho, su experiencia cristiana no ha empezado todavía.
Cuando pensamos en la consagración, retrocedemos, tenemos miedo. Oh, tenemos miedo de perder el control. No
sólo tenemos miedo de lo que nos pasará, nosotros sentimos que estamos más seguros en nuestras propias manos,
presentimos que si nos consagramos al Señor entonces no quedará nada para nosotros; perderemos todo –y
dudamos. No queremos hacerlo.

Pero cuando el Señor exige nuestro cuerpo, no es que él quiera quitarnos todo. Él sólo quiere quitar todo aquello que nos
hace daño, lo que será un obstáculo para su glorioso propósito en nosotros. Lo que él quiere es darse a sí mismo más
plenamente a nosotros. Eso es la consagración. Hermanos y hermanas, esto marca el principio de nuestra vida cristiana.
La consagración es muy importante, la consagración tiene que ser absoluta. Si no es absoluta, tarde o temprano usted verá
que Dios tiene que llevarlo de vuelta al principio.

El testimonio de F. B. Meyer

En el siglo XIX, hubo un predicador famoso en Inglaterra: su nombre era F. B. Meyer. Era un hombre muy brillante. Si
alguna vez usted ha leído sus libros, su inglés es tan bueno, que cuando él habla sobre agua usted puede oír el agua
fluyendo. Él entonces era un joven predicador muy exitoso en Edimburgo, Escocia. Pero una vez lo visitó un joven
llamado C. T. Studd. Tal vez usted no conozca este nombre, pero en su tiempo todos en Inglaterra conocían a Studd; él era
estudiante en Cambridge y el mejor jugador de cricket de Inglaterra. Venía de una familia millonaria, pero el Señor lo
llamó a predicar el evangelio a China.

Antes de que él fuera a China, visitó varios lugares y llegó a Edimburgo, el lugar donde Meyer era pastor. Meyer lo
recibió, y él pasó una noche allí. Era noviembre, y noviembre en Edimburgo es muy frío. Y temprano por la mañana
Meyer notó que había luz en el cuarto de Studd. Y como buen anfitrión, se preguntó qué habría pasado, tal vez su invitado
estaba enfermo. ¿Qué hacer? Era muy temprano para tocar a la puerta, así que esperó, pero la luz seguía encendida.
Finalmente llamó, y una voz le dijo que entrara. Él entró en el cuarto y vio a Studd sentado allí, envuelto en una frazada a
causa del frío. Meyer dijo: «Usted se levanta realmente temprano». Y él contestó: «Oh, yo amo al Señor, estoy
escudriñando la Palabra; estoy buscando órdenes para obedecer». Eso conmovió el corazón de Meyer.

Cuando nosotros leímos las Escrituras, ¿qué buscamos? Buscamos promesas. ¿Y qué evitamos? Los mandamientos. Pero,
¿qué buscaba este joven? Buscaba los mandamientos, porque él amaba al Señor y quería obedecerle. Eso tocó
profundamente a Meyer, y dijo: «Hermano, ¿cómo podría yo ser como usted? Usted tiene algo que yo no tengo». Y Studd
le preguntó: «¿Se ha dado usted mismo al Señor?». Decirle a un pastor: «¿Se ha dado usted mismo al Señor?» parece un
insulto. Y Meyer respondió: «Por supuesto, yo le he dado mi vida al Señor». Entonces Studd dijo: «¡Ah!, ¿ha entregado
usted toda su vida al Señor? ¿Le ha dado al Señor cada detalle de su vida?». Meyer dijo: «Nunca he hecho eso». Así que
Studd le dijo: «Vaya y hágalo».

F. B. Meyer amaba al Señor, así que empezó a considerar cada detalle de su vida; sus talentos naturales, su éxito, los
entregó uno por uno al Señor. Vio al Señor viniendo hacia él, extendiendo su mano y diciéndole: «Dame todas las llaves
de tu vida». Meyer le dio al Señor un manojo de llaves, grandes y pequeñas, de cada cuarto de su vida. Pero él se guardó
una llave pequeña, de un cuarto pequeño, y el Señor le preguntó: «¿Eso es todo?». «Oh», dijo él, «eso es todo, salvo esta
llave pequeña; por favor, permíteme quedarme con ella». Pero el Señor dijo: «No». «Oh Señor, si me permites guardar
esta llave, yo doblaré mis esfuerzos para servirte». El Señor dijo: «No», y empezó a darse la vuelta y a abandonarlo.
Meyer estaba desesperado, así que clamó: «Hazme quererlo. Yo no quiero, pero dame el deseo de quererlo». Y entonces
el Señor volvió y tomó esa llave pequeña, y le dijo a Meyer: «Si yo no soy el Señor de todo, no soy el Señor de nada».
Costó tiempo al Señor abrir todos esos cuartos, limpiarlos y purificarlos, pero él usó poderosamente a Meyer.

Hermanos y hermanas, ¿ya se han dado ustedes al Señor? ¿O se están reservando ustedes algo? La consagración es una
ofrenda que se quema, una ofrenda completa: todo. ¿Sabe?, ésta es la llave que abre el camino de vida: «que presentéis
vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional». ¿Quiere usted servir al Señor?
Presente su cuerpo a él; éste es el servicio –no hacer algo para él según lo que usted quiere, este no es el servicio; sino
presentar su cuerpo en sacrificio vivo, este es su culto espiritual. Usted no sabe servir, sino hasta que se da totalmente a él.
Entonces el Espíritu de alabanza llenará su corazón.

Una palabra a los jóvenes

Amados hermanos y hermanas, Romanos 12:2 dice: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la
renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».

Me gustaría decir unas palabras a los jóvenes. Sus ancianos probable-mente siempre les han dicho: «No se conformen al
mundo». Pero parece algo tan difícil de hacer. Algunos jóvenes me dicen: «Usted es viejo, ya ha experimentado el mundo;
nosotros no lo hemos visto aún, así que queremos verlo, y cuando envejezcamos como usted, entonces no seremos
conformados a este mundo».

Queridos jóvenes, exteriormente ustedes oyen a sus ancianos; sin embargo, en su corazón aún buscan el mundo. La Biblia
dice: «No os conforméis al mundo». ¿Qué significa eso? El mundo es como un molde, una moda. No se aprieten en ese
molde para tomar la forma de este mundo. Tú eres muy grande para eso, la vida que está en ti es muy grande para caber en
este mundo. Tendrías que apretarte mucho para entrar, para tomar la forma de este mundo. Debemos tener cuidado con
eso. Cuando hay una nueva moda en París, en pocas horas, todo el mundo está siguiéndola. Nosotros queremos estar de
moda, no queremos parecer anticuados.
«No os conforméis a este siglo ... para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». Joven,
¿cuál es la perfecta voluntad de Dios para ti? Cierta vez, unos jóvenes me dijeron: «Todo lo que está contra mí, esa es la
voluntad de Dios». Si ese es el caso, ¿cómo puedes amar la voluntad de Dios si tienes miedo de ella?

¿Cómo pueden ustedes no ser conformados al mundo? ¿Cómo pueden comprobar, es decir, experimentar que la voluntad
de Dios es perfecta y amarla? ¿Cómo pueden ustedes hacer eso? No es algo exterior. No es la ley, hermanos y hermanas,
es la gracia, porque cuando presentamos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, algo pasa dentro de nosotros. El Espíritu
Santo renovará la vieja mente.

Nosotros somos lo que somos debido a nuestra mente. La manera en que usted piensa y ve las cosas, la manera en que
valora las cosas, dirige su vida. Amados hermanos y hermanas, gracias a Dios, nosotros los que creemos en el Señor Jesús
tenemos una nueva vida; sin embargo, todavía tenemos una mente vieja. Ese es el problema.

Su mente todavía es la mente de la carne, y el ocuparse de la carne es muerte. Pero la obra del Espíritu es espíritu y es
vida. Ustedes no pueden cambiar su propia mente, pero hermanos y hermanas, aquí está el secreto: cuando ustedes
presentan sus cuerpos como un sacrificio vivo, el Espíritu Santo tiene libertad para renovar su mente. Y cuando su mente
es renovada, ustedes miran las cosas en forma completamente diferente. Lo que ustedes consideraban valioso, ahora lo
consideran como escoria; aquello que antes les daba miedo, ahora lo aman, es una cosa natural; es espiritualmente natural,
sobrenaturalmente natural. Hermanos y hermanas, la vida cristiana no es antinatural.

El apóstol Pablo, en Filipenses capítulo 3 dijo: «Lo que yo consideraba como valioso para mí en el pasado, me parece
como basura, pero lo que yo consideraba odioso, ahora lo amo, por causa de la excelencia del conocimiento de Cristo
Jesús, y estoy dispuesto a rendirlo todo para ganarlo; él vale la pena».

Hermanos y hermanas, cuán importante es esta materia de la consagración. Muchas veces en nuestra experiencia espiritual
llegamos a una crisis, y no podemos superarla. Pero si renovamos nuestra consagración, su nueva mente entra en nosotros
para hacerlo más fácil. ¡Gracias a Dios!

La perfecta voluntad de Dios

¿Y cuál es la voluntad perfecta de Dios? Él quiere que nosotros comprobemos cual es su buena voluntad, agradable y
perfecta. ¿Saben ustedes que la profundidad de esta voluntad de Dios es singular en número? Nosotros pensamos en la
voluntad de Dios como una pluralidad, pero hay una sola voluntad de Dios, que incluye todo. ¿Y cuál es esa perfecta
voluntad de Dios? ¿Cómo van ustedes a comprobarla? ¿Cómo van a vivir en ella? ¿Cuál es esa perfecta voluntad? Si
leemos Romanos 12, nos dice que esa perfecta voluntad de Dios es el cuerpo de Cristo.

«No tenga más alto concepto de sí que el que debe tener» (vers. 3). Hermanos y hermanas, cuando recibimos las
misericordias de Dios, estábamos tan plenos, y pensábamos: «Ahora lo tenemos todo. No necesitamos a nadie más; el
Señor y yo, eso es suficiente». Ah, no vea en sí mismo más de lo que usted es, porque usted es sólo un miembro del
cuerpo de Cristo. Cristo es tan inmenso, insondable en riquezas, que ninguna persona por sí sola puede contener la
plenitud de Cristo. Lo que usted ha gustado sólo es una pequeña parte de él. Usted gusta un poco, yo gusto otro poco y así
tenemos que pensar de nosotros mismos según nuestra medida de fe. Tenemos hermanos y hermanas, y en ellos, en cada
miembro del cuerpo de Cristo está la riqueza de Cristo. Nos necesitamos unos a otros. Hermanos y hermanas, ésta es la
perfecta voluntad de Dios.

La consagración. «...que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo». Vemos que aquí cuerpos está en plural, porque
cada uno de nosotros tiene un cuerpo, un cuerpo redimido, pero cuando todos estos cuerpos son presentados al Señor, el
Señor abrirá nuestros ojos para ver el cuerpo, el único cuerpo. Cristo es la Cabeza y la iglesia es su cuerpo. Usted no sólo
lo verá, sino también lo vivirá.

Hermanos y hermanas, a menudo siento que, aunque han transcurrido dos mil años, la iglesia aún no está lista. El cuerpo
no ha sido totalmente edificado todavía. ¿Saben cuál es la razón? Es que muchos de los que han sido salvos viven para sí
mismos; ellos nunca ven el cuerpo, nunca llegan a ser un miembro vivo funcionando, porque viven en su propio cuerpo y
viven su propia vida. Hermanos y hermanas, esta es la razón.
A menos que el pueblo de Dios se dé a sí mismo absolutamente al Señor, usted no podrá ser un miembro vivo del cuerpo
de Cristo funcionando. El cuerpo de Cristo es edificado por las funciones de sus miembros. Cada miembro contribuye con
su parte para la edificación del cuerpo en sí mismo. Ahora vemos cuán importante es esta materia de la consagración; la
consagración absoluta lleva a la vida del cuerpo.

Que el Señor nos ayude

La consagración es un milagro de gracia. “OJO”

Consagración Andrew Murray (1828-1917)

«Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo
es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos» (1 Cr. 29:14).

Ser capaz de ofrecerle algo a Dios es un perfecto misterio. La consagración es un milagro de gracia. «Pues todo es tuyo, y
de lo recibido de tu mano te damos». En estas palabras hay cuatro pensamientos muy preciosos que quiero revisar y
aclarar a ustedes:

1. Dios es el dueño de todo, y nos lo da todo. .


2. Nosotros no tenemos nada, sino lo que hemos recibido –sin embargo, todo lo que necesitamos podemos recibirlo de
Dios.
3. Es nuestro privilegio y honra devolver a Dios lo que recibimos de él. .
4. Dios tiene una alegría doble cuando recibe de retorno lo que él nos dio.

Y cuando aplico esto a mi vida –a mi cuerpo, a mi riqueza, a mi propiedad, a mi ser entero– entonces entiendo lo que
debería ser la consagración.

Dios nos da todo

Es la gloria de Dios, y su especial naturaleza, estar siempre dando. Dios es el dueño de todo. No hay ningún poder,
ninguna riqueza, ninguna bondad, ningún amor, fuera de Dios. Es su naturaleza misma no vivir para sí, sino para sus
criaturas. El suyo es un amor que siempre se deleita en dar.

Aquí llegamos al primer paso en la consagración. Debo ver que todo lo que tengo es dado por él; debo aprender a creer en
Dios como el gran dueño y dador de todo. Que pueda tener una clara conciencia de ello. No tengo nada, sino lo que real y
definitivamente pertenece a Dios. Tal como mucha gente dice: «El dinero que está en mi bolso me pertenece», así Dios es
el propietario de todo. Es suyo y sólo suyo. Y es su vida y delicia estar siempre dando.

Oh, tomemos este pensamiento precioso: no hay nada que Dios tenga que él no quiera dar. Tal es su naturaleza, y por
consiguiente cuando Dios solicita algo, él mismo lo da primero. Nunca tenga miedo cuando Dios le pida algo; porque
Dios sólo pide lo que le es propio; lo que él pide que usted dé, él ya se lo ha dado previamente. ¡El propietario, dueño, y
dador de todo, es nuestro Dios! Aplique esto a usted mismo y sus dones, a todo lo que usted es y posee. Estúdielo, créalo,
viva en ello, cada día, cada hora, cada instante.

Nosotros recibimos todo

Así como la naturaleza y gloria de Dios es siempre estar dando, es la naturaleza y gloria del hombre estar siempre
recibiendo. ¿Para qué nos hizo Dios? Cada uno de nosotros ha sido hecho un vaso en el cual él puede derramar su vida, su
belleza, su felicidad, su amor. Cada uno de nosotros fue creado para ser un receptor y un depositario de tanta vida y
bendición celestial como Dios pueda poner en nosotros.

¿Hemos entendido esto, que nuestro gran trabajo –el fin de nuestra creación– es siempre estar recibiendo? Si entramos
totalmente en ello, nos enseñará algunas cosas preciosas. He aquí una: la absoluta necedad de ser orgulloso o presumido.
¡Qué locura! Imagínese pedir prestado un hermoso traje, y caminar alardeando de él como si fuese propio. Todos dirían:
«¡Qué necio!».
Y aquí está el Dios Eterno, dueño de todo lo que tenemos; ¿nos atreveremos a gloriarnos en nosotros mismos por aquello
que es todo suyo? ¡Entonces qué bendita lección nos enseñará lo que es nuestra posición! Estamos relacionados con un
Dios cuya naturaleza es siempre estar dando, y la nuestra es siempre estar recibiendo. Así como la cerradura y llave
encajan, Dios el dador y yo el receptor coincidimos. A menudo nos preocupamos por las cosas, y oramos por ellas, en
lugar de remontarnos a la raíz de las cosas, y decir: «Señor, yo sólo pido ser el receptor de lo que tu voluntad significa
para mí; del poder, los dones, el amor y el Espíritu de Dios». ¿Qué puede ser más sencillo? Venir como un receptor –
limpio, vacío y humillado. Venir, y entonces Dios se deleitará en dar.

Si puedo decirlo con reverencia, él no puede ayudarse a sí mismo; es su promesa, su naturaleza. La bendición está siempre
fluyendo de él. Hemos visto cómo el agua siempre fluye en los lugares más bajos. ¡Si sólo nos presentamos vacíos y
postrados, no siendo sino sólo receptores, ¡qué vida dichosa viviríamos! Día a día alabándole. Él dando y yo aceptando. Él
concediendo y yo feliz de recibir ..
Cuántas decenas de miles de personas han dicho esta mañana: «¡Qué bello día! Abramos las ventanas para que entre la luz
del sol con su grato calor y alegría!». Que nuestros corazones aprendan cada momento a disfrutar en la luz y el gozo del
amor de Dios. «Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas
semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos».

Nosotros devolvemos todo

Si Dios da todo y yo lo recibo todo, entonces el tercer pensamiento es muy simple: yo debo devolverlo todo. Es un
privilegio que, por causa de tenerme en amorosa y grata comunión con él, y dándome la dicha de agradarle y servirle, el
Dios Eterno diga: «Ven ahora, y devuélveme todo lo que yo doy». Alguien dirá: «Oh, ¿pero debo devolver todo?».
¡Hermano, usted no sabe que no hay felicidad o bienaventuranza alguna excepto en dar a Dios! David lo sentía así. Él
dijo: «Señor, es un privilegio indecible que nos permitas devolverte lo que es tuyo». Sólo recibir, y luego por amor
devolver a él como Dios, lo que él da.

¿Sabe por qué Dios lo necesita a usted? Las personas dicen: «¿No nos da Dios todas las buenas dádivas para
disfrutarlas?». Pero, ¿sabe usted?, el verdadero goce está en devolver. Simplemente mire a Jesús: Dios le dio un cuerpo
maravilloso. Él lo guardó santo y lo dio en sacrificio a Dios. Ésta es la belleza de tener un cuerpo. Dios le ha dado a usted
una alma; ésta es la belleza de tener una alma –usted puede devolvérsela a Dios.

Las personas hablan sobre la dificultad de tener una voluntad muy fuerte. Usted nunca puede tener demasiada fuerza de
voluntad. Sin embargo, el problema es que no entregamos esa fuerza de voluntad a Dios, para hacerla un vaso en el que
Dios pueda y vierta su Espíritu, que lo capacite para hacer un servicio espléndido para él mismo.

Hemos tenido ahora tres pensamientos: Dios da todo; yo recibo todo; yo dejo todo. ¿Hará usted ahora esto? ¿No dirá cada
corazón: «Mi Dios, enséñame a abandonarlo todo»? Tome su cabeza, su mente con toda su capacidad de expresarse, su
propiedad, su corazón con sus afectos –los mejores y más secretos– tome oro y plata, todo, deposítelo a los pies de Dios y
diga: «Señor, aquí está el convenio entre tú y yo. Tu deleite es darlo todo, y mi delicia es devolver todo». Eso es lo que
Dios nos enseña.

Si esa simple lección fuera aprendida, terminarían muchos problemas relacionados con la búsqueda de la voluntad de
Dios, y acabarían todas nuestras vacilaciones, porque se escribiría, no en nuestras frentes, sino en nuestros corazones:
«Dios puede hacer conmigo lo que a él le plazca; yo le pertenezco con todo lo que tengo». En lugar de decir siempre a
Dios: «Dame, dame, dame», debemos decir: «Sí, Señor, tú eres dador, tú amas dar, y yo amo devolver». Pruebe esa vida y
averigüe si no es ésta la vida más alta.

Dios se regocija en nuestro dar

Dios da todo, yo recibo todo, yo doy todo. Ahora viene el cuarto pensamiento: Dios se regocija grandemente cuando
nosotros damos a él. No sólo es que yo soy el receptor y el dador, sino Dios también es el Dador y el Receptor, y, puedo
decirlo con reverencia, él se goza aún más en la recepción que en la dádiva. En nuestra pequeña fe, nosotros pensamos a
menudo que los dones vuelven a Dios todos manchados. Dios dice: «No, ellos retornan hermosos y glorificados». La
entrega de su amado Hijo, con sus aspiraciones y acciones de gracias, regresa a Dios con un nuevo valor y belleza.
Ah, hijo de Dios, usted no sabe cuán precioso es a los ojos del Padre el regalo que usted le trae. ¿No hemos visto cuando
una madre da un pedazo de pastel, y el hijito viene y le ofrece un trocito para compartirlo con ella? ¡Cómo valora ella el
regalo! Y Dios, oh, mis amigos, su amoroso corazón de Padre, anhela que usted le dé todo. Esta no es una demanda, no es
la dura demanda de un amo, sino el llamado de un Padre amoroso, que sabe que cada regalo que usted le trae lo enlazará
más a él, y cada entrega que usted hace abrirá más ampliamente su corazón para obtener más de sus dones espirituales.

¡Oh, amigos! Un regalo a Dios tiene ante sus ojos un valor infinito. Es su delicia. Él ve la aflicción de Su alma y está
satisfecho. Y trae a usted bendición indecible.

Consagrémonos

Introduzcámonos en el espíritu de David, con el espíritu de Jesucristo en nosotros. Alcemos nuestra oración de
consagración. Y el bendito Espíritu dé gracia a cada uno de nosotros para pensar y decir lo correcto, y para hacer lo que
agrada los ojos del Padre.

Consagración a Dios

Lectura: Génesis capítulos 17,18 y 19 C. H. Spurgeon (1834-1892)

Quiero, si Dios me ayuda, tomar como base la vida de Abraham, y llevarles, primero, a observar al modelo de la vida
consagrada; segundo, la naturaleza de la vida superior; y, en tercer lugar, sus resultados.

El modelo de la vida consagrada

«Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto» (Gn. 17:1). Un hombre que va a ser completamente
santificado al servicio del Maestro, debe primero comprender todo el poder, la suficiencia y la gloria de Dios. El Dios a
quien servimos lo llena todo, tiene todo el poder y todas las riquezas. Si pensamos de él limitadamente, nuestra confianza
será poca, y nuestra obediencia, mínima; pero si tenemos una gran concepción de la gloria de Dios, aprenderemos a
confiar completamente en él, recibiremos más abundantemente sus misericordias, y seremos impulsados a servirle más
consistentemente.

El pecado, con frecuencia, tiene su origen en pensamientos bajos acerca de Dios. Veamos el pecado de Abram; él no
podía ver cómo Dios le haría padre de muchas naciones, pues Sarai era anciana y estéril. De ahí su error con Agar. Pero si
hubiera recordado lo que Dios le recuerda ahora, que Dios es El Shaddai, el Todopoderoso, habría dicho: «No, yo
permaneceré fiel a Sarai, porque Dios puede cumplir sus propósitos sin nuestra ayuda. Él es todosuficiente, y no depende
de las fuerzas de la criatura. Esperaré pacientemente y en silencio, para ver el cumplimiento de las promesas del
Maestro».

Ahora, tal como fue con Abram, así es con nosotros. Cuando un hombre está en dificultades económicas, si él cree que
Dios es todosuficiente para llevarlo a través de ellas, no recurrirá a ninguna de las artimañas comunes en el mundo, ni
degenerará en esa astucia que es tan usual entre los hombres de negocios. Si un hombre cree, siendo pobre, que Dios es
porción suficiente para él, no estará envidioso del rico o disgustado con su condición. El hombre que siente que Dios es
porción todosuficiente para su espíritu, no buscará deleitarse en la vanidad; no irá con la atolondrada multitud tras su
alegría vana. «No», dice él, «Dios se me ha revelado como un Dios todosuficiente para mi consuelo y mi gozo. Estoy feliz
desde que él es mi Dios. Que otros beban de cisternas rotas si quieren, yo bebo de la fuente desbordante, y estoy
absolutamente satisfecho».

Cristiano, con un Dios como éste, ¿por qué habrías de humillarte ante los malos? ¿Por qué exponerte en la búsqueda de
placeres terrenales donde las rosas siempre están mezcladas con espinas? ¿Por qué poner tu confianza en el oro y la plata,
en tu fuerza natural? ¡El Shaddai está por ti! Tu santificación dependerá mucho de que aceptes con toda tu fe el hecho de
que él es tu Dios eternamente, tu porción diaria, tu absoluta consolación. Tú no te atreves, no puedes, no quieres vagar por
las sendas del pecado cuando has conocido que este Dios es tu pastor y guía.
Siguiendo este modelo de vida consagrada, subrayemos las próximas palabras: «...anda delante de mí». Éste es el estilo de
vida que caracteriza la verdadera santidad; es un caminar ante Dios.

Es notable que, en la anterior visita divina al patriarca, el mensaje del Señor fue: «No temas». Era entonces apenas un
niño en las cosas espirituales, y el Señor le dio el consuelo que necesitaba. Ahora ha crecido; es un hombre, y la
exhortación es práctica y llena de acción: «anda». El hombre cristiano ha de echar mano al poder y la gracia que ha
recibido. La médula de la exhortación reside en las últimas palabras: «anda delante de mí», entendiendo como tal un
sentimiento habitual de la presencia de Dios, el hacer lo recto y huir del mal, por respeto a la voluntad de Dios; el
considerar a Dios en todos los actos públicos y privados.

Esta es la señal del hombre de Dios verdaderamente santificado: vivir de continuo como ante la presencia de la divina
Majestad; actuar como sabiendo que el ojo que nunca duerme está siempre fijo en él. El deseo de su corazón es jamás
hacer lo malo, y nunca puede olvidar lo recto, aunque esté en el mundo, pues puede contar con que Dios está en todo
lugar.

Las próximas palabras son: «...y sé perfecto». Hermanos, ¿significa esto la perfección absoluta? No contro-vertiré la
creencia de algunos, de que podemos ser completamente perfectos en la tierra. Libremente admito que el modelo de la
santificación es la perfección. Sería incoherente con el carácter de Dios que él nos diese algo distinto a un mandato
perfecto, y una norma perfecta. Dios no pone ante sus siervos ninguna regla de este tipo: «Sé tan bueno como puedas»,
sino esta: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mt. 5:48). ¿Puede jamás
alguien lograr esto? Ciertamente, no; pero es el objetivo de todo cristiano. Yo preferiría que mi hijo tuviese un texto
original perfecto para copiar, aunque él nunca pudiese escribir de la misma forma, a que él tuviese un texto imperfecto
delante suyo, porque entonces él no sería jamás un buen escritor. Nuestro Padre celestial nos ha dado la imagen perfecta
de Cristo para que sea nuestro ejemplo, su ley perfecta como nuestra regla, para que apuntemos a esta perfección en el
poder del Espíritu Santo, y, como Abram, para postrarnos en vergüenza y confusión de rostro, al reconocer cuán lejos
estamos de ella.

La perfección es lo que deseamos, buscamos con denuedo, y finalmente obtendremos. Nosotros no queremos tener una
ley condescendiendo con nuestra debilidad. Sin embargo, la palabra ‘perfecto’ lleva normalmente el significado de
‘recto’, o ‘sincero’: «anda delante de mí, y sé sincero».

Ningún doble estándar debe tener el hombre cristiano, ninguna liviandad con Dios o con los hombres; ninguna profesión
hipócrita, o principios falsos. Él debe ser transparente como el cristal; ser un hombre en quien no hay astucia, que ha
desechado toda forma de engaño, que lo odia, y lo aborrece, y camina ante Dios; que ve todas las cosas con sinceridad
absoluta, deseando seriamente en todas ellas, grandes y pequeñas, encomendarse a sí mismo a la conciencia de otros,
como a la vista del Altísimo.

Hermanos, aquí está el modelo de la vida consagrada. ¿Anhela usted lograrlo? De seguro, cada alma que es movida por la
gracia de Dios lo hará. Pero si su sentimiento sobre eso es como el mío, hará como el patriarca: «Abram se postró sobre su
rostro ante el Señor». Pero, oh, cuán lejos de esto hemos llegado. Nosotros no siempre hemos pensado en Dios como todo
suficiente; hemos sido incrédulos. Hemos dudado una y otra vez.

No siempre hemos caminado delante del Señor. No siempre sentimos su presencia como observándonos. Hay palabras
airadas en la mesa, mal proceder en el trabajo, descuido, mundanalidad, orgullo y cosas que estropean la labor diaria; y
cuando regresamos a casa tenemos que reconocer que nos hemos descarriado, como ovejas perdidas, olvidando la
presencia del Pastor. No hemos hablado y actuado como sintiendo que él nos mira constantemente. Así es, no hemos sido
perfectos.

Pero miren a su modelo, hermanos, estúdienlo en la vida de Cristo, y entonces apunten a él con el celo del apóstol que
dijo: «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui
también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando
ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo
llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Fil. 3:12-14).

La naturaleza de la consagración
La genuina consagración espiritual empieza con la comunión con Dios. Observen el tercer versículo: «Entonces Abram se
postró sobre su rostro, y Dios habló con él». Contemplando a Cristo Jesús, su imagen se fotografía en nuestra mente, y
somos transformados de gloria en gloria, como por la presencia del Señor. La distancia de la presencia de Dios siempre
significa pecado; la santa familiaridad con Dios engendra santidad. Cuanto más tú piensas en Dios, más meditas en sus
obras, más lo alabas, más oras a él, más constantemente hablas con él, y él contigo, por el Espíritu Santo, más cercano
estás en el camino a la plena consagración a su causa.

El próximo punto en la naturaleza de esta consagración es que es fomentada por la visión ampliada del pacto de la gracia.
Sigamos leyendo: «He aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gente». El Señor dijo esto para ayudar
a Abram a caminar ante Dios y ser perfecto; de lo cual concluimos que para crecer en la santificación un hombre debe
aumentar en conocimiento, y también en la tenacidad de la fe que se apropia del pacto que Dios ha hecho en Cristo para
su pueblo.

Observen que Abram fue alentado acerca de su propio interés personal en el pacto. Vean la reiteración del segundo
pronombre personal: «He aquí, mi pacto es contigo, y (tú) serás padre de muchedumbre de gente». En el sexto verso: «Y
te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu
descendencia después de ti... para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti». Así Abram tiene el pacto para sí
mismo; esto le hace sentirse muy involucrado en él.

Si alguna vez serás santificado para el servicio de Dios, deberás tener plena certeza de tu interés en todas las provisiones
del pacto. Las dudas son como los jabalís del bosque que despedazan las flores de santificación en el jardín del corazón;
pero si tienes una convicción dada por Dios de tu confianza en la sangre preciosa de Jesucristo, entonces las pequeñas
zorras que estropean las vides son exterminadas, y tus uvas tiernas darán grato olor. Que el Señor nos conceda una fe
firme para reconocer nuestro claro derecho a las mansiones celestiales.

Una gran santidad brota de una gran fe. La fe es la raíz, la obediencia es la rama; y si la raíz se deteriora la rama no puede
florecer. Conoce que Cristo es tuyo, y que tú eres de él; porque aquí encontrarás la fuente para regar tu consagración, y
hacerlo rendirá fruto al servicio de Cristo.

Notamos, al leer estas palabras, cómo el pacto es revelado particularmente a Abram como una obra de poder divino.
Veamos la secuencia del pasaje: «Mi pacto es contigo... te multiplicaré ... estableceré mi pacto... te daré... seré tu Dios», y
así sucesivamente. ¡Qué gloriosas promesas! No podemos servir al Señor con un corazón perfecto hasta que nuestra fe
logre primeramente asir el divino querer de Dios.

Si mi salvación descansa en este pobre y endeble brazo, en mis resoluciones, mi integridad y mi fidelidad, naufragaría
para siempre; pero si mi salvación eterna descansa en el gran brazo que sostiene el universo, si la seguridad de mi alma
está totalmente en esa mano que guía el curso de las estrellas, entonces, ¡bendito sea su nombre!, está bien asegurada; y
ahora, además de amar a semejante Salvador, le serviré de todo corazón. Me dedicaré y me brindaré a aquel que en su
gracia se ha comprometido conmigo. Subrayemos esto, estemos muy claros sobre ello, y pidamos tener clara la obra
divina en nuestra alma, porque eso nos ayudará a ser consagrados a Dios.

Más allá, Abraham tuvo una visión del pacto en su eternidad. No recuerdo que la palabra ‘perpetuo’ haya sido usada antes
en referencia a ese pacto, pero en este capítulo la tenemos una y otra vez. «Yo estableceré mi pacto como pacto perpetuo».
He aquí una de esas grandes verdades que muchos de los bebés en la gracia todavía no han aprendido, a saber, que las
dádivas de gracia no son bendiciones dadas hoy y quitadas mañana, sino bendiciones eternas.

La salvación que es en Cristo Jesús no es una salvación que nos pertenecerá durante unas horas, mientras le seamos fieles,
y entonces será quitada, para que seamos abandonados. «Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que
se arrepienta». «Yo soy Dios», dice él, «yo no cambio: por consiguiente, los hijos de Jacob no serán consumidos».
Cuando nosotros nos pusimos en manos de Cristo, no confiamos en un Salvador que podía vernos ser destruidos, sino que
descansamos en aquel que dijo: «...y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano»
(Juan 10:28).

Considerando la naturaleza de esta consagración, yo observaría luego que aquellos que son consagrados a Dios son
considerados como nuevos hombres. La nueva humanidad es indicada por el cambio de nombre –él ya no se llama más
Abram, sino Abraham, y su esposa no es más Sarai, sino Sara. Nosotros, amados, somos nuevas criaturas en Cristo Jesús.
La raíz y la fuente de toda consagración a Dios reside en la regeneración. Hemos nacido de nuevo, una simiente nueva e
incorruptible que vive y mora para siempre fue puesta dentro de nosotros. El nombre de Cristo nos es dado: ya no somos
llamados pecadores e injustos, sino hemos sido hechos hijos de Dios por la fe que es en Cristo Jesús.

Notemos además que la naturaleza de esta consagración fue mostrada a Abraham por el rito de la circuncisión. No sería
decoroso entrar en detalles acerca de ese rito, pero basta decir que él significa despojarse de la inmundicia de la carne.
Tenemos la propia interpretación del apóstol Pablo acerca de la circuncisión en su epístola a los Colosenses. La
circuncisión indicaba a la descendencia de Abraham que había una corrupción de la carne en el hombre que debía quitarse
para siempre, o permanecería impuro y fuera del pacto con Dios.

Ahora, amados, debe haber, en orden a nuestra santificación a Cristo, una entrega, una dolorosa renuncia a cosas que
estimábamos valiosas. Debe haber una negación a los afectos y apetitos de la carne. Debemos mortificar nuestros
miembros. Debe haber autonegación si vamos a entrar en el servicio a Dios. El Espíritu Santo debe dictar sentencia de
muerte y extirpar las pasiones y tendencias de la humanidad corrupta.

Notemos, con respecto a la circuncisión, que fue ordenada perentoria-mente, debía ser practicada en cada varón de la raza
de Abraham, y su omisión sería causa de muerte. Así el apartarse del pecado, el abandonar la contaminación de la carne,
es necesario a cada creyente. Sin santidad nadie verá al Señor. Tanto el bebé en Cristo debe estar consciente de la muerte
decretada sobre el cuerpo de la inmundicia de la carne como asimismo un hombre que, como en el caso de Abraham, ha
llegado a una edad avanzada y ha venido a la madurez en las cosas espirituales. No hay ninguna distinción aquí entre el
uno y el otro. Sin santidad nadie verá al Señor; y si una supuesta gracia no quita de nosotros el amor al pecado, no es en
absoluto la gracia de Dios, sino la idea presuntuosa de nuestra propia naturaleza vana

Los resultados de la consagración

Inmediatamente después que Dios se apareció a Abraham, su consagración fue manifiesta, primero, en su oración por su
familia. «¡Ojalá Ismael viva delante de ti!». Hombre de Dios, si eres de hecho del Señor, y sientes que eres de él, empieza
ahora a interceder por todos los que te pertenecen. Nunca te satisfagas a menos que ellos también sean salvos; y si tienes
un hijo, un Ismael, con respecto al cual abrigas muchos temores y mucha ansiedad, cuando ya eres salvo, nunca dejes de
expresar ese gemir: «¡Ojalá Ismael viva delante de ti!».

El siguiente fruto de la consagración de Abraham fue el ser hospitalario con todos. En el capítulo siguiente (18), está
sentado a la puerta de su tienda, y tres hombres vienen a él. El cristiano es el mejor siervo de la humanidad en un sentido
espiritual. Por causa de su Maestro, se esfuerza por hacer el bien a los hijos de los hombres. Él es el primero en alimentar
al hambriento, vestir al desnudo, y hacer bien a todos los hombres, mayormente a los de la familia de la fe.

El tercer resultado fue que Abraham deleitó al Señor mismo, porque entre esos tres ángeles que vinieron a su casa estaba
el Rey de reyes, el Eterno. Cada creyente que sirve a su Dios da, como allí, refrigerio a su Señor. Dios tuvo un deleite
infinito en la obra de su amado Hijo: «Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia», y también se deleita en la
santidad de todo su pueblo. Jesús ve el fruto de la aflicción de su alma, y está satisfecho por las obras del creyente; y tú,
hermano, como Abraham atendió al Señor, deleita al Señor Jesús con tu paciencia y tu fe, con tu amor y tu celo, cuando te
consagras completamente a él.

Una vez más, Abraham fue el gran intercesor para otros. El final del capítulo 18 está lleno de sus peticiones en favor de
Sodoma. Él no había podido suplicar antes, pero después de la circuncisión, de la consagración, viene a ser un
‘recordador’ del Rey, asume el oficio sacerdotal, y está allí clamando: «¿Destruirás la ciudad? ¿Destruirás al justo con el
impío?». Oh amados, si nos consagramos a Dios así completamente, como he intentado describir débilmente, seremos
poderosos en Dios en nuestras intercesiones.

Creo que un varón santo es una bendición mayor para una nación que un ejército de soldados. ¿No temieron ellos más las
oraciones de John Knox que las armas de diez mil hombres? Un hombre que habitualmente vive cerca de Dios es como
una gran nube que siempre deja caer lluvias fertilizantes. Este es el hombre que pudo decir: «La tierra se deshace, pero yo
soporto sus pilares». Francia nunca habría visto una revolución tan sangrienta si hubiera habido allí hombres de oración
para preservarla. Inglaterra, entre los tumultos que la sacuden, se mantiene firme por la oración elevada incesantemente
por los creyentes.

La bandera de la vieja Inglaterra es asegurada a su mástil, no por las manos de sus soldados, sino por las oraciones del
pueblo de Dios. Éstos, intercediendo día y noche, cumpliendo su ministerio espiritual, son aquellos por quienes Dios salva
las naciones, por quienes él permite que la tierra todavía exista; y cuando su tiempo haya terminado, y ellos sean
levantados, la sal será tomada de la tierra, y entonces los elementos serán fundidos con calor ardiente, también la tierra y
las obras que están en ella serán quemadas; pero este mundo no pasará hasta que él haya reunido a los santos con Cristo en
el aire. Él lo preservará por causa del justo.

Busquen con diligencia el grado superior de la santidad, amados hermanos y hermanas; y mientras descansan sólo en la fe
para la justificación, no sean indolentes acerca del crecimiento en la gracia. Que los logros más altos sean su anhelo, y
Dios se los conceda, por causa de su Hijo. Amén.

La belleza de la consagración (Watchman Nee)

La consagración consiste en que Dios nos concede el honor de servirle.

Lecturas: Ex. 28:40-43; Lv. 8:18-28; Rom. 6:13, 16, 19; 12:1-3; 1 Co. 6:19-20; 2 Co. 5:14-15.

La consagración es el resultado de una comprensión adecuada de lo que es la salvación. Si una persona considera su fe en
el Señor Jesús como un favor al Señor, y su fe en Dios como una cortesía hacia Él, será inútil hablarle sobre la
consagración. Si alguien piensa así, no ha tenido un buen comienzo en la fe cristiana y, por ende, es imposible esperar que
se consagre.

La enseñanza sobre la consagración se encuentra tanto en el Antiguo Testamento (Éxodo 28 y 29, y Levítico 8), como en
el Nuevo (Romanos 6 y 12).

Aunque la consagración es la primera experiencia básica de nuestro servicio a Dios, no encontramos muchas enseñanzas
que provengan directamente de la Palabra de Dios. Necesitamos estudiar las porciones mencionadas, para entender el
significado de la consagración.

En 2ª Corintios 5:14-15 se nos muestra claramente que el poder constreñidor del amor del Señor es la base para que los
hijos de Dios se consagren. Según el idioma original, la palabra constreñir significa rodear de tal forma a la persona que
ella no puede escapar. Él nos ha atrapado en su amor, y no tenemos alternativa. Nadie puede consagrarse a no ser que
sienta amor por el Señor. Pero después que el amor está, la consagración será la consecuencia inevitable.

Pero la consagración no sólo se basa en el amor del Señor por nosotros, sino también en el derecho que él tiene sobre
nosotros (1ª Cor. 6:19-20). Nuestro Señor dio su vida por nosotros como rescate, adquiriéndonos así de nuevo. El Señor
nos compró y nos redimió; por eso voluntariamente le cedemos nuestra libertad. Para los cristianos de hoy la idea de ser
comprado por precio tal vez no sea claramente comprendida. Pero para los corintios, era perfectamente claro. En aquel
tiempo existían los mercados humanos, donde se remataban esclavos. Pablo usa esa metáfora para mostrarnos lo que
nuestro Señor hizo por nosotros. Él pagó un gran precio: su propia vida, y nos rescató. Y hoy, debido a esta obra
redentora, renunciamos a nuestros derechos y perdemos nuestra soberanía.

Por un lado, por causa del amor, escogemos servirlo; por otro lado, por su derecho, nosotros no somos nuestros. Servimos
al Señor porque él nos ama, y lo seguimos porque él tiene un derecho sobre nosotros. Este amor y este derecho obtenido
en la redención nos constriñen a darnos al Señor.
Una base para la consagración es el derecho legal, y la otra es el amor agradecido. La consagración está así basada tanto
en el amor que sobrepasa el sentimiento humano como en el derecho, de acuerdo a la ley. Por esas dos razones, nada nos
resta sino pertenecer al Señor.

El verdadero significado de la consagración

Ser constreñidos por el amor del Señor o reconocer su derecho legal no constituye todavía la consagración. Después de ser
constreñido por su amor y reconocer su derecho sobre uno, debe dar otro paso, que lo llevará a una nueva posición.

Debido a que el Señor nos constriñe y nos compra, nos apartamos de ciertas cosas y vivimos por él y para él. Esto es la
consagración. «Consagración» se puede traducir como «recibir el servicio santo», el oficio de servir al Señor. Esto es
como prometerle al Señor: «Hoy me separo de todo para servirte, porque tú me amas.» nuevo uso.

Suponga que usted compra un esclavo y lo lleva a casa. Al llegar a la puerta, el hombre, arrodillado, le dice: «Amo, tú me
compraste. Desde hoy, con placer, atenderé tus palabras». Para usted, haberlo comprado es una cosa, pero el hecho de que
él se arrodille a sus pies proclamando el deseo de servirlo, es algo completamente distinto. Porque usted lo compró, él
reconoce su derecho; mas porque usted lo amó, aún siendo él quien es, él se declara enteramente suyo. Solamente eso es
consagración. Consagración es más que el ver Su amor y más que saber que él nos compró: es la acción que sigue al amor
y a la compra.

Las personas consagradas

Al leer Éxodo 28:1-2, 4 y 29:1, 4, 9-10, vemos que la consagración es algo muy especial. Israel fue la nación escogida por
Dios (Ex. 19:5-6), pero no llegó a ser una nación consagrada. Las tribus de Israel eran doce, pero no todas recibieron el
servicio santo: sólo la tribu de Leví (Núm. 3:11-13); sin embargo, no toda la tribu de Leví estaba consagrada, ya que entre
los levitas sólo se asignó el servicio santo a la casa de Aarón. Si alguien que no pertenecía a esta casa se acercaba, moría
(Núm. 18:7).

Gracias a Dios, hoy somos miembros de esa casa. Todo aquel que cree en el Señor es miembro de esta familia. Todo aquel
que ha sido salvo por gracia es sacerdote (Ap. 1:5-6). Debemos recordar que sólo pueden consagrarse aquellos que son
escogidos por Dios como sacerdotes. Así que, Dios nos ha escogido para ser sacerdotes por ser miembros de esta casa, y
por eso estamos calificados para consagrarnos.

El hombre no se consagra porque haya escogido a Dios, sino porque Dios, quien es el único que escoge, lo ha
llamado. Aquellos que piensan que le hacen un favor a Dios al dejarlo todo, son extranjeros y no se han consagrado.
Debemos darnos cuenta de que nuestro servicio a Dios no es un favor que le hacemos a él ni una expresión de bondad
para con él. Tampoco es un asunto de ofrecernos a la obra de Dios, sino que Dios ha sido benevolente con nosotros
dándonos el honor y el privilegio. Dice en la Biblia que los sacerdotes del Antiguo Testamento vestían dos piezas de ropa,
una para honra y otra para hermosura. (Ex. 28:2). En la consagración, Dios nos viste con honra y hermosura. Es el
llamado que Dios nos hace a su servicio. Si nos gloriamos por algo, debemos gloriarnos en nuestro maravilloso Señor.

Para el Señor no hay nada especial en tener siervos como nosotros, pero para nosotros lo más maravilloso es tener al
Señor. La consagración consiste en que Dios nos concede el honor de servirle. Debemos postrarnos ante él y decir:
«Gracias, Señor, porque tengo parte en tu servicio. Gracias, porque entre tantas personas que hay en este mundo, me has
escogido a mí como parte de este servicio.» La consagración es un honor, no un sacrificio. Es cierto que necesitaremos
sacrificar algo, pero no existe conciencia de eso. La consagración está llena de sentido de honra y no de conciencia de
sacrificio.

El camino de la consagración

En Levítico 8:14-28 se nos muestra el camino hacia la consagración.

a) La ofrenda por el pecado.


Para recibir el servicio santo de Dios, es decir, para consagrarse a Dios, primero tiene que hacerse propiciación por el
pecado. Sólo una persona que es salva y pertenece al Señor, puede consagrarse. La base de la consagración es la ofrenda
por el pecado.

b) El holocausto.

Examinemos Levítico 8:18-28 muy cuidadosamente. Aquí tenemos dos carneros: un carnero se ofrecía como holocausto,
y otro como ofrenda de consagración. Esto hacía que Aarón fuera apto para servir a Dios.

¿Qué es el holocausto? El holocausto es una ofrenda que debe ser completamente consumida por fuego; por lo tanto, el
sacerdote no podía comer su carne. El problema de nuestro pecado se soluciona con la ofrenda por el pecado, pero el
holocausto hace que Dios nos acepte. El Señor Jesús llevó nuestros pecados en la cruz. Esto se refiere a su obra como la
ofrenda por el pecado. Al mismo tiempo, mientras el Señor Jesús estaba en la cruz, el velo fue rasgado, y se nos abrió así
el camino al Lugar Santísimo. Esta es su obra como holocausto. La ofrenda por el pecado y el holocausto empiezan en el
mismo lugar, pero conducen a dos lugares distintos. Ambos empiezan donde se encuentra el pecador.

La ofrenda por el pecado se detiene en la propiciación por el pecado, mientras que el holocausto hace al pecador acepto
ante Dios en el Amado. Por tanto, es más importante que la ofrenda por el pecado. El holocausto es el agradable aroma del
Señor Jesús ante Dios, que hace que Dios lo acepte. Cuando lo ofrecemos a Él ante Dios, nosotros también somos
aceptados. No sólo somos perdonados mediante la ofrenda por el pecado, sino que también somos aceptados mediante el
Señor Jesús.

c) La ofrenda de la consagración.

1. La aspersión de la sangre. Después de que el primer carnero era inmolado, se sacrificaba otro. Con la sangre de éste
se untaba el lóbulo de la oreja derecha, el pulgar de la mano derecha y el pulgar del pie derecho de Aarón y sus hijos. Esto
significa que como Dios nos ha aceptado en Cristo, debemos saber que la sangre aplicada en nuestra oreja, nuestras manos
y nuestros pies nos aparta para Dios. Debemos declarar que nuestras orejas, nuestras manos y nuestros pies pertenecen por
entero a Dios. Debido a la redención, nuestras orejas, cuya función es oír, deben escuchar a Dios; nuestras manos, hechas
para trabajar, deben ahora laborar para Dios; nuestros pies ahora deben caminar para Dios. Nuestros miembros fueron
comprados por el Señor, de modo que todos le pertenecen a él.

La sangre es la señal de la posesión y el símbolo del amor. El «precio» que se menciona en 1ª Corintios 6, y el «amor» de
2 Corintios 5 se refieren a esta sangre. Debido a la sangre, el amor y el derecho de propiedad, nuestro ser ya no nos
pertenece.

2. La ofrenda mecida. Después de que se rociaba la sangre, se presentaba la ofrenda mecida. Debemos recordar que el
segundo carnero había sido sacrificado y su sangre había sido untada en la oreja, en la mano y en el pie. Esto todavía no es
consagración, pero es la base de la misma. La aspersión de la sangre es simplemente una confesión de amor y una
proclamación de los derechos, lo cual nos hace aptos para consagrarnos; sin embargo, la verdadera consagración viene
después de todo eso.

Después de que el segundo carnero era sacrificado y su sangre era rociada, se sacaban la grosura y la espaldilla derecha, y
del canastillo de los panes sin levadura se tomaba una torta sin levadura, una torta de pan de aceite y una hojaldre. Todo
esto tipifica los dos aspectos del Señor Jesús. La espaldilla es la parte fuerte y nos muestra el aspecto divino del Señor; la
grosura es rica y tipifica el aspecto de la gloria de Dios; y el pan, el cual viene de la vida vegetal, muestra su humanidad.
Él es el hombre perfecto, sin levadura y sin mancha, y está lleno del aceite de la unción, del Espíritu Santo; y, como
hojaldre, su naturaleza, los sentimientos de su corazón y su vista espiritual son finas, delicadas, frágiles y llenas de dulzura
y compasión. Todo esto fue puesto en las manos de Aarón, quien lo tomó y lo meció delante de Dios, y después lo quemó
junto con el holocausto. Esto es la consagración.

La palabra hebrea traducida consagración significa «tener las manos llenas». Las manos de Aarón estaban vacías, pero se
llenaron al tomar todas estas cosas. Aarón se llenó del Señor: en esto consiste la consagración.
Entonces, ¿qué es la consagración? Dios escogió a los hijos de Aarón para que le sirvieran como sacerdotes; aún así,
Aarón no podía acercarse libremente; primero tenía que presentar una ofrenda por sus pecados para ser aceptado en
Cristo. Sus manos (las cuales significan trabajar) tenían que ser llenas de Cristo; así que, él no debía tener más que a
Cristo; sólo entonces se llevaba a cabo la consagración. ¿Qué es la consagración? Pablo nos lo dice en Rom.12:1.

Necesitamos ver ante el Señor que en esta vida sólo podemos seguir un camino: servir a Dios. Para poder hacerlo,
tenemos que presentar todo nuestro ser a él. Desde el momento que lo hagamos, nuestro oído escuchará al Señor, nuestras
manos trabajarán para él y nuestros pies correrán por él. Nos hemos consagrado totalmente a él como una ofrenda o un
sacrificio; por consiguiente, nuestras dos manos, llenas de Cristo, lo exaltarán y lo expresarán. Cuando hayamos hecho
esto, Dios dirá: «Esto es la consagración.»

La consagración significa que hemos tocado el amor de Dios y hemos reconocido su derecho. Debido a esto, podemos
acercarnos a Dios para implorarle el privilegio de servirle. Debemos decir: «Oh Dios, soy tuyo; me has comprado. Antes
yo estaba debajo de tu mesa esperando comer de las migajas que cayeran, pero desde este momento quiero servirte. Hoy
tomo la decisión de servirte. Tú me has aceptado, ¿puedes concederme también una pequeña porción en esta gran tarea de
servirte? Ten misericordia de mí y permíteme tomar parte en tu servicio. Al conceder la salvación a muchos, Tú no
pasaste de largo ni me rechazaste. Tú me salvaste; dame por lo tanto, una parte entre los muchos que te sirven, no me
rechaces.»

Así es como usted se presenta ante el Señor. Cuando usted se presenta a él en esta forma, obtiene la consagración. A esto
se refiere Romanos 12 cuando dice que presentemos nuestros cuerpos. En Romanos 6 se menciona la consagración de los
miembros. Esto es semejante a la aspersión de la sangre en las orejas, manos y pies. Romanos 12 menciona la
consagración de todo el cuerpo, lo cual significa que ambas manos son llenas de Cristo. Podemos apreciar aquí una
perfecta concordancia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

El propósito de la consagración

El objetivo de la consagración no es convertirnos en predicadores de Dios ni en obreros suyos, sino servir a Dios. En el
idioma original, la palabra servicio significa «esperar en...». El objetivo de la consagración es esperar en Dios y moverse a
hacer lo que él quiere, y cuando así lo dispone.

Todo nuestro tiempo es de Dios, y cada uno de nosotros debe esperarle. La obra de cada uno es flexible y debemos
aprender a esperarle. Presentamos nuestros cuerpos para servir a Dios.

En el momento que una persona se consagra, debe comprender que lo más importante es lo que Dios requiera. El trabajo
puede variar, pero el tiempo invertido sigue siendo el mismo: toda nuestra vida. Tan luego un doctor en medicina se hace
cristiano, la medicina pasa del primer al segundo lugar. Lo mismo sucede con el ingeniero. La exigencia del Señor tiene
prioridad: servir al Señor se torna en el mayor servicio. Nosotros, los que servimos a Dios, no podemos esperar ser
prósperos en el mundo, pues estas dos cosas son contrarias.

La consagración no es lo mucho que uno da de sí mismo al Señor, sino ser aceptado por Dios y recibir el honor de
servirlo. Y el fruto de la consagración es la santidad.

No debemos rogar a otros que se consagren; en lugar de ello, debemos decirles que el camino está abierto para que lo
hagan. La consagración no depende de nuestra voluntad, pues proviene de la abundancia de la gracia de Dios. Tener el
derecho de servir a Dios es el mayor honor de nuestra vida.

El espíritu de consagración es el espíritu de oración.

Oración y consagración E. M. Bounds (1835-1913)

Cuando estudiamos los múltiples aspectos de la oración, quedamos sorprendidos del número de cosas con las que ella se
conecta. No hay fase alguna de la vida humana que ella no afecte, y tiene que ver con todo lo relativo a la salvación
humana. Oración y consagración están estrechamente relacionadas. La oración conduce a la consagración, y gobierna la
consagración. La oración precede a la consagración, la acompaña, y es un resultado directo de ella.
Mucho de lo que toma el nombre de consagración no corresponde a una consagración auténtica. Mucha consagración del
día presente es defectuosa, superficial y espuria, sin valor en relación al oficio y fines de la consagración.
Lamentablemente, la consagración popular es deficiente, porque incluye poca o ninguna oración.

Ninguna consagración merece ser considerada si no es el fruto directo de mucha oración, o si falla en traernos a una vida
de oración. La oración es primordial en una vida consagrada. La consagración es mucho más que una así llamada ‘vida de
servicio’. Primero, es una vida de santidad personal. Es lo que trae poder espiritual al corazón y vivifica plenamente al
hombre interior. Es una vida que siempre reconoce a Dios, y una vida rendida a la verdadera oración.

La consagración plena es el nivel más alto de vida cristiana. Es la única norma divina de experiencia, de vida y de
servicio, y la única cosa a la que el creyente debe aspirar. Nada menos que una total consagración debe satisfacerlo.
Nunca estará contento hasta ser completa, absoluta y voluntariamente del Señor. Su oración natural le lleva a este acto.

La consagración es la dedicación voluntaria de uno mismo a Dios, una ofrenda hecha definitivamente y sin ninguna
restricción. Es dejar aparte todo lo que nosotros somos, todo lo que tenemos y todo lo que esperamos tener o ser, para
poner a Dios en primer lugar. No es tanto el darnos nosotros a la iglesia, o el mero compromiso con algún aspecto de la
obra de la iglesia. El Dios omnipotente está a la vista y él es el fin de toda consagración.

Es una separación de uno mismo a Dios, una dedicación de todo lo que soy y tengo, para un uso santo. Algunas cosas
pueden ser consagradas a un propósito especial, pero no es esto la consagración en su verdadero sentido. La consagración
tiene una naturaleza santa. Está dedicada a fines santos. Es ponerse a sí mismo voluntariamente en las manos de Dios para
ser usado sagradamente, santamente, con un propósito de santificación.

La consagración no es tanto el ponerse a sí mismo aparte de las cosas pecaminosas y los malos propósitos, sino más bien
separarse de lo mundano, de lo secular, y aun de las cosas legítimas, si ellas entran en conflicto con los planes de Dios,
para usos santos. Es la dedicación de todo lo que nosotros tenemos a Dios para su propio uso específico. Es una
separación de las cosas cuestionables, o incluso legítimas, cuando se presenta la opción entre las cosas de esta vida y las
demandas de Dios.

La consagración que cumple sus demandas y que Dios acepta debe ser total, completa, sin ninguna reserva. No puede ser
parcial, así como en los tiempos del Antiguo Testamento un holocausto no podía ser parcial. El animal entero tenía que
ser ofrecido en sacrificio. Reservar cualquier parte de él habría invalidado la ofrenda. Así que hacer una consagración a
medias, es no hacerla en absoluto, y es fallar totalmente en asegurar la aceptación divina. Involucra nuestro ser entero,
todo lo que tengo y todo lo que soy. Todo es definitiva y voluntariamente puesto en las manos de Dios para su uso
supremo.

La falsa consagración

Hoy se habla mucho de consagración, y muchos de los llamados gente consagrada no conocen el alfabeto de ella. Mucha
de la consagración moderna está muy por debajo de la norma escritural. No hay realmente consagración allí. Así como
hay mucha oración sin una realidad en sí misma, hay mucha así llamada corriente de consagración hoy en la iglesia que
no corresponde realmente a lo que dice ser. Muchos pasos de consagración en la iglesia que reciben la alabanza y el
aplauso de maestros superficiales y formales, pero que no son reales.

Hay mucha prisa por ir y venir, aquí y allí, mucho alboroto y plumas, mucho empeño en hacer múltiples cosas, y aquellos
que se ocupan en tales afanes son llamados hombres y mujeres consagrados. El problema central con toda esta falsa
consagración es que no hay oración en ella, ni es en ningún sentido el resultado directo de la oración. Las personas pueden
hacer muchas cosas excelentes y loables en la iglesia y ser extraños absolutos a una vida de consagración, así como ellos
pueden hacer muchas cosas sin recurrir a la oración.

Aquí está la verdadera prueba de la consagración. Es una vida de oración. A menos que la oración sea preeminente, a
menos que la oración sea el frente, la consagración es defectuosa, engañosa, falsamente nombrada. ¿Ora él? Ésa es la
prueba. Una pregunta para cada así llamado hombre consagrado. ¿Es él un hombre de oración? Ninguna consagración
merece ser tenida en cuenta si está desprovista de oración. Sí, más –si no es preeminentemente y principalmente una vida
de oración.
Dos leyes en perfecta armonía

El espíritu de consagración es el espíritu de oración. La ley de consagración es la ley de oración. Ambas leyes trabajan en
perfecta armonía sin el más ligero tropiezo o discordia. La consagración es la expresión práctica de la verdadera oración.
Las personas consagradas son conocidas por sus hábitos de oración. La consagración se expresa así en oración. Quien no
está interesado en la oración no tiene interés en la consagración.

La oración crea un interés en la consagración, entonces la oración nos trae a un estado del corazón donde la consagración
es un objeto de deleite, trayendo alegría de corazón, satisfacción del alma, contentamiento del espíritu. El alma
consagrada es el alma más feliz. No hay desavenencia entre él quien está totalmente entregado a Dios y la voluntad de
Dios. Hay armonía perfecta entre la voluntad de tal hombre y Dios y su voluntad. Y ambas voluntades están en perfecto
acuerdo, esto trae reposo del alma, ausencia de fricción, y la presencia de perfecta paz.

Cómo consagramos el tiempo, la recreación, los recursos, la familia y los amigos.

Aspectos prácticos de una vida consagrada Handley C. G. Moule

La santidad cristiana es algo de significación práctica y de aplicación constante.

Está destinada a ser una cosa visible, observable; no, ciertamente, en su esencia y principio, ni totalmente en sus
resultados, pues muchos y los más vitales de ellos ocurrirán dentro del mundo del «hombre interior», observados sólo por
la conciencia y por el Señor, y, tal vez, por seres espirituales invisibles. Pero, de mil maneras, sin embargo, la santidad
cristiana aparecerá clara y visible a los ojos humanos en la página abierta de la vida diaria.

«No yo, mas Cristo» es un hecho destinado a ser manifiesto. Está proyectado, calculado, para iluminar el camino común
del día a día de la persona cuya voluntad así lo permite. ¿No dice usted que su «yo» y todos sus intereses y metas están
ahora puestos a los pies del Señor? ¿No dice usted que literal y totalmente ya no se pertenece a sí mismo, sino a él?
Entonces, habiendo sido la fuente y el centro de su vida transferido a la voluntad de Otro, habrá una silenciosa y real
revolución. Las cosas, en un cierto sentido práctico, parecerán diferentes por causa de ese cambio. La vida vivida para el
«yo» y la vida vivida para el Señor, aunque puedan coincidir aquí y allá en los detalles, no pueden, en su totalidad,
parecerse.

Examinémonos, o mejor, aproximémonos como el salmista y digamos: «Examíname, oh Dios, y guíame por el camino
eterno» (Sal. 139:23-24). Él puede tanto examinarnos como guiarnos. Él puede mostrarnos el error, el desvío, la
inconsistencia, y él puede «producir en nosotros el querer», el abandonar a cualquier precio, sea lo que fuere que en
nuestra práctica niegue realmente la suprema confesión de que somos de él.

El tiempo

¿Qué me dice usted, entonces, de su tiempo? ¿Usted ha cantado de corazón: «Toma mis momentos y mis días»? ¿Usted
está observando esta oración? ¿Usted realmente ocupa las horas, las horas que vuelan, en los asuntos del Señor, y no sólo
en su propio deleite, con una finalidad aparte de él? Él puede, sin duda, hacer que los negocios de él y aquello que es del
agrado suyo coincidan. Pero puede no hacerlo, y muy frecuentemente hará que no coincidan; y él tiene el derecho, el
pleno derecho, de no hacerlos coincidir nunca. ¿Está usted esperando y aguardando Sus órdenes con respecto a qué hacer
con este gran Talento del Tiempo, siempre disminuyendo en cuanto a cantidad y siempre creciendo en resultados y
responsabilidad indestructible?
La recreación

¿Y con relación a su recreación? ¿Es su voluntad soberana simplemente, y sin vacilación, la ley para usted? Aquí se
encuentran problemas delicados, yo sé. Cuerpos y mentes, agotados y exhaustos en este nuestro estado de humillación,
frecuentemente necesitan de recreación. Y recuerde: el Señor puede compartir esa necesidad. Él no se olvidó de descansar
junto al pozo de Sicar, en el cabezal de una barca, o en medio de una familia en Betania. ¿Pero usted le ha consultado
respecto de todo esto, lealmente y en su calidad de esclavo suyo? ¿Está dispuesto a cederle, con una sonrisa de entero
consentimiento, su ocupación terrena más querida, si él se la pide?

Puede que el no le pida que renuncie completamente a ella. Si por acaso consiste en el uso de dádivas especiales de él para
usted, muy probablemente no le pedirá una renuncia completa, aunque puede hacerlo. Pero si dice: «Puede conservar o
hacer eso», él pondrá una nueva impresión, una nueva marca, sobre esas cosas en particular.

De una forma u otra, ellas serán «marcadas con la cruz». Literatura, música, otras formas de arte, capacidad de hablar,
conversación fascinante, riqueza de afectos, riqueza de conocimiento, fuerza y destreza de manos y de constitución física,
serán definitivamente y (más temprano o más tarde) visiblemente transformadas en «vasos para uso del Maestro». En
estos asuntos, o en algunos de ellos, usted y yo un día presentamos «nuestros miembros al pecado como instrumentos»
para placeres injustos (Rom. 6:13). Ahora nosotros los presentamos en estas mismas cosas, de la misma forma, «a Dios».
Con relación a los detalles, busque la voluntad de Dios sobriamente, pero sin reservas, con los ojos abiertos a la Biblia y a
su campo de trabajo, y él «te pastoreará siempre» (Is. 58:11).

Los recursos

¿Y con respecto a sus recursos? Tiene que reconocer, sea que reciba cinco mil por año, o cincuenta mil, o sea que usted
lamentablemente gane un pequeño salario semanal, que todo le pertenece a Él, según el principio divino de la esclavitud.
Su contabilidad debe ser expuesta a Su inspección. Sus gastos ocasionales necesitan ser hechos como si estuviese en Su
presencia. Usted necesita ser al mismo tiempo económico y generoso, porque es la persona de Su confianza y Su agente.
Usted mismo debe ser un ‘mentís’ a la censura contra la Iglesia de Cristo de que alguien puede convertirse y aun así dejar
su bolsillo sin convertir.

¿Él le ha dado a usted no sólo dinero, sino riquezas de otro tipo, riquezas de tiempo libre, jardines y campos, y las
agradables dependencias de una bella casa? ¿Se puede decir que el uso que usted hace de todo eso es precisamente el
mismo que el que hace su vecino rico, que honestamente admite buscar su propio placer y hacer de esta vida su meta?
¡Ah! ¿No es eso lo que sucede frecuentemente? Pero, ¿debe eso suceder ahora, cuando usted tan profundamente se ve
como esclavo de Jesucristo, a quien fueron confiados Sus bienes? No, usted descubrirá maravillosas maneras de utilizarlos
para su amado Maestro.

La familia

¿Y con referencia a su familia? ¿Usted también reconoce que ellos pertenecen a su Maestro? Por la ley hebrea de la
esclavitud ellos le pertenecerían; y ellos Le pertenecen por la ley de Cristo. ¿Su primera preocupación, su primera oración
y esfuerzo en relación a sus hijos es que ellos vivan para Dios y puedan ser de utilidad para él? Verdaderamente, usted no
puede abusar de su autoridad, forzando la voluntad de ellos, ni concederles gracia. Pero usted puede presentarlos sin
reservas y diariamente a Aquel que tiene ese poder. Y, por la gracia de Dios, usted puede vivir delante de sus hijos de tal
manera que él llegue a ser la meta y el todo para ellos. Puede también dirigir de tal forma su educación para que su
primera preocupación sea el establecimiento de su fe y su preparación para el servicio de Dios.

¿Es realmente esa su escuela para sus hijos? ¿Preferiría usted mucho más verlos pobres y sin recibir una educación
completa, pero conociendo y sirviendo a Cristo, que verlos admirablemente colocados, espléndidamente educados, y
perfectamente respetados, sin decidirse, sin embargo, por él?

Los amigos

¿Y qué decir de sus amigos? Pocas preguntas involucran mayor dificultad en la respuesta cuando alguien intenta ‘a priori’
entrar en detalles. Pero, entonces, en un sentido verdadero, usted no necesita hacerlo. Dé el paso inicial de entero
reconocimiento de la posesión del Señor sobre usted, en cualquier lugar y en cualquier cosa, y los caminos tortuosos se
enderezarán más y más. ¿Usted está haciendo esto? ¿Reconoce perfectamente que sus amistades son cosas a ser formadas
y mantenidas bajo la mirada de su Maestro, y por su esclavo que es también su amigo? ¿Usted desea realmente consultar a
su Amigo más cercano todos los problemas?

La simplicidad de la voluntad en este asunto resolverá gran parte de la complejidad de las circunstancias. Usted
seguramente verá, con un tacto santo, cómo y cuándo estar «en el mundo», en un sentido social, a pesar de «no ser de él»,
y cómo y cuándo con calma y decisión apartarse, retirarse, rehusar; cómo estar en silencio, cómo hablar, cómo siempre
dar testimonio de su Señor en el tono y en el humor de la conversación común.

Nuestra posición, nuestro secreto, como Sus esclavos, Sus herramientas, Sus amigos, Sus miembros, debemos extenderlo
a todas las cosas, en los detalles de todo lo que es moderno en nuestro mundo, como también en las horas en que nos
recogemos al gran pasado y al futuro eterno. «Para el Señor» – éste debe y precisa ser nuestro lema. Él gobernará la
práctica de nuestro vestir, en nuestra mesa, en los libros que leemos, en las vacaciones que tomamos, en los móviles con
que compramos. Y, ¡oh! ¡cómo él gobernará los pensamientos que pensamos, el temperamento que manifestamos, las
palabras que hablamos!

Esa práctica se introducirá en la textura de nuestra vida. Lo espiritual, por una santa ley, invadirá más y más la vida
práctica. Para nosotros, «el vivir será Cristo». Él se tornará para nosotros en todas las experiencias del ser y del hacer
humanos, la santificación. (Fil. 1:21; 1 Co. 1:30).

Ninguna consagración y servicio verdadero es posible fuera de Cristo, fuera de Su Espíritu y fuera de la comunión
del cuerpo de Cristo.

La verdadera consagración Gino Iafrancesco

Lectura: Deuteronomio 12:1-14.

El Nuevo Testamento nos enseña que hay principalmente dos maneras de leer el Antiguo. El apóstol Pablo, en la llamada
segunda carta a los Corintios, nos habla de esas dos maneras de leer a Moisés. «Y no como Moisés, que ponía un velo
sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el
entendimiento de ellos se embotó;...» Israel, cuando leía pasajes como el que acabamos de leer de Moisés, tenía el
entendimiento embotado. «...Porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no
descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aún hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el
corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará» (2 Co. 3:13 16).

Con esto, el Espíritu Santo nos enseña lo relativo a esas dos maneras de leer a Moisés: con velo, y sin velo. Podemos leer
a Moisés como lo leían los israelitas con el entendimiento embotado; pero podemos también leer a Moisés, ya no desde la
sinagoga, sino en Cristo y desde la Iglesia. Dios nos conceda leer a Moisés sin velo en Cristo, penetrando en el sentido
espiritual que Dios anticipaba cuando habló por Moisés aquellas cosas.

La Epístola a los Hebreos nos dice precisamente al respecto lo siguiente: «Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de
Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir» (Heb. 3:5). Moisés fue fiel no solamente en función de su
época. Al leerlo se puede leer mucho más que una mera historia del pasado. En los tiempos del Nuevo Pacto algo habría
que decirse, para lo cual Dios usó la fidelidad de Moisés. El Antiguo Pacto era la época de las figuras, de los símbolos, de
la tipología. Dios tenía la intención de decir hoy lo que simbolizaban, figuraban y tipificaban las cosas ocultas tras el velo.
Por eso también se dice en Hebreos 10:1 que la Ley tenía «la sombra de los bienes venideros».

Cuando la luz alumbra desde atrás un cuerpo que viene, llega primero la sombra, y luego la realidad. La sombra anuncia
la realidad que se acerca. Cristo nos enseña a leer en la sombra la realidad de su misterio que produce la proyección. Por
eso escribía también Pablo a los Colosenses: «Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de
fiesta, novilunios o sábados, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir, pero el cuerpo (es decir, la realidad que
proyectaba esa sombra) es de Cristo» (Col. 2:16, 17). Hoy no estamos en el tiempo de la sombra, la figura y el mero
símbolo, del velo para afuera, sino en el tiempo de la realidad y el anticipo de los poderes del siglo venidero. Cristo nos
quita el velo para que podamos experimentar las realidades propias del Nuevo Testamento.

En el capítulo 9 de la Epístola a los Hebreos se nos describe el tabernáculo que levantó Moisés, lo que había en el Lugar
Santo, en el Santísimo, y dentro del arca, la disposición de estas cosas, y dice: «Así dispuestas estas cosas...», mostrando
también cómo el sumo sacerdote entraba con sangre una vez al año; y entonces en el verso 8 dice: «Dando el Espíritu
Santo a entender con esto que...», es decir, que con las disposiciones del tabernáculo y su servicio, el Espíritu Santo estaba
dando hoy a entender cosas propias del Nuevo Testamento.

Por lo tanto, no debemos leer a Moisés con velo, sino penetrar detrás del velo y entender el sentido espiritual de aquellas
disposiciones. En el siguiente verso dice: «Lo cual es símbolo para el tiempo presente». Así que cuando nos encontramos
con pasajes como éste de Deuteronomio 12, no estamos simplemente leyendo historia antigua acerca de holocaustos y
sacrificios en un santuario único, sino que también estamos leyendo figuras, símbolos, sombras, ejemplos con los cuales el
Espíritu Santo quiere decirnos algo para el tiempo presente. Hebreos 9:23 sigue diciendo: «Fue, pues, necesario que las
figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas con mejores sacrificios que estos».
Así que hay figuras de las cosas celestiales, y hay las cosas celestiales mismas propias de la realidad que introduce el
Nuevo Testamento.

1ª Corintios 10 nos recuerda las jornadas de Israel en el desierto, y en el verso 6 dice: «Mas estas cosas sucedieron como
ejemplos para nosotros». Por lo tanto, están escritas en función de la experiencia cristiana. Lo mismo dice el verso 11: «Y
estas cosas acontecieron como ejemplo y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de
los siglos». Lo mismo escribió Pablo a los romanos: «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se
escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Ro. 15:4). Estos versos
no sólo nos autorizan, sino que también prácticamente nos obligan a interpretar estos pasajes de Moisés y otros del
Antiguo Testamento, en su sentido espiritual para hoy.

Con esta base consideremos, pues, el pasaje leído de Deuteronomio 12:1-14.

El verdadero santuario único

El Señor Jesús trasladó el entendimiento de Su pueblo, del templo físico a Su propia persona y a la Iglesia. Moisés levantó
el tabernáculo, Salomón levantó el templo, el cual fue destruido por Nabucodonosor, y restaurado por Zorobabel. Luego
fue ampliado por Herodes, y los discípulos de Jesús se lo mostraban admirados. Pero el Señor había dicho: «Destruid este
templo y en tres días lo levantaré». Y le criticaban diciendo: «Si en 46 años fue levantado este templo, ¿cómo lo va a
levantar en 3 días?». Pero cuando resucitó el Señor Jesús al tercer día de entre los muertos, el apóstol Juan dice que sus
discípulos entendieron que se refería al templo de Su cuerpo, el cual era figurado por el templo. Y Su cuerpo también lo es
la Iglesia, como está escrito: «...Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el
fin la confianza del principio» (Heb. 3:6).

De manera que la verdadera casa de Dios, el verdadero Santuario Único, de lo cual lo anterior era apenas figura, se refiere
en el Nuevo Testamento como el misterio de Cristo, del cual el Señor Jesús es la cabeza y vida, y la Iglesia los miembros
de Su cuerpo. He allí, pues, el verdadero Santuario Único. El Señor Jesús mismo es la verdadera habitación de Dios donde
Yahveh quiso poner Su nombre. El Verbo de Dios se tabernaculizó entre nosotros como hombre. Y también este Cristo,
por medio de Su Espíritu, entró a habitar en una casa espiritual que es Su pueblo, la familia única de Dios. Por lo tanto,
nosotros somos edificados como templo santo sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, para morada de Dios en
Espíritu. La piedra principal del edificio, la del ángulo, es Jesucristo mismo. Y Él es el fundamento sobre el cual crece
coordinado el edificio del templo santo, el Santuario Único.

Cuando David quiso construirle casa a Dios, se le respondió que él había derramado mucha sangre, por lo cual no podría
edificar tal casa; pero su hijo, el Hijo de David, Él sí le edificaría casa a Dios, y Dios le sería por Padre, y él le sería por
Hijo. Salomón ciertamente levantó el templo, pero eso fue apenas la figura, la maqueta; el verdadero Rey de Paz, el
verdadero Hijo de David, del cual Salomón era apenas una figura, fue el Señor Jesús, y el verdadero templo es la Iglesia.

Así le llamó Bartimeo: Hijo de David, ten misericordia de mí. Y como Hijo de David fue recibido con ‘hosannas’ al entrar
en un burrito a Jerusalén. Por eso Mateo comienza su evangelio reconociendo al Señor Jesús como Hijo de David. Por eso
también Esteban recuerda las palabras de Dios: ¿Qué casa me edificaréis vosotros si yo lleno los cielos y la tierra?

La verdadera casa de Dios no hecha por manos de hombres es la Iglesia del Señor Jesucristo. Y ustedes saben que no me
estoy refiriendo a ninguna denominación específica, sino a la suma de todos los verdaderos hijos de Dios, efectivamente
limpiados por Su sangre y regenerados por Su Espíritu. Estos son los miembros del cuerpo, las piedras vivas de la casa,
del Santuario Único.

Por lo tanto éste se refiere al misterio de Cristo. El misterio de Cristo es el cuerpo de Cristo encabezado por el Señor
Jesús. Esa es la verdadera casa de Dios de la cual Yahveh decía: «Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar
que vieres». Ninguna consagración y servicio verdadero es posible fuera de Cristo, fuera de Su Espíritu y fuera de la
comunión del cuerpo de Cristo.

El lugar de la consagración y el servicio

Debemos buscar el lugar escogido por Dios. Ese es el lugar de la consagración y el servicio legítimos. Allí es donde se
ofrecen los holocaustos, los sacrificios, los votos, las ofrendas, los diezmos, las primicias. Sólo encontraremos a Dios en
Cristo, a Cristo en Su Espíritu, a Su Espíritu en Su Palabra y cuerpo. Toda actividad religiosa del hombre es casi
prácticamente inútil si no se realiza en el único lugar escogido por Dios para adorar. Ese lugar es en Cristo, en el Espíritu,
y en la comunión del cuerpo de Cristo. Justicia propia, adoración meramente natural y división no son consagración ni
servicio verdaderos, ni son agradables a Dios. Todo lo que no sea hecho en Cristo, todo lo que no sea hecho en unión con
Su Espíritu, y en función de la edificación de Su cuerpo, es un servicio fuera de lugar.

No es suficiente un altar; éste debe estar en su sitio, en el Santuario Único. La casa se edifica en la buena tierra; ésta es
Cristo. Debemos destruir todo altar rival en cualquier lugar levantado. Debemos dejar tan sólo la habitación de Dios. Toda
idolatría, espiritismo, animismo, jactancia propia, sectarismo, son abominación a Dios. El único nombre en el que
podemos ser salvos es el del Señor Jesús. Allí puso Dios Su nombre para Su habitación y para recibir adoración. Nadie va
al Padre sino por Él. Nadie tiene vida ni puede servir verdaderamente a Dios si no es en Él.

La cabeza del cuerpo es la primera parte del misterio; la segunda es la Iglesia, que bien sabemos que no es un templo de
piedra ni de madera. Somos la Iglesia las 24 horas del día y de la noche en cualquier lugar. No vamos a la «iglesia»;
somos la Iglesia que va en Su nombre a todas partes. La iglesia trabaja, descansa, va al mercado, vuelve a casa, se reúne
en uno o más lugares, todo en Cristo, en el Espíritu y en la comunión del cuerpo único. Allí es donde ofrece a Dios
sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo.
Sólo podemos servir a Dios en Cristo, pues lo que proviene del Adán caído ya no le es agradable. La carne y la sangre no
heredarán el reino de Dios. Necesitamos de la inspiración y el sustento del Espíritu de Cristo que nos ha bautizado en un
solo cuerpo. Este es el lugar que nos fue dado; éste buscaremos. Si no es en el Espíritu de Cristo, entonces es meramente
en Adán, cuya condición caída heredó nuestra carne.

La herencia de Cristo solamente la tenemos en Su Espíritu. Todo lo demás se encuentra fuera del lugar escogido por Dios
para adorar.

Jesús dijo a la samaritana que Dios es Espíritu y es necesario adorarle en espíritu y en verdad. Baste ya de discusiones
acerca del lugar de adoración, de consagración y de servicio a Dios. No tomaremos el camino de Jeroboam, quien se robó
para sí al que debería ser pueblo de Dios, edificando santuario y sacerdocio rival. La viña pertenece al Hijo de Dios. A
Dios se le adora y sirve en el espíritu, lo cual nos bautiza en un solo cuerpo. Sólo andando en Su Espíritu estaremos
verdaderamente en Cristo. Quien no nace del Espíritu, no puede entrar, y ni siquiera ver, el reino de Dios. La regeneración
es necesaria por causa del estado adámico caído. Solo recibiendo a Cristo y andando en Su Espíritu estaremos en el
cuerpo.

Trabajar en la carne es hacer cada uno lo que bien le parece. Es necesario cruzar el Jordán, muriendo en Cristo a nosotros
mismos, lo que implica también morir al divisionismo sectario. Sólo en la buena tierra tendremos reposo. La dirección de
Dios es a que vivamos por la fe de Cristo, en Su Espíritu, y en la unidad y comunión de Su único cuerpo, en lo universal y
local, lo cual es la verdadera casa de Dios que el Hijo de David le edifica al Padre. Yo edificaré mi Iglesia, dijo el Señor.
La cual casa somos nosotros si permanecemos firmes hasta el fin en la confianza del principio.

Todo este pasaje de Deuteronomio 12 es para nosotros hoy. Derribemos, pues, todo lugar de adoración rival a la
habitación donde Dios puso Su nombre. Terminemos de cruzar el Jordán y ofrezcamos en el reposo del Espíritu nuestra
consagración a Dios en la buena tierra que es Cristo donde debemos levantar el Santuario Único.

Sin el quebrantamiento del alma no hay ninguna seguridad de que nuestra consagración sea espiritual.

La consagración y el quebrantamiento del alma

Rubén Chacón

Es un hecho muy poco comprendido por la mayoría de los creyentes que Dios, desde el mismo día de nuestra salvación,
busca quebrantar nuestro hombre exterior, es decir, nuestra alma. Mas ¿cuál es la razón de este hecho? Para encontrar la
respuesta deberemos indagar en las consecuencias nefastas que la caída trajo al ser del hombre.

El daño que la caída trajo al alma

La vida humana estaba diseñada para ser un vaso que contuviera la vida divina. De esta manera, la vida de Dios se
expresaría por medio de la vida humana. Para este fin, la vida eterna sería impartida a la parte más íntima del ser humano,
a su espíritu, y desde ahí la vida de Dios, pasando a través del alma, se manifestaría en el hombre y por medio de él. El
alma estaba, pues, diseñada por Dios para ser un instrumento dócil del espíritu y para ser su expresión. Este era el
Propósito de Dios. No obstante, con la caída que sufrió el hombre, su alma se desarrolló hasta límites no deseados,
transformándose en un alma autónoma; su espíritu, anulado o muerto por el pecado, desapareció de la escena y el alma, en
lugar de ser un dócil instrumento del espíritu, se desequilibró y el pecado tomó absoluto control del hombre y se
enseñoreó de él.

Así el alma no llegó a ser siervo del espíritu, sino esclavo del pecado. El alma, entonces, yendo más allá de su función,
intentó una y otra vez religar al hombre con Dios, pero fracasó. Lo único que logró el alma, una vez desconectada del
espíritu, fue agrandar excesivamente sus facultades: Una voluntad férrea, una mente que todo lo intelectualiza y
emociones que dominan completamente al hombre. De esta manera, el alma se «perdió» y quedó necesitada de salvación
(Mr. 8:35, 36).

La salvación del alma


La salvación del alma comprendería entonces, no sólo la purificación de todos sus pecados, sino también su regulación.
Debía ser salvada no sólo del pecado, sino además de sí misma. A este segundo aspecto de la salvación del alma, esto es, a
su regulación, se refieren los siguientes textos: «El que halla su vida (alma), la perderá; y el que pierde su vida (alma) por
causa de mí, la hallará» (Mt. 10:39). «Porque todo el que quiera salvar su vida (alma), la perderá; y todo el que pierda su
vida (alma) por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Mr. 8:35). «Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y
madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida (alma), no puede ser mi discípulo» (Lc.
14:26).

Pero ¿qué es esto de perder el alma para entonces salvarla? ¿En qué consiste aborrecer el alma? En el contexto de los
textos citados se afirma que consiste en tomar la cruz y seguir en pos de Cristo. ¿Y qué es tomar la cruz? Negarse a sí
mismo, morir.

Morir para vivir

Jesucristo es lo que era desde el principio. Él es el árbol de la Vida. Por lo tanto, cuando vinimos a Cristo y creímos en él,
nuestro espíritu no sólo fue vivificado, sino que lo fue con la mismísima vida de Dios. De manera que, si bien nuestro
cuerpo está muerto a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia (Rom. 8: 10). Pero ¿qué pasó con nuestra
alma? Nuestra alma, aunque purificada, perdonada y salvada, permaneció agrandada y desbocada.

La figura que usó Jesús, para explicar la situación que le ocurre al alma, fue la del grano de trigo. Un grano o semilla
contiene increíblemente la vida en su interior. No obstante, por la dureza de la cáscara, la vida no tiene ninguna
posibilidad de manifestarse, a menos que la semilla sea enterrada y la cáscara se pudra. Entonces, maravillosamente, surge
la vida, que es capaz de manifestar una nueva creación.

Ahora bien, la cáscara es el alma. Ella, por el pecado, adquirió tal autonomía y despliegue que es prácticamente
infranqueable para el espíritu. Ella necesita ser regulada, aquietada, tranquilizada, domada y domesticada. En definitiva, el
alma necesita ser quebrantada. Para ello debe morir: La cruz de Cristo debe ser aplicada a ella. Esto, aunque pareciera que
no, le tomará mucho tiempo y trabajo a Dios lograrlo. Más aún, él tendrá que obrar desde adentro y desde afuera para
lograr tal cometido. Desde adentro el Espíritu Santo aplicará al alma la cruz de Cristo; y desde afuera, los padecimientos
producidos por las circunstancias de la vida buscarán poco a poco hacer espacio en nuestra alma, a fin de que la vida de
Dios pueda fluir a través de ella.

Nuestra alma debe ser herida una y otra vez bajo la disciplina del Espíritu Santo. Es como un dique que, para poder dejar
salir agua, debe ser resquebrajado. Y es precisamente a través de esas grietas por donde comenzará a fluir el espíritu.

Sin este quebrantamiento, no hay ninguna seguridad de que nuestro servicio llegue a ser espiritual. ¡Qué terrible es pensar
que aun nuestro servicio a Dios puede ser un mero despliegue del alma! Predicar, orar, cantar, evangelizar, etc., pueden
ser acciones completamente carnales. Lo que hace que una determinada obra sea espiritual o carnal, no es la obra en sí,
sino la fuente desde donde se hace. Jesús dijo que: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu,
espíritu es» (Jn. 3:6). Por eso Pablo, escribiendo a los romanos, dijo: «Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi
espíritu» (1:9). Y en su carta a los filipenses escribió: «Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu
servimos a Dios… no teniendo confianza en la carne» (3:3).

La consagración

Y es en este punto donde conectamos con la importancia de la consagración, porque es necesaria una absoluta
consagración al Señor para que nuestra alma sea quebrantada. Cuando fallamos en nuestra consagración al Señor, lo único
que logramos es retrasar, demorar y estorbar el proceso de quebrantamiento. Tiene que llegar el día, entonces, en que
nuestra consagración al Señor sea plena a fin de que él tenga la más absoluta libertad para tratar con nosotros.

La consagración no es en sí lo mismo que el quebrantamiento, pero su importancia radica en que con ella se inicia, sin
resistencia de nuestra parte, el quebrantamiento de nuestro hombre exterior. De esta manera, el tiempo que tomará este
proceso será el estrictamente necesario. Mas si nuestra consagración al Señor no llega o no es absoluta, no sólo
demoraremos innecesariamente el proceso, sino que nuestra relación con el Señor estará llena de argumentos y quejas
contra él, y no será extraño que muchas veces terminemos haciendo nuestra propia voluntad.
Antes que el creyente se consagre, Dios lo atrae hacia sí.

El aspecto divino de la consagración (Eliseo Apablaza)

La consagración es la respuesta de amor del creyente al amor de Dios. En algún momento de su caminar en la fe, él
reacciona ofreciéndose a Dios para su servicio santo. Vista así, la consagración es una acción del hombre en dirección a
Dios.

Sin embargo, la consagración del creyente no es un asunto sólo del hombre, sino de Dios. La consagración de un hombre
o una mujer comienza mucho antes, en el corazón de Dios. Desde el punto de vista del hombre es él quien va a Dios;
desde el punto de vista de Dios, es Él quien atrae al hombre. Así pues, en este sentido, la consagración es el acto por el
cual Dios elige a ciertos hombres y los atrae hacia sí para que le sirvan.

La acción del hombre es, entonces, posterior no sólo al amor de Dios, sino también a la elección de Dios. Si la
consagración se basara exclusivamente en lo que el hombre hace por Dios, sería cosa muy débil e insegura, pero como se
basa en la elección irrevocable de Dios, es firme.

Si vemos el amor de Dios, posiblemente nos consagremos; pero si Dios nos coge en su amorosa red, no tenemos
escapatoria, y entonces nuestra consagración será definitiva. ¿Quién podría escapar de esta red? No diremos sólo «de este
amor», sino «de esta red» en que somos cogidos.

Esto, en cuanto al origen de nuestra consagración; pero ¿qué diremos del final de ella?

Si la consagración dependiera exclusivamente del hombre que se consagra, no llegaría a su consumación. Es la


persistencia de Dios y no la buena disposición del hombre lo que hace que las cosas lleguen al final. Si no hubiese sido
por la insistencia de Dios, Abraham hubiese quedado a mitad de camino entre Ur y Canaán, en Harán, por el resto de sus
días. Si no hubiese sido por la persistencia de Dios, Moisés habría quedado tendido en el desierto, o en aquella posada de
sangre lamentando el fracaso de una tarea recién comenzada.

Es la persistencia de Dios, y no la solvencia del hombre, la que ha sacado adelante todos los grandes hechos divinos de la
historia.

En el camino de la consagración hay muchos días de silencio, días de fracaso, en que parece que Dios se ha olvidado de
nosotros o se ha cansado de soportarnos. No significa que Dios nos haya desechado; sin embargo, lo parece. En ellos,
Dios nos detiene para que quede claro en nuestro corazón que la obra no importa más que el Señor, que él no nos ha hecho
imprescindibles en su Casa, y que las cosas pueden ir muy bien sin nosotros.

La consagración no es una carrera alocada, sin pausas ni obstáculos, sino el camino a veces feliz, otras veces como por
«valle de sombra de muerte», por donde sólo podemos transitar gracias a la «vara y el cayado» del Pastor.

Así, la consagración en su origen, su desarrollo y su final, está marcada por la gracia, la fidelidad y la maravillosa
persistencia de Dios.

Con esto no queremos decir que el hombre no sea el que se ofrezca, cuando es vencido por el amor de Dios, cuando es
tocado por el sacrificio de la Cruz. El hombre tiene su parte, y muy importante. Lo que queremos enfatizar es el aspecto
divino de la consagración, aquello que da firmeza a lo que nosotros comenzamos alentados por el amor. Es Dios quien
perfeccionará la obra que comenzó en nosotros (Fil.1:6). Es por su fuerza que estamos firmes; es por su gracia que
tenemos algún servicio hoy en su casa.

Nuestros votos no son tan firmes como su elección y su gracia

Probablemente todos los que han hecho voto delante de Dios, con el tiempo han resultado culpables de la infracción de
ese voto. Ese «todo lo que dices que haga, haré» es tan pretencioso como fue aquello otro similar en boca de Israel junto
al Sinaí. Y tan expuesto al fracaso como aquél. A la consagración inicial, llena de júbilo y expectación, suele suceder muy
pronto el desencanto y el fracaso, al ver que no tenemos los recursos en nosotros para cumplir los votos de nuestra
consagración.

Pero es ahí donde viene el socorro oportuno que nos muestra, por un lado, la fragilidad de nuestro buen deseo, la
inutilidad de nuestras fuerzas, y por otro, la suficiencia de Dios y su inmarcesible gracia.

No hay nada mejor que comprobar la firmeza del brazo del Señor, con el cual nos ha tomado. No hay nada mejor que
comprobar la maravillosa elección de Dios, muy anterior a nuestro primer llanto, con la cual Dios nos ha enriquecido. No
hay refugio más seguro contra el turbión de nuestras frágiles emociones y sentimientos, y contra los continuos desmayos
del alma, que la persistente gracia divina. Ella es la salvaguarda de nuestra consagración. Es el cerrojo de siete llaves que
guarda nuestra alma de los efímeros deseos de huir que muchas veces nos acometen.

Es verdad, nos consagramos porque no somos nuestros, y porque el amor de Dios nos constriñe. Pero también nos
consagramos porque Dios nos cazó, porque su dedo de misericordia nos señaló para que llevásemos su bendito nombre.
Las cuerdas con que nos atrajo son tan recias, que nada las puede cortar, y sus afectos, prendidos en nuestro corazón, no
los puede borrar nadie, jamás.

Si no supiéramos que su boca pronunció nuestro nombre allá muy lejos en el tiempo y en el espacio, antes de que nuestra
boca pudiera abrirse para deletrear el suyo, nada nos hubiera sostenido hasta aquí. Muy atrás hubiéramos quedado
tendidos en el camino, como despojos pronto a ser devorados.

Así pues, feliz fue el día que nuestro corazón se volvió a él en gratitud, en una delicada ofrenda de amor; pero más feliz
fue el momento aquél en que Dios nos atrajo hacia sí para que fuésemos suyos para siempre. Ese día se selló el éxito de
nuestra consagración y de nuestro servicio.

***

! La consagración! Lunes 31 de Mayo de 2010 “OJO”


Introducción
En los temas anteriores (temas no. 60, 61 y 62) hemos aprendido que la historia del éxodo del pueblo de Israel de Egipto a Canaán es
la historia de nuestra vida cristiana, nosotros somos el verdadero Israel (Romanos 2:28-29) y estamos en "un éxodo del verdadero
Egipto (el mundo) al verdadero Canaán (la vida en Abundancia)", este éxodo comenzó desde que aceptamos a Jesús como nuestro
Señor y Salvador ahora debemos ir venciendo cada enemigo y superando cada prueba que hay en el camino a Canaán, a la vida en
abundancia.

La primera prueba que enfrentó el pueblo de Israel fue aprender a depender totalmente de Dios (en las aguas de Mara), después
enfrento a su primer enemigo Amalec (nuestro viejo hombre), luego tuvo que aprender a organizarse y definir prioridades (restauración
familiar) para no quemarse en el trabajo, ahora continuaremos viendo el siguiente paso hacia Canaán.

El Pacto en el Monte Sinaí


Éxodo 19:3 Y Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los
hijos de Israel: 4 "Vosotros habéis visto lo que he hecho a los egipcios, y cómo os he tomado sobre alas de águilas y os he
traído a mí. 5 "Ahora pues, si en verdad escucháis mi voz y guardáis mi pacto, seréis mi especial tesoro entre todos los
pueblos, porque mía es toda la tierra; 6 y vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa." Estas son las
palabras que dirás a los hijos de Israel.

Los versos anteriores nos narran el encuentro de Dios con el pueblo de Israel en el monte Sinaí, Dios les explica que el propósito de
haberlos sacado de Egipto es que sean su especial tesoro, Dios los ha tomado de entre todos los demás pueblos para que sean una
nación santa para El, reyes y sacerdotes, pero Dios les da una condición para realizar este pacto; la condición es " cumplir todos los
mandatos que El les daría", este es el pacto de Dios con el pueblo de Israel, este es un pacto matrimonial donde se comprometen
para casarse, a partir de este momento Israel pasa a ser la novia del Señor, un pueblo consagrado totalmente para Dios, el pacto se
sello rociando la sangre de un cordero sin defecto sobre todo el pueblo:

Éxodo 24:7 Luego tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, y ellos dijeron: Todo lo que el Señor ha dicho haremos y
obedeceremos. 8 Entonces Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que el Señor ha hecho
con vosotros, según todas estas palabras.

La misma escritura nos narra que el pueblo de Israel no pudo cumplir la condición de este pacto, es decir no guardo las leyes de
Jehová, no le fue fiel, fueron idolatras y buscaron otros dioses, es decir no fueron realmente un pueblo consagrado para Dios y por eso
Dios los desecho como su prometida, luego de haber superado las dificultades del desierto, los enemigos como Amalec debemos
tomar la decisión de entregarnos o no al Señor, o vives para Dios o mueres sin Dios, no puedes servir a dos Señores, para llegar a
Canaán debemos vivir completamente para Dios:

Jeremías 22:8 Pasarán muchas naciones junto a esta ciudad, y dirá cada cual a su prójimo: "¿Por qué ha hecho así el Señor con esta
ciudad?" 9 Entonces responderán: "Porque abandonaron el pacto del Señor su Dios, y se postraron ante otros dioses y les sirvieron."

Toda la calamidad que vivió el pueblo de Israel fue por no vivir consagrados para Dios, esta es la misma historia nuestra, no podemos
llegar al verdadero Canaán sino entregamos nuestra vida por completo a Dios, tú debes decidir hoy, El Señor Jesús dijo:

Marcos 8:35 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la
salvará. 36 Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?

El pacto que Dios hace con nosotros es un pacto matrimonial, el sentido del matrimonio es que el cónyuge vive para el otro cónyuge,
es decir, el esposo vive para su esposa y la esposa vive para su esposo, de igual forma en el evangelio Cristo el esposo ha entregado
su vida por su esposa, ahora El cristiano que es parte de su esposa debe entregar su vida por Él y para El.

El Verdadero Pacto Matrimonial


Debemos ir aprendiendo que las cosas que sucedieron en el antiguo testamento son sombra y figura de las cosas verdaderas, es decir
que lo sucedido en la antigüedad es un relato profético de las verdades de Dios que sucederían después, así como el éxodo del
pueblo de Israel es un relato del verdadero éxodo que estamos viviendo nosotros los cristianos que somos el verdadero Israel, de igual
forma el pacto en el monte Sinaí solo es una sombra del verdadero pacto que Dios ha hecho con nosotros a través del Señor
Jesucristo, así lo explica la escritura:

Hebreos 8:7 Pues si aquel primer pacto hubiera sido sin defecto, no se hubiera buscado lugar para el segundo. 8 Porque
reprochándolos, El dice: Mirad que vienen días, dice el Señor, en que estableceré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa
de Judá; 9 no como el pacto que hice con sus padres el día que los tome de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque no
permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. 10 Porque este es el pacto que yo haré con la casa de Israel
después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y las escribiré sobre sus corazones. Y yo seré su
Dios, y ellos serán mi pueblo. 11 Y ninguno de ellos enseñara a su conciudadano ni ninguno a su hermano, diciendo: "Conoce al
Señor", porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. 12 Pues tendré misericordia de sus iniquidades, y nunca
más me acordare de sus pecados. 13 Cuando El dijo: Un nuevo pacto, hizo anticuado al primero; y lo que se hace anticuado y
envejece, está próximo a desaparecer.

Si amado hermano, nosotros somos el verdadero Israel que hemos hecho un pacto con Dios, ese es el significado de la santa cena,
anunciar el futuro casamiento de Cristo y la Iglesia:

1 Corintios 11:24 y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que es para vosotros; haced esto en memoria de mí. 25
De la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto
cuantas veces la bebáis en memoria de mí.

Si amado hermano, tú y yo somos parte de ese pueblo que Dios ha consagrado para Él:

1 Pedro 2:9 Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin
de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;

Recuerda que estamos hablando de alcanzar la vida en abundancia, es decir el verdadero Canaán, en el antiguo pacto lo mejor de las
naciones era para los sacerdotes, esto era una sombra del verdadero pueblo sacerdotal que somos nosotros, la Iglesia, Dios tiene lo
mejor de las naciones para nosotros, pero no puede haber Canaán sin consagración este es otro paso en el éxodo que estamos
viviendo, la escritura nos enseña que debemos entregar nuestra vida (Romanos 12:1-2), nuestras posesiones (Levítico 27), nuestro
trabajo/negocio para Dios, ha eso nos ha llamado Dios en Cristo, hemos sido escogidos en El, vivimos por El y debemos vivir para El.

Romanos 14:7 Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo; 8 pues si vivimos, para el Señor
vivimos, y si morimos, para el Señor morimos; por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos.

En el antiguo pacto la consagración se sello con la sangre de un cordero sin defecto, eso era sombra y figura de la verdadera
consagración que Dios ha hecho a través de la sangre del verdadero cordero de Dios, es decir, a través de la sangre de nuestro Señor
Jesús:
Hebreos 13:12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.

El Señor viene por una Iglesia santa, sin mancha y sin arruga, es decir una esposa consagrada para El, eso es lo que el relato de
Éxodo 19 muestra proféticamente, la venida del Señor en las nubes y el encuentro con su Iglesia, solo los consagrados serán parte de
esto:

Éxodo 19:10 El Señor dijo también a Moisés: Ve al pueblo y conságralos hoy y mañana, y que laven sus vestidos; 11 y que
estén preparados para el tercer día, porque al tercer día el Señor descenderá a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí.
... 16 Y aconteció que al tercer día, cuando llegó la mañana, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y
un fuerte sonido de trompeta; y tembló todo el pueblo que estaba en el campamento. 17 Entonces Moisés sacó al pueblo del
campamento para ir al encuentro de Dios, y ellos se quedaron al pie del monte.

También podría gustarte