Quince años después de la Noche del Desastre, solo quedan las ratas y la
apuesta por la supervivencia (stop). La Enfermedad ha resultado peor que el
mismísimo Diluvio bíblico (stop). Los vivos bastante tienen con conservar el
pellejo (stop).
En un instituto medio abandonado en mitad de una ciudad fantasma
sobreviven Abel y Verona (stop).
Eran unos críos cuando sucedió el Desastre (stop).
Quince años después se han convertido en dos verdaderos hijos de puta
(stop).
Advertencia: Si eres sensible o impresionable, deja que sean otros los que
lean por ti esta novela.
El juego de la supervivencia los ha convertido en dos carniceros.
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Alejandro Castroguer
El manantial
ePub r1.0
Zombie 01.02.15
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Título original: El manantial
Alejandro Castroguer, 2012
Editor digital: Zombie
ePub base r1.2
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Fragmento traducido de la entrevista concedida
por Alejandro Castroguer a la revista literaria
Octuber Country, n° 32, de febrero de 2012:
Parece innecesario decir que la violencia extrema practicada por los personajes de mi
nueva novela es exclusiva de ellos. Sin embargo, como siempre habrá quien confunda
el mensaje, insisto: son ellos los responsables de las torturas y salvajadas que
practican, y no yo. Si se me ha de acusar de algún disparate… que sea el de prestarles
voz. Personalmente, abomino de semejante grado de violencia.
De paso, aprovecho para alabar la valentía de la editorial Dolmen, que publicará
en breve El Manantial sin ningún tipo de censura.
Respecto de la segunda cuestión, la de las referencias malsanas, cuando no
abiertamente blasfemas, a la religión católica, decir en mi descargo que forma parte
del juego metafórico con que perfilé a la pareja protagonista. Solo eso. Que nadie
extraiga deducciones erróneas.
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No puedes matar sin infectarte.
Vacas, de Matthew Stokoe
Si el que sobrevive es el más cabrón, entonces estamos bien jodidos.
La fábrica de las avispas, de Iain Banks
Todo se paralizaba, salvo las moscas, que poco a poco ennegrecían a su
Señor y daban a la masa de intestinos el aspecto de un montón de
brillantes carbones.
El señor de las moscas, de William Golding
A veces nos despiertan los gritos que se escuchan de noche tras las
ventanas con rejas. Anoche sonaban como si estuvieran degollando a un
cerdo.
El lagarto en la Roca, de Antonio Calzado
¿Cara o cruz? La muerte solo es una apuesta.
La Guerra de la Doble Muerte II, de Alejandro Castroguer
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A El lagarto en la Roca,
para que algún día vea la luz editorial.
Sin duda, su mala baba se lo merece.
Y a su autor, Antonio Calzado,
por escribir, por escuchar, por ser.
Por ser lo mejor que me ha pasado en la literatura.
Por sus novelas y por esas charlas
que compartiremos en el futuro.
Gracias por tu amistad, hermano cordobés.
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La noche del Desastre…
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POR FIN HA llegado la hora del cuento. Son las diez de la noche. La niña ha de
hacer un sobreesfuerzo para ganar unos minutos a las primeras hebras de sueño y no
dejarse vencer por el cansancio acumulado durante el día.
El primer requisito para que dé comienzo la lectura ya se cumple, que el vaso
permanezca, vacío, sobre la mesita de noche, y que su contenido, veinte centilitros de
leche bien caliente, haga ronronear de placer su estómago. Por añadidura, el segundo
requisito también se da, que ella se arrebuje bajo las mantas y la sábana de franela, en
busca de la posición ideal: las piernas estiradas, el pie derecho sobre el izquierdo, una
mano aferrada al embozo y la otra abrazando a Ligorita, su muñeca de trapo y pelo
color mandarina.
Así aguarda el instante mágico en que su padre abra el libro y perpetúe el ritual. Y
es que, todas las noches, él lo demora como quien desentierra un tesoro, con un celo
fuera de lo común. En realidad es una declaración de principios: el verdadero tesoro
no es una colección de monedas o de joyas, sino ese puñado de cuentos. Y hoy no va
a ser menos.
A diferencia de ella, Padre se acomoda sobre las mantas, nunca debajo de ellas;
esta es una prerrogativa prohibida para un mero invitado al dormitorio como él, y
reservada para la anfitriona del mismo. Es más, Padre ha atravesado el umbral porque
ella le ha concedido el permiso necesario. Es lo que tiene ser la favorita de su
progenitor, que se te consienten todos los caprichos; y desde luego Verona, a sus
cinco años de edad, es consciente de esa posición de privilegio.
—Venga, papá, empieza.
El cuento elegido para esta noche es El bosque de la autopista. Narra las
necesidades que padecen Marcovaldo y su familia cuando sobre la ciudad se abate el
frío del invierno. Por lo visto se han quedado sin leña, o la han gastado toda
demasiado deprisa, así que a Marcovaldo no le quedará más remedio que salir de casa
para subsanar tal carencia.
Como de costumbre la voz de Padre se recrea en la sonoridad de las palabras, en
la belleza de un adjetivo o un verbo bien elegido y mejor colocado. De fondo a sus
palabras, y a las continuas preguntas de la oyente, suena en la radio que reposa sobre
el escritorio un vals vienés, puesto de moda por el cine.
Al cabo de unos minutos la música se interrumpe, como si de pronto se hubiese
caído dentro de un hoyo y solo quedara de ella el hueco de su ausencia.
—Sigue, papá. Está mejor así, sin música.
—Un momento, pequeña.
El hombre se levanta y mueve arriba y abajo el dial de la radio. ¿Qué demonios
ocurre? Apenas un chasquido señala el cambio de una emisora a otra, pero en todas
ellas encuentra lo mismo: un silencio más que sospechoso. Prueba a apagar la radio y
a encenderla; funciona correctamente y sin embargo permanece callada.
Antes de que se disponga a regresar a la cama, desde el salón emerge una voz
femenina. Pertenece a la mujer de Padre.
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—La señal de televisión se ha ido. Vaya por Dios —se lamenta—. Como no
vuelva pronto me perderé al Superagente 86. Dicen que hoy aparece Carol Burnett.
—Voy a ver —masculla el cabeza de familia. Le lanza un beso a la hija y
abandona el dormitorio.
Antes de que se enfade, Padre está de vuelta; se tumba al lado de la princesa, abre
el libro de cuentos y dice en voz baja:
—Qué cosa más rara. Ni la televisión ni la radio.
—Sigue, por fa —protesta ella—. La familia de Marcovaldo se va a morir de frío
si no continúas pronto. Además, Ligorita se aburre y…
Aún no ha acabado la niña de poner voz a su hastío cuando se va la luz y el
dormitorio queda a oscuras, los ojos brillando en la penumbra. Padre la tranquiliza:
venga, no pasa nada. Basta con que coja sus manos entre las suyas.
—Papá, ¿a dónde vas otra vez? —protesta en cuanto siente que se incorpora de
nuevo.
—Cariño, ve a ver si es cosa del bloque —es la esposa de Padre. De repente su
sombra llena ahora el vano de la puerta. Por la cuenta que le trae se ha detenido en el
umbral, deseosa de evitar la protesta airada de la anfitriona del dormitorio.
—Un momento, mujer, que miro por la ventana.
Allí permanece un par de minutos, oculto tras las cortinas, con medio cuerpo
asomado al frío de octubre. Por fortuna para ellas el suministro eléctrico no se ha
restablecido cuando Padre se decide a cerrar la ventana, ya que de esta manera son
incapaces de descubrir la mueca que le desbarata el rostro.
—Mejor así, pequeña, ¿no crees? —dice con impostura mientras se tumba a su
lado—, terminaremos el cuento a la luz de las velas.
Desmintiendo sus palabras, se escucha al otro lado del cristal una locura de
sirenas de servicios de emergencia que van de un lado a otro de la ciudad, voces de
gente que discute o pelea y chillidos de vecinos asustados. La noche suele ser
peligrosa, pero no hasta ese extremo.
—Papá, ¿qué ocurre ahí afuera?
—Será mejor que la niña se duerma ya —interviene la esposa de Padre.
—¿Papá?
—No sé qué ocurre, princesa, ahora bajaré a ver —musita con preocupación
apenas disimulable—. Parece que algunos han adelantado la noche de Halloween.
—¿Halloween? —La voz de la pequeña se ilumina de pura ilusión—. Este año
me gustaría disfrazarme de Miércoles Adams.
—Será mejor que se duerma ya —insiste la sombra que se apoya sobre la jamba
de la puerta.
—Princesa, todavía queda una semana —apunta Padre—. Pero no te preocupes
por ello, ya habrá tiempo de hablarlo. Si te disfrazas de Miércoles, yo iré de Tío
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Fétido.
Se inclina sobre ella y le regala un beso en la frente, que la niña desprecia
limpiándose sin disimulo. Pero el gesto ha quedado en nada por culpa de la
oscuridad.
Ya se enterará mañana de lo que ocurre, piensa para sí mientras la niña se
esconde bajo las mantas, ajena a la inminencia del drama. A la proximidad del fin.
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Quince años después…
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1
ABEL INTERRUMPE LA búsqueda durante unos segundos. Necesita un respiro para
proseguir cuanto antes. La ocasión merece la pena. Por eso mismo, y porque dispone
de muy poco tiempo, desde el primer momento se ha empleado a fondo con la
montaña de basura.
Preso de una sensación de asfixia, retira el pañuelo que protege su nariz. Pero será
peor el remedio que la enfermedad: de inmediato el hedor que infecta el aula, y que
tiene la calidez y la condición untuosa del semen, le violenta. Ha aspirado con tanta
fuerza que la fetidez repta a través de las fosas nasales y llega a la garganta. Reprime
una arcada a tiempo. Menos mal. Lo único que le falta es vomitar la merienda.
Al pie de la pirámide de desperdicios, aguarda un vaso de fuego. De lo contrario
no vería nada allí dentro, ni tan siquiera los guantes, y la búsqueda se eternizaría. Y
ello multiplicaría el peligro de un corte traicionero. En realidad un vaso de fuego no
es más que una lata de refresco, abierta por su parte superior, donde arde un poco de
leña. Gracias a él, igual que si fuera un candil, puede ver algo allí dentro.
Al principio estaba convencido de hallar algo de valor, pero minutos después ha
perdido la esperanza; la realidad es un sumidero demasiado profundo, tanto que ha
terminado por tragársela. Entre toda esa mierda, será imposible encontrar nada que
valga la pena regalar.
… 415, 416, 417, 418…
A cambio, por ahora solo ha conseguido que el sudor recorra la espalda por
debajo de la ropa, le ardan los músculos y que resople extenuado como un perro que
huye a la carrera. Así que se merece un descanso, sentado en la cúspide de
desperdicios, la cabeza a un palmo del techo del aula.
Devuelve el pañuelo a su posición original y respira a través de la tela. Sobre sus
hombros, el silencio pesa igual que un cadáver o un saco de piedras. Salvo cuando
resucitan los muertos y aúllan con desesperación, ese silencio ha fraguado durante los
últimos quince años hasta hacerse acero, cemento y miedo pedregoso. En realidad es
otro superviviente más, al menos tan vivo como Abel. A veces palpita más que el
fruto rojo que alberga el muchacho en su pecho. Sería lógico afirmar que es el
superviviente perfecto, pues no en vano después de que desaparezca el último
Hombre, solamente quedará él, habitando a sus anchas la soledad de un mundo
desierto.
El silencio hierve, bulle, repta alrededor del muchacho. Hasta es posible
establecer un desafío entre ellos, entre el silencio y Abel: de un lado, una de las leyes
máximas de la supervivencia, y de otro, su oficiante.
Le sudan las manos dentro de los guantes de motorista, así que se deshace de
ellos durante un instante con objeto de secárselas contra el algodón de la sudadera.
Luego se los vuelve a enfundar. Ante todo cabeza; sin la protección de los guantes
sería una temeridad buscar a tientas entre toda esa porquería. Algo solo digno de un
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loco. Debe extremar la precaución ante el filo dentado de una lata herrumbrosa o las
puntas de un tenedor perdido. Herirse en ese foco de infección equivaldría a una
sentencia de muerte.
Algo parecido a dejar de contar.
… 450, 451, 452, 453…
Sí, está bien, perder la cuenta a lo mejor no conllevaría indefectiblemente a la
muerte, pero es un riesgo que debe evitar a toda costa, al igual que los cortes
traicioneros.
Cuando se encerró en el aula 16, el vertedero, que es donde se amontonan los
desperdicios acumulados durante años, Abel disponía de un margen suficiente:
seiscientos segundos, diez minutos; exactamente lo que había acordado con Verona.
De nada le valdría hacer trampa ahora, espaciar más la cuenta, por ejemplo. Por una
parte, porque ella podría alarmarse y abandonar la inmunidad de la segunda planta, y
por otra, porque se la estaría jugando él, y nadie más que él.
OK, la puerta del aula se halla defendida por dos pestillos y él cuenta con la
salvaguarda de un machete del tamaño de un brazo y de un mazo de derribar paredes.
Además, y por si esto no fuera bastante, dispone de la protección que le confiere la
rabia que bulle en su hígado, que es otra arma, si cabe más mortífera que las otras,
más incluso que la Magnum que le ha prestado a Verona.
Tal vez debido a ello, a la rabia acumulada, nunca le ha temblado el pulso cuando
ha llegado la hora de luchar contra los infectados. Ellos o yo: un dilema demasiado
sencillo para un tipo como Abel. En caso de peligro bastará con que la rabia le ayude
a levantar el mazo —cabeza de acero, cinco kilos de peso— y dejarlo caer contra
quien se atreva a importunarle.
Puré de sesos. No hay muerte más excitante; tanto es así que se le eriza el vello,
se le acelera la sangre en la ingle y la polla se le hace de granito con solo recordar el
crujido del cráneo. No hay sonido más bello. Se le hincha el vaquero, delatando la
erección.
De acuerdo, él sabe cómo tratar a esa gente, pero tampoco ha de tentar a la
providencia. Sería de tontos. Es por eso que no debe perder el hilo de la cuenta.
… 490, 491, 491, 493…
Venga, gilipollas, date prisa. Tú puedes, se alienta en silencio.
Soliviantado por la cercanía del límite temporal impuesto, el de los seiscientos
segundos, reanuda la búsqueda. Si no encuentra nada relevante en un par de minutos,
tendrá que abandonar el vertedero y mañana no sabrá qué decirle a Verona, salvo
poner cara de imbécil, encogerse de hombros y felicitarla por su decimonoveno
cumpleaños. Bah, poca cosa para una mujer como quedan pocas.
Por no decir ninguna, añade su parte más pragmática.
De pronto, cuando ya piensa que se ha empleado en balde sobre la montaña de
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basura, el guante derecho tropieza con algo. Un momento, hay algo digno de su
atención. Tira un poco hacia arriba: es una empuñadura en forma de jota de la que
nace una vara de metal. En el otro extremo de la misma encuentra lo que buscaba.
Joder, si son costillas.
… 515, 516, 517…
Por fortuna la suerte juega de su lado y ha hallado un esqueleto casi completo
entre la montaña de basura; solamente faltan el cráneo y el brazo izquierdo. A saber si
estarán en alguna parte, debajo de él, no muy lejos de donde permanece arrodillado.
A lo mejor si dispusiese de más tiempo redoblaría el esfuerzo por encontrarlos, pero
por ahora se conformará con lo que tiene.
… 540, 541, 542…
Entonces sucede lo imprevisto.
—Jodido parado —gruñe el muchacho, las palabras cortantes como escalpelos,
mientras se apresura a descender de la pirámide de basura.
Es una sombra que se mueve en la periferia de círculo de luz impuesta por el vaso
de fuego. Hay ocasiones en que el sacrificio no es del todo ejemplar y hoy sucede eso
precisamente: que durante días sobrevive alguno de los muertos y le dan un susto en
el momento más inoportuno. Aquí, sin embargo, no hay que consagrar la sangre ni el
cuerpo de Cristo, nada de eso; basta con posar un beso en la cabeza del mazo, cinco
kilos de acero ejemplarizante. Y luego pasaportarlo definitivamente.
A sus pies el cuerpo del infectado es una colección de fracturas y heridas, casi un
coágulo de sangre, un aborto que se debate en la frontera de la Doble Muerte. No
dispone de mucho tiempo.
Abel muerde un rosario de insultos. Rematar a ese cabrón no es ni tan siquiera un
trabajo rutinario. Es menos que eso: acaso un auténtico engorro. Porque pasaportar a
ese hijo de puta, en su estado, no le pone dura la polla.
—Pórtate bien —le pide al mazo.
Pero cambia de opinión de inmediato. Dado que la amenaza que supone el muerto
es mínima, nada, apenas unos gruñidos y el espasmódico batir de la mandíbula,
desestima el empleo del mazo ejemplarizante. Se impone hacer el menor ruido
posible para no despertar a sus hermanos de desgracia que hibernan en la planta baja.
Así que prefiere usar el tacón de la bota militar.
Abrevia, me cago en la puta. Lo apoya contra el rostro del desdichado, contra la
pirámide de la nariz. Da un brinco para proyectar hacia arriba y luego hacia abajo
todo el peso de su cuerpo. A pesar de que el tabique nasal se quiebra, ¡crac!, con un
ruido similar al de un navío de madera que se estrella contra la costa, a Abel se le
antoja poco premio. Él es un tipo exigente, con inquietudes de verdadero gourmet del
sufrimiento.
Repite el intento, esta vez imprimiendo una mayor fuerza al impulso. Un cuajarón
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de sangre gomosa como cemento fresco se desbarranca desde las orejas. Esta
circunstancia concita, en menos tiempo del que tarda Abel en secarse el sudor de la
frente, la atención de las ratas.
En cuanto se retira un par de pasos del cuerpo putrefacto, hace acto de presencia
una rata del tamaño de un perro, verdadera emigrante en la desgracia: busca comida
fuera de las fronteras de su país, un laberíntico intestino hecho de recodos y negruras.
Como quien pide trabajo a la desesperada, el animal se acerca casi de puntillas,
procurando molestar lo mínimo con su presencia. Olisquea el fluido que asoma a las
orejas. Mueve, nerviosa, los bigotes. Cuando decide que la oferta es lo
suficientemente tentadora como arriesgar la vida ante el humano que sostiene el
mazo, adelanta los dientes. El bocado inicial es tan certero que termina por arrancar
de cuajo la oreja derecha.
No ha de olvidar la cuenta atrás. Así que con objeto de abreviar, introduce el
mango de madera del mazo en la cavidad bucal. Hace palanca con él hasta que,
después de fracturar varios dientes, la mandíbula se descuelga del todo. Los gruñidos
han cesado.
El silencio, solo roto por el mordisqueo atroz de las ratas, se acomoda de nuevo
en el aula. Observa a Abel, sin quitarle ojo.
El muchacho regresa al esqueleto que ha encontrado entre la montaña de basura.
Apoya la rodilla sobre la muñeca y luego fuerza el giro de la misma hacia un lado y
hacia otro, cada vez con mayor urgencia. Cuando cree que la lucha contra la
articulación acabará definitivamente con su templanza, un chasquido libera al fin el
trofeo. Ya está, ya lo tiene. Es hora de marcharse.
De inmediato lo guarda en un bolsillo del pantalón. Más tarde encontrará el
momento de separar los huesos uno a uno; solo debe fingir ante Verona, cogerse el
vientre y salir durante un par de minutos de la guarida. Nada tan sencillo como
engañarla.
Es ahora cuando recuerda el otro objeto, el que permanece enganchado a las
costillas: esa vara de metal y esa empuñadura con forma de jota. Durante unos
segundos baraja la posibilidad de olvidarse de ellas. Qué más da, tiene lo que
buscaba, el regalo para su Verona.
Tras aplicar la lógica, obtiene la certidumbre de que el objeto en cuestión
solamente puede ser un arma. ¿Qué otra cosa sino una suerte de lanza podría
atravesar el costado del esqueleto de esa manera?
Desafía a su mente. En verdad no sabe cómo nombrar esa empuñadura y esa vara
que, en el extremo contrario, presenta un verdadero nido de varillas, más estrechas
que la central, retorcidas igual que si hubiesen de servir de nido a unos polluelos. El
hecho de que las varillas se doblen por la mitad, y que entre las mismas queden restos
de un tejido floreado de cualidad casi plástica, le tiene desconcertado. Aventura la
posibilidad de que, desplegado el objeto, pueda ser un escudo, aun cuando la débil
consistencia del tejido no aguantaría el más mínimo ataque.
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Libera el arma de la trampa de las costillas por medio de un fuerte tirón. Justo en
ese instante sucede algo: un ruido. Proviene del pasillo, al otro lado de la puerta.
Aunque carece de lógica, apostaría que ha sonado próximo a la guarida y a los
cuartos de baño de la segunda planta.
… 585, 586…
Abel apostaría que ha sido un portazo. Aún no ha reaccionado cuando, segundos
después, recorre a toda velocidad los corredores del instituto un chillido casi animal.
Y claro, en lo primero que piensa es en lo peor, en la eventualidad de que alguno de
ellos haya despertado y esté dentro.
Es inútil continuar con la cuenta de los seiscientos segundos. Ahora hay que darse
prisa y correr en busca de Verona por si precisa de su ayuda.
Desciende de la montaña. Por culpa de la precipitación, no distingue un alambre,
tropieza con él y cae. De inmediato un aguijonazo de hielo le atraviesa el muslo
derecho, justo cuatro dedos por encima de la rodilla. Se muerde los labios para no
gritar de dolor. Si lo hiciese, llamaría la atención de los infectados.
Mierda, la hostia puta.
Lo que le faltaba. Herido, le resultará más difícil regresar a la guarida. En la
caída no ha podido apartar el arma que ha extraído del costado del esqueleto y se ha
clavado una de esas jodidas varillas plegables. Se incorpora y de un fuerte tirón la
extrae.
De inmediato el frío lacerante de la herida desaparece para dejar sitio al fuego.
Ahora le arde el muslo y siente cómo se derrama la sangre lentamente. Pese a todo ha
tenido la suerte de no pincharse una arteria. Durante un segundo recuerda las
enseñanzas de Padre: la sangre de una vena fluye de manera constante, mientras que
la de una arteria lo hace a borbotones.
Si antes albergaba alguna duda respecto de la utilidad del objeto encontrado,
ahora, tras lo que ha hecho con su pierna, no le queda ninguna: debe de llevarlo de
vuelta a la segunda planta. Seguro que les será de utilidad. Así que enhebra la
empuñadura en la correa del pantalón y se aproxima paso a paso a la puerta del aula.
A un lado de la misma encuentra el machete, el mazo y el vaso de fuego en el
mismo sitio donde los había dejado antes de enfrentarse a la pirámide de basura.
Tras descorrer los dos pestillos abre muy poco a poco: es fundamental no llamar
la atención de los muertos.
Al otro lado aguarda una oscuridad poco acogedora. Durante unos segundos duda si
sería conveniente o no apagar el vaso de fuego. Al final decide que sí, que será mejor;
de lo contrario, en el caso de que la primera planta del instituto haya quedado
infectada, la lumbre del vaso delataría su posición.
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Ahora hay que esperar a que la oscuridad de dentro del aula y la del pasillo se
igualen. Luego aprieta los dientes y abandona la seguridad del vertedero. Con el
mazo por delante, dispuesto a descargar los cinco kilos que pesa su cabeza de acero
contra el primer infeliz que se acerque, el muchacho avanza cojeando.
El pasillo del ala oeste cuenta con cuarenta metros de largo y cuatro de ancho. A
él se abren ocho puertas a otras tantas aulas, cuatro a cada lado. De pronto le asalta
una preocupación, ¿debe cerciorarse de la limpieza de todas las aulas para así
desechar una posible invasión o, por el contrario, debe apresurarse para llegar cuanto
antes al lado de su compañera? Aun a sabiendas de que se equivoca, de que el trabajo
que no realice ahora lo tendrá que hacer luego, elige la segunda opción, volver junto a
Verona.
Avanza por el centro del pasillo en dirección a las escaleras. Arrastra el pie
derecho. A cada paso crece el calor y el dolor que palpitan en la herida.
El mazo. La empuñadura en forma de jota y el machete enhebrados en el
cinturón. El sudor de las manos dentro de los guantes. El cerebro que se dispara en
todas direcciones.
Hay un instante en que piensa que todo el empeño de la supervivencia es inútil,
que la lucha que Verona y él mantienen desde hace quince años arderá como el papel
en cuanto las circunstancias se confabulen en su contra; que, en definitiva, no hay
más esperanza que la de una muerte rápida, y lo menos dolorosa posible.
Al pie de las escaleras se detiene por espacio de unos segundos. Aguza el oído. A
su alrededor todo es silencio. Aunque siempre late la ofensa de la duda, apostaría diez
cubos de agua o un kilo de carne de rata a que toda la primera planta está
desinfectada. Eso sí, desde la planta baja asciende el gruñido de algunos de los
muertos, de quienes arrastran los pies, se mueven a golpe de instinto y esperan
pacientemente su oportunidad de acabar con la aventura de Abel y Verona.
El pulso de la carótida. El hueco abierto por el miedo en mitad del estómago. La
necesidad de aire, como si se hubiesen secado los pulmones. El sudor helado de la
espalda.
De repente le intimida la inmediatez del peligro. Bastaría con que los infectados
rompiesen las barreras establecidas en la primera planta para que todo se fuese a la
mierda. Y ahí está él, en mitad de esa penumbra. A su espalda se abre el pasillo del
ala oeste y a su izquierda el del ala norte. Demasiados metros, tantos que un
estremecimiento lo zarandea por dentro para que se dé prisa y corra a esconderse.
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A TIENTAS, POR culpa de la ausencia de luz, Verona se aparta paso a paso del
cuadrado de la ducha. Conviene tener cuidado: pocas cosas hay más peligrosas que
un suelo resbaladizo. Bastaría un mal tropiezo, zas, y se habrá ido a la mierda todo el
instinto de supervivencia.
Adelanta la puntera del pie derecho, verdadero zapador en mitad de la noche que
reina en los lavabos. En cuanto halla la posición de las zapatillas respira algo
aliviada. Una vez calzada, será más difícil resbalar.
… 390, 391, 392, 393…
Bueno, todavía tengo algo de tiempo, se dice.
Ha aprovechado la visita de Abel al vertedero del aula 16 para, con su
consentimiento, siempre con su consentimiento, acercarse a la zona de los retretes.
Ambos disponen del mismo margen, concertado de antemano: diez minutos,
seiscientos segundos. Aunque siempre cabe la posibilidad de que uno pueda contar
más rápido que el otro, son conscientes de que tampoco habrá demasiada diferencia
de tiempo. No en vano han ensayado muchas veces juntos la cuenta y se compenetran
bien.
… 405, 406, 407, 408…
Después de estrujar la esponja sobre el cuadrado de la ducha, Verona retira el
cubo y lo deja al pie de los lavamanos. A la izquierda, apenas a un par de metros de
donde se encuentra, intuye la forma del congelador horizontal, tipo arcón, que ellos
conocen como la bañera. El agua bendita contenida en su interior aguarda al muñeco
de turno. Hace demasiados meses que ningún cuerpo ocupa la bañera,
lamentablemente para la pareja.
Lleva liada una toalla en torno al cuerpo, sujeta únicamente por la turgencia de
los pechos. Gracias a la frescura del agua, experimenta la resurrección de su propio
cuerpo, antes medio muerto por la suciedad y el cansancio acumulados; ahora arde
por dentro con la intensidad de una hoguera. Habían transcurrido demasiados días
desde la última vez y necesitaba el baño. De manera que, de alguna manera, ha
resultado un regalo anticipado de cumpleaños.
Por fin se siente limpia, como nueva, igual que una pistola recién engrasada y
puesta a punto. Se detiene unos segundos frente al espejo. No puede evitarlo; el
trallazo del deseo es mucho más corpulento que esa idea que late en el último rincón
de su cabeza a modo de alarma: prudencia ante todo, Verona, prudencia.
El recuerdo momentáneo del peligro que acecha ahí fuera se esfuma en cuanto
deja caer la toalla a los pies y queda desnuda, con el único adorno del collar.
—Joder, no se ve una mierda —maldice en un susurro apenas audible.
Pese a ello, gracias la blancura de la piel, consigue vislumbrar el fulgor violáceo
de su cuerpo, el volumen de los pechos, la mora de los pezones, el dibujo de las
caderas y el triángulo oscuro en la confluencia de las piernas.
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Le gustaría compararse con alguna muchacha de su edad, claro que sí; ante todo
para saber si es tan bonita como piensa o para comprobar si Abel dice la verdad
cuando le asegura que es preciosa. Vete tú a saber si el muy capullo la cambiaría por
otra en el hipotético caso de que pudiese hacerlo. Se habrá de conformar con lo que
tiene, piensa, no le queda otra elección.
Y es que concurre la desgracia de que ahí fuera, más allá de las fronteras del
instituto, apenas queda nadie vivo. La noche del Desastre y los posteriores Años
Críticos acabaron con todo. Eso contaba Padre. Pero aquello ocurrió hace muchísimo
tiempo, tanto que ella no recuerda gran cosa; era una renacuaja cuando la diplomacia
se arrumbó en favor de la guerra.
Si sobrevive alguna muchacha bonita, piensa en un alarde de optimismo, estará
escondida, en el mejor de los casos… o raptada, en el peor de ellos. Bien mirado la
muerte tampoco es una mala carta. Ella lo sabe, Abel también. Es mucho mejor que
todo se vaya a la mierda que sufrir la desgracia de caer en manos de los enfermos.
Así que Abel habrá que conformarse con ella y Verona aceptar la verdad dictada
por su propio cuerpo. Es lo que hay.
Se observa de arriba abajo: tampoco está tan mal lo que entrevé en el pantano
oscuro del espejo. Todavía tiene un cuerpo apetecible, para nada diezmado por el
hambre. Sí, de acuerdo, presenta unas piernas algo escuálidas, pero el resto es más
que aprovechable. Y si no, que se lo pregunten a Abel.
… 430, 431, 432, 433…
Cuando se encuentra sola, lejos de la protección que le brinda su compañero, le
da por recordar cómo eran los viejos tiempos, esos que murieron después de que ella
cumpliese los cinco años de edad. Era demasiado pequeña entonces. Con suerte
consigue rememorar el placer de la leche caliente y la imagen de aquella muñeca que
tuvo, de nombre Ligorita y pelo color mandarina.
Lo malo de los recuerdos es que abres una puerta a través de la cual pueden
colarse otros menos agradables. A ella le ocurre esto precisamente. A veces, cuando
duerme, le asalta a traición al bulto agonizante de Padre, esa cara rota por el dolor y
el penúltimo golpe de martillo. Antes del final aún tuvo fuerzas para decir en un hilo
de voz, Padrenuestro. Su Cielo tan anhelado le cayó encima de golpe y murió
aplastado.
Verona levanta los brazos para cogerse las manos por encima de la cabeza. Luego, sin
mover los pies, contonea la cadera, seducida por la Verona doble del espejo y por la
música que ronronea de placer en su cabeza, ese The End del grupo The Doors.
Al principio la cadencia del baile es lenta; irá creciendo poco a poco hasta que, al
fin, con el paroxismo de los movimientos, despierte el animal que esconde dentro. De
repente el deseo sofoca el cerebro y asfixia las ideas. Únicamente queda espacio para
él. Tal vez el cuerpo reconoce el momento, ese momento, pues no en vano tras cada
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baño ha jugado con Abel a la llamada telefónica y han terminado la noche follando
entre risas y bocados.
Se detiene durante unos segundos y se recrea con el pálpito del coño. No hay
nada como eso.
Pese a la penumbra reinante en los lavabos, Verona alcanza a distinguir ese bulto
más oscuro que reposa sobre la cerámica del lavamanos, y que no es otra cosa que la
pistola. Únicamente cuando está lejos de Abel cuenta con su permiso para usarla. No
es que se encuentre a mucha distancia de la guarida, apenas diez metros, pero en
medio de un instituto abandonado y sumido por completo en la oscuridad, cualquier
distancia por pequeña que sea se hace larga en virtud del miedo.
La muchacha mide la aproximación de la mano al milímetro, no tanto para no
despertar a la Magnum, sino para evitar la delación del más mínimo ruido que
soliviante a la noche. Llevar la cuenta y no hacer ruido, dos premisas vitales para
regresar a tiempo y sin sobresaltos a la guarida.
Ahora abre las piernas, los pies separados por unos treinta centímetros, flexiona
las rodillas para bajar un poco la cadera y permitir la expansión del sexo, libre
momentáneamente de la cárcel de las piernas. El cuerpo hacia arriba y hacia abajo
para, sin tocarse, alentar el incendio.
… 475, 476, 477…
Luego acerca el cañón de la Magnum al desfiladero del pubis. Como el contacto
con el acero frío aviva las llamas, Verona no se conforma con juguetear con la
alfombra de vello, no, sería poco ambiciosa; busca las primeras brasas por muy
escondidas que estén. El índice rastrea el deseo por muy oculto que se encuentre.
Cuanto más fuerte suena la canción de The Doors dentro de la cabeza, más crece
el deseo.
De pronto sucede algo: se escucha un ruido al final del pasillo. Proviene del otro
lado de la puerta.
… 530, 531…
Igual que una bomba que estallase en ese mismo segundo, todo el erotismo del
instante explota hecho añicos. Ahora solo queda el miedo.
Ella juraría que ha sido un portazo. Unos segundos después se deja sentir un
chillido casi animal. Es exactamente lo mismo que Abel ha escuchado en la primera
planta, en otro extremo del instituto. Aunque cree poco factible que ellos hayan roto
la frontera establecida en las escaleras a la altura del primer piso, tampoco hay que
confiarse. De este exceso de celo en la seguridad ha dependido durante años la
supervivencia dentro del instituto.
Ahora sí que la alarma que antes latía imperceptiblemente se hace audible con la
fuerza de una tormenta: prudencia, Verona.
Abandona la masturbación y vuelve a liarse la toalla al cuerpo. Dentro del cubo
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esconde la pistola. Luego avanza hacia la puerta, paso a paso. Cuando se encuentra
tras ella, advierte que ha perdido la cuenta de los seiscientos segundos. ¿Por dónde
iba? Tras morder un insulto se decide a comenzar una nueva. Se impone un margen
de ciento veinte segundos para regresar a la protección de la guarida.
1,2,3,4…
Abre la puerta muy lentamente. Al otro lado aguarda la misma penumbra que
reina en los baños. Como quiera que ya son casi quince años viviendo dentro del
recinto, Verona conoce el escenario de sus miedos como la palma de la mano o como
los cuentos de Marcovaldo: de memoria. Hasta con los ojos cerrados sería capaz de
salvar los diez metros que le separan del aula 37, la guarida. Pero ahora ha de
llevarlos abiertos por si acaso, por si tuviese que apretar el gatillo ante la primera
sombra sospechosa. Lo malo es que el aula 37 se encuentra justo en la confluencia
del ala norte y del ala oeste del instituto. Así que deberá estar atenta a lo que sucede
delante de sus narices y a su espalda.
Cierra la puerta sin atreverse a salir todavía. Se concede una tregua y deja de
contar. Tampoco es conveniente estresarse: mejor respirar hondo y pensar en lo que
va a hacer a continuación. Es obvio que tiene dos opciones. La número uno: podría
arrojar el cubo a la oscuridad del pasillo en espera de que el ruido alerte a quien
quiera que se esconda agazapado en la penumbra. Y la número dos: podría avanzar
descalza con objeto de evitar el roce de los zapatos; así a lo mejor tendría una
posibilidad de escapar sin contratiempos.
Inspiración, espiración. Inspiración, espiración. Vamos allá, se dice para darse
ánimos, tampoco es la primera vez que te enfrentas a una situación similar.
Como se ha decidido por la segunda opción, se descalza y guarda las zapatillas
dentro del cubo, donde ya reposan la esponja y la pistola. A continuación abre de
nuevo la puerta y comienza de nuevo la cuenta.
1,2,3,4…
Arrima la espalda a la pared y avanza lateralmente. De esta manera se siente más
segura porque solamente tendrá que vigilar la penumbra a derecha y a izquierda, y no
a su espalda. Adelanta la puntera del pie derecho y luego todo el resto de cuerpo,
hasta dejar atrás el pie izquierdo. Ya solo queda adelantar este. Camina muy
lentamente y controla la respiración para no delatar su posición. Lo primordial es
llegar sana y salva. No importa el tiempo que invierta, aun cuando se haya impuesto
ese margen de dos minutos para hacerlo.
Por delante, a modo de avanzadilla, lleva la mano derecha y la Magnum. Al
primer hijo de puta que se le cruce en su camino lo rellenará de plomo.
Cuando está a mitad de camino, a cinco metros de los retretes y a otros cinco de la
puerta de la guarida, le cruje la articulación del tobillo derecho. De inmediato se
detiene. Aunque el chasquido ha resultado tan imperceptible como una cerilla que se
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quebrase, a Verona se le antoja tan escandaloso como un cristal roto por una pedrada.
Nerviosamente mueve a un lado y a otro la Magnum, a derecha e izquierda.
… 55, 56, 57…
Cuando se convence de que el único ruido que perturba el silencio del pasillo no
es otro que el de su corazón, disparado por culpa de la angustia, se apresura a avanzar
otro metro. Ya está frente a la puerta del aula 37. Ahora únicamente le resta salvar la
distancia de cuatro metros que la separa de ella, aunque no es tan sencillo como
parece. Para ello habrá de retirar la espalda de la pared y desprotegerla. Sin duda
alguna es el momento más peligroso, si es verdad que se ha producido una invasión
de la segunda planta.
Adelanta la pierna derecha, después tira del cuerpo y finalmente levanta el pie
izquierdo. Toda la acción transcurre con la pausa propia un mimo. Ya ha dado cuenta
del primer metro cuando sucede lo inesperado. Es un segundo tan solo y de repente se
siente vencida, derrotada. Hay alguien a su espalda.
Está a punto de gritar cuando una mano ahoga su desesperación al taparle la boca.
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MENOS MAL QUE la nariz queda libre y consigue respirar por ella. Eso sí, lo hace
con la intensidad de un condenado a muerte bajo la capucha. En una y en otro, en
Verona y en el condenado a muerte, existe la misma necesidad de trascender el
instante, de evadirse a otro lugar y a otro tiempo. Ella prueba suerte: se empeña en
regresar al tiempo en que era niña y vivía en una casa de verdad y no dentro del
instituto, y tenía un dormitorio que era como su reino porque no dejaba entrar a nadie
sin su permiso. Aquello sí que era vida. Aún recuerda el vaso caliente de leche a
última hora de la noche y la calidez que le prestaba al estómago. También a su
muñeca de pelo color mandarina.
Pero la realidad es bien distinta, de modo que neutraliza por completo el despegue
de la mente.
Esa mano sobre su boca.
Cuando la muchacha sospecha que todo está perdido, un pensamiento centellea
dentro del cerebro: de pronto ha reconocido el olor. Con cada inspiración ansía
reducir la velocidad de la sangre. El esfuerzo es tan constante que, poco a poco, lo
consigue. Al mismo tiempo, dentro del pecho el corazón pisa el freno.
Menos mal, lo ha conseguido; ha estado al borde del colapso. Ahora se encuentra
mucho mejor. Vale, tranquila, al parecer la cosa no es tan grave como ha imaginado
en un principio: ninguno de los muertos ha atravesado la empalizada de muebles que
defiende el primer piso del instituto. Mediante el olfato Verona reconoce que quien se
le ha acercado por detrás y le tapa la boca no es un hambriento. Llevan demasiados
años juntos como para equivocarse. De modo que puede tranquilizarse, al menos de
momento.
—¿Te has acercado a la primera planta? —Es la voz de Abel, destilada en un
susurro.
Acto seguido el joven retira la mano y la boca queda libre para que conteste.
Verona respira hondo y se gira sobre los talones para reconocer el bulto de su
compañero en mitad de la oscuridad del pasillo.
—Capullo, me has dado un susto de muerte —muerde la respuesta. Si tuviera
arrestos, le escupiría; así expresaría su desprecio. Otra cosa es que la ausencia de luz
le niegue esta oportunidad.
—¿Lo has hecho?
—Joder, Abel, no. No me he movido de aquí. He estado lavándome, como te dije.
—¿Y ese ruido?
—Creo que fue un portazo. Quién sabe, a lo mejor ha sido culpa de una racha de
aire. El aula 32, ya sabes.
—¿Y el grito?
Ambos caminan en dirección a la entrada de la guarida. El juego de llaves
tintinea en la oscuridad, en mitad del silencio, igual que la sirena de un barco en
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mitad de la niebla. Verona maldice a Abel por hacer tanto ruido. Menos mal que ya
están a salvo detrás de la puerta. Dentro del aula palpita la lumbre de un vaso de
fuego.
—Ya sabes que los pasillos amplifican el más mínimo sonido —Verona ofrece
una respuesta, aunque esté tan poco convencida de ella como el propio Abel—.
Alguno de los parados se habrá puesto en pie por culpa del portazo, se ha acercado a
la muralla del primer piso, ha gritado y ha parecido que estaba dentro.
La pareja denomina parados a los infectados, a los muertos, a quienes pueblan la
planta baja del instituto, y no sin acierto. En verdad esos cuerpos pueden permanecer
días enteros, incluso semanas, sin mover un solo músculo, sentados o tumbados en el
suelo, a la espera del ruido que delate la presencia de un superviviente y de la
consecuente resurrección del hambre y la rabia. Si estuviesen a todas horas
caminando los llamarían de otra manera, pero ¿qué mejor definición que la que ellos
emplean?
—Lo mismo tienes razón, cariño —admite el muchacho—. Pero no me fío.
Quédate aquí dentro, voy a echar un vistazo abajo. Nunca está de más.
—Si quieres me visto rápido y te ayudo.
—No importa. Acabaré en un momento —Abel acerca la cara y le obsequia con
un beso—. Nena, lo mismo tenemos hoy una noche de euforia sin haberla
programado —bromea.
Ella está a punto de objetar que no es lo mismo divertirse sabiendo que el juego
de la noche de euforia ha comenzado, que enfrentarse a la oscuridad y a una posible
invasión sin conocer cuántos de esos hijoputas han penetrado en la zona neutral del
primer piso. Es muy diferente. Porque en este caso no será él quien permanezca
agazapado en las sombras a la espera de asestar el primer golpe, sino los infectados
que pueblan el patio y la planta baja. Pero prefiere callarse y no contrariar al
muchacho, que se despide con un segundo beso.
—Toma esto.
La mano de Verona se cierra sobre el mango en forma de jota del objeto
encontrado en el vertedero y con el que se ha herido al caer sobre él.
—Cuenta hasta trescientos. Estaré aquí antes de cinco minutos.
Luego abre la puerta y sus pasos se alejan por el ala norte.
Dentro de la guarida, al caer la noche, siempre hay encendido un vaso de fuego. La
oscuridad se retira a los extremos del aula. Si encendiesen cinco o seis más
conseguirían, incluso, que huyese por debajo de la puerta. Pero tampoco es necesario
ni coherente: hay que racionarlo todo, sin excepción. Esta es una de las máximas que
rige el día a día de los dos supervivientes: el racionamiento. Hay que economizar el
agua de la lluvia para regar el huerto y lavarse tan solo una vez por semana, igual que
las dos balas de la Magnum, porque nunca se sabe qué sucederá mañana. También
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hay que racionar la comida y hasta las palabras, si fuera necesario. Y por supuesto,
también es imprescindible ahorrar leña. Sin observar tales medidas no habrían
aguantado ni la mitad de la mitad de los años que llevan sobreviviendo en el instituto.
Lo que la pareja llama la guarida no es otra cosa que el aula número 37. Por
descontado, no es un aula cualquiera, no; es la mejor situada de todo el instituto. ¿La
razón? Que está emplazada justo en la confluencia de las alas norte y oeste del
segundo piso. Precisamente debido a esta posición estratégica fue elegida por Padre.
Bien es verdad que antes incluso de la noche del Desastre, Padre siempre se había
mostrado como un hombre pragmático. Pero desde que se refugiaron en el instituto
había desarrollado un extraordinario y agudo sentido de la supervivencia. Lástima
que lo único que no previese fuera su propio final. Mala suerte.
Hay que tenerlo todo muy bien pensado, decía a menudo mientras se llevaba el
índice a la sien. Sin cabeza no hay nada que hacer. Tiene gracia que dijese aquello.
Si hubiese sobrevivido a su propia muerte hasta él mismo se reiría de sus palabras.
Él fue quien eligió el instituto en el que viven desde entonces y también fue él
quien, a posteriori, después de sopesarlo durante días, señaló el aula 37 como la ideal
para albergar la guarida. Y no fue una decisión tomada a la ligera. La situación del
aula 37 es ideal, justo en la confluencia de las dos alas del edificio.
Padre sostenía que, en el caso hipotético de sufrir una invasión de hambrientos, al
menos ellos contarían con una dirección hacia la que huir. Si los muertos rompían la
defensa del ala norte podrían escapar hacia el ala oeste, y viceversa. De haber elegido
las aulas 29, 33 o 40, al mínimo contratiempo quedarían atrapados al final del ala en
cuestión, convirtiéndose en auténticas ratoneras.
Pero Padre no se conformó con esto. También debía de ser la mejor protegida.
Para conseguirlo los tres tuvieron que trabajar muy duro. Padre determinó que, a tal
efecto, trasladarían hasta el aula 37 todos los muebles que encontraran en las clases
más próximas: sillas, pupitres, armarios, estanterías y pizarras. Si era preciso deberían
arrancar todas las puertas de las aulas del primer piso, que desde el comienzo se había
convertido en la zona neutral del edificio. Y así se hizo.
Las aulas quedaron vacías en beneficio de la número 37. Todo aquel material,
amontonado y claveteado contra las paredes, blindó la estancia. Además de funcionar
como aislante térmico y acústico, todos aquellos muebles otorgaron la necesaria
sensación de seguridad. Así fue posible conciliar el sueño con cierta tranquilidad.
Que la llamasen la guarida tenía algo de sentido. Ninguna madriguera animal está tan
protegida como esa simulación de hogar. Luego restaba adecentarla y equiparla con
las cosas imprescindibles.
Padre pensó que solo existía una manera de conseguirlo: había que saquear la
pequeña cafetería bar que hay junto a la caseta del conserje. Hasta ahí, todo perfecto.
Era un buen plan, sin duda. Entonces, ¿cuál era el inconveniente que hacía dudar a
Padre? Que ambas dependencias se encontraban en la planta baja, en el extremo del
ala oeste, casi en la misma entrada del instituto. Ello comportaba un peligro más que
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evidente, pues no en vano era territorio dominado por los muertos; era el mismo
Infierno.
Aquellos sí que fueron días vividos al límite. Padre arriesgó la vida en aquel
empeño. Mientras los niños llamaban la atención de los muertos desde la azotea,
Padre aprovechó para bajar por las escaleras de ala oeste hasta la cafetería.
A la luz mínima del vaso de fuego, el aula 37 se muestra vagamente acogedora. Pese
a ello nada tiene que ver con aquel dormitorio que únicamente perdura en la memoria
de Verona. Aquí no hay ni rastro del escritorio, ni de estanterías abarrotadas de
peluches, ni de la cama cubierta con una colcha floreada. Desde luego, nada que ver.
Mientras Verona barrunta el posible peligro que corre su compañero mientras
inspecciona la primera planta para descartar una invasión, deslía la toalla, dobla el
cuerpo por la cintura, deja caer la melena en dirección al suelo. Se la seca con esmero
casi enfermizo. Lo único que le faltaba era pillar una pulmonía por una negligencia
como dejarse húmedo el pelo.
De la última colada, recogida esa misma mañana del aula 32, elige una braga y un
vaquero. Como hace tiempo que perdió el sujetador y además le ha resultado
imposible conseguir otro, se lía sobre los pechos una tira de tela de cuarenta
centímetros de ancho. Siempre bien fuerte; tres vueltas después ya tiene sujetador.
A continuación elige una de las camisas que usaba Padre. Está abotonada.
Introduce los brazos dentro de las mangas y a continuación pasa la cabeza por la
abertura superior. Encima se enfunda una sudadera. Se mira en el espejito de mano
que hay puesto de pie en la última balda de la estantería que les sirve de alacena. En
esta descansan, ordenados por tamaño, algunos platos y vasos.
Se peina frente al espejo. Cuando ha acabado, Verona lamenta que toda la ropa,
después de lavarla a mano, acabe tan arrugada.
—Joder, mira qué fantoche —le confiesa a su doble del espejito.
Al lado del mismo, grapada sobre la madera, hay una ilustración tamaño folio. A
juzgar por el corte dentado del borde izquierdo, se advierte que la hoja ha sido
arrancada de mala manera de un libro de texto, desechado luego en el aula 38,
denominada la biblioteca. Aquello fue capricho de Abel y no de ella; fue él quien
decidió concederle a esa ilustración el privilegio de presidir aquel espacio de la
alacena después de encontrarla un día de pura casualidad. Le gustó y punto.
Verona cabecea negando el recuerdo. Que nada la oculte, le había advertido el
muchacho desde el primer día, ¿te queda claro? Y en realidad a ella le daba
absolutamente igual que lo hubiese puesto allí o pegado sobre el cristal de los
lavabos. Allá cada loco con su tema, gruñía por lo bajo cada vez que veía a Abel
detenerse frente a aquella ilustración del Sistema Solar: el Sol en el centro y el resto
de planetas ordenados en virtud de su proximidad a aquel.
La muchacha regresa a la realidad de mano del espejo. Se regala un guiño antes
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de preparar la cena, o algo que se le parezca… y es que escasea la carne. Las raciones
de hoy son minúsculas, apenas del tamaño de una uva.
El límite de los cinco minutos impuestos por Abel se cumple justo en el instante en
que alguien llama a la puerta de la guarida.
Dos golpes seguidos, silencio y un golpe final más fuerte que los anteriores.
OK, es la contraseña pactada. Nada que temer. Ninguno de los muertos tendría la
capacidad de hacer algo semejante. Solo puede ser él. Retira un palmo el mueble que
blinda la entrada.
—Todo está en orden —comenta Abel tan pronto como le es franqueado el paso
—. Ningún parado ha cruzado la frontera. Debió ser una racha de aire.
El muchacho deja el mazo a un lado de la puerta y resopla con la intensidad
propia de una ballena. Es uno de sus defectos: nunca ha sido un chico discreto.
Conociéndole como le conoce, ella barrunta que el resoplido no es otra cosa que una
argucia con que subrayar el esfuerzo que ha realizado en beneficio de la pareja.
Porque a él le gusta que se le reconozca.
—Abel, ¿estás cojeando?
Ahora, a la lumbre del vaso de fuego, es evidente la cojera del muchacho.
—¿Quién, yo? —Un niño pillado en falta habría preguntado lo mismo, ¿quién,
yo? A juzgar por el tono, ella intuye que algo le ha ocurrido, por mucho que lo
niegue, que esa cojera no es producto de la causalidad de una mala postura o un mal
gesto—. Bah, tonterías tuyas.
—¿No te habrás tropezado con ningún parado?
—Negativo.
—A ver, a ver… —Verona se arrodilla delante de él, señala con el índice la
mancha de color petróleo que mancilla el vaquero a la altura del muslo derecho—. ¿Y
esto? ¿Dónde, cómo te has herido?
Bufando de hastío, Abel se derrumba sobre la primera silla que encuentra.
Gracias al vaso de fuego es visible el sudor de su frente. Un nuevo resoplido de
ballena. Se echa hacia adelante, los codos sobre las rodillas. En un intento por
deshacerse del marcaje de Verona, ventea el brazo para que se aleje.
—Déjame. ¿Qué hay de cenar? —Más que una pregunta es un desaire. Y al
mismo tiempo, una defensa contra la mirada inquisitiva de la muchacha.
—Hasta que no respondas, nada.
El estómago de Abel gime de dolor con solo pensar en otro día de ayuno. Antes
de responder, muerde un insulto para sus adentros. Cocinar la rabia en la caldera del
estómago es una de sus especialidades.
El silencio responde por él.
—¿Cómo te has herido?
—De acuerdo, tú ganas. Sucedió en el vertedero. Tropecé y me herí con el arma
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que te entregué antes. Por cierto, ¿dónde la has puesto?
—¿Arma?
—Sí, mujer, el objeto que te di.
Verona se lo acerca antes de que lo pida; lo deja entre sus piernas, el mango en
forma de jota hacia arriba. Ambos se interrogan en silencio: ¿qué demonios será?,
¿para qué servirá? Por ahora no hay respuesta; es más, posiblemente nunca la
encuentren. Es uno de esos utensilios anteriores a los Años Críticos, a la noche del
Desastre, que se convierten en un verdadero enigma para ellos. No en vano eran muy
pequeños cuando aquello ocurrió. De aquella civilización ahora tan solo quedan las
ruinas, casi tan ajenas a sus vidas como pudiera serlo una civilización del planeta
Marte.
Abel se esfuerza en devolver a su posición inicial todas y cada una de las varillas
retorcidas. El ejercicio merece la pena, o eso cree en un principio… porque ahora es
incapaz de descifrar el acertijo propuesto por el objeto-arma. Una vez extendidas, y
partiendo del centro en forma radial, las varillas conforman un círculo de unos
ochenta centímetros de diámetro.
—¿Qué coño es eso? —pregunta Verona, arrodillada junto a él. Para sí misma
lamenta que Padre ya no esté con ellos: él les resolvería la duda; seguro que sabría
decirles cómo se llama. Pero Verona permanece en silencio. Si a Abel le irrita que
hable de Padre, será mejor quedarse calladita.
—Nena, nunca había visto nada igual.
—¿Y eso? —señala los trozos de tela, el estampado de flores. Después de que
Abel haga por juntar todos los pedazos, igual que si fuera un puzzle, una idea surge
en la cabeza de Verona—. Parece una suerte de escudo.
Él coge la empuñadura y se acerca el objeto al cuerpo, para a continuación
simular que se esconde tras él, como si con ello se protegiese del ataque de algún
infectado.
—Eso parece, nena, pero la tela es demasiado endeble. Además, ¿quién iba a
decorar un escudo con estas flores?
Devuelto al suelo, ella lo recoge y lo levanta por encima de su cabeza. Sin que
ninguno de los dos conozca este extremo, Verona se encuentra más cerca de hallar la
verdadera utilidad del objeto.
—Dámelo, nena.
Sin mediar más explicación, Abel fuerza el giro de una de las varillas, a un lado y
a otro, hasta que consigue arrancarla. La observa con detenimiento.
—Creo que nos servirán para defendernos de los parados. Mira lo que ha hecho
con mi pierna.
—Déjame que te cure.
Tras buscar en los muebles que rodean la guarida, Verona se acerca con un cubo
de agua, una esponja y una tira de tela parecida a la que utiliza a modo de sujetador,
solo que esta es más estrecha.
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—¿Qué hay de cenar? —Abel retoma la pregunta de antes, mientras se deshace
del vaquero, estira la pierna y observa la cura que efectúa su compañera.
Primero hay que limpiar la herida con la esponja y un poco de agua, luego dejar
que se seque y por último colocar una moneda sobre ella y liar el muslo con la tela.
—No te enfades, hombre.
—¿Quién se enfada?
—Pensé que…
—No pienses por mí, ¿de acuerdo? —la interrumpe sin templar el clamor de su
desdén—. ¿Qué hay de cenar?
—He estado mirando en la despensa y…
—Desembucha, la situación tampoco puede ser tan grave, vamos digo yo.
—No te creas; he preparado el antepenúltimo trozo de carne —murmura Verona,
que mantiene la cabeza gacha, sin atreverse a mirarle de frente, no vaya a pensar que
se lo está echando en cara y semejante sospecha propicie el inicio de una discusión—.
Mañana tendremos que ayunar de nuevo.
—Joder, la hostia puta. No lo entiendo. Habrá existido algún fallo en el
racionamiento.
La guarida parece más inhóspita después de tal afirmación, y el silencio de la
noche, más amenazador. Verona no sabe qué hacer con las manos, si seguir con el
vendaje del muslo o intentar una caricia; tampoco a dónde mirar. Presiente el peso de
los ojos de Abel sobre ella. Antes de que la pausa se haga más incómoda, se atreve a
decir:
—A lo mejor simplemente hay que hacer las raciones más pequeñas —la voz es
un murmullo. Teme cometer la imprudencia del día.
—Joder, joder —masculla el muchacho. Menos mal que la posterior mueca de
dolor deja bien claro que el exabrupto no va dedicado a ella, sino a la labor de cura.
De repente los ojos del muchacho son dos puñales a punto de rasgar el vientre de
la guarida. Bastaría un descuido para que saltase por los aires el inestable equilibrio
que preside la convivencia. Ya es bastante jodido sobrevivir en esa mierda de mundo
como para aumentar los problemas, piensa ella.
—¿Duele? No te preocupes, cariño, tendré cuidado —apunta Verona mientras
hace un nudo con dos extremos de la tela.
Pero inmediatamente Abel se olvida del dolor, se rehace. Desencadenado el
rencor, Abel es capaz de utilizar las palabras con la misma destreza con que maneja el
mazo de derribar paredes en las noches de euforia: las deja caer sobre ella con toda la
intensidad de la rabia, dispuesto a acabar con su mínima resistencia. A ella solo le
resta asentir en silencio. Cualquier otra actuación sería contraproducente.
—Más duele el hambre, Verona, mucho más.
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EL JUEGO COMIENZA con algo tan inocente como la tirada del dado. Nunca se
sabe cuándo surgirá la ocasión de jugar, más bien es producto del azar. Como
consecuencia de ello, la oferta está siempre ahí. El dado permanece sobre la mesa,
presidiéndola desde su mismo centro; nadie ni nada le quitará su lugar de privilegio.
Siempre en su sitio, recordándoles a ambos que disponen de esa opción con que
matar el aburrimiento. Únicamente la proximidad incierta de una nueva noche de
diversión que será percibida por uno de los dos jugadores gracias a la aceleración de
la sangre, al pálpito renacido de las sienes o al cosquilleo eléctrico de los dedos,
permitirá el contacto. Es entonces cuando una mano se aproximará al dado con una
liturgia propia del instante de la consagración de la sangre y cuerpo de Cristo.
Precisamente es lo que sucede en ese instante: Abel se ha atrevido a alcanzar el
dado para esconderlo en el cuenco formado por las dos manos. Sopla sobre él con el
propósito de conjurar a la suerte. Y es que desea ganar la tirada.
—¿Pares o nones? —Es la pregunta de siempre. La sonrisa que arruga la boca de
Abel hacia un lado, también.
—¿Hoy? —El tono empleado por Verona es de hastío.
—Nena, es una noche como otra cualquiera.
—No, no lo es. Estás herido —objeta malhumorada—. Por favor, dejémoslo para
mañana.
—Ya sabes las reglas: una vez que se ha cogido el dado nada podrá detener el
juego.
—Venga, vale, en esta ocasión elijo pares —se muerde el labio, nerviosa; está
preocupada por esa punzada que siente dentro de la cabeza.
Si sale par, gana. ¿Consecuencia?, será ella quien llevará el peso del juego: una
perversa versión del escondite. Ojalá pierda. Aunque Abel está herido, prefiere
perder: esta noche no está para demasiados alardes. Si por el contrario sale impar,
gana él y, de paso, la fortuna le habrá hecho un favor a Verona.
Después de rodar sobre la mesa, el dado muestra en su cara superior tres puntos
negros. El muchacho sonríe satisfecho porque él, a diferencia de Verona, carece de
sus escrúpulos y tampoco se va a arredrar por una herida tan insignificante como la
del muslo. En realidad le va la marcha y pretende apostarlo todo esta noche a doble o
nada.
—A ver con qué nos encontramos hoy —comenta.
—Hombre, pues con lo mismo de siempre. De todas formas, los parados son
todos iguales.
—Lo decía por la fuerza, por la ferocidad del tipo elegido.
—Menos mal que no me ha tocado —respira algo aliviada—. Esta noche me
duele la cabeza.
—El infectado de la última noche no aguantó los primeros golpes. Era un
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auténtico muerto.
En ese momento la conversación se ha convertido en dos monólogos que
divergen en diferentes direcciones, como dos vías de tren que se dirigiesen una al
norte y otra al sur.
—Es el inicio de la jaqueca, ya me tiene chafada. Ni te imaginas lo que es.
—De poder elegir contrincante, preferiría alguien que presentase más oposición.
—Espero que el juego acabe pronto, no me siento muy bien.
—Joder, un muerto que luche como un superviviente.
Verona decide callarse en vista de que cada uno habla de una cosa distinta. Y es
entonces, al sentir el silencio de su compañera, cuando el muchacho redirige la
conversación hacia sus quejas, hacia su incipiente dolor de cabeza.
—¿Jaqueca? OK, si quieres quédate aquí. En un momento dado podría hacerlo yo
solito.
—Sabes que no, que en este juego se necesitan dos personas. Y mucho menos en
tu estado, con la pierna herida.
Abel se ha acercado al arcón que ocupa una esquina del aula. Dentro, hecha un ovillo,
está guardada la totalidad de la ropa de combate; porque ante todo se impone la
precaución: una simple herida en el cuerpo a cuerpo con los enfermos podría resultar
mortal. Ellos lo saben y por eso se tienen que de proteger debidamente.
Sobre los pantalones que lleva puestos, Abel se enfunda otros, una talla más
grande. Siempre dos mejor que uno.
—Creo que será una gran noche —dice mirándola a los ojos.
Luego desecha el calzado deportivo en favor de unas botas militares con punta de
acero. Remete los bajos de las perneras por dentro de las botas con objeto de que ni
un solo centímetro de carne quede expuesto al contagio. Ata los cordones con fuerza.
Después elige una gabardina larga, pero lo suficientemente flexible; de resultar un
estorbo, nunca la habría cogido.
Una vez enfundado en el traje de combate se le escapa una sonrisa similar a la de
un niño antes de que comience la función del circo. Ya solo le falta el saco de
arpillera que le cubrirá la cabeza y que anudará al cuello con una cuerda, y los
guantes de motorista. Sabe que pasará un poco de calor, y más aún cuando empiece lo
bueno, el ejercicio de verdad, la lucha… pero está lejos de ser un temerario. Sí, de
acuerdo, en su sano juicio no jugaría hoy porque se encuentra herido y le palpita de
dolor el muslo. Sin embargo conoce sus límites y sabe a ciencia cierta que superará
semejante contratiempo. Lo que nunca haría sería enfrentarse a uno de ellos sin la
protección adecuada.
—Ahora te toca a ti, nena —la voz suena oscura bajo la tela. Los ojos apenas son
visibles a pesar de que los agujeros practicados en la arpillera son lo suficientemente
grandes.
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Ella se decanta por la ropa de otras ocasiones: el mono integral que se enfunda
sobre la ropa que lleva puesta y que se cierra a la espalda, las botas de nieve y el
casco de policía con visera.
—Uff, qué calor tengo —se lamenta de inmediato. La bufanda, anudada dos
veces, le protegerá el cuello. Finalmente alcanza los guantes.
—Ya he dicho que te quedes aquí.
Uno frente a otro parecen dos fantoches escapados de una fiesta de Halloween a
deshora, cuando el alcohol se ha convertido en la única excusa para ir disfrazados de
semejante guisa. Sin embargo están en su sano juicio, y no borrachos.
Se observan durante un segundo, ridículos ante la mirada del otro. Tal vez por
ello, para anular esa sensación, se mofan de las manchas y salpicaduras oscuras que
afean la ropa elegida de dentro del arcón. Ellas notifican el derramamiento de sangre
de anteriores batallas.
—Cómo sangraba Valor. Después del primer mazazo la nariz se convirtió en un
grifo —la voz de Abel suena oscura tras el saco. Se afana en la búsqueda de una
prueba del martirio de Valor entre los restos de sangre que decoran su gabardina.
—Pero siguió luchando, el muy hijoputa, haciendo gala a su nombre —apunta
Verona con determinación, como si pretendiese esconder la jaqueca en alguna gatera
del cerebro y así olvidarse de ella.
—Alguien con sus cojones me gustaría encontrar esta noche, pero con más fuerza
—se mira la gabardina. Está buscando algo entre las manchas de sangre.
—Tú cuídate la pierna.
—Aquí está —dice Abel cuando encuentra lo que buscaba. Se deshace del guante
derecho para cogerlo. Es un trozo de hueso demasiado pequeño como para intentarlo
con el guante puesto. Con la pinza del pulgar y del índice lo aproxima a su
compañera.
El rastrojo del cuero cabelludo facilita a Verona la pista necesaria para descubrir a
qué parte del cuerpo de Valor pertenece. Asqueada, retira la cara mientras el recuerdo
le asalta a traición: esos golpes de mazo.
Antes de abandonar el aula, Verona guarda en la mochila de combate tres vasos de
fuego apagados. Un cuarto vaso, el que ilumina ahora mismo la guarida, debe
permanecer encendido para guiarles en el descenso a la planta de abajo.
Luego ofrenda a su compañero un beso tras retirar un palmo el mueble que
defiende la puerta. Nunca se sabe qué sucederá una vez que ha sido convocada una
noche de euforia.
—A por esos cabrones —murmura el muchacho. En cambio, ella permanece en
silencio.
Verona va armada con unas tijeras de podar enormes y un poco de gasolina. Por
su parte, él ha echado mano del mazo, marca True Temper, mango de madera de un
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metro de largo y cabeza de acero de cinco kilos de peso. Descienden por escaleras del
ala norte. Ya en la primera planta del instituto la cosa se pone más seria, aunque
solamente sea por la proximidad silenciosa de los enfermos. Están ahí, aunque el
silencio pretenda desmentir semejante certidumbre.
Por ahora no hay nada que temer, la primera planta es la zona neutral del edificio,
la que separa el Infierno que es la planta baja, del Cielo de la segunda, la que se
interpone entre unos y otros, entre los muertos y la pareja. Por este motivo se
convierte en el lugar ideal para jugar.
Quien ha perdido la apuesta en la tirada del dado —en este caso Verona—, es
quien ha de llamar la atención de los muertos. Sobrará con un par de berridos y unas
patadas al vientre de los muebles, y la rabia despertará de inmediato. Por su parte,
quien ha ganado —Abel— deberá camuflarse en la oscuridad de las aulas a la espera
de que el pasadizo elija su víctima.
Después de encender los tres vasos de fuego y colocarlos a lo largo del ala oeste,
Verona se adentra en la penumbra del ala norte guiada por el cuarto vaso. La luz del
ala oeste queda a modo de reclamo para el enfermo que se habrá de enfrentar a Abel.
Nerviosa, se aproxima a la barrera de muebles que bloquea las escaleras del ala
norte. Sabedora de que de su rapidez a la hora de seleccionar el adversario de Abel
depende la fortuna del juego, le tiemblan las manos. Maldita sea, es lo que le faltaba
después del pálpito inicial de la jaqueca.
Para llamar la atención de los infectados, se sube a un pupitre como paso previo a
encaramarse a lo alto de una estantería. Después grita con toda la fuerza de los
pulmones y arrea dos golpes con el mango de las tijeras a la madera, que retumban
como truenos.
Antes de que tenga tiempo para maldecir su vida y ese maldito juego inventado
por Abel, la muerte resucita: la penumbra de las escaleras se colma de sombras que
ascienden camino de la primera planta, con más torpeza que rapidez, más lentos los
cuerpos que el hedor untuoso que les precede. Este es de tal intensidad que mancha
las paredes, se adhiere a la ropa de combate y supera la defensa de la visera del casco
de policía y de la bufanda de Verona. Como ya contaba con ello, la muchacha reprime
a tiempo una arcada.
En un par de minutos, una furia de brazos y de manos se alzan en su dirección.
Esos ojos incendiados, esas bocas desencajadas. A pesar de que no es la primera vez
que juega a la noche de euforia, le impresiona la cercanía de los muertos. ¿Quién se
podría acostumbrar a ello? Tras reponerse del estremecimiento inicial, vuelve a gritar
con objeto de espolearlos. Empuja uno de los muebles de la parte superior de la
muralla defensiva, una cajonera que llena de exámenes y documentación variada pesa
como un animal muerto, para así abrir el pasadizo, el hueco necesario que facilitará el
paso de uno de los enfermos. Vuelve a gritar, a pesar de la jaqueca. En cuestión de
segundos uno de los cuerpos se encarama a la frontera.
Aunque Verona es incapaz de distinguir este extremo, el hambriento que se
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apresta a cruzar el pasadizo perteneció a la policía antes de la infección. Gracias al
uniforme que viste, envilecido por la sangre seca, ella reconoce al muerto en
cuestión: sin duda alguna es él. Ese tipo fue bautizado hace meses con el nombre de
Rencor. Recuerda cómo, mientras jugaban al bautismo desde la azotea, Rencor había
demostrado una habilidad especial para, una vez resucitado como consecuencia de los
gritos de la pareja, recordar algún que otro desagravio perpetrado por otro infectado y
posteriormente castigarlo.
Esta noche Abel y Verona han tenido suerte. Ya lo habían comentado con
anterioridad desde la azotea: Rencor sería un excelente adversario contra el que jugar,
ya no solamente por la crueldad demostrada para con el agraviador de turno, sino
porque en un costado llevaba una cartuchera, a través de la cual asomaba la culata de
una pistola. Por lo que parece hoy la pareja obtendrá doble premio: el infectado y su
arma.
El cuerpo tropieza y cae sobre los otros infectados cuando ya había superado la
mitad de la escalada. Se repone, lucha contra aquellos que se aprestan a robarle su
oportunidad y vuelve a intentarlo. Si es preciso, trepará por encima de los otros.
Rencor se aferra con fuerza a las esquinas de los muebles y lucha por pasar al otro
lado. Desconoce por completo la suerte que le espera.
En cuanto el muerto atraviesa el pasadizo y se deja caer desde lo alto de la
muralla, Verona grita en dirección al ala oeste:
—¡¡Rencor!! —para que Abel sepa exactamente a quién se enfrenta.
Luego cierra el hueco practicado en la muralla, devolviendo a su posición inicial
el mueble. Esta ha sido la parte más sencilla de su cometido en la noche de euforia.
Ahora le resta la más complicada: aplacar la ira de quienes no han sido elegidos. Es el
momento de enseñarles quién manda allí, de castigar a los más pertinaces. Como no
atenderán a razones, será necesario emplear la fuerza.
—Padrenuestro —masculla igual que hiciera su padre en el último momento.
Verona abre y cierra las tijeras casi sin mirar. Mejor así. El metal tropieza con la
dureza propia de las falanges y se encela con la rabia de los que tratan de esquivarlo.
Es una defensa desesperada, sin más objetivo que disuadir a los más tenaces.
Menos mal que siempre podría usar un poco de gasolina y prender fuego a un par
de cabezas.
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5
EL HAMBRIENTO SELECCIONADO avanza por el ala norte, en medio de grandes
alaridos y golpes a las paredes, camino de la esquina que le conducirá al otro pasillo,
al ala oeste. Todas las puertas fueron arrancadas de sus bisagras para blindar la
guarida. De no ser así, Abel las dejaría abiertas; sería una traición a la limpieza del
propio juego aguardar tras una puerta cerrada, y de este modo aparecer a traición por
la espalda y derribar al invasor de un golpe de mazo sin que este pueda defenderse.
Algo tan ruin solamente sería propio de un capullo. Además, ahí estriba la gracia del
juego, en comprobar si el muerto es capaz de encontrarle por medio del olfato o de la
pura intuición.
El infectado ya ha doblado la esquina. De momento Rencor desdeña la
profundidad abisal de las aulas; se diría hipnotizado por la luz proveniente de los
vasos de fuego y, al mismo tiempo, por su propia sombra, que se adelanta o se retrasa
dependiendo de la cercanía o de la lejanía de la lumbre.
Al llegar al final del ala oeste el infectado se revuelve, enojado por no haber
encontrado aún al superviviente. Grita, berrea, aúlla con la desesperación propia de
un perro al que, en el último embate, se le ha escapado el gato delante de sus narices.
Se golpea contra las paredes: emplea los puños, los hombros, la cabeza, los pies,
inmune al dolor pero no a la rabia que le empuja a actuar de manera visceral. Los
golpes retumban a lo largo de todo el corredor y alcanzan la barrera que cierra las
escaleras de esa misma ala, encima de la que se agazapa Verona, que se ha trasladado
hasta allí después de repeler el ataque de los hambrientos que se apostaban frente a la
muralla del ala norte. Nunca se sabe si le hará falta ayuda a su compañero.
Obviamente ha guardado la precaución de apagar su vaso. Aguarda el desenlace,
expectante, tratando de confundirse con la oscuridad y con los muebles. Salvo caso
de extrema gravedad, no entrará en juego; no por nada, sino porque luego no quiere
oír los reproches de Abel.
En vista de que el superviviente no aparece, Rencor penetra finalmente en el aula 20.
En algún lugar debe esconderse, o eso al menos le dicta el instinto. Deambula de un
lado a otro en mitad de la oscuridad que habita entre las cuatro paredes. Si la clase
estuviese llena de sillas tropezaría con ellas, pero no queda ni una sola en la primera
planta. Durante los primeros meses de la supervivencia fueron reunidas y
amontonadas en aula el 35 para cuando fuese necesario alimentar la lumbre de los
vasos.
Al cabo de un rato, Rencor aparece de nuevo en el corredor central. Es entonces
cuando descubre la figura de Abel, encapuchado, detenido entre las aulas 23 y 19, a
una distancia de cuarenta metros. Por fin, ya ha descubierto a su adversario.
Furioso, el hambriento cabecea de un lado a otro; es una manera de avisar al otro
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de la inminencia del ataque. Abre la boca, muestra el pozo de la garganta y aúlla con
toda la fuerza de sus pulmones, como si pudiese escupirlos por la boca. Sí, lo que ve
es real, y no fruto de su propio deseo.
Abel sostiene el mazo True Temper a media altura, ligeramente separado de la
cadera.
El enfermo adelanta una pierna.
Abel le espolea con un grito.
Rencor responde a la provocación con un alarido animal, que rebota de un lado a
otro del pasillo, igual que las bolas en el billar americano; aquí el desafío no es el de
evitar la bola negra, sino acabar con la arrogancia del adversario.
Abel mueve arriba y abajo el mazo con objeto de fijar la atención del otro.
Un nuevo paso del infectado y otra nueva demostración del poderío de sus
pulmones.
—¡Vamos, ven aquí! —grita Abel bajo el saco de arpillera.
En cuanto el enfermo emprende la carrera, Abel levanta el mazo por encima de la
cabeza, los dos guantes sobre el mango. A modo de advertencia, durante un segundo
siente el pálpito caliente de la herida tras la moneda y el vendaje, cuatro dedos por
encima de la rodilla derecha. Pero nada ni nadie le robará este instante.
No hay prisa alguna: toda una vida cabe en ese compás de espera. Se lo juega
todo a doble o nada. Ahí precisamente reside la excitación de juego: apostar quince
años de supervivencia en apenas un minuto.
Mientras aprieta los dientes y tensa los músculos de los brazos, aguarda el
instante exacto en que proyectar el golpe, ni demasiado pronto, ni demasiado tarde.
Se enfrenta al momento más peligroso del juego; en el caso de errar, dispondrá de
muy poco tiempo de reacción, tan poco que es probable que el otro se le eche encima.
Entonces todo se habrá ido a tomar por culo. Sin embargo, y a pesar de ser
plenamente consciente de ello, no se arredra.
Un poquito más, acércate un poquito más, cabrón.
Cuando Rencor se encuentra a un metro de distancia, Abel descarga el peso de su
rabia y el del mazo contra él. Cinco kilos de acero multiplicado por diez.
Desgraciadamente, una última torsión de cuello del muerto ha impedido que el golpe
alcance el cráneo y por ende resulte devastador. La cabeza de la herramienta ha caído
sobre la hombrera derecha del uniforme de policía. Un chasquido acompaña el
impacto. Ha roto, desmigajado la clavícula y el omóplato derechos. De inmediato el
brazo queda descolgado, inutilizado, como el de una marioneta a la que alguien
hubiese cortado el hilo correspondiente. Aunque el mazazo no ha sido definitivo, el
incendio de los ojos de Rencor se apaga al instante, antes incluso de que se enreden
los tobillos, tropiece y caiga al suelo. En el impacto contra el mismo pierde dos
incisivos que ruedan por el pasillo.
Sabedor de que la victoria se halla al alcance de su mano, Abel se acerca paso a
paso, cojeando de la pierna derecha. Ralentiza el acercamiento; es el momento de
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paladear la euforia del instante: él está allí de pie, y por el contrario el enfermo se
retuerce en el suelo, empeñado en reaccionar tras el primer golpe. Se debate contra la
torpeza de las piernas y la inutilidad de su brazo derecho, anulado tras la doble
fractura.
—A ver si eres capaz de levantarte.
Antes de que lo consiga, el encapuchado neutralizará el empeño del hambriento.
Da dos pasos hacia atrás y, a continuación, proyecta la pierna izquierda contra el
cuerpo con la fuerza de diez tormentas, con la potencia telúrica de un terremoto.
Golpe. Fractura.
La patada hace diana en la sien a la velocidad de un meteorito que impactase
contra la Tierra. La punta de acero de la bota estalla en el esfenoides y en el frontal y
los hace añicos. El estropicio es similar al provocado por una piedra lanzada contra
una ventana. La cabeza rebota, se bambolea como una piñata. El cuello cruje.
Inmediatamente el cerebro queda convertido en papilla, y la poca conciencia que le
quedaba después de la infección, naufraga.
Después de una patada como esa, ningún superviviente viviría para contarlo,
ninguno. Pero un infectado es distinto: hay que matarlo por segunda vez, y no es tan
sencillo. A pesar del derrame que le anega el cerebro, Rencor aún se afana por
levantarse del suelo. Maldito hijo de puta.
Esta perseverancia espolea la excitación del joven. Sin duda alguna, no hay nada
como una noche de euforia, no hay nada como el sacrificio de un enfermo. Bueno,
casi nada, piensa con un deje de sorna.
Cuando advierte que las pupilas cancerosas reviven tras la desconexión sufrida
hace unos segundos, Abel se apresura a pisarle la mano como quien apaga un
cigarrillo contra el suelo. Nunca ha fumado, así que lo que de verdad le enardece es el
crujido de las falanges, mucho más que el anhelo de un vicio no probado. Como se le
antoja poco efectivo, cierra la mano del muerto en un puño y la pisa de nuevo. Ahora
sí. Jódete, cabrón.
Ningún hueso ha de quedar ni quedará indemne. En esta ocasión el ejecutor es el
talón de la bota. Abel vuelca todo el peso del cuerpo sobre él. Hará todo lo posible
para que la mano acabe convertida en un puzzle irrecuperable. Los nudillos se
fracturan contra la solería. Crujen igual que frutos secos.
Cinco o seis pisotones más tarde, el vigor de su ingle espolea a Abel. La
electricidad que bulle en los testículos y que acelera la velocidad de la sangre,
endurece el colgajo del pene. Al mismo tiempo contagia al resto del organismo: los
intestinos, los músculos, los pulmones. Es el instante previo al advenimiento de la
euforia, a la constatación de la victoria. Respira hondo. A través de los agujeros
practicados en el saco, la esclerótica de los ojos de Abel refulge como el acero de un
cuchillo.
Mientras el muerto trata de incorporarse doblándose por la cintura, su ejecutor le
regala un golpe con la rodilla justo en la mandíbula. Obsequio de la casa. Dado que el
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premio conseguido es menor —tan solo ha desencajado la mandíbula—, le propina
otro rodillazo, este mucho más violento que el anterior.
Golpe. Fractura.
La mandíbula acaba rota por cinco puntos distintos. Las esquirlas de los dientes
lancean la lengua y la sajar. Junto a una bocanada de sangre, el muerto escupe varios
fragmentos de piezas dentales.
La excitación alcanza ahora una intensidad tan solo comparable a la del coito. Por
lo tanto es lógico que la dureza del miembro, pura piedra, lo certifique. Sin embargo
la gabardina que viste como ropa de combate disimula el monolito.
Del interior de la cartuchera, Abel arrebata la pistola al infectado. Observa el
tambor, están todas las balas. ¡De puta madre! Hoy el premio será doble: la
satisfacción de la pelea y el regalo de una nueva arma.
—Verona, dame las tijeras.
Dado que se solicita su intervención, la chica se aproxima. Desconfiada, no deja
de girar la cabeza hacia atrás, no vaya a ser que los infectados vuelvan a la carga
después de una pausa, y la pareja resulte sorprendida al final de la noche de euforia.
Se verían en un verdadero aprieto.
—Acaba con él, por favor, y nos marchamos —la súplica de Verona es más
perceptible en los ojos que en el tono de voz empleado.
—¿Cómo va esa jaqueca?
Verona cabecea sin dejar muy claro si ha mejorado o, si por el contrario, le duele
más que antes.
—Lo que te hace falta es dormir ocho horas seguidas —sentencia Abel. Tiene
razón: es el único remedio que conocen; ese, o que ella se provoque el vómito. No en
vano carecen de pastillas con que combatir el dolor.
Los gruñidos de Rencor devuelven el protagonismo al juego. Después de morder
un insulto, Abel le lanza un punterazo directo al costado, diez megatones de rabia
estallan en el objetivo. El acero de la bota ha pulverizado tres costillas, reduciéndolas
casi a polvo, y ha roto otras tres. De haberse empleado con mayor violencia, la
puntera de la bota habría terminado ensartando el cuerpo. Las costillas fracturadas se
hunden en la blandura del pulmón, se convierten en puñales que destrozan a Rencor
por dentro.
Sin embargo el muerto únicamente se ha retorcido a causa de la fuerza del
impacto, inmune por completo a la explosión del dolor a causa de la enfermedad,
como esa Cúpula Genbaku de Hiroshima que permaneció erguida sobre sus cimientos
aun cuando la bomba atómica estalló justo encima en 1945.
Abel está convencido de haberle roto algo por dentro, más allá de la defensa de las
costillas, quién sabe si los pulmones. Con un poco de suerte se los habrá machacado.
De inmediato imagina al enfermo respirando su propia sangre, escupiendo a partes
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iguales muelas, trozos de lengua y pedazos sanguinolentos de los pulmones.
Coincidiendo con el borbotón negro que el muerto es incapaz de retener dentro de
la boca, el muchacho se desabrocha la gabardina para que su compañera sea testigo
de la erección inmisericorde, ni siquiera disimulable bajo la tela de los dos
pantalones. Verona observa el frenesí de los ojos a través de los agujeros practicados
en el saco de arpillera.
—Serás cabrón —apunta Verona tras lanzar una mirada al bulto de la entrepierna,
no tanto en tono admonitorio como de admiración.
—Si tienes prisa, sube tú a la guarida —refunfuña algo molesto. Por lo que
parece, no ha entendido el doble sentido del comentario de su compañera.
Esta le alcanza las tijeras. Luego da tres pasos hacia atrás. No desea participar en
el sacrificio. Pero tampoco pretende subir sola. Así que adopta la postura más
cómoda, la del espectador pasivo, ese que es capaz de asistir a las peores atrocidades
sin mover un solo músculo.
Negando el latido de la herida bajo el vendaje, Abel se arrodilla junto a la mano
sana, la que no ha sufrido el pisotón anterior. Acerca las tijeras. Rencor, tal vez
presintiendo lo que va a ocurrir, se revuelve y alcanza el cuello de su gabardina. Tira
de Abel hacia abajo con la intención de atraerlo hacia su boca.
El muchacho se desembaraza del agarre, se incorpora y alcanza el mazo. A
menudo esos hijoputas son duros de pelar. Aunque en un principio pensaba
conducirse de manera más comedida que en ocasiones anteriores, se decide a emplear
la dureza habitual. Basta ya de contemplaciones, joder.
Los cinco kilos que pesa la cabeza de acero del mazo pulverizan la rótula derecha,
y también parte del fémur y de la tibia. Los huesos, la sangre, los ligamentos y el
tuétano se funden en una pulpa tan homogénea que es imposible de distinguir un
elemento de otro. El impacto ha sacudido por completo el cuerpo caído.
Golpe. Fractura.
Para que sea una medida efectiva, procede de igual manera con la otra rodilla y
luego con los codos, de tal manera que el muerto será ya incapaz de levantarse. Como
el niño que, en la playa, se obstina en la destrucción de un castillo de arena, Abel se
emplea a fondo. Una y otra vez hasta que pierde el resuello y le arden los brazos,
hasta que la tela del uniforme de policía se funde con la carne macerada. Los pedazos
de arena más resecos, esos que se obstinan en resistir, centran su obsesión. Uno, dos,
tres mazazos, y si hace falta, de propina un cuarto y un quinto, hasta que los huesos
se convierten literalmente en polvo, en harina. Rencor se merece un tratamiento
especial, un sacrificio ejemplar.
Convencido de que al hambriento le resultará imposible ni tan siquiera
incorporarse, desata la cuerda que lleva anudada al cuello y remanga el saco sobre la
frente. A él le sobran el hisopo y el acetre, le basta con la saliva. Así que bendice al
sujeto a sacrificar con un escupitajo. Hace diana en mitad del pecho, muy cerca del
escudo de policía. Es la primera demostración de su desprecio redentor, la primera.
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Con detenimiento, observa los ojos del enfermo, el ascenso gradual de las pupilas
en busca del eclipse de los párpados, perdida ya la poca conciencia que le quedaba a
Rencor después resultar infectado.
Este muerto es un asco, dice para sí. Se limpia el resto de saliva con la manga de
la gabardina.
La inminencia de la doble muerte sobrevuela la escena, igual que un pájaro que,
antes de morir de inanición y de tristeza, alguien hubiese liberado de su jaula. El
contratiempo, claro está, es el escenario de semejante liberación: el pasillo del
instituto, ya que este le deja poco espacio para sacudir las alas. Enseguida tropieza
con el techo o, en el caso de internarse en las aulas, con la trampa invisible de las
ventanas cerradas.
—Este jodido cabrón quiere ser sacrificado hasta el final —gruñe.
A pesar de que las hojas de las tijeras no están tan afiladas como desearía, Abel se
dispone a seccionar el pulgar de la mano izquierda. Batalla con la dureza del hueso,
abriendo y cerrando las tijeras tantas veces como haga falta para lograr el objetivo.
En primer lugar las hojas arañan, luego muerden, y por último, cortan. Una vez que el
pulgar ha sido separado del resto de la mano, lo patea lejos de él. A la luz del vaso de
fuego más cercano se le antoja que es una oruga increíblemente grande.
Ahora le toca el turno al índice. Abel es un torturador metódico que disfruta con
cada detalle. Cuando ha deshojado por completo la margarita de la mano, termina por
aburrirse del juego, entre otras cosas porque, inutilizadas las piernas y los brazos, y
pulverizadas las rodillas y los codos, ya no le queda adversario.
Tras obsequiar al enfermo con dos patadas directas a la cabeza, que se bambolea
sin resistencia alguna por parte del cuello, alardea de erección frente a Verona. Es
más, busca trabajosamente debajo de los dos pantalones hasta que extrae el monolito
de carne, el prepucio enrojecido de puro placer.
Se regala varias sacudidas, arriba y abajo, para que la muchacha sea testigo de la
prodigiosa dureza de su polla.
—Te gusta, eh —no es una pregunta, sino una afirmación.
Luego le ofrece la posibilidad de practicarle una felación o de pasaportar al
muerto al viaje final.
—Toma, nena.
Verona no sabe si se refiere al mazo o al pene erecto.
—Lo siento. No se me quita esta maldita jaqueca. Me subo a vomitar.
—Entonces, ¿esta noche no habrá llamada telefónica?
—Mañana.
La respuesta no deja lugar a dudas. A la inquina congénita que Abel profesa a los
infectados, se suma ahora la rabia procedente de la negativa esgrimida por Verona. La
caldera de la cabeza arde; bullen las ideas, a cada cual más explosiva. Antes de que
estalle y esparza sus sesos en mitad del pasillo, el muchacho prefiere aliviar la tensión
de forma radical.
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Si Verona terminará vomitando su jaqueca sobre la taza de un retrete, él escupirá
la mierda que le consume masturbándose. De modo que se arrodilla junto al infectado
y se afana sobre la polla. Lástima que el muy cabrón haya perdido la conciencia y no
sea capaz de lanzar ni tan siquiera una mísera dentellada en dirección al miembro.
La sangre se hace de fuego, y los testículos, lava incandescente. La erección es
tan perfecta, tan placentera, que resulta casi dolorosa.
Apurará al máximo el orgasmo, retardándolo en lo posible, para, con el hisopo de
la polla, conceder a Rencor la extremaunción. Aquí no hay óleo santificado un Jueves
Santo, ni la señal de la cruz trazada tres veces sobre la frente y las dos manos; qué va,
nada de eso, únicamente la salpicadura del semen, que fluye a borbotones, igual que
cuando se apuñala una arteria.
Es la segunda muestra de desprecio de Abel, del desprecio más absoluto, ese que
siente por todos y cada uno de los muertos.
Se incorpora sacudiéndose las rodilleras de los pantalones, guardándose la polla.
Pero, aunque pueda parecer lo contrario, la rabia no ha desaparecido por completo
con la descarga seminal. Ojalá fuese tan fácil. Él es capaz de almacenar tanta ira que
podría prolongar el sacrificio durante semanas.
Sin embargo como hay que abreviar, se empleará a fondo. Con las tijeras de podar
ataca el abdomen, donde abre un abismo. Afloran los intestinos con la urgencia de lo
que a duras penas cabe dentro, y casi explotan hacia fuera. Hunde el guante derecho
en las entrañas y tira de ellas hacia arriba. Después de efectuar un giro de muñeca,
consigue arrancar unas cuantas. Gotea una sangre pastosa y negra como melaza. Las
lanza bien lejos.
Joder, el hijoputa huele peor por dentro que por fuera.
Cuando lo ha eviscerado por completo, introduce la bota en el pozo sanguinolento
de la barriga. Le agrada sentir el tacto de las vértebras bajo la suela. Poco le importa
que la bota acabe hasta arriba llena de sangre; lo primordial es disfrutar con lo que se
hace. Ahora prueba con el esternón: de un pisotón logra su objetivo, que cruja como
un leño reseco.
Por último alcanza el mazo de derribar paredes. Posiblemente en ese último
instante no es la cara de Rencor la que se encuentra a merced de su cólera, sino la de
otro hombre. Descarga el peso de la cabeza de acero sobre el rostro.
La nariz y los pómulos desaparecen. Explotan los ojos. Semejante destrozo solo
ha sido el producto del primer mazazo.
Golpe. Fractura.
Pero no es bastante. Ni la eyaculación ni eviscerar al enfermo contrarrestan su
odio. Necesita borrar totalmente cualquier vestigio del recuerdo que le ha asaltado a
traición. Golpea de nuevo. Desencaja la maza del cráneo. Insiste una y otra vez.
Cuando la cabeza no es más que una sandía reventada, cuando el pasillo ha
quedado adornado con los pedazos de cerebro que han salido disparados a causa de la
violencia de los golpes, cuando ni siquiera es visible la cabellera del muerto, más allá
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de unos hierbajos de pelos aquí y allá, Abel procede a patear y a esparcir lo poco que
ha quedado sobre los hombros.
Ahora sí que ha terminado. Sonríe satisfecho por el trabajo bien hecho. La
satisfacción es casi tan grande cómo después del orgasmo.
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HUMEDECE LA COMPRESA y la coloca sobre la frente de Verona. Procede con
tanto mimo y dedicación que ella abre los ojos, apenas una rendija, deseosa de darle
las gracias. Por si acaso Abel no la ha comprendido, coge una de sus manos y la
aprieta entre las suyas. Como respuesta él le sonríe.
—Nena, ojalá estés mejor —añade.
Dado que no espera respuesta alguna, no le extraña lo más mínimo que la
muchacha apueste por el silencio terapéutico.
—Ya verás como de aquí a media hora te recuperas —le anima.
Ambos saben que el mejor remedio contra la jaqueca, contra esa presión de la
cabeza, es provocarse el vómito. Es una experiencia adquirida a lo largo de años. En
ocasiones, cuando ella ha pretendido aliviar el dolor aumentando las horas de sueño o
administrándose una ducha fría, solamente ha conseguido demorar la detonación final
de la jaqueca, el que antecede al vómito espontáneo, como si el cuerpo contradijese
en ese instante la voluntad por aguantar.
Nada más despedirse de Abel, Verona ha subido a los lavabos de la segunda
planta y ha hundido dos dedos en la garganta. Nada más sencillo y efectivo. Ha
vomitado como si le fuese en ello la vida. Ahora empieza a remitir el zumbido.
Tras humedecer la esponja, Abel refresca el rostro con la punta de la misma, y
también el cuello y los labios de la paciente, que se ha refugiado bajo las mantas. Le
dedica un beso en la mejilla antes de sentarse en una silla, dispuesto a valorar el
estado de la herida de su muslo derecho. Retira la moneda y comprueba con
satisfacción que ha dejado de sangrar. Procede a vendar de nuevo la pierna, eso sí,
con la precaución de utilizar una nueva tira de tela. Luego se incorpora y observa la
ilustración del Sistema Solar.
Se detiene un segundo en cada uno de los planetas, como ha hecho en tantas otras
ocasiones. Ignorante por completo de las dificultades planteadas en la carrera espacial
establecida entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y de la imposibilidad de
sobrevivir donde no hay oxígeno, se imagina cómo será la vida allí. Hasta se
cuestiona si el Desastre que ha asolado la Tierra habrá hecho lo mismo con Marte o
con Venus.
—Sería divertido viajar a través del Sistema Solar —apunta.
La Tierra es tan pequeña, tan poca cosa frente a la magnitud de Júpiter o del Sol,
que Abel reprime una sonrisa. Algo parecido ocurre con la guarida respecto del resto
del instituto, es apenas un planeta en la inmensidad del Sistema Solar.
—¿Cómo va tu herida? —Es Verona; la voz apenas alcanza el nivel de un susurro.
—Tú no hables y cúrate.
—Ya estoy mejor, gracias —se ha acodado sobre las colchonetas que hacen las
veces de cama. Le mira con ternura, como si fuera el más adorable de los hombres.
Sin embargo dos matices casi sin importancia contradicen tal apreciación: que en
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realidad es el único con quien ha hecho el amor y que de adorable no le queda más
que la fachada.
Aún retumban en sus oídos los golpes de maza, los tijeretazos y los puntapiés
empleados en el sacrificio de Rencor.
—¿Y tu herida? —insiste.
—Por lo menos ha dejado de sangrar. La he vuelto a liar con una tela limpia.
—Bien hecho. Oye, Abel, ¿no te habrás enfadado por lo que te dije antes?
—¿A qué te refieres?
—Bueno, a cuando me preguntaste si esta noche jugaríamos a la llamada
telefónica.
—No me he enfadado. Te entiendo —masculla, aunque el tono de voz,
ensombrecido, indica lo contrario.
Media hora después Verona consigue sentarse sobre la cama. Se encuentra mejor. Se
recoge el pelo en una cola de caballo. No hay más que verla para saber que ha
sobrevivido a la trepidación de la jaqueca. Al menos ya tiene otra expresión.
El vaso de fuego permanece en el suelo, a un palmo de su mitad de la cama. Ella
lo alimenta con un pequeño trozo de madera tan pronto como la lumbre mengua y
amenaza con extinguirse.
—Ven aquí —ruega a su compañero. Acompaña la súplica con un gesto
inequívoco, porque ¿de qué otra manera debería interpretarse que ella doble el
embozo de las mantas para mostrarle su mitad de la cama?
Obedece sin mediar palabra. Cuando se acomoda junto a ella, Verona extrae de
debajo de la almohada —su lugar favorito para esconderlo— un libro. A Abel no le
hace falta ver la portada para saber que se trata de Marcovaldo, escrito por un tal Italo
Calvino. Porque en realidad no es un libro cualquiera, como esos otros que hace diez
años trasladaron desde la biblioteca de la planta baja hasta el aula 38; no es uno
cualquiera, no, sino el Libro, en mayúsculas: El Libro de Padre y Verona.
—¿Quieres que te lea un poco?
Sin demasiada convicción, el joven cabecea en sentido afirmativo. ¿Qué otra
alternativa le queda, decirle que no? Además tampoco hay gran cosa que hacer
durante las horas previas al sueño.
Obviamente él es el primero en aceptar el hecho: este juego de la vida de los otros
no es ni de lejos tan excitante como la noche de euforia o la llamada telefónica, ni tan
siquiera tan divertido como el bautismo; pero a ella le gusta y accede con resignación.
Habrá que tenerla contenta de vez en cuando. Aunque a veces sospecha que su
predilección por este divertimento lleva implícito un mensaje oculto: la constatación
de que Verona sabe leer y él no, más que nada porque él nunca quiso que le
enseñasen ni Padre ni ella.
A lo mejor al pensar eso está buscando pruebas de la culpabilidad de Verona
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donde no existe nada más que la sana intención de compartir los anhelos de otros
hombres y mujeres, por mucho que estos sean ficticios.
—¿Te apetece visitar El bosque de la autopista?
Abel sonríe hacia fuera. Así oculta que le importa un carajo el infortunio de la
familia Marcovaldo. A él lo que en verdad le apetecería sería hundir la mano en el
desfiladero formado por las piernas de su pareja. Es consciente de que, al principio,
ella renegaría de la aproximación con una protesta, pero cuando sus dedos alcanzasen
el objetivo cambiaría de opinión y se entregaría al deseo renacido.
—Claro que sí, léeme un poquito —miente como un bellaco.
Perpetuando el ritual del juego, en primer lugar, ambos fantasean acerca de quién
pudo ser ese Italo Calvino y de cómo alcanzó la muerte cuando la Enfermedad barrió
la civilización de los hombres. A lo mejor el señor Calvino se encerró en la biblioteca
particular de casa con objeto de defenderla de la indiferencia de familiares o amigos
infectados.
—Imagínatelo al cabo de un par de días sin nada que comer —apunta Abel—,
con el estómago vacío y la cabeza llena de historias.
—Sé dónde quieres ir a parar.
—Nena, imagina que un día apuesta por comerse la vida de los otros. Sería
divertido, no digo que no, pero las hojas de un libro nunca llenarán el estómago.
—Nunca.
Abel propone entonces otra variante acerca del final del señor Calvino mucho
más apasionante que la muerte de un hombre sin nada que comer. Soliviantado por el
hambre y la tiranía del estómago, el señor Calvino adoptará una decisión
trascendental para la supervivencia; de lo contrario no lo logrará.
—¿Empiezo con la lectura? —interviene Verona, sabedora de la innata crueldad
de las historias fantaseadas por su compañero.
—Escucha, ahora viene lo bueno. El tipo decide cortarse un dedo, concretamente
el meñique izquierdo, que no sirve para casi nada. Como se ha encerrado en la
biblioteca, lejos de la cocina, no tiene ningún cuchillo a mano. Después de pensarlo
durante dos cuentas de seiscientos segundos, encuentra la solución: se ayudará con el
filo cortante del papel. Así que se pone a ello y arranca una página del libro que tiene
a mano. Enseguida la hoja corta la piel. Si se esfuerza algo más, conseguirá hundirla
en la carne, poco a poco. Es un trabajo que requiere paciencia.
—Déjalo ya, por favor.
—Lo malo será cuando llegue al hueso. Es demasiado duro y con la hoja
únicamente le hará cosquillas. Entonces deberá acercar el meñique sangrante al filo
de la mesa. Si atina a la primera con el puñetazo se ahorrará mucho dolor inútil.
Y pese a que el crujido de la falange del escritor no suena dentro de la guarida, sí
lo hace en el interior de la cabeza de Verona, que es mucho peor. No hay nada más
terrible que la imaginación desatada.
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Luego, siguiendo el ritual establecido, le tocará el turno a la lectura, a la
materialización de unas vidas ajenas por completo al Desastre. El libro está
compuesto por veinte relatos. Como cada uno corresponde a una estación del año —
primavera, verano, otoño e invierno— hay cinco grupos de cuatro. El cuento elegido
para esta noche es El bosque de la autopista, que concierne al invierno del segundo
año.
A imitación de Padre, Verona abre el libro con cuidado de no dañar el lomo y
procurando posar los dedos únicamente en los extremos de las páginas, con la
devoción de un historiador frente a un incunable recién descubierto. El verdadero
tesoro no es una colección de páginas miniadas hasta la exageración o repletas de una
caligrafía barroca correspondiente a un texto único, sino ese libro que sostiene entre
las manos y por el que ella sería capaz de dar la vida. Entre otras cosas porque su vida
está allí dentro, adherida a cada uno de los veinte relatos.
El bosque de la autopista comienza con el repaso de las necesidades de la familia
Marcovaldo cuando el invierno se derrumba sobre la ciudad. Se han quedado sin
leña, o la han gastado toda demasiado deprisa, y la casa es una estepa siberiana, una
auténtica nevera. Por una u otra razón —qué más da—, lo cierto es que a Marcovaldo
no le quedará más remedio que salir de casa para subsanar tal carencia.
La lectura de Verona pretende recuperar la cadencia que, antaño, le imprimía
Padre, descansando en las mismas palabras y levantando la voz en las mismas frases.
Es así como Padre lo hacía y le gusta reproducir su estilo.
Abel se ha echado sobre su almohada, las manos detrás de la cabeza y los ojos
rastrillando la penumbra del techo. Cuando Michelino, el hijo pequeño de
Marcovaldo, decide salir al bosque acompañado de sus hermanos, interrumpe la
narración tironeando de la manga a la lectora.
—¿Mar, caballos, bosque… qué son?
La pregunta era de esperar, atendiendo a la repetición milimétrica de los
comportamientos. Abel entiende que esta es una de las pocas gracias que le encuentra
a la vida de los otros: preguntar una y otra vez lo mismo, cuestiones para las que ella
no tiene respuestas.
¿Qué coño es el mar? ¿Y los caballos o el bosque?
Cuando vivía, Padre les había ofrecido las contestaciones pertinentes; pero para
una pareja como ellos, que llevan quince años encerrados en aquel instituto, es difícil
imaginar algo que no han visto: una extensión infinita de agua salada, un mamífero
de cuatro patas que puede ser montado por el hombre o un conjunto de árboles. Sobre
todo porque semejantes respuestas remiten a otras tantas preguntas: ¿qué es algo
infinito, un mamífero o un árbol?
En tiempos de Padre cada nueva definición remitía indefectiblemente a más
palabras que necesitaban de más explicaciones. A menudo, el bucle interminable de
preguntas y respuestas acababa con la paciencia de Padre, que terminaba por afirmar
que, pasado el tiempo, conocerían el mar, los caballos y el bosque, una vez que todo
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hubiese acabado y pudieran abandonar el instituto. Tras las palabras de Padre, el
silencio de la noche dejaba paso a los anhelos de unos y de otros.
Como Verona prefiere atajar el tema, lanza una mirada a su compañero. Ellos se
entienden sin hablar: le ha dicho en silencio que no tiene ni puta idea y él ha
respondido que ya lo sabía. Por ahora todo sigue el guion preestablecido.
Por ahora.
La lectora retoma la aventura de los hijos de Marcovaldo. Por supuesto estos
encuentran el bosque de la autopista. Una vez cargados de leña, regresarán al hogar.
—Padre lo hacía mejor —comenta de improviso Abel, sin reparar en que ha
interrumpido el clímax del relato. Tal vez lo ha hecho porque sabe de memoria cómo
acaba.
—Sin duda alguna —admite Verona, que prefiere soslayar lo inoportuno del
comentario.
—Él revivía a los personajes. Con él parecían parte de la familia.
—Sin duda alguna —repite.
Bah, ni caso, Verona. Alguna mosca le habrá picado, dice para sí.
Verona se da la vuelta en la cama y le ofrece la espalda a su pareja. Mejor defenderse
tras el silencio que reprocharle nada. Es cierto que su comportamiento durante la
lectura ha dejado mucho que desear. Si se hubiese ahorrado la comparación con Padre
todo habría ido como siempre, a las mil maravillas.
Ahora le toca a ella contraatacar, no con impertinencias, sino con el silencio. Es
precisamente por ello por lo que Abel, a diferencia de otras noches, se muestra
indeciso a la hora de acercarse por detrás y abrazarse a su espalda.
—Nena, ¿quieres que te cante The End?
La canción de The Doors era una de las favoritas de Padre, acaso la elegida de
entre todas ellas, muy de moda justo antes del estallido de las hostilidades que
desembocaron en el Desastre. La casualidad quiso que el elepé con The End fuera una
de las pocas pertenencias que se salvara de la noche del Desastre. Durante un par de
años estuvieron disfrutando de su música en un pequeño tocadiscos que, a tal efecto,
habían encontrado en una de las aulas del instituto. Con idea de prolongar al máximo
la vida de las pilas, Padre determinó que solamente podrían escuchar la canción una
vez al mes. De modo que entre audición y audición ellos se conformaban con
escuchársela cantar a él, siguiendo la letra gracias a la contraportada del elepé.
Cuando se agotaron las pilas, empezaron a cantarla los tres juntos, imitando Verona y
Abel las distintas partes instrumentales.
—¿Quieres? —insiste Abel.
Para atenuar el enfado de su compañera, se ofrece a cantarla en solitario. Es más,
dado que ella no responde a la invitación, comienza a tararear la introducción. Pero
enseguida, la respiración cada vez más intensa de la durmiente, le obliga a desistir del
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empeño. Maldice en silencio a Verona.
Si acaso se reconforta pensando que mañana será otro día.
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QUINCE AÑOS ATRÁS había existido una noche en que los habitantes de la Tierra
creyeron que había llegado el fin y que no despertarían al día siguiente. El Fin, escrito
con mayúsculas: el fin de los elaborados planes, como apunta la canción de The
Doors, ese fin de todo lo que se mantiene.
Sin embargo estaba lejos de resultar tan fácil como un final catártico; no hubo
declaraciones de mandatarios de las potencias mundiales, ni amenazas cruzadas, a
pesar de la gravedad de los últimos movimientos de tropas efectuados por ambos
bandos. En realidad las dos superpotencias ya habían tenido bastante desde lo de
Cuba.
Con aquella madrugada infinita de rezos y de miedos a partes iguales, con la
noche del Desastre dio comienzo aquella agonía que fue conocida como los Años
Críticos. Nadie barruntó que el desenlace se prolongaría más allá de lo imaginable, ni
que aquel horror pudiera pervivir durante tanto tiempo.
Los dos primeros síntomas que presagiaban la magnitud de la tragedia fueron el
silencio repentino de la radio y la ceguera de la televisión. Ocurrió al mismo tiempo
en las cuatro esquinas de la Tierra, sin excepción alguna. Durante aquellos minutos
iniciales los humanos se miraron unos a otros. En todos bullía la misma pregunta
formulada en silencio: ¿qué coño está pasando ahí afuera?
Dado que la desconexión de la radio y la televisión fue tan democrática que
afectó a todos por igual y al mismo tiempo, cada cual —ya fuese estadounidense o
soviético, italiano o argentino, egipcio o chino— pensó que el problema era local y
nunca mundial; que había afectado a su bloque de viviendas, al barrio o, en el peor de
los casos, a la ciudad en la que vivía. Benditos ignorantes.
El ochenta por ciento de ellos ya estaba sentenciado y aún no lo sabían. En
aquellos momentos de desconcierto, millones de aquellos premuertos afirmaron en
voz alta, igual que oráculos a los que nadie consulta, ya se arreglará el problema.
Pero el problema era infinitamente mayor, mucho más que aquella pequeñez de
miras, como la inmensidad de una montaña frente a la insignificancia de una
hormiga.
Los habitantes de la Tierra ignoraban por completo que nunca más volverían a
funcionar los medios de comunicación. Es más, los niños que tuvieron la desgracia de
nacer en el transcurso de aquella noche —y por ende también los que lo hicieron
después— crecieron sin saber el significado de palabras como radio o televisión.
Definían algo tan remoto como un dinosaurio o un homínido.
Pese a que el desconcierto inicial fue en aumento, lo peor estaba aún por llegar:
en cuestión de minutos se interrumpió el suministro eléctrico y el planeta quedó tan a
oscuras como la cara oculta de la Luna. Los más perspicaces apuntaron como origen
de aquel apagón al disparate cometido por algún militar chiflado, y que aquella locura
había desencadenado una reacción en cadena. Desde el conflicto de Cuba había más
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interés en hacer acopio de misiles para ser lanzados contra el enemigo que ganas de
entender al otro, quien quiera que fuese ese otro.
Los muertos ya se contaban por millones, aunque todavía respiraban y se debatían
entre el escepticismo y el miedo latente: ya habían fallecido los que hablaban y los
que escuchaban; los niños que se abrazaban a sus padres, asustados por la falta de luz,
y los padres que mandaban a la cama a sus hijos, en previsión de algo mayor; los
vecinos que salían a la calle a ver si encontraban en el cielo alguna llamarada atómica
y los que escondían la cabeza entre las páginas del periódico de la mañana, el mismo
que habían arrumbado horas antes tras exprimir las noticias preocupantes venidas del
Este. También estaban muertos sin saberlo quienes telefoneaban a sus familiares más
cercanos y amigos íntimos, y los que preferían no contestar a la urgencia de los
timbrazos; los que salían de casa en busca de una patrulla de policía y los que
aprovechaban la oscuridad para allanar casas ajenas.
Lo verdaderamente grave del asunto es qué demonios se haría con esos millones
de muertos cuando cayesen al suelo, verdaderamente muertos. ¿Cuántos
sobrevivirían? ¿Dónde se enterraría a tanto cuerpo sin vida?
Quince años después de aquella noche, amanece un nuevo día. Uno de aquellos niños
que crecieron sin conocer el significado de palabras como televisión o radio,
abandona la cama, ajeno por completo al grado de globalización que había alcanzado
el mundo antes del Desastre. Aquello era el pasado, lo que se había perdido
definitivamente.
Abel únicamente conoce su país: ese edificio de dos plantas y dos alas en forma
de ele, el instituto en el que sobrevive desde hace una eternidad. Su verdadero país.
Tampoco le hace falta más, ya que sus preocupaciones son más primarias que ver en
la tele el primer boletín de noticias o escuchar un debate político en la radio mientras
desayuna. Más que nada porque en la mayoría de ocasiones no tiene nada que
llevarse a la boca cuando despierta.
El joven se incorpora y rápidamente le asalta el aguijonazo del dolor proveniente
del muslo. Masculla un insulto. Pero nada ni nadie, ni siquiera la ausencia de
desayuno, le fastidiará el día; joder, hoy es el cumpleaños de Verona.
Una vez de pie, Abel se despereza en silencio mientras cojea camino de la pizarra
que conservan dentro la guarida. Esta se encuentra apoyada en el suelo y reposa
sobre los muebles que rodean la estancia. Las tres cuartas partes del mar verde oscuro
que es el encerado lo ocupa un calendario escrito en blanco. Como hace años que se
agotó la provisión de tizas, Abel alcanza el trozo de escayola que las sustituye y tacha
el día de ayer. Siempre así, hay que tachar la jornada ya vivida.
—Buenos días —saluda a Verona en cuanto advierte que esta abre los ojos.
—Buenos días.
—Feliz cumpleaños, nena —se sienta en el suelo y le regala un beso. Bien
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pensado más que un beso es una caricia con los labios.
—Gracias —ella le devuelve el beso.
La muchacha podría fingir que ha olvidado que hoy es su cumpleaños, pero el
calendario de la pizarra no deja lugar a la superchería, a la mentira. Son veinte años y
sin embargo se le antojan más de cuarenta. Vivir así, bordeando la locura, rodeados
de enfermos, es agotador. En verdad está cansada de levantarse una mañana y otra; a
lo mejor no es mala idea la del suicidio.
Sin embargo sonríe con los músculos de la boca, igual que si estuviese frente al
espejo del cuarto de baño en busca de la mácula de una caries. Poco importa que los
ojos desmientan la alegría fingida.
Consciente de ello, Abel niega la evidencia y se muestra agradecido por la mueca
practicada por los labios.
—Nena, esto es para ti —dice con torpeza, alargándole una cajita de cartón.
En realidad a él le gustaría ofrecerle algo de mayor enjundia, por ejemplo un viaje
por el Sistema Solar. Qué mejor regalo que poder escapar de allí rumbo a Júpiter o a
Marte. Sin embargo existen dos inconvenientes para que piense en semejante viaje
como el regalo ideal: uno, que fuera del país, más allá de la frontera de sus cuatro
muros, no hay automóviles a la vista y, en el caso hipotético de haberlos, habría que
rezar a Italo Calvino y al Dios de Padre para que, tras quince años de abandono,
funcionasen. Y dos, y no menos importante, que no sabría conducir uno aun en el
caso de que el primer supuesto se cumpliese. Ni siquiera sabe para qué sirve el
embrague, el freno de mano o el volante. Pese a todo sería fabuloso poder escapar en
dirección al Sistema Solar. Con su vistoso colorido, Júpiter se le antoja un lugar
estupendo para vivir.
Verona sacude la cajita. Dentro suena algo parecido a un conjunto de piedrecitas.
—A ver, a ver —dice con la pasión con que de pequeña se levantaba la mañana
de Navidad. Otra cosa es que la Enferme dad también hubiese acabado con Santa
Claus y el ritual de dejar regalos en casa de los niños cada veinticinco de diciembre.
Las falanges mondas que Abel encontró ayer en el vertedero del aula 16 aguardan
una respuesta. Ella no sabe qué decir.
—¿Te gustan?
La destinataria del presente se encoge de hombros, aunque debería mostrar otra
actitud. Si persiste en esa desgana Abel podría enfadarse.
—Es que no sé qué utilidad darle —se atreve a decir. Tiene una falange frente a
los ojos. La observa con detenimiento.
—Nena, como piezas de un nuevo collar. Con la barrena y mucho cuidado, haces
un agujero en el centro y luego unes los huesos con hilo.
—Muchas gracias.
—¿No te gusta?
—Sí, solo que me ha sorprendido.
—Felicidades. ¡Veinte años ya!
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Durante unos segundos se abrazan y de pronto ambos obtienen la ilusión de que
nada de lo ocurrido en los últimos quince años ha sucedido de verdad, que todo ha
sido un mal sueño: la marcha de casa, los primeros días de vagabundeo, la conquista
del instituto a los enfermos e incluso el ajusticiamiento de Padre.
Pero el vacío del estómago despertará del ensueño a Verona, que se queja con
amargura.
—Tengo hambre —de camino aprovecha para neutralizar la aproximación de los
labios de su compañero.
Así cualquiera se anima a pedir algo más, joder, piensa Abel.
El comentario de Verona ha nacido de la convicción misma de que los víveres
escasean y de que se verán obligados una mañana más a prescindir del desayuno.
Después de la queja a él solamente le quedan dos opciones: secundarla u obviarla. Se
decanta por esta segunda posibilidad. De modo que sonríe mientras le acaricia
cariñosamente las manos.
—Ya es hora de que cambies de collar —comenta a la espera de reconducir la
conversación hacia terrenos menos pantanosos. El tema de la falta de comida es arena
movediza; cuanto más piensas en ello, más te hundes y más negro ves el panorama.
Así que es mejor eludir la trampa.
—Me gusta este —le enseña el collar de lana trenzada que le rodea el cuello,
ennegrecido por el tiempo y el uso.
—Ya, pero ese se lo regalaste a Padre, y luego él te lo regaló a ti.
—Sí, claro…
Antes de que diga nada más, actúa. Ahora el beso que Abel le regala no es una
simple caricia como el de antes, sino una violación en toda regla. Ella pretende
apartarse y prolongar el lamento ante la escasez de comida, pero él le rodea el cuello
con las manos y le impide la huida. La lengua invasora no encuentra más
colaboración en ella que una oquedad húmeda. Penetra y se retira a la velocidad de
un émbolo. Cuando Abel ya sospecha que no encontrará mayor colaboración que la
resistencia pacífica, al final obtiene premio tanta pasión unidireccional. Verona abre
más la boca y activa la lengua para que se enrede con la de su compañero. Mientras
culebrean, la respiración se dispara, igual que las manos, que se empeñan en
reconocer cada ángulo del rostro del joven y la redondez de la cabeza. Atrapa el
flequillo en un arrebato de pasión.
Al separar los labios, las miradas arden. Abel aprovecha la pausa e introduce la
mano derecha por debajo de la sudadera y la camisa de Padre que viste su compañera.
Busca de la calidez de los pechos, una vez libres de la tira de tela que le sirve de
sujetador. Verona se tumba con objeto de facilitar el trabajo de modelado. Los dedos
reconocen la turgencia, la ductilidad de la carne, el tierno calor que desprenden. El
índice se demora en el pezón, rozándolo apenas, consciente de que si porfía
abandonará la laxitud inicial y crecerá.
—Vamos a dejarlo para luego.
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Consciente de que el ardor de su compañero no se detendrá ante nada, es mejor
neutralizarlo cuanto antes. Pero él no atiende a razones y continúa jugando con el
pezón. Incluso se atreve a hundir la cabeza bajo la ropa y excitarlo con la humedad de
la lengua.
—Basta, por favor.
—Es tu cumpleaños, nena —apunta como si fuese una verdad universal que una
jornada como esa debe empezar con un polvo de escándalo.
Sofoca la nueva protesta de Verona con otro beso. Ella responde igual que antes,
con la misma pasión, aunque no debería si lo que desea es frenar la fogosidad del
otro.
—Dejémoslo para luego —objeta a destiempo.
—Uno rápido —suplica Abel, que de inmediato se arrepiente del comentario, no
por el hecho en sí, sino por el tono implorante que ha adoptado. Sobre todo porque él
está en su derecho de apropiarse de lo que es suyo. Y el cuerpo de Verona es de su
propiedad.
—Luego, por favor. Todavía sangro un poco.
—Ya son cinco días.
—Esta noche, ¿de acuerdo?
—¿Antes jugaremos a la llamada telefónica?
Basta con un simple movimiento de cabeza.
—¿Te gusta entonces el regalo?
A Verona, después de resistirse, no le queda más remedio que fingir un
entusiasmo que no siente. Ante todo porque el collar de lana trenzada que luce ahora
mismo al cuello significa mucho para ella. Piensa en darle a este otra utilidad:
dándole doble vuelta, podría anudarlo a la muñeca y que le sirviese de pulsera. Todo
es probarlo.
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NINGUNO DE LOS dos ha oído jamás esa palabra, y en caso contrario, de haberlo
hecho, no serían capaces de adjudicarle un significado concreto, algo similar a lo que
les ocurre con muchos de los términos encontrados en los relatos de Marcovaldo.
Sea como fuere, independientemente de este detalle, lo cierto es que el recinto del
instituto se ha terminado convirtiendo en una auténtica prisión —sí, esta es la palabra
—, donde de una parte las circunstancias y los años, y de otra, el afán de
supervivencia, les han condenado a malvivir. Prisión… o cárcel, dos conceptos
inexistentes en su vocabulario.
Desde el mismo momento en que Padre y ellos se instalaron en el instituto, las
aulas de la planta baja, el patio y el corredor que parten de la mismísima puerta de
entrada han estado defendidos por una horda de cuerpos que hiberna cuando carece
de estímulos sonoros o visuales. En ese estado de latente espera y ahorro máximo de
energía, los hambrientos —o parados como Abel y Verona los llaman— resultan del
todo inofensivos, más cercanos a la muerte definitiva que a la muerte en vida, hasta
que algo los despierta, los resucita. Tan pronto como esto ocurre, la rabia les empuja,
sin ser conscientes de ello, a propagar la Enfermedad.
Los enfermos son demasiados; se cuentan por cientos, tal vez miles. Sin que
puedan sospecharlo Abel y Verona, los muertos cumplen el mismo cometido que las
alambradas, erizadas de púas, que rodean las prisiones, o que las torretas donde,
cuando aún había criminales a los que castigar, hacían guardia tipos de escasos
escrúpulos y envidiable puntería. Sin saberlo los muertos impiden la salida de quienes
están dentro, sin saberlo han condenado a cadena perpetua a Abel y a Verona.
La pareja desconoce si en otros países de la ciudad, en otros edificios —ya sean
colegios, institutos, universidades, museos o supermercados— se repite la misma
situación. Aunque tampoco les importa demasiado. De alguna manera se conforman
con la condena impuesta por las circunstancias, con independencia de que
desconozcan otro tipo de vida con que comparar la suya. Consecuentemente el
agravio es inconcebible.
Tan solo hay una cuestión de importancia capital: ellos siguen vivos, lo que ya es
todo un milagro en sí mismo.
En sus estrechos esquemas mentales, los diez mil metros cuadrados del instituto
conforman su país y el aula 37, su hogar, la guarida. Nada más básico ni más simple.
Otras consideraciones más sutiles no tienen cabida en el ejercicio de la supervivencia.
Después de que Abel le haya entregado el regalo de cumpleaños a Verona, ambos han
subido a la azotea, preparados para trabajar sobre el huerto. No en vano hay que
prodigarle cuidados si desean que sea lo más productivo posible.
Antes de nada hay que encender la fogata y echar a volar la cometa. Siempre hay
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que pensar en positivo: aún quedarán supervivientes que sean capaces de ver esas
señales desde bien lejos y acudan en ayuda de la pareja. La esperanza es lo último
que se pierde.
Verona se afana sobre los restos del fuego del día anterior, alimentando las
primeras brasas con algunas hojas de libros de texto. Mientras tanto, Abel prueba a
volar la cometa, pero la ausencia de viento hace inútil su empeño.
—Hoy es imposible volarla —certifica.
Como todos los días, la segunda tarea consiste en acercarse a los barreños y a los
cubos que colman la mitad de la azotea. Si han tenido suerte y el cielo ha sido
generoso durante la pasada noche, podrán llenar la regadera con agua de lluvia. En
caso contrario uno de ellos tendrá que bajar al aula 33 que es donde almacenan el
agua recogida gracias a otras noches de tormenta para abastecer el huerto.
Inalterables al desaliento y a la insignificancia de unas hortalizas esmirriadas, los
dos jóvenes proceden tal y como les enseñó Padre: regar con justeza el huerto,
máxime si la tierra aún está húmeda después de la última tormenta, y arrancar los
brotes malos.
Abel se arrodilla entre los surcos del huerto y observa con minuciosidad cada
fruto. Dado que la extensión de terreno no es demasiado grande, si acaso presenta una
superficie de sesenta metros cuadrados, tienen tiempo más que de sobra para cuidar
cada acción, cada detalle.
Verona se acerca en cuanto Abel reclama su atención. Entre ambos deciden si la
patata objeto de valoración está lista para ser recogida o al menos retirada antes de
que se pudra. Seguramente es debido a la falta de abono enriquecido con minerales
por lo que las hortalizas no crecen con la vitalidad requerida. Mustias, o tristemente
pequeñas. Es lo que hay. Tampoco pueden andar quejándose a todas horas.
En vano han tratado de mejorar la calidad de la tierra abonándola con sus propias
heces, secadas al sol en la otra esquina de la azotea. Incluso han probado con las
entrañas de alguno de los adversarios sacrificados por Abel en las distintas noches de
euforia. Aunque nunca han dado el resultado deseado y se han dado por vencidos.
Como último recurso siempre cuentan con la técnica que Padre les enseñara en su
día: abonar el huerto con sangre seca y polvo de hueso.
Las hortalizas elegidas se apartan en un cubo, que permanece lo suficientemente
lejos del rectángulo de tierra para que ninguno de los dos se deje arrastrar por el
hambre. Verona es la encargada de trasladarlas hasta allí bajo la atenta mirada de
Abel. Cuando se encuentra de pie junto al cubo, es consciente de que dispone
únicamente de unos segundos para darles un buen bocado. Pero en tal caso ella, y
nadie más que ella, sería la responsable del estallido de ira de su pareja.
Una hora más tarde se conceden un descanso, bien apartados eso sí de las piezas
recolectadas. El mejor método de evitar la tentación es no teniéndola delante.
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—Estoy agotada —susurra Verona, que se encamina hacia el parapeto que bordea
la azotea.
—Yo igual, nena —confiesa el muchacho, que se esfuerza en disimular la cojera
de su pierna derecha.
Estas pausas tienen por objeto economizar fuerzas, sin duda alguna diezmadas
por el ayuno forzoso. En un país como ese instituto y en unos tiempos como los que
les ha tocado vivir, tampoco es tan fácil encontrar comida… y cuando por fortuna se
dispone de algunas provisiones hay que racionarlas más allá de cualquier debilidad.
Es por ello por lo que es vital no emplearse a fondo sobre los brotes y frutos del
huerto, y descansar unos minutos por cada hora trabajada.
—¿Por qué no jugamos al bautismo?
El nacimiento de semejante juego tuvo lugar hace un par de años, en mitad de uno
de aquellos descansos terapéuticos. Aquel día, acodados sobre las defensas de la
azotea, cuando ya se habían aburrido de clasificar toda clase de nubes y de fantasear
acerca de la utilidad de los edificios que quedaban al alcance de la vista, Abel y
Verona optaron por una diversión diferente, menos excitante que la noche de euforia
y que la llamada telefónica, por supuesto, pero mucho más que mirar nubes y
edificios en ruinas.
En aquella ocasión, a diferencia de otras, fue Verona quien eligió el nombre del
juego: el bautismo. Seguramente en ese preciso instante se acordó de Padre, de
aquello que les había contado en cierta ocasión. Les había explicado que ambos
fueron bautizados de muy pequeñitos, hacía mucho tiempo. Como quiera que una
palabra tan poco usual precisaba de la pertinente explicación, Padre les hizo saber
que el bautismo era el primer sacramento de la religión cristiana. Según sus palabras
consistía básicamente en una ceremonia en la cual un sacerdote vertía agua sobre la
cabeza de un bebé mientras decía su nombre.
En realidad ellos desconocían el significado de palabras tales como sacramento,
ceremonia y sacerdote; pero obviaron aquel pormenor y se centraron en lo
verdaderamente sustantivo: verter agua sobre la cabeza de un bebé para luego decir
su nombre. Ciertamente sonaba de lo más original.
De tal modo que aquella idea fue fermentando durante días en la cabeza de
Verona hasta que una mañana explotó con la fuerza de una eyaculación. Como desde
el primer momento ella había descartado la desfachatez de gastar ni tan siquiera una
sola gota de agua en semejante entretenimiento, apuntó una variante: sería más
divertido utilizar la saliva.
—¿Jugamos entonces? —pregunta Verona que regresa al presente de la mañana de su
vigésimo cumpleaños.
—Vale, como quieras —refunfuña Abel. Podría haber dicho un exabrupto, ¿a qué
coño quieres que juguemos si a ti no te apetece follar y aquí no hay nada que hacer
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salvo comerse las uñas? Y sin embargo ha decidido mostrarse comprensivo para con
los deseos de la muchacha.
—Será divertido —apunta esta.
Eso ya lo sabe él, pero prefiere acoplarse entre sus piernas y dar rienda suelta al
deseo. Aún perdura el enfado experimentado en la guarida a causa del rechazo de
Verona.
—Primero vamos a resucitarlos —recuerda a Abel.
Bastará con que, asomados al parapeto de la azotea, griten en dirección al patio.
Enseguida despertarán los muertos. Así sucede: los que resucitan en primer lugar
gruñen su desventura mientras se ponen en pie. Tropiezan con los que aún hibernan.
A causa de ello se multiplicarán por dos o por tres los que regresen a la muerte en
vida. De modo que en apenas un minuto hay más de cien hambrientos deambulando
por el patio del instituto, las miradas levantadas en dirección a la azotea y a esos
supervivientes que les espolean con sus gritos.
—Aún quedan muchos —suscribe Verona con la certeza de que son relativamente
una minoría los muertos que han sido bautizados.
El muchacho carraspea y busca en la garganta la mucosidad necesaria con que
concederle mayor consistencia a la saliva bautismal. Luego la amasa con la lengua
mientras aguarda el momento exacto en que uno de los pobladores no cristianizado
del patio se detenga justo debajo.
—Mira, ese de los zapatos blancos —le indica Verona.
—¿Cuál?
—Ese de los zapatos blancos y la corbata roja, el que se nos escapó por poco el
otro día. ¿Lo recuerdas?
Verona bate los brazos a un lado y a otro con objeto de llamar la atención del
hambriento en cuestión.
—Ya lo tengo. En cuanto se detenga le doy de pleno.
—¿Has visto cómo sigue rehuyendo la cercanía de los demás?
¡Ahora, ya está debajo de él! Abel deja caer el escupitajo y observa el descenso
atención. Hace una mueca de desagrado cuando el enfermo se tambalea y esquiva la
saliva bautismal sin pretenderlo en el último segundo. Ha eludido la bendición.
—La hostia puta, joder. La puta madre que lo parió —gruñe. La retahíla de
insultos es una manera como otra cualquiera de vomitar toda la rabia que acumula
desde esta mañana.
—Eres un jodido malhablado.
—Lástima, nena. No soy tan listo como tú.
—¿Qué nombre has pensado ponerle?
Él hace una señal para que espere, para que no sea tan impaciente, mientras
recarga la boca con nueva munición. Luego se desplaza unos metros en busca del
muerto de los zapatos blancos. Cuando lo tiene a tiro guiña un ojo a su compañera.
Ahora sí, tocado y bautizado, justo en la frente, sobre el flequillo. La saliva
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bendice la ceja izquierda y se despeña sobre el pómulo.
—Te bautizo como Miedo.
—¿Miedo? ¿Y eso?
—¿No has visto cómo se separa de los demás?
—De acuerdo, pero suena mejor Solitario.
—El que bautiza elige el nombre, recuerda la regla número uno.
—Tú ganas. Miedo, bienvenido a casa.
Después de un silencio más que prudente, ella hace un sándwich con la mano
derecha de Abel y las suyas. Hasta que el muchacho no le responde con una mueca de
complicidad es incapaz de abordar la pregunta que le ronda la cabeza desde que han
subido a la azotea.
—¿No te habrás enfadado antes?
—¿Cuándo? —pregunta sin dejar por ello de observar al recién bautizado de los
zapatos blancos.
—Pues antes, cuando te he pedido que dejásemos el sexo para luego.
El joven prefiere regresar al huerto antes que responder.
A veces nada es lo que parece y el subconsciente te juega una mala pasada. En
ocasiones, en mitad de la calle uno cree reconocer a un viandante. Le detienes y
cuando os miráis a los ojos esa intuición que has tenido se hace añicos. Es el
momento de disculparse.
Otras veces te dejas embaucar por la promesa de un título, convencido de que la
película te llama desde el mismo cartel anunciador, como si el director la hubiese
dirigido para ti. Es más, es posible que si te mueves a un lado o a otro, los ojos del
actor o la actriz te sigan desde el fondo del cartel. Es lo que andabas buscando desde
hace semanas, un film que colme tus expectativas cinematográficas; pero una hora
después solo queda la constatación del dinero mal invertido.
Es esto, más o menos, lo que le sucede a Abel: de repente detiene los prismáticos
en un punto determinado de la avenida que corre a la espalda del instituto. Entre los
contenedores volcados y los árboles renacidos de sus cenizas, ha creído ver una
sombra donde no debería haber más que asfalto cuarteado por culpa de la vegetación
que, voluntariosa, se empecina en reconquistar su antiguo lugar de privilegio, cuando
las calles carecían de aceras y asfalto, siglos atrás.
Rastrea la zona con los prismáticos a derecha e izquierda. Por lo visto la sombra
únicamente ha atravesado su imaginación. Al restregarse con saña los ojos, llama la
atención de Verona.
—¿Te sucede algo?
Durante un segundo Abel piensa en decirle que no, que tan solo tiene fatigada la
vista. Si al final se decide a contarle la verdad es porque, siempre, cuatro ojos ven
más que dos.
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—A ver, déjame las gafas de lejos —exige Verona.
Por el tono empleado, por la decisión con que se lleva los prismáticos a la cara, se
diría que es la muchacha capaz de encontrar un pozo de agua en mitad del desierto.
—Estaba ahí delante —el comentario de Abel es tan vago como inútil.
¿Ahí, dónde? Insiste en que era una sombra, sin añadir ninguna otra explicación,
más que nada porque es incapaz de explicarse.
Cuando Verona le devuelve los prismáticos, Abel solo tiene que mirarla a los ojos
para saber lo que piensa. El escepticismo de su pareja ofende su orgullo. Porque él
juraría que había algo o alguien allí abajo. Así que es natural que insista.
—¿Vienes a jugar de nuevo al bautismo? —le insta la muchacha desde la otra
esquina de la azotea, cansada de la imaginación de su compañero—. Ojalá esa mujer
de la chaqueta a cuadros se ponga a tiro. La bautizaría Alegría. Lo digo por la mueca
de la boca, parece que sonríe.
—Calla —Abel levanta la mano pidiéndole silencio—. Ahí está, joder, claro que
sí. Apostaría a que es un animal: un perro grande o un gato enorme, fuera de lo
común.
Verona abandona el juego irredento del bautismo y regresa junto a Abel.
De pronto la sombra vuelve a moverse tras los contenedores volcados. Aunque
ninguno se atreve a materializar la idea que atraviesa sus mentes a la velocidad del
relámpago, ambos han obtenido la misma certeza.
—Déjame otra vez las gafas de lejos —el tono de Verona es imperativo. La
sangre se le acelera en cuanto encuentra al animal del otro lado de las lentes—. Joder,
tienes razón… Pero eso no es… un animal. ¡La hostia puta!
De inmediato la esperanza prende en los corazones y los estómagos de la pareja
despiertan.
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NO ES UN perro de gran tamaño ni un gato fuera de lo común. Tampoco es un
enfermo como los que pueblan el patio y la planta baja del instituto.
No hace falta ser Sherlock Holmes para advertir la diferencia. Ese cuerpo no se
tambalea como un bolo a punto de caer. Qué va. Elige los puntos muertos existentes
tras los obstáculos que jalonan la avenida para avanzar con precaución, doblado por
la cintura y trazando eses sin parar, como si pretendiese ofrecer el mínimo blanco
posible a un arma de fuego.
Con independencia de ese indudable rasgo de humanidad a Abel y Verona les
llama la atención que, cada vez que se detiene, emerge un sonido desde detrás del
obstáculo elegido como defensa. El sonido es similar al susurro del viento cuando
acaricia los árboles o silba a través de alguna ventana entreabierta. La única
diferencia es que se pliega y se expande siguiendo un patrón. Está lejos, por lo tanto,
de resultar un hecho fortuito de la naturaleza. Es evidente que esconde una intención
que de momento se les escapa a los jóvenes.
—¿Qué es eso? —Abel manifiesta en voz alta la pregunta que bulle en su cabeza.
Desde que hace más de trece años se agotaran las últimas pilas y semejante
contratiempo les dejase sin música, sin poder utilizar el tocadiscos, no han oído nada
similar. Así que la sorpresa es mayúscula. Guarecidos tras el parapeto de la azotea,
aguzan el oído en busca de alguna respuesta.
La melodía es tan limpia como la primera luz de la mañana, pero también habla
en un idioma incomprensible de lugares remotos e inaccesibles.
—Ni idea —responde Verona. De pronto sonríe: ha caído en la cuenta de que ese
sonido, de manera fortuita, es su segundo regalo de cumpleaños. No todos los días
ocurre algo tan extraordinario.
—Nena, parece música.
—Eso parece —la respuesta de la muchacha es sincera. La melodía que llega
fragmentada desde la avenida nada tiene que ver, ni por estilo ni por sonoridad, con
The End que cantan alguna que otra noche. De ahí la duda que les confunde. Pero qué
otra cosa puede ser sino no es música.
Abel adelanta la Magnum. No, no es un enfermo, eso está claro. Ninguno de ellos
hace otra cosa que perseguir supervivientes y aullar cuando les duele el estómago.
Nunca se sabe qué puede ocurrir. No es la primera vez que tratan con
supervivientes. De hecho estos pueden ser tan peligrosos o más incluso que los
infectados. Así que no está de más el concurso de la pistola por si necesita su
mediación.
—Si quieres bajo a la guarida a por la pistola de Rencor.
—Calla, nena, ya no hay tiempo.
A medida que la sombra se aproxima lo hace también la música. Al cabo de un
rato la sombra se deja ver al fin: sale a mitad del asfalto con los brazos por encima de
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la cabeza. Es una actitud en absoluto beligerante, más bien al contrario; pretende
dejar claro que no tiene nada que ocultar.
—Necesito ayuda —es la voz de un hombre, recia como la de Padre. Ha elevado
el tono lo justo para que lo escuchen ellos, pero cuidando de no gritar en demasía no
vaya a ser que atraiga sobre sí la atención de los muertos que pueblan las calles de la
ciudad.
Abel exige silencio a su compañera, el índice sobre los labios. Hay que esperar, debe
de saber mucho más acerca del extranjero antes de asomar la cabeza. La precipitación
no es buena consejera. Ellos nada tienen que perder. Es el otro quien está en clara
desventaja.
—Por favor, ayudadme. Sé que estáis ahí. Os llevo observando desde hace un
rato.
—¿Qué querrá? —pregunta Verona en un susurro, deseosa de conocer la opinión
de su compañero. En ocasiones como esta acostumbra a dejar la iniciativa a Abel, que
se muestra más cómodo que ella llevando el mando. Poco importa que él sea un año y
medio menor que ella.
—Ni idea… pero seguro que no querrá servirnos el almuerzo —bromea.
—Chicos, ya siento a esos cabrones. Se acercan, joder. —A pesar de la
proximidad del peligro, la voz del extranjero se muestra inalterable. No hay ni rastro
de emoción en ella. Solo es la constatación de que cada vez le queda menos tiempo
para acceder al interior del instituto—. Os puedo contar muchas cosas. Os podría…
—¿Vas armado? —Abel ha asomado la cabeza para lanzar la pregunta, nada,
apenas un segundo; lo justo para ver que sigue con los brazos arriba en actitud
pacífica.
El extranjero hace un gesto para que baje la voz. Teme que el número de
infectados que se aproximan a su posición aumente de manera alarmante.
—Nada, ni siquiera sé usar armas.
Verona cabecea de manera negativa. Hay algo que no le gusta, lo detecta en el
ambiente. A lo mejor ha sufrido una premonición y ha entrevisto todo lo que sucederá
de aquí a unas horas. A lo mejor es eso y experimenta un miedo prematuro. Sea como
fuere no está convencida del beneficio de socorrer al superviviente, y así se lo hace
saber a su pareja. Se muestra nerviosa, preocupada.
—No te preocupes. En cuanto suba le registro.
—Pero ¿le vas a dejar subir? Dile que se vaya, por favor.
Los muertos les han oído porque ya se han orientado; han localizado el objetivo y
se acercan. Dentro de poco habrá cientos de ellos rodeando al forastero. Él lo sabe.
Abel y Verona también.
A cada segundo que pasa le queda menos margen a Abel para decidir si le facilita
al extranjero la entrada al país o si, por el contrario, le deja a merced de su suerte y
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que se las arregle él solito.
—¿Estás infectado? —Abel asoma la cabeza para comprobar que el tipo aún
permanece con los brazos en alto, y vuelve a guarecerse detrás del parapeto.
—Estoy limpio.
—Seguro que estará hambriento, Abel —el comentario de Verona no obtiene el
eco deseado. Su compañero lo ha obviado, ahogado en un mar de dudas.
Abel podría preguntarle cómo podrá demostrar que está limpio. Sobrevivir fuera
del país no es nada fácil. Y Abel lo sabe por propia experiencia. Aunque desde que
falleciera Padre únicamente se ha atrevido a internarse dos veces en el extranjero, ese
terreno que hay más allá de la frontera del instituto, le ha sido más que suficiente. En
ambas incursiones no encontró nada de valor y sí demasiados muertos que
despertaban al menor ruido. Ahí afuera la vida es difícil, más jodida que afrontar una
noche de euforia sin un arma con que defenderse.
—Bueno, si estás limpio lo decidiremos nosotros —apunta.
—Por amor de Dios, cada vez están más cerca.
Y es verdad. Los hambrientos se aproximan acelerando el paso, gritando como si
les fuese la muerte en ello.
—¿Qué era esa música?
—Dejadme subir, joder. Luego os explico.
Tras un rápido vistazo Abel se percata de la gravedad de la situación. En el caso
de dilatar demasiado la decisión ya no habrá superviviente a quien socorrer. A este le
separan apenas cincuenta metros de los primeros enfermos. El coro de lamentos y
gruñidos crece exponencialmente en intensidad conforme se hallan más cerca la
presa.
—Joder, Abel, seguro que habrá que darle de comer —Verona se muestra
nerviosa. Lo zarandea de un brazo para que le atienda.
—Podríamos hacer lo que ya hemos hecho.
—¿No habrás pensado que…?
Para qué responder al miedo de la muchacha. Abel se pone manos a la obra antes
de que ella manifieste su completo rechazo al plan que ha ideado. Arroja la soga de
nudos, la misma que usó cuando abandonó el país por dos veces. Invita a subir por
ella al extranjero.
Mientras tanto Verona se queja con amargura: que si no es buena idea, que si
puede estar infectado, que están muy escasos de fuerzas y el forastero podría
adueñarse de la situación a poco que se descuiden…
—Nena, déjalo de mi cuenta. Tenemos la Magnum.
—OK, todo tuyo —bufa, malhumorada.
—Una cosa, nena, no hagas más preguntas de las necesarias. Cuanto menos
sepamos de él mejor, ¿entendido?
Esa necesidad de evitar en lo posible el trato con el forastero y así restarle toda la
humanidad posible, esa estrategia de mantenerse inmunes a las penas que pueda
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contar el otro, certifica que Verona estaba en lo cierto. No puede ser, otra vez no. Un
muñeco no, joder. Por muy desesperada que sea la situación, por muy acuciante que
sea el hambre… otra vez no.
Cuando el extranjero ha conseguido trepar metro y medio de la cuerda, le abandonan
las fuerzas. Está tan débil que le es imposible avanzar más. Echa un vistazo a su
alrededor. Por desgracia todavía no ha ascendido lo suficiente para estar fuera de
peligro. Si no hace algo, y rapidito, servirá de desayuno a los infectados.
El extranjero grita con toda la fuerza de sus pulmones, ya hay poco que perder.
Maldice su suerte. Llama la atención de Abel y Verona. Necesita que le ayuden y lo
icen, que se den prisa o estará perdido.
—No me hagáis esto —llora de rabia y de impotencia.
Los muchachos atienden la llamada de socorro. Verona se lamenta en silencio y
piensa aún en cómo quitar de la cabeza a Abel que haga del tipo un muñeco.
La pareja apoya sus zapatos en el parapeto de la azotea y tira de la soga, ganando
cada centímetro a la fuerza de la gravedad con gran esfuerzo. Las palmas de las
manos arden con la fricción, igual que los músculos de los brazos con la tirantez
provocada por el peso del cuerpo. Los dedos parecen a punto desencajarse y el dolor,
que barrena cada articulación, circula a toda velocidad hasta estrellarse contra el
cerebro. Al mismo tiempo los muslos y las pantorrillas se hacen de gelatina. La
verdad es que no aguantarán mucho más.
—Un poco más —Abel anima a su compañera, mordidas las palabras por el
sobreesfuerzo.
En cuanto el extranjero consigue aferrarse al muro, la intensidad del dolor
decrece. Pueden incluso aliviar la presión soportada por las mandíbulas, justo antes
de que los dientes se rompan unos contra otros.
—Gracias. Os debo la vida —son las primeras palabras del extranjero.
El hombre aparenta cincuenta años, aunque es posible que tenga bastantes menos,
tal vez cuarenta. Sin duda alguna la supervivencia le ha envejecido prematuramente.
Luce una melena recogida en una cola de caballo y barba algo descuidada. Viste
rebeca de lana muy gruesa y pantalones vaqueros, ajustados en los muslos y
acampanados a la altura de los tobillos. Toda la ropa se halla muy gastada y ayuna de
limpieza. Sobre el hombro derecho carga con una mochila que, a simple vista, parece
medio vacía. De su interior extrae una flauta de madera. La presenta a sus
benefactores.
—Con esto es con lo que hago música.
—Deja eso en el suelo.
—Es solamente una…
—¡Joder, que lo dejes en el suelo te digo!
El visitante obedece en previsión de males mayores.
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—Desnúdate. —Para reafirmar su postura Abel adelanta la pistola y arruga el
entrecejo. De momento dejarán las buenas maneras para más adelante. Ahora
conviene no descuidar ningún detalle.
—¿Y eso?
—Necesito comprobar que no tienes ninguna herida. Al mínimo rasguño te
tiramos abajo —el empleo del tuteo no obedece a ninguna estrategia predeterminada,
sino a la falta de costumbre. Nunca han tenido la oportunidad de conocer a demasiada
gente y menos aún de emplear semejante fórmula de cortesía.
El extranjero observa a Verona, que sin embargo no le devuelve la mirada. La
muchacha tiene los ojos abiertos, pero no le está viendo. En vista de la natural
reticencia del forastero a desnudarse delante de ella, Verona se da la vuelta.
—No lo creo necesario, chavales —objeta el recién llegado a pesar de todo.
—Como quieras, extranjero.
La Magnum y la posibilidad de que la pareja lo devuelvan a la calle abortan el
intento de sublevación del músico. O accede a la petición del joven, o se habrá
acabado para siempre su aventura.
Abel realiza la inspección del cuerpo con una minuciosidad ajena al olor acre que
este despide. De arriba a abajo busca a conciencia entre el cabello, en las orejas y las
fosas nasales, y entre la barba. Después le obliga a extender los brazos en cruz para
repasar las axilas. Luego observa el pecho, la espalda, el ombligo y el vello púbico.
—Tío, abre bien las piernas.
Con la punta de la Magnum Abel rastrea los testículos desoyendo las quejas del
forastero. No piensa dejar ni un solo centímetro de piel por registrar, por mucho que
el otro se lamente. La inspección ocular desciende a lo largo de las piernas y se
detiene en los huecos entre los dedos de los pies y las uñas.
—Me llamo Debisí, Clod Debisí. ¿Y vosotros?
Por último le toca al culo. Exige al forastero que se dé la vuelta y doble el
espinazo.
—Ni hablar.
—Tú mismo, extranjero.
Después de pensárselo dos veces, Debisí accede. Igual que antes el muchacho se
sirve del cañón de la Magnum para rastrear los alrededores del ano. Todo OK. Luego
de gastar una broma al recién llegado acerca de la blancura de su trasero, el
improvisado inspector observa con detenimiento los brazos, las manos y las uñas.
—Está limpio —comenta al terminar en dirección a Verona, que continúa de
espalda a la escena.
—Pues que se vista —bufa.
—Gracias. Ya os dije que no estaba infectado —interviene el extranjero. Mientras
se enfunda la ropa observa con detenimiento a la pareja, atento a cada detalle,
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deseoso de conocer algo más a sus anfitriones, algo más de la relación existente entre
ellos—. Me llamo Debisí, Clod Debisí. ¿Y vosotros? Sois muy jóvenes. ¿Qué edad
tenéis? ¿Cómo os llamáis?
Los dos muchachos se miran, decididos a permanecer en silencio, a mantenerse
firmes en su decisión de no intimar con el visitante. Si uno le toma demasiado cariño
a la gallina o al cerdo difícilmente lo sacrificará. Que diga lo que quiera, pero ellos
han de perseverar en su idea inicial. Cuanto menos sepan de él, mejor.
Eso no es óbice para conocer a quién están tratando. De modo que después de la
exhaustiva inspección es necesario investigar entre sus pertenencias.
—Nena, mira a ver qué lleva dentro de la mochila —ordena Abel.
Antes de que se arrodille sobre ella, el forastero se adelanta y la alcanza de las
asas. Lógicamente el gesto es interpretado como abiertamente hostil y el dueño de la
pistola la adelanta mientras le dedica una retahíla de insultos.
—Tranquilo, chaval. No llevo nada dentro de importancia. Nada, solo un mapa de
carreteras, un puñado de fotos y algún utensilio de aseo.
—¡Suéltala, tío, no quiero jueguecitos!
—Espera, escúchame. No me importa enseñároslo todo, de verdad…
—Déjalo, confiemos en él —le interrumpe Verona, cuya intervención alivia de
momento la tensión.
El hombre introduce la mano en la mochila muy despacio. Desea evitar a toda
costa que duden de él y de sus intenciones pacíficas. Les muestra en primer lugar una
colección de fotografías que la pareja desecha sin dedicarle ni un segundo de más, y
después unas tijeras pequeñas, un peine y un cepillo de dientes. Mediante un gesto
Abel conmina a Verona a retirar las tijeras.
—Por favor, me hacen falta. Con ellas me recorto la barba y el cabello.
—Te las devolveremos después. Comprenderás que debemos ser precavidos. No
te conocemos y es lógico…
—OK, os entiendo.
El forastero les tiende la mano. El gesto es tan inútil como su intento anterior por
conocer el nombre de sus anfitriones.
—Lógico que no confiéis en mí, pero dadme un par de horas. Ya veréis luego.
Bueno, como os decía me llamo Clod Debisí. Tengo cuarenta años. Llevo los últimos
cinco andando de aquí para allá. ¿Habéis salido fuera? No os imagináis cómo está
todo. Un desastre, de verdad. Apenas he podido quedarme más de un mes en el
mismo sitio. Los infectados están por todas partes.
En contra de lo esperado, la cháchara no desactiva la actitud defensiva de los dos
jóvenes. Así que será mejor callarse y ver qué es lo que tienen que decir ellos.
El único gesto amistoso que obtiene de sus anfitriones, más allá de la sonrisa
mínima que le dedica a modo de bienvenida la muchacha, es que el joven recoja del
suelo la flauta y la deposite sobre su mano extendida, después de comprobar que es
completamente inofensiva.
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—Esto te lo podemos devolver. No es ninguna arma. Así que quédatela.
—No te creas —le rebate el visitante. Luego sonríe de oreja a oreja con objeto de
que entienda que lo que dirá a continuación es simplemente una broma; tampoco
quiere malos entendidos—. Acordaos de lo que hizo el flautista de Hamelin. Fue él
quien venció a la plaga de ratas.
Tras el silencio que se cierne en ese instante sobre los tres se escucha el lamento
de la horda de cuerpos, rabiosos por haber quedado en ayunas. Menos mal que están
acostumbrados a oírlos y ni siquiera interfiere en la conversación. Mientras estén
lejos pueden aullar durante siglos sin que ninguno les haga el menor caso. Al final se
cansarán y buscarán un lugar donde hibernar hasta que un nuevo estímulo les
resucite.
—¿No conocéis la historia del flautista de Hamelin?
—Déjate de historias, tío, recoge tus cosas y…
—Si queréis os la cuento.
A punto de estallar de rabia ante la incontinencia verbal del otro, Abel arruga el
entrecejo y amaga con lanzarle una patada a la mochila. Ya está cansado de oírle.
—Es normal, sois muy jóvenes —insiste el muy capullo mientras se rasca la
barba—. ¿Qué edad teníais cuando tuvo lugar el inicio de la Epidemia? ¿De dónde
sois?
—¿Qué era lo que tocabas antes? —Verona interviene decidida a eludir la batería
de preguntas formulando ella una. A Abel le gustaría que guardase silencio, seguro, y
lo sabe, pero ha preferido atajar de esa manera la curiosidad del recién llegado.
Recuerda, Verona: si uno toma demasiado cariño a una gallina o a un cerdo,
difícilmente lo sacrificará. Es la voz de la conciencia de la muchacha. Con la comida
no se intima.
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10
SOBRE EL PLATO de cada uno hay media zanahoria cruda y dos trocitos de patata
asada que Verona ha cocinado con anterioridad sobre el vaso de fuego, armada de la
paciencia de un ajedrecista. Dado que los utensilios de cocina quedaron desterrados
hace años, los tres comen con la única ayuda de las manos.
Con evidente cuidado Verona come por el lado derecho. Así evita las muelas
picadas del lado contrario; solo faltaba que ahora le atacase el dolor de muelas que
padece desde hace años y que le importuna de vez en cuando. Por su parte Abel
observa de hito en hito al extranjero y este finge no darse cuenta.
El silencio es un invitado más a la mesa, que preside el dado que da inicio a las
noches de euforia. Ninguno de los comensales se atreve a decir la primera palabra.
Gracias a ello, a través de las paredes y de los muebles que las defienden, son
perfectamente audibles los últimos gritos de los hambrientos más inagotables, de
aquellos que aún resisten despiertos. El resto ya hiberna en espera de una mejor
ocasión. De alguna manera es el contrapunto ideal al sonido mínimo producido por
quienes almuerzan, del mismo modo que lo es el hilo musical de un ascensor para
quienes solo se atreven a hablar del tiempo con los vecinos.
El señor Debisí termina de almorzar antes que sus anfitriones. Estos apuran cada
bocado con la lentitud propia, casi matemática, propia de quien no tiene nada mejor
que hacer. Cuanto más tarden en almorzar menos tiempo les separará de la próxima
comida. Así de sencillo.
El visitante aprovecha la espera y les da las gracias por haber compartido una
parte de sus víveres con él. Luego alcanza del interior de la mochila su flauta de
madera.
—¿Habíais visto antes una flauta?
Debisí siente la necesidad de corresponder a la amabilidad de la pareja con la
mejor de sus habilidades: tocar la flauta. Con anterioridad a los Años Críticos se
ganaba la vida dando conciertos. La música barroca y el repertorio francés de
principios del siglo XX eran sus especialidades.
Sin embargo la única respuesta que obtiene a cambio es la mirada huraña del
muchacho, casi una puñalada, mientras mordisquea un trozo de patata con la
parsimonia con que un roedor atacaría la cáscara de un fruto seco.
—Lo que tocaba antes era esto —apunta, obviando la indiferencia con que ha
sido recibida su pregunta.
Después de mirar a Verona sopla sobre la embocadura. El sonido liviano,
ingrávido, se eleva sobre sus cabezas. Lástima que el techo del aula intercepte la
ascensión de las notas. El sol de una mañana primaveral y los extraños lugares que
evoca la música se adueñan de la estancia.
Abel se inmuniza mascando un par de insultos, pero Verona ha sido infectada por
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la belleza del instante, tanto que le sabe a muy poco la interpretación del forastero
cuando este la interrumpe después de un par de frases. Durante un segundo ella ha
imaginado que las notas musicales hablaban del frío que asola la ciudad de
Marcovaldo y de las praderas en las que pacen las vacas de uno de los cuentos del
libro. Allá arriba, en el monte, el viento ha de sonar casi igual que el aliento de la
flauta del señor Debisí.
—¿Cómo se titula? —pregunta intrigada después de acabar con su media
zanahoria.
—Syrinx.
La mirada de la muchacha centellea al escuchar una palabra tan exótica. Syrinx,
esa música de diabólica belleza, es su segundo regalo de cumpleaños, no le cabe
duda. A pesar de ello permanece en silencio para no contrariar a Abel, que la observa
de reojo. Le conoce de sobra y sabe de su enfado.
Por supuesto es la primera vez que Verona y Abel oyen semejante palabra; no en
vano Padre nunca la utilizó. Hasta es probable, aventura ella en un ejercicio de
sinceridad, que él ni siquiera la conociese. Tampoco va a cometer el error de pensar
que Padre era el hombre más sabio de entre los que sobrevivieron al Desastre.
—Syrinx era una ninfa —apunta Debisí—. Su historia comienza cuando se encuentra
casualmente, triste casualidad, con el dios Pan en el monte Liceo. Sucedió hace tanto
tiempo que las montañas y bosques donde transcurrió la historia ahora no son más
que el recuerdo de un recuerdo. Además, por aquel entonces ni siquiera existían los
libros tal como los conocemos hoy, así que la historia se transmitió oralmente de
generación en generación.
De repente a Verona la voz del extranjero le recuerda lejanamente a la de Padre,
tal vez no tanto en el tono como en la entonación con que cuenta las cosas, en esa
pasión innata del buen orador.
Y la memoria de Verona viaja durante una décima de segundo al reinado de su
infancia. Lo que daría por volver a contar solo cuatro o cinco años y tener a Padre
tumbado a su lado, en la cama. Lo que daría por sentir de nuevo la calidez de la leche
caliente en el estómago o por escuchar aquellas músicas antiguas que tanto gustaban
a su progenitor. Porque esas cosas nunca se olvidan.
Verona esconde toda esa añoranza tras una mueca de escepticismo, pero por
dentro le escuece la herida reabierta de los recuerdos.
—Cuentan que la belleza de la ninfa era incomparable y que el dios se enamoró
de inmediato. Durante días se dedicó a perseguirla allá donde iba, igual que si fuese
su sombra. En una de aquellas ocasiones, desesperada tras días de asedio, ella
terminó lanzándose al río Ladón. Pero tampoco era tan fácil escapar de un dios tan
testarudo como Pan. Cuando se sintió acorralada nuevamente, Syrinx pidió ayuda a
sus hermanas las ninfas, que la convirtieron en un cañaveral. Desconsolado, el dios
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Pan solamente consiguió abrazarla bajo aquella forma. Y dicen que el ruido del
viento susurrando entre el cañaveral que acunaba entre sus brazos le prestó aquella
idea. Así fue como posteriormente inventaría un instrumento llamado la flauta de
pan.
El silencio de los oyentes anima al visitante a culminar la historia de Syrinx.
Narra las circunstancias que confluyeron en la composición de aquella música que ha
tocado anteriormente con la flauta y que, por supuesto, llevaba el nombre de la ninfa
en su honor.
—Dicen que mi tatarabuelo, su autor, la compuso pensando en que esta, y no otra,
fue la última canción que interpretó el dios Pan antes de fallecer. Supuestamente
seguía añorando aquella ninfa que escapó de su pasión aun a costa de sacrificar su
apariencia humana.
Después de escucharle Verona está convencida de que Debisí es un hombre
mucho más interesante de lo que había pensado en un principio. Tras esa barba medio
canosa y esos ojos oscuros, huidizos como cucarachas, se esconde un tipo que merece
la pena. Si tuviese tiempo de conocerle más a fondo…
Es por ello por lo que cambia una mirada con su pareja, para que entienda su
cambio de postura: ella le daría un voto de confianza al forastero.
—Es de suponer que mi tatarabuelo quiso expresar con su música el susurro del
viento al atravesar el cañaveral en que se había convertido la ninfa.
Aunque Abel arde en deseos de mandarle callar y Verona, por su parte, de
preguntarle qué demonios es un cañaveral, ambos permanecen en silencio: uno a la
espera de encontrar la excusa ideal con que justificar lo que piensa hacer en cuanto se
confíe el flautista, y la otra por ver si cuenta alguna otra cosa que sea al menos tan
interesante como la historia de Syrinx.
—Ya no hay ríos, ni cañaverales por supuesto —lamenta el músico—. Chicos,
llevo años vagabundeando, tantos que he desgastado diez suelas como estas —
levanta una de las zapatillas deportivas para que observen la suela. En realidad es un
fragmento de una rueda de automóvil—. Y nunca me he tropezado con ni un solo río.
Todos se han secado.
—Señor Debi… —Verona duda, no vaya a ser que diga mal su nombre.
—Debisí, acentuada la última i.
Verona mastica por el lado derecho el último pedacito de patata antes de
manifestar que le ha encantado la historia de Syrinx. Lo dice tal como lo siente, de
corazón.
—Me alegro.
—¿De dónde proviene tu nombre?
La pregunta de Verona recibe la recriminación silenciosa de Abel. Ha olvidado, o
eso parece, la prohibición de intimar demasiado con el extranjero. Pero ella no la ha
olvidado. Es más, desea que le quede claro a Abel que ha cambiado de opinión y que
le gustaría que él también lo hiciese. Podrían aguardar un par de días antes de tomar
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la decisión final.
—Es de ascendencia francesa —aclara el forastero, que asiste al diálogo
silencioso establecido entre la pareja. Es obvio que no entiende lo que sucede, pero
sabe que algo se cuece entre ellos. Que sea lo que Dios quiera, dice para sí. Pero ante
todo ha de mantener la compostura.
—¿Ascendencia francesa? ¿Qué quiere decir con eso? —cuestiona la muchacha,
aunque en realidad le gustaría disponer un rato a solas con él para preguntarle acerca
del significado de la palabra cañaveral.
—Proviene de Francia.
Pero la aclaración deja igual de desorientada a su interlocutora. Sin embargo
Verona cabecea como si le hubiese servido de algo. Francia, cañaveral, antepasado,
río… nada de esto tiene significado alguno para ella. En verdad, para ninguno de los
dos. Pero tampoco va a desenmascarar su falta de vocabulario o de vivencias. Más
allá de las experiencias obtenidas gracias a la supervivencia dentro del instituto, solo
queda el desierto de la ignorancia más absoluta. Aunque solamente fuera por eso,
Padre nunca debió de morir tan pronto… y el recién llegado se merece que le
conmuten la pena.
—He de agradeceros antes de nada, primero —interviene de nuevo el flautista—,
que me hayáis salvado de los muertos, ya que sin vuestra ayuda habría tenido que
huir de nuevo. Y segundo, aunque me repita, que hayáis compartido vuestra comida
con un desconocido como yo. Eso habla muy bien de vuestra generosidad.
—Tonterías —gruñe Abel después de rebañar el plato con la lengua en un acto
que desagrada profundamente a su compañera, sobre todo porque nunca antes lo ha
hecho.
—Gracias a ti por contarnos esa historia de la ninfa —manifiesta Verona después
de llevarse la mano a la mejilla izquierda, soliviantada por el despertar del dolor de
muelas.
—Gilipolleces.
Quién sabe si lo que sucederá a continuación sucede porque sí, porque Verona se
deja llevar por las buenas vibraciones que emana el invitado, inconsciente del rumbo
que tomará la reunión, o porque pretende enfadar aún más a Abel. Lo cierto es que
desoye las advertencias de su compañero y se presenta al músico en un acto
desafiante sin precedentes.
—Yo soy Verona Marcovaldo. Y él es Abel, Abel Marcovaldo.
¿Por qué demonios ha mentido al extranjero al darle un apellido diferente al de
Padre? Más allá de este detalle sin importancia, lo sustancial es que ha facilitado sus
nombres al señor Debisí, y gracias a ello consigue el objetivo de enfadar aún más a
Abel, que se incorpora malhumorado.
—¿A dónde vas? —Verona también está molesta, más que nada por la actitud
infantil de su compañero.
—A por el postre —ladra.
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—¿Qué hay de postre? —El tono empleado por el forastero es franco, no hay
actitud defensiva en él. Tampoco puede prever el siguiente movimiento del
muchacho, ni siquiera la respuesta enigmática que le brinda antes del final:
—Un poco de carne extranjera.
Es lo último que oye el señor Debisí antes de que un relámpago de dolor y fuego
le atraviese el hombro y provoque la desconexión de la mente. De repente se hace de
noche y solo siente que se hunde en su seno, empujado por la punzada que palpita a
través de la herida.
—¿Abel y Verona Marcovaldo? Eres gilipollas.
Del señor Debisí solo queda el rastro incierto de la sangre derramada, apenas una
mancha rojiza en el suelo, producto del afán de Verona por borrar la realidad y el
charco de sangre. Aunque se ha esforzado con la bayeta todavía permanece ese
borrón indefinido. Pero ahora mismo la pareja está centrada en otro menester; ya
podrán limpiarla luego o al día siguiente con un poco de agua.
Desoyendo el insulto que le ha dedicado su compañero, Verona se arrodilla y
vuelca sobre el suelo el contenido de la mochila del extranjero. Como Debisí les
había asegurado en la azotea no hay gran cosa de interés, por lo menos a primera
vista: un mapa de carreteras, un puñado de fotos, unas tijeras, un peine y un cepillo de
dientes. De una patada Abel aparta una muda de ropa sucia.
—Marcovaldo suena más elegante que el apellido de Padre, ¿no crees? —dice
ella al cabo de un rato. Más que una aclaración es una disculpa, aunque no pone
mucho empeño en que lo parezca.
—Tienes razón, pero no me parece ético para con él —contraataca después de
sentarse en el suelo a su lado.
—¿Bromeas? —Verona alcanza las tijeras. Es el objeto de mayor utilidad que
llevaba encima el forastero.
—¿Me ves cara de chiste? —Su tono, levemente agrio, alerta a la muchacha. O
debería. Ya son muchos años conviviendo como para saber cuándo no ha de llevarle
la contraria. Quizá, de manera masoquista, disfruta con la cercanía del peligro; eso o
es una inconsciente kamikaze, como aquellos aviadores japoneses que sacrificaban
sus vidas contra la cubierta de los portaaviones yanquis.
—No, no tienes cara de chiste, Abel. Pero tampoco te pongas así.
El muchacho inspecciona del derecho y del revés la mochila; rastrea cada
cremallera, cada bolsillo. Al cabo de un rato su meticulosidad obtiene premio.
—Joder, joder, mira lo que escondía… —le muestra a Verona en la palma de la
mano una navaja. La hoja tiene por lo menos cinco dedos de largo—. ¿A saber quién
es el señor Debisí? El muy capullo.
—No parece mal tipo. Y es inteligente.
—Eres una jodida sentimental, ¿lo sabías?
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—¿Te puedo pedir un favor? Déjame la flauta de Debisí. Como regalo de
cumpleaños.
—¿Acaso no has tenido suficiente con los huesos para hacerte el collar?
—Sí, claro —ella le regala un beso, pero tan a destiempo que resulta inoportuno.
Abel se ha percatado de que con ello pretendía ganar su favor.
El joven sopla por la embocadura del instrumento. El sonido que, en manos del
extranjero es similar al arrullo del viento, en las de él se asemeja a una caterva de
gatos en celo, algo tan poco armónico que duele el oído.
—Déjalo, que te va a oír.
—Que le follen —masculla antes de invocar de nuevo el maullido de los mininos.
—Por favor, te va a oír.
—Que te follen. Debisí podrá oírme, pero no podrá hablar —rubrica la crueldad
de la frase con una no menos sangrante carcajada.
Abel le alcanza la flauta. Por ahora le concede permiso para que la guarde. Tampoco
tiene que contrariar en demasía a Verona si quiere conseguir de ella, cuando
anochezca, que jueguen a la llamada telefónica. Eso sí, ya veremos si le arrebata la
flauta luego. A lo mejor la necesita para cuando interroguen al forastero. Si han
compartido almuerzo con él es para algo más que escucharle tocar esa porquería de
música.
Verona trata de encontrar la postura ideal de los dedos sobre los orificios del
instrumento. Sonríe, mucho más que cuando Abel le entregó la cajita de cartón con la
colección de huesos. No puede ser, la muy puta. Aunque cuenta hasta diez en
previsión de males peores, el enfado se le escapa a Abel antes de que pueda evitarlo.
Le hierve la sangre y nada parece capaz de rebajar la temperatura de la misma.
—Te repito que eres una jodida sentimental.
—Y tú, un chico demasiado duro. Y un capullo. Lo lógico es que Debisí
escondiese algún arma con que defenderse ahí afuera. No te pongas así. Nosotros
tenemos el mazo, el machete, las tijeras de podar, la Magnum, la pistola de Rencor…
Antes de que la discusión se interne por derroteros más peligrosos Verona se
parapeta tras el silencio. Luego pretende reafirmar su condición de sentimental con
un cálido beso en los labios de Abel, pero este se aparta.
—Que no me ponga así, nena, ¿así cómo?, ¿qué pretendes decir con eso?
—Hijo, eres tan susceptible… No se te puede decir nada —apunta. Del puñado de
fotografías ha alcanzado una instantánea en que se ven a dos niñas casi idénticas,
como dos gotas de agua. Ni siquiera se diferencian en la ropa porque hasta visten
iguales.
—Desembucha.
—Por favor, Abel, dejemos el asunto y listo —hace amago de incorporarse, pero
el muchacho la retiene a su lado. Ha empleado la fuerza justa para que entienda que
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precisa de una explicación, sí o sí, y que no la dejará marchar en tanto no la obtenga.
—¿A qué te referías cuando has dicho que bromeaba?
—No lo he dicho, joder, solo te lo preguntaba —después de una pausa pretende
cambiar de tema—. ¿Has visto lo parecidas que son estas niñas? ¿Serán las hijas del
señor Debisí?
—OK, tú siempre tienes la razón, solamente lo preguntabas.
—¿El qué? —Ella trata de neutralizar la incipiente ira de su compañero fingiendo
que ha olvidado el tema de discusión mientras observa con atención la instantánea de
las dos mellizas.
—¿Por qué decías que bromeaba, nena?
—Y dale, que no lo decía, que solo te…
No le da tiempo a terminar la frase cuando le estalla una bofetada en plena
mejilla. Así, visto y no visto, sin mediar advertencia previa. Aún no ha reaccionado,
cuando un picor caliente nace debajo de la piel castigada, culebreando en cada
terminación nerviosa. A este dolor se une el de las muelas picadas, reactivado de
alguna manera tras el impacto.
—Lo siento, cariño —es ella, y no él, la que se disculpa. Se esfuerza por contener
las lágrimas.
—¿Por qué decías que bromeaba?
—Por nada especial; solo que me pareció irónico que dijeses que no fue ético que
cambiara el apellido ante el extranjero. Más que nada por la muerte de Padre.
A cambio de la sinceridad, de desvelar la razón de su escepticismo anterior, recibe
una segunda bofetada. Ella la esquiva en parte, aunque a causa de ello le alcanza en el
cuello. Esta es más fuerte aún que la anterior.
La piel enrojece enseguida, los dedos quedan marcados sobre ella. Sin embargo,
aunque podría dar por bien empleado el segundo guantazo, Abel no piensa dejar sin
castigo que ella haya tratado de evitar la bofetada. Así que se retira un poco para
ganar algo de distancia e impulso para el puñetazo.
Proyecta el brazo. Le golpea en el hombro, clavando los nudillos con objeto de
infligir el mayor dolor posible.
—¡Olvídate de eso, zorra! —le grita a un palmo de la cara, igual que si estuviese
sorda—. ¡Olvídate de Padre!
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LA IDEA HA surgido de repente, con la misma espontaneidad con que se inician las
noches de euforia. Igual que existe ese instante en que el dado invoca a Verona o a
Abel para que alguno lo coja entre sus manos y pruebe fortuna, se sucede otro en el
que uno de ellos señala con un golpe de cabeza el tubo de plástico que comunica la
guarida con la azotea. Es así de simple. Los juegos hay que practicarlos cuando de
verdad apetecen y no por obligación. No existe premeditación alguna, ni en esta
ocasión, ni en ninguna de las precedentes. En esos instantes preliminares las palabras
se convierten en un estorbo. Por lo tanto es lógico que se haga el silencio alrededor de
los jugadores: solamente hablan los ojos y el deseo que se escapa a través de ellos
con la fuerza de un torrente.
Esta noche ha sido Verona quien ha cabeceado en dirección al tubo. A Abel le ha
bastado con descubrir la picardía inherente al golpe de pestañas para que se levante y
se dirija a la puerta de la guarida. Por si no ha quedado clara la predisposición de ella
al juego, le silba antes de salir. Abel se vuelve a tiempo de ver cómo le despide con
un beso que ella sopla sobre la palma de la mano.
El muchacho sube a la azotea pensando que esa jornada ha sido una de las más
completas de las últimas semanas: nada más despertarse le entregó el regalo de
cumpleaños a su compañera, luego tuvo lugar la aparición del señor Debisí,
compartieron almuerzo con él y, al final de la tarde, ha habido tiempo para la agresión
y el saqueo de su mochila. Qué más puede pedir. Bueno, tal vez lo que se le ha
ocurrido a Verona. Ese juego será la guinda del pastel.
Una vez arriba Abel encuentra el otro terminal del tubo a pesar de la oscuridad.
No es de extrañar, conoce su ubicación de memoria. Aparta la bola de papel que lo
tapona. Se sienta al lado, busca la postura más cómoda posible. A saber cuánto
tiempo se prolongará el divertimento. Todo depende de la inspiración de ambos.
—Nena, ¿estás ahí? —La voz de Abel suena algo hueca a través del tubo.
—Claro, te estaba esperando —por supuesto las palabras de Verona suenan tan
huecas como las de él; es lo que tiene comunicarse a través de semejante invento.
Pero ya se han acostumbrado después de jugar tantas veces a la llamada telefónica—.
Abel, cuánto tiempo.
De pronto el muchacho tiene una idea y la vomita a la misma velocidad que cruza
por su cabeza.
—¿Qué piensas del señor Debisí?
—No sabría qué decirte. Vete tú a saber. Hoy en día nadie se fía de nadie.
—Nena, ¿crees que le gustaría jugar a esto?
—¿Cómo que a esto? —El enfado de ella es más que evidente. Las palabras se
endurecen, se hacen de piedra—. El juego solo es para nosotros.
—Ya lo sé, cariño, pero imagínate por un segundo que le permitiésemos tomar
parte en él, que sube aquí a la azotea y nos cuenta su vida hasta llegar a nuestro país.
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En tal caso le propondríamos un trato: lo dejaremos marchar… siempre y cuando se
preste al juego. Su libertad dependería de lo que nos contase.
—No me gusta.
—Imagina que estamos los dos ahí abajo, en la cama, y que nos excitamos con lo
que nos cuenta él desde aquí arriba. A lo mejor se deja y podemos preguntarle por sus
relaciones con mujeres. Quién sabe, podría resultar divertido.
—Eres un enfermo, que lo sepas.
—¿Entonces qué?
—Nada, no me gusta, Abel.
—Vale, de acuerdo. Por hoy tú ganas.
—Ya te he dicho que no me gusta, joder.
—De acuerdo, olvídalo.
Antes de que Abel invente otras variantes, Verona inicia el juego. Utiliza una de
las frases habituales.
—Buenas noches, Abel, te estaba esperando. Cuánto tiempo.
—Lo mismo he pensado yo, que hace demasiados días que no hablamos.
—Tío, ¿cómo te va la vida?
—La supervivencia es un trabajo demasiado duro, nena. Hay que cuidar el huerto,
procurarse algo de carne, vigilar a esa gente de ahí afuera… Bueno, qué te voy a
contar que tú no sepas.
Bajo la tímida luz de la noche sin luna, el muchacho observa en la otra esquina de
la terraza el huerto: una verdadera obra de arte que deben a Padre, en particular a su
tesón, al empeño que puso en darles lo mejor. ¡La de horas que invirtió allá arriba al
principio de todo! Sí, como era de esperar ellos le habían ayudado… pero la mayor
parte del mérito de aquel pedazo de tierra era suyo. Fue un hombre tan recto y tan
trabajador que Abel, maliciosamente, sonríe al acordarse de su trágica muerte.
Seguramente aquel final carece de gracia, lo sabe, y a pesar de ello él se la encuentra.
Aflora una sonrisa en la esquina de la boca.
Por desgracia, cuando piensa recrearse en los detalles, la voz de Verona al otro
lado del tubo le guía de vuelta al presente.
—… aquí tampoco es fácil, ¿sabes? Cada vez hay más parados. Es que no se van
a morir de una puta vez. Es que ya no…
—Olvídate de ellos —Abel interrumpe el discurso de su pareja—. No estamos
aquí para contarnos penas. ¿Sabes una cosa?
—Dime lo que quieras.
El juego en cuestión consiste en imitar otro que Verona había conocido cuando
ella era pequeña. Por supuesto era una diversión propia de los años anteriores al Gran
Desastre. Se lo había visto practicar a Padre en numerosas ocasiones, así como a otras
personas mayores: ellos lo denominaban llamada telefónica. En esos tiempos
pretéritos el juego daba comienzo con unos timbrazos provenientes de un aparato que
dormía en el salón de casa, igual que si fuera un invitado inesperado que se ha de
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conformar con descabezar el sueño en el sofá. Lo gracioso del asunto es que, siendo
completamente imprevisible, a veces comenzaba de madrugada, y aunque su
progenitor siempre protestaba cuando otro jugador interrumpía su descanso, lo cierto
es que al final acababa jugando. De poco importaba el malhumor.
La simulación que practican ellos es algo burda, pero les divierte. Aunque
diversión no sería la palabra exacta a aplicar a este caso; ante todo les excita. Y es
que la falsa lejanía entre ambos interlocutores hace más apetecible el cuerpo del otro.
—Pues eso, nena, deseaba que anocheciera para poder hablarte…
—¿Sí? Cuenta, cuenta.
—… para poder tocarte, para follar juntos…
—Yo también he esperado ansiosa tu llamada telefónica, noche tras noche.
—Cómo me gusta que estés siempre disponible, pequeña. Eres única. Me encanta
follar contigo.
—Nunca nadie me había hecho sentir así, ¿sabes?, tan deseada… no sé —el sabor
de las palabras es agrio. Bien es verdad que tiene demasiadas cuentas pendientes que
saldar con Abel, pero en beneficio del juego prefiere olvidarse de ellas, al menos de
momento.
—…
—A lo mejor pensarás que soy una tonta.
—En estos tiempos tampoco quedan muchos hombres a los que conocer.
—Ya te digo, con toda esa mierda de ahí afuera.
—Tengo una duda: en el caso de quedar supervivientes, ¿me cambiarías por otro?
—¿Y tú por otra?
Abel sonríe ante la habilidad innata de Verona para no perder el control sobre el
juego. Y eso le excita aún más.
—Me vuelves loco, ¿sabes? —Fuerza una risa algo estentórea que rueda en
dirección al aula 37 con el ímpetu de un alud de piedras—. Qué raro me suena decirte
esto, no sabes cuánto. Mi imaginación se dispara cada vez que estoy contigo.
—Te echaba de menos, me siento tan sola. Algún día deberíamos encontrarnos.
—Yo a ti también te echo de menos… Oye.
—¿Qué?
—Vamos a empezar, nena.
—Estaba esperando a que lo dijeses.
—Desnúdate.
—¿Ya?
—¿No estabas deseando que empezase? Estamos aquí para eso.
—¿No quieres que hablemos un poco antes?
La mar arbolada de la sangre ha terminado por despertar el deseo de la pareja. En
cuestión de segundos le tocará el turno a la resurrección de los cuerpos.
—La verdad es que no, Verona. Me apetece lo otro.
—Impaciente —le regaña ella; el cascabeleo de una risa asciende a través del
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tubo. Ambos saben que es ahora cuando de verdad empieza el juego.
—Imagina que ya estamos juntos, nena, que nos hemos encontrado en algún
escondrijo.
—De acuerdo.
—Ahora quítate la ropa y cuéntame.
Como suele ocurrir Abel asume el rol dominante mientras ella finge sumisión,
sobre todo porque es consciente de que, adoptando semejante actitud, aumenta
exponencialmente el frenesí de su compañero.
—Ya voy, que no tienes paciencia.
—Desbrocha el pantalón, nena. Después baja la braga y cuéntame. Seguro que ya
estás húmeda.
Verona, que se ha tumbado en la cama, aparta a un lado el tubo durante unos
segundos y se revuelve bajo la manta. Levanta la cadera, enhebra los pulgares en los
elásticos de la braga y tira de ella poco a poco hacia abajo. Permite que la caricia de
la tela le arranque un suspiro del rincón más profundo del pecho, ese al que llega
solamente cuando juegan a la llamada telefónica.
Se mueve un poco, a izquierda y a derecha, a fin de ayudar a que la braga ceda.
Por supuesto apenas separa las piernas para disfrutar del beso de los elásticos
reconociendo centímetro a centímetro, poro a poro, vello a vello, el contorno de las
piernas. Levanta una pierna y luego la otra, disfrutando en todo momento del deseo
latente de su coño. Este palpita lo mismo que un animal que está a punto de despertar
de la hibernación. Una vez que ha quedado completamente desnuda bajo la manta
alcanza de nuevo el tubo.
—Mucho, muchísimo, solo escucharte me excita… Estoy preparada para que me
comas. ¿Sabes lo que me gustaría?
—Dispara.
—Probar algo distinto, no sé…
—Dispara —masculla nervioso.
—¿Qué te parece probar algo nuevo?
—Dispara, cariño.
La insistencia de Abel en utilizar un verbo tan inapropiado como ese, durante un
segundo aviva el rescoldo de ira que Verona esconde muy dentro. No obstante sonríe.
O pergeña una mueca que se le antoja a una sonrisa. Piensa en lo divertido que sería
tenerlo desnudo en la cama, a su lado, esperando el instante en que ella, abierta de
piernas, se siente sobre su polla y sorprenderle con la Magnum y un disparo a
bocajarro, sin mediar palabra. Menuda cara se le quedaría.
—¿Estás ahí? ¿De qué te ríes?
—Me apetece hacerlo en los lavabos.
—¿Esa es la novedad?
—…
—Eres una guarra, ¿lo sabías?
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—Me gusta follar… y de paso experimentar.
—OK, déjame a mí. Imagínate que, en vez de encontrarnos en cualquier otro
lugar, nos citamos aquí mismo y que elegimos los lavabos de la planta de abajo, a
unos metros del patio central, ¿qué te parece?
—Un poco peligroso, ¿no? Yo no me atrevería a tanto.
—Ahí está lo excitante. Hemos pasado por encima de los enfermos sin hacer
ruido y accedemos a la zona de los lavabos. Atrancamos la puerta con el pestillo.
Como no creo que se venga abajo a las primeras de cambio, la golpeo con los puños
para despertar a los hambrientos. Aun así dispondremos del tiempo necesario.
—Eres un enfermo, Abel —apunta Verona, que se demora con el tacto de los
pechos antes de descender a profundidades más arriesgadas.
—Ya estamos desnudos, ¿vale? Sin decirte nada, solo mirándonos a través del
espejo, intuyes lo que quiero. Me acerco a ti por detrás. Mientras tanto finges que te
estás secando con una toalla, después de lavarte. Te acaricio el pelo, las mejillas, los
ojos… Reconozco tu boca con los dedos. Huelo tu piel, sintiendo cómo te agitas cada
segundo que pasa. Soy consciente de que deseas que devore hasta el último pedazo de
tu cuerpo. Pero antes necesito respirar tu respiración.
—Jodido, cómo sabes lo que me gusta.
—Te entran las prisas. Me coges de la mano y tratas de darme la vuelta para que
me arrodille delante de ti, que abrevie y me apreste a cenar. No lo consigues. Me
detengo oliendo tu cuerpo de cerca. Permanezco detrás. Giro un poco tu cabeza para
repasar con mis labios el dibujo del mentón y así verte sonreír.
—Excitada, busco tu boca con la mía.
En el mismo instante en que Verona echa la cabeza hacia atrás sobre la almohada
y vuelve a levantar la cadera favoreciendo así el roce del vello púbico con la manta,
Abel descorre la cremallera del pantalón. La diversión aumenta, tanto como el
tamaño y dureza de su polla. Se unta un poco de saliva. El prepucio brilla en mitad de
la noche.
—Estoy desnuda en la cama. La vagina ha despertado —se ríe— y me llama.
—Calla, no mientas. Seguimos en los lavabos de la planta baja —Abel desea
reconducir la conversación al terreno de la fantasía. Ya habrá tiempo cuando baje de
la azotea de compartir el deseo—. Al otro lado de la puerta se revuelven los
hambrientos. Me gusta saborear la saliva de tu boca.
—Nos damos la vuelta y nos abrazamos.
—De acuerdo, nos abrazamos. Tú siempre tan romántica. Tratas de prolongar el
instante… cuando lo que de verdad quieres es justo lo contrario, que abrevie el trance
y me cuele dentro de ti para sacártelo todo.
—Todo, todo…
—Vaciarte, que escupas esa mierda, ese miedo que tienes a los de ahí afuera. Que
te quede claro que si aún sobrevivimos es porque nos lo merecemos. No pienses en
los que quedaron atrás. A buen seguro ellos no eran dignos de la supervivencia.
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Abel hace una pausa. Aplica el oído al tubo en espera de oír algún gemido de su
compañera. Por ahora nada, no son lo suficientemente intensos como para que
lleguen hasta arriba.
Deseoso por precipitar el desenlace, el muchacho utiliza una de sus bazas más
importantes: hacer uso de la letra de The End para potenciar la intensidad de la
mentira. Siempre ha dado resultado.
—Quiero que no queden más ruinas romanas de dolor en esa mina que escondes.
—Vaciarme.
—Pero para eso tienes que restregarte contra mí. Ya sientes vivo tu sexo, capaz de
comer solo.
—Continúa, Abel.
—Dar de beber al sediento. Me encanta tu olor. Sigue la autopista del oeste, baby.
Monta la serpiente.
La nueva referencia a la canción del grupo The Doors explota en los oídos de
Verona con la fuerza de una bomba atómica. De inmediato hunde la mano entre las
piernas. Busca la humedad con un frenesí agónico, como si el mundo se fuese a
acabar en cuestión de segundos y ansiase el orgasmo por encima de todas las cosas.
Expertos, los dedos índice y corazón se demoran, avivan el ritmo, reconocen cada
forma, conscientes de su habilidad.
—Abel, ¿estás caliente? —pregunta después de llevarse a los labios los dedos y
probar el fluido vaginal.
—Calla. Nena, buscas la postura, sentada sobre el filo del lavamanos, y luego te
ofreces a mí separando las rodillas.
—Antes necesito besarte de nuevo en la boca, recuperar de alguna manera la
respiración. A qué tanta prisa. Siento el calor de tus labios en los míos y el deseo que
tienes de morderme. Esquivo el ataque con un golpe de cuello. Antes necesito que se
rocen, que se calienten…
—Déjame comer, Verona.
—Como quieras —claudica algo resignada ante la urgencia de su compañero.
Desconoce si ha sido lo suficiente explícita con el tono de voz empleado como para
que él se haya percatado de su malestar.
—El fluido brota con fuerza. Acerco la cabeza, adelanto la lengua y bebo. Pero
intuyo que solo me das una mínima parte de lo que escondes. Yo quiero lo de dentro.
Vente conmigo a la parte trasera del autobús y verás. Nos conducirá hasta el lago.
—Ojalá pudiésemos desaparecer de este mundo…
—Nena, usemos la Magnum y la pistola de Rencor y abrámonos paso entre los
hambrientos. Escapemos de este país de mierda.
Las palabras se tornan borrosas por culpa de la explosión de la lujuria.
—¿A dónde vamos?
—Al autobús azul al que cantaba Jim Morrison, ¿qué te parece?
—De acuerdo, salgamos de los lavabos.
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—¿Vamos?
—Cuando tú quieras.
—En cuanto ceda la puerta, nena, aprieto el gatillo. Más rápido que el viento. Le
abro un pozo en la cara al primer hijoputa que asoma la jeta. Imagínate desnuda y
llena de salpicaduras de sangre y restos de carne. Ese olor. Y a ti que se te ocurre
tocarte en busca de esas manchas. La yema de los dedos reconocen la sustancia
caliente. Te excita el contacto con la misma y reconoces tu cuerpo de la misma
manera que si te lo hubieses untado con esperma. Lo que pasa es que nunca
conseguiré expulsar tal cantidad de líquido.
—Venga, corramos.
Abel y Verona se conceden un breve descanso en el juego erótico al imaginarse la
huida del que ha sido su hogar durante quince años, sabedores de que luego vendrá lo
realmente excitante, el contacto cuerpo a cuerpo. Arden los cuerpos mientras esperan.
—En la puerta de instituto aguarda el autobús azul —fantasea Abel. Su
determinación rueda tubo abajo en busca de la receptora de la misma—. Subo
después de ti a tiempo de salvar el culo. Los muertos se apelotonan contra el cristal
de la puerta. Esta se ha cerrado en el último segundo. Nos enseñan sus jodidos
dientes. Si tuviese a mi alcance las tijeras de podar se las hundiría en la boca al
primero que se pusiese a mi alcance. Bastaría con un golpe de muñeca para que el
acero quebrase un par de dientes, partiera el paladar y se hundiese en la garganta. Ya
solo quedaría girar la muñeca y destrozar así todos los tejidos que encontrase a su
paso.
—Le suplico al conductor que arranque —murmura Verona.
—Pago dos billetes. ¿Cuál es la última parada?, le pregunto al cabrón que se
sienta frente al volante. No contesta. Me gustaría borrarle de un codazo la cara de
gilipollas que le tocó en desgracia al nacer. Imagina que es el señor Debisí, que tiene
su rostro.
—Déjalo, no te ha hecho nada. Además así tendremos un espectador. Seguro que
no nos quita ojo por el espejo.
—Nena, poco importa que el muy hijoputa no haya querido decirme cuál es la
última parada. En realidad sé cómo se llama.
—Abel, déjalo en paz.
—Todo dentro del autobús es azul, hasta los asientos. Te guío camino de la parte
trasera.
—Me coges de la muñeca, me besas la palma de la mano… los dedos, y luego los
conduces hacia abajo…
—¿Sabes cómo se llama?
—Dejo que guíes la mano hacia el pene —Verona se desentiende de la pregunta
sin importarle nada más. Hay veces en que también a ella le gusta llevar la iniciativa
—. Me enseñas cómo hacerlo, como si temieses que no supiera o se me hubiese
olvidado…, tu mano sobre mi mano, arriba y abajo, suavemente, como cuando Padre
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me enseñaba a escribir. Él también me cogía la mano, mis dedos cerrados en torno al
lápiz.
—La última parada se llama Muerte.
—Subo con delicadeza la mano y luego bajo de un tirón. Cuando estoy abajo
cierro el puño un poco; cuando llego arriba giro levemente la muñeca, amasando los
borbotones de tu sangre, levantando una tormenta en tus ojos, que de repente se
vuelven azules.
—Sí…
—Estamos aquí juntos para olvidarlo todo.
—Nena, me muero de ganas. No habrá mañana. Solo hoy, porque hoy será el fin.
Recuerda que hemos subido al bus y que no nos bajaremos hasta el final. Me siento
en el suelo y te animo a venir conmigo. ¿Cómo estás?
—Empapada, Abel.
—Es agradable el tacto del suelo del autobús. Te invito a que te tumbes aquí, a mi
lado. Abre las piernas. Ha llegado la hora del sacrificio.
Verona desea que Abel baje de la azotea de una vez, que deje a un lado la fantasía
del juego y regrese a la realidad: que se le entregue de verdad bajo la manta. De
pronto duda. A lo mejor es contraproducente. A saber cómo reaccionará Abel. Sin
embargo al final se decide a afrontar con valentía su propio miedo.
—¿Por qué no te vienes para abajo?
—¿No quieres acabar lo que hemos empezado?
—Acabémoslo aquí. Es más divertido.
Enseguida el tono que adopta el muchacho pone a la defensiva a Verona. Ya sabe
cómo se las gasta y tampoco desea provocar una discusión.
—¿Ya no te gusta jugar a la llamada telefónica?
—No es eso, hombre. Sabes que sí.
—¿Entonces?
Abel se ha abrochado la cremallera y ya no juega. Ahora es un témpano de hielo
dispuesto a embestir la más mínima flaqueza.
—Venga, seguimos por donde íbamos. Estábamos en el autobús azul.
—Déjalo. No me apetece. He regresado al instituto a pie.
A pesar de la negativa, a través del tubo emergen los gemidos de su compañera,
cada vez más atronadores.
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12
LA BARRENA BIEN vertical, no vaya a ser que la punta salga por el lugar
equivocado y termine por estropear el hueso en el último momento. Entonces
cualquiera soporta luego a Abel… Verona trabaja en silencio bajo la luz primera de la
mañana mientras el joven duerme igual que un bendito. Es en estas ocasiones cuando
se engaña a sí misma: todavía le quiere, todavía merece la pena luchar juntos, todavía
forman una pareja.
Por supuesto la realidad que conforman las vejaciones y los golpes cobrados
cuando Abel se enfada es adulterada por la estrechez de la supervivencia, por esa
obligación de resistir juntos dentro del país. ¿Quién sabe lo que encontraría fuera si
se atreviese a cruzar la frontera, a dejar atrás los muros del instituto?
Y es que todavía le duelen las dos bofetadas y el puñetazo recibidos ayer mientras
comprobaban el contenido de la mochila de Debisí. Pero le duelen no tanto en el
plano físico. Tiene el cuerpo curtido a base de sufrir necesidades de todo tipo. Es un
dolor más profundo, para nada superficial, pegado a los huesos, inherente a la rabia.
Mientras trabaja se hace una promesa a sí misma: la próxima vez que se atreva a
pegarle le machacará los huevos con el mazo, o se los cortará con las tijeras de podar.
Ya se ha cansado. Y es que también está lo otro, ese impulso que siente Abel por ir
más allá de las fantasías que inventa durante el juego de la llamada telefónica, por
dedicarle todo tipo de insultos cuando follan en la guarida. Lejos quedan ya aquellas
veces en que él la besaba sin medida y arremetía contra su cadera con la delicadeza
del que busca una conjunción superior a la de dos cuerpos entrelazados. Después de
tantos años se ha convertido en sexo sin más, ejercicio físico al que Abel únicamente
encuentra placer —aparte de la eyaculación— si la menosprecia con un rosario de
mezquindades.
Ayer fue un día intenso, demasiado, piensa para sí: el trabajo realizado a primera
hora sobre el huerto, la aparición del señor Debisí, el almuerzo para tres, la llamada
telefónica… Tiene gracia que encima coincidiese con su vigésimo cumpleaños. O en
realidad no tiene ninguna.
Después de más de diez minutos de paciente labor, la punta de la barrena asoma
por el otro extremo del hueso. Bingo, ya tiene acabado el primero de ellos. Ahora
solamente le restan los otros ocho.
—Buenos días, nena.
La sonrisa de Abel acompaña sus palabras. Ella le devuelve el cumplido, aunque
no debería. Que le den por culo. El muchacho se restriega los ojos con saña. Sabe que
a ella le disgusta que lo haga, pero para qué va a decirle que se hará daño si él va a
seguir a lo suyo, haciendo caso omiso a la recomendación. Que le jodan, a ver si así
es capaz de alcanzar el cerebro.
—Nena, ¿cómo está el muñeco? —pregunta al cabo de un rato. Tiene los ojos
enrojecidos, por supuesto.
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—No he ido a verle desde anoche.
—Hagámosle una visita a ver qué se cuenta —apunta mientras se acerca por
detrás—. ¿Qué estás haciendo?
Ella le enseña el orificio practicado en el hueso. El muchacho la obsequia con un
par de besos a lo largo del cuello. La delicadeza del gesto desmiente los malos
pensamientos que ella ha cocinado con anterioridad en el horno de la cabeza.
—¿Te duele la pierna? —pregunta sin dejar de trabajar en el segundo hueso.
—No, qué va. Parece que mejora.
Él la abraza por detrás y luego, para sorpresa de Verona, le regala un masaje en la
espalda. Las manos trabajan con mimo en busca de las posibles contracturas
musculares. Al principio ella se muestra reacia y mantiene silencio, pero de
inmediato claudica y guía sus manos con la palabra, un poquito más abajo, por favor;
ahora a la derecha.
Los pulgares amasan las zonas doloridas en pos de su neutralización. Aunque lo
parezca, Abel no pretende obtener nada a cambio, ni siquiera sexo; simplemente lo
hace por el gusto de mostrarse amable y atento. Diferente es que ella todavía recele
de sus intenciones, porque en realidad siempre lo hace.
Abel y Verona se acercan a visitar al extranjero, que descansa en el aula 35, conocida
como la iglesia. Ahí está Debisí. Tiene las manos atadas a la espalda con una soga, y
esta a su vez se encuentra anudada a las patas de un pupitre. Está sentado en el suelo.
Bajo la gruesa rebeca —la suya— que le cubre la cabeza, destaca la corpulencia
de su respiración. La pareja juraría que el desgraciado se ha quedado dormido. Le
compadecen, qué bueno que haya conciliado el sueño; sobre todo porque
seguramente ha pasado una noche de perros a causa del dolor del hombro, el miedo y
la humedad de la orina.
Ella preferiría regresar a la guarida y seguir barrenando los huesos, dejar a su
compañero y al muñeco a solas. ¿Qué necesidad tiene de participar en la
representación? En el caso de que los gritos sobrepasen el límite de lo tolerable
incluso podría subir a la azotea con la excusa de regar el huerto. Sería preferible, sin
duda; mejor eso que estar allí, detrás de Abel, porque de inmediato se le oscurecerá el
ánimo y le sabrá la boca a tierra de cementerio.
Pero ahí está ella, de pie, sin hacer nada por detener a su compañero: solamente
contempla la escena mientras aguarda el momento de interpretar su papel, tal como
han acordado de antemano. Diferente es que Verona esté conforme con el rol que le
ha tocado en suerte.
Abel se aproxima paso a paso al invitado, haciendo el mínimo ruido posible, y le
despierta con la delicadeza de una madre que vela por el estado de salud de su hijo
griposo.
—Buenos días, señor Debisí —dice después de quitarle la rebeca que le cubre la
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cabeza—. Lo siento… pero ya es hora de despertar.
En cuanto el forastero abre los ojos Abel le libera de la mordaza. Debisí hace
amago de vomitar, pero al final se conforma con toser simplemente. La pareja le
concede el tiempo necesario para lubricar la boca y encontrar las palabras necesarias
con que defenderse. Con un golpe de cabeza aparta la melena hacia la izquierda.
—Dejad que me vaya, por favor.
—No olvides que fuera está esa gente, ya sabes —responde Abel. Completa la
advertencia imitando la cara desencajada de los muertos.
—Me buscaré la vida lejos de aquí… pero dejad que me marche.
—De acuerdo. En cuanto respondas a unas preguntas podrás irte —apunta el
joven. Debisí asiente con un golpe de cabeza, satisfecho con la propuesta—. Antes de
continuar, quiero que sepas que me arrepiento de haberte apuñalado anoche. No sabes
cuánto.
—Hijo de puta —masculla el muñeco sin pensarlo dos veces. Le ha salido del
estómago y no ha podido evitarlo.
—Espero que sepas perdonarme, me puse muy nervioso con la historia de la
puñetera ninfa esa y el dios de los cojones.
Ambos se miran a los ojos durante unos segundos, el extranjero en busca del
menor vestigio de burla y el muchacho en pos de ese perdón que demanda antes de
proseguir.
—De verdad que lo siento.
El silencio se apodera de la iglesia. La partida queda en tablas porque ninguno
encuentra lo que busca en los ojos del otro. Lástima de oportunidad perdida, piensa
Abel para sí. Si Debisí elige la postura beligerante, él sabrá lo que hace.
—Bueno, que sepas que lo siento —se disculpa de nuevo. Ahora gira la cabeza en
dirección a su compañera—. Verona, ¿qué opinas?
La mirada que Abel intercambia con ella es lo suficientemente explicativa: por su
propio bien, y si no desea lamentarlo luego, ha de tomar parte en la representación.
—¿No le dejarás marchar ahora? —pregunta después de comprender que será
mejor cumplir el pacto. Pero tan pronto como ha intervenido le duelen las palabras y
la cobardía. Según su parecer, el señor Debisí no merece semejante trato.
—Nena, si colabora, ¿por qué no?
Perfecto: Abel sigue el guion preestablecido. Así ella disfrutará de la ocasión de
reafirmarse en su rol.
—El hijoputa podría regresar con más gente.
Abel se vuelve entonces hacia el extranjero. ¿Tiene algo que decir al respecto? Es
innecesario que crucen palabra alguna porque se han entendido sin abrir la boca: ellos
son hombres y, por lo tanto, saben lo que hacen. Es evidente que Verona no tiene ni
puta idea, y no solo eso, como mujer su opinión no cuenta para nada, menos que un
voto en blanco.
—Prometo que si me liberáis no volveré jamás —el forastero obvia la presencia
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de la muchacha y se centra en él, en virtud de la complicidad recién alcanzada con
Abel.
—¿Lo ves, tonta?
—Acabemos cuanto antes —interviene Verona, deseosa de forzar la escena para
regresar pronto a la guarida. Luego da unos pasos hacia atrás. Por ahora ya ha tenido
bastante. La boca es la tumba donde ha enterrado la poca dignidad que le quedaba.
Tras pedir permiso al invitado, Abel le recoge la melena en una cola y deshace el
vendaje compresivo que cubre la herida de su hombro. A simple vista tampoco es tan
profunda ni ha sangrado tanto, pero hay que extremar el cuidado o por lo menos
aparentarlo. Limpia con delicadeza la sangre seca de los bordes del navajazo.
—Nena, ahora nuestro amigo contestará unas preguntas y asunto concluido, ¿de
acuerdo?
—¿No se habrá infectado la herida? —pregunta el músico.
—Para nada, hombre, confía en mí.
Una vez concluido el ardid de la cura, Abel se incorpora y le muestra la fotografía
en blanco y negro de las dos mellizas. La ha extraído de uno de los bolsillos del
pantalón vaquero. Por desgracia, y como era de temer, la instantánea se ha doblado
por tres esquinas.
—Vaya, lo siento —dice al señalar los dobleces—. No era mi intención.
—No te preocupes, hombre.
—Vaya, ha debido arrugarse ahora mismo, al arrodillarme para curarte. Antes no
estaba así, te lo juro.
—Tampoco tiene tanta importancia —el extranjero se esfuerza por sonreír… pero
le resulta imposible. Lo que consigue en cambio es la mueca maléfica de un títere. Es
gracioso, desconoce lo cerca que está de convertirse en eso precisamente, en un títere,
para mayor regocijo de la pareja.
—Claro que importa, Debisí, a mí me jodería muchísimo.
—No importa, de verdad.
—OK. Me alegro de que te lo tomes así. ¿Conoces a estas niñas?
—Por supuesto, son mis hijas.
—Muy guapas, la verdad. ¿Cómo se llaman, si no es mucho preguntar?
—Laura y Gilda. Laura es la del vestido largo, y Gilda la del corto.
—¿Y esta mujer? —dice adelantando otra fotografía.
—Helen, mi esposa. El próximo mes de noviembre cumpliríamos veinticinco
años juntos.
—Imposible —interviene Verona, siguiendo a pies juntillas el guion
preestablecido. Pasea nerviosa de un lado a otro, inquieta por la inminencia del juego
de la evangelización. Lo que no figura en el guion es su deseo de marcharse de allí a
las primeras de cambio, antes de que corra la sangre del muñeco.
—Nena, ¿qué quieres decir?
—Nada, que esas no son sus hijas —aclara. Luego se acuclilla junto al invitado
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—. ¿Pero es que no ves que no se parecen en nada a ti?
Sorprendido por la intervención de la joven, Debisí abre exageradamente los ojos.
No da crédito a lo que oye. ¿Cómo no va a saber quiénes son? Menuda gilipollez.
Otra cosa es que se parezcan físicamente a la madre.
—A lo mejor son hijas de tu esposa, que no digo que no, pero no tuyas.
¿Entiendes lo que quiero decir?
—Cariño, estás siendo muy injusta con nuestro invitado.
Verona coge de la barba al flautista y le obliga a mirarla.
—¿Dónde están?, ¿las has abandonado?
—Ellas no lo consiguieron —manifiesta Debisí en un tono neutro, desprovisto de
sentimiento. La respuesta precisa de poca traducción. Expresa mucho más por lo que
calla que por lo que dice. Pero aun así no será suficiente para el rol que representa la
muchacha.
—¿Murieron?
Debisí responde con un golpe afirmativo de cabeza.
—¿Las viste morir? ¿Sí? Cuéntanos entonces cómo ocurrió todo.
En esta ocasión, el visitante mueve la cabeza en sentido negativo. Preferiría no
hablar de ello, es evidente. Si puede evitarlo lo hará.
—¿Las niñas fueron devoradas por los muertos? Cuéntale a Abel cómo murieron.
El silencio consiguiente concede una breve tregua al invitado. Verona y Debisí se
miden con los ojos. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar cada uno para reafirmar su
postura? Mientras tanto, unos pasos más atrás, Abel contiene su furia rodeando a los
otros dos actores del drama, impaciente como una pantera en la jaula, deseoso de
saltar al ruedo del circo.
Verona aprovecha la cercanía al reo para mirarle directamente a los ojos. Necesita
que comprenda que su actuación no es nada más que eso, un rol que le desagrada
interpretar. Lo siento de veras, se repite para sí, con la esperanza de que Debisí lea la
disculpa en el fondo de sus pupilas. Pero comunicarse con la sola ayuda de la mirada
acarrea un inconveniente, que se presta fácilmente a equívocos. Y por la mueca de
desprecio que le dedica el músico es evidente que no ha recibido el mensaje de
manera correcta. Si tuviese un segundo a solas con él… podría explicárselo todo.
—Ya sé dónde quieres ir a parar, Verona —interviene Abel cuando el silencio se
hace incómodo—. Ella quiere saber si te comiste sus cadáveres, ¿no?
—Eso es.
—Murieron hace casi diez años, de malnutrición.
—¿Te comiste sus cadáveres?
—Tenían escorbuto —puntualiza el forastero—, no sé si sabéis lo que es.
—No has respondido a la duda de mi compañera.
—Nunca haría una cosa semejante, joder.
—Cuéntale entonces a ella cómo murieron.
Seguramente es más dolorosa la exhumación de los recuerdos que arriesgarse a
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un golpe traicionero. O eso piensa equivocadamente el muñeco. Por ahora prefiere
asumir el riesgo antes que dejarse llevar por el remordimiento. Que las tres, tanto sus
hijas como su mujer, se consumieran por culpa de la malnutrición y él no pudiese
ayudarlas, es un lastre demasiado pesado, y cuando lo recuerda se hunde sin remedio
en la impotencia.
—Por favor… —el tono de voz de Verona es ahora más amistoso que antes.
Debisí podría desafiar a la pareja, pero no es idiota. Tampoco hay que tentar al
destino con una actitud arrogante. De modo que esconde la mirada entre las manos
con la esperanza de que se compadezcan de él. Por desgracia desconoce que no es la
primera vez que Abel se emplea a fondo en la evangelización de un muñeco. El
muchacho tiene experiencia y sabe hacer daño. Si Debisí lo sospechase, a buen
seguro que colaboraría. Además, siempre cabría la posibilidad de inventar una
historia adaptada al gusto de la pareja. Qué más da lo que cuente si nunca podrán
contrastarla con la verdad.
—OK, tío, te creía más listo —ladra Abel, que apenas consigue disimular el enfado.
Deposita las dos fotografías en el suelo lo suficientemente cerca de Debisí como
para que las vea, pero convenientemente lejos como para que no las alcance con las
piernas. Parte de la gracia del tormento estriba en que estén ahí: Laura, Gilda y Helen
como testigos de la sesión. A continuación el evangelizador extrae del bolsillo trasero
del pantalón la navaja que el forastero escondía en la mochila. Se la alcanza a su
compañera.
—¿La reconoces?
Verona extrae la hoja y se la muestra para ver si la identifica, aunque las cachas
burdeos y las iniciales CB dejan poco lugar a la duda.
Tras la acusación silenciosa de la que es objeto, Debisí cuenta con dos
posibilidades únicamente: reconocer el error de mantenerla oculta cuando debió
enseñarla o negar la mayor, que nunca la ha visto. Una tercera opción es el silencio,
dejar que transcurra el tiempo. Es probable que en otras circunstancias supiese qué
decir, qué postura adoptar en beneficio propio, pero se encuentra perdido, enredado
en el miedo, tanto que teme dar el paso equivocado en la dirección incorrecta.
—No sé —se apresura a responder cuando la joven aproxima la navaja
peligrosamente a la mejilla. Es consciente de la situación y de que ese no sé es una
manera bastante burda de ganar unos segundos. Qué otra cosa puede hacer.
—Confiesa, la escondías dentro de la mochila, ¿no?
La acusación ahora sí es firme, tanto que le deja sin margen de maniobra. El
forastero traga saliva mientras Verona entrega la navaja a su compañero. Luego rodea
el pupitre, levanta la tapadera del mismo y alcanza algo de su interior.
—¿Qué vais a hacerme?
—Responde a la pregunta antes de que Verona se ponga más nerviosa.
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¿Reconoces la navaja, sí o no? —interviene Abel. Aunque en verdad a él le gustaría
saber lo mismo: ¿qué piensa hacer su compañera al desatar al muñeco del pupitre?
Pero se mantiene a la expectativa: no hay que concederle la más mínima ventaja al
otro.
Verona desata las manos del forastero para acto seguido atárselas por delante.
Dada la proximidad de Abel ella no se atreve a mirar a los ojos a Debisí e intentar
una nueva comunicación en silencio. Es demasiado arriesgado, y encima ahora él
tiene en su poder la navaja.
—Puede ser —murmura Debisí.
Verona adelanta el lápiz encontrado en el interior del pupitre. Luego pregunta:
—¿Cómo has dicho que se llamaban las hijas de tu mujer?
—Laura y Gilda.
—Nena, nuestro invitado ha dicho que son sus hijas… y punto. No le des más
vueltas al asunto.
—Estoy cansado —murmura el invitado.
La muchacha humedece la punta del lápiz con la lengua. Sobre la uña del dedo
pulgar derecho procede a escribir una ele mayúscula. La repasa varias veces antes de
continuar con la siguiente letra y uña. Pese a que lo intenta, el forastero nada puede
hacer por disimular el temblor de sus manos. No se fía de ninguno de los dos, de
ninguno. A saber qué estarán tramando.
—Tranquilo, hombre, esto no te dolerá —la muchacha le dedica una sonrisa sin
abandonar su labor.
—Déjale, Verona, no ves que te tiene miedo.
—Joder, nadie se ha muerto por tan poca cosa.
—Un momento, acabo de recordar algo —rumia Abel. Retrocede unos pasos,
guarda la navaja y a continuación abandona el aula a toda prisa.
Sin perder un solo segundo, Verona ruega silencio al forastero. Basta con un
simple gesto: el índice sobre los labios. Será mejor que escuche lo que tiene que
decirle. No hay tiempo que perder.
—Trataré de ayudarte, confía en mí —dice en un hilo de voz—. Ni te imaginas de
lo que es capaz mi compañero. Colabora con él, por favor, y gana todo el tiempo que
puedas. ¿Entendido?
Sin embargo en la cabeza de Debisí semejante declaración se antoja una trampa.
¿Qué gana ella al arriesgarse a ayudarle? Así que es lógico que no se fíe de ella. Por
mucho que bucee en la oscuridad de sus ojos no encontrará la confirmación de su
inocencia o la huella de su culpabilidad. ¿Y si después de agradecerle la ayuda y
pedirle consejo va con el cuento al otro? ¿No es de recibo que confíe en ninguno de
los dos? Es más, por ahora quien se muestra más inestable es Verona… así que es
demasiado arriesgado permitir que ella tome el mando.
—Vale, entiendo que dudes de mí, pero recuerda quién te apuñaló ayer. No
tenemos mucho tiempo, joder.
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—Libérame. Lo demás, corre de mi cuenta.
—¿Y si te vence? En ese caso estaré…
Antes de atreverse a desanudar la soga que lo ata al pupitre Verona presiente a su
espalda la figura de Abel, detenido en el vano de la puerta. Cierra los ojos durante un
segundo. Le gustaría rezarle al Dios de Padre, pero no sabe hacerlo. Joder, si ha oído
algo, nada ni nadie la salvará.
Un escalofrío le atraviesa la espalda. Le palpita la sien. No le queda más remedio
que actuar con rapidez; es lo que tiene la supervivencia: o ella o el otro. Así que
abofetea del derecho y del revés la cara del muñeco. Por si no hubiera sido suficiente,
con objeto de disipar cualquier duda le escupe a la cara.
—Nena, deja tranquilo al señor Debisí.
—¿Qué sabrás tú? —protesta antes de reanudar el trabajo con el lápiz. Ahora le
toca el turno a la erre mayúscula de Laura—. Me ha pedido que le libere, el muy
cabrón —retuerce las palabras. Cuánto más creíble sea, tanto mejor. E indignarse de
semejante manera refuerza su interpretación.
—Ese lenguaje, por favor. Si te escuchara Padre…
El grado de cinismo alcanzado por Abel sobrepasa el entendimiento de su
compañera, que le mira extrañada. Ahora el muchacho se aproxima portando el arma
que él mismo encontrara antes de ayer en el vertedero, la del mango en forma de jota.
La deposita en el suelo a un palmo de los pies del extranjero. A su lado coloca un
puñado de varillas plegables y parte del tejido floreado que las unía. Con un poco de
suerte el extranjero podrá explicarle de qué coño se trata y qué utilidad tenía antes de
la llegada de los Años Críticos.
—¿Sabes qué tipo de arma es esta?
Le sorprende la mirada que le lanza el forastero, antes de que este arrugue el
entrecejo. Debisí se muestra sorprendido y no se molesta en disimularlo.
—Joder, eso no es ninguna arma.
Abel dialoga en silencio con Verona y luego con Debisí, antes de retornar a los
ojos de su compañera. La respuesta de Sancho Panza que aseguraba que no eran
gigantes aquellos molinos de viento sorprendió menos a don Quijote. La respuesta del
extranjero les ha descolocado por completo. Esto sí que es cosa de hechicería. ¿Cómo
que no es un arma?
—De estas —Abel alcanza una de las varillas—, había lo menos diez.
¿Bromea el muchacho? ¿Qué pretende conseguir otorgándole una utilidad
diferente a algo tan inofensivo? Pero la atención de la pareja confluye sobre él. O son
unos actores consumados y le están tomando el pelo, o de verdad no saben qué es ese
objeto tan vulgar.
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13
DESPUÉS DE HACER un alto con el lápiz, Verona toma la palabra:
—¿Para qué sirve entonces si no es un arma?
—¿Qué obtendré a cambio si os lo digo?
Un compás de silencio pesado se abre en ese instante. Así formulada, la cuestión
es casi una ofensa: él es el invitado, el muñeco, y las decisiones quedan
exclusivamente para los anfitriones. Se eternizaría el silencio de no mediar la
propuesta de la muchacha:
—Te devolveremos las fotografías, ¿qué te parece?
—No. Os lo digo si dejáis que me marche —es la propuesta de Debisí.
—Es imposible… por lo menos por ahora —sostiene Abel—, los parados te
atraparán en cuanto pongas un pie fuera y despierten.
—Ese será mi problema, como lo ha sido durante todos estos años.
—Sería un suicidio, tío, no lo permitiré.
Cinco minutos después Debisí claudica, sabedor de que por ese camino,
exigiendo la libertad a cambio de su información, no conseguirá nada. Mueve
negativamente la cabeza.
—A ver, de acuerdo. Eso no es un arma —dice al fin—, es un paraguas.
—¿Un… qué?
—Un paraguas. Sirve o servía —puntualiza Debisí al ver el estado en que se
encuentra— para guarecerse debajo en caso de lluvia.
—¿Cuando llueve? —Abel se muestra incrédulo—. Menuda tontería.
—Antes las cosas eran diferentes, ¿sabéis?, aunque ahora resulte difícil creerlo.
En estos tiempos la lluvia es una auténtica bendición. Sin ella moriríamos de sed.
Pero antes del Desastre había agua corriente en las casas.
—¿Agua corriente?
—Eso lo recuerdo perfectamente —apunta la muchacha—. Salía por los grifos.
—Exacto. Corría a través de las tuberías y brotaba de los grifos.
—Me acuerdo de eso, había hasta agua caliente —puntualiza Verona—. Sin
embargo los grifos que hay en el país, en los cuartos de baño, están completamente
secos.
—Lógico, sin luz eléctrica los motores no pueden mover el agua y hacerla salir
por ellos.
—Curioso —murmura el joven.
—Antes del Desastre, la lluvia era una verdadera molestia —el forastero se ha
animado a continuar—. Si ibas al trabajo, por ejemplo, o acudías a una fiesta o a un
compromiso social y te sorprendía la lluvia, utilizabas el paraguas para no llegar
empapado.
—Había pensado al ver las varillas que era un arma.
—Otra cosa es que puedas utilizarla como tal, pero es un simple paraguas. Y
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propio de mujeres.
—Como decía Padre —comenta Abel—, nunca está de más aprender algo nuevo.
Verona regresa a su tarea de escribir los nombres de las hijas de Debisí sobre las
uñas de este. Debería marcharse ya, antes de que comience lo verdaderamente
desagradable, pero tiene miedo a equivocarse y desencadenar la ira de su compañero.
Así que las manos van por una parte y la cabeza por otra, enredada en cientos de
posibles excusas que esgrimir a la hora de abandonar la iglesia. En tanto no encuentre
una salida al laberinto de ideas agachará la mirada y se centrará en la ele de Gilda.
—De acuerdo, este paraguas no es ninguna arma. Pero esto sí que dijiste que lo
era —dice Abel al mostrarle la flauta de madera.
—Exactamente no fue así.
La muchacha maldice en silencio la impertinencia del forastero. Ya son ganas de
discutir… A veces siente la mirada del muñeco sobre sí, pero no se atreve a enfrentar
sus ojos. ¿Qué podrá decirle después de haberle abofeteado y escupido con
anterioridad para salvar el pellejo?, ¿cómo va a confiar de nuevo en ella? Quizás si
estuviese en su lugar tampoco confiaría en una muchacha que se muestra tan
inestable como ella. Seguramente ha perdido para siempre la oportunidad de ayudar
al extranjero y, de paso, ayudarse a sí misma a vencer a Abel.
—¿Cómo fue entonces? —pregunta el joven.
—Tampoco tiene importancia.
—Hablaste de un flautista y unas ratas.
—OK, del flautista de Hamelin.
—Como prefieras. Aquí mandas tú, Debisí. Cuéntanos su historia. A Verona le
apasionan los cuentos, desde muy pequeñita. Seguro que le encanta.
—Prefiero que toque algo para nosotros —interviene la dibujante.
—Nena, pero si a ti te gustaba que Padre leyese cuentos…
—Ahora me apetecería escuchar algo de música —murmura alzando el lápiz.
—No le hagas caso, hombre. Háblanos de esa historia de las ratas.
—Ocurrió hace mucho tiempo en un pueblo, muy lejos de aquí —mira a la
anfitriona como si necesitase también de su permiso, y no solo el del muchacho—. La
población de ratas había llegado a ser tan numerosa que los habitantes del pueblo
estaban desesperados.
—Desesperados, ¿por qué?, ¿por las ratas?
—Toca para mí, por favor —insiste Verona, hastiada por la pantomima elaborada
por su compañero.
—Ni caso.
—Las ratas transmiten todo tipo de enfermedades, ¿sabes? Eran un verdadero
peligro.
—Menuda tontería, extranjero. Sin las ratas habríamos muerto de hambre hace
mucho tiempo.
Debisí entiende lo que ha querido decir el joven, aunque no puede evitar que el
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estómago se le revuelva, incómodo. Pese a que experimenta un asco repentino
tampoco se va a arrepentir de todo lo que ha hecho por sobrevivir. Porque él también
ha comido carne de rata. Mejor eso que comerse los cadáveres de sus hijas o el de su
mujer, como ha insinuado con anterioridad la pareja.
—Antes de los Años Críticos había toda clase de alimentos, de tal manera que
nadie se comía a las ratas. A lo mejor no lo recordáis. Sois demasiado jóvenes.
A Verona le duelen las palabras y le ofenden el recuerdo de aquellas comidas y el
hambre que despierta de inmediato. Y es que llevan demasiados días racionando la
comida como para admitir, así, de buenas a primeras, semejante tortura de
conversación. Así que se decide a insistir en la línea propuesta con anterioridad: sería
más conveniente que Debisí interpretase algo con la flauta. A ver si con un poco de
suerte, y ante tanta insistencia, Abel se enfada y la expulsa de la iglesia. Sería
realmente fabuloso.
—Nena, qué cansina eres —rumia su compañero—. Ya tuvimos bastante ayer.
El forastero les observa atentamente: primero a uno, luego a la otra, deseoso de
descubrir quién de los dos manda sobre la otra mitad de la pareja. Es consciente de
que si se equivoca al elegir, las consecuencias serán imprevisibles. Está a merced de
ellos y de un repentino brote de rabia. Y él lo único que desea es abandonar el
instituto cuanto antes. O no, quién sabe.
A lo mejor tampoco hay tanta prisa: en caso de liberarse y vencer a los jóvenes
podría vivir allí, por lo menos mientras la comida no se pudriera. En primer lugar se
daría un festín de lujo con el cadáver de Abel y luego disfrutaría del cuerpo de
Verona, hundiéndose a golpe de cadera entre sus piernas. Cuánto tiempo hace que no
abraza a una mujer… A juzgar por lo que ve la anfitriona tiene un cuerpo apetecible a
pesar de su delgadez.
Luego podría comérsela poco a poco, por partes: empezar con los brazos y seguir
con las piernas. Así, dejando el tronco para el final, prolongaría al máximo el uso y
disfrute de su coño, calentito como el cuerpo de una rata.
—Toca algo para mí —Verona arrebata la flauta a su compañero y se la entrega al
invitado.
—Si no le desatas, nena, no podrá —apunta Abel, masticando la rabia.
—¿Puedo hacerlo? —pregunta ella, los dedos ya sobre el nudo de la soga. ¿Debe
interpretar el silencio de su compañero antes de continuar?, ¿le está dando permiso
para liberarle o por el contrario se lo está denegando… y haciéndola responsable de
lo que ocurra a continuación? Se ha equivocado tantas veces al desentrañar su
mutismo que le importa bien poco errar una vez más.
Desata el nudo sin quitar ojo a Abel por si acaso se decidiera a emplear la navaja.
Con él nunca se sabe. Una vez libre el flautista, el desafío ya está lanzado.
—Será solo un poquito —aclara la anfitriona con objeto de aliviar en parte la
tensión que late dentro de la iglesia. O quién sabe si lo hace justamente para todo lo
contrario, para que el capullo de Abel estalle y se precipiten los hechos—. Por favor.
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Debisí se lleva la embocadura del instrumento a los labios. Antes de comenzar
pide permiso con una mirada al muchacho, que se mantiene hierático, casi una estatua
de bronce. Nada, ni el más mínimo gesto. Los segundos transcurren sin más mérito
que un silencio de funeral. La sangre se acelera.
Cuando advierte la señal de Verona para que empiece, Debisí sopla sobre el
instrumento. La obra es la misma de ayer, Syrinx. Las primeras notas, ingrávidas, se
elevan hacia el techo.
Antes de que la melodía hipnotice a la joven, Abel sale en su rescate: adelanta un
par de pasos en dirección al forastero y, con la palma de la mano, golpea
violentamente la flauta, de abajo hacia arriba. La embocadura se estrella contra el
obstáculo de los dientes. A pesar del dolor infligido y de la sangre que colorea las
encías, no ha conseguido su verdadero objetivo: partirle una pieza dental. El
evangelizador se lamenta por ello, ya le hubiese gustado.
Verona queda sin respuesta, atrapada en su miedo. Qué puede decir o hacer. Se
siente culpable, pues no en vano si el forastero hubiese hecho caso a Abel nada de eso
habría ocurrido. Pero tampoco moverá un solo dedo en favor de él.
La regla de oro de la supervivencia es el oportunismo, hacer lo correcto en todo
momento; y ahora lo que le conviene es canalizar la rabia de ambos bien lejos de ella,
que ni siquiera le roce.
—¡Jodida puta! —Ladra Abel para colmo de su desgracia. Por mucho que haya
intentado hacerse invisible, no ha dado resultado—. A lo mejor te gustaría follarte a
Debisí.
—La culpa ha sido mía —reconoce el músico. Aparta de inmediato la flauta a un
lado. Necesita que a la mayor brevedad posible entienda su deseo de colaborar.
Enojado, Abel camina de un lado a otro de la iglesia mientras sopesa la
oportunidad de comenzar ya la evangelización del forastero, sin más demora. Solo
será entonces cuando Debisí descubrirá que es él, Abel, quien manda allí.
Por descontado Verona se merece su propio castigo, eso piensa Abel, diferente al
del extranjero, eso sí, más sutil, menos violento. Por ahora le es imposible prescindir
de ella, por lo menos hasta que no encuentre una nueva compañera con que compartir
las noches de la euforia, el bautismo o las llamadas telefónicas. Hasta entonces
seguirá aguantando ese empeño de ella por tocarle a veces los cojones. Que tampoco
hay que ser tan jodidamente retorcida. Ya pensará en algo refinado.
—Verona, deja eso para otro momento —el evangelizador se refiere a la escritura
de las uñas—, y ponle al corriente de la vida de los otros.
—No podemos compartir a Marcovaldo con un extranjero —objeta.
—En tu circunstancia yo obedecería —la voz de su compañero se ha oscurecido,
igual que la letra de The End cuando se dice aquello de que el asesino se levantó
antes del amanecer.
—¿Ahora? ¿Quieres que le lea ahora?
Hay un instante en que Abel duda. Tal vez por eso se defiende tras la sonrisa: es
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su manera de ganar algo de tiempo. Está procesando la idea que ha tenido en ese
mismo instante.
Después de atar de nuevo a Debisí al pupitre, Abel hace una señal a su compañera
para que salga fuera. Los dos abandonan la iglesia. Es conveniente que el invitado
desconozca por completo lo que trama.
—Yo me quedaré en la iglesia con Debisí —comienza Abel la explicación de su
plan—. Tú harás el trabajo en el huerto. Cuando el sol alcance su punto más alto,
cambiamos de turno: yo subo a la azotea y tú te vienes a hacerle compañía al muñeco.
Tráete entonces el libro, ¿de acuerdo?
—Y le leo, OK, ¿hasta cuándo? No entiendo dónde quieres ir a parar.
—Pretendo que no duerma en todo el día. Hazme caso, será más divertido que
evangelizarlo directamente.
El muchacho le explica que si hacen turnos y se compenetran al llegar la noche —
o a lo largo de ella—, Debisí suplicará que le dejen descansar un rato. Es entonces
cuando será un placer escucharle.
—Me duelen las muelas —objeta Verona, irritada por la perspectiva de pasarse
horas enteras leyendo al forastero.
—Tampoco será para tanto, quejica.
—Tengo hambre —murmura. Ha cambiado de táctica en vista del escaso efecto
que ha tenido su anterior lamento.
Ahora la queja es sincera: llevan demasiados días comiendo lo mínimo, apenas
unos trozos de patata y media zanahoria, y en el mejor de los casos, unos gramos de
carne de rata. Sospecha que su estómago se ha convertido en un pozo negro donde a
poco que se descuide caerá para no salir jamás.
—Nena, mañana a mediodía comeremos, seguro —le promete. Pero lo hace por
decir algo; en realidad desconoce cuántas horas gastarán en evangelizar a Debisí a
través de un método tan lento como el propuesto. En el peor de los casos cabe la
posibilidad de que se prolongue más allá de veinticuatro horas. Toda una eternidad.
A mediodía, después de bregar con el huerto, Verona regresa a la iglesia. Por
supuesto, y tal como le había sugerido Abel, lleva consigo el libro. Eso no quita que
continúe enfadada por el hecho de utilizar a Marcovaldo en un juego tan sucio.
Obedecerá en previsión de males mayores, pero no porque le agrade la perspectiva de
estar leyéndole al forastero un par de horas seguidas.
Cuando accede al aula Abel relata al invitado cómo despejaron de infectados toda
la primera planta del país para habilitarla como zona neutral entre el infierno del
patio central y el cielo de la segunda planta.
—Por descontado —apunta para concluir—, todo fue idea de Padre.
—Aquí me tienes —dice Verona. Adelanta el libro.
Abel se acerca a ella y le roba un beso. A Verona no le apetece, tiene mal sabor de
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boca; pero antes de que tenga tiempo de apartarse, siente la lengua de su compañero
dentro su boca, violándola. Consciente de que será mucho más placentero si colabora,
responde con idéntica intensidad: muerde los labios de Abel y luego hunde su lengua
en la boca de él.
A qué negarlo. Hay un punto de exhibicionismo en la pasión con que se besan
delante del invitado.
—Ya está bien —protesta Verona al descubrir que Abel adelanta de nuevo la cara,
cada vez más excitado. Bajo la tela del vaquero ya es perceptible la turgencia de la
polla. Es el momento de parar o de lo contrario la pasión se desbordará y acabarán
rodando por el suelo sin reparar en Debisí.
Después de interesarse por el huerto Abel la conmina a empezar la lectura cuanto
antes. Le hace entrega de la Magnum. Según manifiesta regresará luego, a la caída de
la tarde; va a comer un poco de patata asada y se echará a dormir un rato.
Tan pronto como retumba el portazo en el aula de al lado, en la guarida, Debisí
toma la palabra para demandar su liberación. Mira a Verona a los ojos, qué mejor
defensa que un buen ataque. Cuanto menos tiempo disponga la anfitriona para pensar,
mejor que mejor. O eso piensa el músico.
—Por favor, suéltame. No volveréis a verme.
Pero ella hunde la mirada entre las páginas del libro y hace oídos sordos. Va a lo
suyo. No se arriesgará a enfadar a su compañero.
—Setas en la ciudad —lee el título del primer cuento.
—Verona, seguro que no eres como él —murmura.
Lejos de hacer efecto, ella eleva la voz. Necesita imponerse al lloro del forastero.
Aunque realmente está hecha un verdadero lío. Si contase con el valor necesario sería
ella quien escaparía del país. Lo que sucede es que lleva quince años sin poner un pie
fuera y no sabe si será capaz de sobrevivir en el extranjero ni hacia dónde escapar.
Con algo de fortuna se alejaría de allí, incluso podría salir de la ciudad. Pero luego…
¿qué?
—Déjame escapar. A cambio te regalo la flauta. Pero no me hagas esto, por favor.
—¿Qué no te haga qué? —pregunta en voz baja—. Mira, tío, ya has visto lo que
hemos conseguido antes. Por poco me descubre y te aseguro que Abel no se detiene
ante nada. Sé de lo que hablo. Créeme.
—Por eso mismo. Entiendo tu miedo. No te pido que lo hagas ahora. Dejemos
que se duerma y luego me liberas.
—No puedo hacerle eso a Abel. Él es todo lo que tengo, ¿sabes? Además, el
pobre ya tiene bastante con aguantar mis cambios de humor. Sin su ayuda
seguramente yo no estaría aquí hablando contigo. Habría muerto hace años. Abel
defiende la frontera del primer piso, caza ratas, trabaja en el huerto…
Verona se atreve a mirarle a la cara. El instante dura un segundo, pero parece una
eternidad. Debisí, que es bastante mayor que ella y tiene más experiencia, la
comprende: una cosa es lo que dice y otra muy diferente lo que piensa. Tan encendida
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defensa de Abel esconde, en cambio, una desesperada necesidad de recibir ayuda. Lo
que sucede es que el miedo la atenaza y se defiende. Comprensible.
Debisí se ha percatado del detalle: dispondrá de otra oportunidad cuando la joven
flaquee. De manera que será mejor esperar a que llegue ese momento. Por ahora se
conforma con sonreír y dejarla hacer.
Tan pronto como ella reanuda la lectura, Marcovaldo toma vida de nuevo. Los
hongos que este ha encontrado camino del trabajo son demasiado vulnerables. Han
crecido en un pedazo de tierra entre la acera y el asfalto. Es la razón por la que
Marcovaldo prefiere no desvelar su paradero, ni siquiera a su familia. Es su secreto y
no dirá nada a nadie hasta que no estén listos para ser recogidos. Gracias a una
oportuna noche de lluvia, a la mañana siguiente las setas han crecido. Lo malo, para
desgracia de quienes las ingieren, es que después de todo resultan venenosas. El
asunto no irá a mayores porque en el hospital les lavarán el estómago a tiempo.
—¿Quién te enseñó a leer? —interviene el invitado aprovechando el final del
cuento.
—Mi padre.
—¿Abel sabe leer?
La lectora se defiende tras el silencio. No es necesario ni oportuno cargar ahora
contra la cabezonería de su compañero por no aprender. Él nunca quiso y Padre no
fue capaz de hacerle cambiar de opinión.
—Tu padre estaría orgulloso de tener una hija como tú —apunta. El elogio al
adversario es un comodín demasiado fácil de utilizar cuando el otro lleva mejores
cartas que uno. Pero tampoco dispone de muchas más opciones, así que lo arriesga
todo a una estrategia tan obvia.
—Que conste que de Abel también lo estaba —contraataca Verona. El invitado no
tiene que saber que miente, por lo menos que miente en parte. Padre siempre se había
mostrado orgulloso de los dos y de cómo habían afrontado la supervivencia durante
los Años Críticos. Eso fue justo antes de su muerte.
Aquel orgullo dejó paso a la extrañeza y luego al miedo. Verona recuerda los ojos
de su progenitor. Es más, a veces sueña con ellos y con el final de sus días. Y siempre
que sucede, despierta soliviantada por el crujido definitivo.
—Un momento, ¿Abel es tu hermano? —En la mente de Debisí aún perdura la
imagen de esos besos que han intercambiado antes de separarse.
—De vacaciones en un banco —Verona lee el título del segundo cuento. Desoye
la impertinente pregunta del muñeco. Tampoco es un tema sobre el que le agrade
hablar y además pertenece a su intimidad.
—Nunca lo habría imaginado.
—De vacaciones en un banco —repite el título.
—¿Cómo es eso de follarse a tu hermano?
—¿Te puedo hacer unas preguntas? —Verona trata desesperadamente de cambiar
el rumbo de la conversación, puesto que lo de follarse a Abel es su problema.
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El invitado se encoge de hombros y aunque no dice que sí, tampoco se niega.
—¿Me podrías explicar qué es un tranvía? ¿Y un barrendero? ¿Y un caballo?
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DESPUÉS DE OCHO horas la resistencia de Debisí ha llegado al límite escuchando
las preguntas que Abel le formula de continuo y las historias de Marcovaldo que le
lee la muchacha. Hora tras hora, siempre lo mismo. Cuando menos esa es su
impresión, que ya no puede más. En distintas tandas la pareja ha compartido la
primera fase de la evangelización. Ellos están frescos y él, agotado, hambriento.
Hace tan solo diez minutos que ha regresado la muchacha con el libro de los
cojones. Ya está aburrido de Marcovaldo para aquí, Marcovaldo para allá. De verse
en la tesitura de tener que elegir a uno de los dos componentes de la pareja, la
prefiere a ella, cómo no. Es menos sádica que su compañero, novio, hermano, o lo
que sea. Cuando le acompaña Verona, al menos no tiene que oír las bestialidades que
le cuenta Abel, esas que practica con los enfermos cuando juega con ellos a la noche
de euforia.
Pero al cabo de unos minutos está en las mismas que antes: agotado física y
psicológicamente, y la cháchara de la lectora es una navaja que se hunde en su oído y
una barrena que le taladra la cabeza. No puede soportarlo más. Con que le
permitiesen descansar durante dos o tres horas tendría suficiente.
—Por favor —suplica Debisí en un hilo de voz, al borde del llanto—, por favor.
Inmune al dolor ajeno Verona lee sin descanso, un cuento tras otro. Las estaciones
descritas en cada uno de ellos se suceden ininterrumpidamente y con ellas los años
sin que, para regocijo del muñeco, Marcovaldo tenga un mal tropiezo y se desnuque o
fallezca por culpa de un infarto, el muy cabrón.
Sin embargo lo más duro, incluso más que la propia lectura en sí, es la tanda de
preguntas que le formula. Lo que necesitaría en realidad sería un descanso, y no ese
qué es esto y aquello, ¿qué es un tranvía?, ¿y un caballo?
Por si Debisí no tuviera bastante, le arden las muñecas por culpa del roce de la
soga y también la herida del hombro, producto del navajazo que le propinó Abel la
noche anterior. Eso sin mencionar el dolor de las piernas, dormidas hace tanto tiempo
que parecen medio muertas. Son dos sacos de arena sobre los que carece de control.
—Por favor —repite el extranjero, agotado.
Media hora después la voz de la chavala ha perdido parte de su propiedad
lacerante para convertirse casi en una anestesia. Así que, a falta de otra novedad, el
forastero se deja acunar dentro del sopor como si se arrebujase dentro de una cama,
bajo las mantas y en pleno invierno. Cuando más a gusto se encuentra, cuando las
palabras ya se han convertido en una música lejana que apenas le roza, siente un
golpe mínimo. Está calculado en su justeza para sacarlo de debajo de las mantas
imaginarias y devolverlo a la iglesia.
Ha sido Verona quien le ha golpeado con la puntera del zapato. Así que el muñeco
regresa de bruces al presente cuando ya empezaba a fantasear con la posibilidad de
que en la cama encontrase a Helen, su mujer. A causa del punterazo despierta un
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hormigueo doloroso dentro de las piernas, que repta por debajo de los muslos camino
de la cadera.
Abre exageradamente los ojos para demostrar que sigue despierto. Distingue un
bulto borroso a un metro de él. Las ideas se le desordenan. Es tal el grado de
desorientación mental que sufre que, por un momento, cree que Verona es su esposa y
que le está invitando a abandonar la cama para acudir al trabajo o para bajar a la perra
a la calle. Ha desandado el camino de los últimos quince años, y ni siquiera ha caído
en la cuenta.
—Helen, déjame un poquito más —suplica el extranjero con la misma
vehemencia de los días laborables, cuando pretendía prolongar durante quince
minutos más el placer de sumergirse en la cama. En un acto reflejo busca el
despertador con la mano derecha. Pero no puede moverla: está esposada junto a su
otra mano. ¿Por qué lo habrá esposado su mujer?
—No te duermas, cabrón, maldito hijo de puta.
—Solo unos minutos —desoye los insultos, a medio camino entre la realidad y la
fantasía elaborada por la duermevela.
—A Abel no le gustará. Tú no le conoces.
¿Quién es Abel? ¿El vecino, un compañero de trabajo, su cuñado? No recuerda a
ningún hombre que se llame así… bueno, espera un segundo. Sí, claro que lo conoce.
Joder, me cago en la puta madre que lo parió.
Debisí se desespera al aterrizar de golpe en su propio cuerpo y en el presente de
su martirio. Sigue amarrado al pupitre. Aunque siente ganas de llorar se contiene.
Tiene que evitar a toda costa que ella disfrute con sus lágrimas. Es lo único que le
faltaba, proporcionarle un placer extra. Pero verdaderamente se encuentra al límite.
—¿Qué es una autopista? ¿Y un periódico? —pregunta Verona, deseosa de poner
remedio a su ignorancia.
Durante unos minutos el forastero se sobrepone al cansancio y al sueño por
mediación de la rabia que mastica en silencio, como quien brega con un trozo de
carne más duro de lo normal. Parpadea varias veces seguidas y luego bosteza.
En ese instante Abel penetra en la iglesia. Se acerca por detrás a su pareja y le
regala un beso en la base del cuello.
La piel de Verona se eriza al instante. Abel sabe que le produce escalofríos, se lo
ha dicho cientos de veces y, joder, a pesar de ello continúa haciéndolo. Ella le
devuelve el beso, pero en los labios.
—¿Qué haces aquí?
—Se me ha ocurrido una idea —dice tirando de ella hacia afuera—. Juguemos a
halloween.
Verona cierra el libro y se deja querer. Para una vez que ni le duelen las muelas ni
tiene jaqueca, lo suyo sería aprovechar el momento. Podrían acercarse a la guarida y
follar durante un rato. La última vez que jugaron a la llamada telefónica,
concretamente anteayer, la cosa no acabó bien por culpa del enfado de Abel. Es hora
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de resarcirse.
Si no quieren dejar que el músico se duerma, podrían desnudarse y hacerlo allí en
la iglesia, delante de él. Pero Abel tiene otros planes para ella y el invitado.
—Nena, amordaza a Debisí.
—Olvídate de él y dedícame un rato —se lamenta la lectora.
—Haz lo que te digo.
Verona pide perdón al forastero con la mirada. Después hunde el calcetín en la
boca y anuda el pañuelo a la altura de la nuca. Tan pronto como el muñeco está
amordazado, Abel se acerca y le propina un puñetazo en el pecho, los nudillos por
delante, clavados sobre el esternón. El grito del músico queda anulado por efecto de
la mordaza.
—Si dejamos que se duerma ahora —explica Abel después de recetarle un
segundo golpe—, el trabajo realizado no habrá valido de nada.
Metódicamente despliega una de las varillas del paraguas y la clava de un golpe
en el muslo derecho del invitado, casi a la misma altura donde él resultó herido en el
vertedero del aula 16. La punta ha rozado el fémur y ha terminado saliendo por la
cara posterior del muslo.
La mirada del extranjero se disloca, suda copiosamente. Mueve la cabeza de un
lado al otro en un intento por negar la realidad, con la desesperación propia de quien
ya está infinitamente cansado y desea que lo dejen en paz. Sin embargo Abel ha
desplegado una segunda varilla.
—No, por favor —la voz del forastero está rota por el dolor.
—Tranquilo, extranjero, sé lo que hago.
Aún resuena el grito de Debisí por el ala oeste cuando los dos jóvenes se introducen
en el aula 34. Allí, en unas cajas de cartón se esconde un verdadero tesoro. Sin lo que
albergan en su interior sería imposible divertirse con el juego de halloween. Además,
para disfrutar al máximo del mismo, se necesita a un tercer jugador: el muñeco.
En ocasiones han complementado el juego con un buen polvo y han retozado en
la cama sin quitarse el disfraz. O se han buscado y encontrado a lo largo de toda la
segunda planta del instituto. Pero la variante más satisfactoria de esta diversión es la
del tercer jugador.
Después de bregar durante un rato con la maraña de ropa que hay dentro de las
cajas, cuando Verona ya piensa que sería más provechoso regresar junto al invitado,
encuentra lo que buscaba. Justo lo que buscaba. Tira de la tela hacia arriba mientras
los ojos quedan hipnotizados por la negrura de la prenda. Ahí está. Sonríe para sí
misma, satisfecha.
Por su parte Abel ya se ha disfrazado: viste uniforme oscuro y casco metálico,
coronado por la leyenda fireman. Observa cada botón y cada línea de la chaqueta,
maravillado.
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Seguramente la pareja exprimiría todo el sabor del juego si supiesen qué
demonios representa cada disfraz, pero Padre nunca consistió que sacasen la ropa de
las cajas del aula 34. Así que solamente fue después de su muerte cuando gozaron de
la libertad necesaria: revolvieron la ropa, dejándose seducir por los tejidos y los
diseños. Sin el conocimiento de Padre, el verdadero significado de aquella ropa se les
escapaba. Aunque nunca les ha importado demasiado semejante desventaja. La
cuestión es disfrazarse.
—¿Qué te parece, cariño? —pregunta Verona, que ha escondido sus formas bajo
el hábito de monja de color negro que ha elegido.
De no ser porque cada ropa y sus distintos complementos están numerados, a
Abel y Verona les resultaría imposible emparejarlos. A buen seguro habrían
combinado la chaqueta de un frac con los pantalones blancos de un marinero, o las
zapatillas y mallas de una bailarina con una camisa a cuadros de leñador.
—Nena, ¿sabes que me gustas mucho con ese halloween?
Tras varios minutos Verona encuentra los complementos del hábito: la toca blanca
que le cubre ahora la frente, el manto negro que cae a lo largo de la espalda y el
colgante con la aparatosa cruz de madera. Ya está dispuesta y preparada para
divertirse un buen rato. A pesar de la delgadez y la cara demacrada Verona resulta
una monja de lo más atractiva. De acuerdo, necesitaría lavarse la cara para mostrarse
más radiante, pero el bombero que tiene a su lado apenas repara en un detalle tan
insignificante. A Abel ya le arde el cuerpo por dentro. Y es que es verla disfrazada así
y de inmediato le asalta el recuerdo de los gemidos de Verona cuando hacen el amor,
el hábito remangado sobre la cintura, el triángulo del vello púbico arado por los dedos
y la capilla de la vagina envilecida por los escupitajos lubrificantes, preparatorios
para la profanación definitiva.
Quizás se han entretenido más de lo necesario en el aula 34, quizá no han calculado el
grado de cansancio del forastero. Pero lo cierto es que cuando regresan a la iglesia
Debisí se ha dormido. O eso esperan, que solamente se haya dormido. Sería una
putada que se hubiese muerto. Por una parte Verona lamentaría la oportunidad
perdida de que al liberar al extranjero, este la ayudase a huir y así abandonar de una
vez por todas a su pareja. Y por otra, Abel lloraría la ocasión perdida de evangelizar
durante más tiempo al músico.
Aguzan el oído y observan con atención. Joder, sí, el muñeco respira. Menos mal,
únicamente se ha quedado dormido. Sonríen en silencio. Por supuesto al invitado más
le valdría haberse muerto.
Con parsimonia, midiendo cada paso, Abel se aproxima a su víctima. Tiene todo
el tiempo del mundo. De esta manera evitará que un ruido traicionero la despierte a
destiempo. Quiere disfrutar al máximo la maldad que se le ha ocurrido.
Cuando está a un palmo de la cabeza del invitado, sonríe a la monja y sacude la
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mano en un gesto inequívoco: ya verás, ya verás, parece decir. A continuación hincha
los pulmones al máximo. Has de esforzarte, Abel. Un poco más.
Las costillas se dilatan para dar cabida al mayor volumen de oxígeno. Luego grita
con todas sus fuerzas sobre el embudo de la oreja.
El despertar del durmiente resulta casi doloroso. El regocijo del bombero es
directamente proporcional al espanto del otro. Únicamente hay que observar esos
ojos, aterrorizados, mirando a un lado y a otro, a punto de salirse de las órbitas, para
acabar rodando por el suelo muertos de la risa.
La angustia y la desorientación de Debisí buscan a su alrededor una respuesta
coherente mientras el cerebro se despierta a marchas forzadas, arrastrado por el dolor
del tímpano. ¿Qué ha sido eso? Piensa en la horda de muertos. Sospecha que los tiene
de nuevo pisándole los talones y trata de huir. Pero cómo va a correr si las piernas son
dos sacos de arena. Las tiene completamente dormidas; o más que dormidas, medio
muertas. Seguidamente cae en la cuenta de que se enfrenta a un peligro, si cabe, aún
mayor que el de los infectados: Abel y Verona.
Comprueba que la mordaza se ha empapado de sangre. Piensa en algún tipo de
hemorragia interna. A juzgar por la cantidad de sangre sospecha que no es culpa del
golpe que recibiera anteriormente en los dientes con la embocadura de la flauta, sino
producto de los dos puñetazos que el muchacho le propinó en el pecho.
Al principio la tela del calcetín era áspera, tanto que temió que le secaría el
paladar y la lengua, que moriría marchito por dentro como una flor que se arruga por
la falta de agua. Ahora la sensación es mucho más angustiosa. Hinchada por la
sangre, a Debisí se le antoja que es una segunda lengua que hubiese anidado dentro
de la boca, con la diferencia de que es el triple de grande que la suya. Para colmo de
males el sabor de la sangre le provoca arcadas. Si no consigue reprimirlas a tiempo a
lo mejor termina vomitando por la nariz.
Cuando el dolor del tímpano martillea el cerebro, un temblor le asalta a traición.
Joder, lo que le faltaba ahora. Y es que en ningún caso pretende conceder ninguna
ventaja a ese hijoputa de Abel, sabedor de que no ha de derrumbarse, de que ha de
mantenerse firme si pretende arredrar al chaval. Se mofará de él si descubre el
temblor que le ataca las manos.
De un tirón Abel extrae las dos varillas que ha clavado antes en los muslos. Un
redondel de sangre crece alrededor del centro de la herida, manchando los vaqueros.
Luego le retira la mordaza.
—Como te has dormido, hemos venido a castigarte.
Es en ese instante cuando Debisí repara en los disfraces de bombero y de monja.
A duras penas logra reprimir una sonrisa. Nunca ha visto nada igual. Sin la figura
paterna los dos chavales carecen de límites y, debido a ello, son capaces de hacer
cualquier cosa con tal de combatir el aburrimiento. Debisí sospecha que esas vidas
encerradas entre los pasillos y las aulas del instituto precisan de la dosis necesaria de
adrenalina cada cierto tiempo para escapar al tedio diario. Si pensase en ello durante
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un segundo les tendría compasión, e incluso llegaría a comprenderles, acaso
justificarles. Pero en realidad, la supervivencia es egoísta. Que los follen, joder.
Además, el cansancio que ha acumulado en las últimas horas pesa sobre sí tanto
como la inmensidad de un océano. Pero sí, en cierta manera, los chavales son dignos
de compasión.
Abel adelanta las tijeras de podar mientras asegura al forastero que no le va a doler,
que tampoco vaya a pensar mal. En realidad todo eso lo hacen pensando en él.
—Solo será un pelado y un afeitado higiénicos —anuncia antes de alcanzar la
cola de pelo con la mano izquierda.
De dos certeros tijeretazos Debisí es desposeído de la melena. Abel la muestra
triunfante a su compañera. Luego la arroja al suelo. Lo que realmente le duele al
forastero no es que piensen por él, ni siquiera que todo ese pelo que conservaba sin
cortar desde la muerte de sus hijas yazca a un par de metros. No, lo que le aflige son
las risas que cruza la pareja, los comentarios despectivos que los dos dedican a la
fotografía de Helen, su esposa, y que el muchacho se limpie la suela de los zapatos
sobre el animal muerto que es su cabellera.
—Ahora hasta podría pasar por un hombre —ladra el evangelizador y se lleva la
mano a los huevos. A continuación acerca las tijeras a la barba. Le desposee de buena
parte de ella—. Así está mucho mejor: antes, con tanto pelo, parecía un animal y no
una persona.
Con objeto de que Debisí disponga de la posibilidad de manifestar su postura o
quejarse tanto como crea oportuno, Abel lo libera de la mordaza.
—Tengo sueño —es lo primero que dice el músico—, por favor, dejadme dormir
un rato.
La sangre que anega su boca se desbarranca por la comisura de los labios.
—Acabaremos en breve, te lo prometo. Luego dormirás cuanto quieras.
Verona arrebata las tijeras a Abel. Las acerca a los tobillos del prisionero. En
vano este trata de mover los dos sacos de arena que tiene por extremidades.
—Shhh, estate quieto, hombre —le riñe.
—Chicos, dejad que me vaya, por favor.
Con las tijeras de podar abre de abajo arriba las perneras de los pantalones hasta
llegar al límite de la correa, que también corta. Adiós a los vaqueros acampanados
que han acompañado al extranjero desde que los tomara prestados de una tienda hace
casi dos años y seis ciudades al norte. En tiempos como estos pueden escasear los
víveres, incluso el agua; pero siempre habrá ropa a la completa disposición de los
supervivientes. Basta con encontrar la tienda adecuada.
Las piernas y la ingle de Debisí, llenas de vello, han quedado al descubierto, y
con ello los dos cráteres sanguinolentos excavados por sendas varillas del paraguas.
Después de la hemorragia inicial ahora apenas sangran. Por fortuna para el extranjero
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no han afectado a ningún vaso importante.
—No te muevas —le advierte Verona—. Será peor.
Como en un primer momento se ha temido lo peor, Debisí observa con agrado
que Verona está lejos de atacarle y que únicamente se dispone a limpiar las heridas
con un trapo limpio. Es un gesto de agradecer. Del bolsillo trasero de los pantalones
la muchacha extrae dos monedas y se las muestra. De inmediato las reconoce: son
monedas de curso legal, o al menos lo eran antes del Desastre. Durante un segundo se
flagela pensando que, quince años atrás, él tan solo contaba veinticinco primaveras.
Nada más que veinticinco. La vida era, en aquella época, cuando menos tan dulce
como una tarta de queso. Un pensamiento lleva al otro, y este segundo a un tercero,
de modo que el hilvanado de los mismos le guía hasta la imagen de su esposa,
afanada en la cocina, arremangada hasta los codos. Helen preparaba tarta de queso
cada vez que se acercaba una celebración, ya fuese el cumpleaños de las niñas o el
aniversario de boda. En ese instante Debisí recupera el olor de sus manos y el de su
cuello cuando la besaba por la espalda.
—A ver si se empalma el muy cabrón —es la voz de Abel. La reprimenda va
dirigida contra ella y no contra él.
La casualidad o, quién sabe si el torrente de los recuerdos convocados, esa
imagen de su mujer tumbada a su lado en la cama, el olor de su sudor mezclado con
el del tabaco, terminan despertando la sangre de su entrepierna cuando en realidad
debería permanecer empantanada en las piernas. De esa manera el bulto bajo el
calzoncillo crece alarmantemente. La cercanía al mismo de las manos de Verona, que
en ese instante coloca las monedas sobre el orificio de las heridas y se esfuerza en
vendarle las piernas, le excita. En vano se esfuerza por reprimirse.
—Serás cabrón —ruge Abel antes de castigar la deslealtad de su miembro con
dos bofetadas, una en cada mejilla.
—Lo siento, chico.
—Déjale en paz —interviene la muchacha.
—Por edad, Verona podría ser tu hija, capullo. No la mires así.
Tiene gracia, piensa Debisí en cuanto se sobrepone al escozor de las mejillas y a
la vergüenza que le inflige la dureza imprevista de su polla. Tiene gracia —es casi un
chiste— que quien le eche en cara su actitud sea él, Abel, que se folla a Verona a
sabiendas de que es su hermana. Aun así, de momento será más prudente permanecer
calladito, aunque la rabia que le trepida en el estómago es un volcán que amenaza con
la inminencia de una erupción. Lástima que no disponga de la oportunidad necesaria
para liberar ese magma que le consume.
Precipitadamente, y sin mediar explicación, Abel abandona la iglesia. Verona y el
prisionero escuchan cómo no muy lejos de allí el muchacho rompe una ventana. Al
cabo de un minuto regresa. Trae un puñado de cristales en el cuenco formado por las
manos.
—Cariño, ¿qué piensas hacer?
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De antemano ella teme la nueva ocurrencia de su pareja. Lo conoce demasiado
bien. La respuesta del joven se hace de rogar. Abel machaca los cristales con el tacón
de la bota con objeto de fragmentarlos todavía más.
—Vete a descansar, Abel, que yo me quedo con el forastero jugando a la vida de
los otros —es un intento a la desesperada de Verona por anticiparse a la nueva
maquinación de su compañero.
Nada, da el mismo resultado que hablar con una pared o con alguno de los
muertos del patio. Abel recoge el calcetín que con anterioridad ha servido para
amordazar al invitado. Lo rellena con los cristales y luego ordena a Debisí que abra la
boca.
Como ha previsto, el extranjero se resiste. Así que le regala un codazo a la altura
del oído derecho. Aunque el mensaje es indiscutible el evangelizador aventura una
explicación.
—Será mejor que colabores. De lo contrario Verona te arrancará los dientes.
Para seguir con la función y no verse sorprendida en un renuncio por Abel, la
interpelada muestra su cara más agresiva: arruga el entrecejo y afila la mirada.
Menuda función de teatro. Lo que diga el escenógrafo va a misa. Ella es una simple
actriz en este drama.
Ante la negativa del músico a abrir la boca el muchacho le clava la navaja de las
cachas rojas en el tobillo. Nada, visto y no visto. El grito del muñeco rebota a un lado
y a otro del aula. A poco que el torturador gire la muñeca y la hoja rasgue el hueso,
multiplicando así por mil el dolor causado por la nueva herida, la resistencia del otro
se viene abajo.
Antes de que al chaval se le ocurra alguna otra barbaridad el reo abre la boca,
circunstancia que aquel aprovecha para introducir el calcetín erizado de cristales.
Apenas cabe dentro debido a su tamaño, de modo que a poco que apriete la
mandíbula se cortará.
Abel ata el pañuelo. Cuida de que el nudo quede bien fuerte detrás de la nuca. Ya
está listo. Ahora sí que no se quejará más.
—Mira que eres cafre. ¿Esta mañana no pretendías evangelizarlo por medio del
cansancio y de la falta de sueño?
—Eso era esta mañana.
—Acaba con él entonces. Ya me he aburrido de todo esto —apunta. En realidad
es un farol, una carta a doble o nada. Podría salirle mal y que Abel haciéndole caso
abreviara el trance, que es justo todo lo contrario de lo que desea.
—Si todavía queda lo más excitante —objeta el chaval—. Mira, ya verás.
—Quiero irme a la guarida, tengo cosas que hacer. Por favor.
—Antes me dijiste que hoy no te dolían las muelas, ni la cabeza… así que, si no
te importa, te quedas con nosotros —sugiere. Cuanto más dulce es el tono empleado,
más amenazador suena—. Además, nena, al muñeco le gusta que estés aquí, ¿a que
sí?
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Debisí afirma con un golpe de cabeza. Qué otra opción le queda. A saber lo que le
ocurrirá si hace lo contrario.
De pronto, cuando Verona teme que procederá de manera similar a otras
evangelizaciones, que lloverán los golpes sobre el prisionero sin mediar palabra, Abel
se divierte con los prolegómenos e introduce una variante en el juego. Nada de esto
estaba en el guion previsto.
—Te concedo una oportunidad de escapar —le informa al muñeco. Con las tijeras
de podar corta la soga justo por la mitad—. Te regalo una ventaja de ciento veinte
segundos. Después iré a por ti. Eres libre.
Pero las piernas del flautista, ya sea por el dolor de las heridas, por el cansancio o
porque llevan dormidas desde hace siglos se niegan a responder. Le es imposible
ponerse de pie por mucho que lo intente.
1,2,3,4,5…
Los segundos juegan en su contra. Abel procede a contar siguiendo un ritmo
implacable, ni muy deprisa, ni demasiado lento, tal como acostumbra a hacer. La
sonrisa que asoma a la comisura de los labios le delata. Está divirtiéndose, está
jugando con el muñeco.
… 41, 42, 43, 44, 45…
Verona no sabe qué hacer. El forastero se debate entre un desesperado intento por
mover las piernas y las ganas de llorar. Vuelca el cuerpo hacia un lado y empieza a
arrastrarse con la ayuda de los brazos.
… 76, 77, 78, 79, 80…
Verona observa a Abel, y este a su vez al muñeco. El margen para escapar es cada
vez más pequeño. Resulta patético asistir al intento de huida de Debisí. El cementerio
en el que se han convertido sus dos piernas le impide avanzar con mayor rapidez. Así
no lo conseguirá.
… 101, 102, 103, 144, 105…
Es demasiado tarde cuando la sangre comienza a vivificar los músculos, las
articulaciones, las piernas. Lamentablemente el tiempo se ha consumido.
… 116,117,118,119,120.
Verona mira a su compañero, que adelanta un paso en dirección al reo. Sacude la
cabeza y arruga el entrecejo de manera preocupante. A saber qué ideas bullen en el
interior de esa cabeza.
Abel anuda una de las mitades de la soga en torno al puño derecho, cerrado sobre
sí mismo. La otra mitad de la soga la utiliza para atar la izquierda a la pata del
pupitre. Luego alcanza el mazo True Temper que suele utilizar con probada destreza
en las noches de euforia. Con la ayuda de la bota pisa la mano derecha. Se escupe en
las manos y aferra con fuerza el mazo.
—Acaba pronto —ruega la muchacha.
Los ojos del prisionero se dislocan al comprender la intención del evangelizador.
Abel levanta la herramienta por encima de la cabeza. Debisí suda copiosamente y
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niega con la cabeza. Si tuviese suerte, el corazón se le griparía y caería fulminado a
causa de un infarto. Con la mirada demanda la ayuda de Verona, que en ese momento
agacha la cabeza y vuelve la cara. Ya sabe lo que ocurrirá a continuación.
Debisí escucha el frenesí de la sangre, el eco de su propio cuerpo, mientras se
encomienda a ese Dios en quien nunca creyó. Rezaría el Padrenuestro si se acordase
de él. No sabe si volver él también la cara o mirar directamente al muchacho a la
espera de la oportuna clemencia. A poco que apriete la mandíbula se clava los
cristales de la mordaza.
Ajeno a la angustia de uno y a la reprobación de otra, Abel sigue adelante con su
plan: ajusta el movimiento, la trayectoria del mazo para que el golpe percuta sobre los
nudillos. Bajo los cinco kilos de peso de la cabeza de acero, proyectados con toda la
potencia de su rabia, los huesos se quiebran con la facilidad del cristal. Múltiples
fracturas abiertas dejan completamente inutilizada la mano. La descarga de dolor
atraviesa a toda velocidad la base del cráneo.
En un acto reflejo el muñeco aprieta la mandíbula. Los cristales asoman sus
aristas por entre la tela del calcetín y se convierten en otro tormento más: roturan el
paladar, escarban en las encías, arañan los dientes. Gritaría si pudiese… si no lo
impidiese la mordaza. La garganta casi se le raja del esfuerzo invertido inútilmente en
vencerla.
Aunque Debisí sospecha que no soportará otro golpe igual está muy equivocado.
Porque eso es tan solo el principio del fin… y ese primer golpe no es más que un
aviso. Nada más.
Se encienden todas las alarmas. Ya no resiste más, piensa el extranjero, desea
rendirse definitivamente. Sin embargo el cuerpo le niega la dignidad de morir con
entereza. La corpulencia del dolor le hace perder el control: se vuelve a orinar
encima. Ahora, sin la defensa de los vaqueros es más evidente el charco de color
amarillento debajo de sus piernas. Lo que en circunstancias normales no sería otra
cosa que una prueba más del advenimiento del final, ahora se convierte en algo
agradable: al menos el líquido está caliente y huele de forma diferente a la sangre.
—Por favor, Abel —suplica la monja Verona.
Antes de que el reo consiga rehacerse, cae el segundo mazazo. Ya no queda
ningún hueso de la mano que quebrar: están todos desmigajados. La entereza del
extranjero es un edificio en plena demolición, se viene abajo, no al dictado de grúas y
excavadoras, sino al del mazo de derribar paredes.
Por un instante pierde la vista y hasta la conciencia. Los ojos han quedado en
blanco. Las pupilas se han eclipsado por el infierno que ha hecho saltar por los aires
todo el sistema nervioso.
¿Dónde está? ¿Quién es él en realidad? Ese cuerpo no es el suyo, sino el de un
muñeco. Es más, esa masa de carne, similar a la de una hamburguesa cruda, no es su
mano. No puede serlo porque es incapaz de moverla. Será la cena, una suculenta
hamburguesa bañada en ketchup. Pero el engaño de la mente dura menos que un
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parpadeo. De pronto es capaz de contestar las preguntas de antes: está en ese maldito
instituto y él es un pobre desgraciado en manos de la pareja de jóvenes.
Igual que ha ocurrido con anterioridad, cuando ha visto las dos monedas de curso
legal que Verona ha empleado para taponar las heridas de los muslos, se acuerda de
su mujer e hijas. Es lógico.
—Helen, ya no puedo más. Encierra a las mellizas. No quiero verlas.
Sería más deseable que recordase a Helen afanada en la cocina, preparando una
tarta con que celebrar el aniversario de boda. Pero no es así: están sentados en el
suelo de la cocina, uno a cada lado del frigorífico. Este enseña sus tripas vacías, las
baldas desiertas. Debisí no ve a Helen, por culpa de la puerta abierta del
electrodoméstico, dado que se interpone entre ambos. Le estorba y se decide a
cerrarla.
El portazo en su mente coincide con el tercer golpe de True Temper. Un
verdadero terremoto. Le dolería menos la pisada imprevista de un elefante. Muerde el
calcetín sin importarle los cristales, el destrozo que le causa en el interior de la boca.
Varios cristales atraviesan el cielo del paladar y otros tantos se estrellan contra la
barrera de los dientes. Mientras tanto, el corazón se dispara a mil por hora, al límite
mismo de la resistencia humana. Como le ha sucedido con anterioridad, la conciencia
parpadea, va y viene, como una bombilla a punto de fundirse.
Sangre, solo queda la sangre. Las ideas se licuan en su cerebro igual que un
helado al sol. Debisí naufraga sin saber a dónde aferrarse. Los huesos, puro polvo de
escayola, se han fundido con la carne y con la soga. Todo es una pulpa sanguinolenta,
más parecida a una pizza que alguien hubiese pisoteado que a una mano. Esta
prácticamente ha desaparecido.
—Helen, ya no puedo más. Encierra a las mellizas. No quiero verlas. Sus cuerpos
esqueléticos, sus ojos. Helen, se nos mueren.
En el recuerdo Debisí se ha levantado, avanza con dificultad por la casa. Entra en el
dormitorio de las niñas. Parece que duermen plácidamente a primera hora de la
mañana. Como no puede engañar a la realidad cierra de golpe la puerta.
Ha explotado el cuarto mazazo. Con el impacto, pedazos de carne, sangre y polvo
de huesos salen despedidos y manchan el uniforme del bombero y el hábito de monja.
La poca resistencia de la pulpa resultante tras los tres golpes de mazo anteriores
posibilita que la cabeza de acero impacte directamente contra la solería, que se
quiebra con el impacto.
Desencajada, la mirada del invitado roza la cruz de madera que completa el
disfraz de Verona y que pende de su pecho. Es momento de arrepentirse, Debisí, se
recrimina a sí mismo. Pero la luz de la conciencia le abandona por momentos sin
concederle margen a nada más, salvo sentir cómo es incapaz de retener las heces
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dentro de los intestinos.
¿Qué diría su esposa si le viese en semejante estado? Sin duda alguna le regañaría
si le viese cagado igual que un bebé, barrunta en mitad del oleaje. Pero se hunde. Por
fortuna vuelve a salir a flote. Y se hunde de nuevo, un poco más abajo, y consigue
remontar y regresar a la superficie de la conciencia.
—Helen, ya no puedo más. Habrá que sacarlas de la cama y enterrarlas en el jardín
antes de que sea demasiado tarde.
Debisí carga al hombro con el cuerpo inane de Laura, después con el de Gilda. Ahí
en medio, tumbadas sobre el césped, parece que estuviesen tomando el sol, como
gustaban de hacer en verano.
—Acaba de una vez.
No sabe qué diablos pretende Helen al decirle eso. A resguardo por la valla de
madera que rodea el jardín tampoco hay tanta prisa. Además, las mellizas no
despertarán, ni siquiera en mitad de la muerte. Hace días que anuló tal eventualidad
con un certero golpe de destornillador en la nuca.
—Acaba de una vez.
Habrá que cavar bien hondo para que los muertos no las encuentren.
—Acaba de una vez.
Ahora no es la voz de Helen la que le conmina a abreviar el trance del entierro de
las mellizas, sino la de Verona. Es su voz, la de ella, la que le indica al reo el camino
hacia la superficie con la cualidad de un faro en mitad de la niebla.
—Se ha cagado encima, nena. Qué tío más patético.
Una lágrima asoma por la esquina del ojo. A pesar de las manchas de sangre la
lágrima consigue abrirse paso mejilla abajo. Si pudiese Debisí borraría su rastro con
el dorso de la mano, por lo menos para robarle a Abel la ocasión de mofarse de su
debilidad. Pero es imposible que lo haga: tiene la mano izquierda amarrada al pupitre
y la derecha hecha papilla.
—Mira cómo se ha puesto. Joder, qué peste.
Menos mal que el extranjero es incapaz de enfocar la mirada. Así evitará ser
testigo de cómo, con una mueca de asco, Abel se limpia las salpicaduras de sangre
del rostro para acto seguido hundir una mano en las heces.
Por si no hubiese tenido suficiente castigo con el pelado y afeitado degradantes,
con las indiscretas preguntas acerca de las muertes de Helen y las niñas, con la farsa
de la cuenta de los ciento veinte segundos, ahora Abel pretende multiplicar por mil la
humillación al restregarle la mierda por la cara, por el pelo.
Debisí cierra los ojos antes de que sea demasiado tarde. A lo mejor, de no haberlo
hecho —quién sabe—, Abel se habría conformado con eso, con restregársela por el
rostro. El hecho de cerrar los ojos ha sido un acto reflejo. Y ello le ha condenado a la
humillación definitiva. El muchacho se afana en que las heces taponen la chimenea
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de la nariz. A causa de ello, el hedor le abofetea sin piedad y alcanza el tuétano de los
huesos.
Sin embargo, es tal el grado de desesperación de Debisí que agradece, al igual
que sucediera antes con la orina, que el olor untuoso de la mierda anule el ferruginoso
de la sangre. Algo es algo.
—Acaba con él, por favor —es lo último que escucha de boca de la monja
Verona, antes de descansar en el fondo del océano de su cordura. Por fin reposa,
acurrucado igual que un niño indefenso, sobre la arena imaginaria de la
inconsciencia.
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EL NAÚFRAGO DE la mente regresa por donde ha venido. Lo primero es la
desorientación: ¿dónde está? ¿Cuántos años o siglos lleva perdido? Después vendrá la
constatación de que la garganta y el estómago forman parte del mismo desierto:
necesito un buche de agua. Por el amor de Dios, todo por un buche de agua.
La luz que presiente más allá de la negrura acogedora impuesta por los párpados,
cerrados como persianas metálicas, le anima a continuar hacia adelante. Da igual que
desconozca hacia dónde se dirige. Pero pronto tropieza con una enorme piedra: el
dolor. La mano, joder. Todo el dolor converge al final del brazo. Lucha por dominar
la tormenta que se desata en cuanto hace amago de moverse. Pero ¿a dónde va si no
puede huir? Por mucho que lo intente es incapaz de mover los sacos de arena que
tiene por piernas.
De pronto se descubre sucio, sentado sobre sus propias heces y orina. Y luego
recuerda a los dos anfitriones: uno vestido de bombero, la otra de monja. Y como si
se pudiesen materializar sus miedos, escucha pasos que se aproximan a su posición.
Cuando abre los ojos allí está Verona, enfundada aún en el hábito.
Por fortuna ella le ha quitado la mordaza y puede mover la lengua. Más
complicado resultará que articule palabra alguna. En cuanto lo intenta y abre la boca,
por la comisura de los labios fluye la sangre. Juraría que es sangre. Es eso o que está
escupiendo los pulmones directamente por la boca.
—Buenos días —dice la monja de mentira. Trae algo sobre el hábito que, a tal
efecto, ha recogido a la altura de la cadera. Se acuclilla a su lado. Con una de las
mangas del hábito, le limpia el rostro de restos sanguinolentos, sudor y heces—.
¿Cómo estás?
Si Debisí pudiera moverse, la mataría. Aunque no sea otra cosa más que un ejercicio
de sadismo que no conduce a nada, el músico imagina que las piernas le responden y
que golpea con la rodilla la espalda de la hermana Verona. Que esta cae y empieza a
llorar, y que cuando pretende incorporarse, le regala un nuevo rodillazo, en esta
ocasión en plena cara. Que le rompe la nariz. El grifo abierto de sangre subrayaría su
triunfo. Pero la sangre no es de ella, sino de él. Se desbarranca barbilla abajo en
cuanto hace el más mínimo intento por hablar.
—Shhh, no hables. Te ayudaré a comer.
Debisí niega con la cabeza. No es comida lo que le apetece. Cuando logra
reponerse al dolor de las encías y del paladar, regurgita una palabra apenas
entendible: agua. Menos mal que la muchacha le ha entendido.
Cuando regresa a la habitación, la monja trae un vaso de plástico. El agua roza los
labios y se desliza por el sumidero de la garganta. De inmediato el forastero siente
que renace por dentro. Es un placer indescriptible para un náufrago como él.
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—Bebe poco a poco, o te sentará mal.
Saciada la sed, se atreve a levantar la mirada en dirección a la hermana Verona.
Lamentablemente se encuentra tan débil que está a su merced. Solo le resta desear
que sea más rápida que su compañero a la hora de acabar con él.
—Antes voy a limpiarte —explica mientras le hace entrega la cruz de madera de
su disfraz. Los ojos de Debisí le miran agradecidos.
La primera misión de Verona ha de ser quitarle el calzoncillo. De debajo del
hábito extrae la navaja de las cachas rojas. Ante el temor de una nueva agresión, el
prisionero vuelve la cara hacia el lado contrario y comienza a temblar.
—Descuida, no te haré daño.
Retira el calzoncillo. Hace tiempo que perdió la vergüenza y ver a un hombre
desnudo tampoco tiene tanta importancia para ella. Por otra parte, el miembro del reo
tampoco difiere gran cosa del de Abel y del de otros muñecos que ha tenido ocasión
de desnudar durante el proceso de evangelización.
—No se lo tengas en cuenta a Abel —se disculpa—. Mira, todavía no ha roto las
fotografías de tus hijas ni la de tu mujer. Hubo un momento ayer en que creí que lo
haría, fíjate.
Verona empuja el cuerpo del extranjero a un lado y se afana en recoger las heces
y en secar el suelo con unos periódicos viejos.
—En ocasiones le entiendo —continúa diciendo—, a Abel digo. Ni te imaginas lo
que hemos pasado juntos aquí dentro. Era un renacuajo cuando todo sucedió, ¿sabes?,
y eso debe haberle trastornado.
Luego, con extremo cuidado, Verona le vuelve boca abajo y le limpia el trasero y
las piernas.
—Así estás mucho mejor —admite antes de girarlo de nuevo—. ¿Dónde va a
parar?
—Grrr… gra… a… cias —murmura Debisí con dificultad.
—Sobrevivimos durante años los tres juntos: Padre y nosotros dos. Por mi parte
siempre he intentado molestarle lo mínimo y aunque le comprendo, mis sentimientos
cambiaron cuando…
Verona se detiene antes de que sea demasiado tarde. Tampoco ha de llevar la
sinceridad hasta el extremo de contar lo que desea silenciar. Se apresura a cubrir la
desnudez del invitado enfundándole una falda a cuadros de reminiscencia escocesa
que ha elegido del interior de las cajas de los disfraces. Aunque Debisí lo tomará por
una humillación más, una de tantas, no es esa la intención de la muchacha. Solamente
ha apostado por la comodidad, nada más.
Cuando Debisí engulle el último trozo de patata, agradece a su benefactora la ayuda
recibida con una mirada y le devuelve la cruz de madera. Aunque la deglución ha
resultado en extremo dolorosa por culpa de las heridas de la boca, Debisí necesitaba
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comer y beber un poco. Así que es normal que ahora se encuentre algo mejor. Bueno,
eso siempre y cuando se olvide el dolor de la mano, o de lo queda de ella después de
que Abel se la haya triturado con el mazo.
—Espero que sepas comprenderme —susurra la muchacha al oído del reo—. Si
pudiese te salvaría. Pero tendrás que hacerlo tú solo, por tu propia cuenta.
Contradiciendo sus propias palabras, en cuestión de segundos le desata la mano
izquierda del pupitre y le da unos masajes a lo largo de las piernas buscando en lo
posible reactivar el riego sanguíneo. Debisí no entiende dónde quiere ir a parar la
chavala ni qué pretende de él. Lo lógico es que, mientras no le demuestre lo
contrario, desconfíe de sus verdaderas intenciones: ¿y si es un ardid con que
divertirse a lo grande en compañía de su hermano? No sería de extrañar que este
aguardase tras la puerta del aula, dispuesto a aparecer en cuanto sea oportuno.
—¿Me permites una pregunta? —dice Verona. Ahora se empeña en flexionar las
rodillas del prisionero, primero una y luego la otra. Debisí asiente con un gesto de la
cabeza—. ¿Qué significa la palabra cañaveral?
El invitado la mira atónito. A qué viene eso ahora, piensa. ¿Se estará burlando de
mí?
—Sí, hombre, no pongas esa cara. La empleaste cuando nos contabas la historia
de Syrinx. Dijiste que el dios convirtió a la ninfa en un cañaveral. O eso creo recordar.
La respuesta del extranjero no es más que un engrudo de vocales y consonantes,
esquirlas de dientes y sangre mezclada con saliva. Por supuesto totalmente
ininteligible. Su esfuerzo por hacerse entender resulta en vano. Cuando comprende
que no llegará a conseguirlo, se señala la boca.
—Te comprendo. No hables entonces —le limpia los labios y le regala un beso
casto en la mejilla—. ¿Sabes una cosa? Estoy dispuesta a hacer un trato contigo. Si
yo te ayudo, tú me ayudas, ¿qué te parece?
El muñeco asiente. Está completamente de acuerdo, faltaría más.
—Necesito que me ayudes a acabar con Abel. No es mal tío, pero cuando se
enfada es un verdadero hijo de puta. Si yo te contara… Por supuesto estaré
sentenciada si se entera de que te estoy ayudando. Tú asumes la culpa de todo, ¿de
acuerdo? Que te quede claro que te negaré llegado el caso de que todo salga mal.
En un gesto de buena voluntad Verona limpia las fotos de las niñas y de la mujer
del invitado, mancilladas con la sangre de él.
De repente escucha pasos detrás de ella. Únicamente puede ser él.
—Nena, ¿qué haces intimando con la comida? Recuerda lo que decía Padre: con
la comida no se juega.
Sin el menor miramiento Abel aparta a Verona de un empujón. La monja rueda
por el suelo a tiempo de contemplar la primera patada del evangelizador, que alcanza
al forastero en un costado. Ha hecho blanco a la altura del riñón.
De inmediato Debisí se encoge hacia ese lado y abre la boca en busca de aire. Sus
labios vuelven a escupir esa especie de papilla compuesta de sangre, saliva, algún
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fragmento de cristal o de dientes, y pedazos de encías. Consciente de que el tiempo se
le acaba, suspira y pide a Dios, mirando la cruz que pende del pecho de la monja, que
el muchacho abrevie el trance mediante el concurso de la pistola. En verdad le haría
un favor. Ojalá.
Pero su anhelo dista mucho del plan que el joven ha ideado para él.
—Macerar, ¿recuerdas? —la pregunta del joven no coge por sorpresa a Verona,
ya que no es la primera vez que la emplea durante el juego de la evangelización. Ya
ha macerado a varios muñecos.
Dado que la posibilidad de una huida es del todo punto improbable, lo que hace a
continuación no tiene otro objeto que la maldad misma: Abel levanta el mazo y
golpea sin piedad la rodilla izquierda del prisionero. Bastaría con un golpe para
inutilizarla por completo. No haría falta repetir el castigo. Pero Abel es incapaz de
parar una vez que empieza. Así que le administra tres mazazos más. El destrozo es tal
que prácticamente la pierna ha quedado dividida por la mitad, separado el fémur de la
tibia y el peroné, desaparecida la rótula.
Cuando Debisí quiere darse cuenta, la conciencia ha abandonado de nuevo su
cuerpo.
Diez horas después, cuando la iglesia empieza a sumirse en sombras a causa de la
caída de la tarde, cuando ya es aconsejable la utilización del pertinente vaso de fuego,
es retomada la evangelización justo en el punto donde fue interrumpida esa misma
mañana. Abel abofetea al invitado para que despierte. Por descontado la pareja sigue
jugando a halloween. Y es que no se desharán de los disfraces hasta que todo haya
acabado.
En cuanto el muñeco abre los ojos, el muchacho recuerda a su pareja:
—Siempre macerar.
Se agacha sobre los restos de la que fuera mano derecha del músico. Elige uno de
esos restos, lo ensarta en la navaja y lo acerca a la lumbre del vaso. Un agradable olor
a carne asada viola la iglesia. Crepita la carne sobre el fuego. El forastero y la monja
apartan la mirada tan pronto como comprenden lo que sucederá a continuación.
No es difícil imaginarlo a tenor del ruido que hace el muchacho al masticar. Hace
una pausa. Escupe una uña y una esquirla de hueso antes de proseguir con la
degustación. A Verona se le hace la boca agua y le ruge el estómago. Al prisionero
también.
—La carne macerada es más suave —concluye mientras se chupa los dedos y se
esfuerza en eructar. Se golpea el pecho hasta conseguir el objetivo.
—Nena, ¿te apetece merendar?
Tras una breve pausa Abel reanuda los golpes sobre el prisionero, en esta ocasión
valiéndose de las botas militares —las de puntera de acero— que calza en las noches
de euforia. Anima a su compañera a que compartan el placer por macerar la carne. Al
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principio se muestra reacia, pero luego se decide a participar, no vaya a despertar el
monstruo que anida dentro de su pareja. Por su propio bien no puede ni debe
quedarse al margen.
Aunadas ambas voluntades, sobre el cuerpo exánime del extranjero llueven las
patadas con la intensidad de una granizada. Verona y Abel comparten objetivo y el
muñeco, en su indefensión, se sumerge una vez más en la negrura de la inconsciencia.
Los punterazos del muchacho buscan los ojos. De resultas de esta fijación, los arcos
superciliares acaban triturados y el derrame interior ennegrece los ojos. De sobra sabe
que el dolor que nace en esa zona es inigualable.
La cabeza baila a un lado y a otro, desencuadernado el cuello. Luego Abel patea
la barbilla, una, dos veces, hasta que escucha el crujido de la mandíbula y el rostro se
le deforma. De propina le lanza un derechazo a la nariz.
—¿No se nos habrá muerto? —pregunta cínicamente—. Nena, despiértalo.
Hay un instante en que el mazo queda al alcance de Verona. Durante un segundo
piensa en atacar con él a su pareja. Tal vez, con un poco de suerte le acertará en la
cabeza o en la espalda en caso de errar el golpe. De acertarle, escaparía sola. Es más,
hace días que tiene el convencimiento de que ha llegado el momento de intentarlo por
libre. El deseo de hacerlo y las motivaciones están ahí, agazapadas. Pero lo que le
falta es el valor necesario para intentarlo, sabedora de que si algo sale mal será
imposible dar marcha atrás y ella se habrá convertido, después de todo, en el próximo
muñeco. Le produce escalofríos pensar en la evangelización que le aguardaría.
—Joder, qué hijoputa —maldice Abel, incapaz de hacer que el prisionero vuelva
en sí—. Casi no tiene pulso.
Mejor será conservar lo poco que tiene, piensa Verona, y buscar otra ocasión. En
cuestión de segundos siente sobre sí el peso de los ojos de Abel. Parece preguntarle
qué hace. Por fortuna para ella las lágrimas quedan encubiertas por la sangre y el
sudor del rostro.
—¿A dónde te habías ido? —pregunta el muchacho, que conoce de sobra a su
pareja y sabe de su inventiva.
—A ninguna parte. Estaba aquí —miente.
—Aún vive el muñeco. Terminemos con él.
Resignada, suspira por dentro antes de reanudar las patadas. ¿Qué otra cosa puede
hacer salvo sobrevivir por encima de cualquier otra consideración? Lanza una patada
al costado del músico. Le arden las piernas y le duelen los dedos de los pies. Es
demasiado esfuerzo con lo débil que se encuentra. Necesitaría un descanso si no
desea que esa punzada minúscula que se esconde en el interior de la cabeza crezca y
le joda lo que resta de día. Aun así persevera en el esfuerzo y propina otro punterazo
a las costillas. Estas ya no ofrecen la resistencia del principio.
—Que lo vas a matar, joder —le regaña Abel. Se acuclilla sobre el prisionero y le
toma el pulso en el cuello. Mueve la cabeza en sentido negativo. No puede ser. Pero
es lo que hay. No hay nada que hacer—. Ya se ha ido, nena —apunta con un deje de
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tristeza en la voz. Observa al muñeco. Le sorprende encontrar una media sonrisa en la
comisura de los labios.
—Nena, pásame entonces las tijeras de podar.
Ahora hay que proceder con rapidez si desean evitar la transformación.
El corte en mitad del abdomen es tan certero que de inmediato las tripas brotan para
quedar al descubierto. Es fundamental eviscerar al cadáver. Una vez conseguido Abel
acerca varias latas al cuello y pincha la carótida con la navaja. La sangre fluye a
través de la herida. Con un poco de suerte conseguirá llenar un par de ellas. Verona es
la encargada de retirarlas. Luego habrá que poner a secar la sangre.
—Y ahora hay que cortarle la cabeza. Dame el machete —solicita de nuevo la
ayuda de su compañera.
Abel empuña el arma con las dos manos, levanta los brazos y descarga sobre el
cuello toda la furia que aún conserva dentro. Serán necesarios dos machetazos para
separar la cabeza. Tras la decapitación resulta del todo punto imposible que resucite
el cuerpo. Abre una de las ventanas de la iglesia y profiere un grito que retumba en el
silencio del patio. En cuestión de un par de minutos los enfermos despiertan. Una
segunda voz les orienta hacia el superviviente que les grita. Se aproximan a la vertical
de la ventana como una manada de perros que espera que el dueño se acerque con las
sobras de la comida.
Cuando Abel determina que ya hay suficientes muertos arroja la cabeza al vacío.
Lo mismo hace después con las tripas. Nada de eso les servirá a Verona y a Abel, y
sin embargo los muertos se entretendrán un rato devorando los restos y royendo los
huesos. Entre tanto Verona le coloca a Debisí la cruz de madera perteneciente a su
halloween entre las manos. A continuación recoge del suelo las fotografías.
—Son guapas —dice en voz baja, ajena por completo a la presencia del
evangelizador.
—Eres una sentimental, ¿sabes?, una jodida sentimental. Y por eso me gustas.
—Pienso en lo bonito que debe de ser.
—¿A qué te refieres? —pregunta sin dejar de desnudar al muñeco. Ahora lo
necesitan completamente desnudo.
—Pues a formar parte de una familia como la de Debisí —acaricia los rostros de
Laura y Gilda.
—Nosotros también lo somos —apostilla Abel. Después retira del cadáver la
falda que Verona le había puesto al forastero después de limpiarlo de heces y orina.
Ella niega con la cabeza. Se ha deshecho de la toca blanca que le cubría la frente
y del manto negro. Ya es momento de dejar el disfraz. Cuando menos por respeto al
fallecido. No es pertinente vestir el disfraz estando presente el cadáver del invitado.
—Bueno, lo fuimos —rectifica Abel—. Qué tiempos aquellos.
—Ni siquiera eso —Verona se desembaraza del hábito negro—. Nunca lo fuimos
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y tú lo sabes. Por lo menos no como la familia de Debisí.
—Lo que yo digo, una sentimental —rubrica el comentario con una sonrisa nada
natural, casi estrangulada—. Ahora ve por delante y ábreme la puerta del cuarto de
baño.
Abel arrastra el cuerpo tirando de los pies. Como era de esperar las manchas de
sangre sirven de deslizante y el esfuerzo es más llevadero.
—¿Te ayudo a llevarlo hasta el agua bendita? —Verona se ofrece a colaborar,
aunque para ello haya de obviar que ese pálpito que siente, dentro de la cabeza, ha
crecido y que ganará en intensidad si carga con el cadáver.
—Te lo agradezco, pero puedo yo solo. Tú ábreme la puerta y luego pon a secar
la sangre.
Ha caído la noche sobre el instituto hace un par de horas. En la guarida bailan las
sombras de la pareja gracias a la lumbre del vaso de fuego. Están cansados, muy
cansados, casi al borde de la extenuación. Sin lugar a dudas hoy ha sido un día duro.
Y es que después de evangelizar y sacrificar a Debisí, y su posterior traslado hasta los
lavabos, han tenido que hundir su cuerpo en el agua bendita del congelador
horizontal. En realidad el agua bendita no es otra cosa que salmuera donde conservan
la carne. De lo contrario el cuerpo se pudriría en apenas unos días y dejaría de ser
comestible. La salmuera es el mejor método para conservar la carne macerada. Ya lo
han comprobado con otros muñecos en ocasiones anteriores: es capaz de mantenerla
comestible durante un par de meses al menos.
—Nena, ¿cómo estás ahora? —pregunta Abel en un hilo de voz.
Desea molestar lo mínimo a su compañera, que yace en la cama con una
compresa fría sobre la frente. Para su satisfacción Verona sonríe como prueba de que
se encuentra mucho mejor, sobre todo después de haberse forzado el vómito.
—Me alegra saberlo. Por cierto la cena ha sido fabulosa —reconoce aun a
sabiendas de que ella ha ayunado por culpa de la jaqueca—. Hace meses que no
comía tan bien.
Todavía perdura el sabor de la carne dentro de la boca de Abel. Es la ventaja que
tiene la carne macerada, que está más jugosa y más blanda. Con la ayuda de la lengua
busca algún pedacito rebelde perdido entre los dientes.
—Cántame The End.
—Te canto siempre y cuando me hagas el acompañamiento. Si quieres, podemos
esperar a que desaparezca el dolor de cabeza.
—OK, ya casi no me duele.
Como parte del ritual Abel se sienta justo detrás de su pareja y la rodea con los
brazos. Para ellos la canción entonada por Jim Morrison es más que una canción: es
una crónica del drama que viven desde hace quince años. Además, cada vez que la
entonan recuerdan a Padre y aquellas primeras ocasiones en que todavía no se habían
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agotado las pilas y funcionaba el tocadiscos. Lo que darían porque todo fuese como al
principio. Ahora solamente les quedan los recuerdos: el de Padre y los que ellos
asocian a la canción.
—Apaga el vaso —apunta Verona.
Después del soplido de Abel la guarida queda a oscuras. Los ojos brillan en la
oscuridad. El cansancio acumulado durante el día se acuesta sobre los cuerpos. Pero
aún disponen del tiempo suficiente para entonar ese himno.
Verona comienza tarareando el tema de la guitarra. Se demora en las primeras
notas ingrávidas al mismo tiempo que bate palmas suavemente, como si se tratase de
la batería. Cuando llega el turno de la letra Abel canta imitando a Jim Morrison.
Subraya con una inflexión de voz el hermosa amiga y mi única amiga de la letra. Es
su manera de dedicarle, una vez más, el The End a la mujer de su vida. Todo por y
para ella. Necesita que Verona lo sepa, o que no lo olvide. Por eso le regala, mientras
canta, un masaje en la espalda, más cariñoso que efectivo.
Cuando el imitador de Morrison llega a la altura del texto donde se dice lo de
montar a la serpiente, se recrea en cada una de las notas, retorciéndolas y
estirándolas a conciencia. Sin embargo a Abel le faltan kilómetros, le falta mucha
vida gastada en garitos de mala muerte y carreteras que no conducen a ninguna parte,
ni siquiera al oeste. Le falta experiencia y vivencias como para conferirle toda la
verdad de la que es capaz el vocalista de The Doors. Suple tal carencia con exceso de
mala hostia, que de eso tiene para mil canciones más.
—The west is the best —corea Verona, olvidada ya por completo la jaqueca y la
evangelización de Debisí.
La conjunción entre ambos es más que notable. Al menos se divierten y se
olvidan de todo mientras entonan la canción: ¿qué más da lo que ocurra mañana?
Lo natural, lo que ha ocurrido siempre, lo que ha sucedido en anteriores
ocasiones, es que la canción llegue hasta el final, hasta el acorde conclusivo. Es cierto
que han existido otras interpretaciones en que la llamarada del deseo la ha
interrumpido aquí y allá. Pero esta noche no será el ardor de ambos el que detendrá la
interpretación. Es algo más serio, bastante más serio. Enseguida es perceptible por el
tono empleado por Abel al hablar:
—¿Sabes una cosa, nena?
—Terminemos la canción.
—Déjame que te diga una cosa. He observado la herida del muslo —explica con
un tono premonitorio—, la que me hice hace tres días en el vertedero, ¿recuerdas?
Tiene mala pinta. Además, me arde por dentro, como si se me estuviese quemando la
sangre.
Verona cesa de batir palmas y permanece en silencio. La noche interna de Abel es
el preludio de la tragedia. Sí, definitivamente la canción de The Doors tiene la razón,
toda la razón: ese es el fin.
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Tres meses después…
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LAS ESES DE la carretera conforman un paisaje común, vulgar hasta el extremo de
lo soportable. Tampoco ayudan a mejorarlo el raquitismo de los árboles deshojados o
los postes sobre los que se columpia el tendido eléctrico, idénticos a otros vistos con
anterioridad, kilómetros atrás. Si acaso lo único insólito es ese color grisáceo que lo
mancilla todo, hasta el mismo oxígeno.
De pronto le asalta una duda, ¿dónde demonios están? ¿Acaso han abandonado
por fin el país? ¿Cuánto tiempo llevan viajando? Hay un trozo de vida que ha perdido
en un abrir y cerrar de ojos. Así que decide que, en tanto no resuelva el enigma, se
dejará llevar.
Verona se gira sobre el asiento, hacia la izquierda. El que conduce es su
compañero. Extraña paradoja, más que nada porque desconocía semejante habilidad
en él.
El Pontiac Lemans circula a una velocidad moderada. Después de una curva a
derecha, el automóvil abandona la carretera y afronta una cuesta terriza.
—Nunca he entendido lo del cambio de hora —manifiesta Verona—, vamos, lo
de retrasarla o adelantarla.
Ahora que observa con atención al conductor se percata de un detalle
desconcertante: ¿por qué usa gafas si él nunca ha tenido necesidad de ellas?
—Lo que más me jode de esto, nena, es que sería más fácil llevarle el cementerio
a casa.
Verona se atusa la cabellera, desordenada por el viento que penetra a través de la
ventanilla bajada. Disimula su inquietud como solo ella sabe; tampoco hay necesidad
de soliviantar a su acompañante.
El Pontiac se detiene al final del trayecto. Después de subir el cristal con la
manivela, Verona abandona el coche. Casualmente, y gracias a ese exceso de celo por
abreviar el trance de la visita al camposanto, a esa prisa con la que se acerca a las
tumbas, ella no será testigo de lo que ocurre dentro del vehículo: de repente la señal
de la radio reaparece.
¡Milagro de milagros! Pero vuelve a perderse en cuestión de un segundo. A pesar
de la brevedad del instante, a Abel le sorprende el hecho, más que nada porque desde
ayer por la noche todas las emisoras de radio permanecen mudas y no se ha vuelto a
saber nada de ellas. De modo que es casi un milagro lo que ha ocurrido.
Los pasos crujen por culpa de las hojas caídas, grises como sus manos, como el
aliento, el cabello, los ojos. Cuando Verona encuentra la tumba que anda buscando,
aguarda a que su compañero llegue a su lado. Ahora que le observa desde cierta
distancia, ya no solo son las gafas lo que le hacen diferente: es también ese traje
oscuro, la camisa blanca y la corbata. Si él nunca ha vestido traje, ¿a qué coño juega
hoy?
Al llegar su lado Abel comenta la repentina aparición y desaparición de la señal
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de radio. Luego, cambiando de tema, se queja del robo de la cruz de flores con que
adornaron el año pasado la tumba.
—Todos los años nos vemos en la obligación de comprar una nueva —gruñe. Es
una excusa más con que lamentar el viaje realizado.
—Las flores se marchitan —apunta ella a modo de descargo, sin saber con
exactitud qué significa el verbo marchitar—. Las habrá tirado el enterrador, tampoco
hay que ser tan susceptible.
Sin que nada lo anuncie previamente en el cielo parpadea un relámpago. Acto
seguido explota sobre el lugar el retumbo de un trueno.
Menuda mala suerte, piensa Verona, no ya porque les llueva, que tampoco es tan
grave; lo que lamenta es no recordar si esa mañana vaciaron los barreños y cubos de
la azotea. Sería un auténtico desperdicio no aprovechar esa lluvia.
A cien metros de allí, entre las tumbas, aparece un cuerpo. Se tambalea al
avanzar. Es una sombra larga que se sostiene con dificultad sobre las piernas. Hasta el
momento la pareja no ha reparado en él. Hasta el momento.
Tal vez porque hace frío, Abel se enfunda los guantes de motorista que usa cada
vez que juega a la noche de euforia. Y guarda las manos bajo las axilas.
—Nena, no es obligatorio ir a la iglesia —apunta, sin que tenga demasiado
sentido lo que dice. Ninguno de los dos entiende el comentario.
En ese instante Abel levanta la vista y distingue allá arriba, en el cielo, unos
aviones. Porque eso de allí arriba solo pueden ser aviones, y no una bandada de
pájaros. Son enormes. Y es que a pesar de volar a gran altura, son perceptibles al ojo
humano. Se lo hace notar a Verona. Son aviones, de eso no hay duda. A partir de este
convencimiento, la pareja baraja la idea de que a lo mejor el trueno y el relámpago de
antes no han sido tales.
Al bajar la vista a ras de tierra los muchachos reparan en la presencia de la
sombra tambaleante. Está tan cerca que se oye hasta el rugido de sus tripas. Trae el
rostro y el traje mancillados por la tierra oscura, como si acabase de revolcarse en ella
o salir del interior de una tumba.
Mejor será evitar problemas, piensan los dos mientras se retiran. Además, está
ese hedor que despide, más intenso aún que el del vertedero del aula 16.
—Malditos parados, están por todas partes —gruñe el muchacho, que lanza dos
patadas a las hojas del suelo. Es consciente de que ha sido el rugido del motor del
Pontiac el que ha despertado al muerto.
Este se abalanza sobre Verona. Abel corre en su ayuda. De inmediato comienza la
lucha entre el resucitado y el muchacho: entrelazan los brazos en busca del mejor
agarre, como en un combate de judo. Se tambalean. Vencido por el peso del atacante,
Abel tropieza y cae. Su cabeza roza la esquina una lápida, que ha esquivado apenas
por unos centímetros. De haber caído sobre ella, kaput.
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Mientras luchan Verona enreda sin querer sus zapatos en una raíz. El traspié no ha
sido fortuito… sobre todo porque eso que asoma entre la tierra dista mucho de ser
una raíz. Además, no hay ningún árbol lo suficientemente cerca. Todo es una planicie
de hierba grisácea, hojas secas que lleva y trae el viento, y mármoles funerarios.
A poco que escarbe entre la hierba Verona descubrirá la verdad: es el mango del
mazo True Temper que Abel utiliza en las noches de euforia, o uno del mismo
modelo.
Tan pronto como se le presenta la oportunidad, en cuanto el forcejeo entre Abel y
el resucitado se lo permite, Verona alcanza el mazo a su pareja.
—Ven aquí, jodido cabrón —ladra Abel, los guantes de motorista sobre el mango
de madera. Extrañamente todo es demasiado similar a una noche de euforia. Sí, es
cierto que falta el resto de la ropa de combate: la gabardina larga, el segundo
pantalón, las botas militares con la punta de acero y el saco de arpillera sobre la
cabeza. Pero está lo sustantivo, el mazo.
El primer golpe alcanza al muerto en el hombro. A causa de ello tropieza y cae. El
hijoputa queda boca abajo y a merced del mazo del joven. Como no dispone de
demasiado tiempo ni tiene ganas de evangelizarle, lo despachará con rapidez; nada de
la deleitación de los golpes medidos y estudiados. Bastará con dirigir el mazazo
contra la coronilla. Verona, que no ha observado la precaución de alejarse lo
suficiente, es alcanzada por la metralla de huesos y masa encefálica.
Abel golpea repetidamente la cabeza, que retumba igual que un trueno. Un
momento… ¿o es la tormenta que se avecina la que suena al mismo tiempo que
descarga el True Temper sobre el cráneo? Es algo verdaderamente singular, extraño.
El muchacho nunca ha obtenido esa sensación cuando se ha ensañado con un
muñeco.
—Son explosiones —concluye Verona para terminar de confundirle—. Mira el
horizonte.
Los aviones se dirigen hacia la linde del cielo, sin variar el rumbo, camino de las
llamaradas que se distinguen a lo lejos. Es una sensación tan desasosegante, esa
conjunción entre los mazazos y las explosiones, que Abel hace una pausa y mira a su
compañera. Esta ha levantado el brazo y disparado el índice, señalando el escuadrón
de aeronaves.
Antes de que pueda reaccionar, el chaval siente un bocado de fuego en torno al
tobillo derecho. Milagrosamente, y a pesar de que tiene media cabeza machacada, el
enfermo se ha revuelto y sus dientes arañan el hueso. Menos mal que Abel se aparta a
tiempo, de lo contrario habría perdido la bola del tobillo.
—¿Habremos entrado en guerra? —pregunta Verona. La voz surge de su garganta
sin que comprenda el verdadero significado de lo que ha dicho: algo así como un
muñeco ventrílocuo que habla por delegación de su dueño y artífice.
Abel se emplea a fondo y, ahora sí, golpea sin piedad la cabeza del hambriento,
una y otra vez, y otra; tantas veces como sean necesarias para que la masa encefálica
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riegue la hierba y se extienda sobre las hojas secas. Para concluir con el escarmiento,
propina unos punterazos a los restos, que quedan esparcidos en tres metros a la
redonda.
Cuando Verona se atreve a darle la vuelta al cadáver, Abel y ella se percatan del error.
Ese cuerpo no es el de un resucitado, sino el de Padre. Así que, de inmediato, Verona
sugiere la resurrección. Cuanto antes la realicen, mejor resultará. Entre ambos
recogen uno a uno los pedazos esparcidos de cráneo y los grumos masa encefálica,
todo dentro de una bolsa de papel.
—No hay que perder los nervios —confiesa Verona, aunque por dentro está hecha
un flan. Con objeto de ocultar el temblor de las manos, las mete en el bolsillo de su
abrigo. Un momento, dentro hay algo: es una tarjeta. En ella se lee un nombre,
Doctor Arvo Hawthorne, y debajo, una extraña profesión, Reconstructor de
cadáveres. En una tercera línea se facilita una dirección. No está muy lejos de allí, en
el mismo estado de Pensilvania. ¿Pensilvania?, ¿dónde está eso?
Redoblando el paso, la pareja regresa al Pontiac Lemans. El cadáver de Padre y
los restos de su cabeza, recogidos en la bolsa de papel, descansan en el asiento
trasero.
Abel pisa el acelerador y las ruedas giran furiosas sobre la hierba. Ahora conduce
a mayor velocidad que en el viaje de ida. Siempre el camino de vuelta es peor, más
cansino. Pero es que además apremia la resurrección de Padre. Las mismas manos
que tiempo atrás habían sostenido el libro de Marcovaldo, ahora aferran la bolsa de
papel para que, en una curva traicionera, el puzle de la cabeza no se derrame sobre la
alfombrilla del coche.
La dirección que toma la carretera, por desgracia, acerca el automóvil al destino
que persiguen esos aviones que vuelan a gran altura. Pero qué pueden hacer.
Necesitan recuperar a Padre cuanto antes y ese doctor Hawthorne es su única
posibilidad, donde quiera que esté.
Veinte kilómetros más adelante algo cruza en diagonal el cielo, en dirección a la
tierra.
—Es un avión —aventura Verona.
Joder, es verdad, es un bombardero. Si el avión no varía el rumbo, se estrellará
contra el suelo tan solo a varios centenares de metros a la izquierda de la carretera.
—¿Qué hace ese cabrón? ¿Por qué no levanta el vuelo?
Nada evita la colisión. El impacto es tan violento que tiembla la tierra. A causa de
ello, Abel se ve en la obligación de aferrar con fuerza el volante si no quiere perder el
control del coche y sufrir un accidente.
—La hostia. Nunca había visto llover aviones —dice sin dejar de pisar a fondo el
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acelerador—. Por si acaso, saca el paraguas por la ventanilla.
Verona obedece aun a sabiendas de que el lamentable estado en que se encuentra
el paraguas lo hace inservible: las varillas retorcidas y el tejido floreado hecho
jirones. Ni en el mejor de los casos serviría frente a una lluvia convencional. Así que,
¿qué podrá hacer contra el peso de esos bombarderos? Lo mejor será deshacerse de él
arrojándolo a la cuneta. Eso hace la joven.
Un segundo avión se estrella contra la tierra, esta vez demasiado cerca de la
carretera, demasiado cerca del automóvil. La explosión dispara fragmentos del
fuselaje en todas direcciones a toda velocidad, con tan mala suerte que uno, del
tamaño de una bola de béisbol, impacta contra la rueda trasera derecha del Pontiac.
De inmediato, el coche pierde estabilidad y se estrella contra un pino blanco
americano, típico del estado de Pensilvania.
Antes incluso de que el cristal delantero, producto de la colisión, se derrumbe
sobre Abel y Verona, en cuestión de una décima de segundo, un fulgor blanquecino
se extiende desde el horizonte. Es tan intenso que, inmediatamente, todo se vuelve
luz: los aviones que se precipitan a tierra, el cielo, las marcas negras que trazan una
ese sobre el asfalto, el pino al que se ha abrazado el Pontiac, los ojos de la pareja.
Hasta el dolor de los huesos, rotos por culpa del accidente, se hace luz.
… 5,4,3,2,1,0, abre los ojos. La dulce mentira del sueño estalla en mil pedazos.
Verona despierta. Seguidamente percibe la velocidad de la sangre, el motor acelerado
del corazón. De pronto teme que la pesadilla se atreva a cruzar la linde de la vigilia,
igual que si fuese una sombra de la que le resultase imposible deshacerse cuando en
realidad debería quedar atrás. Algo desorientada, se pregunta a dónde han ido a parar
el coche, el cadáver de Padre, la bolsa de papel, el pino americano y los bombarderos
kamikazes.
Respira hondo, se incorpora sobre el codo derecho. Se mueve extremando el
cuidado, no vaya a ser que despierte a Abel, que duerme a su lado. Por ahora, de
momento, bastará con cambiar de postura.
Verona aguza el oído: afuera está lloviendo. La intensidad del aguacero se deja
sentir a pesar de la barrera de muebles que defiende la guarida. A lo lejos retumban
unos truenos, que ruedan a lo largo del vientre de la noche.
Se seca el sudor de la frente. La imagen del cráneo machacado de Padre continúa
ahí, enquistada dentro de su cabeza, no ya con la deformación propia de la pesadilla,
sino con la rotundidad del recuerdo. ¿Cómo luchar contra la memoria? De un mal
sueño se puede despertar, pero ¿y de los recuerdos?
Por mucho que Verona lo niegue, ahí dentro, en un rincón oscuro de la memoria,
permanecen el charco de agua en mitad del suelo de los lavabos, el cuerpo desnudo
de Padre, la toalla en el lavamanos y las zapatillas al lado de la puerta. Sin duda
alguna es el escenario de la desgracia.
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En ese instante recuerda cómo Padre se había acercado a los baños a darse una
ducha. Al salir del cuadrado de cerámica resbaló, con tan mala suerte que la cabeza
impactó de lleno contra el suelo. Así de caro pagó su error: dejar demasiado lejos las
zapatillas y apresurar el paso para alcanzarlas.
En el recuerdo su progenitor aún tiene los ojos abiertos, aunque inertes. Ocurrió
hace cinco años. Un hilillo de sangre manaba de la oreja izquierda y goteaba sobre el
blanco de la solería. Sobraban las palabras: el accidente doméstico era tan grave que
se hacía innecesaria ninguna explicación. Mantenía el pulso, pero no reaccionaba a
ningún estímulo.
Venciendo el pudor de ver desnudo a Padre, Verona ayudó a Abel con el traslado
de su cuerpo. Sería mejor atenderlo en la guarida. Lamentablemente ahora no está
soñando. Hay demasiado dolor y demasiada verdad en los detalles como para ser
producto de un sueño. Aquí no hay mazos enterrados en la hierba, ni bombarderos
que se precipitan a la tierra. Es la exhumación de los recuerdos, y justamente los
peores que ella conserva.
Se sucedieron los días y la situación del moribundo no mejoraba. Los cuidados
que le prodigaban a Padre eran baldíos. Los adolescentes Verona y Abel carecían de
los conocimientos médicos necesarios como para saber que había entrado en coma.
Respiraba, sí, de acuerdo, pero con eso no bastaba; no ingería alimentos a pesar de
los esfuerzos de la pareja. Como consecuencia el pulso se fue debilitando.
Antes de que el cuerpo no fuese otra cosa más que un desperdicio inútil, llegó ese
instante que ella tanto había temido. Abel puso voz al miedo que Verona albergaba
desde hacía varias jornadas. Daba igual que fuese una propuesta de lo más lúcida.
—Nena, a él le gustaría que lo hiciésemos —finalizó el muchacho—, te lo
aseguro.
Con exquisita habilidad Abel había sugerido lo que haría él con el cuerpo de
Padre sin decirlo exactamente. Es obvio que ella le entendió, era innecesaria la
traducción. Por otra parte, lo lógico, lo humano, era abreviar la agonía del
moribundo. Pero era su padre… y se comportaba de manera egoísta.
—Nena, él lo haría.
—De acuerdo —claudicó Verona al cabo de un puñado de horas—, si me
prometes que después lo enterraremos en el vertedero.
Era la dulce mentira de quien se negaba a oír y a ver, la técnica del avestruz que
esconde la cabeza en un agujero, bajo la tierra.
Cinco años después Verona aún recuerda el bulto agonizante de Padre, esa cara
rota por el dolor, el penúltimo golpe de mazo. Pero sucedió algo inesperado. Antes de
ser sacrificado por Abel, en la misma décima de segundo en que la cabeza de acero
del True Temper se precipitaba sobre el objetivo, el moribundo regresó del coma y
aún tuvo fuerzas para decir en un hilo de voz, Padrenuestro. O eso cree recordar ella.
Y es que a día de hoy no está tan segura de que dijese nada; si acaso abrió los ojos y
la miró por última vez.
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Su Cielo tan anhelado le cayó encima de golpe y murió aplastado.
Durante los dos primeros días que siguieron a la muerte de Padre, Verona se negó a
comer nada. Quería morirse. Sin él nada tenía sentido. Luego, y a duras penas,
consintió en probar las hortalizas: algo de patata y zanahoria. Sin embargo no era
bastante, era una dieta en exceso pobre. Fue al cabo de una semana cuando, vencida
por el hambre, retomó la dieta habitual, que incluía además pedazos de carne asada
de rata. Había perdido muchos kilos durante el ayuno, tantos que se encontraba muy
débil y apenas pudo colaborar en las distintas tarea diarias.
En cambio, Abel había engordado durante aquellas jornadas, saciado hasta el
hartazgo con la variante introducida en los almuerzos y las cenas. Era la primera vez
que se atrevía a llegar tan lejos, pero no sería la última. La carne de Padre era
realmente sabrosa, mucho más que la de las consabidas ratas, esta más áspera y dura.
Ella no podía perdonar a Abel lo que había hecho con el cuerpo de Padre. Así que
la distancia que se abrió entre los adolescentes se hizo sideral, como si ella viviese en
una punta del Sistema Solar y él en la otra. Se cruzaban sin mirarse. Un silencio de
cementerio cayó sobre sus hombros.
Al principio el muchacho aceptó su caprichoso comportamiento con resignación,
pues de alguna manera comprendía su recelo. En realidad él nunca pensó que sería
capaz de comer carne humana. Bueno, ¿quién haría algo semejante? Él desde luego
no, habría dicho semanas atrás.
Bajo la tormenta, bajo los truenos y el fulgor de los relámpagos yace el edificio del
instituto. En sus tripas, en los corredores y aulas de la planta baja los muertos
despiertan por culpa del retumbo de los truenos. Los hambrientos abren los ojos en
mitad de la madrugada, se incorporan y se pasean por el patio bajo el aguacero.
Incluso los hay que se atreven a acercarse a las barreras defensivas de la primera
planta.
Dentro de la guarida Abel duerme ajeno a todo. A su lado Verona permanece
despierta por culpa de la pesadilla del Pontiac y los aviones kamikazes. Baraja la idea
de abandonar la cama muy despacito, midiendo cada movimiento; avanzar a gatas y
recoger el mazo evangelizador. De acertar con el primer golpe, todo se habrá
acabado. Pero si el joven despierta y se percata de su intención, estará perdida. Igual
que Padre.
Ha imaginado tantas veces la muerte de Abel… A poco que lo piense, la sentencia
es irrevocable: merece morir de la misma manera que Padre, despertar de repente
para un segundo después sentir cómo el cielo se le viene encima y lo aplasta. Sería lo
justo.
Verona, no hay que perder la cabeza, le reconviene su parte más prudente. Ya
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habrá ocasión.
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ABEL PADECE OTRA de sus crisis. Tanto Verona como él desconocen que, con
anterioridad al Desastre, existía una vacuna contra la enfermedad que él contrajo hace
tres meses en el vertedero al herirse en el muslo. Por aquel entonces bastaba con una
secuencia de inyecciones para que el tétanos no fuese otra cosa que el recuerdo de
una desafortunada caída. En sus circunstancias y dadas las carencias médicas de toda
clase que sufren, es como enfrentarse a una horda de muertos empuñando un tenedor.
Ajena al desaliento Verona se esfuerza en bajarle a su compañero la fiebre con
compresas húmedas, en darle de comer cuando se le cierra la garganta y tiene
dificultades para tragar, o en luchar contra los espasmos musculares que le desbaratan
el cuerpo cada cierto tiempo.
Aunque con ocasión de esas crisis podría abandonarle o, incluso, pasaportarlo de
un mazazo, a Verona le repugna la idea de aprovecharse de la enfermedad. Además
duda, recela. ¿Qué hará una vez que haya puesto un pie en la calle?, ¿a dónde irá?
Quizá lleva tanto tiempo acostumbrada a que sean otros quienes tomen las decisiones
por ella —antes fue Padre, y ahora es Abel—, que ahora se muestra indecisa.
En los instantes de mayor lucidez, cuando la imagen de Padre —decapitado y
sumergido en la salmuera— le enferma el ánimo, por el contrario piensa que esa, y no
otra, es la verdadera venganza que se merece Abel: que muera poco a poco por culpa
del tétanos, que nada ni nadie acelere la agonía.
Han pasado tres meses desde que el joven resultase herido con las varillas del
paraguas. En el transcurso de ese tiempo han tenido lugar cincuenta y dos noches de
euforia, treinta y cinco llamadas telefónicas, seguidas, a su vez, de otros tantos
encuentros sexuales. Además han sido bautizados veintiocho nuevos resucitados y se
han completado tres calendarios mensuales en la pizarra de la guarida.
De Clod Debisí, el último muñeco, ya no quedan trozos sumergidos en el agua
bendita de la bañera. Toda su carne ha sido aprovechada por la pareja, toda, hasta el
último gramo. Los restos digeridos y defecados ya forman parte del abono que
fertiliza la tierra del huerto.
Verona se acerca a la pizarra y tacha un nuevo día en el calendario. Abel se ha
dormido. Ahora toca trabajar. De poco sirve que se queje. Sabe que tendrá que cargar
en solitario con todo el trabajo del día. Qué otro remedio le queda. Lo que no haga
ella, nadie lo hará.
Una vez en la azotea inspira profundamente, los brazos en cruz. La mañana huele
a resurrección, como si el mundo volviese a nacer de nuevo tras la tormenta nocturna.
Mira hacia arriba. Encuentra un cielo azul radiante.
Después del aguacero de esta pasada madrugada tiene trabajo extra. Los barreños
y cubos que pueblan una parte de la azotea rebosan de agua. Se arrodilla sobre un
cubo y bebe. El agua está muy fresca, tanto que le duelen los dientes, especialmente
esas muelas que tiene picadas por culpa de la falta de higiene bucal.
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La primera tarea será proceder al traslado de los cubos y los barreños. Así que
coge el primero de ellos. Como se encuentra algo débil avanza muy poco a poco en
dirección al cuadrado abierto en el suelo.
Una vez abajo, dobla la esquina que une el ala norte con la oeste. Tras varios
descansos ha llegado a la última aula de la derecha, la número 33. Dentro descansan
diez bidones metálicos. Estos fueron encontrados por Padre en una de aquellas
incursiones a la planta baja que llevó a cabo días después de que se establecieran en
el instituto. Los descubrió mientras se afanaba en desvalijar el bar del instituto en
busca de víveres. Los bidones se encontraban al pie de las escaleras del ala oeste.
Verona recuerda cómo Padre desechó, en un primer momento, su recuperación:
pesaban bastante y él solo no podía subirlos escaleras arriba, ni tan siquiera
arrastrándolos. Siete años después, cuando Abel y Verona contaban con diez y doce
años respectivamente, Padre se decidió a recuperar aquellos diez bidones. Mientras
Verona, desde la azotea, concitaba la atención de los muertos hacia el ala norte, Padre
y Abel se afanaban en trasladar el primer bidón.
Qué tiempos aquellos, piensa con algo de añoranza.
Con el mayor de los cuidados Verona vierte el contenido del primer cubo sobre el
bidón número uno. Están numerados para facilitar el control de la antigüedad del
agua.
Una hora después, con los dos últimos barreños llena la garrafa que hay en la
guarida y el cubo que descansa en el plato de la ducha. Comprueba que el congelador
horizontal tenga el nivel óptimo de agua bendita, ni mucha ni poca. Por su color
verduzco, la disolución de la salmuera parece una laguna estancada. Obviamente la
bañera está vetada a Abel y Verona, es de uso exclusivo para la carne macerada de
los muñecos.
La utilización de la salmuera también fue idea de Padre. Gracias a ella se preserva
durante mayor tiempo la carne, mucho más que con cualquier otro medio que ellos
tengan a su alcance. Mientras Padre vivió solamente se había utilizado para los
cadáveres de ratas. La solución es de treinta gramos de sal por cada litro de agua, o lo
que es lo mismo, tres kilos de sal por los cien litros de la bañera.
A Verona le duele recordar que, habiendo sido Padre quien inventase semejante
recurso de emergencia, precisamente él fuese el primer cadáver humano en acabar
sumergido en el agua verdinosa. Su imagen, decapitada, acompañada por un par de
ratas, aún pervive en su memoria.
Con sumo cuidado penetra en la guarida en busca de un vaso de fuego. No quiere
despertar a Abel.
—¿Padre? —Es la voz del muchacho, desorientada en mitad del sueño.
A Verona le gustaría abandonar, a un mismo tiempo, el país y a Abel, pero de
momento se niega a afrontar tal decisión. Duda de todo. A veces piensa que si
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pudiese arrebatarle la Magnum abreviaría el trance. Y un segundo después que es
mejor que la enfermedad macere su cuerpo, nada de una muerte instantánea.
—¿Padre?
—Descansa. Luego vengo a hacerte compañía.
Se adentra en la biblioteca, el aula número 38. Ahí es donde hace años
almacenaron sin orden ni concierto los libros de texto y las novelas de toda condición
que habían encontrado en la primera y segunda planta del instituto. De regreso a la
azotea Verona lleva un manual de matemáticas bajo el brazo y el vaso de fuego.
Retira el plástico, húmedo por la lluvia, que cubre los restos de la fogata del día
anterior. Añade algo de leña nueva y un par de hojas del manual sacrificado.
Inmediatamente el fuego toma cuerpo y gana en altura.
Ojalá el humo se eleve lo suficiente como para llamar la atención de algún
extranjero, si es que queda alguien ahí afuera. Durante los primeros días o incluso
durante las primeras semanas tras la noche del Desastre, tal empeño hubiese resultado
completamente inútil: había demasiados edificios y restos de automóviles ardiendo
como para que cumpliese su misión con entera eficacia. Ahora, quince años después,
ya nada arde en lo que alcanzan las gafas de lejos. Verona sabe que una columna de
humo como esa no tiene que pasar inadvertida a nadie que se encuentre en varios
kilómetros a la redonda.
Sin el concurso de un nuevo y futuro muñeco que acuda a la llamada, las
posibilidades de supervivencia de la pareja se reducen con el transcurso de los meses.
Una dieta que exclusivamente se componga de hortalizas —patatas y zanahorias— y
carne de rata —cuando consigue cazar una— es tan pobre como incompleta. Es por
ello por lo que la bañera ha de recibir a un nuevo inquilino. Y bien pronto, o lo van a
pasar mal.
Para reforzar el fingido mensaje de socorro de la columna de humo, y puesto que
ha amanecido un día estupendo y no hay riesgo de tormenta, Verona alcanza la
cometa y la echa a volar. El extremo de la cuerda lo ata a un cascote para fijar su
posición y así desentenderse de ella. Dado que la tela es de color naranja y que
cabecea entre rachas de aire a cincuenta metros de altura, será visible desde bien
lejos. A saber desde qué distancia.
Siguiendo la secuencia diaria de labores ahora le toca el turno al huerto. Verona
recoge las hortalizas que ya están listas. Le espera el aula 29. Se hace acompañar del
vaso de fuego porque dentro todo está a oscuras. Esa penumbra es vital para que las
hortalizas se conserven en perfecto estado. Con las de hoy hace un pequeño montón y
las oculta bajo una hoja de periódico. Luego revisa una a una las más antiguas. Hay
que estar atenta a los brotes para que no se pudran. Si encuentra alguno lo arrancará
de un pellizco.
De regreso a la azotea ahora le toca el turno al abono. En una esquina del ala
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norte, la que se encuentra lo más lejos posible del huerto, permanece el retrete de día.
Solo se sirven de las tazas de cerámica de la segunda planta cuando cae la noche,
siempre y cuando observen la precaución de retirar a la mañana siguiente las heces
del retrete. No pueden permitirse que el hedor de las deposiciones infecte el lugar,
máxime cuando hay un muñeco sumergido en la bañera.
Las heces pasan a una caja de madera agujereada a modo de un palomar, donde se
secan durante días gracias a los orificios que permiten el flujo del aire. Están
dispuestas en distintas baldas, arriba las más antiguas, que son las que habrán de
utilizar en primer lugar; abajo, las más frescas. Ahí dentro están lo suficientemente
protegidas de la lluvia como para despreocuparse de ellas cuando se cierne una
tormenta sobre el país.
Verona desmenuza las deposiciones más antiguas con las manos y abona con ellas
el huerto. Cuida de repartirlas milimétricamente por toda su extensión.
Hace una pausa. Acodada sobre el muro que rodea la azotea, observa el patio del
instituto. El silencio es su inquilino más notable. Si se asoma un poco y gana el
suficiente ángulo de visión, descubrirá las piernas de decenas de hambrientos que se
guarecen del sol del mismo modo que lo hacen cuando llueve, escondiéndose bajo los
aleros, sentados sobre su desidia, sobre su falta de iniciativa. Si nada los alertase o no
hubiese truenos que los resucitasen, serían capaces de permanecer en ese estado de
hibernación durante semanas, meses o incluso años. Quizá sea esa la clave por la que
ellos, los hambrientos, continúen ahí afuera, a la espera de un descuido de la pareja
de supervivientes.
Esta mañana Verona no siente demasiadas ganas de jugar al bautismo, en parte
porque como tal divertimento solo tiene gracia cuando se compite contra un rival por
ver quién alcanza a más muertos con los escupitajos sacramentales. Sin Abel no tiene
sentido despertar a los resucitados de un grito. Así que permanece callada, pensativa.
Durante la pausa en las labores matutinas se acuerda de Ligorita, su muñeca de color
mandarina, aquella con la que compartía cama y sueños.
Minutos después desciende al cementerio, o lo que es lo mismo, el aula 30, donde
guardan, convenientemente separados, los huesos de los enfermos caídos bajo el peso
del mazo en las distintas noches de euforia y los de los distintos muñecos. Esta
separación obedece a una única causa: evitar en la medida de lo posible la
Enfermedad que ha asolado la Tierra. A buen seguro que aún infecta los restos óseos
de los hambrientos. De primeras machacarán los huesos de los muñecos, siempre que
esto sea posible. En caso contrario, se utilizarán los huesos de los enfermos.
A diferencia del aula contigua, la número 29 —donde se conserva a oscuras la
producción de hortalizas—, aquí entra el sol a raudales. Verona elige un fémur y dos
tibias. Pertenecen al penúltimo muñeco, el señor Giráldez. Los huesos, ya mondos, de
Debisí aguardan su turno en una esquina. Con la ayuda del True Temper los machaca
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sobre una doble hoja de periódico. Ha de ser muy metódica en la operación. Si no
quedan reducidos a polvo, no servirán para nada.
En la esquina contraria del aula descansa un conjunto de fiambreras llenas de
sangre. Están expuestas a la luz del sol. Las últimas provisiones aún están algo
frescas. Es lógico, Verona desangró a la última rata hace tres días. Así que la dejará
para la siguiente semana. Ya volverá entonces.
De regreso a la azotea, rocía el huerto con el polvo blanquecino de los huesos.
Padre siempre sostuvo que era un excelente complemento al abono proporcionado
por las heces. Además, decía su progenitor, en caso de añadirse sangre seca a la tierra
se le aportará hierro, y la cosecha mejorará notablemente.
En el aula 32 Verona procede al lavado de la ropa acumulada durante el último mes.
Como la pareja aprovecha al máximo cada pantalón, cada sudadera, cada par de
calcetines, tampoco hay demasiada ropa acumulada. Cambiarse más a menudo
comportaría un mayor gasto de agua, inconcebible a todas luces, y un mayor derroche
de energías en el lavado.
Donde más empeño pone, donde más tiempo invierte, es en la ropa interior y en
las tiras de tela que usa a modo de compresas desde que tiene la menstruación.
Menudo susto se llevó aquel primer día. Menos mal que Padre aún vivía y supo
explicárselo. A pesar de sus palabras, ella nunca ha entendido esa absurda
periodicidad. Y mucho menos después de aquello que le sucedió.
Después de tender la colada sobre los cordeles que hay en el aula, echa un vistazo
a la guarida: Abel sigue dormido. Menos mal. Así aprovechará para calentar un poco
de agua en la azotea. Luego se regala en los aseos de la segunda planta una ducha.
Antes templa el agua con la del cubo de agua fría que había llenado con anterioridad.
Al finalizar, se seca el pelo a conciencia.
Una pulmonía acaba con uno, tenlo en cuenta, princesa, decía Padre.
Se peina frente al espejo. Aunque trata de obviar la acusación lanzada por el
cristal, es tan evidente que al final la acepta: está más delgada que semanas atrás. El
cuerpo comienza a acusar la falta de proteínas, grasas y minerales proporcionados por
la carne. Para remediarlo esa tarde tendrá que ir a cazar alguna rata. Sin las últimas
provisiones del señor Debisí, no le queda otra solución.
A media tarde se encierra en el aula 40. Allí no hay nada de interés, salvo cuatro
paredes y la bicicleta que usara Padre en alguna que otra incursión en el extranjero.
Al ser el medio de transporte más silencioso le permitió burlar la inactividad de los
enfermos sin tan siquiera concitar su atención. De esa manera, montado sobre ella,
abandonaba el país durante unas horas cada vez que escaseaba el alimento en el
instituto. De regreso Padre casi siempre traía semillas con que renovar el huerto y
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distintas provisiones robadas aquí y allá: sal, algunas conservas, leche en polvo.
Como era de temer las incursiones terminaron por esquilmar las reservas de los
barrios colindantes. De modo que si quería encontrar algo de provecho, tendría que
alejarse más. Por supuesto el peligro se incrementaba proporcionalmente a la
distancia recorrida. Así que Padre decidió jubilar la bicicleta. Desde entonces se
dedicó a la caza de ratas y a mirarla, de cuando en cuando, con algo de añoranza.
Como era de suponer, las ruedas están completamente desinfladas. A medida que
la enfermedad de Abel se ha ido agravado, la posibilidad de escapar del país montado
sobre la bicicleta es cada vez más real. Pero antes ha de solucionar un problema.
—Si me hubieses enseñado a montar en ella, Padre… —se lamenta a media voz.
Verona aún sigue lamentando tal circunstancia cuando abandona el aula 40 y se
adentra la 34, que es donde esconden las cajas con los disfraces.
—Echo de menos cuando te enfadabas con nosotros, ¿sabes?
Hace más de una semana que Abel y ella no han vuelto a jugar con ellos. El
hábito de monja todavía presenta restos de sangre del último martirio, el del señor
Debisí. Es por ello por lo que acostumbra a evitarlo. Por una parte lamenta la suerte
corrida por el flautista, y de otra, entiende que su sacrificio fue necesario para la
supervivencia. Seguramente, de no haberse comido al músico, ahora la pareja estaría
aquejada por el escorbuto y la desnutrición.
Era él o nosotros, piensa mientras se enfunda el hábito de monja sobre la ropa
que lleva puesta. Le gusta ese disfraz. Con él su delgadez extrema queda disimulada
bajo la simpleza de formas y la negrura del tejido. Desecha hoy la toca blanca y el
manto negro. Le bastará con el colgante del que pende la cruz de madera.
Para Abel elige el halloween de pistolero del Oeste. A ver si despierta, se
encuentra mejor y juegan un rato. Que lleva todo el día trabajando y le apetece
divertirse.
Se tumba junto al convaleciente, que por fin ha despertado. Recibe de él una mirada
cariñosa; Verona no sabe si es por el hábito que lleva puesto, por el disfraz de
pistolero que le alcanza o porque se alegra de verla, como ese perro que observa con
displicencia al amo que le profesa tantas atenciones. Podría preguntarle a qué se debe
esa mirada, pero a lo mejor Abel se enfada. Con él cualquiera sabe.
Un poco de lectura no le hará mal. De manera que alcanza el ejemplar de
Marcovaldo y lo abre por el cuento de hoy, el cuarto verano, Luna y Gnac.
Verona lucha por mantener los ojos abiertos, extenuada por completo a causa del
exceso de trabajo. Curiosamente es su propia voz la que la adormece. Aún no ha
anochecido en el exterior cuando el sueño amenaza con vencer la última resistencia:
ese dolor de muelas que permanece latente en el fondo de la boca. Además, el
parpadeo hipnótico del anuncio luminoso, Gnac-Gnac, el mismo que en el cuento
impide que la familia Marcovaldo disfrute de la luna en toda su plenitud, hace el
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resto. Lo mismo que el cansancio que cementa su cuerpo.
Por fortuna, en esta ocasión, el sueño es un desierto oscuro que la acoge sin
sobresaltos. Menos mal. Ya ha tenido bastante con la pesadilla de esta mañana, la del
cementerio y los aviones kamikazes. Ahora todo es placentero, eternamente gozoso.
A consecuencia de esa placidez se le antoja que duerme durante siglos, con una
avaricia sin medida mientras se arrebuja bajo las mantas. Nada debería interrumpir un
descanso tan merecido y reparador.
—Verona.
En ese instante, su cuerpo comienza a temblar por culpa de una fuerza exterior.
—Vamos, Verona —es una voz que la llama desde más allá de la frontera del
sueño.
Nada debería interrumpir un descanso tan merecido.
No debería, pero sucede.
Y es ahora.
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TAN PRONTO COMO recupera la conciencia de lo que sucede a su alrededor,
Verona abre los ojos y distingue el rostro de Abel. Este se ha incorporado sobre un
codo y la observa desde bien cerca. Juguetea con el collar que hizo con los huesos
que él le regalara para su último cumpleaños.
—Perdona, me he dormido —se disculpa Verona. En realidad ella no quería
dormirse, pero el sueño la ha doblegado. Reanuda la lectura en cuanto toma posesión
del cuerpo y desenreda la lengua, trabada por el sueño.
—Nena, déjalo.
—¿El qué? —pregunta, aunque presupone que se refiere a la lectura, pero así
ganará algo de tiempo. Tampoco está de más.
—Me apetece otra cosa —dice sin soltar el collar. Engancha el índice en él y tira
de ella hacia arriba.
Verona obedece por temor a que se rompa y Abel enfurezca. El muchacho le
planta un beso en los labios. El beso y la mirada consiguiente conforman un mensaje
fácilmente traducible.
—Prefiero descansar hoy —objeta, deseosa de que la entienda.
—Esta noche prescindiremos de la llamada telefónica —apunta metiendo la
mano por debajo del hábito de monja y de la pernera del pantalón.
—Estás enfermo, Abel —hoy no es ninguna broma, ni ninguna alusión a su
obsesión por el sexo. Es la jodida realidad: desde que se hiriese en la pierna su estado
de salud ha empeorado preocupantemente.
—Estaba enfermo, pero ahora ya se me ha pasado y estoy mejor.
¿Qué puede decir? Verona se siente acorralada, sin escapatoria posible. Si tuviese
el don de la adivinación y previese lo que sucederá a continuación, elegiría otra
estrategia: a lo mejor levantarse con la excusa de preparar la cena o fingir que le urge
ir al baño. Pero permanece allí, inmóvil, igual que una presa a la espera del zarpazo
final del depredador. Si acaso, consigue reunir el valor necesario para ocultar el rostro
tras el libro.
—Olvídate de Marcovaldo, cariño. Hoy no quiero jugar a la vida de los otros.
Eres más cansina que Padre.
—Tienes que descansar —discrepa. Mueve la pierna con idea de deshacerse de la
mano que, centímetro a centímetro, bajo el pantalón ya ha alcanzado la pantorrilla—.
Ya follaremos cuando te hayas recuperado.
—Deja eso de una puta vez.
De acuerdo, le hará caso, será lo mejor: aparta el libro a un lado. Ella no lo sabe,
pero poco importa ya. Es demasiado tarde. Ha prendido la primera llama de la rabia
que consume a Abel y ahora el fuego se propaga con rapidez.
—He escogido para ti este halloween —dice alcanzándole el disfraz de pistolero.
Pero Abel se lo arrebata de un manotazo y lo arroja lejos de la cama.
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—Coño, nena, ya se me ha pasado la fiebre. Así que no te librarás así como así.
Además, la culpa fue tuya.
—¿Mía? No entiendo a qué te refieres —pregunta. En realidad debería quedarse
calladita porque está arriesgando demasiado.
—Llevabas días diciéndolo, lo menos una semana antes del cumpleaños: me
gustaría que me regalases algo especial —Abel se burla de ella imitando su tono de
voz.
Después de remangar el hábito negro de la monja Verona hasta la cintura, se
arrodilla entre las piernas. La fe que profesa a ese cuerpo va más allá de la
preocupación inherente a su estado de salud. El creyente ha de anteponer la fe a las
vicisitudes personales.
—Aquí dentro, en este país de mierda, no hay nada especial que regalar, nada.
Joder. Pero te hice caso y me decidí a buscar algo que mereciera la pena en el
vertedero. Y mira, aquí me tienes. Bastaron un tropiezo y una mala caída.
—Eso tiene gracia.
—¿¡Cómo!?
Debería explicarle que no tiene gracia que la culpabilice a ella de la caída y de la
posterior infección de la herida. Debería decírselo… pero apuesta por abreviar la
discusión.
—Nada, Abel, déjalo. Es una tontería.
—Encontrémonos en la parte trasera del autobús azul —la referencia al The End
es casi una señal de alarma.
La muchacha así lo entiende: ya sabe de antemano lo que acontece cada vez que
su compañero invoca la canción de Jim Morrison.
Los dedos de Abel luchan con el botón del vaquero de ella y tiran de la cremallera
hacia abajo. La función está a punto de empezar.
—No, por favor —se resiste.
Abel silencia la queja con un beso. La lengua penetra en la boca a la fuerza
después de vencer la resistencia de los dientes. Hay una décima de segundo en que
Verona baraja la posibilidad de mordérsela y arrancarla de cuajo. Lo haría si tuviera
arrestos. Pero después tendría que matarlo; en caso contrario sería él quien lo hiciese
al descubrir el guiñapo de la lengua en el suelo. Puesto que carece de la valentía
necesaria, prefiere mantener la prudencia, de momento al menos.
El vaquero está a punto de sobrepasar la última frontera, la de los tobillos, cuando en
un afán por evitarlo Verona lanza una patada al aire. Por desgracia alcanza a Abel en
la boca. Seguidamente un hilillo de sangre asoma por entre los labios.
—Monta la serpiente —susurra el muchacho, enardecido por la lujuria, lanzando
el pantalón de su compañera bien lejos de la cama.
Él ya se ha desnudado y presume, orgulloso, de la dureza de su polla. Verona cada
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vez se encuentra más acorralada. ¿Qué puede hacer para evitar lo inevitable?
Ojalá sus dos piernas fuesen dos cuchillas y pudiese cortar en dos a su oponente,
¡zas!, de un solo tajo. Luego patearía con saña las dos mitades hasta que le doliesen
los tobillos y los dedos de los pies. Una vez desfogada la rabia, arrojaría los restos al
patio después de llamar la atención de los muertos. Sería divertido contemplar el
banquete.
En su febril imaginación Verona le haría pagar muy caro su afrenta. Pero esto es
la realidad, y solo consigue resistirse anteponiendo las rodillas. Con ellas trata de
cerrarle el paso. Pero él forcejea y se aproxima al valle púbico, dispuesto a luchar
hasta el final. Hoy exigirá la redención absoluta del orgasmo.
A fin de doblegar esa mínima resistencia que ella opone en el momento de mayor
placer, el previo a la primera embestida, a ese momento en que la polla bese la vulva
antes de barrenar la oscuridad vaginal, Abel le regala un puñetazo en la barriga. De
inmediato ella acusa el golpe y maldice en arameo. Le arranca de un tirón la braga.
—Eso te pasa por puta —añade para mayor escarnio.
Ayudándose con los dedos pulgar e índice izquierdos, Abel separa los labios del
coño y muestra el camino a seguir a la serpiente. Apoya el glande, humedecido
previamente con su propia saliva, y luego de un fuerte golpe de cadera entierra todo
el miembro dentro. La embestida es tan violenta, a pesar del concurso de la saliva
lubricante, que un centelleo de dolor atraviesa las entrañas de Verona.
—Hijo de puta —ladra.
Trata de zafarse de su agresor. Arde interiormente de rabia y ahora maldice la
ocasión perdida con anterioridad: debió arrancarle la lengua cuando él la hundió en su
boca. Si lo volviese a hacer, ya no dudaría.
El muchacho empieza a moverse, adelante y atrás, columpiándose de placer sobre
la cadera de la lectora. En sus acometidas el ariete profana con una obstinación de
máquina perforadora, una y otra vez, la aridez de la vagina. La fricción. La suciedad
que la envuelve en ese instante. La rabia.
Producto de la impotencia que experimenta Verona sueña con arder, igual que la
fogata de la azotea; así de paso inmolará al violador. Pero nada de esto sucede. Como
si le fuera la vida en cada golpe de cadera, Abel la penetra repetidamente. Por
desgracia para ella, su coño reconoce el placer obtenido en anteriores encuentros y la
forma exacta del pene de su pareja, de manera que amenaza con despertar si no hace
nada al respecto.
En situaciones como esta es necesario negar la realidad, ¿qué otra cosa le queda?
Fabula con la posibilidad de que no sean las manos de Abel las que mancillen su
cuerpo, sino las de un extraño, las de un extraño sobre tierra desesperada. Es mejor
que sean las de un desconocido que las de quien ha crecido junto a ella.
Al principio lo había querido como a un hermano, y después como a un amante.
De manera que es más fácil de aceptar que la humille un extraño y no él. Sin embargo
la realidad le contradice: sí, son las manos de Abel las que trasiegan por su cuerpo,
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por mucho que invente semejante ardid.
Se detienen en la loma de los pechos. Moldean la carne turgente en círculos. Pero
por mucho que lo intente, no despertarán la lujuria de la muchacha. En eso se obstina
Verona, en no responder. Abel ha de comprender que está follando a una muerta en
vida, un coño vivo y un cuerpo que hiede a muerte. La sangre se ha convertido en
lodo y cada arteria, cada vena, se corrompe con la sangre enferma hasta convertirse
en una cañería. Lástima que la resurrección definitiva de la vagina esté tan próxima.
El agresor juega con la víctima: detiene el balanceo a su antojo mientras la
observa en busca del primer síntoma de placer. Extrae el ariete y lo embadurna de
saliva. Luego, con el prepucio, reconoce la entrada de la mina; tampoco tiene
demasiada prisa por acabar, es mejor prolongar al máximo la profanación.
—¿Te gusta? —pregunta Abel antes de apuñalar con su polla la herida del sexo.
Abel vuelve a detenerse. Extrae de dentro el hisopo con que ha bendecido a más
de un hambriento durante las noches de euforia. Se agacha sobre la entrada de la
capilla vaginal. Con la lengua embadurna de saliva los labios, el orificio que se va
cerrando poco a poco. Ha de conseguir su propósito a toda costa: que Verona disfrute
del coito, aunque únicamente sea para demostrarle que es él, él y no ella, quien
manda allí. Al final conseguirá su objetivo: que se excite con la penetración, cueste lo
que cueste.
Verona imagina un huracán que se abatiese sobre el edificio del instituto. Su
descomunal fuerza hará explotar las ventanas y provocará la caída de muebles y
pizarras. Hasta los diez bidones donde es almacenada el agua rodarán por el suelo.
Ese desorden furioso es el que experimenta cada vez que el miembro de su
compañero perfora su cuerpo, enterrado hasta la linde del mismo vello. Lo que en
otros encuentros sexuales la ha excitado, ahora la enferma: el contacto de los
testículos que rebotan contra el perineo.
Nunca volveré a mirarte a los ojos, recuerda Verona parte de la letra de The End,
porque expresa a la perfección lo que siente mientras es violada. En sus primeros
compases la canción afirma que se ha perdido en unas ruinas romanas de dolor. Ella
ha olvidado la explicación de Padre acerca del significado del adjetivo romanas;
tampoco cree que sea nada sustantivo. Sin embargo es verdad que la letra habla por
ella: es una ruina desbaratada por el dolor provocado gracias a la aridez de su sexo.
—Te mataré —ladra la monja.
No pretendía decirlo; se le ha escapado. Debe extremar las precauciones si no
quiere acabar decapitada y sumergida en el agua bendita.
Abel extrae la polla y tira del hábito hacia abajo, en dirección a los tobillos para
cubrir momentáneamente las piernas. Por un instante la muchacha baraja la
posibilidad de que todo haya acabado, de que finalmente se haya apiadado de ella.
Tampoco se merece ese castigo.
Obviamente se equivoca. Se percatará de ello en cuestión de segundos. Si todo
hubiera finalizado, Abel le permitiría que juntase las rodillas, que cerrase las piernas.
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—A ver si ahora piensas lo mismo —dice el muchacho.
Luego oculta la cabeza debajo del hábito, entre las piernas, consciente del poder
de convicción de su lengua. Por lo menos a ella, hasta el día de hoy, siempre le ha
gustado.
Lo de ahora es casi peor que la violación, o eso piensa Verona, temerosa de la
resurrección repentina de su cuerpo y de que al final este responda a la excitación. No
se lo perdonaría en la vida, no a Abel, sino a ella misma.
Una humedad caliente culebrea sobre su clítoris mientras ella se esfuerza por
cerrar las piernas. Un segundo puñetazo, directo al costado, la convence de lo
contrario: será conveniente dejarlas abiertas.
Soliviantada ante la posible traición de la vagina, llora por dentro. La rendición
está próxima. Nunca se ha resistido a la habilidad de Abel con la lengua: él sabe
cómo jugar con ese botón de carne. Ojalá que la enfermedad que aqueja al muchacho
desde hace tres meses se manifieste en ese mismo instante. Que contraiga su cuerpo
con uno de esos espasmos que le desbaratan de dolor. No sería la primera vez, no. En
ocasiones los peores síntomas del tétanos se han manifestado mientras estaban
almorzando, trabajando en la azotea o mientras ella le estaba leyendo el libro de
Marcovaldo. Solo hay que ver cómo se retuerce de dolor. De esta manera se libraría
de él y podría pisarle la cabeza.
Después de la apuesta lanzada por la lengua, Abel pliega el hábito de monja hasta
la altura del ombligo y le arrebata el colgante con la cruz de madera. Utiliza el
extremo inferior de la misma para jugar con ella. Incluso se atreve a hundirla en la
capilla vaginal, hasta el mismo tope del travesaño horizontal.
La hermana Verona responde lanzando una patada, que él bloquea anteponiendo
el codo.
—No seas tonta, o será peor —muerde las palabras.
Extrae la cruz y la hunde de nuevo, como una espada en su funda. Lástima del
travesaño horizontal, maldice para sí mismo. En vista de que no obtendrá mayor
placer con la cruz la lanza contra la pizarra que hace las veces de calendario.
Devuelve el protagonismo a la lengua, que hunde en la vagina tan hondo como le es
posible. Después se afana de nuevo sobre el clítoris, cada vez más duro.
Cuando sospecha que su perseverancia dará sus frutos, acerca la polla y embiste
una vez más. Para su satisfacción la fricción se ha suavizado. Todo lo contrario que
para ella, que lamenta que el coño desobedezca su orden de no resucitar.
Cuando su agresor jadea como un perro junto a su oreja, algo se le remueve por
dentro. Ella recuerda otros encuentros menos traumáticos que este y esa pasión que
ambos sienten cada vez que han desahogado la tensión acumulada tras jugar a la
llamada telefónica.
Ya sea por el tiempo que Abel ha invertido en el clítoris, por el puñado de
recuerdos o por la fuerza de la costumbre, lo cierto es que su sexo reconoce el de
Abel, y también las embestidas, la cadencia, el ritmo… y ya no lo rechaza. Ha
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claudicado al fin, ha llegado la hora de responder al maremoto desatado entre sus
piernas, a ese martilleo continuo. La lujuria que bate contra su cadera posibilita el
incendio de la sangre, la resurrección de la carne. Ella preferiría sentirse muerta, igual
que los pobladores del patio, y quedarse completamente inmóvil. Al menos apenas
parpadea, apenas respira.
Como era de temer la vagina responde a la provocación, lubrificando el contacto.
Producto de ello por primera vez la penetración resulta verdaderamente placentera
para ambos. El roce húmedo. El fuego gozoso que nace dentro de ella. El ariete de
carne que horada cada vez con mayor insistencia.
En cuestión de minutos Verona es ya incapaz de contener el primer suspiro de
placer. Él se detiene entonces y la observa sin exhumar la polla. Por fin ha cedido. La
sonrisa del vencedor.
—Guarra —la insulta. Pero el tono empleado no es agresivo, sino adulador.
Ahora sí que irán juntos a la parte trasera del autobús azul, piensa Abel. Ralentiza
el movimiento, las embestidas de la cadera, mejor así. Si al principio no tenía prisa
alguna, ahora que ha ganado la partida menos aún. Es el momento de esculpir el
placer a golpe de cadera dentro del cuerpo de su compañera. Verona suspira por
segunda vez y él la secunda. Los jadeos se enredan, igual que las piernas. Por fin la
vagina acepta al intruso con la ductilidad de un guante.
—Ya sabía yo que te terminaría gustando —señala Abel.
—Cabrón —murmura ella, la voz deshilachada por la embriaguez de la sangre
hecha fuego.
El agresor, ahora amante, aúlla como un lobo y adecua el balanceo de su cuerpo a
la intensidad de los suspiros: tan pronto como crecen de intensidad acelera en ritmo.
Por el contrario, cuando se templan suaviza las embestidas. Todo marcha bien
después de la resistencia inicial. Es más, ella se atreve a jugar con él: aprieta el pene
con las paredes de la vagina.
Por eso, precisamente por la disposición de Verona a disfrutar del encuentro, le
sorprenderá el primer bofetón.
Un escozor agudo cruza su mejilla derecha. Es como si un latigazo la hubiese
despertado de golpe. Abel sonríe desde la prepotencia del agresor. Le regala un par de
golpes de cadera antes de insultarla. Saca la polla y la apuñala de nuevo con ella.
—Puta —a diferencia de antes, ahora sí hay un matiz claramente humillante en la
voz.
Las manos de Abel hollan el montículo de los pechos y se demoran en la cumbre,
moldeando cada pezón igual que si fuera de arcilla. Verona atrapa una de las manos,
la derecha, y se obstina en conducirla hasta su boca.
Él recela y amaga con abofetearla de nuevo. La muchacha consigue que confíe en
ella: Abel hunde el índice en la boca y Verona juguetea con él. La lengua reconoce
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cada forma. Luego extrae el dedo y con la punta de la lengua hace más patente su
intención. A ver si consigue engañarlo.
Sí, ha sentido deseos de morderlo con saña, de quebrar los huesos con la fuerza de
los dientes y arrancar el índice de cuajo, por debajo del nudillo. Si se lo hubiese
propuesto, lo habría conseguido. Sin embargo busca un premio mayor: ojalá Abel
entienda el mensaje y, confiado, acerque la polla a los labios.
Pese a lo tentadora que es la oferta, el joven la desestima. Sabe de la habilidad de
Verona con la lengua, con la boca; sabe que a ella le gusta repasar la forma del glande
y de paso recrearse con el sabor de su propio fluido vaginal. Pero prefiere no
desenterrarlo del sexo, satisfecho con el aumento de la temperatura y de la
lubricación.
Verona aplaza definitivamente su venganza hasta una mejor ocasión, desbaratada
por el deseo. Se aferra al cuerpo de su compañero con la urgencia de un náufrago en
mitad del océano. Ahora lo que importa es disfrutar del momento. Ya pensará luego
qué hacer. Espolea a Abel, que cada vez se mueve con mayor rapidez, adelante y
atrás, adelante, atrás. De pronto todo arde: la sangre, las tripas, la cabeza, los
pensamientos, el sexo; arde y la deflagración es tan intensa como la de una bomba
atómica. Ella se inmola en el último suspiro, tan hondo como el de quien fallece
después de un sufrimiento extremo. Le tiemblan las piernas a la monja fingida, se le
licua el cerebro, le palpita la mina completamente húmeda. Mientras tanto, el placer
se desagua piernas abajo, lentamente.
—Puta —susurra Abel a la oreja como rúbrica de su victoria.
Cuando el fulgor desaparece y Verona toma conciencia de lo que ha ocurrido,
presa de la rabia, muerde a su compañero en el antebrazo.
—Puta —repite.
—Muérete.
—Eres una puta de mierda —insiste. Amaga con propinarle una nueva bofetada.
En un acto reflejo ella cierra los ojos. Es en ese instante cuando sucede lo
imprevisto: de repente algo húmedo y caliente mancilla su mejilla derecha. ¿Qué es
eso? Inmediatamente se siente tan sucia como al principio, cuando Abel no era su
amante sino simplemente su violador. El placer deja paso al asco, y este a la
compasión por sí misma. A lo mejor se merece todo lo que le ha pasado: la muerte de
Padre, aquel embarazo que silenció, el desprecio intermitente que sufre por parte de
Abel.
Abre los ojos de golpe. El muchacho sonríe. Verona se lleva la mano a la mejilla.
No es semen. Conociendo a Abel no le habría resultado extraño. Es algo que la
asquea aún más que el esperma. Es saliva. Abel escupe por segunda vez sobre ella
para que no le quede ninguna duda de su desprecio.
—Te bautizo Puta —bromea.
Plenamente consciente de que ha de escarmentar a la monja, Abel estira el brazo
y alcanza el ejemplar de Marcovaldo de la orilla de la cama. Necesita reforzar el
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mensaje: su absoluto rechazo a todo lo que le recuerda a ella. De un certero manotazo
arranca un par de hojas y se las ofrece a Verona. Qué mejor alimento para una
sabihonda como ella que los relatos que tanto le gustan. Como opone resistencia, le
tapa la nariz con la pinza de los dedos. Tan pronto como ella abre la boca, buzonea el
par de hojas dentro.
Después entierra de nuevo la polla en el sexo. Ahora no hay compasión ni
ternura, nada, solo la urgencia de regalarle la última afrenta, bendecir el pubis con el
líquido seminal. Ya lo dijo Jim Morrison: esto es el fin, el fin de las risas y las dulces
mentiras, el fin de las noches en que intentamos morir. Mientras niega las últimas
embestidas de Abel, Verona recuerda el instante exacto en que la canción, a punto de
finalizar, acompaña estas palabras.
Ya está, ya lo tiene, se le ha ocurrido en ese mismo momento: Verona tararea en
voz alta la canción de The Doors, esos compases en concreto, para que Abel entienda
lo que siente justo en el instante en que el hisopo de carne bendice el vello púbico.
Pero él desatiende la música. Se vacía sobre el pubis, cuatro o cinco descargas
bastarán para rebajar el deseo de Abel.
This is the end, piensa Verona.
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LAS HERIDAS AÚN escuecen, de modo que es fácil tomar la decisión. Verona se ha
decidido al fin: afrontará el riesgo de ser descubierta por Abel sin arredrarse.
Ya sea por el sobreesfuerzo realizado ayer durante la violación o por un rebrote de
la enfermedad, lo cierto es que Abel yace convaleciente en la cama, un día más,
aquejado de nuevo por los espasmos musculares característicos del tétanos.
Antes del rebrote Verona le ha ayudado con el desayuno, no sabe si por miedo o
porque, en el fondo, aún le profesa cariño. Muy diferente sería su actitud si
experimentase la misma rabia que le embargó ayer mientras era violada. En tal caso
alcanzaría el mazo, aun a riesgo de recibir a cambio un disparo. Es consciente de que
Abel guarda la Magnum bajo la almohada. Afrontaría semejante cara o cruz sin
dudarlo, con tal de acabar de una vez por todas. Así únicamente sobreviviría uno de
ellos: o Abel o ella.
Pero han pasado más de doce horas desde entonces. Y la rabia que experimentó
ayer no es que se haya disipado, es que ha cambiado de dirección y ahora es ella,
Verona, el objetivo de la misma. Lamenta que al final, después de lo mal que lo pasó
con los insultos, puñetazos y bofetadas, terminara aceptando el juego y disfrutase del
sexo como acostumbra. A lo mejor va a tener razón Abel al bautizarla Puta.
Las palabras malsonantes llegaron a sus vidas tras la muerte de Padre. Este
siempre veló por la inocencia de la pareja. Precisamente fueron la necesidad, el
hambre y la obligatoriedad de alimentar la bañera, las que posibilitaron la infección
moral de los adolescentes.
Verona abreviará en lo posible las tareas diarias en la azotea para disponer del
mayor tiempo posible. Hoy tiene algo más importante que hacer que trasladar agua
hasta los bidones del aula 33, recolectar hortalizas o abonar el huerto.
Una vez en el aula 40, lo primero es inflar las ruedas de la bicicleta. Verona se
remanga la sudadera y se pone manos a la obra. Maneja el bombín con cierta torpeza.
—Tranquila, el tiempo corre a tu favor —murmura.
El lamentable estado que padece desde hace días su compañero de supervivencia
le concede un margen a la esperanza. Tan solo la paciencia le otorgará la victoria
final.
Después comprueba el estado de la cadena y el de los frenos. En apariencia todo
está en orden. Ahora llega lo más difícil: aprender a montar en bicicleta. Con algo de
constancia lo conseguirá en dos o tres días, calcula con optimismo.
El aula 40 se encuentra a tres clases de distancia de la guarida. En el estado en
que se encuentra Abel será complicado que se percate de nada. Bastante tiene con
sobrevivir a los espasmos musculares.
Verona se sienta sobre el sillín y posa la mano izquierda en el manillar. Es vital
encontrar la postura idónea antes barajar cualquier otra consideración.
Padre se sentiría orgulloso de lo que estás haciendo, piensa.
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En parte es él, Padre, el culpable: nunca quiso que ellos montasen en bicicleta.
Siempre se negó a que Abel o Verona afrontasen el riesgo inherente a las incursiones
en el extranjero. Tras el esquilmado de las provisiones que Padre buscaba en los
alrededores, la bicicleta quedó arrumbada para siempre. Verona recuerda cómo, en
repetidas ocasiones, le pidió que la enseñase a montar, más por juego que por
necesidad. De haberlo consentido ahora llevaría mucho camino adelantado. Ahora
tendrá que empezar desde cero.
Sujetándose con la mano derecha en la pared pedalea muy poco a poco, presa del
miedo, no tanto por temor a una caída como por despertar al convaleciente. Aprieta
los dientes y pedalea. Logra avanzar un par de metros en paralelo a la pared. Poco a
poco. Todavía le queda mucho por aprender antes de soltarse y poner las dos manos
sobre el manillar. Despacio, tampoco existe ninguna necesidad de que aprendas hoy,
Verona. Si se obsesiona, a las primeras de cambio abandonará el propósito antes de
doblegar a la máquina y al desánimo.
Al fin, después de más de un cuarto de hora, se decide: retirará la mano que la
mantiene unida al tabique. Se impone probar el equilibrio.
De inmediato la rueda delantera tiembla, a un lado y a otro, inestable. Un metro
más. Antes de caerse Verona devuelve los pies al suelo. Resopla algo fatigada. Es
consciente de que le llevará bastante tiempo mantener el equilibrio.
Mucho peor es soportar su compañía. Qué mejor razón para insistir.
A pesar de que le gustaría olvidar el episodio más triste de su vida, el recuerdo le
asalta a traición. Está descansando sobre la bicicleta cuando le ataca.
Rememora aquella mañana de hace cuatro años cuando tuvo que abandonar,
indispuesta, la azotea. Recuerda cómo se encogía sobre la barriga y la indolencia de
Abel, pero sobre todo la catarata de sangre. Las piernas rojas y las entrañas rotas por
dentro. Desde el principio le había ocultado su estado a Abel. Por miedo.
En los cuartos de baño, sobre la taza del retrete, sospechó que era algo
verdaderamente grave, consciente de que el sangrado no obedecía a la menstruación.
Hacía casi dos meses que se le había retirado, y era tan abundante y doloroso que
forzosamente tenía que ser otra cosa. O quiso engañarse.
Contrariamente, este recuerdo no le quebranta la moral, sino que le anima a
continuar con el aprendizaje si cabe con mayor celo que antes. En caso de resultar
necesario dará cien vueltas a la habitación; lo que sea antes de rendirse. Practicará
hasta la extenuación o hasta que Abel la necesite y la llame a voces. Eso sí, tan pronto
como requiera su presencia, abandonará el aula 40 antes de que sospeche.
—Hazlo por ellos y por Marcovaldo.
Avanza unos metros, retira la mano y se tambalea. Devuelve los pies a tierra.
Resuella. Está muy fatigada. Pese a ello desobedece el mensaje que le transmite el
cuerpo. Nadie ni nada le dirá lo que tiene que hacer.
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Venga, una vez más. Tan pronto como despega la mano del tabique se tambalea.
En esta ocasión ha recorrido un trayecto más largo que antes.
—Que le follen —masculla antes de iniciar por enésima vez el pedaleo.
Ha acudido a la guarida tan pronto como ha oído su voz. Al entrar encuentra a Abel
de pie, milagrosamente restablecido. Se halla frente a la reproducción del Sistema
Solar, que permanece grapada a la alacena. A juzgar por su aspecto es evidente que
ha superado otra de las crisis del tétanos.
Verona observa la culata de la Magnum, que asoma a través de uno de los
bolsillos del pantalón. La pistola, que tres meses atrás, Abel arrebatara a Rencor
permanece oculta en algún lugar, seguramente bajo el jersey. Nunca se separa de
ellas.
—Cariño, me alegro, se nota que estás mucho mejor —miente.
—Nena, creo que nunca podré regalarte ese viaje a Marte o a Júpiter —se
lamenta. Después niega con la cabeza—. Me haría mucha ilusión.
—Déjate de tonterías y regresa a la cama, por favor.
—No creo que se pueda llegar hasta allí, ni siquiera con la bicicleta de Padre.
El comentario es inocente, o debería serlo. No hay premeditación en él. Verona
necesita creer que Abel no se ha enterado de nada. Que ni siquiera sospecha. Pero
duda, es lógico. ¿Y si es una manera sutil de avisarle para que abandone el
aprendizaje, para que se olvide de la bicicleta? Cualquier cosa que diga al respecto
será contraproducente. Mejor quedarse calladita o desviar la atención hacia otro tema,
aun a riesgo de que sospeche.
—¿Te apetece cenar algo?
El joven regresa a la cama, cojeando ostensiblemente. Se sienta en una esquina,
cruza las piernas y deja la Magnum entre ellas. La pistola de Rencor permanece
oculta.
—Últimamente no hay gran cosa que comer —se lamenta.
Verona se excusa con una sonrisa estrangulada: por desgracia, y para colmo de
males, hoy no ha cazado ninguna rata. Miente con descaro. Es que ni siquiera lo ha
intentado, empeñada en el aprendizaje de montar en bici.
—En la bañera no queda ninguna —añade. Se desbarata la cola de caballo y la
vuelve a hacer.
—Nena, si nadie acude a la llamada lo pasaremos mal, muy mal. Un momento —
alcanza la pistola. No hace falta que apunte a Verona—. Imagino que seguirás
encendiendo la fogata y volando la cometa, ¿no?
—Por supuesto.
Después de tranquilizar a Abel, se dispone a hacer algo de cenar. Antes le prepara
un vaso de agua. Anteponiendo su cuerpo entre este y el convaleciente, tiene ocasión
de dejar un salivazo en el agua. Mueve el vaso en círculo con objeto de que se diluya
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y el otro no recele. Es una manera como otra cualquiera de bautizarlo, similar a lo
que ellos hacen con los muertos del patio o a lo que hizo él ayer después de correrse
sobre su vello púbico. Si tuviese que elegir un nombre para Abel lo bautizaría como
Odio.
—Nena, menos mal que agua no nos falta —reconoce después del primer trago.
Abel apura el vaso mientras Verona se felicita interiormente. Sonríe con
moderación para que no sospeche.
—Te veo mucho mejor —miente de nuevo.
Una cosa es que se haya podido incorporar, incluso levantar, y otra muy diferente
es que haya mejorado su estado de salud. Está muy delgado, más incluso que ella.
Dos pantanos oscuros cercan los ojos, y estos se muestran cada vez más apagados.
Sin embargo aún tiene el suficiente ánimo como para bromear. Acerca el cañón de la
Magnum a su sien y comenta:
—No te creas. A veces pienso que sería más conveniente abreviar el sufrimiento.
Ya estoy cansado, ya estoy…
No ha acabado de hablar cuando sufre un espasmo muscular en las piernas. Es un
latigazo seco que desbarata las extremidades. Nunca hasta ahora había sufrido uno de
tal intensidad. A pesar de la distancia que les separa, Verona ha escuchado incluso el
chasquido de las articulaciones.
—Me cago… —maldice Abel al borde del llanto.
Verona observa el pantalón de su compañero y comprueba como, producto de la
violenta contracción, la pierna izquierda adopta un dibujo antinatural, quebrado, bajo
el vaquero. ¿Qué le ha ocurrido? A lo mejor no ha sido el crujido de las articulaciones
lo que ha escuchado.
Pide consejo de Abel mediante una mirada. Pero este bastante tiene con soportar
el dolor y no perder el gobierno de las dos pistolas.
—Túmbate, Abel —Verona aparta las mantas a un lado.
—Se… me… ha roto —confiesa a duras penas, las palabras borrosas.
—No te preocupes, yo estoy aquí para ayudarte.
—Más… te vale —sentencia. Para reforzar el recado levanta la Magnum y le
apunta en el pecho.
En cuanto trata de desabrocharle el pantalón, Verona recibe la negativa del
convaleciente, sabedor de que resultará inútil, de que el dolor no permitirá que lo
desnude. Ha de pensar en otra solución.
—¿Y si corto los pantalones? He de observar la lesión…
Abel accede con un golpe de cabeza.
El manejo de las tijeras de podar es lo suficientemente cuidadoso como para que
no se queje. En cuestión de un par de minutos la pierna queda al descubierto. Ambos
observan la torsión antinatural de la misma, un palmo por debajo de la rodilla. Por
fortuna no es una fractura abierta.
—No me… abandones —gruñe Abel al observar que ella se separa de la cama. Se
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muerde los labios para soportar el dolor—. Quédate… joder.
Seguramente si el convaleciente contase con la fuerza necesaria, quitaría el
seguro a la Magnum y acabaría con la insubordinación de su compañera, mucho antes
de que esta tuviera tiempo de explicarse. Pero no puede hacer otra cosa que mirarla y
suplicar su ayuda.
Verona regresa del aula 35 con dos tablillas que ha encontrado entre el montón de
leña. Padre les enseñó cómo proceder llegado el caso. Lo fundamental es inmovilizar
la pierna. Para ello le bastará con las dos tablillas, un trozo de tela como el que usa a
modo de sujetador, y una soga.
Nada más apoyar las tablillas contra la pierna, Abel chilla como si le fuese la vida
en ello. El grito es de tal intensidad que los muertos, inactivos desde la última noche
de euforia, abren los ojos. Se revuelven inquietos.
Verona no sabe si sería capaz de afrontar una situación como esa: entablillar la
pierna de Abel si, al mismo tiempo, los enfermos resucitasen y se agolpasen frente a
las murallas de muebles de la primera planta. Dejaría la cura para después, pero ¿a
dónde acudiría? ¿Qué ala defendería, la norte o la oeste? Desgraciadamente no se
puede dividir.
—Ade… lante, nena.
Verona tiene una idea para que no vuelva a chillar. Abandona la guarida. De
regreso, trae en las manos la cruz de madera del halloween de monja.
—No te haré daño, confía en mí. —Le introduce transversalmente la cruz en la
boca—. Muerde fuerte. Y no chilles.
La muchacha aguza el oído. Definitivamente los muertos han despertado.
Escucha sus gruñidos, sus golpes contra la madera de los muebles. Venga, no hay
tiempo que perder. Acerca las dos tablas a la pierna. Pasa la tela por debajo de ella y
alrededor de las maderas, y luego tira con fuerza para reducir la fractura. El alarido de
dolor explota contra los oídos de la enfermera.
Al día siguiente, muy de mañana, antes de empezar con el trabajo rutinario de la
azotea, llevará a cabo el traslado. Está agotada y prefiere gastar las fuerzas en ello
antes que en el fuego, la cometa o el huerto. Ha tratado de ponerle remedio a la
alarmante falta de fuerzas desayunando en abundancia: cuatro pedazos de patata y
una zanahoria completa. Pero tampoco es que haya obtenido un gran resultado.
Y es que anoche se empleó, durante más de una hora, corriendo de un lado a otro
de la primera planta, de la barrera del ala oeste a la de la norte. Tiene las piernas y los
brazos desbaratados por el cansancio. Afortunadamente pudo reducir el asalto de los
enfermos. La desgracia es que para frenar a los más fieros gastó las últimas
provisiones de gasolina. De modo que en el caso de sucederse una nueva invasión de
la zona neutral, lo pasará muy mal sin su concurso.
Abel ha conciliado el sueño después una noche de perros. La fractura, los nuevos
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espasmos y la alarmante subida de la fiebre no les han concedido la más mínima
tregua.
Aprovechará la coyuntura: ahora o nunca. Verona sale del aula 40 empujando la
bicicleta. Sin duda alguna el mejor sitio para esconderla es la azotea. Después de la
fractura cobrada ayer, Abel difícilmente subirá hasta allí arriba.
Frente a la escalera de mano resopla resignada. Solo de pensar en la dificultad que
entrañará la operación, se le quitan las ganas de intentarlo. Pero es necesario que
continúe con el plan preestablecido.
Verona anuda el cabo de la soga a la rueda delantera. Doble nudo. Mientras
asciende a lo largo de la escalera sujeta la soga con los dientes. Una vez arriba del
todo, queda lo más complicado: levantar a peso la bicicleta, que en ese instante
permanece en vertical, únicamente apoyada sobre la rueda trasera.
De pie, abre bien las piernas. Se escupe en las manos y se anima antes de
comenzar. Vamos, tú puedes. Tira de la soga. El peso de la bicicleta aumenta cuanto
más próximo está el final, o eso parece. Los músculos de los brazos soportan la
mayor carga del esfuerzo y como es lógico se quejan. Un poco más y todo habrá
acabado.
Para aplicar más fuerza a la operación, Verona da unos pasos hacia atrás. Medio
metro más. Entonces asoma la rueda delantera por el cuadrado de la trampilla. Con la
ayuda de los pies pisa la soga y se aproxima a la rueda. Tira de ella hacia arriba con
las dos manos.
Todo marcha bien cuando algo entorpece la maniobra. El pedal derecho se ha
trabado en el penúltimo peldaño de la escalera. Maldice en silencio. Lo que le faltaba.
Mueve la bicicleta a un lado y a otro, con desesperación, hasta que logra su propósito.
Como es costumbre el silencio se ha adueñado de la mañana, el silencio más pesado
del mundo. Es una quietud balsámica que desconoce el trino de los pájaros y hasta el
ladrido lejano de los perros. Hace muchos años que murieron unos y otros, y que el
alboroto del tráfico no es más que un fantasma del pasado.
Está ahí, descansando tumbada boca arriba, soñando despierta, en mitad de ese
silencio de cristal, cuando de repente oye un ruido. A poco que aguce el oído,
descubre que rueda a través la cúpula del cielo, a muchos kilómetros de altura. Como
no hay ni una sola nube, inmediatamente descarta que el origen del mismo se deba a
una tormenta. Es imposible con ese cielo tan limpio.
Con la mano por visera Verona escruta el cielo. Un momento. Allá arriba. Muy
por encima de las nubes, encuentra una sombra minúscula. Afila la mirada. No es un
pájaro. Vuela en línea recta y sin desviarse un ápice del rumbo. Le extraña que con la
cola trace una doble estela blanca en mitad del cielo. ¿Qué demonios es eso? Si Padre
aún viviese la sacaría de dudas.
Cuando el doble trazo se difumina en mitad del azul del cielo, se incorpora. En
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ningún momento piensa en la posibilidad de que sea un avión, más por
desconocimiento que por otra consideración. En realidad nunca ha visto volar
ninguno. Los conoce gracias a las fotografías de los libros de texto y a la pesadilla
que tuvo hace tres noches, esa en que se estrellaban contra el suelo.
Conduce la bicicleta hasta el ala norte. La esconde detrás de la caja donde se
secan las heces. Con un plástico defenderá la bicicleta de las futuras tormentas. Visita
la guarida en busca del pertinente vaso de fuego. De regreso a la azotea enciende la
fogata ayudándose con los restos del manual de matemáticas que empleara ayer. El
humo se eleva y, con él, la esperanza de encontrar a alguien. La misma esperanza que
deposita en el vuelo de la cometa de color naranja. No hace falta que se lo recuerde
Abel para saber de la importancia de esas señales.
La suerte está a punto de dar un giro a su vida. Pero ella no se dará cuenta en un
primer momento. Arrodillada sobre la tierra del huerto y obstinada en la selección,
será incapaz de ver el vuelo de la primera piedra, que no es otra cosa que la respuesta
a la llamada del humo y la cometa.
Del tamaño de una nuez, la piedra describe una parábola desde la calle y golpea
uno de los cubos. El impacto sí que es escuchado por Verona en medio de ese silencio
de cristal.
Se incorpora y se dirige hacia el origen del ruido. Seguidamente descubre la
piedra en el interior del cubo. Joder. Si descarta a los resucitados, ya que a estos
nunca les ha visto arrojar piedras, ¿quién ha lanzado la que tiene en la mano?
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SU DESEO ES resolver hoy el enigma planteado ayer: ¿quién lanzó la piedra contra
la azotea? Ya hubo una noche en que del cielo llovió fuego; pero piedras, nunca. Si,
como es lógico, descarta a los muertos que hibernan en el país y alrededores —nunca
han demostrado habilidad alguna para valerse de instrumentos—, únicamente queda
una posibilidad: que haya sido un extranjero. Pero ¿dónde se esconde?
La sorpresa le aguardará muy de mañana. Nada más subir a la azotea encuentra
una segunda piedra. En esta ocasión ha caído en terreno de nadie, ni sobre los cubos o
barreños, ni sobre el huerto. La observa con detenimiento.
Un momento. ¿Qué es esto que hay escrito aquí?
Se agacha y repta en dirección al parapeto de la azotea. Precaución ante todo.
Podría ser una trampa. Lo que no cabe duda ya es que un extranjero trata de llamar su
atención. Observa de nuevo la piedra. En una de las caras se lee, escrito con un
carboncillo, S.O.S. Nadie más que un superviviente sería capaz de escribir ese
mensaje.
Extremando las precauciones Verona escudriña los alrededores del instituto con la
ayuda de las gafas de lejos: primero la avenida que corre por detrás del ala norte,
pues no en vano fue el lugar por donde apareció el señor Debisí, y luego la calle que
desemboca en la entrada principal del edificio. De momento no ha encontrado nada,
salvo el silencio, los edificios muertos y las sombras cambiantes de los mismos.
Aunque se ciernen grises nubes por el este, se decide a encender la fogata.
Siempre habrá tiempo de cubrirla con el plástico si se pone a llover precipitadamente.
Por lo demás aplazará las labores diarias en tanto no resuelva el misterio.
—Déjate ver —murmura sin abandonar el reconocimiento de los alrededores con
la ayuda de las gafas de lejos.
A su espalda crepita el fuego. Y a un palmo, al pie del muro que defiende la
azotea, descansa la Magnum. Por fin, después de muchos días, ha podido arrebatarle a
Abel las dos pistolas: la Magnum y la que guardaba Rencor en su cartuchera. En
previsión de cualquier contratiempo, esta última la ha escondido dentro de la caja
agujereada donde se secan las heces. Antes la ha envuelto en papeles. Puesto que
Abel no podrá subir a la azotea en tanto no mejore de la fractura de la pierna, siempre
contará con el arma de Rencor en caso de necesidad. Mujer precavida vale por dos.
A su espalda la columna de humo se eleva en dirección a las nubes, cada vez más
pesadas y amenazantes. Si el extranjero no da señales de vida pronto, seguro que le
lloverá. En cuanto se desate la tormenta tendrá que abandonar la vigilancia. Verona
lleva un plástico echado sobre los hombros, a modo de chubasquero. Pero a pesar de
ello no es cuestión de arriesgarse a un resfriado y a las posibles complicaciones
posteriores.
Anuncia la proximidad de la tormenta un trueno que rueda a lo largo de la bóveda
de nubes. De pronto se levanta un viento algo desagradable, que riza la columna de
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humo haciéndola bailar de un lado a otro. Hace frío, tanto que se encoge bajo el
plástico y la ropa. Un borrón del vaho subraya cada respiración.
—Vamos —dice a media voz. No es grato estar allí arriba. En realidad le
apetecería arrebujarse en la cama bajo las mantas mientras el frío arrecia en el
exterior.
La desgracia quiere que el lanzamiento de la tercera piedra suceda poco después de la
irrupción de la lluvia. Verona corre en dirección a la trampilla sin olvidarse de la
Magnum, que esconde bajo la sudadera siguiendo los consejos de su progenitor: si se
evitan ambientes húmedos, la pólvora se mantendrá activa. Contar con el auxilio de
un arma de fuego resulta imprescindible ante cualquier invasión o visita.
Apaga la fogata pisándola y luego la cubre con un plástico. Vamos, no hay tiempo
que perder. Es justo en el instante en que Verona cierra la trampilla sobre su cabeza,
cuando aterriza la tercera piedra en la azotea. Lástima. Porque en esta ocasión el
mensaje escrito a lápiz es todavía más inequívoco que el segundo. Demuestra una
intencionalidad insoslayable. Pero queda ahí, a merced de la tormenta.
De los tendederos del aula 32 elige una toalla. Regresa al pie de la escalera de
mano secándose el pelo. Sobre la chapa metálica de la trampilla crepita la lluvia.
Durante los primeros minutos lo hace con fuerza, luego con mayor templanza. Menos
mal que después de aquel trueno primerizo no se suceden otros. Lo que le faltaba es
que volviesen a resucitar los muertos de la planta baja.
Mientras espera, Verona ensaya con la Magnum. Si ha de afrontar la aparición de
un forastero será conveniente aparentar una seguridad de la que carece. La pistola
siempre ha obrado en poder de Abel.
Imagina que si el extranjero, llegado el caso, se encuentra lo suficientemente
cerca de ella bastará con abrir fuego a la primera señal de peligro, sin ni siquiera
apuntar. Por si acaso practicará disparando imaginariamente a los desconchones del
pasillo.
Al cabo de un rato la tormenta se encuentra lo suficientemente lejos como para
regresar a la azotea. El repiqueteo sobre la trampilla es mucho más débil que diez
minutos antes. Probará fortuna. Levanta la trampilla un poco, nada, apenas diez
centímetros, lo justo para observar la azotea. Sin embargo hay demasiados puntos
muertos. Si desea descartar la invasión extranjera, deberá subir del todo.
Lamenta su suerte. Escupe unos insultos. Levanta la trampilla. Nada más poner
un pie en la azotea, advierte la presencia de una nueva piedra. La tercera.
Verona ya está cansada del jodido juego. Sin embargo recogerá la tercera piedra. En
uno de sus cantos descubre escrito un nombre: Marcia.
En ese mismo instante una voz, a su espalda, la reprende:
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—Suelta la pistola… y no te vuelvas, por favor —la voz pertenece a una mujer. A
juzgar por el timbre, fresco y lozano, Verona juraría que es joven, de una edad
parecida a la suya.
—Creo que antes deberías explicar qué coño haces en mi país —contesta Verona,
que no piensa deshacerse de la Magnum. Antes muerta.
—Tiene gracia que llames país a estas ruinas, chica.
—¿Qué quieres de mí?
—Solo he acudido a tu llamada. El humo, ¿recuerdas? Así que, de alguna manera,
eres tú quien debe explicarse.
Verona sopesa la posibilidad de girarse de improviso y abrir fuego. Después de
todo lo que ha luchado no se va a rendir tan fácilmente. Al menos opondrá
resistencia.
—Aquí arriba se estará a salvo de los resucitados, ¿no?
—No te creas —miente.
Verona, haz algo para recuperar el mando de la situación.
—Veo que lo tienes todo muy organizado —apunta la voz de la extranjera.
Verona imagina que aprovecha el instante para echar un vistazo a su alrededor.
—A veces los muertos rompen las barreras de la primera planta —explica— y
hay que defender las zonas…
Verona no ha terminado de hablar cuando, de repente, echa cuerpo a tierra. Rueda
unos metros en dirección al conjunto de cubos y barreños. Apunta a la dirección de
donde proviene la voz y aprieta el gatillo. Algo falla. Lo aprieta por segunda vez.
Nada. Por desgracia algo marcha mal dentro de la Magnum. Prueba dos veces más y
nada, clic-clic. El arma está cargada, hay dos balas en la recámara, pero algo se ha
jodido dentro. Clic-clic. ¿Se habrá echado a perder la pólvora?
Levanta la cabeza en busca de la extranjera. En ese mismo instante descubre una
piedra que se acerca a toda velocidad. La esquiva de milagro. Agazapada tras los
cubos, Verona busca alguna solución. Lo suyo sería abreviar el trance porque,
tumbada boca abajo, se le ha mojado la ropa. Podría enfriarse y coger un resfriado si
no se cambia de ropa y se seca a conciencia a la mayor brevedad posible. Pero ¿qué
opciones tiene empuñando una pistola de mierda como esa?
Alza la cabeza por encima de la defensa del cubo. La forastera ha debido de
imitarla y echarse cuerpo a tierra porque no consigue verla. Solo escucha su voz:
—¿Qué tal si nos concedemos una tregua?
Con tal de no preguntar el significado de la palabra tregua, Verona opta por el
silencio. Empieza a tiritar de frío. Cada vez dispone de menos tiempo: o hace algo o
enfermará. Está calada hasta los huesos.
—Chica, he venido en son de paz —dice la extranjera.
—OK, levántate entonces para que te vea.
—¿Me puedo fiar de ti?
—Si no lo haces, más te hubiera valido pasar de largo.
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—Chica, tienes razón, pero entiéndeme…
—Cuanto más tardemos en cambiarnos de ropa peor será ambas. Yo empiezo a
tener frío… Así que tú decides, extranjera.
Tras un breve silencio la recién llegada toma de nuevo la palabra y acepta las
condiciones: ha dejado su arma en el suelo antes de ponerse de pie. Como es natural
Verona aún no se fía y permanece agazapada mientras observa desde detrás de los
cubos a la forastera.
—Más no puedo hacer —dice la otra, que levanta los brazos.
Verona se pone en pie y avanza en su dirección. La forastera es una mujer joven,
si acaso diez años mayor que ella. A simple vista Verona calcula que es, además, más
alta y más fuerte. Por supuesto lamenta en silencio la ausencia de Abel, más que nada
porque sospecha que, sin su concurso, será incapaz de evangelizar a la forastera. Esta
viste ropa deportiva de algodón, que cubre bajo un poncho multicolor. Presenta una
constelación de pecas en las mejillas y un corte de pelo tan severo y desigual que le
presta cierto aire varonil. Su cabellera es de color zanahoria, del mismo tono que el
de su añorada Ligorita, la muñeca que dormía a su lado hasta la misma noche del
Desastre. Tal coincidencia predispone a Verona a su favor.
—Me recuerdas a alguien —dice la dueña de la Magnum.
—¿Sí? No sé si alegrarme o lamentarlo. A los familiares y amigos caídos
conviene dejarlos tranquilos.
—Ya te lo contaré luego —la anfitriona lustra todavía más la sonrisa.
A un metro de la extranjera, Verona advierte que sus ojos son verdes, del color del
agua bendita de la bañera, y que está completamente empapada. Además, permanece
descalza, con el único auxilio de los calcetines.
A los pies de la extranjera descubre un puñado de piedras de distintos tamaños. A
su lado hay dos botas muy raras, tan extrañas que nunca antes ha visto nada
semejante: cada una de las botas presenta cuatro ruedas en la suela, distribuidas en
dos parejas.
—¿Qué es eso? —pregunta apuntando a las botas con la Magnum.
—Chica, dejemos eso para luego. Si tienes ropa seca ahí abajo, más nos valdría
cambiarnos, ¿no crees?
—Yo soy Verona, Verona Marcovaldo. ¿Cómo te llamas?
—Lo decía la tercera piedra. Me llamo Marcia —su acento la delata. Procede del
norte.
—Nunca había escuchado un nombre como el tuyo.
—¿Te gusta?
—Suena bien. ¿Vienes de muy lejos, Marcia? ¿Has encontrado muchos
supervivientes? ¿Cómo está la situación ahí fuera?
—Abrevia, chica. Cuando estemos a cubierto y nos hayamos secado te cuento.
—De acuerdo, como prefieras. Pero antes queda una cosa —murmura y adelanta
la pistola.
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—¿No crees que deberías guardarla?
—Que te follen. Yo soy la que manda aquí.
—De acuerdo, no te ofusques. Pero he visto cómo tratabas de abrir fuego
inútilmente. Se ha debido mojar la pólvora. Así que te servirá de poco.
Podría porfiar y negar la evidencia, decir que en realidad ella no ha apretado el
gatillo. Sin embargo no lo hace, para qué. Enhebra la pistola en la cintura del
pantalón. Acto seguido extrae la hoja de la navaja de cachas rojas, aquella que
perteneciera a Clod Debisí. Con algo tendrá que defenderse si se produce una
agresión.
—Solo queda que te desnudes.
—¿Ahora?, ¿aquí? No me jodas, chica.
—Verona, llámame Verona, si no te importa —gruñe. Mostrarse amable mientras
empuña una navaja sería un disparate.
—Pongámonos a cubierto, por favor. Entonces me desnudaré.
—Ahora. Necesito ver que no escondes ninguna arma.
Abre los brazos en cruz y da un golpe de hombros. A Verona le resulta difícil
aceptar que esa mujer ha sobrevivido ahí afuera completamente desarmada. Así que
no se fía: tiene que guardar alguna arma bajo la ropa.
—Mira dentro si quieres —Marcia invita a Verona a echar un vistazo a la mochila
que extrae de debajo del poncho multicolor. La deja a sus pies extremando la
precaución, los movimientos bien medidos. Colaborará cuanto le sea posible, por lo
menos mientras le convenga. Ya verá qué actitud adopta más tarde.
—Eso después, Marcia. Ahora desnúdate, por favor. No pongas más difícil la
cosa, joder.
—Debería quejarme yo. Tengo mucho frío, estoy empapada.
Como no le queda otra, accede. De un simple vistazo Verona comprueba que el
cuerpo de Marcia, al igual que el de ella, acusa la ferocidad del hambre. Los huesos
se marcan demasiado bajo la piel, apenas queda tejido muscular sobre ellos.
Comprueba que tiene los pechos consumidos por la falta de alimentos. A pesar de
habérselo afeitado, el nacimiento del vello púbico demuestra que es del mismo color
zanahoria del cabello.
La anfitriona echa una ojeada rápida a la mochila sin quitar ojo a la extranjera,
que tirita de frío y se cubre el sexo y los pechos con las manos.
—Ahora te daré ropa seca, no te preocupes —apunta.
—Ahí dentro solo encontrarás recambios y herramientas para los patines.
—¿Esto qué es? —pregunta Verona sacando del interior un destornillador.
—Ya te lo he dicho. Es un destornillador.
—Podías habérmelo dicho antes. Se puede hacer mucho daño con él, si sabes
usarlo, ¿no crees?
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—Chica, no pensaba ata…
—Verona, si no te importa —le interrumpe para corregirle de nuevo.
Verona cierra la mochila y se la echa a la espalda. Es hora de bajar a la segunda
planta. Arrecia el viento y el frío le escarba los huesos. Invita a la extranjera a recoger
toda su ropa del suelo.
—También eso, Marcia —dice al señalar los patines.
El aspecto de Marcia por detrás es igual de lamentable que por delante. Vértebra a
vértebra, se advierte el dibujo de la columna bajo la piel. El culo está consumido,
igual que los pechos. Por un momento Verona lamenta que no vaya a ser de mucha
utilidad la evangelización de Marcia. Descontando la cabeza y las tripas, la carne
aprovechable se antoja mínima.
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MARCIA Y VERONA se observan juntas frente al espejo, las dos desnudas, mientras
se secan con la toalla. Parecen dos colegialas que rivalizasen por ver quién es más
bonita. Y salvo por la diferencia notoria del color de piel de Marcia —más claro el de
esta— y de constitución física —la extranjera es más fuerte que la anfitriona—, las
dos presentan la misma delgadez.
—Verona, ¿y esos moratones?
—Nada, que estoy aprendiendo a montar en bicicleta y me he caído un par de
veces.
—¿Te has caído de espalda? —pregunta Marcia, extrañada.
—Ah, ¿pero también tengo golpes en la espalda? Ni me había dado cuenta.
—Y otro aquí —señala el costado, a la altura del riñón derecho.
Verona sonríe como el párvulo que, cogido en falta, promete un cambio de
actitud. Qué va a decir ella. Lo ideal es cambiar cuanto antes de tema. Es por eso por
lo que se apresura a decir:
—Estás casi tan delgada como yo.
—Ningún hombre se fijaría en nosotras, ¿no crees? —bromea la forastera.
Verona tuerce el gesto, da un paso atrás y adelanta la navaja con objeto de
demostrar que es ella quien manda allí. Seguidamente se cubre la cadera con la toalla
y los pechos con la mano libre. Le asalta la vergüenza y la urgencia por abreviar la
estancia en el cuarto de baño. Marcia se percata de ello y trata de agradarla.
—Venga, chica, he dicho ningún hombre —insiste en el tono jocoso. Ella no se
apresura a ocultar su desnudez. Hinca los puños a la altura de la cadera, emulando a
Peter Pan—. Yo sí me fijaría.
Menudo consuelo, piensa Verona.
Por un momento le agradaría que estuviese presente Abel y que él se erigiese en
juez: ¿cuál de las dos conserva un cuerpo más apetecible? Ciertamente la novedad
podría decantar la balanza hacia la recién llegada, pero no hay excesiva diferencia
entre ellas. Es posible que a Abel le apeteciese follarse a Marcia, más por cambiar
que por otra consideración. Pero ella sabe lo que le gusta en la cama y cuenta con esa
ventaja.
—Vamos a coger algo de ropa seca, Marcia. Está en el aula de al lado.
—Espero que no te hayas enfadado.
—¿Por qué habría de hacerlo? —El disgusto ahora es más evidente que segundos
antes. No se molesta en ocultarlo. Que la jodan. Demasiado ha hecho con permitirle
el acceso al interior del país.
Luego fuerza la sonrisa e insiste en ir a la clase contigua: allí aguardan el
tendedero y la ropa seca.
—Gracias por haberme aceptado —manifiesta Marcia.
Lo que pretende decir la extranjera es que le ha hecho un gran favor al no
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devolverla a la calle. Bien es verdad que los resucitados, de unos años a esta parte, no
suponen una gran amenaza, salvo que un ruido traicionero los alerte y terminen por
rodearte. Ella ha encontrado la forma de desplazarse en absoluto silencio sobre los
patines. Así que tampoco le habría importado demasiado seguir camino a ninguna
parte. ¿Qué más da un lugar que otro? Lo que diferencia a este de esos otros es el
rectángulo de tierra labrada, el huerto. Desea preguntarle a Verona qué cultiva en él,
pero se contiene: mala idea la de mostrarse demasiado desesperada por la comida.
Más que nada porque le inquieta una duda, casi una señal de alarma: ¿qué puede
ofrecer ella a cambio a la anfitriona, que parece tan confortablemente instalada en el
instituto? ¿Por qué la ha permitido quedarse?
—Vamos o nos enfriaremos —protesta Verona.
Por mucho que se haya cubierto con la toalla Verona se siente incómoda ante la
extranjera, como si de alguna manera temiese simpatizar en demasía con ella. A fin
de evitarlo, recuerda la intención con que, día tras día, enciende la fogata y echa a
volar la cometa: la supervivencia. Que el agua bendita reciba a un nuevo muñeco.
—Un momento, ¿utilizáis eso como bañera? —pregunta Marcia señalando el
congelador horizontal.
A Verona no le inquieta lo más mínimo la pregunta. Contestarla tampoco es tan
difícil. Diferente sería si la bañera contase con un inquilino decapitado y destripado.
Pero entonces no le habría permitido el acceso a los cuartos de baño; la habría hecho
pasar directamente a la guarida.
Sentada sobre el borde de congelador Verona hunde la mano derecha en el líquido
verdinoso. A continuación explica a su invitada que la utiliza para prolongar la
conservación de la carne.
—Es salmuera —indica.
—¿Para qué tipo de carne?
Mientras la forastera arruga el gesto, Verona sonríe con una pizca de malicia. Se
sucede una décima de segundo en que vacila: si le cuenta toda la verdad y nada más
que la verdad, sin otro atenuante que la explicación definitiva —que la supervivencia
está por encima de cualquier reflexión—, habrá de actuar con rapidez.
Consecuentemente Marcia, noqueada ante la respuesta, quedaría a su merced. De
manera que dispondría del tiempo justo para abalanzarse sobre ella y hundirle la hoja
de la navaja en el costado.
—¿Ratas? —pregunta Marcia después de reprimir una mueca de asco—. ¿Carne
de ratas?
—Antes hay que cazarlas, por supuesto. Voluntarias nunca se prestan —bromea.
Vuelve a hundir la mano en el agua bendita.
—Nunca había imaginado algo así.
—Lleva una solución de treinta gramos de sal por litro de agua. El único requisito
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previo es decapitar y eviscerar a la rata. Sumergida en la salmuera, la carne se
conserva durante muchos meses. Luego tan solo hay que asarla.
Frente a los tendederos del aula 32, Verona se apresura a elegir una braga, mete la
punta de los pies y tira de ellas hacia arriba. Después de enfundarse el pantalón de un
chándal masculino, anima a Marcia. Le previene contra la corriente de aire que
favorece el secado de la colada y que corre desde la puerta hasta la ventana que
permanece medio rota; podría jugarle una mala pasada y enfermar.
—Todavía recuerdo cuando iba con mi madre de compras —murmura Marcia con
la voz algo borrosa por la nostalgia—. Esto es algo parecido. Es genial.
—Me alegro de que te guste —Verona se lía en torno a los pechos un trozo de
tela, bien fuerte para que no se afloje a las primeras de cambio.
—Chica, ¿y toda esta ropa es tuya? —La forastera se pasea desnuda por entre los
cordeles. En su imaginación ha regresado a aquellas tiendas que visitaba antes del
Desastre en compañía de su madre.
Verona termina de vestirse en un suspiro y apremia a la invitada. Todavía hay
mucho trabajo que hacer. No se imagina cuánto.
—¿Toda esta ropa es tuya? —insiste Marcia.
—Bueno, una pequeña parte —contesta malhumorada por la repetición de la
pregunta—. La demás la encontré aquí y allá.
—No, chica, me refería a toda esta —murmura. Para que entienda a qué se
refiere, alcanza un calzoncillo y se lo lleva a la cintura—. Me refería a esta.
Es la segunda vez que la curiosidad de la recién llegada sin pretenderlo le tiende una
emboscada. Antes ha sucedido con la cuestión planteada acerca de la bañera; ahora
con esta de la ropa masculina. No es tan tonta como para cometer un error semejante.
De no haber preparado de antemano la respuesta, se habría apresurado a retirar la
ropa de Abel mientras Marcia terminaba de secarse frente al espejo del cuarto de
baño. Y no lo ha hecho.
Bastará con mentirle de nuevo. Qué importancia tiene. Verona ofrece una
explicación tan peregrina como efectiva: también usa ropa masculina. En situaciones
extremas, dice, se impone el aprovechamiento máximo de todos los recursos. Es más,
esgrime a tal efecto, como prueba de lo dicho, el chándal que ha elegido. No hay que
despreciar nada.
—¿Vivía algún hombre contigo? —Marcia ha elegido un pantalón acampanado.
—Preferiría no hablar de ello.
—Cuéntame… por favor. —La forastera retira del tendedero la que fuese rebeca
del señor Debisí. Tampoco presta demasiada atención a esas manchas parduscas que
la afean y que la obstinación de los lavados no ha conseguido erradicar. Lo
importante es sentirse abrigada con ella.
—Volvamos a la azotea, Marcia. Aún hay mucho trabajo que hacer.
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—Como quieras. Si no te apetece hablar, lo dejamos.
—No es que no me apetezca —murmura—, es que me resulta doloroso, ¿sabes?
—Te comprendo.
—Joder, de acuerdo, tú ganas. Pertenecían a mi padre y a mi hermanastro —
murmura.
—Comprendo lo que quieres decir.
—Sigo lavándolas como si todavía estuviesen conmigo. Es una manera de negar
la realidad. Gilipollas que es una, además de una jodida sentimental.
—Lo siento. No pretendía importunarte, de verdad —la extranjera dobla las
mangas de la rebeca hacia arriba porque le quedan demasiado largas.
—Murieron hace ya más de cinco años, y tiene gracia, ¿sabes? Hay días en que
los imagino vivos aún. A veces me despierto y creo que están conmigo, que vamos a
compartir el desayuno.
—Lo dicho, lo siento —ahora es la recién llegada quien se debate ansiosa por
llegar cuanto antes arriba. Ha metido la pata y lo sabe. Cuanto antes suban a la
azotea, antes se olvidará Verona de su padre y de su hermanastro.
A pesar de la curiosidad de la patinadora, el silencio que se abre entre ambas es
cómplice y no amenazador. En ocasiones las alianzas más sólidas se forjan sobre
mentiras del calibre de un misil nuclear. A Marcia le interesa adoptar el papel de
amiga comprensiva, aunque por ahora no sea ni su amiga ni esté dispuesta a
comprenderla. Por su parte a Verona lo que le interesa es que la otra no haga más
preguntas. De seguir por ese camino, encontrará una respuesta tan incontestable como
la que representaría la Estatua de la Libertad semienterrada en una playa: la verdad.
Verona aprovecha la tregua del silencio para colgar la ropa húmeda que vestían
con anterioridad y las dos toallas que han utilizado. Al terminar apunta que, con esa
corriente de aire, estarán secas posiblemente para mañana por la mañana.
—No tengo prisa, mujer —confiesa la extranjera. Es casi una declaración de
intenciones.
Desentendiéndose del comentario, Verona señala las botas con las ruedas y
pregunta para qué sirven.
—¿Nunca has visto unos?, ¿no? Son patines. Sirven para desplazarse. Entrenando
duro se alcanza una buena velocidad sobre ellos. ¿Lo mejor de todo? Que es un
método de transporte silencioso, ideal para internarse en terreno infectado.
—¿Patines? ¿Me enseñarías a utilizarlos? Parece difícil —señala Verona. Ahora
están tan cerca las dos muchachas que una puede percibir el recelo de la otra.
—En absoluto. Solo hay que tener equilibrio.
—¿Cómo en una bicicleta?
—Exacto. Si te apetece… te enseño, a cambio de algo de comida.
—La comida únicamente la conseguirás trabajando, únicamente así —puntualiza
Verona antes de que la otra se haga una idea equivocada de la situación. Aunque es
innecesario que adelante la antigua navaja de Debisí, lo hace por si acaso—. Aquí,
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quien no trabaja… no come.
—Te entiendo, es lo lógico.
Guardará la navaja bajo el chándal en señal de buena voluntad. Por ahora se
permitirá el lujo de confiar en la invitada.
Acodada sobre el muro de la azotea Marcia señala la inactividad de los resucitados,
que yacen bajo los aleros.
—¿Cómo son capaces de morir durante tantos años? —Medita Verona en voz
alta.
—Bah, chica, tampoco creo que haya sobrevivido ninguna autoridad médica
capacitada para responder al enigma.
—A veces, si no media provocación alguna, un ruido que los despierte, son
capaces de estarse así, quietos, durante meses.
—Recuerdo que durante los Años Críticos corrió la teoría de la Doble Muerte.
Según ella, los hambrientos fallecerían por segunda vez en el plazo de unas semanas;
bueno, eso siempre y cuando no consiguiesen alimento. Después se habló de meses,
incluso de muchos meses. Otra deducción errónea. Al fin, cuando se ha comprobado
que nos acompañarán durante años, nada más quedamos tú y yo… y a saber quién
más.
Verona sacude la cabeza. La perspectiva no es nada halagüeña, nada. Ella lo sabe,
la invitada también. En parte porque la supervivencia ha dejado de ser el horizonte al
que dirigirse, ya que ambas son conscientes de que nadie sobrevivirá a los
resucitados.
—Si les gritas o les arrojas algún cascote, resucitan —señala Verona—. Es
gracioso comprobar cómo miran hacia arriba. Hace tiempo inventé un juego. A veces
es muy aburrido estar aquí sola. Los parados se han convertido en parte de la familia.
—¿Parados?
—Sí, así los llamábamos.
—Tiene gracia. O ninguna, según. Antes del Desastre, los parados eran los
ciudadanos que no encontraban trabajo. Quedarse parado era toda una tragedia hace
quince años.
—Marcia, la supervivencia es un trabajo muy duro.
—Chica, eres muy joven para entender lo que digo. Se trabajaba a cambio de un
salario, de un puñado de billetes con que pagar el alquiler del piso o la hipoteca. Por
cierto, te he interrumpido antes. ¿En qué consiste el juego del que me hablabas?
—Lo llamo bautismo.
La extranjera se queda en silencio a la espera de que continúe. Prefiere que hable
la anfitriona.
—Padre nos contó que, con anterioridad a los Años Críticos, se bautizaban a los
bebés al poco de nacer. Por lo visto la cosa consistía en verter agua sobre la cabeza de
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los recién nacidos y luego darles un nombre.
—No es del todo así —objeta la invitada—, aunque se le parece mucho.
—Bueno, lo cierto es que se me ocurrió que sería divertido bautizar a los
muertos. Para no gastar agua decidí utilizar la saliva. Si quieres jugamos luego —
propone Verona, que se aleja en dirección a la fogata.
—Me parece algo irreverente —sentencia Marcia, que la sigue de cerca.
—¿Irreverente?
Verona se arrodilla sobre el círculo de piedra. Retira el plástico y la leña que ha
resultado mojada anteriormente.
—¿Cómo te lo explicaría? Irreverente es lo mismo que blasfemo.
A juzgar por el rostro de la anfitriona, esta no se ha enterado de nada. Verona
desconoce el significado de esas palabras. De modo que prefiere cambiar de tema.
—La idea del fuego es magnífica, chica. La columna de humo se ve desde muy
lejos, casi desde fuera de la ciudad. Y la cometa, lo mismo. Ese color naranja es
imposible que pase desapercibido. Llevo varios días espiándote. Tampoco había que
precipitarse.
—Todo fue idea de Padre.
Verona enseña a la forastera, que se ha empeñado en ayudarle: el papel ha de
colocarlo debajo de los trocitos de madera, pero sin compactar demasiado el conjunto
ya que el fuego necesita respirar para no ahogarse. Tras finalizar la operación cubren
la fogata con el plástico. Con cuatro piedras asegurarán de que no salga volando a la
menor racha de viento.
—Antes me dijiste que vivías con tu padre y tu hermanastro.
—Eso es —reconoce antes de ponerse en pie.
—¿Y encendías tú sola el fuego para llamar la atención de la gente de fuera?
Sobra con que la anfitriona sacuda la cabeza en sentido afirmativo.
—Entonces, chica…
—Verona, por favor.
—OK, Verona entonces… ¿quién era ese muchacho que te acompañaba hasta
hace dos días?
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¿CÓMO SALIR DE semejante emboscada? La única manera es seguir hacia
adelante, aunque a cada paso se aleje más de la verdad. O eso piensa Verona.
—Ah, te refieres a Clod Debisí, el extranjero. Vino de muy lejos, eso dijo. Ha
sido un excelente compañero —explica, inmune al remordimiento.
Ahora se encamina hacia el huerto. Invita a Marcia a que la acompañe. Lo
importante es seguir trabajando como si nada. Así no le concederá ninguna
importancia a la pregunta planteada ni a la argucia esgrimida.
—Aquí cultivo patatas y zanahorias. Poca cosa quizá, pero es lo que me mantiene
viva. Luego te explicaré dónde guardo las recolectadas y cómo preparo el abono. Que
todo tiene su método.
—¿Qué le sucedió a Debisí?
—Tuvo muy mala suerte. Por culpa de un mal tropiezo se hirió en la pierna
derecha, justo aquí —señala el punto exacto, cuatro dedos por encima de la rodilla.
Es el mismo lugar donde resultó herido Abel hace tres meses. Luego se acuclilla
sobre la tierra y observa con atención cada brote—. El culpable fue un paraguas.
Debisí había bajado al vertedero del aula 16, buscaba no sé qué cosa. Bueno, lo cierto
es que apareció sangrando.
De la tierra arranca una patata y se la muestra a la invitada. Es magnífica, casi un
lujo para dos hambrientas como ellas. Contemplan la hortaliza como quien ha
descubierto un tesoro enterrado.
—Hablas de él en pasado. ¿Dónde está ahora?
Si Marcia continúa tan parlanchina como hasta ahora será necesario tomar una
decisión. Verona está absolutamente convencida de que si le corta la lengua dejará de
importunarla.
—¿Debisí? El muy cabrón se ha marchado sin ni siquiera despedirse —comenta
después de sobreponerse a la rabia—. Llevaba varios días diciendo que tenía que
encontrar medicinas y a alguien que le curase. Terminó obsesionado. Pues adiós, muy
buenas. Que le vaya bien, donde quiera que se encuentre.
Las dos muchachas descienden a la segunda planta llevando consigo la mínima
cosecha obtenida. Verona, con la ayuda de un vaso de fuego, le muestra a la otra el
aula donde guarda las hortalizas.
—Está a oscuras para que no se echen a perder. Si les diese la luz se estropearían
—puntualiza al salir del aula.
Durante las dos horas siguientes las dos trabajan codo a codo. Al fin se detienen en el
interior del aula 38, la biblioteca.
—Padre apartó los libros más interesantes en aquel rincón. Hemos ido utilizando
los demás, libros de texto en su mayoría, para encender diariamente la fogata o para
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mantener activo el vaso de fuego de la guarida.
—A mí nunca me gustó estudiar —reconoce Marcia en un arrebato de sinceridad
—. Bueno, tampoco leer. Supongo que ese era el problema.
—¿No te gusta leer?
Mientras hablan, acceden al interior de la guarida. Verona ha invitado a Marcia a
sentarse en una esquina de la cama mientras ella prepara el almuerzo.
—No, de verdad, la lectura me parece tan aburrida… —apunta arrastrando las
palabras—. Prefiero mil veces el cine. Y si es al aire libre, mejor que mejor —la voz
ahora no se arrastra, sino que se eleva y colorea con el fulgor de los recuerdos—. El
sonido de la música y la voz de los actores perdiéndose en la lejanía, libre de las
cuatro paredes de la clásica sala de cine.
—Creo que Padre nunca me llevó al cine —Verona pincha una patata con un
tenedor y la aproxima a la lumbre del vaso.
—Si lo hubiese hecho, te acordarías. Seguro. La primera vez que una va al cine…
Joder, cómo huele esa patata —dice acercando la nariz a la vertical de la misma—.
Nunca se olvida esa primera vez, salvo que seas muy pequeña.
Después del almuerzo, las dos muchachas ocupan la cama. Antes de quedarse
dormida, y con el consentimiento de Marcia, Verona le ata las manos con una cuerda.
Nunca está de más una precaución tan elemental.
—Entiéndeme.
—No te preocupes, chica.
—Cuando confíe en ti no hará falta.
Ahora miran al techo de la guarida. Durante un rato mantienen silencio, luego
comienzan a hablar. Tienen muchas cosas que compartir.
—Gracias por la comida, Verona.
—Mientras te la ganes trabajando, no tendré problema en compartirla contigo.
—Cosas peores he hecho para ganarme la vida en estos últimos años.
A Verona le gustaría que la otra se explicase, que compartiera parte de su
experiencia. Sin embargo, y para no meter la pata, prefiere callarse. Ya habrá tiempo
antes de que se decida a evangelizarla. De no ser por la jodida supervivencia que las
separa, Verona apuesta a que congeniaría con ella.
—¿Y eso de ahí?
La pregunta de Marcia hace que Verona vuelva en sí. Observa cómo la forastera
señala la ilustración del Sistema Solar, la que permanece grapada sobre la madera de
la alacena.
—Llámalo sueño.
—¿A qué te refieres? No te entiendo.
—Bah, es una tontería de las mías. Lo tengo ahí porque me gusta soñar despierta:
ese será el mejor viaje de todos. Si alguna vez abandono este puñetero país, me
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gustaría visitar Saturno o Júpiter.
Marcia se ríe. La carcajada enoja a Verona. De pronto se siente igual que esa niña
que en mitad de la clase es objeto de la burla de sus compañeros por no saberse la
lección. ¿De qué se ríe? Está hablando en serio, muy en serio… Sí, se ha apropiado
del anhelo de Abel pero ¿qué tiene de gracioso?
—Chica, no te vayas a enfadar ahora.
—¿Quién está enfadada aquí? —pregunta haciendo más notorio aún su enojo.
—Oye, solo me ha hecho gracia. Nada más.
—Si me lo explicaras, a lo mejor nos reiríamos juntas. Supongo que sería más
divertido.
—Me refiero a lo de ese viaje. Me ha hecho gracia. Nada más.
—No veo que tenga nada de gracioso.
—Esos planetas están demasiado lejos. Hasta allí no se llega ni en bicicleta.
Tampoco en patines ni en coche.
¿Para qué hablarle de la falta de oxígeno, de la atmósfera y de los vuelos
espaciales?, piensa la pelirroja. Está claro que no lo entendería.
—Joder —masculla Verona.
—Necesitarías un cohete para llegar tan lejos. Ni siquiera Laika lo consiguió.
—¿Cohete, Laika?
Es como hablar con un niño pequeño de trigonometría, o de integrales y
derivadas. Así que será conveniente abreviar el tema. Ofrecerle más explicaciones a
la anfitriona le obligaría a emplear otras palabras para las que serían necesarias
nuevas explicaciones. Algo demasiado agotador en su estado de cansancio.
—Ese viaje de tus sueños, en resumidas cuentas —dice con algo de sorna—, es
solo eso, una quimera, nada más.
Ahora es ella, Verona, quien se ríe por dentro. Piensa en Abel y en que siempre
soñó con algo irrealizable. Maldito hijo de puta. Se ríe para sí misma, para dentro.
—Si hubieses ido al colegio sabrías de lo que hablo, pero supongo que eras muy
pequeña cuando todo ocurrió.
—Tenía cinco años.
Al despertar de la cabezada de media tarde ya casi ha anochecido. Sobre el instituto
ha caído esa noche prematura de principios de invierno, y eso que son poco más de
las cinco de la tarde.
Verona abandona la cama, dispuesta a bajar hasta la primera planta.
—Necesito que me acompañes, Marcia —dice mientras le desata las manos.
Es mentira: en realidad no precisa de su compañía. Es una manera de evitar que
se la extranjera se quede sola en la guarida y curiosee aquí y allá por su propia
cuenta. No vaya a ser que descubra algo que ella quiera esconder.
Es lógico que Verona recele. Le extraña que todavía la otra no le haya preguntado
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por la puerta cerrada del aula 36, la de la iglesia. Es más que sospechoso su silencio.
Lo lógico habría sido mostrar interés por el aula cerrada y en cambio ella ha obviado
en todo momento el tema. Así que no piensa facilitarle el trabajo. Joder, si quiere
saber qué hay detrás de esa puerta que pregunte. Ya tiene pensada una respuesta con
que satisfacer su curiosidad.
—Como quieras, chica, yo voy donde tú me digas.
En la primera planta extreman las precauciones con objeto de no alertar a los
hambrientos. Para ello caminan descalzas con la única defensa de los calcetines.
Avanzan muy lentamente y se comunican entre ellas por gestos o hablándose
directamente al oído. El hedor que sube por el hueco de las escaleras que conducen al
patio es un aviso: los muertos siguen ahí, dispuestos a despertar de la hibernación.
Se adentran en el ala oeste, iluminadas por la apocada lumbre del vaso de fuego
que porta Verona. En la otra mano empuña el machete. La extranjera —que por
expreso deseo de la anfitriona va desarmada— se pregunta a dónde diablos se dirige
la muchacha. ¿Qué coño está haciendo?
Se alejan de la muralla que defiende el ala oeste para avanzar a través de esta. A
todas las aulas les faltan las puertas, a todas menos a la del aula 16.
—Quédate aquí fuera —susurra al oído de su compañera.
—Ni hablar —protesta Marcia en un hilo de voz.
—Necesito que permanezcas atenta. Si ellos rompiesen la muralla estando aquí
dentro, se acabó el juego. Solo tardaré unos minutos.
Los ojos de Marcia son sinceros: tiene miedo. La patinadora siempre ha elegido
los espacios abiertos cuando ha necesitado enfrentarse a los muertos, consciente de
que su habilidad y rapidez sobre los patines eran más que suficientes. Aquí, sin ellos,
es lógico que recele. Sin embargo tampoco le apetece que Verona piense que se ha
equivocado al permitirle el acceso al instituto. De manera que se traga el miedo antes
de afirmar que está de acuerdo.
—Voy a contar hasta cien —susurra la portadora del vaso—. Espero salir antes,
¿de acuerdo?
—Hasta cien, perfecto.
Prueban a sincronizar el ritmo del conteo. Marcia ha de adaptarse a la velocidad
de Verona, que ya tiene sistematizado el ejercicio. Les vale con un par de intentos
para conseguir esa sincronía.
—Recuerda, hasta cien.
—OK. Chica, ¿qué hago aquí fuera mientras tanto?
—Rezar si sabes. Si despertasen los parados, me avisas.
Al menos Verona tiene la deferencia de no cerrar la puerta del aula. Con ello
permite que la invitada la observe desde el mismo quicio. Verona se adentra en el
vertedero después de anudarse un pañuelo sobre la nariz. Sí, lo sabe, es poca defensa
para el hedor que infecta la estancia, pero qué otra cosa puede hacer.
Ha venido a comprobar el estado de los cadáveres de los últimos hambrientos
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ejecutados en las noches de euforia, y de paso ver si logra alguna pieza menor. El
trabajo es de lo más desagradable: de un machetazo certero abre los vientres de los
tres cadáveres: Alegría, Negro y Zurdo. Las tripas explotan hacia afuera y se
desparraman a través de las heridas. A patadas, y reprimiendo una arcada, las esparce.
Están tan podridas que se deshacen bajo la fuerza de los punterazos. Hay alguna que
otra que se obstina, rebelde, en seguir anclada al abdomen. Bastará con agacharse y
tirar de ella mientras pisa el otro extremo.
… 46, 47, 48, 49, 50…
Lo malo es que la sangre pastosa humedece el calcetín y ello le desagrada
profundamente. Cuando se dispone a limpiar el tercer cuerpo, sucede. Aun cuando la
luz del vaso de fuego es mínima, Verona la distingue por el rabillo del ojo,
correteando sobre la pirámide de basura. Es una rata enorme, casi del tamaño de un
gato, que se afana sobre las tripas que ella ha lanzado lejos de los cadáveres.
Un desagradable sonido acompaña el trabajo de los dientes del roedor.
—Tienes más hambre que nosotras —murmura. Aguarda un instante sin moverse,
a la espera de que el animal se confíe por completo, o cuando menos baje la guardia.
Sabedora de que ha de emplearse con rapidez, perfecciona el movimiento de su brazo
dentro de la cabeza: la flexión exacta de las rodillas, la torsión del tronco y el vuelo
circular del brazo—. Hoy tenemos invitada en casa.
De regreso al vientre de la guarida, y una vez cerrada la puerta y atrancada con el
pertinente mueble, ya pueden hablar. Lo primero que hará Marcia es arrojarle a la
anfitriona la pregunta que le corroe desde hace un buen rato. Se ha sentado a la mesa
y juguetea con el dado, haciéndolo rodar entre los dedos.
—¿De quiénes eran esos tres cadáveres?
Verona, que se ha quitado los calcetines embadurnados de sangre, se apresura a
ponerse otros. Sonríe. Coge de nuevo a la rata muerta de la cola, la levanta hasta que
queda a la altura de la cara, como quien muestra un excelente trofeo de caza, una
pieza única digna de la mejor colección.
—Despelléjala, Marcia —ordena antes de lanzarle el animal.
La forastera se aparta y la rata rebota en la mesa y arrastra el dado en su caída al
suelo. Después de que Verona devuelva el dado a su posición de privilegio sobre la
mesa, Marcia acepta a regañadientes la navaja de cachas rojas que la anfitriona le
tiende.
—Preferiría no hacerlo.
—Esa será la cena.
—De acuerdo, pero todavía no me has contestado, ¿de quiénes eran esos
cadáveres?
Verona se sienta en una esquina de la cama. De debajo de ella extrae el ejemplar
de Marcovaldo. Después de un día tan duro le apetece un poco de lectura. Maneja el
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libro con cuidado para que no se desencuadernen más páginas. Bastante tiene con el
agravio de las dos hojas que permanecen sueltas desde que Abel las arrancase
mientras la violaba. Mil veces las ha planchado con la mano para quitarle las arrugas
que cobraron al ser introducidas en su boca. Pero no hay nada que hacer.
—Eran tres parados. Ya te contaré. Antes, despelleja a la rata.
—De acuerdo, chica, yo la despellejo y tú me cuentas.
Para que quede claro su afán por colaborar, Marcia se apresura en abreviar la
operación. Enhebra la navaja en la piel, buscando un lugar donde separarla de la
carne. Luego practica el corte. A la patinadora le incomoda el pelo áspero, duro, de la
rata. El asco que experimenta le pone el vello de punta. Pese a todo trabaja con la
seguridad propia de quien tiene experiencia.
—No es la primera vez que lo haces —indica Verona, que ha levantado la mirada
del libro.
—¿Me cuentas qué hacían esos tres cadáveres allí?
—Mi hermanastro inventó el juego de la noche de euforia. Gracias a él
matábamos el aburrimiento de las infinitas noches de invierno. Tal vez fue el juego
más cruel que creó —por un instante piensa que no, que más cruel es la
evangelización de los muñecos. Pero será mejor quedarse calladita.
Marcia muestra la rata completamente despellejada. La deposita sobre la mesa y
se acerca a la cama después de limpiarse las manos en un trapo.
—El juego es bien sencillo: consiste en despertar a los resucitados y elegir a uno
de ellos. Hay que…
—Pero esos cadáveres —la interrumpe— tienen menos de cinco años.
Seguidamente echa un vistazo al título del libro que sostiene la lectora entre las
manos.
—Si me dijiste que tu padre y tu hermanastro murieron hace…
—Lo he seguido practicando yo sola —fantasea—. Te preguntarás por la
finalidad del juego, ¿no? En el aula 30 guardo un montón de huesos, ¿recuerdas? Ya
te dije que sirven de abono.
—Lo recuerdo.
—Hay que molerlos bien hasta hacerlos polvo. Los huesos provienen de los
cadáveres de los parados. De alguna manera, la noche de euforia hace divertida la
elección del abono. No sé si me sigues.
A la extranjera le gustaría bromear con el tema, pero prefiere olvidarse de él o
cambiar de tercio.
—El libro está jodido —señala.
En su fuero interno Verona preferiría olvidar lo que hizo Abel. Tampoco hay
necesidad de que Marcia se lo recuerde. A veces sospecha que debería abreviar la
pantomima y quitar a Marcia la cara de un mazazo. Sin embargo cuenta hasta diez,
respira y se traga la rabia.
—Por lo menos el libro tiene casi tantos años como yo —explica—. Padre me lo
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leía siendo pequeña, antes incluso del Desastre. El pobrecillo se está deshojando.
—Se llama como tu apellido —le recuerda—, Marcovaldo.
Despierta en mitad de la madrugada. De inmediato lamenta la interrupción del sueño,
la oportunidad perdida: en él acompañaba a Marcovaldo en su búsqueda de leña.
Estaban en el bosque de la autopista cuando de pronto ha regresado a las entrañas de
la guarida. Joder. Verona maldice, muerde unos insultos. Para una vez que ha logrado
que la lectura convoque un sueño paralelo a las aventuras vividas en el papel, algo la
despierta.
De pronto, tras un segundo de confusión, Verona acierta a comprender de quién o
de qué es la culpa: le ha despertado la ausencia de Marcia. Estira el brazo. La otra
mitad de la cama está vacía. Al principio piensa en positivo, que la pobre se ha
levantado a orinar y que regresará de inmediato de los lavabos. Luego cambia de
opinión: una luz de alarma se enciende dentro de la cabeza. Se ha quedado dormida y
se ha olvidado de atar las manos a la pelirroja. Por el propio bien de Marcia desearía
equivocarse. Ojalá no esté en lo cierto y no haya ido a husmear a la iglesia.
Alcanza el mazo, que duerme a su derecha. También se provee de la navaja y el
machete. Nunca estarán de más. Por supuesto dejará el vaso de fuego donde está,
junto a la cama. Será mejor desenvolverse a oscuras.
—Maldita puta —masculla en voz baja. La rabia crece en espiral dentro de su
estómago, igual que las llamas de un incendio incontrolable.
Verona mide cada paso con la intención de hacer el menor ruido posible. La
puerta está entornada. Una vez en el umbral de la guarida, aguza el oído. A poco que
se esfuerce, escuchará el forcejeo. Para quien sabe escuchar es perfectamente audible:
alguien trastea el pomo de la puerta que bloquea el acceso a la iglesia, muy
quedamente, pero lo bastante para que ella lo perciba.
Después de todo era lo lógico, como ha sospechado desde un principio: al final
Marcia se ha dejado vencer por la curiosidad. Tal vez debió desconfiar de ella desde
el minuto uno y acabar con su vida a las primeras de cambio.
Las manos de la lectora se cierran sobre el mango del True Temper, que se
convierte en la prolongación de la rabia que experimenta. La muy puta. Ahora ya no
hay vuelta atrás. Castigará la osadía de la recién llegada con ejemplar dureza.
Cuando Marcia se siente descubierta, la sombra de la anfitriona está demasiado
cerca. Menos mal que la oscuridad oculta el mazo de derribar paredes.
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EL TURBIÓN DE la sangre, el motor acelerado del corazón, la caldera de la cabeza.
Verona preferiría no hacerlo, al menos de momento. Pero ya se ha acabado el juego
con la patinadora. Además, el estómago gruñe ansioso, como una cañería vieja.
Está a punto de proyectar toda su furia, de descargar el peso del mazo contra la
sombra de la extranjera, cuando esta, en el último momento, se retira un paso de la
puerta de la iglesia. Marcia ni se lo imagina, pero nunca ha estado tan cerca de la
muerte. Ha dejado de forzar el pomo en el instante exacto, ni un segundo antes ni
después, igual que si obedeciese a una coreografía. Se sabe descubierta.
Es culpable, no hay más vuelta de hoja, piensa Verona. Acaba con ella. Para no
repetir el sufrimiento extremo padecido por el señor Debisí, había pensado en algo
diferente. La invitada se merecería un final mucho más rápido, menos traumático.
Incluso había pensado en matarla sin que mediase la evangelización, que bastante
desgracia ha tenido ya con acudir a la llamada del humo y la cometa, y macerar la
carne solo después de que hubiese muerto.
Esta es la idea que ha barajado durante todo el día. Sin embargo la impertinencia
demostrada con las preguntas y su malsana curiosidad merecen el castigo extremo, el
martirio de la carne antes del estertor definitivo. Diferente es que sea capaz de
alcanzar la perfección de Abel, depurada tras muchas evangelizaciones.
Las manos de Verona estrujan el mango, reconocen cada imperfección de la
madera, cada grieta, mientras transcurre el segundo infinito de la espera. Los brazos
se incendian anticipando el movimiento definitivo. Un momento: si desea evangelizar
a Marcia debería golpearle en las piernas, no vaya a ser que la mate del primer
mazazo. Así que nada de buscar la cabeza o el pecho.
Antes de que se decida a ejecutarla, Marcia sisea en demanda de silencio. Un
segundo después repite el siseo. Verona la maldice en silencio, no ha hecho ningún
ruido por el que haya de ser reprendida… salvo que el tambor del corazón sea audible
en mitad de la oscuridad del pasillo. Mastica la rabia, igual que si fuera un tasajo de
carne dura. Se concede una tregua antes de dar un paso en falso y que tenga que
arrepentirse luego.
De momento depondrá toda actitud violenta. Se acerca a la sombra oscura de la
extranjera. Ahora el True Temper cuelga, inerte, de la mano derecha a lo largo de la
pierna. A ver qué coño quiere.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta Marcia en un susurro. Sus palabras apenas son
un requiebro del aire.
—¿Qué ha sido qué?
Ahora que se halla junto a la invitada, sería el momento idóneo para retorcerle
uno de los brazos detrás de la espalda y conducirla sin más contemplaciones hasta la
cama.
—Me refiero a eso.
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Verona no escucha nada, o no quiere escucharlo. Porque la verdad es que, si
aguza el oído, se advierte un ruido mínimo, insignificante, en el interior de la iglesia.
El silencio de la madrugada es tan intenso que es imposible que pase desapercibido.
Por ahora lo negará todo por sistema.
—Es tu imaginación —murmura Verona al oído de la patinadora—, regresemos a
la cama, que hace frío.
—¿Qué hay detrás de la puerta?
La anfitriona tantea la penumbra, alcanza una de las mangas de la forastera y tira
de ella hacia la guarida. Para ambas será mejor regresar a la calidez del aula más
acogedora del instituto. A la pregunta formulada por Marcia podría responder con una
mentira: no hay nada. Sin embargo es demasiado evidente que no es así. La
curiosidad de Marcia por descubrir el origen de ese ruido casi inaudible es más que
comprensible. Pero, ¿qué otra cosa puede hacer sino mentir? Todo sea por mantener
el secreto.
—Solo trastos viejos —susurra—. La mantengo cerrada porque… una de las
ventanas estalló en mitad de la última tormenta. Si la tuviese abierta haría demasiada
corriente con el aula donde se seca la colada.
Por fortuna en el último momento ha sido capaz de encontrar una explicación más
o menos coherente.
La extranjera duda. A lo mejor es verdad lo que le ha dicho la anfitriona y ella
está empeñada en hallar fantasmas donde no hay otra cosa que el vacío más absoluto.
Si lo piensa bien, ¿qué necesidad tiene la otra de mentirle?
—Volvamos a la cama, por favor —el tono empleado por Verona ahora es de lo
más conciliador—. Hace frío.
—¿Solo trastos?
—Será mejor regresar a la cama. Por favor —añade retorciendo las erres.
La oscuridad añade un punto de amenaza a las palabras de Verona. Marcia está a
punto de claudicar, de darse por vencida, cuando algo suena al otro lado: es un golpe
en el suelo, o eso parece.
Por fortuna para la pelirroja, gracias a la oscuridad, el abismo al que se asoma la
mirada de Verona es tan solo una suposición. O ni tan siquiera eso, porque no es
capaz de imaginar lo cerca que se encuentra del final. La confianza en sus propias
posibilidades y la experiencia adquirida en los últimos quince años juegan, en este
caso, en su contra.
—Ya te he dicho que no es nada; quizás el viento que ha movido algún trasto
viejo. No insistas y regresemos a la cama. Mañana habrá que trabajar duro.
Verona apoya la cabeza del mazo en el suelo y descansa el brazo. Cinco kilos de
peso no es ninguna tontería en su estado. El mutismo que adopta la recién llegada es
una negación en toda regla. Permanece firme en su deseo de que le facilite la
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verdadera explicación de lo que ocurre tras la puerta.
En silencio Verona lamenta la casualidad de que, por culpa del color de pelo y de
las pecas, la invitada se parezca tanto a su añorada Ligorita. Así no va a resultarle
fácil acabar con ella cuando se decida a hacerlo.
—Ahí dentro hay alguien —susurra Marcia.
—Regresemos a la guarida y ya te cuento. No es conveniente quedarnos mucho
tiempo aquí.
—¿No será el extranjero del que me hablaste?
—¿Debisí? Estás loca. Te equivocas, únicamente es el viento. Recuerda que hay
una ventana rota.
La patinadora barrunta que es posible que la muchacha le haya mentido y que
Debisí no se haya marchado aún. Está absolutamente convencida de que, al otro lado,
se esconde algo más que una montaña de trastos viejos. De ser así, ¿por qué lo
mantiene encerrado?
La anfitriona tira de ella hacia atrás: es un gesto amistoso, nada violento, como si
pretendiese convencerla de la necesidad de hacerle caso. Pero Marcia, ayudándose de
un movimiento brusco del brazo, se deshace del marcaje. El de ella sí que es un gesto
poco conciliador. Necesita saber la verdad.
Verona vuelve a atrapar el brazo de Marcia y tira amigablemente de ella en
dirección al aula de al lado.
—Chica, dime que es el señor Debisí.
—Ahora te cuento, una vez hayamos vuelto al refugio.
Verona se ha tumbado en la cama, las manos detrás de la nuca, la mirada lanzada
contra el techo, las armas próximas a la cadera. Se ha mareado. La cabeza le da
vueltas, pero no ha de mostrar debilidad. Estaría perdida.
Marcia, por su parte, permanece arrodillada sobre una esquina, los brazos
cruzados sobre el pecho, en una actitud defensiva y ofensiva al mismo tiempo:
aguarda una explicación que la convenza, o de lo contrario regresará frente a la puerta
cerrada.
Gracias a la luz mínima del vaso de fuego, la sombra de la extranjera baila
convulsamente sobre los muebles que rodean la cama.
—No es Debisí, ya te dije que se marchó —Verona miente con impunidad. No
porque no sea Debisí quien permanezca oculto en el útero de la iglesia, sino porque el
señor Debisí nunca se marchó. Es más, sus huesos, ya mondos, aguardan en el aula
30 el turno para ser molidos y espolvoreados sobre el huerto. Lo único que sobrevive
del extranjero de ascendencia francesa es la flauta, que guarda en el interior de uno de
los muebles, la navaja de las cachas rojas e iniciales CB, y la historia de la ninfa
Syrinx y el dios Pan, que perdura en su memoria.
—Es uno de los parados —empieza Verona cuando el silencio se hace
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insoportable.
—¿Un resucitado, uno de esos muertos?
Basta con que Verona cierre los ojos para que la otra entienda el gesto como una
afirmación. La extranjera mastica un rosario de insultos mientras se incorpora y
camina de aquí para allá, mostrando la misma intranquilidad que una fiera enjaulada.
—Chica, ¿qué hace aquí arriba entonces?
La pregunta es tan presumible que no sorprende a Verona.
—Es largo de contar —con una palmada sobre la manta, invita a la pelirroja a
sentarse junto a ella—. Casi tanto como el sufrimiento padecido.
—Estás loca, jodidamente loca —masculla lanzando patadas al aire—. Cuando
creo que he encontrado un refugio verdaderamente seguro y alguien en quien confiar,
descubro que esto es una ratonera… y tú, una tarada mental.
—Ya te dije que volviésemos aquí, pero insististe en descubrir el secreto de la
iglesia.
—¿A qué te refieres cuando dices iglesia? —Ahora sí que no entiende nada—.
¿Una iglesia aquí? Querrás decir capilla.
—Bueno, ya lo sabes todo. Ahora me gustaría dormir un rato más —farfulla,
obviando las preguntas de la patinadora. Por fortuna parece que el mareo remite—.
Cuando amanezca nos esperan las labores diarias.
—Ey, chica, no vayas tan rápido. Todavía no sé nada. Si como has asegurado el
extranjero ya se marchó, ¿quién es ese resucitado?
—Alguien que se merece estar encerrado, eso y mucho más. Sé de lo que hablo.
—¿Quién? —pregunta Marcia, que se ha arrodillado junto a ella. La mira
directamente a los ojos: tiene que vomitarlo todo. Ahora no dejará que se escabulla.
—¿Qué importancia tiene para ti? —Se sucede un compás de silencio—.
Ninguna, Marcia. Es cosa mía. Tú eres aquí la invitada, nada más que eso.
Recuérdalo.
—De acuerdo. Mañana mismo me marcharé. He entendido el mensaje: seguiré mi
camino. No te preocupes.
Después de que Verona le ate las manos, Marcia se tumba en su mitad de la cama,
de espaldas a Verona. Cuanto antes concilie el sueño, mejor. Se impone el
aprovechamiento máximo de la madrugada. Mañana le esperan de nuevo la aventura
y el miedo sobre los patines. Salvo que…
De pronto se le ocurre una idea descabellada. ¿Por qué tiene que marcharse ella?
¿Tendrá el valor necesario para luchar contra la anfitriona?
El sueño arrincona amistosamente a la extranjera cuando, de pronto, la voz de
Verona sobrevuela la estancia, igual que una cometa naranja que solicitase su ayuda.
—Quien permanece encerrado es mi hermanastro Abel —susurra—. Bueno, o lo
que queda de él.
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La extranjera rueda sobre la espalda y se arrima a la anfitriona. Necesita estar lo más
cerca posible cuando la otra se decida a contarle su vida o, de lo contrario, no oirá ese
hilo de voz. En realidad a Marcia le gustaría volver al estado anterior a la crisis de la
iglesia, a esa mínima amistad nacida entre ambas y olvidar este recelo de ahora.
¿Será capaz?
—A ver, toda la culpa fue de Padre —dice Verona—. Mi madre murió meses
después de nacer yo, en un accidente de automóvil. Muy poco tiempo después
conoció a Cecilia. Demasiado poco. Se fueron a vivir juntos antes de que se
marchitasen las primeras flores de la tumba de mi madre. Al principio todo parecía
perfecto. Además, yo era tan pequeña que tardé en percatarme del giro que había
dado mi vida. Ahora ya lo sabes.
La penumbra acorralada por los muebles que cercan la cama, el silencio de la
madrugada y el de los cuerpos, la sangre amansada después del encuentro beligerante
frente a la puerta… todo confluye en ese segundo eterno.
—Hace unos tres meses, Abel tuvo un desgraciado accidente. Una varilla le
atravesó la pierna.
—Chica, ¿no sería mejor ahorrarle sufrimiento? No creo que… —se interrumpe
al observar el ceño fruncido de la joven. No sabe cómo diablos continuar. ¿Cómo se
atreve ella a valorar los sentimientos de la anfitriona?
Verona sacude la cabeza. No está de acuerdo en absoluto. ¿Qué puede responderle
si desconoce los pormenores más escabrosos? Abel la ha golpeado, vejado y violado
impunemente durante los últimos años. No se lo merece; el muy cabrón sufrirá en la
misma proporción que ella. Es lo justo. Nada ni nadie alterará los planes que tiene
para Abel.
—Verona, no es cristiano… ni tan siquiera humano.
Nada de lo que diga le hará cambiar de opinión. Marcia no tiene ni puta idea de
nada. Podría escupírselo a la cara, hablarle incluso de aquella mañana de hace cuatro
años, del descubrimiento de la catarata de sangre y el tormento del útero, partido en
dos por el dolor. Pero se defiende tras una risotada tan nerviosa como fugaz.
—Chica, no hay quien hable contigo.
—¿Qué sabrás tú, Marcia? Esta mañana te mentí en los baños. El culpable de
estos moratones —se levanta la ropa para mostrarlos— es él, Abel, y no las caídas de
la bicicleta. No sabes nada de mi vida, así que no puedes decidir lo que es humano y
lo que no. En realidad no fue al señor Debisí a quien viste días atrás en la azotea
trabajando conmigo: era Abel. Eso fue antes de su final. Ahora ya no conviene que
ande suelto por ahí.
—Perdona, pensaba…
—Ese hijoputa no es de tu incumbencia —le interrumpe—, a ver si te enteras, ni
lo que le suceda tampoco.
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—Perdona, mujer, pensé que lo mantenías…
—¿Qué?, ¿qué has pensado?, ¿que no lo ejecutaba por pena? Espera que me ría.
Esto ha sido un verdadero infierno con él. De modo que nadie estropeará mi
venganza —concluye adelantando la navaja del difunto señor Debisí.
A pesar de la tibieza de la luz, Marcia percibe la tormenta que se ha desatado en
los ojos de Verona. Insistir sería como ponerse delante de un tren que se acerca a toda
velocidad. Más prudente será dejarlo pasar. Cualquier comentario podría empeorar el
ánimo de la muchacha, que cada vez se muestra más inestable. A ver si con un poco
de suerte, barrunta, se quedan dormidas pronto. Mañana ya tendrá tiempo de adoptar
una decisión.
—Olvídate de él, extranjera. Está inmovilizado y amarrado a un pupitre. Además,
tiene rotas las piernas. Es inofensivo.
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24
—AL DÍA SIGUIENTE recuerdo que tenía un examen de historia, el primero del
curso —refiere Marcia. Ahora mismo sus palabras son tan frías como un informe
forense—. Aquello ocurrió poco antes de Halloween. Me acuerdo de que estaba
memorizando una de las lecciones sentada en la mesa de la cocina. Imagínate a siete
hermanos. Sí, siete, como los de la película.
Verona no sabe con exactitud a qué se refiere. Pero permanece atenta a la
narración de Marcia. Han estado toda la mañana trabajando duro en la azotea. Acaban
de almorzar y se han tumbado a descansar. No hay prisa alguna y por eso los
recuerdos cobran protagonismo.
Al fin la invitada se ha decidido a hablar y Verona la observa a su antojo. Como
Marcia proyecta la mirada hacia el techo, ella goza de carta blanca para mirarla. Ese
enjambre de pecas que le anida en las mejillas, los tirabuzones de pelo, la perfección
de las cejas o de la línea de la barbilla, los labios ligeramente voluptuosos. Hoy está
más hermosa que ayer, o eso le parece.
—Fue entonces cuando sucedió: la radio enmudeció. Ello provocó la protesta de
mis hermanos pequeños y de mi madre. Estaban escuchando no sé qué programa.
Nuestro padre salió de casa, dispuesto a preguntar a los vecinos.
»Volvió diciendo que todos tenían el mismo problema. Ante el cariz que estaba
tomando la situación, Mamá nos mandó a todos a la cama, sin excepción. A mí
también.
»Me opuse en vano. Camino de la cama, hice responsable de su decisión mi más
que probable suspenso en historia. Aún no nos habíamos dormido ni mi hermana
Grace —con quien compartía cama— ni yo, cuando escuché que mi padre salía
nuevamente de casa.
—Eso mismo sucedió en casa de Cecilia —comenta Verona sin apartar la mirada
de los labios de su compañera—. Yo ya estaba tumbada y Padre me leía un cuento
cuando se perdió la señal de la radio.
—Al dormirse mi hermana Grace, sin nadie con quien cuchichear, enseguida me
venció el sueño. No sé cuánto tiempo transcurrió antes de que nos despertara la
desesperación de Mamá. Por encima de su llanto se escuchaba el griterío de los
vecinos y las sirenas de las ambulancias y los bomberos. Fue una noche muy larga.
Marcia prosigue con la narración de sus desgracias. Cuenta cómo, al rayar el alba,
su progenitor informó a toda la familia de que iban a hacer un viaje muy largo.
—Mamá ni siquiera preparó el desayuno. No había tiempo que perder. Esa era la
consigna que repetía mi padre. Le hablé de mi examen. Me respondió que, durante un
tiempo, no habría más clases.
Definitivamente el asunto era mucho más grave de lo que habían imaginado en un
principio, mucho más que la muerte de la radio o la precipitación de un largo viaje.
La familia de Marcia abandonó la ciudad para verse atrapada en mitad de una
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caravana de proporciones bíblicas. La patinadora recuerda cómo su progenitor les leía
la Biblia, pasajes del Antiguo Testamento y del Éxodo de Egipto, mientras
aguardaban el momento de seguir camino.
Alentada por la sinceridad del momento, por la franqueza de los recuerdos, Verona le
desata las manos. Como respuesta, Marcia le ofrece el brazo para que se recueste
sobre él, como hacía con su hermana Grace cuando esta no se podía dormir. La
anfitriona acepta con gusto la invitación. Las penas compartidas son menos. Y
aunque disfruta del instante, de la calidez del otro cuerpo y de su olor, la mano
derecha de Verona —escondida bajo el trasero— no abandona la actitud defensiva:
aún aferra con fuerza la navaja del señor Debisí.
—El ejército apareció campo a través. Los militares nos recomendaron que
abandonásemos los automóviles. La tropa se marchó tal como vino y nos dejó a
merced del miedo. Entre los conductores atrapados en la caravana corrió la idea de
que habíamos entrado en guerra. Hubo incluso quien afirmó que habían estallado
varias bombas atómicas no muy lejos de allí.
Después de la primera muerte y posterior resurrección, la sangre salpicó los
cristales con tal fiereza que los limpiaparabrisas se vieron desbordados ante tanto
trabajo. La muerte corría sobre el asfalto a la velocidad de la pólvora. Las nuevas
víctimas se levantaban con los ojos enrojecidos, igual que si las bombas atómicas no
hubiesen estallado en otro lugar más que dentro sus cerebros. El hambre —o la rabia
ya que nadie supo responder a esta dicotomía— acorraló a quienes se escondían bajo
los camiones o los que se subían a los techos de los automóviles.
—Antes de que huyésemos nuestro padre resultó herido por una bala perdida. Por
desgracia no lo supimos hasta el día siguiente.
»Su instinto nos guio lejos de la carnicería. Para que no nos perdiésemos, observó
la precaución de amarrarnos con una cuerda a cada uno de nosotros. Él y Mamá
encabezaban la marcha; yo la cerraba al ser la mayor. Imagínate, mis seis hermanos
amarrados por la cintura, joder.
Marcia interrumpe la narración. El silencio y las palabras no pronunciadas son tan
elocuentes que ni tan siquiera hace falta que continúe. ¿Qué podría añadir a esa
imagen de su madre y hermanos caminando tras los pasos del cabeza de familia? Se
niega la deshonra de las lágrimas.
Los desconchones del techo y las grietas que cuartean la pintura reflejan a la
perfección el estado psicológico de la pelirroja.
Durante días Marcia deambuló totalmente desorientada. Y sola. De la masacre
acaecida únicamente quedaba como testigo la lazada de la cuerda en torno a la cintura
y el cabo de la misma, colgando a lo largo del pantalón, igualito que el cíngulo de un
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hábito de monje. Cada vez que Marcia miraba el cabo, que lo reconocía entre los
dedos, recordaba la desesperación de los dientes y la urgencia de romper la cuerda.
Nunca un depredador lo tuvo tan fácil: tras fallecer por culpa de aquella bala perdida,
una vez resucitado, su padre solo tuvo que atacar a la esposa. Ella no pudo escapar.
Ninguno de estos recuerdos traspasa la frontera de los labios de la forastera.
Quedarán archivados en el estómago. Tampoco hay necesidad de vender pena a
nadie. Como consecuencia de esta decisión, entierra sus sentimientos bajo la paletada
de una sonrisa. Prohibido mostrar debilidad ante otro superviviente.
Verona, que se percata de la hondura de la herida que la aflige, se apresta a
cogerle una mano, la de ella entre las suyas. El gesto es tan espontáneo, tan cariñoso,
que la invitada responde de inmediato: mira a los ojos a la anfitriona para agradecerle
el detalle en silencio. La comunicación muda entre las dos. La sonrisa que dejan
escapar a través de los ojos, en señal de reconocimiento ante las penurias sufridas por
la otra.
La rúbrica la pone Verona, que le regala a Marcia un beso en la mejilla. En ese
instante, casi como en una revelación, la pelirroja advierte que la anfitriona, a sus
veinte años, tiene ahora la edad que contaría su hermana Grace de no haber mediado
aquella fatalidad de la bala antojadiza y la trampa de la cuerda. A fuerza de ser
sincera, Verona no se parece físicamente en nada a esa niña delicada y de ojos azules
con que sueña cuando la indulgencia del subconsciente libera sus sentimientos. Ni en
la peor de las situaciones, Grace se asemejaría a una cavernícola desgreñada como
Verona.
—A mí, de Padre lo único que me queda es la bicicleta que guardo en la azotea, la
canción del The End y este libro deshojado —Verona muestra el ejemplar de
Marcovaldo—, y de mi hermanastro, este collar.
Marcia observa con detalle las falanges, una a una, como si fuesen cuentas de un
rosario. Las dos se hallan tan próximas que la respiración de una se confunde con la
de la otra, y aunque la cercanía entre extraños suele resultar enojosa, ninguna de ellas
la siente así.
—¿Te gusta? Me lo regaló Abel para mi último cumpleaños.
—Sería más bonito si fuese de perlas, chica.
—Nosotros salimos la casa sin saber que no volveríamos nunca —empieza
diciendo Verona. Ahora le toca el turno a ella—. O eso nos contó después Padre en
numerosas ocasiones. Por lo visto tenía que repostar gasolina. No se fiaba después del
silencio de la radio y de la ceguera del televisor, y temía que se agotase el
combustible. Todo podía ocurrir, decía.
»Abel y yo aprovechamos la oportunidad para apuntarnos y salir de casa. Esto
nos separó definitivamente de Cecilia, la madre de Abel, y la tía Nicole, su hermana.
Las dos brujas, muy putas ellas, se mostraban muy amables conmigo cuando Padre
estaba en casa, y todo lo contrario cuando se marchaba a trabajar.
—Jodidas cabronas.
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—Después de la muerte de mi madre, la vida se convirtió en un infierno, invisible
para los demás, excepto para quienes participaban de él: la tía Nicole, Abel y su
madre.
—¿Y tu padre qué decía?
—Protestó en varias ocasiones y nunca consiguió nada. Muchas veces lo oí
discutir con Cecilia. Recuerdo que le pedí que le prohibiese entrar en mi cuarto. Al
final lo consiguió. Pero aquello trajo nuevas peleas. Desde aquel día Padre se hizo
cargo de la limpieza de la habitación, de hacer la cama y demás tareas.
»Sin su presencia, la casa se enfriaba y se hacía territorio enemigo. Temía dar un
paso en falso fuera del cuarto, temía acercarme al cuarto de baño, temía la hora de la
comida. Incluso evitaba el salón, y eso que Padre compró, tras ahorrar durante meses,
un aparato de televisión. A mí me encantaba verla. Pero solamente la disfrutaba los
domingos, cuando su compañía me protegía. Por eso el Desastre y lo que vino
después, tampoco se me antojó tan grave.
—Tuvo que ser horrible —apunta Marcia, que apoya la cabeza en el pecho de
Verona. Desde esa posición, aplicando la oreja, escucha el ritmo del corazón,
acelerado por la tormenta de los recuerdos.
—Para mí fue una suerte, casi un milagro, todo lo contrario de lo que te ocurrió a
ti. Por fin era libre. Cuando, después de repostar, quisimos regresar al barrio nos cortó
el paso un grupo de exaltados, que atacaban a quienes se interponían en su camino.
Menos mal que Padre pudo dar media vuelta con el Chrysler y huir a todo gas. Días
después supimos que esos exaltados eran enfermos, muertos.
»Aunque Padre intentó rescatar a Cecilia en varias ocasiones le fue imposible. La
policía había acordonado la zona infectada. Recuerdo que detuvo el coche justo al
lado de una cabina telefónica.
En la cabeza, Verona revive la escena: la cabina rodeada por una muchedumbre
que, desesperada, intentaba llamar a sus familiares. Hubo empujones y golpes que
contestaban a otros golpes. Hasta centelleó el filo de una navaja. La sangre de quien
resultó herido manchó la acera. Igual que en alta mar, cuando la sangre invoca la
fiereza de los tiburones, aquello fue el inicio del fin. Quemando rueda, el Chrysler se
alejó de la ciudad. En la primera zona de recreo que encontraron en la autopista,
Padre buscó otra cabina telefónica. En aquella ocasión tuvo suerte: estaba libre. Sin
embargo dentro del vientre del teléfono perdió un puñado de monedas y la esperanza
de contactar con su mujer. No había línea, solo un silencio de cementerio en el
auricular.
—De este modo solo quedamos Padre, Abel y yo. Por primera vez en mucho
tiempo mi hermanastro se hallaba en inferioridad. Afortunadamente la línea
telefónica nunca se restableció y el acceso a la ciudad quedó bloqueado, en un
principio, por el ejército, y luego por los resucitados que asaltaban a los automóviles,
aunque estuviesen en marcha.
La sonrisa que aflora a los labios y a los ojos de Verona no pasa desapercibida a
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Marcia, que ha levantado la cabeza del pecho.
Durante unos segundos Verona duda acerca de la conveniencia o no de añadir lo
que bulle en su mente. No es fácil acertar. ¿Y si Marcia no la comprende? No hay
necesidad alguna de que la otra piense que es un monstruo, al menos de momento.
Sería mejor silenciar esos recuerdos porque no la dejan en buen lugar, pero el
impulso de los mismos la arrastra y al final se deja llevar.
—Marcia, ¿sabes una cosa?
—Chica, te escucho.
—Al principio lamenté que Abel hubiera venido con nosotros a la gasolinera;
pudo quedarse con la tía Nicole y su madre, y el destino haberlo borrado de mi vida.
A veces me lo imaginé acosado por una docena de resucitados. Después todo fue
diferente. Me decidí a pasar a la acción.
»Durante el viaje, pensé, llegaría la ocasión perfecta para deshacerme de él.
Bastaría con abrir en marcha la puerta del coche y empujarlo. Con suerte caería de
mala manera y se rompería el cráneo. Lo intenté en varias ocasiones, pero el muy
hijoputa se agarraba a mí. Daba igual que yo le mordiese en los brazos o en las
muñecas. Nunca se soltó. Sabía lo que le esperaba.
»Padre me castigó varias veces. Le bastaba con no mirarme o no hablarme en el
transcurso de un par de horas para que se me partiese el corazón.
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25
LA SITUACIÓN HA surgido sola, sin que ninguna de las dos la busque o la propicie.
Verbalizar cualquier idea anularía la sincronía del instante. Marcia y Verona, la
invitada y la anfitriona. Y la complicidad surgida entre ambas. Ya ni siquiera es
necesario el lenguaje porque las miradas hablan por sí solas. Y es que después de un
par de días de trabajo, vivencias, recuerdos y almuerzos compartidos, la ocasión ha
surgido sin que ninguna de las dos haga referencia a ello. La compenetración
alcanzada por ambas hace el resto. Hablan las miradas y actúan los cuerpos.
Aunque le duelen las muelas, Verona ha decidido que ha llegado el momento. Así
que alcanza la mano de Marcia. Sus dedos reconocen los de ella. Déjate guiar, le dice
en silencio. Tira de ella, no hacia la cama, sino en dirección hacia la puerta de la
guarida. La forastera, que ya no lo es tanto, se muestra dubitativa y recela. Qué es lo
que quiere ahora la anfitriona. ¿A dónde la conduce?
Confía en mí, suscribe la sonrisa de Verona, esa mueca que le arruga la esquina de
la boca. La mirada es una promesa y al mismo tiempo una adivinanza, casi un juego.
Y ella, Marcia, acepta. Se deja guiar por la calidez de la mano de su compañera.
Verona sabrá lo que hace. Mientras no le demuestre lo contrario, confía en ella, a
pesar de que es ocho años más joven. Pero es una mujer curtida por la desgracia.
Un suave tirón en sentido contrario expresa la última duda de la patinadora.
Necesita saber algo más. Pero la otra posa el índice sobre los labios en demanda de
silencio. Nada de palabras, solo el lenguaje de los hechos.
Cada vez que observa a su nueva compañera, Verona corrobora el incierto
parecido físico que guarda con Ligorita. Hasta el momento no le ha hablado de ello,
aunque ya llegará la ocasión. Tal vez se lo oculta para evitar que la otra se haga una
idea equivocada: ella no es una muchacha débil, más bien al contrario. Pero el color
de su pelo y ese enjambre de pecas…
Al salir de la guarida tuercen hacia la derecha hasta detenerse frente a la puerta
cerrada del aula contigua, la iglesia. Tras un par de días negando la existencia de la
misma, como si en realidad el aula 36 no existiese, es normal que ahora a Marcia le
extrañe semejante decisión. A ver si se explica.
Verona le regala un beso en la mejilla antes de hablar.
—Quiero que le conozcas.
Un escalofrío importuna a la forastera. No entiende ahora qué necesidad hay de
hacer esta presentación. Tuerce el gesto y retrocede un par de pasos, espantada por la
idea.
—No tengas miedo, Abel está atado.
Mientras introduce la llave en la cerradura, pide a la invitada que confíe en ella.
Sabe lo que está haciendo. Ese arrebato no es producto de un capricho momentáneo;
surge de la necesidad perentoria de que entienda parte de su historia, esa que aún no
le ha contado.
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—Prefiero no entrar, chica —se defiende. A continuación se suelta de la mano de
Verona—. Es asunto tuyo.
—Necesito que conozcas a Abel. Solamente después entenderás lo que quiero
contarte.
Hasta cierto punto Marcia comprende los sentimientos de Verona, aunque sean
contradictorios para quien fuera su hermanastro. Ella nada tiene que reprocharle. Pero
la cuestión no es esa, sino que después tantos años de supervivencia, de tantos
encuentros inesperados y huidas precipitadas sobre los patines, le desagrada la idea
de acercarse a un resucitado, por muy controlado que se encuentre. El odio que les
profesa es casi tan corpulento como su miedo.
—Chica, de verdad que no me apetece, joder.
—Por favor. Además, recuerdo que la primera noche quisiste conocerle. Ahora te
brindo esa oportunidad.
Las manos de Verona se esfuerzan por neutralizar el temblor desatado en las de la
pelirroja. Las dos muchachas demandan comprensión: una, que su compañera
entienda la necesidad que tiene de terminar de contar su historia; y la otra, que ya ha
sido testigo de tantos horrores, desea evitarlos a toda costa. Pero la anfitriona es la
anfitriona y al final conseguirá su propósito. Solamente falta el último giro de llave.
—Si no lo creyese imprescindible para que comprendieras parte de mi historia, no
lo haría, de verdad.
Marcia bufa, cansada ya de la situación. Pese a todo, claudica. Podría deshacerse
del marcaje de su compañera, escupir cuatro insultos y correr hacia la guarida. Podría
y no lo hace. De nuevo conversan las miradas. Son ellas las que se ponen de acuerdo.
Tal vez difieran en el mensaje y firmen un armisticio que no se corresponde con la
verdadera naturaleza de los deseos de cada una. Pero lo han firmado y eso es lo que
cuenta. Sobra cualquier palabra que se añada.
En lo primero que repara Marcia es en el estado de las ventanas, en la mano de
pintura blanca que las ciega. Ello que confiere al aula una luz especial, especialmente
difusa, acogedora. Sin embargo para descubrir que la iglesia dista de ser un lugar
grato —ni tan siquiera un rincón donde rezar a Dios— le sobra con arrastrar la
mirada por el suelo. Es algo tan evidente… Hay demasiadas manchas de sangre como
para pensar en ello: algunas de ellas, negras de tan secas. Lo fácil, lo lógico, es pensar
que toda esa sangre no es de una sola persona.
El centro de la estancia lo ocupa el pupitre. Amarrado a sus patas hay un cuerpo,
el de Abel, la cabeza derrotada sobre el pecho. Está amordazado. No hay nada más
que posar los ojos sobre él para que el miedo inicial se esfume, y en el ánimo se cuele
un tibio sentimiento de conmiseración; ya no solamente porque su cuerpo y la ropa
sean un coágulo de sangre, sino por la extraña postura y el dibujo de las piernas,
desnudas gracias a unos cortes longitudinales en las perneras del pantalón.
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Por Dios, qué les ha ocurrido a las piernas, piensa Marcia. Las observa durante
unos segundos, nada, los suficientes como para comprobar que hay más
articulaciones de las normales. Descontando las correspondientes a rodillas y tobillos,
las piernas se tuercen en otros ángulos imposibles. Parecen las de un muñeco de
trapo, desbaratadas por la fuerza de un niño caprichoso. Es imposible que Marcia
alcance a imaginar el dolor extremo, casi inhumano, que habrá sufrido el muchacho
antes de fallecer.
Esas fracturas. La hostia puta. Incluso hay alguna abierta. Los huesos astillados
asoman por las heridas. A Marcia se le eriza el vello, nunca ha visto nada igual. Se
persigna, luego gira la cabeza a un lado. Mejor así que flagelarse con la
contemplación de semejante espectáculo. Ya ha tenido bastante.
En contra de su voluntad, Verona la acerca al pupitre. A juzgar por la seguridad
con que se conduce, parece que sabe lo que se trae entre manos. Otra cosa es que
Marcia reniegue de tal grado de barbarie y prefiera abandonar la estancia. ¿Cómo se
han producido esas fracturas? Cuanto menos sepa, más fácil le resultará conciliar el
sueño de noche. De modo que se resiste.
Por tercera vez hablan los ojos de Verona. Confía en mí, nada te sucederá a mi
lado.
—Lo siento, no puedo —murmura Marcia, la cabeza vuelta hacia atrás.
—Quiero que lo veas, luego necesito contarte algo.
Alertado por las voces de las muchachas, el cuerpo se estremece. Era previsible
que sucediera, y sucede. En cuanto han hablado el prisionero reacciona, pero no por
menos esperado deja de sorprenderlas. Marcia se zafa del marcaje de la otra
aprovechando que Verona ha adelantado el mazo por si hiciese falta su mediación.
Sin embargo Abel ya ha despertado y se debate furioso, lucha contra las cuerdas
que contienen su cólera. Gruñe bajo la tiranía de la mordaza, se retuerce, trata de
mover las piernas deshechas. Como es de suponer estas no responden, sino que se
mueven caprichosamente por culpa de las fracturas. La cabeza se bambolea igual que
una piñata cada vez que se emplea con fuerza por escapar, siempre en vano.
—Tranquila, Marcia, no puede hacerte nada.
Mientras no levante la cabeza y le mire directamente a los ojos, todo irá bien. O
eso piensa Marcia. Desde que, por primera vez, fuera testigo de la incandescencia
inherente a la mirada de los resucitados, desde que la muerte contagiase a todos sus
hermanos valiéndose de aquella soga con que su progenitor había pretendido lo
imposible —mantener unida a toda la familia—, la contemplación de los ojos
enfermos es superior a su templanza. No puede evitar que el miedo le golpee con la
fuerza de un disparo.
—Tranquila —insiste Verona mostrándole el mazo.
Abel, o lo que queda de él, se esfuerza en levantar una y otra la cabeza. Pero las
mínimas fuerzas que le restan lo hacen casi imposible.
Verona coge el True Temper por la cabeza de acero y adelanta el mango. Como se
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ha percatado del desesperado intento de Abel por levantar la mirada, tira hacia arriba
de la barbilla con la ayuda de la madera. Como apenas se sostiene, la cabeza rueda
por el mango y cae sobre el pecho.
—Abel, por favor, haz un esfuerzo —dice Verona, e insiste en ayudarle—, quiero
que conozcas a Marcia.
El muchacho cabecea. Lo intenta en un par de ocasiones más, y nada: el cuello
carece de la fuerza necesaria. Será al cuarto intento cuando lo consiga.
Marcia retrocede un paso. Cuántas veces ha sido testigo de esa resurrección
repentina: el cuerpo abandona el letargo en que se halla sumido, siempre a causa de
algún estímulo sonoro, un simple tropezón o un ruido a destiempo. Entonces las
pavesas de la rabia reviven en el estómago, se inflama la sangre y con ella los
músculos. De inmediato, sin que medie aviso previo, toda la fuerza se concentra en
las manos y en la mandíbula. Los dientes crujen, apretados unos contra otros, hasta el
punto de que se quiebran, desmigajados como piedras de cantera después de una
explosión. La pelirroja se conoce de memoria los indicios.
Pero… en Abel hay algo que no cuadra. Y eso es lo que la descoloca
precisamente, a ella y solo a ella. Por lo visto Verona conoce la diferencia que lo
distingue del resto de resucitados.
Son los ojos, esos ojos.
Si es preciso Verona sostendrá la mirada inquisitiva de la forastera, pero ha de
conocer la verdad, cueste lo que cueste, por lo menos antes del regreso a la guarida.
Precisamente para eso la ha guiado hasta allí, para que conozca la verdad.
Luego, de vuelta a la guarida, será el momento de finalizar el recuento de sus
desdichas. La extranjera conoce por boca de Verona los malos gestos, los desplantes y
hasta los golpes… pero todavía queda mucho por contar.
Lo primero que llama la atención de la forastera es la gravedad de las fracturas de
las piernas, algunas de ellas abierta. Le desagrada la imagen de la tibia derecha que
asoma, como punta de lanza, entre la herida sanguinolenta, o parte del fémur que
emerge en el muslo. Joder, nunca ha visto nada igual.
Después se fija en la costra de sangre que afea el rostro de Abel, las heridas
abiertas de los pómulos o de la frente, la ceja partida, el bocado que le ha arrancado
media oreja. También en los labios tumefactos y en la mordaza.
Al principio la mirada de Abel yace hundida en alguna profundidad insondable. A
pesar de que los ojos permanecen abiertos, son incapaces de reconocer la realidad
circundante. Lo extraño, lo realmente inexplicable es que, en cuestión de una décima
de segundo, como un fósforo que se enciende, resucita la mirada de un fogonazo.
De inmediato enfocan la figura de la invitada y le suplican en silencio. Esa es la
diferencia con respecto al resto de hambrientos con que ella se ha tropezado: de
pronto hay más vida en él que en los miles de cuerpos que ha dejado atrás. Y eso le
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descoloca. ¿Qué pensar ante semejante milagro?
—Abel, esta es nuestra amiga Marcia —explica al oído de su hermanastro.
Acto seguido desata la mordaza. Del interior de la boca extrae un calcetín del
tamaño de una rata, que arroja al suelo. El sonido delata la composición del relleno de
la mordaza: cristales del tamaño de granos de arroz. La pelirroja desconoce que fue el
propio Abel quien tuvo la idea y quien la aplicó con anterioridad al señor Debisí.
Si por ella fuese, escaparía sobre los patines ahora mismo. Intuye que la
revelación superará sus expectativas. Pero desafiar al mazo que empuña la muchacha
sería un acto casi suicida.
—Despierta, joder —Verona le atiza dos bofetadas, una del derecho y otra del
revés. Nada, no reacciona. Así que le regala un codazo a la altura de la oreja derecha.
Abel se contrae en una mueca de dolor. Pero no grita. Por la comisura de los
labios fluye sangre y pedacitos de lengua y encías. Sobre la huella negruzca de sangre
seca que asemeja a una corbata, cae ahora la nueva. Pero todavía resultará más
desagradable cuando Abel no consiga reprimir a tiempo una arcada y se vomite
encima. Como consecuencia de ello, el hedor mezclado de la sangre, los vómitos y la
orina que es incapaz de retener en ese mismo instante, se hace insoportable.
—Abel, ¿quieres algo?
—Teo… ed —masculla. La voz es una pasta informe de jugo intestinal y sangre
coagulada.
—¿Qué has dicho?
Tras un esfuerzo sobrehumano, Abel consigue hacerse entender.
—Tengo sed.
Joder. El espanto, el horror y el miedo están a punto de desencajar la mirada de la
forastera. No puede ser. No, es imposible. Si el resucitado puede hablar es porque
entonces no está… Imposible. Ese muchacho está… Nunca había imaginado que la
iglesia escondería un horror semejante.
Tras varias idas y venidas, Verona regresa al aula con un vaso. Al pasar a su lado,
Marcia repara en el contenido del mismo. ¿A qué juega?, ¿qué es lo que pretende con
el engaño?
—Aquí está tu hermana para cuidarte —ironiza Verona, la sonrisa de oreja a
oreja, mientras se arrodilla entre las piernas del muchacho.
—A… gua.
Acerca el vaso. Abel cierra los ojos y adelanta la cabeza y los labios. Algo detiene
a Verona. Ahora la sonrisa es más comedida que antes, pero más ladina. No hay más
que verla para sentir cómo su cerebro carbura a mil por hora, maquinando alguna
nueva maldad. Se levanta de nuevo y abandona la iglesia.
Sin atreverse a dar un paso, ni hacia adelante ni hacia atrás, Marcia asiste a la
nueva salida de Verona. Cuando regresa, la anfitriona trae en una mano el vaso y en
la otra, el dado que preside la mesa de la guarida.
—Abel, ¿pares o nones?
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El muñeco agacha la cabeza y reprime el llanto. Está cansado y al borde de la
locura, de la desesperación. Lo último que le apetece es jugar.
—¿Pares o nones? Si ganas te daré agua. ¿Qué te parece? —Abel niega con la
cabeza—. ¿Pares o nones?
—Pa… res —masculla el prisionero sin que consiga reprimir una nueva bocanada
de sangre.
Por fortuna para él, el dado ha dicho pares.
—Has ganado —Verona acerca por segunda vez el vaso.
Abel debería darse cuenta, pero tiene los ojos cerrados cuando adelanta la cabeza
y el olfato abotargado por el ferruginoso olor de la sangre y el ácido del vómito.
Apoya los labios en el borde del vaso y deja que el líquido penetre en la boca.
De inmediato repara en el ardid de Verona. Coño, eso no es agua, es salmuera.
Antes de que sea demasiado tarde y se la trague, potenciando aún más la sed, escupe
la cantidad ingerida. Baña por completo a la evangelizadora.
Verona aparta el vaso. Pausadamente, casi a cámara lenta, se pone de pie, se seca
el rostro con la maga. Escupe unos insultos. Devuelve la mordaza a su lugar dentro de
la boca de su hermanastro. Por último le propina un rodillazo en mitad del pecho, que
retumba igual que un tambor.
—Desagradecido, maldito hijo de puta.
Agarra la oreja que tiene a mano y la retuerce. Tira de ella hacia arriba. Está
decidida a llegar al mismo límite, justo antes de quedarse con ella en la mano. Un
poco más, Verona, que el cabrón alarga el cuello para evitar en lo posible el dolor.
Aplica una mayor fuerza hacia arriba hasta dejar que todo el peso del cuerpo del
muñeco penda de la resistencia mínima del trozo de carne que une el lóbulo de la
oreja con el rostro. Cuando siente que comienza a desgarrarse, lo suelta.
Antes de dejarle en paz y marcharse con la extranjera, Verona amasa saliva
durante un par de segundos. Cuando tiene la densidad deseada, deja caer un
escupitajo sobre la cabeza del muñeco.
—Yo te bautizo Odio.
Está vivo, joder. Abel no es un hambriento, ¡está vivo! Esa idea palpita dentro de la
cabeza de Marcia durante horas. Es un quiste que, hecho de cristales, le acosa y le
persigue allá donde vaya. Cada vez que recuerda el instante de la revelación, siente
una punzada por dentro.
Después de gastar toda la tarde en el aprendizaje de la bicicleta, con la caída
prematura de la noche invernal Verona ordena el regreso a la guarida. Nada más
llegar, se ha tumbado en la cama, asediada por el nacimiento de la maldita jaqueca,
que crece bajo las sienes. Como no tiene ganas de comer, Marcia se prepara algo de
cenar: una patata asada, partida en cuatro trozos y un pedazo de rata.
Con una compresa húmeda en la frente y los ojos cerrados, Verona afronta la
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parte más comprometida de su declaración, esa que se ha reservado para después de
la presentación de Abel.
—Entiendo tus dudas, Marcia. Pero antes escucha lo que me queda por contarte.
Recuerdo que los primeros meses de nuestra vida en el país fueron muy duros. Hubo
que luchar contra los muertos para mantener la neutralidad de la primera planta,
levantar las murallas defensivas, arreglar este segundo piso y organizar todo el
trabajo necesario para la supervivencia.
Verona cuenta cómo, separado del influjo de la madre y de la tía Nicole, Abel
cambió de actitud para con ella. La necesidad, el miedo compartido y las noches
consumidas al abrigo de un vaso de fuego y de la lectura de Marcovaldo unió a los
hermanastros casi tanto como las duchas de agua fría, la estrechez de la cama o la
caza de roedores, el juego del bautismo, el trabajo en el huerto o el traslado del agua
desde la azotea hasta el aula 20. Poco importaba que los separase ese año y medio de
edad —ella había cumplido cinco años y a él, tres y medio— y el pasado que los
había convertido en adversarios. Allí aprendieron a respetarse. Más tarde llegaría el
cariño.
Las tormentas, los juegos y los años se sucedieron. Los espejos, cada vez más
viejos, les devolvían la imagen de unos adolescentes que comenzaban a experimentar
la vergüenza del desnudo. El crecimiento de los pechos de Verona, y del vello púbico
en ambos, marcó otra etapa en la relación entre los hermanastros.
—Todavía recuerdo esas ocasiones —prosigue Verona con los ojos cerrados y la
compresa sobre la frente— en que Abel entraba por descuido en los cuartos de baño y
se tropezaba con mi cuerpo desnudo. Entonces yo fingía enfado y me tapaba con la
toalla, aunque tampoco me daba mucha prisa. Le regalaba la contemplación de mi
cuerpo durante un par de segundos. Aquello me excitaba.
»Otras veces lo espiaba en los cuartos de baño. Estoy convencida de que sabía
que yo le observaba, y que por eso mismo se masturbaba con descaro frente al espejo,
arriba y abajo, hasta que se corría. Recuerdo que sentía deseos de comprobar la
dureza de su polla y la viscosidad del semen. Pero era el momento de cerrar la puerta
y huir de allí.
La voluptuosidad de los pechos de Verona y su primera menstruación alertaron a
Padre, quien desde ese mismo día interpuso su propia presencia entre Abel y su hija
cuando llegaba la hora de compartir cama a última hora de la noche. Ya no podía
consentir que, como hasta ahora, durmiesen abrazados.
El deseo latía en cada esquina del instituto, se camuflaba en cada acción. A veces
el muchacho y la joven se retaban con la mirada. Nunca se rompió aquella tregua
mientras Padre vivió. Si acaso habían compartido algún beso furtivo a oscuras, en
mitad del aula donde se conservaban las hortalizas recolectadas, o la contemplación
del cuerpo desnudo del otro mientras el que era objeto de admiración aprovechaba la
ducha para masturbarse.
Luego aconteció la desgracia de Padre. Por supuesto Verona miente a la invitada.
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Le habla de un mal resfriado y de una posterior pulmonía. ¿Para qué va a alertar a la
pelirroja antes de tiempo?
—Lo cierto es que su ausencia hizo posible el encuentro que habíamos retardado
entre juegos más o menos inocentes. Al principio fue algo genial, ¿sabes? Nos
buscábamos en cualquier esquina del país. Nos mordíamos los labios, nos
arañábamos la espalda. Aquellas agresiones amistosas casi siempre tuvieron lugar en
el cuarto de baño. Era lo lógico, después de todo lo que habíamos vivido entre esas
cuatro paredes.
»Toda aquella pasión contenida durante los últimos años creció sin que fuésemos
capaces de pararla. Nos buscábamos continuamente. Fueron meses en que la
supervivencia quedó en un segundo plano. El deseo lo ocupaba todo.
»Jugábamos a masturbarnos e incluso a recrear aquellos encuentros en que uno
espiaba al otro. Después follábamos sin descanso.
—Nunca he sentido nada parecido por nadie —interviene Marcia.
Es cierto: cuando enmudecieron las radios y quedaron ciegos los televisores, ella
aún no había besado a ningún chico. Solamente tenía trece años.
—Recuerdo a Michael, un chico de octavo curso, un año mayor que yo. Estaba
coladita por él. Luego, muchas veces, he soñado con Michael. Pero la noche del
Desastre borró lo que quedaba de mi vida. Luego, pasados los meses y los años, no
me ha sido fácil confiar en otros supervivientes. Lo sabrás por experiencia.
—Por aquel entonces Abel inventó el juego de la llamada telefónica —continúa
Verona con el exorcismo del pasado, ajena a la declaración de su compañera—. En un
principio no tuve nada que objetar, jugábamos antes y después terminábamos
follando.
»Todo empezó con la primera falta. Aquel mes no me bajó la regla. De primeras
no me asusté demasiado. Pensé que se debía a lo mismo de otras veces, que era culpa
de la malnutrición. Comer patatas, zanahorias y carne de rata todos los días…
—¿Te quedaste embarazada?
—Desde ese mismo instante rehuí el contacto físico con él —sigue su parlamento
sin contestar la pregunta; no hace falta—. Abel comenzó a enfadarse. Castigaba mi
supuesta falta de apetencia sexual propinándome puñetazos y patadas cuando le venía
en gana.
»Poco a poco me creció la barriga. Fue el principio del fin, otra noche del
Desastre sin que mediasen más temores que los míos: por una parte, no sabía cómo
afrontar el embarazo —muy poquito me había contado Padre acerca de ello—, y de
otra, me daba miedo cruzarme con Abel por si descubría la verdadera razón de mi
comportamiento. Yo seguía queriéndole y deseaba su cuerpo, pero me daba miedo
que descubriese el embarazo cuando me quedase desnuda ante él. Temía su reacción.
»De pronto habíamos vuelto a ser dos desconocidos unidos por el azar. Al
comienzo, antes de la Enfermedad, nos unía la desgracia de unos padres que nunca
pensaron en sus hijos. Ahora, nos unía este condenado país y la lucha por la jodida
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supervivencia.
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LE ASALTA EL recuerdo de la catarata de sangre, pero también el de las piernas
púrpuras y las entrañas rotas por dentro. Acostumbrada a la punzada del hambre y al
escozor de los guantazos que le propinaba Abel ante la menor contrariedad, a las
evangelizaciones de los extranjeros y la utilización sexual que su pareja dio a algunos
de los muñecos, Verona debía de estar inmunizada contra todo: el corazón esculpido
en piedra y el estómago fundido en acero.
Sin embargo aquella bolsa gelatinosa en mitad de la solería del cuarto de baño
aún la martiriza. Ese sonido como el de una bolsa de agua que cae al suelo. Supo de
inmediato que había abortado. La culpa la tuvo seguramente el esfuerzo diario
realizado en la azotea y la malnutrición. E incluso algún puñetazo furtivo que le
hubiese propinado Abel.
Sin embargo lo más doloroso es que la memoria reviva de continuo cómo ella
escondió aquellos restos —recogidos a tal efecto en una caja de cartón— en el
interior del armario empotrado del aula 20, la que queda justo enfrente del vertedero.
Antes de que la putrefacción alertase a Abel de la presencia de los restos, aprovechó
una noche en que él dormía plácidamente para coger la caja y arrojarla por encima de
la muralla defensiva que protege el ala norte de la primera planta. Los hambrientos,
pensó no sin acierto, harían desaparecer la prueba de su fertilidad.
Por descontado nunca le comunicó a Abel que se había quedado embarazada.
Seguramente la habría culpabilizado de todo. Si habían estado follando durante el
último año, desde poco después de la muerte de Padre, ajenos por completo a las
consecuencias, más por desconocimiento que por temeridad, lo lógico es que al final
ocurriese aquello. De ella no era toda la culpa. Si no había sucedido con anterioridad
fue por culpa de la desnutrición. Causalidad o no, el embarazo coincidió con la
abundancia de carne macerada con la que les proveyó la familia Andersen: John,
María y Norma Andersen.
Así que es comprensible que a Verona le haya costado sincerarse del todo ante la
forastera. Al final lo ha conseguido esta misma mañana, antes de afrontar la jornada
de trabajo en la azotea. Además le ha contado a Marcia la muerte de Padre, que sí,
que fue un accidente aquello que le ocurrió. Otra cosa es que su hijastro no tuviese
piedad con él.
Y también le ha hablado del último agravio: la violación que sufrió días atrás. Ha
hecho hincapié en que esa ha sido la espoleta que ha hecho saltar por los aires toda su
rabia.
—Desde entonces solo he tenido que esperar la aparición de las convulsiones que
le atacan cada cierto tiempo. Los chillidos de dolor anunciaron que había llegado la
ocasión. Luego únicamente he tenido que arrastrarlo hasta la iglesia para proceder a
su evangelización. Lo necesitaba, Marcia. El mejor remedio contra la cólera
acumulada han sido los puñetazos, patadas y mordiscos que le he propinado. Jodido
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muñeco.
Después de esa primera sesión evangelizadora, y gracias a la reciente empatía
experimentada con la pelirroja de ojos verdes, Verona se encuentra mucho más
tranquila, tanto que esa misma tarde se le ocurre practicar uno de sus juegos
favoritos.
Se ha dejado llevar por el impulso y le ha propuesto a Marcia que lo intente.
—Tampoco tienes nada que perder —puntualiza.
La forastera duda, parece que se negará, que no lo tiene nada claro. Nada, teatro,
porque esas vacilaciones no son más que pura fachada. Lo cierto es que Marcia siente
tan vivo su cuerpo por dentro que le apetece experimentar, claro que sí.
—De acuerdo, vamos a probar —dice al fin.
La anfitriona explica brevemente a su compañera el funcionamiento del juego y
se marcha camino de la azotea después de regalarle un beso que ha rozado la esquina
de la boca.
—Marcia, ¿me escuchas? —pregunta una vez ha llegado arriba, volcando la voz
sobre el tubo de plástico.
Verona se ha sentado junto al mismo y se cubre con una manta. Hay que ser
precavida porque, aunque aún no ha anochecido, la temperatura es sensiblemente más
baja que al mediodía. A lo sumo dispondrá de media hora de luz antes de que la
oscuridad se cierna sobre el instituto.
—Perfectamente —responde Marcia.
—Pues empezamos cuando quieras. Imagina tú el escenario, las circunstancias
del encuentro. Yo te seguiré.
—Ahora no se me ocurre nada, chica.
—Para que te hagas una idea… Abel y yo hemos utilizado en muchas ocasiones
la letra del The End de Jim Morrison. Es una manera como otra cualquiera de adornar
el juego.
—A mí me gusta el actor Clint Eastwood, pero este hombre solo ha rodado
películas del Oeste. Y no sé qué tiene eso de excitante.
Por descontado el comentario resulta completamente abstracto para Verona, casi
tanto como si le hubiese hablado en chino. Desconoce quién es ese Clint Eastwood y
mucho más qué es eso de las películas del Oeste. Es algo que se escapa por entero a
su corto entendimiento. Así que, en beneficio del juego, ojalá su compañera decida
no utilizarlo.
—Imagina algo que te hubiese apetecido que sucediera con ese muchacho que te
gustaba tanto —apunta Verona, que desea que todo comience ya. Se desabrocha el
pantalón vaquero y busca el desfiladero caliente de sus piernas.
—¿Con Michael, el de octavo curso?
Mientras le sea posible será indulgente con Marcia… a pesar de que su cuerpo ha
despertado definitivamente. Hasta cierto punto es comprensible que la pelirroja dude
por inexperiencia. Y ella, Verona, ha de ser tolerante.
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—Lo que quieras, tú llevas el juego. Lo digo porque me será más fácil seguirte…
—De acuerdo, chica. Ya lo tengo. Estamos tú y yo en casa, solas; no hay nadie
porque coincide que mi familia ha salido a dar un paseo por el centro de la ciudad.
Hemos quedado para preparar juntas un trabajo de clase, algo de matemáticas. A mí
se me dan tan mal que te has ofrecido a ayudarme. En el fondo, las dos sabemos que
todo es una excusa. Pero a ver quién se atreve a dar el primer paso.
—Te miro de vez en cuando. Arrimo la silla para no estar tan lejos.
—Como estamos en mi casa supongo que he de ser yo quien facilite lo que va a
ocurrir. De modo que agradezco el gesto cogiéndote la mano. Durante unos minutos
fingimos que estudiamos, cada vez más poderosos los latidos del corazón.
Ahora sí que ha comenzado el juego y Verona se congratula por ello. Es entonces
cuando sus dedos se internan más allá del elástico de la braga, igual que zapadores
que temiesen una emboscada enemiga. Lo primero es reconocer el terreno. El rastrojo
del vello púbico desorienta al índice durante un momento, pero es únicamente una
estratagema para retardar el segundo definitivo, ese instante en que reconoce el botón
de carne del clítoris. El primer suspiro arrancado del interior de su pecho rueda a
través del tubo de plástico.
En la guarida, Marcia se ha deshecho del pantalón y se busca con idéntica pasión
bajo las mantas, las pirámides de las piernas bien abiertas.
—Pero el deseo, ¿sabes?, es más fuerte —continúa la forastera—, tanto que todo lo
que inventemos para negarlo solo retrasará el instante. Así que aparto las gafas que
uso para estudiar, igual que el libro de texto, me giro hacia un lado y atraigo tu
cuerpo hacia el mío. El primer beso es tímido, casi una invitación. Ninguna de las dos
se atreve a más, de momento.
—Aprovecho el acercamiento para soltarte el pelo y jugar con él. Mis dedos se
han convertido en un peine.
—Chica, el segundo beso es más atrevido que el anterior. Sin embargo nos asusta
abrir los labios, más que nada porque tememos, cada una por nuestra cuenta, que
luego no seamos capaces de separarnos. Y claro, Verona, mis padres volverán del
paseo y tendrás que marcharte de casa.
—Olvídate de eso. Con la mano derecha atrapo tu nuca y tiro de ella hacia mí. A
continuación, cuando los labios se han juntado, disparo la lengua. Penetro en tu boca.
La calidez, la suavidad con que responde tu lengua…
Verona hunde dos dedos en la vagina con la indecisión propia que observaría al
introducir la mano en un nido de víboras. De inmediato se estremece. Luego los
extrae lentamente. Repasa cada forma: la hendidura húmeda del sexo y el
promontorio del clítoris. De pronto un relámpago centellea en su cabeza, no
encuentra la salida, rebota una y otra vez dentro.
Por su parte, Marcia se afana con el movimiento repetitivo, con la perforación
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placentera de los dedos índice y corazón. Al principio la fricción era algo molesta,
todo lo contrario que ahora, ya que el fluido vaginal permite una mayor rapidez en los
movimientos. La misma tormenta que castiga a Verona se ha desatado en el cerebro
de Marcia. La misma.
De manera que es lógico que los suspiros vayan y vengan a lo largo del tubo que
comunica la guarida con la azotea, tropezando unos con otros. Ambas muchachas
son conscientes de que ha llegado el momento de acabar el juego y pasar
directamente al cuerpo a cuerpo. Pese a ello prolongan durante unos minutos la
llamada telefónica, desatada ya la imaginación.
—Sin que ninguna de las dos diga nada —apunta la extranjera—, tampoco hace
falta, nos deshacemos de los sujetadores, sin que por ello tengamos que quitarnos las
camisas. Es más tentador que sean las manos, y no los ojos, quienes repasen la
turgencia de los pechos y la dureza de los pezones, enhiestos de puro placer. Por
turnos, cada una toca y es tocada. Hay que ser igual de aplicadas ahora que en los
estudios. Todo tiene un método.
—Soy la primera que pide más.
—Puede ser, Verona, pero te pongo el índice en los labios. Calla un momento. Si
estamos en mi casa estoy en mi derecho de elegir los tiempos. Las dos queremos más.
Me levanto de la silla. Meto la mano por debajo de la falda y me deshago de la braga,
primero una pierna, luego la otra.
—La recojo y sonrío. Aspiro el perfume de tu cuerpo directamente de la prenda.
Aún está caliente. La intensidad del olor de tu coño explota en mi nariz.
—Espera, no seas ansiosa, chica. Me siento de nuevo, esta vez en el filo de la
silla. Abro las piernas y te ofrezco el triángulo de vello.
—¿Es pelirrojo?
—Sí, de un tono algo más oscuro que el del cabello, pero es pelirrojo. Ahora solo
resta que te arrodilles. Te enseño cómo hacerlo. Te muestras dubitativa cuando, en
verdad, deberías desenvolverte de manera más resuelta. Ha llegado el instante de
demostrar cuánto me deseas.
—No pienso… rechazar el ofrecimiento —la voz de Verona se hace borrosa en el
interior del tubo de plástico. Es incapaz de controlarla por culpa del deseo
desencadenado.
—Repasas la geografía de los muslos con la candidez de tus labios, en dirección a
la rodilla y luego en la dirección contraria. Cada vez llegas más cerca. Mi sexo
palpita, anticipando de alguna manera el placer.
Después del trallazo del placer proporcionado por los dedos, Verona apunta que
ha llegado el momento de abandonar la azotea, de hacer realidad lo que hasta ahora
ha sido tan solo un juego. Marcia apura el estallido del orgasmo antes de responder:
ella es de la misma opinión. Cuanto antes, mejor.
—Vente cuando quieras —la voz de la forastera asciende hasta la azotea.
Verona se incorpora con la manta sobre los hombros cuando los últimos rescoldos
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de la tarde mueren en el oeste de la ciudad muerta.
Sobran las palabras de momento, igual que la ropa interior de ambas, que desde el
comienzo ha quedado olvidada en la orilla de la manta. Es más urgente el lenguaje de
las miradas, más contundente el idioma de las manos. Los cuerpos han fondeado
sobre la funda arrugada de la cama. Enseguida, antes de que medie otra
consideración, se desata la fuerza controlada de la pasión. Es así como los mordiscos
no llegan a desgarrar la piel, sino que se detienen justo en el límite. Es así como las
manos se enredan en las cabelleras para subrayar el arrebato, sin que se excedan en
ningún momento. Es así como cuando cruzan las miradas saltan chispas, sin que por
ello ninguna resulte herida.
La guarida está iluminada por hasta cuatro vasos de fuego. No hay que escatimar
en gastos, y más en un momento como este. No hay que perder detalle de cada
cuerpo.
Cuando Verona se dispone a atacar la inicial reticencia de Marcia, esta se
defiende, seguramente con la intención de prolongar al máximo el encuentro. Pero
cuando se rehace y Marcia pasa al contraataque, es la anfitriona quien se resiste,
intimidada posiblemente por la reacción de su compañera. Se sucede ahora el instante
en que, al encontrarse en mitad de la cama, los dos cuerpos ruedan uno sobre el otro.
Se funden en un único abrazo para a continuación separarse y cobrar distancia. ¿Es
verdad lo que está ocurriendo? ¿O todo es un sueño?
Serán las piernas quienes ofrecerán la respuesta antes de que la encuentre el
cerebro. Sí, es real ese encuentro en el vientre de la guarida entre Verona y Marcia.
Se enredan, luchan. Las rodillas de una y otra defienden la confluencia de las caderas,
el nido caliente del sexo, que es el verdadero objetivo de esa contienda casi amistosa,
casi violenta.
Verona empuja a Marcia, se sube a horcajadas sobre su abdomen. Su coño queda
a la altura del ombligo de la forastera, expuesto a la curiosidad de las manos de esta.
Sin embargo las manos se encuentran neutralizadas por las suyas, unas sobre otras.
La mirada de Marcia se detiene en hondura entrevista debajo del triángulo de vello
oscuro, notaria del deseo. Marcia estudia cada centímetro de piel, los labios, el
clítoris, que asoma entre el rastrojo ensortijado del vello. Mientras tanto, soliviantada
por la pausa, la sangre arde igual que si tuviese las arterias llenas de gasolina. Lo que
daría ella porque Verona se acuclillase sobre su cara, ofreciéndole la vagina para que
calme su sed. Ningún sediento se saciaría con tantas ganas como ella.
—Nunca he estado con ninguna mujer —reconoce mientras ansía el coño de su
compañera.
Podría contestar, pero Verona elige el silencio; no es necesario que lo confirme, se
entiende sin que abra la boca: ella tampoco ha estado con ninguna mujer. No ha
conocido más amante que Abel, aunque le hubiese gustado follarse a alguno de los
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forasteros que su compañero ha evangelizado.
Después de las primeras llamaradas, de la lucha y el ímpetu iniciales, serán los
labios los que tomen el control. Ahora es el instante de hacer realidad esos besos que
antes se han regalado en la ficción de la llamada telefónica. Se beben la una a la otra
con la intensidad del sediento.
Las lenguas exploran la boca y el aliento de la compañera. Cada vez más
excitadas se muerden los labios. El incierto sabor de la sangre. La demora en cada
nuevo beso. Todo es perfecto. La curiosidad de las lenguas no parece tener fin. A
cada segundo que pasa se hace más complicado separar las bocas aunque solo sea
para respirar.
Después de concederse unos segundos de descanso, Verona retrocede hasta
arrodillarse en mitad de las piernas abiertas de la forastera. Marcia le ha dado permiso
con una mirada complaciente antes de cerrar los ojos. Haz conmigo lo que quieras, le
ha dicho en silencio. La entrega es total.
—¿Te gusta? —pregunta Verona mientras explora el desfiladero de los muslos
beso a beso, centímetro de centímetro, desde la arrodilla a la convergencia de las
piernas.
Las dos se estremecen con el placer entrevisto, antes de que suceda. La estancia
se llena de suspiros. La lumbre de los vasos también se estremece, igual que los
cuerpos, y con ella las sombras de ambas: la de quien ofrece en sacrificio el templo
de su cuerpo y la de la creyente que se ha arrodillado frente al altar del coño. No hay
religión más seductora que el deseo compartido.
Primero será la mano, ya le llegará luego el turno a la lengua. Después de los besos
que reconocen el contorno de los muslos, Verona adelanta la mano. El índice explora
ese desfiladero de carne que media entre las orillas de la vulva y el inicio de las
piernas. Luego se atreve a traspasar la frontera y recorrer terreno más peligroso:
reconoce cada labio en toda su extensión, de arriba abajo, de las inmediaciones del
clítoris hasta el perineo, como si los estuviera dibujando con la yema del dedo.
Con un poco de saliva facilitará el masaje; de este modo no resultará incómoda su
insistencia sobre el clítoris. Apenas lo roza, lo rodea a veces, todo al compás que
marca la respiración de Marcia. Es lo mejor, como si ambas fuesen músicos: el
encuentro tiene su ritmo y lo lógico es que vayan al unísono.
—Sigue —farfulla Marcia, desbaratada la voz por la magnitud del deseo. Siente
que es una bomba a punto de estallar y que únicamente falta que Verona encuentre la
forma de activarla.
La creyente, arrodillada, ofrenda su habilidad con el índice, arriba y abajo,
trazando círculos alrededor del montículo de carne. Para potenciar al máximo su
dominio sobre el placer de su compañera, acerca la cabeza para besar el altar.
El mismo juego de antes es practicado ahora con la lengua: primero Verona
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repasa los labios, se detiene un segundo en el perineo, recreándose en su suavidad. Y
después se afana sobre el timbre del deseo, sobre la llave que le abrirá todas las
puertas. La humedad caliente de la lengua acaricia el clítoris, lo rodea, vuelve sobre
él. Seguidamente parece que la iglesia de Marcia estuviera a punto de venirse abajo.
Por momentos, exorcizada por la fe de Verona, la pelirroja eleva la cadera con objeto
de hacer más violenta la exploración de la lengua. Sin embargo la anfitriona
desconoce si lo hace por este motivo o simplemente porque es incapaz de controlar su
cuerpo.
—Bésame —exige Marcia.
De esta manera, tras esta exigencia, el sabor de su propio coño viaja prendido en
la boca de Verona. La saliva, el flujo. Todo es dulce y peligroso al mismo tiempo,
como ese fuego que las hace hermanas en la creencia de la carne.
Se demoran en ese beso mientras sienten, en el otro extremo de los cuerpos, el
pálpito de los sexos, que llaman con la insistencia de una urgencia en mitad de la
noche. Por esto, por mucho que prolonguen el culebreo de las lenguas, ambas son
conscientes de que al final llegará el instante de compartir ese pálpito.
—Date la vuelta —ordena Marcia tan pronto como le es imposible desoír el
clamor desatado de su vagina.
—¿Cómo?
—Date la vuelta, chica —repite—. Ponte sobre mí, boca abajo: tu cadera sobre mi
cara, y tu cabeza sobre mi cadera. Hagámoslo al mismo tiempo.
Verona obedece. Cuando ha adoptado la postura sugerida, tiene su cara a un
palmo del coño de Marcia, y esta podría besar el suyo con solo levantar un palmo la
cabeza, obtiene la confirmación de la forastera. Sí, así es como le ha dicho. Las dos
se miran a través de la bóveda establecida por los cuerpos. Se entienden ahora sin
necesidad de añadir nada más.
La sincronía del deseo. Marcia levanta apenas la cabeza para alcanzar la vulva de
la compañera, y Verona hace lo mismo, hundir la cabeza entre las piernas de la
pelirroja. De pronto se convierte en un juego: a pesar de la distancia que media entre
ambas, una lengua imita a la otra. Si una se detiene sobre el botón del clítoris, la otra
también; si una recorre los labios exteriores y luego los interiores, la otra también.
Hasta coinciden en el momento de hundir la lengua en la oscuridad de pozo del coño.
El sabor del flujo vaginal enloquece a las amantes. El deseo acelerado de una, urge a
la otra hasta convertir el momento en una carrera desesperada.
Lo que en un principio ha sido un impulso, alcanzar, rozar el interior de la
compañera, se convierte en una necesidad. La timidez del primer intento da paso a la
intensidad de la penetración: las lenguas entran y salen de la capilla vaginal con una
fe ciega, una y otra vez, con la obstinación de quien reza el rosario en expiación de
alguna culpa, casi sin espacio para el silencio.
En una sincronía asombrosa las dos lenguas buscan el clítoris de la otra creyente,
se regalan dos vueltas al mismo, y de nuevo se hunden en la cavidad caliente. El
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fuego abrasa por dentro a los cuerpos. Cuanto mayor es el goce doloroso, más se
afanan las dos creyentes en rezar delante del altar de la amiga. De repente deja de
existir el instituto, la supervivencia, la soledad de un mundo muerto, la amenaza
incierta de los resucitados. El universo gira en torno a esas dos vaginas a punto de
explotar, a punto de bendecir a la orante con la libación de su orgasmo.
Las ideas se funden, licuadas por la velocidad y la temperatura alcanzadas por la
sangre. Solo existe la urgencia, la necesidad y la insistencia de la lengua, igual de
instintiva como los espasmos del rabo de lagartija al ser separado del resto del
cuerpo. No hay margen para pensar en nada más.
Casi milagrosamente el placer de ambas explota casi al unísono, como dos
bombas atómicas que alcanzasen el blanco al mismo tiempo. La combustión del
deseo. La llamarada final del orgasmo que se riza igual que una explosión. De alguna
manera es así: ha explotado en lo más hondo del sexo. Una luz blanca ciega a las dos
creyentes, baña los dos altares. No hay bendición más pura que la del placer
compartido.
El sexo aún palpita cuando una y otra abren los ojos. Todavía tienen tiempo de
ver los espasmos de la vulva de la compañera. Verona se quita de encima y se tumba
al lado de Marcia después de apagar tres de los cuatro vasos de fuego. De inmediato
defienden su desnudez cubriéndose con la manta.
Rubrican el final con un nuevo beso. Hay que compartir el sabor del fluido
vaginal con la otra. Al cabo de unos segundos se separan; permanecen apenas
separadas por un palmo y sin embargo se encuentran muy lejos, paladeando cada una
el sabor de la compañera y disfrutando del placer derramado.
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LA NOCHE ACABA plácidamente. Dentro de la guarida avanza la oscuridad a
medida que la lumbre del vaso de fuego mengua hasta hacerse casi invisible. Solo es,
en esos momentos, cuando Verona la alimenta con un pequeño trozo de madera.
Durante un buen rato ninguna de las dos habla, pero no porque alberguen un
sentimiento de culpa por lo que ha sucedido con anterioridad —que no existe en
modo alguno—, sino porque se sienten cómodas dentro del silencio. Observan el
techo, cada una en su mundo; meditan acerca de la pasión experimentada con la
intensidad de un combate a muerte. Nada será igual entre ellas después de esta noche.
De eso están convencidas. También de que no será la última vez que sus cuerpos se
busquen.
Para dos mujeres que han sobrevivido quince años al Desastre, el concepto de un
amor que trasciende las lindes de la heterosexualidad es algo tan abstracto que ni
siquiera es planteado por ninguna. Ellas se han dejado arrastrar sin reparar en ninguna
otra consideración.
Antes de que la laxitud de los cuerpos sea una tentación demasiado poderosa y
convoque el sueño, Verona alcanza el ejemplar de Marcovaldo. A pesar de que
renueva su animadversión hacia la literatura, Marcia accede a que la anfitriona le lea
un poco.
—El pobre se está deshojando —se lamenta Verona.
—Si hay pegamento podríamos arreglarlo.
—Te lo agradezco, pero si lo trato con cuidado…
En esta ocasión el relato elegido es Donde es más azul el río. Al principio el
relato habla de los distintos peligros provenientes de la alimentación adulterada por
mil y un productos, cuando menos sospechosos. Marcovaldo suspira por ir a pescar a
un río, lejos de la ciudad, donde el agua sea agua y los peces, peces. Pero no será tan
fácil escapar de la larga sombra del hombre y de la industrialización.
Al concluir la lectura, a preguntas de Verona, Marcia explica qué son exactamente
los peces. Al recordar la palabra río, la anfitriona le asalta con una nueva duda:
—¿Y un cañaveral?
Al día siguiente, en cuanto la luz de la mañana ilumina la guarida, se buscan de
nuevo bajo la manta. En esta ocasión basta con que una abrace a la otra por la espalda
para que todo vuelva a empezar. En esta ocasión Verona es quien abraza a Marcia.
Después de repasar sus formas —el cuello, la espalda, la cintura—, hunde la mano
derecha entre las piernas de la patinadora. Primero juega con el vello; luego, la
humedad. El índice reconoce el clítoris, lo rodea, juguetea con él. El dedo se adentra
entre los labios y los recorre de arriba a abajo, sin prisas, deleitándose en la suavidad
de la carne. Luego culebrea dentro de la vagina. Terminar probando el sabor del flujo
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es la rúbrica al trabajo bien hecho.
—Me gusta como sabes por dentro —murmura Verona al oído de Marcia.
Después de la deflagración del orgasmo, Marcia será quien abrace a la anfitriona
y repita punto por punto la operación de la que ha sido objeto. Risas cómplices,
palabras más o menos atrevidas, besos que se estrellan contra el cuello y mordiscos
fingidos. El índice de la pelirroja trabaja con envidiable seguridad, sin conceder un
solo segundo de descanso. Si hace falta, es reconducido por la voz descuadernada de
Verona. Arriba o abajo, más rápido o más despacio. La cuestión es amasar la
explosión de placer hasta que alcance la intensidad del estallido de un volcán.
Más que la urgencia del deseo, que es lo que tuvo lugar ayer, esta mañana
experimentan la complicidad de la amistad. Resulta casi un juego ese par de
orgasmos que se han regalado nada más despertar.
Luego será Marcia la que tome la palabra. Hace partícipe a Verona de la idea que
ha tenido. De primeras, se niega, no lo cree oportuno. ¿A qué viene eso ahora? Ni
hablar. Sin embargo Marcia insiste. Ella se niega por segunda vez. Pero al final
claudica ante la insistencia de la patinadora.
—Por favor, chica. Quiero saber qué se siente.
Una bola de fuego consume el estómago de Verona. ¿Qué puede hacer, negarse?
Aunque le desagrada la idea, accede después de mostrar su disgusto. Pretende así
evitar el más mínimo conflicto con su compañera. Para una vez que se siente a gusto,
joder… no lo va a tirar todo a la basura. Además, Marcia le ha prometido que solo
será una vez. Una y nada más.
Desayunan desnudas bajo la manta. Abrevian el trance porque Marcia se muestra
impaciente. Quiere experimentarlo cuanto antes. Por mucho que Verona trate de
dilatar el momento, es arrastrada por la determinación de la pelirroja. Media hora
después de despertar, acceden al interior de la iglesia sin ni siquiera vestirse. Para
ocultar su desnudez comparten, abrazadas, una de las mantas a modo de poncho.
Todo es un erial sin más detalle de importancia que esas raíces con que tropieza. Y
cada vez que cae, un dolor electrizante le paraliza las piernas, de modo que avanzar
hacia el objetivo se convierte en una auténtica tortura. De pronto el sueño se
distorsiona y él es consciente de ello. Una fuerza exterior le llama. Por pensar, piensa
que es la misma tierra, el mismo páramo quien solicita su atención. Después que es el
viento, las rachas de aire gélido que van y vienen, como si jugasen con él. En
cuestión de segundos se da cuenta de la realidad: es una voz.
—¿Abel?
A pesar de que la ha oído relativamente cerca y del tormento que suponen los
continuos tropiezos con las raíces, Abel prefiere el refugio del sueño y se olvida del
exterior. Está convencido de que lo que le aguarda fuera es mucho peor que lo de
dentro.
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—Chica, ¿no se habrá muerto?
—Espero que no, Marcia.
De repente algo le golpea. Esta vez no ha sido él quien ha tropezado, sino que una
fuerza externa lo ha derribado. El dolor es tan intenso que centellea dentro de la
cabeza, rebotando de un lado a otro. Escupiría un insulto… si pudiese. La maldita
mordaza se lo impide, la jodida mordaza. La cavidad bucal es una herida, una llaga,
por culpa de los cristales que asoman a través de la tela del calcetín.
Abel se esfuerza y levanta la cabeza tan pronto como reconoce las voces de su
hermanastra y de la forastera. Preferiría estar solo, él y nadie más; si acaso que se
quede junto a él la maldita enfermedad que padece. Sin embargo las dos putas han
regresado a importunarle como la última vez.
—¿Ves como no está muerto? —Verona se queja del escepticismo de su
compañera.
Cuando por fin se desembaraza del sueño muy a su pesar, Abel abre los ojos. Tras
el desenfoque inicial, consigue centrar la mirada en ellas: las dos comparten una
manta a modo de poncho. Marcia abraza por la espalda a Verona. De inmediato
repara en que han llegado hasta la iglesia, descalzas y sin pantalones.
—Será divertido —apunta Marcia.
Abel observa cómo esta ofrece la mejilla derecha a Verona para recibir su beso.
Después abandona la protección de la manta y se muestra desnuda, completamente
desnuda ante él. En otra ocasión, ese cuerpo resultaría toda una tentación para un tipo
como él, pero el dolor de las piernas quebradas es mucho más intenso que el deseo.
No obstante advierte que, a pesar de la delgadez extrema, de los pechos esmirriados y
de los huesos que se marcan bajo la piel, la muchacha conserva parte de su encanto.
Tal vez, piensa, ese encanto deviene del color de su pelo, el de su cabellera y el del
vello púbico, de un intenso color rojo.
De no mediar el dolor, Abel imaginaría ese coño abierto, imaginaría su sabor, el
calor que alberga. Pero es imposible que lo consiga: todo es dolor y un páramo lleno
de raíces con el que tropieza continuamente.
La muchacha se arrodilla junto a él, abiertas las piernas para que no deje de
mirarle. Con la ayuda de unas tijeras corta la parte superior del pantalón, y de un tirón
lo arroja bien lejos. Producto de ello las piernas se convierten en fuego y el dolor está
a punto de hacerle perder el conocimiento. A Abel le abandonan las fuerzas y no
consigue sostener el peso de la cabeza. Lloraría, pero tiene los ojos secos de tanto
hacerlo. Además, si demuestra semejante debilidad ante ellas es más que probable
que, lejos de convocar la compasión, enardezca a las dos muchachas.
Marcia procede de igual manera con el calzoncillo. De inmediato el pene y los
testículos quedan expuestos a la curiosidad de la pelirroja.
—Ya verás como sí será divertido, Verona.
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Abel siente la calidez de la mano de la pelirroja sobre sus testículos. La curiosidad de
los dedos y la certeza de esa mirada que intercambia con él hacen inútil la respuesta
silenciosa que le brinda: Por favor, olvídate de mí.
Mientras Verona se debate unos pasos más atrás algo molesta, y va y viene igual que
una fiera enjaulada, Marcia se escupe en las manos. Unta de saliva la polla en toda su
extensión. En realidad no está haciendo otra cosa que administrarle un lavado de
urgencia. Mejor así. Mueve el pene arriba y abajo, repasa con el índice los bordes del
prepucio.
En otras circunstancias el miembro del muchacho ya habría respondido. Una tía
con las hechuras de la extranjera solo se merece un buen polvo, que él la abra por la
mitad, que culee sobre ella y que por último escupa sobre su rostro. A pesar de la
provocación, el pene permanece flácido.
—Ya está bien, vámonos —masculla Verona desde el umbral de la puerta. Es una
estratagema para que Marcia la acompañe fuera.
La forastera se agacha sobre la cintura del prisionero y se introduce la polla en la
boca. Arriba y abajo. Estira abajo el pellejo con la pinza de los dedos y redobla sus
esfuerzos sobre el glande. Durante un segundo se acuerda de aquel compañero de
clase que tanto le gustaba. A lo mejor si invoca el recuerdo de aquel Michael, resulta
menos patético ese intento de follarse al muñeco. Necesita que el miembro resucite y
sentirle dentro del coño. Pero por mucho que se esfuerza, el intento es baldío: solo es
un gusano muerto.
Abel lamenta en silencio que el dolor le deje sin capacidad de reacción. Lo que
daría por eyacular en la jodida cara de chupapolla de la pelirroja. Es consciente de
que aunque ella lo intente durante media hora más, no lo conseguirá.
—Vámonos —insiste Verona.
Abel es testigo de la osadía de la muchacha, de su empecinamiento: Marcia se
incorpora, se acerca a ella y silencia las quejas de la hermanastra con un beso en la
boca. Desde su posición de desventaja, este gesto a Abel le supone casi un triunfo: la
extranjera porta el sabor de su polla en la boca y lo comparte con Verona, que se
resiste en un primer momento… quizá, tal vez por eso, porque ha reconocido el sabor.
El muñeco observa su miembro, brillante de saliva. Aunque no sea perceptible al
ojo humano, Abel siente que la sangre comienza a fluir por su interior. Algo es algo.
Si pudiese hablar, si no tuviese la mordaza, advertiría de tal circunstancia a la
forastera, más que nada para que aproveche y redoble sus esfuerzos. Sin embargo
cuando más cerca está de conseguir la erección, un espasmo le sacude el cuerpo.
Y a pesar de que en esta ocasión no ha sido tan fuerte como en otras anteriores, el
cuerpo se resiente y palpitan de dolor todas las fracturas y las heridas. Sin que pueda
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evitarlo, Abel aprieta las mandíbulas y la mordaza se convierte una vez más en una
auténtica tortura. Se desgarraría la garganta si pudiese gritar.
Cuando vuelve en sí, Abel advierte que Marcia insiste en revivir su miembro:
ahora se ha acuclillado sobre su cintura y repasa con la punta del glande su vulva. Se
agacha, chupa la polla un segundo y vuelve a acuclillarse sobre ella. Aunque está
flácido, porfía en introducirlo dentro del coño. Por mucho que se esfuerce, que trate
de hundirlo, el pene no responde.
—Valiente mierda de tío —ladra antes de retirarse de su cintura.
Abel lamenta la traición del miembro. Qué otra cosa puede hacer. Solo
experimenta la resurrección de la sangre cuando es testigo del placer compartido por
las dos muchachas. Y es que, incendiadas por el deseo, Verona y Marcia han
extendido la manta en el suelo y le regalan al prisionero la contemplación de sus
cuerpos enredados, la cabeza de Verona hundida en la ingle de Marcia, y la de esta
bajo el coño de aquella. Los jadeos infectan la iglesia. Mejor este tipo de
evangelización que la conseguida a golpes, piensa Abel mientras ellas chillan de
placer.
Una hora más tarde, Verona regresa ya vestida a la iglesia. Le acompaña su
compañera unos pasos más atrás. Abre el puño. Muestra a Abel el dado de las noches
de la euforia. Le invita a apostar de nuevo: ¿pares o nones?, como ya hiciera cuando
ayer se atrevió a pedir un poco de agua. Seguramente debido al engaño sufrido
entonces, el muchacho no se fía y sacude la cabeza en sentido negativo. Prefiere que
evitar a toda costa que se mofe por segunda vez de su desesperación.
—Venga, Odio, colabora. No me lo pongas más difícil.
Ni siquiera hacen entrar en razón a Abel los dos codazos que la lectora le
administra. La cabeza oscila, inerte.
—Joder, elige, ¿pares o nones?
Verona le levanta la cabeza cogiéndole de la barbilla. Tras concederle un pequeño
descanso y prometerle que no le golpeará más, lo único que obtiene a cambio es una
nueva negativa por parte del reo. Podría darle diez codazos más y otros tantos
rodillazos hasta borrar esa mueca de horror con que la observa desde el silencio de la
mordaza. Pero entonces se acabaría demasiado pronto el juego, y tampoco es plan de
abreviar el placer.
De manera que se gira hacia su amiga y la invita a apostar. Marcia pretende
negarse, pero no se lo permitirá. Al final, tras varias negativas, la pelirroja se decanta
por nones. Para bien o para mal, el dado le da la razón.
—Ya que no ha querido Abel, serás tú quien elijas.
La patinadora sabe que no debe preguntar qué es lo que debe elegir, que diga lo
que diga todo irá a peor. Pero no le queda más remedio que intervenir.
—Elige, ¿varilla o flauta? —Verona muestra los dos objetos. La primera es una de
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las varillas que Abel arrancase del paraguas y la segunda, el instrumento que
perteneciera a Debisí.
Esto no tiene buena pinta, rumia la pelirroja. Además, los ojos de Verona
certifican su diagnóstico. Seguro que se le ha ocurrido alguna nueva maldad.
—Flauta —dice a pesar de ello, más por miedo que porque esté convencida de la
utilidad del juego.
—OK, la música amansa las fieras, decía Padre.
Ojalá haya acertado. Ojalá haya elegido lo menos traumático para el muchacho.
Pero la sonrisa de Verona le hace dudar. ¿Qué habrá querido decir con lo de la música
y las fieras? La anfitriona libera al prisionero del pupitre y le ata las manos por
delante.
Introduce una variante nueva en la evangelización: oculta la cabeza de Abel bajo
el saco de arpillera que este usaba en las noches de euforia. A partir de ahora solo se
le verán los ojos. Mucho mejor así.
A Marcia le gustaría marcharse de allí y no ver cómo Verona vuelve boca abajo al
muñeco. Con la puntera del pie le separa las piernas, descuadernadas por las múltiples
fracturas. Abel se retuerce de dolor, gruñe bajo el saco de arpillera. Menos mal,
piensa Marcia, que la mordaza anula sus gritos.
Solamente hace falta que la evangelizadora se arrodille entre las piernas y que
separe, con la ayuda de una mano, los cachetes del culo para que Marcia intuya que
se ha equivocado al elegir. Verona aún no ha acercado la embocadura de la flauta al
ano cuando se decide a cambiar su elección. Además está esa costra de sangre que
rodea el orificio. Si se acercase un poco más podría distinguir unos pequeños
desgarros, producto de a saber qué vejación.
—Un momento, chica —se apresura a decir—. Mejor la varilla.
Tan pronto como ha cambiado de parecer, Marcia barrunta que se ha vuelto a
equivocar, y que el dado y la apuesta de pa res o nones no era más que una
pantomima con que soliviantar los nervios del prisionero. Le gustaría convencer a su
amiga de que lo deje tranquilo.
El rostro de Verona esboza una mueca de desidia, como quien tiene que cumplir
con una tarea engorrosa. Después de volver boca arriba al muñeco, le ata las manos al
pupitre. Todo vuelve a estar como al principio de la apuesta.
De nuevo empieza el juego. Desafiada por la mirada que descubre a través de los
ojales practicados en la arpillera, Verona le regala un codazo a su hermanastro. No
permitirá semejante insolencia. Así, con la arpillera será más fácil evangelizarle.
Verona se agacha sobre las piernas fracturadas y esgrime la varilla metálica igual
que si fuese un lápiz o un escalpelo. Su objetivo son las postillas. Con una habilidad
innata busca el borde más seco para introducir la varilla y hacer palanca. Durante la
primera parte del proceso, se conforma con levantar las postillas y observarlas en la
palma de la mano con celo de entomólogo. Incluso se atreve a probar alguna, a
mascarla igual que si fuese un tasajo de rata.
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—¿Qué haces? —pregunta Marcia, cada vez más molesta con el extraño
comportamiento de su amiga.
—Descubrir el sabor de Odio.
—Deja eso ya, por favor.
—Antes le has comido la polla y me he tenido que callar. De modo que, si no te
gusta lo que ves, espérame en la guarida.
Debajo de alguna de las postillas Verona descubre la pasta verdusca del pus.
Algunas de las heridas más antiguas se han infectado para regocijo de la
evangelizadora. Ayudándose de la punta de la varilla, recoge parte del pus y se lo
acerca, primero a la nariz, y luego a la lengua. Lo paladea. Lleva el pus de una parte a
otra de la boca. Rebusca su sabor entre los dientes si hace falta. Nunca ha probado
nada igual, aunque no sabría explicar a qué demonios sabe. Eso sí, tampoco es que
sea mucho más repulsivo que el semen de Abel o el fluido vaginal de la pelirroja.
Marcia se ha retirado hasta el umbral de la iglesia, en un desesperado intento por
convencer a la otra de que se olvide del muñeco. Pero Verona ha encontrado otra
diversión: probar a hundir la varilla hasta el mismo fondo de la herida. A poco que
haga presión sobre la base sanguinolenta de la misma es capaz de hundir el metal en
la carne varios centímetros.
La perforación es metódica. En el rostro de Verona no asoma la más mínima
expresión, absorta como está en la eficiencia de su martirio.
Abel se debate contra las cuerdas que le anclan al pupitre y contra la naturaleza
muerta de sus piernas. Bajo la caperuza de arpillera se dejan sentir sus quejas
inarticuladas.
Cuando Verona siente el filo cortante de la mirada del prisionero sobre sí, le
escupe a los ojos. Joder, ya está bien. ¡A ver si se los va a tener que pinchar con la
varilla! Amenaza con hacerlo antes de regresar a la inspección de las heridas. Cuando
se cansa de ello, dirige la punta a las fracturas abiertas. A pesar de las convulsiones
que sufre el muñeco, orada con la varilla los huesos astillados y la carne sajada. Nada
detendrá ahora su curiosidad. Con un poco de suerte será capaz de llegar al tuétano de
los huesos.
Necesita variar el juego cada cierto tiempo para evitar la desidia. Ahora empuña la
cruz de madera que completa, junto con la toca y el manto, el halloween de monja
que tantas veces ha vestido. Verona se la muestra a Marcia con la diligencia de un
número de magia, nada por aquí, nada por allí. Aunque más que a un mago, Verona
se parece a uno de esos predicadores de púlpito y palabra incendiaria, capaz de
vender las bondades de semejante símbolo cristiano a un extraterrestre.
Ya verás, Marcia, lo que se me ha ocurrido.
Con ceremoniosa lentitud, ata un palmo de cuerda a cada extremo del palo
vertical de la cruz. Doble nudo para que no se desate a las primeras de cambio.
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Retira la arpillera que ocultaba el rostro del reo. A semejanza de un bocado de
caballo, ella introduce transversalmente la cruz en la boca de Abel, poniendo especial
cuidado en que este no le muerda en un descuido. Sospecha que si el hijoputa hace
presa en una de sus manos, no la soltará en la vida.
Antes de que consiga escupir la cruz, la muchacha ata los dos cabos a la nuca.
Imprime al primer nudo toda la fuerza de la que es capaz para que el bocado
cruciforme encuentre su verdadero lugar a la altura de las últimas muelas. Otro nudo
más hará inviable la posibilidad de que se suelte cuando dé comienzo la nueva
diversión.
Seguidamente comprueba la correcta postura de la cruz dentro de la boca. Hace el
gesto de OK a su amiga, que se apresura a negar con la cabeza. Por mucho que se
esfuerce, nada hará cambiar de opinión a Verona.
Los ojos del muñeco se dislocan cuando advierte que su hermanastra ha
alcanzado el mazo de derribar paredes y que se aproxima empuñándolo. Aunque
nunca lo conseguirá, dado que la cruz bloquea la lengua, Abel se esfuerza por hablar.
A duras penas consigue emitir unos gruñidos incomprensibles para los que, por otra
parte, no hace falta traducción. Ya imaginado lo que le espera.
—No temas, que no voy a hacerte daño —ironiza. Abel niega con la cabeza y
llora—. ¿No quieres que utilice el mazo? —Abel asiente. Resulta patético su intento
por detener lo inevitable.
—Vámonos, ya está bien por hoy —interviene Marcia—. O mátale de una puta
vez.
¿Qué sabrás tú lo que está o no está bien? Tú no le conoces. Pregúntale a Debisí,
a Renata o a la familia Andersen. Verona elige el silencio y la sonrisa en lugar de las
palabras afiladas y el desprecio. La patinadora es una ignorante.
—¿Entonces prefieres que deje el mazo? —pregunta al muñeco. Este asiente de
nuevo—. De acuerdo.
En contra de lo que cabría esperar, o de lo que han imaginado tanto Abel como
Marcia, la evangelizadora acepta y aparta el True Temper a un lado. Eso no quiere
decir que haya acabado con Abel. Tampoco se lo va a poner tan fácil.
Alcanza del bolsillo del pantalón la Magnum. Acerca el cañón de la pistola a la
sien del hermanastro.
—Seguro que preferirías una muerte rápida, ¿no?
Abel mueve la cabeza en sentido afirmativo. El acero besa la piel justo en el
nacimiento del cabello. Verona sonríe mientras acerca el índice al gatillo.
—Odio, tú dirás. Tus deseos son órdenes.
—Mátalo —ruega Marcia, que no sabe si cruzar los brazos o morderse las uñas.
—1, 2… y… tres. ¡Bang, bang! —La anfitriona simula el sonido de un disparo.
La carcajada de la muchacha coincide con las lágrimas del prisionero, que lamenta la
ocasión perdida de que abreviase de una puñetera vez su sufrimiento.
Hastiada del juego Verona se decide a pasar a la acción. Además, empieza a estar
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cansada de las intervenciones de Marcia. Está convencida, absolutamente
convencida, de que cuando vea lo que es capaz de hacer con la Magnum no protestará
más.
De manera que coge la pistola al revés, por el cañón. Sonríe. Se aparta un metro
de la víctima, pero no porque piense dejarla en paz, sino porque necesita espacio para
poder proyectar el brazo. Como el bateador que ensaya en el aire el golpe que le
propinará a la bola, Verona practica su home run particular. Calcula el movimiento
exacto tantas veces como sea conveniente.
Cuando cree que lo tiene mecanizado, sin mediar palabra, propina un culatazo al
muñeco, que le estalla en el maxilar superior. Abel siente como si, de repente, se
hubiese estrellado contra su boca un tren a cien kilómetros por hora.
El crujido es terrible. Si tuviera que apostar, Marcia juraría que le ha partido la
encía en dos al prisionero. Y no se equivoca demasiado. Con ese primer culatazo,
Verona ha dejado claras sus intenciones: apurar al máximo la evangelización del
hermanastro.
El golpe ha quebrado por la mitad los incisivos centrales. Astillados por culpa del
impacto son más peligrosos ahora incluso que antes, así que se obstina en hacerlos
desaparecer por completo. Con metódica paciencia, golpe a golpe de culata, los
descascarilla, los rompe, hasta dejarlos al mismo ras de la encía. Una, dos, tres veces,
todas las que hagan falta. De este modo resultarán inofensivos y no podrá morder con
ellos.
El trabajo no ha hecho más que empezar y ella lo sabe. Va a sudar la gota gorda
antes de desdentar por completo a Abel. Tras desatarse el pelo y volverlo a recoger en
una cola a la altura de la coronilla, procede de igual manera con el resto de dientes
superiores. Uno a uno, sin alterar el ritmo de los culatazos, acaba astillándolos todos.
Tras la primera tanda de golpes la dentadura se parece a esa línea de cristales rotos
que se erige en la parte alta de un muro cuando se pretende defender lo que hay detrás
de él.
Seguidamente la culata borrará cualquier vestigio, esquirla a esquirla, hasta que
no quede más que la sanguinolenta frontera de la encía.
La sangre brota con la intensidad de una catarata. Parte de ella se desbarranca a lo
largo del cuello, y la otra fluye hacia atrás para colarse por el sumidero de la
garganta.
—Déjalo ya, por Dios —es la voz de Marcia, que se atreve incluso a sujetarle el
brazo antes de que consiga un nuevo home run en la boca del prisionero.
De un tirón, Verona se deshace del marcaje de la invitada y se dispone a
continuar. Ella tiene muy claro lo que pretende conseguir.
Ahora le toca el turno a los dientes de abajo. Con la experiencia adquirida, en esta
ocasión los golpes son lo suficientemente precisos como para invertir la mitad de
tiempo que con los de arriba. No ha de quedar ninguna astilla que sobresalga de la
encía. La sangre y las esquirlas de dientes saltan por los aires. Machan el rostro de
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Verona, e incluso alcanzan a Marcia.
—No te preocupes, Odio, que ya acabo —dice Verona antes de administrar los
últimos culatazos. Uno, dos, tres… El brazo le arde con el sobreesfuerzo, pero el
objetivo ha merecido la pena.
Ahora la boca es un pozo sanguinolento en el que, con facilidad, cabría un puño
en su interior. Si tuviese unos alicates arrancaría de cuajo las muelas, pero ha de
dejarlo estar. De momento se conforma con lo conseguido.
Verona deshace los nudos tras la nuca, retira el bocado en forma de cruz y deja
que Abel descanse durante unos segundos. Luego se desnuda de cintura para abajo:
fuera los zapatos, fuera el pantalón y la braga. Solicita la intervención de Marcia para
se arrodille delante de ella. La invita a que hunda su lengua en el coño.
En un principio la patinadora se niega. Tampoco está de humor, sobre todo
después de lo que ha visto. En apenas un par de minutos cederá, no vaya a ser que se
enfade con ella. A saber de lo que es capaz de hacer. Así que Marcia se arrodilla y
busca el clítoris con la lengua. De inmediato Verona se excita.
Cuando está a medio camino del orgasmo, la evangelizadora aparta a su amiga y
le ofrece el sexo a Abel. Vencido por el dolor, este es incapaz de sostener la cabeza.
Tendrá que sujetársela ella si quiere que le coma el coño.
Ahora no hay peligro alguno de que le muerda. Después de la intervención de la
culata de la Magnum, el muñeco carece de dientes con los que atacar su sexo.
Abel estira la lengua y roza la hendidura húmeda. Pero es poca cosa ante la
exigencia de la hermanastra. El sexo acaba embadurnado de sangre, igual que si le
hubiera bajo la regla en ese mismo instante.
Aburrida, sintiendo como el deseo encoge, Verona le arrea un par de codazos en
la nariz y en el pómulo izquierdo. Antes de que sea demasiado tarde, Marcia se ofrece
a acabar lo que ha empezado con anterioridad.
Pero Verona hace caso omiso y sale precipitadamente de la iglesia. Regresa de
inmediato. Hecha un ovillo, trae en una mano la ilustración del Sistema Solar, que
había permanecido grapada hasta ese momento sobre el mueble que hace las veces de
alacena. Verona se la hace tragar al prisionero. Le abre la boca y lo introduce dentro.
—Esto es lo más lejos que vas a llegar —rumia.
Luego, devuelve la mordaza a su sitio. Mientras observa cómo el muñeco hace un
esfuerzo ímprobo por no ahogarse con la mordaza, la sangre que brota de las encías y
la ilustración ovillada, Verona abre las piernas para que la patinadora termine lo que
ha empezado. A pesar de que la sangre de Abel embadurna la vulva, Marcia se presta
gustosa. Cuando Verona se corre sobre la boca de la extranjera, la levanta y le planta
un beso.
Antes de que la lumbre del vaso de fuego y las dos muchachas abandonen la
iglesia, Abel observa cómo Verona deja junto a la puerta una caja de zapatos,
precisamente la misma que han utilizado en la azotea a modo de retrete. Dentro se
mueve algo.
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—Te dejo en buena compañía, Odio —murmura la lectora como despedida.
Luego desata la cuerda que rodeaba la caja y cierra la puerta. Tras el crujido de la
llave en el útero de la cerradura, Abel vuelve a percibir movimiento en el interior de
la caja. ¿Qué habrá dentro? No quiere ni pensarlo.
Ahora no hay eriales minados de raíces que alteren el sueño. Nada de eso, tan solo la
oscuridad infinita que antecede al final. El descanso se prolonga sin que Abel sea
capaz de cuantificarlo.
Y en realidad no ha dormido tanto. Despierta al cabo de una hora, alarmado por
algo que va y viene de un lado a otro. Inmediatamente, antes incluso de que sea capaz
de identificar qué coño se mueve a su alrededor, repara en la violencia de la tormenta
que se abate sobre el edificio. Menudo aguacero.
Desnudo de cintura para abajo, empieza a estar aterido de frío. Si al menos
pudiese mover las piernas, las haría entrar en calor. Está desesperado: muerto de sed,
hambriento y deshecho por el dolor de las múltiples heridas. Aunque se encuentra en
las peores condiciones posibles, tendrá que enfrentarse a lo que merodea dentro de la
iglesia.
De pronto descubre una sombra que se mueve entre la oscuridad. Tiene que ser
eso lo que le ha rozado hace unos segundos. Culebrea en mitad de la penumbra de la
iglesia. Hay un instante en que juega a engañarse: lo fácil es pensar en una ilusión
óptica, no es nada más que una mancha que atraviesa la pupila por dentro. Mucho
mejor eso que aceptar la realidad… Porque a saber qué cojones escondía la caja de
zapatos que Verona le ha dejado antes de salir.
No se alarmará mientras la sombra se mantenga lejos de él. Pero antes de lo que
piensa, eso se atreve a acercarse a las piernas y a olisquearle los pies. A poco que
aguce el oído y escuche atentamente, descubrirá de qué cojones se trata. En
demasiadas ocasiones se ha enfrentado a ellas en mitad de la oscuridad como para no
reconocer ese correteo apresurado sobre el suelo.
Se ríe por dentro: es una suerte de ironía, de guiño del destino… que después de
haberse comido tantas ratas vaya a servir de cena a una de ellas. La rabia anega su
estómago. Le gustaría gritar, y patear la cabeza de su hermanastra y la de su amiguita,
y sumergir el cuerpo de ambas en agua bendita. Así gozaría de tiempo más que
suficiente para comérselas a las dos.
Pero es solo eso, un puñado de deseos. Por desgracia cada vez es más consciente
de que ese será el fin, de que se le agota el margen. Da igual que consiga ahuyentar a
la rata o incluso sobrevivir al frío; sabe que nunca se recuperará de la enfermedad que
padece desde hace tres meses. Los primeros síntomas se han agravado con el tiempo:
el babeo, la sudoración excesiva producto de la fiebre, la irritabilidad, la micción y
defecación incontrolables o la dificultad al tragar. Es más, desde hace días, a la fiebre
hay que añadir una tos pertinaz, obstinada, que se estrella una y otra vez contra la
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mordaza, a consecuencia de lo cual los cristales que rellenan el calcetín se hunden
una y otra vez en el paladar y en la lengua.
En ese instante un espasmo sacude sus piernas y anula cualquier pensamiento.
Aunque es de menor intensidad que otros que ha sufrido con anterioridad, las
fracturas multiplican el dolor exponencialmente hasta el infinito. Pierde la visión y la
cualidad de razonar. Estallan las neuronas con la violencia de una bomba de
cincuenta megatones. Durante unos minutos la noche del Desastre renace bajo el
cráneo.
El corazón se detiene una décima de segundo antes revolucionarse y lanzarse a
una carrera desenfrenada. La implosión de la sangre amenaza con vencer la
resistencia de arterias y venas, y anegar el erial del cuerpo. Sin que pueda evitarlo,
Abel aprieta la mordaza y se destroza por enésima vez la boca. De seguir así la
próxima vez que Verona le libere de ella, escupirá la lengua en trocitos tan pequeños
que será imposible recogerlos uno a uno.
Con una pizca de ironía Abel recuerda cómo a veces cocinó la lengua de los
extranjeros evangelizados. Recuerda especialmente lo jugosa que halló la de Renata,
la de ella, que tanto celo puso en aquellas felaciones que le regaló, como si gracias a
su habilidad pudiese conseguir el indulto. Pero la suya, sospecha, resultará
inaprovechable de tan troceada.
En cuanto la explosión de dolor remite y consigue el pleno control sobre sus
piernas, detiene el movimiento de las mismas y aguza el oído. La rata continúa
emboscada en la oscuridad. Tiene que solventar ese problema. La muy cabrona sigue
ahí, al acecho. Hasta se ha atrevido a olisquearle las piernas. Mientras sea capaz de
demostrarle que está vivo no habrá problema, el roedor no se atreverá a llegar más
lejos.
En el exterior, sobre el instituto, arrecia la tormenta. A lo lejos, ruedan los
primeros truenos.
Aunque Abel lo intenta una y otra vez, es incapaz de mover las piernas.
Semejante rigidez podría envalentonar a la sombra, que no cesa de girar a su
alrededor. Así ocurrirá al cabo de unos minutos.
Vencido el miedo, el animal se encarama a las piernas y olisquea la sangre y el
pus que asoma entre las heridas. Abel se anima a sí mismo, tiene que seguir
luchando. Muévete, haz algo. Pero las piernas son dos animales muertos. No
conseguirá cambiarlas de postura por mucho que lo intente.
Tirita de frío y de miedo. La rata se asoma al cráter que es la fractura abierta por
donde asoma la tibia, igual que la proa de un navío que hubiese encallado contra la
costa. El roce de los bigotes del roedor le produce escalofríos. Haz un último
esfuerzo, joder. Abel focaliza toda su atención en los muslos, consciente de que si
automatiza el movimiento dentro de la cabeza, lo conseguirá, por mucho que le
cueste. Lo intenta en vano una y otra vez.
La pasividad demostrada por el humano anima a la rata, de eso no hay duda, tanto
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que esta se atreve a lanzar el primer mordisco a la herida. Se lleva entre los dientes un
pedazo de carne y retrocede unos pasos en dirección hacia las rodillas. Lo devora con
rapidez. Regresa y vuelve a morder, procurando que esta vez el premio sea más
grande.
Abel persiste en el empeño de arrastrar a toda costa las dos piernas y así
ahuyentar a la acosadora. Un poco más. Ya falta poco para que lo consigas. Mientras
tanto el animal sigue a lo suyo. Ahora su osadía no tiene límites y se atreve a
acercarse y mordisquear incluso la tibia astillada. Por fortuna para él, será el latigazo
de dolor que experimenta cuando los dientes del roedor alcanzan el sistema nervioso
que recorre el hueso, el que catapulte las piernas, como impelidas por un resorte.
De nuevo estalla una guerra dentro del cerebro del prisionero. Pierde la vista y
hasta la respiración. Su cuerpo es un volcán a punto de reventar. Ojalá se atore el
corazón y deje de sufrir de una vez por todas.
Cuando consigue volver en sí, la rata ha abandonado su posición sobre las piernas
y merodea a su alrededor. Desde ese mismo momento Abel comprende que todo se ha
convertido en una lucha a muerte, que después de haberle mordido la tibia no parará
ante nada. La rata o él. No habrá prisioneros.
Así que se prepara para lo peor. No le queda más remedio. Y es que de no hacer
nada al respecto, el animal acabará atreviéndose a probar suerte con los testículos y el
pene.
Una vez que se ha decidido a ejecutar el plan, no hay marcha atrás, solo la
determinación más absoluta de aguardar con paciencia el momento. Su momento. Si
falla estará perdido y a merced de su enemiga.
La rata da vueltas alrededor del cuerpo, tantas veces como haga falta para
cerciorarse de que el humano no volverá a darle un susto. Abel necesita que se confíe
de nuevo. Hasta se esfuerza por controlar la respiración en un intento por engañar al
animal y hacerle creer que ha muerto.
Al cabo de unos minutos parece que el ardid ha dado resultado. Aprovechando
que la sombra se ha detenido durante un segundo, Abel realiza un esfuerzo supremo:
vuelca todo el peso de su cuerpo hacia la izquierda. La inercia, unida al peso del
pupitre, hace el resto.
El golpe retumba en toda la iglesia con la fuerza de un trueno o un cañonazo.
Como había calculado, ha caído sobre el animal. No lo ve, pero lo siente. Ha
aprisionado las patas traseras del roedor con su hombro izquierdo. La victoria es
suya. Maldita hija de puta. Ella va a pagar toda la rabia que ha acumulado durante los
últimos días.
Aunque malherido y atrapado, el animal lucha, se debate, lanza varias dentelladas
en dirección al cuello del humano. Antes de que sea demasiado tarde y le degüelle a
bocados, Abel le lanza un primer cabezazo. La frente impacta de lleno contra el
hocico de la rata. Algo ha crujido dentro de ella. De inmediato aquella acusa el golpe,
tanto que queda a su merced. Lástima que no sea Verona. Pero en algo tendrá que
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descargar la rabia que le abrasa el estómago.
Ahora es tuya, Abel. Levanta la cabeza hasta el mismo límite impuesto por el
cuello, hasta que en las cervicales se enciende una señal de alarma, y continuación
proyecta la frente a toda velocidad, como si con ella pudiese romper una pared, igual
que si la cabeza fuese de acero, pesase cinco kilos y tuviese el logo de True Temper.
La cabeza es una montaña que se abate contra una hormiga, igual que una horda de
resucitados que cae sobre un superviviente.
De propina le regala dos más. El roedor no puede escapar y acaba machacado por
la furia de su ejecutor, que continuará cabeceando contra el objetivo aun cuando este
se ha convertido en un guiñapo sanguinolento, tripas, huesos desmigajados y carne
picada. No cejará en su empeño hasta que no se abra la frente contra el suelo.
Cuando impacta contra la solería, Abel detiene la agresión. Para finalizar necesita
demostrarse quién es una vez más, como si él no lo supiese. Acerca el rostro a la
pulpa sanguinolenta y lo embadurna en sangre, hasta que siente cómo el tufo de la
misma se le adhiere a los ojos, a la nariz.
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HA SIDO PRODUCTO de la mala suerte o tal vez de una extraña conjunción de
factores: la fiereza de los truenos y el golpe del pupitre y del muñeco contra el suelo.
Pero el muerto que yacía inerte junto a la barrera del ala oeste ha despertado. De
inmediato se ha incorporado sobre sus tambaleantes piernas y ha comenzado a
golpear la barrera. Como consecuencia de su desesperación, han resucitado quienes
hibernaban en las escaleras, y sus gritos han alertado, a su vez, a los que ocupaban los
pasillos de la planta baja.
Sea como fuere, lo cierto es que, en cuestión de unos minutos, los intestinos del
edificio se remueven soliviantados por la resurrección de los enfermos. Ha
despertado la cólera de los muertos después de muchos días de inactividad. Los
aullidos, los gritos de quienes resucitan en primer lugar, contagian a los que están
más lejos de las escaleras, en el fondo del patio, y a los que despertar e incorporarse
les cuesta la misma muerte.
La intensidad del griterío amenaza con reventar la estrechez de los corredores de
la planta baja del instituto y con vencer la resistencia ofrecida por las barreras de
muebles que defienden la neutralidad del primer piso.
La noche ha despertado. En mitad del fragor de la tormenta los gritos se escuchan
en todo el edificio, incluso en varios centenares de metros a la redonda. Tras quince
años nadie vive en la ciudad, nadie, y únicamente serán testigos del griterío las ruinas
de alrededor, las avenidas vacías, las farolas y los semáforos ciegos, las señales de
tráfico huérfanas. Ningún ser vivo, excepto las ratas que corretean por las esquinas y
a lo largo de los bordillos de las aceras, huyendo de su propia sombra, oirá la rabia
renacida.
Los cuerpos se revuelven unos contra otros, ascienden las escaleras a
trompicones, se agolpan. Si hace falta, pisarán a quien cae. Nada tiene importancia
ante la llamada de la carne. Les apremia el hambre, pero también la necesidad de
trasmitir la infección. Ellos obedecen al instinto, sin más. El cerebro, entorpecido por
la sangre espesa, responde y anima al cuerpo descoyuntado.
De no mediar la resurrección de los enfermos, Verona y Marcia apostarían la
noche a la carta segura del sexo. La consigna sería inequívoca: el cuerpo de la
compañera ha de ser disfrutado como si fuese la última vez. Pero la inoportuna
tormenta y el golpe que se ha dejado sentir en el interior de la iglesia las abocan
indefectiblemente al doble o nada de la noche de euforia. Y eso sin que antes medie
el juego arbitrario del dado, como sucedía cuando Abel participaba.
Hoy no hay tiempo para el dado, ni tampoco para apostar a pares o nones. No hay
tiempo de elegir los papeles: quién se esconde con el mazo y quién selecciona al
enfermo a sacrificar. No hay tiempo para enfundarse la ropa de combate. Si acaso
alcanzar las armas y correr escaleras abajo.
—Coge las tijeras de podar y el machete —insta Verona a la pelirroja—. Me
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quedaré con el mazo. Coge un vaso de fuego, que yo encenderé otro.
Esta noche el asunto es serio. Para nada se parece a un juego, por muy perverso
que sea. La noche de euforia era un divertimento. Hoy solo es tragedia.
—Vámonos.
Antes de bajar a la zona neutral, Verona penetra en la iglesia. Solicita las tijeras a
su compañera. Se acerca a Abel, que yace tumbado de lado, sobre el cadáver de la
rata.
—Tranquilo, Odio, no te voy a hacer daño —le asegura antes de cortar la soga
que le mantiene atado al pupitre. Se ayuda de la lumbre del vaso de fuego.
Ella es consciente de que las múltiples fracturas de las piernas resultan una losa
demasiado pesada como para que la liberación de Abel suponga un peligro real para
ellas. De él no hay que preocuparse. Acto seguido le libera de la mordaza. Se
desentiende de la sangre que embadurna el rostro de Abel y de la suerte que ha
corrido el roedor.
—Cuídate, Odio, esto es el fin —le confiesa. El tono de voz es premonitorio.
El muchacho se esfuerza por hablar, sobreponiéndose al tormento de la boca.
Entonces ocurre algo que Abel no espera: Verona le regala un último beso y deposita
la Magnum en el suelo, a una distancia de un par de metros. Abel recela de inmediato.
¿Qué es lo que pretende su hermanastra? Cuando consigue sobreponerse al dolor de
la boca y podría preguntarle el motivo de que le entregue la Magnum, las dos
muchachas y la lumbre se han marchado. Le dejan a oscuras. Las pupilas brillan en la
penumbra.
Verona y Marcia se apresuran, bajan las escaleras. Después de citarse en la azotea en
caso de que la situación se haga insostenible, la anfitriona grita al oído de la invitada,
dado que de otra manera la voz no se impondría al aullido de los enfermos:
—¡Yo defenderé el ala norte!
Verona ha elegido la zona más comprometida, la más peligrosa. Ambas son
conscientes de que si cayesen los dos muros defensivos al mismo tiempo, Verona
quedaría atrapada entre los muertos del ala norte y los de la oeste. Durante un
segundo Marcia baraja la posibilidad de negarse: a lo mejor las dos deberían defender
la misma posición, el ala oeste, y así no alejarse demasiado de la escalera de mano
que conduce a la azotea. Pero Verona sella unilateralmente el acuerdo con un beso en
los labios. No hay tiempo que perder.
Mientras tanto, en la iglesia Abel consigue darse la vuelta y quedar boca arriba.
Aguarda unos minutos a que el dolor de las piernas decrezca. Tararea los primeros
compases del The End. La canción suena casi como un epitafio. La letra, la tragedia
encerrada en esas notas, el recuerdo de la voz de Jim Morrison, todo lo asemeja a un
réquiem que entonase para sí mismo.
Se decide a luchar hasta el final. En mitad de la oscuridad cree distinguir el bulto,
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aún más negro, de la Magnum. Aunque continúa recelando de las verdaderas
intenciones de su hermanastra al dejar la pistola a su alcance, no le quedan más cartas
que esa. Ha de llegar hasta ella, sí o sí. Luchará contra las fracturas de las piernas, se
arrastrará como un gusano.
Los resucitados se muestran enardecidos ante las primeras muestras de debilidad de
las murallas de muebles. Y es que, después de varios minutos de pugna, se antojan
menos inexpugnables que antes. Incluso hay quien se ha encaramado a lo alto de la
barrera del ala norte.
—¡Son demasiados!
Es la voz de Marcia que atraviesa el pasillo y se estrella contra la posición de
Verona. Ya lo sabe, no hace falta que se lo diga. Pero si baja la guardia, y se resigna
de antemano, todo estará perdido. Hay que seguir luchando.
Así que la lectora se sube a la muralla de muebles, se acerca al muerto que se ha
encaramado y lo pasaporta al infinito de un par de mazazos en la nuca. La Doble
Muerte del hijoputa no deja margen a la duda. El crujido del cráneo le excita de tal
manera que nota, duros, los pezones bajo la ropa. Por añadidura le regala un tercer
golpe, que es el que termina por desperdigar en un par de metros a la redonda la masa
encefálica del desgraciado.
—Jodido cabrón —hunde la mano por entre los mechones de pelo, coge un
puñado de esa masa gelatinosa y rosada, escupe sobre ella y luego la arroja contra sus
compañeros de infortunio.
Ahora bastará con empujarlo al otro lado y que su suerte sirva de ejemplo al resto.
Pero ella debería de saber que los muertos solo actúan y no piensan, que se mueven a
impulsos. Esta noche son demasiados y se muestran especialmente enardecidos.
Por su parte Marcia se emplea con igual dureza sobre los más valientes. En
cuanto asoma un brazo que tantea la cúspide de la muralla en busca de un saliente al
que aferrarse, un brillo de acero cae sobre él. El primer machetazo se estrella en
hueso, encalla contra él. Si no perseverase en el intento, si no repitiese el machetazo,
no lograría cercenar el brazo.
Desde la noche del Desastre ella siempre ha preferido evitar el enfrentamiento
con los hambrientos, moverse con rapidez sobre los patines y huir a toda prisa. Es
más, ella escaparía del edificio a toda prisa si Verona la acompañase. No defendería
la posición: abandonaría el instituto, consciente de que encontrará otro fortín donde
resistir.
El dilema de Abel es bien diferente. Por mucho que quiera, él nunca escapará del
país: está atrapado por culpa de las dos anclas en que se han convertido sus piernas.
Únicamente cuenta con la opción de la Magnum. Eso siempre y cuando Verona no se
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la haya jugado y esté descargada. Le queda esa opción o rezar para que su
hermanastra y la forastera consigan repeler la invasión.
Trata de arrastrarse sobre la espalda. Dada la gravedad de las fracturas abiertas es
imposible que lo haga boca abajo. Así que clava los codos en el suelo y se ayuda con
el movimiento zigzagueante del trasero. Apenas ha avanzado diez centímetros cuando
se detiene.
Ni en un millón de años alcanzará la pistola. Resopla igual que un elefante
moribundo, todo desesperación y agonía. Nunca antes dos metros le parecieron tan
largos. Nada, por mucho que estire el brazo todavía le queda más de un metro para
rozar la culata.
Venga, otra vez, se anima, no te des por vencido. Arquea la espalda y clava la
coronilla y los dos codos en la solería. Otros diez centímetros y otra pausa. El
corazón se acelera y un dolor agudo le barrena el pecho.
Llora sin lágrimas. Ahora entiende en parte a Debisí. Al menos experimenta su
misma desesperación, esa que embargaba al flautista durante la evangelización.
Ahora él es el muñeco en manos del destino: primero a merced de Verona y la
forastera, y luego, de las circunstancias.
—Un poco más —se anima.
Repite la acción: arquea la espalda, clava los codos y la coronilla, y por último
mueve el trasero a un lado y a otro. A ese ritmo tardará un día entero en alcanzar la
Magnum.
De fondo a su esfuerzo, de fondo a los jadeos, las imprecaciones y el llanto, bulle
el griterío de los muertos. A juzgar por su intensidad, Abel es capaz de saber
aproximadamente el número de cuerpos que se agolpan contra las barreras. Y esta
noche han resucitado demasiados hambrientos. No le cabe ninguna duda.
Si supiese rezar, lo haría; solicitaría ayuda al Dios al que rezaba el padre de
Verona, aunque es indigno de ser compadecido… y él lo sabe. Ha llegado su hora:
morirá a manos de los muertos si rompen las defensas o de Verona, si esta consigue
contener la marea de cuerpos y se decide a finalizar su evangelización. Es más, si le
dieran a elegir, no sabría con qué final quedarse.
—Hija de puta —masculla al pensar en la hermanastra. Ojalá tuviese la
oportunidad de matarla de un cabezazo, como ha hecho con la rata. Por si no tuviera
bastante castigo, le introduciría la mordaza en el coño, se sentaría sobre el pubis y
luego culearía sobre él.
La rabia le insta a sobreponerse a la adversidad y seguir hacia delante. Está
decidido a cambiar de táctica, ya está bien de arrastrarse igual que un gusano.
Haciendo un sobreesfuerzo consigue sentarse sobre el suelo. Prueba a avanzar así,
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sobre el trasero, pero el dolor es insoportable: en cuanto se mueve, un escalofrío
estalla en las piernas, asciende por el sistema nervioso y campanea con violencia
dentro de su cabeza. Tanta energía gastada para tan escaso premio. Se sucede un
instante en que barrunta que, de haber muerto por inanición o de una patada, se habría
ahorrado todo aquello. A lo mejor no es tan grave la paz definitiva.
Los gritos de Marcia le devuelven a la realidad de ese metro y medio infinito que
le falta para alcanzar la Magnum. Hay que joderse, no sabe si alegrarse del mal ajeno
o todo lo contrario. Esos chillidos solo pueden indicar una cosa: que la chupapollas se
encuentra en apuros.
Abel tiene razón. Hasta ahora Marcia se ha enfrentado uno a uno a los muertos
que se han encaramado a la muralla defensiva. Sin embargo, la rabia los enloquece
por momentos. Uno a uno es más sencillo, pero reducir a tres a la vez es bastante más
complicado. Hay que blandir el machete a derecha e izquierda, y desoír el fuego de
sus propios brazos, que cada vez se encuentran más cansados. Resuella al borde del
agotamiento.
Abel insiste en avanzar sentado. Es una idea absurda, pero se le antoja menos
indigno que hacerlo a rastras. Los muñecos, los otros, Debisí, Renata y los demás, son
quienes se han arrastrado durante la evangelización. Pero no él. Abel es diferente, eso
que quede claro, diferente a los jodidos hambrientos sacrificados durante las noches
de la euforia, y también a los muñecos que han fallecido en la iglesia. Alberga el
mismo miedo que ellos, pero su condición es distinta: él morirá luchando hasta el
final.
Uno de los muebles cede ante el empuje de los asaltantes. Marcia, por fortuna, se ha
apartado a tiempo antes de que le caiga encima. Sin duda alguna, el hueco abierto en
la empalizada defensiva supone un acicate para los muertos. A través de él asoma una
docena de brazos. El acero del machete muerde una y otra vez. Los dedos caen
cercenados al primer tajo, igual que si fuesen salchichas o gusanos de envidiable
tamaño.
Sin embargo nada arredra a los resucitados. Se han percatado de la presencia de la
muchacha y están dispuestos a conseguir el premio de su carne a toda costa. En
cuanto uno de los enfermos desiste, su hueco es ocupado de inmediato por un nuevo
asaltante.
Abel ha escuchado el golpe del mueble contra el suelo. Lamenta el contratiempo,
consciente de que tan pronto como las barreras cedan, todo estará perdido.
Alarga los dos brazos y arrastra el cuerpo. Ahora se encuentra un poquito más
cerca, así que será cuestión de intentarlo de nuevo: adelanta las manos, estira los
dedos. Las articulaciones llegan al límite en un intento por arañar unos centímetros.
Es más, si hiciese falta, si con ello consiguiera su propósito, sacrificaría las uñas; qué
más da si rompe una a causa del esfuerzo. Sin embargo la solería no muestra las más
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mínima grieta a la que aferrarse.
Es irónica la coincidencia que se da en mitad de la noche, bajo la tormenta y los
truenos: los muertos alargan los brazos en dirección a Verona y Marcia, y él en
dirección a la Magnum. La misma desazón en todos.
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VERONA ADVIERTE ESE minúsculo punto de dolor. Lo que le faltaba, joder.
Como siempre, durante la primera hora es casi tan insignificante como el picotazo de
un alfiler. Maldice su suerte. Otra vez la presencia de la maldita jaqueca. Pero apenas
tiene tiempo de quejarse entre el último cráneo aplastado y el siguiente.
Los resucitados se muestran incansables, no se dan por vencidos a pesar de la
dureza con que se emplea. Si no ceden pronto, la única escapatoria será huir hacia la
azotea. La muralla no aguantará mucho.
En ese mismo momento, a cuarenta metros de distancia, Marcia piensa lo mismo,
que será imposible mantener la posición. Lo más inteligente será huir. Blande el
machete con las dos manos para imprimir mayor fuerza a los tajos. El punto más
vulnerable es el cuello de los resucitados, así que lo busca en cuanto le es posible.
—¡Verona, son demasiados! —grita. Ojalá la anfitriona comprenda la gravedad
de la situación y se decida por la huida.
Marcia lo tiene muy fácil: le bastaría con hallar el momento idóneo en que saltar
desde lo alto de los muebles, subir a la carrera hasta la segunda planta y encaramarse
a la escalera de mano. En menos de un minuto estaría arriba, a salvo en la azotea.
Casi tan sencillo como engañar a un niño. Durante una décima de segundo piensa en
ello, en que podría intentarlo ella sola si Verona se obstina en resistir. Posiblemente
su egoísmo, piensa con un asomo de vergüenza, no sea tan distinto del de Abel.
—¡A la segunda planta! ¡Huyamos por la azotea!
Verona la ha oído. Le da rabia abandonar el país, porque es consciente de que una
vez estén en la azotea todo estará perdido. La segunda planta se infectará de
resucitados y no habrá nada que hacer. Será el fin. El adiós definitivo a la guarida, al
aula a oscuras donde se conservan las hortalizas, a los diez bidones de agua, a los
disfraces y a los cientos de recuerdos que se mantiene vivos entre los pasillos del
edificio.
El aliento de los resucitados, la realidad del ataque y los brazos que se alzan
contra Verona interrumpen la espiral de los pensamientos. Descarga toda su
impotencia contra esa mano que busca un saliente donde aferrarse. El True Temper
disuade a uno de los muertos más tenaces. Con él golpea una, y otra, y otra vez, la
mano hasta que los dedos estallan y se hacen cuajarones de sangre.
Un nuevo resucitado persevera en el intento: este se muestra más hábil que los
que le han precedido, tanto que en cuestión de segundos ha volcado medio cuerpo
sobre la muralla de muebles.
La cabeza queda a merced de Verona que le maldice y luego le escupe. El mazo
castigará su insolencia. Se ceba con la nueva víctima. Cuando se detiene, de la cabeza
no queda más que un puzle irrecuperable. Unos penachos de cuero cabelludo quedan
pegados al mazo que Verona retira limpiando el acero contra la arista de un mueble.
—¡Verona, no puedo contenerlos!
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La voz de Marcia habla de desesperación y de miedo. Como la barrera defendida
por Verona parece que resistirá todavía unos minutos se dará prisa para recorrer toda
el ala norte, ayudar a su compañera, rehacer la posición del muro defensivo del ala
oeste y regresar a tiempo de castigar a los muertos que se hayan encaramado al del
ala norte.
Ya se ha decidido. Así que abandona la defensa del ala norte y corre a auxiliar a
Marcia. Ha perdido el resuello cuando, de un salto, se sube a los muebles y descarga
un par de golpes sobre los enfermos de manera indiscriminada. Le duelen los brazos,
los codos, los hombros, pero no se puede quejar. No tiene tiempo ni para lamentar la
jaqueca que crece por momentos.
De reojo Marcia observa a la anfitriona. Se sorprende de la fuerza que es capaz de
desarrollar a pesar de su extrema delgadez.
—¡Vayamos a la azotea! —propone sin dejar de manejar el machete.
Verona se niega sacudiendo la cabeza. De eso nada. Ella luchará hasta que sea
materialmente inviable mantener la defensa del país. Entre golpe y golpe, mira a los
ojos a la patinadora. Le está ofreciendo la posibilidad de que escape ella sola, si lo
cree oportuno. Haz lo que quieras.
Abel alcanza la Magnum. Por fin. Lo primero es comprobar si está cargada. Ríe de
pura alegría. La revelación es casi un milagro: en su interior aún duermen las dos
balas. Experimenta una felicidad similar a la del astronauta que aterriza en la Luna o
la del cazador frente a la presa que se le ha resistido durante horas. Hasta es posible
que el dolor sea menos intenso.
Que haya alcanzado la pistola tampoco da un giro copernicano a su situación. No
es tan iluso: sabe que carece de escapatoria. La diferencia es que ahora, al menos,
cuenta con la posibilidad de elegir el final, su muerte. Teniendo en su poder la pistola
se le ofrece también la oportunidad de matar a Verona. No lo dudará si asoma de
nuevo la cabeza por la iglesia: le volará la tapa de los sesos. Una vez gastada esa
primera bala, solo le restaría una con que evitar su muerte a manos de los enfermos.
No es mucho, Abel, pero menos es nada.
También podría ejecutar a la hermanastra y a la comepollas de la extranjera. De
darse la ocasión, a Verona le hundiría el cañón en el coño para, después de jugar
durante un rato con su deseo, apretar el gatillo. Por su parte a Marcia se la encajaría
en la boca, por zorra. A ver si es capaz de reírse igual que cuando se mofó de la
flacidez de su polla. Gastadas las dos balas, únicamente le quedaría esperar la
irrupción de los muertos con una sonrisa de satisfacción en los ojos y una mueca de
escepticismo en los labios.
Antes de que tenga tiempo a elucubrar nada más, el tétanos le ataca con un nuevo
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espasmo.
En ese mismo instante, ajenas por completo a la suerte de Abel, las dos muchachas
luchan codo con codo. La labor conjunta del mazo y del machete contiene, por
momentos, la furia de los asaltantes. Poco a poco se restablece la situación, hasta el
punto de que resulta engañosa y parece controlada. Los resucitados se revuelven tras
los muebles sin atreverse a intentar el asalto definitivo.
Justamente lo contrario sucede en la barrera del ala norte, ya que abandonada a su
suerte no resiste el embate de los cuerpos corrompidos. El estrépito de varios muebles
que caen al suelo alarma a la pareja de amigas.
Cuando Verona se acerca hasta allí la situación aún es controlable. Han caído dos
cajoneras, pero tan solo uno de los enfermos ha conseguido cruzar al otro lado. El
hambriento trata de rehacerse de la caída con la misma angustia de un escarabajo que
hubiese quedado boca arriba. La muchacha no le concede margen. Descarga su ira
contra el esternón. El mazazo retumba igual que una bomba y el crujido del hueso,
igual que el estallido de los cristales de un automóvil en un accidente. El escarabajo
aguarda el pisotón definitivo del humano. Después de machacarle las manos y las
rodillas con una diligencia similar a la que Abel desplegaba en las noches de euforia,
en un acto más simbólico que otra cosa Verona se baja los pantalones y la braga, se
acuclilla en la vertical del rostro y orina sobre él. El placer es infinito, como si con
ese gesto se estuviese meando sobre los Años Críticos, sobre el Desastre y, de
camino, sobre la supervivencia. El resucitado se ahoga, se debate a un lado y a otro
para evitar el chorro caliente. Aun cuando las tiene hechas puré de carne, trata de
alcanzar a Verona con las manos.
—Te bautizo Fin —masculla sin dejar de hacer fuerza sobre la vejiga.
Aún sería mayor el placer si pudiese defecar sobre el jodido cabrón, pero por
mucho que apriete la barriga no consigue más que obsequiarle con un par de
ventosidades.
Cumplido el agravio de la meada sobre el rostro, se sube la braga y se abrocha los
pantalones. Empuña el True Temper y le compra al enfermo un billete al infinito. El
mazazo cae sobre el rostro. El ojo derecho estalla literalmente y se derrama sobre el
suelo. Parte de la pupila y de la esclerótica acaban manchando los zapatos de Verona.
El segundo golpe lo dirige contra el pecho, donde abre un boquete. Ahora se esfuerza
por desencajar la cabeza de acero, atrapada entre los huesos astillados. Juraría que no
se soltará nunca. Pisa el pecho de la víctima para ayudarse a liberar la herramienta y
tirar de ella con fuerza.
Mientras tanto dos resucitados más han saltado a esta parte de la muralla
defensiva. Para colmo de desgracias, la muralla se tambalea por el empuje de los que
vienen detrás. Si Verona no desencaja a tiempo la maza, tendrá que enfrentarse a ellos
con la única ayuda de la navaja de Debisí. Sería como enfrentarse a un león con un
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tenedor. Tendría que llegar demasiado cerca de los enfermos para hundirla en el ojo o
en la base del cráneo.
—Joder, suéltate ya.
Cuando por fin logra su objetivo, sospecha que ha llegado al fin el momento de
huir. Antes acaba con la no vida de los dos infiltrados. Se emplea con ejemplar
dureza.
Sí, sigue siendo Abel. Aún está vivo. Es el peso de la pistola que, en esta ocasión,
oficia de brújula y le conduce de regreso a la realidad. Ha emergido del pozo del
sueño y respira con ansia, como si le fuese la vida en ello, los pulmones hinchados
como velas de un navío.
Enseguida se percata de que se ha producido un cambio más que significativo con
respecto a antes de dormirse: el dolor, el quebranto de las fracturas se ha acomodado
bajo la carne, tanto que ahora resulta más llevadero.
Avanza sentado, poco a poco, pero a mayor velocidad que antes. Cuando supera
el umbral de la iglesia, se aproxima a la pared del pasillo, apoya la espalda en ella.
Los metros que separan el aula 36 de la 37 ponen a prueba su resistencia física. Poco
importa que se halle desnutrido y sin fuerzas, que tenga fracturadas las dos piernas, o
destrozada la boca; lo que cuenta es llegar a toda costa a la guarida antes que Verona
y su nueva amiga.
¿Y si en lugar de esperarlas, escapa y las deja encerradas en el instituto? A un par
de metros, en mitad de la oscuridad, intuye la forma de la escalera de mano. ¿Por qué
no? Habrá que intentarlo.
A fin de evitar que la Magnum se convierta en un verdadero obstáculo, se mete la
culata en la boca y la muerde con las encías desdentadas. Desnudo de cintura para
abajo, sin bolsillos donde guardarla, es lo único que se le ocurre: metérsela en la
boca. Así por lo menos dispondrá las dos manos.
Aferra con fuerza uno de los peldaños y tira del cuerpo hacia arriba. Con un poco
de suerte y dosis extra de esfuerzo, lo conseguirá… siempre y cuando no se demore
demasiado. El griterío de la primera planta es poco alentador.
Afortunadamente las piernas parecen anestesiadas. Le es imposible valerse de
ellas, sí, cierto, pero al menos no lastran la ascensión.
Los brazos aguantan todo el peso del cuerpo. La velocidad de la sangre se ha
multiplicado exponencialmente y es de temer un infarto. Le vuelve a doler el pecho.
Pero ahora no se detendrá ante nada.
A dos peldaños de la cima, la dificultad al respirar se acentúa. Se halla al borde
del colapso. Un poco más, un último esfuerzo. Colgado como se encuentra de las
manos, a poco que sufra un segundo de desfallecimiento, caerá al suelo. Entonces sí
que será el final.
Desde su posición escucha las voces de las muchachas sobreponiéndose al
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escándalo de los gruñidos. Si tuviera que hacerlo, apostaría que ahora los muertos se
hallan más cerca que antes. Si no se apresura y Verona le descubre encaramado a la
escalera, tirará de él hacia abajo. Una vez en el suelo quedará a merced de los
asaltantes mientras observa cómo las dos muchachas escapan por la azotea.
Tras el último esfuerzo llega arriba. Empuja la trampilla con la cabeza y consigue
volcar medio cuerpo sobre el piso de la azotea. La tormenta arrecia afuera. Escupe la
pistola y un vómito de sangre. Sin pérdida de tiempo repta sobre el abdomen.
—¡A la azotea! —Escucha gritar a Verona.
Ahora sí que están cerca. Ha de apresurarse: aferra la trampilla y la vuelca sobre
la abertura. A continuación se sienta sobre la trampilla. Segundos después percibe
cómo unos puños la golpean desde abajo.
—¡Déjanos salir! —Reconoce la voz de Verona.
Arrecian los golpes, aumenta desesperación. Abel sonríe cuando intuye que los
enfermos han caído sobre ellas. A pesar del aguacero, de que está empapado,
experimenta una erección digna de admirar de puro placer.
Se coge la polla. Está lo suficientemente dura como para intentarlo. Mientras se
masturba piensa, al mismo tiempo, en el coño pelirrojo de la extranjera, en la canción
de Jim Morrison y en que ese es el fin de los elaborados planes de su hermanastra y la
forastera. La música del The End celebra de alguna manera la inminencia de la
eyaculación y su triunfo. Que se jodan.
Sobre la trampilla queda la salpicadura del semen, y bajo ella, la desesperación
enmudece devorada por la intensidad de la rabia. Lástima que él no pueda verlo. Pero
imagina los bocados de los muertos, la fiereza de sus manos despedazando la carne.
Los pechos y los pezones mordidos con saña. Los muslos desgarrados.
Abel se tumba de espaldas, bajo la lluvia. Abre los brazos en cruz. Está en paz
consigo mismo después de haberle dado su merecido a Verona y a Marcia. Observa el
cielo estrellado. Un momento. ¿Qué ocurre? Hay algo que no cuadra. Allá arriba
encuentra, como si estuviese grapado entre las estrellas, la ilustración del Sistema
Solar. Es tan extraña la imagen que de inmediato recela.
Antes de que sea consciente de ello sufre la desconexión. Abel abandona el placer
experimentado dentro del sueño y cae de bruces en la realidad, que se cierra sobre él
igual que una trampilla que le dejase sin escapatoria. Maldice en silencio su
desgracia. No es posible que su huida haya sido producto de un sueño. Lo único que
queda como testigo del mismo es la erección, que desaparece de inmediato, tan
pronto como descubre que se encuentra en mitad de la iglesia, abandonado a su
suerte.
Menos mal que todavía cuenta con el auxilio de la Magnum y de las dos balas.
Llegado el caso, aún dispone de la posibilidad de dirigir el cañón contra su propia
sien.
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El asalto a la segunda planta se encuentra en su punto álgido. O eso cree. Desde
su posición oye los gritos de las dos muchachas. A poco que aguce el oído percibirá
que la desesperación ha crecido dentro de ellas. Apostaría que cada vez están más
cerca del segundo piso.
Abel supera el umbral de la puerta. Abandona la iglesia. Avanza a lo largo de la
pared. Se ayuda de la espalda. El dolor que nace de las piernas fracturadas ralentiza el
avance, pero no lo interrumpen. No está dispuesto a darse por vencido. No, por nada
del mundo.
Cuando accede a la guarida se dobla por la cintura, el cuerpo hacia adelante, en
un intento por encontrar la postura ideal para respirar mejor. Se asfixia. Los pulmones
son dos fuelles rotos. Desconoce que este es otro de los síntomas del tétanos.
Antes de que alcance la cama, escucha una voz a su espalda:
—¿Qué haces tú aquí?
Gracias a la lumbre del vaso de fuego que permanece encendido en el vientre de
la guarida, puede ver a Verona, que ha entrado precipitadamente en el aula. Ha de
hacer un gran esfuerzo para sobreponerse a la asfixia y responder, pero al final lo
consigue.
—Te… esta… ba esperando —responde lacónicamente. Seguidamente invita a la
Magnum a participar en la conversación.
Del pasillo llegan las voces de la forastera y los aullidos de los enfermos. Es
evidente que la situación es crítica. Él ya lo sabe. No hace falta que se lo diga Verona.
En contra de lo esperado, la muchacha le ignora. Pero no solo a él, también a la
pistola. Ha accedido a la guarida en busca del ejemplar de Marcovaldo y de los
patines de Marcia. Y se afana en ello.
—Nena, tú no vas a ninguna parte.
La amenaza de Abel, la apuesta establecida por dirimir sus diferencias mediante
el arma de fuego, no surte el efecto deseado. La inminencia del disparo debería
inmovilizar a la muchacha. Debería. Pero no lo hace. Verona sigue a lo suyo.
Tendrá que hacer algo. Sin dejar de apuntar a la cabeza de la que fuera su
compañera y amante, Abel aprieta el gatillo.
¿Qué sucede? Maldita sea.
La Magnum permanece muda. Abel insiste y repite la operación, una, dos, tres
veces.
Ya sea por culpa del paso del tiempo o de la humedad, lo cierto es que la pólvora
no estalla. Joder, ahora lo entiende todo. Por eso la había dejado Verona a su alcance
en el interior de la iglesia: para reírse de él. La muy puta. Producto del enfado, arroja
la pistola contra su hermanastra, que la esquiva dando un paso atrás.
—Tú sí que no vas a ninguna parte. Adiós, Odio. Este es el fin de las dulces
mentiras —se despide, invocando parte de la letra de su canción favorita.
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Queda varado, igual que una ballena en las aguas bajas de una playa traicionera.
¿Quién le sacará de allí? Nadie, solo le resta resignarse, sobre todo después de
escuchar el chirrido de la trampilla al ser abierta y el golpe metálico al cerrarse.
Imagina que Verona y la extranjera han ganado la azotea y que, tirando la escalera de
mano al suelo, han bloqueado el acceso a la misma.
Ahora solo quedan en la segunda planta él y los enfermos. Estos, en un primer
momento, se obstinan por alcanzar la trampilla. Sin el concurso de la escalera es
imposible llegar hasta ahí arriba, está demasiado alto. Únicamente les quedará, como
premio de consolación, el cuerpo vencido de Abel.
El muchacho es sorprendido por un nuevo espasmo. Cae hacia atrás, catapultado
con la violencia. La cabeza golpea salvajemente el suelo. Hay un instante en que la
conciencia parpadea. Sería lo mejor, pero tampoco sucede. Ahí está él a merced de la
rabia.
Derrotado, Abel se refugia en el mejor de los recuerdos que conserva: en aquellos
momentos en que estaban los tres, solo ellos. Nada más importaba, ni siquiera la
maldita supervivencia o la incógnita del día siguiente. Solamente ellos: Verona, Padre
y él. Ese es el mejor recuerdo.
Bien es cierto que Padre no era su padre, sino quien había sustituido a su
verdadero progenitor cuando este había dejado de querer a Mamá. Pero aprendió a
respetarle.
En aquellos primeros años posteriores a la noche del Desastre fueron felices,
juntos siempre los tres, sobre todo cuando caía la noche y, tras la cena, Padre se
disponía a regalarles la lectura de un nuevo cuento. Le recuerda sentado en una
esquina de la cama. Para ver las letras se arrimaba a la lumbre del vaso de fuego.
Entonces Verona y él se arrebujaban bajo la manta y se abrazaban con la inocencia de
unos niños.
Desbaratado, en mitad de la guarida, Abel se solaza en el recuerdo. Una sonrisa
aflora a la esquina de la boca, sobreponiéndose al dolor y a la inminencia del ataque
de los muertos. Rememora cómo, con el paso del tiempo, el juego cándido de
abrazarse bajo la manta dejó paso a otros más atrevidos. Tan lejos llegaron esos
juegos que hubo una noche en que Padre les llamó la atención: no debéis abrazaros
de esa manera, les dijo. Y aunque obedecieron, las manos quedaron entrelazadas por
debajo de la manta.
Verona y él aprendieron a quererse, pero de una manera diferente a como
pretendía Padre. La inminente adolescencia demandaba más que esos roces furtivos.
Recuerda cómo cuando Padre trabajaba en la azotea o en el aula donde se secan las
hortalizas, el juego se hacía adulto. Siempre que compartían alguna actividad, a Abel
se le encendía la sangre, sobre todo si el padre de ella estaba lejos. Aprendió a mirarla
a los ojos, a bucear dentro de aquellas pupilas. A veces se vanagloriaba de la erección
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bajo el vaquero.
La complicidad entre ambos explotaba de noche. Poco importaba que fuese
mientras Padre leía Marcovaldo o mientras los tres cantaban The End, porque esto
pasó a un segundo plano: lo realmente importante era acariciar a Verona.
Con las caricias nació el deseo, y con él, la urgencia por explorar el cuerpo de la
hermanastra. Sentía un vértigo repentino en el estómago cada vez que la tenía cerca.
Recuerda que solo vivía para aquellos roces furtivos bajo la manta y para el futuro,
para la prórroga del deseo.
Sin embargo ahora está ahí, rendido, la vista disparada contra el techo de la
guarida. Lo que más le duele en ese preciso instante no son las fracturas cobradas, ni
siquiera la respiración agotadora; no, lo que más le duele es la indiferencia final
demostrada por Verona. Porque él habría cargado con el cuerpo de ella hasta la azotea
de estar ella en su situación. O eso quiere creer.
Mientras los enfermos alcanzan el umbral de aula y descubren su cuerpo, la
imaginación de Abel viaja a toda velocidad por el Sistema Solar. A pesar de haberle
abandonado en el último momento como a un perro, Verona le acompaña. Caminan
por entre las estrellas, a través del espacio estelar, las manos unidas. Ya sea en Marte
o en Saturno, nada se interpondrá entre ellos. Así podrán abrazarse bajo la manta
mientras Verona toma el relevo de su progenitor y juega a la vida de los otros.
Se funden la añoranza por el cuerpo de su compañera y la necesidad que
experimenta de huir justo cuando se le acaba el tiempo. El lastre de su cuerpo
moribundo es menos pesado si piensa en ella, en lo que significó para él durante
muchos años. Si dispusiera de suficiente margen, aprendería a reírse de la misma
muerte. Pero carece de él.
La horda de muertos se aproxima, paso a paso. Únicamente le queda tiempo para
sentir los bocados que socavan su abdomen, para sentir cómo el estómago y el hígado
estallan entre los dientes, o cómo algunos de los resucitados se valen de la tibia o del
fémur que asoman por entre las fracturas abiertas para hacer palanca y abrir la pierna
de arriba a abajo. En los últimos segundos de vida sufre el trallazo del dolor
provocado por el estallido de los testículos y la extirpación del pene. Los nudillos
crujen bajo los mordiscos sin que pueda hacer nada para evitarlo. La sangre se le
escapa a la misma velocidad que la vida.
Sin embargo aún dispone de margen para experimentar el buceo de las manos
podridas bajo el esternón, el beso que una enferma le roba y con el que le arranca la
lengua y los labios, y el cosquilleo del The End en el cerebro antes de que las uñas
astilladas rasguen los ojos.
Piensa en su madre y en Verona. Tampoco ha resultado tan aburrido el juego de la
vida. Convencido de ello, de haber vivido dieciocho años al límite, sonreiría si
tuviese labios, cantaría si tuviese boca y se masturbaría si tuviese manos y polla.
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Ahora sí que es un auténtico muñeco en manos de sus verdugos. Que se jodan
todos. Todos. Ni ellos ni nadie le quitará el placer de disfrutar del latido final.
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SE CIERRA LA trampilla. Bajo ella quedan atenuados los gruñidos y los alaridos de
los muertos. El aguacero y los truenos hacen el resto, de modo que por mucho que
Verona se esfuerce, no conseguirá escuchar los gritos de Abel. Su necesidad por
degustar la venganza le llevará a cometer una imprudencia. Levanta un palmo la
trampilla, lo justo para saborear la muerte de Abel a manos de los resucitados. Es lo
mínimo que le debe el cabrón de su hermanastro: el desquite de sus gritos, la certeza
de su muerte.
Sin embargo no oye nada, salvo el griterío redoblado de los muertos que tiene
debajo y que alzan los brazos hacia el cuadrado del techo.
—Hay que darse prisa —apunta Marcia mientras se aleja de Verona.
—Espera, que cojo la bicicleta —dice cerrando la trampilla.
Además de la bicicleta, Verona recoge la pistola de Rencor del interior del
secadero de heces. Cuando regresa al lado de la forastera, esta ya ha descolgado la
soga que habrá de facilitarles el descenso a la calle. Y es que probar suerte con un
salto de casi diez metros de altura sería una temeridad. Un esguince o la rotura del
tobillo serían fatales. Se impone la prudencia.
De pronto, Verona detiene a su amiga. Duda.
—¿Y si esperamos a que los enfermos vuelvan a dormirse?
—Imposible, chica. A veces tardan varios días en hacerlo. Tú lo sabes. La
cuestión es si disponemos de ese margen o no. Bajo esta lluvia creo que no. Hay que
moverse.
Marcia tiene razón y Verona es consciente de ello. Lo es sin duda y, pese a ello, se
resiste. Han sido demasiados años viviendo entre esos muros como para abandonar el
instituto ahora. Deberían pensárselo dos veces antes de adoptar una decisión errónea.
—Podemos escapar y escondernos en los alrededores —propone Marcia que ha
leído el pensamiento de Verona, como si fuese un libro abierto. Igual que si sus ideas
estuviesen impresas en el rostro—. Después será cuestión de retomar el edificio.
Verona cabecea negativamente. Se resiste a aceptarlo. Si por ella fuese, resistiría.
¿Qué trabajo cuesta intentarlo?
—Haz lo que quieras, pero yo me marcho —esa es la última palabra de Marcia.
No tiene nada más que decir. Ha terminado de anudarse los cordones de los patines y
se dispone a descolgarse por la cuerda—. Vente conmigo.
El dilema termina por angustiar a Verona: ¿el país o Marcia, los recuerdos o el
cuerpo de su compañera? Mantiene las dos manos sobre el manillar de la bicicleta. Se
halla en una encrucijada. A pesar de que durante los últimos cinco años ha aprendido
a hacerse fuerte, en este momento se le hace un nudo en el pecho. La patinadora
debería entenderla, ha gastado demasiada vida allí dentro.
—¿Te quedarías si te lo pidiese, Marcia?
El silencio consiguiente de la pelirroja y la acción de volcar el cuerpo sobre el
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parapeto que rodea la azotea para aferrarse a la soga, responden por ella.
—Por favor.
Marcia se apresura a descolgarse hasta la calle. Ella lo tiene claro. Que Verona
haga lo que crea conveniente.
Cuando alborea el nuevo día, un par de sombras se apresuran por el centro de la
autopista, justo entre las líneas discontinuas centrales. Los patines de Marcia
zigzaguean sobre una de ellas, a un lado y a otro. Las ruedas de la bicicleta de Verona
mantienen el equilibrio sobre otra, igual que en un número de funámbulo. Han dejado
atrás las últimas ruinas de la ciudad hace ya bastantes kilómetros y los cadáveres de
los coches abandonados.
Para Marcia no es más que eso, la enésima huida; la ciudad no es más que un
cementerio del que pasar de largo. Justo todo lo contrario de lo que significa para
Verona. Para ella el camino es un martirio, tanto que no deja de llorar mientras
pedalea. Durante muchos kilómetros ha lamentado la indignidad de la fuga.
Ahora, siete horas después de la huida, se ha resignado. Pedalea adecuando su
velocidad a la de la patinadora. A la espalda lleva colgado, mediante un trozo de
cuerda, el mazo evangelizador.
Antes de abandonar la ciudad han accedido a una tienda de ropa deportiva y se
han deshecho de las ropas húmedas. Era vital, si no querían enfriarse y enfermar.
Hace varias horas que dejó de llover.
Hay que seguir hacia adelante, es la única consigna válida. Si no fuese porque
ambas llevan cosidas la desgracia en el acerico de los ojos o por el silencio que las
une con la propiedad de los vasos comunicantes, cualquiera podría pensar que son
una pareja de amigas que abandonan la ciudad en busca de un día de asueto en el
campo. Como es natural nadie las observa, porque todo está muerto en lo que alcanza
la vista. Nadie podrá decir, ¿a dónde van esas dos? Están solas. Ellas, sus sombras y
los fantasmas que arrastran.
A su alrededor únicamente sobreviven las ratas, que observan a la pareja
moviendo sus hocicos, y la vegetación descontrolada. Renacida esta con fuerza tras la
caída definitiva del Hombre, en el decurso de los últimos quince años se ha volcado
sobre el asfalto, tomando posesión de él. Así que, cuarteado aquí y allá, no es extraño
que asome en la carretera el mechón de unas hierbas o el desaire de una flor.
—Creo que va siendo hora de descansar, chica —señala Marcia, que sin dejar de
patinar se ha colocado en paralelo a su amiga—. La ciudad ha quedado lo
suficientemente lejos y no se ven enfermos a la vista —sostiene con la frialdad de un
parte meteorológico.
—Habla más bajito, por favor.
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Verona es consciente del peligro, lo percibe en el estómago. Porque, aunque no se
distinga a ningún muerto en varios kilómetros a la redonda, nunca hay que fiarse.
Puede que haya alguno más cerca de lo que piensan. En mitad de campo, aletargado y
camuflado sin pretenderlo entre los hierbajos, el enfermo pasaría desapercibido y
resucitaría en cuanto escuchase sus voces. Es una posibilidad a tener en cuenta.
Es por esto por lo que, cuando acepta el descanso propuesto por la pelirroja,
Verona se sienta junto a esta sin apartar de la mano el mazo de derribar paredes.
—No parece que tengamos que preocuparnos por ellos —susurra Marcia, que se
deshace de los patines tras desabrocharlos. Necesita concederle un respiro a los pies.
Se han sentado en el asfalto, en mitad de él, sobre una de las líneas discontinuas,
ni muy cerca del flanco derecho ni del izquierdo. Ni que decir tiene que ahí en medio
son dos blancos bien visibles desde lejos… pero si cabe resultaría más peligroso
acercarse al andén o, incluso más, adentrarse en la vegetación. De haber elegido esta
última opción camuflarían sus cuerpos entre los hierbajos, de acuerdo, pero no
detectarían la presencia de un enfermo hasta que estuviese encima de ellas.
—Tenemos que encontrar agua, y pronto —se lamenta Marcia. Sentada con las
piernas extendidas, echa el cuerpo hacia atrás, sosteniéndolo con los contrafuertes de
los brazos.
Verona prefiere jugar al escondite con el miedo a morir de sed, como si al no
nombrarlo no existiese. Por fortuna el día ha amanecido nublado y con un poco de
suerte lloverá antes de que la sed las haga vulnerables. Esa es la esperanza que les
queda. Pero ella tiene ya bastante trabajo con controlar el mareo y las ganas de
vomitar que padece desde hace casi una hora como para preocuparse de otras
consideraciones.
—Chica, ¿sabes una cosa? —Marcia se apresura a continuar antes de que Verona
hable—. Me gustaría saber si Clint Eastwood habrá sobrevivido a los Años Críticos.
Y también qué harían unos tipos como el Rubio o el Manco en una situación como
esta.
Verona sacude los hombros. Carece de la información pertinente como para
responder con propiedad.
Sin dejar de pensar en la barba descuidada y en el poncho característicos del
Eastwood cinematográfico, Marcia se tumba sobre el asfalto, boca arriba, los brazos
en cruz. En el cabello le hace cosquillas un hierbajo, dueño y señor de la grieta que
hay, en mitad de la carretera, a un palmo de su cabeza. Por primera vez en mucho
tiempo se siente en paz. Nada le hace sospechar lo que sucederá a continuación. De
imaginarlo, se habría defendido de la mirada inquisitiva de su compañera.
Verona, que se queja en silencio del dolor renacido bajo las muelas y de los malditos
mareos, ha arrancado un pedazo de hierba y juguetea con ella: tan pronto es un bigote
postizo como el lápiz de un carpintero.
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—Menos mal que se me ha pasado la jaqueca —comenta después de dibujar la
barbilla de Marcia con la punta de la hierba.
Marcia no responde al comentario ni al cosquilleo. Se alegra por la recuperación
de Verona, pero se lo hace saber con una mirada, en silencio. Mejor así. Luego la
patinadora aprovecha para rezar al injusto Dios de los hombres. Necesita que las
nubes abrevien la espera. Cuanto más tiempo transcurra sin llover, más obsesiva se
volverá la idea del agua. Sus ojos analizan cada nube.
—¿Marcia?
—Y pensar que nunca más volveré a ir al cine…
—Marcia —la interrumpe.
—Dime.
—¿Tienes la regla? —la pregunta de Verona explota en mitad del silencio.
Es lógico que la pregunta sorprenda a Marcia. ¿A qué se refiere Verona? Si sus
cálculos no fallan, aún le restan dos semanas. De modo que es poco probable que sea
la menstruación.
Verona señala la mancha negruzca y brillante del vaquero, localizada en la cara
interna del muslo derecho, a un par de centímetros de la ingle. Lo primero que se le
ha ocurrido es que sea eso, que se deba a la regla. Tampoco sería tan extraño.
—Parece fresca —subraya Verona. Pese a que no lo pretendía, sus palabras han
sonado premonitorias.
—Imposible —se defiende la pelirroja.
Verona se cruza de brazos. Es su manera de hacerle saber que no descansará en
tanto que no resuelva el enigma. Da igual que se obstine en negar la evidencia.
Solamente tiene dos opciones: o colabora, o tendrá que averiguarlo a la fuerza. Ella
elige.
—No pongas esa cara, chica —murmura Marcia, disimulando su preocupación. Y
es que de pronto, después de la acusación formulada, ha experimentado un ahogo en
el pecho y una escalada de la fiebre más que sospechosos.
Ante todo prudencia, Verona. Llevas demasiados años sobreviviendo como para
cometer una negligencia ahora.
Verona se separa un metro de ella y lo hace con descaro. Con algo de suerte, su
amiga entenderá el mensaje sin que sea pertinente el concurso de las palabras.
—¿De qué me acusas? —pregunta.
La respuesta es inmediata: la mano de Verona se cierra en torno al mango del
mazo. Por si no fuese respuesta suficientemente explícita, también están los ojos, los
de una fiera a punto de saltar sobre su presa. Esa acusación formulada en silencio. A
Marcia se le agota el tiempo a la misma velocidad que se le agota la paciencia a
Verona: eso es obvio. El recelo de esta la arrincona, igual que los síntomas que ha
empezado a experimentar dentro del cuerpo y que se empeña en disimular. Pero
¿cómo esconder lo que es evidente?
Los pantalones quedarán a la altura de las rodillas para mostrar el redondel de un
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bocado, que ha traspasado la tela vaquera sin romperla. La herida es lo
suficientemente profunda como para preocuparse, como para pensar en que ha sido
infectada. Marcia está sentenciada a muerte.
Ella lo sabe. Verona también.
La herida sangra y supura al mismo tiempo. Alrededor de la misma, la carne se ha
oscurecido, adoptando un color similar al de la gangrena. Está condenada sin
remisión, por mucho que ella lo niegue. En cuestión de horas, o de días, la
Enfermedad, transmitida por el bocado del muerto, vencerá la resistencia natural del
cuerpo.
—Me habré herido con algo al descolgarme de la soga —miente a sabiendas del
verdadero origen del desgarrón y de que la otra lo sabe.
Los niños cogidos en falta hacen lo mismo, esgrimir una mentira con descaro.
Diferente es que les dé resultado. Obviamente a ella no le sirve de mucho. Más bien
al contrario: se convierte en otra prueba inculpatoria.
Las nubes negras se ciernen con mayor rapidez sobre el acerico de las pupilas de
Verona que sobre el cielo. La templanza de la ciclista está siendo sometida a prueba.
Tranquila, Verona. No se dejará arrastrar por la vehemencia de una solución rápida,
por lo menos de momento.
Tampoco se aleja demasiado de Marcia. Con el metro que ha puesto de por medio
con anterioridad tiene bastante, sabedora de que siempre le queda la opción de
abandonarla. Así que elige el desafío de permanecer relativamente cerca de ella.
Marcia lo entiende como un gesto de amor, porque lo fácil sería huir y seguir camino.
—Necesito que sepas que te quiero —dice Marcia. Es su forma de corresponder
al gesto de la otra.
A Verona se le atragantan las palabras por culpa de la emoción. Le responde con
la mirada, amanecida momentáneamente a pesar de los nubarrones negros inherentes
al recelo.
—Chica, ¿me harás un favor?
—Dime, Marcia —a Verona le gustaría acercarse y dedicarle una última caricia.
Lo haría con gusto. Incluso le regalaría a la pelirroja el beso definitivo. Pero se
contiene, no quiere derrumbarse. Además, un gesto de ese calibre pondría más
nerviosa a la moribunda.
—Chica, quédate con los patines.
—Tonta, no sé patinar —se excusa Verona.
—Aprenderás, eres una chica lista.
Aunque preferiría dejárselos a su dueña, alcanza los patines. Qué puede
responder. Cualquier cosa que diga estropeará la magia del instante. Solo habla en
voz baja el viento, que pasa de puntillas sobre el asfalto. El día se ilumina durante
unos segundos gracias a un claro abierto entre las nubes.
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Separadas por un metro, las muchachas descansan junto a su miedo, una aferrada a
las tijeras de podar, la otra al True Temper. Verona, además, cuenta con el auxilio de
la pistola de Rencor, con las balas que esconde, aunque desconoce si la pólvora se
habrá echado a perder como le sucediera a la de la Magnum.
El cansancio es patente en ambas. Aunque pesa igual que la lápida de una tumba,
es más fuerte el recelo: el miedo de Verona a dormirse y que Marcia mientras tanto
muera y resucite para acabar con su vida, y el de la patinadora a que la ciclista pueda
ensañarse con ella como hizo con su hermanastro. Aunque allí la única sentenciada a
muerte es Marcia.
Verona abre el libro que tantas veces compartiera con Padre y con Abel. Es inútil
que se explique ante la pelirroja de ojos verdes: no es más que otro gesto de amor con
que enmascarar el miedo a la infección. Nada volverá a ser como antes, por mucho
que lo intente. Serán los últimos minutos que vivirán juntas. Y las dos son
conscientes de ello.
—La ciudad entera para él —lee el título del relato. Es quinto verano de los
cinco ciclos de estaciones de que se compone Marcovaldo.
Hoy todo es diferente en el juego de la vida de los otros: no existe el concurso de
la oscuridad que solía arropar las palabras, ni el cobijo de la guarida, ni la cercanía
entre la lectora y la oyente. Esta vez el escenario es una autopista asaltada por la
vegetación. Con toda probabilidad no sea el más idóneo, pero el final de Marcia bien
vale el esfuerzo. Verona es consciente de la importancia de la despedida. Igual que ha
hecho la pelirroja al legarle los patines.
De modo que vuelca toda la pasión y el amor que ha sentido y siente por la
patinadora en el recipiente de cada oración. Ni siquiera cuando lo leía Padre, él
conseguía el amor que imprime en esta ocasión Verona a su lectura. La voz se
despliega y se pliega, vuela igual que una cometa que ha escapado de la cuerda que la
sujeta a tierra. En este relato, la ciudad de Marcovaldo queda desierta con motivo de
las vacaciones de agosto. Los matices con que Verona señala cada inflexión son su
regalo de partida. A diferencia de esas noches en que su progenitor lo leía, de repente
poco le importa que, justamente en ese cuento, Marcovaldo sea un espejo donde se
refleja la futura soledad de Verona. Lo sustantivo es la despedida.
Porque cada palabra, cada frase, cada pausa es un adiós, un hasta siempre. A
mediados del cuento, la lectora se detiene:
—Me gustaría que te quedaras con el libro.
—Chica, déjalo. Es tuyo —la voz de la moribunda es un fuego que se apaga sobre
sus cenizas.
—Me lo sé de memoria.
—Prefiero el… collar, aunque no… sea de… perlas.
Verona se deshace del collar que fabricó con las falanges que Abel le regalara
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para su vigésimo cumpleaños. Se lo lanza, con tal puntería que cae sobre la barriga de
la moribunda. Marcia lo recoge y lo besa igual que si fuese un rosario. Le gustaría
ponérselo pero no tiene ya fuerzas para levantar la cabeza.
—¿Me… ayu… das?
La ciclista duda, recela antes de decidirse. Se incorpora, salva el metro que la
separa de ella y pasa el collar por la cabeza mientras murmura que le queda muy bien.
Regresa a su posición, junto al True Temper.
—Gra… cias —murmura con dificultad. Aunque en realidad ella había esperado
un premio mayor: el beso de despedida. De todas formas la entiende. Posiblemente
ella se comportaría de manera similar con una amiga infectada.
En ese momento Marcia se acuerda de la cruz de madera que Verona empleó para
desdentar a su hermanastro. Tenerla en sus manos sería todo un consuelo, ahora que
el peso y el sueño se derrumban sobre ella, consciente de que no volverá a abrir los
ojos.
Para Marcia la aventura de Marcovaldo en la ciudad desierta se convierte en un
refugio, en un tálamo, algo así como un hoyo excavado en la tierra de dos metros de
largo por uno de ancho. Ella lo reconoce enseguida, del mismo modo que cuando uno
regresa al barrio o a la ciudad natal después de muchos inviernos y pasa revista al
paisaje de sus añoranzas. Ese cuento es la tumba que excava Verona para ella. Así
que lo normal es que se acomode entre la tierra húmeda de las palabras, que busque la
postura ideal con que sentirse más cómoda sobre el asfalto.
El primer pensamiento de Marcia es para la hermana pequeña, para Grace y para
esas noches en que ambas compartían cama. Recuerda el olor de su pelo recién
lavado y el cascabeleo de su risa cuando jugaban a hacerse cosquillas. Aparta la
visión de la Grace que es devorada por su propia familia al no poderse soltar de la
cuerda y se recrea en esas ocasiones en que se ocultaban la manta y hablaban, a pesar
de la diferencia de edad, de los chicos que les gustaban.
Por fortuna o por desgracia Marcia se está quedando dormida.
El sueño es un cine al aire libre donde proyectar algunas de sus obsesiones, una
buena ocasión para ver una buena película de Clint Eastwood con una sonrisa en los
labios, pero también es un buche de agua en mitad del desierto o un tesoro escondido
en una tumba sin nombre en mitad de un cementerio.
La voz de Verona es tan sutil como el viento, de pronto tan oscura como una
noche de tormenta o soleada como una mañana de primavera. Valga toda esa variedad
de matices para despedir a la amiga como merece. Desde su posición, estira la mirada
de hito en hito, aprovechando para ello una coma o un punto. Los párpados de la
patinadora luchan en vano. Nada podrá hacer por mantenerlos a raya.
El sueño de Marcia no es solamente el recuerdo de Grace o el universo de las
películas del Oeste protagonizadas por Clint Eastwood, también es una calle infinita,
toda acera, infinitamente larga, sin ni un solo bache o bordillo. La ligera pendiente
hacia abajo favorece el deslizamiento. Marcia deja que sus piernas trabajen por ella y
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se concentra en la caricia del aire, en el susurro del viento en sus orejas, en esa
sensación de libertad absoluta.
Antes de que en el relato aparezcan los periodistas que violarán la tranquilidad de
la urbe y del solitario Marcovaldo, Verona detiene la lectura. La oyente se ha
dormido.
Ahora no debe desfallecer y ser fuerte. Además, será lo mejor para Marcia. Para
que la ausencia de su voz no despierte a la durmiente, Verona tararea el principio del
The End mientras se incorpora. Sopla un beso sobre la palma de la mano en dirección
a la pelirroja. Durante un momento Verona duda en si debe emplear la pistola de
Rencor o el mazo. Ante la eventualidad de que la pólvora se haya echado a perder o
de despertar a algún infectado de los alrededores, se decide a emplear la herramienta
que solía manejar Abel durante las noches de euforia.
El sueño debe de ser tan placentero que Marcia esboza una sonrisa. Con el mar de
pecas en las mejillas, el pelo naranja y esa sonrisa beatífica se asemeja a la muñeca de
su infancia. Verona nunca le haría daño a Ligorita, salvo que fuese para ahorrarle un
sufrimiento mayor.
Los nudillos se ponen blancos al ejercer presión sobre el mango de madera.
A lo lejos, por fortuna, la nueva ciudad no da señales de vida: no hay cometas ni
columnas de humo que subrayen la existencia de supervivientes. Es un cementerio de
edificios huérfanos. O eso quiere creer. Ruinas y más ruinas. Sabe que encontrará
hambrientos, pero de ellos no ha de temer mientras no pierda la bicicleta. De quien
debe cuidarse es de los supervivientes como Abel o ella misma. A pesar del recuerdo
de Marcia, del dolor de muelas y del mareo, sonríe de manera bobalicona. Con suerte
encontrará un nuevo país, una nueva guarida. Ahora solo hace falta que llueva antes
de que la sed le venza.
Sube el pie derecho al pedal y empuja con fuerza. Mientras avanza sobre la
bicicleta tatarea para sí misma la canción de Jim Morrison: The End. Joder, sin
Marcia todo se ha acabado. O eso es lo que piensa en los momentos de mayor
desesperación, cuando el mundo se le viene encima al pensar que ha de seguir viaje
sin su compañera. Llora en silencio. Ni siquiera se limpia las lágrimas con la manga.
¿Qué será de su vida sin Marcia?
Veinte kilómetros más atrás de donde se encuentra, en mitad de la autopista, han
quedado los patines, mudos testigos del final de la pelirroja de ojos verdes y mejillas
pecosas. Sobre las líneas discontinuas del centro hay un estallido de sangre, como el
de una sandía que hubiese caído desde cierta altura. Un reguero de sangre rectilíneo
busca el arcén derecho. El rastro se pierde entre los matorrales. Si quince años
después del Desastre aún sobreviviesen los pájaros, serían los únicos que verían el
cuerpo tirado entre los hierbajos. A ras de tierra es imposible.
De haber tenido más fuerzas, habría enterrado el cuerpo para salvaguardarlo de
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las ratas. Oculto entre el follaje pasará desapercibido a ojos de los muertos, pero no
de ellas. Como tiene de cuidarse y ahorrar fuerzas en la medida de lo posible, se ha
contentado con apartarlo de la autopista. Hubiese sido una temeridad afrontar la
excavación de una tumba. Y más en su estado.
El cadáver aún conserva el collar de falanges. Ese ha sido su último regalo. Una
sudadera oculta pudorosamente lo que queda del cráneo. Por fortuna para Marcia,
debajo de la tela la resurrección es imposible.
Antes de que Verona tenga tiempo de lamentarse durante más tiempo de la sed, la
lluvia aparece en el escenario de su desgracia. Detiene la marcha. Levanta el rostro.
No hay nada tan agradable como esa sensación. Abre la boca y bebe directamente del
cielo.
—Menos mal.
Ha de cuidarse en su estado. Hace días que se marea con cierta facilidad y que
sufre arcadas. Como ya ocurriera cuatro años antes, había decidido ocultarle el hecho
a Abel, por segunda vez. Durante varios días ha buscado el momento idóneo de
decírselo a Marcia, pero no lo ha encontrado. Y ahora se lamenta por ello.
Una lágrima se desbarranca mejilla abajo y un pozo se abre en el estómago.
Ahora ha decidir no solo por ella, sino también por la Marcia o el Abel futuros.
Ahora no puede equivocarse.
Ahora menos que nunca.
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Agradecimientos
Llegado el final del camino, amigo lector —hayas encontrado o no el manantial que
esconde esta obra—, me gustaría aprovechar la ocasión para expresar mi gratitud
públicamente a diversos amigos y familiares sin los cuales esta novela no habría sido
posible:
A Nora Castro Molina, por estar ahí dispuesta a darme un beso en los morros, un
achuchón o un guantazo, y por prestarme el nombre de Ligorita, (¿a que sí? Pico-
pico-pa).
A Vanessa Benítez Jaime, escritora de cuentos, compañera y mejor madre (¿qué
haría sin ti, sin tu apoyo?),
A mis padres Antonio y María del Carmen, sin cuyo sacrificio nada de esto habría
sido posible (todavía os debo una novela que no sea de terror y que os pueda dedicar),
A mis hermanos,
A Antonio Calzado, por lo que ya he expuesto en la dedicatoria de la novela,
A Adela Reloba, por cuidar del autor de «Umbría» y de la pequeña Lucía,
A Jorge Iván Argiz, quien desde antes de barruntar la idea para esta novela confió
en mí y me dio carta blanca a la hora de escribir, y es que da gusto trabajar con un
editor como él,
A la editorial Dolmen, que se ha atrevido a publicar la obra sin anteponer ningún
tipo de censura, cuando lo fácil hubiese sido haber puesto freno a mis desvaríos,
A Curro Ayllón, por esa maravillosa canción que ha compuesto para la novela,
letra y música para Abel, y por ser todo un artista,
A Patricia García Rojo, porque demuestra en sus novelas una imaginación
sorprendente,
A Javi Durán, para que no arroje la toalla, pues estoy convencido de que al final
publicará algunas de sus novelas más gamberras… y porque hace buenas migas con
Nora,
A David Alcaraz, que se ha empeñado en afrontar el reto de ser editor, por esas
charlas a cuenta de la literatura inglesa del S. XIX,
A Voro Luzzy, para que no se desanime e insista en el camino de las letras, en
recuerdo de las charlas que compartimos respecto de nuestros gustos musicales, y de
esa copa que nos debemos,
A Rafael Cortes, por hacerme sentir tan cómodo en la entrevista de Diario Sur,
Al grupo literario Sevilla Escribe, porque alberga a grandes escritores y mejores
amigos; qué decir de don Ángel Vela (verdadero Totoro literario y genio de las frases
imposibles), José Manuel Nogales (artista de la ilustración), Manuel Mije, A. C.
Ojeda, Félix Morales, Francisco jesús Franco, Ángeles Mora, Francisco Javier Sosa
Garduño, Ernesto Fernández, Miguel Cisneros y tantos otros,
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Al grupo literario Málaga Escribe, y por extensión a sus hijos los Irregulares de
Álamos Street, y a todos y cada uno de sus miembros: Isabel Garrido, Sara Ventas,
Guadalupe Eichelbaum, Lourdes Fernández Montoya, Iván Martínez Hulín, Nacho
Iribarnegaray, José Manuel Fernández, Raelana Dsagan (Carmen del Pino), Sergio
Gallardo, Marta González, José Manuel Fernández Aguilera, Juan José Hidalgo Díaz,
etc.,
A Ángeles Pavía, porque siempre ha permanecido dispuesta a solventar cualquier
duda; a Fernando Martínez Gimeno, porque me facilitó una cosilla cuando me hacía
falta; a Athman. M. Charles, porque siempre está atento a lo que hago; a Mari
Carmen Horcas, que tan buena opinión tiene de «La Guerra de la Doble Muerte»; a
Alfonso Zamora, para que no se rinda, y a todos estos amigos más: Aitor Fernández
Guereta, David Poquet Villarroya, Daniel Expósito, Oscar Torres, Javier Pellicer,
Rodrigo Pérez, Jordi Gómez García, José M. Cárdenas, Macu Marrero (escritora que
dará que hablar), Adelaida Saucedo, Paqui García, Mónica Mateo Manzano, jesús
Esnaola, Toni Maelstróm, Sergio Baldoví Cáceres, José Luis López Torres, José
Manuel Vicente Martín, Virginia Pérez de la Puente (gran promesa de la literatura),
María Martínez, Juan Antonio Román, Gema Martínez y Xavi Fuentes. Seguro que
me olvido de alguno. Perdonad mi mala memoria.
Para finalizar quiero agradecer a todos los hijos de puta y malnacidos de variado
pelaje que han servido de modelos ocasionales para las distintas torturas y vejaciones
que aparecen en la obra. Sin vosotros, cabrones, la novela sería más inocente.
Y cómo no, gracias a ti, amigo lector. Hasta la próxima.
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Canción de Abel
Ahora que coexisten la vida y la muerte en este lugar
Calmas mis tristezas contándome cuentos que sé de memoria.
Historias que Padre contaba en los tiempos en que eramos críos
Y me refugiaba junto a tu costado combatiendo el frío
Tengo la intención de apagar la lumbre y fundirnos con la oscuridad.
Arrancarte el libro, subirme a tu espalda, dejarte gritar.
Convertirme en bestia, mirarte a los ojos, quitarme el bozal y devorarte
Antes que este miedo que habita las calles te muerda la carne
Ven a la guarida que hay que ser valientes y sobrevivir
Ya no queda tiempo de seguir narrando para no dormir
Pronto llega el día, esperanza y luces bajo las puertas
Y desistiremos de llamar amor a esta decadencia
Tengo la intención de apagar la lumbre y fundirnos con la oscuridad.
Arrancarte el libro, subirme a tu espalda, dejarte gritar.
Convertirme en bestia, mirarte a los ojos, quitarme el bozal y devorarte
Antes que este miedo que habita las calles te muerda la carne
Francisco José Ayllón Martín
(Ayllón)
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ALEJANDRO CASTROGUER. Nació en Málaga (1971), muy lejos de la Luna, a
donde le condujo, de inmediato, su anhelo por llegar a ser astronauta. Niño feliz y
adolescente inquieto que estudió pintura y música, desde muy pequeño incubó el
virus de la literatura, hasta el punto de que consumió parte de su juventud escribiendo
siete novelas, inéditas y posteriormente destruidas debido a su autoexigencia. Nació
al mundo editorial con el alumbramiento de La Guerra de la Doble Muerte
(Almuzara, 2010). Ha perpetrado aberraciones en forma de relatos y ha coordinado la
antología Vintage’62: Marilyn y otros monstruos. Ahora se ha empeñado las vísceras
en El Manantial, redactado desde la rabia.
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