De la separación a la unidad
Por Mónica Cavallé
El camino del autoconocimiento filosófico se caracteriza, entre otras cosas, porque avanza
siempre en un único sentido: el que transita desde la conciencia de separatividad a la
conciencia de unidad.
La conciencia de separatividad
Denomino «conciencia de separatividad» a un determinado nivel de conciencia, en concreto, a
un estado contraído del yo, a un estado subjetivo de aislamiento en el que nos sentimos
desconectados de nuestra propia fuente, de modo que no reconocemos ni encontramos en
nuestro interior, al menos de forma significativa y estable, un fondo ontológico que nos
sostenga, nos guíe, nos inspire y nos proporcione un sentimiento de confianza básica. (1)
Hay personas que no solo no experimentan la presencia de este fondo en ellas, sino que
tampoco admiten su realidad. Algunas, de hecho, niegan de modo abierto y enfático esta
dimensión profunda que nos fundamenta y nos sostiene.
En la conciencia de separatividad, nos sentimos «arrojados al mundo» ―como afirmaban
algunos filósofos existencialistas― y, además, sin «manual de instrucciones», es decir,
abandonados a nuestra suerte, a nuestros limitados recursos individuales.
En este estado experimentamos, en buena medida, el mundo circundante como algo
amenazante frente a lo que hemos de estar en guardia, frente a lo que hemos de mantener una
actitud básica de desconfianza y de control.
La conciencia de separatividad es un estado de dualidad: nos sentimos separados de nuestra
propia fuente, divididos con respecto al mundo y también con respecto a los demás. Nos
sentimos básicamente aislados, aunque estemos acompañados. Consideramos que nuestros
estados internos son exclusivamente nuestros, totalmente privados. Experimentamos de forma
habitual el dilema «yo o el otro»: el bien del otro parece contrario a nuestro bien; creemos que
lo que damos al otro lo perdemos y que tenemos que quitarle algo, o bien rebajarlo, para tener
más nosotros y para ser más; pues consideramos que, cuando el otro es más, nosotros somos
menos. Asimismo, en este estado de conciencia tendemos a sentirnos o por encima o por
debajo de los demás; suelen estar presentes este tipo de referentes comparativos.
La conciencia de unidad
Denomino «conciencia de unidad» al nivel de conciencia en el que no nos sentimos aislados,
sino conectados; en el que experimentamos una unidad radical con nuestro propio fondo y, a
través de él, con todos los seres y con la totalidad de la vida.
En este estado, nos sabemos ―no de forma intelectual, sino sentida― cauces de una
Inteligencia y de una Vida que, siendo nuestra en lo más profundo, siendo lo más originario y
auténtico de nosotros, trasciende nuestra mera individualidad (2). Nos sentimos conectados
con algo que es mucho más grande que nuestra mera persona, lo que nos permite entregarnos,
soltar y confiar.
Abandonamos el estado latente y crónico de miedo, alerta y control que inevitablemente
acompaña a la conciencia de separatividad.
Experimentamos que basta con simplemente ser para que todo fluya con orden, belleza e
inteligencia ―algo inconcebible para quien está sumergido en la conciencia de
separatividad―. Se establece, de este modo, un sentimiento profundo de confianza básica en
la realidad.
Como decíamos, en este nivel de conciencia nos sentimos unidos al mundo circundante y a
los demás. No hay dualidad ni conflicto. Ya no percibimos que lo que damos lo perdemos;
todo lo contrario, sentimos que lo que no damos lo perdemos, pues una dimensión de nosotros
deja de ser expresada, movilizada, extendida. No percibimos que el bien del otro y el nuestro,
en lo profundo, estén en conflicto; a la inversa, experimentamos que nuestra propia
afirmación profunda es la afirmación profunda del otro y que la afirmación del otro equivale a
nuestra propia afirmación.
Si en el estado de conciencia de separatividad hay una vivencia de total privacidad, como si
nuestros estados internos fueran exclusivamente nuestros, en la conciencia de unidad sabemos
que, si bien nuestros estados internos son singulares, no son por ello absolutamente privados;
entendemos que no estamos solos en ese espacio interno, pues, de algún modo, nuestras
experiencias, alegrías, penas, inquietudes, preguntas, búsquedas y encuentros son los mismos
que los de muchísimas personas que han vivido antes que nosotros, que son contemporáneas o
que vendrán después de nosotros.
Asimismo, en la conciencia de unidad no nos sentimos por encima ni por debajo de nadie de
modo intrínseco. Saboreamos nuestra igualdad esencial.
En su versión extrema, la conciencia de separatividad se corresponde con el grado máximo de
ignorancia ética, filosófica y espiritual; la conciencia de unidad, a su vez, con el grado
superior de desarrollo moral, filosófico y espiritual. Entre esos dos extremos se halla la
amplísima escala de grados en la que los seres humanos nos desenvolvemos. Hay quienes
habitan predominantemente en la conciencia de separatividad, quienes lo hacen en la
conciencia de unidad y quienes se desenvuelven, sobre todo, en los términos medios de ese
espectro.
La conciencia de unidad y la conciencia de separatividad entrañan dos sistemas de
pensamiento radicalmente distintos que muestran, a su vez, mundos por completo
diferentes (3), pues los niveles de conciencia se corresponden siempre con niveles de realidad.
Notas:
1. En los ámbitos psicológicos, la expresión «confianza básica» alude a la confianza que
el niño adquiere aproximadamente en el primer año y medio de vida cuando ha sido
bien cuidado y atendido, la que pone las bases de la confianza que esa persona tendrá
en sí misma a lo largo de la vida. En este contexto, aludo con esa expresión a algo
diferente: a la confianza incondicional en la realidad que se deriva de haber
experimentado que su fondo es benéfico, sustentador e inteligente, una confianza
ontológica que no se explica, sin más, por las vicisitudes psicobiográficas.
2. Se trata de un fondo que es trascendente e inmanente a la vez.
3. En sus versiones extremas, ambos estados de conciencia se asimilarían a lo que
tradicionalmente se ha denominado el cielo y el infierno.
Fuente: Mónica Cavallé, el coraje de ser (Kairós, 2024)