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Vuela Alto

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Las amigas de la casa del árbol ¡se van de viaje!

Y, aunque no estarán tan juntas


como de costumbre, saben que se tienen en la distancia. Cada una de ellas vivirá
diferentes situaciones donde pondrán a prueba sus capacidades y aprenderán a confiar
en sí mismas.
Lectura de 8-9 a 11-12 años. Literatura Ficción. Libros para niñas y niños.

Página 2
W. Ama

Vuela alto
Ideas en la casa del árbol - 9

ePub r1.0
Titivillus 03.07.2023

Página 3
Título original: Vuela alto
W. Ama, 2022

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
Esta nueva aventura
de las amigas de la casa del árbol
está escrita para ti.
Espero que te guste mucho.
W. Ama

Página 5
Página 6
Capítulo 1
De París a Rennes

A
unque a Gretta le parecía que solo habían pasado cinco
minutos, hacía ya más de una hora que estaba sentada en el
mismo banco de la estación.
Cuando guardó el bolígrafo y cerró la tapa de su diario, se sintió
contenta de haber escrito una página entera contando su reciente
llegada a París.
Mientras escribía, el tiempo se le había pasado volando, pero no
le extrañó, pues eso era algo que venía observando desde que
comenzó su diario, al principio del verano.
Desde entonces, esa libreta donde apuntaba su día a día era su
objeto más preciado. Le encantaba llenar las hojas con sus
recuerdos, anécdotas y todo lo que se le pasaba por la cabeza:
ideas para cumpleaños, frases bonitas, sueños…
Además, ahora tenía tanta ilusión por el viaje a Francia que
estaba deseando escribirlo todo en su diario. Para Gretta, las frases
se habían convertido en cofres del tesoro capaces de guardar sus
pensamientos.

Miércoles, 15 de agosto
Querido diario:
El viaje hasta París en avión ha sido tranquilo.
Aunque era de noche, no he dormido. Por la ventanilla,
he podido ver las estrellas, que lucían con fuerza en
medio de la oscuridad. Sin viento ni nubes, todo estaba
en calma. Por eso, cuando hemos aterrizado, parecía
que el avión se dejaba caer, dulcemente, hasta la pista
de aterrizaje.
Luego, desde el aeropuerto de París, hemos ido en
autobús hasta la estación de tren, que es desde donde

Página 7
estoy escribiendo. Vamos a coger un tren a Rennes y
será la última etapa del viaje :-)
Gretta

Eso era, exactamente, lo que había decidido Mademoiselle


Juliette: que la última etapa del viaje sería en ferrocarril. De esta
manera, les aseguró, podrían disfrutar de los bonitos paisajes de la
bretaña francesa en agosto.
Cuando Gretta quiso guardar el diario en su mochila, notó un
peso sobre su hombro y descubrió que María se había quedado
dormida a su lado.
Eran algo más de las seis de la mañana, y no habían pegado ojo
desde que comenzó el viaje. Así que, ahora que tenían que esperar
un rato en la estación de tren de París-Montparnasse, parecía un
buen momento para descansar.
En el banco de enfrente, Paula y Blanca dormían a pierna suelta,
con la boca abierta y las cabezas apoyadas la una en la otra. Blanca
tenía un libro entre las manos, y Paula se abrazaba a su pelota de
baloncesto. La chica se había empeñado en llevársela porque, ahora
que era la capitana de su equipo, quería mejorar practicando todos
los días.
De pronto, Gretta oyó un murmullo a su espalda y trató de
girarse, con cuidado de no despertar a María.
—Bonjour, buenos días; Je m’appelle, me llamo; Merci
beaucoup, muchas gracias… —Celia leía una lista de palabras
mientras paseaba, nerviosa, de un lado a otro.
El motivo de ese repaso de última hora no era que no se supiera
las palabras, ni que se le diera mal el idioma. La razón era que, en
Rennes, iba a tener que hablar en francés «de verdad» (como ella
misma decía) y se sentía muy insegura.
—Celia, relájate y disfruta del viaje —le aconsejó Gretta
sonriendo—. Que esto no es ninguna prueba.
—Ya me gustaría, pero no puedo dejar de pensar que no me van
a salir las palabras. —Celia se llevó la mano a la garganta—. ¿Te
imaginas que me quedo en blanco delante de la familia de Anne
Marie? ¡Menuda vergüenza! —Volvió a leer sus apuntes.
—Pues tampoco pasaría nada, ¿no? —opinó Gretta—. Hemos
venido aquí para practicar el idioma.

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—Y para conocer a nuestras amigas francesas —añadió Celia, y
una sonrisa se le dibujó en la cara.
Todo había comenzado a principio de curso, el día que
Mademoiselle Juliette llegó a clase de sexto de Primaria con un
pequeño y misterioso buzón. Ese mismo día, les propuso escribirse
cartas con alumnos de un colegio en Rennes.
A las amigas de la casa del árbol les hizo mucha ilusión la
actividad y, en poco tiempo, ya soñaban con conocer a las
francesas. Pero lo mejor de todo fue que, pasados unos meses, la
de Francés anunció que había quince plazas para un intercambio
entre los alumnos de ambos países.
Las chicas, entonces, hicieron todo lo posible por ser
seleccionadas y cumplir así su sueño. Y, aunque no fue fácil, al final
lo consiguieron y allí estaban todas, al completo, dispuestas a pasar
unas vacaciones inolvidables.
—Celia, ¿recuerdas cuando este viaje no era más que un sueño?
—Gretta tocó el bolsillo de su pantalón, donde llevaba la primera y
la última carta de Sophie.
—Ay, sí, y ahora es un sueño cumplido. —Celia se quedó
pensativa—. Parece increíble: ¡en nada estaremos en Rennes! —
Miró la hora en el reloj de la terminal.
En ese momento comenzaba a amanecer, y la luz del sol se
colaba por las vidrieras que cubrían los muros de la estación.
Arriba, en la parte más alta de una de las paredes, un enorme reloj
redondo, como un sol en un cielo de cristal, marcaba las seis y
cuarenta. Su tren saldría a las ocho en punto.
El resto de alumnos que también viajaban a Rennes comenzaban
a despertarse, y un montón de brazos se estiraban,
desperezándose, entre bostezos y saludos de buenos días.
—¡En marcha! —Mademoiselle Juliette se acercó hasta Paula y
Blanca y dio unas palmadas. Lo hizo con tanto ímpetu que la boina
le tembló en lo alto de la cabeza.
—¡Todos al andén 30! —ordenó—. Acaban de anunciar que
nuestro tren se pondrá allí en breve.
Del susto, Paula y Blanca abrieron los ojos de golpe, dieron un
bote en el banco y se miraron la una a la otra, desconcertadas. La
pelota de baloncesto salió rodando, y el libro de Blanca cayó al
suelo ¡plaf! y se le doblaron las tapas.

Página 9
—¡Ya vamos! —dijo Paula mientras iba tras su pelota.
—Empiezas el día haciendo deporte, ¿eh? —bromeó María entre
bostezos.
Las últimas en despertarse fueron Rosaura, Camila, Bea y Laura.
Estaban todas juntas en un banco, con el equipaje alrededor,
formando una muralla de maletas que las protegía de la luz del sol.
Pero de lo que no iban a escapar era de la de Francés, con sus
voces y palmadas ensordecedoras.
—Bonjour, bonjour, bonjour. —La profesora retiraba las maletas
al tiempo que chillaba los buenos días.
Jorge, Santiago, Leo, Marco y Erik fueron a buscar desayuno
para todos y Ada, que ayudaba a Mademoiselle Juliette en el viaje,
los acompañó.
—Para mí, por favor, un croissant con queso Brie y confiture de
fraises —pidió Mademoiselle Juliette pronunciando las palabras de
manera exagerada.
Cuando terminó de hablar, se quedó mirando el techo, con los
labios en forma de «o», mientras soñaba con un delicioso desayuno
francés.
Pero enseguida se llevó un chasco. Nada de confituras de fresas,
ni quesos franceses. Ada le entregó un café aguado y una galleta,
un poco roñosa.
—Mon Dieu! —La de Francés miró de reojo la galleta—. ¡¡Qué
mal aspecto tiene!!
Para los demás, trajeron unos vasos con leche y cacao.
—¡Qué hambre! —Se escuchaba entre los alumnos.
Aunque el desayuno nada había tenido que ver con las delicias
francesas, tomar algo calentito les sentó de maravilla y pudieron
reponer energías para continuar su viaje.
Todos los alumnos estaban muy felices: en unas horas llegarían
a Rennes y pasarían quince días en casa de las familias francesas,
¡toda una aventura!
A la que nadie había visto era a Olivia. ¿Sería que al final no
había querido viajar sin Isabella?

Página 10
Capítulo 2
El vagón azul

E
n cuanto terminaron el desayuno, el grupo se puso en
marcha. Gretta se colocó la mochila a los hombros y arrastró
su maleta de ruedas por la estación.

Enseguida llegaron a un amplio vestíbulo, de techos altos y


pasillos que cruzaban por encima de sus cabezas. En algunas
paredes, los murales de arte abstracto, con sus colores y formas
llamativas, daban al lugar un toque muy alegre.
—Me encanta este sitio —le comentó Gretta a Celia, que
caminaba a su lado.
La estación era muy original, y se notaba que allí el arte tenía su
propio espacio. No pasó mucho rato cuando una melodía llamó la
atención de Celia.
Al girar la cabeza en dirección al sonido, vio que, en medio del
hall, había un piano. Un pasajero cualquiera se había animado a
tocarlo y movía sus manos sobre el teclado, ajeno a todas las
miradas.
—¡Mirad! —Celia señaló un letrero sobre el piano mientras
traducía su significado—. Ahí pone que ese piano está a disposición
de los viajeros, ¡lo puede tocar quien quiera! —Se acercó y paseó
su mano por la madera negra—. Me encantaría saber tocar el piano,
además de la flauta travesera.
—Igual podrías empezar al año que viene, cuando vayamos a 1.º
de ESO —le propuso Blanca—. Yo voy a empezar a ir a clases de
escritura creativa.
—No sé, tal vez tendremos muchos deberes. —Celia miró al
suelo—. Igual no podría con todo.

Página 11
—Pero si te organizas bien, hay tiempo para todo, ¿no crees? —
comentó Blanca optimista.
—Bueno, chicas —María las interrumpió—, de momento dejemos
la ESO para septiembre y disfrutemos de Francia. —Les guiñó un
ojo.
A esas horas, alrededor del vestíbulo central de la estación de
tren, algunas tiendas comenzaban a levantar sus persianas.
—Vayamos ahí —propuso Gretta de repente, señalando un
quiosco—. He visto un puesto de souvenirs y postales. Seguro que
encontramos algo interesante.
—¡Yo quiero una postal de la Torre Eiffel! —se entusiasmó Celia.
Las amigas se separaron del grupo encabezado por
Mademoiselle Juliette y se dirigieron hacia la tienda.
—Sería un bonito detalle enviarles una postal a nuestras
familias, ¿no os parece? —consideró Blanca mientras hacía girar el
expositor.
Después de pasar varios minutos decidiendo qué postales
comprarían, y justo cuando se habían puesto en la fila para pagar,
se oyó una voz que las llamaba.
—¡Chicaaas! ¡Vamooos! —chilló Ada, y todas miraron en esa
dirección—. ¡Daos prisa!
Unos rizos naranjas asomaron por encima de las cabezas de la
gente mientras una mano les hacía gestos para que volvieran con el
grupo.
—Sí, sí, ya vamos —vocalizó Gretta cada sílaba y mostró el
pulgar, en señal de que la habían oído.
—¡¡No os entretengáis!! —les advirtió Ada levantando la voz por
encima de las conversaciones de la gente.
Las amigas de la casa del árbol volvieron a colocar las postales
en su sitio. No se habían dado cuenta pero, en ese rato, el grupo de
los alumnos se había alejado bastante.
—¡Qué lejos están! —comentó María mientras se hacía hueco
entre los transeúntes.
—¡Uff! Y tanto, casi nos perdemos —resopló Paula.
—Está claro que no nos podemos despistar ni un segundo —
añadió Celia, que llevaba la maleta en una mano y su lista de

Página 12
palabras en la otra.
—Debemos estar muy atentas. Por nada del mundo debemos
perder el tren —dijo Gretta pensando en Sophie.
Todas se dieron prisa por esquivar a los viajeros que, a esas
horas, comenzaban a llegar la estación de tren.
—Perdona, Ada, es que queríamos comprar unas postales para
nuestras familias —se excusó Blanca cuando la tuvieron enfrente—.
Hemos pensado que les haría ilusión.
—¡Oh! Es una idea estupenda, yo también querré escribir alguna
—aseguró Ada—. Pero ya tendremos tiempo de comprar postales en
Rennes, ¿de acuerdo? Tal vez podríamos ir todas juntas una tarde.
Al cabo de un rato, Mademoiselle Juliette dio la orden de parar:
acababan de llegar al andén 30, donde ya estaba colocado el tren
que les llevaría hasta Rennes.
—Y nuestro vagón es… —la profesora consultó los billetes antes
de decir—: El vagón azul.
Después de caminar por el andén 30 y dejar atrás un vagón
naranja, otro amarillo y uno verde, llegaron al vagón azul. A todas
les pareció un tren muy original. Nunca habían visto uno así, lleno
de colores, como un arcoíris con ruedas.
Paula quiso ver el interior del vagón y dio un salto para mirar por
la ventanilla.
—¡Rápido! Subamos a coger sitio —propuso—. He visto unos
asientos que tienen una mesa en el centro.
Paula se colocó la pelota bajo el brazo, agarró su maleta con una
mano y se dio prisa por subir los escalones hacia el tren.
—¡No tan rápido! —Mademoiselle Juliette sacó un listado de su
bolsa de viaje—. Antes de subir, tengo que comprobar que estamos
todos. —Estiró el papel.
Los alumnos hicieron un corro alrededor de la profesora. Celia
aprovechó para acercarse hasta Paula y, disimuladamente, le habló
al oído.
—Como eres tan rápida —le susurró—, ponte tú la primera en la
fila y coge los asientos de la mesa. Yo me hago cargo de tu maleta
y de la pelota. —Señaló el equipaje de Paula y añadió—: Date prisa.
La de Francés se ha empeñado en pasar lista, pero estamos los
catorce y enseguida podremos ir subiendo.

Página 13
—Sí, es verdad —le contestó Paula tapándose la boca con una
mano mientras paseaba la mirada por el grupo—. Estamos los
mismos que viajamos en avión hasta París. ¿Por qué se ha
empeñado en pasar lista?
—A ver, un poco de orden. S’il vous plait! —exclamó
Mademoiselle Juliette—. Prestad atención y no perdáis de vista
vuestro equipaje. No quiero sustos de última hora.
En ese momento, Gretta miró su maleta y luego se llevó la mano
a la espalda para tocar su mochila. Quería comprobar que su diario
seguía dentro, ¡perderlo hubiera sido un gran disgusto! Pero
enseguida pudo palpar la tela y notó la forma rectangular de su
diario.
La chica sonrió. Allí seguía su cuaderno. A salvo y a la espera de
que ella escribiera sus aventuras, sus sentimientos, sus alegrías…
Quería dejarlo todo por escrito y, se le ocurrió de repente, también
haría alguno de sus dibujos. ¡Qué bien lo iba a pasar!
—Conforme diga vuestros nombres, id levantando la mano, ¿de
acuerdo? —Mademoiselle Juliette se ahuecó el pañuelo que llevaba
al cuello—. María, Gretta, Blanca, Paula, Celia. —Miró por encima
de la hoja.
—¡Aquí estamos! —respondieron, muy contentas, todas a la vez.
La de Francés hizo un tic junto a cada nombre.
—Jorge y Santiago. —Buscó con la mirada a los chicos—. Leo,
Marco y Erik.
—¡Aquí, aquí! —Movieron los brazos hacia los lados para llamar
su atención.
—Rosaura, Bea, Laura y Camila —dijo entonces, comprobando
que estaban justo a su lado.
—Pues ya está, ¿no? —Paula, impaciente, alzó la voz para
preguntar—: ¿Podemos subir ahora al tren?
—¡No! —Mademoiselle Juliette fue tajante—. ¡Aún no!
—Pero… ¿por qué?, ¿pasa algo? —preguntó Paula preocupada.
—¡Todavía falta una alumna! —aseguró la profesora.
—Pero ¡¿cómo es posible?! —Paula miraba perpleja a los demás
—. Estamos los mismos que viajamos en avión.

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—He dicho que falta una alumna y punto. —Mademoiselle
Juliette levantó la barbilla y estiró las puntas del pañuelo que
rodeaba su cuello—. Tenemos que esperarla.
—¿Quién falta? —se preguntaban los unos a los otros, muy
intrigados.
—No falta nadie —respondió otro alumno—. ¿No lo veis?
¡Estamos todos!
—Yo creo que se ha confundido —sugirió alguien dando el tema
por concluido.
—Verá, Mademoiselle —comenzó a hablar Rosaura, muy apurada
—, todos estamos muy preocupados. Solo quedan unos minutos
para que salga el tren y nos da miedo que se vaya sin nosotros.
Los alumnos miraron sus relojes y asintieron ante las palabras
de Rosaura. Se notaba que la chica tenía facilidad para hablar en
nombre de todos, como buena delegada que había sido.
—Sí, ya son casi las ocho —confirmó Erik mirando la hora en su
móvil.
—No os preocupéis, esa persona que falta llegará enseguida. —
Se oyó entonces la dulce voz de Ada—. Me acaba de llamar su
madre y me ha dicho que ya están en la estación.
Sin embargo, los minutos pasaban y nadie aparecía. El peligro
de perder el tren acechaba al grupo, como un lobo en medio del
bosque.

Página 15
Capítulo 3
Compañía inesperada

D
espués de varios minutos esperando, y cuando ya el revisor
se había asomado por la ventanilla varias veces para
avisarles de que subieran, se oyó, a lo lejos, una voz muy
apurada.
—¡¡Mademoiselle Juliette!!, ¡¡Mademoiselle Juliette!! —chillaba,
una y otra vez, mientras se acercaba corriendo hasta el grupo—.
¡¡Esperadme!!
Celia se colocó bien las gafas y aguzó la vista. Entonces pudo
ver a una persona que arrastraba una maleta color coral, y que
llevaba un peinado muy esponjoso, con el pelo todo para arriba,
como cardado.
Cuando estuvo un poco más cerca, Celia la reconoció al instante
y no pudo evitar decir su nombre en voz alta mientras la señalaba
con el dedo.
—¡¡¡Olivia!!! —gritó como si hubiera visto un fantasma.
Olivia miró a Celia por encima del hombro mientras le bajaba el
dedo que no dejaba de señalarla.
—¿Seguro que es ella? —Paula se acercó más para comprobarlo.
Lo cierto era que la líder del ya muy reducido grupo de «las
brujas» estaba irreconocible. Había cambiado de peinado y vestía
un bonito conjunto color turquesa, que resaltaba el moreno de su
piel. Sin embargo, aunque de aspecto estaba muy cambiada, se la
podía reconocer por sus inconfundibles modales y su misma actitud
arrogante de siempre.
—Hola a todos —dijo Olivia sin mirar a nadie.
Acto seguido desenvolvió un chicle, se lo metió en la boca y tiró
el envoltorio al suelo mientras se colocaba la primera de la fila para
subir al tren.

Página 16
—¡Eh! ¡Ahí estaba yo! —le recriminó Paula y la apartó a un lado
—. No puedes llegar la última y ponerte la primera.
—Disculpadnos la tardanza —dijo entonces la madre de Olivia
mientras se agachaba a recoger el papel. La mujer era muy
elegante y parecía muy educada—. Ayer tuvimos mucho trabajo y
nos ha costado madrugar.
Al oír que su madre comenzaba a dar explicaciones, Olivia
entornó los ojos y negó con la cabeza.
—Bueno, adiós, mamá. —Se acercó y le dio dos besos.
—Cuídate mucho y llámame en cuanto llegues, «lacito mío» —le
dijo su madre con pena.
A Olivia le dio mucha vergüenza que la llamara así delante de
todo el mundo.
—Sí, mamá, claro, mamá… —repetía con cara de resignación
mientras le decía adiós con la mano.
—Pues ahora ya sí —Mademoiselle Juliette tomó la palabra y,
después de hacer una reverencia para señalar la puerta, dijo—:
¡Pasajeros al tren!
Paula se hizo hueco para subir y, aunque en el vagón ya estaban
todos los viajeros sentados, nadie había ocupado la mesa. Aun así,
quiso darse prisa y consiguió llegar la primera, adelantándose al
grupo de Rosaura y al de los chicos.
—¡Chicas, la mesa es nuestra! —les dijo a las demás, asomando
la cabeza por la ventanilla.
Sin embargo, no fueron las únicas que quisieron disfrutar de
esos asientos privilegiados.
Después de dejar en la bandeja de equipaje su maleta color
coral, Olivia se quedó en mitad del pasillo sin saber dónde sentarse.
Al fondo del vagón, estaba el grupo de los chicos, que hablaban
muy animados con el grupo de Rosaura.
Allí Olivia vio a Camila, su examiga. Reía y se lo estaba pasando
muy bien. Olivia arrugó la nariz y negó con la cabeza: aunque había
un sitio libre, no le apetecía sentarse con ellas.
En realidad, le daba mucha envidia ver a Camila tan bien
acompañada y ella… tan sola. Olivia miró hacia otro lado.

Página 17
—¿Todo bien, Olivia? —preguntó Ada al verla tan indecisa—.
¿Quieres sentarte aquí, con nosotras?
—Oh, bueno… —Olivia miró un poco más allá y vio un sitio libre
en la mesa—. Me pondré ahí, con ellas.
Como la mesa era para seis, todavía quedaba un asiento libre
junto al pasillo, al lado de Gretta y enfrente de Paula. Olivia se
dirigió hacia allí.
—Puedo sentarme aquí, ¿verdad? —Sin esperar respuesta,
plantó su trasero en el asiento.
Las amigas de la casa del árbol asintieron, ¡qué otra cosa podían
hacer!
Pero Paula enseguida se arrepintió de no haberle dicho nada.
Podría haberse inventado que el sitio estaba ocupado o que el
asiento estaba roto, incluso podría haber puesto la pelota encima.
Al minuto de estar sentada, Olivia abrió su bolso y, sin ninguna
consideración, sacó un vaporizador con el que se roció el pelo y la
ropa con una bruma olor a jazmín, que ya les acompañaría durante
todo el viaje.
—Coff, coff, coff. —Paula tosió al tiempo que movía la mano en el
aire—. ¿Podrías dejar de echarte colonia?
—Paula, querida, ¡no tienes ni idea! Esto no es colonia. —Olivia
ahora se miraba en un pequeño espejo y se peinaba las cejas con el
dedo índice.
—Olivia, no empecemos… —dijo Paula indignada—. Me acabo de
tragar todo el olor de tu colonia.
—¡Ja, ja, ja! Y dale con lo de colonia —rio Olivia de manera
exagerada—. Es un body mist floral. Lo mejor para estar perfumada
en verano.
—¡Lo que sea! —Paula la miró con enfado.
—¿No quieres que le eche un poco a tu pelotita de baloncesto?
—Olivia se tapó la nariz con dos dedos y su voz sonó como de pito
mientras aseguraba—: No le vendría nada mal… ¡Apesta!
En ese momento, Gretta, que veía a Paula cada vez más
enfadada, tomó la palabra.
—Olivia, la verdad es que tu perfume huele bien, pero igual te
has echado demasiado —argumentó Gretta, que no quería empezar
el viaje con peleas.

Página 18
—Sí, huele genial —añadió María—, pero guárdalo, no se te vaya
a acabar.
Olivia levantó el difusor en al aire, lo agitó varias veces y lo miró
al contraluz tratando de comprobar cuánto quedaba.
—No me importa, tengo tres más. En este queda poco porque es
el que usé ayer durante mi pase de modelos. —Olivia las miró con
aire de superioridad—. Fueron horas de pasarela, cambios de
vestuario y aplausos.
María abrió mucho los ojos: ¡no se lo podía creer! ¿¿De verdad
Olivia era modelo?? ¿¿Había desfilado en París??
Celia, sin embargo, comenzó a dudar. No era la primera vez que
la jefa de «las brujas» mentía para darse importancia. Todo el
mundo sabía que la madre de Olivia se dedicaba a la moda, pero de
ahí a que su hija fuera modelo de alta costura francesa…
—Si has desfilado, seguro que te sacarán en las revistas —Celia
retó a Olivia con la mirada antes de añadir—: Nos enseñarás el
reportaje, ¿verdad?
—Por supuesto —contestó Olivia girando la cabeza hacia otro
lado para disimular el apuro—. En cuanto la organización del desfile
me haga llegar la revista, os la enseñaré.
—¡¡Hala!! ¿Has hecho de modelo? —María no pudo evitar la
emoción, pues pensaba que una pasarela se parecía un poco a un
escenario de teatro—. ¡¿En serio?!
—Pues claro que en serio. ¿Por qué crees que me he unido al
viaje desde París? —Olivia sacó ahora una barra de labios color azul
metálico y se dio color.
—¡Claro, ahora entiendo tu nuevo look! —exclamó Blanca
inocentemente.
—Después de quince días en la playa —Olivia se retiró un poco el
pelo de la cara y mostró su bronceado—, mi madre y yo vinimos a
París para desfilar en la semana superfashion.
—Entonces, ¿habéis desfilado las dos? —dudó Blanca.
—Sí, las dos —aseguró Olivia mientras se miraba las uñas—. Y,
como os decía, por eso me uno al viaje a Rennes desde aquí y no
desde España, como vosotras.
—La verdad es que creíamos que no ibas a venir —dijo Paula con
retintín, pensando que nadie había echado de menos a Olivia y que

Página 19
si empezaba con sus desplantes, seguramente, la iban a echar de
más.
—Claro, como Isabella no ha venido —añadió Gretta tratando de
justificar las palabras de Paula—, pues habíamos pensado que igual
a ti tampoco te apetecía.
—A ver… —Olivia movió la mano hacia delante mostrando sus
uñas postizas—. Que yo no soy su perrito faldero… —Apretó y soltó
los labios para repartir el carmín—. Soy totalmente independiente y
puedo hacer cosas sola.
Nadie se dio cuenta, pero al decir la palabra «sola», una gota de
tristeza asomó a sus ojos. Olivia se apresuró a ponerse unos polvos
de colorete.
Enseguida el tren fue cogiendo velocidad. Con el traqueteo,
Olivia tuvo que guardar su maquillaje y se acomodó en el asiento
dispuesta a escuchar música.
El viaje a Rennes siguió su curso. Tenían dos escasas horas para
encontrarse con las francesas. Las amigas de la casa del árbol,
después de estar un rato hablando, se concentraron cada una en
una tarea.
Celia repasó una vez más su lista de palabras en francés e
incluso apuntó algunas nuevas que copió de un pequeño diccionario
del que no pensaba separarse en todo el viaje. Blanca se acurrucó
en el asiento y abrió su libro, dispuesta a continuar disfrutando de
la novela, que la tenía totalmente enganchada.
Paula se dedicó a mirar por la ventanilla, donde los bonitos
paisajes de la bretaña francesa pasaban a toda velocidad. Mientras
tanto, María sacó una guía de Rennes para localizar todos los
teatros que había en la ciudad. Le hubiera hecho mucha ilusión ver
alguna representación, pero se conformaba con poder verlos por
fuera.

Gretta quiso aprovechar el rato para leer su diario. Entre


recuerdos y cosas que le habían pasado, la libreta estaba llena
hasta la mitad. Pensó que, para que le cupiera todo, a lo mejor
tendría que comenzar a hacer la letra más pequeña. También
quería tener espacio para apuntar las frases que a veces acudían a
su mente cuando estaba inspirada, como en ese mismo momento.

Página 20
«Solo cuando sueltes tus miedos, podrás volar
alto».

Al terminar de escribirla, Gretta se quedó un rato mirando por la


ventanilla del tren mientras pensaba en su significado y en la
verdad que encerraban aquellas palabras. Era cierto que a veces
parecía que los miedos pesaban y te empujaban hacia abajo,
impidiéndote alcanzar tus sueños.
Además, Gretta creía que los viajes te ayudan a conocerte
mejor, a superar tus miedos, a confiar más en ti, ya que te
enfrentas a nuevas situaciones y descubres que puedes hacer todo
lo que te propongas.
La chica subrayó la frase, no quería olvidarla.
Lo que Gretta no había olvidado eran las palabras de Sophie en
su última carta. Después de guardar el bolígrafo, cerró el diario y lo
dejó sobre la mesa.
Cogió la carta del bolsillo de su pantalón y, después de alisarla
un par de veces, buscó el párrafo al que no dejaba de darle vueltas.
La letra de Sophie, escrita con tinta morada, destacaba sobre el
papel:

«Seguro que juntas podremos


resolver el misterio del sol y la luna.
Será nuestra aventura
y nuestro secreto este verano,
¡nos esperan unos días de investigaciones!».

¿A qué misterio se refería Sophie? ¿Por qué decía que iba a ser
un secreto?, se preguntaba Gretta una y otra vez. ¿Acaso le había
preparado un juego?
Pero enseguida negó con la cabeza: tenía la corazonada de que
aquello no se trataba de un simple juego.
Debajo de ese párrafo, Sophie había dibujado un sol y una luna,
uno junto al otro y dentro de un rectángulo. Era un dibujo también
muy enigmático. En cuanto tuviera la ocasión, pensó, le preguntaría
por todo ese misterio.

Página 21
Gretta dobló de nuevo la carta y la guardó en su pantalón.
Luego, estiró la mano para recoger su diario.
La chica no se dio cuenta, pero Olivia, sentada a su lado, miraba
de reojo aquel cuaderno tan bonito. En la portada, unas bonitas
letras anunciaban su contenido: «Diario de Gretta».
Olivia apartó la vista rápidamente, fingiendo que no había visto
nada.
El viaje continuó su marcha.

Página 22
Capítulo 4
Tras la ventanilla

E
l tren avanzó entre prados de flores silvestres, cruzó
pequeños pueblos con casas de piedra y dejó atrás viejos
campanarios con sus nidos cigüeñas. Después, poco a poco,
se internó en espesos bosques de altos árboles.
—¿Cómo lleváis el viaje? —Ada se acercó hasta la mesa, y todas
le hicieron un hueco—. ¿Vais bien? —las interrogó con una sonrisa
de oreja a oreja.
—Sí, bueno… —María dejó a un lado la guía de Rennes—, la
verdad es que se me está haciendo un poco largo. ¿Cuánto falta
para que lleguemos?
—Umm, yo calculo que unos quince minutos. —Ada consultó su
reloj—. Tenéis ganas de llegar ya, ¿eh? —preguntó al resto de las
chicas.
—¡¡Sí!! —exclamó Paula muy contenta—, estoy deseando
reencontrarme con Amelie.
Además de volver a ver a Amelie, que era la única francesa a la
que habían podido conocer, Gretta, Celia Blanca y María también
estaban impacientes por conocer a Sophie, Anne Marie, Giselle y
Geraldine.
—Pues ¿sabéis qué?, estoy segura de que ellas también están
deseando que este tren llegue a su ciudad y alojaros en sus casas
durante los próximos quince días. —Asintió Ada, feliz de verlas tan
entusiasmadas.
Ada se fijó entonces en Olivia. La chica estaba en su mundo,
escuchando música por los auriculares, sin querer unirse a la
conversación.
—Y tú, Olivia —le tocó el hombro para llamar su atención—,
¿tienes ganas de llegar ya a Rennes?

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Olivia, al sentir los golpecitos en el hombro, se quitó uno de los
auriculares. Ada, entonces, volvió a repetir la pregunta. Pero Olivia,
lejos de contestar un sí ilusionado, se limitó a asentir ligeramente
con la cabeza y a levantar el pulgar. Luego, volvió a colocarse los
auriculares y continuó a lo suyo, dando la conversación por
finalizada.
—Oye, Ada, ¿qué tenemos que hacer cuando lleguemos a la
estación de Rennes? —Celia apoyó los codos en la mesa—. Nos
habrán venido a buscar, ¿verdad? —Se preocupó.
—¡Claro! —aseguró Ada—. Hemos acordado que cada familia
recogerá a su estudiante en la estación.
—Pero, pero… —Celia seguía imaginándose otras posibilidades y
ninguna era buena—, ¿y si alguna familia no ha podido ir?
—En ese caso, les llamaremos por teléfono y esperaremos. —
Ada sacó algo de su bolso—. Mira, aquí tengo los teléfonos de todas
las familias y también las direcciones.
—A ver, a ver. —Las amigas de la casa del árbol se asomaron a
la hoja.
—Y no solo eso. —La profesora sacó otro papel más—. He traído
un plano de Rennes… muy especial.
El plano que entonces les mostró estaba salpicado de lunares
verdes.
Ada había marcado, con rotulador verde y un número, la
ubicación exacta de la casa donde se alojaría cada alumno. Al fin y
al cabo, ella y Mademoiselle Juliette eran las responsables del viaje
y tenían que tenerlo todo controlado.
Enseguida Paula localizó la granja de Amelie. Estaba en la zona
norte y era un lugar a las afueras de la ciudad que, según le había
contado su amiga francesa, estaba lleno de animales y donde le
había prometido construir una canasta para que pudiera practicar
todos los días. Desde luego, sitio al aire libre no le iba a faltar.
—Mira, parece que la casa de Sophie está en el casco antiguo —
dedujo Gretta al ver que la casa estaba rodeada de calles estrechas
y cerca de lugares de interés histórico.
Ante la emoción que todas transmitían, Olivia sintió curiosidad
por el plano. Dejó un momento la música y estiró el cuello para
mirarlo.

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Ada, que no la perdía de vista y que quería romper su silencio, le
dijo:
—Mira, Olivia —señaló un edificio—, Gretta y tú vais a ser
vecinas. La casa de Jolie, tu compañera de correspondencia, está
en el mismo barrio.
—Oh, sí, ya veo —contestó Olivia con desgana y sin mostrar
interés.
En realidad, pensaba que qué le importaba a ella que Gretta
estuviera cerca si, en el fondo, no era su amiga.
—¿Dónde está la casa de Geraldine? —quiso saber María, que se
acercó al mapa todo lo que pudo—, no la encuentro.
—Miremos las dos, ¿te parece? —Ada le ayudó a localizarla—.
¡Aquí está! —Señaló un punto a orillas del Vilaine, el río que
atravesaba la ciudad de punta a punta.
—Anda, ¡qué bien! Está casi al lado de la casa de Anne Marie —
exclamó entonces Celia, ya más animada—. Nosotras dos también
estaremos muy cerca —añadió pensando que si las palabras en
francés no le salían, María podría ir en su ayuda.
—¿Y la de Giselle?, ¿puedo mirar dónde está? —Blanca se asomó
al mapa—. ¡Mirad!, está justo al lado del colegio de las francesas.
—Ah, pues eso es una gran ventaja: no tendrás que madrugar
mucho para las cuatro horas de clases de Francés que tendréis
todas las mañanas —le dijo Ada.
—A lo mejor puedo ir andando. —A Blanca le encantó la idea de
pasear por Rennes por las mañanas—. O en bicicleta si Giselle tiene
una para mí.
—Y, además, nosotras —dijo Ada refiriéndose a ella y a
Mademoiselle Juliette— nos alojaremos esos días en el colegio, así
que estaremos muy cerca de ti.
—¿Solo vamos a tener clase de Francés por las mañanas? —Se
sorprendió Gretta—. Yo pensaba que tendríamos un curso intensivo
de todo el día.
—Tendréis clases solo hasta la hora de comer —aclaró Ada, un
poco misteriosa—. La profesora de español del colegio de las
francesas, a la que le gusta mucho innovar, os tiene preparadas
otras actividades para hacer por las tardes —les comentó—. Y,
desde luego, parecen de lo más entretenidas.

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—¿Qué actividades? —preguntó Blanca muy intrigada.
—¿Comeremos en el colegio? —quiso saber María.
—¿Tendremos el fin de semana libre? —indagó Paula.
Ada se vio abrumada ante tantos interrogantes; las chicas tenían
tantas de ganas de conocer todos los detalles que no paraban de
hacer preguntas.
—Bueno, yo no os puedo decir nada más. —Ada se encogió de
hombros y añadió—: Pero tened paciencia, mañana lo sabréis.
Las amigas de la casa del árbol se quedaron un rato en silencio,
imaginando qué actividades les tendrían preparadas.
Pero enseguida el tren paró, y se dieron prisa por recoger su
equipaje: ¡sus amigas francesas ya las estaban saludando desde el
otro lado de la ventanilla!

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Capítulo 5
Por fin juntas

A
melieee!!! —Paula soltó la pelota, echó a correr y le dio
—¡¡¡ un abrazo tan grande que duró varios minutos.
—¡¡Paugglááá!! —Volvía la francesa a pronunciar a su manera el
nombre de Paula—. Mira lo que he traído. La he llevado conmigo
todo este tiempo. —Al deshacer el abrazo, levantó en el aire una
miniatura de la casa del árbol.
Ese había sido el regalo que las cinco amigas le habían dado a
Amelie como despedida el último día de su estancia en España.
Querían que siempre las recordara y pudiera llevar con ella ese
lugar que tanto le había gustado. Y, por lo visto, Amelie nunca se
separaba de su pequeña casa del árbol.
Un poco más allá, las demás también se encontraban con sus
compañeras de correspondencia.
Para sorpresa de Celia no le hizo falta consultar ni una sola vez
el listado de palabras en francés, ni tampoco el diccionario. En
cuanto estuvo con Anne Marie y conoció a su familia, la chica se
relajó y comenzó a hablar sin parar en un francés muy aceptable.
—¿Sabes?, mi madre es guía turística y ha conseguido reservar
¡un viaje en globo antiguo para nosotras dos! —le contó Anne Marie
muy ilusionada—. Y también para mis amigas y sus compañeras
españolas.
La madre de Anne Marie se acercó a Celia y, después de darle un
par de besos, tomó la palabra.
—Sí, ya casi no quedaban plazas, pero logré reservar un viaje en
globo para este mismo sábado, 18 de agosto —aseguró la madre.
—¡Qué bien!, en tres días veremos Rennes desde las alturas. —
Celia sonrió al imaginarse en uno de esos globos que parecen viajar
flotando entre las nubes.

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Un poco más allá estaba Geraldine. En cuanto vio a María, le dio
un gran abrazo y comenzó a contarle todos los planes que tenía
para esos días. Irían al planetario, a la ópera y, lo que más ilusionó
a María: harían una visita guiada al Gran Teatro de Rennes. Tal vez,
cuando fuera mayor, ella misma actuaría allí, soñó María con esa
posibilidad.
Blanca se quedó muy extrañada al encontrarse con Giselle. La
francesa apareció, en la estación, con un tutú dorado y un maillot
verde de cuyas mangas colgaban unos trozos de tela, que querían
imitar a un par de alas.
¿Iría su amiga francesa disfrazada de insecto? ¿De hada? ¿Tal
vez de duende? Dudaba Blanca, sin saber muy bien a qué se debía
ese disfraz. Lo que sí tenía claro era que le estaba dando mucho
corte que todo el mundo se girara, con descaro, para ver pasar a
Giselle.
—Mon amie —Giselle caminó hacia Blanca, sujetando con una
mano el extremo de su tutú dorado, que subía y bajaba a cada
paso—, ¡estoy muy contenta de que ya estés en Rennes!
—Sí, yo también tenía muchas ganas de verte —dijo Blanca, sin
poder dejar de mirar el conjunto y el peinado de Giselle.
La francesa llevaba todo el pelo recogido en un moño tan alto y
tirante que a Blanca le dolía de solo mirarlo.
—¡Ups, ja, ja! —Giselle, que era muy observadora, reparó en la
cara de extrañeza de Blanca—. Ya perdonarás las pintas. —Señaló
su traje.
—Bueno… —Blanca ladeó la cabeza sin saber qué decir.
—Es que he venido directa desde la función de ballet —le explicó
la francesa—. Hemos bailado al son de la melodía «Duendes del
bosque».
—«Duendes del bosque»… umm… me gustaría escuchar esa
canción —admitió Blanca, pensando que no conocía esa melodía. Al
fin y al cabo, ella nunca había hecho ballet y no tenía por qué
conocerla.
—La cuestión es que no quería pasar por casa para cambiarme
de ropa y arriesgarme a no llegar a tiempo para recogerte. —Giselle
levantó los brazos, y sus alas se desplegaron.

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Blanca sonrió, ahora su amiga realmente parecía una mariposa.
Un segundo después, su sonrisa se esfumó y comenzó a sentir
vergüenza ajena. Incluso notó cómo le subía el calor por el cuello
hasta la cara. Seguramente, pensó la chica, se estaba poniendo
roja. Le daba mucho corte estar hablando, como si nada, con una
bailarina-duende-insecto en medio de una estación de tren.
Aunque, por otro lado, estaba muy feliz de poder encontrarse con
su amiga francesa.
A Gretta casi se le saltan las lágrimas al ver, por fin, a Sophie.
Las dos chicas habían tenido que retrasar el momento de
conocerse. Aunque la francesa tenía previsto viajar a España el
mayo pasado, al final tuvo que suspender su viaje debido a una
operación de apendicitis. Pero ahora ya se había recuperado y tenía
muchas ganas de enseñarle Rennes a Gretta.
—¡Hola, Gretta! —Sophie la abrazó—. ¡Por fin juntas!
—¡Sophieee! —exclamó Gretta—. Creí que nunca iba a llegar
este momento.
—¿Qué tal el viaje? ¿Estás muy cansada? ¿Tienes hambre? —
Sophie no paraba de hacerle preguntas—. Venga, te ayudaré con la
maleta. —Agarró el asa.
—No te preocupes —Gretta movió la mano en el aire—, no hace
falta, casi no pesa y además lleva ruedas.
—Pesa poco, sí. —Sophie la levantó en el aire—. Pero te habrás
traído dos pares zapatillas de estar en casa, ¿verdad? —bromeó, y
Gretta no supo a qué se refería.
—Umm… ¿dos pares? —La miró extrañada—. Pues creo que no.
¿Por qué tendría que haberlos traído?
—Ja, ja, ja —rio Sophie—, ¡por Pantoufle, mi perro! Te recuerdo
que tiene la manía de coleccionar pantuflas.
Las dos se echaron a reír. Gretta recordó entonces que, en su
primera carta, Sophie le había contado que tenía un perro muy
revoltoso.
Se llamaba Pantoufle, que significa «zapatilla de estar en casa»,
porque tenía unas manchas blancas en las patas que recordaban a
eso. Y también tenía la costumbre de coleccionar zapatillas, ¡incluso
se las cogía a los vecinos!

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—Sí, me lo contaste hace muchos meses, ¡en tu primera carta!
—Gretta la sacó del bolsillo del pantalón y se la mostró.
—Anda, la has traído —contestó Sophie sonriendo.
—Sí, y también he traído la última. —Gretta vio que era el
momento de preguntarle por el párrafo misterioso—. Por cierto,
Sophie —bajó la voz—, hay algo que me tienes que explicar… lo del
sol y la luna, ¿qué es?
—Chsss… —Sophie se llevó un dedo a la boca y miró hacia los
lados—, luego te lo cuento todo.
—Vale, vale —respondió Gretta en un susurro.
—Venga, pongámonos en marcha —Sophie le tiró suavemente
del brazo—, y vayamos con mi familia. ¡Tienen muchas ganas de
conocerte!
Las dos chicas caminaron unos metros y se reunieron con la
familia de Sophie.

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Capítulo 6
Sonrisas en la estación

E
ste es Phillipe, mi padre. —Sophie señaló a un hombre
— alto, de mirada inteligente y ojos negros que, tras unas
gafas redondas, se encogieron al saludar a Gretta.
—Bienvenue! —Sonrió el padre mientras extendía una mano.
—Merci beaucoup. —Gretta le estrechó la mano para
corresponder al saludo.
—Y esta es mi madre, Jeanine. —Sophie le dio un cariñoso
abrazo y añadió con tristeza—: Pero ella no va a poder estar con
nosotras porque se va de viaje.
—Sí, me voy dentro de unas horas. —Jeanine consultó el reloj—.
Pero al menos me ha dado tiempo de saludarte. Tenía muchas
ganas de conocerte, Gretta.
Gretta se fijó en la madre de la francesa. Su melena castaña
estaba adornada por una mecha rosa en forma de tirabuzón, que le
caía hasta la mejilla, y que le recordó al cable de un teléfono
antiguo. Además, tenía la cara salpicada de pecas y un gesto
continuo en la boca, que parecía una eterna sonrisa.
Por eso, porque le pareció simpática, se atrevió a preguntarle:
—¿Y adónde se va de viaje? —Gretta sonrió.
La chica se fijó entonces en que la madre de Sophie sujetaba,
con fuerza, un maletín negro. En la parte de delante había un
logotipo redondo, con dos letras. Gretta giró la cabeza para leerlas:
«J. M.» y pensó si serían las iniciales de algún nombre.
—Viajo al desierto de Jordania —confesó Jeanine y estiró de su
tirabuzón rosa—. Mi equipo ha encontrado «algo» —remarcó esta
última palabra y se acercó a Gretta todo lo que pudo—: Algo en la
misteriosa ciudad de piedra…

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Gretta frunció el ceño y la miró de lado: no entendía muy bien a
qué podía dedicarse esa mujer.
—Soy historiadora —aclaró la madre como si le hubiera leído el
pensamiento.
—Y también investigadora —puntualizó el padre.
—Y aventurera. —Sophie levantó el dedo índice en señal de
advertencia—. Ha vivido mil aventuras.
—Bueno, bueno, no exageremos —dijo Jeanine—. La verdad es
que yo no busco aventuras —se encogió de hombros—, pero al final
son las aventuras las que me encuentran a mí.
Al decir esto, la madre de Sophie se peinó el flequillo con los
dedos, tratando de tapar una cicatriz en su frente.
—Mi trabajo consiste en investigar cosas relacionadas con otras
épocas. —La mujer apretó hacia sí el maletín—. Y, esta vez, me
toca ir a la ciudad de piedra: a Petra.
Gretta se fijó en cómo la madre sujetaba el maletín y pensó que
debía de ser un objeto muy importante para ella. Seguramente, era
tan importante como su diario.
—Qué suerte, ¡me encantaría visitar esa ciudad! —no pudo
evitar decir Gretta, pues una de sus ilusiones era conocer el mundo
entero.
—A mí también me gustaría ir… —suspiró Sophie y se imaginó
atravesando los desfiladeros de aquella ciudad tallada en piedra—.
Pero no nos hagamos ilusiones, no nos llevará. —Se quedó mirando
fijamente a su madre.
—Ya sabes que no puede ser, cariño. —Jeanine movió la cabeza
a los lados—. Te lo he explicado muchas veces: para mí no son
vacaciones, voy a trabajar.
—Pero mamá, Gretta y yo podríamos echarte una mano en tu
trabajo, podríamos ayudar en tus investigaciones… —Sophie trató
de convencerla.
Pero Jeanine volvió a negar con la cabeza. Madre e hija
intercambiaron una mirada un poco seria, parecía que no era la
primera vez que discutían sobre ese tema.
—Tal vez, cuando seamos más mayores, podamos viajar juntas a
esa ciudad —le propuso Gretta a Sophie y, acto seguido, se imaginó
escribiendo ese viaje en su diario.

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—¡Sí! Y no solo iremos al desierto, ¡viajaremos juntas por el
mundo entero! —exclamó Sophie y, de nuevo, la ilusión volvió a sus
ojos—. ¡Prométemelo!
Gretta rio mientras asentía.
—Yo, como solo estaré unas horas más en Rennes —continuó
hablando Jeanine—, lo que os prometo es invitaros a comer unas
deliciosas crêpes.
—Umm, ese plan suena de maravilla. —Sophie se llevó una
mano al estómago y la movió en círculos.
—Venga, pues dejémonos de cháchara. Le Crêperie Lile está
muy cerca de la estación —dijo el padre.
—Aprovechemos bien el tiempo, que a las cinco me pasarán a
recoger por casa —propuso Jeanine.
—Pero entonces, ¿no nos veremos más? —Gretta cayó en la
cuenta y se sintió decepcionada.
Aquella mujer le había caído muy bien y quería preguntarle
muchas cosas acerca de su trabajo como investigadora.
—Sí, sí nos veremos. Vuelvo dentro siete u ocho días —aclaró la
madre.
Mientras Jeanine hablaba, Sophie la miraba embelesada. Para
ella, su madre era una gran investigadora que había viajado por
todo el mundo, desvelando interesantes misterios. También había
excavado importantes yacimientos y descubierto ciudades antiguas.
Algunas enterradas durante miles y miles de años.
Gretta se fijó en Sophie. Los ojos de su amiga brillaban de
admiración.
—¿Sabes?, el equipo de mi madre ha encontrado un pasadizo
subterráneo en Petra. Tiene que ir a recorrerlo y averiguar qué es lo
que hay —Sophie empezó a contarle, pero alguien la interrumpió.
—Ejem, ejem… —Se escuchó.
En ese momento, un chico carraspeó a su lado, queriendo llamar
su atención.
—Ah, perdón. No he acabado de presentarte a toda mi familia.
—Sophie se llevó la mano a la frente—. Este es mi hermano. —Se
giró y lo señaló—. Se llama Alexandre.
—Alex —puntualizó el chico.

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El hermano de Sophie tenía cuatro años más que ellas. Era alto,
moreno y, al sonreír, se le marcaban dos hoyuelos, que le daban un
aspecto simpático.
Lo cierto era que Alex parecía un chico amable. En cuanto vio a
Gretta, quiso que se sintiera bien y, con gran esfuerzo, comenzó a
desempolvar el poco español que sabía.
Esto hizo reír mucho a Gretta pues Alex decía cosas como:
«buenos dados», en lugar de «buenos días», o «eges muy
acuática», en lugar de «eres muy simpática».
—Alex, será mejor que hables en francés. A Gretta se le da
fenomenal y tú… ¡ja, ja, ja! —rio Sophie— estás haciendo el
ridículo.
Alex tenía mucho sentido del humor y se echó a reír cuando
Sophie le explicó en francés lo que de verdad le estaba diciendo a
Gretta.
—Pardonne-moi. —Al decirlo, el chico puso una cara muy
graciosa mientras se colocaba una mano en el estómago y se
doblaba hacia adelante varias veces.
La reverencia de Alex resultó muy cómica, y todos soltaron una
enorme risotada en medio de la estación.
Olivia, que en ese momento estaba muy cerca, se giró para ver
de dónde venían las carcajadas. Cuando descubrió que en el centro
del grupo y de las sonrisas estaba Gretta, sintió una punzada de
envidia. Además, no era la primera vez que Olivia se daba cuenta
de que todo el mundo parecía estar muy a gusto al lado de Gretta.
¿Qué tenía de especial esa chica?, ¿por qué caía tan bien?, se
preguntaba.
—Olivia, ¿te parece que nos vayamos ya? —le dijo Jolie, su
compañera, sacándola de sus pensamientos.
—Espera un momento, s’il vous plait. —Olivia trató de parecer
amable—. Me gustaría despedirme de mi amiga Gretta. ¿Puedo?
Solo será un momento.
Ante la punzada de envidia, Olivia tomó la decisión de que,
durante ese viaje, no perdería de vista a Gretta. Quería averiguar el
motivo por el que caía tan bien a todo el mundo. Estaba deseando
conocer el secreto de su éxito y, de esa manera, poder imitarla.

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—Vale, vayamos a ver a tu amiga —asintió Jolie, ajena a las
segundas intenciones de Olivia—. Así le digo adiós a Sophie. Es una
de mis mejores amigas y vive solo unas calles más allá de mi casa.
Somos casi vecinas.
Muy al contrario que antes, ahora a Olivia sí le gustó recordar
que iba a ser vecina de Gretta. La cabeza de Olivia bullía
maquinando un plan, y su esponjoso peinado parecía el humo de
tanta actividad mental.
—¿Ah, sí? ¿Seremos vecinas? —Olivia entrecerró los ojos.
La jefa de «las brujas» se atusó el pelo, como si así lograra
disimular el fuego de sus malas ideas, y caminó, muy decidida,
hacia Gretta.
En cuanto la tuvo delante, comenzó a hablar en voz muy alta y a
gesticular de manera exagerada, para que todo el mundo la mirara
a ella. Siempre le había gustado ser el centro de atención.
—Querida Gretta, ¡¡amiga!! Qué bien lo estáis pasando. —La
abrazaba mientras miraba de reojo a Sophie y a Alex—. No te
preocupes por mí. Enseguida pasaré a verte por tu casa… ¡tenemos
tanto de que hablar!
Luego le dio un par de besos y le dijo un «cuídate» tan sincero
que parecía como si fueran amigas de toda la vida. Gretta se quedó
un poco extrañada. No sabía a qué venían esas muestras de afecto:
¿tanto cariño le había cogido Olivia por haber viajado a su lado en
el tren?
Pero enseguida dejó de pensar en ella, ahora había que salir de
la estación y conocer, por fin, Rennes.
Cada una de las amigas de la casa del árbol puso rumbo a su
nueva casa. Aunque les resultaba muy raro estar lejos las unas de
las otras en una ciudad desconocida, sabían que al día siguiente se
verían en el colegio.
—¡Hasta mañana! —Gretta levantó la mano desde lejos para
despedirse de sus amigas.
—Au revoir! —Sin tener que consultar el listado, Celia habló en
francés emocionada y medio flotando de ilusión por la promesa del
viaje en globo.
—Adiós, chicas —dijo Blanca, ya recuperada de la vergüenza por
el disfraz de Giselle—. Y no lleguéis tarde mañana al colegio,

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¡seguro que yo seré la primera en llegar!
—Y recordad: si alguien se agobia o tenemos una noticia
importante, llevamos los móviles —les indicó Paula, que ya solo
quería llegar a la granja de Amelie.
—A falta de nuestros queridos gatos, los móviles no nos vendrán
nada mal —dijo María, que estaba junto a Geraldine, mientras
agitaba el teléfono en el aire.

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Capítulo 7
Planes del revés

E
ran las cinco de la tarde cuando alguien llamó al portero
automático con insistencia.
¡¡PÍÍÍ, PÍÍÍ, PÍÍÍ!! se oyó por toda la casa.
Pantoufle, asustado, ladró con todas sus fuerzas ¡¡¡GUAU,
GUAU!!! y corrió hasta la entrada.
En ese momento, Sophie y Gretta estaban en el salón,
tranquilamente, mirando un álbum de fotos de cuando la francesa
era pequeña. Ante semejante pitido, las dos chicas se
sobresaltaron, abandonaron el álbum en el sofá y corrieron hacia la
puerta dispuestas a abrir. Pero el hermano de Sophie se les
adelantó.
—¡Mamááá! —chilló Alex, después de responder al telefonillo—,
te vienen a buscar.
—Uy, es verdad, pero si ya es la hora. —La madre miró su reloj
y se dirigió a la puerta—. ¡Mi viaje!
Antes de bajar al portal, se colocó un fular alrededor del cuello,
revisó su maletín negro y cogió el equipaje. Luego, acarició un par
de veces al perro y se despidió de Gretta y de Sophie.
—Chicas, pasadlo muy bien. —Les revolvió el pelo en un gesto
cariñoso—. Y tened cuidado, ¿de acuerdo?
—Sí, no se preocupe. —Gretta movió la mano para despedirse—.
Adiós, que vaya muy bien el viaje y la investigación.
—¡Gracias! Vosotras portaos bien, ¿eh? —Se quedó mirando a
Sophie y se estiró del mechón de pelo rosa—. No hagas ninguna
trastada. —Soltó el tirabuzón, que subió y bajó como un muelle.
Sophie carraspeó y miró hacia otro lado.
—Ni tampoco ninguna travesura —añadió Jeanine, pronunciando
la palabra «travesura» como si madre e hija supieran exactamente

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a lo que se estaba refiriendo.
—Sí, mamá, no te preocupes. —Sophie asintió y, aunque intentó
sonreír, la tristeza asomó a sus ojos.
Al menos, eso le pareció a Gretta al ver que, en cuanto Jeanine
comenzó a bajar las escaleras, la mirada de su amiga se volvió de
un color entre gris y azul. Color que Gretta siempre había asociado
con las lágrimas.
—Te hubiera gustado ir con ella a Petra, ¿verdad? —Gretta pasó
la mano por el hombro de su amiga.
—La verdad es que sí… —reconoció Sophie—. Pero solo si nos
hubiera llevado a las dos. Aunque, bueno, sabía que no nos iba a
llevar. Mi madre cree que yo sería un estorbo en su investigación.
—Bueno, solo estará fuera unos pocos días. —Gretta quiso
reconfortarla—. Seguro que, cuando vuelva, tu madre nos cuenta
un montón de aventuras.
—No importa —sentenció Sophie y se ilusionó al decir—:
Nosotras haremos nuestra propia investigación. Y le demostraré a
mi madre que podemos ser de ayuda. De mucha ayuda.
Sophie quiso despedirse una vez más de su madre.
—Vamos a decirle adiós desde aquí arriba. —Sophie abrió el
balcón.
El perro las siguió y, después de meter el morro entre los
barrotes del mirador, ladró varias veces, uniéndose así a la
improvisada despedida.
Desde el balcón se veía perfectamente la calle, donde ya estaba
aparcado el coche que venía a buscar a Jeanine.
La mujer, antes de subir al vehículo y alertada por los ladridos,
miró hacia arriba.
—Au revoir! —Agitó su fular, enérgicamente, a modo de
despedida.
La tarde comenzaba a caer sobre Rennes, y el cielo se teñía,
poco a poco, de un bonito color naranja. En unas pocas horas, el sol
se ocultaría tras un horizonte de tejados, pero las chicas aún tenían
tiempo de dar una vuelta.
—Gretta, ¿te apetece dar un paseo? —propuso la francesa.

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Sophie estaba deseando contarle todo lo que sabía del misterio
del sol y la luna, el enigma que quería que resolvieran juntas.
—Sí, genial, salgamos un rato —dijo Gretta.
—¿Te apetece visitar algún sitio en concreto o prefieres que sea
sorpresa? —indagó Sophie.
—Vayamos donde quieras, me encantan las sorpresas —aseguró
Gretta.
Sophie la quería llevar hasta el lugar exacto donde había
comenzado el misterio del sol y la luna. Así, una vez puesta en
escena, le contaría todo.
—Entonces, iremos en autobús hacia el sur. —Sophie agarró su
pequeño bolso, dispuesta a marcharse.
—Espera, quiero llevar mi diario. Seguro que hay cosas
interesantes que apuntar. Y más si esto es una sorpresa. —Gretta
se fue a coger su mochila, donde estaba el diario, y se reunió con
Sophie.
Sin embargo, justo cuando ya estaban en la puerta, dispuestas a
comenzar su aventura, alguien quiso unirse a su expedición…
—¿Puedo ir con vosotras? —Sin esperar respuesta, Alex cogió la
correa del perro—. Y así paseamos un rato a Pantoufle todos
juntos. —Le quitó al perro una zapatilla de la boca.
—¿Los tres con el perro? —Sophie dudó, aunque acabó por decir
—: Vale, está bien. —Y sonrió pues, aunque sentía que sus planes
se habían torcido, no quería que su hermano se sintiera dado de
lado.
—¡Genial! —Alex le puso la correa al perro—. ¿Dónde ibais?
Gretta se encogió de hombros, ella solo sabía que iban a un
lugar al sur de la ciudad. Sophie, que no quería contar sus planes,
trató de disimular. No quería compartir el secreto del sol y la luna
con su hermano.
—Oh, bueno… —Sophie hizo un gesto indeterminado con la
mano—. Sin rumbo, un poco donde nos llevaran nuestros pasos.
Pero igual a ti se te ocurre algún sitio bonito para enseñarle a
Gretta. —Dejó que Alex tomara la iniciativa.
—¿Os parece si vamos al parque Thabor? —propuso entonces
Alex—. Está cerca de casa y es muy bonito. Gretta, creo que te
encantará.

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—Perfecto, ¡estoy deseando conocer todos los sitios de Rennes!
—exclamó la chica, ilusionada.
En ese momento sonó el móvil de Sophie.
—Anda, qué sorpresa, es mi amiga Jolie —dijo mirando la
pantalla del móvil, y se lo llevó a la oreja.
Después de un par de minutos hablando, Sophie colgó.
—He quedado con Jolie. Le he contado nuestro plan y dice que
se acercarán al parque —puso al corriente a Gretta—. Vendrá
también con su compañera de correspondencia. Esa que se despidió
de ti tan efusivamente en la estación.
—Ah sí, Olivia —comentó Gretta sin mucha ilusión.
Lo cierto era que a Gretta le apetecía más estar con Paula o con
María o con Blanca o Celia y, no solo eso, también temía que Olivia
empezara con sus desplantes, creando esas situaciones tan
incómodas que solían acabar en riñas y malos entendidos.
—¿No te parece bien que vengan? —le preguntó Sophie al ver
que no ponía buena cara.
—Oh, bueno, y ¿no conoces a Amelie, Geraldine, Anne Marie y
Giselle? —tanteó Gretta, pues pensó que podían quedar todas
juntas—. Ellas son las compañeras de correspondencia de mis
amigas.
—Sí, van a mi clase. Pero son de otro grupo. No tengo mucho
trato con ellas, ¿por? —quiso saber Sophie.
—Nada, déjalo —acabó por decir Gretta, que no quería poner en
un apuro a Sophie.
En el fondo, también tenía la esperanza de que Olivia estuviera
un poco maja, y quiso creer que una tarde con ella tampoco podía
ser tan terrible.
—¿Estamos ya? —Alex abrió la puerta de casa.
—Sí, sí —asintieron las dos a la vez.
De camino al parque, Gretta pudo ver con más detenimiento el
barrio donde vivía Sophie.
Era uno de los más antiguos de la ciudad y estaba lleno de
pequeñas tiendas y comercios muy curiosos. Algunos parecían de
otra época: una farmacia donde los medicamentos aún se

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guardaban en frascos de cristal y se dispensaban por peso, un
anticuario de relojes, un artesano de velas…
Y lo que más llamó la atención de Gretta: una imprenta llamada
«Magical Papyrus», donde hacían libros y se vendían tintas
artesanas y cera para sellar cartas.
—Mira, ¡aquí venden tinta de flor de ciruelo! —Gretta pegó la
nariz al escaparate mientras leía un cartel—. ¡Sería perfecta para
mis dibujos en tinta!
—¿Quieres que entremos? —propuso Sophie.
—Oh, no, no, mira el precio… —Gretta torció la boca—. No
podría permitirme un capricho así el primer día. No sé lo que voy a
necesitar más adelante —aseguró pensando que era mejor dosificar
los gastos.
Sophie pensó que, tal vez, podría comprarle a Gretta la tinta de
flor de ciruelo como regalo de despedida cuando se marchara de
Rennes.
En ese momento, Pantoufle se echó a ladrar, exigiendo que
continuaran su paseo. Las chicas abandonaron el escaparate, y
todos se encaminaron hacia el parque. Como los dos hermanos
conocían a todo el barrio, iban saludando a los tenderos y a los
vecinos mientras Sophie les contaba, muy contenta, que había
llegado su amiga de España.
Alex hizo de guía y explicó, con todo lujo de detalles, las
características de los monumentos y edificios que iban dejando
atrás: la Catedral de Saint-Pierre, el Parlamento, la Ópera…
—Paremos un segundo —les pidió Gretta mientras alcanzaba su
mochila para sacar el diario y un bolígrafo—. Apuntaré los nombres
de estos monumentos.
Mientras Gretta pasaba las hojas, volvió a encontrarse y a leer la
frase.

«Solo cuando sueltes tus miedos, podrás volar


alto».

Después de asentir mientras la leía, apuntó en una hoja nueva el


nombre de los edificios.
—Me encanta vuestra ciudad —suspiró contenta.

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Gretta pensaba que Rennes era una de las ciudades más alegres
y bonitas que jamás había visitado. Se sentía tan feliz que nada era
capaz de borrar su sonrisa… al menos, de momento.

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Capítulo 8
Papel y rosas

E
l olor a ciento de flores rociaba la entrada del parque. Gretta
aspiró el aire con fuerza mientras se deleitaba con el dulce
canto de los pájaros.
El agua de una fuente brotaba generosa, y daban ganas de
sentarse en su bordillo para dejarse salpicar por las refrescantes
gotas de agua.
Eso mismo era lo que debía de estar pensando Pantoufle que, en
cuanto oyó el murmullo del agua, corrió hasta la fuente y metió el
hocico, dispuesto a no dejar ni una gota. Alex fue detrás del perro.
—¡Eh, Pantoufle, no te la bebas toda! —bromeó el chico
mientras cogía un poco de agua entre sus manos y salpicaba al
perro.
Mientras tanto, Sophie y Gretta se dirigieron a un cartel
informativo.
—¡Este parque tiene diez hectáreas! —leyó Gretta en el cartel—.
Eso es tanto que no puedo ni imaginarlo.
—Sí, es muy grande —asintió Sophie—. Y mira todo lo que tiene.
—Paseó su dedo por el cartel y señaló los lugares mientras leía—:
El jardín francés, el parque inglés, la pajarera…
—¡Y también hay una cueva! —se entusiasmó Gretta, pues las
cuevas le resultaban misteriosas.
—Si quieres, podemos visitarla otro día. Hoy hemos quedado
aquí —dio dos golpes con el dedo en un punto del cartel antes de
decir—: En el jardín botánico. Ya verás, te va a encantar. Tiene una
rosaleda con más de dos mil tipos distintos de rosas.
—Me encantan las rosas —comentó Gretta—. ¡Vayamos ya hacia
allí! —exclamó feliz, sin acordarse de que, en un rato, compartiría
ese paseo tan especial con Olivia.

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—Vamos, Alex —Sophie se giró para llamar a su hermano—, he
quedado en la rosaleda.
La rosaleda era un laberinto hecho de flores. Tenía forma circular
y, dentro del círculo, había muchos caminos que se cruzaban entre
sí. Era un sitio muy agradable; parecía un oasis, donde miles de
rosas regalaban sus aromas y llenaban el paisaje de bonitos
colores.
Al pie de cada rosal, había un cartel con el nombre de cada
especie de rosa. Gretta se paró para leerlos.
—Rosa «P. Noiret» y rosa «D. Savoie». —Se agachó a olerlas—.
¡Qué bien huelen!
La chica dio unos cuantos pasos más.
—Esta se llama «Chacok» y esta otra, «Chateau Amboise» —
leyó fascinada al comprobar los diferentes tonos de rojo—. ¡Nunca
me imaginé que había tantos nombres diferentes para una misma
flor! ¡¡Quiero verlas todas!! ¿Podemos ir hasta el centro?
—Mejor ve tú, yo esperaré aquí —contestó Sophie mirando su
reloj—. He quedado justo en este banco con Jolie. —Se sentó en un
banco de madera azul.
—Pues entonces te espero allí, en el laberinto de la rosaleda —
avisó Gretta—, ¡a ver si se dan prisa y puedes venir conmigo!
—Es extraño, Jolie es muy puntual. Se me hace raro que ya sea
la hora y que todavía no hayan llegado. —Sophie estiró el cuello y
miró hacia el horizonte.
Gretta no dijo nada, pero pensó que la tardanza se debía a
Olivia. Tal vez, la jefa de «las brujas» se estaría peinando o
probando sus modelitos… Lo que sí estaba claro era que Olivia no
solía ponerse en el lugar de los demás, le daba igual que la tuvieran
que esperar durante horas. Ya lo había demostrado en la estación
cuando casi les hace perder el tren a Rennes.
—Bueno, pues iré yo a mirar un poco. —Gretta se adelantó y
llegó hasta el centro de la rosaleda.
—Te acompaño. —Alex la siguió con el perro unos cuantos
metros.
—Este sitio es precioso. —Gretta se paró a acariciar los pétalos
de una enorme rosa roja aterciopelada.

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La flor era tan suave que deseó tener una de esas rosas y
guardar sus pétalos. Los secaría dentro de su diario. Luego los
pegaría y escribiría la fecha y el lugar donde los había recolectado:
el jardín más bonito del mundo, el de Rennes, un miércoles, 15 de
agosto.
La chica alargó la mano, tentada de arrancar la flor, pero luego
desistió: no estaba bien cortarlas. Por suerte, unos metros más
allá, había un seto con tantas flores que algunas se habían caído al
suelo.
—Mira, Alex, esas rosas se han caído. —Gretta se acercó.
—Da pena que se queden tiradas. —Alex se agachó para coger
una—. ¿La quieres?
—Oh, muchas gracias, me has leído el pensamiento. —Gretta la
cogió y aspiró su aroma—. Justo estaba pensando que quería una.
Solo unos minutos antes, Jolie y Olivia habían llegado al parque.
Olivia enseguida preguntó por Gretta y, al saber que estaba en el
laberinto, fue rápida a buscarla: su objetivo era no perderla de
vista.
Sin embargo, cuando llegó al centro del laberinto, lo que vio la
hizo ponerse tan roja de envidia como la flor que Alex le estaba
dando a Gretta…
La jefa de «las brujas» volvió a sentir esa incómoda punzada en
el estómago y esa presión en su cabeza al preguntarse: ¿por qué
Alex estaba siendo tan amable con Gretta? Se preguntaba,
enfadada, al comprobar que no era ella el centro de atención.
Decidida a averiguarlo, Olivia se acercó hasta ellos, tratando de
poner la mejor de sus sonrisas.
—¿Os apetece que tomemos un refresco? —propuso nada más
verlos—. ¿No creéis que hace mucho calor?
—Estupendo, sí, un refresco. —Gretta se quedó sorprendida por
la amabilidad de Olivia.
—Vayamos a la terraza de la pérgola. —Alex estiró de la correa
del perro—. Sirven unos granizados riquísimos y de todos los
sabores.
—Sí, vayamos. —Olivia sonrió satisfecha. Su propuesta no solo
había tenido aceptación, sino que también les había interrumpido.
En poco tiempo, todo el grupo se dirigía a la cafetería.

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—Yo tomaré un refresco de naranja —pidió Olivia al camarero—.
Pero con mucho mucho hielo, por favor.
—Para mí un granizado de menta —dijo Alex mientras ataba la
correa del perro alrededor de la pata de su silla.
—Nosotras tomaremos unos granizados de fresa —habló Sophie
en nombre de Jolie y Gretta.
Mientras el camarero regresaba con los refrescos, Gretta se
quedó pensando que la compañía de Olivia no estaba siendo algo
tan grave. Solo había que verla ahí sentada, a su lado, como una
más. Tal vez la había juzgado mal, se decía para sus adentros,
quizá Olivia se estaba volviendo maja.
Gretta sonrió, se alegraba de haberle dado esa oportunidad.
Luego suspiró al pensar en sus amigas. La tarde hubiera sido
perfecta con ellas.
Aun así, le pareció uno de esos momentos que merece la pena
recordar: el aire dándole en la cara, el canto de los pájaros, el
aroma de la flor que aún guardaba entre sus manos.
Entonces se acordó. Gretta sacó el diario de su mochila. Tenía
que colocar pronto los pétalos entre sus páginas para que no se
arrugaran en exceso. Con mucho cuidado, separó unos cuantos.
Eran de un rojo tan intenso que contrastaban con el blanco del
papel de su libreta. Ahora todos los recuerdos de ese viaje
quedarían impresos por el aroma de esa rosa.
Mientras tanto, Olivia, que no le quitaba ojo de encima, se fijó
en el diario. Y fue entonces cuando una idea cruzó su mente. La
mano le tembló y los hielos temblaron dentro de su vaso, mientras
tramaba uno de sus planes…
Disimuladamente, se acercó más a Gretta y miró por encima de
la página abierta del diario, pero no logró leer nada de nada… Olivia
apretó los labios con rabia: seguro que ese diario contaba un
montón de cosas.
—Creo que es hora de irnos a casa —propuso Sophie en cuanto
terminaron sus refrescos—. Será mejor que no se nos haga tarde.
—Es verdad —asintió Jolie—. Mañana, en nuestro colegio,
tenemos que asistir a la presentación del curso de verano, donde
nos explicarán las actividades.

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—¡Qué bien! ¿Y qué nos han preparado? —preguntó Olivia
fingiendo interés.
—No lo sé —confesó Sophie—, pero tenemos que estar a las
nueve porque se celebra un acto de bienvenida y no es cuestión de
ir medio dormidas.
Sophie se levantó rápidamente de la silla. Estaba deseando
llegar a su habitación para contarle a Gretta todo lo del misterio.
—¿No vienes, Alex? —Gretta se extrañó al ver que el chico se
quedaba rezagado.
—No, me acercaré a casa de un amigo. —Alex desenroscó la
correa atada a la pata de su silla y le entregó al perro—. Llevaos a
Pantoufle vosotras. ¡Luego iré a casa!
—De acuerdo —dijo Sophie—. Te guardaremos cena. Seguro que
papá ha preparado algo delicioso.
—No os preocupéis. —Alex negó con la cabeza—. Cenaré fuera.
—¡Como quieras, tú te lo pierdes! —bromeó Sophie.
Gretta, Sophie, Jolie y Olivia pusieron rumbo al casco antiguo, el
barrio donde vivían las cuatro.

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Capítulo 9
Cena para tres

F
ue en una de las esquinas de la catedral, donde Jolie y Olivia
se despidieron de Gretta y Sophie. Eran las nueve en punto, y
las campanas tocaron desde lo alto.
—Au revoir! —La voz de Jolie se confundió con el repiqueteo de
las campanas—. Nosotras nos vamos por aquí. —Señaló una calle a
la izquierda.
—¡Nos vemos mañana en el colegio! —Sophie se despidió.
Sophie y Gretta siguieron por la calle de la derecha y, en menos
de tres minutos, llegaron al portal del número 7 de Rue des Loges,
donde vivía la francesa. Allí, en la portería, estaba Belmont, el
conserje, un hombre serio y aficionado a los pasatiempos que tenía
por costumbre enrollarse el bigote, en forma de caracola, una y
otra vez.
El portero, al verlas, dejó de retorcerse el mostacho y levantó la
mano, a modo de saludo.
—Espero que el perro lleve las patas limpias, acabo de fregar las
escaleras —les advirtió y siguió haciendo una sopa de letras.
Por si acaso, y para no enfadar a Belmont, Sophie sacó un
pañuelo y lo pasó por las patas Pantoufle. Luego se dirigieron a la
escalera. Como el edificio no tenía ascensor, tendrían que subir los
cinco pisos a pie.
—Ahora que nos hemos quedado solas, por fin voy a poder
hablarte del misterio. —Sophie se paró en el rellano del segundo y,
muy misteriosa, aseguró—: Esa será nuestra aventura.
Gretta se quedó callada, esperando que su amiga le diera alguna
pista más. Pantoufle protestó con un gruñido y las miró sin
entender por qué se paraban.

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—Me ayudarás, ¿verdad? —Sophie se asomó al hueco de la
escalera para comprobar que nadie subía ni bajaba y que, por lo
tanto, nadie la había escuchado.
Esperando una respuesta, la francesa se apoyó en el pasamanos
de madera. El barniz reflejaba la luz de la bombilla que, colgada del
techo, iluminaba el rellano del segundo, con sus dos puertas a
derecha e izquierda.
Gretta sintió un escalofrío. Sophie hablaba de ese misterio de
una manera muy enigmática y, además, ahora que comenzaba a
hacerse de noche, todo adquiría un aspecto un poco siniestro.
—Sí, bueno, puedes contar conmigo, claro. Pero me tendrás que
contar de qué se trata —pidió Gretta—. No es un juego ni nada así,
¿verdad?
—¿Un juego? No, no. —Sophie frunció el ceño y movió la cabeza
a los lados.
—He llegado a pensar que se trataba de un Escape Room… —
Gretta se quedó pensativa mirando el techo—. Aunque siempre
tuve la corazonada de que no era un juego.
La bombilla se encendió y apagó un par de veces, y se oyó un
chisporroteo. Gretta se llevó la mano al corazón. Todo comenzaba a
adquirir un halo de intriga que no le gustaba nada. No pudo evitar
sobresaltarse cuando, al otro lado de una de las puertas, se oyó el
ladrido de un perro.
—Tranquila, es Tofú, el caniche de la vecina —comentó Sophie y
cambió de tema—. Venga, en casa te lo contaré todo. Aquí las
paredes oyen y los vecinos espían. —Señaló con la barbilla una de
las puertas.
Las chicas continuaron subiendo las escaleras. En el rellano del
cuarto, varias baldosas estaban sueltas y, en más de una ocasión,
Gretta sintió como si el suelo se moviera bajo sus pies.
La chica llegó al quinto con la lengua fuera, y tuvo que apoyarse
en la pared para recobrar el aliento. Los peldaños eran tan
empinados que parecía que, en vez de subir hasta un quinto,
habían escalado hasta un noveno.
Sophie sacó la llave y la metió en la cerradura.
—Haremos una cosa. —La francesa bajó la voz—. Cenaremos
rápido y diremos que estamos muy cansadas y que nos vamos a

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dormir. Así tendremos tiempo de hablar tranquilamente. —Giró la
llave, y la enorme puerta se abrió emitiendo un crujido.
Sophie la invitó a pasar mientras liberaba al perro de la correa.
Una vez dentro de la casa, Gretta comenzó a reponerse. Aunque
las escaleras hasta el quinto estaban muy destartaladas, la casa de
Sophie era muy bonita y acogedora por dentro. Además era muy
grande. Y lo que más le gustaba a Gretta era que tenía dos plantas
conectadas por una escalera de caracol y, en la parte de arriba,
estaba la habitación de Sophie: una preciosa buhardilla con el techo
inclinado. Era allí donde dormirían las dos chicas.
Al pasar junto a la cocina, saludaron al padre.
—Buenas tardes, Phillipe. —Gretta se asomó por la puerta y
aspiró el aroma del guiso—. ¡Qué bien huele!
—¡Hola, papá! —dijo Sophie—. Nosotras cenaremos pronto y nos
iremos a dormir.
—¿Ya os vais a dormir? —Phillipe se volvió para mirar el reloj de
la cocina—. Bueno, pero probaréis mi Ratatouille, ¿verdad? —dijo
sin dejar de dar vueltas a unas verduras que olían de maravilla—.
Venga, llama a tu hermano y poned la mesa, que esto ya casi está.
—No, Alex nos dijo que se iba a casa de un amigo —aclaró
Sophie—. Y que no le esperásemos para cenar.
—Este chico, siempre igual. No hay manera de que cene con
nosotros ni un solo día… —refunfuñó el padre mientras empujaba
con una espátula la Ratatouille y la servía en tres platos.
—Siempre lo mismo. —Asintió Sophie mirando a Gretta—. Ya
hasta las tantas no aparecerá por casa.
Después de cenar y recoger la mesa, las dos chicas subieron a la
buhardilla.
El día había sido muy intenso, y Gretta comenzaba a sentirse
muy cansada. Sin embargo, todavía tenía la maleta en medio de la
habitación, a la espera de ser vaciada.
Mientras Gretta deshacía su equipaje, a Sophie se la veía muy
inquieta. Iba y venía por la habitación, colocaba cosas sobre la
cómoda, abría y cerraba la puerta… ¡Estaba deseando que Gretta
terminara de colocar sus cosas y le prestara atención total para
poder hablarle del misterio!

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—Puedes usar esta parte del armario. —Sophie abrió una de las
puertas del ropero y le mostró el interior. Era un armario enorme
que llegaba hasta el techo.
—Con el sueño que tengo, me da mucha pereza tener que
colocar toda mi ropa. —Gretta se tapó la boca al bostezar—. Llevo
un día entero sin dormir…
—Venga, entre las dos no nos costará nada. —Sophie la ayudó a
colocar las camisetas en una de las baldas y los pantalones
colgados en perchas.
En menos de lo que habían imaginado, la ropa de Gretta estaba
colocada junto a la de su amiga.
—La mochila también la puedes guardar en el armario —le
ofreció Sophie.
—Vale, sí. —Gretta cerró bien la cremallera y la dejó en una
balda—. Por cierto, ¿dónde puedo guardar mi diario? —Dio un salto
para mirar los estantes más altos del armario—. Me gustaría
guardarlo en un lugar escondido, donde nadie lo pueda ver.
—No te preocupes, en cualquier sitio de esta habitación estará
seguro. No suele entrar nadie. Solo a veces entra mi madre, pero
ella ahora no está —comentó Sophie—. Si quieres, puedes guardar
el diario en el cajón de la mesilla. Así lo tendrás cerca y podrás
escribir cada noche antes de dormir.
—Buena idea. —Gretta abrió el cajón para comprobar que estaba
vacío.
—Pondré la alarma a las ocho. —Sophie encendió la luz de la
lamparita de noche y cogió el despertador—. El colegio empieza a
las nueve, nos da tiempo.
Gretta miró las manecillas del despertador y escuchó un
monótono tic, tac. Hacía unas veinticuatro horas que había salido
de su casa y comenzado el viaje, junto a sus amigas.
La chica se quedó pensativa, ¿qué estarían haciendo en ese
momento? Como se caía de sueño, no le quiso dar muchas vueltas.
Mañana las vería, pensó.
—Eh, Gretta, ¿me estás escuchando? —Sophie le zarandeó
ligeramente—. ¡Despierta!
—Perdona, creo que me estaba quedando frita… —Gretta salió
de sus pensamientos—. ¿Me decías algo?

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—Sí, te decía que tu cama es esa, ¿vale? —Sophie señaló la
cama que estaba junto a la ventana.
—Vale, genial —dijo Gretta, que ya solo pensaba en dejarse caer
sobre esa cama que parecía tan mullida y dormir hasta que sonara
el despertador.
—Además, desde tu cama podrás contemplar las estrellas. —
Sophie apartó la cortina y vio que el cielo estaba despejado—. Y
esta noche, además, podrás ver la luna llena. —De un salto, Sophie
regresó a su cama.
—Eso si no me duermo antes. —Bostezó Gretta, que ya había
terminado de ponerse el pijama—. Iré a lavarme los dientes.
—Puedes ir al aseo que hay en el pasillo, justo enfrente de la
habitación —le indicó Sophie.
—Vale, enseguida vuelvo. —Gretta cogió su neceser y se dirigió
al baño—. ¡Uahhh! —Bostezó de manera exagerada.
—Date… pri… —Sophie abrió la boca, pero enseguida la cerró,
dejando la frase a medias.
Le iba a decir que se diera prisa, que tenía algo muy importante
que contarle. Pero se dio cuenta de lo cansada que estaba Gretta,
así que, aunque tenía muchas ganas de contarle lo del misterio del
sol y la luna, decidió que sería mejor dejar esa conversación para el
día siguiente.
Sin embargo, al regresar del aseo, Gretta se fijó en el enorme
corcho sobre la mesa de estudio de Sophie y descubrió algo que lo
cambió todo.

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Capítulo 10
Chinchetas de colores

A
Gretta le gustó mucho ver el nombre de su amiga brillando
con letras luminosas encima del enorme corcho. También la
cuerda que iba de lado a lado y de la que colgaban
fotografías sujetas por unas pequeñas pinzas. Sin embargo, lo que
verdaderamente llamó su atención fue un mapa del mundo repleto
de chinchetas de colores.
—Anda, no me había fijado, ¡qué chulo! —Gretta señaló el mapa
—. Pero ¿qué son todas esas chinchetas? —Se frotó los ojos y se
acercó para verlo mejor.
—Las chinchetas señalan todos los lugares a los que quiero
viajar —confesó Sophie, muy orgullosa—. Y, ¿sabes por qué? —
Nuevamente, su voz sonó misteriosa.
—¿Por qué? —preguntó Gretta, y volvió a taparse la boca para
bostezar.
Sophie se la quedó mirando, su amiga parecía muy cansada.
—Bueno, mañana te cuento eso y otras cosas —acabó por decir
la francesa—. Ahora será mejor que descanses.
—Ah, no, no, ¡ahora quiero saberlo! —exigió Gretta mientras se
sujetaba los párpados con las manos, en un intento de demostrar
que era capaz de vencer el sueño.
—Ja, ja, ja, de acuerdo —rio Sophie—, pero deja de abrir así los
ojos, que pareces una lechuza.
—Ja, ja, ja —rio también Gretta.
—Verás, quiero viajar a esos sitios porque en cada uno de ellos
hay un misterio por investigar. —Sophie cogió del brazo a Gretta y
la condujo hasta el mapa—. Solo quitaré las chinchetas cuando el
misterio se haya resuelto.

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—¿Cómo sabes que hay tantos misterios? —Gretta contó
rápidamente unas veinte chinchetas.
—Me los ha ido contando mi madre —aseguró Sophie.
La francesa señaló una chincheta en el Atlántico.
—Por ejemplo, en este punto, hace doscientos años, se vio por
primera vez un barco fantasma —explicó Sophie—. Y todavía hoy
ese barco aparece y desaparece de los radares marinos.
—¡Qué miedo! —Gretta sintió un escalofrío—. ¿En serio quieres
viajar ahí?
—Y también a esta isla —Sophie señaló otra chincheta—, que es
donde se encuentra la Piedra del Destino.
—Ahí sí te acompañaría —pensó Gretta en voz alta.
—La leyenda cuenta que esa piedra se usaba en la coronación de
reyes y otorga poderes mágicos a quien la posea —comentó Sophie
—. Podríamos averiguar si es verdad viajando a las coordenadas:
N 53°34' O 6° 37'.
—¿Sabes las coordenadas de memoria? —dijo Gretta.
—No, no. —Sophie movió la cabeza a los lados—. Si te acercas a
las chinchetas, verás que llevan escritas las coordenadas con
rotulador.
Gretta pegó la frente al corcho y las miró de cerca hasta que vio
unas letras y unos números diminutos.
—¡Te ha tenido que costar mucho trabajo ponerlas! —reconoció
Gretta el esfuerzo de su amiga—. Si yo tuviera algo así en mi
habitación, me daría miedo que alguien me las descolocara.
—No tengo de qué preocuparme —aseguró Sophie mientras
miraba los países—. Aquí no entra nadie y menos sin mi permiso.
Las dos chicas se quedaron en silencio mirando el mapa, hasta
que Gretta reparó en una de las chinchetas. Su posición no le
cuadraba nada con lo que Sophie le había contado: que las
chinchetas marcaban lugares a los que quería viajar.
—¿Por qué hay una chincheta justo en Rennes? —preguntó
Gretta—. No lo entiendo, ¿cómo es que quieres viajar aquí mismo?
¡Si ya estás!
—En este caso —Sophie guiñó un ojo—, la chincheta indica que
en Rennes hay un caso sin resolver.

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—¡Ahora lo entiendo! —Gretta se llevó la mano a la barbilla y
dijo—: Y ese misterio tiene algo que ver con lo que me pones en tu
última carta, ¿verdad?
—¡Eso es! El misterio de Rennes es el del sol y la luna. —Sophie
juntó las manos en actitud de súplica—. Y juntas lo resolveremos,
¡quitaremos esa chincheta!
—Pero ¿cuál es ese misterio? Me tienes muy intrigada —
reconoció Gretta.
—Pensaba contártelo mañana —le confesó Sophie—. Hace un
momento te caías de sueño.
—Oh, no, no. —Gretta se frotó los ojos, la curiosidad era más
fuerte que el cansancio—. Ahora ya estoy totalmente despejada.
—Está bien. Espera aquí. Será mejor que vaya sola para no
levantar sospechas. Tal vez mi padre aún esté despierto —susurró
Sophie, y salió de la habitación.
Gretta asintió con la cabeza, aunque la verdad era que no le
hacía ninguna gracia quedarse sola en la habitación. Después de
haber estado hablando de tantos misterios, todo la inquietaba y la
ponía alerta.

Página 55
Capítulo 11
Sol y luna

G
retta pegó la oreja a la puerta y pudo oír los pasos de
Sophie que se alejaban en dirección a la escalera.
Seguramente, pensó, se dirigía al piso de abajo.
Pero ¿qué había ido a buscar allí? En el piso de abajo estaba la
cocina, el salón, el despacho de su madre, un trastero… ¿Qué
relación tenían esas habitaciones con el misterio del sol y la luna?
Gretta estaba tan intrigada que todo el sueño y el cansancio
acumulado por el viaje se le había esfumado de golpe. Regresó
hasta su cama y, al mirar la hora en el despertador, resopló: ¡solo
habían pasado tres minutos desde que Sophie había salido por la
puerta! La espera se le estaba haciendo eterna, así que decidió
hacer algo con lo que el tiempo se le pasaba volando: escribir en su
diario.
Al abrir el cajón de la mesilla, la luz de la lamparita de noche
parpadeó varias veces, creando extrañas sombras en las paredes.
Gretta sacó la libreta entusiasmada, pero apenas logró escribir
las palabras mapamundi, misterio, sol, luna. Lo cierto era que no
lograba concentrarse; ¡estaba muy impaciente por ver lo que su
amiga había ido a buscar!
Al cabo de un rato, desde la penumbra, Gretta sintió que la
puerta se abría y entraba Sophie. Se le hizo raro ver que su amiga
arrastraba… ¿qué era aquello? Aguzó la vista. ¿Una escalera
plegable? ¿Era eso lo que le quería enseñar? ¡Qué misterio más
raro!
—Perdona la tardanza —susurró la francesa—. Me he cruzado
con mi hermano, que justo llegaba a casa, y he tenido que
disimular…
Sin decir nada más, Sophie fue hasta el armario, abrió una de
las puertas y forzó la escalera para desplegarla.

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—Coge lo que te voy a dar, ¿de acuerdo? —indicó Sophie desde
lo alto de la escalera.
La francesa se puso de puntillas sobre el último peldaño y,
haciendo un último esfuerzo, estiró el brazo todo lo que pudo.
Paseó la mano por el estante más alto del armario hasta que, por
fin, sus dedos dieron con lo que andaba buscado.
—¡Lo tengo! —aseguró y enseguida le dijo a Gretta—: Esto lleva
meses aquí guardado. Se puede decir que te ha estado esperando.
En cuanto Gretta lo tuvo en sus manos, lo reconoció al instante:
¡un maletín!, ¡un maletín idéntico al que llevaba la madre de
Sophie!
—Pero ¿dices que esto lleva meses aquí? —Gretta frunció el ceño
—. No entiendo… ¿este no es el maletín que se ha llevado tu madre
al viaje? ¿Cómo es posible que esté en tu armario?
—No, no, ¡este es mi maletín! —Sophie movió la cabeza hacia
los lados rápidamente y todo el pelo se le puso por los ojos—. Me lo
he comprado con mis ahorros. Quería uno igual que el que usa mi
madre para sus investigaciones, pero este es para las mías.
—¡Ah, vale! Es muy bonito también. —Gretta lo tocó.
—Y mira —Sophie le señaló unas letras grabadas—, lleva mis
iniciales.
—¡Anda, es verdad! El maletín de tu madre llevaba las iniciales
«J. M.». —Recordó Gretta—. Y el tuyo lleva las iniciales «S. P.».
—Sophie Pumois —dijo muy orgullosa y guiñó un ojo antes de
añadir—: Investigadora privada. Y nuestro primer caso será el
misterio del sol y la luna.
—Pero si tu madre es investigadora, ¿por qué no está resuelto
ya el caso del sol y la luna? —dudó Gretta.
—Porque nunca se ha interesado por este caso. —Sophie fue
hasta su mesa de estudio y sacó una linterna de un cajón—. Pero
nosotras, sí.
—¡Qué emocionante parece! —reconoció Gretta.
—Venga, será mejor que apaguemos la luz y que no hagamos
ruido. —Se oyó el clic del interruptor—. Que parezca que estamos
dormidas.
—Vale. —Gretta se sentó en la cama, junto a Sophie.

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—¿Estás preparada para conocer la historia? —Sophie apoyó la
linterna sobre la cama y un haz de luz recorrió la colcha.
—¡¡Claro, estoy deseando conocer el misterio!! —exclamó
Gretta, ya sin pizca de sueño.
Con prisa, Sophie abrió el maletín y vació su contenido encima
de la cama. Sobre la colcha, se desparramaron fotocopias de
periódicos, papeles con notas y algún mapa.
De pronto, unos golpes en la ventana hicieron que Gretta se
sobresaltara. Era como si una mano llamara desde el otro lado.
Pero era imposible que hubiera alguien allí, ¡estaban en un quinto!
Sophie fue hasta la ventana. Al otro lado, un pájaro amarillo,
con alas negras, gorjeaba y picoteaba el cristal, como pidiendo que
le dejaran entrar.
—No te preocupes, es mi pajarito —le contó Sophie—. Viene
todos los días a por unas migas de pan.
—¡Qué susto me ha dado! —reconoció Gretta.
—Pero hoy se me ha olvidado coger algo en la cena. Lo siento.
—Sophie miró con pena al animal antes de cerrar la cortina.
—Mañana le traeremos ración doble. —Sonrió Gretta, pues le
pareció muy bonito tener un pájaro sin jaula.
—Buena idea, sí. Ahora, sigamos. —Sophie volvió a sentarse
encima de la cama—. Como has visto por la chincheta, este
misterio está en Rennes.
—Sí, eso lo sabemos. —Gretta movió la mano en un gesto que
daba a entender que fuera al grano.
—Verás, hace décadas, hubo un incendio a las afueras de la
ciudad —continuó Sophie—. Y es con ese fuego con el que se inicia
el misterio del sol y la luna.
—¿Qué tiene que ver el incendio con el sol y la luna? —preguntó
Gretta, queriendo saber más—. ¿Dónde ocurrió exactamente?
—En este mapa está marcado el lugar donde se inició. —Sophie
alumbró uno de los papeles con la linterna.
—En el sur de la ciudad, ¿no era ahí donde querías llevarme? —
Gretta miró la zona afectada y pudo comprobar que era bastante—.
Oh, vaya, el fuego se extendió mucho…

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—Sí, fue devastador —asintió Sophie y le mostró otros datos—.
Aquí lo puedes ver mejor.
—Pero ¿de dónde has sacado toda esta información? —Gretta
miraba todos los documentos, asombrada.
Sophie había pasado los últimos seis meses recabando datos y,
con esfuerzo, había logrado clasificar toda la información del
suceso. Aquello no fue una tarea fácil, pero el empeño por querer
encontrar la verdad había sido su gran motivación.
Pasó tardes organizándose y preparando un plan. Primero le
preguntó a su madre, pero no sirvió de mucho. Entonces fue a la
hemeroteca de la biblioteca de Rennes y allí encontró mucha
información.
—En la biblioteca tuve que inventarme que estaba haciendo un
trabajo para el colegio —le contó Sophie—. Por suerte, la
bibliotecaria se lo creyó y me dejó hacer fotocopias.
—¡Menuda detective estás hecha! —dijo Gretta.
—Y en internet encontré una web con planos de ciudades, por
décadas, y pude bajar un plano de Rennes de antes del incendio —
añadió Sophie.
—¡¡Tienes un montón de datos!! —exclamó Gretta.
—Sí, pero necesitamos más pistas porque todavía no sé qué
pasó exactamente. —Sophie chasqueó la lengua.
—¿Me dejas la linterna? —pidió Gretta, y enseguida comenzó a
pasar papeles. En algunos se detenía y otros los apartaba, hasta
que leyó en voz alta:
—«El descuido de un carpintero pone en peligro a la ciudad de
Rennes». —Levantó la vista del papel y miró a Sophie—. Aquí dice
que el incendio fue un descuido.
—Eso pone, sí —corroboró Sophie, que se sabía la noticia de
memoria—. Que el fuego se originó en el taller de un carpintero
muy pobre, por un despiste.
—¡Terrible! Pero no veo el misterio. Según parece, fue un
descuido —dijo Gretta al terminar de leer toda la noticia.
—No me cuadra. —Sophie la miró fijamente—. Yo creo que
alguien provocó el incendio. Pero necesitaríamos pruebas para
demostrarlo.

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Gretta paseó la linterna por la noticia hasta que dio con la fecha:
diciembre de 1936. Por aquel entonces, ni ella ni Sophie habían
nacido. La chica dudó: después de tanto tiempo, ¿habría todavía
pruebas o se habrían borrado por el paso de los años?
—¿Por qué no te cuadra? —Gretta frunció el ceño.
—Por un objeto que se encontró en ese mismo lugar, tiempo
después —aseguró la francesa.
—¿No habían revisado antes el lugar? —dudó Gretta.
—Sí, quitaron los escombros, pero esto estaba debajo del suelo.
—Sophie encogió los ojos al decirlo.
—¡Qué intriga! —exclamó Gretta—. Cuéntamelo todo.
—Hace dos años, comenzaron unas obras en el lugar donde el
humilde carpintero tenía su taller —se lanzó a explicar Sophie—. Y
fue durante esas excavaciones cuando encontraron, enterrada, una
pieza de oro que valía una fortuna.
—Pero ¿no has dicho que el carpintero era pobre? —le increpó
Gretta—. ¿Cómo puede ser que tuviera tanto oro? ¿A nadie le llamó
la atención este hecho?
—Ahí está la clave. Con ese oro el carpintero podría haber vivido
como un rey. Por eso se llegó a la conclusión de que el pobre
hombre vivía ajeno al tesoro que había en su taller… —le explicó
Sophie.
—Tal vez tuvieran razón. Al fin y al cabo, tener un tesoro y no
saberlo es como no tenerlo —dijo Gretta.
—Mi teoría es que ese hombre sí lo sabía. —Sophie apretó los
labios mientras asentía.
—Pero si el pobre carpintero hubiera sabido que tenía ese
tesoro, ¿no crees que habría vendido el oro para poder vivir mejor?
—planteó Gretta.
—No. —Sophie fue tajante—. Fue él quien lo ocultó en ese
escondite para que nadie lo encontrara.
—Entonces, ¿crees que alguien provocó el incendio para llevarse
el oro? —Gretta siguió sus deducciones.
—Desde luego, solo tenía que esperar a que las llamas dejaran
al descubierto la pieza —sopesó Sophie.

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—Pero parece absurdo que el pobre carpintero la escondiera,
¿qué tiene esa pieza de oro que la hace tan especial? —planteó
Gretta.
—Solo sabemos que tenía grabado un sol y una luna, pero no
contenía ninguna inscripción más. —Sophie la miró muy seria.
—¿Tienes alguna fotografía? —Gretta empezó a buscar entre los
papeles, quería ver el hallazgo con sus propios ojos.
—No, no tengo fotos —reconoció Sophie—. Pero podríamos ir a
verla.
—¿Sabes dónde está? —Gretta se puso de pie y comenzó a
caminar por la habitación.
—A la gente que la encontró le pareció un objeto artístico y la
llevaron al Museo de Arte —dijo Sophie.
—Vayamos al museo mañana mismo, ¿te parece? —opinó
Gretta.
—Sí, pero por la mañana tenemos que ir al colegio. —Sophie
comenzó a guardar todos los papeles en el maletín—. Tal vez por la
tarde tengamos tiempo.
—Claro, primero tenemos que saber el horario del colegio —
afirmó Gretta—, para poder organizarnos.
—Y para poder trazar un buen plan —sentenció Sophie—. Pero
eso será mañana, ahora será mejor que nos vayamos a dormir.
Sophie le cogió la linterna y enfocó hacia el despertador para
mirar la hora. Eran las dos de la mañana.
—Buenas noches, Gretta —dijo la francesa al tiempo que se
metía dentro de la cama.
—Hasta mañana, Sophie —contestó Gretta.
Antes de quedarse dormida, Gretta apartó la cortina y miró la
noche sobre Rennes. La luna llena alumbraba el horizonte y su luz
caía sobre los tejados. La chica pensó cuántas cosas pasadas
habían sucedido en aquellas calles.
Al poco rato, la fuerte respiración de Sophie se oyó por toda la
habitación. Se había quedado dormida como un tronco. Gretta, sin
embargo, estaba totalmente despejada. No paraba de pensar en el
misterio…

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La chica extendió la mano, sacó su diario del cajón y, bajo la luz
de la luna llena, comenzó a escribir.
Al otro lado del cristal, el pequeño pajarillo de Sophie dormía en
libertad, ajeno a todo.

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Capítulo 12
Una cálida bienvenida

O
h, no! —Sophie miró la hora—. ¡Gretta, despierta!
—¡ —¿¡Qué pasa!? —Gretta se sobresaltó—. ¿Dónde
estoy?
Había dormido tan profundamente que le costó un rato darse
cuenta de que estaba en Rennes, en la casa de Sophie.
—Mira, ¡el despertador está parado! —Sophie lo sacudió hacia
los lados y se lo acercó a la oreja—. Se le ha debido de acabar la
pila justo a esa hora.
—¿A las cuatro de la mañana? —Gretta se frotó los ojos antes de
mirar el aparato.
—Sí, y ahora son ¡las ocho y cuarenta! —Sophie consultó la hora
en su móvil—. Deberíamos haber puesto más de una alarma…
—¿Teníamos que estar a las nueve en clase? —Un poco
agobiada, Gretta cayó en la cuenta de que solo tenían veinte
minutos para llegar hasta el colegio.
—¡A las nueve en punto! —Sophie fue hasta el armario y
revolvió las prendas, buscando algo para ponerse.
Gretta abrió su lado del armario y se dio prisa por vestirse.
Luego fue al baño a peinarse. Trataba de darse toda la prisa del
mundo, pero Sophie iba mucho más rápido que ella y, cuando se
quiso dar cuenta, su amiga francesa ya estaba trotando escaleras
abajo.
—¡Tenemos que irnos! —chilló desde el piso de abajo.
—Ya voyyy —dijo Gretta, con la mochila en la mano.
La chica miró la mesilla. En el cajón estaba su querido diario.
Dudó si llevárselo. Tal vez, pensó, podría ir escribiendo a ratos ese
primer día en el colegio de las francesas. Acercó la mano para abrir
el cajón, pero la voz de Sophie hizo que cambiara de planes.

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—¡¡¡Correee, Grettaaa!!! No te entretengas —volvió a chillar
Sophie al pie de la escalera.
Gretta se dio la vuelta y abandonó la habitación. Ya tendría
tiempo por la noche de escribirlo todo en su diario.
—Toma, nuestro desayuno. —Sophie le entregó un paquete de
galletas que estaba a medias—. Guárdalas en tu mochila. Nos las
comeremos en el bus.
Sophie cogió sus llaves y apartó a Pantoufle cariñosamente. Con
las prisas, casi no les dio tiempo de despedirse del padre, ni del
hermano de Sophie.
—¡Adiós, llegamos muy tarde! —dijo Sophie antes de cerrar la
puerta.
Las chicas salieron tan rápido del edificio que el portero se
quedó con el buenos días en la boca mientras una ráfaga de viento
levantaba la hoja de su sopa de letras. Pero el hombre, sin darle
más importancia, se retorció el bigote y siguió a lo suyo, dudando si
realmente había pasado un vecino o había corrientes de aire en el
edificio.
Ya en la calle, Sophie hizo señas a Gretta para que la siguiera.
Giró a la derecha por la primera intersección y corrió hacia la
parada del autobús. La francesa era rápida como una liebre y a
Gretta le costaba seguirla.
—¡Corre! Acaba de llegar el bus —chilló Sophie.
En cuanto Gretta vio que el bus estaba en la parada, se puso
bien la mochila y, haciendo un último esfuerzo, alcanzó a su amiga.
—¡Por favor, señor, dese mucha prisa! ¡¡Que llegamos tarde!! —
le increpó Sophie al conductor del bus mientras pagaba los dos
billetes.
Pero el hombre lo único que hizo fue darle los cambios con
lentitud y negar con la cabeza: cada mañana oía aquello de la boca
de decenas de pasajeros perezosos, que todavía tenían la cara
surcada por las arrugas de las sábanas y del sueño.
Cuando por fin llegaron a su destino, Gretta se quedó
maravillada ante el precioso edificio del colegio.
—Parece un palacio —susurró mirando hacia arriba, hacia las
torres más altas.

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El recinto del colegio estaba rodeado por una verja, que tenía
una puerta de hierro. Al atravesarla, Gretta leyó «Bienvenue!» en
una colorida pancarta atada a las ramas de dos altos árboles.
—¡Vamooosss! —Sophie le estiró de la camiseta—. Se oye gente
en el patio. Creo que hemos tenido suerte: aún no han entrado en
clase y no habrán pasado lista.
Un poco más allá, varias mesas contenían un delicioso desayuno
de bienvenida. Había gran variedad de pasteles, frutas, leche, tazas
con chocolate; un delicioso buffet para chuparse los dedos.
Aquello había sido idea de la profesora de español del colegio de
las francesas. Una mujer baja, algo rechoncha y aficionada a la
ropa con lunares, que se hacía llamar señorita Rosa, aunque en
realidad se llamaba Mademoiselle Roselle. Ella había sido también
la responsable del intercambio de cartas.
Gretta miró las mesas rebosantes de galletas rellenas de
mermelada y recordó que aún tenía el paquete de galletas que le
había dado Sophie. Metió la mano en la mochila y comprobó que
estaba llena de migajas.
—Esto no sirve ni para dárselo a tu pajarillo —aseguró Gretta
mientras se sacudía una mano con la otra.
—¡Ja, ja, ja! Podemos intentar dárselas esta noche —rio Sophie
—. Venga, ahora desayunemos como es debido.
Las dos chicas fueron hasta el lugar donde se servían los
chocolates. Estaba casi al final de las mesas, junto a las profesoras.
Gretta distinguió la boina de Mademoiselle Juliette y a una
señorita que no conocía y que llevaba una camiseta de lunares con
exagerados volantes y unos pendientes enormes de aros que se
veían desde lejos. Las dos comían muy animadamente.
Gretta contuvo el aliento y, al pasar junto a la de Francés, miró
al suelo, intentando pasar desapercibida. Temía que la profesora se
enfadara si se daba cuenta de que había llegado tarde. En más de
una ocasión, les había dicho que llegar tarde y hacer esperar a los
demás era una grave falta de respeto.
Así que Gretta pasó por su lado sigilosa como un gato. Pero
aunque hubiera pasado como un elefante, la de Francés no la
habría visto: estaba totalmente absorta en el desayuno. Solo tenía
ojos para su Pain au chocolat, que comía a pellizcos. A cada bocado

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exclamaba un «C’est délicieux», al tiempo que se limpiaba la boca,
muy finamente, con el extremo de una servilleta.
Gretta extendió la mano para recoger la bebida que una
simpática cocinera le ofrecía. Al probarlo, notó su delicioso sabor.
Estaba tan sabroso que ni siquiera la presencia de Olivia logró
amargarla.
—¡Querida Gretta! —exclamó Olivia—. Justo te estaba esperando
—mintió y la miró de arriba a abajo, pensando lo poco conjuntada
que iba.
—Hola, Olivia. —Gretta sonrió.
En el fondo se alegraba de que Olivia estuviera amable y hubiera
dejado a un lado sus desplantes y sus malos modales. Tal vez,
estaba cambiando, pensó.
Lo que Gretta no sospechaba era que Olivia actuaba en su
propio interés y lo único que quería saber era el secreto de su éxito,
para poder imitarla y pasar a ser ella la persona con la que todo el
mundo deseaba estar.
Pero también había otra cosa que empujaba a Olivia a intentar
ser amable. Un hecho del que no era consciente, pero que le
producía tristeza al ver a cualquier grupo de amigas: ella se sentía
sola.
Aunque era cierto que pasaba la mayor parte del tiempo con
Jolie, la soledad que sentía la jefa de «las brujas» no era una
soledad física. Era algo más profundo.
Era como si dentro de su corazón tuviera una muralla que la
separaba del resto de la gente. Un muro de falsas apariencias que
ella misma había construido con ladrillos de envidia, arrogancia y
cero empatía.
—¿Quieres una tostada? —Olivia cogió una con desgana y se la
ofreció a Gretta.
Aunque estaba haciendo todo lo posible por ser amable, aquello
le costaba horrores… era algo demasiado nuevo para ella.
Antes de que Gretta pudiera contestar, aparecieron sus amigas
acompañadas por Amelie, Anne Marie, Giselle y Geraldine.
—¡Por fin has llegado, Gretta! —Paula la saludó feliz.
Al poco rato, Gretta se vio rodeada por una muralla, esta vez de
amistad, que dejaba al otro lado a Olivia y a su tostada.

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—Justo ahora te íbamos a llamar por teléfono —añadió María—.
Como no venías, empezábamos a preocuparnos.
—Eso, ¿qué te ha pasado? —Celia la interrogó.
—El despertador no ha sonado. —Gretta puso cara de apuro—.
Ni siquiera hemos podido desayunar en casa.
—Pues llegas al sitio perfecto. Todo lo que hay en este buffet
está riquísimo —le dijo Amelie mientras le entregaba un zumo de
naranja.
—Prueba estos macarrons —le ofreció Blanca—, están deliciosos.
Como he llegado la primera me ha dado tiempo de probarlo todo y
te aseguró que son insuperables.
Enseguida Gretta se vio arropada por todas sus amigas, que
bromeaban y reían felices de estar juntas.
De vez en cuando, Olivia se ponía de puntillas, tratando de ver
qué hacía Gretta, cuál era el motivo de tanta felicidad, qué estaba
pasando al otro lado de los muros de la amistad, de la amabilidad
real, de la empatía.
La chica apretó la boca: volvía a sentir mucha envidia de Gretta.
Tendría que poner en marcha rápidamente un plan que la llevara a
averiguar el secreto de su éxito.
Dando un par de empujones, Olivia se metió en el círculo. Al
menos, se dedicaría a observar bien todo, a escuchar con atención
cada palabra, cada gesto…
—Seguro que esos macarrons están mejor que las galletas
chafadas de tu mochila. —Rio Sophie.
Gretta abrió la mochila y sacó el paquete estrujado.
—Oh, no, ahora me doy cuenta… ¿llevas tu diario ahí dentro? —
dijo Sophie asomándose al interior de la mochila—. Espero que no
se haya manchado.
—Tranquila, con las prisas no me ha dado tiempo de coger el
diario —aseguró Gretta.
Olivia, que estaba escuchando la conversación, repitió para sus
adentros la palabra «diario». Gretta no lo llevaba con ella y la
oportunidad de averiguar el secreto de su éxito había llegado…
—Por cierto, Gretta —Olivia las interrumpió—, como vivimos
muy cerca, podríamos quedar hoy, ¿te parece?

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—Bue, bueno —balbuceó Gretta, un poco extrañada de la
propuesta.
Paula, a su lado, le dio un codazo y la miró a los ojos mientras
movía ligeramente la cabeza para que le dijera que no.
—Yo vivo en la casa de Jolie, que está en la Rue du Pré, 8. Y tú,
en la de Sophie, que si no me equivoco está en la ¿Rue de la Font?
—dijo Olivia rápidamente una dirección errónea para que Gretta se
viera en la obligación de corregirla.
—Oh, no, no —fue Sophie la que la sacó de su error—: Mi casa
está en la Rue des Loges, 7. Estamos muy cerca, sí.
—Pues quedaremos, ¿vale? —Olivia sonrió de lado, acababa de
obtener una información muy valiosa.
Disimuladamente, sacó su móvil y escribió en su aplicación para
guardar notas: «Rue des Loges, 7».

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Capítulo 13
Un paso más

A
la media hora y cuando ya todo el mundo tenía la barriga
llena, un potente pitido se oyó por todo el patio. El sonido fue
tan fuerte que incluso los cristales de las ventanas vibraron.
—¿Qué es eso? —Gretta miró hacia todos los lados creyendo que
era una alarma que anunciaba un peligro.
—Es el timbre del colegio —contestó Sophie—. Hora de ir a
clase.
—¡¡Atención, atención!! —La señorita Rosa se estiró los
pomposos volantes de su camiseta antes de decir—: El desayuno
de bienvenida ha terminado, es hora de pasar al aula.
—Querida Rosa, estaba todo delicioso. —Mademoiselle Juliette la
cogió del brazo—. Otro día os deleitaremos con un desayuno típico
de nuestro país, ¿te parece?
—Oh, oui, oui —dijo la señorita Rosa, que era de buen comer.
La señorita se paró un momento y se giró hacia los alumnos.
—Por favor, los nuevos estad atentos —les pidió—. Este colegio
es un poco lioso: hay pasillos por todas partes, cámaras
subterráneas y caminos que no llevan a ningún sitio.
—Ufff, sí, parece un colegio encantado. —Sophie miró a Gretta
mientras asentía.
—Así que, por favor, seguidme. Que nadie se pierda —acabó
diciendo la señorita Rosa sin soltar el brazo de Mademoiselle
Juliette.
El colegio de las francesas ocupaba un edificio antiguo rodeado
de jardines. Se creía que, en tiempos remotos, había sido una
abadía. Pero tampoco se sabía seguro. Lo que sí estaba claro era
que el lugar invitaba a perderse y eso que, aparentemente, parecía
un sitio ordenado. Sin embargo, tenía sus puertas secretas y sus

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corredores subterráneos, así como todo tipo de habitaciones
inútiles.
Después de atravesar un anfiteatro y entrar en un edificio,
atravesaron el comedor. De ahí siguieron caminando en fila de uno
por un estrecho pasillo.
—Ya casi hemos llegado a mi clase. —Sophie se giró para avisar
a Gretta.
Al poco rato, llegaron al aula donde la señorita Rosa explicaría
en qué iba a consistir el curso de verano. Ya junto a la pizarra, la
mujer se puso los dedos en la boca y quiso llamar la atención de los
alumnos.
—¡¡FUUUU!! —Silbó hasta que se puso roja como un tomate—.
Sentaos y dejad vuestras cosas en el cajón que hay debajo de los
pupitres.
Los alumnos se sentaron y colocaron en el cajón todo tipo de
cosas: cuadernos, estuches, magdalenas del buffet envueltas en
servilletas, una piedra del patio… Mientras tanto, la señorita Rosa
se dedicó a regar, con una botella de agua que llevaba en el bolso,
las plantas que tenía sobre su mesa.
—Coged un par de sillas y poneros a mi lado —les indicó a Ada y
a Mademoiselle Juliette—. Voy a comenzar a hablar. —Apartó un
bote con lapiceros y se dio impulso para sentarse sobre la mesa.
La señorita Rosa prefirió sentarse junto a sus plantas, como si
ella misma fuera una maceta más.
—Lo primero quiero daros las gracias… —comenzó así un
aburrido y largo discurso.
Después de resaltar la importancia de la actividad del
intercambio de cartas, y lo mucho que les había servido para
afianzar el idioma, anunció que era hora de dar un paso más.
—¡Un paso más! —De un salto, la señorita Rosa se puso de pie y
continuó hablando—: Porque la mejor forma de aprender un idioma
es practicándolo —asintió muy convencida—. Por eso, vais a
participar del día a día en Rennes, pero no aquí en la clase —señaló
en derredor—, sino al otro lado de los muros del colegio: en la
propia vida de la ciudad.
Un murmullo llenó el aula, todos estaban impacientes por saber
a qué se refería.

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—Ufff, eso suena difícil. —Celia resopló y enseguida sacó de su
bolsillo el listado de las palabras en francés.
De repente le había entrado mucho apuro y eso que, el día
anterior, todo había ido muy bien. Incluso la madre de Anne Marie
las había llevado a una de las visitas turísticas que dirigía, y Celia
no había tenido que mirar el diccionario en toda la tarde.
—Tranquila, Celia, no te estreses —le dijo Blanca, que estaba
sentada a su lado.
La señorita Rosa silbó otra vez con fuerza y les hizo un gesto a
Celia y a Blanca para que se callaran. A Blanca le dio mucho apuro
que le llamaran la atención y se fue encogiendo en la silla poco a
poco, hasta que solo asomaba la cabeza por encima de la mesa.
—Qué haces, pero sal de ahí —le susurró Celia mientras le tiraba
de la manga de la camiseta.
—La actividad la haréis por las tardes —aclaró por fin—, junto a
vuestros compañeros de correspondencia.
—Bueno, mucho mejor si es con alguien —comentó Celia en voz
muy baja mientras volvía a guardar el arrugado papel de las
palabras.
—Vuestros compañeros de correspondencia no estarán aquí, en
clase, por las mañanas —continuó explicando la señorita Rosa—,
pero deberán acudir al colegio después de la comida. Una vez os
encontréis en el patio, pasaré lista y podréis abandonar el colegio,
siempre de dos en dos, para ir juntos a hacer la actividad.
—¿Qué será? —Blanca, que ya había adoptado su posición
normal, miró muy intrigada a Celia.
—La actividad consistirá en un voluntariado —dijo la señorita
Rosa—. Ahora, prestad atención, os voy a decir cuál os ha tocado a
cada pareja.
La señorita de español buscó, entre los muchos papeles que
había sobre su mesa, un listado con los nombres y el voluntariado
asignado. Mientras tanto, los alumnos se impacientaban, llenando
el aula de murmullos.
Fue Rosaura la que se atrevió a preguntar.
—Perdone. —Levantó la mano para hablar—. ¿Nos podría decir
cuál es el horario exacto?

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Gretta miró a Sophie, les iba a venir muy bien despejar esa
duda, pues ellas tenían otros planes para las tardes y esperaban
tener tiempo libre para su investigación.
—Oui, oui. —La señorita asintió tan fuerte con la cabeza que sus
pendientes de aro se movieron a los lados como si fueran
columpios.
—Lo iré apuntando en la pizarra —dijo Mademoiselle Juliette,
que se aburría sin hacer nada.
—Los alumnos de intercambio tenéis que estar a las 9:00 en el
colegio —dijo la señorita Rosa—. De 9 a 11 habrá clase. De 11 a
11.30 tendréis un recreo y de 11.30 a 13:30, nuevamente clases.
—La de Francés escribía en la pizarra a toda pastilla—. De 13:30 a
14:30 será la comida en el colegio, y a las 14.45 vuestros
compañeros de voluntariado deben estar en el patio para iros
juntos.
—¿A las nueve? —Se oyó protestar a alguien—. ¿No puede ser
un poco más tarde? Me gustaría tener tiempo libre por las
mañanas. —Ocultó que en realidad quería dormir hasta las tantas.
El aula se llenó de risas.
—Es buena hora para comenzar el día —respondió la señorita
Rosa—. Tendréis tiempo libre después del voluntariado y el fin de
semana.
Olivia se puso en pie, tosió exageradamente y, después de
asegurarse de que todo el mundo la miraba, comenzó a hablar.
—Perdone, ¿cuál es mi voluntariado?, ¿dónde tengo que ir? —
dijo mirando de reojo a todo el mundo.
—Sí, ahora mismo os lo digo. Si eres tan amable de volver a
sentarte, por favor —le pidió la señorita Rosa con el listado en la
mano—. A ver, ¿tú cómo te llamas?
—Mi nombre es Olivia —dijo y se sentó mientras se ahuecaba su
esponjoso peinado.
—A ver, a ver… —La señorita paseaba el dedo por el papel—. Ah,
sí, aquí te tengo: Olivia y Jolie. Vuestro voluntariado es en el
Centro de Estudios Animales, en la sección de veterinaria. Allí
haréis cosas como cuidar a los animales, sacar a pasear perros y
promover el respeto hacia la naturaleza.

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—Oh, no… ¿en serio vamos a tener que sacar a pasear perros
pulgosos? —dijo Olivia en un susurro, pero nadie la oyó. Aquello no
le había gustado nada.
Las amigas de la casa del árbol aguardaban impacientes su
turno. Estaban deseando saber qué voluntariado les había tocado.
—Blanca y Giselle daréis clases de baile a niños pequeños —les
anunció la señorita Rosa.
—Pero ¡¿cómo?! —Blanca miró aterrada a Giselle—. ¡Yo no tengo
ni idea de bailar! —le dijo sin aclarar que lo que realmente le
pasaba era que le daba mucha vergüenza.
—No te preocupes, yo te enseñaré. —Sonrió Giselle, que era
experta bailarina de ballet y también se había apuntado a clases de
danza moderna.
La señorita Rosa continuó con el listado.
—Celia junto a Anne Marie —buscó con la mirada a su alumna—
iréis a la residencia de ancianos. Allí os indicarán qué hacer.
Después de anunciar que Erik junto a Simon irían a una reserva
forestal, que Rosaura junto con Agathe ayudarían en tareas de
restauración de un edificio, y que Marco con Paul irían a un centro
de reciclado, la señorita Rosa acabó por aclarar qué les había
tocado al resto de las amigas de la casa del árbol.
—María con Geraldine os toca despachar en la tienda de caridad.
Tendréis que clasificar las cosas donadas y atender a los
compradores. —Localizó a Geraldine, y la chica levantó el pulgar.
—¡Qué bien! Nos ha tocado un voluntariado que parece muy
divertido, ¿no? —María se entusiasmó—. Igual en la tienda de
caridad hay ropas exóticas y podemos disfrazarnos mientras
atendemos a los clientes, ¿te parece?
—¡Silencio! —La señorita mandó callar—. Paula y Amelie iréis a
la Biblioteca Municipal. Atenderéis el mostrador, ordenaréis los
libros y participaréis en actividades de fomento de la lectura.
—Puaff, qué rollo, en la biblioteca… —susurró Paula—. Nos podía
haber tocado algo con más acción.
—Gretta y Sophie os toca el Museo de Arte —dijo la señorita, y
buscó con la mirada a su alumna.
Sophie abrió los ojos de par en par, ¡no se lo podía creer! Justo
estaban deseando visitar ese lugar para poder ver la pieza del sol y

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la luna. ¡La investigación comenzaba con buen pie!
—Mañana a las nueve empezaremos las clases y, después de la
comida, cada alumno deberá incorporarse a su trabajo de
voluntario —resumió la señorita Rosa—. Ah, y más adelante os iré
contando otras actividades. Tenemos previsto que nos confirmen un
viaje en barco por el río, ir al museo de las ciencias y alguna
actividad más.
—Mañana empieza todo: nos ha tocado el museo. —Sophie le
apretó el brazo a Gretta en un gesto de complicidad.
En ese momento tomó la palabra Ada que, muy animada, habló
a todos los alumnos.
—Y ahora os dejamos tiempo libre hasta las dos. —Ada miró su
reloj—. Podéis ir al patio a jugar o a charlar con los compañeros.
—Cualquier cosa menos salir del recinto —añadió la señorita
Rosa levantando el dedo índice.
«¿Menos salir del recinto?», pensaba Olivia contenta de saber
que había llegado su momento…
—Chicas —les dijo a las amigas de la casa del árbol una vez que
estuvieron en el patio—, ¿os parece que juguemos al escondite?
Gretta sonrió. Sí, parecía que Olivia se estaba volviendo maja,
pensó, y fue rápida en contestar.
—¡Genial! —Miró al resto de sus amigas asintiendo—. Venga,
cuento yo, y las demás os escondéis.
—Oh, será muy divertido. —María miró alrededor entusiasmada
—. Este sitio está lleno de lugares donde será imposible que nos
encuentren.
—¡Y tanto! —exclamó Sophie—. La última vez que jugamos al
escondite tardamos una hora en encontrar a todo el mundo.
«Una hora»… se repetía Olivia para sus adentros.
A Paula le extrañó la propuesta de Olivia. No se fiaba de ella,
pero tampoco lograba imaginar a qué podía corresponderse ese
interés por jugar al escondite.
—Venga, Paula, que empiezo a contar. —Gretta la sacó de sus
pensamientos.
—Bueno, vale. No es mi juego favorito, pero si todas queréis… —
puntualizó mientras buscaba el escondite perfecto.

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—¡Empiezo! —Gretta se tapó los ojos—: Uno, dos, tres, cuatro,
cinco…
Olivia se frotó las manos. Habían picado el anzuelo. Se dio
media vuelta y salió del colegio.
—Volveré antes de una hora —susurró mientras cruzaba la verja
como una fugitiva.

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Capítulo 14
Ding-dong

O
livia activó el temporizador de cuenta atrás de su móvil.
60 minutos.
Ese era el plazo que tenía para no levantar sospechas.
Rápidamente, escribió «Rue des Loges, 7, Rennes» en la aplicación
de los mapas.
Un camino azul se dibujó sobre el mapa. Lo primero que tenía
que hacer era coger el autobús. La chica caminaba contenta,
sonriendo, felicitándose para sus adentros por el astuto plan que
había tramado.
Sin embargo, al poco rato, la cara de Olivia se tensó. Tenía un
pequeño problema: a pesar de conocer la dirección exacta, no sabía
en qué piso estaba la casa de Sophie. Tal vez, se dijo, podría
mirarlo en los buzones.
La chica no quería perder tiempo en divagaciones, lo importante
era darse prisa. No debía sobrepasar esa hora de juego que, según
las francesas, se tardaba en encontrar a la gente por todo su
colegio.
55 minutos.
El autobús se detuvo con un frenazo en la parada del colegio
emitiendo un desagradable ruido. Olivia se tapó los oídos y subió
veloz como una pantera. Pagó su billete y se colocó en la puerta
trasera, preparada para salir la primera en cuanto llegara a su
destino.
50 minutos.
La puerta del bus se abrió, y Olivia salió como un cohete. Según
la aplicación de su móvil, para llegar hasta la calle de Sophie, debía
caminar unos metros y luego girar a la derecha en la catedral.

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El recorrido no le parecía complicado, pero sí bastante molesto.
A cada rato, Olivia se veía obligada a hacerse hueco entre la gente
y a pedir permiso para poder avanzar. A esas horas, la calle estaba
llena de turistas que se aglomeraban para mirar los puestos de
souvenirs y eso ¡la estaba poniendo de mal humor!
45 minutos.
Después de rodear a un grupo de turistas, esquivar tres
cochecitos de bebés y saltar a un perro salchicha, Olivia llegó hasta
el número 7 de Rue des Loges. La chica se quedó mirando la puerta
de entrada. Era de madera y parecía bastante vieja y descuidada.
Olivia sintió un poco de aprensión al imaginar que la puerta
estaría llena de pequeños bichos que subirían por su mano en
cuanto intentara abrirla. Pero todos sus miedos se le pasaron
cuando un educado vecino, que salía del edificio en ese momento,
le sujetó la puerta para que pasara.
La chica sonrió. Parecía que todo jugaba a su favor.
Una vez dentro, la luz era escasa y tuvo que esperar unos
segundos para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
Fue entonces cuando vio que estaba en un estrecho pasillo que
conducía hasta la escalera. Al lado de la escalera, en una de las
paredes, estaban los buzones, todos apelotonados, como una
concurrida colmena de abejas.
Los ojos de Olivia brillaron de ilusión. La chica se plantó frente a
los buzones y comenzó a leer los nombres de los vecinos.
Sin embargo, ¡Sophie no estaba por ningún sitio! Entonces cayó
en la cuenta: seguramente solo estaban los datos de sus padres,
pero ¡tampoco sabía el apellido!
¡¿Qué podía hacer ahora?! Se repetía mentalmente mientras le
entraban ganas de tirarse de los pelos. ¿En serio todo aquel plan se
iba a ir al traste por un simple apellido?
Una tos a sus espaldas la sacó de sus pensamientos.
40 minutos.
El portero levantó la vista de sus pasatiempos y la miró
frunciendo el entrecejo. ¿Qué hacía allí esa desconocida?, parecía
preguntarse. Después de toser un par de veces, levantó la voz para
preguntarle qué buscaba.

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Olivia se giró y, nerviosa, trató de improvisar algo creíble. No
quería que ese hombre la tomara por una intrusa, tal vez por una
ladrona…
—Soy amiga de Sophie —dijo en un francés muy básico—.
Perdone si no hablo bien su idioma, pero es que estoy de
intercambio —Olivia hablaba despacio, tratando de ganar tiempo
para ver si se le ocurría algo.
—Ah sí, las chiquillas del viaje —resumió el hombre.
—Sí, eso es —dijo Olivia—. He venido porque a mi amiga se le
ha olvidado el móvil y me ha pedido que venga yo a buscarlo. —Fue
lo primero que se le ocurrió.
—Pues, adelante. —El portero señaló las escaleras.
—¿Dónde está el ascensor? —Olivia miró primero los empinados
escalones y después buscó el elevador.
—Aquí no hay sitio para lujos —aseguró el portero, que dentro
de la portería se sentía como en una lata de sardinas—. ¿Vas o no
vas a casa de tu amiga? —Volvió a preguntarle a Olivia, que se
había quedado parada al pie de la escalera.
—Sí, sí, ya voy. —La chica puso un pie en el primer peldaño—.
Solo es que… no recuerdo si mi amiga me dijo que vive en el
tercero o en el segundo. Tengo un poco de mala memoria.
—En el quinto —aseguró el portero antes de volver a su sopa de
letras.
35 minutos.
Olivia llegó al quinto piso casi sin aliento y, después de mirar las
puertas a derecha e izquierda, llamó al timbre de una, al azar.
Antes, sacó de su bolso el frasco de bruma de jazmín y se rocío el
pelo.
«Ding, dong», se oyó y, acto seguido, un perro comenzó a
ladrar. Se oyeron también unos pasos y un cerrojo descorrerse.
Cuando la puerta se abrió, Alex apareció al otro lado.
—Buenos días, vengo de parte de mi amiga Gretta. —Olivia puso
su mejor cara—. Me ha pedido que le coja el móvil. Se le ha
olvidado en casa —mintió una vez más—. ¿Lo has visto por aquí? —
Asomó la cabeza por la puerta.
—Umm, lo buscaré. Pero pasa, pasa. —El chico se rascó la
cabeza—. ¿Cómo es el móvil? —preguntó mientras levantaba los

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cojines del sofá.
Al chico no le extrañó que fuera otra persona quien viniera a por
el móvil. Su hermana a veces lo hacía, mandar a alguna de sus
amigas a por cosas, ¡menudo morro tenía!
—E-es… u-uno… de-de… los más… nor-norma-normales, sí —
tartamudeaba Olivia.
En ese momento, no recordaba el modelo ni la marca del móvil
de Gretta, pero estaba segura de que tendría que ser de los más
básicos. No como ella, pensó para sus adentros, que siempre había
tenido móviles último modelo.
Alex la miró de reojo, pensando la poca información que le daba,
pero continuó buscando. Buscó por la cocina y por el recibidor
mientras Olivia esperaba de pie, en una esquina del pasillo.
—Aquí no está —acabó por decir Alex—. Ya solo queda mirar en
la habitación. —Señaló el techo con el dedo—. Es en la planta de
arriba.
—Oh, si quieres, voy yo —propuso Olivia haciéndose la amable
—. No quiero quitarte más tiempo.
—Por mí, genial. —A Alex lo último que le apetecía era mirar las
cosas de su hermana, seguro que luego se enfadaba si había algo
descolocado—. ¡Ah, por cierto!, deja todo tal cual lo veas, que si
no, ¡bronca al canto!
30 minutos.
Olivia subió la escalera de caracol. Abrió varias puertas: la del
aseo, la de un armario empotrado, la del dormitorio de Alex (eso
dedujo por la decoración). ¿Cuál era la habitación de Sophie?
Solo le quedaba por mirar la puerta del fondo del pasillo. ¡Ese
era el cuarto que buscaba!, se dijo en cuanto vio, encima de un
enorme corcho, el nombre de Sophie en letras brillantes.
—Qué feo —murmuró mientras recorría la habitación con la
mirada—. ¿Qué son estas chinchetas?
Olivia quitó una de color rojo y, después de mirarla, volvió a
clavarla en el mapa.
—Qué bobada de mapa. —Se alejó del corcho y volvió a su
misión—. ¿Dónde estará el diario?
25 minutos.

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Olivia buscó por la estantería, dentro del armario y debajo de
una de las camas. ¿¡Qué era eso!? ¿Un maletín escondido?
Comenzó a sacar cosas de su interior: un plano, papeles… ¡Qué
misterioso parecía!
La chica estuvo tentada de llevárselo, pero al final desistió: no le
cabía en el bolso. Además, se dijo, no debía perder más tiempo,
¡aún tenía que encontrar el diario! Rápidamente, volvió a guardarlo
todo en el maletín.
20 minutos.
—¿Has encontrado ya el móvil? ¡¡¡Tengo que irmeee!!! —chilló
Alex desde el piso de abajo.
—Oh, sí, ¡¡¡ya voyyy!!! —Olivia empujó el maletín con el pie para
volverlo a dejar debajo de la cama—. Bajo en dos minutos.
¡Prometido!
La chica empleó a fondo esos dos minutos. Ya había pocos
lugares donde poder mirar. Con rapidez, y también con esperanza,
abrió los cajones de la mesa de estudio de Sophie y los de la
cómoda… pero ¡ni rastro del diario!
15 minutos.
Olivia estaba empezando a desesperarse. Llegó incluso a pensar
que tendría que marcharse de allí sin el diario.
Abatida, se sentó en una de las camas.
—Si yo fuera Gretta, ¿dónde guardaría el diario? —se preguntó
en voz alta.
Sus ojos recorrieron la habitación hasta que se posaron en el
despertador.
—¡Ajá! —Dio una palmada y rápidamente abrió el cajón de la
mesilla.
Allí, dentro, estaba lo que buscaba.
La cara de Olivia se encendió de codicia al leer: «Diario de
Gretta».
Lo metió en su bolso y bajó las escaleras.
—Ya he encontrado el móvil —le mintió a Alex—. ¡Hasta luego!
Olivia salió del edificio a toda pastilla, deshizo el camino y subió
al autobús.

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10 minutos.
Tenía diez minutos exactos para llegar al colegio y buscar un
sitio donde esconderse. De esta manera, parecería que había
estado allí durante toda esa hora que, según decían las francesas,
les podía costar encontrar a todo el mundo en el juego del
escondite.
5 minutos.
Olivia se introdujo como una lagartija por la verja del colegio y
se agachó detrás de uno de los setos del jardín. Había escuchado a
lo lejos la voz de Paula y del resto de gente que, suponía, ya había
sido pillada en el juego.
Ahora tenía que ser rápida en encontrar un sitio lejos de la
entrada, de lo contrario, podría levantar sospechas. La chica estaba
feliz: en el bolso llevaba el diario de Gretta y, con él, la esperanza
de saber el secreto de su éxito. Secreto que pensaba quedarse para
ella sola.
Entusiasmada con la idea de que a partir de entonces ella iba a
ser el centro de todas las reuniones, de todas las sonrisas y de
todas las chicas, Olivia se escabulló desde la entrada hasta los
jardines que había en la parte de atrás del colegio.
Allí encontró una caseta.
Seguramente, pensó Olivia, era ahí donde guardaban los
aparejos para cuidar los setos. Un buen sitio para esconderse.
3 minutos.
Olivia pausó el temporizador justo antes de que la puerta del
cobertizo se abriera.
—Quizá no he revisado bien —le iba diciendo Gretta a Paula—.
Volveré a mirar.
—¡¡¡Vaya, me has descubierto!!! —exclamó Olivia divertida y
también aliviada de poder abandonar ese cobertizo lleno de telas de
araña.
—¡¡Pillada!! —Gretta la agarró por el brazo y la sacó fuera.
—¿Estabas ahí? —Rio María—. Yo también elegí este escondite,
pero me pilló enseguida. No entiendo cómo a ti no te ha visto. —La
miró con admiración—. Será porque eres muy buena jugando al
escondite.

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Paula entornó los ojos y miró a Celia. Las dos chicas estaban
pensando lo mismo: lo que menos le hacía falta a Olivia para
engordar su ego era que alguien le dijera que era buena en algo,
bastante creída era ya.
—Enhorabuena: has ganado —le dijo Gretta.
—Y eso me dará algún privilegio, supongo —contestó Olivia
tratando de sacar provecho de todo aquello—. Y elijo que durante
un día estéis todas a mis órdenes.
—¿A tus órdenes? De qué vas —protestó Paula—. Qué
pretendes, ¿mandar sobre nosotras? ¡Nunca!
—Ni lo sueñes. —Celia se cruzó de brazos.
Gretta se había quedado extrañada de la contestación de Olivia.
¿De verdad pretendía sacar algo de haber ganado en un juego? Eso
solo tenía un nombre: manipulación.
Hasta ese momento, pensaba que Olivia estaba cambiando, que
estaba haciendo esfuerzos por integrarse. Eso le había parecido la
tarde anterior, en el parque, y también durante el desayuno de
bienvenida. Pero ahora se daba cuenta de que el juego de la
manipulación seguía siendo el favorito de Olivia.
Gretta, decepcionada, bajó la mirada al suelo y negó con la
cabeza. Esa chica la tenía muy desconcertada. A veces resultaba
amable, otras veces… no. Quizá Paula estuviera en lo cierto cuando
aseguraba que Olivia nunca cambiaría, acabó por pensar dando del
tema por zanjado.
—Mujer, Paula, ¿me crees capaz de algo así? No te lo tomes todo
tan en serio. —Olivia, al ver que nadie apoyaba su idea, cambió de
táctica—. Era una broma —dijo finalmente, tratando de dejar a
Paula como una exagerada—. Cómo voy a pretender que me
obedezcáis, ¡ja, ja, ja!
Paula estaba a punto de explotar, pero en ese momento, la
campana avisando de que era la hora de comer sonó, y Gretta
cogió a su amiga del brazo para que se fueran al comedor. Era el
único día que comerían con las francesas: a partir del día siguiente,
ellas vendrían más tarde al colegio para, después, ir juntas al
voluntariado.
Olivia se reunió con Jolie y pusieron rumbo al comedor. La jefa
de «las brujas» iba apretando el bolso contra sí y maquinando la
manera de poder leer el diario cuanto antes.

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—No me encuentro muy bien —le dijo a Jolie después de comer
—. Creo que me ha sentado algo mal. No estoy acostumbrada a la
comida francesa.
—Oh, vaya, pues se lo diremos a la señorita Rosa y nos vamos a
mi casa, ¿te parece? —le propuso Jolie—. Allí podrás recostarte si
quieres o mi madre te llevará al médico.
—Sí, me recostaré un rato, creo que así se me pasará. —Olivia
se tocó la frente con dramatismo—. Qué pena no poder empezar
hoy con el voluntariado, lo siento —mintió poniendo cara de
enferma.
—Bueno, no pasa nada, lo importante es que te recuperes. —
Jolie la miró con preocupación.

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Capítulo 15
Cara o cruz en el museo

S
in saber que su diario viajaba en el bolso de Olivia, Gretta
puso rumbo al Museo de Arte.
—¡No me puedo creer que justo nos haya tocado este
voluntariado! —se emocionó Gretta antes de entrar en el edificio—.
Hemos tenido mucha suerte.
—Sí, y hoy mismo podremos ver la pieza del sol y la luna. —
Sophie sonrió al imaginarlo—. Solo hay un problema. —Miró hacia
lo alto del edificio—. El museo es muy grande, y no sabemos en
qué sala está. Debemos evitar preguntarlo directamente, no
deberíamos mostrar un especial interés.
—Entonces lo averiguaremos nosotras —contestó Gretta muy
segura mientras se dirigía a la recepción.
Detrás del mostrador, una mujer joven las recibió con su mejor
sonrisa. En uno de sus dientes, un pequeño diamante en forma de
sol brilló con fuerza al saludarlas.
—Venimos de parte de la señorita Rosa, por lo del voluntariado
—le explicó Sophie sin dejar de pensar que aquel diminuto sol
parecía una señal de que iban por el buen camino.
—¡Ah!, sois vosotras —contestó la sonriente mujer mientras
dejaba a un lado el ratón de su ordenador—. Entonces ya puedo
irme a tomar un café. —Se giró hacia el respaldo de la silla y cogió
su bolso—. No tardaré nada. Mientras tanto, atended a los turistas
que vengan.
Antes de levantarse, la mujer abrió un cajón y sacó un montón
de folletos.
—Le dais uno de estos a cada visitante, para que se orienten.
¡Ah!, y si quieren una audioguía —señaló una máquina
expendedora—, se compran ahí.

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—De acuerdo —asentía Sophie tratando de memorizar las
instrucciones—, eso les diremos.
—¡Ah!, y otra cosa —dijo levantando el dedo índice—. Apuntad
aquí de dónde vienen. —Les endosó un cuaderno de visitas—. Es
muy importante para nuestros registros internos y para hacer
estadísticas.
—Descuide, eso haremos —respondió Gretta, cogiendo el grueso
tomo entre sus manos.
—Pero, sobre todo, no dejéis la recepción vacía. —Sonrió, y el
sol de su diente brilló con fuerza—. No os podéis marchar. Al
menos, hasta que yo vuelva.
La mujer recogió todas sus cosas, se levantó y se fue.
—Tengo la corazonada de que no va a volver en un buen rato —
dijo Gretta mientras la veía alejarse—. ¿Te has fijado? Ha cogido el
bono del autobús que tenía sobre la mesa. Parece que el café se lo
va a tomar un poco lejos…
—Pues mejor, así podemos ir tranquilas a ver la pieza del sol y la
luna —afirmó Sophie.
—Pero ya has oído lo que ha dicho: no podemos dejar este
puesto vacío —le recordó Gretta.
—En ese caso, una de nosotras tendrá que recorrer el museo
sola. —Sophie sacó una moneda de su bolsillo—. ¿Lo echamos a
suertes? Elige: cara o cruz.
—Me pido cruz —dijo Gretta.
Una moneda de euro voló por los aires, subió hasta el techo y
cayó girando sobre sí misma. Clink, clink, clink. Sophie se agachó
para mirar el resultado.
—Suerte, Gretta —señaló la moneda—, te ha tocado la misión de
encontrar el sol y la luna.
—Pero ¿por dónde empiezo? —Gretta miró alrededor un poco
agobiada—. Esto es enorme, tendremos que averiguar su
localización…
—Tal vez el museo tiene un archivo general donde pone en qué
lugar está cada obra de arte. —Sophie se sentó en el sitio de la
recepcionista, frente al ordenador.
—Es posible, sí —asintió Gretta.

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Sophie movió el ratón del ordenador, y la pantalla se encendió.
Gretta se asomó para poder mirarla bien.
—Ahí hay una carpeta llamada «Catálogo General». —Gretta
señaló la pantalla.
—La abriré. —Sophie hizo doble clic sobre ella.
—¿Seguro? —dudó Gretta mirando hacia los lados—. No me
parece bien mirar cosas ajenas…
Pero antes de que Sophie pudiera escucharla, la carpeta estaba
abierta y mostraba su contenido: multitud de documentos que
hacían referencia a todos los objetos y obras de arte que había en
el museo.
—Buscaremos aquí. —Sophie movió ahora el ratón hasta una
subcarpeta que decía—: «Obras clasificadas según material».
—¿¿Obras según material?? ¿A qué se refiere? —Gretta frunció
el ceño.
—Se referirá al material del que están hechas las obras de arte:
mármol, piedra… oro —dijo Sophie haciendo clic en la subcarpeta.
—¡Entiendo! —Gretta se acercó aún más a la pantalla.
La subcarpeta contenía un documento excel que Sophie no tardó
en abrir. Después de leer detenidamente varias filas y columnas,
llegó hasta la palabra «oro».
—¡¡¡Lo tenemos, Gretta!!! —se entusiasmó Sophie.
—¡Rápido! —la apremió Gretta—, consulta dónde está.
—La pieza está en —Sophie siguió con la mirada la fila del excel
y dijo—: En el Gabinete de Curiosidades.
Acto seguido, Gretta cogió un folleto y lo desplegó. El mapa del
museo apareció ante sus ojos.
—A ver, a ver… —Gretta consultaba el mapa—. Gabinete de
Curiosidades. ¡Lo tengo! Planta segunda, sala C —dijo estudiando el
camino por el que ir—. ¡Hasta pronto, Sophie!
Como si fuera una turista más, Gretta se adentró en el museo.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no quedarse mirando los
cuadros, ni admirando las esculturas. Todas las obras de arte
llamaban su atención, pero debía cumplir su misión de encontrar la
pieza del sol y la luna.

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Después de atravesar varias salas llenas de gente y subir al
segundo piso, llegó a una enorme puerta de la que colgaba un
cartel y que estaba marcada con una letra «C» de color plateado.
—«Gabinete de Curiosidades» —leyó Gretta en voz baja.
Sigilosa, la chica se asomó y comprobó que la sala estaba vacía.
Al cerrar la puerta tras de sí, el chirrido de los goznes, como el grito
de un águila, le produjo un escalofrío.
Gretta paseó su mirada por las vitrinas de madera. En su interior
había colecciones de lo más extrañas. Cosas que jamás había visto:
joyeros de madera de sándalo que guardaban pequeños dragones,
estuches con rollos caligrafiados en miniatura, un nautilo en cuya
concha se apreciaban multitud de dibujos grabados…
Gretta pensó que en aquel lugar no solo se guardaban cosas
raras, sino también cosas que no se sabía muy bien para qué
servían. Como tampoco se sabía la utilidad de la pieza de oro que,
bajo un foco, brillaba ahora ante la atenta mirada de la chica.
—¡¡Es preciosa!! —La reconoció emocionada y, al instante, olvidó
el resto de objetos de la sala.
Un haz de luz caía suavemente sobre la pieza, acariciando el sol
y la luna que, tallados en el oro, guardaban un secreto, un misterio
por desvelar.
Gretta leyó el cartel que acompañaba a la pieza: «Objeto
encontrado en las excavaciones de la Rue de Lumière. Antigua
carpintería de principios del siglo XX. La pieza sobrevivió en perfecto
estado a un incendio, sin mostrar ni un solo signo de deterioro».
Gretta asentía, todo eso lo sabía por los datos que había
recabado Sophie.
Volvió a leer el cartel, luego volvió a mirar la pieza. Se había
quedado medio hipnotizada: aquel trozo de oro transmitía mucho
misterio. No paraba de preguntarse, una y otra vez, por el
significado del sol y la luna, y también por su dueño. ¿Quién fue
ese carpintero?
Unos pasos a su espalda la sacaron de sus pensamientos. El
Gabinete de Curiosidades comenzó a llenarse de turistas.
Rápidamente, Gretta sacó su móvil e hizo una foto. Su amiga
Sophie tenía que ver aquello. Tal vez, esa noche, cuando llegaran a

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casa, podrían ampliarla en el ordenador de Sophie para ver bien
todos los detalles.

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Capítulo 16
El poder de las palabras

O
livia convenció a la madre de Jolie de que no hacía falta ir al
médico.
—Muchas gracias, pero se preocupe, de verdad. Con un poco de
reposo se me pasará —le aseguró la chica.
Jolie la acompañó a su habitación.
—Si necesitas algo, pídemelo —dijo Jolie antes de irse—. Ahora
descansa. Luego vendré a ver cómo sigues.
—No hace falta que estés pendiente. En cuanto esté mejor, yo
misma me levantaré —contestó Olivia, que lo que menos quería era
que la interrumpieran.
Jolie cerró la puerta, y Olivia sacó el diario de su bolso. Estaba
tan impaciente y nerviosa que comenzó a sentir en el estómago el
mismo dolor que estaba fingiendo.
El hecho de tener en sus manos el cuaderno donde Gretta
guardaba sus secretos la llenaba de ansiedad y también de insana
esperanza: la ilusión de poder ser como ella, de gustar a todo el
mundo.
De solo pensarlo, la jefa de «las brujas» comenzaba a sentirse
poderosa. Todavía no entendía que, en la amistad, no existe el
poder sino la igualdad, la empatía y el compañerismo, y que jamás
nadie está por encima de nadie.
Olivia se quitó los zapatos, se recostó en la cama y puso la
almohada en el cabecero para apoyar la espalda. Flexionó las
rodillas y abrió el diario. Pese a toda su ilusión, a Olivia enseguida
le entró pereza.
—¿Todo esto tengo que leer? —murmuraba mientras pasaba las
páginas al azar—. ¿No habrá un resumen por algún sitio?

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Enseguida unas frases subrayadas llamaron su atención. Olivia
paseó el dedo por las palabras, pensando que estaba ante un gran
hallazgo. Pero enseguida se encogió de hombros, decepcionada. Le
parecían frases sosas, que no comprendía.

La luz de la amistad es capaz de alumbrar


hasta los momentos más oscuros.

—Pero si estas frases están subrayadas —se decía—, debe de ser


porque son muy importantes. Será que guardan un gran poder. ¡Me
las aprenderé!
Las frases hacían referencia a la amistad verdadera, a la
confianza y a la superación. Temas que a Olivia le quedaban un
poco grandes.

La amistad es una orquesta. Si hay un instrumento


desafinado o roto, la melodía sonará fatal.

La envidia es porque no confías en ti misma.

Olivia las repitió varias veces, dispuesta a aprendérselas.


Seguramente, pensó, eran las típicas cosas que Gretta decía en sus
conversaciones, y que a la gente le resultaban de lo más
interesantes. La chica se frotó las manos: ahora eran suyas, y
pensaba hacer lo mismo: las usaría en sus conversaciones.
Cuando continuó pasando las páginas, se topó con un extenso
párrafo. Le llamó la atención no porque estuviera subrayado sino
porque, en los márgenes de la hoja, había dibujadas caritas
sonrientes. Como carcajadas dentro del propio papel. Y no era para
menos: en esa hoja, Gretta contaba una divertida anécdota que le
había pasado hacía unos meses, por un despiste de su madre. Al
terminar de leerla, Olivia se tapó la boca con las dos manos, para
reprimir la risa.
Fue en ese momento cuando oyó unos pasos acercarse hasta su
habitación. Sin perder un segundo, escondió el diario debajo de las
sábanas.
—Te traigo una manzanilla. —Jolie le acercó una taza humeante
—. Mi madre dice que te sentará bien.

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Ante la amenaza de tenerse que tomar aquello, Olivia se levantó
con brío de la cama.
—Pues justo te iba a decir que ya estoy perfectamente —
aseguró—. Descansar me ha sentado de maravilla.
—Me alegro mucho —sonrió Jolie—. La verdad es que estaba
muy preocupada por ti.
—Lo entiendo —Olivia trató de que su voz sonara dulce al decir
—: La amistad es una orquesta. Si hay un instrumento desafinado o
roto, la melodía sonará fatal.
Jolie se la quedó mirando mientras asentía, ¡qué gran verdad!

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Capítulo 17
Descubrimiento

E
ran las nueve de la tarde cuando Sophie y Gretta llegaron a
casa. Habían estado toda la tarde en el Museo de Arte y
habían atendido a más de cien turistas.
La encargada de su voluntariado, la joven del brillo en el diente
y la eterna sonrisa, había aparecido justo antes de cerrar, sin darles
ninguna explicación de su larga ausencia. Las chicas no se
atrevieron a preguntarle, pero dudaron si aquella mujer haría lo
mismo todas las tardes y las dejaría solas en la recepción del
museo.
—Eso sería realmente agotador —comentó Sophie mientras
sacaba la llave de su casa y abría la puerta.
Al menos esa tarde lo había sido, y ahora estaban deseando
cenar para irse a la buhardilla a descansar.
—Oh, ya estáis aquí. —El padre de Sophie se asomó desde a
cocina—. Pensaba que al final tendría que cenar yo solo. —Se estiró
el delantal.
—¡Hola, papá! —Sophie se acercó y le dio un abrazo—. Umm,
¡qué bien huele!
—Hoy he cocinado quiche. —El padre abrió el horno, y una
deliciosa nube de vapor inundó la cocina.
Después de sacar la cena del horno, cortó el quiche y lo puso en
los platos, junto con un poco de ensalada. Mientras tanto, las chicas
colocaban el mantel sobre la mesa, junto con los vasos, las
servilletas y una jarra con agua fresca.
—Podemos empezar. —El padre se sentó junto a ellas.
—¿No esperamos a Alex? —preguntó Gretta, recordando que en
su familia solían cenar todos juntos—. Le he puesto aquí su plato.

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—Oh, no, no. —El padre retiró el plato y los cubiertos sobrantes
—. Me ha llamado diciendo que no le esperemos. Ha salido y no
cenará con nosotros.
—Para variar… —comentó Sophie pensando que cada vez era
más difícil cenar con su hermano.
Después de cenar, a Gretta le apetecía escribir. Había sido un día
de grandes descubrimientos y tenía muchas cosas que contar. Se
sentó en la cama, pero cuando estaba a punto de abrir el cajón de
la mesilla, Sophie la interrumpió.
—Gretta, sigamos con la investigación. —Sophie se sentó frente
al ordenador—. Envíame la foto al correo.
—Sí, ahora mismo. —Gretta apartó la mano del cajón y cogió su
teléfono. Abrió la galería y envió la foto.
Sophie apretó el botón de encendido del ordenador y una
procesión de ruidos llenó la habitación. Parecía como si dentro de
aquel aparato viviera un pueblo entero de ruidosos duendes, cuya
tarea era hacer funcionar la vieja máquina.
—¡¡Qué lento es este ordenador!! —se quejó Sophie—, era de mi
madre y me lo dio porque ya no le servía… sobra decir el motivo.
Al hablar de su madre, Sophie se puso triste. Pero, al poco rato,
pensó en la sorpresa que le darían cuando volviera de su viaje, y
toda la tristeza se le fue de un plumazo. En cuanto le contaran que
habían descifrado un misterio, su madre se daría cuenta de lo
buena investigadora que era y le pediría que le acompañara en sus
futuros viajes.
—¿Ya has abierto el correo? —dijo Gretta, sacando a Sophie de
sus pensamientos.
El perezoso ordenador mostró, por fin, la pantalla de inicio.
Sophie fue directa al icono del navegador web para entrar en su
correo.
—¡La tengo! —Sophie abrió la imagen, y la enigmática pieza
apareció ante sus ojos—. Ohhh, es preciosa…
—Al natural aún es más bonita. —Gretta asintió—. Anda, amplía
la imagen y miremos bien los detalles.
—¡¡Hala!! —Sophie señaló algo en la pantalla—. ¿Has visto esto?
Había ampliado la imagen al máximo y ahora se podía apreciar
un detalle que a simple vista pasaba desapercibido.

Página 93
—¡¡Increíble!! Eso no lo vi en el museo —dijo Gretta al reparar
en el detalle—. ¡¡Dentro del sol grande hay una luna en miniatura!!
—¡Y dentro de la luna en grande hay un sol en pequeñito! —
Sophie abrió los ojos como platos—. Me encanta ese detalle,
aunque es muy raro…
—El Gabinete de Curiosidades estaba lleno de objetos rarísimos.
—Gretta recordó un pergamino con letras que no pertenecían a
ningún alfabeto conocido—. Igual estos grabados tienen un
significado oculto.
—Bien pensado. —Sophie se levantó de la silla y caminó por la
habitación—. Puede que la pieza de oro tenga un mensaje en clave.
O podría ser un emblema.
—¿Un emblema? —preguntó Gretta.
—Sí, un distintivo que represente a una persona, una asociación,
un negocio… —explicó Sophie.
—Ah, ya entiendo. —Gretta pensó en el logotipo de la furgoneta
de los helados de la madre de María, que representaba su negocio.
—Por ejemplo, las letras que tengo en mi maletín representan mi
nombre —siguió explicando Sophie—. Y, al igual que solo yo sé lo
que significa la marca en mi maletín, solo el dueño de la pieza de
oro conocía su significado.
—Entonces, ¿crees que el carpintero pertenecía a una
organización cuyo emblema era el sol y la luna? —se le ocurrió a
Gretta.
—Así dicho… suena muy extraño. —Sophie movió la cabeza hacia
los lados—. ¿Una valiosísima pieza de oro para representar a una
asociación de carpinteros?
—Es raro, sí. Lo lógico es que, siendo carpinteros, la hubieran
hecho de madera. Lo que parece seguro es que el sol y la luna
tienen un significado oculto —acabó por decir Gretta.
—Y eso es precisamente lo que tenemos que averiguar. —Sophie
asintió varias veces con la cabeza antes de decir—: Qué significa el
sol y la luna.
Las dos chicas se quedaron un rato en silencio, pensando qué
podrían hacer para desvelar el significado de aquel intrigante
grabado.

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—Ya sé —Sophie se abalanzó sobre el teclado del ordenador—,
escribiré en el buscador de internet: «significado de pieza de oro
con grabado de sol y luna».
—Sí, probemos, tal vez por ahí encontremos algo. —Ilusionada,
Gretta se asomó a la pantalla.
—Vaya, solo salen piezas de joyería —comentó Sophie,
decepcionada.
Las chicas hicieron otras búsquedas más, pero nada de lo que
encontraban en la web logró arrojar luz acerca del significado de
aquella misteriosa pieza.
—Está claro que en internet no hay información de este tema —
acabó por reconocer Sophie.
—Ya, es que no todo está en internet —comentó Gretta
recordando las palabras de su padre—. Y aunque esté, podría ser
información falsa —puntualizó.
—Cierto… —Sophie torció la boca—. Tendremos que pensar otro
plan.
—¡Ya sé! —Gretta dio una palmada de ilusión—. ¿Y si hacemos
como los buenos detectives?
—¿A qué te refieres? —Sophie la miró intrigada.
—¡¡A interrogar a algún testigo del incendio!! —exclamó Gretta
como si fuera obvio.
—¿Crees que todavía vivirá algún testigo de aquel incendio? —
Sophie dudó—. Fue hace muchos años…
—A lo mejor sí. —Gretta hizo cuentas mentalmente—. Aunque,
si aún hay alguien, debería ser muy muy anciano. ¿Dónde
encontrarlo? —se encogió de hombros y levantó las palmas de las
manos antes de decir—: Eso ya no lo sé.
—¿Y si vamos a la residencia de ancianos? —propuso Sophie—.
Tal vez allí encontremos algún testigo.
—Buena idea. Además, a Celia le ha tocado hacer el voluntariado
allí. —Gretta se entusiasmó al pensar en su amiga—. Le pediremos
ayuda. Si todavía hay algún testigo de lo sucedido, la residencia de
ancianos será un buen lugar para encontrarlo.
Unos ruidos en el cristal de la ventana llamaron la atención de
las chicas. Gretta se sobresaltó un poco, pero enseguida Sophie la

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tranquilizó.
—Debe de ser el pajarito. —Sophie se acercó a la ventana y
descorrió la cortina—. ¿Todavía llevas en la mochila las migas de
galleta de esta mañana?
Gretta se quedó pensativa ante las palabras «esta mañana». Le
parecía como si hubiera pasado una eternidad desde que se
despertaron.
La chica cogió su mochila, le dio la vuelta y la sacudió para
vaciar sobre su mano un montón de trozos de galleta.
—Se las daré. —Abrió la ventana y las dejó caer en el alféizar—.
Toma, aquí tienes tu cena, pajarito.
El animalito emitió un trino, como un diminuto gracias, y paseó
su pico por las migas de galleta.
—Y, mientras él cena, nosotras tenemos que irnos a dormir. —
Sophie miró la hora—. Se nos ha hecho muy tarde.
—Pondré la alarma de mi móvil para que no nos vuelva a pasar
lo de esta mañana… —dijo Gretta—. No me gusta levantarme con
prisas.
En ese momento, Gretta no se dio cuenta, pero al volver hasta
su cama pisó uno de los pétalos de la rosa que había guardado en
su diario y que, por un motivo que aún desconocía, había acabado
en el suelo.

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Capítulo 18
Sentir un vacío

S
ophie se despertó pensando que faltaba menos de una semana
para que su madre regresara del viaje. Si quería demostrarle
que ella y Gretta habían resuelto un caso con éxito, debían
darse prisa por descifrar el misterio.
De un salto, la chica se levantó de la cama. Desayunaría rápido
y dedicaría la mañana a repasar las pistas, mientras Gretta estaba
en clase.
—¡¡Vamooos, arriba!! —Sophie la zarandeó.
A Gretta, sin embargo, le costó más despertarse. Para que
abriera los ojos, Sophie le puso el despertador en la oreja, pero
Gretta lo único que hizo fue darse la vuelta, ponerse la almohada
alrededor de la cabeza y pedir «cinco minutitos más».
—Iré preparando el desayuno para las dos —acabó por decir
Sophie—. Te espero abajo, ¿vale?
—Vale, yo enseguida bajaré —contestó Gretta entre sueños.
—¡¡Pero date prisa, que el tiempo es oro!! —Se oyó la voz de
Sophie, que ya trotaba escaleras abajo.
Gretta se desperezó. Torpemente hizo la cama, se aseó y se
vistió. Luego, cogió la mochila y metió lo necesario para esa
mañana en el colegio: unas hojas de papel, el estuche, el
monedero…
—¡Ah!, de hoy no pasa que escribo en mi diario —pensó en voz
alta y se frotó los ojos.
La chica se dirigió hacia la mesilla. Iba tan contenta como si se
fuera a encontrar con un viejo amigo al que no veía desde hacía
tiempo. Sin embargo, la sonrisa se le borró de repente cuando
introdujo la mano y comprobó ¡que el cajón estaba vacío!

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—¿¡Cómo!? ¡¡No puede ser!! —Tanteó el hueco una vez más—.
Pero si yo lo dejé aquí… Y ahora, ¡mi diario ha desaparecido!
Gretta cerró el cajón y miró nerviosa hacia todos los lados. Tal
vez, comenzó a dudar, no lo había guardado en el cajón. Tal vez se
le cayó debajo de la cama. O quién sabe si al final lo guardó en el
armario, pensaba. La chica iba de un lado a otro de la habitación,
buscando su diario desesperadamente. ¡Incluso miró en el alféizar
de la ventana!
Que su diario no estuviera por ningún sitio le pareció aún más
raro que todo lo que había visto el día anterior en el Gabinete de
Curiosidades. La diferencia era que los extraños objetos del museo
le habían arrancado una sonrisa y ahora estaba al borde del llanto.
La chica se pasó la mano por los ojos e intentó serenarse. Debía
pensar con lógica.
Sin embargo, cada deducción que hacía le gustaba menos: el
diario no podía haber abandonado el cajón por su cuenta, y eso
solo podía significar que alguien lo había cogido. Obviamente, ese
alguien debía tener acceso a la habitación.
Gretta recordó las palabras de Sophie: «puedes dejarlo en el
cajón, en mi habitación nunca entra nadie», «no te preocupes aquí
está seguro». Y, ese recuerdo, en lugar de tranquilizarla, hizo que
Gretta sintiera un gran vacío en su interior. Porque si nadie entraba
ahí, eso solo podía significar que la persona que había cogido el
diario… ¡era Sophie!
Gretta quiso apartar este pensamiento y negó con la cabeza tan
fuerte que incluso le dolió el cuello. La chica se puso la mano
tratando de aliviar el dolor, pero lo que más le dolía era pensar en
la traición de Sophie. ¿No era su amiga de verdad?, se preguntaba
Gretta para sus adentros.
—No ha podido ser ella. —Se tapó la cara con las dos manos
mientras trataba de tranquilizarse—. ¿Por qué iba Sophie a coger el
diario?
Al mismo tiempo que Gretta pensaba que Sophie no había sido,
otro pensamiento se colaba en su mente, como si fuera un duende
malvado. Atormentándola, daba saltos en su cabeza insistiendo en
su culpabilidad: solo puede ser ella, solo ella sabía donde estaba…
—¡¡¡Grettaaa!!! —Sophie la llamó desde el piso de abajo—.
¡¡Baja ya, que el desayuno está listo!!

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—Voy, voy —Gretta carraspeó y contestó con voz grave, tratando
de disimular su tristeza.
Respiró profundamente y, con la mochila a los hombros,
comenzó a bajar las escaleras. Cada escalón que bajaba lo tenía
más claro. Haría lo que siempre había hecho: afrontaría la verdad,
aunque doliera.
Y le dolía mucho pensar que no podía confiar en Sophie. Sentía
una gran decepción en su corazón, pero aún le quedaba una
esperanza: tal vez el diario estaba en el colegio.
Pudiera ser que el día anterior, al final sí se lo hubiera llevado y,
con los nervios y las prisas, lo había olvidado en el pupitre. Ese otro
pensamiento fue como una bocanada de aire fresco. Gretta se
sintió con la ligereza que da la esperanza. Sí, miraría bien en el
colegio antes de acusar a su amiga.
—¿Te pasa algo, Gretta? —le preguntó Sophie cuando la vio
aparecer por la cocina.
—Oh, nada, nada —disimuló—, es solo que tengo mucho sueño.
—Pues venga, desayuna bien para coger energías. —Sophie
señaló unas tostadas—. Te recuerdo que hoy tienes un día movido:
ir a clase, el voluntariado, intentar localizar un testigo… —enumeró
—. Mira, te he preparado el almuerzo. —Le entregó un bocadillo.
Gretta cogió el bocadillo. El papel de aluminio todavía estaba
calentito, y sintió una sensación muy agradable en su mano. Le
reconfortó pensar que Sophie se preocupaba por ella.
—Muchas gracias —Gretta lo metió en la mochila y añadió—: Es
verdad que nos espera un día muy largo. —Apretó la boca en un
intento de sonrisa.
—Como he madrugado mucho, me ha dado tiempo de hacer un
montón de cosas. Y de pensar otras tantas —Sophie no paraba de
hablar.
—¿Qué has pensado? —dijo Gretta mientras untaba mantequilla
en la tostada.
—Pues que como tenemos que ir a la residencia de ancianos y tu
amiga Celia está haciendo allí el voluntariado —Sophie le acerco la
mermelada y un cuchillo—, creo que deberías antes hablar con ella
y explicarle nuestra investigación. De lo contrario, no entenderá
nuestro interés por visitar la residencia.

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—Buena idea —Gretta untó la mermelada, a la vez que la
desconfianza cruzaba su mente como un rayo: ¿habría madrugado
tanto Sophie también para leer su diario?
—Tenemos que aprovechar bien el tiempo —aseguró la francesa.
—Estás en todo, no se te escapa una —Gretta trató de dejar a
un lado sus pensamientos de desconfianza y añadió—: Oye, ¿y si la
llamo ahora por teléfono y se lo voy diciendo? Luego en clase habrá
mucha gente.
—Sí, mejor, ahora podrás hablar más tranquila. —Sophie acercó
su silla hacia la de Gretta para no perderse la conversación.
Gretta abrió su mochila y, después de quedarse mirando el
hueco donde debía de estar el diario, hizo de tripas corazón y sacó
su móvil.
—¡Hola, Celia! Soy yo, Gretta —le dijo, y escuchar la voz de su
amiga al otro lado del teléfono le devolvió la sonrisa.
—¡¡Gretta!! Qué alegría escucharte —exclamó Celia—. Pero ¿por
qué me llamas?, ¿no vas a ir al colegio hoy? Podemos hablar allí.
—Hay algo que tengo que contarte en privado —aseguró Gretta
bajo la atenta mirada de Sophie—. Verás, Sophie y yo estamos
haciendo una investigación y necesitamos tu ayuda.
—¡¡Halaaa!! ¡¡Una investigación!! —Celia, a la que últimamente
le chiflaban los casos de detectives, quiso saber más—. Dime, ¿en
qué os puedo ayudar?
Gretta le contó todo lo que sabía acerca de la misteriosa pieza
del sol y la luna que, a su vez, guardaba un sol y una luna en
miniatura. Le explicó lo del incendio en el taller de un carpintero y
cómo habían llegado a la conclusión de que necesitaban más pistas
para averiguar el significado.
—Parece una auténtica historia de detectives. —Celia se empujó
las gafas mientras asentía.
—La cuestión es que esto pasó hace mucho tiempo, en el año
1936. Y tenemos que encontrar un testigo, pero no sabemos si
habrá alguno. Hemos pensado que, tal vez, en la residencia de
ancianos todavía puede haber alguien de aquel entonces… —Gretta
miró a Sophie antes de preguntar—: ¿Crees que podríamos ir esta
tarde?

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—¡Claro! —contestó Celia, que estaba deseando ayudar—. Anne
Marie y yo estaremos allí hasta las ocho.
—¡Genial! Adiós Celia. —Gretta colgó el teléfono.
—Y bien, ¿podemos ir a la residencia esta tarde? —Sophie
estaba impaciente.
—Sí, cuando queramos. Me ha contado que hay gente muy
mayor. Tal vez tengamos suerte —dijo Gretta—. Pero tendremos
que ir antes de las ocho.
—Vaya, a esa hora es cuando acabamos nosotras en el museo.
—Sophie se quedó pensativa y comenzó a preocuparse—. No nos
va a dar tiempo. Tenemos al menos un cuarto de hora andando
hasta la residencia.
—Bueno, ya se nos ocurrirá algo, ¿vale? —Gretta la vio tan
preocupada que intentó tranquilizarla—. No nos dejemos llevar por
el pesimismo.
—Gracias, Gretta, amiga. —Sophie la abrazó de pura felicidad—.
Tienes razón, intentemos no perder la esperanza. Seguro que
encontramos un testigo.
Gretta asintió mientras pensaba que ella lo que deseaba era
llegar al colegio y encontrar allí su diario. No soportaba la idea de
que su amistad con Sophie hubiera sido una mentira.

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Capítulo 19
En el colegio

G
retta entró en el aula y cruzó los dedos. Con la mirada,
localizó el pupitre que había ocupado el día anterior. Por
suerte, todavía estaba vacío.
—A ver, por favor. —La señorita Rosa movió los brazos hacia
arriba y hacia abajo, como un guardia de tráfico—. Nos sentamos…
—Asintió exageradamente y los pendientes de aro bailaron en sus
orejas.
—Bonjour, señorita Rosa. —Se oía cada vez que un alumno
entraba en clase.
—Bonjour, queridos alumnos. Hoy daremos el tema uno de
gramática y haremos los ejercicios correspondientes. —La señorita
repartió un librito de francés a cada alumno—. Id sacando vuestros
bolígrafos, que empezamos ya mismo.
Gretta le dio las gracias a la profesora cuando le dejó en la mesa
el libro de francés. Aunque su pensamiento estaba puesto en
encontrar su diario, se apresuró por sacar su estuche dispuesta a
no perderse la clase.
—A las once tendréis el recreo. —La señorita Rosa cogió una de
las tizas mientras seguía hablando—: Finalizaremos la mañana con
la clase de redacción. Comeréis aquí y luego cada uno se irá a su
voluntariado —dijo mientras escribía algo en la pizarra.
En cuanto la señorita se giró, Gretta, con disimulo, se agachó
para mirar el cajón de debajo del pupitre. Sin embargo, aquello
estaba tan oscuro que no logró ver nada, así que se dedicó a
pasear la mano por dentro, con la esperanza de toparse con su
diario.
La decepción fue creciendo conforme sacaba el contenido del
cajón: un trozo de goma rota, un lapicero mordido, un papel
arrugado… pero ni rastro de su diario.

Página 102
Sin poder evitarlo, una lágrima rodó por su mejilla. Gretta se
apresuró a secársela, no quería que nadie la viera así. Lloraba por
su diario, pero también por Sophie. ¿Cómo era posible que su
amiga francesa le hubiera quitado algo tan importante para ella?,
pensaba una y otra vez.
Tratando de serenarse, comenzó a hacer un pequeño dibujo en
la esquina de una de las hojas del librito. Dibujó a Sophie y a ella
hablando y aclarándolo todo.
Sí, se dijo Gretta para sus adentros, ahora solo podía hacer una
cosa: hablar con Sophie. Tal vez, la francesa le pediría perdón por
haberle cogido el diario. Igual ya estaba tan arrepentida que,
cuando llegara a casa, lo habría devuelto a su sitio, se imaginaba.
A la hora del recreo, Gretta cogió el bocadillo y se juntó con sus
amigas. Aunque que eran su mayor apoyo y siempre le habían
ayudado, decidió que, de momento, no les contaría nada. Primero
tenía que saber, por boca de Sophie, qué era lo que había pasado.
Además, todas estaban ansiosas por contarse cosas, ¡no
paraban de hablar de sus respectivos voluntariados!
—Os aseguró que fue uno de los momentos más bochornosos de
mi vida —dijo Blanca llevándose las manos a las mejillas—. Pero al
final lo pude hacer ¡bailé delante de veinte niños! Aunque
reconozco que, en ese momento, hubiera deseado tener a alguien
que hiciera de mí.
—¡Ja, ja, ja! —rio Celia—. Estaría genial tener un doble que
hiciera por nosotras las cosas que más nos cuesta hacer —
reconoció—. Aunque a mí me ha encantado conocer a los ancianos
de la residencia, ¡son tan sabios!
—Blanca, yo hubiera hecho de ti con mucho gusto —habló Paula
—. Podríamos habernos intercambiado los trabajos. Tú habrías
disfrutado en la biblioteca más que yo. ¡Casi me duermo colocando
los libros en las estanterías!
—¡Chicas!, tenéis que venir a mi tienda y comprar algún
regalito. —María estaba entusiasmada—. Hay cosas muy bonitas y,
además, todo lo que se recauda va destinado a obras de caridad.
—Me encantará ir —aseguró Gretta—. Además creo que no está
muy lejos del museo.
—Como a cinco minutos. —Calculó María.

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—Hablando de minutos, las clases van a empezar enseguida. —
Gretta miró el reloj—. Voy al servicio antes de que suene el timbre.
—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció Paula apurando el
almuerzo.
—No hace falta, mejor acaba tranquila el bocadillo. —Gretta se
dirigió hacia los aseos.
Mientras estaba en el baño, Gretta oyó a dos personas
cuchicheando. La chica aguzó el oído y enseguida pudo distinguir la
voz de Olivia, que hablaba con ¿Bea? Le sorprendió que estuviera
de confidencias con ella… ¿Habrían coincidido de camino a los
lavabos o sería que Olivia quería captar a una de las nuevas amigas
de Camila?
—¿Y sabés lo que le dije? —Olivia puso voz dulce al añadir—:
Que la luz de la amistad es capaz de alumbrar hasta los más
oscuros momentos.
—Ohhh, qué bonito —respondió Bea y repitió—: La luz de la
amistad…
Gretta miró la puerta del baño con el ceño fruncido: ¿era cierto
lo que acababa de oír? Esa frase… esa frase… ¡era suya! Ella misma
la había inventado después de una reflexión acerca de la amistad y
el apoyo mutuo. ¿Cómo era posible que Olivia la hubiera pensado
también?
A no ser que… Gretta se rascó la cabeza, pensativa, a no ser que
Olivia la hubiera leído en su diario.
La chica trató de hacer memoria. Recordaba dos momentos en
los que había estado escribiendo en su diario con Olivia cerca. Una
fue en el viaje en tren a Rennes y la otra, en el jardín botánico. ¿Tal
vez la había leído entonces de pasada?
Desde luego, seguía pensando Gretta, si la había leído de pasada
y recodaba la frase palabra por palabra, Olivia tenía muy buena
memoria, y no era eso lo que había demostrado durante todo el
curso en los exámenes.
Entonces, siguió pensando Gretta, ¿habría sido ella la que le
había quitado el diario? Esta última deducción arrojaba un nuevo
interrogante: ¿cómo había logrado entrar en la habitación de
Sophie? ¿Quién le había dado permiso?

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Gretta recordó que no era la primera vez que Olivia se colaba en
un sitio ajeno sin permiso. Como cuando se coló en la casa del
árbol. Pero ahora era diferente: ¿cómo habría logrado entrar en
casa de Sophie? Ni siquiera entrando por la ventana, ¡era un
quinto!
Además, Gretta tampoco entendía el motivo por el que Olivia
repetía esa frase como si fuera suya, ¿tanto le había gustado? Cada
vez estaba más y más desconcertada con aquella chica.
Las dudas sobre quién le había quitado el diario invadían a
Gretta. En un lado de la balanza estaba Olivia, que parecía saberse
las frases como si se las hubiera estudiado a fondo, y en el otro
lado estaba Sophie, que tenía fácil acceso a su habitación.
No pasó mucho tiempo cuando algo inclinó la balanza hacia uno
de los lados.
Sucedió después de la comida, cuando ya las francesas habían
llegado al colegio.
Olivia estaba en el patio, junto con Jolie y un grupo de
francesas, cerca de la zona de las fuentes. De vez en cuando,
estiraba la mano y cogía un poco de agua para refrescarse. Las
otras francesas la imitaban mientras esperaban a sus compañeras.
Olivia hablaba y hablaba, era el centro de atención.
Gretta intentó acercarse, disimuladamente.
—Sophie, espérame dos minutos. —Gretta le endosó la mochila
—. Iré a beber agua, tengo una sed tremenda.
—Vale, te espero bajo la sombra de este árbol —le dijo—. Pero
date prisa, ¡tenemos que aprovechar muy bien el tiempo!
Con disimulo, Gretta llegó a una fuente y se agachó para no ser
reconocida. Mientras hacía como que bebía agua, pudo oír lo que
Olivia estaba contando y ¡casi le da algo!
—Imaginaos, ¡la lavadora daba vueltas y vueltas! Y a cada
vuelta, las puertas del coche, que estaba aparcado en el jardín, se
abrían y cerraban. ¡Ja, ja, ja! —Olivia miraba al resto de las chicas,
segura de que romperían a reír.
—Ja, ja, ja, ¡¡divertidísimo!! —De la risa, Jolie se doblaba por la
mitad.
—Ja, ja, ja, ¡parece cosa de magia! Pero ¿qué era lo que
pasaba? —decía otra secándose las lágrimas de la risa que le daba

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imaginar la escena.
—¡Mi madre había echado a lavar un pantalón y se había dejado
dentro las llaves de su coche! —explicó Olivia, feliz de sentirse el
centro de atención.
Gretta tuvo que hacer un gran esfuerzo por no levantar la
cabeza y decirle cuatro cosas a Olivia. Que hubiera inventado una
frase como la suya era algo muy raro, pero entraba dentro de lo
posible. Quién sabe si dar con una combinación exacta de palabras
era algo más que probable.
Pero que Olivia, además, hubiera vivido una anécdota igual que
la suya… eso ya sí era extraño. Y no solo eso, la madre de Olivia no
podía haber echado a lavar las llaves de su coche porque ¡no tenía
coche!
Gretta tuvo claro que Olivia había leído su diario. Pero no una
frase al azar: se había metido de lleno en sus páginas. Se lo había
robado.
No entendía cómo había logrado entrar en casa de la francesa.
Quizá nunca lo descubría, pero sentía cierto alivio al saber que
Sophie no había tenido nada que ver con todo aquello.
Ahora, la misión de recuperar su diario no le parecía nada fácil.
Tendría que encontrar el momento oportuno y, a ser posible,
conseguir una confesión voluntaria.

Página 106
Capítulo 20
Nueva oportunidad

Y
a en el museo, Gretta miraba a Sophie arrepentida de haber
pensado mal de ella. Pero, por otro lado, estaba contenta,
pues ahora que ya tenía claro que no le había quitado el
diario, no había nada que enturbiara su amistad.
—¡Hola, chicas! —La encargada de supervisar su voluntariado las
miró por encima de la pantalla del ordenador—. Ya me perdonaréis
que ayer os tuve aquí toda la tarde, pero me surgió un imprevisto.
—Oh, bueno, fue una tarde muy movida, pero no se preocupe.
—Sophie quiso quitarle importancia.
—Hicimos todo como nos indicó. —Gretta asentía—. Apuntar en
el registro los visitantes, indicarles dónde adquirir la audioguía,
darles los folletos…
La mujer de la eterna sonrisa comenzó a sentirse culpable por
haberles endosado todo ese trabajo. La sonrisa se le fue borrando
poco a poco, eclipsando el brillante sol en su diente.
—Bueno… —se rascó la frente, un poco apurada—, estoy
pensando que para compensaros por el trabajo de ayer, hoy podéis
tomaros la tarde libre.
—¿En serio? —Gretta pensó que estaban de suerte. Justo era
tiempo libre lo que estaban necesitando.
—¡Oh, muchas gracias! Nos vendrá genial porque tenemos que
hacer unos recados —explicó Sophie.
—¿Nos podemos ir ahora mismo? —preguntó Gretta impaciente.
—Claro, cuando queráis. —Les guiñó el ojo sintiéndose menos
culpable—. Pero mañana aquí, ¿eh? Que no sirva de precedente.
Las dos chicas pusieron rumbo a la residencia de ancianos.
Tenían quince minutos de camino, pero iban relajadas porque ahora
tenían tiempo de sobra. Incluso pararon en un puesto de helados.

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—Para mí uno de dos bolas, una de fresa y otra de coco —pidió
Sophie.
—Yo querré uno… —Gretta miró la vitrina, esperando encontrar
sabores tan deliciosos como los de «Helados Nadia», pero al final
desistió, los helados de la madre de María eran inigualables—. Uno
de naranja y menta.
Mientras se lo comían, Gretta propuso pasar por la tienda de
María. Tenían tiempo de sobra y su amiga le había comentado que
había cosas muy bonitas.
—¡Hola, Gretta! ¡Hola, Sophie! —María las saludó desde detrás
del mostrador—. ¡Qué bien que hayáis podido venir! Echad un
vistazo, la tienda está repleta de cosas de lo más interesantes.
—¡¡Hala, es enorme!! —Gretta asomó la cabeza.
Sophie y Gretta prefirieron terminar su helado para no manchar
nada y, solo entonces, miraron toda la tienda pasillo por pasillo.
Había tantas cosas que todo les llamaba la atención.
—Mira esto —Sophie señaló una brújula antigua—. Ahora que
vamos a descifrar un misterio, seguro que mi madre me pedirá que
la acompañe en sus investigaciones. Y necesitaré una brújula para
orientarme bien, ¿no crees? La compraré.
—Claro, vayamos a pagarla —dijo Gretta, pero enseguida se
volvió hacia su amiga—. ¡Espera, Sophie!
—¿Sucede algo? —Se giró la francesa.
—Mira, hay libros de segunda mano. —Gretta se paró frente a
una estantería—. Me gustaría encontrar una novela interesante en
francés.
—Te ayudaré a elegir una —Sophie cogió varios volúmenes, pero
de pronto los soltó todos y se quedó con un libro en la mano,
chillando—: ¡¡Gretta!!
—¡¡¿Qué?!! —respondió Gretta, asustada.
—¡¡Mira este libro!! —Sophie le plantó delante de sus ojos un
pequeño libro—. ¡¡Este dibujo!!
—Desde tan cerca no puedo leer ni el título. —Gretta lo apartó
con la mano.
La chica no podía creerse lo que acaban de encontrar. El
pequeño libro tenía el mismo dibujo del sol y la luna que la pieza

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objeto de su investigación.
—Aquí hay un nombre escrito. —Sophie abrió la primera página
y leyó—: Agnes Dunarc.
—¿Será la dueña del libro? —dudó Gretta.
—Es muy probable. Creo que deberíamos intentar encontrarla.
Ella tiene que saber algo del sol y la luna… ¡están en su libro! —
argumentó Sophie—. Tal vez poniendo su nombre en el buscador de
internet tengamos alguna pista. Esta noche seguiremos este hilo de
la investigación.
—Sí, ahora paguemos las cosas y vayamos a ver a Celia. —
Gretta sacó su monedero y dejó caer sobre su mano unas pocas
monedas—. Espero que no sea muy caro, porque solo llevo
calderilla.
—Yo tengo un billete de cinco. —Sophie lo puso también sobre la
mano de Gretta.
—María —Gretta se acercó al mostrador donde estaba su amiga
—, queremos comprar este libro y una brújula también.
—Vale, pues a ver. —María consultó el precio—. Son dos euros el
libro y tres euros la brújula.
—¡Hala, qué barato! —dijo Gretta.
—¿Queréis una bolsa? Son diez céntimos —dijo María lo mismo
que les decía a todos los clientes.
—No, lo llevaré todo en mi mochila. —Gretta se descolgó un asa
y guardó las cosas.
Las chicas pusieron rumbo a la residencia. En cuanto llegaron,
Celia las saludó con gran alegría.
—Habéis llegado en buen momento —les hizo un gesto para que
pasaran al jardín—, es la hora de las visitas.
—Celia, ¿quién es la persona más mayor de la residencia? —
preguntó Gretta mirando alrededor.
—Eso —añadió Sophie—, porque necesitamos hablar con alguien
muy muy anciano —puntualizó.
—Yo la edad no la sé, pero podéis indagar. —Celia las acompañó
hasta un grupo de ancianos.
Las chicas empezaron a entrevistar a los ancianos con mucho
entusiasmo, pero después de haber hablado con más de veinte, se

Página 109
dieron por vencidas.
—Creo que no ha sido buena idea esto de buscar un testigo… —
acabó por aceptar Sophie mientras se sentaba en un banco.
—Bueno, no nos demos por vencidas. Como dice el refrán:
cuando una puerta se cierra, otra se abre. Aún tenemos esta vía de
investigación. —Gretta sacó el libro de su mochila—. Nos queda
Agnes…
El cri-cri de un andador a sus espaldas les hizo darse la vuelta.
Una mujer menuda, con el pelo tan blanco y esponjoso como las
nubes, levantó una de sus arrugadas manos.
—Ese libro —dijo casi sin aliento mientras lo señalaba con su
tembloroso y retorcido dedo índice—, ese libro.
Gretta se levantó enseguida y la sujetó por el brazo mientras le
mostraba el ejemplar.
—¿Quién es usted? —preguntó Sophie, que también se acercó.
—Si no os importa, me sentaré aquí un rato con vosotras. —
Despacio, la anciana se apoyó en su andador y se sentó en el
banco.

Página 110
Capítulo 21
El secreto de la alquimia

S
ophie y Gretta se sentaron una a cada lado de la anciana. El
sol de la tarde atravesaba su pelo como si se adentrara en un
cielo de algodón.
—Ya no tengo edad para las prisas… —se quejó la anciana
mientras trataba de recobrar el aliento.
Luego sonrió y se quedó mirando el libro.
—¿Me dejáis verlo? —La mujer se puso las gafas, que llevaba
colgadas de una cuerda.
—Claro, mírelo con calma. —Gretta lo dejó en el regazo de la
anciana. Sobre su falda marrón, los dibujos del sol y la luna aún
parecían más llamativos.
—Esta soy yo. —Abrió el libro y señaló el nombre escrito en la
primera página—. ¿Dónde lo habéis encontrado?
La anciana sonreía, y todas las arrugas se le agolpaban
alrededor de los ojos.
—Perdone, ¿quiere decir que usted es Agnes Dunarc? —Sophie
pensaba que era un desvarío de la edad.
—La misma. —La mujer asintió y cerró despacio sus pequeños
ojos que parecían cansados, pero también llenos de paz.
—Lo hemos comprado en una tienda de segunda mano —se
apresuró a contestar Gretta—. Nos pareció tan bonito que no nos
pudimos resistir. —Ocultó el verdadero motivo.
—Pero ahora es para usted —acabó diciendo Sophie, que
pensaba que el libro debía estar con su verdadera dueña.
—Oh, pues os lo agradezco —la anciana paseó su arrugada
mano por la portada y añadió—: Me lo regaló una amiga hace
mucho, mucho tiempo. —Apretó hacia sí el libro, casi como si

Página 111
estuviera abrazando a su amiga—. Pero un día ella desapareció, y
luego el libro se perdió…
Las palabras de la anciana sonaban como notas de una dulce
flauta, cuya melodía era capaz de transportarte a un tiempo lejano.
—Todo desaparece alguna vez —habló de nuevo, y miró a Gretta
—. Pero lo que es de una, siempre acaba apareciendo. Solo hace
falta tiempo.
—Eso espero —dijo Gretta pensando en su diario.
—Yo ya soy muy mayor. —La anciana extendió los dedos de su
mano y comenzó a contar. Sin embargo, cada dos por tres perdía la
cuenta y, al final, se dio por vencida—. ¡Bah! Tengo tantos años que
no los puedo ni contar. Más de cien, seguro.
Sophie abrió los ojos de par en par. Si esa mujer tenía más de
cien años, tal vez aún estaban a tiempo de encontrar a un testigo
del incendio.
—¿Y usted siempre ha vivido en esta ciudad? —quiso averiguar
Sophie antes de hacerle otras preguntas.
—Sí, aquí. —La mujer aspiró aire y se hinchó como un pajarillo
—. Aunque después del gran incendio hubo mucha gente que se
fue, mi familia no se movió de Rennes.
—Cuéntenos lo del incendio, por favor. —Gretta se le acercó un
poco más, no quería perder detalle.
—Fue en 1936. Yo tenía 16 años y trabajaba en un telar. —
Asentía al recordar los viejos tiempos—. Mi amiga, la del libro, vivía
al otro lado de la calle. Ella era algo mayor que yo y… —Hizo una
pausa como dudando si debía continuar.
—Y… —Sophie hizo un gesto con la mano, invitándola a seguir
hablando.
—Bah, imagino que ya no hay motivo para guardar el secreto —
Agnes se lanzó a hablar—. Ella trabajaba en el laboratorio que se
incendió. Quería descubrir cosas, cosas importantes.
—¿El laboratorio que se incendió? —Sophie pensó que la mujer
se había equivocado—. Pero en los periódicos ponía que era una
carpintería. De hecho, se dice que el fuego empezó por un descuido
que provocó que la madera ardiera sin piedad.
—¡Bobadas! Lo que pasa es que era un laboratorio secreto; todo
el mundo pensaba que aquello era una carpintería —les confesó la

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anciana—. Y también se creían que mi amiga era un carpintero.
Pero nada más lejos de la realidad.
—¿Ah, no? —Gretta frunció el ceño—, ¿entonces a qué se
dedicaba su amiga?
—Mi amiga era alquimista. —Asintió con la cabeza varias veces
—. La única y última mujer dedicada a los secretos de esa rara
ciencia. —Señaló varias veces el libro, lleno de extraños dibujos—.
Y este libro que me regaló está lleno de símbolos de la alquimia.
—¿Alquimista? —interrogó Sophie—. ¿Qué es eso?
—Los alquimistas buscaban la fórmula para convertir cualquier
metal en oro —les aclaró—. Un trozo de hierro, estaño, cobre… en
oro, ¡imaginaos qué poder!
—¡Hala! Es casi como hacer magia —dijo Sophie.
—Y por eso el incendio. Estoy segura de que lo provocaron —dijo
la anciana casi en un susurro.
—¿Alguien lo incendió? —repitió Sophie, y miró nerviosa a
Gretta, pues estaba a punto de confirmar sus sospechas—.
¿¡Quién!?
—Entre los alquimistas, era sabido que un grupo de falsos
eruditos les espiaban y perseguían por toda Francia —continuó
hablando la anciana—. Su objetivo era robar el secreto de la
alquimia. La fórmula para convertir en oro cualquier metal.
—¡En oro! —no pudo evitar exclamar Gretta al pensar en la
pieza del sol y la luna.
—Sí, eso he dicho. El sueño de mi amiga era descubrir ese
proceso secreto y, bueno, a veces no todo sale como una quiere. —
Una lágrima de nostalgia asomó a sus pequeños ojos—. Estuvo
cerca de conseguirlo, pero ese incendio… la apartó de su sueño.
—Un momento, ¡¡tal vez su amiga sí lo consiguió!! —Gretta sacó
su móvil y le mostró la fotografía con la pieza del sol y la luna.
—Oh, yo diría que esa pieza es la que hicimos con estaño, las
dos juntas, ¡qué bien lo pasamos moldeando el metal! —dijo la
anciana en cuanto vio la fotografía—. Ese día me prometió que la
convertiría en oro mediante la alquimia. —Se pasó un pañuelo por
los ojos—. Pobre, no sabía cuál era su verdadero destino.
—Agnes, esta pieza no es de estaño. —Gretta la amplió todo lo
que pudo—. ¡¡Es de oro!! Además, estaba enterrada en la

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carpintería —Gretta hizo una pausa y rectificó—: Quiero decir, en el
laboratorio.
—No es la misma. Esta solo tiene un sol y una luna —dijo Agnes
—. Y nosotras tallamos una luna dentro del sol y un sol dentro de la
luna —les contó.
—¡¡Pues entonces, es esta!! —exclamó Gretta acercándole más
el móvil—. ¡Mírela bien!
—Ohhh, es verdad —dijo la mujer, nerviosa—. Entonces,
entonces… ¡lo consiguió! —Se levantó y comenzó a bailar—.
¡Convirtió el estaño en oro!
—¡Es increíble! —Sophie tuvo que contener su alegría, no quería
llamar la atención.
—Agnes, una cosa. —Gretta tenía una pregunta más—. ¿Por qué
tallasteis una luna dentro del sol y un sol dentro de una luna?
¿Tiene algún significado?
—En la alquimia, la luna representa la debilidad y el sol
representa la fuerza. —La anciana señaló los dibujos del libro—. Mi
amiga decía que todo tiene dentro su opuesto.
—Umm… no lo entiendo. —Gretta ladeó la cabeza.
—Ella creía que no hay nada tan fuerte que no tenga su
debilidad, ni nada tan débil que no tenga su fortaleza —dijo la
anciana—. El sol tiene una luna y la luna tiene un sol.
—¡Qué bonito! —exclamó Sophie.
—Escuchad —la mujer bajó aún más la voz y les dijo—: Cuando
os sintáis débiles, habéis de saber que también tenéis fuerza. Pero
cuando os sintáis fuertes, también debéis recordad vuestra
debilidad…
Gretta pensó que esas palabras guardaban una gran verdad y
decidió que, en cuanto recuperara su diario, escribiría la frase de la
última alquimista.

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Capítulo 22
Vuela alto

E
l primer fin de semana de intercambio se presentaba muy
divertido. El sábado por la mañana, todo el grupo haría un
pícnic en unos de los sitios más pintorescos de Rennes: las
Montañas Perdidas.
Celia estaba muy contenta porque cerca del área para el pícnic
estaba la zona desde donde despegaban los globos aerostáticos. Y
era ese mismo día cuando la madre de Anne Marie había reservado
un viaje entre las nubes.
Después de extender los manteles en el suelo, repartir platos y
vasos desechables y colocar lo que cada uno había llevado para
compartir, el grupo comió y charló animadamente. La primera
semana en Rennes había sido muy intensa, y la gente se quitaba la
palabra de la boca para contar sus aventuras y anécdotas.
Sin embargo, Gretta permanecía callada. No tenía intención de
contar lo que le había pasado a ella, eso que todavía no estaba
resuelto y le preocupaba tanto.
La chica buscó con la mirada a Olivia. Estaba sentada en el
suelo, junto a Jolie y un grupo de francesas. Gretta pensó que, tal
vez, después del pícnic podría encontrar un momento para hablar
con ella a solas.
La ocasión se presentó a las cinco de la tarde. La madre de Anne
Marie apareció para anunciar que era la hora del esperado viaje en
globo. Un paseo por las nubes para ocho personas que disfrutarían
de unas increíbles vistas de la ciudad.
—Chicas, os está esperando un precioso globo victoriano. —La
madre de Anne Marie señaló un globo antiguo.
María, Celia, Paula, Blanca y Gretta miraron, todas a la vez, en
esa dirección. El globo era de colores y llevaba una cesta forrada de
junco de la que colgaban sacos.

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—¡Por fin! —Celia juntó las manos, ilusionada—. ¡Todas a bordo!
—dio un grito para avisar a sus amigas y también a sus
compañeras de correspondencia.
Las diez chicas se reunieron en torno a la madre de Anne Marie
y esperaron las instrucciones para ese viaje tan diferente.
—Vaya, lo siento, no sabía que erais tantas… —La madre las
contó—. El viaje es solo para ocho. —Puso cara de apuro.
—Entonces… no vamos a poder subir todas. —Celia miró hacia el
suelo.
Un pequeño revuelo se armó entre las amigas de la casa del
árbol y sus compañeras de correspondencia: dos de ellas se tenían
que quedar en tierra.
—Podemos echar a suertes quién monta en el globo —propuso
Blanca queriendo ser justa.
A Celia no le gustaba nada la idea de que alguien se quedara sin
ir en globo. En un gesto un poco brusco, se cruzó de brazos y torció
la boca, disgustada.
—No os preocupéis, yo me quedaré en tierra —se ofreció Gretta,
pensando que aprovecharía ese rato para hablar con Olivia.
—Yo también me quedaré aquí abajo —dijo enseguida Sophie—.
Os confieso que tengo un poco de vértigo, la verdad.
La madre de Anne Marie se pasó la mano por la frente y resopló
aliviada, como si se hubiera quitado un incómodo problema de
encima.
—Qué pena que no vengas, Gretta. —María le cogió la mano—.
¿Quieres ir tú en mi lugar?
—Si quieres, me quedo yo —se ofreció Paula.
Aunque Celia tenía mucha ilusión por ir en globo, también le
ofreció el puesto y Blanca hizo lo mismo.
—Muchas gracias, sois unas amigas maravillosas, pero me quedo
en tierra. —Gretta lo tenía claro—. Solo os pido que hagáis fotos
con el móvil desde arriba. —Señaló el cielo.
—Descuida, eso haremos —respondieron todas a la vez.
—¡Chicas, daos prisa! —Anne Marie dio un grito—. ¡Tenemos que
subir ya a la cesta!

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Aquello era todo un espectáculo. El resto del grupo de
estudiantes dejaron lo que estaban haciendo y se reunieron
alrededor del globo. Era muy emocionante ver cómo el enorme
artilugio ascendía poco a poco en su viaje entre las nubes. Nadie
quería perdérselo. Nadie, excepto Olivia. Aquello de mirar cómo
subía una cesta con gente lo encontraba de lo más aburrido.
Gretta se puso a su lado, y Olivia hizo un gesto de extrañeza al
verla allí.
—Pensé que estabas arriba con tus amigas —comentó Olivia
justificando su sorpresa.
—Verás, el motivo por el que no estoy ahí arriba es porque
quería hablar contigo —confesó Gretta.
—¿Conmigo? —Olivia se extrañó.
—Sí, contigo. —Gretta la miró a los ojos fijamente—. Es por el
diario. Sé que lo tienes tú.
—¿Qué te hace pensar eso? —Antes de poder negarlo, Olivia se
sorprendió formulando esa pregunta.
—Llevas días repitiendo mis frases y mis anécdotas. —Gretta
miró ahora al horizonte.
—¿Tus frases? —Olivia se puso a la defensiva—. ¿Crees que eres
dueña de las frases?, ¿que solo a ti te pasan cosas? ¡Ja!
—En eso tal vez tengas razón: las palabras y las frases son
libres. —Gretta trató de que Olivia se relajara un poco.
—¿Ves? No tienes razón. —Olivia se ahuecó el pelo y se dio la
vuelta para marcharse, la conversación la incomodaba.
—Espera, por favor. —Gretta le cortó el paso—. No solo lo he
dicho por las frases, aún hay algo más.
—A ver, qué más… —Olivia puso los brazos en jarras.
—El otro día, cuando sacaste el estuche de tu bandolera… se te
cayó un pétalo seco de rosa. De las mismas rosas que yo coloqué
dentro del diario —le contó Gretta.
Olivia apretó los labios y miró hacia los lados, cada vez se sentía
más acorralada.
—Mira, no me voy a enfadar contigo; solo trato de recuperar mi
diario, nada más —aseguró Gretta.

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—Está bien, sí, lo cogí —reconoció, al fin, y la voz le tembló al
decir—: ¿Se lo vas a decir… se lo vas a contar… a Jolie… y a su
grupo de amigas francesas?
—No, tranquila —contestó Gretta.
Olivia respiró profundamente y se sintió aliviada. Hubiera sido
un ridículo muy grande para ella que todas esas chicas, que ahora
parecían admirarla, supieran que era una farsante.
—Pero dime, ¿por qué lo hiciste? —Gretta no entendía el
comportamiento de Olivia—. ¿Por qué cuentas mis anécdotas como
si te hubieran pasado a ti?
—Todo el mundo te presta atención cuando cuentas tus cosas. —
Olivia miró hacia abajo y murmuró—: Quería ser un poco como tú.
—Pero, pero… tú solo puedes ser tú —Gretta quiso sacarla de su
equivocación—. ¿No te das cuenta? Es maravilloso ser una misma y,
de esta manera, poder ser auténtica con los demás.
La tristeza comenzó a asomar a los ojos de Olivia, y ese
sentimiento dio paso a la sinceridad. La chica sintió que podía
hablar con Gretta, le inspiraba confianza.
—Es que me da miedo ser yo misma y que me rechacen… —
susurró, y levantó la vista del suelo para mirar a Gretta—. Tú, sin
embargo, le caes bien a todo el mundo.
—¿De verdad crees eso? Pero ¿has intentado ser tú misma? —
Gretta la cogió por el hombro—. Ven, vayamos ahí. —Señaló un
lugar desde donde aún podían ver el globo subir por los aires.
En ese momento el globo comenzaba a ascender. Cada poco
rato, alguien tiraba uno de los sacos que llevaba colgando la cesta.
—¿Has visto? —Gretta señaló uno de los sacos que caía a tierra
—. El globo es capaz de volar alto porque suelta los sacos de arena.
Solo cuando suelta los pesos que le impiden volar, sube y sube.
—Sí, es verdad. —Olivia se secó una lágrima.
—Lo mismo nos pasa a las personas: que solo podemos volar
alto cuando soltamos nuestros miedos —aseguró Gretta—. Los
miedos pesan y nos paralizan, no nos dejan avanzar. No tengas
miedo a ser tú misma.
Una lágrima rodó por la mejilla de Olivia liberando su alma del
miedo a la soledad, del miedo al rechazo.

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Gretta le ofreció un pañuelo. Nunca pensó que la vería llorar por
algo, a ella, que iba de dura. Entonces recordó la frase de la última
alquimista. Al igual que no había nada tan débil que no tuviera su
fuerza, no había persona tan dura que no necesitara a los demás
para expresar sus sentimientos.
—Olivia, estoy segura de que, bajo esa fachada, hay una
persona estupenda. No te hacen falta disfraces, ni mentiras —le
dijo Gretta—. Solo siendo tú misma podrás gustar a los demás.
—Gracias, Gretta, nunca me lo había dicho nadie. —Olivia
empezaba a comprender que el éxito de Gretta no se debía a sus
frases bonitas, ni a sus anécdotas.
Gretta era auténtica, siempre era ella misma. Sin artilugios, sin
máscaras que ocultaran su esencia. Olivia también entendió que si
tienes que fingir ser otra para que te acepten… entonces, no
merece la pena.
—A veces hasta yo misma me canso de ser superficial. —Olivia
sintió que podía mostrar sus sentimientos—. ¿Me perdonas?
—Claro que sí. —Gretta sonrió—. Pero ¿me devolverás el diario?
—Por supuesto. Aunque, estoy pensando que… —Olivia se
atrevió a bromear— igual podrías dejar que lo termine de leer, ¡está
de lo más interesante!
Las dos chicas se echaron a reír.
Gretta vio pasar el globo de colores, que cada vez estaba más y
más alto. La chica imaginó que sus amigas eran capaces de tocar
las nubes con la punta de sus dedos y sonrió al imaginarlas allá
arriba.
En ese momento sintió que su móvil vibraba en el bolsillo de su
pantalón y se apresuró a mirar el mensaje.
Era una foto de sus amigas, con las nubes de fondo, y
acompañada de una frase:

«Gracias por dejarnos volar alto ;-)»

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W. AMA es una escritora que desarrolla su actividad literaria dentro
de la ficción infantil y juvenil.

En una entrevista comentaba:

Ahora os hablaré de mí, pero solo un poco. Porque creo que los
autores debemos permanecer en un segundo plano: las historias
son las que cuentan.

Siempre digo que soy una escritora en un árbol. ¿Por qué? Pues
porque las buenas ideas no crecen en el suelo, hay que mirar
arriba, bien alto, como las chicas protagonistas de estos libros, que
se reúnen en su casa del árbol.

Lo que me impulsó a escribir este tipo de novelas fue mi hija. Y os


aseguro que para mí fue todo un reto ¡y ahora mismo sigue siendo
una gran responsabilidad! Un día, mientras escribía lo que iba a ser
una novela para adultos, me dijo que a ella le gustaría que le
escribiera libros. ¿Puede acaso una madre escritora decir que no?

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