Haz Que Suceda
Haz Que Suceda
Sin embargo, una serie de sucesos pone en peligro su regreso. Mientras tanto, María
se verá envuelta en una arriesgada aventura para desvelar un secreto muy especial…
¿Conseguirá hacer que suceda todo aquello por lo que tanto se esfuerza?
Lectura de 8-9 a 11-12 años. Literatura Ficción. Libros para niñas y niños.
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W. Ama
ePub r1.0
Titivillus 16.07.2024
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Título original: Haz que suceda
W. Ama, 2023
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Para ti que, con tu lectura,
haces que esta historia suceda.
W. Ama
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Capítulo 1
Una decisión
M
aría atendió con prisa a la última persona que quedaba en
la tienda. Era ya la hora de cerrar y, esa tarde de miércoles,
había quedado con sus amigas.
No quería hacerlas esperar. Desde que estaban en Rennes, no
habían logrado quedar las cinco solas y, ahora que el tiempo de
intercambio llegaba a su fin, se habían propuesto tener, al menos,
una tarde de amigas. Lo tenían todo planeado. Irían al casco
antiguo, comprarían postales y merendarían en una cafetería a
orillas del río Vilaine.
Ahora lo único que la separaba de sus amigas era el disfraz de
mago que estaba sobre el mostrador. Sin perder un segundo, María
sacó un trozo de papel y envolvió tan rápido la capa y el sombrero
que parecía como si ella misma estuviera haciendo magia.
En ese momento, recordó a la persona que había donado esas
prendas a la tienda, asegurando que ya no las iba a usar más, y no
pudo evitar sonreír. Estaba contenta de que esos artículos volvieran
a ser útiles para alguien.
—Merci —dijo, y guardó el billete de cinco euros en la caja
registradora.
A María cada vez le gustaba más la tienda de segunda mano. No
solo era una buena manera de reciclar las cosas y darles una
segunda vida, sino que, además, el dinero de las ventas iba
destinado a obras benéficas.
El nuevo dueño del disfraz, feliz de su adquisición, se alejó
dando pequeños saltitos.
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—Au revoir! —lo despidió María y, de inmediato, se agachó para
coger su mochila.
Normalmente no solía tener prisa por acabar su jornada, y
siempre era Geraldine la que avisaba de que se tenían que ir. Pero,
esa tarde, los papeles se habían intercambiado.
—¡Vamos, Geraldine! —María se puso la mochila a la espalda—.
Se me está haciendo tarde.
Cuando María y Geraldine fueron a despedirse de Brigitte, la
encargada de la tienda, la encontraron hablando por teléfono y no
quisieron molestarla. Desde lejos, las dos chicas movieron la mano
en el aire para decirle adiós.
La mujer, al ver que se iban, se retiró el auricular de la oreja y
les hizo un gesto con la mano, dándoles a entender que esperaran
un momento.
—¿Qué querrá? —María consultó su reloj, y resopló.
—Ni idea. —Geraldine se encogió de hombros.
Brigitte les sonrió y apuntó algo en una libreta. Luego dio las
gracias a la persona que estaba al otro lado del teléfono y colgó.
—¡Chicas, esperad! —Se acercó corriendo hasta ellas—. Tengo
que pediros un favor muy importante —dijo casi sin aliento—.
Aunque me da un poco de apuro. Sé que vuestra jornada ha
terminado por hoy, pero esto es urgente.
María y Geraldine se miraron muy intrigadas. Brigitte nunca les
había pedido nada. Ni siquiera las tardes que la tienda estaba a
rebosar de gente se había atrevido a pedirles que se quedaran más
rato. Por eso, las dos chicas pensaron que esa petición se debía a
algo verdaderamente importante.
—¿De qué se trata? —preguntó Geraldine, con curiosidad.
—Me acaban de llamar de la oficina de objetos perdidos. —
Brigitte se giró para señalar el teléfono—. ¡Y estoy de enhorabuena!
—¿Se te había perdido algo y te han avisado de que lo puedes
recoger? —la interrumpió María, tratando de adivinar a qué se
debía su enhorabuena.
—Oh, no, no, nada de eso. —La encargada movió la cabeza a los
lados y aclaró—: Es algo para la tienda.
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—Pero acabas de decir que te han llamado de una oficina de
«objetos perdidos»… —Geraldine la miró de lado y arrugó la nariz
—. ¿Qué tienen que ver esos objetos con la tienda de segunda
mano?
—Yo tampoco lo entiendo —reconoció María—. Aquí solo hay
cosas donadas —señaló con el dedo en derredor—, pero no
perdidas.
—Veréis, dos veces al año, la oficina de objetos perdidos elige
una tienda y le dona las cosas que nadie ha reclamado. —Brigitte,
ilusionada, juntó las palmas de las manos—. ¡Y esta vez le ha
tocado a nuestra tienda!
—Entonces supongo que sí estás de enhorabuena —reconoció
Geraldine, pero enseguida le entraron dudas—. Solo hay algo que
no me cuadra.
—¿El qué? —quiso saber la encargada.
—¿Qué pasará cuando la gente que ha perdido esas cosas vaya
a la oficina de objetos perdidos a buscarlas? —indagó Geraldine.
—Si nadie las ha reclamado en seis meses, los de la oficina no
tienen obligación de guardarlas —explicó Brigitte, y se rascó la
barbilla al decir—: Y, supongo, que lo que tampoco tienen es sitio
en sus almacenes.
—¡Es una suerte que las den para la tienda! —concluyó María—.
¡Qué ilusión! ¡Ojalá sean muchísimas cosas! Las colocaremos en las
estanterías mañana, en cuanto las traigan aquí.
En ese momento, Brigitte se puso seria. Volvió hasta la mesa en
la que estaba teléfono y arrancó la hoja de la libreta donde antes
había apuntado algo.
—Ese es el problema: los de la oficina de objetos perdidos no
traen las cosas hasta aquí. —Señaló el papel—. Tenemos que ir a
recogerlas a esta dirección hoy mismo.
—¿Hoy? ¿Esta tarde? —se alarmó María, y deseó haberlo
entendido mal.
—Oh, lo sé, lo sé, y lo siento mucho… —Brigitte chasqueó la
lengua—. Seguro que teníais otros planes. Siento tener que pediros
esto, pero yo sola no voy a poder traer todo hasta aquí —se sinceró
—. Son tres cajas grandes. Chicas, os necesito a las dos.
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—¿Y por qué no podemos ir mañana a cogerlas? —dijo
Geraldine, que sabía que María había quedado con sus amigas.
—Mañana no las tendrán. Si no vamos hoy, llamarán a otra
tienda para que las pase a recoger —aseguró la encargada.
—Vaya, menuda faena… —murmuró Geraldine.
—Pero si no podéis, bueno, lo entenderé —Brigitte miró al suelo
y añadió con voz apagada—: Al fin y al cabo, no os he avisado con
suficiente antelación.
Las tres se quedaron en silencio. Solo se oía el tic-tac de algún
reloj y el ruido del tráfico, que llegaba amortiguado por el cristal del
escaparate.
Pasaron un par de minutos. Fue entonces cuando Geraldine
carraspeó varias veces y comenzó a mover el pie, impaciente. Miró
a María y la señaló con el dedo disimuladamente. Esperaba que
fuera ella la que dijera algo, la que tomara esa decisión.
María cruzó una mirada rápida con su amiga y apretó fuerte los
labios, como sellando su boca. Volvió a consultar el reloj. Para
llegar a tiempo a la cita con sus amigas, ya tenía que haber salido
de la tienda. Tenía que darse prisa en tomar una decisión.
¿Qué debía hacer?
Si no ayudaba a Brigitte, la tienda perdería los nuevos artículos,
y recaudarían menos dinero para las obras de caridad. Y, si no
acudía a la cita con sus amigas, sería ella la que se perdería ese
rato de amistad y diversión.
La chica sentía un dilema en su interior.
«Sí, es cierto que hace mucho que no logramos estar las cinco
juntas, pero les podría explicar que hoy no puedo ir —se decía
María para sus adentros—. Al fin y al cabo, no sería yo la única que
habría cambiado los planes últimamente».
Y así era. Un día había sido Blanca la que las había llamado en el
último momento porque le había surgido un ensayo con su grupo
de baile del voluntariado. Y, al día siguiente, había sido Celia la que
había cambiado de planes, ya que la madre de Anne Marie las había
invitado a la ópera.
No, no parecía algo tan grave que esa tarde fuera a faltar ella,
se convenció finalmente María.
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—Está bien, ¿dónde hay que ir a recoger las cajas? —dijo por fin,
aliviada de haber tomado lo que le parecía la mejor decisión.
—¡Así me gusta! —se entusiasmó Geraldine.
—¡Oh, chicas, muchísimas gracias! —Brigitte las abrazó, muy
emocionada—. Estamos a punto de enviar una buena suma de
dinero para la reconstrucción de la escuela que os conté. Estos
nuevos productos nos vendrán de maravilla.
María recordó aquella escuela devastada por una inundación en
un país lejano. Imaginó a los cientos de niños que ahora no tenían
un sitio donde aprender y se sintió orgullosa de poder colaborar. De
aportar su granito de arena. No, desde luego que no era tan grave
faltar a la cita con sus amigas por esa buena causa.
—¡Pongámonos en marcha! —Brigitte se frotó una mano contra
otra.
—Umm… me acabo de dar cuenta de un pequeño problema —
interrumpió Geraldine—. ¿Cómo se supone que vamos a traer tres
cajas grandes hasta aquí?
—Eso, ¿dónde las vamos a llevar? Tú no tienes coche… —añadió
María.
Brigitte balanceó la cabeza a los lados, cogió su bolso y sacó las
llaves de la tienda.
—Lo tengo todo pensado. —Se oyó el tintineo de las llaves al
tiempo que la mujer les guiñaba un ojo—. Alquilaremos tres
bicicletas con carro. Cada una llevaremos una de la cajas.
—¡Me encantan ese tipo de bicis! —se ilusionó María—. Hay
cascos en aquella estantería. —Se alejó para cogerlos—. Si vamos
en bici, los vamos a necesitar.
—¡Genial! —La encargada se probó uno—. ¿Me queda bien? —les
preguntó mientras buscaba dónde mirarse.
Las dos chicas se echaron a reír. El casco que llevaba Brigitte era
de cerdito, ¡hasta le colgaba por detrás una especie de rabo
retorcido!
—¡Ja, ja, ja! —rio también la encargada al mirarse en un espejo
—. Me siento un poco ridícula, pero lo importante es ir segura. —Se
dio un par de golpecitos en la cabeza.
Mientras Brigitte cerraba la puerta y echaba el candado, María
sintió que el móvil le vibraba en su bolsillo.
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Capítulo 2
Planes rotos
H
ola, María!!! —La voz de Paula se oía muy animada al
—¡¡¡ otro lado del móvil—. ¿Vienes ya? ¡Te estamos
esperando!
—¡Hola, Paula!, justo iba a llamaros. —María elevó la voz por
encima del ruido de la calle—. «Qu- -o -oy a po--- ir esta ---de, lo
sien--».
—No se te oye nada, ¿puedes repetirlo? —chilló Paula al aparato
—. ¿¡Qué dices!?
En ese momento, Geraldine, Brigitte y María se habían alejado
de la tienda y estaban caminando por el pasadizo subterráneo que
cruzaba la carretera. El lugar no era nada agradable. Había mucha
humedad, mal olor y las paredes estaban recubiertas de horrendos
dibujos. Y, para colmo, la cobertura iba y venía a ratos.
—¡Que no voy a poder ir esta tarde! —María se había tapado la
nariz y la boca con una mano, pero aun así lo dijo tan alto que sus
palabras retumbaron contra las paredes del túnel.
Paula se quedó en silencio y, sin quererlo, las comisuras de sus
labios cayeron hacia abajo, en un gesto de tristeza.
—¿¿Hola?? ¿¿Paula?? —insistió María al ver que su amiga no le
contestaba—. Que esta tarde no puedo quedar. ¿¿Me estás oyendo
ahora??
—Sí, ahora se te oye —dijo Paula, y miró a las demás mientras
negaba con la cabeza—. Pero no era eso lo que quería escuchar.
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—Lo siento mucho… —se disculpó María y cogió aire puro al salir
del túnel.
El resto de las amigas de la casa del árbol quisieron saber qué
pasaba y le preguntaron por señas a Paula.
—Que no viene. —Paula se apartó un poco el teléfono para
darles la noticia.
—Vaya, ¿por qué? —le extrañó a Gretta.
—¿Y eso? —dijo Blanca.
—Anda, pregúntale —pidió Celia.
Paula pensó que sería mejor poner el manos libres para que
fueran todas las que participaran en la conversación. Tal vez así
podrían convencerla.
—¡Hola, María! Soy Gretta. —Se acercó al aparato—. Estamos
con el manos libres, así hablamos todas.
—Hola, María. ¿Por qué no vas a venir? —habló Blanca—. Te
recuerdo que solo tenemos hoy para ir a comprar las postales.
—Eso. Que contando con hoy, solo quedan cinco días para que
nos vayamos de Rennes —continuó hablando Celia—. Si no compras
hoy la postal para tus padres, la escribes esta misma tarde y la
envías ya de ya, ¡llegarás tú antes!
—Lo sé… —se oyó la voz de María un poco apurada—, pero es
que ahora estoy yendo a la oficina de objetos perdidos.
—¿Se te ha perdido algo? —la interrumpió Gretta, preocupada.
—No, no —aclaró María—. Es que han llamado a la tienda de
segunda mano donde hago el voluntariado. Les van a dar tres cajas
con cosas. Si no pasamos hoy a recogerlas, se las darán a otra
tienda. Tengo que ayudar a Brigitte.
—Oh, claro, claro —asentía Celia—. Es totalmente comprensible.
Mientras María seguía hablando y les contaba lo importante que
era esa donación, Paula miraba hacia otro lado. Le entristecía que,
otra vez más, la tarde que habían reservado para estar las cinco
juntas se echara a perder por planes imprevistos.
Ya había pasado un día con Blanca y luego otro con Celia, ¿es
que ya no iban a poder estar una tarde juntas como antes?
—Oye, María, ¿necesitas que vayamos a ayudarte? —se ofreció
Blanca.
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—Eso, danos la dirección y acudimos —añadió Gretta.
—Entre todas acabaremos antes —aseguró Celia.
—Y así luego nos vamos a comprar las postales —dijo entonces
Paula, que de repente se sintió mejor al pensar que aún había
esperanza de pasar la tarde juntas.
—¡Muchas gracias, chicas! —María sonrió, sus amigas nunca le
fallaban—. Pero no hace falta, de verdad. La oficina está bastante
alejada del centro y vamos a alquilar unas bicis con carro para
traerlo todo —continuó explicándoles el plan que tenía Brigitte.
—¿Tampoco te parece bien? —dijo Paula con tono seco y
cortante—. Era una buena solución, María. Pero nada, ya nos
veremos mañana en el colegio de las francesas, si eso es lo que
quieres.
—¿Lo que quiero? No, bue-bueno… —balbuceó María.
Celia, Blanca y Gretta miraron a Paula extrañadas. Sus palabras
habían sonado hirientes. Todas le hicieron un gesto para que se
relajara.
—María, no te preocupes, ya quedaremos otro día, ¿vale? —Celia
trató de suavizar la situación.
—Eso, no pasa nada —añadió Blanca.
—Aún quedan unos días —comentó Gretta.
—Pasadlo bien… —se despidió María en un tono que quería
resultar animado y que trababa de disimular que las palabras de
Paula le habían llegado hondo.
—Bueno, pues adiós. —Paula se guardó el móvil en el bolsillo de
manera un poco brusca.
Las cuatro chicas pusieron rumbo al casco antiguo. Mientras
Blanca, Celia y Gretta hablaban animadas, Paula caminaba
apenada. El disgusto no era solo con María. Le molestaba que,
como grupo, no estuvieran siendo capaces de reservar una tarde
para ellas.
La chica aún no lo sabía, pero en un rato debería enfrentarse a
otro imprevisto.
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Capítulo 3
Varias coincidencias
P
arecía que, esa tarde, a todos los alumnos de intercambio se
les había ocurrido lo mismo: quedar juntos para merendar e ir
de compras.
De camino al casco antiguo, las cuatro amigas se encontraron
con el grupo de los chicos. Estaban en la puerta de una tienda de
deporte y cada uno sujetaba una bolsa.
—¡Eh, hola! —les saludó Erick y, acto seguido, sacó una
camiseta—. ¿A que es chula? —Puso la prenda frente a los ojos de
Celia.
La camiseta, mitad negra y mitad roja, imitaba a la del equipo
de fútbol local, el Stade Rennais.
—Bueno, está bien, sí. —Celia, sin mucho interés, la apartó con
la mano.
—¿Bien, dices? ¡Mola un montón! —exclamó Leo que sacó una
exactamente igual de su bolsa y le arrancó la etiqueta dispuesto a
ponérsela.
Santiago, Leo, Erick y Marco estaban muy ilusionados con sus
nuevas camisetas. Los cuatro chicos tenían un campamento de
fútbol a la vuelta de Rennes, y habían decidido usarlas para
entrenar.
—Así iremos todos iguales. —Santiago se puso la camiseta por
encima.
—¡¡Qué ganas de que vayamos al campamento!! —exclamó
Marco—. ¿Vosotras vais a algún sitio después de Rennes? ¿Qué
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haréis hasta que empiecen las clases?
—Bueno, nada especial —habló Gretta—. Iremos a la piscina y
quedaremos todos los días.
—Aprovecharemos bien el tiempo para estar juntas —añadió
Paula, y pensó que a la vuelta del viaje todo volvería a la
normalidad y podrían quedar todas como siempre.
—Sí, que luego en la ESO… igual ya no podemos salir tanto —
reconoció Celia.
—Uff, sí, qué pereza, ya en la ESO, ¡no quiero! —se quejó Leo.
—Venga, Leo, no adelantes acontecimientos, aún quedan días de
vacaciones. —Blanca recordó una de sus frases favoritas y añadió
—: Carpe Diem.
—OK, Blanca, te haré caso. —Leo levantó el pulgar mientras se
despedía—. ¡Caaarpeee Dieeem!
—¡Hasta pronto, chicos! —Paula se despidió por todas.
Solo unos minutos más tarde, las amigas se toparon con otro
grupo de estudiantes de intercambio.
—¡Hola! —les saludó Celia a varios metros—. He oído vuestras
risas desde lejos y os he reconocido.
—Oh, vaya, ¿tan escandalosas somos? —Bea se llevó la mano a
la boca, avergonzada.
—Ja, ja, ja, no es para tanto. —La tranquilizó Gretta.
Paula sintió un poco de envidia al ver que el grupo de Rosaura
estaba al completo y, además, se lo estaban pasando genial.
—Qué contentas estáis —dijo entonces—. ¿Qué hacéis? ¿Contar
chistes?
—Estamos organizando mi fiesta de cumpleaños —aclaró Camila
el motivo de tanta alegría—. Es el próximo lunes, justo el día
después de que volvamos a España.
—¡Si no lo organizamos ahora, no tendremos tiempo! —dijo
Rosaura, que parecía tan contenta como si fuera su propia
celebración.
—¡Anda, qué bien! —opinó Blanca.
Y recordó, con cariño, su último cumpleaños. Había sido
fantástico. Insuperable. Sus amigas le habían regalado una pluma
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de escribir muy especial y habían ido juntas a ver las estrellas.
Incluso había podido elegir una.
—Mis padres han reservado una súper merienda en el Royal
Cake, y estamos pensando qué haremos al acabar. —Camila miró a
sus amigas, muy ilusionada.
—¡Oh, va a ser una fiesta increíble! —aseguró Laura abriendo
mucho los ojos.
—¡Como nunca lo ha sido! —exclamó Camila, que solo recordaba
los aburridos cumpleaños con sus ex-amigas, Olivia e Isabella—. Si
os queréis pasar, ¡seréis bienvenidas!
—Muchas gracias —dijo Paula—. Ya nos dirás los detalles.
—Bueno, chicas, nosotras nos vamos. Tenemos que comprar
unas postales. —Blanca miró el reloj.
—¡Id a esa tienda de ahí! —Laura señaló una con el dedo—.
Tiene unas postales muy originales.
—¿Te refieres a la tienda del toldo naranja? —Gretta miró en esa
dirección.
La tienda era muy llamativa. El color anaranjado del toldo caía
sobre una parte del escaparate y, en su tela, podía leerse la palabra
«souvenirs».
—¡Esa! —exclamó Laura mientras se alejaba.
Cuando las cuatro amigas se acercaron a la tienda, pudieron ver
que la puerta de madera estaba coronada por un arco de piedra.
—Qué sitio más bonito —opinó Blanca—. Parece la entrada a un
castillo o a un monasterio.
El escaparate tenía el cristal de colores y, cuando le daba el sol,
la luz cubría los objetos de bonitas tonalidades rosas y verdes.
Fuera del comercio, había dos expositores de postales, uno a
cada lado de la puerta, y parecían los guardianes de la tienda.
Todas se acercaron entusiasmadas y los hicieron girar para elegir
las postales que más les gustaban.
—¿Qué os parece si le compramos una de estas a María? —
propuso Blanca.
—Genial, al menos que la tenga mañana y la eche al buzón
cuanto antes. —Celia seleccionó dos.
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—Buena idea. Quién sabe si, con un poco de suerte, la postal
todavía pueda llegar a tiempo —dijo Gretta.
Cuando terminaron de escoger todas las postales, entraron en la
tienda para pagarlas.
Una campanita colgada en el techo anunció su llegada, al tiempo
que un dependiente muy amable les daba la bienvenida.
—Bienvenue! —Se inclinó hacia adelante y extendió su mano
queriendo abarcar la tienda entera.
Enseguida las chicas comenzaron a mirar el interior. Había
muchas cosas: guías de Rennes, perfumes franceses, posavasos de
corcho, dedales con la imagen de la catedral, manoplas, delantales,
jabones… Aquel comercio parecía tener de todo, incluso había una
sección con comestibles y bebidas.
—Aprovecharé que estamos en esta tienda tan bonita para
comprar algún recuerdo —dijo Gretta, y se paró frente a una cesta
llena de imanes para la nevera.
—Te acompaño. Me has dado una idea. —Blanca se puso a su
lado y removió el contenido de la cesta.
Mientras las dos chicas elegían unos imanes, alguien, desde la
calle, trataba de llamar su atención dando golpecitos en el
escaparate.
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Capítulo 4
Lo que faltaba
G
rettaaa, amigaaa!!! —Una boca, con los labios pintados
—¡¡ de color azul metálico, se abría y se cerraba al otro
lado del cristal.
En ese momento Celia estaba lejos y no se enteró de nada. Pero
Paula, que estaba entretenida mirando una guía de Rennes, cerró
de golpe el libro.
«¡Lo que faltaba! —dijo para sus adentros».
Ni siquiera quiso levantar la vista para comprobarlo. Se limitó a
dejar la guía en la estantería, cruzar los dedos y desear con todas
sus fuerzas haberse equivocado de persona. Aunque, en el fondo,
sabía de quién se trataba.
Fue Blanca, alertada por el ruido, la que sí miró hacia la calle.
—Mira, Gretta —señaló el escaparate—, te llaman desde fuera.
—¿A mí? —Gretta dejó los imanes y siguió el dedo de Blanca,
que apuntaba hacia la calle.
Allí estaba Olivia. Iba acompañada por un pequeño perro sujeto
con una correa y, al ver que Gretta la miraba, movió la mano que le
quedaba libre para saludarla.
—Anda, pero si es Olivia. —Gretta le hizo señas para que entrara
en la tienda.
Olivia, sin esperar ni un segundo, cogió en brazos al pequeño
caniche y empujó la puerta. Antes de entrar, acarició al chucho y le
susurró unas cariñosas palabras. Parecía que estaba muy unida al
animal.
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El tintineo de la campanita que colgaba del techo se oyó por la
tienda como una suave melodía. Sin embargo, en la cabeza de
Paula lo que realmente sonaba era una alarma de emergencia:
«¡Peligro, peligro: Olivia a la vista!».
Paula se había dado cuenta de que, últimamente, Olivia insistía
en quedar con Gretta a todas horas. Estaba claro que quería
atraparla en sus redes. Y eso, pensaba la deportista, podía acarrear
fatales consecuencias. Las redes de Olivia, según pensaba Paula,
eran muy peligrosas. Sus víctimas quedaban atrapadas y sin
voluntad, igual que los insectos quedan prisioneros en una tela de
araña.
Eso era exactamente lo que les había ocurrido a Camila y a
Isabella. No, la amistad de Olivia no era trigo limpio, había que
tener cuidado…
Paula resopló. Imaginar a Gretta prisionera de los caprichos de
Olivia, envuelta en su red de chantajes, le revolvía por dentro hasta
sentir un tremendo disgusto. Un calor comenzó a subirle desde el
pecho hasta la cara; se estaba poniendo roja de enfado.
Por un momento, Paula miró a Olivia. No había escapatoria: ¡se
dirigía hacia Gretta! ¿Tendrían que pasar la tarde con ella?
«Es que me pone de los nervios… —pensó Paula, y se abanicó la
cara con la mano».
No tenía claro si debía acercarse y espantarla con alguna frase
cortante o esperar y ver cómo se desarrollaba el encuentro.
Después de un rato de dudas, Paula determinó que lo único que
podía hacer era estar atenta a cualquier manipulación de la «jefa de
las brujas». Entonces sí, actuaría.
El enfado interno de Paula contrastaba con la animada
conversación que Gretta y Blanca mantenían con Olivia.
Al pasar por su lado, Paula no la saludó. Quería dejar claro que,
por su parte, no era bien recibida.
Como tampoco era bien recibida por Celia, que ahora ya sí se
había percatado de su presencia y la miraba de reojo mientras
elegía un dedal para su abuela.
En esas circunstancias, Paula aún echaba más de menos a
María.
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Por hacer un poco de tiempo, la chica recorrió un pasillo que
llevaba hasta una zona con material de papelería.
Allí se paró para mirar un bote lleno de bolígrafos y cogió uno
muy bonito. Era de color verde, uno de los colores preferidos de
María. Entonces pensó que, si hubiera estado con ellas, seguro que
se lo habría comprado.
Paula lo giró entre sus dedos y descubrió una frase grabada.
Pasó unos minutos intentando traducirla y, después de buscar el
significado de alguna palabra en el diccionario que tenía instalado
en su móvil, dijo en voz alta: «Haz que suceda».
—¡Me encanta esta frase! —exclamó—. Ojalá yo pudiera hacer
que sucedieran las cosas que deseo…
¡Había tantas cosas que quería que ocurrieran! Que sus amigas
tuvieran tiempo para quedar era una de ellas. Pero lo que más
deseaba en ese momento era que Olivia se fuera de allí y dejara a
sus amigas en paz.
Paula recorrió el pasillo en dirección a la caja. Pediría que le
envolvieran el bolígrafo para regalo. Seguro que a María le iba a
encantar. Además, ahora estaba arrepentida por haberle hablado
tan bruscamente. La chica reconocía que era muy impulsiva y,
aunque no quería decir las cosas así, a veces sus palabras sonaban
bruscas.
En ese momento, tomó la decisión de que, cuando le diera el
bolígrafo a María, le pediría disculpas. Con este pensamiento y una
sonrisa en los labios, se puso en la fila para pagar.
Desde allí, a Paula no le resultaba difícil oír todavía a Olivia que,
según sus costumbres, hablaba a voz en grito para llamar la
atención.
—¡Gretta, Blanca! ¡Queridas! Me encantaría quedarme —aseguro
Olivia mientras acariciaba al caniche que llevaba en brazos—. Pero
hoy me resulta imposible, todavía tengo que pasear un rato más a
esta perrita preciosa. —Le hizo un arrumaco al animal.
—¡Ay, es que es una monada! —Gretta la acarició.
—¿Cómo se llama? —dijo Blanca.
—Aún no tiene nombre. Nació en una perrera y está a la espera
de que alguien la adopte. —Olivia miró al animal con ternura y bajó
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la voz para decirles—: Yo la llamo Coco. Igual que la famosa
diseñadora de moda.
Al decir el nombre, la perrita comenzó a mover el rabo y le dio
un par de lametones a Olivia.
—Parece que a ella también le gusta el nombre —dijo Gretta al
ver su reacción—. Qué pena cuando te vayas.
—Chicas, un secreto: estoy intentando que me dejen llevármela
a España —les confesó Olivia—. Mi madre ya está convencida y
pagaría el vuelo en avión. Eso en el caso de que Coco pudiera
venir… pero no hay nada seguro.
—¡¡Halaaa!! —exclamó Blanca, pues pensó que ese billete debía
de costar un montón de dinero. Aunque tampoco le extrañó mucho:
era sabido que a Olivia la tenían muy consentida.
—Bueno, entonces, ¿qué problema tienes? —quiso saber Gretta
—. ¿Por qué dices que no es seguro que la puedas adoptar?
—El problema es que para viajar en avión piden que tenga un
microchip y la cartilla de vacunación en orden. Y a Coco le falta una
de las vacunas. —Olivia le peinó las orejas hacia atrás—. Hasta la
semana que viene no se la pueden poner…
—Vaya, qué mala suerte, por pocos días no lo tiene todo en
orden. —Blanca chasqueó los dedos.
—Qué mal… —A Gretta le dio lástima.
—Bueno, bueno, que no cunda el pánico. —Olivia se atusó un
poco el peinado y sacó su lado más optimista—. Que para todo hay
solución.
—Tienes razón, hay cosas mucho peores que no poder llevarte a
tu mascota. —Blanca pensó en su gato, ¿le habría echado de
menos? ¡Ay, qué ganas tenía de verlo!
—Sea como sea, Coco acabará conmigo —dijo Olivia totalmente
convencida—. Mi compañera de correspondencia y yo estamos
tramando algo… —Se hizo la enigmática.
Gretta y Blanca la miraban sin pestañear, esperando a que
acabara la frase y les desvelara su plan.
—La cuestión es que Jolie vendrá este otoño a España y me la
traerá —acabó por decirles—. Además es la excusa perfecta para
que volvamos a vernos.
—¿En serio? ¡Qué suerte! —reconoció Gretta.
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Ella iba a echar de menos a Sophie y ni siquiera sabía cuándo
volverían a verse.
—Bueno, queridas —Olivia volvió a hablar a voz en grito—, me
tengo que ir ya… ¡Chaooo!
Gretta no podía dejar de pensar en todo lo que la «jefa de las
brujas» había cambiado: no solo trababa con ternura a la perrita,
¡incluso estaba dispuesta a adoptar a un animal abandonado! Y eso
que al principio le había parecido horrible el voluntariado con
animales que le había tocado hacer.
—¡Gretta, os llamo otro día! —chilló Olivia desde la puerta—. Au
revoir mon cher ami!
—¡Sí, otro día! —asintió Gretta.
Gretta también recordó la conversación que había tenido con
Olivia hacía poco. Para su sorpresa, la «jefa de las brujas» se había
sincerado, y le había explicado sus temores. Gretta se preguntaba
si habría sido esa conversación la que le había ayudado a cambiar.
Y sonrió al pensar que, a veces, las personas solo necesitan una
segunda oportunidad para ser mejores, encontrar a alguien que les
escuche y no les juzgue.
—¿Vamos a la fila para pagar los imanes? —Blanca la sacó de
sus pensamientos—. Paula y Celia ya están allí.
Ni Celia ni Paula nombraron a Olivia. Se miraron entre ellas en
un gesto que daba a entender que, afortunadamente, ya se había
marchado.
Para Paula era un alivio temporal, pues no dejaba de temer que
Olivia consiguiera hacerse amiga de Gretta, o la apartara de ellas
como solía hacer con todas sus «víctimas».
Paula se rehízo la coleta y, después, se pasó la mano por la
frente, tratando de apartar esos pensamientos.
—¿Os parece que nos vayamos ya hacia la ribera del río? —Trató
de poner su mejor sonrisa.
Ahora solo quería disfrutar de la tarde, sentarse en una cafetería
a orillas del río y escribir la postal. Dentro de nada regresarían a
España y había que darse prisa en enviarla.
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Capítulo 5
Un regalo especial
M
aría no tenía buena cara cuando llegaron a la oficina de
objetos perdidos. Parecía un poco apagada, sin ganas de
sonreír.
—¿Te pasa algo? —indagó Geraldine—. Estás muy seria.
—Oh, no, nada. No te preocupes. Solo es que estoy un poco
cansada —María puso una excusa.
Aunque, en realidad, su preocupación no era debida al cansancio
de haber pedaleado por las calles de Rennes durante más de una
hora. El paseo por el carril bici de la ciudad le había encantado,
pero lo habría disfrutado mucho más si hubiera podido dejar de
pensar en la contestación de Paula. Cada vez que recordaba el tono
de su amiga al otro lado del teléfono, la certeza de que Paula
estaba molesta le entristecía.
María tenía claro que se había mosqueado con ella por no haber
podido quedar esa tarde. Y eso era, justamente, lo que le borraba
la sonrisa. En cuanto tuviera ocasión, pensó, hablaría con su amiga
Paula. No le gustaba sentirla así de lejana y distante.
—Chicas, aparquemos aquí. —Brigitte soltó una mano del
manillar y señaló una zona para bicicletas junto a la oficina—. Así
las tendremos cerca y no nos costará mucho esfuerzo traer las
cajas.
El edificio donde estaba la oficina de objetos perdidos era muy
extraño. En vez de ladrillos, tenía grandes chapas de metal y todas
las ventanas eran redondas.
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Aunque pudiera parecer un edificio de esos raros y modernos,
estaba en tan mal estado que parecía de otro siglo. María pensó
que parecía un enorme submarino abandonado a las afueras de la
ciudad.
Brigitte se dirigió hacia la puerta, que también estaba hecha de
chapas de metal. Antes de entrar, se quitó el casco de cerdito y se
ahuecó un poco el pelo.
—Buenas tardes. —Un hombre de gafas levantó la vista de unos
papeles—. ¿Qué desean? —Se empujó las lentes y las miró a través
sus cristales rayados.
—Buenas, soy de la tienda de segunda mano. —Brigitte sonrió—.
Me han llamado para que venga a recoger tres cajas. No sé si hablé
con usted o con alguno de sus compañeros. —Estiró el cuello
tratando de averiguar si había más gente en la oficina.
—Sí, sí, habló conmigo. —El hombre se dio unos golpecitos en el
pecho—. ¡Por fin voy a deshacerme de todos esos trastos! —Señaló
con la barbilla unas cajas todavía abiertas—. Si me permite un
segundo…
—Por supuesto, esperaremos aquí —aseguró Brigitte haciéndose
a un lado.
El hombre comenzó a buscar entre los papeles que cubrían su
destartalado escritorio, hasta que dio con un formulario.
—Tendrá que firmar aquí. —Le entregó también un bolígrafo—. Y,
si es tan amable, ponga su nombre y la fecha. —El hombre se
acercó a un calendario de pared y, después de pasear el dedo por
las casillas de los días, afirmó—: Hoy es 21 de agosto, miércoles.
—Oh, gracias por la aclaración, ciertamente a veces no sé en
qué día vivo, ¡ja, ja, ja, ja! —Brigitte escribió la fecha e hizo un
garabato.
—Perfecto… —El hombre cogió el papel y leyó el nombre—. Muy
bien, Brigitte, pues muchas gracias por venir. Ahora mismo cierro
las cajas. —De un cajón de su escritorio, sacó un rollo de cinta de
embalar.
—¡Estupendo! —Brigitte se alegró de que todo estuviera
resultado tan fácil y de que aquel señor, aunque un poco
desordenado, fuera tan amable.
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La oficina era caótica: los trastos campaban a sus anchas.
Estaba claro que el interior del edificio era fiel reflejo del desastroso
exterior.
Geraldine y María permanecían en silencio. En la oficina solo se
oía el ruido de la cinta del embalar que el hombre pegaba en las
cajas.
—¡Hecho! —Dio un par de palmadas—. Les agradezco que se las
lleven, tengo el almacén a tope. —Señaló la parte de atrás de la
oficina.
María miró en esa dirección. Dentro del almacén, una fila de
estanterías medio rotas soportaba multitud de objetos. Lo que le
extrañó fue que no había ningún cartel con la fecha. ¿Cómo se las
arreglaría aquel hombre para saber cuáles cumplían los seis meses
establecidos para poderlas donar?
La voz de Brigitte la sacó de sus pensamientos.
—¡Muchísimas gracias a usted! ¡Todos estos objetos nos vendrán
de maravilla! —Sonrió la encargada.
—De nada, de nada. La gente cada vez pierde más cosas —dijo
el hombre—. Cualquier día perderán la cabeza, je, je, je. —Las miró
para ver si les había hecho gracia, pero enseguida volvió a las cajas
—. ¿Se las acerco al coche?
—Oh, no hace falta, hemos venido en bici; las tenemos aquí
mismo. —Brigitte se puso el casco de cerdito.
El hombre, al verla, levantó las cejas, extrañado, y señaló el
casco con el dedo. Abrió y cerró la boca, como queriendo decir algo,
pero las palabras se le atragantaron y solo logró emitir un gruñido,
como un «oink-oink», que provocó una gran carcajada.
—¡Ja, ja, ja! ¿Le gusta mi casco? —bromeó Brigitte mientras
salía por la puerta.
El viaje de vuelta duró más de una hora. El peso de las cajas las
obligaba a pedalear con más fuerza. Pero, para María, lo peor fue
que tuvieron que volver a atravesar el túnel maloliente. Ahí sí que
sintió verdaderas ganas de vomitar.
Cuando por fin llegaron a la tienda, dejaron las cajas en la
entrada.
—Chicas, muchísimas gracias. Sin vosotras, no hubiera podido
traerlas —dijo Brigitte—. Y estoy pensando que me gustaría
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recompensaros por el tiempo que habéis invertido tan
generosamente.
—No te preocupes —aseguró Geraldine—. Nos sirve con saber
que hemos sido de ayuda. —Miró a María buscando su aprobación.
—Pues a mí se me ha ocurrido algo. —Brigitte señaló las cajas—.
¿Y si elegís un objeto? Os lo podéis llevar como recompensa.
—De verdad, no hace falta —corroboró María.
—¿No me dejáis ser agradecida? —Brigitte comenzó a rasgar las
cintas de embalar, dejando parte del contenido de las tres cajas al
descubierto—. Venga, elegid un artículo.
—Está bien… —Geraldine se agachó para buscar dentro de una
de las cajas.
—Vale, miraremos algo. —María optó por otra caja.
Sin mucha gana, revolvió un poco y sacó un sonajero, unas
gafas de buceo, una bufanda, un monedero… María negó con la
cabeza: nada de eso le interesaba.
Ya le iba a decir a Brigitte que no encontraba nada, cuando se
fijó en la tercera caja. Estaba un poco más apartada y de ella
sobresalía la manga de… ¿qué era aquello?
María aguzó la vista. Era algo de un bonito color verde que le
encantaba. Al acercarse y apartar el resto de las cosas que
sepultaban la prenda, descubrió que aquello era ¡un precioso
abrigo!
María lo miró como quien contempla un tesoro. Sin pensarlo dos
veces, lo extendió sobre el mostrador. ¡Era perfecto! Le encantaba
el color y tenía un montón de bolsillos, justo lo que quería para el
próximo invierno.
—¿Quieres ese abrigo? —Brigitte sonrió.
Tímidamente, María asintió con la cabeza.
—Pero es mucho, ¿no? Igual te referías a un pequeño detalle —
dijo María, aunque no pudo evitar probárselo de inmediato.
—Es muy original, y te favorece. Anda, quédatelo —dijo Brigitte,
y luego se dirigió a Geraldine—: ¿Has elegido ya?
—Sí, este bolso de charol. —La francesa lo levantó en el aire—.
Es perfecto para una fiesta que tengo.
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Las dos chicas se despidieron de Brigitte, contentas de haber
podido ayudarle y felices por los regalos.
María no lo sabía, pero muy pronto esa felicidad se iba a
convertir en otra cosa.
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Capítulo 6
Hallazgo
C
uando María y Geraldine llegaron a casa eran las nueve y
media. La madre de la francesa ya había comenzado a
impacientarse y estaba en la cocina mirando el reloj, una y
otra vez, preguntándose a qué se debía esa tardanza.
—¿Les habrá pasado algo? —hablaba sola—. Mira que les dije
que tenían que estar en casa a las nueve como muy tarde. Y esta
Geraldine, que ni siquiera mira el móvil —continuaba la mujer su
monólogo.
En ese momento se oyó un portazo. La madre se asomó por la
puerta de la cocina y vio a las dos chicas reflejadas en el espejo de
la entrada.
—¡Por fin habéis llegado! —Se limpió las manos en el delantal—.
Venga, ¡a cenar!
—¡Hola, mamá! —la saludó Geraldine, y se acercó para darle un
beso.
Entonces adivinó que su madre estaba conteniendo un gran
enfado y que si no hubiera estado María, ya le habría recriminado
cien veces que tiene que cumplir con el horario y, sobre todo, que
tiene que avisar cuando va a llegar tarde.
—Lo siento, mamá —le dijo como si le hubiera leído el
pensamiento—, debería haberte puesto un mensaje.
—O por lo menos mirar el móvil de vez en cuando. Que no sé
para qué lo llevas. Si no lo vas a usar, me lo das, ¿eh? —acabó por
decir la madre mientras dejaba en la mesa una cesta con panes.
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—Lo siento, no me he enterado de los mensajes —dijo la
francesa comprobando que tenía tres mensajes sin leer y cinco
llamadas perdidas—. Me lo había puesto en modo silencio…
—Es que nos hemos tenido que quedar para ayudar a Brigitte y
se nos ha hecho tarde —comenzó a explicar María el motivo de su
retraso.
—Sí, mamá, ha sido por eso —corroboró Geraldine—. Y, mira,
como le hemos ayudado nos ha regalado unas cosas.
La madre miró sin interés las bolsas de cada una de las chicas.
—Que sea la última vez, Geraldine —advirtió la madre, y dio por
finalizada la conversación—. Ahora, las dos a cenar. —Señaló una
gran olla.
—¡Fondue de queso! —exclamó María.
—¿Te gusta? —le preguntó la madre.
—¡Me encanta! —aseguró María mientras se sentaba a la mesa
—. Se ha convertido en uno de mis platos favoritos.
La chica se puso la servilleta sobre las rodillas, miró la cestita de
los panes y cogió uno. Lo aplastó un poco con los dedos y lo pinchó
en el extremo de una especie de tenedor muy largo.
—Es como el tenedor de un gigante —sonrió María.
—O como la espada de los tres mosqueteros —comentó la
francesa con la boca llena.
María metió el trozo de pan en la fondue. La cazuela mantenía el
queso fundido gracias al pequeño fuego que tenía en la base.
Aquello parecía el caldero de una bruja, pensó, mientras removía el
trozo de pan.
—¡Qué delicia! —Geraldine ya se había tomado siete panes—.
Aunque estoy casi llena, tomaré el último.
Después del esfuerzo que habían hecho, las dos chicas estaban
hambrientas y devoraron la cena en un periquete. Cuando
terminaron, recogieron la mesa y se retiraron a sus habitaciones.
Como cada una dormía en un cuarto distinto, se despidieron en
el pasillo.
—Que tengas dulces sueños, María —dijo la francesa mientras se
frotaba los ojos.
—Igualmente, ¡hasta mañana! —respondió entre bostezos.
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Cuando María estuvo en su habitación, dejó la bolsa con el
abrigo sobre la cama. Tenía muchas ganas de probárselo, pero
también tenía mucho sueño.
La chica se tumbó. Notaba el estómago pesado después de
semejante atracón de queso y pan. Poco a poco, sentía que se
estaba quedando dormida. Los ojos le pesaban, pero no quería
dormirse aún.
Haciendo un gran esfuerzo, logró levantarse de la cama y se
puso frente al espejo del armario. Sacó el abrigo de la bolsa y se lo
probó.
—Creo que me quedará genial con mis pantalones azules. —Se
giró a un lado y a otro—. Aunque, no sé, este año he crecido mucho
y tal vez ya no me valgan. —Movió la boca a los lados en señal de
duda hasta que dijo—: Bueno, si no me valen, puedo comprarme
otros pantalones iguales, pero de una talla o dos más.
A María ese color verde le sentaba muy bien. Por algo era uno de
sus favoritos. ¡Era un abrigo tan bonito que solo tenía ganas de que
llegara el frío para poder estrenarlo! El único problema era que le
quedaba bastante largo.
«¿De quién será? —se interrogaba a sí misma—. Por la largura
parece de alguien más mayor que yo».
María se agachó y cogió la parte baja del abrigo haciendo un
doble. Tal vez su madre se lo podría acortar, pensó.
Y fue precisamente al coger el bajo del abrigo cuando notó que
allí dentro había algo más.
Algo que los abrigos no suelen tener.
—¿Qué hay aquí? —murmuró, palpando el bulto.
María introdujo la mano en uno de los bolsillos laterales, que
eran los más grandes, tratando de alcanzar el bulto. Sin embargo,
por más que metía y metía la mano, le fue imposible cogerlo: el
bolsillo no tenía final, y seguía y seguía como si fuera infinito.
—¡Qué raro! —Se quitó el abrigo y lo extendió sobre la cama
para inspeccionarlo bien.
La chica tocó el bulto, tratando de adivinar qué era. Al tacto, se
percató de que tenía forma rectangular. Además, al presionarlo, se
oía un ruido como de papel o cartón.
¿Qué podía ser?
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María le dio la vuelta al abrigo y miró la parte interior: aquella
cosa rectangular se había quedado entre la tela del abrigo y el forro
interior.
«Seguramente el bolsillo estaba roto —pensó—, y esta cosa se
ha quedado atrapada dentro».
María volvió a meter la mano en el bolsillo, y luego el brazo
entero hasta que, al fin, pudo coger algo.
Lo primero que logró sacar fueron varios envoltorios de
caramelos, todos juntos, hechos una bola. Los había de fresa, de
menta y de limón.
También encontró una servilleta de papel perfectamente
doblada. Le dio un poco de asco hasta que se percató de que no
parecía usada. La chica la levantó en el aire y la acercó a la
lámpara del techo para inspeccionarla mejor. A contraluz, vio que
había algo escrito.
Con curiosidad, desdobló la servilleta.
—«Marie. Rue de Sdreu, 32» —leyó en voz alta el nombre y la
dirección.
Aunque le sorprendió ver que la dirección pertenecía a alguien
que se llamaba como ella, María dejó la servilleta encima de su
mesilla y no le dio más importancia. No era eso lo que buscaba.
Su objetivo era otro: alcanzar el objeto rectangular atrapado
dentro del forro. Sin perder más tiempo, volvió a meter la mano,
luego el brazo y el hombro. Casi parecía que se iba a meter toda
ella dentro de aquel bolsillo infinito, cuando, de pronto, lo alcanzó.
—¡Es un sobre! —exclamó sorprendida por el hallazgo.
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Capítulo 7
¿Qué hacer?
A
quel sobre era un poco misterioso: estaba cerrado, pero no
ponía a quién iba dirigido ni una dirección de entrega.
«¿Tendrá algo que ver la calle apuntada en la servilleta de papel
con este sobre? —pensó María y sus ojos se desviaron ligeramente
hacia la mesilla, donde había dejado la servilleta».
La mente de María era una pradera de interrogantes: ¿estaría la
carta dirigida a la persona que se la encontrara?, ¿era para ella?,
dudó por un momento. Enseguida se dio cuenta de que eso no
tenía sentido. ¿Sería, acaso, una factura? ¿O una invitación de esas
que se entregan en mano? ¿Una postal de felicitación?
¡Qué extraño le parecía todo aquello!
María no solo estaba intrigada con el sobre, también dudaba
acerca de qué debía hacer con él. ¿Lo podía abrir? ¿Era suyo igual
que lo era el abrigo verde? ¿Tenía que llevarlo a la oficina de
objetos perdidos?
Al pensar esto último, negó rápidamente con la cabeza. Dudaba
que a aquel hombre, que tenía todo tan desordenado, le importara
lo más mínimo un simple sobre. Seguramente, no haría otra cosa
que dejarlo en una de esas destartaladas estanterías o meterlo en
una caja y olvidarse del asunto.
«—¿Qué puedo hacer? —pensaba María una y otra vez mientras
se estrujaba la frente».
Después de un rato de dudas, solo se le ocurrió una cosa:
contárselo a Geraldine.
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María guardó el sobre debajo de su camiseta y salió de la
habitación. Tuvo mucho cuidado de no hacer ruido al cerrar la
puerta.
Descalza y de puntillas, cruzó el pasillo que separaba las
habitaciones.
Estuvo tentada de encender la luz, pero desistió: nadie debía
descubrir que aún seguía despierta.
Debía tener cuidado. La madre de Geraldine insistía en que
tenían que dormir lo suficiente. No le gustaba que estuvieran
hablando hasta las tantas ni descubrir que andaban de una
habitación a otra. En eso era tan estricta como en la hora de
regresar a casa y, ese día, ya estaba mosqueada. Mejor no echar
más leña al fuego.
Al doblar una esquina, María tropezó con un adorno. Mientras
caía al suelo, tuvo que hacer malabares para agarrar la figura de
porcelana en el aire y que no se rompiera. Lo que no pudo evitar
fue darse un buen golpetazo, ¡PUM!
—¡Ay, qué daño! —reprimió un quejido.
Aguantando el dolor, se quedó quieta en medio de la oscuridad.
Casi conteniendo la respiración, dejó pasar unos minutos para
comprobar si el ruido había despertado a alguien.
Esperaba, sobre todo, que la madre de Geraldine no se hubiera
despertado. Por si acaso, comenzó a inventar una excusa
imaginaria. Podría decir que era sonámbula o que había oído ruidos
extraños y tenía miedo…
Al final, no hicieron falta tales excusas. Después de un rato,
María se convenció de que todo seguía en calma. También el dolor
del golpe se le iba pasando.
Respiró un poco más tranquila y continuó su camino.
Cuando estuvo frente al dormitorio de Geraldine, llamó con los
nudillos a la puerta.
Una vez. Dos veces. Hasta tres.
Primero flojo y después con más fuerza.
Tras varios intentos, desistió: su compañera francesa no le
contestaba, seguramente estaba dormida.
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Al pegar la oreja a la puerta, oyó que sus sospechas se
confirmaban: Geraldine roncaba como un león.
María chasqueó la lengua en señal de fastidio. Aunque tenía
muchas ganas de mostrarle el sobre, no quería despertarla.
De puntillas, deshizo el camino y regresó a su habitación.
Cerró la puerta tras de sí con mucho cuidado.
Sin encender la luz, se puso el pijama, se metió en la cama y
guardó el sobre debajo de su almohada.
Solo la luz de las farolas entraba por la ventana e iluminaba
parte de la habitación. A María no solía molestarle la luz para
dormir. Cuando tenía sueño caía redonda allá donde estuviera. Sin
embargo, esa noche, todo era distinto.
Las sombras que dejaban los objetos sobre el suelo disparaban
su imaginación. Imaginación que ya estaba en alerta por el
misterioso hallazgo. Hasta le parecía que las sombras se movían y
reptaban por el suelo.
María se dio la vuelta, cerró los ojos con fuerza e intentó dormir.
Contó rebaños enteros de ovejas y se imaginó en playas de
aguas tranquilas que inducían a la calma y al reposo.
Pero nada de aquello funcionaba. No podía conciliar el sueño: no
paraba de pensar en el misterioso sobre, ¿qué debía hacer?
—¡Ya está! —exclamó entusiasmada, dejando a un lado las
ovejas y la playa.
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Capítulo 8
Contar con ellas
M
aría se dio prisa en encender la luz de la mesilla.
—¡Cómo no se me había ocurrido antes! —exclamó y se
dio una palmada en la frente.
Alcanzó su móvil, se sentó en la cama y, muy ilusionada, abrió el
grupo de wasap de las amigas de la casa del árbol. No pudo evitar
sonreír al ver la foto de perfil. Era una de los cinco gatos, todos
juntos, y le tenía mucho cariño.
La había hecho el día que los padres de las cinco chicas les
habían regalado los móviles. Recordaba, también con mucho cariño,
que habían sidos sus gatos los que las habían despertado después
de haber celebrado, la noche anterior, una sleepover en la casa del
árbol.
Animada también por estos bonitos recuerdos comenzó a
escribir a sus amigas. No tardaron en sonar varias notificaciones;
estaba recibiendo sus mensajes.
María: ¡Hola, chicas! ¿Estáis despiertas?
Gretta: Yo sí, estaba escribiendo en mi diario.
Celia: ¡Hola, hola!
Paula: ¿Alguien con insomnio?
Blanca: ¿Pasa algo? Yo estaba ya durmiendo.
María: Siento si he despertado a alguna, pero es que me ha
pasado una cosa muy muy rara.
Celia: ¿Has tenido algún problema con los objetos perdidos?
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Blanca: ¿Estás bien?
María: Sí, sí, todo OK. Fuimos a recoger las cajas, y Brigitte nos
quiso regalar algo. Yo escogí un abrigo.
Gretta: ¡Qué bien!
Celia: Y… ¿cuál es el problema?
Blanca: No veo que eso sea tan raro, seguramente trataba de
ser agradecida.
Paula: A mí tampoco me parece raro que te hagan un regalo.
María: Ja, ja, ja, ¡lo raro no es eso! Es que dentro del abrigo
había un sobre muy misterioso. Esperad, os envío unas fotos.
María hizo una foto del sobre por delante y otra por detrás y las
envió. Cuando las recibieron, y después de analizarlas un rato,
ninguna entendió a qué se debía la inquietud de María. El sobre era
de lo más normal, de color blanco, con las esquinas algo dobladas,
como cualquier sobre que se hubiera guardado un tiempo en un
bolsillo o en una bolsa.
Paula: Umm… es un simple sobre.
María: Sí, pero fíjate bien.
Gretta: ¡Anda! ¿No pone para quién es?
María: Eso es lo raro: no pone nada.
Blanca: Así será imposible que llegue a su destinatario.
María: Por eso no sé qué hacer y os quería preguntar.
Paula: ¡Ábrelo! Igual es una carta, ¡la leemos!
Gretta: ¿Abrirla? No sé, ¿eh? No es para ella…
Blanca: ¿Y si lo llevas a la oficina de objetos perdidos?
María: Ya lo he pensado, pero no creo que sirva de nada.
Celia: Está claro que debemos pensar algo…
Paula: Chicas, me caigo de sueño. ¿Lo hablamos mañana?
María: Vale, pero mejor que no lo hablemos en el colegio.
Celia: Opino como María. En el colegio no. Que las paredes oyen
y hay gente muy cotilla.
Paula: Podríamos vernos por la tarde, cuando acabemos en
nuestros respectivos voluntariados. Esta vez, ¡sí o sí!
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A todas les pareció buena idea; se estaba haciendo muy tarde y
no llegaban a ninguna conclusión.
Gretta: Una cosa, María. No sabemos el contenido del sobre.
Podría tratarse de algo muy importante o podría ser una simple
nota. En cualquier caso, guárdala en un lugar seguro.
Blanca: Mejor no la pierdas de vista.
Paula: ¡No se lo cuentes a nadie! Será nuestro Top secret.
María: De acuerdo. Llevaré la carta conmigo todo el rato.
Mañana, entre todas, decidimos qué hacer.
Gretta: ¿Os va bien que quedemos a las siete en la puerta de
catedral?
Paula: Genial, pero ¡puntualidad, por favor!
Después de haber compartido su inquietud con sus amigas,
María se quedó más tranquila. Siempre podía contar con ellas.
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Capítulo 9
La vida de una carta
A
l día siguiente por la tarde, Paula caminaba feliz por la Rue
d’Antrain, silbando una pegadiza melodía. Era una calle muy
larga, llena de viviendas, multitud comercios y llamativas
cafeterías.
Pero nada lograba distraerla de su camino, ni los tentadores
escaparates ni los suculentos dulces de las pastelerías. Paula se
dirigía, con decisión, hacia la catedral, donde por fin habían
quedado todas las amigas.
Como cada día, había terminado su voluntariado en la biblioteca
un poco antes de la hora prevista. No sabía cómo lo conseguía,
pero siempre lograba escaquearse.
Así que, ahora, tenía tiempo de sobra para coger el autobús
hasta la parada más cercana a la Cathédrale Saint-Pierre.
Lo tenía todo calculado: estaría a las siete, ni un minuto más ni
un minuto menos.
Paula llegó hasta la marquesina del autobús C3 y preparó las
monedas para pagar el billete. Le sorprendió que no hubiera nadie
esperando. Esa era una ruta muy saturada, y solía haber largas
filas para subir al bus.
Pronto reparó en una nota pegada en un poste.
—¡Oh, no! ¡Es hoy! —exclamó Paula, alarmada, y continuó
leyendo—: ¡Huelga de conductores para el jueves 22 de agosto!
¡Desde las cinco hasta las doce! —consultó de inmediato su reloj—.
¡Las seis y cuarenta! Ya no va a pasar ningún autobús.
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Paula dio una patada al poste y un ruido metálico salió del
interior. ¡Clonck! A la chica le daba mucha rabia pensar que iba a
ser justamente ella, que siempre les pedía puntualidad, la que se
iba a retrasar.
Enseguida puso un mensaje a sus amigas, avisándoles de que
llegaría tarde, y comenzó a caminar lo más rápido que pudo. Tenía
más de media hora de camino.
Además, ahora iban a tener menos tiempo para estar juntas, se
repetía para sus adentros, ¡con las ganas que tenía de pasar una
tarde con ellas, sin clases de Francés por medio, sin voluntariados
ni tareas!
Sin dejar de caminar, abrió la mochila para comprobar que
llevaba el regalo para María. Al tocarlo, el malhumor se le pasó un
poco, y sonrió al imaginar la cara de su amiga cuando se lo diera.
Seguro que ese bolígrafo, con mensaje incluido, le iba a
encantar. Tal vez ese detalle le haría olvidar un poco el mal tono
que había tenido con ella la tarde anterior, pensaba Paula.
Después de treinta minutos de caminata, el aroma a chocolate,
que salía de la famosa confitería La Pâtisserie du Chocolat, la alertó
de que estaba a tan solo un par de calles de la catedral.
Al doblar la esquina de la basílica, vio a sus amigas, que
hablaban animadamente mientras la esperaban.
—¡Por fin has llegado! —Celia dio unos golpecitos a la esfera de
su reloj.
—¡Genial que ya estés aquí! —sonrió Gretta.
—Lo siento, chicas —Paula se disculpó—. Me he dado toda la
prisa del mundo. ¡Casi parecía que estaba corriendo una maratón!
—exageró—. Y todo porque no sabía que había huelga de
autobuses.
—¿No lo sabías? —Blanca le mostró un artículo en su móvil,
donde anunciaban la huelga—. Y aseguran que habrá más huelgas
de transportes en los próximos días.
—Pues esperemos que solo sean de autobuses y que no haya
huelga de aviones —se preocupó Celia—. Nos quedan cuatro días
para volver.
—Si leyeras el periódico, te habrías enterado, Paula… —bromeó
Gretta.
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—Ya… lo siento, chicas —volvió a disculparse.
—Tranquila, Paula, no pasa nada. Nos puede pasar a cualquiera.
—María trató de poner su mejor cara, quería dejar a un lado lo
sucedido el día anterior.
—Bueno, venga, menos cháchara y hablemos del misterio. —
Gretta vocalizó de manera exagerada la palabra «misterio».
—Chicas, tenemos que tomar una decisión. —María metió la
mano en su bolsa y tocó el sobre—. ¿Dónde podemos hablar
tranquilas? —Miró hacia los lados.
—¿Os parece que vayamos a una terraza? Allí podremos hablar
mientras tomamos algo. —Blanca estiró el cuello, buscando una
cafetería que tuviera las mesas al aire libre.
—¿Y si vamos a la Crêperie La Motte? —propuso Gretta—. Está
aquí mismo.
—Estupendo, podríamos merendar unas crêpes. —A Paula se le
había despertado el hambre con el paseo.
Las cinco amigas se sentaron en una de las mesas de la Crêperie
La Motte. Desde allí, tenían unas vistas privilegiadas a la catedral.
Las palomas revoloteaban sobre las torres, y los gorriones se
posaban cerca de las mesas por si caía alguna miga de pan. Por las
calles, los turistas iban y venían, paseaban haciéndose fotos y
disfrutaban de una tarde de verano en la bonita ciudad de Rennes.
Mientras las cinco chicas esperaban a que el camarero les trajera
su pedido, María sacó el sobre.
—El «misterio» —María imitó el tono de Gretta—. ¿Qué puedo
hacer? —Lo agitó hacia los lados.
—Yo sigo pensando que deberías abrirlo —opinó Paula, sin
dudarlo ni un segundo—. Igual te estás comiendo la cabeza y
resulta que es algo sin importancia.
—¿A qué te refieres al decir «sin importancia»? —la interrogó
María.
En ese momento, el camarero interrumpió la conversación al
dejar sobre la mesa unas crêpes, unos tarritos con salsas y los
refrescos que habían pedido.
—Merci beaucoup! —exclamó Paula y, solo cuando el camarero
se hubo alejado, continuó hablando—: Al decir «algo sin
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importancia» me refiero a algún panfleto de propaganda, por
ejemplo. O a que ese sobre esté vacío.
—No parece vacío. —María se lo acercó—. Tócalo.
—Es verdad, se nota que dentro hay papel —rectificó Paula—:
Entonces será una carta, seguro.
—Eso sí sería algo importante —susurró María.
La chica se quedó un rato en silencio recordando una carta que
le había escrito Gretta hacía mucho tiempo. En ella le decía todas
las cosas buenas que tenía y le confesaba que nunca quería que
estuvieran enfadadas.
Para María, aquella lejana carta era muy importante y la
guardaba con cariño; incluso a veces la releía. ¿Y si ese sobre
contenía una carta de amistad? ¿Y si era tan importante como la
suya?
—Me daría mucha pena que la persona a quien iba dirigida no la
vaya a poder leer nunca porque la tengo yo —confesó María,
preocupada.
—Te entiendo —asintió Celia, que estaba echando salsa a su
crêpe—. Deberías intentar entregarla a su destinatario.
—Pero mira —María recuperó el sobre y lo giró a un lado y otro
—, no pone nada en ningún sitio. ¿A quién se lo tengo que
devolver?
—Igual dentro pone para quién es, ¿eh? —dio Paula otro
argumento más a favor de abrir el sobre.
—Y tú, Gretta, ¿qué opinas? —María se dirigió a su amiga, que
permanecía callada y pensativa mientras comía su crêpe.
—Yo también pienso que hay que devolverla —dijo Gretta
después de limpiarse la boca—. Pero, para eso, deberíamos abrirla
y mirar si pone un nombre o algo.
—A ver, chicas, no nos precipitemos. —Blanca quiso poner un
poco de orden—. Antes de abrirla o hacer cualquier otra cosa,
deberíamos imaginarnos la vida de la carta.
—¿La vida de la carta? —Paula frunció el ceño.
—¿Eso qué es? —quiso saber Celia.
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Capítulo 10
Preguntas y respuestas
S
e trata de que nos imaginemos qué le ha pasado a la carta
— —Blanca apartó su plato, como si necesitara más espacio
para explicarse— desde que alguien la escribe hasta que
María la encuentra.
—Suena interesante. —Celia se limpió las gafas con la camiseta
—. A ver, y eso ¿cómo se hace?
—Tal y como lo cuentas, Blanca, eso de imaginarse la vida de la
carta parece un juego. —Paula apoyó los codos en la mesa y
escuchó con interés.
—Es casi un juego, sí. Y consiste en plantearnos y responder
varias preguntas —comenzó a explicar Blanca—. ¿Por qué la carta
acaba en un abrigo perdido? ¿Por qué no tiene sello ni lleva escrita
ninguna dirección? ¿Podemos saber, de alguna manera, a quién va
dirigida?
Las chicas se quedaron un rato mirando el sobre. Parecía
mentira que ese trozo de papel guardara tantos interrogantes.
—Pensemos en todo esto —Blanca volvió a tomar la palabra—, y
solo si no encontramos respuestas, la abrimos.
Todas estuvieron de acuerdo: tratarían de imaginarse la vida de
la carta, de aquel sobre perdido, para intentar encontrar a la
persona a quien iba dirigida.
—Desde luego, si yo le escribo una carta a alguien y no le pongo
sello ni dirección —Paula pensaba en voz alta— es porque voy a ver
a esa persona y se la voy a entregar en mano.
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—O también podría ser —continuó Gretta— porque supieras la
dirección y se la dejaras en el buzón, ¿no?
—Sea como sea, lo que parece claro es que el dueño del abrigo
era el responsable de entregar la carta —concluyó Blanca.
—Pues no solo no entregó la carta sino que perdió su abrigo,
¡menudo mal negocio! —Todas rieron ante el comentario de María.
—¿Quién la habrá escrito? —Celia se sujetó la barbilla al pensar
—. ¿Creéis que fue el dueño del abrigo?
—¡Seguro que no! —Paula fue tajante—. Si yo hubiera escrito
una carta, me hubiera esmerado por entregarla. No acabaría dentro
del forro de mi abrigo.
—Pienso lo mismo —asintió Gretta—. ¡Con lo que cuesta
escribirla, yo tampoco la hubiera extraviado!
—¡Ya sé! —dijo Blanca—. La persona que escribió la carta se la
dio al dueño del abrigo para que la entregara a su destinatario.
—¡Esa sí es una buena hipótesis! —Aplaudió María.
—¿Una hipo-qué? —preguntó Celia.
—Una hipótesis es una suposición a partir de la cual podemos
comenzar a investigar. Si la hipótesis es correcta, nos llevará hasta
la solución del problema —aclaró Blanca.
—¡Qué lío! —dijo Celia—. Bueno, entonces, ¿tú propones que el
del abrigo era como un mensajero?
—Eso es, una especie de cartero —asintió Blanca.
—Pero ¿por qué dejar en manos de otra persona algo que
puedes hacer tú? —dudó Celia.
—Buena pregunta —comentó Blanca—. ¿Se os ocurre algún
motivo?
—Tal vez, la persona que escribió la carta debía irse a algún sitio
y no le daba tiempo de enviarla —dijo María recordando que ella
todavía no había escrito la postal a sus padres—. Y le pidió el favor
al del abrigo.
—Entonces el del abrigo debería llevar una dirección apuntada
por algún sitio —concluyó Blanca.
—¡Bien pensado, Blanca! —Ilusionada, Paula dio una sonora
palmada que espantó varios gorriones.
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—María, ¿había algo más dentro del abrigo? —preguntó Gretta.
—Así que hiciera bulto no, la verdad —reconoció María—. A parte
de envoltorios de caramelos y servilletas de bar… no había nada.
—Vaya, eso complica las cosas —dijo Blanca.
—¡¡La servilleta!! —María dio un bote en la silla.
—¿Te has manchado? —Celia le acercó el servilletero—. ¿Quieres
una servilleta?
—¡Me acabo de acordar! —María abrió mucho los ojos y exclamó
entusiasmada—: ¡La servilleta tenía una dirección apuntada!
—¿En serio? ¡¿Cuál?! —le soltó Blanca, con prisa—. ¿Qué
dirección ponía?
—La dirección era… —María chasqueó los dedos varias veces—.
¡Ay!, así de memoria no la recuerdo. Y no la tengo aquí, la dejé en
la habitación. Pero del nombre me acuerdo porque es el mío, pero
en francés: Marie.
—Algo es algo. —Paula se encogió de hombros—. Aunque sería
bueno saber la dirección.
—La pista del nombre no nos dice mucho, la verdad —comentó
Celia—. En todo Rennes habrá miles y miles de Maries.
—Oh, María, ¡tienes que mirar esta misma noche la dirección! —
la apremió Blanca—, porque aún tienes la servilleta, ¿verdad?
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Capítulo 11
Haz que suceda
S
í, sí, no te preocupes —dijo María—. Tiré los envoltorios de
— caramelo, pero la servilleta la puse sobre la mesilla. Y ahí
seguirá.
—Entonces, resumamos la situación. —Blanca hablaba
emocionada, todo aquello le recordaba a las novelas de misterios y
casos por resolver que leía—. El plan es el siguiente: María coge la
servilleta donde pone la dirección de la tal Marie, nos la dice, y
buscamos en algún mapa dónde está la calle.
—Y entonces María va hasta allí y la deposita en el buzón —
interrumpió Celia—. ¡Seguro que todo va a salir bien!
—Sí, desde luego, parece un plan muy sencillo —asentía Gretta.
—No tanto, ¿eh? Yo creo que no nos podemos arriesgar a dejarla
en el buzón. Mejor sería entregarla en mano —puntualizó Paula—.
Solo así nos aseguraremos de que esta vez no se pierde.
—En eso llevas razón —reconoció entonces Gretta—. María se la
tendrá que dar a su tocaya Marie.
Paula, Gretta, Blanca y Celia estaban muy contentas. Habían
encontrado la manera de poder llevar la carta hasta la persona a la
que iba dirigida.
María, sin embargo, no estaba convencida y comenzó a ver los
problemas de entregar una carta en mano.
—Chicas, es una locura. ¿Cómo voy a presentarme en casa de
una desconocida y darle una carta? —acabó por confesar su
preocupación—. Además, ¿y si la calle está en la otra punta de la
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ciudad? Con la huelga de transportes, tendría que ir andando…
Realmente, me parece imposible.
—Si está muy lejos, se podría ir en bici —le dijo Gretta—.
Alquilasteis unas para ir a la oficina de objetos perdidos, ¿no?
—Ya, bueno, pero aun así… no sé. —María miró al suelo, se
sentía responsable de hacer llegar la carta, pues era ella quien la
había encontrado.
—No entiendo. —Blanca negó con la cabeza—. ¿No te parece
una buena solución? ¿Dónde está el problema?
—¡Lo que pasa es que me da mucho corte! —reconoció
finalmente María.
—Ya, en eso te comprendo… —Aunque Blanca estaba superando
poco a poco su timidez, era la que más podía comprender cómo se
sentía su amiga.
—¡No te preocupes, María! —Paula levantó el pulgar—. Confía.
Tú puedes.
María respiró profundamente. Le hubiera gustado tener tanta
seguridad y fe como demostraba Paula.
En lo alto de la torre de la catedral, las campanas comenzaron a
sonar.
—Igual deberíamos irnos ya. —Celia miró su reloj—. Son las
nueve.
—Uy, sí, no quiero llegar tarde a casa de Geraldine… —recordó
María lo sucedido la tarde anterior.
—Esperad un momento, chicas. Todavía tenemos un asunto
pendiente. —Gretta sacó algo de su bolso—. Toma, María, esto es
para ti.
—¿Para mí? —Se quedó extrañada—. ¡Una postal!
—Sí, nosotras ya las hemos escrito y enviado. Pero queremos
que tu postal también llegue a tiempo —reconoció Blanca—, por
eso te hemos comprado una.
—¿Te gusta? —preguntó Celia.
—¡¡Me encanta!! —dijo María—. Muchas gracias.
María sostuvo entre sus manos la postal que le habían comprado
entre todas y sonrió. Aunque la tarde anterior no había podido ir,
sus amigas no se habían olvidado de ella.
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—Hoy es jueves, así que yo creo… —Celia se quedó pensando—
que si te das prisa y la envías hoy, llegará antes que tú. Toma,
tengo un sello que me sobra. —Abrió su monedero y se lo ofreció.
—Y, un poco más allá, hay un buzón. —Blanca señaló uno a lo
lejos.
—Sí, pero tengo que escribirla y no me he traído la mochila con
el estuche. Después del voluntariado, se la dí a Geraldine para que
la dejara en casa y no venir hasta aquí con peso —comentó María.
—Eso tiene solución. —Paula sacó un regalo de su mochila—.
Toma, esto es para ti.
—¿Para mí también? —María señaló hacia sí—. ¿Otro regalo? Eh,
¿qué os pasa?, que no es mi cumpleaños, ja, ja, ja —bromeó.
Todas se echaron a reír.
—¿Qué es? ¡Ábrelo, ábrelo! —La animaron las demás, que no
tenían ni idea de que Paula le hubiera comprado algo.
Las manos de María temblaron un poco al retirar el envoltorio.
Trataba de no romper el papel, pero al final fue inevitable, ¡qué
nervios!
—Ohhh, ¡me encanta! —exclamó María, emocionada—. Además,
es de mi color favorito.
La chica giró el bolígrafo entre sus dedos y descubrió la frase.
Todavía pasó un rato hasta que logró traducirla.
—¡«Haz que suceda»! —exclamó, al fin, muy feliz.
Parecía que aquella frase quería darle toda la confianza que
necesitaba en esos momentos.
—¿Me perdonas por haberte hablado mal ayer? —se disculpó
Paula.
—Claro que sí. —María abrazó a su amiga—. Muchas gracias por
el bolígrafo. «Haz que suceda» va a ser mi frase preferida.
María estaba tan contenta e inspirada que escribió la postal allí
mismo. Estaba muy feliz de tener esas amigas que nunca le
fallaban y que, como Paula, sabían reconocer sus errores y pedir
perdón.
Además, esa tarde, María también se sentía muy afortunada:
¡no paraba de recibir regalos!
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Ella, que era siempre la más detallista del grupo y que le
encantaba hacer regalos, veía recompensada su generosidad de esa
manera.
¿Sería cierto que la generosidad es como un boomerang, que lo
que das es lo que recibes?
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Capítulo 12
Noche de estrellas
N
ada más llamar al timbre, María se dio cuenta de lo tarde
que era.
—Oh, no, ¡casi las diez! —exclamó, y temió que la madre de
Geraldine estuviera preocupada o incluso enfadada.
Ya estaba dispuesta a pedir disculpas y a asegurarle que no
volvería a ocurrir nunca más, cuando se le adelantaron las palabras
de Geraldine.
—No te preocupes, hoy mi madre tiene una cena con sus
compañeros de trabajo —aclaró la francesa al ver la cara de apuro
de María.
—Uff, ¡menos mal! —resopló María—. ¿Entonces ya se ha ido?
—Sí, se ha ido hace rato, pero nos ha dejado órdenes. —
Geraldine se acercó a la puerta de la nevera y leyó las instrucciones
escritas en una pizarra magnética—: Cenar, recoger la mesa, bajar
la basura e irnos a dormir pronto. ¡Ah, y pone que regresará a las
doce!
La francesa se giró hacia su amiga y siguió hablando.
—En dos horas. Así que no hace falta que hagamos todo esto
con prisa, tenemos tiempo. —Señaló el reloj de pared—. ¿Te parece
si cenamos ya?
María, después la merienda con sus amigas, no tenía nada de
hambre. Además, estaba deseando llegar a su habitación para
coger la servilleta y averiguar la dirección.
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Estaba convencida de que, encima de la mesilla, seguía el ahora
tan deseado papel. En cuanto lo cogiera, pondría un mensaje a sus
amigas. Seguro que ellas también estaban impacientes por saber la
dirección y comenzar a buscar la calle.
—La verdad es que no tengo ni pizca de ganas —aseguró—. He
merendado un montón. ¡La comida francesa está tan rica que no
me puedo contener!
—Yo no puedo más de hambre. —Geraldine puso un vaso y una
cuchara y ocupó su sitio en la mesa—. Si no te importa…
—Claro, claro, cena tú —le dio permiso María—. Te haré
compañía mientras. —Se sentó a su lado.
María también quería aprovechar el tiempo que le quedaba con
Geraldine. En tres días, el domingo de esa misma semana, volvería
a España, y quién sabe cuándo se volverían a ver.
—Oye, cuando me vaya, ¿podrás venir a mi casa alguna vez? —
quiso saber María.
—¡Me encantaría! —Geraldine removió con la cuchara su sopa
vichyssoise—. Pero tendré que convencer a mis padres y sacar muy
buenas notas.
—¡Entonces estudia mucho! Es que sería genial que pudieras
venir a mi ciudad. Podríamos hacer una fiesta en la casa del árbol
—se le ocurrió a María—. Además, te encantaría ir de excursión al
Bosque Azul.
—Qué bonito nombre para un bosque. —Geraldine apuró su
sopa, apartó el plato y se sujetó la cabeza con las manos en actitud
soñadora.
—Se llama así porque, al caer el sol, los árboles parecen azules
—explicó María y, rápidamente, añadió—: En ese bosque, mis
amigas y yo enterramos una cápsula del tiempo hace meses.
—¿En serio? ¿Una cápsula del tiempo? Eso suena muy
interesante. Podríamos enterrar una nuestra allí mismo. ¡Me
encanta! —se ilusionó Geraldine.
—Y también tiene una gran pradera desde donde se ven muy
bien las estrellas —comentó María—. A ti que te gustan tanto, te
encantaría.
—Ohhh, seguro que ese bosque es maravilloso. —Geraldine
suspiró, ilusionada—. Oye, se me está ocurriendo una cosa, ¡esta
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noche hay lluvia de estrellas! Subamos a la azotea del edificio.
—¿Se puede subir ahí arriba, así como así? —preguntó María,
extrañada.
—Claro, todos los vecinos tenemos la llave de la azotea. —
Geraldine se levantó, abrió un cajón y revolvió el contenido hasta
que dio con un llavero—. ¿Vamos?
—Pero… —María se levantó y se volvió a sentar—, es que no sé.
Por un lado, María quería estar con su amiga, pero también
quería ir a su dormitorio cuanto antes.
—Venga, anda, solo será un ratito. —Geraldine juntó las manos
en actitud de súplica—. ¡Seguro que podremos ver pasar estrellas
fugaces! ¡Y podremos pedir nuestros deseos! —Trató de
convencerla.
Al ver a la francesa tan ilusionada, María decidió que la carta
podía esperar. Al fin y al cabo, no iba a ir esa noche a llevarla.
Miraría la dirección cuando se fuera a dormir.
—De acuerdo —dijo finalmente.
Geraldine estaba tan entusiasmada por el plan de ver las
estrellas que se olvidó de las instrucciones que le había dejado su
madre: ni recogió la mesa ni bajó la basura. Solo pensaba en llegar
a la azotea.
—Cogeré una linterna y también una manta para sentarnos en el
suelo. —Geraldine hizo acopio de lo necesario.
Una vez en lo alto del edificio, extendieron la manta y se
acomodaron en el suelo con las piernas cruzadas.
Las dos chicas levantaron la cabeza a la vez para mirar el
precioso cielo azul oscuro. Estaba salpicado de puntitos de luz que
parpadeaban a lo lejos, como si alguien, en algún planeta remoto,
estuviera encendiendo y apagado un sinfín de lucecitas.
—¡Mira! ¡Una estrella fugaz! —Geraldine extendió el brazo y
señaló a lo lejos—. Date prisa en pedir tu deseo. ¡Tiene que ser
antes de que desaparezca!
La estrella había pasado tan rápido que, cuando María dirigió
hacia allí su mirada, solo se veía una estela plateada.
—Bueno, lo voy a pedir igual. —María se empeñó en probar
suerte.
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Con la generosidad que le caracterizaba, pensó que su deseo era
poder entregar la carta.
—¿Qué has pedido? —le preguntó Geraldine.
—Oh, los deseos no se cuentan. De lo contrario, no se cumplen.
—María se pasó la mano por la boca, como si estuviera cerrando
una cremallera imaginaria.
—Eso son tontadas —aseguró Geraldine—. Yo sí te contaré en
mío: poder viajar a España.
A María le encantó el deseo de su amiga. Al fin y al cabo,
también la involucraba a ella.
—Oye, ¿y si apuntamos todo lo que haremos cuando vaya? —
siguió hablando Geraldine, animada por la certeza de que su deseo
se iba a cumplir.
—¡Buena idea! —asintió María—. Cuando vengas, tendrás que
probar los helados que hace mi madre. ¡Son los mejores del
mundo!
—Entonces esperaré a que pase otra estrella para pedir que el
viaje sea en verano. —Geraldine miró hacia arriba.
—¡No hace falta! Mi madre hace helados todo el año —aclaró
María—. Tiene una furgoneta y va donde quiere. Oye, estoy
pensando en que también podemos ir a patinar. ¡Hay tantas cosas
que podemos hacer!
—¡Ya veo! Espera aquí un momento. —Geraldine apoyó las
manos en el suelo y se dio impulso para levantarse—. Bajaré a casa
para coger un cuaderno. Apuntaremos todo antes de que se nos
olvide.
—¡Voy yo! —La paró María—. Que además quiero ir al servicio —
dijo para acabar de convencerla.
—De acuerdo, toma las llaves. —Geraldine le entregó el llavero,
y seleccionó dos—. Esta alargada es la de la puerta de casa, y esta
de color amarillo es la de aquí.
—Genial, la de casa y la de aquí —repitió María mientras las
señalaba—. No tardaré nada.
María se fue tan rápido como la estrella fugaz que no había
alcanzado a ver. Lo que no imaginaba era que, en cuanto abriera la
puerta de su habitación, las cosas se iban a complicar bastante.
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Capítulo 13
Como por arte de magia
A
llí arriba, en la azotea, el tiempo parecía pasar tan rápido
como estrellas fugaces. Cuando María bajó las escaleras y
abrió la puerta de casa eran ya las once y media. Quedaba
solo media hora para que regresara la madre de Geraldine.
Dejó las llaves en el aparador y se dirigió a su habitación. Estaba
deseando coger el papel de su mesilla y escribir a sus amigas.
Seguro que, aunque era un poco tarde, no les molestaría recibir un
mensaje a esas horas. En el fondo, cuanto antes supieran la
dirección, antes podrían averiguar el camino que debía seguir para
entregarla.
María entró en el dormitorio y encendió la luz. Su mirada fue
directa a la mesilla.
—¡¡No me lo puedo creer!! —Todavía en la puerta, dio un grito
que nadie escuchó—: Pero ¿¡dónde está!?
Rápidamente, se acercó hasta el mueble y paseó su mano por la
superficie; quería comprobar que esa fatal ausencia era real. Y todo
apuntaba a que lo era.
Con manos temblorosas, abrió el cajoncito y volvió a cerrarlo.
Nada. Miró hacia los lados. Una brisa se coló por la ventana abierta.
—Tal vez el viento ha empujado la servilleta. —Se agachó y miró
bajo la cama—. Oh, ¡aquí tampoco está!
Ni rastro, la servilleta se había esfumado como por arte de
magia.
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—Pero si yo la dejé aquí… ¡no puede ser! —se quejaba la chica y
repetía una y otra vez—: Estoy totalmente segura. Totalmente
segura. —Se rascaba la cabeza queriendo pensar algo rápido—.
¿Qué voy a hacer ahora?
El sonido de un mensaje en el móvil la sacó de sus
pensamientos.
Geraldine: ¿Vuelves ya a la azotea?
María: Sí, sí. Espera un segundo. Voy a coger el cuaderno y un
bolígrafo.
Geraldine: ¿Podrías traer unos zumos de la despensa?
María: OK.
María sacó una libreta de su mochila y se acordó del bolígrafo
que le había regalado Paula. Al cogerlo, leyó la frase de nuevo:
«haz que suceda».
—Haré todo lo posible, sí —murmuró, aunque todavía estaba
muy preocupada—. Encontraré la manera de entregar esa carta —
añadió sin mucha seguridad.
Aunque estaba triste por la inesperada desaparición, que
truncaba todos los planes de devolver la carta, trató de reponerse
antes de regresar con su amiga. Se estiró un poco la camiseta y se
obligó a sonreír frente al espejo que había en el taquillón de la
entrada.
La chica abandonó la casa.
Una vez en la azotea, María entregó el cuaderno y el bolígrafo a
Geraldine.
—¿Te pasa algo? —preguntó la francesa—. Igual ya no te
apetece que apuntemos las ideas…
—¿Eh? ¿Por qué dices eso? Sí, sí me apetece —replicó María.
—No sé, estás rara. Tienes una cara totalmente distinta a
cuando has bajado —comentó Geraldine, que la iba conociendo
bien.
—Vale, no te voy a engañar: sí, me pasa algo. —María la miró
fijamente, no le apetecía fingir.
—¡Cuéntamelo! —Geraldine dejó a un lado el cuaderno, era
momento de escuchar a su amiga.
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—¿Seguro? Es un poco largo de contar. —María miró el reloj de
su muñeca y comprobó que eran las once y cuarenta y cinco—. No
tenemos casi tiempo, tu madre va a llegar enseguida y si no nos
encuentra en casa…
—¡Bah!, no te preocupes. Tenemos tiempo. Mi madre siempre
dice que llegará a las doce y luego llega a la una o así —aseguró
Geraldine—. ¡Venga, cuéntamelo!
—Vale, está bien. ¿Recuerdas el abrigo verde que me regaló
Brigitte? —María quiso ponerla en situación y fue así como comenzó
su relato.
La conversación se extendió durante más de un cuarto de hora.
María hablaba sin parar, y Geraldine la escuchaba muy atenta sin
querer perder detalle.
Aquella historia del misterioso sobre le resultaba irresistible y la
francesa cada vez tenía más claro que quería formar parte de la
investigación.
Para cuando María terminó de hablar, Geraldine ya tenía una
respuesta que, aunque iba a calmar a su amiga, tal vez no fuera de
su agrado…
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Capítulo 14
Los papeles no saben volar
V
enga, volvamos a casa. —Geraldine se levantó de un
— brinco y se sacudió las manos en el pantalón—. ¿Sabes?
Los papeles no vuelan.
—Umm, ¿a qué te refieres con «no vuelan»? —María se apoyó
en Geraldine y se levantó del suelo.
—Que la servilleta no ha podido salir volando por la ventana ni
se ha desintegrado de repente. —Geraldine cogió la manta del
suelo y la dobló de cualquier manera.
—Obvio, pero eso no aporta nada —añadió María.
—Lo que quiero decir —Geraldine se puso la manta bajo el brazo
— es que tiene que haber una mano oculta en todo esto. Una mano
que la haya cambiado a otro lugar.
La francesa abrió la puerta de la azotea e invitó a María a pasar.
—¿Una mano oculta? Esto empieza a sonar demasiado
misterioso… —María parecía asustada.
—Nada de misterios. Sé dónde está —aseguró la francesa, y
comenzó a bajar las escaleras.
—¿Sabes dónde está? —María la siguió, muy intrigada.
—Sí. Y te diré más: la mano oculta ha sido la de Deni. Esta
mañana. —Las palabras de Geraldine se confundían con el ruido de
las pisadas de las chicas al bajar las escaleras.
—¿Deni? —María se paró de pronto y la miró extrañada—.
¿Quién es Deni?
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—La señora que ayuda de vez en cuando a mi madre con las
cosas de la casa. Seguro que, al entrar en tu habitación, encontró
la servilleta y pensó que era basura. ¡Vamos! —Geraldine tiró de
María para que siguiera bajando—. Y no te preocupes.
—¿¡Que no me preocupe!? —María abrió mucho los ojos—. Si la
ha tirado a la basura, ¡eso significa que la servilleta va camino del
vertedero! —Se tapó la cara con las manos—. ¡Oh, no!, ahora será
imposible recuperarla.
—¡Tranquila! —le pidió Geraldine—. ¡Está en el cubo de la
basura! ¡En casa! ¡Se nos ha olvidado bajarla! De eso sí me
acuerdo…
—¿No era bajar la basura una de las tareas que nos había
encargado tu madre? —recordó María—. Tenemos que hacerlo
antes de que vuelva.
Las dos chicas entraron en la casa.
Geraldine volvió a dejar las llaves en el cajón y buscó algo en la
despensa.
—Un poco de calma. Bajaremos la basura una vez hayamos
rescatado tu servilleta. Anda, ponte esto. —Geraldine le dio unos
guantes.
—Espera, espera un momento… —dijo María mientras rechazaba
los guantes—. ¿Rescatar la servilleta de la basura significa que
tenemos que rebuscar entre los deshechos? —Se sujetó el
estómago. De solo pensarlo, le daban arcadas.
—¡Claro! ¿Cómo quieres que la recuperemos? —Geraldine miró
la cara de asco de su amiga y comenzó a ponerse los guantes—.
Está bien, lo haré yo.
—¿Estás segura? —María hizo pinza con los dedos para taparse
la nariz.
—¿Sabes? Ahora que me has contado la historia de ese sobre
misterioso, tengo tantas ganas como tú de averiguarlo todo —
aseguró la francesa.
María, en ese momento, no entendió lo que Geraldine quería
decir con «averiguarlo todo» y, simplemente, le dio las gracias por
haberla librado de lidiar con el sucio y maloliente cubo de la basura.
—Anda, coge otra bolsa grande. Iré echando los desperdicios
mientras busco la servilleta —le pidió a María—. Están en el armario
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de debajo del fregadero.
María obedeció, sacó la bolsa y la sujetó. Trataba de contener la
respiración y mirar hacia otro lado.
Geraldine fue echando los restos en la nueva bolsa de basura:
cáscaras de mandarina, papeles de cocina manchados de aceite…
pero ni rastro de la servilleta.
—¿Ves algo ya? —María miró de reojo.
—Nada. —Geraldine siguió a lo suyo—. Pero no seas impaciente.
—Es que la cocina huele cada vez peor, y esto es como buscar
una aguja en un pajar… —comentó María.
Pero la francesa no pensaba abandonar la búsqueda. Ventilarían
la cocina después.
—¡Mira, creo que está ahí abajo! —Geraldine metió la mano
hasta el fondo y, al sacarla, levantó en el aire un trozo de papel.
María giró la cabeza. Aunque la servilleta estaba bastante
arrugada y manchada, se podía ver que tenía algo escrito.
—¡Sí, creo que es ese papel! —Olvidándose por un momento de
la suciedad, María lo cogió mientras saltaba de alegría—. ¡La has
encontrado!
Sin embargo, aquella felicidad le duró poco.
En ese momento, la puerta de la casa se cerró de golpe: la
madre de Geraldine había llegado.
—¡¡Qué mal huele aquí!! —dijo la mujer mientras se tapaba la
nariz—. ¿¡Pero qué hacéis!?
La imagen de Geraldine sujetando una cáscara de plátano, con
los guantes manchados de salsa de tomate y María sujetando un
papel aceitoso como si fuera un tesoro pedía a gritos una
explicación más que coherente. Incluso la verdad sonaba poco
creíble esta vez.
—Ho-ho-hola, e-e-estamos re-re-cogiendo la basura como nos
indicó —balbuceó María.
La chica estaba muy apurada, pero logró esconder la servilleta
con disimulo.
—¡Hola, mamá! Estamos haciendo las tareas que nos dejaste
escritas —sonrió Geraldine, y señaló la nevera, donde estaba la
pizarra con las instrucciones.
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En la mesa, el cuenco de la sopa seguía con la cuchara dentro,
junto a un trozo de pan y el vaso. Sobre la silla, dejada de
cualquier manera, estaba la manta que hacía poco habían llevado a
la azotea. Pero Geraldine permanecía ajena a todo ese desorden y
leía las instrucciones desde lejos.
—Cenar, recoger la mesa, tirar la basura… —La cáscara de
plátano le bailaba en la mano—. Todo lo que apuntaste en la
pizarra, mamá.
—¿Y para eso tenéis que sacar lo que hay dentro de la bolsa de
basura? —La madre arrugó la nariz en señal de extrañeza—. Y qué
hacíais ¿meterlo en otra?
—Sí, mamá. Al recoger la mesa, se nos cayó la cuchara de María
dentro del cubo de la basura. —Geraldine señaló la mesa con la
barbilla—. ¿Ves?, ahí solo está la mía.
—Pero ya la hemos encontrado y la hemos puesto en el
lavavajillas —continuó María con la excusa inventada—. Y ahora
vamos a bajar la basura.
—No. Es muy tarde. La bajaré yo. —La madre cogió la bolsa—.
Vosotras, id a dormir ya, ¿eh? No quiero que mañana os caigáis de
sueño. Quiero encontraros en la cama cuando suba. —Salió por la
puerta.
—¡Corre, mira la dirección! —dijo ansiosa Geraldine.
La tinta del bolígrafo estaba un poco corrida. El papel no solo
había absorbido algo de aceite, también se había manchado de
tomate.
—«Marie. Rue de Sdreu, 32». —Logró descifrar María—. Menos
mal. ¡Ya la tenemos! —exclamó con alivio.
Geraldine también estaba muy ilusionada y enseguida se puso a
maquinar un plan.
—Escucha, ahora vamos a hacer como que nos vamos a dormir,
¡pero no te duermas! —le advirtió Geraldine—. En cuanto mi madre
se vaya a la cama, yo iré a tu habitación. ¿De acuerdo?
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Capítulo 15
Una larga noche de verano
M
ucho antes de que Geraldine recorriera el pasillo que
separaba sus habitaciones, María escribió un mensaje a sus
amigas. Después de la inesperada aventura, por fin había
conseguido la dirección: el 32 de la Rue de Sdreu.
Al terminar de teclear la calle y de llenar de palmadas y
corazones el resto del mensaje, la chica se quedó sentada en la
cama, en la penumbra de su habitación. La lámpara de la mesilla
permanecía apagada. Tal y como había acordado con Geraldine,
tenían que hacerse las dormidas: nada de luz ni de ruidos.
Con el móvil en la mano, era la luz de la pantalla la que
iluminaba la sonrisa de María, que esperaba los mensajes de
contestación de sus amigas.
Sin embargo, pasado un rato, la chica abandonó el móvil sobre
la mesilla. Nadie decía nada.
María se metió en la cama. Guardó la carta debajo de su
almohada y se tapó con las sábanas.
Eran cerca de las tres y se caía de sueño. Aunque hacía todo lo
posible por permanecer despierta, los ojos se le cerraban sin
remedio. Y encima, Geraldine, pese a que le había asegurado que
vendría esa noche para hablar sobre la carta, no aparecía. ¿Se
habría quedado dormida?
Bostezó. El silencio de la noche tampoco le ayudaba a
mantenerse despierta. Salvo por algún lejano maullido de gatos
callejeros, todo permanecía en calma, estático, como si la ciudad
entera estuviera paralizada.
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A las tres y media pasadas, desde la oscuridad, la puerta de la
habitación comenzó a abrirse lentamente.
—Soy yo… —susurró Geraldine.
María oyó unos pasos que se acercaban.
—Por fin has venido. —Se incorporó.
—He buscado dónde está la calle. —Geraldine se sentó en el
borde de la cama y encendió su móvil para mostrarle algo—. Mira
este mapa: la calle que buscamos está junto al parque Thabor.
A María le gustó ver a Geraldine tan entusiasmada, incluso ya
había buscado dónde estaba la calle.
Pero, sobre todo, a María lo que le había hecho mucha ilusión
era la frase: «la calle que buscamos». Al escucharla se sintió
acompañada en esa aventura de devolver la carta. Tal vez ya no
tendría que ir ella sola.
—Tendremos que encontrar la manera de llegar hasta ahí,
porque está a una distancia de siete kilómetros —Geraldine volvió a
hablar en plural.
—Sería un paseo demasiado largo… espero que ya no haya
huelga de autobuses. —María recordó que la ciudad entera seguía
con huelgas y protestas esos días.
—¿Tienes el sobre? —La francesa apagó el móvil y sacó del
bolsillo de su pijama una pequeña linterna.
—Sí, lo tengo aquí, debajo de la almohada. —María lo sacó.
—Déjame verlo. —Geraldine se lo arrebató de las manos,
rápidamente.
—¿Qué haces? ¡No lo abras! —le advirtió María.
Pero sus palabras habían llegado demasiado tarde. Al rasgarlo, el
ruido fue tan suave como el aleteo de una mariposa.
—¿Por qué no abrirlo? —replicó Geraldine mientras sacaba del
interior del sobre una hoja perfectamente doblada—. ¿Cómo
quieres que la leamos?
A María aquella actitud de su amiga le había pillado
desprevenida. En sus planes no entraba abrir el sobre ni leer la
carta.
—Venga, vuelve a meter el papel —dijo María, muy apurada.
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—¿No te das cuenta? ¡Tenemos que saber qué es esta carta! —
La linterna de Geraldine iluminaba el papel.
—¡Pero no es para nosotras! —María se enfadó un poco y añadió
—: Geraldine, abrir la carta no entraba ni en mis planes ni en los
planes de mis amigas. Solo queríamos encontrar la dirección y
entregarla.
—¿En tus planes? ¿En los de tus amigas? —repitió Geraldine un
poco ofendida—. Yo también soy tu amiga… ¿Por qué no hemos
hablado nosotras de esos planes?
María respiró profundamente, se había quedado sin saber qué
decir. En el fondo, Geraldine tenía razón. Nada de eso lo había
hablado con ella.
—Además, aquí en Francia las cosas no son así, ¿eh? —dijo
Geraldine un poco por decir—. ¿Te imaginas que la carta es algo
malo? Podrías estar metiéndote en un gran lío.
—Bueno, supongo que tienes razón. —María se encogió de
hombros—. Pero aunque consigamos entregar la carta, con el sobre
abierto no va a quedar nada elegante.
—La meteremos en otro sobre —propuso Geraldine—. Ahora,
silencio, déjame que la lea.
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Capítulo 16
Mon amour
E
l sobre aún guardaba un agradable olor a rosas en su interior.
Alguien había perfumado el papel y rociado aquellas letras
que parecían contener un dulce mensaje.
Sin perder ni un segundo, Geraldine comenzó a leer.
«Marie
S’il vous plaît,…».
«Marie,
Por favor, recibe esta carta junto con mis disculpas.
Me ha costado mucho decidirme a escribirla. No me he
atrevido a llamarte por teléfono, porque el miedo a que
me rechaces me paraliza. Tal vez al leer mis letras
sepas que mi amor es de verdad. Nada va a poder con
mis sentimientos.
Por favor, te pido que acudas el domingo al parque.
Estoy deseando que hablemos de lo sucedido.
Junto con estas letras, te envío también la promesa
de esperarte hasta que decidas regresar. Iré un
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domingo tras otro, como antes, al parque que está
cerca de tu casa.
Al otro lado de la verja, en el último peldaño de
nuestras escaleras preferidas. Cuando las amapolas se
cierran y la luz de la primera farola se enciende, ahí
estará mi corazón esperándote.
Esperándote, hasta que regreses.
Je t’aime,
Antoine».
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Capítulo 17
En sus manos
J
e t’aime» significa te amo? —quiso asegurarse María.
—¿« —¡Sí!, ¡es una carta de amor! —exclamó Geraldine—.
¡Ay!, ahora con más motivo debemos entregarla.
—¡Pobre Marie y pobre Antoine! —María suspiró—. Seguro que ni
se imaginan que la carta se extravió.
—Y ahora está en nuestras manos ese reencuentro —sentenció
Geraldine, y supo que aquella era una misión muy especial.
María sonrió y se quedó pensativa. Siempre había tenido la
intuición de que el sobre contenía algo importante, y ahora
comprobaba que había estado en lo cierto.
—Eh, María, ¿me estás escuchando? —Geraldine la zarandeó
tratando de sacarla de sus pensamientos.
—Ay, sí, perdona… —María movió la cabeza a los lados para salir
de sus ensoñaciones—. ¿Qué decías?
—Que tenemos que entregar la carta cuanto antes —repitió
Geraldine.
—Claro, totalmente de acuerdo. Pero otro día, ¿eh? —María le
quitó la carta de las manos—. Que te veo muy lanzada.
Por un momento, temió que la francesa quisiera ir a entregar la
carta esa misma noche, aunque fueran más de las cuatro y
estuvieran en pijama.
—¡Ja, ja, ja! Sí, sí, tranquila. Pero tiene que ser antes del
domingo… —Geraldine levantó el dedo índice en señal de
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advertencia—, que es cuando Antoine le pide a Marie que acuda al
parque de cerca de su casa.
—Cierto —asintió María—. Oye, antes has dicho que sabías
dónde está la calle. ¿Qué parque queda cerca de la Rue de Sdreu?
—preguntó.
—El parque Thabor —aclaró Geraldine.
—¿Crees que será verdad que ese chico la va a esperar domingo
tras domingo? —dudó María—. No sabemos hace cuanto se perdió
esta carta.
—Tal vez sean seis meses —dijo Geraldine—. Ese es el tiempo
que Brigitte nos dijo que guardaban las cosas en la oficina de
objetos perdidos, ¿recuerdas?
—Seis meses tienen… ¡veinticuatro domingos! —Calculó María—.
Me parecen demasiados domingos como para ir, uno tras otro, a
esperar.
—Sí, desde luego, son muchos. Pero ¿sabes? —dudó Geraldine—
ese hombre de la oficina de objetos perdidos era muy
desordenado… Tal vez el abrigo no llevaba tanto tiempo allí.
—Sea como sea, yo no me creo que nadie sea capaz de esperar
más de cuatro o cinco domingos —comentó María.
—Pues yo creo que sí. Parece una auténtica carta de amor. —
Geraldine estaba convencida—. Haremos una cosa. Entregaremos la
carta mañana. Así podrán reencontrarse este mismo domingo.
—Pero yo tengo clase por la mañana y por la tarde tenemos el
voluntariado… —dijo María.
—Tienes razón. Bueno, yo aprovecharé la mañana para ir a
comprar un sobre lo más parecido posible a este. —Señaló el que
había rasgado hacía un rato—. Y, por la tarde, cuando acabemos
con el voluntariado, la llevaremos. Tendremos que darnos prisa
para no volver tarde a mi casa.
—Oye, ¿cómo sabremos si hemos conseguido que se
reencuentren? —preguntó María—. Una vez entreguemos la carta a
la tal Marie, ya no la veremos más ni sabremos si ha decidido
acudir a la cita o no.
—Bueno, sabemos dónde le ha propuesto Antoine verse —
comentó Geraldine—. Mira, en la carta pone que se encuentran en
el parque, a la entrada. Y ya sabemos que es el parque Thabor.
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—Pero ese parque es famoso por lo grande que es —dudó María
—. Tendrá varias entradas, ¿no?
—¡Es enorme! Tiene al menos diez hectáreas. Pero no te
preocupes —aseguró Geraldine—. Aunque el parque tiene cinco o
seis entradas, en la carta pone que hay unas verjas y unas
escaleras, y ¡esa entrada sé cuál es! La entrada de la calle Rue de
Paris.
—¡Estás en todo! —exclamó María.
—Entonces, solo tenemos que ir allí el domingo y ver si dos
personas se reencuentran —resumió la francesa—. Además, como
antes habremos entregado la carta, podremos reconocer a Marie.
En ese momento, María se dio cuenta de que sin Geraldine, que
se conocía su ciudad natal a la perfección, todo hubiera sido muy
difícil. A lo mejor hubiera sido imposible solucionar el misterio.
Solo había una cosa en la que Geraldine no había reparado.
—Pero el domingo ya no estaré en Rennes —dijo María,
apesadumbrada—. Ese día viajamos…
—¡Oh, no!, ¡se me había olvidado! Por favor, no te vayas nunca
—suplicaba Geraldine.
—¡Qué pena me da! Pero no me puedo quedar. —María miró
hacia abajo, entristecida—. A saber si Marie y Antoine se
reencuentran finalmente.
—¿Te fías si voy yo el domingo a la entrada del parque y te lo
cuento? —preguntó Geraldine—. Tú no vas a estar, pero puedo ir yo
sola. Te informaré por wasap, ¡en tiempo real!
—¡Claro que me fío! Pero ¿qué harás? No me digas que te
pegarás toda la tarde haciendo guardia en la entrada del parque. —
María la veía capaz—. Eso sería una locura.
—No hará falta. —Geraldine movió la cabeza a los lados—. Mira,
aquí dice que la espera «cuando las amapolas se cierran y la
primera farola se enciende». —Señaló con el dedo la línea donde lo
ponía.
—Ya, pero seguimos sin saber la hora —replicó María.
—Las amapolas, como algunas otras flores, se cierran al
anochecer —aseguró Geraldine—. Y ahora, en agosto, anochece
hacia las nueve. Lo sé porque esa es la hora en la que mi madre
nos quiere en casa.
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—¡Ajá! Por eso pone que la primera farola se enciende, porque
es cuando empieza a anochecer —recordó María parte de la carta.
—¡Solucionado! Ya sabemos la hora. Ahora durmamos un rato,
dentro de nada se hará de día. —Bostezó Geraldine y se levantó de
la cama dispuesta a irse.
—¡Espera! —Antes de que Geraldine se marchara, María la paró
—. Quería darte las gracias por ayudarme con todo esto.
Geraldine sonrió desde la penumbra.
—Gracias a ti por confiar en mí —susurró, y abandonó la
habitación.
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Capítulo 18
Problemas
A
la mañana siguiente, María se caía de sueño. Entre esperar a
Geraldine y planear la entrega del sobre, solo había dormido
unas pocas horas. Además, tenía la sensación de que ni
siquiera durante esas horas había podido descansar. Cuando sonó el
despertador, no lo dudó y lo apagó de un manotazo. Le resultaba
imposible levantarse de la cama.
Eran ya las nueve y media de la mañana cuando la madre de
Geraldine se extrañó de no haber visto todavía ni a María ni a su
hija. Hacía rato que deberían haber desayunado y, por más que
pasaba el tiempo, en la cocina no aparecía nadie.
—Está claro que si falto de casa —dijo acordándose de su cena
de la noche anterior—, esto es un jolgorio. Aquí nadie se levanta a
su hora —murmuró.
La madre se dirigió hacia las habitaciones. Primero despertó a
Geraldine y luego, a María.
—¡¡Arriba!! ¿Se te han pegado las sábanas? —Sin ningún
miramiento encendió todas las luces.
—¿Cómo? ¿Qué pasa? —dijo María, aún entre sueños.
—Que llegas tarde al colegio. —La madre descorrió las cortinas
—. ¡Son más de las nueve y media!
—¿Tan tarde? —María se desperezó y saltó de la cama, dispuesta
a vestirse a toda velocidad.
—Y no solo eso: he oído por la radio que no hay ni un solo
autobús en toda la ciudad —advirtió la madre—. Así que date prisa,
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te llevaré en coche.
Cuando María llegó al colegio, todos los alumnos estaban dentro
de clase. Pese a que llevaba una de las zapatillas desabrochada,
recorrió el largo pasillo hasta su aula en tiempo récord. Antes de
llamar a la puerta, aprovechó para remeterse la camiseta por el
pantalón y pasarse las manos por el pelo para adecentarlo un poco.
No le había dado tiempo ni de peinarse.
—Debo de estar horrible —murmuró, y llamó a la puerta.
—¡¡Adelante!! —Se oyó desde el otro lado.
A la señorita Rosa no le gustaba que los alumnos llegaran tarde
a sus clases, y, previo enfado, solía exigir un justificante por el
retraso.
Pero, ese día, hizo la vista gorda. Al fin y al cabo, pensó la
mujer, solo quedaban unos pocos días para que los alumnos de
intercambio se marcharan y no quería que la recordaran como una
gruñona.
—Perdón, perdón, lo siento mucho. —Rápidamente María ocupó
su sitio.
—Llegas un montón tarde, ¿eh? —le susurró Erick, entre risas,
en el pupitre de al lado.
—Chsss… —María se llevó el dedo índice a los labios.
Acto seguido, la chica buscó con la mirada a sus amigas. Al
verlas, levantó un poco la mano, tratando de saludarlas desde
lejos.
En cuanto la señorita Rosa se giró para escribir una frase en la
pizarra, Blanca y Celia comenzaron a hacer señas a María. Las dos
chicas se encogían de hombros y señalaban sus móviles con
insistencia. También Gretta y Paula trataban de preguntarle algo
por gestos. Las cuatro habían leído el mensaje que María les había
puesto por la noche y estaban impacientes por hablar del tema.
María movió exageradamente los labios y vocalizó un «luego os
cuento». Pero a punto estuvo de pillarle la señorita Rosa.
—¿Decías algo, María? —Se estiró los volantes de su camisa de
lunares.
—Oh, nada, nada. Solo trataba de pronunciar bien la última
frase de la pizarra —inventó una excusa.
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Estaba claro que no podían recurrir a la mímica para resolver sus
dudas. Tendrían que esperar hasta el recreo para poder reunirse.
En cuanto terminó la clase, las amigas cogieron el almuerzo e
hicieron un corro alrededor de María.
—Chicas, ¡anoche descubrimos dónde está la calle! —María se
frotaba los ojos.
—¡Eso es lo que te preguntaba por gestos! —exclamó Blanca, y
le dio un trozo de su sándwich de queso.
—Desembucha de una vez, ¿dónde está? —Celia estaba muy
impaciente.
—¡Qué bien que tengas la dirección! —se entusiasmó Gretta—.
Sentémonos en el banco para hablar.
Todas estaban muy contentas, menos Paula. La chica quiso
quedarse de pie mientras miraba muy seria a María.
—¿A qué te refieres con «descubrimos»? —preguntó la
deportista en cuanto terminó el bocadillo.
—Geraldine y yo —contestó María, y añadió muy feliz—: ¡Me ha
ayudado un montón!
—Pensaba que habíamos acordado que no se lo ibas a contar a
nadie —le reprochó Paula—. Que lo íbamos a llevar entre nosotras.
«Top secret», ¿recuerdas?
—Eh, esto… —María se quedó cortada y miró a las demás con
cara de apuro.
—Oh, bueno, Paula, qué más da —acabó por decir Celia—. Lo
importante es que lo ha solucionado y va a poder entregar la carta
a su destinatario.
—¡Eso es! —añadió Gretta—. Anda, cuéntanos todo.
—Hay otra cosa más: Geraldine abrió el sobre y hemos leído la
carta. —María bajó la mirada, sabía que eso no había estado bien.
—Ah, que también habéis leído la carta… Es lo que siempre te
decía yo, ¿por qué a mí no me hiciste caso? —Paula se cruzó de
brazos.
—Yo no quería abrirla, pero Geraldine lo hizo sin consultar… —se
explicó María.
—Bueno, venga, dejemos los pequeños detalles. —Blanca quiso
quitarle importancia—. ¡Estoy deseando saber qué ponía!
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—No os lo vais a creer —María bajó la voz al decir—: Ha
resultado ser una carta de amor.
Mientras María les contaba todo lo sucedido la noche anterior y
cómo habían planeado ir esa misma tarde a entregarla, Paula
miraba hacia en horizonte, un poco entristecida. Aunque por su
manera de hablar y por su actitud parecía enfadada, en realidad, no
lo estaba.
Lo que de verdad le pasaba a Paula era que tenía miedo. Miedo a
que el grupo se fuera separando, poco a poco. Miedo de que otra
gente viniera a ocupar su lugar. A que cada una comenzara a hacer
planes sin contar con las demás.
La chica creía tener motivos para preocuparse: primero Olivia
que insistía en quedar con Gretta, y ahora María rompiendo los
pactos que tenía con ellas y haciendo otros nuevos con Geraldine.
Lo que no sabía Paula, todavía, era que cada amiga es única.
Que todas tienen su propio lugar y que nadie puede sustituirse por
nadie.
—¡Chicas! Iremos después del voluntariado, ¡veniros a la puerta
de la tienda de segunda mano y vamos todas juntas! —propuso
María, y se levantó del banco muy animada.
—Yo no puedo —contestó Paula rápidamente—. El padre de
Amelie vendrá a recogernos en coche después del voluntariado. No
tengo otra manera de volver a casa.
Amelie vivía en una granja a las afueras de Rennes, y dependía
por completo del transporte urbano o, en su defecto, del coche
familiar.
—Vaya, me hubiera gustado que vinieras. Esto de la huelga es
una faena —dijo María, que se había puesto a su lado para tratar de
limar asperezas.
—Ni Blanca ni yo podemos tampoco —dijo entonces Gretta—.
Hoy hemos quedado con Olivia.
Al oír el nombre de Olivia, Paula puso mala cara. La «jefa de las
brujas» había conseguido su primer objetivo y ella no podía hacer
nada para estar en esa cita.
—¿¿Con Olivia?? Uff… —Paula negó con la cabeza varias veces,
dejando patente su disgusto.
—¿Qué quieres decir con «uff»? —la interrogó Blanca.
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En ese momento fue Celia la que habló.
—¿Que en serio habéis quedado con Olivia? —Las miró como si
fueran marcianas.
—Sí —corroboró Gretta—. ¿Por qué te extraña tanto?
—¡¡Es que no me lo puedo creer!! —Celia se puso en pie como si
un resorte la empujara—. Después de lo mal que se ha portado
siempre…
—Bueno, ahora está maja, ¿eh? —aclaró Blanca.
—Opino como Celia. Yo no me fiaría de Olivia. Recordad cómo
trató a Camila —añadió Paula—. Y eso que se supone que eran
amigas.
—Olivia es la persona más egoísta que conozco. Ella es siempre
lo primero. Solo hay que oírla hablar todo el rato con su «yo, yo,
yo». —Celia imitó su voz.
—Es incapaz de hacer algo por otra persona —puntualizó Paula.
—Bueno, pero ahora ha cambiado —añadió Gretta—. Ya que
Paula no puede, vente tú con nosotras, Celia, y lo podrás
comprobar.
—No, gracias, tengo otros planes mejores —aseguró Celia—. Y,
si no los tuviera, iría con María a lo de la carta.
Gretta se quedó bastante afectada. Parecía que ni a Paula ni a
Celia les parecía bien que hubieran quedado con Olivia. ¿Cómo
podía demostrarles que la chica había cambiado y que ya no era la
bruja que hacía la vida imposible a los demás?
«Riiiinggg».
La campana anunciando el final del recreo sonó como un
estruendo y todas pusieron rumbo a la clase.
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Capítulo 19
Atrapados
A
unque ahora ya sabían qué contenía el sobre y cuál era la
dirección, cada una de las amigas regresó a clase con un
montón de dudas. Se preguntaban, interiormente, qué
pasaría con esa historia de amor que se había quedado en pausa
por culpa del extravío de una carta.
Salvo por estas novedades, la mañana en el colegio de las
francesas parecía seguir su rutina. Después del recreo, tendrían
una clase con la señorita Rosa, a la que seguiría un divertido taller
de redacción hasta la hora de comer.
Sin embargo, mientras en el colegio la mañana transcurría con
normalidad, algo estaba pasando al otro lado de los muros del
colegio. Algo que iba a cambiar los días venideros.
Esa mañana de finales de agosto, la luz del sol entraba con
delicadeza por las ventanas. A su paso, dejaba caminos de luz
donde brillaban pequeñas partículas de polvo. El sol se colaba hasta
los pupitres más alejados e iluminaba la pared del fondo.
María siguió con la mirada el haz de luz. En la pared del fondo,
colgado de un cuerda, el calendario de clase mostraba en amarillo
el domingo 25 de agosto.
A la chica le entristecía ver ese día señalado tan de amarillo. Y
no era porque el color no le gustara. Era, simplemente, porque le
recordaba que ese día era el de su partida.
—¡Ay! Ojalá pudiéramos quedarnos más en Rennes —suspiró
mientras sacaba su cuaderno para la siguiente clase.
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—¡Ni loco! —dijo Erick, a su lado—. Que tengo el campamento
de fútbol con mis amigos.
Resignada, María sacó un bolígrafo del estuche y el cuaderno.
Quería tenerlo todo preparado para cuando llegar la señorita Rosa.
Sin embargo…
—Oye, ¿no nos tocaba con Mademoiselle Roselle? —le preguntó
María a su compañero.
—Sí. Qué raro. —Erick abrió su cuaderno y consultó el horario—.
Ahora nos toca con ella —le confirmó, y bajó un poco la voz al decir
—: pero no la llames «Mademoiselle Roselle», a ella le gusta que le
digan «señorita Rosa».
—Ya, bueno, tampoco se iba a enterar. Mira, ahora la que está
en clase es Ada. —María la señaló con un gesto de barbilla.
La mujer del pelo rojo acababa de entrar en el aula y
permanecía de pie, en la tarima. Con los brazos cruzados, esperaba
a que los alumnos se sentaran. Por un momento, se llevó las manos
a ambos lados de la cabeza y se tapó los oídos. Tal vez tanto jaleo,
sumado a algún problema, le molestaba hasta el punto de acabar
con su paciencia. Lo cierto era que parecía preocupada.
—¡Silencio! —Pidió con un par de sonoras palmadas.
María dio un bote en la silla.
—¿Qué le pasa? Está súper rara hoy, ¿no? —comentó Erick en
voz baja.
El resto de la gente ni se inmutó. Todo el mundo volvía del
recreo alborotado.
Camila y Rosaura reían juntas a voz en grito. Bea y Marco
jugaban a ver quién llegaba primero al sitio. Santiago le tiraba del
pelo a Leo con la consabida queja del chico… Aquello parecía un
gallinero.
El sol caía ahora sobre el pelo rojo de Ada, y parecía que la
mujer llevaba un incendio sobre su cabeza.
—¡A ver, por favor! ¡¡He dicho que silencio!! —chilló con todas
sus fuerzas.
La clase enmudeció de repente.
A los alumnos les pareció muy raro que la dulce Ada gritara de
esa manera. Nunca nadie la había oído chillar así. Todos se llevaron
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un buen susto. Incluso una paloma, que estaba en la ventana, se
tapó el pico con las dos alas como si estuviera asustada.
—¡Tengo una importante noticia que daros! —continuó también a
voz en grito.
—¿Qué clase de noticia? —preguntó alguien.
—Una muy importante. Aunque os la debería decir Mademoiselle
Juliette, que es la jefa y organizadora del viaje. —Ada se pasó la
mano por la frente.
—Entonces, ¿tenemos que esperarla en clase o podemos salir al
patio? —dijo Santiago.
—Ella no puede venir. Está con la señorita Rosa haciendo unas
gestiones. —Ada se masajeó las sienes antes de añadir—:
Esperemos, por nuestro bien, que esas gestiones den sus frutos.
—Señorita Ada, por favor, no nos asustes, ¿qué es lo que pasa?
—Rosaura habló en nombre de todos.
—Perdonad, perdonad. —Se atusó un poco la melena roja como
queriendo apagar su propio incendio—. Iré al grano. Como ya
sabéis, la ciudad está padeciendo una serie de huelgas de
transporte.
—Que me lo digan a mí, que tengo que madrugar el doble… —Se
oyó que decía un alumno.
—¿Cuándo acaban las huelgas? —Levantó la mano alguien al
fondo de la clase.
—No se sabe. —Ada negó con la cabeza y sus rizos fueron de un
lado a otro—. De momento, se han sumado a la huelga el servicio
de trenes, el de autobuses, los taxis y también… los aviones.
—¡¡¡Nooo!!! —Un grito general inundó el aula.
—¡¡No puede ser!! ¡El domingo volamos a España! —soltó
Camila y miró preocupada a su amiga Rosaura.
El brillo de una lágrima asomó a los ojos de Camila. Rosaura
sabía el motivo: el lunes era su cumpleaños y, si no volvían el
domingo, no podrían celebrarlo. Toda la fiesta que habían
preparado habría que suspenderla.
—Lo siento, de verdad. Los vuelos están cancelados hasta nueva
orden. —Ada se cruzó de brazos con resignación—. De momento,
no tenemos manera de volver.
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Los planes de Camila y sus amigas no eran los únicos que se
habían visto truncados y, en general, las caras de los alumnos eran
de fastidio.
En el grupo de los chicos también comenzaba a reinar la
preocupación.
—¡Qué mal! —Leo dio un manotazo en la mesa—. ¡Nos
perderemos el comienzo del campamento de fútbol!
—O el campamento enterito. —Marco fue más pesimista.
—Y encima nos hemos gastado todos nuestros ahorros. —
Santiago temió que las camisetas que habían comprado para
entrenar todos iguales acabaran siendo solo un recuerdo.
Paula se cruzó de brazos con brusquedad. Ella también estaba
deseando volver y que las cosas en su grupo de amigas volvieran a
la normalidad.
A Celia le daba un poco igual, podía encontrar ventajas en
quedarse y también en regresar.
Sin embargo, Gretta y Blanca tampoco encajaron muy bien la
noticia, y no era porque quisieran volver. A ellas tampoco les
importaba estar unos días más en Rennes hasta que la huelga se
solucionara. Lo que les suponía un problema era ¿dónde se iban a
alojar? Habían oído decir, a sus respectivas familias de intercambio,
que tenían planeadas las vacaciones para después. ¿Tendrían que
buscar un hotel? ¿Cómo iban a encajar sus padres la nueva
situación?
María era la única que se había tomado bien la noticia. No podía
dejar de sonreír: si su avión no volaba el domingo y se quedaban
en Rennes, ¡podría ir con Geraldine a la entrada del parque!
A la chica le dieron ganas de levantarse de su sitio e irse
bailando de alegría hasta el calendario para borrar la pintura
amarilla que aprisionaba el día 25. Sin embargo, al ver la cara del
resto de la gente, se reprimió y, simplemente, se giró hacia Erick.
—Lo siento por tu campamento, ¿eh? —Trató de ser empática.
Erick la miró de reojo y se dejó caer sobre el respaldo de la silla,
con fastidio.
—Entonces —Blanca levantó la mano para hablar—: ¿Estamos
atrapados en Rennes?
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En ese momento, la puerta de clase se abrió de golpe y
aparecieron Mademoiselle Juliette y la señorita Rosa. La mujeres
venían sofocadas, abanicándose con unos folios mientras negaban
con la cabeza.
Ada comprendió, al verlas, que todas las gestiones que habían
estado haciendo no habían dado los resultados esperados.
—No hay solución —sentenció la señorita Rosa.
—Tenemos que quedarnos —añadió Mademoiselle Juliette,
bastante preocupada, y se dirigió a los alumnos—: Hoy mismo
informaré a vuestras familias.
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Capítulo 20
Despistadas
E
sa tarde, nadie logró concentrarse en sus respectivas tareas.
La preocupación de estar atrapados en Rennes, de manera
indefinida, era el tema principal de conversación.
En el Museo de Arte donde Gretta hacía el voluntariado, la
incertidumbre de la huelga era motivo de despistes. La chica no
hacía más que confundir las salas de exposiciones con la cafetería y
el restaurante y, más de un turista, en vez de admirar una obra
maestra, se tenía que conformar con la visión de un café con leche
y un cruasán.
También Celia, en la residencia de ancianos, acusaba la
situación. No paraba de contar a unos y otros su problema. Todos le
quitaban importancia: podía quedarse allí, con ellos, decían y
sonreían sin dientes.
A Paula, en la biblioteca, no le fue mejor: tiró una torre de libros
y tuvo que pasar toda la tarde ordenándolos.
Aunque las clases de baile de Blanca podrían haber servido para
que se relajara, resultaron ser otro desastre. No daba pie con bola
y se tropezaba todo el rato con Giselle. La francesa tenía ya los pies
rojos de tantos pisotones.
María, en la tienda de segunda mano, también estaba en otro
mundo. Sin embargo, su despiste era por algo muy distinto al viaje
de vuelta: en cuanto Geraldine y ella acabaran el voluntariado irían
a entregar la carta.
—¿La has traído? —Geraldine aprovechó un momento en el que
Brigitte se alejó para mostrarle un sobre—. Mira, he comprado este
Página 80
sobre que es muy parecido al original. Dámela y la guardo, ¡corre!
—Sí, sí, aquí la tengo —dijo María, nerviosa.
Sacó el papel del bolsillo de su pantalón, pero con los nervios se
le cayó al suelo. La carta fue volando hasta los pies de Brigitte.
—¿A qué se debe tanto cuchicheo hoy? —La encargada se había
dado cuenta de que, esa tarde, las dos chicas no estaban en lo que
celebraban.
María se encogió de hombros y miró fijamente a Brigitte. No
quería desviar la vista al suelo y llamar la atención sobre el papel.
Lo único que hacía era repetir para sus adentros: «que no la pise,
por favor, que no la pise».
—¿Os pasa algo? —Brigitte puso los brazos en jarras y añadió—:
Estáis un poco despistadas, ¿no?
La francesa había roto dos macetas de barro, y María había
confundido los cambios varias veces, por lo que más de un cliente
había regresado a la tienda, indignado, al darse cuenta de que le
habían devuelto de menos.
—Oh, no nos pasa nada. —Geraldine fue rápida y se agachó
antes de que Brigitte pisara el papel.
—¿Seguro? —La encargada de la tienda encogió los ojos y dijo
—: Os noto preocupadas y nerviosas.
—Bueno, yo estoy preocupada por la huelga de transporte —se
le ocurrió a María una excusa de lo más creíble—. Seguramente, no
voy a poder volver a España hasta quién sabe…
—¡Oh, vaya! —Brigitte la miró compasiva—. Ahora lo entiendo,
no podrás ver a tus padres hasta que se reanuden los vuelos.
—Eso me da pena —reconoció María—. Aunque supongo que
peor es lo de una chica, que era su cumpleaños justo el día después
de volver. Ahora no lo va a poder celebrar. —María pensó en
Camila, en lo ilusionada que estaba con los preparativos de su
fiesta.
—Hablando de la huelga —Geraldine miró a Brigitte—, ¿tú sabes
si también afecta a las bicicletas?
—¡¡¡Ja, ja, ja!!! —La risa de Brigitte sonó como un estruendo,
incluso tembló una figura que había en una repisa.
Geraldine fue rápida en sujetarla. No quería que se rompieran
más cosas que las que ella había arruinado por su torpeza.
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—¡No pretenderás que María vuelva a España en bicicleta! —
exclamó Brigitte.
—Ni loca —aseguró María.
—Je, je, era solo curiosidad —Geraldine fingió que reía—. Sería
un viaje muy largo.
La chica ocultó el verdadero motivo de su pregunta: si no podían
ir en autobús hasta la Rue de Sdreu, tendrían que alquilar un par
de bicis, tal y como habían hecho cuando fueron a la oficina de
objetos perdidos.
—Pues sí, regresar a España en bici sería un viaje largo y
cansado. Aunque nada es imposible —puntualizó Brigitte—. Pero, si
os digo la verdad, no creo que queden bicicletas.
—¡¿¿No quedan??! —Geraldine se llevó la mano al pecho.
Parecía que le habían dado la peor noticia de su vida.
—Ni una. He pasado esta mañana por allí y había una fila de
gente que daba la vuelta a la manzana —comentó Brigitte—. A más
de media ciudad se le ha debido de ocurrir utilizar bicis para ir a sus
trabajos.
María y Geraldine cruzaron una mirada: ¿cómo iban a conseguir
un par de bicis si estaban tan solicitadas?
Todo eran complicaciones.
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Capítulo 21
Única esperanza
S
i no lo intentamos, nunca lo sabremos —le iba diciendo
— María a Geraldine camino de la tienda.
La francesa estaba segura de que no encontrarían ni una sola
bicicleta, pero María la había convencido de que probaran suerte.
Cuando llegaron a la tienda, María se alegró al comprobar que
no había nadie en la puerta. Nada de filas interminables que daban
la vuelta a la manzana.
—¿Ves? ¡No hay nadie! —Abrió su bolso para sacar el monedero
—. Elegiremos las mejores bicis.
—Eso dependerá del precio. —Geraldine mostró todo lo que
llevaba en los bolsillos: cinco euros y unas monedas sueltas.
María también había convencido a Geraldine para que cogiera un
par de cascos de la tienda de segunda mano. La chica los había
guardado en su mochila, a escondidas, sin que Brigitte se diera
cuenta.
Estuvo tentada de pedirle permiso, pero temió que la mujer
creyera que eran para el viaje a España en bici y volviera a reírse
de ella. Los devolvería pronto, no pasaba nada.
—¡Buenas tardes! —saludó María, muy animada.
El dueño de la tienda de alquiler levantó la mirada del fajo de
billetes que estaba contando. La huelga le estaba resultando de lo
más rentable. Los billetes le resbalaban por las manos.
—Si venís a alquilar una bici… —Negó con la cabeza, y se agachó
para recoger un billete de veinte.
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—Una no, ¡dos! —aclaró María.
El hombre se chupó el dedo índice y comenzó a contar otro fajo.
No parecía tener ningún interés en esas dos nuevas clientas.
—Por favor, queremos alquilar dos bicicletas —dijo Geraldine, un
poco molesta por la espera.
El hombre dejó a un lado los billetes y sacó un cuaderno de
debajo del mostrador.
—Está bien, veamos. No me queda ninguna en la tienda. —
Empezó a pasar las hojas de la libreta—. La primera la devuelven
en media hora —aseguró.
—De acuerdo —sentenció María—. Esperaremos.
—Pero ¿solo le van a devolver una? —dijo Geraldine y señaló a
su amiga—. Es que somos dos.
—Si queréis dos… —El hombre, un poco a regañadientes, volvió
a consultar la libreta—. La siguiente la devuelven a las nueve.
—A las nueve ya es muy tarde —dijo Geraldine pensado en su
madre.
—Pues esto es lo que hay. —El dueño se encogió de hombros—.
En media hora tenéis una disponible y a las nueve tendríais la otra.
—Oye, Geraldine, no pasa nada, iremos las dos en la misma bici,
¿vale? —propuso María.
—¿Cómo vamos a recorrer la ciudad las dos en la misma bici? —
Se llevó las manos a la cabeza.
—Venga, ¿por qué no? —María trató de convencerla.
—Sería peligroso. Si solo hay una bici, entonces solo puede ir
una —acabó por decir Geraldine.
—Vale, pues ve tú —dijo enseguida María—, que a mí me da
mucho corte.
—Pero tú encontraste la carta. Es tu misión —aseguró Geraldine
—. Venga, no es tan difícil. Puedes hacerlo.
María se quedó pensativa. Aunque Geraldine aseguraba que era
fácil, todo se estaba complicando. ¿Cómo iba a cruzar Rennes en
bicicleta y entregar la carta a una desconocida? ¿Y si la tomaba por
una chiflada?, se decía, justificando sus temores.
—Bueno, qué dices. ¿Vas o no vas? —la apremió Geraldine.
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María guardó silenció. Quería poner orden en sus sentimientos.
Trataría de no dejarse paralizar por su miedo. Fue entonces cuando
recordó la frase, que apreció en su mente como un rayo de
esperanza: «Haz que suceda». ¿No había decidido que ese iba a ser
su lema?
—¿Cuánto es? —le preguntó María al dueño de la tienda.
Las chicas juntaron su dinero para pagar.
Al cabo de media hora, alguien devolvió una bonita bicicleta
rosa, con cesta delantera incorporada.
—¡Aquí la tenéis! —dijo el hombre mientras la limpiaba un poco
con un paño.
—Muchas gracias —dijo María y luego se dirigió a Geraldine—.
¿Dónde me vas a esperar?
—Me quedaré aquí hasta que vuelvas, ¿vale? —aclaró la francesa
—. ¿Llevas la carta?
—La he metido en la mochila. —María señaló su espalda.
—Vale. ¿Estás preparada? —Geraldine le ofreció un casco.
—Sí, haré que suceda. —María se puso el casco con
determinación.
—¡Bien dicho! —Aplaudió Geraldine—. Escucha, tienes que
seguir todo el carril bici y girar en una plaza hacia la derecha, ¿de
acuerdo?
—Mejor pondré la dirección en esta aplicación de mapas. —María
sacó el móvil y comenzó a teclear—. Y activaré la función de voz
para que me vaya diciendo el camino… ya que tú no vienes.
—¡Ánimo! —Geraldine sonrió.
—¡Rumbo a la Rue de Sdreu! —María comenzó a pedalear,
sintiéndose más segura.
La chica había comprendido que para hacer que las cosas
sucedan no bastaba con repetirse una frase ni con leerla. Hacía
falta confiar en una misma, saltar por encima de tus miedos y
hacer tu parte del trabajo.
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Capítulo 22
La entrega
E
n diez metros, su destino está a la derecha» —anunció
—« una voz metálica procedente de su móvil.
En cuanto María llegó a la Rue de Sdreu, apoyó la bicicleta en un
árbol y colgó el casco del manillar. Se quitó la mochila y sacó el
sobre con la carta dentro. Solo le quedaba lacrarlo. Chupó la solapa
y sintió un amargo regusto en la lengua.
—¡Qué sabor más asqueroso! —se quejó y echó a caminar.
Frente al número 32, María notó que las piernas le empezaban a
temblar. ¿Qué iba a decir? A la tal Marie le iba a resultar muy raro
que una desconocida se presentara en su casa y le entregara un
sobre. Aunque asegurara que dentro había una carta para ella.
María trató de alejar todas sus dudas. Improvisaría, se dijo,
como hacían los mejores actores en las obras de teatro. Y ella, de
teatro, sabía mucho.
Localizó el timbre y estiró el brazo. Presionó tan solo una vez, no
quería ser pesada.
Las manos le sudaban y el corazón le latía con fuerza. Parecía
que, dentro de su pecho, hubiera una orquesta de tambores. Podía
oír cada uno de sus latidos.
La chica sentía miedo, pero tenía que hacerlo igual. Solo así
lograría superar sus inseguridades. Debía mirarlas de frente, como
si mirara a los ojos de su propio monstruo.
Enseguida se oyeron, al otro lado de la puerta, unos ladridos. La
puerta comenzó a abrirse, despacio, y apareció una mujer.
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Tenía la piel blanca y el pelo muy largo y canoso. María nunca
había visto una melena tan larga: casi le llegaba hasta las rodillas.
Sus ojos eran de un bonito color miel y su cara, aunque triste,
parecía amable. No, aquella mujer nada tenía que ver con los
monstruos.
María pensó que parecía tan delicada como la porcelana y temió
que estuviera a punto de romperse de desamor.
—Onix. —La mujer dijo el nombre del perro con dulzura y le
señaló el interior de la vivienda. Luego se dirigió a María—.
Bonjour.
—Bonjour —respondió María con el sobre entre las manos—.
Estoy buscando a Marie.
—Oh, Marie soy yo —dijo llevándose una mano al centro del
pecho—. ¿Qué quieres?
—Esto. —María puso el sobre delante de los ojos de la mujer—.
Esto es para ti.
La mujer lo cogió.
—¿Para mí? —Se extrañó al ver que no llevaba su nombre—.
Aquí no pone nada, ¿te lo ha dado alguien? —carraspeó y sonrió
tímidamente.
María quiso creer que aquel atisbo de felicidad se debía a que
había pensado en Antoine.
—No, bueno… es una historia un poco larga. —María se rascó la
cabeza como si buscara entre sus pensamientos qué decir.
Después de dudar unos segundos, decidió que contaría la
verdad. Bueno, no exactamente toda la verdad. Solo le diría la
parte de verdad que podía contar. Omitiría que ella y su amiga
habían leído la carta. Tampoco era cuestión de que la mujer se
enfadara con ellas ni que pensara que eran unas cotillas.
La chica comenzó su relato.
—Y dentro de ese abrigo perdido había una servilleta con esta
dirección. —María señaló el número que había junto a la puerta.
—Sí, esta es mi dirección y aquí no hay otra Marie… —La mujer
cogió la carta y la apretó hacia sí.
—Bueno, adiós, me tengo que ir ya. —María sonrió al
despedirse.
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Eran más de las ocho, debía darse prisa. Aún tenía que devolver
la bicicleta. Allí, en la tienda de alquiler, la estaría esperando
Geraldine.
Antes de ponerse el casco y subirse a la bicicleta, María se giró y
sonrió una vez más a la mujer. Estaba feliz de haber cumplido su
misión. Aunque con esfuerzo, había hecho que sucediera.
—Adiós —dijo la mujer aún desde la calle—, y gracias por traer
la carta.
Al darse la vuelta para entrar en la casa, su larga melena ondeó
en el aire.
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Capítulo 23
Sábado de nuevas noticias
E
sos sacos de dormir llevadlos al polideportivo, por favor!
—¡ —La señorita Rosa gesticulaba como un guardia de
tráfico.
Sin rechistar, cinco alumnos pusieron rumbo al gimnasio, todos
en fila, como si fueran una colonia de hormigas.
—Y vosotros, no os quedéis parados —se dirigió a Santiago y a
Erick—. Coged vasos de plástico y jarras de la cocina. También
necesitaremos toallas y jabón, que están en el almacén.
Esa mañana de sábado, la señorita Rosa caminaba de un lado a
otro del colegio muy agitada y dando órdenes a todo el que se
cruzaba en su camino.
—¿Dónde dejo esto? —preguntó Celia oculta detrás de una
montaña de mantas.
—Todo al polideportivo. —La mujer señaló en esa dirección.
Por sus dimensiones, y después de dotarlo de todo lo necesario,
el polideportivo se iba a convertir en el campamento base. Era allí
donde los alumnos se alojarían mientras duraba la huelga o
planeaban una manera de regresar a España.
Eso era lo que se había decidido desde la dirección del colegio de
las francesas. Estaba claro que no podían pedir a las familias de
acogida que alojaran a los alumnos españoles durante más tiempo.
De ser así, algunas familias tendrían que anular sus vacaciones
quién sabe por cuántos días, ya que la huelga era indefinida.
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En España, los padres de los alumnos de intercambio habían
sido informados del contratiempo y habían aprobado el nuevo plan.
—Colocaremos los sacos de dormir encima de las colchonetas y
pondremos mantas enrolladas como si fueran almohadas —propuso
la señorita Rosa, que intentaba que todo resultara lo más cómodo
posible.
Mientras tanto, Ada tenía la misión de elaborar un minucioso
horario.
—A las ocho de la mañana, todo el mundo arriba —dijo en voz
alta mientras lo apuntaba en una hoja.
—¿Tan pronto? —se quejó alguien.
—Sí, es una buena hora para empezar el día. Aprovecharemos
para continuar con las clases de Francés hasta la hora de comer.
Por la tarde tendréis rato libre —aseguró Ada y añadió—: Y la cena
será a las ocho, así que como muy tarde ¡¡la hora de apagar las
luces será a las nueve y media!!
Con tanta gente era necesario llevar un orden, de lo contrario
aquello podría ser un desmadre.
—Y tendremos que hacer turnos para llevar la ropa a la
lavandería —dijo Ada al verse una mancha en la camiseta. Ella
misma iba necesitando una lavadora.
—¿Podremos comer macarrones con tomate todos los días? —
propuso Santiago, que estaba harto de la comida francesa.
—Uy, tendré que hacer otra lista con los diferentes menús —
cayó en la cuenta Ada.
Aunque la mayoría de los alumnos tenían otros planes y cosas
por hacer cuando regresaran a España, no les quedó otro remedio
que tomarse todo aquello como una nueva aventura.
Todos, excepto Camila.
La chica estaba colaborando como cualquiera y seguía al pie de
la letra las órdenes de la señorita Rosa. Pero mientras unos reían y
bromeaban ante el contratiempo, ella seguía muy triste.
Ya era un hecho inevitable que se iba a perder su cumpleaños. Y
no era un cumpleaños más. Era el más especial: el primero que iba
a celebrar con sus nuevas y verdaderas amigas.
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Antes de hacerse buena amiga de Rosaura, Bea y Laura, Camila
no recordaba un año en el que hubiera podido celebrar el
cumpleaños a su gusto. Siempre era Olivia la que decidía dónde
iban, qué iban a hacer, qué merendarían e incluso ¡cómo se tenían
que vestir!
Camila se dejó caer en una colchoneta. Se colocó las manos
detrás de la nuca y miró al techo. Cerró los ojos. Tuvo la tentación
de meterse dentro de uno de esos sacos que usarían como cama.
Parecían cómodos. Tal vez, pensó, podría quedarse dormida hasta
que todo estuviera resuelto. Sería su particular crisálida.
Allí, con el tiempo necesario, el gusano de los problemas se
convertiría en una bonita mariposa. Y, entonces, ella volaría con sus
alas nuevas. Aunque, pensó de repente, permanecer inactiva no iba
a solucionar nada. Abrió los ojos.
—Camila, no me gusta verte así. Venga, anímate. —Rosaura se
sentó a su lado—. Lo celebraremos aquí. Reuniremos dinero entre
todas para comprar una tarta. Y los regalos te los daremos otro día.
—¡Eso es! Seguro que podremos celebrarlo bien aquí. —Bea se
agachó y le puso la mano en el hombro—. Tal vez no sea el
cumpleaños más original, pero estaremos las cuatro juntas.
—Venga, no te preocupes. —Laura trató de dibujarle una sonrisa
en la cara y le estiró hacia los lados las comisuras de la boca.
Gretta miraba desde lejos al grupo de amigas. Imaginaba cómo
se sentía Camila y quiso acercarse para hablar con ella.
Justo en ese momento, se oyó la voz de Mademoiselle Juliette
por todo el polideportivo.
—¡Atención, atención! —dijo, y el eco devolvió de nuevo las
palabras «atención, atención» creando mayor intriga.
—Y ahora, ¿qué pasa? —murmuró Gretta que buscó con la
mirada a la profesora.
—Tengo que daros ¡nuevas noticias! —La mujer se colocó bien la
boina sobre su cabeza.
Parecía más animada que el día anterior.
—¿Ha dicho nuevas o buenas? —le preguntó Gretta a Rosaura,
en cuanto vio la sonrisa en la cara de Mademoiselle Juliette.
Rosaura se encogió de hombros, no se estaba enterando de
nada, estaba más pendiente de Camila que de cualquier otra cosa.
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—¿De qué se trata? —Muy intrigada, la señorita Rosa se acercó a
Mademoiselle Juliette—. ¡Cuéntanos, mujer!
—A ver, nos sentamos todos en el suelo y guardamos silencio —
dijo Mademoiselle mientras le daba vueltas a su anillo con forma de
queso.
Hasta la señorita Rosa obedeció y se sentó en el suelo como una
más. En el fondo, le pareció estupendo eso de tomarse un
descanso.
También los alumnos se sentaron sin rechistar. Estaban
aburridos de ir de aquí para allí montando su refugio hasta que se
solucionara el problema.
—Los convocantes de la huelga, después de negociar con las
autoridades, han decidido que pondrán servicios mínimos en
transportes —aseguró Mademoiselle Juliette—. Así que habrá
algunas plazas disponibles.
—Entonces, ¡podemos viajar! —se entusiasmó Ada.
—¡Qué buena noticia! —La señorita Rosa se levantó de un brinco
—. Recojamos todo esto. —Señaló los sacos de dormir, y se puso a
doblar cosas.
—¡No tan rápido! —La interrumpió Mademoiselle Juliette—. Es
cierto que vamos a poder viajar, pero no todos. Pondrán solo
algunas plazas.
—¿Y eso? —preguntó Ada, que ya estaba guardado sus múltiples
listas y horarios.
—Para nuestro grupo solo he conseguido que nos asignen nueve
plazas para este domingo, es decir, para mañana… —aclaró la
profesora—. El resto deberá permanecer aquí un tiempo más.
Un murmullo inundó el polideportivo.
—A ver, por favor, un poco de silencio —pidió entonces la
señorita Rosa, que volvía a desplegar un saco de dormir.
—Si solo hay nueve plazas y somos catorce alumnos. ¿Quiénes
viajarán a España? —preguntó Bea.
—¿Los vas a elegir por orden de lista? —Se oyó que proponía
Leo.
—No, nada de eso. Yo creo que, para ser justa, no me queda
otro remedio que rifar las plazas —acabó por decir Mademoiselle
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Juliette.
—Un sorteo será lo mejor. —Asintió Ada a su lado.
Por un momento, Camila se llenó de esperanza, ¡tal vez las
afortunadas fueran sus amigas y ella!
—Así que, ahora, voy a repartir unos papeles donde debéis
escribir vuestro nombre. —Mademoiselle les dio también unos
bolígrafos—. Luego, por favor, idlos metiendo en mi boina. —Se
quitó su sombrero francés.
—Qué buena idea has tenido, ¡excelente diría yo! —repetía la
señorita Rosa.
—Necesitaré una mano inocente que saque ocho papeles —
continuó explicando la de Francés—. El noveno será para una
profesora.
En ese primer viaje, los alumnos que salieran elegidos irían
acompañados por Ada.
Mademoiselle Juliette se quedaría a cargo del resto hasta que la
situación se resolviera o encontraran otra manera de regresar.
—Ay, ojalá salga elegido mi nombre y el de mis amigas. —
Camila le dio un beso al papel antes de depositarlo dentro de la
boina de la profesora.
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Capítulo 24
Una mano inocente
H
abéis entregado todos los papeles ya? —Mademoiselle
—¿ Juliette estiró el cuello y repasó con la mirada al grupo
de alumnos—. ¿Falta alguien?
Nadie dijo nada. Parecía que todos habían depositado sus
nombres en la boina. La suerte estaba echada.
—Bien, procederemos a desvelar quiénes son los afortunados —
comentó Ada, con ilusión.
—¡Un momento, que falto yo! —Olivia se levantó rápidamente—.
Perdón, debo de ser la última, ¡qué despiste!
Aunque la chica se había hecho la olvidadiza, esa maniobra
respondía a la intención de entregar su papel en último lugar. Así,
según sus cálculos, su nombre quedaría arriba y tendría más
posibilidades de salir elegida.
La boina de Mademoiselle Juliette estaba repleta de papelitos,
que asomaban por el borde, como pajarillos en un nido.
Pese al intento de Olivia, la profesora de Francés se esmeró en
mezclar bien todos los papeles. Colocó los de arriba en la parte de
abajo, los del medio, arriba, y así durante unos minutos que a
todos les parecieron eternos. Estaban impacientes por saber si eran
ellos los que iban a viajar.
—Venga, Rosa. —Mademoiselle Juliette se giró hacia la señorita
—. Coge ocho papeles, por favor.
—¿No había nueve plazas? —Camila se puso en pie.
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—Así es, ocho plazas para los alumnos y otra, para Ada.
—Mademoiselle Juliette movió la cabeza a los lados sin dejar de
mirar a la chica, dando a entender que no había estado atenta—.
Que, como ya he dicho, acompañará a los elegidos en este viaje.
—Es verdad… —reconoció un poco avergonzada y volvió a
sentarse.
La señorita Rosa se ahuecó un poco los volantes de su blusa de
lunares y se dispuso, sin perder más tiempo, a repartir suerte.
—Allá voy. —Se sacudió las manos en el aire, varias veces, y los
dedos le bailaron hacia los lados como si fueran los tentáculos de
un pulpo.
Luego, cerró los ojos, cogió un papel y se lo entregó a
Mademoiselle.
—Papel número uno: Rosaura. —Mademoiselle lo sujetó por los
extremos y lo mostró a los alumnos para que vieran que no había
trampa ni cartón.
Todas las cabezas se giraron hacia la elegida y la miraron de
lado, con un poco de envidia.
—Papel número dos: Marco —dijo la de Francés, y le buscó con
la mirada.
—¡Yupiii! ¡Ese soy yo! —El chico se levantó del suelo, cogió el
papel y lo movió de un lado a otro como si fuera la bandera de la
victoria.
—Papel número tres: Bea —anunció Mademoiselle Juliette.
—¡Halaaa! ¡Qué bien! —Caminó hasta donde estaba
Mademoiselle y recogió el papel como si le estuvieran entregando
un importante premio.
—Con el número cuatro tenemos a Laura —leyó la de Francés.
—¡Bien! —Camila se llevó las manos a la boca, ahogando un
grito de ilusión.
Ya solo faltaba ella. Todas sus amigas tenían un pie en al avión.
La chica cruzó los dedos, estaba muy cerca de poder celebrar su
soñado cumpleaños.
—Perdone, una cosa. —Levantó la mano Marco.
—Dime, Marco, qué pasa ahora… —Mademoiselle le miró un poco
molesta.
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—Los que viajamos mañana, ¿podemos ir a casa a recoger
nuestras maletas? —Señaló hacia la puerta.
Todo había sido tan rápido que los alumnos aún tenían que ir a
casa de sus familias de intercambio a recoger sus equipajes. Unos
para viajar a España y otros… para pasar un tiempo indefinido en el
polideportivo.
—Sí, enseguida, pero aún nos quedan por sacar cuatro papeles
más —dijo la profesora—. Venga, Rosa, no perdamos más tiempo.
La señorita Rosa sacó el quinto.
—Este le ha tocado a Santiago —anunció la de Francés después
de pasar un rato intentando descifrar qué ponía, pues el chico tenía
muy mala letra.
El papel número seis le correspondió a Leo y el séptimo, a Paula.
Camila y sus amigas se cogieron de las manos y se las apretaron
con fuerza. Solo faltaba ella para que el grupo hiciera realidad su
sueño de celebrar el deseado cumpleaños.
Erick y el grupo de los chicos también estaban expectantes: solo
faltaba él para que todos juntos asistieran al campamento de
fútbol.
Ahora, había mucho en juego.
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Capítulo 25
Hoy por ti
C
amila mantenía los ojos cerrados mientras murmuraba «por
favor, por favor, que la siguiente elegida sea yo». Un poco
más allá, Erick la miraba de reojo, con cierto recelo. También
él deseaba que su nombre apareciera en el siguiente y último
papel. De esta manera, todo el grupo estaría listo para el comienzo
del campamento de fútbol.
A las amigas de la casa del árbol les daba un poco de pena que
Paula fuera a regresar a España sola. Celia sentía que se le iba un
importante apoyo, aunque Gretta y Blanca pensaban que, una vez
en su casa, la deportista comenzaría a relajarse y se le pasarían
todos los mosqueos que últimamente tenía con María y con ellas
dos. Por ese lado, estaban conformes. Además, Paula estaba
deseando volver.
—Y, por último, papel número ocho —carraspeó Mademoiselle
Juliette antes de decir—: Olivia.
El eco del polideportivo devolvió el nombre tres veces: «Olivia,
Olivia, Olivia». Y parecía como si esa repetición fuera una burla a
Erick y a Camila que, en vano, habían mantenido la esperanza.
—¡Ni para esto tengo suerte! —se quejó el chico y le dio una
patada a una colchoneta.
—¡Jopé! ¿Y ahora qué haremos? —Santiago se cruzó de brazos
con brusquedad—. El campamento va a ser una decepción si no
estamos los cuatro.
Camila se tapó los oídos y, sin poder evitarlo, una lágrima
resbaló por su mejilla. Aquello era una mala noticia.
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—¡Esto es lo peor que me podría haber pasado! —La chica
estaba abrumada.
No solo no iba a poder celebrar el cumpleaños con sus amigas
en España sino que iba a pasarlo sola en Francia.
—¡Qué mala suerte hemos tenido! —se quejó Bea, pero
enseguida levantó la mano pidiendo permiso para hablar. Acababa
de tener una idea.
—¿Pasa algo, Bea? —dijo la de Francés.
—Mademoiselle, yo soy muy poquita cosa —Bea se puso en pie y
todos pudieron ver su estatura—, y ocupo muy poco, ¿podría caber
Camila conmigo en mi asiento del avión?
—Oh, no, no. Eso es imposible. —La de Francés negó
enérgicamente con la cabeza—. No lo iban a admitir en la aerolínea.
Camila se vino totalmente abajo. No había solución. Las lágrimas
le resbalaban por la cara y caían sobre su camiseta.
—Oh, venga, anímate. Ya verás, te vamos a preparar algo súper
chulo para cuando vuelvas —trató de calmarla Laura.
—Seguro que enseguida podrás viajar y lo celebraremos aún con
más ganas —le decía Rosaura.
Pero Camila estaba inconsolable, ninguna de las propuestas de
sus amigas le animaban. Solo había una solución para acabar con
su tristeza. Solo una: poder viajar con ellas a España, ese mismo
domingo.
Gretta y Blanca se dieron cuenta del desconsuelo de Camila y se
acercaron hasta ella. Era muy triste verla tan afectada. La chica era
un mar de lágrimas.
—Te entiendo, Camila. —Blanca le cogió de la mano—. Escucha,
aunque no estén tus amigas, estamos nosotras y podemos ir a
merendar el día de tu cumple.
—¡Eso! —corroboró Gretta—. ¡Haremos algo especial!
Poco a poco se unieron Celia, María y Paula. Incluso Olivia sintió
la necesidad de acercarse. Todas hicieron corro alrededor de
Camila. Algunas simplemente estaban a su lado mientras que otras
trataban de consolarla inventando fiestas o prometiendo regalos
sorpresa.
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Pero, por muchas cosas que proponían, nadie podía darle la
solución que tanto anhelaba.
¿Nadie?
Olivia miró a Camila.
Su examiga lloraba como nunca y la «jefa de las brujas»
comenzó a sentir mucha tristeza por ella. Un nudo parecía oprimirle
el corazón. De alguna manera, aquel llanto trajo a la memoria de
Olivia las veces que no se había portado bien con Camila y comenzó
a sentirse culpable. El nudo en su corazón se hacía cada vez más
estrecho. Y, por primera vez en su vida, fue consciente del daño
que le había hecho en el pasado. Lo sintió hasta tal punto que tuvo
ganas de pedirle perdón. Pero no lo hizo. ¿Acaso podía volver al
pasado y enmendar sus errores? Olivia suspiró mientras un «no»
aparecía en su mente.
«¿Seguro que no? —volvió a pensar Olivia—, porque podría ser
que sí exista una manera de reparar el pasado desde el presente».
Y, con la esperanza que le daba ese pensamiento, Olivia notó
que el nudo en su corazón se le aflojaba un poco.
—A ver, por favor —voceó Mademoiselle Juliette poniéndose las
manos a ambos lados de la boca—. Todos los elegidos, venid
conmigo, necesito vuestros documentos para formalizar el billete.
Paula, Rosaura, Bea, Laura, Leo, Santiago y Marco fueron junto
a la de Francés.
—Aquí solo hay siete. —Contó Mademoiselle Juliette.
—¡Falto yo! —dijo Olivia sin moverse de su sitio.
Todo el mundo se giró para mirarla.
—Pues venga, Olivia, ¿a qué esperas? —La profesora hizo un
gesto con la mano—. Ven aquí, junto a los que viajáis mañana.
Pero Olivia no se movió.
—Me gustaría cambiar mi puesto con otra persona —dijo y puso
su mano en el hombro de Camila—. Que viaje ella. Así podrá
celebrar su cumpleaños.
—¿Cómo dices? —Mademoiselle Juliette no daba crédito—.
¿Quieres decir que le cedes tu pasaje? Piénsalo bien porque en
cuanto dé a la aerolínea los nombres y apellidos no habrá vuelta de
hoja…
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—¡No! Mejor cédemelo a mí —le suplicó Erick, a su lado—. Por
fa, por fa…
La gente estaba perpleja: ese gesto de generosidad en Olivia no
era normal.
Paula se frotó los ojos, ¿estaba soñando?, ¿en serio Olivia estaba
haciendo algo por alguien?
—Lo he pensado y estoy segura: le cedo mi billete a Camila —
asintió Olivia con plena seguridad.
Gretta sonrió. Cada vez tenía más claro que, después de
Rennes, Olivia iba a ser más generosa, de hecho ya lo estaba
siendo.
—¡Oh, muchas gracias! —Sin recordar los agravios anteriores,
Camila se lanzó a abrazar a su examiga.
Paula recordó las palabras de Gretta y de Blanca, cuando
aseguraron que Olivia estaba maja, que había cambiado. Sí, se dijo
la deportista, tal vez era cierto. Aunque tampoco había que echar
las campañas al vuelo, tal vez todo aquello no fuera más que un
elaborado plan para conseguir otra cosa.
Sea como sea, pensó Paula, la idea que había tenido Olivia de
ceder su billete de avión era excelente y digna de imitar.
—¡Mademoiselle! —Paula levantó la mano—. Yo le cedo mi
asiento a Erick.
Si Olivia había demostrado su generosidad, ella no iba a ser
menos.
—¡¡¡Yupiiii!!! —El chico saltó de la emoción y trató de levantar a
Paula por los aires.
—Parece que ahora todo el mundo está contento. —La señorita
Rosa repasó con la mirada al grupo de estudiantes—. ¡Menos mal!
—Sonrió, no quería que se llevaran un mal recuerdo de su estancia
en Francia.
—Eso parece. —Mademoiselle asentía a su lado.
—A ver, entonces, vamos a organizarnos. —Ada tomó la palabra
—. Algunos pasaremos solo esta noche en el polideportivo. Pero
mejor id todos ya a casa de vuestras familias de intercambio y
recoged los equipajes.
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Capítulo 26
Todo pensado
M
aría llegó a casa de Geraldine sobresaltada.
—¡No te lo vas a creer! —Sus ojos brillaban de ilusión.
—¡¿Qué?! —se sorprendió la francesa.
—¡Algunos alumnos podrán regresar a España mañana mismo!
—exclamó—. Mademoiselle Juliette ha conseguido varias plazas.
Geraldine estaba sorprendida de cómo en unas horas había
cambiado todo. La chica no tenía ni idea de los últimos avances en
la huelga de transportes. María le explicó que los convocantes
habían accedido a poner servicios mínimos.
—Pero entonces… ¿tú te vas mañana? —dijo Geraldine,
temiéndose lo peor.
—¡Nooo! —María negó con la cabeza—. ¡Yo me quedo en
Rennes! —Apretó los puños y levantó los brazos en señal de
victoria.
—Entonces iremos juntas al parque mañana… —susurró
Geraldine y añadió—: ¡¡Es la mejor noticia de mi vida!! ¡¡Te quedas
para siempre en mi casa!!
—Bueno, ni es para siempre ni me quedo en tu casa —aclaró
María—. La señorita Rosa ha dicho que nos alojaremos en el
colegio. Han hecho hasta un horario y puesto turnos para las
duchas…
—¿En el colegio? —Geraldine arrugó la nariz.
—En el polideportivo. Así que necesito mis cosas. —María señaló
el pasillo—. Cogeré mi maleta.
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—¡De eso nada! ¡Tú te quedas aquí! —le aseguró Geraldine—.
Además, ¿hasta qué hora os van a dejar estar fuera del colegio? Te
recuerdo que en la carta ponía que Marie y Antoine quedaban
«cuando las flores se cierran», es decir, sobre las nueve de la
noche.
—¡No había caído en eso! —María se llevó las manos a la cabeza
—. Según los nuevos horarios del colegio, la cena es a las ocho y
luego ya no nos dejarían salir… —recordó las instrucciones que Ada
había anotado.
—Pues o te quedas a dormir en mi casa o te escapas del colegio
—propuso la francesa.
—Será mejor que no nos metamos en líos —dijo María después
de sopesar un rato la situación—. Como sea, tengo que quedarme a
dormir en tu casa. Le pediré permiso a Mademoiselle Juliette,
¿crees que accederá?
—Que sí, ya verás. Parece maja. —La francesa trató de
convencerla, no quería nuevos problemas ahora que estaban tan
cerca del posible reencuentro.
—Sí, es maja, pero a veces es muy estricta —comentó María.
—Bueno, entonces, este es nuestro plan: el domingo vamos al
cine y así tenemos una excusa para volver más tarde —dijo
Geraldine—. Y, de regreso a casa, nos acercamos el parque.
—De acuerdo —asintió María—. Busquemos pelis que terminen
como a las ocho y media.
Cuando llegó la madre de Geraldine, le pusieron al corriente de
la nueva situación de María y de cómo la señorita Rosa había
resuelto que ahora vivirían en el polideportivo.
—Mamá, yo quiero que María se quede aquí, ¿puede? —
Geraldine juntó las manos.
—Por supuesto que puede —aseguró la madre.
—¡Muchas gracias! Solo hay un problema: se lo tendré que pedir
a Mademoiselle Juliette y a lo mejor no logro convencerla —dijo
María, un poco apurada.
—No os preocupéis por eso. Yo misma hablaré con tu profesora
—acabó por decir la madre—. Menuda idea esa de vivir en el
polideportivo. ¡Con lo acogedoras que somos las familias francesas!
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—Era por no molestar —aclaró María—. Algunas familias ya
tenían reservadas las vacaciones.
—No es nuestro caso, así que no se hable más: te quedas aquí.
¿Qué dicen tus padres de todo esto? —indagó la madre de
Geraldine.
En ese momento, María se dio cuenta de que, con todas las
novedades, aún no había llamado a sus padres.
—No sé —reconoció María—. No les he dicho nada todavía.
—Llámalos y salimos de dudas. —La madre le ofreció su propio
móvil.
—Gracias, llamaré desde el mío. —María desbloqueó la pantalla
y llamó.
Pero enseguida un molesto pi-pi-pi-pi le indicó que su madre
estaba comunicando. Intentó llamar al móvil de su padre, pero
estaba «apagado o fuera de cobertura», según le informó una
grabación.
—Qué fastidio, tendré que esperar a que mi madre acabe de
hablar —dijo sin dejar de mirar la pantalla.
No habían pasado ni tres minutos cuando su madre le devolvió
la llamada.
—¡Hija mía! —La voz de Nadia llegaba mezclada con el griterío
de la gente—. Perdona que antes estaba comunicando, es que
estaba hablando con tu profesora.
—¡Hola, mamá! Ya hacía días que no te llamaba. —María se
lanzó a hablar sin prestar atención a las palabras de su madre—.
¿Dónde estás?
—Un momentito, cariño, espera, ¡que se me acumulan los
clientes! —Nadia dejó el móvil sobre el mostrador y pegó un cartel
de «vuelvo en cinco minutos» en la ventanilla—. Estoy en el norte,
esto es precioso. ¿Qué tal estás, hija?
—Bien, bien, escucha mamá. Te llamaba porque hay huelga de
transportes y entonces… —María hablaba de corrido, no dejaba que
su madre metiera baza.
—Lo sé, hija, sé lo de la huelga. Como te decía, me ha llamado
Mademoiselle Juliette para comentarme los problemas del viaje de
regreso —le aclaró Nadia.
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—Sí, mamá, y ya no podremos volver este domingo —
interrumpió a su madre una vez más.
—¡Lo sé, lo sé! ¡Pero escúchame un momento! —exclamó Nadia,
esperando que su hija le prestara atención de una vez por todas.
—Pero no te preocupes, estaré en casa de Geraldine —
continuaba María—. Su madre me ha dicho que me puedo quedar
aquí hasta que todo se solucione. —Sonrió mirando a Geraldine.
Y, al fin, María se calló para escuchar a su madre.
—Me parece bien que te quedes ahí. Además, será por poco
tiempo. Esto se va a solucionar muy pronto —aseguró Nadia.
—Bueno, eso no se sabe, dicen que es una huelga indefinida… —
le advirtió María.
—Oh, sí, claro, claro —dijo Nadia—. Pero yo me refiero a vuestro
regreso, que se va a solucionar pronto.
—¿Ah, sí? —se extrañó María—. ¿Me he perdido algo?
—Si me dejaras hablar… —suspiró Nadia—. Llevo todo el rato
tratando de decírtelo. Cuando me has llamado, estaba
comunicando.
—Sí, lo sé. Luego he llamado a papá, pero tiene el móvil
apagado —añadió María que volvía a hablar sin parar.
—Escúchame, cariño, que estás muy habladora —le pidió Nadia
con voz calmada—. Mi teléfono comunicaba porque estaba
hablando con Mademoiselle Juliette, y no te lo vas a creer: ¡me ha
dado el visto bueno!
—¿El visto bueno? —María no entendía nada—. ¿Qué quieres
decir, mamá?
—¡Voy a cruzar Francia para ir a buscaros! —exclamó Nadia,
feliz.
—¿En serio vas a venir? ¡Qué bien! —exclamó María y se apartó
el móvil para decirle a Geraldine—: Vas a poder probar los mejores
helados del mundo, ¡mi madre va a venir a recogernos!
—Llegaré el lunes por la noche. —Calculó Nadia al repasar el
mapa que tenía en la pared—. Pasaremos esa noche en Rennes y
saldremos temprano el martes.
María se ilusionó al saber que ella y sus amigas iban a hacer un
viaje en la furgoneta de su madre. Podría resultar muy divertido.
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—Pero ¿vamos a caber todas en la furgoneta? —María se
preocupó—. No sé si lo sabes, pero en total somos siete.
—Sí, sí, esta furgoneta tiene mucha capacidad. Solo tenemos
que hacer a un lado las cajas y sacar los asientos plegables. —
Nadia estaba en todo.
—Recuerda que también llevamos equipaje —le advirtió María.
—Lo sé, lo sé, pero lo subiremos sobre el techo —aseguró Nadia
—. Tu madre lo tiene todo pensado.
—¡Qué bien, mamá! ¡Hasta pronto! —María se despidió con una
sonrisa en la cara.
—Bueno, ¡cuéntanos! ¿Está todo en orden? —preguntó la madre
de Geraldine.
—¡Sí, todo se ha resuelto! —María estaba feliz.
—Oh, pero entonces te irás muy pronto. —Geraldine miró a su
amiga y luego a su madre—. Mamá, ¿nos dejarías ir al cine mañana
como despedida?
Geraldine aprovechó la ocasión para que su plan avanzara. No
había que perder de vista las metas.
—Claro —dijo la madre.
—Pero la película que nos gustaría ver dura hasta las ocho y
media. Y los cines están un poco lejos de casa. —Geraldine se rascó
la cabeza—. Entonces, nos tendrías que dejar volver más tarde de
las nueve.
—¡Ohhh! Sería una despedida maravillosa, ¡me encanta el cine!
—dijo María, entusiasmada.
La madre de Geraldine pareció dudar un momento, pero las vio
tan ilusionadas que no fue capaz de aguarles la fiesta.
—Está bien… —dijo al fin—. Pero tenéis que estar en casa, como
muy tarde, a las nueve y media, ¿eh?
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Capítulo 27
A la luz de una farola
T
odo estaba saliendo según los planes previstos. Gracias a la
madre de Geraldine, ni la señorita Rosa ni Mademoiselle
Juliette pusieron inconvenientes en que María se quedara a
dormir en casa de la francesa.
—Es más, me sentiré muy ofendida si se la llevan al
polideportivo —había puntualizado la madre, muy seria.
Aunque las dos amigas sabían que su despedida se acercaba, y
que ese martes María volvería a España, intentaron pasar la tarde
del domingo como si nunca fueran a separarse. De camino al cine,
pasearon por las calles de Rennes, comieron unos gofres cubiertos
de caramelo y charlaron como si el tiempo no fuera con ellas.
—Es como si fueras mi amiga de toda la vida —reconoció María
—. ¡Qué suerte que nuestros colegios hicieran el intercambio de
cartas!
—Para mí es igual, ¡podría estar días y días hablando contigo! —
asintió Geraldine, feliz.
En el cine, las dos chicas se pidieron unos enormes cubos de
palomitas, dulces y saladas, y unos refrescos que tomaron mientras
veían una divertida película.
A las ocho y media, cuando la película finalizó, se levantaron de
sus asientos rápidamente y salieron disparadas de la sala. No
querían perder más tiempo: en el parque, había otra «función» que
no se querían perder por nada del mundo.
Si Marie y Antoine acudían a su cita, la aventura de la carta
perdida, y todo el esfuerzo que habían hecho en los últimos días,
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habría merecido la pena.
Cuando las dos chicas llegaron a la entrada del parque, el color
anaranjado del atardecer comenzaba a apagarse, poco a poco. Al
otro lado de la verja, unas escaleras de piedra, adornadas con
macetas de flores blancas y amapolas, esperaban la llegada de los
enamorados.
—Vamos a escondernos. —María tiró del brazo de Geraldine—.
Sería horrible que Marie me reconociera.
—Es verdad, te vio cuando le entregaste la carta. —Geraldine se
dejó guiar hasta un árbol—. Se le haría muy raro encontrarte aquí
también.
Las dos chicas se escondieron detrás del tronco de un enorme
abeto.
—Desde aquí podemos ver sin ser vistas. —María se agachó para
pasar aún más desapercibida.
Solo les quedaba esperar.
Poco a poco iba oscureciendo y, con la noche, el parque se
vaciaba de visitantes. La escalera era recorrida por gente que
bajaba, en dirección a la calle, dispuesta a abandonar el lugar.
María aspiró el dulce aroma de las flores que llegaba desde las
escaleras. Las amapolas comenzaban a cerrarse, despacio, como si
se taparan con las sábanas de sus pétalos mientras se dejaban
mecer por el viento en un bonito sueño.
Alguien se paró junto a las flores y las acarició con ternura.
Luego acercó la nariz y pareció susurrar algo que ninguna de las
dos chicas pudo escuchar. Tal vez, estaba dando las buenas noches
a las amapolas.
—¡Ahí está! —María le dio un codazo a Geraldine.
—¿¡Dónde!? —Geraldine miró hacia todos los lados.
—Esa que se ha parado al lado de las macetas —susurró María
—. Creo que es ella…
La chica creía haber reconocido la silueta de Marie, en la que
destacaba una larga melena que oscilaba, ahora, de un lado a otro
mientras caminaba. Llevaba un bonito vestido y, en la mano, lo que
a las dos chicas les pareció el sobre.
—¡Lo ha traído! —Geraldine lo reconoció de inmediato.
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La mujer, decidida, se recogió un poco el vestido para subir las
escaleras. La luna ya asomaba entre las nubes y la luz de la farola
teñía la noche de amarillo. Varios insectos merodeaban la bombilla,
como si estuvieran, ellos también, impacientes por el esperado
encuentro.
—Sin duda, es Marie —dijo María.
Aquella mujer había llegado hasta lo alto de la escalera y
miraba, un poco desconcertada, hacia los lados.
¿Dónde estaba Antoine?
—En todo el rato que llevamos aquí, no he visto subir a ningún
hombre —comentó María, apurada.
—¿Te imaginas que justo él no viene? —Geraldine puso cara de
tristeza.
—Igual se cansó de esperarla… —comprendió María—. No
sabemos cuántos domingos lleva viniendo.
—Pero una promesa es una promesa —sentenció Geraldine.
Pasaron unos minutos más.
Antoine seguía sin aparecer.
Marie consultó su reloj, y las chicas, instintivamente, hicieron lo
mismo: eran las nueve y cuarto.
La mujer movió la cabeza hacia los lados, arrugó el sobre entre
las manos y se dio la vuelta, dispuesta a irse.
Encogida en su pena, su caminar era lento, como si arrastrara
los pies. Tal vez se sentía engañada, decepcionada de haber creído
en él. Sea como sea, a las dos chicas les pareció que, con el dorso
de la mano, se secaba una lágrima.
Pero, tal y como había dicho Geraldine, una promesa era una
promesa.
En ese momento, alguien salió desde la oscuridad y se plantó de
un salto frente a Marie, impidiendo que bajara las escaleras. La
mujer debió de reconocerlo de inmediato porque su semblante
cambió de repente. Sus hombros se levantaron, su espalda se
irguió. Toda ella pasó de la decepción a la sorpresa.
El hombre le tendió la mano, y ella la aceptó.
—Debe de ser Antoine… —comentó María, aliviada de que no
hubiera faltado a su cita.
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La imagen de dos personas cogidas de la mano se recortaba a la
luz de la farola.
Parecían muy felices de verse de nuevo.
—¡Qué bien! ¡Se han encontrado! —exclamó Geraldine que tuvo
que reprimir un aplauso. Al fin y al cabo, no estaban ni en el teatro
ni en el cine…
Los dos enamorados se sentaron en un banco, que guardaría
para siempre el secreto de lo que esa noche se dijeron.
Quién sabe si hubo algún reproche. Si se perdonaron. O cuántos
domingos llevaba Antoine esperándola.
El tiempo, ahora, ya no importaba.
—¿Nos vamos? —propuso Geraldine—. Se nos está haciendo
tarde.
—Volvamos a tu casa, sí. —María abandonó el tronco del árbol.
Y mientras ellas se alejaban, el viento movía la melena de la
mujer. Los largos mechones de su pelo se enredaban en la cara de
Antoine, como tímidas caricias. Sus cabezas, apoyadas ahora la una
en la otra, permanecieron unidas, mientras quién sabe si se
susurraban palabras de amor.
María se giró un momento y miró hacia arriba por última vez.
Sonrió.
Gracias a su empeño y su constancia, su lema se había vuelto a
cumplir.
—«Haz que suceda» —susurró.
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Capítulo 28
Viaje de vuelta con helados
M
aría apoyó la frente en el cristal de la ventanilla. Al otro
lado, en la calle, su amiga Geraldine forzaba una sonrisa y
ondeaba la mano para decirle adiós.
Aunque trataba de disimular la tristeza, la francesa tuvo que
secarse los ojos varias veces. No quería hacer de aquella despedida
un momento de lágrimas. Era mejor que ambas recordaran esos
días con felicidad. La felicidad de haber encontrado una buena
amiga a la que siempre le podría contar sus cosas, aunque viviera a
cientos de kilómetros.
Las dos sabían que iba a pasar mucho tiempo hasta que
volvieran a verse. Por eso habían acordado que intentarían hacer
una videollamada cada semana y se escribirían por carta de vez en
cuando.
Las cartas se habían convertido en algo muy especial para ellas.
No solo se habían conocido gracias a la actividad de intercambio de
correspondencia entre sus colegios, sino que su última aventura, la
entrega del sobre perdido, les había enseñado la fuerza y la magia
de las letras escritas en un papel.
Mientras tanto, Nadia y Mademoiselle Juliette se esmeraban por
colocar el equipaje sobre el techo de la furgoneta y bajo los
asientos.
—¡Te echaré de menos! —Gretta abrazó a Sophie.
—Y yo a ti. —Sacó un papel de su bolsillo—. Toma, llévate esto.
—¿Qué es? —Gretta lo desplegó.
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Era un bonito dibujo de un mapa. En él, Sophie había marcado
los lugares que tenían misterios sin resolver y que eran los que
quería investigar cuando fuera más mayor.
—Tendremos que pensar un nombre para nuestra agencia de
investigadoras —dijo Gretta sonriente, y se alejó dispuesta a subir
al bus.
—¡Espera un momento! —le pidió Sophie—. También te he
comprado esto. —Le dio un regalo.
—¡Halaaa! ¡Muchas gracias! —Gretta se entusiasmó al
comprobar que era la tinta de flor de ciruelo que había querido
comprarse nada más llegar a Rennes.
—¿Sabes que la flor de ciruelo tiene un significado oculto? —
Sophie siempre investigaba sobre las cosas, al acecho de un nuevo
misterio o una leyenda.
—¿En serio? ¿Cuál? —quiso saber Gretta.
—Los ciruelos florecen en China en pleno invierno, desafiando al
frío y a las inclemencias del tiempo, por eso sus flores son el
símbolo de la fortaleza —aseguró.
—¡Qué chulo! Podría ser nuestro emblema —propuso Gretta.
Sophie asintió y le deseó un buen viaje de vuelta.
—¡Chicas! ¿Queréis un heladito antes de ponernos en marcha?
—Nadia sacó la cuchara de servir—. No pararemos hasta dentro de
tres horas, en la ciudad de Niort.
—Yo sí tomaré uno —Mademoiselle se acercó para curiosear qué
sabores había—, ¿de fresa y limón podría ser?
—Claro, aquí tienes. —Nadia siguió rellenando tarrinas mientras
comentaba—: Iremos bordeando la costa. Será un viaje muy
bonito.
—Perfecto, ¡las vistas serán preciosas! —Mademoiselle sacó su
cámara de fotos.
En un periquete, Nadia repartió helados para todas.
—Y si alguna quiere ir al servicio —dijo entonces—, que vaya
ahora.
Olivia aprovechó para ir al aseo.
—¿Me acompañas? —Se giró en su asiento para preguntarle a
Gretta.
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—Vale —respondió Gretta.
Paula, en el asiento de al lado, retiró las piernas para dejar
pasar a Gretta. En cualquier otro momento, se hubiera mosqueado.
Sin embargo, ahora sabía que Gretta estaba en lo cierto: la «jefa
de las brujas» estaba cambiando. Había sido muy generosa al
cederle su plaza de avión a Camila para que llegara a tiempo de
celebrar su cumpleaños. Un gesto así solo podía salir de un corazón
en el que empezaba a anidar la empatía.
Además, después de todo lo vivido en Rennes, Paula había
aprendido que la amistad era también libertad. Que hay que
respetar las decisiones de las amigas y que no pasa nada porque se
hagan planes distintos con otras personas: no hacía falta ir juntas a
todos los sitios. También había entendido que no es necesario estar
de acuerdo en todo con tus amigas para que lo sean de verdad.
A Celia, sin embargo, no le convencía nada la nueva actitud de
Olivia. Tenía sus sospechas y no le cabía en la cabeza que la «jefa
de las brujas» se estuviera convirtiendo en alguien mejor. ¿De
verdad estaba cambiando o sería un truco de los suyos eso de
cederle el billete a Camila?
—¿Estáis listas? —dijo Nadia en cuanto regresaron del servicio—.
¿Podemos irnos ya?
—¡Un momento! —Anne Marie también quiso darle un último
abrazo a Celia y subió a la furgoneta.
Las dos chicas se lo habían pasado muy bien y disfrutado de
multitud de visitas por todo Rennes.
—Qué pena me da que te vayas —dijo Anne Marie casi con
lágrimas en los ojos.
Celia se despidió de su amiga con unos sentimientos
contradictorios en su interior. Por un lado, estaba contenta de
regresar a su ciudad y a la casa del árbol, donde ella y sus amigas
vivían tantos momentos inolvidables.
Pero, por otro lado, sentía una tristeza extraña. El verano y las
vacaciones llegaban a su fin y eso la sumergía en una especie de
nostalgia que le quitaba las ganas de hacer cualquier cosa.
—Adiós, Anne Marie. —La abrazó.
Nadia ya estaba sentada en el asiento del conductor y solo tenía
que girar la llave para que el viaje comenzara. Sin embargo, su
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furgoneta era un subir y bajar de amigas, ¡todas querían que ese
momento no terminara!
—¿Puedo bajar? —Blanca se levantó de su asiento y señaló la
ventanilla.
Al otro lado, Giselle le hacía señas. Parecía decirle que bajara un
momento.
—¡Date prisa! —Nadia la miró por el espejo retrovisor.
Blanca salió de la furgoneta y se reunió con Giselle.
—Toma, esto es para ti. —Giselle le tendió un paquete envuelto
en papel de seda.
—¿Qué es? —Con mucho cuidado y tratando de no romper el
delicado envoltorio, Blanca sacó un traje de bailarina.
Entonces sonrió mientras recordaba su llegada a Rennes. La
vergüenza que sintió la primera vez que vio a Giselle vestida de lo
que ella creía que era un disfraz de duende, aunque en realidad era
su traje de ballet. A Blanca le dio la risa al recordar que, en ese
momento, había pensado que le había tocado una loca como
compañera de correspondencia.
Y, sin embargo, ahora ese traje significaba tanto para ella que lo
iba a guardar como un gran tesoro.
—Para que nunca se te olvide que, si te lo propones, puedes
conseguir todo lo que quieras —le dijo Giselle señalando el traje—,
¡hasta bailar delante de todo un auditorio!
—¡¡¡Muchas gracias!!! Me has ayudado a superar mi vergüenza
—dijo Blanca—. Además, ahora sé que no hay nada más ridículo
que intentar ser diferente a quién eres de verdad para que otros te
acepten.
—¿Estamos listas? —Nadia se giró en su asiento para comprobar
si ya estaban todas.
En ese momento, se oyó el agudo ladrido de un perro, y todas
miraron hacia la calle.
—¡Esperad! —Jolie corría hacia la furgoneta.
—¡Ha venido también con Coco! —dijo Olivia emocionada—.
¿Puedo bajar un momento?
Nadia, resignada, asintió nuevamente.
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Olivia quiso decirle adiós a Jolie y acariciar una vez más a Coco.
La perrita no paraba de ladrar mientras asomaba la cabeza por el
trasportín. Parecía muy contenta de ver a Olivia.
—¡Uf! Casi no llego —resopló Jolie y le entregó el pasaporte y la
cartilla de vacunación de Coco—. ¡Todo en orden para que te la
lleves!
—¡¡¿En serio?!! —Olivia no se lo podía creer—. ¿No me estarás
tomando el pelo?
Jolie se quedó mirando el esponjoso pelo de Olivia.
—Nunca te tomaría el pelo. —Jolie negó con la cabeza—.
Créeme, ya no hará falta que te la lleve este otoño, aunque pienso
ir a verte igual. —Le guiñó el ojo.
Olivia cogió a la perrita, se despidió de su amiga francesa y
subió a la furgoneta.
Parecía como si la generosidad que había tenido con Camila se
viera recompensada con el regalo de poder llevarse a Coco con ella.
—Venga, ahora ya sí, ¡abrochaos los cinturones! —dijo Nadia y
giró la llave para arrancar.
María deseó con todas sus fuerzas que la furgoneta no
arrancara. Tal vez así podrían quedarse unos días más en Rennes,
fantaseaba. Sin embargo, enseguida el rugido del motor la sacó de
su ensoñación.
Al otro lado de la ventanilla, todas las amigas francesas movían
las manos para decir adiós.
El viaje de regreso comenzaba.
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W. AMA es una escritora que desarrolla su actividad literaria dentro
de la ficción infantil y juvenil.
Ahora os hablaré de mí, pero solo un poco. Porque creo que los
autores debemos permanecer en un segundo plano: las historias
son las que cuentan.
Siempre digo que soy una escritora en un árbol. ¿Por qué? Pues
porque las buenas ideas no crecen en el suelo, hay que mirar
arriba, bien alto, como las chicas protagonistas de estos libros, que
se reúnen en su casa del árbol.
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